/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Esquivando al Amor

Kate Hoffmann

AQUÉL ERA UN LUGAR EN EL QUE LOS HOMBRES ERAN MUY HOMBRES… Y APENAS HABÍA MUJERES Perrie Kincaid no podía creer que el editor del periódico en el que trabajaba como reportera fuera a enviarla a Muleshoe, Alaska, ¡una población con veinte habitantes! Pero entonces conoció a Joe Brennan y de pronto ya no le pareció tan mal la idea de pasar algunas noches por aquellas tierras… sobre todo si era en compañía del sexy piloto. Aunque sabía que dejar que aquel donjuán del norte la cortejara sería un gran error… Joe nunca había conocido a una mujer como Perry… arrogante, testaruda e increíblemente hermosa. Quería que se derritiera en sus brazos. Pero desde luego no tenía la menor intención de sentar la cabeza…

Kate Hoffmann

Esquivando al Amor

Esquivando al Amor (01.07.2006)

Título Original: Dodging Cupid's Arrow! (1998)

Serie: 2º Los Hombres de Bachelor Creek

Prólogo

Cinco años atrás

Joe Brennan aguantó la respiración mientras la tosca puerta de madera se abría de par en par con un chirrido de protesta. Si el interior del Refugio de Bachelor Creek se parecía en algo al exterior, se prometió para sus adentros que se daría la vuelta y regresaría directamente a Seatle.

– Debería ir al psiquiatra -murmuró para sí mientras paseaba la mirada por el deteriorado edificio de madera.

Pasó por encima de un tablón podrido del porche y se acercó a una ventana cubierta de polvo para asomarse. Un rayo de luz iluminaba el interior, y Joe se fijó en un enorme agujero en el techo por donde parecía entrar el haz de luz.

– Mira eso -dijo Hawk mientras señalaba el dintel de la puerta, que era un tronco de madera.

Joe y Tanner levantaron la vista. Prohibido el Paso a las Mujeres, rezaba el mensaje toscamente arañado en la madera.

– No estoy seguro de que haya ninguna mujer en este planeta que de buena gana pusiera el pie aquí -dijo Joe.

Jamás debería haber dejado que Tanner O'Neill lo convenciera para llevar a cabo aquella idea tan descabellada. El tercero del trío, Kyle Hawkins, y él habían dejado atrás sus trabajos, sus familias, a sus chicas, para mudarse a las tierras remotas de Alaska a montar un negocio.

La herencia de Tanner tenía buena pinta en el papel. Consistía en un enorme refugio en plena naturaleza a una milla de la pequeñísima y remota población de Muleshoe, junto al río Yukon, y con un arroyuelo que corría detrás del refugio. Pero las fotografías no hacían justicia al edificio, que en realidad estaba prácticamente derruido. De haber sido más explícitas, tal vez Joe hubiera optado a quedarse en casa.

En Seattle había tenido un buen empleo, era socio de un pequeño bufete de abogados y tenía un salario generoso. Cada dos fines de semana, pilotaba aviones para los cuerpos militares de reserva, dando así uso a una licencia de piloto. Ocupaba el resto de su tiempo entre los deportes y las mujeres, dos de sus pasatiempos favoritos. La vida le sonreía, y él había sido muy feliz.

Sabía que había renunciado a más de lo que habría podido imaginar yéndose a vivir a Alaska; pero el plan había sido demasiado tentador como para resistirse a ello. Tanner dirigiría el refugio, o lo que quedara de ello, y Hawk haría de guía por los bosques circundantes cuando llegaran los clientes. Finalmente, Joe pilotaría el avión, un De Havilland Otter que los tres habían comprado por muy poco dinero. Él transportaría los víveres y a los clientes desde Fairbanks hasta Muleshoe, y aterrizaría en la pequeña franja de tierra tal y como Hawk, Tanner y él habían hecho hacía unos minutos.

– No juzgues tan rápido -le advirtió Tanner mientras cruzaba el umbral de la puerta-. Trata de pensar en las posibilidades.

Joe se dio la vuelta para echarle a Tanner una mirad dudosa.

– Con tantas posibilidades, creo que vamos a tener que comprar un avión más grande. Algo que pueda trasportar una máquina excavadora.

Su amigo adoptó una expresión remota, pero Joe sospechaba que tenía más o menos las mismas preocupaciones que él. Si por fuera el refugio estaba mal, el interior estaría seguramente inhabitable; con lo cual no tenían de momento sitio donde hospedarse. Hasta que se pudieran demostrar las habilidades de carpintería de Tanner, más les valdría montar una tienda de campaña.

– Veamos lo mal que está esto -dijo entre dientes mientras entraba él también.

Las motas de polvo quedaban suspendidas a la luz que entraba a raudales por el agujero del techo. Una vieja colección de muebles rústicos llenaba la pieza, y el suelo estaba lleno de pelusas. Una cabeza de alce enorme los miraba por encima de la chimenea de piedra, como burlándose de sus expectativas.

– No está tan mal -comentó Tanner mientras asimilaba el mal estado de la habitación-. En cuanto arreglemos el tejado y limpiemos un poco, estaremos bien.

– Bien para los mapaches y otros animales salvajes -contestó Joe-. Apenas tenemos un techo que nos cubra, O'Neill. Y te olvidas de que las noches aquí son mucho más frías que en Seatle.

– Vamos, Brennan, ¿dónde están tus ganas de aventura? -se burló Tanner-. Sí, vamos a pasar un tiempo un poco incómodos… Aguántalo y sé un hombre.

Joe negó con la cabeza.

– Supongo que siempre podría dormir en la cabina del avión.

– O bajo las estrellas -dijo Hawk, distraído mientras contemplaba el hogar y se asomaba por el tiro de la chimenea-. Ardillas -fue su único comentario.

Joe consideró la sugerencia de su amigo. Para Hawk dormir al aire libre no era tan duro. En realidad, Joe sospechaba que a Hawk no le importaría vivir en esas condiciones primitivas. Hawk ya no tendría que salir de casa para disfrutar de la naturaleza, como había hecho en Seattle; donde a veces había desaparecido durante dos o tres semanas sin decir palabra. Su amigo siempre estaba dispuesto a lanzarse a la aventura, y cuanto más desafiantes e inesperadas fueran, mejor.

Tras la inspección visual, Tanner se volvió hacia sus amigos.

– Sé que esto no es lo que esperabais -dijo-. Y supongo que si alguno de vosotros quiere echarse atrás, ahora es el momento -hizo una pausa mientras colocaba las manos en jarras-. Pero antes de que toméis una decisión, quiero que sepáis que estoy empeñado en que esto funcione; con o sin vosotros.

Todos permanecieron unos minutos en silencio; entonces Hawk se encogió de hombros.

– Yo no me retiro.

Miró a Joe con un desafío claro en su mirada. Un buen amigo se quedaría a su lado, y los tres eran los mejores amigos del mundo. Y llegado ese momento, a Joe no le quedaba mucho en Seattle salvo varias mujeres decepcionadas y un almacén donde tenía guardadas todas sus cosas.

Joe se pasó la mano por la cabeza. ¿Pero qué demonios estaba haciendo? Un solo vistazo al pequeño pueblecito de Muleshoe era suficiente para ver que en aquel lugar perdido de Alaska no había demasiada vida social. No era que no pudiera vivir sin las mujeres, pero sí que tenía ciertas necesidades.

– ¿Qué va a ser, Brennan? ¿Te quedas o te marchas?

Joe se volvió hacia Tanner.

– Estoy imaginándonos dentro de cincuenta años. Tres solterones desdentados recordando los viejos tiempos en Seattle; pensando en la última vez que habíamos visto a una mujer bonita.

– En Alaska hay mujeres preciosas -dijo Tanner-. Sólo están desperdigadas por un área geográfica muy grande. Tiene uno que salir a buscarlas.

Joe le echó una última mirada al refugio antes de hacer una mueca de pesar.

– Debo de estar loco. Pero si vosotros os quedáis, yo también.

Tanner le dio una palmada en la espalda y se echó a reír.

– Sabía que no te resistirías. Desde que te conozco, jamás has dejado de lado un desafío.

– Pues esta vez me gustaría ser más cretino -dijo Joe mientras negaba con la cabeza

Estiró el brazo con la mano mirando hacia arriba; Tanner colocó la suya encima y lo mismo hizo Hawk.

– Por los chicos del Refugio de Bachelor Creek -dijo Tanner.

– Por Bachelor Creek -repitió Hawk.

– Creo que nos hemos vuelto todos locos -dijo Joe, preguntándose por qué siempre acababa en situaciones imposibles.

No estaba seguro de si era o no una particularidad de su carácter, pero allí en las tierras salvajes de Alaska, con un futuro de desafíos por delante, sabía que no le costaría mucho averiguarlo.

1

– Uno de estos días debería ir al psiquiatra.

Joe se inclinó hacia delante y rascó el hielo que cubría el parabrisas de su Super Cub. Se fijó en el indicador de la temperatura del aire, un insidioso recordatorio de un peligro omnipresente. La temperatura exterior era de cuarenta grados bajo cero, y su eliminador de escarcha había llegado al límite.

Se asomó por el parabrisas a los riscos más abajo, tan escarpados, que la nieve ni siquiera se adhería a sus paredes.

Denali, «El Alto», como lo habían llamado los nativos atabascos. El monte MacKinley era el pico más elevado de Norteamérica y un reclamo para los alpinistas del mundo enero. Y entre Talkeetna y la montaña estaban los aviadores del Denali, esos pilotos que transportaban alpinistas y equipamientos al Kahiltna, el nombre dado al glaciar que estaba al final de la ruta de montaña.

Desde que Joe había llegado a Alaska, hacía cinco años, había oído incontables historias sobre sus hazañas, sobre sus arriesgados aterrizajes y sus osados rescates, que los definían como verdaderos artistas tras los controles de sus aeroplanos. Él los había admirado de mala gana, hasta que había sido aceptado en el grupo. Después de eso, su respeto hacia ellos había aumentado.

Su iniciación se había logrado más por casualidad que por osadía. Estaba con un cliente haciendo una visita panorámica, cuando había visto una mancha de color cerca del borde del Glaciar Kahiltna, muy próximo a la base del Denali. Descendió y describió un círculo en el aire, muerto de curiosidad. Lo que había encontrado le había dejado helado. Un Cessna panza arriba, pero apenas visible en la nieve, que rápidamente lo había casi cubierto. Si no hubiera estado mirando justo hacia allí en ese momento, no lo habría visto, ni tampoco los demás pilotos que pasaban por la zona.

Con la aprobación de su pasajero, sediento también de aventura, Joe había aterrizado junto al lugar del siniestro y se había acercado al avión accidentado con mucho cuidado. Los dos habían sacado a tres pasajeros heridos y al piloto del Cessna, que estaba inconsciente. Y más tarde, cuando se había enviado más ayuda y todos habían sido evacuados al hospital de Anchorage, habían dicho que él le había salvado la vida a uno de los pilotos favoritos del Denali, Skip Christiansen, y le habían hecho miembro honorario de la fraternidad de élite. Le habían apodado Ojos de Águila.

Era Skip el que le había metido en el lío en el que estaba en ese momento: la búsqueda de una montañera sueca que se había arriesgado a hacer en solitario el ascenso del Denali en pleno invierno. Skip había llevado a la mujer una semana antes, y en ese momento estaba encargado de coordinar la búsqueda desde el aire para ayudar a los guardabosques del parque. Seis aviones sobrevolaban la ruta de montaña.

De haber estado Joe sano y salvo en casa en Muleshoe en lugar de en un bar en Talkeetna, tratando de convencer a una preciosa joven para que pasara la noche con él, jamás habría tenido que tomar parte en el rescate, para lo cual tenía que volar a grandes alturas, con un frío glacial, y viéndose obligado a respirar oxígeno de una botella de tanto en cuanto para no marearse.

Pero Joe Brennan jamás rechazaba un desafío. Y el hecho de tener que volar poniendo al límite sus talentos y las casi limitaciones mecánicas de su avión era exactamente la subida de adrenalina que ansiaba. Aún así, eso no significaba que no pudiera cuestionar su sentido común cuando ya estaba metido de lleno en otra aventura arriesgada.

– De acuerdo, Brennan -murmuró entre dientes-. Revaluemos tu plan de huida.

Aunque Joe estaba considerado como un piloto atrevido por sus camaradas del Denali, atemperaba esa característica con una buena dosis de instinto de supervivencia; independientemente de dónde volara, sobre hielo o rocas, bosques o montañas. Además, siempre tenía un plan de emergencia, una salida por si se quedaba sin gasolina o le fallaba el motor.

Localizó un pequeño claro de nieve hacia el norte y lo fijó en su mente. Si las cosas se ponían feas podría dejar allí el Cub; aterrizaría cuesta arriba para aminorar la velocidad del avión y después daría la vuelta para despegar cuesta abajo. Una corriente de aire que golpeó en ese momento la ladera de piedra vertical zarandeó el avión, y Joe maldijo entre dientes.

– Un ascenso en solitario en pleno invierno en Alaska -murmuró entre dientes-. Muy buena idea, sí señorita. ¿Por qué no tirarse por un precipicio y terminar antes?

Lo cierto era que entendía perfectamente la pasión de la alpinista por enfrentarse a un nuevo reto. Desde que él había empezado a volar por esa zona, había aceptado un trabajo peligroso tras otro, siempre al corriente de sus limitaciones, pero nunca temeroso de ir un poco más allá. Había aterrizado sobre glaciares y bancos de arena, sobre lagos y pistas de aterrizaje en condiciones muy variadas, y con un tiempo no apto para volar. Y le encantaba.

Retiró otro pedazo de hielo del parabrisas.

– Vamos, cariño. Enséñame dónde estás. Señálame el camino.

Se retiró las gafas de sol sobre la cabeza y miró a su alrededor. Aunque estaba ligeramente al oeste de la ruta que normalmente tomaba, sabía que un alpinista podría marearse perfectamente por culpa de la altitud o del agotamiento.

Un paso mal dado era lo único que hacía falta para que sobreviniera la hipoxia, adormeciendo los sentidos hasta que se empezaban a congelar los miembros y llegaba la hipotermia. Un ascenso en solitario era sinónimo de problemas. En poco tiempo un alpinista acabaría sentándose en la nieve, incapaz de moverse, de pensar. Entonces o bien la muerte o bien uno de los pilotos del Denali aparecía, arrancando a los alpinistas medio congelados de las laderas de la montaña y devolviéndoles a la vida.

Nubes finas como tiras de algodón rodearon el avión unos momentos, y Joe retiró la escarcha del parabrisas.

– Este tiempo no me viene nada bien -murmuró al banco de nubes que se acercaban. Descendió un poco, por debajo del nivel de las nubes, de vuelta hacia la montaña. En ese momento, sobrevoló la cumbre del Glaciar Kahiltna, un lugar seguro donde aterrizar con aire respirable a tres mil cuatrocientos diez metros. De pronto, un destello de color brilló en una fachada de hielo delante de él. Se quedó mirando fijamente el sitio en el glaciar, y al entrecerrar los ojos distinguió una tira de tela azul brillante.

A medida que iba descendiendo por el glaciar, el pedazo de azul se convirtió en una mochila medio enterrada en la nieve. Entrecerró los ojos y vio una cuerda trazando el camino que se adentraba en la sombra de una grieta profunda.

Joe desenganchó la radio.

– Rescate Denali, aquí Piper tres, seis, tres, nueve, Delta Tango. Creo que la tenemos. Está muy al oeste de la ruta usual en la parte baja del glaciar. Parece como si se hubiera caído en una hendidura. Debe de estar atada, pero no la veo. Corto.

Sonó un poco de ruido antes de reconocer la voz de Skip.

– Tres, nueve Delta, aquí siete, cuatro Foxtrot. ¡Buena vista! Yo estoy detrás de tu ala izquierda.

– Bajaré a buscar hasta que llegue el equipo de rescate del parque. Corto.

– Colega, ése es un aterrizaje apurado. Yo la encontré, y yo la sacaré.

– Tú apóyame y ya está. Voy a bajar. Tres, nueve, Delta. Corto.

Joe se desvió hacia el este, y trazó un amplio círculo alrededor de la alpinista perdida. Una y otra vez pasó por encima del campo de hielo, ascendiendo y descendiendo mientras determinaba el estado del terreno y memorizaba cada bache, cada agujero en el hielo. El pulso le latía en la cabeza mientras realizaba el descenso, con los ojos fijos en un punto en la montaña por encima de él. Un instante después, sintió que los esquís que iban fijados a las patas del avión tocaban tierra, y apagó el motor. El avión subió la cuesta hasta que ya no pudo avanzar más; entonces Joe lo maniobró y le dió la vuelta de modo que el aparato quedó apuntando hacia abajo, listo para despegar por los mismos surcos que había dejado en la nieve al aterrizar.

A menos de sesenta metros más abajo vio la cuerda. Se retiró la visera de la capucha y se puso las gafas de sol; entonces empujó la portezuela con el hombro. No estaba seguro de lo que se iba a encontrar, pero esperaba lo mejor.

Agarró una botella de oxígeno que llevaba en el avión para vuelos a gran altitud y avanzó por la nieve siguiendo la cuerda. Por encima de su cabeza oía el ronroneo del motor de la avioneta de Skip que trazaba círculos en el aire mientras buscaba un sitio donde aterrizar. Joe tiró de la cuerda.

– ¿Alguien me oye?

Oyó un sonido débil como respuesta.

– Oh, Dios. Me había parecido oír un avión. Me he enredado con las cuerdas. Tendrá que sacarme.

Joe se sentó en la nieve y clavó los talones en la superficie helada, entonces agarró las cuerdas y empezó a tirar de la alpinista. Para alivio suyo, no era una mujer grande, y era lo suficientemente fuerte como para ayudarlo. Finalmente la capucha de su cazadora apareció en la nieve delante de él.

Cuando Joe llegó hasta la mujer, ella se había desmayado. Colocó la máscara sobre su cara medio congelada y le ordenó que respirara. Entonces le retiró las gafas de sol y vio cómo entreabría los ojos despacio. Una sonrisa débil asomó a sus labios.

– ¿Es usted real? dijo ella con voz ronca.

Joe esbozó la sonrisa más encantadora para la mujer, aunque quedara escondida bajo el cuello levantado de su cazadora de plumón. Sus mejillas y su nariz casi congeladas no ocultaban la belleza del rostro de la mujer.

– Sí, soy real. Y usted tiene mucha suerte de estar viva.

– Nunca pensé que llegaría a salir de esa grieta -murmuró con su acento musical-. He pasado ahí la noche, apenas consiguiendo sujetarme.

– ¿Puede ponerse de pie?

Ella asintió y él la ayudó a hacerlo mientras seguía sujetándole la máscara de oxígeno a la cara. Ella le echó el brazo por los hombros para apoyarse, y él tiró de ella hasta el avión.

– Le debo la vida -dijo la mujer sin aliento mientras colocaba un pie delante del otro.

Joe sonrió para sus adentros, mientras en su mente anticipaba la reacción que recibiría de vuelta en el refugio. Tanto Hawk como Tanner se habían maravillado de su talento particular con las mujeres. Para sorpresa de sus dos compañeros, siempre conseguía rodearse de las mujeres más bonitas de Alaska. Y en ese momento había vuelto a hacerlo, encontrando a una bonita rubia en un corte del Glaciar Kahiltna.

– Ha sido un placer -dijo él-. Mi misión en la vida es rescatar a damas en apuros.

Ella se detuvo para respirar hondo y lo miró.

– No sé cómo podré pagarle lo que ha hecho por mí.

Joe sonrió. Era un hombre afortunado en más de una cosa.

– ¿Qué tal una cena? Quiero decir, después de que haya tenido oportunidad de calentarse. Conozco un sitio pequeño y agradable en Talkeetna donde preparan muy bien la pasta.

Perrie Kincaid se subió el cuello de la cazadora y maldijo entre dientes por la llovizna fría e implacable que no dejaba de caer. Miró alrededor en la calle vacía desde su escondite entre las sombras de un edificio desierto, antes de fijarse de nuevo en el Mercedes negro que estaba aparcado junto a los muelles de carga. Una bombilla desnuda se balanceaba movida por la brisa cargada de salitre, iluminando con una luz temblorosa y fantasmal la abollada puerta de acero del almacén de ladrillos abandonado.

En el interior del coche el brillo del cigarrillo iluminó el perfil del conductor. Mad Dog Scanlon.

Llevaba tanto tiempo siguiendo al jefe de Mad Dog, que a Perrie le parecía como si fueran viejos amigos ya. Miró su reloj de pulsera, aspiró hondo y maldijo de nuevo.

– ¿Vamos, por qué tardan tanto? Es un negocio simple. Lo único que necesito es verles bien la cara, sólo para confirmar, y esta historia estará en la primera página de todos los periódicos.

El olor a salitre la rodeaba. La humedad, esa nube constante que parecía colgar sobre la ciudad de Seattle en invierno, avanzaba tierra adentro desde el estrecho. Perrie movió los pies y se frotó las manos, tratando de calentarse los dedos congelados. Si tenía que esperar mucho más, tal vez empezara a enmohecerse, junto con todo lo demás en aquel barrio de mala muerte.

Debería estar acostumbrada ya a aquel clima. Seattle había sido su hogar desde hacía diez años. Había ido hacia el oeste desde la universidad de Chicago para ocupar un puesto en el Seatle Star. Había empezado escribiendo necrológicas, y después subido de categoría para ocupar un puesto en la sección Lifestyles. Cuando se veía casi condenada a escribir sobre temas insustanciales, la sección del periódico que editaba las noticias locales había ofertado un puesto de escritor en plantilla. Perrie le había rogado a Milt Freeman, el editor de la sección, que se lo diera a ella para darle una oportunidad con las noticias importantes, aunque llevara tres años escribiendo artículos de cocina y jardinería. Después de una semana de constantes peticiones y de una caja de su whisky escocés favorito, él había cedido y finalmente le había dado el puesto.

Milt le había dicho más tarde que había sido su tenacidad lo que lo había convencido, no el whisky; la misma tenacidad que había utilizado para convertirse en la periodista más importante de la sección de investigación del Star. Y en ese momento, la misma determinación y obstinación de la que estaba echando mano. Un buen reportero anhelaría un baño caliente y una cama calentita más o menos en esos momentos. Pero Perrie se tenía por una excelente reportera, y estaba precisamente donde quería estar. Justo en medio de todo aquel tinglado.

Su nombre en el encabezamiento de los artículos del periódico era importante. Había descubierto cuatro historias importantes en Seattle en los últimos dos años, y tres de ellas habían sido retransmitidas por las agencias de noticias nacionales.

Sus compañeros de la industria televisiva la temían, incapaces de arrebatarle ni el más mínimo detalle que se le pusiera por delante. Y llovizna o no, iba a desenmascarar también esa historia.

El almacén aparentemente abandonado era en realidad el centro neurálgico de un grupo de contrabandistas que traficaba con coches de lujo robados, coches que seguramente habían sido aparcados horas antes a la puerta de los restaurantes más de moda de la ciudad. Una vez robados, eran cargados en enormes contenedores y enviados por barco al Lejano Oriente, donde eran cambiados por heroína pura, que se cargaba de nuevo en el barco y era transportada a Seattle.

La banda de contrabandistas era sólo una pequeña parte de la historia. Había habido chantaje y un intento de asesinato. Pero la parte que le haría ganar el premio Pulitzer sería el rastro que conducía directamente al Congreso de los Estados Unidos, hasta el congresista del estado de Washington, Evan T. Dearborn.

En algún lugar del interior de aquel almacén, el jefe de personal de Dearborn estaba reunido con el jefe de Mad Dog, el hombre a cargo de aquella pequeña operación, hombre de negocios de Seattle y sórdido residente de la ciudad, Tony Riordan. Durante diez años, Riordan había vivido al filo de la ley, siempre involucrado en algún asunto ilegal, pero también mostrando siempre el cuidado suficiente como para no dejarse atrapar; y de paso utilizando los «beneficios» de sus tratos de negocios para sobornar a algún que otro político. Con Dearborn, había enganchado a un pez gordo.

Pero todo llegaba a su fin, porque Riordan estaba a punto de caer; y se llevaría consigo a un montón de sus peligrosos amigos, incluido el congresista. La policía llevaba casi tanto tiempo como Perrie siguiéndole el rastro a Riordan. Perrie se metió la mano en el bolsillo y tocó su móvil. Tarde o temprano, tendría que llamar a la policía. Pero no hasta que hubiera dado con la pieza final del rompecabezas, prueba concluyente que relacionaría al despacho del congresista con Tony Riordan. Y no hasta que su historia estuviera escrita en el periódico para que todo el mundo pudiera leerla.

Al oír que se abría la puerta de un coche, Perrie centró de nuevo su atención en el Mercedes, de donde vio salir a Mad Dog. Le temblaban las manos, pero agarró la cámara que le colgaba del cuello y en silencio rogó que no se hubiera atascado alguna pieza en las dos horas que llevaba de pie bajo la lluvia. Retiró la tapa de la lente, se llevó la cámara al ojo y enfocó la puerta.

Momentos después dos figuras emergieron del edificio, flanqueadas por un par de corpulentos guardaespaldas de Tony. Perrie sonrió para sus adentros al reconocer a Tony y al jefe de la oficina del congresista en el visor de la cámara. Tranquilamente volvió a enfocar y deslizó el dedo hacia el obturador. Pero cuando estaba a punto de hacer su primera fotografía, el ruido de un móvil interrumpió el silencio de la noche.

Asustada, Perrie se asomó por encima de la cámara, preguntándose quién podría estar llamando a Riordan a las dos de la madrugada. Pero cuando el teléfono sonó de nuevo, se dio cuenta de que el grupo del muelle de carga miraba en su dirección. ¡El sonido provenía del bolsillo de su abrigo! En un instante, los dos tipos del muelle sacaron sus pistolas y la situación se descontroló totalmente.

Perrie tiró la cámara y metió la mano torpemente en el bolsillo para sacar el teléfono, al tiempo que la primera bala le silbaba sobre la cabeza y rebotaba contra el edificio que tenía detrás. Se escondió más entre las sombras y abrió el teléfono, mientras otra bala le pasaba muy cerca.

– ¿Perrie? ¿Perrie, eres tú?

– Mamá, ahora mismo no puedo hablar. Te llamo luego.

Agachó la cabeza al tiempo que otro tiro daba contra el muro de ladrillo.

– Perrie, sólo me llevará un minuto decírtelo.

– Mamá, son las dos de la madrugada.

– Cariño, sé que no duermes mucho y pensé que estarías despierta de todos modos. Sólo quería decirte que el hijo de la señora Wilke viene a casa de visita. Es dentista, sabes, y está soltero. Creo que sería agradable si… ¿Perrie? ¿Eso que he oído es un tiro de bala?

Perrie maldijo entre dientes y empezó a avanzar despacio a lo largo de un muro.

– ¡Mamá, ahora no puedo hablar! Te llamaré dentro de unos minutos -cortó la comunicación y llamó a la policía con manos temblorosas.

Cuando la operadora contestó, le dio rápidamente su nombre y su localización. Desde donde estaba en ese momento, acurrucada en la oscuridad, parecía como si estuviera en medio de una guerra entre bandas. Los disparos procedían ya de ambas direcciones, y parecía que ella estaba justo en medio.

¿Estaría la policía ya allí? ¿O acaso había otra pieza de aquel rompecabezas que ella desconocía? Se adelantó un poco y se arriesgó a echar una mirada al tumulto al otro lado de la calle. Los hombres de Riordan seguían disparándole, pero otros los disparaban también a ellos. La pieza que le faltaba del rompecabezas iba muy armada con rifles semiautomáticos, al menos eso lo tenía claro.

– Señora, por favor, no se retire. ¿El tiroteo continúa?

– ¡Sí, continúa! -gritó Perrie-. ¿Es que no lo oye? -se retiró el teléfono de la oreja para que la operadora saboreara unos momentos del conflicto.

– Mantenga la calma, señora -dijo la mujer.

– Tengo que ir a por la cámara -dijo Perrie, que en ese momento pensó que aquél era el único pensamiento normal que había tenido desde que había empezado el tiroteo.

– Señora, quédese donde está. Tendrá un coche ahí en un par de minutos.

– Necesito mi cámara.

Perrie se deslizó pegada al edificio, desandando el camino que había recorrido momentos antes, con los ojos fijos en la cámara que estaba junto a un charco de agua sobre el pavimento mojado. Estiró el brazo para agarrar la correa, a unos centímetros de sus dedos. Otro disparo de bala pasó tan cerca de su brazo, que le pareció como si pudiera sentir el calor de la bala a través de la manga de la cazadora. Hizo una mueca y seguidamente se lanzó desesperadamente a por la correa.

La agarró y tiró de ella para ocultarse enseguida entre las sombras, donde estaría más segura.

– Una imagen vale más que mil palabras -murmuró mientras limpiaba la lente mojada con el puño de la cazadora-. No mil de mis palabras. Una foto sólo valdría como unas cien de mis palabras -fijó la vista en una mancha negra de la manga y suspiró mientras trataba de limpiarse el barro. Pero no era barro lo que le manchaba la manga. Al tocarse sintió un dolor horrible en el brazo, y pestañeó muy sorprendida.

– Oh, maldita sea -murmuró mientras frotaba la sangre pegajosa entre los dedos-. Me han disparado -se llevó el móvil a la oreja-. Me han disparado -le repitió a la operadora.

– Señora, ¿dice que le han disparado?

– Siempre me había preguntado cómo sería -le explicaba Perrie-. Que una bala te traspasara la piel. Me preguntaba si sería una sensación fría o caliente; si sabría que me acababa de ocurrir, o tardaría un rato.

Cerró los ojos y trató de dominar un ligero mareo.

– Señora, por favor, no se mueva. Le enviaremos un coche en treinta segundos. Y una ambulancia va de camino. ¿Puede decirme dónde le han disparado? Por favor, no se mueva de ahí.

– No me voy a ninguna parte -dijo Perrie mientras echaba la cabeza hacia detrás para apoyarla sobre el muro de ladrillo.

La lluvia la pegaba en la cara y acogió la sensación de frescor de buen grado; además, era lo único que le parecía real en aquella situación.

– Ni una manada de caballos salvajes podría apartarme de esta historia -murmuró mientras en la distancia se oía el ruido de las sirenas.

La siguiente media hora pasó en un torbellino de parpadeantes luces rojas y personal sanitario que no dejaba de ir de un lado a otro. La habían metido en una ambulancia y le habían vendado el brazo, pero ella se negaba a que la llevaran al hospital, y había elegido quedarse allí justo a observar el desarrollo de la escena delante del almacén y a los detectives que interrogaban para recoger pruebas del tiroteo.

– ¡Perrie!

Volvió la cabeza y vio a Milt Freeman, que iba hacia ella con expresión furiosa. Ignorando a Freeman, ella le dio la espalda al detective y continuó con su propio interrogatorio.

– Maldita sea, Kincaid, ¿qué diablos ha ocurrido aquí?

– Estoy segura de que ya lo sabes todo -dijo Perrie.

El detective levantó la vista cuando Milt agarró del brazo a Perrie. Ella hizo una mueca de dolor, y su jefe la miró con expresión ceñuda.

– Llévela al hospital -le aconsejó el detective-. Y quítemela de encima. Le han dado un tiro en el brazo.

– ¿Cómo? -chillo Milt.

– Estoy bien -insistió Perrie mientras centraba su atención en el detective-. ¿Por qué no me deja que le eche un vistazo a esa billetera?

El detective le echó a Milt un a mirada exasperada antes de alejarse sacudiendo la cabeza.

– Ya está -dijo Milt mientras tiraba de ella hacia la ambulancia-. Hace dos semanas te estropearon los frenos del coche, la semana pasada entraron en tu apartamento, y ahora te encuentro esquivando balazos en medio de una guerra de mafiosos. Quiero que te marches de Seattle. Esta misma noche.

– Sí, claro. ¿Y adónde voy a ir? -le preguntó Perrie.

– A Alaska -dijo Milt mientras la empujaba para que se sentara sobre el ancho parachoques de una ambulancia.

– ¿A Alaska? -dijo Perrie en tono chillón-. No voy a ir a Alaska.

– Sí que irás -respondió Milt-. Y no quiero que me des la lata. Esta noche te han pegado un tiro y te estás comportando como si fuera un día cualquiera en la oficina.

– Sólo ha sido una herida superficial -gruñó mientras se miraba el vendaje del brazo-. La bala sólo me ha rozado -sonrió a su jefe, pero éste no sonreía-. Milt, no puedo creer que acabe de decir eso. Esto es como lo de esos tipos que solían cubrir zonas de combate en Vietnam. Siento como si finalmente me hubiera ganado un respeto. Ya no soy una escritora de Lifestyles. Incluso me han herido mientras cumplía con mi deber.

Milt se cruzó de brazos y se apoyó en la puerta trasera de la ambulancia mientras miraba a Perrie con desaprobación.

– He llamado a un antiguo amigo mío que vive en una pequeña población llamaba Muleshoe. Se llama Joe Brennan. Dirige un servicio de vuelos en la zona. En verano suelo ir allí a pescar, y él siempre me va a buscar y me lleva en avión. Me debe unos cuantos favores.

Perrie ignoró su historia y se concentró en la suya propia. Milt estaba un poco disgustado en ese momento; pero ya se le pasaría.

– Yo creo que deberíamos escribir la historia ahora. Que yo sepa, tenemos toda la confirmación necesaria. Aunque no he conseguido una foto. Vi al jefe de la oficina de Dearborn allí con Riordan. Ésa es la conexión.

Milt maldijo entre dientes con exasperación.

– Lo único que veo aquí son dos sabihondos muertos y ni rastro ni de Dearborn ni de Riordan. Tienes un enorme agujero vacío donde pensabas que tenías una historia sólida.

– ¡Tengo una historia! -protestó Perrie-. Y está aquí, no en Alaska.

Milt Freeman la miró a los ojos fijamente.

– Estás hablando como si Alaska fuera Siberia. Es uno de los cincuenta estados, ¿sabes?

– Sí, pero fue parte de Siberia -le respondió ella-. Antes de que se lo compráramos a los rusos. Estoy a punto de descubrir toda la trama en esta historia, Milt; ya me huele a tinta. Sólo necesito unas cuantas piezas más para completar este rompecabezas y podemos exponerla al completo.

– Lo que tienes ahora, Perrie Kincaid, es que le han puesto precio a tu cabeza. Algunas personas saben que estás en esto, y no están dispuestas a dejar que la publiques.

Perrie se puso de pie.

– Tengo que volver a la oficina.

– Vas a ir al hospital y después a Alaska.

– Mis archivos están en el despacho. Tengo trabajo que hacer.

– Puedes pasarme a mí todos tus archivos – dijo Milt-. Y yo se los daré a la policía.

– ¡De eso nada!

– Y he enviado a Ginny a tu casa para que te haga la maleta. Después de que te vean los médicos, te llevaré al aeropuerto.

– No voy a ir a Alaska -repitió ella.

– Quienquiera que te disparara esta noche buscará una segunda oportunidad. Me ha costado mucho tiempo que te convirtieras en una reportera de calidad como para que ahora permita que te maten. Te vas a Alaska, Kincaid.

Ella sacudió la cabeza con obstinación.

– No pienso ir. Me voy a quedar aquí y voy a publicar esta noticia. Dime, ¿qué te parece…?

– La policía va a dar a conocer esta noticia -la interrumpió-. En cuanto sepan quién te disparó, podrás volver y escribirla -se metió la mano en el bolsillo de la cazadora y le tendió un sobre-. Me daba la sensación de que iba a ocurrir algo así. Ahí dentro hay un billete de avión a Fairbanks… Joe Brennan te llevará hasta Muleshoe. Allí tengo una acogedora y bonita cabaña para ti. No hay ni teléfonos, ni balas, ni mafiosos. Sólo paz y tranquilidad. Incluso le pedí a Joe que te llenara los armarios de palomitas, ya que parece que tú las consideras como un sustituto de los demás alimentos. Quiero que estés en un lugar seguro hasta que las cosas se calmen por aquí.

Ella se sacó su bloc de notas del bolsillo trasero; pero al hacerlo sintió un dolor que le recorrió el brazo hasta los dedos.

– No pienso ir, Milt -dijo mientras pasaba las páginas y releía sus notas-. Tengo que trabajar. No voy a quedarme todo el día sentada esperando a que tú me llames para poder volver. No puedo.

– Por eso es por lo que te tengo preparada una historia que cubrir -continuó-. Y no te lo estoy pidiendo… Es una orden de tu jefe.

Perrie lo miró y se echó a reír con dureza. Milt no solía bromear con asuntos de trabajo.

– Oh, sí claro. ¿Qué clase de historia?

– Precisamente la semana pasada tres mujeres jóvenes salieron de Seattle dejando sus hogares y sus empleos para ir a Muleshoe en respuesta al anuncio de las novias por correo que se había publicado en nuestro periódico. Oí a tu antigua directora de Lifestyles hablar del asunto. Iba a enviar a un reportero que le cubriera la historia, pero yo la convencí para que te enviara a ti.

– ¿Cómo? -Perrie se levantó de un salto y empezó a pasearse de un lado al otro de la habitación-. ¿Me vas a enviar de vuelta a Lifestyles? Dios, Milt, detesto escribir esas tonterías -maldijo entre dientes, y después negó con la cabeza-. No voy a ir. Puedes echarme si quieres, pero me voy a quedar aquí a escribir esa historia

Milt se inclinó hacia ella y la miró con un gesto huraño.

– Vas a ir a Muleshoe, Perrie. Vas a descansar y a recuperarte de esa herida de bala, y yo te llamaré cuando sea seguro volver. Esta historia seguirá aquí, te lo prometo.

– No voy a ir -repitió Perrie-. No voy, y no me puedes obligar a hacerlo.

2

Joe Brennan aguardaba en silencio en la sala de espera mientras observaba la fila de viajeros que avanzaban rezagados por la pista en dirección al aeropuerto. Miró de nuevo hacia el panel, tan sólo para asegurarse de que estaba en el sitio adecuado, y levantó un poco más el cartel que llevaba en la mano. Había escrito el nombre del señor Perrie Kincaid en la parte de atrás de una arrugada factura de gasóleo que tenía que pagar, pero hasta el momento nadie se había acercado a él.

Tal vez el tipo hubiera perdido el avión. O tal vez Milt Freeman hubiera decidido que cualquiera que fuera el lío en el que estaba metido aquel reportero, sería mejor aclararlo en Seattle. Lo único que Joe sabía era que le debía a Milt unos cuantos favores y que Milt finalmente le había pedido que le hiciera uno. Aunque no podría ofrecerle muchas diversiones en Muleshoe en pleno invierno, tal vez Hawk pudiera llevárselo a pescar en el hielo.

Miró de nuevo hacia la sala de espera y se fijó en una mujer joven que estaba en medio de una acalorada discusión con la auxiliar del mostrador. Llevaba una cazadora de cuero corta y unos vaqueros que le ceñían a la perfección el trasero, y el cabello caoba recogido con un moño informal. Joe había aprendido a apreciar a una mujer bella cuando podía, aunque estuviera medio congelada en el Denali o en medio de una discusión en el aeropuerto. Muleshoe, y la mayoría de las zonas rurales de Alaska estaban pobladas sobre todo por hombres; hombres que pescaban o cazaban o buscaban oro, u hombres que suministraban víveres y servicios a aquéllos que trataban de ganarse la vida, a duras penas, fuera de las pocas ciudades de Alaska. Muleshoe no era la clase de población que a las mujeres les pareciera atractiva; a menos que tuvieran la intención de casarse.

Precisamente la semana anterior él mismo había llevado en su avión a tres mujeres que habían contestado a un anuncio del Seattle Star. Un grupo de hombres solteros de Muleshoe había decidido que jamás conseguirían esposa hasta que las mujeres supieran que estaban dispuestos a casarse; de modo que habían reunido dinero entre todos y habían contratado el anuncio. Erv Saunders le había preguntado a Joe si quería participar. Por cuarenta dólares, Joe podría comprar la oportunidad de leer las cartas, estudiar las fotos y escoger una posible novia.

Pero Joe lo había dejado pasar. Una mujer, sobre todo una mujer desesperada por casarse, sólo le complicaría la vida. Además, para casarse, un hombre debía enamorarse; y Joe Brennan jamás había estado enamorado en su vida. De momento le satisfacía mucho más algún lío ocasional y sin compromisos.

Miró a la mujer que estaba en la mesa, se bajó las gafas de sol y se levantó la visera de la gorra de béisbol para verla mejor. Su mente concibió despacio una imagen de su rostro. Pero entonces, antes de que el dibujo hubiera terminado de materializarse, ella se volvió repentinamente. La imagen se evaporó e inmediatamente quedó reemplazada por otra más encantadora de la que había anticipado. Ahogó un latigazo de deseo instintivo, una atracción no requerida, y se colocó bien las gafas de sol mientras se decía que ya estaba bien de mirar a esa mujer.

Dios, qué bonita era, pensaba mientras se arriesgaba a echarle otra mirada. Su cabello caoba enmarcaba unas facciones delicadas: ojos grandes, nariz perfecta y boca sensual. Al rato volvió a mirarla en contra de su voluntad y, para sorpresa suya, vio que ella también lo miraba.

La joven entrecerró los ojos y adoptó una expresión desafiante. Se puso derecha y se fijó en la distancia que los separaba. Joe miró a un lado y al otro para comprobar que no se había equivocado de persona. No, estaba claro que iba en dirección suya.

Se detuvo justo delante de él, le echó una mirada de arriba abajo y suspiró.

– De acuerdo, aquí estoy -le soltó-. ¿Qué se supone que va a hacer ahora conmigo?

Joe pestañeó y bajó muy despacio el cartel que tenía en la mano.

– ¿Cómo dice?

– Usted es Brennan, ¿no?

Se colocó bien la correa del bolso en el hombro antes de tenderle la mano para estrechársela. Él la tomó con vacilación, y cuando sus dedos entraron en contacto con los suyos, sintió un extraño latigazo que le subía por el brazo.

– Soy Perrie Kincaid -añadió la joven.

Él frunció el ceño; entonces sacudió la cabeza.

– ¿Usted es Perrie Kincaid? ¿Es usted una mujer?

Ella arqueó una ceja y lo miró con frialdad.

– Creo que lleva demasiado tiempo viviendo en Siberia.

– Esperaba un hombre. Perry es nombre de hombre; como Perrie Como. Y Milt me hizo creer que…

– Termina en «ie», no en «y», -respondió ella-. Y usted tampoco es exactamente lo que yo esperaba.

Él torció la boca divertido. Caramba, ella tenía una lengua viperina.

– ¿Y qué esperaba?

– Bueno, siendo una feminista de mente abierta, debería haber esperado a una Josephine Brennan. Pero si debo decirle la verdad, esperaba un tipo tripudo con cebos colgando del sombrero y un cigarrillo en la boca.

– Siento decepcionarla, señorita Kincaid.

– Llámeme Perrie. O Kincaid. Puede dejar lo de señorita. Suena como si fuera una maldita chica de sociedad -Perrie negó con la cabeza y entonces echó a andar delante de él-. Sabe, debería haber sospechado que intentaría algo de este estilo. Primero me confisca el móvil. Después me roba la cartera. No tengo una tarjeta de crédito a mi nombre, y me he quedado sin dinero en efectivo. Debería haberme olido algo sospechoso cuando se ofreció para vigilar mis bolsas mientras yo iba a por una taza de café. Y después no quiso marcharse del maldito aeropuerto hasta que mi maldito avión hubo despegado. Traté de bajarme dos veces y él estaba de pie allí bloqueando la puerta del avión. Después, lo engaña a usted para que me lleve a una población de la tundra donde todo está congelado… Donkeyfoot, o Mulesfoot, o como se llame -sonrió y dio unas palmadas en su bolso de mano-. Pero me he desquitado porque por lo menos me he traído todos mis archivos. El tiene las llaves de mi escritorio, pero yo las pruebas. No tiene nada que darle a la policía -ella se calló, lo miró a los ojos y aspiró hondo-. ¿Entonces, qué me va a costar, Brennan?

Jamás había conocido a nadie que hablara tan deprisa como esa mujer, y le llevó unos instantes darse cuenta de que había terminado.

– ¿Costar? No le entiendo.

Ella volteó los ojos con desesperación.

– Todo el mundo tiene un precio. ¿Cuál es el suyo? Yo le pagaré para que me lleve de vuelta a Seattle. Y sea cual sea el precio normal, yo se lo doblaré. No le puedo pagar por adelantado, pero en cuanto lleguemos, le pagaré en metálico. Tengo asuntos importantes allí esperándome y no puedo perder ni un minuto más en el país de los iglúes.

Milt le había advertido que Perrie Kincaid trataría de convencerlo para que la llevara de vuelta en el avión. ¡Maldita sea, lo que le hacía falta! Milt sabía exactamente cómo reaccionaría ante la idea de tener que cuidar de una reportera hiperactiva y habladora, sobre todo con la actitud que mostraba.

Se habría negado de plano. Pero como ella ya estaba allí, no se podía hacer nada.

– ¿Tiene equipaje? -le preguntó él.

Ella se tomó su pregunta por una expresión de consentimiento por su parte y sonrió de oreja a oreja.

– Sólo me llevará un minuto recogerlo. ¿Cuánto tardaremos en regresar a Seattle?

– Depende del tiempo -le contestó él mientras recogía la bolsa de mano.

Ella se retiró.

– No hace falta que me lleve la bolsa, Brennan. Puedo llevarla yo.

– Muy bien, Kincaid.

– ¿Entonces… qué? ¿Cinco horas?

– Ya lo he dicho, depende del tiempo. Viene una borrasca, y tendremos que movernos si esperamos poder tomarle la delantera.

Mientras avanzaban rápidamente por la explanada, él le echó una mirada de soslayo. A pesar de toda su belleza, Perrie Kincaid era la mujer más irritable que había conocido en su vida.

– Espero que se haya traído algo más abrigado para ponerse -comentó él.

– ¿Por qué?

Joe se encogió de hombros.

– En mi avión a veces se pasa un poco de frío.

– ¿Dónde está ese avión suyo?

– Está aparcado en el hangar al otro lado del aeropuerto. Tengo una camioneta que conduciremos hasta el avión en cuanto recojamos el equipaje. Con suerte nos darán vía libre para despegar.

– ¿Es que tenemos que pedir vía libre, Brennan? ¿No podemos despegar y punto?

– Si la torre me aconseja que me quede en tierra, me quedo en tierra. No sé usted, Kincaid, pero yo valoro mi vida… y mi avioneta.

– Sólo porque acabara recibiendo un disparo no significa que quiera morir, Brennan. Caramba, Milt se preocupa por todo. ¿Qué más le ha contado? ¿Le ha dicho que se suponía que tenía que descansar todo el día y no hacer nada? En cuanto lleve tres minutos en una cabaña del bosque, me subiré por las paredes.

Joe la miró mientras continuaban caminando, más confundido con esa mujer con cada paso que daban.

– Milt no me ha dicho que le dispararan.

Un ceño de impaciencia afeó sus bonitas facciones.

– No fue más que una pequeña herida superficial. Apenas me duele. Pero Milt cree que, si me quedo en Seattle, me va a pasar algo grave.

– Milt seguramente tiene razón.

Ella se detuvo bruscamente y gimió, tiró la bolsa al suelo y puso los brazos en jarras.

– No empiece a darme la tabarra, Brennan. Soy perfectamente capaz de cuidarme sola. No necesito ni a Milt, ni a usted ni a nadie para decirme cómo debo vivir la vida.

Joe maldijo entre dientes, agarró a la mujer del brazo y con la otra la bolsa.

– Sólo estaba dando una opinión, Kincaid -ya no le parecía «señorita Kincaid«, y Perrie le sonaba demasiado personal.

– No me interesan sus opiniones -respondió ella-. Sólo quiero volver a casa.

Aceleró el paso y se soltó de él. Él aprovechó ese momento para admirar de nuevo su trasero y el bonito balanceo de sus caderas al caminar por la explanada. Él sonrió cuando ella se detuvo y se volvió a mirarlo con impaciencia.

– ¿Cuál es el problema?

Él llegó hasta donde estaba ella.

– No sé por qué está tan deseosa de volver a casa. Milt dice que su vida corre peligro.

– Mi jefe se pone un poco melodramático.

– Eh, yo le tengo mucho respeto a Milt Freeman. Es un buen hombre. Debería alegrarse de que alguien como él cuide de usted.

A Perrie no se le ocurrió qué responder a eso; así que lo miró con obstinación y se negó a decir ni una palabra más hasta que hubo recuperado su bolsa e iban ya de camino hacia las puertas. Cuando salieron, un viento helado los abofeteó en la cara mientras la nieve se arremolinaba alrededor de sus pies.

– ¡Caramba! -exclamó ella mientras le castañeteaban los dientes-. ¿Aquí siempre hace tantísimo frío?

Joe miró el cielo de la tarde. El tiempo estaba cambiando más deprisa de lo que había esperado. Si no despegaba rápidamente, se pasaría el resto del día y seguramente la mayor parte de la tarde con Perrie Kincaid. Apretó los dientes. Al diablo con la torre. Iría le dieran vía libre o no.

– Está en Alaska, Kincaid ¿Qué esperaba, palmeras y una suave brisa del océano?

Ella lo miró de nuevo con esa expresión, la que le decía que estaba a punto de empezar con otra arenga.

– Esperaba…

– La camioneta está en al aparcamiento -le dijo Joe que prefirió interrumpirla para que no se pusiera a hablar otra vez.

La agarró del brazo y tiró de ella. Desde luego empezaba a gustarle mucho más Perrie Kincaid con la boca cerrada.

Llegaron al hangar sin más discusión, y Perrie escogió sentarse en silencio a su lado. Para alivio de Joe, el avión tenía el depósito lleno y listo para despegar cuando llegó donde estaba el aparato. Aparcó la camioneta y después corrió al otro lado para abrirle la puerta a Perrie; pero ella ya había saltado y estaba tirando de la bolsa que estaba detrás. Así que Joe se caló la gorra y corrió adonde estaba Tanner O'Neill de pie junto a la puerta del hangar.

– ¿Cómo está el tiempo? -preguntó Joe-. ¿Nos van a dejar salir?

Tanner gritó para proyectar su voz a través del fuerte viento del ártico.

– Si despegas en los próximos quince minutos, creo que todo irá bien. Le ganaréis terreno a la tormenta de camino a Muleshoe. He puesto la saca del correo detrás, y hay una caja de champiñón fresco que Burdy pidió para los espaguetis de la fiesta del sábado por la tarde. Hay un montón de leña en la cabina que he atado bien para que no se mueva. Dile a Hawk que la descargue y que de momento la coloque en el cobertizo.

Joe asintió. Hacía una semana que no veía a Tanner. Julia y él se habían casado en Muleshoe hacía dos fines de semana y habían pasado una luna de miel familiar en Disneyworld con el hijo de nueve años de Julia, Sammy. Habían regresado y decidido quedarse en Fairbanks y buscar un apartamento, donde pasarían los meses del invierno mientras Sammy iba al colegio.

– ¿Cómo está Sam? -preguntó Joe.

– A Sammy le encantó Florida, pero os echa de menos a ti y a Hawk y el refugio. Y Julia está terminando de cerrar sus negocios en Chicago. Por cierto, hemos tomado una decisión.

– ¿Y cuál es?

– No vamos a vivir en Fairbanks durante los meses de invierno. Hemos decidido vivir en el refugio. Sammy irá al colegio a Muleshoe.

Joe sonrió, contento al pensar en tener a su compañero en el refugio todo el año, por no hablar de Sammy y de su madre. Había llegado a querer al niño como a un hijo y a apreciar a la madre. Julia hacía de Tanner el hombre más feliz del mundo. Algún día, cuando Joe estuviera listo para establecerse, esperaba encontrar a una mujer tan dulce y tan cariñosa como Julia Logan.

Pero de momento, tenía que conformarse con Perrie Kincaid; una pesada de cuidado. Ella se unió a ellos y se quedó de pie junto a Joe.

– ¿Vamos a poder llegar a Seattle? -preguntó Perrie.

Tanner frunció el ceño, entonces abrió la boca; pero Joe le echó una mirada de advertencia.

– Tanner O'Neill; te presento a Perrie Kincaid -dijo Joe-. Vaya a meter su equipaje en el avión, Kincaid. Yo estaré con usted dentro de un momento.

Ambos la observaron apresurándose hacia el Otter, y después Tanner le agarró a Joe del brazo y la señaló.

– ¿Cómo diablos lo consigues, Brennan? Se suponía que ibas a recoger a un tipo al aeropuerto, y acabas con una mujer; y encima preciosa.

Joe sonrió.

– Encanto puro, sin adulterar.

– Si la llevas a Seattle, vas a meterte de cabeza en esa tormenta.

Joe se echó a reír y le dio a su compañero una palmada en el hombro.

– No te preocupes. No nos vamos a Seattle, aunque ella lo crea así. Vamos de camino a Muleshoe como le prometí a su jefe.

– ¿Vas a hospedarla en el refugio? -le preguntó Tanner-. ¿Estás seguro de que quieres probar de nuevo la leyenda? Yo dejé entrar a Julia y acabé casándome con ella.

Joe negó con la cabeza. Cuando Julia Logan se había presentado en el Refugio Bachelor Creek, Joe había sido el primero en mudarse. La leyenda decía que la mujer que entrara en el refugio estaba destinada a casarse con uno de sus ocupantes, y Joe no estaba dispuesto a arriesgarse. La leyenda se había cumplido, pero el cazado había sido Tanner.

– Perrie Kincaid se hospedará en una de las cabañas de los huéspedes.

Tanner pestañeó.

– Eso no le va a hacer mucha gracia. No tiene baño dentro, y en pleno invierno…

– Bueno, tendrá que aguantarse -contestó Joe-. Ésa no va a poner el pie en el refugio.

Tanner miró a Perrie y después a Joe.

– No parece una persona que se conforme con lo que no le guste.

– Lo sé -gruñó Joe-. Pero trataré con ese problema más adelante.

Perrie se acurrucó en el asiento del copiloto, se abrazó y empezó a dar con los pies en el suelo. El aliento se trasformaba en vaho al contacto con el aire helado, y -tenía la nariz tan fría, que estaba segura de que se le rompería si se la frotaba.

– ¿No tiene calefacción este avión?

Brennan la miró con aire ausente, como si le sorprendiera tener un pasajero a bordo. No había dicho ni palabra desde que habían despegado hacía una hora, y parecía bastante cómodo con aquel silencio. Cerró el puño y le asestó un golpe firme a un botón de la consola de mandos. Algo empezó a sonar, y poco a poco la cabina del Otter se calentó a una temperatura sobre cero.

– Espero que el resto de su avión funcione mejor que la calefacción -murmuró ella.

El emitió un gruñido como respuesta; pero su expresión quedaba escondida tras sus gafas de sol y ensombrecida por la visera de su gorra. Parecía concentrado en la panorámica que se divisaba a través del parabrisas del avión, de modo que Perrie aprovechó la oportunidad para estudiarlo.

Ella se tenía por una excelente juez de carácter, poseedora de una habilidad para discernir inmediatamente la verdadera naturaleza de una persona con un simple vistazo. En su trabajo le había ido muy bien; le había permitido separar la paja para llegar directamente al meollo de cuestión. Pero Joe Brennan desafiaba la impresión inmediata.

Sus atributos físicos eran sencillamente suficientes. Poseía un cuerpo alto y esbelto, el cabello negro y espeso, tal vez necesitado de un corte de pelo, y un rostro apuesto tras la oscura pelusilla de tres días que cubría su mentón. Pero para juzgarlo bien tendría que verle los ojos. Y desde que se habían conocido, sus ojos habían estado escondidos tras esas gafas de sol.

Perrie se volvió a mirar el paisaje más abajo, buscando algún signo de civilización. Pero lo único que vio fue bosques, cortados de tanto en cuanto por franjas blancas que supuso serían lagos o ríos en el verano. Como no podía discernir dónde estaban, volvió a centrar su atención en el piloto.

¿Qué le importaba adivinar como era Joe Brennan? Sería un gasto de energía. Cuando aterrizaran en Seattle y ella le pagara, jamás volvería a verlo. ¿Qué le importaba el carácter que se escondía tras esas gafas? Mientras fuera un buen piloto, no necesitaba saber más.

– ¿Cuánto falta para aterrizar en Seattle? -le preguntó-. Pensaba que podríamos ver ya la costa. ¿Vamos a tener combustible suficiente? ¿O tenemos que parar? La verdad es que ahora mismo me encantaría tomar una taza de café.

– Hay un termo detrás de mi asiento -dijo él-. Y no vamos a Seattle.

Perrie se echó a reír y miró por la ventanilla.

– Pues claro que sí… -su voz se fue apagando, y se volvió despacio a mirarlo-. ¿Qué quiere decir con que no vamos a Seattle? Voy a pagarle para que me lleve allí.

– La voy a llevar a Muleshoe, como le prometí a Milt Freeman.

Ella se volvió en el asiento y tiró del cinturón de seguridad con gesto frenético.

– Habíamos hecho un trato, Brennan. Dé la vuelta inmediatamente y lléveme a Seattle.

Él se bajó las gafas y se volvió a mirarla. Sus ojos de un azul cielo luminoso la contemplaron con expresión divertida. Primero la miró a la cara despacio, después continuó mirándole el cuerpo. Perrie se preguntó cuántas veces la habrían observado de ese modo tras las lentes de espejo de unas gafas. Pero de pronto su instinto empezó a fallarle, porque lo único que podía leer en los ojos azules de Brennan era una clara curiosidad sexual. Una curiosidad que ella compartió desde ese mismo momento.

La idea zarandeó sus sentidos y una inesperada oleada de deseo le recorrió la sangre. Se dijo que debía dejar de mirarlo, segura de que sus preciosos ojos eran de algún modo los culpables de aquel lapso momentáneo. El tipo era sin duda alguna un encantador de primera categoría; y estaba utilizando todo ese encanto para renegociar los términos de su acuerdo, empleando todas las armas disponibles, incluida su debilidad recién descubierta por un rostro apuesto y una sonrisa pícara. Aunque desde luego ella no pensaba dejarse camelar por eso…

– Yo… quiero volver a Seattle -dijo ella, tratando de dominar su voz trémula.

Él arqueó las cejas.

– Parece olvidar quién pilota el avión, Kincaid. Usted irá a donde vaya yo. A no ser, por supuesto, que quiera saltar. No tengo paracaídas, pero eso no debería importarle a una mujer como usted.

Azul celeste. Sus ojos eran más celestes que zafiro. El mismo azul claro del cielo más claro y luminoso. Tragó saliva mientras trataba de ignorar el calor que le subía por el cuello y la cara.

– ¿Qué se supone que significa eso de una mujer como yo?

– Conozco a las de tu tipo. Nada se le pone por delante, ¿verdad?

No. Perrie jamás dejaba que nada se interpusiera entre su trabajo y ella. Pero, de algún modo, viniendo de él, el comentario le pareció más bien un insulto. Se puso tensa, y su repentina atracción pareció atemperada por el despecho.

– Y un cuerno si piensa que voy a ir a Donkeyleg -le repitió, y soltó una palabrota mientras agarraba los controles de su lado del copiloto.

Él se echó a reír y se arrellanó en el asiento; se cruzó de brazos y la miró con expectación.

– Si quiere pilotarla, adelante. Si puede llevarnos a Seattle, le pago el viaje, cariño.

No había pilotado un avión en su vida, pero no podía ser tan difícil. Era una mujer inteligente, una mujer que una vez había conducido por el centro de Chicago durante una tormenta de nieve en hora punta. Al menos allí no pasarían taxis a toda velocidad ni molestos peatones. Sólo había arriba, abajo, derecha e izquierda. Aunque «abajo» era una dirección que no le interesaba en ese momento.

Plantó los pies en los pedales y agarró el mando con fuerza.

– Cree que no soy capaz de pilotar este avión, ¿verdad? -dijo con los dientes apretados.

– Se perfectamente que no sabe pilotar este avión. Pero estoy dispuesto a darle una oportunidad.

Apretó los dientes mientras giraba despacio el mando. El aeroplano respondió ladeándose un poco hacia la derecha. Pero al girar, el morro del avión descendió ligeramente, y Perrie abrió los ojos como platos.

– Está perdiendo altitud -comentó él.

– Eso lo sé -cerró los ojos y trató de recordar todo lo que sabía de aviones; entonces tiró del mando despacio hacia atrás.

El morro del avión empezó a elevarse y una sonrisa de satisfacción curvó sus labios. Aquello no era tan difícil. Echó un vistazo a la brújula. Al sur. Tendrían que dirigirse al sur para llegar a Seattle. Y cuando llegaran allí, intentaría aterrizar el avión. Si sabía algo de Joe Brennan, era que no le dejaría chocarse con su maravilloso avión por un estúpido juego.

– Antes de meterse en esa borrasca que tenemos por delante, será mejor que presente un nuevo plan de vuelo en Fairbanks. Necesitarán saber dónde buscarnos una vez que caigamos.

– No vamos a caernos -dijo ella.

– Si va directamente hacia esa tormenta, Kincaid, le garantizo que caeremos. Las alas se congelarán y no tendremos la potencia suficiente para mantener la velocidad en el aire. Perderemos altura lentamente y sin duda nos estrellaremos en algún lugar de los Montes de Alaska. Tal vez, si tiene suerte, caeremos en el Monte McKinley.

– Se lo está pasando muy bien, ¿verdad? -le soltó ella enfadada.

– No sabe cómo.

Las nubes negras que tenían delante seguramente pondrían fin a su corta carrera de piloto.

Si continuaba aquel juego con Joe Brennan, tal vez acabaría perdiendo la vida. Maldición. Iría a Donkeyleg con él. Pero no le dejaría ganar. Se metería en el primer autobús que la sacara de aquel congelador y volvería a Seattle por sus propios medios.

– De acuerdo, lo haremos a su modo -dijo ella mientras apartaba las manos de los mandos de control-. Por el momento -añadió entre dientes.

Él sonrió, se volvió a poner las gafas de sol y lentamente desvió el avión hasta que apuntaba de nuevo hacia el noreste.

– Creo que Muleshoe le parecerá infinitamente más soportable que chocarse contra la ladera nevada de una montaña. Tenemos una taberna, un almacén, un supermercado y nuestra propia estafeta de correos. Y los sábados por la noche sirven espaguetis en el parque de bomberos.

– Ay, Dios mío -murmuró Perrie-. Espaguetis. Trataré de contener la emoción.

– Bienvenida a Muleshoe, Kincaid.

Joe observó que Perrie se asomaba por el parabrisas cubierto de escarcha de su Blazer, que había aparcado en medio de la calle principal del pueblo. No tenía que fijarse mucho para ver la ciudad; sobre todo porque casi toda estaba alineada a un lado de la calle.

Los edificios eran un destartalado conjunto de pintura descolorida y porches desvencijados, ventanas congeladas y volutas de humo enroscándose sobre los tejados. Los patios delanteros estaban atestados con una variedad de posesiones cubiertas de nieve: viejos neumáticos, trineos, botas de piel, latas de combustible, canoas oxidadas, pieles de animales y cualquier cosa que mereciera la pena utilizar en el futuro. Para el que venía de fuera tal vez le pareciera un tanto decrépito, pero para Joe era su hogar.

– Santo cielo -murmuró ella-. Es peor de lo que yo imaginaba.

Joe ahogó una respuesta desdeñosa. En ese momento, no estaba de humor para meterse en otra discusión con Perrie Kincaid, sobre todo en defensa del sitio que él había elegido para vivir.

– El refugio está a kilómetro y medio al norte de la población.

– ¿Y dónde vive usted?

– En el refugio.

Perrie soltó un gemido entrecortado.

– ¿Y yo voy a hospedarme allí? -dijo con desesperación.

– En realidad va a hacerlo en una de las cabañas para los huéspedes que pertenecen a la propiedad. Es un sitio muy bonito; caliente y acogedor. Le pedí a Burdy McCormack que llenara la cabaña con todo lo que pudiera necesitar para su estancia. Si conozco bien a Burdy, tendrá un fuego en la chimenea y una cafetera lista. Él será su vecino mientras esté aquí. Cuando se hiela el río Yukon, Burdy se traslada a la cabaña que está junto a la suya para pasar el invierno. Va al pueblo cada día, así que si necesita algo de allí o quiere ir, levante el banderín que hay en el porche delantero y él se parará.

Ella soltó el aire despacio y se frotó los brazos.

– No se moleste con la cabaña, Brennan. Lléveme adonde esté el transporte público más cercano. La estación de autobuses me viene bien.

¿Cuándo se daría por vencida? Brennan se dijo que jamás había conocido a una mujer más testaruda y con más determinación que aquélla. Además, todavía tenía que analizar por qué a pesar de eso le resultaba atractiva.

– No puedo hacer eso -le contestó él mientras se arrellanaba en el asiento y la miraba con recelo.

– Pues será mejor que lo haga -ella levantó el mentón de nuevo como había hecho antes-. De otro modo iré caminando hasta allí. No puede impedirme que me marche.

– Eso sería un poco duro, ya que la estación de autobuses más cercana está en Eairbanks.

Perrie cerró los ojos y apretó la mandíbula. Joe se temió lo peor. Ella había estado deseando tener otro enfrentamiento con él desde la discusión del avión. Pero cosa rara la mujer dominó su genio y esbozó una sonrisa superficial.

– De acuerdo, me plantaré en Main Street y sacaré el pulgar. Tiene que pasar algún camión que se dirija a algún lugar civilizado. A no ser que me diga que no tienen ni carreteras ni camiones aquí.

– Oh, sí, tenemos carreteras. Y camiones también. Pero no en invierno. Éste es el final de la autopista, Kincaid, y una vez que uno está en Muleshoe después de la primera nevada importante, se queda aquí durante toda la estación. Hasta el deshielo de la primavera, claro está.

Perrie arqueó una ceja con expresión dubitativa.

– ¿Y qué hay de esta carretera? ¿Adónde lleva?

– En este momento a ningún sitio. Erv maneja la máquina quitanieves. Mantiene limpia la carretera en dirección a la pista de aterrizaje y hacia el norte un poco más allá del refugio. Pero tratar de retirar la nieve mucho más es como tratar de limpiar el polvo en una tormenta de arena. En cuanto termina uno, cae una nueva tormenta que vuelve a bloquear las carreteras.

– ¿Quiere decirme que no hay modo de salir de la ciudad?

– Desde luego que lo hay. En mi avioneta. Pero ya sabe que no estoy dispuesto a hacerlo.

Perrie entrecerró los ojos y maldijo entre dientes. Entonces agarró el asa de la puerta y saltó de la camioneta. En cuanto sus pies tocaron el suelo se resbaló; y de no haber sido porque estaba agarrada a la puerta de la camioneta, se habría caído.

– ¿Y qué hay de las comidas? -preguntó mientras se volvía y asomaba la cabeza por la ventanilla abierta de la camioneta.

– La traemos con camiones en otoño. La mayoría de la comida es enlatada o comida deshidratada. Tenemos carne fresca congelada en el congelador de Kelly; hay venado, alce, caribú, salmón y varios cortes de ternera. Pero si busca fruta y verduras frescas, no tendrá mucha suerte. Yo traigo lo que puedo, pero sólo cuando tengo sitio en el avión.

Ella se paseó de un lado a otro unos minutos más, nerviosa, llena de energía, antes de detenerse de nuevo.

– ¿Y qué pasa si alguien se pone enfermo?

– Si es una urgencia, yo los llevo en el avión. O el hospital de Fairbanks envía un avión para evacuar al enfermo. Y si hace mal tiempo, bueno, no hay muchas oportunidades. Kincaid, la vida aquí es bastante dura. Casi se puede decir que está en el borde de la frontera. Una vez que se cruce el río Yukon, no hay otra ciudad hasta al menos doscientos cincuenta kilómetros.

Ella apretó los puños y gruñó de frustración. Maldición. Incluso cuando se ponía así estaba guapa. La rabia encendió el color de sus mejillas y el verde de sus ojos pareció más intenso. Brennan se dio cuenta de que no podía dejar de mirarla.

– ¿Cómo va la gente a trabajar? -le soltó ella enfadada.

– Todo el mundo trabaja aquí. Cazan y pescan; se las apañan.

Ella dejó de pasearse delante de él y se subió de nuevo a la camioneta. Con expresión desesperada, lo agarró de las solapas de la cazadora y tiró de él.

– Tengo que salir de aquí, Brennan. Puede llevarme ahora, o empezaré a andar. De uno u otro modo, volveré a Seattle.

Él se quitó las gafas, y sintió su aliento caliente en la cara. Una leve chispa de deseo lo sorprendió, y bajó la vista a sus labios. De pronto experimentó el extraño deseo de besar a esa mujer, y se quedó pensativo. ¿Serían sus labios tan suaves como parecían? ¿A qué sabría su boca?

Pero apartó la vista de sus labios y agarró el volante con fuerza. No quería besarla. Lo que de verdad deseaba hacer era zarandearla hasta que le castañetearan los dientes.

– Maldita sea, Kincaid, no sea tonta. Si trata de irse de aquí a pie, en veinticuatro horas estará muerta. El tiempo puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Ésa es una razón por la cual la carretera está cerrada. Para que los locos como usted no se jueguen el cuello tratando de viajar. Estará aquí hasta que yo la lleve en mi avión, y cuanto antes se meta eso en su dura cabezota, mejor.

Ella pestañeó, frunció el ceño y se retiró ligeramente para mirarlo. Lo miró brevemente con los ojos muy abiertos, ciertamente sorprendida. Finalmente, Joe se dijo que parecía estar entendiendo lo que él le decía. Con todo lo que le había reñido, parecía que Perrie Kincaid hubiera decidido hacerle caso y ser razonable. Tal vez a partir de ese momento dejara de luchar contra lo inevitable. Y Kincaid se quedara allí hasta que Milt Freeman le dijera que ya no corría peligro en Seattle.

– Quiere besarme, ¿verdad? -su voz ronca encerraba igual mezcla de sorpresa y satisfacción.

Brennan soltó una carcajada, que sonó forzada y vacía. Se movió en el asiento, pero ella no le soltó la cazadora. ¿Qué diablos? ¿Es que aparte de ser una pesada también adivinaba el pensamiento? ¿O acaso se le notaba tanto ese repentino deseo? Hacía tiempo que no había estado con una mujer. En realidad, había tenido miedo de reconocer que últimamente tenía un bajón. Había habido un montón de posibilidades, un montón de cenas románticas, pero nada más. No queriendo dejar ver otro impulso que la mirada curiosa de esa mujer pudiera captar, se dio la vuelta y se puso las gafas de sol despacio.

– Tiene una opinión muy buena de sí misma, ¿no, Kincaid?

Ella suspiró, le soltó las solapas y se apartó de él con impaciencia.

– No es para tanto. ¿Quiero decir, por qué tratar de esconderlo? Es un tipo sano, que vive en un lugar apartado de la civilización. Yo soy una mujer culta, atractiva. Puede decirlo, Brennan. No soy ninguna mojigata. Lo reconozco, usted me atrae ligeramente, también. Resulta inexplicable, pero la atracción está ahí.

Él metió la llave en el contacto y arrancó, satisfecho en cierta medida de que la atracción fuera mutua. Aun así, el sentido común le decía que ir detrás de Perrie Kincaid sería un error colosal. Cuanto antes la dejara en la cabaña, antes podría escapar de esos ojos verdes de mirada turbadora. Ella era demasiado despierta, demasiado franca para su gusto; aunque fuera la única mujer guapa en un radio de sesenta kilómetros a la redonda.

– ¿Siempre es así de clara?

– No me parece un defecto -dijo ella-. En mi trabajo, es una necesidad. Siempre digo lo que pienso. ¿Por qué malgastar el tiempo dándole vueltas a un tema cuando puede uno ir directamente al grano? Me ahorra dinero y problemas.

– Bueno, mientras esté aquí en Muleshoe, tal vez quiera moderarse un poco en ese sentido. Hará más amistades si no va por ahí soltando todo lo que se le pasa por la cabeza. Sobre todo esas opiniones un tanto negativas sobre este sitio.

– No pienso quedarme tanto tiempo como para hacer amistades.

– Diga lo que quiera, Kincaid -murmuró él mientras metía la marcha y pisaba el acelerador-. Lo que no quiero es tener que meterla en el congelador de Kelly.

– ¿Me metería en un congelador para impedir que me marchara?

– No, allí es donde metemos a la gente que fallece hasta que podemos transportarlos a la funeraria de Fairbanks. Sí planea salir de la ciudad por su cuenta, allí será donde acabará tarde o temprano.

Ella se mudó de postura en el asiento y lo miró con expresión angustiada.

– Lo tendré en cuenta, Brennan.

Mientras conducían por Main Street, Joe le señaló los lugares más conocidos: el almacén, la taberna, el supermercado, la oficina de correos; pero ella apenas mostró interés.

– Y ésa de allí es la cabaña de las novias -señaló una pequeña cabaña de cuya chimenea de piedra salía un hilo de humo-. Los solteros la construyeron el verano pasado cuando planearon el asunto de las novias por correo. Se les ocurrió traer a las chicas en pleno invierno para probar su entereza. Pensaron que, si podían sobrevivir al frío y a la nieve, entonces tal vez mereciera la pena casarse con ellas. A lo mejor le apetece pasar y saludarlas. Las tres constituyen la mayor concentración de mujeres que pueda encontrar entre Muleshoe y Fairbanks.

– No creo que tengamos mucho en común -le dijo, apenas echándole a la cabaña una mirada rápida.

– Nunca se sabe.

– Se supone que tengo que escribir un artículo sobre ellas. Milt me lo asignó antes de sacarme de Seattle. No puedo imaginar cómo una mujer que esté bien de la cabeza podría vivir aquí.

– No es tan malo -dijo él, preguntándose por qué se molestaba en defender lo contrario con esa mujer-. A algunas mujeres les parece un desafío. No a todo el mundo le gusta vivir como piojos en costura en las ciudades. Con tanto ruido y polución, y tantos criminales… no me sorprendería si acabara gustándole un poco también a usted.

– Yo en su lugar no contaría con ello -apoyó la cabeza en la ventana y observó el paisaje en silencio.

Joe salió despacio de la ciudad, y evitó con cuidado un montículo de nieve que el viento había acumulado en medio de la carretera. Esperaba que Milt Freeman supiera lo que hacía enviando a Perrie Kincaid a Muleshoe. Más de unas cuantas mujeres y un buen número de hombres habían sufrido crisis nerviosas en el aburrimiento y el aislamiento infinito de un invierno en Alaska. Si la nieve y el frío no conseguían sacar de quicio a una persona, las interminables noches lo hacían, ya que los días eran muy cortos, y enseguida se hacía de noche.

Él desde luego no quería estar cerca cuando Perrie Kincaid empezara a sufrir la claustrofobia que provocaba el estar mucho tiempo encerrado y la falta de sol. Cuanto antes resolvieran los problemas Milt Freeman y la policía de Seattle, mejor para él. Mejor para todos.

3

Perrie se recostó contra la áspera puerta de madera mientras escuchaba el ruido de los pasos de Joe Brennan en la nieve de regreso a su cabaña. Agradecía poder estar finalmente lejos de los inquietantes ojos azules de aquel hombre. Con un suspiro de rabia soltó el bolso en el suelo. Momentos después, se deslizó contra la puerta de la cabaña y terminó sentándose en el suelo.

– Estoy como en la cárcel -murmuró mientras se frotaba el brazo que le dolía-. Esto es lo que es este sitio; como un campo de refugiados rusos decorado con cabezas y pieles de animales -suspiró-. Y con un guardián lo suficientemente guapo como para provocarle estremecimientos a cualquier mujer.

Echó un vistazo al interior de la cabaña, a las cornamentas de las paredes, y maldijo a Milt Freeman para sus adentros y al tipo que le había disparado. De no haber sido por esa bala perdida, Milt no la habría enviado a Siberia. Seguiría en Seattle, trabajando en su historia, siguiendo pistas y buscando testigos. En lugar de eso, en el único plan en el que podía ocupar su tiempo era en tratar de escapar de Muleshoe… y en la posibilidad de que Joe Brennan pudiera besarla.

Si tenía tiempo de sobra, tal vez Joe Brennan acabara pareciéndole más que un poco intrigante. Tal vez pudieran darse un revolcón o dos antes de salir de la ciudad. Después de todo, Perrie no era inmune a los encantos de un hombre tan apuesto y masculino. Había habido pocos hombres en su vida; siempre bajo sus condiciones, por supuesto. Pero ninguno de ellos le había durado mucho en cuanto se habían dado cuenta de que no ocupaban los primeros puestos de su lista de prioridades.

Además, ella ya había contado por lo menos cinco buenas razones por las cuales Joe Brennan la ponía nerviosa; cinco razones por las cuales no le permitiría besarla… Y menos aún que se la llevara a la cama. Y la más importante de todas era el que se hubiera negado a llevarla a Seattle. ¿Cómo iba a respetar a un hombre que no respetaba la importancia de su trabajo?

Se frotó la cara con las manos. En ese momento, no quería pensar en Brennan. La tonta atracción que sentía hacia él sólo le serviría para distraerla de su causa, que era regresar a Seattle. Y él le había dejado claro que no la ayudaría con eso.

– Encontraré otro modo -se dijo-. Tiene que haberlo.

Se puso de pie y dio una vuelta despacio alrededor de la cabaña, que era bastante bonita, caliente y acogedora. El suelo era de madera, cubierto con alfombras de lana muy coloridas. Una chimenea de piedra dominaba una de las paredes; a un lado y a otro de la chimenea había un sofá y una mecedora vieja.

Al otro lado de la cabaña, un par de camas de hierro y un viejo tocador de madera conformaban la zona para dormir. Las camas estaban cubiertas de bonitas colchas y cojines de plumas. En el rincón, una estufa panzuda irradiaba un calor muy agradable. Perrie sostuvo un momento las manos delante para calentárselas, para seguidamente pasar a inspeccionar la cocina.

Como el resto de la cabaña, era sencilla. Había una placa eléctrica, un frigorífico pequeño y unos cuantos armarios de madera de pino que parecían haber sido hechos a mano. En el centro de la mesa de roble había un jarrón con flores secas. Suspiró y se frotó las manos, entonces cruzó la habitación y descorrió las cortinas de una de las tres ventanas de la cabaña.

Esperaba poder echar un vistazo a ver qué tiempo hacía; pero en lugar de eso contempló una cara llena de arrugas y una boca desdentada que le sonreía. Perrie dio un grito y se retiró de la ventana, con el corazón en la garganta. El hombre la saludó con la mano antes de dar unos golpes en el cristal y señalar la puerta. Llevaba puesto un sombrero de piel con orejeras a los lados.

¿Quién sería ése? No podía ser que en Muleshoe hubiera también un mirón. Se llevó la mano al pecho, tratando de calmar sus latidos, y abrió la puerta una rendija.

El hombre de cara sonriente se pegó a la abertura.

– Hola, usted debe de ser la señorita de Seattle.

– Lo soy -dijo ella con recelo-. ¿Quién es usted? ¿Y por qué está mirando por mi ventana?

– Me llamo Burdy McCormack -metió la mano por la abertura, y de mala gana ella se la estrechó antes de abrir la puerta un poco más-. Se me ocurrió venir a ver cómo estaba -elijo mientras entraba con el paso tambaleante de sus piernas arqueadas-. No sabía si había llegado ya.

Un viento frío entró con él en la cabaña, y Perrie cerró la puerta rápidamente. El hombre dejó de sonreír y se rascó la cabeza.

– Supongo que no le gustarán mucho los perros. Strike está educado para hacer sus necesidades limpiamente.

Ella lo miró a él y después a la puerta.

– Perdone, ¿su perro está fuera? -abrió la puerta de nuevo y se asomó, pero no vio nada salvo nieve y árboles y una fila de huellas que morían a la puerta-. Me temo que no está aquí fuera.

– Vamos, Strike -lo llamó Burdy-. Entra al calor, perrucho. Muy bien, chico.

Perrie vio cómo Burdy se agachaba y acariciaba el aire justo al lado de su rodilla. Pero no había acariciado nada, puesto que allí no había ningún animal. Perrie se mordió el labio inferior. ¡El pobre viejo pensaba que tenía un perro!

Por un momento pensó en dejar la puerta abierta por si ella necesitaba escaparse, pero estaba entrando frío en la cabaña, así que decidió arriesgarse y estar caliente.

– Qué bonito perro tiene. Y muy obediente.

Burdy asintió y sonrió tanto, que su sonrisa parecía ocupar toda su cara curtida por el clima y los años.

– ¿Entonces, tiene todo lo que necesita aquí? Joe me pidió que viniera a ver cómo está de vez en cuando.

Perrie se frotó las manos y estudió a Burdy McCormack con astucia. Parecía inofensivo, un hombre que tal vez pudiera apoyar su causa.

– En realidad, hay algo con lo que podría ayudarme. No encuentro el baño.

Burdy se rascó la barbilla.

– Eso está fuera de la cabaña, en la caseta que tiene la luna en la puerta.

Perrie emitió un gemido entrecortado.

– ¿Fuera de la casa? ¿En pleno invierno? -se dio la vuelta y empezó a pasearse por la habitación-. Tiene que ayudarme a salir de aquí. Puedo vivir sin televisión y sin comida basura; pero no puedo vivir en una casa sin cuarto de baño. ¡No lo haré!

Burdy movió un dedo torcido en dirección suya mientras sacudía la cabeza.

– ¡Ah, ni lo sueñe! Joe me advirtió que trataría de convencerme para que la sacara de aquí. Pero eso no va a ocurrir. No voy a dejarme llevar por las palabritas dulces de una mujer bonita.

Perrie añadió otra razón a la lista de por qué besar a Joe Brennan quedaba descartado. Era un bocazas. Seguramente toda la gente que vivía allí sabría ya que se quería largar de Muleshoe.

– No lo entiendo -dijo Perrie con calma-. Tengo que volver a Seattle. Es un asunto de vida o muerte. Tiene que haber un modo de salir de aquí.

– Hay muchas maneras de salir de aquí. En Muleshoe viven más de siete u ocho pilotos, y cada una de ellos posee una bonita avioneta, además.

– ¿Pilotos? ¿Quiere decir que Brennan no es el único que tiene el monopolio de los vuelos?

– Señorita, estamos en Alaska. Aquí no se puede vivir sin un avión.

– Entonces tiene que llevarme hasta esos pilotos. Estoy dispuesta a pagarle. Mucho. Podría comprarse cualquier cosa. Un perrito nuevo.

El viejo se echó a reír.

– ¿Para qué iba a querer un perro nuevo teniendo a Striker? Nunca ladra, y apenas come, y nos llevamos muy bien.

– Eso ya lo veo.

Y también veía que Joe Brennan la había dejado en manos de un loco y su perro invisible. Burdy se retiró el sombrero y la miró con sus ojos de un azul brillante.

– A Joe no le gustaría mucho si la ayudara a marcharse. Y supongo que les habrá dicho a todos los demás pilotos que no la lleven tampoco. Pero supongo que no por eso dejará de intentarlo.

– Desde luego que no -dijo Perrie-. Tiene que haber un piloto en esta ciudad dispuesto a volar por dinero.

Burdy suspiró y se frotó la frente.

– ¿Le gustaría venir a Muleshoe? Estaba a punto de ir a comer algo en St. Paddy's, y me encantaría tener la compañía de una muchacha bonita como usted.

– ¿Tienen iglesia aquí?

Burdy se echó a reír.

– St. Paddy's no es una iglesia; es la taberna del pueblo. La lleva Paddy Doyle. Acabamos llamándola Si. Paddy's porque la mayoría nos pasamos allí los domingos por la mañana. Prepara un buen desayuno irlandés, con huevos fritos, tartaletas de patata y pan fermentado y salchichas caseras; pero no permite que nadie hable durante el servicio religioso.

– ¿Es un cura, entonces? preguntó ella.

Un religioso la ayudaría. Vería que la estaban reteniendo en contra de su voluntad y le exigiría a alguno de los pilotos locales que la sacara de allí.

– Bueno, sí que preside los funerales del pueblo, pero no es un cura propiamente dicho. Sólo nos obliga a ver la misa en la enorme pantalla de televisión que tiene en el local.

Las ilusiones de Perrie se desvanecieron. No había cura.

– Todos lo soportamos porque el desayuno es exquisito -continuó Burdy-. Y porque Paddy se toma su religión muy en serio. La misa empieza a las ocho y poco después se sirve el desayuno.

A Perrie se le hizo la boca agua sólo de oír la descripción de Burdy. No había comido nada desde la noche anterior. Era casi la hora de la cena, y con ello llegaba la necesidad de ponerse a cocinar, una habilidad que no dominaba más allá de las palomitas en el microondas.

– ¿Y sirven una buena cena en St. Paddy's?

– La mejor del pueblo -contestó Burdy-. Salvo las cenas de los sábados en el parque de bomberos. Soy yo quien cocina. Mañana por la noche toca espaguetis.

– ¿Y los pilotos de la ciudad comen en casa de Doyle?

– La mayoría.

– Entonces creo que iré con usted al pueblo, Burdy. Tengo un poco de hambre y esta noche no me apetece cocinar.

Burdy asintió.

– De acuerdo. Póngase una cazadora que abrigue y unas buenas botas que encontrará en ese armario. No voy a sacarla con el frío que hace si no está debidamente abrigada. Y si a la vieja Sarah se le mete en la cabeza que no quiere ir a la ciudad, tendremos que ir andando.

– ¿Sarah es su esposa?

– No, es la camioneta del refugio. A veces me da la lata. Si la ve, tal vez se ponga un poco celosa y decida que no nos lleva a Muleshoe.

Perrie levantó la cabeza del suelo mientras se calzaba un par de botas de goma enormes y se ponía una cazadora de plumas. Un perro invisible y una camioneta celosa.

¿Qué otra clase de entretenimiento podría ofrecerle Muleshoe?

La Tap Tavern de Doyle, o St. Paddy's como la llamaban los lugareños, estaba llena de gente cuando Burdy la invitó a pasar. Al mirar a su alrededor, Perrie se dio cuenta de que era la única mujer allí; y al resto de los clientes de Paddy no le llevó mucho tiempo darse cuenta de lo mismo. La conversación se fue apagando al tiempo que todos los ojos se volvían hacia ella.

Perrie esbozó una sonrisa forzada y agarró a Burdy del brazo.

– ¿Por qué me están mirando así? -murmuró.

Burdy se puso derecho y sacó pecho.

– Supongo que se están preguntando cómo un viejo como yo lleva del brazo a una mujer tan guapa -se aclaró la voz-. Ésta es la señorita Perrie Kincaid. Se quedará en Muleshoe una temporada. Está buscando un piloto para que la saque de aquí.

Seis de los clientes del bar se adelantaron, pero Burdy levantó su mano nudosa y negó con la cabeza antes de continuar su perorata.

– El primero que le ofrezca un vuelo a la señorita Kincaid, tendrá que vérselas con Joe Brennan y conmigo.

Los seis retrocedieron con gesto decepcionado; pero su interés apenas disminuyó. Perrie se movió nerviosamente mientras le echaba una mirada a Burdy.

– Y no está aquí para buscar marido tampoco, así que podéis cerrar la boca y volver a lo que estuvierais haciendo.

– Soy perfectamente capaz de defenderme sola -dijo mientras Burdy la conducía a una mesa.

Retiró con galantería una silla de vinilo rojo para que se sentara y la ayudó a quitarse la cazadora.

– Por supuesto, se esperará que baile con ellos -dijo Burdy en cuanto se hubo sentado frente a ella y acomodado a sus pies al perro imaginario.

Ella levantó la vista del menú.

– ¿Cómo?

– Bueno, eso es una costumbre común por estas tierras. No pueden bailar entre ellos, así que cuando hay una mujer no pierden mucho tiempo. Supongo que acabarán sacándola a la pista más veces de las que pueda contar. Si tiene suerte, las novias se pasarán y reducirán sus posibilidades de marearse.

Burdy no había terminado de hablar cuando se abrió la puerta del bar y entraron tres mujeres. Perrie no habría sabido que había mujeres debajo de las capuchas de las cazadoras o de las bufandas de no haber sido porque todos dejaron de hablar de repente.

– Ahí están -dijo él-. Son un grupo prometedor. Mejor que las tres primeras.

– ¿Hubo tres anteriores?

– Sí. Los chicos pusieron un anuncio en un periódico de Los Ángeles. Supongo que pensaron que tal vez con un poco de suerte consiguieran una estrella de cine o una de esas modelos. Esas tres chicas aguantaron una semana antes de que Joe tuviera que llevarlas en su avión de vuelta a Fairbanks. No estaban hechas para el frío. Pero estas tres son distintas. Yo he apostado dinero a que por lo menos dos de ellas se quedan.

Perrie vio cómo se quitaban los abrigos y se sentaban a la mesa. Le parecían mujeres normales e inteligentes. Las tres eran atractivas, cada una a su manera y, por lo que podía ver, sus edades iban de veintitantos a treinta.

– ¿Y sus novios? -preguntó ella-. ¿No se van a enfadar si alguien baila con ellas?

– No funciona así la cosa. Los chicos que pagaron tienen la oportunidad de leer las cartas y elegir a las chicas. Pero en cuanto están aquí, más o menos son para todos. El hombre que corteje a la chica se la lleva con todas las de la ley.

– Eso no me parece justo. ¿Y los hombres que no pagaron?

– Bueno, no hay muchos solteros que no participaran. Sólo yo… y Paddy. Él sigue llorándole a su esposa, que perdió hace unos años. Y está también Ralphie Simpson. Él se ha casado y divorciado cinco veces, así que no quería una mujer que busque el matrimonio. Y eso es todo, salvo por Brennan y Hawk.

– ¿Todos los hombres solteros de la ciudad excepto usted y los otros cuatro están buscando novia?

– Exactamente.

Ella miró a Burdy por encima del menú.

– ¿Y qué pasa con Brennan? ¿Por qué no se apunta a lo de las novias?

Burdy se rascó la barbilla con gesto pensativo.

– La verdad es que no lo sé. Sospecho que le gusta ser un lobo solitario. Aunque no haya escasez de damas que quisieran poner fin a esa situación. Todas dicen que es un verdadero encanto, que sabe exactamente cómo tratarlas. Y siempre están hablando de sus ojos, aunque yo no les vea nada de especial.

– ¿Sus ojos? No veo qué tengan de especial -mintió Perrie-. En cuanto a lo de ser encantador… Bueno, desde luego no es mi tipo.

– ¿Sabe?, rescató a una preciosidad del Denali hace unos días. La sacó de una hendidura en la montaña y le salvó la vida. Es un piloto de los mejores.

Eso despertó inmediatamente su interés.

– ¿De verdad? Eso no me lo había contado.

– A él no le gusta presumir. Pero todo el mundo lo quiere. Es generoso en extremo. El invierno pasado llevó a Acidie Pruett cuando su madre enfermó. Ella no tenía dinero para pagarle el vuelo, de modo que Joe le dijo que a cambio podría hacerle la colada durante tres meses. Y me trae verduras frescas para mis cenas de los sábados sin cobrarme el transporte. Supongo que no me cobra todo el precio del producto, tampoco, pero eso no puedo probarlo.

El instinto periodístico de Perrie surgió.

– ¿Qué hacía en Seattle?

Burdy se encogió de hombros. El viejo ladeó la cabeza en dirección al bar.

– ¿Y por qué no se lo pregunta usted misma? Lleva mirándola desde que hemos entrado.

Ella se volvió y vio a Joe Brennan apoyado en la barra del bar, mirándola con esos ojos pálidos de expresión desconcertante. Por un momento pensó en desviar la mirada, pero en lugar de eso alzó la barbilla y lo saludó discretamente con la mano. Él le respondió levantando la ceja con sutilidad, antes de volverse a hablar con el hombre que tenía al lado.

Por primera vez desde que lo había conocido, no llevaba la gorra puesta. Su cabello negro y espeso le rozaba el borde del cuello de su camisa de franela, y caía sobre su frente con un mechón como el de un chiquillo, descuidado e increíblemente sexy. Llevaba la camisa arremangada, y Perrie paseó la mirada sin pensarlo por sus brazos musculosos y fuertes y sus manos grandes y hábiles. Se fijó en la suavidad con que los vaqueros le ceñían unas caderas estrechas y unos muslos largos y fuertes cuando Brennan enganchó el tacón de la bota en el reposapiés de la barra. No había duda. A Joe Brennan le sentaban los vaqueros mejor que a ningún hombre que hubiera conocido en su vida.

– ¿Le gusta?

Ella se volvió al oír la pregunta de Burdy.

– ¿Cómo? No. ¿Por qué iba a pensar eso?

Burdy se encogió de hombros mientras sonreía.

– Aún no he conocido a una mujer que se haya resistido a él. Y usted parece interesada.

– Soy periodista -le soltó-. El aprender secretos oscuros sobre las personas es lo que mejor se me da -Perrie se inclinó hacia atrás en su asiento-. Y le apuesto la cena de esta noche a que puedo averiguar lo que Joe Brennan hacía en Seattle, antes de venir a vivir aquí.

– Aceptaría su apuesta, pero Joe me dijo que no tenía usted dinero.

Ella frunció el ceño. Burdy tenía razón. ¿Cómo iba a vivir allí en Muleshoe sin un penique? Milt le había quitado todo su dinero, y la había obligado al exilio. ¿Acaso esperaba matarla de hambre también?

– Tiene razón, no tengo dinero.

– Para apostar no. Pero Joe me dijo que su jefe le había dado el visto bueno para que le pagara lo que necesitara en la ciudad. Paddy le abrirá una cuenta, y Louise Weller del almacén hará lo mismo.

– Bueno, pues si decido apostarme una cena, Milt Freeman tendrá que pagarlo también -dijo ella muy enfadada mientras se ponía de pie-. Esto me llevará unos cinco minutos. Puede pedirme una hamburguesa con queso y una cerveza mientras vuelvo.

Fijó la vista en los hombros anchos de Joe Brennan y se dirigió hacia él. Pero no había avanzado ni tres pasos cuando un hombre regordete con barba negra le salió al paso.

– Señorita Kincaid -dijo con evidente vergüenza-. Me llamo Luther Paulson. Me encantaría que me concediera un baile.

Perrie abrió la boca para negarse, pero el hombre parecía tan nervioso, que no tuvo el valor de decirle que no. Sonrió débilmente y asintió.

– De acuerdo. Un baile será agradable. Pero sólo uno.

– No querría imponerme ni un minuto más – dijo Luther con expresión más animada.

Fiel a sus palabras, Luther no le pidió que bailara una segunda vez; ni tampoco George Koslowski, Erv Saunders ni otros tres hombres solteros que se acercaron después de los anteriores para bailar con ella. Perrie trató de recordar sus nombres, pero después del tercero todos se transformaron en una imagen borrosa de vello facial y franela. Y las tres novias habían corrido igual suerte, ya que estaban con ella en la pista de baile, charlando animadamente con sus parejas.

Finalmente dijo que tenía sed y cuatro hombres se ofrecieron para invitarla a una cerveza. Pero ella rechazó todos los ofrecimientos y se abrió paso hasta la barra a través del grupo de optimistas que rodeaban la pista, rechazando más invitaciones por el camino.

El taburete al lado de Joe Brennan estaba vacío, como la mayoría, y Perrie se sentó a su lado y lo miró de reojo.

Él sonrió.

– Eres la dama más popular esta noche -le dijo sin mirarla, con la vista fija en su jarra de cerveza.

– No tan popular dijo ella-. Tú no me has sacado a bailar.

Él se echó a reír y dio un trago de cerveza.

– Esos hombres de ahí tienen una razón para sacarte a bailar, e imagino que es un asunto muy serio.

– Y yo imagino que tú no tienes ninguna razón para sacarme a bailar, ¿verdad?

– Bueno, se me ocurren unas cuantas -dijo él-. Pero lo cierto es que tengo más para no hacerlo, Kincaid.

– ¿Y cuáles pueden ser ésas, Brennan?

– Bueno, aparte del hecho de que me reprenderías y tratarías de convencerme para que te llevara de vuelta a Seattle, también pienso que podrías hacerte una idea equivocada de mí.

Perrie asintió despacio.

– Te preocupa lo que te dije antes, ¿verdad? Sobre si querías besarme. Bueno, no te lo tendré en cuenta, Brennan. Me han informado por completo de tu fama con las señoras -lo agarró del brazo-. Vamos. Si no me sacas a bailar, tendré que hacerlo yo.

Él protestó entre dientes pero se dio la vuelta y la siguió a la pista. Perrie esperaba más de la misma torpeza y nerviosismo que habían mostrado sus anteriores parejas de baile; pero Joe le rodeó la cintura con el brazo y empezó a moverse con naturalidad y destreza, como si llevara toda la vida bailando, y de pronto era ella la que se sentía torpe y nerviosa.

Cuando él le subió la mano por la espalda, ella se quedó sin aliento y empezaron a temblarle las piernas.

– Bailas muy bien -murmuró ella, que fijó la vista en el pecho de Brennan para no mirarlo a la cara.

– ¿Sorprendida?

– Tal vez -concedió-. ¿Bueno, y cuál es tu historia, Brennan?

– ¿Mi historia?

Ella lo miró a la cara.

– Sí, ¿por qué te viniste a vivir a este lugar tan inhóspito y duro? Burdy dice que vivías en Seattle hasta hará unos cinco años.

– ¿Burdy y tú habéis estado cotilleando sobre mí?

– Estábamos hablando de las novias, y el tema se desvió hacia ti. No me pudo contar nada más. Dice que eres un piloto muy bueno, sin embargo.

Él arqueó la ceja.

– Me las apaño. No he perdido todavía a ningún pasajero, aunque esta tarde me entraran muchas ganas de hacerlo.

– ¿Entonces no tienes miedo?

Joe se echó a reír.

– Aquí en Alaska tenemos un dicho, Kincaid. Hay pilotos atrevidos y pilotos viejos. Pero no hay pilotos atrevidos y viejos.

Perrie sonrió.

– Me gusta. ¿Entonces quién eras antes de hacerte piloto, Brennan? ¿Y cómo conociste a Milt Freeman?

Él miró al vacío un momento, como contemplando qué decirle. Pero entonces se encogió de hombros.

– Tenía un trabajo, como la mayoría de las personas. Me sentaba a una mesa y hacía gestiones -bajó la vista y la miró a los ojos-. Pero supongo que es una historia muy aburrida para una mujer como tú, Kincaid.

Ella entrecerró los ojos.

– Y me temo que no te creo, Brennan. Te olvidas de que tengo un olfato especial para las historias, y en este momento estoy oliéndome una. Milt me dijo que le debías un par de favores. ¿De qué clase?

– No hablemos ahora. Pensaba que querías bailar.

Tenía unir voz cálida y persuasiva; tal vez demasiado persuasiva para el gusto de Perrie.

– ¿Milt y tú os conocisteis aquí, o ya os conocíais en Seattle?

– ¿Naciste siendo reportera, Kincaid?

– En realidad, sí. Desde que era pequeña quise tener mi propio periódico. Publicaba un pequeño diario en el barrio donde vivía llamado el Honey Acres Gazette. Yo escribía las historias y los dibujos; luego hacía diez copias y se las pasaba a los niños del barrio. Fui yo quien sacó a la luz la historia sobre el gato abandonado que vivía en la cloaca debajo de la entrada de la casa de la señora Moriarty.

– Eres una mujer excepcional, Kincaid -rió él, y entonces la estrechó un poco más entre sus brazos.

Al principio la sensación de su cuerpo fuerte y atlético fue demasiada impresión para ella; y de repente se le aceleró el pulso y la cabeza empezó a darle vueltas. Pero entonces, a medida que seguían bailando, se dio cuenta de que le gustaba aquella extraña sensación que la recorría de arriba abajo. Ésa es la clave, pensaba Perrie. No debía tratar de pararlo, sino de disfrutarlo… aunque no demasiado.

– Bueno, yo ya te he contado cosas mías. ¿Ahora por qué no me cuentas tu vida, Brennan?

– No voy a responder a tus preguntas. ¿Si quieres escribir una historia, por qué no escribes lo que te ha pedido Milt? Sobre las novias.

Ella volteó los ojos.

– La de las novias es fácil. Necesito un desafío, y creo que he encontrado uno. Vas a sentir no haberme llevado de vuelta a Seattle, Brennan, sobre todo si ocultas algún secreto.

El brazo que le rodeaba la cintura la apretó un poco más hasta que lo único que pudo hacer fue dejar que aquel cuerpo se moldeara al suyo. Y a partir de ese momento en el que él pegó suavemente sus caderas a las suyas, en el que ella deslizó la mano por el brazo musculoso de Brennan, y éste entrelazó sus dedos con los de ella, Perrie dejó de pensar. Sintió un calor que le tiñó las mejillas mientras con el pensamiento exploraba otros aspectos de la anatomía de Joe Brennan.

Pero su especulación quedó interrumpida cuando Paddy Doyle apareció a su lado.

– Siento interrumpir -dijo el hombre mientras se limpiaba las manos en el mandil-, pero Louis Weller acaba de llamar preguntando por ti, Joe. Dice que el pequeño Wally estaba limpiando la carretera de nieve con la pala y se cayó. Cree que haya podido romperse una pierna.

Joe la soltó, y ella aprovechó la oportunidad para retirarse un poco. El se pasó la mano por la cabeza con gesto preocupado.

– Desde luego ese chico se ha roto más huesos de los que tiene en el cuerpo. La compañía de seguros de su padre estuvo a punto de pagarme el avión.

Paddy asintió.

– Ella le ha puesto una tablilla y ha dicho que te verá en el aeropuerto.

– Hace mal tiempo y está oscureciendo. No sé si voy a poder sacarlo -se dio la vuelta y se apartó de la pista de baile, totalmente distraído con cosas más importantes.

Perrie lo siguió, pero con lo grandes que le quedaban las botas, apenas podía caminar bien. Agarró la cazadora que estaba en la silla frente a Burdy; la hamburguesa con queso se había quedado fría.

– Me voy contigo, Brennan.

Él se dio la vuelta, casi como si hubiera olvidado que ella estaba allí.

– Déjalo, Kincaid. Aquí estás segura, y tengo la intención de que sigas así -miró a Burdy-. Échale un ojo, ¿quieres?

Burdy asintió. Con eso, Joe se puso la cazadora y la gorra y salió por la puerta, mientras Perrie observaba su marcha y sus palabras se repetían en su pensamiento. El corazón le dio un vuelco y una sonrisa asomó a sus labios. Era agradable tener a alguien que cuidara de ella, sobre todo un hombre tan sexy y atrayente como Joe Brennan. La idea le hacía sentir un extraño calor por dentro.

Perrie pestañeó y sus tontas fantasías se interrumpieron. Se metió las manos en los bolsillos y se volvió hacia la mesa con cara de pocos amigos, hacia donde Burdy la esperaba con su cena.

– Vamos, Kincaid -se dijo-. Ponerte blandengue con Joe Brennan no va a sacarte de Muleshoe.

Mientras masticaba la hamburguesa fría, pensó de nuevo en Joe Brennan. De pronto se le ocurrió una idea tan buena que le entraron ganas de reírse.

¿Pero cómo no se le había ocurrido antes? Era tan sencillo.

¡Ya sabía cómo regresar a la civilización! Y en cuanto Joe Brennan volviera de Fairbanks, pondría su plan en acción.

– Estoy casi seguro de que está rota -dijo Burdy mientras avanzaba deprisa delante de Joe por el camino cubierto de nieve hacia la cabaña de Perrie.

– ¿Pero qué demonios ha ocurrido? Estaba bien cuando la dejé anoche.

– Dice que se resbaló en el hielo y se cayó mientras iba a la caseta del baño a oscuras. Yo debería haber estado allí. Una dama como la señorita Kincaid no está acostumbrada a este tiempo. En Seattle no tienen hielo; y esas botas que le di son muy grandes para ella.

Joe frunció el ceño mientras una sospecha iba tomando forma en su mente.

– ¿No estabas con ella cuando se cayó?

Burdy negó con la cabeza.

– Lo siento, Joe. Sé que me pediste que la vigilara, pero un hombre no puede pasarse veinticuatro horas con una chica así. No estaría bien -el viejo le echó una mirada-. La gente podría hablar.

Joe sonrió sólo de pensar en Perrie y Burdy sorprendidos en una situación romántica.

– No te culpo, Burdy. En realidad, estoy dispuesto a apostar que Perrie Kincaid trama algo. Ya sabes que ella haría cualquier cosa para salir de Muleshoe.

– ¿Quieres decir que la chica se ha roto la muñeca a propósito?

Joe subió las escaleras de la cabaña de Perrie de dos en dos.

– No creo que tenga la muñeca rota.

Con resolución, se plantó delante de la puerta y llamó con los nudillos antes de abrirla y acceder al interior. Vio brevemente a Perrie justo cuando ésta se metía con rapidez en la cama y se cubría hasta la barbilla. Burdy se quedó en el porche hablando con Strike. Cuando Joe cerró la puerta, ella estaba ya bien tapada y con el brazo derecho pegado al pecho.

Se la veía tan pequeña, tan frágil, allí metida en la enorme cama de hierro. El cabello despeinado le caía sobre la frente. Por un momento sintió cierta alegría de volver a verla, pero rápidamente ahogó esa sensación mientras se daba cuenta de que habría significado que la había echado de menos. Maldita sea, apenas la conocía.

Cruzó la habitación en tres pasos, poniendo cara de preocupación. Cuando llegó a la cama, se sentó en el borde despacio. Ella hizo una mueca de dolor por efecto del movimiento, y Joe pensó que o bien se había hecho daño, o era una actriz consumada. Y más bien creía lo último.

Estiró el brazo y le retiró el cabello de la frente, ignorando el calor que le subió por los dedos y le encendió los sentidos.

– ¿Qué ha pasado? -le preguntó en tono suave, fingiendo preocupación-. Burdy dice que te has hecho daño en la muñeca.

– Yo… creo que me la he torcido nada más. Nada por lo que deba preocuparme. En unos días estará bien.

Joe ahogó una sonrisa. Así que trataba de jugar con él.

– Pero podría estar rota -él le tomó el brazo con cuidado.

Tenía la muñeca floja. Él entrelazó los dedos con los de ella para comprobar si tenía fuerza en la articulación. Su mente se centró inmediatamente en su mano, tan suave comparada con la suya; la mano de una dama. Una mano de dedos largos y delicados que bien podrían volver loco a un hombre. Joe se aclaró la voz y pestañeó.

– ¿Crees que podría estar rota de verdad? -dijo ella con voz suave, y él levantó la vista para mirarla a los ojos.

La intensidad de su mirada lo zarandeó, sin embargo no podía apartar los ojos de ella.

– No estoy seguro -dijo él mientras se inclinaba un poco más hacia ella-. ¿Qué te parece?

Él sintió su aliento suave en la cara, rápido y superficial, como si su proximidad la pusiera nerviosa.

– De verdad me duele -dijo ella, cuyo rostro volvió a crisparse de dolor.

Joe le miró los labios, y se olvidó de tratar de pillarla en una mentira. Sus labios lo tenían paralizado, y sin pensar se acercó a ella y los rozó con los suyos.

A ella se le escapó un leve gemido de la garganta, y él la besó con más ahínco para saborearla mejor. Había pensado mucho en besarla desde que había salido de Muleshoe, muchas más veces de las que quería reconocer. Pero jamás había imaginado que sería tan bueno como era en realidad.

Perrie Kincaid sabía besar a un hombre, cómo provocar y excitar sin apenas esforzarse. Su boca se movía con suavidad bajo sus labios mientras esos leves gemidos brotaban de su garganta, urgiéndole a continuar. Ella extendió los dedos lentamente sobre su pecho y metió la mano por la cazadora de plumón hasta que empezó a enroscar los dedos con suavidad en… ¡Los dedos! Joe volvió un instante a la realidad y sonrió mientras ella continuaba besándolo.

– No creo que esté rota -murmuró mientras la besaba en el cuello.

– ¿Mmm?

Él le agarró las manos que ella le había echado al cuello y muy despacio se las retiró. Aturdida por lo que había pasado, Perrie se quedó mirándolo sin comprender.

– He dicho que no creo que tengas la muñeca rota -le sostuvo el brazo delante de la cara y se lo zarandeó de modo que la mano le caía hacia delante y hacia detrás-. No soy médico, pero yo diría que tienes la muñeca perfectamente. Parece incluso como si se te hubiera pasado la torcedura. Tal vez fuera el beso.

La confusión de su mirada quedó sustituida rápidamente por la rabia. Rabia hacia él, y hacia sí misma por haber caído en su trampa.

– Lo has hecho adrede -dijo ella.

Joe arqueó una ceja.

– ¿El qué?

– ¡Tú sabes el qué! Tú… Me has besado para distraerme…

– Y tú me besaste a mí -respondió él-. Y creo que te ha gustado. Lo suficiente para olvidar tu pequeño plan para que te evacuara al hospital de Fairbanks, Kincaid.

Ella lo empujó a un lado y se levantó de la cama, entonces empezó a pasearse por la habitación.

– No puedo creerlo -murmuró-. Estoy aquí atrapada. A nadie le importa que tenga una historia muy importante que desvelar en Seattle -se paró y puso las manos en jarras-. ¿Tienes idea de lo importante que es esto?

– ¿Lo bastante importante para que te maten? -le preguntó Joe-. Ninguna historia es tan importante.

Perrie abrió la boca para contestar, e inmediatamente la cerró.

– ¿Qué te importa? -le preguntó pasado un rato.

Cosa rara, le importaba. Cuanto más tiempo pasaba con Perrie Kincaid, más le importaba lo que le ocurriera. Pero no pensaba decírselo ni loco.

– A Milt Freeman le importa. Y yo le debo un favor.

– ¿Qué clase de favor? -le retó ella.

– Me salvó la vida.

Joe no supo por qué le había dicho eso, pero no estaba listo para darle más explicaciones. Por la expresión de Perrie, Joe se dio cuenta de que tan sólo había conseguido suscitar su curiosidad.

– ¿Y cuándo fue eso? -le preguntó ella.

– No es asunto tuyo. Ahora, si te has recuperado lo suficiente, tengo trabajo que hacer. Te sugiero que vayas a la ciudad con Burdy. Él tiene que preparar los espaguetis, y tú puedes comprar algo de comida. Vas a quedarte aquí una temporada.

Y dicho esa se dio media vuelta y fue hacia la puerta, satisfecho de haber puesto fin a sus planes para escapar. Le gustara o no, tenía que aguantarla allí.

– Un momento, don encantador -le llamó ella-. Me gustaría hablar de la situación del baño contigo.

Joe apoyó la mano contra el marco de la puerta, pero se negó a darse la vuelta.

– ¿Y cuál es esa situación?

Ella cruzó la habitación y se colocó entre él y la puerta.

– ¿Dónde está mi baño? Burdy me llevó fuera, con la nieve que hay, a una maldita cabina fuera de la casa.

– Deberías estar contenta de tener agua corriente -le contestó Joe-. La mayoría de los habitantes de Muleshoe siguen sacando el agua del pozo del pueblo.

– Exijo una cabaña con instalaciones adecuadas.

La empujó con suavidad y abrió la puerta de la caseta.

– Tienes agua caliente. Y hay una bañera en el porche trasero. La metes dentro y la llenas. O puedes darte una sauna con Burdy, Hawk y conmigo todas las noches si lo otro te resulta pesado.

Ella lo siguió al porche.

– ¿Y a esto lo llamas civilización?

Joe se volvió hacia ella y vio su mirada enfadada.

– Esto es Alaska, Kincaid -le dijo en tono sereno, ahogando el deseo de besar el gesto duro de sus labios para suavizarlos-. Se supone que es un sitio agreste; eso es parte de la experiencia. Te dije que es un lugar duro, sobre todo para una mujer.

Él esperaba que ella volviera a rogarle que la sacara de allí; pero para su sorpresa, Perrie se cuadró y lo miró con gesto obstinado.

– ¿Quieres decir que no soy lo bastante dura para Alaska?

Joe se encogió de hombros, desarmado con sus cambios de humor tan volubles.

– Eres tú la que te estás quejando de que no haya cuarto de baño dentro de la cabaña. Ahora, si no hay nada más, tengo que hacer un vuelo.

Ella abrió la boca para protestar, pero él levantó la mano.

– No, no te voy a llevar conmigo.

– ¡No iba a decir eso! -gritó ella mientras él avanzaba por el camino con brío-. Si tú puedes vivir sin cuarto de baño en la casa, yo también.

– Bien -gritó Joe, volviendo la cabeza-. Porque no te quedan demasiadas alternativas.

Burdy lo alcanzó a medio camino entre las cabañas y el refugio.

– Supongo que no querrás decirle que hay baño en el refugio, ¿verdad?

– ¿Y que se venga a vivir con Hawk y conmigo?

– Hay una habitación vacía hasta que Sammy, Tanner y Julia vengan en verano.

Joe se paró en seco y echó a Burdy una mirada de incredulidad.

– ¿Querrías tú vivir con ella?

– Bueno, la verdad es que ella no vino aquí voluntariamente. Podrías hacer que se sintiera un poco más cómoda -le sugirió Burdy.

– No hay sitio en el refugio para ningún invitado. Tanner y su nueva familia volverán dentro de unos días. Y tú sabes lo que pasó cuando Julia puso el pie en el refugio. No voy a arriesgarme.

Burdy se echó a reír.

– Supongo que Hawk y tú conoceréis a vuestras futuras parejas dentro de poco -hizo una pausa y sonrió-. Tal vez tú ya la hayas conocido.

Joe suspiró.

– No empieces. Tengo bastante en la cabeza tratando de dirigir Polar Bear Air. Con Tanner ocupado con su esposa y su nuevo hijo, últimamente no ha sido de mucha ayuda en el refugio. Y a Hawk ya le toca desaparecer como suele hacer de tanto en cuanto.

– ¿Entonces por qué no haces lo que te pide la señorita y la llevas a Seattle? Debes de tener una deuda muy gorda con su jefe.

– Mejor será que te ocupes de tus cosas, Burdy -rugió Joe.

Burdy negó con la cabeza y silbó para llamar a Strike. Cuando el perro imaginario llegó a su lado, se inclinó hacia delante y le acarició la cabeza.

– Parece que estás protestando demasiado.

Y con eso, el viejo fue hacia el refugio hablando con Strike por el camino.

Joe se quitó la gorra y se pasó la mano por la cabeza. Lo cierto era que le encantaría llevar a la mujer de vuelta a Seattle; pero Joe Brennan no se echaba atrás cuando tenía una obligación. Le debía a Milt Freeman la vida y no iba a dejar a su amigo en la estacada.

Aunque ello significara que tuviera que soportar a Perrie Kincaid durante unas semanas más.

4

Perrie estaba en el porche delantero de la cabaña de las novias. Llevaba cuatro días en Alaska y ya estaba que se subía por las paredes.

Así que la única elección era seguir las órdenes de Milt y escribir aquella maldita historia sobre las novias por correo. Le llevaría una hora hacer las entrevistas y otra escribirla. Aunque, teniendo en cuenta lo que ella pensaba del matrimonio, por lo menos podría ofrecer un punto de vista imparcial.

Jamás había tenido en su vida tiempo para los hombres, más allá de breves y apasionados romances. No era que no quisiera formar parte de la vida de ningún hombre. Le gustaban los hombres: hombres cultos con profesiones interesantes; hombres encantadores con sonrisas inteligentes y ojos de cielo.

Una imagen de Joe Brennan le llenó el pensamiento y cerró los ojos tratando de disiparla. Sí, Joe Brennan era atractivo. Y si no estuviera tan empeñado en hacerle la vida imposible, tal vez lo considerara como algo más que una vía de escape conveniente para dar rienda suelta a su frustración. Pero en los momentos críticos, suponía que probablemente sería como el resto de los hombres que había conocido. Él jamás podría soportar su vida: el trabajo a deshoras, los compromisos incumplidos y su devoción al trabajo.

Para ser sinceros, tras unos meses con un hombre normalmente acababa sintiéndose aburrida. Y por su profesión, en cuanto averiguaba todo lo que había que averiguar, había poco más que hablar.

La única razón por la que tenía un ligero interés por Joe Brennan era porque no había conseguido resquebrajar esa fachada pícara y manejarlo a su antojo.

Y tener un marido dedicado y una familia cariñosa estaba bien para otras mujeres, pero no para ella. Hacía tiempo que había tomado otro camino, que había elegido perseguir sus sueños ella sola. No podía echarse atrás y cambiar de opinión. Había llegado demasiado lejos. Aquello era todo lo que tenía, su trabajo, y estaba feliz con esa elección.

Llamó a la puerta, que se abrió momentos después. Perrie se encontró con la sonrisa vacilante y cálida de una rubia esbelta; una de las tres jóvenes que había visto en el bar.

– Eres esa mujer de Seattle que está de visita, ¿verdad?

Perrie no debía sorprenderse; después de todo, en una población tan pequeña como aquélla las noticias volarían.

– Sí. Hola, soy Perrie Kincaid del Seattle Star. Me han enviado aquí a entrevistarte a ti y a las otras novias por correo. ¿Puedo pasar?

Entró despacio en la cabaña e hizo un rápido inventario visual del interior. Unas cuantas frases descriptivas para situar la historia le añadían color a los relatos de interés personal. La cabaña era mucho mayor que la suya, tenía dormitorios separados y contaba con más modernidades. Estuvo a punto de gemir en voz alta cuando abrió una puerta y vio que era un cuarto de baño, con ducha e inodoro.

– Me llamo Linda Sorenson -dio la mujer-. Debo decir que me ha extrañado ver a una mujer a la puerta. Todas nuestras visitas han sido hombres.

– Me lo imagino -murmuró Perrie, recordando la escena en el bar de Doyle-. Estoy aquí para escribir una continuación del artículo ya publicado en nuestro periódico -se paró delante de la chimenea-. Es una casa muy bonita. Estáis tres personas viviendo aquí, ¿verdad?

Linda sonrió mientras colocaba unas revistas sobre la gastada mesa de madera.

– Las otras están fuera. ¿Te apetece una taza de café?

Perrie no pudo evitar dejar a un lado su actitud profesional. Linda parecía tan simpática; y en ese momento le hacían falta todos los aliados posibles, ya que Brennan tenía a la mayor parte de Muleshoe observando cada uno de sus movimientos. Tal vez las tres novias pudieran ofrecerle ayuda de algún tipo para sus planes de huida.

– Claro -respondió con una sonrisa mientras sacaba el cuaderno del bolsillo antes de quitarse la cazadora-. Me está costando aclimatarme al frío, de modo que cualquier cosa caliente me conviene -hizo unas cuantas anotaciones y esperó hasta que Linda volviera de la cocina con el café para sentarse en el sofá.

Linda se pasó las palmas de las manos por los pantalones.

– ¿Qué te gustaría saber?

– ¿Por qué no me cuentas por qué decidiste venir a Alaska? -le preguntó Perrie tras dar un sorbo.

Linda aspiró hondo antes de soltar el aire despacio.

– Es difícil de explicar sin parecer algo tonta. ¿Crees en el destino, Perrie?

Perrie la miró por encima del borde de su taza.

– ¿En el destino?

– Un día, estaba ojeando un periódico. Raramente tengo tiempo para leer el periódico. Soy enfermera y tengo un horario un poco agitado. Pero ese día tenía tiempo, y vi el anuncio de las novias. Supe entonces que tenía que venir a Alaska. Sólo sentí como si algo, o alguien, estuvieran aquí esperándome.

Perrie suspiró para sus adentros. Sí que sonaba un tanto bobo.

– En realidad, yo no creo demasiado en el destino. Creo que una persona determina su propio futuro, y que el destino no tiene nada que ver con ello.

– ¿Has estado alguna vez enamorada, Perrie?

Perrie hizo una pausa, sin saber cómo, o si debía contestar esa pregunta. ¿Qué tenía que ver su vida amorosa con la historia que estaba escribiendo? Era ella quien estaba haciendo las preguntas. Además, no estaba segura de que quisiera que un extraño supiera que ella, una mujer inteligente de treinta y tres años, no estuviera segura de lo que era el amor.

– ¿Por qué no nos ceñimos a tu historia? -le preguntó en tono ligero-. ¿Por qué estás tan segura de que te quieres casar?

– Porque sé que me iría muy bien. Quiero alguien con quien compartir mi vida, quiero enamorarme, tener hijos y envejecer junto a un buen hombre.

– ¿Y esperas encontrar a ese hombre aquí, en Alaska?

– ¿Por qué no? Podría estar aquí. Hay muchas posibilidades.

Perrie sonrió.

– Pero son algo extrañas, ¿no crees? Además, ¿cómo sabes que tu destino no te está esperando en Terranova, por ejemplo?

Linda sonrió.

– Bueno, si no lo encuentro aquí, seguiré buscando.

– Hay otras cosas en la vida aparte del matrimonio, ¿no?

– Por supuesto que sí. Y no estoy necesariamente empeñada en casarme. Pero jamás voy a dejar de buscar el amor.

Perrie se pensó sus palabras un buen rato. ¿Se estaría perdiendo algo? Jamás había pensado que el amor fuera importante en absoluto. En realidad, tenía la idea de que los hombres eran más que nada un incordio. ¿Sería eso porque no lo había sentido nunca?

– ¿Así que espera encontrar el amor aquí en Muleshoe? ¿Y qué hará si ocurre? ¿Va a dejar su trabajo en Seattle y mudarse aquí?

– No lo sé. Eso es lo que me resulta tan emocionante de todo esto. No estoy segura de lo que va a pasar hasta que pase. Estoy disfrutando tanto del viaje como del destino.

Perrie miró su cuaderno. Todas aquellas cosas tan tontas no iban a poder configurar una historia entretenida, a no ser que tuviera que escribirla para una de esas revistas de relatos rosas. Miró a su alrededor y después a Linda. El largo silencio que se prolongó entre ellas quedó roto por el ruido de la puerta de entrada al abrirse.

Las otras dos novias entraron atropelladamente, muertas de risa y con las cazadoras cubiertas de nieve. Perrie las observó mientras se quitaban los gorros y los mitones. Ambas se dieron la vuelta y la miraron con curiosidad hasta que Linda se puso de pie e hizo las presentaciones.

La morena menuda, Allison Keifer, fue la primera en hablar.

– No sabía que nos fueran a entrevistar otra vez. Habríamos estado aquí antes, pero hemos estado practicando.

– ¿Tenéis que practicar para encontrar marido? -le preguntó Perrie con interés.

Tal vez hubiera algo más en aquella historia.

– No -contestó Mary Ellen Davenport; era una mujer bastante regordeta, con el cabello castaño claro y una sonrisa deslumbrante-. Estamos practicando para los juegos de Muleshoe. Va a celebrarse un concurso de novias el fin de semana que viene, que es San Valentín. Vamos a competir en todas las modalidades: carreras con raquetas de nieve, carreras de trineos, y en el concurso de cortar leña.

– Supongo que lo hacen para que los hombres puedan ver si podemos ser buenas esposas -Dijo Allison-. Pero vamos a divertirnos. Y hay un bonito premio para la ganadora. Un fin de semana en un balneario de aguas termales de Cooper. Todo está incluido: el vuelo, la estancia, la…

– ¿El vuelo? -preguntó Perrie-. ¿Alguien va a llevar en avión a la ganadora?

Linda asintió.

– Y después de los juegos hay un baile en Doyle's. ¿Te interesa? En el concurso de las novias puede participar toda mujer soltera que lo desee.

En la mente de Perrie empezó a urdirse otro plan. Ella podría entrenar con las novias y ganar el evento y al mismo tiempo conseguir un bonito ángulo para la historia. Y en cuanto se escapara de Muleshoe, podría volver a Seattle de alguna manera y terminar una historia verdaderamente importante.

– Claro -dijo Perrie-. Me encantaría participar en los juegos. Explícame más.

– Necesitarás practicar si quieres ganar -dijo Mary Ellen-. Hay unas cuantas mujeres solteras en la ciudad que van a concursar. Sospecho que van a muerte, y por ello serán difíciles de ganar. Pero puedes practicar con nosotras.

– O puedes convencer a uno de esos guapos solteros de Bachelor Creek para que te ayuden -se burló Allison-. Te hospedas allí, ¿no?

Perrie asintió.

– Qué afortunada.

Perrie arqueó una ceja.

– ¿Afortunada?

– Ésa es la sede de los solteros. Tres de los hombres más guapos de Alaska viven allí.

– Si estás contando a Burdy como soltero de ensueño, sin duda llevas mucho tiempo en el campo.

– Oh, no. Burdy, no. Estoy hablando de Joe Brennan y Kyle Hawkins. Y hay otro, pero se acaba de casar. Se llama Tanner, creo. Linda salió con Joe Brennan la noche que llegamos aquí.

Perrie trató de aparentar indiferencia, pero pudo más la curiosidad.

– No perdió mucho el tiempo, ¿verdad? -dijo mientras se inclinaba hacia delante.

– La noche después invitó a Allison a salir -respondió Linda.

– A mí también me pidió que saliera -reconoció Mary Ellen-, pero yo ya tenía una cita.

– Fue encantador, pero no para casarse -comentó Linda.

– Encantador -repitió Perrie.

– Es tan dulce y atento -siguió Linda-. Y gracioso. Y también muy guapo. Tiene algo, no sé, es difícil de explicar, pero te entran ganas de quitarle la ropa y arrastrarlo a la cama.

– Y tiene los ojos como Mel Gibson -observó Mary Ellen.

– Es como un niño con cuerpo de hombre – añadió Allison-. Pero sin duda tiene miedo al compromiso. Para una cita está bien, pero no para más.

– Entonces ambas os fuisteis a la… -Perrie no pudo continuar, interrumpida por una sorprendente oleada de celos.

– ¡Pues claro que no! -gritó Linda.

– Aunque yo sentí la tentación -añadió Allison-. Esos ojos suyos podrían derretirle a cualquier chica.

Perrie se reprendió para sus adentros ¿Por qué demonios tenía que tener celos? ¿O envidia? Había tachado a Joe Brennan como seductor desde el momento en que lo había conocido. Era un soltero empedernido que utilizaba su encanto y su belleza física para que las mujeres se derritieran y se quedaran mudas de adoración. Ni siquiera ella había sido inmune.

Al menos era lo suficientemente lista como para ver a Brennan por lo que era; y lo suficientemente espabilada para mantener las distancias con él. Aunque no había sido demasiado difícil, teniendo en cuenta que últimamente no lo había visto demasiado.

Linda se echó a reír.

– A Allison le costó tres días evaluar a cada soltero a veinticinco kilómetros a la redonda. Ella domina el tema.

– Creo en la perseverancia -dijo Allison-. Sólo quiero lo mejor.

– El único a quien no ha logrado calar es a Hawk -se burló Linda.

Perrie levantó la vista de sus notas.

– ¿Kyle Hawkins? ¿El socio de Brennan?

– Le llaman Hawk. Y él es el único hombre que no le ha dicho ni una sola palabra a ella -dijo Mary Ellen-. Me recuerda a Gregory Peck en esa vieja película… No me acuerdo cómo se llama.

– Mary Ellen nunca recuerda los nombres de las películas… La verdad es que a mí Hawk me parece demasiado callado -dijo Linda -. Tal vez sea un alma torturada.

– Aún no lo he visto -reconoció Perrie-. Y no estoy segura de querer conocerlo. Brennan es suficiente.

– Eres periodista -dijo Allison-. Averigua todo lo que puedas de él y cuéntanoslo.

Perrie cerró el cuaderno despacio.

– Haremos un trato -dijo con una sonrisa de conspiración-. Vosotras me enseñáis a cortar leña, a caminar con las raquetas de nieve y a montar en trineo, y yo os informaré del misterioso señor Hawk.

Mary Ellen se echó a reír.

– ¡Esto va a ser tan divertido! Como una vieja película en la que tres chicas van a Roma a encontrar el amor. ¿Aquella de la fuente? Sólo que estamos en Alaska, somos cuatro y aquí no hay fuente.

– No estoy en esto para encontrar marido -explicó Perrie-. Lo único que me interesa es el viaje de salida de Muleshoe.

Joe cerró la puerta del refugio, se puso las gafas de sol para proteger los ojos del destello del sol en la nieve. Los días se alargaban y el intenso frío que había marcado el mes de enero empezaba a ceder. Pasarían meses hasta que el río se deshelara y llegara la primavera, pero ya habían pasado la parte más cruda del invierno.

Una imprecación rompió el silencio, y Joe se volvió para mirar hacia la cabaña de Perrie. Llevaba cinco días llevando suministros a los habitantes de la zona y no había tenido tiempo de comprobar qué tal estaba. Burdy y ella se habían hecho amigos, y el viejo la llevaba a comer a la ciudad; pero aparte de eso, Perrie Kincaid se había mantenido ocupada con sus cosas.

A decir verdad, no le estaba causando tantos problemas como había pensado en un principio. Estaba claro que había llegado a la conclusión de que no había manera de salir de Muleshoe y había decidido que lo mejor era aprovechar su tiempo libre. Paseó por el camino hacia su cabaña con una sonrisa de satisfacción en los labios. Había ganado aquella pequeña batalla entre los dos y no podía resistirse a deleitarse con ello.

Cuando la cabaña apareció ante sus ojos, lo primero que vio fue a Perrie tirada en el suelo con los pies en el aire. De momento se preocupó, pensando que a lo mejor esa vez se habría hecho daño, pero entonces vio que llevaba raquetas de nieve.

– ¡Oye! -la llamo-. ¿Estás bien?

Perrie se dio la vuelta y lo miró con una hostilidad apenas velada. Tenía el pelo cubierto de nieve y la cara mojada.

– ¡Márchate! -gritó-. ¡Déjame en paz!

Joe, de pie junto a ella, no pudo aguantarse la risa. Estaba tan bonita, allí cubierta de nieve y a punto de explotar de rabia.

– ¿Qué estabas haciendo? -le preguntó mientras tiraba de ella para ayudarla a ponerse de pie. Le dio la vuelta y le retiró un poco de nieve del trasero; y hasta que no apartó la mano no se dio cuenta de lo íntimo del gesto.

– Estoy practicando -dijo Perrie mientras se apartaba de él y terminaba de limpiarse el resto de la nieve.

– ¿Tirándote en la nieve?

– No, señor listillo, estoy aprendiendo a avanzar con las raquetas de nieve. Sólo es que son tan grandes, y se supone que debo intentar moverme lo más rápidamente posible, pero se me enredan los pies todo el tiempo. Es como tratar de correr con aletas de natación.

– ¿Por qué tienes que moverte tan deprisa? -le preguntó él, que al momento alzó una mano para adivinar una respuesta-. Déjame pensar. Supongo que no estarás pensando en echar una carrera con una estampida de alces. Así que imagino que has decidido ir a Fairbanks andando.

Ella trató de apartarse de él, pero una de las raquetas de nieve se le enganchó en el borde de la otra y empezó a perder el equilibrio de nuevo. Él la agarró por el codo para que no se cayera; pero en cuanto ella se puso derecha, lo apartó.

– Voy a participar en los juegos de Muleshoe del fin de semana que viene. Y voy a ganar ese viaje a al balneario de aguas termales de Cooper. Y en cuanto lo haga, saldré de Muleshoe para siempre.

Joe se echó a reír, y el eco de su risa resonó en el bosque silencioso.

– ¿Vas a ganar el concurso de las novias? Si ni siquiera eres una futura novia.

Perrie se sintió muy molesta.

– Soy una mujer soltera. Y soy una persona que está bastante en forma. Yo… Bueno, voy al gimnasio a veces. ¿No crees que pueda ganar?

– Ni lo sueñes, Kincaid.

Perrie se agachó y se desabrochó las tiras de cuero de las raquetas de nieve. Pero perdió de nuevo el equilibrio y cayó sobre la nieve; esa vez, él no la ayudó a levantarse. Ella consiguió ponerse las raquetas de nieve tras un poco de forcejeo, y seguidamente se puso de pie otra vez.

– Tú mírame y verás -dijo ella con el mentón alzado con gesto desafiante-. He estado cortando leña y estoy mejorando mucho. En realidad le he dado dos veces al tronco con el hacha, y eso que sólo llevo una hora haciéndolo.

Dio la vuelta a la cabaña y volvió con un hacha y un tronco para demostrarlo.

– Ten cuidado con eso -le advirtió él-. Deberías colocarlo sobre una superficie más dura antes de…

Joe observó cómo levantaba el hacha por encima de la cabeza, y enseguida se dio cuenta de que iba mal encaminada. En lugar de pegarle al tronco, Perrie clavó el hacha en un montón de nieve, con tan mala fortuna que el metal golpeó contra la roca que había debajo de la nieve.

– ¡Ay! -gritó de dolor mientras soltaba el hacha.

Perrie se sentó en la nieve.

– Te dije que…

– ¡Ay, calla!

Joe sonrió, se sentó junto a ella y le quitó los mitones antes de quitarse los guantes. Entonces empezó a frotarle las manos despacio entre las suyas, subiendo por la palma hasta la muñeca.

– Hay un borde de roca alrededor de este porche.

– Gracias por advertírmelo -dijo ella.

– Con el frío hace más daño.

Tenía los dedos calientes en comparación con los suyos menudos y delicados. Llevaba las uñas cortas, bien limadas y sin pintar. No habría esperado una manicura perfecta en una mujer tan práctica como ella, sobre todo porque no solía maquillarse demasiado.

Perrie poseía una belleza natural. Tenía las mejillas sonrosadas del frío, pero su tez era marfileña, lisa y suave. Sus pestañas largas y tupidas enmarcaban sus ojos verde claro. Y tenía una boca maravillosa: una boca grande de labios sensuales. Cada vez que la veía y se fijaba en su boca, recordaba el beso que se habían dado.

Se quedó mirándole los labios un momento.

– ¿Mejor? -dijo él.

Ella no contestó; entonces Joe la miró a los ojos y la pilló mirándolo. No sabría decir qué le pasó, pero al momento siguiente se inclinó hacia delante y la besó. Ella se cayó sobre la nieve, y Joe se estiró encima de ella y se deleitó con la sensación de su cuerpo suave debajo del suyo.

Rodó sobre la nieve y la colocó encima de él, agarrándole la cara con las dos manos, temeroso de que ella pudiera interrumpir el beso. Pero ella no parecía tener intención de hacer eso.

Despacio, Joe exploró su boca con la lengua, saboreándola y provocándola. Por un instante, se preguntó qué hacía allí revolcándose en la nieve con una mujer que no quería más que ponerle en ridículo.

Pero lo cierto era que a Joe le gustaba cómo besaba. No se quedó débil entre sus brazos, sino que más bien respondió a su beso con afán, como si disfrutara de verdad de la experiencia. Jamás había conocido a una mujer que lo tentara tanto y que al mismo tiempo le volviera loco. Ella era un desafío para él, y nunca huía de un desafío.

Mientras la besaba no dejaba de imaginársela, y por eso al momento tuvo que apartarse de ella y mirarla. Ella tenía los ojos cerrados y los labios húmedos, ligeramente entreabiertos. El frío le había encendido las mejillas y algunos copos de nieve manchaban su cabello caoba. Sus pestañas temblaron ligeramente, pero antes de que pudiera mirarlo, él volvió a besarla. Un suave suspiro se escapó de sus labios, y ella se estremeció entre sus brazos mientras arqueaba su cuerpo contra el suyo.

Era la primera vez en su vida que conocía a una mujer a quien no pudiera embrujar. Pero eso era lo que le había pasado con Perrie Kincaid. Los bonitos elogios y las sonrisas de chiquillo no le hacían ningún efecto. Ella prefería la metodología directa, como un beso espontáneo en la nieve; un beso que se tornaba cada vez más apasionado…

Seguramente el desafío se basaba simplemente en tratar de quedar encima de Perrie en su continua batalla.

Perrie debió de leerle el pensamiento, porque en ese momento se apartó de él y lo miró a los ojos con el ceño fruncido y gesto confuso. Lentamente, regresó a la realidad y su mirada pareció enfocar de nuevo.

– ¿Pero qué estás haciendo? -le preguntó ella en tono exigente.

Joe se agarró las manos a la espalda.

– Lo mismo que tú.

– ¡Pues para de una vez!

Perrie se limpió la nieve de los vaqueros y la cazadora y se puso de pie.

– ¿Estás segura de que quieres que pare? -le preguntó Joe.

– ¡Desde luego no quiero que me beses más!

Joe, que seguía en el suelo, se apoyó sobre los codos y le sonrió. No resultaba difícil ver que el beso la había afectado a ella igual que a él.

– ¿Por qué? ¿Te ha dado miedo porque te ha gustado?

Con un gemido de frustración, ella agarró un montón de nieve y se la tiró a la cara; entonces se dio la vuelta y se dirigió hacia la cabaña.

– No me ha gustado. ¿Cómo iba a gustarme? Prefiero… chupar un picaporte helado que volver a besarte.

Joe se puso de pie y se limpió la ropa de nieve.

– Bueno, Kincaid, estoy seguro de que el picaporte y tú tendríais mucho en común.

Ella entrecerró los ojos y lo miró con una expresión tan fría como la nieve que le caía por debajo de la cazadora.

– Aléjate de mí.

– Nunca ganarás el concurso. Eres una chica de ciudad, Kincaid. No puedes soportar vivir en la naturaleza. No estás hecha para ello.

– ¿Cómo? ¿Crees que no soy lo bastante fuerte? Eh, me dispararon en el brazo por intentar conseguir una historia. Soy mucho más dura de lo que piensas.

– De acuerdo -concedió Joe-. Aunque a mí me parece que arriesgarse a recibir un balazo por una historia es más por estupidez que por ser dura.

– Ganaré, aunque sólo sea para demostrarte que puedo hacerlo.

– Si por casualidad ganaras, te dejaré ir a Cooper.

Ella se plantó las manos en la cintura.

– ¿Que me dejarás ir a Cooper?

– Oye, soy responsable de tu seguridad, Kincaid. Y yo me tomo mis responsabilidades muy en serio. Pero si ganas, podrás ir a Cooper. No me interpondré en tu camino.

– Desde luego que no lo harás. Porque pasaré por encima de ti si es necesario.

Joe se echó a reír.

– ¿Me estás amenazando, Kincaid?

– Tú aléjate de mí -le advirtió.

Joe se quedó un buen rato sentado en la nieve, riéndose y sacudiendo la cabeza. Si había algo que le gustaba de Perrie Kincaid era que siempre conseguía sorprenderlo. Jamás había conocido a una mujer que lo besara con tal lascivia, y al momento siguiente lo amenazara con atacarlo.

Perrie estaba tumbada en al cama, mirando al techo. Temerosa de moverse, casi de respirar, se dijo que debía levantarse. Todo aquello era culpa de Joe. De no haber sido por sus burlas del día antes, no se habría pasado tres horas partiendo troncos por la mitad para practicar.

En ese momento, tras dormir bien toda la noche, esperaba sentirse más fresca. Pero tenía tantas agujetas que le parecía como si la hubiera atropellado un camión.

Apretó los dientes y se dio la vuelta, consiguiendo al menos sentarse en la cama mientras el dolor le paralizaba las extremidades. Un baño caliente le iría bien, pero no estaba segura de tener fuerzas para arrastrar la bañera dentro y llenarla. Plantó los pies en el suelo frío en el mismo momento en que alguien llamó a la puerta. Perrie se puso de pie con una mueca de dolor. Tal vez podría convencer a Burdy para que le llevara la bañera dentro. El anciano parecía dispuesto a hacer que su estancia fuera lo más cómoda posible.

– Espera un momento, Burdy, ya voy.

Pero Burdy McCormack no era el único que estaba a la puerta. A su lado había un extraño de pelo largo y negro despeinado por el viento.

Ella sospechaba que el hombre que la observaba con expresión indiferente era el famoso Hawk.

– Joe nos ha dicho que va a participar en los juegos de Muleshoe -dijo Burdy, bailando con los pies con emoción-. Y que después va a escribir sobre ello en su periódico.

Ella hizo una mueca mientras se frotaba los antebrazos.

– Pensé en intentarlo con el concurso -dijo ella, sorprendida por el interés de Burdy-. Total estoy aquí sin posibilidad de salir. Además, sería un buen punto de vista para escribir mi historia.

Burdy le tendió una sudadera doblada y una gorra, ambas con el emblema del refugio de Bachelor Creek.

– Bueno, pues ya tiene patrocinador, señorita Kincaid. El señor Hawk y yo la vamos a entrenar, a prepararla para los juegos.

Perrie sonrió y negó con la cabeza.

– No creo que Joe dé el visto bueno.

– Bueno, entonces no se lo contaremos -dijo Burdy-. Además, creo que será buena publicidad para el refugio. No todos los días se publican nuestras fiestas en un periódico de la gran ciudad. Nuestros nombres saldrán en el periódico, ¿verdad?

Perrie contempló la oferta de Burdy un buen rato. Aunque partir troncos y caminar con las raquetas de nieve podría practicarlo sola, dudaba que pudiera montarse en un trineo el día de los juegos y ganar la carrera.

– Si Hawk y tú me ayudáis a entrenar, entonces supongo que podría mencionar el refugio y a mis entrenadores todas las veces que pueda en el artículo.

Burdy se echó a reír muy contento.

– Entonces trato hecho. Tú vístete y nos encontramos en un rato en las perreras. Hawk te va a enseñar a montar en trineo.

Perrie quería que le dieran el día libre, para poder descansar. Pero sólo tenía una semana más para entrenar, y no podía dejar pasar la oportunidad de montarse en un trineo y aprender a hacerlo bien.

– Ahora mismo salgo -dijo Perrie.

Hawk le pasó un par de botas de piel que llevaba a la espalda.

– Gracias -le respondió ella con una sonrisa de agradecimiento-. Me hacen mucha falta.

Fabricadas en cuero y piel, resultaban increíblemente cómodas y calientes, y además le valían. Imaginó que caminar sobre raquetas de nieve ya no le resultaría tan difícil.

Quince minutos después encontró a Burdy y a Hawk en las perreras. Estaban junto al trineo, un simple invento fabricado con madera y tiras de cuero.

– Ahora hazle caso a Hawk. Él te enseñará todo lo quo necesitas saber -le dijo Burdy.

– ¿Tú no te quedas? -le preguntó Perrie.

– Tengo que ir a comprobar las trampas -contestó.

– Pero, yo…

– No tengas miedo de él -dijo Burdy en voz baja-. No muerde -y con eso el viejo se marchó alegremente, rompiendo con su silbido el silencio del bosque.

Perrie se volvió hacia Hawk con una sonrisa forzada.

– ¿Entonces, por dónde empezamos?

Hawk ladeó la cabeza, y ella lo siguió hasta las perreras. Él abrió la puerta, y caminó entre los perros que no dejaban de ladrar y saltar.

– Vamos -le ordenó.

Ella entró en el cercado con cuidado. Nunca le habían gustado demasiado los animales, y menos tantos juntos.

Hawk señaló un enorme husky blanco. -Loki -dijo- es el perro guía.

– Es muy… bonito -comentó Perrie antes de echarle una mirada de soslayo-. ¿Y hace cuánto que conoces a Joe Brennan?

Hawk ignoró su pregunta.

– Agárralo del collar y llévalo al trineo.

Perrie abrió mucho los ojos. Se imaginó agarrando al enorme perro, y a éste comiéndole el brazo después para almorzar. Los otros perros saltaban a su alrededor para que les prestara atención, pero Loki se mantenía apartado y la miraba con suspicacia.

– ¡Ven, Loki!

La orden de Hawk fue tan repentina, que Perrie se retiró asustada cuando el perro avanzó. Pero en lugar de atacarla, el animal fue hasta la puerta del cercado y se colocó al lado de Hawk.

Avergonzada, Perrie siguió al perro, le agarró del collar y le sacó del cercado. Observó a Hawk mientras éste le enseñaba a colocar el arnés al perro y luego a engancharlo a las correas del trineo.

– Ven -le dijo ella con firmeza.

El perro avanzó hacia ella y con paciencia le permitió que le colocara el arnés. Lo enganchó a las correas de una fila y repitió el procedimiento varias veces. Hawk la observaba en silencio, permitiéndole que cometiera sus propios errores. Cuando había colocado al último perro, Perrie se sentía confiada con sus habilidades.

Ella se retiró la nieve de los vaqueros y se puso derecha, esperando a que Hawk la elogiara; pero él se quedó allí en silencio. Perrie se aclaró la voz.

– ¿Por qué me estás ayudando con esto?

De nuevo le dio la sensación de estar hablando con un muro; un muro muy guapo, eso sí, con penetrantes ojos grises y un perfil que parecía haber sido esculpido por un maestro.

Hawk se agachó entonces y le enseñó a operar el gancho de remolque, y después la condujo hacia los esquís del trineo. Se colocó de pie detrás de ella y la rodeó para enseñarla cómo conducir el trineo. Estaban tan cerca, que Perrie esperaba por lo menos sentir alguna leve reacción a su proximidad. Después de todo, Hawk era un hombre tremendamente guapo.

Pero no sintió nada; ni siquiera una mínima parte de lo que experimentaba cuando Joe Brennan la tocaba. Ahogó una imprecación. ¿Qué diablos tendría Brennan? De todos los hombres que había conocido, él tenía la capacidad de acerarle el pulso y dejara sin aliento. Y también de avivar su genio como nadie lo había hecho jamás.

– Adelante, Loki. Adelante, perros. Arre, arre.

Los trece huskies se pusieron en movimiento hasta que las tiras de cada fila estaban tensas. El trineo empezó a moverse, y de pronto estaban deslizándose por la nieve. Perrie dejó de pensar en Joe y se echó a reír con alegría, agarrándose con fuerza al trineo por miedo a salir volando.

– ¡Izquierda, Loki! ¡Arre!

El perro guía giró a la izquierda, y Perrie sintió que Hawk se movía detrás de ella para equilibrar el trineo en el giro. Ella añadió también su peso al giro y sonrió cuando el trineo se enderezó con suavidad y continuó por el camino.

– ¡Derecha, Loki! ¡Derecha!

Esa vez, el trineo giró a la derecha. Perrie pensó en las órdenes, en el modo de decirlas mientras estudiaba con cuidado el modo en que Hawk maniobraba el trineo. Continuaron hasta el Yukon por un camino estrecho y después dieron la vuelta en dirección al refugio.

Cuando llegaron, Hawk se bajó del trineo, y Perrie fue hacer lo mismo, pero él negó con la cabeza.

– Pruébalo tú sola.

Ella pestañeó.

– ¿De verdad?

Él asintió.

Perrie aspiró hondo y tiró del gancho de remolque.

– Adelante, Loki -gritó-. Adelante, perros.

– ¡Arre!

Y esa vez los perros salieron con paso ligero.

Al principio, Perrie se mostró algo miedosa de arrear a los perros para que fueran más deprisa.

Pero después de dar unas cuantas vueltas y varias curvas con éxito, les gritó con entusiasmo, a lo que los perros respondieron con un arranque de velocidad. Sin el peso de Hawk sobre el trineo, éste pareció volar sobre el suelo nevado, y Perrie tuvo que tomar las curvas con mucho cuidado para no perder el control.

A su alrededor sólo estaban los tranquilos bosques, y tan sólo el leve chirrido de los esquís del trineo y el ruido de las patas de los perros arrastrándose por la nieve rompían el cristalino silencio. Perrie completó el circuito desde el río hasta el refugio tres veces, hasta que Hawk le hizo una seña para que se detuviera. Entonces saltó del trineo sin aliento.

– Ha sido maravilloso -gritó-. No puedo creer que fuera tan fácil.

– No siempre es fácil. A veces hay hendiduras abiertas y árboles caídos, o alces que quieren compartir el camino -Hawk se colocó delante del trineo y empezó a desenganchar a los perros.

Sin pensárselo dos veces, Perrie se apresuró para hacer lo mismo.

– No estoy segura de que Brennan aprobara esto -aventuró.

Hawk arqueó una ceja pero no la miró.

– ¿Y por qué no?

– Desde que llegué a Muleshoe, Brennan ha decidido que de algún modo soy demasiado débil como para saber lo que me conviene. Cree que me protege dándome órdenes. Pero me está volviendo loca.

– Tú lo confundes -dijo Hawk.

Perrie abrió la boca para cuestionar su comentario, pero él se dio la vuelta antes de que pudiera hablar.

– Ahora vamos a darles de comer a los perros -dijo él.

Ella lo siguió.

– Un momento. ¿Qué quieres decir con que lo confundo?

– Precisamente lo que he dicho -le pasó un par de cubos de casi cinco kilos de capacidad cada uno-. Ve a tu cabaña y llénalos de agua.

– Es él quien me confunde a mí -dijo Perrie. De pronto me está gritando, y de pronto me tira a la nieve y… -se quedó callada, consciente del rubor que tiñó sus mejillas heladas-. Yo… No sé lo que quiere de mí. Yo soy capaz de tomar mis propias decisiones. Si quiero volver a Seattle, debería poder hacerlo, sin pedirle permiso, ¿no?

Hawk la miró largamente, y ella pensó que iba a estar de acuerdo con ella, o incluso que le explicaría el porqué del comportamiento de Brennan.

– El agua -dijo finalmente, echando una mirada a los cubos.

Con un suspiro de resignación, Perrie subió a su cabaña para llenar los cubos. ¿Si Kyle Hawkins y Joe Brennan eran tan buenos amigos, por qué la estaba ayudando Hawk?

Tal vez él no estuviera de acuerdo con lo que Joe estaba haciendo con ella. Parecía un hombre razonable… aunque en realidad, costaba decirlo. Hawk decía lo suficiente para hacerse entender, pero era un profesor bueno y paciente. Lo único que no podía discernir era de qué lado estaba.

Uno por uno, transportó seis cubos de agua a las perreras. Cuando terminó, Hawk le enseñó cómo se mezclaba la comida para los perros. Además de la comida para perros habitual, añadió en los enormes cuencos pedazos de hígado de alce cocinado y de pescado seco. Entonces salió del cercado y observó cómo Loki y sus compañeros devoraban el festín con entusiasmo.

– Entrenaremos mañana otra vez -dijo Hawk sin dejar de mirar a los perros.

– ¿Por qué lo estás haciendo? -le preguntó ella.

Hawk se encogió de hombros.

– No tengo nada mejor que hacer -dijo él, que se dio la vuelta para volver al refugio.

Perrie corrió detrás de él, tratando de no quedarse rezagada.

– Si de verdad quieres darle en las narices a Brennan, me ayudarías a regresar a Seattle. Debes de conocer a otro piloto que pueda llevarme de vuelta. Estaría dispuesta a pagarte.

– Ten a los perros enganchados para mediodía -dijo Hawk, que avanzó más deprisa y le sacó ventaja.

Perrie se detuvo y observó su retirada, maldiciendo entre dientes. Estaba claro que Hawk estaba firmemente del lado de Joe Brennan. Y no iba a ser de ninguna ayuda en su plan de regresar a Seattle.

5

Joe paseaba por el porche y de tanto en cuanto echaba una mirada hacia el bosque, por donde se entreveía la cabaña de Perrie. Se detuvo y miró con atención, y entonces continuó paseándose.

– ¿Pero qué demonios estás haciendo, Kincaid? -murmuró entre dientes.

De no haber sabido que no era posible, habría sospechado que ella ya se había escapado de Muleshoe. En los últimos días, apenas la había visto. En realidad, cada vez que él estaba por allí, ella parecía desaparecer. Cuando Joe le había preguntado a Burdy por lo que habían estado haciendo últimamente, él había contestado con evasivas.

No sabía lo que habían estado haciendo, pero fuera lo que fuera le habían quitado de encima a Perrie. No estaba seguro si seguía entrenando para el concurso de las novias de los juegos de Muleshoe. Y que él supiera ella no había intentado hablar con ningún piloto. Tal vez finalmente se hubiera hecho a la idea de que era mejor quedarse allí en medio de aquellas tierras salvajes hasta que Milt Freeman dijera que estaba bien marcharse a casa.

Sólo pensar en Perrie saliendo de Muleshoe le causaba una punzada de pesar. Para ser sincero, le gustaba su compañía. Aunque se pasaban la mayor parte del tiempo discutiendo, ella le resultaba un desafío. A diferencia de las demás mujeres que conocía, Perrie no había sido víctima de sus encantos en un abrir y cerrar de ojos. Tenía la sospecha de que, si ponía en marcha su arte de seducción, a ella no le interesaría. No sólo era inteligente, sino también muy astuta; y tenía una mente rápida y la habilidad para entrever sus motivos. Le gustaba charlar con ella porque a ella no le daba miedo ponerse a su altura. Y por otra parte lo sorprendía porque nunca estaba del todo seguro de lo que diría o haría para demostrar sus argumentos… Y Perrie siempre demostraba sus argumentos.

Sin embargo, él había dado con un punto débil de ella. Le gustaba besarlo. Y a él desde luego también. Su pensamiento volvió al beso que se habían dado delante de la cabaña, en el suelo, y pensó en las sensaciones de su cuerpo estirado debajo del suyo, en el sabor de sus labios y en la seda de su piel.

Si ella no hubiera puesto fin al revolcón en la nieve, no estaba seguro de hasta dónde habrían llegado. Lo único que sabía era que Perrie Kincaid tenía un modo de poner a prueba los límites de su control. De haber querido, podría haberle provocado para que él la llevara a la cabaña y le hiciera el amor.

Pero no había querido. Le había llevado lo suficientemente lejos como para demostrar quién tenía el control, y después había pisado el freno. ¿Pero habría sido para ella tan sólo un juego? ¿O habría experimentado el mismo deseo que él? Había algo en su modo de besarlo que…

Normalmente, no se controlaba con las mujeres y dominaba sus sentimientos. Pero cuando se acercaba a dos metros de Perrie era como si de pronto bajara la presión y empezara a perder altitud. E hiciera lo que hiciera, no era capaz de recuperarse.

Si no supiera que no era posible, diría que se estaba enamorando de ella. ¿Claro que cómo iba a saberlo? Él nunca había estado enamorado en su vida. Y no estaba seguro de que fuera capaz de reconocer el amor aunque lo tuviera delante.

Ése era el problema. En todas las relaciones que había tenido con las mujeres, todo había sido siempre tan fácil… Desde que había sido lo bastante mayor como para fijarse en el sexo opuesto, ellas también se habían fijado en él con clara apreciación.

Había cultivado su talento para conquistar a las mujeres desde muy tierna edad, y de momento le había ido bien. Pero siempre parecía muy sencillo… demasiado sencillo. Y cualquier cosa que fuera tan sencilla no merecería la pena tenerla.

Lo único que merecía la pena eran las cosas por las cuales había que luchar, las cosas que presentaban un desafío. Joe jamás había abandonado un desafío en su vida. Maldición, por eso mismo había terminado en Alaska, por eso había aprovechado la ocasión para utilizar su profesión para salvar vidas, y por eso continuaba sintiendo esa tremenda atracción por Perrie Kincaid.

Cuando levantó la vista, vio que estaba a la puerta de la cabaña de Perrie. Con el ceño fruncido se volvió y miró al refugio, preguntándose cómo habría terminado allí. Pero de pronto tuvo una idea y decidió llamar.

– ¿Hawk? -llamó ella desde el otro lado de la puerta.

Los celos encendieron inesperadamente su temperamento. ¿Desde cuándo había ido Hawk a la cabaña de Perrie? ¡Ni siquiera sabía que se conocieran! Hawk desde luego no le había dicho nada. ¿Además, qué podían tener en común ellos dos?

– ¿Burdy? -dijo ella al ver que no le contestaba nadie.

– Soy yo, Joe -dijo Joe finalmente.

– ¿Qué quieres?

Por su voz, Joe se dio cuenta de que era la última persona a la que deseaba ver. Abrió la puerta despacio y se quedó mirándolo, mientras se abotonaba la gruesa rebeca de lana, como si quisiera protegerse.

– ¿Botas nuevas? -le preguntó Joe al fijarse en el calzado nuevo.

Ella se miró los pies.

– Me las ha dado Hawk -dijo ella.

Joe sintió otra punzada de celos, pero ahogó una respuesta defensiva y esbozó una sonrisa forzada.

– ¿Entonces lo has conocido?

– Hace unos días. ¿Dime, qué quieres?

Sintió que su impaciencia crecía, y tuvo que inventarse una razón para explicar su visita.

– Me preguntaba si te gustaría hacer una pequeña excursión.

Joe maldijo para sus adentros. ¡Eso no era lo que tenía la intención de decirle! ¿Por qué diablos estaba haciéndolo, por qué la estaba invitando a que lo acompañara en un vuelo para traer provisiones? De ese modo tendrían que estar juntos en el avión, por lo menos durante unas horas.

Perrie lo miró con suspicacia y frunció el ceño.

– ¿Qué clase de viaje?

– Es un vuelo a Van Hatten Creek, a unos setenta u ochenta kilómetros al noroeste de aquí, a llevar provisiones. Y se me ocurrió que tal vez te apeteciera venir. Pero no tienes que hacerlo si no te apetece -dijo, casi esperando que ella se negara-. Tengo que advertirte que si vienes vas a tener que prometerme que no intentarás escaparte para volver a Fairbanks.

– ¿Hoy? -le preguntó ella.

– No, al mes que viene -respondió Joe con sarcasmo-. ¿Qué? ¿Tienes otros planes?

Joe observó que ella se pensaba la invitación durante largo rato. ¿Qué otra posible alternativa podría tener? No se trataba de que tuviera mucho que hacer en Muleshoe. A no ser que Hawk y ella tuvieran planes juntos… Ahogó sus celos y esbozó otra sonrisa superficial. Había pensado que la sugerencia de salir de Muleshoe le resultaría tentadora. ¿Después de todo, no era eso lo que había pretendido ella desde que había llegado?

– De acuerdo -contestó-. Supongo que te acompañaré.

Él no esperaba sentirse tan contento por su respuesta, y sin embargo lo hizo. En realidad, estaba deseando pasar el día con Perrie. Tal vez podría olvidar la animosidad que se mascaba entre ellos y firmar una tregua. Tal vez así no tuviera que buscar la compañía de Hawk.

– Y si estás pensando en escaparte disimuladamente a Seattle, será mejor que sepas que el asentamiento más cercano a la cabaña de Gebhardt está a unos cuarenta kilómetros por un terreno bastante agreste. Y tampoco hay carreteras. ¿Todavía quieres ir?

– No estoy pensando en escaparme ni nada -le soltó ella enfadada-. ¿Por qué me da la ligera impresión de que no confías en mí, Brennan?

Él sonrió, rompiendo la tensión entre ellos.

– Vaya, Kincaid, no es de extrañar que seas una reportera tan buena. ¡Y yo que pensé que te estaba engañando! Venga, ponte la cazadora y los mitones, y un poco más de ropa. Salimos dentro de cinco minutos.

Cuando sacó la camioneta del cobertizo y le dio la vuelta, ella ya iba camino del refugio. Se montó de un salto en la camioneta y cerró la puerta antes de volverse hacia Joe. Entonces, para sorpresa suya, le sonrió. No fue una sonrisa calculadora, sino una sonrisa dulce y genuina que le calentó la sangre y le hizo olvidar su determinación.

– Gracias -murmuró ella-. Empezaba a volverme loca dentro de esa cabaña.

Cuando llegaron a la pista de aterrizaje, Joe llevó la camioneta justo al lado del Super Cub, y entonces apagó el motor.

Perrie miraba la avioneta con aprensión, ya que el Super Cub era un aparato pequeño donde sólo había sitio para dos o tal vez tres pasajeros como mucho, pero era el mejor aparato para viajar por las tierras salvajes de Alaska porque se podía despegar y aterrizar en cualquier sitio: en un río helado, o incluso en la ladera de una montaña.

– Bonito avión -murmuró ella.

– Te gustará el Cub. Es un pequeño gran avión.

– Pequeño sí que es -dijo ella. ¿Por qué se mueven las alas de ese modo?

– Están hechas de tela -contestó Joe.

– Tela.

Él saltó del camión y fue hacia su lado.

– Te encantará, ya lo verás. Además, hace un día maravilloso para volar, Kincaid. Un día perfecto.

Cuando el Cub se elevó en el aire, Joe oyó que Perrie tomaba aliento y después suspiraba despacio. Entonces volvió la cabeza para mirarla.

– ¿Estás bien?

Ella se asomó a la ventana con los ojos como platos, y entonces se volvió a mirarlo.

– Esto es increíble -gritó-. No me parece como si estuviera en un avión. Me siento como un pájaro, como si volara utilizando mi propia fuerza. Es tan… emocionante.

Joe sonrió y se desvió hacia el norte.

– Es el único modo de ver Alaska, Kincaid.

– Sabía que era salvaje, pero hasta que se ve desde el cielo no se da uno cuenta de lo desolado que está. Casi da miedo.

– Te hace sentirte pequeño, ¿verdad? Como si todos los problemas que uno tiene en la vida fueran bastante insignificantes.

– Sí -dijo ella-. Es cierto.

Volaron en silencio un buen rato, y entonces Joe desvió el avión hacia la derecha y señaló por la ventanilla.

– Eso es Van Hatten Creek -dijo él-. Y se puede ver la cabaña de los Gebhardt en el pequeño claro al sur. Te gustarán los Gebhardt.

– ¿Vamos a aterrizar? -le preguntó Perrie.

– Sí, cada vez que les llevo provisiones, me quedo a almorzar con John, Ann y sus dos niños. Como están aquí perdidos en medio de estas tierras salvajes, les encanta tener visita. Y además Ann cocina estupendamente.

– ¿Pero dónde vamos a aterrizar? -le preguntó Perrie con cierto pánico.

– Cariño, con este avión podría aterrizar si quisiera en el tejado de la cabaña. Tú observa. Será coser y cantar.

Perrie bajó del avión con las piernas temblorosas, agradecida de estar sobre tierra firme. No podía creer cómo habían descendido sobre un pequeño claro entre los árboles. El avión apenas había tocado el suelo cuando empezó a deslizarse y se detuvo al momento, a unos metros de unos arbustos. Le habían dicho que Joe Brennan era un piloto estupendo, y ya había visto la prueba.

Avanzó unos pasos y se tambaleó. El fue a sostenerla para que no se cayera y, para sorpresa suya, le robó un beso breve y dulce.

– ¿Estás bien? -le preguntó él mientras le ponía la mano en la mejilla.

Perrie asintió, sofocada por la repentina demostración de afecto de Joe. El beso pareció tan natural, tan fácil, que momentáneamente se olvidó de lo mucho que disfrutaba él fastidiándola.

– Yo… me alegro de que hayamos aterrizado – murmuró.

Cuando finalmente recuperó la compostura, se dio la vuelta y vio a una familia que corría hacia el avión, todos vestidos con cazadoras y botas de piel y cuero.

Joe levantó en brazos a los dos niños y empezó a dar vueltas.

– ¿Nos has traído un regalo? -preguntó la más pequeña.

– ¿Y no os lo traigo siempre, Carrie?

La pequeña asintió y agarró a Joe de la mano para tirar de él hasta el avión. Mientras él bajaba las provisiones del Cub, los padres de los dos niños se acercaron a Perrie.

– Soy Ann Gebhardt -dijo la mujer, que le tendía su mano enguantada-. Y éste es mi marido, John. Y esos son nuestros hijos, Carric, de cuatro años, y su hermano Jack de tres. Bienvenida a nuestra casa.

Joe se acercó a ella con una caja de madera debajo de cada brazo.

– John, Ann, os presento a Perrie Kincaid -hizo una pausa-. Es una… amiga de Seattle que está aquí de visita.

Aunque su descripción de ella debería haberle parecido extraña, tuvo que sonreír. ¿De verdad Joe la consideraba una amiga? Ella había asumido que era un engorro; un engorro a quien le encantaba besar de tanto en cuanto, pero un engorro de todos modos. Pero tal vez estuviera naciendo entre ellos una amistad. La idea no le resultaba desagradable; sobre todo si ello significaba que se estarían besando con regularidad.

Ann se agarró del brazo de Perrie y la condujo hacia la cabaña.

– Parece que por una vez Joe me ha traído un regalo. Creo que no he mantenido una conversación adulta con otra mujer en lo menos dos o tres meses.

Perrie la miró, sorprendida por la revelación.

– No me lo puedo creer.

– La última vez que salimos de la cabaña fue el día de Acción de Gracias. Fuimos a visitar a unos amigos que viven a cuarenta kilómetros de aquí en Woodchopper. Los inviernos son un poco solitarios. Pero en cuanto viene el verano viajamos un poco.

– Me gustaría que me contaras algo más de tu vida aquí -le preguntó Perrie mientras subían las escaleras del porche.

– ¿Y qué podría interesarte de mi vida?

Perrie se echó a reír.

– Soy periodista. Me interesa la vida de todo el mundo.

En realidad no podía evitar admirar a una mujer que había elegido vivir en aquellas tierras salvajes, una mujer que se enfrentaba a retos reales cada día.

Ann abrió la puerta de la cabaña e invitó a Perrie a entrar. La casa era pequeña pero muy acogedora, con un alegre fuego en la chimenea y el olor a pan recién hecho flotando en el aire.

– Ésta es mi vida -dijo Ann mientras se quitaba el parca y los mitones y los colgaba de un gancho junto a la puerta-. Cuesta creer que antes vivía en un apartamento en Manhattan y que trabajaba para una de las empresas más importantes de la ciudad.

– ¿Dejaste la ciudad de Nueva York para venirte a vivir aquí? Eso debió de ser un cambio enorme.

Después de servirle una taza de café, Ann invitó a Perrie a que se sentara junto al fuego.

– Hace seis años vine aquí de vacaciones; y cuando llegó el momento de volver a casa, no pude. No pude volver a la locura de la vida de la ciudad, de modo que lo dejé todo y me vine para acá. Tenía ahorrado bastante dinero, lo suficiente como para vivir unos cuantos años. Tuve varios trabajos y luego conocí a John. Estaba dando clases de Botánica en Columbia y estaba aquí durante el verano con una beca para estudiar la vegetación del Ártico. Pasado un mes me pidió que me casara con él, y entonces decidimos quedarnos aquí en Alaska para que él pudiera continuar con su trabajo. Y aquí estamos, con dos hijos, viviendo en plena naturaleza y disfrutando al máximo.

Mientras Perrie se tomaba el café, se enteró de muchas más cosas de la familia Gebhardt. Media hora después, le daba la impresión de que Ann y ella se conocían desde hacía años.

Perrie siempre se había tenido como una persona emprendedora e ingeniosa, pero comparada con Ann Gebhardt, Perrie Kincaid era una niña de ciudad mimada, que no podría sobrevivir ni una semana sin teléfonos, tiendas de ultramarinos o electricidad. Tal vez Joe tuviera razón. Tal vez no tenía lo que había que tener para vivir en las tierras salvajes de Alaska.

La conversación durante la deliciosa comida fue sobre temas triviales. Los Gebhardt se interesaban por cualquier información que les llegara del mundo civilizado, y Joe les contó todo lo que estaba ocurriendo en Muleshoe, incluidas las últimas novedades sobre el concurso de las novias por correo y los próximos juegos que se celebrarían en la población cercana. Una y otra vez, sus miradas se encontraron, sentados como estaban el uno frente al otro a la mesa, y Perrie no hizo intención de desviar la suya.

Ann y John escuchaban las historias con interés, riéndose con los divertidos comentarios que Joe añadía a cada historia, y Perrie empezó a sentirse cada vez más embelesada con su compañero. Era tan cálido y genial, que sería capaz de derretirle el corazón al interlocutor más reacio.

Cuando finalmente se quedó sin noticias que contar, John y él agarraron a los dos niños y se sentaron delante de la chimenea a entretenerse con un juego de mesa.

– Bueno, ya te he contado todo lo que querías saber de la vida en estas tierras salvajes. Ahora te toca a ti hablarme de Joe y de ti. Es tan estupendo saber que por fin ha encontrado a alguien.

– ¿Encontrar a alguien? -Perrie hizo una pausa, entonces sonrió avergonzada-. Tú crees que Brennan y yo… Ay, no; sólo somos amigos. Quiero decir, ni siquiera somos amigos. La mayor parte del tiempo nos detestarnos.

Ann se echó a reír.

– No me lo puedo creer. Tal y como te mira él, y cómo lo miras tú a él… Está claro lo que sentís el uno por el otro.

– Yo… nosotros… Quiero decir, en realidad sólo somos amigos. Apenas nos conocemos.

– Está enamorado de ti. Hace mucho tiempo que conozco a Brennan; y en ese tiempo ha conocido a muchas mujeres. Pero nunca le he visto mirar a nadie como te mira a ti.

– ¿A cuántas mujeres? -le preguntó Perrie, sin poder detener su curiosidad-. Sólo una cantidad aproximada.

– Bueno, yo salí con él unos meses -reconoció Ann-. Hasta que conocí a John. Pero entre nosotros no hubo nada, la verdad.

– ¿Saliste con Joe? -lijo Perrie con incredulidad-. ¿Queda alguna mujer en Alaska con la que no haya salido?

– Es un encanto. Pero eso ya no importa toda vez que te ha encontrado a ti.

– No me ha encontrado -dijo Perrie-. Más o menos aparecí en su vida accidentalmente. Ni siquiera le gusto.

– Oh, desde luego que le gustas. Tal vez aún no se haya dado cuenta -dijo Ann-. Pero lo hará. Tú espera y verás.

– No voy a quedarme el tiempo suficiente como para eso. En cuanto pueda, regresaré a Seattle; a la civilización.

– Eso es lo que dije cada día de mis vacaciones de hace seis años. Pero este sitio me agarró y no me soltaba. Y pensar que estuve a punto de irme dos semanas a París en lugar de venir aquí. A veces hay decisiones pequeñas que son capaces de cambiar el rumbo de nuestras vidas. Debió de ser el destino.

Lo último fue dicho con una sonrisa de nostalgia mientras se volvía a mirar a los dos niños que jugaban sentados delante de la chimenea.

Continuaron charlando de cosas inconsecuentes, pero Perrie no podía dejar de pensar en lo que Ann le había dicho de Joe. Perrie no había visto nada en su comportamiento que le indicara que se interesara por ella. Sí, la había besado un par de veces. Pero según Ann había debido de besar a la mitad de las mujeres de Alaska.

No. Definitivamente no había nada entre ellos. Perrie Kincaid era una experta en cuanto a juzgar los motivos de las personas que la rodeaban, y por parte de Joe no percibía nada que no fuera hostilidad y desdén, puntuados por un par de locos momentos de pasión.

Minutos después, Joe volvió a la mesa con la taza de café vacía.

– Me temo que nos tenemos que marchar. Perrie y yo tenemos que hacer una parada más antes de volver a Muleshoe.

– ¿Tan temprano? -gritó Ann-. Me parece como si acabarais de llegar.

Cinco minutos después, Joe ayudaba a Perrie a montarse en el avión, mientras ella miraba a la familia que los despedía desde el porche.

– Están viviendo la vida de verdad, ¿no? -murmuró Perrie mientras él se sentaba delante de ella.

– Sí dijo Joe-. Es la verdad.

– Ella es muy valiente. No creo que yo pudiera vivir aquí mucho tiempo.

– Estoy seguro de que podrías -replicó Joe-. En realidad, podrías hacer cualquier cosa que te propusieras, Perrie. Sólo necesitas una buena razón para hacerlo.

– ¿Qué haría yo aquí? Quiero decir, no hay periódicos para los que escribir, ni políticos a quienes desenmascarar, ni lectores que quieran saber la verdad.

– No puedes saber de lo que eres capaz hasta que no lo intentes.

Joe arrancó el motor y Perrie se preparó para un despegue complicado. Tal vez Joe tuviera razón. Tal vez hubiera estado tan ocupada con su carrera profesional en Seattle, que jamás había considerado otras opciones.

¿Pero por qué iba a hacerlo? Le encantaba su trabajo. Y estaba perfectamente satisfecha con su vida personal. ¿Qué más podría desear? No tenía respuestas para eso, pero le daba la impresión de que de algún modo Ann Gebhardt, una mujer que vivía en medio de la espesura, tenía mucho más de lo que ella tendría jamás.

Perrie miró por la ventana del Super Cub mientras cruzaba el vasto y llano paisaje, infinitamente blanco. Todo parecía tan distinto de las montañas que rodeaban Muleshoe. Miró el reloj y vio que llevaba en el aire casi media hora, el tiempo suficiente para regresar a Muleshoe.

Se incorporó y le dio unos toques a Joe en el hombro.

– ¿Dónde estamos? -el preguntó.

– Ése es el extremo sur de las llanuras del Yukon -contestó Joe-. No estamos lejos del río, o del Círculo Polar Ártico. Se me ocurrió que diéramos un rodeo; tengo algo especial que enseñarte.

– ¿Tan al norte estamos? -preguntó Perrie-. ¿Qué hacemos aquí tan arriba?

Joe volvió la cabeza y sonrió.

– Ya lo verás -dijo.

Momentos después, Perrie sintió que el avión empezaba a descender.

– ¿Qué ocurre? -preguntó mientras trataba de calmar el pánico de su voz.

– Nada, vamos a aterrizar.

Allí había espacio de sobra, pero no se veía ni una cabaña.

– Ahí abajo no hay nada.

– Hay mucho -contestó Joe mientras se asomaba por la ventana y buscaba algo con la mirada-. Sólo tienes que mirar con un poco más de atención.

Finalmente aterrizó en un claro en el bosque, con tanta suavidad que supo que habían tomado tierra por el susurro de los esquíes del avión al deslizarse sobre la nieve. Apagó el motor, la ayudó a bajarse del avión y lanzó un par de sacos de dormir a sus pies.

– ¿Vamos a pasar la noche aquí? -le preguntó Perrie.

Él cubrió el motor con una manta gruesa para que no perdiera el calor.

– Sólo si tienes un golpe de suerte -se burló. Vamos.

Se alejaron del avión. Él iba todo el tiempo mirando de un lado al otro, escudriñando el horizonte. Entonces se pararon y desenrollaron los dos sacos. Le echó uno por los hombros y le hizo una seña para que se sentara en el otro saco, extendido en el suelo. Perrie se sentó y al momento él hizo lo mismo a su lado y le pasó unos prismáticos.

– ¿Me vas a decir lo que estamos buscando?

– Tú estate callada y observa -dijo él.

Permanecieron sentados en silencio durante más de media hora. Aunque brillaba el sol y el aire estaba en calma, Perrie sintió el frío que le calaba los huesos. Estaba a punto de preguntarle cuándo se marcharían cuando él levantó el brazo y señaló el horizonte.

– Allí -murmuró.

Se llevó los prismáticos a los ojos y vio la extensión de nieve. Un movimiento en el campo de visión le llamó la atención. Entonces se quedó sin aliento cuando vio un enorme lobo gris que apareció en la nieve.

– Lo vi por primera vez hace tres años, cuando estaba llevando provisiones a Fort Yukon en el Otter; tuve un problema en el motor y no me quedó más remedio que descender. Estaba trabajando en el motor cuando de pronto levanté la cabeza y vi que me estaba observando.

– ¿Y no tuviste miedo?

– Los lobos no son agresivos. Le tienen miedo al hombre, y nunca atacarían a no ser que alguien los provocara; o que estuvieran enfermos. Creo que se siente un poco solo, aquí dando vueltas. Era un lobo solitario, un macho sin familia. Seguramente expulsado de su manada por el macho dominante.

Perrie lo miró.

– Burdy te llamó un día “lobo solitario”.

Joe sonrió.

– Supongo que lo soy. Pero no estoy tan solo como lo estaba Romeo. Estaba totalmente solo.

– ¿Romeo?

– Es el nombre que le di al lobo. Cada vez que venía por aquí, lo buscaba a ver cómo estaba. A veces pasaba meses sin verlo, y otras aparecía de pronto. En invierno es más difícil verlo porque tiene que ir más lejos en busca de comida. Pero creo que empieza a reconocer el sonido de mi avión.

– ¿De verdad? -preguntó Perrie.

Joe se echó a reír.

– No. Tan sólo me gusta pensar que somos amigos.

– La verdad es que tenéis mucho en común – dijo ella.

– Tal vez -él hizo una pausa mientras escudriñaba la zona con los prismáticos-. Al menos lo teníamos, hasta que encontró a Julieta. Mira, allí está ella.

Perrie se colocó los prismáticos delante de los ojos. A la izquierda del enorme macho gris había un lobo negro más pequeño.

– ¿Su pareja?

– Sí. Romeo decidió finalmente establecerse hace unos años. Supongo que se ha cansado de tantear el terreno.

– Tal vez deberías haberle dado algún consejo -le provocó Perrie-. Según se dice, tienes mucho éxito con las damas.

– No creas todo lo que oyes -dijo Joe.

– Si estuviera escribiendo una historia sobre tu vida amorosa, Brennan, tendría pruebas más que suficientes para acompañar el texto -Perrie estudió a los lobos un rato, y después se retiró los prismáticos de los ojos y miró a Joe-. ¿Y tú qué, Brennan? -le preguntó-. ¿Alguna vez piensas en encontrar a alguna Julieta?

– Los lobos se emparejan de por vida. No estoy seguro de ser de los que se quedan con una mujer para siempre.

– Ni yo -dijo Perrie-. Quiero decir, con un hombre. Supongo que muchas personas son felices así. Pero yo nunca he conocido a ningún hombre con quien quiera pasar el resto de mi vida.

– Tal vez no hayas conocido a tu Romeo -dijo él en tono suave, mirándola.

– Y tal vez tú no hayas conocido a tu Julieta – respondió ella.

Se miraron a los ojos. Pensó que él iba a besarla. Pero entonces volvió la cabeza hacia el frente.

– Mira -dijo-. Ahí está el resto de la familia.

Otros tres lobos aparecieron detrás de Julieta, más o menos del mismo tamaño que su madre, pero más larguiruchos.

– El verano pasado tenían cinco cachorros -le explicó Joe-. Pero perdieron a dos de ellos durante el otoño. No estoy seguro de lo que pasó.

– Eso es triste -dijo ella.

– Así es la vida en las tierras salvajes -contestó.

La miró de nuevo. Entonces, sin vacilación, se inclinó hacia ella y rozó sus labios con los suyos. Tenía los labios increíblemente calientes, y Perrie sintió un ardor que la recorrió de arriba abajo y pareció ahuyentar el frío.

Él le provocó con la lengua, y por un instante ella pensó en retirarse. Pero su sentido común la había abandonado, y se quedó sólo con el instinto y un deseo irresistible que le pedía más.

Aquel beso fue distinto a los anteriores. Fue lento y delicioso, lleno de un deseo que ella no sabía que podría existir entre ellos.

Esa vez no quería que dejara de besarla. Lo que en realidad quería era que se echara encima de ella y averiguar lo que de verdad sentía Joe Brennan por ella. Y lo que ella sentía por él. Como si le hubiera leído el pensamiento, él la empujó con suavidad encima del saco de fino plumón sin apartar sus labios de los suyos.

Todo lo que se interponía entre los dos, las discusiones, la desconfianza, el tratar de dominarse, se disolvió simplemente, arrollado por la pura soledad de aquellas tierras salvajes. Estaban completamente solos, con un cielo de un azul brillante sobre sus cabezas y rodeados de nieve y bosques.

Perrie se sentía salvaje, primitiva, desinhibida, como los lobos que habían estado observando, movida por un instinto y un deseo puros. Quería tocarlo, sentir su piel, acariciar su cabello. Con impaciencia, se quitó los mitones y le agarró de la cazadora de plumas para apretarlo contra su cuerpo.

Él gimió suavemente, su aliento cálido sobre sus labios.

– Lo estamos haciendo de nuevo -murmuró-. Me estás volviendo loco, Kincaid.

– Lo sé -dijo Perrie sin aliento-. Deberíamos parar. Pero no quiero parar.

– No, no deberíamos parar -dijo Joe mientras se quitaba los guantes-. Esta vez no -le retiró el gorro para hundir las manos en sus cabellos.

Le echó la cabeza hacia atrás y la besó, esa vez más apasionadamente, más tiempo, hasta que a Perrie le daba vueltas la cabeza de tan incontrolable deseo.

Joe los cubrió a los dos con su saco de dormir, creando una especie de tienda de campaña. Muy despacio, él le bajó la cremallera de la cazadora y después deslizó los dedos por debajo de las capas de suéteres que ella llevaba puestos. Cuando finalmente le tocó la piel cálida, Perrie le oyó aspirar con un gemido entrecortado.

– Éste no es el sitio adecuado para hacer esto -dijo Joe-. Estamos a diez grados bajo cero.

– No hace frío aquí -dijo Perrie.

Joe se incorporó y la miró juguetonamente mientras le deslizaba el dedo por el labio inferior.

– Pero hay sitios mucho más acogedores, cariño. No tenemos que arriesgarnos a sufrir congelación por estar juntos.

Perrie cerró los ojos.

– ¿Sabes?, nos arriesgaríamos a mucho más que a una mera congelación si dejamos que esto vuelva a ocurrir -recuperado su sentido común, Perrie se cerró la cremallera cíe la cazadora-. Esto es ridículo, Brennan. No podemos seguir haciéndolo.

– ¿Por qué no? -preguntó Joe-. Si quieres que te sea sincero, se nos da muy bien.

– No se trata de eso -lo regañó mientras lo empujaba.

– ¿Entonces de qué se trata?

– No lo sé.

Lo cierto era que sí sabía; pero le daba mucha vergüenza expresar sus sentimientos. Le gustaba Joe Brennan y le gustaba cuando la besaba y la tocaba. Y pensaba en él mucho más de lo que quería. El problema era que no quería ser como todas las demás mujeres a quienes Brennan había roto el corazón.

– Yo… No sé -repitió en tono suave.

– Bueno, pues hasta que lo sepas voy a seguir besándote, cuando y donde quiera.

Perrie se abrochó la cazadora y se puso a buscar los mitones y el gorro.

– Creo que será mejor que nos marchemos.

Joe le tomó de la mano y tiró de ella de nuevo. Un largo y lánguido beso zarandeó los cimientos de su determinación, y Perrie acabó cayendo de nuevo en el pozo del deseo del que acababa de salir.

– Cuando sea y donde sea -murmuró Joe mientras le mordisqueaba el labio inferior.

Con una sonrisa pícara le besó en la punta de la nariz, antes de ponerse de pie. Le ofreció una mano y ella la aceptó, esperando que él la abrazara de nuevo.

Pero no lo hizo. En lugar de eso, enrolló los sacos de dormir y se los puso debajo del brazo.

– Vamos, Kincaid. Quiero llevarte a casa, donde estarás a salvo y al abrigo del frío.

6

La historia le salió de dentro, palabra por palabra, frase por frase; como si todo el texto llevara allí mucho tiempo. Los lobos y los Gebhardt: dos familias que vivían en medio de aquellas tierras salvajes, empeñadas en sobrevivir. Perrie se había quedado toda la noche en vela, poniendo en papel sus pensamientos, reescribiendo cada frase hasta que le quedó lo más perfecta posible.

No sabía qué le había llevado a tomar papel y lápiz. Nada más entrar en su cabaña se había sentado y había empezado a escribir. Y hasta que no había empezado, no se había dado cuenta de lo mucho que la había afectado aquel día con Joe.

Joe la había llamado cuando ella había echado a correr hacia su cabaña, deseosa de poner cierta distancia entre ellos. Cada vez que estaban juntos, parecía verse privada de su voluntad. O bien peleaban como dos perros rabiosos, o bien se tiraban el uno encima del otro como dos adolescentes con las hormonas revolucionadas. Y hasta que no averiguara lo que sentía por Joe Brennan, iba a mantener las distancias con él. Así que se puso a escribir.

El día había tocado a su fin, pero en lugar de encender la luz, se llevó una vieja lámpara de queroseno a la mesa. El suave destello de la lámpara parecía envolverla en un mundo inventado por ella, un mundo sin inconveniencias, fechas de entrega o fuentes, reuniones o correctores. Por primera vez en muchos años, escribió con sus sentimientos, no sólo con su cabeza. Y así volvió a descubrir el verdadero placer de escribir una frase bella, o de llevar al lector en potencia a un lugar donde jamás hubiera estado.

Había trabajado toda la noche, durmiendo a ratos antes de que otra idea invadiera sus sueños, y ella necesitara levantarse para apuntarla. Entonces se volvía a dormir, y a ratos, mezcladas con las imágenes de los lobos, veía a Joe y lo incorporaba a su historia, personificando al lobo que había vagado libremente durante varios inviernos.

Había tratado de no pensar en su encuentro en aquel paraje de la espesura, pero cada vez las imágenes regresaban. Al principio, entregarse a su trabajo había sido como un antídoto, la manera ideal de olvidar sus besos. Pero más tarde había disfrutado de los recuerdos, se había deleitado con ellos mientras escribía, y había sentido sus manos acariciándola, sus labios besando los suyos.

El día había amanecido claro y brillante, y al despertar Perrie había visto los papeles desperdigados sobre la cama. Despacio, releyó lo que había escrito y lo copió a limpio. Aunque se había llevado su ordenador portátil, esa historia no podría ser escrita en ordenador. Aquella historia era más como una carta; una carta desde las tierras salvajes de Alaska.

Aunque ella no solía escribir ese tipo de historias, estaba orgullosa de cómo le había salido. Y ansiosa por descubrir si Milt pensaba que escribirla tenía algún mérito. Y no porque fuera a publicar la historia; tal vez su jefe sólo disfrutaría de sus reflexiones sobre Alaska.

– Un fax -murmuró mientras se ponía un suéter grueso-. Tienen que tener un fax en el refugio.

Perrie sacó sus botas de piel y se las puso, descolgó su cazadora del perchero y tomó las hojas escritas.

Desde su llegada el edificio bajo había suscitado su interés en más de una ocasión, pero había tratado de evitarlo, sabiendo que Joe vivía allí. Prefería la privacidad de su cabaña.

Mientras accedía al amplio porche, se fijó en un viejo grabado sobre la puerta: Prohibido el Paso a las Mujeres. Perrie sonrió. Sin duda los solteros que vivían dentro sentían la necesidad de protegerse de las féminas. Por debajo de ese mensaje, había otro:

– Excepto Julia -murmuró Perrie.

Perrie retrocedió mientras se preguntaba quién sería Julia y por qué ella podía entrar al refugio.

– Bueno, si Julia puede entrar, yo también – dijo Perrie.

Decidida, Perrie llamó a la puerta con los nudillos y esperó una respuesta. Cuando nadie abrió, volvió a llamar. Después de llamar por tercera vez, decidió aventurarse adentro.

El interior del refugio fue una sorpresa total.

Había esperado algo tan rústico como el exterior. Pero al entrar accedió a una enorme habitación de ambiente rústico muy acogedora, con unas paredes hechas de troncos y una chimenea de piedra. Multitud de coloridas alfombras y colchas de artesanía de Alaska cubrían el suelo y los sofás, y por toda la habitación se podían ver interesantes piezas de artesanía local. Comparado con su cabaña, el refugio resultaba lujoso.

– ¿Hola? -dijo-. ¿Hay alguien aquí?

Su llamada fue contestada por una voz y unos pasos. Entonces apareció un niño pequeño en el otro extremo del salón.

– ¡Estoy aquí! -gritó.

Cuando el niño la vio, se detuvo y se ajustó las gafas sobre su nariz respingona.

– ¿Quién eres tú? -le preguntó el niño.

– Soy Perrie. ¿Y tú quién eres?

– Me llamo Sam. Vivo aquí. ¿Estás buscando a mi padre?

Perrie frunció el ceño.

– Eso depende de quién sea tu padre.

Joe no había dicho ni palabra de que tuviera un hijo, y a Hawk no le pegaba. Una de las novias había mencionado que el tercer socio del refugio se había casado recientemente, pero no llevaba tanto casado como para tener un niño tan mayor.

– Yo estoy buscando a Joe.

Sam se acercó a ella y la estudió sin timidez.

– Joe no es mi padre, es mi tío. Bueno, en realidad no es mi tío, sino más bien como un hermano mayor. Mi padre es Tanner. Es mi padrastro, en realidad. Volvimos esta mañana de Fairbanks dijo con los ojos brillantes.

– ¿Qué pasa aquí? -una mujer rubia y esbelta se plantó junto a Sam, con un paño de cocina en la man-. ¡Se te oye desde la cocina! -dejó de hablar cuando vio a Perrie, a quien miró con curiosidad.

– Lo siento -se disculpó Perrie-. Llamé a la puerta, pero nadie me oyó. Estoy buscando a Joe.

La mujer sonrió.

– ¿Eres la Perrie de Joe?

Perrie esbozó una sonrisa vacilante.

– No. Quiero decir, sí. Soy Perrie… pero no soy… -su voz se fue apagando.

El tratar de explicar lo que era exactamente para Joe Brennan se estaba complicando día a día.

– ¡Precisamente iba a bajar a tu cabaña a conocerte! -exclamó la mujer-. Me llamo Julia Lo… Julia O'Neill. Sólo llevo un mes casada; y me cuesta acostumbrarme al nombre -hizo una pausa-. ¿Y cómo ha sido tu estancia? ¿Has estado cómoda? Espero que Joe te esté cuidando bien. Normalmente no se encarga de los huéspedes, pero Tanner y yo hemos estado muy ocupados este mes, con la boda y la mudanza y… -Julia dejó de hablar un momento-. ¿Te apetece desayunar? ¿Un café y unos bollos de pasas, tal vez?

– ¿Está Joe aquí? -preguntó Perrie.

– Está en la pista de aterrizaje con mi marido. Están sacando todas nuestras cosas del avión. Sam y yo acabamos de cerrar nuestro apartamento en Chicago. Vamos a vivir aquí ahora. ¿Puedo ayudarte en algo?

– Me preguntaba si habría un fax en el refugio -dijo Perrie.

– Desde luego que lo hay. Tanner lo instaló el mes pasado. La verdad es que es de gran ayuda con las reservas y los detalles de los viajes. Está en la cocina.

Julia le hizo un movimiento a Perrie para que la siguiera, y cruzaron un enorme comedor lleno de mesas antiguas y un batiburrillo de antigüedades y sillas hechas a mano. Detrás de unas puertas de vaivén, estaba la enorme cocina, tan acogedora y rústica como el resto del refugio.

– El fax está allí al lado del teléfono -dijo Julia-. ¿Por qué no envías tus papeles y luego nos sentamos un rato y charlamos?

Como Ann, Julia parecía encantada de tener compañía femenina. Perrie sospechaba que acostumbrarse a la vida en Muleshoe resultaba difícil, sobre todo viniendo de una ciudad como Chicago. Sin embargo Julia parecía increíblemente feliz y emocionada, al igual que Ann. Tenían a sus maridos, a su familia y una vida llena de emociones.

Perrie tenía su trabajo. Eso siempre le había bastado, siempre había sido emocionante, a veces más de lo que hubiera deseado. Pero si lo comparaba con vivir en Alaska, su trabajo de reportera de investigación parecía perder un poco de su lustre.

Cierto era que la gente de Seattle la conocía y quería leer sus historias. Y ella esperaba impacientemente a que alguien cometiera un error. Ése era el resumen de toda su carrera profesional. Si no hubiera delincuentes ni personas corruptas, no tendría trabajo.

Cuando lo miraba sí, de pronto veía su carrera profesional desplegándose delante de ella. ¿Qué haría en cinco, en diez años? ¿Seguiría observando y esperando, esperando a que alguna persona prominente diera un paso en falso y trasgrediera la ley? ¿O encontraría un nuevo camino, tal y como habían hecho Ann y Julia?

– ¿Perrie? ¿Sabes manejar el fax?

Perrie volvió de su ensimismamiento y asintió a Julia.

– Sí… Sólo trataba de recordar el número.

Página a página, su historia fue enviada a través de las líneas telefónicas, desde Muleshoe hasta Seattle. En pocas horas, Milt lo leería. Casi podía oír ya su perorata mientras se preguntaba dónde estaba su historia de las novias. En unos días, tomaría parte en los juegos de Muleshoe y entonces terminaría la historia que le había sido asignada. Después, volvería a su cómodo apartamento y a su emocionante profesión.

– ¿Te apetece sentarte y tomar un café?

Perrie se quedó mirando ensimismada mientras las últimas páginas eran suavemente devoradas por la máquina.

– Yo… no puedo. Tengo un montón de cosas que hacer.

La verdad era que, toda vez que había evitado la compañía de Joe, quería salir del refugio antes dé que él volviera. No estaba del todo segura de que tuviera la determinación suficiente como para no desearlo como lo había deseado la última vez que se habían visto.

– No puedo creer que estés cómoda en esa cabaña -dijo Julia-. Aquí en el refugio tenemos un dormitorio de sobra. Si te apetece, puedes venirte para acá.

– Mi cabaña está bien -contestó Perrie.

– Pero salir de noche al retrete y tener que arrastrar esa bañera para darte un baño…

– Todo ello forma parte de la experiencia de estar aquí.

– Bueno, yo desde luego no lo soportaría – dijo Julia.

Perrie frunció el ceño.

– Pero tú vives aquí -dijo Perrie.

– Y tenemos un baño -dijo Julia.

Perrie emitió un gemido entrecortado.

– ¿Un baño? ¿Un baño dentro de casa? ¿No tenéis que salir fuera a medianoche?

– Por supuesto que no -dijo Julia-. Por eso no entendía por qué elegiste quedarte en una de las cabañas en lugar de venir aquí.

– ¿Podría haberme quedado aquí en el refugio?

– Eso hice yo cuando vine por primera vez – dijo Julia-. Aunque no me extraña que Joe no quisiera invitarte a quedarte aquí, teniendo en cuenta la leyenda.

– ¿Qué leyenda?

– Hay un grabado en el dintel de la puerta. Los buscadores de oro que vivieron aquí durante la época de la fiebre del oro decían que cualquier mujer que cruzara el umbral se casaría con uno de los que vivían en el refugio.

– ¿Y yo he tenido que salir a esa caseta con temperaturas bajo cero y bañarme en esa bañera sólo porque Joe Brennan piense que tal vez decida casarme con él?

Julia consideró un momento las palabras de Perrie, y después asintió como si la lógica fuera muy aceptable.

– Sí, supongo que sí.

– Julia, ¿dónde te dejo estas cajas?

La voz de Joe resonó en la casa, y a Perrie se le aceleró el pulso. Las puertas de la cocina se abrieron y apareció Joe con las manos llenas de cajas, de modo que ni se le veía la cara.

– Puedes dejarlas ahí -dijo Julia, mirando con nerviosismo de Perrie a Joe.

Joe dejó el montón en el suelo. Entonces se puso derecho y se encontró cara a cara con Perrie. Él pestañeó con sorpresa y entonces esbozó una sonrisa incómoda.

– Buenos días -murmuró Joe.

Ella esperaba sentirse incómoda con él, sobre todo después de lo que había pasado el día anterior. Pero también había pensado que se habían hecho amigos y se había equivocado.

– ¿Tú has metido a Perrie en la cabaña? -le preguntó Julia-. ¿Sin calefacción ni aseo? ¿Has consentido que se prepare sus propias comidas y se haga su cama? ¿Ése es el modo de tratar a un huésped?

Joe miró a Julia con el ceño fruncido.

– Ella no es realmente un huésped.

– ¿Acaso no nos paga su periódico? ¿No es cierto que nuestro precio incluye todas las comidas?

– Bueno, sí, pero éste es un caso diferente.

Julia se acercó despacio a Joe hasta que estuvieron frente a frente.

– La situación es la siguiente. Quiero que vayas a la cabaña de la señorita Kincaid, que recojas sus pertenencias y que las traigas aquí al refugio. Y después quiero que hagas lo posible para que nuestra invitada esté cómoda.

Perrie se puso tensa y se obligó a sonreír.

– En realidad no es necesario. Estoy perfectamente bien en la cabaña.

Con eso le echó a Joe una mirada asesina; una mirada que le decía que no habría más besos entre ellos. Y que lo que menos deseaba hacer era dormir bajo el mismo techo que él.

Salió de la cocina con fastidio y maldiciendo entre dientes con cada paso que daba. Sus pensamientos, una mezcla de rabia y frustración, concibieron sorpresivamente una imagen de Joe Brennan desnudo, dormido entre sábanas revueltas… con aquel pecho musculoso y aquellos brazos largos y fuertes…

– Basta -se dijo en voz alta-. Tendría que estar pensando en cómo volver a Seattle, y no preguntándome cómo es Joe Brennan en la cama.

Joe observó a Perrie salir de la cocina muy enfadada. Negó con la cabeza y miró a Julia.

– Te encanta hacerme sufrir, ¿verdad?

Julia sonrió y entonces se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.

– Voy a transformarte en un hombre sensible, aunque me cueste toda la vida.

Joe gimió.

– Debería haber imaginado que vosotras las mujeres os apoyaríais.

– Aquí en el refugio somos muy pocas -dijo Julia mientras le limpiaba a Joe la mejilla de carmín-. Haré todo lo posible por contrarrestarlo un poco.

Joe recogió la caja y la colocó sobre el mostrador.

– Ni siquiera lo pienses. El hecho de que Perrie Kincaid haya cruzado la puerta de la casa no quiere decir que vaya a casarme con ella. Ni siquiera nos gustamos.

Joe tuvo que reconocer para sus adentros que eso no era del todo cierto. Perrie le gustaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer. Aunque estaba seguro de que en ese momento no tendría muy buena opinión de él.

– Parece una mujer encantadora -dijo Julia-. A mí ya me gusta.

Hawk y Tanner entraron en la cocina en ese mismo momento, con Sam pisándoles los talones.

– Eh, acabo de ver a Perrie Kincaid en el porche -dijo Tanner-. ¿Ha entrado?

Joe soltó una imprecación y le echó a Tanner una mirada venenosa.

– No empieces conmigo. Tu esposa ya ha hablado suficiente del tema. No, no me voy a casar con Perrie Kincaid. Maldita sea, si se va a casar con alguien, será con Hawk. No para de hablar de él.

Sólo de pensarlo sintió unos celos persistentes; pero había llegado el momento de que averiguara qué estaba pasando entre ellos dos.

Tanner y Julia se volvieron ambos a mirar a Hawk con curiosidad.

– Y bien -dijo Julia-, ¿tú qué tienes que decir?

– Le di unas botas de piel -dijo Hawk-. Y la estoy preparando para los juegos de Muleshoe.

Joe se quedó boquiabierto.

– ¿Tú la estás ayudando?

Hawk asintió.

– ¿Sabes por qué quiere participar en el concurso de las novias? Para poder llegar a Cooper y buscar a un piloto que la lleve a Seatle, donde seguramente alguien le pegará un tiro en cuanto se enteren de que está allí. Está aquí en Muleshoe por su propia seguridad.

– Pareces muy preocupado por la señorita -comentó Tanner.

– Por una señorita que ni siquiera le gusta -añadió Julia mientras se acercaba al fax-. Perrie se ha dejado aquí sus papeles. ¿Por qué no se los llevas a la cabaña, Joe? Y mientras estás allí, podrás disculparte por tu actitud tan poco hospitalaria. Invítala a cenar con nosotros y dile que puede quedarse en el dormitorio de invitados.

– No tendría que disculparme si tú no hubieras dicho nada para que se enfadara de ese modo -dijo Joe mientras le arrebataba a Julia los papeles de la mano.

– Pues dale un beso -dijo Sam-. Eso es lo que hace Tanner cuando mi mamá se enfada.

Joe le revolvió al niño el pelo al pasar.

– Tendré eso en cuenta. Me atrevo a decir que me fío más de tu consejo que del de tu madre.

Joe caminó despacio hasta la cabaña de Perrie, y no porque le sentara mal disculparse con ella, sino porque mientras caminaba iba leyendo la historia que ella se había dejado en el refugio. A medida que iba leyendo, la historia lo iba envolviendo, sorprendiéndolo con las sorprendentes imágenes visuales que era capaz de crear con una simple frase. Siempre había sabido que era escritora, pero jamás esperado que poseyera tal talento. Había pensado que escribía sobre policías y criminales, políticos y hombres de negocios ambiciosos. No sobre unos lobos de las tierras salvajes o sobre los vínculos familiares.

Terminó de leer su historia cuando llegaba al porche de entrada de la cabaña, y cuando leyó la última palabra, se sentó en el escalón de arriba y la leyó otra vez. Permaneció allí sentado mucho rato, pensando en Perrie y en los lobos, en el amor y en la soledad. Y se dio cuenta de que él había estado malgastando su tiempo.

Tarde o temprano, Perrie Kincaid volvería a Seattle y saldría para siempre de su vida. En un principio eso era lo que había deseado; pero en ese momento quería que Perrie se quedara. Algo los había unido el día anterior en las llanuras y necesitaba saber qué era; porque no era sólo deseo.

Deseaba a Perrie Kincaid más de lo que había deseado a cualquier mujer en su vida. Y aunque deseaba hacer el amor con ella, no la quería sólo para eso. La quería a su lado cuando regresara a ver los lobos, y la quería ver cuando desayunara a la mañana siguiente; quería mostrarle la aurora boreal y la belleza del verano en Alaska; y deseaba que ella estuviera allí cuando el hielo se resquebrajara en el Yukon y cuando volviera a helarse al invierno siguiente.

Sobre todo, quería tiempo; tiempo para averiguar por qué quería más tiempo. Tiempo para adivinar si esa fascinación que sentía hacia ella era transitoria, o si sería una maldición que lo acompañaría el resto de sus días. Tiempo para llegar a la conclusión de que Perrie Kincaid y él estaban hechos el uno para el otro; para enamorarse y casarse.

La puerta se abrió a sus espaldas y Joe se dio la vuelta y vio a Perrie mirándolo. Tenía los brazos cruzados y aún parecía enfadada.

– ¿Cuánto tiempo vas a quedarte sentado aquí fuera? -le preguntó ella.

Él levantó los papeles.

– Te has dejado esto en el refugio.

Ella se los quitó y los enrolló.

– No voy a mudarme allí.

– No esperaba que lo hicieras -hizo una pausa-. Es una historia maravillosa, Kincaid. Mientras la leía, no dejaba de verte. Tienes un talento increíble. ¿Por qué lo malgastas hablando de criminales?

Ella avanzó hasta la barandilla del porche y se fijó en un arbusto de pícea.

– Lo que hago yo es importante -dijo con tranquilidad-. Me gusta. Ésta es una historia tonta de unos lobos, que no le importa a nadie.

– A mí sí, Perrie. Me hace sentir algo especial. Cuando la he leído, me ha conmovido.

Perrie se dio la vuelta y lo miró sin entender.

– No es nada -dijo con decisión mientras doblaba las hojas y se las guardaba en el bolsillo de los vaqueros; aspiró hondo y se apartó de la barandilla del porche-. ¿Dónde está Burdy?

– Seguramente estará en su cabaña.

– Necesito desayunar. Quiero ir a Muleshoe.

Joe se puso de pie y se acercó a ella.

– Yo podría llevarte -se ofreció.

Cuando ella se retiró, él se detuvo y alzó la mano.

– Prefiero ir con Burdy -dijo Perrie.

– Escucha, sé que estás enfadada. Y lo siento. Debería haberte pedido que te quedaras en el refugio. Es mucho más cómodo y…

– No importa -contestó Perrie en tono seco-. De todas las maneras, no me habría quedado allí. La cabaña está bien.

– No, no lo está. Es…

– ¿Qué quieres de mí? -le soltó ella enfadada-. ¿Necesitas la absolución por ser un cretino? ¿Crees que elogiando mi escrito vas a aliviar la situación?

– Pensé que…

– Mi sitio no está aquí -dijo con recelo-. Mi sitio está en Seatle. Y tú eres quien me retiene aquí.

– Sé lo importante que es el trabajo para ti, pero le hice una promesa a Milt y voy a mantenerla.

– ¿Una promesa que me hace desgraciada?

– Una promesa para que estés a salvo.

– ¿Pero por qué tú?

Joe jamás le había dicho a nadie lo que Milt Freeman había hecho por él. Pero ese momento era el preciso para contárselo a Perrie. Tal vez entonces entendiera por qué era tan importante que ella permaneciera en Muleshoe.

– Justo después de acabar la carrera de Derecho, trabajé para la oficina del fiscal en Seattle. Estaba tan pagado de mí mismo, pensando que sería quien defendería los derechos del ciudadano de a pie y que haría del mundo un lugar mejor… Pero así no fue como salieron las cosas. Sobre todo, representaba a criminales. De todos modos, hacía bien mi trabajo. Un día, tuve el placer de representar a un joven gamberro llamado Tony Riordan. Él era el típico delincuente de poca monta que había estado dirigiendo un pequeño negocio de chantaje con el que no dejaba de fastidiarles la vida a algunos tenderos inmigrantes de Seattle.

Perrie se quedó boquiabierta.

– ¿Conocías a Tony Riordan?

– Íntimamente. Después del juicio, el señor Riordan se encargó de enviarme a algunos de sus compinches a mi casa a expresarme su disgusto por el veredicto. Pero antes de que llegara a casa ese día, un reportero llamado Milt Freeman me llamó y me advirtió. Se había enterado por una de sus fuentes de que Riordan quería vengarse.

– ¿Entonces Milt te salvó la vida?

– O al menos la cara -dijo Joe con una risotada-. El caso es que Tony Riordan ya era peligroso entonces y eso que no tenía nada que perder. Ahora tiene más que perder, Perrie, y eres tú quien amenazas con arrebatárselo.

– Sé cuidarme sola -dijo Perrie con obstinación mientras se cruzaba de brazos.

Joe maldijo entre dientes.

– ¿Acaso te cuesta tanto aceptar que alguien se preocupe por ti?

Ella apretó los labios, y Joe entendió que finalmente empezaba a aceptar lo que le decía.

– Milt se preocupa por ti. Y yo también.

Una sonrisa cínica asomó a sus labios y alzó el mentón con desafío.

– Supongo que harías cualquier cosa para retenerme aquí, ¿verdad? -miró las escaleras de la entrada-. Tengo que encontrar a Burdy.

– Vamos, Perrie -la reprendió mientras la seguía-. No puedes seguir enfadada conmigo para siempre.

Ella se dio la vuelta y volvió la cabeza sonriéndole.

– Tú observa, Brennan.

– ¿Por qué no puedes ver esto como una experiencia aleccionadora? -dijo él en voz alta-. Te apuesto a que no volverás a entrar en el baño de nuevo sin apreciar la comodidad y belleza de tener un baño dentro de casa. O que no subirás la calefacción sin acordarte de la leña que tuviste que recoger para alimentar la estufa de la cabaña.

– Sigue hablando, Brennan. Tarde o temprano acabarás convenciéndote de que estás haciendo algo bueno reteniéndome aquí.

Perrie echó a andar hacia la cabaña de Burdy, y Joe se paró a admirar el rápido bamboleo de sus caderas, la energía de sus pasos. Se echó a reír entre dientes y se encaminó al refugio.

Cada vez le resultaba más difícil seguir enfadado con Perrie Kincaid. A decir verdad, cuanto más sabía de ella, más le gustaba. Era testaruda y sabía lo que quería. No dejaba que nadie la manejara. Y por eso mismo la admiraba.

Aparte de todo eso, le parecía la mujer más bonita que había visto en su vida. Hasta ese momento no había pensado en ella más que como una molestia. Pero poco a poco había terminado por darse cuenta de lo increíblemente atractiva que era. Negó con la cabeza. Ésa era una opinión que tendría que guardarse. No quería que ninguno de los del refugio ni los habitantes de Muleshoe se enteraran de que Perrie Kincaid le atraía tanto.

Perrie se sentó en uno de los taburetes de la barra y abrió un menú. Paddy Doyle se acercó y se limpió las manos en el mandil.

– Señorita Kincaid. ¿Cómo está en esta mañana tan soleada?

– Estoy bien, señor Doyle. Creo que tomaré el desayuno de leñador, con un poco más de beicon, queso en las patatas… y un vaso de leche grande.

Paddy arqueó las cejas.

– ¿Está segura de que quiere todo eso para desayunar? Normalmente toma un donuts y un café.

– Estoy entrenando -dijo Perrie.

Paddy apuntó lo que le había pedido en un pedazo de papel y volvió a la cocina. Pasados unos momentos regresó con un enorme vaso de leche.

– He oído que va a formar parte del concurso de las novias -dijo él-. Todos los solteros de la ciudad están deseosos de ver cómo se las arregla; para ver si es buena para el matrimonio.

Perrie sonrió.

– Las reglas dicen que cualquier mujer soltera puede participar. Pero esta soltera no está interesada en el matrimonio; sólo en ganar el premio.

– También he oído que esta mañana ha estado en Bachelor Creek.

Perrie pestañeó con sorpresa. Había estado en el refugio hacía menos de una hora y ya se sabía.

– Mi primera y última visita.

– Yo no estaría tan seguro de eso. Una dama que pone el pie en ese refugio acaba casándose -Paddy se echó a reír-. Ni uno de esos chicos puso un centavo para el plan de buscar novias y ahora están cayendo como moscas. El primero Tanner. Y ahora Joe. Hawk irá después.

– Yo no voy a casarme con Joe Brennan -insistió Perrie.

– Estoy seguro de que Joe se enfadó cuando la vio dentro del refugio. Lleva evitando el matrimonio desde que lo conozco hace cinco años. Ya sabe que ha salido casi con todas las mujeres solteras del este de Alaska.

– Lo sé, señor Doyle. Todo el mundo lo sabe. Parece que la vida social de Joe es noticia de primera página en Muleshoe.

– Lo sería si tuviéramos un periódico -Paddy se frotó el mentón; entonces apoyó el pie en un barril vacío y se apoyó en la barra-. Usted está el negocio de la prensa, ¿no es cierto?

– Cuando no estoy perdida en Alaska, sí -dijo después de dar un sorbo de leche.

– Necesito consejo -Paddy se llevó las manos a la espalda y se desató el mandil-. Venga conmigo. Quiero enseñarle algo.

Muerta de curiosidad, Perrie lo siguió por el bar hasta una puerta trasera, y después por unas escaleras estrechas y polvorientas hasta el segundo piso del edificio. Paddy llegó a otra puerta y la abrió.

– Todo esto lleva años aquí -dijo él-. Estaba pensando en transformar esto en un bonito salón de baile, para fiestas y bodas y cosas así.

– ¿Qué es esto? -preguntó Perrie.

– Esto es lo que queda del Muleshoe Monitor -le explicó Paddy-. El periódico se abrió en la época de los buscadores de oro. Duró hasta los años treinta y entonces el hombre que lo dirigía se mudó a Fairbanks.

– Es increíble -dijo Perrie mientras se acercaba a la fila de armarios de madera que forraban una pared.

Las galeradas de la última edición del periódico seguían sobre la mesa, cubiertas de años y años de polvo. Pasó la mano por encima de los titulares para ver mejor lo que decían.

– Cuando yo todavía estaba en el instituto, trabajaba para el periódico de mi ciudad. Conservaban los tipos antiguos que utilizaban para los letreros y los pósters. Yo solía sentarme e inventar titulares. Ahora todo se hace por ordenador.

– Quiero vender esto -dijo Paddy-. ¿Cuánto cree que vale?

Perrie tomó en la mano un tipo de redacción.

– Esto no debe de valer mucho. En realidad no estoy segura. Para alguien como yo, es algo fascinante. Cuando era pequeña, soñaba con tener mi propio periódico.

– Cuando Muleshoe estaba en pleno desarrollo, a finales del siglo XIX, teníamos gente suficiente aquí como para poder financiar un periódico. Casi dos mil habitantes. Y con todo el dinero que se sacaba, había un montón de noticias. El tipo que dirigía el periódico falleció en 1951 y nadie vino jamás a reclamar su propiedad. Esa prensa ha estado ahí desde entonces, recogiendo polvo. Seguramente harían falta la totalidad de los hombres de esta población para mover eso. O supongo que podríamos separarla en varias partes.

– ¡Oh, no! -gritó Perrie-. Eso no se puede hacer.

Paddy se encogió de hombros.

– No se puede hacer mucho más. Vamos, señorita Kincaid. Vayamos a ver si su desayuno está listo. Si se entera de cualquier sitio donde pueda venderse este trasto viejo, me lo comunica, ¿de acuerdo?

Ella asintió, y Paddy se dirigió a la cocina, pero Perrie permaneció allí un rato más. El olor de la tinta aún estaba en la habitación, incluso después de casi cincuenta años. Ella cerró los ojos y sus pensamientos volvieron a la pequeña imprenta donde tanto había disfrutado de niña. Era por haber vivido aquello por lo que se había hecho periodista.

Por un instante deseo que Joe estuviera allí con ella. Quería compartir eso con él, igualmente que él había compartido a los lobos con ella; quería hablarle de la primera vez que se había dado cuenta de que quería ser reportera. Pero entonces se acordó de cómo estaban las cosas entre ellos.

Eran como un par de imanes, que a veces se atraían y otras se repelían. Entendía lo último. ¿Pero de dónde surgía la atracción? Sin duda él era guapo, pero a ella nunca le habían importado los atributos físicos. Asumía que era inteligente, aunque jamás había mantenido una conversación intelectual con él. Desde luego era encantador, el tipo de hombre a quien la mayoría de las mujeres encontraban irresistible.

Tal vez fuera otra cosa, algo menos obvio. Aunque él era lo suficientemente simpático, siempre parecía parar cuando se trataba de hablar de sí mismo. La mayoría de los hombres que había conocido eran capaces de hablar de sí mismos durante horas, sin embargo no había sido capaz de sacar ni un gramo de información personal acerca de Brennan, aparte de su deuda con Milt Freeman. Cuando le había preguntado, él se limitaba a ignorar su curiosidad con una respuesta hábil o un comentario provocador.

Perrie estaba segura de que no había mujer en todo el planeta que hubiera podido penetrar en el pensamiento o en el corazón de Joe Brennan. Ella no iba a ser la primera… Y tampoco quería serlo.

7

El bosque estaba a oscuras y silencioso cuando regresó a casa, y el suave crujido de sus botas resonaba y desaparecía en la noche. Perrie había pasado el día entero lejos de Bachelor Creek Lodge, sencillamente para evitar volver a ver a Joe. Había tomado el desayuno en Doyle's, almorzado con las novias y después por la tarde había practicado juegos. Incluso había pasado una hora antes de cenar en Doyle's examinando de nuevo lo que quedaba del Muleshoe Monitor.

En realidad no estaba enfadada con Joe. Pero tampoco estaba dispuesta a perdonarlo aún. Un paso hacia la tregua normalmente acababa en otro paso hacia atrás. ¿Por qué no podían llevarse bien y punto? Ella estaba allí en Alaska de donde no se podía mover de momento, obligada a verlo cada día, le gustara o no. Lo menos que él podía hacer era dejarla en paz.

¿Pero quería de verdad que él hiciera eso? A medida que pasaban los días, las horas, notaba que deseaba más y más estar con él. Y lo peor era que disfrutaba de sus discusiones, de sus trifulcas, de la batalla continua por tener el control. Joe Brennan era el primer hombre que había conocido que no se dejaba pisar de ninguna manera.

Siempre había sido una persona resuelta, una mujer que daba a conocer sus opiniones. Los hombres se habían sentido atraídos por ella en parte por su notoriedad, por su posición como reportera de éxito. Pero Joe no era parte de su mundo; él vivía fuera de la órbita del Seattle Star. No le importaba que ella fuera Perrie Kincaid, la periodista que había ganado tantos premios. Él la conocía como Perrie Kincaid, un verdadero engorro, la huésped descontenta, la mujer que sólo tenía una misión, y era salir de Alaska, a cualquier precio.

Pero últimamente no había estado tan obsesionada con escaparse como cuando había llegado. Durante su sesión de entrenamiento de esa tarde con las novias, se había olvidado de la razón por la que había participado en la competición. Mientras practicaba caminar con las raquetas de nieve, mientras partía troncos o mientras conducía el trineo, sólo podía pensar en Joe y en cómo le demostraría que podía soportar los rigores de la vida en las tierras salvajes.

Algo había cambiado entre los dos, un cambio tan sutil que ella apenas lo había notado. Desde el día que habían estado con Romeo y Julieta, ella había dejado de ver a Joe Brennan sólo como un obstáculo para su plan de escribir la historia sobre Tony Riordan. Él se había metido en su cabeza, en su vida, provocándola con sus bromas y sus burlas, desafiándola cada vez. En su mente, y en su corazón, Joe se había convertido en un hombre terriblemente intrigante, sexy y atractivo.

Perrie empujó abrió la puerta de su cabaña con la firme resolución de dejar fuera sus pensamientos. ¿Por qué no podía darle sentido a todo aquello? Siempre había sido capaz de controlar sus sentimientos. Pero Joe Brennan desafiaba cada intento suyo por definir sus sentimientos, por dominar su fascinación… por controlarse para no enamorarse de él de pies a cabeza.

Al entrar y cerrar la puerta para que no entrara el frío, vio un sobre en el suelo. El corazón le dio un vuelco. ¿Podría ser de Joe? Cuando vio la letra infantil en el sobre, se reprendió para sus adentros por su ridícula reacción.

Con una leve sonrisa, sacó una tarjeta de San Valentín hecha a mano; y fue entonces cuando se dio cuenta de pronto de que el día de San Valentín llegaría muy pronto. Jamás le había prestado demasiada atención a esa fiesta. En cuanto había dejado la sección de Lifestyles, no había vuelto a encargarse de los artículos dulzones de corazones y flores, de sentimientos románticos.

– «De todas las flores, tú eres la más bella» -leyó Perrie-. «Me alegro de tener una nueva amiga como tú. Sam».

Trazó con el dedo las letras infantiles del nombre del pequeño y una oleada de afecto le llenó el corazón. No recordaba jamás haber recibido una tarjeta por San Valentín, aparte de las que habían intercambiado en el instituto. Ningún niño, ningún hombre, se había molestado en expresarle su cariño de un modo tan dulce como ése.

Se apoyó contra la puerta y cerró los ojos. No era el momento de arrepentirse de nada. Nunca había estado enamorada en su vida. Pero había tenido un éxito en el terreno profesional que había superado sus fantasías. Su trabajo era tan agotador, que nunca se había fijado en el apartamento vacío donde llegaba cada noche. ¿Entonces por qué de pronto ya no le parecía suficiente? ¿Por qué le daba la sensación de que merecía algo más en la vida?

Perrie dio un puñetazo a la puerta. En ese momento, otros golpes sonaron a su puerta, y Perrie se apartó de ella asustada.

– Perrie, sé que estás ahí. He estado esperando a que volvieras. Abre la puerta.

Fue a abrir y entonces retiró la mano. Aspiró hondo, trató de relajarse y de olvidar todas las ideas románticas que le rondaban el pensamiento cuando pensaba en Joe Brennan, como si de algún modo él pudiera adivinarlas cuando abriera la puerta. Pero lo que no había anticipado fue la emoción que sintió cuando lo tuvo de nuevo frente a frente.

Él le sonrió. El suave destello de luz del interior de la cabaña iluminó su rostro apuesto y los ángulos de su cara.

– Hola.

Ella no pudo evitar devolverle la sonrisa. Tenía un modo extraño de aliviar la tensión entre ellos, de ahuyentar la animosidad con una palabra provocativa o con una sonrisa pícara.

– Hola -contestó ella, sin saber qué más decir.

¿Pero qué demonios le pasaba? Se sentía como una adolescente enamorada. ¿Cómo había podido pasar de la frustración total a una palpitante atracción en un día? ¿Qué era lo que había cambiado?

– ¿Seguimos enfadados? -le preguntó él.

Perrie suspiró. ¿Sería posible de verdad estar mucho rato enfadado con Joe Brennan? Le parecía que no.

– No. Seguramente me acordaré de todos tus antepasados cuando tenga que salir al baño. Pero de momento, me siento generosa.

Él fue a tomarle la mano.

– Bien. Porque tengo algo especial que quiero enseñarte -tiró de ella al exterior y cerró la puerta de la cabaña.

– ¿Adónde vamos?

– No vamos lejos -respondió él.

Sacó una linterna de un bolsillo de su cazadora y echaron a andar por el camino que se adentraba en el bosque. Aunque estaba muy oscuro sabía que se dirigían hacia el río.

Caminaron el uno junto al otro, en silencio salvo por el ruido de sus pasos sobre la nieve. Él le agarraba con firmeza la mano cubierta por la manopla; y cuando ella se resbaló, él le rodeó los hombros con el brazo y la estrechó contra su cuerpo.

Todo parecía tan natural entre ellos, aquel roce casual, como si hubieran cruzado una línea invisible en su relación que les permitiera ver el respeto mutuo. Le gustaba la sensación de sus manos agarrándola, sin matices sexuales.

– ¿Ya estamos llegando?

– Casi -lijo él-. Párate ahí mismo.

Ella miró a su alrededor, pero sólo vio lo que había visto en los últimos minutos: un bosque tan tupido, que casi ocultaba el brillo de las estrellas. La nieve que cubría ambos lados del camino, iluminada por el leve destello de su linterna.

– ¿Qué es?

Él se colocó detrás de ella y le tapó los ojos con una mano. Le colocó la otra mano en la cintura para que no se cayera.

– Unos metros más -dijo él-. No tengas miedo. No te voy a dejar caer.

– No tengo miedo… -dijo Perrie en tono suave.

Cuando ella había dado el número de pasos requeridos, él la detuvo, entonces retiró la mano despacio. Le llevó unos momentos que se le acostumbraran los ojos a la oscuridad, y entonces emitió un gemido entrecortado.

Estaban al borde del bosque, mirando la extensión helada del río Yukon. Y allí, en el cielo del norte, colgaba un caleidoscopio de colores que se movían en espiral, tan extraño que le dio miedo hasta de respirar. El rojo el morado y al azul teñían el horizonte del brillo, como un espíritu gigante que se elevara en el cielo vestido de joyas.

– Sabía que querrías verlo -dijo él.

– Yo… no sé qué decir -respondió ella.

Él le rodeó la cintura con los brazos y dejó que se recostara contra su cuerpo alto y esbelto. Apoyó la barbilla sobre su cabeza.

– No tienes que decir nada. Quería ser yo quien te lo enseñara.

– Es increíble.

– Jamás he visto una aurora boreal tan bonita en la mitad del invierno. Normalmente ocurren en primavera y otoño. Pero de vez en cuando, en una oscura noche de invierno, el cielo se llena de vida y de luz. Casi se puede sentir en el aire.

– ¿Sabes por qué ocurren? -le preguntó Perrie.

– Los protones y electrones de las manchas solares empiezan a flotar en el espacio -le explicó Joe mientras se apoyaba sobre su hombro, de tal modo que ella pudo sentir el calor de su aliento en la mejilla-. Son atraídos a nuestra atmósfera cerca de los polos magnéticos, y se encienden y mueven para dar un espectáculo semejante.

– ¿Por qué no lo he visto cuando volvía a casa esta noche?

– Tal vez por las luces de la camioneta, o por los árboles del bosque. O a lo mejor no estabas mirando.

Perrie se dio la vuelta en sus brazos y lo miró. No veía su rostro en la oscuridad, pero quiso creer que estaba mirándola.

– Gracias por traerme aquí.

– Quería enseñártelo. Me encantaría que lo vieras desde el aire, porque resulta incluso más glorioso. Tal vez algún día… -su voz se fue apagando cuando se dio cuenta, como ella, de que no habría nada así entre ellos-. Se me ocurrió que tal vez quisieras escribir otra historia.

– Lo haré.

Se quedaron allí mucho tiempo, el uno frente al otro, Perrie imaginando sus facciones fuertes, su mandíbula esculpida y sus labios, tan potentes como un vino con solera. Quería que él la besara, en ese momento, mientras estaban bajo aquella luz mágica. Quería rodearle el cuello con los brazos y apretarlo contra su cuerpo hasta que sus pensamientos pasaran a la acción, hasta que sus palabras se trasformaran en una caricia dulce, en un beso apasionado.

La intensidad de sus sentimientos la sorprendió.

¿Cómo había podido pasar tantos días con ese hombre, y sin embargo no haberse dado cuenta hasta ese momento de lo que sentía? Unos días atrás no había querido más que olvidarse de él. Y en ese momento sólo podía pensar en estar a su lado.

Quería que él la besara, que la abrazara y que le hiciera el amor hasta que el sol borrara con su luz aquellos colores del cielo. La revelación la hizo estremecerse y se echó a temblar.

– Tienes frío -dijo él-. Deberíamos volver.

– De acuerdo.

De vuelta por el camino del bosque, Perrie no dejaba de pensar en el modo de alargar la noche. Podría agarrar a Joe y besarlo, igual que lo había agarrado aquel primer día en la camioneta, retándole a que revelara lo que verdaderamente sentía por ella.

Pero no quería forzar nada. Si Joe Brennan la deseaba tanto como ella a él, entonces tendría que tener paciencia. Por primera vez en su vida no quería tener el control. Necesitaba que Joe diera el primer paso.

Pero tenía que encontrar el modo de animarlo a ello, de demostrarle lo que sentía. Perrie se aclaró la voz.

– Esto ha sido un detalle por tu parte, Joe… -no le resultaba natural pronunciar su nombre de pila; se había acostumbrado de tal modo a llamarlo Brennan, que Joe le parecía una intimidad reservada a los amantes.

– Sabes que no hay nada que diga que no podamos ser amigos -dijo él con la atención fija en el camino.

– ¿Qué clase de amigos? -preguntó Perrie.

– De los que no pelean todo el tiempo -respondió Joe.

Llegaron al porche delantero de su cabaña, y él le agarró la mano con fuerza para que no perdiera pie al subir las resbaladizas escaleras.

– Siento haber sido tan dura contigo -dijo ella-. Entiendo que te tomes tu responsabilidad en serio -abrió la puerta y entró, y la dejó abierta adrede, como invitación para él.

Para alivio de Perrie, él la siguió al interior.

– Y puedo soportar eso -continuó Perrie mientras se quitaba la cazadora-. Si puedes entender lo importante que es mi trabajo para mí. Es toda mi vida.

Él avanzó un paso y la miró a los ojos. Suavemente, trazó la línea de su mandíbula, su mejilla, y ella se sorprendió al notar que se había quitado los guantes. El contacto le proporcionó una especie de corriente eléctrica que la recorrió de pies a cabeza.

– Tu vida es más que todo eso, Perrie -dijo él.

Ella abrió la boca para contradecirlo, pero las palabras que le salieron no tuvieron nada que ver con sus intenciones.

– Quiero que me beses -le soltó.

Sintió un intenso calor que le subía por la cara y volvió la cara de vergüenza.

Él le sostuvo el mentón entre el pulgar y el índice y le volvió la cara despacio para que lo mirara.

– Yo también quiero besarte.

Pero no se acercó a ella, ni tampoco unió sus labios a los suyos. En lugar de eso dejó caer las manos sobre sus hombros, deslizándose después hasta acariciar sus pechos.

Perrie cerró los ojos mientras él acariciaba con las palmas de sus manos sus pechos suaves y firmes, mientras su calor traspasaba las capas de lana que la cubrían hasta que casi pudo imaginar que le acariciaba la piel desnuda.

Aguantó la respiración y él continuó así un buen rato, acariciándole los pezones hasta que se pusieron duros. Cuando ella abrió los ojos de nuevo, él estaba mirándola; y en sus ojos vio la llama indiscutible del deseo.

Muy despacio, sus manos descendieron por su cuerpo, provocándole estremecimientos con cada delicioso roce. Su vientre, sus caderas, su trasero. Y entonces él le deslizó las manos por debajo de las capas de suéteres que llevaba puestos y dirigió sus caricias de nuevo hacia sus pechos.

Sin embargo continuó sin besarla, aunque se había acercado un poco más, y sus labios estaban ya muy cerca de los de ella. Su respiración suave e irregular era todo lo que rozaba sus labios. Sus palabras melosas se colaban en su consciencia. Trató de comprender su significado, y entonces se percató de que eran tan inconexas como el murmullo suplicante de ella.

Sin su beso, cada sensación que creaba con sus manos parecía más potente, más profunda, y le llegaba al fondo del alma. Deseaba quitarse la ropa, quitarle la ropa a él. Como la ropa que los cubría para protegerlos del frío, ellos habían estado cubiertos por capas y más capas de malentendidos. Ella deseaba retirar todo eso, descubrir al verdadero hombre que había debajo, vivo de deseo, vulnerable a sus caricias.

Le bajó la cremallera de cazadora y le deslizó la mano por el pecho cubierto por la camisa. Pero cuando fue a desabrocharle el botón de arriba, él le tomó la mano y se la llevó a los labios.

Le besó la palma de la mano y cada dedo antes de soltarla la mano.

– Será mejor que me marche -dijo con una sonrisa de pesar.

– Pero… no tienes que irte -dijo Perrie.

– Sí. Acabamos de hacernos amigos. No podemos hacernos amantes la misma noche.

Con eso se dio la vuelta, abrió la puerta y salió al frío de la noche.

Perrie se quedó a la puerta, temblando de frío, observando su marcha hacia el refugio. Cuando el aire frío le aclaró los sentidos, empezó a darse cuenta de lo que había pasado entre ellos. La próxima vez que estuvieran juntos, se harían amantes.

Perrie se abrazó mientras un estremecimiento de anticipación la sacudía con fuerza. Por primera vez desde que había llegado a Alaska, no quería marcharse. Quería quedarse allí en el refugio y aprender lo que ya adivinaba: que Joe Brennan sería un amante increíble.

– ¿Cómo sabes si estás enamorada?

Perrie miró a su alrededor, a las novias. Primero a Linda, que consideró su pregunta con total seriedad. Después a Mary Ellen, cuya mirada soñadora era la predecesora de una contestación romántica, como la de una película. Y después Allison, cuya idea del amor seguramente cambiaba como cambiaba el tiempo.

La cabaña de las novias reflejaba toda la excitación por la fiesta del día siguiente. Había ramos de flores de invernadero decorando cada rincón; y Perrie se había enterado de que cada uno de los pilotos de aquella zona había hecho un viaje especial a Anchorage para llevar todos los pedidos de los solteros de Muleshoe.

Varias cajas de caramelos cubrían la mesa de centro, y diversos detalles románticos llenaban la habitación. Las novias debían volver a casa a finales de mes, y la competición para que se consolidaran las parejas estaba llegando a su punto culminante. Después de los juegos de Muleshoe, Perrie adivinaba que las chicas recibirían distintas proposiciones de matrimonio; aunque no estaba segura de si las aceptarían o no.

– No sé si hay modo de explicarlo -dijo Linda-. Supongo que cuando una lo está, lo sabe.

– Creo que suenan campanillas en tu cabeza -dijo Mary Ellen-. Te sientes contenta y temblorosa, y tienes ganas de recorrer las estrellas.

Allison gimió.

– Eso sólo ocurre en las películas, boba. A mí me parece que es posible amar casi a cualquier hombre, si una de verdad quiere.

– ¿Quieres decir si es lo suficientemente guapo, si no se limpia los mocos con la manga de la camisa, y si tiene dinero suficiente para hacerte feliz? -le preguntó Linda.

Allison sonrió.

– Eso lo resume bastante bien.

– Pero tiene que haber más -dijo Perrie-. No puedo creer que tantas personas de este mundo se hayan enamorado y que no hayan escrito sus impresiones en algún sitio.

– ¿Esto es para tu historia? -le preguntó linda-. ¿O acaso estás interesada por razones personales?

– Para la historia -mintió Perrie, aunque se daba cuenta de que Linda ya la había calado-. De acuerdo. Tal vez necesite la información para evaluar mis sentimientos hacia un… conocido.

– ¿Hawk o Joe? -le preguntó Allison-. Si dices Burdy, voy a gritar.

– Es Joe. Aunque tanto Hawk como Burdy han sido dos perfectos caballeros conmigo, dulces y amables, me atrae el más canalla. El hombre que ha salido con todas las mujeres de Alaska, se deleita haciéndome infeliz, y no le importa nada mi profesión -Perrie hizo una pausa para pensarse lo que estaba a punto de decir-. Y creo que, en contra del sentido común, podría estar enamorada de él.

Habían pasado juntos casi cada minuto desde la noche de la aurora boreal. De día la llevaba a algún sitio especial alrededor de Muleshoe. Y por la noche se sentaban delante de la chimenea en su cabaña y charlaban. Ella solía trabajar en sus historias, y él las leía.

Y más tarde, cuando caía la noche, se besaban y tocaban. Aunque estaba segura de que un día serían amantes, Joe había tenido cuidado de no ir demasiado deprisa. Y cuando parecía que lo único que quedaba por hacer era el amor, Joe le daba las buenas noches y se marchaba, dejándola con la duda de por qué él insistía en esperar.

Mary Ellen palmoteó con deleite, trasportándolas a la realidad.

– ¡Ay, qué bonito! Es como el destino, ¿no es así? Es como esa película antigua con Cary Grant y esa actriz francesa. Sólo que ellos se encuentran en una isla tropical y vosotros estáis en Alaska. Y él no era piloto. Pero era tan romántico…

– ¿Crees que él siente lo mismo por ti? -le preguntó Linda.

– No lo sé -contestó Perrie-. Para ser sincera, no tengo experiencia con estas cosas. Quiero decir, nunca he estado enamorada. Y no creo que ningún hombre haya estado enamorado de mí. He tenido relaciones, pero con ninguna me he sentido como me siento ahora.

– Joe Brennan es sin duda un buen partido -dijo Allison-. Tiene un buen negocio, es guapo y estoy segura de que besa de maravilla.

Perrie suspiró.

– Sí, de maravilla.

– ¿Por qué crees que estás enamorada de él? -le preguntó Linda.

– Al principio no estaba segura. Pero entonces, después de pensarlo, me di cuenta de que era algo muy tonto. Por eso quería preguntaros a vosotras.

– Es por sus ojos, ¿verdad? -le preguntó Allison-. Tiene esos ojos de un azul tan increíble.

– Seguro que se trata de que es piloto -aventuró Mary Ellen-. Los pilotos son tan atrevidos y bravos.

– Es porque le gusta cómo escribo.

Las tres mujeres se volvieron hacia ella con expresión confusa.

– Yo… Escribí una historia sobre una familia de lobos de las llanuras que él me llevó a ver. Y la combiné con la historia de una familia que vive en las tierras salvajes. A mí no me pareció nada del otro mundo, pero a Joe sí. Y ahora me lleva a todos estos sitios especiales y me pide que escriba historias sobre esos sitios. Y después… Después las leemos juntos.

– ¿Ya está? -dijo Allison.

– No, no del todo. Yo siempre he trabajado mucho mis artículos, pero por mucho que consiguiera, nunca me parecía suficiente. Siempre albergaba una vaga ambición que deseaba satisfacer, un objetivo fuera de mi alcance. Pero cuando Joe dice que le gustan mis historias, es suficiente. Es todo lo que necesito. De pronto un Pulitzer no me importa tanto.

– Él te respeta -dijo Linda-. Y está orgulloso de ti. Eso es algo maravilloso.

Perrie sonrió.

– Lo es, ¿verdad? Es tan extraño, pero siento que mientras él crea en mí, es bastante -se pasó la mano por la cabeza mientras emitía un gemido-. Al menos eso es lo que creo. ¿Pero cómo voy a estar segura? Llevo tanto tiempo apartada de mi trabajo habitual, que ya no estoy segura. Tal vez no lo ame. Tal vez estuviera aburrida y él es una distracción conveniente.

– No tienes por qué decidirte ya -dijo Linda-. Tienes tiempo.

– ¡No! -gritó Perrie-. Tarde o temprano, tendré que volver a casa. Tengo que pensar en mi profesión, y si no vuelvo pronto, no querré volver. ¿Y si me quedo y me doy cuenta de que no estoy enamorada? ¿O y si vuelvo a casa y me doy cuenta de que lo estoy?

Mary Ellen se acercó a Perrie y le dio unas palmadas en la mano.

– Venga, no te disgustes tanto. Creo que debes seguir lo que te dicte el corazón. Cuando llegue el momento de decidir, lo sabrás.

– Tiene razón -dijo Linda-. Hazle caso al corazón. No analices esto como si fuera una de las historias que escribes para el periódico. No intentes buscar todos los hechos y las estadísticas. Simplemente deja que ocurra como tenga que ocurrir.

Perrie asintió y entonces se puso de pie.

– De acuerdo, eso será lo que haga. Le haré caso al corazón -fue adonde tenía la cazadora y se la puso-. Puedo hacerle caso al corazón. ¿Por cierto, tenéis alguna novedad vosotras tres en cuanto al corazón?

– Yo he estado saliendo con Luther Paulson -dijo Linda-. Es un hombre muy dulce; tan amable y cariñoso…

– George Koslowski me ha invitado a su casa esta noche a ver una película -dijo Mary Ellen-. Tiene Vacaciones en Roma. Un hombre a quien le guste Audrey Hepburn no puede ser tan malo.

– Y yo he decidido centrarme en Paddy Doyle -terminó de decir Allison-. Sigue siendo un hombre joven y tiene un negocio floreciente. Es guapetón y fornido. Y lleva dos años viudo. Ya es suficiente.

Perrie asintió distraídamente, puesto que no había dejado de pensar en Joe.

– Qué bien -murmuró mientras se acercaba a la puerta-. Os veo mañana en los juegos.

Necesitaba estar sola con sus pensamientos. Mientras caminaba por la calle principal de Muleshoe, pensó en todo lo que habían dicho las novias, y en todo lo que ella les había dicho a ellas. Toda vez que había dado voz a sus sentimientos, no le parecían tan confusos.

Estaba enamorada de Joe Brennan. Y eso era lo único que necesitaba saber de momento.

El sol se reflejaba en la nieve con tanta fuerza, que Joe tuvo que ponerse la mano delante de los ojos a modo de pantalla para ver más allá del refugio. En la distancia, Perrie partía leña metódicamente delante del cobertizo. Hawk le había dado troncos suficientes y un hacha bien afilada, y ella se empeñaba en la tarea con una determinación inquebrantable.

Tenía que admirar su tenacidad, aunque no estuviera de acuerdo con su propósito. Aunque había mejorado mucho en sus habilidades para defenderse en aquellos parajes, Joe no había tenido valor para decirle que seguramente no ganaría. Además de las tres novias, había otras cuatro mujeres solteras que llevaban años viviendo en la zona y que deseaban pasar un fin de semana en el balneario, todas ellas poseedoras de mucha práctica y talento.

Y llegado el caso de que Perrie quedara victoriosa, él seguía empeñado en continuar protegiéndola. Los organizadores de los juegos de Muleshoe le habían pedido si quería ser él quien llevara a la ganadora a Cooper, y Joe había aceptado. Perrie se llevaría una sorpresa si pensaba que podría largarse sin problemas. Si ella iba a Cooper, él iría con ella; y se aseguraría de que una vez que estuvieran allí, ella no quisiera ni salir del dormitorio.

Durante los últimos días, habían conectado de un modo tan inesperado, que él ya no estaba seguro de lo que sentía. Cada minuto que pasaban juntos les había unido más. Y en ese momento ya no podía imaginar pasar un día sin ella.

Se habían hecho amigos, y pronto serían amantes. Cada noche había deseado quedarse con Perrie, continuar con sus exploraciones sensuales. Pero sabía que, en cuanto la tocara de un modo íntimo, estaría perdido. La única manera de parar lo inevitable había sido marchándose.

Ella no sería como las otras. Cuando finalmente ocurriera entre ellos, sería algo muy especial. Y ocurriría. Las duchas frías y los pensamientos puros no podrían retenerlo mucho más. Tarde o temprano, su aguante se resquebrajaría y daría rienda suelta al deseo que parecía apoderarse de él cada vez que la miraba a los ojos.

Joe tomó otro sorbo de café y tiró el resto por encima de la barandilla del porche antes de entrar en el refugio. Julia estaba limpiando el polvo del salón, y le sonrió cuando pasó de camino a la cocina.

Se sirvió otra taza de café recién hecho mientras se fijaba en cómo había ensuciado Sammy la mesa de la cocina. El niño estaba tan ensimismado con sus propias actividades, que apenas había notado la presencia de Joe.

– ¿Qué estás haciendo, chico?

Sam recortaba una cartulina con mucho cuidado.

– Estoy haciendo una tarjeta de San Valentín para mi mamá.

Joe frunció el ceño.

– ¿No crees que es un poco pronto para hacerla?

– San Valentín es mañana. Ya le hice una a Perrie hace unos días; se la metí por debajo de la puerta.

– ¿Mañana es San Valentín?

– ¿A que no le has comprado ningún regalo a Perrie? -le preguntó Sam.

– No se me ocurrió.

– Es tu novia, ¿verdad?

Joe se quedó pensando la pregunta del niño y entonces asintió con la cabeza.

– Sí, supongo que es mi novia. Al menos eso es lo que quiero que sea.

– Entonces será mejor que le demuestres lo mucho que te gusta.

Joe suspiró. Ya era demasiado tarde para comprarle un regalo. Las flores no eran una opción en pleno invierno, y con todos los solteros del pueblo tratando de ganarse la simpatía de las novias, sospechaba que en el almacén de Weller no quedaría nada que pudiera ser romántico.

Necesitaba algo para demostrarle a Perrie que ya no la contemplaba como un huésped o una intrusión constante en su vida; para que supiera que le había hecho un hueco en su corazón; que pensaba en ella más de lo que había pensado en ninguna otra mujer.

– A lo mejor podrías hacerme una tarjeta de San Valentín para Perrie -sugirió Joe.

Sam le echó una mirada y negó con la cabeza.

– Eso no estaría bien. Necesitas hacérsela tú. Mi madre dice que si uno mismo hace un regalo es que le sale del corazón.

Joe se sentó al lado de Sam y tomó un trozo de papel.

– ¿Por dónde empiezo?

Joe se fijó en cómo Sam preparaba su tarjeta y empezó a hacer la suya. No había tocado la cartulina, el papel o la cola desde que había estado en el colegio.

– ¿Qué le vas a escribir dentro? -le preguntó Sam mientras observaba el progreso de Joe.

– He pensado en firmarla.

Sam negó con la cabeza despacio.

– Tienes que escribir algo dulce y romántico. O invéntate un poema. A las chicas les gustan los poemas.

– No se me da bien la poesía.

– Entonces tendrás que contarle lo guapa que es. Algo así como que su piel es como los pétalos de la rosa, o que sus labios saben a cereza.

Joe pestañeó con sorpresa.

– Eso es muy bonito. ¿Puedo utilizarlo?

Joe quería decirle lo bella que era, lo mucho que le encantaba estar con ella. Quería pedirle que pasara la noche con él. Pero no podía escribir eso en la tarjeta.

– ¿Qué te parece si le pido que sea mi pareja en el baile de Doyle's?

– Eso está bien -contestó Sam-. A las chicas les gusta bailar-. ¿Se lo vas a dar ahora?

– Se me ha ocurrido que sí. Está fuera practicando cortar leña.

Sammy levantó la tarjeta para su madre y la admiró con satisfacción.

– Recuerda -dijo con distracción-. Si intenta besarte, corre todo lo que puedas.

Joe no pensaba seguir ese consejo de Sam en particular. Si Perrie decidía besarlo, seguramente la arrastraría al interior de la cabaña para continuar donde lo habían dejado la noche anterior. Tomó su tarjeta de San Valentín y se la guardó en el bolsillo.

– Gracias por la ayuda, amigo.

Joe encontró a Perrie sentada en el porche de su cabaña, con la atención fija en ajustarse los cordones de las botas.

– ¿Qué tal va el entrenamiento?

Ella lo miró, y a él le pareció que se sonrojaba un poco. Su sonrisa le calentó el corazón y entonces se inclinó y le dio un beso en la boca. Resultaba extraño lo natural que le salía besarla, tanto que apenas pensaba antes de darle un beso.

– No soy capaz de atármelas bien.

– A ver, deja que te ayude -tomó la raqueta de nieve y le ajustó la correa con cuidado-. ¿Qué tal así?

– ¿Por qué estás haciendo esto? Pensé que serías la última persona en ayudarme.

– Si vas a competir, debes hacerlo lo mejor posible.

– ¿Lo dices en serio?

– Sí -dijo Joe, sabiendo que no fingía-. Me gustaría ver cómo dejas atrás a todas esas novias cobardicas.

Sus ojos verdes brillaron de sorpresa.

– Estoy mejorando mucho en cortar troncos. Con las raquetas de nieve voy regular, pero creo que con el equipo de perros de Hawk tengo el concurso ganado.

– ¿Sabías que después de los juegos hay un baile en Doyle's?

Ella lo miró con curiosidad, y esbozó una leve sonrisa.

– He oído algo de eso.

Joe sacó la tarjeta de San Valentín y se la dio, pero no supo qué decirle. A decir verdad, se sentía algo tonto con aquella tarjeta hecha por él. Pero todas sus reservas se disiparon cuando ella le sonrió con ternura. Para sus adentros, Joe agradeció a Sam su consejo; entonces se sentó en las escaleras a su lado.

– ¿Lo has hecho tú?

– Con algunos consejos de Sam. Me dijo que no te dejara que me besaras.

Perrie se echó a reír.

– ¿Sigues los consejos de un niño de nueve años?

Joe le dio un empujón juguetonamente con el hombro.

– ¿Bueno, quieres bailar entonces conmigo, Kincaid?

– Sólo si me besas otra vez -le dijo ella con picardía.

Él se inclinó hacia ella, y casi le rozó la nariz.

– Creo que eso podría arreglarse.

Entonces Joe le dio un sencillo y suave beso. Él no sabía que un acto tan inocente pudiera proporcionarle una reacción tan potente. Un intenso deseo le corrió por las venas mientras todos sus pensamientos se disolvían en su mente hasta que de lo único de lo que fue consciente fue de la sensación de sus labios. Tenía la boca tan dulce, y sin duda él se había hecho adicto a su sabor, porque cada vez necesitaba más y más.

Entonces ella se retiró y fijó la mirada en sus labios.

– Iré contigo al baile de Doyle's -murmuró.

– Bien -dijo Joe; se puso de pie y después se retiró la nieve de la parte de atrás de los pantalones-. Supongo que te veré después de la competición.

– ¿No vamos a vernos esta noche? Él le acarició la mejilla.

– Cariño, creo que será mejor que descanses esta noche

– De acuerdo -dijo Perrie-. Te veré mañana. Joe se metió las manos en los bolsillos traseros del pantalón y asintió.

– Mañana vendré a buscarte por la mañana. Iremos juntos a Muleshoe.

– Eso estaría muy bien -dijo ella.

Él se marchó silbando una alegre tonada por el camino en dirección al refugio. El nunca se había fijado demasiado en esas cosas románticas; pero debía reconocer que la tarjeta que le había hecho a Perrie la había afectado mucho. Pensó en su reacción y sonrió.

Estaba cansado de esperar. La próxima vez que tocara a Perrie Kincaid, no pararía hasta no saciar cada deseo, cada fantasía secreta que habían compartido.

8

Todos los habitantes de Muleshoe, desde el niño más pequeño al habitante de más edad, el antiguo buscador de oro Ed Bert Jarvis con cien años de edad, se reunieron en Main Street para ver los juegos. En medio de un largo invierno, cualquier actividad social era catalogada como un importante evento. Y el de ese año era aún más especial.

Ed Bert sirvió de oficial de honor del desfile, una colección de camionetas de colores decoradas, trineos tirados por perros, vehículos para la nieve y un par de bicicletas. Iban acompañados por la banda municipal del pueblo, que consistía en Wally Weller en la trompeta, su esposa Louise en el saxofón y su hijo Wally que tocaba el tambor.

Perrie no había visto nunca nada igual. Aunque la temperatura seguía siendo alrededor de los cero grados, nadie parecía notarlo. Las cazadoras de piel y las botas eran el uniforme estándar de la mitad de la población, mientras que los que querían ir más elegantes vestían chaquetones de plumón y botas Panama Jack. Nadie se había quedado en casa.

Ella había convencido a Paddy Doyle para que cubriera el evento como reportero provisional para el Seattle Star. El mesonero iba de un lado al otro con su cámara, esperando conseguir unas cuantas fotografías buenas para acompañar al artículo de Perrie sobre las novias por correo, con el pase de prensa que ella le había dejado enganchado a la solapa de la cazadora.

El concurso de las novias había sido programado para media tarde; el evento final después del concurso general para los habitantes de la ciudad. Los concursos de fuerza y velocidad se intercalaban con una carrera de camas y un evento que implicaba el meterle la mayor cantidad de huevos duros en vinagre en la boca al competidor.

Para sorpresa de Perrie, las tres novias de Seattle no habían sido demasiada competencia en las carreras con raquetas de nieve. Todas se habían quedado rezagadas a los últimos puestos y observado con emoción cómo Perrie y otras cuatro mujeres avanzaban en la carrera. Las otras cuatro competidoras, todas residentes en Alaska desde hacía tiempo, no participaban para buscar esposo. Como Perrie, todas iban detrás del primer premio.

Perrie consiguió terminar en tercer lugar detrás de dos hermanas, cazadoras de pieles, que fabricaban mitones de piel a mano y vivían en una cabaña a doce kilómetros de Muleshoe. Eran mujeres fornidas que no tenían la agilidad y rapidez de Perrie, pero por otra parte pasaban la mayor parte del invierno caminando sobre las raquetas de nieve.

Para sorpresa de Perrie, Joe estaba esperándola en la línea de meta, para darle palabras de ánimo mientras la ayudaba a quitarse las raquetas de nieve. Hawk se unió a ellos, y mientras el trío se dirigía a enganchar a los perros, los dos hombres le dieron más consejos sobre la estrategia a seguir para la carrera.

La carrera de trineos era la mejor oportunidad de Perrie para ganar. Hawk le había informado que sus perros eran los más rápidos y mejor entrenados de todos los equipos. Para que la carrera fuera más segura, las mujeres no corrían a la vez. En lugar de eso cubrían una distancia de casi un kilómetro y medio que entraba y salía de la ciudad y eran cronometradas desde la salida hasta la llegada.

Perrie esperó nerviosamente en la salida, tratando de impedir que los perros saltaran de emoción. Joe estaba delante, agarrando a Loki del collar. Le echó a Perrie una sonrisa confiada y le guiñó un ojo, mientras ella escuchaba las sencillas instrucciones de Hawk.

– No dejes que los perros te dirijan -le dijo-. Eres tú la que debes llevar siempre el control. Anticipa las curvas y asegúrate de que los perros están listos. Entonces balancéate para no perder el equilibrio.

Perrie miró a la mujer que tenía la mejor marca hasta el momento; una competidora alta y esbelta de unos cuarenta años cuyo hermano había competido en una ocasión en la Iditarod.

– Ha sido muy rápida -murmuró Perrie.

– Y lista -añadió Hawk mientras se apartaba del trineo-. Pero tú eres más rápida.

Joe soltó el collar de Loki y se apartó a un lado con Hawk.

– Ve a por ellos, Kincaid.

Perrie aspiró hondo y esperó a que el sonara el disparo que diera comienzo a la carrera. Al oír la detonación, tiró del gancho y urgió a los perros, y tuvo que correr detrás del trineo durante los primeros metros. En su nerviosismo, estuvo a punto de tropezarse y caerse, pero consiguió recuperar la compostura y saltó a la parte posterior del trineo justo a tiempo para dar la primera curva de Main Street.

– Vamos, chicos -les urgió, armándose de confianza a medida que el trineo ganaba velocidad-. ¡Adelante, vamos chicos!

La carrera pareció transcurrir en un abrir y cerrar de ojos; el viento frío le golpeaba la cara y respiraba con agitación. Los perros respondían bien, como si también su orgullo también estuviera en juego. Loki anticipaba cada orden, y Perrie pudo tomar las curvas con suavidad y facilidad. Cuando llegó al final de la calle recta, Perrie les urgió y casi parecía como si volara por la calle cubierta de nieve.

Cruzó la línea de meta acompañada de los vítores del público, y entonces se olvidó de ordenarles a los perros que pararan. Asustada, les gritó a los animales mientras estos continuaban corriendo por entre un pequeño grupo de curiosos más allá de la línea de meta. Toda vez que les había dado la oportunidad de correr, no parecían dispuestos a detenerse.

Vio pasar la cara de Joe y se preguntó si los peros continuarían corriendo hasta que volvieran al refugio. Pero de pronto una voz resonó entre los asistentes.

– ¡So, Loki, so! -gritó Hawk. Los perros aminoraron el paso.

– ¡So, Loki, so! -gritó Perrie-. ¡Maldita sea, so! Los perros disminuyeron la velocidad y se detuvieron, pero ella se cayó hacia atrás.

Momentos después, Joe se arrodilló junto a ella, riéndose mientras le limpiaba la nieve de la cara.

– ¿Estás bien?

– Me siento ridícula -murmuró Perrie mientras se incorporaba-. No me acordaba de cómo tenía que pararlos.

– Bueno, menos más que no quitan puntos por falta de estilo. El público se ha reído de lo lindo.

Perrie gimió y se volvió a tumbar un momento en la nieve.

– ¿Dime en qué lugar he quedado?

Joe se inclinó hacia ella y le sonrió.

– De momento, tienes la mejor marca. Y las novias de Seattle son las únicas que quedan para competir. Vamos, levántate. Necesitas descansar antes del concurso de cortar leña si vas a ganar el premio. Hawk se ocupará de los perros. Te invitó a un cacao con leche caliente y discutiremos tu estrategia.

Ella dejó que él la levantara, y Joe le rodeó la cintura con el brazo mientras avanzaban de camino hacia donde estaba el público. Varios de los solteros de la ciudad se acercaron a ella para felicitarla por la marca lograda y para preguntarle si pensaba acudir al baile de Doyle's. Ella sonrió y asintió, demasiado agotada para hablar.

– Sospecho que tu cuaderno de bailes estará completo esta noche -dijo Joe en un tono que apenas ocultaba su irritación.

– ¿Estás celoso? -le preguntó ella mientras un calambre en el pie le provocaba una mueca de dolor.

– ¿De esos tipos?

– Tienes una opinión demasiado elevada de tus encantos, Brennan.

Él la estrechó la cintura.

– Pues sé que mis encantos contigo no funcionan. Sólo estoy diciendo que si al final consigues ganar este concurso, te garantizo que vas a tener más de una proposición a tener en cuenta antes de que termine la velada; tanto decentes como indecentes.

– ¿Y qué clase de proposición estás tú dispuesto a hacerme?

Él se paró y la miró a los ojos con expresión sorprendida.

– Eso depende -dijo en tono suave- del tipo de proposición que estés dispuesta a aceptar.

Perrie supo adónde iban sus bromas y no estaba segura de qué contestar. Desde que Joe la había acariciado el primer día en la cabaña, no había pensado más que en lo que podría ocurrir la próxima vez que estuvieran juntos. ¿Harían el amor? ¿O tal vez algo volvería a separarlos, alguna duda o algún malentendido?

¿Y si hacían el amor, qué pasaría después? ¿Le diría adiós y volvería a Seattle para archivar a Joe con las demás relaciones fracasadas de su pasado?

Perrie se obligó a sonreír y se volvió hacia la muchedumbre. ¿Qué otra elección le quedaba? Estaba claro que no podía quedarse en Alaska. Tenía una carrera brillante esperándola en Seattle. Además, le habían dicho muchas veces que Joe Brennan no era de los que buscaba una relación estable. Y ella tampoco. Aunque quisiera amarlo, no se lo permitiría a sí misma.

No sabía lo que había surgido entre ellos, pero tendría que terminar el día que ella se marchara de Muleshoe. Podrían ir al baile juntos, incluso podrían hacer el amor, pero tarde o temprano ella tendría que decirle adiós. Y conociendo a Joe Brennan, él pasaría a la siguiente mujer disponible.

Sólo de pensar en Joe con otra mujer sintió celos, pero decidió ignorarlos. Enamorarse de él sería desastroso. Y permitirse dudas sobre lo que podrían o no podrían hacer sólo añadiría confusión. Podría hacer el amor con Joe Brennan y luego dejarlo.

– ¿Crees que puedo ganar el concurso de cortar leña? -le preguntó Perrie, deseosa de volver a temas menos espinosos.

– Cariño, creo que podrías hacer cualquier cosa que te propusieras.

Perrie ahogó una imprecación. Cada vez que pensaba que sabía por dónde iba Joe, él decía algo que la dejaba sin fuerzas. ¿Cómo demonios iba a no quererlo cuando él le decía «cariño», o que le encantaba cómo escribía, o cuando la acariciaba de modo que perdía la noción de la realidad?

Bebieron chocolate caliente y esperaron hasta que el resto de las novias terminaron de concursar con los trineos. Como Joe había previsto, ella fue la vencedora y la que más puntos llevaba en total. Pero estaba claro que las otras tres competidoras le sacaban ventaja en la habilidad de cortar leña; sobre todo debido a sus bíceps tan gruesos como troncos de árbol.

Cuando el tercer concurso estaba a punto de empezar, Joe la acompañó a su sitio y le dio un beso en la mejilla, causando gran sensación entre el público asistente.

– ¡Ya vemos que has elegido novia, Brennan! -gritó alguien-. ¡Esa leyenda está funcionando de nuevo!

Perrie sólo pudo esbozar una sonrisa forzada mientras se ponía colorada de vergüenza. Pero Joe sólo se rió y los saludó con la mano, tomándose las bromas con su habitual buen carácter.

– No te apresures -le dijo él-. Sólo hazlo lo mejor que sepas.

– No voy a ganar. ¡Mira esas mujeres! Podrían aplastar un Buick.

– Sí, pero tú eres mucho más guapa, cariño. En realidad, si hubiera un concurso de guapas, tú ganarías con los ojos cerrados.

Con eso, se dio la vuelta y la dejó delante del público junto con las otras siete mujeres. Una leve sonrisa asomó a sus labios. Tomó el hacha y la levantó por encima del hombro. Tenía tres minutos para partir toda la leña posible. Y el resto del día lo pasaría saboreando el hecho de que Joe Brennan pensaba que era bonita.

Sonó el silbato, y Perrie colocó un tronco sobre la base y levantó el hacha. Apuntó bien y la madera crujió. Unos cuantos golpes más y el tronco se separó en dos mitades. Pero tres minutos le parecieron tres horas, y enseguida le dio la impresión de que no podía ni levantar el hacha, como para golpear más troncos. Le dolían los brazos y también la espalda; y cuando pensó que iba a caerse de dolor, volvió a sonar el silbato, anunciando el final del concurso.

El público rompió a aplaudir mientras Perrie caía rendida sobre el montón de leña. Observó a los jueces que iban contando los troncos que había cortado cada una, y cuando llegaron adonde estaba ella, se apartó del montón de leña y se frotó los brazos.

Al final, una de las amazonas de Alaska ganó el concurso de partir leña. Perrie se puso de pie cansinamente y empezó a buscar con la mirada a Joe entre la gente cuando de pronto el juez volvió junto a ella y le colocó una medalla enorme al cuello. Al principio no estaba segura de lo que significaba, y Joe la confundió más cuando la levantó en brazos y empezó a darle vueltas.

– ¡Has ganado, Kincaid!

– Pero he sido la cuarta -dijo Perrie mientras se agarraba a sus brazos.

– No, has ganado. Todo. Tú has sacado más puntos que ninguna.

Perrie emitió un gemido entrecortado.

– ¿He ganado?

Ed Bert Jarvis pasó junto a ellos y le tendió un sobre.

– Aquí tiene su premio, señorita. Felicidades.

Perrie se soltó de los brazos de Joe y tomó el sobre que le daba Ed.

– ¿He ganado el viaje a Cooper?

– Así es.

Perrie gritó mientras agitaba el sobre delante de Joe.

– He ganado, he ganado. ¡Me voy a Cooper! -le echó los brazos al cuello y lo abrazó con fuerza.

Entonces lo miró y vio cómo se oscurecía su mirada antes de inclinarse y besarla.

Brennan la besó apasionadamente. El público vitoreaba y gritaba su aprobación, pero esa vez Perrie no estaba en absoluto avergonzada. Echó la cabeza hacia atrás y rió con ganas. Había conquistado a aquellas tierras salvajes y le había demostrado a Joe Brennan que era capaz de soportar cualquier cosa que Alaska le pusiera en su camino. Iba a ir a Cooper. Muy pronto, estaría en Seattle.

El único problema era que no quería marcharse de Alaska. Había algo más que quería conquistar… y en ese mismo momento la estaba besando.

Doyle's estaba de bote en bote cuando llegaron. La música de la máquina de discos inundaba el local y se mezclaba con las conversaciones y las risas de los presentes. Él no le había soltado la mano desde que se habían besado delante de toda la ciudad. Resultaba extraña la rapidez con la que de pronto eran pareja. Todos los miraban ya de un modo distinto, como si estuvieran hechos el uno para el otro.

¿Acaso creía la gente que eran ya amantes? ¿Pensarían que él podría estar enamorado de ella? ¿O tal vez que era sin más otra de las conquistas de Brennan? No debería importarle lo que pensaran los demás, pero le importaba.

A medida que se abrían paso entre el público, tuvo que pararse una y otra vez mientras los lugareños la felicitaban por su triunfo. Finalmente, cuando se juntaron con las novias, Joe le soltó la mano y continuó hacia la barra.

– Se le ve de lo más enamorado -dijo Allison con envidia-. No sé cómo lo haces. No estabas buscando un hombre cuando viniste, y acabas pescando al soltero más guapo de la ciudad.

– No lo he pescado -dijo Perrie, incómoda con la idea.

No se trataba de que quisiera casarse con él; aunque tal vez eso se le hubiera pasado por la cabeza una o dos veces.

¿Acaso no pensaban la mayoría de las mujeres alguna vez en su vida en casarse y tener hijos? ¿Pero qué tenía Joe que la empujaba a pensar en esas tonterías? Había salido con hombres mucho más adecuados; hombres estables, de confianza, bien situados y con ideas monógamas.

Hombres aburridos, pensaba. Hombres seguros. Ésa era una característica que jamás le daría a Joe Brennan. Era el hombre más peligroso que había conocido en su vida. Tal vez eso era lo que le resultaba tan atractivo de él, el peligro de que tal vez le rompiera el corazón. Llevaba toda su vida profesional enfrentándose a situaciones de peligro, y de pronto lo estaba haciendo no en su vida profesional sino en su vida personal.

– Bueno, desde luego has demostrado que encajes aquí en Alaska -dijo Linda mientras le daba un abrazo-. No puedo creer que hayas ganado la carrera de trineos. Yo me he caído tres veces. Y Mary Ellen ni siquiera se pudo montar. El trineo se largó sin ella.

– Me he entrenado bien -dijo Perrie mirando a Joe y a Hawk, que estaban apoyados en la barra.

Escuchó con distracción la conversación de las novias, añadiendo comentarios aquí y allá para aparentar interés. Pero lo único en lo que pensaba era en el tiempo que faltaba para que Joe y ella estuvieran a solas.

Sus miradas se encontraron, y ella lo saludó con delicadeza. Con una sonrisa, Joe se volvió para retirar una botella de la barra y entonces se dirigió hacia ella. Cuando estuvo a su lado, entrelazó los dedos con los suyos. El contacto le aceleró el pulso.

– Vamos -le dijo al oído-. Allí hay una mesa libre.

Él hizo un gesto con la cabeza a las novias y fueron hacia allí. Cuando llegaron a la mesa del oscuro rincón, él le retiró la silla con una galantería inesperada y sacó una botella de champán que llevaba escondida a la espalda. De los bolsillos de su cazadora sacó dos copas y las colocó en el centro de la mesa.

– ¿Champán? -le preguntó ella mientras se quitaba la cazadora.

– Estamos de celebración -le dijo él mientras se sentaba en frente de ella y dejaba su cazadora en el respaldo de la silla-. Es el mejor que tiene Paddy.

Le sirvió una copa y después llenó la suya a la mitad.

– Por la mujer más resuelta que he conocido en mi vida -le dijo mientras brindaban.

Ella le sonrió y dio un sorbo de champán mientras miraba a su alrededor. Mirara donde mirara, encontraba a algún hombre mirándola. Al principio sonrió, pero después empezó a sentirse algo incómoda.

– ¿Por qué me están mirando?

Joe se recostó en el asiento.

– Se están preguntando si deberían venir a sacarte a bailar.

– Pero ya me sacaron a bailar la noche que llegué aquí. ¿De qué tienen miedo ahora?

– Piensan que estás conmigo -dijo Joe.

Las burbujas del champán se le fueron por otro sitio.

– ¿Y… estoy… contigo, Brennan? -le preguntó con los ojos llorosos.

– Podrías llamarme Joe -bromeó-. Creo que ahora nos conocemos lo suficiente, ¿no crees, Perrie?

– ¿Estoy contigo, Joe?

Él la miró a los ojos un buen rato y le sonrió con aquella sonrisa diablesca.

– Sí, lo estás -dijo Joe-. Has estado maravillosa hoy, Perrie. De verdad no pensé que pudieras hacerlo, pero lo has hecho.

– Supongo que me subestimabas -dijo Perrie mientras alzaba la barbilla con testarudez.

– Tengo la mala costumbre de hacer eso -contestó él-. De distintas maneras Joe le quitó la copa vacía de la mano-. ¿Te apetece bailar?

Perrie asintió, preguntándose qué querría decir con su comentario. ¿Cómo pensaba él que la había subestimado? ¿Tendría miedo aún de que tratara de escapar cuando estuviera en Cooper? El balneario estaba a corta distancia de Fairbanks. Sin duda podría encontrar a un piloto para que la llevara al aeropuerto. Una llamada de teléfono a su madre y una promesa de ir a cenar con ella el domingo le asegurarían un billete de avión.

Aunque, si su madre supiera que había conocido aun hombre en Alaska, no le llegaría ningún billete de avión. El mayor deseo de su madre era tener un yerno. Seguramente se conformaría incluso con un piloto, mientras fuera capaz de darle nietos.

El salón de baile estaba lleno de gente, pero Joe encontró un espacio y la tomó entre sus brazos. Una melodía country sonaba de fondo mientras Joe pegaba su cuerpo al de ella y empezaba a oscilar al compás de la música.

Era un buen bailarín que se movía con naturalidad. Perrie quería seducirlo, provocarlo con su cuerpo, conducirlo adonde ella quería llegar. La copa de champán le dio valor, y le echó los brazos al cuello y apretó sus caderas contra las de él.

Perrie no había tratado de seducir jamás a un hombre. Ni siquiera estaba segura de cómo hacerlo. Pero el instinto fue más fuerte que la inseguridad, y Perrie se dejó llevar por la música y apoyó la cara sobre la suave franela de su camisa.

Un suave gemido surgió de su pecho, y Perrie sintió los fuertes latidos de su corazón, mientras deslizaba la mano por los musculosos contornos de su pecho. Entonces se arriesgó a mirarlo y él la miró también. La pasión que vio en su mirada le aceleró el pulso. La deseaba a ella tanto como ella a él, y nada se interpondría en su camino.

– ¿Entonces, qué va a pasar esta noche, Perrie?

– No lo sé. Pero lo que vaya a pasar no va a ser aquí.

Él sonrió.

– Entonces creo que deberíamos marcharnos.

En cuanto salieron, la agarró de la cintura y la empujó suavemente contra la pared de ladrillo. Entonces la besó en la boca apasionadamente mientras con desesperación sus manos buscaban su cuerpo suave y cálido bajo la cazadora. Le levantó la pierna para pegarla a su cadera y se balanceó hasta que ella se lo imaginó encima de ella, dentro de ella.

– Quiero amarte, Perrie -murmuró Joe mientras le mordisqueaba el cuello.

Ella hundió las manos en sus cabellos y le echó la cabeza hacia atrás.

– Llévame a casa.

Mientras maldecía entre dientes, Joe buscaba frenéticamente entre el revoltijo que había en su mesilla de noche de su dormitorio en el refugio. ¿Por qué no lo había planeado con tiempo? Nada más entrar en la cabaña de Perrie se dio cuenta de que se había olvidado de algo. Y en ese momento, la primera vez que iba a hacer el amor con una mujer a la que amaba de verdad, no estaba preparado.

Joe se quedó inmóvil, sorprendido por sus pensamientos. No, no podía ser. La idea se le había colado en el pensamiento por equivocación. Pero jamás le había pasado antes.

– Amo a Perrie Kincaid -dijo despacio, probando el sonido de cada sílaba al formarse en sus labios.

El decirlo en voz alta era lo único que hacía falta para darse cuenta de que era verdad. Amaba a Perrie. Y esa noche, por primera vez en su vida, haría el amor de verdad con una mujer. Jamás se había preguntado cuándo, ni de qué manera, acabaría aquello. Simplemente la amaba.

En ese momento, alguien llamó a su puerta con suavidad, y Tanner lo llamó desde el otro lado de la puerta. Cuando contestó, su amigo abrió la puerta y entró en el cuarto.

– Has vuelto temprano -dijo Tanner-. Pensaba que Perrie y tú lo estaríais celebrando toda la noche.

– Y en eso estamos -contestó mientras cerraba el cajón-. Me está esperando en la cabaña. ¿Cómo es que habéis vuelto tan pronto?

– Sammy estaba agotado. Y últimamente Julia se siente un poco cansada.

– ¿Está bien? -preguntó Joe-. No estará enferma.

– Está embarazada -dijo Tanner. Joe se quedó boquiabierto.

– Queríamos decírtelo desde que volvimos, pero no has parado ni un momento. Has estado tanto tiempo con Perrie…

Joe se levantó de la cama y le dio un abrazo a Tanner.

– Me alegro tanto por vosotros -murmuró-. Julia y tú os merecéis lo mejor. Y también Sammy. Vaya, Tanner, vas a ser papá. Bueno, ya lo eres. Sammy y tú os lleváis de maravilla.

– ¿Y tú? -le preguntó Tanner-. No es difícil ver lo que está pasando entre Perrie y tú.

Él se volvió y empezó a pasearse por el cuarto.

– Estaba pensando en eso precisamente -Joe hizo una pausa, pero ya no le costaba decirlo-. La amo. Jamás he sentido nada igual en mi vida y, créeme, estoy tan sorprendido como puedan estarlo los demás. Pero ella es lo mejor que me ha pasado en la vida. Es testaruda e impertinente; y no le tiene miedo a los retos.

– ¿Ésas son buenas cualidades?

– Sí -dijo Joe riéndose-. Y es dulce y buena, y tiene un talento para escribir como jamás he visto. Es tan lista… Con Perrie puedo hablar de todo. Y ella adivina todo lo que estoy pensando. No puedo engañarla Joe suspiró-. No es fácil, pero eso sólo me hace desearla más.

– ¿Qué vas a hacer?

– Aún no lo he decidido.

– Bueno, será mejor que te des prisa. Esta noche ha llamado el jefe de Perrie. Creo que ya puede volver a Seattle.

Joe cerró los ojos y se pasó la mano por la cabeza.

– Qué bien. Acabo de darme cuenta de que la amo, y ella se irá a casa en cuanto lo sepa.

– ¿De verdad? ¿Tan seguro estás de eso?

– Eso es lo único que quería desde el primer día -dijo Joe-. Tú no conoces a Perrie. Aunque me amara, nunca lo reconocería. Ese orgullo que tiene no se lo permitiría.

– Vas a tener que darle el mensaje de su jefe. Y también vas a tener que decirle lo que piensas.

– ¿Qué le digo primero? -dijo Joe-. ¿Me amará o me dejará?

Tanner se echó a reír.

– Supongo que eso debes decidirlo tú. Dale una buena razón para quedarse y lo hará.

Y dicho eso, Tanner salió del cuarto y cerró la puerta, dejando a Joe a solas con sus pensamientos.

Pasado un momento, Joe se guardó en el bolsillo de la cazadora el paquete que finalmente había encontrado y se levantó de la cama. No iba a obtener ninguna respuesta si se quedaba allí solo en su dormitorio. Todas las respuestas las tenía Perrie. La distancia entre el refugio y la cabaña la cubrió en un tiempo récord. Cuando abrió la puerta, esperaba encontrarla allí, donde la había dejado. Pero entonces se dio cuenta de que había tardado mucho rato,

Vio su cazadora en el suelo, y también sus mitones y sus botas; un poco más allá, a los pies de la cama, estaban los pantalones vaqueros y el suéter. Perrie estaba en la cama, profundamente dormida.

Se arrodillo junto a ella y estudió su rostro. Tenía las mejillas todavía sonrosadas del frío y el pelo sobre la cara. Sus pestañas largas y oscuras temblaron suavemente, como si luchara por escapar del sueño. Joe se inclinó hacia ella y la besó.

Ella abrió los ojos y esbozó una sonrisa adormilada.

– Lo siento. Tardabas tanto. Y estaba tan cansada.

– Es mejor que me marche y te deje descansar. Has tenido un día muy ajetreado.

Ella le acarició la mejilla.

– Quiero que te quedes -se dio la vuelta y dio unas palmadas en la cama, invitándolo sin palabras.

Joe se quitó la ropa y se metió en la cama a su lado. Se colocó de lado y muy despacio trazó el contorno de sus labios con el pulgar. Una leve sonrisa le tocó los labios y entonces ella le besó los dedos.

Una potente oleada de deseo anegó sus sentidos, irrefrenable en su intensidad, y él se colocó encima de ella, con las manos a ambos lados de su cabeza, y apretó sus caderas contra las suyas.

Ella era cálida y vulnerable, y con cada beso él sentía que su deseo por él crecía a la par que el suyo.

Cada caricia, cada suspiro era una maravilla, y Joe se dio cuenta de que amarla era algo más que palabras. La amó con las manos y con la boca, y donde la tocaba ella despertaba a la vida. Quería conocer cada-rincón íntimo de su cuerpo, quería entender sus suspiros y gemidos, o las fugaces expresiones que cruzaban su rostro.

Ella era todo curvas, suavidad y seda. Joe iba acariciándola despacio, con toda la mano: los pechos, el vientre, las caderas, los hombros… Antes de que llegara el día, habría memorizado cada centímetro de su cuerpo. Y si ella lo dejaba, Joe siempre podría cerrar los ojos y memorizar cada detalle. Pero no permitiría que ella se marchara. Le haría el amor y, en su pasión, sellarían un vínculo inquebrantable.

Ella se quitó la camiseta, y Joe se quedó boquiabierto al ver lo bella que era. Cerró los ojos y le acarició el cuello con la nariz y los labios, y entonces fue descendiendo lentamente, mordiéndola, lamiéndola, hasta llegar al pezón.

Ella se revolvía bajo sus caricias mientras murmuraba su nombre y le hundía los dedos entre los cabellos. Él sintió un poder absoluto, y al mismo tiempo una vulnerabilidad sorprendente. Podía hacerla gemir de placer, y ella podría romperle el corazón.

Acarició su vientre liso, cada vez más abajo, hasta que metió la mano por debajo de sus finas braguitas. Ella respiraba con agitación, gemía con frenesí, rogándole que le diera más. El le metió la mano entre los muslos y empezó a acariciarla.

– Qué mojada estás -le susurró-. Es maravilloso…

– Maravilloso… -repitió Perrie con voz ronca-. ¿Qué me estás haciendo, Joe?

– ¿Quieres que pare?

– No, no pares, por favor… Tócame ahí. Así, justo así.

Con cada caricia su deseo aumentaba. Joe quería llevarla hasta el borde del abismo y después atraparla mientras descendía por un precipicio de dulce inconsciencia. Sintió que se ponía tensa y supo que estaba cerca.

– Vamos, Perrie, déjate llevar, deja que te ame…

Dejó de respirar un segundo, y Joe la observó mientras una expresión de puro placer se extendía por su bello rostro. Y entonces gimió y se estremeció bajo sus dedos. Sucesivas oleadas de placer se sucedieron, y Joe la abrazó con fuerza, susurrando su nombre.

Cuando finalmente ella volvió despacio a la realidad, soltó un suspiro débil y cerró los ojos. Él percibió su respiración suave y relajada. Tenía la cara sonrosada y una película de sudor bañaba su frente.

La estudió largo rato, memorizando cada detalle de su rostro, sellando su imagen a fuego en su mente. Cerró los ojos y seguía viéndola: la cara de un ángel y el cuerpo de una diosa.

Cuando volvió a mirarla, vio que estaba dormida. Joe la abrazó y pegó su miembro en erección a su trasero. Estaba abrazado a la gloria, y no pensaba soltarla jamás.

Al día siguiente tendría tiempo suficiente para decirle todo lo que había que decir, para expresarle sus sentimientos. También para hablarle de la llamada de Milt. Pero de momento nada importaba. Finalmente habían encontrado un lugar donde el orgullo daba paso a la pasión, un lugar donde tal vez podrían disfrutar durante muchos años.

9

Perrie se despertó entre sus brazos, y por primera vez en su vida se sintió segura y totalmente contenta. La habitación se había enfriado, ya que el fuego de la estufa había quedado reducido a cenizas antes del amanecer. Se acurrucó bajo el edredón y escuchó su respiración regular y profunda que le acariciaba la parte de atrás del cuello. Seattle le parecía tan lejano… A muchos kilómetros de distancia, y a casi media vida.

Joe se preocupaba por ella y creía en ella. La presión que día a día había sido una carga para ella había desaparecido. No pensaba en fechas de entrega, en plazos ni en galardones. En lugar de eso, las imágenes de una ternura exquisita y de una pasión sin límites le colmaban el pensamiento.

La noche anterior no habían hecho el amor, pero habían compartido una experiencia íntima. Ella se había entregado a él, libre de sus inhibiciones, vulnerable a sus caricias. Y en lugar de sentir pesar o vergüenza, sentía una dicha total. El mundo giraba más deprisa, y el sol brillaba con más fuerza. Su vida juntos había empezado desde el instante en que él la había llevado al borde del abismo y la había rescatado durante la caída. Y en sus brazos, sería mucho más feliz de lo que lo había sido jamás.

¿Sería posible que el destino los hubiera unido? Jamás había creído en el destino o en el karma, prefiriendo siempre la lógica y la razón a las demás explicaciones. Pero algo más potente estaba presente allí. De no haber sido por Tony Riordan y esa bala perdida, tal vez habría pasado el resto de sus días sin conocer a Joe Brennan, sin amar como amaba ya a ese hombre.

La idea de no haberlo conocido se le antojaba insoportable, de modo que decidió dejarla de lado y no pensarlo más. No estaba segura de lo que le depararía el día, pero tenía que creer que Joe sentía por ella lo mismo que ella por él. Porque si no lo hacía, su vida no volvería a ser la misma.

– Sigues aquí -murmuró Joe, interrumpiendo sus pensamientos.

Ella se dio la vuelta. Joe la miró con ojos adormilados y sonrió.

– Yo podría decir lo mismo de ti.

Él empezó a besarla en el cuello.

– No se me ocurre otro sitio mejor para estar. ¿Y a ti?

– Se me ocurren muchos, pero estando tú conmigo -dijo Perrie.

– ¿Por ejemplo?

– Pues un hotel de lujo con una cama enorme, y servicio de habitaciones para llevarnos el desayuno a la cama, palmeras, sol y una toalla de playa para dos.

Él frunció el ceño.

– ¿De verdad odias tanto el frío? -le preguntó Joe.

– No -dijo Perrie-. Lo que odio es tener que ponerme tanta ropa cada vez que tengo que salir de casa -le deslizó una mano juguetonamente por el pecho-. Y me gustas mucho más sin la camisa de franela y los calzoncillos largos.

Joe sonrió y le dio un beso en la punta de la nariz.

– ¿Entonces, cuándo te vas a Cooper?

Su pregunta sorprendió a Perrie. Se había olvidado del viaje, y ahora que él se lo mencionaba, no sabía qué hacer con el premio. No tenía intención de volver a Seattle antes de que Milt la llamara. Y Cooper estaba muy lejos de Muleshoe… y de Joe.

– Bueno, no lo había pensado. ¿Por qué me lo preguntas?

– Pensé que estarías deseosa de cambiar de aires. Llevas dos semanas metida en Muleshoe. Y has trabajado tanto para ganar el viaje…

¿Tantas ganas tenía él de que se marchara?

– Supongo que debería irme pronto. No tengo idea de cuándo va a llamar Milt.

Él puso una cara rara, pero antes de que Perrie pudiera adivinar nada, la expresión había desaparecido.

– ¿Por qué no te vas hoy?

Perrie pestañeó con confusión.

– ¿Hoy, no es un poco pronto? En realidad, no sé si puedo. Hay que hacer las reservas, y a ver qué piloto me lleva…

Él se acurrucó junto a ella y suspiró.

– No te preocupes por el piloto. Yo soy el piloto -dijo Joe-. En cuanto a las reservas, en esta época del año no hay muchos visitantes. Seguramente lo tendremos para nosotros solos. Será muy romántico.

Perrie se incorporó en la cama.

– ¿Tú ibas a llevarme a Cooper? ¿Desde cuándo?

Él se quedó mirándola con sorpresa.

– Ofrecí mis servicios a los organizadores de los juegos en cuanto me enteré de que tú ibas a participar. No pensaba correr ningún riesgo.

La realidad cayó sobre ella como un alud y su estado de ensoñación se evaporó en un segundo. ¿Cómo podía haber sido tan boba? ¿Por qué había olvidado lo que les había juntado, para empezar? Joe tenía un trabajo que hacer, un favor que devolver. ¿Habría equivocado la obligación con el amor?

Perrie cerró los ojos para tratar de calmar sus acelerados pensamientos. Aquello no era real, era algo que se habían inventado Joe y ella. Se había dejado llevar por sus fantasías de adolescente de felicidad eterna. Lo real era Seattle y su trabajo.

– Querías asegurarte de que no me marcharía a Seattle -dijo ella en tono neutral.

– Bueno, al principio a lo mejor. Pero no vas a volver a Seattle. Así que podemos pasar un fin de semana romántico.

– ¿Entonces confías en mi?

– Por supuesto que confío en ti, Perrie. Sólo quiero que estés a salvo. Te das cuenta de que estás mucho mejor en Alaska conmigo, ¿verdad?

No sabía qué decir; se sentía como perdida en la espesura sin brújula. Todos esos sentimientos eran tan nuevos, tan poco familiares, y no tenía experiencia pasada donde agarrarse. Siempre había tenido el control de su vida. Pero en ese momento le había dado el control a otra persona, dejándola vulnerable y aturdida.

– Vayámonos a Cooper. Hoy mismo.

– Saldremos después de comer -le dijo Joe mientras tiraba de ella para que se tumbara.

– No -contestó Perrie-. Creo que deberíamos marcharnos ahora -se puso la camiseta y se levantó de la cama-. Creo que voy a hacer la bolsa. Y tú deberías ir al refugio a por tus cosas.

Joe le tomó la mano y tiró de ella para que se sentara.

– ¿Qué prisa tienes? Vuelve a la cama, cariño.

Ella se puso de pie.

– No, creo que deberíamos marcharnos ahora.

Joe se levantó de la cama con un gemido de frustración.

– De acuerdo -dijo mientras se agachaba para vestirse-. Iré a hacer la bolsa y volveré a por ti en quince minutos.

Se puso las botas y la cazadora antes de agarrarla de nuevo y besarla.

– Nos lo vamos a pasar de maravilla, ya verás -murmuró él.

Cuando cerró la puerta de la cabaña, Perrie volvió a la cama y se sentó. ¿Qué estaba haciendo? Dos semanas en Muleshoe y ya se había olvidado de por qué estaba en realidad allí. La historia que tan importante le había parecido de pronto le daba igual. Y todo por un hombre; un hombre a quien apenas conocía.

¿Y dónde se había metido con él su instinto periodístico? ¿Por qué a otras personas las calaba enseguida y a él no? ¿Por qué no estaba segura de sus sentimientos o sus motivos?

En la última semana habían sido inseparables, y Perrie había esperado que él le declarara sus sentimientos. Pero Joe no había dicho nada

Perrie aspiró hondo. Trazaría un plan. Irían a Cooper, y ella trataría de marcharse. Si él la dejaba ir, entonces sabría que no le importaba. Pero si la hacía quedarse, ella le preguntaría por sus motivos. Él tendría entonces que revelar la verdadera naturaleza de sus sentimientos por ella… o reconocer que sólo estaba cumpliendo con su deber.

Perrie se estremeció de aprensión. Todo el amor que sentía por él dependía de su respuesta a una pregunta imposible: ¿la dejaría marchar?

Podría haber esperado; de todos modos muy pronto Milt la llamaría para que volviera a Seattle. Pero de algún modo le parecía más fácil así. Si no la quería, al menos no tendría que vérselo en la cara. Ella saldría de su vida sin mirar atrás.

Perrie se puso de pie y se frotó los brazos para quitarse la carne de gallina. Lo que estaba haciendo era lo correcto. Jamás había sido de las que retrasaba lo inevitable. Cuanto antes lo supiera, antes podría continuar con su vida.

El único problema era que quería que el resto de su vida empezara en ese momento. Y quería que incluyera a Joe Brennan.

– Creo que deberíamos tener habitaciones separadas.

Joe se quedó de piedra y se volvió a mirar a Perrie. Acababan de llegar al complejo tras una hora de vuelo, y Perrie había elegido tirar aquella bomba en el último momento. Joe sabía que algo la inquietaba, puesto que desde que habían salido de Muleshoe se había mostrado distante.

Joe había pensado que estaría contenta de que hubiera ido él; después de todo, habían pasado tanto tiempo juntos en los últimos días que no se le había ocurrido que pudiera querer estar sola. Y después de la noche anterior… ¿Qué mejor sitio para estar juntos que un complejo vacacional como aquel en pleno invierno?

Paseos en trineo, buena comida, baile y las termas de agua caliente. No se le ocurría un sitio más romántico que aquél tan cerca de casa.

Pero el viaje había sido de ella, y tal vez él la hubiera presionado de algún modo apuntándose así. Lo de la noche anterior había sido un paso enorme para los dos, y a Joe no le sorprendería si a ella de pronto le pesara lo que había hecho.

– Claro -dijo él-. Habitaciones separadas está bien.

Pero se obligó a esbozar una sonrisa de agradecimiento.

– Quiero decir, es que… bueno, en realidad no hemos… y si decidimos que no queremos…

Él fue a acariciarle la mejilla.

– Perrie, no pasa nada.

– La gente podría comentar -murmuró mientras se echaba el bolso al hombro y se dirigía hacia la puerta.

Joe se quedó mirándola mientras sacudía la cabeza. Si de verdad se pensaba que se había tragado ese cuento, estaba lista. Seguramente había pensado que iría allí con otro piloto; con alguien que no la vigilaría cada minuto del día…

De pronto todo le pareció tan claro como la luz del día. Perrie había planeado marcharse. Maldita sea, después de lo que habían vivido, de lo que habían compartido, todavía quería volver a Seattle.

Cerró los ojos para controlar la oleada de rabia que estaba a punto de ahogarlo. Bien. No pensaba obligarla a quedarse. Si Milt Freeman había dicho que ya no había peligro y podía volver, la dejaría marchar. Si Perrie podía tirar por la borda todo con tanta facilidad, entonces tal vez no fuera tan especial como había pensado.

Joe se acercó a Perrie y rellenó la hoja de registro, firmando con una floritura de frustración. Entonces agarró los dos manojos de llaves y continuó por el pasillo.

Ella se acercó a él y lo agarró del brazo.

– Lo entiendes, ¿no?

– Claro. Éste es tu viaje, no el mío. En realidad, si quieres, puedo volver a Muleshoe ahora mismo.

Sus palabras la tomaron por sorpresa, y por un momento pareció como si fuera a aceptar la oferta.

– No -dijo Perrie por fin-. Me alegro de que estés aquí. ¿Por qué no deshacemos la bolsa y vamos a almorzar algo?

Joe abrió la puerta de la habitación de Perrie y la ayudó a meter sus bolsas. Si quería marcharse, haría mejor en ponérselo fácil.

– La verdad, me apetece ducharme -dijo él-. ¿Por qué no nos encontramos en una hora? Después del almuerzo, podríamos probar las aguas termales.

Perrie asintió y lo acompañó a la puerta.

– Entonces te veo dentro de una hora.

Joe la miró, preguntándose si aquélla sería la última vez que vería sus preciosos ojos verdes. ¿Se largaría en cuanto lo perdiera de vista? Quería abrazarla y besarla, decirle que estaba enamorado de ella. Pero su instinto de supervivencia le impedía decir nada. El tiempo le diría si ella lo amaba de verdad.

Él se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

– De acuerdo, te veré después.

Cuando llegó a su dormitorio, Joe dejó su bolsa de lona en el suelo con frustración.

– La primera mujer a la que amo, y ella no me ama.

Como estaba apoyado en la puerta, oyó un ruido y se asomó a mirar por la mirilla. Perrie miró a derecha e izquierda, para después continuar pasillo adelante.

Minutos después, Joe estaba escondido entre las sombras de un rincón del salón bar del complejo, con la atención fija en lo que estaba ocurriendo a la barra. Debería haber sabido que lo intentaría. Debería haberlo sabido.

Vio que hablaba con el camarero antes de avanzar unos metros hasta sentarse junto a un hombre que estaba sentado en un extremo de la barra. Hablaron durante tres o cuatro minutos. Perrie miraba a su alrededor de tanto en cuanto, como si pensara que estaba siendo observada. Entonces le dio un apretón de manos y salió corriendo del bar, y pasó tan cerca de Joe, que podría haberla tocado, pero no lo vio.

Cuando estuvo seguro de que se había largado, salió y fue a interrogar al hombre de la barra.

– La mujer pelirroja. ¿Qué quería? -le dijo mientras se sentaba a su lado en un taburete.

El tipo le respondió en tono burlón.

– ¿Y a usted qué le importa, amigo?

Joe lo miró largamente, preguntándose si agarrarlo por las solapas y zarandearlo. Entonces se puso de pie y se inclinó hacia delante.

– Es asunto mío, ¿de acuerdo? Ahora, conteste a mi pregunta.

El tipo se encogió de hombros.

– Quiere que la lleve a Seattle en mi avión.

– ¿Le va a pagar?

– Para empezar me dio un número de su tarjeta de crédito. Dijo que me daría quinientos más en metálico al llegar a Seattle si estaba dispuesto a esperar.

– ¿Cómo se llama usted? -le preguntó Joe.

– Andrews. Dave Andrews.

– He oído hablar de usted. ¿Bien, Andrews, si hago averiguaciones sobre usted y su avión, voy a quedarme contento? -le dijo Joe.

– Eh, oiga, soy un buen piloto. Y mantengo mi avión en perfecto estado. Puede preguntar a cualquiera de los que están por aquí.

– ¿Cuándo quiere que la lleve?

– A última hora de la tarde.

Joe se metió la mano en el bolsillo de la cazadora y sacó la cartera, de donde sacó dos billetes de cincuenta dólares.

– Llame a su habitación y dígale que no puede llevarla hasta mañana por la mañana. Está en la treinta y siete.

– ¿Quién demonios es usted?

– Brennan. Joe Brennan.

Andrews pestañeó con sorpresa.

– ¿De Polar Bear Air? ¿No es usted quien encontró a esa montañera en el Denali hará unas semanas?

– Sí, ese soy yo.

Andrews sonrió y le dio unas palmadas en el hombro.

– Buena vista. ¿Pero si quiere que esta señorita vaya a Seattle mañana, por qué no la lleva usted mismo?

– No estoy seguro de que vaya a marcharse al final -contestó Joe-. Espero que decida quedarse. Así que si no viene a buscarlo, no quiero que vaya usted a buscarla a ella, ¿entendido?

– ¿Pero cómo me van a pagar?

– Yo le pagaré.

Andrews consideró la petición unos momentos y entonces asintió.

– De acuerdo -dio un buen trago de cerveza-. ¿Es su novia?

– Aún no lo sé. Pero estoy a punto de averiguarlo Joe se apartó de la barra y se dio la vuelta-. Una cosa más. Si se marcha con usted y cambia de opinión durante el vuelo, tráigala de vuelta aquí. No me importa dónde esté. Dé la vuelta y tráigala. ¿De acuerdo?

– Oiga, tiene que estar usted colado por esta chica.

El hombre había descubierto la pólvora.

– ¿Lo hará? -dijo Joe.

Andrews asintió.

– Sí, si quiere volver, la traeré.

– Se lo agradeceré. Ahora llámela y dígale que el vuelo debe retrasarse.

Perrie estaba en el pasillo delante de su dormitorio, observando con nerviosismo cómo Joe abría su puerta. Sabía que llegaría ese momento, pero no estaba preparada para ello.

Joe y ella habían pasado juntos un día estupendo, nadando en las piscinas de aguas termales, disfrutando de una larga y distendida cena y dando un paseo en trineo por los bosques cubiertos de nieve. A ratos, Perrie se olvidaba de su plan para dejarlo y se dejaba llevar por su humor y su encanto.

Todo eso no habría pasado si su piloto se hubiera ajustado al plan original. Pero al final tendría que esperar hasta el día siguiente para escapar.

Joe empujó la puerta y se retiró a un lado. Perrie pasó delante de él despacio, practicando para sus adentros la excusa que le daría. Se dio la vuelta y, para sorpresa suya lo vio allí de pie, tan cerca de ella que casi podía sentir su calor.

En un abrir y cerrar de ojos la abrazó y la besó en la boca. Ella se dejó besar, sabiendo que sería de las últimas cosas que compartirían.

Pegó la frente a la de ella y la miró a los ojos, a los labios.

– Eres tan bella, Perrie. Hay veces en las que no puedo dejar de besarte.

Con suavidad le retiró un mechón de la frente y la besó allí con suavidad. Pero no siguió besándola. Era como si estuviera esperando a que ella le dijera algo.

Perrie se armó de valor y sonrió alegremente mientras se apartaba de su abrazo.

– Yo… estoy muy cansada -dijo, encogiéndose por dentro por esa excusa tan pobre-. Creo que me voy a acostar temprano -tragó saliva con dificultad-. Sola.

Él no reaccionó. En lo más profundo de su corazón, Perrie deseaba que hiciera caso omiso de su excusa, la llevara a la cama y le hiciera el amor apasionadamente. Pero Joe se limitó a encogerse de hombros y a sonreír.

– Yo también estoy cansado -dijo sin apartar la vista de su cara.

La miró largamente, como si quisiera memorizar sus facciones. Entonces pestañeó y sacudió la cabeza.

– Buenas noches, cielo -la besó de nuevo en los labios con tanta dulzura que ella estuvo a punto de olvidar su control.

Al momento se oyó que se cerraba su puerta, y aguantó la respiración mientras unos puñales imaginarios se le clavaban en el pecho.

– Adiós, Brennan -susurró con emoción.

El silencio de su habitación la envolvió. Perrie se tumbó en la cama y se puso el brazo sobre los ojos. Aquello era lo mejor para los dos. Aunque se amaran, pronto se distanciarían. Para estar juntos uno de los dos tendría que abandonar su sueño, y un sacrificio así pronto causaría pesares y recriminaciones.

Joe Brennan era piloto en las tierras salvajes de Alaska, y ella era reportera en Seattle.

Se acurrucó de lado y se quedó mirando las manillas del reloj de la mesilla, contando los segundos de cada minuto que pasaba. Los ojos se le fueron cerrando despacio y pronto estaba flotando entre la consciencia y el sueño.

Imágenes de Joe empezaron a llenar su mente, y ella no intentó apartarlas. Casi podía sentir sus labios trazando un camino desde la mejilla a su boca. Se los imaginó a los dos a la puerta, y un final distinto a su situación. Ella le susurraba algo al oído, y Perrie trató de dilucidar las palabras que pronunciaba. Cerró los ojos con fuerza y se centró en sus pensamientos. Entonces, oyó lo que ella misma decía.

“Te deseo. Te necesito. Te amo”.

– Te deseo -murmuró Perrie mientras abría los ojos-. Te necesito -se levantó de la cama-. Y te amo.

Una fuerza más poderosa que toda su resolución la empujó hacia la puerta. La abrió y salió al pasillo, con la vista fija en la habitación de enfrente. Perrie tocó la madera suave y con los ojos cerrados golpeó con fuerza.

Joe abrió la puerta, con el pecho al descubierto, bañado por la suave luz de su dormitorio.

– ¿Perrie? ¿Estás bien?

– Yo… Te deseo -murmuró-. Te necesito… Te…

Trató de retirarse, pero tenía los pies como pegados al suelo. Cuando no pudo moverse, cerró los ojos con la esperanza de que aquello no fuera más que un sueño. Pero entonces sintió que él la besaba, la calidez de sus labios, y supo que era real.

Él escondió la cara en la curva entre el cuello y el hombro y se agachó y la tomó en brazos. Se sentía tan bien, tan a gusto con él, que por mucho que intentara negarlo no podía pesarle su decisión. Ella y Joe estaban hechos el uno para el otro. Al menos durante una noche.

Joe le dio una patada a la puerta para cerrarla y se apoyó sobre ella.

– Quería que vinieras. Esperaba que lo hicieras.

Sus labios encontraron los suyos y las besó ardientemente, entregándole el alma con aquel beso. Cruzó la habitación y la dejó de pie con delicadeza. Y cuando Joe la miró a los ojos, Perrie vio allí un deseo misterioso y peligroso. Si lo tocaba en ese momento, nada los detendría ya. Y ella no quería detenerse.

Ella le puso la mano en el pecho y tímidamente se la deslizó por el estómago.

– Tócame -le dijo él mientras le acariciaba la parte de atrás del cuello.

Percibió la urgencia en su voz, y en ese momento se dio cuenta del poder que tenía sobre él. Joe no podía resistirse más, y ella tampoco.

Perrie extendió la mano sobre la parte delantera de sus pantalones, trazando su erección bajo la tela vaquera de los pantalones. Él aspiró hondo y gimió suavemente, como si le rogara sin palabras que le diera más. Envalentonada, ella le acarició hasta que él le retiró la mano.

Con la misma rapidez que lo había ganado, perdió todo su poder y también el control. Entonces, como si hubieran abierto la compuerta de una presa, empezaron a desnudarse el uno al otro como locos.

Cuando estuvieron los dos desnudos de cintura para arriba, él se quedó quieto un momento, contemplándola. Y entonces, con toda delicadeza, le acarició los pechos y empezó a besárselos y lamérselos, a acariciárselos con la lengua y los labios mientras le deslizaba las manos por los hombros, la espalda y la cintura.

Y cuando se arrodilló delante de ella continuó desvistiéndola con parsimonia, besándola en cada pedazo de piel que dejaba al descubierto; los tobillos, los dedos de los pies, la curva de la pantorrilla y la cara interna de los muslos.

Perrie apoyo las manos en sus hombros mientras él avanzaba y penetraba con su lengua el corazón húmedo de su deseo. Perrie cerró los ojos. Las rodillas no la sujetaban y gritó su nombre mientras las oleadas de deseo puro la recorrían de arriba abajo. Él la tumbó de nuevo sobre la cama y la acarició desde el cuello a la cadera, dejando un rastro de fuego con sus manos.

No había otro hombre para ella, ni en ese momento ni nunca. Después de esa noche, no volvería a sentir esa pasión o el poder de sus caricias. Envejecería sabiendo al menos que un hombre había llegado a explorar las profundidades de su alma, y la había librado de su inhibición.

Con Joe se sentía mujer, con el corazón y con toda el alma. Con sus caricias despertaba a la vida, transformada por el placer que se daban mutuamente. Arqueó su cuerpo y sintió la suavidad de su vello mientras él hacía magia con la lengua. Dejó de pensar con coherencia y sólo quedó un placer puro e intenso.

Una y otra vez él la llevaba al borde del placer con delicioso cuidado. Frustrada, le tiró del pelo, impaciente con su juego.

– Ya basta -le dijo ella.

Una sonrisa plácida curvó sus labios mientras la observaba con los ojos entrecerrados.

– ¿Qué quieres? Dímelo.

– Te deseo a ti -dijo Perrie-. Dentro de mí.

Él se puso de pie y se desnudó del todo. Entonces se volvió y buscó en su bolsa un preservativo. Mientras Perrie admiraba la belleza de su cuerpo, le deslizó el preservativo por el miembro en erección con dedos temblorosos, y ambos se echaron sobre la cama.

Nada en el mundo la había preparado para la fuerza de su unión amorosa. Mientras él se hundía entre sus piernas, ella perdió la noción de la realidad, del tiempo y del espacio, girando en un vórtice de placer. La sangre le golpeaba ardiente en las venas, al tiempo que unos gemidos suaves e incoherentes se escapaban de su garganta. Al tiempo que él aumentaba la velocidad, también crecía la tensión.

Sus músculos se tensaron y dejó de respirar, y de pronto sintió que alcanzaba la cima del placer mientras Joe continuaba embistiéndola. Él gritó al mismo tiempo, y ella le clavó las uñas en la espalda mientras él también encontraba su liberación.

Mientras regresaban suavemente a la realidad, sus pensamientos se aclararon y se vio invadida por una cálida sensación de dicha. Ésa era su realidad. Amaba a ese hombre como no había amado a otro. Más tarde, en la oscuridad de la noche, podría pensar en todo lo que iba a perder. Pero de momento Joe y ella estaban juntos.

Ella esperó a que él le dijera algo, pero no dijo riada. Sólo la apretó contra su cuerpo y la abrazó con tanta fuerza, que Perrie se preguntó si podría dejarla ir.

Perrie cerró los ojos e hizo como si se durmiera; con la esperanza de evitar cualquier declaración apasionada de amor. Pero eso no iba a ser así, ya que un buen rato después, en el silencio de la noche, Joe la abrazó y le dijo:

– Te amo, Perrie -sus labios cálidos le acariciaron el hombro-. Y sé que tú me amas a mí.

Horas después, mucho después de que Joe se quedara dormido, Perrie seguía despierta. Aunque era de madrugada, aún no había amanecido. Se levantó de la cama, recogió su ropa y se vistió en silencio. Aunque lo intentó, no pudo apartar sus ojos de él. Tenía un aspecto tan dulce, tan vulnerable, con las sábanas revueltas medio cubriendo su cuerpo y el cabello despeinado.

Pero aquello no era más que un sueño. Había pasado dos semanas viviendo la vida de otra persona, la de una mujer que apenas conocía. No podía cambiar su vida sólo porque se había permitido el lujo de perderse en una fantasía durante un breve espacio de tiempo.

Con todo el coraje que poseía, Perrie miró a Joe por última vez y salió de la habitación. Todo iría bien. Sería capaz de olvidar todo aquello cuando volviera a Seattle.

10

Perrie se quedó con la vista fija en el monitor del ordenador. Había salido de Alaska al amanecer, y eran casi las ocho de la tarde. En lugar de ir a casa, se había ido directamente a la oficina. Pero había estado fuera tanto tiempo, que cuanto antes regresara a la rutina, antes podría olvidar aquellas dos semanas.

Además, tenía que terminar la historia de las novias, lo cual le traía recuerdos y una insidiosa sensación de arrepentimiento. No podía pensar en su estancia en Muleshoe sin pensar en él y en todo lo que habían compartido.

– ¡Kincaid! ¡Has vuelto!

Perrie salió de su ensoñación, casi agradecida por la distracción. Se puso derecha para prepararse para la reprimenda de Milt. Su editor no se alegraría de verla, pero tendría que aguantarse. No dejaría que volviera a enviarla a Alaska. No pensaba moverse de Seattle.

– Ah, Kincaid Te he echado de menos. Pensé que vendrías antes -le dijo mientras le daba unas palmadas en el hombro.

– Bueno, lo habría hecho. Pero gracias a ti me he pasado dos semanas encerrada en Muleshoe. Traté de largarme, pero desgraciadamente tu amigo Joe Brennan se aseguró de que no hubiera modo de salir de aquel pueblo.

– Buen hombre, ese Brennan. Sabía que podría confiarle el trabajo.

– Desde luego lo ha hecho bien -dijo ella.

– Cuando llamé el otro día, el socio de Joe dijo que habíais salido tú y él. ¿Así que Brennan y tú habéis hecho buenas migas?

– Sí, nos hemos llevado bien -dijo ella, y de pronto frunció el ceño-. ¿Llamaste al refugio?

– Sí. El sábado por la noche. El FBI detuvo a Tony Riordan y a Dearborn. Se les va a caer el pelo. Pensé que estarías aquí ayer para poder incluir tu artículo en la edición del lunes. Tuve que pedirle a Landers que escribiera la historia original. Revisé tus…

– ¿Han pillado a Riordan y a Dearborn? ¿Pero cómo lo han hecho? Me llevé todas las pruebas a Muleshoe.

– Son el FBI, Kincaid. Su especialidad es cazar a criminales, y ya tenían muchas pruebas de sus acciones.

Perrie frunció el ceño.

– Si no me hubieras enviado a Muleshoe, habría sido mi primicia. Yo… -hizo una pausa-. ¿Dices que llamaste al refugio el sábado por la noche?

– ¿Pero no acabo de decírtelo?

– ¿Y qué les dijiste?

– Le dije al socio de Joe que podías volver, que se lo dijera a Joe cuando lo viera para que te lo comunicara. Supuse que le pedirías a Joe que te trajera nada más enterarte. ¿Dónde demonios estabas?

A Perrie el pensamiento le iba a cien por hora. Joe debía haberse enterado cuando había ido al refugio esa noche, después de los juegos de Muleshoe. ¿Le habría dado Tanner el mensaje? ¿Y si había sido así, por qué no le había dicho nada Joe?

Una sola idea le ocupó el pensamiento. ¿De verdad habría querido que ella se quedara? Perrie se tapó la cara con las manos y se frotó los ojos, tratando de aclarar la situación.

Desde que había salido de Alaska tenía algo en la cabeza que quería tomar forma, pero que no lo había hecho hasta ese momento. De pronto lo tuvo muy claro. Él no le había dicho que se podía marchar; y cuando lo había hecho, no había tratado de detenerla. En realidad, había estado a punto de abrirle él mismo la puerta.

– ¡Sólo quería sexo! -gritó, sin darse cuenta que estaba allí su jefe hasta que fue demasiado tarde.

– ¿Quién quería sexo?

Perrie sacudió la cabeza y le hizo a Milt un gesto distraído con la mano. Joe no le había dicho nada adrede. Frunció el ceño. Lo cierto era que había sido ella quien se había presentado a su puerta, no él. De haberse quedado en su habitación, no se habrían acostado la noche anterior.

Amor. La palabra le resonó en los oídos. Él le había dicho palabras de amor cuando ella había fingido estar dormida. «Te amo Perrie, y sé que tú me amas a mí». En ese momento había pensado que las había dicho porque estaba en la cama con ella.

¿Pero y si Brennan lo había dicho de corazón? Perrie miró a Milt y negó con la cabeza.

– Estoy tan confusa -gimió-. Creo que tal vez haya cometido un grave error.

– ¿Con la historia de Riordan?

– Oh, al diablo con Riordan, Milt. Estoy hablando de Joe y de mí. Acabo de dejarle plantado. Aunque me da la impresión de que él creía que yo quería quedarme.

– ¿Dónde?

– En Alaska.

Milt la miró con la cabeza ladeada, como si hubiera perdido la cabeza totalmente.

– Por cierto, enseñé tu historia de los lobos. Un trabajo maravilloso. En realidad, en uno de los periódicos de nuestro grupo editorial lo leyeron y me llamaron. Quieren pagar mucho dinero para que escribas más. Les dije que no vivías en Alaska y que no habría más.

– Podría vivir en Alaska -dijo Perrie, a quien la idea ya no le parecía tan ridícula como antes.

– No, no podrías -contestó Milt-. Trabajas en Seattle.

– No tendría por qué. Podría trabajar en Muleshoe. Podría llamar a ese periódico y venderles mis historias. Tengo muchas más. Y podría trabajar para el periódico de Fairbanks o de Anchorage. O podría montar mi propio periódico; hay una prensa en el ático de la taberna de Doyle. Quiero decir, tendría que modernizar el equipamiento, conseguir un ordenador, tal vez incluso una prensa nueva. Y no hay mucha circulación. Pero Joe vuela todo el tiempo por las tierras salvajes. Estoy segura de que a esas familias les gustaría leer las noticias locales. Y dirigir un semanal sería…

– ¡Kincaid! ¡Basta! Estás hablando como lo haría una demente. No puedes vivir en Alaska.

Perrie sonrió despacio.

– Sí que puedo. Puedo vivir donde quiera, Milt.

– ¿Pero y tú carrera profesional?

– Soy escritora. Puedo escribir en cualquier sitio, incluido Muleshoe, en Alaska.

– Es culpa mía, o bien sufres desfase horario. Vete a casa y descansa. Mañana podrás escribir la historia de Riordan.

Perrie metió la mano debajo de la mesa y sacó su bolso.

– No, Milt -dijo mientras le colocaba el bolso en las manos-. Tú puedes escribir la historia de Riordan. Aquí están todos mis apuntes, mi investigación y mis pruebas.

– Esta historia es tuya, Kincaid. Tienes que escribirla.

Ella se puso de pie.

– No. En este momento tengo que volver a Alaska y averiguar si Joe Brennan me ama de verdad.

– ¿Joe Brennan te ama? ¿Mi Joe Brennan?

Perrie se echó a reír.

– Era tu Joe Brennan; a partir de ahora, será mi Joe Brennan -descolgó el teléfono-. Tengo que llamarle y decirle que voy -volvió a colgarlo-. No, tal vez sea mejor que vaya y hable con él -negó con la cabeza-. Llamaré a Julia. Le diré que voy a ir. Ella podrá recogerme en la pista.

Se fue al despacho de Milt y, cuando encontró la tarjeta del refugio, marcó el número.

– ¿Joe? -dijo una voz femenina.

– ¿Julia?

– ¿Quién es?

Perrie se aclaró la voz.

– Soy yo, Perrie Kincaid.

– Oh, Perrie. Menos mal que has llamado. ¿Joe se ha puesto en contacto contigo?

– No, no me ha llamado. ¿Es que no está ahí?

Un largo silencio siguió a su pregunta.

– Perrie, tengo malas noticias. Joe iba a llevar provisiones a una ciudad cercana al Ártico y no apareció. Avisó por radio antes de salir para que lo esperaran antes del anochecer. Se llevó el Cub. Al principio pensamos que podría haber ido a verte.

– ¿A mí?

– Tanner me dijo que después de irte tú estaba muy disgustado. Pensamos que habría ido a Seattle a aclarar las cosas.

– Él… no está aquí, Julia dijo Perrie-. No ha llamado.

– Hawk dice que Joe jamás se desviaría de su plan de vuelo. Por eso estamos preocupados.

– Es un buen piloto -murmuró Perrie-. El mejor. Él nunca…

El corazón se subió a la garganta mientras asimilaba las palabras de Julia. El avión de Joe había caído en la espesura y no sabían dónde estaba.

Se llevó la mano a los labios para no gritar y ahogó las repentinas lágrimas que estaba a punto de derramar.

– Voy para allá -dijo Perrie en tono sorprendentemente sereno-. Tal vez tenga que volar a Anchorage y después a Fairbanks, pero por la mañana estaré allí. Lo prometo.

– Perrie, no tienes que…

– Quiero estar allí. Mi sitio está en Muleshoe.

– De acuerdo. Llama al refugio antes de salir de Fairbanks y enviaré a Hawk para que vaya a esperarte al aeropuerto.

– Estaré allí lo antes posible. ¿Y, Julia?

– ¿Sí?

– ¿Si lo encuentran antes de que llegue yo, querrás decirle que lo amo? ¿Y que todo se arreglará?

La diminuta pista de aterrizaje de Muleshoe apareció en la distancia. Perrie llevaba toda la noche volando, primero de Seattle a Anchorage, y de allí a Fairbanks. Le había costado encontrar a un piloto de madrugada; pero finalmente habían salido hacia Muleshoe justo antes del amanecer.

– Parece que hay alguien ahí abajo -gritó el piloto, señalando el final de la pista.

Perrie entrecerró los ojos y vio el Blazer aparcado junto a una fila de aviones. Cuando el piloto dio la vuelta a la pista, vio a Hawk que miraba hacia el avión. Había hablado con él antes de salir de Fairbanks, y entonces no se había sabido todavía nada de Joe.

Nada más aterrizar el avión, Perrie saltó del aparato y se echó a los brazos de Hawk, que a su vez la abrazó con fuerza antes de retroceder un poco y mirarla a la cara.

– Me alegro de que hayas venido -le dijo Hawk.

– ¿Hay alguna noticia?

Hawk negó con la cabeza.

– Ahora van a enviar unos aviones de rescate en su busca. Lo encontraremos.

– ¿Y qué hay de su radio? ¿No ha tratado de ponerse en contacto con nadie?

– Tal vez no le funcione -dijo Hawk.

– Pero entonces eso quiere decir que…

Perrie no quiso continuar.

– Hay muchas razones por las cuales podría haber perdido el contacto por radio -le aseguró Hawk-. Si está en un valle, las montañas pueden bloquear la señal.

– Sabrás la ruta que estaba haciendo, ¿no?

– Iba a llevar provisiones a Fort Yukon.

– ¿A Fort Yukon? -preguntó Perrie.

– Iba a llevar allí provisiones. Así que si ha tenido que aterrizar de emergencia, tiene sacos de dormir y comida enlatada, y podrá esperar a que lleguemos.

De pronto a Perrie se le ocurrió una idea cuando Hawk mencionó los sacos de dormir.

– Creo que tal vez sepa dónde está -dijo ella-. ¿Y si aterrizó por alguna razón, y luego no pudo despegar de nuevo?

– ¿Y para qué iba a hacer eso?

– Para ver a Romeo y Julieta, los lobos -dijo ella-. Sabes, la familia de lobos que él va a observar a las llanuras del Yukon. Me llevó a verlos.

– ¿Joe va a ver a una familia de lobos? -Hawk parecía sorprendido por la revelación-. ¿Te acuerdas de dónde aterrizasteis?

– Estábamos en casa de los Gebhardt.

– ¿En Van Hatten Creek?

Perrie asintió. Entonces empezó a describirle lo que recordaba del recorrido desde casa de los Gebhardt hasta donde habían aterrizado, pero había cosas de las que Perrie no estaba segura.

El piloto que la había llevado a Muleshoe le llevó sus cosas. Perrie lo agarró del brazo.

– ¿Cuánto combustible le queda?

– Suficiente para volver a Fairbanks.

– ¿Y para volar a Fort Yukon? -le preguntó Perrie.

– Por el combustible no hay problema; repostaremos aquí -intervino Hawk.

– Pero tengo que regresar para…

– Es una misión de rescate -le explicó Hawk.

La expresión del piloto cambió totalmente.

– ¿A quién buscamos?

– A Joe Brennan.

– ¿De Polar Bear Air? Conozco a Brennan.

– Creemos que podría haber aterrizado en algún punto de la llanura ayer por alguna razón.

– Entonces repostemos y salgamos lo antes posible. Tal vez podamos encontrarlo y que no tenga que pasar otra noche en el frío.

En veinte minutos prepararon todo, avisaron a Tanner de sus planes y enseguida estaban en el aire.

Perrie se asomó a la ventanilla desde su asiento detrás del del piloto, tratando de recordar el paisaje. Cuando sobrevolaron la cabaña de los Gebhardt, se irguió en el asiento, esperando que el avión de Joe estuviera delante. Pero Perrie no vio nada salvo un poco de humo saliendo de la chimenea.

El pilotó viró al oeste y Snowy Peak apareció delante de ellos.

– Sí, es por aquí. Tomamos esta dirección. Estábamos más o menos a la altura del pico cuando Joe viró hacia el norte.

El piloto esperó hasta estar más cerca de la montaña y entonces giró a la derecha. El paisaje a sus pies no le resultaba familiar, y a Perrie se le encogió el corazón.

– No me suena -dijo-. No lo reconozco.

Perrie aspiró hondo y se llevó la mano al pecho, donde sintió el crujido del papel bajo la tela de la cazadora. Entonces metió la mano en un bolsillo y sacó la tarjeta de San Valentín de Joe.

No podía estar segura del rato que pasó pasando los dedos por la tarjeta, con los ojos llenos de lágrimas, recordando el día que él se la había dado.

– Eh, caramba.

Perrie levantó la vista y vio a Hawk mirando por su ventana, con unos prismáticos pegados a los ojos.

– ¿Qué pasa? ¿Ves algo?

Hawk se retiró los prismáticos y se volvió hacia ella con una sonrisa.

– Tenías razón. Está ahí abajo. Y parece que el avión está de una pieza.

Perrie se acercó corriendo la otra ventana y vio algo rojo sobre el fondo blanco de la nieve.

– ¿Está bien? ¿Lo ves tú? -le preguntó a Hawk.

Hawk miró de nuevo y asintió.

– Nos ha visto y está agitando la mano.

Perrie se recostó en el asiento y cerró los ojos, llena de alivio y de aprensión. ¿Y si se había equivocado y Joe no la amaba?

– Voy a aterrizar -dijo el piloto.

– ¿Está… seguro? Quiero decir, podría venir otro avión a rescatarlo. Usted ya ha hecho tanto…

Hawk se volvió y la miró a los ojos.

– Estará encantado de verte.

Sus palabras fueron tan directas y confiadas, que Perrie no pudo evitar creerlas.

Cuando el avión se detuvo por fin, fue Hawk el primero en bajar. Perrie se quedó un momento allí sentada, sin poder moverse. Después de abrazarse, los dos amigos charlaron unos minutos. Perrie rezó una oración más, empujó la puerta y salió.

Pero cuando salió de la sombra del ala, Joe se había vuelto hacia su avión. Entonces, Hawk llamó a Joe. Éste se volvió con una sonrisa en los labios, y entonces la vio. Sus miradas se encontraron y finalmente, tras lo que le pareció una eternidad, Joe echó a andar despacio hacia ella. Con cada paso que daba su sonrisa se hacía más amplia, y Perrie se sentía cada vez más aliviada. Él se detuvo, se echó a reír y le tendió los brazos. Con un grito de felicidad, Perrie corrió hacia él y se tiró a sus brazos, de tal modo que estuvieron a punto de caerse los dos en la nieve.

Mientras le hundía las manos en su cabello, la besaba con pasión, frenéticamente, sin parar.

– Pensé que no volvería a verte -murmuró Joe-. ¿Qué haces aquí?

– Tenía que volver -dijo Perrie sin dejar de besarlo-. Tenía que decírtelo.

– ¿Decirme por qué te habías ido?

– No, decirte por qué tengo que quedarme -lo miró a los ojos, esos ojos de un azul brillante-. Te amo, Joe.

Él la miró fijamente, y después levantó la vista al cielo y sonrió.

– Más te vale, Kincaid -le dijo mirándola de nuevo-, porque desde luego yo te adoro.

Perrie lo abrazó y lo besó con fuerza.

– No sabes lo preocupada que he estado. Cuando llamé al refugio y me dijeron que no estabas…

– Me paré a ver a Romeo y Julieta, y cuando traté de despegar se había congelado el cable del combustible.

– Estaba tan preocupada. Creía que te había perdido.

– ¿Por qué me dejaste, Perrie? ¿Por qué te fuiste así?

Ella apoyó la frente contra su pecho.

– Porque he sido idiota y tenía miedo, y porque no creía que me amaras de verdad. Pensé que estabas haciendo lo que te había pedido Milt.

Joe se echó a reír y le subió la barbilla.

– Milt no dijo nada de que me enamorara de ti.

– Me refería a acostarte conmigo.

– Esto tampoco me lo dijo. Todo eso se me ocurrió a mí solo.

Perrie se sonrojó.

– Nos sentimos bien juntos.

– Sí, Kincaid, creo que hacemos buena pareja -se burló-. Y como estás de acuerdo, creo que sólo nos queda una cosa por hacer.

Perrie lo miró con timidez, tan ansiosa por volver al refugio y al abrigo de una cama grande y caliente… Tenía ganas de pasar una semana entera durmiendo y haciendo el amor con él.

– ¿Y qué es, Brennan?

– Tendrás que casarte conmigo.

Cuando finalmente pudo hablar, se tuvo que aclarar la voz.

– ¿Casarme contigo?

– Sólo di que sí, cariño. Después ya veremos dónde vamos a vivir y lo que vamos a hacer. En este momento, sólo quiero saber que pasaras el resto de tu vida junto a mí.

Con un grito de júbilo, Perrie se tiró de nuevo a sus brazos, y esa vez sí que cayeron los dos al suelo.

– ¿Entonces, lo harás? -dijo Joe después de pasar unos minutos besándose.

– Sí, sí, sí. Pero sólo si podemos vivir en Muleshoe.

Joe la miró con sorpresa.

– ¿De verdad? ¿Quieres vivir en Alaska?

Perrie asintió, y Joe le agarró la cara con las dos manos y volvió a besarla. Cuando levantó la vista, la fijó en el horizonte.

– Nos están mirando.

Perrie se puso bocabajo y apoyó los codos en el suelo nevado. Al otro lado de la amplia llanura vio un movimiento, algo grisáceo en el fondo blanco. Romeo apareció ante sus ojos, y unos segundos después apareció Julieta.

Joe le rodeó la cintura con el brazo y se inclinó para darle un beso en la sien.

– ¿Crees que están de acuerdo? -le preguntó él.

– Todo lobo solitario merece tener una compañera -dijo Perrie-. Y ahora tú has encontrado la tuya.

Joe la abrazó con un gruñido ronco, y en ese momento Perrie entendió que había encontrado su lugar en la espesura. Había encontrado a su alma gemela.

Kate Hoffmann

***