/ Language: Español / Genre:love_contemporary

Secretos en el tiempo

Kate Hoffmann

Una mujer en busca de su pasado… Un hombre dispuesto a arruinarlo Después de haber crecido como hija única, Keely McClain descubrió con asombro que no sólo tenía un padre, sino que también tenía seis hermanos mayores. Pero antes de nada debía descubrir qué había sucedido hacía tantos años. Y, al investigar su pasado, encontró una familia… y un amante… Rafe Kendrick sólo tenía un objetivo en la vida: vengarse de los Quinn, y no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie lo distrajera… Hasta que se enamoró locamente de la nueva camarera del pub de los Quinn. Aún así, decidió poner su plan en marcha… fue entonces cuando descubrió que la mujer que había en su cama también era una Quinn.

Kate Hoffmann

Secretos en el tiempo

Serie: 4°- Los audaces Quinn

Título original: Reunited (2002)

Prólogo

Un viento frío hacía retemblar las ventanas del pequeño apartamento. Keely McClain corrió las cortinas de encaje y miró afuera, a la calle oscura de aquel barrio tranquilo de Brooklyn. La nieve se amontonaba sobre el suelo y Keely rezó para que la tormenta empeorara y suspendieran las clases al día siguiente. Tenía examen de Matemáticas y había desaprovechado el tiempo de estudio en el colegio pasándoles notitas a sus amigas y haciendo caricaturas de las monjas.

– Por favor, por favor, que siga nevando – murmuró Keely. Juntó las palmas, dijo una oración deprisa e hizo la señal de la cruz.

Keely se retiró de la ventana y se subió a la cama, poniéndose de pie sobre el colchón para poder verse en el espejo del tocador. Con cuidado, se levantó la falda escocesa hasta que el bajo le llegó a medio muslo, solo para ver cómo le sentaba. Las monjas de San Alfonso exigían que el uniforme escolar tocara el suelo al ponerse de rodillas, norma que las chicas del colegio femenino tachaban de prehistórica, sobre todo, teniendo en cuenta que estaban en 1988.

– ¿Has terminado los deberes?

La voz de su madre resonó por el pequeño apartamento. Que Keely recordara, siempre habían estado ellas dos solas. Nunca había conocido a su padre. Había muerto cuando ella era un bebé. Pero Keely tenía una imagen de él en la cabeza, de un hombre fuerte y guapo, con una sonrisa encantadora y de corazón amable. Se llamaba Seamus y había ido a Estados Unidos desde Irlanda con su madre, Fiona. Había trabajado en un barco pesquero y así había fallecido, por una terrible tormenta en el mar.

Keely suspiró. Quizá estando su padre, se habría llevado un poco mejor con su madre. Fiona McClain tenía unos patrones muy estrictos sobre la educación de su hija y, ante todo, Keely McClain debía ser una buena chica católica. Lo que significaba que nada de maquillarse, ir a fiestas, quedar con chicos… nada de diversión. En vez de reunirse con sus amigos el sábado por la mañana, tenía que ayudar a su madre en la repostería de Anya, la tienda situada justo bajo su apartamento.

De pequeña la encantaba ver a Anya y a su madre decorar las tartas de boda. Uno de sus primeros recuerdos era el de aquellas mañanas, sentada en un taburete alto en la cocina de la pastelería. Y cuando por fin le habían dado un trabajo de verdad, Keely se había quedado sin palabras de la emoción. En aquellos años, se pasaba las tardes de los miércoles quitando el polvo de las estanterías de cristal en las que se exhibían las figuritas de las tartas y copas de cristal. Se entretenía inventándose historias románticas sobre cada una de las parejas de cerámica, bautizando a los novios con nombres gallardos, como Lance y Trevor, y a ellas con nombres bonitos, como Amelia o Louisa.

Entonces no era más que una niña y su idea del amor se acercaba más a los cuentos de hadas que a otra cosa. Pero ya no eran los héroes, honrados y decentes, los que le llamaban la atención. Más bien le interesaba la clase de chicos a los que su madre llamaría «maleantes» o «descarriados». Chicos que fumaban y decían palabrotas. Chicos con suficiente atrevimiento para plantarse ante un colegio católico de niñas y entablar una conversación. Chicos que le aceleraban el ritmo del corazón con solo mirarlos, a los que no les diera miedo robar un beso de vez en cuando.

Keely se miró la falda de nuevo antes de bajarse de la cama. Agarró la mochila. Siempre se había esforzado por complacer a su madre, pero, poco a poco, se había dado cuenta de que no era la clase de chica que su madre deseaba. No podía seguir siendo una niña toda la vida. ¡Ya tenía casi doce años!, ¡estaba a punto de entrar en el instituto!

Y no podía ser siempre la hija obediente, no podía estar siempre recordando sus modales y la forma correcta de sentarse con falda o de tomar sopa con la cuchara. A veces le daba igual no pensar bien las cosas ni tomar las decisiones apropiadas.

Echó mano a la mochila y sacó una barra de labios. Sintió una náusea y, por un momento, creyó que vomitaría, tal como había hecho al salir de la droguería.

Su madre siempre le había dicho que la delicadeza de su estómago era una señal de Dios, que estaba intentando eliminar sus impurezas. Keely pensaba que se trataba de un castigo por dejar que sus impulsos controlaran su comportamiento. Pero tenía que reconocer que esa vez había ido demasiado lejos.

Había sido una apuesta y Keely era demasiado orgullosa y testaruda para no aceptarla. Su amiga Tanya Rostkowski la había retado a entrar en la droguería de Eiler y robar un pintalabios; de lo contrario, la expulsarían del grupo de las chicas «guays». Keely había sabido que era pecado, pero nunca decía que no a una apuesta, aunque tuviese que infringir la ley. Además, quería un pintalabios y si lo hubiera comprado con lo que ganaba en la pastelería, la señora Eiler se lo habría chivado seguro a su madre.

– ¡Keely Katherine McClain, te he hecho una pregunta! ¿Has terminado los deberes?

– Sí, mamá -gritó Keely. Otra mentira de la que tendría que confesarse, aunque no fuera nada en comparación con el pintalabios.

– Entonces lávate los dientes y métete en la cama.

– Mierda -gruñó Keely en voz baja y se arrepintió de la palabrota nada más hubo salido de sus labios.

Ya tenía palabrotas de sobra para la confesión del viernes. Mentir y robar le valdrían lo menos cinco padrenuestros y diez avemarías mi niña. Y el padre Samuel era muy severo con los malhablados. Aunque «mierda» no podía ser una palabrota, porque su madre lo decía constantemente… al menos cuando pensaba que Keely no podía oírla.

– Mierda, mierda, mierda -repitió mientras se desvestía y colgaba el uniforme escolar con el cuidado que su madre le exigía. Luego se puso un camisón de franela y se metió en la cama. Cuando se dio cuenta de que no se había lavado los dientes, abrió el cajón de la mesilla de noche y sacó un tubo de dentífrico que tenía escondido dentro. Se puso una pizca en la lengua e hizo una mueca de asco.

Siempre le funcionaba ese truco, salvo que su madre comprobase si el cepillo de dientes estaba húmedo. No era más que un gesto pequeño de rebeldía, pero Keely pensaba que sus dientes eran de ella y si quería que se le pusieran negros y se le cayeran a los veinte años, era decisión de ella y de nadie más.

Se incorporó en la cama y dobló el colchón para sacar su diario. La hermana Therese había pedido a sus alumnas que llevaran un diario para perfeccionar su redacción y el estilo escribiendo. Desde las primeras anotaciones hacía dos años, Keely no había dejado de escribir una sola noche.

Al principio había sido una especie de diario nada más, como una agenda, y cuando tenía algo verdaderamente interesante que escribir no podía hacerlo, por miedo a que su madre lo leyera. Así que llenaba el diario de dibujos e historietas, pequeños actos de rebelión. Dibujaba tartas de boda con formas absurdas y las coloreaba. Y pintaba vestidos finos, atrevidos, con vestidos cortos y escotes atrevidos. Y escribía poemas y cuentos románticos y apasionados. Y aunque les ponía otros nombres, cuando Keely leía los cuentos le parecía que eran un presagio de su propio futuro.

A veces, también escribía historias sobre su padre. Su madre nunca hablaba de Seamus McClain y Keely sospechaba que todavía no había superado su muerte. Así que Keely había tenido que inventarles un pasado. Un pasado romántico y maravilloso. Fiona McClain era la más trágica de las heroínas y su pesar era tan grande que ni siquiera podía conservar una foto de Seamus en casa.

– Seamus -murmuró al tiempo que escribía el nombre en la esquina de una hoja. Le parecía un nombre exótico. Keely se imaginaba a su padre con pelo oscuro, casi negro como el de ella. Y con ojos claros, entre verdes y dorados, del mismo color que veía en el espejo cada mañana. Se lo figuraba con un uniforme elegante, de botones brillantes y flecos de oro en los hombros. Y su bote pesquero era, en realidad, un barco enorme que atravesaba el océano.

– Una noche, cuando el barco de Seamus se aproximaba al puerto de Nueva York, una tormenta terrible azotó las aguas. Como buen capitán, Seamus ordenó a sus hombres que bajaran las velas para que el viento que soplaba del norte no los empujara contra los acantilados. Seamus permaneció al timón bajo la lluvia, pensando únicamente en la seguridad de los camareros que dormían en los camarotes – escribió Keely con caligrafía ininteligible. Releyó el párrafo y sonrió-. Pero el resplandor de un relámpago iluminó el mar. Seamus vio los restos de otro barco por la proa. ¡Se había estrellado contra los acantilados! En medio de la lluvia y la oscuridad, le llegó un grito suave de auxilio: «¡socorro!, ¡ayuda!». Seamus le entregó el timón al segundo de a bordo y corrió hacia la proa. Allí, debatiéndose en el agua, una mujer se aferraba a un trozo de madera del barco naufragado. «Tranquila», le dijo Seamus mientras se quitaba la chaqueta y la camisa de lino. Entonces se lanzó al agua helada y nadó hacia la chica… «¿Cómo te llamas?», le preguntó, retirándole el pelo de los ojos. «Soy la princesa Fiona», contestó la chica. «Y si me salvas, prometo casarme contigo y quererte…

– ¿Estás en la cama, Keely McClain? El grito la arrancó de su mundo de fantasías. Keely dio un respingo sobresaltada.

– Sí, mamá -respondió antes de continuar la historia-. Las olas se encresparon, pero Seamus no permitió que Fiona se ahogara. Nada más verla, supo que se había enamorado de ella. Su tripulación bajó una escalera por un lateral, pero el barco sufrió una sacudida y…

– ¿Te has lavado los dientes? -preguntó su madre y Keely suspiró teatralmente.

– ¡Por Dios del Cielo…! -Keely se paró a tiempo. Decir el nombre de Dios en vano podía costarle un rosario entero-. ¡Ahora voy! – contestó a gritos.

Retiró la colcha, salió de la cama y bajó corriendo al cuarto de baño. Se cepilló veinticinco veces de arriba abajo por los lados y treinta por delante.

Después de escupir y quitarse de la boca el sabor del dentífrico, Keely sonrió.

– Y mientras Seamus subía por la escalera a su flamante novia, la lluvia paró de pronto y la luna brilló entre las nubes. Bajo el cielo estrellado, Seamus se agachó y besó a Fiona, sellando su amor eterno y para siempre.

– Son casi las diez. Deberías estar en la cama.

Keely miró hacia el espejo y vio el reflejo de su madre, de pie a la entrada del baño. Llevaba un trapo de cocina en una mano y se estaba secando los dedos. Aunque tenía el pelo recogido en un moño tan sencillo como el vestido de casa que llevaba, a Keely seguía pareciéndole la princesa de sus fantasías, con esos ojos verdes brillantes y sus trenzas de color caoba.

– Lo siento, mamá.

Fiona McClain suspiró, luego entró en el baño. Estiró un brazo y acarició el pelo de Keely al tiempo que miraba el reflejo del espejo por encima del hombro de su hija.

– Te estás convirtiendo en una mujercita. Casi no te reconozco -Fiona le pasó un dedo por el flequillo-. Tenemos que cortarte este flequillo. Se te mete en los ojos. No puedes ir al colegio como un perrillo desgreñado.

Le gustaba el acento de su madre. Sonaba como las bellas baladas de amor irlandesas que Fiona ponía sin parar en el radiocasete. Keely había tratado de imitarla muchas veces, pero no lo conseguía.

– ¿Me parezco a papá? -preguntó Keely-. ¿Me parezco a Seamus McClain?

– ¿Qué?

Por un momento, vio el latigazo de dolor que asomó a los ojos de su madre. Luego desapareció tan rápido como había llegado. Hacía días que la notaba triste y callada, distante. Se pasaba las horas muertas mirando por la ventana, con la vista en la acera de entrada al edificio, como si estuviese esperando a alguien. Y apenas le preguntaba qué tal le había ido en el colegio cuando Keely regresaba de las clases. En días así, Keely tenía la certeza de que su madre estaba recordando a su difunto marido.

– ¿Has rezado? -le preguntó Fiona.

– Tres avemarías y un padrenuestro -mintió Keely. Ya cumpliría su penitencia más adelante-. Háblame de él, mamá.

– ¿Tres avemarías? -Fiona enarcó una ceja-. ¿Has hecho algo malo en el colegio?

– No, los he rezado de más. Para ahorrar tiempo cuando no me porte bien.

– Bueno, a la cama -dijo la madre al tiempo que daba una palmada. Keely corrió al cuarto y se tapó con la colcha. Fiona se sentó en el borde del colchón, le dio un beso en la frente. Por primera vez en casi dos días, sonrió-. Mañana tengo que madrugar. Tengo que preparar la tarta para la boda de Barczak. De tres pisos, con una fuente en medio. Si eres buena, te dejaré que me acompañes el sábado cuando entreguemos la tarta.

Había sido uno de sus pasatiempos favoritos cuando era más pequeña, pero ya solo era un deber, una tarea que le robaba tiempo de estar con sus amigos los sábados por la tarde. Aun así, no protestó. Notaba tan decaída a su madre que estaba dispuesta a hacer lo que fuera para animarla.

– ¿Podremos ver a la novia? -preguntó Keely, como cuando era una niña.

– Sí. La novia quiere que cortemos la tarta y la ayudemos a servir -Fiona subió la sábana hasta la barbilla de su hija-. Ahora duérmete. Que sueñes con los angelitos.

– ¿Y papá? -insistió Keely-. Siempre decías que me hablarías de él cuando fuese mayor y ya soy mayor. Casi tengo trece años y trece años es suficiente para preguntar por mi padre.

Fiona McClain bajó la cabeza, se miró las manos y retorció el trapo de cocina.

– Ya te lo he dicho: murió en un accidente en el mar y…

– No -interrumpió Keely-. Háblame de él. ¿Cómo era?, ¿era guapo?, ¿divertido?

– Era muy guapo -Fiona no pudo evitar sonreír-. Era el chico más guapo de Cork. Todas las chicas de Ballykirk estaban locas por él. Pero procedía de una familia humilde y la mía tenía algo de dinero. Mi padre no quería que me casara con él. Lo llamaban paleto, pueblerino, aunque nosotros también vivíamos en el campo. Pensaban que era de una clase más baja.

– Pero os casasteis -contestó Keely-, porque lo querías.

– No tenía un centavo, pero sí muchos sueños. Al final conseguí convencer a mi padre de que no podía vivir sin él y nos dio su bendición.

– ¿Qué más? -preguntó Keely.

– ¿Qué más?

– ¿Qué cosas le gustaban?, ¿qué se le daba bien?

– Le gustaba contar cuentos, historias. Contaba unas historias increíbles. Tenía un pico de oro, sí. Así me conquistó, con su pico de oro.

¡Vaya!, ¡aquello sí que era nuevo! Keely sintió una especie de conexión con ese padre al que jamás había visto. A ella también le gustaba contar historias y todas sus amigas le decían que se le daba muy bien.

– ¿Recuerdas alguna de esas historias?, ¿puedes contármela?

– Keely, no puedo…

– ¡Sí que puedes! Seguro que te acuerdas -insistió Keely-. Cuéntame una.

– No puedo -Fiona sacudió la cabeza, sintió que los ojos se le arrasaban de lágrimas-. Era tu padre el que sabía contar historias. Yo no. Yo solo sabía creérmelas.

Keely se incorporó y estiró los brazos para dar un abrazo fuerte a su madre.

– Está bien. Me basta saber que contaba buenas historias para imaginármelo mejor.

Fiona le dio un beso en la mejilla. Luego le apagó la lámpara de la mesilla.

– Que duermas bien -le dijo y, entre las sombras, a Keely le pareció advertir una lágrima escurriendo por la mejilla de su madre.

Esta salió de la habitación y le cerró la puerta. La luz de una farola se filtraba por la ventana.

– Contaba historias -murmuró Keely-. Mi padre sabía contar historias.

Y aunque solo era un trocito de información sobre Seamus McClain, de momento se conformaba. Porque le permitía comprender un poco mejor cómo era ella misma. Quizá no estaba destinada a ser la niña buena que su madre esperaba. Quizá se parecía más a su padre, un hombre atrevido, aventurero, soñador y valiente.

Keely suspiró. A pesar de todo, en el fondo de su corazón sabía que, fuese quien fuese, su padre no la felicitaría por haber robado el pintalabios de la droguería de Eiler. Antes de dormirse, Keely se juró que lo devolvería a la mañana siguiente.

Capítulo 1

Un golpe de viento azotó la cara de Keely McClain. Estaba de pie, aspirando el aire impregnado de sal. A sus pies, el mar rompía contra las rocas escarpadas del acantilado. Arriba, las nubes se deslizaban por el cielo, proyectando sombras sobre las colinas. Keely recordó el cuento de hadas que había garabateado de pequeña en su diario, la romántica fantasía de cómo se habían conocido sus padres durante una tormenta en el mar.

Levantó la barbilla hacia la brisa y se dejó envolver por el hechizo misterioso de Irlanda. Una y otra vez, había tenido la sensación de pertenecer a aquel lugar en el que nunca había estado. Esas tierras habían visto crecer a su madre y a su padre. Tierras verdes y frescas, embellecidas por una luz sobrenatural que dotaba a cualquier paisaje de un aire mágico. Casi podía creer en los duendes, gnomos, trasgos y demás seres fabulosos que poblaban la isla.

Keely se giró hacia el círculo de piedra. Estaba señalado en el mapa de carreteras y, aunque estaba ansiosa por llegar a la pequeña ciudad en la que había vivido su madre, había decidido dar un pequeño rodeo.

Había seguido un camino estrecho, desviación de la autopista, conduciendo el coche que había alquilado entre setos fucsia y grandes murallas de coníferas. Y cuando el cielo había reaparecido, se había encontrado en otro lugar maravilloso, un prado vasto sobre el mar, en el que las vacas pacían tranquilamente. Cerca del borde del acantilado se alzaba un círculo de piedra bajo los rayos silenciosos del sol, un monumento a la historia pagana de Irlanda.

En Nueva York apenas prestaba atención a los alrededores, a los árboles escuálidos, los pequeños jardines de césped pisoteado, los edificios de ladrillo que flanqueaban la calle de East Village, donde vivía. Pero ahí, la naturaleza era tan hermosa que era imposible no admirar su belleza. Echó un último vistazo, tratando de almacenar cada detalle, cada olor y cada sonido, antes de volver al coche.

No había planeado ir a Irlanda. Estaba en Londres, dando un seminario con un famoso repostero francés, enseñando nuevas técnicas para modelar el mazapán. Desde que se había hecho cargo de la pastelería de Anya y su madre, se había convertido en una de las diseñadoras de tartas más reconocidas de la Costa Este, gracias a la originalidad y variedad de presentaciones.

Trabajaba tanto que nunca encontraba el momento de tomarse unas vacaciones, de modo que había decidido reservarse unos días para unas vacaciones de trabajo. Entre un seminario y otro, había visto algunos musicales en la Costa Oeste, había buscado moldes de repostería antiguos en el mercado de Portobello y había visitado todos los lugares turísticos de interés.

Pero un impulso la había hecho alejarse del tumulto de la ciudad, montarse en un tren que, atravesando Inglaterra y Gales, la había llevado hasta un ferry que había terminado atracando en la ciudad de Rossiare. El día anterior, desde la cubierta del ferry, había visto Irlanda por primera vez y, desde ese momento, había notado algo en lo más profundo de su ser, como si de pronto hubiese descubierto una faceta de sí misma que había estado oculta hasta entonces.

Ya no era una ciudadana estadounidense o neoyorquina nada más. Esa tierra formaba parte de su legado, corría por sus venas, lo sentía con cada latido del corazón. Keely sonrió mientras abría la puerta. Aunque no se acostumbraba a conducir por el lado contrario de la carretera, empezaba a desenvolverse callejeando por los senderos y las calles estrechas que comunicaban unos pueblos con otros. Se sentía casi como en casa.

Empezó a chispear y Keely se resguardó en el coche. Dio la vuelta con cuidado y enfiló de vuelta hacia el sendero, ansiosa por llegar al pueblecito que había señalado en el mapa. Ballykirk estaba a solo unos pocos kilómetros de distancia, suficientes para ir poniéndose nerviosa a medida que se acercaba. No le había contado a su madre su decisión de ir a Irlanda, al condado de Cork. Sabía que habría tratado de disuadirla. Pero su madre nunca le había explicado a qué se debía aquel desapego y Keely no había podido resistirse a aquella corazonada. Además, hacía mucho que no se dedicaba a complacer a su madre. No vestía ni se comportaba como era debido. Y tampoco estaba viajando debidamente.

– El pasado, pasado está -habría dicho Fiona.

Con los años, Keely había querido saber más cosas sobre el pasado de sus padres. Y cuanto más preguntaba, más se había negado su madre a hablar sobre su padre, Irlanda o familiares a los que Keely no había llegado a conocer. Pero Keely recordaba un dato:

Ballykirk, el lugar donde su madre había nacido, un pueblito situado en la costa sudoeste, cerca de la bahía de Bantry.

– Lo descubriré por mi cuenta -Keely buscó en la carretera las indicaciones que había apuntado en un mapa dibujado a mano. Había encontrado el apellido en un listín telefónico del mercado de una ciudad cercana: Quinn, el apellido de soltera de su madre. Maeve Quinn era la única Quinn de Ballykirk y al preguntar a un dependiente anciano del mercado si Maeve Quinn era pariente de la Fiona Quinn que se había casado con Seamus McClaine hacía unos veinticinco años, el hombre la había mirado desconcertado y se había rascado la cabeza antes de encogerse de hombros.

– Maeve lo sabrá -murmuró mientras le dibujaba un mapa del camino que debía seguir para llegar a casa de Maeve.

La había encontrado justo donde le había indicado el dependiente. Era una casa de campo próxima a la carretera, con un rosal en arco encima de la entrada. Keely pensó que la casa debía de llevar muchos años en aquel preciso lugar. Un jardín lleno de flores silvestres se extendía por delante, cubriendo casi por completo el camino de adoquines que conducía hasta la puerta. ¿Habría vivido allí su madre?, ¿habría cortado las flores de aquel jardín? ¿O se había pasado de largo la casa de su padre? ¿Estaría quizá en la colina siguiente?

Keely permaneció dentro del coche, imaginándose a su madre de niña: corriendo por el césped, con una diadema de margaritas en la cabeza, persiguiendo mariposas por la carretera. Exhaló un suspiro y salió del coche, ansiosa por echar un vistazo más de cerca.

Mientras se acercaba al muro de piedra que rodeaba la casa, se abrió la puerta de entrada. Keely vaciló. Por fin, decidió explicar quién era, con la esperanza de que Maeve Quinn le diera alguna noticia de su familia.

Era una anciana esbelta, de pelo canoso, con un vestido de flores colorido. Sacó una mano, como comprobando que llovía, y la saludó:

– Pasa, cariño -le dijo, invitándola a entrar-. Jimmy me ha llamado del mercado y me ha dicho que venías. Estoy deseando conocerte.

Keely traspasó el arco de rosas, animada por el cálido recibimiento.

– No quisiera molestar. Soy Keely Me…

– Sé perfectamente quién eres -se adelantó la mujer con marcado acento irlandés-. Eres la niña de Fiona y Seamus. Eres de la familia y has venido desde el otro lado del océano. Pasa, pasa. No sabes las ganas que tengo de tomar una taza de té contigo. Soy Maeve Quinn, prima de tu padre Seamus, así que soy tu… ¿cómo se dice? Da igual, como sea -finalizó agitando la mano.

Keely dudó. La mujer debía de haberse equivocado. Maeve era una Quinn, de modo que debía ser familia de su madre, no de Seamus. Quizá ni siquiera fueran parientes en realidad.

– Me parece que se confunde -dijo Keely-. Mi madre era Fiona Quinn.

– Sí, sí. Y se casó con mi primo Seamus Quinn. Era una McClain, de los McClain que vivían en la casona de Topsall Road -dijo Maeve con una sonrisa que le iluminaba los ojos-. Era la chica más guapa del pueblo, de una familia de bien. Recuerdo que estuve en la boda. ¿Cómo está? No he vuelto a oír nada de ella desde que sus padres murieron hace unos años. Ni de Seamus, ya que estamos. Aunque tú no te acordarás de tus abuelos. Debías de ser muy pequeña cuando murieron. Donal y Katherine, Dios los tenga en su gloria, se amaron hasta el mismo día en que la muerte los separó. Donal la quería tanto que se murió una semana después que ella. Con el corazón partido dicen muchos.

– ¿Donal y Katherine? -Keely se sentó en una silla mientras trataba de asimilar toda la información. ¡Katherine era su segundo nombre! Aunque, claro, hacía más de veinticinco años que sus padres se habían marchado a Nueva York. No era de extrañar que la anciana mezclara los nombres de unos y otros.

– Voy por el té -dijo Maeve-. Justo estaba hirviendo agua -añadió mientras desaparecía por la parte trasera de la casa.

Keely miró a su alrededor: el salón estaba ordenado, había tapetes decorativos hechos a mano, figuritas de cristal, cuadros de paisajes y cojines bordados. Aquí y allá encontraba baratijas que le recordaban a la casa de su madre. Nunca había sabido que tuvieran origen irlandés.

– Ya está -Maeve regresó con una bandeja, la colocó sobre la mesita que estaba frente a Keely y le sirvió una taza-. Té y un poco de bizcocho. ¿Leche o limón? -le preguntó…

– Leche, por favor -Keely agarró el platito con la taza y el trozo de bizcocho con frutas-. Hay una cosa que no me cuadra. De mis padres. Mi madre se llama Fiona Quinn y mi padre Seamus McClain. Quizá sea coincidencia, pero…

– No, cariño. Debes de estar confundida.

– ¿Cómo voy a confundirme? -contestó exasperada Keely-. Son mis padres. Maeve frunció el ceño, se puso de pie.

– No sé, me haces dudar, pero juraría… – Maeve cruzó el salón, abrió una vitrina y sacó un álbum de cuero. Luego regresó junto a Keely, se sentó a su lado y abrió la foto-. Aquí están.

Keely contempló la foto. Su madre nunca había guardado fotos por casa. Y a ella nunca la había extrañado hasta que ya era mayor y había empezado a preguntar por su difunto padre y sus abuelos, ansiosa de pronto por tener alguna prueba de su existencia. A veces había llegado a sospechar que era adoptada o la habían secuestrado unos piratas o la habían abandonado en una cesta en la puerta de alguna iglesia…

Se quedó hipnotizada al ver a la bella jovencita que posaba junto al mar. Era su madre, no cabía duda.

– Es Fiona Quinn -dijo apuntando a la foto.

– Sí. Y este es tu padre, Seamus Quinn.

– ¿Mi padre? -preguntó Keely casi sin voz-. ¿Este es mi padre?

– Siempre fue un hombre atractivo -dijo la anciana-. Todas las chicas del pueblo estaban locas por él. Pero Seamus solo tenía ojos para tu madre y, aunque los padres de ella no aprobaban el matrimonio, nada pudo detenerlos. Supongo que seguirá igual de deslumbrante, aunque tendrá el pelo gris más que negro.

Keely sintió que el corazón le daba un vuelco, se quedó pálida. Su padre estaba muerto. ¿Acaso no se había enterado la anciana? Llevaba muerto muchos años, desde poco después de que ella naciera. Su madre debía de haber informado con una carta o una llamada telefónica. Aunque quizá Maeve hubiera borrado de la cabeza la muerte de su primo. Por otra parte, no parecía que a la anciana le fallara la memoria. En cualquier caso, Keely decidió dejar pasar de largo el comentario. Por si acaso, no quería arriesgarse a que su nueva prima sufriese un infarto al enterarse del triste destino de Seamus McClain.

De modo que continuó mirando la única imagen que jamás había visto de su padre. Era guapo, de pelo oscuro y facciones finas. Si se lo hubiera cruzado por Nueva York, habría girado el cuello para mirarlo. Por fin podía ponerle un rostro al nombre de su padre.

– Sí que es guapo, sí -murmuró Keely.

– Todos los Quinn lo eran. Y creo que ellos lo sabían -dijo Maeve-. Mira, aquí hay otra foto de ese mismo día. Me parece que fue el día que se marcharon a Estados Unidos. La hicieron con los chicos. Recuerdo que costó horrores conseguir que se estuvieran todos quietos para la foto.

– ¿Los chicos? -preguntó Keely mientras seguía el dedo de Maeve cuando esta pasó a la siguiente página del álbum.

– Y aquí están otra vez -dijo Maeve, señalando otra foto.

Keely miró aquellos rostros descoloridos por el paso del tiempo. En esa fotografía, Fiona y Seamus estaban rodeados por cinco chicos de diversas edades y estaturas.

– ¿Son tus hijos? -preguntó Keely y Maeve soltó una risotada mientras sacaba la foto del álbum.

– ¿No los reconoces? Son tus hermanos. A ver si me acuerdo: el mayor era Conor. Luego estaban Brendan y Dylan, aunque no sé cuál de estos dos es mayor. Supongo que ya estarán todos casados, habrán formado sus propias familias. Y estos son los gemelos… ¿Cómo se llamaban? -Maeve le acercó la foto a Keely-. Creo que tu madre estaba embarazada. Esa de ahí debes de ser tú -añadió apuntando a la tripa embarazada de Fiona.

Keely se levantó. Tenía que tratarse de un error. Aquella no era su familia. No era su vida. Ella no tenía hermanos, ¡era hija única!

– Tengo que irme -murmuró aturdida-. Ya te he entretenido mucho tiempo.

– Ni siquiera te has terminado el té. Por favor, quédate un rato más.

– Puede que vuelva mañana -contestó Keely, impaciente por quedarse sola y pensar en lo que Maeve acababa de revelarle.

– Está bien. Pero ten: llévatela -dijo la anciana al tiempo que le acercaba la foto a Keely. Esta la aceptó con recelo, la guardó en el bolso y echó a correr hacia la puerta.

– Hasta mañana -se despidió mientras salía a la lluvia ligera que había empezado a caer.

Cuando llegó al coche, la cabeza le daba vueltas. Estaba desconcertada. Quería creer que Maeve Quinn era una ancianita senil, incapaz de recordar los hechos. Pero algo le decía que Maeve estaba en plena posesión de sus facultades mentales y que era ella la que se confundía.

Keely arrancó y maniobró para salir a la carretera, pero le latían las sienes, tenía el estómago revuelto. Al sentir un acceso de vómito, tuvo que pisar los frenos y abrió la puerta para airearse. Salió del coche, respiró profundo. Al cabo de más de un minuto, cuando por fin se le asentó el estómago, se llevó una mano a la frente.

¡Maldita fuera!, ¿por qué tenían que pasarle siempre esas cosas! Si no fuese tan impulsiva… Y, sin embargo, no se arrepentía de aquel viaje. Irlanda le había descubierto un pasado desconocido, un pasado que su madre le había ocultado durante años y sobre el que podía haberle mentido incluso. Pero estaba determinada a averiguar la verdad, ya fuera allí o de vuelta en Estados Unidos. Con paso indeciso, volvió a meterse en el coche.

Keely sacó la foto del bolso y la miró con atención. Las caras de los cinco chicos le resultaban de lo más familiares. Si no eran sus hermanos, era evidente que guardaban algún tipo de parentesco con ella. Pasaron varios minutos hasta que consiguió apartar la vista de la fotografía, cuando un golpecito en la ventana la sobresaltó. Keely se giró y se encontró a un anciano de sonrisa mellada. No pudo evitar pegar un pequeño grito.

– ¿Se ha perdido? -preguntó él.

– ¿Qué? -Keely bajó la ventanilla unos centímetros.

– ¿Se ha perdido? -repitió el anciano.

– No -dijo Keely.

– Parece perdida -insistió él.

– Pues no lo estoy.

El hombre se encogió de hombros y echó a andar carretera abajo. Apenas se había alejado unos metros cuando Keely salió del coche:

– ¡Espere! -lo llamó. El hombre se giró hacia Keely y metió las manos en los bolsillos del mono-. ¿Hace mucho que vive en este pueblo?

– Toda la vida -contestó el anciano-. No mucho. Pero suficiente.

– Si quisiera averiguar algo sobre una familia que vivía aquí, ¿a quién tendría que preguntar?

– A Maeve Quinn. Lleva aquí desde…

– Aparte de ella -lo interrumpió Keely. El hombre se rascó la barba. Luego la calva de la cabeza.

– Intente en la iglesia -le sugirió-. El padre Mike es nuestro pastor desde hace casi cuarenta años. Ha casado, enterrado y bautizado a todos los enamorados, difuntos y bebés del pueblo.

– Gracias -dijo Keely-. Hablaré con él.

Luego volvió al coche. Pero, una vez dentro, no supo si arrancar. ¿De verdad quería conocer la verdad?, ¿o sería mejor hacerse a la idea de que Maeve Quinn había perdido la cabeza? Claro que la versión de la anciana explicaría algunas cosas. ¿Cuántas veces se había encontrado a su madre ensimismada en quién sabía qué pensamientos, con una expresión de dolor en el rostro? ¿Y por qué se negaba a hablar del pasado si no era porque se había inventado un pasado falso? ¿De veras tenía cinco hermanos? Entonces, ¿por qué se había separado su madre de cinco niños huérfanos de padre?

Se le paró el corazón. ¿Acaso seguía vivo su padre?, ¿sería posible? ¿Formaría el accidente pesquero parte de una gran mentira? Keely sintió una nueva náusea. Eran tantas preguntas sin respuesta.

Solo podía hacer una cosa. Primero, confirmar que Maeve le había dicho la verdad. En tal caso, volvería a Estados Unidos en el primer avión. Tenía unas cuantas preguntas y Fiona McClain, ¿o sería Fiona Quinn?, era la única persona que podía darles respuesta.

Una nube de humo flotaba en el Pub de Quinn. La cerveza corría, la música sonaba a todo volumen, las discusiones se sucedían. Rafe Kendrick estaba sentado al final de la barra, delante de una Guinness caliente. Era una posición estratégica, con suficiente intimidad para pensar y que, al mismo tiempo, le permitía observar a los clientes… y a los hombres que atendían al otro lado de la barra.

Para eso había ido a Boston, para echarles un ojo a los Quinn. Si las cuentas no le fallaban, eran siete en total: seis hermanos y el padre, Seamus Quinn. El director de seguridad de Kencor le había proporcionado un expediente entero sobre cada uno de ellos, con toda clase de detalles sobre sus vidas. Pero Rafe Kendrick siempre había creído que lo mejor era estudiar al enemigo de cerca, para aprender de primera mano sus defectos y debilidades.

Para explotar mejor tales debilidades.

Por suerte, toda la familia pasaba bastante tiempo en el pub. En los últimos meses, en las tres visitas que había realizado, había tenido ocasión de sobra para observar a cada uno de ellos. Conor, el agente de antivicio, era un hombre serio, tranquilo y responsable, aunque no siempre respetaba las reglas. Dylan, el bombero, era sociable y extravertido, la clase de hombre que se reía del peligro y cualquier otra cosa. El tercer hermano, Brendan Quinn, se ganaba la vida como escritor y parecía ser el más reservado de los tres. Rafe había leído dos de sus novelas de aventuras y se había enganchado con las tramas. Se había quedado sorprendido con el talento del autor.

Claro que el éxito profesional de todos ellos no era comparable con el que tenían con las damas. Una procesión interminable de mujeres entraba sin parar en el pub, todas dispuestas a captar la atención de alguno de los solteros Quinn. Si los mayores no parecían interesados, todavía les quedaban tres candidatos: Sean, Brian y Liam Quinn.

Al igual que sus hermanos mayores, gozaban de la aprobación de las mujeres y coqueteaban con muchas de ellas. Rafe se había divertido observando aquellos devaneos, las insinuaciones disimuladas, los movimientos de avance y retroceso, el desenlace final, cuando uno de los hermanos salía del bar acompañado. Pero nunca los habían visto dos noches seguidas con una misma mujer.

Por otra parte, a Rafe no le parecía que esto fuese una debilidad, pues su relación con las mujeres era similar. Había estado con muchas, aunque no eran como las del Pub Quinn. Procedían de círculos distinguidos y no eran tan descaradas en sus intenciones ni mostrando sus atributos físicos. Eran mujeres acostumbradas a disfrutar de hombres ricos, valoraban el dinero y sabían sacar partido de cada romance. Cuando Rafe estaba demasiado ocupado o aburrido de salir con ellas, lo aceptaban sin dramatismo y no tenían el menor problema en buscarse a otro.

Rafe se sorprendió mirando a una mujer situada en el otro extremo de la barra, la cual había estado coqueteando con Dylan Quinn hasta que este se había fijado en su acompañante. Rafe desvió la mirada, aunque no a tiempo. Segundos después, la mujer tomó asiento en la banqueta pegada a la de él y dejó caer su rubia melena por encima de uno de los hombros. Sacó un cigarro, se lo llevó a la boca y se inclinó hacia delante, ofreciendo una vista generosa del escote. Rafe sabía lo que procedía. Pero no estaba interesado, de modo que se limitó a acercarle una cajetilla de cerillas, lanzándola sobre la barra.

– Soy Kara -murmuró ella con una sonrisa radiante-. ¿Echamos un billar?

– No juego al billar -Rafe no se molestó en devolverle la sonrisa.

– ¿Una partida de dardos? -propuso entonces, permitiéndose la libertad de rozarle la manga con una mano.

Rafe negó con la cabeza. Luego miró alrededor.

– Estoy seguro de que en este bar habrá muchos hombres encantados de hacerte compañía… Kara. Pero yo no soy uno de ellos.

Parpadeó sorprendida. Luego, muy digna, se levantó de la banqueta y regresó con sus amigas al otro extremo de la barra.

– ¿Otra Guinness?- Rafe levantó la vista de su cerveza caliente.

El patriarca de los Quinn estaba frente a él, con un trapo al hombro. Un mechón de pelo gris le caía sobre la frente. Las arrugas del rostro daban cuenta del paso de los años bajo el sol del mar-. ¿O prefieres picar algo? La cocina cierra en quince minutos -lo advirtió Seamus.

– Un whisky -pidió Rafe, echando a un lado la cerveza-. Solo.

Seamus asintió con la cabeza y fue por la bebida. Rafe lo miró con frialdad. ¿Cuántas veces había oído el nombre de Seamus Quinn? Su madre lo repetía como si fuese un mantra, como si tuviera que recordarse constantemente que su marido estaba muerto… por culpa de Seamus Quinn.

Rafe alzó la mirada cuando el hombre volvió con la botella. Le costaba contener el odio que sentía, pero debía controlarse. Dejarse llevar por un arrebato temerario no formaba parte de los planes que tenía para los Quinn. No sería inteligente llamar la atención sobre sí mismo tan rápido.

– ¿Recién llegado? -le preguntó Seamus, acodado sobre la barra.

– Hace tiempo que vivo en Boston -contestó Rafe, negando con la cabeza, tras darle un sorbo al whisky.

– Conozco a casi todo el vecindario -dijo Seamus, mirándolo con desconfianza-. Y tu cara no me suena.

– Tengo… un negocio por aquí -respondió Rafe.

– Ah… ¿Y a qué te dedicas?

– A atar cabos sueltos -contestó encogiéndose de hombros. Apuró el último trago de whisky, se levantó, sacó la cartera del bolsillo de la chaqueta y dejó un billete de veinte dólares en la barra-. Quédate con el cambio – añadió antes de girarse hacia la puerta.

Una vez fuera, caminó bajo la noche de septiembre por calles tenuemente iluminadas por las farolas. Aunque el Pub Quinn estaba en una parte peligrosa de la ciudad, a Rafe no le daba miedo. Había crecido en la calle y había aprendido a defenderse, primero con los puños, luego con el cerebro y, por último, con su dinero.

Mientras caminaba hacia el coche, pensó en el chico que había sido de pequeño, alegre y despreocupado, seguro del amor de sus padres. Todo había cambiado un día de otoño muy parecido a aquel. Todavía se descomponía al recordar a los amigos de su padre, los compañeros de bote de Sam Kendrick, subiendo las escaleritas del porche de la casa en la que vivían en Gloucester.

No había hecho falta que hablaran. A Rafe le había bastado con mirarlos. Aun así, había escuchado los detalles sobre el desafortunado accidente que había acabado con la vida de su padre en el mar. Se había tropezado con una cuerda y se había caído por la borda del Increíble Quinn, el bote de Seamus Quinn. Cuando consiguieron rescatarlo ya estaba muerto. Ahogado. Como cualquier hijo de pescadores, Rafe sabía los peligros a los que su padre se exponía, pero no podía creerse que hubiese cometido un error tan estúpido.

Aquel día había marcado el final de la infancia de Rafe. Lila Mirando Kendrick, de por sí débil de mente y de salud, no había encajado bien la noticia. Aunque siempre había lamentado que su marido fuese pescador, había querido mucho a Sam Kendrick. Formaban una pareja rara, el estadounidense pendenciero y la delicada portuguesa. Pero se habían adorado y Lila no había soportado su pérdida. La poca estabilidad emocional que le quedaba se vino abajo junto con la estabilidad financiera familiar.

Rafe se había puesto a trabajar de inmediato para ayudar a su madre con dinero. Tenía nueve años y se había ocupado como recadero y recogiendo cartones hasta que había podido obtener un permiso de trabajo de verdad. Después había aceptado cualquier empleo en el que cobrara, al menos, el salario mínimo. Trabajó en la construcción para pagarse la universidad, luego realizó una inversión en el mercado inmobiliario y multiplicó el dinero que había arriesgado.

A los veinticinco años tenía más de un millón de dólares y ya con treinta y tres había acumulado más dinero del que jamás podría gastar. Suficiente para llevar una vida más que desahogada. Suficiente para comprar todo cuanto su madre necesitase. De sobra para hacer de la venganza un objetivo sencillo. Al fin y al cabo, para eso había ido al Pub Quinn: para vengar la muerte de su padre y el duelo de su madre.

Rafe se giró hacia el pub y miró los neones que iluminaban las ventanas del local. No estaba seguro de por qué necesitaba hacerlo. Un loquero diría que era una válvula de escape a la rabia reprimida durante la infancia. Pero Rafe no creía en la psiquiatría, a pesar de que se había gastado una fortuna en psicólogos para atender a su madre. Pero sus motivos eran mucho más simples.

Quería encontrar la forma de quitarle algo a Seamus Quinn, igual que este le había quitado algo a él. Ojo por ojo, ¿no era así la ley? Quizá consiguiese quitarle el pub. O se vengaría por medio de alguno de sus hijos. Tal vez hallara la prueba que necesitaba para encarcelar a Quinn por el asesinato de Sam Kendrick.

De un modo u otro. Rafe estaba decidido a vengarse. Una vez que se liberara de los demonios que lo atormentaban, quizá pudiera seguir adelante con su vida.

Las luces de Nueva York titilaban contra un manto de noche negra. Keely miró por la ventana del 747, apoyando la mejilla sobre la superficie fría de la ventana. Había dejado Irlanda cinco horas atrás y, en algún punto en medio del Atlántico, había comprendido que su vida había cambiado para siempre.

Su visita al pastor de la parroquia había resultado más esclarecedora todavía que el té con Maeve Quinn. Aunque no había podido decirle si su padre seguía vivo, Keely había salido con la convicción de que, en alguna parte del mundo, tenía cinco hermanos, si no seis. El bebé del que su madre había estado embarazada al irse de Irlanda tendría más de un año más que Keely. No quería ni pensar que se tratara de una niña y su madre le había ocultado una hermana todos esos años.

Una vez más, recordó todas las historias románticas que había inventado sobre sus padres, su amor inquebrantable, el trágico accidente en el que Seamus Quinn había perdido la vida, el duelo de su madre. ¿Qué había ocurrido? Si su padre no estaba muerto, en algún momento tenía que haber intentado ponerse en contacto con ella, ¿no?

– Así que no, no está vivo. Esa parte sí es verdad -se dijo Keely-. Si lo estuviese, habría intentado conocerme -decidió.

Seamus Quinn había muerto y había dejado a su madre viuda, a cargo de cinco hijos, quizá seis. No había podido cuidar de ellos y… ¿los había llevado a un orfanato? Eso explicaría las tardes melancólicas de su madre. Pero, ¿por qué no se lo había contado? Y por qué, tras asegurarse un trabajo en la pastelería, no había intentado recuperar a sus hijos?

Keely suspiró, se frotó las sienes para aliviar el dolor de cabeza que se le estaba levantando.

– ¿Está bien?

Keely se giró hacia el empresario que viajaba a su lado en primera clase. Ni siquiera había notado su presencia, de absorta que había estado en sus pensamientos las cinco horas.

– No -contestó.

– ¿Quiere que llame a la azafata?

– No hace falta -Keely se obligó a sonreír-. Se me pasará en cuanto aterricemos.

– Yo también estoy deseando llegar a casa -comentó él-. No sé usted, pero yo odio los viajes. Por Estados Unidos no, pero uno tan largo… Los hoteles son pequeños, la comida es malísima. Además…

Keely siguió sonriendo mientras el hombre parloteaba, pero no oyó ni una sola de sus palabras.

Sacó la fotografía del bolso y la miró. ¿Dónde estarían sus hermanos?, ¿los habrían separado después de morir su padre?, ¿la recordarían o eran demasiado pequeños cuando la apartaron de ellos?

Eran guapos de niños, pensó sonriente, y seguro que se habían convertido en hombres guapos.

– Conor, Dylan, Brendan -murmuró-. Brian y Sean.

– ¿Es tu familia?

– ¿Qué?

– ¿Tu familia? -repitió el comerciante, apuntando hacia la foto.

– No -dijo Keely. Tragó saliva y volvió a esbozar una sonrisa forzada-. O sea, sí. Es mi familia. Mis hermanos. Y mis padres.

El hombre le tomó la foto y Keely tuvo que contener el impulso de quitársela y guardarla donde estuviera a salvo. De momento, la foto era su única pista. Todo cuanto tenía. No se hacía a la idea de tener una familia, pero quería conocer a esos hermanos que había perdido. Quería saber lo que le había pasado a su padre de verdad y por qué había tenido que crecer como si fuese hija única.

Había ido a Irlanda creyendo saber quién era. Había estado contenta con su vida. Pero de pronto era más que Keely McClain: era hermana de cinco hombres y la única hija de un padre al que no conocía. Era una Quinn.

Pero también era menos. Todo cuanto había creído había resultado desmentido en unas pocas horas. Todos los recuerdos de su infancia estaban teñidos por la traición de su madre. La mujer a la que creía conocer mejor que a nadie en el mundo se había convertido en un enigma.

– Damas y caballeros, nos aproximamos al aeropuerto J.F.K. Aterrizaremos en quince minutos.

La azafata se inclinó, agarró la copa de vino de la bandeja de Keely y le pidió que se abrochase el cinturón de seguridad. El comerciante le devolvió la fotografía y ella sintió un hormigueo en el estómago. Por un momento, pensó que le entrarían ganas de vomitar, como al salir de la casa de campo de Maeve Quinn. Sacó la bolsa de emergencia para las personas que se mareaban, pero no estaba dispuesta a pasar la humillación de devolver delante de todos los pasajeros de primera clase.

Keely se levantó y fue corriendo al baño. Aunque la azafata trató de impedírselo, consiguió sortearla y se encerró dentro. Luego, apoyándose en el lavabo, respiró profundo e intentó serenarse. ¡Era la segunda vez que le pasaba! Hacía años que los nervios no le afectaban al estómago. Pero, de pronto, parecía al borde de un ataque de pánico, con arcadas cada dos por tres.

– Tranquila -se dijo mientras se miraba al espejo-. Sea cual sea la verdad, saldrás adelante.

Se echó un poco de agua en la cara y se pasó los dedos por el pelo, negro y corto. No había avisado a su madre de que adelantaba la vuelta. Ni siquiera se le había ocurrido hasta ese momento. Una vez que aterrizaran, decidiría cómo abordar a Fiona.

– ¿Señorita? -llamaron a la puerta-. Estamos a punto de aterrizar. Tiene que ir a su asiento.

– En seguida -Keely cerró los ojos, respiró hondo, compuso una sonrisa forzada antes de abrir.

Encontró su asiento segundos antes de que el avión se posara sobre la pista del aeropuerto. La siguiente hora transcurrió en una nebulosa. Estaba agotada física y emocionalmente. Pasó la aduana como una autómata. Al guardar el pasaporte, se preguntó si no estaría entrando en el país ilegalmente. Al fin y al cabo, en realidad no se llamaba Keely McClain, sino Keely Quinn. Luego arrastró el equipaje con un carrito hasta la parada de taxis.

Le indicó la dirección de su casa al conductor, pero un minuto después pensó que sería inútil. No conseguiría pegar ojo hasta haber hablado con su madre.

– No -se corrigió-. Lléveme al 210 de East Beltran, en Prospect Heights. La avenida del Atlántico está en obras, así que vaya por Linden.

Keely se recostó en el respaldo, sabedora de que el trayecto podía ser espantosamente largo si las calles estaban embotelladas. Por suerte no fue así y media hora después Keely bajó del taxi. La pastelería tenía un aspecto muy distinto al de cuando era una niña. Con los años, había modernizado la fachada; en la puerta, en un letrero de diseño, podía leerse: Repostería McClain.

Anya le había vendido el negocio a Fiona después de jubilarse, años atrás. De modo que esta y Keely se habían hecho cargo del negocio. Finalizado el instituto, Keely había ingresado en la Academia Pratt de Bellas Artes para desarrollar su talento artístico como diseñadora y escultora. Y hacía cuatro años que había asumido el peso del día a día en la repostería. Hacía solo un año, tras empezar a despuntar como diseñadora de tartas, se había independizado, trasladándose a un estudio en un barrio de moda de East Village. Pero los preparativos cotidianos de la pastelería seguían llevándose a cabo en Brooklyn.

Fiona iba a la tienda todos los días, sugería diseños de tartas a novias nerviosas y madres exigentes. Keely apenas tenía tiempo para salir de la cocina, donde preparaba tartas suculentas para fiestas de cumpleaños o bienvenidas de empresas, estrenos de películas, inauguraciones de centros comerciales y bodas de la alta sociedad. Había alcanzado su récord el mes pasado, vendiendo una única tarta por tanto dinero como había ingresado su madre durante un año entero trabajando para Anya. No dejaba de sorprenderla lo que podía llegar a pagarse por un poco de harina, azúcar y mantequilla si se le daba una presentación bonita.

Aunque nunca había pensado seguir los pasos de su madre, le encantaba su trabajo. Disfrutaba diseñando coronas de nata para una boda. Pero desde que había salido de Irlanda no había sido capaz de pensar siquiera en el trabajo que la esperaba. ¿Cómo iba a hacerlo después de lo que había pasado?

Después de pagar al taxista, sacó el equipaje del maletero y lo llevó hasta el apartamento de su madre. Cuando encontró la llave, abrió la puerta y dejó sus cosas en el vestíbulo.

Subió las escaleras despacio. Al llegar arriba, llamó con suavidad, empujó. Keely se encontró a su madre de pie, junto a la puerta, con una mano en el pecho.

– ¡Keely!, ¡qué susto me has dado! ¿Qué haces aquí? No volvías hasta pasado mañana.

Le sonó rara su voz. Keely siempre había pensado que su madre tenía acento, pero, comparada con Maeve, apenas tenía un ligero deje irlandés. Fiona se acercó a abrazarla, pero Keely permaneció fría, rígida. Luego dio un paso atrás.

– He estado en Ballykirk -dijo sin más.

– ¿Qué? -Fiona se quedó sin respiración.

– Ya lo has oído -contestó Keely-. Me he acercado a visitar Ballykirk. Me apetecía conocer un poco más de mis antepasados. Pensé que sería interesante. Aunque no imaginaba cuánto.

– ¿Lo sabes? -preguntó Fiona, pálida, llevándose a la boca una mano.

– Quiero que me lo cuentes tú -contestó Keely con rabia contenida-. Cuéntame que murieron todos en un terrible accidente y no soportabas hablar de ellos. Cuéntame que nunca existieron y Maeve Quinn se equivoca. Cuéntamelo, porque son las únicas razones que puedo aceptar para que me hayas mentido todos estos años.

– No puedo -dijo Fiona con los ojos ensombrecidos-. Sería otra mentira.

– Y mentir es pecado, ¿verdad, mamá? Claro que quizá sea por eso por lo que vas a confesarte todas las semanas, para que te perdonen una vida entera de mentiras -Keely tomó aire-. Por una vez, dime la verdad. Necesito saber quién soy.

Luego se dejó caer sobre un asiento mullido, dispuesta a oír la historia de su vida. Y una vez que supiera toda la verdad, decidiría qué hacer a continuación.

Capítulo 2

– ¿Por qué no puedes entenderlo? Toda la vida he creído que era hija única. ¿Sabes lo que se siente? -Keely agarró un molde de confitería y empezó a echar alcorza-. No tengo más familia en el mundo que tú. ¿Qué pasará cuando no estés?

– Muy bonito -murmuró Fiona enarcando una ceja-. Así que ya estás cavándome la tumba.

Keely suspiró mientras vertía la primera capa de merengue italiano sobre la tarta de boda.

– Es para estar enfadada contigo -respondió-. Tengo un padre y seis hermanos y nunca me lo habías dicho.

– ¿Cuánto tiempo vas a seguir así? Hace una semana que volviste de Irlanda. ¿Cuándo vas a perdonarme?

– Cuando me des una buena explicación – contestó Keely-. Quiero saberlo todo: por qué lo dejaste, cómo pudiste separarte de tus hijos, por qué no me lo habías contado. Seguiré preguntándote mientras no seas totalmente sincera.

– Quería evitarte que sufrieras -dijo Fiona-. Tuve mis motivos para dejar a tu padre. Buenos motivos.

– Eso puedo entenderlo. El matrimonio es difícil. Pero, ¿cómo pudiste dejar a tus hijos? Eran pequeños.

Una vez más, como a lo largo de tantas veces en la última semana, Fiona se negó a responder. Al principio, Keely se había enfadado con ella, llenándola de improperios y acusaciones. Luego, con los días, el enojo había dado paso a una fría intolerancia. Pero la frustraba el silencio porfiado de su madre. Keely sabía, por la expresión apenada de su madre, que todavía le dolía recordar. ¡Pero le daba igual! Agarró un molde con crema pastelera y lo lanzó contra la pared. Luego se derramó por el suelo.

– Bonita manera de comportarse -murmuró Fiona.

– Si no me lo cuentas tú, no me quedará más remedio que ir a Boston y descubrirlo por mi cuenta.

– Te sentirás mal -dijo la madre tras respirar profundamente.

– ¿Por qué?

– Porque sí.

– ¡ Eso no es una razón!

– Ni siquiera saben que existes.

Había susurrado las palabras, pero se le clavaron en el corazón como si fueran puñales. Parpadeó conmovida.

– ¿No… lo saben?

– Me fui de Boston nada más enterarme de que estaba embarazada de ti. Tu padre no se enteró. Me vine aquí para distanciarme un poco y decidir qué quería hacer con mi vida. Nunca volví. Cuando te tuve, te puse mi apellido de soltera en el certificado de nacimiento y empecé a utilizar ese apellido. Anya era la única que sabía la verdad. Así que si te empeñas en encontrarlos, ten en cuenta que no saben quién eres. Y quizá no te crean.

– ¡Tengo derecho a conocerlos! -exclamó Keely mientras se secaba una lágrima de frustración que corría por su mejilla.

– Y no puedo hacer nada por impedírtelo -dijo Fiona-. Aunque te lo contara todo, irías de todos modos.

– Entonces, ¿por qué no me lo cuentas? Fiona cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás.

– Fue hace mucho, muchísimo tiempo. En otra vida.

– ¿Y nunca has intentado ponerte en contacto con ellos en todos estos años?

– Te estaba protegiendo -explicó Fiona-. Creía que mi matrimonio había terminado. Sabía que Seamus no cambiaría nunca. Cuando me fui, no pensé que sería para siempre. Había pensado volver después de que nacieras. Pero entonces me resultó todavía más difícil marcharme de Nueva York. Tenía un buen trabajo. Había puesto los cimientos para construir una nueva vida contigo.

– Pero tus hijos… ¿cómo pudiste?

– ¿Te crees que no me costó dejarlos? -los ojos de Fiona se llenaron de lágrimas-. Pensé que Seamus maduraría si se veía obligado a responsabilizarse de los niños durante un tiempo, si tenía que asegurarse de pagar las facturas y cuidar de la casa. Mantuve el contacto con un vecino durante un tiempo, nada más que para asegurarme de que los niños estaban bien. No quería irme. Pero estaba atrapada. Me los habría llevado, pero yo no habría podido sacarlos adelante y Seamus sí. Yo nunca había trabajado hasta que empecé en la repostería.

– Me pasé toda la infancia inventándome historias sobre mi padre -dijo Keely-. Era un héroe, un hombre valiente que había fallecido de forma trágica. Tuve que inventarme su vida en vista de que no me contabas nada.

– ¿Habrías sido más feliz sabiendo la verdad? Tu padre era un pobre pescador irlandés, que se pasaba la mayoría del tiempo en un bote maloliente. En casa no hacía otra cosa que beber y emborracharse. Se gastaba a las apuestas casi todo lo que había ganado. Yo me alegraba cuando tenía que volver al mar.

– Y supongo que nunca volviste a casarte porque nunca dejaste de quererlo -Keely soltó una risilla suave.

– Soy católica y el divorcio no era una opción.

– ¿Sigues casada? -preguntó asombrada Keely.

– Sí. Aunque no sé lo que habrá hecho tu padre. Quizá tenga otra esposa. Supongo que eso lo convertiría en un bígamo.

Keely bajó la mirada hacia la tarta y se dio cuenta de que le estaba quedando irregular y chapucera. Soltó un exabrupto, agarró la espátula y aplastó todo el diseño para empezar otra vez desde el principio.

– Tengo que ir -murmuró-. Tengo que saber quiénes son.

– ¿Aun a riesgo de que te rompan el corazón? Por favor, Keely, no conviertas esto en una fantasía romántica -la advirtió Fiona-. Lo más probable es que fuera un desastre.

– Pero quizá no lo sea. Quizá se alegren de conocerme -contestó Keely y ambas guardaron silencio durante unos segundos.

– ¿Cuándo te vas? -preguntó por fin la madre.

– Les he pedido a Janelle y Kim que se ocupen de los encargos de esta semana. Tú tendrás que encargarte de las tartas de Wilkinson y Marbury. En principio, no creo que tenga que estar más de un día o dos fuera.

– Entonces necesitarás esto -Fiona se llevó una mano al bolsillo, sacó una cadena con una joya incrustada y se la ofreció a su hija.

– ¿Qué es esto? -preguntó Keely mientras examinaba el collar.

– Me la regaló mi madre el día de la boda. Pertenece a la familia McClain desde hace generaciones. Es una joya especial, el símbolo irlandés del amor. El corazón representa la fidelidad; las manos, la amistad, y la corona, la lealtad. Estaba esperando a que te casaras para dártela – Fiona hizo una pausa-. Seamus conoce este colgante. Si se lo enseñas, sabrá de dónde viene… En realidad, abandoné a tu padre por este colgante -añadió, soltando una risa leve.

– ¿De verdad?

– Acababa de volver a casa después de dos meses en el mar. Estaba borracho y había perdido casi toda su paga apostando en el pub. Tomó el colgante y lo llevó a una tienda de empeño para seguir apostando. Dijo que necesitaba recuperar el dinero que había perdido. Antes de irme de Boston, convencí al dueño de la casa de empeños para que me permitiera comprárselo a plazos. Tardé tres años -Fiona miró hacia el colgante-. Esa es la clase de persona que era tu padre… puestos a decir la verdad.

– Quizá haya cambiado -dijo Keely-. La gente puede cambiar.

– Y quizá siga igual -replicó la madre.

– Supongo que no lo sabré hasta que lo encuentre -contestó Keely después de guardarse el collar en el bolsillo del mandil.

Fuego se giró hacia la tarta y examinó su estado con ojo crítico. De pronto, comprendió que no tenía paciencia suficiente para prepararla. Toda vez que había decidido ir a Boston en busca de su familia, quería hacer las maletas y salir cuanto antes. Sintió una pequeña náusea, pero logró controlarla. Era lo bastante valiente como para hacer frente a lo que quiera que pudiera ocurrir en Boston.

Solo entonces estaría en condiciones de decidir quién era: una McClain o una Quinn.

Un viento helador azotaba la cara de Keely mientras bajaba por la acera, mojada por la lluvia, con las manos guardadas en los bolsillos de la chaqueta y los ojos clavados en el suelo, unos metros por delante de los pies. Casi le daba miedo levantar la cabeza. Miedo de encontrarse con aquello que había ido a buscar.

Hacía frío para estar a principios de octubre y la tensión que se respiraba en el aire presagiaba el estallido de una tormenta desagradable en cualquier momento. Lo que no la había disuadido de su propósito de ir a Boston.

Desde que había vuelto de Irlanda hacía más de una semana, Keely había soñado con ese día, no había parado de darle vueltas a la cabeza y de estudiar los mapas que había desdoblado sobre la cama. Había calculado el tiempo que tardaría en conducir de Nueva York a Boston y otra vez de vuelta.

Le habría gustado salir al día siguiente de regresar de Irlanda, en cuanto su madre le había dicho que Seamus Quinn estaba en Boston. Había localizado su dirección por Internet y había estado a punto de llamarlo por teléfono. Pero se había frenado, obligándose a no actuar impulsivamente. Por una vez, quería pensar antes de precipitarse en un viaje que podía resultar peligroso.

Hasta ese momento su vida había estado plagada de decisiones impetuosas y actos impulsivos que luego le habían pasado factura. Como cuando una amiga la había desafiado a robar dinero del cepillo de la Iglesia. Había soltado una moneda de veinte céntimos y se había embolsado un billete de cinco dólares. Pero la anciana que estaba sentada a su lado la había pillado. Keely había estado limpiando los baños de la Iglesia durante seis meses para pagar por ese pequeño desliz.

Por no hablar de cuando se había apropiado del tambor de un grupo que tocaba en un garaje sórdido y el dueño la había atrapado mientras huía a la carrera. Tenía dieciséis años y Fiona la había castigado otros seis meses sin salir de casa por aquella aventura detestable. Y no hacía ni un año que había acabado en el calabozo por pegarle un puñetazo a un policía que estaba deteniendo a un vagabundo que vivía en el callejón pegado a su apartamento. La broma le había costado una fianza cuantiosa y estrenar expediente de antecedentes penales.

Pero el viaje a Boston, aunque arriesgado, no podía considerarse temerario. No tenía otra opción más que ir. Solo al llegar allí pensó en lo fácil que sería darse la vuelta, volver a casa y retomar su vida de siempre. Pero, a pesar de la fuerza con que le latía el corazón, la curiosidad la empujaba hacia delante.

Fiona solía decir que el pasado, pasado estaba, pero el pasado que Keely se había creído no había sido sino una mentira, un invento urdido para aplacar las preguntas de una niña curiosa. Su padre estaba vivo y tenía seis hermanos. Keely exhaló un suspiro tembloroso, se giró y miró calle abajo.

Estaba allí, justo donde esperaba encontrarlo, el Pub de Quinn. Antes se había presentado en la casa de su padre, se había armado de valor y había llamado a la puerta hasta que un vecino la había informado de que Seamus Quinn estaba en su pub, a unas pocas manzanas de allí.

– Seamus -murmuró sin apartar la vista del pub-. Seamus, Conor, Dylan, Brendan, Brian, Sean, Liam.

Un mes atrás aquellos nombres no significaban nada para ella. Pero tras unos momentos reveladores en la casa de Maeve, se habían convertido en los nombres de sus familiares. Keely los repetía una y otra vez, como si el mero hecho de pronunciarlos pudiese evocar alguna imagen de sus dueños.

– Está bien, ¿cuál es el plan? -se dijo.

Quizá fuera buena idea hacerse una composición de lugar primero. Entraría, pediría una cerveza, quizá pudiese echar un vistazo a su padre. Cruzó la calle cuando un hombre abrió la puerta del bar, seguido de otro justo detrás. Se oyó una melodía irlandesa procedente del interior. Los neones de la fachada desprendían suficiente luz para poder ver a los dos hombres, aunque Keely clavó la mirada en el más alto de los dos.

Tenía que ser uno de ellos, aunque no acertara a distinguir cuál de los seis. Sus facciones eran inconfundibles: el pelo negro, la mandíbula firme, esa boca ancha… eran los mismos rasgos que veía en el espejo cada mañana, aunque los suyos estaban suavizados con alguna curva femenina. Los mismos rasgos que había apreciado en la vieja fotografía, cambiados por el paso del tiempo.

Keely siguió avanzando. Si se daba la vuelta y echaba a correr, solo conseguiría llamar la atención sobre sí misma. Pasó a los hombres de largo, pero su mirada se enlazó un segundo con la de él. Keely tuvo la sensación de que él también la había reconocido de alguna manera y, por un momento, tuvo la certeza de que la pararía para hablar con ella. Le entró pánico. Pero consiguió seguir andando.

– No te pares -se dijo, arrepentida al mismo tiempo por aquella oportunidad perdida-. No mires atrás.

Cuando llegó a la puerta del pub, subió los escalones. Pero sus fuerzas ya habían sufrido un duro revés. Si reaccionaba así con un desconocido, alguien que quizá ni siquiera fuese uno de sus hermanos, ¿cómo reaccionaría cuando se encontrara cara a cara con su padre por primera vez en la vida?

El miedo la hizo darse la vuelta y bajar los escalones. Se alejó hasta llegar a un camión que había aparcado en la curva de la calle. Desde allí, Keely observó a los dos hombres entrar en un coche viejo aparcado a mitad de bloque. ¿La habría reconocido él igual que Keely?, ¿habría advertido el parecido familiar que los unía?

El coche arrancó y los hombres pasaron de largo por delante de ella. En el último instante, Keely levantó una mano para detenerlos:

– ¡Esperad! -gritó. Pero tenía un nudo en la garganta y las palabras apenas salieron de su cuello-. Esperad… -repitió desesperanzada mientras los faros de atrás se perdían en la oscuridad bajo la lluvia.

Keely permaneció quieta en la acera durante un buen rato, dejando que las gotas le golpearan en la cara y se filtraran a través de la chaqueta.

Un escalofrío le recorrió la columna. Keely pestañeó, no le quedó más remedio que reconocer que había fracasado. Maldijo en voz baja y emprendió el camino de vuelta al coche. Una vez dentro, a salvo, cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, tratando de superar su decepción.

– El primer paso es el más difícil -se dijo mientras el corazón recuperaba un ritmo normal-. El segundo será mucho más fácil.

Luego encendió la luz superior, agarró el bolso del suelo y sacó la preciada fotografía. Una familia irlandesa, su familia, estaba de pie en un acantilado peñascoso con vistas al Atlántico. Los cinco chicos eran aún unos críos: Conor, el mayor, tendría siete u ocho años. Liam ni siquiera había nacido todavía. Todos parecían felices, esperanzados, listos para emprender la aventura de cruzar el charco. La vida parecía que les depararía grandes sorpresas, pero terminó por dar un giro desgraciado.

Mientras pasaba el pulgar por la foto, intentó imaginarse a su madre durante aquellos días anteriores a su separación de la familia. Keely no concebía que hubiese abandonado a sus hijos. Y todavía le costaba más asumir que quizá había sido por su culpa. Que si su madre no se hubiese vuelto a quedar embarazada, tal vez hubiese aguantado y hubiera tratado de solucionar las cosas.

Hundida en el asiento del coche, giró la cabeza hacia la puerta del pub y miró a los clientes que salían y entraban, con la esperanza de reconocer a algún otro chico de la fotografía.

– Conor, Dylan, Brendan -repitió Keely-. Brian, Sean, Liam.

¿Quiénes eran?, ¿en qué clase de hombres se habrían convertido? ¿Serían tiernos, comprensivos, cariñosos e inteligentes? ¿Cómo reaccionarían cuando irrumpiera en sus vidas? Había crecido sin saber que existían. ¿La aceptarían como una más de la familia o le darían la espalda?

– Conor, Dylan, Brendan. Sean, Brian, Liam -hizo una pausa-. Y Keely… Keely Quinn -añadió con una leve sonrisa.

Sonaba bien. Aunque se había pasado la vida llamándose Keely McClain, su verdadero nombre era Keely Quinn y debía ir acostumbrándose a pensar en sí misma como una integrante de una familia numerosa, con un padre, una madre y seis hermanos.

No tardó en organizarse un plan de actuación. El trabajo la había enseñado a ser organizada y era una virtud aplicable también a otras facetas de la vida. En unas pocas semanas, volvería al Pub de Quinn, entraría y se tomaría una cerveza. Y unas semanas después, hablaría con su padre o alguno de los hermanos. Esa vez quería ir paso a paso, sin precipitarse.

Keely estaba decidida a que su familia tuviera noticia de su existencia para navidades. No tenían por qué aceptarla al principio. En realidad no esperaba que se pusieran a llorar de la emoción y la colmaran de cariños. Más bien imaginaba una reacción de desconcierto, acaso de resentimiento. Pero, más tarde o más temprano, formaría parte de la familia que siempre había querido tener.

Exhaló un suspiro delicado y lanzó una última mirada a la puerta del pub. Había tenido suficientes emociones por un día. Había encontrado el pub de su padre y tal vez hasta se había cruzado con uno de sus hermanos. Volvería al hotel, descansaría y volvería a Boston en otra ocasión. Pero estaba demasiado excitada para no compartir aquellos momentos con nadie.

Keely le había prometido a su madre que la llamaría en cuanto encontrase a su padre y a sus hermanos. Metió la mano en el bolso, sacó el móvil y marcó el teléfono del apartamento de Fiona.

Habría salido de la pastelería en torno a las seis. A las siete solía hacerse la cena y a las ocho se sentaba en su sillón favorito con alguna novela de Agatha Christie. Keely pensó qué le diría. ¿Debía parecer emocionada o aparentar frialdad?

– ¿Mamá? -dijo Keely con voz trémula cuando su madre respondió-. Los he encontrado, mamá.

Sobrevino una pausa prolongada al otro lado de la línea.

– Entonces… ¿has hablado con Seamus?

– No, todavía no. Pero lo haré. Pronto.

– Vuelve a casa, Keely.

– Sabes que no puedo. Ahora tengo que irme, mamá. Te llamo mañana.

Cortó la comunicación y dejó el móvil sobre el asiento de al lado. Luego puso la llave en el contacto. Pero, en el último segundo, cambió de idea. Había recorrido un camino muy largo. ¿Por qué no entrar en el pub? Podía limitarse a pasar y preguntar si podía utilizar el baño. O fingir que necesitaba hacer una llamada. ¿Qué podía perder? Y si todo iba bien, se presentaría.

– Puedo hacerlo -se dijo mientras tomaba las llaves y salía del coche-. No voy a echarme atrás.

Cubrió la distancia hasta el pub a paso ligero y se alisó el cabello antes de subir los escalones. Pero, de pronto, volvió a vacilar. El segundo peldaño le costó horrores. Desde el tercero alcanzó a ver el interior del bar a través de la ventana. Deslizó la vista entre la multitud y la detuvo sobre un hombre canoso al otro lado de la barra.

La puerta se abrió. Una pareja salió, dejando escapar algunas voces, que se perdieron en la noche. Entró, con la vista clavada en el hombre mayor todavía. Entonces oyó que un cliente gritaba el nombre de Seamus y el hombre canoso levantaba una mano para saludar a quien lo llamaba desde un extremo oculto de la barra.

Keely tomó conciencia de la situación:

Seamus era un hombre de carne y hueso, no una fantasía. El estómago se le revolvió, se agarró a la barandilla y bajó los escalones a todo correr. Apenas se había alejado unos pasos cuando la náusea la desbordó.

– Mierda -maldijo justo antes de agacharse.

Luego se apoyó contra un coche e intentó respirar hondo con la cabeza entre las piernas. Si quería llegar a encontrarse con su padre y sus hermanos, ¡tenía que controlar los nervios! Ya no era una niña confundida. Ni una adolescente con sentimiento de culpabilidad. No estaba desinflando las ruedas de la bicicleta del padre Julián, ni tirando un tomate podrido contra el colegio, ni fumando a escondidas. Se merecía poder reunirse con su familia sin aquel tormento.

Se retiró del coche, pero la cabeza le empezó a dar vueltas. Cerró los ojos. -Respira -se dijo-. Respira.

Rafe la vio mientras bajaba por la calle hacia su coche. Se paró, se giró a mirarla y vio que no había nadie más en la calle. Aunque no le preocupaba su propia seguridad, una mujer sin compañía era un objetivo mucho más vulnerable.

Se había apoyado en un coche, estaba agachada, abrazándose las rodillas. Se acercó despacio y se paró delante de ella:

– ¿Estás bien?

Keely levantó la cabeza, lo miró a los ojos. Por un momento. Rafe se quedó sin respiración. Había esperado encontrarse con una de las mujeres del bar. Pero esa mujer… esa chica, para ser fiel a su aspecto, no era del tipo de las que rondaban el Pub de Quinn. No iba en vaqueros, llevaba una chaqueta de piel negra, una falda, negra también, que enseñaba una parte generosa de su pierna y una camiseta que se ceñía a sus curvas.

La luz dura de las lámparas iluminaba su piel impecable, sin exceso de maquillaje ni pintalabios. Y el color del pelo, húmedo por la lluvia, no parecía teñido.

– ¿Puedo ayudarte?

Keely estiró un brazo, abrió la boca como si fuese a hablar. Pero luego emitió una especie de gemido y vomitó sobre los zapatos italianos del desconocido.

– Maldita sea -murmuró-. Maldita, maldita sea. Lo siento mucho. No… no ha sido mi intención.

Sorprendido por aquella respuesta, Rafe no pudo sino sacar un pañuelo del bolsillo. Desde pequeño, su madre le había enseñado que un caballero debía llevar siempre un pañuelo encima, consejo que nunca había entendido… hasta ese momento. Uno nunca podía saber cuándo le vomitaría encima una mujer hermosa.

Keely se incorporó despacio, aceptó el pañuelo, se limpió los labios.

– No sé qué me pasa -murmuró.

– ¿Quizá has bebido una de más? -sugirió Rafe.

– No. Son… nervios.

– Entiendo.

– En serio, llevo un tiempo revuelta. No estoy comiendo bien, duermo muy poco. Y entre los antiácidos y el café… parece que toda la tensión se me va al estómago -Keely hizo una pausa-. Claro que no sé por qué te aburro con esto.

– ¿,Te llamo un taxi? -le ofreció Rafe.

– No, estoy bien -Keely negó con la cabeza-. Mi coche está en esta misma calle.

– Me temo que no puedo dejarte hacer eso -dijo él.

– ¿Hacer qué?

– Conducir -contestó Rafe-. O me dejas que te llame a un taxi o me dejas que te acompañe a dondequiera que vayas.

– Estoy perfectamen…

– Venga, aquí hace frío -atajó Rafe-. Podemos esperar el taxi en mi coche.

Se agachó, le tomó la mano y se la puso en el brazo. Luego echaron a andar despacio. Cuando llegaron a su Mercedes, desconectó la alarma y le abrió la puerta del acompañante. Keely dudó.

– No voy a hacerte nada -dijo él-. Si quieres, podemos esperar aquí fuera. O volver al bar.

– ¡No!, ¡al bar no! -contestó Keely. Sintió un escalofrío y, por un momento, pareció que volvería a vomitar.

– Agacha la cabeza -le sugirió él al tiempo que le ponía una mano en la espalda y la empujó con suavidad hasta que Keely se dobló. Luego sacó el móvil y marcó el número del departamento de seguridad de Kencor-. Soy Rafe. Envíenme un coche al Pub de Quinn… Ya está, vendrán en seguida. Toma, para los nervios -añadió, después de colgar y ofrecerle una botella de agua del interior del coche.

– Gracias -dijo ella, todavía doblada.

– ¿Cómo te llamas?

– Keely -contestó justo antes de enderezarse para dar un sorbo de agua-. Keely McClain.¿Y tú?

– Raphael Kendrick -se presentó-. Rafe.

– Raphael. como el artista -Keely dio otro sorbo y respiró profundo-. En fin, muchas gracias, Raphael. Pero ya estoy mucho mejor. Creo que puedo volver al hotel por mi cuenta.

– He pedido que manden un coche.

– Pero, ¿cómo recuperaré el mío? -contestó ella.

– Yo me ocupo de eso. ¿Dónde te alojas?

– En el centro. En el hotel Copley Plaza.

– ¿Y qué hacías en esta parte de la ciudad? Este barrio está lejos del Copley Plaza.

– Quería ver a alguien -contestó Keely. Había desviado la mirada, pero volvió a clavarla en los ojos de Rafe-. ¿Y tú?

– Nada, estaba tomando una copa en el Pub de Quinn.

– ¿De veras?, ¿vas mucho por ahí?

– No, no mucho -dijo Rafe sonriente mientras se paraba un segundo a contemplarla. Dios, era preciosa. Cuanto más la miraba, más bella le parecía. No solían atraerlo esa clase de mujeres, medio bohemias. Pero, por alguna razón, estaba fascinado con el color de sus ojos, esa nariz respingona, la curva de sus ojos, el modo en que el pelo cortito se le rizaba por los lados.

No era alta, apenas mediría metro sesenta y cinco, y estaba seguro de que podría rodearle la cintura con las manos. Tenía el pelo enmarañado y húmedo por la lluvia, como si acabara de salir de la ducha y se lo hubiera intentado peinar con los dedos. Y tenía unas facciones perfectas, delicadas, desde la punta de la nariz a esa sonrisa sugerente. Aunque parecía más joven, supuso que tendría veintitrés años, veinticuatro como mucho.

– Bueno, ¿por qué no me cuentas a qué has venido a Boston, Keely McClain?

– Asuntos personales -contestó-. Familiares.

– Suena misterioso.

– En realidad no lo es -respondió ella-. Puedo volver sola. De verdad, no estoy borracha y ya me encuentro mucho mejor.

Rafe no quería dejarla marchar. Pero debía reconocer que no parecía bebida, solo un poco mareada. Trató de buscar alguna razón para que se quedara, pero, en algún momento durante esos últimos minutos, había perdido la capacidad de pensar con claridad.

– Está bien -accedió-. Pero prométeme que si vuelves a sentirte mal, pararás.

– No creo que pudiera hacer otra cosa.

– ¿Dónde tienes el coche? Te acompaño – Rafe le agarró una mano tras apuntar Keely calle abajo. Anduvieron despacio y, al mirarla de reojo, la sorprendió mirándolo a él también-. ¿Qué? -preguntó.

– No sé. Es que eres… muy atento. Creía que no quedaban hombres así en el mundo. Ya sabes, caballerosos.

– Me has vomitado en los zapatos -dijo Rafe-. ¿Qué iba a hacer?, ¿seguir andando?

Keely puso una mueca de vergüenza, se ruborizó.

– Los zapatos. Perdona. Te conseguiré otros iguales. ¿Dónde los compraste?

– No hace falta.

– Sí -insistió Keely-. No podrás ponértelos más.

– Tengo muchos pares de zapatos por estrenar -contestó él.

– Insisto.

¡Dios!, ¡podía resultar exasperante! Pero estaba tan bonita cuando discutía, con los ojos encandilados y la piel encendida. Estuvo tentado de abrazarla en ese mismo instante y besarla para que se callara y aceptase su negativa.

– De acuerdo -dijo por fin-. Son italianos, hechos a mano. Creo que pagué dos mil dólares por ellos en Milán.

– ¿Qué? -Keely frenó en seco, boquiabierta-. ¿He vomitado encima de unos zapatos de dos mil dólares? Creo que se me está revolviendo otra vez el estómago -añadió, se agachó de nuevo e intentó limpiarle los zapatos con el pañuelo.

– Era broma -mintió Rafe-. Creo que los compré en el centro. Nunca pago más de doscientos dólares por unos zapatos.

– ¿Y por los pañuelos? -preguntó mientras se incorporaba.

– Este te lo dejo gratis.

Llegaron al coche mucho antes de lo que le habría gustado. Rafe le quitó las llaves y le abrió la puerta del volante. Antes de sentarse, Keely se giró hacia él, apoyó los dedos en la parte superior de la puerta:

– ¿Dónde te mando el dinero por los zapatos? -le preguntó.

Rafe sacó la cartera del bolsillo y le entregó una tarjeta de trabajo. Ella la examinó un segundo y sonrió:

– Muy bien, Rafe Kendrick. Supongo que debo darte las gracias por la amabilidad.

– No hay de qué -contestó él.

– Bueno, pues… adiós -Keely se sentó antes de que Rafe tuviera ocasión de besarla. Este le cerró la puerta y retrocedió un paso a su pesar.

Keely arrancó, lo saludó con el brazo y metió la primera. Rafe se quedó quieto en la calle, mirando cómo se alejaban los faros de atrás. Había conocido a muchas mujeres en muchos sitios distintos, pero nunca se había cruzado con una como Keely McClain. No había coqueteado con él, no había tratado de seducirlo con la mirada. Se había humillado delante de él y, sin embargo, le había parecido encantadora. Quizá, al verla sin defensas, había bajado él también la guardia. Había estado totalmente relajado junto a Keely McClain, jamás se había sentido de ese modo con ninguna otra mujer.

– ¿Por qué has dejado que se vaya? -se preguntó entonces Rafe. Echó a andar hacia su coche y cuando estuvo a la altura del Mercedes ya había tomado una decisión. No la dejaría escapar. Ni confiaría en que ella se pusiera en contacto con él otra vez. No se quedaría tranquilo hasta asegurarse de que volvería a verla.

Se metió en el coche, maniobró para cambiar de sentido delante del Pub de Quinn y pisó el acelerador a fondo hacia el Copley Plaza. Solo se cercioraría de que había llegado bien al hotel y le daría las buenas noches. Y luego, con naturalidad, la invitaría a cenar. Nunca lo había preocupado que las mujeres aceptaran sus proposiciones. Si accedían a quedar con él, perfecto y si no, le proponía la cita a otra.

Pero mientras avanzaba bajo las luces del centro de Boston, no pensaba en los Quinn ni en su sed de venganza. Sino que trataba de encontrar la mejor forma de invitar a Keely McClain, las palabras exactas que utilizaría para que aceptase. Porque, por primera vez en su vida, la respuesta le importaba.

Capítulo 3

– ¿Estás tonta o qué? Se te cruza un hombre que está para mojar pan y chuparse los dedos y tú vas y te marchas. ¿Es que ya no te acuerdas de que hace casi un año que no tienes relaciones sexuales? Si no aprovechas oportunidades como estas, acabarás sola, sin sexo y comprándote diecisiete gatos de compañía. ¡Por Dios, Keely, reacciona!

Miró por la luna delantera, esperando a que la luz del semáforo cambiara, tamborileando los dedos con impaciencia sobre el volante. Tenía su tarjeta en el bolsillo. Al menos podía localizarlo. Si, pasada la emoción del momento, decidía que quería volver a verlo, lo llamaría sin más. O quizá le llevara los zapatos a la oficina en persona.

– Eso no -murmuró-. No sé su talla. Pero lo que sí sabía era que Rafe Kendrick tenía buen gusto para los zapatos. A decir verdad, todo él resultaba agradable: desde sus ojos oscuros, de mirada cálida, hasta el cabello casi negro, pasando por aquella sonrisa devastadora. Pero no solo era el físico. Rafe Kendrick era un auténtico caballero. ¿Cuántos hombres se habrían mostrado tan amables y comprensivos?

Le había echado a perder un par de zapatos en perfecto estado. Y sabía que no los había comprado en cualquier tienda. Rafe Kendrick vestía como un hombre al que no le importaba tirar de tarjeta para conseguir un buen calzado italiano. Tanto la chaqueta de piel como el jersey ajustado mostraban también ese buen gusto y poder adquisitivo.

Se cruzaba con hombres así todos los días por las calles de Manhattan, pero nunca había considerado que fuesen su tipo. Eran demasiado guapos, demasiado seguros de sí mismos, demasiado inaccesibles, la clase de hombres que la hacían sentirse ingenua, inexperta y patosa.

Por la vida de Keely habían pasado muchos hombres. Quizá ese era el problema: había habido demasiados hombres y ni uno solo del que mereciera la pena acordarse. Al alcanzar la mayoría de edad, había decidido tomar las riendas de su vida social y relacionarse con los hombres como a ella le apetecía, en vez de someterse al juicio de su madre. Desde entonces, había entablado alguna que otra relación estable, pero había acabado aburriéndose, convencida de que en algún lugar existía ese príncipe que reemplazaría al sapo con el que estaba durmiendo.

Siempre buscaba el amor de su vida en cada relación, pero no conseguía encontrarlo. Su último «sapo» había dejado de llamarla de repente y cuando había logrado hablar con él, resultaba que iban a trasladarlo a Nueva Zelanda. Keely no lo había creído y seguía esperando encontrárselo cualquier día, comprando alcachofas en D'Agostino o paseando al perro en Central Park.

Por alguna razón, los hombres nunca estaban a la altura de sus expectativas… hasta ese momento. Rafe Kendrick era una fantasía hecha realidad. Una fantasía erótica, fogosa, picante.

Mientras circulaba por el centro de Boston, Keely repasó el encuentro una y otra vez. Tenía la impresión de que le había gustado. De hecho, parecía que a Rafe le había encantado el espectáculo vergonzoso que había dado. Se había preocupado por su seguridad y su salud y se había mostrado amable y bromista para quitar hierro a uno de los momentos más embarazosos de su vida. Y cuando la había tocado, las piernas se le habían aflojado y el corazón había empezado a palpitar con fuerza.

Keely se obligó a borrar la sonrisa que habían dibujado sus labios. Después de todo por lo que había pasado en ese último mes, más valía que no se abandonara a otra estúpida fantasía. Rafe Kendrick no era más que un hombre con todos los defectos aparejados a su sexo. El reclamo del físico y del dinero no tardaría en pasar a segundo plano y entonces descubriría al fantoche que probablemente era. Seguro que había engatusado a infinidad de mujeres, prometiendo que las llamaría al día siguiente para dejarlas luego colgadas. Hasta estaba dispuesta a apostar que ese mismo fin de semana tendría una cita con dos o tres modelos de ropa interior.

Se sacudió a Rafe de la cabeza e intentó concentrarse en su siguiente movimiento de acercamiento a los Quinn. Pero la imagen de Rafe Kendrick no dejó de perseguirla hasta quedarle claro que había cometido el error más grande de su vida al marcharse sin él.

Keely paró frente a la entrada principal del Copley Plaza. Salió, le entregó las llaves al aparcacoches y le dio una propina generosa. Estaba girándose hacia el vestíbulo cuando reparó en un Mercedes oscuro que paraba justo detrás de su coche. Dudó. Había muchos Mercedes en Boston. Se acercó despacio al coche. Se abrió la puerta y apareció Rafe Kendrick.

Keely sintió un ligero calambre por dentro. La había seguido al hotel. Era más guapo incluso de lo que lo recordaba. Y eso que apenas habían pasado unos minutos desde que lo había visto.

– Creía que te había dicho que podía volver sola -dijo, incapaz de contener una sonrisa.

– Solo quería asegurarme de que estabas bien -Rafe se apoyó sobre el lateral del coche y esbozó una media sonrisa-. ¿Lo estás?

Keely notó que la sangre se le calentaba y las mejillas se le encarnaban. Era su oportunidad:

– ¿Me acompañas dentro a tomar algo?

– Solo si no lleva alcohol -dijo y Keely rió.

– Por mí, perfecto -contestó, dándose una palmadita en el estómago.

– Aparco y entro a buscarte.

– Puedo aparcarle yo el coche, señor -se ofreció el aparcacoches.

Rafe asintió con la cabeza, le dejó las llaves y se unió a Keely. Le puso la mano en el talle en un gesto posesivo inesperado. Sus dedos provocaron otra descarga de electricidad en la columna de Keely, pero, aunque estaba nerviosa, no se sentía mal como durante el resto del día. Se sentía… emocionada, pletórica de expectativas. Le gustó que volviera a tocarla un hombre.

Uno de los empleados del hotel les abrió la puerta. Entraron y se encaminaron hacia el bar. El vestíbulo del Copley Plaza era tan majestuoso como el resto del hotel, uno de los más elegantes de Boston. Keely había decidido darse el lujo de pasar una noche allí, teniendo en cuenta el motivo tan importante que la había llevado a Boston. Pero quizá era el destino el que se había encargado de tomar tal decisión, ya que, por lo general, se habría dejado guiar por su naturaleza práctica y habría elegido la habitación más barata del motel más cercano.

El Bar Plaza era un lugar agradable, amueblado con sillas y sofás cómodos, mesas para la intimidad. De fondo, un pianista de jazz tocaba suavemente mientras Rafe la conducía hacia un sofá, para dirigirse a continuación a una camarera. Después de susurrarle algo al oído, aceptó y se retiró.

Keely se sentó y él tomó asiento también, colocando un brazo sobre el respaldo del sofá con naturalidad.

– Se está a gusto -comentó ella, recostándose ligeramente, hasta que el hombro le rozó el brazo-. ¿Habías estado antes?

– En reuniones de trabajo -Rafe asintió con la cabeza-. ¿Las habitaciones están bien?

– Son muy elegantes.

La camarera reapareció con las bebidas. Puso sendas copas de champán sobre la mesita de café, sirvió el líquido burbujeante y colocó después un plato de plata con nata y fresas junto a las bebidas.

Keely sonrió tras tomar una de las copas y dar un sorbo.

– Una cosecha excelente -dijo-. ¿Francés, verdad?

– Pensé que te gustaría -Rafe probó su copa-. Bueno, cuéntame algo de ti, Keely McClain. ¿A qué te dedicas cuando no vomitas encima de los zapatos de los demás?

– Hago tartas -contestó Keely antes de saborear una fresa.

– ¿Tartas?, ¿se puede vivir haciendo tartas?

– Por supuesto. Nunca faltan bodas, cumpleaños, ni inauguraciones. Y los diseños de mis tartas me han concedido cierto prestigio. Es como un negocio familiar. Tenemos una repostería en Brooklyn. ¿Y tú a qué te dedicas?

– Nada tan interesante -contestó al tiempo que su dedo jugueteaba con un mechón del pelo de Keely-. Soy empresario. Compro y vendo edificios. ¿Sabes? Me encantan las tartas.

– Entonces tendré que hacerte una -respondió y se arrepintió del ofrecimiento. Actuaba como si fuese a volver a verlo después de aquella noche. Aunque, por otra parte, ¿por qué ocultar sus deseos? Se sentía atraída hacia Rafe Kendrick y no debía tener miedo de hacérselo notar-. ¿De qué te gustan? No, espera, deja que adivine… Normalmente se me da muy bien… Está claro que una tarta amarilla resultaría demasiado ordinaria para ti. La mayoría pensaría que te gusta el chocolate, pero el chocolate le gusta a todo el mundo y tú no sigues la corriente. Tampoco te pega el coco, demasiado de moda… Sí, definitivamente, eres un hombre plátano.

– ¿Un hombre plátano? -preguntó Rafe entre risas.

– Un hombre al que le gustan las tartas de plátano -explicó ella-. Un poco exótica, pero sin excesos. ¿He acertado?

– La verdad es que sí -reconoció Rafe-. Ahora mismo tengo dos tartas de plátano en el congelador.

– Después de probar mi tarta de plátano – Keely coqueteó con la mirada-, no volverás a tomar una tarta congelada.

– Estoy deseándolo -murmuró Rafe. Hundió una fresa en la nata y se la ofreció. Un largo silencio se hizo entre los dos. Le clavó los ojos en la boca y Keely contuvo la respiración, por miedo a moverse, sin saber qué decir. ¿Qué hacía aburriéndolo con sus tartas? De ese modo, ¿cómo pretendía que se interesara en ella un hombre como Rafe?

Dio un mordisco a la fresca mientras intentaba encontrar algo ingenioso con que romper el silencio. Pero fue inútil. Rafe se acercó, muy despacio, hasta posar la boca sobre la de ella y se olvidó de cualquier intento de conversación.

Fue un beso increíblemente sensual, le rozó los labios, con sabor a nata y fresas, y los retiró. Keely tragó saliva. ¿Qué se suponía que debía hacer? Reprimió el impulso de rodearle el cuello y tumbarlo sobre el sofá. Sería agresivo, pero le impediría seguir cotorreando sobre sus tartas. Quizá pudiera hacer algún comentario sobre el beso, pero le daba miedo que se le trabara la lengua.

De modo que se limitó a sonreír. Y relajarse. Dejó de pensar tanto en lo que estaba haciendo y la conversación continuó con suavidad. La sorprendió la facilidad con la que Rafe iba de un tema a otro. Le iba haciendo preguntas personales, pero nunca insistía si le daba una respuesta vaga. Keely no comentó nada sobre su nueva familia. Habría resultado demasiado complicado y ni siquiera estaba segura de lo que sentía al respecto.

Tal como había sospechado. Rafe Kendrick era un hombre de mundo. Había estado en Europa y en Oriente y cuando le habló de su reciente viaje a Londres e Irlanda, Rafe recordaba haber estado en el círculo de piedra que Keely había visto, de un viaje que había hecho hacía algunos años. Pasaron de los viajes a los libros y de ahí a la pintura, a la música. Antes de darse cuenta, el pianista había dejado de tocar y las luces del bar habían ido encendiéndose.

– ¿Qué hora es? -preguntó mirando a su alrededor.

– Las dos pasadas -contestó Rafe tras consultar el reloj.

– ¿De la mañana?

– Parece que va siendo hora de echar el cierre -Rafe se levantó y le ofreció una mano-. Venga, te acompaño a tu cuarto.

Keely se obligó a sonreír. Era entonces o nunca. Si quería seducirlo, era el momento de pasar a la acción. En algún lugar, entre el vestíbulo y la habitación, tendría que encontrar la forma de volver a besarlo, tendría que asegurarse de que la idea pasara por la cabeza de Rafe para no tener que insinuarse ella. Y los doce años de educación en un colegio católico de niñas no eran una ayuda precisamente.

Mientras andaban por el vestíbulo, Rafe no posó la mano en su espalda. Sino que entrelazó los dedos con los de ella. Keely supuso que le diría adiós en los ascensores, pero la siguió adentro. Keely pulsó el botón de la planta once y fijó la atención en los números que parpadeaban mientras subían.

Cuando las puertas se abrieron, salió, luego se detuvo, preguntándose si se despedirían allí. Rafe miró en ambos sentidos y Keely lo tomó como la pista de que la acompañaría a la habitación.

– Estoy en la 1135. Por aquí -dijo y echó a andar. El corazón le latía con tanta fuerza que le costaba respirar. ¿La besaría?, ¿debía invitarlo a pasar? ¿Qué esperaría Rafe de ella?, se preguntaba confusa-. Esta es -añadió y se apoyó contra la puerta.

– ¿Cuándo te vas? -le preguntó él, clavándole la mirada al tiempo que la rodeaba por la cintura.

– Mañana. Tengo que volver a Nueva York.

– ¿Hay algo que pueda decir para convencerte de que te quedes otra noche? Me gustaría cenar contigo mañana. Por la mañana tengo que volar a Detroit por cuestiones de trabajo, pero estaré de vuelta a las seis.

Debía mantener la calma. Mostrarse complacida, pero no demasiado.

– Creo que puedo quedarme. En realidad no he terminado todo lo que he venido a hacer.

– Estupendo -dijo Rafe-. Entonces te llamaré cuando vuelva y saldremos.

Le apretó la cintura y la atrajo hacia él con delicadeza. Keely supo que estaba a punto de besarla, de besarla a fondo, pero solo podía pensar en no volver a vomitarle encima de los zapatos.

– Espera -dijo a la vez que ponía las palmas de las manos en el pecho de Rafe.

– ¿Sí?

– Tengo… que hacer una cosa -se excusó Keely-. En seguida vuelvo. Dame solo un momento.

Se dio la vuelta, abrió la puerta y la cerró, dejándolo en el pasillo. Luego corrió al baño y se dobló sobre el servicio. Las fresas le daban vueltas en el estómago. ¡Santo cielo!, ¡solo iba a darle un beso!

Respiró hondo y esperó hasta que se le pasó la náusea. Luego se enjuagó la boca, se echó un poco de agua a la cara y se miró al espejo.

– Tranquila y diviértete -se dijo-. Y, por Dios, no vuelvas a vomitar. Será atractivo, pero no creo que le vaya la marcha tanto como para encontrar eso atractivo dos veces en una misma noche.

Rafe se quedó plantado en el pasillo, mirando la puerta cerrada de la habitación. No era exactamente lo que había planeado. Se acercó a la mirilla, pero no consiguió ver nada. ¿Se encontraría mal otra vez? En el bar parecía bien. Quizá algo nerviosa en el ascensor, pero, en general, había tenido la sensación de que la noche había avanzado en la dirección correcta.

Rafe se pasó la mano por el pelo. Había sido una noche ciertamente rara. Nunca había conocido a una mujer como Keely McClain. No estaba seguro de qué la hacía tan intrigante. Quizá se debía a que era tan… auténtica, sin disfraces. Lo que probablemente estaba relacionado con el modo en que se habían conocido. Le habría resultado muy difícil darse aires de nada después de lo que había pasado delante del Pub de Quinn.

Debía reconocer que le gustaban las mujeres así: era sincera y directa, dulce y divertida. Era natural y, con ella, se sentía relajado, podía bajar la guardia, olvidarse de todas sus responsabilidades y divertirse. Ni siquiera había pensado en los Quinn desde que la había encontrado.

La puerta se abrió y Keely reapareció con una sonrisa ganadora:

– Perdona. Tenía que… da igual. Rafe sonrió, la rodeó de nuevo por la cintura y la atrajo hacia su cuerpo.

– ¿Puedo besarte?

– Creo que sí -dijo Keely. Se lo pensó-. Sí, estaría muy bien.

Rafe no se molestó en preguntar dos veces. Le puso los dedos bajo la barbilla y le levantó la cara hacia él. Su piel era delicada como porcelana. Y, por primera vez, tuvo ocasión de apreciar de verdad el color de sus ojos, una extraña mezcla de verde y dorado.

– Eres muy bonita -murmuró mientras posaba la boca sobre la de ella.

Fue un contacto eléctrico, muy intenso, mucho más que el beso fugaz que se habían dado en el bar. Rafe sintió una llamarada de calor por todo el cuerpo, el corazón se le aceleró, la sangre se le subió a la cabeza. Por lo general, besar a las mujeres era más bien una obligación, un requisito que tenía que cumplir para poder llevársela a la cama. Pero besar a Keely, tan profundamente, era lo único que ocupaba la cabeza de Rafe en esos momentos. Y estaba disfrutando.

Emitió un gemido ligero antes de poner las manos en sus mejillas, mientras pasaba la lengua entre los labios de Keely. Sabía dulce, a fresas. Y quería más. Solo un poquito más. Cuando abrió la boca, Rafe aceptó la tácita invitación y la saboreó como habría hecho con un buen Burdeos.

Después, cuando Keely introdujo las manos bajo su chaqueta y deslizó los dedos por el pecho, Rafe comprendió que había estado engañándose. No se quedaría satisfecho nada más que besándola. Quería tocarla, explorar su cuerpo, aprender más de aquella mujer intrigante. Era como si hubiese descubierto un tesoro escondido y quisiera apoderarse de él antes de que alguien más se diera cuenta de lo que había encontrado.

Muy a su pesar. Rafe le agarró las manos, las separó sin dejar de sostenerlas y la miró a la cara:

– Debería irme -dijo antes de robarle otro beso veloz.

– Deberías, sí -Keely se puso de puntillas y volvió a probar su boca.

Luego entrelazó las manos tras la nuca de Rafe, le acarició el pelo. Le gustó comprobar que Keely lo deseaba tanto como él a ella. La apretó contra la puerta de la habitación hasta sentir su cuerpo: los muslos, las caderas, los pechos, esas curvas cálidas y tentadoras. ¡Era una locura! ¿Por qué no la seducía sin más? Nunca se había privado de satisfacer sus deseos. ¿Por qué iba a empezar de pronto? Rafe Kendrick conseguía lo que quería y no volvía la vista atrás.

No pudo evitarlo. Bajó la mano y le agarró un muslo, lo subió hacia arriba por su cadera. La falda se le subió y Rafe metió la mano debajo, la agarró por detrás y la apretó todavía más. La hizo sentir su erección contra las bragas de encaje. Cuando Keely se frotó contra él, el fuego se avivó. Si no estuvieran de pie en un lugar público, ya le habría quitado las bragas y estaría dentro de ella. Pero dejaría que fuese ella la que llevara el ritmo. Y si Keely hacía amago de poner fin a aquel acto de seducción, haría lo posible por retirarse.

Metió los dedos bajo el elástico y le tiró de las bragas, ansioso por tocar la piel de debajo, dispuesto casi a hacerle el amor en pleno pasillo. Keely exhaló un leve suspiro bajo los labios de Rafe, echó la cabeza hacia atrás y él aprovechó para escorarse, encontró un punto erógeno en la base de su cuello. Chupó con suavidad, como si paladearla pudiera saciar su apetito de algún modo.

De pronto notó que se ponía tensa y su cerebro registró el sonido del timbre del ascensor. Le bajó la falda corriendo y dio un paso atrás, pero no se molestó en retirar el brazo de su cintura. Keely apoyó la frente en su pecho y Rafe miró a la pareja que los pasó de largo por el pasillo. Les sonrió, asintió con la cabeza y cuando desaparecieron dentro de una habitación, Keely rió con suavidad.

Rafe supuso que se había terminado. Como agua helada contra fuego rugiente, la interrupción los había devuelto a la realidad. Keely se dio la vuelta, dándole la espalda, sacó la tarjeta con la que se abría la puerta y la empujó. Cuando entró, Rafe esperó. Si entraba con ella, sabía lo que ocurriría.

Keely se giró hacia él y, cuando ya esperaba que le daría las buenas noches, lo agarró por las solapas de la chaqueta y lo arrastró dentro de la habitación. Luego cerró de un portazo. El golpe resonó en el silencio, como señalando el momento exacto en que habían eliminado el riesgo de sufrir nuevas interrupciones. Y, como siguiendo una señal para empezar, empezaron.

Le temblaban los dedos mientras trabajaba con los botones y cremalleras de Keely. No estaba siguiendo ningún método de seducción, pero no le importaba. No estaba jugando. Aquello era pura lujuria. Nada más descubrir la piel tentadora de Keely, se paró a explorar, primero su hombro, luego su cadera, su tripa. Ella hizo lo mismo. No se molestaron en desnudarse del todo, solo abrieron o bajaron lo que les estorbaba.

– Eres preciosa -murmuró contra el monte de sus pechos-. Y sabes de maravilla -añadió, sorprendido por conservar la capacidad de formar una frase coherente. La cabeza había cedido el control a los instintos y estaba deseando sentirse dentro de ella. Sabía cómo hacer que una mujer se retorciera de placer, anhelándolo, y quería que Keely lo necesitase tanto que no le quedara más remedio que rendirse.

Con suavidad, la condujo hacia la cama, enorme, y una vez allí se dejaron caer en un amasijo de extremidades y prendas a medio quitar. Solo entonces ralentizó el ritmo y disfrutó del proceso de despojarla de la blusa. Al principio la notó indecisa. Pero, a diferencia de otras mujeres con las que había estado, Rafe supo que no se estaba haciendo la tímida. Solo estaba siendo Keely McClain.

– Dime una cosa -murmuró mientras jugueteaba con la cinta del sujetador.

– Sí -contestó con firmeza, respondiendo a su pregunta antes de que la formulara.

– ¿Sí?

– Sí, quiero hacer esto. Es lo que ibas a preguntar, ¿no?

Rafe le acarició un pecho con la nariz, introdujo un dedo bajo el sostén.

– No.

– Está bien, no.

– ¿No qué?

– No, nunca había hecho esto -contestó Keely.

Rafe se quedó helado, el dedo paralizado bajo la cinta del sujetador.

– ¿Nunca?

– Jamás -aseguró ella.

– Entonces eres…

– ¡No, no! -se adelantó Keely-. Creía que decías si alguna vez había hecho… esto. Meter a un desconocido en la habitación de un hotel. Claro que tú no eres un desconocido exactamente. Siento como si te conociera hace mucho… ¿Te importa si dejamos la conversación para otros momentos? -añadió sin resuello mientras se echaba la mano al cierre delantero del sujetador.

Los ojos de Rafe cayeron sobre el colgante que pendía entre los pechos de Keely.

– Buena idea -dijo y, cuando ella se quitó el sostén, no pudo contenerse. Supo que tenía que volver a saborearla y, en esa ocasión, probó la punta dulce de uno de sus pechos. La lamió hasta que se endureció y, después, satisfecho, fue por la otra, decidido a ir despacio.

Pero Keely no tenía tanta paciencia. Metió las manos bajo su jersey y tiró hacia arriba hasta obligarlo a sacárselo por encima de la cabeza. Deslizó los dedos por su torso desnudo y Rafe la miraba, acercándose al precipicio con cada movimiento, cada caricia. Pero cuando bajó hacia el ombligo, y luego hacia el cinturón, al botón de los pantalones, le apartó los dedos y se desvistió de golpe hasta quedarse en prendas menores. Luego siguió desnudándola.

Cuando solo los separaba la ropa interior de ambos. Rafe se detuvo. Ya no se trataba de satisfacer sus necesidades, sino de una oportunidad de compartir algo intensamente íntimo con una mujer. Casi tenía miedo de seguir adelante, miedo de estropearlo todo, de repetir viejos hábitos.

Pero en el momento en que Keely deslizó la mano a lo largo de su erección, el pasado de Rafe quedó allí precisamente: atrás. Sus cinco sentidos se centraron en el presente, en sentir esos dedos alrededor de él, la cálida humedad entre las piernas de Keely, el peso delicado de su cuerpo encima de él. Cuando por fin estaba lista y Rafe no pudo aguantar más, sacó de la cartera un preservativo y tuvo que apretar los dientes para no perder el control mientras Keely se lo ponía.

Quería ir lento, saborear el momento de la penetración. Pero sus instintos se apoderaron de él y arremetió con fuerza. Luego esperó alguna respuesta que le indicara qué quería Keely. Esta enlazó los tobillos alrededor de sus caderas y empujó hacia abajo hasta que se hundió tan hondo que soltó un pequeño grito.

– Sí -jadeó Keely-. Sí.

Rafe se echó hacia atrás hasta estar de rodillas y volvió a meterse. Observó cada una de sus reacciones mientras se movía. Y cuando le tocó el clítoris, Keely abrió los ojos de golpe. Tenía los labios hinchados por los besos, la mirada turbia de pasión. Cada sensación, cada goce y deleite se reflejaba en aquellos ojos verdes y dorados, y Rafe supo que estaba a punto.

La dejó alcanzar el clímax despacio, hundiéndose con fuerza, retirándose después lo suficiente para frotar la punta de la erección contra ella antes de volver a entrar. Estaba al límite y cuando la notó derramarse, cuando cerró los ojos y se arqueó contra él, perdió la última rienda del autocontrol.

Rafe contuvo la respiración, se quedó quieto para disfrutar a fondo del efecto de su explosión. Emitió un gemido atragantado, se desplomó sobre ella y, mientras los espasmos convulsionaban su cuerpo, Keely lo acompañó con su propio orgasmo.

Mientras los latidos del corazón y la respiración volvían a la normalidad, tuvo un segundo de revelación: Rafe se dio cuenta de que aquello era algo nuevo para él. No quería salir de esa habitación en la vida. Le daban igual el trabajo, los hermanos Quinn, todo lo que en algún momento pudiera haberle importado. Lo único que necesitaba era sentir contra su cuerpo a esa mujer tan suave, dulce y hermosa.

Se ladeó sobre un costado, se acercó a Keely y hundió la cara en la curva de su cuello. Sentía la necesidad de decir algo, de expresar lo increíble que había sido. Pero ella había estado a su lado y no le cabía duda de que lo sabía. Cerró los ojos, suspiró. Rafe siempre había considerado que obsesionarse con los placeres sexuales era una debilidad en un hombre.

Pero, de pronto, comprendió que no era una debilidad en absoluto, sobre todo cuando el placer se había compartido con la mujer adecuada.

Keely abrió los ojos despacio. Al principio, no estaba segura de dónde estaba. Luego, a medida que la cabeza iba despejándosele, tomó conciencia de que estaba en Boston… en la habitación del hotel… con…

Maldijo para sus adentros. Deslizó una mano hacia el otro lado de la cama, en busca del calor de un cuerpo pegado junto a ella. Pero las sábanas estaban frías. Giró la cabeza conteniendo la respiración y encontró la cama vacía. Sobre la almohada había una hoja doblada. Se sentó, agarró el papel y leyó la nota de Rafe. Tenía que madrugar para tomar el avión a Detroit y no quería despertarla. La vería por la tarde a la vuelta.

Keely se pasó los dedos por el cabello, rezongó. ¿En qué estaba pensando? Como si no tuviera suficientes líos en su vida. Nunca, jamás, había hecho algo tan impulsivo y temerario como la noche anterior. Por lo general esperaba a conocer a los hombres antes de acostarse con ellos. Al fin y al cabo, ¡era una niña buena de educación católica!

Un escalofrío recorrió su espalda al recordar lo que había ocurrido: la pasión, la necesidad, habían sido tan evidentes, tan poderosas que no había sido capaz de resistir. Cuando Rafe la había besado, había perdido toda su capacidad para oponerse a él… o a sus propios deseos. Siempre había disfrutado del sexo, pero nunca tanto como la noche anterior.

De hecho, había experimentado eso de lo que hablaban las revistas. Orgasmos múltiples, estremecedores, extáticos, que la mareaban solo con recordarlos. Y no había tenido que hacer nada para conseguirlo salvo cerrar los ojos y disfrutar del viaje. Se preguntó cómo explicaría ese pequeño hallazgo en el confesionario.

Keely se cubrió la cara con las manos y notó que le ardían las mejillas. Las cosas que había hecho por la noche eran deliciosamente pecaminosas. Y, sin embargo, no sentía ni una pizca de culpabilidad. Por una vez, había seguido sus impulsos y había obtenido justo lo que esperaba: placer cien por cien puro, sin adulterar.

Pero no era momento de embarcarse en una aventura apasionada. Desde que había vuelto de Irlanda, su vida estaba patas arriba. Ni siquiera estaba segura de quién era ni de dónde estaba su sitio. Quizá la experiencia de la noche anterior era una reacción a todos esos cambios: el último acto de rebeldía.

O quizá entre los Quinn fuera normal acostarse con un desconocido y sus comportamientos impredecibles tenían su origen en el ADN de esa parte de la familia. Quizá no iban a misa todos los domingos, tal vez no se hubieran confesado hacía años. Podía ser que estuvieran acostumbrados a satisfacer sus deseos, ¿no?

Se tumbó boca arriba y se cubrió los ojos con un brazo. En realidad no le importaba lo que los demás pensaran de ella. ¡Lo que la horrorizaba era lo que Rafe Kendrick pensase de ella! Seguro que estaba acostumbrado a un buen número de rollos de una noche con mujeres promiscuas, quizá con dos a la vez. Era un hombre de mundo. Tenía que haberle parecido tan… ansiosa.

Pero lo peor no era eso. En palabras de su madre, era una…

– Puta -susurró-. Mi madre tenía razón: ningún hombre valora lo que le entregas tan fácilmente.

Keely se sentó en la cama, apartó las sábanas. No se iba a quedar todo el día quieta, esperando lo inevitable. Los hombres no volvían a llamar después de un rollo de una noche. No se llevaban a sus ligues de una noche a cenar y, por supuesto, no buscaban citas con ellas. En cuanto al amor y al matrimonio, era una fantasía que nunca sucedería a partir de un rollo de una noche. ¿Qué les dirían a los invitados a la boda cuando estos preguntaran cómo se habían conocido?

– Nada, nos encontramos en la calle y esa misma noche ya me lo había tirado -murmuró Keely-. Qué historia más romántica.

Tenía que ser práctica. Esa noche cenarían, volverían a la habitación, se acostarían de nuevo y entonces llegaría ese momento incómodo en el que ninguno de los dos sabría qué decir. Y luego no volvería a verlo.

Salió de la cama y empezó a recoger la ropa del suelo. Apenas había dormido tres horas, pero tendría que conformarse. Dejaría Boston y esa fantasía imposible y volvería a la realidad de la Gran Manzana.

– Ha sido un viaje estupendo -se dijo Keely-. Pero tengo cosas más importantes en las que pensar en estos momentos.

Volvería a casa, se concentraría en lo que tenía que concentrarse e intentaría sacarse a Rafe Kendrick de la cabeza. Entonces, cuando estuviese preparada, regresaría a Boston y se presentaría ante su familia. Supuso que su madre la recibiría con un «te lo dije», pero, en realidad, ¿por qué iba a contarle nada a su madre? Fiona le había ocultado muchos secretos. Y en cuanto al confesionario, lo que había pasado entre Rafe y ella era justamente eso: entre Rafe y ella.

Llamaron a la puerta. Keely se quedó paralizada, apretó la ropa interior que tenía en la mano. Avanzó de puntillas hasta la puerta y se acercó a la mirilla, pensando que quizá había vuelto Rafe. Pero era un botones uniformado con una cajita blanca. Keely volvió corriendo a la cama, agarró una sábana y se cubrió con ella antes de abrir.

– ¿Señorita McClain? Se lo acaban de enviar.

– Espere -dijo después de tomar la cajita-. Le daré una…

– No hace falta -dijo el botones-. Ya se han ocupado de todo.

Keely se encogió de hombros, cerró la puerta. Volvió despacio hasta la cama, se sentó en el borde y abrió la caja. Se quedó maravillada al inspirar la deliciosa fragancia que impregnó el aire. Era un ramillete perfecto de guisantes de olor en varios colores pasteles. La noche anterior había comentado que los guisantes de olor eran su flor favorita, pero no imaginaba que fuera a acordarse de un detalle así. Al sacar el ramillete, vio un pañuelo doblado con una tarjeta encima: Hasta esta noche. Rafe. Keely acarició el pañuelo y sonrió. Era un recuerdo perfecto de cómo se habían conocido.

Se tumbó boca arriba en la cama y gruñó. Justo cuando ya pensaba que lo tenía todo programado, Rafe tenía que hacer algo romántico. ¿Por qué no actuaba como los demás ligues de una noche, asustados, arrepentidos, impacientes por pasar a la siguiente mujer? Agarró el ramillete, se lo llevó a la nariz e inspiró. Keely se preguntó qué estaría haciendo Rafe en esos momentos. ¿Estaría mirando por la ventanilla del avión, recordando la noche anterior?, ¿o estaría buscando algún pretexto elegante para cancelar la cita para cenar?

– No me lo estás poniendo fácil. Rafe Kendrick -murmuró Keely-. Nada fácil.

Capítulo 4

– Señor Kendrick, lo llama el señor Arledge, de Telles y Compañía.

Rafe miraba por la ventana del despacho, la vista clavada en un remo que entraba y salía del agua gris del río. Refrescaba. En no mucho tiempo, hasta los remeros más resistentes desaparecerían.

Kencor ocupaba una planta entera y, desde varios puntos del despacho principal, podía contemplar la cuenca del río Charles en su camino hacia Cambridge, o el puerto de Boston, el puerto de Logan incluso. Al comprar el edificio, se sentía en la cumbre del mundo. Pero las vistas habían perdido su interés. Quizá estaba demasiado aburrido para apreciar lo alto que había llegado.

– ¿Señor Kendrick?

Rafe se dio la vuelta. Su secretaria, Sylvie Arnold, estaba en la puerta del despacho.

Sylvie llevaba con él desde el principio, había sido su primera empleada cuando abrió la primera oficina. Habían desarrollado una relación eficiente de trabajo y una extraña relación personal. Si hubiera tenido una hermana mayor, seguro que se habría parecido mucho a Sylvie. Era una mujer cerebral, en contraste con el temperamento de él; comprensiva, en vez de implacable; serena, mientras que Rafe siempre se exigía mas.

Aunque ambos habían crecido en familias humildes, él había luchado para convertirse en un hombre de mundo. Sylvie conservaba cierto aire de barrio, sencillo, que Rafe respetaba. Aunque solo le sacaba unos años, a veces se sentía un niño a su lado. Había vivido muchas más cosas que él. Tenía una vida fuera del trabajo, un marido y dos niños.

– ¿Señor Kendrick?

– Sí -Rafe cerró los ojos-. ¿Puedes decirle que lo llamo luego?

– Lo siento, pero ha sido usted quien lo ha llamado. O yo, según me pidió. Quería informarse sobre ese pub del distrito de Southie. Me dijo que lo llamara a las tres de la tarde y son las tres en punto.

– No quiero hablar con él, Sylvie -dijo Rafe después de girarse hacia la secretaria-. De hecho, no quiero hablar con nadie en estos momentos. Retrasa todas mis llamadas. Y cancela todas las citas.

Sylvie asintió con la cabeza y salió del despacho. Rafe la miró salir con el ceño fruncido. Conocía a Sylvie desde hacía casi diez años. Era una mujer bonita, pero nunca se había sentido atraído hacia ella de un modo más que platónico o profesional. ¿Qué era lo que hacía que una mujer fuese irresistiblemente tentadora y otra no le mereciese más que unos segundos de atención?

Volvió a pensar en Keely McClain, en la noche que habían pasado juntos hacía casi un mes. Maldijo en voz baja al recordar los detalles del encuentro. ¿Cuántas veces habían pensado en ella en las últimas semanas?, ¿cuántas veces se había obligado a quitársela de la cabeza con la esperanza de olvidarse de ella?

La mesa de trabajo estaba llena de documentos impresos e informes de diversos departamentos. Se sentó, empezó a clasificarlos, decidido a centrarse en el presente, en vez de en… placeres pasados.

– Siento interrumpirlo otra vez.

– No, está bien, Sylvie -Rafe se giró hacia la secretaria, que tenía una caja en las manos.

– Acaba de llegar -Sylvie entró, cerró la puerta y colocó la caja sobre la mesa-. He pensado que querrías comprobar si te sientan bien antes de llevártelos a casa.

Rafe levantó la tapa de la caja de zapatos. Era el par de zapatos que había pedido que le llevaran desde Milán para sustituir los que Keely había echado a perder. ¡Como si no tuviese suficientes motivos para acordarse de ella! Si fuera supersticioso, quizá pensaría que lo había embrujado.

– Me los probaré luego -dijo al tiempo que ponía la caja a un lado.

– ¿Puedo ayudarte en algo? -preguntó Sylvie-. Porque te está costando sacar las cosas adelante últimamente. Y llevas un mes de mal humor.

– He estado ocupado -dijo Rafe.

– Se suponía que debías tener revisados esos informes el viernes pasado y siguen pendientes. Elliot y Samuelson han llamado para saber si tienen la autorización a sus proyectos.

– Si aceptaras el maldito ascenso que te he ofrecido, quizá podrías leer tú misma los condenados informes -gruñó Rafe.

Sylvie sonrió, negó con la cabeza como reprendiéndolo y estiró la mano:

– A pagar: diez más diez, veinte dólares.

– «Maldito» y «condenados» no son palabrotas -contestó Rafe-. Ya hemos tenido esta discusión.

– Una apuesta es una apuesta. Paga, Rafe.

– Señor Kendrick -la corrigió él mientras sacaba de la cartera dos billetes de diez dólares.

– Eso es cuando me pueden oír otros empleados. Te recuerdo que te conocía cuando los bancos no te concedían préstamos -contestó Sylvie sonriente. De pronto, se puso seria-. ¿Es tu madre?

– Está bien -Rafe negó con la cabeza-. Quería darte las gracias por las flores que le enviaste por su cumpleaños.

– ¿Algún negocio?

– De verdad, no es nada. Demasiados viajes últimamente. Demasiado dormir en aviones. Demasiadas habitaciones de hotel. Solo necesito descansar un poco.

Pero cada vez que intentaba dormirse acababa pensando en Keely. Era como una droga. Después de probarla, quería más. Pero pensaba que si resistía lo suficiente, conseguiría superarlo.

Llevaba noches y noches dándole vueltas a la cabeza. No era sexo, aunque había sido fabuloso. Ni era porque fuese bonita, aunque resultaba muy agradable mirarla. Era cómo lo había hecho sentirse. Durante aquellas pocas horas, había bajado la guardia, había olvidado todo su rencor y se había sentido feliz.

Luego se había marchado a Detroit y al volver ya no estaba. No le había dejado respuesta alguna en la habitación y. al preguntar en recepción, lo habían informado de que Keely McClain había dejado el hotel a primera hora de la mañana. La nota que le había dejado solo decía que tenía que volver a Nueva York y que lo llamaría la próxima vez que fuese a Boston.

De modo que había salido de su vida tan rápidamente como había entrado. Y, desde entonces, no había conseguido quitársela de la cabeza. Pero se había acabado. A partir de ese mismo momento, Keely McClain era historia.

– ¿Sabes? Sí que puedes ayudarme – comentó Rafe finalmente-. Podías reservar mesa para dos en algún restaurante tranquilo… romántico. Llamar a Elaine Parrish y decirle que pasaré a recogerla a las siete.

La única forma de olvidarse de Keely McClain sería sustituirla por otra mujer, más guapa, más descarada en la cama. Y cuanto antes mejor.

– Me temo que no es buena idea -dijo Sylvie.

– ¿Por qué?

– Anunció su pedida de mano hace tres meses. Lo leí en el periódico.

– Entonces busca a otra. A la que sea, me da igual.

– Quizá ese sea el problema -observó Sylvie.

– Tú hazlo y punto -Rafe le lanzó una mirada severa-. Y llévate estos zapatos. Dáselos a tu marido. Si no son de su talla, los donas. Pero quítalos de mi vista.

– En seguida, señor Kendrick -dijo ella mientras agarraba la caja. Estaba llegando a la puerta cuando Rafe la detuvo.

– Una cosa más. Van a dar una fiesta en el hospital de mi madre -mintió-. Les he dicho a los médicos que me encargaría de los refrescos. Y he pensado en que podía mandarles una tarta también. Y algo de… ¿cómo se llama? Eso que se sirve en una fuente grande.

– ¿Ponche? -preguntó Sylvie.

– Exacto -Rafe hizo una pausa-. He leído no sé qué de una persona que hace unas tartas especiales en Nueva York. Creo que se apellida McClain. Si no me equivoco, la pastelería estaba en Brooklyn. ¿Te importa localizar el teléfono? Pero no llames. Ya lo hago yo. Quiero que me cuente qué clase de diseños hace.

– ¿Desde cuándo hablas con decoradores de tartas? -Sylvie enarcó una ceja.

– Tú encuéntrala -ordenó Rafe-. Y si yo fuera tú, aceptaría ese ascenso. Antes de que te despida por insubordinación.

– Llevas ofreciéndome ese ascenso desde hace cinco años y yo llevo cagándola el doble de tiempo. Y todavía no me has despedido.

– Diez dólares -Rafe extendió la mano-. Si condenado es una palabrota, cagarla también lo es.

Le devolvió uno de los billetes y salió del despacho. Rafe se alegraba de que Sylvie no quisiera otro trabajo. No estaba seguro de si podría arreglárselas sin ella. Se recostó en el respaldo, cerró los ojos. Poco después sonó el interfono.

– Dígame, señorita Arnold -dijo Rafe tras pulsar el botón.

– Tengo un teléfono. He encontrado una Repostería McClain en Brooklyn y hacen tartas para fiestas -anunció Sylvie y Rafe se incorporó como un resorte. No estaba seguro de si quería tener el teléfono de Keely. Hacía solo unos minutos había decidido darle carpetazo y encontrar a otra mujer-. ¿Señor Kendrick?

– Apúntelo de momento -dijo por fin Rafe-. Ya le diré si la necesito… quiero decir, si lo necesito. El número.

Suspiró, se alisó el cabello. Sus ojos cayeron sobre un montón de carpetas apiladas en una esquina de la mesa. Sobre los Quinn. Había recopilado toda la información que necesitaba para poner en marcha su plan, pero en el último mes no había hecho nada por alcanzar su objetivo.

A partir de ese momento, no apartaría la vista de sus propósitos. Nada, ni siquiera Keely McClain, lo distraería de sus planes.

Keely acarició el collar que le colgaba del cuello, paseando el pulgar por la esmeralda como si pudiera darle buena suerte. Había vuelto a Boston a conocer a su familia y lo haría esa misma noche. Entraría en el Pub de Quinn, se tomaría una cerveza y se presentaría. Y, pasara lo que pasara, asumiría las consecuencias.

Se alisó la chaqueta de lana que llevaba y echó a andar hacia el bar.

– Hola, me llamo Keely Quinn y soy tu hija -ensayó-. ¡Por favor! No puedo soltarlo así. Tengo que ser más sutil. Quizá consiga que me hable de su familia. Le preguntaré por su esposa y cuando se me presente la ocasión, la aprovecharé.

El estómago se le revolvió un poco, pero Keely se obligó a no ponerse nerviosa. Se paró, respiró hondo y la náusea se le pasó. Hacía una semana que no tomaba un café para evitar vomitar en público. Apretó los dientes, abrió la puerta del pub y entró.

Estaba abarrotado, lleno de humo de tabaco. Había mucho ruido y nadie se molestó en mirarla mientras se acercaba a la barra. Keely intentó no mirar a los clientes, quería pasar lo más inadvertida posible. Vio una banqueta vacía en un extremo y corrió a ocuparla.

Luego contuvo la respiración mientras esperaba a que alguien al otro lado de la barra se fijara en ella. Seamus estaba con dos hombres jóvenes que, sin duda, eran hermanos de ella. El parecido era asombroso: tenían el mismo pelo que ella, los mismos ojos de un color verde dorado. Reconoció a su madre en los dos por la curva traviesa de sus bocas cuando sonreían. Cuando por fin se acercó a atenderla

Seamus, Keely rezó por que la voz no le temblara al hablar.

– ¿Qué te pongo, pequeña?

A pesar de los años, Keely podía ver al hombre del que su madre se había enamorado. Con ser la mitad de atractivo que los otros dos hombres de la barra, ya habría sido irresistible. Tragó saliva.

– Una cerveza.

– ¿Una Guinness va bien?

– Una Guinness, perfecto -dijo y Seamus volvió poco después con un vaso enorme de cerveza marrón oscuro, coronada de espuma. Le puso un posavasos y lo colocó encima-. Es mucha cerveza -comentó esbozando una sonrisa débil.

– Es una pinta. Tienes cara de poder con ella -dijo él con mucho acento irlandés.

– Así que este bar es tuyo -dijo Keely para retenerlo cuando Seamus hizo ademán de retirarse.

– Sí -Seamus agarró un trapo y empezó a limpiar vasos-. El Pub de Quinn. Ese soy yo: Quinn. Esos son mis hijos. Me echan una mano -añadió, apuntando con la cabeza hacia los dos hombres jóvenes.

– ¿Siempre te has dedicado a esto?

– Antes era capitán de pesca -contestó Seamus, negando con la cabeza-. Pescaba peces espada.

– Pescador… Debía de ser peligroso.

– Una vida interesante cuando se es joven -comentó él con cierta melancolía.

– ¡Ponme una pinta, Seamus!

Este se giró y se alejó de ella sin añadir una palabra más. Keely exhaló un suspiro pequeño antes de dar un trago largo a la Guinness.

– Bueno, de momento ha ido bastante bien -murmuró. No parecía mal tipo. Después de la imagen que se había formado por las descalificaciones de su madre, no sabía qué esperar. Pero Seamus aparentaba ser la clase de hombre que la acogería con alegría. Al fin y al cabo, era su única hija.

La música, irlandesa, atronaba por los altavoces y poco a poco Keely fue adaptándose al ambiente. Se bebió la cerveza tan rápido como pudo para poder pedir otra. Sean y Liam seguían atendiendo en la barra. Keely había oído sus nombres a los clientes que los llamaban a gritos pidiéndoles nuevas consumiciones. Liam era el más joven, el que más se acercaba a la edad de Keely, y sintió una conexión especial con él. Si hubiesen pasado la infancia juntos, seguro que habrían sido grandes amigos.

– ¿Otra? -le preguntó Liam.

– Pero solo media esta vez -contestó Keely. Si se tomaba otra pinta entera, estaría borracha antes de poder dirigirle una sola palabra a Seamus. Pero Liam no volvió con otra jarra de cerveza, sino con una copa de champán-. ¿Y esto? -preguntó inquieta.

– Te invita ese de ahí -Liam se encogió de hombros.

Keely miró hacia el otro lado de la barra y el corazón se le detuvo nada más verlo.

– Dios -dijo al tiempo que se echaba hacia atrás en la banqueta. Lo último que esperaba era encontrarse con Rafe Kendrick.

El corazón le golpeaba contra el pecho. Por un instante, no supo qué hacer. No se decidió a tiempo. Segundos después. Rafe ocupó el espacio que había junto a su banqueta, rozándola con el cuerpo. Keely cerró los ojos y sintió un escalofrío al recordar la sensación de las manos de ese hombre por su cuerpo.

¿Por qué no se le había ocurrido siquiera? Se había encontrado con Rafe fuera del Pub de Quinn hacía un mes. No hacía falta ser un genio para imaginar que podría aparecer de nuevo. Pero había estado tan concentrada en el encuentro con su padre y sus hermanos que ni había pensado que pudiese cruzarse con Rafe allí.

– ¿Vas a hacer como si no estuviera? -preguntó él.

Keely se puso roja. Nada más respirar reconoció su colonia. La almohada del hotel había conservado el olor de Rafe tras haberse marchado.

– Hola, Rafe. ¿Cómo estás?

– Hola, Keely. Bien. ¿Y tú qué tal?

Su voz sonaba profunda, su boca estaba tan cerca que podía sentir su aliento en el cuello. No se atrevió a mirarlo a la cara.

– Bien -contestó con voz trémula. Keely se preguntó qué pasaría si se giraba hacia él. A juzgar por el sonido de su voz, eso dejaría sus labios a escasos centímetros de los de Rafe. Quizá no tuvieran que mantener la compostura con una conversación violenta. Quizá pudieran perderse en un beso largo y profundo.

– Me sorprende verte.

Le pareció advertir cierta irritación en el tono y, de pronto, Keely sintió como si estuviese jugando con ella.

– ¿Por?

– No sé, quizá porque en la nota que me dejaste decías que me llamarías la siguiente vez que vinieras a Boston. Y aquí estás, y yo sin enterarme de nada.

Definitivamente, estaba jugando con ella. Sus palabras sonaban cargadas de sarcasmo. ¿Qué quería?, ¿una disculpa?, ¿una explicación? Permanecieron callados durante un largo silencio, tapado por el estruendo de la música y los clientes. Se había imaginado aquel reencuentro, pero, en sus fantasías, no había animadversión entre ambos, sino pasión y lujuria.

– No esperaba que estuvieras aquí esta noche -contestó por fin.

– ¿Esa es tu explicación?

Keely se decidió a mirarlo y la sorprendió la expresión de su cara. Rafe parecía dispuesto a pelearse.

– ¿Estás enfadado conmigo?

– No estoy acostumbrado a que me planten -respondió.

– ¿Es eso? -Keely soltó una risilla-. ¿Cuestión de orgullo?

¡Qué típico de los hombres! Si ellos se marchaban y no volvían a llamar, perfecto; pero si ella hacía lo mismo, les parecía un insulto a su virilidad. Esas actitudes la desquiciaban. Keely sabía que lo prudente sería levantarse y marcharse, pero el instinto le pedía guerra. Así que se giró hacia él y contestó en voz baja:

– Fue un rollo de una noche. Si intentas que me sienta culpable por haberme ido, no lo vas a conseguir. Sabes mejor que yo que todo acabó en la habitación del hotel. Puede que hubieses vuelto esa noche y hubiéramos cenado y nos hubiésemos dado otro revolcón en la cama, pero habría terminado al poco tiempo. Solo te ahorré las molestias.

Rafe estiró un brazo y le acarició la cara. Keely se quedó sin respiración. Si alguien estuviera mirándolos, pensaría que se trataba de una caricia seductora. Pero Keely sabía exactamente lo que pretendía. Quería demostrar que el tacto de sus dedos seguía afectándola, que solo tenía que recordarle aquella noche para que volviese a desearlo. ¡Pues no se dejaría atrapar! Esa vez no. Disimuló el calor que había prendido en su cuerpo y lo miró con indiferencia.

– Dime, Keely. ¿Cuántas veces has pensado en esa noche? Apuesto a que estás pensando en ella ahora mismo -dijo él con voz baja, todavía con sorna-. Deseando repetir.

Keely agarró la copa y le lanzó el champán a la cara.

– ¡Nos acostamos! Estuvo genial. Fin de la historia. ¿Ya estás contento?

Solo tras pronunciar las palabras reparó en que el arrebato de tirarle el champán había llamado la atención de los clientes más próximos, que se habían quedado en silencio… lo suficientemente callados para oír su evaluación de la noche.

Liam se acercó dispuesto a interceder. Abochornada, Keely dejó algo de dinero en la barra, agarró el bolso y echó a andar hacia la puerta. Lo último que quería era montar una escena delante de su padre y sus hermanos. Pensarían que era una putita de tres al cuarto sin haber tenido tiempo siquiera para conocerla.

Cuando llegó a la calle, respiró profundo y trató de controlar el temblor de las manos. ¿Cómo se atrevía? Los dos sabían lo que estaba ocurriendo aquella noche. Acto seguido, oyó abrirse la puerta y se giró. Rafe estaba en el escalón de arriba. ¿Por qué tenía que ser tan atractivo?, ¿no se podía haber liado con un tío normal y corriente?

– Aléjate de mí -le advirtió ella.

– Lo siento. No sé por qué te he dicho eso -Rafe avanzó hacia ella despacio, con las manos levantadas, como en una rendición burlona-. Venga, vuelve al bar. Ya me voy yo. Fin de la historia.

– ¿Se puede saber qué te pasa? -contestó Keely-. ¿,Con qué derecho te enfadas tanto conmigo? Compartimos una noche agradable, nada más. Estoy segura de que has pasado noches agradables con otras muchas mujeres antes -añadió, aunque en el fondo quería creer que la suya estaba entre las mejores.

– Tienes toda la razón -dijo él-. Olvídate de que me has visto esta noche. Me marcho.

La pasó de largo y se alejó entre las sombras de la noche.

Keely lo miró, tuvo que contener el impulso de llamarlo, lanzarse a sus brazos y llegar hasta el final otra vez. ¿Por qué estaba tan enfadado? No había hecho sino lo que se suponía que debía hacer tras un rollo de una noche,¿no?

De pronto, el corazón le dio un vuelco. ¿Y si resultaba que no había sido un simple rollo para él? Se mordió el labio inferior para no soltar una retahíla de palabrotas.

– Genial. La primera vez que tienes un rollo de una noche y la fastidias -Keely bajó los escalones del bar-. Alguien debería escribir un manual, indicar las reglas.

Miró hacia Rafe, preguntándose si debía ir tras él y disculparse. Pero, ¿qué se suponía que debía decir? ¿Lo siento, fue una noche fantástica, pero no pensé que para ti fuese igual de fantástica, así que me marché?

Había pensado en Rafe muchísimas veces durante el último mes, pero en ningún momento se le había pasado por la cabeza que este sintiera por ella algo más que un calentón pasajero.

Se paró mediada la acera y gritó frustrada:

– No he venido a esto. No he venido por mi vida sexual. He venido a encontrar a mi familia -se desahogó. Luego se giró para volver al bar, pero pensó que la recibirían con miradas y murmullos curiosos sobre su comportamiento. Había pensado pasar la noche en Boston y regresar a Nueva York por la mañana, pero solo eran las diez. Si se marchaba ya, estaría en casa a la una-. La próxima vez. Les diré quién soy la próxima vez que venga -se dijo.

Se dirigió hacia el coche, medio esperanzada con encontrarse a Rafe esperándola. Pero la calle estaba vacía. Rodeó la parte de atrás del coche y se dio cuenta de que le habían pinchado una de las ruedas. Se agachó a examinarla y encontró una raja cerca de la llanta. Alguien se la había rajado adrede. Pero, ¿quién?

Rafe había desaparecido en esa dirección, pero no podía creerse que hubiese hecho algo tan ruin. ¿Para qué?, ¿para rescatarla de nuevo? ¿O para obligarla a afrontar sus problemas sin su ayuda? Keely soltó una palabrota, abrió el maletero y empezó a bucear entre las herramientas para cambiar la rueda.

Primero intentó aflojar las tuercas. Pero, por más que giraba y tiraba, no conseguía moverlas un milímetro.

– ¡Mierda! -exclamó frustrada. Y le dio una patada a la rueda.

– ¿Puedo ayudarla? -la voz que sonó a su espalda la sobresaltó y la hizo dar un pequeño grito. Se giró, agarrando con fuerza la llave inglesa, pero reconoció al hombre de inmediato. Lo había visto la otra noche delante del Pub de Quinn, justo antes de encontrarse con Rafe-. Tranquila, soy policía -añadió, abriendo las manos en señal de paz.

– Enséñame la placa -contestó Keely, tratando de mantener la calma. Sospechaba que estaba ante uno de sus hermanos, pero quería asegurarse antes de soltar su arma.

El hombre accedió a su petición. Se llevó la mano al bolsillo trasero y sacó una cartera. Cuando la abrió, Keely aguzó la vista para leer su nombre bajo la luz tenue de las farolas.

– ¿Ves? Inspector Conor Quinn. De la Brigada de Policía de Boston.

Había acertado aquella primera noche: era el mayor de sus hermanos.

– ¿Quinn?

– Sí, mi padre es el dueño del pub -dijo Conor. Luego examinó la cara de Keely con extrañeza-. Me resultas familiar. ¿Nos conocemos?

– No -respondió ella.

Siguió haciéndole una pregunta tras otra hasta hacerla sentir que la estaba interrogando, que intentaba descubrir la verdadera razón por la que estaba sola en una calle desierta de Southie a esas horas de la noche. Por suerte, concluyó que no era una delincuente y se ofreció a ayudarla a cambiar la rueda.

Keely se apartó y lo miró maravillada por la sencillez con que llevaba a cabo la operación.

– Podías haber pasado al pub y utilizar el teléfono para llamar a un amigo -comentó Conor-. No deberías estar sola en una calle a oscuras como esta -añadió mientras se ponía de pie. Luego se sacudió las manos, abrió el maletero y sacó la rueda de recambio.

– No tengo amigos… por aquí. Están… todos fuera -contestó Keely. Quizá, pensó entonces, si hacía ella las preguntas, conseguiría que Conor parara-. ¿Es un negocio familiar? -añadió con naturalidad, como si no estuviera deseando recabar el más mínimo detalle.

– ¿El pub? -Conor giró la cabeza-. Me turno con mis hermanos los fines de semana.

– ¿Cuántos tienes?

– Cinco -dijo con el ceno fruncido mientras volvía a apretar las tuercas.

– Cinco hermanos. No… no me imagino con cinco hermanos -Keely sonrió-. ¿Cómo se llaman?

Conor se levantó, se sacudió las manos de nuevo, quitó el gato y el coche bajó despacio a la altura debida.

– Dylan, Brendan, Sean, Brian y Liam. Están dentro todos esperándome. ¿Por qué no pasas y te lavas las manos? Te invito a un refresco.

Keely ya había decidido dar por terminada la noche. Pero la oferta resultaba tentadora. Podía entrar con su hermano mayor en el pub, presentarse y acabar con la historia de una vez por todas.

– No -respondió en cambio, empeñada en no dejarse arrastrar por un impulso. Era un paso importante y quería planearlo con cuidado-. Tengo que irme. Se me hace tarde.

Keely le quitó de la mano la llave inglesa, recogió el gato, lo metió todo en el maletero y se metió en el coche.

Mientras arrancaba, exhaló un suspiro tenso.

Para haber empezado tan bien, la noche había terminado siendo un drama. Parecía la protagonista de una telenovela: era la hija secreta que acababa de descubrir una familia nueva y un amante herido en su orgullo. Solo le faltaba un golpe de amnesia, un accidente que le desfigurara la cara y tendría la trama entera.

Keely miró en la batidora mientras dejaba caer unas gotas de mantequilla en la alcorza. Giró la mezcla una y otra vez, alegre de tener algo con que distraerse. Desde que había vuelto de Boston la noche anterior, no había dejado de pensar en Rafe, todo el rato preguntándose si debía ponerse en contacto con él o dejarlo correr sin más.

No podía negar que seguía atrayéndola. A pesar de su enojo, seguía siendo un hombre increíblemente sexy. La noche anterior se había sentado en la cocina y, entre sorbos de café, había hecho una lista con los pros y contras de llamarlo.

Su tarjeta de trabajo seguía pegada en la nevera, justo bajo un imán con forma de sandía. Pero una llamada sería demasiado violenta, habría muchos silencios incómodos. Y mandarle una carta sería demasiado impersonal. Así que había optado por una tercera opción: una tarta.

– ¿Qué haces?

Keely levantó la vista de la batidora y vio a su madre en la puerta de la cocina. Llevaba un mandil verde con el logo de la repostería.

– Estoy probando un nuevo diseño.

– Tenemos que entregar la tarta de los Wagner antes de las diez de la mañana. Tres plantas ni más ni menos.

– Tranquila, me da tiempo.

– Si no quieres hacerla, dímelo. Les pediré a las chicas que se ocupen ella. Tendrán que ponerse dos, pero…

– Te he dicho que me da tiempo -Keely apretó los dientes-. Tengo el resto de la tarde y toda la noche.

– Creo que no eres consciente de lo complicada que es esa tarta.

– Mamá, el diseño de esa maldita tarta lo inventé yo. Sé perfectamente lo complicada que es.

– No hables mal, Keely.

– ¿Por qué? Tú lo haces. No siempre eres la dama irlandesa educadita que pretendes.

Fiona pasó por alto la provocación y miró hacia la tarta que su hija estaba preparando.

– ¿Qué son?, ¿unos zapatos?

– Italianos -contestó Keely-. Son para un amigo.

Fiona se quedó en silencio unos segundos.

– ¿Voy a tener que estar preguntándote siempre? -preguntó por fin-. ¿No podías informarme por adelantado de tus viajes a Boston? Anoche te esperé para cenar. Creía que teníamos planes.

– Lo siento. Lo decidí en el último momento. Tenía el día libre.

– ¿Hablaste con tu padre? -preguntó Fiona con falsa indiferencia.

– Sí, y conocí a tres de mis hermanos: Conor, Liam y Sean -Keely negó con la cabeza-. Bueno, en realidad no los conocí. Pero hablé con ellos.

Su madre se quedó callada y cuando Keely levantó la vista de la tarta, vio que se le estaban saltando las lágrimas. Se reprochó comportarse de un modo tan infantil: su madre llevaba veinticinco años sin noticias de sus hijos y ella le estaba escamoteando información.

– Son muy guapos -comentó con cariño.

– ¿Sí?, ¿son buenos hombres? Quiero decir, ¿son correctos? -preguntó Fiona con una sonrisa trémula-. Siempre intenté enseñarlos a comportarse. Su padre era muy bruto, pero yo no quería que mis hijos fuesen unos bestias.

– Son muy agradables -dijo Keely-. Conor es policía. Se me pinchó una rueda y me ayudó a cambiarla. Fue amable y atento. Sean y Liam estaban sirviendo en la barra del pub. Sean es alto y guapo, pero muy callado. Liam es más sociable, algo coqueto.

– ¿Están casados?, ¿tienen hijos? -Fiona hizo una pausa-. ¿Tengo… tengo nietos?

– No lo sé. No he visto que tuvieran anillo de boda, pero eso no tiene por qué significar nada -contestó antes de modelar el tacón de uno de los zapatos-. No me has preguntado por Seamus.

– No estoy segura de querer saberlo -respondió la madre.

– Entiendo que te enamoraras de él – Keely soltó una risa suave-. Cuando sonríe, se le ilumina toda la cara. Ahora tiene el pelo blanco y alguna arruga en la cara, pero sigue siendo muy guapo.

– Creo que estás haciendo bien.

– ¿De verdad? -Keely se quedó helada.

– Sí, está bien que conozcas a tu padre y tus hermanos.

– Me alegra que lo pienses, porque he tomado una decisión. Voy a irme a Boston. No un fin de semana, sino un mes o dos. Quiero conocerlos a todos antes de decírselo. De ese modo, les caeré bien antes de que sepan quién soy.

– Pero no puedes dejar la repostería tanto tiempo -objetó Fiona-. Tenemos encargos, clientes.

– Seguiré haciendo los diseños. Y dejaré instrucciones más precisas para la decoración. Janelle y Kim están dispuestas a trabajar un poco más: ya se lo he preguntado. Y tienen muchas ganas de ponerse a prueba. Conseguirán algunas fotos buenas para incluir en su expediente para cuando monten sus propios negocios. También les he ofrecido un aumento de sueldo y las he autorizado para contratar a otra ayudante de cocina si hace falta.

– ¿Podemos permitírnoslo?

– Puedo. El negocio va bien. Y tú estarás aquí para vigilar cómo va todo. Además, no me iré hasta dentro de un mes o así -contestó Keely-. Podrías venir a Boston conmigo -se le ocurrió entonces.

– No -Fiona negó con la cabeza-. Imposible.

– Mamá, antes o después tendrás que ver a tus hijos. Después de conocerme, lo más probable es que quieran verte.

– Si no han querido verme en todos estos años, ¿por qué iban a hacerlo ahora? Probablemente me odien.

– Eso no puedes saberlo. No tienes ni idea de qué sienten. Quizá han intentado encontrarte y Seamus los disuadió. Pero creo que tendrías que hacer el esfuerzo. Al fin y al cabo, fuiste tú la que los dejó.

– ¿Y si se niegan a hablar conmigo? No sé si lo soportaría.

– ¿Qué puedes perder?

Fiona se quedó unos segundos pensativa. Luego asintió con la cabeza.

– Todos estos años he intentado convencerme de que estaban todos bien. Estaría bien confirmarlo.

Keely rodeó la mesa de trabajo, se plantó frente a su madre, le agarró las manos y le dio un pellizquito.

– Sé que es duro, pero también sé que todo saldrá bien. Ir a Irlanda fue una buena decisión -dijo y su madre volvió a asentir con la cabeza.

– Eres una buena chica, Keely McClain – Fiona abrazó a Keely. Luego dio un paso atrás y abarcó la cara de esta entre las manos-. Keely Quinn. Siempre has sido buena chica: un poco cabezota y alocada a veces, pero cuando tu padre y tus hermanos te vean, se darán cuenta del tesoro que eres y aprenderán a quererte tanto como yo -añadió justo antes de darle un beso veloz en la mejilla y salir corriendo de la cocina.

– Sí, soy una buena chica -dijo Keely. Después suspiró. Y negó con la cabeza. Lo cierto era que ya no tenía ni idea de quién era. Quería creer que tenía algo de control sobre su comportamiento, pero su encuentro con Rafe le decía lo contrario. Bastaba con que este la tocara para hacerla enloquecer con un sinfín de fantasías salvajes.

Bajó la mirada hacia la tarta. ¿Era una disculpa u otra invitación más para pecar? ¿Acaso no esperaba que, al recibir la tarta, descolgara el teléfono y la llamase? No podía negar que quería pasar otra noche con Rafe Kendrick. Pero no era el momento oportuno para embarcarse en una aventura. Tenía cosas más importantes de las que ocuparse.

Agarró la tarta y la tiró a la papelera. Era una mala idea y un mal diseño. Ya la esperaban emociones de sobra en los próximos meses sin necesidad de enredarse con un hombre endiabladamente guapo y peligroso.

Quizá cuando consiguiera aclarar quién era ella de verdad, podría darse el lujo de enamorarse. Pero nunca antes.

Capítulo 5

– Ron con cola, dos pintas y… -Keely miró su libreta-. ¿Una piña colada?.-Seamus río y la apuntó con el dedo.

– Aquí no ponemos de eso. Te están tomando el pelo porque eres nueva -dijo-, ¿Quién quería la piña colada?

Keely se giró hacia un grandullón con barba y chaqueta de motero.

– Creo que se llama Art.

– Art es un buen tipo. Irlandés. Solo bebe Guinness. Y en Nochebuena, que hay Guinness gratis, bebe mucho. Dile que es piña colada – añadió riéndose de su propia gracia.

Mientras le servía las bebidas en una bandeja, Keely se descalzó un momento y estiró los dedos de los pies. No tenía madera para camarera, mucho menos para servir en un pub irlandés. No le costaba recordar los pedidos, pues la mayoría de los clientes querían Guinness. Pero hacía falta tener la condición física de un atleta olímpico para evitar las manos toconas de los hombres, los resbaladizos charcos de cerveza en el suelo y soportar la humareda de cigarrillos.

Se había fijado en el cartel en el que se ofrecía un puesto de camarera al regresar al pub en noviembre y había decidido pedir el puesto si todavía no había nadie cuando volviera en diciembre. Desde entonces había pasado una semana y ahí estaba, pasando la Nochebuena con los Quinn… su familia. Había sido un plan perfecto.

Y, en realidad, no se le daba tan mal. Hasta el momento no había cometido muchas calamidades… aparte de tirarse una bandeja de bebidas encima la primera noche. Y luego estaba lo de la segunda noche, rematada con una broma pesada de Liam. Le había puesto una pegatina en la espalda con la palabra «PELLÍZCAME» en mayúsculas. Había terminado la jornada tan nerviosa que no había logrado conciliar el sueño. A la tercera noche ya se había despabilado y solo había tardado dos horas en darse cuenta de que los clientes que se ofrecían a secarle las gotas de cerveza de la cara tenían tinta negra en las yemas de los dedos. Pero las bromas habían contribuido a que se sintiera parte de la familia.

En cuanto tuvo la bandeja llena, se dispuso a servir las bebidas. Ed, un habitual del pub, le entregó un billete de diez dólares por la ronda y le dijo que se quedara el cambio, lo que suponía tres dólares de propina con la Guinness de regalo. Keely despachó el resto de las mesas y luego hizo una pausa en el extremo de la barra donde Liam acababa de servirle un refresco.

Mientras daba el primer sorbo, pensó en Rafe una vez más, como tantas otras durante las últimas semanas. Se le hacía raro estar en la misma ciudad y no saber dónde estaba ni qué hacía. Se decía que tenía que llamarlo, pero al final siempre se inventaba alguna excusa para retrasarlo: las vacaciones, el trabajo en el pub, la confusión que le producía no poder precisar lo que habían compartido. Y la certeza de que si volvía a verlo, probablemente sucumbiría a sus encantos de nuevo.

Aunque la mera idea de acostarse con Rafe le aceleraba el pulso, tenía cosas más importantes que embarcarse en una aventura apasionada y experimentar orgasmos sísmicos. Lo que no quitaba para que mirara hacia la puerta cada vez que entraba un cliente, preguntándose si sería él… y qué haría en tal caso.

Los pensamientos de Keely se tornaron sombríos. Aunque en el pub reinaba la alegría de las navidades, todo lleno de luces de colores y villancicos, no pudo evitar pensar en su madre, sola en casa. Para compensarla por su primera ausencia en esas fechas, Keely la había llamado cada noche para darle detallitos novedosos sobre los hermanos Quinn. En el fondo, Keely esperaba celebrar las siguientes navidades todos juntos.

Había hecho todo lo posible por integrarse. Sean y Liam llevaban trabajando desde primera hora de la tarde, preparando caldo irlandés y poniendo jarras de Guinness gratis. Conor había llegado a las tres con su flamante esposa, Olivia, y poco después había aparecido Dylan con su prometida, Meggie, y el hermano de esta, Tommy. Ya solo esperaban a Brendan, aunque ninguno estaba seguro de que acabara presentándose.

Estaba ansiosa por conocer al último de sus hermanos. Ya sabía que Dylan era bombero y Meggie tenía un café. Y que Conor y Olivia se habían casado el fin de semana del día de acción de gracias. Brendan era escritor y Seamus tenía copias de sus libros detrás de la barra. Y justo esa noche, todos se habían apiñado frente al televisor para ver la primera intervención de Brian como reportero en directo para uno de los canales de televisión de Boston.

En cuanto a Liam y Sean, trabajaban cuando podían: Sean como detective privado y Liam como fotógrafo autónomo para el Boston Globe. Los tres hermanos pequeños seguían solteros. Por lo que podía observar de las clientes del bar, no les faltaba compañía femenina. Tenían éxito con el sexo opuesto, así que Keely mantenía las distancias para no tener que explicar por qué estaba soltera, pero no disponible.

Keely dio otro trago a su refresco y deslizó la mirada de un hermano a otro. Una vez que estuvieran todos juntos, podría anunciar quién era y desear que el espíritu navideño la ayudara. ¿Qué mejor regalo de Navidad que descubrir que tenían una hermanita debajo del árbol?

– ¡Hablando del rey de Roma! -saludó Dylan-. ¡Bren, te estábamos esperando!

Keely se giró en la banqueta, con el corazón palpitando de anticipación. ¡Ahí estaba! Brendan Quinn, el único hermano que le quedaba por conocer, apareció con una bonita mujer del brazo. Le tomó la mano y la condujo hacia el resto de la familia. Keely lo miró atentamente, deseosa de rescatar algún dato sobre él para poder contárselo a su madre cuando la llamara más adelante.

La sorpresa saltó casi al instante, cuando Brendan presentó a su acompañante, Amy, como su prometida. Mientras recibía las felicitaciones de todos. Keely sintió un pellizquito en el corazón. Otra fiesta familiar que no había compartido. Y otra razón más para no decirles quién era. No sería justo robarles el protagonismo a Brendan y Amy.

Keely miró hacia Seamus y advirtió que era el único que no estaba de celebración. Se había sentado en una banqueta a unos metros de Keely y daba sorbos a una jarra pequeña de Guinness. Brendan se acercó a su padre y le pasó un brazo sobre los hombros:

– Bueno, ¿qué? ¿Qué te parece, papá?

– ¿Qué me va a parecer? Fatal -bromeó Seamus, negando con la cabeza-. ¿Es que no os he enseñado nada? Nuestros antepasados se estarán retorciendo en sus tumbas.

De pronto, la noche que había empezado tan alegre se volvió melancólica para Keely. Los Quinn se trataban con una camaradería que nunca estaría a su alcance, la naturalidad de quienes han compartido una vida juntos. Entonces se fijó en las tres mujeres del grupo:

Olivia, Meggie y Amy. Habían entrado en la familia después y las habían aceptado. ¿La aceptarían también a ella?

– ¡Keely! -la avisó Seamus-. Hay clientes con el vaso vacío, pequeña.

Keely agarró la bandeja y corrió hacia las mesas situadas en el otro extremo. Durante los siguientes minutos, no tuvo tiempo para pensar en su familia. Hasta que Conor le pidió una botella de champán para Brendan y Amy. Se acercó sonriente a los recién prometidos y se aseguró de no mirarlos con demasiado descaro. Brendan era tan guapo como los otros cinco hermanos, con el mismo pelo negro y los mismos ojos de color verde dorado.

– De parte de Conor -Keely puso las copas en la mesa y le entregó la botella a Brendan-. Enhorabuena. Que seáis muy felices.

– Gracias -contestó Brendan, dedicándole una sonrisa cálida.

Keely asintió con la cabeza y se retiró. Pero se paró a mitad de camino cuando Seamus apuntó con impaciencia a un cliente nuevo. Sacó la libreta y el boli y, al levantar la cabeza, lista ya para anotar el pedido, se le paró el corazón.

– Rafe.

– Keely -dijo este, tan asombrado como ella-. ¿Qué haces aquí?, ¿por qué llevas la bandeja?

Se quedó sin palabras. ¿Cómo iba a explicarle la situación? En el fondo no pensaba que Rafe volviera al pub, sobre todo después del último encuentro.

– Eh… Estoy de camarera -Keely trató de recordar lo que le había contado sobre el trabajo. Hacía diseños de tartas y tenía una repostería. ¿Para qué iba a cambiarse de ciudad y aceptar un trabajo en un pub?-. Yo…

– Creía que vivías en Brooklyn y trabajabas en la repostería de tu familia.

– Es verdad -dijo aliviada Keely-. Pero lo he dejado y me he venido aquí. Necesitaba ponerme a prueba, salir adelante por mi cuenta. He intentado conseguir trabajo en alguna repostería, haciendo tartas, pero está muy difícil. Así que he aceptado este trabajo.

– ¿Por qué en Boston? -preguntó Rafe, que no parecía haberse creído la historia.

– ¿Por qué no? -Keely hizo una pausa-. No, no he venido por ti si es lo que te preocupa.

– No me preocupa -Rafe sonrió-. Después de nuestro último encuentro, he estado evitando este sitio. Pero supongo que no esperaba encontrarte aquí en Nochebuena.

– ¿Te pongo algo? Tenemos caldo irlandés y Guinness gratis.

– Whisky con hielo -dijo él-. El mejor que tengas.

Mientras volvía a la barra, Keely trató de bajar el número de pulsaciones. Se había acordado de Rafe muchísimas veces desde la última en que se habían visto. Pero se había obligado a concentrarse en su familia. Y, llegado el momento del reencuentro, lo cierto era que se alegraba. Era la única persona que conocía en Boston. Y ya no parecía enfadado. De hecho, lo había notado hasta amable.

– Espíritu navideño -murmuró mientras volvía hacia Rafe con la bebida.

– ¿Te puedes sentar un momento?

– La verdad es que no -dijo ella tras lanzar una mirada alrededor del bar-. Estamos bastante liados.

– ¿A qué hora sales?

– El pub cierra a las cinco.

– Y luego volverás a Nueva York a pasar la noche con tu familia -supuso Rafe.

– No, estaré aquí. Sola. Con un tazón de chocolate caliente y un buen libro.

– Ni hablar -dijo entonces Rafe-. Te invito a cenar. Acéptalo como disculpa por mi comportamiento la última vez que nos vimos.

– Si es por eso, deberíamos ir a escote. Mi comportamiento tampoco fue excelente. Pero tendrás planes con tu familia.

– Ninguno.

Keely consideró la invitación un par de segundos antes de asentir con la cabeza.

– De acuerdo. Me encantaría.

Mientras volvía al trabajo, no pudo evitar sonreír. Aunque había intentado no hacer caso a la atracción que sentía hacia Rafe, verlo había demostrado lo contrario. Quizá solo fuese algo físico; pero, ¿qué tenía de malo? Una noche de sexo estupendo podía resultar de lo más reconfortante.

Y si, por alguna casualidad, el sexo daba pie a algo más, ya se ocuparía más adelante.

Rafe dio un sorbo al whisky, atento a Keely mientras se movía entre las mesas. De vez en cuando, esta lo miraba y le sonreía, y Rafe se perdía en la contemplación de su belleza.

En aquel ambiente, donde las mujeres no eran especialmente pulcras, llevaban el pelo de cualquier forma, los labios rojos y los pechos operados, Keely destacaba por encima de todas. Apenas llevaba maquillaje, tenía el pelo corto y solo algo enmarañado, como si acabara de salir de la cama. Rafe se fijó en su ropa: era moderna, con un toque funky, lo que provocaba más de una mirada extrañada en el entorno más bien conservador del pub.

Esa mañana llevaba un jersey verde lima y una faldita negra que ofrecía una vista tentadora de sus piernas. Las botas hasta las rodillas realzaban su atractivo todavía más. Dios, le encantaban las botas negras, pensó Rafe.

Un grito procedente de la barra lo hizo mirar hacia Seamus Quinn y en seguida cambió de humor. Todo estaba preparado: el día después de Navidad, Seamus se enteraría de que le habían vendido la hipoteca por el pub. Un inspector lo visitaría al día siguiente y descubriría que las tuberías y el sistema de calefacción estaban llenos de amianto. El pub tendría que cerrar hasta que lo eliminaran. Y al día siguiente, un pescador, ex tripulante del Poderoso Quinn, iría a la policía con una historia sobre un asesinato en el mar.

Ken Yaeger le había contado la historia hacía muchos años. Había visitado a la madre de Rafe poco después del entierro y le había dicho cómo había muerto su marido en realidad. Y Rafe se la había oído contar a su madre, de manera inconexa, siempre con Seamus Quinn como villano. Con el tiempo, Rafe había sacado sus conclusiones y, tras encontrar a Yaeger unos meses atrás, había confirmado sus sospechas. Seamus Quinn era responsable de la muerte de Sam Kendrick. Lo había asesinado impunemente.

Si todo salía como tenía previsto, a principios de año Seamus Quinn estaría en la cárcel y ninguno de sus hijos podría hacer nada por rescatarlo de la justicia. Rafe dio otro sorbo a su copa. Lo único que le pesaba era que Keely perdiese el trabajo. Pero ella no pertenecía a un lugar así. Tendría que encontrar la forma de compensarla, aparte de la cena.

Cuando se terminó el whisky, Seamus había dado aviso para que los clientes que quisieran pidiesen la última. Keely corría de una mesa a otra con las cuentas. Después de cobrar a todos, colgó el mandil y se reunió con él en la puerta. Luego salieron y apoyó un brazo sobre el de Rafe mientras andaban hacia el coche de este.

– ¿Cansada?

– He empezado a mediodía. Cinco horas no son muchas.

– ¿Te gusta tu nuevo trabajo?

– Está bien. Un poco duro para los pies. Y cuando salgo huelo a tabaco y cerveza. Pero los clientes son agradables. Muy irlandeses.

– ¿Y los dueños? -quiso saber Rafe.

– No los conozco mucho -contestó con sinceridad-. Pero me caen bien. ¿Adonde vamos?

– Tengo que hacer una parada antes de cenar. Quiero mandar un regalo de Navidad. No me llevará más que unos minutos.

Pasaron el trayecto en coche charlando. Rafe apenas podía mantener la vista en la carretera con Keely al lado. No era de los que creían en el destino, pero algo lo había llevado al Pub de Quinn ese día. Algo relacionado con saciar las ganas de volver a estar con Keely.

Y dado que ya sabía lo que esta esperaba, no cometería dos veces el mismo error. Quería una relación sexual, libre y desinhibida, sin ataduras. Podía olvidarse de cualquier relación que fuera más allá del placer físico. Era justo lo que siempre había buscado en una mujer y por fin lo había encontrado.

Hablaron sobre el trabajo de Keely mientras Rafe tomaba la desviación de la autopista hacia Cambridge. Minutos después, aparcó frente a la Residencia Clínica Terraza del Roble.

– ¿Por qué paramos aquí? -preguntó Keely.

– Mi madre vive aquí. No tardaré mucho.

– Pero estamos en navidades -objetó ella-. Deberías pasar algo de tiempo con ella.

– Últimamente ni siquiera me reconoce – dijo Rafe-. Tiene algunos problemas y siempre empeora en navidades. Creo que echa de menos a mi padre.

– ¿Está muerto?

– Hace casi treinta años. Pero para ella es como si hubiese sido ayer. Su estabilidad emocional se rompió cuando se murió -Rafe se giró hacia el asiento trasero y agarró un paquete envuelto con papel de regalo-. Vuelvo en seguida.

– Me gustaría acompañarte -dijo Keely con suavidad-. Conocer a tu madre.

Sorprendido por la propuesta, no supo qué contestar. Su madre se desconcertaba con los desconocidos. Pero Keely era especial.

– De acuerdo -accedió finalmente. Salió del coche, lo rodeó y abrió la puerta de Keely.

– Tengo que darle las gracias por enseñarte a ser tan caballeroso -dijo ella sonriente.

Aunque tenía adornos navideños, la residencia estaba en silencio. Rafe saludó a la enfermera de recepción y echó a andar por un pasillo. Keely caminó a su lado bajo la mirada vacía y los rostros sin expresión de los residentes.

– A veces se pone desagradable -advirtió Rafe cuando llegaron a la puerta de su madre-. Así que siéntete libre para salir si te molesta su comportamiento.

– Todo irá bien -le aseguró ella. Rafe no supo de dónde le salió el impulso, pero se echó hacia delante y le dio un beso fugaz en los labios. No tenía palabras para expresar lo dulce que era, así que había optado por mostrárselo con aquel gesto. Luego se giró y llamó con suavidad a la puerta.

Lila no levantó la cabeza cuando entraron. Estaba sentada en una silla junto a la ventana, mirando la noche invernal con una extraña sonrisa en la cara. Rafe se acercó y le dio un beso en la coronilla.

– Hola, mamá. Felices fiestas.

– Ya debería haber venido -dijo Lila-. Nunca llega tan tarde.

– Ya no tardará, mamá. Mientras tanto, ¿quieres abrir este regalo?

Por fin se giró hacia Rafe, abarcando el regalo con la mirada. Pero luego se fijó en Keely y se le borró la sonrisa.

– ¿Eres mi enfermera? -le preguntó. Keely se acercó despacio a la silla y se agachó hasta estar a la altura de Lila.

– No, soy una amiga de Rafe. Felices fiestas, señora Kendrick.

Lila se quedó mirándola un buen rato con el ceño fruncido.

– Te conozco -dijo.

– No, mamá, no la conoces.

– Te conozco. Tienes los mismos ojos.

– Tiene unos ojos muy bonitos -le dijo Keely a Lila, cambiando hábilmente de tema-. Y un pelo precioso. ¿Quieres que te peine?

Rafe se quedó mirando a Keely mientras estaba arreglando el pelo de su madre y le hablaba con suavidad de moda, perfumes y todas esas cosas de mujeres. Lila parecía relajada y hasta se rió una o dos veces. Por primera vez en muchos años. Rafe vio a la madre que había conocido: la madre que lo había enseñado a bailar en el salón, la madre más «guay» según los compañeros del colegio, la madre que le dijo que podría llegar donde se propusiese.

Y se había propuesto arruinar a la familia Quinn.

– Has hecho mucho por mí -se dijo Rafe-. Y ahora voy a hacer esto por ti, mamá.

Pasó casi una hora hasta que Rafe decidió que era hora de irse. Su madre estaba cansándose y, cuando se cansaba, se volvía más irracional todavía. Miró a Keely y esta asumió la responsabilidad de anunciar que se marchaban. No sin antes asegurarle a Lila que se había entretenido mucho hablando con ella y que esperaba volver a visitarla.

Luego, mientras salía al pasillo, Rafe se sentó junto a su madre.

– Me alegro de haberte visto, mamá.

– Las navidades se acercan -dijo ella, apretándole la mano-. Vendrás a verme, ¿verdad?

– Claro que sí, mamá. Te quiero -Rafe le dio un beso de despedida, pero, de pronto, Lila lo agarró por la camisa y tiró de su hijo.

– Dile que lo siento -le rogó-. No quería molestarla. Ella no tiene esos ojos. Los tiene él. Seamus Quinn. Ojos diabólicos. Me he equivocado. Asegúrate de decírselo. Prométemelo.

– Lo prometo, mamá -dijo Rafe mientras se desembarazaba de la mano de su madre. Luego se unió a Keely en el pasillo, sonrió, le levantó la mano para darle un beso en la muñeca-. Gracias.

– ¿Por?

– Por devolverme a mi madre. No suele volver a la realidad. Ha sido el mejor regalo de navidad que me han hecho en muchos años.

Keely lo miró algo confundida. Luego sonrió y echó a andar por el pasillo. Rafe la observó, asombrado por la profunda emoción que lo invadía. ¿Qué golpe de suerte le había traído a Keely McClain a su vida?, ¿qué tendría que hacer para retenerla?

– No esperaba que todos mis restaurantes favoritos estuvieran cerrados en Nochebuena -dijo Rafe.

– No importa -contestó Keely-. Podemos cenar otro día.

– Te he invitado a cenar y vamos a cenar… Todavía podemos probar en un sitio. Está cerca.

Keely se acomodó en el asiento del Mercedes. Se alegraba de pensar que cenarían con una mesa entre los dos porque, en ese momento, tenía unas ganas casi irresistibles de besarlo de nuevo. El roce de sus labios en la residencia no había hecho sino azuzar su apetito. Sentía como si cada poro de su piel estuviese cargado de electricidad. Y que si Rafe la tocaba adecuadamente, ardería en llamas.

Si no quería meterse en líos esa noche, tendría que elegir los platos de la cena en función de la cantidad de ajo. Keely frunció el ceño cuando Rafe pulsó el mando que abría la puerta de un garaje.

– ¿Qué clase de comida ponen en este restaurante? -preguntó.

– No es un restaurante. Más bien una cocina con una vista fantástica.

– Vives aquí, ¿no?

– Hago unas tortillas de miedo -Rafe sonrió.

Keely contuvo un gruñido. Sabía bien cómo acabaría la velada. Tratándose de Rafe, no tenía el menor control sobre sus deseos. El aire de Boston debía de afectarla, pensó. Tenía algo que convertía a una niña buena católica en una adicta al sexo. O quizá fueran los genes de los Quinn. Sus hermanos no eran famosos por su abstinencia sexual, de modo que por qué iba a serlo ella.

Mientras subían en el ascensor, Keely miró los números de las plantas. Por fin pararon en la planta de arriba.

– ¿Cómo conseguiste la planta de arriba? -preguntó ella tras salir al pasillo.

– Construí el edificio -dijo él, encogiéndose de hombros, mientras metía la llave en la puerta de su apartamento.

Vivía en una casa suntuosa, con el sello de un decorador de interiores en cada rincón, en los accesorios, los colores y las texturas de cada mueble estilo europeo. Nada que ver con su pequeño estudio bohemio en East Village.

Contuvo el impulso de darse la vuelta y marcharse. Había veces que tenía la sensación de que Rafe y ella vivían en mundos distintos. Él era rico, le gustaban los lujos y ejercía un poder inexplicable sobre ella. Aunque, al mismo tiempo, Keely confiaba en Rafe.

El apartamento estaba tenuemente iluminado. Keely se sintió atraída por los enormes ventanales del otro extremo del salón. Se quedó de pie mirando el puerto, la forma de la costa bordeando las luces de la ciudad.

– Es precioso -dijo.

– ¿Quieres beber algo?, ¿una copa de vino?

– Perfecto.

Rafe desapareció en la cocina. Keely se dio un abrazo y trató de contener un escalofrío. La primera vez que habían estado juntos había sido tan espontáneo que no había tenido tiempo para pensar. Pero esa noche tenía todo el tiempo del mundo para sopesar sus acciones. No habría ocasión para decisiones impulsivas.

Y la excusa de que era un ligue de una noche no funcionaría. Si se acostaba con él, tendría que afrontar las consecuencias a la mañana siguiente. Keely cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás. No podía negar su atracción hacia Rafe. Su recuerdo no había dejado de perseguirla incluso en sueños.

Se giró al oír sus pasos y forzó una sonrisa. Llevaba una botella de champán en una mano y sendas copas en la otra.

– Espero que esta vez no me lo lances a la cara -bromeó Rafe mientras le servía, para entregarle una de las copas a continuación. Sus manos se tocaron un instante y fue como tocar un relámpago: una descarga peligrosa la recorrió por dentro. Keely apretó la copa por miedo a que se le cayera. A pesar del tiempo que había pasado, seguía recordando las manos de Rafe recorriéndole el cuerpo.

– Feliz Navidad, Keely McClain -dijo tras llenarse su copa y alzarla.

– Feliz Navidad -Keely brindó con la copa de él.

– ¿Tienes hambre? -le preguntó entonces, al tiempo que le hacía una caricia en la mejilla.

De alguna manera, le pareció que no estaba hablando de comida. Pero estaba dispuesto a seguirle el juego.

– Sí. ¿Puedo ayudar?

Rafe asintió con la cabeza y Keely lo siguió a la cocina. Encendió las luces y todo eran encimeras de granito, acero inoxidable, luces halógenas. Keely miró todos aquellos aparatos ultramodernos y apuntó hacia una batidora profesional, de las que ella usaba en la repostería.

– ¿La has usado alguna vez?

– No, pero supongo que al decorador le pareció importante -Rafe sonrió mientras sacaba una sartén-. Voy a necesitar huevos y beicon. En la nevera debe de haber pimiento verde. Y algo de queso.

Keely abrió la puerta de la nevera. Esperaba encontrarla a rebosar, pero solo había productos básicos y cosas de picar.

– Vaya: se nota que cocinas mucho.

– Muchísimo. Mi asistenta hace la compra. Y como mi habilidad culinaria no va más allá de las tortillas, la lista de la compra no es muy larga.

Keely colocó los ingredientes en la encimera, luego se apoyó en el borde a mirarlo cocinar. Pero cuando fue a alcanzar los huevos, se agachó y, como si fuera la cosa más natural del mundo, le dio un beso en la boca. Esa vez se demoró, mordisqueando y saboreando sus labios antes de separarse.

– Necesitaba hacerlo -dijo Rafe sonriente mientras cascaba los huevos.

– Quería que lo hicieras -contestó ella-. Quizá podrías hacerlo otra vez en algún momento -añadió resignada a una rendición incondicional. Dios, ¿cuánto le había costado capitular?, ¿cinco, diez minutos como mucho?

– Quizá podría -dijo Rafe al tiempo que dejaba el tenedor sobre el plato con los huevos medio batidos.

Con un cuidado exquisito, la rodeó por la cintura y la elevó hasta sentarla sobre el borde de la encimera. Luego le separó las rodillas y se colocó entre medias, sin dejar de mirarla a los ojos un instante. Keely notaba que su cuerpo estaba preparado para sentir las caricias de Rafe. Y cuando este recorrió sus muslos con las manos y le levantó las piernas alrededor de su cintura, exhaló un suspiro despacio.

– Me gustan tus botas -dijo bajando las manos hacia los tobillos. Luego cambió de dirección, empezó a subir y siguió ascendiendo hasta levantarle la falda por las caderas. Metió un dedo entre las bragas y dio un tironcito del elástico-. Y esto también.

Continuó la exploración por la cintura, agarró la parte inferior del jersey y se lo sacó por encima de la cabeza. Después de dejarlo a un lado, plantó las palmas sobre sus hombros. Una oleada de fuego recorrió el cuerpo de Keely y aceleró el ritmo de sus latidos.

Rafe jugó con los tirantes del sujetador, no era capaz de pararse en un sitio concreto.

– Eres tan bonita -murmuró con voz ronca. Deslizó la lengua sobre sus labios y se retiró-. Me encanta cómo sabes. Más rica que el champán.

Despacio, con lentitud deliberada, fue moviéndose de un punto a otro, de la base del cuello a la piel bajo la oreja, pasando por el monte de sus pechos y luego uno de los pezones. Y cada vez que la tocaba con la lengua, Keely gemía de placer. Entonces bajó hasta el ombligo, se agachó al interior del muslo.

– Deja que te pruebe -murmuró-. Toda entera.

Keely se echó hacia atrás sobre la encimera, cerró los ojos y se preparó para el abordaje. Gimió cuando lo notó entre los muslos, anticipando su siguiente paso. Cuando metió las manos bajo la falda y le bajó las bragas, Keely suspiró. Rafe se retiró un segundo mientras le sacaba la lencería y la dejaba caer al suelo.

Las luces de la cocina la cegaban. Rafe le separó otro poco las piernas y Keely giró la cabeza hacia las ventanas. Esa esquina del apartamento daba a otro edificio alto, justo al otro lado de la calle, tanto que podía ver a las personas que vivían dentro.

– ¿Quieres tener público? -preguntó él-. ¿O prefieres que cierre las persianas?

No le dio oportunidad de responder. Se colocó las piernas de Keely sobre los hombros, se agachó y empezó a saborearla. El contacto de la lengua le produjo una descarga de placer que la hizo gritar sorprendida. Estaba segura de que cualquiera que estuviese mirando por la ventana sabría lo que estaban haciendo. Pero le daba igual. Sentir su boca sobre su sexo era devastador, podía con cualquier inhibición.

Una y otra vez, la penetró con la lengua, luego se retiraba para juguetear y chupar. Keely no estaba segura de cuándo había perdido la capacidad de pensar, pero las sensaciones se hacían más intensas por segundos. Cada vez necesitaba más liberar la tensión que la tenía al borde. No podía soportar más la tortura de su lengua. Quería aguantar, pero solo podría hacerlo si le pedía a Rafe que parara. Y eso era imposible. Estaba tan cerca… tan bien… tan…

Explotó. Keely sintió un latigazo de placer que la sacudió de arriba abajo. Tan pronto estaba a punto de caer por el precipicio como, de pronto, estaba en medio de un orgasmo arrollador. Keely gritó mientras su cuerpo temblaba espasmódicamente, pero Rafe siguió. Continuó paladeándola, bajando el ritmo para darle oportunidad de recuperarse.

Estaba dispuesto a empezar otra vez, pero Keely se echó hacia delante, le pasó las manos por el pelo y lo apartó. Rafe supo lo que quería nada más mirarla. Se levantó y, sin decir palabra, la levantó de la encimera y la llevó hacia la puerta con las piernas de Keely enredadas a su cintura.

Al pasar por la ventana, vieron a algunas personas mirándolos desde el edificio de enfrente. Keely sintió que las mejillas le ardían y escondió la cara contra el cuello de Rafe.

– Creo que les hemos ofrecido un buen espectáculo -dijo él sonriente.

Luego la llevó al dormitorio y la desnudó lentamente frente a los ventanales que daban al puerto. Cuando se despojó de su propia ropa, se unió a Keely en la cama e hicieron el amor, despacio, con dulzura, hasta que ambos se desbordaron juntos, dos cuerpos estremecidos de placer, el uno contra el otro, dos extraños abandonados a una atracción imposible de negar más tiempo.

Horas después seguían despiertos, hablando con calma sobre una almohada. Rafe jugueteaba con el colgante de Keely mientras la miraba a esos ojos verdes y dorados. Lo asombraba lo fácil que le resultaba abrirle el corazón. Hablaban de todo y nada, sin que el asunto de conversación tuviera importancia en realidad. Le bastaba con oír el sonido de su voz, verla sonreír o reírse ante una broma.

– Bueno, Keely McClain, cuéntame la verdadera razón por la que has venido a Boston.

– Ya te lo he dicho -contestó ella después de apoyarse sobre un codo, apartándole un mechón de pelo que le caía encima de los ojos-. Quería empezar de cero otra vez.

– ¿Nada más?

– No -dijo Keely-. Hay otra razón, pero no estoy segura de si debo hablar de ella.

– Después de lo que hemos compartido, no deberían existir secretos entre nosotros -la provocó él.

– Bueno… -Keely se lo pensó unos segundos-, me vendría bien hablarlo con alguien.

Se había hecho la ilusión de que había vuelto por él, pero, toda vez que reconocía que había otra razón, estaba intrigado por conocerla.

– Cuéntame.

– He venido a encontrar a mi verdadera familia.

– ¿Tu familia?, ¿no vive en Nueva York?

– Solo mi madre. Pero mi padre y mis hermanos están en Boston. Mis padres se separaron cuando yo era un bebé y nunca lo conocí. Ni a él ni a mis hermanos. En ese sentido me pasa un poco como a ti. Los dos perdimos a nuestros padres cuando éramos pequeños.

Pero el de ella estaba vivo. Y él no se había molestado en desenmascarar la verdad sobre la muerte de su propio padre.

– Así que estás trabajando en el bar hasta que consigas encontrarlos.

– No, no, ya los he encontrado -contestó Keely-. Pero todavía no me he presentado. Por eso estoy trabajando en el bar -añadió mientras se frotaba un ojo, justo antes de taparse la boca para bostezar.

Rafe empezó a sentir que se le formaba un nudo en el estómago.

– En el Pub de Quinn.

Keely asintió con la cabeza y se acurrucó contra el cuerpo de Rafe. Cerró los ojos, exhaló un suspiro delicado.

– Mi padre es Seamus Quinn. Y sus hijos son mis hermanos.

Rafe se quedó helado. Por miedo a que Keely notara su reacción, trató de hablar con calma e indiferencia.

– Así que tu nombre no es Keely McClain, sino Keely Quinn.

– Sí… Keely Quinn -murmuró adormilada.

Rafe cerró los ojos y maldijo iracundo para sus adentros. ¡Dios!, ¡no podía ser verdad! ¡No podía estar pasándole algo así! Llevaba meses planeando su venganza y la había puesto en marcha pocos días atrás. Ya no podía pararla. ¡Seamus Quinn había asesinado a su padre y pagaría por ello!

Pero Seamus no sería el único que pagara. Keely apenas tendría tiempo para conocer a su padre antes de que lo metieran en la cárcel, donde pasaría el resto de su vida. Rafe se giró para mirarla. Se había quedado dormida, con los ojos negros contra su tez delicada, los labios hinchados por sus besos.

No le había contado los detalles de la muerte de su padre porque no quería que oyera el poso de rencor que lo envenenaba. Pero, ¿cómo podría seguir adelante sabiendo cómo se sentiría Keely cuando descubriera la verdad?

Keely era una Quinn. Pero también era la única mujer que jamás le había importado aparte de su madre. Rafe salió de la cama con cuidado de no despertarla y anduvo hasta los ventanales. El puerto de Boston seguía titilando con las luces de la ciudad mientras el cielo azul iba adquiriendo tonalidades rosas y naranjas. Apretó las manos contra el cristal, tratando de organizar el desbarajuste que atormentaba su cabeza.

Se había creído afortunado por encontrarse con Keely de nuevo. Pero, después de aquella inesperada revelación. Rafe se preguntó si el hecho de acostarse con ella no sería un acto de justicia poética. Acababa de hacer el amor con la hija del asesino de su padre. Y, de pronto, ya no estaba tan seguro de querer destrozar a Seamus Quinn.

Había vivido con aquel odio demasiado tiempo. Su necesidad de ajustar las cuentas lo había consumido. ¿Cómo iba a olvidarse de todo de repente? La verdad tenía que saberse, el culpable tenía que pagar. Pero ya no era tan fácil como antes, cuando Seamus no era más que una sombra anónima tras la muerte de Sam Kendrick. De pronto era un padre con una hija que quería construir un futuro con su familia.

Pero, aunque quisiera frenarlo todo, no podría hacerlo sin dar la impresión de que estaba ocultando un delito. Y no es que hubiera inventado pruebas incriminatorias. Todo lo que estaba haciendo era legal y transparente. Tenía un testigo dispuesto a declarar. ¿Por qué no dejarlo todo en manos de la ley? Si Seamus no era responsable, quedaría en libertad. Si lo era, cumpliría la condena que se mereciera.

Rafe se giró para mirar a Keely, acurrucada en la cama bajo las sábanas. Parecía tan inocente… Nada que ver con la mujer que lo había vuelto loco de deseo hacía unas pocas horas. Le encantaba aquel contraste de sirena lasciva atrapada en un cuerpo inocente.

Pero, ¿cuánto tiempo seguiría deseándolo Keely? ¿Cuánto tiempo tenía para conseguir que Keely lo quisiera a él más que a su familia?

Capítulo 6

Keely despertó perezosamente, estirándose bajo las sábanas y entrecerrando los ojos contra el sol radiante de la mañana. Vio la silueta de un hombre alto y de hombros anchos junto a la ventana y sonrió. Rafe. Cuando las pupilas se le adaptaron a la luz y pudo enfocarlo con nitidez, admiró su desnudez, su piel suave contra los rayos que se filtraban por el cristal.

Keely se hizo un ovillo y saboreó la oportunidad de contemplar su cuerpo: los brazos esculpidos, los músculos de la espalda, la cintura estrecha y las piernas largas, un espécimen perfecto. Parecía llevar esa perfección como si nada, como si no supiera, o no le importara, el efecto que su cuerpo provocaba en la libido de las mujeres.

– Buenos días -lo saludó mientras se pasaba una mano por el pelo enmarañado.

– Buenos días -contestó Rafe tras girarse, sobresaltado por la voz de Keely-. ¿Has dormido bien?

Keely se sentó en la cama y, al estirar los brazos por encima de la cabeza, la sábana se le cayó dejando sus pechos al descubierto. No se molestó en cubrirse. Con él se sentía cómoda desnuda, más consciente de su sexualidad y del poder que esta le otorgaba.

– Mucho. ¿Y tú?

– También.

Keely siguió deleitándose con su cuerpo, siguiendo la delgada línea de vello que empezaba entre sus pectorales y acababa bajo el estómago. Sintió un cosquilleo al recordarlo en plena erección.

– Estás increíble de pie a la luz del sol. Si tuviera un papel, te dibujaría tal cual.

– ¿Dibujas?

Keely asintió con la cabeza. Aunque se conocían los cuerpos del otro de memoria, sabían cómo hacerse gemir de placer, todavía les quedaban muchas cosas elementales por aprender.

– Tengo un título de Bellas Artes. Antes pintaba, pero me gustaba más esculpir. Aunque también me divertía dibujando desnudos – comentó sonriente-. Para ser una niña buena educada en un instituto femenino, las clases de dibujo me abrieron los ojos. Solo había estado con un chico y no le había llegado a ver… ya sabes, el equipaje.

– ¿Y eso? -Rafe enarcó una ceja.

– Nos daba miedo encender las luces. Dios, no sabía qué vería, pero creía que me quedaría ciega como castigo -dijo Keely, tapándose los ojos con una mano-. Será mejor que te pongas algo de ropa. Empiezo a disfrutar demasiado de la vista.

Pero Rafe volvió a la cama a tumbarse junto a ella y, nada más apretarla contra su cuerpo, se excitó.

– ¿Quién eres, Keely McClain? -le preguntó mirándola con intensidad-. ¿Por qué me estás haciendo esto?

Keely se quedó callada. Lo notaba extraño, reservado, como si algo lo preocupara.

– ¿Qué te estoy haciendo? -le preguntó ella.

– No estoy seguro. Pero me hace sentir muy bien.

Keely le acarició una mejilla, deslizó los dedos sobre el vello incipiente de la barba.

– No sé qué es. Rafe. No sé si terminará mañana o durará toda la vida. Así que quizá debamos relajarnos y ver adonde nos lleva. Y si no funciona, nada de arrepentimientos. Sin rencores.

– Suena bien -dijo Rafe. De pronto, la agarró por la cintura y la puso debajo de él-. Vámonos de viaje. Es Navidad: deberíamos hacer algo especial. Podemos salir hoy. Compraremos dos billetes a algún sitio y despegaremos. Podemos ir a Hawai, a París, Londres. Tú eliges. A algún lugar lejos de aquí.

La oferta sonaba tentadora. Pasar una semana en la habitación de un hotel con Rafe Kendrick era tanto como hacer realidad la mejor fantasía de una mujer.

– No puedo -dijo sin embargo-. Tengo que trabajar. El pub abre a las cinco y tengo turno. Me apunté a trabajar en navidades para conocer a mi familia.

– Vamos, ¿no me dirás que prefieres ese bar maloliente a una playa cristalina en Hawai?, ¿o a un café en París?, ¿o una habitación acogedora de un hotel de Londres? No tienes ni que pensártelo.

– Ya sabes por qué tengo que quedarme – contestó Keely-. Necesito decirle a mi familia quién soy. Y necesito encontrar el momento justo para hacerlo. Y no lo encontraré si me estoy tostando en una playa de Hawai.

– No sé si quiero dejar que salgas de esta casa -Rafe apoyó la frente sobre la de ella-. La última vez que te dejé, desapareciste.

– ¿Qué tal si vuelvo aquí después del trabajo y cenamos juntos? -le propuso ella después de rozarle los labios con los dedos-. Esta vez cocino yo.

– ¿Cocinas bien?

– Mejor que tú -lo pinchó-. A ti te falta atención. Y eso es muy importante para preparar tortillas. No puedes distraerte con… otros manjares exquisitos.

– ¿Y qué se te ocurre que hagamos hasta que te marches a trabajar? -preguntó Rafe, frotándose la nariz contra el cuello de ella.

– ¿Sabes lo que estaría bien? Vestirnos e ir a la Iglesia. Es Navidad. Siempre voy a misa y me perdí la de anoche.

– ¿De verdad quieres ir a la Iglesia?

– Después de todo lo que pecamos anoche, creo que será lo mejor. Podemos pasar por mi casa, para que me cambie. Y después de la iglesia, tomamos un café. ¿Y sabes qué otra cosa me gustaría hacer? Me gustaría patinar sobre hielo. O dar una vuelta en uno de esos carros tirados por caballos. O podíamos dar un paseo viendo escaparates. Serían las navidades perfectas.

– Vale -accedió Rafe a regañadientes-. Pero antes quiero darme la ducha perfecta. ¿Vienes?

– En seguida -Keely sonrió-. Tengo que llamar un momento a mi madre. ¿Puedo usar el teléfono?.

Rafe le dio un beso en la punta de la nariz y salió a gatas de la cama.

– Te estoy esperando.

Se fue al baño mientras Keely se quedaba en la cama admirando la vista. Cuando oyó que abría el grifo de la ducha, se estiró para alcanzar el teléfono de la mesilla de noche y marcó el número de su madre. Fiona descolgó al cabo de dos pitidos.

– Hola, mamá, feliz Navidad.

– Feliz Navidad, cariño. Me tenías preocupada. Anoche no me llamaste. Pensé que habías decidido venir a casa al final. Intenté localizarte en la habitación de tu pensión a las nueve, pero me dijeron que no estabas. Y no me atreví a llamar después de las diez. No quería molestar tan tarde. ¿Estás bien?

– Sí.

– ¿Fuiste a misa anoche?

– No, pero voy a ir a la Iglesia ahora con un amigo

– ¿Tienes un amigo en Boston?

– Sí, solo uno. Pero es muy agradable. Tengo noticias -añadió Keely, cambiando sutilmente la conversación-. Brendan está prometido. Apareció anoche en el pub para anunciarlo. Ella se llama Amy Aldrich. Parece muy maja, es muy guapa. Y hacen muy buena pareja. Mi padre no parecía entusiasmado, pero todos los demás sí. Ojalá hubieses estado, mamá. Con Conor casado y los otros dos prometidos, no tardarás en tener nietos.

Fiona permaneció en silencio un buen rato antes de hablar.

– ¿Cuándo vas a volver a casa?

– En un par de semanas quizá. Quiero decírselo ya. Y creo que lo llevarán bien. Son muy simpáticos conmigo, mamá. Deberías conocerlos. Quizá las navidades que viene estemos todos juntos.

– Quizá.

– ¡Keely!, ¡mueve ese trasero precioso y ven a la ducha!

Keely puso una mueca, pero, por suerte, su madre no había oído a Rafe.

– Tengo que irme. Esta tarde entro a las cinco, así que te llamaré desde el pub cuando pueda. Quizá consiga que se ponga alguno de los chicos para que te salude.

– Sí… Eso sería fantástico, Keely -dijo la madre con voz llorosa-. Lue… luego hablamos. Feliz Navidad, corazón.

– Adiós, mamá -Keely colgó, suspiró, se frotó los ojos.

– ¡Keely!

Y salió de la cama sonriente para ir de puntillas hasta el baño.

Al igual que la cocina, era una maravilla de la tecnología, con una enorme bañera de masajes y una ducha con mampara para dos. Miró por una esquina de la mampara y vio a Rafe desnudo, en plena erección, con el cuerpo húmedo y enjabonado.

– El caso es que no soy chica de duchas. Prefiero los baños.

Rafe dio un paso hacia ella. Alargó una mano por sorpresa y la agarró por el brazo. Tiró de Keely dentro de la ducha, bajo la cascada de agua corriente y la besó a fondo.

– Te voy a enseñar a que ames también las duchas -prometió él con voz ronca.

Estaba sentado en el banco de un parque, con el abrigo de cachemir abierto al calor del sol de mediodía. Miraba a los patinadores deslizarse sobre un círculo gigante de hielo, recordando el tiempo que había pasado patinando con Keely el día de Navidad. Si alguien le hubiera dicho que iba a pasar la tarde sobre un lago helado, lo habría tomado por loco. Pero debía reconocer que se había divertido. Al terminar el día hasta se había convertido en un patinador pasable.

Había compartido tantas cosas con Keely en los últimos cinco días. Pero, sobre todo, no habían dejado de divertirse: ya fuera en la cama, sin complejos, o cenando tranquilamente con una botella de buen vino o champán, o paseando por el río. Rafe nunca le había dado mucho valor a la diversión, pero era evidente que estaba aprendiendo una nueva dimensión de la vida. Había sonreído más en la última semana que en todo el año anterior. En los anales de sus aventuras con las mujeres, sabía que Keely se alzaría en el primer puesto. Era dulce y comprensiva fuera de la cama, salvaje y apasionada entre las sábanas. Y el contraste lo fascinaba. Otras mujeres habían tratado de dar esa imagen, pero en Keely era genuina.

Con todo, un nubarrón negro seguía cerniéndose sobre ellos. Keely no era solo una mujer con la que se había acostado. Era una Quinn. La hija del asesino de su padre. Y debería estar reprochándose por su comportamiento con ella, en vez de preguntarse qué nueva aventura compartirían juntos esa noche.

Gozaba con su cuerpo. Como ella misma había dicho, no tenían ningún compromiso, nada de ataduras. Solo era un intercambio sexual y el deseo no tardaría en desaparecer. Luego podrían seguir adelante con sus vidas.

– No tienes por qué sentirte culpable -se dijo. Luego soltó una palabrota. Tenía que controlarse. Se estaba obsesionando. Pensaba en Keely a todas horas: se preguntaba qué estaría haciendo, con quién estaría hablando, si estaría pensando en él. Aunque no estaba seguro de haberse enamorado, tampoco podía definir con precisión lo que sentía. Le gustaba Keely. Era bonita, atractiva e intrigante. Y se lo pasaba bien con ella.

Dios, nunca había estado más de un mes con la misma mujer, a una media de dos citas semanales y cinco noches de sexo decente hasta aburrirse. Hizo balance del tiempo que llevaba con Keely y lo sorprendió descubrir que ya había sobrepasado su récord.

– Perdón, ¿eres el hijo de Sam Kendrick? Rafe levantó la cabeza, despertando de su ensimismamiento. Un hombre mayor estaba de pie frente a él, con una chaqueta vieja y un par de vaqueros azules desgastados. El tiempo no había tratado bien a Ken Yaeger. Tenía la cara llena de arrugas, un par de pelos en toda la cabeza, los dientes negros, a falta de un tratamiento en el dentista.

– Sí.

Yaeger se sentó en el banco y se frotó las manos.

– ¿Por qué diablos hemos quedado aquí? Esta ciudad está llena de tabernas con calefacción y whisky. Ya pasé bastante frío cuando era joven. No necesito pasar más -Ken metió una mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una petaca-. ¿Quieres un trago?

– ¿Qué tal ha ido? -preguntó Rafe tras rechazar la petaca con un gesto de la mano.

– Parecían bastante interesados -Yaeger se encogió de hombros-. Me preguntaron por qué quería hablar después de tanto tiempo y les solté un rollo sobre cargos de conciencia. Lo escribí todo en un papel y me dijeron que me llamarían. Tienen que decidir quién se encarga de llevar el caso.

– No entrarías borracho, ¿verdad?

– ¿Qué más da? La verdad es la verdad.

– Quiero oírla -le exigió Rafe-. Cuéntamelo todo tal como se lo has contado a la policía.

Yaeger se paró a pensárselo unos segundos, dio otro trago de la petaca y se aclaró la voz.

– Pues… verás, yo llevaba unos tres años trabajando en el Increíble Quinn. Seamus quería hacer una última salida antes de que llegara el invierno. Yo conocía a Sam Kendrick de Gloucester, y sabía que estaba buscando trabajo. El barco en el que faenaba no solía salir a finales de temporada. Y como tu madre estaba… ya sabes, enferma, Sam no tenía intención de embarcarse luego en invierno. Así que se apuntó a la tripulación de Seamus Quinn para una escapada -Yaeger hizo una pausa y le dedicó una sonrisa mellada a Rafe-. Tu padre era un buen tipo. Podría haber capitaneado su propio barco si hubiera tenido dinero suficiente para comprarlo.

– Estaba ahorrando para hacerlo -comentó Rafe.

– Llevábamos a bordo dos semanas y la bodega estaba medio llena. Entonces empezaron a llegar informes meteorológicos. Seamus quería sortear la tormenta y seguir pescando. Tu padre quería tocar puerto. Pero Seamus tenía la última palabra. Aun así, el tiempo siguió empeorando y al poco todos queríamos volver a tierra. Teníamos un mal presagio y todos sabíamos que si no regresábamos acabaríamos naufragando. Estábamos asustados. No tardamos en estar todos contra Seamus.

– ¿Un motín?

– Más o menos. Tu padre estaba en la cubierta, asegurando el equipo para que las olas no se lo llevaran. Yo estaba arriba, en la caseta del timón. Seamus salió y empezaron a gritarse. Sam le lanzó un puñetazo y le dio en la barbilla. Seamus alcanzó a Sam en el estómago. Sam volvió a atacar y perdió el equilibrio. Entonces Seamus fue por él, le dio un empujón y Sam cayó por la borda. El cielo estaba negro y la tormenta se acercaba. Intentamos encontrarlo, pero llegamos tarde. El agua estaba muy fría. A esa temperatura solo se pueden aguantar diez, quince minutos como mucho – Yaeger tembló y dio otro trago a la petaca-. Recuerdo la cara que tenía cuando conseguimos pescarlo. Esa imagen no se me olvidará en la vida.

Rafe bajó la mirada, sintió que la rabia se recrudecía en su interior, redoblando su determinación. Seamus Quinn pagaría por lo que había hecho.

– ¿Por qué no contaste la verdad entonces?

– Seamus nos convenció para que lo hiciéramos pasar por un accidente. Que se había tropezado con una cuerda. De ese modo, se entendería que había muerto mientras trabajaba y tu madre recibiría una pensión mayor. Si Sam tenía algo de culpa en su muerte, recibiría menos. Y él fue el que lanzó el primer puñetazo. Estaba organizando un motín.

– Así que Seamus consiguió una tapadera para cubrir su asesinato. Y además defraudó a la compañía de seguros.

– Sí, supongo que puede decirse así.

– ¿Hubo alguna investigación?

– La pesca es una profesión peligrosa. Es un hecho que todo el mundo acepta. Y toda la tripulación contó lo mismo, así que no hubo más historia. Yo me callé y recibí mi paga.

– ¿Hay alguien más que pueda confirmar tu historia?

– Los policías me preguntaron lo mismo. Wait McGill murió hace unos años. Johny Sayers se hundió en el Katie Jean en 1981. Y de Lee Franklin no sé nada hace diez años. Creo que respaldaría mi historia. Seamus empujó a tu padre por la borda -Yaeger hizo una pausa y dio otro trago a la petaca-. Bueno, he cumplido mi parte. ¿Qué consigo yo a cambio?

– ¿Qué esperas?

– No te lo he contado por motivos de salud. Tengo gastos.

– Creía que querías ayudar a mi madre.

– Eso no me ayuda a llegar a fin de mes. Rafe se llevó la mano al bolsillo y sacó la cartera. Tomó todo el dinero que llevaba en efectivo y se lo dio a Yaeger.

– Para cubrir tus gastos por venir aquí. Te daré más para que vuelvas a casa cuando Quinn esté en la cárcel. Pero deja que te aclare algo: no te estoy pagando por prestar declaración. Solo cubro tus gastos porque eres amigo de la familia. Si mencionas mi nombre en algún momento, cierro el grifo.

Yaeger asintió con la cabeza, se levantó y estiró un brazo.

– Un placer hacer negocios contigo. Rafe no le estrechó la mano. Devolvió la atención a los patinadores y, cuando Yaeger se marchó, soltó el aire que había estado conteniendo. Estaba haciendo lo correcto. No tenía por qué seguir convenciéndose de eso. Entonces, ¿por qué se sentía tan mal?

– Keely -murmuró entonces. Era todo por su culpa. Si no hubiese aparecido en su vida, poniéndola toda del revés, no tendría la menor duda sobre el castigo que Seamus Quinn se merecía.

Toda la vida había estado centrado en el éxito, había calculado cada movimiento para adquirir dinero y poder. Había creído que así llenaría los espacios vacíos de su corazón. Y al comprobar que no era así, había decidido llenarlos vengándose. Si tampoco eso funcionaba, tendría que encontrar otra salida. Pero sabía que rendirse a Keely no podía ser la solución.

Si se permitía sentir algo por ella, tendría la sartén por el mango, todas las cartas de la baraja. No podía cambiar su vida por ella porque, antes o después, Keely se marcharía. Los psiquiatras de su madre dirían que la muerte de su padre le habían generado aquel temor profundo, el miedo al abandono. También dirían que, mientras no se enfrentara a esos miedos, nunca tendría una relación normal con una mujer.

Pero ese era el motivo por el que estaba llevando a cabo aquel plan contra Seamus Quinn. Para acabar con sus miedos y poner su vida en orden. Y si Keely se veía perjudicada de alguna manera, era problema de ella, no suyo. La verdad los haría libres a todos.

Rafe se levantó, echó un último vistazo al lago y se obligó a no pensar más en Keely Quinn. Había tomado una decisión. Esa tarde cortaría con ella. No había vuelta atrás. Perdería a una compañera de cama fabulosa, pero acabaría superándolo.

Solo esperaba no tardar mucho tiempo en encontrar a otra mujer capaz de sustituirla.

– Ven a buscarme a la salida del trabajo – Keely se acercó a darle un beso en la mejilla-. Termino a las seis. Podemos salir, picar algo y meternos en un cine… ¿Verdad que parecemos como una pareja formal? Quizá deberías marcharte de la ciudad sin avisarme. O podría encontrarte con otra mujer en la cama al volver a tu casa esta noche. Para agitar un poco las cosas, ¿no te parece?

Rafe no le siguió la broma. Estaba serio. Llevaba con aquel humor sombrío desde que habían salido de la cama por la mañana. Keely no pudo evitar preguntarse si ya estaría aburrido de la relación. Sabía que era muy probable que pasara antes o después, pero le habría gustado que fuese después en vez de antes.

Era el riesgo que asumía por entregarse a fondo a Rafe, al margen de lo que este sintiera por ella. Sí, en la cama funcionaban. La cuestión sexual había pasado de excelente a sobrenatural y nada hacía indicar que fuese a decaer a corto plazo. Aunque había disfrutado de su compañía, se había protegido. Se había puesto un escudo en el corazón para no fantasear con un futuro junto a Rafe y, sorprendentemente, le había funcionado.

– Si no te apetece que hagamos nada, también está bien -añadió Keely-. Me vendrá bien dormir unas cuantas horas. Y tengo que poner una lavadora y hacer un par de encargos. Podría volver a casa en taxi.

– ¿Cuándo vas a decírselo? -preguntó Rafe mirando por la ventana.

– No estoy segura. Puede que hoy, si encuentro el momento.

– No puedes posponerlo indefinidamente.

– Eso es asunto mío. Me decidiré cuando me decida -contestó ella, irritada por la intromisión-. Mira, sí, quizá sea mejor que no nos veamos esta noche. Estoy pagando una habitación en la pensión y no la he pisado desde hace casi una semana.

– Haz lo que quieras -respondió Rafe.

– Pues eso -Keely salió del coche y cerró de un portazo. Lo rodeó, miró en ambos sentidos y empezó a cruzar. Se giró al oír que Rafe salía del coche. Un segundo después, le había agarrado una mano y la estaba abrazando.

La besó con fuerza, a fondo, sin dejarla respirar. Y, cuando por fin la soltó, esbozó una pequeña sonrisa.

– Te recogeré después del trabajo -dijo antes de darse la vuelta y meterse otra vez en el coche.

Keely se apartó cuando arrancó. Lo miró maniobrar y alejarse por la carretera, confundida por el beso y la discusión que acababan de tener.

A veces no entendía a Rafe Kendrick lo más mínimo. Quizá era eso lo que le resultaba tan atractivo, el misterio del chico malo bajo la fachada de trajes italianos. Sus cambios constantes. Estaba viviendo al límite, sin saber qué ocurriría a continuación y eso le gustaba.

Keely subió los escalones del pub. Quizá tenía razón Rafe. Quizá era hora de hablar con Seamus. Ya conocía un poco a su padre y estaba segura de que encajaría bien la noticia.

– Voy a decírselo. Tengo quince minutos antes de que abramos y para cuando entre el primer cliente, Seamus Quinn sabrá que tiene una hija -dijo mientras tiraba de la puerta.

Keely notó que algo iba mal nada más ver a su familia reunida en un extremo de la barra. Estaban de pie, en círculo, en medio de una discusión intensa. Le recorrió un escalofrío de miedo al ver la expresión tan seria de sus rostros. Buscó a Seamus con la mirada y se asustó todavía más al no encontrarlo. ¿Le había pasado algo?, ¿estaría enfermo? Había dado por supuesto que siempre estaría ahí para cuando se decidiera a darle la noticia, pero ya no era un chaval.

Colgó la chaqueta junto a la entrada y guardó el bolso detrás de la barra. Sus hermanos, que seguían hablando acaloradamente, no advirtieron su llegada. Trató de oír de qué estaban hablando, pegando la oreja mientras se acercaba con discreción. Cuando Liam se retiró del grupo, le preguntó con el corazón a todo latir:

– ¿Todo bien?

Liam se giró hacia sus hermanos. Luego se alisó el pelo. Su rostro reflejaba una mezcla de agotamiento y preocupación.

– No -reconoció Liam.

– ¿Qué pasa?, ¿es Seamus?, ¿se encuentra mal?

– No. Está bien. Pero… -Liam hizo una pausa mientras decidía si contárselo o no-. Tiene un problema. Ha venido la policía y se lo han llevado para interrogarlo.

– ¿Por qué? -preguntó atónita Keely.

– Nada, no te preocupes -Liam negó con la cabeza-. Todo se va a solucionar. Pero hay algo más. Malas noticias.

– ¿Es que no son malas noticias que Seamus esté en la cárcel?

– El otro día tuvimos una inspección sorpresa y han encontrado amianto en el sistema de calefacción. Nos van a cerrar el bar hasta que lo depuremos. Y si cerramos no podrá pagar la hipoteca. Ya le cuesta y trabajamos gratis. Si el banco ejecuta la hipoteca, perderá el pub.

– No es posible.

– Conor dice que no se trata de una casualidad -dijo Liam en voz baja para que sus hermanos no lo oyeran-. Cree que hay alguien que va por nuestro padre. Estamos intentando decidir qué hacemos. De momento, me temo que no podemos pagarte.

– Trabajaré por las propinas.

– No es eso. Pasará una semana primero que conseguimos contratar a los encargados del servicio de depuración. Y un par más hasta que terminen el trabajo. Luego tenemos que esperar a que vuelva el inspector y eso podría ser otra semana, puede que dos. Tenemos que sacar todas las cosas y volver a meterlas luego. Puede que cerremos un mes entero.

– Puedo echaros una mano -ofreció Keely. Un mes entero sin una excusa para ver a su padre y a sus hermanos. No podía ser verdad. Tenía que encontrar la forma de seguir en contacto. Quizá debería contárselo en ese mismo momento.

– No, esto es algo de familia. Nos arreglaremos -dijo Liam-. Hoy no abrimos, pero puedes quedarte a ayudar a limpiar durante tu turno y luego recoger la paga. Tenemos tu teléfono, así que te llamaremos en cuanto las cosas se solucionen. Pero comprenderíamos si encontraras otro trabajo. Un mes es mucho tiempo. En fin, eso es todo -añadió mientras se frotaba las manos en un paño.

– No te preocupes -dijo Keely-. Todo saldrá bien. Vuelve con tus hermanos, yo lavo estos vasos y les quito el polvo a las botellas.

– Gracias -Liam le dio un pellizquito en el brazo-. Eres un encanto.

Esperó hasta que regresó junto a sus hermanos antes de sacar del bolso la tarjeta de trabajo de Rafe. Él sabría qué hacer. Seguro que conocía a centenares de abogados. Y a algún contratista que les solucionara el problema del amianto en unos días, en vez de en semanas. Y alguien como Rafe no llegaba donde estaba sin tener algún contacto con la oficina de inspección. Conocería a alguien. Keely guardó la tarjeta en el bolso. Sería mejor hablar con él personalmente. Si tenía que convencerlo de algo, estaría en mejor… posición.

Se acercó a la pila situada tras la barra, agarró un trapo, fregó un vaso y lo secó. Ella también era una Quinn y contribuiría en lo que pudiera a salir de aquel problema. En cuanto hiciera un par de cosas en el bar, pediría permiso para irse y se plantaría en el despacho de Rafe para pedirle ayuda. Mientras tanto, trataría de enterarse de por qué habían detenido a su padre.

– Ninguno de nosotros sabe lo que pasó en el barco -oyó decir a Brendan-. Y papá no parece dispuesto a hablar. Conor, tienes que ocuparte de la parte legal de esto. Lo más probable es que sea una investigación federal, pero algo te podrán contar. Yo me encargaré de enterarme de qué pasa con el pub. Tengo dinero de sobra para cubrir la hipoteca y los gastos para pagar al contratista, así que eso no es problema.

– Cuenta conmigo si hace falta dinero – dijo Dylan.

– Y conmigo -añadió Conor.

– Brian, tú tienes amigos en el ayuntamiento. ¿Por qué no miras si puedes hacer algo con el inspector? No creo que podamos permitirnos estar cerrados más de una semana.

– ¿Y papá? -preguntó Sean-. ¿Y si al final lo acusan de asesinato?

Keely se quedó helada, no pudo evitar que se le escapara un pequeño grito. Pero se obligó a disimular mientras seguía lavando vasos. ¿Asesinato?, ¿estaban interrogando a su padre en relación con un asesinato?

– ¿Os ha contado algo de ese tal Kendrick? -preguntó Conor-. Según el testigo, Kendrick murió en el Increíble Quinn por culpa de papá. Se estaban peleando y Kendrick cayó por la borda. Papá jura que eso no fue lo que pasó.

No podía respirar. Tenía que haber oído mal. No podían haber dicho Kendrick, ¿no?

– ¿Sabemos algo de la familia de ese tipo? -quiso saber Brian.

– Sam Kendrick tenía una esposa y un hijo. Su viuda se llama Lila, el chico no sé. Supongo que llegarían a algún acuerdo con el seguro tras la muerte del padre. Pero no hubo ninguna investigación, que yo sepa. Me pregunto si la familia estará al corriente de la aparición de este testigo. ¿Intentamos localizarlos?

Keely sintió como si se le durmiera el cuerpo entero. El vaso que estaba sujetando se le cayó de la mano y se rompió contra el suelo sobre sus pies. Los seis hermanos se giraron hacia ella, que ya se había agachado a recoger los cristales. Pero le temblaban tanto las manos que se cortó con uno de los trozos.

En menos de un segundo, Dylan había saltado la barra. Le agarró la mano.

– Ven -dijo, poniéndola debajo del grifo.

– Lo… lo siento. Se me ha caído. No quería…

– No pasa nada -dijo él mientras le limpiaba la sangre de la mano. Agarró un paño limpio y lo apretó sobre el corte-. Ya está. No parece profundo. Dejará de sangrar en seguida -añadió al tiempo que sacaba un maletín de primeros auxilios y le daba una venda.

Pero el dolor de la mano no era comparable al del apellido que resonaba en su cabeza.

Kendrick. Seamus estaba en la cárcel porque la policía creía que había asesinado a Sam Kendrick. Y Sam Kendrick había sido el marido de Lila, la mujer a la que había conocido en Nochebuena. Lo que significaba que su padre era sospechoso de haber asesinado al padre de Rafe.

– Ten… tengo que ir al baño -murmuró al sentir que el estómago se le revolvía.

Una vez allí, a solas en los aseos, se apoyó contra la puerta y tragó saliva para no vomitar. ¿Qué debía hacer al respecto?, ¿cómo se lo diría a Rafe?

Y, de pronto, sintió como si le dieran una bofetada en la cara. Quizá ya lo supiera. Pero si sospechaba de Seamus, ¿por qué no le había dicho nada aquella noche, cuando le había contado el motivo por el que estaba en Boston? Keely trató de recordar la reacción de Rafe en aquel instante. Lo había notado algo reservado desde entonces, pero lo había atribuido a estados de ánimo pasajeros.

Que ella supiera. Rafe no tenía ni idea de la relación entre la muerte de su padre y la familia Quinn. Respiró profundo. Pero, ¿y si sí lo sabía? De pronto le surgió otra duda. Se cubrió la boca con la mano. ¿Sabía Rafe quién era ella desde el principio?, ¿formaría parte de algún plan su primer encuentro a la salida del pub?

– No -murmuró Keely. Era imposible. Aunque solo podría estar segura si hablaba con Rafe a las claras.

Keely abrió el grifo del lavabo, se echó un poco de agua en la cara y se secó con una toallita de papel. Antes de salir, se pasó los dedos por el pelo y se obligó a componer una sonrisa.

Sus hermanos seguían en el mismo sitio, discutiendo todavía qué podían hacer. Sean se acercó a ella y la acompañó a la caja.

– Liam te ha explicado lo que pasa, ¿no? En vez de esperar a recibir el cheque, mejor te pago en efectivo. Siento que no podamos seguir contando contigo, Keely. Eres una buena camarera.

– No importa. Lo entiendo. Parecéis tan preocupados… Ojalá pudiera hacer algo.

– Tranquila -contestó él-. Es un asunto de familia.

Pensó que se le saltarían las lágrimas de frustración. ¡Estaba harta de oír que era un asunto de familia! Ella también era de la familia y quería ayudar. Pero con todo lo que les había pasado ese día, no podía soltárselo también de golpe.

Quizá no se merecía formar parte de la familia Quinn. Después de todo, se estaba acostando con Rafe Kendrick. ¿Pero era Rafe el enemigo?, ¿tendría algo que ver con todo aquel lío? ¡Dios!, ¡no podía pensar!

– Creo que me voy a ir a casa, si os parece bien.

– No hay problema -dijo Sean-. Por aquí no puedes hacer mucho. Buena suerte en todo, Keely -añadió después de darle la paga.

– Gracias. Buena suerte a vosotros también. Y dale un abrazo a Seamus de mi parte – Keely se giró por el bolso y la chaqueta. Tuvo que morderse un labio para no llorar.

– Adiós, Keely -gritó Liam. Los demás hermanos se sumaron a la despedida. Ella se giró, los saludó con la mano y abrió la puerta. Cuando salió a la calle, se apretó la chaqueta para contener los escalofríos que sacudían su cuerpo.

El aire frío del invierno le despejó la cabeza. Keely intentó organizar todo lo que había oído. Pero no se libraba de su recelo inicial:

Rafe tenía que estar implicado. ¿Por qué aparecía por el pub si no?, ¿y por qué no le había dicho nada de su padre en todo ese tiempo? ¿Por qué era un secreto tan grande?

Keely miró los coches que pasaban. Se preguntó cómo volvería a su pensión. Tenía que haber algún autobús o una parada de metro cerca. Tendría que echar a andar hasta que la encontrara. Mientras tanto, decidiría cómo afrontar el siguiente encuentro con Rafe.

Una cosa era segura: Keely Quinn no volvería a acostarse con Rafe Kendrick en una temporada.

Capítulo 7

Keely estaba sentada en el salón de Rafe, mirando un centro de flores situado sobre la mesita de café. El portero la había dejado entrar sin problemas, como tantas otras veces desde Nochebuena. Tembló, se frotó los brazos por encima de las mangas de la chaqueta e intentó contener la aprensión que sentía.

Le haría frente nada más entrar en el apartamento. Estaba decidida a que le diera alguna explicación. Mientras lo esperaba, había pensado en tomar una copa de vino, pero había resuelto no hacerlo, convencida de que necesitaba estar lo más lúcida posible. Además, con lo irritada que estaba, podría utilizar la botella de vino como arma arrojadiza.

No sabía qué palabras escoger. Solo sabía cómo se sentía: traicionada, confundida, dolida. Era curioso: creía que era inmune a esos sentimientos. Que Rafe no podía hacerle daño si no se permitía enamorarse de él. Pero, ¿entonces?, ¿estaba enamorada de él o el impacto de la noticia la tenía aturdida?

El sonido de la llave en el cerrojo la sobresaltó. No lo saludó de inmediato, sino que optó por observar su sombra. Parecía cansado, tenso, lanzó las llaves sobre una mesa y dejó el maletín en el suelo. Por más que quiso, no pudo verlo como el enemigo. Cuando encendió la luz, Keely contuvo la respiración.

– ¡Keely! -Rafe la vio al instante-. Dios, ¿qué haces aquí?

– ¿Dónde esperabas que estuviera?

– Creía… ¿no deberías estar trabajando? Keely tragó saliva. No estaba segura de si sería capaz de articular una frase coherente.

– Han tenido que cerrar el bar. ¿Te sorprende?

– ¿Se puede saber de qué hablas? -Rafe se alisó el cabello. Luego se acercó despacio a Keely-. ¿Estás enfadada por algo?

– ¿Debería?

– Maldita sea, Keely, si vas a responder a cada pregunta que te hago con otra pregunta, mejor dejamos de hablar. Pero si tienes un problema, cuéntamelo y lo hablamos. No voy a ponerme a jugar contigo.

– ¡Vaya!, ¡no vas a jugar conmigo! ¿Y qué has estado haciendo desde que nos conocimos? No, no contestes. Antes dime: ¿qué hacías en el Pub de Quinn la noche que nos conocimos? -Keely se paró, lo miró a la cara y vio la respuesta en sus ojos-. Has sido tú, ¿verdad? Todo lo que le está pasando a Seamus. Es por ti.

– Keely, yo…

El corazón se le estaba desgarrando por segundos. Una cosa era sospechar de Rafe, pero otra ver confirmadas las sospechas en su cara.

– Crees que Seamus tuvo algo que ver con la muerte de tu padre. Estaba oyendo a mis hermanos hablar del tema y cuando dijeron tu apellido… no podía creérmelo. Pero luego todo encajó. Al fin y al cabo, ¿qué iba a hacer un hombre rico y de mundo con una empleada de un bar?

Rafe le agarró una mano y la apretó con tal fuerza que Keely no pudo retirarla.

– Escúchame un momento y te lo explicaré. Keely dio otro tirón y consiguió soltarse.

– Dime que no tienes que ver con que la policía haya detenido a mi padre. Dime que no eres tú el que ha mandado al inspector al pub -dijo apretando los puños, reprimiendo las ganas de golpearle-. Dímelo.

– No puedo -contestó Rafe antes de dejarse caer sobre el sofá-. Todo lo que dices es verdad. Encontré un testigo contra Seamus Quinn y lo convencí para que declarase. Llamé a un amigo que tengo en el departamento de inspección y le pedí que examinara el Pub de Quinn. Y cuando Seamus intente encontrar un contratista para limpiar el amianto, no habrá nadie en Boston que acepte. Y he comprado la hipoteca del pub y si fallan en el pago, me quedaré con el bar.

Su sinceridad le cayó como un puñetazo en el estómago, robándole el aire de los pulmones. No podía respirar. Abrió la boca, pero no consiguió hablar. ¿Cómo podía resultarle tan odioso el hombre con el que había compartido tantos momentos tan íntimos?

– Antes de decirme cuánto me detestas, quizá deberías considerar una cosa. ¿Y si es verdad?, ¿y si tu padre es responsable de la muerte del mío?

– No… no puede ser -contestó con voz trémula.

– Me parece que sí. Todas las pruebas lo indican.

Keely caminó hasta la ventana, se agarró a la barandilla y apretó hasta que los nudillos se le quedaron blancos.

– ¿Y yo?, ¿formaba parte del plan? ¿También me ibas a utilizar contra mi propia familia?

Rafe se levantó, pero ella retrocedió al verlo acercarse. No quería permitir que volviera a tocarla.

– Esa noche, a la salida del pub, no sabía quién eras. Imagínate mi sorpresa cuando me contaste que en realidad eras una Quinn.

– ¿Y no reconsideraste lo que estabas haciendo?, ¿a pesar de saber que era hija de Seamus?

– ¿Por qué había de hacerlo?

Keely se giró, fue a darle una bofetada, pero Rafe le detuvo la mano a tiempo. Luego la soltó.

– Es verdad, no tenías ningún motivo – murmuró ella-. Yo no era más que la tía a la que te estabas tirando. Muy bien, tú estás en un bando y yo en otro, fin de la historia. Pero no vas a ganar. Haré todo lo que pueda para asegurarme de que no haces daño a mi familia.

– Eso no va a pasar -contestó Rafe con una voz tan confiada que le produjo un escalofrío.

Luego la agarró por el brazo y tiró de Keely hacia la puerta. Al principio pensó que su intención era echarla del apartamento, pero luego se paró a recoger las llaves y pulsó el botón del ascensor. No, quería ponerla en ridículo, echándola incluso del portal.

– Suéltame -le ordenó Keely.

– No -dijo él. Entraron en el ascensor, pero no se paró en la planta de salida, sino que continuó bajando hasta el aparcamiento-. Vamos a hablarlo. Y después de oír mi versión de la historia, puedes volverte corriendo con los Quinn. Pero me vas a oír.

– No quiero oír nada que tengas que contarme. Son todo mentiras -Keely forcejeó, tratando de liberarse, pero en el fondo estaba rezando por que Rafe tuviera una explicación que justificara su comportamiento. O que, de alguna manera, entre los dos, descubrieran que se trataba de un gran malentendido.

– Entra -dijo Rafe tras abrir la puerta del coche.

– No.

– Entra -repitió impaciente, haciendo un esfuerzo por contener su frustración.

– Si quieres decirme algo, dímelo aquí.

– No, no podemos -Rafe hizo una pausa-. Necesito enseñarte algo -añadió y la empujó con suavidad para se metiera en el coche. Keely supo que debía haberse resistido, que se había convertido en el enemigo. Pero también sabía que Rafe no era la clase de persona que acusaba de asesino a alguien a la ligera. ¿Tendría alguna prueba que mostrarle?

Se acomodó de mala gana en el asiento del acompañante. No estaba traicionando a su familia por ir con él. Solo necesitaba conocer todos los hechos. Y, sin embargo, se sentía avergonzada. Tenía que reconocer que lo que sentía por Rafe había derrotado su lealtad hacia su familia.

– ¿Adonde vamos? -preguntó mientras él se sentaba.

– A un sitio donde podremos hablar -Rafe arrancó y bajó el seguro de todas las puertas pulsando un botón. Unos minutos más tarde, estaban en la calle, sorteando el tráfico del anochecer.

– ¿Adonde me estás llevando? -repitió Keely con el ceño fruncido cuando Rafe tomó la carretera interestatal norte.

En vez de responder, marcó un número en el teléfono del coche:

– Hola, soy Rafe. Estoy de camino al lago Aspen. Asegúrate de que haya comida en la cocina y de que la calefacción esté dada. Estaremos unos días como poco -dijo y colgó antes de devolver toda su atención a la carretera.

Keely sintió que se le formaba un nudo en el estómago. Nunca había visto a Rafe tan enfadado, tan lleno de rabia, a punto de explotar.

– ¿Se puede saber dónde está el lago Aspen?

– En Vermont.

– ¿Vermont? ¡No quiero ir a Vermont!

– Me da igual. Vas a ir -contestó con frialdad.

– No tienes nada que enseñarme, ¿verdad? Me has mentido para que subiera al coche.

– Si no, no lo habrías hecho.

– ¿Me estás secuestrando? Secuestrar va en contra de la ley. Si no quiero ir a Vermont, me estás secuestrando. Podría hacer que te detuvieran.

– Supongo -Rafe se encogió de hombros-. Pero, ya que te estoy secuestrando, no pienses que voy a dejar que vayas corriendo a la policía.

– Llévame otra vez a Boston -Keely se cruzó de brazos-. Ahora.

– No.

Se abalanzó sobre el volante, lo giró y el coche pegó un bandazo. Rafe maldijo mientras recuperaba la dirección, haciendo lo imposible por no perder los nervios.

– Tú y yo vamos a ir a Vermont. Puedes pasarte las próximas tres horas gritándome o tratando de matarnos o disfrutar del viaje. Yo preferiría disfrutar del viaje -Rafe introdujo un disco de música clásica en el reproductor.

Nada más ponerlo, Keely lo apagó.

– ¿Qué pretendes conseguir con esto?

– No lo sé todavía.

– Puedes contarme lo que quieras, no cambiaré de opinión. Mi padre no es capaz de asesinar a nadie. ¿O es que me quieres secuestrar para hacer sufrir a mi familia?

– Tu familia no sabe ni que existes -contestó con dureza Rafe-. Me costaría pedir rescate por una hija que Seamus Quinn no sabe que tiene. Además, tengo dinero de sobra.

– ¿Entonces qué quieres?

– Tiempo -dijo Rafe después de poner el disco de nuevo.

Pero Keely no estaba dispuesta a facilitarle las cosas. Pulsó el botón para expulsar el disco de la pletina, lo sacó y lo lanzó contra el asiento trasero.

– No voy a dejar que te salgas con la tuya. En cuanto el coche se pare, saltaré. Y luego llamaré a la policía para que te detenga.

Rafe miró por el retrovisor, cambió de carril y aceleró con suavidad.

– Lo que más me gusta de ir a Vermont es que no hay una sola señal de stop hasta el lago Aspen. ¿No es asombroso?

Keely apretó los dientes, emitió un gruñido de frustración. Rafe tenía respuesta para todo. ¿Cómo no se había dado cuenta de lo cretino que era? Miró el teléfono del coche y se preguntó si le daría tiempo a marcar el número de la policía antes de que la detuviera.

Pero Rafe adivinó sus intenciones y agarró el teléfono. Bajó la ventanilla y lo tiró.

– Acúsame también de ensuciar la carretera -dijo él.

Keely se recostó contra el respaldo. Estaba claro que no ganaría ese asalto. Pero tenía tres horas para urdir su huida. Y cuando tuviera un plan, aprovecharía la primera oportunidad que se le presentara. Mientras tanto, se aseguraría de que Rafe Kendrick pagara por todo lo que le había hecho. Por esos besos largos y profundos, por los orgasmos sísmicos. Por las conversaciones apacibles mientras cenaban y por los juegos en la ducha. Por hacerla dudar de su lealtad a los Quinn. Por todo lo que la había hecho… sentir.

Pero, mientras pensaba cómo vengarse, se preguntó si no sería ella la que pagaría más que ninguno. Le gustara o no, se había enamorado de Rafe Kendrick. Y ese podía ser el mayor error que había cometido en toda su vida.

Cuando llegaran a la cabaña, Rafe estaba dispuesto a quitar los seguros de las puertas y dejar que Keely saliera. No había parado de incordiar durante todo el viaje y dudaba seriamente si había hecho bien en llevarla a aquel refugio. Pero, a pesar de sus reproches, exigencias y amenazas, estaba deseando volver a desnudarla y hacer el amor como dos locos.

Si no había contestado a sus preguntas era porque todavía no tenía respuestas. No estaba seguro de por qué había decidido secuestrarla, pero presentía que si la dejaba marcharse sucedería algo espantoso. Y habría sido imposible hacerle ver su postura en el apartamento de Boston. En el lago Aspen tendrían la tranquilidad necesaria para solucionarlo todo. Solo cuando tuviera la certeza de que Keely comprendía su versión de la historia volverían a Boston.

Si el camino hasta la cabaña era difícil de encontrar en verano, en los meses oscuros de invierno era casi imposible. Redujo la velocidad y, al cabo de unos minutos, divisó una señal de madera clavada en un árbol. Nada más ponía Kendrick. Rafe condujo con cuidado entre la nieve y bajó una colina que llevaba a la cabaña, emplazada en la orilla del lago.

Miró a Keely. Estaba examinando los alrededores, sin duda planeando cómo escapar. Pero Kencor había adquirido todas las tierras que rodeaban el lago, así como el lago en sí.

– Los vecinos más cercanos están a tres kilómetros -la informó-. Y solo vienen en verano. Tienes un paseo de cinco kilómetros hasta la ciudad, si es que encuentras el camino.

Hacía frío. Había carámbanos colgando de las hojas, nieve sobre el tejado de la cabaña, aunque el encargado había retirado la del camino desde la llamada de Rafe. La luz del porche brillaba dándoles la bienvenida cuando empezó a nevar.

Rafe aparcó, se estiró hacia la guantera y sacó una linterna.

– Ya estamos -dijo mientras abría la puerta del conductor. Keely se negó a salir del coche. Permaneció de brazos cruzados, mirando testarudamente hacia delante-. Venga, tengo que enseñarte una cosa -añadió después de sacarla del coche a tirones.

Keely lo siguió, tratando de mantener el equilibrio sobre la nieve, mirando hacia los árboles que flanqueaban el camino.

– ¿Adonde me llevas? ¿Piensas atarme a un árbol para que no escape?

Rafe hizo una pausa, como si estuviera considerando la respuesta.

– No es mala idea. Pero los lobos terminarían contigo en menos de una hora. Se me ocurre otra forma mucho mejor de pasar el rato – contestó mientras avanzaban hacia la puerta de la cabaña. Antes de entrar sacó las llaves del coche, se las enseñó a Keely y las tiró a un pozo que había junto al porche-. Por si intentabas quitármelas. Nos iremos cuando yo diga -aclaró.

– ¿Cómo vamos a salir de aquí? -preguntó ella después de mirar al fondo oscuro del pozo. Rafe le dejó la linterna y Keely alumbró hasta convencerse de que no podrían recuperar las llaves-. Estás loco. Has tirado el teléfono y ahora tiras las llaves. Y si hay una emergencia, ¿qué?

– Siempre podemos hacer señales de humo -contestó tras arrebatarle la linterna. Luego se giró hacia la casa, complacida al ver que Keely lo seguía de cerca, asustada por la presencia de unos lobos que, en realidad, hacía años que no se veían por Vermont. Tal como había ordenado, la nevera estaba llena y la chimenea encendida-. Adelante, échale un vistazo. La cocina está ahí. Hay dos habitaciones. Elige la que prefieras -añadió apuntando hacia las puertas que había a sendos lados de la chimenea.

Rafe se sentó en un sofá colocado frente al fuego y se calentó los pies mientras Keely recorría la cabaña. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y trató de contener un bostezo. Solo necesitaba unos momentos de silencio para estar bien. Pero se sobresaltó al oír la puerta trasera.

Ya había salido cuando llegó a la cocina. Rafe echó a correr, se resbaló con los escalones de la entrada y bajó los últimos dos con el trasero. Se levantó, trató de recuperar el equilibrio, se torció un tobillo y volvió a caerse, golpeándose la cabeza en esa ocasión.

– ¡Mierda! -gritó mientras intentaba ponerse de pie. Puso a prueba el tobillo y decidió que no estaba roto. Pero ya no podría alcanzar a Keely. Rafe lamentó haberla perdido de vista. Con el frío, la nieve y todo a oscuras, seguro que se perdería en el bosque. Y cuando la encontraran muerta de frío al día siguiente, él tendría la culpa.

Rafe sintió algo caliente en la frente, se tocó con la mano y notó los dedos húmedos de sangre.

– ¡Mierda! -repitió. Se sentó en un escalón y se llevó la palma a la brecha de la frente.

– ¿Estás bien?

La voz llegó de un árbol cercano.

– ¿Keely?

– ¿Lo estás?

– No -mintió Rafe-. Creo que me he roto el tobillo. Y me he hecho una brecha en la cabeza. Estoy sangrando, maldita sea.

El ojo de la linterna iluminó la nieve y, segundos después, Keely apareció a su lado. Lo observó unos instantes y maldijo con suavidad.

– No debería ayudarte -murmuró mientras se colocaba el brazo de Rafe sobre los hombros y lo ayudaba a ponerse de pie.

Este renqueó exageradamente hasta que hubieron regresado a la cabaña. Una vez allí, le quitó la linterna, sacó las pilas y se las guardó en el bolsillo. Luego plantó a Keely frente a la chimenea.

¡No te has roto el tobillo! -exclamó Keely.

– ¿Tienes idea de cuánto habrías aguantado en el bosque? Ha sido una estupidez. Mañana por la mañana te habrían encontrado muerta – Rafe se sentó en el sofá, se sacó del bolsillo un pañuelo y se lo llevó a la frente, que ya había dejado de sangrar. Keely siguió de pie, mirándolo con desconfianza, esperando la próxima oportunidad de escapar-. Quítate la ropa -le ordenó Rafe entonces.

– ¿Qué? -contestó Keely, y pareció que los ojos le habían crecido.

– Ya me has oído. Quítate la ropa. Y las botas.

– Si crees que vamos a acostarnos, estás muy equivocado. Si estás caliente, puedes irte a… tirarte a un árbol.

Rafe se levantó a regañadientes, la agarró y la sentó sobre la mesa del café. Luego se agachó a bajarle la cremallera de las botas y se las quitó de un tirón. Sin decir una palabra, las llevó a la chimenea y las echó al fuego.

Keely gritó y corrió hacia la chimenea, pero las llamas ya habían arruinado el calzado.

– Eran mis botas favoritas. Me costaron el sueldo de una semana.

– Te compraré otras. Como si quieres diez pares, maldición. Pero ahora no las necesitas. Así te será más difícil escapar, ¿no te parece? -se burló. Keely apretó el puño y le pegó en un hombro tan fuerte como pudo. Pero no pareció inmutarse-. Ahora la ropa.

– ¡No!, ¡no pienso dejarte que quemes mi ropa! -Keely le lanzó una mirada basilisca.

Pero Rafe no se dejó intimidar. No podía arriesgarse a que se fugase otra vez y se matara en el intento. Intentó agarrarle el jersey, pero Keely levantó una mano pidiéndole que parara. Se levantó de la mesita del café, caminó despacio hasta la cadena de música y, tras echar un vistazo al repertorio de discos, eligió uno y lo puso. Un solo de guitarra con aire de blues sonó por los altavoces.

Rafe la miró con cautela mientras Keely retrocedía hacia la mesa. De pronto, empezó a moverse siguiendo la música, contoneándose sinuosamente, imitando lo mejor que podía a una bailarina de striptease.

– ¿No querías que me quitara la ropa? – dijo mientras se quitaba la chaqueta y se la lanzaba. Le pegó en plena cara, pero Rafe no se molestó en sujetarla y la dejó caer al suelo, incapaz de apartar la vista.

Prenda a prenda, fue desvistiéndose: primero se sacó el jersey por encima de la cabeza, luego se quitó los vaqueros. Los balanceó delante de la cara de Rafe antes de dejarlos caer a sus pies y seguir con el baile. Rafe tuvo una erección… en contra de su voluntad. Keely había tomado el mando de la situación en unos pocos segundos, demostrando que, en lo concerniente al deseo, tenía la sartén por el mango

El colgante le saltaba de un pecho a otro de un modo tentador, atrayendo la atención sobre lo que no estaba a la vista. Keely se echó las manos a la espalda por el cierre del sujetador, pero Rafe no la permitió llegar tan lejos. En un movimiento veloz, le agarró una mano y tiró de ella hasta tumbarla en el sofá. Luego se puso encima, atrapando su cuerpo. Aunque Keely intentó liberarse. Rafe no estaba dispuesto a permitírselo.

– Ya basta -dijo él, sujetándole las manos por encima de la cabeza.

– Eres tú quien me lo ha pedido -contestó Keely, forcejeando todavía. Arqueó las caderas contra él y notó su erección-. Y yo diría que te estaba gustando.

– ¿Y a ti qué te gusta? -Rafe bajó la cabeza hacia uno de sus pechos y cubrió el pezón con la boca, humedeciendo el satén del sujetador. Luego se retiró y sopló hasta que la punta se irguió-. ¿Te gusta esto, Keely?

Esta siguió luchando, pero Rafe notó que con mucha menos convicción.

– Suéltame -le ordenó.

Rafe le agarró ambas muñecas con una mano y deslizó la que le quedaba libre por todo el cuerpo de Keely. Cuando llegó a las bragas, la metió por debajo y tocó la humedad entre las piernas.

– ¡Vaya, vaya! -dijo mientras le hundía un dedo. Keely exhaló un suspiro entrecortado-. Dime que lo deseas. Dime que quieres tener un orgasmo.

Giró la cara para no contestar, pero cuando volvió a tocarla, subió las caderas de nuevo contra la mano de Rafe. Este le soltó las muñecas sin dejar de penetrarla con el dedo. Observó su cara mientras la tocaba, la expresión concentrada de placer a medida que la llevaba hasta el límite.

Cuando se puso tensa y contuvo la respiración, Rafe bajó el ritmo. Quería retardar el orgasmo para que fuera lo más potente posible. Entonces gimió su nombre y empezó a tener espasmos, a respirar jadeando, a temblar.

Rafe bajó el dedo una vez más, húmedo con su deseo. Keely escondió la cara contra el pecho de él para que no pudiera verla. Aunque Rafe había querido poner las cosas claras, de pronto se arrepintió del método que había escogido. Se echó hacia atrás hasta poder mirarla a la cara. Entonces se le desgarró el corazón. Una lágrima caía por la mejilla de Keely, resbalando hasta parar junto a la oreja.

Rafe se apartó, se puso de pie junto al sofá, consciente de repente de lo que acababa de hacer.

– Keely, yo…

– No digas nada -se adelantó ella. Se levantó del sofá y se agachó a recoger la ropa del suelo-. Me voy a la cama. Más vale que duermas con un ojo abierto, porque pienso largarme a la menor oportunidad.

Rafe puso una mueca al oír el portazo de la habitación. Se desplomó sobre el sofá y se cubrió los ojos con un brazo. Sabía lo que acababa de hacerle: la había humillado volviendo en contra de ella su propio deseo. Pero, tratándose de Keely Quinn, era incapaz de pensar debidamente. Los sentimientos acababan sometiendo a la lógica y el sentido común.

– Maldita sea -murmuró. Lo mejor sería reconocer la verdad, porque era evidente: no la había llevado a la cabaña para convencerla de nada; la había llevado allí porque tenía miedo de que se fuera y no volver a verla nunca. Se había enamorado de Keely Quinn. Y no podía hacer nada al respecto.

Keely se acurrucó en la cama, subiéndose el edredón para taparse la nariz fría. La luz del alba se filtraba a través de las cortinas e intentó adivinar qué hora sería.

Había dado vueltas y más vueltas la mayor parte de la noche, oyendo el viento contra las ventanas. Y cuando por fin había conseguido dormirse, había tenido un montón de sueños interrumpidos. Debería odiar a Rafe por lo que le había hecho, pero en realidad había disfrutado aquellos momentos. Nunca había tenido una relación tan apasionada y desinhibida con ningún hombre. Pero con Rafe le bastaba una caricia para hacer saltar por los aires todas sus reservas. Adiós a la niña buena católica. Bienvenida, ninfómana.

Hasta sabiendo que pretendía destrozar a su familia, no podía controlar lo que sentía hacia él. Era como una droga, nociva y adictiva, que destruía su control. Keely estaba segura de que jamás encontraría a otro hombre igual en toda la vida, que la hiciera retorcerse de deseo con mirarla. En adelante, compararía a cada hombre con el que estuviera con Rafe Kendrick y lo que había compartido con él.

Llamaron con delicadeza a la puerta y Keely se sentó en la cama, tapándose con el edredón.

– Estoy despierta -dijo.

Rafe empujó la puerta despacio, entró. Le ofreció un par de botas, que le estaban grandes, como en señal de paz.

– Por si quieres salir de la casa -dijo-. He quitado la nieve de esta noche.

– Gracias -Keely asintió con la cabeza-. ¿Me vas a acompañar o puedo salir sola?

– Puedes ir sola -contestó él-. Yo te voy preparando la bañera. Está en la cocina, para cuando estés lista -añadió justo antes de darse la vuelta y marcharse.

Keely salió de la cama, se vistió deprisa y metió los pies en las botas. Llegó al salón, se puso la chaqueta de abrigo y salió de la cabaña.

La nieve que había empezado a caer al anochecer había seguido cayendo y tapaba casi un lateral del coche de Rafe. Seguían cayendo copos, tan gordos que casi no se veía. Descartó la idea de echar a correr calle arriba hasta parar a algún coche que pasara. Rafe la estaría vigilando por la ventana y le daría alcance antes.

Llegó al pozo donde Rafe había tirado las llaves y se preguntó cómo podría recuperarlas. Si lo conseguía, podría meterse en el coche y largarse en ese mismo instante.

Pero aunque encontrara un palo suficientemente largo, le costaría tiempo pescarlas. Y Rafe iría a buscarla si tardaba en volver. Además, con la nieve que había, seguro que se quedaría atascada en la carretera. Quizá debía resignarse a oír lo que tuviera que contarle. Después de escucharlo, la llevaría de vuelta a Boston y fin de la historia.

– Fin de la historia -murmuró Keely. ¿De verdad quería eso?, ¿alejarse de Rafe Kendrick y no volver a verlo? Tenía que decidirse. Cuando su padre y sus hermanos descubrieran la relación entre sus problemas y las manipulaciones de Rafe, lo odiarían de por vida. Y Rafe ya odiaba a los Quinn. De modo que se verían en medio de una guerra terrible si no tomaba una decisión. Pero eso era tanto como presumir que tenía algún tipo de futuro junto a Rafe. Cuando quizá fuese más sensato apostar por un futuro con los Quinn.

Keely volvió a la cabaña. Una vez dentro, se quitó las botas y entró en la cocina.

– Sigue nevando -comentó.

Rafe tenía un cubo en la mano. Estaba echando agua caliente en la bañera. Le apetecía mucho. Sería la forma de quitarse el frío de la mañana. Pero tendría que bañarse al aire libre. Keely se preguntó si se trataría de otro jueguecito de Rafe.

– Construí una ducha en la parte de atrás de la caseta, pero hace frío y hay corriente. Así que espero que te valga con esta bañera. Además, recuerdo que te gustaba bañarte – dijo mientras echaba otro cubo. Luego señaló hacia la encimera-. Ahí tienes jabón, champú y toallas. Y un cubo para aclararte. Estaré en la otra habitación si necesitas cualquier cosa.

– Gracias -dijo Keely, sorprendida por el gesto de generosidad. Luego se quitó la chaqueta-. Puedes quedarte si quieres. Ya has visto todo lo que hay que ver. Y así me puedes echar más agua caliente -añadió, pero Rafe se dio la vuelta cuando empezó a desvestirse.

Después de desnudarse, se metió en la bañera y se hundió hasta que el agua humeante le llegó a la barbilla.

– Qué maravilla -susurró con los ojos cerrados, apoyando la cabeza contra el borde de la bañera. Luego se quedaron en silencio hasta que Keely abrió un ojo y encontró a Rafe mirándola con expresión desasosegada-. ¿Me lo cuentas ahora?

– ¿El qué?

– Lo de tu padre.

– ¿Estás dispuesta a escucharme?, ¿sin condenarme de antemano?

– Haré lo que pueda -contestó Keely mirándolo a los ojos.

Rafe agarró una silla y se sentó cerca de la bañera. Apoyó los codos sobre las rodillas, se echó hacia delante. Tras unos segundos de silencio, arrancó a hablar.

– Recuerdo el día que vinieron a casa a decirnos que mi padre estaba muerto. Habían avisado por radio desde el barco y el comisario vino a darnos la noticia. Al principio no teníamos detalles, pero luego, cuando el barco atracó, vinieron algunos amigos de mi padre y nos explicaron que se había enredado con una cuerda y se había caído por la borda. A partir de ese momento, sospeché que había pasado algo raro. No podía ser cierto. Mi padre no habría cometido un error tan tonto.

Rafe siguió explicando la repercusión de la muerte de su padre, el entierro, las crisis de su madre, el escaso dinero del seguro, insuficiente para las facturas médicas de Lila.

– Cuando era adolescente, mi madre hablaba sin parar sobre la muerte de mi padre y un día dijo algo de Seamus Quinn y un asesinato. Al principio pensé que estaba delirando, pero me quedé intrigado. Nunca se me olvidó y cuando fui mayor y tuve algo más de dinero, empecé a investigar. Hace unos meses conseguí localizar por fin a uno de los tripulantes que estaban con mi padre en aquel barco. Y me dijo lo que de verdad ocurrió en el Increíble Quinn.

Keely oyó atentamente el resto de la historia. Rafe la contó con frialdad, como si estuviera recordando la muerte de un desconocido y no la de su padre. Cuando terminó, soltó un largo suspiro.

– Así que ya ves por qué tengo que saber lo que pasó. La muerte de mi padre cambió mi vida: me convirtió en la persona que soy. Y a veces no me gusta mucho esa persona. Siento… una rabia interior de la que me gustaría liberarme. Si averiguo la verdad, quizá lo consiga.

– ¿Aun a costa de arruinar la vida de otro hombre? -preguntó Keely.

– ¿De qué lado estarías si no se tratase de tu padre? -contestó él.

Consideró la respuesta unos segundos y no le quedó más remedio que reconocerlo: en cualquier otro caso, apoyaría a Rafe cien por cien.

– Pero el hecho es que Seamus es mi padre. Y si consigues lo que quieres, puede que no llegue a conocerlo nunca.

– Cuando empecé con esto quería venganza. Pero ahora solo quiero la verdad. Si puedes entender esto, Keely, yo entenderé que tú estés del lado de tu familia.

Keely asintió con la cabeza. Luego extendió una mano.

– Pásame el champú.

Rafe se levantó y agarró el bote. Keely se sumergió en el agua para humedecerse el pelo y volvió a salir. Esperó a que Rafe le entregara el champú, pero este empezó a lavarle el pelo él mismo.

– No creo que mi padre lo asesinara – dijo-. Lo conozco. No es posible. Y no conseguirás convencerme de lo contrario.

– Espero que tengas razón -contestó Rafe mientras le frotaba el pelo.

Keely volvió a cerrar los ojos y se abandonó a aquella caricia relajante. Aunque era un acto muy corriente, le resultaba sensual, tan íntimo que la hacía sentirse más unida a Rafe que haciendo el amor incluso.

– Siento lo de anoche -murmuró él.

– Lo sé.

Keely echó la cabeza hacia atrás y Rafe le aclaró el pelo. Luego dejó el cubo en el suelo y se secó las manos en los vaqueros.

– En fin, supongo que debería ir recogiendo. El quitanieves no tardará en pasar y estoy seguro de que quieres volver a Boston.

– ¿Cómo vamos a volver? Tiraste las llaves del coche.

Rafe abrió un armario de la cocina y sacó un aro con llaves.

– Siempre guardo una copia aquí. Por si acaso.

– Y yo tratando de encontrar la forma de recuperar las llaves del pozo -Keely no pudo evitar sonreír.

Explotó una burbuja de jabón. Ya no estaba tan segura de si quería regresar a Boston tan rápido. Algo, desde el fondo del corazón, le decía que podía ser la última vez que viera a Rafe.

Tenía razón: debía elegir entre él y su familia. Pero no estaba preparada para tomar esa decisión todavía.

Si se marchaban ya, apenas le quedaría un par de horas para disfrutar de su compañía.

Keely cerró los ojos. Pero tampoco cambiarían mucho las cosas por retrasar la vuelta.

– De acuerdo -dijo por fin-. Me alegraré de estar de vuelta en Boston.

Capítulo 8

Rafe plantó el pie con fuerza sobre la alfombra que había nada más entrar y notó que el tobillo ya no le dolía apenas. Equilibró el peso de los leños que llevaba en brazos al tiempo que se quitaba las botas. Mirando por encima de los leños, encontró a Keely donde la había dejado una hora atrás: acurrucada en el sofá frente a la chimenea con un ejemplar antiguo de Grandes Esperanzas de Dickens.

– Todavía sigue nevando -dijo él-. Las carreteras deben de estar bastante mal, pero el quitanieves no tardará en pasar.

– No queda mucho para que anochezca. Si no hubieras tirado el teléfono, podríamos llamar para saber cuándo vendrá.

– Ya -Rafe asintió con la cabeza. No iba a decirle que tenía un móvil en el bolsillo de la chaqueta en caso de una emergencia de verdad. Y estar incomunicados no le parecía tan grave. Cuanto más tiempo pudiera pasar con Keely, mejor que mejor.

Esta bajó el libro a su regazo y se giró hacia Rafe.

– Quizá podríamos quedarnos y ya está – dijo-. Al fin y al cabo, es Nochevieja. Puede ser bonito recibir el año en la quietud del bosque, alejados del trajín de Boston.

Se alegró de que llegara a tal conclusión por su cuenta. Si lo hubiera sugerido él, probablemente se habría opuesto.

– En la nevera hay comida de sobra. Y creo que una botella de champán de la Nochevieja pasada.

– ¿Restos de algún secuestro anterior? – preguntó Keely enarcando una ceja.

– No, nunca había traído a ninguna otra mujer aquí. Eres la primera -dijo Rafe y su sonrisa se desvaneció cuando Keely devolvió la atención al libro. Carraspeó-. Estaba pensando en dar un paseo. ¿Te apetece venir conmigo?

– No tengo botas, ¿recuerdas? Las tiraste a la chimenea.

– Puedes ponerte esas -dijo apuntando hacia las que se había puesto por la mañana.

– Me están grandes. No ando bien con ellas.

– Iremos despacio. Y tengo un abrigo y un sombrero decente. No pasarás frío, te lo prometo. Y no iremos lejos.

– De acuerdo -accedió ella-. Me vendrá bien oxigenarme.

Rafe sonrió satisfecho. Si aquel iba a ser el último día que pasaran juntos, haría lo posible para que fuese memorable. Se agachó, la ayudó a calzarse las botas y le ató los cordones con fuerza hasta asegurar bien los pies. Luego la ayudó a ponerse un viejo abrigo de él. Y, de remate, le plantó un sombrero a cuadros sobre la cabeza.

– Tengo que estar guapísima con esta pinta -dijo Keely.

Rafe la miró y contuvo las ganas de estrecharla entre los brazos y besarla.

– Tú siempre estás guapa.

– Vamos -murmuró ella.

El viento se había calmado, pero todavía nevaba entre los árboles mientras se abrían hueco camino del lago. El bosque estaba totalmente en silencio y, de pronto. Rafe tuvo la sensación de que el mundo se había detenido para que se relajaran.

– Siento no poder llevarte a Boston hoy – dijo.

– Me pone un poco nerviosa lo que pasará cuando me presente allí -contestó Keely encogiéndose de hombros-. Me vendrá bien tener un día más para ver cómo lo hago. Es tan fácil mirar desde fuera: yo sé quién soy yo y quiénes son ellos. Pero para ellos solo soy una extraña que intenta inmiscuirse en sus vidas. Me preocupa su reacción.

– Vomítales en los zapatos y se enamorarán de ti seguro -sugirió Rafe.

Keely lo miró y esbozó una sonrisa de satisfacción.

– ¿Tú crees? En serio, no tienen por qué aceptarme por mucho que seamos parientes. Yo siempre seré una intrusa. No comparto los mismos recuerdos que ellos -Keely se paró y miró al lago-. Y me da miedo que me echen la culpa.

– ¿Por no habérselo dicho antes?

– No. Por hacer que mi madre se marchara.

– ¿Cómo van a echarte la culpa? Ni siquiera habías nacido.

– Pero lo hizo por mí -explicó ella-. Se fue al descubrir que estaba embarazada de mí. De no ser por mí, se habría quedado.

Rafe estiró un brazo y le retiró un mechón que se le había escapado del sombrero con el viento. Había momentos en los que lo único que quería era abrazarla y borrarle a besos todas sus preocupaciones. Parecía tan vulnerable cuando hablaba de su familia.

– No puedes echarte la culpa, Keely. Antes pensaba que yo tenía la culpa de las crisis psicológicas de mi madre. Porque no era capaz de reemplazar a mi padre. Porque no se sentía segura conmigo para cuidar de ella. Pero ni sus problemas eran culpa mía ni la decisión de tu madre de dejar a su familia es culpa tuya.

– Aun así, no va a ser fácil decírselo. No paro de imaginarme cómo reaccionarán. Sería horrible si se quedaran en silencio. Si no me creen, no sé qué haré. Podrían enfadarse conmigo, gritarme… Aunque tengo una prueba – Keely se sacó el colgante de debajo del jersey. No se lo había quitado desde la primera vez que había hecho el amor con él-. Me lo dio mi madre. Es un símbolo irlandés del amor y la fidelidad. Mi madre dice que Seamus lo reconocerá.

– ¿Se lo vas a decir a él primero? -preguntó Rafe.

– Creo que no -contestó ella mientras se guardaba el colgante bajo el jersey de nuevo-. Creo que se lo contaré a uno de mis hermanos para tantear su reacción antes de soltárselo a Seamus.

– Y supongo que les hablarás de mí -dijo Rafe.

– Sí, tienen que saberlo. Puede ayudarlos.

– Será el final de lo nuestro.

– Lo sé -Keely asintió con la cabeza. La serena aceptación de las consecuencias la hirió en el fondo del corazón.

– Venga, quiero enseñarte una cosa -le dijo entonces. Se desviaron del camino principal hacia el bosque y subieron a un pequeño descampado desde el que podía apreciarse una vista maravillosa: el lago entero rodeado de árboles, los copos de nieve y un crepúsculo que coloreaba el cielo de naranja, rosa y morado. Un halcón los sobrevolaba, planeando en círculos por el aire-. Estamos solos. Esta cabaña es la única construcción del lago.

– ¿No tienes vecinos?

– No, compré todo el lago y las tierras de alrededor. Bueno, lo compró Kencor. Íbamos a construir chalés, convertir la zona en un paraje turístico. Pero no fui capaz.

– Te entiendo -murmuró Keely-. Yo lo dejaría todo como está.

Se sentaron sobre un pequeño montículo y contemplaron el lago.

– Pase lo que pase con tu padre, quiero que sepas que nunca quise hacerte daño, Keely.

– Lo sé -contestó esta-. Y entiendo que necesites hacerlo. Los dos tenemos que resolver nuestro pasado. Pero mi padre es inocente. Lo creo de corazón. Y voy a ayudar a mi familia a demostrarlo.

Rafe le agarró una mano, se la llevó a los labios y le besó el dorso con delicadeza.

– Ojalá, Keely. Ojalá.

Keely tomó la botella de vino y echó un chorrito en la cacerola. Aunque se enorgullecía de su destreza culinaria, no le estaba resultando sencillo preparar una cena elegante con lo que había en la nevera de Rafe; en concreto, un surtido de pizzas congeladas, espaguetis de lata y muslos de pollo.

– Comida de hombres -murmuró. Por suerte, las patatas formaban parte de la dieta masculina, al igual que las cebollas. Así que pudo cocinar una ternera al vino pasable. Quienquiera que se hubiera encargado de aprovisionar la cabaña, también había comprado pan, de modo que pudo tostar unos trocitos para echarlos en la salsa y preparó una ensalada César, sin anchoas ni queso parmesano. De postre tenían cuatro helados distintos y derritió unas barritas de chocolate para regarlos con él.

Estaba devolviendo la cacerola al horno cuando las luces temblaron. Se fueron. Keely esperó a que volviera la electricidad. Era la cuarta o la quinta vez que pasaba en lo que iba de tarde, según Rafe, debido a que los cables de tensión estaban soportando mucha nieve. Se acercó al salón y encontró a Rafe avivando el fuego.

– La cena huele bien.

– Ya está lista. Espero que la luz vuelva pronto. Mientras tanto, está dentro del horno para que conserve el calor lo máximo posible -Keely miró a Rafe-. ¿Y si no vuelve?

Rafe se puso recto, se sacudió las manos contra los vaqueros.

– Tendremos que hacer un fuego muy grande y acurrucamos para darnos calor -contestó él-. Creo que esta vez va a tardar un buen rato.

– ¿Toda la noche?

– Puede. Por aquí es muy frecuente. Esperemos que las tuberías no se hielen. La ultima vez que pasó fue un desastre -Rafe encendió una cerilla, encendió la lámpara de queroseno que había en la mesita de café y se la acercó-. ¿Por qué no la pones en la cocina? Voy por algunas velas y a ver si encuentro más linternas.

– Yo tengo que acercarme al servicio antes de que refresque o anochezca más -Keely se puso las botas grandes que ya se había acostumbrado a usar, agarró el abrigo de una percha de la puerta y una linterna para guiarse-. A partir de ahora, valoraré la comodidad de tener servicio dentro de casa -murmuró antes de salir hacia un anexo de la cabaña, junto al pozo del porche.

– Cuidado, no te vayan a comer los osos – bromeó Rafe cuando ya estaba yéndose.

El viento frío se filtraba bajo el abrigo, de modo que se dio prisa para volver lo antes posible al calor de la casa. Cuando abrió la puerta y entró, se quedó boquiabierta. Rafe había iluminado el interior con velas y linternas distribuidas por todo el salón, creando un ambiente romántico y acogedor.

– Hasta podemos poner algo de música si las pilas no están gastadas -dijo él, volviendo justo de una habitación con un radiocasete en la mano.

– Qué bonito.

– Está agradable -Rafe asintió con la cabeza-. A mí me gusta así: sencillo, algo rústico. Había pensado que podíamos cenar frente a la chimenea. Y tendremos que dormir delante del fuego. ¿Por qué no traes la cena y voy poniendo las cosas?

Cuando Keely llevó el primer plato. Rafe ya había lanzado unas almohadas al suelo. Abrió la botella de champán y llenó dos copas. Keely tomó una y se la llevó a los labios.

– Es Nochevieja -la detuvo Rafe-. Deberíamos brindar.

– Vale. ¿Por qué brindamos?

– Por los hados que cruzaron nuestros caminos -propuso Rafe.

Y por los que los separarían, pensó Keely antes de chocar la copa con la de él. Y, cuando iba a dar el primer sorbo. Rafe se adelantó y le dio un beso lento y delicado en la boca.

– Siempre he pasado solo la Nochevieja – dijo-. No me parecía importante celebrarla. Pero ahora lo entiendo: se trata de mirar atrás, ver todos nuestros errores y problemas, y empezar de cero. Borrar la pizarra. Se trata de tener esperanzas -añadió al tiempo que le hacía una caricia en la mejilla.

– ¿Tienes algún propósito de Año Nuevo? -preguntó Keely.

– No he pensado en nada. ¿Y tú? Keely dejó la copa en la mesita, se levantó y fue hacia la chimenea.

– En primer lugar, voy a intentar ser menos impulsiva. Claro que ese es el propósito de todos los años desde que soy adulta.

– Me gusta que seas impulsiva -dijo Rafe-. Yo no lo cambiaría.

– Vale. Entonces, voy a perder cinco kilos.

– No me parece buena idea -Rafe negó con la cabeza y se acercó despacio hacia Keely-. Tienes un cuerpo increíble. Me gusta tal como está.

– Pues… -Keely sonrió agradecida-, voy a apuntarme a clases de español.

Como no tenía respuesta para eso, Rafe la estrechó entre los brazos y volvió a besarla. Keely sabía que estaban jugando con fuego. Habían dejado de lado sus diferencias por el momento, pero en cuanto dejaran la cabaña, la realidad volvería a imponerse.

– No deberíamos hacer esto -murmuró-. Solo conseguiremos hacer las cosas más difíciles.

– Es Nochevieja -Rafe le acarició el pelo-. ¿Por qué no fingimos que es el principio de algo, en vez de un final?

Keely asintió con la cabeza y Rafe le rodeó la cintura con las manos. Mientras la besaba, la lengua caliente contra sus labios, Keely notó que las rodillas se le aflojaban, su decisión se resentía. No podía negarse. Era inútil. Desde que lo había conocido, se había sentido atraída hacia Rafe de un modo que desafiaba cualquier lógica y decisión.

Bajó la boca hacia el cuello de Keely. Después siguió descendiendo hasta ponerse de rodillas delante de ella. Le subió el jersey y apretó la boca contra su ombligo. Luego tiró de Keely con suavidad para que se arrodillara también. Era como si hiciera siglos que no compartían un momento de intimidad, aunque la misma noche anterior la había dejado temblando de placer.

Recorrió su cuerpo con las manos, introduciéndolas por debajo de la ropa, tocándola y apartándose, como si quisiera ir estimulándola despacio. Pero Keely no estaba dispuesta a ceder el control esa vez. Quería demostrarle el poder que podía tener sobre él. Quería hacerlo retorcerse de necesidad y que explotara dentro de ella.

Paseó las manos por todo el cuerpo de Rafe antes de dejarlas reposar en su espalda.

– Me toca a mí -dijo-. Tienes que hacer lo que te diga.

Rafe sonrió, listo para complacerla.

– De acuerdo -murmuró-. Sedúceme, Keely.

– Quítate la ropa -le ordenó después de sentarse sobre los talones-. Te quiero desnudo.

Se puso de pie y, mientras se sacaba el jersey, Keely observó la luz de las llamas bailando por su musculado torso. Después de tirar el jersey, empezó con los vaqueros.

– Más despacio -dijo ella-. Mucho más. Se quitó los calcetines, de uno en uno.

– ¿Así?

– Despacio -repitió Keely.

Se desabrochó los vaqueros y se bajó la cremallera centímetro a centímetro. Su miembro presionaba la seda de los calzoncillos. Ya estaba erecto. Keely tuvo que cerrar los puños para no agarrarlo y acariciarlo hasta que eyaculara en su mano. Si quería controlar el placer de Rafe, tendría que controlar primero el suyo.

Cuando estuvo totalmente desnudo, le ordenó que pusiera las manos encima de la cabeza.

– ¿Qué? -Rafe rió.

– Ya me has oído. Las manos encima de la cabeza. Así son las reglas. Si me tocas, se acabó.

Rafe obedeció a su pesar, mirándola todo el tiempo con reserva. Keely se puso de rodillas y se acercó a él hasta situar la boca a unos pocos centímetros de su erección. Cuando él se echó hacia delante, Keely se retrasó y se inventó una regla nueva: ella podía moverse, pero Rafe no.

Esa vez, cuando avanzó hacia él, se quedó quieto. Era un hombre realmente bello. Keely contempló su cintura estrecha, el pecho ancho, las piernas musculadas, las caderas esbeltas, el miembro que rozaba el vello bajo el ombligo. Muy lentamente, sacó la lengua y la deslizó desde la base hasta la punta del pene. Rafe contuvo la respiración.

Repitió la operación y Rafe emitió un gemido gutural. Le temblaron los abdominales, a la espera del siguiente movimiento de Keely. Pero esta estaba decidida a hacerlo suplicar. Le dio un beso en el hueco situado bajo el hueso de la cadera, rozando su erección con la mejilla antes de volver a pasar la lengua de extremo a extremo. Cuando tuvo la certeza de que había soportado suficiente, se lo comió con toda la boca.

No se recreó demasiado ahí. Estaba demasiado cerca del límite y le tenía reservadas muchas torturas más como para acabar tan pronto. Así que empezó a subir por su espalda, le besó el vello del torso, posó la boca en su nuca y en ningún momento dejó de tocarle la erección con los dedos. Rafe cerró las manos, apretó los puños, tuvo que cerrar los ojos mientras aguantaba con la respiración entrecortada y la erección palpitante.

Ella era la primera sorprendida por aquel comportamiento tan descarado. Keely siempre se había sentido algo cohibida con el sexo, pero con Rafe parecía perderse en busca de cotas inexploradas de placer. De alguna manera, estaba segura de que aunque pudieran pasar la vida juntos, siempre inventarían formas distintas para hacer del sexo una aventura.

Pero no pasarían la vida juntos. Tenían solo esa noche. Una escalada más hasta la cumbre del éxtasis y se acabaría todo.

– ¿Te puedo tocar ya? -preguntó entonces Rafe.

Keely negó con la cabeza y, tras ponerse frente a él, empezó a desnudarse. Rafe la contempló mientras se despojaba de la ropa poco a poco. Pero se equivocaba si pensaba que su desnudez era una invitación a tocarla. De hecho, el objetivo era atormentarlo todavía más, haciendo con sus manos lo que él no podía con las suyas.

Siempre le habían dicho que era pecado tocarse de ese modo, pero no había reglas ni arrepentimientos en ese juego que jugaban. Y quería que la próxima vez que Rafe recordara esa noche, se excitara con pensar lo que le había hecho. Se lo imaginó tumbado en la cama, solo, dándose placer pensando en ella.

– ¿Has tenido bastante?, ¿o quieres más? -le preguntó finalmente, mirándolo a los ojos.

– Si sigues así, voy a acabar antes de que me toques -murmuró Rafe.

– Creía que eso era imposible -lo provocó ella.

– Yo también. Pero créeme, es posible.

– Entonces será mejor que te tumbes y te relajes.

Rafe se tumbó sobre las sábanas y las almohadas que había extendido frente a la chimenea. Keely se colocó sobre sus caderas y, muy despacio, bajó hasta sentarse a horcajadas sobre él. Rafe estiró las manos para tocarla, pero Keely las agarró por la muñeca y se las puso encima de la cabeza.

– Con lo bien que lo estás haciendo -susurró-. No rompas las reglas ahora.

Luego se frotó contra él, endureciéndole la erección con el roce entre las piernas. Rafe arqueó las caderas en un movimiento instintivo, más que un intento premeditado de romper las reglas. Keely sintió un cosquilleo eléctrico, anticipando el momento en que Rafe estuviera en su interior y la colmara hasta el fondo.

Pero antes se echó hacia delante, puso los brazos a sendos lados de la cabeza de Rafe, le susurró al oído. Le dijo todo lo que quería hacerle con sumo detalle. Y cuando terminó, le pasó la lengua por la oreja.

– ¿Has tenido suficiente? -preguntó entonces-. ¿Te rindes ya?

– No -gruñó Rafe.

Se incorporó, enseñándole los pechos mientras le acariciaba el torso con el colgante. Luego le rozó un pezón sobre los labios, desafiándolo a que lo probara.

– ¿Y ahora? -lo desafió.

– Tal vez -dijo él con voz ronca. Se situó sobre su erección, bajó, permitió que la penetrara nada más que con la punta y se retiró.

– ¿Y ahora?

– Sí -capituló Rafe-. Me rindo, tú ganas. ¿Estás contenta?

Keely sonrió, exhaló un suave suspiro y se sentó sobre él hasta hundirlo por completo en su cálida humedad.

– Sí -contestó mientras paseaba las manos por su torso y echaba la cabeza hacia atrás, comenzando a moverse-. Estoy muy contenta.

Rafe estiró los brazos, metió un dedo bajo el collar y tiró de ella con suavidad para agacharla hasta tenerla a unos pocos centímetros. Keely abrió los ojos y se lo encontró mirándola intensamente.

– Te quiero, Keely.

Se quedó sin respiración. Lo miró a los ojos y supo que estaba diciendo la verdad.

– Yo también te quiero -contestó emocionada.

La última de las llamas se apagó. En la chimenea solo quedaban los rescoldos del fuego. Acurrucada contra el cuerpo de Rafe, Keely escuchó el ritmo profundo de su respiración. Casi tenía miedo de que la luz del amanecer entrara en la casa. Esa mañana regresaría a Boston. Se presentaría a su familia y empezaría una etapa de su vida totalmente nueva.

Pero, después de esa noche, no estaba segura de si estaba preparada para tomar aquella decisión. Habían hecho el amor una vez, luego habían parado a cenar, antes de volver a amarse. Entraron en el año nuevo entre el segundo y el tercer orgasmo, luego se quedaron dormidos, abrazados frente al fuego.

Lo cierto era que no soportaba la idea de volver a Boston. Quería quedarse con Rafe en la cabaña para siempre, olvidarse de la realidad. Era tan fácil desearlo… amarlo. Había hecho todo lo posible por no enamorarse, pero era tan inútil como intentar vivir sin respirar.

De pronto se oyó un motor afuera. Keely vio el brillo de unos faros a través de la ventana y supo que todo había acabado. Era el quitanieves. Rafe se despertaría y tendrían que afrontar la inevitable realidad. El momento de la verdad llamaba a la puerta y cada uno tendría que continuar sus vidas por caminos distintos.

Keely había intentado dar con alguna forma de solucionarlo todo. Aunque sus hermanos supieran que Rafe era el causante de los problemas de Seamus, no tenían por qué conocerse. Y ella no estaba obligada a contarles que se acostaba con el enemigo. Seguirían como hasta entonces, de amantes, compartiendo noches robadas de tanto en tanto. Y acordarían no hablar nunca de sus familias.

Pero, antes o después, se verían forzados a abandonar aquel limbo. Seamus sería declarado culpable o inocente del delito. Si salía culpable, no estaba segura de que pudiera perdonar a Rafe por haber contribuido a su condena.

Y si salía inocente, a Rafe siempre le quedaría la duda de si se había hecho justicia con Seamus. La verdad, fuese cual fuese, se interpondría entre los dos.

Keely se giró para mirarlo y memorizar cada detalle de su rostro, su vulnerabilidad infantil, su masculino atractivo.

– Me va a costar mucho olvidarte -murmuró mientras le acariciaba un mechón de pelo que le caía encima de la frente. Luego posó los labios sobre su boca y Rafe abrió los ojos.

Al principio la miró como si no estuviera seguro de quién era. Luego sonrió adormilado.

– ¿Ya ha amanecido? -preguntó.

– Todavía no.

– Entonces, ¿por qué estás despierta?

– Quiero ir al servicio -contestó Keely-. Estoy armándome de valor para salir al frío.

– Lo primero que haré hoy será llamar a un fontanero para que instale un cuarto de baño dentro, te lo prometo -Rafe le acarició el cuello con la nariz.

– Sigue durmiendo -dijo ella antes de darle otro beso-. En seguida vuelvo.

Salió de la cama y sintió un escalofrío por todo el cuerpo. Tenía la ropa desperdigada por el suelo. La recogió a toda velocidad y se la puso castañeteando los dientes. Pero, incluso después de vestirse, seguía helada. Keely se acercó de puntillas a la chimenea, echó un par de leños. Crepitaron y, momentos después, salió una llama.

Volvió a mirar a Rafe. Sería tan fácil olvidar todo aquello por lo que había trabajado y formar parte de su vida. Pero era una Quinn y necesitaba descubrir lo que eso entrañaba. Descolgó el abrigo del perchero, se lo puso y se calzó las botas grandes. Después entró en la cocina y encontró las llaves en el armario, donde Rafe las había dejado.

Era la mejor forma. Sabía que si esperaba a despedirse de él, elegiría lo más fácil: se quedaría con Rafe, con el hombre al que amaba, en vez de con la familia a la que nunca había conocido. Pero era una Quinn. Todo lo que había ocurrido desde que lo había descubierto en Irlanda lo demostraba. Keely Quinn había ocupado el sitio de la vieja Keely McClain.

Apretó las llaves del coche dentro del puño, volvió al salón. Se quedó de pie frente al sofá unos segundos, mirando la cara de Rafe e imaginando su cuerpo desnudo bajo el edredón. Nunca conocería a otro hombre igual y eso la apenaba. Pero no se arrepentía de lo que habían compartido. Aquella aventura le había enseñado quién era de verdad: una mujer fuerte y apasionada, capaz de amar y tomar decisiones en la vida.

Keely respiró profundo, se giró hacia la puerta y se obligó a salir sin mirar atrás. Una vez fuera, el sol estaba despuntando, derritiendo la nieve con los primeros rayos del día. El quitanieves había despejado la carretera y el coche de Rafe ya no estaba atascado.

Caminó hasta él con paso firme. La puerta estaba congelada. Tiró con todas sus fuerzas, pero no consiguió abrirla. Quizá estaba destinada a quedarse allí, pensó con lágrimas en los ojos. Quizá era una señal. Le dio un último tirón y se abrió. Se metió corriendo y arrancó. El motor rugió con fuerza, pero Keely se quedó apretando el volante un buen rato.

Luego, mientras metía primera, se preguntó por qué los habría unido el destino delante del pub aquella primera noche. Si creyera en la predestinación y los hados, significaría que Rafe y ella estaban hechos el uno para el otro. Pero quizá no debían estar juntos y la lección que tenían que aprender era la fuerza de los lazos familiares.

Fuera lo que fuera lo que ocurriera en Boston, estaba preparada para afrontarlo. Volvería y les contaría a sus hermanos lo que sabía. Y luego se presentaría y trataría de integrarse en su familia. Y algún día, cuando todo volviera a la normalidad, quizá pudiera llamar a Rafe… y cenar juntos… y hablar.

Pero eso tendría que esperar. En ese momento había cosas más importantes en su vida que dejarse llevar por la pasión.

Supo que se había marchado nada más abrir los ojos. El fuego había crepitado a su lado, pero había notado la casa en silencio. Se levantó y llamó a un servicio de limusinas por el móvil.

De vuelta a casa, había intentado no pensar en Keely, pero lo persiguió el recuerdo de la noche que acababan de compartir. Nunca había querido tanto a una mujer. Y no era solo pasión. La necesitaba en su vida para darle equilibrio y perspectiva. Keely le había enseñado en qué consistía la felicidad.

Al llegar al apartamento, el portero le había entregado las llaves de su Mercedes, al tiempo que lo informaba de que Keely le había llevado el coche en perfecto estado hacía unas horas. Rafe ni siquiera se había molestado en subir. Había entrado en el coche y había ido directo a su despacho.

Miró el desbarajuste de papeles que tenía sobre la mesa. Había ido a la oficina para quitarse a Keely de la cabeza. Pero había desechado un proyecto tras otro, distraído por fantasías que, debía reconocerlo, no eran ni la mitad de buenas que hacer el amor de verdad con ella.

– Concéntrate -se dijo.

Volvió a los expedientes y se fijó en un proyecto de construcción de oficinas en Portland. Pero, mientras miraba la columna de las cifras, volvió a desconcentrarse. Descubrir lo que le había ocurrido a su padre en el barco había consumido sus pensamientos antes de conocer a Keely. Y, de pronto, ya no estaba seguro de que siguiera importándole. Su padre estaba muerto y nada podría devolverle la vida. Pero Keely estaba viva, era parte de su presente y la había dejado marchar.

– ¿Se puede saber quién co…! Ah, hola… ¿Qué haces aquí? -preguntó al ver a Sylvie en la puerta.

– Buenos reflejos. Media palabrota: cinco dólares -dijo la secretaria-. Es Año Nuevo. ¿No deberías estar en casa?

– Sabes que no celebro las fiestas.

– Entonces, ¿qué hacías en la cabaña con una mujer en Nochevieja? -preguntó Sylvie.

– ¿Somos parientes? Porque deberíamos serlo, teniendo en cuenta el tiempo que le dedicas a entrometerte en mi vida -contestó Rafe-. Tú sí que deberías estar con tu familia -añadió para cambiar de tema.

Sylvie entró en el despacho, se sentó.

– He venido a trabajar porque los niños me estaban volviendo loca y mi marido estaba empapelando el cuarto de baño. Si no me hubiera ido, me habría visto obligada a darle mi opinión, se habría enfadado y habríamos estado rabiando el resto del día.

– ¿En eso consiste el matrimonio?

– ¿Por qué?, ¿te lo estás planteando?

– ¿Cómo se te ocurre! -Rafe soltó una risotada.

– No sé, estás muy raro últimamente. Pensaba que podías haber conocido a alguien.

– Quizá.

Se quedaron callados unos segundos. Sylvie, siempre impaciente, le dio una patadita al pupitre.

– ¿Entonces es eso? -preguntó por fin.

– ¿Cómo supiste que querías casarte?, ¿por qué estabas segura? O sea, decidir pasar el resto de tu vida con una persona es una decisión muy importante.

– No fue difícil -contestó Sylvie-. Simplemente, no podía imaginar mi vida sin él. Cuando pensaba en el futuro, formaba parte de todos mis planes. Hice la prueba de intentar quitármelo de la cabeza, pero era imposible. Así que eso: como no podía quitármelo, me quedé con él.

– Suena muy fácil.

– Lo es si no te complicas. Rafe se apoyó contra el respaldo y entrelazó las manos tras la cabeza.

– ¿Y Tom?, ¿sentía lo mismo que tú?

– No, al principio no. Me costó un poco convencerlo. Creo que a los hombres les cuesta más comprometerse que a las mujeres. Siempre creen que va a haber alguien mejor esperando a la vuelta de la esquina. Pero. antes o después, comprendes que aunque la persona que está a la vuelta de esa otra esquina sea más guapa, inteligente o rica, da igual.

Rafe cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás.

– Es verdad. Da igual.

– ¿El qué?

– Keely -Rafe hizo una pausa-. Keely Quinn. Sé que nunca encontraré a otra mujer como ella. Jamás.

– Entonces, ¿por qué no os casáis? -preguntó Sylvie con una sonrisa enorme.

– Problemas. Muy grandes. Su familia.

– Si la quieres, superaréis cualquier problema.

– Eso espero -Rafe alineó los papeles que había sobre la mesa y se puso de pie-. Me voy a casa. Hoy no estoy en condiciones de trabajar. Puede que mire un poco la tele o empapele alguna pared -añadió y Sylvie se echó a reír.

– En serio, si necesitas consejo, puedes contarme lo que quieras. Sobre todo si se trata de joyas, bombones y flores.

– Lo tendré en cuenta -Rafe se paró antes de salir del despacho-. Vuelve a casa, Sylvie. Y recuerda lo afortunada que eres por tener lo que tienes.

Mientras bajaba en el ascensor al garaje, Rafe repasó la conversación que acababa de tener con Sylvie. Aparte de su madre, era lo más parecido a una familia que tenía. Valoraba su opinión. Pero seguía sin creerse que enamorarse fuese algo sencillo. De hecho, era la cosa más difícil, desconcertante y perturbadora que le había pasado.

«Déjalo» se dijo. «Márchate antes de que Keely Quinn te corte las alas y no te deje volar».

Pero no podía alejarse de sus recuerdos, de las imágenes que poblaban su cabeza cada vez que pensaba en Keely. Estuviera donde estuviera, hiciese lo que estuviese haciendo, siempre estaría con él. ¿Cuánto tiempo?, ¿meses?, ¿años? ¿El resto de la vida?

Las puertas del ascensor se abrieron y Rafe echó a andar hacia el único coche estacionado esa mañana en el aparcamiento. Entró, puso la llave en el contacto y dio marcha atrás. Pero, al hacerlo, reparó en un par de guantes que había sobre el asiento del acompañante. Paró el coche, los agarró. Eran de Keely.

Rafe se los acercó a la nariz. Todavía conservaban su perfume. Cerró los ojos y dejó que el olor invadiera sus sentidos. Seguro que Keely los echaría de menos, sobre todo en invierno. Sacó el móvil del bolsillo y empezó a marcar el teléfono de la pensión donde se alojaba.

Pero tras pulsar los primeros dígitos del número, colgó.

– Maldita sea -murmuró. Era una excusa para verla de nuevo. Keely podía permitirse comprar otro par. Debía dejar que se marchara. De momento, tenía que solucionar sus problemas con su familia y apoyar a su padre.

Pero, en vez de guardarse el móvil, pulsó un botón de marcación automática. El dueño de una de las empresas contratistas preferidas de Kencor respondió a los dos tonos.

– Soy Rafe Kendrick. Necesito que me hagas un favor. Quiero que me encuentres a un depurador de amianto lo antes posible. En menos de una semana. Y que permita que el cliente pague con unas condiciones especiales de financiación. Que les reduzca el importe de la factura, yo abonaré la diferencia. Llámame cuando localices a alguien.

Después colgó y sonrió. Después de todo, quizá podía reparar algunos de los puentes que había quemado. Y quizá, algún día, podría volver a encontrarse con Keely a medio camino.

Capítulo 9

Keely estaba sentada junto al escaparate de la pastelería, concentrada en los tres bocetos que había dispuesto sobre la mesa. La novia y su madre llevaban media hora discutiendo los méritos de cada diseño y empezaba a impacientarse.

Lo último que le apetecía en ese momento era estar en Nueva York. Pero al volver de la cabaña de Rafe, se había encontrado con un montón de mensajes esperándola en la pensión. Su madre había tratado de ponerse en contacto por todos los medios. Al devolverle la llamada, se había encontrado con que Janelle y Kim habían tomado la decisión de abrir su propio negocio de tartas de diseño. Como se trataba, de un propósito de Año Nuevo, habían presentado su dimisión antes de que el reloj diera las doce de la noche, lo que dejaba a Keely con solo una ayudante, novata para colmo de males.

Así que había tenido que volver corriendo a casa y en los últimos días había estado trabajando a toda máquina para terminar los encargos que tenían pendientes. Keely suspiró con suavidad y miró a la novia y a la madre. ¿Tan difícil era escoger uno de los diseños? Si fuera su boda, sabría perfectamente lo que quería. Llevaría un vestido sencillo, con un corpiño irlandés, sin apenas velo. Y las damas de honor irían de azul profundo si la boda era en invierno y de melocotón claro si se celebraba en verano. La tarta tendría mucho colorido, con fresas frescas o rosas dulces para dar forma al diseño.

En cuanto al novio. Rafe llevaría un… Keely frenó en seco. Con todo lo que había pasado, ¿cómo se le ocurría pensar que podrían reunirse en el altar alguna vez? Era una fantasía irrealizable. Keely suspiró de nuevo. Pero habría sido un novio de lo más apuesto, con su chaqué y una rosa blanca en la solapa.

Podría estar planeando su boda en ese instante si no hubiese antepuesto su familia a Rafe. Si le hubiera dado la oportunidad, quizá le hubiera pedido que se casara con él. Se mordió el labio inferior. ¿Y si había renunciado a su única oportunidad de ser feliz en la vida?

– ¿Y si envejezco sola y me convierto en un saco de huesos y todos me empiezan a llamar la mujer de las tartas? -murmuró Keely.

– ¿Señorita McClain?

– ¿Sí? -Keely despertó de su ensueño-. Perdone, ¿qué decía?

– Me quedo con este -dijo la novia, apuntando hacia la tarta con forma de tulipán-. Es perfecta para una boda en primavera. Pero me preguntaba si podía cambiar el color de los tulipanes para ir a juego conmigo.

– Por supuesto. Ningún problema. ¿Por qué no me manda una muestra del color exacto que desea y yo lo cambio? También necesito el número definitivo de invitados para calcular el número de pisos de la tarta -contestó Keely sonriente. Luego se levantó, enrolló el diseño elegido y se lo dio a la novia-. Puede llevárselo para que lo vea el novio.

La novia le ofreció la mano y Keely la estrechó.

– Muchas gracias por acceder a hacer nuestra tarta. La primera vez que vi un diseño suyo supe que le encargaría mi tarta a usted.

– Son las mejores -añadió la madre-. Y Lisa Ann se merece lo mejor.

Keely acompañó a las dientas hasta la puerta de la repostería. Después de despedirse de ellas, recogió los diseños rechazados y volvió a la sala de trabajo. Fiona estaba ultimando otra de las tartas de Keely, para una boda estilo Luis XIV.

– Se supone que esto debería ser flor de lis.

– Si no te gusta cómo está, la haces tú – replicó Fiona.

Keely suspiró. Solo llevaba unos días en casa y ya estaban a punto de una nueva discusión. Fiona seguía sin aceptar su decisión de ir a Boston para conocer a su padre y a sus hermanos, y no había dejado de intentar disuadirla de su «estúpida» curiosidad. Por otra parte, parecía ansiosa por saber cualquier noticia que Keely pudiera darle sobre sus hijos. Entre eso y la preocupación de sacar la pastelería adelante, acababa saltando a la primera de cambio.

– Tengo que decirte una cosa, mamá.

– Lo único que quiero oír es que has vuelto para quedarte -contestó Fiona.

– Es importante -dijo Keely con suavidad.

– ¿Qué pasa? -preguntó preocupada-. ¿Los chicos están bien?

– Sí, al menos lo estaban la última vez que los vi. Es Seamus. Tiene problemas.

Fiona soltó una risotada sarcástica y negó con la cabeza.

– Eso no es nuevo. Siempre le ha gustado estar al borde de la ley.

– Esta vez es más grave: lo han acusado de asesinato.

– ¿Qué? -preguntó estupefacta, dejando al instante los preparativos de la tarta.

– ¿Recuerdas algo de un tripulante que murió en el barco de mi padre? Sam Kendrick.

Keely notó el cambio de expresión en el rostro de su madre, como si la sorprendiera oír aquel nombre después de tantos años.

– No -contestó-. No me suena.

– Tienes que saber algo. Un hombre murió en el barco de Seamus, mamá. Seguro que te habló del tema.

– Puede, pero ha pasado mucho tiempo – contestó Fiona mientras continuaba con la tarta-. ¿Me vas a ayudar o te vas a quedar ahí charlando?

– Haz memoria. Es importante.

– Espero que no estés pensando en volver a Boston en una buena temporada -dijo Fiona, cambiando de tema-. Ya vamos muy apuradas por tu última ausencia. No hemos podido aceptar ningún encargo nuevo desde que te fuiste. A este paso, tendremos que cerrar la primavera que viene. La gente quiere verte a ti. Tú eres la famosa, no yo, y no nos pedirán tartas si no hablan contigo de sus bodas.

– Es mi negocio. Y si decido que se vaya al garete es cosa mía -Keely se paró, consciente de lo duras que habían sonado sus palabras-. No voy a dejar que el negocio se venga abajo. Pero quizá estaría bien que bajáramos un poco el ritmo.

– Empiezo a pensar que prefieres Boston a Nueva York. Quizá deberíamos pensar en trasladar el negocio allí.

Keely sabía que su madre solo estaba siendo sarcástica, pero no era ninguna tontería. El negocio no, pero ella sí podía fijar su residencia en Boston. Al fin y al cabo, solo estaba a tres horas en coche si el tráfico no se torcía. Viajaría una o dos veces a la semana y, de ese modo, podría seguir viendo a…

Se frenó. ¡Era una locura! Keely se prometió no caer en la trampa de fantasear con compartir una vida con un hombre al que nunca podría tener. Siendo práctica, trasladarse a Boston perjudicaría la marcha del negocio. Y si trasladaba la repostería allí, tendría que conseguir una cartera de clientes nueva en una ciudad en la que la gente quizá no estuviera dispuesta a pagar miles de dólares en una bobada de tarta.

– ¿Cuándo piensas decírselo?

– Con todo lo que está pasando con Seamus, no termino de encontrar el momento adecuado -respondió Keely-. Sería confundirlos más todavía. Ojalá pudiera echarles una mano de alguna manera. Me ayudaría mucho para decírselo luego.

– Lee Franklin -murmuró Fiona de pronto.

– ¿Qué?

– Lee Franklin. Formaba parte de la tripulación. Él lo vio todo. Su mujer y yo éramos buenas amigas y me contó lo que él le dijo sobre el accidente. Tu padre no es responsable de la muerte de ese hombre, Keely.

– ¿Dónde puedo encontrarlo?

– Ni idea. No sé ni si sigue vivo -Fiona dejó la tarta y agarró una libreta y un lápiz. Garabateó un número, arrancó la hoja y se la entregó a Keely-. Es su número de la seguridad social. Supongo que podrás localizarlo.

– ¿Cómo es posible que sepas su número de la seguridad social?

– Llevaba los libros contables del Increíble Quinn -explicó Fiona-. Me inventaba trucos mnemotécnicos para recordar los números de los tripulantes, para no tener que estar mirándolos todo el tiempo. El de Lee Franklin empezaba con el cumpleaños de Conor y acababa con el número de nuestro portal. Era el más fácil de recordar.

No podía creerse lo que acababan de darle. Keely se levantó de la banqueta y le dio un abrazo fuerte a su madre.

– Gracias, mamá. No sabes lo que esto significa para mí.

– Pero sí lo que significa para mí. Te vas a volver a Boston y no sabes cuándo volverás.

– Tengo que darles esto a mis hermanos y luego les diré quién soy -dijo Keely. Salió a todo correr de la sala de trabajo y luego volvió a darle un beso a su madre en cada mejilla-. Volveré en unos días.

Mientras tomaba el abrigo y se lo ponía, no podía contener la emoción. Con aquella prueba, podría contribuir a la defensa de Seamus. Y si ayudaba a demostrar la inocencia de su padre, tendrían que aceptarla en la familia. Seguro que la recibirían con los brazos abiertos.

Y, camino del coche, se le cruzó una idea más. Una vez que se supiera la verdad, Rafe pondría fin a su venganza. Y entonces no se interpondría nada en sus caminos. Podría amarlo y él podría amarla a ella.

Keely miró el papel que tenía en la mano y rezó en silencio por que Lee Franklin siguiera vivo y con salud, en algún lugar fácil de localizar. Aunque se estaba jugando muchas cosas, iría una a una. Y lo primero era Seamus Quinn.

– Estoy seguro de que coincidirán conmigo en que es el uso más eficiente que puede dársele a estos terrenos. Contamos con tener alquilado el ochenta y cinco por ciento del espacio para cuando termine la construcción y una ocupación del cien por cien en el plazo de un año -Rafe apuntó hacia los planos arquitectónicos de la mesa de conferencias-. La financiación está prácticamente resuelta, pero estamos buscando a algún inversor más dispuesto a invertir capital.

La puerta de la sala de conferencias se abrió con sigilo y Sylvie Arnold entró. Hizo un gesto a Rafe, el cual aceleró el final de la presentación. Mientras los inversores charlaban entre ellos, se reunió con Sylvie en la puerta.

– Es ella -susurró la secretaria.

– ¿Quién?

– Ella. Al menos creo que lo es. Tiene que serlo.

– ¿Quién?

– Dice que se llama Keely McClain – anunció y Rafe trató de disimular su sorpresa, pero supo que no lo había conseguido por la sonrisa satisfecha de Sylvie-. Lo sabía. Sabía que tenía que ser ella. La verdad es que es muy maja.

– No sabes nada -contestó con frialdad Rafe. Se había preguntado si alguna vez llegaría aquel momento. Cómo reaccionaría. En los últimos días se había hecho a la idea de que, aunque había compartido una aventura maravillosa con Keely, todo había terminado. Ella había tomado sus decisiones y no lo había elegido a él-. Dile que le devolveré la llamada luego.

– No puedo. No está al teléfono. Está esperándote en el despacho. Y parece un poco nerviosa.

– ¿La has hecho pasar al despacho?

– Dice que necesita verte. Y no la has puesto en la lista. Se supone que si no quieres hablar o ver a alguna de tus mujeres, la tienes que poner en la lista.

– ¡Maldita sea, Sylvie!

– Diez dólares -dijo ella, extendiendo la mano.

Rafe sacó la cartera y le dio un billete de cincuenta.

– Quédate con el cambio. Necesitaré el crédito para la pequeña conversación que vamos a tener luego.

Salió de la sala de conferencias, cruzó el pasillo y se puso bien la corbata mientras andaba. Lo cierto era que no quería verla. Después de lo que le había dicho esa última noche frente a la chimenea, se sentía como un idiota. Le había abierto el corazón diciéndole que la quería y, de pronto, se presentaba en su despacho para recordarle el error que había cometido.

Aunque no podía echarle toda la culpa a Keely. El nunca se había considerado capaz de amar, de modo que se había ido endureciendo, cerrándose a esa clase de sentimientos. Pero los días que había pasado con Keely le habían hecho ver, poco a poco, que esos sentimientos no habían desaparecido por completo, sino que estaban dormidos. Claro que, después del fin de semana en la cabaña, Rafe había decidido anestesiarlos de por vida. Rafe Kendrick no había nacido para el amor.

Cuando llegó al despacho, puso la mano en el pomo, se paró antes de entrar. Debería pedirle a Sylvie que le dijera que estaba ocupado. Sería la forma más sencilla de salir de la situación. Pero Rafe sabía lo testaruda que podía ser su ayudante, sobre todo entrometiéndose en su vida privada. Estaba segura de saber lo que más le convenía y Rafe tenía la sensación de que había incluido a Keely en esa categoría.

Así que respiró profundo y empujó las puertas.

Keely se puso de pie nada más verlo. Sus miradas se cruzaron y, por un momento. Rafe se quedó sin respiración. ¿Por qué lo sorprendía siempre su belleza? Su cara tenía algo especial, algo que le resultaba irresistible.

– Keely.

– Hola, Rafe.

Aunque solo habían pasado unos días desde la última vez que se habían visto, Rafe se quedó asombrado por la reacción de su cuerpo. El deseo reprimido irrumpió con fuerza y tuvo que ejercer todo su autocontrol para no cruzar la sala, estrecharla entre los brazos y besarla hasta dejarla sin sentido. El recuerdo de la intimidad que habían compartido la última noche le impedía pensar con claridad.

– Siéntate, por favor -dijo él, pasando de largo hasta situarse detrás de la mesa de trabajo-. ¿Cómo te va?

– Bien. Ocupada, pero bien -contestó Keely sin sentarse-. Le dije a mi secretaria que me apellido McClain. Pensé que sería mejor que… No sé cuánto sabe -añadió frente a una silla, cambiando el peso del cuerpo de una pierna a otra con inquietud.

– ¿Qué has estado haciendo?

– Volví a Nueva York unos días para solucionar unos asuntos de la repostería. Dirigir un negocio desde otra ciudad no es fácil.

Rafe casi había olvidado que, en circunstancias normales, Keely Quinn vivía en Nueva York y él en Boston. Esa barrera no había surgido en sus conversaciones, pero, si se paraba a pensarlo, era una razón más por la que nunca habrían podido estar juntos.

– Estoy deseando hablar con mi familia y que mi vida vuelva a la normalidad -continuó Keely.

– ¿Todavía no se lo has dicho?

– No -respondió ella a la defensiva-. Por eso he vuelto. Voy a decírselo esta noche.

– Yo también me voy adaptando a la rutina -comentó Rafe entonces.

– Veo que pudiste volver a Boston.

– Tenía un móvil en el bolsillo del abrigo. Pedí un coche.

Keely pestañeó sorprendida, boquiabierta incluso. Al principio, Rafe pensó que se enfadaría. Después de todo, la había hecho pasar una noche más en la cabaña por no tener teléfono. Pero no pareció disgustarse por el engaño.

– Me alegro. ¿Encontraste el coche?

– El portero me devolvió las llaves -dijo él.

Lo sacaba de quicio tanto rodeo. Era como si acabaran de conocerse y tuviesen que estar pensando qué decir para no estar en silencio. Nadie que los viera habría pensado que pocos días atrás se habían estado susurrando cosas perversas al oído mientras sus cuerpos se dejaban arrastrar por la pasión.

– ¿Eso era todo?, ¿has venido a asegurarte de que pude volver sin problemas?

– No, quería darte esto -Keely puso una hoja pequeña de papel sobre la mesa.

Rafe le rozó la mano al ir a recoger la hoja y sintió una descarga eléctrica en el brazo.

– ¿Qué es?

– El nombre y el número de la seguridad social de uno de los hombres de la tripulación de mi padre. Se llama Lee Franklin. Según mi madre, estaba en el barco cuando tu padre murió. Y dice mi madre que él sabe todo lo que pasó. También dice que mi padre no tuvo que ver con la muerte del tuyo -Keely se encogió de hombros-. Voy a decírselo también a Conor para que pueda informar a las autoridades, pero pensaba que debías saber que habrá alguien que respalde la versión de Seamus. Dijiste que querías descubrir la verdad. Espero que podamos encontrar a Lee Franklin y que nos diga lo que de ocurrió… Y que te quedes satisfecho.

– Gracias -dijo Rafe.

– Bueno, a eso había venido -Keely se giró y fue hacia la puerta.

– Te he echado de menos -dijo él y Keely se paró en seco.

– Yo también te he echado de menos – reconoció, todavía dándole la espalda.

– ¿Puedo invitarte a comer?

– Son casi las cuatro -respondió ella, girándose despacio hacia Rafe.

– ¿A cenar entonces?

– Será mejor que dejemos las cosas como están -contestó Keely con una ligera sonrisa-. Al menos hasta que se resuelva todo con mi familia.

– Sí, supongo que tienes razón.

– Y quizá me equivoque -Keely respiró profundo, como tratando de sacar fuerzas de flaqueza-. Tengo que irme… Nos vemos.

Un segundo después se había marchado. Rafe se alisó el cabello. Aquello no era lo que quería: no le gustaba que Keely entrara y saliera de su vida sin saber cuándo volverían a verse, si volvían a hacerlo. Siempre se había alegrado, aliviado incluso, cuando las mujeres con las que había estado desaparecían. Pero con Keely se le creaba un vacío y se sorprendía echándola de menos a los pocos segundos de que se fuera.

– Maldita sea -murmuró. Le repateaba esa sensación de estar viviendo en el limbo. O hacía todo lo posible por que formara parte de su vida o se retiraba definitivamente. No soportaba aquella indecisión-. ¿Pero qué hago?

Miró la hoja que todavía tenía en la mano. Si Lee Franklin podía demostrar la inocencia de Seamus, tendría que encontrarlo y llevarlo a Boston para que le contara su versión. Se dirigió a la mesa y pulsó el botón del interfono. En vez de responder, Sylvie entró al instante en el despacho.

– ¿Sí?

– Quiero que llames a Stan Marks, de seguridad, y le digas que venga de inmediato. Tengo un pequeño trabajo para él.

– ¿Y? -preguntó la secretaria esbozando media sonrisa.

– ¿Y qué?

– ¿Cómo ha ido? Parece muy simpática. Y es guapa. Parece la clase de mujer con la que podrías casarte.

– Sí -murmuró Rafe.

– ¿Sí? -la sonrisa de Sylvie se expandió de una oreja a otra-. Estás embobado. Nunca te había visto así antes. Te sienta bien.

Luego se dio la vuelta y salió del despacho, dejando a Rafe a solas para que interpretara el significado de «embobado». En otras circunstancias, se lo habría tomado como un insulto, pero era evidente que no era más que una conclusión lógica. Porque, de alguna manera, se las había arreglado para enamorarse de la única mujer a la que no podía tener.

Keely miró la fachada de la comisaría de policía del distrito cuatro. Había llamado a casi todas las comisarías de Boston hasta dar con la de Conor y luego había averiguado cuándo terminaba su turno. Le bastaría con estar a la salida para verlo cuando se marchara. Miró la hora. Se suponía que su turno acababa a las seis y eran las seis y media. Quizá no lo había visto salir. Quizá había aparcado por detrás. Quizá…

– ¿Keely?

Se dio la vuelta y encontró a Conor en la acera a unos pocos metros de distancia. Tenía ese aspecto serio e intimidatorio suyo. Keely tragó saliva. Ya estaba. Había llegado el momento que esperaba.

– Hola, ¿cómo estás?

– Bien -Conor frunció el ceño-. ¿Qué haces aquí?, ¿tienes algún problema?

– No, no, estoy bien -Keely negó con la cabeza-. Es que… tengo algo para ti. En realidad es para Seamus. Liam me dijo lo que estaba pasando la última vez que estuve en el pub. Sé que la policía está investigando a Seamus por un asesinato y sé que es inocente. Y creo que podríais necesitar esto para demostrarlo.

– No entiendo.

– Lee Franklin era uno de los miembros de la tripulación. Este es su número de la seguridad social. Si no me equivoco, se puede localizar el paradero de cualquier persona mediante su número de la seguridad social, ¿no?

Conor la miró con incredulidad y agarró el papel que Keely tenía entre los dedos.

– ¿Cómo te has enterado de todo esto?

– Sé muchas cosas -Keely se obligó a sonreír.

– ¿Cómo has conseguido el número? – insistió él.

Keely respiró profundo, trató de serenar los golpes del corazón. Por fin. Había esperado mucho tiempo, pero era el momento.

– Por mi madre.

– Vale, ¿y cómo lo sabe tu madre?

– Llevaba los libros contables del barco pesquero de tu padre -Keely se mordió el labio inferior. ¡Venga!, ¡tenía que decírselo! Conor estaba preparado para oírlo. Solo tenía que soltarlo de una vez-. Y… estaba casada con tu padre -añadió y se quedó esperando la reacción de Conor.

– Mi padre solo estuvo casado con mi madre -contestó él, negando con la cabeza.

– Lo sé -dijo Keely-. Tu padre es mi padre. Y mi madre es tu madre. Me llamo Keely Quinn, nací seis meses después de que mi madre saliera de vuestras vidas -añadió de un tirón. Luego lamentó haberlo anunciado de ese modo. Podría haber tenido más paciencia.

Durante un rato prolongado, Conor se limitó a quedarse mirándola, totalmente anonadado. Luego se giró, dio cuatro o cinco pasos por la acera. Keely contuvo la respiración, desesperada por que respondiera algo, lo que fuera, que le permitiera atisbar lo que sentía. Por fin se dio la vuelta.

– No es posible. Es una locura. Mi madre está muerta, no tengo ninguna hermana.

Keely se sacó el colgante irlandés de debajo del jersey. La esmeralda brilló bajo la luz de las farolas.

– Me lo ha dado mi madre. Dice que Seamus lo reconocerá. ¿Lo reconoces tú?

Conor se quedó sin respiración y corrió hacia Keely. Agarró el colgante con una mano, frotó la esmeralda con el pulgar.

– Sí. Mi madre tenía un collar igual. Nunca se lo quitaba -dijo antes de dejar caer el colgante-. Seamus nos dijo que estaba muerta. No quisimos creerlo, pero con el tiempo nos pareció la única explicación lógica. Nunca intentó ponerse en contacto con nosotros.

– No está muerta -dijo Keely-. Vive en Nueva York. Se fue allí después de abandonar a tu… a nuestro padre. Yo nací allí.

– ¿Está viva? -preguntó asombrado Conor-. ¿Mi madre está viva?

Keely sintió la presión de las lágrimas en los ojos. Sabía por lo que estaba pasando Conor en ese momento: enterarse de que tenía una hermana y de que su madre, a la que creía muerta, no lo estaba.

– Acepté el puesto en el pub para poder conoceros. No quería engañaros, pero no estaba segura de cómo reaccionaríais. Al principio iba a decíroslo a todos a la vez, pero luego me asusté. Además, cuando el bar cerró, ya no sabía cuándo volvería a veros a todos juntos.

– Tienes que venir conmigo -Conor le agarró un brazo y echó a andar.

– ¿Adonde vamos?

– He quedado con mis hermanos en el pub. Tenemos que sacar todas las cosas para que el contratista pueda trabajar. Sean y Liam ya estarán allí. Quiero que les digas lo que acabas de contar.

Keely clavó los talones en el suelo, obligándolo a frenar.

– No sé si eso es buena…

– ¿Qué dices? -Conor rió-. Eres nuestra hermana. Ya es hora de que lo sepa todo el mundo.

– ¿Por qué no me reúno contigo allí? -se resistió Keely-. He venido en coche y necesito estar sola un momento… La verdad es que hasta ahora ha ido todo muy bien, ¿pero quién sabe cómo reaccionarán ellos?

Conor sonrió. Luego, la sonrisa perdió un poco de brillo mientras la miraba.

– Dios, recuerdo la primera vez que te vi fuera del pub, en la acera. Tenías algo que me resultaba familiar. Son los ojos -dijo al tiempo que le ponía dos dedos bajo la barbilla y le elevaba la cara hacia las farolas.

– Son del mismo color que los tuyos -dijo ella.

– Lo que demuestra que soy un policía buenísimo. Ni siquiera me lo imaginé -bromeó Conor, sin dejar de mirarla fijamente-. No puedo creer que seas real. Que estés aquí después de tantos años.

– Yo tampoco -Keely soltó una risilla-. Si supieras el tiempo que he tardado en atreverme a decírtelo.

– Pues te aseguro que el resto de mis hermanos se van a llevar una alegría.

– Quizá deberías decírselo tú -dijo Keely, poco confiada.

Conor le agarró la mano y le dio un pellizquito para animarla.

– No, creo que será mejor que se enteren por ti. Tengo el coche en esta misma calle. Quedamos a la salida del pub, ¿de acuerdo?

Jamás hubiera imaginado que fuese a resultar tan bien. Decírselo a Conor había sido tan sencillo… demasiado. Quizá llegaran los problemas a continuación. Pero, en tal caso, tendría que hacerles frente.

– Perfecto. Nos vemos en el pub -contestó por fin.

Por una parte, no quería separarse de él, pero necesitaba estar a solas un rato para renovar fuerzas. Al menos, Conor estaba de su parte. Y tenía la impresión de que era el cabecilla oficioso de la familia, el hermano al que los demás se dirigían cuando había un desacuerdo que dirimir. Si él quería que formase parte de la familia, encontraría el modo de convencer a los demás de que era parte de ella.

Keely corrió al coche, entró, apretó el volante. Estaba acelerada. No sabía si quería llorar o reír.

– Hola, soy Keely Quinn.

Por primera vez, le pareció que tenía sentido llamarse con ese apellido. Ya no era un sueño. Era Keely Quinn. Exhaló un suspiro profundo y arrancó el coche. Al terminar la noche, tendría una familia.

El trayecto hasta el pub pasó como en una nebulosa, distraída con pensamientos sobre lo que se avecinaba. Se sentía un poco mareada y se preguntó si no debería haber aceptado la invitación de Conor a ir en su coche. Pero le bastó con bajar la ventanilla para que el aire le despejara la cabeza. Una vez que se presentara a sus hermanos, tendría que llamar a su madre. Y luego llamaría…

Dejó el pensamiento a medias. No podía llamar a Rafe. Aunque estaba deseando oír su voz, no formaba parte de eso. No sería justo arrastrarlo de vuelta a su vida tan egoístamente. Cuando resolviera su vida familiar y el problema de Seamus, quizá pudiera volver a prestar atención a su vida amorosa.

La calle estaba casi vacía cuando aparcó en la acera frente al pub. Vio a Conor sentado en los peldaños de la entrada, acurrucado contra el frío. Era un hombre realmente agradable, seguro, en el que confiar. Le gustaba tenerlo de su parte. Keely lamentó no haber tenido oportunidad de crecer con él. Pensó que podría haber aprendido muchas cosas de su hermano mayor.

Aunque quizá siempre había tenido una parte de él en su interior. Había sido una Quinn desde que había nacido. Por mucho que hubiera intentado ser la hija de su madre, Keely sospechaba que se parecía más a sus hermanos: era emotiva, impulsiva, testaruda y porfiada, cien por cien Quinn. Por primera vez en su vida, sintió que encajaba en algún sitio.

Salió del coche y se acercó a Conor despacio. Este se puso de pie, sonrió.

– ¿Preparada?

– Supongo -Keely asintió con la cabeza.

Conor subió los escalones de dos en dos, abrió la puerta. Keely entró en el pub, tenuemente iluminado, forzándose a sonreír. Una melodía irlandesa sonaba a todo volumen por los altavoces, lo que impidió que advirtieran su llegada. Pero todos se giraron cuando Conor gritó:

– ¿Queréis quitar eso?

Liam alcanzó el mando del volumen y lo giró para bajar la música.

– ¡Keely! ¿Qué tal?, ¿qué haces por aquí? Suponía que ya habrías encontrado trabajo en otro sitio.

– Todavía no -Keely sonrió-. No hay muchos puestos vacantes para camareras patosas.

– Keely ha venido a contaros algo -terció Conor-. Vamos, díselo.

– No puedo soltarlo así -dijo ella, ruborizada.

– De acuerdo -Conor le agarró una mano y tiró de Keely hacia la barra. Luego, sujetándola por la cintura, la sentó sobre el borde. Los hermanos se reunieron alrededor, extrañados por su comportamiento-. Diles cómo te llamas.

– Ya lo sabemos -contestó Brian.

– No, no lo sabéis -Keely negó con la cabeza-. Mi verdadero nombre es Quinn. Keely Quinn.

Los cinco hermanos reaccionaron con sorpresa moderada.

– ¿Somos parientes? -preguntó Dylan.

– Totalmente -dijo Conor-. Miradle los ojos.

Todos se acercaron para examinarla como si fuese un gusano en un frasco de laboratorio. Keely esbozó una tímida sonrisa. Uno a uno, fueron tomando conciencia de la verdad y su expresión pasó de la curiosidad al asombro.

– Dios -murmuró Liam.

– ¿Es posible? -dijo Sean.

– Keely, diles quién es tu madre -intervino Conor de nuevo.

– Fiona McClain.

– ¿Y tu padre? -preguntó él y Keely tuvo que tragar saliva antes de responder.

– Seamus Quinn.

Conor asintió con una sonrisa radiante en la cara. Se giró a sus hermanos:

– Keely es nuestra hermana. Se quedaron los cinco en el más absoluto de los silencios.

– No tenemos ninguna hermana -dijo Brendan por fin-. ¿Cómo íbamos a tener una hermana y no saberlo?

– Enséñales el colgante, Keely.

Con dedos temblorosos, se sacó el colgante de debajo del jersey. Dylan se acercó un poco más.

– Me acuerdo de él. Mamá lo llevaba siempre. Cuando nos metía en la cama por la noche, le colgaba del cuello y yo enredaba los dedos en él hasta que me daba otro beso.

– Yo tengo una foto en la que está con ese colgante -dijo Sean.

– ¿Tienes una foto de nuestra madre? – preguntó Conor, girándose, al igual que el resto de sus hermanos, hacia Sean.

– Sí -reconoció este con el ceño fruncido-. La guardé antes de que papá lo tirara todo. No os la iba a enseñar. Me la habríais quitado a la menor oportunidad.

Luego metió la mano en el bolsillo trasero, sacó la cartera y extrajo una foto arrugada. Los hermanos se la pasaron de uno a otro, mirándola con atención.

– Yo también tengo una foto -dijo Keely. Buscó dentro del bolso unos segundos y sacó la foto que Maeve Quinn le había dado en Irlanda. Los hermanos se la pasaron-. La hicieron justo antes de que os fuerais de Irlanda. Tú todavía no habías nacido, Liam. Y, como ves, mi madre lleva el collar.

– Recuerdo ese día -dijo Conor.

– Era tan guapa -murmuró Brendan.

– Sigue siéndolo -Keely asintió con la cabeza-. Está viva. Vive en Nueva York.

De pronto, cinco pares de ojos se clavaron en su cara.

– Repite eso -le ordenó Dylan.

– Sé que os costará creerlo. Conor me ha dicho que pensabais que estaba muerta. Y no me veo capaz de explicar por qué os abandonó mi madre. Tendréis que preguntárselo a ella. Pero está viva y creo que le gustaría veros, si estáis dispuestos a verla. Tengo la sensación de que no ha dejado de pensar en vosotros un solo día.

– Nos dejó con un borracho -dijo Dylan con resentimiento-. ¿Tienes idea de lo que fue crecer en una casa así? Nunca nos llamó, ni siquiera se molestó en ver cómo estábamos.

– No es culpa de Keely -terció Conor-. Ella no tenía control sobre nuestra infancia. Así que quizá debamos discutir eso con nuestra madre, en vez de con ella.

Todos asintieron con la cabeza y Keely agradeció que no la culparan por los errores de su madre.

– Siento haber esperado tanto, pero no estaba segura de cómo decíroslo.

Brendan fue el primero en acercarse y estrechar a Keely entre sus brazos.

– Bienvenida a la familia, hermanita -dijo riendo-. ¡Qué cosas! Los hermanos Quinn con una hermana pequeña. Supongo que tendremos que empezar a vigilar nuestro lenguaje cuando estés delante.

– Keely tiene más noticias -intervino Conor-. Me ha dado una pista para localizar a uno de los miembros que formaban parte de la tripulación del Increíble Quinn cuando Sam Kendrick murió. Una pista de su madre.

– Mi… nuestra madre se acordaba de que había un tal Lee Franklin y que sabe lo que pasó. Si lo encontramos, puede contar su versión de los hechos y exculpar a Seamus del asesinato de Kendrick.

– Hablando de Kendrick -dijo Sean, agarrando una carpeta de la barra-, he estado investigando un poco. Este es el hijo de Kendrick. ¿Lo reconocéis? -preguntó tras sacar una fotografía.

– ¡Desgraciado! -exclamó Liam al tiempo que le arrebataba la fotografía a su hermano-. Ha estado en el bar. Ha venido varias veces en los últimos meses.

– ¿Lo has visto alguna vez? -le preguntó Sean a Keely al ver la cara de esta-. ¿Lo has atendido?, ¿te dijo algo?

– Creo que ha estado en el bar un par de veces, sí -murmuró, deseando que ninguno se acordara de la noche en que le había tirado el champán a la cara.

– Este es el que nos está complicando la vida -continuó Sean-. Es multimillonario. Trabaja en el sector inmobiliario. Supongo que se trata de algún tipo de venganza. Pero, ¿por qué va contando esas mentiras?

– Quizá crea que es verdad -dijo Keely. Sus hermanos se giraron hacia ella y se ruborizó-. No es que yo lo crea, pero puede que, por algún motivo, Kendrick esté convencido de que Seamus mató a su padre. Igual que vosotros estabais convencidos de que vuestra madre estaba muerta.

– Como vuelva a poner un pie en este bar, le hago tragarse los dientes de un puñetazo – gruñó Dylan-. Va a tener que aprender a hablar por gestos.

– Creo que lo primero que deberíamos es encontrar a este tipo y pegarle una tunda hasta que entre en razón -añadió Sean.

Mientras sus hermanos consideraban la forma más adecuada de tratar a Rafe Kendrick, Keely tomó la foto y miró la imagen del hombre que había sido su amante. Recorrió un dedo por cada facción de su rostro, recordando la sensación de acariciar sus labios, húmedos después de un beso, la superficie rugosa de la barba cuando necesitaba afeitarse, la intensidad de su mirada al desbordarse dentro de ella.

– ¿Os parece bien si guardo la foto? -preguntó tras soltar un suspiro-. Por si recuerdo algo más luego.

Si no podía tener al modelo, tendría que conformarse con una fotografía. Pero no le serviría por mucho tiempo. Keely necesitaba ver a Rafe y necesitaba verlo pronto.

Capítulo 10

Un cartel colgaba sobre la entrada del Pub de Quinn anunciando la reapertura del «mejor pub irlandés de Southie» para dos días después. Se ofrecerían sandwiches de ternera y caldo irlandés gratis para recuperar a los clientes habituales tras las semanas que habían tenido que cerrar.

Aunque los problemas del bar se iban solucionando con sorprendente facilidad, la situación de su padre no mejoraba. Liam la había llamado a Nueva York para informarla. A pesar de sus esfuerzos, ni Conor ni Sean habían conseguido localizar a Lee Franklin. El juicio tendría lugar en dos días y el jurado condenaría a Seamus o no basándose en el testimonio de Ken Yaeger. Aunque Seamus se había declarado inocente, la última palabra la tendría el jurado, si realmente tenían que acabar yendo a juicio.

Keely se preguntó por qué habrían elegido reabrir el pub el mismo día del juicio. Sospechaba que era una forma de darse ánimos y transmitir energía positiva a una situación que tenía muy mala pinta. Pero había vuelto a Boston con un último rayo de esperanza para sus hermanos y su padre. Miró hacia atrás, donde había aparcado el coche, justo frente al pub. No estaba segura de que lo que estaba a punto de hacer estuviera bien, pero en el fondo de su corazón así lo sentía.

Cuando entró, el interior era un caos de sillas desperdigadas de cualquier forma y cajas de botellas en mitad del suelo. Brendan levantó la cabeza, sonrió al verla y la saludó. Liam y Sean estaban detrás de la barra, colocando botellas en las estanterías. Y Conor y Dylan aparecieron poco después por la puerta que comunicaba con la cocina.

– Hola, hermanita -la saludó Brian según entraba, tirando de Keely hacia la barra-. ¿Has venido a echarnos una mano?

– Sí, parece que os hace falta -dijo ella sonriente.

– Dado que el pub tiene tu apellido, debes considerarlo como una obligación de familia. Agarra un trapo y ponte las pilas.

Keely miró a su alrededor en busca del miembro de la familia que faltaba.

– ¿Dónde está Seamus? -preguntó.

– En la cocina -contestó Dylan-. No ha salido desde que le dijimos que ibas a venir. Espero que estés unos días por aquí. Puede que le cueste decidirse a salir.

– Entonces, ¿sabe quién soy?

– Se lo dijimos anoche -intervino Conor-. Creo que tiene miedo de hablar contigo… Papá, sal. Tienes que conocer a una persona -añadió, gritando hacia la cocina.

Todos esperaron a que Seamus saliera. Apareció con un mandil sucio que se quitó en seguida. Se atusó el pelo con las manos y se acercó a Keely. La sorprendió su indecisión. Estaba acostumbrada a un Seamus Quinn seguro de sí mismo, al que le gustaba llevar la voz cantante en las discusiones. Un Seamus Quinn que bromeaba con ella y la llamaba «pequeña».

– Así que eres mi hija -dijo sin rodeos, mirándola a los ojos.

– Sí -Keely asintió con la cabeza y enderezó la espalda-. ¿Te parece bien?

Seamus la miró unos segundos y, por fin, esbozó una sonrisa complacida.

– No tenía ni idea de que tuviera una hija. Puede que hubiese actuado de otra forma si lo hubiese sabido -Seamus se encogió de hombros-. Al menos no podrás quejarte de lo mal padre que he sido, ¿no?

– Supongo que no.

Como no parecía querer un abrazo, Keely se limitó a acercarse y darle un beso en la mejilla.

Seamus le dio una palmadita en el hombro y se puso rojo de vergüenza.

– Bienvenida a la familia, pequeña. Si es que la aguantas.

– Toda una bienvenida, papá -bromeó Conor-. A ver si, después de esto, se vuelve a Nueva York y no vuelve a querer saber nada de nosotros.

– No te rías, chaval -Seamus apuntó con un dedo hacia Conor-. Ya he tenido bastantes sorpresas últimamente y no quiero… -de pronto se calló, clavando la vista más allá de Keely y los chicos, atónito. Todos se giraron a ver lo que había causado esa reacción. Keely contuvo la respiración al ver a su madre entrar en el pub. Luego miró a sus hermanos, cuyos rostros reflejaban la misma cara de asombro que la de Seamus. Le había dicho a su madre que esperara hasta que fuese a buscarla, pero era evidente que Fiona se había acabado impacientando.

Keely la invitó a acercarse, pero Fiona permaneció pegada al suelo.

– Le he pedido a mi… a nuestra madre que viniera a Boston conmigo -explicó Keely-. Tiene información sobre el Increíble Quinn y está dispuesta a declarar en favor de Seamus. Y cree que puede saber dónde encontrar a Lee Franklin.

Durante unos segundos, a los hermanos no pareció importarles lo que fuera de Franklin.

Se quedaron mirando a Fiona como si fuese un fantasma. Conor fue el primero en hablar después de un largo silencio.

– Hola, mamá -dijo, al tiempo que se acercaba a ella-. ¿Te acuerdas de mí? -preguntó, conduciéndola a la barra.

Los ojos se le arrasaron de lágrimas, le tembló el labio inferior. Pero también se le iluminó la cara de alegría y Keely supo que había hecho bien llevándola a Boston.

– Por supuesto que me acuerdo, Conor – Fiona miró a sus seis hijos, uno a uno-. Sería capaz de reconoceros entre una multitud. No habéis cambiado nada. Al menos a mis ojos. Aunque sois más altos de lo que jamás imaginé.

– Tú también estás igual -dijo Conor. Cuando Fiona estiró un brazo para acariciar la mejilla de su hijo mayor, se le saltó una lágrima. Se rió mientras se la quitaba.

– Eres un buen chico, Conor. Siempre lo fuiste. Y te has convertido en un buen hombre. Tengo entendido que estás casado.

– Sí. Y Olivia, mi esposa, va a tener un bebé. Y Dylan y Brendan están a punto de casarse también. Dylan en Junio y Brendan después, cuando vuelva con Amy de Turquía.

De uno en uno, Fiona fue reencontrándose con sus hijos después de tantos años. Ninguno se mostró resentido, tal como había esperado Keely, la cual se preguntó cómo podían aceptar la vuelta de su madre tan fácilmente después de haberlos abandonado hacía tanto. Luego recordó que les habían contado que estaba muerta.

Cuando Fiona llegó a Liam, las lágrimas le fluían en abundancia. Lo apretó contra el pecho y le dio un fuerte abrazo.

– Eres el que más me preocupaba -dijo-. Sabía que Conor, Dylan y Brendan eran fuertes. Y los gemelos se tenían el uno al otro. Pero me daba miedo que te sintieras solo.

– Sobreviví, mamá. Todos lo hicimos. Y nos alegra que vuelvas, aunque haya tenido que pasar tanto tiempo.

– Estáis hechos unos hombretones -dijo Fiona, sonriente, abarcándolos a los seis con la mirada. Luego se sorbió la nariz y se giró hacia la última persona de la sala. Respiró profunda antes de saludar-. Hola, Seamus.

– Hola.Fi.

– Ha pasado mucho tiempo -comentó esta acercándose a él.

Seamus le tomó la mano en un gesto de caballerosidad que sorprendió a Keely. Sintió que a ella también se le saltaban las lágrimas al ver a sus padres juntos. A juzgar por cómo se miraban, era evidente que todavía había algo entre los dos.

– Tenemos toda una familia, ¿no te parece? -dijo Seamus.

Fiona rió. Keely había esperado desconfianza, animadversión, tal vez sarcasmo por parte de su madre. Pero Fiona miraba a su marido como si no se hubieran separado nunca y siguieran siendo la misma pareja joven que estaba empezando su aventura en Estados Unidos, Seamus con sus sueños y Fiona confiando en que este haría realidad los de ella.

– No has cambiado nada -añadió Seamus-. Sigues siendo la chica más guapa que conozco.

– Tenemos muchas cosas de qué hablar – dijo Fiona.

– Sí -murmuró Seamus-. Muchas cosas. ¿Te enseño el pub? Me va bastante bien. Servimos bebidas y comida. Y hay una mesa de billar en la parte de atrás. ¿Quieres ver la cocina?

– Me encantaría.

Ambos desaparecieron, dejando a los siete hijos totalmente mudos. Brian sacudió la cabeza.

– Fijaos en el viejo -dijo con respeto-. Quién diría que es el mismo hombre que nos contaba todas esas historias sobre los increíbles Quinn. Después de todo este tiempo y está completamente embelesado.

– ¿Qué historias? -preguntó Keely.

– Ah, tendremos que contarle a Keely algunas de las historias, para que conozca los peligros de enamorarse -contestó Brendan-. Según papá, el amor destruirá a cualquier miembro de la familia Quinn que sucumba a su llamada. Como ves, Conor es un desastre, y Dylan y yo estamos en este mundo porque tiene que haber de todo. Y a Sean, Brian y Liam les están intentando echar el lazo unas mujeres perversas. Tú no estarás enamorada, ¿no?

– No, no, en absoluto -contestó Keely.

Aunque era una mentira descarada, no tenía valor para explicar que estaba enamorada… de un hombre al que odiaban. Tendría que solucionar esa cuestión más adelante, cuando fuera necesario, si llegaba el caso.

– Bueno, supongo que tenemos que hablar con el abogado de Seamus e informarlo de que tenemos un nuevo testigo -dijo Conor-. ¿Y dices que nuestra madre puede saber dónde encontrar a Franklin?

– Comentó que su esposa había dicho algo de un hermano que vivía en Florida Keys y que llevaba una auditoría. Si lo encontráis, puede que sepa dónde está Lee Franklin.

– ¿Sabes? -Conor pasó el brazo sobre los hombros de Keely-. En todas las historias de los increíbles Quinn, nuestros antepasados aparecían a caballo para rescatar a una damisela en apuros. Parece que esta vez eres tú quien ha venido en nuestro auxilio, así que está claro que das la talla como increíble Quinn. -Me alegra ser de ayuda -dijo ella. ¿Pero sería suficiente para borrar su otro pecado?, ¿el pecado de amar a su enemigo? ¿Aceptarían que Rafe formara parte de su vida?, ¿o el resentimiento sería demasiado grande? No podría saberlo hasta que no les hablara de su relación con él. Pero, tal como había dicho Seamus, ya habían tenido bastantes sorpresas ese día.

Esa confesión tendría que realizarla en el momento preciso… si es que al final llegaba a realizarla.

El día de la reapertura el pub estaba hasta los topes cuando Rafe entró. Se acercó despacio a la barra y se sentó cerca de un extremo. Echó un vistazo a su alrededor hasta encontrar a Keely. Estaba de pie, junto a la mesa de billar, hablando con dos mujeres que estaban jugando a los dardos. La mujer de Conor y la prometida de Dylan, si no se equivocaba. Keely no llevaba mandil, de modo que supuso que no estaba trabajando. Deseó poder quedarse a solas con ella un momento. Solo así, quizá, pudiera solucionar las cosas.

Se había enterado de la decisión del jurado. Se había negado a presentar cargos contra Seamus. Al principio había pensado que había existido algún tipo de amaño, pero luego se había enterado de que habían localizado a Lee Franklin, el cual había realizado una declaración jurada de que Seamus no había intervenido en la pelea que había tenido lugar en el Increíble Quinn, sino Ken Yaeger, en estado de embriaguez. De hecho, Seamus estaba intentando parar la pelea cuando Sam Kendrick había caído al mar por un violento cabeceo del barco en medio de la tormenta. Indignado, Seamus Quinn había corrido la voz sobre el comportamiento de Ken Yaeger y ningún capitán lo había vuelto a aceptar en su tripulación durante años.

Lo cual explicaba el rencor de Yaeger hacia Seamus. Todo encajaba y si no se hubiese precipitado, Rafe podría haber evitado los problemas que le había creado a Seamus Quinn… y los que entorpecían su relación con la hija de este.

La muerte de su padre había sido un accidente. Rafe siempre había pensado que no podría continuar con su vida hasta saberlo con certeza. Pero una vez que estaba seguro, se sentía vacío, a la deriva, como si siguiera buscando algo. O a alguien. Hasta ese momento, había tenido demasiado miedo para arriesgarlo todo: para jugarse el corazón. Pero ya no tenía que pensar en el pasado. Podía tener un futuro con Keely y quería intentarlo.

La miró mientras se acercaba a la diana. Llevaba unos vaqueros que se ceñían a su trasero y un top con un escote bajo que dejaba al descubierto ese punto entre sus pechos que tantas veces había besado. Se estaba riendo y, aunque el sonido de su risa quedaba ahogado por la multitud. Rafe se sorprendió sonriendo.

– ¿Te pongo algo?

Rafe levantó la vista y, de pronto, notó cómo cambiaba la expresión, en un principio amistosa, de Liam Quinn.

– ¡Eres tú! -exclamó-. No sé cómo te atreves a venir aquí después de todo lo que nos has hecho.

– Solo quería averiguar la verdad -contestó Rafe-. ¿Cómo iba a imaginar que Yaeger mentía?

– Sean, mira quién ha venido -Liam llamó a su hermano-. Es nuestro amigo Rafe Kendrick. Ha venido a presentarnos sus respetos.

El bullicio del bar fue apagándose mientras los seis hermanos se acercaban al extremo de la barra. Rafe se levantó, dispuesto a pelear con todos si hacía falta. No se acobardaría. Seis contra uno no le dejaba muchas opciones, pero no saldría corriendo… si eso suponía alejarse de Keely. Tenían la misma estatura y el mismo peso que él aproximadamente. El problema sería si lo atacaban todos a la vez. Entonces la pelea terminaría antes de empezar.

– No he venido a crear problemas -explicó Rafe-. Solo quiero hablar con Keely.

– ¿Keely?, ¿qué quieres de nuestra hermana? -preguntó Conor.

– He venido a decirle una cosa.

Dylan se acercó y le dio un empujón hacia la puerta. Rafe contuvo las ganas de plantarle un puñetazo en la mandíbula. No sería él quien diera el primer golpe.

– Lárgate de aquí, Kendrick -le ordenó Dylan-. Aquí no eres bienvenido. Y mucho menos por Keely.

– ¿No crees que eso debería decidirlo ella?

Dylan hizo ademán de agarrarle las solapas, pero Rafe le retiró la mano. El movimiento solo sirvió para aumentar la hostilidad de los Quinn. Sean saltó por encima de la barra y agarró los brazos de Rafe por detrás. Y Dylan le pegó un puñetazo en el estómago. El siguiente le impactó en la mandíbula.

– ¡Basta!, ¿qué estáis haciendo! -Keely apartó a Dylan de un empujón y miró a Sean pidiéndole que soltara a Rafe.

– ¿Conoces a este tipo? -preguntó Conor.

– Sí. Y os agradecería que dejarais de pegarle. ¿Qué sois, una panda de matones?

– Keely, es Rafe Kendrick -explicó Conor-. El que ha intentado amargarle la vida a Seamus. Fue él quien buscó a Yaeger para que declarara ante la policía.

– Solo quería averiguar la verdad -contestó Keely, empujando también a Conor.

– No hace falta que me defiendas -dijo Rafe-. Puedo hacerlo yo solo.

Keely se llevó las manos a las caderas y lanzó una mirada de advertencia a sus seis hermanos.

– No tendrías por qué defenderte. Debería bastar con que les pidiera que te dejaran en paz. ¿O no?

– ¿Os conocéis? -repitió Conor.

– Sí -dijo Liam de pronto-. Ahora me acuerdo. Estabais juntos una noche. Le tiraste una copa a la cara, Keely.

– Ya os he dicho que lo conozco -admitió ella.

Sean soltó a Rafe de mala gana y le dio un pequeño empujón.

– Decías que habías venido a hablar con Keely. Dile lo que tengas que decirle y lárgate.

– No creo que quieras oír lo que tengo que decir -contestó Rafe frotándose la mandíbula y apretando los dientes para comprobar su estado.

– Ya está bien. No quiero peleas. Conor, eres policía. Si dejas que se peleen, no estarás cumpliendo con tu labor -dijo Keely. Luego se dirigió a Rafe-. Dime lo que has venido a decirme.

– Keely, de veras creo que sería mejor que habláramos en privado.

– No tengo nada que esconder a mis hermanos.

– Está bien. Si es lo que quieres -Rafe carraspeó-. Keely Quinn, te quiero. Lo sé hace tiempo, pero creo que no me di cuenta hasta que me sedujiste aquella noche en la cabaña. Cuando te marchaste, pensé que podría olvidarlo todo. Pero no puedo… Cásate conmigo -le pidió después de tomar su mano y llevársela a los labios.

– ¿Qué? -exclamó atónita Keely.

– ¿Has pasado la noche con esta sabandija? -preguntó Brian.

– Sí -reconoció Keely-. Pero no…

– ¿Lo sedujiste? -se adelantó Sean.

– ¿Qué pasa? No era la primera vez. Él me había seducido la noche anterior. Y la anterior fue de mutuo acuerdo -Keely hizo frente a sus hermanos-. No me miréis así. Nunca dije que fuera virgen. Y vosotros no sois los más indicados para hablar precisamente. ¿A cuántas mujeres habéis seducido?

La prometida de Dylan se acercó desde la diana para sumarse a la discusión.

– Eso -dijo, animando a Keely con una sonrisa-. Buena pregunta.

– A mí también me gustaría saberlo -añadió la mujer de Conor.

Otra mujer se unió al grupo, agarrándose a Brendan por un brazo.

– Yo prefiero no hurgar mucho la cosa.

– ¿Cómo es posible que se nos haya vuelto esto en contra? -preguntó Dylan-. Yo sigo pensando que deberíamos ajustarle las cuentas a Kendrick.

– ¡Basta!, ¡nada de peleas en mi pub! – Seamus apareció con un bate de béisbol en la mano, palmeándolo contra la otra. Miró a Rafe-. Tu padre era un buen hombre y habría sido bien recibido en este pub. Pero preferiría que tú no volvieras. Y tú, Keely, vas a tener que tomar una decisión. Él o nosotros.

– Pero…

– Ya me has oído -atajó Seamus-. No hay más que hablar.

– Me da igual lo que crea tu familia, Keely -Rafe le dio un pellizquito en la mano-. Te quiero y si hace falta que me pegue con todos. lo haré -añadió mirando a su alrededor las caras hostiles de sus hermanos antes de devolver la atención a Keely.

Podía ser que Seamus tuviera razón. Ya no había más que hablar. Keely sabía lo que sentía por ella y el sentir también de su familia. Era su decisión.

Se apartó despacio, luego le soltó la mano. Keely siguió con la mirada clavada en su espalda mientras Rafe se dirigía a la puerta. Le costó lo indecible separarse de ella, pero si de veras lo quería, lo elegiría a él.

Pero al llegar a la calle, solo. Rafe suspiró derrotado. Se alisó el cabello.

– La fuerza del amor -murmuró-. Supongo que no lo conquista todo -añadió mientras se encaminaba hacia el coche.

De pronto, la puerta del pub se abrió y Keely salió corriendo y se lanzó a sus brazos.

– Lo siento, lo siento. Debería haberme ido contigo, pero no sabía qué hacer.

Rafe le acarició el pelo antes de besarla en la boca. Había olvidado lo bien que sabía, cómo le gustaban sus labios.

– Te he echado de menos, Keely. No he sido consciente de cuánto hasta ahora -dijo al tiempo que recorría las curvas de su cuerpo con las manos. Al verla temblar, se dio cuenta de que había salido sin abrigo. Rafe se quitó el suyo y lo puso por encima de ella, atrayéndola contra él-. Tengo algo para ti -añadió, labio contra labio.

– ¿Qué? -preguntó Keely y Rafe la abrazó con fuerza. Luego metió la mano en el bolsillo y sacó una cajita de terciopelo-. ¿Qué es?

– Si no te gusta, podemos elegir otro. Keely se apartó del pecho de Rafe lo justo para abrir el estuche. Los ojos se le desorbitaron, se quedó sin respiración.

– ¿Es un anillo de compromiso?

– ¿Qué si no? -contestó él con una cálida sonrisa-. Te he pedido que te cases conmigo, ¿no?

– Creía… que solo lo decías para enfurecer a mis hermanos.

– Vamos, Keely -Rafe rió-. No hago estas cosas a la ligera. Lo que te he dicho lo he dicho de verdad. Te amo y quiero casarme contigo.

– Pero apenas nos conocemos -dijo ella mirando el anillo-. Aunque nos conocimos en octubre, en realidad solo hemos estado un mes juntos.

– ¿Tú me quieres?

– Sí -murmuró Keely.

– ¿Y quieres casarte conmigo?

– Sí. Pero hay tantas cosas…

– Entonces quédate el anillo -dijo Rafe-. No tienes que ponértelo ahora. Cuando estés preparada, cuando tu familia esté preparada, te lo pondré yo mismo para hacerlo oficial. Ahora quiero que vuelvas al pub. Se estarán preguntando adonde has ido -añadió antes de darle un beso en la frente.

– Pero quiero quedarme contigo.

– Cariño, vamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos. De momento, creo que será mejor que suavices las cosas un poco con tu familia. Les has soltado un bombazo. No creo que haga falta que entres en detalles sobre nuestra vida amorosa.

– No sé por qué he dicho eso -contestó Keely, mirándolo a la cara sonriente-. A veces no entiendo lo que sale por mi boca. Probablemente no ha sido lo más inteligente con mis hermanos ahí dispuestos a matarte.

– ¿Puedo creer que te casarás conmigo? Keely se puso de puntillas y lo besó.

– Sí, Rafe Kendrick. Me casaré contigo. Rafe se apoderó de su boca una vez más y la besó a fondo. Un beso que tendría que bastarles hasta que volvieran a verse. Pero tras haber obtenido las respuestas que quería, ya no le importaba si tenía que esperar un día, una semana o hasta un mes. Keely Quinn era suya y nada se interpondría entre los dos.

– Llámame esta noche -murmuró él-. Quiero oír tu voz antes de dormirme. O mejor, ven y pasa la noche en mi cama.

– No puedo -dijo Keely-. Me estoy quedando con Conor y Olivia y sabrán que pasa algo si no vuelvo a casa.

– Ya les has dicho que no eres virgen. ¿Crees que se sorprenderán?

– Pero no quiero tensar la situación -contestó ella-. Quiero darles la oportunidad de enfriarse para que pueda explicarles lo que siento. Mi relación con mi familia es demasiado reciente.

– Y la nuestra.

– Pero yo sé que me tú me quieres, Rafe. Con eso puedo contar. Puedo contar con eso, ¿verdad?

Rafe la abrazó de nuevo y posó los labios sobre su cabello.

– Para siempre -murmuró.

Rafe miró la dirección que había garabateado en un trozo de papel.

– Aquí es: East Beltran, 210. Paró el coche en la curva y aparcó unas puertas más abajo de la Repostería McClain, en Brooklyn.

Después de quitar la llave de contacto, salió del coche y se apretó el abrigo para protegerse del frío de enero.

El viejo edificio, impecablemente conservado, se encontraba en una calle tranquila de casas antiguas de ladrillo y pintorescos escaparates. Camino de la entrada, miró a través del cristal a un exhibidor lleno de tartas de todos los tamaños y formas. Se paró. Cuando Keely le había contado que preparaba tartas, se había imaginado algo más sencillo. Pero las muestras del escaparate eran auténticas obras de arte, esculturas dulces producto de una imaginación deliciosa. La imaginación de Keely.

Se ajustó la corbata, puso la mano en el pomo. No se había molestado en llamar a Keely para avisarla. En la última semana, no habían tenido ocasión de verse, aunque se habían llamado todas las noches y habían mantenido un par de conversaciones de alto contenido erótico. Rafe sonrió. Aunque al principio le había resultado excitante, no podía compararse con tener a Keely entre los brazos, mirarla, besarla y tocarla a su gusto. Así que había decidido darle una sorpresa.

Le había pedido a Sylvie que llamara por él, haciéndose pasar por una novia que quería encargar una tarta para su boda. Luego había reservado habitación en el Plaza como parte de su plan, que incluía invitar a Keely a comer, pasar la tarde de compras y una noche de pasión sin teléfonos por medio.

Un juego de campanas sonó sobre su cabeza al entrar. La parte de delante de la repostería servía de galería y en las paredes podían verse fotografías de las tartas. Se fijó en un diseño con forma de camisa hawaiana. En la siguiente, la tarta estaba decorada con pequeñas frutas.

– Es uno de nuestros diseños en mazapán.

Rafe se giró y se encontró ante una mujer mayor.

– Es bonito -comentó-. ¿Pero dónde encontráis piezas de fruta tan pequeñas?

– No es fruta de verdad -explicó ella-. Es mazapán, modelado y coloreado para que parezca fruta.

– ¿Mazapán?

– Exacto. Todo lo que ve en la tarta es comestible y delicioso -la mujer le tendió una mano-. Fiona McClain, ¿puedo ayudarlo en algo?

La madre de Keely, pensó Rafe al tiempo que negaba con la cabeza. Ya sabía que Keely se parecía a sus hermanos, pero también tenía la sonrisa cálida y la nariz delicada de su madre. No había caído en que tendría ocasión de conocerla en ese viaje, pero intentaría sacar partido de la novedad.

– Quiero encargar una tarta.

– ¿Qué clase de tarta?

– ¿Una tarta de boda?

– No suena muy seguro -Fiona rió-. ¿Quizá debería venir con su novia para ayudarlo a decidir?

– Me temo que no va a ser posible. Al menos en este viaje. ¿Puede enseñarme algunos diseños?

– Mi hija, Keely, se encarga de todos los diseños. Cada tarta es una creación exclusiva. Le gusta reunirse con sus clientes y comentar qué ideas tienen.

– ¿Está por aquí?

– Acaba de salir, pero no tardará en volver -contestó Fiona-. ¿Podría ir contándome un poco en qué clase de tarta piensa?

– ¿Qué precio tiene una como esta? -preguntó Rafe, apuntando hacia una de mucho colorido

– Hacemos tartas para todo tipo de presupuestos -Fiona sacó un álbum de fotos-. Esta costó diez mil dólares. Y esta otra ocho mil.

– ¿Por una tarta? -preguntó sorprendido Rafe.

– Depende del tamaño y la complejidad. La tarta de boda hay que elegirla tan cuidadosamente como el vestido de novia -explicó ella-. El vestido es el centro de atención durante la ceremonia y la tarta es la protagonista del banquete. Solo habrá un vestido y una tarta para ese día único. Así que tiene que ser la mejor tarta. Solemos recomendar a las novias que piensen en la tarta tanto como en el vestido. Dígame, ¿cuándo es la boda?

– Todavía no tenemos fecha fija -contestó Rafe.

– No podemos hacer un hueco en la agenda si no tiene fecha -dijo Fiona con el ceño fruncido-. Y hay que encargar con mucha antelación. Tenemos tartas pedidas para dentro de un año.

– ¿De veras?

– ¿Está seguro de que quiere elegir una tarta?

– Lo cierto es que no estoy preparado. En realidad no he venido por la tarta. Solo quería conocerla.

– ¿ A mí?-preguntó sorprendida Fiona.

– Me llamo Rafe Kendrick, estoy enamorado de su hija y tengo intención de casarme con ella. Así que supongo que tendrá que preguntarle a ella por la fecha.

– No… no entiendo -Fiona frunció el ceño-. ¿Conoce a mi hija?

– Nos conocimos en Boston. Soy el hijo de Sam Kendrick -explicó-. Puede que lo conociera, o a mi madre, Lila. Sam viajó en el barco de Seamus Quinn una vez.

– Primero lo interrogan las autoridades por la muerte de tu padre y ahora aparece…

– Es una historia muy larga y complicada que Keely y yo estamos tratando de desliar – se adelantó Rafe-. Nos conocimos antes de que ella supiera quién era yo y de que yo supiera quién era ella. Como imaginará, su padre y sus hermanos no están entusiasmados con nuestra boda. Y tenía la esperanza de contar con su apoyo. Keely y yo nos conocemos hace poco, pero la quiero de verdad. Y sé que ella también me quiere.

– ¿Y quiere que le dé permiso para casarse con mi hija? -preguntó desconcertada Fiona -. No estoy segura de poder dárselo, señor Kendrick- No lo conozco. Mi hija nunca me ha hablado de usted. Y no creo que pueda darle mi bendición en estas circunstancias.

– Soy un buen partido -dijo Rafe-. Soy dueño de una empresa consolidada. No pretendo fanfarronear, pero tengo mucho dinero. Puedo ofrecerle a Keely todo lo que quiera: una casa bonita, una buena vida. Puedo hacerla feliz.

– Señor Kendrick…

– Rafe, por favor.

– Rafe -repitió ella-, tengo entendido que le ha creado muchos trastornos a Seamus. Lo conozco y no es un hombre que perdone fácilmente. Creo que sería mejor que tratara de convencerlo a él antes que a mí. Además, Keely nunca me hace caso cuando se le pone una cosa entre ceja y ceja.

– Entonces quizá deba decirle que no aprueba nuestra unión.

– No la apruebo -contestó Fiona -. Solo os conocéis hace… ¿cuánto?, ¿un mes?

– En realidad son cuatro -dijo él-, Y a veces cuatro meses es suficiente.

– Y a veces no lo son cinco años.,Mi hija tiene su vida aquí, un negocio. No puede marcharse sin más a Boston.

– Sé que hay muchos obstáculos entre nosotros, pero estoy decidido a casarme con ella.

Las campanas de la puerta sonaron de nuevo y ambos se giraron para ver entrar a Keely. Esta sonrió y corrió a darle un abrazo.

– ¿Qué haces aquí?, ¿por qué no me has dicho que venías?

– He venido a invitarte a comer. Le pedí a mi secretaria que llamara para pedir cita, así que no puedes rechazar mi oferta. Tengo reservas en cinco restaurantes diferentes, tú eliges -Rafe se giró hacia Fiona -. ¿Nos acompaña a comer?

Solo entonces se dio cuenta Keely de que su madre estaba delante. Se apartó de Rafe y esbozó una sonrisa violenta.

– Su… supongo que debería presentaros.

– Ya lo hemos hecho -dijo Fiona.

– Rafe y yo estamos saliendo -explicó Keely-. Nos conocimos en Boston la primera noche que fui allí, el pasado octubre.

– ¿Sí?

– Sé que debería habértelo contado, mamá, pero estaban pasando muchas cosas. Rafe me ha pedido que me case con él y le he dicho que sí.

– Os conocéis hace muy poco, Keely.

– Lo sé. Pero tampoco vamos a casarnos mañana deprisa y corriendo. Todavía tenemos que planear la boda y tomar muchas decisiones. Y no podemos fijar una fecha hasta haber diseñado una tarta. Una tarta muy especial.

– Keely, no me parece bien. Y no creo que se lo parezca a tu padre, aunque no detestara a tu prometido.

– No voy a discutir esto -contestó con firmeza Keely-. Rafe y yo vamos a casarnos y nada de lo que podáis decir Seamus ni tú conseguirá separarnos. Y, ahora, ¿comes con nosotros o no?

– No -contestó Fiona -. Y tú deberías quedarte y ayudarme a terminar esta tarta.

– Luego. Mañana. Mañana tendré tiempo de sobra -Keely se agarró al brazo de Rafe-. Ahora mismo tengo que ir a comer con mi prometido.

Mientras salían de la repostería. Rafe le pasó un brazo sobre los hombros y la apretó contra su cuerpo. Pero una vez afuera, la sonrisa decidida de Keely dio paso a una expresión de preocupación.

– ¿Qué vamos a hacer?

– De momento, comer. Y luego se me había ocurrido que podíamos ir de tiendas a comprar algunas cosas que necesitaremos después de la boda. Y después tengo una suite en…

– ¡No! ¿Qué vamos a hacer con mis padres y mis hermanos? Todos te odian.

– Lo acabarán aceptando, Keely. Si estoy contigo, se verán obligados a aceptarme.

– ¿Cómo puedes estar tan seguro?, ¿y si no lo hacen? Conflictos así pueden arruinar el mejor matrimonio -insistió ella-. Además, mi familia no es la única preocupación. Tengo un negocio aquí. Hay gente que cuenta conmigo. No puedo hacer las maletas y largarme a Boston así como así, ni tú puedes mudarte aquí. Aparte de mis padres y mis hermanos, nos separan más de cuatrocientos kilómetros de tráfico.

– Por no hablar de los tres o cuatro meses tan espantosos que hemos compartido -añadió Rafe con ironía. Luego respiró profundo y volvió a abrazarla-. Venga, olvidémonos de todo aunque solo sea por hoy. Tenemos una tarde y una noche enteras para disfrutar en Nueva York. Y vamos a aprovecharlas… ¿Me quieres? -preguntó mirándola a los ojos.

– Sí, pero…

Rafe le puso un dedo en los labios.

– Nada de peros. Con eso basta por ahora. Ya arreglaremos lo demás poco a poco.

Capítulo 11

Una tormenta de invierno rugía afuera. La nieve caía con fuerza contra las ventanas del apartamento de Rafe. Keely se acurrucó bajo el edredón, apretándose al cuerpo cálido y desnudo que tenía al lado. Cuando pasaban la noche juntos. Rafe nunca se molestaba en poner el despertador por la mañana. Esperaba a que se despertase y volvían a hacer el amor antes de compartir un desayuno relajados. Luego, Keely se iba a su coche o tomaba un tren de vuelta a Nueva York. O corría a casa de Conor y Olivia para estar un poco con su familia.

Empezaba a acostumbrarse a esas visitas fugaces. Y, al principio, le habían parecido emocionantes. Pero Keely sabía que Rafe no llevaba bien estar viéndose a escondidas. Robaban un par de tardes o noches a la semana y luego continuaban con sus vidas como si apenas se conocieran. Y cada vez que se despedían, advertía la impaciencia de Rafe en su mirada, en su forma de besarla, y se preguntaba cuánto tiempo más seguiría fingiendo que lo comprendía.

Keely había esperado que una vez que se sintiera más integrada con su nueva familia, sería capaz de plantearles la cuestión de su relación con Rafe. Pero si algo había aprendido en aquel último mes era que los Quinn tenían un gen rencoroso. Sus hermanos hablaban de Rafe con tal desprecio que Keely dudaba que su odio llegara a desaparecer algún día. Así que les ocultaba que seguía viéndose con Rafe, a la espera de algún cambio milagroso de actitud por parte de Seamus y sus chicos.

– ¿Qué hora es? -murmuró Rafe con voz adormilada después de darle un beso en el hombro.

– Temprano. Las siete quizá. Sigue nevando. Voy a tardar ni se sabe en volver a la ciudad.

– Entonces no vuelvas -gruñó él-. Quédate el día conmigo. Podemos refugiarnos aquí y ver películas, comer algo y echar siestas.

– No puedo. Tengo citas con tres novias para esta tarde. Y me falta terminar tres bocetos. Y tú tienes que trabajar.

– ¿Cuándo acabará esto? -preguntó él, frustrado.

– Es la vida, Rafe. Los dos tenemos trabajo. Los dos tenemos responsabilidades.

– Es un limbo, no la vida -contestó él-. Solo estamos esperando. Yo quiero empezar nuestra vida.

Keely se apoyó sobre un codo y lo miró. Estiró un brazo para retirarle un mechón que le caía sobre la frente.

– Está bien. Quizá debería quedarme a pasar el día.

– Contéstame, Keely. ¿Cuánto vamos a seguir así?

– Reconozco que pasamos mucho tiempo en la cama -bromeó ella.

– No intentes escaquearte -Rafe se incorporó-. Te pedí que te casaras conmigo y me dijiste que sí. Bueno, pues hagamos planes. ¿Cuándo vamos a casarnos?, ¿dónde?, ¿a quién invitaremos a la boda?

– No puedo decidir todo eso de golpe – dijo Keely-. Planear una boda lleva mucho tiempo.

– ¿Has decidido ya algo?, ¿le has dedicado un minuto a pensar al respecto?

Estaba enfadado. Keely se regañó por no haber accedido a quedarse a pasar el día nada más habérselo propuesto Rafe. De ese modo, habrían evitado la misma discusión de siempre.

– ¿Cuántas veces hemos hablado de esto en el último mes? -le devolvió la pregunta-. Me dijiste que no te importaba cuánto tiempo necesitara para solucionar las cosas con mi familia. ¿Lo decías en serio o estabas sobrevalorando tu paciencia?

– Es que no entiendo por qué te está llevando tanto tiempo. Me siento como un niño, escondiéndome, como si estuviéramos haciendo algo malo. Somos adultos. Deberíamos poder vernos siempre que queramos. Debería poder llamarte cinco veces al día y presentarme por sorpresa a hacerte una visita. Deberíamos poder hacer un viaje juntos y pasar las vacaciones con tu familia.

– Sí, eso sería genial -contestó con sarcasmo Keely-. Tú y los hermanos Quinn en el día de Acción de Gracias. Con el cuchillo de trinchar escondido.

– ¿Qué se supone que debo hacer? Te quiero en mi vida, continuamente. No solo cuando te viene bien. O a Seamus. O a tu madre. O a tus malditos hermanos.

– ¿Es que al menos no puedes entender cómo se sienten? -Keely suspiró-. Les has causado muchos problemas.

– Sienten lo que sienten porque no les has dado una buena razón para que sientan otra cosa. Yo hice lo que tenía que hacer y no me arrepiento. Hemos descubierto la verdad y ahora la vida sigue. Yo lo he aceptado. ¿Por qué no pueden ellos? Diles que me quieres y que quieres casarte conmigo. Y luego que si no les gusta, se pueden ir todos al infierno.

Keely retiró el edredón y salió de la cama.

Agarró la bata de seda que Rafe le había comprado y cubrió su cuerpo desnudo para protegerse del frío que hacía en el apartamento.

– No quiero seguir hablando de esto.

– Yo sí. Vamos a solucionar esto ahora o…

– ¿O qué?, ¿o hemos terminado?

– Sí -contestó Rafe con cara testaruda. Se cruzó de brazos-. Quizá sí.

– No hablas en serio -dijo ella.

– Sí.

– ¿Me estás dando un ultimátum?

– Supongo que puede decirse así -Rafe se encogió de hombros-. Sí, te estoy dando un ultimátum: o yo o tu familia. Eres una mujer adulta, Keely. Toma una decisión. Voy a ducharme. Espero una respuesta cuando salga.

Rafe salió de la cama y caminó desnudo hasta el cuarto de baño. Keely oyó el agua correr, pero no estaba dispuesta a dar por zanjada la discusión. Entró en el cuarto de baño y se plantó delante de la mampara de la ducha.

– Mi madre me ponía muchos ultimátums y no le servían de nada. Cuando alguien me dice que tengo que hacer algo, suelo hacer lo contrario.

– Eso mismo me dijo tu madre -contestó él por encima del ruido del agua-. Dijo que si se oponía a nuestro matrimonio, lo más probable era que siguieras adelante con la boda.

– ¿Ahora te dedicas a conspirar con mi madre?

– Aceptaré la ayuda de cualquier aliado de tu familia -dijo Rafe, asomando un segundo la cabeza-. Si tuvieras perro, intentaría hacerme amigo de él también.

– Esto es algo entre tú y yo -respondió Keely.

– Justo lo que yo digo -replicó él. Luego volvió a la ducha y subió el volumen de la radio a prueba de agua que tenía dentro, poniendo fin a la conversación.

Keely salió del cuarto de baño, empezó a recoger su ropa y la guardó de mala manera en la mochila.

Sí, habían tenido esa discusión una y otra vez desde que Rafe le había propuesto que se casaran. Y no, no había hecho nada por cambiar la situación con su familia, a pesar de haber aceptado su proposición. Todo eso era cierto. ¡Pero no se merecía un ultimátum!

Lanzó la mochila sobre la cama y regresó al baño. Luego se metió en la ducha sin quitarse la bata siquiera. Apagó la radio y le habló con seriedad:

– Si de verdad me quisieras, me darías más tiempo.

– Y si de verdad me quisieras tú, no necesitarías más tiempo.

– No voy a discutir más contigo -dijo Keely-. No estás siendo razonable -añadió mientras se disponía a salir de la ducha.

Pero Rafe la agarró por un brazo y la puso bajo el agua. La apretó contra los azulejos de la pared y apretó las caderas contra las de ella. La seda se ciñó a su piel, realzando las sensaciones del agua caliente y el contacto con Rafe.

– Puedo besarte, quitarte esa bata y hacerte el amor aquí y ahora. Pero no cambiaría nada. No me vas a querer más que ahora mismo. Así que decide. ¿Es suficiente?

– No lo sé -contestó Keely.

– Supongo que ya es una respuesta.

Pero en un intento desesperado, bajó la boca y le dio un beso feroz, casi de castigo, al tiempo que le abría la bata con los dedos. El agua los empapaba mientras Rafe cambiaba hacia el cuello, los pechos, el ombligo.

Keely echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos. Lo quería más de lo que había podido imaginar jamás. Y estaba loca si creía que podría renunciar a eso y no arrepentirse el resto de la vida. Pero la oposición familiar pesaría sobre el matrimonio y Keely se preguntaba si los viejos resentimientos no acabarían saliendo a la superficie algún día. ¿Y si nunca llegaban a aceptarlo?

Rafe le agarró las piernas y se las subió alrededor de la cintura. Luego, muy despacio, la penetró. Keely enredó los dedos por su pelo mojado y arqueó la espalda mientras él se movía en su interior.

– Dime que no puedes vivir sin mí -murmuró ella.

– No viviré sin ti -contestó Rafe con la respiración entrecortada.

Satisfecha con la respuesta, Keely se abandonó al deseo. El agua seguía cayendo, llenando la ducha de vapor, contribuyendo a crear un mundo donde lo único que importaba era la pasión. Y cuando por fin explotó en su interior, Keely suspiró, segura de que Rafe sería el único hombre al que amaría de verdad.

– Volvamos a la cama -susurró ella, mordisqueándole el lóbulo de una oreja.

Rafe se apartó, la devolvió al suelo con suavidad. Luego apoyó la frente contra la de ella y cerró los ojos.

– Vuelve a casa, Keely. Y no regreses hasta que hayas tomado una decisión.

La sacó de la ducha y volvió a encender la radio. Keely abrió la boca, preparada para retomar la discusión una vez más. Pero luego sacudió la cabeza y volvió al dormitorio despacio. No harían más que dar vueltas y vueltas otra hora más y no solucionarían nada. Ella quería más tiempo y él no estaba dispuesto a dárselo. A veces se sentía como si fuera una cuerda y cada bando tirara de ella exigiéndole lealtad y desgarrándola en el proceso.

– ¿Se ha cansado? -murmuró irritada-. ¡Pues más cansada estoy yo! Me casaré con él cuando esté preparada y ni un segundo antes.

Se puso los vaqueros y el jersey sobre el cuerpo todavía mojado. El reloj y el anillo de pedida estaban en la mesilla de noche. Agarró el reloj, pero dejó el anillo donde estaba. No debería haberlo aceptado, al menos hasta haber solucionado las cosas con su familia. Y no volvería a ponérselo mientras Rafe no cediera un poco.

Terminó de vestirse. Agarró la mochila, el abrigo y el bolso y fue hasta la puerta. Pero antes de abrir se miró la mano. Llevar el anillo la había hecho sentirse segura, como si nadie pudiera romper lo que compartían.

Pero no era el anillo lo que cimentaba aquella relación. Sino el amor que se profesaban. Por desgracia, sus sentimientos no eran tan radicales como los de Rafe. Para ella no se tras taba de una decisión de todo o nada. Unos meses atrás no había nadie en su vida más que su madre. Y, de pronto, tenía un padre, seis hermanos y un prometido que la quería. Todos estaban esperando a que formara parte de sus vidas. No debería verse obligada a elegir.

Por fin abrió la puerta, pulsó el botón de ascensor. Cuando llegó al vestíbulo del edificio, el portero la saludó:

– Buenos días, señorita Quinn.

– Buenos días -Keely se obligó a esbozar una sonrisa radiante.

– ¿Le llamo a un taxi?

– Sí, por favor. Voy a la estación sur. El portero pulsó un botón de su teléfono pidió un taxi mientras Keely tomaba asiento en un bonito sofá situado junto a la entrada. Contuvo las ganas de subir a recoger el anillo. Por fin, salió a la ventisca y entró en el taxi, empeñada en no rendirse a sus miedos… ni al ultimátum de Rafe.

Mientras el taxi avanzaba por las calles nevadas del centro de Boston, Keely miró por la ventana la mañana tan desapacible que hacía. Siempre se había dejado guiar por los impulsos, pero de pronto tenía cosas demasiado preciosas que perder y necesitaba tomarse su tiempo. Si Rafe la quería, esperaría. Y si no la quería, mejor descubrirlo antes que después de la boda.

Keely llegó al restaurante de Manhattan diez minutos tarde. La recepcionista la acompañó a la mesa en la que la esperaban Olivia, Amy y Meggie. La había sorprendido la invitación. Se preguntaba si las tres mujeres habrían viajado desde Nueva York nada más que para comer con ella o si se les había ocurrido invitarla después de estar allí por algún otro motivo. Olivia había insistido en pasar el día de compras, de modo que Keely había aceptado y había sugerido un buen sitio para comer.

– Perdonad el retraso -se disculpó mientras se sentaba. Agarró la servilleta de su plato y la desdobló sobre el regazo-. Me ha costado horrores conseguir un taxi. Debería haber venido en metro. ¿Habéis pedido ya?

– Acabamos de pedir la primera botella de vino -dijo Olivia-. Nuestras sobremesas suelen durar hasta bien avanzada la tarde. Y dado que hemos decidido pasar la noche en Nueva York, puede que esta se alargue hasta bien entrada la noche.

– ¿Hacéis esto hace mucho? -preguntó Keely, intrigada por la camaradería que existía entre las mujeres de sus hermanos.

– Empezamos Olivia y yo -dijo Meggie después de dar un sorbo de vino-. Y cuando Amy y Brendan empezaron a salir, la añadimos al grupo. Y ahora que eres una Quinn, pensamos que quizá te gustaría apuntarte también.

– ¿Qué celebramos? -preguntó Keely mientras Olivia le llenaba la copa.

– Es una comida de despedida en honor a Amy. Se marcha con Brendan a Turquía la semana que viene. Está escribiendo un libro sobre algo… interesante o importante o…

– Sobre una excavación arqueológica – precisó Amy.

– Y se va con él -continuó Olivia-. Van a vivir en una cabaña en pleno invierno en Turquía. Para mí es una locura, a ella le parece romántico y a Meggie solo le preocupa si podrán conseguir buen café.

– No será tan malo -dijo Amy-. Y solo será un mes, en mayo. Antes estaremos con el equipo de investigación en Ankara.

– ¿Cuánto tiempo vais a estar? -preguntó Keely.

– Tres meses en total. Volveremos justo antes de la boda de Meggie en junio.

– Que es por lo que queríamos que vinieras -dijo esta-. Por mi boda.

– Me encargaré de la tarta, por supuesto – respondió Keely, adelantándose a la pregunta-. Lo haré encantada.

– No era lo que te iba a preguntar -dijo Meggie-. Quería saber si quieres ser dama de honor. Olivia y Amy ya han dicho que sí y la boda no estaría completa sin la única hermana de Dylan.

– No… no sé qué decir -confesó Keely, asombrada por la invitación.

– ¿Qué tal sí? -Meggie rió.

Al principio le cupo la duda de si debía aceptar. ¿Y si se había borrado del mapa para junio? Pero entonces comprendió que ya siempre sería parte de la familia Quinn. La habían aceptado como a una más. Sería una Quinn el resto de su vida.

– Sí, me encantaría ser dama de honor. Y también me ocuparé de la tarta si quieres. Será la tarta más especial que jamás haya hecho.

– Acepta la oferta de la tarta -terció Amy-. Son auténticas obras de arte. Yo quise una para mi primera boda, pero no hace trabajos para fuera de Nueva York.

– No sabía que ya habías estado casada – dijo Keely.

– No lo he estado. Me eché atrás un mes antes de la boda. Pero ya estaba todo planeado. Mi madre vio tus tartas en una revista y estaba decidida a conseguir que prepararas la mía.

– Cuando te cases con Brendan haré también la tuya. Gratis, ya que ahora somos de la familia.

– Bueno -dijo Olivia-, ahora que hemos resuelto eso, podemos centrarnos en la verdadera razón por la que te hemos invitado.

– Creía que habíais venido de compras.

– Eso podemos hacerlo en Boston -contestó Olivia-. Queremos que nos hables de tu boda. Con Rafe Kendrick. Sentimos curiosidad desde la noche de la fiesta de reapertura del pub.

Keely miró los rostros inquisitivos de las tres mujeres. De todas las conversaciones posibles, era la última que habría elegido. No había vuelto a hablar con Rafe desde que se había marchado de su apartamento hacía una semana. Era como si estuviesen echando un pulso y ninguno de los dos estuviese dispuesto a darse por vencido.

– No estoy segura de si al final nos casaremos -Keely dio un sorbo a su copa-. De hecho, puede que no vuelva a verlo.

– ¿Qué ha pasado? -Olivia frunció el ceño.

– Es una historia muy larga.

Meggie estiró un brazo y agarró con cariño una mano de Keely.

– Somos familia. Puedes contarnos lo que quieras. Y tenemos un acuerdo de mujeres: está prohibido contar a los hombres de la familia nada de lo que hablamos. Por si no te has dado cuenta, los Quinn tienen tendencia a reaccionar exageradamente.

Keely nunca había tenido una hermana, pero siempre había soñado que sería algo así: conversaciones secretas, promesas inquebrantables, un oído comprensivo. Estaba deseando hablar con alguien de sus problemas y una vez que se le había presentado la oportunidad, quería contarles todos los detalles

– La última vez que estuve en Boston tuvimos una pelea. Me está presionando para que arregle las cosas con mi familia. Ya sabéis la opinión que Seamus y mis hermanos tienen de él. Y mi madre tampoco está de acuerdo con la boda. Así que nos estamos viendo a escondidas, como si fuéramos adolescentes, quedando siempre que podemos. Al principio era emocionante, pero Rafe se está impacientando y me ha puesto un ultimátum. O les cuento a mi padre y a mis hermanos que estamos juntos y vamos a casarnos o hemos terminado.

– Tiene razón -dijo Amy-. O sea, la familia es la familia. Pero el amor es el amor. A mis padres no les gustaba la idea de que me casara con Brendan. Pero me dio igual. Yo lo quería. Y mi abuela pensaba que estaba como un tren. Así que no iba a dejarlo pasar.

– Al menos te apoyaba alguien -dijo Keely-. Nadie quiere que me case con Rafe.

– Yo sí -aseguró Olivia-. Me pareció muy romántico cómo se te declaró aquella noche.

– Yo también -añadió Meggie-. Está claro que te adora. Y parecía dispuesto a enfrentarse a los seis para demostrarlo.

– Cuenta con mi voto también -remató Amy.

Sorprendida por su apoyo incondicional, Keely se sintió más animada.

– No sé -dijo de todos modos-. El matrimonio ya es algo complicado de por sí. Y mis hermanos podrían arruinamos la vida si no llegan a perdonarlo.

– No seas tan cobarde -dijo Meggie-. Rafe y tú tenéis suerte de haberos encontrado. Si lo único que se interpone entre vosotros es la familia, sería una locura rechazarlo.

– Y no te preocupes por los chicos -añadió Olivia-. Acabarán cediendo cuando vean lo feliz que te hace Rafe. Y si no, tendremos que presionarlos un poco. A ver quién tiene más fuerza: los increíbles Quinn o sus increíbles mujeres -bromeó.

Amy pidió otra botella de vino y Keely dio un sorbo a su copa antes de que Olivia se la llenase de nuevo.

– No es solo la familia. Tengo la repostería en Nueva York. Tengo responsabilidades. Me costaría marcharme. Tendría que hacerme mi sitio aquí. Y no estoy segura de que a Boston le interesen mis tartas.

– El trabajo es trabajo -contestó Olivia-. Y el amor es amor. Además, ¿quién dice que tienes que venirte a Boston? Quizá se vaya Rafe a Nueva York.

– Quizá -dijo Keely sin mucho convencimiento-. La verdad es que no lo hemos hablado. Yo puedo preparar tartas en cualquier parte. Y amo a Rafe. Y puede que haya estado muy obsesionada con la reacción de mi familia. No me van a expulsar por casarme con él.

– No se lo permitiremos -dijo Meggie. Keely recogió la servilleta de su regazo y la puso sobre la mesa.

– Ten… tengo que irme.

– No hemos terminado de comer -protestó Olivia.

– No puedo quedarme. Tengo que preparar una tarta.

– Tu cliente puede esperar -dijo Meggie.

– Este cliente no -Keely negó con la cabeza-. Tengo que preparar la tarta para mi boda. Voy a casarme con Rafe Kendrick.

– ¿Cuándo? -preguntaron a coro.

– No lo sé. Puede que mañana, puede que al día siguiente. Pero pronto.

Keely les dio un beso rápido de despedida a las tres, corrió al guardarropa por su abrigo y salió del restaurante. Si tomaba el metro hasta Brooklyn, podía ponerse con la tarta esa misma tarde. Al día siguiente por la mañana estaría lista y de camino a Boston. Después de todo, no podía casarse sin una tarta decente. Les daría mala suerte.

– Voy a casarme con Rafe Kendrick -se repitió Keely-. Voy a casarme con Rafe Kendrick y a la porra con lo que piense mi familia.

Rafe estaba sentado frente a la mesa del despacho, con los pies encima del borde, sujetando el Wall Street Journal. Intentaba concentrarse en el artículo que estaba leyendo, pero había empezado y parado tantas veces que comenzaba a rendirse. Los índices de interés tendrían que esperar. Maldijo para sus adentros, bajó los pies de la mesa y dobló el periódico.

Estaba trabajando duro últimamente, entregándose a distintos proyectos nada más que para no pensar en Keely. Se reprochaba la pelea que habían tenido y que hubieran roto su compromiso… aunque nunca habían llegado a estar comprometidos de forma oficial. Lo había advertido en contra de los ultimátums y se había negado a echarse a atrás. Y al salir de la ducha, se había marchado del apartamento, dejando el anillo de compromiso encima de la mesilla de noche. El mensaje era evidente. Por parte de ella, habían terminado.

Llegado a ese punto, ¿en qué dirección debía dirigir su vida? Rafe había hecho todo lo posible por convencerla de que se pertenecían el uno al otro. Pero no se habían enamorado en el momento adecuado. Mientras no resolviera sus problemas con la familia, permanecería en segundo plano.

Si no tuviese tanto orgullo, quizá pudiera aceptar que no lo antepusiera. Quizá podrían seguir como hasta entonces, continuar a espaldas de su familia, sin llegar a comprometerse totalmente. Pero si él estaba dispuesto a dar prioridad a Keely en su vida, esperaba que esta hiciera lo mismo.

Rafe abrió el cajón de la mesa y sacó el estuche de terciopelo. No estaba seguro de por qué había guardado el anillo. Quizá no había perdido la esperanza de que Keely volviera a ponérselo algún día. Podía devolverlo a la joyería para que el anillo no se la recordara. Y quizá se hiciera un viaje con el dinero. A algún lugar de clima cálido con muchas mujeres bonitas y muy poca ropa encima.

Cuando llamaron a la puerta, metió el estuche en el cajón y lo cerró. Segundos después, Sylvie entró en el despacho con un paquete grande en las manos.

– Acaban de entregarlo.

– ¿Qué es?

– No sé. Pone que es personal y confidencial -Sylvie lo dejó sobre la mesa-. ¿Quieres que lo abra?

– ¿Por qué no?, ¿no significa eso personal y confidencial?, ¿que Sylvie puede abrir el paquete?

Sylvie desgarró la parte superior de la caja. Miró. Frunció el ceño.

– ¿Qué es? -preguntó Rafe.

– No estoy segura -dijo ella. Bajó la mano, la retiró y se llevó el dedo a la boca-. Creo que es un pastel. Aunque parece un par de zapatos. Italianos quizá.

Rafe se levantó y miró el interior del paquete. Se echó a reír.

– Zapatos italianos. Lo ha enviado Keely.

– Te ha mandado una tarta con forma de zapatos.

– La noche que nos conocimos vomitó encima de mis zapatos. Los echó a perder. Y me prometió que me regalaría otros.

– Qué dulce -dijo Sylvie.

– Sí, lo es -murmuró Rafe. La pelota había estado en su lado de la pista y Keely acababa de golpear. Lo que significaba que no habían terminado del todo. Se pasó la mano por el pelo y sacudió la cabeza-. Esta mujer es capaz de volver completamente loco a cualquiera.

– Está de vicio -dijo la secretaria, chupándose todavía el dedo-. ¿Nos la comemos ya o solo es para mirarla?

– Se supone que es para disfrutarla -dijo una voz suave. Se giraron los dos. Keely estaba en la puerta con una sonrisa tímida en los labios. Llevaba un vestido largo de lana para el frío, sombrero y bufanda-. Es de plátano. No son zapatos italianos, pero saben mucho mejor -añadió mirando a Rafe.

Este la contempló durante un largo momento. Aunque había intentado no pensar en ella durante la anterior semana, no había sido capaz de quitársela de la cabeza. Y de pronto sabía por qué. Era la mujer más bella que había visto, la única a la que jamás amaría.

Se acercó a Keely despacio, le quitó el sombrero y le desanudó la bufanda. Sylvie se encargó de las dos prendas.

– Voy por un cuchillo y unos platos -dijo, saliendo a toda prisa del despacho.

– Es una tarta estupenda -murmuró Rafe-. Tienes mucho talento.

– Un diseño original -comentó Keely-. Las tartas de boda son mi especialidad.

– ¿Tarta de boda? -Rafe enarcó una ceja-. ¿Para quién?

– Para nosotros. Creo que si vamos hoy por la licencia, podremos casarnos el jueves.

– ¿Lo dices en serio? -preguntó él, mirándola a los ojos.

– Sí -contestó Keely-. No voy a esperar a que mi madre, mi padre y mis hermanos estén de acuerdo. Quiero casarme ya, Rafe. Quiero demostrarles que formas parte de mi vida. Te quiero. Eso es lo único que importa.

– ¿Pero no quieres tener una boda por todo lo alto?

– No es fundamental. Nunca pensé que diría esto, pero no lo les. Lo que importa es que estaremos casados y podremos empezar una vida juntos. Bueno, di, ¿te casarás conmigo?

– Sí.

Keely entrelazó las manos por detrás de la nuca de Rafe. Que no podía creerse que aquello estuviese pasando de verdad. La abrazó con fuerza y luego la besó despacio, a fondo, hasta que se convenció de que no se trataba de una alucinación.

Keely echó la cabeza hacia atrás y lo miró a los ojos.

– Quiero mi anillo -dijo-. Espero que no lo hayas devuelto a la joyería.

– Está en un cajón de la mesa.

Keely se desembarazó del abrazo y empezó a buscar por los cajones del escritorio. Rafe se agachó, abrió el de en medio, rescató el anillo de entre una pila de clips.

– Esta vez te lo dejarás puesto, ¿no?

– Intenta quitármelo y verás -contestó Keely mientras extendía el anular. Rafe introdujo el anillo en el dedo y ella sonrió-. Bueno, ¿qué hacemos primero?

– ¿Se lo has dicho a tus padres?

– No. Ni voy a hacerlo. Tú y yo vamos a casarnos y si no les gusta, pueden… irse al infierno.

– Quizá deberías pensártelo, Keely -dijo Rafe, acariciándole una mano-. Se enfadarán mucho si te casas conmigo en secreto. Pensarán que te he convencido yo.

– Y es verdad -contestó Keely. De pronto, frunció el ceño-. ¿Estás dando marcha atrás? Pensaba que esto era lo que querías.

– Por supuesto que sí. Pero, ¿es la forma de abordarlo?

– Es la forma que quiero -sentenció ella-. Antes pensaba que quería una boda grande, cuanto más complicada mejor. Pero me he dado cuenta de que lo importante no es la boda. Sino el matrimonio. Quiero estar casada contigo, Rafe. Hasta que la muerte nos separe. Así que hagámoslo.

– De acuerdo -Rafe sonrió. Le agarró la cara entre las manos y le dio un beso rápido-. ¿Dónde?

– Aquí en Boston, en el ayuntamiento. He llamado para informarme sobre la licencia. Hay que esperar tres días para que nos la concedan, así que si vamos hoy, podemos casarnos en tres días.

– Vale. Pero si tenemos tres días, al menos deberíamos hacer que sea especial.

– De acuerdo. Me compraré un vestido.

– Y yo te compraré flores. ¿Y qué tal una luna de miel?

– No sé -dijo Keely-. Quizá tengamos que retrasarla un poco.

– Yo me ocuparé de la luna de miel -contestó él con una sonrisa picara.

– Entonces hecho. Hemos planeado nuestra boda en… ¿cuánto?, ¿diez segundos? Debe de ser un récord.

– Necesitaremos un testigo -dijo Rafe justo antes de pulsar el botón del interfono-. Sylvie, ¿puedes venir?

Segundos después, Sylvie apareció en la puerta del despacho.

– ¿Queréis un trozo de tarta?

– Ponla en la nevera. Luego cancela todas mis citas de las próximas dos semanas. Y déjate libre el jueves. Keely y yo vamos a casamos y te necesitamos como testigo.

– ¿Os vais a casar?, ¿de verdad? -preguntó asombrada Sylvie.

– Y llama al juez Williams, a ver si puede encargarse de la ceremonia. Trabajé con él en la cena de beneficencia que organizamos el año pasado para el alcalde. Y voy a necesitar unos billetes de avión.

– ¿Estoy invitada a la boda? -preguntó Sylvie-. ¿Queréis que llame a los otros invitados?

– Eres la única invitada -dijo Keely-. Hemos decidido hacer una boda sencillita.

– De acuerdo. Supongo que tengo que ponerme a trabajar -dijo antes de marcharse y cerrar la puerta del despacho.

Rafe levantó a Keely y la hizo girar mientras le daba un abrazo fuerte. Casi tenía miedo de soltarla, miedo de que cambiara de opinión. Aunque aquello era justo lo que quería. Rafe no podía evitar seguir albergando algunas dudas. En realidad no había resuelto el problema con la familia de Keely. Solo lo habían sorteado por el momento. Pero, antes o después, Keely tendría que contarles que estaban casados y afrontar las consecuencias.

Si fuera un hombre sensato, echaría el freno de mano. Al fin y al cabo, Keely siempre había sido una mujer impulsiva y no había mejor ejemplo que aquel. Pero Rafe quería a Keely mucho más que actuar con sensatez. Si estaba decidida a casarse en tres días, ¿quién era él para discutírselo?

Capítulo 12

Keely estaba fuera de la sala del juez de paz, apretando el ramillete de rosas blancas, tratando de serenarse. No había esperado ponerse tan nerviosa. La decisión de casarse con Rafe había sido sencilla. Pero no había tomado conciencia de la trascendencia de dicha decisión hasta ese instante. En menos de una hora sería la señora de Rafe Kendrick. El estómago se le revolvió y sintió una arcada.

– Dios -susurró Keely.

– ¿Qué pasa? -preguntó Rafe. Estaba tranquilamente sentado en un banco de madera, mirándola dar pasos de un lado a otro.

– Nada.

– Pareces un poco pálida.

– Estoy bien -insistió Keely.

– Cariño -Rafe le agarró una mano-, ¿por qué no te sientas y te relajas? Todavía falta un rato.

– ¿Que me relaje? -preguntó ella casi histérica-. Es el día de mi boda. ¿Cómo voy a relajarme? ¿Por qué no estás tú nervioso? Eres el novio. ¿No se supone que deberías estar arrepintiéndote en estos momentos? ¡Deberías vomitarme tú en los zapatos!

Rafe tiró de Keely para que se sentara a su lado.

– No, no estoy nervioso. Me voy a casar con la mujer a la que quiero. ¿Por qué iba a arrepentirme?

– ¡Porque es lo que hacen los novios! – contestó Keely justo antes de sentir otro acceso de vómito-. Dios…

Rafe maldijo con suavidad, le puso una mano en la nuca y le agachó la cabeza con delicadeza.

– Respira -dijo y soltó una risilla.

– ¿De qué te ríes? -preguntó Keely.

– ¿No fue así como empezamos? Tiene una simetría perfecta, ¿no crees? -contestó mientras le acariciaba la espalda-. Si no quieres que lo hagamos hoy, siempre podemos volver cualquier otro día. La licencia vale para tres meses.

Quizá se habían precipitado un poco. Keely siempre había luchado contra su naturaleza impetuosa, ese gen dominante que por fin entendía le venía de los Quinn. ¿Cuántas historias le habían contado en las anteriores semanas sobre las cosas tan arriesgadas e impetuosas que habían hecho sus hermanos? Y ella no hacía sino seguir el ejemplo.

Por otra parte, se estaba casando. Era la decisión más importante de su vida. Quizá debería haberse tomado algo más de tiempo para planear una boda de verdad y darse la oportunidad de acostumbrarse a la idea.

– ¿Tú quieres que nos casemos hoy? -le preguntó entonces.

– Yo quiero lo que tú quieras, Keely -dijo Rafe tras levantarle un momento la barbilla para poder mirarla a los ojos-. Tengo la sensación de que te he presionado demasiado. Quizá deberíamos esperar a que se lo hayas dicho a tus padres. Deberían estar aquí.

– Un momento estupendo para dar marcha atrás -murmuró ella-. Me he comprado un vestido, has planeado una luna de miel y…

– Puedes reservar el vestido, conservaremos la tarta en la nevera y nos iremos de vacaciones, en vez de de luna de miel. No cambiará mis sentimientos. Te quiero y estoy dispuesto a esperar si es lo que decides.

– No -Keely se incorporó, respiró profundo-. Estoy preparada. No hay motivo para esperar.

– ¿No quieres que tu madre asista a la boda y que tu padre te acompañe al altar?

Siempre había soñado con la boda de los cuentos de hadas: el vestido blanco precioso y la iglesia llena de flores, los amigos y familiares reunidos y la marcha nupcial sonando en el órgano mientras avanzaba por el pasillo hasta el altar.

– No es posible. Ya lo he aceptado.

La puerta de la sala se abrió y salió un funcionario:

– Matrimonio Kendrick y Quinn. A continuación.

Keely se puso de pie al instante, se alisó la falda. Rafe se incorporó también, le agarró la mano y se la puso en el brazo. Luego miró el vestíbulo.

– Supongo que ha llegado el momento – comentó.

Entraron y encontraron al juez Williams esperándolos. Estrechó la mano de Rafe y se presentó a Keely.

– Bueno, aquí estamos. ¿Por qué no pasáis a mi despacho?, ¿tenéis testigos?

– Teníamos -Rafe miró a Keely-. Debería llegar en cualquier momento. No sé qué le habrá pasado a Sylvie para retrasarse.

– El funcionario puede ser testigo, ¿no? – preguntó Keely-. O podemos salir y buscar a alguien fuera.

– Si queréis -contestó el juez-. Aunque podemos esperar un poco. No tengo que volver al tribunal hasta dentro de un cuarto de hora. La ceremonia solo dura tres o cuatro minutos.

Keely tragó saliva. El acontecimiento más importante de su vida se reducía a tres o cuatro minutos. De alguna manera, había esperado que fuese mucho más… grandioso, majestuoso. Contuvo la respiración. ¡Pero las cosas eran como eran! Y ya que había decidido casarse con Rafe, no permitiría que nada se lo impidiera. Ni siquiera la falta de testigos.

– No, prefiero que procedamos.

El juez Williams hizo una señal al funcionario y este volvió segundos después con una pareja de ancianos. Eran los Swanson, casados desde hacía cincuenta y dos años. La pareja se colocó en la parte del fondo de la sala y esperó. El juez abrió un libro.

– Queridos amigos, nos hemos reunido aquí en presencia de estos testigos para unir en matrimonio a este hombre y esta mujer.

Keely trató de escuchar las palabras de la ceremonia, pero todo estaba sucediendo demasiado rápido. Quiso pedirle al juez que fuese más despacio, o que parara incluso, para darle tiempo a asimilar la experiencia. ¿Pasaban todas las novias por esa sensación surrealista, como si se tratara de la boda de otra persona?

– ¿Alguien en la sala tiene alguna razón por la que estas dos personas no deban casarse? – preguntó sonriente el juez, mirando hacia los Swanson. Estos negaron con la cabeza-. Lo imaginaba.

De pronto, la puerta se abrió y Conor Quinn irrumpió en la sala.

– Yo me opongo -dijo-. ¿Es demasiado tarde?

Dylan lo seguía de cerca, vestido con el uniforme de bombero, seguido a su vez de los gemelos, y luego Liam y Brendan.

– Lo siento, juez Williams -se disculpó el funcionario-. No he podido pararlos.

– Nos oponemos a esta boda -gritó Brendan. Luego se giró a Conor-. ¿O ya te has opuesto tú?

El juez Williams frunció el ceño antes de dirigirse a Keely y a Rafe.

– Se están oponiendo.

– Siga -dijo ella-. No les haga caso. Solo son mis hermanos. Sabíamos que se opondrían. Por eso no los habíamos invitado a la boda.

– Me temo que estoy obligado a escucharlos -dijo el juez. Carraspeó-. ¿Por qué motivo se oponen?

– Porque no creo que mi hermana deba casarse hoy -contestó Conor.

– Estoy de acuerdo -dijo Fiona, haciéndose hueco de pronto entre los hermanos-. No me parece una buena idea, Keely.

– No lo es -añadió Seamus.

– ¿Qué estáis haciendo aquí? -Keely maldijo en voz baja-. ¿Cómo sabíais dónde encontrarnos?

– Llamé a tu madre anoche -reconoció Rafe-. Y hace una hora le pedí a Sylvie que avisara a Seamus y a tus hermanos.

– ¿Por qué? -exclamó asombrada Keely y le pegó con el ramillete en un hombro-. ¿Por qué has intentado arruinar nuestra boda adrede?

– Porque son tu familia, Keely, y deberían estar aquí, se opongan o no.

– Pero no quieren que nos casemos -dijo ella-. Ni hoy ni nunca.

– Creo que se merecen saber que has decidido casarte -Rafe se encogió de hombros-, No quiero casarme en secreto, Keely. Quiero que vivamos sin tener que estar escondiéndonos.

Era verdad, pensó ella. Esa no era forma de empezar el matrimonio, como dos fugitivos, sin que nadie lo supiera. Casarse con Rafe la hacía feliz y quería que todos lo supieran. Keely suspiró antes de girarse hacia su familia.

– Gracias por venir. Entiendo por qué habéis intentado parar nuestra boda, pero no servirá de nada. Voy a casarme con Rafe. Lo amo y quiero pasar el resto de mi vida con él. Ahora, o lo aceptáis y aceptáis a Rafe o me veréis mucho menos en adelante. Es vuestra decisión -Keely agarró la mano de Rafe y le dio un pellizco-. Si apoyáis nuestra decisión, estaremos encantados de que os quedéis al resto de la ceremonia. Si no, os agradecería que os marcharais.

Todos se quedaron callados, como niños arrepentidos en el colegio. Keely pensó que se irían, pero, por fin, Conor dio un paso al frente.

– Si Kendrick es el hombre al que amas, supongo que tendremos que aprender a…

– Tolerarlo -completó Dylan.

– Quizá hasta llegue a caernos bien -añadió Liam.

– Pero nunca lo querremos, de eso olvídate -terminó Sean.

– Pero deberías tener una boda de verdad, Keely -dijo Conor tras acercarse a ella y agarrarle una mano-. En una iglesia, con un cura y todos tus amigos y toda la parafernalia. Te lo mereces. Eres nuestra única hermana.

– ¿Tú qué dices? -le preguntó Keely a su madre.

– Sería más feliz si tuvieses la boda con la que siempre has soñado… aunque sea con un hombre al que apenas conoces. Eres mi única hija y quiero que lo hagas como es debido. En una iglesia, con un cura -Fiona se giró hacia el juez Williams-. No es que tenga nada en contra de usted. Estoy seguro de que será muy competente encarcelando delincuentes. Pero estamos hablando de mi hija.

– Y a mí me gustaría llevarte del brazo al altar -añadió Seamus tras aclararse la garganta.

La puerta de la sala se abrió de nuevo y entraron Olivia, Meggie y Amy, seguidas del funcionario. Este miró al juez con cara de frustración, salió y cerró la puerta.

– Tengo entendido que se está celebrando una boda -dijo Olivia-. Pensaba que un buen marido invitaría a su esposa para acompañarlo.

Keely sonrió a las tres mujeres. Aparte de Rafe, eran las tres únicas personas que apoyaban de verdad su decisión. Y ya que estaban todos juntos, se sentía más decidida todavía a seguir adelante con la boda.

– Os agradezco a todos vuestro interés y entiendo lo que sentís -le dijo Keely a Conor-. Pero mi boda es mi boda. Y aunque no es la ceremonia perfecta, ahora que habéis venido se parece más a lo que siempre había soñado. Voy a casarme con Rafe hoy. Aquí y ahora.

Conor dio un paso adelante y le tendió la mano a Rafe. Este sonrió, la aceptó y se la estrechó con fuerza. Uno a uno, el resto de los hermanos hicieron lo mismo. Luego llegó el tumo de Olivia, Meggie y Amy, que se acercaron a dar un beso en la mejilla a la novia.

Por último, la madre de Keely se puso a su lado y se dirigió al juez:

– Creo que ya hemos resuelto el tema de las objeciones -dijo Fiona-. Proceda, por favor -añadió y el juez se aclaró la garganta antes de hablar.

– Una vez más, ¿alguien en la sala tiene alguna razón por la que estas dos personas no deban casarse? -el juez hizo una pausa, miró a cada uno de los hermanos, luego a los padres. Todos negaron con la cabeza. Abrió la boca para continuar, pero Rafe lo interrumpió en el último momento.

– Yo tengo una razón -dijo con suavidad-. No creo que debamos casarnos hoy.

– ¿Por qué? -preguntó desconcertada Keely.

Rafe le agarró una mano y la instó a que lo acompañara hacia la puerta.

– Si nos disculpáis un momento. En seguida volvemos -se excusó. Cuando salieron de la sala. Rafe cerró la puerta. Luego invitó a Keely a sentarse y tomó asiento a su lado, agarrándole las manos-. No creo que debamos casarnos hoy.

– ¿No quieres casarte conmigo? -preguntó ella al borde de las lágrimas.

– Por supuesto que sí. Pero no hoy. Cariño, lo ha dicho tu madre. Esta no es la boda con la que siempre has soñado. Y tú también lo has dicho: no es perfecta. Te mereces esa boda perfecta, en una iglesia, con un cura y un velo muy largo. Y quiero darte todo eso.

– Pero una boda así hay que planearla con mucho tiempo.

– No necesariamente. Y ahora que cuentas con el apoyo de tu familia, quizá debamos tomarnos unos días más y hacer las cosas bien. Las flores, el vestido, un esmoquin para mí, alguna dama de honor. Hasta mi madre podría venir.

La idea le gustaba. Quizá era eso lo que echaba en falta en esa ceremonia.

– Supongo que tienes razón. Será un poco más caro planearlo todo tan rápido, pero ahora que mi familia nos respalda, ¿por qué no? – Keely sonrió y le dio un abrazo-. Entonces, ¿cuándo nos casamos?, ¿en junio? Una boda en junio estaría bien.

– ¿Qué tal dentro de una semana? Podemos retrasar un poco la luna de miel. ¿Puedes organizarlo todo tan deprisa? Por el dinero no hay problema.

Keely asintió con la cabeza, cada vez más emocionada. ¡No tendrían que esperar!

– Sí. Hasta me dará tiempo a hacer una tarta grande. Tengo el diseño perfecto. Y podríamos celebrar el banquete en el pub. Bien decorado, estaría perfecto.

– Entonces hecho -Rafe le dio un beso dulce en los labios-. Supongo que debemos decírselo a tu familia.

– Podíamos dejarlos ahí, preguntándose qué está pasando -dijo ella perversamente.

– Eso es un poco impulsivo, ¿no te parece? -Rafe se puso de pie y le dio una mano para ayudarla a levantarse también ella.

– Pero se lo merecerían, por todo lo que nos han hecho pasar -Keely miró al funcionario, que simulaba estar trabajando, en vez de tratando de oírlos-. Disculpe, ¿puede decir a toda la gente de la sala que no nos vamos a casar hoy?

– ¿No?

– No. Y cuando hayan asimilado la información, pídales que hagan un hueco en la agenda para el sábado de la semana que viene -contestó Keely. Luego rodeó a Rafe con un brazo y echó a andar hacia la salida del ayuntamiento-. Vámonos, tenemos una boda que planear.

Estaban en medio del círculo de piedras, dados de la mano, mirando las nubes de algodón que pasaban por el cielo.

– Es un sitio mágico. Lo noté la primera vez que vine -dijo Keely. Miró a su marido, se puso de puntillas y le dio un besito rápido-. Y un lugar perfecto para la luna de miel.

Lo cierto era que todo había sido perfecto, desde el momento en que había ido al altar de la capilla del brazo de su padre hasta ese otro, de pie junto al acantilado, en el mismo lugar donde todo había empezado meses atrás.

Había tenido a Amy, Meggie, Olivia y Sylvie Arnold como damas de honor y Rafe había escogido a Conor como padrino. La capilla se había llenado de rosas fragantes y velas de cera. Se habían casado a las siete de la tarde y, después de la ceremonia, habían disfrutado de un banquete estupendo en el Pub de Quinn. Había habido baile y brindis de champán, todos celebrados por los clientes que iban apareciendo. Seamus había reído y bromeado y hasta había sacado a su madre a la pista de baile. Y la tarta había sido una obra de arte. Todo había sido perfecto.

– ¿En qué piensas? -murmuró Rafe.

– Nuestra boda -Keely suspiró-. Lo maravillosa que fue.

– Fue fantástica -dijo estrechándola entre los brazos-. Ojalá que la luna de miel fuera mejor.

– ¿Qué quieres decir? -Keely lo miró a la cara-. ¿No estás contento?

– ¿No hace demasiado frío? Debería haber consultado el tiempo antes de sorprenderte con este viaje a Irlanda.

Aunque estaban casi bajo cero, a Keely no le importaba.

– Rafe, llevamos cuatro días y es la primera vez que salimos de la habitación -dijo ella. Rafe había alquilado la suite más lujosa del castillo Waterford y se habían pasado la mayor parte de los días acurrucados en el sofá, frente a la chimenea, y haciendo el amor por las noches en una cama gigantesca-. Es el mejor sitio donde podíamos estar.

– ¿Entonces estás loca de alegría?

– Totalmente. He tenido la boda con la que siempre había soñado, estoy casada con el hombre al que amo y mi familia se ha reunido. ¿Qué más puedo pedir?

– Se me ocurren algunas cosas -dijo Rafe.

– ¿Por ejemplo?

– Me gustaría tener niños.

– ¿De verdad? -Keely sonrió-. No lo habíamos hablado. Supongo que había dado por sentado que esperaríamos.

– ¿Quieres esperar?

– No necesariamente. Quiero tener una familia grande. He crecido como si fuera hija única, igual que tú, y siempre quise tener tres o cuatro hermanos… o cinco.

– Serás una madre estupenda. Y yo un padre terrible. Ya solo nos falta el bebé. Keely rió y le dio un abrazo.

– Tu dinero puede acelerar la preparación de una boda. Rafe, pero por mucho que te empeñes, los bebés tardan nueve meses.

– Entonces tendremos que ir poniéndonos manos a la obra -Rafe agarró la cremallera del abrigo de Keely y empezó a bajarla.

– ¿Qué?, ¿aquí?

– ¿Por qué no? -Rafe miró a su alrededor-. Hemos hecho el amor en el baño del avión mientras veníamos. Y fue idea tuya, por si no lo recuerdas. Este sitio es mucho más íntimo. Solo hay alguna vaca y un par de gaviotas. ¿No te estarás volviendo tímida ahora que estás casada?

Keely lo agarró por el abrigo y tiró hacia ella.

– ¿Me está desafiando, señor Kendrick?

– Es posible, señora Kendrick.

– Pues ten cuidado, porque si me buscas, me vas a encontrar -Keely le dio un beso y después le pegó un empujón y echó a correr, escondiéndose y dejándose ver entre las piedras del círculo.

Al marcharse de Irlanda la primera vez, Keely se había preguntado si su vida volvería a ser igual, si llegaría a saber quién era de verdad. Era la mujer que amaba a Rafe Kendrick y que lo amaría el resto de la vida. Era la hija y la hermana que había reunido a su familia después de tantos años de separación. Y, algún día, pronto, sería una madre.

Pero, sobre todo, era una Quinn, descendiente de una larga rama de increíbles Quinn, valientes e inteligentes. Keely sabía que, a lo largo de los años, seguiría volviendo a Irlanda de tanto en tanto para empaparse de la magia de una tierra que había aprendido a amar.

Sí, era una Quinn. Y allí, en ese lugar, en ese instante, se sentía la más increíble de toda la familia Quinn.

Kate Hoffmann

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