/ Language: Spanish / Genre:prose_contemporary

Los inconsolables

Kazuo Ishiguro

Ryder, un famoso pianista, llega a una ciudad de provincias en algún lugar de Europa central. Sus habitantes adoran la música y creen haber descubierto que quienes antes satisfacían esta pasión eran impostores. Ryder es recibido como el salvador y en un concierto apoteósico, para el que todos se están preparando, deberá reconducirlos por el camino del arte y la verdad. Pero el pianista descubrirá muy pronto que de un salvador siempre se espera mucho más de lo que puede dar y que los habitantes de aquella ciudad esconden oscuras culpas, antiguas heridas jamás cerradas, y también demandas insaciables. "Los inconsolables" es una obra inclasificable, enigmática, de un discurrir fascinante, colmada de pequeñas narraciones que se adentran en el laberinto de la narración principal, en una escritura onírica y naturalista a un tiempo, y cuentan una historia de guerras del pasado, exilios y crueldades, relaciones imposibles entre padres e hijos, maridos y mujeres, ciudades y artistas. Una obra que ha hecho evocar "El hombre sin atributos" de Musil.

Kazuo Ishiguro

Los inconsolables

1

Al taxista pareció darle un poco de apuro ver que no había nadie para recibirme, ni siquiera un conserje tras el mostrador de recepción. Cruzó el desierto vestíbulo…, tal vez con la esperanza de descubrir a algún empleado oculto detrás de los maceteros con plantas o de los butacones. Hasta que, finalmente, dejó en el suelo mis maletas junto a la puerta del ascensor y se despidió de mí murmurando unas palabras de excusa.

El vestíbulo era amplio sin exageración: lo suficiente para albergar varias mesitas de café sin dar sensación de agobio. Pero el techo era bajo y el cielo raso estaba claramente pandeado, lo que inspiraba una leve claustrofobia, a la que contribuía también el hecho de que, a pesar del espléndido sol que hacía fuera, en el interior reinaba la penumbra. Sólo junto a la recepción había una franja brillante de luz solar en la pared, que iluminaba una zona con revestimiento de madera oscura y un expositor con revistas en alemán, francés e inglés. Vi también una campanilla de plata en el mostrador y estaba a punto de hacerla sonar cuando se abrió una puerta a mis espaldas y apareció un joven uniformado.

– Buenas tardes, señor -dijo en tono cansino, y, tras introducirse detrás del mostrador, inició los trámites de registro. Musitó una disculpa por su ausencia pero, aun así, durante unos instantes su acogida me pareció un tanto brusca. En cuanto dije mi nombre, advertí en él un respingo y un cambio de actitud.

– Perdone que no le haya reconocido, señor Ryder. El director, el señor Hoffman, deseaba darle la bienvenida personalmente, pero, por desgracia, ha tenido que ausentarse para asistir a una reunión importante.

– No importa. Espero poder verle más tarde.

El hombre rellenó apresuradamente la tarjeta de registro, sin dejar de repetir lo mal que le sabría al director no haber estado allí para recibirme. Y mencionó un par de veces que los preparativos para «la noche del jueves» traían de cabeza a su jefe, obligándole a ausentarse del hotel mucho más tiempo que de costumbre. Me limité a asentir comprensivamente, incapaz de reunir fuerzas suficientes para inquirir detalles precisos sobre lo que se preparaba para «la noche del jueves».

– ¡Oh…! ¡Y el señor Brodsky está genial hoy! -añadió el conserje animándose-. Espléndido de veras. Esta mañana se ha pasado cuatro horas ensayando sin parar con la orquesta esa… ¡Y véalo ahora…! Aún dale que te pego…, repasándolo todo de pe a pa.

Indicó con un gesto hacia el fondo del vestíbulo. Sólo entonces me di cuenta de que estaban tocando el piano en algún lugar del edificio, pues la música destacaba apenas sobre el sordo ruido del tráfico que llegaba de la calle. Alguien repetía una y otra vez una misma frase musical no muy larga -perteneciente al segundo movimiento de Verticality, de Mullery-, interpretándola morosamente, con los cinco sentidos en ello.

– Si el director hubiera estado en el hotel -seguía diciendo el conserje-, seguro que le habría comunicado su llegada al señor Brodsky para que saliera a saludarle… Pero yo…, no sé… -se excusó riendo-. No estoy muy seguro de atreverme a molestarle. Está totalmente enfrascado en su tarea, ya ve.

– Sí, claro, claro… En otro momento.

– Si el señor director hubiera sabido que… -Dejó la frase inacabada para reír de nuevo. E, inclinándose sobre el mostrador, dijo en tono confidencial-: ¿Se imagina usted, señor?… Algunos huéspedes han tenido el valor de quejarse. De que cerremos, como ahora, el saloncito cada vez que el señor Brodsky necesita el piano. ¡Es sorprendente cómo son algunos! Ayer mismo fueron dos a quejarse al señor Hoffman. Ni que decir tiene que él les paró enseguida los pies…

– No lo dudo. Así que Brodsky, dice usted… -Estaba dándole vueltas al nombre, pero no me decía absolutamente nada. Noté que el conserje me observaba con expresión de perplejidad y me apresuré a terminar-: Sí, sí, por supuesto… Espero tener ocasión de conocer personalmente al señor Brodsky.

– ¡Si estuviera aquí el señor director…!

– No se preocupe, de verdad. Y ahora, si todo está en orden, le agradecería…

– Por supuesto, señor. Debe de estar usted muy fatigado después de un viaje tan largo. Aquí tiene su llave. Gustav le acompañará a su habitación.

Miré a mi espalda y vi a un mozo de hotel de edad madura que aguardaba al otro lado del vestíbulo. Estaba de pie frente a la puerta abierta del ascensor, mirando el interior con aire absorto. Se sobresaltó cuando me acerqué a él. Alzó del suelo mis maletas y se apresuró a entrar en el ascensor detrás de mí.

Mientras iniciábamos la subida, el anciano mozo seguía sosteniendo en sus manos mis dos maletas y noté que el esfuerzo congestionaba su rostro. Las maletas eran realmente pesadas y la preocupación de que el hombre pudiera pasar a mejor vida sin haberme conducido a mi habitación me hizo decirle:

– ¿No cree que sería mejor dejarlas en el suelo?

– Me alegra que lo diga, señor -respondió con una voz que, sorprendentemente, no delataba el esfuerzo físico que se estaba imponiendo-. Cuando comencé en esta profesión, hace ya muchos años, solía dejar los bultos en el suelo del ascensor, para alzarlos sólo cuando era absolutamente necesario. Al entrar en acción, por expresarlo de algún modo. De hecho tengo que confesar que empleé ese método durante mis primeros quince años de trabajar aquí. Es el que todavía utilizan muchos de los mozos jóvenes de la ciudad. Pero no me verá hacer eso ahora… Aparte de que no vamos demasiado lejos, señor.

Proseguimos la ascensión en silencio. Que rompí diciendo:

– ¿Así que lleva usted ya tiempo trabajando en este hotel?

– Veintisiete años se han cumplido ya, señor. Y he visto muchas cosas en todo ese tiempo. Aunque, por supuesto, el hotel data de mucho antes de venir yo a él. Se dice que Federico el Grande se alojó aquí una noche, en el siglo dieciocho, y según todos los indicios era ya una posada acreditada desde mucho antes. ¡Oh, sí…! En el transcurso de los años se han vivido aquí acontecimientos de gran interés histórico. En otro momento, cuando el señor no esté tan cansado, me encantará contarle algunos de ellos.

– Pero me estaba usted diciendo por qué consideraba un error dejar el equipaje en el suelo…

– ¡Ah, sí…, en efecto! Es un tema muy interesante. Verá usted, señor… Ya imaginará usted que en una ciudad como ésta hay muchos hoteles. Lo que quiere decir que, en un momento u otro de sus vidas, muchos paisanos míos han probado a ejercer el oficio de mozo de hotel. Pero hay quienes parecen creer que con venir y ponerse el uniforme ya está, que serán capaces de realizar el trabajo. Es una ilusión bastante extendida en esta ciudad. Un mito local, podría decirse. Y me apresuro a reconocer que hubo un tiempo en que yo mismo irreflexivamente lo creí también. Pero en cierta ocasión, mucho ha llovido desde entonces, mi mujer y yo nos permitimos unas pequeñas vacaciones y fuimos a Suiza, a Lucerna. Mi mujer ya no vive, señor…, pero siempre que pienso en ella me acuerdo de aquellas vacaciones. Es un paisaje precioso el del lago… Sin duda lo conocerá usted. Dimos algunos deliciosos paseos en barca por las mañanas, después del desayuno. Pero, en fin…, como le estaba diciendo, durante aquellas vacaciones observé que la gente de aquella ciudad no tenía las mismas ideas preconcebidas acerca de los mozos de hotel que las que aquí se estilan. ¿Cómo se lo diría, señor…? Que allí eran mucho más respetuosos con los mozos…, sí. Los mejores del oficio eran figuras de cierto renombre y los principales hoteles rivalizaban por hacerse con sus servicios. Debo confesarle que aquello me abrió los ojos. Pero aquí, en cambio…, bueno…, esta idea lleva mucho, muchísimo tiempo arraigada. A veces me pregunto incluso si alguna vez se podrá erradicar. Compréndame… No estoy diciendo ni muchísimo menos que la gente de aquí se comporte de forma grosera con nosotros. Todo lo contrario: a mí me han tratado aquí siempre con cortesía y consideración. Pero, ya digo…, con esa idea subyacente de que cualquiera puede hacer este trabajo si le da por ahí. Supongo que se debe a que, hasta cierto punto, todos han tenido la experiencia de transportar equipaje de un lugar a otro… Y, basándose en ella, dan por supuesto que el trabajo de mozo en un hotel es una simple extensión de lo mismo. Con los años me he encontrado gente que, en este mismo ascensor, me han dicho: «Cualquier día dejaré mi trabajo actual para hacer de mozo en un hotel.» ¡Oh, sí, como lo oye! El caso es que, no mucho después de aquellas vacaciones en Lucerna, tuve que oír de boca de uno de nuestros más destacados munícipes estas mismas palabras, casi al pie de la letra: «Me gustaría dedicarme a su trabajo -dijo señalándome las maletas-. Es mi ideal de vida. Vivir sin preocupaciones.» Supongo que trataba de mostrarse amable conmigo, señor… Dándome a entender que envidiaba mi suerte. Esto ocurrió cuando yo era más joven, señor, cuando no sostenía las maletas todo el rato, sino que las dejaba en el suelo del ascensor… Me imagino que entonces tal vez causaba esa impresión… Ya sabe, de despreocupación, como me dio a entender aquel caballero. Pero fue la gota que colmó el vaso. No es que viera en sus palabras nada ofensivo. Sólo que, cuando me dijo aquello…, bueno…, fue como si todo encajara. Cosas que ya llevaba pensando hacía tiempo. Ya le he dicho, señor, que tenía fresco el recuerdo de aquellas vacaciones en Lucerna, con la nueva perspectiva que me habían dado. Así que me dije…, que ya era hora de que los mozos de hotel de esta ciudad hicieran algo para cambiar las actitudes predominantes aquí. Comprenda, señor… Había visto algo muy diferente en Lucerna y sentía que…, bueno, que no estaba bien lo que pasaba aquí. Así que, tras reflexionar mucho, decidí adoptar personalmente cierto número de medidas. Probablemente me diera ya cuenta entonces de lo difícil que iba a resultarme, sí… Pienso que ya en aquel instante, hace tantos años, entreví que tal vez era demasiado tarde para mi propia generación. Pero me dije que, bien…, que aunque sólo lograra aportar un granito de arena y cambiar las cosas mínimamente, se lo dejaría más fácil a los que habrían de venir después de mí. Y por eso adopté mis medidas, señor, y me he atenido a ellas desde el día en que oí a aquel concejal del ayuntamiento decir lo que dijo. Me enorgullece decir también que algunos otros mozos de la ciudad han seguido mi ejemplo. No estoy diciendo que hayan hecho exactamente lo mismo que yo, pero sí que han tomado medidas, por así decir, compatibles.

– Ya veo… ¿Y una de esas medidas fue no dejar en el suelo las maletas, sino cargar con ellas todo el rato?

– Precisamente, señor. Veo que ha captado usted perfectamente la esencia. Ni que decir tiene que, cuando me impuse estas normas, era yo bastante más joven y fuerte… Supongo que no tomé en cuenta que me iría debilitando con los años. Tiene gracia, pero olvidas una cosa tan simple… A los demás mozos les han pasado cosas por el estilo. Aun así, tratamos todos de mantenernos fieles a nuestros viejos propósitos. Con los años hemos formado un grupito muy unido…, doce de nosotros, los que quedamos de quienes nos propusimos cambiar las cosas hace tanto tiempo. Si fuera a flojear ahora, señor, me parecería estar traicionando a los otros. Y estoy seguro de que, si alguno de ellos renunciara a sus antiguas normas, me sentiría traicionado también. Porque, no le quepa ninguna duda, algunos progresos se han logrado en nuestra ciudad. Nos queda un largo camino por recorrer, es cierto, pero cuando nos reunimos… Nos encontramos todos los domingos por la tarde en el Café de Hungría, en el barrio antiguo de la ciudad; si algún día quisiera usted venir, nos sentiríamos muy honrados, señor… Digo que a menudo hemos comentado este tema y estamos todos de acuerdo en que ha habido notables mejoras en la actitud que se nos dispensa aquí. Los jóvenes que han venido detrás, naturalmente, lo dan por descontado. Pero los poquitos del Café de Hungría somos conscientes de haber marcado la diferencia, aunque sea pequeña. De veras que sería usted muy bien recibido entre nosotros, señor. Me encantaría presentarle a los del grupo. Ahora no somos tan rigoristas como en algún momento lo fuimos y desde hace tiempo se acepta que, en especiales circunstancias, tengamos invitados a nuestra mesa. El lugar es muy agradable en esta época del año con el soléenlo de las primeras horas de la tarde. Nuestra mesa está a la sombra de la marquesina, mirando a la Plaza Vieja. Se está muy bien allí, señor; estoy seguro de que le gustará. Pero, volviendo a lo que le decía, este tema ha sido muy debatido en el Café de Hungría. El de las resoluciones que cada uno de nosotros adoptó en el pasado. Ya ve…, a ninguno se nos ocurrió pensar qué ocurriría cuando nos hiciéramos viejos… Supongo que estábamos tan absortos en nuestro trabajo, que sólo podíamos pensar a corto plazo. O tal vez calculamos con demasiado optimismo el tiempo que haría falta para cambiar unas actitudes tan profundamente inveteradas. Y está usted en lo cierto, señor. Tengo ahora los años que tengo, y a cada año que pasa se me hace más duro.

El hombre hizo una pausa y, a pesar del esfuerzo físico a que se obligaba, pareció abismarse en sus pensamientos. Luego prosiguió:

– Debería serle sincero, señor… Es lo justo. Cuando era joven, es decir, cuando me impuse por primera vez estas normas de conducta, podía cargar hasta con tres maletas, por grandes o pesadas que fueran. Si algún huésped traía una cuarta maleta, tenía que dejarla en el suelo. Pero hasta tres me las arreglaba. El caso es que, hará cuatro años, pasé una temporada de mala salud y, como las cosas se me estaban poniendo difíciles, saqué el tema a colación en el Café de Hungría. Resumiendo: todos mis colegas se mostraron de acuerdo en que no había ninguna necesidad de que fuera tan estricto conmigo mismo.

Después de todo, me dijeron, lo que se pretendía era simplemente imbuir en los huéspedes cierta idea de la verdadera naturaleza de nuestro trabajo. Con dos maletas, o con tres, el efecto sería prácticamente igual. Si reducía mi mínimo de tres a dos maletas, no se derivaría ningún perjuicio. Acepté lo que me aconsejaron, señor, aunque sé que no es del todo verdad. Yo mismo me doy cuenta de que la cosa no impresiona en idéntico grado a la gente cuando me miran. La diferencia entre ver a un mozo cargado con dos maletas y ver a otro cargado con tres…, en fin, señor, reconocerá usted que, hasta para el ojo menos avezado, el efecto es considerablemente distinto. Lo sé, señor, y le confieso que me resulta penoso aceptarlo. Pero volviendo a su primera pregunta…, espero que comprenderá ahora por qué no quiero dejar sus maletas en el suelo del ascensor. Sólo trae usted dos. Y durante unos pocos años más, como mínimo, pienso que dos maletas estarán dentro de mis posibilidades.

– Sí, ya veo… Todo esto es muy digno de elogio -dije-. Ciertamente ha provocado usted en mí el impacto que deseaba.

– Me gustaría que supiera usted que no soy el único que ha tenido que introducir algún cambio. Comentamos con frecuencia estas cosas en el Café de Hungría y la verdad es que todos nosotros hemos tenido que adaptarnos en alguna medida. Pero no quiero que piense que estamos demostrando una excesiva tolerancia con respecto a nuestros compromisos. Si así hiciéramos, serían vanos los esfuerzos de tantísimos años. No tardaríamos en convertirnos en el hazmerreír de todos, objeto de burlas para cuantos nos vieran reunidos en nuestra mesa las tardes de los domingos. ¡Oh, no, señor…! Seguimos siendo muy estrictos unos con otros y, como no dudo que le confirmará la señorita Hilde, nuestras reuniones dominicales se han ganado el respeto de la ciudadanía. Lo repito, señor… Será usted muy bien recibido si desea unirse a nosotros. Tanto el café como la plaza resultan de lo más agradables en estas tardes soleadas. En ocasiones, el propietario del café se ocupa de que algunos violinistas zíngaros toquen en la plaza. Él también nos profesa una gran estima, señor. El suyo no es un establecimiento muy amplio, pero cuida siempre de que haya espacio suficiente alrededor de nuestra mesa para que nos sentemos cómodamente. E incluso cuando el resto del café está lleno, vela por que no nos molesten o atosiguen. Hasta en las tardes de mayor concurrencia, si estando sentados alrededor de la mesa nos diera por extender los brazos todos a la vez, no se produciría ningún contacto físico entre unos y otros. Hasta ese extremo nos considera el propietario, señor. Estoy seguro de que la señorita Hilde corroborará mis palabras.

– Sí, pero, dígame… ¿Quién es esa tal señorita Hilde a la que ha aludido usted un par de veces?

En cuanto lo hube dicho me di cuenta de que el mozo miraba por encima de mis hombros, a algún punto situado a mi espalda. Y, al volverme, descubrí con un pequeño sobresalto que no estábamos solos en el ascensor: detrás de mí, en un rincón de la cabina, se hallaba una joven menuda que lucía un traje de chaqueta impecable. Viendo que por fin me había dado cuenta de su presencia, sonrió y dio un paso hacia adelante.

– Lo siento mucho -se disculpó-. Espero que no me juzgue una fisgona, pero no he podido evitar oír su conversación. He estado oyendo lo que le contaba Gustav y tengo que decir que es un tanto injusto con los habitantes de nuestra ciudad. En lo que afirma respecto a que no valoramos a nuestros mozos de hotel. ¡Naturalmente que los apreciamos, y a Gustav más que a nadie! Todos le tienen un gran afecto. Ya se habrá dado cuenta usted mismo de que hay una contradicción en lo que decía Gustav… Si no los apreciáramos, ¿cómo se explica ese gran respeto con que son tratados en el Café de Hungría? Realmente, Gustav…, no está bien que nos deje en tan mal lugar ante el señor Ryder…

En las palabras de la joven había una nota inconfundible de afecto, pero el portero pareció sentirse avergonzado de veras. Recompuso su postura separándose un poco de nosotros, con los maletones golpeándole las piernas al hacerlo, y luego desvió la mirada cabizbajo.

– Nada…, que se le ha visto el plumero, Gustav -dijo la joven sonriendo-. Lo que no le ha dicho es que es toda una institución aquí. Le queremos muchísimo. Es tan modesto que jamás se lo confesará, pero todos los otros mozos de hotel de la ciudad lo consideran un ejemplo. Hasta pienso que no es una exageración decir que le profesan mucho respeto. A veces los verá usted sentados a su mesa los domingos por la tarde y, si Gustav no ha llegado aún, están en silencio. Como si no les pareciera correcto iniciar su reunión sin él… Diez u once personas sorbiendo silenciosamente café, esperando… O intercambiando a lo sumo murmullos, como si estuvieran dentro de una iglesia… Hasta que no se presenta Gustav, no se sienten a gusto y se lanzan a charlar distendidamente. Vale la pena acercarse hasta el Café de Hungría para presenciar la llegada de Gustav. El contraste entre el antes y el después es de lo más llamativo, se lo aseguro. Un momento antes todo lo que ve usted allí son hombres maduros, taciturnos, sentados en silencio alrededor de una mesa. Pero en cuanto aparece Gustav comienzan a reír y a gritar. Se dan codazos en broma, palmadas en la espalda… Y hasta bailan a veces…, sí, sí, ¡encima de las mesas! Tienen uno llamado Baile de los Mozos de Hotel…, ¿no es así, Gustav? ¡Oh, sí…, se lo pasan en grande! Pero no se permiten la más mínima si no está con ellos Gustav. Él no se lo dirá, naturalmente…, ¡es tan modesto! Pero en esta ciudad todos le queremos.

Mientras la joven hablaba, Gustav debió de proseguir su retirada pues, cuando me volví a mirarle, lo encontré en el rincón opuesto de la cabina, dándonos la espalda. El peso de las maletas hacía flaquear sus rodillas y temblar sus hombros. Tenía la cabeza gacha y escondida prácticamente de nosotros detrás de su cuerpo, pero no sabría decir si era por algún sentimiento de vergüenza o por efecto del esfuerzo físico.

– Perdóneme, señor Ryder -dijo la joven-. Aún no me he presentado. Soy Hilde Stratmann. Me han confiado la tarea de procurar que todo marche como una seda mientras esté usted entre nosotros. Me alegro mucho de que por fin haya podido llegar. Comenzábamos a estar un poco preocupados. Todos le han esperado esta mañana hasta última hora, pero muchos tenían compromisos importantes que atender y han debido ir desfilando uno a uno. Así que me ha correspondido a mí, una humilde empleada del Instituto Municipal de Bellas Artes, darle la bienvenida y expresarle lo honrados que nos sentimos por su visita.

– Me alegra mucho estar aquí. Pero, en cuanto a esta mañana… ¿Decía usted que…?

– ¡Ah, no…! No tiene importancia, señor Ryder. No se preocupe en absoluto por esta mañana. No fue ninguna molestia para nadie. Lo importante es que usted ya está aquí. Por cierto…, en una cosa sí que debo decirle que estoy totalmente de acuerdo con Gustav: tiene usted que visitar la ciudad antigua. De verdad que es maravillosa. Siempre aconsejo a nuestros visitantes que no se la pierdan. El ambiente es extraordinario, con numerosos cafés en las aceras, tiendas de artesanía, restaurantes… Desde aquí puede llegar dando un corto paseo, así que le aconsejo que no deje escapar la oportunidad en cuanto se lo permita su agenda.

– Trataré de no perderla, seguro. Y, a propósito, señorita Stratmann, respecto de mi agenda… -Hice una pausa deliberadamente, esperando que la joven, lamentando su olvido, abriera tal vez su portafolios para sacar de dentro una hoja o una carpeta. Pero, aunque reaccionó con presteza, fue sólo para decir:

– Es una agenda muy apretada, sí. Pero confío en que no le parecerá poco razonable. Hemos tratado de incluir estrictamente lo más esencial. Aunque era inevitable que nos viéramos desbordados por las peticiones de muchas de nuestras asociaciones, de los medios de comunicación locales, de todo el mundo. Cuenta usted con muchos admiradores en esta ciudad, señor Ryder… Muchos que opinan que no sólo es usted el pianista más genial del momento, sino también posiblemente el más grande del siglo. Pero nos parece que al final hemos conseguido mantener sólo los compromisos imprescindibles. Y le aseguro que no encontrará entre ellos nada que pueda resultarle demasiado desagradable.

En aquel preciso momento se abrieron las puertas del ascensor y el viejo mozo echó a andar por el pasillo. El peso de las maletas le obligaba a arrastrar los pies por la moqueta, y la señorita Stratmann y yo, que le seguíamos, tuvimos que aflojar el paso para no adelantarle.

– Confío en que nadie se molestará -le comenté a la joven mientras caminábamos-. Quiero decir por no haber podido disponer de tiempo para ellos en mi programa.

– ¡Oh, no, no se preocupe, se lo ruego! Todos sabemos por qué está usted aquí y nadie querría mostrarse inoportuno y distraerle. De hecho, señor Ryder, dejando aparte un par de actos sociales realmente importantes, todo el resto de su programa está relacionado más o menos directamente con la noche del jueves. Claro que ya habrá tenido usted tiempo de familiarizarse con las líneas básicas del programa.

Había algo en la forma como hizo esa observación, que me impidió responderle con entera franqueza. Así que murmuré:

– Sí, naturalmente.

– Es un programa muy cargado. Pero nos orientó mucho su petición de conocer las cosas de primera mano en la medida de lo posible. Un planteamiento muy digno de elogio, si me permite que se lo diga.

Por delante de nosotros dos, el anciano mozo se había detenido ante una puerta. Finalmente depositó mis maletas en el suelo y empezó a hurgar en la cerradura. Al llegar junto a él, Gustav volvió a alzar las maletas y entró tambaleándose en la habitación, diciendo:

– Tenga la bondad de seguirme, señor.

Estaba a punto de hacerlo cuando la señorita Stratmann colocó su mano en mi brazo.

– No quiero entretenerlo ahora -dijo-. Sólo quería asegurarme cuanto antes de que no habíamos incluido en su programa nada que no le pareciera satisfactorio.

La puerta se cerró de golpe, dejándonos de pie en mitad del pasillo.

– Verá, señorita Stratmann… En conjunto me sorprendió… Sí, como un programa muy bien equilibrado, en efecto.

– La reunión con el Grupo Ciudadano de Ayuda Mutua la hemos organizado precisamente pensando en esa petición suya a que aludía. Esta asociación está integrada por personas corrientes de toda condición social, unidas por la experiencia de los padecimientos derivados de la crisis actual. Así podrá usted oír relatos de primera mano de las cosas que han debido sufrir.

– ¡Ah, sí! Seguro que resultará sumamente útil.

– Como habrá visto, hemos respetado también su deseo de entrevistarse con el señor Christoff. Dadas las circunstancias, comprendemos perfectamente sus razones para solicitar esa entrevista. Ni que decir tiene que el señor Christoff, por su parte, está encantado. Tiene, por supuesto, sus propios motivos para desear conocerle. Lo que quiero decir es que él y sus amigos harán lo imposible para lograr que vea usted las cosas como ellos las pintan. Será un cúmulo de disparates, sin duda, pero estoy segura de que lo encontrará muy útil para trazarse un cuadro de conjunto de lo que ha estado ocurriendo aquí. Tiene usted cara de estar muy cansado, señor Ryder… No quiero molestarle más tiempo. Aquí tiene mi tarjeta. Por favor, no dude en llamarme si tiene algún problema o para cualquier cosa que se le ofrezca.

Le di las gracias y la seguí con la mirada mientras se alejaba por el pasillo. Entré en mi habitación dándole vueltas al cúmulo de cosas implicadas en aquella corta conversación, por lo que tardé unos instantes en advertir la presencia de Gustav de pie junto a la cama.

– Ah, señor…, ésta es la habitación.

Tras la preponderancia de los revestimientos de madera oscura en todo el edificio, me sorprendió el aspecto moderno y ligero del cuarto. La pared que tenía enfrente era prácticamente un ventanal desde el suelo al techo, que dejaba pasar un agradable sol por entre los visillos dispuestos verticalmente. Mis maletas se hallaban ya alineadas junto al armario ropero.

– Y ahora, señor, si me lo permite -añadió Gustav-, le mostraré dónde está todo. Será un instante. Así su estancia entre nosotros será lo más confortable posible.

Observé las evoluciones de Gustav por el cuarto mientras me indicaba dónde se hallaban los interruptores y las demás instalaciones. En determinado momento me guió hasta el baño y prosiguió allí dentro sus explicaciones. Había estado a punto de cortarle como suelo hacer cuando en los hoteles me muestran las habitaciones, pero la diligencia con que desempeñaba aquella tarea, su evidente esfuerzo en personalizar algo que sin duda tenía que hacer muchas veces al día, me conmovieron hasta el punto de impedir que le interrumpiera. Pero luego, mientras él proseguía sus explicaciones indicando con la mano las distintas partes de la habitación, se me ocurrió que, a pesar de su profesionalidad, por encima de su genuino deseo de asegurarse de que estuviera instalado cómodamente, afloraba a su espíritu algún asunto que había estado preocupándole durante todo el día. El hombre, en efecto, estaba otra vez pensando en su hija y en el hijo de ésta.

Cuando, meses atrás, le propusieron aquel arreglillo, poco había imaginado Gustav que le reportaría algo que no fuera un placer sin complicaciones. Una tarde de cada semana, dedicaría un par de horas a pasear por la ciudad antigua con su nietecillo, para que Sophie pudiera salir y disfrutar de un rato de tiempo libre. Más aún: aquel trato había resultado un éxito inmediato, y a las pocas semanas abuelo y nieto se habían acostumbrado a una rutina sumamente agradable para ambos. Si no llovía, iban primero a los columpios del parque, donde Boris podía lucir sus últimas temerarias proezas. Si hacía mal tiempo, comenzaban tal vez por el museo de embarcaciones. Y paseaban luego por las callejuelas de la ciudad antigua, mirando los escaparates de las tiendas de juguetes y deteniéndose quizá en la Plaza Vieja para contemplar la actuación de algún mimo o acróbata callejero. Como el veterano mozo era persona bien conocida en aquel barrio, no daban muchos pasos sin que alguien les saludara, y Gustav recibía numerosos cumplidos a propósito de su nieto. Después se acercarían hasta el viejo puente, desde cuyo pretil contemplarían las embarcaciones que pasaban por debajo. Y la expedición concluiría en su café favorito, donde pedirían un pastel o un helado y aguardarían a que llegara Sophie.

Al principio, estas pequeñas excursiones le habían producido a Gustav una inmensa satisfacción. Pero el creciente contacto con su hija y su nieto le había obligado a notar ciertas cosas que en otras circunstancias hubiera pasado por alto, pero que ahora ya no podía seguir ignorando como si todo fuera bien. Para empezar, estaba la cuestión del estado de ánimo de Sophie. Las primeras semanas se había despedido de ellos animadamente, para ir sin pérdida de tiempo de compras al centro o a encontrarse con alguna amiga. Pero últimamente le daba por remolonear y alejarse con aire indeciso, como si no tuviera nada que hacer después de dejarlos. Había indicios claros, además, de que el problema, cualquiera que fuese, empezaba a afectar a Boris. Cierto que su nieto estaba alegre casi todo el tiempo que pasaban juntos. Pero el viejo mozo había notado que ahora, de vez en cuando, y en particular cuando se aludía a su vida en casa, por la expresión del rostro del niño pasaba como una nube. Y, para colmo, dos semanas atrás había sucedido algo que el bueno de Gustav no había podido alejar de su mente.

Había ido de paseo con Boris hasta uno de los numerosos cafés de la ciudad antigua cuando de pronto vio a su hija sentada allí dentro. La marquesina daba sombra al cristal, permitiendo ver desde fuera hasta el fondo del establecimiento, y a Sophie en una mesa, sola, con una taza de café delante y una expresión de profundísimo abatimiento. La revelación de que su hija no había tenido ánimos ni para dejar la ciudad antigua, y no digamos ya la expresión de su rostro, había sido un mazazo para Gustav…, tanto que tardó unos momentos en reponerse de él y en pensar en distraer a Boris. Pero ya era demasiado tarde porque el pequeño, siguiendo la mirada del abuelo, había distinguido también a su madre. Y a continuación Boris había desviado inmediatamente la vista y los dos habían continuado paseando sin mencionar ni una sola vez lo ocurrido. Boris recuperó su buen humor en unos minutos, pero aquel episodio había turbado profundamente al mozo de hotel, que desde entonces no hacía más que reflexionar sobre él. De hecho, el hallarse recordando aquel incidente era lo que lo había hecho parecer tan taciturno en el vestíbulo y lo que volvía a preocuparlo ahora mientras me mostraba mi habitación.

A mí me había caído bien aquel hombre y sentí una corriente de simpatía hacia él. Estaba claro que llevaba mucho tiempo rumiando sus cosas y que ahora corría el peligro de dejar que sus inquietudes alcanzaran proporciones peligrosas. Pensé en abordar francamente el tema con él, pero Gustav había llegado ya al término de su rutina y volvía a pesar sobre mí el cansancio que experimentaba intermitentemente desde que bajé del avión. Así que, decidido a tratar el asunto en otro momento, le despedí con una generosa propina.

En cuanto la puerta se hubo cerrado a sus espaldas, me tumbé en la cama completamente vestido y permanecí durante un buen rato con la mirada perdida en el techo. Por mi cabeza estuvieron pasando al principio pensamientos acerca de Gustav y de sus diversos problemas, pero al prolongarse mi inmovilidad me encontré reflexionando de nuevo sobre la conversación que acababa de mantener con la señorita Stratmann. Estaba claro que en la ciudad se esperaba de mí algo más que un simple recital. Pero, al intentar recordar algunos detalles básicos acerca de la presente visita, tuve escaso éxito. Y me di cuenta de lo tonto que había sido al no haberme mostrado más franco con la señorita Stratmann. Porque si yo no había recibido una copia de mi programa, la culpa era suya, no mía, y aquella actitud a la defensiva por mi parte no tenía el más mínimo sentido.

Pensé de nuevo en aquel tipo, Brodsky, y esta vez tuve la impresión clarísima de haber oído o leído algo sobre él en un pasado no muy lejano. Que se esfumó cuando, de pronto, me asaltó un recuerdo del largo viaje en avión que acababa de realizar. Me hallaba en mi asiento en la penumbra de la cabina, estudiando el programa de aquella visita al tenue rayo de luz proyectado por la lamparilla de lectura, mientras los demás pasajeros dormían. En determinado momento, el hombre que ocupaba el asiento contiguo se había despertado y a los pocos minutos se había dirigido a mí con una observación jovial. De hecho, si no recordaba mal, se había vuelto hacia mi lado para hacerme un comentario jocoso sobre los jugadores del Campeonato Mundial de fútbol. Pero puesto que yo no quería que nada me distrajera del concienzudo estudio del programa que llevaba entre manos, me lo había quitado de encima con cierta frialdad. Todo esto me venía ahora a la memoria de forma muy nítida. Recordaba perfectamente la textura de aquella hoja de grueso papel agrisado en que aparecía escrito a máquina el programa, el apagado círculo amarillo que trazaba en él la luz de lectura, el rumor de los motores del avión… Pero, por más que me esforzaba, no conseguía recuperar en mi memoria nada de cuanto figuraba escrito en aquella hoja.

A los pocos minutos, finalmente, me venció el cansancio y decidí que de poco servía darle más vueltas al asunto mientras no hubiera dormido algo. Sabía por experiencia cuánto más claro se ve todo después de un descanso. Luego podría localizar a la señorita Stratmann, le explicaría el malentendido, obtendría de ella una copia de mi programa y haría que me ilustrara sobre todos los puntos que requirieran sus aclaraciones.

Estaba empezando a adormilarme cuando, de pronto, algo me hizo abrir de nuevo los ojos y elevarlos al techo. Dediqué un rato a estudiarlo con suma atención y luego me senté en la cama y me puse a mirar a mi alrededor mientras aumentaba por segundos mi sensación de reconocer aquel sitio. La habitación en que me encontraba, ahora lo veía, era la misma que había sido mi dormitorio durante los dos años que mis padres y yo habíamos vivido en casa de mi tía, en las tierras limítrofes entre Inglaterra y Gales. Volví a examinarla atentamente y, echándome otra vez hacia atrás, alcé la mirada para estudiar de nuevo el techo. El enlucido era reciente, como la pintura, y parecía mayor porque habían quitado las cornisas; también habían eliminado por completo las molduras que señalaban el lugar del que colgaba la lámpara. Pero era, sin posibilidad de confusión, el mismo techo que había contemplado tantísimas veces desde la estrecha y crujiente cama en que dormía entonces.

Me puse de lado y miré el suelo, junto a la cama. El hotel había dispuesto una alfombra oscura en el lugar en que supuestamente aterrizarían mis pies al saltar del lecho. Recordaba ahora que aquella misma zona del suelo había estado cubierta en otros tiempos por una desgastada estera verde, en la que varias veces por semana desplegaba yo mis soldados de plástico -más de un centenar en total, que guardaba en dos latas de galletas- en formación perfecta. Alargué el brazo y rocé con los dedos la alfombra del hotel, en un gesto que evocó en mí el recuerdo de cierta tarde en la que, mientras me hallaba perdido en mi mundo de soldados de plástico, estalló una riña tremenda en el piso de abajo. La ferocidad de las voces había sido tal, que incluso un niño de seis o siete años como era yo entonces tuvo que darse cuenta de que no se trataba de una discusión ordinaria. Pero le quité importancia y seguí con la mejilla apoyada en la estera, enfrascado en mis planes de batalla. Más o menos en el centro de aquella estera verde había un roto cuya existencia me había fastidiado siempre. Pero aquella tarde, mientras los gritos arreciaban abajo, se me ocurrió por primera vez que podría utilizarlo como una especie de terreno agreste y enmarañado por el que debían cruzar mis soldados. Descubrir que el defecto que había amenazado siempre con socavar mi mundo imaginario podía ser integrado perfectamente en él me resultó excitante, y desde entonces aquel terreno impracticable se convirtió en un elemento clave para muchas de las batallas que posteriormente orquesté.

Todos estos recuerdos vinieron a mi memoria mientras seguía con la mirada clavada en el techo. Por supuesto que era muy consciente de las transformaciones que había sufrido la habitación. Pero la idea de que, después de tanto tiempo, volvía a encontrarme en aquel santuario de mi infancia hizo brotar en mí una profunda sensación de paz. Cerré los ojos y por un instante fue como si me hallara rodeado otra vez del viejo mobiliario del cuarto. En el rincón de la derecha estaba el alto armario blanco que tenía roto el tirador de la puerta. En la pared, sobre mi cabeza, una vista de la catedral de Salisbury pintada por mi tía. La mesita de noche tenía dos cajoncitos que guardaban mis pequeños tesoros y mis secretos… Todas las tensiones del día…, el larguísimo vuelo, las confusiones acerca de mi programa, los problemas de Gustav… parecieron esfumarse de pronto, y me sumí en un sueño profundo y reparador.

2

Cuando me despertó el timbre del teléfono situado junto a la cabecera de la cama, tuve la sensación de que llevaba algún tiempo sonando. Levanté el aparato y oí una voz:

– ¿Oiga? ¿El señor Ryder?

– Sí, yo mismo.

– ¡Ah, señor Ryder…! Le habla el señor Hoffman. El director del hotel.

– Mucho gusto.

– Permítame decirle, señor Ryder, que estamos muy contentos de tenerlo por fin con nosotros. Es usted muy bien recibido aquí.

– Muchas gracias.

– Un huésped sumamente distinguido, señor. Y, por favor, no se preocupe en absoluto por el retraso de su llegada… Todos lo han comprendido perfectamente, como creo que le ha dicho ya la señorita Stratmann. Después de todo, cuando uno ha de realizar viajes tan largos y tiene tantos compromisos en todo el mundo…, bueno…, estas cosas son a veces inevitables.

– Pero…

– Nada, nada, señor… No se hable más de ello. Como le digo, todas las damas y caballeros presentes se han mostrado muy comprensivos. Así que dejemos el tema. Lo importante es que está usted aquí. Y aunque fuera por eso sólo, señor Ryder, le debemos una inmensa gratitud.

– En fin, señor Hoffman…, muchísimas gracias.

– Ahora, señor, si no está usted ocupado en este momento, me encantaría pasar a presentarle personalmente mis respetos. Para darle mi bienvenida a nuestra ciudad y a este hotel.

– Es usted muy amable. Pero es que justamente ahora me disponía a echar una pequeña siesta…

– ¿Una siesta? -Noté un chispazo de irritación en la voz, pero al instante recuperó por completo su cordialidad-. ¡Sí, claro, claro! Debe de estar usted muy fatigado. ¡Ha sido un viaje tan largo! Dejémoslo, pues, para cuando le vaya a usted bien… Ya me avisará.

– Estaré encantado de conocerle, señor Hoffman. No tardaré mucho en bajar, se lo aseguro.

– Cuando le vaya bien, por favor. Yo estaré esperándole aquí…, en el vestíbulo quiero decir…, todo el tiempo que sea necesario. No tenga ninguna prisa, se lo ruego.

Reflexioné un instante sobre estas palabras, y observé:

– Pero, señor Hoffman…, sin duda tendrá usted muchas otras cosas que hacer…

– Sí, es cierto… Ésta es la hora más ajetreada del día. Pero, tratándose de usted, señor Ryder, aguardaré con gusto cuanto sea preciso.

– Por favor, señor Hoffman, no pierda su valioso tiempo por mí. Bajaré dentro de poco e iré a buscarle a su despacho.

– No es ninguna molestia, señor Ryder. Será un honor esperarle aquí. Le repito que se tome su tiempo. Y le aseguro que no me moveré de aquí hasta que usted baje.

Le di las gracias otra vez y colgué el teléfono. Incorporándome en la cama, miré a mi alrededor y, por la luz que entraba por el ventanal, deduje que ya estaba avanzada la tarde. Me sentía más cansado que antes, pero no parecía tener otra opción que bajar al vestíbulo. Así que salté de la cama, fui hasta donde se hallaban mis maletas y saqué de una de ellas una chaqueta menos arrugada que la que llevaba puesta. Mientras me la ponía, sentí un vivo deseo de tomarme un café, y a los pocos momentos abandoné mi habitación con el deseo transformado casi en una necesidad apremiante.

Al salir del ascensor encontré el vestíbulo mucho más animado que antes. Los butacones que veía a mi alrededor estaban ocupados por huéspedes que hojeaban periódicos o charlaban tomando café. Junto al mostrador de recepción había varios japoneses que se saludaban unos a otros con muestras de gran regocijo. Me distraje un poco con aquella transformación y no advertí al director del hotel hasta tenerlo prácticamente pegado a mí.

Era un individuo de unos cincuenta años de edad, más corpulento y pesado de lo que había imaginado yo por su voz al teléfono. Me tendió la mano sonriendo de oreja a oreja. Yo hice otro tanto, y noté al hacerlo que su respiración era jadeante y tenía la frente ligeramente perlada de sudor.

Mientras nos estrechábamos las manos repitió varias veces cuán grande era el honor que mi presencia representaba para la ciudad y para su hotel en particular. Luego se inclinó hacia mí para decirme en tono confidencial:

– Y permítame asegurarle, señor, que los preparativos para el jueves por la noche están muy avanzados. De verdad que no tiene que preocuparse por ello.

Esperé que dijera algo más, pero cuando vi que se limitaba a sonreír, respondí: -Me alegra saberlo.

– Créame, señor… No tenga ninguna preocupación al respecto.

Siguió una pausa un tanto embarazosa. Por un momento pareció que Hoffman iba a añadir un comentario más, pero se cortó, soltó una risita y me dio una palmadita en el hombro…, un gesto de familiaridad que encontré algo fuera de tono. Por último dijo:

– En serio, señor Ryder… Si hay algo que yo pueda hacer para que su estancia aquí sea más agradable, hágamelo saber enseguida.

– Es usted muy amable.

Hubo otra pausa seguida de una nueva risita, tras la cual el hombre sacudió la cabeza y volvió a darme otra palmadita en el hombro.

– ¿Sí, señor Hoffman…? -dije-. ¿Hay alguna cosa en particular que desee usted comentarme?

– ¡Oh, no, nada en particular, señor Ryder! Tan sólo quería saludarle y asegurarme de que todo estaba a su entera satisfacción. -Pero de pronto prorrumpió en una exclamación-: Aunque, sí, ¡por supuesto! Ahora que usted lo dice…, sí, claro que hay algo… Una nadería sin importancia… -Volvió a sacudir la cabeza riendo, y añadió-: Se trata de los álbumes de mi mujer. -¿Los álbumes de su mujer?

– Mi esposa, señor Ryder, es una mujer muy cultivada. Como es lógico, siente una gran admiración por usted. De hecho ha seguido con mucho interés toda su carrera y durante algunos años ha estado coleccionando recortes de prensa relativos a usted.

– ¿De veras? Es muy amable por su parte. -Tiene dos álbumes de recortes enteramente consagrados a usted. Las piezas están ordenadas cronológicamente y se remontan a muchos años atrás. Pero permítame ir al grano. Mi mujer tuvo siempre la gran ilusión de que algún día pudiera usted hojear esos álbumes personalmente. Ni que decir tiene que la noticia de su visita a nuestra ciudad ha dado nuevo impulso a esa esperanza suya. Pero, como sabe lo ocupado que usted estaría, insistió mucho en que no se le molestara por su causa. Yo, claro…, sabedor de ese secreto deseo suyo, le prometí que por lo menos le hablaría a usted del asunto. Si pudiera dedicar aunque sólo fuera un minuto a echarles un vistazo, no se imagina lo feliz que la haría.

– Trasmita usted mi gratitud a su esposa, señor Hoffman. Me encantará repasar sus álbumes.

– Es muy amable de su parte, señor Ryder. ¡Un detalle exquisito! Lo cierto es que, en previsión, me traje los álbumes al hotel… Aunque sé muy bien que está usted ocupadísimo y que…

– Tengo una agenda muy apretada, en efecto. Pero le aseguro que podré encontrar un momento para dedicarlo a los álbumes de su esposa.

– ¡Cuánta amabilidad, señor Ryder! Permítame insistir, sin embargo, en que lo último que desearía hacer es cargarlo con más compromisos. Así que permítame una sugerencia: aguardaré a que me indique usted mismo cuándo puede verlos. Y, mientras no lo haga, no le incomodaré con el tema. Ahora bien, si usted tiene un momento, a cualquier hora del día o de la noche que sea, dígamelo, por favor. Habitualmente es fácil dar conmigo y no me voy del hotel hasta muy tarde. Dejaré en el acto cualquier cosa que esté haciendo e iré a llevarle los álbumes. Me sentiré mucho más tranquilo si lo convenimos así. De verdad que no soportaría la idea de estar complicando más el programa de su visita…

– Es una actitud muy considerada, señor Hoffman… -Una cosa más… Se me ocurre que en los próximos días tal vez pueda darle la impresión de tener un trabajo de locos… Por eso me agradaría dejar bien sentado que jamás mis ocupaciones me impedirán dedicar un rato a ese otro asunto. Así que, aunque le parezca muy ocupado, no deje de avisarme. -De acuerdo. Lo tendré en cuenta. -Quizá deberíamos convenir una señal entre los dos… Porque, claro, puede ser que usted venga en mi busca y me encuentre al otro extremo de una sala atestada de gente… Sería muy molesto para usted, en tal caso, tener que abrirse paso entre el bullicio. Aparte de que, para cuando usted llegara al lugar de la sala en que me hubiera visto, tal vez yo me habría movido de sitio… Por eso digo que nos iría bien una señal. Algo fácilmente visible y que pueda hacerse por encima de las cabezas de los presentes…

– Sí, en efecto… Me parece una idea muy razonable.

– Excelente. Realmente me entusiasma descubrir lo amable que es usted, señor Ryder. ¡Ojalá pudiera decir lo mismo de otras celebridades que han venido a alojarse aquí…! En fin… Sólo nos resta acordar la señal. Quizá podría sugerirle…, bueno…, algo así… -Alzó la mano con la palma hacia fuera y los dedos abiertos, e hizo con ella un movimiento como si estuviera limpiando los cristales de una ventana-. Por ejemplo… -añadió, escondiendo rápidamente la mano detrás de la espalda-. O cualquier otra que a usted le parezca mejor, por supuesto.

– No, no… Me parece muy bien ésa. Se la haré tan pronto como esté listo para echar un vistazo a los álbumes de su esposa. Realmente es muy amable de su parte haberse tomado semejante trabajo.

– Me consta que le ha dado grandes satisfacciones. Ni que decir tiene que si más adelante se le ocurriera a usted otra señal que le parezca mejor, no tiene más que telefonearme desde su habitación o dejar un mensaje para mí a cualquiera de los miembros del personal…

– Es usted muy amable, pero encuentro muy elegante la señal que me ha sugerido. Y ahora, señor Hoffman, me pregunto si podría usted indicarme dónde he de ir para tomar un buen café. Me bebería ahora mismo unas cuantas tazas.

El director exhibió una risa de manifiesta teatralidad:

– Conozco muy bien esa sensación -dijo-. Le acompañaré al atrio. Sígame, por favor.

Me condujo hacia un ángulo de la sala, que abandonamos a través de un par de pesadas puertas batientes, y pasamos a un largo pasillo sombrío cuyas paredes estaban revestidas con paneles de madera oscura. Llegaba hasta allí tan escasa luz natural, que a pesar de la hora del día estaban encendidos los apliques eléctricos. Hoffman caminaba delante de mí con bruscas zancadas, volviéndose continuamente para sonreírme por encima del hombro. A mitad de camino pasamos por delante de una puerta de aspecto soberbio y Hoffman, que debió de sorprenderme mirándola, me explicó:

– ¡Ah, sí!… Normalmente serviríamos el café aquí, en el saloncito. Una estancia espléndida, señor Ryder, y muy confortable. Y más ahora que la hemos amueblado con mesitas de artesanía que adquirí en un reciente viaje a Florencia. Estoy seguro de que serán de su agrado. Sin embargo, en este momento, tenemos cerrado el saloncito y reservado para el señor Brodsky, como usted ya sabe.

– ¡Ah, sí! Estaba ya ahí dentro cuando llegué.

– Y sigue aún, señor. Me gustaría entrar y presentarles, pero… Bien, pienso que tal vez no es el mejor momento. El señor Brodsky podría… No, no creo que sea el momento adecuado. ¡Ja, ja! Pero no se preocupe usted. Habrá muchas oportunidades para que dos caballeros como ustedes se conozcan.

– ¿Está ahora en el saloncito el señor Brodsky?

Volví la vista hacia la puerta y es probable que retardara ligeramente el paso, porque el director me asió del brazo y empezó a tirar con firmeza de mí hacia delante.

– Sí, sí que está, señor. De acuerdo…, en este preciso instante está sentado en silencio, pero le aseguro que no tardará en reanudar su tarea. Y esta misma mañana, ya sabe, ha estado ensayando con la orquesta cuatro horas largas. A juzgar por lo que dicen, todo marcha como una seda. Así que, por favor, no se preocupe usted en absoluto.

Finalmente el pasillo formó un recodo tras el cual se llenó de luz. La nueva sección tenía ventanas a lo largo de uno de sus lados, que creaban luminosos estanques de sol en el suelo. Sólo al llegar allí me soltó el amigo Hoffman. Y mientras recuperábamos un paso más lento y agradable, el director del hotel dejó escapar la risa para encubrir su embarazo.

– El atrio está aquí mismo, señor. Se trata esencialmente de un bar, pero es muy cómodo y podrán servirle café y cualquier otra cosa que desee. Por aquí, por favor.

Salimos del pasillo y cruzamos por debajo de un arco.

– Este anexo -prosiguió Hoffman guiándome- se construyó hace tres años. Lo llamamos el atrio, y nos sentimos muy orgullosos de él. Lo diseñó para nosotros Antonio Zanotto.

Entramos en una estancia luminosa y muy amplia. El techo de cristal que la cubría por encima de nuestras cabezas creaba la sensación de hallarnos en un patio. El suelo era una gran superficie de baldosas blancas, en cuyo centro, dominándolo todo, había una fuente: un confuso grupo escultórico de figuras de mármol semejantes a ninfas, del que brotaba con cierta fuerza un surtidor de agua. De hecho me sorprendió la excesiva presión del agua, porque difícilmente podía uno mirar a cualquier parte de aquel vasto espacio sin tener que atravesar con la vista una fina neblina de gotitas suspendidas en el aire. A pesar de ello me hice cargo enseguida de que cada una de las esquinas del atrio tenía su propio bar, con su particular mobiliario de taburetes altos, silloncitos y mesas. Camareros uniformados de blanco trazaban sus idas y venidas y se cruzaban por el embaldosado y había numerosos huéspedes instalados allí…, aunque la generosidad del espacio los hacía pasar inadvertidos.

Pude ver que el director me observaba con aire satisfecho, aguardando sin duda que manifestara mi aprobación por aquel ambiente. Pero en aquel momento mi necesidad de café era tan fuerte, que me limité a encaminarme sin demora hacia el más cercano de los bares.

Me había sentado ya en un taburete, con los codos apoyados en la barra, cuando el director se acercó a mí. Chasqueó los dedos para llamar la atención del barman, que ya se disponía a atenderme, y le dijo:

– Al señor Ryder le apetecería tomar una buena taza de café, Kenyan. -Y a renglón seguido, volviéndose de nuevo hacia mí, añadió-: Nada me complacería tanto como acompañarle en su café, señor Ryder, y conversar tranquilamente sobre música y arte… Por desgracia hay algunas cosas de las que debo ocuparme sin demora. ¿Tendrá usted la bondad de excusarme, señor? Aunque insistí en decirle que su amabilidad conmigo había excedido cualquier expectativa, aún empleó varios minutos más en despedirse. Hasta que al final echó una ojeada a su reloj, profirió una exclamación y se marchó apresuradamente.

Una vez a solas debí de sumirme enseguida en mis propios pensamientos, porque no me di cuenta del regreso del camarero. Pero sin duda volvió con mi encargo, pues a los pocos instantes estaba yo sorbiendo café y mirando el espejo que había detrás de la barra, en el cual no sólo podía ver mi reflejo, sino también gran parte de la estancia que se extendía a mis espaldas. Al cabo de un rato, por alguna razón que ignoro, me encontré rememorando los lances clave de un partido de fútbol que había presenciado muchos años atrás, concretamente un encuentro entre las selecciones de Alemania y Holanda. E instalándome bien en el taburete -pues me di cuenta de que estaba demasiado encorvado-, traté de recordar los nombres de los jugadores del equipo holandés de aquel entonces: Rep, Krol, Haan, Neeskens… A los pocos minutos había conseguido recordarlos a todos menos a dos, cuyos nombres se empeñaban en no salir aunque los tenía en la punta de mi memoria. Y mientras me esforzaba en atraparlos, el rumor de la fuente a mis espaldas, que al principio me había parecido muy tranquilizante, empezó a resultarme fastidioso. Tenía la sensación de que bastaría que cesara para que mi memoria se desbloquease al instante y me diera por fin aquellos dos nombres.

Aún seguía tratando de evocarlos cuando oí una voz detrás de mí:

– Perdone… Es usted el señor Ryder, ¿verdad? Me volví para encontrarme con el rostro ingenuo de un muchacho de unos veintipocos años. Cuando asentí con un gesto, se apresuró a instalarse junto a mí en la barra.

– Espero no molestarle -me dijo-. Pero en cuanto le vi hace un instante, decidí que tenía que acercarme para expresarle la alegría que siento de tenerlo aquí. Verá…, soy pianista también. Un simple aficionado nada más, por supuesto. Y…, bueno…, siempre le he admirado muchísimo. Cuando papá nos confirmó que iba usted a venir, me emocioné tanto… -¿Papá?

– ¡Ay, sí, cuánto lo siento! Soy Stephan Hoffman. El hijo del director.

– Ah, ya veo… Mucho gusto en conocerle. -No le importará que me siente aquí un minuto, ¿verdad? -El joven se encaramó en el taburete contiguo al mío-. ¿Sabe usted, señor?, papá está tan emocionado como yo, si no más. Conociendo a papá, tal vez no se haya atrevido a manifestarle cuán emocionado se siente… Pero créame si le digo que esta visita suya es un gran acontecimiento para él.

– ¿De verdad?

– Sí, sí… No piense que exagero. Recuerdo las fechas en que papá estaba aguardando su respuesta… Cada vez que se mencionaba su nombre, se sumía en un silencio peculiar. Y luego, cuando la tensión subió de punto, no paraba de murmurar por lo bajo: «¿Cuánto tardará? ¿Cuánto tardará en responder? Esta espera va a acabar con nosotros…, lo presiento.» Tuve que esforzarme muchísimo para ayudarle a mantener alta su moral. Imagine usted, pues, lo que sentirá ahora al tenerlo ya aquí…

¡Es tan perfeccionista! Cuando organiza un acontecimiento como el del jueves por la noche, todo, absolutamente todo, tiene que salir a la perfección. Repasa mentalmente todos y cada uno de los detalles, una y otra vez. A veces se pasa un poco en esta monomanía suya… Pero supongo que, si no la tuviera, no sería papá y no conseguiría ni la mitad de lo que logra.

– Es verdad. Parece una persona admirable.

– En realidad, señor Ryder -continuó el joven-, deseaba preguntarle algo. Hacerle una petición más bien… Si la juzga imposible, no dude en decírmelo, por favor. No me lo tomaré a mal. -Stephan Hoffman hizo una pausa como para hacer acopio de valor mientras yo bebía unos sorbos más de café y contemplaba el reflejo de los dos sentados codo a codo frente a la barra-. Verá usted…, está relacionado también con lo del jueves por la noche. Papá me pidió que tocara el piano en el acto. He estado ensayando y estoy preparado; no es eso lo que me preocupa… -Nada más afirmarlo, flaqueó un segundo su confianza en sí mismo y vislumbré en él la imagen de un adolescente nervioso. Pero se recobró inmediatamente con un despreocupado encogimiento de hombros-. Es sólo que no quisiera defraudarlo porque sé lo importante que es para él lo del jueves. Sin rodeos: me preguntaba si podría dedicarme usted unos minutos para oírme tocar mi pieza. He decidido interpretar Dahlia, de Jean-Louis La Roche. Soy sólo un aficionado, así que tendría que mostrarse muy tolerante conmigo… Pero pensé que podría escucharme y darme unos cuantos consejos que me ayuden a perfeccionar mi interpretación.

Reflexioné un instante.

– ¿O sea que está prevista su actuación para el jueves por la noche? -pregunté.

– Se trata sólo de una mínima contribución a la velada… Bueno -añadió riendo-, al resto de cosas. Pero aun así querría que mi modesta aportación resultara lo mejor posible.

– Sí, lo comprendo. Y con gusto haré lo que pueda por usted.

La cara del joven se iluminó.

– ¡No tengo palabras para expresarle mi agradecimiento, señor Ryder! Es justamente lo que necesitaba…

– Pero hay un problema… Como usted ya sabrá, ando muy escaso de tiempo. Tendremos que esperar a que tenga algunos minutos libres…

– ¡Naturalmente! Cuando le vaya bien, señor Ryder. ¡Dios del cielo…, me siento tan halagado…! Para serle franco, pensaba que me enviaría a paseo.

Un avisador empezó a emitir sus pitidos desde algún lugar en el interior de las ropas del joven. Stephan dio un respingo y metió la mano en el bolsillo de su chaqueta.

– ¡Lo siento muchísimo! -se lamentó-. Se trata de una urgencia. Debería haberme ido hace rato. Pero cuando le vi sentado aquí, señor Ryder, no pude resistir la tentación de acercarme. Espero que podremos proseguir esta conversación dentro de poco. Pero ahora excúseme, se lo ruego.

Saltó del taburete y durante un segundo pareció sucumbir de nuevo a la tentación de reiniciar la charla. Pero el avisador comenzó otra tanda de pitidos y el joven se apresuró a alejarse con una sonrisa cohibida.

Volví a mi reflejo tras la barra del bar y a tomar más sorbos de café. Pero no conseguí recuperar el espíritu de relajada contemplación que había disfrutado antes de la llegada del chico. En su lugar me turbaba cada vez más la sensación de que se esperaba demasiado de mí en aquella ciudad y de que, sin embargo, las cosas no discurrían de momento por caminos satisfactorios. De hecho, no parecía tener más recurso que ir a buscar a la señorita Stratmann para aclarar ciertos puntos de una vez por todas. Resolví hacerlo en cuanto hubiera tomado la nueva taza de café que me habían servido. No había ninguna razón para que la entrevista fuera embarazosa; sería bastante sencillo explicarle lo que había ocurrido en nuestra conversación anterior. Podría decirle, por ejemplo: «Verá usted, señorita Stratmann… Antes estaba muy cansado y, cuando usted se interesó por mi programa, no la interpreté bien. Creí que me preguntaba si tenía tiempo para repasarla con usted en ese momento si me mostraba una copia.» O bien podía incluso pasar a la ofensiva y hasta adoptar un tono de reproche: «Mire, señorita Stratmann… Debo decirle que estoy un poco preocupado y…, sí, decepcionado hasta cierto punto. Dada la gran responsabilidad que usted y sus conciudadanos parecen descargar sobre mí, me parece que tengo derecho a esperar un nivel mayor de respaldo administrativo.»

Oí moverse a alguien a mi espalda y, al volverme, me encontré a Gustav, el viejo mozo de hotel, de pie junto a mi taburete. Al cruzarse nuestras miradas, sonrió y me dijo:

– ¿Qué tal, señor? Pasaba por aquí y le he visto. Espero que esté disfrutando de su estancia.

– ¡Oh, sí, mucho! Aunque, por desgracia, aún no he tenido la oportunidad de visitar la ciudad antigua, como usted me aconsejó.

– Es una lástima, señor. Realmente es una zona muy bella de nuestra ciudad…, ¡y la tiene tan cerca! El tiempo es perfecto también, si me permite decirlo. Con un aire fresquito, pero soleado. Ideal para sentarse al aire libre, aunque, eso sí, con americana o un abrigo fino. Hace un día de lo más a propósito para recorrer la ciudad antigua.

– ¿Sabe qué le digo? Un poco de aire fresco es justo lo que necesito ahora.

– Se lo recomiendo de veras, señor. Sería una gran lástima que tuviera usted que dejarnos sin haber podido gozar de un breve paseo por la ciudad antigua.

– Me parece que voy a hacerle caso… Iré ahora mismo.

– Y si tuviera tiempo para sentarse en el Café de Hungría, en la Plaza Vieja, estoy seguro de que no lo lamentará. Permítame sugerirle que pida un café y una porción del pastel de manzana de la casa… Me pregunto si, de paso… -El mozo titubeó unos momentos, y luego siguió-: Me pregunto si podría pedirle un pequeño favor… Normalmente no les pido favores a los huéspedes, pero tratándose de usted…, siento como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo, señor.

– Me encantará hacer algo por usted si está en mi mano -respondí.

Durante unos instantes el hombre permaneció allí inmóvil y en silencio.

– Es una insignificancia -explicó al cabo-. Verá… Sé que mi hija estará ahora en el Café de Hungría. Con el pequeño Boris… Es una joven muy agradable, señor…, seguro que simpatizará con ella. Como la mayoría de la gente. No se puede decir que sea una belleza, pero sí que tiene un singular atractivo. Y un gran corazón en el fondo… Aunque supongo que jamás ha logrado superar esa pequeña debilidad suya… Tal vez por causa de la educación recibida, ¡quién sabe! Siempre ha sido así. Me refiero a esa tendencia suya a permitir que las cosas la abrumen a veces, aun cuando esté al alcance de su mano superarlas. Se le presenta un pequeño problema y, en vez de adoptar las sencillas medidas necesarias, deja que la obsesione. Es el camino para que los problemas pequeños se hagan grandes…, ya sabe usted, señor… En poco tiempo las cosas se le meten muy dentro y cae en un estado de desesperación. ¡Tan innecesario…! No sé exactamente qué es lo que la preocupa ahora, pero estoy seguro de que no se trata de algo insuperable. Ya se ha dado otras veces una situación así. Pero ahora, comprenda…, Boris ha empezado a notarlo. De hecho, señor, si Sophie no lo remedia pronto, temo que el niño sufrirá seriamente las consecuencias. ¡Y es tan encantador ahora! Tan abierto, tan confiado… Sé que es imposible que se conserve así toda la vida…, que incluso no es de desear que así sea… Sin embargo, a su edad, aún se merece varios años más de creer que el mundo es un lugar lleno de sol y risas. -Guardó silencio y pareció abismarse unos momentos en sus reflexiones. Luego, alzando la mirada, prosiguió-: ¡Si al menos Sophie se diera cuenta de lo que está pasando! Eso la ayudaría a enfrentarse a lo que fuera. Es una madre muy consciente y sabe cómo procurar lo mejor para las personas que quiere… Pero lo malo de ella es que, cuando cae en semejante estado, necesita que alguien la ayude a recobrar su perspectiva de las cosas. Un buen consejo…, eso es todo lo que le hace falta. Que alguien se siente a su lado unos minutos y le haga ver las cosas con claridad. Que la ayude a determinar cuáles son los problemas reales y qué medidas debería tomar para vencerlos. No necesita más, señor: una buena charla, algo que le devuelva su visión de la realidad. El resto ya lo hará ella sola. Puede ser muy sensata cuando se lo propone. Lo que me lleva a lo que quería decirle, señor… Dado que piensa acercarse a la ciudad antigua ahora, me pregunto si le importaría cambiar unas palabras con Sophie… Ya me doy cuenta de que tal vez le resulte una molestia… Pero, puesto que de todas formas va usted para allí, pensé que debía decírselo… No tendría que perder mucho tiempo con ella. Sólo unas palabras; lo justo para averiguar qué es lo que le preocupa y devolverle su sentido de las proporciones.

El mozo puso fin a su parlamento y me miró con ojos de súplica. A los pocos instantes le respondí con un suspiro:

– Me gustaría serle de alguna ayuda, créame… Pero de sus palabras deduzco que muy probablemente las preocupaciones de Sophie, cualesquiera que sean, atañen a asuntos de familia. Y, como usted ya sabe, ese tipo de problemas tienden a ser tremendamente enmarañados. Un extraño como yo tal vez pudiera llegar al fondo de alguno de ellos tras una conversación franca…, pero se encontraría seguramente con que aquel problema está relacionado con otro. Y así sucesivamente. Si me permite hablarle con sinceridad, pienso que es usted la persona más indicada para conversar con ella y hacer luz en esa maraña de asuntos familiares. Además, como padre de Sophie y abuelo de Boris, goza usted de una autoridad natural de que yo carezco por completo.

Tuve la impresión de que el hombre acusaba inmediatamente el peso de la responsabilidad que se desprendía de mis palabras y casi lamenté haberlas dicho. Estaba claro que había puesto el dedo en la llaga. Rehuyó mirarme de frente y durante unos segundos sus ojos vagaron por el atrio en dirección a la fuente. Finalmente dijo:

– Reconozco que tiene usted toda la razón, señor… Sí, en efecto… Ya sé que soy yo quien debería hablar con ella. Pero, la verdad… No sé cómo expresarlo, pero permítame ser completamente sincero… El quid de la cuestión está en que Sophie y yo no nos hablamos desde hace muchos años. En realidad desde que era niña, para ser más precisos… Comprenderá usted que, en estas circunstancias, me resulta bastante difícil hacer lo que se esperaría de mí.

El mozo tenía la vista fija en las puntas de los pies y parecía aguardar mi siguiente réplica como si fuera la sentencia de un juicio.

– Lo siento -dije yo-, pero no acabo de comprender sus palabras. ¿Me está dando a entender que no ha visto a su hija en todos estos años?

– No, no… Como ya sabe usted, la veo con regularidad, cada vez que saco de paseo a Boris. Lo que quiero decir es que no hablamos. Quizá me entendería mejor si le pusiera un ejemplo… Como esas veces que Boris y yo estamos esperándola después de uno de nuestros pequeños paseos por la ciudad antigua…, sentados en el café del señor Krankl, por ejemplo… Boris puede estar animadísimo, charlando y riendo por cualquier cosa. Pero, en cuanto ve a su madre asomar por la puerta, calla de repente. No es que se disguste…, nada de eso… Se retrae, simplemente. Respeta el ritual, ¿comprende? Luego, cuando Sophie llega hasta donde estamos, se dirige a él. Si hemos pasado un rato agradable, adonde hemos ido…, si el abuelo no ha pasado frío… ¡Oh, sí…, siempre le pregunta por mí! Le preocupa que me ponga enfermo de tanto pasear al aire libre. Pero, como le digo, Sophie y yo jamás nos hablamos directamente. «Dile adiós al abuelo», le encarecerá siempre a Boris a manera de despedida, y se irán los dos. Así han sido las cosas entre nosotros desde hace muchos años, y no parece haber ningún deseo real de cambiarlas ahora. Por eso, cuando se plantea una situación como la presente…, compréndame…, me encuentro perdido. Sé que todo lo que le hace falta es una buena charla. Y, a mi juicio, usted podría ser la persona ideal. Hable usted con ella, señor…, sólo unas palabras. Lo justo para ayudarla a identificar sus problemas de ahora. Si lo hace, ella pondrá el resto…, tenga usted la completa seguridad.

– Muy bien -accedí tras volver a pensarlo-. De acuerdo. Veré qué puedo hacer. Pero debo insistir en lo que ya le he dicho: estas cosas son a menudo demasiado complicadas para un extraño. Aun así, veré qué puedo hacer.

– Le quedaré muy agradecido, señor. Sophie estará ahora en el Café de Hungría. Le será muy fácil reconocerla. Es morena, con el pelo largo, y tiene bastantes rasgos míos. Además, en caso de duda, siempre podría preguntar por ella al propietario o a alguno de los empleados del café.

– Está bien. Ahora mismo voy hacia allí.

– Me sentiré en deuda con usted, señor. Y si por alguna razón no pudiera conversar con ella, sé que encontrará sumamente agradable el paseo por la ciudad antigua.

Bajé del taburete.

– Quedamos de acuerdo -le dije-. Y ya le contaré cómo me ha ido.

– Muchísimas gracias, señor.

3

El camino desde el hotel a la ciudad antigua -un paseo de unos quince minutos- apenas tenía alicientes. Gran parte de él discurrió entre grandes bloques acristalados de oficinas a uno y otro lado y por calles ruidosas con el tráfico de la tarde avanzada. Pero cuando llegué al río y empecé a atravesar el arqueado puente que daba acceso a la ciudad antigua, tuve la sensación de estar entrando en una atmósfera completamente distinta. Podía ver en la orilla opuesta toldos y parasoles de bar multicolores, y distinguir las idas y venidas de los camareros y las carreras de los niños corriendo en círculo. Un chucho diminuto empezó a ladrar alborotadamente en el pequeño muelle, tal vez al advertir mi llegada.

Minutos más tarde penetraba en el corazón de la ciudad antigua. Las estrechas calles empedradas estaban llenas de gente que paseaba sin apresuramiento. Estuve un rato dando vueltas al azar, pasando por delante de numerosas tiendecitas de recuerdos, confiterías, panaderías…, y también frente a tantos cafés que por un instante temí tener alguna dificultad para encontrar el que me había indicado el mozo del hotel. Pero de pronto salí a una plaza en el centro del barrio y apareció inconfundible el Café de Hungría. El despliegue de mesas que ocupaba el ángulo más distante de la plaza emanaba, como pude observar, de una puerta más bien pequeña resguardada por un toldo a rayas.

Me paré un instante para recuperar el resuello y observar los alrededores. El sol empezaba a ponerse sobre la plaza. Reinaba, como me había advertido Gustav, un vientecillo fresco que de cuando en cuando ondulaba los parasoles que rodeaban el café. A pesar de ello, la mayoría de las mesas estaban ocupadas. Muchos de los clientes parecían turistas, pero pude ver también un buen número de parroquianos locales con aspecto de acabar de salir del trabajo, que tomaban tranquilamente un café mientras leían el periódico. Y ciertamente me crucé en la plaza con grupitos de oficinistas, todos con sus correspondientes portafolios, que charlaban animadamente unos con otros a la salida del trabajo.

Al llegar a donde estaban las mesas, pasé entre ellas dando algunas vueltas, buscando a alguien con aspecto de ser la hija de Gustav. Dos estudiantes comentaban una película. Un turista leía el Newsweek. Una anciana echaba miguitas de pan a unas cuantas palomas que se habían congregado a sus pies. Pero no pude ver a ninguna joven morena con el pelo largo y acompañada de un niño. Pasé, pues, al interior del café y descubrí un local más bien pequeño y oscuro en el que habría sólo cinco o seis mesas. Comprendí entonces que el problema de atestamiento del local mencionado por Gustav podía ser muy real en los meses fríos del año, pero en esta ocasión el único cliente era un anciano con boina que se hallaba sentado a una mesa adosada a la pared del fondo. Decidido a abandonar aquella gestión, regresé al exterior y estaba buscando un camarero para pedir un café cuando oí una voz que me llamaba por mi nombre.

Al volver la cabeza vi a una mujer sentada junto a un niño, que me hacía señas desde una mesa próxima. La pareja encajaba tan perfectamente con la descripción que me había hecho el mozo que no pude comprender cómo no los había visto antes. Me desconcertó un poco, también, el hecho de que parecieran estar esperándome, por lo que tardé unos segundos en devolverles el saludo y ponerme a caminar hacia ellos.

Aunque Gustav se había referido a su hija como una «joven», Sophie era una mujer de mediana edad, rondando tal vez los cuarenta. Aun así, la encontré más atractiva de lo que había supuesto. Era alta, de constitución esbelta, y su larga melena oscura le daba cierto aire agitanado. El niño que la acompañaba era más bien regordete y en aquel preciso momento miraba a su madre con expresión enfurruñada.

– ¿Y bien? -me preguntó Sophie alzando hacia mí una mirada sonriente-. ¿No vas a sentarte?

– Sí, sí -respondí, reparando en que había permanecido de pie con aire dubitativo-. Es decir, si no les molesto -añadí dirigiendo al chaval una sonrisa, que él me pagó con una mirada desaprobadora.

– ¡Pues claro que no nos molestas!, ¿verdad, Boris? Anda, Boris…, saluda al señor Ryder.

– Hola, Boris -dije tomando asiento.

El pequeño seguía mostrándome su desaprobación, que ahora expresó preguntando a su madre:

– ¿Por qué le has dicho que podía sentarse? Te estaba explicando una cosa…

– Es el señor Ryder, Boris -le dijo Sophie-. Un amigo muy especial. Naturalmente que puede sentarse con nosotros, si quiere.

– Pero es que te estaba contando la misión del Voyager, mamá… Ya veo que no me escuchabas. Tendrías que aprender a prestar atención.

– Lo siento, Boris -respondió Sophie intercambiando una fugaz sonrisa conmigo-. Trataba de poner mis cinco sentidos en lo que me explicabas, pero todos esos temas científicos están muy por encima de mi comprensión. Y ahora…, ¿por qué no saludas al señor Ryder?

Boris me miró un instante y luego dijo malhumorado:

– Hola.

Y apartó la mirada de mi persona.

– No querría ser causa de ningún enfado -dije-. Por favor, Boris…, continúa con lo que estabas diciendo. De hecho me interesaría mucho saber cosas sobre esa aeronave…

– No es una aeronave -me corrigió Boris en tono de hastío-. Es una sonda para explorar los espacios interestelares. Aunque me imagino que tampoco usted comprenderá la diferencia mucho mejor que mi madre.

– ¿Sí? ¿Cómo sabes que no voy a entenderla? Tal vez tenga una mente científica. No deberías juzgar a la gente tan a la ligera, Boris.

El pequeño dejó escapar un fuerte suspiro sin volverse a mirarme.

– Seguro que será usted como mamá -dijo-. Incapaz de concentrarse.

– Vamos, vamos, Boris… -intervino Sophie-. Deberías ser un poco más amable. El señor Ryder es un buen amigo.

– Más aún: soy amigo de tu abuelo. -Por primera vez el chiquillo me miró interesado-. ¡Oh, sí! Nos hemos hecho muy amigos tu abuelo y yo. Me alojo en su hotel.

Boris comenzó a estudiarme cuidadosamente.

– Anda, Boris -insistió su madre-. ¿Por qué no saludas amablemente al señor Ryder? Aún no te has mostrado educado con él… No querrás que se marche pensando que eres un jovencito de malos modales, ¿verdad que no?

El escrutinio de Boris sobre mi persona se prolongó un rato más. Hasta que, de pronto, se dejó caer de bruces sobre la mesa y escondió la cabeza entre los brazos. Debía de estar, a la vez, balanceando las piernas debajo, porque podía oír el golpeteo de sus zapatos contra la pata metálica de la mesa.

– Lo siento mucho -se excusó Sophie-. Tiene un mal día hoy.

– Lo cierto es que… -empecé a decir en voz baja- deseaba comentar cierto asunto con usted. Pero… -Hice un gesto con los ojos en dirección a Boris. Sophie lo captó y trató de obligar a incorporarse al pequeño diciéndole:

– Boris… Tengo que hablar un momento con el señor Ryder. ¿Por qué no vas a ver los cisnes? Sólo un minuto.

Boris seguía con la cabeza entre los brazos, como si estuviera dormido, aunque su pie seguía golpeando la pata rítmicamente. Sophie lo sacudió con suavidad por el hombro.

– Anda, Boris -le instó-. Tienen también un cisne negro. Ve y quédate un rato junto a la barandilla, donde están aquellas monjas. Seguro que podrás verlos desde allí. Y regresa dentro de unos minutos para contarnos lo que has visto.

Durante unos segundos no hubo respuesta por parte de Boris. Luego se incorporó, soltó otro gran suspiro de resignación y abandonó su silla. Por alguna razón que sin duda él conocería mejor que nadie, adoptó unos andares de borracho y se alejó de la mesa tambaleándose.

Cuando el chico estuvo a suficiente distancia, me volví a Sophie. No sabía por dónde empezar y dudé unos instantes. Pero, al cabo, Sophie sonrió y rompió el silencio:

– Tengo buenas noticias. El tal señor Mayer llamó esta mañana por teléfono a propósito de la casa. Acaban de ponerla a la venta. Parece que hay excelentes perspectivas. Llevo todo el día dándole vueltas. Algo me dice que esto podría ser lo que hemos estado buscando durante tanto tiempo. He quedado con él en que iría a verla mañana a primera hora. Realmente parece perfecta. A una media de hora del pueblo a pie, en lo alto de una colina, tres pisos… El señor Mayer dice que la vista que tiene sobre el bosque es la más bonita que ha contemplado en años. Ya sé que estás muy ocupado ahora…, pero si resulta tan extraordinaria como parece, te llamaré y tal vez puedas venir a verla. Con Boris. Quizá sea justamente lo que llevábamos tantísimo tiempo buscando. Nos ha costado dar con ella, ya sé… Pero quizá la tengamos por fin.

– Ah, sí… Excelente.

– Tomaré el primer autobús que salga de aquí por la mañana. Tendremos que darnos prisa. No estará mucho tiempo en venta.

Comenzó a darme más y más detalles acerca de la casa en cuestión. Y yo permanecí en silencio, pero sólo en parte porque no supiera qué responder. El hecho es que, a medida que seguíamos sentados allí, el rostro de Sophie empezaba a resultarme cada vez más familiar, hasta el punto de que me pareció recordar vagamente otras conversaciones anteriores entre ella y yo acerca de su plan de comprar una casa como aquélla en el bosque. Aunque algún desconcierto debió de ver en mi cara, porque al cabo de un rato cambió de repente de tono y me preguntó con voz menos resuelta, titubeante:

– Lamento lo de la última conversación por teléfono. Espero que no estés enfadado por ello…

– ¿Enfadado? ¡Oh, no!

– He estado pensándolo. No debería habértelo dicho. Confío en que no te lo tomaras a pecho. Después de todo…, ¿cómo va uno a quedarse en casa justamente ahora? ¿En qué casa? ¡Y con esa cocina en semejante estado! Aparte de que he empleado tanto tiempo, tanto tiempo en buscar algo para nosotros… Por eso tengo tantísimas esperanzas en esa casa que veré mañana.

De nuevo siguió hablándome de la casa. Y, mientras lo hacía, yo trataba de recordar algo de aquella conversación telefónica a que acababa de aludir. Tardé un rato, pero al cabo surgió en mí la incierta memoria de haber oído ya su voz… -o más bien una versión más dura y airada de ella- al otro extremo del hilo telefónico, en un pasado no muy distante. Y hasta me pareció recordar cierta frase gritada por mí al aparato: «¡Vives en un mundo tan pequeño!» Ella había seguido la discusión y yo había seguido repitiéndole en tono despectivo: «¡Un mundo tan pequeño! ¡Vives en un mundo tan condenadamente pequeño!» Pero, para mi frustración, no conseguía reconstruir nada más de aquella conversación nuestra.

Puede ser que, en mi esfuerzo por refrescar la memoria, me hubiera quedado contemplándola con la mirada fija, porque me preguntó ahora con cierta timidez:

– ¿Te parece que he aumentado de peso?

– ¡No, no…, qué va! -me reí apartando la vista-. Tiene usted un aspecto maravilloso.

Se me ocurrió entonces que aún no había mencionado el tema sugerido por su padre y volví a tratar de encontrar una vía adecuada para introducirlo. Pero en aquel preciso momento algo golpeó el respaldo de mi silla y me di cuenta de que Boris estaba de vuelta. De hecho, el pequeño correteaba en círculos cerca de nuestra mesa, dando patadas a una bola de cartón como si fuera una pelota de fútbol. Al notar que yo le observaba, empezó a hacer malabarismos con la bola pasándola de un pie al otro y finalmente la lanzó de un patadón por entre las patas de mi silla.

– ¡El Número Nueve! -gritó levantando los brazos-. ¡Un golazo del Número Nueve!

– Boris… -le dije-. ¿No crees que sería mejor que tiraras ese cartón a la papelera?

– ¿Cuándo nos vamos? -preguntó volviéndose a mí-. Se nos está haciendo tarde. Pronto oscurecerá.

Mirando a lo lejos observé que, en efecto, el sol desaparecía por detrás de los edificios de la plaza y que muchas de las mesas habían quedado vacías.

– Lo siento, Boris. ¿Qué es lo que querías hacer?

– ¡Deprisa! -exclamó el pequeño tirándome del brazo-. ¡No vamos a llegar!

– ¿Adonde quiere ir? -le pregunté a su madre en voz baja.

– Al parque infantil, por supuesto -suspiró Sophie poniéndose en pie-. Quiere mostrarte los progresos que ha hecho.

No parecía quedarme otra elección que levantarme yo también, y al instante siguiente estábamos los tres cruzando la plaza.

– ¿Así que quieres enseñarme lo que eres capaz de hacer? -le dije a Boris, que echó a andar a mi lado.

– Cuando estuvimos allí antes estaba aquel chico… -me explicó agarrándose a mi brazo-. Es mucho mayor que yo, ¡y ni siquiera sabe hacer el torpedo! Mamá dice que por lo menos tiene dos años más que yo. Le enseñé a hacerlo cinco veces, pero es demasiado miedica. Sube, sube…, ¡y después no se atreve a bajar!

– ¡Pues vaya! Y a ti, claro, no te da miedo en absoluto. Hacer el torpedo, quiero decir.

– ¿Cómo va a darme miedo? ¡Si es fácil! ¡Está chupado!

– Más vale.

– Se moría de miedo… ¡Daba tanta risa!

Dejamos atrás la plaza y empezamos a caminar por las calles adoquinadas del barrio. Boris parecía conocer perfectamente el camino, y a menudo se adelantaba unos pasos, impaciente. En un momento dado, volvió a ponerse a mi altura y me preguntó:

– ¿Conoce usted a mi abuelo?

– Sí, ya te lo he dicho. Somos buenos amigos.

– El abuelo es muy fuerte. Es uno de los hombres más fuertes de la ciudad.

– ¿De veras?

– Y es un buen luchador. Fue soldado antes. Ahora es viejo, pero sigue peleando mejor que la mayoría de la gente. A veces los rateros de la calle no se lo imaginan, y se llevan una desagradable sorpresa. -Boris hizo una repentina finta mientras caminábamos-. Y antes de que puedan darse cuenta, el abuelo los derriba de un golpe.

– ¡No me digas! Eso es muy interesante, Boris.

Un momento después, mientras proseguíamos nuestro recorrido por las callejuelas empedradas, me encontré recordando algo más de la discusión que había tenido con Sophie. Tal vez se había producido una semana atrás, o algo así, y yo me hallaba en una habitación de hotel, no sé dónde, escuchando su voz que me gritaba desde el otro extremo de la línea:

– Pero… ¿cuánto tiempo más piensan que vas a poder aguantar? Tú y yo ya no somos jóvenes… Has hecho tu parte. ¡Que otros arrimen el hombro ahora!

– Mira -le había respondido yo aún sin alterar la voz-, el hecho es que la gente me necesita. Llego a un lugar y las más de las veces me salen al paso problemas tremendos…, arraigados, aparentemente insolubles… ¡Y agradecen tanto mi presencia!

– ¿Y cuánto tiempo más vas a poder seguir haciendo esto por la gente? Por lo que se refiere a nosotros, a mí y a ti y a Boris, el tiempo se nos va. Antes de que te des cuenta, Boris habrá dejado de ser un niño. Nadie puede esperar que sigas así. Todas esas personas que dices…, ¿por qué no tratan de resolver sus propios problemas? ¡A lo mejor les servía de algo!

– ¡No tienes ni idea! -había estallado yo, enfadado ahora-. ¡No sabes de qué hablas! En algunos de esos lugares que visito, la gente es totalmente negada. No entienden ni jota de música moderna y, si los abandonas a su suerte, es evidente que se encontrarán cada vez más confusos. Me necesitan…, ¿es que no lo entiendes? ¡Me necesitan ahí! Tú no tienes ni idea de lo que estás hablando. -Y entonces le había gritado-: ¡Un mundo tan pequeño! ¡Vives en un mundo tan condenadamente pequeño!

Habíamos llegado a un parquéenlo infantil vallado. No había nadie dentro y me pareció que se respiraba una atmósfera más bien melancólica. Boris, desbordando entusiasmo, nos condujo hacia la pequeña verja de entrada.

– ¡Mirad, mirad qué fácil es! -dijo, y se alejó corriendo hacia una estructura de tubos dispuesta para que los niños treparan.

Durante unos instantes, Sophie y yo observamos en silencio la figura del niño, viéndolo trepar y trepar a la luz del atardecer. Luego ella murmuró en voz baja:

– Tiene gracia, ¿sabes? Cuando escuchaba al señor Mayer y su descripción de la sala de estar de la casa, no dejaban de venirme a la memoria esas otras imágenes, las del apartamento en que vivíamos cuando yo era niña. Y así estuve durante toda la conversación con él. ¡Nuestra vieja sala…! Mamá, papá…, como eran entonces. Probablemente no se parecerá en nada. En realidad, ni siquiera lo espero. Iré allí mañana y me encontraré con algo muy distinto. Pero ha hecho renacer en mí la esperanza. Ya sabes…, como una especie de presagio. -Dejó escapar la risa un momento y luego tocó mi hombro-. Estás muy callado.

– ¿Sí? Lo siento. Es por el viaje. Supongo que estoy cansado.

Boris había alcanzado el punto más alto de la estructura, pero la luz había menguado tanto que apenas se le distinguía como una silueta oscura recortada contra el firmamento. Reclamó nuestra atención con un grito y después, agarrándose al barrote de arriba, dio una vuelta de campana a su alrededor.

– ¡Está tan orgulloso de poder hacer eso! -comentó Sophie, y enseguida lo llamó-: Hay muy poca luz ya, Boris. Baja de ahí.

– Es muy fácil. Y aún más fácil a oscuras.

– Bájate ahora mismo.

– La culpa es de viajar tanto -seguí diciendo-. De habitación de hotel en habitación de hotel… Sin ver jamás a ningún conocido. Es muy fatigoso, sí. E incluso ahora, en esta ciudad, ¡es tan grande la presión sobre mí! Me refiero a la gente. Evidentemente esperan demasiado de mí. Quiero decir, que veo que…

– Mira -me cortó amablemente Sophie, apoyando su mano en mi brazo-, ¿por qué no nos olvidamos de todo eso ahora?

Tendremos tiempo de sobra para charlar de ello después. Todos estamos cansados. Ven con nosotros al apartamento. Está sólo a unos minutos de aquí, pasada la iglesia medieval. Estoy segura de que podemos resolverlo todo con una buena cena y un buen rato de tregua para nuestros pies cansados.

Me había hablado en un tono muy dulce, con la boca tan cerca, que sentí su aliento en mi oído. El cansancio se había apoderado de mí de nuevo, y la idea de relajarme en la tibieza de su apartamento -tal vez jugando con Boris sobre la alfombra mientras ella preparaba la cena- me pareció de pronto sumamente tentadora. Hasta el punto de que quizá cerré por un instante los ojos y permanecí inmóvil, sonriendo ensoñadoramente. En cualquier caso, la vuelta de Boris me sacó de mi ensoñación.

– Es facilísimo hacerlo a oscuras.

Noté entonces que Boris parecía tener frío, temblar casi. Toda su energía anterior se había esfumado, y supuse que la exhibición que acababa de ofrecernos le había exigido un gran despliegue de energía.

– Vamos a volver todos al apartamento -dije-. Nos espera una espléndida cena.

– Sí, vamos -dijo Sophie, poniéndose en movimiento-. Ya es hora de irnos.

Había empezado a caer una fina llovizna y, ahora que el sol se había puesto, el aire era mucho más frío. Boris se agarró de nuevo a mi mano y seguimos los dos a Sophie, a través de la puertecilla del parque, hacia una oscura calleja que se abría detrás de ella.

4

Estaba claro que habíamos salido ya de la ciudad antigua. Los sórdidos muros de ladrillo que se alzaban a uno y otro lado carecían de ventanas y daban la impresión de tratarse de paredes traseras de naves o almacenes. Mientras proseguíamos nuestro camino, Sophie mantenía un paso tan vivo que no pasó mucho tiempo sin que me diera cuenta de que Boris tenía cierta dificultad en seguirlo. Pero cuando se me ocurrió preguntarle si íbamos demasiado deprisa, me miró con expresión airada.

– ¡Puedo correr mucho más! -gritó, y emprendió un trotecillo tirando de mí. Aunque enseguida aminoró nuevamente el paso con un gesto de dolor en la cara. Y en adelante, a pesar de que yo me esforcé en caminar algo más despacio, noté que jadeaba con cierta dificultad. Poco después se puso a murmurar entre dientes. No le presté mucha atención al principio, suponiendo que lo hacía para darse ánimos. Hasta que de pronto le oí decir:

– ¡El Número Nueve…! ¡Es el Número Nueve!

Le miré con curiosidad. Tenía el rostro sudoroso y frío, y se me ocurrió que sería bueno darle conversación.

– Ese Número Nueve…, ¿qué es? ¿Un futbolista?

– El mejor futbolista del mundo.

– El Número Nueve… Sí, claro.

Unos metros delante de nosotros, la figura de Sophie desapareció al doblar una esquina y noté que la mano de Boris se asía con más fuerza a la mía. Hasta aquel instante no había reparado en la distancia que había llegado a haber entre su madre y nosotros y, por más que avivamos nuestro paso, me pareció que tardábamos una eternidad en alcanzar la esquina. Cuando la doblamos al fin, vi con disgusto que Sophie se había distanciado aún más de nosotros.

Seguíamos caminando entre sucias paredes de ladrillo, algunas con grandes manchones de humedad. El pavimento no era nada liso, y a la luz de las farolas podía ver en él brillantes charcos de agua.

– No te preocupes -le dije a Boris-. Ya estamos llegando.

El pequeño continuaba murmurando para sí, repitiendo al compás de su respiración entrecortada:

– Número Nueve… Número Nueve…

Aquellas alusiones de Boris al «Número Nueve» habían hecho resonar en mí desde el principio algo como un timbre lejano. Pero ahora, al oírlo de nuevo, recordé que aquel «Número Nueve» no era un jugador de fútbol real, sino uno de los futbolistas en miniatura que formaban parte de su juego de mesa: figuritas de alabastro, lastradas en la base, que, mediante golpecitos con el dedo, podían regatear, pasarse o chutar una diminuta pelota de plástico. El juego estaba diseñado para que compitieran dos jugadores, controlando cada cual su equipo, pero Boris solía jugar solo y se pasaba horas y horas delante del tablero montando partidos llenos de incidencias dramáticas y emocionantes lances. Tenía seis equipos diferentes completos, porterías en miniatura a las que no les faltaba una red auténtica, y un fieltro verde que se desplegaba para formar el terreno de juego. El niño había despreciado olímpicamente la presunción de los fabricantes de que le encantaría pensar que los equipos eran «reales», como el Ajax de Amsterdam o el AC Milán, por ejemplo, y los había bautizado con nombres inventados. A los jugadores, sin embargo -y a pesar de que Boris había llegado a conocer perfectamente las cualidades y defectos de cada uno-, no les había asignado ningún nombre, y prefería llamarlos simplemente por el número de sus respectivas camisetas. Y tal vez por no estar familiarizado con la relación que se da en el fútbol entre la numeración de la camiseta y el puesto a desempeñar en el equipo, o simplemente por un capricho más de su imaginación, lo cierto es que el número del jugador no tenía nada que ver con la misión que le asignaba Boris en el campo. Y así el Número Nueve podía ser muy bien un legendario defensa central, y el «dos» un joven y prometedor extremo.

Aquel Número Nueve jugaba en el equipo favorito de Boris Y era, con mucho, el mejor dotado de los jugadores. Pero, a pesar de su extraordinaria técnica, poseía una personalidad sumamente tornadiza. Su posición habitual era la de centrocampista; pero a menudo, durante largas fases del juego, le daba por perderse en alguna zona intrascendente del terreno de juego, olvidando en apariencia que su equipo se hallaba en una situación desesperada. Y así, en ocasiones durante una hora larga, el Número Nueve permanecía en el campo como aletargado, mientras su equipo encajaba cuatro, cinco y hasta seis goles, hasta el punto de que el comentarista -porque siempre había un comentarista transmitiendo el partido- se veía obligado a decir:

– El Número Nueve no acaba de entrar en juego… No sabemos qué le pasa.

Pero luego, quizá faltando sólo veinte minutos para la conclusión del partido, el Número Nueve mostraba un atisbo de su indiscutible clase y evitaba un gol «cantado» en contra de su equipo con una intervención rayana en la genialidad.

– ¡Ahora sí! -exclamaría el comentarista-. Ahora sí que el Número Nueve da la medida de su talento.

A partir de ese instante, el Número Nueve parecía recuperar su forma a marchas forzadas, y no tardaba en comenzar a marcar un tanto tras otro, hasta el punto de que todo el equipo contrario estaría ocupado en evitar a cualquier precio que el jugador recibiera el balón. Lo que no impedía que, más tarde o más temprano, llegara hasta él la pelota y entonces, sin importar cuántos adversarios hubiera entre su posición y la línea de meta, el Número Nueve se las arreglaba para encontrar el camino del gol. Pronto la inevitabilidad de la jugada era tal en cuanto se hallaba en posesión del balón, que el comentarista anunciaba el gol, con cierto tono de resignada admiración, en el instante mismo en que el Número Nueve se hacía con el esférico, aunque estuviera en su propia línea de medios, sin aguardar a que el balón se colara en la portería contraria. Y también los espectadores -porque los había, naturalmente- rugían de entusiasmo en cuanto veían al Número Nueve iniciar la jugada…, en un clamor que se prolongaba con igual intensidad mientras el jugador driblaba a sus oponentes, chutaba fuera del alcance del guardameta y se volvía para recibir las felicitaciones de sus agradecidos compañeros de equipo.

Mientras yo recordaba todo esto, me vino también a la memoria la vaga idea de algún problema relacionado últimamente con el Número Nueve, así que interrumpí los murmullos de Boris para preguntarle:

– ¿Qué tal está esta temporada el Número Nueve? ¿En buena forma?

Boris dio unos pasos más en silencio, y respondió:

– Nos hemos olvidado la caja.

– ¿La caja?

– Al Número Nueve se le despegó la base. Les pasa a algunos, y es fácil repararlos. Lo puse en una caja aparte para arreglarlo en cuanto mamá comprara el pegamento. Una caja especial, para tenerlo a mano. Pero nos lo olvidamos.

– Comprendo. Quieres decir que lo dejasteis donde vivíais antes.

– A mamá se le olvidó embalarlo con las demás cosas. Pero dijo que pronto podríamos volver a buscarlo. Al antiguo apartamento. Tiene que estar allí. Y ahora que tenemos el pegamento adecuado, podré arreglarlo. Aún me queda un poco.

– ¡Ya!

– Mamá dice que todo irá bien, que se encargará de avisar a los nuevos inquilinos para que no lo tiren por error. Dice que volveremos allí pronto.

Tuve la clara sensación de que Boris estaba sugiriendo algo y, cuando volvió a su mutismo, le dije:

– Si tú quieres, Boris, podría llevarte allí. Sí, creo que podríamos ir los dos juntos, tú y yo. Al antiguo apartamento para recoger al Número Nueve. Podemos hacerlo cuando quieras. Mañana incluso, si dispongo de un rato libre. Y después, como que ya tienes el pegamento… Enseguida volverá a estar como antes. No te preocupes. Iremos muy pronto a buscarlo.

Sophie había desaparecido otra vez, tan bruscamente ahora que pensé que se habría metido en algún portal. Boris tiró de mí y nos apresuramos para llegar hasta el lugar donde la habíamos visto perderse.

Pronto descubrimos que Sophie se había metido, en realidad, por un callejón lateral cuya entrada era poco más que un resquicio en el muro. Bajaba en fuerte pendiente y era tan estrecho que daba la impresión de que no se podía recorrer sin arañarse el codo en alguna de las ásperas paredes que lo flanqueaban. Sólo dos farolas disipaban la oscuridad, una hacia la mitad y otra en el extremo opuesto.

Boris se agarró a mi mano y comenzamos el descenso. Su respiración no tardó en tornarse de nuevo fatigosa. Al rato vi que Sophie había alcanzado ya el extremo del callejón; por fin Parecía haber advertido nuestro apuro y estaba inmóvil bajo la taróla observándonos con una expresión vagamente preocupada. Cuando llegamos a su altura, protesté con cierta irritación:

– ¿No ves que nos está costando mucho seguirte? Ha sido un día muy cansado para mí y para Boris.

Sophie sonrió, abstraída. Luego, pasando el brazo por el hombro de Boris, lo atrajo hacia sí diciéndole con dulzura:

– Tranquilo… Ya sé que es un poco desagradable con este frío y la lluvia que ha comenzado a caer. Pero enseguida estaremos en el apartamento. Y calentitos…, ya nos ocuparemos de que así sea. Lo suficiente para poder quitarnos los jerséis si queremos. Y podrás acurrucarte en uno de esos grandes sillones nuevos. Un niño como tú casi se pierde en ellos. Podrás hojear tus libros, ver algún vídeo… O, si lo prefieres, podríamos sacar del armario algunos juegos de mesa. Te los sacaré todos para que tú y el señor Ryder podáis jugar al que os apetezca. Aunque también podríais colocar los almohadones rojos en la alfombra y extender el juego en el suelo. Yo, entretanto, haré la cena y pondré la mesa en un rincón. De todas formas, más que cocinar algo complicado, creo que sacaré algunas cosillas para picar: albóndigas, quesitos, algunas pastas… No temas: tendré en cuenta todo lo que te gusta y lo pondré en la mesa. Cuando hayamos cenado los tres, jugaremos todos juntos, si quieres. Mientras te apetezca; y, si te cansas, lo dejamos. A lo mejor prefieres charlar de fútbol con el señor Ryder. Después, sólo cuando ya no puedas más, te vas a la cama. Ya sé que tu nueva habitación es pequeña, pero tú mismo dijiste que te parecía muy bonita. Seguro que esta noche dormirás profundamente. Olvidarás por completo este desagradable y frío paseo. En cuanto entres por la puerta y notes el calórenlo de dentro… No te desanimes. Nos queda muy poco ya.

Tenía abrazado a Boris mientras le hablaba de esta forma, pero al concluir lo soltó, dio media vuelta y prosiguió el camino. La brusquedad con que lo hizo me cogió por sorpresa…, porque yo mismo me había sentido arrullado por sus palabras, y hasta había cerrado un instante los párpados. También Boris se llevó un sobresalto; para cuando volví a darle la mano, su madre se hallaba ya a varios pasos de distancia.

Yo no estaba dispuesto a dejar que se alejara mucho de nuevo, pero en aquel preciso instante noté unos pasos a nuestras espaldas y no puede evitar demorarme un segundo para mirar hacia la entrada del callejón. En el momento en que lo hacía, una persona acababa de entrar en el círculo de luz proyectado por la farola, y vi que se trataba de un conocido. Era Geoffrey Saunders, un compañero mío de clase en el año en que fui a la escuela en Inglaterra. No le había vuelto a ver desde entonces, así que me sorprendió ver lo mucho que había envejecido. Incluso teniendo en cuenta el efecto poco favorecedor de la luz de la farola, sumado al de la fría llovizna, daba la impresión de un enorme desaliño. Llevaba una gabardina que, al parecer, no podía abrocharse, pues tenía que mantenerla sujeta por delante mientras caminaba. No estaba yo muy seguro de querer dar muestras de haberlo reconocido, pero en el momento en que Boris y yo nos poníamos de nuevo en marcha, Geoffrey Saunders nos dio alcance.

– ¡Hola, muchacho! -me saludó-. Ya me pareció que eras tú. ¡Qué tarde de perros tenemos!

– Sí, de perros -asentí-. Y eso que el tiempo era muy agradable hace un rato.

El callejón había desembocado en una especie de carretera oscura y sin un alma. Soplaba un viento fuerte y daba la impresión de que la ciudad estaba muy lejos.

– ¿Tu chico? -preguntó Geoffrey Saunders señalando con un gesto a Boris. Y luego, antes de darme tiempo a responder, prosiguió-: Guapo muchacho. Y buen mozo. Parece muy listo. Yo no he llegado a casarme. Siempre quise hacerlo, pero han ido pasando los años y ahora imagino que ya no me casaré. Aunque, para serte sincero, supongo que hay razones más profundas para mi soltería. Descuida… No quiero aburrirte habiéndote de la mala suerte que me ha acompañado todos estos años. Cierto que también he tenido algunos momentos buenos… En fin… Un buen mozo, sí, este chaval tuyo.

Geoffrey inclinó el cuerpo para saludar a Boris, pero éste, demasiado cansado o preocupado, no correspondió al saludo.

La carretera nos llevaba ahora colina abajo. Mientras avanzábamos en la oscuridad, recordé que Geoffrey Saunders había sido el alumno más prometedor de nuestro curso, destacado tanto en el aspecto académico como en el deportivo. El ejemplo al que se recurría siempre para reprocharnos a todos los demás nuestra falta de esfuerzo. Se daba por sentado que, con el tiempo, llegaría a ser el capitán del colegio. No lo fue en realidad, debido a cierta crisis que lo obligó a abandonar repentinamente la escuela a mitad del quinto curso.

– Leí en los periódicos que venías -estaba diciéndome ahora-. He estado esperando que me llamaras. Que me dijeras cuándo vendrías a visitarme. Fui a la panadería y compré unas Pastas para tener algo que ofrecerte con la taza de té clásica.

Después de todo, puede que mi vivienda sea un cuchitril de mala muerte, por lo de ser un solterón y todo eso, pero no he perdido la esperanza de que me visiten de vez en cuando y me siento muy capaz de recibir a mis invitados con todos los honores. Por eso, cuando oí que venías, salí inmediatamente a comprar unas pastas de té. Eso fue hace dos días. Ayer todavía me parecieron presentables, aunque la capa de azúcar se había quedado ya un poco dura. Pero hoy, en vista de que no dabas señales de vida, las he tirado a la basura. Por orgullo, supongo… Quiero decir, que tú has triunfado en la vida, y no me hacía ninguna gracia que te fueras pensando que llevo una existencia miserable en un cuartucho alquilado con sólo unas pastas rancias para ofrecer a mis visitas. Así que he ido de nuevo a la panadería y he comprado otras recién hechas. Y hasta he adecentado un poco mi cuarto. Pero tú sin llamarme… Bueno…, supongo que no puedo reprochártelo. ¡Eh, chico! -Se inclinó de nuevo y observó a Boris-. ¿Estás bien? Resoplas como si te hubieras quedado sin resuello.

Boris, que ciertamente volvía a tener dificultades, no dio muestras de haberle oído.

– Más vale que aflojemos un poco el paso en atención a esta tortuguita -dijo Geoffrey Saunders, y siguió-: La cuestión es que, ya desde el principio, no tuve mucha suerte en el amor. Mucha gente en esta ciudad piensa que soy homosexual… Lo creen porque vivo solo en una habitación alquilada. Al principio me molestaba que dijeran eso, pero ya no me molesta. Muy bien, me creen un homosexual…, ¿y qué? En realidad no me faltan mujeres con las que satisfacer mis necesidades. Ya me entiendes…, pagando. Es la clase de mujer que me va, y diría que algunas de ellas son de lo más decente. Lo que pasa es que, al cabo de un tiempo, comienzas a despreciarlas y ellas a despreciarte a ti. Es imposible evitarlo. Conozco a la mayoría de las putas de la ciudad. No quiero decir que me haya acostado con todas… ¡Ni mucho menos! Pero todas me conocen, y yo a ellas. De vista, por lo menos. Probablemente pensarás que llevo una vida muy miserable… Pero no. Es cuestión de enfoque, según como lo mires… De vez en cuando vienen a visitarme algunos amigos. Y te aseguro que soy capaz de hacerles pasar un buen rato tomando una taza de té. Soy un buen anfitrión. A menudo me comentan después lo mucho que han disfrutado con la visita.

La carretera había seguido cuesta abajo un buen rato, pero ahora llegó a un llano y nos encontramos frente a lo que parecía ser una granja abandonada. A nuestro alrededor se abrazaban a la luz de la luna negras siluetas de graneros y establos. Sophie continuaba encabezando la marcha, pero mucho más adelante, y a menudo yo apenas conseguía vislumbrar su silueta en el momento de desaparecer tras el muro de algún edificio en ruinas.

Afortunadamente, Geoffrey Saunders daba la impresión de conocer perfectamente el camino y de trazar la ruta a través de la oscuridad sin dificultad alguna. Mientras le seguíamos de cerca, me vino a la memoria un recuerdo de nuestros días escolares, el de cierta desapacible mañana de invierno en Inglaterra, con el cielo nublado y la tierra cubierta de escarcha. Yo tenía entonces catorce o quince años y estaba en el exterior de un pub, en compañía de Geoffrey Saunders, en algún remoto lugar del Worcestershire, en pleno campo. Nos habían emparejado para marcar el trazado de una carrera de cross-country, y nuestra tarea consistía en indicar a los corredores, a medida que iban saliendo de la niebla, la dirección correcta que debían seguir a través de un prado próximo. Aquella mañana yo me sentía especialmente triste, y después de pasar un cuarto de hora allí juntos contemplando en silencio la niebla, a pesar de todos mis esfuerzos por reprimirlas, se me saltaron las lágrimas. Yo entonces no conocía bien a Geoffrey Saunders, aunque -como todos- siempre me había esforzado por causarle buena impresión. Por eso me sentí especialmente mortificado, y mi primera impresión, una vez hube conseguido dominar mis emociones, fue que él me dedicaba el más profundo de los desprecios. Pero he aquí que de pronto se puso a hablar, al principio sin mirarme, pero luego volviéndose hacia mí de cuando en cuando. No podía recordar ahora cuáles habían sido sus palabras en aquella mañana brumosa, pero sí, nítidamente, la impresión que me habían causado. Porque, incluso en mi estado de autocompasión, fui capaz de advertir la gran generosidad de que me estaba dando muestras, y sentí una profunda gratitud hacia él. En aquel instante, también, me di cuenta por vez primera, con algo semejante a un escalofrío, de que en aquel condiscípulo modelo había un aspecto oculto: una dimensión profunda y vulnerable que auguraba que jamás llegaría a colmar todas las expectativas que el mundo había Puesto en su persona. Ahora, mientras seguíamos caminando en la noche, traté de volver a recordar lo que me había dicho aauella mañana, pero no lo conseguí.

Con el terreno llano, Boris pareció recobrar el aliento y otra vez comenzó a hablar en susurros. Animado tal vez por la sensación de que estábamos a punto de llegar a nuestro lugar de destino, sacó la energía suficiente para darle una patada a un guijarro que encontró en el camino y exclamar en voz alta:

– ¡Número Nueve!

La piedra saltó por encima de las asperezas del suelo y fue a caer en algún lugar con agua oculto en la negrura.

– ¡Eso ya está mejor! -le dijo Geoffrey Saunders-. ¿Juegas de delantero centro? ¿Con el número nueve a la espalda?

Como Boris no respondiera, me apresuré a decir:

– ¡Oh, no! Se refiere a su jugador favorito.

– ¿De veras? Veo mucho fútbol. Por la tele, quiero decir. -Se inclinó nuevamente hacia Boris-. ¿Quién es ese Número Nueve tuyo?

– No, ya te digo que es sólo su jugador favorito -repetí.

– Como delantero centro -prosiguió Geoffrey Saunders-, a mí me encanta ese holandés que juega en el Milán. ¡Ése sí que es bueno!

Iba yo a decir algo que explicara lo del Número Nueve cuando de pronto nos detuvimos. Vi que estábamos al borde de una gran pradera, cuya extensión no sabría precisar, aunque adiviné que se prolongaba hasta mucho más allá de lo que alcanzábamos a ver a la luz de la luna. Mientras permanecíamos allí, un fuerte viento ondulaba la hierba e iba a perderse en la oscuridad.

– Tengo la sensación de que nos hemos perdido -le dije a Geoffrey Saunders-. ¿Sabes por dónde vas?

– ¡Oh, sí! Vivo aquí cerca. Por desgracia no puedo pedirte que vengas a casa ahora, porque estoy muy cansado y he de irme a dormir. Pero estaré preparado para recibirte mañana. A cualquier hora a partir de las nueve.

Miré a través del campo hacia la negrura del fondo.

– Si he de serte sincero, creo que estamos en un pequeño apuro -le dije-. Verás… íbamos camino del apartamento de esa mujer que antes nos precedía. Pero ahora nos hemos perdido y no tengo la menor idea de cuál es su dirección. Dijo algo…, que vivía junto a una iglesia medieval, creo.

– ¿La iglesia medieval? ¡Eso está en el centro de la ciudad!

– ¡Ah! ¿Podemos llegar atajando por ahí? -pregunté señalando el prado.

– ¡Qué va! No hay nada por ahí. Sólo vacío. La única persona que vive en esa dirección es ese tipo, Brodsky.

– Brodsky -murmuré-. ¡Humm! Hoy le he oído ensayar en el hotel… Parece que en esta ciudad lo conocéis todos.

Geoffrey Saunders me miró fijamente, de forma que me hizo sospechar que mi observación le había parecido estúpida.

– Bueno…, lleva viviendo aquí muchos años. ¿Por qué no íbamos a conocerle?

– Sí, sí…, claro.

– Resulta algo difícil de creer que al viejo loco se le haya metido entre ceja y ceja dirigir una orquesta… Pero ya veremos qué pasa. Las cosas no pueden ir mucho peor. Y si a ti te da por decir que Brodsky es el culpable, bueno…, ¿quién soy yo para discutírtelo?

No se me ocurría qué responderle. En todo caso, Geoffrey Saunders se apartó bruscamente del prado diciendo:

– No, no… La ciudad está por ahí. Puedo indicaros el camino, si queréis.

– Te quedaremos muy agradecidos -le aseguré, mientras una ráfaga de viento frío se colaba entre nosotros.

– Veamos… -Geoffrey Saunders permaneció pensativo unos instantes. Luego dijo-: Para seros franco, más valdría que tomarais un autobús. Desde aquí tenéis media hora larga de camino. Me imagino que la mujer te convenció de que su apartamento quedaba a dos pasos. Bueno…, lo hacen siempre. Es uno de sus trucos. No se les debe dar crédito. Pero no habrá problema si tomáis el autobús. Te mostraré dónde hay una parada.

– De verdad que te lo agradeceremos -reiteré-. Boris se está quedando helado. Confío en que esa parada no esté lejos…

– ¡Oh, no, muy cerquita! Sigúeme, muchacho.

Geoffrey Saunders dio media vuelta y nos hizo retroceder hacia la granja abandonada. Me pareció, sin embargo, que no desandábamos el camino de antes y, en efecto, al poco tiempo nos encontramos caminando por una calle estrecha en lo que parecía un arrabal no muy opulento de la ciudad. A ambos lados de la calle se alineaban hileras de casas. De tanto en tanto podía ver alguna ventana iluminada, pero la mayoría de sus moradores parecían haberse ido ya a la cama.

– Todo irá bien ahora -le dije en voz baja a Boris, que parecía exhausto-. Encontraremos el apartamento enseguida. Y tu madre nos tendrá todo preparado para cuando lleguemos.

Pasamos por delante de otras hileras de casas. Y Boris volvió a murmurar:

– El Número Nueve… Es el Número Nueve…

– Pero, veamos…, ¿a qué Número Nueve te refieres? -preguntó Geoffrey Saunders, volviéndose hacia él-. Te refieres a ese holandés, ¿no?

– El Número Nueve es el mejor jugador de la historia del fútbol -afirmó Boris.

– Sí, bueno… pero ¿de quién hablas? -En la voz de Geoffrey Saunders había ahora una nota de impaciencia-. ¿Cómo se llama? ¿En qué equipo juega?

– Boris sólo está…

– ¡Una vez marcó diecisiete goles en los diez últimos minutos! -me cortó Boris.

– ¡Qué tontería! -Geoffrey Saunders parecía estar enfadado de verdad-. Creí que hablabas en serio. Y estás diciendo tonterías.

– ¡Lo hizo! -gritó Boris-. ¡Fue un récord mundial!

– ¡Vaya si lo fue! -le apoyé-. ¡Un récord mundial! -Y después, recuperando un tanto la compostura, solté una carcajada-. Vamos…, digo yo. Tenía que serlo, ¿no? -Sonreí a Geoffrey Saunders como pidiéndole ayuda, pero él no me hizo el menor caso.

– Pero ¿de quién estás hablando? ¿Te refieres a ese holandés? En todo caso, muchacho, debes darte cuenta de que no todo consiste en marcar goles… Los defensas son también importantísimos. Los jugadores buenos de verdad a menudo son defensas.

– ¡El Número Nueve es el mejor jugador de toda la historia! -insistió Boris-. Cuando está en forma, no hay defensa capaz de pararlo.

– Boris tiene razón -dije-. El Número Nueve es, sin lugar a dudas, el mejor jugador del mundo. Centrocampista, delantero, todo… Juega de lo que sea. Claro que sí.

– Dices tonterías, camarada… Ninguno de los dos sabéis de lo que habláis.

– ¡Lo sabemos perfectamente! -Me estaba enfadando con Geoffrey Saunders-. Lo que estamos diciendo lo reconoce todo el mundo. Cuando el Número Nueve está en forma, realmente en forma, el comentarista grita «¡gol!» en cuanto lo ve tocar el balón, no importa en qué zona del campo se encuentre…

– ¡Dios santo! -dijo Geoffrey Saunders, volviendo la cara en señal de disgusto-. Si ésas son las bobadas con las que llenas la cabeza de tu chico, ¡que Dios lo ampare!

– ¡Escucha de una vez! -Acerqué mi cara a su oído y le susurré, malhumorado-: Pero es que ¿no comprendes que…?

– ¡Bobadas, hombre! Estás llenando de bobadas la cabeza de tu hijo…

– ¡Pero si es un chaval, un crío! ¿No entiendes que…?

– No hay por qué llenarle la cabeza con sandeces de semejante calibre. Además, no parece tan crío… A mi modo de ver, un muchacho de su edad debería estar ya arrimando el hombro. Aportando su granito de arena. Debería estar aprendiendo a empapelar paredes, por ejemplo, o a alicatarlas. Y dejarse de todas estas majaderías sobre fenómenos del fútbol.

– ¡No seas idiota y cállate de una vez! ¡Cierra el pico!

– ¡Un chico de su edad…! ¡Ya es hora de que haga algo de provecho!

– ¡Es mi chico, y ya le diré yo cuándo debe…!

– Empapelar, alicatar…, cosas de ese tipo. En mi opinión, eso es lo que…

– ¡Un momento…! ¿Tú qué sabes de esto? ¡Un miserable solterón solitario…! No tienes ni idea.

Le pegué un empujón en el hombro, y Geoffrey Saunders se quedó súbitamente cabizbajo. Se nos adelantó unos pasos, arrastrando los pies, y siguió caminando con la cabeza ligeramente baja, aferrándose a las solapas de su gabardina.

– No pasa nada -le dije a Boris en voz baja-. Llegaremos enseguida.

Boris no respondió, y vi sus ojos clavados en la encorvada figura de Geoffrey Saunders, que avanzaba dando tumbos unos metros más adelante.

Poco a poco, mientras caminábamos, mi enfado con mi antiguo compañero de clase empezó a ceder un tanto. Además, no había olvidado que dependíamos por completo de él para que nos indicara el camino hasta la parada del autobús. Al poco me acerqué a él, preguntándome si aún estaríamos en disposición de conversar. Para mi sorpresa, lo encontré murmurando para sí mismo:

– Sí, sí… Ya hablaremos de todo esto cuando vengas a tomar el té. Hablaremos de todo tipo de cosas, y pasaremos una hora o dos de nostalgia charlando de los tiempos de la escuela y de nuestros antiguos compañeros de clase. Tendré la habitación caldeada y podremos sentarnos en las butacas o a ambos lados fle la chimenea. Sí… Se parece a una de esas habitaciones que uno puede alquilar en Inglaterra. O que al menos se podían alquilar hace algunos años. Por eso la alquilé. Me recordaba el hogar. En cualquier caso, podríamos sentarnos junto a la chimenea y charlar de todo aquello: de los profesores, de los camaradas…, intercambiar noticias de amigos comunes con los que aún mantenemos contacto. Bien…, ¡ya hemos llegado!

Habíamos salido a lo que parecía la plaza de un pueblo pequeño. Vi unas cuantas tiendas, en las que presumiblemente se abastecerían de comestibles los habitantes del barrio, todas con las persianas metálicas cerradas a cal y canto para pasar la noche. En el centro de la plaza había un pequeño redondel verde, no mayor que una isleta de tráfico. Geoffrey Saunders me señaló una solitaria farola enfrente de las tiendas.

– Tú y tu chico tendréis que esperar ahí. Ya sé que no hay ninguna señal de parada, pero no te preocupes… Los autobuses paran ahí. Ahora, me temo que tendré que dejaros.

Boris y yo dirigimos la vista hacia el punto que nos había indicado Saunders. Había dejado de llover, pero la niebla flotaba en torno a la base de la farola. Nada parecía moverse a nuestro alrededor.

– ¿Estás seguro de que vendrá algún autobús? -pregunté.

– ¡Oh, sí! Claro que puede tardar un poco a estas horas de la noche. Pero no esperaréis en vano. Sólo tendréis que tener un poco de paciencia. Quizá os quedéis fríos esperando ahí de pie, pero…, creedme, valdrá la pena haber esperado. Surgirá de pronto en la oscuridad, brillantemente iluminado. Y en cuanto subáis, veréis qué caliente y cómodo es. Lleva siempre un animado grupo de pasajeros. Estarán riendo y bromeando, pasándose unos a otros tentempiés y bebidas calientes. Os recibirán con los brazos abiertos. Le dices al conductor que os deje en la iglesia medieval. Es un trayecto muy corto.

Geoffrey Saunders nos dio las buenas noches, se dio la vuelta y se alejó de nosotros. Boris y yo lo seguimos con la mirada mientras desaparecía por un callejón, entre dos casas, y después nos encaminamos despacio hacia la parada del autobús.

5

Permanecimos varios minutos de pie bajo la luz de la farola, envueltos en el silencio. Al cabo pasé mi brazo por los hombros de Boris y le dije:

– Debes de estar quedándote frío.

Él se arrebujó contra mi cuerpo, pero no dijo nada. Cuando bajé la vista para mirarle, vi que observaba pensativamente la negrura de la calle. En algún lugar, a lo lejos, un perro comenzó a ladrar, pero calló enseguida. Tras otro rato de silencio, dije:

– Lo siento, Boris. Debería haberlo pensado mejor. Lo siento mucho.

El pequeño guardó silencio unos instantes. Y al cabo dijo:

– No se preocupe. Pronto llegará el autobús.

Al otro lado de la plazuela, la niebla se agolpaba frente a la breve hilera de tiendas.

– No estoy muy seguro de que vaya a llegar ningún autobús, Boris -dije por fin.

– No se preocupe. Tiene que tener un poco de paciencia.

Seguimos aguardando unos minutos más. Luego repetí:

– Mira, Boris…, no estoy nada seguro de que vaya a venir ningún autobús.

El pequeño se volvió para mirarme, y suspiró cansinamente.

– Deje de preocuparse. ¿No ha oído lo que ha dicho ese hombre? Tenemos que esperar.

– Verás, Boris… A veces las cosas no salen como uno desea. Ni siquiera cuando alguien te dice que saldrán bien.

Boris dejó escapar otro suspiro.

– Pero el hombre lo ha dicho, ¿no? Además, mamá estará esperándonos.

Trataba de pensar lo que iba a decir luego cuando a los dos nos sobresaltó el sonido de una tosecilla. Y al volverme, bajo el círculo de luz de la farola, vi que alguien asomaba la cabeza por la ventanilla de un coche parado.

– Buenas noches, señor Ryder. Dispénseme, pero pasaba por aquí y le he visto por casualidad… ¿Va todo bien?

Di unos pasos en dirección al coche y reconocí a Stephan, el hijo del director del hotel.

– ¡Oh, sí, perfectamente! Gracias por su interés. Estamos…, bueno, estamos esperando al autobús.

– Tal vez podría llevarles… Voy a hacer una gestión, una misión delicada que me ha encomendado mi padre. La verdad es que hace bastante frío aquí… ¿Por qué no suben?

El joven salió del vehículo y abrió la puerta del acompañante y la trasera del mismo lado. Dándole las gracias, ayudé a Boris a subir al asiento trasero y me acomodé en el de delante. Al momento siguiente, el coche arrancó.

– Así que éste es su chico… -dijo Stephan mientras aceleraba por las calles desiertas-. Es un placer conocerle, aunque me da la impresión de que ahora está un poco cansado. Será mejor que descanse… Ya le daré la mano en otra ocasión.

Al mirar hacia atrás, vi que Boris se estaba quedando dormido, con la cabeza apoyada en el mullido reposabrazos.

– Por cierto, señor Ryder -prosiguió Stephan-. Supongo que desean volver al hotel…

– En realidad, Boris y yo nos dirigíamos al apartamento de una amiga. En el centro, cerca de la iglesia medieval.

– ¿La iglesia medieval? Hummm…

– ¿Le supone algún problema?

– ¡Oh, no! Ningún problema en absoluto. -Stephan giró el volante para doblar hacia otra calle oscura y estrecha-. Es sólo que…, bueno, que…, como le decía, iba a hacer una gestión. Una cita. Pero permítame que piense… -¿Se trata de algo urgente?

– Sí. En realidad, señor Ryder, es bastante urgente. Tiene que ver con el señor Brodsky, comprenda. De hecho es de vital importancia. Hummm… Me pregunto si a usted y a Boris no les importaría aguardar unos segundos mientras realizo mi encargo… Luego podré llevarles a donde quieran.

– Debe atender primero a sus asuntos, por supuesto. Pero le agradecería que no se retrasara mucho. Compréndame… Boris no ha cenado todavía.

– Acabaré lo antes que pueda, señor Ryder. Ojalá pudiera llevarles de inmediato…, pero es que no me atrevo a llegar tarde. Como le digo, se trata de un pequeño encargo un tanto delicado…

– Resuélvalo, pues. ¡Faltaría más! Esperaremos con mucho gusto.

– Trataré de hacerlo en un santiamén. Aunque, para serle sincero, no creo que pueda darme mucha prisa. En realidad se trata de una de esas cosas que normalmente resolvería papá personalmente, o alguien de más edad que yo… Pero se da la circunstancia de que la señorita Collins siempre ha tenido cierta debilidad por mí… -El joven se calló, algo cohibido. Y luego añadió-: No tardaré mucho.

Pasábamos por un barrio mucho más adecentado, más próximo -supuse- al centro de la ciudad. Las calles estaban mucho mejor iluminadas, y vi unos raíles de tranvía que discurrían a nuestro lado. De cuando en cuando se veía algún café o restaurante, cerrados ya, pero la zona, en su mayoría estaba llena de soberbios edificios de apartamentos. Todas las ventanas estaban a oscuras, y nuestro automóvil era tal vez lo único que turbaba el silencio en varios kilómetros. Stephan Hofftnan condujo sin despegar los labios durante varios minutos. Luego, de pronto, como si llevara algún tiempo tratando de decidirse, dijo:

– Perdóneme… Ya sé que es una impertinencia por mi parte, pero… ¿Está usted seguro de que no desea regresar al hotel? Lo digo, más que nada, por todos esos periodistas que le están esperando y demás…

– ¿Periodistas? -Miré hacia el exterior, hacia la noche-. ¡Ah, sí…! Los periodistas…

– ¡Dios santo! Confío en que no crea que soy un descarado. Es sólo que los he visto al salir del hotel. Estaban todos sentados en el vestíbulo, con sus carpetas y portafolios en las rodillas, muy animados ante la perspectiva de entrevistarle… Pero, como le digo, comprendo que no es asunto mío y que usted, naturalmente, lo tiene todo previsto.

– En efecto, en efecto -respondí en voz baja, y seguí mirando por la ventanilla.

Stephan guardó silencio, sin duda concluyendo que no debía insistir sobre el asunto. Pero yo pensaba en los periodistas, y al poco me vi tratando de recordar el hecho de haber concertado una cita con ellos. Y, la verdad, la imagen que el joven había evocado, un grupo de gente con carpetas y portafolios en ristre aguardando mi comparecencia, no me resultaba del todo ajena. Después de darle vueltas, sin embargo, no logré recordar con claridad que algo de ese tipo estuviera previsto en mi agenda, así que decidí olvidarme del asunto.

– Aquí es -dijo Stephan a mi lado-. Ahora, si tienen la bondad de disculparme unos minutos… Pónganse cómodos. Volveré tan pronto como pueda.

Nos habíamos detenido frente a un gran edificio blanco de apartamentos. Era de varias plantas, y sus balcones con rejas negras de hierro forjado le daban cierto aire español.

Stephan salió del coche, y le seguí con la mirada hasta el portal del edificio. Se paró frente al cuadro de timbres de los apartamentos, pulsó uno de ellos y se quedó esperando en una actitud que delataba cierto nerviosismo. Instantes después se encendieron las luces de la entrada.

Una mujer madura, de cabellos plateados, le abrió la puerta. Parecía delgada y frágil, pero en sus movimientos percibí una nota de distinción mientras sonreía a Stephan y le hacía pasar. La puerta se cerró al entrar Stephan, pero me di cuenta de que, echándome hacia atrás en el asiento, podía verles dentro del vestíbulo, a la luz interior, a través de un estrecho panel acristalado que había en un lateral de la puerta. Stephan estaba limpiándose los pies en el felpudo, y decía:

– Lamento presentarme sin haber avisado con más antelación…

– Ya le he dicho muchas veces, Stephan, que me encontrará aquí siempre que necesite tratar algún asunto conmigo -respondió la mujer.

– Es que, en realidad, señorita Collins, esta vez no era… Bueno, que no se trata de lo habitual. Deseaba hablar con usted de otra cosa, de algo muy importante. Papá habría venido personalmente, pero…, ¡estaba tan ocupado!

– ¡Ah! -le interrumpió la mujer con una sonrisa-, un encargo de su padre… Le está encomendando todos los trabajos sucios…

En su voz había una nota de divertida sorna que Stephan pasó aparentemente por alto.

– ¡No, no, en absoluto! -protestó, muy serio-. Todo lo contrario: se trata de una misión especialmente delicada y difícil. Papá me la ha confiado y me ha encantado aceptarla…

– ¿Así que ahora me he convertido en una misión? ¿Y, además, especialmente delicada y difícil?

– Bueno, no… Es decir… -Stephan, turbado, tuvo que hacer una pausa.

La mujer decidió, al parecer, que ya se había burlado bastante de Stephan.

– Muy bien -dijo-. Será mejor que entre y que discutamos el asunto como Dios manda mientras tomamos un jerez.

– Es usted muy amable, señorita Collins… Pero no debo quedarme mucho rato, en realidad… Hay unas personas esperándome en el coche. -Señaló en nuestra dirección, pero la mujer estaba abriendo ya la puerta de su apartamento.

La vi conducir a Stephan a través de un pequeño y pulcro recibidor, cruzar otra puerta y recorrer un pasillo en penumbra cuyas paredes estaban decoradas, a uno y otro lado, con pequeñas acuarelas enmarcadas. El pasillo desembocaba en la sala de la señorita Collins: una habitación grande en forma de L que daba a la fachada trasera del edificio. La luz era tenue e íntima, y a primera vista la estancia daba la impresión de una elegancia lujosa aunque pasada de moda. Una inspección más detenida, con todo, me hizo reparar en que gran parte de los muebles estaban en pésimo estado, y que las que al principio me habían parecido antigüedades no eran mucho más que viejos trastos. Los antaño lujosos sofás y butacones que componían el mobiliario mostraban diversos grados de deterioro, y las largas cortinas de terciopelo estaban apolilladas y raídas. Stephan tomó asiento con una seguridad que revelaba su familiaridad con el lugar, pero se le veía tenso mientras la señorita Collins revolvía en el mueble bar. Cuando finalmente le tendió una copa y fue a tomar asiento a su lado, el joven anunció con brusquedad:

– Se trata del señor Brodsky.

– ¡Ah! -dijo la señorita Collins-. Ya barruntaba yo algo…

– El caso, señorita Collins, es que nos preguntábamos si usted querría ayudarnos. O ayudarle a él, mejor dicho… -Stephan concluyó la frase con una risita, y luego miró a otro lado.

La señorita Collins ladeó la cabeza pensativamente antes de preguntar:

– ¿Me están pidiendo que ayude a Leo?

– ¡Oh, no…! No le pedimos que haga nada que pueda resultarle desagradable o…, en fin…, penoso. Papá comprende perfectamente cuáles deben de ser sus sentimientos… -Soltó otra risita-. Lo que sucede es que su ayuda podría ser decisiva para el señor Brodsky en esta etapa de su… recuperación.

– ¡Ya! -La señorita Collins asintió, y pareció pensar en el asunto. Luego dijo-: Dígame, Stephan: ¿puedo deducir de todo esto que su padre está teniendo escaso éxito con Leo?

El tono burlón de su voz me pareció más acusado que antes, pero de nuevo le pasó inadvertido a Stephan.

– ¡De ninguna manera! -replicó él, irritado-. ¡Papá ha hecho maravillas, ha dado pasos gigantescos! No ha sido nada fácil, pero la perseverancia de papá ha sido en verdad notable, incluso para los que estamos habituados a ver cómo maneja las situaciones difíciles.

– Tal vez no ha perseverado lo bastante…

– ¡No tiene usted ni idea, señorita Collins! ¡Ni idea! A veces llega a casa exhausto después de un día agotador en el hotel, y tiene que irse directamente a la cama. He visto a mamá bajar del dormitorio, quejándose, y al subir a su habitación, me he encontrado a papá roncando, tumbado de espaldas y atravesado en la cama. Como usted sabe, durante años se ha respetado entre mis padres el vital acuerdo de que él ha de ponerse a dormir de costado, nunca de espaldas, porque, si no, ronca de mala manera; así que puede imaginarse el disgusto de mamá al encontrarlo así… Normalmente me cuesta Dios y ayuda despertarlo, pero me veo obligado a hacerlo porque, como le digo, mamá se niega a volver al dormitorio mientras siga roncando. Se planta en el pasillo con la cara enfurruñada, y no se mueve hasta que lo despierto, lo desnudo, le pongo el albornoz y lo llevo al cuarto de baño. Pero lo que estoy queriendo decirle es que…, bueno, que incluso en estas circunstancias, cuando está tan cansado, suena el teléfono de pronto (alguien del personal del hotel para avisarle de que el señor Brodsky está en la cuerda floja y ha pedido que le sirvan una copa) y… ¿me creerá usted?…, papá saca fuerzas de flaqueza. Se despeja no sé cómo, recobra su mirada de siempre, se viste y sale en plena noche para no regresar hasta después de varias horas. Dijo que se ocuparía del señor Brodsky y está poniendo en ello sus cinco sentidos, dedicando hasta el último ápice de sus fuerzas para cumplir el cometido que se impuso.

– Es muy de elogiar. Pero…, ¿qué es lo que ha conseguido, exactamente?

– Le aseguro, señorita Collins, que el progreso ha sido asombroso. A todos los que han visto recientemente al señor Brodsky les ha llamado la atención. Hay mucha más vida en sus ojos. Los comentarios que hace tienen mucho más sentido día a día. Y, sobre todo, su aptitud, la gran aptitud del señor Brodsky, que está recuperando sin ningún género de duda. Al decir de todos, sus ensayos discurren de forma sumamente prometedora. Y la orquesta…, bueno, se los ha ganado a todos. Cuando no está ensayando en la sala de conciertos, está ocupado en supervisarlo todo personalmente. Ahora, cuando estás por el hotel, te llegan a menudo retazos de sus interpretaciones al piano. Y cuando papá oye ese piano, se anima tanto que te das cuenta de que está dispuesto a sacrificar por ello cualquier rato de sueño.

El joven hizo una pausa para mirar a la señorita Collins. Ésta, por espacio de un instante, pareció hallarse muy lejos, con la cabeza ladeada, como si tratara de captar ella también las lejanas notas de un piano. Pero su semblante recuperó enseguida la sonrisa, y se volvió a Stephan.

– Pues a mí me han dicho que su padre lo lleva al saloncito del hotel y lo sienta delante del piano como si fuera un maniquí…, y que Leo permanece allí durante horas meciéndose suavemente en el taburete sin tocar ni una nota…

– ¡Eso es muy injusto, señorita Collins! Tal vez ha habido ocasiones de ésas en los primeros días, pero ahora todo es muy distinto. En cualquier caso, aunque a veces se quede sentado sin tocar, convendrá usted conmigo en que de eso difícilmente puede deducirse que no esté ocurriendo nada en su interior. El silencio puede ser revelador de que se están fraguando ideas muy profundas, de que se está haciendo acopio de las más hondas energías. De hecho, el otro día, después de un silencio particularmente largo, papá entró en el salón y allí estaba el señor Brodsky contemplando las teclas del piano. Al cabo de un rato alzó la vista y, mirando a mi padre, dijo: «Los violines tienen que destacar. Tienen que destacar más.» ¡Eso es lo que le dijo! Tal vez había habido un largo silencio, sí…, ¡pero dentro de su cabeza bullía todo el universo de la música! ¡Emociona pensar lo que podrá mostrarnos el jueves por la noche! A condición de que no flaquee ahora, claro está.

– Pero decía usted, Stephan, que querían que les ayudara de algún modo…

El joven, que se había ido entusiasmando por momentos, recobró su aplomo.

– Bueno, sí… -asintió-. De eso he venido a hablarle esta noche. Como le digo, el señor Brodsky ha ido recuperando rápidamente sus antiguas dotes. Pero, claro…, junto con su gran talento, le afloran también otras cosas. Para quienes no le conocíamos muy bien antes, ha supuesto una especie de revelación inesperada. ¡Se ha mostrado estos días tan ponderado, tan correcto! El problema está en que, amén de todo lo demás, ha empezado a recordar. En fin, para decirlo sin ambages: que habla de usted. Que no para de pensar en usted, de hablar de usted. La pasada noche, por ponerle un ejemplo…, es algo embarazoso, pero se lo contaré…, la pasada noche se echó a llorar y no había forma de que se calmara. No paraba de llorar, y de sacar a la superficie todos sus sentimientos hacia usted. Era la tercera o cuarta vez que ocurría, aunque la de anoche fue la más crítica. Iban a dar ya las doce y el señor Brodsky aún no había salido del salón, así que papá se acercó a escuchar a través de la puerta y le oyó sollozar. Entró y vio que el salón estaba completamente a oscuras, y que el señor Brodsky estaba echado sobre el piano, llorando. Bueno… Teníamos una suite libre. Papá lo instaló en ella y encargó a la cocina que le subieran al señor Brodsky sus sopas favoritas, se alimenta casi exclusivamente de sopas, y mientras tanto lo atiborró de zumo de naranja y de refrescos. Pero, francamente, lo de anoche fue para asustarse. Por lo visto arremetió como un loco contra los envases de zumo… De no haber estado allí papá, es muy posible que hubiera perdido el juicio a pesar de haber llegado tan lejos. Y en todo ese tiempo no dejaba de hablar de usted. En fin, lo que quiero decirle es que…, ¡vaya!, no debería entretenerme tanto; tengo gente esperando en el coche…, lo que quiero decirle es que, con el futuro de nuestra ciudad dependiendo de él en tan gran medida, tenemos que hacer lo que sea para conseguir que logre superar este último trecho. El doctor Kaufmann está de acuerdo con papá en que nos hallamos muy cerca de vencer el último obstáculo. Así que hágase cargo de lo mucho que está en juego.

La señorita Collins seguía observando a Stephan con su media sonrisa distante, pero no dijo nada. Tras un momento de silencio, el joven prosiguió:

– Verá usted, señorita Collins… Soy consciente de que mis palabras pueden abrir viejas heridas… Y sé que usted y el señor Brodsky no se hablan desde hace muchos años…

– No, eso no es del todo exacto. Hace sólo unos meses, a principios de año, me gritó una sarta de obscenidades cuando me vio paseando por el Volksgarten.

Stephan rió con cierta torpeza, no sabiendo muy bien cómo interpretar el tono de la señorita Collins. Luego continuó, insistente:

– Nadie le está pidiendo que mantenga con él una relación prolongada, señorita Collins… ¡Por Dios…, ni muchísimo menos! Usted desea olvidar el pasado… Y papá…, todos, lo comprenden perfectamente. Lo único que le pedimos es un pequeño detalle que pudiera cambiar las cosas… Lo animaría mucho, y significaría tanto para él… Teníamos la esperanza de que no se molestaría si se lo proponíamos…

– Ya he aceptado asistir al banquete.

– Sí, sí, claro… Papá me lo ha dicho, y le estamos muy agradecidos…

– Dejando bien claro que no deberá haber ningún contacto directo…

– Y así lo entendimos, naturalmente. Ningún contacto. El banquete, sí… Aunque, en realidad, señorita Collins, queríamos pedirle algo más…, rogarle que por lo menos se aviniera a pensar en ello. Verá usted… Un grupo de caballeros, entre los que se cuenta el señor Von Winterstein, piensan llevar mañana al zoo al señor Brodsky. Por lo visto no ha estado nunca allí en todos estos años. Su perro no podrá entrar, claro…, pero el señor Brodsky ha consentido finalmente en dejarlo en buenas manos durante un par de horas. Todos han coincidido en que una salida de este género ayudaría a sosegarlo. Las jirafas en particular… Pensamos que le resultarán muy relajantes. Bien…, a lo que iba. Los caballeros en cuestión se preguntan si cabría la posibilidad de que usted se uniera al grupo en el zoo. E incluso si aceptaría usted decirle unas palabras. No tendría que formar parte del grupo… Podría encontrarse allí con ellos, durante unos minutos, hacerle alguna observación agradable…, tal vez decirle algo que lo animara. ¡Cambiaría tanto las cosas! Unos minutos, y después seguiría usted su camino. Por favor, señorita Collins…, ¡piénselo! ¡Es tanto lo que podría depender de ese gesto suyo!

Mientras hablaba Stephan, la señorita Collins se había puesto en pie, y luego había ido despacio hacia la chimenea. Ahora permanecía inmóvil y en silencio, con la mano apoyada en la repisa, como para evitar un desfallecimiento. Cuando por fin se volvió para mirar a Stephan, advertí que sus ojos estaban levemente humedecidos.

– Compréndame, Stephan… -dijo-. Es cierto que estuve casada con él. Pero de eso hace ya mucho tiempo, y las pocas veces que lo he visto en todos estos años se ha dirigido a mí para dirigirme insultos a voz en cuello. En estas circunstancias, me resulta difícil saber qué tipo de conversación puede agradarle más.

– De verdad, señorita Collins…, le juro que ahora es otro hombre. Últimamente se muestra tan educado, tan amable… Seguro que no le costará dar con las palabras adecuadas. ¡Si se aviniera a pensarlo, al menos! ¡Hay tantísimas cosas en juego…!

La señorita Collins bebió pensativa unos sorbitos de jerez. Parecía que iba a responder, pero en aquel preciso instante oí que Boris rebullía a mi espalda, en el asiento trasero del coche. Al volverme, me di cuenta de que el pequeño debía de llevar despierto algún tiempo. Observaba a través de su ventanilla la calle silenciosa y desierta, y comprendí que estaba triste. Fui a decirle algo, pero probablemente advirtió que le estaba observando, porque me preguntó sin apenas moverse: -¿Usted sabe reformar cuartos de baño? -¿Que si sé reformar cuartos de baño? Boris suspiró profundamente y siguió con la mirada perdida en la oscuridad. Luego dijo:

– Yo nunca he puesto azulejos… Por eso cometo todos esos errores. Si alguien me hubiera enseñado, sabría ponerlos.

– Sí, seguro que sí. ¿Te refieres al cuarto de baño de tu nuevo apartamento?

– Si me hubiera enseñado alguien, los habría puesto la mar de bien. Y mamá estaría contenta con su cuarto de baño. Le gustaría su cuarto de baño.

– ¡Ah! ¿Quieres decir que ahora no está satisfecha con él? Boris me miró como si hubiera oído una estupidez mayúscula. Luego, con gruesa ironía, observó:

– ¿Por qué iba a llorar por el cuarto de baño si le gustara? -¡Cómo! ¿Dices que llora por el cuarto de baño?, ¿y por qué crees que lo hará?

El pequeño volvió a pegar la cara a la ventanilla y, a la confusa luz que entraba desde el exterior, advertí que trataba de dominarse para que no se le saltaran las lágrimas. En el último momento se las arregló para disfrazar su abatimiento de bostezo, y se restregó la cara con los puños.

– Lo solucionaremos todo -le dije-. Ya lo verás. -¡Podría haberlo hecho perfectamente si alguien me hubiera enseñado! Y mamá no habría tenido que llorar.

– Sí, estoy seguro de que habrías hecho un buen trabajo. Pero pronto se arreglarán las cosas.

Me enderecé en el asiento y miré a través del parabrisas. En la calle apenas se veían ventanas iluminadas. Al cabo de un rato le dije a Boris:

– Oye… Tenemos que pensárnoslo bien… ¿Me escuchas?

No me llegó ninguna respuesta de la parte trasera del coche.

– Mira, Boris -proseguí-. Hemos de tomar una decisión. Ya sé que antes íbamos a reunimos con tu madre. Pero se nos ha hecho muy tarde. ¿Oyes lo que te digo?

Miré por encima del hombro y vi que seguía inmóvil, con la mirada perdida en la oscuridad. Permanecimos en silencio unos segundos más, y luego dije:

– La verdad es que ya es muy tarde. Si volvemos al hotel, podremos ver a tu abuelo. Estará encantado de verte. Podrás tener una habitación para ti solo o, si lo prefieres, podríamos hacer que pusieran otra cama en la mía. Podremos encargar que nos suban una cena apetitosa y, después, te irás a dormir. Mañana por la mañana, desayunaremos juntos y decidiremos lo que más convenga.

Siguió el silencio a mi espalda.

– Debería haberlo organizado todo mejor -dije-. Lo siento… Yo…, bueno, no tenía las ideas muy claras esta noche. ¡Ha sido un día de tanto ajetreo…! Pero, escucha…, te prometo que mañana lo arreglaremos todo. Haremos lo que nos venga en gana. Y, si quieres, podríamos ir a tu antiguo apartamento a buscar al Número Nueve. ¿Qué me dices?

Pero Boris siguió sin despegar los labios.

– Los dos estamos muy cansados. Boris, ¿qué te parece?

– Más vale que vayamos al hotel.

– Creo que es lo mejor. De acuerdo, pues. En cuanto vuelva ese joven, le comunicaremos nuestro nuevo plan.

6

Mis ojos, entonces, advirtieron un movimiento y, al mirar de nuevo hacia el bloque de apartamentos, vi que se abría el portal. La señorita Collins acompañaba a su visitante a la puerta de la calle. Y aunque los dos se despedían amistosamente, algo en su actitud sugería que la entrevista había finalizado con una nota discordante. La puerta se cerró enseguida y Stephan regresó apresuradamente al coche.

– Lamento haberme entretenido tanto -dijo, acomodándose en su asiento-. Espero que Boris se encuentre bien. -Apoyó las manos en el volante y dejó escapar un suspiro de preocupación. Luego esbozó una sonrisa forzada y exclamó-: ¡En marcha, pues!

– El caso es que Boris y yo hemos tenido un cambio de impresiones en su ausencia -observé-. Creemos que, después de todo, será mejor volver al hotel.

– Si me permite decirlo, señor Ryder, creo que es una decisión muy acertada. Así que al hotel. Estupendo. -Consultó su reloj-. Estaremos allí en un abrir y cerrar de ojos. Los periodistas no tendrán motivo de queja. Ninguno en absoluto.

Stephan accionó la llave de contacto y el coche arrancó. Mientras recorríamos las calles solitarias, empezó a llover de nuevo y Stephan tuvo que poner en marcha los limpiaparabrisas. Al cabo de un rato, comentó:

– Me pregunto, señor Ryder, si no sería demasiado impertinente por mi parte recordarle la conversación que mantuvimos hace unas horas. Ya sabe…, cuando le saludé esta tarde en el atrio.

– ¡Ah, sí, sí! Hablamos de su recital de la noche del jueves.

– Se mostró usted muy amable conmigo, y me dijo que tal vez podría dedicarme unos minutos de su tiempo. Para escuchar mi interpretación de La Roche. Probablemente será del todo imposible, lo comprendo, pero…, en fin…, pensé que no se molestaría si se lo decía… El caso es que esta noche tenía previsto practicar un poco más en cuanto regresara al hotel. Y me preguntaba si, una vez que hubiera acabado usted con esos periodistas… Sin duda será una molestia para usted, pero si pudiera venir a escucharme unos minutos y darme su opinión… -Dejó la frase inacabada, y la prolongó con una risita.

Era evidente que el joven concedía a aquello una gran importancia, y me sentí inclinado a satisfacer su petición. Pero, tras pensarlo un instante, objeté:

– Lo siento muchísimo, pero esta noche estoy muy cansado. Es ineludible que me vaya a dormir cuanto antes. Pero no se preocupe; seguramente surgirá otra oportunidad muy pronto. Mire…, ¿por qué no dejamos el asunto así? No sé muy bien cuándo volveré a tener unos minutos libres; pero, en cuanto los tenga, telefonearé a recepción y pediré que le localicen. Si no está usted en el hotel en ese momento, volveré a intentarlo la próxima vez que esté libre…, y las que sean necesarias. Así acabaremos encontrando un momento que nos venga bien a los dos. Pero esta noche, la verdad… Dispénseme, se lo ruego… Necesito una buena noche de sueño.

– Por supuesto, señor Ryder… Me hago cargo. Hagamos lo que usted propone, por supuesto. Es muy amable de su parte. Aguardaré a recibir su aviso.

Las palabras de Stephan eran corteses, pero, al interpretar quizá mi respuesta como una negativa sutil, parecía excesivamente decepcionado. Era evidente que se hallaba en tal tensión nerviosa por su próxima actuación, que cualquier revés, por pequeño que fuera, tenía la virtud de desencadenar en él una oleada de pánico. Sentí cierta simpatía por él, y volví a decir para tranquilizarlo:

– No se preocupe. Seguro que pronto se nos presentará la ocasión.

La lluvia arreciaba mientras recorríamos las calles nocturnas. El joven llevaba un buen rato sin decir palabra, y temí que se hubiera enojado conmigo. Pero en un momento dado vislumbré su perfil a la luz cambiante y me di cuenta de que estaba rumiando un incidente que le había ocurrido años atrás. Era un episodio que había evocado muchas veces antes -a menudo en momentos de insomnio por la noche, o cuando conducía solo-, y que ahora volvía a su mente ante el temor de que yo fuera incapaz de ayudarle.

Ocurrió con ocasión del cumpleaños de su madre. Tras estacionar aquella noche su automóvil en el camino de entrada de la casa -el hecho se remontaba a sus primeros años de universidad, cuando estudiaba en Alemania-, se había armado de valor para pasar un par de horas ingratas. Pero su padre le había abierto la puerta y le había susurrado con entusiasmo:

– ¡Hoy está de buen humor! ¡De muy buen humor! -Luego había girado sobre sus talones para gritar al interior de la casa-: ¡Stephan ha llegado, cariño! Un poco tarde, pero ya está aquí. -Y de nuevo en voz baja-: De excelente humor. Del mejor en muchísimo tiempo.

El muchacho había pasado a la salita donde estaba su madre reclinada en un sofá, con un vaso de cóctel en la mano. Llevaba un vestido nuevo, y Stephan volvió a sentirse gratamente sorprendido por la femenina elegancia de su madre. No se levantó a saludarlo, lo que obligó a Stephan a agacharse para besarla en la mejilla, pero su cálido recibimiento y la forma de invitarle a tomar asiento en el sillón de enfrente le dejaron estupefacto. Detrás de él, su padre, complacido por aquel comienzo de la velada, había ahogado una risita, y luego, señalando el delantal que llevaba puesto, había salido apresuradamente hacia la cocina.

A solas con su madre, el primer sentimiento de Stephan había sido de absoluto terror: miedo a hacer o decir algo que arruinara aquella buena disposición, y que diera al traste con horas, o incluso días, de arduo esfuerzo por parte de su padre. Había comenzado, pues, a responder de manera concisa y tensa a las preguntas de su madre sobre su vida en la universidad; pero, al ver que la actitud de ella denotaba un interés genuino, sus explicaciones fueron haciéndose más y más extensas. En un momento dado se había referido a uno de sus profesores como «una versión mentalmente equilibrada de nuestro ministro de Asuntos Exteriores», frase de la que se sentía particularmente orgulloso y que ya había utilizado muchas veces con gran éxito ante sus condiscípulos, pero que jamás se hubiera arriesgado a pronunciar delante de su madre si la conversación no hubiera ido tan bien hasta entonces. Se había atrevido, pues, y el corazón le había dado un brinco al ver que el semblante de su madre se iluminaba con una chispeante mirada. Aun así tuvo una sensación de alivio cuando su padre entró anunciando que la cena estaba lista.

Habían pasado al comedor, donde el director del hotel había servido ya el primer plato. Comieron en silencio al principio, pero luego su padre -tal vez de forma un tanto brusca, en opinión de Stephan- se había puesto a contar una divertida anécdota de un grupo de huéspedes italianos alojados en el hotel. Cuando hubo terminado, animó a Stephan a contar alguna anécdota suya, y como Stephan comenzara a hacerlo con cierta inseguridad, su padre le apoyó riendo exageradamente. Y así había discurrido la cena: Stephan y su padre turnándose para narrar historias divertidas y apoyándose el uno al otro con cordiales plácemes. La táctica parecía funcionar de maravilla, porque -Stephan casi no podía dar crédito a sus ojos- su madre había empezado a tener largos accesos de risa. La cena, además, había sido preparada con el fanático cuidado del detalle tan característico del director del hotel, y constituía una extraordinaria muestra del arte culinario. También el vino era muy especial, y para cuando los comensales daban cuenta del plato fuerte -una exquisita combinación de ganso y bayas silvestres- la atmósfera de la velada era genuinamente festiva. Llegado un punto, el director del hotel, con el rostro congestionado por el vino y la risa, había inclinado el cuerpo sobre la mesa para decir:

– Habíanos otra vez de aquel albergue de juventud en que te alojaste, Stephan. Ya sabes…, el de los bosques de Borgoña.

Durante un segundo Stephan se había sentido horrorizado. ¿Cómo podía incurrir su padre en un desliz tan obvio, habiéndolo dirigido hasta entonces todo de manera tan impecable? La anécdota en cuestión incluía amplias referencias a la disposición de los cuartos de baño del hostal, y era claramente inadecuada para ser contada delante de su madre. Y, como él se mostrara renuente, su padre le hizo un guiño como diciéndole: «Sí, sí, confía en mí… Funcionará. Le encantará esa historia, será un éxito.» A pesar de sus serias dudas, la fe de Stephan en su padre era tal que se decidió a embarcarse en el relato. No llegó muy lejos, empero, sin que le asaltara el pensamiento de que la que hasta entonces había sido una velada milagrosamente perfecta, estaba a punto de venirse abajo hecha añicos. Sin embargo, incitado por las carcajadas de su padre, había proseguido y escuchado luego con asombro la franca risa materna. Al mirarla a través de la mesa pudo ver que no podía reprimirla, y que sus accesos iban acompañados de gestos de divertido asentimiento. Después, hacia el final de su relato, Stephan captó una mirada de ternura de ella dirigida a su padre. Fue breve, pero inconfundible. Y al director del hotel, a pesar de las lágrimas que la risa hacía saltar de sus ojos, no le había pasado inadvertida: volviéndose a su hijo, le dirigió otro guiño, esta vez con aire triunfal. En aquel instante el joven había sentido en su pecho una oleada de algo muy poderoso. Aún no había tenido tiempo de identificarlo con claridad cuando oyó que su padre le decía:

– Ahora, Stephan, tomémonos un pequeño descanso antes del postre. ¿Por qué no tocas algo dedicado a tu madre para celebrar su cumpleaños? -Acompañó sus palabras de un ademán en dirección a la pared donde se hallaba el piano vertical.

Aquel gesto…, aquel simple ademán señalando el piano del comedor…, quedaría grabado para siempre en la memoria de Stephan, que lo recordaría una y otra vez en el curso de los años. Cada vez que lo evocara volvería a experimentar el mortal escalofrío de entonces. Al principio había mirado a su padre con expresión de incredulidad, pero éste se había limitado a sonreírle, satisfecho, y a mantener inmóvil la mano que apuntaba hacia el piano.

– Vamos, Stephan… Algo que le guste a tu madre. Tal vez alguna pieza de Bach. O de un autor contemporáneo. De Kazan, quizá. O de Mullery…

Estirando el cuello para incluirla en su campo de visión, el joven había visto la cara de su madre suavizada por la sonrisa que le dirigía y por unos rasgos de jovialidad absolutamente nuevos para él. Luego ella, dirigiéndose más al director del hotel que al propio Stephan, había dicho:

– Sí, querido… Creo que Mullery vendría como anillo al dedo. Sería estupendo.

– Adelante, Stephan -había insistido jovialmente el director del hotel-. Es el cumpleaños de tu madre, después de todo… No la decepciones.

Por la mente de Stephan cruzó como un relámpago la idea de que sus padres conspiraban en su contra, pero la rechazó al instante. Y, ciertamente, por la forma en que le miraban -tan llena de ilusionado orgullo-, era como si se les hubiera borrado por completo de la mente la angustiosa historia en torno a sus escarceos con el piano. En cualquier caso, la protesta que Stephan había empezado a formular quedó ahogada en sus labios, y el muchacho se había levantado de la mesa sin acabar de ser consciente de lo que estaba haciendo.

La situación del piano, adosado a la pared, era tal que cuando Stephan tomó asiento delante de él pudo ver por el rabillo del ojo a sus padres, que aguardaban con los codos apoyados encima de la mesa, ligeramente inclinados el uno hacia el otro. De hecho no pudo evitar volverse para mirarlos, para colmar su deseo de verlos así una última vez: juntos los dos y compartiendo unidos una felicidad sencilla. Luego se había encarado con el piano, abrumado por la certidumbre de que la velada estaba a punto de convertirse en un desastre. Curiosamente, al hacerlo, había comprobado también, que no le sorprendía lo más mínimo aquel último giro de los acontecimientos; que en realidad llevaba mucho rato esperándolo, y que le producía una inconfundible sensación de alivio.

Durante unos segundos, Stephan permaneció sentado ante el piano sin tocar, tratando desesperadamente de sacudirse de encima los efectos del vino y repasar mentalmente la pieza que se disponía a interpretar. Y en un instante de obnubilación hasta contempló la posibilidad de mostrar un nivel interpretativo jamás antes alcanzado -después de todo, la velada había sido tan pródiga en hechos excepcionales…-, y de que al finalizar la pieza vería a sus padres sonrientes, aplaudiendo y dirigiéndose miradas de profundo afecto. Pero le bastó acometer el compás inicial de Epicycloid, de Mullery, para comprender la extrema improbabilidad de tal cosa.

Sin embargo, había seguido tocando. Durante un buen rato -a lo largo de gran parte del primer movimiento- las figuras que entreveía a un extremo de su campo visual habían permanecido totalmente inmóviles. Luego había visto a su madre reclinarse ligeramente en su asiento y llevarse una mano a la barbilla. Algunos compases después, su padre había desviado la mirada y, con las manos cruzadas sobre el regazo, había bajado la cabeza como si estuviera estudiando algún punto concreto de la mesa.

Entretanto, la interpretación avanzaba, y aunque el joven sintió varias veces el deseo casi insuperable de abandonar la pieza a medias, intuía asimismo que esa era, de algún modo, la opción más terrible de todas. Y había continuado. Y, cuando hubo terminado, se quedó unos instantes contemplando el teclado antes de hacer acopio de valor para volverse y ver la escena que le aguardaba.

Ni su padre ni su madre le miraban. Él tenía ahora la cabeza tan hundida, que su frente tocaba casi el tablero de la mesa. Su madre miraba hacia el extremo más distante de la estancia, con aquella expresión de frialdad que le resultaba tan familiar a Stephan y que, asombrosamente, no había sorprendido en ella hasta aquel punto de la velada.

A Stephan le bastó un segundo para hacerse cargo de la situación. Luego, poniéndose en pie, se había apresurado a volver a la mesa, como si con ello pudiera borrar los minutos transcurridos desde que la dejara. Y durante un rato los tres permanecieron sentados en silencio, hasta que su madre se levantó y dijo:

– Ha sido una velada muy agradable. Gracias, gracias a los dos. Pero me siento algo cansada ahora y pienso que debería subir a acostarme.

Al principio pareció que el director del hotel no había oído sus palabras. Pero, cuando la madre de Stephan se dirigió a la puerta, el hombre alzó la cabeza y dijo en voz muy queda:

– El pastel, cariño… Falta el pastel. Y es algo… muy especial.

– Eres muy amable, querido, pero he comido demasiado… Ahora necesito dormir.

– Claro, claro… -asintió el director del hotel hundiendo de nuevo la mirada en la mesa con aire de resignación. Pero al momento siguiente, cuando ya la madre de Stephan salía del comedor, el hombre había erguido el cuerpo para decir en voz alta-: Por lo menos, querida, deja que te lo enseñe. Míralo, nada más… Como te digo, es algo muy especial.

Su madre había titubeado, pero accedido al fin:

– Está bien. Enséñamelo. Pero date prisa. De verdad que necesito dormir. Tal vez sea el vino, pero me encuentro muy cansada.

Al oír esto, el director del hotel se levantó como impulsado por un resorte, e instantes después acompañaba a su mujer fuera del comedor.

El joven oyó los pasos de sus padres camino de la cocina y, apenas un minuto después, volvió a oírlos regresar al pasillo y subir por la escalera. Stephan había permanecido algún tiempo sentado a la mesa. Le llegaron de arriba algunos ruidos, pero no oyó ninguna voz. Hasta que finalmente se le ocurrió que lo mejor que podía hacer era subir al coche y volver a Heidelberg aquella misma noche. Porque no había duda de que su presencia allí a la hora del desayuno difícilmente serviría de ayuda a su padre en la lenta e ingente tarea de recomponer el buen humor de su esposa.

Había salido ya del comedor en un intento de abandonar la casa sin que lo advirtieran cuando en el vestíbulo se encontró con su padre que bajaba la escalera. El director del hotel se había llevado un dedo a los labios, diciendo:

– Tenemos que hablar bajo. Tu madre acaba de acostarse.

Stephan informó a su padre de su intención de partir de inmediato, a lo que el director del hotel respondió:

– ¡Qué lástima! Mamá y yo pensábamos que ibas a quedarte más tiempo. Pero si, como dices, tienes clases por la mañana… Ya se lo explicaré a tu madre. Seguro que lo comprenderá.

– Espero que mamá haya disfrutado con la velada -había dicho Stephan.

Y su padre había sonreído, aunque durante un brevísimo instante antes de hacerlo Stephan sorprendió en su rostro una profunda desolación.

– ¡Oh, sí, claro que sí! Sé que lo ha pasado muy bien. ¡Estaba tan contenta de que hubieras podido tomarte un respiro en tus estudios para viajar hasta aquí…! Me consta que esperaba que te quedaras unos cuantos días, pero no te preocupes. Se lo explicaré.

Aquella noche, mientras conducía por las desiertas autopistas, Stephan había reconsiderado una y otra vez todos los aspectos de lo ocurrido en aquella velada… y seguirá haciéndolo luego, reiteradamente, en el curso de los siguientes años. Con el tiempo había ido menguando poco a poco la angustia que sentía al evocar aquella ocasión tan penosa, pero ahora la inexorable proximidad de la noche del jueves le había traído muchos de sus viejos terrores, y lo había hecho regresar, mientras viajábamos en la noche lluviosa, a aquella penosa velada vivida algunos años antes.

Sentí lástima por él, y rompí el silencio para decirle:

– Ya sé que no es asunto de mi incumbencia, y confío en que no tomará a mal mis palabras, pero pienso que sus padres han sido injustos con usted en lo relativo a su modo de tocar el piano. Mi consejo es que trate de disfrutar cuanto pueda tocándolo, que obtenga de ello satisfacción y sentido, con independencia de lo que ellos piensen.

El joven reflexionó unos momentos sobre mis palabras, y luego dijo:

– Le agradezco mucho, señor Ryder, que se interese por mi situación y demás… Pero, en realidad…, bien, para decirlo sin ambages…, me temo que no pueda usted entenderlo. Comprendo que, para un extraño, la actitud de mi madre aquella noche pueda parecer un poco…, ¿cómo diría?…, un poco desconsiderada. Pero sería injusto con ella, y lamentaría que se llevara usted una impresión equivocada. Ha de verlo todo en su contexto… Todo empezó cuando yo tenía cuatro años y la señora Tilkowski fue mi profesora de piano. Supongo que eso no tiene por qué decirle gran cosa, señor Ryder…, pero, comprenda…, la señora Tilkowski no es una profesora de piano cualquiera, sino un personaje muy estimado en esta ciudad. Sus servicios no se hallan a disposición de quien pueda pagarlos…, aunque, naturalmente, cobra por prestarlos. Quiero decir, que es muy seria en su trabajo y que sólo acepta como alumnos a los hijos de la élite artística e intelectual de nuestra ciudad. Por ejemplo, dio clases de piano a las dos hijas de Paulo Rozario, el pintor surrealista, que vivió aquí algún tiempo. Y a los hijos del profesor Diegelmann. Y también a las sobrinas de la condesa. Escoge muy cuidadosamente a sus alumnos, por lo que fui muy afortunado cuando me aceptó, en particular teniendo en cuenta que mi padre, en aquel entonces, no había alcanzado el estatus social de que hoy goza en nuestra comunidad. Pero supongo que mis padres ya estaban consagrados a las artes como lo están hoy. En los recuerdos de mi infancia los veo hablando siempre de artistas y de músicos, y de lo importante que era prestarles apoyo. Mamá casi no sale de casa ahora, pero entonces llevaba una vida social mucho más intensa. Si, por ejemplo, visitaba la ciudad algún músico o una orquesta, siempre se sentía obligada a hacer algo para agasajarles. No le bastaba con acudir al concierto, sino que procuraba verlos después en el camerino para expresarles de viva voz sus elogios. Y lo hacía incluso en las ocasiones en que el artista no se había lucido especialmente, a fin de brindarle unas palabras de ánimo y de ofrecerle algunas sugerencias amables. De hecho invitaba a menudo a los músicos a venir de visita a casa, o se ofrecía a acompañarlos para enseñarles la ciudad. Cierto que habitualmente las agendas de los visitantes eran muy apretadas y no disponían de tiempo para aceptar su ofrecimiento pero, como su propia experiencia podrá corroborar, esas invitaciones son de lo más oportunas para elevar la moral de un intérprete. En cuanto a mi padre, estaba siempre sumamente ocupado, pero también lo recuerdo poniendo su granito de arena. Si se ofrecía una recepción en honor de algún visitante célebre, papá se consideraba obligado a acompañar a mamá al acto, por absorbentes que fueran sus ocupaciones, para desempeñar su propio papel en la bienvenida. Así que compréndame, señor Ryder… Hasta donde alcanzan mis recuerdos, mis padres siempre han sido personas muy cultas, conscientes de la importancia que tienen las artes en nuestra sociedad… Y ésa debió de ser, con toda seguridad, la razón por la que la señora Tilkowski decidió finalmente aceptarme como discípulo. Ahora veo que aquello tuvo que representar entonces para mis padres un auténtico triunfo, y en especial para mamá, que fue probablemente quien se encargó de realizar las gestiones. ¡Y allí estaba yo, recibiendo lecciones de la señora Tilkowski en compañía de los hijos del señor Rozario y del profesor Diegelmann! Sin duda fue para los dos un motivo de orgullo. Y durante los primeros años lo hice realmente bien, hasta el punto de que la señora Tilkowski dijo de mí en cierta ocasión que era el más prometedor de todos los alumnos que había tenido en su vida… Las cosas fueron como una seda hasta…, bueno, hasta que cumplí los diez años.

El joven calló de pronto, tal vez lamentando el haberse expresado con tanta libertad. Pero yo me daba cuenta de que otra parte de él estaba deseando seguir con las confidencias, y le animé a ello con una pregunta:

– ¿Qué le ocurrió al cumplir los diez años? -Verá…, me avergüenza reconocerlo, y muy en particular confesárselo a usted, señor Ryder… El caso es que, al cumplir los diez años…, dejé de practicar. Me presentaba en casa de la señora Tilkowski sin haber ensayado mis ejercicios. Y cuando ella me preguntaba la razón, yo no respondía nada. Me resulta muy embarazoso confesarlo… Es como si estuviera hablando de otra persona…, y ojalá que así fuera… Pero si he de serle sincero…, ése fue mi comportamiento, tal como se lo cuento. Y al cabo de unas pocas semanas no le dejé otra opción a la señora Tilkowski que informar a mis padres de que, si las cosas no cambiaban, ya no podría seguir dándome clases. Supe después que mamá perdió los estribos y le gritó a la señora Tilkowski… Lo cierto es que la cosa acabó bastante mal.

– ¿Y después de eso tuvo usted otra profesora?

– Sí, una tal señorita Henze, que no era mala en absoluto, pero que no tenía la talla de la señorita Tilkowski. Yo seguí sin practicar en casa, pero la señorita Henze no era tan estricta. Luego, al cumplir los doce años, todo cambió. Es difícil explicarlo, y comprendo que puede sonar un poco raro. Fue una tarde, una tarde muy soleada, mientras me hallaba sentado en la salita de nuestra casa. Recuerdo que estaba leyendo una revista de deportes cuando entró mi padre. Llevaba puesto…, es como si lo estuviera viendo…, su chaleco gris y se había arremangado las mangas de la camisa. Se paró en mitad de la sala y se puso a contemplar el jardín a través de la ventana. Yo sabía que mamá estaba allí fuera, sentada en un banco que en aquel entonces solíamos colocar bajo los frutales, por lo que supuse que papá saldría también e iría a sentarse a su lado. Pero permaneció allí quieto. Me daba la espalda, así que no podía verle la cara. Pero cada vez que levantaba yo la cabeza, me lo encontraba con la vista fija en el jardín, en el punto donde estaba mamá. Bueno…, a la tercera o cuarta vez de dejar yo mi lectura para mirar a papá, que seguía sin salir, se me hizo de repente la luz. Quiero decir que me di cuenta de que mis padres llevaban meses prácticamente sin hablarse. Fue muy extraño caer en la cuenta de pronto de que hacía meses que no se hablaban. No sé cómo me había pasado por alto hasta entonces, pero era así, y ahora lo veía con una claridad meridiana. Me asaltaron en tropel los recuerdos… Las numerosas ocasiones recientes en las que papá y mamá se habrían dicho algo normalmente, y en las que sin embargo habían callado. No quiero decir que mantuvieran un silencio absoluto… Pero, ya me entiende…, entre los dos se había levantado un muro de frialdad que yo no había advertido hasta aquel instante. Le aseguro, señor Ryder, que aquel descubrimiento me produjo una sensación sumamente extraña. Máxime cuando, casi al mismo tiempo, me vino a la cabeza una sospecha horrible: que el cambio que advertía se remontaba muy probablemente a la fecha en que perdí a la señora Tilkowski. No podía estar seguro a causa del mucho tiempo que había pasado desde entonces; pero cuanto más pensaba en ello mayor era mi certeza de que fue entonces cuando empezó todo aquello. No recuerdo si papá salió o no al jardín ese día. En todo caso, yo no dije nada y fingí seguir leyendo mi revista. Pero al cabo de un rato subí a mi habitación, me tumbé en la cama y reflexioné detenidamente sobre el asunto. Fue a raíz de entonces cuando volví a aplicarme a mis ejercicios de piano. Empecé a practicarlos con suma diligencia y debí de hacer muchos progresos porque, a los pocos meses, mamá fue a ver a la señora Tilkowski para rogarle que considerara la posibilidad de readmitirme como discípulo. Ahora veo que debió de suponer una gran humillación para mamá, después de haberle gritado en aquella entrevista anterior, y que sin duda tuvo que costarle mucho trabajo convencer a la señora Tilkowski… Pero el resultado fue que la señora Tilkowski aceptó darme clases de nuevo, y que a partir de entonces me esforcé mucho, y que practicaba y practicaba sin cesar. Aunque, como comprenderá…, había perdido dos años cruciales. Usted, mejor que nadie, sabe cuán importante es esa etapa entre los diez y los doce años… Créame si le digo que hice todo lo posible por compensar de algún modo el tiempo perdido…, todo cuanto pude… Pero ya era demasiado tarde. Todavía hoy me pregunto a menudo: «¿Dónde diablos tenía yo la cabeza?» ¡Lo que daría hoy por poder recuperar aquel tiempo! Creo que ni siquiera mis padres se daban cuenta del tremendo daño que iba a significar la pérdida de aquellos dos años. Seguramente pensaban que, una vez recuperada la señora Tilkowski, el paréntesis no tendría importancia siempre que yo me esforzara de veras. Me consta que la señora Tilkowski trató de sacarlos de su error en más de una ocasión, pero creo que me querían tanto y que se sentían tan orgullosos de mí, que no quisieron ver la realidad. Porque durante algunos años más siguieron dando por sentado que yo hacía constantes progresos y que tenía excelentes dotes. Hasta que, cuando cumplí los diecisiete años, se toparon con la dura realidad. Se celebraba un concurso de piano, el Jürgen Flemming Prize, organizado por el Instituto Municipal de Bellas Artes para las jóvenes promesas de la ciudad. Tenía bastante fama, aunque ahora ha dejado de convocarse por falta de financiación. Cuando cumplí diecisiete años, como digo, a mis padres se les ocurrió que debía participar en ese concurso, y mamá, de hecho, inició los trámites preliminares para inscribirme. Y entonces, por primera vez, se dieron cuenta de lo lejos que estaba de un nivel aceptable. Escucharon con atención cómo tocaba -fue, quizá, la primera vez que lo hacían realmente- y se dieron cuenta de que mi participación en el certamen sólo serviría para avergonzarme y avergonzar a la familia. Yo deseaba, a pesar de todo, tener la oportunidad de competir, pero mis padres pensaron que podría ser un golpe demasiado duro para mí. Ya le digo que acababan de percatarse de cuán deficiente era mi forma de interpretar… Hasta entonces, las grandes esperanzas que tenían depositadas en mí, y supongo que también su cariño, les habían impedido escucharme con entera objetividad. Fue también la primera vez que apreciaron los estragos de aquellos dos años perdidos… En fin…, todo ello, como es lógico, supuso para mis padres una gran decepción. Mamá, en particular, pareció resignarse a la idea de que todo había sido en vano: sus desvelos, los anos de aprendizaje con la señora Tilkowski, su heroica decisión de ir a verla para que me readmitiera… Todo aquello le parecía ahora tremendamente inútil. Y se abandonó al desaliento: dejó de salir, de acudir a conciertos y funciones… Cierto que papá siguió acariciando aún alguna esperanza sobre mi persona. Es típico de él, en realidad: no perder la esperanza hasta el último instante. Todavía ahora, de cuando en cuando, quizá una vez al año, me pide que toque; y, cuando lo hace, puedo ver que aún confía en mí, que se dice a sí mismo: «Esta vez…, ¡esta vez será diferente!» Pero, en cuanto acabo de tocar y le miro, vuelvo a verlo alicaído. Cierto que se esfuerza por que yo no lo advierta, pero lo intuyo claramente. Y, sin embargo, el que él no haya renunciado a creer que podré lograrlo significa mucho para mí.

Avanzábamos ahora a buena velocidad por una amplia avenida flanqueada por grandes edificios de oficinas. Y aunque había filas y filas de coches aparcados, el nuestro parecía ser el único vehículo en varios kilómetros a la redonda.

– ¿Fue idea de su padre que tocara usted el jueves por la noche? -pregunté.

– En efecto. ¡Ésa sí que es verdadera fe! Lo sugirió por primera vez hace seis meses. Hace casi dos años que no me ha oído tocar, pero muestra una auténtica confianza en mí. Por supuesto que me dejó libertad para negarme, pero me sentí tan conmovido ante tal muestra de fe en mí a pesar de tantas decepciones…, que accedí a hacerlo.

– Fue una decisión valiente. Espero que, además, resulte acertada.

– En realidad, señor Ryder, dije que sí también porque…, bueno, porque pienso que últimamente se ha producido en mí una especie de cambio radical. Quizá usted sepa a qué me refiero. Es como si algo en mi cabeza, algo que bloqueaba mis progresos…, algo parecido a un dique…, hubiera reventado de pronto permitiendo la irrupción de un espíritu completamente nuevo. No puedo explicarlo, pero el hecho es que ahora me considero a mí mismo un pianista notablemente mejor que cuando mi padre me oyó la ocasión anterior. Y por eso, cuando me preguntó si quería tocar el jueves por la noche, a pesar de mis nervios, accedí. Si me hubiera negado, no habría sido justo con él, después de la fe que ha depositado en mí. Esto no quiere decir que no me inquiete lo del jueves por la noche. Llevo tiempo trabajando duro en mi pieza y, lo confieso, estoy preocupado. Pero sé también que se me ofrece una oportunidad espléndida para sorprender a mis padres. Porque, ¿sabe?, siempre he tenido esa fantasía. Incluso cuando mi nivel era un auténtico desastre. La fantasía de haberme pasado meses encerrado en cualquier parte, ensayando día tras día, lejos de mis padres durante unos meses…, y volver un día a casa, inesperadamente…, quizá un domingo por la tarde…, cuando papá estuviera allí. Entraría por la puerta y, sin apenas decir una palabra de saludo, me acercaría al piano, levantaría la tapa y me pondría a tocar… Ni siquiera me habría quitado el abrigo… Y tocaría, tocaría sin parar. Bach, Chopin, Beethoven… Algo moderno, luego: Grebel, Kazan, Mullery… Una pieza, otra… Mis padres me habrían seguido al comedor y se quedarían mirándome, asombrados: aquello colmaría sus sueños más ambiciosos. Pero es que, además, para mayor estupefacción, se darían cuenta de que, a medida que tocaba, alcanzaba cotas más altas de perfección. Sublimes adagios rebosantes de sensibilidad. Asombrosos pasajes de apasionada bravura… Siempre mejor, mejor… Y allí estarían ellos, de pie en medio de la habitación, inmóviles; papá absorto, asiendo aún sin darse cuenta el periódico que acababa de estar leyendo, los dos atónitos. Concluiría con algún final espectacular y después me volvería a mirarlos y… bueno, jamás he podido imaginar con claridad lo que ocurriría después. Pero es un sueño que siempre he tenido desde mis trece o catorce años. Puede que el jueves por la noche no salga exactamente así, pero quizá sea algo cercano a mi sueño. Como le digo, noto que algo ha cambiado en mí, y estoy seguro de que estoy a punto de realizarlo. ¡Ah, señor Ryder! ¡Ya hemos llegado! Supongo que muy oportunamente para los periodistas que le aguardan.

El centro de la ciudad estaba tan silencioso y desprovisto de tráfico que no me había dado cuenta de que habíamos llegado. Pero, en efecto, nos acercábamos a la entrada del hotel.

– Si no le importa -dijo Stephan-, les dejaré aquí a usted y a Boris. Tengo que aparcar el coche en la parte de atrás.

En el asiento posterior, Boris parecía muy cansado, pero estaba despierto. Salimos del coche y me aseguré de que el pequeño le diera las gracias a Stephan antes de conducirlo hacia la puerta del hotel.

7

La iluminación era tenue en el vestíbulo, y el hotel, en general, parecía haberse sumido en un callado reposo. El joven recepcionista que me había recibido a mi llegada volvía a estar de servicio, aunque dormitaba en su silla detrás del mostrador. Al acercarnos alzó la vista y, al reconocerme, hizo un visible esfuerzo para despejarse.

– Buenas noches, señor -dijo animadamente, aunque al momento siguiente pareció vencerlo de nuevo el cansancio.

– Buenas noches. Necesitaré otra habitación. Para Boris -dije, poniendo una mano en el hombro del chico-. Lo más cerca de la mía que pueda, por favor.

– Déjeme ver qué puedo hacer, señor Ryder.

– Y, a propósito… Resulta que el mozo de ustedes, Gustav, es el abuelo de Boris… Me pregunto si, por casualidad, estará todavía en el hotel.

– ¡Oh, sí! Gustav vive aquí. En un cuartito arriba, en la buhardilla. Pero supongo que ahora estará durmiendo.

– Quizá no le importe que le despertemos. Sé que querrá ver enseguida a Boris.

El conserje consultó de reojo, con aire de duda, su reloj.

– Muy bien, señor…, como desee -dijo sin convicción, y levantó el auricular. Tras una breve pausa, le oí ponerse al habla con Gustav-. ¿Gustav? Lamento mucho molestarle, Gustav. Soy Walter. Sí, sí, siento haberle despertado. Sí, lo sé y lo siento de veras. Pero escuche, por favor. Acaba de llegar el señor Ryder. Le acompaña el nieto de usted.

Durante los segundos siguientes, el conserje se limitó a escuchar y asentir repetidas veces. Luego colgó el aparato y se volvió a mí, sonriente.

– Baja inmediatamente. Dice que se encargará de todo.

– Estupendo.

– Debe de estar usted muy cansado, señor Ryder…

– Sí, lo estoy. Ha sido un día agotador. Pero creo que aún me queda un compromiso… Creo que hay unos periodistas esperándome…

– ¡Ah! Se han marchado hace como una hora. Dijeron que concertarían otra entrevista con usted. Les sugerí que lo trataran directamente con la señorita Stratmann, para evitar que lo molestaran. La verdad, señor, se le ve muy fatigado. Debería dejar de preocuparse y subir a su cuarto a acostarse.

– Sí, creo que sí. Humm. Así que se han ido… Primero se presentan sin previo aviso, y luego se van así…

– En efecto, señor, muy fastidioso… Pero, si me permite insistir, señor Ryder, debería irse a la cama y dormir. No tiene por qué preocuparse. Estoy seguro de que todo podrá hacerse puntualmente.

Agradecí al joven empleado sus tranquilizadoras palabras, y por primera vez en varias horas me invadió una sensación de calma. Apoyé los codos en el mostrador de recepción, y por unos instantes dormité allí mismo de pie. No llegué a dormirme del todo, sin embargo, y en todo momento fui consciente de que Boris había reclinado la cabeza en mi costado, y de que la voz del conserje seguía hablando en el mismo tono sedante a pocos centímetros de mi cara.

– Gustav no tardará -estaba diciéndome- y se ocupará de que su chico esté cómodo. Créame, no tiene por qué preocuparse de nada más, señor. Y la señorita Stratmann…, bueno, aquí en el hotel la conocemos desde hace mucho tiempo. Una dama de lo más eficiente. Se ha ocupado ya en otras ocasiones de los asuntos de muchos huéspedes importantes, y a todos les ha producido una inmejorable impresión. No comete errores. Así que puede dejar en sus manos lo de esos periodistas; no habrá ningún problema. En cuanto a Boris, le daremos una habitación justo enfrente de la suya, al otro lado del pasillo. Tiene muy buenas vistas por la mañana… Seguro que le gustará. De verdad, señor Ryder…, creo que debería irse a dormir. No creo que haya nada más que pueda usted hacer hoy. De hecho, si me permite sugerírselo, creo que haría bien en confiar a Boris a su abuelo en cuanto suban a sus habitaciones. Gustav bajará enseguida; se estará poniendo el uniforme, por eso está tardando un poco. Pero se presentará aquí enseguida, y de punta en blanco… Así es el bueno de Gustav: uniforme inmaculado, nada fuera de su sitio… En cuanto aparezca, déjelo usted a cargo de todo. Seguro que no tarda… Debe de estar atándose los cordones de los zapatos, sentado al borde de la cama… Me lo imagino ya listo, levantándose de un brinco…, con cuidado, para no darse un coscorrón en la cabeza con las vigas… Una rápida pasada del peine y, sin dilación, al pasillo… Sí, será cosa de segundos… Suba tranquilo a su habitación, señor Ryder…, relájese, y a dormir toda la noche de un tirón. Permítame recomendarle un ponche antes de acostarse: uno de nuestros cócteles especiales que encontrará ya preparados en el minibar de la habitación. Son excelentes. Aunque quizá prefiera encargar que le suban alguna bebida caliente… Y, si le apetece, podría escuchar un ratito el hilo musical, alguna música sedante… A estas horas de la noche hay un canal que emite desde Estocolmo música nocturna de jazz, muy suave… Es francamente relajante. Yo lo sintonizo a menudo para relajarme. Pero si piensa que, en realidad, no necesita relajarse…, ¿me permite sugerirle ir al cine? Muchos de nuestros huéspedes están allí en este preciso instante.

Esta última observación -la alusión al cine- me sacó de mi somnolencia. Enderezando el cuerpo, pregunté:

– Perdone, pero ¿qué es lo que acaba de decir? ¿Que muchos de los huéspedes del hotel se han ido al cine?

– Sí, hay uno aquí mismo, al doblar la esquina. Hay una sesión de madrugada. Son muchos los clientes que piensan que meterse en él y ver una película les ayuda a descansar al final de un día ajetreado. Puede ser una buena alternativa a tomar un cóctel o una bebida caliente.

Sonó el teléfono junto a su mano, y el conserje, excusándose, lo descolgó. Advertí que, mientras escuchaba, me miró varias veces con cierto embarazo. Al cabo dijo:

– Precisamente está aquí mismo, señora -y me tendió el aparato.

– ¿Dígame? -pregunté.

La línea quedó en silencio unos segundos, pero luego oí una voz femenina:

– Soy yo.

Tardé un instante en darme cuenta de que se trataba de Sophie. Pero, nada más percatarme de ello, sentí que me invadía una honda de irritación hacia ella, y sólo la presencia de Boris me impidió gritarle airadamente. Finalmente adopté un tono de extrema frialdad:

– Así que eres tú…

Siguió un nuevo silencio, muy breve, y luego oí que me decía:

– Llamo desde aquí fuera, desde la calle. Os he visto entrar a ti y a Boris. Quizá sea mejor que él no me vea, tendría que estar ya en la cama hace rato. Procura que no se entere de que estás hablando conmigo.

Bajé la vista para mirar a Boris, que seguía de pie, reclinado sobre mí, casi dormido.

– Pero… ¿qué es exactamente lo que te traes entre manos? -pregunté.

Oí que dejaba escapar un hondo suspiro, y luego respondió:

– Tienes toda la razón para estar enfadado conmigo. Yo… Bueno, no sé qué ha sucedido. Ahora veo lo tonta que he sido…

– Mira… -la interrumpí, temiendo no ser capaz de contener mi ira por más tiempo-. ¿Dónde estás ahora?

– Al otro lado de la calle, bajo los arcos. Frente a las tiendas de antigüedades.

– Iré dentro de un minuto. No te muevas de ahí.

Devolví el aparato al conserje, y sentí cierto alivio al advertir que Boris había estado medio dormido durante la conversación telefónica. En aquel preciso instante se abrieron las puertas del ascensor, y apareció Gustav, que se encaminó hacia nosotros por la gruesa moqueta del piso.

El aspecto de su uniforme era ciertamente impecable. Los cabellos canosos los llevaba húmedos y perfectamente peinados. Una leve hinchazón alrededor de los ojos y cierta rigidez al caminar eran los únicos indicios de que había estado durmiendo como un leño hasta pocos minutos antes.

– ¡Ah, señor, buenas noches! -dijo al acercarse.

– Buenas noches.

– Ah, ha traído con usted a Boris… Es muy amable de su parte haberse tomado tantas molestias. -Gustav se aproximó unos pasos más y observó a su nieto con cara sonriente-. ¡Dios mío, señor…, mírele! Se ha quedado dormido.

– Sí. Está muy cansado -dije.

– ¡Parece tan niño cuando duerme! -El mozo siguió mirando a Boris con ternura durante unos instantes más. Luego alzó la vista y se dirigió a mí-: Me pregunto, señor, si ha podido hablar usted con Sophie… Me he estado toda la tarde preguntando cómo le habrá ido con ella.

– Bueno, sí… He hablado con ella.

– ¡Ah! ¿Y se ha podido hacer alguna idea?

– ¿Alguna idea?

– De lo que le preocupa.

– Ah… La verdad es que ha dicho algunas cosas bastante reveladoras… Aunque, si he de serle sincero, y como le dije ya, es muy difícil que un extraño como yo pueda sacar conclusiones de todo ello. Naturalmente, me he formado una o dos ideas vagas de lo que puede preocuparle, pero ahora, más que nunca, opino que sería mucho mejor que hablara usted con ella.

– Pero, señor… Creo que ya le expliqué que…

– Sí, sí…, que usted y Sophie no se hablaban directamente, lo recuerdo -le interrumpí, llevado por un repentino acceso de impaciencia-. Aunque ya imagino que para usted se trata de un asunto de vital importancia…

– De vital importancia, sí, señor. ¡Oh, sí, señor! Para mí tiene una enorme importancia. Es por Boris, comprenda… Si no llegamos a una pronta solución, va a ser un serio problema para él. Sé que va a ser así. Ya se advierten los síntomas. No tiene más que mirarle, señor…, como está ahora mismo… Mírelo…, ¡es tan niño aún! Se lo debemos. Debemos mantener su mundo libre de estas preocupaciones, aunque sólo sea durante algún tiempo más. ¿No le parece, señor? En realidad, afirmar que este asunto es importante para mí es decir poco. Últimamente no hago más que inquietarme por ello día y noche. Pero ya ve… -Hizo una pausa, y se quedó con la mirada fija en el suelo. Luego sacudió levemente la cabeza y añadió, suspirando-: Dice usted que debería hablar con Sophie yo mismo… No es tan sencillo, señor. Tiene que comprender el origen de esta situación. Verá… Llevamos muchos años manteniendo este arreglo… Desde que ella era joven. Cierto que las cosas eran muy distintas de niña, de muy niña. Hasta que tuvo ocho o nueve años… Ah, hasta entonces, Sophie y yo nos pasábamos el día entero charlando. Yo le contaba cuentos, dábamos largos paseos por la ciudad antigua, los dos solos, cogidos de la mano, siempre charlando. No me juzgue mal, señor… Yo quería a Sophie entrañablemente, y aún la quiero de ese modo. ¡Oh, sí, señor! Estábamos muy unidos cuando era pequeña. El arreglo de que le hablo no comenzó hasta que ella cumplió los ocho años. Sí, esa edad tenía entonces. Le diré de paso, señor, que jamás imaginé que la cosa pudiera ir más allá de unos pocos días. Eso era todo lo que yo me proponía. Recuerdo que el primer día estaba yo en casa -era fiesta y no había ido a trabajar-, intentando colocar una estantería en la cocina para mi mujer. Sophie no paraba de dar vueltas a mi alrededor, preguntándome esto y lo otro, ofreciéndose a traerme tal o cual herramienta, tratando de ayudarme. Pero yo me mantuve en silencio, señor. Me mantuve así a rajatabla. Hasta el punto de que pronto se quedó asombrada, desconcertada. Yo me di cuenta de ello, pero era lo que había decidido hacer y tenía que mantenerme firme. No me resultaba fácil, señor. ¡Dios santo…! ¿Cómo iba a resultarme fácil? Quería a mi pequeña hija más que a nada en este mundo, pero tenía que ser fuerte. Tres días, me dije… Tres días bastarían; tres días y pondríamos término a aquello. Sólo tres días, y de nuevo podría volver a abrazarla al regresar del trabajo, a tenerla muy cerca de mí, a contárnoslo todo el uno al otro. A recuperar por así decir el tiempo perdido. En aquel tiempo yo trabajaba en el Hotel Alba, y hacia el final del tercer día, como podrá imaginarse, estaba deseando que acabara mi turno para volver a casa y ver de nuevo a mi pequeña. Comprenderá usted mi decepción cuando, al llegar al apartamento, me encontré con que Sophie no quiso salir a recibirme. Más aún, señor…, cuando fui a buscarla desvió la mirada de mí con toda intención y salió de su cuarto sin dirigirme siquiera la palabra. Aquello me dolió mucho… ¡Imagínese usted! Y supongo que me enfadé un poco, porque, como le digo, había tenido un día de mucho trabajo y se me habían hecho muy largas las horas esperando el momento de volver a verla. El caso es que me dije a mí mismo: «Si esto es lo que quiere, que vea hasta dónde la puede llevar su comportamiento.» Cené con mi mujer, y nos fuimos los dos a la cama sin haberle dicho a Sophie una sola palabra. Supongo que ése fue el origen de todo. Al primer día le siguió otro igual, y antes de que nos diéramos cuenta nuestra actitud recíproca se convirtió en norma. No querría que me malinterpretara, señor… No estábamos enfadados: la animosidad entre los dos desapareció enseguida. Pero todo comenzó a ser como es ahora. Sophie y yo nos seguíamos profesando un gran afecto. Sólo que no nos dirigíamos la palabra. Reconozco que en aquel tiempo ni se me pasó por la cabeza que la cosa pudiera llegar tan lejos. Y supongo que mi intención fue siempre aguardar a algún día señalado…, su cumpleaños, por ejemplo, para olvidarnos de todo aquello y hacer que todo volviera a ser como antes. Pero llegó su cumpleaños, y perdimos la oportunidad. Y llegaron y se fueron las Navidades sin que nada cambiara. Y así hasta que ella tuvo once años. Entonces se sumó a esto un pequeño incidente, un incidente desdichado. Sophie tenía entonces un pequeño hámster blanco. Lo llamaba Ulrich, y estaba muy encariñada con él. Se pasaba horas y horas hablándole, llevándolo por todo el piso en la mano. Pero un día el animalillo desapareció. Sophie lo buscó por todas partes. Su madre y yo revolvimos todo el piso buscándolo, preguntamos por él a los vecinos…, todo en vano. Mi mujer hizo cuanto pudo por convencer a Sophie de que Ulrich andaría por ahí a sus anchas…, que se habría ido de vacaciones y que no tardaría en volver. Pero entonces llegó una noche aciaga. Mi mujer había salido, y Sophie y yo nos quedamos solos en el piso. Yo estaba en el dormitorio, con la radio a todo volumen, (retransmitían un concierto) y de pronto me di cuenta de que Sophie lloraba a lágrima viva en la salita. Pensé al instante que al fin había encontrado a Ulrich…, o lo que quedaba de él, pues habían transcurrido ya unas cuantas semanas desde su desaparición. Bueno…, la puerta entre el dormitorio y la salita estaba cerrada y, como le digo, tenía la radio muy alta, así que lo más normal habría sido que yo no la hubiera oído llorar. Permanecí, pues, en el dormitorio, con la oreja pegada a la puerta y la música sonando a mi espalda. Por supuesto, pensé varias veces en salir e ir a verla, pero cuanto más rato pasaba de pie junto a la puerta, más reparo me daba salir y aparecer ante ella de pronto. Compréndame, señor, habría resultado extraño hacerlo cuando ya no sollozaba tan fuerte como antes… Incluso volví a sentarme un ratito en mi butaca tratando de convencerme a mí mismo de que no había oído nada. Aquellos sollozos suyos me desgarraban el corazón de tal forma, sin embargo, que al poco me vi otra vez junto a la puerta, con la cabeza pegada a ella, tratando de escuchar a Sophie por encima de los acordes de la orquesta. «Si ella me lo pide», me dije, «si me llama o da unos golpecitos en la puerta, saldré.» Eso es lo que decidí. Que si llamaba, que si gritaba simplemente «¡Papá!», saldría y le diría que no la había oído antes por culpa de la música. Aguardé, pero no dijo nada, ni llamó a la puerta. Lo único que hizo, tras un rato de desconsolado llanto (me llegó al alma, señor, se lo aseguro), fue decirse a sí misma…, permítame recalcarlo: a sí misma: «¡Olvidé a Ulrich dentro de la caja! ¡Ha sido culpa mía! ¡Me olvidé de sacarlo! ¡He tenido yo la culpa!» El caso es que, según averigüé después, Sophie había metido a Ulrich dentro de una cajita suya de regalo. Sin duda quería llevarlo a alguna parte fuera de casa: siempre estaba sacándolo de paseo para «enseñarle» cosas. Así que, cuando se disponía a salir, lo metió en aquella cajita de hojalata. Pero entonces debió de ocurrir algo que la distrajo. Lo cierto es que no salió a pasear y que olvidó que había metido a Ulrich dentro de la caja. Aquella noche de la que le hablo, señor, había estado buscando algo por el piso, y de repente lo recordó todo. ¡Imagínese lo terrible que debió de ser aquel momento para mi hijita! El relámpago súbito de un recuerdo, la esperanza desesperada de que tal vez no fuera cierto, el precipitarse en busca de la caja… Sí, desgraciadamente Ulrich seguía allí dentro. En mi situación, escuchando detrás de la puerta, yo no podía saber la razón exacta de su llanto, pero me imaginé más o menos lo ocurrido cuando la oí gritar aquellas palabras: «¡Olvidé a Ulrich dentro de la caja! ¡Ha sido culpa mía!» Pero quisiera que lo comprendiera, señor: habló consigo misma. Si hubiera dicho algo así como: «¡Ven, papá…, ven a ver!» No fue así, sin embargo. A pesar de ello, me hice la siguiente reflexión: «Si vuelve a gritar…, a reprocharse de esa forma lo ocurrido, saldré.» Pero no lo hizo. Se limitó a seguir sollozando. Podía imaginármela sosteniendo a Ulrich entre los dedos, esperando tal vez que aún fuera posible salvarlo… No, no me resultó fácil, señor… La música seguía sonando a mi espalda…, y no me atreví a abandonar el dormitorio… Me comprende, ¿verdad? Oí regresar a mi mujer mucho más tarde; oí que hablaban y que Sophie volvía a llorar. Luego entró mi mujer en el dormitorio y me contó lo que había ocurrido. «¿No has oído nada?», me preguntó; y yo le respondí: «¡No, nada en absoluto! Estaba escuchando el concierto.» A la mañana siguiente, durante el desayuno, Sophie no me dirigió la palabra y yo tampoco le dije nada. No por nada especial, sino por el mero hecho de mantener el silencio habitual entre nosotros. Pero me di perfecta cuenta, sin ningún género de duda, de que Sdphie sabía que yo había estado escuchándola. Y, lo que era aún más, de que no estaba dolida conmigo por ello. Me pasó el jarrito de la leche, como siempre, la mantequilla…, e incluso me retiró después el plato…, más servicial incluso que otras veces. Lo que estoy tratando de explicarle, señor, es que Sophie comprendía nuestro arreglo y lo respetaba. Después de aquello, como ya se imaginará, la situación se consolidó en estos términos. Porque si el asunto de Ulrich no había bastado para Poner fin a nuestro silencio, no habría sido correcto romperlo hasta que ocurriera otro hecho que, como mínimo, fuera tan significativo como aquél. Darlo por concluido de repente, cualquier día, sin más ni más, no sólo hubiera sido realmente extraño, sino que equivaldría a minimizar la tragedia que el episodio de Ulrich representaba para mi hija. Confío en que lo entenderá así, señor. En cualquier caso, como digo, después de aquello nuestro arreglo quedó… consolidado, sí, e incluso en las presentes circunstancias no me parecería bien romper porque sí algo tan duradero ya. Hasta me atrevería a decir que Sophie opina lo mismo. Por eso le rogué a usted que, como un favor especialísimo, y dado que le vendría de camino esta tarde…

– Sí, sí, sí… -le interrumpí, sintiendo una nueva oleada de impaciencia. Y añadí a continuación, más amablemente-: Me doy cuenta de cómo están las cosas entre usted y su hija. Pero me pregunto una cosa… ¿No será tal vez eso…, este mismo asunto…, ese arreglo entre ustedes dos…? ¿No será precisamente ésa la raíz de las preocupaciones de su hija? ¿Y si este arreglo suyo fuera precisamente el motivo de sus reflexiones aquella vez que la descubrió usted sentada en el café con aquel aire de abatimiento?

Aquello pareció dejar a Gustav estupefacto, y durante algún tiempo se quedó callado. Y al cabo dijo:

– Jamás se me había ocurrido pensar en eso que usted sugiere, señor… Tendré que reflexionar sobre ello. De verdad, no lo he pensado nunca. -Volvió a sumirse en el silencio unos instantes, con la turbación dibujada en el semblante. Luego alzó la vista y me miró-: Pero… ¿por qué habría de estar tan preocupada por nuestro arreglo ahora? ¿Después de tanto tiempo? -Movió lentamente la cabeza-. ¿Me permite una pregunta, señor? ¿Se ha formado usted esa idea a raíz de su conversación con ella?

De pronto me sentí harto de todo aquello, y deseé que acabara cuanto antes.

– No sé, no sé… -dije-. Le repito que estos asuntos familiares… Soy un extraño…, ¿cómo puedo juzgar? Lo decía como una simple posibilidad.

– Y tendré que considerarla, de veras. En interés de Boris, estoy dispuesto a estudiar todas las posibilidades. Sí, lo pensaré. -Calló de nuevo, y la turbación pareció nublarle aún más la mirada-. Me pregunto, señor, si podría pedirle otro favor… Cuando vuelva a ver a Sophie…, ¿le importaría investigar esa posibilidad que ha mencionado? Sé que tendría que hacerlo con muchísimo tacto. En otras circunstancias no me atrevería a pedirle una cosa así, pero, compréndame, estoy pensando en el pequeño Boris. ¡Le quedaría tan agradecido…!

Me miraba con tal expresión de súplica que al final dejé escapar un suspiro, y dije:

– Está bien… Haré lo que pueda por Boris. Pero debo decirle otra vez que, para un extraño como yo…

Tal vez nos oyó decir su nombre, pero el caso es que Boris se despertó en aquel preciso instante.

– ¡Abuelo! -exclamó y, soltándome, se dirigió muy excitado hacia Gustav, con evidente intención de abrazarlo. Pero en el último momento el pequeño pareció pensarlo mejor y le tendió simplemente la mano.

– Buenas noches, abuelo -dijo con una dignidad tranquila.

– Buenas noches, Boris -respondió Gustav dándole unas palmaditas en la cabeza-. Me alegro de verte. ¿Qué tal has pasado el día?

Boris se encogió de hombros.

– Algo cansado. Igual que otros días.

– Aguarda un minuto y me ocuparé de todo -dijo Gustav. Y rodeando con el brazo los hombros de su nieto, el anciano mozo se acercó al mostrador de recepción. Durante los momentos que siguieron él y el conserje conversaron en la jerga hotelera y en tono muy bajo. Hasta que, finalmente, llegaron a un acuerdo y el conserje le tendió una llave.

– Si el señor tiene la amabilidad de seguirme -me dijo Gustav-, le mostraré la habitación en que dormirá Boris.

– La verdad es que tengo otra cita.

– ¿A estas horas? Lleva usted una vida muy ajetreada, señor… Bien, en tal caso, ¿me permite proponerle que me encargue yo mismo de acomodar a Boris?

– Excelente idea. Se lo agradezco.

Los acompañé hasta el ascensor y les dije adiós con la mano mientras las puertas del ascensor se cerraban. Y entonces me sentí abrumado por la frustración y la ira que hasta entonces había conseguido dominar. Sin despedirme del conserje, crucé el vestíbulo y volví a salir a la noche.

8

La calle estaba solitaria y en silencio. No tardé mucho en vislumbrar -en la acera opuesta, un poco más abajo- los arcos de piedra que había mencionado Sophie por teléfono. Y mientras caminaba hacia ellos pensé por un instante que a lo mejor se había sentido avergonzada y había decidido marcharse. Pero enseguida vi emerger su figura de las sombras, y sentí que la ira se apoderaba de mí una vez más.

Su expresión no era tan contrita como yo esperaba. Me observaba con interés, y cuando llegué a su lado me dijo con voz que apenas denotaba intranquilidad:

– Tienes todo el derecho a sentirte molesto. No sé qué me ha pasado. Supongo que estaba confusa… Comprendo que estés enfadado conmigo.

La miré con aire indiferente.

– ¿Enfadado? ¡Ah, ya entiendo! Te refieres a tu actitud de esta tarde. Bien, sí… Debo reconocer que me sentí muy decepcionado por Boris. Para él fue un disgusto muy grande. Pero, en cuanto a mí, si he de serte franco, no es algo a lo que haya estado dando muchas vueltas. ¡Tengo tantas otras cosas en las que pensar!

– No sé cómo ha ocurrido. Me doy perfecta cuenta de lo mucho que dependíais de mí tú y Boris…

– Perdona, pero yo jamás he dependido de ti. Creo que deberías tranquilizarte un poco. -Solté una risita, y eché a andar despacio-. Por lo que a mí respecta, no hay ningún problema. Siempre he estado dispuesto a cumplir mis obligaciones con o sin tu ayuda. Me siento decepcionado porque ha supuesto un disgusto para Boris. Esto es todo.

– He sido una estúpida… Ahora me doy cuenta. -Sophie caminaba a mi lado-. No sé… Supongo que pensé que tú y Boris.-, trata de comprender mi punto de vista, por favor, que tú V Boris os estabais rezagando adrede… Y supongo que quizá he temido que no os entusiasmaran gran cosa mis planes para la velada, y que por eso os habíais ido por otro camino a propósito… Mira…, si quieres, te lo contaré todo. Todo lo que quieras saber. Hasta el más mínimo detalle.

Me detuve y me volví para mirarla a la cara.

– Está visto que no me he explicado. No me interesa nada de todo esto. He salido del hotel simplemente porque necesitaba tomar el aire y relajarme un poco. Ha sido un día muy duro. Para ser exactos, pensaba meterme en un cine antes de subir a acostarme.

– ¿El cine? ¿Y qué película?

– ¿Cómo quieres que lo sepa? Cualquier sesión de madrugada. Me han dicho que hay un cine aquí cerca. Pensaba entrar y ver cualquier cosa. He tenido un día agotador.

Me puse de nuevo en movimiento, esta vez más resuelto. Al cabo de un instante, para satisfacción mía, escuché sus pasos tras los míos.

– ¿De verdad no estás enfadado? -me preguntó al llegar a mi altura.

– ¡Pues claro que no estoy enfadado! ¿Por qué iba a estarlo?

– ¿Puedo ir contigo? Al cine, me refiero.

Me encogí de hombros y seguí caminando a paso rápido.

– Como gustes. Por mí, puedes hacer lo que quieras.

Sophie se cogió de mi brazo.

– Si lo deseas, seré completamente sincera. Te lo contaré todo, todo cuanto quieras saber acerca de…

– ¡Pero bueno…! ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No me interesa lo más mínimo. Lo único que quiero ahora es descansar. En los próximos días voy a estar sumamente agobiado.

Ella siguió cogida de mi brazo, y durante un rato caminamos los dos en silencio. Luego exclamó con voz queda:

– Es muy amable de tu parte. Mostrarte tan comprensivo, quiero decir…

No respondí. Habíamos dejado la acera y ahora íbamos por el centro de la calle desierta.

– En cuanto encontremos un hogar adecuado para nosotros, todo comenzará a ir mejor -siguió diciendo-. Tiene que ir mejor. Esa casa que voy a ir a ver mañana por la mañana… He Puesto muchas esperanzas en ella. Parece exactamente lo que hemos estado buscando desde siempre.

– Sí. Esperemos que así sea.

– Podrías mostrar un poco más de entusiasmo… Puede que sea una posibilidad crucial para nosotros.

Me encogí de hombros y seguí caminando. El cine estaba aún a cierta distancia, pero, como era prácticamente el único edificio iluminado en la oscura calle, lo teníamos a la vista desde hacía rato. Al acercarnos, Sophie dejó escapar un suspiro, y nos detuvimos.

– Quizá no deba ir -dijo soltando mi brazo-. Me llevará mucho tiempo visitar esa casa mañana. He de salir muy temprano. Será mejor que me vaya.

Quién sabe por qué, pero sus palabras me cogieron por sorpresa y durante un segundo no supe qué responder. Miré hacia el cine, y luego me volví hacia ella.

– Creí que habías dicho que te apetecía ir… -empecé a decir. Después, tras una pausa, añadí en tono más tranquilo-: Escucha… Ponen una película excelente. Estoy seguro de que te gustará…

– ¡Pero si ni siquiera sabes cuál es la película! Por espacio de un instante cruzó por mi cabeza el pensamiento de que estaba jugando conmigo. Pero, pese a ello, había comenzado a apoderarse de mí una extraña sensación de pánico, y no pude evitar que en mi voz hubiera una nota de súplica:

– Ya me entiendes… Lo sé por el conserje del hotel. Ha sido él quien me la ha recomendado. Y me consta que el hombre es muy de fiar. El hotel tiene que velar por su buena reputación… No es probable que recomienden algo que… -Dejé que mi voz se ahogara, pues me sentí invadido por el pánico al ver que Sophie empezaba a alejarse-. Escucha… -la llamé en voz alta, sin importarme ya que alguien pudiera oírme-. Estoy seguro de que será una buena película. Y tú y yo no hemos ido al cine juntos desde hace mucho tiempo. ¿No es cierto? ¿Cuándo fue la última vez que hicimos algo parecido?

Sophie pareció reconsiderar su decisión. Finalmente, sonriendo, desanduvo sus pasos y regresó a mi lado.

– Está bien, está bien -dijo al tiempo que me asía suavemente del brazo-. Es muy tarde, pero iré contigo. Tienes razón: hace siglos que no hemos hecho algo así juntos. Disfrutemos, pues, un poco.

Experimenté una gran sensación de alivio y, al entrar en el cine, tuve que controlarme para no sujetarla con fuerza y atraerla hacia mí. Sophie pareció darse cuenta, pues apoyó la cabeza sobre mi hombro.

– ¡Es tan amable de tu parte no enojarte conmigo…! -repitió suavemente.

– ¿Pero por qué tendría que enojarme? -murmuré mientras buscaba el vestíbulo con la mirada.

A unos metros de nosotros, las últimas personas de una cola entraban ya en la sala. Miré a mi alrededor para comprar las entradas, pero la taquilla estaba cerrada, y se me ocurrió que tal vez habría algún acuerdo entre el hotel y el cine. En cualquier caso, cuando Sophie y yo nos poníamos al final de la cola un individuo con traje gris que estaba de pie en la entrada nos sonrió y nos hizo pasar con los demás.

El cine estaba casi lleno. Aún no habían apagado las luces y mucha gente recorría la sala buscando asiento. Me puse yo también a mirar dónde podíamos sentarnos, y sentí que Sophie me apretaba el brazo.

– ¡Oh, compremos algo! -dijo-. Helados, palomitas de maíz, lo que sea…

Estaba señalando la parte de delante de la sala, donde se había formado un grupito frente a una mujer uniformada que llevaba una bandeja llena de golosinas.

– Por supuesto -asentí-. Pero más vale que nos apresuremos o no quedarán butacas libres. Hoy tienen mucho público.

Nos abrimos paso hasta la parte delantera y nos sumamos a los que esperaban. Al rato de estar aguardando, noté que de nuevo se apoderaba de mí un sentimiento de enojo hacia Sophie, hasta el punto de que llegué incluso a alejarme de ella. Pero enseguida la oí decir a mi espalda:

– Voy a ser sincera contigo. En realidad esta noche no he ido al hotel a buscarte. Ni siquiera sabía que tú y Boris fuerais a ir allí.

– ¿Y eso? -pregunté sin volverme, con la vista fija en la señora de las golosinas.

– Después de lo ocurrido -prosiguió Sophie-, en cuanto comprendí que me había comportado como una estúpida…, bueno…, no sabía qué hacer. Pero de pronto me acordé. Del abrigo de invierno de papá, quiero decir. Me acordé de que aún no se lo había dado.

Oí como un crujido de papeles, y al volverme para mirarla, reparé por primera vez en que Sophie llevaba al brazo un gran envoltorio de papel de estraza y forma indefinida. Lo alzó en el aire, pero evidentemente era pesado, y tuvo que bajarlo enseguida.

– Ya comprendo que fue una tontería -siguió-. No había ningún motivo de alarma. Pero de pronto noté el frío del invierno y, pensando en el abrigo, me dije que tenía que llevárselo cuanto antes. Así que lo envolví y salí a la calle. Luego, sin embargo, al llegar al hotel, la noche parecía tan agradable… Me di cuenta de que me había inquietado sin motivo y me quedé dudando si debía o no entrar a dárselo. Estuve allí un buen rato pensándolo, hasta que se me ocurrió que papá se habría ido ya a dormir. Podía habérselo dejado en conserjería, pero tenía ganas de entregárselo personalmente. Aparte de que, con un tiempo tan bueno, bien podía dejar pasar algunas semanas… En eso estaba cuando apareció un coche y tú y Boris salisteis de él. Ésta es la pura verdad.

– Comprendo.

– De no ser por eso, no sé si habría tenido el valor de presentarme ante ti. Pero, puesto que estaba allí, justo en la acera de enfrente, me armé de valor y te llamé por teléfono.

– Me alegra que lo hayas hecho -dije, y añadí, señalando con un gesto a nuestro alrededor-: Después de todo, hacía tanto tiempo que no veníamos juntos a un cine…

Sophie no respondió y, cuando la miré, vi que tenía la mirada amorosamente fija en el paquete que llevaba al brazo. Le dio unos golpecitos con la mano libre.

– El tiempo seguirá así durante algunas semanas -susurró, dirigiéndose a la vez al paquete y a mí-. No corre demasiada prisa. Podemos dárselo dentro de unos días.

Habíamos llegado ya a la primera fila del grupo, y Sophie se apresuró a adelantarme para echar un ansioso vistazo a la bandeja que mostraba la mujer de uniforme.

– ¿Qué te apetece a ti? -me preguntó Sophie-. A mí un vasito de helado… No, mejor uno de esos bombones helados de chocolate.

Atisbando por encima de su hombro, vi que la bandeja contenía los habituales helados y chocolatinas. Pero, curiosamente, las golosinas habían sido desplazadas en confuso desorden a los bordes de la bandeja, para hacer sitio en el centro de ésta a un grueso libro muy manoseado. Incliné el cuerpo hacia él para examinarlo.

– Es un manual muy útil, señor -se apresuró a explicarme la mujer de uniforme-. Puedo recomendárselo encarecidamente.

Supongo que no debería venderlo aquí de esta forma. Pero al director no le importa que vendamos objetos personales nuestros, a condición de que no lo hagamos demasiado a menudo.

En la sobrecubierta se veía la foto de un hombre sonriente, vestido con mono de trabajo y subido a una escalera de mano; llevaba una brocha en una mano y un rollo de papel de empapelar bajo el brazo. Cuando lo alcé de la bandeja pude ver que la encuademación había empezado a deshacerse.

– Perteneció a mi hijo mayor -prosiguió la mujer-. Pero ahora ya es un hombre y se ha ido a Suecia. La pasada semana me puse por fin a ordenar todas sus cosas. He conservado algunas que pensé que tenían valor sentimental y he tirado el resto. Pero había una o dos que no parecían encajar en ninguna de ambas categorías. Como este manual, señor… No puedo decir que tenga mucho valor sentimental, pero ¡es un libro tan útil! Enseña a hacer tantísimas cosas en la casa, como decorar, alicatar… Y todo paso a paso, con dibujos clarísimos. Recuerdo que mi hijo le sacó mucho partido ya de mayor… Ya sé que está un poquito deteriorado ahora, pero sigue siendo una verdadera joya. Además, no pido gran cosa por él, señor.

– Tal vez le gustaría a Boris -le comenté a Sophie mientras lo hojeaba.

– ¡Oh! Si usted tiene un chico mayorcito, señor, sería el regalo perfecto. Se lo digo por propia experiencia. A nuestro hijo le fue de maravilla a esa edad. Pintura, alicatado…, enseña a hacer de todo.

Las luces comenzaban a atenuarse, y recordé que aún teníamos que encontrar asiento.

– Muy bien, me lo quedo -dije.

La mujer se deshizo en palabras de agradecimiento mientras le pagaba, y nos alejamos de ella con el libro y los helados.

– Es muy amable de tu parte tener ese detalle con Boris -me dijo Sophie mientras subíamos por el pasillo central. Luego volvió a alzar su crujiente envoltorio para acomodárselo mejor bajo el brazo-. Parece mentira que papá haya podido pasar el ultimo invierno sin un abrigo como Dios manda -continuó-, pero es demasiado orgulloso para ponerse el otro viejo que tiene- Por otra parte, el invierno pasado fue más bien suave, así que no importó gran cosa, en realidad. Pero no puede pasarse otro invierno sin abrigo.

– No, no debería.

– Soy muy realista en esto. Sé que papá se está haciendo viejo. Y llevo tiempo dándole vueltas a todos los aspectos del asunto. Pensando en su jubilación, por ejemplo. Hay que encarar el hecho de que tiene ya muchos años. -Guardó silencio unos instantes antes de concluir-: Sí, se lo daré dentro de unas semanas. Será lo mejor.

Las luces de la sala habían ido apagándose gradualmente y el público había adoptado un silencio expectante. Me pareció que el local estaba incluso más lleno que antes, y me pregunté si no sería ya demasiado tarde para encontrar asiento. Pero cuando la oscuridad era casi total, llegó por el pasillo un acomodador con una linterna y nos indicó dos butacas en una de las primeras filas. Sophie y yo pasamos entre los espectadores ya sentados susurrando disculpas, y tomamos asiento justo cuando empezaban los anuncios.

La mayoría de anuncios eran de empresas locales, y la retahila se nos hizo interminable. Cuando por fin empezó la proyección de la película, llevábamos ya sentados media hora por lo menos. Vi con cierto alivio que se trataba de un clásico de la ciencia ficción: 2001: una odisea del espacio…, una de mis películas preferidas, que jamás me he cansado de volver a ver.

Tan pronto como aparecieron en la pantalla las impresionantes secuencias del mundo prehistórico, sentí que me relajaba y no tardé en abandonarme cómodamente a la magia del filme. Estábamos ya en la parte central de la trama -con Clint Eastwood y Yul Brynner a bordo de la nave espacial, rumbo a Júpiter- cuando oí que Sophie decía a mi lado:

– Aunque el tiempo podría cambiar, por supuesto.

Di por descontado que se refería a la película, y respondí con un murmullo de asentimiento. Pero minutos después volvió a hablarme:

– El año pasado tuvimos un otoño espléndido, soleado, como el de este año. Duró muchísimo. La gente siguió yendo a tomar café en las terrazas de los bares hasta bien entrado noviembre. Pero luego, de pronto, de la noche a la mañana, se presentó el frío. Podría volver a ocurrir lo mismo este invierno. Nunca se sabe, ¿verdad?

– No, supongo que no -admití. Pero esta vez, por supuesto, ya me había dado cuenta de que me estaba hablando del abrigo.

– Aun así, no es tan urgente.

Cuando volví a mirarla de soslayo, me pareció que estaba atenta a la película. Fijé también la vista en la pantalla, pero a los pocos segundos, en la oscuridad de la sala, comenzaron a pasar por mi memoria fragmentos de recuerdos que distrajeron una vez más mi atención de la película.

Me vi evocando vividamente cierta ocasión en que me hallaba sentado en un sillón incómodo, y tal vez mugriento. Es probable que fuera por la mañana, la mañana triste de un día gris, y que hubiera estado leyendo el periódico. Boris estaba tumbado de bruces cerca de mí, en la alfombra, garabateando en un bloc de dibujo con un lápiz de cera. Por la edad del niño -era aún muy pequeño- inferí que se trataba de un recuerdo de hacía seis o siete años, aunque no podía recordar la habitación ni la casa en que estábamos. Habían dejado entreabierta la puerta que daba al cuarto contiguo, del que llegaban varias voces femeninas que charlaban animadamente.

Yo llevaba algún tiempo leyendo el periódico en aquel incómodo sillón, pero algo en Boris -quizá un cambio sutil en su actitud o en su postura- hizo que lo mirara. Me bastó un vistazo para hacerme cargo de la situación: Boris se las había arreglado para dibujar en su hoja un «Superman» perfectamente identificable. Llevaba semanas intentándolo, pero a pesar de nuestras palabras de ánimo hasta entonces no había sido capaz de lograr darle siquiera un parecido aceptable. Y ahora, sin embargo, lo había logrado de pronto, quizá por una de esas conjunciones del azar y del progreso que son tan frecuentes en la infancia. El dibujo no estaba acabado -la boca y los ojos requerían unos toques últimos-, pero, aun así, enseguida me di cuenta del gran triunfo que aquello representaba para él. Y le habría dicho algo, pero también observé que se hallaba volcado sobre su obra en un estado de enorme tensión, con el lápiz en ristre sobre el bloc. Sin duda vacilaba entre dejarlo como estaba o seguir retocándolo y arriesgarse a estropearlo. Yo me había hecho cargo de su apremiante dilema, e incluso había estado a punto de decirle en voz alta: «Déjalo, Boris. Está bien así. No lo toques más, y que todos puedan ver lo que has conseguido. Enséñamelo, y luego ve a enseñárselo a tu madre y a todas esas personas que están charlando ahí al lado. ¿Qué importa que no esté acabado del todo? Se van a quedar todas boquiabiertas, y se sentirán orgullosas de ti. Más vale que no lo toques: podrías estropearlo.» Pero no dije nada y, en lugar de ello, seguí observándolo asomando la cabeza por el borde del Periódico. Finalmente, Boris tomó una decisión, y se puso a añadir al gunos detalles con sumo cuidado. Hasta que, ganando confianza, se empleó a fondo y empezó a utilizar el lápiz con bastante inconsciencia. Al poco interrumpió su tarea para contemplar en silencio el resultado. Y entonces -todavía recuerdo la angustiosa sensación que aquello me causó- presencié su desesperado intento de salvar el dibujo añadiendo más y más trazos. Hasta que, con una expresión de profundo abatimiento, dejó el lápiz sobre el bloc y, levantándose, abandonó la habitación sin decir ni una palabra.

El episodio me había afectado de forma sorprendente, y aún me hallaba en pleno esfuerzo por apaciguar mis emociones cuando la voz de Sophie había dicho desde algún punto cercano:

– No comprendes nada, ¿verdad?

Yo había bajado el periódico, sorprendido por lo acerbo de su tono, y la vi de pie frente a mí, mirándome. Luego Sophie había añadido:

– No tienes ni idea de lo mucho que he sufrido al observarlo. Jamás lo comprenderás. ¡Mírate…! ¡Leyendo el periódico! -Había bajado la voz para dar aún más intensidad a sus palabras-. ¡Ésa es la diferencia! No es hijo tuyo… Podrás decir lo que quieras, pero no es lo mismo. Jamás sentirás por él lo que siente un auténtico padre. ¡Mírate! No puedes ni imaginar lo que he sufrido.

Dicho lo cual, se había dado media vuelta y había salido de la habitación.

Se me pasó por la cabeza seguirla a la habitación de al lado y, hubiera o no visitas, obligarla a escucharme. Pero al final me decidí por aguardarla allí, y esperar a que regresara. Y lo cierto es que Sophie volvió a los pocos minutos; aunque algo que advertí en su actitud me aconsejó no decirle nada y dejar que volviera a marcharse. Luego, aunque durante la media hora siguiente Sophie entró y salió de la habitación varias veces, y pese a lo decidido que estaba a decirle lo que sentía, permanecí en silencio. Hasta que, en determinado momento, comprendí que ya se había pasado la oportunidad de abordar la cuestión sin riesgo de hacer el ridículo, y volví a refugiarme en mi periódico con un vivo sentimiento de frustración y culpa.

– Dispense… -dijo una voz detrás de mí, al tiempo que una mano me tocaba el hombro. Al volverme vi a un individuo en la fila inmediatamente posterior a la nuestra que, con el cuerpo inclinado hacia adelante, me estudiaba detenidamente-. Es usted el señor Ryder, ¿verdad? ¡Dios bendito, pues claro que sí! Perdóneme, se lo ruego. Llevo todo el rato sentado justo detrás de usted y no le había reconocido en la penumbra. Soy Karl Pedersen. Tenía muchas ganas de conocerle en la recepción preparada para esta mañana; pero, claro, no contaba con las circunstancias imprevisibles que le han impedido llegar… ¡Qué casualidad encontrarle aquí ahora!

Era un hombre de pelo cano, con gafas y expresión bondadosa. Enderecé un poco mi postura.

– ¡Ah, sí, señor Pedersen…! Encantado de conocerle. Como bien dice, lo de esta mañana ha sido el colmo de la mala suerte. Yo también tenía grandes deseos de conocer…, de conocerles a todos ustedes.

– Pues da la casualidad de que ahora mismo están aquí, en el cine, varios concejales de nuestra ciudad, que han lamentado mucho no poder darle la bienvenida esta mañana. -Escrutó la oscuridad-. Si pudiera saber dónde se han sentado… Me gustaría presentarle a un par de ellos. -Volviéndose en su butaca, estiró el cuello para mirar hacia filas de atrás-. Por desgracia no consigo ver a ninguno…

– Me encantará conocer a sus colegas, por supuesto. Pero ahora ya es tarde, y además están viendo la película. Será mejor dejarlo para otro momento. Seguro que habrá más ocasiones.

– No consigo ver a ninguno de ellos -repitió el hombre, volviéndose hacia mí de nuevo-. ¡Qué lástima! Sé que están en algún lugar de este cine. En todo caso, señor, ¿me permite expresarle, como miembro del ayuntamiento, el placer y el honor que supone para todos nosotros su visita?

– Es usted muy amable.

– Según dicen, el señor Brodsky ha estado soberbio esta tarde en el auditórium. Tres o cuatro horas ensayando a conciencia.

– Sí, ya me he enterado. Es magnífico.

– A propósito, señor…, ¿ha estado ya en nuestro auditórium?

– ¿El auditórium? Bien…, no. Desgraciadamente, aún no he tenido la oportunidad…

– Comprendo. Han sido muchas horas de viaje. En fin…, queda mucho tiempo. Estoy seguro de que le impresionará nuestro auditórium, señor Ryder. Es un hermoso edificio antiguo y, por muchas cosas que hayamos abandonado a los estragos del tiempo en nuestra ciudad, nadie podrá acusarnos jamás de no haber velado por nuestro auditórium. Un edificio antiguo muy hermoso, como le digo, y situado en un marco maravilloso. Me refiero al Liebmann Park, por supuesto. Podrá verlo usted mismo, señor Ryder. Un agradable paseo entre los árboles y, al llegar al claro…, ¡helo ahí! ¡El auditórium! Ya lo verá usted, señor. Es un lugar ideal para que se den cita nuestros conciudadanos, lejos del bullicio callejero. Recuerdo que, cuando yo era niño, teníamos una orquesta municipal, y el primer domingo de cada mes nos congregábamos todos en ese claro del parque antes del concierto. Aún puedo ver la llegada de las familias, todos de punta en blanco…, gente y más gente que venía por entre los árboles dirigiéndose saludos. Y nosotros, la chiquillería, correteando de acá para allá. En otoño teníamos un juego, un juego especial. Nos poníamos a recoger todas las hojas caídas que podíamos, las llevábamos hasta el cobertizo del jardinero y las amontonábamos a un lado. Había allí, en la pared del cobertizo, un tablón así de alto, que tenía una marca. Y nos habíamos pasado unos a otros la consigna de que teníamos que amontonar las hojas suficientes para que la altura del montón llegara hasta la marca antes de que los adultos empezaran a llenar el auditórium. Porque, si no lo conseguíamos, la ciudad entera saltaría en mil pedazos, o algo parecido. Así que allí estábamos todos, yendo y viniendo a todo correr con los brazos cargados de hojas húmedas. Es muy fácil para cualquiera de mi edad sentirse nostálgico, señor Ryder, pero no le quepa duda: ésta fue en el pasado una comunidad muy feliz. Con familias muy grandes y muy dichosas. Y amistades reales, duraderas. El trato entre la gente era cordial y afectuoso. La nuestra fue una maravillosa comunidad, sí, señor. Durante muchos años. Voy a cumplir los setenta y seis, así que bien puedo dar testimonio de ello.

Pedersen cayó en un momentáneo mutismo. Continuaba echado hacia adelante, con el brazo apoyado en el respaldo de mi butaca y, al mirarle la cara, vi que sus ojos no estaban fijos en la pantalla, sino en algún otro lugar muy alejado. Entretanto, llegábamos a esa parte de la película en la que los astronautas empiezan a sospechar los motivos del ordenador HAL, artilugio capital en todos los aspectos de la vida a bordo de la nave espacial. Clint Eastwood recorría los claustrofóbicos pasillos de la nave con expresión serena y empuñando un enorme revólver. Empezaba a dejarme prender de nuevo por la trama cuando Pedersen reanudó su perorata.

– He de serle franco. No puedo evitar sentir cierta lástima por él. Por el señor Christoff, quiero decir. Sí, por extraño que le parezca, siento lástima por él. Se lo he dicho con estas palabras a unos cuantos colegas del ayuntamiento, y ellos han pensado: «¡Bueno…, este pobre hombre chochea…! ¿Quién puede sentir ni una pizca de lástima por ese charlatán?» Pero compréndame… Lo recuerdo mejor que la mayoría. Recuerdo cómo estaban las cosas cuando el señor Christoff llegó por primera vez a esta ciudad. Claro que estoy tan furioso con él como cualquiera de mis colegas. Pero… ¿qué quiere que le diga?…, sé muy bien que al principio no fue precisamente el señor Christoff quien tomó la iniciativa. ¡No, no! Fue…, mejor dicho, fuimos nosotros. Es decir, las personas como yo. Porque no lo niego: yo tenía entonces cierta influencia. Le animamos, le aplaudimos, le halagamos…, le dimos a entender que confiábamos en su talento y en su iniciativa. Una parte, al menos, de la responsabilidad de lo ocurrido nos corresponde a nosotros. Mis colegas más jóvenes tal vez fueran ajenos a todo esto en la primera época. Sólo conocen al señor Christoff como la figura dominante, la que hacía y deshacía. Pero olvidan que él nunca solicitó tal posición. ¡Oh, sí…! Recuerdo perfectamente la llegada del señor Christoff a esta ciudad. Era un hombre muy joven entonces, solo, nada pretencioso…, incluso modesto. Si nadie lo hubiera animado, estoy seguro de que se habría sentido feliz permaneciendo en un segundo plano, dando sus recitales en privado y demás. Pero fue una cuestión de oportunidad, señor Ryder, y los acontecimientos se desarrollaron de la forma más desdichada. Cuando el señor Christoff llegó a la ciudad, estábamos pasando… bueno, sí, una especie de «bache». El señor Bernd, el pintor, y el señor Vollmöller, un compositor excelente, que durante tanto tiempo habían llevado el timón de nuestra vida cultural, acababan de fallecer con pocos meses de diferencia, y por la ciudad se había extendido un sentimiento…, una especie de desasosiego… Todos sentíamos una gran tristeza por la muerte de aquellos dos hombres extraordinarios, pero supongo que al mismo tiempo nos decíamos que se nos presentaba una oportunidad para cambiar. La oportunidad de algo nuevo y fresco. Porque, pese a lo felices que habíamos sido, después de tantos años con aquellos dos caballeros al frente de todo era inevitable que hubieran surgido ciertas frustraciones. Así que se imaginará usted el revuelo que se produjo cuando corrió la voz de que el extranjero que se alojaba en casa de la señora Roth era un violoncelista profesional que había tocado en la orquesta sinfónica de Gotemburgo y, en varias ocasiones, bajo la dirección de Kazimierz Studzinski. Recuerdo que yo mismo tuve bastante que ver con el recibimiento que dispensamos al señor Christoff… Y a él lo recuerdo como era entonces, ya ve, con aquella sencillez suya de los primeros tiempos. Ahora, desde la perspectiva de los años, pienso incluso que le faltaba confianza en sí mismo. Es probable que hubiera sufrido algunos reveses antes de llegar a esta ciudad. Pero nos deshicimos en atenciones con él, y lo instamos a manifestar sus opiniones acerca de los temas más diversos… Sí, así empezó todo. Recuerdo que ayudé personalmente a persuadirlo de que diera aquel primer recital. Porque él se mostraba reacio de verdad. Aunque lo cierto es que su primer recital iba a ser una cosa muy sencilla, una reunión social en casa de la señora condesa. Fue sólo dos días antes de la fecha prevista cuando la condesa, en atención a la cantidad de gente que deseaba asistir, se vio obligada a trasladar la velada a la Holtmann Gallery. Y a partir de entonces, los recitales del señor Christoff (le pedíamos como mínimo uno cada seis meses) tuvieron como marco el auditórium y llegaron a ser, año tras año, clamorosos acontecimientos sociales. Pero al principio él se resistía. Y no sólo la primera vez. Durante los primeros años tuvimos que seguir persuadiéndolo. Luego, naturalmente, las aclamaciones, los aplausos y los halagos pusieron su granito de arena, y pronto el señor Christoff comenzó a verlo todo de otra forma. Para empezar, a verse de otra forma a sí mismo. «He triunfado aquí», le oyeron decir muchas veces en aquel tiempo. «He triunfado desde que llegué a esta ciudad.» Lo que quiero decir, señor Ryder, es que fuimos nosotros quienes le empujamos. Y ahora me da lástima…, y me atrevería a afirmar que probablemente soy el único en la ciudad que se apiada de él. Como ya habrá advertido, hay más bien un sentimiento generalizado de ira en su contra. Pero yo soy bastante realista a la hora de enjuiciar la situación… Es preciso serlo, y sin concesiones. Nuestra ciudad está al borde de una crisis. La ruina se extiende. Por alguna parte tenemos que empezar a enderezar la situación, así que bien podemos comenzar por el meollo. Hay que ser drásticos y, por mucha lástima que me inspire, comprendo que no hay otro remedio. Él y todo cuanto ha llegado a representar han de ser arrumbados en un sombrío rincón de nuestra historia.

Aunque seguía con el cuerpo ligeramente vuelto hacia él para indicar que no había dejado de escucharle, mi atención había vuelto de nuevo a la película. Clint Eastwood se comunicaba ahora con la Tierra a través del micrófono. Hablaba con su esposa, y las lágrimas le resbalaban por las mejillas. Me di cuenta de que nos acercábamos a la famosa secuencia en la que Yul Brynner entra en la sala y pone a prueba la rapidez en sacar el revólver de Eastwood dando una palmada ante él.

– Dígame -pregunté-. ¿Cuánto tiempo hace que llegó a la ciudad el señor Christoff?

Lo había preguntado casi sin pensar, con la mitad de la atención en la pantalla. Y de hecho seguí absorto en la película dos o tres minutos más antes de observar que, a mi espalda, el señor Pedersen tenía la cabeza hundida entre los hombros en actitud de profunda vergüenza. Al advertir que lo miraba de nuevo, alzó la vista y respondió:

– Tiene usted toda la razón, señor Ryder. Nos merecemos su reprimenda. Diecisiete años y siete meses. ¡Mucho tiempo, sin duda! Un error como el nuestro habrían podido cometerlo en cualquier parte… Pero… ¿habrían tardado tanto en rectificarlo? Comprendo la impresión que debemos de causarle a un extraño, a alguien como usted, señor…, y me avergüenzo profundamente, sí…, permítame que lo reconozca. No trato de buscar excusas. Nos costó una eternidad admitir nuestro error. No diría yo verlo, pero reconocerlo, admitirlo incluso en nuestro fuero interno, era algo muy difícil. Por eso nos costó tanto tiempo. Nos habíamos comprometido muy a fondo con el señor Christoff… Prácticamente todos los miembros del ayuntamiento lo habíamos invitado alguna vez a nuestras casas… En los banquetes municipales anuales tomaba asiento siempre junto al señor y la señora Von Winterstein. Su retrato había ilustrado la cubierta del calendario del ayuntamiento. Se había encargado de escribir la introducción al programa de la Exposición Roggenkamp. Y eso no era todo. Ni muchísimo menos. Las cosas llegaron demasiado lejos. Como, por ejemplo, en el desdichado caso del señor Liebrich… ¡Ah, dispense! Creo que acabo de ver al señor Kollmann por allí atrás -exclamó de pronto, al tiempo que volvía a estirar el cuello para otear el fondo de la sala-. Pues sí: es el señor Kollmann, y está acompañado, si no me equivoco… ¡Es tan difícil ver en esta oscuridad!… Está también el señor Schaefer. Estos dos caballeros se hallaban presentes en la recepción fallida de esta mañana, y me consta que se habrían alegrado muchísimo si hubieran podido saludarle. Además, en lo relativo al tema de que hablamos, estoy seguro de que los dos tienen mucho que contar. ¿Quiere usted que nos acerquemos y se los presento?

– Sería un honor para mí. Pero me estaba usted hablando de…

– ¡Ah, sí, naturalmente! Del desdichado caso del señor Liebrich. Verá usted, señor… Durante muchos años antes de la llegada del señor Christoff, el señor Liebrich había sido uno de nuestros profesores de violín más respetados. Enseñaba a los hijos de las mejores familias. Y se le admiraba muchísimo. Pues bien… No mucho tiempo después de su primer recital, le preguntaron al señor Christoff su opinión sobre el señor Liebrich, y él dio a entender que no lo apreciaba gran cosa, ni como artista ni por sus métodos de enseñanza. Para cuando murió el señor Liebrich, hace unos pocos años, lo había perdido prácticamente todo: los alumnos, los amigos, su puesto en la sociedad… Fue un caso impresionante, aunque sólo uno de tantos. Pero… reconocer que habíamos vivido tanto tiempo equivocados respecto al señor Christoff…, ¿puede usted hacerse cargo de la enorme dificultad que entrañaba? Sí, fuimos débiles, lo reconozco. Por otra parte, no podíamos ni imaginar que las cosas llegarían al actual grado de crisis. La gente parecía tan feliz. Fueron pasando los años y, si alguno de nosotros albergó alguna duda en su interior, se la guardó para sí mismo. Pero no estoy excusando nuestra negligencia, señor. En absoluto. Es más: por mi posición de entonces en el municipio, sé que soy tan culpable como el que más. Al final, y me avergüenza sobremanera tener que admitirlo, al final fueron los ciudadanos, el pueblo llano, quienes nos obligaron a encarar nuestras responsabilidades. Las personas sencillas, cuyas vidas son ahora cada vez más míseras, en esto fueron un paso por delante de nosotros. Recuerdo exactamente el instante en que despuntó en mí por vez primera esta realidad. Fue hace tres años. Regresaba yo a casa después del último de los recitales del señor Christoff: las Grotesqueries para violoncelo y tres flautas, de Kazan. Lo recuerdo muy bien. Avivaba el paso en la oscuridad del Liebmann Park, porque hacía mucho frío, cuando vi al señor Kohler, el farmacéutico, que caminaba unos pasos más adelante. Sabía que había asistido también al concierto, por lo que lo alcancé y nos pusimos a charlar. Al principio me guardé muy mucho de decir francamente lo que pensaba, pero en un momento dado le pregunté si había disfrutado con el recital del señor Christoff. El señor Kohler me respondió que sí. Pero debí de percibir algo en su forma de decirlo, porque recuerdo que a los pocos segundos volví a formularle la pregunta. Y esta vez el señor Kohler, tras repetir que lo había pasado muy bien, añadió que quizá la interpretación del señor Christoff había sido algo funcional. Sí, sí…, «funcional»… Ésa fue la palabra que empleó. Ya se imaginará usted lo mucho que dudé antes de proseguir. Pero al final decidí dejar a un lado mis precauciones, y le dije: «Pues mire usted, señor Kohler: creo que soy de su misma opinión. Ha sido todo un poco árido.» A lo que el señor Kohler replicó que, por su parte, era el adjetivo «frío» el que le había venido a la mente. Para entonces habíamos llegado ya a la verja del parque. Nos deseamos buenas noches y nos separamos. Pero recuerdo que aquella noche casi no pude dormir, señor Ryder. La gente corriente, los ciudadanos decentes como el señor Kohler, empezaban a manifestar esas opiniones. Estaba claro que ya no se podía mantener la ficción. Que había llegado el momento de que nosotros, los que ocupábamos puestos influyentes, asumiéramos nuestros propios errores por graves que fueran las consecuencias. ¡Oh, sí, dispénseme…! Ahora los veo bien: sí, quien está sentado junto al señor Kollmann es el señor Schaefer. Esos dos caballeros tendrán puntos de vista interesantes sobre lo ocurrido, son de una generación posterior a la mía, y habrán visto las cosas desde un ángulo algo distinto. Además, sé lo mucho que deseaban saludarle esta mañana. Acerquémonos, por favor.

Pedersen se levantó de su asiento, y vi cómo su encorvada figura se abría paso por la fila susurrando excusas. Al llegar al pasillo irguió el cuerpo y me hizo una seña. Pese a mi cansancio, no me quedó más remedio que acompañarle, y, levantándome también, empecé a recorrer la fila hacia el pasillo central. Mientras lo hacía, advertí que entre el público reinaba una atmósfera casi festiva. Todos parecían intercambiar chistes y pequeños comentarios durante la proyección, y mi paso entre las butacas no parecía molestar a nadie. Por el contrario, todos apartaban hacia un lado las piernas o se ponían en pie servicialmente para dejarme espacio. Unos cuantos, incluso, se arrellanaron en sus butacas y levantaron los pies entre exclamaciones de regocijo.

Una vez en el pasillo central, el señor Pedersen comenzó a guiarme por la pendiente enmoquetada. Al llegar a un punto de las filas traseras se detuvo y, con un amplio y obsequioso ademán, me indicó:

– Por favor, señor Ryder…, detrás de usted.

9

Me vi de nuevo pasando entre respaldos y piernas, esta vez con Pedersen pegado a mis talones y susurrando disculpas por los dos. No tardé en llegar hasta un grupito de hombres acurrucados. Tardé unos segundos en advertir que habían montado una partida de cartas y jugaban o bien inclinados hacia la fila de delante o bien vueltos hacia atrás y acodados en los respaldos de los asientos. Alzaron la vista al vernos, y cuando Pedersen me presentó, todos trataron de erguirse un poco. No volvieron a acomodarse hasta que me hubieron instalado holgadamente en el centro, y me vi estrechando numerosas manos tendidas en la oscuridad.

El hombre que se hallaba más cerca de mí vestía traje oscuro, y llevaba desabrochado el cuello de la camisa y flojo el nudo de la corbata. Olía a whisky, y me pareció que tenía alguna dificultad para verme nítidamente. Su compañero, que asomaba por encima de su hombro, era delgado, con la cara muy pecosa, y parecía más sobrio, aunque también se había aflojado la corbata. Aún no había tenido tiempo de prestar atención al resto del grupo cuando el borracho me estrechó la mano por segunda vez y dijo:

– Espero que lo esté pasando bien con la película, señor.

– Sí, mucho. De hecho es precisamente una de mis películas preferidas de siempre.

– ¡Ah! ¡Pues es una suerte que la hayan puesto esta noche! Sí, a mí también me gusta. Es un clásico. Escuche, señor Ryder… ¿Quiere jugar esta mano en mi lugar? -dijo, poniéndome las cartas delante de la cara.

– No, muchas gracias. Por favor…, no interrumpan su partida por mi culpa.

– Le estaba explicando al señor Ryder -dijo Pedersen detrás de mí- que la vida en esta ciudad no ha sido así siempre. Incluso ustedes, caballeros, que son bastante más jóvenes que yo, podrán dar fe de ello…

– ¡Ah, sí…! ¡Los viejos tiempos! -exclamó soñadoramente el borracho-. Sí… ¡Qué maravilloso era todo en los viejos tiempos!

– Theo está pensando en Rosa Klenner -dijo el individuo pecoso, provocando las risas de todos.

– ¡Bobadas! -protestó el borracho-. Y deja de ponerme en evidencia delante de nuestro distinguido huésped.

– Que sí, que sí… -prosiguió su amigo-. En aquel tiempo Theo estaba enamoradísimo de Rosa Klenner. Es decir, de la actual señora Christoff.

– Jamás estuve enamorado de ella. Además, ya era un hombre casado entonces.

– Tanto peor, Theo…, tanto peor.

– Eso son tonterías.

– Pues yo lo recuerdo muy bien, Theo -dijo una nueva voz desde la fila de atrás-. Te pasabas horas y horas hablando de Rosa Klenner.

– Entonces no conocía su auténtico carácter.

– ¡Pero si fue precisamente su carácter lo que te cautivó! -prosiguió la voz-. Tú siempre habías ido detrás de mujeres que no habrían dedicado ni tres segundos de su tiempo a fijarse en ti…

– Algo de verdad hay en eso -asintió el individuo pecoso.

– No hay ni una pizca de verdad…

– Verá, señor Ryder…, permítame que le explique -dijo el hombre de la cara llena de pecas apoyando la mano en el hombro de su amigo ebrio e inclinándose hacia mí-. La actual señora Christoff, a la que solemos seguir llamando Rosa Klenner, es una joven de aquí, una de los nuestros, alguien que creció entre nosotros. Aún es una mujer hermosa y, en aquellos días…, bueno…, digamos que nos tenía prendados a todos. Era muy bella, y muy distante. Trabajaba en la Schlegel Gallery, que ahora está cerrada. Un trabajo de despacho, no mucho más que de simple auxiliar. Solía ir allí los martes y jueves…

– Los martes y viernes -le corrigió el borracho.

– Los martes y viernes. Perdone el error. Por supuesto, Theo tiene que recordarlo perfectamente… Después de todo, frecuentaba la galería, una pequeña sala de paredes blancas, siempre que tenía ocasión, con la excusa de ir a ver los cuadros…

– ¡Bobadas!

– Y no eras el único, ¿verdad, Theo? Tenías un montón de rivales. Jürgen Haase. Erich Brull… Incluso Heinz Wodak. Todos eran habituales.

– Y Otto Röscher -añadió Theo nostálgico-. Iba también a menudo.

– ¡No me digas! Sí, en efecto… Rosa tenía muchos admiradores.

– Yo nunca hablé con ella -dijo Theo-. Excepto una vez, cuando le pedí un catálogo.

– Lo que estaba muy claro con Rosa -prosiguió el individuo de las pecas-, ya desde que éramos todos adolescentes, era que, en su opinión, los varones de esta ciudad no estaban ni muchísimo menos a su altura. Se creó una reputación de rechazar las proposiciones de las maneras más crueles. De ahí que las almas tímidas, como nuestro Theo, aquí presente, optaran sabiamente por no decirle ni media palabra. Pero cuando aparecía de paso en la ciudad alguien notable…, un artista, un músico, un escritor…, Rosa lo perseguía sin el más mínimo pudor. Siempre formaba parte de tal o cual comité, lo que significaba que tenía acceso a prácticamente cualquier celebridad que nos visitara. Asistía a todas las recepciones y, en cuanto podía, acorralaba al huésped en un rincón, charla que te charla y mirándole fijamente a los ojos. Hubo muchas especulaciones, naturalmente, en torno a su comportamiento sexual, quiero decir, aunque nadie pudo jamás probar nada. Actuaba siempre muy inteligentemente. Pero si te fijabas en cómo corría detrás de las celebridades visitantes, pocas dudas podían caberte de que había tenido relaciones con algunos de ellos. Era muy atractiva, y encandiló a muchos. Pero, por lo que se refiere a los hombres de aquí, ni se molestaba en mirarlos.

– Hans Jongboed siempre se jactó de haber tenido una aventura con ella -observó el llamado Theo. Su intervención suscitó muchas risas, e hizo que varias voces cercanas repitieran burlonamente: «¡Hans Jongboed!» Pedersen, sin embargo, se movía inquieto.

– Caballeros, caballeros… -empezó a decir-. El señor Ryder y yo estábamos hablando de…

– Jamás hablé con ella -dijo Theo-. Excepto aquella vez. Para pedirle un catálogo.

– ¡Vamos, Theo, no te lamentes! -El pecoso dio una palmada a su amigo en la espalda y casi lo lanzó hacia adelante-. No vale la pena. ¡Mira en qué situación está ahora!

Theo pareció abismarse en sus pensamientos.

– Era así en todo -dijo-. No sólo en el amor. Sólo tenía tiempo para los miembros del círculo artístico, sólo para la flor y nata de entre ellos. No podías ganarte su respeto de otra forma. Y no era una persona apreciada aquí… Mucho antes de casarse con Christoff, había mucha gente que le tenía ojeriza.

– De no haber sido tan bella -me explicó el individuo pecoso-, la hubiera odiado todo el mundo. Pero, al serlo, siempre hubo hombres como nuestro Theo dispuestos a sucumbir a su hechizo. Pero el caso es que se presentó Christoff en la ciudad. ¡Un violoncelista profesional, y con una notable trayectoria, además! Rosa fue a por él de la manera más desvergonzada. No parecía importarle lo que pensáramos los demás. Sabía lo que quería y se aprestó a obtenerlo sin regatear medios. Fue admirable, en cierto modo, dentro de lo escandaloso. Christoff quedó prendado de ella y se casaron durante el primer año de su estancia entre nosotros. Para Rosa, Christoff era lo que siempre había estado esperando. Bien…, espero que le haya valido la pena… Dieciséis años de matrimonio… No habrá sido tan malo. Pero ¿y ahora? Él está acabado aquí. ¿Qué hará ella ahora?

– Ahora ni siquiera le darían trabajo en una galería -afirmó Theo-. Nos ha hecho mucho daño en todos estos años. Ha dañado nuestro orgullo. Está tan acabada en esta ciudad como el propio Christoff.

– Algunos opinan -prosiguió el pecoso- que Rosa se irá de la ciudad con Christoff, y que no lo abandonará hasta que se hayan establecido en otra parte. Pero el señor Dremmler, aquí presente -me indicó a un hombre sentado en la fila de delante-, está convencido de que se quedará aquí.

El tal Dremmler se volvió al oír su nombre. Evidentemente había estado escuchando la conversación, porque afirmó con cierto tono de autoridad:

– Lo que no tienen que olvidar a propósito de Rosa Klenner es que, en realidad, es una persona muy tímida en ciertos aspectos. Fui a la escuela con ella, estábamos en el mismo curso. Siempre ha tenido ese problema, ese lado tímido, que es su perdición. Esta ciudad no es lo bastante buena para ella, pero Rosa es demasiado tímida para dejarla. Fíjense: a pesar de todas sus ambiciones, jamás intentó dejarnos. La mayoría de la gente no advierte en ella este rasgo suyo, pero lo tiene. Por eso tengo la certeza de que se quedará. Se quedará y probará suerte de nuevo. Tendrá intención de echarle el anzuelo a cualquier otra celebridad que nos visite. Después de todo, aún está muy bien para la edad que tiene.

Una voz atiplada, procedente de algún asiento próximo, observó:

– Tal vez vaya a por Brodsky. El comentario provocó una carcajada general. -Pues es perfectamente posible -siguió diciendo la voz en un cómico tono de ofendida protesta-. De acuerdo…, él es un vejestorio, pero Rosa ya tiene sus años. ¿Y quién más hay aquí de su categoría? -Las risas se alzaron de nuevo, incitando a la voz a seguir hablando-. De hecho, elegir a Brodsky es lo mejor que puede hacer. Yo le recomendaría esa solución. Si optara por cualquier otra, la antipatía que la ciudad siente ahora por Christoff seguiría pesando sobre ella. Pero si se convirtiera en la amante, o incluso en la esposa de Brodsky… ¡Ah!, sería con mucho el mejor modo de hacer olvidar su relación con Christoff. Ello le supondría poder seguir manteniendo su… actual posición.

Al llegar a este punto, las risas se habían generalizado a nuestro alrededor, con espectadores de hasta tres filas más allá volviéndose para mostrar su regocijo. A mi lado, Pedersen se aclaró la garganta:

– Por favor, caballeros -dijo-. Estoy decepcionado. ¿Qué pensará de todo esto el señor Ryder? Están refiriéndose al señor Brodsky, al señor Brodsky, sí, como si siguiera siendo el mismo de antes. Y se están poniendo ustedes en evidencia. Porque el señor Brodsky ya no es alguien risible. Sea cual fuere la intención de lo que dice el señor Schmidt acerca de la señora Christoff, el señor Brodsky no es en absoluto una opción ridícula…

– Es bueno que haya venido usted a visitarnos, señor Ryder -le cortó Theo-. Pero ya es demasiado tarde. Las cosas han llegado a un punto en que… En fin, que ya no hay remedio…

– Eso son sandeces, Theo -le censuró Pedersen-. Nuestra coyuntura es crucial; nos encontramos ante un momento decisivo. El señor Ryder ha venido a decírnoslo. ¿No es así, señor Ryder?

– Sí…

– Es demasiado tarde. Hemos perdido la oportunidad. ¿Por qué no nos resignamos a ser una ciudad entre tantas, una ciudad fría y solitaria? Otras lo han hecho. Al menos, navegaríamos a favor de la corriente. El alma de esta ciudad, señor Ryder, no es que esté enferma: está muerta. Ya es demasiado tarde. Hace diez años, tal vez… Quizá existiera alguna posibilidad. Pero ahora ya no. Usted, señor Pedersen. -El borracho señaló con el dedo trémulo a mi compañero de asiento-. Usted, señor… Fueron usted y el señor Thomas. Y el señor Stika. Todos ustedes, caballeros. Todos prevaricaron…

– No empecemos de nuevo, Theo -intervino el hombre de las pecas-. Tiene razón el señor Pedersen. No es momento de resignarnos. Hemos recuperado a Brodsky, al señor Brodsky… Y, por lo que sabemos, él podría llegar a ser…

– ¡Brodsky, Brodsky…! Ya es demasiado tarde. Estamos acabados. Contentémonos con ser una fría ciudad moderna, y punto.

Noté sobre mi brazo la mano de Pedersen.

– Señor Ryder…, ¡lo siento muchísimo!

– ¡Usted prevaricó, señor! ¡Diecisiete años! Diecisiete años permitiéndole a Christoff hacer y deshacer a su antojo. ¿Y qué es lo que nos ofrece ahora? ¡A Brodsky! Sí, señor Ryder, ¡es demasiado tarde!

– Lamento en el alma que haya tenido usted que escuchar todo esto -me dijo Pedersen. Y alguien añadió a nuestra espalda:

– Estás borracho y deprimido, Theo. Eso es todo. Mañana por la mañana tendrás que ir a ver al señor Ryder para rogarle que te disculpe.

– Bueno… -dije-, me interesa conocer las dos corrientes contrapuestas de opinión…

– ¡Pero es que ésta no es una corriente de opinión! -protestó Pedersen-. Se lo aseguro, señor Ryder. Los sentimientos de Theo no son en absoluto representativos del sentir de la gente. En todas partes…, en las calles, en los tranvías…, yo percibo otra cosa, un enorme sentimiento de optimismo.

Sus palabras provocaron un murmullo generalizado de asentimiento.

– No se lo crea, señor Ryder -dijo Theo, agarrándose a la manga de mi chaqueta-. Está usted aquí en una misión imposible. Hagamos, si quiere, una rápida encuesta aquí mismo, en el cine… Preguntémosles a unos cuantos espectadores…

– Me voy a casa, señor Ryder -terció Pedersen-. Voy a acostarme. Es una maravillosa película, pero ya la he visto varias veces. Y usted mismo, señor…, debe de estar muy fatigado.

– Sí, la verdad, estoy muy cansado. Puedo acompañarle, si me lo permite. -Me volví hacia los demás-: Excúsenme, señores, pero me parece que ya es hora de que vuelva a mi hotel.

– Pero, señor Ryder… -dijo el individuo pecoso con un tono de preocupación-, no se vaya aún. Debería quedarse hasta que el astronauta desmantele el HAL, al menos…

– Tal vez quiera ocupar mi puesto en la partida, señor Ryder -dijo una voz desde la misma fila, a unas butacas de distancia-. Ya he jugado bastante por esta noche. Aparte de que me cuesta mucho ver las cartas en esta penumbra. Mi vista ya no es lo que era.

– Es usted muy amable, pero de verdad que tengo que irme.

Iba a estrechar las manos de todos y darles las buenas noches, pero Pedersen se había puesto ya de pie y empezaba a abrirse camino hacia el pasillo. Me apresuré a seguirle, y dirigí al grupo unos cuantos ademanes de despedida.

Pedersen -observé- parecía muy trastornado por lo sucedido, y cuando llegamos al pasillo continuó caminando en silencio con la cabeza baja. Al salir de la sala, eché una última mirada a la pantalla y vi a Clint Eastwood preparándose para desconectar el HAL, mirando atentamente su enorme destornillador.

En el exterior, la noche -con su mortal quietud y su fría y espesa niebla- supuso un contraste tan marcado con el tibio bullicio de la sala que los dos nos quedamos parados en la acera, como tratando de recuperarnos de la impresión del brusco cambio.

– No sé qué decirle, señor Ryder -comenzó Pedersen-. Theo es una bellísima persona, pero algunas veces, tras una cena copiosa… -Sacudió la cabeza en ademán de desaliento.

– No se preocupe. Las personas que trabajan mucho necesitan desfogarse. He disfrutado mucho de la velada.

– Me siento avergonzadísimo…

– ¡Por favor…! Olvidémoslo. De verdad que lo he pasado muy bien.

Habíamos empezado a caminar, y nuestras pisadas resonaban en la calle desierta. Durante un rato, Pedersen mantuvo un preocupado silencio. Y luego dijo:

– Debe usted creerme, señor… Nunca hemos subestimado la dificultad que entraña imbuir esa idea en nuestra comunidad. Esa idea respecto al señor Brodsky, quiero decir. Pero le aseguro que hemos procedido con tremenda prudencia y paso a paso.

– Estoy seguro de que ha sido así.

– Al principio fuimos muy estrictos hasta en a quién le íbamos a mencionar el asunto. Juzgábamos vital que sólo quienes era probable que se mostraran a favor conocieran el proyecto en sus primeros pasos. Luego, a través de esas personas, nos permitimos propagar la idea, para que fuera calando lentamente en el público en general. Así nos asegurábamos de que el plan sería presentado bajo su prisma más positivo. Y, al mismo tiempo, adoptamos otras medidas. Ofrecimos, por ejemplo, una serie de banquetes en honor del señor Brodsky, a los que invitamos a personas de la alta sociedad cuidadosamente elegidas. Fueron primero cenas reducidas, sin ningún tipo de publicidad; pero luego, gradualmente, hemos podido ampliar más y más el abanico, y hemos ido consiguiendo apoyos cada vez más amplios. Asimismo, y con ocasión de cualquier acontecimiento público importante, nos asegurábamos de que el señor Brodsky fuera visto entre las personalidades. Cuando vino el Ballet de Pekín, por ejemplo, hicimos que se sentara en el mismo palco que el señor y la señora Weiss. Y a nivel personal, como es lógico, todos hemos puesto especial empeño en referirnos siempre a él en el tono más respetuoso. Llevamos dos años de esfuerzo en esta tarea y nos sentimos más que satisfechos de lo conseguido. La imagen que se tenía de él ha cambiado sustancialmente. Tanto que nos pareció llegada la hora de dar este importantísimo paso. De ahí que lo de esta noche haya sido para mí un jarro de agua fría. Esos caballeros son los primeros que deberían dar ejemplo. Si ellos caen en semejante actitud cada vez que se desmandan un poco, ¿qué cabe esperar del común de los mortales? -Dejó en suspenso el interrogante y volvió a sacudir la cabeza-. Estoy decepcionado. Por mí mismo y en atención a usted, señor Ryder.

De nuevo se sumió en el mutismo. Al cabo de un rato de caminar en silencio, dije con un suspiro:

– Nunca es fácil cambiar la opinión pública.

Pedersen dio unos cuantos pasos más antes de volver a hablar:

– Tiene usted que considerar cuál fue nuestro punto de partida. Porque, si lo mira de esa forma, si piensa desde dónde empezamos, verá que hemos hecho importantes progresos. Compréndame… El señor Brodsky lleva mucho tiempo viviendo entre nosotros, y en todos estos años nadie le había oído hablar de música, y mucho menos tocar… Sí, claro… Todos teníamos una vaga idea de que, en tiempos, fue director de orquesta en su país de origen… Pero, dado que nunca le habíamos visto en esa faceta, jamás lo consideramos un músico. En realidad, si he de serle sincero, hasta hace muy poco el señor Brodsky sólo se hacía notar cuando se emborrachaba y recorría las calles de la ciudad haciendo eses y vociferando. El resto del tiempo no era más que un individuo solitario que vivía con su perro en una casa de las afueras, saliendo por la carretera del norte. Bueno…, esto no es del todo cierto: la gente también lo conocía de verlo en la biblioteca pública. Dos o tres días por semana, acudía a la biblioteca a primera hora, ocupaba su sillón habitual bajo los ventanales y ataba a su perro a la pata de la mesa. Va contra las ordenanzas meter allí a un perro, pero las bibliotecarias habían decidido hace mucho tiempo que era más sencillo dejarle entrar con él. Más sencillo que empezar un altercado con el señor Brodsky. Así que con frecuencia te lo encontrabas en la sala de lectura, hojeando su montón de libros…, siempre los mismos gruesos volúmenes de Historia. Y si alguien en la sala iniciaba la más mínima conversación, aunque sólo fuera para susurrar unas palabras de saludo, él saltaba como un resorte de su asiento y reprendía a voz en grito al culpable. En teoría, claro, tenía todo el derecho a hacerlo. Pero la verdad es que jamás hemos sido demasiado estrictos con lo del silencio en nuestra biblioteca. Después de todo, a las gentes les gusta charlar un poco cuando se encuentran, allí o en cualquier otro lugar público. Y si se piensa que el propio señor Brodsky infringía las normas al entrar con su perro, no es raro que se diera cierta propensión a tildar su actitud de poco razonable. Pero es que, para colmo, algunas mañanas, de cuando en cuando, parecía apoderarse de él un humor harto curioso. Llevaba un rato leyendo en su mesa y de pronto su semblante se tornaba la viva expresión de la melancolía, y allí lo veías sentado, mirando al vacío, en ocasiones con los ojos arrasados en lágrimas. Si ello ocurría, los presentes podían tener la certeza de que no se metería con ellos si charlaban. Normalmente, alguien tanteaba primero el terreno, y, si el señor Brodsky no reaccionaba, la sala se convertía al instante en un hervidero de conversaciones. Hasta el punto de que, en tales casos…, es tan perversa la gente…, la biblioteca alcanzaba cotas de bullicio mucho más altas que en cualquier otro momento en que no se hallara presente el señor Brodsky. Recuerdo que una mañana fui a devolver un libro: aquello parecía una estación de ferrocarril. Tuve prácticamente que gritar para hacerme oír por la encargada del servicio de préstamos. Y allí estaba el señor Brodsky, callado e inmóvil en medio del bullicio, ensimismado en su propio universo. Debo decir que daba pena verlo. La luz de la mañana acentuaba su aire de fragilidad. Le caía una gotita de la punta de la nariz, su mirada se perdía en la lejanía y se había olvidado por completo de la página que tenía delante. Se me antojó un poco cruel aquel cambio operado en el ambiente: era como si todos estuvieran aprovechándose de él, aunque no estoy muy seguro del sentido que pueda tener esto. Entiéndame…, en cualquier otra mañana, él habría sido capaz de hacer callar a todo el mundo en un instante… En fin, señor Ryder…, lo que estoy intentando decirle es que ésa era la imagen que durante muchos años tuvimos del señor Brodsky. Supongo que es mucho esperar que la gente cambie por completo y en tan poco tiempo el concepto que se había formado de él. Se han hecho muchos progresos, pero como usted mismo acaba de ver… -De nuevo pareció sumirse en la exasperación-. Y, sin embargo, ellos deberían ser más juiciosos… -murmuró para sí.

Nos detuvimos en un cruce. La niebla se había espesado mucho, y yo me sentía desorientado por completo. Pedersen miró a su alrededor y reanudó la marcha, guiándome por una calle estrecha y con hileras de coches aparcados sobre las aceras.

– Le acompañaré al hotel, señor Ryder. Por ahí también puedo ir a mi casa sin desviarme mucho. Confío en que el hotel sea de su agrado…

– ¡Oh, sí…! Está muy bien.

Durante un rato los coches aparcados en la acera nos obligaron a caminar uno detrás de otro. Luego salimos al centro de la calzada y, cuando me coloqué al lado de Pedersen, pude verlo mucho más animado. Sonrió y me dijo:

– Tengo entendido que irá usted mañana a casa de la condesa para oír esos discos. Me consta que el señor Von Winterstein, nuestro alcalde, quiere reunirse allí con ustedes. Está deseando hacer un aparte con usted para tratar de ciertos temas.

Pero lo más importante de todo son los discos, naturalmente… ¡Son algo extraordinario!

– Sí, yo también siento mucha curiosidad…

– La señora condesa es una mujer muy notable. Ha dado ya muchas veces prueba de una profundidad de pensamiento que nos ha dejado a todos avergonzados. En más de una ocasión le he preguntado cómo diablos se le ocurrió esa idea. «Una corazonada», me responde siempre. «Me desperté una mañana con esa corazonada.» ¡Qué mujer…! Normalmente habría sido complicadísimo obtener esas grabaciones… Pero ella se las arregló para conseguirlas a través de una casa especializada de Berlín. No hará falta que le diga que nosotros, entonces, no conocíamos su proyecto. Y me atrevería a decir que, de haberlo conocido, nos habríamos reído de él. Hasta que una tarde nos convocó a todos en su residencia (dos años hizo el mes pasado). Recuerdo que era un atardecer espléndido, soleado… Y nos reunió en el saloncito de su casa, a los once, completamente ajenos al motivo de aquella entrevista. Nos sirvió un aperitivo e inmediatamente comenzó a dirigirnos la palabra. Que llevábamos demasiado tiempo lamentándonos, nos dijo, y que ya iba siendo hora de que hiciéramos algo. Que ya iba siendo hora de que reconociéramos cuán torpemente habíamos actuado y de dar algunos pasos eficaces para reparar, en la medida de lo posible, el daño. Porque, si no lo hacíamos, nuestros nietos, y los hijos de nuestros nietos, jamás nos lo perdonarían. Bien… Nada de todo ello nos resultó nuevo: llevábamos meses repitiéndonos unos a otros esos o parecidos sentimientos. Nos limitamos, pues, a asentir con los habituales murmullos de aprobación. Y la condesa continuó hablando. En cuanto al señor Christoff, afirmó, poco más había que hacer. Estaba ya completamente desacreditado entre las gentes de toda condición de nuestra ciudad. Lo cual, sin embargo, difícilmente bastaría para dar marcha atrás en la espiral de decadencia, cada vez más vertiginosa, en que se hallaba atrapado el corazón de nuestra comunidad. Teníamos que forjar un nuevo espíritu, una nueva era. Todos asentimos… Y, la verdad, señor Ryder, también estas palabras eran como un eco de lo que tantas veces habíamos hablado entre nosotros. Y así se lo hizo saber el señor Von Winterstein, con la más extremada cortesía, por supuesto. Fue entonces cuando la condesa empezó a revelarnos lo que tenía en mente. Dijo que quizá habíamos tenido siempre la solución muy a mano. Siguió explicándose y…, bueno…, al principio apenas podíamos dar crédito a nuestros oídos. ¿El señor Brodsky? ¿El asiduo de la biblioteca, el de las borracheras en plena vía pública? ¿Se refería en serio al señor Brodsky? Porque se trataba de la condesa, porque, si no, estoy seguro de que nos habríamos desternillado de risa. Ella, sin embargo, lo recuerdo muy bien, se mostró sumamente segura de sí misma. Sugirió que nos pusiéramos cómodos, porque tenía unos discos que deseaba que escucháramos. Con suma atención. Y a continuación empezó a ponerlos uno tras otro mientras permanecíamos inmóviles en nuestros asientos y el sol iba poniéndose despacio fuera. La calidad de las grabaciones era muy deficiente. Y el equipo de la condesa, como comprobará usted mismo mañana, es más bien anticuado. Pero nada de eso importó gran cosa. En cuestión de minutos, la música nos hechizó a todos, nos arrulló en un mar de profunda serenidad. Algunos teníamos los ojos empañados de lágrimas. Nos dábamos perfecta cuenta de estar escuchando lo que tanto habíamos echado de menos a lo largo de los años. De pronto nos pareció incomprensible que alguna vez hubiéramos podido aplaudir a alguien como el señor Christoff. ¡Por fin volvíamos a oír auténtica música! La obra de un director que no sólo era un genio, sino que, además, sintonizaba con nuestros valores. Al cabo cesó la música, y nos levantamos, y estiramos las piernas (la audición había durado tres horas largas), y… le seré sincero…, aquella idea sobre el señor Brodsky, ¡el señor Brodsky!, seguía pareciéndonos igual de absurda. Las grabaciones, nos apresuramos a objetar, eran muy antiguas… El señor Brodsky, por razones que él conocería mejor que nadie, hacía mucho tiempo que había abandonado la música. Y, además, tenía sus…, sus problemas. Difícilmente podía parangonársele ya con aquel joven director de orquesta. Pronto nos vimos todos volviendo a expresar con gestos nuestras dudas. Pero la condesa volvió a tomar la palabra. Estábamos llegando a una situación crítica, insistió. Teníamos que mantener un espíritu abierto. Acudir al señor Brodsky, hablar con él, averiguar cuáles eran sus aptitudes actuales. A ninguno de nosotros había que recordarle lo apremiante de la situación. Todos podíamos citar docenas de casos harto tristes. Vidas destrozadas por la soledad. Familias enteras desesperanzadas de volver a gozar la felicidad que un día disfrutaron como lo más normal del mundo. Fue en ese instante cuando el señor Hoffman, el director de su hotel, carraspeó de pronto y declaró que él iría a ver al señor Brodsky.

Que se encargaría personalmente (lo dijo con toda solemnidad, poniéndose de pie incluso), que se encargaría personalmente de estudiar la situación, y que, si existía alguna esperanza de rehabilitar al señor Brodsky, él mismo, el señor Hoffman, se ocuparía de hacerlo. Y que, si le confiábamos tal tarea, prometía no defraudar a la comunidad. Esto ocurrió, como le digo, hace más de dos años. Desde entonces hemos podido contemplar, asombrados, la dedicación del señor Hoffman al cumplimiento de su promesa. El progreso, en conjunto y no siempre sin altibajos, ha sido notabilísimo. Y el señor Brodsky ha alcanzado…, bien…, ha llegado al punto en que está ahora. Y nos hemos dicho que ya no debíamos aguardar más para dar el paso crucial. Después de todo, nuestras posibilidades no pueden ir más allá de presentar al señor Brodsky ante los ojos de todo el mundo bajo una luz más favorable. En algún momento tienen que ser los ciudadanos quienes juzguen con sus propios ojos y oídos. En fin… Todo indica que no hemos sido demasiado ambiciosos. El señor Brodsky ha estado dirigiendo los ensayos con regularidad y, según todos los informes, se ha ganado el respeto de la orquesta. Pueden haber pasado muchos años desde la última vez que dirigió en público, pero no parece que su genio haya desmerecido un ápice. La pasión, el sentido de la belleza que descubrimos en su música aquel día en el saloncito de la condesa, han permanecido en él a la espera y ahora han vuelto a aflorar. Sí, estamos íntimamente convencidos de que el próximo jueves por la noche hará que nos sintamos todos orgullosos. Entretanto, por nuestra parte, hemos puesto todos los medios posibles para asegurar el éxito de la velada. La orquesta de la Fundación Nagel de Stuttgart, como bien sabe, goza de merecido prestigio aunque no figure entre las más afamadas. Sus honorarios no son una fruslería. Sin embargo, apenas hubo entre nosotros una sola voz que se opusiera a contratarla para esta crucial ocasión, ni que discutiera la duración del contrato. Se habló al principio de dos semanas de ensayos; pero finalmente, con el apoyo pleno del comité de Hacienda, ampliamos el tiempo a tres semanas. Tres semanas de manutención y hospedaje de los componentes de una orquesta sinfónica, más sus honorarios, son todo un presupuesto, señor Ryder… No es preciso que se lo diga. Pero apenas se oyó un murmullo de oposición. Todos y cada uno de los concejales nan tomado conciencia de la importancia de la noche del jueves. Y todos están de acuerdo en que hay que darle al señor Brodsky las máximas facilidades. Pero, aun así -prosiguió Pedersen tras un profundo suspiro-, aun así, como ha podido comprobar usted mismo hace un rato, es muy difícil superar las viejas ideas arraigadas. Ésta es precisamente la razón, señor Ryder, de que pensemos que su ayuda, el hecho de haber accedido a venir a nuestra humilde ciudad, acaso resulte absolutamente decisiva para nosotros. La opinión pública le escuchará como no escucharía jamás a ninguno de nosotros. De hecho, señor, puedo asegurarle que la simple noticia de su venida ha cambiado el estado anímico de la ciudadanía. Hay una gran expectación en torno a lo que nos dirá usted el próximo jueves por la noche. En los tranvías, en los cafés…, no se habla prácticamente de otra cosa. Por supuesto que ignoro lo que ha preparado usted para nosotros. Tal vez haya considerado oportuno no pintar un panorama demasiado risueño… O quizá quiera prevenirnos del duro trabajo que nos aguarda a todos y cada uno si queremos recuperar la felicidad que tuvimos antaño… Hará usted muy bien en hacernos tales advertencias. Pero también sé que apelará usted certeramente a la parte positiva, a la parte más noble y animosa de quienes le escuchan. De una cosa estoy seguro: cuando haya acabado de hablar, nadie en esta ciudad volverá a ver en el señor Brodsky al viejo borrachín desharrapado de antes. ¡Ah…! Le noto cierto aire de preocupación, señor Ryder… No se inquiete. Puede que a veces demos la impresión de ser una ciudad muy provinciana, pero hay ocasiones en las que sabemos superarnos. El señor Hoffman, en particular, ha estado trabajando a conciencia para organizar una velada realmente espléndida. Tenga usted la seguridad de que asistirá lo más granado de nuestra sociedad. Y en cuanto al señor Brodsky…, ya le digo: no nos defraudará. Superará todas nuestras expectativas, no tengo la más mínima duda.

De hecho, la expresión que había sorprendido Pedersen en mi semblante no traducía en absoluto una «preocupación» mía, sino más bien el creciente enojo que comenzaba a sentir hacia mí mismo. Porque lo cierto era que no sólo no tenía preparada aquella alocución a la ciudadanía de la que Pedersen hablaba, sino que aún tenía que reunir los datos necesarios para pergeñarla. No podía entender cómo, con mi experiencia, había incurrido en semejante error. Me recordé a mí mismo aquella tarde en el elegante atrio del hotel, sorbiendo un café fuerte y amargo, diciéndome que debía planificar cuidadosamente el resto del día para aprovechar lo mejor posible el escasísimo tiempo de que disponía… Mientras estuve allí sentado, contemplando en el espejo del fondo de la barra el reflejo empañado de la fuente, me había imaginado en una situación no muy distinta de la que acababa de vivir momentos antes en el cine, pero en la que, por el contrario, causaba un profundo asombro a la concurrencia con mi conocimiento de los temas locales, y en la que de cuando en cuando pronunciaba alguna frase ingeniosa a expensas de Christoff susceptible de correr de boca en boca al día siguiente por toda la ciudad. Pero, en lugar de ello, había permitido que me distrajeran otros asuntos, con el resultado de que, en el curso de aquella conversación en el cine, no había sido capaz de hacer un solo comentario digno de tenerse en cuenta. Hasta era posible que hubiera dado la impresión de ser una persona bastante descortés. De pronto sentí una profunda irritación contra Sophie, por el caos en que me había sumido y por la forma en que me había obligado a desatender por completo mis habituales normas de conducta.

Nos paramos de nuevo, y caí en la cuenta de que estábamos delante del hotel.

– Ha sido un gran placer -dijo Pedersen, tendiéndome la mano-. Confío en que podré disfrutar nuevamente de su compañía en los próximos días. Pero ahora debemos retirarnos a descansar.

Le di las gracias, le deseé buenas noches y entré en el vestíbulo del hotel mientras el sonido de sus pasos se perdía en la oscuridad de la noche.

El joven conserje seguía en su puesto.

– Espero que le haya gustado la película, señor -dijo al entregarme la llave.

– Sí, mucho. Le agradezco que lo sugiriera. Ha sido muy relajante.

– Muchos huéspedes piensan que es una forma excelente de rematar el día. Por cierto, señor… Gustav dice que a Boris le ha gustado mucho su habitación y que se quedó dormido inmediatamente.

– ¡Ah, magnífico! Buenas noches -dije, y crucé el vestíbulo en dirección al ascensor.

Llegué a mi habitación deseoso de quitarme de encima la suciedad acumulada durante aquel largo día, y tras enfundarme el batín empecé a prepararme para tomar una ducha. Pero de pronto, mientras exploraba el cuarto de baño, sentí tal sensación de cansancio que lo único que pude hacer fue recorrer tambaleándome el espacio que me separaba de la cama. Me dejé caer encima de ella, y me sumergí al punto en un profundo sueño.

10

No llevaba mucho tiempo dormido cuando sonó el timbre del teléfono prácticamente al lado de mi oído. Lo dejé sonar un rato, y al cabo me incorporé en la cama y descolgué.

– ¡Ah, señor Ryder…! Soy yo, Hoffman.

Me quedé callado, a la espera de que me explicara por qué me molestaba a aquellas horas, pero el director del hotel no siguió hablando. Se hizo un embarazoso silencio, que al fin él se decidió a romper repitiendo:

– Soy yo, señor… Hoffman. -Hubo una nueva pausa, y dijo-: Estoy abajo, en el vestíbulo.

– ¡Ah!

– Lo siento mucho, señor Ryder. Tal vez estaba usted ocupado en algo.

– Pues verá, sí… Estaba durmiendo. -Mi observación pareció dejar atónito a Hoffman, pues se hizo un nuevo silencio. En vista de ello, me apresuré a soltar una carcajada, y dije-: Quiero decir que me había echado en la cama. Naturalmente, no pensaba ponerme a dormir hasta…, hasta haber cumplido con todas mis obligaciones de la jornada.

– ¡Claro, claro…! -Percibí un timbre de alivio en la voz de Hoffman-. Estaba usted recuperando el aliento, por así decir. ¡Muy comprensible! Bien…, en todo caso, señor, le esperaré aquí en el vestíbulo.

Colgué el aparato y me quedé sentado en la cama preguntándome qué hacer. Me sentía más agotado que nunca -llevaba dormido escasamente unos minutos-, y tuve la tentación de olvidarme de Hoffman y de volver a conciliar el sueño. Pero finalmente comprendí que me sería imposible hacerlo, y salté de la cama.

Entonces descubrí que me había quedado dormido con el batín puesto. Iba a quitármelo y a vestirme cuando se me ocurrió que no hacía falta que me pusiera otra ropa para bajar a ver a Hoffman. Después de todo, a aquellas horas de la noche era improbable que me viera alguien aparte de Hoffman y el conserje. Además, si me presentaba en batín recalcaría sutil y agudamente lo avanzado de la hora y el hecho de que se me estaba privando de un merecido sueño. Salí, pues, al pasillo y me dirigí al ascensor. Estaba muy irritado.

Al principio, al menos, mi atuendo pareció obrar el efecto deseado, porque cuando Hoffman me vio entrar en el vestíbulo, sus primeras palabras fueron:

– Siento mucho haber interrumpido su descanso, señor Ryder. Debe de haber sido tan agotador para usted todo ese ajetreo del viaje…

No hice lo más mínimo por ocultar mi cansancio. Me pasé la mano por el pelo y asentí.

– No tiene por qué excusarse, señor Hoffman. Pero confío en que esto no nos lleve mucho rato. Lo cierto es que tiene usted razón: me siento sumamente cansado. -¡Oh, no, descuide! Será breve, muy breve. -Estupendo.

Observé que Hoffman llevaba puesta una gabardina y, debajo, un traje de etiqueta con fajín y pajarita.

– Se habrá enterado usted de la aciaga noticia, por supuesto… -dijo.

– ¿Una mala noticia?

– Muy mala, sí. Pero permítame decirle, señor, que confío…, que confío en que no redunde en nada grave. Y espero, señor Ryder, que antes de que concluya la velada haya llegado usted a ese mismo convencimiento.

– Seguro que sí -dije, buscando tranquilizarlo con mi asenso. Pero, tras un instante de vacilación, decidí que no me quedaba otro remedio y le pregunté sin más rodeos-. Lo siento, señor Hoffman, pero… ¿a qué mala noticia se refiere? ¡Ha habido tantas últimamente! Me miró, alarmado. -¿Tantas malas noticias? Solté una risita.

– Acerca de las guerras en África y todo eso… De todas partes llegan malas noticias -expliqué en tono de humor.

– ¡Oh, ya comprendo! Me refería, claro, a lo ocurrido con el perro del señor Brodsky.

– ¡Ah, sí! El perro del señor Brodsky…

– Convendrá usted conmigo, señor, en que es un asunto de lo más desdichado. ¡Precisamente ahora! Por mucho que hayas cuidado hasta el más mínimo detalle, ¡de pronto te encuentras con cosas como ésta! -suspiró, exasperado.

– Sí. Es horrible. Horrible.

– Pero, como le digo, no pierdo la confianza. Sí, confío de veras en que no va a tener mayores repercusiones. Y ahora…, ¿puedo sugerirle que nos vayamos enseguida? Es la mejor hora, señor Ryder. Es decir: no llegaremos ni demasiado temprano ni demasiado tarde… Como debe ser. Uno debe tomarse estas cosas con calma. No debe dejarse llevar por el pánico. Bien, señor…, pongámonos en marcha.

– Yo…, esto…, señor Hoffman… Me parece que no he atinado bien con mi atuendo para la ocasión… Tal vez me permitirá usted unos minutos para subir a mi habitación y ponerme cualquier otra cosa.

– ¡Oh, no! -exclamó Hoffman, dirigiéndome una fugaz mirada-. Tiene usted un aspecto magnífico, señor Ryder. No se preocupe, por favor. Y ahora -añadió, consultando con nerviosismo su reloj de pulsera-, sugiero que nos pongamos en camino. Sí, es el momento justo. Se lo ruego.

La noche era oscura, y la lluvia arreciaba fuera. Seguí a Hoffman y rodeamos el edificio del hotel hasta un caminillo que conducía a un pequeño aparcamiento al aire libre, en el que vi cinco o seis vehículos. Sólo había una luz prendida a uno de los postes de la valla metálica, y gracias a ella pude sortear los grandes charcos que se habían formado en el suelo.

Hoffman se acercó a un gran coche negro y me abrió la puerta del acompañante. Mientras me acercaba hacia ella fui notando que la humedad me empapaba poco a poco las zapatillas de fieltro. Y en el momento de subir al coche uno de mis pies se hundió en un charco y quedó completamente mojado. Dejé escapar una exclamación, pero Hoffman corría ya hacia la otra portezuela.

Mientras Hoffman maniobraba para salir del aparcamiento, hice cuanto puede por secarme los pies en el suelo enmoquetado. Cuando volví a alzar la cabeza circulábamos ya por la calle principal, y me sorprendió ver que el tráfico se había hecho muy denso. Más aún: que muchas tiendas y restaurantes Parecían haber despertado para recibir a la multitud de clientes que se divisaban a través de los escaparates iluminados. El tráfico seguía aumentando, y al llegar a un punto cercano al centro de la ciudad nos vimos atascados entre tres filas de vehículos. Hoffman consultó de nuevo su reloj y, con gesto contrariado, golpeó el volante del coche con la mano.

– ¡Qué mala suerte! -dije en tono cordial-. Y eso que cuando he estado fuera hace apenas un rato la ciudad parecía dormida.

Hoffman tenía un aire muy preocupado, y observó abstraído:

– El tráfico de esta ciudad va de mal en peor. No sé qué solución puede haber. -Golpeó otra vez el volante.

Durante los minutos siguientes permanecimos en silencio, abriéndonos paso lentamente a través del tráfico. En determinado momento, Hoffman dijo en voz baja:

– El señor Ryder ha tenido que hacer unas gestiones… Pensé que no había oído bien, pero volvió a repetir la frase -ahora acompañada de un suave ademán- y entonces caí en la cuenta de que estaba ensayando lo que iba a decir cuando llegáramos para explicar nuestro retraso.

– El señor Ryder ha tenido que hacer unas gestiones. El señor Ryder… ha tenido que hacer unas gestiones.

Seguimos avanzando entre el denso tráfico nocturno, y Hoffman seguía murmurando para sí frases que, en gran medida, yo no alcanzaba a entender. Se había encerrado en su mundo, y su aspecto revelaba una creciente tensión. Cuando por poco no logramos llegar a tiempo a una luz verde, le oí mascullar:

– ¡No, no, señor Brodsky! ¡Era espléndido, una criatura espléndida!

Finalmente tomamos un desvío y nos vimos circulando.por las afueras de la ciudad. No tardaron mucho en desaparecer de nuestra vista los edificios: viajábamos por una larga carretera a cuyos lados sólo se veían grandes espacios oscuros y abiertos, posiblemente tierras de labrantío. Ahora apenas había tráfico, y el potente automóvil pronto alcanzó una gran velocidad. Advertí que Hoffman se relajaba visiblemente y, cuando volvió a hablarme había recuperado ya en gran medida su habitual cortesía.

– Dígame, señor Ryder…, ¿encuentra nuestro hotel de su entera satisfacción?

– ¡Oh, sí! Todo es perfecto, gracias. -¿Le agrada su habitación?

– Sí, sí.

– ¿Y la cama? ¿La encuentra cómoda?

– Muy cómoda.

– Se lo pregunto porque nos sentimos orgullosos de nuestras camas. Renovamos todos los colchones con mucha frecuencia. Ningún otro hotel de la ciudad los renueva con la niisma frecuencia que nosotros. Me consta que es así. Los colchones que desechamos seguirían considerándose útiles durante varios años más por muchos de nuestros sedicentes competidores. ¿Sabía usted, señor Ryder, que si se colocaran uno tras otro, a lo largo, todos los colchones que sustituimos quinquenalmente, se podría formar una línea, a lo largo de nuestra calle mayor, que iría desde la fuente que hay en la esquina de Sterngasse hasta la farmacia del señor Winkler?

– ¿De veras? Me parece impresionante.

– Permítame que le hable con franqueza, señor Ryder. He dedicado mucho tiempo al tema de su cuarto. Por supuesto, en los días previos a su llegada me pasé horas pensando qué habitación le asignaría. En la mayoría de los hoteles, la cuestión se habría zanjado simplemente respondiendo a una pregunta: «¿Cuál es la mejor habitación que tenemos?» Pero no en mí hotel, señor Ryder. A lo largo de los años he prestado tanta atención individualizada a tantas habitaciones distintas… Ha habido temporadas en las que incluso he llegado a obsesionarme…, ¡ja, ja!…, a obsesionarme, sí, por tal o cual habitación. En cuanto descubro las posibilidades de una determinada habitación, me paso días enteros pensando en ella, y después pongo especial cuidado en renovarla para que se acomode lo más posible a la visión que me he formado de ella. No siempre lo consigo, pero en muchas ocasiones los resultados, después de mucho trabajo, se han aproximado tanto a la imagen que me había forjado mentalmente que siento una satisfacción muy grande. Ahora bien, quizá sea un defecto de mi carácter, pero el caso es que, apenas he concluido a mi gusto la renovación de un cuarto, me entusiasmo con las posibilidades de otro. Hasta el extremo de que, antes de darme cuenta, me sorprendo dedicando muchas horas de reflexión al nuevo proyecto. Sí…, algunos lo llamarían obsesión, aunque yo no veo nada malo en ello. Pocas cosas hay tan tristes como un hotel con todas sus habitaciones cortadas por un patrón idéntico y anquilosado, "or lo que a mí respecta, cada habitación debe concebirse según sus propias características individuales. Pero, a lo que iba, señor Ryder. Lo que quiero decir es que, en mi hotel, no tengo ninguna habitación particularmente preferida. Por eso, tras mucho pensarlo, decidí que la que le he asignado era precisamente la que a usted más le agradaría. Claro que, después de conocerle personalmente, ya no estoy tan seguro.

– ¡Oh, no, señor Hoffman! -me apresuré a decir-. Mi actual habitación es perfecta.

– El caso es que he estado dándole vueltas varias veces al asunto a lo largo del día. Desde su llegada, señor Ryder… Y tengo la impresión de que, temperamentalmente, estaría usted más en consonancia con otra habitación que tengo en mente. Quizá se la muestre mañana por la mañana. Estoy seguro de que va a preferirla a la de ahora.

– No, señor Hoffman, de verdad. Mi actual habitación… -Permítame serle sincero, señor Ryder. Su llegada ha supuesto para la habitación que ahora ocupa la primera prueba de fuego. Compréndalo… Es la primera vez que he alojado en ella a un huésped tan distinguido desde que la reformé hace cuatro años. Claro que no podía prever entonces que usted iba a honrarnos algún día con su presencia. Pero lo cierto es que reformé esa habitación pensando claramente en alguien muy parecido a usted. Lo que estoy intentando decirle es que es la primera vez que esa habitación se ha destinado al uso para el que fue concebida. Y, bueno…, me doy perfecta cuenta de que hace cuatro años cometí varios errores importantes al redecorarla. ¡Es tan difícil incluso para alguien con tanta experiencia como yo! No, no hay la menor duda: no estoy satisfecho. No ha sido una conjunción feliz. Mi propuesta, señor, es que se mude a la 343, que considero mucho más acorde con su espíritu. Se sentirá más sereno en ella, y dormirá mejor. En cuanto a la que ocupa ahora, bien…, llevo todo el día pensando en ella y me parece que lo mejor será desmantelarla.

– ¡Hombre, señor Hoffman, eso sí que no! -La exclamación me salió del alma, y el señor Hoffman, sobresaltado, apartó la vista de la carretera para mirarme. Solté una carcajada y, recobrando el aplomo, añadí enseguida-: Lo que quiero decir es que, por favor, no se meta en tantos gastos y quebraderos de cabeza por mi causa.

– Lo haría por mi propia paz espiritual, señor Ryder…, se lo aseguro. Mi hotel es la obra de mi vida. Cometí un grave error con esa habitación, y no veo más salida que desmantelarla. -Pero, señor Hoffman…, esa habitación… Lo cierto es que le he tomado cariño. De verdad, me encuentro maravillosamente en ella.

– No lo entiendo, señor -respondió con expresión de genuino desconcierto-. Es obvio que esa habitación no le va bien. Ahora que le conozco, puedo afirmarlo con total certeza. No tiene usted que ser tan considerado… Me sorprende verlo tan apegado a ella.

Dejé escapar una carcajada, tal vez innecesariamente exagerada.

– ¡De eso nada! ¿Apegado a ella, dice usted? -volví a reírme-. Es sólo una habitación de hotel; nada más. Si hay que desmantelarla, ¡pues se desmantela! Me trasladaré gustoso a otra habitación.

– ¡Ah! Me alegra mucho que se lo tome así, señor Ryder. Habría sido una gran frustración para mí…, no sólo durante el resto de su estancia, sino en los años venideros…, pensar que una vez se alojó usted en mi hotel y se vio obligado a soportar una habitación tan inadecuada. La verdad es que no comprendo en qué estaría yo pensando hace cuatro años. ¡Qué tremendo error!

Llevábamos ya algún tiempo viajando a través de la noche sin ver los faros de otros coches. A lo lejos, eran visibles luces que tal vez pertenecieran a algunas granjas, pero aparte de ellas no había apenas nada que rompiera la vacía negrura a ambos costados. Seguimos un rato en silencio, y al cabo Hoffman dijo:

– Ha sido un golpe cruel del destino, señor Ryder… Ese perro…, bueno, tenía ya sus años, pero podía haber vivido otros dos o tres más. ¡Y los preparativos marchaban tan a pedir de boca! -Sacudió la cabeza-. ¡Qué inoportuno! -Luego se volvió hacia mí, sonriente, y prosiguió-: Pero no pierdo la esperanza. No, no la pierdo en absoluto. Nada podrá doblegarlo ahora…, ni siquiera una desgracia como ésta.

– Quizá deberían regalarle al señor Brodsky otro perro. Un cachorro tal vez…

Lo había dicho sin reflexionar, pero Hoffman pareció considerar mi propuesta con sumo respeto.

– No estoy muy seguro, señor Ryder. Debe darse cuenta de que estaba muy encariñado con Bruno. Apenas tenía otra compañía. Estará soportando una gran aflicción. Aunque quizá tenga usted razón y debamos aliviar su soledad, ahora que ya 110 tiene a Bruno. Tal vez un animal de otra especie, para empezar. Que consiga apaciguarlo. Una jaula con un pajarillo, por ejemplo. Luego, en su momento, cuando ya esté preparado, podríamos pensar en proporcionarle otro perro. No sé…

Permaneció callado los minutos siguientes, y creí que sus pensamientos se habían desviado hacia otro tema. Pero de pronto, con los ojos clavados en el negro asfalto de la carretera que serpeaba frente a nosotros, exclamó entre dientes, con intensa emoción:

– ¡Un buey! Sí, eso es, eso es…, ¡un buey, un buey! Para entonces yo ya estaba harto del asunto del perro de Brodsky, y me había retrepado calladamente en mi asiento con intención de relajarme durante el resto del viaje. Pero al rato, intentando averiguar algo acerca del acto al que nos disponíamos a asistir, dije:

– Espero que no lleguemos demasiado tarde.

– No, no. Llegaremos a tiempo -replicó Hoffman. Su mente, sin embargo, parecía estar en otro lugar. Minutos después, le oí murmurar de nuevo:

– ¡Un buey! ¡Un buey!

Poco después la carretera dejó el campo abierto y atravesamos una agradable zona residencial. Pude ver en la oscuridad grandes casas con jardines, algunas de ellas rodeadas de altos muros o setos. Hoffman condujo con cuidado por las avenidas arboladas, y pude oírle ensayar una vez más para sus adentros las palabras que pensaba pronunciar en el lugar al que nos dirigíamos.

Cruzamos unas altas verjas de hierro y accedimos al patio de una espléndida mansión. Había ya muchos vehículos aparcados alrededor del edificio, por lo que al director del hotel le llevó algún tiempo encontrar un hueco donde dejar el coche. Luego se apeó precipitadamente y corrió hacia la entrada principal.

Me quedé un instante en mi asiento, estudiando la casa en busca de alguna clave que me indicara cuál era el acto que reclamaba nuestra presencia. En la fachada se abría una hilera de grandes ventanales que llegaban casi hasta el suelo. La mayoría se veían iluminados detrás de los cortinajes, pero no pude vislumbrar nada de lo que estuviera pasando en su interior.

Hoffman llamó al timbre y me instó, con gestos, a que me reuniera con él. Cuando me bajé del coche, el aguacero se había transformado en fina llovizna. Me arropé bien con mi batín y caminé hacia la casa poniendo mucho cuidado en evitar los charcos.

Abrió la puerta una doncella que nos hizo pasar a un amplio recibidor del que colgaban grandes retratos. La doncella, a juzgar por las fugaces miradas que se cruzaron entre ambos cuando él se quitó la gabardina para dársela, parecía conocer a Hoffman. Luego Hoffman se detuvo un momento ante un espejo para ajustarse la pajarita antes de conducirme hacia el interior de la casa.

Llegamos a un salón magnífico, brillantemente iluminado, en el que se estaba celebrando una recepción. Había como mínimo un centenar de invitados, todos vestidos de etiqueta, con copas en la mano, en animada charla. Cuando nos detuvimos en el umbral, Hoffman alzó un brazo ante mí, como para protegerme, y examinó el salón con la mirada.

– Aún no está aquí -murmuró al cabo. Luego, volviéndose hacia mí, me explicó, sonriente-: El señor Brodsky no ha llegado aún. Pero confío, confío en que ya no tardará mucho.

Exploró nuevamente el salón y, durante unos segundos, pareció desconcertado. Luego me dijo:

– Si tiene usted la bondad de aguardar aquí unos momentos, señor Ryder. Iré en busca de la condesa. ¡Ah! Y, por favor, escóndase un poco, si no le importa… ¡Ja, ja! Recuerde que se supone que usted es la gran sorpresa de la velada. Por favor… No tardaré.

Avanzó por el salón y durante unos instantes seguí su figura con la mirada: se movía entre los huéspedes con un semblante preocupado que constrastaba con la alegría reinante a su alrededor. Observé que algunas personas trataban de hablar con él, pero invariablemente Hoffman se alejaba rápidamente con sonrisa distraída. Al final lo perdí de vista y, probablemente por haberme asomado un poco en mi esfuerzo por volver a localizarlo, debí de descubrir mi presencia, pues escuché una voz a mi lado que me decía:

– ¡Ah, señor Ryder…, veo que ha llegado! ¡Qué bien tenerlo por fin entre nosotros!

Una mujer de imponente aspecto, de unos sesenta años de edad, había apoyado una mano en mi brazo. Sonreí y susurré algunas palabras corteses, y ella respondió: -Todo el mundo está deseando conocerle. Dicho lo cual empezó a guiarme con firmeza hacia el centro de la sala.

Mientras la seguía abriéndome paso entre los invitados, la mujer empezó a interrogarme. Al principio eran las habituales preguntas acerca de mi salud y del viaje. Pero luego, mientras proseguíamos nuestro periplo por el salón, demostró una curiosidad extraordinaria por mi opinión acerca del hotel. De hecho descendió a tantos detalles -qué me parecía el jabón, qué efecto me causaba la moqueta del vestíbulo…-, que empecé a sospechar que se tratara de alguna profesional competidora de Hoffman, molesta porque yo estuviera alojado en el establecimiento de éste. Sin embargo, su actitud y su forma de saludar con la cabeza y sonreír a todos los que íbamos encontrando a nuestro paso, mostraban claramente que era la anfitriona de la fiesta, lo que me llevó a inferir que se trataba de la condesa en persona.

Pensé que me conducía a algún lugar concreto del salón, o que buscaba a una determinada persona, pero al rato tuve la sensación indubitable de que nos movíamos lentamente en círculos. De hecho, varias veces me pareció haber pasado ya dos veces, como mínimo, por tal o cual punto del salón. Advertí también con extrañeza que, aunque muchas cabezas se volvían para saludar a mi anfitriona, ella no hacía ningún esfuerzo por presentarme a nadie. Más aún: que, aunque de vez en cuando algunos me sonreían cortésmente, nadie parecía interesarse especialmente por mi persona. Una cosa era cierta: nadie interrumpía la conversación que estuviera manteniendo porque yo pasara a su lado. Aquello me desconcertó, pues me había hecho a la idea de tener que capear el habitual agobio de cumplidos y preguntas.

Más adelante observé asimismo que en la atmósfera de aquel salón había algo extraño -algo forzado, teatral incluso, en la alegría que se respiraba-, que no logré identificar. Hasta que por fin nos detuvimos. La condesa se puso a conversar con dos damas profusamente enjoyadas, y tuve la oportunidad de reflexionar y coordinar mis impresiones. Sólo entonces me di cuenta de que aquella reunión no era un cóctel, sino una cena cuyo inicio todo el mundo aguardaba, una cena que debería haberse servido como mínimo hacía dos horas, pero que la condesa y sus colegas se habían visto obligados a retrasar ante las ausencias de Brodsky -oficialmente, el invitado de honor- y de mí mismo, que debía constituir la gran sorpresa de la velada. Después, prosiguiendo con mi ejercicio introspectivo, empecé a imaginar lo que había ocurrido con anterioridad a nuestra llegada.

La presente era, sin duda, la más concurrida de las cenas ofrecidas hasta la fecha en honor de Brodsky. Y puesto que, además, era la última antes del crucial acontecimiento del jueves por la noche, jamás se pensó que fuera a resultar una reunión desenfadada. La tardanza de Brodsky, para colmo, había acrecentado la tensión. Los invitados, sin embargo -todos ellos conscientes de ser la flor y nata de la ciudad-, habían hecho gala de su sangre fría, evitando escrupulosamente cualquier comentario que pudiera dar pie a la más mínima duda sobre la seriedad de Brodsky. La mayoría se las había ingeniado incluso para no mencionarlo en absoluto, aliviando sus íntimos temores con una inacabable especulación a propósito de la hora en que se serviría la cena.

Y entonces habían llegado las noticias relativas al perro de Brodsky. Un suceso cuyo conocimiento se había difundido inexplicablemente entre los reunidos, a pesar de los riesgos que entrañaba. Tal vez a través de una llamada telefónica recibida en la casa, que alguno de los munícipes presentes, en un errado intento de sosegar los ánimos, creyó oportuno compartir con los demás. En cualquier caso, las consecuencias de dejar que algo así corriera de boca en boca, en una concurrencia nerviosa ya por la preocupación y el hambre, eran de lo más previsibles. Y habían comenzado a circular ya por el salón toda clase de rumores alarmistas. Que si habían descubierto a Brodsky borracho como una cuba, acunando el cadáver de su perro. Que si Brodsky había sido encontrado en la calle, en medio de un charco, farfullando palabras ininteligibles. Que si, en fin, abrumado por el dolor, Brodsky había intentado suicidarse ingiriendo parafina. Esta última historia tenía su origen en un incidente ocurrido varios años atrás, cuando, en el transcurso de una francachela, Brodsky había sido trasladado al servicio de urgencias del hospital por un vecino suyo granjero, tras haberse echado al coleto cierta cantidad de parafina (jamás se supo si por una confusión de beodo o como resultado de una tentativa de suicidio). Fuera como fuere, estos y otros rumores habían dado pábulo a los más desesperanzados comentarios entre los invitados.

– El perro lo era todo para él. El pobre no se recuperará de esto. Tenemos que afrontarlo: hemos vuelto al punto de partida.

– Tenemos que cancelar lo del jueves por la noche. Cancelarlo inmediatamente. Ahora sólo podría ser un desastre. Si seguimos con ello, los ciudadanos no nos darán jamás una segunda oportunidad.

– Ese hombre era una carta demasiado arriesgada. Nunca debimos permitir que la cosa llegara tan lejos. Pero… ¿qué hacer ahora? Estamos perdidos, perdidos sin remedio.

Y así, mientras la condesa y sus colaboradores trataban de recuperar el control de la velada, en el centro del salón se había producido de pronto un gran vocerío.

Muchos de los presentes corrían hacia el lugar del incidente, y unos pocos se alejaban de él asustados. Lo que ocurría era que uno de los concejales más jóvenes se había enzarzado a golpes en el suelo con un individuo rechoncho y calvo en quien todos habían reconocido a Keller, el veterinario. Habían tirado del joven concejal para separarlos, pero éste tenía tan fuertemente asido a Keller por las solapas, que en realidad los levantaron a los dos a un tiempo.

– ¡He hecho todo lo posible! -gritaba Keller con el rostro congestionado-. ¡Todo lo que he podido! ¿Qué más podía haber hecho? Hace dos días el animal estaba perfectamente.

– ¡Impostor! -le gritaba el joven concejal, intentando una nueva acometida. Lograron retenerlo, pero para entonces eran ya bastantes quienes, viendo en el veterinario un chivo expiatorio perfecto, habían empezado a clamar también contra Keller. Durante unos instantes, las acusaciones le llovieron al veterinario de todos lados, culpándole de negligencia y de poner en peligro el futuro de la comunidad. En este punto alguien gritó a voz en cuello:

– ¿Y qué pasó con los gatitos de los Breuer? Usted todo el tiempo jugando al bridge y los pobres animalitos muñéndose uno tras otro…

– Sólo juego al bridge una vez a la semana, e incluso entonces…

El veterinario se había puesto a protestar con voz sonora y ronca, pero al punto cayeron sobre él otras voces acusadoras. De pronto todo el mundo parecía albergar algún viejo y callado agravio que reprochar al veterinario, relativo a algún animal querido, etc… Entonces alguien gritó que Keller nunca había devuelto una horquilla jardinera que había pedido prestada seis años atrás. Pronto los ánimos en contra del veterinario se habían exacerbado hasta tal punto que a nadie le pareció fuera de lugar que quienes sujetaban al joven concejal lo soltaran para que pudiera proseguir con la pelea. Y cuando éste lanzó contra el veterinario una última embestida pareció hacerlo en nombre de la inmensa mayoría de los presentes. La cosa iba camino de convertirse en un incidente harto enojoso cuando una voz que atronó al fin en la sala hizo entrar en razón a los asistentes.

Pero el que la sala se sumiera de pronto en el silencio se debió acaso más a la propia identidad de quien había hablado que a una eventual autoridad natural de él dimanada. Porque la persona a quien todos vieron al volverse, una figura que les miraba airadamente, no era otra que Jakob Kanitz, un hombre que si por algo sobresalía en la comunidad era por su notoria timidez. De edad cercana a la cincuentena, Jakob Kanitz, desde que todo el mundo podía recordar, había ocupado un puesto administrativo en el ayuntamiento. Rara vez aventuraba una opinión, y aún menos contradecía a alguien o se embarcaba en una discusión. No tenía amigos íntimos, y varios años atrás había dejado la pequeña casa en que vivía con su esposa y sus tres hijos y se había mudado a un diminuto ático alquilado en la misma calle, unas manzanas más abajo. Siempre que alguien sacaba el tema a colación, él daba a entender que pronto volvería con su familia, pero los años pasaban y su situación seguía siendo la misma. Entretanto, y en gran parte debido a su buena disposición para colaborar en las muchas tareas que entrañaba la organización de cualquier evento cultural, había llegado a ser aceptado, si bien con cierta condescendencia, como miembro de los círculos artísticos de la ciudad.

Antes de que los presentes tuvieran siquiera tiempo para recuperarse de su asombro, Jakob Kanitz -acaso consciente de que el temple lo abandonaría sin tardanza- se había apresurado a hablar:

– ¡Otras ciudades! ¡No me refiero sólo a París! ¡O a Stuttgart! Me refiero a ciudades más pequeñas, a ciudades no más importantes que la nuestra, a otras ciudades… Reunid a sus mejores ciudadanos, enfrentadlos a una crisis de este tipo… ¿Cómo reaccionarían? Con calma, con tranquilidad. Esa gente sabría qué hacer, cómo actuar. Lo que os estoy diciendo es que quienes estamos aquí, en esta sala, somos lo mejor de esta ciudad. La empresa no está más allá de nuestras posibilidades. Juntos podemos superar esta crisis. ¿Se pelearían entre ellos en Stuttgart? No debemos dejar que nos domine el pánico. No debemos tirar la toalla, no debemos disputar entre nosotros. Ue acuerdo, lo del perro es un problema, pero no es el final, no es algo irreparable. Sea cual sea el estado del señor Brodsky en este momento, podemos hacer que recupere el norte. Podremos hacerlo siempre que cada cual haga lo que tiene que hacer esta noche. Estoy seguro de que podemos hacerlo, y estoy seguro de que debemos hacerlo. Tenemos que hacer que recupere el norte. Porque si no lo hacemos, si no aunamos los esfuerzos y conseguimos arreglar las cosas esta noche, os lo advierto: ¡no nos quedará más que miseria! ¡Sí, una miseria honda y solitaria! No nos queda ya nadie a quien acudir; tiene que ser el señor Brodsky, no hay ya nadie más que el señor Brodsky. Probablemente está al llegar. Tenemos que mantener la calma. ¿Qué estamos haciendo? ¿Pelearnos? ¿Se pelearían en Stuttgart? Tenemos que pensar con claridad. Si estuviéramos en el lugar del señor Brodsky, ¿cómo nos sentiríamos? Debemos hacerle ver que participamos de su aflicción, que la ciudad entera comparte su pesar. Pensad de nuevo en ello, amigos míos: tenemos que levantarle el ánimo. ¡Oh, sí! No podemos pasarnos la velada con aire taciturno, permitir que se vaya a casa con la convicción de que no hay nada que hacer, porque bien podría volver a… ¡No, no! ¡El equilibrio justo! Tendremos que estar alegres también nosotros, hacerle ver que en la vida hay tantas cosas…, que todos contamos con él, que dependemos de él. Sí, tenemos que hacer las cosas bien en estas horas que nos aguardan. Probablemente está de camino, sólo Dios sabe en qué estado… Las horas próximas son cruciales, cruciales. Tenemos que conseguirlo. De lo contrario nos espera la miseria. Debemos…, debemos…

En este punto Jakob Kanitz se hallaba ya sumido en la confusión. Había seguido unos segundos más de pie en el estrado, sin hablar, mientras lo envolvía por momentos una terrible turbación. Algún resto de su anterior emoción le había permitido lanzar una última mirada airada a la concurrencia, y acto seguido se había vuelto mansamente y había bajado del estrado.

Pero su torpe alegato había causado un inmediato impacto. Antes incluso de que hubiera terminado de hablar, se había levantado en la sala un tenue murmullo de asentimiento, y más de uno de los presentes se había permitido dar un reprobador empellón en el hombro del concejal belicoso, que para entonces arrastraba los pies con aire avergonzado. La retirada de Jakob Kanitz del estrado había dado paso a unos instantes de incómodo silencio. Luego, poco a poco, la conversación había vuelto a la sala, y la gente debatía en todos los corros, en tono grave pero tranquilo, lo que convenía hacer cuando llegara Brodsky. No tardaron en llegar a un consenso: el enfoque de Jakob Kanitz, a grandes rasgos, era el correcto. Lo que convenía hacer era alcanzar el equilibrio justo entre el pesar y la jovialidad. La atmósfera habría de comprobarse cuidadosamente en cada momento por todos y cada uno de los presentes. Se fue instalando en la sala un sentimiento de resolución, y luego, pasado un rato, la gente empezó gradualmente a relajarse, hasta que al fin todo el mundo sonreía, charlaba, se saludaba en tono amable y cortés, como si el impropio episodio de hacía escasamente media hora no hubiera sucedido nunca. Fue más o menos entonces, unos veinte minutos después de la disertación de Jakob Kanitz, cuando Hoffman y yo nos incorporamos a la velada. No era extraño, pues, que yo percibiera algo extraño bajo aquella capa de refinado contento.

Me hallaba aún dándole vueltas a todo lo acontecido antes de nuestra llegada cuando vi a Stephan charlando con una anciana dama al otro extremo de la sala. A mi lado, la condesa parecía aún enfrascada en su conversación con las dos mujeres enjoyadas, de modo que, murmurando una excusa entre dientes, me alejé de ellas. Fui hacia el rincón donde estaba Stephan, que al verme me recibió con una sonrisa.

– Ah, señor Ryder. Así que ha llegado… Creo que le agradará conocer a la señorita Collins.

Entonces reconocí a la anciana dama delgada a cuyo apartamento habíamos ido en coche con Stephan horas antes. Iba vestida sencilla pero elegantemente, con un largo vestido negro. Me sonrió y tendió la mano, y nos saludamos. Me disponía a entablar una conversación cortés con ella cuando Stephan se inclinó hacia mí y me dijo discretamente:

– He sido tan necio, señor Ryder. Francamente, no sé qué es lo más apropiado. La señorita Collins ha sido muy amable, como de costumbre, pero me gustaría también saber su opinión sobre el asunto.

– ¿Se refiere a… al perro del señor Brodsky? -Oh, no, no. Eso es horrible, me hago cargo. Pero estábalos hablando de algo completamente diferente. Apreciaría de veras su consejo. De hecho, la señorita Collins me estaba sugiriendo que acudiera a usted en demanda de ayuda, ¿no es cierto, señorita Collins? Mire, odio ser pesado a este respecto, pero ha surgido una complicación. Me refiero a mi actuación del jueves por la noche. ¡Dios, he sido tan estúpido! Como ya le conté, señor Ryder, he estado preparando Dahlia, de Jean-Louis La Roche, pero no se lo he dicho a mi padre. Hasta esta noche. Pensaba darle una sorpresa: le gusta tanto La Roche… Es más: mi padre jamás hubiera soñado que yo fuera capaz de ejecutar magistralmente una pieza tan difícil, así que pensé que, para él, supondría una magnífica sorpresa por partida doble. Pero luego, hace muy poco, con la gran noche cada día más cercana, he pensado que de nada servía ya seguir con el secreto. Para empezar, las actuaciones han de imprimirse en el programa oficial, que se colocará en la mesa de gala al lado de cada servilleta. Mi padre ha sufrido horriblemente a causa de su diseño, tratando de decidir pormenores como el gofrado del papel, la ilustración del reverso, todo… Me di cuenta hace unos días de que tendría que decírselo, pero seguía deseando que en cierto modo constituyera una sorpresa, de forma que me mantuve a la espera del momento más apropiado para hacerlo. Bien, pues esta misma noche, justo después de dejarles en el hotel a usted y a Boris, fui a su despacho para dejar las llaves del coche y lo encontré en el suelo, afanado sobre un maremágnum de papeles. A gatas sobre la alfombra, rodeado de papeles; nada extraño, porque mi padre trabaja a menudo de esta forma. Es un despacho pequeño, y la mesa ocupa mucho espacio, así que tuve que sortear de puntillas los obstáculos para dejar las llaves en su sitio. Me preguntó cómo iba todo, y luego, antes de que yo pudiera decir nada, pareció ensimismarse de nuevo en sus papeles. Bien, no sabría decir por qué, pero en el momento mismo en que me estaba retirando, lo vi sobre la alfombra de esta guisa y de pronto se me ocurrió que era el momento de decírselo. Fue un impulso. De modo que, como sin darle mayor importancia, le dije:

»"A propósito, padre, el jueves por la noche voy a tocar Dahlia, de La Roche. He pensado que te gustaría saberlo."

»No lo dije en ningún tono especial; sencillamente se lo dije y esperé a ver su reacción. Pues bien, dejó a un lado el documento que estaba leyendo, pero siguió con la mirada en la alfombra que tenía delante. Y entonces le afloró al semblante una sonrisa y me dijo algo parecido a lo siguiente:»"Ah, sí, Dahlia…"

»Y por espacio de unos segundos pareció feliz, muy feliz. No alzó la mirada, seguía a gatas en el suelo, pero parecía muy feliz. Luego, con los ojos cerrados, empezó a entonar entre dientes el comienzo del adagio, se puso a tararearlo allí sobre la alfombra, moviendo la cabeza al compás de la melodía. Parecía tan feliz y tranquilo, señor Ryder, que no dudé en felicitarme por ello. Entonces abrió los ojos y me sonrió ensoñadoramente, y dijo:

»"Sí, es bello. Nunca he entendido por qué tu madre siente tanto desdén por esa pieza."

«Corno le estaba contando a la señorita Collins hace un momento, al principio pensé que había oído mal. Pero acto seguido lo repitió:

»"Tu madre la desprecia tanto… Sí, ya sabes, últimamente ha llegado a despreciar tan intensamente la última época de La Roche… No me permite oír sus discos en ninguna parte de la casa; ni siquiera con los auriculares puestos…"

»Debió de ver el pasmo y el disgusto en mi semblante, porque, y esto es típico de mi padre, de inmediato trató de hacer que no me sintiera tan mal.

«"Tendría que habértelo preguntado hace ya tiempo. Es culpa mía."

«Entonces, súbitamente, se dio un golpe en la frente como si acabara de recordar algo, y dijo:

»"La verdad, Stephan, os he fallado a los dos. En su momento pensé que lo correcto era no interferir en lo más mínimo, pero ahora veo que os he fallado a ambos."

«Cuando le pregunté a qué se refería, me explicó que mi madre llevaba todo este tiempo anhelando oírme interpretar Pasiones de cristal, de Kazan. Al parecer hacía cierto tiempo que le había hecho saber a mi padre que era eso lo que quería, y bueno, había supuesto que mi padre se ocuparía de que sus deseos se cumplieran. Pero ya ve, mi padre tuvo en cuenta mis sentimientos al respecto. Era consciente de que un músico, incluso un amateur como yo, desea tomar su propia decisión en algo tan importante. Así que no me dijo nada, con la intención de explicárselo todo a mi madre cuando se le presentara la ocasión. Pero, claro…, bueno, supongo que será mejor que le explique un poco más el asunto, señor Ryder. Verá, cuando digo que mi madre hizo saber a mi padre lo de Kazan no me refiero a que de hecho se lo dijera. Es algo difícil de explicar a alguien aJeno a la familia. La cosa funciona del siguiente modo: mi madre, de una forma u otra, siempre se las arregla para, digamos, dejar las cosas bien claras ante mi padre sin necesidad de la menor mención explícita. Lo hace a través de "señales", que para mi padre resultan inequívocamente claras. Ignoro cómo habrá sido en este caso concreto. Quizá mi padre llegó a casa y se la encontró escuchando Pasiones de cristal en el tocadiscos, lo que para él habría sido una inequívoca "señal". O puede que mi padre fuera a acostarse después de haber tomado su baño y la viera en la cama leyendo un libro sobre Kazan. No sé. Pero es así como siempre han funcionado las cosas entre ellos. Bien, como puede ver, estaba fuera de lugar el que mi padre, por ejemplo, le hubiera dicho de pronto: "No, Stephan tiene que decidirlo él mismo." Mi padre se mantenía a la espera, tratando de dar con el mejor modo de hacerle llegar su respuesta. Y, como es lógico, no podía saber que, de entre todas las piezas posibles, yo había elegido Dahlia, de La Roche. ¡Dios, qué estúpido he sido! ¡No tenía la menor idea de que mi madre la odiara tanto! Bien, mi padre me explicó cómo estaban las cosas, y cuando le pregunté cuál era en su opinión la manera de salir de aquel aprieto, se quedó pensativo unos instantes y al cabo me dijo que debía seguir con lo que había preparado, que era demasiado tarde para improvisar cualquier cambio.

»"Mamá no te culpará a ti. Ni se le pasará por la cabeza hacerlo. Me echará la culpa a mí, y con toda la razón."

«Pobre padre. Trataba por todos los medios de consolarme, pero yo me daba cuenta de la desolación que le causaba verse en aquella situación. Instantes después estaba con la mirada fija en un punto de la alfombra; seguía en el suelo, pero ahora en cuclillas y encogido, como si estuviera ensayando una tracción gimnástica, y miraba obstinadamente la alfombra y yo le oía murmurar cosas para sus adentros: "Saldré con bien de ésta, saldré con bien de ésta. He sobrevivido a cosas peores. Saldré con bien de ésta…" Parecía haberse olvidado de mi presencia, así que acabé marchándome después de cerrar sin ruido la puerta. Y desde entonces…, bueno, señor Ryder, en las horas que han pasado no he podido pensar en otra cosa. Para ser sincero, estoy hecho un lío. Queda tan poco tiempo. Y Pasiones de cristal es un pieza tan difícil. ¿Cómo poder prepararla en tan poco tiempo? De hecho, si he de serle franco, diría que es una pieza que se halla un poco más allá de mis posibilidades…, aun cuando pudiera disponer de un año entero para prepararla…

El joven dejó de hablar con un suspiro atribulado. Cuando transcurridos unos instantes vi que ni él ni la señorita Collins decían nada, inferí que esperaban mi opinión, y dije:

– Por supuesto que no es asunto mío, que es algo que debe usted decidir por sí mismo, pero mi impresión al respecto es que a estas alturas debería seguir con lo que había preparado…

– Sí, suponía que iba a decir eso, señor Ryder.

Era la señorita Collins quien había hablado. En su tono había un cinismo que me cogió de sorpresa y me hizo callar y volverme hacia ella. La vieja dama me miraba con perspicacia, y con cierto aire de suficiencia.

– Sin duda -prosiguió- usted lo llamaría…, ¿cómo?, ah, sí, «integridad artística».

– No es exactamente eso, señorita Collins -dije yo-. Se trata de que a mi juicio, y desde un punto de vista práctico, el momento ya es un tanto tardío…

– ¿Y cómo sabe usted que es tarde, señor Ryder? -volvió a interrumpirme-. Usted sabe muy poco de las facultades de Stephan. Para no hablar de las hondas implicaciones del aprieto en que se encuentra. ¿Cómo osa pronunciarse sobre este asunto como si estuviera dotado de una sensibilidad especial de la que el resto de nosotros carecemos?

Desde el comienzo de la intervención de la señorita Collins me había ido sintiendo más incómodo por momentos, y mientras me estaba diciendo esto último me sorprendí apartando los ojos para no tener que soportar su mirada inquisitiva. No se me ocurría ninguna réplica adecuada a sus preguntas, y al cabo de unos instantes, tras decidir que era mejor cortar por lo sano aquel enfrentamiento, solté una breve risa y me alejé hasta perderme entre la gente.

En el curso de los minutos siguientes me vi vagando por la sala sin rumbo. Como me había sucedido antes, la gente a veces se volvía cuando yo pasaba a su lado, pero nadie parecía reconocerme. En un momento dado vi a Pedersen, el caballero que había conocido en el cine. Reía en compañía de otros invitados, y pensé en unirme a ellos, pero antes de que pudiera hacerlo sentí que algo me rozaba el codo y me volví y vi a mi lado a Hoffman.

– Siento haberle dejado solo. Espero que le hayan cuidado bien. ¡Vaya situación!

El director del hotel respiraba pesadamente y tenía la cara perlada de sudor.

– Oh, sí. Me estoy divirtiendo.

– Perdóneme, pero tuve que ausentarme para responder a una llamada telefónica. Pero ahora están en camino; sí, definitivamente están en camino. El señor Brodsky estará aquí en un abrir y cerrar de ojos. ¡Santo Dios! -Miró en torno, y luego se inclinó hacia mí y me dijo en voz baja-: La elaboración de la lista de invitados no ha sido muy acertada. Se lo advertí a los organizadores. ¡Ver aquí a cierta gente! -Sacudió la cabeza-. ¡Vaya situación!

– Pero al menos el señor Brodsky está a punto de llegar…

– Oh, sí, sí. Debo decirle, señor Ryder, que siento un gran alivio al tenerle con nosotros esta noche. Justo en el momento en que le necesitamos. Si consideramos las cosas globalmente, no veo razón para que deba cambiar demasiado su discurso a causa de…, hmm, las presentes circunstancias. Quizá una alusión o dos a la tragedia no estarían fuera de lugar, pero nos ocuparemos de que alguien diga expresamente unas palabras sobre el perro, de modo que usted no tiene por qué desviarse mucho de lo que tiene preparado. Lo único…, ejem, bueno, que su discurso no debería ser demasiado largo. Pero, claro está, usted es la última persona a quien… -Una pequeña carcajada dejó en suspenso la frase. Hoffman volvió a echar una mirada a su alrededor-. Tener que ver aquí a cierta gente… -repitió-. Errónea la lista, sí, señor… Se lo advertí a quienes la han confeccionado.

Hoffman se puso a examinar la sala con la mirada, y yo aproveché la ocasión para pensar en el discurso que el director del hotel había mencionado instantes antes. Y al cabo dije:

– Señor Hoffman, en vista de las circunstancias, no veo con claridad el momento exacto en que habré de levantarme y…

– Ah, entiendo, entiendo… Qué sensibilidad la suya. Como bien dice, si se limita a levantarse en el momento en apariencia más apropiado, no sabemos cómo podría resultar… Sí, sí, qué perspicaz es usted. Yo estaré sentado al lado del señor Brodsky, así que quizá no le importe dejar en mis manos la elección del mejor momento. Seguro que es tan amable de aguardar a que yo le haga una seña. Santo Dios, señor Ryder, resulta tan tranquilizador tener a alguien como usted en momentos como éste…

– Me complace mucho poder servirles de ayuda.

Un ruido procedente del otro extremo de la sala hizo que Hoffman se volviera bruscamente. Estiró el cuello para ver lo que pasaba, aunque era obvio que no podía ser nada importante. Tosí discretamente para recuperar su atención.

– Señor Hoffman, hay otro pequeño asunto que me gustaría exponerle. Me estaba preguntando… -Señalé mi bata con un gesto-. Tal vez sería conveniente que me pusiera algo más… formal. Me pregunto si sería posible que alguien me prestara algo de ropa. Nada especial.

Hoffman miró sin mucha atención mi atuendo, y volvió a mirar hacia otro lado casi de inmediato, mientras decía distraídamente:

– Oh, no se preocupe, señor Ryder. Aquí no somos nada «estirados» al respecto.

Volvió a estirar el cuello para alcanzar con la vista el otro extremo de la sala. Estaba claro que no se hacía cargo en absoluto de mi problema, y estaba a punto de volver a planteárselo cuando ambos percibimos un revuelo cerca de la entrada de la sala. Hoffman dio un respingo, y luego se volvió hacia mí con una exagerada e irritante sonrisa en el semblante.

– ¡Ya está aquí! -susurró, mientras me daba un golpecito en el hombro y se alejaba apresuradamente.

Se hizo el silencio en la sala, y por espacio de unos segundos todos miraron hacia la puerta. También yo traté de ver lo que pasaba, pero mi vista se topaba con multitud de obstáculos y no conseguí vislumbrar nada. De pronto, como si acabaran de recordar la decisión tomada, los corros que había a mi alrededor reanudaron sus conversaciones en tono de contento controlado.

Me abrí paso entre los invitados y en un momento dado vi a Brodsky cruzando la sala asistido por varias personas. La condesa le servía de apoyo a uno de los brazos, Hoffman al otro, y cuatro o cinco personas se movían agitadamente en torno a ellos. Brodsky, desentendido abiertamente de la presencia de sus acompañantes, miraba sombríamente el ornado techo de la sala. Era más alto, de cuerpo más erguido de lo que yo había imaginado, aunque en aquel momento avanzaba con tal rigidez, y con una inclinación tan extraña, que desde cierta distancia daba la impresión de que sus acompañantes lo estuvieran llevando sobre patines. Iba sin afeitar, pero no de forma escandalosa, y tenía el esmoquin un tanto torcido, como si en lugar de vestirse él lo hubiera vestido otra persona. Sus facciones, sin embargo, aunque arrugadas y ajadas por la edad, conservaban algún vestigio de los lejanos años gallardos.

Durante un instante pensé que lo conducían hacia mí, pero caí en la cuenta de que se dirigían hacia el comedor, situado en la habitación contigua. Un camarero, de pie en el umbral, recibió e hizo pasar a Brodsky y sus acompañantes, y mientras el grupo desaparecía en el interior del comedor se hizo otro silencio en nuestra sala. Poco después, los invitados retomaron la charla, pero yo pude percibir una tensión nueva en el ambiente.

Entonces me percaté de que, adosada a una pared, aislada, había una silla alta y recta, y se me ocurrió que si me situaba en una posición de privilegio me resultaría más fácil calibrar el estado de ánimo de la concurrencia y decidir el adecuado tenor de mi disertación en la cena. Así que fui hasta ella, tomé asiento y permanecí allí durante un rato observando la sala.

Los invitados seguían charlando y riendo, pero no había duda de que la tensión soterrada iba en aumento. En vista de ello, y del hecho de que se había encomendado a alguien la tarea expresa de decir unas palabras sobre el perro, parecía sensato que mi discurso fuera, dentro de lo razonable, lo más alegre posible. Y finalmente decidí que lo mejor quizá sería relatar algunas divertidas anécdotas acontecidas entre bastidores y relativas a una serie de contratiempos que me habían mortificado en mi última gira por Italia. Las había contado en público varias veces, las suficientes para tener la certeza de que servirían para aliviar las tensiones y de que, en las presentes circunstancias, serían convenientemente celebradas.

Me hallaba barajando para mi coleto unas cuantas frases inaugurales cuando reparé en que la concurrencia había mermado considerablemente. Sólo entonces caí en la cuenta de que los invitados iban pasando lentamente al comedor, y me levanté de la silla.

Cuando me uní al desfile de invitados para pasar al comedor, me sonrieron unas cuantas personas, pero nadie me dirigió la palabra. No me importó gran cosa, porque seguía tratando de dar forma en mi mente a un comienzo de discurso con verdadera «garra». Cuando me acercaba ya a las puertas del comedor, me sorprendí indeciso entre dos opciones. La primera era la siguiente: «Mi nombre, a lo largo de los años, ha venido asociándose a ciertas cualidades. Un meticuloso cuidado por el detalle. Precisión en la interpretación. Un férreo control de la dinámica.» Tal comienzo simuladamente pomposo sería rápidamente contrarrestado por las hilarantes revelaciones de lo que realmente ocurrió en Roma. La alternativa a este comienzo era adoptar un tono más abiertamente divertido desde el principio: «Barras de cortinas que se caen. Roedores envenenados. Partituras mal impresas. Pocos de ustedes, espero, asociarían mi nombre a tales fenómenos.» Ambos comienzos tenían sus pros y sus contras, y finalmente decidí no tomar la decisión definitiva hasta no disponer de un mejor conocimiento del ánimo de los comensales en la cena.

Entré en el comedor; la gente charlaba con excitación a mi alrededor. Me chocó de inmediato la amplitud del recinto. Pese a ocuparlo ya más de un centenar de personas, entendí por qué habían iluminado tan sólo uno de los extremos. Habían preparado numerosas mesas redondas con manteles blancos y cubertería de plata, pero parecía haber otras tantas, desnudas y sin sillas y dispuestas en hileras, en la oscuridad del fondo. Se habían sentado ya muchos invitados, y el cuadro de conjunto -el fulgor de las joyas de las damas, la flamante blancura de las chaquetas de los camareros, los faldones de los chaqués, la oscuridad del fondo…- era señorial y solemne. Observaba yo la escena desde el umbral de la puerta, mientras trataba de estirarme un poco la bata, cuando apareció a mi lado la condesa. Empezó a guiar mi paso tomándome del brazo, de modo similar a como acababa de hacer con Brodsky, y dijo:

– Señor Ryder, le hemos asignado esa mesa de ahí para que no se haga notar demasiado. ¡No queremos que la gente le vea mucho y se pierda la sorpresa! Pero no se preocupe: en cuanto anunciemos su presencia y se levante, resultará perfectamente visible y audible para todo el mundo.

Aunque la mesa que me habían asignado se hallaba en un rincón, no entendía por qué resultaba particularmente más discreta que las otras. Me invitó a que tomara asiento, y acto seguido, diciendo algo entre risas -el bullicio del comedor me impidió oírlo-, se alejó apresuradamente.

Vi que compartía mesa con otras cuatro personas -una pareja de mediana edad y otra más joven-, que me sonrieron rutinariamente antes de retomar su charla previa. El marido de la pareja de más edad estaba explicando por qué su hijo deseaba seguir viviendo en Estados Unidos. Luego la conversación pasó a ocuparse de los demás hijos de la pareja. De cuando en cuando alguno de mis cuatro compañeros de mesa se acordaba de dar fe de mi existencia de forma siquiera nominal y me miraba, o, si se había dicho algún chiste, me sonreía. Pero ninguno de ellos se dirigió a mí directamente en ningún momento, y al final desistí y dejé de seguir el hilo de la charla.

Pero entonces, mientras los camareros servían la sopa, reparé en que su conversación se hacía más y más dispersa y distraída. Al cabo, en algún momento antes de terminar el plato principal, mis compañeros parecieron dejar a un lado todo pretexto y empezaron a hablar sin rodeos del asunto que les preocupaba realmente. Lanzando ocasionales miradas hacia donde se sentaba Brodsky, aventuraban en voz baja conjeturas acerca del estado actual del anciano. En determinado instante, la más joven de las mujeres dijo:

– Pues claro que sí: alguien tendría que acercarse hasta su mesa para decirle lo mucho que nos apena cómo se siente. Tendríamos que ir todos. Hasta ahora nadie parece haberle dicho ni media palabra. Miren, la gente que está sentada con él apenas le habla. Quizá tendríamos que ir nosotros, romper nosotros el hielo. Luego nos imitaría todo el mundo. Quizá la gente está esperando, como nosotros.

Los demás se apresuraron a asegurarle que nuestros anfitriones lo tenían todo bajo control, que en cualquier caso Brodsky parecía estar perfectamente…, pero al instante siguiente también ellos miraban con inquietud hacia la mesa del anciano.

También yo, como es natural, había tenido ocasión de observar detenidamente a Brodsky. Le habían asignado una mesa algo más grande que las demás. Hoffman se sentaba a un costado, y al otro la condesa. Sus otros compañeros de mesa eran hombres solemnes de pelo cano. El modo en que éstos conferenciaban entre sí en voz baja daba a la mesa un aire de conspiración que en poco contribuía a distender la atmósfera del comedor. En cuanto al propio Brodsky, no daba muestra alguna de ebriedad y comía de modo lento y continuado, si bien sin entusiasmo. Parecía, no obstante, haberse replegado a un universo propio. Mientras comían el plato principal, Hoffman mantenía un brazo tras la espalda de Brodsky y constantemente le susurraba cosas al oído, pero el anciano músico seguía mirando taciturnamente el techo sin responder a ninguno de sus comentarios. En una ocasión la condesa le tocó el brazo y dijo algo, pero él tampoco respondió.

Hacia el final del postre -la comida, si no soberbia, había sido correcta-, vi a Hoffman atravesando el comedor tratando de no tropezar con los ajetreados camareros, y caí en la cuenta de que venía hacia mi mesa. Al llegar se inclinó hacia mí y me dijo al oído:

– El señor Brodsky, al parecer, desea decir unas palabras, pero francamente…, ejem, hemos tratado de persuadirle de que no lo haga. Pensamos que no debería someterse a una tensión adicional esta noche. Así pues, señor Ryder, ¿sería usted tan amable de aguardar atentamente a mi señal y de levantarse en cuanto vea que se la dirijo? Luego, nada más terminar usted, la condesa procederá a dar fin a la parte formal de la velada. Sí, créame, será mejor que el señor Brodsky no se vea sometido a otra tensión esta noche. Pobre hombre, ejem… ¡Vaya lista de invitados! -Sacudió la cabeza y suspiró-. Gracias a Dios que está usted aquí, señor Ryder.

Antes de que pudiera responderle nada, Hoffman desandaba el camino esquivando a los camareros y se sentaba apresuradamente a su mesa.

Empleé los minutos siguientes en estudiar el ambiente y sopesar los dos comienzos que había preparado para mi discurso. Seguía aún dudando entre ambos cuando el ruido del comedor cesó de súbito. Entonces me percaté de que se había puesto en pie un hombre de rostro severo que ocupaba el asiento contiguo a la condesa.

Era un hombre de avanzada edad y pelo plateado. Irradiaba autoridad, y los invitados, al ver que se levantaba de la silla, callaron casi de inmediato. Durante los instantes que siguieron, el hombre de rostro severo se limitó a mirar a la concurrencia con aire de reprensión. Y luego habló con voz a un tiempo resonante y contenida:

– Señor: cuando un compañero tan amable y noble fallece, hay poco, muy poco, que los demás puedan decir que no suene a vacía y superficial palabrería. Sin embargo, no podemos dejar pasar esta velada sin un puñado de palabras formales, en nombre de todos los aquí presentes, que le transmitan a usted, señor Brodsky, la honda solidaridad que nos suscita su desgracia. -Hizo una pausa para dar paso al murmullo de asentimiento que corrió por el comedor, y continuó-: Su Bruno, señor, no sólo era amado por aquellos de nosotros que solíamos verlo corretear por la ciudad ocupándose de sus cosas. Llegó a alcanzar un estatus raramente alcanzado por los humanos, y aún más raramente por nuestros cuadrúpedos. Llegó a ser, en pocas palabras, un emblema. Sí, señor, llegó a ser un ejemplo vivo de ciertas virtudes cruciales. La lealtad acérrima. La intrépida pasión por la vida. La negativa a ser mirado con superioridad. El ardiente impulso de hacer las cosas al modo propio, Por mucho que éste pueda parecer extravagante a ojos de observadores de más envergadura. Las virtudes, en suma, desplegadas a lo largo de los años en la construcción de esta única y orgullosa comunidad nuestra. Virtudes, señor, que si se me permite… -su voz bajó de tono para subrayar la importancia de lo que seguía-, esperamos ver florecer de nuevo en todos los ámbitos de la vida.

Volvió a hacer una pausa, y estudió de nuevo a los comensales. Siguió unos segundos más con su gélida mirada fija en la concurrencia, y al cabo dijo:

– Ahora, todos juntos, guardemos un minuto de silencio en memoria del amigo que se ha ido.

Bajó la mirada, y la gente inclinó la cabeza, y volvió a reinar en el comedor un silencio perfecto. Levanté la cabeza y advertí que algunos de los dirigentes cívicos que acompañaban a Brodsky en la mesa habían adoptado posturas de aflicción exageradas y grotescas. Uno de ellos, por ejemplo, se apretaba la frente entre ambas manos. Por su parte, Brodsky -que había permanecido inmóvil durante todo el discurso, sin mirar ni al orador ni a la audiencia- seguía estático en su silla, y de nuevo aprecié una inclinación extraña en su postura. Cabía incluso la posibilidad de que se hubiera dormido en su sitio, y que el cometido del brazo de Hoffman detrás de su espalda fuera precisamente el de dotarle de un soporte físico.

Finalizado el minuto de silencio, el hombre de rostro severo se sentó sin añadir nada más a su discurso, lo que creó una embarazosa discontinuidad en las formalidades protocolarias. Hubo entonces quienes reanudaron cautelosamente la charla, pero al poco se detectó movimiento en otra mesa y vi que un hombre grande, de tez enrojecida e incipiente calvicie, se había levantado de su silla.

– Damas y caballeros -dijo con voz poderosa. Acto seguido, volviéndose hacia Brodsky, hizo una inclinación de cabeza y añadió en un susurro-: Señor… -Se miró las manos por espacio de un instante, y luego alzó los ojos y paseó la mirada por la audiencia-. Como muchos de ustedes saben, fui yo quien esta tarde encontré el cuerpo de nuestro amado amigo. Espero que me concedan, pues, unos minutos para decir unas palabras acerca de lo que…, de lo sucedido. Porque el caso, señor -dijo mirando de nuevo a Brodsky-, es que debo pedirle perdón. Permítame que me explique. -El hombre grande hizo una pausa y tragó saliva-: Esta tarde, como de costumbre, estaba haciendo mis repartos y casi había terminado, me faltaban dos o tres pedidos por entregar, y tomé un atajo por el callejón que hay entre las vías del tren y la Schildstrasse. Normalmente no utilizo ese atajo, y menos después del anochecer, pero hoy era más temprano que otros días y, como todos ustedes saben, el atardecer ha sido muy agradable. Así que he tomado el atajo. Y allí, justo a medio camino del callejón, lo he visto. A nuestro querido amigo. Se había situado en un punto discreto, prácticamente oculto entre el poste de alumbrado y la valla de madera. Me he arrodillado junto a él para asegurarme de que efectivamente había fallecido. Y al hacerlo han pasado por mi mente multitud de pensamientos. He pensado, cómo no, en usted, señor. En el gran amigo que había sido Bruno para usted, y en la trágica pérdida que iba a suponerle. He pensado también en lo mucho que la ciudad, en general, echaría de menos a Bruno, y en cómo habría de acompañarle en sus horas de aflicción. Y déjeme decirlo, señor: he sentido, pese al dolor del momento, que el destino me había deparado un privilegio. Sí, señor, un privilegio. Había recaído en mí la tarea de llevar el cuerpo de nuestro amigo hasta la clínica veterinaria. Y entonces, señor…, para lo que ha sucedido después… no tengo excusa. Hace unos instantes, mientras hablaba el señor Von Winterstein, he estado aquí sentado atormentado por la duda. ¿Debía levantarme para contarlo? Al final, como ve, he decidido que sí, que debía hacerlo. Mejor que el señor Brodsky lo oyera de mis propios labios que como una hablilla mañana por la mañana. Señor, me siento amargamente avergonzado por lo que ha sucedido después. Lo único que puedo decir es que no era mi intención, que jamás se me habría ocurrido… Ahora sólo puedo rogarle que me perdone. El asunto ha seguido rondando mi cabeza una vez tras otra en las últimas horas, y ahora veo lo que debería haber hecho. Debería haber dejado en el suelo los paquetes. Sólo llevaba dos, eran mis últimos repartos. Los debería haber dejado allí: habrían quedado perfectamente a salvo allí en el suelo, pegados contra la cerca. Y si, a pesar de todo, alguien los hubiera cogido, ¿qué? Pero por alguna necia razón que no logro comprender, por un estúpido instinto profesional acaso, no lo he hecho. No lo he pensado. Quiero decir que cuando levanté el cuerpo de Bruno seguía aferrado a mis paquetes. No sé qué es lo que pretendía. Pero el caso es…, lo oiría de todos modos mañana, así que quiero contárselo yo ahora…, el caso es que su amado Bruno debía de llevar ya allí algún tiempo, Porque su cuerpo, magnífico pese a hallarse ya sin vida, estaba frío y, bueno, se había puesto rígido. Sí, señor, rígido. Le pido perdón, porque lo que tengo que contar ahora puede que vuelva a causar dolor a su corazón, pero… déjeme continuar. Para poder llevar los paquetes (cómo lo lamento, lo he lamentado ya un centenar de veces desde entonces), para poder seguir llevando los paquetes me he cargado a Bruno sobre los hombros, sin tener en cuenta la rigidez de su cadáver. No ha sido hasta después de unos minutos cuando, ya casi al final del callejón, he oído el grito de un niño y me he detenido. Entonces, como es lógico, he caído en la cuenta de la enormidad de mi error. Señoras y señores, señor Brodsky, ¿habré de explicárselo con detalle a todos ustedes? Sí, veo que sí. El hecho es el siguiente: a causa de la rigidez del cuerpo de nuestro amigo, a causa de la necia forma en que había decidido transportarlo, aupado sobre mis hombros, es decir, en posición prácticamente vertical…, bueno, el caso, señor, es que toda la parte superior de su cuerpo ha debido de resultar visible por encima de la valla desde cualquiera de las casas de la Schildstrasse. De hecho, una crueldad sobre otra, se trataba de esa hora de la tarde en que la mayoría de las familias se reúnen en el cuarto de atrás para cenar. Estarían mirando el jardín mientras comían y de pronto verían a nuestro noble amigo deslizándose por encima de la valla, con las patas frente a él, alzadas hacia lo alto… ¡Ah, qué indignidad…! ¡Casa tras casa! La escena no ha dejado de atormentarme ni un instante, señor. Puedo verla ante mis ojos: Bruno pasando… ¡Qué imagen habrá dado! Perdóneme, señor, perdóneme. No podía permanecer sentado ni un segundo más sin descargar de mí este peso…, sin dar testimonio de mi torpeza. ¡Qué infortunio que este triste privilegio haya recaído en un patán como yo! Señor Brodsky, por favor, le ruego acepte estas por completo inadecuadas disculpas por la humillación de que hice objeto a su noble compañero, siendo como era tan reciente su partida… Y a las buenas gentes de la Schildstrasse (algunas de ellas quizá se encuentren aquí ahora), que sin duda, y como todo el mundo, querían tiernamente a Bruno… ¡Dios, haberle visto por última vez de tal guisa…! Les ruego, le ruego a usted, ruego a todos los presentes que me perdonen…

El hombre grande se sentó moviendo la cabeza con gesto compungido. Una mujer que estaba sentada a su lado se puso en pie llevándose a los ojos un pañuelo.

– No hay duda, ciertamente -dijo-, de que era el mejor perro de su generación. No cabe duda alguna acerca de ello.

Un murmullo de aprobación corrió por el comedor. Los dirigentes cívicos que rodeaban a Brodsky asentían rotundamente con la cabeza, pero Brodsky seguía sin alzar siquiera la suya. Aguardamos a que la mujer que se había levantado dijera algo más, pero aunque continuaba levantada no añadió ni una palabra y se limitó a seguir sollozando y a darse en los ojos toquecitos de pañuelo. Al poco, un hombre con esmoquin de terciopelo que había a su lado se levantó y la ayudó con gentileza a sentarse. Él, sin embargo, permaneció de pie e hizo pasear su mirada acusadora de un lado a otro del recinto. Y dijo:

– Una estatua. Una estatua de bronce. Propongo que levantemos una estatua a Bruno. Así podremos recordarle siempre. Algo grande y digno. En la Walserstrasse, por ejemplo. Señor Von Winterstein -dijo, dirigiéndose al hombre de rostro severo-, decidamos aquí mismo, esta noche, levantar una estatua a Bruno.

Alguien gritó: «¡Hagámoslo, hagámoslo!», y al punto se alzó un clamor de voces de asentimiento. No sólo el hombre de rostro severo sino todos los demás dirigentes cívicos de la mesa de Brodsky parecieron acusar un desconcierto súbito. Intercambiaron entre ellos varias miradas de pánico antes de que el hombre de rostro severo alcanzara a decir sin levantarse:

– Por supuesto, señor Haller: consideraremos detenidamente su propuesta. Junto con otras ideas encaminadas a conmemorar del mejor modo posible…

– ¡Esto está yendo demasiado lejos! -le interrumpió de pronto una voz de hombre desde el otro extremo del recinto-. Qué idea más absurda. Una estatua para ese perro… Si ese animal merece una estatua de bronce, nuestra tortuga Petra merece otra cinco veces más grande. También ella tuvo un cruel final. Es absurdo. Y además ese perro atacó a la señora Rahn a principios de año…

El resto de su protesta fue ahogado por un fragor de voces que recorrió el comedor de extremo a extremo. Durante un instante pareció que todo el mundo gritaba al mismo tiempo. El hombre que había hablado, aún en pie, se volvió hacia un compañero de mesa y se puso a discutir con él de forma furibunda. En medio del creciente caos, vi que el señor Hoffman me hacía señas con la mano. O, mejor, describía en el aire un extraño Movimiento circular -como si estuviera limpiando una ventana invisible-, y recordé vagamente que se trataba de una seña que el solía utilizar con frecuencia. Me levanté y me aclaré la garganta de modo enfático.

En el comedor se hizo un silencio casi inmediato, y todos los ojos se volvieron hacia mí. El hombre que había protestado contra la estatua del perro dejó de discutir con su compañero de mesa y se apresuró a sentarse. Volví a aclararme la garganta, y me hallaba a punto de iniciar la alocución cuando de pronto caí en la cuenta de que tenía abierta la bata, y de que estaba exhibiendo todo el frente desnudo de mi cuerpo. Sumido en la confusión, vacilé unos instantes, y volví a sentarme. Y casi inmediatamente después una mujer se puso de pie en el fondo del comedor y dijo con voz estridente:

– Si una estatua no resulta conveniente, ¿por qué no le dedicamos una calle? A menudo hemos cambiado los nombres de las calles para conmemorar a nuestros muertos. Señor Von Winsterstein, no creo que sea mucho pedir. Podíamos llamarla Meinhardstrasse. O incluso Jahnstrasse.

Se alzó un coro de aprobación ante la idea, y pronto los comensales, todos a un tiempo, comenzaron a aventurar otros nombres a voz en cuello. Los dirigentes cívicos volvieron a sentirse enormemente incómodos.

Un hombre alto y con barba, que ocupaba una mesa cercana a la mía, se levantó de la silla y dijo con voz atronadora:

– Estoy de acuerdo con el señor Hollánder. Esto está yendo demasiado lejos. Claro que todos sentimos mucho lo que le ha pasado al señor Brodsky. Pero seamos sinceros: ese perro era una amenaza, tanto para otros perros como para los humanos. Y si el señor Brodsky le hubiera cepillado el pelo de cuando en cuando, y le hubiera hecho tratar la infección de piel que llevaba años padeciendo…

La voz del hombre fue ahogada por una oleada de airadas protestas. Se oyeron gritos de «¡Qué vergüenza!» y «¡Es indignante!» por todas partes, y varias personas dejaron sus mesas para ir hacia el ofensor con ánimo de echarle una reprimenda. Hoffman me dirigía de nuevo su seña, frotando el aire con fiereza y con una horrible mueca en la cara. Yo oía al hombre barbado, que atronaba por encima de quienes le vituperaban: -¡Es la verdad. Esa criatura era una ruina repugnante! Me cercioré de que mi bata se mantenía concienzudamente atada, y me hallaba a punto ya de volver a levantarme cuando vi que el señor Brodsky, inopinadamente, se agitaba en su silla y se ponía en pie.

Al hacerlo, la mesa hizo un ruido, y todas las cabezas se volvieron hacia él. En un abrir y cerrar de ojos, quienes habían dejado sus mesas volvieron a ellas y el silencio reinó de nuevo en el comedor.

Por un momento pensé que Brodsky iba a desplomarse sobre la mesa. Pero mantuvo el equilibrio, y se quedó estudiando el recinto unos instantes. Cuando habló, percibimos en su voz una ligera ronquera.

– ¿Pero bueno…? ¿Qué es esto? -dijo-. ¿Piensan que ese perro era tan importante para mí? Está muerto, eso es todo. Yo quiero una mujer. A veces uno se siente solo. Quiero una mujer. -Hizo una pausa, y pareció perderse en sus pensamientos. Luego añadió ensoñadoramente-: Nuestros marinos. Nuestros marinos borrachos. ¿Qué habrá sido de ellos? Ella era joven entonces. Joven y tan bella… -Volvió a sumirse en sus pensamientos, con la mirada fija en las lámparas que colgaban del alto techo, y por segunda vez pensé que iba a desplomarse sobre la mesa. Hoffman debió de temer algo semejante, porque se levantó de inmediato y, colocándole una benéfica mano en la espalda, le dijo algo al oído. Brodsky no respondió enseguida. Pero luego dijo en un susurro-: Ella me amó en un tiempo. Me amó más que a nada en el mundo. Nuestros marinos borrachos. ¿Dónde están ahora?

Hoffman lanzó una campechana carcajada como si Brodsky hubiera dicho una agudeza. Sonrió abiertamente a la audiencia y volvió a susurrar algo al oído de Brodsky. Brodsky, finalmente, pareció recordar dónde estaba y, volviéndose ligeramente hacia el director de hotel, permitió que éste le persuadiera de que volviera a sentarse.

Hubo unos instantes de silencio en los que nadie se movió de su silla. Luego, la condesa se levantó esbozando una vivaz sonrisa.

– Damas y caballeros, en este punto de la velada, ¡tenemos preparada una muy grata sorpresa! Ha llegado esta tarde, y aún debe de estar cansado, pero ha aceptado ser nuestro invitado sorpresa. ¡Sí, amigos! ¡El señor Ryder está aquí, entre nosotros!

La condesa hizo un gesto ampuloso en dirección a mí, y el comedor se llenó de exclamaciones expectantes e inquietas. Antes de que yo pudiera hacer nada, mis compañeros de mesa se habían abalanzado hacia mí tratando de darme un apretón de manos. Y al instante siguiente la gente me rodeaba, exultante de satisfacción, y tendía la mano para que se la estrechara.

Respondí tan cortésmente como pude a sus solícitas tentativas, pero cuando miré por encima de mi hombro -aún no había tenido ocasión de levantarme de la silla- vi que una muchedumbre se arremolinaba a mis espaldas, empujando a los de delante y poniéndose de puntillas. Comprendí que tendría que hacerme con el control de la situación si no quería que ésta degenerara en un caos. Con tanta gente en pie, decidí que lo mejor que podía hacer era elevarme sobre todas las cabezas subiéndome a algún pedestal. Me aseguré rápidamente de que la bata seguía bien cerrada y me subí a la silla.

El clamor cesó al instante: la gente se había quedado inmóvil para mirarme. Desdé mi nueva situación de privilegio, vi que aproximadamente la mitad de los comensales había dejado su mesa para acercarse a la mía, y decidí empezar a hablar.

– ¡Barras de cortinas que se caen! ¡Roedores envenenados! ¡Partituras mal impresas…!

Vi que una figura se abría paso hacia mí entre los grupos de gente inmóvil. Al llegar, la señorita Collins se acercó una silla de la mesa que tenía al lado, se sentó en ella, alzó la vista y se dispuso a observarme. Algo en el modo en que lo hizo me distrajo lo bastante como para hacerme perder el hilo de lo que decía. Al verme vacilar, cruzó una pierna sobre la otra y dijo en tono preocupado:

– ¿No se encuentra bien, señor Ryder? -Estoy bien, gracias, señorita Collins.

– Espero -continuó ella- que no se haya tomado muy a pecho lo que le he dicho hace un rato. He querido buscarle para pedirle disculpas, pero no he podido encontrarle por ninguna parte. Puede que le haya hablado de forma mucho más mordaz de lo que debía. Espero que me perdone. Es que aún hoy, cuando me encuentro con alguien de su renombre, las cosas rae vuelven de pronto en oleadas y me sorprendo adoptando ese tono…

– No se preocupe, señorita Collins -dije con voz queda, sonriéndole-. Por favor, no se preocupe. No me he molestado en absoluto. Si me marché un tanto bruscamente fue porque pensé que quizá quisiera usted charlar a solas con Stephan.

– Es muy generoso de su parte mostrarse tan comprensivo -dijo la señorita Collins-. Siento de verdad haberme enfadado un poco. Pero debe creerme, señor Ryder, no se ha tratado sólo de un enfado. Le aseguro que me gustaría sinceramente ayudarle. Me entristecería profundamente verle cometer una y otra vez los mismos errores. Quería decirle que, ahora que nos conocemos, me complacería mucho recibirle en mi casa para tomar el té cualquier tarde. Me haría muy feliz conversar con usted sobre cualquier asunto que pueda tener en mente. Tendría usted en mí un oído receptivo, se lo aseguro.

– Muy amable de su parte, señorita Collins. Estoy seguro de que lo dice de corazón. Pero, si me permite decirlo, al parecer sus pasadas experiencias han hecho que no tenga usted muy buena disposición para con las, como usted las ha llamado, personas de mi renombre. No estoy muy seguro de que disfrutara usted de mi compañía.

La señorita Collins pareció dedicar unos instantes de reflexión a mis palabras. Y luego dijo:

– Me hago cargo de sus recelos. Pero creo que sería perfectamente posible que llegáramos a tener una relación civilizada. Si le parece, podría ser sólo una visita breve. Y si ve que le resulta grata, podría volver siempre que quisiera. También podríamos dar un corto paseo juntos. El Sternberg Garden está muy cerca de mi apartamento. Señor Ryder, he tenido mucho tiempo para reflexionar sobre mi pasado, y hoy estoy dispuesta a dejarlo definitivamente atrás. Me gustaría mucho poder volver a echar una mano a alguien como usted. No le prometo, claro está, respuestas a todas las preguntas. Pero le escucharé con actitud sumamente receptiva. Y puedo asegurárselo: no lo idealizaré ni caeré en el sentimentalismo respecto a usted como a otra persona con menos experiencia que yo podría sucederle.

– Pensaré detenidamente en su ofrecimiento, señorita Collins -le dije-. Pero no puedo evitar pensar que me está usted confundiendo con alguien que ciertamente no soy. Lo digo porque el mundo está lleno de individuos que se creen genios de un tipo o de otro, cuando en realidad no se distinguen sino por una colosal inepcia para organizar sus propias vidas. Pero, quién sabe por qué, siempre hay un montón de gente como usted, señorita Collins, gente bienintencionada, gente que arde en desos de correr a redimir a esa clase de personas. Puede que resulte jactancioso, pero le aseguro que yo no soy uno de ellos. De hecho puedo decir con plena confianza que a estas alturas de mi vida no necesito en absoluto que me rediman.

La señorita Collins llevaba unos instantes sacudiendo la cabeza. Y al cabo dijo:

– Señor Ryder, me causaría una enorme tristeza que siguiera usted cometiendo una equivocación tras otra. Y haber estado todo el tiempo sin hacer nada más que mirarle. De veras pienso que podría ayudarle en su actual situación apurada. Está claro que cuando estaba con Leo -dirigió un vago gesto hacia Brodsky-, yo era demasiado joven, no sabía apenas nada y no podía ver las cosas, ver lo que estaba sucediendo. Pero he tenido muchos años para pensar en todo esto. Y cuando oí que iba a venir usted a la ciudad, me dije que ya era hora de aprender a contener la amargura. Me he hecho vieja, pero aún estoy muy lejos de estar acabada. Hay ciertas cosas en la vida que he llegado a entender bien, muy bien, y aún no es tarde para intentar ponerlas en práctica. Es con este espíritu con el que le invito a visitarme, señor Ryder. Vuelvo a pedirle disculpas por haber sido un poco seca con usted antes. No volverá a suceder, se lo prometo. Por favor, diga que vendrá.

Mientras la oía hablar, la imagen de su sala de estar -la luz tenue y acogedora, las gruesas y ajadas cortinas de terciopelo, el mobiliario destartalado…- fue haciéndose nítida ante mis ojos, y por espacio de un breve instante la idea de reclinarme en uno de sus sofás, lejos de las tensiones de la vida, se me antojó particularmente tentadora. Inspiré profundamente y dejé escapar un suspiro.

– Tendré muy en cuenta su amable invitación, señorita Collins -dije-. Pero de momento lo que habré de hacer es acostarme y dormir un poco. Tiene que darse cuenta de que estoy viajando desde hace meses, y de que desde mi llegada no he disfrutado ni de un instante de descanso. Estoy tremendamente cansado.

Al acabar de decirlo, volví a sentir el cansancio. Me picaba la piel de debajo de los ojos, y me froté la cara con la palma de la mano. Seguía frotándome la cara cuando sentí que alguien me tocaba el codo y me decía:

– Le acompañaré al hotel, señor Ryder. Stephan tendía un brazo para ayudarme. Apoyé una mano sobre su hombro y me bajé de la silla.

– Yo también estoy cansado -dijo Stephan-. Le acompañaré dando un paseo.

– ¿Dando un paseo?

– Sí, voy a quedarme a dormir en una de las habitaciones. Suelo hacerlo cuando entro a trabajar por la mañana temprano. Sus palabras me desconcertaron. Luego, al mirar más allá de los grupos en pie y sentados, más allá de los camareros y las mesas, al mirar hacia donde el vasto comedor se perdía en la oscuridad, caí de pronto en la cuenta de que estábamos en el atrio del hotel. No lo había reconocido porque horas antes, poco después de mi llegada, había entrado en él por el extremo opuesto. En algún punto de la oscuridad del fondo se encontraría la barra donde había tomado café y hecho mis planes para la jornada.

Pero no tuve oportunidad de detenerme en tal descubrimiento, porque Stephan me conducía hacia la puerta con sorprendente insistencia.

– Volvamos enseguida, señor Ryder. Además, hay algo de lo que quiero hablarle.

– Buenas noches, señor Ryder -me dijo la señorita Collins al pasar a su lado a grandes pasos.

Miré hacia atrás para desearle buenas noches, y lo habría hecho de forma menos precipitada si Stephan no me hubiera instado a que siguiera caminando. Mientras nos abríamos paso a través del comedor los comensales me deseaban buenas noches desde todas partes, y aunque yo les sonreía y les saludaba con la mano de la mejor forma que podía, era consciente de que mi salida no estaba resultando tan airosa como habría deseado. Pero era obvio que Stephan estaba realmente preocupado y, pese a verme devolviendo los saludos a derecha e izquierda y por encima del hombro, tiró de mi brazo y dijo:

– Señor Ryder, he estado pensando. Tal vez estoy sobrevalorándome, pero creo que tendría que ensayar la pieza de Kazan. He recordado su consejo de antes: que debería seguir con lo que tenía preparado. Pero la verdad es que he estado pensando y creo que me siento capaz de llegar a dominar Pasiones de cristal. Creo que ahora está dentro de mis posibilidades, lo creo de verdad. El problema es el tiempo. Pero si me pongo a ello con todas mis fuerzas, si ensayo por la noche y demás, creo que seré capaz de hacerlo.

Habíamos entrado en la zona oscura del atrio. Los tacones de Stephan producían un eco en el espacio vacío, y el sonido apagado de mis zapatillas servían de contrapunto a sus pasos. En algún punto a nuestra derecha pude vislumbrar en la penumbra el mármol de la gran fuente, ahora silenciosa y quieta. -No es asunto mío, lo sé -dije-, pero yo en su lugar seguiría con lo que iba a tocar en un principio. Es lo que usted eligió, y eso debería bastarle. En cualquier caso, opino que es un error ambiar de programa en el último momento…

– Pero, señor Ryder, usted no lo entiende. Se trata de mi madre. Ella…

– Me hago cargo de todo lo que me contó antes. Y, como digo, no quiero interferir. Pero, con el debido respeto, opino que en la vida llega un momento en el que uno debe mantenerse fiel a las propias decisiones. Un momento en el que uno ha de decirse: «Éste soy yo, y esto es lo que he decidido hacer.»

– Señor Ryder, aprecio lo que me está diciendo. Pero pienso que quizá lo dice… (ya sé que me está aconsejando con la mejor de las intenciones), que quizá dice lo que me está diciendo porque no cree que un aficionado como yo sea capaz de llegar a interpretar aceptablemente a Kazan, máxime con el poco tiempo que me queda… Pero ya ve, he estado pensando seriamente en ello durante la cena, y de veras creo…

– No me ha entendido -dije, con un punto de impaciencia-. Creo que no ha entendido lo que quiero decir. Lo que intento decirle es que debe plantarse.

Pero el joven parecía no escucharme.

– Señor Ryder -continuó-, me doy cuenta de lo horriblemente tarde que es y de lo cansado que debe de estar. Pero me pregunto si no me concedería unos minutos, pongamos… quince. Podríamos ir a la salita y podría tocarle un poco de Kazan, no toda la pieza, sólo un fragmento. Y luego usted podría aconsejarme sobre si tengo alguna posibilidad de salir bien parado el jueves por la noche. Oh, disculpe…

Habíamos llegado al fondo del atrio, e hicimos una pausa en la oscuridad mientras Stephan abría las puertas que daban al pasillo. Miré hacia atrás y vi que la zona donde habíamos estado cenando era poco más que un lejano e iluminado estanque en medio de la oscuridad. Los invitados parecían haberse sentado de nuevo a sus mesas, y alcancé a divisar las figuras de los camareros yendo de un lado para otro con sus bandejas.

El pasillo estaba muy poco iluminado. Stephan cerró las puertas del atrio a nuestra espalda y caminamos uno al lado del otro en silencio. Al rato, después de que el joven me hubiera lanzado una o dos miradas de soslayo, pensé que tal vez estaba aguardando a mi decisión. Suspiré y dije:

– Me gustaría de veras ayudarle. Siento una gran comprensión solidaria ante la situación en que se encuentra. Sólo que ya es tan tarde…

– Señor Ryder, me doy perfecta cuenta de que está cansado. ¿Puedo hacerle una sugerencia? ¿Qué le parece si entro en la salita solo y usted se queda en la puerta y me escucha? Así, en cuanto haya oído lo bastante para formarse una opinión, podrá irse tranquilamente a la cama. Yo no sabré, por supuesto, si usted se ha ido o no, de modo que seguiré con el incentivo de tocar lo mejor que pueda hasta el final, que es exactamente lo que necesito. Mañana por la mañana podrá usted decirme si tengo alguna posibilidad de salir airoso el jueves por la noche.

Pensé sobre ello.

– Muy bien -dije al cabo-. Su propuesta me parece bastante razonable. Conviene a las necesidades de ambos. Muy bien, haremos lo que ha dicho.

– Qué amabilidad de su parte, señor Ryder. No sabe la ayuda que me presta. Me encontraba en tal dilema…

En su agitación, el joven había apretado el paso. El pasillo dobló una esquina y se sumió en una completa oscuridad, hasta el punto de que a medida que lo recorríamos deprisa hube de extender la mano una o dos veces por miedo a topar con algún muro en cualquier momento. Aparte de la del fondo, donde las puertas acristaladas que daban al vestíbulo del hotel dejaban traslucir algo de luz, en el pasillo no había iluminación alguna. Tomaba nota mentalmente del detalle para comentárselo a Hoffman la próxima vez que le viera cuando Stephan dijo:

– Ya hemos llegado.

Y se detuvo. Entonces caí en la cuenta de que estábamos ante la puerta de la salita.

Las llaves tintinearon en las manos de Stephan, y cuando la puerta se abrió por fin no vi más allá de ella sino negrura. Pero el joven dio un paso decidido hacia el interior, y luego asomó la cabeza al pasillo para mirarme.

– Si me concede unos segundos para encontrar la partitura… -dijo-. Tiene que estar por aquí, encima del taburete del piano, pero hay tanto desorden…

– No se preocupe, no me iré hasta que pueda formarme una opinión.

– Es tan amable de su parte, señor Ryder. No tardaré ni un segundo.

La puerta se cerró con un chasquido y por espacio de un instante no hubo sino silencio. Permanecí de pie en la oscuridad, mirando de cuando en cuando hacia el fondo del pasillo y la luminosidad del vestíbulo.

Por fin Stephan acometió el primer movimiento de Pasiones de cristal. Tras los acordes iniciales, me sorprendí escuchando con más y más intensidad. Se hacía patente de inmediato que el joven no conocía bien la pieza, y sin embargo, bajo su inseguridad y rigidez, percibí una imaginación, una originalidad y una sutileza emocional que me sorprendieron por completo. Incluso en su forma bruta, la ejecución de Kazan por Stephan parecía ofrecer ciertas dimensiones jamás exploradas por la gran mayoría de los intérpretes.

Me incliné aún más hacia la puerta, esforzándome por captar cada indeciso matiz. Pero entonces, hacia el final del movimiento, la fatiga me envolvió de pronto y recordé lo tarde que era. Se me ocurrió que en rigor no era necesario escuchar más: con el adecuado tiempo de ensayo, aquella pieza de Kazan estaba decididamente dentro de sus posibilidades. Me volví y empecé a alejarme despacio hacia la luminosidad del vestíbulo.

11

Me despertó el timbre del teléfono de la mesilla. Mi primer pensamiento fue que volvían a importunarme a los pocos minutos, pero vi la luz del cuarto y comprendí que había amanecido hacía tiempo. Levanté el auricular, sobresaltado ante la posibilidad de haber dormido hasta muy tarde.

– Ah, señor Ryder -dijo la voz de Hoffman-. Habrá dormido bien, espero…

– Gracias, señor Hoffman. He dormido estupendamente. Pero estaba ya levantándome, por supuesto. Con el atareado día que me espera -dije riendo-, será mejor que me ponga en movimiento.

– No le falta razón, señor. ¡Vaya día que le espera! Entiendo perfectamente su deseo de conservar las energías al máximo en esta hora de la mañana. Muy juicioso, si me permite decirlo. Y particularmente después de habernos dado tanto de sí ayer noche. ¡Ah, fue una alocución tan increíblemente ingeniosa! ¡En la ciudad no se habla de otra cosa esta mañana! En cualquier caso, señor Ryder, y dado que sabía que se estaría levantando más o menos a esta hora, pensé que podía llamarle para ponerle al tanto de la situación. Me complace informarle de que la 343 está absolutamente lista para usted. ¿Puedo sugerirle que se disponga a ocuparla de inmediato? Sus cosas, si no tiene nada que objetar, serán trasladadas mientras desayuna. Sé que la 343 le resultará mucho más satisfactoria que la de ahora. Le pido disculpas de nuevo por mi error. Me mortifica haberlo cometido. Pero como creo haberle explicado anoche, a veces es muy difícil calibrar estas cosas.

– Sí, sí, lo comprendo. -Miré en torno, y al ver la habitación empezó a invadirme una desconsolada tristeza-. Pero, señor Hoffman… -logré decir, controlando con enorme esfuerzo la voz-, hay una pequeña complicación. Mi chico, Boris, está ahora en el hotel conmigo, y…

– Ah, sí, le damos la más calurosa bienvenida al jovencito. Me he ocupado del asunto y ha sido trasladado a la 342, la contigua a la suya. De hecho Gustav se ha encargado del traslado esta mañana temprano. Así que no tiene por qué preocuparse. Por favor, cuando termine de desayunar, vaya directamente a la 343. Ya estarán allí todas sus cosas. Es una planta más arriba de donde está usted ahora. Estoy seguro de que la encontrará mucho más acorde con su gusto. Pero, no faltaba más, si no le satisface hágamelo saber inmediatamente.

Le di las gracias y colgué el auricular. Me levanté de la cama, volví a mirar a mi alrededor e inspiré profundamente. A la luz de la mañana, mi cuarto no tenía nada de especial, era una habitación típica de hotel, y de pronto pensé que estaba mostrando un apego impropio a aquel cuarto. Sin embargo, mientras me duchaba y me vestía, me sorprendí deslizándome de nuevo hacia un estado cada vez más emocional. Entonces, de repente, me asaltó el pensamiento de que antes de bajar a desayunar, antes de nada, debía ir a ver cómo estaba Boris. Según la información de Hoffman, ahora estaría sentado y solo en su nuevo cuarto, y se sentiría un tanto confuso. Terminé rápidamente de vestirme y, echando una última mirada a mi alrededor, salí del cuarto.

Iba por el pasillo de la tercera planta buscando la habitación 342 cuando oí un ruido y vi a Boris corriendo hacia mí desde el otro extremo. Corría de un modo extraño, y al verlo me paré en seco. Luego vi que hacía gestos como si manejara un volante, y deduje que estaba jugando a conducir un coche a toda velocidad. Mascullaba entre dientes cosas a un pasajero imaginario que iba sentado a su derecha, y no dio muestras de verme al pasar a mi lado y dejarme atrás. En el pasillo, más adelante, había una puerta entreabierta, y al acercarse a ella Boris gritó: «¡Cuidado!», y viró bruscamente y entró en la habitación. Un segundo después, me llegó del interior la voz de Boris imitando el sonido de un gran choque. Me acerqué a la puerta entreabierta y, tras comprobar que era efectivamente la 342, entré en la habitación.

Encontré a Boris echado en la cama boca arriba, con las piernas en alto.

– Boris -dije-, no deberías correr por ahí chillando de ese modo. Estamos en un hotel. Se supone que la gente está durmiendo.

– ¿Durmiendo? ¿A esta hora del día? Cerré la puerta a mi espalda.

– No deberías hacer todo ese ruido. Los clientes van a quejarse.

– Peor para ellos si se quejan. Le diré al abuelo que se encargue de arreglarlo.

Seguía con los pies en alto, y empezó a entrechocar los zapatos en el aire como con desgana. Me senté en una silla y lo observé unos instantes.

– Boris, tengo que hablar contigo. Quiero decir que tenemos que hablar. Los dos. Nos vendrá bien. Seguro que tienes tantas preguntas… Acerca de todo esto. Por qué estamos aquí en el hotel…

Callé para ver si decía algo. Boris siguió haciendo entrechocar los pies en el aire.

– Boris, has sido muy paciente hasta ahora -continué-. Pero sé que hay montones de cosas que te gustaría preguntar. Siento haber estado siempre tan ocupado y no haber tenido tiempo para sentarme y hablarte de ellas como es debido. Y siento lo de anoche. Fue decepcionante para los dos. Boris, seguro que tienes muchas preguntas. Algunas de ellas no tendrán fácil respuesta, pero trataré de contestarte lo mejor que pueda.

Al decir esto, y por alguna razón que no sabría precisar -tal vez tenía que ver con el cuarto que acababa de dejar y con el pensamiento de que seguramente lo había dejado para siempre-, me invadió una honda sensación de pérdida y me vi obligado a hacer una pausa. Boris siguió jugueteando con los pies unos instantes. Pero al fin pareció acusar el cansancio de las piernas y las dejó caer sobre la cama. Me aclaré la garganta, y dije:

– Bien, Boris. ¿Por dónde empezamos?

– ¡El hombre solar! -gritó Boris de pronto, y se puso a entonar sonoramente las primeras notas de una melodía. Y al hacerlo cayó hacia atrás y desapareció en el hueco entre la cama y la pared.

– Boris, estoy hablando en serio. Por el amor de Dios. Tenemos que hablar sobre esas cosas. Boris, por favor, sal de ahí.

No hubo respuesta. Suspiré y me levanté.

– Boris, quiero que sepas que siempre que te apetezca preguntarme algo, no tienes más que hacerlo. Dejaré de hacer lo que esté haciendo en ese momento y me pondré a hablar de lo que me hayas preguntado. Incluso cuando esté con gente que parezca muy importante. Quiero que sepas que, para mí, nadie es tan importante como tú. Boris, ¿me oyes? Boris, sal de ahí de una vez.

– No puedo. No puedo moverme.

– Boris, por favor.

– No puedo moverme. Me he roto tres vértebras.

– Muy bien, Boris. Quizá podamos hablar cuando mejores. Me voy abajo a desayunar. Boris, escucha. Después del desayuno, si te apetece, podemos ir al antiguo apartamento. Lo podemos hacer, si quieres. Podemos ir a coger la caja. La caja en la que guardaste al Número Nueve.

Siguió sin responder. Esperé un momento más, y luego dije:

– Bueno, piénsalo, Boris. Me voy a desayunar.

Y, sin más, salí de la habitación cerrando la puerta con suavidad a mi espalda.

Me condujeron a una sala larga y soleada contigua a la fachada del vestíbulo. El gran ventanal daba a la calle, a la altura de la acera, pero en su parte inferior el cristal era opaco a fin de dar al interior cierta intimidad y resguardarlo de las miradas de los viandantes. El sonido del tráfico llegaba ahogado, en tonos amortiguados. Las altas palmeras y los ventiladores cenitales daban a la sala un aire vagamente exótico. Las mesas estaban dispuestas en dos largas hileras, y, mientras el camarero me conducía por el pasillo que había entre ellas, advertí que la mayoría de los servicios de las mesas ya habían sido retirados.

El camarero me sentó cerca del fondo, y me sirvió café. Al retirarse, vi que los únicos huéspedes presentes eran una pareja sentada cerca de la puerta que hablaba en español y un hombre de avanzada edad que leía el periódico unas mesas más allá. Pensé que posiblemente yo era el último huésped del hotel que bajaba a desayunar, pero de nuevo me dije que había tenido una noche excepcionalmente agotadora y que no tenía por qué sentirme culpable.

Así que, mientras contemplaba las palmeras cuyas hojas se agitaban suavemente bajo los ventiladores rotatorios, en lugar de sentirme culpable me fue envolviendo gradualmente una sensación de íntimo contento. Después de todo, tenía sobradas razones para sentirme satisfecho con lo que había conseguido en el breve tiempo transcurrido desde mi llegada. Existían aún, como es natural, muchos aspectos de aquella crisis local que permanecían poco claras, e incluso misteriosas. Pero no llevaba en la ciudad ni veinticuatro horas, y las respuestas a las preguntas irían surgiendo poco a poco y sin tardanza. Más tarde, por ejemplo, visitaría a la condesa, y tendría ocasión no sólo de refrescar mi memoria respecto a la obra de Brodsky a través de sus viejos discos, sino también de tratar en profundidad la crisis con la condesa y el alcalde. Luego tendría lugar la reunión con los ciudadanos más directamente afectados por los problemas actuales -reunión sobre cuya importancia había hecho yo hincapié ante la señorita Stratmann el día anterior-, y la entrevista con el propio Christoff. En otras palabras, aún tenía por delante la mayoría de mis compromisos más importantes, y de nada servía tratar de sacar conclusiones válidas o incluso ponerme a pensar en terminar mi discurso en aquella fase del proceso. De momento, tenía derecho a sentirme complacido por la cantidad de información que ya había asimilado, y sin duda podía permitirme unos minutos de relajada holganza mientras tomaba el desayuno.

El camarero volvió con fiambres, quesos y una cestita de panecillos recién horneados, y empecé a comer sin prisa, sirviéndome el fuerte café en la taza poco a poco, a medida que lo iba tomando. Cuando al cabo apareció en la sala Stephan Hoffman, me hallaba yo en algo muy cercano a un excelente y tranquilo estado de ánimo.

– Buenos días, señor Ryder -dijo el joven viniendo hacia mí con una sonrisa en el semblante-. Me han dicho que acababa usted de bajar. No deseo incomodarle mientras desayuna, así que sólo será un momento.

Permaneció de pie junto a la mesa, con la sonrisa en la cara, a la espera de que yo hablara. Sólo entonces recordé nuestro acuerdo de la noche anterior.

– Ah, sí -dije-. La pieza de Kazan, sí. -Dejé el cuchillo de la mantequilla y le miré-. Es sin duda una de las piezas más difíciles jamás compuestas para piano. Y teniendo en cuenta que usted prácticamente acaba de empezar a ensayarla, no es extraño que aprecie ciertas aristas sin pulir, ciertas imperfecciones. No es mucho más que lo que le digo, meras aristas sin pulir. Con esa pieza poco puede hacerse salvo dedicarle tiempo. Mucho tiempo.

Callé. La sonrisa se había borrado del semblante de Stephan.

– Pero en conjunto -continué-, y estas cosas no las digo nunca a la ligera, creo que su interpretación de anoche permite albergar excepcionales esperanzas. Si consigue usted dedicarle el tiempo necesario, estoy seguro de que logrará una ejecución magnífica de esa difícil pieza. Claro que la cuestión es…

Pero el joven ya no me escuchaba. Se acercó un paso más hacia mi mesa, y dijo:

– Señor Ryder, aclaremos el asunto. ¿Me está diciendo que lo único que necesito es tiempo? ¿Que está dentro de mis posibilidades? -El rostro de Stephan se torció de pronto, su cuerpo se dobló y su puño golpeó con fuerza su rodilla levantada. Luego, Stephan se enderezó, inspiró profundamente y sonrió con fruición-. Señor Ryder, no se hace usted idea de lo que esto significa para mí. Qué maravilloso ánimo…, ¡no se hace usted idea! Sé que le parecerá inmodesto, pero se lo aseguro: siempre lo he sentido así; en el fondo de mí mismo, siempre he sentido que poseía esa aptitud. Pero oírselo decir a usted, nada menos que a usted, Dios mío, ¡no tiene precio! Anoche, señor Ryder, seguí y seguí tocando. Cada vez que sentía que me ganaba el cansancio, cada vez que me sentía tentado de dejarlo, una pequeña voz en mi interior me decía: «Espera. Puede que el señor Ryder aún siga ahí fuera. Puede que necesite un poco más para emitir su dictamen.» Y ponía aún más en ello, lo ponía todo, y seguía y seguía tocando. Cuando terminé, hace unas dos horas, debo confesar que fui hasta la puerta y miré afuera. Y, claro, usted se había ido a la cama. Muy sensato. Pero fue tan amable de su parte el haberse quedado lo suficiente para evaluarlo. Sólo espero que no haya tenido que renunciar a demasiado sueño por mi culpa.

– Oh, no, no. Me quedé en la puerta… durante un rato. Lo suficiente para formarme una opinión.

– Qué amable de su parte, señor Ryder. Esta mañana me siento como si fuera otra persona. ¡Las nubes se han despejado de mi vida!

– Mire, no quiero que se haga usted una idea errónea de lo que digo. Sólo creo que la pieza está dentro de sus posibilidades. Pero el que tenga o no tiempo suficiente para…

– Me aseguraré de tenerlo. Aprovecharé cuantas oportunidades se me presenten para ponerme al piano y practicar. Me olvidaré del sueño. No se preocupe, señor Ryder. Mis padres se sentirán orgullosos de mí mañana por la noche. -¿Mañana por la noche? Ah, sí…

– Oh, pero heme aquí hablando egoístamente de mí mismo… Ni siquiera he mencionado lo sensacional que estuvo usted anoche. En la cena, me refiero. Todo el mundo lo comenta, por toda la ciudad. Fue un discurso realmente encantador. -Gracias. Me alegra que haya gustado.

– Y estoy seguro de que creó la atmósfera adecuada para lo que vino después. Sí, ésa es la buena noticia que debería haberle dado nada más llegar: como pudo usted comprobar, la señorita Collins asistió anoche a la cena. Bien, pues al parecer, cuando se estaba marchando, la señorita Collins y el señor Brodsky se sonrieron. ¡Lo que oye! Lo presenció mucha gente. Mi padre también lo vio. No estaba haciendo ningún esfuerzo para que se vieran y charlaran, se estaba cuidando muy mucho de no forzar las cosas, en particular con la señorita Collins considerando el plan del zoo y demás… Pero sucedió justamente cuando se estaba marchando. Parece que el señor Brodsky se dio cuenta de que se iba, y se puso en pie. Había estado sentado a su mesa toda la noche, y la gente, a esas alturas de la velada, formaba grupos libremente aquí y allá, como acostumbra a hacer siempre. Pero el señor Brodsky, en ese momento, se levantó y miró hacia la puerta, donde la señorita Collins se despedía de unas cuantas personas. Uno de los caballeros, creo que el señor Weber, la acompañaba hacia la salida, pero la señorita Collins debió de sentir algo instintivo que la previno, porque volvió la cabeza y miró hacia atrás y, como es natural, vio al señor Brodsky de pie mirándola. Mi padre se percató de ello, y también unas cuantas personas más, y en el comedor amainó no poco el bullicio, y mi padre dice que durante un terrible instante pensó que ella le iba a dirigir una mirada fría y enconada, pues su cara estaba ya adoptando un rictus torvo. Pero entonces, en el último momento, sonrió. Sí, ¡le dirigió una sonrisa al señor Brodsky! Y se fue. El señor Brodsky, bueno, ya se hace cargo usted de lo que tuvo que significar para él. Imagínese, ¡después de todos estos años! Según mi padre, al que acabo de ver hace un momento, el señor Brodsky ha trabajado con renovada energía esta mañana. ¡Lleva ya una hora al piano! ¡Menos mal que se lo dejé libre a tiempo! Mi padre dice que ha notado algo absolutamente nuevo en él esta mañana, y que ni le ha sugerido siquiera que necesitara una copa. El éxito se debe a mi padre tanto como al que más, pero estoy seguro de que su discurso contribuyó enormemente a que las cosas salieran de este modo. Seguimos esperando la respuesta de la señorita Collins sobre lo de ir al zoo, es cierto, pero después de lo que sucedió anoche no podemos más que sentirnos optimistas. ¡Qué esperanzada mañana tenemos por delante! Bien, señor Ryder, no quiero entretenerle más. Estará usted deseando terminar tranquilamente el desayuno. Le vuelvo a dar las gracias por todo. Seguramente nos encontraremos de nuevo en el curso de la jornada; le mantendré informado de cómo me van las cosas con Kazan.

Le deseé suerte y me quedé mirando cómo se alejaba y salía de la sala a grandes y decididos pasos.

Mi entrevista con el joven me hizo sentirme feliz. Durante los minutos que siguieron continué desayunando con la misma parsimonia que antes, disfrutando especialmente del fresco sabor de la mantequilla autóctona. Al poco apareció el camarero con más café, y volvió a dejarme solo. Luego -no sabría decir por qué- me sorprendí tratando de recordar la respuesta a una pregunta que me formuló una vez un hombre que iba sentado a mi lado en un avión. Tres pares de hermanos -me explicó- habían jugado juntos en tres finales de la Copa del Mundo. ¿Podía recordar quiénes habían sido? Yo había puesto alguna excusa y había vuelto a mi libro, pues no quería verme envuelto en conversación alguna. Pero desde entonces, en las contadas ocasiones en que disponía de unos minutos para mí mismo, como me sucedía ahora, siempre volvía a mi cabeza la pregunta de aquel hombre. Lo enojoso del asunto era que, a lo largo de los años, había habido momentos en los que llegué a recordar esos tres pares de nombres, pero la mayoría de las veces me olvidaba de alguno de ellos. Y eso era lo que me sucedía aquella mañana. Recordaba que los hermanos Charlton habían jugado en el equipo de Inglaterra en la final de 1966, y que los hermanos Van der Kerkhof habían jugado en el de Holanda en 1978. Pero por mucho que lo intentaba no lograba acordarme del tercer par de hermanos. Empecé a enfadarme conmigo mismo, y finalmente decidí no levantarme de la mesa del desayuno ni acometer ninguno de mis compromisos de la jornada hasta que no lograra recordar el par de hermanos que me faltaba.

Me sacó de mi ensimismamiento el darme cuenta de que Boris había entrado en la sala y venía hacia mi mesa. Lo hacía poco a poco, yendo indolentemente de mesa en mesa vacía, como si fuera acercándose a mí sólo por obra del azar. Evitó mirarme, y cuando llegó a la mesa de al lado siguió remoloneando en torno a ella, toqueteando el mantel, dándome la espalda.

– Boris, ¿has desayunado ya?

El chico siguió jugueteando con el mantel. Y al cabo preguntó como si le trajera al fresco una respuesta u otra:

– ¿Vas a ir al antiguo apartamento?

– Si tú quieres… Te prometí que iríamos si tú querías. ¿Quieres ir, Boris?

– ¿No tienes trabajo que hacer?

– Sí, pero me las arreglaré para hacerlo más tarde. Podemos ir si te apetece. Pero si vamos, tendremos que salir ahora mismo. Como muy bien has dicho, tengo un día muy atareado por delante.

Boris pareció pensar sobre el asunto. Seguía dándome la espalda y jugueteando con el mantel de la mesa.

– ¿Y bien, Boris? ¿Vamos a ir?

– ¿Estará allí el Número Nueve?

– Supongo que sí. -Decidido a llevar la iniciativa, me levanté de la mesa y dejé caer la servilleta junto al plato-. Boris, salgamos ahora mismo. Hace un día de sol. No necesitamos subir para coger una chaqueta. Vamos, salgamos.

Boris parecía seguir dudando, pero le puse un brazo alrededor del hombro y lo conduje hacia la puerta.

Cruzábamos el vestíbulo cuando vi que el recepcionista me hacía señas con la mano.

– Señor Ryder -dijo-, los periodistas de ayer han estado aquí hace un rato. Pensé que lo mejor era decirles que se fueran y sugerirles que volvieran dentro de una hora. No se preocupe: estuvieron perfectamente de acuerdo.

Me quedé pensativo unos instantes, y luego dije:

– Cuánto lo siento, porque en este preciso momento estoy ocupado en algo importante. Quizá podría decirles a esos caballeros que concierten una cita a través de la señorita Stratmann. Ahora, si me disculpa, tenemos que irnos…

Cuando ya habíamos salido del hotel y estábamos en la soleada acera caí en la cuenta de que no podía recordar cómo se iba al antiguo apartamento. Me quedé mirando el tráfico que se deslizaba lentamente ante nosotros. Entonces Boris, tal vez advirtiendo mi dificultad, dijo:

– Podemos coger el tranvía. Enfrente del parque de bomberos.

– Estupendo. Muy bien, Boris, tú me llevas.

El ruido del tráfico era tal que en los minutos siguientes casi no nos dirigimos la palabra. Fuimos abriéndonos paso por estrechas aceras atestadas, cruzamos dos pequeñas calles llenas de actividad y llegamos a una amplia avenida con raíles de tranvía y varios carriles de tráfico lento. La acera era ahora mucho más ancha y caminábamos más libremente entre los peatones, y pasamos junto a bancos y oficinas y restaurantes. Entonces, a mi espalda, oí pasos que corrían y sentí que una mano me tocaba el hombro.

– ¡Señor Ryder! ¡Ah, por fin le encuentro!

El hombre con quien al volverme me encontré parecía un cantante de rock bastante mayor. Tenía el rostro curtido y el pelo largo y enmarañado, con la raya en medio. La camisa y los pantalones eran holgados y de color crema.

– ¿Cómo está usted? -dije con cautela, consciente de que Boris miraba al hombre con recelo.

– ¡Qué desafortunada serie de malentendidos…! -dijo el hombre riendo-. Nos han dado ya tantas citas… Y la noche pasada le estuvimos esperando y esperando…, más de dos horas, ¡pero no se preocupe! Esas cosas suceden. Me atrevería a decir que nada de ello es culpa suya, señor Ryder. Es más, estoy seguro de que no lo es.

– Ah, sí. Y han vuelto a esperar esta mañana. Sí, sí, el recepcionista me lo ha dicho.

– Esta mañana ha vuelto a haber otro malentendido -dijo el hombre de pelo largo encogiéndose de hombros-. Nos han dicho que volviéramos dentro de una hora. Así que nos hemos sentado en ese café a matar el tiempo, el fotógrafo y yo… Pero le hemos visto pasar y me he preguntado si no podríamos hacerle la entrevista y las fotografías ahora mismo. Así no tendríamos que volver a molestarle. Nos damos cuenta, por supuesto, de que, para alguien como usted, hablar con un pequeño periódico local como el nuestro no se cuenta entre sus prioridades más inmediatas…

– Muy al contrario -me apresuré a decir-. Yo siempre concedo la máxima importancia a los periódicos como el suyo. Ustedes poseen las claves del sentir local. Cuando llego a una ciudad, la gente como ustedes se cuenta entre mis más válidos contactos.

– Es muy amable de su parte decir eso, señor Ryder. Y si me permite decirlo, harto perspicaz.

– Pero le iba a decir que, desafortunadamente, en este momento estoy ocupado.

– Por supuesto, por supuesto. Por eso le estaba sugiriendo que dejáramos el asunto listo en este mismo instante, en lugar de tener que volver a molestarle en un momento u otro del día. Nuestro fotógrafo, Pedro, está en ese café. Puede sacarle unas fotografías rápidas mientras yo le pregunto unas cuantas cosas. Luego usted y este caballerete podrán seguir su camino de inmediato. Nos llevará tan sólo unos cuatro o cinco minutos. Creo que será, con mucho, la mejor solución.

– Mmmm… ¿Sólo unos minutos, dice?

– Oh, sí, nos bastarán unos minutos. Nos hacemos cargo de la cantidad de cosas importantes a las que deberá dedicar su tiempo. Como le digo, no tardaremos nada. Es allí, en aquel café.

Señalaba un punto situado a escasa distancia, un grupo de mesas y sillas desplegadas en la acera. No era lo que yo llamaría el lugar ideal para una entrevista, pero pensé que tal vez era el modo más sencillo de zanjar el asunto de los periodistas.

– Muy bien -dije-. Pero debo hacer hincapié en que tengo un programa muy apretado esta mañana.

– Es tan generoso de su parte, señor Ryder. ¡Y con un pequeño y humilde periódico como el nuestro! Bien, acabemos cuanto antes. Por aquí, por favor.

El periodista de pelo largo nos condujo por la acera, tropezando casi con otros peatones en su impaciencia por volver al café. Nos adelantó varios pasos, y aproveché la ocasión para decirle a Boris:

– No te preocupes, no nos llevará mucho tiempo. Me ocuparé de que así sea.

Boris seguía con expresión contrariada, y añadí:

– Mira, puedes sentarte a tomar lo que te apetezca mientras esperas. Un helado, o un pastel de queso… Y nos iremos enseguida.

Llegamos a una terraza estrecha llena de sombrillas.

– Aquí es -dijo el periodista, señalando con un gesto una de las mesas-. Vamos a sentarnos.

– Si no le importa -dije-, primero le buscaré un sitio a Boris dentro. Volveré en un minuto y me sentaré con ustedes.

– Excelente idea.

Aunque muchos de los veladores de la terraza estaban ocupados, el interior del café estaba vacío. La decoración era liviana y moderna, y la luz del sol inundaba el local. Una camarera joven y regordeta, de aspecto nórdico, estaba de pie detrás de una barra de cristal en cuyo interior se exhibía un surtido de pastas y pasteles. Boris se sentó a la mesa situada en un rincón, y la joven regordeta vino hacia nosotros con una sonrisa.

– ¿Qué vas a tomar? -le preguntó a Boris-. Esta mañana tenemos los pasteles más frescos de toda la ciudad. Recién hechos: los acaban de traer hace diez minutos. Todo está recién hecho.

Boris procedió a interrogar concienzudamente a la camarera acerca de sus existencias de dulces, y al cabo se decidió por un pastel de queso con chocolate y almendras.

– Estupendo -dije-. No tardo nada. Voy a hablar con esa gente y vuelvo enseguida. Si necesitas algo, estoy ahí fuera.

Boris se encogió de hombros con la mirada fija en la camarera, ahora afanada en extraer un barroco pastel de la vitrina de la barra.

12

Cuando salí a la terraza, no vi por ninguna parte al periodista del pelo largo. Me paseé entre los veladores, mirando las caras de las personas que los ocupaban. Una vez explorada toda la terraza, me detuve a considerar la posibilidad de que el periodista hubiera cambiado de opinión y se hubiera marchado. Pero tal posibilidad se me antojaba extraordinariamente insólita, y volví a mirar a mi alrededor. Había varios clientes leyendo el periódico ante sus tazas de café. Un anciano hablaba con las palomas que se arremolinaban a sus pies. Entonces oí que pronunciaban mi nombre y, al volverme, vi al periodista sentado a una mesa situada a mi espalda. Conversaba abstraídamente con un hombre rechoncho y moreno, que supuse era el fotógrafo. Soltando una exclamación, me acerqué a ellos, pero extrañamente los dos hombres siguieron hablando sin levantar la vista para mirarme. Acerqué la silla libre y tomé asiento, pero el periodista -ahora en la mitad de una frase- no me dedicó sino una mirada rápida. Luego, volviéndose al fotógrafo rechoncho, continuó:

– Así que no le insinúes en ningún momento lo importante que es el edificio. Tendrás que limitarte a inventar alguna justificación de orden artístico, alguna razón que exija que se mantenga delante de él todo el tiempo.

– Lo haré, no te preocupes -dijo el fotógrafo asintiendo con un movimiento de cabeza-. No hay ningún problema.

– Pero no le presiones demasiado. Al parecer ahí es donde falló Schulz el mes pasado en Viena. Y recuerda: como todos los personajes de su especie, es sumamente vanidoso. Así que simula ser un gran admirador suyo. Dile que el periódico no lo sabía cuando te encargó el trabajo, pero que da la casualidad de que le admiras enormemente. Con eso seguro que te lo ganas. Pero no se te ocurra mencionar el edificio Sattler hasta que hayamos intimado un poco.

– De acuerdo, de acuerdo -dijo el fotógrafo sin dejar de asentir con la cabeza-. Pero pensaba que ya lo habías arreglado. Pensaba que ya te había dado su consentimiento.

– Iba a tratar de arreglarlo por teléfono, pero Schulz me advirtió de lo difícil que es esta mierda de tío.

Al decir esto, el periodista se volvió hacia mí y me dirigió una cortés sonrisa. El fotógrafo, por su parte, siguiendo la mirada de su compañero, me dedicó una ligera y distraída inclinación de cabeza. Y acto seguido continuaron con su charla.

– El problema de Schulz -dijo el periodista- es que nunca los adula lo bastante. Y además tiene esos modos…, como si estuviese tremendamente impaciente, incluso cuando no lo está. Con estos tipos lo que hay que hacer es no dejar de adularles ni un momento. Así que cada vez que saques una foto, grita: «¡Fantástico!» Y no pares de soltar exclamaciones. No dejes de alimentar su ego ni un instante.

– De acuerdo, de acuerdo. No te preocupes.

– Empezaré con… -el periodista lanzó un suspiro de hastío-. Empezaré hablando de su actuación en Viena, o de algo por el estilo. Tengo aquí algunas notas sobre el tema y me las ingeniaré para irle embaucando. Pero no perdamos demasiado tiempo. Al cabo de unos minutos, finge que has tenido la inspiración de que vayamos al edificio Sattler. Yo, al principio, fingiré que me incomoda un poco, pero luego admitiré que se trata de una magnífica idea.

– De acuerdo, de acuerdo.

– Así que ya lo sabes. No cometamos errores. Recuerda que ese bastardo es muy susceptible.

– Entiendo.

– Si algo empieza a ir mal, dile algo adulador.

– Muy bien, muy bien.

Los dos hombres se dirigieron mutuos asentimientos de cabeza. Luego el periodista inspiró profundamente, dio una palmada y se volvió hacia mí, y al hacerlo se le iluminó la cara.

– ¡Ah, ya está usted aquí, señor Ryder! Es tan amable de su parte concedernos un poco de su precioso tiempo. ¿Y el jovencito? Se lo estará pasando bien ahí dentro, supongo…

– Sí, sí. Ha pedido un enorme pastel de queso.

Los dos hombres rieron con afabilidad. El fotógrafo rechoncho esbozó una mueca risueña y dijo:

– Pastel de queso. Mi preferido. Desde que era un niño.

– Oh, señor Ryder, éste es Pedro.

El fotógrafo sonrió y me tendió la mano con ademán solícito.

– Mucho gusto en conocerle, señor. Soy muy afortunado, se lo aseguro. Me acaban de asignar este trabajo esta mañana. Cuando me levanté de la cama, lo único que me esperaba era otra sesión de fotos en las dependencias municipales. Y entonces, mientras me duchaba, he recibido la llamada. ¿Te gustaría encargarte de ello? ¿Que si quería encargarme de ello? Pero si ese hombre ha sido mi héroe desde que yo era un chiquillo…, les he dicho. ¿Que si quiero encargarme de ello? Santo Dios, lo haría gratis. Pagaría por hacerlo, les digo. Vosotros sólo decidme adonde tengo que ir. Juro que jamás me ha hecho vibrar tanto ningún encargo de trabajo.

– Si he de serle sincero, señor Ryder -dijo el periodista-, el fotógrafo que estaba conmigo anoche en el hotel…, bueno, después de esperar unas cuantas horas empezó a impacientarse. Como es natural, me puse furioso: «Me parece que no te das cuenta», le dije, «de que si el señor Ryder tarda será porque estará atendiendo otros compromisos de la mayor importancia. Si es tan amable de concedernos un poco de su tiempo y tenemos que esperarle un rato, pues le esperamos y se acabó.» Le aseguro, señor, que me enfadé de veras. Y cuando volví al periódico le dije al director que no estaba contento con ese individuo. «Búscame otro fotógrafo para mañana por la mañana», le exigí. «Quiero alguien que sepa apreciar cabalmente la categoría del señor Ryder, y que le muestre su gratitud del modo que se merece.» Sí, supongo que perdí los nervios un poco. Pero aquí tenemos a Pedro, que además resulta que es un admirador suyo casi tan devoto como yo.

– Más, más -protestó Pedro-. Cuando me llamaron por teléfono esta mañana, no me lo podía creer. Mi héroe está en la ciudad, y voy a poder fotografiarle. Dios santo, voy a hacer el mejor trabajo de toda mi vida. Eso es lo que me he dicho a mí mismo mientras seguía dándome la ducha. Una celebridad como ésa…, tendré que realizar el mejor reportaje de mi vida. Le llevaré al edificio Sattler. Así es como visualicé la cosa. Mientras terminaba de ducharme, podía ver la composición, la tenía toda en la cabeza.

– Vamos, Pedro -dijo el periodista, mirándole con gesto severo-. Dudo mucho que el señor Ryder quiera ir hasta el edificio Sattler sólo para que podamos sacar esas fotos. Cierto que en coche tardaríamos a lo sumo unos minutos, pero unos minutos pueden suponer mucho tiempo para alguien con la apretada agenda del señor Ryder. No, Pedro, tendrás que hacer lo que puedas aquí mismo: sacar unas cuantas fotos del señor Ryder mientras hablamos en esta mesa. De acuerdo, la terraza de un café resulta algo muy trillado: apenas registrará el carisma único que emana del señor Ryder. Pero tendrá que bastar. He de admitir que tu idea del señor Ryder ante el edificio Sattler me parece genial. Pero no hay más que hablar, porque el señor Ryder no dispone de tiempo en este momento. Tendremos que conformarnos con una imagen mucho más común de su persona.

Pedro se golpeó en la palma de la mano con el puño y sacudió la cabeza.

– Supongo que tienes razón. Dios, pero es duro. Una oportunidad de fotografiar al ilustre señor Ryder, una oportunidad que sólo se presenta una vez en la vida, y tener que conformarse con otra escena de café… Así es como la vida reparte suerte…

Volvió a sacudir la cabeza con tristeza. Luego los dos hombres se quedaron mirándome unos instantes.

– Bien -dije al cabo-. Ese edificio del que hablan, ¿está literalmente a unos minutos de aquí?

Pedro se incorporó en su silla bruscamente, con la cara iluminada por el entusiasmo.

– ¿Habla en serio? ¿Posará ante el edificio Sattler? ¡Dios, qué suerte! ¡Sabía que era usted un gran tipo!

– Un momento…

– ¿Está seguro, señor Ryder? -dijo el periodista cogiéndome del brazo-. ¿De verdad está seguro? Sé que tiene un montón de compromisos. ¡Vaya, es fantástico! Se lo garantizo: en taxi no tardaremos más que unos tres minutos. De hecho quédese aquí, iré ahora mismo a parar uno. Pedro, ¿por qué no sacas de todas formas unas fotos del señor Ryder mientras espera aquí sentado?

El periodista se alejó apresuradamente. Instantes después lo vi en el borde de la acera, inclinado hacia el tráfico, con un brazo alzado hacia lo alto.

– Señor Ryder, por favor…

Pedro estaba agachado, con una rodilla en tierra, y me miraba a través del objetivo de la cámara. Me senté como es debido en la silla -adopté una postura relajada, aunque no excesivamente lánguida- y compuse una sonrisa afable.

Pedro apretó el obturador de la cámara unas cuantas veces. Luego retrocedió unos pasos y se volvió a agachar, esta vez junto a una mesa vacía, ahuyentando a una bandada de palomas que picoteaban unas migas. Me disponía a cambiar de postura cuando el periodista volvió casi a la carrera.

– Señor Ryder, no consigo encontrar un taxi, pero acaba de parar un tranvía ahí mismo. Vamos, dése prisa. Pedro, el tranvía.

– ¿Pero será tan rápido como el taxi? -pregunté. -Sí, sí. De hecho, con este tráfico, llegaremos antes en tranvía. En serio, señor Ryder, no tiene por qué preocuparse. El edificio Sattler está muy cerca. De hecho… -alzó una mano, se la colocó a modo de pantalla sobre los ojos y miró hacia lo lejos-, de hecho casi se ve desde aquí. Si no fuera por aquella torre gris de allá lejos, veríamos el edificio Sattler en este mismo momento. Está muy cerca, como ve. Si alguien de una altura normal, no más alto que usted o yo, se subiera al tejado del edificio Sattler, se estirara y levantara un palo, una fregona de la cocina, por ejemplo, en una mañana como ésta, lo veríamos desde aquí perfectamente por encima de la torre gris. Así que ya ve, estaremos allí en un abrir y cerrar de ojos. Pero, por favor, el tranvía, debemos darnos prisa.

Pedro estaba ya en el bordillo de la acera. Lo vi con la bolsa del equipo al hombro, tratando de convencer al conductor del tranvía para que nos esperara. Salí de la terraza tras el periodista y subí al tranvía.

El tranvía reanudó la marcha y los tres avanzamos por el pasillo central en dirección al fondo. El vehículo iba lleno, y nos fue imposible sentarnos los tres juntos. Logré sentarme muy apretado en la parte de atrás, entre un hombre mayor y menudo y una madre madura con su retoño en el regazo. El asiento era asombrosamente cómodo, y al cabo de unos segundos, en lugar de estar molesto, empecé más bien a disfrutar del trayecto. Frente a mí había tres ancianos leyendo un solo periódico, que el del centro mantenía abierto. El traqueteo del tranvía les dificultaba la lectura, y a veces discutían para hacerse con el control de una determinada página.

Llevábamos ya un rato en el tranvía cuando advertí cierto revuelo a mi alrededor y vi que la revisora se acercaba por el pasillo. Supuse que mis compañeros me habrían pagado el billete, pues yo no lo había hecho. Cuando miré por encima del hombro vi que la revisora, una mujer menuda cuyo feo y negro uniforme no lograba disimular por completo su atractiva figura, se hallaba ya muy cerca de mi asiento. La gente, en torno a mí, sacaba billetes y bonos. Reprimiendo un sentimiento de pánico, me puse a pensar algo que decir que sonara a un tiempo digno y convincente.

La revisora estaba ya encima de nosotros, y mis vecinos le tendieron sus billetes. La revisora los estaba ya picando cuando anuncié con firmeza:

– Yo no tengo billete, pero en mi caso concurren circunstancias especiales que, si me permite, pasaré a explicarle.

La revisora se quedó mirándome, y luego dijo:

– Una cosa es no tener billete. Pero, ¿sabes?, anoche me dejaste en la estacada.

En cuanto dijo aquello, la reconocí. Era Fiona Roberts, una chica de la escuela primaria de mi pueblo, en Worcestershire, con la que me había unido una amistad muy especial cuando yo tenía unos nueve años. Vivía cerca de casa, un poco más allá del camino, en una casita muy parecida a la nuestra, y yo solía llegarme hasta allí para pasar la tarde jugando con ella, sobre todo en la época difícil que precedió a nuestra partida para Manchester. No la había vuelto a ver desde entonces, y me quedé estupefacto ante su actitud reprobadora.

– Ah, sí -dije-. Anoche. Sí.

Fiona Roberts siguió mirándome. Tal vez tuvo que ver con la expresión de reproche que vi en su cara, pero de pronto me sorprendí recordando una tarde de nuestra niñez en que los dos habíamos estado sentados juntos debajo de la mesa del comedor de su casa. Como de costumbre, habíamos creado nuestro «escondite» poniendo mantas y cortinas que colgaban por los lados de la mesa. Aquella tarde había sido soleada y calurosa, pero nosotros persistimos en permanecer en nuestro «escondite», en el calor cargado y la casi total oscuridad. Le había estado diciendo algo a Fiona, sin duda extendiéndome en exceso y con talante disgustado. Ella había intentado interrumpirme en más de una ocasión, pero yo había continuado sin hacerle caso. Por fin, cuando hube terminado, me había dicho:

– Eso es una tontería. Así acabarás quedándote solo. Te sentirás muy solo.

– No me importa -dije-. Me gusta estar solo. -Otra vez dices tonterías. A nadie le gusta estar solo. Yo voy a tener una gran familia. Cinco hijos como mínimo. Y les voy a hacer una cena estupenda cada noche. -Luego, al ver que yo no respondía, volvió a decir-: Estás diciendo tonterías. A nadie le gusta estar solo.

– A mí. A mí me gusta. -¿Cómo puede gustarte estar solo? -Pues me gusta. A mí me gusta.

De hecho, al afirmarlo, había sentido cierta convicción. Porque hacía ya varios meses que había dado comienzo a mis «sesiones de adiestramiento». Sí, en efecto, mi particular obsesión debió de alcanzar su cénit por aquella época.

Mis «sesiones de adiestramiento» habían empezado sin la menor premeditación, de forma espontánea. Estaba jugando en el camino una tarde gris -absorto en alguna fantasía, entrando y saliendo de una acequia seca que discurría entre una hilera de álamos y un campo- cuando de pronto me invadió el pánico y sentí la necesidad de buscar la compañía de mis padres. Nuestra casita no estaba lejos, podía ver la parte trasera al otro lado del campo, y sin embargo el pánico se apoderó de mí rápidamente y me sentí abrumado por la urgencia de correr a casa como un loco a través de las enmarañadas hierbas del campo. Pero por alguna razón que desconozco -quizá asocié aquella sensación con una eventual inmadurez para mi edad- no lo hice, y me forcé a demorar la huida. En mi mente no cabía duda alguna de que, muy pronto, acabaría por echar a correr a través del campo. Sólo era cuestión de resistir un poco, de forzar mi voluntad durante unos segundos más. La extraña mezcla de miedo y exaltación gozosa que experimenté mientras seguí allí de pie, paralizado en la acequia seca, habría de llegar a conocerla bien en las semanas que siguieron. Porque mis «sesiones de adiestramiento» se convirtieron en algo habitual e importante en mi vida. Con el tiempo adquirieron cierto ritual, en virtud del cual, cada vez que detectaba la menor señal de apremiante urgencia por volver a casa, me obligaba a llegar a un punto concreto del camino, bajo un gran roble, donde permanecía de pie unos minutos luchando contra mis emociones. A menudo decidía que ya había aguantado bastante, que podía ya marcharme, y entonces me retenía de nuevo, me forzaba a seguir bajo aquel árbol unos segundos más. Y en tales ocasiones el creciente pánico llevaba aparejada una extraña emoción, una sensación que quizá explicaba la especie de hechizo compulsivo que aquellas «sesiones de adiestramiento» acabaron ejerciendo sobre mi persona.

– Pero lo sabes, ¿no? -me había dicho Fiona aquella tarde, con la cara casi pegada a la mía en la oscuridad-. Cuando te cases no tiene por qué ser como lo de tu padre y tu madre. No va a ser como eso en absoluto. Los maridos y las esposas no tienen por qué estar discutiendo todo el tiempo. Sólo discuten cuando…, cuando suceden ciertas cosas.

– ¿Qué cosas?

Fiona se quedó callada unos instantes. Iba yo a repetir la pregunta, esta vez con mayor agresividad, cuando ella dijo con deliberación:

– Tus padres, por ejemplo. No discuten así porque no se lleven bien. ¿No lo sabes? ¿No sabes por qué se pasan todo el tiempo discutiendo?

Entonces llegó del exterior del «escondite» una voz airada, y Fiona salió de él precipitadamente. Y, mientras yo seguía escondido en la oscuridad de debajo de la mesa, alcancé a entreoír cómo Fiona y su madre discutían en la cocina en voz baja. En un momento dado oí que Fiona repetía en tono dolido:

– ¿Por qué no? ¿Por qué no puedo decírselo? Todo el mundo lo sabe.

Y que su madre le respondía en voz baja:

– Es más pequeño que tú. Es demasiado niño. No debes decírselo.

Mis recuerdos llegaron a su fin cuando oí que Fiona Roberts, que se había acercado a mí un par de pasos, me decía:

– Esperé hasta las diez y media. Y entonces le dije a todo el mundo que se pusiera a comer. Estaban muertos de hambre.

– Ya, claro. Lógicamente. -Lancé una débil risa y miré en torno-. Las diez y media. Sí, a esa hora la gente suele tener hambre…

– Y a esa hora era obvio que no ibas a venir. Nadie se creía ya nada de nada.

– Ya. Supongo que a esa hora…, era inevitable…

– Al principio todo iba de perlas -continuó Fiona Roberts-. Nunca había organizado nada parecido, pero todo iba muy bien. Estaban todas: Inge, Trude, todas… Allí en mi apartamento. Yo estaba un poco nerviosa, pero la cosa iba muy bien y me sentía realmente entusiasmada. Algunas de las mujeres esperaban con tanta expectación la velada…, incluso habían traído carpetas llenas de recortes y de fotos. Fue como a las nueve cuando empecé a sentir cierta inquietud, cuando por primera vez se me ocurrió pensar que tal vez no vendrías. Seguí entrando y saliendo de la sala, sirviendo más café, rellenando los boles de aperitivo, tratando de que las cosas siguieran como hasta entonces. Vi que mis invitadas empezaban a cuchichear, pero seguía pensando que, bueno, aún podías llegar, probablemente te había detenido el tráfico en alguna parte. Entonces se fue haciendo más y más tarde, y al final todas charlaban y cuchicheaban bastante a las claras. Ya sabes, hasta cuando yo estaba en la sala. ¡En mi propio apartamento! Fue entonces cuando les dije que empezaran a cenar. Quería que se marcharan cuanto antes. Así que se sentaron y se pusieron a comer; les había preparado esas pequeñas tortillas francesas… E incluso mientras estaban comiendo, algunas de ellas, como la tal Ulrike, se permitían los cuchicheos y las risitas solapadas. Pero, ¿sabes?, en cierto modo prefería a las que se reían disimuladamente. Las prefería a las otras, como la tal Trude, que fingía sentirlo tanto por mí, y que se esforzaba por mostrarse amable hasta el final… ¡Oh, cómo odio a esa mujer! Al despedirse, la miraba y sabía lo que estaba pensando: «Pobrecilla. Vive en un mundo de fantasía. Tendríamos que haberlo imaginado.» Oh, las odio a todas. Y me desprecio a mí misma por haber llegado a tener relación con ellas. Pero, ya ves, llevaba viviendo en la urbanización cuatro años, y no había hecho ni un solo amigo de verdad, y me sentía tan sola… Esas mujeres, las que estaban en mi apartamento anoche, llevaban siglos sin dignarse a tener nada que ver conmigo. Se consideran la élite de la urbanización. Se llaman a sí mismas la Fundación Cultural y Artística de Mujeres. Qué estupidez. No es una fundación ni por asomo, pero a ellas les suena a muy importante. Cuando se organiza algo en la ciudad, les encanta ocuparse de esto y de lo otro. Cuando vino el Ballet de Pekín, por ejemplo, hicieron todas las banderas para la ceremonia de bienvenida. En fin, se consideran muy «selectas», y hasta hace muy poco no querían saber nada de gente como yo. La tal Inge ni siquiera me saludaba cuando me veía por la urbanización. Pero todo cambió, claro, cuando corrió la voz. Me refiero a cuando se supo que te conocía. No sé cómo se enterarían, porque yo no voy por ahí alardeando de ello. Supongo que debí de mencionárselo a alguien. Bueno, el caso es que, como podrás imaginar, eso lo cambió todo. La propia Inge me paró un día hace unos meses, cuando nos cruzamos en las escaleras, y me invitó a una de sus reuniones. Yo no tenía ganas de relacionarme con ellas, pero acabé yendo, supongo que pensando que por fin se me presentaba la ocasión de hacer amigas…, no estoy segura. Bien, pues desde el principio mismo, algunas de ellas, Inge y Trude, por ejemplo, no sabían muy bien si creerse o no lo de mi vieja amistad contigo. Pero al final prefirieron creerme porque la idea las hacía sentirse bien, supongo. Lo de cuidar a tus padres y demás no fue idea mía, pero como es lógico influyó mucho en ello el hecho de que yo te conociera. Cuando llegó la noticia de que vendrías a la ciudad, Inge fue a ver al señor Von Braun y le dijo que ahora, tras la visita del Ballet de Pekín, la Fundación se hallaba en situación de acometer algo realmente importante, y que, en cualquier caso, una de las integrantes del grupo era una vieja amiga tuya. Y ese tipo de cosas. Así pues, la Fundación consiguió que le fuera encomendado el cuidado de tus padres durante su estancia en la ciudad, y aunque todas las del grupo, faltaría más, estaban que no cabían en sí de gozo, algunas tenían los nervios de punta ante semejante responsabilidad. Pero Inge las tranquilizó diciendo que no era ni más ni menos que lo que todas merecíamos. Y seguimos celebrando nuestras reuniones, en las que cada una proponía ideas sobre cómo agasajar a tus padres. Inge nos dijo, me apenó mucho oírlo, que ninguno de los dos está muy bien en la actualidad, por lo que la mayoría de las cosas normales, como las visitas turísticas a la ciudad y demás, debían quedar descartadas. Pero había montones de ideas más, y todo el mundo empezaba a entusiasmarse con los planes posibles. Entonces, en la última reunión, alguien dijo que, bueno, que por qué no te pedían que vinieras personalmente a conocernos. A hablar de lo que les gustaría hacer a tus padres. Se hizo un silencio sepulcral. Y finalmente Inge dijo: «¿Por qué no? Estamos en una situación inmejorable para invitarle.» Y todas se pusieron a mirarme. Así que por fin dije: «Bien, supongo que va a estar muy ocupado, pero si queréis podría pedírselo.» Y cuando lo dije vi el entusiasmo que despertaba en ellas la idea. Luego, cuando llegó tu respuesta, me convertí en una princesa, me trataban con tal consideración, me sonreían y me hacían tantas carantoñas cada vez que se encontraban conmigo en cualquier parte… Empezaron a traerme regalos para los niños, a ofrecerse a hacerme esto y lo otro… Te puedes imaginar cómo cayó anoche el que no vinieras…

Dejó escapar un hondo suspiro y se quedó en silencio unos instantes, mirando con mirada vacía a través de las ventanillas los edificios que pasaban a nuestra derecha. Y al cabo dijo:

– Supongo que no tengo por qué culparte. No nos hemos visto desde hace tanto tiempo… Pero pensé que no te importaría venir para interesarte por la visita de tus padres. Ya te he dicho la cantidad de ideas que estábamos aportando para agasajarles. Esta mañana estarán todas hablando de mí. Casi ninguna trabaja fuera de casa, tienen maridos con buenos sueldos. Estarán llamándose por teléfono, o yendo a verse, y dirán: «Pobrecita. Vive en un mundo propio. Tendríamos que habernos dado cuenta antes. Me gustaría hacer algo para ayudarla, pero claro, es tan aburrida…» Puedo oírlas perfectamente. Estarán pasándoselo en grande. Inge, además…, una parte de ella estará hecha una furia. «La muy zorra nos ha engañado», estará pensando. Pero estará contenta, se sentirá aliviada. Inge, ¿sabes?, por mucho que le gustara la idea de que yo te conociera, la ha considerado siempre una amenaza. No me cabe la menor duda. Y la forma en que las otras me han tratado en las últimas semanas, desde tu respuesta, le habrá dado que pensar. Ha tenido verdaderos sentimientos ambiguos al respecto; todas ellas, supongo. Pero ahora estarán pasándoselo en grande. Estoy segura.

Mientras escuchaba a Fiona, como es natural, comprendí que debía sentir remordimientos por lo de la noche pasada. Sin embargo, pese a su vivido relato de lo acontecido en su apartamento, pese a sentir una profunda lástima por ella, no lograba registrar más que un muy vago recuerdo de que tal visita hubiera figurado en mi agenda. Además, sus palabras me hicieron tomar conciencia, con algo parecido a una conmoción, de la poca atención que había prestado a la inminente llegada a la ciudad de mis padres. Como Fiona había dicho, ninguno de los dos gozaba de buena salud y no era en absoluto aconsejable dejar que se las arreglaran por sí mismos. Y, mientras contemplaba al pasar el denso tráfico y los cristalinos edificios, me invadió un intenso sentimiento de protección hacia mis ancianos padres. La solución ideal, en efecto, era que una asociación local de mujeres se hiciera cargo de su cuidado y bienestar, y resultaba imperdonable por mi parte el no haber aprovechado la oportunidad de reunirme y hablar con aquellas mujeres. El pánico empezó a invadirme: ¿qué podía hacer con mis padres? No lograba comprender cómo había prestado tan poca atención a aquella dimensión tan importante de mi visita, y durante unos segundos mi mente trabajó a velocidad de vértigo. De pronto vi a mi madre y a mi padre, los dos menudos, de pelo blanco, encorvados por la edad, de pie en el exterior de la estación de tren, rodeados de un equipaje que no podían transportar por sí mismos. Podía verlos mirando la ciudad desconocida que se alzaba a su alrededor, y ver cómo por fin mi padre, dejando que su orgullo prevaleciera sobre su buen juicio, cogía dos, tres maletas mientras mi madre trataba en vano de disuadirle cogiéndole por el brazo y diciéndole: «No, no, tú no puedes llevarlas. Pesan demasiado.» Mi padre, entonces, con semblante resuelto, se sacudía a mi madre de encima y decía: «¿Y quién va a llevarlas si no? ¿Cómo vamos a llegar al hotel? ¿Quién va a ayudarnos en este lugar si no hacemos las cosas nosotros mismos?» Entretanto, los coches y camiones circulaban por la calzada con ruido atronador, y los viajeros pasaban junto a ellos en una y otra dirección. Mi madre, triste y resignada, observaba cómo mi padre avanzaba tambaleante con su pesada carga: dos, cuatro, cinco pasos…, para finalmente, vencido por el esfuerzo, detenerse y dejar las maletas en el suelo, con los hombros encorvados y casi sin resuello. Mi madre, entonces, esperaba unos segundos e iba hasta él y le ponía delicadamente una mano en el brazo, y le decía: «No te preocupes. Encontraremos a alguien que nos ayude.» Mi padre, ya resignado, y acaso satisfecho por haber demostrado al menos su ánimo decidido, miraba en silencio hacia la multitud que bullía ante sus ojos -con la esperanza de que alguien hubiera ido a recibirles, a hacerse cargo de su equipaje, a brindarles una conversación de bienvenida y a llevarles al hotel en un cómodo automóvil.

Mientras Fiona me hablaba fueron desfilando por mi mente estas imágenes, de modo que por espacio de unos instantes apenas pude hacerme cargo de su infortunada situación. Pero enseguida volví a ser consciente de lo que me estaba diciendo:

– Estarán hablando de que de ahora en adelante deberán tener más cuidado. Puedo incluso oírlas: «Ahora gozamos de mucho más prestigio, y va a haber gente de todo pelaje tratando de entrar en el grupo con artimañas de todo tipo. Tendremos que tener mucho cuidado, especialmente ahora que nos enfrentamos a tan altas responsabilidades. Esa pequeña zorra tiene que servirnos de lección.» Y cosas por el estilo. Sabe Dios la vida que tendré que llevar de ahora en adelante en esa urbanización. Y mis hijos, los pobres, que tienen que crecer en ella…

– Mire -dije interrumpiéndole-. No se puede hacer ni idea de lo mucho que lamento lo de anoche. Pero el caso es que la pasada noche sucedió algo absolutamente impredecible, que no le contaré para no aburrirla. Me contrarió lo indecible fallarle, pero no me fue posible ni encontrar un teléfono. Espero que no haya tenido muchos problemas por mi culpa.

– He tenido muchos problemas. Las cosas no son fáciles, ¿sabes?, para una madre con dos chiquillos…

– Escuche, siento de veras lo que ha pasado. Deje que le haga una sugerencia. En este momento tengo que hacer una gestión con estos periodistas de ahí delante, pero no me llevará mucho. Me libraré de ellos en cuanto pueda, cogeré un taxi e iré a su apartamento. Estaré allí en, digamos, media hora, cuarenta y cinco minutos como máximo. Y lo que haremos será lo siguiente. Nos pasearemos juntos por la urbanización, de modo que la gente, todas sus vecinas, la tal Inge, la tal Trude…, puedan ver con sus propios ojos que es verdad que somos viejos amigos. Luego visitaremos a las más influyentes, como esa Inge. Podrá presentarme a ellas, me disculparé por lo de anoche, explicaré que en el último momento me demoraron de forma que no pude zafarme… Así nos las iremos ganando una por una, y repararé el daño que le causé ayer noche. De hecho, si lo hacemos bien, puede que su posición en el grupo hasta mejore sustancialmente. ¿Qué me dice?

Fiona siguió con la mirada fija en las calles que desfilaban tras los cristales. Y finalmente dijo:

– Mi primer impulso sería decir que te olvidaras del asunto. No me ha traído nada bueno decir que eras un viejo amigo mío. Y, después de todo, a lo mejor no necesito formar parte del círculo de Inge. Sólo que antes me sentía tan sola en la urbanización… Pero ahora que he visto cómo son, no estoy segura de que no vaya a ser más feliz sin otra compañía que la de mis hijos. Por las noches podré leer un buen libro o ver la televisión. Pero, por otra parte, no puedo pensar sólo en mí misma, tengo que pensar también en mis hijos. Tienen que crecer en la urbanización, tienen que ser aceptados. Por su bien, debería aceptar esa sugerencia tuya. Si ponemos en práctica tu plan puede que, como dices, mi situación mejore aún más que si la fiesta hubiera sido un completo éxito. Pero tienes que prometerme, jurarme por lo que más quieras, que no volverás a dejarme en la estacada. Porque si decidimos hacer lo que dices, en cuanto termine mi turno y vuelva a casa tendré que llamar por teléfono para concertar las visitas. No podemos aparecer de improviso en las casas de la gente, no es ese tipo de vecindario. Así que imagínate qué horror si organizo todas esas citas y tú no apareces. No me quedaría otro remedio que hacer yo misma esas visitas una a una, explicando de nuevo a todo el mundo tu no comparecencia. Así que debes prometerme que no volverás a fallarme.

– Tiene mi palabra -dije-. Como digo, hago la pequeña gestión que tengo que hacer y cojo un taxi para ir a su casa. No se preocupe, Fiona, todo se arreglará.

Estaba diciéndole esto cuando sentí que alguien me tocaba el brazo. Me volví y vi a Pedro de pie, de nuevo con la pesada bolsa al hombro.

– Por favor, señor Ryder -dijo, y señaló la salida al otro extremo del pasillo.

El periodista esperaba de pie junto a ella, listo para apearse.

– Ésta es nuestra parada, señor Ryder -dijo en voz alta, haciéndome una seña con la mano-. Si no le importa, señor…

El tranvía aminoró la marcha y se detuvo. Me levanté, me deslicé entre apreturas hasta el pasillo y seguí a Pedro hacia la salida.

13

El tranvía se alejó traqueteando y nos dejó a los tres bajo el cielo abierto, rodeados de campos azotados por el viento. Sentí la refrescante brisa en la cara, y me quedé mirando cómo el tranvía se alejaba a través de los campos y se perdía en el horizonte.

– Por aquí, por favor, señor Ryder…

El periodista y Pedro me esperaban unos pasos más allá. Llegué hasta ellos y los tres echamos a andar a través de la hierba. De cuando en cuando violentas ráfagas de viento tiraban de nuestras ropas y ondulaban la hierba de los campos. Finalmente llegamos al pie de una colina, e hicimos una pausa para recuperar el aliento.

– Está muy cerca de aquí -dijo el periodista señalando hacia lo alto de la colina.

Tras la dificultosa caminata a través de la alta hierba, me alegró ver que había un camino de tierra que conducía hacia la cima.

– Bien -dije-. No tengo mucho tiempo, así que será mejor que nos demos prisa.

– Claro, claro, señor Ryder -dijo el periodista.

El periodista se situó en cabeza y ascendimos por la escarpada y zigzagueante senda. Conseguí seguirle a uno o dos pasos de distancia. Pedro, quizá a causa de la bolsa, quedó enseguida muy a la zaga. Mientras subíamos me sorprendí pensando en Fiona, en cómo le había fallado la noche pasada, y me chocó darme cuenta de que pese a toda la seguridad de la que hasta el momento había hecho gala en aquel viaje, pese a todo lo que hasta el momento había conseguido, mi manera de abordar ciertos asuntos -enjuiciada desde mi nivel de exigencia, al menos- dejaba mucho que desear. Dejando a un lado los trastornos que le había causado a Fiona, resultaba sumamente enojoso el hecho de que, siendo tan inminente la llegada de mis padres, hubiera dejado escapar la oportunidad de discutir sus numerosas y complejas necesidades con las personas a cuyo cuidado iban a ser confiados. A medida que la respiración se me hacía más y más dificultosa, me iba invadiendo un sentimiento de irritación contra Sophie por la confusión que había traído a mis asuntos. Sin duda no era demasiado pedir que en momentos como aquel, tan cruciales en mi vida, tuviera a bien reservarse su caos para sí misma. Las palabras que de pronto habría querido decirle acudieron en tropel a mi cabeza, y si no me hubiera faltado el resuello habría quizá empezado a mascullarlas en voz alta.

Tras doblar tres o cuatro recodos del camino, nos detuvimos para descansar. Alcé la vista y comprobé que disfrutábamos de una amplia vista de la campiña circundante. Los campos se perdían en la distancia sin solución de continuidad. Sólo a lo lejos, en el horizonte, se divisaba algo parecido a un grupo de granjas. -Una vista espléndida -dijo el periodista, jadeando y apartándose el pelo de la cara con los dedos-. Es tan estimulante subir hasta aquí arriba. El aire fresco nos vendrá bien para el resto del día. Bien, por agradable que sea esto, será mejor que no perdamos tiempo.

Lanzó una risa festiva, y reanudó la marcha. Le seguí de cerca, como antes, y Pedro continuó muy rezagado. Entonces, en un momento dado, cuando estábamos subiendo un trecho particularmente empinado, Pedro gritó algo a nuestra espalda. Pensé que nos estaba pidiendo que aminoráramos la marcha, pero el periodista siguió a su ritmo y se limitó a gritarle por encima del hombro:

– ¡Qué has dicho!

Oí cómo Pedro se esforzaba lo indecible por ganar unos pasos. Luego le oí gritar:

– Decía que parece que tenemos ya camelado al mierda éste. Creo que acabará haciendo lo que le digamos.

– Bueno -le respondió a gritos el periodista-, hasta ahora ha cooperado, pero uno nunca puede estar seguro con estos tipos. Así que sigue adulándole. Ha subido hasta aquí y parece muy contento. Pero no creo que el muy bobo sepa siquiera la importancia del edificio.

– ¿Qué le decimos si pregunta? -gritó Pedro-. Porque seguro que pregunta.

– Cambia de tema. Pídele que cambie de pose. Seguro que cualquier cosa que le digas sobre su aspecto le distraerá del asunto. Si sigue preguntando, al final tendremos que decírselo, pero para entonces le habremos sacado un montón de fotos y el mierda éste ya no podrá hacer nada.

– Me muero de ganas de que termine todo esto -dijo Pedro, respirando aún más dificultosamente-. Dios, me pone la carne de gallina cómo se frota las manos continuamente.

– Casi hemos llegado. Lo hemos hecho a la perfección; no lo estropeemos en el último momento.

– Disculpe -dije, interrumpiéndole-, pero necesito descansar un poco.

– Por supuesto, señor Ryder. Qué falta de delicadeza por mi parte -dijo el periodista, deteniéndose-. Yo soy un corredor de maratón -prosiguió-, así que tengo ventaja. Pero debo decir, señor, que usted parece extraordinariamente en forma. Y para un hombre de su edad… Sé su edad por las notas que tengo aquí, jamás la habría adivinado de otra forma… Bueno, ya ve cómo ha dejado bien atrás al pobre Pedro.

Cuando éste nos alcanzó, el periodista le espetó a gritos:

– Venga, so tortuga… El señor Ryder se ríe de ti.

– No es justo -dijo Pedro, sonriendo-. Tener tanto talento…, y encima estar tan bien dotado para el atletismo. Otros no tenemos tanta suerte.

Permanecimos allí contemplando las vistas, recuperando el aliento. Al cabo el periodista dijo:

– Estamos ya muy cerca. Sigamos. No hay que olvidar que al señor Ryder le espera un día muy ocupado.

El último tramo del camino era el más arduo de recorrer. Se hacía aún más empinado, y a menudo el suelo se convertía en una pura sucesión de embarrados charcos. El periodista, en cabeza, seguía subiendo a buen ritmo, sin desmayo, aunque ahora me daba cuenta de que avanzaba un tanto encorvado por el esfuerzo. Mientras le seguía con paso tambaleante, volvieron de pronto a mi cabeza las cosas que deseaba decirle a Sophie. «¿Te das cuenta?», me sorprendí murmurando, con los dientes apretados, al ritmo de mis pasos. «¿Te das cuenta?» La frase, por una razón u otra, no llegó a alcanzar desarrollo alguno, pero a cada paso, bien mentalmente o bien en un susurro, fui repitiéndola una y otra vez hasta que las palabras mismas empezaron a atizar mi irritación incipiente.

El camino, finalmente, se hizo más llano y alcancé a ver un edificio blanco en la cima de la colina. El periodista y yo avanzamos hacia él dando traspiés, e instantes después, ya sin resuello, estábamos apoyados contra uno de sus muros. Al poco se nos unió Pedro, jadeando como un poseso. Se derrumbó de costado contra el muro, se dejó caer sobre las rodillas, y por un momento temí que fuera a padecer algún ataque. Pero, incluso resollando y pugnando por recuperar el aliento, se puso a abrir la cremallera de la bolsa. Sacó una cámara, y luego un objetivo. Entonces, al parecer vencido por el esfuerzo, apoyó un brazo contra el muro, hundió la cabeza en el pliegue del codo y atrajo el aire a sus pulmones.

Cuando por fin recuperé el aliento, me aparté unos pasos del edificio para poder verlo en su totalidad. Una ráfaga de viento casi me pegó de nuevo contra el muro, pero al final conseguí situarme en un punto desde el que pude contemplar el alto cilindro de ladrillo blanco, sin ventanas a excepción de una estrecha abertura vertical cerca del ápice. Era como si el torreón de un castillo medieval hubiera sido trasplantado a la cima de aquella colina.

– Cuando esté listo, señor Ryder.

El periodista y Pedro se habían situado a unos diez metros del edificio. Pedro, claramente recuperado, había plantado su trípode y miraba por el visor de la cámara.

– Pegado al muro, si no le importa, señor Ryder -dijo el periodista.

Me acerqué al edificio.

– Señores -dije, alzando la voz para hacerme oír por encima del ruido del viento-. Antes de empezar, me gustaría que me explicaran la naturaleza exacta del escenario que hemos elegido.

– Señor Ryder, por favor -me gritó Pedro, agitando la mano en el aire-. Manténgase junto al muro. Con un brazo apoyado en él, por ejemplo. Así -me mostró, levantando un codo doblado al viento.

Me acerqué más al muro e hice lo que me pedía. Pedro, a continuación, sacó unas cuantas fotografías, ora haciendo ligeros cambios en el emplazamiento del trípode, ora cambiando de lente. Mientras tanto, el periodista permanecía a su lado, mirando por encima de su hombro y conferenciando con él en voz baja.

– Señores -dije al cabo de un rato-, seguro que no está fuera de lugar que les pregunte…

– Señor Ryder, por favor -dijo Pedro, asomando como un resorte por detrás de la cámara-. ¡La corbata!

La corbata se había volado con el viento y se me había encaramado sobre un hombro. Me la coloqué en su sitio, y aproveché la ocasión para componerme el pelo.

– Señor Ryder, por favor -dijo Pedro-. Si pudiéramos sacarle algunas con la mano levantada así… ¡Sí, sí! Como si invitara a alguien a acercarse al edificio. Sí, así, perfecto, perfecto. Pero, por favor, sonría con orgullo. Muy ufano, como si el edificio fuera su propio hijo. Sí, perfecto… Sí, así está magnífico.

Obedecí sus instrucciones lo mejor que pude, aunque las violentas ráfagas me dificultaban la adopción de una expresión afable.

Luego, instantes después, me percaté de la figura que había a mi izquierda. Un hombre con una gabardina oscura, muy cerca del muro, pero en aquel momento yo estaba en medio de una pose y sólo pude vislumbrarlo de soslayo. Pedro seguía gritándome instrucciones a través del viento -que moviera la barbilla unos milímetros hacia un lado, que sonriera más abiertamente…-, y transcurrió cierto tiempo hasta que pude volverme y mirar con libertad al desconocido. Cuando finalmente lo hice, el hombre -alto, delgado y recto como un palo, calvo y de huesudas facciones- vino hacia mí de inmediato. Se mantenía la gabardina apretada contra sí mismo, pero al acercarse me tendió una mano.

– Señor Ryder, ¿cómo está usted? Es un honor conocerle.

– Ah, sí -dije, estudiándole-. Mucho gusto en conocerle, señor…

El hombre con aspecto de palo pareció desconcertado. Y luego dijo:

– Christoff. Soy Christoff.

– Ah, señor Christoff… -Una ráfaga particularmente violenta nos obligó a esforzarnos por mantenernos firmes en el suelo, momento que aproveché para recobrarme un poco de la sorpresa-. Ah, sí, señor Christoff. Claro. He oído hablar mucho de usted.

– Señor Ryder -dijo Christoff, inclinándose hacia mí-. Permítame decirle en primer lugar lo agradecido que le estoy por aceptar asistir a este almuerzo. Sabía lo educado que era usted, y por ello no me sorprendió en absoluto que respondiera afirmativamente. Sabía que era usted de ese tipo de personas, y que al menos se avendría a escucharnos. De ese tipo de personas que, de hecho, sentiría vivos deseos de escuchar muestra versión del asunto. No, no me sorprendió en absoluto, pero le quedo inmensamente agradecido de todas formas. Bien, ahora… -miró el reloj-, estamos un tanto retrasados, pero no importa. El tráfico no estará muy mal. Por aquí, por favor.

Seguí a Christoff hacia la parte de atrás del edificio blanco. Allí el viento no era tan fuerte, y del muro de ladrillo salía un montón de tuberías que emitían un zumbido grave. Christoff siguió andando hacia el borde de la colina, en dirección a un punto marcado por dos postes de madera. Imaginé que detrás de los postes se abriría una pendiente muy pronunciada, pero al llegar a ellos miré hacia abajo y vi que una larga y deteriorada escalera de piedra descendía vertiginosa por la ladera de la colina. La escalera, abajo, daba a una carretera asfaltada donde divisé la forma de un coche negro que -supuse- nos estaba esperando.

– Después de usted, señor Ryder -dijo Christoff-. Por favor, baje a su ritmo. No hay prisa.

Sin embargo, vi que volvía a mirar el reloj con expresión inquieta.

– Siento que se nos haya hecho tarde -dije-. La sesión fotográfica nos ha llevado más de lo que esperábamos.

– No se preocupe, señor Ryder. Seguro que llegamos a tiempo. Después de usted, haga el favor.

Al iniciar el descenso sentí un poco de vértigo. No había barandilla en ninguno de los lados, y hube de concentrarme intensamente para no dar un mal paso en un escalón y caer rodando por la ladera. Pero, afortunadamente, el viento había amainado y al cabo de unos instantes me vi ganando confianza -no había gran diferencia con el descenso por cualquier otra escalera-, hasta el punto de que de cuando en cuando apartaba por completo la vista de mis pies para echar un vistazo al panorama que se ofrecía ante nuestros ojos.

El cielo seguía encapotado, pero el sol empezaba a abrirse paso a través de las nubes. La carretera en la que esperaba el coche -pude ver ahora- se hallaba sobre una meseta. Más allá de ella la colina continuaba su descenso a través de un vasto arbolado. Más abajo aún, pude ver campos que se extendían en todas direcciones hasta perderse en la lejanía, y, de un modo difuso, sobre el horizonte, la silueta de la ciudad recortada contra el cielo.

Christoff me seguía de cerca. Durante los primeros minutos de descenso, quizá consciente de mi nerviosismo ante lo empinado de la escalera, tuvo a bien no despegar los labios. Pero en cuanto vio que yo bajaba a buen ritmo, suspiró y dijo:

– Esos bosques, señor Ryder… Allá, a su derecha. Son los bosques de Werdenberger. Mucha de la gente más acaudalada de la ciudad tiene un chalet en la zona. Los bosques de Werdenberger son enormemente atractivos. Están a apenas un breve trayecto en coche, y sin embargo te sientes tan lejos de todo cuando estás en ellos… Cuando bajemos por la ladera en el coche, podrá ver los chalets. Algunos están como colgados en el borde de pequeños precipicios. Las vistas tienen que ser realmente asombrosas. A Rosa le habría encantado tener uno de esos chalets. De hecho teníamos uno en mente; se lo mostraré cuando pasemos por delante. Es uno de los más modestos, pero tan bonito como el que más. El propietario actual apenas lo utiliza; no más de dos o tres semanas al año. Si le hiciera una buena oferta, seguro que la consideraba seriamente. Pero ya no tiene sentido pensar en ello. Todo eso ha terminado.

Calló unos instantes. Luego su voz volvió a sonar a mi espalda.

– No es nada extraordinario. Rosa y yo ni siquiera hemos visto el interior. Pero hemos pasado ante él tantas veces que nos imaginamos perfectamente cómo es. Se asienta sobre un pequeño promontorio, junto a un declive abrupto del terreno: oh, da la sensación de estar suspendido en lo alto del cielo. Ves nubes desde todas las ventanas cuando vas pasando de cuarto a cuarto. Rosa se había enamorado de esa casa. Solíamos pasar por delante de ella muy despacio, y a veces parábamos el coche y nos quedábamos mirándola, imaginando cómo sería por dentro, visualizando las habitaciones una a una. Bien, ya le digo, todo es ya agua pasada. De nada sirve recrearse en ello. En cualquier caso, señor Ryder, usted no nos ha concedido su precioso tiempo para oír esto. Debe perdonarme. Volvamos a asuntos más importantes. Le estamos inmensamente agradecidos por haber accedido a venir a hablar con nosotros. ¡Qué drástico contraste con esa gente, con esos hombres que afirman dirigir esta comunidad! En tres ocasiones diferentes les hemos invitado a asistir a uno de nuestros almuerzos, a venir a discutir los asuntos que nos conciernen, como usted está a punto de hacer en este momento. Pero ellos ni siquiera se han dignado a considerar la idea. ¡Ni un solo segundo! Son demasiado orgullosos. Todos ellos. Von Winterstein, la condesa, Von Braun, todos ellos. Y la razón es que se sienten inseguros. En el fondo de su corazón saben que no entienden nada, y por eso se niegan a tener una discusión como es debido con nosotros. Tres veces les hemos invitado, y las tres veces se han negado rotundamente. Pero de todos modos habría sido un esfuerzo inútil. No habrían entendido ni la mitad de lo que estamos diciendo.

Me quedé de nuevo en silencio. Sentí que debía hacer algún comentario, pero pensé que sólo lograría hacerme oír si le gritaba por encima del hombro, y no estaba dispuesto a arriesgarme a apartar los ojos de los escalones. Durante los minutos que siguieron, pues, continuamos el descenso en silencio, mientras la respiración de Christoff se hacía más y más trabajosa a mi espalda. Al poco le oí decir:

– Diré, si he de ser justo, que la culpa no es suya. Hoy las formas modernas se han hecho muy complejas. Kazan, Mullery, Yoshimoto… Incluso para un músico como yo, hoy se ha vuelto difícil, muy difícil. La gente como Von Winterstein, como la condesa, ¿cómo iban a poder ponerse al día? Son territorios fuera de su alcance. Para ellos se trata sólo de ruido, de un torbellino de extraños compases. Con el paso de los años quizá se han convencido a sí mismos de que «oyen» algo en esa música, ciertas emociones, cierto sentido. Pero la verdad es que no han encontrado en ella nada en absoluto. Está fuera de su alcance. Jamás llegarán a entender cómo funciona la música moderna. En un tiempo eran Mozart, Bach, Chaikovski… Hasta el hombre de la calle sería capaz de emitir un juicio razonable sobre ese tipo de música. ¡Pero las formas modernas! ¿Cómo podría esa gente, gente sin preparación, provinciana, llegar a entender esas cosas, por mucho sentido del deber para con la comunidad que tuvieran? No, imposible, señor Ryder. No saben distinguir entre una cadencia «interrumpida» y un motivo inconcluso. O entre una armadura de tiempo fracturado y una secuencia de compases de silencio. ¡Y ahora interpretan mal toda la situación! ¡Quieren que las cosas den un giro de ciento ochenta grados! Señor Ryder, si se siente cansado podemos tomarnos un pequeño descanso.

De hecho yo ya me había parado unos segundos, porque un pájaro había revoloteado peligrosamente cerca de mi cara y casi me había hecho perder el equilibrio.

– No, no, estoy bien -le grité, reanudando el descenso.

– Estos escalones están demasiado mugrientos para que nos sentemos. Pero si quiere podemos hacer un alto y descansar de pie.

– No, de verdad, gracias. Estoy bien.

Seguimos bajando en silencio durante unos minutos. Y al cabo Christoff dijo:

– En mis momentos de mayor desapego, hasta me dan pena. No les culpo. Después de todo lo que han hecho, después de todo lo que han dicho de mí, hay veces en que veo la situación objetivamente. Y me digo: no, en realidad no es culpa suya. No es culpa suya que la música se haya hecho tan difícil y complicada. No es razonable esperar que en un lugar como éste haya alguien capaz de comprenderla. Y sin embargo esa gente, esos líderes cívicos han de hacer creer que saben lo que están haciendo. Así que se repiten ciertas cosas a sí mismos, y al cabo de un tiempo empiezan a creerse autoridades. Ya ve, en sitios como éste no hay nadie que les contradiga. Por favor, vaya con cuidado con los siguientes escalones, señor Ryder. Están un poco desmenuzados por las esquinas.

Descendí unos cuantos escalones con sumo cuidado. Luego, cuando volví a mirar hacia adelante, vi que no nos faltaba mucho para llegar abajo.

– Pero habría sido inútil -dijo la voz de Christoff a mi espalda-. Aunque hubieran aceptado nuestra invitación, habría sido inútil. No habrían entendido de la misa la media. Usted, señor Ryder, usted al menos entiende nuestros argumentos. Aunque no lográramos convencerle, usted, estoy seguro, saldría de la reunión con cierto respeto por nuestra postura. Pero, claro, esperamos convencerle. Convencerle de que, con independencia de cuál vaya a ser mi suerte personal, el actual rumbo ha de mantenerse a toda costa. Sí, usted es un músico brillante, uno de los más dotados hoy en activo en todo el mundo. Pero hasta un experto de su talla necesita aplicar su saber a las condiciones concretas de un lugar determinado. Cada comunidad posee su propia historia, sus propias necesidades concretas. La gente que en breve voy a presentarle, señor Ryder, se cuenta entre los pocos, los muy pocos en esta ciudad que uno podría calificar de intelectuales. Se han tomado la molestia de analizar las particulares condiciones actuales de esta urbe, y, lo que es más, tienen cierta idea, a diferencia de Von Winterstein y otros como él, de cómo «funcionan» las formas modernas. Con su ayuda, y del modo más civilizado y respetuoso, naturalmente, espero persuadirle, señor Ryder, de que modifique su actual postura. Ni que decir tiene que todos los que va a conocer sienten el mayor de los respetos por usted y por todo lo que usted defiende. Pero creemos que, pese a su penetrante perspicacia, es posible que existan ciertos aspectos de la situación de esta ciudad que usted aún no haya captado cabalmente. Bien, ya hemos llegado.

En realidad faltaban aún unos veinte escalones para llegar a la carretera. Christoff permaneció en silencio durante este último tramo. Y yo me sentí aliviado, porque sus últimas manifestaciones habían empezado a molestarme. Su insinuación de que yo más o menos ignoraba la situación de aquella ciudad, de que yo era una de esas personas que sacan conclusiones sin preocuparse por conocer las condiciones locales, se me antojó bastante insultante. Recordé, por ejemplo, cómo la tarde anterior, cuando bien podría haberme tomado un muy merecido descanso en el confortable atrio del hotel, había salido a la calle a recoger impresiones sobre la ciudad. Cuanto más pensaba en las palabras de Christoff, más irritado me sentía, de modo que cuando llegamos al coche y Christoff me abrió la portezuela del acompañante, subí sin dirigirle apenas la palabra.

– No estamos tan retrasados -dijo él, ocupando el asiento del conductor-. Si el tráfico no está mal, estaremos allí enseguida.

Al oírle decir esto, recordé de pronto mis otras obligaciones de la jornada. Estaba, por ejemplo, Fiona, que en cualquier momento se sentaría a esperarme en su apartamento. La situación, me daba cuenta, iba a requerir cierta firmeza por mi parte.

Puso en marcha el coche y pronto nos vimos descendiendo por una carretera muy inclinada y llena de curvas. Christoff, que parecía conocer muy bien la carretera, tomaba con gran seguridad las cerradas curvas. A medida que descendíamos la carretera se hacía menos empinada y los chalets de los que había hablado -precariamente encaramados en el terreno algunos de ellos- empezaron a aparecer a ambos lados del asfalto. Al final me volví a Christoff y dije:

– Señor Christoff, he esperado con vivo anhelo este almuerzo con usted y sus amigos. Deseaba oír su versión de las cosas. Sin embargo, esta mañana me han surgido varios asuntos por completo inesperados, y en consecuencia me espera una jornada harto atareada. De hecho, ahora mismo…

– Señor Ryder, por favor, no tiene que explicarme nada. Sabíamos desde el principio lo ocupado que iba a estar, así que todos los asistentes al almuerzo, se lo aseguro, se mostrarán enormemente comprensivos al respecto. Si se marcha usted a la hora y media, o incluso a la hora de su llegada, le puedo asegurar que nadie se ofenderá en lo más mínimo. Son gente estupenda, la única en la ciudad capaz de pensar y sentir a tal nivel. Sea cual fuere el resultado de la reunión, señor Ryder, estoy seguro de que le agradará haberles conocido. Aún me acuerdo de cuando muchos de ellos eran jóvenes y vehementes. Son un grupo estupendo. Puedo responder por cada uno de ellos. Supongo que hubo un tiempo en que se consideraron mis protegidos. Me siguen respetando enormemente, pero hoy somos colegas, amigos, o acaso algo más profundo. Estos últimos años nos han unido aún más. Hay unos cuantos, como es lógico, que me han abandonado. Es inevitable. Pero los que han permanecido a mi lado, oh, Dios, lo han hecho de forma inquebrantable. Estoy orgulloso de ellos. Los quiero entrañablemente. Constituyen la esperanza mejor de esta ciudad, pese a que no se les permitirá ejercer la más mínima influencia durante un tiempo. Ah, señor Ryder, enseguida vamos a pasar por el chalet del que le he hablado. Está detrás de esa curva. Aparecerá por su lado.

Calló, y cuando le miré, advertí que se hallaba al borde de las lágrimas. Sentí una oleada de comprensión solidaria, y le dije con voz suave:

– Uno nunca sabe lo que el futuro puede depararle, señor Christoff. Quizá usted y su mujer encuentren un chalet muy parecido a éste algún día. Si no aquí, en otra ciudad.

Christoff sacudió la cabeza.

– Sé que está tratando de ser amable, señor Ryder. Pero de nada sirve ya. Entre Rosa y yo todo ha terminado. Va a dejarme. Lo sé desde hace algún tiempo. De hecho toda la ciudad lo sabe. Seguro que ha oído usted algún cotilleo al respecto.

– Bueno, supongo que sí, que algo he oído…

– Estoy seguro de que circulan montones de habladurías sobre ello… Ahora ya no me importa gran cosa. Lo esencial es que Rosa me dejará muy pronto. No va a tolerar por mucho tiempo seguir casada conmigo después de todo lo que ha pasado. Pero no debe hacerse usted una idea equivocada. Al cabo de los años hemos llegado a amarnos, hemos llegado a amarnos mucho. Pero, ¿sabe?, entre nosotros siempre medió un acuerdo, desde el primer día. Ah, ahí lo tiene, señor Ryder. A su derecha. Rosa solía ir sentada donde ahora se sienta usted, y pasábamos ante él muy despacio. Una vez íbamos tan despacio, tan absortos en su contemplación, que por poco chocamos con un vehículo que subía por la colina. Pues sí, siempre tuvimos un acuerdo. Mientras yo gozara del prestigio del que gozaba en esta comunidad, ella podría amarme. Oh, sí, me amaba, me amaba genuinamente. Puedo decirlo con absoluta convicción. Porque verá, señor Ryder, para Rosa nada hay en la vida más importante que estar casada con alguien con la posición que yo tenía entonces. Tal vez pueda parecerle a usted superficial de su parte. Pero no debe interpretarla mal. A su modo, de la forma en que ella sabía, me amaba profundamente. En cualquier caso, es una necedad pensar que la gente se sigue amando suceda lo que suceda. En el caso de Rosa, bueno, dada su forma de ser, sólo es capaz de amarme en ciertas circunstancias. Y ello no hace su amor por mí menos real.

Christoff, claramente absorto en sus pensamientos, volvió a guardar silencio. La carretera describía una morosa curva, y a través de mi ventanilla pude gozar de una amplia vista del valle. Miré hacia abajo y pude divisar lo que parecía una zona residencial de grandes y lujosas casas, todas ellas en parcelas de unos cinco mil metros cuadrados.

– Estaba recordando -dijo Christoff- la primera vez que vine a esta ciudad. cuán excitados estaban todos. Y cómo Rosa vino hasta mí por vez primera en el Edificio de las Artes. -Volvió a quedarse en silencio, y al poco prosiguió-: ¿Sabe?, en aquel tiempo yo ya no me hacía ideas fantasiosas acerca de mí mismo. Para entonces ya había aceptado el hecho de no ser ningún genio. De estar muy lejos de serlo. Mi carrera no había estado mal, pero habían sucedido una serie de cosas que me habían forzado a ver mis limitaciones. Cuando vine a esta ciudad, mi plan era vivir apaciblemente (disfruto de una pequeña renta) y quizá dar unas clases o algo por el estilo. Pero la gente de aquí parecía apreciar tanto mis pequeños talentos… ¡Se sentía tan feliz de que yo hubiera venido! Y al cabo de un tiempo empecé a pensar. Después de todo, había trabajado duro, muy duro, para tratar de adaptarme a los métodos de la música moderna. Sabía bastante al respecto. Miré a mi alrededor y pensé, bueno, sí, podría aportar algo a esta ciudad. En aquel entonces, estando como estaban las cosas, vi que podía hacer algo por ella. Vi el modo en que podía hacer un bien real. En fin, señor Ryder, al cabo de todos estos años tengo la firme convicción de que mi labor fue verdaderamente valiosa. Lo creo sinceramente. No se trata de que mis protegidos, bueno, debería decir mis colegas, mis amigos, a quienes usted conocerá muy pronto, hayan hecho que lo crea. No, lo creo yo, y lo creo firmemente. Hice algo valioso aquí. Pero ya sabe cómo son las cosas. Una ciudad como ésta. Tarde o temprano las cosas empiezan a ir mal en las vidas de la gente. El descontento germina en ellas. Y la soledad. Y la gente como ésta, que no entiende casi nada de música, se dice a sí misma, oh, debemos de haberlo hecho todo mal. Hagamos lo diametralmente contrario. ¡Esas acusaciones que me hacen! Dicen que en mi modo de enfocar la música prima lo mecánico, que ahogo la emoción natural. ¡Cuan poco entienden! Como vamos a demostrarle en breve, señor Ryder, lo único que hice fue introducir un enfoque, un sistema capaz de hacer que gente como ésta pudiera iniciarse de algún modo en autores como Kazan y Mullery. Un mero modo de descubrir sentido y valor en ese tipo de obras. Le aseguro, señor, que cuando llegué a esta ciudad la gente pedía a gritos exactamente esto. Cierto orden, cierto sistema que ellos pudieran comprender. La gente veía que esa música estaba fuera de su alcance, que sus conocimientos no bastaban. Tenía miedo, sentía que las cosas escapaban a su control. Guardo en mi poder documentos; se lo mostraré todo muy pronto. Entonces verá, sin ningún género de duda, cuán errados están todos en su actual consenso. Muy bien, soy una mediocridad, no lo niego. Pero verá que siempre me he mantenido en el buen camino. Que lo poco que yo hice fue tan sólo un comienzo, una aportación útil. Y que lo que se necesita ahora (espero que lo vea, señor Ryder; si al menos usted lo viera, quizá no todo estaría perdido para esta ciudad), que lo que se necesita ahora es que alguien, alguien con más talento que yo, de acuerdo…, alguien que continúe la labor, que construya sobre los cimientos que yo he puesto. Hice una aportación, señor Ryder. Tengo la prueba, y se la mostraré en cuanto lleguemos.

Habíamos entrado en una autopista. La calzada era ancha y recta. Ante ella se abría un vasto espacio de cielo. Frente a nosotros, en la lejanía, vi dos pesados camiones que circulaban por el carril lento. A excepción de ellos, la autopista estaba prácticamente vacía.

– Espero que no piense -dijo Christoff al cabo de unos instantes- que el traerle hoy a este almuerzo sólo es una estratagema para recuperar mi preeminencia en la ciudad. Soy perfectamente consciente de que mi posición personal no admite vuelta atrás. Además, ya no me queda nada que dar. Lo he dado todo, todo lo que tenía; se lo he dado todo a esta ciudad. Quiero marcharme a alguna parte, muy lejos, a algún lugar tranquilo, yo solo, y olvidarme para siempre de la música. Mis protegidos, por supuesto, se quedarán desolados cuando me vaya. Aún no han aceptado la idea. Quieren que me quede y luche. Una palabra mía, y se pondrían manos a la obra, harían todo lo imaginable, incluso ir de puerta en puerta. Les he dicho cómo están las cosas, se lo he explicado con toda franqueza, pero ellos siguen sin aceptarlo. Les resulta tan difícil… Me han venerado durante tanto tiempo… Encontraban sentido a las cosas a través de mí. Se quedarán anonadados. Pero no importa: esto tiene que terminar. Quiero que termine. Todo, hasta Rosa. Cada minuto de nuestro matrimonio ha sido para mí precioso, señor Ryder. Pero saber que ha de acabar, aunque sin saber bien cuándo… Ha sido terrible. Quiero que todo termine ahora mismo. Quiero bien a Rosa. Espero que encuentre a alguien, a alguien de la talla adecuada. Sólo espero que tenga el buen juicio de mirar más allá de esta ciudad. Esta ciudad no puede proporcionarle el perfil humano que ella necesita en un marido. Nadie aquí entiende la música lo bastante. ¡Ah, si yo tuviera su talento, señor Ryder…! Rosa y yo envejeceríamos juntos…

El cielo se había encapotado. El tráfico seguía siendo escaso, y de cuando en cuando teníamos que adelantar a camiones de transporte de larga distancia antes de poder volver a pisar el acelerador. Surgieron densos bosques a ambos lados del asfalto, que al final dieron paso a vastas extensiones llanas de tierra de labrantío. El cansancio de los últimos días empezó a vencer mi resistencia física, y mientras contemplaba cómo se iba desplegando ante nosotros la autopista me resultaba difícil resistirme al apremio de echar una cabezada. Entonces oí la voz de Christoff que me decía:

– Hemos llegado.

Y abrí los ojos de nuevo.

14

Habíamos aminorado la marcha y nos acercábamos a un pequeño café -un bungalow blanco- que se alzaba aislado a un lado de la autopista. Era el tipo de lugar que uno imagina frecuentado por camioneros que se detienen un rato para tomarse un bocadillo; cuando Christoff entró en el patio delantero de suelo de grava, sin embargo, no había ningún vehículo aparcado.

– ¿Es aquí el almuerzo? -pregunté.

– Sí. Nuestro pequeño círculo lleva reuniéndose aquí años. Verá que todo es muy informal…

Nos bajamos del coche y caminamos hacia el café. Al acercarme pude ver, colgados de la marquesina, unos brillantes carteles de cartón que anunciaban varias ofertas especiales.

– Todo es muy informal -repitió Christoff, abriendo la puerta del local e invitándome a pasar-. Por favor, considérese en su casa.

La decoración interior era bastante básica. Grandes ventanales rodeaban el local; aquí y allá, había pósters con anuncios de refrescos y cacahuetes pegados en la pared con celo. Algunos estaban descoloridos por el sol, y uno no era ya sino un rectángulo de un desvaído azul. Incluso ahora, con el cielo nublado, había cierta crudeza en la luz que inundaba el recinto.

Había ocho o nueve hombres sentados a las mesas del fondo. Tenían delante sendos boles humeantes de algo que parecía puré de patatas. Al entrar los había visto comer ávidamente con largas cucharas de madera, pero habían dejado de hacerlo y me miraban con fijeza. Uno o dos hicieron ademán de levantarse, pero Christoff les saludó jovialmente y les hizo una seña con la mano para que siguieran sentados. Luego, volviéndose a mí, dijo:

– Como ve, el almuerzo ha empezado sin nosotros. Pero dada nuestra tardanza, estoy seguro de que no tendrá inconveniente en disculparles. En cuanto a los que faltan, bueno, seguro que no tardarán mucho. En cualquier caso, no deberíamos perder más tiempo. Si hace el favor de acercarse, señor Ryder: voy a presentarle a estos buenos amigos.

Iba a acercarme hacia ellos cuando advertí que un hombre corpulento, con barba y delantal a rayas nos dirigía furtivas señas desde detrás de la barra.

– Muy bien, Gerhard -dijo Christoff, volviéndose al hombre barbudo con un encogimiento de hombros-. Empezaré por ti. Éste es el señor Ryder.

El hombre barbudo me estrechó la mano y dijo:

– Su comida estará lista en un momento, señor. Debe de estar hambriento.

Le susurró a Christoff unas palabras rápidas, mirando mientras lo hacía hacia el fondo del café.

Christoff y yo seguimos la mirada del hombre barbudo. Como si hubiera estado esperando que nuestra atención se fijara en él, un hombre que estaba sentado a solas en el último rincón del local se levantó de su asiento. Era robusto y de pelo gris, de unos cincuenta y tantos años, con camisa y una brillante chaqueta blanca. Empezó a acercarse hacia nosotros y, de pronto, se detuvo en mitad del salón y sonrió a Christoff.

– Henri -dijo, y alzó los brazos en ademán de saludo.

Christoff miró fríamente al hombre, y luego desvió la mirada.

– Aquí no se te ha perdido nada -dijo.

El hombre de la chaqueta blanca pareció no oír lo que Christoff le había dicho.

– He estado observándote, Henri -continuó afablemente, señalando con un gesto el exterior del café-. Te he visto por la ventana cuando venías desde el coche. Sigues andando encorvado. En un tiempo era una especie de pose, pero ahora parece que va en serio. Y no hay por qué, Henri. Las cosas pueden no irte bien, pero no tienes por qué encorvarte.

Christoff continuó dándole la espalda.

– Vamos, Henri. No seas infantil.

– Ya te lo he dicho -dijo Christoff-. No tenemos nada que decirnos.

El hombre de la chaqueta blanca se encogió de hombros y avanzó unos pasos hacia nosotros.

– Señor Ryder -dijo-, en vista de que Henri no tiene ninguna intención de presentarnos, me presentaré yo mismo. Soy el doctor Lubanski. Como ya sabe, Henri y yo fuimos íntimos en un tiempo. Pero ahora, como puede ver, ni siquiera se digna a hablarme.

– No eres bienvenido aquí. -Christoff seguía sin mirarle-. Nadie quiere verte aquí.

– ¿Ve, señor Ryder? Henri siempre ha tenido ese lado infantil. Ese lado tan tonto. Yo hace ya tiempo que asumí el hecho de que nuestros caminos se habían bifurcado. Hubo un tiempo en que solíamos sentarnos a charlar durante horas. ¿No es cierto, Henri? Analizábamos esta obra o aquella, discutíamos cada aspecto de una u otra sentados en la Schoppenhaus, con una jarra de cerveza. Aún recuerdo con cariño aquellos días de la Schoppenhaus. A veces desearía incluso no haber tenido el buen juicio de disentir de ti entonces. Poder volver a sentarme contigo esta noche, pasarnos horas hablando y discutiendo de música, de cómo preparas esta o esa pieza. Vivo solo, señor Ryder… Y ya puede imaginarse -rió tímidamente-, la vida puede volverse demasiado solitaria en ocasiones… Y entonces pienso para mí: qué estupendo sería poder sentarse otra vez con Henri para charlar de alguna partitura que estuviera preparando. Hubo un tiempo en que Henri no hacía nada sin consultarme antes. ¿No es cierto, Henri? Vamos, no seas niño… Seamos civilizados, al menos.

– ¿Por qué tiene que pasar esto hoy precisamente? -gritó de pronto Christoff-. ¡Nadie te quiere aquí! ¡Todo el mundo está aún furioso contigo! ¡Mira! ¡Compruébalo por ti mismo!

El doctor Lubanski, haciendo caso omiso de este estallido, abordó otra parcela de la memoria relativa a ambos. El meollo de la historia pronto escapó a mi comprensión, y me sorprendí mirando más allá del doctor Lubanski, hacia las personas que contemplaban con nerviosismo la escena desde las mesas del fondo. Ninguna de ellas parecía tener más de cuarenta años. Tres eran mujeres, y una de ellas, concretamente, me miraba con especial intensidad. Tendría poco más de treinta años, vestía largas ropas negras y llevaba gafas de pequeños y gruesos cristales. Habría seguido estudiando más detenidamente a las demás, pero en ese preciso instante volví a recordar el atareado día que me esperaba, y lo imperioso de mantenerme firme con mis anfitriones si no quería ser retenido en aquel lugar más tiempo del estrictamente necesario.

Cuando el doctor Lubanski hizo una pausa, toqué el brazo de Christoff y le dije con voz suave:

– Me pregunto si los demás tardarán mucho en llegar.

– Bueno… -Christoff paseó la mirada en torno. Y luego dijo-: Parece que por hoy vamos a ser sólo los que estamos…

Me dio la impresión de que esperaba que lo contradijeran. Pero cuando vio que nadie decía nada se volvió a mí con una breve carcajada.

– Una reunión muy reducida… -dijo-. Pero qué más da, tenemos aquí a las mejores mentes de la ciudad, se lo aseguro. Por favor, señor Ryder…

Empezó a presentarme a sus amigos. Uno tras otro, a medida que Christoff fue mencionando los nombres, me sonrieron con nerviosismo y me dedicaron un saludo. Mientras se hacían las presentaciones vi que el doctor Lubanski se dirigía despacio hacia el fondo del café, sin apartar la mirada del grupo en ningún momento. Entonces, cuando Christoff ultimaba ya las presentaciones, soltó una sonora carcajada que hizo que Christoff interrumpiera lo que estaba haciendo y le lanzara una mirada de fría cólera. El doctor Lubanski, que ya se había sentado a su mesa del rincón, soltó otra carcajada y dijo:

– Bien, Henri, veo que sea lo que fuere lo que has perdido en el curso de los años, no has perdido el temple. ¿Vas a repetirle toda la saga Offenbach al señor Ryder? ¿Al señor Ryder? Sacudió la cabeza.

Christoff siguió mirando con fijeza a su antiguo amigo. Parecía a punto de asomarle a los labios alguna demoledora réplica, pero en el último momento apartó la mirada sin decir nada.

– Échame de aquí si quieres -dijo el doctor Lubanski, volviendo a su puré de patatas-. Pero empiezo a tener la impresión… -movió en abanico la cuchara de madera-, tengo la impresión de que no a todo el mundo le molesta tanto mi presencia. Podríamos votar. Me marcharé gustosamente si de verdad no quieren que me quede. ¿Qué tal si lo hacemos a mano alzada?

– Si quieres quedarte, me tiene sin cuidado -dijo Christoff-. No me importa en absoluto. Tengo mis hechos. Los tengo aquí. -Levantó una carpeta azul que había sacado de alguna parte y le dio unos golpecitos con la palma-. Yo estoy muy seguro de mis razones. Tú puedes hacer lo que te venga en gana.

El doctor Lubanski volvió los ojos hacia los demás con un encogimiento de hombros que parecía decir: «¿Qué se puede hacer con un hombre como éste?» La mujer de las gafas de cristales gruesos apartó de inmediato la mirada, pero sus compañeros parecían sobremanera confusos, y hubo incluso algunos que le devolvieron una tímida sonrisa.

– Señor Ryder -dijo Christoff-, por favor, tenga a bien sentarse y ponerse cómodo. Gerhard volverá enseguida con su almuerzo. Y ahora… -Dio una palmada, y su voz adoptó el tono de quien se dirige a un gran auditorio-: Señoras y señores, en primer lugar, y en nombre de todos los aquí presentes, debo agradecer al señor Ryder el haber aceptado venir a mantener un debate con nosotros interrumpiendo el normal curso de su estancia en nuestra ciudad, sin duda breve y llena de compromisos…

– No, no has perdido el temple -exclamó el doctor Lubanski desde su rincón-. No te intimida mi presencia; ni siquiera te intimida el señor Ryder. Qué valor el tuyo, Henri…

– No estoy intimidado -replicó Christoff-, ¡porque tengo aquí los hechos! ¡Y los hechos son los hechos! ¡Son la prueba! Sí, hasta el señor Ryder… Sí, señor -se volvió hacia mí-, hasta un hombre de su reputación… ¡Hasta un hombre como usted está obligado a remitirse a los hechos]

– Bien, esto va a ser digno de verse -dijo el doctor Lubanski dirigiéndose a los otros-. Un violoncelista provinciano dando lecciones al señor Ryder. Estupendo. Oigámosle, oigámosle.

Durante uno o dos segundos, Christoff vaciló. Luego, ya con cierto aplomo, abrió la carpeta y dijo:

– Si se me permite, empezaré por un caso concreto que a mi juicio nos conduce al quid de la controversia relativa a las armonías en anillo.

Durante los minutos que siguieron Christoff expuso los antecedentes del caso de cierta familia de negociantes locales. Hojeaba los papeles de la carpeta y de cuando en cuando leía una cita o aportaba un dato estadístico. Parecía presentar el caso de forma bastante competente, pero había algo en su tono -su exposición innecesariamente despaciosa, su modo de explicar las cosas dos o tres veces…- que me crispó los nervios de inmediato. Y pensé que, ciertamente, el doctor Lubanski tenía un punto de razón. Había algo de ridículo en el hecho de que aquel músico fracasado de provincias pretendiera aleccionarme.

– ¿Y a eso lo llamas un hecho? -le interrumpió el doctor Lubanski. Christoff estaba leyendo un pasaje de las actas de una reunión de cierto comité cívico-. ¡Ja! Los «hechos» de Henri son siempre harto interesantes, ¿no les parece?

– ¡Dejadle acabar su exposición! ¡Dejad que Henri le exponga el caso al señor Ryder!

Quien había hablado era un joven mofletudo que llevaba una chaqueta corta de cuero. Christoff le sonrió con ademán aprobador. El doctor Lubanski alzó la mano y dijo:

– De acuerdo, de acuerdo.

– ¡Que termine su exposición! -volvió a decir el joven mofletudo-. Luego veremos. Veremos lo que el señor Ryder saca en limpio de todo esto. Y entonces lo sabremos de una vez por todas.

Al parecer Christoff tardó unos cuantos segundos en asimilar las implicaciones de estas últimas palabras. Al principio se quedó paralizado, con la carpeta levantada entre las manos. Luego fue paseando la mirada por las caras de quienes le escuchaban como si las viera por primera vez en la vida. Los ojos de los presentes seguían clavados en él, expectantes. Por espacio de un instante Christoff pareció seriamente «tocado». Al cabo miró hacia otra parte y murmuró, casi para sí mismo:

– Son, en efecto, hechos. He recopilado pruebas. Cualquiera de vosotros puede verlas, examinarlas detenidamente. -Miró en la carpeta que tenía delante-. Estoy resumiendo las pruebas para no extenderme. Eso es todo. -Luego, tras un esfuerzo, pareció recuperar su aplomo-. Señor Ryder -dijo-, si es tan amable de tener un poco de paciencia conmigo…, creo que no tardaré mucho en aclarar cumplidamente las cosas.

Christoff siguió desgranando su argumentación con un punto de tensión en la voz, aunque con un tenor muy parecido al precedente. Mientras seguía hablando, recordé cómo la noche anterior había yo renunciado a unas preciosas horas de sueño a fin de avanzar en mi investigación de las condiciones locales; cómo, pese a mi gran cansancio, había entrado en el cine y había hablado con los líderes ciudadanos sobre los problemas de la ciudad. Las repetidas alusiones de Christoff a mi presunta ignorancia -en aquel preciso instante se embarcaba en una larga digresión encaminada a explicar un punto para mí absolutamente obvio- estaban consiguiendo llevarme poco a poco a la exasperación.

Pero al parecer yo no era el único impaciente. Varios de los presentes se movían incómodos en sus asientos. Advertí que la mujer joven de las gafas de cristales gruesos desplazaba su mirada airada de la cara de Christoff a la mía, y que -a juzgar por su semblante- varias veces estuvo a punto de interrumpir la perorata. Pero al final fue el hombre de pelo muy corto que estaba sentado a mi espalda quien intervino diciendo:

– Un momento, un momento. Antes de seguir, dejemos algo bien claro. De una vez por todas.

La risa del doctor Lubanski nos llegó de nuevo desde el fondo del café.

– Claude -dijo Christoff-, éste no es momento…

– ¡No! Ahora que está aquí el señor Ryder, quiero que la cuestión quede zanjada.

– Claude, no es momento de volver a sacar eso a colación… Estoy exponiendo mis razones para demostrar…

– Quizá sea trivial. Pero dejémoslo zanjado. Señor Ryder, ¿es cierto que las tríadas pigmentadas poseen valores emocionales intrínsecos con independencia del contexto? ¿Es usted de esa opinión?

Sentí que me convertía de súbito en el centro del recinto. Christoff me dirigió una rápida mirada, algo parecido a una súplica mezclada con miedo. Pero a la vista de la sinceridad de la pregunta -y, por descontado, del presuntuoso proceder de Christoff hasta el momento-, no vi razón alguna para no responder con la mayor de las franquezas. Así pues, dije:

– Una tríada pigmentada no posee propiedades emocionales intrínsecas. De hecho, su color emocional puede cambiar significativamente no sólo según el contexto, sino también según el volumen. Es mi opinión personal.

Nadie dijo nada, pero el impacto de mi afirmación era claramente perceptible. Una tras otra, las miradas se volvieron a Christoff, que ahora fingía ensimismarse en su carpeta. Al cabo el hombre llamado Claude dijo con voz apacible:

– Lo sabía. Siempre lo he sabido.

– Pero te convenció de que estabas equivocado -dijo el doctor Lubanski-. Te forzó a creer que estabas equivocado.

– ¿Qué tiene eso que ver con lo que estamos hablando? -clamó Christoff-. Claude, nos has llevado a una cuestión completamente tangencial. Y al señor Ryder no le sobra el tiempo. Hemos de volver al caso Offenbach.

Pero Claude parecía enfrascado en sus pensamientos. Al final se volvió y miró hacia el doctor Lubanski, que asintió con la cabeza y le dirigió una sonrisa grave.

– El señor Ryder dispone de muy poco tiempo -volvió a decir Christoff-. Así que si no os importa, trataré de resumir mis argumentos.

Christoff empezó a exponer los -a su juicio- puntos clave de la tragedia de la familia Offenbach. Había adoptado un aire como de indiferencia, aunque para entonces resultaba ya evidente que se hallaba profundamente trastornado. En cualquier caso, a estas alturas yo ya había dejado de escucharle; su comentario sobre mi escasez de tiempo disponible, sin embargo, me había hecho recordar de pronto que Boris seguía sentado en aquel pequeño café, esperándome.

Caí en la cuenta de que, desde que lo había dejado allí solo, había transcurrido un lapso de tiempo considerable. Visualicé al pequeño al poco de mi partida, sentado en un rincón del local con su bebida y su pastel, aún lleno de expectación ante la excursión que le esperaba. Podía verlo mirando alegremente hacia los clientes sentados en la soleada terraza, y de cuando en cuando más allá, hacia el tráfico de la calle, al que pronto se incorporaría él camino del antiguo apartamento. Volvería a recordar una vez más el antiguo apartamento, el armario de la esquina de la sala donde -cada día estaba más seguro- había dejado la caja que contenía al Número Nueve. Luego, con el paso de los minutos, las dudas que siempre se habían mantenido al acecho en alguna parte, las dudas que hasta entonces había conseguido mantener bien soterradas, empezarían a reptar hacia la superficie. Pero Boris aún conseguiría seguir un tiempo más sin dejarse vencer por el desánimo. Me habían demorado inesperadamente, eso era todo. O me había ido a alguna parte a comprar algo de comer para la excursión. En cualquier caso, al día aún le quedaban muchas horas por delante. Luego, la camarera escandinava le preguntaría si quería tomar algo más, y al hacerlo delataría cierto tono de preocupación que a Boris no le pasaría inadvertido. Y él intentaría un renovado despliegue de despreocupación, quizá pidiendo bravuconamente otro batido. Pero los minutos seguirían pasando, inexorables. Boris vería que, fuera en la terraza, clientes que habían llegado mucho más tarde que él doblaban el periódico, se levantaban y se marchaban. Vería cómo el cielo se iba nublando, cómo el día avanzaba hacia la tarde. Volvería a pensar en el antiguo apartamento que tanto había amado, en el armario de la sala, en el Número Nueve, y poco a poco, a medida que iba apurando lo que quedaba del pastel de queso, empezaría de nuevo a hacerse a la idea de que una vez más iba a fallarle, de que no íbamos a llevar a cabo la excursión proyectada.

Varias voces gritaban a mi alrededor. Un joven de traje verde se había levantado y trataba de llamar la atención de Christoff sobre determinado punto, mientras al menos otros tres agitaban los dedos en el aire tratando de hacer hincapié sobre algo.

– Pero eso no viene a cuento -les decía Christoff a voz en cuello-. Y, en todo caso, es sólo la opinión personal del señor Ryder…

Ello concitó una lluvia de virulentas críticas en su contra; casi todos los presentes querían responder al mismo tiempo. Pero al final Christoff volvió a acallar a gritos la protesta.

– ¡Sí! ¡Sí! ¡Me doy perfecta cuenta de quién es el señor Ryder! ¡Pero las condiciones locales, las condiciones locales! ¡Ésa es otra cuestión! ¡Él aún desconoce nuestras particulares condiciones! Pero yo… Yo tengo aquí…

El resto de su alegato fue ahogado por las protestas de los presentes, pero Christoff alzó la carpeta por encima de la cabeza y la blandió en el aire.

– ¡Qué temple! ¡Qué temple! -gritó el doctor Lubanski desde el fondo del café, y soltó una risotada.

– Con el debido respeto, señor -decía ahora Christoff dirigiéndose a mí directamente-. Con el debido respeto, me sorprende que no muestre más interés por informarse de nuestras condiciones locales. De hecho, estoy sorprendido… Estoy sorprendido de que, pese a su saber y competencia, se limite simplemente a sacar conclusiones…

Volvió a oírse, más furioso incluso que antes, el coro de protestas.

– Por ejemplo -gritó Christoff por encima del clamor-. Por ejemplo, me sorprendió mucho que permitiera que la prensa…, ¡le fotografiara ante el monumento a Sattler!

Para mi consternación, esto hizo que el clamor cesara de pronto por completo.

– ¡Sí! -Era evidente: Christoff estaba encantado con el efecto que había logrado crear en los presentes-. ¡Sí! ¡Yo mismo le he visto! Cuando fui a recogerle hace un rato. Estaba de pie frente al monumento a Sattler. ¡Sonriendo, señalándolo con gestos!

El conmocionado silencio continuaba. Algunos de los presentes parecían sentirse violentos, mientras otros -incluida la joven de las gafas de cristales gruesos- me miraban con mirada inquisitiva. Sonreí, y a punto estaba de hacer un comentario al respecto cuando la voz del doctor Lubanski, ahora preñada de autoridad y autodominio, nos llegó desde el fondo del local:

– Si el señor Ryder ha decidido hacer algo así, su gesto sólo puede significar una cosa. Que la magnitud de nuestra desorientación es aún mayor de lo que sospechábamos.

Los ojos de los presentes se volvieron hacia él: el doctor Lubanski avanzó unos pasos hacia el grupo, se detuvo e inclinó la cabeza hacia un lado como si escuchara los sonidos ahogados de la autopista. Y luego prosiguió:

– El mensaje que nos dirige es algo que todos deberíamos tener muy en cuenta. ¡El monumento a Sattler! ¡Claro, tiene razón! ¡No se trata de ningún exceso, no señor! ¡Miraos a vosotros mismos, tratando aún de aferraras a las ideas necias de Henri! Hasta los que hemos comprendido al fin lo que valen, hasta nosotros, digo, hemos seguido mostrándonos complacientes con ellas. ¡El monumento a Sattler! ¡Sí, exacto! Nuestra ciudad se halla en un momento crítico. ¡Crítico!

Resultaba gratificante que el doctor Lubanski hubiera puesto de relieve de inmediato lo absurdo de la denuncia de Christoff, al tiempo que subrayaba el enérgico mensaje que yo había querido transmitir a la ciudad. Mi indignación contra Christoff, con todo, era ahora tan viva que decidí que había llegado el momento de bajarle los humos. Pero los presentes se habían puesto de nuevo a gritar todos a un tiempo. El hombre llamado Claude golpeaba una y otra vez la mesa con el puño para recalcar determinado punto ante un hombre de pelo entrecano con tirantes y botas embarradas. Al menos cuatro personas, desde diferentes partes del local, gritaban a Christoff. La situación parecía abocada al caos, y se me ocurrió que aquel era un momento tan bueno como el que más para largarme. Pero en el preciso instante en que me estaba levantando, la joven de gafas de cristales gruesos se «materializó» ante mí y dijo:

– Señor Ryder, por favor, vayamos hasta el fondo del asunto. Díganos: ¿tiene razón Henri al sostener que, en la obra de Kazan, no podemos abandonar la dinámica circular a cualquier costa?

No había hablado muy alto, pero su voz poseía la propiedad de resultar penetrante con independencia del volumen. Todos oyeron la pregunta, y el café se sumió al punto en el silencio. Varios de sus compañeros le dirigieron miradas incisivas, pero ella les miró a su vez con ojos duros y desafiantes.

– Sí, quiero preguntárselo -dijo-. Es una oportunidad única. No podemos desperdiciarla. Quiero preguntárselo. Señor Ryder, por favor, respóndanos.

– Pero aquí tengo los hechos… -musitó Christoff en tono mísero-. Aquí mismo. Lo tengo todo…

Nadie le hizo el menor caso. Las miradas volvían a estar fijas en mí. Consciente de que tendría que escoger cuidadosamente mis próximas palabras, me tomé el tiempo necesario. Y al final dije:

– Mi opinión personal es que Kazan nunca se sirve de las limitaciones formalizadas. Ni de la dinámica circular, ni siquiera de la estructura de barras. Lo que sucede es que hay demasiados estratos superpuestos, demasiadas emociones, sobre todo en sus obras últimas.

Sentí, físicamente casi, cómo la marea de respeto se deslizaba hacia mi persona. El hombre de cara mofletuda me miraba con algo cercano al temor reverencial. Una mujer con anorak de color escarlata decía en un susurro: «Eso es, eso es», como si yo acabara de articular algo que ella llevara años intentando formular. El hombre llamado Claude se había levantado y se acercaba a mí asintiendo enérgicamente con la cabeza. El doctor Lubanski asentía también, pero pausadamente, con los ojos cerrados, como diciendo: «Sí, sí, he aquí por fin un hombre que sabe realmente.» La joven de las gafas de cristales gruesos había permanecido, absolutamente inmóvil, pero seguía mirándome con atención extrema.

– Entiendo -continué- la tentación de recurrir a tales artificios. Hay un miedo natural a la música que impregna todos los recursos del músico. Pero la respuesta reside sin duda en alzarse hasta el nivel del reto, no en recurrir a limitaciones. Claro que el reto podría ser muy grande, en ese caso la respuesta estaría en dejar en paz a Kazan. Uno jamás debería tratar de hacer de una limitación una virtud.

Al oír esta última observación, muchos de los presentes parecieron no poder reprimir más sus sentimientos. El hombre del pelo entrecano estalló en vigorosos aplausos, y mientras lo hacía dirigía a Christoff furibundas miradas. Otros le dedicaron a Christoff nuevos gritos, y la mujer del anorak escarlata repetía de nuevo, esta vez en voz más alta: «Eso es, eso es, eso es.» Me sentí extrañamente estimulado y, alzando la voz sobre la excitación reinante, continué:

– Esas faltas de valor, según mi experiencia, suelen ir asociadas a otros rasgos muy poco atractivos. Una hostilidad hacia el tono introspectivo, la mayoría de las veces caracterizada por un uso excesivo de la cadencia interrumpida. Una marcada tendencia a casar inútilmente pasajes fragmentados. Y, a un nivel más personal, una megalomanía enmascarada tras unos modos modestos y agradables…

Me vi obligado a interrumpirme, pues ahora todos los presentes lanzaban gritos contra Christoff. Él, por su parte, levantaba la carpeta azul y pasaba las páginas en el aire, gritando:

– ¡Los hechos están aquí! ¡Aquí!

– Ni que decir tiene -grité por encima del bullicio- que ese es otro defecto muy común: ¡creer que el guardar algo en una carpeta lo convierte automáticamente en un hecho!

Mi comentario fue recibido por un estallido de risotadas que en el fondo no escondían sino una furia desatada. Entonces la joven de las gafas de cristales gruesos se puso en pie y se acercó a Christoff. Lo hizo con mucha calma, traspasando la barrera espacial en torno al violoncelista que hasta entonces nadie había rebasado.

– Viejo necio -dijo, y de nuevo su voz penetró con claridad meridiana en el centro del clamor-. Nos has arrastrado contigo en tu caída.

Luego, con deliberación, golpeó la mejilla de Christoff con el dorso de la mano.

Se hizo un silencio perplejo. Luego, de pronto, la gente empezó a levantarse de las sillas, a empujarse unos a otros en un claro intento de acercarse a Christoff con el vivo apremio de imitar a la joven de las gafas. Noté que una mano me sacudía el hombro, pero no hice ningún caso porque me tenía sobremanera preocupado lo que estaba sucediendo ante mis ojos.

– ¡No, no, ya basta! -El doctor Lubanski se las había arreglado para llegar hasta Christoff antes que nadie, y levantaba las manos para tratar de detener el ominoso avance-. ¡No, dejad en paz a Henri! ¿Qué diablos estáis haciendo? ¡Ya basta!

Probablemente fue la intervención del doctor Lubanski lo que salvó a Christoff de un ataque multitudinario en toda regla. Vi fugazmente el semblante perplejo y aterrado de Christoff, que apenas un instante después desapareció tras el airado grupo que lo cercaba. La mano me sacudía el hombro de nuevo, y me volví y vi al hombre barbudo -recordé que se llamaba Gerhard- ataviado con un delantal y con un humeante bol de puré de patatas en las manos.

– ¿Le apetece comer algo, señor Ryder? -preguntó-. Lamento haber tardado tanto. Pero ya ve, hemos tenido que hacer otro perol.

– Muy amable de su parte -dije-, pero lo cierto es que tengo que irme. He dejado a mi chico solo, y me está esperando. -Luego, llevándole hacia un lado, fuera del alboroto, añadí-: Me pregunto si podrá usted mostrarme cómo llegar a la fachada principal. -Porque, en efecto, acababa de acordarme de que aquel café y el pequeño local donde había dejado a Boris formaban parte del mismo edificio; se trataba de uno de esos establecimientos con varios locales que daban a distintas calles y se hallaban destinados a diferentes tipos de clientes.

El hombre barbudo pareció muy decepcionado por mi negativa a aceptar su comida, pero superó su disgusto y dijo:

– Sí, claro, señor Ryder. Es por aquí, sígame.

Le seguí hasta la parte delantera del local, donde, tras orillar la barra, llegamos a una puerta. El hombre barbudo la abrió y me invitó a pasar. Antes de trasponer el umbral, eché una última mirada hacia atrás y vi al hombre de cara mofletuda subido a una mesa, agitando en el aire la carpeta azul de Christoff. Entre los gritos airados se oía alguna risotada aislada, y la voz del doctor Lubanski seguía implorando en tono un tanto emocionado:

– ¡No, Henri ya ha tenido bastante! ¡Por favor, por favor! ¡Ya basta!

Pasé a una espaciosa cocina enteramente alicatada con azulejos blancos. Percibí un fuerte olor a vinagre y vi a una mujer corpulenta inclinada sobre una cocina chisporroteante, pero el hombre barbudo ya había cruzado la cocina y estaba abriendo otra puerta en la pared del fondo.

– Es por aquí, señor -dijo, invitándome a pasar.

La puerta era particularmente alta y estrecha. De hecho era tan estrecha que sólo permitía el paso de un cuerpo ladeado. Además, cuando escruté el otro lado, no vi más que negrura. Tenía que ser por fuerza el armario de las escobas. Pero el hombre barbudo volvió a indicarme con una seña:

– Por favor, tenga cuidado con los escalones, señor Ryder.

Me percaté entonces de que había tres escalones ascendentes -quizá cajas de madera ensambladas unas sobre otras-. Deslicé el cuerpo a través del hueco de la puerta y subí con cuidado un escalón tras otro. Al llegar arriba vi un pequeño rectángulo de luz. Avancé dos pasos, me situé ante él, miré por el rectángulo de cristal y vi una sala llena de sol. Había mesas y sillas, y reconocí el local donde había dejado a Boris horas atrás. Vi a la camarera jovencita y regordeta -me hallaba contemplando la escena desde detrás de la barra-, y al otro lado, en un rincón, a Boris con la mirada perdida y una expresión disgustada. Había terminado el pastel y, ensimismado, pasaba el tenedor por el mantel. Con excepción de una joven pareja sentada junto a la ventana, el interior del café estaba vacío.

Sentí que algo se apretaba contra mi costado: el hombre barbudo se había deslizado hasta situarse a mi espalda, y estaba en cuclillas en la oscuridad con un manojo de llaves en las manos. Instantes después, el tabique entero se abrió y traspasé el umbral y me vi de lleno en el café.

La camarera se volvió a mí y me sonrió. Luego llamó a Boris.

– Mira quién está aquí.

Boris me miró desde su mesa. Tenía la cara larga.

– ¿Dónde has estado? -dijo en tono cansino-. Has tardado siglos.

– Lo siento muchísimo, Boris -dije yo. Luego le pregunté a la camarera-: ¿Se ha portado bien?

– Oh, es un cielo. Me ha estado contando lo de la casa donde vivían antes. La urbanización y el lago artificial y todo eso…

– Ah, sí -dije-. El lago artificial. Sí, estábamos a punto de ir de visita…

– ¡Pero es que has tardado siglos! -dijo Boris-. ¡Ahora llegaremos tarde!

– Lo siento muchísimo, Boris. Pero no te preocupes, nos queda mucho tiempo. Y el antiguo apartamento no se va a ir de donde está, ¿no te parece? Pero tienes razón, ya tendríamos que estar saliendo. Espérame un momento. -Me volví a la camarera, que había empezado a decirle algo al hombre barbudo-. Perdone, pero me preguntaba si podría decirnos el modo más sencillo de llegar al lago artificial.

– ¿Al lago artificial? -La camarera señaló la ventana-. Ese autobús que espera ahí fuera. Les llevará directamente.

Miré hacia donde apuntaba la camarera y vi que enfrente de nosotros, más allá de las sombrillas de la terraza, había un autobús parado junto a la bulliciosa acera.

– Lleva ya esperando bastante tiempo -prosiguió la camarera-. Será mejor que suban. Creo que está a punto de salir.

Le di las gracias y, haciéndole una seña a Boris para que me siguiera, salí al sol de la calle.

15

Montamos en el autobús en el preciso instante en que el conductor ponía el motor en marcha. Al comprar el billete, vi que el autobús iba lleno, y le comenté con preocupación al conductor:

– Espero que mi chico y yo podamos sentarnos juntos.

– Oh, no se preocupe -dijo el conductor-. Son buena gente. Deje que yo lo arregle.

Se volvió hacia los pasajeros y les gritó algo por encima del hombro. El bullicio, inusitadamente festivo, cesó de inmediato. Y acto seguido los viajeros empezaron a levantarse de sus asientos, haciendo señas con las manos y concertando entre ellos el modo mejor de acomodarnos. Una mujer corpulenta se inclinó sobre el pasillo y gritó: «¡Aquí! ¡Pueden sentarse aquí!», pero otra voz gritó en otro lugar: «Si va con un chiquillo, mejor que se siente aquí. Aquí no se mareará. Yo me correré un poco hacia el señor Hartmann.» Ello pareció dar pábulo a otra negociación sobre las opciones existentes.

– ¿Lo ve? Son muy buena gente -dijo el conductor en tono alegre-. Aquí los visitantes siempre reciben una calurosa bienvenida. Bien, en cuanto decidan dónde se acomodan nos pondremos en camino.

Boris y yo nos apresuramos hacia donde dos pasajeros, de pie en el pasillo, nos señalaban dos asientos. Le ofrecí a Boris el de la ventana, y me senté en el mío en el momento mismo en que el autobús se ponía en marcha.

Casi inmediatamente después sentí un golpecito en el hombro, y al mirar hacia un lado vi que alguien sentado a mi espalda me tendía una bolsa de caramelos.

– Seguro que al chico le apetece alguno -dijo una voz de hombre.

– Muchas gracias -dije. Luego, dirigiéndome a todo el autobús, añadí-: Muchas gracias. Muchas gracias a todos. Han sido muy amables con nosotros.

– ¡Mira! -exclamó Boris, apretándome con fuerza el brazo-. Vamos hacia la autopista del norte…

Antes de que pudiera responder, una mujer de mediana edad apareció a mi lado en el pasillo. Asida al cabezal de mi asiento para no perder el equilibrio, me ofrecía un trozo de pastel en una servilleta de papel.

– A un señor de ahí detrás le ha sobrado esto -dijo-. Y se pregunta si al caballerete podría apetecerle.

Acepté el presente con gratitud, y de nuevo di las gracias a todo el autobús. Entonces, cuando hubo desaparecido la mujer, oí que alguien, unos asientos más allá, decía en voz alta:

– Es grato ver cuán bien se llevan padre e hijo… Helos ahí, de excursión, juntos. No es algo que hoy día podamos ver muy a menudo…

Al oír estas palabras sentí una intensa oleada de orgullo, y miré hacia Boris. Tal vez las había oído él también, porque me dirigió una sonrisa de complicidad algo más explícita que un mero guiño.

– Boris -dije, tendiéndole el trozo de pastel-, qué maravilla de autobús, ¿eh? Ha merecido la pena esperar, ¿no te parece?

Boris volvió a sonreír, pero examinaba detenidamente el pastel y no dijo nada.

– Boris -seguí diciendo-, quería decirte algo. Porque quizá a veces te preguntes… ¿Sabes, Boris?, nunca habría imaginado nada mejor que esto… Quiero decir que me siento muy feliz. Por ti. Porque estamos juntos. -Solté una repentina carcajada-. ¿Te está gustando el paseo en autobús?

Boris, con la boca llena de pastel, asintió con un gesto.

– Me gusta -dijo.

– Yo lo estoy pasando divinamente. Qué gente más encantadora.

Unos cuantos viajeros se pusieron a cantar en los asientos traseros. Me sentía muy relajado, y me hundí más en el asiento. Fuera, el día había vuelto a nublarse. Aún no habíamos salido al extrarradio, pero miré hacia el exterior y pude ver dos letreros sucesivos con la leyenda «Autopista del norte».

– Disculpe -dijo una voz masculina desde un asiento a nuestra espalda-, pero le he oído decir al chófer que iban al lago artificial. Espero que no haga demasiado frío para ustedes. Si lo que buscan es un lugar bonito donde pasar la tarde, les recomendaría que se bajaran unas paradas antes, en los Jardines de María Christina. Hay un estanque con barcas que al chico seguro que le encanta.

Quien había hablado estaba sentado justo detrás de nosotros. Los respaldos eran altos, y por mucho que estiré el cuello con la cabeza vuelta no pude ver bien la cara del hombre. Le agradecí de todas formas la sugerencia -sin duda bienintencionada-, y me puse a explicarle la naturaleza concreta de nuestra visita al lago artificial. No quería entrar en detalles, pero una vez que hube empezado advertí que en la festiva atmósfera reinante había algo que me impelía a seguir hablando. De hecho me complacía bastante el tono que había logrado conferir a mis explicaciones, perfectamente equilibrado entre la seriedad y la chanza. Además, por los delicados murmullos que me llegaban al oído, pude deducir que el hombre me escuchaba atenta y comprensivamente. En cualquier caso, no había transcurrido mucho tiempo cuando me sorprendí hablándole del Número Nueve y de por qué era tan especial para Boris. Y le estaba contando cómo Boris se lo había dejado olvidado en la caja cuando el hombre me interrumpió con una cortés tosecilla.

– Discúlpeme -dijo-, pero una excursión de ese tipo casi seguro que le causa algún pequeño problema. Es completamente natural que así sea. Pero en realidad, si me permite decirlo, tiene sobradas razones para sentirse optimista. -Debía de estar inclinado hacia adelante en el asiento, porque su voz, suave y tranquilizadora, nos llegaba desde detrás del punto donde el hombro de Boris se unía con el mío-. Estoy seguro de que encontrarán al Número Nueve. Ahora, como es lógico, les preocupa la posibilidad de que no esté. Pueden haber pasado tantas cosas, pensarán. Es natural que lo piensen. Pero por lo que me acaba de contar, seguro que todo sale bien, Claro que cuando llamen a la puerta del apartamento, los nuevos ocupantes puede que no sepan quién es usted, y se mostrarán un tanto recelosos. Pero luego, cuando les haya explicado el asunto, les recibirán de buen grado. Si es la mujer la que abre la puerta, dirá: «¡Oh, por fin! Nos preguntábamos cuándo vendrían.» Sí, seguro que dirá eso exactamente. Y se volverá y le gritará a su marido: «¡Es el chico que vivía aquí!» Y entonces el marido saldrá a la puerta, y será un hombre amable, y quizá esté decorando de nuevo el apartamento, y dirá: «Bueno, por fin. Pasen y tomen un té con nosotros.» Y les hará pasar a la sala, mientras su mujer desaparece en la cocina a preparar el refrigerio. Y ustedes repararán enseguida en lo mucho que ha cambiado el apartamento desde que vivían en él, y el marido se dará cuenta y al principio se sentirá un poco culpable. Pero luego, cuando usted le haya dejado claro que no se siente en absoluto molesto por los cambios, seguro que empieza a mostrarle todo el apartamento, haciendo hincapié en este cambio, en este otro, y la mayoría de las cosas las ha hecho con sus propias manos y ello le produce un sano orgullo. Y entonces la mujer entrará en la sala con el té y unas pastas que ella misma ha hecho, y todos se sentarán y se lo pasarán en grande, comiendo y bebiendo, y la pareja no parará de hablar de lo mucho que les gusta el apartamento y la urbanización… Mientras tanto, por supuesto, ustedes dos estarán preocupados por el Número Nueve y esperarán el momento adecuado para sacar a colación el propósito de su visita. Pero espero que sean ellos quienes lo saquen antes. Espero que la mujer, por ejemplo, después de charlar y tomar té durante un buen rato, diga: «¿Y hay algo que hayan venido a buscar? ¿Algo que se dejaron al marchar?» Y es entonces cuando podrán mencionar la caja y al Número Nueve. Y entonces ella sin duda dirá: «Oh, sí, guardamos esa caja en un sitio especial. Nos dimos cuenta de que era importante.» Y, antes incluso de que haya terminado de decirlo, le habrá hecho una pequeña seña a su marido. Puede que no sea ni una seña: los maridos y las esposas, cuando llevan tantos años de convivencia feliz, como es el caso de este matrimonio, llegan a ser casi telepáticos. Claro que esto no quiere decir que no discutan. Oh, no, puede que discutan a menudo, e incluso que a lo largo de los años hayan pasado períodos de serias disputas. Pero cuando los conozcan verán…, bueno, que en las parejas como ésta las cosas acaban arreglándose y que lo importante es que se sientan felices juntos. Bien, el marido irá a buscar la caja a ese lugar del apartamento donde guardan las cosas importantes, y la traerá, quizá envuelta en papel de seda, y ustedes la abrirán inmediatamente y allí estará el Número Nueve, idéntico a como lo dejó el chico, a la espera de volver a ser pegado a la base. Así que podrán ya cerrar la caja, y la pareja les ofrecerá más té. Luego, al cabo de un rato, ustedes dirán que tienen que irse, que no quieren seguir abusando de su hospitalidad. Pero la mujer insistirá en que tomen un poco más de pastel. Y el marido querrá enseñarles otra vez el apartamento, para que admiren lo bonito que ha quedado con la nueva decoración. Y al final les dirán adiós desde la puerta, reiterándoles que no se olviden de pasar a verlos cuando vuelvan por la urbanización. Claro que puede que no suceda exactamente así, pero por lo que me ha contado estoy seguro de que, grosso modo, las cosas serán así. De modo que no hay por qué preocuparse, no tienen por qué preocuparse en absoluto…

La voz del hombre, casi pegada a mi oído, unida al suave vaivén del autobús al avanzar por la autopista, me producía un efecto enormemente relajante. Había cerrado los ojos poco después de que el hombre hubiera empezado a hablarnos, y ahora, aproximadamente en este punto de su parlamento, me había hundido más en mi asiento y dormitaba placenteramente.

Boris me sacudía por el hombro.

– Tenemos que bajarnos -me estaba diciendo.

Me desperté del todo y caí en la cuenta de que el autobús se había parado y de que no quedaban en él más viajeros que nosotros. El conductor, de pie en la parte delantera, esperaba pacientemente a que nos apeáramos. Nos acercábamos ya hacia él por el pasillo cuando nos dijo:

– Tengan cuidado. Ahí fuera hace mucho frío. Ese lago, en mi opinión, debería vaciarse y rellenarse de tierra. No es más que un fastidio, y cada año se ahogan en él varias personas. Cierto que algunas muertes son suicidios, y que si el lago no estuviera ahí los suicidas elegirían quizá otros métodos más desagradables. Pero en mi opinión el lago debería vaciarse y rellenarse.

– Sí -dije-. Está claro que el lago suscita controversias. Pero yo soy forastero y procuro no entrar en el debate.

– Muy sensato, señor. Bien, que pasen un buen día. -Luego, dirigiéndose a Boris, añadió-: Diviértase, jovencito.

Boris y yo bajamos del autobús y, mientras éste se alejaba, miramos a nuestro alrededor. Estábamos en el borde exterior de una vasta depresión de hormigón. Más allá, en el centro de la depresión, se hallaba el lago artificial, cuya forma arriñonada -a escala gigantesca- evocaba la de esas piscinas que en un tiempo se decía poseían las estrellas de Hollywood. No pude sino admirar el modo en que el lago -el enclave entero, de hecho- proclamaba con orgullo su condición de artificial. No se veía ni un ápice de hierba. Hasta los delgados árboles que salpicaban las pendientes de hormigón se hallaban alojados en macetas de acero y encastrados con precisión en el pavimento. Dominando tal paisaje, rodeándonos por completo, podían verse las incontables e idénticas ventanas de los altos bloques de viviendas… Advertí que las fachadas de los bloques describían una tenue curva que hacía posible el efecto visual de circularidad sin fisuras propia de los estadios deportivos. Pero, pese a la cantidad de apartamentos -unos cuatrocientos como mínimo, calculé-, apenas se veía gente. Pude divisar unas cuantas figuras que caminaban apresuradamente al otro lado del lago (un hombre con un perro, una mujer con un cochecito de niño), pero se percibía claramente que había algo en el ambiente que hacía que la gente se quedara en casa. Como el conductor del autobús nos había advertido, las condiciones climatológicas no ayudaban mucho a la sociabilidad. Mientras Boris y yo permanecíamos allí de pie, inmóviles, un desapacible viento nos llegó a través del agua del lago.

– Bien, Boris -dije-, será mejor que nos movamos.

El chico parecía haber perdido todo su entusiasmo. Miraba con ojos fijos y vacíos el lago, y no se movía. Me volví y eché a andar hacia el bloque que se alzaba a nuestra espalda, e hice un esfuerzo por imprimir cierta viveza a mi paso, pero entonces recordé que ignoraba la situación exacta de nuestro antiguo apartamento.

– Boris, ¿por qué no me guías tú? -dije-. Vamos, ¿qué te pasa?

Boris suspiró, y se puso a andar. Subí tras él varios tramos de la escalera de hormigón. En un momento dado, cuando torcíamos una esquina para subir el tramo siguiente, dejó escapar un grito, puso el cuerpo rígido y adoptó una postura de artes marciales. Yo me sobresalté, pero enseguida vi que no había otro asaltante que el que Boris quizá estaba imaginando. Y me limité a decir:

– Muy bien, Boris.

A partir de ahí, repitió el grito y la postura de artes marciales ante cada nuevo tramo de escalera. Luego, para alivio mío -empezaba a faltarme el resuello-, llegamos arriba y Boris me precedió por un pasillo. Desde nuestra posición elevada, la forma arriñonada del lago era aún más evidente. El cielo tenía una tonalidad apagada y blanquecina, y aunque el pasillo era cubierto -debía de haber otros dos o tres, simétricos, en las plantas superiores-, se hallaba abierto a ambos costados y las ráfagas de viento nos azotaban con violencia. A nuestra izquierda estaban los apartamentos; una serie de pequeñas escaleras de hormigón unían el pasillo al edificio a modo de pequeños puentes sobre el foso de un castillo. Algunas escaleras ascendían hasta las puertas de los apartamentos, y otras descendían, y a medida que caminábamos por el pasillo yo estudiaba cada puerta, pero cuando al cabo de varios minutos vi que ninguna de ellas suscitaba en mí el más mínimo recuerdo, desistí y me puse a contemplar el lago.

Boris, entretanto, seguía caminando con decisión unos pasos más adelante, y parecía haber recuperado el entusiasmo aventurero. Susurraba cosas para sus adentros, y cuanto más avanzábamos, más intensos se volvían sus susurros. Entonces empezó a brincar mientras caminaba, y a lanzar golpes de karate a diestra y siniestra, y el ruido de sus pies cada vez que tocaban suelo tras un brinco producía un eco en torno. Pero no gritaba como lo había hecho antes en las escaleras, y dado que hasta entonces no nos habíamos cruzado con nadie en el pasillo, no vi razón alguna para reprimirle.

Al poco se me ocurrió mirar de nuevo hacia el lago, y me sorprendió comprobar que ahora lo estaba mirando desde un ángulo completamente diferente. Sólo entonces conjeturé que el pasillo describía poco a poco un círculo en torno a la urbanización, y que, de seguir así, era perfectamente posible que nuestra andadura se convirtiera en un eterno caminar en círculo. Miré a Boris, que avanzaba deprisa sin dejar de jugar a las artes marciales, y me pregunté si recordaría mejor que yo el camino al apartamento. Y entonces me asaltó el pensamiento de que no había planeado las cosas en absoluto. Debería, cuando menos, haberme tomado la molestia de ponerme en contacto de antemano con los nuevos ocupantes del apartamento. Bien pensado, no veía razón alguna para que esas personas tuvieran especiales deseos de recibirnos y atendernos. El pesimismo en relación con la excursión empezó a minarme el ánimo.

– Boris -llamé al chico-. Espero que estés atento. No quiero que nos pasemos.

Boris me miró sin dejar de susurrar con pasión sus cosas, y luego echó a correr hacia adelante y volvió a ejecutar sus fintas de karate.

De pronto me dio la sensación de que llevábamos andando un tiempo excesivo, y cuando miré hacia el lago vi que como mínimo habíamos dado ya una vuelta completa a su alrededor. Boris, más adelante, seguía con sus ensimismados susurros.

– Oye, espera un momento -le grité-. Boris, espérame.

Boris dejó de caminar, y al acercarme hacia él me dirigió una mirada hosca.

– Boris -dije con voz suave-, ¿estás seguro de que te acuerdas de cómo se va al antiguo apartamento?

El chico se encogió de hombros y miró para otra parte. Luego dijo, sin mucha convicción:

– Pues claro que me acuerdo.

– Pero me parece que ya hemos dado una vuelta entera…

Boris volvió a encogerse de hombros. Ahora se hallaba absorto en la contemplación de su zapato, que movía ora hacia un lado ora hacia otro. Por fin dijo:

– ¿Crees que habrán guardado como es debido al Número Nueve?

– Supongo que sí, Boris. Estaba en una caja, una caja que parecía muy importante. Las cosas así se guardan aparte. En lo alto de una estantería, por ejemplo.

Boris siguió unos segundos mirándose el zapato. Luego dijo:

– Nos hemos pasado. Hemos pasado por delante dos veces.

– ¿Qué? ¿Quieres decir que hemos estado dando vueltas y vueltas con este viento helador para nada? ¿Por qué no me lo has dicho, Boris? No te entiendo.

El chico se quedó callado, moviendo el pie de un lado para otro.

– Bien, ¿piensas que debemos retroceder? -le pregunté-. ¿O piensas que debemos dar otra vuelta al lago?

Boris suspiró, y se quedó pensativo unos instantes. Luego volvió a mirarme, y dijo:

– De acuerdo. Está allí atrás. Justo allí atrás.

Volvimos sobre nuestros pasos, y tras un corto recorrido Boris se detuvo ante una de las escaleras y dirigió una rápida mirada a la puerta del apartamento. Entonces, casi de inmediato, giró en redondo y se puso de nuevo a mirarse el zapato.

– Ah, sí -dije, estudiando detenidamente la puerta. La puerta, a decir verdad (era una puerta pintada de azul, sin nada que la distinguiera de las otras), no despertó en mí el más mínimo recuerdo.

Boris miró por encima del hombro hacia el apartamento, y volvió a apartar la mirada, restregando el suelo con la punta del zapato. Permanecí unos segundos al pie de la escalera, sin saber muy bien qué hacer a continuación. Finalmente dije:

– Boris, ¿por qué no me esperas aquí un momento? Subiré a ver si hay alguien.

El chico seguía restregando el suelo con el pie. Subí la escalera y llamé a la puerta. No hubo respuesta. Llamé por segunda vez, y al ver que nadie respondía pegué la cara al pequeño cuarterón acristalado de la puerta, pero el cristal era esmerilado y no pude ver nada.

– La ventana -dijo Boris a mi espalda-. Mira por la ventana. Miré hacia mi izquierda y vi una especie de balcón. No era mucho más que un antepecho que corría de un lado a otro de la fachada del edificio, un espacio demasiado estrecho incluso para una silla de respaldo recto. Alargué la mano y me agarré a la barandilla de hierro que lo protegía, me aupé y fui asomando el cuerpo por encima del murete de la escalera hasta que alcancé a atisbar un poco a través de la ventana más próxima. Vi una amplia sala diáfana -de esas que uno dispone según su gusto personal-, con una mesa de comedor pegada a la pared de uno de los lados y un mobiliario bastante moderno.

– ¿Ves algo? -preguntó Boris-. ¿Ves la caja?

– Un momento.

Traté de encaramarme más sobre el murete de la escalera, consciente del abismo que se abría bajo mi torso.

– ¿La ves?

– Espera un segundo, Boris.

Cuanto más la contemplaba, más familiar me resultaba la sala. El reloj de pared triangular, el sofá de gomaespuma color crema, el mueble con el equipo de alta fidelidad de tres pisos. Los objetos, a medida que ponía la mirada en cada uno de ellos, iban hiriéndome con aceradas punzadas de reconocimiento. Sin embargo, cuando llevaba unos segundos observando la sala, tuve la viva sensación de que la parte del fondo -que con la parte principal formaba una L- no había estado allí en el pasado, que era un anexo muy reciente. Pero a medida que seguía mirando me iba percatando de que tal anexo también despertaba en mí vivas reminiscencias, y al cabo de unos instantes caí en la cuenta del porqué: se parecía extraordinariamente a la parte posterior del salón de la casa en que habíamos vivido mis padres y yo unos meses cuando nos mudamos a Manchester. La casa, una estrecha vivienda urbana adosada, era húmeda y necesitaba una nueva decoración con urgencia, pero la soportábamos porque sólo íbamos a vivir en ella hasta que el trabajo de mi padre nos permitiera mudarnos a un lugar mejor. Para mí, un chiquillo de nueve años, la casa pronto pasó a representar no sólo un cambio estimulante sino también la expectativa esperanzada de que un capítulo nuevo y más feliz de nuestras vidas se estaba abriendo ante nosotros.

– No van a encontrar a nadie en casa -dijo una voz de hombre a mi espalda.

Me enderecé y vi que el hombre había salido de un apartamento cercano. Estaba de pie en el umbral de la puerta, en lo alto de una escalera paralela a la nuestra. Tenía unos cincuenta años, y facciones duras, como de bulldog. Estaba despeinado, y llevaba una camiseta con una mancha de humedad en la pechera.

– Ah -dije-. El apartamento está vacío, ¿no?

El hombre se encogió de hombros.

– Puede que vuelvan. A mi mujer y a mí no nos gusta tener al lado un apartamento vacío, pero después de todos esos líos, nos sentimos aliviados, puede creerme. No es que seamos gente poco sociable. Pero después de todo lo que ha pasado, preferimos que esté como está: vacío.

– Ah… Lleva ya tiempo vacío… ¿Semanas? ¿Meses?

– Un mes como mínimo. Puede que vuelvan, pero no nos importaría nada que no lo hicieran. La verdad es que a veces me dan pena. No somos gente poco sociable. Pero cuando pasan ciertas cosas, bueno, lo que uno quiere es que se vayan. Preferimos que esté vacío.

– Ya veo. Muchos problemas…

– Oh, sí. A decir verdad, no hubo violencia física. Pero aun así… Cuando les oyes gritar a altas horas de la madrugada y no puedes hacer nada… Era muy desagradable…

– Perdone, pero verá… -Me acerqué un poco hacia él y le indiqué con los ojos que Boris nos estaba escuchando.

– No, a mi mujer no le gustaba ni pizca… -siguió el hombre sin hacerme ningún caso-. Cada vez que empezaban las trifulcas, mi mujer se tapaba la cabeza con la almohada. Una vez hasta en la cocina. Entré y me la encontré cocinando con una almohada alrededor de la cabeza. No, no era agradable. Siempre que nos encontrábamos con el marido, lo veíamos sobrio, con porte respetable. Pero mi mujer estaba convencida de que detrás de todo estaba eso. Ya sabe, la bebida…

– Oiga -le susurré en tono airado, inclinándome sobre el múrete de hormigón que nos separaba-, ¿es que no ve que viene un niño conmigo? ¿Es esa la clase de tema que se puede sacar cuando hay un niño delante?

El hombre miró hacia Boris con expresión de sorpresa. Luego dijo:

– Pues no es tan niño, ¿no cree? No se puede protegerles de todo. De todos modos, si no quiere que hable de eso, de acuerdo, hablemos de otra cosa. Elija un tema, si es que se le ocurre. Yo sólo estaba contándole lo que pasaba. Pero si no quiere hablar de ello…

– ¡No, por supuesto que no! Por supuesto que no quiero oír…

– Bueno, no era tan importante. Sólo que, bueno, como es comprensible, yo estaba más de su parte que de la de su mujer. Si hubiera llegado a la violencia física…, bueno, entonces habría sido diferente, pero no hubo nunca evidencia de ello. Así que yo tendía más a culparla a ella. De acuerdo, él pasaba mucho tiempo fuera de casa, pero por lo que sabíamos no le quedaba más remedio, era parte de su trabajo. Y ésa no era razón para… Eso es lo que digo, que no era razón para que ella se comportara de ese modo…

– Oiga, ¿quiere callarse? ¿Es que no tiene usted juicio? ¡El chico! Puede estar escuchando…

– Muy bien, puede que nos esté escuchando. ¿Y qué? Los niños siempre acaban oyendo estas cosas tarde o temprano. Sólo le estaba explicando por qué tendía a ponerme de su lado, y por qué entonces mi mujer sacó lo de la bebida. Pasar mucho tiempo fuera de casa es una cosa, solía decirme, pero beber es otra muy diferente…

– Mire, si sigue por ahí me veré obligado a dar por terminada esta conversación de inmediato. Se lo advierto. Y lo haré.

– No va a poder proteger al chico toda la vida, ¿sabe? ¿Cuántos años tiene? No parece tan niño. Protegerles en exceso no es bueno. Tiene que adaptarse al mundo, aceptarlo con sus virtudes y sus defectos…

– ¡Aún no tiene por qué hacerlo! ¡Todavía no! Además, me tiene sin cuidado lo que usted piense. ¿A usted qué le importa? Es mi chico, está a mi cargo, y no voy a tolerar este tipo de charla…

– No entiendo por qué se pone tan furioso. No hago más que conversar. Me limitaba a contarle lo que pensábamos del asunto. No eran mala gente, y no es que nos desagradasen, pero a veces la cosa se pasaba de castaño oscuro. Bueno, supongo que todo suena peor cuando te llega a través de las paredes. Mire, es inútil tratar de ocultar las cosas a un chico de su edad. Tiene usted la batalla perdida. ¿Y de qué sirve…?

– ¡Me importa un bledo lo que usted piense! ¡El chico aún puede mantenerse al margen unos cuantos años! Ahora me niego a que oiga ese tipo de cosas…

– No sea usted necio. Las cosas de las que hablo son las que pasan en la vida. Hasta mi mujer y yo hemos tenido nuestros altibajos. Por eso me solidarizaba con él. Sé lo que se siente, sé lo que es ese primer momento en que de pronto te das cuenta…

– ¡Se lo advierto! ¡Voy a dar por terminada esta conversación! ¡Se lo estoy advirtiendo!

– Pero yo nunca he bebido. Y eso cambia las cosas. Pasar mucho tiempo fuera de casa es una cosa, pero beber de esa manera…

– ¡Es la última vez que se lo advierto! ¡Una palabra más y me voy!

– Cuando estaba borracho era cruel. No físicamente, de acuerdo, pero muchas veces lo oíamos… Era cruel de verdad. No lográbamos oír todas las palabras, pero solíamos quedarnos quietos en la oscuridad, escuchando…

– ¡Se acabó! ¡Se acabó! ¡Se lo advertí! ¡Ahora me voy! ¡Me voy!

Le di la espalda y corrí escalones abajo hacia donde estaba Boris. Le cogí por el brazo y empecé a alejarme apresuradamente, pero el hombre se puso a gritar a nuestra espalda:

– ¡Está librando una batalla perdida! ¡El chico tiene que enterarse de cómo son las cosas! ¡Es la vida! ¡No hay nada malo en ello! ¡Es la vida real!

Boris miraba hacia atrás con cierta curiosidad, y me vi obligado a tirar de su brazo con más fuerza. Seguimos a paso ligero durante un rato. En más de una ocasión noté que Boris trataba de ir más despacio, pero yo no cejé: estaba ansioso por alejar toda posibilidad de que aquel hombre pudiera ir tras nosotros. Cuando aminoramos el paso y nos paramos, sentí que me faltaba el aire y que apenas podía respirar. Me acerqué, tambaleante, a la pared -una pared pasmosamente baja, poco más alta que mi cintura- y apoyé los codos en ella. Miré el lago, los altos bloques, el pálido y ancho cielo…, y aguardé a que mi pecho dejara de palpitar con violencia.

Al poco caí en la cuenta de que Boris se hallaba a mi lado. Me estaba dando la espalda, y hurgaba con un trozo de ladrillo en la parte de arriba de la pared. Empecé a sentir cierto embarazo por lo que acababa de ocurrir, y comprendí que debía darle a Boris alguna explicación. Estaba todavía pensando en algo que decir cuando Boris, aún de espaldas, dijo en un murmullo:

– Ese hombre está loco, ¿no?

– Sí, Boris. Completamente loco. Perturbado.

Boris siguió hurgando en la pared. Luego dijo:

– Ya no importa. Ya no tenemos que recuperar al Número

Nueve.

– Si no fuera por ese hombre, Boris…

– No importa. Ya no importa. -Entonces Boris se volvió hacia mí y me sonrió-. Ha sido un día estupendo -dijo en tono animado.

– ¿Te estás divirtiendo?

– Ha sido estupendo. El viaje en autobús, todo… Ha sido estupendo.

Sentí el impulso de estrecharlo entre mis brazos, pero temí que mi gesto pudiera causarle desconcierto, o incluso alarma. Al final le despeiné un poco el pelo con la mano y me volví para seguir mirando el lago y la urbanización.

El viento no soplaba ya con violencia, y permanecimos allí quietos, uno junto a otro, mirando el lago y la urbanización. Al cabo dije:

– Boris, sé que te estarás preguntando… Te preguntarás por qué no nos instalamos en alguna parte y vivimos tranquilamente los tres. Te preguntarás, seguro que te preguntas por qué tengo que estar viajando continuamente, a pesar de que a tu madre le disgusta tanto que lo haga. Bien, tienes que entenderlo: si me paso la vida viajando no es porque no os quiera y no esté deseando estar con vosotros. En parte nada me gustaría más que quedarme en casa contigo y con mamá, y vivir en un apartamento como aquel de allí, o en cualquier otro. Pero las cosas no son tan sencillas. Tengo que seguir haciendo esos viajes porque uno nunca sabe cuándo va a surgirle. Me refiero a ese viaje especial, a ese viaje importante, extraordinariamente importante no sólo para mí sino para todos nosotros, para el mundo entero. Cómo podría explicártelo, Boris…, eres tan joven… ¿Sabes?, sería tan fácil dejarlo pasar y perderlo… Decir un día: no, no voy. Voy a descansar. Para más tarde descubrir que ése era el viaje especial, el extraordinariamente importante. Y, ¿sabes?, una vez que lo has perdido ya no hay vuelta atrás, ya es demasiado tarde. Ya no importa lo mucho que puedas viajar luego, ya no puedes remediarlo, es demasiado tarde, y todos esos años de continuos viajes ya no valen para nada. He visto cómo le ha sucedido esto a otra gente, Boris. Se pasaban años y años viajando y un buen día empezaban a sentir cansancio, o quizá un poco de pereza. Pero es entonces cuando suele surgir la gran oportunidad. Y la pierden. Y, ¿sabes?, lo llegan a lamentar para el resto de sus vidas. Se vuelven resentidos y tristes. Y cuando les llega el momento de la muerte, son una ruina humana. Así que ya sabes, Boris, ésa es la razón. Por eso tengo que seguir con ello de momento, por eso tengo que seguir viajando todo el tiempo. Esto hace las cosas muy difíciles para los tres, me doy perfecta cuenta. Pero tenemos que ser, los tres, fuertes y pacientes. Esta situación no durará mucho más tiempo, estoy seguro. El viaje extraordinario llegará muy pronto, y entonces lo habré conseguido, y podré relajarme y descansar. Podré quedarme en casa todo el tiempo que quiera, ya no importará que lo haga, y podremos divertirnos, los tres juntos. Podremos hacer las cosas que antes no podíamos hacer. No tardará mucho en suceder, estoy seguro, pero tenemos que tener paciencia. Boris, espero que seas capaz de entender lo que te estoy diciendo.

Boris siguió en silencio durante largo rato. Al cabo, se enderezó de pronto y dijo en tono resuelto:

– Marchaos sin armar bulla. Todos vosotros.

Echó a correr unos cuantos metros y volvió a amagar sus golpes de karate.

Seguí unos cuantos minutos apoyado en la pared, mirando el paisaje, escuchando los furiosos susurros que Boris se dirigía a sí mismo. Luego volví a mirarle, y vi que estaba representando imaginariamente la última versión de una fantasía que venía repitiendo incansablemente durante las últimas semanas. Sin duda el hecho de encontrarse tan cerca de su auténtico escenario había hecho irresistible la perspectiva de volver a representarla en su integridad. Porque en la trama Boris y su abuelo se enfrentaban a una gran banda de maleantes callejeros, y el escenario de la historia era aquel pasillo, justo enfrente del antiguo apartamento.

Seguí mirando cómo se movía tenazmente, ahora a varios metros de distancia, e inferí que llegaba a aquella parte de la trama en que su abuelo y él, hombro con hombro, se aprestaban a repeler una nueva y feroz embestida. Para entonces había ya en el suelo una miríada de cuerpos inconscientes, pero un puñado de los bandidos más pertinaces se estaba reagrupando para lanzar el nuevo ataque. Boris y su abuelo esperaban con calma, codo con codo, mientras los maleantes se susurraban estrategias en la oscuridad del pasillo. En la trama -como en todas las historias de este tipo- Boris era, de un modo impreciso, algo mayor. No un adulto exactamente -lo que haría las cosas un tanto remotas, al tiempo que plantearía complicaciones en relación con la edad del abuelo-, sino alguien con la edad suficiente para hacer creíbles las proezas físicas que la historia requería.

Boris y Gustav dejarían que los maleantes se tomaran todo el tiempo que quisieran para rehacer su formación. Y una vez que les llegara la tromba humana, abuelo y nieto, un equipo perfectamente coordinado, se las verían con eficiencia, casi con tristeza, con los atacantes que les caerían encima por todos lados. Momentos después el ataque habría terminado, pero no…, un último bandido surgiría sigiloso de las sombras blandiendo un ominoso cuchillo. Gustav, que estaría más cerca, le lanzaría un rápido golpe al cuello y la batalla habría terminado definitivamente.

Boris y su abuelo emplearían unos callados minutos en examinar con gravedad los cuerpos esparcidos a su alrededor. Luego Gustav, paseando su experimentada mirada por última vez por el campo de batalla, dirigiría un gesto de asentimiento a su nieto y ambos se alejarían con expresión de quienes han cumplido con su deber pero que no han disfrutado haciéndolo. Subirían la breve escalera hacia la puerta del viejo apartamento, echarían un último vistazo a los derrotados malhechores callejeros -algunos de ellos empezarían a gemir o se arrastrarían por el suelo maltrechos- y Gustav anunciaría:

– Todo ha pasado ya. Se han marchado.

Sophie y yo saldríamos nerviosos al recibidor, y Boris entraría detrás de su abuelo y diría:

– La cosa no ha terminado todavía. Atacarán de nuevo. Quizá antes del amanecer.

Tal evaluación de la situación -tan obvia para abuelo y nieto que ni se habían molestado en comentarla entre ellos-, sería acogida por Sophie y por mí con irreprimible angustia.

– ¡No, no puedo soportarlo! -se lamentaría Sophie, y estallaría en sollozos.

Yo la estrecharía entre mis brazos tratando de consolarla, pero mis facciones delatarían palmariamente mi propia angustia. Testigos de tan patético espectáculo, Boris y Gustav no mostrarían ni un ápice de desdén. Gustav me pondría una tranquilizadora mano en el hombro, y diría:

– No te preocupes. Boris y yo estaremos aquí. Y después de este ataque, todo habrá acabado.

– Es cierto -corroboraría Boris-. No aguantarán otra batalla. -Y, volviéndose a su abuelo, añadiría-: Abuelo, antes de que vuelvan a atacar quizá debería tratar de hacerles entrar en razón. Quizá debería darles una última oportunidad.

– No te harán caso -diría Gustav, sacudiendo la cabeza con aire grave-. Pero tienes razón. Deberíamos darles una última oportunidad.

Sophie y yo, muertos de miedo, nos refugiaríamos en el fondo del apartamento, abrazados y llorando. Boris y Gustav se mirarían, dejarían escapar un suspiro de cansancio, descorrerían el cerrojo de la puerta y saldrían al exterior. El pasillo estaría oscuro, en silencio, vacío. -Tal vez convendría dormir un poco -diría Gustav-. Duerme tú primero, Boris. Te despertaré si les oigo llegar.

Boris asentiría y se sentaría en el escalón de arriba y, con la espalda apoyada contra la puerta, se dormiría enseguida.

Al rato sentiría un golpecito en el hombro y se despertaría inmediatamente y se pondría en pie. El abuelo estaría ya frente a los maleantes callejeros, que se estarían agrupando en el pasillo, a unos metros de ellos. Serían más numerosos que nunca: la última escaramuza les habría llevado a reclutar en los más ocultos rincones de la ciudad hasta al último sicario disponible. Y ahora estarían todos allí, ataviados con sus desgarrados ropajes de cuero, sus guerreras del ejército, sus cinturones bárbaros…, armados con barras metálicas y cadenas de bicicleta… Su particular sentido del honor les habría impedido llevar armas de fuego. Boris y Gustav bajarían despacio la escalera en dirección a ellos, tal vez haciendo una pausa tras descender dos o tres escalones. Boris, entonces, a una señal de su abuelo, empezaría a hablar, y su potente voz resonaría entre los pilares de hormigón:

– Hemos combatido contra vosotros muchas veces. Ahora habéis venido muchos más, ya veo. Pero todos sabéis, en el fondo de vuestro corazón, que no podéis vencernos. Y mi abuelo y yo, en esta ocasión, os advertimos que algunos saldréis seriamente maltrechos. Esta pelea no tiene sentido. Seguro que hubo un día en que tuvisteis un hogar. Madre y padre. Quizá hermanos y hermanas. Quiero que entendáis lo que está pasando. Estos ataques vuestros, vuestro continuo asedio a nuestro apartamento, han hecho que mi madre no pare de llorar ni un momento; está siempre tensa e irritable, y muchas veces me riñe sin motivo. Y han hecho también que mi padre tenga que salir de viaje durante largas temporadas, a veces al extranjero, y eso a mi madre no le gusta. Ése es el resultado de vuestro hostigamiento. Quizá lo hagáis simplemente porque tenéis el ánimo exaltado, o porque venís de hogares rotos y no sabéis hacer otra cosa. Por eso intento haceros comprender lo que realmente está pasando, las consecuencias reales de vuestra conducta impropia. Lo que puede suceder es que un día mi padre ya no vuelva a casa nunca más. E incluso que tengamos que marcharnos definitivamente del apartamento. Por eso he traído aquí a mi abuelo, apartándole de su importante trabajo de encargado en un gran hotel. No podemos consentir que sigáis haciendo lo que estabais haciendo. Por eso os hemos combatido. Ahora que os he explicado las cosas, tenéis la oportunidad de reflexionar y de retiraros. Si no lo hacéis, a mi abuelo y a mí no nos quedará más remedio que volver a pelear. Haremos lo posible por dejaros inconscientes sin causaros daños duraderos, pero en las grandes peleas ni siquiera nosotros, con toda nuestra pericia, podemos garantizar que nuestros adversarios no acaben con serias magulladuras, e incluso con huesos rotos. Así que aprovechad la oportunidad y retiraros.

Gustav esbozaría una leve sonrisa de aprobación ante el parlamento de su nieto, y luego ambos estudiarían de nuevo las bestiales caras de los pandilleros. Muchos de ellos se estarían mirando unos a otros con semblante indeciso, y reconsiderarían la situación más por miedo que por buen juicio. Pero los líderes -personajes horrendos y ceñudos- lanzarían una especie de rugido de guerra que poco a poco iría prendiendo entre sus filas. Y luego se lanzarían al ataque. Boris y su abuelo se aprestarían rápidamente a repeler la agresión: pegarían espalda contra espalda, avanzarían en perfecta formación, emplearían su personal método de lucha, híbrido de karate y otras técnicas marciales. Los maleantes callejeros les caerían encima desde todas direcciones, y saldrían despedidos por el aire, caerían rodando, recularían dando tumbos y lanzando gruñidos de perplejo horror…, hasta que el suelo, una vez más, acabaría cubierto de cuerpos inconscientes. Boris y su abuelo se quedarían quietos, atentos, expectantes por espacio de unos instantes, y al cabo los malhechores empezarían a moverse, y unos gemirían y otros sacudirían la cabeza tratando de averiguar dónde se encontraban. Gustav, entonces, daría un paso hacia adelante y diría:

– Marchaos. Que éste sea el final. Dejad en paz este apartamento. Este hogar fue muy feliz hasta que empezasteis a sembrar el terror en él. Si volvéis, mi nieto y yo no tendremos más remedio que empezar a romper huesos.

Pero este discurso apenas sería necesario. Los pandilleros sabrían que esta vez habían sido derrotados por completo, y que podían considerarse afortunados por no haber salido tan mal parados. Lentamente, empezarían a ponerse en pie con gran trabajo y se alejarían cojeando, apoyándose unos en otros en grupos de dos o de tres, gimiendo de dolor…

Una vez que los maleantes se hubieran alejado, Boris y Gustav se mirarían con satisfacción callada, se volverían y subirían la escalera hacia el apartamento. Al entrar, Sophie y yo -habríamos contemplado toda la escena desde la ventana- los acogeríamos con júbilo.

– Gracias a Dios que todo ha acabado -diría yo, lleno de excitación-. Gracias a Dios.

– Estoy preparando un banquete para celebrarlo -anunciaría Sophie, radiante de felicidad, con el semblante liberado ya de la tensión de las horas pasadas-. Te estamos tan agradecidos, Boris. A ti y al abuelo. ¿Qué tal si esta noche jugamos a algún juego de mesa?

– Tengo que irme -diría Gustav-. Tengo montones de cosas que hacer en el hotel. Si se presenta otro problema, hacédmelo saber. Pero estoy seguro de que la cosa acaba aquí.

Nos despediríamos de Gustav en la escalera; luego, después de cerrar la puerta, Boris, Sophie y yo nos dispondríamos a pasar juntos la velada. Sophie entraría y saldría de la cocina mientras preparaba la cena, y cantaría en voz baja, para sí misma, y Boris y yo estaríamos tumbados en el suelo de la sala, ensimismados sobre un tablero. Luego, al cabo de quizá una hora de juego, aprovechando un momento en que Sophie estuviera fuera de la sala, miraría de pronto a Boris con expresión grave y le diría en voz baja:

– Gracias por lo que has hecho, Boris. Ahora todo podrá ser como antes. Las cosas podrán volver a ser como antes.

– ¡Mira! -me gritó Boris, y entonces vi que de nuevo estaba a mi lado y que señalaba con el dedo hacia más allá de la pared-. ¡Mira! ¡Es tía Kim!

En efecto, en el terreno circular que se extendía abajo una mujer nos hacía señas y trataba frenéticamente de atraer nuestra atención. Llevaba una rebeca verde, que mantenía apretada al cuerpo con las manos, y el pelo le ondeaba a derecha e izquierda, muy desordenado. Al darse cuenta de que por fin la habíamos visto, gritó algo que se perdió en el viento.

– ¡Tía Kim! -gritó Boris.

La mujer seguía gesticulando, y volvió a gritar algo.

– Bajemos -dijo Boris, y echó a andar otra vez lleno de entusiasmo.

Seguí a Boris, que bajó corriendo varios tramos de escaleras de hormigón. Cuando llegamos abajo, el viento nos azotó de inmediato con violencia, pero Boris se las arregló incluso para dedicar a la mujer el simulacro de la bamboleante toma de tierra de un paracaidista.

Tía Kim era una mujer robusta, de unos cuarenta años, cuyo rostro un tanto severo se me antojaba decididamente familiar.

– Debéis de estar sordos, los dos -dijo cuando nos acercamos a ella-. Os vimos bajar del autobús y os estuvimos llamando y llamando, y nada… Luego bajé a buscaros y ya no estabais.

– Oh, querida… -dije-. No oímos nada, ¿verdad, Boris? Debe de ser este viento. ¿Así que… -dije echando una mirada a mi alrededor- estabais viéndonos desde tu apartamento?

La mujer robusta apuntó vagamente hacia una de las innumerables ventanas que daban al terreno circular.

– Os estuvimos llamando y llamando… -dijo. Luego, volviéndose a Boris, añadió-: Tu madre está arriba, jovencito. Está ansiosa por verte.

– ¿Mamá?

– Será mejor que subas inmediatamente. Se muere de ganas de verte. ¿Y sabes qué? Se ha pasado toda la tarde cocinando, preparando el más fantástico de los festines para cuando llegues a casa esta noche. No te lo vas ni a creer: dice que te ha hecho de todo, las cosas que más te gustan, todo lo que puedas imaginarte… Me lo estaba contando y entonces miramos por la ventana y allí estabais… bajando del autobús. Escuchad, me he pasado media hora buscándoos, chicos, estoy helada. ¿Tenemos que quedarnos aquí como pasmarotes?

Había estado tendiendo una mano hacia nosotros. Boris se agarró a ella y los tres nos pusimos a andar en dirección al bloque que había señalado. Cuando estuvimos cerca, Boris se adelantó corriendo, abrió una puerta cortafuegos y desapareció en el interior del edificio. La puerta se estaba cerrando cuando la mujer y yo llegamos; la mujer la mantuvo abierta y me invitó a pasar, y al hacerlo dijo:

– Ryder, ¿no debería estar usted en otra parte? Sophie me ha contado que el teléfono ha estado sonando toda la tarde. Llamadas de gente que quería localizarle.

– ¿De veras? Bien, como puede ver, estoy aquí. -Solté una pequeña carcajada-. He traído a Boris. La mujer se encogió de hombros. -Supongo que sabe lo que hace.

Estábamos en un espacio pobremente iluminado, al pie de una escalera. En la pared que tenía al lado había una hilera de buzones y unos cuantos utensilios contra incendios. Cuando empezamos a subir el primer tramo de escalera -había, como mínimo, otros cinco-, nos llegó el ruido de los pasos de Boris, que corría arriba, en alguno de los pisos, y luego le oí gritar: -¡Mamá!

Se oyeron exclamaciones de contento, más ruido de pisadas y la voz de Sophie diciendo: -¡Oh, mi amor, mi amor…!

Su voz, amortiguada, me hizo pensar que se estaban abrazando, y cuando la mujer robusta y yo llegamos al rellano ellos ya habían desaparecido en el interior del apartamento.

– Disculpe el desorden -dijo la mujer, invitándome a pasar. Crucé el recibidor minúsculo y entré en una de esas salas diáfanas que uno dispone a su gusto, amueblada con elementos sencillos y modernos. Un gran ventanal iluminaba la sala, y al entrar vi a Sophie y a Boris juntos, de pie frente a él, recortados a contraluz sobre el cielo gris. Sophie me dirigió una breve sonrisa y siguió hablando con Boris. Parecían entusiasmados con algo, y Sophie no paraba de abrazar a su hijo por los hombros. Por el modo en que señalaban a través del ventanal, pensé que Sophie quizá le estaba contando cómo nos habían visto antes. Pero cuando me acerqué oí que Sophie decía: -Sí, de veras. Todo está prácticamente preparado. Sólo tendremos que calentar unas cuantas cosas, los pasteles de carne, por ejemplo…

Boris dijo algo que no pude oír, y Sophie le respondió:

– Pues claro que podemos. Podremos jugar a lo que quieras. Cuando terminemos de cenar podrás elegir el juego que quieras.

Boris miró a su madre como dirigiéndole una pregunta muda, y advertí que se había instalado en él cierta cautela que le impedía mostrarse tan entusiasmado como quizá a Sophie le habría gustado verle. Luego Boris se desplazó a otra parte de la sala, y Sophie se acercó a mí y sacudió la cabeza con tristeza.

– Lo siento -dijo en voz baja-. No estaba nada bien. Si me apuras, era peor que la del mes pasado. Las vistas son soberbias; está justo en el borde de un acantilado, pero no es lo bastante sólida. El señor Mayer al final estuvo de acuerdo: el tejado podría venirse abajo en un fuerte vendaval, puede que incluso dentro de unos cuantos años. Volví en cuanto acabé con él, y a las once estaba en casa. Lo siento. Estás desilusionado, lo veo. -Miró hacia Boris, que examinaba detenidamente un radiocasete portátil que había en un estante.

– No hay que desanimarse -dije con un suspiro-. Estoy seguro de que pronto encontraremos algo.

– Pero he estado pensando -dijo Sophie-. Cuando volvía en el autocar. He estado pensando que no hay razón para que no empecemos a hacer las cosas juntos, con casa o sin casa. Así que en cuanto he llegado me he puesto a cocinar. He pensado que esta noche podíamos celebrar un gran banquete, sólo los tres. Recuerdo cómo mamá solía hacerlo cuando yo era pequeña, antes de su enfermedad. Solía cocinar montones de cosas, pequeños platos diferentes, y los ponía delante de nosotros para que picáramos a nuestro antojo. Eran unas veladas tan maravillosas… Así que he pensado que, bueno, que no veía por qué no podíamos hacer esta noche algo parecido, sólo nosotros, los tres. Antes nunca se me había ocurrido, estando como está la cocina y demás…, pero le he echado un vistazo y me he dado cuenta de que era una idiota. Muy bien, no es la cocina ideal, pero la mayoría de las cosas funcionan. Así que me he puesto a cocinar y me he pasado la tarde preparando cosas. Y me las he arreglado para hacer de todo un poco. Todas las cosas que más le gustan a Boris. Lo tengo todo allí, esperándonos; sólo hay que calentarlo. Va a ser un gran banquete. -Estupendo. Me apetece muchísimo.

– No sé por qué no vamos a poder hacerlo, incluso en ese apartamento. Y además tú has sido tan comprensivo con…, con todo. He estado pensando en ello. En el autocar, mientras volvía. Tenemos que dejar el pasado atrás. Tenemos que empezar de nuevo a hacer cosas juntos. Cosas buenas.

– Sí. Tienes toda la razón.

Sophie se quedó mirando por el ventanal unos segundos. Luego dijo:

– Oh, por poco se me olvida. Esa mujer no ha parado de llamar por teléfono. Toda la tarde, mientras yo estaba cocinando. La señorita Stratmann. Para preguntar si sabía dónde estabas. ¿Ha logrado contactar contigo?

– ¿La señorita Stratmann? No. ¿Qué quería?

– Al parecer cree que ha habido alguna confusión con alguna de tus citas de hoy. Es muy educada, no hacía más que disculparse por las molestias. Me ha dicho que estaba segura de que no descuidarías ninguno de tus compromisos, que llamaba sólo para cerciorarse, que eso era todo, que no estaba en absoluto preocupada. Pero al cuarto de hora ya estaba otra vez llamando…

– Bien, no es nada que me preocupe… En fin…, ¿dices que le parecía… que yo tendría que haber estado en otra parte?

– No estoy segura de lo que ha dicho. Era muy amable, pero no hacía más que llamar y llamar por teléfono. La bandeja de pastelillos de pollo se me ha pasado por su culpa. Luego, en la última llamada, me ha preguntado si estaba deseando que llegara el momento. Se refería a la recepción de esta noche en la galería Karwinsky. No me habías hablado de ella, pero lo ha dicho como si contaran también con mi asistencia. Así que he dicho que sí, que estaba deseando ir. Luego me ha preguntado si Boris también quería ir, y le he dicho que sí, que él también, y que también tú, que tú también estabas deseando asistir a esa recepción. Eso, al parecer, la ha tranquilizado. Ha dicho que no estaba preocupada, que se limitaba a mencionarlo, que eso era todo. He colgado y al principio me he sentido un poco decepcionada, pensando que la recepción podía interferir en nuestra fiesta. Pero luego he comprendido que tenía tiempo de dejarlo todo preparado, que podíamos ir y volver pronto a casa, que si no nos entretenían demasiado nada nos impediría celebrar nuestra velada. Y entonces pensé que, bueno, que en realidad era estupendo. Que a Boris y a mí nos vendría de perlas una recepción como ésa. -De pronto se volvió hacia Boris, que cruzaba la sala con parsimonia en dirección a nosotros, y lo abrazó sin miramientos-. Boris, vas a causar sensación. No te preocupes por la gente. Sé tú mismo y te lo pasarás en grande. Vas a causar sensación. Y antes de que te hayas dado cuenta llegará la hora de volver a casa, y celebraremos nuestra gran velada los tres solos. Lo tengo todo preparado, todos tus platos preferidos…

Boris, con expresión cansina, se zafó del abrazo de su madre y volvió a alejarse. Sophie lo vio marchar con una sonrisa en los labios, y se volvió a mí y me dijo:

– ¿No tendríamos que irnos ya? La galería Karwinsky está bastante lejos.

– Sí -dije yo, y miré mi reloj de pulsera-. Sí, tienes razón. -Me volví a la mujer robusta, que había vuelto a la sala, y dije-: Quizá pueda usted aconsejarnos. No sé muy bien qué autobús coger para ir a esa galería. ¿Cree que pasará alguno pronto?

– ¿A la galería Karwinsky? -La mujer robusta me dirigió una mirada de desdén, y sólo la presencia de Boris pareció impedir que añadiera algo sarcástico. Luego dijo-: Por aquí no pasa ningún autobús que lleve a la galería Karwinsky. Primero hay que coger un autobús hasta el centro; luego, esperar a un tranvía enfrente de la biblioteca. No hay forma humana de llegar a tiempo.

– Qué lástima. Confiaba en que hubiera un autobús que nos llevara directamente.

La mujer robusta me lanzó otra mirada despectiva, y dijo:

– Coja mi coche. Esta noche no lo necesito.

– Es tremendamente amable de su parte -dije yo-. Pero ¿está segura de que no…?

– Oh, corte el rollo, Ryder. Necesitan el coche. No hay otra forma de llegar a tiempo a la galería Karwinsky. Y aun en coche… tendrán que salir ahora mismo.

– Sí -dije-. Es lo que estaba pensando. Pero escuche, no queremos causarle ninguna molestia…

– Lo que puede hacer es llevarse unas cuantas cajas de libros. Si mañana tengo que ir en autobús, no podré llevarlas yo.

– Sí, claro. Todo lo que podamos ayudar…

– Llévelas a la librería de Hermann Roth por la mañana, antes de las diez.

– No te preocupes, Kim -dijo Sophie antes de que yo pudiera decir nada-. Déjalo a mi cargo. Eres tan buena…

– Bien, muchachos, será mejor que os vayáis. Eh, jovencito -dijo dirigiéndose a Boris-, ¿por qué no me ayudas a llenar las cajas de libros?

Durante los minutos que siguieron permanecí solo ante el ventanal, mirando el lago. Los otros habían entrado en un dormitorio, y les oía charlar y reír a mi espalda. Pensé en ir a ayudarles, pero comprendí que debía aprovechar la ocasión para poner en orden mis pensamientos sobre la velada que me esperaba, y seguí contemplando el lago artificial. Unos niños habían empezado a chutar un balón contra la valla del extremo más lejano del agua, pero salvo ellos no había nadie en todo el perímetro del lago.

Al final oí que la mujer robusta me llamaba, y caí en la cuenta de que me estaban esperando para marcharnos. Pasé al recibidor y vi que Sophie y Boris, cargados con sendas cajas de cartón, salían ya al pasillo. Cuando empezaron a bajar las escaleras se pusieron a discutir acerca de algo.

La mujer robusta me cedía el paso en la puerta. -Sophie está decidida a que todo salga bien esta noche -me dijo en voz baja al pasar por su lado-. No le falle otra vez, Ryder. -No se preocupe -dije yo-. Haré que todo salga bien. Me dirigió una mirada dura, se volvió y empezó a bajar las escaleras haciendo sonar el manojo de llaves.

La seguí. Habíamos bajado ya dos tramos de escaleras cuando vi que una mujer subía hacia nosotros con paso fatigado. La desconocida pasó junto a la mujer robusta y murmuró un «disculpe», y nos habíamos cruzado ya cuando me di cuenta de que se trataba de Fiona Roberts. Seguía con su uniforme de revisora, y ella tampoco pareció reconocerme hasta el último momento -la iluminación era muy pobre-, pero al hacerlo se dio la vuelta cansinamente, con una mano en la barandilla de metal, y dijo:

– Oh, estás ya aquí… Qué bien que hayas sido tan puntual. Siento llegar un poco tarde. Ha habido un cambio de itinerario, un tranvía en la ruta este, y mi turno se ha demorado. Espero que no hayas tenido que aguardar mucho.

– No, no. -Retrocedí uno o dos escalones-. En absoluto. Pero por desgracia mis compromisos son muchos y…

– No te preocupes, esto no nos llevará más de lo estrictamente necesario. De hecho he telefoneado ya a las chicas, como quedamos; les he telefoneado desde la cantina de la estación, durante el descanso. Les he dicho que me esperen, que voy a ir con un amigo, pero no les he dicho que eras tú. Iba a hacerlo, como quedamos, pero a la primera que he llamado ha sido a Trude, y en cuanto le he oído la voz, cómo me ha dicho: «Oh, sí, eres tú, querida…», bueno, he percibido tantas cosas en esa voz, tanta bilis paternalista… He sabido inmediatamente que se ha pasado el día hablando de mí, llamada tras llamada, con Inge y con todas las demás, charlando de la otra noche, todas ellas fingiendo compadecerme, diciéndose que tienen que tratarme con delicadeza y comprensión, porque al fin y al cabo soy como una enferma y su deber es ser amables conmigo. Pero, claro, no podrán seguir aceptándome en el círculo, porque ¿cómo alguien como yo va a poder ser miembro de la Fundación? Dios, se habrán divertido de lo lindo durante todo el día, he podido oír todo lo que habrán hablado…, lo he captado en el tono en que ella me ha dicho, nada más coger el teléfono: «Oh, sí, eres tú, querida…» Y he pensado, muy bien, no voy a decirte de quién se trata. Veremos a qué te conduce no creerme. Eso es lo que me he dicho. Me he dicho: espero que te quedes de piedra cuando abras la puerta y veas a quién tienes ahí de pie, a mi lado. Espero que lleves puesta la peor ropa que tienes, el chándal, por ejemplo, y que no lleves nada de maquillaje y que se te note perfectamente ese bultito junto a la nariz, y que el pelo lo tengas echado hacia atrás con ese peinado que a veces llevas que te hace quince años más vieja… Y ojalá tu apartamento esté hecho una ruina, con los sofás y los sillones llenos de esas estúpidas revistas, esa prensa del corazón, esas novelas rosas que tanto te gustan y que tienes tiradas por los sofás y encima de los muebles, y estarás tan anonadada que no sabrás qué decir, tan avergonzada por todo que lo empeorarás aún más diciendo una memez tras otra. Y nos ofrecerás algo para tomar y luego te darás cuenta de que no tienes de nada, y te sentirás tan estúpida por no haberme creído… Eso será lo que haré, he pensado. Así que no se lo he dicho, no se lo he dicho a ninguna de ellas. Sólo les he dicho que iba a ir con un amigo. -Hizo una pausa y se calmó un poco. Luego dijo-: Lo siento. Espero no haberte sonado a vengativa. Pero llevo esperando esto todo el día. Me ha permitido seguir, controlar todos esos billetes…, me ha mantenido en pie. Los viajeros deben de haberse preguntado por qué me estaba moviendo por el pasillo así, ya sabes, con ese brillo en los ojos… Bueno, si tienes el día tan apretado será mejor que empecemos enseguida. Podemos empezar por Trude. Inge estará con ella, suele estar en su casa a estas horas, así que podemos empezar con ellas y matar dos pájaros de un tiro. Las otras casi no me importan. Me basta con ver la cara que pondrán esas dos… Bueno, vamos allá.

Reanudó la ascensión sin dar la mínima muestra del cansancio de antes. Las escaleras parecían no acabar nunca, los rellanos se sucedían uno tras otro, incesantemente, y al poco me encontré casi sin resuello. Fiona, sin embargo, no parecía' esforzarse en absoluto. Mientras subíamos seguía hablando, y había adoptado el tono susurrante de quien teme que los vecinos puedan estar escuchándole.

– No tienes por qué decirles gran cosa -oí que me decía en un momento dado-. Déjales que te adulen unos minutos. Pero, claro, si quieres puedes charlar con ellas del tema de tus padres.

Cuando por fin dejamos la escalera, yo estaba ya tan sin aliento -mi pecho, jadeante, buscaba desesperadamente el aire- que no podía prestar demasiada atención a lo que me rodeaba. Era consciente de que avanzaba por un pasillo en penumbra bordeado de puertas, y de que Fiona, ajena a mis dificultades, me precedía a buena marcha. Luego, sin previo aviso, se detuvo y llamó a una de las puertas. Cuando llegué hasta ella me vi obligado a apoyar una mano sobre el marco de la puerta, y agaché la cabeza en un esfuerzo por recuperar el aliento. La puerta se abrió, y supongo que debí de presentar un aspecto harto encogido y lamentable al lado de la triunfante Fiona.

– Trude -dijo Fiona-, he venido con un amigo.

Me erguí con gran esfuerzo y compuse una cortés sonrisa.

16

Abrió la puerta una mujer de unos cincuenta años, regordeta y de pelo corto blanco. Llevaba un amplio jersey rosa y unos pantalones muy holgados a rayas. Trude me dedicó una breve mirada, y al no apreciar en mí nada de especial se volvió a Fiona y dijo:

– Oh, sí. Bueno, supongo que debo haceros pasar…

La condescendencia era obvia, pero no hizo más que acrecentar la expectación de Fiona, que me dirigió una sonrisa de conspiradora mientras seguíamos a Trude al interior.

– ¿Está Inge? -preguntó Fiona cuando pasamos al pequeño recibidor del apartamento.

– Sí, acabamos de llegar -dijo Trude-. Da la casualidad de que tenemos mucho que contar, y como acabas de llamar serás la primera en conocer nuestras nuevas. Tienes suerte.

Pareció decir esto último sin el menor asomo de ironía. Desapareció por una puerta y nos dejó de pie en el diminuto vestíbulo, y al poco pudimos oír su voz en el interior del apartamento:

– Inge, es Fiona. Viene con un amigo. Supongo que deberíamos contarle lo que nos ha pasado esta tarde.

– ¿Fiona? -La voz de Inge parecía ligeramente indignada. Luego, con cierta desgana, dijo-: Bueno, supongo que sí, que deberíamos dejar que pasen.

Al oír este breve intercambio, Fiona volvió a sonreírme llena de excitación. Luego Trude asomó la cabeza por el vano de la puerta y nos invitó a pasar al salón.

El salón no era muy diferente en tamaño y forma del de la mujer robusta, aunque la decoración era más recargada y predominaban en ella los motivos florales. Quizá era sólo que el apartamento gozaba de una orientación distinta, o quizá el cielo se había despejando un tanto. El caso era que el sol de la tarde entraba por el gran ventanal y bañaba el recinto, así que cuando avancé y me situé en medio de la luz lo hice con la plena convicción de que las dos mujeres me reconocerían al instante. Y lo mismo debió de pensar Fiona, porque advertí que se mantenía cuidadosamente a un lado para que su presencia no mermara un ápice el impacto. Pero ni Trude ni Inge parecieron darse cuenta de quién era. Me dedicaron una mirada fugaz e indiferente, y Trude nos invitó -con bastante frialdad- a sentarnos. Lo hicimos uno al lado del otro en un sofá estrecho. Fiona, aunque perpleja en un principio, pareció finalmente razonar que aquel sesgo inesperado de la situación no haría sino intensificar, cuando llegara, el momento de la revelación, y me dirigió otra pequeña y regocijada sonrisa.

– ¿Se lo cuento yo o quieres contárselo tú? -estaba diciendo Inge.

Trude, delegando la tarea en su más joven amiga, dijo: -No, cuéntaselo tú, Inge. Te lo mereces. Pero tú, Fiona -siguió, dirigiéndose a nosotros-, no vayas por ahí contándoselo a todo el mundo. Queremos que sea una sorpresa en la reunión de esta noche. Es lo justo. Oh, ¿no te hemos dicho lo de la reunión de esta noche? Bueno, pues ya lo sabes. Puedes venir si tienes tiempo. Aunque, teniendo a tu invitado -hizo un gesto con la cabeza en dirección a mí-, entenderemos perfectamente que no vengas. Pero adelante, Inge, cuéntaselo tú. Te lo mereces, en serio.

– Bien, Fiona, seguro que te interesa. Hemos tenido un día de lo más emocionante. Como sabes, el señor Von Braun nos había invitado hoy a su despacho para discutir con él personalmente lo que teníamos planeado para ocuparnos de los padres del señor Ryder. Oh, ¿no lo sabías? Pensé que todas lo sabíais. Bien, esta noche daremos cuenta detallada de cómo ha ido la entrevista; ahora te adelanto que ha ido de perlas, aunque la verdad es que ha sido un poco corta. Oh, el señor Von Braun lo ha sentido muchísimo, no ha podido lamentarlo más, ¿verdad, Trude? Ha sentido muchísimo tener que ausentarse enseguida, pero cuando hemos sabido la razón, bueno, lo hemos entendido perfectamente. ¿Sabes?, tenían prevista una importante visita al zoo. Ah, Fiona querida, puedes reírte si quieres, pero no se trataba de una visita al zoo normal y corriente. Una delegación oficial, que naturalmente incluía al propio señor Von Braun, iba a llevar al zoo al señor Brodsky. ¿Sabías que el señor Brodsky nunca había estado en el zoo? Pero el asunto estriba en que habían convencido a la señorita Collins para que estuviera allí. ¡Sí, en el zoo! ¿Te imaginas? ¡Después de todos estos años! El señor Brodsky no merece menos, nos hemos apresurado a decir las dos. Sí, la señorita Collins iba a estar allí cuando llegaran: estaría esperando en un lugar convenido, y la delegación oficial se encontraría con ella, y ella charlaría con el señor Brodsky. Todo estaba planeado. ¿Te lo imaginas? ¡Se iban a encontrar e iban a charlar después de todos estos años! Hemos dicho inmediatamente que entendíamos perfectamente que tuviera que acortar la entrevista, pero el señor Von Braun…, bueno, ha estado encantador con nosotras, lo ha lamentado muchísimo, y nos ha dicho: «¿Por qué no vienen ustedes también al zoo? No puedo pedirles que se unan a la delegación oficial, pero quizá les apetezca observar la escena desde cierta distancia…» Le hemos dicho que claro, que nos encantaría. Y es cuando nos ha dicho: «Y, por supuesto, si hacen lo que les propongo no sólo presenciarán el primer encuentro entre el señor Brodsky y su mujer después de todo este tiempo, sino que…» Ha hecho una pausa, ¿no es cierto, Trude?, ha hecho una pausa y ha añadido, como si tal cosa: «…podrán ustedes ver de cerca al señor Ryder, quien ha tenido la suma amabilidad de avenirse a formar parte de la delegación oficial encargada del caso. Y si la ocasión se presentara, aunque esto no puedo garantizárselo, les haría una señal para que se acercaran y les presentaría al señor Ryder». ¡Nos hemos quedado absolutamente petrificadas! Pero, claro, pensando en ello luego, cuando volvíamos a casa…, lo estábamos comentando hace un momento, si lo piensas bien la cosa no es en realidad tan sorprendente. Después de todo, en los últimos años hemos avanzado un gran trecho, con lo de las banderas para la gente de Pekín y todo el trajín de los sandwiches para el almuerzo de Henri Ledoux…

– El Ballet de Pekín, ése fue el paso decisivo… -intervino Trude.

– Sí, ése fue el paso decisivo. Pero supongo que nunca nos paramos a pensar en ello, que sencillamente nos poníamos manos a la obra, nos entregábamos por entero a lo que hacíamos en cada momento, seguramente sin darnos cuenta de lo mucho que ganábamos día a día en la estima de la gente. Lo cierto es que, con toda sinceridad, hemos llegado a ser una parte muy importante de la vida de esta ciudad. Y ya es hora de que tomemos conciencia de ello. Admitámoslo: por eso el señor Von Braun nos invita personalmente a su despacho, por eso nos propone luego lo que hoy nos ha propuesto. «Y si la ocasión se presentara, les presentaría al señor Ryder.» Eso es lo que ha dicho, ¿verdad, Trude? «Sé que el señor Ryder estaría encantado de conocerlas a ambas, máxime cuando van a ocuparse de atender a sus padres, algo de tan suma importancia para él…» Claro que, como siempre hemos dicho, ¿no es cierto, Trude?, si nos ocupábamos de tal cometido teníamos muchas probabilidades de que nos presentaran al señor Ryder. Pero jamás imaginamos que ese momento pudiera llegar tan pronto, así que nos hemos puesto ilusionadas de verdad. Fiona, ¿qué te pasa, querida?

Fiona, a mi lado, se había estado moviendo con impaciencia tratando de interrumpir el torrente verbal de Inge. Entonces, ante la pausa de ésta, me dio un codazo en el brazo y me miró como diciendo: «¡Ahora, éste es el momento!» Por desgracia yo aún no había recuperado totalmente el resuello después de subir todas aquellas escaleras, y ello quizá me hizo vacilar unos instantes. En cualquier caso, fue un momento bastante violento, porque las tres mujeres me estaban mirando fijamente. Al cabo, al ver que no decía nada, Inge prosiguió su relato:

– Bien, si no te importa, Fiona, terminaré lo que estaba diciendo. Seguro que tienes montones de cosas interesantes que contarnos, querida, y tenemos verdaderas ganas de oírlas. Seguro que has tenido otro día enormemente interesante en tus tranvías mientras nosotras estábamos en el centro ocupándonos de lo que te estoy contando, pero si no te importa esperar unos segundos quizá oigas algo extremadamente interesante. Después de todo -añadió, y aquí el sarcasmo de su tono superó a mi juicio la frontera de todo comportamiento civilizado-, se trata de algo relacionado con tu viejo amigo, con tu viejo amigo el señor Ryder…

– ¡Inge, qué cosas tienes! -dijo Trude, pero a sus labios asomó una sonrisa, y las dos amigas intercambiaron una solapada y rápida risita.

Fiona volvió a darme un codazo. La miré y comprendí que se había agotado su paciencia y que deseaba que sus torturadoras recibieran sin tardanza su merecido castigo. Me incliné hacia adelante y me aclaré la garganta, pero antes de que pudiera decir nada Inge había retomado la palabra.

– Bien, lo que decía era que cuando te pones a pensar en ello te das cuenta de que no es sino lo que ahora merecemos, ese nivel de trato. El señor Von Braun opina de ese modo, en cualquier caso. Se portó amable y cortésmente con nosotras todo el tiempo. Y cuando tuvo que irse al ayuntamiento a unirse a la comisión oficial, nos pidió todo tipo de disculpas… «Llegaremos al zoo dentro de una media hora», nos repitió. «Espero que ustedes dos estén allí para entonces.» Sería perfectamente aceptable, nos dijo, que nos acercáramos a unos cinco o seis metros del grupo. ¡A fin de cuentas no íbamos a ser unas meras visitantes más en aquel parque zoológico! Oh, perdona, Fiona, no lo habíamos olvidado: íbamos a mencionarle al señor Von Braun que una de nuestro grupo, es decir tú, querida, que una de nuestro grupo era buena amiga del señor Ryder, una muy buena amiga de muchos años… Teníamos intención de mencionárselo, te lo aseguro, pero desgraciadamente la cosa no vino a cuento en ningún momento, ¿verdad, Trude?

Las dos mujeres volvieron a intercambiar unas risitas. Fiona las miraba fijamente, llena de una rabia fría. Comprendí que las cosas habían llegado demasiado lejos y decidí intervenir. Sin embargo, se me presentaron de inmediato dos opciones. Una de ellas consistía en llamar la atención sobre mi identidad incorporándome elegantemente al curso de lo que en ese momento estuviera diciendo Inge. Por ejemplo, podía terciar tranquilamente: «Bueno, no hemos tenido el placer de encontrarnos en el zoo, pero ¿qué puede importar eso cuando nos encontramos en la comodidad de su propia casa?» O algo por el estilo. La otra alternativa era levantarme bruscamente, quizá extendiendo los brazos hacia ellas al hacerlo, y declarar categóricamente: «¡Yo soy Ryder!» Deseaba, como es lógico, dar con el modo capaz de causar el mayor impacto posible, pero la vacilación entre ambas opciones me hizo perder de nuevo la ocasión de intervenir, porque Inge había vuelto a su relato de los hechos:

– Llegamos al zoo y nos pusimos a esperar, y, bueno, supongo que esperamos unos veinte minutos, ¿no, Trude? Estuvimos en ese quiosco donde puedes tomarte un café, y al cabo de unos veinte minutos vimos cómo todos esos coches se acercaban a la entrada, y luego cómo se apeaban todas esas personalidades. Eran unos once, todos varones. Estaba el señor Von Winterstein, y el señor Fischer y el señor Hoffman. Y el señor Von Braun, por supuesto. Y, en medio de todos ellos, el señor Brodsky, con un aire de lo más distinguido, ¿verdad, Trude? Nada del aspecto al que nos tenía acostumbrados. Nosotras, claro, buscamos inmediatamente con la mirada al señor Ryder, pero no estaba en el grupo. Trude y yo fuimos mirando cara por cara, pero eran las de siempre, los concejales y demás, ya sabes… Durante un segundo pensamos que el señor Reitmayer era el señor Ryder, justo cuando se estaba bajando del coche. El caso es que no estaba entre ellos, y nos decíamos la una a la otra que probablemente vendría un poco más tarde, con lo apretado de su agenda y demás… Y allí estaban todos aquellos caballeros subiendo por el camino, todos con abrigo oscuro menos el señor Brodsky, que llevaba uno de color gris, elegante de veras, con su sombrero a juego… Llegaron a la altura de los arces, todos a paso pausado, y luego a las primeras jaulas. El señor Von Winterstein parecía hacer de anfitrión, y le señalaba las cosas al señor Brodsky, los animales en sus jaulas y demás. Pero estaba claro que nadie prestaba demasiada atención a los animales: de lo que todo el mundo estaba pendiente era del encuentro entre el señor Brodsky y la señorita Collins. Y no pudimos resistir la tentación, ¿verdad, Trude? Nos adelantamos a la comitiva, torcimos la esquina que da a la explanada central y, sí señor, allí estaba la señorita Collins, sola, enfrente de las jirafas, mirándolas. Había unos cuantos visitantes por los alrededores, pero por supuesto nadie tenía la menor idea de nada, y sólo cuando el grupo oficial dio la vuelta a la esquina la gente se dio cuenta de que algo estaba pasando y se apartó respetuosamente, y allí seguía la señorita Collins delante de las jirafas, con aire más solitario que nunca, y vimos cómo miraba hacia la comitiva que se acercaba. Parecía tan en calma…, era imposible saber lo que estaba pasando en su interior. Y el señor Brodsky…, veíamos su expresión, muy envarada, lanzando miradas furtivas a la señorita Collins a pesar de estar aún bastante lejos el uno del otro, a pesar de separarles aún todo el trecho de las jaulas de los monos y los mapaches. El señor Von Winterstein parecía ir presentándole los animales al señor Brodsky; era como si los animales fueran invitados oficiales a un banquete, ¿verdad, Trude? Nosotras no entendíamos por qué aquellos caballeros no podían ir directamente hasta el sitio de las jirafas, donde estaba la señorita Collins, pero estaba claro que era así como lo tenían planeado. Y resultaba tan emocionante, tan conmovedor… Por un momento hasta nos olvidamos de la posibilidad de que apareciese el señor Ryder… Podíamos ver en el aire el aliento del señor Brodsky, que era como una neblina, y también el de los demás miembros de la comitiva, y luego, cuando sólo faltaban unas cuantas jaulas, el señor Brodsky pareció perder todo interés por los animales y se quitó el sombrero. Fue un gesto muy respetuoso, muy de los viejos tiempos. Nos sentimos honradas de estar allí para presenciarlo.

– Dejaba entrever tanto… -intervino Trude-. El modo en que lo hizo… Y luego se lo dejó pegado al pecho. Fue como una declaración de amor y una petición de disculpas al mismo tiempo. Fue muy conmovedor.

– Pero lo estaba contando yo, gracias, Trude. La señorita Collins es tan elegante; desde cierta distancia, nadie adivinaría la edad que tiene. Su figura es tan juvenil. Se volvió hacia él con aire como negligente. Les separaban una o dos jaulas. Para entonces la gente se había retirado por completo, y Trude y yo recordamos lo que nos había dicho el señor Von Braun acerca de los cinco o seis metros, y nos acercamos todo lo que nos pareció prudente, pero el momento parecía tan íntimo que no nos atrevimos a acercarnos mucho. Al principio se dirigieron una inclinación de cabeza e intercambiaron algún tipo de saludo normal y corriente. Luego el señor Brodsky dio de pronto unos pasos hacia adelante y tendió la mano, muy rápidamente…, como si lo tuviera planeado de antemano, dice Trude…

– Sí, como si llevara ensayándolo varios días a solas…

– Sí, algo así. Estoy de acuerdo. Fue algo así. Alargó la mano y cogió la de la señorita Collins y se la besó muy suave, muy cortésmente, y acto seguido se la soltó. Y la señorita Collins inclinó graciosamente la cabeza, e inmediatamente después dirigió la atención hacia los otros caballeros, los saludó, les sonrió…, pero nosotras estábamos demasiado lejos para poder oír lo que decían. Así que allí permanecieron todos juntos, y durante unos segundos nadie parecía saber qué hacer a continuación. Entonces el señor Von Winterstein tomó la iniciativa y empezó a explicarles algo sobre las jirafas al señor Brodsky y a la señorita Collins, dirigiéndose a ellos como si fueran una pareja, ¿no es así, Trude? Como si se tratara de una vieja y bien avenida pareja que hubiera llegado junta al zoo. Allí estaban, pues, el señor Brodsky y la señorita Collins después de todos estos años, de pie uno al lado del otro, sin tocarse, pero juntos, muy cerca, mirando las jirafas, escuchando al señor Von Winterstein. Se quedaron así durante unos minutos, y los demás miembros de la comitiva susurraban cosas entre ellos, preguntándose lo que sucedería a continuación. Luego, poco a poco, de forma prácticamente imperceptible, los caballeros del grupo se fueron apartando hacia atrás en grupitos; lo hicieron muy bien, muy civilizadamente, fingiendo charlar unos con otros mientras se iban retirando gradualmente, hasta que al final no quedaron frente a las jirafas más que el señor Brodsky y la señorita Collins. Nosotras, por supuesto, lo observábamos todo sin perder detalle, y seguro que todo el mundo hacía lo mismo por mucho que fingieran no estar mirando. Y vimos cómo el señor Brodsky se volvía gentilmente hacia la señorita Collins, alzaba una mano en dirección a la jaula de las jirafas y decía algo. Debió de ser algo muy sentido, porque la señorita Collins inclinó la cabeza levemente…, no podía permanecer indiferente…, y el señor Brodsky siguió hablando, y de cuando en cuando veíamos cómo volvía a alzar la mano, así, con mucha suavidad, en dirección a las jirafas. No podíamos saber si hablaba de las jirafas o de otra cosa, pero él seguía levantando la mano en dirección a la jaula. La señorita Collins parecía como anonadada, pero es una dama tan elegante; se ponía derecha y sonreía, y luego los dos echaron a andar hacia donde los demás miembros de la comitiva estaban charlando. Y vimos cómo la señorita Collins intercambiaba unas palabras con los otros caballeros, cortés y gratamente, y pareció mantener una charla bastante larga con el señor Fischer, y luego empezó a despedirse de ellos, uno a uno. Y al señor Brodsky le dedicó una pequeña inclinación de cabeza, y era evidente lo encantado que estaba el señor Brodsky con todo aquello. Estaba allí de pie en una especie de ensueño, con el sombrero pegado al pecho. Y ella se fue alejando por el camino en dirección al quiosco de los refrescos, y dejó atrás la fuente y se perdió de vista a la altura del cercado del oso polar. Y en cuanto se hubo marchado, los caballeros parecieron dejar su anterior disimulo y rodearon todos al señor Brodsky, y veías que estaban contentos y emocionados y que parecían felicitar al señor Brodsky. ¡Oh, nos habría encantado saber lo que el señor Brodsky le ha dicho a la señorita Collins! Quizá deberíamos haber sido más atrevidas y habernos acercado unos pasos más, al menos habríamos podido captar alguna palabra suelta. Pero, en fin, ahora que gozamos de cierto prestigio debemos ser más cuidadosas. En cualquier caso, ha sido maravilloso. Y esos árboles del zoo, están tan hermosos en esta época del año… Me pregunto qué se habrán dicho el uno al otro. Trude piensa que ahora volverán a juntarse. ¿Sabías que nunca llegaron a divorciarse? ¿No es curioso? Todos estos años…, y a pesar de lo mucho que insistía la señorita Collins en que la llamaran señorita Collins, nunca se han divorciado. El señor Brodsky merece recuperar a esa mujer. Oh, pero perdona, ¡con toda esta excitación ni siquiera te hemos contado lo más importante! ¡Lo del señor Ryder! Verás, como el señor Ryder no estaba en el grupo oficial no nos pareció conveniente acercarnos, ni siquiera después de marcharse la señorita Collins. El señor Von Braun había sugerido que nos acercáramos al grupo con la finalidad concreta de conocer al señor Ryder. En cualquier caso, y aunque observamos atentamente al señor Von Braun y a veces estuvimos bastante cerca del grupo, él no llegó a mirarnos en ningún momento, probablemente porque estaba demasiado ocupado en el señor Brodsky. Así que no nos acercamos. Pero luego, cuando se estaban marchando, estábamos mirando cómo salían por la puerta y vimos que alguien se unía a ellos, un hombre, pero estaban ya tan lejos que no pudimos ver la escena con claridad. Pero Trude está segura de que era el señor Ryder; su vista de lejos es mucho mejor que la mía, y además yo no llevaba las gafas. Pero Trude está segura, ¿verdad, Trude? Está segura de que era él, de que es un hombre con tanto tacto que quiso mantenerse al margen para no hacerles las cosas más difíciles al señor Brodsky y la señorita Collins, y de que volvía a reunirse con el grupo a la salida. Yo al principio pensé que era el señor Braunthal, pero no llevaba las gafas y Trude estaba segura de que era el señor Ryder. Y luego, cuando volví a pensar en ello, también yo tuve la impresión de que sí era el señor Ryder. ¡Así que hemos perdido la oportunidad de que nos presentaran al señor Ryder! Para entonces estaban ya tan lejos, ¿sabes?, en la verja de la entrada, y los chóferes tenían ya abiertas las puertas de los coches… Ni aunque hubiéramos corrido hacia ellos habríamos llegado a tiempo. Así que, en sentido estricto, no hemos conocido al señor Ryder. Pero Trude y yo hemos estado hablando del tema y nos hemos dicho que, en casi todos los demás sentidos, o sea, en los sentidos que realmente importan, es justo decir que hoy hemos conocido al señor Ryder. Porque al fin y al cabo, si hubiera estado con la comitiva, entonces, allí, frente a la jaula de las jirafas, después de marcharse la señorita Collins, el señor Von Braun nos habría presentado. No se nos puede culpar de no haber adivinado que el señor Ryder iba a tener el tacto de quedarse junto a la verja de la entrada. Pero, bueno, el caso es que, fuera de toda duda, habría sido perfectamente apropiado el que nos lo hubiera presentado. Eso es lo importante. El propio señor Von Braun lo pensaba: ahora que ocupamos la posición social que ocupamos, habría sido perfectamente apropiado. Y, ¿sabes, Trude…? -se volvió hacia su amiga-, ahora que pienso detenidamente en ello, estoy de acuerdo contigo: en la reunión de esta noche podemos anunciar que lo hemos conocido. Como bien dices, está más cerca de la verdad que decir que no lo hemos conocido. Y como habrá tantas cosas que tratar en la reunión de esta noche, sencillamente no tendremos tiempo de explicar de nuevo toda la historia. Después de todo, no ha sido más que un capricho del destino lo que ha impedido que fuéramos formalmente presentadas al señor Ryder. Eso es todo. Prácticamente lo hemos conocido. Sin duda oirá hablar de nosotras; seguro que querrá informarse detalladamente, si no lo ha hecho ya, de todo lo relacionado con quienes van a cuidar de sus padres. Así que es como si lo hubiéramos conocido, y, como bien dices, sería injusto que la gente pensara lo contrario. Oh, pero por favor, perdóname -dijo Inge, volviéndose hacia Fiona-, había olvidado que estaba hablando con una vieja amiga del señor Ryder… Todo esto debe de antojársele mucho alboroto por nada a una vieja amiga del señor Ryder…

– Inge… -dijo Trude-, pobre Fiona, ¿no ves que está muy aturdida? No le tomes el pelo. -Luego, sonriendo a Fiona, añadió-: Ya está, querida, no te preocupes.

Mientras Trude estaba diciendo esto, se agolparon en mi mente los recuerdos de la cálida amistad que nos había unido a Fiona y a mí de niños. Recordé la pequeña casita blanca donde ella había vivido, a sólo un paseo a pie por aquel camino embarrado de Worcestershire; recordé cómo nos pasábamos horas y horas jugando bajo la mesa del comedor de la casa de sus padres. Recordé las veces que yo había recorrido aquel camino hacia la casita blanca, disgustado y confuso, y cómo me consolaba ella y me hacía olvidar cualquier problema que acabara de dejar atrás. El hecho de que aquella amistad preciosa estuviera siendo objeto de burla ante mis ojos me llenó de una indignación furiosa, y aunque Inge había empezado de nuevo a hablar decidí que aquello no podía continuar un segundo más sin que yo interviniera. Decidido a no repetir mi anterior equivocación y a no andarme con rodeos, me incliné hacia adelante con ánimo resuelto, con intención de interrumpir a Inge y declarar categóricamente quién era, y luego volver a arrellanarme en el sofá mientras la conmoción se instalaba en la sala. Por desgracia, y pese al esfuerzo con que intervine a continuación, todo lo que pude articular fue una especie de gruñido ahogado, capaz sin embargo de hacer que Inge callara y que las tres mujeres se volvieran y me miraran con fijeza. Hubo un silencio violento, y al cabo Fiona, deseosa sin duda de paliar mi embarazo -y quizá renacido momentáneamente en ella su viejo sentimiento protector para conmigo-, estalló:

– ¡Vosotras… no os hacéis ni idea de lo ridiculas que parecéis en este momento! ¿Sabéis una cosa? No, ni os lo imagináis siquiera; vosotras dos… jamás podréis imaginar lo estúpidas, lo indeciblemente ridiculas que parecéis las dos en este momento… No, no sois capaces…, es típico de vosotras, ¡tan típico de vosotras! Oh, llevo tanto tiempo queriendo decíroslo a la cara…, desde que os conocí. Pues aquí tenéis, juzgad por vosotras mismas si sois o no necias. ¡Aquí tenéis la prueba!

Fiona sacudió la cabeza en dirección a mí. Inge y Trude, ambas perplejas, volvieron a mirarme. Yo hice otro concertado intento de anunciar mi identidad, pero para mi desmayo no logré articular sino otro gruñido, más vigoroso que el anterior pero no más coherente. Aspiré profundamente, sentí que me invadía el pánico, y volví a intentarlo de nuevo, y conseguí tan sólo emitir un nuevo, más prolongado, tenso y forzado sonido. -¿Pero qué diablos está diciendo ésta, Trude? -dijo Inge-. ¿Por qué nos habla de este modo esta pequeña zorra? ¿Cómo se atreve? ¿Qué diablos le pasa?

– Es culpa mía -dijo Trude-. El error fue mío. Fue a mí a quien se le ocurrió invitarla a unirse al grupo. Menos mal que muestra su verdadera naturaleza antes de la llegada de los padres del señor Ryder. Tiene celos, eso es todo. Tiene celos de que hayamos conocido hoy al señor Ryder. Mientras que lo único que ella tiene son esas pequeñas y patéticas historias…

– ¿Pero qué es eso de que lo habéis conocido hoy? -tronó Fiona-. Acabáis de decir que no habéis llegado a conocerle…

– ¡Sabes muy bien que fue como si lo hubiéramos conocido! ¿O no, Trude? Tenemos perfecto derecho a decir que lo hemos conocido. Tendrás que ir haciéndote a la idea de que así son las cosas, Fiona…

– Bien, en tal caso… -Fiona casi gritaba ahora-, ¡veamos cómo vosotras os vais haciendo a la idea de esto.

Extendió los brazos hacia mí como si anunciara la más dramática de las entradas a escena. Una vez más, hice todo lo que pude para cumplir con mi deber. Y esta vez, espoleado por mi creciente frustración e ira, el sonido que emití fue más intenso que nunca, y sentí cómo el sofá se estremecía al unísono con mi esfuerzo.

– ¿Qué pasa con tu amigo? -preguntó Inge, percatándose de pronto de mi presencia.

Trude, sin embargo, seguía sin mirarme. -No tendría que haberte hecho caso nunca -le estaba diciendo con amargura a Fiona-. Tendría que haberme dado cuenta desde el principio de lo mentirosa que eras. ¡Y pensar que hemos permitido que nuestros hijos jugaran con esos arrapiezos tuyos! Seguramente serán también unos pequeños mentirosos, y puede que hasta hayan enseñado a decir mentiras a los nuestros. ¡Qué ridicula fue tu fiesta anoche! ¡Y cómo decoraste tu apartamento! ¡Qué absurdo! Esta mañana nos hemos muerto de risa al recordarlo…

– ¿Por qué no me ayudas? -gritó Fiona, dirigiéndose a mí directamente por vez primera-. ¿Qué te pasa? ¿Por qué no haces algo?

De hecho, desde mis últimos gruñidos yo no había dejado de hacer esfuerzos ni un segundo. Ahora, en el preciso instante en que Fiona se volvía hacia mí, me entrevi en el espejo de la pared de enfrente. Vi que mi cara se había vuelto de un rojo brillante, y que se había aplastado hasta hacer que mis facciones adquirieran un aire porcino, mientras mis puños, apretados a la altura del pecho, se estremecían al unísono con la totalidad de mi torso. El verme en tales condiciones hizo que me desinflara por completo, y, descorazonado, volví a hundirme en un extremo del sofá entre pesados jadeos.

– Creo, Fiona, querida -estaba diciendo Inge-, que es hora de que tú y este… amigo tuyo sigáis vuestro camino. No creo que tu asistencia esta noche sea estrictamente necesaria.

– Por supuesto que no -gritó Trude-. Ahora tenemos responsabilidades. No podemos permitirnos deferencias con avecillas con las alas rotas como ella. Ya no somos sólo un grupo de voluntarias. Tenemos cosas muy importantes que hacer, y quienes no den la talla requerida tendrán que dejar el grupo.

Vi que las lágrimas asomaban a los ojos de Fiona. Volvió a mirarme, ahora con acritud creciente, y pensé que debía intentar una vez más revelar mi identidad, pero el recuerdo de la imagen que acababa de ver en el espejo me hizo desistir. En lugar de ello, me levanté tambaleante y busqué la salida del apartamento. Me encontraba aún falto de aliento a causa del esfuerzo, y cuando llegué a la puerta de la sala me vi obligado a detenerme unos segundos para apoyarme contra el quicio. A mi espalda, pude oír cómo las dos mujeres seguían hablando acaloradamente. Y en un momento dado, oí que Inge decía:

– Y qué persona más desagradable ha traído a tu apartamento…

Hice un esfuerzo y atravesé el pequeño recibidor y, tras unos instantes de frenética manipulación de los cerrojos de la puerta principal, conseguí salir al pasillo del edificio. Empecé a sentirme mejor casi de inmediato, y me dirigí hacia la escalera ya con el porte más sereno.

17

Mientras bajaba los sucesivos tramos de escaleras miré el reloj y vi que era hora ya de que saliéramos para la galería Karwinsky. Como es lógico, lamentaba enormemente la situación que dejaba atrás, pero lo prioritario era sin duda llegar a tiempo al importante evento de aquella noche. Decidí, sin embargo, que me ocuparía de los problemas de Fiona en un futuro razonablemente próximo.

Cuando finalmente llegué a la planta baja me topé con un letrero en el muro que rezaba: «Aparcamiento», y una flecha indicadora del camino. Dejé atrás varios trasteros y llegué a la salida.

Salí a la parte trasera de los edificios de apartamentos, en el lado contrario al lago artificial. El sol de la tarde estaba bajo en el cielo. Ante mí había una extensión de terreno verde que descendía gradualmente hasta perderse en la lejanía. El aparcamiento, contiguo a la salida del edificio, era un simple rectángulo de hierba que había sido vallado y se parecía a un corral de rancho norteamericano. El suelo no estaba asfaltado, aunque las continuas idas y venidas de vehículos lo habían hollado de tal modo que ahora era prácticamente tierra batida. Había espacio para unos cincuenta coches, pero en aquel momento sólo había estacionados -a cierta distancia unos de otros- siete u ocho, sobre cuyas carrocerías rebotaba oblicuamente la luz del ocaso. Hacia el fondo del aparcamiento vi cómo la mujer robusta y Boris cargaban el maletero de una ranchera. Al dirigirme hacia ellos vi dentro de ella a Sophie, que estaba sentada en el asiento del acompañante mirando con ojos vacíos la puesta de sol a través del parabrisas.

Cuando llegué hasta ellos, la mujer robusta estaba cerrando el maletero.

– Lo siento -dije-. No sabía que tuvierais tanto que cargar. Habría echado una mano, pero…

– Es igual. Este muchachito me ha ayudado todo lo que necesitaba. -La mujer robusta revolvió cariñosamente el pelo de Boris, y le dijo-: Así que no te preocupes, ¿vale? Los tres vais a pasar una velada estupenda. De veras. Mamá te ha preparado todo lo que más te gusta.

Se agachó y le dio un abrazo tranquilizador, pero el chico parecía como en un sueño y miraba fijamente hacia la lejanía. La mujer robusta me tendió las llaves del coche.

– Tiene que tener el depósito casi lleno. Cuidado con cómo conduce.

Le di las gracias y vi cómo se alejaba hacia los edificios de apartamentos. Cuando me volví hacia Boris, vi que tenía los ojos fijos en la puesta de sol. Le toqué en el hombro y lo conduje alrededor del coche. Subió al asiento trasero sin decir palabra.

Era evidente que el ocaso estaba causando algún efecto hipnótico en ellos, porque cuando me puse al volante vi que Sophie también miraba fijamente a la lejanía. No pareció darse mucha cuenta de mi llegada, pero luego, mientras me familiarizaba con los mandos, dijo con voz queda:

– No podemos dejar que el asunto de la casa nos derrumbe. No podemos permitírnoslo. No sabemos cuándo será…, cuándo será la próxima vez que volverás a estar con nosotros. Con casa o sin casa, tenemos que empezar a hacer cosas, cosas buenas juntos. Me he dado cuenta esta mañana, cuando volvía en el autobús. Hacer cosas incluso en ese apartamento. Incluso en esa cocina.

– Sí, sí -dije yo, y metí la llave de contacto-. Bueno, ¿sabes cómo se va a la galería?

La pregunta sacó a Sophie de la suerte de trance en que parecía inmersa.

– Oh -dijo, llevándose las manos a la boca como si acabara de recordar algo. Luego dijo-: Seguramente sabría llegar desde el centro de la ciudad, pero desde aquí no tengo la menor idea.

Suspiré pesadamente. Intuí que corría el riesgo de volver a perder el control de las cosas, y sentí que en parte volvía a invadirme la intensa irritación que había sentido horas atrás ante el modo en que Sophie introducía el caos en mi vida. Pero entonces oí que me decía en tono vivo:

– ¿Por qué no se lo preguntamos al encargado del aparcamiento? Puede que lo sepa.

Señalaba hacia la entrada del aparcamiento, donde, en efecto, había una pequeña garita de madera en cuyo interior divisé el torso de una figura uniformada.

– De acuerdo -dije-. Iré a preguntárselo.

Me bajé del coche y eché a andar hacia la garita. Un coche que se disponía a abandonar el cercado se había parado junto a la garita, y al acercarme pude ver cómo el encargado -un hombre calvo y obeso- se asomaba a la ventanilla sonriendo jovialmente y haciendo gestos al conductor del vehículo. Su conversación siguió durante unos segundos, y me hallaba ya a punto de interponerme entre ellos cuando el coche reinició la marcha y salió del aparcamiento. El encargado siguió al coche con los ojos y lo vio alejarse por la larga carretera curva que circunvalaba la urbanización. Lo cierto es que también él parecía en trance a causa del ocaso, porque a pesar de que tosí directamente bajo su ventanilla él siguió contemplando ensoñadoramente el coche que se perdía en la lejanía. Al cabo me limité a espetarle:

– Buenas tardes.

El hombre gordo dio un respingo, y, mirando hacia abajo, replicó:

– Oh, buenas tardes, señor.

– Lamento molestarle -dije-, pero tengo algo de prisa. Necesitamos ir a la galería Karwinsky, pero ya ve, soy forastero y no estoy muy seguro de cuál sería el camino más rápido…

– La galería Karwinsky… -El hombre se quedó pensativo unos instantes, y luego dijo-: Bien, a decir verdad, señor, no es nada sencillo de explicar. En mi opinión, lo mejor que puede hacer es seguir a aquel caballero que acaba de salir de aquí. En aquel coche rojo. -Señaló con la mano hacia la lejanía-. Ese caballero, por suerte, vive muy cerca de la galería Karwinsky. Yo podría, claro está, tratar de explicarle cómo llegar allí, pero tendría que ponerme a pensarlo antes, con todas esos desvíos…, en particular hacia el final del trayecto. Me refiero a cuando sales de la autopista y tienes que encontrar el rumbo entre todas esas pequeñas carreteras que rodean las granjas. Lo más sencillo, con mucho, señor, sería seguir a ese caballero del coche rojo. Si no me equivoco, vive a dos o tres desvíos de la galería Karwinsky. Es una zona muy agradable, a él y a su esposa les encanta. Es pleno campo, señor. Me cuenta que tiene una casita preciosa, con gallinas y todo en la parte de atrás, y un manzano… Es una zona muy bonita para una galería de arte, aunque esté un poco apartada. Merece la pena la excursión. El caballero del coche rojo dice que ni se le pasa por la cabeza pensar en mudarse, por mucho que tenga que desplazarse un buen trecho para venir aquí todos los días. Oh, sí, trabaja aquí, en el edificio de la administración. -El hombre sacó el cuerpo por la ventanilla y señaló hacia unas ventanas situadas a su espalda-. En aquel edificio de allí, señor. Oh, no, no todos los edificios son de apartamentos… Llevar una urbanización de este tamaño requiere montones y montones de papeleo. Ese caballero del coche rojo lleva trabajando en la urbanización desde el día en que la compañía del agua se puso a construirla. Y ahora supervisa todo el trabajo de mantenimiento. Es un empleo de muchas horas, señor, y tiene que desplazarse un buen trecho todos los días, pero dice que ni se le ha pasado por la cabeza mudarse a algún sitio más cercano. Y le doy la razón, porque aquella zona es preciosa. Pero qué hago yo aquí de chachara…, debe de tener mucha prisa. Lo siento, señor. Como le digo, siga a aquel coche rojo; es lo mejor que puede hacer… Estoy seguro de que le gustará la galería Karwinsky. Es una zona campestre muy bonita, y la galería misma…, me han dicho que tiene algunos objetos verdaderamente bellos…

Le di las gracias de forma lacónica y volví al coche. Cuando me puse de nuevo al volante, Sophie y Boris seguían con la mirada fija en la puesta de sol. Puse en marcha el motor en silencio. Sólo después de dejar atrás la garita de madera, donde dediqué al encargado un rápido saludo, me preguntó Sophie:

– ¿Te has enterado del camino?

– Sí, sí. Sólo tenemos que seguir a aquel coche rojo.

Al decir esto caí en la cuenta de lo enfadado que aún seguía con ella. Pero no añadí nada más, y salí a la carretera que circundaba la urbanización.

Fuimos dejando atrás los edificios de apartamentos, cuyas incontables ventanas reflejaban el último sol de la tarde. Luego, la urbanización quedó atrás por completo, y la carretera desembocó en una autopista flanqueada de bosques de abetos. La carretera estaba prácticamente vacía, la vista era clara y pronto divisé el coche rojo, un pequeño punto en la lejanía que avanzaba a velocidad moderada. Dado lo escaso del tráfico no vi la necesidad de pisarle los talones, de modo que moderé también la velocidad y me mantuve a cierta distancia. Sophie y Boris seguían en su ensoñador silencio, y al final también yo -ya con el ánimo más tranquilo- acabé contemplando la puesta de sol sobre la desierta autopista.

Al cabo de un rato me sorprendí rememorando el segundo gol del equipo holandés en la semifinal de la Copa del Mundo contra Italia de algunos años atrás. Fue un magnífico disparo largo -siempre había sido uno de mis recuerdos deportivos preferidos-, pero ahora, para mi fastidio, veía que había olvidado la identidad del autor del gol. El nombre de Rensenbrink me venía una y otra vez a la memoria, y ciertamente él había jugado aquel partido, pero al final me convencí de que no fue él quien marcó el gol. Volví a ver el balón surcando el aire inundado de sol, dejando atrás a unos defensas italianos extrañamente paralizados, avanzando más y más, pasando por encima de la mano extendida del portero. Resultaba frustrante no conseguir recordar un detalle tan vital, y repasaba una y otra vez los nombres de los jugadores holandeses que podía recordar de aquella época cuando Boris dijo de pronto a mi espalda:

– Estamos muy en el centro de la carretera, vamos a chocar.

– Tonterías -dije-. Vamos bien.

– ¡No, no vamos bien! -le oí decir, mientras daba golpes contra la parte de atrás de mi asiento-. Vamos muy pegados al centro. Si viene alguien en dirección contraria, nos estrellamos.

Callé, pero desplacé un poco el coche hacia el arcén. Boris pareció tranquilizarse, y volvió a quedarse en silencio. Luego Sophie dijo:

– ¿Sabes?, tengo que admitir que no me hizo mucha gracia al principio. Me refiero al enterarme de lo de esta recepción. Creí que nos iba a «chafar» la noche. Pero cuando pensé en ello un poco más, sobre todo cuando me di cuenta de que no nos impedía cenar juntos, me dije, bueno, nos viene bien. En cierto modo, es exactamente lo que necesitamos. Sé que puedo hacer un buen papel, y Boris también puede hacerlo. Los dos estaremos bien, y así tendremos algo que celebrar cuando volvamos a casa. Toda la velada…, puede que sí, que sirva para arreglar ciertas cosas entre nosotros…

Antes de que pudiera responder a lo que acababa de decir Sophie, Boris volvió a gritar:

– ¡Estamos muy en el centro!

– No voy a desplazarme más -dije-. Ahora vamos perfectamente.

– Puede que esté asustado -dijo Sophie en voz queda.

– No está asustado en absoluto.

– ¡Sí estoy asustado! ¡Vamos a tener un accidente gravísimo!

– Boris, cállate, por favor. Estoy conduciendo perfectamente.

Mi tono fue harto severo, y Boris se quedó callado. Pero luego, al continuar conduciendo, noté que Sophie me miraba con desasosiego. De cuando en cuando miraba hacia atrás a Boris, y luego a mí. Finalmente, dijo con voz suave:

– ¿Por qué no paramos en alguna parte?

– ¿Parar en alguna parte? ¿Para qué?

– Llegaremos a la galería a tiempo. Unos minutos no van a hacer que lleguemos tarde.

– Creo que antes deberíamos saber dónde es.

Sophie calló por espacio de unos segundos. Al cabo se volvió hacia mí y dijo:

– Creo que deberíamos parar. Podríamos tomar algo. Te ayudará a calmarte.

– ¿Calmarme? ¿A qué te refieres?

– ¡Quiero parar! -gritó Boris en el asiento de atrás.

– ¿Qué quieres decir con calmarme?

– Es tan importante que no tengáis otra pelea esta noche… -dijo Sophie-. Veo que vuelve a empezar. Pero, por favor, esta noche no… No lo permitiré. Deberíamos relajarnos. Ponernos en el estado de ánimo adecuado…

– ¿El estado de ánimo adecuado? ¿A qué te refieres? No veo que nos pase nada a ninguno de los tres.

– ¡Quiero parar! ¡Tengo miedo! ¡Me siento mal!

– Mira… -Sophie señaló un letrero que había a un lado de la autopista-. Llegaremos enseguida a esa gasolinera. Por favor, paremos un rato…

– No hay ninguna necesidad…

– Te estás poniendo furioso de verdad. Y esta noche es tan importante… No quiero que nos pase esta noche…

– ¡Quiero parar! ¡Quiero ir al baño!

– Ya lo ves. Por favor, para. Arreglemos esto antes de que empeore…

– ¿Arreglar qué?

Sophie no respondió, pero siguió mirando con desasosiego a través del parabrisas. Ahora atravesábamos un terreno montañoso. Habían quedado atrás los bosques de abetos, y se alzaban a ambos lados altos y escarpados taludes de roca. Divisé la gasolinera en el horizonte: una estructura que recordaba a una nave espacial en lo alto de los peñascos. Mi cólera contra Sophie había vuelto con renovada intensidad, pero a pesar de ello -a pesar casi de mí mismo-, aminoré la marcha y me situé en el carril más lento.

– Perfecto, vamos a parar -le dijo Sophie a Boris-. No te preocupes.

– Para empezar, no estaba nada preocupado -dije yo con frialdad, pero Sophie no pareció oírme.

– Tomaremos un tentempié y nos sentiremos mucho mejor.

Seguí la señal de salida de la autopista y subí por una carretera estrecha y empinada. Tras unas cuantas curvas muy cerradas, la carretera se hizo más llana y llegamos a un aparcamiento al aire libre. Había varios camiones aparcados en batería, y como una docena de coches.

Me apeé y estiré los brazos. Cuando miré hacia atrás, vi que Sophie ayudaba a Boris a bajar del coche, y que el chico daba unos pasos sobre el pavimento con aire somnoliento. Luego, como para despertarse, alzó la cara hacia el cielo y lanzó un grito de Tarzán mientras se golpeaba el pecho.

– ¡Boris, cállate! -le grité.

– Pero si no molesta a nadie… -dijo Sophie-. No puede oírle nadie.

Estábamos, en efecto, en lo alto de un risco, y a cierta distancia de la estructura de cristal de la estación de servicio. El atardecer había adquirido una tonalidad rojo oscura, y se reflejaba en todas las superficies del edificio. Pasé sin hablar junto a ellos y me dirigí hacia la entrada.

– ¡No estoy molestando a nadie! -gritó Boris a mi espalda. Oí un segundo grito de Tarzán, esta vez rematado por unos gorgoritos a la tirolesa. Seguí andando sin volverme. Y sólo cuando llegué a la entrada me detuve y esperé, con la pesada puerta de cristal abierta para que pasaran ellos.

Cruzamos un vestíbulo en el que había una hilera de teléfonos públicos, y, a través de una segunda puerta de cristal, pasamos al restaurante. Nos acogió un aroma de carne a la parrilla. La sala era enorme, con largas hileras de mesas ovaladas, y se hallaba circundada por grandes cristaleras a través de las cuales podían verse vastos retazos de cielo. Los sonidos de la autopista que discurría a nuestros pies parecían llegar de muy lejos.

Boris corrió hacia el mostrador del autoservicio y cogió una bandeja. Le pedí a Sophie que me cogiera una botella de agua mineral y me fui a buscar una mesa. No había muchos clientes -sólo estaban ocupadas cuatro o cinco mesas-, pero fui hasta el final de una de las largas hileras de mesas y me senté dando la espalda a la cristalera.

Al cabo de unos minutos Boris y Sophie llegaron por el pasillo con las bandejas. Se sentaron frente a mí y empezaron a extender las cosas de un modo mudo y extraño. Advertí entonces que Sophie le dirigía a Boris miradas solapadas, y supuse que mientras estaban en el mostrador Sophie le había estado apremiando para que me dijera algo capaz de reparar el daño que hubiera podido causar nuestro reciente altercado. Hasta entonces no se me había ocurrido que entre Boris y yo fuera necesaria reconciliación alguna, y me irritaba ver a Sophie entrometiéndose tan torpemente en el asunto. En un intento de aligerar el ánimo, hice algunos comentarios jocosos sobre la decoración futurista que nos rodeaba, pero Sophie me respondió distraídamente y le lanzó otra mirada a Boris. Su falta de tacto fue tal que era como si en lugar de una mirada le hubiera lanzado un codazo. Boris, comprensiblemente, parecía reacio a hacer lo que se le pedía y siguió retorciendo malhumoradamente entre los dedos el paquete de nueces que acababa de comprar. Al final, y sin alzar la vista, dijo entre dientes:

– He estado leyendo un libro en francés.

Me encogí de hombros y miré hacia la puesta de sol. Era consciente de que Sophie instaba al chico a que añadiera algo. Boris acabó diciendo con desgana:

– Me he leído entero un libro en francés.

Me volví a Sophie y dije:

– A mí nunca se me ha dado bien el francés. Sigo teniendo más problemas con el francés que con el japonés. En serio. Me las arreglo mejor en Tokio que en París.

Sophie, presumiblemente poco satisfecha con mi respuesta, me dirigió una mirada dura. Irritado ante su actitud coercitiva, aparté la mirada y volví a fijarla en el crepúsculo. Al poco oí que Sophie decía:

– Boris está mejorando mucho en idiomas.

Al ver que ni Boris ni yo respondíamos, se inclinó hacia el chico y dijo:

– Boris, ahora tendrás que hacer otro esfuerzo. Pronto llegaremos a la galería. Habrá un montón de gente. Algunos de ellos puede que parezcan muy importantes, pero no tienes que tener miedo, ¿de acuerdo? Mamá no les va a tener ningún miedo, y tú tampoco. Les demostraremos lo bien que sabemos estar. Tendremos un gran éxito, ¿no crees?

Por espacio de un instante, Boris siguió retorciendo el pequeño paquete entre sus dedos. Luego alzó la mirada y dejó escapar un suspiro.

– No te preocupes -dijo-. Sé lo que hay que hacer. -Se irguió y continuó hablando-: Hay que meterse una mano en el bolsillo. Así. Y con la otra sostener la bebida… Así.

Mantuvo la postura durante unos segundos, simulando al tiempo una expresión de gran altanería. Sophie estalló en carcajadas. Yo no pude evitar sonreír ligeramente.

– Y cuando la gente se te acerque -continuó Boris-, dices una y otra vez: «¡Cuan notable! ¡Cuan notable!», o también: «¡Inestimable! ¡Inestimable!» Y cuando se te acerque un camarero con cosas en la bandeja, le haces esto. -Boris hizo un mohín de disgusto y agitó un dedo de derecha a izquierda.

Sophie seguía riendo.

– Boris, vas a causar sensación esta noche.

Boris, claramente contento consigo mismo, estaba radiante. Luego, se levantó de pronto y dijo:

– Voy al lavabo. Se me había olvidado que tenía que ir. No tardo nada.

Nos dedicó una vez más el número del dedo desdeñoso, y se alejó apresuradamente.

– A veces es realmente divertido -dije.

Sophie se quedó mirando por encima del hombro cómo se alejaba por el pasillo.

– Crece tan deprisa -dijo. Luego suspiró, y su expresión se hizo más grave y reflexiva-. Pronto será mayor. No nos queda mucho tiempo.

Guardé silencio a la espera de que continuara. Siguió mirando por encima del hombro unos segundos más. Luego, volviéndose hacia mí, dijo con voz serena:

– Es su niñez, que se va escurriendo entre los dedos. Pronto será mayor y no habrá conocido nada mejor que esto.

– Hablas como si tuviera una vida horrible. Su vida es perfectamente buena y normal.

– Es cierto, lo sé, su vida no es tan mala. Pero es su niñez. Sé cómo debería ser. Porque recuerdo, ¿sabes?, cómo fue la mía. Cuando era muy pequeña, antes de que mamá enfermara. Las cosas eran maravillosas entonces. -Se volvió para mirarme de frente, pero sus ojos parecían enfocar las nubes que había a mi espalda-. Quiero para él algo parecido a aquello.

– Bien, no te preocupes. Pronto resolveremos nuestros problemas. Mientras tanto, Boris lo está haciendo muy bien. No hay por qué preocuparse.

– Eres como todo el mundo. -En su voz no había el menor asomo de ira-. Actúas como si dispusiéramos de todo el tiempo del mundo. No te das cuenta, ¿verdad? A papá puede que le queden aún unos cuantos años buenos, pero no se hace más joven. Un día se irá, y entonces sólo quedaremos nosotros. Tú y yo y Boris. Por eso tenemos que dar un paso vital. Construir algo propio, pronto. -Aspiró profundamente y sacudió la cabeza, y abismó la mirada en el café que tenía ante ella-. No te das cuenta. No te das cuenta de lo solitario que puede resultar el mundo si las cosas no te van bien. ¿Para qué llevarle la contraria?

– De acuerdo, eso es lo que haremos -dije-. Encontraremos algo pronto.

– No te das cuenta del poco tiempo que nos queda. Míranos. Apenas hemos empezado.

Su tono se hacía más acusador por momentos. Parecía haber olvidado por completo el papel nada insignificante que su comportamiento había jugado en el hecho de que las «cosas no nos fueran bien». Sentí una súbita tentación de recordarle multitud de cosas, pero al final permanecí en silencio. Luego, después de que ninguno de los dos hablara durante cierto tiempo, me levanté y dije:

– Perdona. Creo que yo también comeré algo… Sophie miraba de nuevo el cielo, y no pareció darse demasiada cuenta de mi partida. Me dirigí hacia el mostrador del autoservicio y cogí una bandeja. Estaba estudiando la oferta de pastelería cuando de pronto recordé que no sabía cómo ir a la galería Karwinsky, y que de momento dependíamos por entero del coche rojo. Pensé en el coche rojo, que ahora seguiría avanzando por la autopista, alejándose más y más de nosotros, y caí en la cuenta de que no podíamos perder mucho tiempo en aquella estación de servicio. De hecho, vi con claridad que debíamos marcharnos de inmediato, y a punto estaba de dejar la bandeja en su sitio para volver apresuradamente a la mesa cuando advertí que dos personas hablaban de mí en una mesa cercana.

Miré a mi alrededor y vi que eran dos mujeres de mediana edad, elegantemente vestidas. Inclinadas la una hacia la otra sobre la mesa, hablaban en voz baja y al parecer sin darse cuenta de mi presencia. Casi nunca se referían a mí por mi nombre, por lo que al principio no pude estar seguro de que estuvieran hablando de mí, pero al cabo de unos segundos tuve la certeza de que no podían estar hablando de otra persona.

– Oh, sí -decía una de ellas-. Se han puesto en contacto varias veces con la tal Stratmann, que les asegura una y otra vez que sí, que él se presentará a supervisar los preparativos, cosa que hasta el momento no ha hecho. Dieter dice que no les importa demasiado, que tienen trabajo de sobra del que ocuparse, pero el caso es que están todos muy inquietos pensando que puede aparecer en cualquier momento. Y, claro, el señor Schmidt no hace más que entrar gritándoles que ordenen las cosas, que qué va a pasar si llega en ese momento y ve en tales condiciones la sala cívica de conciertos… Dieter dice que todos están nerviosos, incluso el tal Edmundo. Con estos genios nunca se sabe lo que se les ocurrirá criticar… Todos recuerdan bien el día en que Igor Kobyliansky llegó a supervisar las cosas y lo examinó todo tan minuciosamente…; se puso a cuatro patas mientras todos le hacían corro sobre el escenario, y empezó a arrastrarse de aquí para allá a gatas, dando golpecitos a las tablas, pegando la oreja al suelo… Dieter no ha sido el mismo estos dos últimos días; cuando se pone a trabajar está con el alma en vilo. Ha sido horrible para todos. Cada vez que no aparece cuando debía aparecer, esperan como una hora y vuelven a telefonear a la tal Stratmann. Y ella se muestra muy compungida, se deshace en disculpas, y concierta otra cita…

Al escuchar a estas damas acudió a mi mente un pensamiento que me había pasado por la cabeza varias veces en las últimas horas: convenía que me pusiera en contacto con la señorita Stratmann con más frecuencia de lo que lo había estado haciendo hasta ahora. De hecho podría incluso llamarla por teléfono desde las cabinas públicas que había visto en el vestíbulo. Pero antes de que pudiera considerar siquiera la idea, oí que la mujer seguía hablando:

– Y eso ha sido todo después de que la tal Stratmann se hubiera pasado semanas insistiendo en lo deseoso que estaba él de llevar a cabo la inspección, explicando que no sólo estaba preocupado por la acústica y demás detalles habituales, sino también por sus padres, por cómo tenían que ser acomodados en la sala durante la velada… Al parecer ninguno de ellos está demasiado bien, así que necesitarán un acomodo especial, unas atenciones especiales, tener cerca a gente cualificada por si a uno de ellos le da un ataque o algo parecido. Los preparativos necesarios son bastante complicados y, según la señorita Stratmann, él estaba muy interesado en examinar cada detalle con el personal encargado del asunto. Bien, lo de los padres resulta bastante conmovedor, ya sabes, preocuparse tanto por sus ancianos padres y demás… ¡Pero luego te enteras de que no ha aparecido! Claro que la culpa puede que sea más de la tal Stratmann que de él mismo. Eso es lo que piensa el señor Dieter. Al decir de todos, su reputación es excelente; no parece en absoluto el tipo de persona que se pase la vida causando molestias a la gente.

Había estado sintiendo un gran enojo contra aquellas dos damas, y -como es lógico- tal enojo remitió un tanto al oír sus comentarios últimos. Pero lo que dijeron sobre mis padres -la necesidad de asegurarles ciertas atenciones especiales- me convenció de que no podía diferir ni un segundo más el llamar a la señorita Stratmann. Dejé mi bandeja sobre el mostrador y me dirigí precipitadamente hacia el vestíbulo.

Entré en una cabina y busqué en mis bolsillos la tarjeta de la señorita Stratmann. La encontré y marqué el número. Contestó enseguida la propia señorita Stratmann.

– Señor Ryder, me alegro mucho de que llame… Estoy tan contenta de que todo vaya tan bien…

– Ah, piensa que todo va perfectamente…

– Oh, sí. ¡Magníficamente! Está usted teniendo tanto éxito en todas partes. La gente está tan emocionada. Y su pequeño discurso de anoche, después de la cena… Oh, todo el mundo hablaba de lo ingenioso y entretenido que había sido… Es un placer, si me permite decirlo, poder trabajar con alguien como usted…

– Bueno, muchas gracias, señorita Stratmann. Muy amable de su parte. También es un placer estar tan bien atendido. La llamo porque…, en fin, porque quería cerciorarme de ciertas cosas relativas a mi agenda. Sí, ya sé que hoy ha habido algunas demoras inevitables, y que han dado lugar a un par de desafortunadas consecuencias.

Hice una pausa, a la espera de que la señorita Stratmann dijera algo, pero al otro lado de la línea sólo hubo silencio. Solté una risita y continué:

– Pero, por supuesto, estamos de camino hacia la galería Karwinsky. Quiero decir que en este instante nos hallamos, en efecto, a medio camino. Queremos, como es natural, llegar con el tiempo holgado, y debo decir que a los tres nos embarga una gran expectación. Tengo entendido que la campiña en torno a la galería Karwinsky es absolutamente espléndida. Sí, estamos muy contentos de ir ya para allá…

– Me alegra tanto oírle, señor Ryder… -La señorita Stratmann parecía un tanto confusa-. Espero que le guste el acto… -Luego, de pronto, añadió-: Señor Ryder, espero que no le hayamos ofendido… -¿Ofendido?

– No quisimos insinuar nada… Quiero decir, al sugerirle que fuera a casa de la condesa esta mañana. Todos sabíamos que usted conoce perfectamente la obra del señor Brodsky, a nadie se le ocurriría dudarlo… Pero algunas de esas grabaciones son tan raras que la condesa y el señor Von Winterstein pensaron que… ¡Oh, Dios, espero que no se haya ofendido, señor Ryder! Le aseguro que no queríamos insinuar nada en absoluto…

– No estoy ofendido en lo más mínimo, señorita Stratmann. Muy al contrario, soy yo quien espera que la condesa y el señor Von Winterstein no estén ofendidos conmigo por no haber podido hacerles la visita programada…

– Oh, por favor, no se preocupe por eso, señor Ryder. -Me habría encantado verles y charlar con ellos, pero al comprobar que las circunstancias no me permitían cumplir con lo que teníamos planeado, me dije que sabrían entenderlo, en especial cuando, como usted dice, en rigor no había ninguna necesidad de que yo escuchase las grabaciones del señor Brodsky…

– Señor Ryder, estoy segura de que la condesa y el señor Von Winterstein lo entienden perfectamente. En cualquier caso, el hecho mismo de programarlo fue, ahora lo veo, bastante osado de nuestra parte…, máxime teniendo en cuenta lo apretado de su agenda. Espero que no se sienta ofendido…

– Le aseguro que no estoy ofendido en absoluto. Pero la verdad, señorita Stratmann, yo querría… Le telefoneo para hablar de ciertos aspectos…, en fin, de otros aspectos de mi agenda.

– ¿Sí, señor Ryder?

– Por ejemplo, de mi visita de supervisión a la sala de conciertos. -Ah, sí.

Aguardé por si añadía algo, pero al ver que no decía nada proseguí:

– Sí, simplemente quería cerciorarme de que todo está preparado para mi visita.

La señorita Stratmann pareció percatarse finalmente del tono preocupado de mi voz.

– Oh, sí -dijo-. Sé a lo que se refiere. No he programado mucho tiempo para su inspección de la sala de conciertos. Pero como puede comprobar -calló unos instantes; me llegó el crujido de una hoja de papel-, como puede comprobar, antes y después de su visita a la sala de conciertos tiene usted otras dos citas muy importantes. Así que pensé que si había un acto al que podía escatimarle un poco de tiempo, éste era la visita a la sala de conciertos. Porque siempre podría volver más tarde si lo considerara necesario. Mientras que, como comprenderá, no podíamos dedicar menos tiempo a ninguna de las otras dos citas. A la entrevista con el Grupo Ciudadano de Ayuda Mutua, por ejemplo, sabiendo la importancia que usted concede al hecho de reunirse personalmente con la gente de a pie, con las gentes a las que les afectan las cosas…

– Sí, por supuesto, tiene usted toda la razón. Estoy plenamente de acuerdo con lo que acaba de decir. Como bien sugiere, siempre podré hacer otra visita a la sala de conciertos más tarde… Sí, sí. Sólo que estaba un poco preocupado por…, en fin, por las medidas… Es decir, por las medidas que van a tomar a propósito de mis padres.

Volvió a hacerse el silencio al otro extremo de la línea. Me aclaré la garganta y proseguí:

– Me refiero a que, como bien sabe, tanto mi madre como mi padre tienen ya muchos años. Será necesario habilitar lo necesario en la sala de conciertos para que…

– Sí, sí, claro… -La señorita Stratmann parecía un tanto perpleja-. Un dispositivo médico cerca para el caso de cualquier desafortunada incidencia… Sí, todo está listo, todo a mano, como podrá comprobar cuando lleve a cabo la visita.

Pensé en ello unos instantes. Luego dije:

– Mis padres. Estamos hablando de mis padres. No hay ningún malentendido a este respecto, espero.

– No lo hay, en absoluto, señor Ryder. Por favor, no se preocupe.

Le di las gracias y salí de la cabina telefónica. Al volver al restaurante, me detuve unos instantes en la puerta. La puesta de sol dibujaba largas sombras en la sala. Las dos damas de mediana edad seguían hablando animadamente, aunque no sabría decir si el tema seguía siendo mi persona. Al fondo del comedor vi que Boris le explicaba algo a Sophie, y que los dos reían con alborozo. Seguí allí unos instantes, dándole vueltas a mi conversación con la señorita Stratmann. Pensando detenidamente en ello, sí había algo osado en la idea de que yo podría sacar algo en limpio de la audición de los viejos discos del señor Brodsky. No había duda de que la condesa y el señor Von Winterstein tenían pensado guiarme paso a paso en tal audición… El pensamiento me irritó, y me sentí afortunado por haberme visto obligado a perderme el evento de marras…

Entonces miré el reloj y vi que, pese a mis palabras tranquilizadoras a la señorita Stratmann, corríamos grave riesgo de llegar tarde a la galería Karwinsky. Fui hasta nuestra mesa y, sin siquiera sentarme, dije:

– Nos tenemos que ir. Llevamos mucho tiempo en este sitio.

Había dado a mis palabras cierto tono perentorio, pero Sophie se limitó a alzar la mirada y a decir:

– Boris piensa que estos dónuts son los mejores que ha comido en su vida. De eso era de lo que hablábamos, ¿verdad, Boris?

Miré a Boris y vi que no me hacía el menor caso. Entonces me acordé de nuestra pequeña disputa de antes -yo la había ya olvidado-, y pensé que lo mejor sería decir algo capaz de reconciliarnos.

– ¿Así que los dónuts están buenos, eh? -dije-. ¿Vas a dejarme probarlos?

Boris siguió mirando en otra dirección, Esperé unos segundos, y luego me encogí de hombros.

– Muy bien -dije-. Si no quieres hablar, estupendo.

Sophie le tocó a Boris en el hombro, y estaba a punto de rogarle que hablara cuando yo me volví y dije:

– Venga, tenemos que irnos.

Sophie dio otro codazo a Boris. Luego se volvió a mí y me dijo, en tono casi desesperado:

– ¿Por qué no nos quedamos un poco más? Apenas te has sentado con nosotros. Y Boris se está divirtiendo tanto… ¿Verdad, Boris?

Boris volvió a hacer como que no oía.

– Escucha, tenemos que marcharnos -dije-. Vamos a llegar tarde.

Sophie volvió a mirar a Boris; luego me miró a mí con expresión cada vez más iracunda. Luego, finalmente, empezó a levantarse. Yo me di media vuelta y eché a andar hacia la salida sin volverme en ningún momento para mirarles.

18

Cuando descendimos por la empinada carretera llena de curvas y volvimos a tomar la autopista, el sol estaba ya muy bajo en el horizonte. El tráfico seguía siendo muy poco denso, y conduje a buena velocidad durante un rato mientras escrutaba la lejanía en busca del coche rojo. Al cabo de unos minutos habíamos dejado las montañas y atravesábamos una vasta extensión de granjas. Los campos se perdían a lo lejos a ambos lados de la autopista. Y fue mientras tomaba una larga y lenta curva en medio de un terreno llano cuando divisé el coche rojo. Aún nos llevaba cierta ventaja, pero vi que el conductor seguía conduciendo a una velocidad decididamente moderada. Reduje la mía, y pronto me vi disfrutando del paisaje que se ofrecía ante mis ojos: los campos al atardecer, el casi acostado sol parpadeando tras los lejanos árboles, los ocasionales grupos de granjas… El coche rojo, entretanto, se mantenía allí delante, entrando y saliendo de nuestro campo visual a cada curva de la carretera… Entonces oí que Sophie me decía:

– ¿Cuánta gente crees que habrá?

– ¿En la recepción? -Me encogí de hombros-. ¿Cómo voy a saberlo? He de decir que este asunto parece tenerte en vilo. No es sino una recepción más, no es más que eso.

Sophie siguió mirando el paisaje. Luego dijo:

– Esta noche habrá mucha gente. Serán los mismos que asistieron al banquete de Rusconi. Por eso estoy nerviosa. Creí que te habías dado cuenta.

Traté de recordar el banquete al que se refería, pero el nombre no me decía gran cosa.

– Estaba mejorando mucho en ese tipo de cosas hasta que Uegó aquel banquete… -continuó Sophie-. Aquella gente me resultaba horrible. Todavía no me he recuperado. Y seguro que esta noche va a haber un montón de gente de ese tipo.

Yo seguía tratando de recordar aquel evento.

– ¿Te refieres a que hubo gente que fue descortés contigo?

– ¿Descortés? Bueno, supongo que podríamos llamarlo así. Me hicieron sentirme pequeña, patética. Espero que no vuelva a estar toda esa gente esta noche.

– Si alguien es descortés contigo esta noche, vienes y me lo dices. Y, en lo que a mí respecta, puedes mostrarte con ellos tan descortés como te venga en gana.

Sophie volvió la vista hacia el asiento trasero y miró a Boris. Al cabo de unos instantes caí en la cuenta de que el chico se había dormido. Sophie siguió mirándole unos segundos más, y luego se volvió hacia mí.

– ¿Por qué vuelves a empezar con lo mismo? -me preguntó en un tono totalmente diferente-. Sabes lo mucho que le molesta. Vuelves a empezar con lo mismo… ¿Cuánto tiempo piensas seguir así esta vez?

– ¿Seguir con qué? -pregunté en tono cansino-. ¿De qué estás hablando?

Sophie se quedó mirándome, y luego apartó la mirada.

– No te das cuenta -dijo, casi para sí misma-. No nos queda tiempo para ese tipo de cosas. No te das cuenta, ¿verdad?

Sentí que se me agotaba la paciencia. Todo el caos al que había estado sometido durante el día cayó sobre mí como una tromba, y me vi de pronto diciendo a voz en grito:

– Oye, ¿por qué crees que tienes derecho a criticarme así continuamente? Quizá no lo hayas notado, pero precisamente ahora me encuentro sometido a una gran tensión. Y en lugar de apoyarme decides criticarme, criticarme, criticarme… Y ahora te preparas para dejarme tirado en esta recepción. O al menos pareces preparar el terreno para hacerlo…

– ¡Muy bien! ¡Pues no iremos! Boris y yo esperaremos en el coche. ¡Puedes ir solo a esa maldita recepción!

– No tienes por qué ponerte así. Sólo estaba diciendo…

– ¡Lo digo en serio! Vete solo. Así no podremos dejarte en mal lugar.

Tras esta escaramuza, seguimos varios minutos sin hablar. Y al cabo dije:

– Oye, lo siento. Probablemente estarás magnífica en la recepción. Es más, estoy seguro de que estarás magnífica.

No me respondió. Seguimos en silencio, y cada vez que la observaba la veía con la mirada vacía y fija en el coche rojo que nos precedía. Me empezó a invadir un sentimiento de pánico, y al final dije:

– Mira, aunque las cosas no vayan bien esta noche, no importa. Lo que quiero decir es que no nos va a influir en las cosas importantes. No tenemos necesidad de portarnos como estúpidos.

Sophie siguió con la mirada fija en el coche rojo. Y luego dijo:

– ¿No te parece que he engordado? Dime la verdad.

– No, no, en absoluto. Estás preciosa.

– Pues he engordado. He engordado un poco.

– No tiene la menor importancia. Pase lo que pase esta noche, no importará en absoluto. Mira, no hay por qué preocuparse. Pronto lo tendremos todo listo. Una casa, todo… Así que no hay por qué preocuparse.

Al decir esto, empezaron a abrirse paso en mi memoria ciertos detalles del banquete que ella había mencionado antes. En particular me vino a la mente una imagen de Sophie, en traje de noche carmesí osuro, de pie, embarazosamente sola en medio de una sala atestada de invitados, mientras la gente a su alrededor charlaba y reía en pequeños grupos… Pensé en la humillación que debió de soportar, y al cabo le toqué suavemente el brazo. Para mi alivio, ella respondió apoyando la cabeza sobre mi hombro.

– Verás -dijo, casi en un susurro-. Vas a verme. Y también a Boris. Estén quienes estén esta noche, vas a ver cómo nos portamos.

Varios minutos después advertí que el coche rojo iba a dejar la autopista. Reduje la distancia entre ambos coches, y pronto me vi siguiendo a nuestro guía por una carretera tranquila que ascendía entre unos prados. El ruido de la autopista fue perdiéndose a medida que ascendíamos, y al poco avanzábamos por senderos de tierra escasamente idóneos para los modernos medios de transporte. En un momento dado un seto nos arañó todo un costado del coche, e instantes después brincábamos sobre un patio embarrado y lleno de vehículos de granja desvencijados. Luego transitamos por unas aceptables carreteras rurales que serpeaban con suavidad a través de los campos, y volvimos a ganar velocidad. Al final oí que Sophie gritaba «¡Ahí está!» y vi un letrero de madera en un árbol que anunciaba la galería Karwinsky.

Reduje la marcha y nos aproximamos a la entrada. Dos postes oxidados se alzaban aún a ambos lados, pero la verja ya no estaba. Mientras el coche rojo seguía su camino y finalmente se perdía en la lejanía, pasé entre los dos postes y accedí a un vasto campo cubierto de hierba.

Un camino de tierra surcaba el campo en sentido ascendente, y por espacio de unos segundos avanzamos lentamente pendiente arriba. Al alcanzar la cima, se abrió ante nosotros una hermosa vista. El campo descendía hacia un valle poco profundo, en cuyo fondo se alzaba un imponente caserón construido a la manera de los castillos franceses. El sol se ocultaba ya tras él, entre los bosques, y a pesar de la distancia pude apreciar que el caserón rebosaba un marchito encanto, evocador del lento declinar de alguna ensoñadora familia de terratenientes.

Puse una marcha corta y descendí despacio por la ladera. Veía por el retrovisor a Boris -ahora totalmente despierto-, que miraba a derecha e izquierda a través de la ventanilla, aunque la hierba era tan alta que impedía disfrutar de cualquier vista de conjunto.

Al acercarnos vi que una gran extensión del campo contiguo a la casa había sido utilizada como aparcamiento. Enfilé hacia los coches aparcados y al finalizar el descenso vi que eran casi un centenar de vehículos, muchos de ellos pulidos en extremo para la ocasión. Di unas cuantas vueltas en busca de un lugar para aparcar, y me detuve no lejos del muro medio desmoronado del patio.

Me bajé del coche y estiré brazos y piernas. Cuando me volví advertí que Sophie y Boris se habían apeado también y que Sophie arreglaba con gran cuidado la apariencia del chico.

– Y recuerda -le estaba diciendo-. Nadie en esa sala es más importante que tú. No dejes de decírtelo continuamente. Además, no vamos a quedarnos demasiado.

Estaba a punto de dirigirme hacia la entrada cuando me llamó la atención algo que entrevi por el rabillo del ojo. Me volví y observé que había un viejo y destartalado coche abandonado en medio de la hierba, cerca de donde habíamos aparcado. Los demás invitados habían dejado un gran espacio libre en torno a él, como tratando de evitar que su chapa oxidada y su degradación general pudiera contaminar sus flamantes vehículos.

Di unos pasos hacia el viejo y ruinoso trasto. Se hallaba medio hundido en tierra, y la hierba crecía libremente a su alrededor de forma que ni siquiera lo habría visto si el último sol del atardecer no hubiera arrancado unos destellos en su capó semioculto. No tenía ruedas, y la puerta del conductor había sido arrancada de sus pernios. La pintura había sido retocada numerosas veces, y en el último retoque parecía haberse utilizado pintura a brocha, normal y corriente, y que el trabajo había sido abandonado a medías. Los guardabarros traseros habían sido reemplazados por otros dispares procedentes de otros coches. Pese a todo, e incluso antes de que lo hubiera examinado más detenidamente, supe que estaba contemplando los restos del viejo coche familiar que mi padre había utilizado durante años.

Como es lógico, había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que lo había visto. El volverlo a ver en aquel lamentable estado trajo a mi memoria sus últimos días con nosotros, cuando era ya tan viejo que me producía verdadero embarazo el que mis padres siguieran utilizándolo. Hacia el final de sus días, recordé, yo había empezado a urdir complejas tretas para evitar viajar en él, tal era el miedo que me producía la eventualidad de que pudiera vernos un compañero de clase o un maestro. Pero eso sólo fue al final. Durante muchos años me había aferrado a la creencia de que nuestro coche -pese a ser bastante barato- era de algún modo superior a casi todos los que circulaban por las carreteras del mundo, y que ésa era la razón por la que mi padre no lo arrumbaba y se compraba otro. Lo recordaba aparcado en el camino de entrada de nuestra casita de Worcestershire, con su pintura y sus cromados relucientes, y recordaba cómo me quedaba mirándolo de cuando en cuando, durante varios minutos, pletórico de orgullo. Muchas tardes -en especial los domingos- las pasaba jugando dentro y fuera de él. A veces sacaba juguetes de casa -puede que hasta mi colección de soldaditos de plástico- y los colocaba encima del asiento trasero. Pero lo más normal era que me limitara a desarrollar tramas sin cuento alrededor de él, disparando con mi pistola a través de las ventanillas o poniéndome al volante y llevando a cabo persecuciones a velocidades temerarias. De vez en cuando mi madre se asomaba desde la casa para decirme que dejara de cerrar de golpe las portezuelas del coche, porque el ruido la iba a volver loca, y que si daba otro portazo más me iba a «arrancar la piel a tiras». Podía verla con nitidez, de pie en la puerta trasera de la casita, gritándome en dirección al coche. La casa era pequeña, pero estaba situada en plena campiña, en un terreno de media hectárea de hierba. Ante nuestra verja pasaba un sendero que llevaba a la granja local, y que dos veces al día era recorrido por una hilera de vacas conducidas por granjeros adolescentes con palos llenos de barro. Mi padre siempre dejaba el coche en el camino de entrada, con la trasera hacia el sendero, y yo solía abandonar lo que estuviera haciendo para contemplar a través de la ventanilla trasera aquellas procesiones de vacas.

Lo que llamábamos «el camino de entrada» no era sino una franja de hierba a un costado de la casa. Nunca había sido pavimentada, y cuando llovía se inundaba y las ruedas del coche se hundían en el agua, lo que sin duda había agudizado sus problemas de oxidación y acelerado el proceso hasta su actual estado. Pero, de niño, los días lluviosos constituían para mí una auténtica delicia. Porque la lluvia no sólo creaba en el interior del coche una atmósfera especialmente confortable, sino porque me proporcionaba el reto añadido de tener que brincar sobre canales de barro cada vez que me montaba o apeaba. Al principio mis padres desaprobaban esta práctica, argumentando que manchaba la tapicería, pero cuando el coche tuvo unos cuantos años dejaron de preocuparse por esos detalles. Los portazos, sin embargo, siguieron molestando a mi madre a lo largo de todo el tiempo en que tuvimos el coche. Una verdadera pena, ya que los portazos eran vitales para la puesta en escena de mis guiones, pues subrayaban los momentos de mayor tensión dramática. Las cosas se complicaban con el hecho de que mi madre a veces se pasaba semanas, incluso meses, sin quejarse de los portazos, hasta que yo llegaba a olvidar que constituyeran una fuente de conflictos. Y un buen día, cuando me encontraba absolutamente absorto en alguna trama dramática, aparecía de pronto enormemente disgustada y me decía que si volvía a hacerlo me «arrancaría la piel a tiras». En más de una ocasión la amenaza me llegaba en un momento en el que la portezuela estaba de hecho entreabierta, y me veía en el dilema de si debía dejarla abierta cuando terminara mis juegos -aunque pudiera quedarse así toda la noche- o debía arriesgarme a cerrarla con la mayor suavidad posible. Tal dilema me atormentaría ya todo el resto de mi jornada de juegos con el coche, y aguaría a conciencia mi disfrute.

– ¿Qué estás haciendo? -dijo la voz de Sophie a mi espalda-. Tendríamos que entrar ya.

Caí en la cuenta de que me hablaba a mí, pero me hallaba tan transportado por el descubrimiento de nuestro viejo coche que respondí algo entre dientes de forma maquinal. Y luego oí que me decía:

– ¿Qué te pasa? Cualquiera diría que te has enamorado de ese cacharro…

Sólo entonces me percaté de que casi lo estaba abrazando: había pegado la mejilla contra su techo, mientras mis manos describían suaves movimientos circulares sobre su roñosa chapa. Me enderecé y solté una rápida carcajada, y me volví y vi que Sophie y Boris me miraban con fijeza.

– ¿Enamorado de esto? Bromeas. -Lancé otra carcajada-. Es criminal cómo la gente va dejando por ahí este tipo de desechos…

Como seguían mirándome, grité: -¡Qué asqueroso montón de chatarra!

Y le propiné unas cuantas patadas. Ello pareció contentarles y ambos dejaron de mirarme. Y entonces vi que Sophie, que instantes antes me instaba para que me diera prisa, seguía preocupada por el aspecto de Boris (ahora lo estaba peinando).

Volví a dedicar mi atención al coche, inquieto ante la posibilidad de haberle causado algún desperfecto con mis patadas. Tras un detenido examen comprobé que tan sólo se habían desprendido unos cuantos desconchones de óxido, pero seguía sintiendo intensos remordimientos por haberme mostrado tan duro e insensible. Me abrí paso entre la hierba y rodeé el coche, y una vez en el otro lado miré a través de la ventanilla trasera. Algún objeto volante debía de haber chocado contra la ventanilla, pero el cristal había resistido sin romperse, y a través de la zona astillada del impacto contemplé el asiento trasero donde tantas horas felices había pasado en la infancia. Vi que gran parte de él estaba cubierto de hongos. El agua de lluvia había formado un pequeño charco en el ángulo entre la almohadilla del asiento y el apoyabrazos. Cuando tiré de la portezuela, ésta se abrió sin gran dificultad, pero a medio camino se quedó atascada en la tupida hierba. La abertura, sin embargo, era lo suficientemente amplia como para permitirme introducirme en el interior del habitáculo, y al cabo de una pequeña pugna logré cierto acomodo en el asiento.

Una vez dentro, comprobé que uno de los extremos del asiento se había hundido hasta el suelo, por lo que me hallaba sentado a una altura anormalmente baja. A través de la ventanilla más cercana a mi cabeza pude ver tallos de hierba y un cielo crepuscular rosado. Me acomodé lo mejor que pude y tiré de la puerta para volver a cerrarla -algo la detenía y no pude cerrarla por completo-, y al cabo de unos instantes logré una postura razonablemente cómoda.

Al poco empezó a invadirme un desasosiego intenso, y cerré los ojos durante un momento. Al hacerlo me vino a la mente el recuerdo de una de mis más felices excursiones familiares en aquel coche, un día en que recorrimos las poblaciones locales en busca de una bicicleta de segunda mano para mí. Fue una soleada tarde de domingo y habíamos ido de pueblo en pueblo examinando una bicicleta tras otra, y mis padres conferenciaban en el asiento delantero mientras yo iba sentado detrás, en el mismo asiento que ocupaba ahora, mirando el paisaje de Worcestershire. Eran los tiempos anteriores a la posesión rutinaria de un teléfono en toda la geografía inglesa, y mi madre llevaba en el regazo el periódico local en el que la gente que anunciaba cosas para vender facilitaba su dirección completa. No hacían falta las citas: una familia como la nuestra podía simplemente presentarse ante una puerta y decir: «Venimos por lo de la bici», y al punto se nos invitaba a ir hasta el cobertizo trasero para el examen de rigor. La gente más amistosa nos ofrecía té, pero mi padre declinaba siempre la invitación con un comentario humorístico siempre idéntico. Una anciana, sin embargo -luego resultó que la bicicleta que vendía no era una «bici de chico» sino la de su marido recientemente fallecido-, había insistido en que pasáramos a la casa. «Siempre es un gran placer», nos había dicho, «recibir gente como ustedes.» Luego, mientras estábamos sentados en su pequeña y soleada sala con las tazas de té en la mano, había vuelto a referirse a nosotros con la expresión «gente como ustedes», y de súbito, mientras escuchábamos la disertación de mi padre sobre el tipo de bicicleta más adecuada para un chico de mi edad, caí en la cuenta de que para aquella anciana mis padres y yo representábamos el ideal de la felicidad familiar. Una enorme tensión me había invadido a partir de tal revelación, tensión que no hizo sino aumentar en mi interior a lo largo de la media hora que permanecimos en aquella casa. No es que temiera que mis padres no lograran representar adecuadamente su habitual pantomima (resultaba impensable que de pronto dieran comienzo a una de sus peleas, aunque sólo fuera en su versión más aséptica), pero había llegado al convencimiento de que en cualquier momento cualquier signo, acaso cualquier olor, haría que la anciana cayera en la cuenta de la enormidad de su error, y yo aguardaba horrorizado el instante en que se quedaría paralizada de espanto ante nosotros.

Sentado en el asiento trasero del viejo coche, traté de recordar cómo había acabado aquella tarde, pero mi mente había vagado hasta otra tarde totalmente diferente, una tarde de lluvia torrencial en que salí de casa para subirme al coche, al santuario del asiento trasero de aquel coche, mientras la pelea conyugal seguía tronando en el interior de la casa. Aquella tarde me había tendido boca arriba en el asiento, con la parte superior de la cabeza encajada bajo el apoyabrazos. Desde aquella posición privilegiada lo único que podía ver era la lluvia que se deslizaba por los cristales de las ventanillas. En aquel momento mi más hondo deseo era seguir allí tendido sin que nadie me molestara, permanecer allí hora tras hora… Pero la experiencia me había enseñado que mi padre emergería de la casa en cualquier momento, pasaría por delante del coche, bajaría hasta la verja y saldría al camino…, de modo que había seguido allí tendido durante largo rato, con los oídos bien abiertos para percibir -por encima del sonido de la lluvia- el ruido metálico del pestillo de la puerta trasera. Cuando por fin llegó, me erguí como un resorte y me puse a jugar. Escenifiqué una emocionante pelea por la posesión de una pistola caída, y lo hice con una intensidad encaminada a dejar bien claro que me hallaba absorto en mi juego y no podía reparar en nada más. Sólo cuando oí que sus húmedas pisadas se aproximaban al final del camino de entrada me atreví a dejar mi juego. Luego, arrodillándome rápidamente sobre el asiento, miré con cautela por la ventanilla trasera justo a tiempo para ver la figura de mi padre en gabardina, deteniéndose en la verja y encorvándose ligeramente al abrir el paraguas. Luego, la figura salió con paso resuelto al camino y se perdió de vista.

Debí de quedarme dormido porque me desperté dando un respingo y vi que estaba sentado en el asiento trasero del viejo coche, en medio de una total oscuridad. Sentí algo cercano al pánico, y empujé hacia afuera la portezuela más cercana. Al principio no se abrió, pero luego fue cediendo poco a poco y al final pude deslizarme fuera del coche.

Sacudiéndome la ropa, miré a mi alrededor. El caserón estaba profusamente iluminado -a través de los altos ventanales entrevi unas arañas rutilantes-, y al otro lado, junto al coche, Sophie seguía peinando a Boris. Yo estaba fuera del retazo de luz proyectado por la casa, pero Sophie y Boris se hallaban en medio de él, iluminados por completo. Mientras los estaba mirando, Sophie se inclinó hacia el retrovisor exterior para darse unos toques finales al maquillaje.

Cuando irrumpí en el espacio de luz, Boris se volvió hacia mí.

– Has tardado siglos -dijo.

– Sí, lo siento. Tenemos que ir entrando…

– Un segundo -murmuró Sophie en tono distraído, aún inclinada sobre el retrovisor.

– Tengo hambre -dijo Boris-. ¿Cuándo volvemos a casa?

– No te preocupes, no vamos a quedarnos mucho. Esa gente de ahí dentro está esperándonos, así que será mejor que entremos y les saludemos. Pero nos iremos enseguida. Volveremos a casa y pasaremos una velada estupenda. Nosotros solos.

– ¿Podremos jugar al Señor de la Guerra?

– Por supuesto -dije, encantado de que al parecer el chico hubiera olvidado ya nuestra anterior disputa-. O a cualquier otro juego que te apetezca. O hasta podemos jugar a un juego y cuando estemos a medias cambiar a otro diferente porque te aburres o porque estés perdiendo…, lo que quieras, Boris. Esta noche jugaremos al juego que más te guste. Y si quieres dejarlo y charlar un rato, de fútbol, por ejemplo, pues estupendo, eso es lo que haremos. Será una noche maravillosa. Solos los tres. Pero primero tenemos que entrar y acabar cuanto antes con esto. No va a estar tan mal.

– Muy bien, estoy lista -dijo Sophie, pero en el último segundo volvió a inclinarse sobre el retrovisor.

Pasamos bajo un arco de piedra y entramos en un patio. Cuando nos acercábamos a la entrada principal, Sophie dijo:

– La verdad es que ahora estoy deseando entrar. La idea me gusta.

– Estupendo -dije yo-. Relájate y sé tú misma. Todo va a salir maravillosamente.

19

Una corpulenta doncella abrió la puerta. Nos adentrábamos en el espacioso vestíbulo cuando la doncella dijo en voz baja:

– Es grato volver a verle, señor.

Al oírle decir esto caí en la cuenta de que había estado antes en aquella casa (de hecho era la casa a la que me había llevado Hoffman la noche anterior).

– Ah, sí -dije, echando una ojeada a los paneles de madera de las paredes-. Es grato volver. Esta vez, como ve, he venido con mi familia.

La doncella no respondió. Quizá por deferencia, pero cuando lancé una mirada rápida a la corpulenta mujer, que aguardaba con expresión sombría junto a la puerta, no pude evitar captar cierta hostilidad. Fue entonces cuando advertí que, sobre la mesa redonda de madera que había junto al paragüero, mi cara miraba hacia arriba entre una serie de revistas y periódicos. Me acerqué a la mesa y cogí lo que resultó ser la edición vespertina del periódico local, cuya primera plana estaba enteramente dedicada a una fotografía de mi persona. La instantánea parecía tomada en un campo azotado por el viento. Entonces vi el edificio blanco del fondo y recordé la sesión fotográfica de aquella mañana en la colina. Fui con el periódico hasta una lámpara y sostuve la primera plana bajo la luz amarilla.

La fuerza del viento me echaba el pelo totalmente hacia atrás. La corbata ondeaba toda tiesa detrás de una de mis orejas. La chaqueta se me volaba también hacia la espalda, de modo que daba la impresión de que llevaba una especie de esclavina. Para mayor desconcierto aún, mis facciones exhibían una expresión de ferocidad desenfrenada. Con el puño alzado al viento, parecía hallarme lanzando algún rugido guerrero. Dios, no lograba entender cómo podía haber compuesto una pose semejante. El titular -no había otro texto en toda la plana- proclamaba: LLAMAMIENTO DE RYDER A LA UNIFICACIÓN.

Con cierto nerviosismo, abrí el periódico y vi otras seis o siete fotografías más pequeñas, todas ellas similares a la de la primera plana. Mi ademán beligerante era patente en todas ellas salvo en dos. En éstas parecía presentar con orgullo el edificio blanco que se hallaba a mi espalda, esbozando al hacerlo una extraña sonrisa que dejaba totalmente al descubierto mis dientes inferiores y ninguno de los superiores. Escruté las columnas de abajo, y encontré repetidas referencias a alguien llamado Max Sattler.

Habría seguido examinando el periódico con más detenimiento, pero sospechando como sospechaba que la hostilidad de la doncella tenía algo que ver con aquellas fotografías, empecé a sentirme decididamente incómodo. Dejé el periódico y me aparté de la mesa, con intención de dejar para más tarde él estudio detenido del reportaje.

– Es hora de entrar -les dije a Sophie y a Boris, que me esperaban sin saber qué hacer en medio del vestíbulo. Hablé en voz alta para que la doncella pudiera oírme y nos guiara hasta el lugar de la recepción, pero ella no hizo movimiento alguno, por lo que, al cabo de unos embarazosos segundos, le dirigí una sonrisa y dije-: Ya, ya. La recuerdo de anoche.

Y eché a andar hacia el interior de la casa seguido de Sophie y de Boris.

De hecho el edificio no era en absoluto como yo lo recordaba, y pronto nos encontramos en un largo pasillo de paredes revestidas de madera que me resultaba desconocido por completo. Pero no importó demasiado, porque en cuanto recorrimos un breve trecho nos llegó un fuerte rumor de voces, y al poco nos vimos ante la puerta de una sala estrecha atestada de gente con traje de etiqueta y con vasos de cóctel en la mano.

A primera vista la sala parecía mucho más pequeña que el gran salón que había albergado a los invitados la noche anterior. Al examinarla con más detenimiento, de hecho pensé que probablemente ni siquiera fuera una sala, sino un pasillo, o en el mejor de los casos un vestíbulo largo y curvo. Su forma sugería que tal vez describiera incluso un semicírculo, aunque era imposible asegurarlo mirando hacia el interior desde la puerta. En su pared externa pude ver los grandes ventanales

– ahora cubiertos por cortinas-, dispuestos a todo lo largo de la curva; en la pared interna, sin embargo, había puertas. El suelo era de mármol, y del techo colgaban arañas, y aquí y allá había objetos de arte instalados sobre pedestales o en delicadas vitrinas.

Nos detuvimos en el umbral y contemplamos la escena. Miré en torno para ver si alguien venía a recibirnos, o incluso a anunciar nuestra llegada, pero aunque permanecimos inmóviles y expectantes durante varios minutos, nadie hizo ademán de invitarnos a pasar. De cuando en cuando alguien se acercaba deprisa y con paso largo en nuestra dirección, pero en el último momento nos percatábamos de que se dirigía hacia algún otro invitado.

Miré a Sophie. Rodeaba a Boris con un brazo, y ambos miraban con aprensión hacia la apretada concurrencia.

– Vamos, entremos -dije en tono despreocupado.

Dimos unos cuantos pasos hacia el interior de la sala, pero enseguida volvimos a pararnos.

Miré a mi alrededor en busca de Hoffman, o de la señorita Stratmann o de alguien conocido, pero no vi a nadie. Entonces, mientras seguía allí de pie mirando un rostro tras otro, me vino el pensamiento de que gran parte de aquella gente seguramente habría asistido también al banquete en el que Sophie había recibido aquel pésimo trato. Entendí de súbito, con absoluta claridad, todo lo que Sophie había tenido que soportar en aquella ocasión, y sentí que crecía en mi interior una ira violenta. Seguí observando a la gente y, en efecto, identifiqué al menos a un grupito -situado inmediatamente antes de donde la sala describía la curva y se ocultaba a nuestra vista- que casi con toda certeza se contaba entre quienes tan despectivamente se habían comportado con Sophie. Los estudié con detenimiento: los hombres, con su sonrisa de suficiencia, con su modo pomposo de meterse y sacarse las manos de los bolsillos del pantalón, como para demostrar a quien quisiera verlo cuán cómodos se sentían en actos de este tipo…; las mujeres, con sus ridículos trajes de noche, con su modo de sacudir la cabeza con indolencia al reírse… Era increíble -absolutamente grotesco- que aquella gente se permitiera mofarse o mirar por encima del hombro a nadie, y menos aún a una persona como Sophie. De hecho me dije que por qué no me dirigía de inmediato a aquel grupito y les endilgaba a sus miembros un fuerte rapapolvo allí mismo, delante de sus pares. Le susurré a Sophie al oído unas palabras de aliento y crucé la sala en dirección al grupito.

Mientras me abría paso entre los invitados vi que, en efecto, la sala describía un suave semicírculo. Ahora podía ver incluso a los camareros, apostados cual centinelas a lo largo de la pared interna, con las bandejas de bebidas y canapés. Recibí algún que otro empujón involuntario -y las subsiguientes y amables peticiones de disculpas- e intercambié sonrisas con quienes trataban de avanzar en dirección opuesta, pero curiosamente nadie pareció reconocerme. En un momento dado me vi abriéndome paso entre tres hombres de edad mediana que sacudían la cabeza con desaliento ante algo, y advertí que uno de ellos llevaba bajo el brazo el periódico de la tarde. Vi mi semblante azotado por el viento asomando tras su codo, y me pregunté vagamente si el aspecto con que aparecía en las fotografías podría explicar el extraño modo en que nuestra llegada había sido pasada por alto hasta el momento. Pero me encontraba ya frente a la gente del grupito al que quería increpar, y no presté más atención a este interrogante.

Al advertir mi presencia, dos de los integrantes del grupo se apartaron hacia un lado en ademán de darme la bienvenida al corro. Hablaban -pude darme cuenta- de los objetos de arte allí expuestos, y en el preciso instante en que me planté en el centro del grupo todos asentían con la cabeza ante algo que alguien había dicho. Y acto seguido una de las mujeres dijo:

– Sí, está claro que podría trazarse una línea en esta sala, justo a partir de aquel Van Thillo. -Señaló hacia una estatuilla blanca sobre una peana, no lejos de donde estábamos-. El joven Oskar nunca ha tenido demasiada vista. Y, si he de ser justa, él lo sabía, pero lo consideró un deber, un deber para con su familia.

– Lo siento, pero tengo que estar de acuerdo con Andreas -dijo uno de los hombres-. Oskar ha sido demasiado orgulloso. Debía de haber delegado… en gente que sabía lo que no debía hacerse.

Luego otro de los hombres, dirigiéndose a mí, dijo con una amable sonrisa:

– ¿Y qué opina usted sobre este asunto? Sobre la contribución de Oskar a la colección.

La pregunta me dejó momentáneamente perplejo, pero mi ánimo no estaba dispuesto a dejarse apartar de su objetivo.

– Me parece muy bien que ustedes, señoras y señores, polemicen sobre la incompetencia de Oskar -empecé-, pero hay algo más importante y pertinente…

– Sería excesivo -me interrumpió una mujer- llamar incompetente al joven Oskar. Su gusto era muy distinto al de su hermano, y sí, cometió alguna equivocación que otra, pero en conjunto creo que ha aportado una dimensión benéfica a la colección. Representa una ruptura con la austeridad. Sin ella, la colección sería como una buena cena sin un postre dulce. Aquel jarrón de la oruga -dijo, señalando hacia un punto situado al otro lado de los grupos más cercanos- es una auténtica delicia.

– Muy bien, muy bien… -volví a terciar con vehemencia, pero antes de que pudiera continuar, uno de los hombres dijo:

– El jarrón de la oruga es la única, la única de las piezas de su elección que merece ser expuesta aquí. El problema de Oskar reside en que carece de visión de conjunto de la colección, del equilibrio entre las diversas piezas.

Mi impaciencia crecía.

– Oigan -grité-, ¡basta ya! ¡Dejen de hablar un segundo, basta ya de charla fútil! ¡Dejen de hablar un segundo! ¡Permitan que alguien diga algo, alguien de fuera de este pequeño universo que ustedes parecen tan felices de habitar!

Callé y les miré. Mi firmeza había dado resultado, porque todos ellos -cuatro hombres y tres mujeres- me miraban con estupefacción. Una vez ganada su atención, mi cólera volvía a estar gozosamente bajo control, como un arma que pudiera utilizarse a voluntad. Bajé un poco la voz -había gritado más de lo previsto- y proseguí:

– ¿Tiene algo de extraño, tiene algo de extraño que en esta pequeña ciudad suya tengan ustedes estos problemas, estas crisis, como alguno de ustedes ha dado en llamarlas? ¿Puede sorprender a alguien, a alguien de fuera? ¿Constituye alguna sorpresa? Nosotros, los observadores procedentes de un mundo más amplio, más grande, nos rascamos la cabeza con asombro. ¿Nos preguntamos a nosotros mismos cómo es posible que una ciudad como ésta… -sentí que alguien me tiraba del brazo, pero estaba decidido a seguir hasta el final-… que una ciudad, una comunidad como ésta padezca semejante crisis? ¿Nos quedamos pasmados o perplejos? ¡No! ¡En absoluto! Uno Uega a esta ciudad, ¿y qué es lo que ve de inmediato por todas partes? ¿Qué es lo que ve, ejemplificado, señoras y señores, en gente como ustedes, sí, como ustedes? Porque ustedes tipifican…, y lo lamento si soy injusto, si hay ejemplos aún más crasos y monstruosos bajo las piedras y las losas de esta ciudad…, a mis ojos ustedes, usted, señor, y usted, señora, sí, por mucho que lamente tener que decírselo, sí, ¡ustedes ejemplifican todos los fallos de esta ciudad! -La mano que tiraba de mi manga, advertí, pertenecía a una de las mujeres a quienes me estaba dirigiendo, que alargaba la mano por detrás del hombre que estaba a mi lado. Miré hacia ella fugazmente, y continué-: Para empezar, carecen ustedes de modales. Miren cómo se tratan unos a otros. Miren el modo en que tratan a mi familia. Hasta a mí, una celebridad, su invitado… Mírense, sobremanera preocupados por la labor de coleccionista de arte de Oskar. En otras palabras, demasiado obsesionados, obsesionados por los pequeños desórdenes internos de esto que llaman «su comunidad», demasiado obsesionados por estas pequeñas cosas para ser capaces de mostrarnos siquiera el nivel mínimo de buenos modales…

La mujer que tiraba de mi brazo se desplazó hasta situarse a mi espalda, y me di cuenta de que me estaba diciendo algo para tratar de disuadirme. Hice caso omiso y proseguí:

– ¡Y es aquí…! ¡Tiene que ser aquí precisamente, qué cruel ironía! ¡Sí, es aquí, a este lugar, adonde tienen que venir mis padres! Aquí precisamente, aquí, a recibir esta supuesta hospitalidad de ustedes. Qué ironía, qué crueldad, precisamente a esta ciudad, después de todos estos años… ¡Que tenga que ser una ciudad como ésta, con gente como ustedes! Mis pobres padres, ¡venir desde tan lejos para oírme tocar por primera vez en su vida! ¿Creen que esto va a hacer mi tarea más fácil, tener que dejarles al cuidado de gente como usted, y usted, y usted…?

– Señor Ryder, señor Ryder… -La mujer pegada a mi codo llevaba ya cierto tiempo tirándome con insistencia del brazo, y de pronto vi que no era otra que la señorita Collins. Al percatarme de ello perdí mi inicial empuje, y antes de que pudiera darme cuenta había logrado apartarme del grupo.

– Ah, señorita Collins -dije, algo aturdido-. Buenas noches.

– ¿Sabe, señor Ryder? -dijo la señorita Collins, mientras conseguía alejarme más y más del grupo-. Estoy genuinamente sorprendida, he de admitirlo. Me refiero al nivel de fascinación reinante. Una amiga acaba de decirme que la ciudad entera está cotilleando acerca de ello. ¡Cotilleando, me asegura, de la forma más amable! Pero la verdad es que no entiendo a qué se debe todo este revuelo. ¡Sólo porque hoy he ido a zoo! No consigo entenderlo, la verdad. Accedí a hacerlo porque me convencieron de que convenía al interés general, ¿sabe?…, para que Leo se porte como es debido mañana por la noche. Así que lo único que he hecho ha sido acceder a estar allí, eso es todo. Y supongo, para ser franca, que también quería decirle a Leo unas cuantas palabras de ánimo, ahora que lleva tanto tiempo sin probar la bebida. Me pareció justo reconocérselo de algún modo. Le aseguro, señor Ryder, que si Leo hubiera aguantado tanto tiempo sin beber en cualquier otro momento de estos últimos veinte años, yo habría hecho exactamente lo mismo que he hecho. Sólo que jamás se dio tal cosa hasta hoy. Así que no ha habido nada tan realmente crucial en mi presencia de hoy en el zoo.

Había dejado de tirarme del brazo, pero seguía sin soltármelo, y ahora nos paseábamos despacio entre los grupos de invitados.

– Estoy seguro de que no lo ha habido, señorita Collins -dije yo-. Y permítame asegurarle que cuando me he acercado antes a ustedes no tenía ni la más mínima intención de sacar a colación el asunto de usted y del señor Brodsky. A diferencia de la gran mayoría de la gente de esta ciudad, me siento muy contento de no fisgonear en su vida privada.

– Es muy decoroso de su parte, señor Ryder. Pero en cualquier caso, como digo, nuestro encuentro de esta tarde no ha tenido nada de importante. La gente se decepcionaría si lo supiera. Todo lo que sucedió fue que Leo se acercó a mí y me dijo: «Tienes un aspecto adorable.» Justo lo que podía esperarse de Leo después de pasarse veinte años borracho. Y eso fue todo, poco más o menos. Le di las gracias, por supuesto, y le dije que tenía mejor aspecto del que le recordaba últimamente. Él miró hacia abajo, hacia sus zapatos, algo que no recuerdo haberle visto hacer jamás cuando era más joven. En aquellos tiempos no hacía nunca gestos tan tímidos. Sí, su fuego se ha apagado, lo veo claramente. Pero algo lo ha reemplazado, algo con cierta solemnidad. Bien, pues allí estaba, mirándose los zapatos, y el señor Von Winterstein y los demás caballeros como pasmarotes un poco más atrás, mirando hacia otro lado, haciendo como que se habían olvidado de nosotros. Le hice un comentario a Leo sobre el tiempo, y él levantó la mirada y dijo que sí, que los árboles estaban espléndidos. Luego empezó a decirme qué animales le gustaban de los que acababa de ver.

Era evidente que no había prestado la menor atención a los animales, porque lo que me dijo fue: «Adoro estos animales. El elefante, el cocodrilo, el chimpancé…» Bien, la jaula de los monos estaba cerca, es cierto, y la habían tenido que ver al acercarse hacia la explanada, pero en ningún caso habían pasado por delante de los elefantes o los cocodrilos, y así se lo dije a Leo. Pero él dejó el asunto de lado como si yo hubiera dicho algo completamente fuera de lugar. Luego pareció presa de algo semejante al pánico. Quizá tuviera que ver con el hecho de que el señor Von Winterstein se estuviera acercando en ese momento. Ya ve, el acuerdo consistía en decirle unas cuantas palabras a Leo, así, literalmente: unas cuantas palabras. El señor Von Winterstein me había asegurado que entraría en escena al cabo de un par de minutos. Ésas habían sido mis condiciones, pero entonces, una vez que empezamos a hablar, el tiempo estipulado me pareció terriblemente insuficiente. Yo misma empecé a temer ver acercarse al señor Von Winterstein. Bueno, el caso es que Leo sabía que teníamos muy poco tiempo porque fue derecho al grano, y me dijo: «Tal vez deberíamos intentarlo de nuevo. Vivir juntos. Aún no es demasiado tarde.» Tendrá que admitir, señor Ryder, que la cosa resultaba un tanto brusca después de todos estos años. Y simplemente le contesté: «Pero ¿qué íbamos a hacer tú y yo juntos? Ahora ya no tenemos nada en común.» Se quedó unos segundos como desconcertado, como si le hubiera mencionado un punto en el que él jamás hubiera reparado. Luego señaló la jaula que teníamos enfrente, y dijo: «Podríamos tener un animal. Podríamos cuidarlo juntos, quererlo juntos. Tal vez fuera eso lo que no tuvimos antes.» Yo no sabía qué decir, así que seguimos allí de pie, quietos, y vi que el señor Von Winterstein empezaba a acercarse, pero debió de percibir algo, algo en la forma de estar de Leo y mía, porque cambió de opinión y se alejó de nuevo y se puso a hablar con el señor Von Braun. Luego Leo levantó un dedo en el aire, un gesto muy suyo desde siempre, levantó un dedo y dijo: «Tenía un perro, como sabes, pero se me murió ayer. Un perro no es lo apropiado. Tendremos un animal que viva mucho tiempo. Veinte, veinticinco años. Así, si lo cuidamos bien, moriremos antes que él, no tendremos que llorarle. No hemos tenido hijos, así que hagamos lo que te digo.» Y yo le respondí: «No has pensado bien en el asunto. Nuestro amado animal puede que nos sobreviviera a los dos, pero lo que no es probable es que los dos muramos al mismo tiempo. Así que quizá no tuvieras que llorar a ese animal, pero si, pongamos por caso, yo muero antes que tú, tendrás que llorarme a mí.» A lo que él respondió enseguida: «Eso es mejor que no tener a nadie que te llore cuando te vayas.» «Pero yo no tengo ningún miedo a que pueda sucederme eso», dije yo. Le recordé que he ayudado a mucha gente en esta ciudad a lo largo de los años, y que cuando muriera no iba a faltarme quien me llorara. Y él dijo: «Nunca se sabe. Las cosas pueden irme bien de ahora en adelante. Puede que también yo tenga quien me llore cuando muera. Quizá cientos de personas.» Y añadió: «¿Pero qué más me daría, si a ninguna de ellas le importaría de verdad? Las cambiaría a todas por alguien a quien yo amara y que me amara…» He de admitir, señor Ryder, que tal conversación me estaba poniendo un poco triste, y que no se me ocurría nada más que decirle. Y entonces Leo dijo: «Si hubiéramos tenido hijos, ¿cuántos años tendrían ahora? Hoy serían una maravilla.» ¡Como si el llegar a ser maravillosos les hubiera llevado años! Y luego volvió a decir: «No hemos tenido hijos. Así que, en lugar de ello, hagamos esto ahora.» Cuando le oí repetirlo, bueno, supongo que me quedé un poco confusa y miré por encima de su hombro hacia el señor Von Winterstein, y el señor Von Winterstein se apresuró a venir hacia nosotros haciendo algún comentario jocoso, y eso fue todo. Ahí acabó nuestra conversación.

Seguíamos paseándonos despacio por la sala, aún cogidos del brazo. Necesité unos instantes para asimilar lo que acababa de contarme. Y al final dije:

– Estaba recordando, señorita Collins… La última vez que nos vimos usted me invitó amablemente a su apartamento para hablar de mis problemas. Ahora, irónicamente, parece que de lo que habría que hablar es de las decisiones que usted debe tomar en la vida. Me pregunto qué es lo que va a decidir hacer. Porque, si me permite decirlo, se encuentra usted en una especie de encrucijada.

La señorita Collins se echó a reír.

– Oh, Dios, señor Ryder… Soy demasiado vieja para encontrarme en ninguna encrucijada. Y es demasiado tarde para que Leo se ponga a hablar de ese modo. Si esto hubiera sucedido hace siete u ocho años… -Dejó escapar un suspiro, y durante un instante fugaz una profunda tristeza le oscureció la cara. Luego volvió a esbozar una sonrisa amable-. Ya no es momento de dar comienzo a toda una nueva serie de esperanzas y miedos y sueños… Sí, sí, se apresurará usted a decirme que no soy tan vieja, que mi vida no está en absoluto acabada, y se lo agradezco. Pero el hecho es que ya es muy tarde para todo, y que sería…, bueno, digamos que resultaría lioso complicar las cosas a estas alturas. ¡Ah, el Mazursky! ¡Nunca deja de cautivarme! -Hizo un gesto en dirección a un gato de arcilla instalado sobre una peana ante la que en ese momento estábamos pasando-. No, Leo ha creado ya demasiada confusión en mi vida… Hace ya mucho tiempo que me he forjado una vida muy distinta, y si pregunta a la gente de esta ciudad, creo que la mayoría le diría que me defiendo bastante bien en la vida. Y que he ayudado a muchos de ellos en los tiempos difíciles. Claro que no he podido alcanzar ni de lejos logros como los suyos, señor Ryder, pero eso no quiere decir que no disfrute de cierto sentimiento de satisfacción cuando miro hacia atrás y veo lo que he sido capaz de hacer. Sí, en conjunto me siento satisfecha de la vida que me he creado desde que me separé de Leo, y me hace bastante feliz dejar que las cosas sigan como están.

– Pero sin duda, señorita Collins, deberá al menos considerar detenidamente la nueva situación. No veo por qué no habría de aceptar como una justa recompensa, después de la buena tarea que ha llevado a cabo, el hecho de poder compartir el otoño de su vida con el hombre al que, discúlpeme que lo diga, se supone que en cierto modo sigue usted amando. Lo digo porque, bueno, ¿por qué, si no, ha seguido viviendo en esta ciudad todos estos años? ¿Por qué, si no, nunca ha pensado en la posibilidad de volver a casarse?

– Oh, sí he pensado en volver a casarme, señor Ryder. A lo largo de los años hubo al menos tres hombres con los que fácilmente me habría contentado… Pero no eran…, no eran los idóneos. Quizá sí haya algo de verdad en lo que usted dice… Leo estaba cerca, y ello hacía imposible que yo pudiera alimentar sentimientos lo suficientemente intensos hacia esos hombres. Bien, en cualquier caso, hablo de hace mucho tiempo. Su pregunta, una pregunta acaso perfectamente comprensible, es por qué no habría yo ahora de acabar mis días con Leo. Bien, considerémoslo por un momento. Leo es ahora una persona sobria y tranquila. ¿Seguirá siéndolo durante mucho tiempo? Puede que sí. Existe alguna probabilidad de que así sea, lo admito. Máxime si ahora vuelve a ganar prestigio, si vuelve a convertirse en alguien de renombre y con importantes responsabilidades. Pero si accediera a volver con él…, bueno, la cosa sería muy diferente. Leo, al cabo de poco tiempo, decidiría destruir todo lo que hubiera construido, como hizo en el pasado. ¿Y cómo quedaríamos todos entonces? ¿Cómo quedaría esta ciudad? De hecho, señor Ryder, creo responder a un deber cívico al no aceptar la proposición de Leo.

– Perdóneme, señorita Collins, pero no puedo hurtarme a la impresión de que sus argumentos no la convencen tanto como usted querría que la convencieran. De que en alguna parte muy honda de sí misma ha estado siempre esperando y esperando volver a su antigua vida, a su vida con el señor Brodsky. De que toda la buena labor realizada, por la que sin duda la gente de esta ciudad le quedará eternamente agradecida, no ha sido esencialmente sino algo en que ocuparse mientras esperaba…

La señorita Collins inclinó la cabeza y se quedó pensando en mis palabras con una sonrisa divertida.

– Puede que haya algo de cierto en lo que dice, señor Ryder… -dijo finalmente-. Puede que yo no fuera muy consciente de la rapidez con que pasa el tiempo. Hasta hace muy poco, el año pasado en realidad, no me había dado mucha cuenta de cómo pasaba el tiempo. De que los dos nos estábamos haciendo viejos, y de que quizá era demasiado tarde para pensar en recuperar lo que teníamos antes. Sí, puede que tenga razón. Al principio, cuando lo dejé, no pensé que aquello fuera a convertirse en algo permanente. Pero ¿he estado, como usted dice, esperando realmente? La verdad es que no lo sé. Pensaba en las cosas desde la óptica del día a día. Y ahora el tiempo se ha ido. Pero cuando ahora pienso en ello, en mi vida, en lo que he hecho de ella, no me parece que todo haya estado tan mal… Me gustaría que las cosas siguieran así hasta el final, así, como están ahora. ¿Por qué volver a tener que ver con Leo y su animal? Todo sería demasiado complicado.

Me disponía a volver a expresarle, de la forma más delicada posible, mi escepticismo en relación con si realmente creía todo lo que me estaba diciendo, cuando me percaté de que tenía a Boris a mi lado.

– Tenemos que irnos a casa enseguida -dijo-. Mamá está empezando a estar molesta.

Miré hacia donde me estaba señalando. Sophie seguía a unos pasos de donde la había dejado al principio, completamente sola, sin hablar con nadie. Una débil sonrisa bailaba en su semblante, aunque no había nadie a quien pudiera ir dirigida. Tenía los hombros ligeramente encorvados, y su mirada parecía fija en el calzado del grupo de invitados más cercano. La situación -era obvio- no tenía remedio. Conteniendo mi furia contra todos los presentes, le dije a Boris:

– Sí, tienes razón. Será mejor que nos vayamos. Dile a tu madre que venga. Trataremos de escabullimos sin que la gente lo note. Hemos venido, así que nadie podrá quejarse.

Recordaba de la noche anterior que el caserón lindaba con el hotel. Mientras Boris se perdía entre los invitados, me volví para mirar las puertas de la pared y traté de recordar cuál de ellas nos había dado acceso a Stephan Hoffman y a mí al pasillo del hotel. Pero precisamente entonces, la señorita Collins, que seguía cogiéndome del brazo, empezó de nuevo a hablar, y dijo:

– Si he de ser franca, totalmente franca, habré de admitirlo. Sí, en mis momentos menos racionales, ése ha sido mi sueño. -Oh, ¿a qué se refiere, señorita Collins? -Bueno, a todo. A todo lo que me está sucediendo. Que Leo haya logrado serenarse, que se esté labrando un puesto digno de él en la ciudad. Que todo vuelva a estar bien, que los años terribles hayan quedado atrás para siempre. Sí, he de admitirlo, señor Ryder. Una cosa es ser sensata y razonable en las horas diurnas… Pero por las noches la cosa es totalmente diferente. A menudo, en estos últimos años, me despertaba en la oscuridad, en medio de la noche, y me quedaba tendida pensando en ello, pensando en que llegara a suceder algo semejante a esto. Ahora empieza a suceder en la realidad…, y es bastante confuso. Pero lo cierto, ¿sabe?, es que no está sucediendo realmente. Oh, tal vez Leo sea capaz de lograr algo en esta ciudad; tuvo mucho talento en un tiempo, y no creo que eso pueda perderse totalmente. Y sí, es cierto, nunca tuvo una oportunidad, una verdadera oportunidad, estando como estábamos. Pero para nosotros dos es demasiado tarde. Diga él lo que diga, ya es demasiado tarde…

– Señorita Collins, me gustaría tratar este asunto con usted más detenidamente. Pero me temo que ahora, en este preciso instante, tengo que marcharme.

Y, en efecto, acababa de decir esto cuando vi que Sophie y Boris cruzaban la sala en dirección a mí. Me zafé de la señorita Collins y volví a estudiar las puertas, retrocediendo unos pasos para poder ver las ocultas tras la curva. Tras examinarlas una a una, todas me parecieron vagamente familiares, pero ninguna de ellas me ofrecía excesiva confianza. Se me ocurrió que podía preguntar a alguien, pero decidí no hacerlo por miedo a atraer la atención sobre nuestra prematura partida.

Sin resolver el dilema, conduje a Sophie y a Boris hacia las puertas. Entonces empezaron a venirme a la cabeza esas secuencias cinematográficas en las que determinado personaje, deseoso de abandonar una habitación de forma contundente, abre una puerta equivocada y se da de bruces con un armario. Aunque por diferentes razones -yo deseaba abandonar la sala de forma tan inadvertida que más tarde, cuando la gente lo comentara, nadie supiera precisar cuándo nos habíamos marchado-, resultaba igualmente crucial el evitar tal situación calamitosa.

Al final me decidí por la puerta más central de la hilera, sencillamente porque era la más impresionante. Tenía incrustaciones de color perla en las acusadas concavidades de sus paneles, y sendas columnas de piedra a ambos costados. Ante cada columna había un camarero uniformado y tan rígido como un centinela. Una puerta de tal categoría, razoné, si bien podía no conducirnos directamente al hotel, nos conduciría por fuerza a algún lugar de fuste desde donde po