/ Language: Español / Genre:prose_contemporary

Caballeros

Klas Östergren

Cuando el protagonista, homónimo del autor, conoce al gentleman Henry Morgan comprende que ha dado con su alma gemela. A Klas acaban de robárselo todo, así que decide ponerse en manos de Henry: este le descubre un anacrónico mundo de lujo, y le revela que está planeando robar el oro del castillo de Estocolmo. Y entonces aparece Leo, hermano de Henry y poeta maldito, que acaba de salir del psiquiátrico. ¿Quién supondría que una peligrosa trama de gángsters y contrabandistas estaría a la vuelta de la esquina?

Klas Östergren

Caballeros

Caballeros

Estocolmo, otoño de 1978

Probablemente sea una apacible lluvia de primavera lo que se oye caer sobre Estocolmo en este momento, en el Año Internacional del Niño, en el año de las elecciones de 1979. No veo nada de eso y tampoco pienso ir a echar un vistazo. Las cortinas y los visillos están fuertemente cerrados contra las ventanas que dan a la calle Horn y este piso se siente, cuando menos, lúgubre. No he visto la luz desde hace muchos días, y fuera seguramente todo el Estocolmo de los años setenta vibra con la exaltación de la primavera, que a mí me trae por completo sin cuidado.

Este imponente apartamento es como un museo de algún tipo de viejo esplendor, de antiguos ideales, de caballerosidad desaparecida, quizá. La biblioteca es silenciosa y está impregnada de humo, los pasillos del servicio con oscuros aparadores y altos armarios son terroríficos, la cocina está muy sucia, en los dormitorios las camas están sin hacer, en el gran salón hace frío; a ambos lados de la chimenea -donde pasamos tantas horas sentados en las butacas de estilo Chippendale, con nuestros ponches de vino caliente, entreteniéndonos unos a otros con singulares anécdotas- hay una pareja de figuras elaboradas en Fábricas Gustafsberg a finales del siglo pasado. Las piezas son de medio metro de alto y la porcelana parece del mismo mármol que el que imitan. Una representa la Verdad, y adopta la forma de un musculoso hombre sin un solo pelo en todo el cuerpo, con unas exquisitas facciones esculpidas que, sin embargo, no son capaces de esconder algo indefinido, huidizo en la mirada. La otra figura representa, en consecuencia, la Mentira, un bufón apoyado descuidadamente contra una barrica de vino, sosteniendo un instrumento de cuerda y probablemente relatando con vitalista desenfado alguna escabrosa historia de pastores.

No es difícil sacar ciertas conclusiones acerca de los dos hombres que hasta hace muy poco ocupaban este apartamento. Lo abandonaron de forma precipitada, como alertados ante una sirena de bombardeo aéreo. Permanecía todo intacto; por lo demás, toda aquella casa museo estaba llena de aquellos extraños objetos, vestigios de tiempos desaparecidos. Y mis pensamientos se dirigen inevitablemente hacia el pasado.

Repulsivo, eso es lo que parezco. Bajo esta ridícula gorra de tweed, mi cabeza afeitada y maltrecha está recuperando lentamente su aspecto y proporciones de antaño. En la medida en que eso sea posible. Ya he envejecido a una velocidad sorprendente durante este Año Internacional del Niño y de las elecciones suecas de 1979. Me han salido más arrugas y tengo una especie de espasmos, de tics, bajo los ojos. Eso confiere a mi cara cierta dureza, aunque no es un rasgo totalmente desfavorecedor. Con apenas veinticinco años estoy envejeciendo como un Dorian Gray. No creí que fuera posible quemarse y marchitarse tan brutalmente en la oscuridad conservadora y antigua que siempre se ha cernido como una posibilidad aterradora sobre este apartamento. Haciendo acopio de mis últimas fuerzas, en cualquier momento puedo despejar la barricada de la puerta del recibidor -he arrastrado hasta allí un armario enorme de caoba maciza para sentirme seguro- y marcharme de aquí. Pero no lo hago. No hay vuelta atrás. Creo que he perdido la razón con todo este asunto.

Tengo una herida en la cabeza y al enemigo en mi garganta. Todo el mundo tiene un pequeño enemigo, pero yo comparto el mío con mis amigos, y mis amigos han desaparecido. Nunca me indicaron quién era el enemigo y no sé cómo es, ni si es él, ella o ello. Solo puedo adivinarlo. Probablemente esto no va a tratar tanto del retrato de un enemigo, una descripción del mal, como de un retrato de mis amigos, una descripción del bien y sus posibilidades. Será un relato oscuro, porque, me inclino a creer, el bien solo tiene imposibilidades. Tenemos que dejarnos llevar por la desesperación, al menos de vez en cuando. Si uno ha sido expuesto al ultraje y a una seria agresión y casi ha perdido la vida a causa de ello, es al menos disculpable.

Teniendo en cuenta mi condición física -mi cabeza no puede ser expuesta a un exceso de estrés y presiones, según la recomendación de los médicos después del tratamiento- y los tiempos que corren, cada vez más insoportables, debo ponerme manos a la obra de inmediato. Pienso erigir un templo, un monumento a los hermanos Morgan. Es lo menos que puedo hacer por ellos, dondequiera que se encuentren.

Ya era un poco fuerte estar plantado ante un espejo del Club Atlético Europa, en Hornstull, Estocolmo, una tarde de otoño de 1978, silbando desenfadadamente un solo al son de una canción de éxito que sonaba en el ruidoso gramófono de plástico y, al mismo tiempo, haciéndose concienzudamente el difícil nudo de corbata duque de Windsor; pero después, a punto de salir por la puerta, gritar a pleno pulmón «Adiós, chicas» era ya pasarse absolutamente de la raya.

Se hizo el silencio. Solo se rió Juan, y Willis, claro. Juan no era su verdadero nombre, pero tenía una camiseta de baloncesto con un 7 amarillo muy grande y, como era yugoslavo y parecía español, le llamaban Juan. Se reía de casi todo, no porque fuera especialmente adulador sino porque para sus oscuros ojos había mucho de lo que reírse en este país. Willis tenía un sentido del humor afín. Se quedó allí plantado riéndose en su despacho; había sido el jefe del Club Atlético Europa desde que se fundó y conocía a aquel hombre que se había pasado de la raya.

Pero todos los demás en el Europa se tomaron aquello bastante mal. Un forastero los había llamado «chicas» y aquello era un golpe bajo, no comme il faut. Fue especialmente duro para Gringo. En los últimos años había sido el rey sin corona del Europa y había podido reinar relativamente tranquilo y sin ser molestado. Nadie se había atrevido a plantarle cara. Salvo aquella tarde, cuando el forastero le propinó una buena paliza. Habían decidido subir al ring, más que nada para pasar el rato, pensando que la cosa no llegaría a tres asaltos. Gringo, con tranquilidad, fue sacando sus famosos ganchos de derecha que en un tiempo le habían servido para ganar los campeonatos nacionales, a lo que el forastero había respondido con un boxeo poco ortodoxo: lleno de fantasía, variado, como salido de una cuarta dimensión en la que nadie antes había pensado. Hasta que Gringo se vio obligado a abandonar el ring alegando que el contrario tenía un espantoso mal aliento. Había como un aroma de ajo flotando alrededor del forastero, así que Gringo no podía acercarse para atacar con sus conocidos y mortales ganchos de derecha. ¡Gringo se ablandaba por un poco de ajo! La gente se moría de risa.

Solo fue una excusa, todo el mundo lo vio, porque Gringo lo estaba pasando mal ya desde el segundo asalto. Las puntuaciones estaban anotadas, y Gringo estaba sentado en el banco bajo las perchas y, pese a la ducha y a la gran cantidad de agua fría, parecía bastante magullado. Tenía los pómulos rojos e hinchados y se había desvendado los puños con un dolor mal disimulado. No dijo nada, por una vez. Gringo estaba callado, pero se iba a resarcir, todos lo sabían. Gringo maquinaba la revancha.

– ¿Quién coño era ese? -preguntó uno de los jóvenes, un peso pluma que había permanecido pegado a las cuerdas mientras un forastero sin entrenamiento y que parecía haber nacido para boxear estaba apalizando a Gringo.

– Ese -dijo Willis cuando salió del despacho con puertas de cristal y lleno de retratos de boxeadores-, ese era Henry. Uno de mis viejos chicos. Henry Morgan. Uno de mis mejores muchachos de hace unos veinte años. Ha estado mucho tiempo retirado. Es pianista. Pero ha estado fuera.

Los muchachos escucharon admirados, y después se fueron a los sacos de arena para intentar pegar como lo había hecho aquel Morgan, pero no era lo mismo. Ahora tenían algo nuevo de que hablar; aparte de eso, lo único que importaba era el Alí-Spinks. En el Club Atlético Europa todos hablaban del combate. La vuelta entre Alí y Spinks.

Naturalmente, no pude evitar quedarme con el nombre de Henry Morgan en la mente: era uno de esos nombres especiales que la memoria tiene cierta disposición a retener, y la cuestión es si no me llegaría también al corazón ya la primera tarde. De hecho, tampoco creo que fuera el único.

Unos días más tarde estaba de nuevo en el Europa -me aburría bastante por las tardes y no soportaba quedarme sentado en mi piso vacío- para matar el tiempo y desfogar mi depresión golpeando un saco.

El hombre llamado Henry Morgan llegó casi al mismo tiempo que yo y saludó a Willis y a «las chicas», y en la mirada que intercambió con el jefe había mucho de esa relación paternofilial que Willis tenía solo con unos pocos muchachos escogidos en los que verdaderamente creía, invertía y por los que sería capaz de hacer cualquier cosa.

Al parecer, el tal Henry Morgan había estado por ahí un montón de años -simplemente había estado fuera, como decía Willis- porque los boxeadores van y vienen, y hacía mucho tiempo que Willis había comprendido que ese tipo iría y vendría a su antojo.

Empecé a saltar a la cuerda, y por desgracia es justo la cuerda lo que domino mejor de todo el programa. Henry Morgan también estaba saltando a la cuerda, y poco a poco nos enzarzamos en una especie de duelo de saltos dobles y con cruce de brazos a un ritmo realmente furioso.

Ya era tarde, y en menos de una hora solo quedábamos los dos, y Willis, claro. Estaba sentado en su despacho, detrás de las puertas acristaladas, intentando conseguir un par de muchachos para el próximo combate.

– Pareces un poco deprimido, chaval -me dijo el tal Morgan.

– Es que estoy bastante deprimido -contesté yo.

– Por lo visto no son solo los gobiernos los que se deprimen a estas alturas del año.

– En realidad, yo no tengo nada contra esta época del año -contesté.

El tipo llamado Henry Morgan se subió a la báscula para ver cuánto pesaba, murmurando algo sobre pesos ligeros. Tras ponerse un par de pantalones marrones, una camisa de rayas finas, un jersey rojo burdeos y una americana de paño de pata de gallo, fue hasta el espejo para hacerse el nudo de la corbata, aquel absurdo nudo duque de Windsor. Se peinó cuidadosamente y se miró al espejo durante un buen rato. Su imagen era la del perfecto caballero, un misterioso anacronismo: pelo corto y con raya, una barbilla poderosa, hombros rectos y un cuerpo que parecía macizo y flexible a la vez. Intenté calcular su edad, pero era difícil. Era un adulto con aspecto de joven. Me recordaba un poco al gentleman Jim Corbett, cuya fotografía estaba pegada en la puerta acristalada del despacho de Willis. O a Gene Tunney.

Después de admirar su propia imagen, empezó a observarme mientras yo permanecía sentado en el banco, jadeando. Estaba claro que había visto algo extraño porque, levantando las cejas, dijo:

– ¡Joder, mira que no darme cuenta antes!

Y se quedó callado, pero continuó escrutándome.

– ¿De qué? -pregunté.

– Eres clavado a mi hermano Leo. Podrías serme de ayuda.

– ¿Leo Morgan es tu hermano? ¿El poeta?

Henry Morgan asintió en silencio.

– Creía que era un seudónimo.

– ¿Quieres un papel en una película? -preguntó de pronto.

– Si pagan…

– Esto va en serio. ¿Quieres un papel en una película?

– ¿De qué trata?

– Vístete, vamos a tomarnos una cerveza y te lo explico. ¡Joder, mira que no darme cuenta desde el principio!

Me puse la ropa mientras Henry Morgan volvía a admirarse en el espejo.

– Vas a tener que aguantarme otra ronda -dijo.

– Eso me temo.

El tipo llamado Henry Morgan se echó a reír y me tendió la mano.

– Mi nombre es Henry Morgan.

– Klas Östergren -dije-. Encantado.

– No estés tan seguro -dijo echándose a reír de nuevo.

El Club Atlético Europa estaba en la calle Långholm, en Hornstull, frente al café Tjoget, pero nos fuimos porque allí se emborrachaba uno muy fácilmente y los dos estábamos de acuerdo en tomárnoslo con calma. Era un jueves lluvioso, como tantos otros, de septiembre de 1978, y no había ningún motivo en el calendario para estar por ahí. Llegamos a Gamla Stan y entramos en el Zum Franziskaner, pedimos una Guinness cada uno y nos sentamos en un sofá con las piernas doloridas.

Henry me ofreció un Pall Mall que sacó de un estuche de plata muy elegante, y lo encendió con un viejo encendedor Ronson, abollado y rallado, tras lo cual se puso a limpiarse las uñas con una pequeña navaja que guardaba en una funda de piel de color rojo burdeos en un bolsillo de la americana. Hacía tiempo que no había visto tal batería de artilugios y estaba bastante asombrado.

Pero el cigarrillo era fuerte, y me dediqué a mirar hacia Skeppsbron, donde la lluvia caía despacio y dejaba las calles resbaladizas, brillantes, sombrías y nostálgicas. Le dije a Henry Morgan que me sentía deprimido y triste y que tenía todos los motivos para sentirme así. Me habían robado casi todo lo que poseía.

Que te hayan robado casi todo lo que poseías constituye una situación existencial muy especial, y seguramente un gran moralista como William Faulkner podría decirle a la persona robada que gana lo que pierde el ladrón: la víctima procede a sumergirse dichoso en la misericordia total de su propia rectitud y complacencia, a la víctima se le perdonan de golpe todos sus pecados y la clemencia aparece como una cláusula no escrita en una póliza de seguros con validez divina inmediata.

El caso es que me sentía muy amargado pero totalmente íntegro ese jueves lluvioso de principios de septiembre. Quizá deba retroceder en el tiempo; no digo volver hasta el principio porque no creo que ninguna historia tenga un principio y un final, tan solo son cuentos que empiezan y acaban en un cierto punto, y esto no es en absoluto ningún cuento, aunque lo parezca.

Ya en el precioso y seductor mes de mayo -a principios «del más primoroso de los tiempos», como decía el poeta Leo Morgan- me encontraba sin blanca. En el banco me daban largas y no me quedaba nada que vender. Así pues, preveía atemorizado todo un verano sin dinero, lo cual significaba trabajar. Aunque pudiera parecerlo, no era el trabajo en sí lo que me asustaba. Lo que realmente me aterraba era pasar un verano sin blanca.

Un tanto desesperado, intenté vender unos relatos a un par de periódicos y revistas, pero los redactores estaban atiborrados de colaboraciones, rechazaron educadamente mis escritos y, en el fondo, no me sorprendió en absoluto. Eran mercancía burda.

Después, bastante más desesperado, intenté ofrecer mis servicios a la prensa diaria. Primero hurgué un poco en algunas polémicas por aquí y por allá, y luego me metí de lleno en debates sobre temas a los que nunca había dedicado un pensamiento y de los que no tenía ni idea. Esto era en la primavera del setenta y ocho, justo diez años después de la legendaria primavera revolucionaria. Es decir, era el momento oportuno para la celebración de aniversario cantada por un coro compuesto por talludos y ya algo canosos rebeldes, aunque sonara bastante desafinado. Una parte quería revitalizar la Revolución, que había perdido por completo su rumbo, y convertirla en una guardería para alevines académicos. Otros la veían como una época dorada de ambiente político-festivo. En resumidas cuentas, nuestra propia época se había convertido en un período en que convivían gente que despertaba y gente que dormía, dependiendo de la situación en la que cada cual hubiera estado en la década anterior.

Sabía muy bien que existía una mafia que se nutría de crear polémica y lanzarse al foro del debate público. Con frecuencia lo hacían con mucho éxito, y a veces la controversia podía prolongarse durante meses y extenderse como una especie de rabia intelectual entre los periodistas culturales. De repente todos se contagiaban y se cebaban en la polémica.

Sin embargo, aquel no era en absoluto mi estilo. Nunca conseguí desenvolverme bien en el terreno de la polémica. Los golpes bajos estaban completamente aceptados. Pero arrepentirse de algo, darle la razón al adversario, era como hacerse el haraquiri ante un millón de lectores. Necesitaba nuevos aires profesionales.

La solución llegó porque renuncié durante un par de meses a la escritura y porque, además, Errol Hansen, un amigo de la diplomacia danesa, me llamó y me comentó de pasada que se necesitaba a alguien para trabajar en el muy concurrido club de campo al que solía acudir en busca de solaz.

– A Wijkman, el hombre que está al frente del club -dijo Errol con acento danés-, le gustaría que fuera alguien recomendado. Han tenido problemas con los jardineros, que al parecer se echan a dormir cuando aún les queda todo el fairway por cortar. No es muy divertido, como ves. Pero si quieres te puedo recomendar.

– ¿Y qué tendría que hacer?

– Solo tienes que montarte en el tractor y cortar el césped. Es bastante tranquilo, leasure life, you know. Mucho sol, aire sano y las bonitas chicas del club.

En aquellos momentos me sentía bastante vulnerable y además necesitaba dinero y trabajo, así que no fue difícil convencerme. Al día siguiente ya estaba en la oficina del señor director Wijkman, en la calle Báner, para solicitar el puesto.

En cuanto entré en el lujoso despacho -era una auditoría- me vi asaltado por una elegante mujer de unos cuarenta años, que debía de ser la secretaria.

– ¡Por fin! -gritó, y yo no podía entender cómo podía ser tan esperado-. ¿Dónde te habías metido?

Miré el reloj para comprobar si me había retrasado muchísimo, pero no era así. Había llegado cinco minutos antes de la hora, pero no me dio tiempo de pensar mucho más en el asunto porque la elegante secretaria empezó a inundarme con varios montones de papeles. Como uno es de por sí servicial, fui cogiendo montón tras montón de los que ella me pasaba rápidamente.

– Esta vez hay más que nunca -dijo la secretaria-. Hemos tenido vacaciones y eso, ya sabes, ha hecho que la gente acumule bastante trabajo retrasado, pero espero que podáis encargaros de todo tan rápido como siempre, seguro que sí, diez ejemplares de cada uno, como siempre, y es que sois un cielo…

– Creo que ha habido un malentendido -pude decir al fin-. Tengo hora con el señor Wijkman sobre la solicitud de un trabajo como cortador de césped.

La secretaria se quedó estupefacta, y en ese preciso instante apareció el que resultó ser el señor Wijkman, el director, en la puerta de su despacho. Como era de esperar, adoptó la pose de un gran y bronceado interrogante cuando nos vio en aquella situación difícil de explicar. Se había producido un malentendido. La secretaria había creído que yo venía de la empresa que hacía copias de los expedientes estrictamente confidenciales.

Tanto el señor Wijkman como la secretaria se deshicieron en disculpas. Naturalmente, yo fingí haber sabido de qué iba todo aquello desde el principio, y creo que los dos pensaron que estaban tratando con un auténtico granujilla. De hecho, aquello era para mí como el pan nuestro de cada día. A menudo me ocurría que me confundían con otra persona, y la gente siempre estaba pidiéndome disculpas, lo cual solía darme una especie de ventaja. A veces incluso llegaba a convertirse en el principio de una muy interesante amistad. Como en este caso, resulta de gran ayuda solicitar un empleo cuando el futuro jefe tiene que empezar pidiéndote disculpas. Te hace sentirte fuerte.

Después de aquella pequeña farsa -una sutil demostración de la clase de confusiones que se convirtieron en el sello de identidad de Molière-, el señor Wijkman me hizo pasar a su elegante despacho. Al momento empezamos a charlar sobre la vida en el Estocolmo pre-veraniego, la vela, el golf, su hija y los impuestos.

El director y yo conectamos enseguida, pese a que él considerara que era un poco extraño que yo no tuviera trabajo y que tampoco estudiara. Era algo que no le cuadraba; en cualquier caso, no íbamos a hablar de política.

Al acabar la reunión había conseguido el puesto, y debía presentarme en el campo de golf la primera semana de junio, cuando el jardinero de plantilla cogía las vacaciones. Mi suplencia sería para todo el verano. El sueldo no era como para tirarse al suelo entre risas espasmódicas y, por otra parte, estaban incluidos comida y alojamiento en un pequeño bungalow a un tiro de piedra del edificio principal del club. Sonaba prometedor. Además, Wijkman insinuó -una insinuación de lo más discreta, de hombre a hombre- que en el club había un cierto ambiente de highlife del cual yo, con mi apertura de miras y mi refinado estilo, podría participar y obtener cierto beneficio.

La primera semana de junio empezó realmente bien. Hacía un tiempo espléndido y todo Estocolmo jadeaba por la ola de calor; las mesas de las terrazas de los cafés estaban llenas y todo el mundo esperaba que llegara el solsticio de verano, la noche de San Juan, cuando por fin podrían dejar la ciudad, que para esas fechas se llenaba de un extraño y discutible encanto. Todo el mundo se queja del calor, pero a todos les gusta mientras puedan ir al parque y tumbarse en el césped. Estar encerrado en una oficina o trabajando en un taller con el peor de los calores es algo completamente insoportable. Por lo que a mí respectaba, ya me daba por satisfecho con lo de poder irme al campo a unos veinte kilómetros al nordeste de Estocolmo, a un bungalow junto a un campo de golf.

Mi vecina se encargaría de mis plantas y del correo, y ya lo tenía todo listo y empaquetado. Errol me llevó en su selecto Mercedes con matrícula acorde a su rango diplomático. En el asiento de atrás había dejado su equipo de golf descuidadamente ladeado, y el maletero iba lleno con mi equipaje. Llevaba conmigo ropa de trabajo, atuendo de calle y algunas prendas más elegantes para las desenfadadas noches de verano en el club de campo.

– El peligro que tiene es que te bebas todo lo que ganes en el club -dijo Errol-. Es muy fácil.

– ¿Y te hacen algún descuento? -pregunté optimista.

– Igual sí. Aunque el del bar es un tipo duro. Cold type.

– Malo. Bah, no importa, ya me las arreglaré de algún modo. Había pensado pasarme las tardes leyendo y trabajando bastante.

Errol se echó a reír con su risa danesa.

– ¿Son los libros lo que pesa tanto?

– Puede que lleguen a quince kilos.

– Quince kilos -repitió Errol-. Eso es, así me gusta, pero creo que podrás darte por satisfecho si consigues leer el periódico.

– No tienes ni idea de mi determinación moral.

En el club fui presentado a todo el personal de servicio. Había algunos subordinados de Wijkman cuyas responsabilidades no parecían estar muy definidas, luego estaban los camareros, el personal de cocina del restaurante y el barman, que, conforme a lo referido, era un tipo duro y frío llamado Rikard, pero al que llamaban Rocks.

Después de dar una vuelta por el noble edificio principal del club, llegó el momento de ir a echar un vistazo a la flota de máquinas. Fui conducido por un tipo de unos treinta años con aspecto de trepa, cuyo nombre ni siquiera me molesté en recordar. Solo le interesaba enseñarme lo que no podía ni debía hacer. Todo el tiempo se expresaba con una extraña negación de la existencia, llena de prohibiciones y delitos. No debía cortar ni así ni asá, no debía cortar ni aquí ni allá, ni conducir demasiado cerca del club ni de los clientes importantes, no hacer pausas de más de cinco minutos seguidos y, sobre todo, no tumbarme a tomar el sol y a la vista en la zona agreste más allá del fairway. También era típico de aquel trepa el hecho de no tener ni idea de cómo funcionaban las máquinas. Había dos grandes tractores Westing con un remolque de sistema de palas segadoras para el fairway, un tractor Smith & Stevens más pequeño de ruedas extremadamente anchas y blandas para los greens, además de un par de cortacéspedes manuales para fines diversos y específicos.

Me quedó claro que el césped, especialmente el del campo de golf, es en sí mismo toda una ciencia, y que mi cometido era solo cortarlo. Si descubría algunos claros u otros fenómenos misteriosos debería contactar de inmediato con los consultores, expertos en el tema que proporcionarían el tratamiento apropiado.

Después de la flota de máquinas, por fin le tocó el turno al célebre bungalow donde me hospedaría. Resultó ser una edificación bastante elegante, larga y baja, a lo largo de una suave colina por detrás del club. Algunas habitaciones eran ocasionalmente utilizadas por los empleados, o the staff, como el muy americanizado trepa llamaba al personal de servicio. Sin embargo, la mayoría volvía a la ciudad después del trabajo, así que podría contar con disfrutar en general de bastante tranquilidad.

Mi habitación daba al este, tenía sol la mayor parte del día y una magnífica vista a una pequeña hondonada donde el verde oscuro del fairway descendía sinuoso hacia la bandera del hoyo quince. Un hoyo corto, para el que se utilizaba un hierro cuatro, según el trepa. Había estado a punto de hacer un hole-in-one justo en ese hoyo. En cualquier caso, se trataba de una vista bonita, tranquila, que despertó en mí bastantes esperanzas de cara al verano.

En cuestión de pocos días ya estaba metido a fondo en mi trabajo. Aprendí a venerar el césped y a despreciar a los golfistas. Su actitud me desquiciaba. Violaban mi césped. Pero no tiene sentido hablar de ellos. Lo único que importa es que el césped es verde. Enseguida me sentí como un piloto de carreras al volante de mi lujoso tractor de tres marchas Smith & Stevens, luciendo pantalón corto y camiseta y poniéndome moreno como un Adonis: me sentía genial. Al principio trabajé bastante bien para crearme una buena imagen, como suele decirse. Me desenvolvía de un modo sencillamente admirable con las máquinas, aprendí a distinguir los diferentes modelos y las características especiales que las dotaban de auténtica personalidad, tan personales e individuales como pueden serlo los caballos de un establo, tan anónimos para un profano en la materia. A esta se le tenía que dar una patada aquí o allá, y la otra tenía que cambiarse de marcha de una determinada manera en el momento preciso para que avanzara a un ritmo perfecto y continuo. Hubo un tiempo, cuando era joven, en que sabía todo lo que se podía saber sobre los dragsters americanos. Durante tres años me leí hasta la última letra de la revista Start & Speed. Ahora estaba obteniendo los beneficios.

Pero ya a la segunda semana me lo tomé con más tranquilidad. Todo fue un poco más «mañana, mañana». Cada cosa a su tiempo, hacía calor, bochorno, y un trabajador del césped, un proletario del golf, necesitaba hacer la siesta cuando el sol estaba en su cenit. Nadie podía reprochármelo. Tampoco nadie me lo reprochaba, porque yo hacía mi trabajo y lo hacía bien.

Algunas tardes caía una lluvia muy fina, relajante, una lluvia liberadora gracias a la cual yo también me sentía en armónica sintonía. Lógicamente la lluvia era un bálsamo para mi adorado césped, pero también confería cierta vitalidad lírica al paisaje. De pronto se instalaba sobre los jardines entre el club y mi bungalow un extraño ambiente colonial, como si fuera un club de campo británico en alguna provincia de té asiática. Había un camino de piedra caliza bordeado de rosales, lilas y jazmín. Bajo aquella fina llovizna podía quedarme sentado durante horas en un banco de aquel camino, solo para impregnarme al máximo de aquella refinada y sublime atmósfera con una taza de Oriental Evening Tea y un Camel sin filtro.

Era idílico, y algo idílico siempre representa un estado de inmovilidad. Me preguntaba cómo se denominaría a su contrario. No podía dar con otros antónimos para idílico que no fueran guerra, violencia física y desgracia: algún tipo de cambio físico en sí. Reflexioné sobre mi persona y comprendí que yo mismo, como organismo físico, era enormemente conservador. Cuando era niño nunca me lavaba hasta que me dijeron que las verrugas que tenía en los dedos se debían a la falta de higiene. Naturalmente, aquello no era cierto: después de lavarme y restregarme las manos cincuenta veces al día, me dieron un volante para el hospital, donde, con mucho dolor, me quemaron las verrugas. Todavía hoy sigue sin gustarme lavarme con agua fría por las mañanas. Siempre me afeito por la noche. Me mareaba en el coche hasta que fui casi adulto. En realidad, odio viajar y jamás me atrevería a acercarme a un avión. Mi cuerpo es enormemente conservador e interpreta el más mínimo cambio como un ataque. Preferiría vivir en un termitero, exactamente a la misma cálida temperatura todo el año. Odio los cambios repentinos de luz y sonido. En el cine a menudo me siento mal e intento evitar a la gente con la voz aguda o con un fuerte olor corporal. Se podría decir que todo mi cuerpo está predispuesto para lo idílico; pero cuando por fin estoy sentado en un balancín o bajo un emparrado de lilas, lo que se suele considerar idílico, me entran tics y espasmos y tengo que alejarme de allí lo antes posible. Aun así, conozco a individuos profundamente desarraigados y llenos de desasosiego que apenas saben hacer otra cosa que quedarse sentados justo bajo esos emparrados entre cerezos y lilas para imbuirse de la idílica fragancia dulzona de las flores y del café recién hecho.

Así pues, muy pronto me sentí desquiciado en aquel banco y me faltó la serenidad de ánimo para ponerme a leer todos los libros que había planeado. Fui a ver a Rocks al bar del club. Podía hacer un devastador Singapore Sling que, por aquella noche, haría desaparecer rápidamente ambiciones e intenciones.

La amenaza de un cambio brutal es una de las condiciones fundamentales de la existencia del ser humano y, considerando cuán a menudo la amenaza se convierte en realidad, se puede decir con toda razón que esta existencia es básicamente trágica. Pronto lo descubriría personalmente con meridiana claridad.

El verano acabaría siendo cualquier cosa menos idílico. Una de las primeras semanas de junio subí a la oficina del trepa para pedir fiesta. Estaba prácticamente devorando el teléfono que estaba sobre su mesa, hablando de una junta directiva de la que al parecer quería formar parte. Cuando acabó la conversación me pidió que me sentara con estas palabras:

– Siéntate, joder. ¿Cómo demonios dijiste que te llamabas?

Le dije cómo me llamaba, pero no pude evitar reírme porque yo tampoco recordaba su nombre. El trepa se rió, tan solo para guardarse las espaldas, y me preguntó qué quería.

– Voy a ir a un concierto en Gotemburgo la próxima semana. Necesito un par de días de fiesta.

– La cosa está algo peliaguda… -empezó a decir el trepa, rascándose la barbilla y aparentando estar presionado-. Estamos muy contentos contigo, quiero que lo sepas, pero…

Quizá fuera un día de mucho calor; quizá yo había dormido poco. El caso es que no me dejé intimidar y pasé directamente a la ofensiva.

– Oye -dije con voz gélida-, he conseguido entradas para Bob Dylan y me da lo mismo si te parece bien o no. Pienso ir la semana que viene. Eso es lo que hay. Deberías estar contento de que te haya avisado con tanta antelación.

El trepa se quedó con la boca abierta y asintió.

– Vale, vale. Si eso es lo que hay…

Así fue la cosa, y pasé unos días estupendos en Gotemburgo. Medio Estocolmo estaba en la costa oeste, los tranvías de Gotemburgo iban llenos de viejos hippies, beatniks, pequeños Bob Dylan y toda la élite de la canción protesta escandinava. Fue como un gran carnaval.

El concierto resultó magnífico. El mito había conseguido matar a su propio mito y sonaba casi como una nueva estrella del rock. Al final todo el mundo encendió cerillas, como velas en una inmensa catedral, haciéndonos sentir como una completa e inexpugnable unidad.

Acabé al lado de un joven flacucho que había permanecido sentado totalmente inmóvil durante horas. No había movido ni un solo músculo. Lo reconocí de verlo en Estocolmo, porque siempre estaba presente en todos los eventos, allí donde pasara algo. Quizá la primera vez que lo vi fuera en el concierto para salvar los olmos del Kungsträdgården, en 1971. Uno de los cantautores que iba a actuar saludó a aquel joven, y tal vez por eso me fijé en él. Siempre estaba solo, aunque todos lo saludaban. No sabía cómo se llamaba.

Pero aunque el concierto fue magnífico, el resto de mi tiempo allí ensombreció la experiencia de ver a Dylan. Al día siguiente de la actuación volví en autoestop a Estocolmo. Le había prometido al trepa estar de vuelta tan pronto como me fuera posible; la promesa que le hice tal vez no significara mucho, pero yo no quería traicionar al césped.

Fui a mi piso de Lilla Essingen para cambiarme de ropa y para hablar con la vecina que me había prometido regar las plantas, por si había llegado algo interesante por correo.

En la puerta no se veía ni la más mínima señal, pero en cuanto abrí percibí las vibraciones que habían dejado tras de sí los ladrones. Seguro que le pasa a todo el mundo cuando vuelve a su casa para descubrir que en su interior ha habido invitados no deseados. Quizá sea la culpa temblorosa de las huellas, quizá los ladrones segregan una suerte de fluido especial, una adrenalina de ladrón hasta ahora desconocida que se introduce en el sudor e impregna las habitaciones de una atmósfera singular; o tal vez sea simplemente porque el subconsciente puede registrar cualquier cambio, por pequeño que sea, y así preparar, advertir y dar la alarma a la conciencia antes de afrontar el gran shock.

De modo que, en cuanto entré en mi piso, se confirmó lo que hasta ese momento solo había sido una sospecha: mi querido hogar había sido prácticamente vaciado de cualquier objeto por el que se pudieran sacar un par de coronas en el mercado negro. No es que tuviera muchas cosas de valor, pero al hacer la estimación de pérdidas para la compañía de seguros resultó después de todo una cantidad considerable.

Me encendí de inmediato un cigarrillo y entré para echar un vistazo. Era exactamente como cuando te dan la noticia de una muerte: primero te pellizcas para despertar de la pesadilla, después sigues negándote a asimilarlo, pero te esfuerzas en ir digiriendo pequeñas porciones de verdad hasta que por fin aparece el consuelo como reacción de defensa.

De forma objetiva pude constatar que el ciudadano Östergren disponía a partir de ese momento de una superficie vacía de suelo de unos cuarenta y tres metros cuadrados, paredes completamente desnudas, una cocina limpiada y una librería despojada de valiosos objetos gracias al buen criterio e instinto literario de los ladrones. Solo quedaban el escritorio y mis dos máquinas de escribir. Me pareció un gesto de generosa humanidad. Pero, como bilis en este cáliz de misericordia, los ladrones habían metido una hoja de papel en una de las máquinas y habían tecleado: «Esperamos que Dylan estuviera bien. Te dejamos las herramientas de tu oficio para que puedas ganarte el sustento», justo como un codicioso comisario que no sabe en absoluto cómo se escribe el nombre de una estrella del rock.

Solo entonces abrí el cajón del escritorio donde guardaba los papeles importantes. Habían desaparecido el pasaporte y los documentos de identidad, pero los ladrones habían dejado las pequeñas cosas de valor puramente sentimental.

Mientras vagaba por mi piso completamente desvalijado, experimenté como nunca antes una terrible sensación de desolación. No se trataba de una ira extrema, todavía no. Más bien estaba tremendamente asombrado de que un par de laboriosos ladrones pudieran cargar todo un camión sin que ningún ciudadano se oliera algo e interviniera. Después de todo, la gente del edificio me conocía; había vivido allí prácticamente toda mi vida.

Salí al rellano y llamé a la puerta de la vecina. No se encontraba en casa, pero ella estaba libre de sospecha. Después vagué erráticamente hasta el desván, solo para comprobar que no habían encontrado y robado mis esquíes. Aún colgaban en su bolsa de un gancho, y aquello me alegró. De repente mis viejos esquíes adquirieron un valor incalculable para mí, y me imaginé derrumbándome por completo si hubieran desaparecido. Apagué la colilla en el suelo de cemento del desván, miré por la ventanilla y vi que volvía a llover.

Como los ladrones se habían llevado incluso el teléfono, tuve que ir a casa de una vecina. Le expliqué toda la historia a una ciudadana asombrada y aún más conmocionada, y después llamé a la policía y a la compañía de seguros.

Así pues, fue un muy afligido cortador de césped el que volvió al campo de golf. Se había puesto en marcha toda la maquinaria burocrática y tanto la autoridad policial como la compañía de seguros me insinuaron muy a las claras que aquello podría tardar bastante. Los robos en verano no eran algo excepcional, y los investigadores tenían mucho trabajo en aquella época del año.

Intenté alejar de mí toda aquella tragedia entregándome de pleno al trabajo: corté todo el puto campo de golf, rastrillé todos los caminos y removí la tierra de todos los parterres con una furia ciega. Al cabo de un par de días lo peor de la conmoción se había aplacado, y en ciertos momentos volví a sentirme lleno de una vertiginosa sensación de libertad e independencia. Ya no había nada que me atara a mi lugar en el mundo. Podía hacer justo lo que me apeteciera, una vez que contara con algo de dinero. Pero, en un instante, esa euforia podía convertirse en la más profunda de las amarguras. Sentía todo aquello como una especie de castigo.

De ese modo transcurrieron días y semanas. A principios de agosto por fin vi un poco de luz: me encargaron escribir un libro. Aquello coincidió además con varias celebraciones. En primer y destacado lugar, el club celebró su décimo aniversario, con banderas ondeando, mucha pompa y circunstancia. Tras una formal planificación, deliberaciones y discusiones, se organizó finalmente un pequeño y divertido torneo para equipos mixtos formados por júniors, damas, semiprofesionales y séniors, que tuvo como colofón un festivo cóctel por la noche. Acudió gran cantidad de gente, y también asistieron los personajes importantes que en alguna ocasión habían metido una bola en alguno de los dieciocho hoyos del club. Hacía una noche muy agradable y todo hacía presagiar que resultaría un acontecimiento memorable.

Naturalmente, dado el espíritu democrático de la época, yo también estaba invitado. A esas alturas ya me sentía bastante familiarizado con la gente del club. La mayoría eran aborrecibles, pero aun así te lo podías pasar bien con ellos mientras no tuvieras grandes expectativas. A última hora de la tarde bajé hasta el club, y adopté una pose relajada junto a la piscina con una copa en la mano mientras charlaba con el señor Wijkman sobre cómo iba el verano. Lamentó seria y profundamente el robo que había sufrido, y parecía verdaderamente preocupado. Quería que continuara en el club; simplemente podía irme a vivir allí, o al menos hasta que acabara el año. Pero le dije que se lo haría saber porque tenía que empezar a escribir de nuevo.

– Fan-tás-ti-co -exclamó Wijkman, que ya hablaba un poco lento a aquellas horas de la noche, dándome golpecitos en la espalda-. Es fan-tás-ti-co que uno pueda ponerse a escribir así sin más. En-tien-des, siempre he ad-mirado a la gente que cree en algo… -añadió con su habitual familiaridad.

Mientras Wijkman peroraba sobre la vida en general y la escritura en particular, intenté echar un vistazo al mar de gente lleno de celebridades. No había nadie que me atrajera especialmente, y di por sentado que allí se tenía que beber bastante para que la noche se presentara bien.

Al cabo de un rato, mientras charlábamos al lado de la piscina, se nos acercaron la mujer y la hija de Wijkman. No las había visto antes, pero ambas estaban tan bronceadas, maquilladas y enjoyadas como se podría esperar.

– Este es Klas -dijo Wijkman presentándome-. Un hombre que os resultará muy interesante a las dos. En realidad es es-cri-tor. Un granuja de lo más mis-te-rio-so, ja, ja, ja -cloqueó, y desapareció entre el hervidero de gente.

Las damas parecieron intrigadas al momento y me preguntaron por lo que había escrito. No habían oído hablar de mis libros, pero pensaron que sonaba realmente interesante. Prometieron encargarlos en cuanto pudieran en su librería.

– Y tienes que cortar el césped aquí todo el verano para sobrevivir…

– No puedo quejarme.

– Supongo que está muy bien hacer un poco de todo. Seguro que conoces a un montón de gente, ¿no? -dijo la madre, ladeando la cabeza.

– Oh, sí. Mi próximo libro estará ambientado en un campo de golf.

Tanto la madre como la enorme hija se echaron a reír, y después a la madre pareció ocurrírsele una idea en relación con lo ganar dinero.

– Espera aquí un momento -dijo, y desapareció entre la masa de invitados.

La seguí con la mirada y vi cómo se acercaba a un hombre de mediana edad que llevaba tejanos y jersey. Parecía algo bohemio, como un chico de anuncio que había ganado un montón de pasta y solo iba al club de vez en cuando para practicar con un cubo de bolas y darse un trago en el bar. La señora Wijkman intercambió unas palabras con el hombre, que asentía como hipando; después los dos miraron hacia donde estaba yo, él volvió a asentir con la cabeza y se acercaron.

– Te presento a Torsten Franzén -dijo la señora Wijkman cuando llegaron.

– Encantado.

Nos dimos la mano y la señora Wijkman explicó que Torsten y ella habían sido amigos desde la escuela, y que él me conocía porque era editor de una muy conocida editorial y siempre tenía un montón de ideas.

Torsten Franzén me pasó el brazo por los hombros y nos alejamos un poco. De camino hacia la periferia del gentío, nos hicimos con otro par de copas.

– En este sitio la gente es tan jodidamente estirada… -dijo Franzén-. ¿No te parece?

Asentí y encendí un cigarrillo.

– ¿Necesitas trabajo?

– Dinero, sobre todo.

– Tienes razón -dijo Franzén-. Nunca se debe trabajar gratis, ni siquiera cuando se es escritor. Verás, me gusta mucho lo que haces y tengo una idea que quizá te interese.

– Oigámosla.

Franzén me habló en confianza acerca de la otra gran celebración, el centenario de la publicación de La habitación roja de Strindberg. La idea de Franzén era que alguien -por ejemplo, yo- se decidiera a reescribir la historia, pero ambientada en nuestra época. La temática del libro seguía teniendo enorme vigencia, pero adaptado a nuestro tiempo podía ser un bombazo. Franzén tenía puestas sus esperanzas en que un talento joven, con un estilo un poco atrevido, podría hacer algo realmente bueno.

– La idea me atrae -reconocí.

– No me seas tú también un jodido timorato -dijo Franzén-. O te gusta o no te gusta, esa es la cuestión.

– Déjame pensarlo a solas unos minutos. No creo que este sea el lugar más apropiado para este tipo de negocios.

– De acuerdo -dijo Franzén, y volvió a darme unos golpecitos en la espalda-. Tienes un cuarto de hora, después tendrás que lanzarte a la piscina. A lo mejor te ayuda saber que estoy dispuesto a poner diez de los grandes sobre la mesa en cuanto firmes el contrato.

Franzén le echó un ojo a la mesa mejor surtida de bebidas y se alejó. Me quedé solo en un rincón más allá de la piscina, y me sentí a una distancia apropiada tanto del club como de la misma vida. Me fumé un cigarrillo mientras sopesaba con calma la propuesta. La idea era realmente atractiva y la verdad es que estaba buscando un nuevo proyecto. Reescribir La habitación roja ambientada en la actualidad era innegablemente tentador; había mucha gente a la que hincarle el diente y, además, era un género que nunca había probado.

Diez de los grandes tampoco le restaban atractivo a la propuesta.

No tardé mucho en buscar una mesa con bebidas y, tras tomarme de golpe un trago corto y seco, esperé a ver cómo me sentaba. Me sentó de maravilla, y entonces tomé una decisión. Fui a buscar a Franzén y le dije:

– Acepto el trato.

Franzén me estrechó la mano y pareció aliviado. El negocio había llegado a buen puerto y brindamos por La habitación roja.

– Si consigues sacarlo adelante, esta puede ser tu gran oportunidad.

– Siempre y cuando no se adelante nadie.

– Joder, deberías empezar esta misma noche. El manuscrito tiene que estar listo antes de Navidad.

– Supongo que estará.

– Tiene que estar. Eres el hombre perfecto para este trabajo.

– Te lo agradezco.

– Joder -dijo de pronto Franzén-. ¿Ves quién viene por allí?

Miré hacia el hervidero de gente, hacia la entrada, pero no pude ver a ninguna celebridad relevante en especial.

– ¿Quién? -pregunté.

– Sterner, Wilhelm Sterner. Aquel de la americana azul claro, con la mujer china, o de donde sea. Están hablando con Wijkman.

Apenas pude distinguir al hombre en cuestión; sin embargo, pude ver a Wijkman moviendo la cola como un cachorrito obediente.

– ¿Quién diablos es? -dije, porque nunca había oído hablar de Wilhelm Sterner.

Franzén me miró con desprecio y comprensión al mismo tiempo, y tal vez con cierta disculpa implícita.

– Si vas a escribir La habitación roja de nuestros días, tienes que saber quién demonios es Wilhelm Sterner. Es un pez gordo, uno de los grandes. Casi nunca se deja ver en estos niveles -dijo Franzén enfáticamente-. Fíjate muy bien, porque puede que sea la primera y la última vez que lo veas.

– ¿Y a qué se dedica?

– Él es quien está detrás del campo de golf -murmuró mi nuevo editor por la comisura de los labios, porque no quería apartar la vista de la bestia mitológica ni un solo segundo-. A decir verdad, él es quien está detrás de la mayor parte de la economía sueca actual. Hace diez años se hizo cargo de la Corporación Griffel. Dentro de poco será tan grande como Wallenberg. Por cierto, Wallenberg fue su maestro. Fue el viejo quien se lo enseñó todo. Y se nota. Antes ese traje le venía un poco grande, pero ya no. Ya era hora. El traje del viejo… Wilhelm Sterner, ya sabes… está pero no se ve.

– Non videre sed esse -intercalé.

Franzén dio un leve respingo y por un momento me miró fijamente.

– Exacto. Eso es, muchacho. Estar sin ser visto. Es su lema y el de Wallenberg. El gobierno está a punto de entrar en crisis, me apuesto mil rupias. Lo tienen muy jodido. Pero el año que viene hay elecciones. Tendrán que empezar a buscar nuevos ministros, carne fresca. No hay muchos tipos competentes y libres donde elegir, gente que no esté ya comprometida. Sterner nunca ha formado parte de ningún gobierno.

– ¿Y está limpio?

– ¿Limpio? -exclamó Franzén, haciéndome sentir de nuevo como un idiota-. ¿Es que hay algún peso pesado que esté limpio? Pero Sterner sabe cómo sanear y limpiar los trapos sucios. Eso sí sabe hacerlo. Hace poco se cargó a dos jefes de departamento. A uno se le paró el corazón y el otro se encontró por casualidad con una soga. Y del caso Hogarth seguro que ya nadie se acuerda. Cayeron como moscas; ni siquiera yo sé mucho del asunto. Pero Sterner es un diablo. Un auténtico lobo con piel de cordero. Una piel de primera.

Así que hice lo posible por dirigir mi zoom hacia aquel milagro financiero con muertos a sus espaldas para descubrir que, ciertamente, resultaba algo muy difícil. Estaba cerca de la entrada, con su inmaculado blazer azul claro, pantalones beige, zapatos country perforados y un favorecedor bronceado. Estaba claro que su esfera de malignidad era de ámbito internacional.

Podría tener unos sesenta años, pero solo era una suposición. Si no me equivocaba, jugaba a tenis con otros magnates para mantenerse en forma. Era el típico experto con el servicio, que demolía y machacaba a su oponente hasta dejarlo hecho trizas con su saque a lo Tanner, imbuido de la tenacidad y la contumacia que todo pez gordo debe poseer. Era difícil etiquetar a aquel hombre, cuya aura estaba compuesta a partes iguales de encanto y de maldad. Pesado y macizo, como corresponde a un magnate de ámbito internacional, y a la vez ligero y elástico. En general era tan irreal e indefinido como el muñeco Ken, emanando simplemente precisión y una impronta física inodora. Su americana se movía libremente por la sala, flotando como un zepelín sin contacto con el suelo.

Los mediocres de medio pelo y sus esposas querían acercarse a toda costa para tocar al Maligno, estrechar la mano del gran prócer. Muy pronto estaba allí Franzén, arrastrando los pies. Como un senador estadounidense, Sterner fue estrechando cumplidamente las manos de quienes se le acercaban, y su acompañante, la mujer de aspecto asiático, sonreía y lanzaba saludos de reconocimiento a diestra y siniestra, arriba y abajo. Sostenía un martini y sorbía elegantemente la bebida a la sombra de la bestia. Parecía acostumbrada a todo aquello, y adoptaba exactamente la pose de hastío indiferente permisible: dejaba ver que la fiesta era anodina sin ser mortalmente aburrida. También daba la impresión de que en su juventud había sido una hembra de bandera. Ahora era una mujer madura, pero no parecía lamentar ni uno solo de los días de su vida. De haber estado media hora más, podría haberme dejado hechizar por aquella mujer, pero no fue así. No esta vez.

El gran rey de las finanzas Wilhelm Sterner y su espléndida mujer tuvieron a bien retirarse bastante pronto, lo que testimonió su buen criterio porque el ambiente de la fiesta empezó a estar un tanto pasado por agua. Yo mismo tuve que ayudar a sacar de la piscina al menos a cinco invitados completamente vestidos; entre ellos, a mi nuevo editor, Franzén.

Esa era más o menos mi situación a principios del otoño de 1978. Eso fue también más o menos lo que le expliqué a Henry Morgan en el Zum Franziskaner a modo de presentación. De hecho, escuchó bastantes cosas más, pero no tienen nada que ver con esto.

La historia del robo causó una fuerte impresión en Henry. Estaba profundamente afectado, e incluso se le saltaron las lágrimas.

– Pobre tío -exclamó-. Me recuerdas tanto a mi hermano… -dijo con énfasis- Sois de un tipo de gente que parece gafada. ¿También eres Piscis?

– Pues sí.

– Me hubiera jugado el cuello. ¿Sabes? Tengo bastante de vidente. Puedo sentir cosas en los huesos. He presentido que eras Piscis.

A estas alturas ya no teníamos sed. Habíamos estado hablando durante horas y ya no nos quedaba dinero, así que solo nos restaba marcharnos.

– Podemos ir a mi casa -dijo Henry-. Seguro que me queda algo de beber.

– Debería irme a casa -dije, porque ya me conocía la historia. Habíamos desenroscado el tapón de la conversación y podíamos continuar así toda la noche, aunque fuera un jueves normal y corriente y no hubiera muerto ni nacido ningún santo en un día como aquel y, si lo había hecho, había sido en vano porque nunca se registró en nuestro calendario. Tal vez Lutero se había encargado también de que no apareciera-. De verdad que tendría que irme a casa. Pero, por Dios, si solo estamos a jueves…

– No hay peros que valgan. Aún no te he contado cuál sería tu papel en la película.

– Vale. Pero tendrás que ser breve.

Resultó que Henry Morgan vivía en la calle Horn. Justo enfrente del Puckeln, en una de esas casas viejas y de aspecto ruinoso, entre fachadas recién renovadas que parecen irreales, como terrones de azúcar adornados con nata.

Entramos en la portería, que estaba decorada con un mural de caza fechado en 1905.

– Espera aquí -dijo, parado delante del ascensor mientras sacaba el llavero-. Vivo en el piso de arriba, pero tengo que conseguir algo de bebida.

Henry buscó una de las llaves y abrió una puerta del vestíbulo. Después desapareció tras una cortina y todo quedó en silencio. La luz se apagó y me dirigí a tientas hasta el interruptor. El silencio se prolongó varios minutos. Por fin oí que se abrían y cerraban un par de puertas tras la cortina y apareció Henry Morgan con una botella a medias de whisky Doctors.

– Es bueno que confíen en uno -murmuró satisfecho abriendo las puertas del ascensor-. Pero no hagas preguntas.

La quinta planta consistía en un solo apartamento con dos entradas, y supuse que se trataba de una residencia bastante lujosa, pero aquella noche Henry no estaba para enseñarme la vivienda. Más bien al contrario, me hizo callar llevándose el índice a los labios.

– No debemos hacer mucho ruido. Hay gente durmiendo.

– ¿Tienes familia?

– Todos están durmiendo, todos -susurró-. Tendremos que ir a la cocina.

Entramos de puntillas en una cocina grande y cuadrada, con fogones de gas y de leña, viejos armarios mugrientos que llegaban hasta las vigas, molduras en las paredes y un impresionante aparador de madera oscura. Henry encendió un par de velas y sacó unos vasos de aspecto resistente.

– Siéntate, chaval -gritó señalando una silla-. Sí, joder, aquí vive más gente. ¿No tienes frío?

– No pasa nada. Podemos tomarnos algo que nos haga entrar en calor, ¿no?

Henry sirvió un par de vasos bien cargados y empezó a hablar del papel que tendría en la película. Resultó que él no era exactamente el director, sino más bien algo así como un figurante, aunque de hecho había actuado una vez como protagonista. Fue en Calle aprende el estilo crawl, una película didáctica sobre natación del año cincuenta y tres con la que el magnífico nadador de diez años Henry Morgan debutó en la gran pantalla. Me preguntó si me acordaba de la película, pero no era así. Yo era demasiado joven.

Así pues, Henry Morgan era figurante, uno de los mejores. Me enteré de que los figurantes eran como una gran familia, y casi siempre era el mismo grupo de extras el que participaba en todas las películas que se hacían en este país. Había abultados archivos con fotos y fechas de todos los figurantes, y Henry iba a encargarse de que yo apareciera en uno de aquellos archivos, porque era algo tan importante como estar en la lista de espera para conseguir una vivienda.

Aseguraba haber viajado en carretas, haber luchado y peleado, y haber estado en tabernas clandestinas en películas históricas; también haber hecho cola en el paro, tomado autobuses y haberse despedido en los andenes en películas modernas. La próxima vez que viera una película sueca filmada después del sesenta y ocho debería acordarme de él, porque era muy probable que él apareciera en un segundo plano.

La película en cuestión era un relato ambientado a principios de los sesenta, la ópera prima de un director novel.

– Se necesita a un joven delgado con corbata fina de napa y camisa de nailon, y tú serías perfecto -decía Henry-. Yo toco el piano… al fin y al cabo, soy pianista, y se supone que estaríamos ensayando un par de canciones al fondo de la imagen mientras una pareja empieza a discutir delante de nosotros. Puede ser divertido. ¿Sabes cantar?

– No mucho.

– Ya lo arreglaremos. Puedo enseñarte. Verás, si lo hacemos bien tendremos más ofertas. Así es como funciona en este gremio.

Lo cierto es que no me hacía una especial ilusión convertirme en figurante, cantando desafinado con el pelo repeinado, corbatín de napa y camisa de nailon. No era en absoluto lo que yo me había imaginado. Si iba a hacer una película, para empezar quería que fuera un buen papel.

Pero solo conseguí emitir débiles protestas. Henry Morgan era una persona muy entusiasta y tenía un fenomenal poder de persuasión. Probablemente el whisky también ayudara lo suyo. En algún momento al filo de la madrugada, después de haber hecho un recorrido entre susurros por una docena de nuestras películas favoritas, capitulé y prometí que al día siguiente acompañaría a Henry para conocer al equipo de la película y registrarme como posible figurante.

– Cojonudo -bramó Henry.

– Chsss… -susurré-. Que vamos a despertar a los otros.

– ¿Qué otros?

– Los que están durmiendo.

Al principio Henry Morgan se me quedó mirando, desconcertado, y después se echó a reír, una carcajada ruidosa y jovial que se elevaba desde el diafragma, como solo sabe hacerlo la gente realmente feliz o ebria. Estuvo riendo bastante rato, luego se secó las lágrimas y se tranquilizó.

– No hay nadie más. Vivo solo. Pensé que para variar sería divertido beber en silencio.

Empezaba a creer que aquel hombre era un auténtico idiota. Tampoco ayudó el hecho de que se dirigiera a la ventana de la cocina, la abriera y empezara a gritar en plena noche otoñal:

– ¡Spinks! ¡Spinks! ¡Spinksss!

En ese momento ya no me cabía ninguna duda de que aquel hombre era un idiota y de que aquello atraería a la policía. Henry seguía gritando por la ventana:

– ¡Spinks! ¡Spinks! ¡Spinksss!

Al cabo de unos minutos, un par de ojos emergieron de las profundidades de la noche y un gato negro saltó al alféizar de la ventana. Su pelo era tan negro que tenía un tono casi azulado. Henry cogió al grandote animal en brazos. Al instante el gato comenzó a ronronear y maullar, hasta que me vio.

– Este es Spinks, el gato negro de quién sabe dónde -dijo Henry-. Vaga por los tejados, pero no sé de quién es. Si es que un gato puede pertenecer a alguien.

– Hola, Spinks -dije.

Spinks se acercó como para saludar, y Henry le puso un plato de nata líquida que el animalote lamió haciendo bastante ruido.

– Apareció la misma noche que Spinks ganó a Alí, así que no dudé un instante en cómo llamarlo.

Henry se quedó sentado un rato jugando con Spinks mientras yo intentaba dirigir mis pasos hacia el baño. Cuando regresé a la cocina, vi una suave luz al final del estrecho pasillo que unía varias habitaciones. De allí llegaba el suave tintineo de unas leves y precisas notas de piano. Me dirigí hacia aquella estancia y allí dentro, tras unas puertas altas de espejo, estaba Henry Morgan tocando un reluciente piano de cola negro. Ocupaba la mitad de la sala y el resto -por lo que pude ver en aquella ocasión- consistía en varias palmeras sobre pedestales y un diván antiguo con borlas. Era una habitación decorada con gusto, impregnada de una singular espiritualidad con Henry sentado al piano, tocando unos acordes que sonaban como el respirar. Spinks y yo nos sentamos en el diván de borlas negras y nos sumergimos en aquella atmósfera.

Debí de quedarme traspuesto, porque di un fuerte respingo al oír una brusca disonancia y la voz de Henry diciendo:

– No te duermas ahora, muchacho. Tenemos que empezar a ensayar esta noche.

– ¿Qué prisa hay?

– No hay tiempo que perder. Acércate y ponte junto al piano.

Fui arrastrando los pies hasta el piano, y me costaba mantenerme derecho. Lo único que quería era dormir, pero Henry empezó a tocar una vieja y pegadiza canción para animarme, así que me aclaré la voz y comencé por el estribillo.

– Tú, que eres escritor, podrías escribir algunas letras para mí -dijo Henry-. Lo he intentado con Leo, pero es demasiado serio. Apuesto que contigo sería diferente. Podríamos convertirnos en una nueva pareja del mundo del espectáculo, escribir canciones. En la vida hay que probarlo todo.

– Una cosa detrás de otra.

– ¿Has oído «Droppen dripp», de Alice Babs y su hija? Empezaremos con esa. Es una pieza difícil. «Droppen-Dripp-ochdrippen-Drapp» -empezó a cantar-. Cuando vaya por la p de «drop-pen», entras tú, ¿entiendes?

– Sí, lo entiendo. Pero me parece una canción realmente estúpida -objeté-. ¿No podríamos empezar con algo más tranquilo a estas horas de la noche?

– No te preocupes por la hora. Vamos «Droppen-Dripp-ochdrippen-Drapp…» Ahora tú… «Drippen-Drapp.» Otra vez, desde el principio. «Drop-pen…»

Respiré hondo a la altura del «Dripp» y empecé a cantar, a pesar de ser una de las peores canciones que había oído en mi vida. Además, tampoco era fácil cantar una canción casi imposible como aquella a las tres de la madrugada, después de un montón de cervezas y algunos whiskys. Pero Henry era obstinado y poseía, como ya he mencionado, un fenomenal poder de persuasión.

Hacia las cinco de la mañana de aquel viernes de diario pudimos por fin cantar «Droppen Dripp och drippen Drapp» casi tan bien como Babs y su hija. Henry estaba sentado deleitándose con el resultado, y además con razón. Era un profesor excelente.

– Muy bien, vamos a dejarlo por hoy -dijo finalmente-. Pareces algo cansado.

– Cansado es poco.

– Puedes quedarte a dormir, si quieres.

– Podría dormir donde fuera.

Henry me indicó una habitación en el otro extremo del largo pasillo, que estaba tan oscuro como el pasaje del infierno. Abrió la puerta y apenas pude ver mucho más que una cama grande, en la cual me tendí cuan largo era sin quitarme siquiera los zapatos.

– Hay una cosa que deberías saber -dijo Henry.

– ¿El qué?

– Estás acostado en la vieja cama de Göring. Good night.

Ese ordinario viernes de principios de septiembre me desperté hacia las once, sintiéndome fatal y sin saber muy bien dónde me encontraba. Lentamente mi conciencia empezó a funcionar de nuevo, insuflando vida a los recuerdos de la noche, y, con ojos turbios, eché un vistazo alrededor de la habitación hasta llegar a la cama en que me encontraba y que supuestamente había pertenecido a Göring.

Era un día soleado, y la habitación daba al jardín interior, al este; el sol se reflejaba sobre los tejados, deslumbrándome. Por lo demás era una estancia muy agradable, con las paredes empapeladas en tonos suaves y cortinas claras, una chimenea, una cómoda de caoba, varios armarios, un par de grabados en cobre con escenas de obras de Shakespeare y una alfombra persa. La supuesta cama de Göring tenía un enorme armazón con nudos tallados en nogal. Por extraño que parezca, había dormido bastante bien en ella.

Al levantarme sentí frío, ya que había dormido con la ropa puesta y me había arropado con la colcha. En la cocina, Henry estaba preparando un consistente almuerzo a base de huevos, beicon y patatas salteadas. El mero olor me hizo sentir mal al momento, aunque en realidad tenía bastante hambre. Me sentía como si fuera a bordo de un barco.

– Morning -dijo Henry-. ¿Qué tal has dormido?

– Como un muerto.

– Aquí te está esperando un Réveil -dijo señalando un vaso largo con un líquido pálido y viscoso.

– ¿Qué es eso?

– ¿Un Réveil? Es un ponche, algo para combatir la resaca, un reconstituyente, simple y llanamente.

Olí la bebida para averiguar qué llevaba, porque no me fiaba del cocinero.

– Lleva yema de huevo, almíbar, una pizca de coñac, nuez moscada y leche -dijo Henry contando los ingredientes con los cinco dedos-. Alimenta mucho y es vigorizante. Revive a los muertos.

Respiré profundamente y di un trago, y descubrí que estaba bueno, aunque nunca he sido amante de los reconstituyentes: son demasiado «depravados» para mi gusto. Sin embargo, Henry se negó a servirme nada de comer antes de que me hubiera bebido todo el Réveil, así que decidí tomármelo de un trago. Obró maravillas. Después del consistente desayuno, me sentí resucitado, y hacía un día estupendo y soleado. Me sentía como un sultán.

– Algún día tienes que explicarme lo de la vieja cama de Göring -le dije más tarde, porque no podía quitármelo de la cabeza.

– Ya te lo explicaré -dijo Henry-. Pero ahora no. Tengo que afeitarme y arreglarme. Vamos a ir a ver al equipo de la película y después habrá que hacerte fotos. No te irás a echar atrás, ¿verdad?

– ¿Echarme atrás? ¿Yo? ¡Nunca!

– Bien. Puedes echarle un vistazo a la casa mientras me afeito. Deberías alegrarte de que la barba no te crezca como a mí.

Hice lo que me había dicho Henry y me di una vuelta por el piso. Me dejó bastante perplejo. No sabía qué pensar de aquel hombre. Cuando conoces a gente nueva siempre intentas etiquetarla, pero en el caso de Henry no había etiquetas que sirvieran. El mero hecho de ver dónde vivía lo hacía imposible.

Se trataba de un viejo apartamento doble, lujoso, frío y triste. Del gran recibidor salía un largo pasillo desde el que se entraba a cuatro estancias: dos dormitorios, una biblioteca y una sala de estar con chimenea. En los extremos del pasillo estaban la sala con el gran piano de cola y el dormitorio con la vieja cama de Göring. Desde el recibidor también se podía acceder a una sección independiente de la vivienda, pero una puerta cerrada me lo impidió.

Después de deambular por la vivienda regresé a la cocina y lavé los platos: era lo único que podía hacer. Lavar los platos es una buena ocupación si te entregas a ello en cuerpo y alma. Funciona como imagino que lo hacen algunos tipos de meditación. Después se siente uno tan limpio y reluciente como la porcelana.

Henry volvió tras haberse afeitado, arreglado y puesto ropa apropiada. Llevaba una camisa nueva azul de rayas finas, corbata burdeos y jersey, americana de pata de gallo con coderas de piel, pantalón marrón y calzado cómodo.

– ¿Qué, nos ponemos en marcha? -preguntó-. Ya les he llamado. Tenemos que irnos.

– Vale.

– Por cierto, gracias por haber fregado.

– De nada. Me gusta lavar los platos.

– Bien, lo tendré presente.

Fuimos paseando tranquilamente por Slussen y por Gamla Stan, donde la pequeña productora cinematográfica tenía sus oficinas. Henry entró con aire desenvuelto, sin llamar al timbre, y la gente lo saludó alegremente como si fuera una auténtica estrella. Fui presentado a una eficiente mujer a las puertas de la madurez; se llamaba Lisa y era la encargada de producción. Me observó con una mirada lenta y penetrante, como si en su mente ya me hubiera desnudado y vuelto a vestirme con mis incómodos pantalones de terylene, camisa de nailon y corbatín de napa.

– Yo te he visto antes -dijo-. ¿No has salido en alguna película?

– Creo que no.

– ¿Cómo te llamas?

Cuando le dije mi nombre, su rostro se iluminó, radiante como el sol. Pensé que probablemente habría leído alguno de mis libros.

– ¡Eso es! -dijo-. Aparecías en El arrepentimiento llega lentamente.

– No -suspiré-. Nunca he aparecido en ninguna película.

Henry me lanzó una furiosa mirada de soslayo, porque aquello no era algo que debiera admitir.

– Tanto da, creo que quedarás bien -dijo Lisa después de una larga pausa-. ¿También sabes cantar?

– Sí, sí, claro -intervino Henry, y de pronto se convirtió en Henry el manager-. Su voz es perfecta para este papel. Realmente tiene un gran potencial. Ensayamos solo un par de minutos, y encajaba a la perfección.

– Muy bien, vamos a hacer unas cuantas fotos -dijo Lisa mientras tomaba algunas instantáneas con una Polaroid.

Tras anotar mi nombre, mi número de la seguridad social y mi dirección, solo nos quedaba irnos.

– No debes preocuparte -dijo Henry al salir a la calle-. Tienes que aprender a tratar con este tipo de gente. No puedes ser tímido ni mostrarte indeciso, debes tener seguridad en ti mismo. Al igual que en la vida.

– Sí, entiendo.

– Ahora nos vamos al Kristina a tomar un café.

Pedimos una jarra de café en el Kristina, en la calle Västerlång, y encendimos los primeros cigarrillos del día. Enseguida empecé a sentirme mal. El corazón me latía con fuerza y tuve que apagar el cigarrillo. Extrañamente, Henry permanecía muy callado. Se fumó dos cigarrillos seguidos, taciturno y pensativo, mientras yo repasaba las opciones en la máquina de música que estaba frente a la mesa.

Henry parecía triste. Mientras recorría con la vista el local, encendió otro Pall Mall y se pasó una mano por la cara rasurada. Su humor podía cambiar de blanco a negro en un momento. Dos versos nostálgicos de una canción podían dejarlo amargado y sentimental en el mismo instante en que estaba acabando de explicar una historia divertida.

Me miró fijamente mientras encendía otro cigarrillo, pensando en irme a casa. Siempre cabía la posibilidad de que llegara por correo algo agradable que me animara. Quizá un pago del editor Franzén o noticias nuevas de la compañía de seguros.

– ¿Qué te parecería venirte a vivir conmigo? -preguntó Henry de repente.

Me quedé sorprendido y no supe qué contestar.

– Es que… no nos conocemos demasiado.

– Mucho mejor -contestó-. Por Dios, si soy vidente. Creo que sé exactamente cómo eres. Eres como mi hermano Leo, pero sin sus defectos.

– ¿Y cómo es él?

– No hablemos de eso ahora. En serio. Ahí arriba hay sitio de sobra para ti. Podrías trabajar en la biblioteca y dormir en la vieja cama de Göring. Ni siquiera tendríamos que molestarnos el uno al otro.

Tuve que admitir que estaba harto de mi piso, en el que además no quedaba nada de valor. La mudanza podría hacerse en un taxi.

– Bueno, no tengo mucho que perder.

– Yo tampoco -repuso Henry-. Además, sale mucho más barato si juntamos fuerzas. Ninguno de los dos somos especialmente ricos.

– Eso es verdad.

– Así pues, ¿qué me dices? No deberías dudar tanto cuando tengas que tomar decisiones importantes. Yo siempre tomo decisiones al momento. Así me ha ido, unas veces para arriba y otras para abajo. Pero sigo vivo, aunque me siento un poco solo.

– ¿Y tu hermano Leo? ¿No vive contigo?

– Ya nos las arreglaremos. Ahora está en Estados Unidos, en Nueva York. Por cierto, hace unos días recibí una postal. Aún falta mucho para su regreso.

– Qué demonios… Vamos a intentarlo.

– Pues choca esos cinco.

Henry me tendió la mano por encima de la mesa. Cerramos el trato. Iría a mi casa inmediatamente, empaquetaría las pocas pertenencias que los ladrones me habían dejado por pura humanidad, haría que me mandaran el correo a la nueva dirección e intentaría encontrar a una persona responsable que quisiera realquilar la vivienda. Podía arreglarse todo en una tarde.

Y así fue. Uno de los respetables amigos de Errol Hansen, de la embajada danesa, necesitaba un pequeño apartamento en una zona céntrica y el problema quedó solucionado.

En el centro de mi apartamento descansaban un par de maletas grandes con mi ropa, dos máquinas de escribir y un par de bolsas con libros, papeles y objetos de valor puramente sentimental: un cráneo de zorro que encontré en el bosque, el caparazón de un cangrejo que me dieron unos pescadores en las islas Lofoten, algunas piedras y un cenicero en forma de sátiro con la boca abierta, por donde se tiraba la ceniza.

El sol de otoño se colaba por las sucias ventanas, haciendo que la habitación se viera completamente blanca, y en silencio le di un par de caladas a un Camel sin filtro. El humo se esparció anillado en delgados jirones, como cirros en lo alto del cielo.

Sentí una gran melancolía. El piso se veía realmente lúgubre en aquel estado. Había sufrido la más pura angustia en aquel espacio, y ahora me entraba una especie de ansiedad por dejarlo. Había holgazaneado y trabajado, amado y odiado en aquella habitación, y me había convertido en parte de su atmósfera. De hecho, había escrito mis mejores líneas en aquel lugar. En ese momento, algunas ideas y personajes sueltos parecían revolotear por el suelo desnudo como fantasmas huidizos. Los años se condensaban en unos pocos detalles, un par de incidentes aislados. Estaba melancólico. Una nueva vida iba a empezar y no tenía ni idea de adónde me llevaría. Sin lugar a dudas, era una gran suerte.

Se oyeron las puertas del ascensor y los pesados pasos de Henry Morgan cruzando la puerta del apartamento.

– Servicio de Mudanzas Freys, buenas tardes -dijo echándose hacia atrás una gorra de visera.

– ¿Qué es esa gorra?

– Es una auténtica gorra de mudanzas. ¿Solo hay esto?

– Es todo lo que me queda. Todo lo que tengo.

Henry observó el modesto montón de maletas, bolsas y las dos máquinas de escribir que estaban en el centro de la sala. Sacudió la cabeza.

– Los que estuvieron aquí se emplearon a fondo.

– La culpa de todo la tiene el jodido Dylan.

– Vamos, muchacho, no te vengas abajo ahora. Ahora podrás empezar de cero. Muy pronto recibirás dinero de la compañía de seguros y podrás comprarlo todo otra vez. Podemos ir a las tiendas de segunda mano de Söder y recuperar todas tus cosas.

– No quiero toda aquella mierda -dije-. Estoy empezando una nueva vida.

– Así se habla. Venga, vamos.

Sacamos todas mis pertenencias al descansillo, las metimos en el ascensor y luego en la furgoneta Volkswagen Pickup que Henry había pedido prestada en Muebles Man. Acabamos en menos de una hora. Estaba listo para empezar una nueva vida.

Estaba claro que Henry había pensado en todo hasta el último detalle. Podría disponer de dos habitaciones más o menos a mi antojo: el dormitorio con la vieja cama de Göring y la biblioteca. Era mejor de lo que nunca hubiera soñado. Llevé mis dos máquinas de escribir a la biblioteca, donde pude constatar que había material de lectura de primer orden para unos cuantos años. Henry dejó mis maletas en el dormitorio. Había vaciado los armarios y había fregado todo con jabón. Olía casi a primavera.

– ¿Qué te parece? -preguntó.

Me senté en el alféizar de la ventana y eché un vistazo. Aquel lugar estaba hecho para mí.

– Es el mejor sitio en el que he estado nunca.

– Va a hacer frío, así que deberás estar preparado. Hay que recoger leña y encender la chimenea incluso en octubre. Los fusibles del sótano saltan en cuanto pones un radiador.

Mientras dábamos una vuelta por el apartamento, Henry me explicó que había pertenecido a su abuelo paterno. Hacía diez años que había muerto. Se llamaba Morgonstjärna y era de sangre noble. La estirpe estaba a punto de extinguirse. En Riddarhuset, la Casa de los Caballeros, había un escudo de armas de la familia, pero no quedaba mucho más. El abuelo Morgonstjärna solo había tenido un hijo, el padre de Henry, que también había muerto. Los únicos familiares que quedaban, aparte de Henry, eran su madre Greta y su hermano Leo. Pero ellos se llamaban Morgan.

– ¿Has oído hablar del Barón del Jazz? -preguntó Henry cuando entramos en la sala de billar.

– El Barón del Jazz -repetí, y lo cierto es que me resultaba familiar.

– Era mi padre -dijo Henry-. Se llamaba Morgonstjärna, claro, pero era pianista, pianista de jazz. Llegó a ser bastante conocido. Cuando empezó a tocar en serio no podía llamarse Morgonstjärna, porque ese apellido no quedaba demasiado bien en aquellos círculos. Tenía que sonar más americano, así que se lo cambió por el de Morgan. Fue durante la guerra, creo. La abuela rabió hasta enfermar y rompió todo contacto con él. Mi padre murió cuando Leo y yo éramos pequeños. La abuela murió no mucho después. Esta había sido su habitación. El abuelo la convirtió en una sala de billar poco después de su muerte.

El abuelo paterno de Henry siempre había sido un auténtico dandi, un playboy. El hecho de que finalmente se casara tampoco sirvió para cambiarle. Era algo que se apreciaba en el mobiliario: en él había algo aristocrático y coqueto. La biblioteca estaba llena de magníficos libros, volúmenes pesados y hermosamente encuadernados que con toda probabilidad se habían leído pocas veces. En ese espacio en concreto había una atmósfera opresiva e impregnada por el humo. Enseguida me sentí como en casa.

La sala de estar era una especie de museo. Sobre el parquet había alfombras persas de intrincados y relajantes estampados. El conjunto Chippendale estaba compuesto por un sofá y dos butacas de mimbre y caoba. Antiguamente habían pertenecido a Ernst Rolf. Como buena estrella de variedades, Morgonstjärna era aficionado al juego, y una noche en los alegres años treinta había ganado al póquer a Rolf, quien se vio obligado a firmar un pagaré por una pequeña suma. Cuando Morgonstjärna fue a cobrar la deuda, se encontró en posesión de un conjunto Chippendale en perfecto estado: había hecho un buen negocio.

También había unas cuantas mesas pequeñas de roble y caoba, algunas con sobre de mármol amarillento procedente de África, llamado giallo antico según Henry. Y encima de las mesas había grupos de pequeños bustos de yeso y estatuillas de porcelana, así como piedras y minerales desconocidos que el dandi había reunido a lo largo de sus incansables viajes alrededor del mundo.

Se veía claramente que había sido todo un trotamundos, un cosmopolita de mucha altura y dignidad, y los baúles de viaje que había en el desván lucían restos de pegatinas de los lugares más recónditos del mundo, siempre y cuando contara con un bar digno y un club de campo británico. De hecho había sido secretario permanente del club MMM -Muy viajado, Muy leído, Muy mundano-, un pequeño club a modo de divertimento formado por señores mayores y cultivados que jugaban al billar o a las cartas mientras bebían whisky.

– Me siento especialmente orgulloso de este televisor -dijo Henry dando golpecitos a un mueble macizo con puertas correderas-. Mi abuelo fue de los primeros en tener un televisor. Veníamos en peregrinación los sábados por la tarde para ser testigos del milagro. Nunca se compró otro. Todavía funciona de maravilla, aunque solo se ve la cadena estatal. Pero da igual. Nunca presto atención a lo que dan en las otras cadenas.

El resto del apartamento era del mismo estilo, un estilo lúgubre y oscuro donde el empapelado de principios de siglo, las sillas Biedermeier, las lámparas funcionales de acero inoxidable, las alfombras persas y los grandes muebles de nogal, mimbre y piel engullían la luz del sol que entraba por las ventanas. Quien viviera allí no podía tener tendencia a la depresión. En menos de un minuto podías correr de una habitación a otra, correr las gruesas cortinas de las ventanas y crearte tu propia noche en cualquier momento del día, en cualquier momento del año. Henry decía que a veces aquello llegaba a angustiarle.

– La noche existe en ese apartamento como una posibilidad perpetua. Tan solo hay que correr las cortinas e imaginarlo, es lo único que se necesita.

Recuerdo que parecía intranquilo, abatido.

Henry utilizaba principalmente su dormitorio y el estudio, que era como llamaba a la sala con el piano de cola. Era un viejo piano Malmsjö, y el sonido era igual de bueno que el de un Bösendorfer-Imperial, o eso era lo que él aseguraba. Quizá fuera por la acústica. Como he dicho antes, allí dentro no había más que un par de pedestales con palmeras y un diván con borlas negras. El sonido podía deslizarse a su antojo.

Regresé a mi habitación y empecé a colgar la ropa en los armarios. Puse mis sábanas en la vieja cama de Göring y colgué un par de fotografías mías y de mi familia. Recordé que debía telefonearles para decirles que me había mudado.

El amanecer se elevaba suave y agradable sobre los tejados. Henry había llamado a Spinks, que ahora estaba ronroneando sobre sus rodillas.

– Joder -dijo Henry-, menudo combate. Se va a hablar de esto mucho pero que mucho tiempo en el gimnasio de Willis. Él conoció a Alí. Este verano fue con la Federación y vio entrenar a Alí. En su despacho tiene una camiseta con su autógrafo. Se va a hablar mucho de esto en el Europa.

Henry estaba radiante de felicidad con lo del gran combate. Estábamos a mediados de septiembre y habíamos ido al Real Club de Tenis para ver la retransmisión del Alí versus Spinks. El maestro había derrotado a Spinks, el poseedor del título, valiéndose de todas las reglas del juego. Lo había mantenido a distancia mediante golpes cortos y fue sumando punto tras punto como un prestidigitador acumula aplausos. No fue un combate de estrategia, nada de revolotear contra las cuerdas, sino boxeo puro, un espectáculo sin trucos. El único secreto había sido la experiencia y la maestría.

Yo ya estaba completamente agotado después de los combates previos, y además nos habíamos tomado un par de cervezas antes del gran acontecimiento, y ahora, en la madrugada después del combate, la fatiga había dado paso a la desesperación. Parecía que Henry nunca hubiera oído hablar del cansancio. No paraba de hablar y hablar.

– ¿Has visto su gancho de izquierda? Quiero decir… ¿lo has visto realmente? Yo no, porque ha sido algo demasiado rápido, simple y llanamente. ¡Es increíble cómo Spinks podía mantenerse aún en pie!

– No, no he visto el gancho de izquierda. Pero muy pronto empezaré a ver las estrellas.

– Esta noche va a haber eclipse de luna -dijo Henry-. Me lo ha dicho el del estanco. Tenemos que verlo.

– Claro que lo veremos. Pero primero tengo que dormir un rato.

Así pues, la noche después del gran combate iba a haber un eclipse de luna. Cuando la oscuridad se hizo más profunda subimos al desván. Era un gran ático de techos altos, con trasteros independientes para cada vivienda. Henry tenía un caballete en su espacio donde podíamos serrar y cortar leña.

A la luz de una linterna, subimos una escalera que conducía hasta una trampilla en el techo. Henry la abrió y salió al tejado.

– Ve con cuidado, muchacho -me advirtió.

– Puedes estar tranquilo: tengo miedo a las alturas.

– Deben de tenerlo todos los poetas. A mi hermano Leo le entra vértigo con solo mirar un globo terráqueo. ¡Es verdad! Puede desmayarse en cualquier momento.

Trepamos por el tejado para contemplar la luna. Se veía espectral e inmensa. Mientras estábamos allí sentados tiritando, el satélite desapareció por completo tras la sombra de la Tierra. Solo se veía un débil contorno amarillo rojizo, y resultaba fácil de entender por qué aquellos fenómenos de la naturaleza hacían que la gente de antaño se desquiciara.

– ¿De antaño? -exclamó Henry-. ¿Es que no te está volviendo loco ahora mismo?

– No del todo.

– Me parece algo pavoroso, que pone los pelos de punta -dijo Henry, y, en el punto culminante del eclipse, empezó a aullar.

Henry lanzó sonoros y prolongados aullidos, como si fuera un auténtico lunático. Intenté acallarlo, pero no lo conseguí. Al cabo de un rato Spinks se acercó a nosotros en silencio y miró con perplejidad a Henry; con cautela, se apartó unos pasos.

Pero, en cualquier caso, es cierto que un eclipse lunar puede crear en cualquiera una ligera sensación de angustia. Es algo realmente definitivo y colosal.

El otoño se instaló con fuerza ya a mediados de septiembre, pero a mí me estaba costando mucho ponerme de nuevo en funcionamiento. Tenía serios problemas para empezar el pastiche de La habitación roja y ya me sentía estresado. Franzén, el editor, me llamaba de vez en cuando para espolearme. La verdad es que había cumplido su promesa y había puesto diez de los grandes sobre la mesa, así que al menos tenía dinero para vivir durante una buena temporada.

Henry hizo todo lo que estaba en su mano para que me sintiera como en casa. Permanecía casi todo el día en su parte del piso, deambulando con un mono de trabajo mugriento, y silbando. Aseguraba que silbaba mejor cuando llevaba su mono azul, y por eso se lo ponía. La realidad no era esa exactamente, pero cada cosa a su tiempo. Más adelante hablaré del mono azul de Henry.

Intenté instalarme en la biblioteca del viejo dandi, pero seguía sin sentirme completamente a gusto. Henry y yo nos esforzábamos por mantener el mundo exterior a distancia, aislarnos -él tenía una visión clara de nosotros dos como un par de dinamos creativas que necesitaban todo el silencio y la tranquilidad posibles para poder generar el Arte vital-, pero las puertas eran demasiado finas.

Un día de septiembre la policía decidió irrumpir por la fuerza en los edificios de okupas del distrito de Mullvaden, y como yo tenía amigos allí me acerqué hasta el lugar.

La policía había cortado la calle Krukmakar que atraviesa el distrito de Mullvaden, y se veía a agentes en las porterías hablando con ciudadanos que apoyaban o detestaban a las fuerzas del orden, o simplemente tenían ganas de hablar.

Al llegar la noche, la oleada de indignación creció y la gente empezó a empujar en masa contra el cordón policial. Aquello se convirtió en un auténtico circo. Tragafuegos y trovadores se encargaban del entretenimiento, los periodistas corrían de un lado para otro entrevistando a agentes enojados y los simpatizantes acumularon basura y le prendieron fuego. Los bomberos y la policía montada se presentaron de inmediato en el lugar, y de pronto pareció como si la zona hubiera sido invadida por grupos de imitadores de El rey de la Policía Montada. Los caballos pisoteaban a las masas de gente sentada y la histeria empezó a propagarse.

Como ya he mencionado, era una noche fría y el otoño había entrado con fuerza. Subí al apartamento para tomar un poco de sopa y calentarme antes de las batallas que se librarían más tarde. Henry estaba en casa frente al viejo televisor. Estaba viendo un programa sobre Jean-Paul Sartre, y en algunas escenas se veía al anciano existencialista en diversas manifestaciones. Henry empezó a alardear acerca del París del sesenta y ocho, cuando había visto a Sartre por la calle e incluso había hecho una pregunta al Oráculo.

– ¿Y por qué en vez de estar viendo eso no vas a Mullvaden? -le pregunté.

– ¿Es que aún están intentando echar a esa gente?

– Se ha montado un circo de la hostia, con montones de maderos y faquires. ¿Te vienes?

– Ya me las he visto demasiadas veces con la policía.

– ¿Eres un cobarde?

– ¿Un cobarde? ¿Yo?

– Pues eso parece -dije mientras salía al recibidor y me ponía un par de capas más de abrigo-. Está claro que tenemos que apoyar a los okupas -grité en dirección al salón, donde Henry permanecía repantingado enfrente de Sartre.

– Tú ve y encárgate de las cuestiones prácticas, que yo ya me ocuparé de los aspectos teóricos -murmuró malhumorado, porque no le gustaba que lo tacharan de cobarde. Aunque tampoco parecía tener mucha pinta de teórico.

Así que volví al barrio de Mullvaden justo cuando el Rey de la Policía Montada cargaba contra las pacíficas masas de gente sentada, y vi cómo a una muchacha que conocía le saltaba un diente por la coz de un excitado caballo castrado. El casco de otro de los animales destrozó la guitarra de un trovador, que se volvió loco y empezó a meterle por el culo al caballo las astillas que quedaban de su querida y vieja Levin. La muchedumbre empezó a correr por la calle, sus cuerpos moviéndose entre las patas de los caballos, las fustas restallantes de los policías y las porras que silbaban en el aire. Aquello empezaba a parecer un auténtico disturbio. Los periodistas se relamían de gusto.

Tras unas cuantas escaramuzas, la situación pareció normalizarse un poco. La policía se retiró a sus posiciones y los manifestantes volvieron a sentarse en silencio. Todo el distrito olía a boñiga de caballo.

Así permanecieron, hora tras hora, durante la larga espera que precedió a la confrontación final, que aún tardaría bastante en llegar. En ese intervalo, la resistencia fue anotándose un punto tras otro. La policía no podía hacer más que permanecer en su puesto. Desde un punto de vista moral, la resistencia pasiva era superior.

No pude evitar pensar en La habitación roja. Olle Montanus estaba dentro de uno de los edificios ocupados, temblando. Iba a seguir viviendo en mi versión de La habitación roja, o, mejor aún, un hijo suyo, un pequeño niño jorobado, una fea caricatura de su padre, que dejó el campo y se marchó a la capital para asistir al entierro de su progenitor. Mi pastiche de La habitación roja empezaría justo donde Strindberg la había dejado. Estaría situada entre 1978 y 1979, y el chaval de Olle, Kalle Montanus, viviría en uno de los edificios ocupados en el distrito de Mullvaden. ¡Era genial! El muchacho estaría profundamente dormido, soñando con un mundo mejor y sin ningún atisbo de preocupación, hasta que un jovenzuelo pueblerino, un paisano suyo con la cara llena de espinillas, irrumpiría por la puerta y despertaría al chaval que dormía apaciblemente en un banco de la cocina. Se reconocerían y empezarían a pelearse a causa de un viejo préstamo. Así es como comenzaría.

– Té con ron -dijo alguien detrás de mí, dándome un golpecito en la espalda. Mis ensoñaciones sobre La habitación roja se interrumpieron abruptamente. Me giré y vi a Henry con un completo equipamiento de combate-. Té con ron -dijo ofreciéndome un vaso de termo con una bebida aromática.

– ¡Así que al final has venido!

– Sartre es muy pesado. A la larga se hace jodidamente pesado. La verdad es que creo que estoy más por la práctica.

Habíamos ensayado una y otra vez «Droppen Dripp» y otras pegadizas canciones populares, y ya nos sabíamos el repertorio casi demasiado bien. Sonaba muy profesional, muy poco amateur, y Henry opinaba que deberíamos cometer algunas equivocaciones deliberadas para hacer que aquello sonara más auténtico.

Había llegado el día de nuestra participación en la película. Siguiendo las precisas órdenes de Lisa, de la productora, una mañana tomamos el tren hasta Söderhamn y llegamos hacia el mediodía.

Según Henry, las estrellas estaban de nuestra parte. Había leído en su horóscopo que algo grande y trascendental iba a pasar ese día. «Debes tener cuidado, ya que estás jugando con fuerzas poderosas.» Eso es lo que decía, y Henry lo interpretaba inequívocamente como algo favorable.

Todo un mundo nuevo se abría ante mí: el excitante y glamuroso mundo del cine. Henry era un maniático de la etiqueta, y por ello procuró que nos recibieran como correspondía a los auténticos grandes. Como era habitual en él, llevaba un atuendo que encajaba a la perfección con su papel, à la naturelle, por así decir. Los de atrezzo no tuvieron nada que añadir, quitar o retocar en su aspecto. Además, hacía poco que había ido a su barbero y se había cortado el pelo con ese estilo juvenil con raya en medio, que era el que llevaba desde principios de los años cincuenta.

Conmigo, la cosa fue bastante peor. Henry me dejó alegremente en manos de la maquilladora, pero antes mantuvo con ella una breve conversación en un aparte.

– No puedo, ya lo sabes -dijo la mujer repetidas veces, pero Henry le insistió y conminó tanto que al final ella accedió a prometerle algo. Podía imaginar de qué se trataba. Se conocían desde hacía muchos años.

Como es lógico, la maquilladora estaba un tanto irritada cuando volvió a mi insignificante persona y mi pelo. En cuestión de minutos, me cortó el pelo y me devolvió a principios de los años sesenta, antes de que los Beatles se hicieran ricos y los peluqueros pobres.

Tras la agresión a mi cabeza, tuve que ponerme unos desagradables pantalones grises de terileno, una incómoda camisa de nailon con camiseta de malla, la corbata de napa y los zapatos puntiagudos que tanto había temido desde el principio. Pero así son las cosas cuando se está metido en el mundo del cine. Algunos actores se matan de hambre durante semanas para conseguir el papel de un personaje delgado. Hay directores que torturan a sus actores, alternando críticas y elogios indiscriminados para lograr el efecto deseado. Sufrir ciertas penalidades formaba parte del trabajo. Las estrellas de cine no solo se sentaban en sillas de tijera con su nombre bordado en letras doradas, bebiendo champán. La Garbo fue seguramente la única que bajaba deslizándose de un taxi, perfectamente vestida, peinada y maquillada, justo antes de que la claqueta sonara. Eso era al menos lo que aseguraba Birger, de Muebles Man, un gran admirador de la Garbo. Pero hablaré de esto más adelante.

– ¡Qué puntazo! -dijo Henry de mi nuevo aspecto-. Estás hecho todo un punk. Pregunta si puedes quedarte con esos trapos. Se te ve up to date.

Henry se movía por el estudio como si nunca hubiera hecho otra cosa en la vida; conversaba con los cámaras, los de iluminación, los técnicos y los demás figurantes, a cuya familia pertenecía desde hacía muchos años. Todos parecían apreciarlo mucho y reían y saludaban con la cabeza en cuanto se acercaba.

– Este es Klasa, mi nuevo descubrimiento. Todo un talento natural -dijo, y me dio un empujón en presencia del director, un hombre llamado Gordon que me resultó bastante decepcionante.

No se correspondía en absoluto con mis expectativas. Siempre me había imaginado a los directores como demonios egocéntricos que fustigan y maltratan a sus colaboradores. Pero Gordon era de un tipo completamente distinto, seguramente de una nueva escuela. Se movía de puntillas, susurrando como si se avergonzara de que su insignificante persona fuera la responsable de todo aquello. Me estrechó la mano de una forma indecisa, torpe y sudorosa, y pensó que yo encajaba a la perfección.

– Tú, tú, tú… eres clavado a uno de mis amigos de infancia -dijo-. Ellos, esta… esta película es, en cierto modo, jodidamente personal, ¿entiendes? Tengo que capturar, atrapar esa parte de mí mismo -continuó, hasta que alguien requirió su atención.

Henry parecía compartir mi opinión sobre Gordon, pero mantuvimos el tipo y luego nos dimos una vuelta por el viejo auditorio para mirar a las chicas. Justo en aquella secuencia se mostraban los preparativos de un baile estudiantil y el ambiente tenía que reflejar excitación e inquietud. Precisamente nerviosismo y ansiedad eran las palabras que definían el espíritu que emanaba de Gordon. Nadie sabía nada de la película y, si Lisa no hubiera sido el tipo de persona que era, nunca se habría rodado.

Tras cerca de cuatro horas de espera y murmullos, llegó el momento de la primera toma. Las estrellas, los profesionales que atraerían al público, no se veían enojados en lo más mínimo. Era gente con experiencia que sabía que filmar equivale a esperar. Uno de mis actores preferidos interpretaba al director de la escuela. Salió de su camerino con gran solemnidad. Todos callaban en su presencia y bajaban la vista a su paso, y a pesar de ser absolutamente repelente en su soberanía, la gente se sentía atraída hacia él como a un peligroso precipicio al que no podían resistir asomarse.

Gordon musitó algunas indicaciones, a fin de que todos ocuparan sus respectivos puestos, y Henry y yo nos colocamos en el lugar del plató donde debíamos fingir que ensayábamos «Drop- pen Dripp» y otros éxitos obsoletos.

La primera toma fue un fiasco. Henry y yo estuvimos impecables, pero a la joven protagonista el vestido se le levantaba por detrás. Gordon opinaba que en realidad creaba un efecto sensacional, pero un tanto retorcido. Después de unas cinco tomas de la misma escena, el vestido se mantuvo en su sitio.

– Ha quedado de puta madre -dijo Gordon, y con eso lo dio todo por terminado.

Ni siquiera me había dado tiempo de hacerme una idea de cómo era aquello. Habíamos ensayado durante semanas y esperado durante horas, y todo para una escena que duraba apenas dos minutos escasos.

– Así es la vida del figurante -sentenció Henry-. Ahora nos vamos directos a cobrar.

Recibimos nuestra paga de un estresado factótum y descubrí que nuestra modesta contribución se saldó con dos mil coronas.

– Y después cortarán la mitad de la escena. En el mejor de los casos, apareceremos al fondo como un par de fantasmas. Pero así son las cosas. Hay que ser humilde cuando se es figurante. Estamos ahí, pero somos invisibles.

– Non videre sed esse.

Henry dio un respingo y me miró sin entender. Después se embarcó en un monólogo sobre la esencia del figurante, que resultó sorprendente. Lo que más se recuerda de una película es a menudo la presencia de un figurante o de algún tonto en un pequeño papel. Según Henry había algo grande en todo aquello, y se preguntaba si alguna vez aceptaría un personaje de verdad. Se sentía realmente satisfecho manteniéndose al fondo de la imagen. Era allí donde podía componer una música tan hermosa que se convertía en destructiva.

Entonces no lo entendí, pero puede que ahora lo comprenda mejor, mucho tiempo después. A Henry había algunas cosas que le ponían tan furioso que intentaba fingir que no le importaban en absoluto. La vida era un encogerse de hombros, algo que tomarse a la ligera. Pero sin duda aquello era solo una actitud provocadora. En realidad se sentía tan indignado que apenas podía soportarlo, y uno solo se indigna de verdad cuando algo le importa realmente. Para sobrellevar aquella pesada carga de responsabilidad moral debía aparentar que no tenía sentido de la responsabilidad hacia nada. Cada vez que alguien requería algo de él, se sentía aterrorizado y hostigado. Se ponía enseguida a la defensiva. Quería estar pero sin ser visto.

No lo entendí en absoluto mientras estábamos sentados en la sala de vestuario, fumando cigarrillos de su lujosa pitillera. Él se limpiaba las uñas con su pequeña navaja con la funda de piel color burdeos que siempre llevaba consigo. No lo entendí, y además me sentía un tanto aturdido. Lo que yo quería saber realmente era qué le había parecido mi debut.

– Has estado bien, Klasa -dijo Henry, interrumpiendo su manicura-. Has estado de puta madre.

– Gracias -dije en tono sensiblero-. Nunca podría haberlo hecho sin ti.

– ¿Sabes qué? Me voy un rato a casa de Karin.

– ¿Quién es Karin?

– La maquilladora. Tenemos que hablar de unas cosillas. Podemos encontrarnos en la estación a las dos y cuarto de la madrugada. A esa hora sale un tren para casa.

Henry desapareció con Karin en medio del ajetreo, y yo me despedí del equipo de rodaje, dándoles las gracias por todo. La ayudante de dirección me dijo que me llamarían si salía algo para mí. Aquello sonaba prometedor y, justo cuando me disponía a marcharme, me tropecé con la Estrella y sentí una especie de descarga eléctrica. Aquel hombre estaba cargado de irrealidad, de poderes antinaturales, cargado con lo que la gente denomina carisma, como el de un personaje magnético o un magnate influyente que está pero no se ve. Yo había crecido viendo a aquella estrella en la televisión, pero ahora me parecía que era la mitad de alto de lo que debería ser. A pesar de su modesta estatura, su talla espiritual era comparable a la del mismo César, si hemos de creer a los historiadores. Yo mismo me sentía como si hubiera alcanzado el punto álgido de mi existencia. Aquel sería el tipo de cosas que mis hijos se hartarían de escuchar de mi boca. Desgraciadamente, fui demasiado tímido para pedirle un autógrafo.

Söderhamn no tenía nada de metrópoli salvo por los motoristas. Soplaba un aire frío y cortante, y no me encontraba demasiado bien. Intenté calentarme un poco pensando en los saqueos que hicieron los rusos -era lo único que sabía de aquella ciudad costera del norte- y los incendios que provocaron en la ciudad en el siglo dieciocho. El lugar tuvo que ser tan hermoso entonces como gris y anodino era ahora. Me dirigí a la estación central, me derrumbé en un banco, fumé un cigarrillo y leí la prensa de la tarde. Me di cuenta de que odiaba Söderhamn.

Henry llegó puntual, unos minutos antes de que saliera el tren, y enseguida estuvimos rumbo a casa. Tampoco Henry parecía especialmente animado. Quizá fuera el anticlímax lo que nos había bajado la moral. Habíamos estado preparándonos a fondo para aquello, cargándonos de energía al máximo, y después descargamos y nos pagaron. Era algo así como el día de Año Nuevo, cuando uno ya no recuerda muy bien las doce campanadas ni ninguno de sus buenos propósitos.

Henry miraba ausente por la ventanilla, hacia el paisaje triste y pobremente iluminado, sin decir nada.

– ¿Qué tal te ha ido con Karin?

– Hablamos. Solo hablamos.

– ¿Te lo has montado con ella?

– No, joder -dijo Henry-. Nunca me lo he hecho con Karin.

No pareció muy entusiasmado con aquel tema, como si fuera algo que le gustaría pero que nunca tendría.

El revisor cortó nuestros billetes y yo intenté dormir en vano. Henry seguía sentado en silencio y alicaído, mirando fijamente el insípido paisaje. No dijo una palabra hasta Gävle.

– Tuve una sensación extraña -dijo en voz baja, casi para sí mismo-. Toda aquella gente, vestidos como en aquellos tiempos… Fue como si no pudiera distanciarme de aquello. Como un sueño. Yo viví esa época, tocaba en un grupo del colegio e iba a ese tipo de bailes. Ha sido casi fantasmagórico, como un sueño.

Unos treinta kilómetros al sur de Gävle, Henry añadió, todavía para sí mismo:

– Tengo que volver a ver a Maud. Tengo que ver a Maud.

Y luego, en voz alta y resonante, con una mirada ausente en sus ojos dirigida a Dios, a Satanás, a mí, al mundo entero, dijo:

– ¡Eso era lo que decía el horóscopo! Tengo que ver a Maud.

El barrio estaba agradablemente situado entre la iglesia de María, con su magnífico conjunto de tumbas -entre las que destacaban como lugar de peregrinación las lápidas de Lasse Lucidor el Desgraciado, Stagnelius y Evert Taube-, y la actualmente saneada y respetable plaza de María. Las casas se caracterizaban por su ajada belleza, cuando menos en contraste con las situadas en el Montículo en Söder, edificios del siglo dieciocho recién restaurados donde vivían ceramistas, galeristas e infinitud de poetas, y siempre según la fuente que respondía al nombre de Henry Morgan.

Las pequeñas empresas volvían a florecer. Desde la esquina de la calle Bellman se podían contar al menos una docena de pequeños negocios que aunque no podían considerarse boyantes, al menos tenían movimiento. En la antigua farmacia ahora estaba el Kafé Primal, también había una mercería, una tienda de marcos, un estanco, una tienda de libros de segunda mano, una de numismática, una verdulería, varias galerías de arte y tiendas de ropa de segunda mano y, por supuesto, Muebles Man.

El timbre sonó y el ruido interrumpió de golpe mi desayuno. Era mi quinto desayuno seguido a solas. No había sabido nada de Henry Morgan desde el día en que regresamos de rodar la película en Söderhamn. Había llegado a casa, se había duchado, había hablado por teléfono y después se había ido. Eso era lo que ponía en su horóscopo. Estaría fuera un par de días.

Cuando abrí la puerta, vi en el descansillo al chico de los recados de la lavandería Egon con un paquete de camisas y ropa blanca envuelto en papel de embalar.

– ¿Esto es para aquí?

– Morgan, diez camisas y cuatro sábanas, fundas de almohada y toallas. Es lo que pone en el albarán. Ciento doce coronas, gracias -dijo el recadero.

– Muy bien -dije con un suspiro, y fui a buscar el dinero.

– ¿Tienes algo para recoger? -preguntó el chico.

– ¿Para recoger? Ah, no sé. Voy a ver.

Después intercambiamos ropa sucia por limpia, gracias y adiós. Puse las camisas limpias de Henry encima de su cama y pensé que era bastante pretencioso por su parte enviarlas a la lavandería, pero era asunto suyo. Aunque tuviera que pagarlo yo. De todas formas me ayudó a sentirme mejor, porque lo tomé como una señal de que estaba vivo.

Por lo demás no había mucho de lo que alegrarse en ese momento, salvo por el total declive y derrumbe del gobierno de coalición de la derecha, tal como mi agudo editor Franzén había pronosticado medio año antes en el club de campo. Con Henry fuera el piso me parecía vacío y triste, así que me obligué a empezar a trabajar en serio y con rigor sistemático en mi pastiche de La habitación roja. Sea como fuere, conseguí escribir una docena de páginas que parecían tener algún fundamento.

Intenté conocer a los demás habitantes del edificio e incluso me hice bastante amigo del Estanquero. Era un señor muy correcto, de mediana edad, siempre vestido de traje con pajarita y muy al tanto de la situación política y de todo cuanto acontecía en el barrio. Me mantuvo al día de todo mientras mi anfitrión estuvo fuera.

En la tienda del Estanquero también trabajaba una ayudante muy interesante. Era una mujerona de muy buen ver, de unos treinta y cinco años, y cuando menos tan elegante como él. Llevaba vestido largo, una gruesa capa de maquillaje, rímel y lápiz de labios rojo pasión. Por lo que yo sabía, nunca le había dirigido la palabra a un cliente, y nadie tenía claro si estaba permitido dirigirle la palabra a ella. En cualquier caso, escuchaba lo que se decía en la tienda y salía disparada como un rayo hacia el almacén en cuanto faltaba algo. Fruncía los labios cuando te veía triste. No cabía duda de que su misión principal era básicamente estar impresionante. Y tal vez también la de dirigir los pensamientos de los clientes hacia el completísimo surtido de revistas pornográficas y eróticas, desde El Marqués hasta Amor 1 y demás, que el Estanquero tenía en venta. Así pues, había bastantes motivos para mantenerse alejado del estanco, a no ser que tuvieras un gran sentido de la curiosidad o fueras muy aficionado a los cotilleos. Por desgracia, yo nunca he sido de ese tipo de personas.

Evidentemente, el Estanquero me tenía al tanto de todo lo que ocurría en el vecindario.

– Puedo ver -dijo confidencialmente inclinándose sobre el mostrador- que eres un muchacho cabal. No creo que Morgan dejara vivir en su casa a cualquiera. Es un auténtico caballero. Pero esos túneles… Atraen a un montón de… bueno, ya sabes, gente rara, no sé si me entiendes.

No le entendía en absoluto, y lancé una rápida mirada hacia la mujer, que me dedicó una amplia sonrisa.

– Pero deberías pasarte por Muebles Man. Son buena gente. Deberías pasarte para conocerlos.

– Supongo que sí -contesté, sin decir una palabra del miedo que tenía de encontrarme mis muebles y pertenencias en cuanto me acercara a cualquier tienda de segunda mano.

Un hombre al que llamaban el Botella pasó por la acera y saludó a través del escaparate. El Botella también era un buen tipo, según el Estanquero. El Botella tenía la jubilación anticipada por problemas de espalda y complementaba su pensión recogiendo botellas vacías por los parques.

– Y mira… -dijo el Estanquero bajando la voz-. Creo que tiene… -añadió mojándose el índice y el pulgar con la lengua, frotándoselos y guiñándome un ojo.

– ¿De los envases vacíos? -pregunté incrédulo.

– ¡Oh, sí! ¡Claro que sí! Lleva un pequeño remolque en su bicicleta, y después de pasarse un día al sol vuelve a casa con botellas por las que se saca unas doscientas coronas. Libres de impuestos. Ese tiene dinero bajo el colchón, eso te lo aseguro. Pero no es el tipo de gente con la que te gustaría vértelas… más vale no interponerse en su camino.

– Te creo.

– Sí, ten cuidado, muchacho. Un día entraron aquí dos drogadictos y empezaron a juguetear con una pistola, y esa de ahí -dijo señalando con el pulgar a la sexy mujer, que le sonrió de inmediato- se escondió debajo del mostrador completamente aterrada. Alguien tenía que intentar tranquilizar a aquellos locos, porque estaba claro que querían llevarse la caja del día. Y entonces él entró caminando por esa puerta, justo así -dijo, dirigiéndose hacia la puerta, cruzándola e intentando sacar pecho como el Botella-. Y, como te lo digo, se lanzó sobre ellos hecho una furia y los sacó por la puerta uno tras otro gritándoles que se fueran al infierno. ¡Y creo que eso es lo que hicieron! ¡Ja, ja, ja!

– Menuda historia. Seguro que te han pasado unas cuantas como esa…

– Puedes jurarlo -dijo el Estanquero, satisfecho-. Y luego está el Lobo Larsson. ¿Le conoces?

– No. Tampoco conozco al Lobo Larsson.

– Fue Morgan quien le puso el apodo. Es todo un personaje, ya lo verás. Si sales una noche de bares te puedes apostar un billete de mil a que te encuentras al Lobo Larsson. Siempre sale con su pastor alemán, un ejemplar magnífico. La verdad es que parece un lobo…

– Morning, boys! -dijo Henry entrando por la puerta.

– Hola, hola -dije estrechándole la mano.

Henry me guiñó un ojo. Parecía satisfecho y descansado.

– Hello, Dolly! -dijo Henry a la mujer de detrás del mostrador, y ella le sonrió como siempre, con una sonrisa casta y santa, llena de piedad.

Henry había ido a echar la quiniela. Jugaba regularmente junto con Greger y Birger, de Muebles Man. Se gastaban unas veinte coronas por cabeza.

– Ese tipo es el mismísimo diablo -me dijo Henry cuando subíamos en el ascensor-. Ándate con cuidado con él. Cualquier cosa que le digas al Estanquero lo sabrá media ciudad al cabo de una hora. Es como un megáfono. Tiene línea directa con la TT, la agencia central de información.

– Yo no tengo secretos -contesté.

– Tú no, pero yo sí -dijo Henry-. Aunque ella está muy buena, la novia.

Henry había estado en casa de Maud, en la calle Frigga, y aún no había desayunado. Tenía hambre y necesitaba comer. No pensaba preguntarle nada. Debíamos respetar nuestra vida privada, ese era el plan.

Lo menos que se puede decir de los desayunos de Henry es que eran sustanciosos. Los fanáticos de la comida sana, los que cuentan calorías y los vegetarianos seguidores de Are Waerland se quedarían estupefactos y calcularían durante horas con largas fórmulas para llegar finalmente a dar con una receta nueva para suicidarse con alimentos. Por lo general uno se imagina que un soltero de la edad de Henry se tomaría una taza de Nescafé hecha con agua del grifo templada, de pie y fumando un cigarrillo rápido. Pero decididamente no era ese el estilo de Henry le gourmand. De joven, se había acostumbrado a tales ágapes en sus largos viajes por el continente. No sé si su desayuno podía calificarse de continental -y, en tal caso, si era danés, inglés, alemán o francés-, pero, en cualquier caso, era monumental.

Henry se puso un vistoso y grasiento delantal y, a un ritmo furioso, sus brazos de camarero se movieron por la cocina como baquetas, siguiendo la música de la radio, sacando a la luz lo que podía quedar en su siempre paupérrima despensa: primero, un par de vasos de zumo de guayaba espeso y nutritivo para apagar la necesidad más imperiosa; después, un par de rebanadas de pan francés casero, tostado para que la mantequilla salada se untara bien, el queso Emmental se fundiera y la mermelada de grosella Wilkin & Sons se extendiera; luego, un vaso de zumo de zanahoria, medio paquete de beicon y un huevo frito con ketchup alemán de canela, regado todo con mucho zumo de naranja para ayudar a tragar; después de todo aquello, engulló un plato de leche fermentada con un poco de nata agria y muesli; y, como colofón, una taza de café soluble Chicorée mezclado con leche entera caliente. El café era tan fuerte que muchos vendedores decían en tono vulgar que era «abortivo». Tras una visita rápida al cuarto de baño, estaba de nuevo en la mesa leyendo los dos diarios matutinos, no para obtener una información contrastada e imparcial, sino por el puro placer de hacerlo.

Probablemente yo solo podría haberme comido una cuarta parte de todo aquello, pero en cambio compartíamos la misma pasión por la lectura de la prensa. Henry y yo leíamos como mínimo cuatro diarios y unos cuantos semanarios en la tienda del estanquero. La lectura asidua de prensa -y el café Chicorée que compraba en alguno de los puestos del mercado- era una costumbre adquirida en el tiempo que estuvo en París. En aquella época era el joven Henri le boulevardier, rondando por los cafés siempre a la búsqueda de nuevos descubrimientos. En cierta manera seguía siendo el mismo, y nunca dejaron de sorprenderme su constante indignación o las oleadas de emoción que le embargaban en cuanto abría un periódico. Henry se conmovía fácilmente, y permanecía en silencio cuando el periódico traía alguna noticia deprimente. No tenía por qué tratarse del inevitable fin del mundo o de la fría constatación por parte del Instituto de Futurología de que a la humanidad le quedaban solo veinticinco años antes de la catástrofe final. Podía ser un artículo acerca de un simple asesino de gatos o de una nueva epidemia de gripe procedente de Extremo Oriente. Henry se deprimía de inmediato y llamaba a Zeus y a Spinks para tranquilizarse, o se tomaba la temperatura con una extraña cinta con cristales flotantes, que se presionaba sobre la frente y cuyo resultado se leía en el espejo.

Así que, en cuanto había leído las noticias del periódico, mascullando y lamentándose, retorciéndose las manos con la más profunda angustia ante toda la crueldad y maldad en el mundo, se le pasaba la crisis. Resbalaba por su cuerpo como el agua por el plumaje de un ganso. Para el siempre soñador Henry, el primer ministro seguía siendo Tage Erlander y el rey era Gustavo Adolfo VI. Ola Ullsten era poco menos que un enano saltarín y Carlos Gustavo XVI era y sería siempre Chabo, el príncipe heredero. Para más inri, estaba realmente encantado con la novia del heredero, Silvia, una chica hermosa y sexy, una auténtica nussika, como la hubiera llamado Karlsson en el tejado, el personaje de Astrid Lindgren. La visión del mundo de Henry estaba totalmente alterada, en un caos que amenazaba con desmoronarse.

Una mañana leímos acerca de un horrible accidente en la azotea de un rascacielos de Nueva York. En el helipuerto esperaba un grupo de gente para ser transportada hasta el aeropuerto Kennedy. Cuando el helicóptero se disponía a aterrizar, una ráfaga de viento desestabilizó el aparato, cuyas aspas se precipitaron sobre los que esperaban en la azotea. Algunos fueron cortados a lo largo, otros por en medio y otros, simplemente, decapitados. Se dijo que una cabeza había caído sobre la acera a varias manzanas de allí, provocando desmayos entre la gente. Un judío ortodoxo tuvo una revelación, se volvió loco y empezó a arrancarse la barba con las manos, mientras que un emprendedor hombre de negocios hizo el negocio del año vendiendo viejos binoculares a los curiosos que querían ver la cabeza caída.

Aquello era demasiado para Henry.

– ¿Puedes siquiera imaginártelo? -gritaba yendo de un lado para otro en la cocina-. ¡Una cabeza rodando por la acera a tus pies! Una cabeza cortada. Con esa expresión en la cara… Me juego lo que quieras a que antes de caer al suelo golpeó a Leo. Eso te lo garantizo yo, porque es un tío que atrae a la mala suerte. Tú no le conoces, pero yo sí.

El rostro de Henry estaba enrojecido por el sofoco, y no se calmó hasta meter la cabeza bajo el grifo. Después se quedó como si no hubiera pasado nada.

– Hablando de Leo -dijo tranquilamente-. Tenemos que decidir el movimiento de la semana. Leo juega al ajedrez por correo con un tío llamado Hagberg, de Borås.

– Ah, sí, ese tipo.

– Es contable y un fanático del ajedrez. Por lo visto, tiene partidas en marcha en medio mundo. Es como si el tipo solo viviera para eso. Pero, por otra parte, es el único capullo al que Leo parece prestar un poco de atención, y ahora que está fuera tengo que seguir con el paripé. Y soy jodidamente malo jugando al ajedrez.

– Yo también.

– Eso me temía -masculló Henry-. Joder. Bueno, dos son mejor que uno. Venga, vamos a decidir el próximo movimiento.

Entramos en el salón. Junto al televisor había una hermosa mesita de palisandro, con el dibujo de un tablero de ajedrez en el sobre. Cogimos un par de sillas y nos sentamos. Henry leyó en voz alta la brillante jugada de Hagberb, el fanático del ajedrez residente en Borås. Después movimos su caballo negro, tras lo cual nos encontramos en una situación bastante comprometida.

– No sé qué coño estaba pensando -dijo Henry avergonzado-. Por cierto, Hagberg no sabe que soy yo quien juega en lugar de Leo. Si lo supiera le entrarían ganas de vomitar. Hasta ahora solo ha hecho dos observaciones.

– Esto no tiene solución -dije, descorazonado.

– Todo tiene solución, Klasa. ¿Me das un cigarro?

Encendimos sendos cigarrillos, y nos quedamos mirando el tablero como cegados por aquel maldito caballo negro. Tras deliberar y rezongar durante un rato, llegamos a la conclusión de que un enroque era nuestra única posibilidad en aquella situación. Henry escribió la jugada a máquina -su letra infantil había hecho sospechar al contable-, y puso la carta en el recibidor, en el lugar del correo saliente.

Después nos retiramos cada uno a nuestra parte de la vivienda. Henry se fue a ensayar con el piano y yo me instalé en la biblioteca para leer una edición barata de La habitación roja, haciendo un uso bastante libre del lápiz rojo. Estaba decidido a hacer un profundo análisis de mi tarea.

Así es como solíamos pasar las horas de la mañana, hasta que nos encontrábamos en el recibidor para salir a almorzar. Entonces Henry abría un cajón del aparador, donde siempre había como una veintena de gruesos talonarios de tíquets de oficina para comer en restaurantes.

– Nada de preguntas -decía dándome uno-. Un talonario a la semana, sin preguntas y sin alcohol.

– Te doy mi palabra de honor -me vi obligado a prometer.

Solíamos ir con frecuencia al bar de comidas Costas, en la calle Bellman. A esa hora estaba todo el mundo: la Reina de los Peristas, Greger y Birgen de Muebles Man, algunos galeristas, el Estanquero y el Botella. El ambiente era muy bueno y la comida también, y cualquier guía turística le otorgaría sin dudarlo una de sus estrellas.

En octubre recuperé mi identidad, o al menos eso dijeron. Las investigaciones de la policía y de la compañía de seguros habían llegado a las mismas conclusiones favorables en el caso Klas Östergren, alias el Desvalijado. Un animoso y avispado agente de la compañía de seguros me llamó para comunicarme que de momento me entregarían un pago inicial de diez mil coronas. También se pusieron en contacto conmigo las autoridades policiales para informarme de que podía pasar a recoger mis nuevos documentos de identidad, pasaporte, DNI y otros papeles, que sin duda habían salido de mi casa para acabar en el mercado negro.

Una parte del dinero de la compañía de seguros fue directamente a Hacienda para pagar unos impuestos que tenía pendientes, así como otras deudas imperiosas, pero aun así sobró una buena cantidad. Organizamos una fiesta. En los puestos del mercado había langosta. Henry fue a un comerciante que conocía y volvió con dos de las grandes, vivitas y coleando, negras como el estiércol, agresivas y con unas antenas que se agitaban furiosas atrás y adelante dentro de la pequeña caja de madera.

Henry hizo un caldo de verduras, cerveza y especias en el que puso a hervir el marisco, que inmediatamente se puso rojo. Hacia las siete de la tarde ya estaban listas. Yo había preparado una mesa muy bien dispuesta, con porcelana elegante y copas altas de cristal para un par de botellas de Ruffino Toscano Bianco, seco y fresco.

Dimos buena cuenta de las langostas calientes, acompañadas con un poco de mantequilla y pan tostado. Comimos en un silencio reverente, ya que la langosta caliente y cocinada en su punto es uno de los mejores manjares que este mundo puede ofrecer. Después tomamos café en el salón y nos amodorramos en sendas butacas delante del fuego. Nuestra intención había sido recuperar energías para salir a dar una vuelta -últimamente habíamos llevado una vida bastante mísera y aburrida-; sin embargo, disfrutar de aquellas exquisiteces nos había dejado sin fuerzas y el vino italiano no nos había dejado un cuerpo tan italiano como esperábamos.

Henry puso un viejo disco de jazz, pero aquella música tampoco nos ayudó a espabilarnos. En aquel momento eché de menos más que nunca algo de rock clásico, cualquier cosa que tuviera ritmo y lo animara a uno a ponerse de nuevo en marcha. Sin embargo, me habían robado todos los discos y para Henry el rock y el pop no habían existido nunca. Como mucho había oído aquella música alguna vez sentado en un bar, pero eso era todo. Ya hacía más de un mes que vivía en su piso y empezaba a echar de menos mi música. Henry afirmaba que estaba desintoxicándome. Él conseguiría que escuchara música de verdad.

Me propuso componer una canción juntos. Trataría sobre dos gentlemen, algo alegre y dinámico con un estribillo pegadizo que se quedara enseguida, un tema de éxito.

Si las chicas nos fallan
y a dos velas estamos,
como gentlemen ricos
nos imaginamos.

Eso es lo que compuso Henry al mejor estilo de Karl Gerhard, ya que no era ajeno en absoluto a este tipo de trabajo artesanal, que los compositores serios y puristas consideraban una especie de prostitución. Pero en lo referente a su gran arte, del que hablaba constantemente, no había concesiones que valieran. Él no se vendía.

No seguimos con «Gentlemen» por aquella noche. Y tampoco nos comportamos como tales. Un relajante saxofón volvió a dejar nuestros ánimos por los suelos y nos hundimos aún más si cabe en las butacas. Fuera llovía y ninguno de los dos tenía muchas ganas de salir de juerga.

– Ni siquiera tengo la sensación de estar de celebración -bostecé.

– Me too -dijo Henry perezosamente y en un incorrecto inglés-. Es que hemos comido demasiado aprisa. La langosta debe saborearse despacio. Y deberíamos haber invitado a mujeres, entonces nos hubiéramos controlado un poco más.

– Yo no tengo a ninguna en reserva.

– Me too -repitió Henry sin ningún criterio gramatical-. A veces la vida es terriblemente aburrida.

Sigue siendo un misterio cómo dos boxeadores sanos y fuertes podían dejarse vencer tan fácilmente por el sopor después de una noche de langostas y unas cuantas botellas de vino blanco seco italiano. Desde luego, no estábamos así de cansados por trabajar.

Guardar un secreto exige cierta técnica, quizá incluso cierto talento. Pero no cabía duda de que Henry Morgan carecía tanto del talento como de la técnica. Un día de finales de octubre fui iniciado en el Secreto de Henry, lo cual aclaró muchas cosas.

No tenía trabajo; era un artista, al igual que Olle Montanus en La habitación roja, y de vez en cuando acababa en la más completa miseria. Pero siempre salía adelante. Así había sido desde que regresó del continente. Tenía su pequeña herencia -una asignación que le llegaba todos los meses y que estaba debidamente controlada por un gabinete jurídico- y en ocasiones vendía algún libro valioso e ilegible de su biblioteca. A veces aceptaba algún trabajo eventual en la ciudad o en el puerto. Siempre salía de apuros de una manera u otra.

Pero lo más extraño de todo es que fuera un tipo tan jodidamente enérgico y emprendedor, en la flor de la vida. Siempre se le veía pasar como una tromba por la casa embutido en su sucio mono de trabajo azul, y nadie se podía imaginar que fuera un sensible pianista que ensayaba para consagrarse como artista.

Henry tenía planeado alquilar una noche el teatro Södra para interpretar su gran obra para piano solo: «Europa, fragmentos en descomposición». Llevaba trabajando en ella desde hacía casi quince años y pensaba que había llegado el momento para presentarla de forma solemne. Yo estaba completamente de acuerdo con él, y lo de alquilar el teatro Södra no me parecía mala idea. Hacía unos años el fabuloso compositor húngaro había alquilado el teatro Dramaten y había cosechado un enorme éxito. ¿Por qué Henry Morgan iba a ser menos? Solo costaría unas cuatro o cinco mil coronas, incluido el personal, y en primavera siempre había días disponibles. Habría que enviar invitaciones -con un tipo de letra elegante y algo remilgada, según decía- a todas las personas importantes de los círculos musicales, lo que incluía críticos, productores y organizadores. ¿Qué podría salir mal?

El proyecto era bastante ambicioso, pero bajo las nubes había una tierra deseosa de germinar. Para acceder a aquel mundillo se necesitaba dar un audaz golpe de efecto. Yo apoyaba a Henry al cien por cien. Había escrito la obra en un enorme bloc de notas y todo lo que necesitaba, según decía, era practicar un par de horas al día para acabar de pulir los matices más sutiles. Sin embargo, ensayaba a lo sumo unos quince minutos al día; el resto lo dedicaba a tocar canciones ligeras, tomar café, comer, tomar más café y deambular continuamente por la casa.

Fueron aquel deambular constante y los portazos que daba los que despertaron en mí tanto la duda como la curiosidad. Henry correteaba arriba y abajo todo el tiempo -en horas de trabajo, claro- vestido con su mugriento mono de faena y asegurando que silbaba muy bien cuando lo llevaba puesto.

– Un mono azul con tirantes y bragueta de botones infunde armonía -decía-. Pruébalo y lo verás.

Dicho y hecho. Me puse su mono azul aún caliente y, aunque me venía un poco grande, tuve que admitir que era bastante cómodo. Naturalmente yo había trabajado antes con mono, pero nunca había reflexionado sobre el hecho de que, cuando te lo pones, automáticamente empiezas a silbar, como si fuera algo natural. Y es cierto que te hace silbar muy bien, no importa el aria que te venga a la cabeza.

– Caramba -dije-. Me voy a comprar uno.

– Pues claro que sí -dijo Henry volviendo a ponérselo-. Los venden en la sastrería Alberts. Y además muy baratos. Con él puesto tienes la sensación de que estás haciendo algo útil. ¡Con un mono azul te sientes un poco más trabajador de la cultura!

Estábamos completamente de acuerdo en aquello, pero la cuestión era cómo podía ensuciarse la ropa de aquella manera, que estaba incluso llena de barro, cuando solo salía un rato al mediodía. Por lo que yo sabía, no había ninguna zona de tierra en el patio comunitario.

Henry se daba perfecta cuenta de mi desconcierto, y fue entonces, a finales de octubre, después de haber vivido más de un mes en su casa, cuando consideró que había pasado la prueba, por así decirlo. Podía ser iniciado en el Secreto de Henry. En su opinión, había demostrado ser honesto, leal y digno de confianza. Había llegado el momento de ser admitido en el círculo de los elegidos, los iniciados. Y, por encima de todo, sabía trabajar y esforzarme, algo que sin duda había tenido muy en cuenta.

Cuando menos se podía decir que la suya era una historia fantástica. Henry había pasado gran parte de su juventud en Europa, en el continente. Desertó del servicio militar y se exilió. Su aventurero exilio duró cinco años, o eso afirmaba él, y llegó a su fin en la primavera revolucionaria del sesenta y ocho. En esa época se encontraba en París, en el auténtico meollo de los acontecimientos, como siempre, cuando recibió una carta de casa; era de su madre Greta, desde Suecia. Traía noticias de una muerte. En medio de la revolución que estaba teniendo lugar, el viejo abuelo Morgonstjärna subió la larga escalera del edificio de la calle Horn -la posibilidad de usar el recién estrenado ascensor no entraba en su cabeza- y se desplomó en el descansillo con el corazón destrozado.

Naturalmente, Henry tuvo que dejar su orgulloso exilio y volver a casa -las autoridades militares hacía mucho tiempo que se habían olvidado de él- para asistir al entierro en el panteón familiar del cementerio de Skog. El duelo por el viejo Morgonstjärna fue sincero y sentido, y acudieron también los restantes miembros del club MMM, que contribuyeron con una espléndida corona. El funeral se desarrolló en el más completo silencio, según la voluntad del difunto.

También hubo un testamento. Todos los miembros de la familia recibieron su parte correspondiente, y Henry recibió la suya con una curiosidad desmedida. Se componía de dos sobres. El primero se trataba de un asunto meramente económico, consistente en una asignación mensual de mil quinientas coronas «para que mi nieto Henry Morgan pueda cultivar su propia música sin preocuparse de las condiciones mercantilistas o las insípidas circunstancias de los tiempos modernos…», como lo expresaba el propio anciano. La cantidad se pagaba a través de un bufete de abogados y se revalorizaba con el coste de la vida, una estrategia hábilmente calculada para que nunca pudiera dilapidar su herencia o hacer el vago entregado a una vida de lujo.

El otro sobre era si cabe aún más sorprendente. Llevaba escritas con tinta las palabras «El Equipo», y debajo, a lápiz: «Para Henry Morgan». Quizá el anciano no estuvo seguro hasta el último momento de a quién dirigiría el contenido tan especial de aquel sobre.

Al abrirlo, Henry encontró un montón de papeles amarillentos, uno de ellos especialmente deteriorado: descolorido, manoseado y lleno de manchas. Se trataba de un viejo mapa. Leyó la historia de cómo una noche el viejo dandi -un jugador empedernido que había ganado muchas cosas a lo largo de su vida, entre ellas el lujoso mobiliario Chippendale de Ernst Rolf- estaba jugando al póquer con unos caballeros del club MMM. -Muy viajado, Muy leído, Muy mundano-. Eran «gente de formación universitaria, eruditos». Uno de aquellos caballeros por lo visto era historiador y había hecho investigaciones acerca del barrio del Gran Rosendal, donde vivía Morgonstjärna. El historiador había realizado descubrimientos sorprendentes. Había reconstruido las misteriosas galerías subterráneas de Bellman y, gracias a unos dibujos de la época, había localizado el lugar donde se escondía un tesoro.

Existían numerosos mitos sobre los túneles de Bellman. Todo el mundo en el barrio del Gran Rosendal conocía a alguien cuyo hermano había bajado a los pasadizos subterráneos para desvelar sus misterios. Y cuando preguntabas dónde estaba en la actualidad aquel hermano, aquel testigo, te podías encontrar con una mirada llena de horror, un suspiro, un silencio total o una escurridiza evasiva. Se decía que, en los años cuarenta, un aventurero había explorado los pasadizos y penetrado en el viejo edificio, hoy derribado, de la calle Bellman. Llevado por una malsana sed de conocimiento, fue adentrándose cada vez más y más abajo hasta que finalmente la tierra se lo tragó. Al cabo de una semana, sus colaboradores en la superficie empezaron a preocuparse y enviaron en su búsqueda a un médico y a una enfermera, pero ambos corrieron la misma suerte. En tiempos más recientes, cuando el denominado edificio Bellman ya estaba completamente abandonado, sus sótanos fueron utilizados como santuario por adoradores del diablo, cuyos sanguinarios ritos propagaron el terror por todo Söder. Más adelante, los subterráneos sirvieron de refugio a indigentes y gentes de mal vivir hasta que el edificio fue finalmente derribado a mediados de los años setenta.

No obstante, el socio historiador del club MMM tenía otra teoría acerca de las galerías subterráneas de Bellman. Según sus fuentes, la historia era la siguiente: el rey Adolfo Federico había ordenado que se construyera una ruta de huida para él y su familia desde el Palacio Real. En previsión de un asedio a la ciudad de Estocolmo, aunque no se supiera quién pudiera ser el enemigo, el monarca había hecho excavar un pasadizo subterráneo bajo la Ciudad Vieja. Esta vía de escapatoria estaría conectada con un túnel bajo Södra Malmen, lo cual aún no se había podido determinar a ciencia cierta; el historiador suponía que la construcción del metro había hecho imposible la investigación que lo verificara.

Sin embargo -y era aquí donde entraba el barrio del Gran Rosendal en toda aquella historia-, el pasadizo tenía necesariamente que llevar hasta la zona en torno a la iglesia de María y la actual plaza de María, donde antaño había habido un almacén y un establo bajo custodia permanente, completamente equipado con caballos, carros y demás suministros civiles y militares. Aquel era el barrio donde vivía el viejo Morgonstjärna, y donde Henry Morgan y yo residíamos ahora.

Esa noche el jugador y también historiador apostó una gran cantidad de dinero, y finalmente también su mapa secreto pasó a formar parte de la apuesta. Y después lo perdió todo, nunca mejor dicho. Al parecer había estado investigando todo aquel asunto a modo de hobby, pero nadie encontró ninguna razón para cuestionar sus afirmaciones. Examinándolo de cerca, todo aquello parecía una especie de sueño de críos, pero el hecho de que el erudito y perdedor se suicidara tras entregar muy honorablemente el mapa y sus notas otorgaba ciertas garantías de veracidad. Por lo visto había pensado hacer una gran fortuna con aquel asunto.

Así pues, en un determinado lugar bajo tierra a lo largo de la ruta de escape, probablemente vuelta a cubrir por el lodo, se supone que había una gruta donde el rey había depositado una enorme cantidad de objetos de gran valor. El soberano no habría podido huir del palacio con algo más que sus insignes pertenencias personales, por lo que había almacenado con anticipación una serie de cofres llenos de oro y riquezas.

Desde el momento en que el jugador Morgonstjärna tuvo en su poder el valiosísimo mapa, empezó, de forma lenta pero segura, a formar un equipo de buscadores de tesoros para trabajar en el edificio. En el sótano había muchas salas sin utilizar, y en especial una en cuyos cimientos se distinguía un portal tapiado cuyo origen podía remontarse al siglo diecisiete. Al golpear el portal se comprobó que detrás había un espacio hueco. Así pues, una noche de octubre de 1961, el señor Morgonstjärna empezó a derribar la pared y, para su gran satisfacción, encontró una galería que se adentraba en las profundidades. No resulta difícil establecer un paralelismo con el muro de Berlín: en épocas de inestabilidad, la gente suele interesarse por muros de los más diversos tipos.

Pero por entonces, en 1961, el señor Morgonstjärna era ya un hombre viejo y bastante cansado. Necesitaba ayuda, y de hecho consiguió involucrar en el proyecto a una serie de colaboradores. Mediante una especie de sociedad limitada y un voto de silencio total pudieron comprar parte del presunto botín, el dorado tesoro de varios siglos de antiguedad. El capital que invirtieron fue su propio trabajo.

Siete años más tarde, cuando el abuelo de Henry abandonó este mundo dejando tras de sí su extraño testamento, ya estaba formado el «Equipo», compuesto por una media docena de personas. Además del propio dandi, estaban el Filatélico, Greger y Birger de Muebles Man, el Botella y el Lobo Larsson. Ya habían excavado unos cinco metros hacia el sur y unos siete metros hacia el este, donde el túnel daba un giro de ciento ochenta grados y continuaba hacia el oeste. No se había encontrado oro alguno, pero ninguno de ellos dudaba de que estuvieran en el buen camino, ya que no habían faltado señales favorables.

– No esperarás que me crea todo eso -le dije a Henry cuando acabó de explicarme lo del Tesoro, emocionado como un pequeño boy scout.

Era un día de otoño húmedo y ventoso y estábamos tomando nuestro café de la tarde en el salón. Henry había hablado de forma entusiasta sobre la expedición de la caza del tesoro y me dijo que lo que acababa de escuchar era estrictamente confidencial, no debía salir de aquellas cuatro paredes, era solo para nuestros oídos, de hombre a hombre, o como quisiera llamarlo. Me había hecho una extraordinaria confidencia, sí, pero también me había dado una nueva oportunidad para preguntarme si el tal Henry Morgan estaría bien de la azotea. Aquello sonaba, sin ninguna duda, a una mala novela para niños.

– No puedes esperar que te crea -repetí.

– Si quieres te dejaré ver el mapa -dijo Henry, enojado-. Aunque no me gusta enseñárselo a nadie.

Se fue algo más que ofendido a su habitación y volvió enseguida con el mapa. Se trataba de una ilustración extremadamente detallada de toda el área, que mostraba los distintos sótanos, tanto los auténticos como los hipotéticos, así como los túneles que los conectaban formando toda una red subterránea. En alguna parte de aquel laberinto tenía que estar el acceso al pasadizo correcto, la ruta de escape del rey con su ingente tesoro oculto.

En silencio, examiné el mapa detenidamente. Henry daba caladas a un cigarrillo con aire satisfecho y podía percibir lo que estaba pensando: Te lo dije, cabrón.

– Mmm… ¿Y hasta dónde habéis llegado?

– Hasta aquí -dijo Henry poniendo su basto índice más o menos en el centro del mapa, debajo de la fuente del patio-. Los túneles se bifurcan en dos direcciones, una hacia el oeste y otra hacia el este. En principio vamos a continuar hacia el este. Tenemos que acercarnos a la iglesia.

– Sí, sí. Aunque todo esto parece un poco infantil.

– Infantil -repitió Henry-. Pues claro que es infantil. ¡Todo esto es jodidamente infantil! Tanto como ver un partido de fútbol. Pero espera a estar abajo, entonces no lo dudarás ni por un segundo. Eso te lo juro.

Resultó que Henry tenía toda la razón. Naturalmente insistí de inmediato en ir a inspeccionar las excavaciones y Henry no supo bien cómo negarse. Para bajar al sótano, entramos primero a través de la puerta que daba acceso a la casa del Filatélico. Era la puerta que Henry había abierto la primera noche que estuve allí, cuando, después de haber bebido bastante en el Zum Franciskaner llegamos sedientos y buscamos más bebida. Henry se había agenciado una botella de whisky del Filatélico, quien casi todas las noches se emborrachaba allí con sus colegas.

Atravesamos el almacén del Filatélico y bajamos por una escalera hacia el sótano. Si te movías con cautela, nadie en el edificio tenía por qué enterarse. Todo estaba dispuesto con gran astucia.

Desde el pequeño sótano -lleno de herramientas, palas, piquetas, azadas, martillos y palancas, así como una carretilla-, la primera galería se adentraba en las profundidades con una pendiente muy pronunciada. Algunas lámparas emitían una pobre luz, y el ambiente era frío, descarnado y húmedo. La galería desembocaba en la bifurcación que había mencionado mi guía.

– Y aquí es donde se bifurca -dijo Henry cuando llegamos-. ¿Tienes miedo?

– ¿Miedo?

– De que se derrumbe. La verdad es que puede venirse abajo. El año pasado tuvimos un pequeño derrumbe aquí. Pero no pasó nada. Por suerte no había nadie. Si te fijas bien, puedes ver que todo esto son pilotes viejos. Esta es una galería muy antigua.

Observé un viejo pilote en el que se apoyaba una viga transversal y rasqué la superficie con una piedra. La madera estaba gris y un poco podrida. Olía a moho y a tierra, como un terreno pantanoso.

– Te creo -reconocí-. Es una galería realmente antigua. Pero tengo mis dudas acerca de lo del oro.

– Bien, de acuerdo -suspiró Henry-. Es lógico que tengas tus dudas. Es lógico que te preguntes qué estamos haciendo realmente. Pero ¿de qué sirve eso? Hay que intentarlo. Hay que creer en algo.

– ¿Es que hoy no trabaja nadie?

– Creo que hoy le toca a Greger, pero debe de tener alguna otra cosa que hacer. Trabaja para la Reina de los Peristas.

– ¿La propietaria de Muebles Man?

– Yes. Guapa mujer. Es la jefa de Greger y Birger, y podría encontrar oro con una cuchilla de afeitar. Terrenos, trastos, basuras… lo que toca lo convierte en oro. Una mujer emprendedora.

– ¿Y todos ellos creen en esto?

– Al cien por cien. Birger, Greger y yo hacemos la mayor parte del trabajo. El Lobo Larsson y el Botella se sientan por aquí sobre todo a beber. Pero siempre hacen algo.

– Pero ¿es que no quieren ver algún resultado? Lo que no entiendo es cómo consigues que sigan creyendo en todo este asunto.

– La fe mueve montañas. Pero no soy yo quien los hace cavar. Tienen esperanzas y, joder, yo también. Además, de vez en cuando nos montamos alguna fiesta. Yo invito. Vamos a hacer una en noviembre… Por Dios, lo había olvidado. Tengo que conseguir dinero de alguna manera para la fiesta.

Es difícil precisar con exactitud qué era, pero había algo que me hacía creer en Henry. Parecía tan condenadamente convencido en cuanto empezaba a hablar del proyecto que su entusiasmo se contagiaba como una enfermedad infecciosa. Era evidente que el mundo de los negocios había perdido con el señor Morgan un vendedor de brillante futuro.

Así pues, hice lo que él me dijo: fui a la Sastrería Alberts y me compré un auténtico y basto mono de trabajo. Henry tenía razón cuando decía que al ponerte el mono azul silbabas muy bien. Había algo sereno y armonioso en la pose que adoptabas en cuanto te embutías en el mono azul: las manos hundidas en los bolsillos, el tabaco de mascar o los cigarrillos en los compartimentos apropiados, y espacio suficiente para herramientas y libros y todo lo que a uno se le ocurriera llevar.

En poco tiempo estuve totalmente integrado en el «Equipo». Fui presentado al Filatélico -un caballero menudo con lentes bifocales y un verdadero entendido en su campo- y a toda la gente de Muebles Man. La Reina de los Peristas era toda una autoridad en el gremio. Solo necesitaba echar un somero vistazo a cualquier pieza para estimar su precio en el mercado hasta el último céntimo, y además siempre obtenía el precio que pedía. Se movía entre todos aquellos trastos muy bien vestida, con el pelo recogido en un moño alto y un aire casi de dignidad espiritual.

Greger era bastante bobo y dependiente. Intentaba imitar en todo a Birger, quien en aquel contexto estaba considerado como bastante elegante… en la medida en que eso fuera posible. Se parecía a Gepetto, el que en el libro de mi infancia creó a Pinocho, aunque un poco más joven. Él también decía siempre la verdad.

Birger era todo un seductor. Se podía decir que era un hombre que iba con el signo de los tiempos, y a menudo se pasaba por la sastrería Alberts para comprarse un nuevo traje cuando el cuerpo se lo pedía. Siempre iba perfectamente afeitado, con el pelo engominado y la ropa recién planchada. Birger era un hombre educado y entendido, así como un aceptable poeta, un maestro de la rima de tercera categoría. Casi nunca tenía tiempo para tratar con los clientes.

El Lobo Larsson y el Botella también participaban en el proyecto. Ninguno de los dos era muy hablador, simplemente hacían su trabajo sin decir palabra. Solo Dios sabe en qué habrían ocupado su tiempo si no hicieran aquello. Ambos estaban jubilados.

El otoño se había asentado plenamente cuando empecé a trabajar en los pasadizos subterráneos. Fue como si los días adquirieran una estructura más consistente. Tras un temprano desayuno, dedicaba las mañanas a mi arte en la biblioteca trabajando en La habitación roja. Tras numerosas vacilaciones, el proyecto por fin había despegado; el análisis había adquirido forma y creía que de la máquina de escribir empezaban a salir algunos destellos de inconfundible genialidad. Gracias al licenciado Borg de la novela de Strindberg -a su forma burda y cínica de decir lo que pensaba-, había encontrado un catalizador natural. Después de todo, Borg ya mantenía una relación estrecha con Arvid Falk, y por ello, de una manera natural, podía situarse al margen y ofrecer sus comentarios. La presencia de Borg era absolutamente inestimable, pero aún tenía dificultades en aceptar que la historia pudiera salir adelante sin Olle Montanus. Por eso me aferraba a la idea de que su previamente desconocido hijo del campo, un muchacho llamado Kalle Montanus de dieciocho años, estuviera durmiendo en un banco de la cocina de la manzana de okupas. Era totalmente impensable escribir una historia sobre Estocolmo sin tener en cuenta a todos sus habitantes, incluyendo los rebeldes, los por así decirlo ciudadanos a contracorriente. Decidí que Arvid debía abandonar a su lánguida señorita de escuela y entregarse por completo a una vida bohemia, quizá en compañía de alguna cabaretera de Mullvaden. Sonaba genial.

Así pues, las páginas empezaban a sucederse una tras otra, a fluir, y el editor Torsten Franzén parecía bastante satisfecho, aunque algo agobiado.

Tras un par de horas de aplicado trabajo en la biblioteca en aquellas mañanas luminosas de otoño, llegaba la hora de almorzar. Comíamos en el Costas de la calle Bellman, con los vales de restaurante de la inagotable reserva que Henry guardaba en el cajón del aparador del recibidor. Había prometido no preguntar nunca de dónde procedían. Incluso hoy día todavía no lo sé.

Después del almuerzo pasábamos algunas horas trabajando en los túneles. Casi siempre trabajábamos en solitario: allí abajo había poco espacio. Por turnos, íbamos abriéndonos camino con el pico a través del barro, la arena, y la tierra. El trabajo podía resultar monótono y aburrido, pero siempre podías soñar con lo que harías con el dinero.

Después llegaba la hora de la cena, y hacíamos turnos para prepararla. Henry era un auténtico mago de la cocina y disponía de una considerable biblioteca de libros de gastronomía donde había de todo, desde exóticos y exquisitos bocados balineses hasta comida casera para buscadores de tesoros suecos.

Normalmente, después de cenar estábamos bastante cansados: el desgaste físico y psíquico pasaba factura. Jugábamos al billar, veíamos televisión, leíamos un buen libro o hablábamos. Henry relataba sus historias del continente, mientras que a mí -que ni de lejos tenía el mundo ni la experiencia de míster Morgan- me daba buenos consejos de cómo amueblar La habitación roja de nuestros días.

No se podía negar que lo habíamos conseguido: habíamos organizado nuestra vida justo como la vida debía organizarse. Era una cuestión de equilibro entre el cuerpo y el alma. Lo único que nos faltaba eran las chicas.

Los artistas son seres sensibles, eternos zíngaros. Henry Morgan no era una excepción. De un día para otro, su piano podía estar desafinado; y no solo eso, era imposible de tocar. Era el peor piano en todo el jodido mundo, ¿y cómo iba a poder alcanzar las máximas cotas de musicalidad con aquella mierda de instrumento? Incluso un sordo vomitaría ante su sola visión, en opinión del sensible compositor.

Este tipo de escenas se producía a intervalos regulares, tras lo cual Henry bajaba al sótano para excavar y desfogar así su ataque de ira y mal humor. Podía estar así durante casi una hora, y luego regresaba aún más enojado si cabe. El motivo era que había encontrado una roca en su camino que tenía que ser retirada mediante una palanca, y para ello necesitaba refuerzos.

– No vayas a hundirte ahora -le dije intentando aparentar ánimo-. Vámonos al Europa a boxear un rato. Seguro que nos va bien.

– Buena idea -dijo Henry con un suspiro-. El día de hoy está maldito, lo he leído en el horóscopo. Lleno de obstáculos a cada paso.

El deprimido pero siempre clarividente Morgan había visto de forma muy nítida que aquel iba a ser un día aciago, así que pensó que un buen ataque siempre era la mejor defensa. Íbamos a plantarle cara a aquel día, que era viernes, y a superar asimismo el resto de la semana, yendo a la ciudad a ejercitar un poco el cuerpo. Parecía un gran plan.

Estábamos decididos a tener el ánimo alto. Preparamos nuestras bolsas de deporte y fuimos a Hornstull, a la calle Långholm y al Club Atlético Europa. Era viernes por la tarde y los chicos se lo estaban tomando con bastante calma… todos menos Gringo.

– Hola, chicas -dijo Henry, como siempre.

Todos menos Gringo, el príncipe destronado, saludaron, y Willis salió de su despacho para charlar un rato sobre el Alí-Spinks. Nunca se cansaba de hablar de aquel combate y, naturalmente, tenía sus propias teorías respecto a la técnica de Alí. Incluso lo comparaba con Joe Louis, quien tuvo que retirarse invicto en el año cuarenta y nueve, porque era lo único que Alí podía hacer en su situación actual.

Gringo, por el contrario, tenía aquel día ganas de pelea. Se le veía hecho una auténtica furia, sirviéndole de sparring a Juan, que tenía un combate dentro de un par de días y necesitaba entrenamiento duro.

– ¡Tranquilo, tranquilo! -gritaba Willis-. ¡Tranquilo, Gringo! Juan sube el lunes al ring y necesita tener un careto digno. Ahorra tu munición.

Gringo pesaba por lo menos diez kilos más que el pequeño yugoslavo de aspecto español. El furioso boxeador tenía un tremendo gancho de derecha que se suponía que no debía utilizar cuando hacía de sparring. Era un arma mortal con la que había noqueado al menos a veinticinco adversarios en el pasado.

Por así decirlo, aquel parecía un día ideal para la revancha. No hacía mucho que Henry le había dado una buena lección a Gringo, pero Henry había estado muy liado, como siempre le decía a Willis, y no había tenido tiempo de entrenar como debiera.

Gringo quería que Henry subiera al ring, y este no pudo negarse. Mientras los más jóvenes se arremolinaban en una esquina del cuadrilátero, murmuró algo acerca de su mala condición física. Y así fue, Henry recibió de lo lindo. Gringo había estado entrenando duro y pasó al ataque directamente. Henry, defendiéndose casi mecánicamente, apenas consiguió esquivar los golpes.

Al cabo de dos asaltos, Henry dijo que ya tenía bastante. Pensé que aquello acabaría poniéndolo totalmente furioso tras aquel día lleno de adversidades, pero mis temores resultaron infundados. Henry seguía de muy buen humor, a pesar de que tenía que dolerle todo el cuerpo tras el demencial aluvión de ganchos de derecha que le había propinado Gringo.

– Gracias, Gringo -dijo Henry alargando su enrojecido puño-. Me has sacado del cuerpo a Satán y al infierno entero.

Gringo estaba contento y satisfecho tras la legítima revancha, y se permitió un apretón de manos y una sonrisa.

Después de un par de horas en el Europa, volvimos a casa pasando por la tienda estatal de bebidas alcohólicas. Compramos un par de botellas de vino, un pollo asado y unas cuantas patatas grandes para hacer en el horno.

Ya estaba oscuro y lóbrego cuando llegamos a casa. El enorme apartamento ya parecía bastante tétrico durante el día, pero al anochecer se veía desierto, silencioso y opresivo como un castillo medieval. Era necesario darse una vuelta por las salas encendiendo pequeñas lámparas aquí y allá para ir deshaciendo sus deprimentes y desoladores claroscuros.

– La noche existe en este apartamento como una posibilidad perpetua -había dicho Henry-. Tan solo hay que correr las cortinas e imaginarlo, es lo único que se necesita…

Había sonado algo intranquilo, abatido.

La velada se presentaba realmente bien. Después de cenar, empezamos a arreglarnos para una noche llena de festivitas.

– Tenemos que afeitarnos -dijo Henry-, y tenemos que hacerlo bien. Es muy importante…

Lo hicimos a conciencia. Henry convertía todos aquellos procesos cotidianos en actos solemnes llenos de refinamiento y sofisticación. Hablaba siempre del Arte de la Cocina, del Arte de la Limpieza y del Arte del Afeitado. Ver a Henry afeitarse con jabón, brocha, navaja y suavizador era un auténtico espectáculo.

Después era el momento de sacar nuestros trajes de la «confirmación». Henry eligió uno oscuro de franela mientras que yo saqué mi viejo traje negro mágico. Tomé prestado un lazo de Henry, y al final estaba bastante presentable.

Henry había decidido que debíamos ir a Baldakinen. Según él, había un club bastante decente. Yo no sabía muy bien de qué iba aquello, pero me aseguró que no habría ningún problema.

– Las chicas del Pelarsalen son listas y expertas. Saben muy bien lo que hay que hacer. Así que no tienes por qué preocuparte -decía Morgan.

Tomamos el metro hasta el centro, caminamos por la calle Vasa hasta la plaza Norra Ban y llegamos a Baldakinen a una buena hora. No tenía de qué preocuparme, me decía Henry, así que no estaba preocupado. Estábamos en buena forma, y mis pies empezaron a moverse solos en cuanto oí el ritmo de la sala de baile.

Nos dieron una mesa bastante buena en medio de todo aquel mar de gente, y pedimos whisky.

– La verdad es que nos lo merecemos, Klasa -dijo Henry encendiendo un cigarrillo con una floritura de refinamiento algo exagerada-. Hemos tenido una buena semana de trabajo.

– He escrito bastante -dije-. Por lo menos veinticinco páginas.

– A mí también me está yendo bastante bien. Ha sido una suerte que te vinieras a vivir conmigo, ¿verdad? La cosa funciona de maravilla.

– Sí. Nunca había vivido tan bien como ahora.

– Cuidado, muchacho -dijo Henry de pronto, dándome un puntapié bajo la mesa-. Llega el momento en que eligen las señoritas. Va a sacarte a bailar una chica de pelo negro, de unos cuarenta años y que lleva un vestido charlestón de color azul.

– Estás loco.

– No te vuelvas -dijo Henry-. No te vuelvas. Te ha echado la vista encima, su corderito, su presa. Dentro de poco te echará las garras encima. Te lo prometo. ¡Cincuenta pavos!

– Hecho. ¡Cincuenta pavos!

Entrechocamos nuestros whiskys y miramos a nuestro alrededor.

– Que sí, joder, ¿lo ves? A ti ya se te ha arreglado la noche. Acaba de rechazar a un contable gordo. Está allí sentada, al acecho. Me pregunto qué me espera a mí. Soy demasiado viejo para esperar que las chicas me saquen.

En ese momento mi curiosidad ya había sido puesta a prueba demasiado tiempo, así que fingí que tenía el cuello un poco dolorido y me giré para ver a la dama con vestido azul charlestón. Era cierto que sus oscuros ojos estaban fijos en mí, y parecía una mujer con bastante clase. Me sonrió, y en ese momento Henry volvió a darme un puntapié bajo la mesa.

– ¡Cincuenta pavos! -murmuró con satisfacción.

La banda seguía tocando su continuo y confortante ritmo «dunca-dunc» y la gente saltaba a la pista de baile embriagada de alegría. Me sentía un poco nervioso porque hacía mucho tiempo que no bailaba. Henry tenía el radar puesto a todo gas, controlando a todas y cada una de las chicas que había en la sala. No había mucho donde elegir, y las chicas más atractivas ya estaban siendo solicitadas por vendedores emprendedores, vestidos con americana de cuadros y enormes nudos de corbata que les colgaban bajo la barbilla como panes enormes.

No me di cuenta de que era el baile de las señoritas hasta que sentí que me tocaban en el hombro. Me di la vuelta y, así era, allí estaba la chica de pelo negro y vestido azul charlestón.

– ¿Quieres bailar? -me preguntó directamente.

– Supongo -dije, sintiendo de nuevo el dichoso zapato de Henry en la espinilla- Espero que sea algo tranquilo.

Por suerte, el grupo tocó una canción lenta de las de verdad, con «corazón» y «alma», y el vocalista fraseaba con una voz nasal, alargando todas las erres. Pronunciaba en una especie de sueco estándar, estilo banda musical, el más simple de los dialectos. No puede evitar reírme de sus erres, y la mujer con la que estaba bailando me preguntó qué era tan divertido. Se lo expliqué, pero no le encontró la gracia.

Pero la parte del baile fue bastante bien. Nos deslizamos con soltura y donaire por la pista, evitando chocar con unos cuantos patanes borrachos que estaban por allí haciendo el bestia.

La mujer se llamaba Bettan, y bailamos cinco largos bailes seguidos. Cuando volvimos a nuestra mesa, estábamos acalorados y algo sudorosos. Evidentemente, Henry estaba merodeando. Le pregunté a Bettan si quería sentarse un rato y ella aceptó. Hablamos un poco de esto y aquello, y resultó ser una mujer muy agradable. En la actualidad no tenía pareja, era madre de dos hijos y vivía en la calle Dala. No muy lejos de aquí, dijo.

Henry volvió a la mesa enseguida. Había estado jugando a la ruleta y había ganado, por lo que quería invitarnos a una copa. Se presentó muy cortésmente ante Bettan, con un golpe de talones y un beso en la mano, y la señorita aceptó encantada. Pidió un Gin fizz.

Henry empezó a charlar con Bettan de inmediato, como el caballero a carta cabal que era. Se enteró de todo acerca de ella sin parecer curioso ni indiscreto. A Bettan también le cayó bien Henry, y pasamos una velada magnífica. Bailó con los dos -le encantaba bailar- y era tan vital que casi acaba con dos boxeadores aparentemente en forma.

Más tarde Henry consiguió encontrar también acompañante para aquella sofocante noche de otoño -no pude verla bien-, y Bettan y yo empezábamos a sentir una necesidad imperiosa. No se molestó en dar rodeos, hacer insinuaciones o alusiones a tener sueño, cama y buenas noches. Fue directamente al grano:

– Te vienes conmigo a casa, ¿no? -dijo, como si una negación fuera impensable, una ofensa.

– Por supuesto. Voy a decírselo a Henry.

Mi buen amigo estaba en plena faena, bailando una lenta con una enorme mujer con un vestido de lentejuelas. Le grité al oído que nos íbamos.

– Vale -dijo guiñándome un ojo-. Nos vemos mañana.

– Aquí tienes cincuenta pavos -dije metiéndole un billete en el bolsillo.

Bettan trabajaba como secretaria para una gran empresa, y tenía muy buena mano para las plantas. Eran su hobby, y todo su piso olía como una jungla tropical. Estaba lleno de plantas de las que se sabía el nombre y el precio. He olvidado todos los nombres, pero aprendí que las plantas pueden ser tremendamente caras. Afirmaba que podría vender algunas de ellas por varios miles. Tal vez se refería a las palmeras que flanqueaban el tresillo de la sala de estar.

– ¿Quieres tomar algo? ¿Té, vino, o…?

– Me tomaría una taza de té -dije siguiendo a Bettan hasta la cocina.

En una de las paredes había un tablón con el menú de la escuela, así como direcciones y notas para los chicos. También había una foto de los chavales, que me cayeron bien enseguida. Tendrían entre doce y catorce años, con un aspecto de lo más punk. Uno llevaba el pelo teñido de color zanahoria y el otro lila. Eran como unos Zipi y Zape transgresores, como pequeños trolls.

– Qué chicos más majos -dije.

– Son menos peligrosos de lo que parecen -dijo Bettan.

– ¿Tienen algún grupo de música?

– Claro. Se llaman Piglets.

– Buen nombre -opiné-. Me gustaría verlos.

– Podemos entrar a verlos si quieres.

Entreabrimos la puerta de Zipi y Zape y allí estaban los dos trolls durmiendo, con sus pelos lila y zanahoria tiesos como los de un puerco espín. El de color zanahoria parecía casi albino, con la piel pálida y las pestañas blanquecinas.

– ¿Puedo comprarte uno?

Bettan se echó a reír y cerró la puerta para no despertar a los trolls.

– No podrías soportarlo. Tendrías que oírlos cuando ensayan en casa. No hay quien lo aguante.

Tomamos el té en la jungla de la sala de estar, y Bettan habló de sus plantas, mejor dicho, con sus plantas. Después llegó la hora de acostarnos.

– Eres el amante más joven que he tenido -dijo Bettan en el dormitorio.

– ¿Soy un amante?

– Pues claro. ¿Qué te creías? -dijo Bettan, desnudándome como una madre.

– Tienes hijos y amantes -dije.

– Debo tenerlos; si no, no lo soportaría -dijo Bettan-. Y, ahora, tómatelo con calma.

– Te lo prometo.

Henry el conquistador acababa de afeitarse -para mantener una buena imagen debía hacerlo varias veces al día- cuando llegué a casa el sábado. La mesa de la cocina estaba atiborrada con los restos de un desayuno para dos. Me serví una taza de café tibio, me desplomé en una silla y me puse a hojear el periódico.

– ¿Cómo te ha ido la noche? -preguntó Henry interrumpiendo su feliz serenata silbada.

– Fantástica. Aunque esta mañana ha sido algo agitada.

– ¿Es que ha llegado el marido?

– No, qué va, no había marido.

Pero, en cualquier caso, la mañana había sido mala. Todo empezó cuando me despertó el ruido infernal que hacían Zipi y Zape ensayando con el bajo eléctrico y la batería, haciendo temblar los cimientos de la casa. Bettan ya estaba despierta, vestida, arreglada y fresca como una rosa, y quería que fuéramos de compras por la ciudad, pero a mí me entró tal dolor de cabeza por culpa de los rockeros punk que no pude ni desayunar.

– Muy bien, pues. Llámame de vez en cuando -dijo Bettan, y me dio un beso en la boca.

No tenía nada de sentimental, y supuse que las mujeres de su edad no se hacían muchas ilusiones. Así es como fue.

– ¿Y cómo fue tu noche? -le pregunté a Henry.

– Me he vuelto a enamorar -dijo en su burdo inglés, con aspecto soñador y enamoradizo-. Está en el baño, maquillándose.

– Vaya, vaya -dije-. ¿Una valquiria?

– Sí, señor.

No nos dio tiempo de intercambiar más códigos cifrados, ya que el nuevo amor de Henry se presentó en la cocina. Estaba bastante rellenita, treinta y siete años, vestido largo con lentejuelas, zapatos de tacón y una capa de maquillaje gruesa y barroca.

– Hola -dijo tendiéndome la mano-. Sally Syrén.

– Hola, Sally. Bonito nombre. Yo me llamo Klas.

– Hola, guapito, ja, ja, ja -rugió Sally con su voz chillona y sexy, por llamarla de alguna manera.

Sally tenía la misma voz aguda y penetrante que la de la artista Truxa, una mujer que leía la mente y estaba en contacto telepático con El Mago.

Ahora parecía también como si las actividades nocturnas hubieran conferido a Sally y Henry una especie de conexión telepática, porque solo necesitaban intercambiar una mirada para echarse a reír nerviosa y discretamente por algo de lo que yo no tenía ni idea. Eran como dos adolescentes que se hubieran estado toqueteando en un ropero y ahora se sentían muy orgullosos de su proeza y querían que todo el mundo lo supiera, aunque no directamente. Todo estaba implícito en pequeños gestos y en largas y sostenidas miradas.

Sin embargo, Sally no parecía ser del tipo romántico, y empezó a afanarse por la cocina para recogerlo todo.

– Muy bien, muchachos -dijo apartando a Henry del fregadero-. Por lo que veo, sois un par de típicos solteros -continuó mientras apilaba los platos-. Ya me encargo yo de esto.

Sally se movía por toda la cocina como un tornado de lentejuelas, reprendiendo cariñosamente a Henry e increpándome a mí por ser tan desastres.

– Es que estos solteros… -repetía Sally una y otra vez.

De vez en cuando se daba un respiro en sus importantes quehaceres para sentarse en las rodillas de Henry y darle un beso. Se quedaban como dos tortolitos, riendo y pellizcándose las mejillas uno al otro.

– Mi gallito -dijo Sally.

– Mi corderita -dijo Henry pellizcándole las carnes; Sally dio un gritito y se levantó.

Yo me sentía bastante incómodo con sus arrumacos, así que los dejé allí. A pesar de cerrar dos puertas detrás de mí, aún seguía oyendo el eco de la voz de Sally Syrén desde la cocina, quien, con diligencia algo impertinente, daba consejos a Henry sobre cómo se tenían que hacer las cosas en una casa.

– Es que estos solteros… -repetía una y otra vez.

Durante un rato se hizo el silencio, y después oí cerrarse un par de puertas. De puntillas, se habían ido al dormitorio de Henry y, al cabo de unos minutos, volví a oír su voz.

– Oh, Heeenryyy… oh… oh… -gritaba lujuriosa desde el dormitorio, a través de cuatro puertas.

Siguieron así durante al menos un par de horas, hasta que Sally tuvo que irse a su casa por fin. Para entonces yo ya estaba sentado en la biblioteca y me esforzaba por trabajar un poco: era la única manera de pasar la resaca. Pero no resultaba fácil con los jadeos lujuriosos de Sally Syrén resonando por toda la casa, pese a haber encendido la radio.

Finalmente Sally asomó su cabeza llena de laca por la puerta, gritó «Chao, guapito», y desapareció radiante y saciada de su amante Henry Morgan.

Cuando por fin se restauró la paz, Henry el sibarita vino y me dijo que estaba enamorado, enamorado hasta la médula. Incluso parecía más joven, a pesar de haber estado una noche sin dormir. Iba recién afeitado y las bolsas bajo sus ojos habían palidecido como borradas por el torrente de besos de Sally.

– Además tiene un nombre bonito -añadió Henry-. Sally Syrén… -repitió varias veces para saborear las palabras, para revivir la memoria de sus besos evanescentes-. Le voy a escribir una canción -dijo el enamorado, y cerró la puerta con cuidado-. Una canción muy dulce -se oyó vagamente desde el pasillo.

Me mostré bastante escéptico acerca de la pasión de Henry. Sally Syrén era demasiado burda, y supuse que tras un breve tiempo de desenfreno aquel hombre despertaría de su arrebato de dicha, arrepintiéndose de lo que había hecho, dicho y prometido, y ella se convertiría en una carga difícil de sobrellevar. Henry Morgan era de ese tipo de hombres, y no era ninguna sorpresa.

Al mediodía Henry ya tenía compuesta la canción. La había titulado «Radiante Sally Syrén», y cuando escuché la melodía ligera y vaporosa y el acompañamiento punteado y remilgado, me resultó difícil imaginarme al impertinente y rellenito tornado embutido en un vestido largo de lentejuelas, con zapatos de tacón y una gruesa capa de maquillaje, que hacía solo unas horas había estado dando vueltas por nuestro piso.

– Bonita canción -dije-. Muy bonita. Aunque me pregunto si no es demasiado romántica. Sally parece… tener los dos pies en el suelo, por así decirlo…

– No me desmoralices, Klasa -dijo Henry en un tono de decepción-. ¿Por qué siempre tienes que desmoralizarme?

– No quería desmoralizarte. A lo mejor es que tengo resaca.

Henry se apoyó sobre el piano y gimió. Dio un suspiro muy profundo y pude ver que todo había pasado. Henry había hundido la cara entre sus brazos cruzados sobre el piano y lo oí llorar, sollozando calladamente, resignado. Las teclas estaban mojadas entre el do y el fa.

Me senté en el diván y también suspiré. Aquel era sin duda el día de la angustia y la amargura en este valle de resaca y lamentos.

– Perdóname si he mostrado poco tacto. Creo que debería habérmelo callado…

Henry asintió con la cabeza.

– Nosmal firlo veznando -gruñó sobre el piano.

– No entiendo ni una palabra de lo que dices.

Henry levantó la cabeza y miró por la ventana hacia el sucio gris de la calle Horn. Se volvió hacia mí con las lágrimas corriéndole por las mejillas.

– No está mal fingirlo de vez en cuando -repitió-. Nadie puede negarnos que queramos fingirlo de vez en cuando.

– Por supuesto.

Henry sacó un pañuelo recién planchado y se sonó, y luego de repente empezó a reír con una risa amarga.

– Son tan crueles… -dijo sonándose-. Son tan jodidamente directas y sinceras…

– ¿Quiénes?

– Sally me dijo que estaba casada y que quería a su marido y a sus hijos más que a nada en el mundo. No mentía… pude ver que no mentía. No, maldita sea, no volveré a enamorarme. Y, por cierto, tampoco es que esté enamorado. Solo lo estaba fingiendo, para saber qué se sentía. Ha pasado tanto tiempo…

– Igual que yo. Ha pasado muchísimo tiempo desde la última vez.

Henry empezó a tocar las teclas del piano, esta vez mucho más sereno, más tranquilo y con menos felicidad simulada. Sonaba como si Mozart tratara de interpretar un blues. Henry tocaba ahora de forma más sincera, y yo me hundí en el diván, cerré los ojos y escuché.

– «In the mood for Maud» -cantó Henry en voz baja-. «In the mood for Maud» -gimió como un genuino cantante negro de blues.

Comprendí que iba a marcharse por un tiempo. Esa misma noche se marcharía. Sally Syrén sería solo un recuerdo del Amor.

Siguió un período de laborioso trabajo en el santuario que habíamos intentado crear en la casa: unas cuantas horas a la máquina de escribir, unas cuantas horas en los túneles, y después las tranquilas y frías noches de otoño delante del hogar. Cumplía mi horario voluntariosamente, a pesar de que Henry estuvo en casa de Maud un par de días.

De vez en cuando bajaba a los túneles a excavar. Greger y Birger estaban de turno, pero tampoco es que trabajaran mucho. Se pasaban el tiempo peleándose y tomando vino dulce. Birger estaba en plena creación de un nuevo poema largo, y tenía problemas para concentrarse. Greger tuvo que hacerse cargo de la carretilla.

– También hay que vivir -dijo Birger cuando bajé una tarde-. Una persona tiene que vivir incluso cuando trabaja, ¿no crees?

Asentí.

– ¿Sabes? Greger es un hombre simple -dijo Birger mientras aquel resoplaba empujando la carretilla cargada-. Es un poco inocentón, pero jodidamente bueno. Siempre te echa una mano, ¿sabes? Siempre. Pero es un hombre simple.

– Hasta ahora nunca he conocido a nadie especialmente simple -dije.

– No, así es -dijo Birger en tono conciliador-. Es exactamente así, y eso es lo que dice mi nuevo poema. «Simplicidad es la forma en que Maja/esparce la ciénaga oscura/cuando el crepúsculo vence al día/y la vida se revela dura» -leyó Birger en voz alta.

– Bonita rima. Puro Hjalmar Gullberg.

– Gracias -dijo Birger tendiéndome una mano sucia de tierra.

– ¿Queda algo? -preguntó Greger cuando volvió.

– ¿De qué? Tierra hay a montones.

– Quiero decir de vino dulce -respondió Greger.

Birger sacó la pequeña botella y tomamos un reconfortante trago en reverente silencio.

– ¿Habéis hecho algún progreso? -pregunté.

– Joder, tío -repuso Birger enfáticamente-, solo esta mañana habremos excavado al menos medio metro.

– Hemos trabajado como burros -afirmó Greger-. Pero es que hay demasiada tierra, y además me duele la espalda, aquí, en los riñones…

– ¡Oye eso! -exclamó Birger-. ¡A ti te duele la espalda! Deja de hacer teatro. Eres un pésimo actor, Greger. Un puto Garbo.

Y Birger aprovechaba la ocasión para hablar sobre el tiempo que había pasado con la Garbo. Afirmaba haber vivido, como lo digo, en el mismo edificio de la calle Blekinge 32 en que Greta Gustafsson había vivido. Birger había sido empujado en su cochecito de bebé por la bella Greta en el gran año de la paz, 1918, y se acordaba de ella perfectamente porque era algo tímida y audaz al mismo tiempo. Greta llevó al pequeño Birger a la iglesia de Todos los Santos y se sentó en un banco del cementerio chupando una piruleta, y la joven también le dejó lamer el caramelo. ¡Birger había chupado la misma piruleta que Greta Garbo! Naturalmente, después ya no reconoció a su cuidadora en las películas que Hollywood había hecho con la chica de la calle Blekinge. La habían transformado, arruinado y estropeado. Ya no quedaba nada de la chica de la piruleta de la iglesia de Todos los Santos. El mundo se había vuelto loco.

– Y te voy a decir una cosa -dijo Birger-: en cuanto encontremos ese tesoro, hay alguien que va a presentarse en América para hacerle una visita a Greta. No lo dudes ni por un momento. Seguro que me recuerda, seguro que sí.

– Eso lo llevas diciendo desde hace cincuenta años -dijo Greger.

– Todo llega para quien sabe esperar… -declaró Birger.

Los hombres se sacudieron la tierra y el polvo de la ropa y me pasaron el pico, debatiendo acalorados sobre si la Garbo estaba reconocible o no en la gran pantalla. Seguramente continuaron discutiendo el asunto durante el resto del día.

Así pasaron un par de días, y luego Henry regresó tras su estancia en casa de Maud. Una mañana apareció en el recibidor, saludando con la cabeza y preguntando si había llegado correo.

– Solo de Borås, del contable Hagberg, creo.

– ¿Has pensado ya en el siguiente movimiento?

– Creo que deberíamos hacerlo juntos.

Al parecer, Lennart Hagberg se sentía amenazado por aquel genial enroque, y en general podíamos sentirnos satisfechos con nuestra estrategia.

– Leo nos tiene que estar sumamente agradecido por esta brillante partida -dijo Henry-. El ajedrez es lo único que ha dominado en la vida.

Llegó el día de Todos los Santos, y se supone que íbamos a llorar a nuestros muertos. O, mejor dicho: íbamos a honrar a nuestros muertos, tal como lo expresó Henry.

Yo nunca he sido un hombre de iglesia, aunque sí profundamente religioso, lo que es muy diferente. Henry puso una cara larga cuando le expliqué que no había recibido la confirmación, que nunca había ido a misa y que, además, había hecho retirar mi nombre del registro eclesiástico. No podía entender que se pudiera llevar una vida tan absolutamente secularizada. Él no era lo que se dice un teólogo de primer orden, pero como romántico a ultranza y creyente en el más allá, sentía cierta inclinación hacia la liturgia. Yo estaba de acuerdo en que existía un componente emocional en los ritos, pero para mí no era suficiente.

– Y Lutero era un diablo con mal genio -afirmé-. Suprimió un montón de festividades…

– No me digas… -dijo Henry ofreciéndome una nueva mirada de ojos saltones a causa de la indignación-. Pues… maldita sea. Nunca lo había pensado… Lo cierto es que en Francia pensé seriamente en convertirme, pero me parecía algo demasiado complejo. No soy de esa clase de tipos…

– A mí Lutero no me gusta, eso es todo.

– Es algo sobre lo que vale la pena reflexionar -dijo Henry.

La conversación tenía lugar en el autobús camino del Cementerio del Bosque. Era el día de Todos los Santos e íbamos a encender unas velas para honrar a nuestros muertos. El atardecer caía sobre la autovía y Henry inició una especie de angustioso examen de conciencia respecto a Lutero.

– No pienses en eso ahora -le dije-. No dejes que te estropee este día.

Al llegar al Cementerio del Bosque las tumbas ya estaban iluminadas. Nos sentimos imbuidos de una profunda espiritualidad y una emoción ritual cuando compramos unos hachones en la entrada. Reinaba una gran quietud y la gente hablaba en voz baja, y ni siquiera los floristas parecían especialmente animados, pese a que estaban haciendo un buen negocio con las velas y las ramas de abeto.

– Impresionante -dijo Henry en la entrada-. Hace que a uno le tiemblen las piernas.

Las llamas de los hachones y las velas iluminaban las tumbas, y los nombres emergían en la oscuridad, del silencio, del olvido. Las luces ardientes se esparcían por las colinas y las hondonadas, por el bosque y los claros. El resplandor de las velas crepitaba en la eternidad… por un instante, una solemne eternidad flotaba entre los nombres individuales y las fechas objetivas. Durante unas horas de aquella tarde de noviembre, el trabajo de los marmolistas resplandecía como la luz eterna en nuestras oraciones.

La gente vagaba como espíritus con abrigo por los senderos que discurrían entre las tumbas. Hablaban en susurros y encendían velas, meditando con las manos cruzadas y el rostro iluminado. Las tumbas refulgían y los alientos emanaban entre plegarias y vaho.

Estuvimos allí un buen rato, observando todo aquel solemne esplendor, hasta encontrar el sendero correcto, el que conducía al panteón de la familia Morgonstjärna. Era un conjunto bien cuidado, con una alta lápida que mostraba el escudo de armas grabado y erosionado.

Henry encendió el hachón con su Ronson, abierto al máximo como un soplete, y lo colocó en la base de la lápida. Leyó todos y cada uno de los nombres en voz alta, acabando con su padre, Gus Morgan, 1919-1958, y su abuelo Morgonstjärna, 1895-1968.

Cuando acabó de leer los nombres, permaneció un rato en silencio, con las manos en los bolsillos del abrigo -hacía frío y soplaba un desagradable viento del norte- y la gorra bien calada para meditar con tranquilidad. Yo, naturalmente, no podía sentir aquella profunda aflicción, pero me sentía sobrecogido ante aquel mar ondulante de llamas vacilantes que llegaban hasta el bosque y hasta la misma eternidad.

– ¡Hola a todos! -exclamó Henry rompiendo de golpe el ambiente de recogimiento-. Espero que estéis bien, dondequiera que estéis.

Miraba fijamente la luz, la lápida y el pequeño rosal congelado que trepaba sobre los dorados nombres.

– Seguramente todos vosotros coincidís conmigo en que es muy absurdo lo que estamos haciendo aquí abajo, o aquí arriba, depende de desde donde lo veáis, estéis donde estéis. Es realmente absurdo, pero ¿qué otra cosa se puede hacer?

Se volvió hacia mí y repitió:

– ¿Qué otra cosa se puede hacer?

– Tenemos que seguir adelante -declaré-. Es lo único que podemos hacer: seguir adelante.

– En momentos así -dijo Henry mirando el mar de luces-, en momentos así es tan fácil dudar de todo… Todo parece tener tan poco sentido… Resulta tan absurdo luchar y esforzarse en estos escasos años que se nos han concedido; muy rara vez nos paramos a mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta de lo que realmente estamos haciendo… Es una sentencia, una dura sentencia, una condena…

– No deberías verlo así.

– No, es justo así. Hay que rendirse a la evidencia. Ya hay otros que lo han hecho, que…

Un viento helado recorrió el cementerio y empezamos a temblar de frío.

– Hace frío en la tierra -prosiguió Henry, como presentando una excusa para marcharnos.

– Dices unas cosas… -se oyó una voz en la oscuridad junto a la tumba-. Pareces un auténtico sacerdote.

Una chica, mejor dicho, una mujer, surgió de detrás de la lápida sonriendo y continuó elogiando la elocuencia de Henry.

– No he podido evitar escuchar -dijo-. Sonabas como un auténtico sacerdote, y ha sido tan hermoso que casi se me saltan las lágrimas.

La mujer salió hasta el sendero y resultó ser una elegante dama de unos veinticinco años, vestida de negro riguroso y con una cinta de luto en el cuello del abrigo.

– Mi padre murió hace un mes.

Henry sacó un paquete de tabaco y nos ofreció. Encendimos los cigarrillos, sin apenas hablar. Ella fue la que rompió el silencio.

– ¿Vais al centro?

Asentimos los dos, tiritando.

– ¿Tenéis coche? Si no, os puedo llevar.

– Muchas gracias, mi indefensa niña -dijo Henry, con la esperanza de que aquel tono sacerdotal y paternal surtiera efecto.

Pero no fue así. La mujer en cuestión resultó no ser en absoluto un corderillo indefenso. Tenía una furgoneta de brillante color amarillo en la que ponía «pickos». Desde luego no era una de esas chicas que han nacido ayer. Era más del tipo de jóvenes que recorren la ciudad a toda velocidad en las furgonetas de reparto de Pickos. Creo que la suya era la número 8, igual que el de un famoso jugador de baloncesto.

Henry perdió por completo la cabeza cuando la mujer nos llevó hasta su llamativo y sorprendente vehículo.

– ¿Conduces una furgoneta de reparto? -exclamó sorprendido-. Es lo más…

– ¡Arriba, chicos! Por cierto, ¿cómo os llamáis?

Henry se presentó como siempre, con gran formalidad, estrechándole la mano y juntando los talones. Me señaló con la cabeza y dijo mi nombre sin dar más explicaciones.

– Yo me llamo Kerstin Bäck.

– Muy bien, muchacha -dijo Henry-. Y, ahora, despacito. Seguro que hay hielo en la carretera.

La joven condujo como un angelito, cambiando de marchas con brío como un piloto de carreras. Tenía un extraordinario dominio de los pedales y Henry lanzaba miradas subrepticias al cuentakilómetros y, hacia abajo, a su vivo juego de pedales. O tal vez a las rodillas de la mujer, aunque eso son solo suposiciones mías.

– Es verdad lo que estabas diciendo -dijo Kerstin cuando el vehículo alcanzó la velocidad deseada-. Lo que decías de que nada tiene sentido. Es tan absurdo todo esto… esta lucha continua en la que estamos metidos. La verdad es que no sé por qué luchamos tanto.

– ¿Y quién lo sabe? -replicó Henry.

– Pero hay que seguir luchando. No puede ser que veamos vacío en todo.

– Hay que fingir -dijo Henry-. Uno tiene que fingir todo el tiempo que hay algo más allá de las montañas. Si no, todo parece vacío y maldito…

Por lo demás, Kerstin no parecía precisamente paralizada por el miedo a morir. Muy cerca estuvo de enviarnos a los tres de vuelta al Cementerio del Bosque mediante unos cuantos adelantamientos que desafiaban a la muerte.

– ¿Y qué vais a hacer ahora? -nos preguntó cerca de Slussen.

– No lo sé muy bien -dijo Henry-. Tal vez tomar un café.

– Bien -dijo Kerstin-. ¿A Gamla Stan?

Sin esperar contestación, pisó el acelerador y subió por Slottsbacken, aparcó la furgoneta en un espacio reservado para motos y discapacitados, y salió.

Fuimos andando hasta el Kristina y pedimos tres cafés con bollos de canela y pastas de té. Había bastante gente y mucho ruido, y nuestro reverente estado de ánimo se desvaneció pronto. La vida nos había vuelto a atrapar con la sed, el apetito y el deseo.

Sin embargo, Henry no pudo dejar aquel tono sermoneador -estoy convencido de que todavía creía que Kerstin sucumbiría de ese modo- y dijo que respetaba mucho a las mujeres de luto; en su opinión, tenían una especial dignidad.

– Pienso quitarme este lazo en cuanto pueda -dijo Kerstin-. No soporto seguir escuchando pésames.

– ¿Y te has quedado sola?

– Mi madre murió hace cinco años. Creía que no podría superarlo. Pero lo hice. Mi padre lo llevó bastante peor. Y ahora él también se ha ido. No puedo imaginármelo… muerto. Era tan grande…

Llegaron nuestros cafés y Henry nos ofreció otra ronda de cigarrillos. Para variar, se mantuvo callado con delicadeza y discreción.

– Mi padre era un hombre lleno de ideas -prosiguió Kerstin-. Fundó una empresa privada de apuestas y quinielas en los años veinte. En Gotemburgo. La gente apostaba como posesa. Después llegaron malos tiempos, cuando el Estado creó el Patronato de Apuestas, y mi padre tuvo que ingeniárselas para inventarse algo nuevo. Así que se pasó a las bicicletas y a los coches. Fue uno de los primeros vendedores de coches de la ciudad. Tendríais que haberlo conocido; habría sido una experiencia que nunca olvidaríais.

– Seguro que no -convino Henry.

Kerstin volvió a ponerse triste y se echó a llorar. Hundió el rostro en sus manos, sin dejar de gemir y sollozar.

– No… puedo… evitarlo… uh, uh, uh -decía entre sollozos.

– Vamos, vamos -dijo Henry, y le ofreció un pañuelo recién planchado.

– Gracias -dijo Kerstin sonándose a fondo-. ¡Oooh! ¡Oh, mierda! -gritó-. ¡MIERDA!

– ¿Qué te pasa? -preguntamos Henry y yo al unísono.

– He perdido una lentilla -dijo Kerstin-. La lentilla del ojo derecho. ¡QUEDAOS QUIETOS, ABSOLUTAMENTE QUIETOS, QUE NADIE SE MUEVA!

Henry y yo nos quedamos sentados a la mesa como congelados, casi sin atrevernos a respirar, mientras Kerstin desdoblaba cuidadosamente el pañuelo de Henry examinando cada pequeño pliegue, para luego pasar a inspeccionarse a sí misma, su ropa de luto, la mesa, las sillas y el suelo. Con cautela se puso de cuclillas en el suelo, y empezó a andar a gatas por la alfombra como un sabueso miope, lanzando exabruptos sin parar.

– Me cago en la puta lentilla -maldecía, y Henry empezó a reírse-. Cuesta más de quinientos pavos cada puta lentilla.

Finalmente Kerstin encontró la lentilla en su taza de café. La sacó con la cucharilla y se fue al lavabo para limpiarla en la medida de lo posible.

– Una tía de lo más rara -dijo Henry-. Rara de verdad.

– No tengo palabras.

– Estoy enamorado -dijo Henry lánguidamente-. «I’m in love again» -canturreó en voz baja.

No me atreví a decirle que yo también. Quizá no de la cabeza a los pies, pero sí hasta medio camino, hacia los hombros más o menos.

Naturalmente, aquello también se convirtió en una canción. Cuando le pasé a Henry la letra amorosa y perfectamente rimada de «Muchacha con lentillas y brazalete de luto», se dio cuenta de que yo también había caído. En la cafetería de Gamla Stan le había dado a Henry su número de teléfono y nos dijo que tenía que vernos otra vez sin falta, y pronto. De vuelta a casa, Henry se había sentido como en una nube. Yo me había guardado mi amor para mí, aunque la canción que había escrito y entregado a Henry para que le pusiera música hablaba por sí misma. No cabía duda al respecto: algo así solo podía escribirlo un poeta realmente enamorado.

Henry se pasó como una hora al piano con la nueva canción. Después me llamó y me dirigió una sonrisa socarrona en cuanto aparecí.

– Esta letra es buena, Klasa. Muy buena.

– Gracias, Hempa. Me alegra mucho que te guste -dije mientras me sentaba a fumarme un cigarrillo en el diván con borlas negras.

– Pero tengo la sensación de que el poeta alberga un profundo sentimiento hacia el objeto, si me permites decirlo… Es puro panegírico.

Me sentí avergonzado y expulsé el humo hacia aquel cabrón sentado al piano.

– Puede ser.

– Oh, oh -exclamó Henry en dirección al piano-. Creo que tendremos que compartirla. Casta e inocentemente. Jules y Jim… -añadió, y empezó a tocar la canción que Jeanne Moreau cantaba en la película y de la que incluso se sabía parte de la letra.

– ¡No te hagas el gracioso! -exclamé enojado, porque no quería que se mofara de mi tierna canción de amor-. Tócala en serio.

– Muy bien, perdona -dijo Henry comportándose-. Es así.

Y tocó la canción, que era lo mejor que habíamos compuesto juntos hasta la fecha: una balada nostálgica acerca de una chica con lentillas y un brazalete de luto, afligida por la muerte de su padre, el rey de las quinielas de Gotemburgo.

Era tan fácil y gratificante hacer rimas con el nombre de aquella ciudad…

La fiesta del ganso fue, sin duda, el punto álgido del año para los buscadores de tesoros. Un día, a principios de noviembre, Greger subió para preguntar por los preparativos -naturalmente, enviado por Birger- y Henry le comunicó que se haría como siempre. A Greger se le encargó que hiciera extensiva la invitación a los demás convidados.

El hecho de que todo se haría como siempre significaba un acontecimiento muy ceremonioso, con la llamada sopa negra preparada con menudillos de gansos, un par de gansos bien asados, un vino suficientemente fuerte, postre y coñac para el café. Era un ágape costoso, así que Henry me sugirió que eligiera unos cuantos volúmenes de la biblioteca que pudiéramos vender por un par de miles de coronas.

Dado que yo iba bastante por librerías de anticuarios y leía siempre los informes del Libro de Subastas, tenía bastante idea de cómo estaban los precios en el mercado. Elegí unos cuantos libros de referencia y especializados, y estuve valorándolos, calculando, sumando y restando. Llamé a diversos tratantes, que me recomendaron vender algunos libros franceses imposibles de encontrar, L’histoire de la Comédie Française, en cuatro gruesos volúmenes.

Pero después tuve una idea brillante: los anuarios de la Asociación Sueca de Turismo, recogidos en unas ediciones muy bien conservadas que iban de 1886 a 1968. Era una magnífica colección, que casi ocupaba dos metros de estantería y que trataba numerosos aspectos del territorio sueco, paisajes, historia, miscelánea cultural, expediciones en canoa y excursiones en bicicleta por todo el reino. Seguro que nos darían como mínimo mil quinientas coronas.

Maravilloso, genial, opinó Henry, cargamos con los ochenta y dos volúmenes en un par de cajas de cartón y nos fuimos a Muebles Man para que nos prestaran un vehículo. No necesitábamos ir muy lejos para recibir una buena oferta, pero Henry quería un anticuario respetable y de categoría, así que nos dirigimos a Ramfalk, en la calle Hamn.

– Mil -dijo el hombre que había tras el mostrador mientras hojeaba un par de ejemplares.

– ¿Sabe qué? -dijo Henry el marchante-. Nos han hecho una oferta telefónica por dos mil quinientas, pero ha sido en Uppsala. Y maldita la gracia que me hace conducir hasta el campo por unos cientos de más. Así que me das mil setecientas cincuenta…

– No sé… -decía a regañadientes el librero-. Me parece demasiado. Claro que… son unos volúmenes hermosos…

– ¿Hermosos? -repitió Henry-. Son libros de primera, joder. No los ha tocado nunca nadie. Bueno, ¿qué? ¿Lo dejamos en dos mil?

No hubo más discusión: el librero no tuvo más opción que cerrar el trato cuando Henry el marchante le hizo ver muy claramente que ningún anticuario de libros que no tuviera en su poder los anuarios de la Asociación Sueca de Turismo desde el año 1886 en adelante era digno de llamarse así.

Con los dos suculentos billetes en la mano, nos fuimos directamente al mercado cubierto de la plaza Hö, donde Henry tenía un amigo que vendía carne normal y de caza. Era un tipo corpulento que sobrepasaba los cien kilos, con los brazos musculosos de un lanzador de peso y el delantal manchado de sangre. Resultó que en el pasado había sido boxeador, y además de los buenos.

– ¡Qué alegría, muchacho! -dijo el carnicero-. ¿Viste el Alí-Spinks? ¡Qué jodida pelea! ¿Gansos? ¿Dos? Deberías haber llamado antes, Hempa. Uno nunca sabe contigo… ¿Dos gansos? ¿Al momento, sin avisar? Imposible.

– ¿Qué carajo…? -gritó Henry completamente pálido.

Pero el carnicero se echó a reír. Sacudió la cabeza, sacó dos hermosas piezas del frigorífico y las arrojó sobre el mostrador con tanta fuerza que salpicaron.

– Vinieron ayer volando desde Scandia, ja, ja, ja -rió el carnicero.

– Muy bueno -masculló Henry-. Muy bueno para un idiota como tú.

Tras aquel intercambio de gentilezas, compramos algunas cosillas más en el mercado y volvimos a Muebles Man cargados con seis voluminosas cajas de cartón. Todo había ascendido a mil cuatrocientas coronas y Henry estaba bastante satisfecho.

Asar un ganso no es trabajo para un novato, y asar dos gansos tampoco es trabajo para dos novatos. No obstante, con sentido común, un buen libro de cocina y una paciencia infinita logramos llevar aquella empresa a buen puerto. Henry lo había hecho antes, pero siempre se olvidaba de algún paso de un año para otro.

Acabamos hacia las tres de la madrugada: allí estaban los dos espléndidos gansos asados, rellenos de carne picada, rezumando grasa y humo y desprendiendo un aroma tan intenso que casi nos sentíamos saciados con el olor.

La fiesta del ganso resultó una celebración memorable. Habíamos preparado una larga mesa en uno de los habitáculos del sótano y parecía auténticamente una bóveda medieval, con paredes encaladas, pequeños nichos para las velas de estearina y bancos collados a lo largo de las paredes. Habíamos dispuesto vajilla de porcelana fina, servilletas enrolladas y un mantel de lino grueso.

Arriba, en el apartamento, la cocina era un auténtico caos. Henry aleteaba con sus brazos de camarero, luciendo un delantal manchado de grasa de ganso, salsa, sopa de menudillos, especias y harina. Se sentía totalmente a sus anchas, disfrutando como nunca. Pensé que sería mejor quitarme de en medio y encargarme de los detalles, die Stimmung, abajo en el sótano.

La ceremonia daría comienzo en cuanto el cocinero diera la señal. La mesa estaba puesta y había velas encendidas en los candelabros, que iluminaban un par de ramos de tulipanes rojos que anunciaban la cercanía de la Navidad. Abajo en el sótano reinaba un ambiente de impresionante solemnidad.

– Habíamos dicho a las siete y son las siete -dijo Greger, el primero en llegar.

– Bienvenido, Greger -dijo Henry-. ¿Puedo ofrecerte una copa?

– Sí, por favor -respondió, y tímidamente se apartó a un lado con su copa en la mano.

Llevaba puesto su mejor traje, incluso se había prendido una rosa roja en el ojal.

Después llegó el resto del grupo, todos bastante puntuales. El Botella lucía una americana y una camisa a cuadros; el Lobo Larsson, en blazer azul, dejó a su pastor alemán en un rincón; el Filatélico llevaba un viejo traje gris de empleado de banco; Birger, luciendo pajarita, y la última en llegar fue la Reina de los Peristas, que levantó silbidos y un amago de aplauso a su paso. La reina de la noche llevaba una falda larga negra y un top brillante de Lurex, collar de perlas y pendientes largos.

El ambiente se caldeó rápidamente, densas nubes de humo flotaban entre las bóvedas de piedra y Birger realizó una larga y académica evaluación del ponche de bienvenida de Henry. Recibió la puntuación más alta -no en vano era un gran conocedor de casi todo- y los ojos de Greger resplandecieron de admiración.

Henry subió a la cocina mientras los demás nos calentábamos con la bebida y charlábamos por los codos. El Filatélico había hecho un par de buenas ventas aquel otoño y Muebles Man iba mejor que nunca. Las cosas parecían marchar bien para los negocios en el barrio de Gran Rosendal y brindamos todos juntos por los buenos tiempos que se avecinaban.

– ¡La cena está lista! -gritó Henry cuando bajó con la aún humeante sopa negra, que acababa de retirar del fuego-. ¡Por favor, todos a la mesa!

Se produjo una ligera conmoción cuando los caballeros procedieron a sentarse a la mesa. La Reina de los Peristas ocupó un puesto de honor, justo enfrente del anfitrión, de modo que todos pudiéramos verla bien. El resto del grupo nos sentamos como pudimos. Yo acabé entre el Lobo Larsson y Birger.

La sopa negra estaba exquisita, el vino soltó más las lenguas, y los invitados no paraban de dar largos suspiros ante el aroma de la sopa, que era a la vez amargo y delicado. Birger era uno de esos tipos con estilo que comía la sopa al revés, solo porque quedaba más refinado. Era como si todo el tiempo estuviera apartando la sopa con la cuchara.

– Joder, qué forma más finolis de comer -dijo el Lobo Larsson.

– Cada año lo mismo -replicó Birger.

– No os peleéis, chicos -dijo la Reina de los Peristas, que nunca perdía el control sobre sus admiradores.

– No, por favor. Salud, y bienvenidos un año más -dijo Henry levantando su copa.

– Por nosotros, condes y barones -dijo Birger.

– Por nosotros -gritó el grupo al unísono.

Más tarde, el anfitrión y yo desaparecimos cuando llegó el gran momento de los gansos, el plato principal, que crepitaba en el horno de la cocina. Fuimos recibidos con un aplauso atronador cuando pusimos los dos gansos sobre la mesa y el exquisito olor se esparció por todo el sótano.

– ¡Viva! -gritó Greger.

– Sois fabulosos -dijo la Reina de los Peristas.

– Bravissimo! -exclamó Birger.

Henry trinchó los gansos y repartió los exquisitos pedazos a todos por igual. Acompañados de patatas de Hasselbak, compota de manzana, coles de Bruselas, cuatro clases de gelatina, zanahorias, guisantes y una salsa hecha con el líquido segregado por la cocción mezclado con dos litros de crema de leche, la cena fue una exquisitez gastronómica sin parangón. Comimos a placer, suspiramos, resoplamos, lamentamos las limitaciones de nuestros estómagos, suspiramos aún más y disfrutamos hasta la saciedad.

Los brindis se hacían cada vez más frecuentes, el calor más opresivo; empezamos a deshacernos los nudos de las corbatas, nos quitamos las americanas y el sudor nos caía por la frente. El sudor se mezclaba con la brillante grasa de ganso, y los suspiros fueron interrumpidos por el entrechocar de mandíbulas, las lenguas saboreando y el constante deglutir del vino.

Greger fue el primero en desabrocharse el cinturón; después lo hicimos los demás y, hacia la tercera ronda, la Reina de los Peristas era la única que aún se comportaba con cierta dignidad. Además, aguantaba el alcohol bastante bien porque todos los hombres, cómo no, querían brindar con ella.

Naturalmente, Birger había compuesto un poema en honor a tan señalada ocasión y, en cuanto estuvo suficientemente achispado, dio unos golpecitos en el cristal de su copa, se oyeron unos cuantos «¡chsss!» para conseguir algo parecido al silencio y todos prestamos atención.

– He eschcrito un pequeño poema, en honor… al ganchso y al cochcinero -empezó, medio farfullando.

– A ver, escuchémoslo.

– Silencio… Voy a reschitarlo de… de memoria. «Qué importanchcia tienen las palabras del poeta / cuando el ganso de Martín está sobre nuechstra mesa…» -empezó Birger, y lo cierto es que he olvidado el resto, porque en aquel momento ya nadie estaba especialmente lúcido.

Con el vino, el calor y la comida, me había entrado la modorra, y ya no podía ni con mi alma. Creo que Birger empezó a lamentarse -eso sí me atrevería a asegurarlo- por la escasez y la limitación de las palabras ante una mesa dispuesta para un festín a base de ganso, y no perdió la ocasión de hacer rimas con «ganso», «salsa» y «menudillos», tras lo cual alguien señaló que era lo que hacía año tras año y que en realidad las rimas pertenecían a Povel Ramel.

Birger se molestó un poco ante el desconsiderado comentario, pero mantuvo la compostura. Siguieron los brindis y un agradable resplandor conciliatorio se instaló en las bóvedas del sótano. En la pausa entre los gansos con el vino y el café con el coñac, los hombres fuimos a aliviarnos junto a la fuente, bajo el arce del patio comunitario. Fuera hacía un clima suave de otoño y el cielo estaba despejado. El aire fresco nos sentó bien, y podíamos ver un cuadrado de cielo estrellado por encima del patio, un pequeño trozo de universo enmarcado por cuatro fachadas. Si te quedabas allí quieto mirando fijamente, sentías que podías salir volando del patio hacia la eternidad. Eso era lo que el Botella aseguraba que le había pasado una vez.

– Estuve mirando hacia arriba como una media hora, directamente al cielo. Después perdí el contacto con el suelo y me pareció salir volando. Cuando me desperté varias horas más tarde estaba en el aparcamiento de bicicletas. Claro que era bastante tarde, je, je, je…

Reímos a carcajadas por la Ascensión a los cielos del Botella, y luego regresamos de nuevo al infierno para añadir una capa de helado con confitura de jengibre sobre toda la grasa de ganso ingerida.

Estábamos sentados saboreando el coñac en un ambiente de lo más distendido. La mesa, como solía pasar todos los años, parecía un campo después de una batalla, lleno de tazas de café, platos de helado, ceniceros, botellas vacías caídas y servilletas sucias. Abruptamente, una corriente de viento helado irrumpió en la estancia, un soplo del mundo exterior, como un ángel caído que abriera la puerta y dispersara la neblina, el humo, los vapores etílicos, las risas, die Stimmung… en otras palabras, el buen ambiente.

De repente allí estaba, en la sala abovedada. Yo no sabía quién era, claro está, pero lo reconocí de inmediato de haberlo visto muchas veces por la ciudad. Y también lo reconocí del concierto de Bob Dylan en Gotemburgo en verano. Acabamos sentados uno junto al otro y aquel tipo delgado e introvertido se había limitado a mirar fijamente con los ojos entornados, inmóvil y ausente. Pero también lo reconocí de todos aquellos años en la ciudad y de todos los lugares donde hubiera ocurrido algún acontecimiento. Había estado en los festivales de Gärde y en la manifestación de los Olmos, y se debaja ver frecuentemente por la Academia de las Artes y por todo tipo de eventos.

Lógicamente, yo no entendía qué hacía allí aquel hombre, en nuestra fiesta privada del ganso en el sótano. Primero pensé que habría oído ruido desde el patio y había venido en busca de una copa. Pero, por lo visto, estaba completamente equivocado.

– ¿Leo? -dijo Henry sorprendido-. ¿Leo? -repitió varias veces antes de levantarse de la mesa para estrechar la mano a su hermano y darle la bienvenida-. Pero ¿qué demonios…? -continuó; su figura parecía un gran interrogante.

Leo no era en absoluto como yo me había imaginado. Según Henry, él y yo éramos muy parecidos. Pero en mi opinión no era así. Leo era mucho más alto que Henry y se le veía casi demacrado. Tenía las mejillas hundidas y la piel grisácea de fumador muy tirante sobre los pómulos. Sus ojos se movían nerviosamente bajo el pelo negro y rizado que le caía sobre la frente. Respondió a la bienvenida de Henry con bastante reticencia.

Así que aquel era Leo Morgan, el niño prodigio que se convirtió en el poeta de la juventud a principios de los sesenta, hippie, okupa, músico de vanguardia, escritor y fustigador de las corruptas fuerzas sociales. Lo que fuera ahora, en ese momento, yo no lo sabía. Por suerte para mí, probablemente.

El resto del grupo conocía bien a Leo Morgan. Lo saludaron con un respeto difícil de explicar, como si se tratara de alguna especie de inspector social. Leo me saludó con la cabeza cuando Henry me presentó.

Henry pareció de repente algo desanimado y alicaído por la interrupción, que había sido toda una sorpresa. No esperaba que Leo viniera a casa. Se sentaron a una de las cabeceras de la larga mesa, conversando en voz baja y con semblante grave sin que nadie pudiera oír de lo que hablaban. Imaginé que Leo tenía bastante que explicar de América, aunque la escena no parecía como se supone que debe ser cuando alguien llega de un largo viaje y cuenta sus aventuras en el país lejano. Entonces la gente gesticula y ríe estrepitosamente, pero aquella conversación recordaba más a las deliberaciones en la sede de un partido acerca de las futuras estrategias en los debates electorales.

Los dos hermanos se mantuvieron apartados hablando durante bastante rato, y la fiesta fue recuperando su espíritu poco a poco, con constantes brindis por los condes y los barones. Henry se había encargado especialmente de comprar varias botellas de Grönstedts Extra, un coñac muy suave que pronto dio nuevas alas a la celebración. Los hombres se enfrascaron en acaloradas discusiones acerca de la situación del mundo y la Reina de los Peristas se soltó la melena y empezó a bailar claqué para demostrar que había sido bailarina en el pasado.

Ya era tarde cuando Leo finalmente se sentó a mi lado. Había bebido bastante; parecía tranquilo, pero cansado y algo ebrio. Me preguntó qué tal estaba y a qué me dedicaba. Le expliqué que estaba escribiendo una versión moderna de La habitación roja, de la que estaba bastante satisfecho, y que me encontraba de puta madre.

– ¿Qué tal te ha ido por Nueva York? -le pregunté-. Henry ha estado esperando carta, pero no llegaba ninguna…

La expresión de Leo se volvió oscura y lúgubre, tan amenazadora como impasible. Fijó la mirada en un candelabro que había sobre la mesa. Se quedó un rato en silencio.

– Bueno. Ha sido un poco fuerte. Jodidamente fuerte. Los edificios estaban llenos de magma, como si la ciudad entera hubiera sido construida sobre un volcán. Resplandecía y se desparramaba por las ventanas y las fachadas, y no dejaba de pensar que tenía que filtrarse por algún sitio. Me pasaba la mayor parte del tiempo en el cine…

– Ya veo -dije un tanto desconcertado-. Entiendo.

– ¿Te lo has creído? -preguntó Leo sin apartar la vista de las velas.

– ¿El qué? ¿Si me he creído qué?

– Lo de los edificios -repuso Leo sonriendo.

– ¿Y por qué no debería creerlo?

– Porque nunca he estado allí. Nunca he estado en América.

Reí nerviosamente, sintiéndome un tanto bobo, porque no sabía de qué iba aquel hombre.

– ¿De qué cojones te ríes? -inquirió con acritud.

– No lo sé.

– He estado encerrado en un manicomio -declaró Leo-. He estado encerrado en un manicomio…

Hermanos

Herbario

(Leo Morgan, 1948-1959)

«Mi corazón ya no late/late hacia atrás…» Así rezaba un fragmento impregnado de incienso que encontré hace unos días en la sección de dos habitaciones de Leo. Y hay motivos para dudar de que su corazón siga latiendo hoy día. Como poesía, las palabras llevan el inconfundible sello de Leo Morgan, una impronta que garantiza Suministros Reales al Infierno: es la sangre vital de Morgan el demiurgo, el chamán y el brujo, grabado como un código revelador, la última señal para que todas nuestras fuerzas espirituales se lancen al ataque, blandiendo nuestras conciencias, cargadas con balas vitales, por las paredes de nuestras grutas más profundas, rezumando sudor frío de las estalactitas de nuestras lágrimas.

Como todos los magos de nuestros días, el hombre acabó pasando un tiempo en un manicomio. En el hospital de Långbro, en las afueras de Estocolmo, existe una ficha sobre el paciente Leo Morgan, nacido el 28 de febrero de 1948, con un presunto informe médico completo sobre su caso. Evidentemente no he tenido acceso a la documentación. A diferencia del informe histórico de aquel nazi imbécil de Hermann Göring, el historial de Leo sigue siendo confidencial, pero ni yo soy estúpido ni carezco de contactos. He tenido la oportunidad de constatar que se trata de algo que sin exagerar podría llamarse una «anamnesis maquillada», es decir, un informe médico corregido a posteriori y convenientemente censurado. Por esa razón me atrevo a llamarlo un «presunto» informe médico completo.

Naturalmente, revelar ahora por qué alguien tendría interés en cambiar el informe sería anticiparse a los acontecimientos, a la vez que daría a esta historia un anticlímax poco apropiado. Es cierto que esta no es una novela policíaca, pero tampoco un ensayo psiquiátrico. Por otra parte, solo tengo una vaga idea de quién podría haber tenido interés en censurar y corregir los datos de su historial, lo cual, tras un examen sumario, tampoco parecía motivo de grave sanción. Por aquel entonces, nada era lo que parecía tras un examen sumario.

Al parecer, Leo Morgan fue ingresado para recibir tratamiento psiquiátrico en el hospital de Långbro en mayo de 1975. El primer diagnóstico de los médicos fue catatonia. Esto significa, entre otras cosas, una total incapacidad para actuar, una especie de petrificación o mutismo, una completa falta de comunicación con el mundo exterior.

La catatonia presenta cierta similitud con el autismo que en ocasiones afecta a algunos niños. Bajo los síntomas puede subyacer una psicosis, algún tipo de trauma, una o más experiencias que nunca han sido explicadas de una forma sensata o razonable. El alma acumula preguntas, odios y pasiones, que finalmente lo canalizan todo a través de una pasividad absoluta o parcial.

Una serie de médicos habían dado su diagnóstico respecto al caso de Leo Morgan, y algunos de ellos afirmaban en el historial que en su infancia el paciente había padecido un autismo latente, pero que intuitivamente había encontrado canales para dar salida a la energía del trauma. Cuando esos canales dejaron de funcionar o, como un médico lo expresó, «cuando los canales volvieron a obstruirse con la morralla de la frustración» (algunos médicos son auténticos poetas), la enfermedad apareció con toda su fuerza.

Quizá existió algún motivo para ello. Los médicos suelen ser gente competente, y lo que he podido descubrir por mí mismo muestra algunas similitudes con la «anamnesis maquillada». Sin embargo, lo más extraño es que solo uno de cuatro médicos se dedicó a buscar las llaves de su puerta petrificada en la producción poética del paciente. Esto demuestra una total falta de imaginación a gran escala, así como grandes carencias en la atención mental. Personalmente considero sus poemas como muy ilustrativos de su personalidad, por no decir parte ineludible y esencial de un historial médico.

Aunque sin duda los elementos más importantes y cruciales fueron los datos que habían sido borrados y censurados desde arriba, por algún médico en manos del Poder descarnado. El caso Leo Morgan es solo un pequeño episodio de una poliédrica y, para un principiante como yo, extensísima historia que en los círculos más versados se conoce como el caso Hogarth. La historia de Suecia en el siglo veinte está llena de una serie de casos o affaires en que las intrigas reales, el espionaje militar o la manipulación corporativa fueron destapados, sacados a la luz -al menos en proporciones convenientes-, solo para después añadirlos a los sucesos calificados como «escándalos». Este tipo de casos y affaires aparecen de vez en cuando en todas las sociedades civilizadas y, por tanto, corruptas. Hay algo de inevitable en ello y, en cierto sentido, deseable. Y, cuando todo ha pasado -es decir, cuando los cabezas de turco apropiados han sido públicamente denostados o puestos entre rejas-, los grandes y celosos defensores de la justicia y la democracia empiezan a darse golpes en el pecho y a llenarse la boca hablando de la magnífica capacidad del sistema para auto-purificarse. Es algo que también forma parte de la imaginería del escándalo: una mano lava a la otra, preferiblemente con la música de fondo del himno nacional.

Sin embargo, el caso Hogarth se diferencia de otros casos por el hecho de no haber salido aún a la luz, y de haberse silenciado una y otra vez. Y, según algunas sospechas de las que he tenido conocimiento, el secreto se ha mantenido al coste de tres vidas humanas, un par de millones de coronas suecas en sobornos, y al menos un caso de enfermedad mental. Es ahí donde Leo Morgan aparece en escena, aunque, como ya he dicho, él estuviera en la periferia de todo el asunto.

Los principales protagonistas del caso Hogarth -que, por cierto, recibe su nombre de uno de los miembros del club Muy viajado, Muy leído, Muy mundano, el periodista Edvard Hogarth- son potentados y magnates del mundo de los negocios y la administración pública, algunos muertos y otros en plena actividad. Presumiblemente sería por ahí, por ese torbellino de corrupción y ocultación, por donde habría que empezar a buscar a las personas que intervinieron para censurar el informe médico de Leo Morgan. El rastro llevaría, sin ninguna duda, hasta el palacio de la Corporación Griffel, hasta la sala donde reina su presidente Wilhelm Sterner. Pero sería un trabajo para un periodista con mucho estómago y siete vidas; ciertamente, no para mí.

Lo que tengo que decir sobre mi amigo Leo Morgan empieza de un modo bastante inocente, como cualquier reverente biografía de un poeta. Pero la cosa se va reavivando, como diría un pirómano. Aunque también puede que todo sea solo un montón de mentiras.

Sarampión, escarlatina, rubeola, varicela, tos ferina, crup… interminables procesos de vacunación para las denominadas enfermedades infantiles, con sus alucinógenos picos de fiebre, sus irritantes erupciones, la comezón de las pústulas y sus devastadoras instrucciones… ¿No debería toda biografía empezar con una lista de todas estas enfermedades, cuando la pequeña criatura toma por primera vez contacto real con un estado diferente al que llamamos normal? La forma en que cada persona supera las enfermedades infantiles es sumamente individual. El paciente al que examinó el médico de cabecera -el sempiterno hombre de confianza de la familia, siempre resoplando y jadeando, el doctor Helmers-, es decir, Leo Morgan, presentaba exactamente los mismos síntomas para cada una de esas enfermedades: pulso irregular, debilidad extrema bordeando la muerte y una mínima voluntad de restablecimiento.

Por su parte, Henry requería correas y una camisa de fuerza para quedarse en cama; gritaba y aullaba como un loco durante exactamente veinticuatro horas hasta que la fiebre remitía, y después volvía a estar bien, no importa qué enfermedad hubiera padecido. Quería volver enseguida a la escuela, aunque nunca lograba recuperar las clases que había perdido.

Pero el pequeño Leo no tenía voluntad de sanar. Sin embargo, solía ir siempre dos semanas por delante de sus compañeros de clase en cuanto a tareas escolares, ya que era un niño prodigio extraordinariamente dotado. Sus ojos vítreos se encontraban con los del doctor Helmer sin atisbo de súplica, impaciencia o satisfacción. Simplemente era una mirada vacía y desolada, indiferente. Leo se encontraba en otro mundo, y ya con ocho años sabía lo que significaba la muerte. Diez años más tarde, en un célebre poema, definiría cada empresa y cada aliento humanos como «una guerra contra la muerte», en la que la muerte era tanto el fin como los medios. Entonces fue caricaturizado por un crítico como un «anarquista con bombas en los bolsillos», lo que probablemente constituiría el punto álgido en la carrera de aquel crítico.

Leo Morgan estaba marcado por la muerte, sentía fijación por la muerte, e indagaba en ella con un frenesí incansable que solo quien teme a la muerte puede exhibir. De hecho, el pequeño estaba asustado por el conocimiento que había tenido de ella. Toda su vida había sido un continuo esfuerzo para regresar del valle de sombras de la muerte, pero era un camino largo y a él le faltaba un buen mapa.

Una lluvia nostálgica, casi trágica, caía sobre la ciudad. Sonaba como un repiqueteo ausente y cauteloso, como si un pianista de gigantescas manos estuviera tocando las planchas del tejado.

Henry estaba sentado en la ventana de gablete de la lavandería comunitaria del ático. Greta tenía día libre de su trabajo municipal como profesora de costura en la plaza de María. Hoy le tocaba colada, y Henry le había prometido ayudarla a estirar las sábanas y tenderlas.

De las modernas lavadoras Husqvarna salía un vapor cálido y agradable. En invierno, los cristales de las ventanas se empañaban y podías conjurar la aparición de la calle de ahí abajo frotándolos con la mano, o escribir sobre el vaho de condensación letras, cifras, años. De haberlo hecho, Henry habría escrito probablemente el 7 de abril de 1959.

Fuera no hacía mucho frío, y Henry abrió hacia arriba la ventana para contemplar los tejados verdes, rojos y amarillos del distrito de la calle Brännkyrka, que se desplegaban como papel arrugado. Le gustaba la vista. Si se asomaba por la ventana podía ver más allá de los aleros y tener un atisbo de la calle. De pequeño le daba vértigo. Pero Henry ya no era pequeño, tenía dieciséis años, iba al instituto de Södra Latin, tocaba jazz estilo dixieland y era un boxeador decente.

En ese momento estaba sentado mirando por la ventana, silbando una canción que ensayaban con el grupo. Greta suspiró y preguntó qué había pasado con las sábanas. Las había metido en la centrifugadora y habían salido prácticamente secas pero llenas de diminutos pelos negros.

Preguntó en voz alta qué había pasado con las sábanas. Henry se acercó hasta la centrifugadora y miró dentro, con el debido respeto hacia la máquina. Nunca le habían gustado las centrifugadoras porque cuando era pequeño y miró dentro de una empezó a sentirse mareado, como ahora le pasaba cuando miraba hacia abajo, a la calle, a cinco pisos de altura.

Henry constató que dentro había unos pelos diminutos. Greta suspiró, pensando que aquello era muy extraño. Se puso a limpiar la centrifugadora.

Henry, de una forma casi embarazosa, tuvo conciencia de su virilidad allá arriba en la lavandería. No sabía qué había despertado en él aquella sensación, si había sido el aire tibio, húmedo y acariciador, o bien la fragancia de la ropa limpia. Fuera lo que fuese, se sintió lleno de lujuria. Le dijo a Greta que salía a la azotea a que le diera un poco el aire. Le prometió que volvería enseguida.

Henry había pensado encontrar algún rincón apartado para aliviar sus importunas apetencias. Había un lugar donde él y otros chicos del barrio, en el más absoluto secreto, habían escondido algunos ejemplares de revistas como Pin-Up, Top-Hat y Kavalkad. Se trataba de un rincón oscuro en un trastero vacío del ático, donde de forma individual o en grupo podían destrozarse el espinazo, debilitar sus sentidos y arruinar cualquier posibilidad de llevar una vida decente.

Sin duda aquel ático era uno de los más grandes de Estocolmo. Los corredores parecían abarcar todo el barrio, doblando ora a la derecha, ora a la izquierda, bifurcándose en varias direcciones y llegando hasta callejones sin salida y ramificaciones totalmente nuevas e infinitas. Casi necesitabas un mapa para orientarte en aquel laberinto si no lograbas seguir bien las flechas numeradas. Pero ya desde niño Henry odiaba los mapas; confiaba más en su instinto, en su intuición para los puntos cardinales. Había conseguido el primer puesto en el concurso de orientación, así que podría valerse perfectamente para guiarse a través de un simple ático.

Por el tortuoso camino que llevaba a aquel particular trastero del ático -es de suponer que el muchacho fuera corriendo y con el pulso bastante acelerado-, cruzó por otros trasteros también vacíos y abandonados. A su paso vislumbró una franja de luz que penetraba a través de una fina grieta entre unos tablones de madera. Naturalmente le entró curiosidad, se paró de golpe y se acercó con cuidado hasta el lugar de donde procedía la luz. Oyó voces que no le resultó difícil identificar: eran Leo y Verner, el genio del ajedrez. Henry no podía imaginar qué hacían allí.

Abrió ligeramente la puerta del trastero, y los dos muchachos dieron un salto, asustados: habían sido cogidos con las manos en la masa.

Verner era un genio del ajedrez, pero ya no era tan genial. Henry había crecido, así que ahora Verner tenía que contentarse con la compañía de Leo. Todavía se entretenían con juegos infantiles, aunque de forma seria y concienzuda, no alocadamente como otros críos. Coleccionaban sellos, jugaban al ajedrez, inventaban cosas y hacían experimentos. Verner tenía la madre más estricta del barrio, que protegía a su hijo como si fuera hemofílico. Muy rara vez lo dejaba salir a jugar después de cenar, no le permitía pelearse y tenía que saberse las lecciones de carrerilla. Le obligaba a estudiar incluso los domingos, y todo aquello, incluso ahora de jovencito, lo había convertido en alguien un poco raro. Había fundado en el instituto un Club de Jóvenes Inventores, pero de momento no tenían ningún miembro ya que por lo general se le veía siempre solo, hurgándose la nariz. Era como si no pudiera estar junto a otros muchachos si no se constituía inmediatamente una asociación que identificara lo que estaban haciendo. Tenía que estar todo organizado, con un presidente, una junta directiva y carnets de socio, así como con reglas que previeran cualquier contratiempo que pudiera surgir. Si no estaba todo organizado, Verner no podía soportarlo. Era casi tan espontáneo como el líder de un partido político.

Aquel día de abril del cincuenta y nueve, cuando Henry entró en el trastero secreto de Leo y Verner en el ático, sufrió una ligera conmoción. Los chicos habían construido allá arriba un pequeño laboratorio científico. En las paredes habían puesto mantas y trapos clavados para amortiguar el ruido e impedir que la luz de sus linternas se filtrara fuera y revelara su presencia. Con unas cajas de azúcar habían hecho unas mesas que, de momento, parecían servir para las autopsias. En medio de una de las cajas había una cría de gato muerta que Verner había abierto con un escalpelo. Leo examinaba pequeños trozos de carne a través de un microscopio.

Henry no tardó mucho en sumar dos y dos: los pelos del gato en la centrifugadora eran, naturalmente, los restos de la última juerga de aquellos gamberros. Había una banda que robaba gatos en primavera y, tras colarse en las lavanderías comunitarias, los metían en la centrifugadora para matarlos entre gritos salvajes. Verner y Leo se quedaron paralizados, hasta que el primero recuperó el habla para proclamar su inocencia. Juró que habían encontrado al gato muerto, que ellos no lo habían matado.

Henry los creyó, aunque seguía pensando que estaban mal de la cabeza. Empezó a gritarles que estaban locos, sentados allí mirando el cadáver de un gato muerto. ¿Por qué hacían aquello? ¡Era repugnante!

Henry estaba realmente furioso. Verner y Leo, estupefactos. No podían decir palabra. No podían explicar por qué era tan extraordinario ver tejidos muertos a través del microscopio. Eso era todo.

Pero el caso es que Greta había encontrado sus sábanas llenas de pelos… Finalmente Henry empezó a tranquilizarse, y de pronto recordó el motivo por el que se encontraba en aquella parte del ático. Le pidió a Verner que le dejara un matraz, casi incapaz de aguantarse la risa. Verner se lo entregó, avergonzado, tras lo cual Henry se dirigió a su trastero secreto. Lleno de rabia mezclada con lujuria, empezó a hojear un viejo y gastado ejemplar de Pin-Up hasta que el momento más dulce del divino acto sexual recorrió entre escalofríos todo su cuerpo y, como confirmación tangible y mundanal de su triunfo, diseminó por el suelo del trastero una considerable cantidad de líquido blanco pegajoso y consistente, una secreción, una esencia, el enigma mismo de la vida. Por fortuna, una pequeña parte de aquel magnético fluido acabó cayendo en el matraz. Muy satisfecho, Henry salió corriendo de vuelta con el resultado, en un estado de ánimo considerablemente más amigable.

Apartó a Leo de un empujón del microscopio, quitó el trozo de carne de gato y colocó en su lugar su propia muestra temblorosa. Ajustó el instrumento y enseguida vio los diminutos y altivos espermatozoides que nadaban alegremente de aquí para allá en nuestro mundo, serpenteando y abriéndose paso por el mar Báltico y bajando por el mar del Norte, a través del canal de la Mancha y del estrecho de Gibraltar hasta las cálidas aguas saladas del Mediterráneo, al este por el canal de Suez hasta salir al mar Arábigo, directo hacia el océano Índico, rodeando el cabo de Buena Esperanza, a través del océano Atlántico, alrededor del cabo de Hornos y subiendo por el océano Pacífico hacia el mar de Bering, donde el frío imprimió cierta rigidez a sus colas.

Henry se divertía enormemente con aquella odisea vertiginosa a través de los mares del mundo. Unos cuantos camaradas se veían cansados y débiles ya desde el principio, otros parecían deformados y con las colas maltrechas, pero la mayoría eran grandes, gruesos y fuertes muchachos que se dirigían alegremente hacia una meta inexistente. Habían sido engañados, como tantas otras veces.

Les gritó a Verner y a Leo que ahí tenían algo que mirar. Que aquello era mucho más emocionante que ver gatos muertos. Pero, cuando apartó la vista de la lente del microscopio, vio que estaba solo en el laboratorio secreto. Verner y Leo se habían ido. Se perdieron la oportunidad de tomar parte en aquel notable descubrimiento realizado por Henry el científico.

Naturalmente, Greta nunca supo la razón de que hubieran aparecido aquellos extraños pelillos en sus sábanas. Henry no era de los que se callan las cosas, pero consideró que ella ya había tenido bastantes muertes y desgracias, y no quería preocuparla sin necesidad.

Por el contrario, yo pude escuchar la historia unos veinte años más tarde, y se parecía mucho a otras cosas que sabía de Leo. La historia procede de Henry, está contada desde su perspectiva, porque Leo era un tipo callado, un profesional del silencio. Tenía una forma de hablar inusual, realmente extraña. Leo hablaba muy despacio, saboreando las palabras como caramelos duros antes de escupirlas. Utilizaba las palabras como un niño pequeño que encuentra un chicle aplastado en la acera, lo rasca con el palo de un polo y se lo mete en la boca. Lo mastica con expresión pensativa hasta que se reblandece, solo para escupirlo una vez que el sabor ha despertado de nuevo a la vida de su sueño fosilizado. Había que tomarse su tiempo para escuchar a Leo, cuando por fin se decidía a hablar. Lo pude constatar ya la primera noche, cuando vino a la fiesta del ganso en el sótano. Sospecho que aquella manera de hablar se debía a una especie de relación deteriorada con el idioma y las palabras en general.

Es muy poco probable que muchos recuerden hoy día al poeta Leo Morgan, a excepción de los más entendidos en la materia. Nunca fue un Evert Taube, aun cuando en una época de su tierna juventud estuvo bastante cerca de Gösta Nordgren, más conocido como Snoddas.

Son tres los libros que le han valido un espacio en la eternidad de las bibliotecas, ahora que la memoria humana empieza a flaquear. Debutó con Herbario (1962), al que siguieron Vacas santurronas (1967) y, finalmente, Escalada de fachadas y otros hobbies (1970).

Por lo general, tres colecciones de poesía tan poderosa e impenetrable hubieran otorgado al poeta una notable reputación entre los iniciados, pero Leo no era de los tipos que hacen relaciones públicas en su trabajo, de los que acuden a todas las fiestas o se llevan especialmente bien con los críticos apropiados. Es cierto que hay bastantes ejemplos de esos lobos solitarios e inconformistas, aunque, lamentablemente, hay muchos más ejemplos de lo contrario.

Los ciudadanos con buena memoria probablemente recordarán a Leo Morgan como el niño prodigio que leía poemas en El Rincón de Hyland. Tuvo que ser en el otoño de 1962, porque Henry aseguraba haber visto el programa por televisión cuando estaba haciendo la mili y se sintió tremendamente orgulloso. No se sabe quién «descubrió» a Leo, pero acababa de publicar su primer libro con apenas catorce años, la colección de poemas Herbario, y se había convertido en una pequeña celebridad. Muchos críticos se declaraban asombrados ante la manera en que un adolescente conseguía hacer esas rimas tan delicadas y sensuales, porque el muchacho se empecinaba, como otros muchos «amateurs», en escribir versos rimados. Nada de modernismo subversivo. Un crítico incluso había mencionado al también pueril Rimbaud, sin hacer mayores comparaciones, pero aun así… Tal vez fuera un tanto exagerado, aunque había en Herbario algo intangible e inclasificable que, a falta de una palabra mejor, podría calificarse como genial. Quizá se debiera a que a menudo había algunos defectos en los versos, un desliz, una ambigüedad que hacían que el lector se sintiera inseguro y vacilante: se cuestionaban si el muchacho conocía realmente todos los significados y connotaciones de las palabras.

En cualquier caso, las críticas eran muy favorables y quizá fue precisamente su éxito entre los críticos, así como la sorprendente corta edad del poeta, lo que hizo que el niño prodigio fuera invitado al famoso programa El Rincón de Hyland para un recitado en televisión. Las estrellas infantiles siempre han tenido mucho predicamento en el mundo del espectáculo.

En los ensayos antes de la retransmisión de El Rincón, Leo se comportó perfectamente. Iba muy bien arreglado y estaba muy concentrado, tal vez incluso demasiado correcto. Pero el equipo del estudio eran muy considerados, y cuidaron muy bien de su descubrimiento asegurándose de que estrechara las manos de las célebres estrellas televisivas Lill-Babs, Lasse Lönndahl y Gunnar Wiklund. Guardó sus autógrafos en la cartera, y se la metió en el bolsillo detrás del pequeño peine de baquelita.

Pero después de cenar, cuando llegó la hora de salir a escena y Leo se encontraba entre bastidores oyendo cómo Lennart Hyland vociferaba su nombre y presentaba al precoz descubrimiento como el hijo del Barón del Jazz, el popular pianista de jazz e invitado habitual en muchos programas de El Rincón, el muchacho se echó a temblar. Un tipo del estudio, de dientes enormes y luciendo una chaqueta blanca, le dio una palmada en la espalda y le deseó buena suerte. Y de golpe Leo se encontró allí en medio, deslumbrado por los focos, con las rodillas temblorosas y la boca seca. Greta estaba sentada en algún lugar entre el público y en sus casas había millones de personas mirándole fijamente. Verner, sus compañeros de clase, los maestros y otros conocidos de Leo estaban mirándole ahora mismo, en ese preciso instante, justo a él. No consiguió entender ni una sola palabra de lo que el Tío Hyland parloteaba allá en su butaca. Dijo algo, gesticuló con la cabeza y levantó un gran aplauso entre el público -seguramente dirigido a Leo- y, justo cuando se disponía a empezar a leer, el muñeco sorpresa saltó de nuevo y la gente volvió a aplaudir. Sin embargo, después se hizo el silencio, las cámaras se deslizaron por sus raíles y Leo entendió que había llegado el momento. Con manos temblorosas cogió el libro y pasó sus hojas varias veces, como si fuera la primera vez que lo veía o como si estuviera buscando una palabra en un diccionario. El público no parecía notar en absoluto el nerviosismo del chico -los periódicos del día siguiente destacarían «las elegantes pausas de Leo Morgan, su increíble dominio de la escena»-, quien, por fin, empezó a leer el poema «Tantas flores».

He elegido algunos extractos que considero las mejores estrofas del poema. Se trata de una balada muy larga y que adolece de cierta irregularidad.

Tantas flores he recogido
que nadie puede contarlas.
Eran medallones de junio,
el más primoroso de los tiempos.

La más bella de las flores
florece para la eternidad.
La más fuerte de las bellas
crece en la soledad.

Tantas flores he entregado
a aquellos que las guardan.
Eran mis amigos de infancia,
del más cruel de los tiempos.

La más bella…

Tantas canciones he escrito
a aquellos que las cantan.
Ya no queda nadie que conozca
del más banal de los tiempos.

El resto del poema se recrea en el mismo tema, que es también el de todo el poemario. No es más que un aparente panegírico de las flores, de la naturaleza. Bajo este esplendor floral subyacen los pensamientos del Artista, el protector de la naturaleza, el que enseña a la gente lo realmente hermoso que es el mundo. De acuerdo con el joven Leo Morgan, esas experiencias deben ser transformadas, recreadas por el artista para que la gente sea capaz de ver la realidad subyacente. Seguro que a cualquier erudito le viene a la mente una cita de Nietzsche: «El arte no es una mera imitación de la realidad de la naturaleza, sino en verdad un complemento metafísico de la realidad de la naturaleza, erigido a su lado para conquistarla». Que la cita fuera conocida por el joven Morgan era harto improbable, pero tal vez habría comprendido de forma completamente intuitiva que se trataba de una conquista: él debía conquistarla.

Así pues, el tema recurrente del poemario es la vegetación seca, el herbario que el joven había recogido en su cajita de lata durante sus largos paseos por los prados florecientes en las primeras horas de la mañana del mes de junio, «el más primoroso de los tiempos», cuando las flores son más bellas, el rocío cubre los campos y las plantas son más hermosas y frescas. Pero el bardo no disfruta nunca tanto de la belleza de la naturaleza como cuando ha aplastado y secado las plantas, ha determinado su especie y su nombre y las ha puesto en su herbario, organizado según el sistema de Carl von Linné.

La vida es más hermosa cuando se ha aplastado y secado hasta convertirse en un signo pálido y frágil sobre un basto papel. Cuando la vida acaba en un herbario es cuando adquiere sentido y significado; entonces se cataloga y registra como un lenguaje: las plantas se convierten en símbolos, caligrafía, palabras impresas.

Herbario es, por tanto, un poemario lleno de palabras en latín, observaciones precisas y apuntes que atestiguan un profundo conocimiento de la naturaleza. Lo extraño es cómo ese rigor, esa forma constreñidora y austera no se convierten en una prisión para la rima de un bardo tan joven e inexperto. Leo Morgan se mueve libremente por la sintaxis como un poeta avezado. Uno tiene que rendirse ante su encanto juvenil.

Por cierto, habría que añadir que las mágicas reiteraciones de «el más brutal», «el más banal», «el más primoroso» de los tiempos, etcétera, constituyen un rasgo estilístico que aparece a lo largo de toda la producción de Leo Morgan. Parece poseído por la magia de las palabras, las reiteraciones y las ambigüedades del mismo modo que algunas personas maníacas.

Pero retomemos la escena de El Rincón de Hyland… Leo Morgan recitó verso a verso «Tantas flores» con un convincente dominio del fraseo y de las pausas y con una hermosa dicción. El público del estudio estaba visiblemente encantado. Los ojos de Hyland centelleaban, mostrando todo su repertorio expresivo y lanzando gritos de júbilo como nunca. «¡Ha sido fan-tás-ti-co! ¡Leo Morgan, el niño prodigio!» Hyland gritaba, resplandecía y gorjeaba de satisfacción. Entre bastidores, el tipo de la chaqueta blanca le dio a Leo una palmada en la espalda y le dijo que había dado el gran salto. El hecho es que el hombre del estudio tenía razón: la aparición de Leo constituyó un gran éxito de audiencia. Suecia tenía un nuevo niño al que adorar, al que las revistas mimarían durante un par de semanas hasta que la gente se cansara de él, encontrara a alguien nuevo y arrojara al viejo ídolo a la basura.

Como consecuencia de esta aparición en El Rincón de Hyland, se reeditó el volumen de Herbario, un montón de estúpidos periodistas se presentaron en su casa de la calle Brännkyrka para entrevistar al joven poeta, e incluso un conocido compositor moderno puso música a varios de sus poemas, que fueron cantados por una gran diva de la ópera.

En otras palabras, había triunfado, aunque Leo Morgan no era de los que dejaban que la fama se les subiera a la cabeza. Mantuvo totalmente la serenidad. En ese sentido, ya antes en la escuela se había destacado como un auténtico ratón de biblioteca, a diferencia de su hermano, que apenas sabía escribir su nombre.

Pero Leo continuó siendo el muchacho que recogía plantas, incluso ahora que todas aquellas plantas se habían convertido en símbolos y palabras de un celebrado poemario. A pesar de mostrar lealtad a su propia infancia, el mero hecho de escribir aquello señalaba tanto su precocidad como una amarga despedida del «más banal de los tiempos». Leo se había dado cuenta de que nunca más recuperaría aquel tiempo. Era aquel amargo conocimiento el que le obligaba constantemente, mediante la magia de las palabras, a revivir lo que había perdido, porque sin duda había embrujo en las palabras. Tenía que ver con la creación del hombre, con el momento en que el niño se convierte en persona. En nuestra cultura, cuando llega el momento de la verdad, los niños no son considerados como personas. Los niños son enanos, criaturas, gnomos, misteriosos e inexplicables. Por esa precisa razón los adultos deben, a cualquier precio, hablar en esa artificial y desesperada especie de poliglotía prenatal, que se supone que tiene el efecto de congraciarse con los niños. Pero lo único que los niños quieren saber cuando hablan con los demás son nombres y datos, y por eso es importante darles a los niños esos nombres y datos para estimular su curiosidad: la adultez, al menos vista desde fuera, es una manera de ponerle un bozal a la curiosidad y a cualquier ansia de descubrimiento.

Leo había aprendido, quizá inconscientemente, a dominar su curiosidad, aunque aún le quedaba un largo trecho para dar el salto definitivo hasta lo completamente opuesto a la curiosidad: la indiferencia. Pero tarde o temprano Leo lo conseguiría, y tal vez eso servía para marcar aún más cuán diferente era de Henry, uno de los individuos más inquisitivos del mundo.

Herbario era solo un pequeño paso hacia la petrificación del mundo adulto, pero aun así era un paso. Leo había entrado en el mundo del lenguaje, en la esfera de los oyentes, y resultaba significativo que hubiese adquirido su propia radio unos años antes de que se editara Herbario.

Se trataba de una radio magnífica, una Philips con un lujoso panel frontal de roble y un montón de mandos y botones en baquelita blanco hueso. A Leo le encantaba sentarse en la cama por las noches, cuando todas las luces estaban apagadas, para mirar el dial iluminado con nombres de ciudades de todo el mundo: Lahti, Kalundborg, Oslo, Motala, Luleå, Moscú, Tromsö, Vasa, Åbo, Roma, Hilversum, Vigra, Bruselas, Irlanda del Norte, Londres, Praga, Athlone, Copenhague, Stuttgart, Munich, Riga, Stavanger, París, Varsovia, Bodö y Viena.

Su abuelo paterno le había regalado aquella maravillosa radio Philips. Aseguraba haber estado en casi todas aquellas ciudades porque era socio de un club llamado MMM -Muy viajado, Muy leído, Muy mundano-, el cual exigía a sus socios haber viajado por todas las partes del mundo que aparecieran en el dial radiofónico. Por la noche, Leo se quedaba allí sentado en la habitación a oscuras y hacía girar la rueda del dial con sus febriles dedos de chaval de once años, dejando que la aguja se desplazara hasta Hilversum -con un placentero deslizarse entre Roma y Vigra-, donde una mujer cantaba ópera. Siempre había una señora rolliza de voz nítida que cantaba ópera en Hilversum. Leo imaginaba que su abuelo había conocido a aquella oronda cantante de ópera de Hilversum y le había regalado flores por cantar tan bellamente. Todos los adultos creían que la ópera era hermosa. Al menos eso era lo que decían.

Los nombres del dial radiofónico sonaban mágicos, lejanos y exóticos. A lo largo de su vida, Leo ya nunca pudo ver aquellos nombres sin evitar pensar en su abuelo, en el club en largos y emocionantes viajes. Por extraño que parezca, Leo nunca saldría de Suecia, ni siquiera para poner un pie en la isla de Åland. Algunos de los nombres del dial, como Vigra o Moscú, sonaban a ruso, grises y tristes como Nikita Jruschov. Otros sonaban más festivos, como Copenhague y París. Allí había tocado el padre de Leo, el Barón del Jazz. Le había explicado muchas cosas de esas ciudades, del Tivoli, la torre Eiffel y los fantásticos castillos. Pero de eso hacía mucho tiempo, y Leo intentaba no pensar en su padre. Todos le decían que no pensara demasiado en su padre, y tal vez por eso le habían regalado aquella radio.

A veces la escuchaba hasta bien entrada la noche, y con frecuencia se quedaba dormido a la luz amarillenta y cálida del dial radiofónico. Henry tenía que levantarse a apagarla. Quizá Henry no estuviera lo que se dice celoso de Leo porque le habían regalado una radio Philips. Es más probable que sintiera una tremenda curiosidad por saber lo que contenía. Así que una tarde se le ocurrió la idea de convertirse en Henry el ingeniero, especialista en tecnología radiofónica, tan solo para impresionar a su hermano pequeño y para satisfacer su malsana curiosidad.

De improviso, Henry empezó a desmontar el magnífico aparato Philips con un destornillador. Afirmaba que solo quería echar un pequeño vistazo a su interior. Solo le quitaría el panel frontal de roble y echaría un vistazo. Leo estaba muy preocupado, por supuesto, pero sabía que ni por asomo tenía la más mínima posibilidad de detener a Henry.

El ingeniero se sentó allí, silbando, y empezó a quitar un montón de tornillos, tuercas y arandelas. Parecía mentira lo que podía haber dentro de una radio: tubos, cables, resistencias, circuitos soldados, altavoces, más resistencias y cables y tubos, hasta acabar finalmente con un amasijo de piezas sueltas. Henry estuvo al menos tres horas desatornillando, reajustando, chapuceando, examinando y extrayendo piezas para acabar descubriendo que una radio, al igual que un caja china, tenía cada vez más y más partes ocultas.

Leo sollozaba sentado en la habitación que compartía con su hermano. Lloraba en silencio, porque no quería que Henry se diera cuenta. Leo tenía su orgullo. Se guardó las lágrimas para sí, enterrándolas cada vez más en su interior y dejando un gran charco de baba en la almohada de Henry.

Cuando Greta volvió de su trabajo en la escuela de costura municipal de la plaza de María y encontró a Henry sentado a la mesa de la cocina, rodeado de cientos de piezas de lo que una vez fue una radio de la casa holandesa Philips, se puso hecha una furia. No dudó en echarle una tremenda bronca al muchacho, pero, cuando encontró a Leo en su cama deshecho en llanto, estuvo a punto de perder la compostura. Henry prometió que iba a montar la radio inmediatamente. En realidad solo había querido ajustarla un poco para que se oyera mejor. Las radios buenas siempre necesitaban una revisión. Pero estaba claro que el ingeniero estaba bastante perdido desde hacía un buen rato. Cuando Henry, el fracasado técnico de radio -después de que se hubiera hecho la hora de ir a dormir sin ni siquiera pensar en la cena-, finalmente hubo vuelto a meter todas las piezas en la caja y enchufado el aparato a la corriente, la magnífica radio Philips de Leo no emitió el más mínimo murmullo. Costó más de cien coronas repararla.

Del herbario cuidadosamente organizado por familias, géneros y especies -un sistema de clasificación minuciosa y primorosamente organizado por el joven Leo Morgan, quien, tras usar su método de examinación práctica, nunca dudó a la hora de determinar la pertenencia de la más extraña de las plantas-, surgió un magnífico ejemplar solitario cuya fuerza parecía brillar aún más tras días y semanas de secado en la prensa. Se trataba de la campana de la tormenta, el orgullo de la isla de Storm, una rara variedad de la gran campánula, Campanula persicifolia. Era la auténtica reina de los prados, una planta que se alzaba soberana por encima de las cretinas que siempre surgían allá abajo entre el humus y la maleza. Tanto en cuestión de color como de porte, la Campanula persicifolia era inmensamente superior a sus súbditas. La planta podía elevarse casi un metro y medio sobre el nivel del mar y su color era tan claro como el profundo azul del cielo. Desde tiempos inmemoriales, la gente de Storm sabía que esta rara especie de la gran campánula era algo realmente especial; después de todo, era en sus húmedos prados donde florecía mejor. Había venido a ellos para ampararlos: se decía que el azul celeste de la campana de la tormenta sonaba milagrosamente por toda la isla de Storm para avisar de los malignos vientos, el mal tiempo y el peligro. Muchos viejos del lugar aseguraban que se oía su repicar justo antes de las más terribles tormentas. Y, extrañamente, no solían equivocarse. Pero las alabanzas sobre las excelencias de la gran campánula no solo eran habladurías y alardes provincianos. Todo se confirmó cuando Häggdahl, el afamado botánico decimonónico, hizo su grand tour por el litoral del país para escribir su opus magnum, de orientación marítima, La flora a lo largo de las costas del Reino de Suecia. No pudo evitar fijar su atención en esta planta de Storm, «… una isla ventosa y escasamente poblada en el punto más oriental del archipiélago de Estocolmo, donde el clima parece especialmente propicio para la Campanula persicifolia, que allí crece hermosa y majestuosa en los prados algo cenagosos del centro de la isla, en un enorme y largo valle parecido a un cuenco que resguarda a la vegetación del viento, el cual azota libremente los arrecifes…».

Evidentemente, Leo Morgan había oído hablar de la leyenda de la campana de la tormenta y conocía la entusiasta descripción de Häggdahl. La primera vez que, embargado por un vergonzoso desconsuelo, cortó una de esas sagradas plantas, era casi tan alta como él. Pidió humildemente disculpas por su acto, pero por otra parte pudo prometer a aquella flor una forma de eterna belleza en su herbario. Por supuesto que había otras plantas hermosas en los ubérrimos prados de Storm. Entre sus favoritas estaban la atrapamoscas alemana de intenso color rosado y el orégano sueco, el nomeolvides azul y los dientes de perro, la amarilla jara y las violetas y, naturalmente, la más roja, bella, traicionera y mortalmente peligrosa de todas, la amapola del centeno. Los ejemplares coleccionados eran magníficos, cuidadosamente recogidos en plena floración y aplastados con todo el amor y la mayor piedad e insertados en su sistema linneo-darwinista. Los lugareños acudían a ver el herbario, aquel trabajo impresionante que documentaba toda la flora de Storm, desde el más simple hierbajo de la orilla de la playa hasta la monumental campana de la tormenta de los divinos prados que, del modo en que la había secado Leo, resplandecía con toda su fuerza, mientras que al decir de la gente desprendía un halo de magia y brujería. Aquel Leo Morgan era algo aparte.

La colección de poesía Herbario es también un homenaje a la vida en la isla de Storm, a los veranos de la niñez en una especie de paraíso alejado del archipiélago. No se pueden decir muchas cosas de Storm, aquellas rocas diseminadas en medio del mar Báltico, situadas aproximadamente en el ángulo recto del triángulo equilátero formado por Rödlöga, el archipiélago de Björkskärs y los Svenska Högarna. Quizá se podría hacer la observación puramente antropológica de que la isla -hasta el poco explotado siglo diecinueve- solo había servido como refugio para pasar la noche a los pescadores que vivían en el interior del archipiélago y que se dirigían hacia el este a la caza de la foca. Más tarde la isla fue habitada por unas cuantas familias; a principios de este siglo, alcanzó su mayor censo poblacional, que en nuestros días ha vuelto a disminuir hasta las cifras de población de la Edad Media, es decir, unos diecisiete habitantes.

Las familias vienen y se marchan. En 1920 nació en Storm una niña que recibió el nombre de Greta. Sus padres, tal vez no excesivamente entusiasmados -la niña era su séptimo hijo-, se apellidaban Jansson y descendían de lo que podría calificarse como población nativa. Una cierta endogamia había provisto a la isla de Storm de una desproporcionada cantidad de idiotas y bobos, aunque aquella niña no tenía defecto alguno. Creció bien, con la espalda fuerte, unos dientes bonitos y unos ojos de color azul claro. Nada se podía decir de ella salvo que era preciosa, y no solo por el nombre, que podía hacer volar la imaginación hacia Greta Gustafsson, que se había convertido en una gran estrella de Hollywood y cuyo esplendor recorría todo el globo terráqueo y llegaba incluso hasta la isla de Storm, en el archipiélago de Estocolmo.

Gracias a su mente abierta, Greta Jansson aprovechó los escasos conocimientos sobre el mundo que llegaban hasta aquella remota población, invariablemente bajo los auspicios de maestros siempre borrachos. Ya con dieciocho años se dio cuenta de que Storm se le había quedado pequeña; en aquellas rocas no iba a escribirse ningún capítulo de la historia de este siglo. Como la mayoría de sus hermanos mayores, un cálido día de mayo a finales de los años treinta fue llevada en barco de remo por la bahía hasta Kolholma, donde atracaba el barco de vapor. Allí embarcó hacia Estocolmo. Tras diversos y variados empleos, acabó como ayudante en la escuela de costura municipal de la plaza de María. Era el puesto de trabajo donde más a gusto se sentía. Con el tiempo sería ascendida a directora, y allí seguía trabajando hasta ese día.

Fue a esta costurera a la que el Barón del Jazz conoció en el Bal Tabarin una feliz noche de 1940. Era una noche tan feliz como podía serlo en aquel año, aunque el Barón del Jazz no consintió que aquello le preocupara. Él era un alma alegre y despreocupada. Y el hijo al que Greta dio a luz tres años más tarde parecía haber heredado toda aquella luz que el Barón del Jazz llevaba en su interior. Se trataba, naturalmente, de Henry.

Pero la vida que llevaron Greta y el Barón del Jazz en aquella primera época fue de todo menos despreocupada. Cuando el pianista de jazz se presentó como Gustav Morgonstjärna, la chica del archipiélago no creía lo que estaba oyendo: sonaba tan increíblemente noble… Y cuando el Barón del Jazz presentó más tarde a su prometida como Greta Jansson, de la isla de Storm, del archipiélago de Estocolmo, no era para nada lo que su muy esnob madre había previsto para su hijo. A sus ojos arios, el mismísimo Belcebú había puesto sus garras en su amado y único hijo. El muchacho que tocaba el piano había ido demasiado lejos, y nada estaba saliendo como esperaba. En aquellos días, a la señora Morgonstjärna le hubiera complacido ver aparecer a su hijo vestido como un elegante cadete; por el contrario, el muy descastado se presentó con una trenca desaliñada de cuyos bolsillos sobresalían hojas de pentagramas. Un músico para negros: en eso era en lo que se había convertido su hijo. Un mensajero del diablo que tocaba música que volvía loca a la gente. El señor Morgonstjärna, el antiguo dandi, libertino, vividor, trotamundos, así como secretario vitalicio del club MMM, era demasiado viajado, leído y mundano para que le importara un comino el tipo de chica que le gustara a su hijo y con la que quisiera casarse. Le bastaba con que fuera bonita y agradable, y que hubiera una saludable cantidad de amor entre ellos.

Esto podría parecer el principio de una almibarada novela ambientada en una casa solariega y protagonizada por un caballero de alcurnia y una joven del pueblo, a pesar de que el relato que me presentó Henry Morgan de la historia estaba despojado de alusiones de excesivo relumbrón. En su versión -llena de sentimentalismo, lamentos y banalidades-, la vida misma devenía un auténtico folletín de revista femenina.

La joven y dulce Greta Jansson de Storm se convirtió en una especie de línea divisoria familiar. El Barón del Jazz estaba enamorado de ella hasta la médula, y él recibió la bendición de su padre y la maldición de su madre. La señora Morgonstjärna, con un untuoso sermón de despedida, repudió a su hijo Gustaf, junto con el Diablo y Louis Armstrong. Su hijo ya no era bienvenido en aquella casa; solo por encima de su cadáver podría volver para reclamar su herencia que, desgraciadamente, no podía negarle. Tampoco es que tuviera ningún derecho legal para ello, ya que la modesta herencia que finalmente recibiría su hijo consistía en una carpeta procedente de la rama paterna de la familia.

Y fue en medio de todo aquello cuando el Barón del Jazz cambió de nombre definitivamente, para mayor disgusto aún de su orgullosa madre. Gustaf Morgonstjärna desapareció para siempre del registro nobiliario, y así se introdujo Gus Morgan, alias el Barón del Jazz, en el mundo del jazz sueco.

Así es como ocurrió. A principios del verano de 1940, cuando la engrasada maquinaria de guerra alemana ocupó Dinamarca y Noruega después de tomar París, la pareja se fue a Storm para pasar la noche del solsticio de verano. Un pastor llegado desde Kolholma celebró el matrimonio entre Gus y Greta Morgan y, en aquella noche de solsticio, se celebró una fiesta que probablemente requeriría a un titán del calibre de Strindberg para ser descrita.

Fue allá en la isla de Storm donde los chavales pasaron los veranos de su infancia. Aquella isla paradisíaca se convirtió para el poeta Leo Morgan en el mismo «ramo de flores en el mar» que había sido Kymmendö para Strindberg. Greta pasaba todas las vacaciones en su isla natal, mientras que el Barón del Jazz estaba casi siempre viajando a lo largo y ancho del país en giras que no parecían tener fin. A principios de los años cincuenta vivió su época de mayor gloria como músico. Existe una foto en la que aparece formando parte del grupo que rodea a Charlie Parker, que a principios de la década realizó una gira por todo el país. La imagen está tomada en un sótano en Gamla Stan, en plena jam session a altas horas de la noche, una actuación que se consideró entre las mejores de Parker. Probablemente también fue una de las mejores del Barón del Jazz. Él fue uno de los primeros en introducir el bebop en Suecia. Se entusiasmó cuando Gillespie vino en 1948, pero comprendió que aquel estilo de jazz tardaría en ser aceptado por el gran público y que no podría ganarse la vida tocando bebop en Suecia. Por el dinero y por el pan de cada día, tuvo que seguir haciendo giras con orquestas de baile y contentarse con tocar con las bandas locales en sesiones ocasionales. Además, siempre era bien recibido en aquellas actuaciones. Se le podía ver de vez en cuando en la periferia de los círculos que rodeaban a Hallberg, Domnérus, Gullin, Svensson, Törner, Norin y otros de los grandes. A menudo podía escuchársele por la radio, pues era un hombre de trato cordial, no del tipo de tantos músicos de jazz autocomplacientes y arrogantes. El Barón del Jazz era la alegría personificada, y eso se notaba en su tono; carecía de aquella vertiente agresiva. Tocó bebop en el festival del solsticio, más líricamente seductor que cruelmente demoníaco, una cualidad que no pasó por alto a Estrad, Orkesterjournalen y otras publicaciones importantes. Al Barón del Jazz se le auguraba un futuro espléndido; entonces todavía era joven, padre de dos chicos y estaba pletórico de energía.

Henry cumplió diez años en 1953, y para entonces el Barón del Jazz ya había empezado a instruir al chico. Henry tenía un enorme talento para el piano y recibía tanto formación clásica -con una señora de la calle Göt- como moderna, por parte de su padre. En ocasiones Henry se iba de gira con el Barón los fines de semana, lo que encantaba al muchacho. Se quedaba sentado durante horas escuchando música de jazz, aunque en realidad era mejor escuchar lo que hablaban que lo que tocaban. Los músicos de jazz tenían una forma de hablar distinta. Poseían un idioma propio, lleno de palabras extrañas y misteriosas que habrían hecho enrojecer a Henry si las hubiera entendido.

Eso era lo que Henry prefería recordar de su infancia, como parte del equipaje de las exitosas giras sin fin de su padre desde Ystad a Haparanda. Leo, por su parte, era demasiado pequeño para acompañarlos. Había nacido en 1948, era flaco, anémico, quejumbroso, siempre estaba enfermo y postrado en la cama, y no tenía ganas de escuchar a su padre ni de acompañarlo en los conciertos. Prefería quedarse acostado con algún pesado y polvoriento libro que parecía que iba a aplastar aquel tórax de pajarillo con el que ni siquiera hubiera podido llenar un dedal de aire, aún menos un instrumento.

Así que pasaban los veranos en Storm, donde los encargados de cuidar de los críos eran los abuelos maternos. Con Leo nunca había ningún problema: se quedaba en casa acurrucado, leyendo libros y coleccionando plantas. Peor era tener la responsabilidad de cuidar de Henry, ya que aquel chiquillo, solo haciendo acopio de toda la paciencia de que era capaz, podía quedarse quieto el tiempo que se tarda en beber un vaso de leche y comer un bollo de canela recién salido del horno.

El Leo que uno encuentra en Herbario es seguramente también el mismo del que sus abuelos cuidaron en Storm. Era un niño pequeño y delgaducho, que se levantaba temprano por las mañanas para vestirse corriendo e irse a los prados en busca de plantas raras. Naturalmente tenía una auténtica cajita de coleccionista, que era su joya más preciada. El pequeño botánico salía al campo mientras aún había rocío, y se pasaba fuera muchas horas recogiendo plantas con una tenacidad y una concentración propias de un adulto. Cuando Leo quería algo, lo quería profundamente. Henry, por el contrario, no podía concentrarse nunca en nada. Ni siquiera aprendió en toda su vida a escribir sin faltas. Pero Leo trabajaba callada y concienzudamente, y acababa siempre todo lo que se proponía. Llegaba a casa a la hora de comer con su bote redondo metálico lleno de flores, que después secaría en la prensa, montaría en unas carpetas de cartón en distintos álbumes y registraría en su catálogo de las diversas familias, géneros y especies.

La abuela de los niños veía en todo aquello algo religioso. Un niño normal y corriente no podría conseguir, con tal serenidad de ánimo, una colección de plantas tan maravillosa y singular. Leo estaba hecho «de otra pasta», como se decía en el norte. Era visiblemente diferente. Leo era divinamente talentoso: «estaba en contacto». Según la abuela, las personas que se distinguían de la masa por virtud de un exagerado celo o una beata devoción «estaban en contacto». Y ese contacto, naturalmente, era en vertical. Dios tenía a Leo bajo su amparo y la abuela no necesitaba preocuparse de él.

No salía a jugar ni aunque hiciera sol. De bebé a Leo le salían eccemas por el sol, y ya de niño le escocían los ojos con los fuertes rayos solares. Mientras los otros críos se zambullían en las olas desde el embarcadero, Leo se quedaba a la sombra leyendo. Detestaba nadar y nunca se metía en el agua. Había aprendido a odiar el agua ya desde la escuela. El agua y el terror instintivo del niño iban inextricablemente unidos.

En la escuela primaria la natación formaba parte de la enseñanza. Así había sido durante muchos años, todos los semestres, hasta que los chicos consiguieran nadar diez metros debajo del agua. Se trataba de una norma sin carácter oficial ni preceptivo, simplemente dispuesta por un profesor de natación fascistoide, con el pelo rapado y zuecos de madera blancos perforados, llamado Aggeborn. No se daba por satisfecho hasta que todos los chicos hubieran superado la prueba y les hubieran salido pelos en la entrepierna. El programa era una tortura terrible, incluso para los granujas de la clase. En las desapacibles, gélidas y tediosas tardes de invierno tenían que ir a la piscina, donde eran obligados a bañarse en un agua cuya temperatura rara vez superaba los quince grados. El proceso era tan despreciable como ritual. Después de desnudarse completamente en una sala enorme llena de bañeras diminutas, tenían que restregarse los flacuchos y tiritantes cuerpos hasta quedar limpios. Tras el momentáneo alivio del agua caliente de la bañera, los chicos debían ponerse en fila para rascarse la espalda unos a otros con cepillos de gruesas cerdas y un jabón que olía a animales. Leo siempre tenía la mala suerte de ponerse delante de uno de los chicos más gamberros de la clase, que le frotaba tan fuerte que le quedaba toda la espalda marcada durante días. La sala estaba fría y había corriente de aire, y los críos temblaban y solo querían irse a casa. Pero después eran conducidos en manada afuera hasta la piscina, con los pies sobre el frío suelo de afiladas baldosas que cortaban la piel, mientras el cruel profesor de natación controlaba los movimientos de las piernas. Los que lo hacían mal, los que no apoyaban bien la planta de los pies, recibían una patada de los zuecos de madera blancos. Durante toda su vida Leo relacionaría aquellos cuerpos tiernos y calientes de niños pequeños en habitaciones frías y alicatadas con las imágenes que por aquella misma época empezó a ver de los campos de exterminio nazis de Polonia. El patrón era exactamente el mismo: gente desnuda, privada de cualquier vestigio de dignidad, expuesta a los arbitrarios experimentos de sus presuntos superiores. En un poema, probablemente de mediados de los años sesenta, Leo Morgan escribió con su más cruel humor: «En alguna parte hay una radio/que solo emite cifras / quemadas en la piel / desde las claras salas / donde los nazis escriben a máquina/las actas inmaculadas del exterminio/del último baño de toda la raza…». Era lo que la desnudez y los baños significaban. Estar desnudo significaba ser vulnerable. Leo quería permanecer vestido. Necesitaba protección en este descarnado mundo.

«Parece que va a llover, dijo el chico metiéndose bajo su falda.» Ese era uno de los innumerables proverbios con que las mujeres de Storm afrontaban el mundo. Podría ser el epitafio para la lápida de Leo Morgan: prácticamente se pasó toda su vida al calor del hogar, inclinado sobre gruesos libros. El chico leía de todo. Ya con diez años dejó a un lado los cuentos y los libros juveniles rebosantes de suspense y aventuras que llenaban de asombro a Henry. Leo leía libros de ciencia. Quería saber cómo era el mundo, cómo era el espacio, cómo era el fondo del mar. Leyó a Brehm, astronomía, relatos de las expediciones de Heyerdahl, Bergman y Danielsson. Eran las cosas que interesaban a un botánico, filatélico y ángel divino como Leo Morgan.

Con Henry era peor. Por lo que respecta a la natación, ya se ha dicho que era el mejor de la región. Henry se movía como pez en el agua, incluso mejor que los lugareños acostumbrados a ella. En 1953 fue seleccionado por una compañía cinematográfica para protagonizar una película divulgativa sobre natación, Calle aprende el estilo crawl, una actuación que probablemente marcó el resto de su vida.

En cuanto empezaba a llover -en otoño podía llover en la isla de Storm durante semanas seguidas-, Henry el naturista salía en mangas de camisa a buscar lombrices para sus cañas de pescar y era necesaria más de una reprimenda para conseguir que volviera a entrar en casa. Tenía una especie de sistema camaleónico para regular su temperatura corporal, al igual que su abuelo, el constructor de barcos, que podía estar en pleno invierno cepillando tablas y cuadernas en el cobertizo de los botes sin guantes y solo con un gastado chaleco térmico sobre la camisa.

Henry era el protegido de su abuelo. Siempre había sido así. Era su ayudante en el cobertizo de los botes. Nos les afectaban en absoluto ni el viento ni el mal tiempo. Eran hombres, y el hogar de un hombre era el mar. Todos los veranos Henry salía a mecerse sobre las olas en el barco de vela que su abuelo el constructor de barcos había hecho. Nunca se sintió solo, nunca tuvo miedo ni se sintió perdido. Decía que, cuando estaba en el mar una semana seguida sin tocar tierra, siempre se encontraba con un montón de gente. En medio del mar abierto podía encontrarse con un remolcador de troncos o con una canoa rumbo al archipiélago finlandés. En una ocasión, aseguraba, había navegado tan lejos hacia el este que ya no sabía dónde se encontraba ni cómo orientarse. De pronto se encontró con un solitario pescador de arenques que hablaba ruso. Entonces tuvo que dar la vuelta. Lo peor de todo fue cuando Henry el navegante, sentado solo en uno de los arrecifes más alejados del archipiélago, vio una sirena nadando hacia una roca para limpiarse las escamas. Eso era lo que intentó hacerle creer a su hermano pequeño por la noche cuando debían estar durmiendo, después de que Henry regresase de surcar los anchos e infinitos mares.

Ya hacía tiempo que Henry y su abuelo habían decidido construir juntos un gran barco. Siempre estaban hablando de ello, y las pocas cartas que Henry redactó en su vida las escribió en invierno en su casa de la ciudad para explicarle a su abuelo las ideas que tenía para la construcción. Durante el verano se pasaban el día fantaseando con aquel maravilloso barco, diseñando detalles, ideando soluciones prácticas y planeando ambiciosas rutas para navegar por mares exóticos.

El abuelo no recibía muchos encargos en aquella época, básicamente sencillos botes de remos para los veraneantes. De vez en cuando construía pequeños esquifes para yates. Los grandes encargos habían desaparecido.

El abuelo esperaba tranquilamente a que llegara su jubilación, y aquel sería el momento en que él y Henry llevarían a cabo sus planes de construir el maravilloso velero. Los bocetos y dibujos iban convirtiéndose poco a poco en auténticos planos. Hacia finales de los años cincuenta los planos empezaron a adoptar la forma de un magnífico barco de quilla cuyas cuadernas se levantaban, una tras otra, con el rigor consumado de todo un experto constructor de barcos. La gente de la isla empezó a hablar de Jansson y su Arca. Pero para el abuelo no había nada de religioso en todo aquel asunto, sino más bien en su jubilación. Para Henry, por su parte, aquello era una especie de visión.

Herbario sería, no obstante, una especie de despedida de aquel idílico lugar llamado isla de Storm en el que Henry y Leo Morgan habían pasado los largos veranos. La ingenua dulzura de la infancia -que, en el caso de Leo, no había sido exactamente dulce- iba a ser reemplazada abruptamente en el verano de 1958 por la salobre amargura de la Vida.

Era la noche del solsticio, y en Storm se celebraba aquella fiesta pagana como en todas partes, con bailes y juegos alrededor de un tronco cubierto de hojas formando una cruz, de cuyos extremos, en lugar de las habituales coronas, colgaban dos peces hechos con hojas. Aquella era una tradición local a la que la gente de la costa no pensaba renunciar.

Contados a todos los veraneantes, en el prado habría cerca de un centenar de personas ataviadas para la fiesta, animadas y alegres. En varios puestos se vendían zumos, bollos y salchichas calientes, y los muchachos competían para ver quién podía engullir más salchichas. Leo no participaba nunca en esas pruebas de fuerza. No tenía ninguna posibilidad, ni tampoco le importaba. Estaba más interesado en el baile de los retrasados mentales. La población de Storm se había visto afectada por la endogamia y, cuando llegó el momento del baile de las ranas, un par de chicos retrasados empezaron a dar saltos frenéticamente, como si tuvieran que desfogarse de golpe de las ganas de jugar reprimidas durante todo un largo invierno. A los chicos se les caía la baba, locos de contento, y nadie interfería en su divertimento: podían disfrutar a su antojo. La noche del solsticio era su gran festival.

Más entrada la noche, cómo no, siguió la fiesta con arenques y aguardiente, y salchichas asadas para los pequeños. Se celebraba siempre en Norrängen, en una gran nave que pertenecía a NilsErik, uno de los pescadores más importantes de Storm. Las largas mesas quedaron en un momento como si hubiera pasado un tornado, y el Barón del Jazz empezó a tocar el acordeón formando parte de un trío. La noche estaba siendo tan mágica y seductora como debía ser. Los críos jugaban a perseguirse por el bosque y bailaban alrededor de las hogueras en que asaban las salchichas. Algunos pescadores viejos roncaban echados sobre la paja del granero, mientras que algunos veraneantes acababan peleándose entre sí y los niños retrasados seguían saltando como ranas entre las mesas de la nave.

En esos momentos Leo solía sentarse donde siempre, sobre un barril en un rincón de la destartalada nave. Le gustaba aquel sitio: desde allí podía tomar parte sin verse realmente involucrado. Podía observar sin participar, ver todas las caras, todas las manos que se movían cada vez más libertinas y llegaban a territorios prohibidos: hurgándose la nariz, acariciando pechos, rascándose la entrepierna, sobando muslos… Leo intentaba adivinar lo que ocurriría a medida que avanzaba la noche: quiénes se pelearían, se pegarían y discutirían cuando el acordeón del Barón del Jazz enmudeciera y la luz volviera a salir sobre los prados para revelar las escapadas nocturnas.

Esa noche, desde su viejo barril, Leo podía ver cómo Henry y uno de los rudos hijos de Nils-Erik se habían encaprichado de la misma chica. Nils-Erik era el mayor propietario de casas en la isla, que alquilaba a los veraneantes. Esa chica era forastera, y Leo sabía que los hijos de Nils-Erik empezaban a silbar en cuanto ella aparecía en bañador por las rocas. Aquellos muchachos estaban locos por las chicas. Había unas cuantas en Kolholma, pero se rumoreaba que se marcharían a vivir a la ciudad. Los jóvenes tenían que aprovechar cualquier ocasión que se les presentara.

El chico de Nils-Erik quería a toda costa echarse un pulso con Henry o hacer cualquier otra competición de fuerza en presencia de la chica para que esta se decidiera por uno de los dos. Se trataba simplemente de que uno de los muchachos eliminara al otro. Y la chica no puso ninguna objeción.

Leo observaba aquella representación desde su barril un tanto divertido. Temía que Henry estuviera abocado a una derrota segura, porque los hijos de Nils-Erik eran muchachos robustos y ya habían empezado a beber aguardiente. Más entrada la noche, la nave de Norrängen era un gran caos de pescadores borrachos, matronas parlanchinas, chicas que reían, veraneantes que peleaban y gente que ya se había dormido, apoyada sobre la mesa o confortablemente acurrucada en el granero. Henry y el hijo del pescador salieron afuera para arreglar entre ellos el asunto de la chica, y Leo no se atrevió a seguirlos para ver cómo acababan. Estaba casi seguro de que Henry sería derrotado rápidamente.

Cuando el Barón del Jazz tocaba el último vals de la noche -todavía había gente con fuerzas para seguir bailando, incluso hasta el último baile-, Leo, el pequeño botánico de diez años, salió de la nave. Se adentró en la brillante noche de verano, respiró hondo el aire sano, húmedo y saturado, y fue paseando hasta el bosque. Quería estar solo un rato, meditar y reflexionar sobre las cosas en las que piensa un chaval de diez años. Quizá intentaba descubrir cuál era el defecto que tenían los chicos retrasados, cuál era su enfermedad. Leo había visto en libros de medicina imágenes de gente deforme con enormes cabezas hidrocéfalas o mínimas como las de un alfiler, con narices grotescas o casi sin nariz, otros sin brazos o con las piernas larguísimas, gente con un solo ojo o sin boca. Había una gran cantidad de variantes y Leo conocía los nombres de muchas de esas enfermedades, bautizadas en honor de los eminentes médicos que habían descubierto la causa de la dolencia. Siempre eran nombres extranjeros, nombres alemanes. Tal vez Leo podría encontrar algún defecto especial en los chicos de Storm que se llamaría la enfermedad de Morgan, y lograr que se curaran. O quizá descubriría una flor hasta entonces desconocida, Morgana morgana, que haría que su nombre fuera célebre, eterno e infinitamente repetido mientras los estambres y los pistilos siguieran cumpliendo su función y la tierra fuera fértil.

Vagaba fantaseando con su ambicioso sueño infantil cuando oyó cómo el aire salía del acordeón allá en la nave. La gente se iría casi a rastras hasta sus casas y las sonrientes mozas recogerían flores para ponerlas bajo la almohada. Se dio la vuelta, y caminó despacio hacia la nave y al lugar de las celebraciones. Cuando llegó ya se habían marchado todos, el fuego en el patio estaba apagado y una delgada columna de humo se elevaba hacia el cielo despejado. Se fue completamente solo desde el prado hacia las casas de las rocas. Aquí y allá podía oír algunas risas y carcajadas, pero no les prestó atención. No se estaban riendo de él.

Se sentó en una roca para contemplar la salida del sol con su expresión de interés precoz, cuando vio a Henry y a la chica que se acercaban por el agua. Salieron de un embarcadero en un bote de remos embreado. Henry remaba y la chica sonreía indolentemente tendida en el suelo del bote. Por lo visto, Henry había vencido. El chico de Nils-Erik había sido claramente derrotado. Leo no pudo evitar sentirse un poco orgulloso. Henry no vio a su hermano en la roca. En aquellos momentos solo tenía ojos para aquella chica, e intentaba remar como todo un hombre. Iban rumbo a los islotes.

En aquella noche los niños podían estar fuera hasta la hora que quisieran. A algunos padres también parecía gustarles aquello, porque las paredes de las habitaciones eran muy finas. Leo permaneció allí un rato más, ya que no le apetecía irse a casa. Estaba despejado y lúcido, feliz en su soledad. Nadie le importunaba con preguntas molestas ni le decía lo que debía hacer. Era completamente libre. Podía quedarse sentado en aquella roca tanto como le apeteciera, sentir cómo el sol calentaba lentamente la piedra que había debajo de él y perderse en los sueños que quisiera. Pudo ver cómo la barca de Henry y aquella chica se deslizaba por la bahía… Dios, qué condenadamente deprisa podía remar de pronto, alejándose hacia algún lugar solitario ideal para chicos seductores como Henry. Había heredado todos los encantos de su padre. Al menos eso era lo que decían las mujeres de Storm. El Barón del Jazz era muy popular en la isla, y especialmente durante la noche del solsticio, cuando tocaba el acordeón y flirteaba con todas las señoritas.

Leo siguió la barca con la vista, que se dirigía hacia el tranquilo archipiélago, donde una delicada e incesante brisa rizaba el agua y algunas gaviotas iniciaban silenciosamente su pesca matutina. Tal vez planeaba refugiarse en algún escollo, pensó Leo. O quizá pensaba remar hasta la isla Orm, que estaba llena de víboras, para que Henry pudiera demostrar que se atrevía a tratar con reptiles venenosos, porque así era. Unos años atrás -Leo no podía recordar exactamente cuándo-, Henry había guardado unas víboras en una caja de cartón solo para demostrar que no mordían si se las trataba bien. A Greta casi le da algo cuando se enteró. Amenazó con arrojar la caja al mar, aunque nadie sabía cómo iba a hacerlo, ya que ni siquiera se atrevía a acercarse. Finalmente Henry le prometió que iría remando hasta la isla de Orm con las víboras, y eso fue lo que hizo. Leo también odiaba las culebras, y siempre tenía miedo de que hubiera alguna serpiente entre las hierbas del prado cuando iba a buscar plantas. Una vez le ocurrió, y Leo se quedó completamente hipnotizado por el reptil, que estaba adormecido al sol. Era una mañana luminosa y brillante, y la serpiente parecía removerse por el calor, pero Leo ni siquiera pudo echar a correr. Fue incapaz de dar un solo paso. Se quedó completamente inmóvil durante una hora, hasta que la serpiente se fue reptando por entre la hierba y desapareció. Entonces se rompió el hechizo, Leo echó a correr hacia la casa y no quiso salir en varios días. Henry le prometió que se encargaría de todas las serpientes que viera, y Leo se imaginó que su hermano tenía alguna especie de pacto secreto con las culebras, porque no le mordieron nunca. Muchos años después -cuando Leo iba al instituto de Södra Latin y había empezado a escribir poemas-, encontró algunas similitudes entre la vida de Stig Dagerman y la suya propia, y probablemente no fue casual que uno de los apodos con que firmaba en la revista del instituto fuera Ormen, «la serpiente». Era un seudónimo provocativo: es fácil transmitir miedo, pero difícil hacerlo con elegancia. La serpiente asusta por su precisión enigmática, su rigor misterioso. Es un lazo moteado, un cable cargado de terror venenoso que puede paralizar a un barracón entero de hombres hechos y derechos. La serpiente es silenciosa: nadie puede oír su corazón ni conmoverse ante su mirada, ya que no tiene ninguna necesidad de compasión.

Quizá fuera precisamente en aquella noche de solsticio cuando Leo juró a la serpiente su devoción llena de odio, porque de golpe entendió que él mismo era inconsolable. De repente -sin aviso, sin que una sola campana de Storm sonara para advertir a la gente de la catástrofe-, aquella noche de verano se vio iluminada por una luz terriblemente brillante, diáfana y despiadada, como lo es siempre lo inconcebible. Leo acababa de llegar a casa desde los escollos cuando sonó la alarma. De pronto la gente empezó a gritar con voces estridentes pidiendo ayuda. Leo oyó un gran lamento distante procedente de la playa, y se dirigió corriendo hacia allí. Pudo ver el acordeón rojo y cromado de su padre brillar al sol de la mañana sobre una roca cerca de la orilla. Pudo ver a su abuelo, a Nils-Erik y a algunas mujeres que arrastraban algo fuera del agua. No se veía a Greta por ninguna parte, pero Leo oyó cómo todos pronunciaban su nombre. Alguien debería ir a buscarla. Cuando el abuelo vio a Leo le gritó que se detuviera, que se quedara quieto donde estaba, que se marchara a casa o a donde fuera. «Pobre muchacho», oyó decir a una de las mujeres que se dirigía corriendo hacia él y lo tomaba entre sus brazos sollozando y diciendo que aquello era tan horrible, tan espantoso, y Leo notó que la señora olía a café, café recién hecho. Lloraba apoyándose en el pequeño hombro de Leo, apretando su rostro contra el de él, y entre sollozos hablaba del padre de Leo, el Barón del Jazz, y decía que «había sido» tan buena persona, tan alegre y demás. Y después Leo ya no oyó nada más. Leo no oyó nada y no dijo nada, pero vio todo lo que no debería haber visto tan claramente como si se hubiera tratado de una ilustración de Los viajes de Gulliver.

Exactamente veinte años después, Henry Morgan y yo estábamos en el cementerio de Skog encendiendo velas por los muertos. Era el día de Todos los Santos, y Henry me explicaba que durante el entierro había aullado y gemido como un becerro. Había intentado comportarse como un hombre y aguantar el llanto, pero sin éxito. Era el final de un largo período de sufrimientos y pesares infernales. De golpe, la noche del solsticio se había hecho inexplicablemente clara mientras remaba de vuelta con aquella chica desde el islote, donde habían hecho uso de un paquete entero de condones tumbados en una vela extendida sobre las rocas. En cuanto puso el pie en tierra, notó que en Storm pasaba algo. Se despidió de la chica, que, con el maquillaje estropeado y algunas manchas en el vestido se fue corriendo hacia su casa. Poco después descubrió lo que había ocurrido mientras él hacía el amor en el islote. Henry se sintió tan avergonzado que perdió por completo los estribos. Se dirigió como una tromba hacia el cobertizo y allí empezó a destrozar a golpes de hacha el Arca, que permanecía allí como un fragmento de un sueño realizado. Si el abuelo no lo hubiera empujado y tirado al suelo y le hubiera quitado el arma, lo habría destrozado totalmente. Tras aquel intermezzo, Henry pareció cambiar por completo de actitud y se dedicó aún con mayor ahínco a reparar los daños. Se pasó un día entero dándole al hacha, a la sierra y al formón sin descanso, para reparar el barco lo mejor que pudo. Todo aquel tiempo estuvo llorando, con las lágrimas rodando por sus mejillas, por lo que las medidas, cortes y líneas tal vez no quedaron tan precisos como los realizados por el abuelo.

Leo, el pequeño de diez años, refrenó sus emociones e intentó consolar a su madre cuanto pudo. Ella lo llamaba su ángel; se abrazaba fuertemente al pequeño y lo llamaba su ángel. Aunque había estado en el mismo centro de la tragedia, parecía que se hubiera encontrado en el ojo del huracán. Era como si nada de aquello le hubiera afectado, como si hubiera ganado una porción de perfección en lugar de perder algo frágil y perecedero. Todos coincidían en que aquel chico de cara fina y avejentada, de mirada triste y solemne, era digno de admiración.

El duelo se extendió rápidamente por todo el país y Greta se convirtió en una viuda célebre: había muchas personas que compartían su pesar. Naturalmente surgieron ciertas especulaciones referentes a la repentina muerte del Barón del Jazz. Algunas lenguas maliciosas dieron a entender que su muerte no había sido en absoluto fortuita, pero solo eran habladurías. De hecho, el Barón del Jazz estaba en su mejor momento: había atisbado la luz del amanecer de su vida y no tenía motivo alguno para caer en la desesperación.

«HA MUERTO EL BARÓN DEL JAZZ», rezaba el titular del periódico matutino más importante, y su conocido crítico musical dedicó una columna de no menos de treinta centímetros acompañada de una fotografía a la memoria de Gus Morgan. En el artículo elogiaba «su característico tono cálido y lírico, que para muchos ha simbolizado la esencia del jazz sueco; un encuentro entre la violenta nación del oeste y nuestra serenidad nórdica… lo que demuestra tanto la potente originalidad del Barón como la universalidad de la música…». El crítico acababa con unas palabras tan reverentes como conmovedoras: «El parnaso del jazz sueco ha perdido a su barón, a su príncipe heredero».

El cortesano

(Henry Morgan, 1961-1963)

Todo el mundo hablaba del combate allí en el Club Atlético Europa. Todo Estocolmo, toda Suecia, tal vez el mundo entero, hablaba del combate aquel día. Henry, como de costumbre, silbaba «Putti Putti», que se encontraba en la zona intermedia del Top Ten, mientras se sacudía la nieve pesada, húmeda y resbaladiza de sus zapatos y saludaba a Willis, que estaba cambiando una bombilla que se había fundido.

– Ahora eres nuestra última esperanza -dijo Willis-. Tardaremos mucho en tener un nuevo campeón.

– Si es que alguna vez lo tenemos -dijo Henry-. Ingemar nunca se recuperará de ésta, never.

Todo el mundo había escuchado el combate por la radio, la tercera y definitiva pelea entre Ingo y Floyd: el «Momento Decisivo», como se anunciaba el espectáculo en Miami Beach. El KO en el séptimo asalto cayó como un rayo a través de un brillante cielo azul. Floyd había besado la lona en dos ocasiones en el primero, y había recibido bastante en el sexto y también en el último. Los periódicos hablaban de un cuarto combate, pero la gente del mundillo pugilístico sabía que no habría revancha por parte de Ingo. Era demasiado inteligente para ello.

Henry se había pasado casi media noche tumbado delante de la grande y magnífica Philips de Leo. Leo se había quedado dormido antes de que empezara el combate porque el boxeo no le interesaba en absoluto. A Leo le gustaban las flores.

A pesar de la derrota de Ingo, los muchachos del Europa entrenaban como siempre. Se trataba de llegar a convertirse en un nuevo Ingo, como decían los carteles, y quizá aquello ahora adquiría un nuevo significado para algunos. Ahora había realmente un «viejo» Ingo.

– ¡Venga, vamos! -le urgía Willis mientras Henry se ponía los guantes-. Tienes que seguir con el programa. Últimamente no se te ha visto mucho el pelo por aquí.

– He estado estudiando -repuso Henry a modo de disculpa.

– Ya no me creo la excusa de los estudios -dijo Willis-. Tendrás que inventarte algo mejor.

– Lo haré -contestó Henry.

Sonrió entre orgulloso y avergonzado, y empezó a golpear las almohadillas que Willis sostenía en las manos. Willis dedicaba bastante tiempo a Henry Morgan porque ya desde el primer momento había visto algo muy especial en aquel granuja. Era como si Henry hubiera nacido para el boxeo. No era un boxeador bruto; tenía un cuello y unos hombros de constitución fuerte, pero eso no era un lastre. Poseía elasticidad, agilidad, brío y una apropiada dosis de fantasía: sin esas cualidades, se habría convertido simplemente en un toro, un bruto. Además, Henry tenía ritmo. Su padre, el Barón del Jazz, había sido amigo de Willis, porque la ayuda del antiguo campeón había sido requerida para mantener el orden en la entrada de algunos clubes y bares de baja estofa. El Barón del Jazz había actuado en todos los bares de la ciudad. Willis no era ningún experto en jazz, pero cuando el Barón tocaba no podía dejar de escuchar. Tenía algo realmente especial. Todo el mundo sabía que era de familia bien, pero él era muy sencillo, una persona muy normal. Su muerte supuso una gran conmoción. Los periódicos escribieron sobre un accidente, y no había razón alguna para pensar de otra manera.

Willis se hizo cargo de Henry y lo inició en el mundo del boxeo para ayudarle a superar la muerte de su padre. Cuando Henry se ponía los guantes, era casi como si tocara el piano: su estilo era totalmente armónico y sobrio. No había brusquedad, desesperación, sufrimiento o superfluidad en el estilo pugilístico de Henry. Willis nunca había tenido necesidad de ir detrás de él con las tijeras de podar, como solía decir. Cuando los novatos llegaban al Europa, siempre sacaba las tijeras. Tenía que podar y recortar como el jardinero hace con sus arbustos para que adquieran la forma adecuada.

Pero Henry Morgan ya estaba bien podado y recortado; los guantes le encajaban a la perfección, tal como debía ser. En su caso eran otros los motivos de preocupación, porque también era un pupilo problemático. El principal problema era que, en cuanto se programaba un combate con Henry, siempre tenía que haber alguien de reserva a mano. Entrenaba a fondo para la pelea, se preparaba como nunca y alcanzaba su mejor forma física, pero justo antes del combate simplemente desaparecía, se lo tragaba la tierra. Nadie sabía dónde estaba, y lo único que se podía hacer era sacar al mejor reserva disponible, que siempre perdía y sumaba otra derrota para el Club Atlético Europa.

Pero, en las ocasiones en que Henry había llegado hasta el final, lo había dado todo. De la docena de combates más o menos en que había participado, solo había perdido uno. Fue en Gotemburgo, contra un chaval de Redbergslid. Era un club muy esnob.

– ¡Venga, no pares! -gritaba Willis-. ¡Aún te queda un minuto!

En la pared había un asqueroso reloj de cocer huevos, que Willis ponía a tres minutos para que los muchachos entrenaran el tiempo que duraban los asaltos. En las pausas, Henry seguía saltando como impulsado por un muelle para mantener el ritmo cardíaco. Se sentía un poco pesado, pero no quería que se le notara porque había estado fumando y trasnochando demasiado, algo que a Willis no le haría mucha gracia escuchar. Henry no quería reconocer que no se encontraba bien porque no quería defraudar al viejo. Había otro combate en perspectiva.

– Tengo planes para ti, Hempa -dijo Willis-. Deberías volver a pelear en Gotemburgo.

– No me gusta esa gente de Gotemburgo -repuso Henry-. No pelean limpio.

– No quiero escuchar más lloriqueos, joder -dijo Willis enojado-. Hay una velada dentro de unas semanas. Podría conseguirte un buen sparring hacia el final. Y después vienen los campeonatos de Suecia. Ya estás apuntado, así que no hay nada más que hablar, ¿estamos?

– Supongo -dijo Henry suspirando.

Después del entrenamiento, se ató meticulosamente la corbata con su habitual y elegante nudo Windsor y examinó su imagen en el espejo. Tenía un pequeño arañazo en el cuello, que se extendía unos centímetros desde la oreja hacia abajo. Sabía que aquello no se lo había hecho ningún guante.

En la calle todo estaba oscuro y húmedo, y había empezado a helar de nuevo. La nieve caía pesada y sorda. Tranvías, coches y autobuses avanzaban a duras penas por la calle Långholm, donde el número cuatro enfilaba hacia el puente de Väster. Henry se caló la gorra sobre su pelo mojado y sacó una elegante pitillera de plata del bolsillo de la americana. Con un mechero Ronson igual de elegante, encendió una colilla color champán que desentonaba bastante con el sofisticado estuche. Este estaba destinado a acoger solo cigarrillos largos, frescos e inmaculados, como lo había estado mientras era propiedad del hombre que respondía a las iniciales W.S.

Henry fue dando un paseo por la calle Horn hasta Zinkensdamm, donde compró el periódico de la tarde, y después giró hacia la calle Brännkyrka. Delante de su edificio, cogió un puñado de nieve, hizo una bola y la tiró contra la ventana de Verner, en el segundo piso. Verner había cambiado mucho, se había vuelto muy raro, como decían algunos. Henry esperó un rato y al cabo vio aparecer la cabeza de Verner en la ventana. La estaba sacudiendo en gesto de reproche por haber sido molestado mientras realizaba concienzudamente sus deberes. Tendría que dejarlo. A Verner no le hizo ninguna gracia.

Henry y Verner habían sido amigos desde pequeños. Por aquel entonces, la habitación de Verner -tenía su propia habitación porque era hijo único y su madre también estaba sola- olía a pastillas Meta para máquinas de vapor. Un año, por Navidad, le regalaron una auténtica máquina de vapor. Inventor por naturaleza -aunque aquello fue mucho antes de que el jovenzuelo con granos Verner Hansson fundara el Club de Jóvenes Inventores en el instituto Södra Latin-, construyó una serie de accesorios que podían acoplarse al aparato de vapor. Se trataba de sierras, cepillos, cascabeles y toda una serie de aparatos carentes por completo de sentido, que lo único que hacían era básicamente moverse.

Henry no tenía ni de lejos el talento tecnológico de Verner, pero poseía un auténtico don para hacer chapuzas con cualquier cosa que se moviera. Por su parte, Verner y Leo podían pasarse días y semanas seguidas construyendo realistas maquetas de casas, aviones y automóviles -fue justamente aquella tenacidad fraternal y obstinada lo que los unió, aunque también fue lo que los separó de los chavales impacientes, distraídos y peleones del barrio-, para después colocar en estantes sus modelos meticulosamente montados y de vez en cuando lanzarles miradas satisfechas.

Henry no tenía paciencia para aquellas cosas. Sus maquetas siempre quedaban como desgarbadas, como monstruos a medio acabar. Los aviones debían ser inexorablemente probados, y los lanzaba desde la ventana del cuarto piso, de modo que acababan hechos añicos en la acera, siempre para gran sorpresa de Henry. Las maquetas de automóviles eran colocadas entre el tráfico, donde acababan pulverizadas bajo las ruedas de los auténticos vehículos, y en consecuencia Henry no poseía ninguna maqueta montada por él mismo. Por otra parte, no merecía la pena conservar ninguna de sus creaciones. Siempre creyó que se podía aplicar pintura sobre los ensamblajes mal hechos y otros fallos cometidos por haber cortado, serrado o limado con demasiada prisa y avidez. Pero eso solo conseguía empeorarlo. Extrañamente, la pintura y el barniz tenían el efecto de hacer resaltar el fallo de manera aún más evidente.

Así que Henry era un tramposo y un chapucero y, por lo que sé, con los años no mejoró apenas. Aunque cuando alguien lo pillaba y descubría el truco, ya fuera el profesor de trabajos manuales o algún jugador de póquer, siempre sabía salir del atolladero hablando: podía llegar a desquiciar a cualquiera. Ahí radicaba su gran talento. Tal vez el Arca -el gran barco que había empezado a construir junto a su abuelo en la isla de Storm, en el archipiélago- fuera la única excepción. Aunque tampoco llegaría a terminarla.

Es probable que Verner fuera la única persona totalmente inmune a los subterfugios y las excusas de Henry. Verner lo veía venir. Por eso nunca le perdonó que desmontara aquella impresionante máquina de vapor para una limpieza innecesaria e inútil, después de la cual nunca más volvió a funcionar. Verner se puso hecho una furia y dijo que jamás le perdonaría, pero eso poco preocupó a Henry. Siguió jugueteando con todo aquello que se moviera, y además había descubierto algo con movimiento mucho mejor que la máquina de vapor. Henry había comenzado a tocar dixieland. Formó un grupo en la escuela, que pronto se ganó bastantes admiradoras que se movían de forma considerablemente más excitante que una trivial y pueril máquina de vapor.

Henry llegó a casa justo para la cena. Leo salió de su habitación, dejando atrás los libros o la colección de sellos o el herbario, y no saludó a nadie. Tenía muchas cosas en la cabeza. Greta se quedó mirando a Henry cuando este se sentó a la mesa de la cocina. No necesitaba decir nada: él sabía exactamente lo que su madre quería escuchar, pero no pensaba complacerla. Greta solo quería escuchar unas pocas palabras acerca de dónde había pasado todas aquellas noches que no había ido a casa. La noche anterior había llegado justo a la hora del combate entre Ingo y Floyd, y al parecer era el único motivo que había tenido para ir a casa. Simplemente quería escuchar unas sucintas palabras para asegurarse de que no estaba haciendo nada malo por las noches. Últimamente se estaban cometiendo muchas fechorías nocturnas en la ciudad. Había leído en los periódicos acerca de la horrible banda de Spilt en Östermalm, cuyos miembros asaltaban y robaban a la gente, se drogaban, perpetraban atracos y toda suerte de delitos. En los jardines de Björn había otra banda, mientras que la banda del Metro centraba sus actividades delictivas en la red metropolitana. Parecía como si toda la ciudad hubiera sido tomada por gánsteres. La policía estaba desbordada y era incapaz de mantener el orden. La cosa estaba tan mal que incluso los rockeros tenían que reunirse en la iglesia de Liljeholmen.

Greta quería tener una mínima garantía de que Henry iba por el buen camino, porque no quería enterarse por terceros de posibles descarríos. Si estaba pasando algo, quería ser la primera en saberlo. Era lo menos que podía esperar, como solía decir una y otra vez desde que se había quedado sola con los chicos. Henry le había prometido que la mantendría informada. Y casi siempre lo hacía, pero de un tiempo a esta parte se había mostrado menos comunicativo y entre semana pasaba muchas noches fuera. Eso no le gustaba nada a Greta.

En los últimos tiempos algo había ocurrido con Henry: de repente, se había hecho muy mayor. De pronto parecía como si hubiera pasado mucho tiempo desde que fuera aquel chiquillo lleno de grandes ideas. Siempre había sido el que vendía más cupones para la rifa navideña de la Asociación Atlética, que empezaba ya en agosto. Era el que repartía más propaganda por los buzones y el que recogía más botellas vacías. Había organizado a los chicos del edificio para la recogida de cascos de una forma más eficiente. Les habían dejado un lugar en el sótano, donde guardaban cientos de botellas antes de llevarlas en cochecitos de bebé a la tienda estatal de bebidas para canjearlas por dinero.

Pero de aquello hacía ya mucho tiempo. Henry continuaba boxeando, pero lo que más le interesaba eran el dixieland y las chicas. Eso podía verlo Greta. De repente, Henry se había convertido en un hombrecito.

Pero aquella noche de invierno de finales 1961 estaba cenando en casa, comiendo como un animal, y eso era suficiente para tranquilizar un poco a cualquier madre preocupada. Henry se metió entre pecho y espalda cinco rollos de col con confitura de arándanos rojos y como mínimo otras tantas patatas. Leo se limitó a picar un poco, mientras Henry cortaba entre bufidos unas lonchas de queso Raket gruesas como listines telefónicos. Pero, por lo menos, Leo hacía los deberes. Era tan brillante que lo habían pasado a un curso superior en la escuela. «Imagina por un momento que esos dos hubieran sido un chico solo», solía decir el abuelo. Aquel horrible pensamiento encerraba mucho.

– Comed las hetwäggen, hijos -dijo Greta poniendo sobre el hule un par de platos con bollos rellenos de nata y unos vasos de leche caliente. Seguramente era la única en toda Suecia, aparte de los extranjeros y la familia que aún vivía en la isla de Storm, en el archipiélago, que decía hetwäggen en lugar de semla.

Henry se zampó las dos semlas con leche caliente mientras al mismo tiempo escuchaba la radio y leía el periódico vespertino. Todo el mundo comentaba el combate, y Henry se limitaba a cabecear. Ingo estaba acabado, para siempre. Y a Henry tampoco le iba mucho mejor. También se sentía acabado, y se acostó muy temprano. Leo se quedó haciendo sus deberes en la cocina, mientras Greta planchaba camisas. Encontró una que Henry afirmaba haber comprado. Llevaba las iniciales W.S. por dentro del cuello. Como estaba tan abstraída en sus pensamientos, aquella camisa quedó especialmente bien planchada. No me sorprendería que aquí o allá el algodón se hubiera humedecido con sus lágrimas, aunque pueda sonar demasiado empalagoso.

«Todo ocurría como aquí en la Tierra… Mi escritura era la misma a pesar de que mis manos no pesaban nada. Pero tenía que agarrar fuerte el cuaderno para que no saliera flotando», dijo Gagarin. Sucede lo mismo con los hermanos Morgan. Tienes que aferrarlos, fijarlos en escenas para que no se alejen flotando en la memoria y en el espacio eternamente helado de la mente… como en una terrible pesadilla de la que quieres liberarte, una y otra vez.

Tal vez fuera el extraordinario talento de Henry para vincular su vida con los grandes acontecimientos históricos lo que le llevó a asegurar que se encontraba tendido en el regazo de Maud la mañana en que el mundo supo que Yuri Alekséievich Gagarin había dado una órbita alrededor de la Tierra. En cualquier caso, a ninguno de ellos le importaba un carajo el tal Gagarin.

Maud se levantó y se dirigió a la ventana, subió la persiana y miró hacia la calle Östermalm y la iglesia de Engelbrekt, cuyas campanas daban las nueve. Vivía en un edificio de ladrillo inglés cubierto por la hiedra en la calle Frigga, en el barrio de Sånglärkan. Tenía un bonito apartamento, lleno de tallas de madera eróticas procedentes de Indonesia.

– Ya es primavera, Henry -dijo-. ¡Escucha! -Abrió la ventana. Los pájaros trinaban y los tejados y la acera olían exactamente como deben oler al ser calentados por el sol de abril-. Dentro de poco empezarán a caer los carámbanos -dijo mirando uno enorme que apuntaba como una lanza hacia la calle-. Me dan miedo los carámbanos…

– Es solo agua. Y están de muerte en las copas.

– Eres un tipo muy duro, ¿verdad?

– No puedo negar que tengo algunos músculos -dijo Henry masajeándose el bíceps derecho-. Al menos, no tengo miedo de los carámbanos. Pero a mi hermano Leo… a ese sí que le aterran. Tiene miedo de casi todo. A veces le dan auténticos ataques y tiene que meterse en cama, y se pasa delirando toda la noche. Mi madre tiene que ponerle toallas frías sobre los tobillos y la frente para calmarle.

– ¿Solo por unos carámbanos?

– ¡Por lo que sea! No necesita mucho… -contestó Henry-. Hace una semana llegó corriendo, se quitó el abrigo en el recibidor y se metió en la cama, temblando de fiebre y escalofríos, y también delirando. Dijo que venía caminando por la acera de la calle Horn detrás de una señora que llevaba un cochecito de niños, cuando de pronto cayó un alud de carámbanos. Al menos una tonelada de carámbanos, dijo. Y que había caído justo encima del cochecito. Quedó completamente destrozado, y la mujer, histérica, se puso a escarbar en el hielo para encontrar al crío. Se despellejó y se cortó las manos, que empezaron a sangrar y a congelarse, hasta que finalmente sacó a la criatura. «¡Está vivo!», gritó, aun cuando el bebé era solo un amasijo sangriento.

– ¿Y vio también al niño muerto? -preguntó Maud realmente conmovida.

– No había ningún crío. Solo era un delirio de Leo… todo había ocurrido en su fantasía. Creo que está empezando a volverse loco. Demasiados deberes y lecturas…

– Creo que eres tú el que está loco -dijo Maud.

– En tal caso, ambos estamos locos -dijo Henry-. Me refiero a ti y a mí.

Maud se sentó para disfrutar del sol de primavera. Henry la observó durante un buen rato mientras ella se asomaba por la ventana. Era la única mujer que había visto moverse desnuda sin ningún pudor y sin afirmar que hacía frío como pretexto para cubrirse con algo. Tenía un cuerpo que no coincidía exactamente con la percepción habitual del cuerpo femenino, la percepción que tenían Rubens o Zorn -dos nombres que ella le había enseñado a Henry el bastardo- y que también compartía la revista Pin- Up, un nombre que Henry había aprendido por sí solo.

Maud no encajaba en ese estereotipo. Había algo de asiático en su aspecto, con sus pechos pequeños y sus caderas estrechas, su pelo negro y unos extraordinarios ojos felinos que se veían bien con cualquier maquillaje. Las mujeres con las que Henry había estado no eran muchas, la verdad sea dicha; además, eran muy tímidas para dejarse observar tanto como él, en su insaciable deseo, hubiese querido. Se trataba tan solo de chicas infantiles de la escuela que se pasaban el día pegadas a la radio escuchando canciones de éxito; chicas que se sabían de memoria el «I’m gonna knock on your door, ring on your bell» de Eddi Hodges; chicas que solo querían hablar de los estudios, de labrarse un futuro y de tener niños. Hoy todas ellas estarían hablando de Gagarin. A Henry todo aquello le traía al pairo. Todos hablaban de Gagarin, salvo Maud y él.

Ella estaba sentada en la cómoda que había debajo de la ventana, dejando que el sol bañara su cuerpo. Henry podía quedarse tumbado en la cama y mirarla sin ambages cuanto le apeteciera. Maud cerró sus oscuros ojos, volvió su rostro hacia el sol y dejó que la contemplara cuanto quisiera.

– Lo único de ti que me recuerda a Sofia Loren son tus ojos -le dijo.

– Me trae sin cuidado si te recuerdo a Sofia Loren, a la tía Fritzi o a la Virgen María -le contestó Maud-. No te pongas pesado.

– Pero es que soy un tipo pesado. Lo sé. Y tú me recuerdas a todas ellas. Sofia Loren es la madre primigenia, la tía Fritzi es la madrastra y la Virgen María es el útero. Aunque, realmente, no me recuerdas a ninguna de ellas.

– Me va muy bien sin parecerme a ellas.

– En eso tienes mucha razón -dijo Henry-. ¿Tienes un cigarrillo? Se me han acabado los míos.

– Se me han acabado los míos -lo remedó Maud con una sonrisa sarcástica-. No has comprado tabaco desde que el rey de bastos era cabo.

Maud abrió la cómoda sobre la que se sentaba, que estaba llena de cartones de tabaco con el sello del duty free. W.S. los compraba en sus viajes alrededor del mundo. Henry lo sabía muy bien, aunque no dijera nada. Había aprendido que Maud estaba mucho mejor sin que nadie le recordara nada. No quería que él le recordara nada cuando estaban juntos. No iban a hablar ni de W.S. ni de Gagarin.

Henry encendió un Pall Mall extralargo y le dio unas cuantas caladas. Exhaló un par de densos círculos de humo en dirección a Maud y arrojó la ceniza en un plato que había debajo de la cama.

– En ti puedo amar a todas las mujeres en una -afirmó, totalmente serio-. Para mí eres más persona que mujer. Hubo un tiempo en que pensé que sería gay.

– Eso lo piensan todos los críos en su adolescencia.

– Tienes los pechos tan pequeños…

– Si no te bastan, ya sabes dónde está la puerta. También este piso es pequeño.

– Tengo un amigo -dijo Henry- que una noche se despertó completamente aterrorizado. Había tenido una pesadilla y estaba empapado en un sudor frío. Había soñado con un hermafrodita. Había conocido a la hembra más fabulosa del mundo y cuando estaban a punto de hacer el amor descubrió que la tía tenía huevos. Entonces se despertó presa del pánico y se descubrió acostado en la cama con una mano sobre el pecho y la otra entre las piernas. Era como si en el sueño se hubiera producido un cortocircuito.

– ¡Sí, claro! Deja ya de inventarte cosas… -exclamó Maud, riendo a carcajada limpia.

– Ven aquí, Fritzi -dijo Henry, apagando la colilla.

– Eres un tipo muy raro -dijo Maud, y se metió de nuevo bajo el edredón.

Como ya he mencionado, aquella mañana no dijeron ni una palabra de Gagarin. Les traían sin cuidado los rusos locos que escribían notas en el espacio. Del mismo modo, tampoco les importaba para nada W.S.

Habían pasado ya unos meses desde la noche en que se conocieron, y ambos pensaban en aquello como en algo envuelto en una aureola romántica, como en una de las nuevas películas francesas, en un libro de Salinger o en una canción melosa.

Una noche, algunos de los mejores grupos de los institutos de la ciudad tocaron en el Gazell, en Gamla Stan, y Henry se había presentado con un cuarteto del que no estaba nada satisfecho, pero no podía hacer otra cosa. Era su segundo cuarteto, y anteriormente habían interpretado una docena de canciones para un baile del instituto. Se trataba del típico conjunto de piano, bajo, batería y clarinete. Para el baile habían planeado tocar temas variados, pero lo que todos querían era música bailable. De modo que, para no decepcionar al público, tuvieron que tocar piezas moviditas.

Pero en el Gazell podrían explayarse a gusto. El público era mayor, más maduro, y quería oír música de verdad, auténtica, a la que pudieran entregarse y buscar su esencia. Los que iban al Gazell eran gente de enjundia, entendidos. Henry estaba encantado con la idea, y su intención era tocar buena música, pero los demás miembros del grupo no estaban a la altura. El clarinete sonaba demasiado agudo y estridente, y ni siquiera funcionaba cuando el solista intentaba imitar a Acker Bilk. Henry les gritaba a sus compañeros y les decía que tenían que pensar en algo más que en el dixieland, porque ese estilo podría desaparecer algún día, por muy inverosímil que les pudiera sonar.

Aun así, su actuación en el Gazell resultó bastante bien… aunque puede que el público no esperara gran cosa de ellos. Más tarde iba a actuar el Bear Quartet. Era un grupo muy conocido entre los aficionados, aquellos que profundizaban realmente en la esencia del jazz, sentados con los ojos cerrados, balanceando lentamente la cabeza mientras fumaban un cigarrillo, bebían vino tinto y todo eso. El Bear Quartet también era conocido porque sus componentes eran unos tipos muy profundos… al menos en las entrevistas que aparecían en el Orkester Journalen. Todos habían tocado bop y dixieland, y dominaban toda la gama de estilos. Por aquel entonces tocaban música un tanto vanguardista, lo que significaba básicamente que hacían solos más largos.

Sea como fuere, una irrefutable atmósfera de misterio rodeaba a los componentes del Bear Quartet. Henry no los conocía en persona, pero sabía que su padre, el Barón del Jazz, había tocado con ellos en una sesión y había dicho que, cuando les llegara el momento, aquellos muchachos se convertirían en algo grande. Tal vez su momento llegara esa noche.

Era innegable que tenían una imagen de grupo de culto. Dos de ellos lucían boina negra, y otro llevaba barba y el pelo largo por debajo de la nuca. Pero el cuarto no aparecía. Tres cuartas partes del Bear Quartet estaban allí sentadas sobre el escenario: el batería, el bajo y el saxo tenor, pero faltaba el pianista. Debía de estar en algún lugar del club, pero nadie sabía exactamente dónde.

De pronto el saxo tenor, que era bastante alto, se levantó y empezó a avanzar entre las mesas y el público, y se dirigió directamente hacia Henry, que se estaba tomando una cerveza Kornett para apagar su sed tras la actuación.

– Tú eres Henry Morgan, ¿verdad? -preguntó el tipo desde detrás de sus gafas de sol.

– Sí, soy yo -dijo Henry.

– Conocí a tu padre. Habíamos pensado dedicarle una canción a su memoria esta noche. Era muy bueno. Uno de los mejores.

Henry no sabía muy bien qué decir. Tampoco sabía muy bien qué hacer cuando poco después volvió a subir al escenario para tocar con el grupo.

– Bueno -dijo el saxo tenor al público-, el caso es que nuestro pianista acaba de ponerse indispuesto en el bar y ha tenido que marcharse. No sabemos bien adónde -continuó-, pero por suerte hemos encontrado a alguien para cubrir su hueco, alguien a quien ya habéis visto antes. -Al parecer, era el único miembro del Bear Quartet que se dirigía al público. El batería jugueteaba con las baquetas por encima de la cabeza, mientras que el bajo se apoyaba con aire meditativo en su contrabajo. Henry estaba nervioso, pensando que se olvidaría de los acordes garabateados en un trozo de papel que descansaba sobre el piano-. Esto va a ser un poco ad lib -dijo el tenor al público-. Ya saben, improvisado. Vamos a empezar con una pieza titulada «The Baron», que está dedicada al Barón del Jazz.

El saxofonista dio la entrada al cuarteto, y empezaron a tocar. Era un tema suave y elegante, justo como Henry quería que sonara, y solo se perdió en una ocasión. Tras un largo solo de saxo, volvió a entrar y lo hizo realmente bien. El público vibraba y aplaudió con ganas. Henry continuó tocando toda la noche con el Bear Quartet, tomándose todo aquello como la gran oportunidad que en realidad era.

La velada llegó a su fin a eso de las dos de la madrugada. Solo quedaba un puñado de auténticos entusiastas cuando el saxofonista con boina y gafas de sol tocó el último solo, al más puro estilo vanguardista.

A Henry le invitaron a una Kornett, y se sentó a una mesa con un cigarrillo para relajarse un poco. Se sentía exhausto, y aún no comprendía muy bien el alcance de todo aquello.

– Ha salido condenadamente bien, muchacho -dijo el saxo tenor sentándose a su mesa-. Me llamo Bill.

Se estrecharon la mano, y el saxofonista llamado Bill se echó a reír, revelando una gran dentadura blanca en medio de su cara sin afeitar. Fue en ese momento, lejos de las luces del escenario, cuando se quitó las gafas de sol para apoyar un momento la fría botella de cerveza contra sus párpados.

– Una gran noche, Bill -dijo una chica en la oscuridad-. Una gran noche.

– Claro -dijo Bill-. Creo que no conocéis a Henry Morgan -continuó, señalando a Henry con la cabeza-. Ha sido nuestro ángel de la guarda esta noche. Te presento a Eva y a Maud.

La chica llamada Eva se acercó a la mesa de los músicos llevando consigo a la llamada Maud. Las dos parecían tener la edad de Henry, auténticas chicas dixieland con pantalón elástico negro y jersey islandés. Seguro que también llevan trencas con capucha cuando hace frío, pensó Henry.

– Se te ve muy gracioso con esa corbata -dijo Eva. Henry se sintió un tanto avergonzado y ofendido, y ella lo notó inmediatamente-. No te lo tomes a mal. Bill no tiene mucho mejor aspecto.

– Bueno… ¿qué hacemos ahora? -dijo Bill.

– Podemos ir a mi casa, si queréis -dijo la chica llamada Eva mirando a los que estaban en la mesa.

– Pues claro que queremos -dijo Bill-. ¿Tú qué dices, Henry?

– Muy bien -contestó Henry-. Pero antes tengo que comprar cigarrillos.

Se acercaron a los otros miembros del cuarteto, que estaban bebiendo una botella de vino con un aspecto aún más introspectivo si cabe, y Bill estableció la hora del siguiente ensayo. Después dijo algo sobre Henry que este no pudo oír.

Aquella madrugada de principios de marzo hacía un frío desapacible y opresivo. Eva y Maud, efectivamente, llevaban trencas con capucha, pero aun así tenían frío. A aquellas horas no había autobuses ni tranvías, pero por suerte Eva vivía en Odenplan, así que solo tuvieron que subir por la calle Drottning. Estaban hablando de París; todos habían estado allí… salvo Henry.

– París es la ciudad, sin duda -decía Bill tiritando-. Allí nunca hace este jodido frío. Y si hace una noche fría, siempre hay un montón de bares para entrar en calor. Mucho calor…

– El pasado otoño vi una noche a Sartre -dijo Eva-. Era muy bajito y encantador.

– Sartre es lo más fuerte -dijo Bill-. Las manos sucias, ¡joder, menuda obra! Tan poderosa…

– ¿Has leído algo de Sartre? -preguntó la chica llamada Maud, cogiendo a Henry del brazo.

– Leo muy poco -dijo-. Bueno… Damon Runyon, quizá. Ellos y ellas, ese me gusta.

Comprendió que Bill y aquellas chicas no eran como la gente con la que estaba acostumbrado a tratar. Eran gente muy puesta, que había leído a aquel francés pelmazo del que siempre hablaban los profesores en el instituto. Henry leyó Ellos y ellas y le pareció bueno, pero nunca había abierto un libro de Sartre. Y tampoco pensaba que fuera a hacerlo nunca.

– Ellos y ellas no está mal -dijo Bill-. Pero tienes que leer a Sartre. Las manos sucias. Si lees a Sartre, entenderás mejor de qué va el jazz.

– ¿Y eso? -dijo Henry un tanto molesto.

– Bueno… trata de los temas fundamentales. Como el jazz auténtico. No el dixieland. ¿Sabes?, sientes que tienes que elegir una cosa u otra. Te enfrentas a una elección con varios caminos que pueden ser el correcto, y te sientes angustiado porque justo en ese momento no sabes qué camino tomar. El que parece bueno hoy puede ser erróneo mañana, y te quedas allí plantado como un idiota, desconcertado. Siempre y cuando no creas en Dios, claro está.

– Me duele el estómago -dijo Eva-. Me duele el maldito estómago.

– Es por el frío -dijo Bill metiendo una mano por dentro de su trenca-. Ojalá estuviéramos en París.

El apartamento de Eva era frío y anticuado. Encendieron inmediatamente la estufa, usando cajas de azúcar vacías. Bill empezó a hojear uno de los muchos libros que había de Dostoievski, y Henry echó un vistazo a los discos. Enseguida se sintió como en casa.

La chica llamada Maud trajo una bandeja con tazas de té y panecillos suecos y la colocó enfrente de la estufa.

– ¿Qué haces cuando no estás tocando? -le preguntó a Henry.

– Todavía voy al instituto -dijo Henry, irguiéndose un poco.

– ¿Cuántos años tienes? -preguntó ella un tanto sorprendida.

– En junio cumpliré dieciocho.

– ¡Un pipiolo! -gritó Bill-. Tienes toda la vida por delante.

– Y tú, ¿cuántos años tienes?

– Eso no se le pregunta a una señorita -dijo Maud.

– Estos vejestorios tienen veinticinco años -dijo Bill-. Ya están muy pasadas.

Maud sonrió y se fue a la cocina a decirle algo a Eva. Henry supuso que tenía que ver con él, porque ambas se echaron a reír. Se sintió definitivamente como un pipiolo dentro de aquel grupo. Pero también se sentía como en casa.

Al cabo de un rato, Bill puso un disco de absoluta novedad en el que, según dijo, tocaba un saxofonista tenor condenadamente bueno llamado John Coltrane. Era My Favourite Things, y sonaba como algo que nunca hubiera escuchado. Los cuatro se tumbaron en el suelo delante del fuego de la estufa y cerraron los ojos para impregnarse del nuevo John Coltrane, que soplaba de forma tan elegante y vaporosa como era posible a aquellas horas de la madrugada. Bill dijo que sonaba como en París. Henry se quedó adormilado. Sintió que una mano le acariciaba el pelo, pero no se preocupó en saber de quién era. Se quedó mirando el paisaje que las llamas formaban en la estufa. Era un paisaje oscuro y ardiente de lava que latía de forma constante y cambiante. Y el aire del instrumento de Coltrane insuflaba vida a las brasas hasta llegar a ese calor blanco que convierte las ascuas en nada, en cenizas.

Hacía ya bastante que había amanecido, y Henry hubiera seguido durmiendo de no haber sido por el maldito frío. Se despertó por el castañeteo de sus propios dientes, ya que había corriente de aire por el suelo. Alguien le había puesto una manta por encima, pero no era suficiente.

Estaba tumbado en el suelo solo. Bill y Eva se habían acostado en la cama. Bill era el único músico de jazz que Henry conociera que llevaba calzoncillos largos.

Henry se arregló un poco la corbata. Se levantó casi arrastrándose, cerró el tiro de la estufa y se dirigió a la cocina. Desayunó leche de una botella de la despensa, cogió su abrigo y se marchó. En la calle se cruzó con la gente que iba al trabajo. La ciudad empezaba a despertar malhumorada por el frío, las nubes de vaho de los alientos se entremezclaban sobre las aceras y Henry se sintió lleno de vida. Con la espalda un poco rígida, pero agradablemente somnoliento y cansado.

Hundió las manos en los bolsillos del abrigo y echó a caminar de vuelta hacia Gamla Stan. De pronto, encontró en uno de los bolsillos una nota que no tenía por qué estar allí. Sacó el papel y lo leyó: «Rendez-vous hoy a las 13.00. Maud. P. D. Por mí, puedes seguir llevando la corbata. D. S.».

Henry casi se había olvidado de Maud; tampoco le prestó mucha atención cuando ella se marchó del apartamento. Se dio media vuelta y siguió durmiendo a pierna suelta en el suelo. Quizá fuera ella la que le había cubierto con la manta. De todos modos, aquello le puso contento y apretó el paso en dirección al instituto. Se preguntaba dónde estaría el Rendez-Vous y qué clase de sitio sería aquel. Sonaba a restaurante, y no le quedaba mucho dinero. Pero ya se las ingeniaría. «Señor es mi nombre, aunque la pobreza me oprima, dijo el mendigo», solía decir la madre de Henry. Y también él lo decía.

Henry no era de los que suelen llegar a la hora, pero por una vez estaba decidido a ser puntual. Saltó del tranvía en la plaza Norrmalm, caminó por la calle Bibliotek hasta la esquina con la calle Lästmakar y dobló por la subida que llevaba al Rendez-Vous. Había encontrado la dirección en el listín telefónico del instituto.

Maud no ofrecía en absoluto el aspecto que él había esperado. Incluso le llevó un tiempo reconocerla. La noche anterior parecía una jovencita dixieland, pero ahora llevaba un traje marrón con falda plisada. Se había pintado los labios de un rojo oscuro, y su pelo no era para nada negro, además de tenerlo completamente lacio. Fumaba mucho. En el cenicero había ya tres colillas, manchadas de rojo del carmín.

De hecho Maud ofrecía el aspecto que tendría una mujer de bandera con un envoltorio de lujo, como la hubiera descrito la canción de éxito. Cuando Henry la vio, sostenía un pequeño espejo y se estaba retocando los labios de un rojo intenso, justo como una mujer de bandera con un envoltorio de lujo lo haría.

Henry no tenía ni idea de adonde podía conducirle aquel encuentro. No tenía ni idea de casi nada en la vida: no era del tipo analítico, como el repelente de su hermano. Los sucesos le afectaban como le afectan a un auténtico derrotista: se limitaba a aceptar la situación como una sentencia sin juicio.

Pero al menos tenía una pista. Maud estaba allí sentada, absorta como una narcisista contemplándose en un estanque de bolsillo, y Henry se hizo una pequeña idea de que a aquella mujer le importaba sobre todo la apariencia física y no los logros personales. Podía hablar sobre Sartre y el arte, pero lo que quería era transformar los grandes pensamientos y hallazgos en cualidades físicas en lugar de acciones. Las cualidades físicas eran reemplazables, como el color del pintalabios, o como un chal que, según una determinada tendencia de moda, debía atarse de una cierta manera en la correa del bolso.

– Llegas muy puntual -dijo empujando una silla con el pie.

– ¡Qué arreglada vas! -no pudo evitar exclamar Henry.

– ¿Arreglada?

– Ayer por la noche no ibas así.

– Bueno, eso es asunto mío -contestó Maud, cortante.

– Claro. Solo pensé que…

– Puedes pedir lo que quieras. Yo invito -dijo Maud pasándole la carta.

Henry tenía las ideas muy claras acerca de cómo debía comportarse un caballero en un almuerzo con una dama, e intentó insistir en que él invitaría, pese a que apenas tenía para pagar su parte. Maud fingió no escuchar lo que le estaba diciendo, ajena a cualquier tipo de caballerosidad, y Henry lo dejó estar.

Maud tenía el pelo castaño peinado con raya en medio, bastante corto en la nuca y con dos mechones en punta balanceándose sobre las mejillas. Cuando estaba pensativa, se metía una de las puntas en la boca. Si no, se metía un cigarrillo. Fumaba más que Henry, lo cual era decir mucho. A él le costaba concentrarse en la elección de la comida; estaba totalmente hechizado ante la presencia de Maud, y no dejaba de preguntarse si el lunar que tenía en la mejilla derecha era auténtico o pintado. No se atrevió a preguntarlo.

Así se comportó durante todo el almuerzo, bajo el signo de torpe admiración de Henry el amateur. Era incapaz de explicar una sola anécdota sobre sí mismo -ni siquiera sobre el mundo del boxeo, que fascinaba increíblemente a Maud- sin pararse en mitad de una frase, mirar fijamente a Maud y después intentar retomar el hilo. No sabía si se trataba de alguna especie de amor hasta ahora desconocida para él. Pero intentó mantener el tipo como pudo, hasta que Maud puso una mano sobre la de él y le dijo:

– Henry, pareces un poco nervioso.

– Solo estoy algo cansado -repuso-. No debería haber bebido vino con la comida. Esta noche he dormido poco.

– ¿No seré yo la que te pone nervioso?

– No eres exactamente como te había imaginado.

– ¿Te he defraudado?

– Al contrario.

– Pues no pienses más en eso. Todo tiene un motivo.

– ¿Y qué hacemos ahora?

– Podemos ir a mi casa, si te apetece. Vivo cerca de aquí.

Maud pagó la cuenta, y después fueron paseando tranquilamente por la calle Birger Jara, donde Maud entró en la tienda de Augusta Jansson, como solía hacer, para comprar una bolsa de golosinas por dos coronas con cincuenta. Le encantaba el regaliz salado. A Henry le parecía maravillosamente infantil.

Maud vivía en una casa de ladrillo rojo en Lärkstan, en un piso de dos habitaciones escasamente amueblado, justo bajo los aleros del tejado y con vistas a la iglesia de Engelbrekt.

– Pon un disco -dijo-. Voy a preparar algo de beber.

Henry colgó el abrigo y la gorra en un perchero con cuatro brazos. Al hacerlo, el perchero se balanceó y quedó recostado contra la pared. Siempre pasaba eso, como aprendería con el tiempo.

Entró en la sala de estar, que tenía ventanas con parteluz y estaba amueblado con un sofá bajo, un par de sillones, un televisor y un pequeño banco con un tocadiscos y discos. El suelo estaba enmoquetado, y era la primera vez que Henry ponía los pies sobre una moqueta. Le confería una atmósfera muy especial a la sala, un ambiente íntimo y privado, relajante y excitante a la vez, como lo expresaría un catálogo de mobiliario moderno.

Había mucho jazz moderno en el montón de discos: MJQ, Miles Davis, Thelonius Monk, Duke Ellington, Charles Mingus, Arne Domnérus, Lars Gullin y Bengt Hallberg. En la parte inferior de la pila había un montón de álbumes de Elvis the Pelvis. Casi la mitad de los discos eran de música clásica, y Henry puso uno de Sibelius. No sabía mucho sobre Sibelius, solo que al finlandés le gustaba bastante empinar el codo y que murió un año antes que su padre. ¿Qué más había que saber?

Maud regresó de la cocina llevando una bandeja con whisky, cubitos de hielo, soda, ginebra y grappa. Podía escoger lo que quisiera. Henry eligió whisky.

– Ahora quiero escuchar este -dijo Maud levantándose del sofá.

Había estado tumbada con la cabeza sobre las rodillas de Henry, escuchando a Sibelius, y casi se quedan dormidos los dos. Henry se había adormilado por el whisky, y olvidó preocuparse por lo que hacían sus manos. Cuando Maud se tumbó con la cabeza apoyada en su regazo, él no había sabido qué hacer con las manos. ¿Debería acariciarle el pelo, rozarle las mejillas, posarlas sobre su pecho? Pero entonces se había quedado casi dormido, sumido en la música y sintiéndose muy relajado.

– Esta es mi canción favorita -dijo Maud, y puso «Haz girar mi mundo», de Jan Malmsjö.

La canción era todo un éxito, pero a Henry nunca le había gustado demasiado; además, nunca había estado en ningún cabaret o teatro donde se tocara ese tipo de canciones francesas. Esos lugares eran frecuentados principalmente por intelectuales que hablaban de París y de Sartre, gente como Maud y Eva y Bill del Bear Quartet.

Maud se sabía la letra y la cantó bajito, mirando a Henry sin pestañear. Él encendió un cigarrillo y pensó que la canción no estaba mal.

En esta ocasión no estaba amaneciendo, sino anocheciendo. Se habían quedado dormidos en la cama, y Henry se despertó cuando empezaba a oscurecer. Apartó con cuidado a Maud, que se había quedado dormida sobre su brazo, encendió un cigarrillo y se quedó mirando por la ventana.

Debían de ser las cinco de la tarde. La gente volvía a su casa del trabajo. Maud y Henry habían almorzado, habían ido al apartamento, se habían tomado un par de copas, escuchado música y hablado un poco sobre saltarse las clases del instituto. Después habían hecho el amor. No habían tardado ni cuatro horas en hacerlo todo. Debe de ser mi récord, pensó Henry.

Exhaló el humo hacia el techo, sintiéndose más asocial que nunca. En una época había faltado mucho al instituto, pero había sido para trabajar, entrenar boxeo o ensayar con el grupo. De pronto, todo aquello le parecía banal e inocente comparado con esto. Hasta ahora nunca se había acostado con una mujer en pleno día, y aquello le hacía sentirse muy bohemio.

El lunar en la mejilla derecha de Maud no era auténtico. Henry se lo había quitado a besos.

– Tienes que irte -dijo Maud en cuanto se despertó, se levantó y se puso un albornoz.

– ¿Irme?

– Sí, irte -contestó secamente-. No preguntes tanto, ya te lo explicaré después. Tienes que irte. Ya es muy tarde.

Henry no entendía en absoluto lo que estaba pasando. Le parecía que aquella chica cambiaba de humor muy deprisa. ¡vete! Sonaba como una orden. ¡vete! Con un gran signo de exclamación.

– ¿Estás casada? -le preguntó mientras se ponía los pantalones.

Maud se echó a reír, no con una risa nerviosa ni maliciosa, sino con una risa franca y cálida.

– No me había dado cuenta antes -dijo sin dejar de reír-. No me había dado cuenta de que llevas una bragueta con botones.

Henry también rió y empezó a toquetearse la bragueta más de lo necesario.

– No, jovencito -dijo Maud-, no estoy casada. -Alzó su mano izquierda para mostrar que no llevaba anillo. Llevaba otros muy elegantes, pero ninguno de casada-. No estoy casada y tampoco pienso hacerlo, al menos de momento.

Henry se sentó en el borde de la cama y se puso la camiseta y la camisa, abrochándose los botones más despacio de lo necesario.

– ¿Estás enfadado? -preguntó Maud.

Él contempló su espalda mientras se peinaba sentada frente al tocador. Tenía un porte magnífico, como una amazona erguida de uno de los cuadros que había en casa del abuelo en la calle Horn.

– Claro que sí. No me gusta que me echen.

– Nadie te está echando, Henry, pero tienes que irte.

– ¿No puedes decirme por qué?

– Ahora no. No lo entenderías. Más adelante. En otro momento.

– Muy bien -dijo Henry, abatido-. Me voy, pero…

– ¿Pero…?

– Pero no pienso volver.

– ¡No digas tonterías! -dijo Maud, sin parecer preocupada en lo más mínimo.

La amenaza no cuajó, ya que Henry no logró que sonara convincente porque él mismo no estaba convencido.

– All right, he dicho una estupidez -reconoció.

Maud se volvió de espaldas al espejo del tocador cuando él empezó a hacerse el nudo de la corbata.

– Esa corbata… -empezó-. Puedo darte una nueva, si quieres.

– ¿Tienes corbatas en casa? ¿Y no estás casada? Realmente eres bastante excéntrica.

Maud se echó a reír de nuevo con su risa desenfadada.

– Mira en ese cajón -dijo señalando un cajón de la cómoda que había debajo de la ventana que daba a la iglesia.

Henry encontró que estaba lleno de corbatas, corbatas exclusivas de Morris & Silvander, así como de Inglaterra y de Francia. Corbatas caras, sin las arrugas ni los pliegues de los nudos que llevan hechos varios días.

– Debe de cambiarse de corbata cada día, como mínimo -dijo Henry-. Además, tiene muy buen gusto. Un buen sueldo, viaja mucho, y mide alrededor de un metro ochenta, descalzo.

– Perry Mason nunca se pone celoso -dijo Maud.

– Ni yo tampoco. Solo soy curioso por deformación profesional.

Era curioso por deformación profesional, y también un mentiroso de cuidado. Por supuesto que Henry estaba celoso, pero no sintió aquella punzada en el pecho que había experimentado anteriormente. Esa vez era diferente. Maud era una mujer adulta, de veinticinco años, aun cuando con unos suaves brochazos muy bien estudiados y calculados, unos cuantos toques de pintalabios y la ropa adecuada podía parecer una quinceañera. También podía comportarse como una señorita y una chiquilla al mismo tiempo. Henry no lograba entenderla, y tampoco podía comprender sus sentimientos hacia ella. El amor era odio y celos, pero él nunca había sido capaz de experimentar una pasión ciega hasta que se encontró en la misma cama con ella, la vio retorcerse debajo de él y la contempló asombrado como un niño. Ahora solo le quedaba su sabor en la boca. De repente, ella se había convertido de nuevo en una criatura práctica, racional y sin sentimientos.

– Bueno… ¿Quieres una corbata sí o no?

Henry se había sumido en una especie de compostura pragmática y mantuvo su actitud desinteresada.

– No quiero ninguna corbata. La mía ya sirve. No quiero ir por ahí con la ropa de otro. ¡Especialmente la de él!

– Pero si tu camisa está hecha polvo… -dijo Maud-. ¡Mírate los puños!

Henry se examinó los puños por encima de la muñeca. Efectivamente, estaban muy gastados.

– ¿Y qué? -preguntó enojado.

– Toma -contestó Maud sacando del armario una camisa que olía a recién planchada-. Ponte ésta.

Era una elegante camisa de algodón a rayas, y Henry no pudo resistirse. Siempre le habían gustado las camisas recién planchadas, y en este caso la prenda parecía algo menos personal que la corbata. Una corbata es como una firma, como una placa sobre la camisa. Una corbata dice más de su propietario que la pechera misma. Henry no se dio cuenta de que llevaba las iniciales W.S. bordadas bajo el cuello de la camisa, ni de que estaba confeccionada en Inglaterra y era una prenda muy exclusiva.

– Muy bien -dijo cuando estuvo completamente vestido-. Me voy.

Maud salió del cuarto de baño y le dio un abrazo, demasiado ligero y superficial. Él empezó a morderle el cuello, pero ella se liberó de sus brazos.

– ¿Puedes venir el domingo?

– ¿Se habrá ido ya?

– Déjate de tonterías -contestó ella irritada-. No pienses más en él.

– Así pues, el domingo por la mañana. Temprano.

– Temprano -repitió Maud-. Despiértame y desayunamos juntos.

Ya en la escalera, Henry descubrió que llevaba algo en uno de los bolsillos del abrigo. Se trataba de una estilizada pitillera oval de plata. Estaba llena de cigarrillos largos. En la tapa llevaba grabadas las iniciales W.S. Qué manía con lo de meterle cosas en los bolsillos, pensó Henry, mientras encendía un Pall Mall libre de impuestos. Sabía de maravilla.

Al salir a la calle, Henry tuvo la sensación de que algo extraño pasaba. Aquella mañana de domingo se había vestido rápidamente porque iba a desayunar con Maud, y procuró no despertar a Leo ni a su madre. No tenía ganas de que le bombardearan a preguntas, y se escabulló.

Pero en la calle flotaba una sensación extraña, y en la estación de metro de Slussen había bastante ajetreo. Familias enteras estaban en el andén con cestas de comida, periódicos matutinos, bolsas y mochilas; los críos gritaban y chillaban, sosteniendo pelotas de fútbol y cuerdas de saltar. Al principio Henry pensó que se trataba de gente normal que aprovechaba el domingo para irse de excursión, ya que ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que se había levantado tan temprano un domingo por la mañana.

Llegó el metro y los vagones se llenaron de gente bulliciosa. Henry se encontró arrinconado por una anciana sonriente que llevaba una gran cesta y sus cuatro nietos.

– Hemos salido bien de tiempo -dijo la anciana-. Escopeteados, como suele decirse -añadió, cabeceando conspiratoriamente.

El vagón entero parecía bullir en un aquelarre de complicidad. Henry no entendía en absoluto de qué iba todo aquello, por qué estaban todos tan excitados. Lo que él tenía era sueño, y a punto estuvo de quedarse dormido porque el tren permaneció bastante rato parado en la estación.

Por fin el tren empezó a traquetear a paso de tortuga sobre el puente hacia Gamla Stan, y entonces, de repente, sonó el disparo de salida, o la señal de inicio, o como quiera llamársele. Toda la ciudad empezó a gritar, bramar, chillar, silbar, y Henry se despertó de golpe. No entendía lo que estaba pasando. Se quedó jadeando como un bobo, mirando hacia Riddarfjärden completamente atónito.

Todas las alarmas de la ciudad, el sistema conocido como «Fredrik el Afónico», se pusieron en marcha de repente. Sirenas de ataque aéreo que gritaban de terror y anunciaban guerra y apagones y racionamiento. Un respetable padre de familia bajó una ventanilla y asomó la cabeza, porque el tren se había detenido en medio del puente.

– ¿Le ha despertado la alarma telefónica? -preguntó la anciana de la cesta de comida.

– ¿La alarma telefónica? -repitió Henry.

– Entonces deben de haber sido los altavoces de la furgoneta -dedujo la anciana, cabeceando de nuevo con aire conspiratorio.

Henry, muy lentamente, empezó a entender lo que estaba pasando. Aquello ocurrió mucho antes de Henri le boulevardier, el lector de periódicos, mundano, libertino y vividor. En esa época Henry estaba flotando en una nube de atracción y deseo por Maud, soñando despierto en el instituto y tocando el piano hasta bien entrada la noche. No estaba al tanto de lo que acontecía, y no sabía que justo aquel domingo era el día del gran simulacro de evacuación. Todos los habitantes de Estocolmo -tal como habían ideado y planificado el vicegobernador y sus ayudantes desde sus seguros cuarteles generales- debían salir en desbandada hacia los refugios, el metro y los autobuses para ser evacuados hasta la zona rural de Uppland. No se trataba de Si estalla la guerra. Era como si la guerra hubiera estallado de verdad, al menos para los dirigentes en el centro de operaciones para la evacuación. Sin embargo, el pánico y el miedo a la guerra no parecían especialmente evidentes entre los pasajeros del vagón: era más un ambiente de carnaval, de participar en un gran evento propagandístico o de asistir a una excursión de domingo gratuita. La gente se apretujaba con sus balones de fútbol, cestas de comida y termos, hablando y bromeando en un ambiente cordial.

Cuando el tren entró en la estación de Rådmansgatan, un murmullo se extendió desde el andén hasta el interior de los vagones. Empezó a correr el rumor de que el rey, Su Majestad el rey Gustavo Adolfo VI, así como embajadores, príncipes y princesas de tez oscura, estaban de camino. El vagón se llenó aún más, si es que aquello era posible. Henry estaba ahora apretujado en un rincón y, caballero como era, tenía la cesta de la señora mayor en los brazos. Había observado que todos los hombres, todos los varones cabales, se comportaban de forma atenta y caballerosa con las mujeres y los niños, interpretando el papel de héroes experimentados y criticando a los dirigentes del centro de operaciones para la evacuación por su mala planificación. Los hombres contaban historias sobre su servicio militar y les parecía que todo se estaba haciendo muy lentamente: aquello no funcionaría si la cosa iba alguna vez en serio.

– El rey -dijo la anciana, asombrada y con los ojos brillantes-. El rey…

– Solo es un rumor -dijo Henry.

– Seguro que nunca ha viajado antes en metro.

– Supongo que no. Pero yo tengo que bajar ahora -añadió intentando devolverle la cesta a la anciana.

– ¿Bajar? -dijo la señora de nuevo asombrada-. Pero este tren va hasta Hässelby. Desde allí tomaremos un autobús hasta el campo.

– Tengo que bajar en Odenplan -dijo Henry, porque había pensado ir andando por la calle Oden hasta Lärkstan, donde Maud vivía. No tenía ninguna intención de viajar hasta Hässelby.

Se abrieron las puertas y el andén estaba lleno de gente que empujaba, porque todos querían entrar y nadie salir. Henry no se podía mover. Intentó revolverse y avanzar, pero estaba atrapado en un amasijo de carne de evacuación.

– ¿Qué intentas hacer, muchacho? -preguntó uno de aquellos héroes, un padre de familia orgulloso de su voz de barítono.

– Quiero bajar aquí -repuso Henry tranquilo.

– ¿Bajar? -exclamó Voz de Barítono-. Maldita sea, chaval, vamos a Hässelby y después continuamos en autobús hasta el campo. ¡Aquí no se baja nadie!

Henry empezaba a desesperarse. La gente del andén seguía empujando hacia dentro y no pudo apearse allí. Cuando por fin comprendió que solo era un prisionero de unas maniobras de evacuación, volvió a cogerle la cesta de comida a la anciana y suspiró profundamente. Lo único que quería, lo único en que había estado pensando en los últimos días, era ver a Maud. Y justo cuando estaba a punto de bajar de aquel maldito vagón de metro, toda la ciudad se había puesto a jugar a la guerra, fingiendo que todo Estocolmo debía ser evacuado. Henry se echó a reír. Rió tanto que el sudor empezó a caerle por la frente, y la anciana lo miró desde abajo un tanto incómoda mientras Voz de Barítono lo observaba desde arriba cabeceando.

Henry viajó aprisionado en el vagón hasta llegar a Hässelby. Para entonces, la «guerra» ya estaba en pleno apogeo. En silencio, había pronunciado para sí todos los juramentos habidos y por haber, y estaba terminantemente decidido a coger el primer metro de regreso. En cuanto puso el pie en el andén, Voz de Barítono le agarró.

– Eh, muchacho, ¿puedes echarme una mano? ¿Te importa? -dijo señalando la maneta de un enorme baúl que había llevado consigo en el metro.

– ¿Qué hay dentro? -preguntó Henry.

– Ropa, utensilios de cocina, artículos de primera necesidad -dijo solemnemente Voz de Barítono-. Estoy haciendo una prueba.

– Vaya -dijo Henry.

Voz de Barítono parecía tan grave y serio que Henry no se atrevió a negarse. Juntos llevaron el pesado y aparatoso baúl hasta la plaza, donde había gran cantidad de autobuses esperando. Voz de Barítono dio a su mujer y a sus tres hijos unas breves y precisas instrucciones, izquierda y luego derecha, de lo que debían hacer para llegar a su autobús. Al parecer, le gustaba dar órdenes. Metieron el baúl en el portaequipajes del autobús y Voz de Barítono intercambió unas palabras con el chófer acerca de las características generales del vehículo y cuáles de estas no le parecían especialmente satisfactorias. A Voz de Barítono también le gustaban los autobuses.

– ¿Estamos todos? -gritó echando un vistazo al interior del vehículo.

Toda su familia contestó al unísono: «Sí». Al momento, las demás familias siguieron su ejemplo, con los padres preguntando y los niños y las esposas respondiendo. Aquello se convirtió en un hervidero de gritos.

Henry emprendió el regreso hacia el metro. Justo en la entrada de la estación se encontró con Leo y Verner. Habían cogido el siguiente convoy después del de Henry e iban equipados hasta los dientes. Verner se había tomado completamente en serio aquello de la evacuación, y Leo se limitaba a acompañarlo. Llevaban en la mano el folleto de Si estalla la guerra, y le mostraron que llevaban consigo todo lo que debían llevar. Parecían muy satisfechos con toda la operación y desaparecieron entre la multitud de evacuados. Henry cogió el tren de vuelta hasta Odenplan. Iba a llegar muy tarde.

Maud no estaba en casa. Henry llamó una y otra vez al timbre de la puerta, pero nadie contestó y empezó a proferir juramentos de nuevo hasta que se puso a sudar otra vez. Maldijo todas las guerras y a todos los héroes de pacotilla que iban por ahí con baúles llenos de plomo, y odió a todo Estocolmo como si fuera la peste. Tenía ganas de marcharse de allí. A París. Allí era adonde iría, antes o después. Allí no te jodían con jueguecitos de guerra. Si allí estallaba alguna guerra, era de verdad.

Henry suspiró por vigesimoquinta vez aquel día y, resignado, empezó a bajar la escalera. En el portal, la fortuna le acompaño: oyó voces que procedían del sótano. La necesidad es la madre del ingenio y de algunos inventores. Henry ató cabos y dedujo que también los habitantes del edificio estarían en el sótano jugando a la guerra.

Así era. Henry bajó al sótano y allí estaban todos los inquilinos, tomando café con pastas y pasándolo en grande. Dieron a Henry una calurosa bienvenida.

– Es tan excitante esto de la guerra… -le susurró Maud al oído-. Es como si tuviéramos solo unas horas antes de que partas hacia el frente.

– Eso es exactamente lo que es -dijo Henry.

– Muy bien, señoras y señores -dijo el conserje del edificio, alzando ligeramente la voz-. Todo ha salido muy bien, y me gustaría dar las gracias a la señora Lindberg por sus deliciosas pastas y a las señoras Bäck y Hagström por el café. Esperemos que nunca tengamos que pasar por esto en la realidad, pero de este modo nos hemos conocido mejor unos a otros en la vida civil. Esto es lo más importante que hemos aprendido.

Los invitados -es decir, los evacuados- aplaudieron con efusión el breve discurso del conserje, y la maniobra se dio por finalizada oficialmente. Maud y Henry subieron al apartamento. Mientras Henry colgaba el abrigo en el perchero, que se tambaleó contra la pared, Maud ya iba camino del dormitorio.

Era una mañana a finales de abril de 1961 -la mejor época de aquella extraña relación-, y después de desayunar Maud se había sentado en el suelo delante del televisor, con el albornoz puesto y una taza de té entre las piernas. Henry estaba completamente absorto viendo cómo el buque real Wasa emergía de las aguas. Se pudo ver cómo Fälting, el jefe del comando de submarinistas, jadeaba en busca de aire a través de su tubo, y a la banda de la marina entonar una pieza musical con renovado vigor. La gente vitoreaba y aplaudía. Los cámaras de televisión en Lodbrok no paraban de filmar.

Para casi todo el mundo, aquello era una revelación que emergía desde las profundidades de la historia de hacía trescientos treinta y tres años: un casco de roble chorreante de limo y agua, lleno de cañones, barriles de aguardiente, monedas de cobre, vasijas de cerámica, jarras de vidrio soplado, cubiertos y esculturas. Y, mientras emergía a la superficie, era como si se oyeran las órdenes y contraórdenes proferidas por el capitán de fragata, lanzadas cuando el navío se dirigía hacia la bocana del puerto en plena guerra de los Treinta Años en Estocolmo. El agua había empezado a entrar por las cañoneras y el pánico se desencadenó con toda su virulencia. La catástrofe fue inevitable.

Pero para Henry aquel no era un momento de revelación. En absoluto. Más bien, todo lo contrario. Cuando el buque real Wasa emergió a la superficie aquel día, él estaba completamente absorbido por el acontecimiento histórico, pero a sus ojos no era algo que estuviera siendo sacado del pestilente cieno de las profundidades. En su lugar, algo se estaba sumergiendo, hundiendo, siendo consignado para la historia. Contemplaba aquello con su insaciable curiosidad, pero sus pensamientos estaban lejos, muy lejos. Estaba pensando en el Arca, el barco que habían intentado construir en la isla de Storm. Su abuelo materno, el constructor de barcos, puso el proyecto en marcha y todos los veranos trabajaron en aquella nave con la que pensaban dar la vuelta al mundo. Henry leía acerca de Joshua Slocum y Hornblower y se sumergía en sus ensoñaciones. Mientras soñaba iba cepillando todos los maderos, haciendo encajar cada vez más las juntas, hasta que se produjo la catástrofe y todo terminó allí en la isla de Storm.

El Arca nunca llegó a acabarse. Permanecía aún en uno de los cobertizos, a medio terminar, descarnada e irreal, como un monumental esqueleto de alce que encuentras en el bosque y cuyas entrañas han sido devoradas por los zorros hasta dejar sus costillas desnudas y apuntando hacia el cielo como las cuadernas de una quilla. El Arca seguía en la isla de Storm, donde los últimos componentes de la familia de su madre vagaban perplejos y confusos como locos degenerados, esperando a los visitantes estivales, el correo y las provisiones frescas. Henry había albergado el sueño de volver algún día, como si nada hubiera ocurrido, dar aguardiente a su abuelo hasta emborracharlo, insuflarle algo de vida al viejo, hacer que se pusiera los malolientes calzoncillos largos y llevarlo hasta el cobertizo para acabar el Arca. Pero el agua que rodeaba la isla de Storm estaba envenenada para siempre, pútrida y estancada en las ensenadas, donde flotaban las algas muertas que se descomponían lentamente en la profundidad, en la oscura profundidad. El Arca permanecería por siempre como un esqueleto de alce, descarnado por voraces hienas que dejaron sus costillas apuntando hacia el cielo como las cuadernas de una quilla, como una acusación, como un recordatorio de la tristeza y de la imposibilidad del descanso eterno.

Solo entonces, mientras estaba tumbado junto a Maud viendo cómo el buque real Wasa afloraba a la superficie en medio de los vítores del gentío, pudo Henry hundir el Arca, dejar que llegara hasta el fondo, posarse sobre la tumba de cieno que había dejado vacante el Wasa. El sueño del Arca pertenecía a su infancia, y Henry quería dejarlo atrás porque en ese momento se sentía fuerte y ebrio de amor.

Henry empezó a reír cuando de pronto cesó la música y la multitud se quedó callada. Durante un perturbador instante todos se quedaron en silencio, como preguntándose: ¿Qué es lo que hemos hecho?, casi avergonzados por haber despertado a una dama de su letargo de trescientos treinta y tres años, en el que hubiera preferido seguir. Henry reía cada vez más fuerte, hasta que la risa dio paso a un callado sollozo; las lágrimas empezaron a aflorar de sus ojos y se sintió liberado, limpio y exonerado.

El apartamento estaba lleno de narcisos trompeta amarillos, que desprendían un fuerte olor a martirio y a sufrimiento. Henry había sufrido, y creía que siempre iba a sufrir, que nunca alcanzaría el perdón y el consuelo del gran amor. Pero ahora le había llegado, mientras permanecía allí sentado mirando cómo sacaban a la superficie un barco antiquísimo. Los narcisos olían a sufrimiento, pero Maud olía a vida y a deseo.

Ella no notó que había estado llorando cuando él se le acercó por detrás. Estaba tumbada sobre la moqueta frente al televisor con la vista fija en el buque real Wasa, mientras Henry descubría cuidadosamente su cuerpo, del modo en que solo puede descubrirse el mascarón de proa de un viejo balandro hundido.

Henry iba al instituto Södra Latin. Había ingresado como un joven pupilo varios años después del suicidio de su famoso alumno Stig Dagerman, y el pánico que le habían producido la película Hets y el libro La serpiente aún acechaba en las sombras terroríficas que la barandilla de hierro forjado proyectaba sobre las paredes. Henry había crecido en sus filas de muchachos sometidos a la rígida disciplina docente, en las colas de gruesos jerséis y cazadoras de gamuza y cuellos bien restregados, muchachos que con los años se van haciendo más grandes y fuertes, sus cazadoras son reemplazadas por abrigos y juegan a ser hombres jóvenes que van a los bares y fuman. Rondaban por los alrededores de la escuela para señoritas de la calle Göt, a la que asistían las muchachas de las zonas residenciales al sur de Söder, que se asomaban y se reían detrás de las cortinas a la espera de ser invitadas al baile del Södra Latin. Era este un instituto lleno de disciplina y rituales masculinos, e imagino que a Henry le fue bastante bien allí. Era pianista y boxeador, pero también fue uno de los que más ruidosamente celebró la llegada, gracias a la nueva ordenanza docente asistida por el derecho parlamentario, de la primera jovencita que cruzaría con sus delicados pies las macizas puertas de aquel instituto para recibir una enseñanza que hasta entonces solo estaba reservada a varones. Aquello fue en el otoño de 1961.

Pero en la primavera de aquel último año de instituto exclusivamente masculino, Henry deambulaba por los pasillos silbando «Tutti Tutti», y se dormía más profundamente de lo habitual durante las clases. El joven Morgan estaba disfrutando de una vida azarosa con una mujer madura.

Su cuarteto, claro está, debía actuar en las fiestas de graduación. Morgan no quería ni pensar en cómo podría soportar otro año más allí cuando aquellos vocingleros recién graduados atravesaron corriendo las pesadas puertas y descendieron al trote las escaleras que había bajo el reloj del instituto, borrachos y alegres, con las lágrimas mezclándose con polvos de tocador, perfume y ponche. Los orgullosos padres daban instrucciones al cuarteto sobre cómo debían sentarse en el tradicional camión que, a modo de carroza, llevaría a los homenajeados por la ciudad, y también que no empezaran a tocar antes de tal o cual momento, pero Henry se pasaba todo aquello por el forro. Tenía que tocar la guitarra porque nadie se atrevía a subir el piano a la caja del camión, y eso lo había puesto de muy mal humor. Por eso le traía sin cuidado si la actuación gustaba o no a quienes la pagaban. Había decidido que esa noche comería y bebería cuanto pudiera, completamente gratis, y después se dirigiría a casa de Maud. Ella se marchaba. Había llorado y había hecho llorar también a Henry. Maud se marchaba y estaría fuera todo el verano.

El cuarteto de Henry tocó todo el repertorio previsto de canciones estudiantiles, y nadie notó lo desafinados que sonaron ni le importó a nadie. Uno de los graduados, un anodino muchacho de Enskede, dio una gran fiesta en su casa. El grupo tocó en ella, y durante las pausas Henry engullía cuanto podía, siempre acompañado de una buena copa situada tras el atril del piano. Se trataba del típico piano de fabricación en serie, comprado para aparentar, que le habían prestado y estaba completamente desafinado.

Después del banquete habría un baile, y todos coincidieron en que querían bailar swing y foxtrot y Elvis, así que el cuarteto podía marcharse. Henry recibió cincuenta coronas del orgulloso padre que, lloroso, agradecido y solemne a la vez, intentó articular unas cuantas frases corteses de agradecimiento hacia los músicos y les deseó buena suerte para el futuro.

Henry consiguió que lo llevaran hasta Hötorget en el coche de unos familiares igualmente llorosos y sentimentales, que llevaban sus birretes de graduación amarilleados por el tiempo. Tomaron por la carretera del túnel, y justo en su interior Henry empezó a silbar «Haz girar mi mundo». El eco hizo que sonara grandiosa, como anunciando una despedida final y definitiva.

Maud llevaba puesto un traje, un traje muy elegante, y un chaleco de polo. Al momento, Henry comprendió que «él» había estado allí. Henry estaba un poco borracho y desesperado, pero intentó ocultarlo. No quería estropear aquella noche, que sería la última durante un período indefinido.

– Pero no se trata de «un período de tiempo indefinido» -dijo Maud, imitando el tono enojado de Henry-. Volveré en agosto o septiembre.

– No me has dicho ni siquiera adónde vas -dijo Henry, hundiéndose en el sofá sin prestar atención al tocadiscos. Estaba harto de música, cansado, hastiado de cualquier tipo de sonido.

– Por cierto, ¿cómo ha ido la fiesta?

– ¿Qué más da? -gruñó Henry-. ¿Tienes algo de beber?

Maud fue a la cocina y regresó con una bandeja con ginebra y grappa.

– No bebas demasiado -dijo.

Henry cogió un paquete de John Silver, encendió un cigarrillo y se recostó en el sofá.

– No utilizas la pitillera… -dijo Maud-. ¿La has vendido?

– No la he vendido -dijo Henry, algo incomodado-. Pero la he empeñado. En cuanto consiga un poco de dinero la recuperaré.

– No importa -repuso Maud-. Tal vez tenía que ser así… De todos modos, ya lo sabe todo.

– ¿Y…?

– Le da igual. O al menos eso dice.

– ¿Te vas con él?

Maud asintió con la cabeza y se sirvió un trago corto. En el estado en que se encontraba, Henry no estaba especialmente inquisitivo. Solo sentía una leve y amortiguada sensación de celos, porque ya desde el principio había recibido un ultimátum y sabía que nunca conseguiría tenerla para él solo. W.S. estaría siempre allí como una sombra, una eminencia gris que nunca dejaría una tarjeta de visita completa. Henry había acabado por acostumbrarse a ello. No amaba a Maud de aquella forma apasionada con que imaginaba que debía hacerlo. La amaba de una manera completamente diferente, tal vez de un modo más serio y profundo que aún no lograba entender, y que tampoco quería entender.

Maud había decidido poner todas las cartas sobre la mesa, proporcionarle a Henry todos los datos sobre el caso, explicarle quién era W.S. y por qué ella los necesitaba a los dos.

Érase una vez, hace muchos años, un enorme baúl americano y un par de maletas en un sofocante vestíbulo, lejos, muy lejos. Maud había colocado con sumo cuidado las etiquetas con su nombre y después la palabra «Suecia». Durante mucho tiempo se estuvo preguntando por qué había escrito «Suecia», porque del mismo modo podría haber puesto «Yakarta» o «apátrida», porque así era como en realidad se sentía. Había vivido en tantos lugares que ya no se sentía sueca. Pero en ese momento el destino era «Suecia», justo en aquel fatídico día de hacía ya tanto tiempo.

Maud y todo el mundo sabían que su madre se olvidaba fácilmente de las cosas. Se debía a las pastillas que tomaba para los nervios. Si le decías algo por la mañana, a la hora de comer ya lo había olvidado. No siempre era así, pero casi. En ese momento no recordaba dónde estaba el padre de Maud. Esta le contestó que estaba en la Casa de Té.

Su madre se veía un tanto demacrada, aunque todavía conservaba gran parte de su encanto. Era la más hermosa de todas las esposas de los diplomáticos de Yakarta, incluidas las femmes fatales de la delegación francesa. De alguna manera, la madre de Maud había sido víctima de su propia belleza: la había hecho infeliz.

Le pidió a Maud que le sirviera una copa, una suave, porque ya habían dado las dos de la tarde. Le preguntó a su hija si sabía algo de Wilhelm.

Maud se dirigió hacia el carrito del té con las bebidas que estaba apoyado en la pared, cerca de la ventana. Miró hacia fuera, pero solo vio lluvia, la lluvia del monzón que caía sin cesar desde hacía una semana. Claro que sabía algo de Wilhelm. Había ido a la Casa de Té con papá. Querían comprar porcelana, y regresarían sobre las tres.

La madre de Maud se sentía molesta. No sabía si era por la lluvia, pero suponía que debía de ser eso. Le dolían los hombros, lo cual se debía probablemente a la humedad. Se sentía molesta y también quería volver con ellos a Estocolmo. En Suecia era primavera, y podías comer alcachofas en las terrazas de los restaurantes. Echaba de menos las verduras suecas.

Su madre seguía parloteando, pero Maud no la escuchaba. Solo escuchaba la lluvia incesante, mientras intentaba discernir si se sentía nerviosa por el viaje y añoraba el «hogar» en Suecia, o si realmente echaba de menos algo de allí, pero no logró dar con lo que podía ser.

Aproximadamente al mismo tiempo que Maud colgaba su ropa en el gran baúl americano con la etiqueta «Suecia» y colocaba sus últimas cosas en las maletas, su padre, consejero de la embajada sueca en Yakarta, y su gran amigo Wilhelm Sterner estaban sentados en la Casa de Té charlando. La Casa de Té era el nombre de un pequeño refugio, o, mejor dicho, una cabaña de sencilla construcción, que habían alquilado para escapar de la ciudad de vez en cuando. Estaba ubicada en la ladera de una montaña a las afueras de un pequeño pueblo situado a unos treinta kilómetros al sudeste de Yakarta.

Las magníficas vistas daban a un extenso valle y a un antiguo y extinto volcán. El bosque tropical trepaba por las laderas del volcán en colores verdes apagados; densas nubes rodeaban la cima y ocultaban un monasterio budista. Más de una noche habían permanecido sentados allí, escuchando a los animales, bebiendo whisky y conversando.

Wilhelm Sterner y el consejero eran viejos compañeros de estudios. Los dos habían estudiado derecho y se habían especializado en derecho internacional, y ambos habían acabado en el cuerpo diplomático, la buena vida. Ahora, en el año 1956, Sterner había aceptado una propuesta para ocupar un alto cargo en el sector privado. Iba a dejar la buena vida diplomática y regresaba a casa, a Suecia. Pero el consejero pensaba seguir con su carrera.

Estaban sentados en la terraza de la Casa de Té, charlando acerca de la lluvia tropical. Sin duda duraría un par de semanas más, y Wilhelm Sterner no veía ninguna objeción en volver a casa. Prometió cuidar de Maud. El consejero se lamentaba: le parecía que se había alejado mucho de su familia y que las cosas no marchaban como deberían.

Wilhelm Sterner estaba algo incómodo. Nadie podría decir si el consejero sabía lo que los demás sabían: era, en cierto sentido, un idealista como Dag Hammarskjöld. El consejero y Hammarskjöld habían coincidido en Nueva York, y el padre de Maud se refería constantemente a aquel encuentro. Le costaba mucho explicar lo que había sentido en realidad. Se había sentido inferior y a la vez fortalecido, como si hubiera encontrado un hermano del alma en Hammarskjöld, como si sus visiones del mundo fueran exactamente la misma. El padre de Maud siempre había sido una persona abierta y cerrada a la vez, una figura pública pero muy celosa de su privacidad. De todos era sabido que su mujer no soportaba aquello. Ella había buscado sus propias vías de escape, y él parecía haber deseado y aceptado de buen grado la carga de esa cruz de Cristo tan pronto como tuvo la oportunidad de echársela al hombro.

Le confió a Wilhelm Sterner que estaba pensando en solicitar un puesto que se había anunciado para Hungría. Quería un cambio, y tal vez podría ser de utilidad en Hungría en ese momento.

Wilhelm Sterner intentó dirigir su atención hacia otros problemas, como las dificultades por las que atravesaba en su propio hogar. Lo primero y más importante era aclarar la situación con su familia. Y estaba claro que también podría resultar de gran utilidad en Yakarta. Se estaban produciendo movimientos en aquellas islas, aquellas tres mil islas volcánicas en ebullición que querían ver la cabeza de Sukarno en una bandeja. Entonces tendría la oportunidad de volver a interpretar el papel de héroe, si era eso lo que quería. Sterner había hablado con Maud y ella había llorado: no porque se marchaba, sino porque estaba asustada y preocupada.

Wilhelm Sterner percibió que el consejero oía lo que le estaba diciendo, pero no escuchaba. El padre de Maud parecía muy concentrado, y aun así totalmente ausente. Le recordaba a un animista que intentara escuchar la lluvia, escuchar a las gotas de lluvia hablar, cantar y predecir las cosechas.

El padre de Maud miraba obstinadamente la lluvia que caía afuera, asegurando que en Hungría sería de mayor utilidad. Iba a solicitar el puesto.

Ya era muy tarde, y debían volver a la ciudad. Maud y Wilhelm Sterner iban a tomar un vuelo que llegaría a Suecia hacia el mediodía. Sus dos coches estaban estacionados en la cuesta de delante de la Casa de Té. El del consejero era un potente vehículo inglés con grandes ruedas de tractor, mientras que Wilhelm Sterner había alquilado un jeep, un viejo jeep colonial con capota. Para conducir por aquellas pistas se requerían coches duros y pesados. La lluvia había penetrado en la tierra, totalmente anegada de agua, y en algunos lugares debían atravesar lagunillas de un metro de profundidad, mientras que en otros puntos se producían pequeños deslizamientos de lodo. El camino que conducía a la Casa de Té nunca era el mismo, cambiaba constantemente. No importaba las veces que se hubiera hecho: allí nunca se estaría completamente seguro.

El vehículo del padre de Maud iba lleno de porcelana de las Indias. Había comprado una partida a muy buen precio, y quería que Maud se llevara una caja a Suecia. Lo mejor era llevarse los objetos valiosos poco a poco.

El jeep de Wilhelm Sterner iba detrás, y estaba teniendo algunos problemas para seguir al consejero. Derrapaba y patinaba en las curvas, y Sterner estaba sorprendido al ver que el padre de Maud conducía a bastante velocidad. Los dos eran buenos conductores, pero en aquel terreno no se aplicaban las reglas habituales. El camino era totalmente imprevisible, y al salir de cualquier curva podían encontrarse con follaje colgando sobre la carretera, azotando el parabrisas, oscureciendo el camino, lo cual era suficiente para perder el control del coche.

Ocurrió como a unos diez kilómetros de Yakarta. Wilhelm Sterner se había quedado rezagado, avanzando muy lentamente, y al acercarse a una curva vio a gente gritando y haciendo aspavientos de forma angustiosa y alarmante. Algunos bajaban corriendo por una pendiente embarrizada y de maleza tupida, chillando, tirándose de los pelos, gimiendo y vociferando.

Wilhelm Sterner pisó los frenos con una ominosa sensación de lo ocurrido. Más tarde afirmaría que lo había presentido todo el tiempo. El padre de Maud conducía condenadamente rápido, innecesariamente rápido, porque en realidad no tenían tanta prisa.

El coche se había salido de la carretera y había rodado por la pendiente hasta quedar empotrado en el tronco de una palmera. El cuerpo del padre de Maud estaba cubierto por fragmentos ensangrentados de porcelana de las Indias.

Tras el ceremonioso entierro, como correspondía a un consejero diplomático, la madre permaneció ingresada el resto del verano en un sanatorio de la zona de Leksand, en Suecia. Se sentía culpable por lo ocurrido a su traicionado y enterrado marido. Su histeria, hasta entonces más o menos controlada, había evolucionado a una psicosis aguda ya en Indonesia, durante los frenéticos días en que prepararon su vuelta a casa. Maud tuvo que hacerse cargo de todo, además de controlar que su madre no tomara demasiadas pastillas.

Wilhelm Sterner se convirtió en alguien imprescindible. Fue él quien les dio la noticia de la muerte. También fue quien se encargó de la repatriación del cadáver, de todos los preparativos del servicio funerario, así como de alojarlas en Estocolmo.

Así pues, durante todo aquel caluroso verano de 1956 la madre de Maud estuvo ingresada en el sanatorio de la provincia de Dalarna. Su psicosis pasó por diversos estadios, pero en el fondo de todo subyacía una culpa irreparable e incurable que se extendió como una plaga después de la muerte de su marido. La mujer, tras el terrible shock, estaba completamente convencida de que debía morir, quería morir. En ocasiones se pasaba las noches enteras profiriendo lamentaciones acerca de los bultos de la muerte que se notaba en sus maltrechos senos.

Gracias a un muy paciente psiquiatra y con la ayuda de Maud, su madre fue dada de alta y consiguió llevar una vida más o menos decente en un apartamento bastante amplio de la calle Karla. Maud también consiguió un buen trabajo como secretaria en el Ministerio de Asuntos Exteriores. Aquel era el motivo por el que en un principio había pensando dejar Yakarta, antes de que ocurriera la tragedia.

También fue Wilhelm Sterner quien le consiguió el pequeño apartamento de dos habitaciones en Lärkstaden. Él había vivido allí disfrutando de su soltería empedernida, pero con el tiempo y a medida que iba accediendo a cargos de mayor importancia necesitó más espacio. Había entrado en el mundo de las altas finanzas y, según muchos rumores insistentes pero sin confirmar, se había convertido en una especie de delfín de Wallenberg.

Maud se mudó a aquel encantador apartamento en otoño de 1956. Lo redecoró completamente, convirtiéndolo en un lugar adaptado a sus necesidades. Lo amuebló de forma espartana pero con un gusto exquisito, colgó en las paredes tallas de madera del Lejano Oriente e hizo que lo enmoquetaran, algo extremadamente inusual y exclusivo en aquella época.

Maud era una mujer joven de su tiempo. Se las arreglaba muy bien viviendo sola. Se compró un tocadiscos, y era tan moderna que incluso adquirió un televisor. Eran los primeros días de la televisión, y ver imágenes en pantalla tal vez no fuera exactamente una experiencia trascendente para una joven de mundo como Maud, pero aun así seguía siendo algo extraordinario.

Probablemente estuviera viendo la televisión una tarde de aquel otoño cuando oyó que alguien abría la puerta y entraba en el vestíbulo. Estaba aterrorizada y ni siquiera le dio tiempo a decidir si debía fingir que no había oído nada y seguir mirando la televisión, o si debía levantarse y ponerse a chillar como una loca.

Era Wilhelm Sterner quien entró en la sala de estar. Saludó a la aterrada Maud y le explicó que aún tenía una copia de la llave y que quería entregársela al propietario.

Suspiró aliviada y le dijo que no hubiera estado de más llamar al timbre antes de entrar. Sterner se disculpó y se encogió de hombros para mostrar su pesar. Preguntó a Maud si podía ofrecerle un café.

Mientras Maud hacía el café, Sterner se quedó sentado en el sofá, todavía con el abrigo puesto y con un aspecto afligido y triste. Naturalmente ella le preguntó qué pasaba, si había ocurrido algo en especial.

Wilhelm Sterner la miró fijamente con sus ojos melancólicos y claros, que también infundían respeto. Reconoció que no había ido a visitarla por la maldita llave. Era por algo más importante.

Maud ni siquiera tuvo tiempo de encenderse un cigarrillo cuando Wilhelm Sterner se arrojó de rodillas sobre su regazo, llorando desesperado. Le confesó que había estado enamorado de ella desde que la vio en Yakarta. Que estaba dispuesto a hacer lo que fuera por ella: sacrificar su carrera o hacer lo que ella le pidiera.

Curiosamente, a Maud no le sorprendió aquello en lo más mínimo. Ella no buscaba nada de él. En realidad ya lo había notado, pero no había sabido qué actitud tomar. Wilhelm Sterner era un hombre maduro de las altas esferas del mundo financiero, y un buen amigo de su difunto padre. Desde que podía recordar, había visto a aquel hombre a intervalos regulares en diversos lugares del mundo. No estaba claro si podría pensar en él como algo más que un sustituto de su padre.

Pasó una mano por el espeso cabello de Wilhelm Sterner y le acercó la cabeza contra su pecho, seguramente sin tener ni idea de que en el futuro repetiría aquel gesto muchas veces.

Su relación se convirtió en lo que habitualmente se califica de «aventura». Oficialmente, sus encuentros se llevaron tan en secreto como las «aventuras» de su madre. Había muchas hienas que aseguraban que esas tendencias son hereditarias.

– Quiero ver una foto de él -dijo Henry-. Debes de tener alguna foto de él.

– ¿Es realmente necesario? -repuso Maud-. Mira que eres complicado…

Para entonces ya era bastante tarde; era la noche en que Henry fue a casa de Maud después de la fiesta de graduación y ella le explicó de qué manera se había convertido en la amante de Wilhelm Sterner: ella siempre lo llamaba «mi amante». Y es muy probable que la historia fuera bastante menos banal que como yo la refiero. La explico conforme a la narración dramatizada de Henry, sin duda tergiversada por sus celos crecientes. En aquella época de principios de los años sesenta, Henry se había obsesionado con su rival, al que nunca había visto: solo podía imaginárselo. Wilhelm Sterner era un magnate financiero de la escuela de Wallenberg. Non videre sed esse, estar sin ser visto: ese era su eslogan para la vida.

– Tengo un álbum de fotos -dijo Maud, cediendo-. Pero ¿tenemos que verlas ahora? Estoy cansada. Mañana tengo que salir temprano.

– Quiero ver una foto de él -dijo Henry-. Lo necesito.

Maud fue al dormitorio y volvió con un álbum de fotos. Empezaron a hojearlo. Se trataba del típico álbum de familia con pies de foto escritos por ella misma, excepto en las imágenes de los primeros años. Su madre se lo había regalado cuando cumplió diez años, con las primeras fotografías que mostraban a Maud de bebé vestida con puntillas blancas, y a un orgulloso padre de uniforme que se inclina sobre la cuna en el convulso año de 1936.

Maud se reía mientras leía en voz alta sus infantiles comentarios a las fotografías captadas mientras paseaban por Nueva York, Londres y París. Retratos en blanco y negro tomados en Suecia a principios de los años cuarenta, cuando su padre, vestido de uniforme, volvía a casa de permiso. Henry observó que el hombre había llegado a sargento, y que en aquella época la madre todavía era feliz, sentada en casa y escuchando a Ulla Billqvist con las cortinas echadas.

– Aquí hay una fotografía de mi padre y de Wilhelm Sterner -dijo finalmente, mostrándole una foto de Yakarta en el año cincuenta y seis-. Fue tomada poco antes del accidente…

Henry no sentía tanta curiosidad por el padre como por Sterner. Tenía el aspecto que había imaginado, con un traje de raya diplomática y americana cruzada. Parecía a la vez pesado y fornido de una manera indefinible. Parecía un hombre en la cumbre de su vida, un hombre con ideas, iniciativa y creatividad, de trato afable en los momentos apropiados, y serio y grave cuando la situación lo requería. Parecía estar en muy buen forma: seguro que de joven había sido lanzador de jabalina, porque tenía un cuello poderoso. Por eso sus camisas le quedaban tan bien a Henry.

– ¿Ya estás satisfecho? -preguntó Maud.

– Es exactamente como me lo había imaginado -dijo Henry-. Tenía muy buen aspecto.

– Y todavía lo tiene.

– ¿Le haces feliz?

– Creo que sí.

– ¿Y qué hay de ti?

– La verdad es que os quiero a los dos -dijo Maud-. Sois tan diferentes, y no solo por la edad. Contigo me siento una persona completamente distinta. Eres tan… inexperto, tan inocente… Pero con él es diferente. Es un hombre muy reservado y trabajador, aunque en realidad no me interesa nada su trabajo. Lo cierto es que es muy… ingenioso, aunque suene ridículo. Dice que le hago olvidarse de la muerte…

– ¿Y cuánto tiempo crees que puedes seguir con esto? -preguntó Henry-. No creo que puedas dividirte en dos toda la vida…

– ¿Por qué no? -dijo Maud-. Ahora vamos a estar un tiempo sin vernos, tú y yo. Tal vez ya hayas encontrado a otra cuando yo regrese.

– No cuentes con ello. ¿Y qué opina él de mí?

– Dice que me comprende. Y quiere saberlo todo de ti, hasta el último detalle.

– ¿Y tú se lo cuentas?

– Por supuesto. ¿Tendría que mentirle?

– No -dijo Henry-, eso no.

Maud encendió su último cigarrillo de la noche, y en cierto modo parecía aliviada, como si hubiera despejado el ambiente.

– Ahora ya sabes todo lo que querías saber de mí. Después de esto, tal vez ya no me quieras.

Henry le cogió el cigarrillo de la mano y lo apagó escrupulosamente en el cenicero.

– Claro que sí, más que nunca.

Una vez más, Willis y el Club Atlético Europa fueron su salvación de la perdición total. Henry ahogó sus penas y sus anhelos en sudor y linimento. Consagró el verano a entrenarse para el combate con el que Willis llevaba insistiéndole tanto tiempo. Se trataba de los campeonatos nacionales en Estocolmo, y Henry había peleado en un par de combates preparatorios y lo cierto es que lo había hecho bastante bien. El amargo verano le había traído también un trabajito extra en la línea de tranvías, además de los largos y ascéticos entrenamientos en el Europa. Durante este período de total abstinencia, Henry había alcanzado un óptimo estado de forma. El campeonato nacional tendría lugar justo cuando empezaran las clases, e incluso había obtenido un permiso para poder entrenar de forma apropiada y sin presiones hasta el último momento. El director del Södra Latin no era un gran entusiasta del boxeo, pero no podía dejar que un alumno tan popular como Henry Morgan perdiera la oportunidad de triunfar. Tampoco le haría ningún mal al instituto tener a un campeón sueco andando por sus pasillos. Willis había llamado personalmente al centro docente para agradecer la exención y había hablado en términos muy elogiosos de Henry, prácticamente garantizando que les devolverían a un campeón nacional junior de peso wélter.

Solo alguien que haya entrenado o preparado a un púgil para una competición tan importante como el campeonato nacional puede entender cómo esa tensión afecta a la mente. Willis le animó a que por las mañanas y por las noches saliera a correr, y Henry así lo hizo, ejercitándose a lo largo del Söder dos veces al día. Cumplió rigurosamente con todo el programa de entrenamiento hasta el último momento.

Sin embargo, nunca llegó «el último momento». El primer combate debía tener lugar una noche a finales de agosto, y justo aquella tarde, cuando Henry estaba en casa haciendo una comida apropiada y con tiempo suficiente antes del combate, sonó el teléfono. Henry se encontraba solo en casa. Greta estaba trabajando en las clases municipales de costura y Leo había ido a la escuela. Y la fortuna quiso que fuese Maud la que llamaba. Había regresado.

Henry había recibido muchos golpes aquel verano, golpes muy fuertes de algunos sparrings de sucias tácticas, pero en su lucha incansable los había olvidado rápidamente. Pero aquel golpe era demasiado fuerte para él. Una hora más tarde estaba tendido en la cama de Maud en Lärkstaden, y todo quedó perdonado.

Cuando el gong sonó, Willis estaba allí plantado, maldiciendo.

El último año de Henry Morgan en el instituto estuvo marcado por el signo de la indignación. Los profesores llevaban los periódicos del día a las clases, y eso solo podía significar que algo histórico estaba sucediendo. No se trataba solo de que las chicas fueran admitidas en el Södra Latin, sino de algo mucho más extraordinario que eso: se estaba construyendo un muro en Berlín. Kilómetros y kilómetros de alambrada en grandes cantidades -¿o era una forma de densidad extremadamente cargada?- que habían alcanzado una magnitud propia: un muro infranqueable, el muro de Berlín, Die Mauer. Había una extrema tensión en las relaciones diplomáticas, los agentes realizaban labores de espionaje como nunca antes y los comunicados hablaban de graves altercados, refugiados y tragedias. El ambiente se volvía cada vez más tenso y menos diplomático, y nadie sabía a ciencia cierta cuál era la potencia del ejército ruso, que estaba tras el Telón de Acero.

Los profesores del instituto hablaban del Die Mauer desde sus distintas perspectivas docentes. Se podía ver el Muro como un ejemplo matemático: ¿cuántos ladrillos serían necesarios para su construcción? Se podía ver el Muro como un paralelismo histórico con la Gran Muralla China: ¿qué tenía en común Ulbricht con Shi Huang-Ti o con el terror de los antiguos césares a los hunos? Se podía ver el Muro desde un punto de vista puramente filosófico: como un símbolo de la eterna escisión occidental entre el bien y el mal, el cuerpo y el alma.

El profesor que se lo tomó más en serio fue el de filosofía, el señor Lans. Solo podía contemplar el Muro desde una perspectiva: la moral. Había perdido por completo el oremus y no conseguía ver ninguna pequeña grieta, ningún rayo de luz a través del Muro. Convertía cada clase en una larga e incoherente arenga basada en los artículos de la prensa de Berlín y en el Muro. Al parecer, le costaba enormemente comprender el concepto de la división de una entidad orgánica como una ciudad en dos partes, dado que ambas partes se presuponen entre sí y, una vez separadas, se convierten inevitablemente en simples mitades, incompletas. Y, en consecuencia, los habitantes de una ciudad cuyo flujo natural de comunicación se ve cortado se encuentran con obstáculos constantes, confrontados con una frontera artificial que los hace sentirse también cortados por la mitad, como individuos incompletos.

Los alumnos estaban de acuerdo y maldecían a los rusos. Henry también coincidía absolutamente, porque él mismo se había sentido como una mitad, como una persona incompleta todo el verano. Maud había estado fuera, en Río de Janeiro, donde vivía su madre, que había vuelto a casarse. Henry había estado trabajando para la compañía de tranvías y había entrenado en el Europa, lleno de una añoranza como nunca pensó que podría sentir. Esa fue la razón de lo que ocurrió en el campeonato nacional.

La añoranza había acabado convirtiéndose en unos celos terribles. Le resultaba totalmente imposible aceptar a W.S., y Henry aún seguía viendo la imagen de aquel viril, enérgico y, a su especial manera, imponente hombre en la cumbre de su carrera. Y supuso que él, a su vez, veía a Henry como a un mequetrefe, un muchacho al que le permitía jugar con la caprichosa Maud mientras él quisiera, porque era él quien tenía el dinero y el impagable poder paternal sobre Maud. Era a W.S. a quien ella acudía cuando se sentía débil y desgraciada, porque él era un hombre experimentado con los pies sobre la tierra, un hombre tanto con futuro como con pasado.

Henry se ponía furioso solo de pensar por lo que tenía que pasar. No le entraba en la cabeza por qué no exigía algo más que aquello, por qué parecía aceptar el hecho de compartir una mujer con otro hombre: era como si un muro de Berlín pasara justo a través de Maud, como si ella tuviera sus propias secciones este y oeste en las cuales estaban confinados los hombres de su vida, sin que se les permitiera mirar por encima del muro al otro lado.

A lo largo del verano Maud le había escrito algunas cartas desde los parajes de infinita belleza de Río de Janeiro; en ellas decía que le echaba de menos y que volvería hacia finales de agosto. Regresó a casa el mismo día en que Henry tenía previsto convertirse en campeón sueco de pesos wélter, en el punto culminante de la crisis de Berlín, cuando la balanza del terror parecía inclinarse hacia el desmoronamiento de Europa una vez más. Y Europa se desmoronó… o, más bien, el Club Atlético Europa de Hornstull. Willis hizo saber a Henry que a partir de ese momento se mantuviera alejado tanto del Europa como del boxeo. Willis estaba realmente indignado, y Henry también. Pero en la vida había cosas más importantes que el boxeo.

Por supuesto, nada ocurrió como Henry había imaginado. Después del encuentro con Maud, Henry se quedó totalmente extenuado, como si todas sus fuerzas y recursos hubieran caído por tierra. Maud estaba muy morena y ofrecía en conjunto un aspecto oscuro, casi irreal. De pronto se había convertido en una mulata, y tuvo que volver a reconocerla toda ella, explorarla y averiguar tanto como pudo. No montó ningún escándalo ni dio ningún ultimátum, como había planeado. Se limitó a rascar la puerta, y en cuanto lo dejaron entrar fue recompensado como un gran perro, húmedo y leal.

Así transcurrió aquel otoño, bajo el signo de la indignación. Al poco de regresar Maud y de que Henry recuperara su buena forma, al poco de que el muro de Berlín penetrara en la indignada conciencia de la gente como una realidad tangible de ladrillos y alambradas, la terrible desgracia de Hammarskjöld compuso su funesto titular.

De repente toda Suecia se sumió en un duelo nacional, y si Dan Waern, privado de ganar la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma, había parecido hasta entonces un santo en desgracia, pasaba ahora a ser considerado como uno de segundo orden. Cuando el avión de Dag Hammarskjöld se estrelló y su cadáver reposaba en la iglesia de Ndola Free, en la jungla del África central, fue como si toda esperanza hubiera desaparecido del mundo. La única criatura de Cristo de cierta trascendencia, con una aureola suficientemente poderosa y las credenciales necesarias para ser secretario general de las Naciones Unidas, se estrelló de la forma más prosaica en los bosques africanos como cualquier músico popular, dejando tras sí un mundo cuya estupefacción inicial se convirtió pronto en la más profunda amargura y desamparo. ¿Hacia dónde podían encaminarse ahora las esperanzas de la gente cuando un espíritu tan bello, un genio, un alma entusiasta llena de pureza y honradez, un ejemplo de lo mejor de la humanidad, podía simplemente abandonarnos sin previo aviso?

El profesor de filosofía del instituto de Henry, el señor Lans, poseía un espíritu sensible. Como un sismógrafo programado en Weltschmerz, había sufrido todos los tormentos del infierno durante la crisis del muro de Berlín, hundiéndose cada vez más y más con cada ladrillo que se añadía al Muro, como si estuviera obligado, por una necesidad puramente mecánica, a reaccionar, a contestar, a responder, como él mismo formulaba en su total perplejidad. Estaba tan poco curtido como un poeta joven, y tampoco la guerra fría había logrado hacerle más fuerte. Al contrario, el hombre había profundizado aún más en la miserable condición de la humanidad, tan inocente como un liberal de buen corazón. Y, justo cuando se había lamido las peores heridas recibidas tras la construcción del Muro de la Vergüenza, Dag Hammaskjöld se sube a un avión con destino a Moise Tshombe y a una posible paz, y el aparato se estrella en la jungla como si hubiera estado pilotado por el mismísimo Satán. Aquello fue demasiado para el señor Lans. Ya no podía ver ningún atisbo de luz en la vida: no había misericordia, consuelo ni ayuda a la vista. Mientras los regentes, jefes de Estado, arzobispos y reyes se pusieron de luto, mientras los estudiantes y toda la población sueca iniciaron el período de duelo con las banderas a media asta y se colocaron en fila para guardar unos minutos de silencio para honrar la memoria del santo, el profesor Lans estaba de baja por enfermedad. Nadie sabía a ciencia cierta dónde se encontraba. Alguien afirmaba haberlo visto en la procesión de ciudadanos que iba hasta Gärdet, pero debía de haber sido solo un rumor. Apenas se habían dado sepultura a los restos de Hammarskjöld cuando en el instituto hubo que volver a bajar la bandera a media asta, esta vez para honrar la memoria del profesor Lans. Y el revuelo que aquello causó fue cuando menos similar. Se decía que se había quitado la vida, y los rumores apuntaban en varias direcciones, desde el haraquiri japonés -después de todo, hablaba mucho acerca de la filosofía del Lejano Oriente- hasta ahorcarse, cortarse las venas o una sobredosis de pastillas.

En el fondo, nadie quería saber la verdad. Muy pronto el profesor Lans fue canonizado como un santo local y se convirtió en una especie de héroe entre los estudiantes, la combinación perfecta de valor y debilidad. Había reaccionado con fuerza ante la maldad en el mundo, reconociendo su debilidad, y aun así había sido tan valiente como Hemingway, que recientemente se había colocado una escopeta debajo de la barbilla y había apretado el gatillo. En realidad nadie lo había explicado así, pero cualquiera con una pizca de fantasía podía leer entre líneas. Eso era lo que tenía que haber ocurrido. Un cazador como Hemingway no muere por un disparo fortuito de su propia escopeta. Lo mismo servía para el profesor Lans. Había sido «un matador gentil en la plaza de la vida», como escribió en su obituario el sensiblero poeta Henry Morgan.

Al joven Henry le afectó mucho la muerte de su profesor, pero no pensó en el suicidio durante aquel otoño de 1961. No le importaba no acabar convirtiéndose en un nuevo Ingo o un Lennart Risberg en el mundo del boxeo. Pero sí pensaba en el asesinato, simple y llanamente. De nuevo se veía a merced de los caprichos de Maud, quien le abría las puertas de su casa solo cuando les iba bien a ella y a su arreglo con W.S. Aquello era más de lo que Henry el cachorrillo podía soportar, aunque Maud, tanto por su credibilidad como por su integridad, aseguraba a su joven amante que las cosas no eran así en absoluto.

El otoño transcurrió marcado por aquella extraña suerte de pasión, y el invierno estaba ya a las puertas. En noviembre nevó, pero fue algo excepcional. Parecía como si aquella Navidad no fuera a haber nieve en las calles, pero por entonces Henry no era de los que andaban preocupándose por el tiempo que hacía. Henry estaba completamente bloqueado: se sentía incapaz de dar respuesta a su pregunta de si debía soportar la sombra constante de W.S. Había visto a aquel hombre en una fotografía -a veces, cuando estaba seguro de no ser descubierto, volvía a echar un vistazo al álbum de Maud-, y ella continuaba regalándole ropa y objetos de valor que, ineludiblemente, acababan en la casa de empeños. A aquellas alturas ya habían sido bastantes los obsequios, desde la elegante pitillera hasta gruesas pulseras de oro, gemelos y agujas de corbata con piedras preciosas. Sabía que todo aquello ascendía ya a una suma considerable, sin duda más de dos mil coronas, y empezaba a estar un poco preocupado. De alguna manera, había vendido su honor.

Henry podía ir a casa de Maud una noche sintiéndose atraído por una fuerza desconocida y que a veces no tenía nada que ver con el amor o el deseo, casi como si W.S., el hombre en las sombras, lo empujara hacia delante.

Pero en cuanto llegaba al apartamento de Maud todo cambiaba. Se sentía como en casa y desaparecían todas sus dudas. Se sentaban y hablaban frente al televisor como si fueran un matrimonio. Maud decía que era feliz. Ella lo deseaba, halagaba su vanidad y lo llenaba de regalos, y él sentía la suave caricia de sus favores sobre el pecho cada vez que estaba allí, como el cosquilleo de una pluma de pavo real: placer y desagrado se convertían en una escolástica incomprensible.

Al principio Henry se sentía completamente inferior e inculto, lo que en cierto modo era verdad: no era sino el hijo de una criada que ni siquiera abrigaba la ambición de llegar a ser alguien, luchar, lamentarse por su situación o esforzarse por mejorarla. Solo quería divertirse, tocar el piano con su cuarteto, boxear y vivir la vida. Pero se arredraba ante cualquier prueba de su fuerza, retrocedía ante las vastas profundidades, ante una posible derrota. Pero Maud le tomó de la mano y con el tiempo le enseñó que una derrota no significaba el fin. Llevó a Henry el bastardo al Museo de Arte Moderno y confrontó su salvaje mente a la disciplinada intoxicación del arte más moderno. En el museo había actuaciones de jazz, y en ocasiones Henry tenía que tocar allí con el Bear Quartet, que poco a poco se iba convirtiendo en un grupo legendario. Sobre todo, desde que el pianista al que sustituía Henry estaba viviendo una existencia abocada a una profunda angustia, una Weltschmerz, y a una convulsa y desesperada creatividad.

La ambición de Maud era educar a Henry, usar con él las tijeras de podar, como hubiera dicho Willis. Henry tenía con este una deuda de gratitud, y ahora también la tenía con Maud, aunque esta aseguraba que era ella la que estaba en deuda en él. Le decía que sin él sería solo la mitad de una persona, y que sería incapaz de soportarlo. Se lo decía tan a menudo y le regalaba tantas cosas que él casi llegó a sentirse algo cansado de todo aquello. Su generosidad podía convertirse fácilmente en una forma de ofrenda sin sentido, un derroche atolondrado.

De vez en cuando lograba percibir un atisbo de la fragilidad de la que Maud hablaba con frecuencia, pero que conseguía ocultar estupendamente. Podía suceder cuando se descubría una espinilla en la cara y de inmediato cogía un espejo y el estuche de maquillaje para camuflar la imperfección. Lo hacía de forma asustada y angustiada, como temerosa de ser descubierta en algo embarazoso y denigrante.

Quizá fuera aquella fachada de perfección que ocultaba su desesperado deseo de eternidad lo que tenía tan fascinado a Henry; exactamente como los decorados de Scott Fitzgerald en un Hollywood al borde del colapso: un sueño puesto de manifiesto y un aviso de la destrucción, todo al mismo tiempo.

Esprit d’escalier era la definición más exacta y precisa de lo que Henry experimentaba cada vez que dejaba a Maud para ir al instituto o a su casa o a donde fuera, porque no podía quedarse en su apartamento. Esprit d’escalier significa que se te ocurre lo que deberías haber dicho cuando ya estás en el portal y es demasiado tarde; algo que has ido pensando y madurando mientras bajabas la escalera. Como cuando te encuentras a un auténtico cretino por la calle, maleducado e insolente, y a los cinco minutos te viene a la mente la réplica perfecta, aguda y contundente, que lo hubiera puesto en su sitio.

Cuando Henry dejaba a Maud, casi siempre quería decirle que ya no soportaba más aquella situación. Henry nunca había sentido tantos celos, y jamás habría creído que pudiera sentirse así. Hasta entonces había carecido de motivos para ello, pero ahora los celos se habían apoderado de él, de forma inapelable. Estaban allí como una voz machacona, una sombra, una ráfaga de viento que le envolvía en la acera por donde caminaba, algo que le acompañaba a cada paso que daba: no podía detenerse y dejarlo pasar, y tampoco podía escapar corriendo.

Mucha gente ha intentado llevar una relación de triángulo amoroso, pero me pregunto si eso es siquiera posible. Ya resulta bastante complicada una relación normal entre dos individuos, tan difícil de conservar, con lo desesperantemente impredecibles que pueden ser dos personas. Si, además, hay que tener en cuenta a alguien más, la situación es doblemente compleja. Especialmente cuando, como en mi caso, solo se conoce a una de las personas implicadas: Henry, el narrador, el mentiroso, el traidor traicionado.

Pensar en W.S. era como imaginar a un hermano al que nunca había conocido. En alguna ciudad de algún país había una persona que compartía su misma sangre, la sangre que él pensaba que compartía con Maud. Existía otra persona que conocía a Maud del mismo modo en que él la conocía, que hablaba de él, que pensaba en él y que quizá incluso estuviera celoso de él, pero a la que nunca había visto.

Henry llevaba camisas con las iniciales W.S. bordadas por dentro del cuello, debajo de la etiqueta del fabricante. Henry recibía objetos pertenecientes a W.S. que inmediatamente empeñaba y gracias a los cuales podía vivir bastante bien. Maud afirmaba que ni Henry ni W.S. eran hombres tan completos como para poder ser suficientes por sí solos. Los necesitaba a los dos.

Durante los primeros meses del invierno de 1962 -cuando se firmó la paz en Argelia y el equipo sueco de hockey sobre hielo Tre Kronor ganó la medalla de oro en los campeonatos mundiales celebrados en Colorado Springs-, Maud y Henry empezaron a enzarzarse en violentas discusiones que tenían su origen en auténticas nimiedades. Henry tocaba con frecuencia junto al Bear Quartet en las nuevas galerías de arte que se estaban abriendo en la ciudad. Los artistas modernos que exponían insistían en que fuera el Bear Quartet el que tocara en las fiestas de inauguración, y Henry iba con ellos, ya que su pianista habitual parecía abocado sin remedio a su propio destino -que coincidía en muchos aspectos con el de otras estrellas del jazz-y su única misión en la vida se había convertido en planificar, con siniestra minuciosidad, su propio final, como un mapa con una gran X que señalara al cementerio de Norra.

En aquellas elegantes inauguraciones en las que se servía vino tinto y canapés, Maud se paseaba haciendo comentarios bastante ácidos sobre el Arte, ya que el único artista que aún seguía contando era Pollock, y sus epígonos suecos eran incapaces de aportar nada nuevo, al menos en opinión de Maud. Henry el crítico de arte sentía cierta debilidad por aquel tipo de arte moderno, y no podía entender la urgencia de Maud por encontrar algo nuevo. Así es como estallaba la discusión, que a menudo desembocaba en una gran escena que era especialmente apreciada por los artistas, aunque bastante menos por los galeristas, preocupados por sus clientes y por mantener un ambiente tranquilo para sus compras. En algunos eventos Maud llegó incluso a arrojarle copas y platos de porcelana a su joven amante, porque, en el fondo de todas aquellas discusiones, lo único que subyacía eran los celos de Henry. Estaba convencido de que Maud solo asistía para exhibirse y desplegar sus encantos, algo en lo que había parte de razón. Y eso otorgaba mayor fervor a sus argumentos. La pasión con que Henry defendía su adhesión a los pintores modernos se basaba en su deseo de encontrar a iguales, bohemios, creadores escogidos que pudieran amar a una mujer de una manera mucho más profunda que los ricos hombres de negocios que viajaban por el mundo y mantenían a sus amantes a una prudente distancia. Maud conocía perfectamente las intenciones de Henry, como también sabía que el resto del público -los buitres, la hidra que asistía a todas las inauguraciones en busca de una aceituna y algo de diversión- entendía a qué se refería Henry.

Después de aquellas confrontaciones, Henry resbalaba y daba trompicones en la nieve hasta caer de bruces en algún ventisquero, en espera de misericordia, de que Maud lo perdonara y lo rescatara de una muerte segura, o cuando menos de una pulmonía. Esperaba de ella que lo llevara a casa, le preparara un caldito y metiera en la cama al pianista, artista y crítico de arte. Y, al filo de la madrugada, se reconciliaran en susurros.

Durante aquella primavera, Lily Berglund cantaba «Cuando es primavera y hace sol y tienes diecisiete, hay tantas cosas que no comprendes». Y Henry entendía tanto del Gran Jazz y del Gran Arte como sabía poco del Gran Amor. Al igual que la chica traicionada de la canción, él se había despojado del manto de inocencia infantil que lo había protegido de acusaciones y responsabilidades. Solo le quedaban unos miserables años de adolescencia, y ya se sentía como un hombre completamente adulto.

Una tarde de abril fue convocado por la junta de servicio militar para una entrevista. Puesto que había pasado las pruebas físicas con una destreza excepcional y tampoco podía ser considerado mentalmente incapacitado, él y los futuros mandos coincidieron en que sus aptitudes deberían ser aprovechadas en alguna actividad de guardia. Después de todo, también Ingmar Johansson había estado en los comandos de montaña. Por su parte, Henry habría preferido ser destinado en el archipiélago, como guardia marina. A los oficiales les pareció estupendo, y el asunto quedó zanjado. No tenían ni idea de lo que hacían.

Aquella tarde memorable llamó a Maud porque quería cenar con ella. La primavera estaba en el aire, y él se sentía de buen humor, tan ingenuo como Sven Dufva, el valiente y leal soldado de la obra épica de Runeberg, a quien siempre se había parecido. Ya hacía un año que estaba con Maud y aquello tenía que celebrarse con la debida pompa y circunstancia.

Maud acababa de llegar de trabajar y le insistió en que se pasara por casa. Ella le dijo por teléfono que tenía algo importante que contarle. Parecía seria, decidida y ansiosa. Henry esperaba que hubiera estado considerando su propuesta de intercambiarse los anillos, y además que hubiese decidido aceptar aquella oportunidad que le deparaba la vida. Sería el regalo ideal para su primer aniversario.

Maud tenía una expresión sombría cuando abrió la puerta. Parecía haber estado llorando. Henry colgó su abrigo en el perchero, que se inclinó contra la pared. Como sorpresa, le había comprado una bolsa de de regaliz salado de a dos cincuenta en Augusta Jansson. Maud sonrió y pareció conmovida.

– Henry. Estoy embarazada.

Henry sintió de pronto una ligera sensación de mareo, y se sentó en el sofá de la sala de estar. Serio y solemne, encendió un cigarrillo y dijo:

– Voy a pedir inmediatamente una prórroga del servicio militar.

Maud no pudo evitar reírse.

– Eres maravilloso, Henry. Pensé que lo primero que preguntarías era quién era el padre.

Henry no había llegado a pensar tanto. Lo primero que le había venido a la cabeza era si podría hacerse cargo económicamente.

– ¿Es eso lo que pensabas de mí? No es muy considerado de tu parte.

– Una chica nunca sabe -repuso Maud-. Has sido siempre tan celoso. Pero no va a haber ningún problema…

– ¿Cómo dices?

– Tengo hora con un médico. Pasado mañana. Es un buen médico.

Henry comprendió a lo que se refería, y se derrumbó como un saco, como si le hubieran asestado un golpe duro y directo en el plexo solar.

– ¿Te sientes aliviado? -preguntó Maud.

– ¿Es que no entiendes nada?

– Ahora no vayas a enfadarte. Ya está decidido. Hemos llegado a un acuerdo.

– ¿Quiénes?

– Wille y yo -dijo Maud encendiendo un cigarrillo.

Henry sintió que se le revolvía el estómago. No quería oír mencionar aquel nombre ahora, y menos en un tono tan familiar como «Wille».

– ¿Así que se lo has explicado primero a él?

– Henry, tienes solo dieciocho años…

– ¡A la mierda! Yo puedo encargarme de esto. ¡No me jodas con lo de la edad!

– Cálmate -dijo Maud pacientemente-. No tienes que enfadarte por esto. Lo primero y más importante, soy yo quien tiene que decidirlo, ¿estamos? Y ahora no quiero tener niños. Hay un montón de cosas que quiero hacer antes, y quiero seguir siendo libre durante un tiempo…

– ¡Para poder seguir jugando con tipos como yo!

– ¡No digas tonterías! Intenta ser un poco sensato.

– ¡Un poco sensato…! -repitió Henry-. Frío y cínico, eso es lo que es.

– Estás siendo terriblemente inmaduro enfadándote así.

– No soy para nada inmaduro. Quiero asumir mi responsabilidad -dijo Henry intentando sonar serio-. Acabo el instituto dentro de un mes. Buscaré un buen trabajo y no hay más que decir.

– No hay discusión que valga, Henry. Me alegra que quieras asumir responsabilidades, de verdad, pero… Esta vez, no.

– ¿Cómo puedes hablar siquiera de «esta vez»?

– Henry -dijo Maud, poniendo una mano sobre la rodilla de él-. Estás aún más enfadado que yo. Pero no es algo tan extraordinario. Ocurre cada día, en todas partes.

– Para mí es algo extraordinario -replicó Henry-. Realmente extraordinario.

Para Henry aquello era realmente extraordinario, pero sabía que no lograría convencer a Maud de que tuviera a la criatura. Había tomado una decisión, y no pensaba cambiarla.

Tal como me lo contó dieciséis años después, no se trataba solo de una mujer que acudió a un frío consultorio de la ciudad y dejó que un médico extrajera un organismo en gestación de su cuerpo, tras lo cual se fue a casa, se tomó unas cuantas pastillas y permaneció varios días en estado de letargo. También se trataba de un joven al que se denegó para siempre la posibilidad de convertirse en un ciudadano normal y decente.

Bajo la superficie de amargura y reproches, Henry sintió que aquella primavera algo mucho más grave que lo ocurrido a Maud le había sucedido a él. No tuvo lugar en la clínica abortista: fue en el interior de Henry. Afirmó sentirse como si nunca más pudiera querer nada, significara aquello lo que significase.

Aquella tarde en que había previsto celebrar su primer aniversario y en cambio Maud le contó que pensaba abortar, la velada acabó con Henry marchándose dando un portazo, herido en su orgullo y vagando por la ciudad como un personaje atormentado de Dostoievski. Los pensamientos se arremolinaban en su cabeza y, aunque sabía que la batalla estaba perdida, se negaba a darse por vencido. Tenía que dirigir aquellas fuerzas en apariencia invencibles contra algo. No le bastó con arrastrarse y pedirle a Willis que le perdonara y preparara su regreso al ring con sesiones dobles de entrenamiento en el Club Atlético Europa. No era suficiente. Dirigió toda su ira contra W.S. Imaginó su maldita cara de adonis justo en el centro del saco, y recompuso sus rasgos tal y como hubiera querido que fuesen. Para Henry, W.S. era un rostro lleno de promesas ya cumplidas acerca de su creatividad y su actitud emprendedora dentro del mundo de los negocios, y que estaba subiendo como la espuma. Y dentro de poco, sin ninguna duda, aquel magnate se convertiría en uno de los ejecutivos más influyentes del reino de Suecia. ¿Cómo sería Maud entonces? ¿Seguiría en un futuro deslizándose por los salones, sosteniendo con aire desenfadado un dry martini mientras devoraba con los ojos a jovencitos que la desearan, la adoraran, la veneraran como a un símbolo de la eterna juventud?

Si en todo aquel asunto había una fuerza maligna oculta, esa era Wilhelm Sterner. A fin de cuentas, era él quien estaba actuando irresponsablemente. Cuando por fin Henry tenía una oportunidad de demostrar que no era solo un bufón, un necio que nunca se responsabilizaba de nadie salvo de sí mismo, le negaron aquella posibilidad. El pequeño embrión de una vida decente fue arrancado en una clínica detrás de cortinas corridas.

Las iniciales W.S. se convirtieron en una especie de invocación, un misterioso anagrama, un código críptico, una señal de alarma. Henry no se había puesto en contacto con Maud desde hacía días, y ella tampoco lo había intentado. Después de la operación, había pasado la mayor parte del tiempo tumbada y durmiendo. Henry simplemente se plantó en el portal que estaba enfrente del edificio de Maud. Se descubrió a sí mismo allí, en un oscuro umbral, en una portería que olía a periódicos viejos apilados y a frituras nauseabundas. Del mismo modo que se decía que algunos asesinos y otros criminales despertaban a un nuevo tipo de conciencia tras el crimen cometido, de alguna manera Henry empezó a conocerse a sí mismo mientras estaba allí, oculto en el portal. No podía explicar cómo había acabado allí, ni tampoco por qué. Tomó conciencia de su propio aliento, del latido de su corazón, como si hubiera reconocido a un viejo amigo de la infancia, o a aquel hermano que has tenido toda la vida pero al que nunca has conocido.

Algunas personas solitarias salieron del portal de su edificio, pero no les prestó mayor atención. Hacia las nueve de la noche -había sido una larga tarde de primavera y ahora ya estaba bastante oscuro-, W.S. salió del edificio. Henry lo reconoció al instante, pese a que solo había visto su cara en una fotografía. En cuanto W.S. empezó a caminar por la calle, Henry salió de su escondite y le siguió. Henry quería acercarse más, ver cómo se movía y averiguar lo que iba a hacer después de haber estado unas horas en casa de Maud.

W.S. tenía un andar muy flexible. Llevaba un gabán azul oscuro, sombrero de ala bastante ancha y zapatos ligeros, probablemente italianos. Iba muy elegante, y sorteaba con presteza los ventisqueros que aún no se habían deshecho. Cerca de la calle Birger Jarl sacó un cigarrillo y lo encendió. Henry vio cómo se iluminaba su rostro al resplandor del mechero, e intentó recordar cuántos encendedores de plata con las iniciales W.S. había empeñado. Había perdido la cuenta. ¿Es que aquel tipo no se cansaba nunca de comprar nueva parafernalia?, se preguntó.

El hombre atravesó Engelbrektsplan, continuó hacia Stureplan y entró en el bar Sturehof, o pub, como se le llamaba a la manera inglesa. Henry esperó bastante rato afuera en la fría noche. Después se hartó y se fue a casa. No tenía dinero ni valor suficientes para entrar.

A la tercera noche, aquel proceso se había convertido en rutina. Henry la sombra conocía ya el patrón, como un auténtico detective. Se deslizaba fuera del portal de enfrente del edificio de Maud y seguía el rastro de W.S. Incluso se atrevía a silbar por lo bajo «Putti Putti», caminando con las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo levantado. En una ocasión estuvo a punto de salir disparado a encenderle el cigarrillo a W.S. con su propio mechero. Pero se contuvo.

Aquella noche en concreto se armó de valor y entró en el Sturehof detrás de su presa. Incluso encontró un sitio a su lado en la barra del bar. Solo entonces empezó a sentir la excitación, el estímulo perturbador del perro de caza. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Henry fue capaz de controlarse. A punto estuvo de lanzarse a su cuello, echarle las manos alrededor de la garganta y apretar hasta que el cartílago se rompiera entre sus dedos. En cambio, se limitó a mirar fijamente las botellas que había tras la barra, suspirando profundamente. Intentó percibir el olor de W.S. ¿Olería a Maud? ¿Utilizaría la loción para después del afeitado que había en el cuarto de baño de Maud? Pero Henry no consiguió oler nada.

W.S. sacó un cigarrillo y Henry aprovechó la ocasión.

– ¿Fuego? -preguntó, girándose hacia W.S. y alargando un encendedor que pertenecía al hombre.

– Gracias -respondió W.S.-. Una Guinness -continuó, dirigiéndose al camarero de la barra.

– Sí, señor -dijo este-. ¿Y por aquí?

– Lo mismo -contestó Henry, a pesar de que no sabía lo que era una Guinness.

Henry observó a W.S. por el espejo que había detrás de la barra. El hombre ofrecía el aspecto que debía tener, es decir, estupendo. A pesar de moverse de forma ligera y flexible, había algo de pesado y contundente en él. Henry supuso que eso era lo que Maud llamaba el peso de la experiencia.

W.S. sacó un diario vespertino del bolsillo de su gabán y empezó a hojearlo distraídamente. Se echó a reír leyendo un reportaje acerca del campeonato nacional de twist, que se estaba celebrando en la sala Nalen.

– Supongo que tendré que aprender a bailar twist para estar al día -dijo en voz alta.

– No creo que el twist tenga mucho futuro -murmuró Henry.

– Creía que a todos los jóvenes les gustaba bailar el twist -dijo W.S.

– Yo odio bailar -repuso Henry.

W.S. se echó a reír de nuevo y observó a Henry con una mirada larga y penetrante, como si de pronto se le hubiera hecho la luz. A Henry le entró un poco de miedo, y empezó a preguntarse si Maud también tendría una foto de él, cosa que dudaba. No podía ser identificado. Simplemente W.S. tenía una mirada de acero, de las que haría falta un martillo para penetrar. Pero en realidad no había maldad en sus ojos; más bien cierta curiosidad, un interés compasivo. Tal vez fuera esa mirada la razón de su éxito tanto con las mujeres como con los hombres de negocios.

Bajo la mirada de su antagonista, Henry se sintió algo débil y menos rencoroso. O tal vez fuera aquella cerveza irlandesa, fuerte y oscura, la que lo hacía sentirse más benévolo y laxo. En cualquier caso, permaneció sentado bastante tranquilo y relajado en la barra del bar. Ya no tenía miedo de lo que pudiera hacer a continuación. Con la segunda Guinness, Henry comenzó a charlar con W.S. sobre la primavera y el tiempo, y luego se presentaron.

– Wilhelm Sterner -dijo W.S. muy cortésmente.

– Peter Morén -dijo Henry estrechándole la mano.

No hubo ningún parpadeo que delatara en W.S. la más mínima sospecha ni ningún tipo de reacción similar, algo que en una situación como aquella un mentiroso como Henry hubiera captado en su presa. El menor atisbo de sospecha hubiera hecho retroceder a Henry, pero W.S. interpretaba meticulosamente su papel, formado como había sido en el mundo de la diplomacia y los negocios por Wallenberg. Más tarde, cuando rememoraba aquel encuentro y me explicaba la historia, Henry aún no lograba entender cómo aquel hombre que de forma tan fría y calculadora se sentaba en el taburete del bar siguiéndole el juego, sintiera tal angustia y miedo ante la muerte, como Maud afirmaba. W.S. parecía el hombre con mayor dominio de sí mismo en todo el mundo empresarial.

– Puedo invitarte a otra cerveza, si te apetece -dijo W.S.

– Estaría muy bien -contestó Henry-. Estoy sin blanca.

– Yo no -dijo W.S., y pidió otras dos Guinness.

Brindaron y W.S. le preguntó a Henry en qué trabajaba. Henry contestó que era carpintero, ya que había trabajado un par de veranos en la construcción y sabía algunas cosas del oficio. W.S. parecía muy interesado, y por supuesto estaba familiarizado con aquella profesión. Sabía cómo funcionaba el sector de la construcción y los dos coincidieron plenamente en que a los constructores se les podía augurar un buen futuro, a la vista de lo que se estaba demoliendo en el centro de la ciudad.

Henry y W.S. siguieron conversando de diversos temas, pero Henry no estaba lo suficientemente sobrio para darse cuenta de que le estaban conduciendo a un callejón sin salida, en el que un experto y avezado hombre de negocios con gabán lo esperaba apuntándolo con una Luger.

– Ahora tengo que irme, Henry -dijo W.S. de pronto, bajándose del taburete-. Pero te propongo que nos veamos mañana por la noche en casa de Maud. Tenemos muchas cosas de que hablar, ¿no crees?

Henry ni siquiera tuvo tiempo de pensar en una respuesta cuando W.S. ya se había marchado, dejándolo allí con su vergüenza, su sorpresa y su miedo insondable. Ya no se trataba de simple esprit d’escalier. Aquello era puro pánico.

Se cuenta que el célebre conde guerrero Moltke solo se rió dos veces en toda su vida: la primera fue cuando murió su suegra; la segunda, cuando durante una visita ceremonial contempló la fortaleza de Waxholm, el castillo de Oscar Fredrik.

Aquella era una de las historias favoritas de Henry, que en su versión adquiría mayores dimensiones que como yo la presento. Escuchar las historias del servicio militar de Henry podía resultar bastante tedioso, y no pienso entretenerme mucho tiempo en ese período.

Por su parte, Henry tampoco se reía mucho en aquel agosto de 1962, cuando el sol caía implacable en el patio del cuartel quemándole la nuca, y sudaba copiosamente. Los abanderados desfilaron hasta quedar en posición de firmes, el polvo se arremolinaba a la luz del sol, el ruido de los tambores reverberaba en ondas expansivas que retumbaban en las paredes del fuerte. Se dio la orden y la compañía entera de guardiamarinas y artillería de costa se puso firme.

El coronel leyó el Credo del Guerrero en un ambiente grave, solemne y grandilocuente. Resonaban las arcaicas terminaciones de las palabras: Carlos XII, triunfo, honor, honradez y responsabilidad. Aquellos hombres jóvenes, entre ellos Henry Morgan, en posición de firmes con sus uniformes caquis tras largos días de rigurosa preparación física en la isla de Rind, asumían ahora una gran responsabilidad en el momento de iniciar su instrucción militar, ser entrenados para convertirse en soldados de élite, ser asignados a puestos de servicio en tiempos de guerra, recibir nombres en clave y, como mínimo, en los próximos veinticinco años, estar preparados para el combate si las cosas empezaban a ponerse feas… cuando se pusieran realmente feas.

El coronel entregó a su adjunto el Credo del Guerrero, un gran cuaderno con una magnífica encuadernación en piel color burdeos, y empezó a pasar revista a las tropas junto al jefe de la compañía, un comandante muy bronceado. Los soldados saludaron. Y pareció que el coronel se paraba un par de segundos escasos frente a Henry Morgan para examinar más de cerca el saludo del recluta.

Podría pensarse que ya entonces el coronel se dio cuenta de que aquel sujeto en particular -cuyo saludo era, de hecho, correcto- se trataba de un caso completamente perdido, que aquel muchacho estaba muy quemado y que ningún mando podría amedrentarlo porque ya estaba tan hundido, tan profundamente hundido, que ningún arresto, castigo o retirada de permiso haría mella en él. Podría pensarse que el conocimiento de la naturaleza humana que en ocasiones atesora un militar del rango del coronel le habría indicado inequívocamente que el soldado Morgan iba a traer problemas.

Solo se puede suponer lo que el resto, los demás soldados, vieron. Quizá lo que vieron fue a un camarada raro que siempre era el último que quedaba en pie en el campo y que les ganaba a todos al póquer; alguien que era el último en levantarse por las mañanas pero el primero en completar todas las tareas; alguien que nunca se echaba atrás cuando un comandante furioso y con mal aliento le gritaba a la cara escupiendo saliva; y alguien que siempre defendía a algún crápula hasta lograr que los mandos se ablandaran. En cualquier caso, aquella era la imagen que Henry quería proyectar de sí mismo, así como la imagen que me presentó a mí.

Después de la cena del día en que escucharon el Credo del Guerrero, les concedieron unas horas libres y, como de costumbre, se tumbaron en la playa para contemplar la puesta de sol mientras saboreaban un café y un cigarrillo. Henry había hecho unos cuantos amigos, que compartían su deseo de mantener su integridad frente al Sistema: un atleta de élite que pensaba rechazar por motivos religiosos el uso de las armas cuando recibieran su metralleta; un batería potente pero muy malo al que Henry conocía del Gazell, en Gamla Stan, así como un par de muchachos que pasaban bastante inadvertidos.

En aquel celibato uniformado las noches podían ser bastante apacibles. Henry había sufrido. Se había graduado en el instituto, se había emborrachado y había dado tumbos por ahí para intentar superar lo de Maud. Pero sabía que todo había sido en vano. No podría superarlo nunca. Ella lo tendría en su poder para siempre, y la única alternativa que le quedaba era no volver a verla, alejarse de la ciudad tanto como le fuera posible.

Ahora estaban tumbados como de costumbre en la playa, contemplando la bahía. La puesta de sol era indescriptiblemente bella, y hablaban en voz baja de asuntos serios como llevar o no un arma. De pronto se acercó un soldado corriendo y gritando:

– Henry, tienes visita. Una chica, allá en la verja -resolló el soldado.

– ¿Visita? -preguntó Henry un tanto distraído.

– ¡Date prisa! Lleva esperando media hora.

Henry se dirigió arrastrando los pies hasta la verja y vio a Maud apoyada contra el reluciente radiador de un Volvo. Se esforzó en lo posible por no sentir nada, no mostrarse afectado. El uniforme le había curtido.

– ¡Cuánto tiempo…! -dijo Maud, y Henry se dio cuenta de que era la primera vez que la veía realmente nerviosa e inquieta.

Henry convenció al centinela para que le dejara acercarse al coche y sentarse dentro unos minutos. El guardia les pidió que se alejaran un poco para no ser vistos en caso de que apareciera algún oficial.

Henry llevaba un uniforme de campaña cómodo y ancho, con cinturón y botas de marcha. Maud lo miró detenidamente sin hablar, con expresión afligida. Parecía cansada. Él se sentó a su lado en el asiento de delante y miró por la ventanilla. Intentó que los ánimos se enfriaran un poco, porque de lo contrario tenía miedo de desmoronarse. Encendió un cigarrillo y permaneció en silencio.

– ¿De quién es el coche? -preguntó al cabo de un rato.

– ¿Qué tiene eso que ver con…? -dijo Maud, y se interrumpió-. Lo cierto es que es un regalo -reconoció.

Maud cogió la cabeza de Henry y la giró hacia ella. Su mirada ya no era asustada o afligida, sino tranquila y con los ojos llenos de lágrimas. Se mordió los labios hasta que palidecieron, y luego se echó a llorar. Henry no podía tocarla.

– ¿Qué tal está W.S.? -preguntó, tragándose el nudo que se le hizo en la garganta.

– Bien -sollozó Maud.

– Salúdalo de mi parte y dale las gracias por no haberme denunciado.

Maud asintió con la cabeza sin dejar de llorar.

– ¿Y cómo le quedó la boca?

– Dos dientes -contestó-. Tuvieron que ponerle dos nuevos…

– Yo tengo esta cicatriz -dijo Henry, levantando el puño derecho y enseñando una profunda cicatriz dejada por dos afilados dientes en sus nudillos.

– Pero… -murmuró Maud-. Necesito un… un pañuelo -dijo abriendo torpemente su bolso y sacando uno-. ¿Y cómo te va por aquí?

– ¿Tú qué crees? Pero no puedo quejarme. Estoy viendo agua todo el santo día y además tengo comida gratis. Podría estar peor… en la cárcel.

– ¿Por qué no me has llamado? Eres muy cruel, Henry. ¡Cruel y egoísta!

– Solo quiero que me dejéis en paz. Y de egoísmo es mejor que no hablemos, Maud.

– ¿Es que te doy miedo, Henry? Tienes que perdonarme… He intentado olvidarlo todo, pero no puedo.

– ¿Yo? ¿Perdonarte? -gritó Henry-. ¿Estás segura de que no sois vosotros dos, tú y W.S., los que deberíais perdonarme a mí?

Maud sacudió la cabeza sin preocuparse del maquillaje que le caía por las mejillas, dándole un aspecto entre grotesco y trágico. A Henry le pareció más hermosa que nunca.

– Ya todo ha pasado -dijo-. Y tú lo sabes. El mismo Wille dijo que se había comportado mal, que debería haber pensado mejor las cosas.

– Llámale como quieras, menos «Wille» -dijo Henry-. Y a mí aquello no se me olvidará nunca.

– ¿Por qué tienes que ser tan rencoroso?

– Yo no soy rencoroso, pero algo ha ocurrido. Necesito estar lejos de vosotros dos. Necesito tiempo…

– ¿Cuánto tiempo? Estás siendo tan duro, Henry. Duro y frío.

Había un paquete de cigarrillos en la guantera abierta y Henry cogió uno, lo prendió con el encendedor del coche y aspiró profundamente.

– Eso es lo que tú crees. Soy como todos los que estamos aquí. Muy pronto sabré cómo cargarme a cualquiera. Quizá de eso es de lo que se trata.

– ¿Y no me echas de menos? -suplicó Maud-. No puedo soportarlo más.

– No, no te echo de menos. Es algo mucho más grande que eso, mucho más grande…

En cuanto les dieron permiso, la fiesta empezó ya en el barco rumbo a Estocolmo. Al igual que los demás jóvenes reclutas, y tal vez por una especie de instinto provinciano de supervivencia, Henry había adoptado una jerga vulgar e insolente que podía resultar repulsiva para los no iniciados. Se pinchaban unos a otros con lo del calibre de tal o la punta de cual, lo cual podía sonar bastante ridículo a un oyente ajeno. Pero Henry se sentía a sus anchas.

Cuando llegó a la ciudad, fue a casa para enseñarles a Greta y Leo su uniforme caqui de gala. A Greta se le llenaron los ojos de lágrimas en cuanto vio aparecer a Henry. Ella pensaba que estaba francamente elegante, y esperaba que aquella fuera la prueba de fuego que por fin hiciera de Henry un ciudadano sensato, maduro y responsable. Después de todo, era un soldado de élite y estaba recibiendo entrenamiento especial. Y además había sido el único en el barrio seleccionado para ello.

Aquel otoño Leo Morgan cumpliría catorce años y estaba a punto de hacer su sensacional debut como joven poeta con la colección de poesía Herbario. El libro todavía no había llegado a las tiendas, pero al chico le habían enviado unas cuantas copias, y cuando Henry apareció por allí un fin de semana su hermano pequeño le regaló un ejemplar. Henry se sintió profundamente conmovido y, por una vez en la vida, se quedó sin palabras. Comprendió que había perdido totalmente el contacto con su hermano pequeño y que, de alguna manera, tenía que reparar el daño, aunque no sabía cómo. Se sintió torpe e incómodo, y se limitó a aceptar el libro en silencio, tal vez dándole a su hermano un suave golpecito en la barbilla como solía hacer. Seguro que Leo lo entendería.

Pero de todos es sabido que un joven mocoso de permiso no se queda en casa sentado matando el tiempo. En cuanto se quitó la ropa militar y se puso su vieja americana de tweed, una camisa a rayas con las iniciales W.S. y una corbata de estilo jazzy, Henry el recluta se lanzó a la calle. Había quedado con Bill, el componente del Bear Quartet, en el estudio de un atormentado pintor en el distrito de Klara.

Una sensación lúgubre se cernía sobre el estudio. La muerte se había ensañado con el mundo bohemio, llevándose a sus víctimas y separando a los sanos de los enfermizos. Bill se veía muy demacrado. Henry había subido al taller sintiéndose en plena forma y muy animado porque estaba de permiso y se había tomado unas cuantas cervezas. Pero Bill y el pintor tenían la moral por los suelos. El pianista de Bear Quartet había muerto por una transfusión de sangre, y Marilyn Monroe había acabado con su vida voluntariamente. El pintor había sido colega de Pollock en el pasado, pero había abandonado el action painting por un enfoque más reflexivo, entre cuyos frutos se incluía un retrato extremadamente sensible de M. M. Se trataba de un panegírico en toda regla, y ahora Bill, Henry y el pintor estaban allí sentados, escuchando a Coltrane junto a unas velas que lanzaban sus reflejos sobre Marilyn, por siempre jamás, como labrada en mármol.

Se bebieron un par de botellas de vino y superaron la peor parte del dolor. Bill ya se había hecho a la idea de que había perdido a su pianista, y quería que Henry se uniera al Bear Quartet, pero Henry estaba en plena instrucción militar y no podía comprometerse. Según Bill, solo era cuestión de ausentarse sin permiso, pero aquella idea nunca se le había pasado a Henry por la cabeza. Ausentarse era lo mismo que desertar. Era prácticamente como la muerte.

Bill tenía planes para él y el Bear Quartet. Ese invierno ensayarían duro para actuar como artistas invitados en Copenhague, en el club Montmartre y en el museo de arte de Louisiana, actuaciones que estaban ya cerradas para abril. Sería una especie de lanzamiento internacional para el grupo, y Henry podía acompañarlos si quería. Henry quería, pero no podía. No se licenciaría hasta finales de verano. No podía ser.

Después de un par de botellas de vino, cuando Henry, algo insensiblemente y sin pensar, comenzó a explicar historias de la mili, se pusieron a discutir. Bill y el pintor pensaban que Henry era un idiota, un don nadie que podía quedarse en el ejército para siempre. Henry se sintió profundamente dolido y se marchó del taller muy enojado. Estaba perdido. Y esa fue la última vez que vio a Bill del Bear Quartet durante los siguientes cinco años.

Es cierto que los recuerdos de Henry sobre su época en el ejército sugieren heroísmo y hazañas en las que él, ante el asombro de sus oficiales, se distinguió como un prodigio de coraje y fortaleza. Aseguraba haber rescatado una canoa y a dos de sus compañeros en una larga maniobra a remo realizada en noviembre; también haber acarreado la mitad de la carga de un soldado extenuado durante una larga marcha, sin decir ni una sola palabra. Aunque se trata de anécdotas míticas que no tienen mayor interés para esta historia.

De cualquier forma el año pasó, y se puede suponer que Henry se sintió bastante amargado a la vez que también muy cómodo en su papel como soldado de élite. De hecho, Henry tuvo que sentirse muy amargado pensando en lo que había sucedido.

El frío invierno del sesenta y tres se acercaba a su fin. La primavera liberó los hielos de ensenadas y bahías con crujidos desoladores y lastimeros. Había sido el invierno más largo y terriblemente duro que se recordaba. El hielo había alcanzado la costa, destrozando embarcaderos y cobertizos y causando grandes pérdidas a los pescadores, que ahora tenían que reparar lo que les había arrebatado el mar.

Al parecer, los mandos estaban muy satisfechos de sus tropas. Habían machacado a sus soldados, los habían sometido a penalidades que resultarían insoportables para alguien ajeno a la idiosincrasia militar, pero los muchachos habían respondido bien, empujados por un extraño sentido del orgullo. Como he mencionado, el invierno había sido muy duro, y con la primavera llegó el momento de darles alguna gratificación. Los superiores decidieron hacer la vista gorda si los soldados se relajaban un poco después de todo aquel esfuerzo. Solo era cuestión de humanidad.

Una semana después de la larga marcha, a principios de abril, un par de rufianes habían ido a Vaxholm y compraron vodka de estraperlo para todo el pelotón. Habían ocultado el cargamento en unos barracones y, después de cenar, empezó la fiesta permitida de manera no oficial.

Al cabo de un par de horas, el pelotón al completo estaba ya cerca de la inconsciencia. Henry era un poco reticente, aunque finalmente se unió a la fiesta. Después del primer trago, se dio cuenta de que no le había sentado nada bien, de que no le aliviaba en absoluto, sino más bien al contrario: sentía una especie de retortijón convulso en el estómago, que se iba haciendo cada vez más fuerte con cada trago que daba.

Hacia las diez de la noche, algunos soldados enajenados irrumpieron en las letrinas del ala oeste. Pataleando y rugiendo, destrozaron todos los baños hasta hacerlos añicos. Después salieron de allí y se dirigieron a los barracones, rompiendo todo lo que encontraban a su paso con la efectividad para la que habían sido entrenados.

En los momentos iniciales, Henry se dio cuenta de cómo iba a acabar aquello y fue entonces cuando algo empezó a tomar forma en su interior. Llevaba allí casi diez meses y sentía que ya había cumplido con todo aquello. Últimamente se notaba cada vez más inquieto y nervioso, y todavía le quedaban cuatro meses, cuatro largos y calurosos meses de verano. Cuando oyó a sus compañeros gritando y aullando como animales salvajes, yendo de barracón en barracón y destrozando todo lo que encontraban a su paso, entendió que una fuerza superior se estaba desencadenando aquella noche. No había marcha atrás.

En el barracón de Henry dos soldados vomitaban en sus cascos. Aparte de ellos, no había nadie más. Actuó como si lo llevara planeando desde hacía tiempo, aunque no era así. Había surgido de golpe en su cabeza, y media botella de alcohol de contrabando había acabado con todas sus inhibiciones. En lugar de participar del vandalismo, recogió sus cosas, hizo un pequeño montón con sus objetos personales y los envolvió con su abrigo grande e impermeable. Se puso unos calzoncillos largos, una camiseta y el uniforme de campaña. En la parte de abajo de su taquilla dejó un pequeño paquete con una carta, en la que escribió que no tenían que preocuparse por él: no se había suicidado, pero era inútil que trataran de buscarlo. Conocía aquellas aguas mejor que nadie.

Salió a hurtadillas poco después de medianoche. Había suficiente oscuridad, y se dirigió hacia el cobertizo del embarcadero, donde se guardaban las pequeñas canoas canadienses, un modelo más ligero que podría llevar remando él solo sin dificultad.

Aquella noche de primavera también se celebraba una fiesta en el comedor de oficiales, así que el campamento entero parecía una auténtica locura. Nadie se dio cuenta de que un soldado había robado una canoa canadiense, se había alejado remando como un indígena y había desaparecido para no volver jamás.

A Henry le quedaba aún media botella de vodka, y mientras remó durante una hora seguida sin parar fue dando algún trago para calmarse un poco. La canoa se deslizaba bien y el mar estaba tranquilo. Una ligera brisa nocturna soplaba a sus espaldas, y puso rumbo al nordeste, hacia la isla de Storm. Calculó que tendría que remar unas tres horas más para llegar a su destino. No empezarían a buscarlo en serio hasta las siete, como mínimo. Era un margen tranquilizador.

Sus cálculos también fueron bastante acertados. Henry había mantenido el rumbo previsto en la medida de lo posible, y en el momento en que el sol salía por el horizonte al este vio la negra silueta de la isla de Storm perfilarse como una nube baja, una nube negra y pesada.

De pequeño, la isla de Storm había sido para Henry como su segundo hogar: conocía cada roca y escollo, cada pequeña lengua de terreno que entraba en el mar, cada arbusto que azotaba el viento. La gente que seguía viviendo allí, la familia de su madre, podría reconocerle a kilómetros de distancia. Se referían a él como «el vendaval», en parte por la ventisca que presumiblemente azotó la isla el día en que vino al mundo, y en parte por su temperamento.

Era importante permanecer oculto. Los habitantes de Storm podían parecer estúpidos, pero aun así atarían cabos. Si alguien viera a Henry remando en las aguas de Storviken en una canoa canadiense de camuflaje, la noticia no tardaría en correr por el pueblo y, pese a no haber ni un solo teléfono en toda la isla, el viento, las olas o los peces propagarían el rumor hasta tierra firme con mayor rapidez que el telégrafo.

Al amanecer, Henry desembarcó en una pequeña ensenada de la parte norte de la isla. Estaba extenuado y tenía mal cuerpo a causa del vodka. Quería dormir, estirar las piernas y dormir, descansar. Sabía que la docena aproximada de personas que vivían en la isla no solían salir de sus tierras y apenas iban a la parte norte de la isla. Así que empujó la canoa hasta una hendidura entre las rocas y, a solo unos metros de distancia, la pintura de camuflaje surtió su efecto: la embarcación dejó de verse.

A unos cientos de metros de la pequeña ensenada estaba el faro, que proyectaba sus luces blancas y rojas sobre el insondable mar. El faro estaba deshabitado, y Henry no desaprovechó la oportunidad.

Todo le salió a pedir de boca. Tras varios días de azarosas tribulaciones, una noche ya bastante tarde entró en su apartamento. Estaba de vuelta en su casa de la calle Brännkyrka, en pleno centro de Estocolmo. Greta y Leo dormían. Henry colgó su pesado abrigo en el recibidor, acomodó el equipaje en un armario y se dirigió a la cocina.

– ¿Eres tú? -balbuceó Greta, medio dormida y abrochándose el cinturón de la bata-. Pero, hijo, ¿es que te has vuelto loco? -continuó, dándole a su hijo un abrazo amargo-. ¿Te puedes hacer una idea de lo preocupada que me has tenido? Los oficiales llamaron y dijeron que te habías marchado… Sabía que no corrías ningún peligro… ¡Pero estás loco! ¡Acabarás en la cárcel!

– Eso no va a suceder, mamá -dijo Henry-. No volverán a cogerme.

– Estás realmente loco, Henry -prosiguió Greta con un gemido, pero enseguida se puso a calentar algo de comida para el desertor.

– He venido a despedirme -dijo Henry muy serio.

Greta no apartó su atención de la comida, negándose a comprender lo que su hijo intentaba decirle.

– ¿Despedirte? -repitió amargamente-. ¿Es que no vas a darme otra cosa que problemas?

– Me marcho del país -dijo Henry-. A Copenhague. Si quiero puedo tocar en un cuarteto allí. Ya sabes cómo han ido las cosas… Ha sido un infierno para mí.

– Sí, lo sé -dijo Greta dejando de preparar la comida-. Pero ¿por qué no has dicho nada hasta ahora?

– He intentado arreglármelas solo. Y esta es la única solución.

– ¿Huir? ¿Esa es la solución? Bueno, supongo que esa ha sido siempre tu forma de solucionar las cosas. Eres igual que tu padre. Pero tú estás completamente loco. Me vas a echar a la policía encima…

– No voy a echarte a la policía encima. Me marcho del país y estaré fuera hasta que… hasta que…

– ¡Marcharte del país!

Greta se derrumbó sobre la mesa de la cocina, y a Henry se le ocurrió que siempre se aseguraba de que todas las mujeres lloraran por su culpa, aunque no sabía muy bien por qué.

«Estos siete años pasarán rápido, dijo el niño al que habían dado una paliza el primer día de clase.» Esas fueron las últimas palabras que supuestamente dijo Greta a su hijo.

Henry estaba en el recibidor, ataviado para el viaje y sosteniendo una maleta y el abrigo. No quería prolongar más aquello, porque sabía que empezarían a asaltarle dudas. Había entreabierto la puerta de Leo y había visto a su hermano pequeño por última vez en mucho tiempo. Leo ya era un niño prodigio de la poesía y había salido en televisión, en El Rincón de Hyland. Henry iba a echar de menos a su hermano, pero dudaba de que Leo lo echara de menos a él.

Greta pronunció uno de sus viejos proverbios para darse fuerzas tanto a ella como a Henry, y él se marchó. Bajó por la calle de Horn y llamó al timbre de la casa de su abuelo. Necesitaba dinero.

Desde que murió su esposa, el abuelo permanecía despierto hasta muy tarde. Había empezado a vivir la vida de nuevo junto a su peculiar club de caballeros MMM, y se había embarcado en proyectos secretos de los que nunca hablaba.

– Henry, muchacho -dijo el abuelo-. Estás completamente loco, pero siempre he tenido debilidad por los locos. Anda, pasa.

Henry entró en el apartamento, impregnado de olor a puro. Su abuelo estaba leyendo en el salón, sentado ante las brasas de un fuego que se extinguía. Estaba a punto de acostarse.

– Copenhague, dices -dijo el viejo Morgonstjärna-. Una ciudad muy agradable, pero deberías ir a París, por supuesto. Allí es donde estuve por última vez, veamos…

Y el anciano empezó a explicar anécdotas de su vida disipada en el continente, que Henry se sintió obligado a escuchar.

Dos horas más tarde estaba de nuevo en la calle. El abuelo Morgonstjärna le había dado a su nieto mil coronas en metálico, junto con su bendición y una insinuación de que a la larga sería necesario que el muchacho volviera a la casa. Solo más adelante sabría la razón.

Henry se despidió de Estocolmo, de Greta y de Leo, de su abuelo, de Maud y de W.S., y de todo lo que hasta entonces lo había retenido allí.

Se dio prisa para no arrepentirse ni verse embargado por la duda.

Si estalla la guerra

(Leo Morgan, 1960-1962)

La noche era oscura y deprimente; fuera lloviznaba. Todo el mundo estaba en sus casas. Había empezado una nueva década, y al principio la gente no salía, hasta que pronto comprendieron que aquella sería una década célebre a nivel mundial y que no tenía sentido quedarse encerrado en casa.

Leo Morgan estaba en sexto curso y tenía bastantes deberes, tareas que siempre hacía meticulosamente por la noche después de cenar. Aquella noche en particular tenía que estudiar para un examen de matemáticas. Era una noche oscura, muy apropiada para ecuaciones complicadas. Había bajado al piso de Verner Hansson para que este le ayudara con algunos problemas, pero su madre no lo dejó entrar. Le dijo que Verner estaba enfermo. Leo pudo oír cómo Verner trasteaba por su habitación, lo que despertó su curiosidad, pero su madre estaba firmemente decidida y no había nada que hacer. La madre de Verner era la más estricta de todo el edificio. También estaba sola, como Greta, pero siempre había sido así. El padre de Verner había desaparecido hacía muchos, muchos años, y Verner aseguraba que era marinero y que vivía en una isla de los mares del Sur. Muy pronto se reuniría con él, en cuanto acabara la escuela. A Verner le gustaba «Hansson», como llamaba a su padre, a pesar de no haberlo visto nunca. Le gustaba la gente que simplemente desaparecía, como en aquellos casos que de vez en cuando salían en los periódicos y que explicaban que un niño había salido a buscar leña una noche, como solía hacer tantas noches, y simplemente desaparecía y no volvía a saberse más de él. Y siempre ocurría a cien kilómetros por lo menos del pueblo más cercano, y no dejaba ningún rastro…

A Verner Hansson le encantaba elucubrar sobre aquellos misteriosos casos. Ya tenía una buena colección de ellos, una especie de archivo de personas desaparecidas con toda la información que había salido en los periódicos. Era algo terriblemente inquietante. Verner era sin duda muy dado a los efectismos.

Pero aquella tarde de octubre de 1960 a Leo no se le permitió visitar a Verner porque su madre así lo había decidido y no había lugar a discusión. Por eso tuvo que dedicar más tiempo a las matemáticas, y le costó bastante empezar con los deberes de sueco. Leo tenía que escribir un pequeño tratado, como el profesor con especial devoción por el Antiguo Testamento llamaba a las redacciones, sobre su herbario. El tema lo había elegido él mismo, aunque la tarea era obligatoria. Ahora estaba sentado a la luz de la lámpara, hojeando las láminas de su herbario una y otra vez e intentando contar algo sobre su método de recoger plantas o explicar algunas anécdotas acerca de la campana de Storm, la flor más gloriosa de todas.

Describió las húmedas mañanas de junio en que se levantaba muy temprano e iba a los prados a buscar plantas. El rocío se notaba todavía frío y fresco, escribió. Pero le resultaba muy difícil redactar algo sobre el herbario de la isla de Storm, porque, no importaba cómo empezase, siempre acababa con aquella terrible noche de solsticio de verano, con el rojo acordeón brillando al sol de la mañana, los lamentos de la gente fundiéndose con los graznidos de las voraces gaviotas y Gus Morgan en la playa, ahogado. A Leo le entraba miedo y se ponía enfermo solo de pensar en aquello, y se le quitaban las ganas de escribir nada. Pero estaba obligado a presentar algo, y así fue como desembocó en la poesía. Leo escribió unos cuantos versos cortos sobre su herbario, aunque sabía que era totalmente ridículo escribir poesía. Era lo que hacían las chicas en sus diarios, y siempre hablando de algún chico del que estaban enamoradas sin ser correspondidas. Pero los poemas de Leo eran de otro cariz completamente distinto: eran en cierto modo anticuados y solemnes; no había amor en ellos, y eso era bueno.

Se sentía bastante satisfecho. Al menos ahora tenía algo que presentar al profesor devoto del Antiguo Testamento, que seguramente expresaría su aprobación a un muchacho que escribía poesía. Leo fue a la cocina para tomarse un vaso de leche. Greta estaba allí sentada, remendando calcetines y escuchando la radio. Estaban retransmitiendo un programa de tributo a Jussi Björling, y Greta parecía a punto de llorar. Era una gran pena, decía. Jussi tenía una voz hermosísima, como nunca más volvería a escucharse.

El mundialmente célebre tenor era conocido como «Jussi» por todos los suecos. Greta, como todas las demás mujeres, le lloraban con genuino amor. Sollozaba calladamente sobre la cesta de la costura, llena de un número infinito de medias y calcetines gastados, con los talones y las puntas agujereados. Estaba subyugada por la dorada voz de Jussi, que otorgaba a su mirada un aire remoto y soñador que Leo nunca había visto hasta entonces. Se preguntó con qué estaría soñando. Ella aún no podía saber que justo aquella noche había nacido un nuevo bardo en Escandinavia, un poeta a cuyos poemas se les pondría música y serían grabados en discos por una famosa cantante de ópera. Si Jussi hubiera seguido vivo, quizá también él los habría cantado… eso es algo que nunca se sabrá.

El programa de radio dedicado a Jussi Björling finalizó y empezaron las noticias. El noticiero no era tan agradable. Greta dijo que se alegraba de que Leo hiciera sus deberes y se quedara en casa por las noches. Todo el mundo parecía haber enloquecido. Había niños en las calles esnifando disolvente y cometiendo tropelías, peligrosos tanto para sí mismos como para quienes les rodeaban.

Leo sabía muy bien de lo que le estaba hablando. Se trataba del asesinato en el estadio de Hammarby. Aquella mañana habían encontrado el cuerpo de un niño de diez años detrás de un cobertizo, y se hablaba de un crimen sexual. El padre del chico había encontrado el cadáver. A Leo también le entraban escalofríos solo de pensar en aquello.

Greta siguió zurciendo calcetines, con aire ausente, y Leo volvió a su escritorio, a su herbario y a sus poemas secretos. Tal vez estaba puliendo el esbozo de «Tantas flores» cuando de pronto fue interrumpido por una piedrecita que dio contra el cristal de la ventana. Dio un respingo, asustado, y se asomó. Abajo, en la calle mojada por la lluvia, estaba Henry haciéndole señas. Se había olvidado las llaves, cómo no. A menundo se olvidaba de las llaves. Leo abrió la ventana y le tiró las suyas, y Henry cogió el llavero con la gorra. Estaba silbando «La cucaracha», y se dirigió hacia la entrada bailando unos elegantes pasos de chachachá. Leo se quedó sentado en el alféizar mirando la calle cuando oyó entrar a Henry, que se dirigió como una tromba hacia la cocina para vaciar la nevera con voracidad. Henry continuaba silbando «La cucaracha», siguiendo el ritmo con golpecitos en las puertas de los armarios de la cocina, que retumbaban por toda la casa.

Al cabo de un instante, un coche de policía se paró en la entrada. El vehículo había doblado la esquina a toda velocidad y había frenado en seco delante del edificio de la calle Brännkyrka. Dos policías de aspecto grave bajaron rápidamente del coche y de alguna extraña manera lograron entrar en el edificio sin llaves. Tal vez pasó un minuto -Leo permaneció sentado especulando sobre qué podría haber ocurrido, quién se habría peleado hoy, quién podría haberse emborrachado o puesto enfermo o algo así- hasta que los policías volvieron a salir. Flanqueado por los dos agentes, iba Verner.

Completamente tranquilo y sereno, Verner Hansson caminaba entre los dos fornidos policías, que abrieron la puerta del coche y empujaron a su presa al interior con bastante brutalidad. Leo comenzó a sudar de golpe; le ardía la cara, la sangre le golpeaba en las sienes, las piernas le empezaron a temblar. No entendía qué estaba pasando. ¿Qué podría haber hecho Verner Hansson para ser arrestado por la policía como un asesino?

Leo se dio una palmada en la frente, caliente y febril. Apoyó la cabeza contra el frío cristal de la ventana y trató de pensar racionalmente, intentar dilucidar qué tipo de espantoso crimen podría haber cometido Verner. Entonces a Leo le vinieron a la mente las llaves. Ambos coleccionaban llaves. Llevaban haciéndolo desde hacía mucho tiempo, y hasta ahora habrían reunido entre los dos más de doscientas. Eran de gran utilidad.

Había algo de mágico y de excitante en las llaves. Encontrar la llave adecuada entre todas las del manojo y descubrir cómo encajaba en una cerradura y sentir el ruido seco de grafito del cilindro cuando la llave giraba era siempre una experiencia sensual. Lo más emocionante era abrir una puerta que había estado cerrada desde hacía mucho tiempo, una puerta que no tenías derecho ni autorización para abrir. Existía una especie de vínculo indeleble entre cerradura y llave que no se podía deshacer, no importa dónde estuvieran ni cuántos océanos las separaran. Ambas partes, fija y móvil, se correspondían, se presuponían una a la otra. Mucho más adelante, en el poemario Escalada de fachadas y otros hobbies (1970), retomaría el tema del parentesco sanguíneo entre metales en un homenaje a Gösta Oswald, cuando hizo uso de sus palabras acerca de «la soledad manifiesta de la llave».

Pero todo aquello había ocurrido unos diez años antes, y en esos momentos Leo solo pensaba perplejo y confuso en que Verner Hansson y él habían reunido una considerable colección, como la de sellos de Verner o el herbario de Leo. Los chicos habían encontrado llaves por la calle, las habían robado de cajones secretos y las habían intercambiado con otros coleccionistas. Verner y Leo no tenían problemas para abrir la mayor parte de los trasteros de los áticos del barrio, e incluso en una ocasión un conserje acudió a ellos para que le ayudaran. Resultaba mucho más barato que llamar a un cerrajero porque aquella empresa trabajaba gratis, solo con la condición de tener carte blanche para acceder al ático del viejo.

Pero no todos los conserjes eran tan liberales. Muchos porteros tenían miedo de los robos y de los actos vandálicos. Muchos gamberros subían a los desvanes a fumar, esnifar disolvente y darse el lote con las chicas. Tal vez los conserjes pensaran que Verner y Leo estaban detrás de todos los asaltos a desvanes que se habían producido en los últimos años. Había gamberros que mataban gatos metiéndolos en las secadoras de las lavanderías comunitarias; otros encendían fuegos para calentarse.

Leo no le encontraba pies ni cabeza a nada de aquello. Se sentó a su escritorio y oyó a Henry, que seguía en la cocina silbando «La cucaracha» como un bobo. Henry había estado boxeando y seguro que se estaría metiendo entre pecho y espalda como mínimo quince sándwiches de queso blando Raket, sucedáneo de caviar Kalles y tres botellas de leche mientras bailaba chachachá. No se había enterado de lo que le había pasado a Verner. Y tampoco se lo iba a contar, porque su hermano no sabía tener la boca cerrada.

En el último cajón del escritorio había una caja de caudales metálica, con una cerradura con combinación. Leo cogió la pesada caja, la abrió y sacó un manojo con setenta y cinco llaves. Verner tenía otro como aquel. Probablemente la policía se lo habría confiscado, como prueba. Así que no había escapatoria. Ya era demasiado tarde. Pero aún no habían encontrado las llaves de Leo. Cogió el manojo y se subió a un taburete que había en un rincón de la habitación. Con manos sudorosas, desatornilló la tapa de la ventilación y dedicó una última y cariñosa mirada al voluminoso manojo de llaves que le había dado libre acceso a tantos sitios. Después tiró las llaves en el conducto de ventilación. Cayeron más de diez metros, hasta aterrizar en un lugar donde nadie buscaría.

Se había deshecho de una de sus pertenencias más preciadas. Sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo: era el fiero placer sensual de un acto de sacrificio y de repudio. No había vuelta atrás. Ya no podía andarse con chiquitas; algo le decía que ya no tenía sentido andarse con chiquitas.

El asunto de Verner Hansson y la policía continuó siendo un misterio hasta que la madre de Verner fue a ver a Greta unos días más tarde. Estaba teniendo problemas con Verner y necesitaba desahogarse con alguien. Después de todo, las dos estaban solas con sus muchachos; iban en el mismo barco, por así decirlo.

La señora Hansson explicó a Greta entre grandes sollozos que Verner había llamado a la policía y había confesado haber asesinado al niño de diez años en el estadio de Hammarby. La policía acudió rápidamente a buscar al asesino -aquello fue lo que Leo presenció desde la ventana-, pero lo habían traído de regreso al cabo de una hora. No decía la verdad. Verner solo había llamado a la policía para que lo llevaran a comisaría y ver «cómo era aquello», según sus propias palabras. El auténtico asesino era un chaval de diecinueve años que había estado esnifando disolvente. La policía le dijo a la señora Hansson que siempre aparecían «tipos» así, que confesaban asesinatos que no habían cometido; era incluso bastante habitual. También le explicaron que estaban sumamente impresionados por los conocimientos de Verner sobre personas desaparecidas, gente a la que buscaba la policía, todos aquellos casos sin resolver que ningún inspector podía explicar. También le dijeron a la madre de Verner que tuviera cuidado, porque Verner podía «resultar dañado» si seguía ocupándose demasiado de esas cosas: no era algo muy normal.

La señora Hansson lloraba, completamente desesperada, porque creía que su querido hijo estaba mal de la cabeza. No sabía qué hacer. Greta tampoco tenía ningún consejo que darle; lo único que se le ocurrió fue decirle que le levantara el arresto domiciliario a Verner. A ningún chico podía hacerle bien estar encerrado en su habitación. La señora Hansson dudó bastante rato antes de bajar y dejar libre a su pequeño doctor Mabuse.

Hay un poema en Herbario (1962) titulado «Excursión». Probablemente fue escrito en primavera o verano de 1961. El poema tiene una especie de estribillo -una vez más la magia de la repetición de la que Leo Morgan hace constantemente uso- que dice así: «Nos vestimos para la guerra/nos equipamos cuidadosamente/los soldados duermen en el bosque». A simple vista podría parecer que trata sobre un niño pequeño que le pide ayuda a su madre para prepararse para una acampada, una especie de salida al bosque. El estribillo viene precedido de elegantes imágenes florales, un canto a todo lo que brota y crece -como la mayoría de los poemas de Herbario-, pero esos versos en especial presentan una significativa carga cuando leemos: «bajaremos a una bóveda/donde nada crece/ni siquiera las flores del mal».

En esencia, el poema trata de una madre y su hijo que bajan a un refugio ante la alarma de un bombardeo aéreo. La mujer intenta desesperadamente darse prisa, mientras que el niño trata de calmar a su madre. Estos versos llegan al final como un mazazo, cuando el acto de vestir al niño, realizado con tanto amor, de pronto aparece claramente como un acto de pánico, con sirenas sonando sobre los tejados, llantos, gritos y gemidos. Quizá Leo recibiera ayuda para disponer de esta sofisticada manera el material de la composición: la explicación que no se expresa hasta que de pronto surge al final y lo cambia todo. En cualquier caso, se trata de un poema muy extraño, con alusiones a Baudelaire, a quien el poeta probablemente conocería gracias al profesor de su escuela. Leo Morgan se había convertido en un literato.

La idea de la sirena de ataque aéreo tenía su origen en el ejercicio de evacuación que se realizó en Estocolmo en 1961. El mismo simulacro en el que Henry, ignorándolo por completo, se vio involucrado aquel domingo en que salió muy temprano por la mañana para ir a ver a su querida Maud y desayunar tête-à-tête.

En el mismo momento en que Fredrik el Afónico empezó a aullar sobre los tejados, Verner llamó a la puerta de la familia Morgan. Verner Hansson se había levantado de madrugada para preparar el equipo, justo como se decía que debía hacerse en el folleto Si estalla la guerra. Había dejado su enorme mochila gris en el recibidor. Leo no estaba aún preparado y tuvo que soportar unas cuantas críticas de Verner, quien de forma apresurada se sacaba una espinilla delante del espejo del recibidor.

Al cabo de poco, los chicos salieron para tomar el metro y dirigirse a Hässelby, siguiendo a pies juntillas el programa. También oyeron lo de que el rey estaba por allí en algún lugar, aunque nadie sabía exactamente dónde. Aquello lo volvía todo aún más emocionante. Verner había leído un montón de libros sobre la segunda guerra mundial. Podía explicar historias absorbentes acerca de la Resistencia francesa y decía que pensaba unirse a la Resistencia cuando estallara la guerra. Era precisamente aquel uso del «cuando» lo que más desquiciaba a Leo. No le gustaba el hecho de que Verner asumiera con tanta frialdad que iba a haber un conflicto bélico. Verner nunca decía «si» estalla la guerra, sino «cuando» estalle la guerra.

Naturalmente Verner llevaba consigo el folleto Si estalla la guerra y durante el trayecto lo estuvieron hojeando. Lo habían repartido aquella primavera por todos los hogares, y la nueva versión estaba ilustrada con dibujos que mostraban exactamente lo que debía hacerse en diversas situaciones de emergencia.

En el prefacio podía leerse que nadie preveía que la guerra estallara, pero Verner no prestó ninguna atención a aquello. En su mórbida imaginación simplemente había decidido que la guerra ya estaba a las puertas. En otras palabras, Si estalla la guerra era una lectura absolutamente esencial. Verner leía en voz alta el catecismo de la guerra, al tiempo que imitaba el sonido de diversas señales de alarma. Silbó la sirena de emergencia con tonos cortos y repetidos; medio minuto de pausa, y después uno largo y continuo. Silbó la sirena de alarma aérea con un sugestivo aullido, con tonos subiendo y bajando, y por último silbó el final de situación de emergencia.

La lectura continuó con el apartado sobre el espíritu de resistencia y vigilancia. Bajo el encabezamiento «Vigilancia» había un dibujo de un tipo raro con sombrero y gabardina que tenía el típico aspecto malévolo y astuto. Estaba escuchando la conversación de una pareja de militares; tal vez fuera de Rusia. Leo podía pensar en al menos cinco hombres de su barrio que quizá fueran espías. También había bastantes párrafos que alertaban sobre la necesidad de guardar silencio acerca de informaciones que podían ser secretas, de extremar la vigilancia en tiempos de incertidumbre y avisar a la policía en cuanto hubiera alguna sospecha de espionaje o sabotaje. Nota bene, pensaron las dos ratas de biblioteca. No dudarían en informar ni siquiera a sus padres… en el caso de haberlos tenido.

Después de aquellas importantes directrices, venían un par de desagradables apartados acerca de buscar refugio en caso de ataque, protegerse contra la radiactividad y contra ataques con armas biológicas y gas nervioso. Los dibujos mostraban diferentes tipos de refugios, hombres con capuchas y cuellos subidos que supuestamente se protegían contra la radiactividad, y hombres con máscaras de gas que les cubrían la cabeza y que les hacían parecer tejones disfrazados.

El último apartado de Si estalla la guerra hablaba del movimiento de resistencia, y era allí donde Verner preveía que estaría su lugar «cuando» estallara la guerra. «Participar activamente en el movimiento de resistencia requiere valor y nervios de acero», ponía. Verner estaba muy seguro que él tenía tanto valor como nervios de acero. Por encima de todo, había sido extremadamente meticuloso con el equipo. Como si fuera un auténtico oficial, Verner enumeró todo lo que debía llevar en la mochila: una manta o saco de dormir, ropa interior, calcetines, ropa de cama, toallas, artículos de aseo, papel higiénico, pañuelos, un jersey de lana, zapatos, un plato, un vaso, cubiertos, un cuchillo con funda, una linterna y cerillas, así como comida para al menos dos días.

Leo había conseguido reunir la mayor parte de todo aquello, y además Greta había metido en su mochila comida para una semana como mínimo. Verner parecía muy satisfecho. Aunque, como era un auténtico profesional, además de todo el equipamiento requerido había cargado con un par de botas de agua, ropa para cambiarse, un termo, papel de carta, una radio que funcionaba a pilas y un plástico grande por si llovía. Verner estaba convencido de que estaba actuando como un auténtico héroe, y se llevaba muy bien con los otros héroes de mediana edad que también se tomaban todo aquello de la guerra totalmente en serio. Fue uno de aquellos héroes de pacotilla al que se encontró Henry y obligó al joven amante a acompañarlos hasta Hässelby, a pesar de que él había pensado bajarse en Odenplan y no tenía previsto para nada formar parte de toda aquella operación.

Henry también se había topado con Leo y con Verner. Se encontró con aquellos heroicos soldados en la estación de metro justo cuando se disponía a tomar el primer tren que volviera a la ciudad, donde por fin podría ver de nuevo a Maud. Verner y Leo pensaron que Henry era un traidor. Le recordaron que cualquier mensaje que ordenara la rendición era falso.

Cualquier mensaje que ordenara la rendición era falso, aunque aquel soleado domingo no es que se estuviera ofreciendo mucha resistencia. Los chicos regresaron a casa por la noche un tanto decepcionados, al menos así se sentía Verner. Las cosas no habían salido como él se había imaginado. Había esperado ver algunos cañones, humo, bombas y granadas, justo como debía de ser en el ejército. Pero no vieron ni rastro de cañones humeantes. La gente había estado jugando a fútbol y asando salchichas, como si hubieran salido de excursión con la escuela.

Leo tenía una opinión muy distinta. Nunca se había considerado tan valiente como Verner, que pensaba unirse al movimiento de resistencia. Aquello requería valor y nervios de acero, y Leo carecía de ambas cosas.

Durante la noche que siguió al simulacro de evacuación, Leo tuvo fiebre. Se sentía muy mareado, y estuvo en la cama quejándose durante mucho tiempo. Greta le puso paños de agua fría en los tobillos y las muñecas; había pensado que aquello le iría bien, del mismo modo que ayudaba a los chicos retrasados de la isla de Storm. Leo deliraba, y la mantuvo despierta hasta que se hizo de día. Henry estaba fuera, como siempre que se le necesitaba. Greta maldijo la guerra, a Henry y al mundo entero por todo lo que se veía obligada a soportar.

Aquella noche fue probablemente un momento crucial para Leo Morgan. La guerra no había sido una amenaza seria hasta aquella insoportable noche en que, en las alucinaciones del delirio, se apareció con toda su execrable maldad. De pronto, la guerra se había convertido en una realidad.

Fue a buscar el pequeño folleto Si estalla la guerra. Estaba en el recibidor, junto a las guías telefónicas, y lo leía a hurtadillas cuando volvía de la escuela y estaba solo en casa. En el folleto la guerra aparecía como algo que podía estallar en cualquier momento, algo que no solo atañía a los heroicos reyes de hacía quinientos años. Todos los primeros lunes de mes se comprobaban las sirenas que había en los tejados, y comprendió que sin duda la guerra estallaría un primer lunes de un mes porque nadie en toda la ciudad se tomaba la alarma en serio. ¡Qué terrible revelación! Leo se sentía inexorablemente solo en su terror infinito.

Al final llegó a saberse de memoria todo el folleto de Si estalla la guerra, sin duda incluso mejor que Verner. Había algunos dibujos que, en su simplicidad, le habían afectado especialmente. Entre ellos estaba la ilustración de una madre ayudando a vestirse a sus hijos cuando sonaba la alarma. La mujer le estaba poniendo los zapatos a uno de los niños mientras el otro, ya completamente vestido, esperaba junto al equipaje. Se disponían a bajar al refugio antiaéreo. Leo no tenía ni idea de adónde debía ir cuando estallara la guerra; no sabía dónde estaba el refugio, si es que había alguno. Aquella incertidumbre le sumió en el más profundo abismo del terror.

El miedo y la angustia se instalaron rápidamente en la poesía temprana de Leo Morgan. El profesor de sueco y entusiasta del Antiguo Testamento había establecido una relación de confianza con Leo el niño prodigio, quien constantemente le daba a leer nuevos poemas. Enseñó a su alumno favorito cosas que el niño no sabía: algunos recursos líricos que solo alguien muy experto podía notar. Cuando Leo le dio a leer el poema «Excursión», percibió inmediatamente de lo que en realidad estaba hablando el chico: comprendió que, debajo de su etérea capa de romanticismo naturalista, subyacía algo muy cercano al pánico y a un terror angustioso ante la desvalida fragilidad del ser humano. La humanidad había hecho tan mal las cosas que se veía obligada a excavar búnkers y profundas cuevas en las montañas para tener una pequeña posibilidad de sobrevivir a su propia maldad. El ser humano era el peor enemigo del ser humano.

El profesor, un hombre de grisura infinita que emitía a su alrededor un dulzón olor a sudor, tuvo finalmente una idea. A esas alturas había leído ya tantos poemas excelentes que pensó que Leo debería enviarlos a una editorial. Tenía que recopilarlos en un buen manuscrito. El profesor escribiría una carta de recomendación, en la cual daría fe de su familiaridad con la biología y la botánica así como de sus conocimientos de la gran literatura, desde los Edda hasta Ekelöf. La afirmación de que Leo estaba muy versado en literatura clásica era una gran mentira. Lo más remarcable de su vena poética era que no necesitaba cruzar regiones lejanas para alcanzar altas y poderosas cimas. Leo Morgan escribía siguiendo los dictados de su propia mente: no necesitaba referentes. Nunca se convertiría en un epígono. Era algo que se había propuesto mucho antes de aprender incluso cómo se pronunciaba aquella palabra. Pero plagiar una o dos frases a los viejos maestros era una cosa muy diferente.

Era algo que todo escritor debía hacer.

El agente secreto

(Henry Morgan, 1963-1964)

Aquí comienza el relato de una aventura, algo que sin duda les puedo garantizar. Se trata de una gran aventura, un sueño terrible y hermoso que duró cinco largos años y al que no le faltan elementos de lo más singular.

Henry Morgan estaba de camino a París, pero para llegar a la capital francesa tenía que pasar por Copenhague, y una vez en Copenhague no estaba del todo seguro de poder llegar a París. En realidad, Henry estaba de camino a París en lo que le estaba pareciendo una eternidad.

La gente se quedaba prendada de aquel extraño muchacho que estaba en proceso de convertirse en hombre, aquel joven de veinte años de rara vestimenta, un caballero anacrónico, solo en el ancho mundo. La gente se prendaba, intentaba aferrarlo, usarlo de modos inimaginables; aun así, para su eterna decepción, lo veían desaparecer y huir, siempre camino de París.

Henry el goliardo, el estudiante del arte de la vida, tenía constantemente la clara visión de París ante él. Estaba huyendo para salvar su vida, escapando de algo indefinido que recordaba a una condena, a un destino. Durante su larga huida empezaría a componer lo que, quince años más tarde, sería algo único, una suite musical escrita por un hombre salvaje al que ninguna academia ni escuela había logrado disciplinar realmente. Llamó a su oeuvre majeur «Europa, fragmentos en descomposición». Y estoy seguro de que fue la mayor revelación de su vida cuando, con una perspicacia súbita y despiadada, surgió en su mente la visión de la obra completa. Quizá fuera también el sueño de este trabajo lo que lo sostuvo en pie durante sus largos años de exilio, a veces llenos de peligros y en ocasiones realmente áridos. Era a la vez un Gesualdo y un Chopin, como alguien dijo una vez… probablemente él mismo.

El silencio de los cuáqueros era absoluto, pesado, como el eco que deja tras sí un monumental susurro. Sus respiraciones ondulaban rítmicamente como el mar. Se trataba de una docena de personas inmersas en su propio respirar, meditando en un océano de silencio y quietud.

Henry comprendió que él también debía meditar, aunque no entendía muy bien para qué servía todo aquello. No podía evitar fijarse en cómo los rasgos de Tove parecían difuminarse al cerrar los ojos y sumirse en aquel extraño estallido reflexivo. Tampoco podía evitar mirar a Fredrik y a Dine, que tenían el mismo apellido y vestían igual, y podían ser esposos o mellizos. Le estaba costando mucho concentrarse. La luz, el cálido sol de principios de verano que penetraba a través de las ventanas, convertía las motas de polvo en indolentes luciérnagas que no bailaban sino que flotaban por la desnuda estancia sagrada en el último piso del edificio que daba al parque Örsted.

Pero pronto le embargó la relajación. Su propia respiración lo llenó de paz, y pudo meditar hasta el punto de ser capaz de organizar sus pensamientos, que empezaron a seguir una cronología razonable, un orden sensato y secuencial. El silencio se convirtió en un inocente papel de carta en blanco.

Henry Morgan llevaba ya dos semanas en Copenhague. Todo había ido bastante bien. Había bajado en autoestop hasta Helsingborg y había salido de Suecia como un desertor y como alguien que había sido anteriormente denunciado a la policía por asalto y agresión a un hombre que respondía a las iniciales W.S. Pero no se sentía culpable; se sentía exonerado por haber actuado siguiendo sin dudar su propia voz interior. Era un vidente y creía en sus visiones.

Había llegado a Copenhague sin saber adónde dirigirse. Quería encontrar a Hill, del Bear Quartet; se suponía que iban a tocar en el club de jazz Montmartre. Con solo mil coronas, no podría arreglárselas por su cuenta durante mucho tiempo. Pero las cosas con Bill no fueron como esperaba: la actuación del Bear Quartet había sido suspendida. Sin embargo, Henry había sido bendecido por lo que con frecuencia se llama suerte y que en realidad tiene que ver más con aprovechar las oportunidades que se les presentan a todos los mortales, aunque muy pocos lo hacen.

Por supuesto, Henry había oído hablar bastante de Copenhague. El Barón del Jazz le había contado cosas de la ciudad, de los clubes de jazz, los bares, el barrio de Nyhavn y el Tivoli. Bill le había hablado sobre el Montmartre y el Louisiana, y había leído en voz alta fragmentos de Los ángeles soplan fuerte, de Sture Dalhström.

Henry se hospedó en un pequeño hotel en Österport y localizó el club Montmartre, la meca escandinava de los amantes del jazz. Allí escuchó a Dexter Gordon tocar bebop como pocos se atrevían a hacerlo después de Parker. Henry acabó sentado junto a Tove. El lugar estaba muy concurrido, lleno de humo y ruido, y todos se apiñaban como podían. A nadie podía pasarle por alto su presencia: un sueco joven y fuerte con americana de tweed y corbata, que llevaba dos cervezas en la mano.

Henry sacó un cigarrillo de su pitillera con las iniciales W.S. grabadas en la tapa.

– Pareces un buen partido -le dijo la chica sentada a su lado-. ¿Puedes invitarme a un cigarrillo?

– Cómo no -contestó Henry magnánimo-. Aunque estás muy equivocada si crees que soy rico.

Ella le dedicó una amplia sonrisa, revelando unos dientes manchados de vino. Se llamaba Tove, y más tarde, a lo largo de la noche, empezó a asegurar muy decidida que necesitaban a Henry… que ellos lo necesitaban.

– Te necesitamos. Eres la persona apropiada -le repetía una y otra vez en diversos contextos-. Nunca me he equivocado hasta ahora. Eres el hombre perfecto para nosotros.

Escuchar que eres el hombre apropiado en el lugar oportuno no es algo tan malo cuando lo que en realidad eres es un desertor.

Tove le habló a Henry acerca de Dexter Gordon. Había estado escuchando al gran saxofonista muy atentamente, y sabía mucho de música. Era un par de años mayor que Henry, y le explicó que vivía con más gente en un piso grande cerca del parque Örsted. Tove era cuáquera. Henry tenía una noción muy vaga de lo que eran los cuáqueros, pero cuando Tove empezó a hablar sobre Fox con su sombrero y las reuniones silenciosas, recordó que su profesor el señor Lans había explicado en clase algunas cosas buenas de los cuáqueros, de los santos que hicieron milagros con los heridos durante la Gran Guerra, y cosas así. Según Henry, todo lo que tenía que ver con los cuáqueros era bueno, y además Tove le gustó desde el primer momento. Intentó discernir si sentía algo más por ella, pero llegó a la conclusión de que durante un tiempo lo mejor sería dejar a un lado aquel tipo de emociones.

– Eres justo la persona apropiada -seguía diciendo Tove, y Henry empezó a sentir cada vez más que era verdad.

De momento no le preocupaba saber qué significaba ser la persona apropiada. Ya había dejado muy claro que él era un sujeto imposible de ser convertido a nada. Aunque lo que buscaba Tove no era hacer proselitismo.

La música seguía sonando frenéticamente. Henry se tomó bastantes cervezas danesas de las fuertes y fumó demasiados cigarrillos. Pasada la medianoche, había olvidado sus buenas intenciones y decidió que estaba completamente enamorado de Tove. A esas alturas ya sabía mucho de las contribuciones de los cuáqueros a la historia del mundo y él mismo no dejaba de hablar atropelladamente. Se sentía en su salsa.

Tove estaba cada vez más convencida, si eso era posible, de que Henry Morgan era un auténtico hallazgo. Y cuando a altas horas de la madrugada él reconoció que en realidad había desertado del ejército sueco, ella no pudo evitar que afloraran a sus ojos lágrimas de alegría. Henry el desertor fue recompensado con un beso en los labios.

Se fueron del club y caminaron cogidos del brazo a través de la temprana mañana de principios de verano de Copenhague. Se reían con la increíble historia de su evasión del ejército, y Tove afirmaba estar profundamente impresionada por su valentía y su audacia. Henry también se sentía embargado por la solemne alegría del momento. Él había hecho todo un hallazgo y ella había hecho todo un hallazgo, y todos tan contentos. Así es como serían las cosas en Copenhague.

Tal como le había dicho, Tove vivía en un gran apartamento en un edificio viejo y ruinoso junto al parque Örsted. Hizo callar a Henry cuando entraron y caminaron de puntillas por un largo pasillo hasta su habitación. Vivía de forma muy espartana: una cama, una cómoda y una librería. Era todo lo que tenía. Era todo lo que necesitaba.

No llegó más allá en su meditación reflexiva acerca de su vida reciente aquel día en la estancia soleada y sagrada de la casa de los cuáqueros. Desde hacía un par de semanas era el amante bendecido de Tove: era el hombre adecuado para ella. Y lo mismo opinaban Fredrik y Dine, de idéntico apellido, y también toda la familia cuáquera.

Por qué Henry Morgan era precisamente la persona apropiada era algo que no comprendía muy bien. Pero tenía la sensación de que algo importante se estaba tramando. Los cuáqueros de la casa no solo se sentaban a meditar. Eran gente muy activa. Algunos eran maestros o trabajadores sociales, mientras que otros tenían profesiones completamente convencionales, y aun así seguían siendo cuáqueros.

A principios de junio Fredrik y Dine se marcharon al campo, a una granja de la comunidad cuáquera en Jutlandia, justo a las afueras de Esbjerg. Una semana más tarde llegaron Henry y Tove. A Henry le parecía una perspectiva magnífica. Podría quedarse allí en el campo completamente gratis, todo el verano si quería. También tenían planes para lo que tendría que hacer más adelante, en otoño, pero de momento aquello estaba aparcado.

La granja de Jutlandia era muy bonita. Era una casa grande de ladrillo blanco, situada muy cerca de la costa. Había cientos de ovejas, media docena de vacas y algunos cerdos. Fredrik, el padre cuáquero con su barba de Rasputín, era un hombre muy práctico y con buen ojo para la agricultura. La granja ofrecía buenos ingresos, y era allí donde planeaban asentarse permanentemente porque Fredrik, profeta como era, preveía que la prosperidad económica que estaba viviendo Europa tarde o temprano entraría en crisis.

Henry estaba muy contento y agradecido porque lo habían acogido a pesar de estar perseguido por la policía. Trabajaba y se afanaba todo el día para mostrar su agradecimiento. Su gratitud era sin duda tan grande y profunda que con todo el trabajo que hizo en poco tiempo habría saldado, en principio, su deuda. Había reparado la valla, encalado la casa, puesto un nuevo suelo, limpiado los establos y arreglado tantas cosas que los cuáqueros tuvieron que pedirle que se lo tomara con más calma.

Henry les hizo caso e intentó relajarse. Daba largos paseos por los páramos o a lo largo de la costa, contemplando el mar. Nadaba y tomaba el sol, pero no encontró una auténtica paz interior hasta que empezó a componer en un viejo órgano de escuela que estaba en una de las estancias de la casa. Decidió que escribiría algo sacro, algo meditativo y tranquilo que permitiría a los demás sumergirse en la música y utilizarlo en sus sesiones. El órgano de la escuela era bastante viejo y estaba muy desafinado. El sistema de fuelles hacía que las frases salieran como espiraciones de un aparato de respiración asistida. Henry no estaba muy acostumbrado a sentarse e insuflar aire mediante fuelles, pero con perseverancia se consigue cualquier cosa.

Puso a su composición el sencillo título de «Salmo 1963», y tuve la oportunidad de escucharla al piano más de quince años después. Era una pieza realmente hermosa. A los cuáqueros pareció gustarles. Entiendo el porqué.

Pasaron los meses. Henry el danés componía música en el viejo órgano de escuela, mientras que los demás trabajaban en la granja y celebraban sus sesiones. De vez en cuando acudía gente a visitarlos. Eran hombres muy serios y reservados, algunos venidos de Suecia, que hablaban principalmente con Fredrik en el despacho que tenía en una de las alas de la granja. Sus conversaciones eran de carácter confidencial, y Henry no quería verse involucrado. Procuraba mantenerse al margen, pero a la larga no lo conseguiría.

Tove parecía feliz la mayor parte del tiempo. Pero en ocasiones soltaba frases llenas de ambigüedad, como el hecho de que era tan feliz que «se arrepentía de todo». Henry quería que se lo explicara, pero ella prefería no hacerlo. A veces lloraba por las noches cuando creía que él estaba dormido. Hacia el final del verano, Henry quiso saber qué era lo que estaba sucediendo, qué era lo que le pasaba a Tove. Ya no podía aguantar más todo aquel secretismo en torno a su persona.

– Pronto lo sabrás -le dijo Tove una noche-. Dentro de muy poco.

Habían cenado de forma copiosa, un ágape de aquellos que han dado fama a la cocina danesa: jamón graso y suculento, paté de hígado, revoltillo de huevos con anguilas, todo regado con grandes cantidades de aguardiente Aalborg. A Henry el licor le había puesto de muy buen humor, pero después de hacer el amor Tove rompió a llorar de nuevo y él quiso saber qué estaba ocurriendo. Le dijo que había notado que pasaban cosas raras.

– ¿Es que no puedes tener un poco más de paciencia?

– Lo quiero saber ahora, esta noche -insistió Henry-. No soporto verte llorar.

– No puedo decirte nada -contestó Tove-. No me está permitido.

– Creía que los cuáqueros erais muy francos.

– Duérmete. Y ten un poco más de paciencia.

Henry no tenía sueño. Estaba muy alterado por toda la situación, y además muy mosqueado por la presencia de todos aquellos espías trajeados merodeando por la finca. Estaba paranoico porque era un desertor buscado por la policía. Se vistió y salió a fumar un cigarrillo para tranquilizarse, pero en cuanto estuvo fuera se puso a llover. Una llovizna suave y fresca empezó a caer sobre la costa, y el mar se rizaba indolentemente, como si anunciara el otoño, una partida y la libertad.

Henry se preguntaba en qué diablos estaba metido. ¿Qué estaba haciendo allí, en aquel llano páramo danés? Simplemente había permitido que lo deportaran a aquel lugar, como si fuera una especie de prisionero. La lluvia y sus pensamientos lo estaban poniendo furioso, y entonces vio que había luz en el despacho de Fredrik. Se acercó sigilosamente para echar un vistazo en su interior.

Fredrik, con su barba de Rasputín, trabajaba sentado a su escritorio. Estaba encorvado bajo la luz de una lámpara, leyendo documentos. Tenía un gran mapa desplegado ante él, y de vez en cuando escribía en un libro negro.

Henry llamó al cristal de la ventana y Fredrik dio un respingo como si hubiera oído un disparo. Se tranquilizó en cuanto vio a Henry. Abrió la ventana y le preguntó en el nombre de Dios qué estaba haciendo allí bajo la lluvia.

– He visto que había luz -dijo Henry-. Hay algo que necesito saber…

– No grites tanto -dijo Fredrik-. Vas a despertar a toda la granja. Anda, entra.

Henry entró en el despacho y se sentó frente al escritorio.

– Ya lo sé -dijo Fredrik-. Sé que Tove no es feliz. Está triste, muy desesperada. Te quiere, Henry. Eso no entraba en los planes…

Fredrik parecía profundamente preocupado, con el ceño muy fruncido.

– ¿Qué quiere decir? ¿Qué planes?

Fredrik mordía pensativamente la punta de su lápiz. Su mojado suéter desprendía un vago olor a lana de oveja.

– ¿Qué está ocurriendo? -preguntó Henry-. Aquí está pasando algo, ¿verdad? Lo quiero saber ahora, porque tiene que ver conmigo…

– Muy bien -suspiró Fredrik, retorciéndose un mechón de la barba de Rasputín-. Supongo que será mejor así… ¿Conoces el caso de Kjell Nilsson?

– ¿El tipo de Lund?

– Ese mismo. Tal vez también sepas que él y otro estudiante sueco han sido detenidos.

– Me lo puedo imaginar.

– ¿Te atreverías a hacer lo que hicieron ellos?

– ¿Ir a Berlín?

– Sabemos que eres el hombre adecuado, Henry. Tienes la actitud necesaria para afrontar las cosas y eres valiente.

– ¿Cómo puede saber cuál es mi actitud ante las cosas?

– Eso se sabe, se nota. Conozco bien a la gente. Y Tove también. Y además nos hemos encargado de comprobarlo.

Henry se recostó en la silla y empezó a morderse las uñas.

– Bueno, basta de marear la perdiz -dijo irritado-. ¿Qué quiere de mí?

– La policía te busca, Henry -dijo Fredrik tranquilamente.

– ¿Y qué? Tengo pensado volver a Suecia cuando sea el momento apropiado.

– Pero te iría bien tener un nuevo pasaporte, ¿no crees?

– ¿Es alguna especie de chantaje?

– En absoluto -dijo Fredrik sin perder la compostura-. En absoluto. Es solo una cuestión de favores y devolución de favores…

– Así pues, ¿cuál es el plan? Escuchémoslo.

– Es sencillo -dijo Fredrik-. Lo cierto es que tú no corres mucho riesgo.

El cuáquero exigió de Henry un voto de confidencialidad, jurando por su honor y su conciencia, y le explicó el plan, al menos la parte del plan en que participaría Henry Morgan, e innegablemente era muy sencillo. Provisto de un pasaporte falso, tenía que tomar el ferry hasta Sassnitz y luego continuar en tren hasta Berlín. Allí debía hospedarse en un hotel y esperar un mensaje con instrucciones para la siguiente fase. Se trataba de un corto viaje vía Checkpoint Charlie hasta Berlín Este para entregar una partida de pasaportes falsos. Los documentos servirían para que mucha gente pudiera pasar al oeste.

– No hay muchas cosas que puedan fallar -dijo Fredrik-. Llevarás contigo una maleta de aspecto impecable con un doble fondo. Tendrás que entregarla a un hombre en Berlín Este, y después marcharte.

– ¡Qué insulso…! -exclamó Henry-. Como una mala novela policíaca.

– Hay tantas cosas insulsas en la vida.

– Lo dudo -repuso Henry.

– Por cierto, se me olvidaba decirte que recibirás una sustanciosa cantidad de dinero.

– ¿Dónde? -preguntó Henry un poco más interesado.

– En Berlín Oeste.

– ¿Y si me cogen?

– Es bastante improbable. Pero si ocurriera, serías entregado a las autoridades suecas. Existen ciertas garantías. Pero eso no va a suceder. Tenemos buenos contactos con muchos e influyentes ciudadanos suecos. La Liga Girrman también está actuando del mismo modo y nos ayudarán si algo sale mal.

– ¿Y Tove? -preguntó Henry-. ¿Cuándo volveré a verla?

– En cuanto regreses, por supuesto.

A Henry le pareció que allí había gato encerrado. Nunca había creído que esa clase de cosas sucedieran en la vida real. Y, a pesar de ello, no dudó en ningún momento de que Fredrik hablaba completamente en serio. Un hombre con una barba como aquella no podía estar de broma. Aquellos cuáqueros se traían algo entre manos -ya se había dado cuenta desde el primer momento- pero nunca se habría imaginado que fueran asuntos turbios de tal envergadura. Después de aquello, siempre sentiría una cierta afinidad con James Bond.

– Creo que todo este asunto apesta un poco a caso Wennerström -dijo Henry.

– Wennerström estaba en el otro bando. Él era militar.

– Eso no tiene nada que ver.

– No es una cuestión de rojo o azul -dijo Fredrik, todavía tranquilo y seguro-. Es una cuestión de ética, sobre la libertad y la moral, familias que han sido separadas…

– Si dice la palabra «responsabilidad» creo que voy a vomitar -dijo Henry.

– ¿Y por qué? Es una cuestión de responsabilidad. Correrás el riesgo, Henry. Sé que lo harás. Te conocemos bastante bien. Fuiste capaz de desertar del ejército remando en una canoa. No tenemos ninguna duda de que te atreverás con algo tan seguro como esto.

– No soy un cobarde -dijo Henry orgullosamente-. Pues claro que me atrevo. ¡Nadie va a llamarme cobarde!

– Aun así piénsatelo -dijo Fredrik-. No podemos obligarte a hacerlo. Dame tu respuesta mañana. Sé que Tove apreciaría mucho que aceptaras.

La historia de Henry el agente secreto quizá sea la más insólita de todas. Tiene que ver con Bill Yard, quien llega a Berlín aparentando ser músico, aunque en realidad se dedica a ayudar a gente a pasar del Este al Oeste.

Todo empezó ya en el ferry. El ambiente en el bar del ferry era anormalmente insípido, silencioso y deprimente. Henry se sentía abatido. El joven desertor, viajando bajo la falsa identidad de Bill Yard, boxeador y pianista, estaba terriblemente melancólico. Había matado el tiempo con la correspondencia, escribiendo durante un par de horas: una carta a su madre para contarle que todo iba bien, que había sido acogido por una gente muy buena, a los que se conocía como cuáqueros, y que se le había presentado una ocasión única de ir a Berlín para escuchar a los grandes del jazz americano, que tocaban allí para los yanquis estacionados en la zona estadounidense.

Había pasado otra hora escribiendo una carta a Maud, en la que incluía lo que pensaba que eran delicadas alusiones a que había encontrado a alguien, una danesa a la que amaba apasionadamente. Aunque ni él mismo se lo creía.

Ahora estaba en el ferry con rumbo a Sassnitz y no podía evitar la tentación de buscar a otras chicas. Era como si ya hubiera olvidado a Tove. Ella le había hablado de que el sacrificio era la forma más auténtica de amor, el sacrificio de tus propios intereses en beneficio de una causa mayor, como ella y Henry estaban haciendo: aquella era la forma más elevada de amor. Aseguró que su partida la hacía feliz. Cuando se despidieron en el portal del edificio cercano al parque Örsted en Copenhague, ella le dio a Henry un amuleto para llevarlo colgado de una cadena alrededor del cuello. Ahora Henry se sacó el amuleto que llevaba por dentro de la camisa y leyó la inscripción latina en la pequeña medalla de plata: «HODIE MIHI, CRAS TIBI», hoy por mí, mañana por ti. Sumergió el amuleto en su vaso de whisky y después se lo llevó a la boca, y mientras lamía las gotas de licor británico se preguntó si a lo largo de su vida seguiría coleccionando trofeos de mujeres. Tenía una pitillera con las iniciales W.S. grabadas en la tapa, y ahora también un medallón en el que ponía «hodie mihi, cras tibi», hoy por mí, mañana por ti.

Henry empezó a ponerse sentimental y apático, y deseó estar lejos de aquel bar que ni siquiera hacía honor a su nombre. Al principio añoró estar junto a Tove y pidió otro whisky, pero entonces empezó a echar de menos volver a casa con Maud. No estaba resultando fácil.

Henry el agente secreto, es decir, Bill Yard, no quería hablar con nadie, porque cuando se es agente hay que mantener la boca cerrada y pasar lo más inadvertido posible. Cualquiera, ya fuera una hermosa y seductora mujer o algún charlatán de apariencia insignificante, podía ser un contraespía. Su gran arma en esta vida era saber juzgar a las personas bastante bien; esa era la razón por la que había logrado desenvolverse tan bien en el exilio. Henry afirmaba que era vidente y que podía distinguir claramente a las personas malas de las buenas. Pero tener aquella cualidad no era suficiente en el mundo del espionaje: allí había que estar constantemente alerta, ser desconfiado, escéptico. Aquello no iba demasiado con Henry. No encajaba para nada con su manera de ser.

Estaba en un bar lleno de humo, humedad y grasa en Fasanenstrasse. Henry había estado jugando al billar con un tipo de Kreuzberg. El alemán era increíblemente bueno, a pesar de faltarle un brazo, lo cual le había obligado a adoptar un estilo de juego realmente peculiar. Era demasiado joven para haber sido herido en la guerra, y Henry ya había escuchado su historia varias veces. Habían bebido bastante.

Le llamaban Franz por el héroe de Döblin, que también había perdido el brazo derecho. A Franz le gustaba jugar, y en el pasado había formado parte de un equipo de bolos bastante bueno. En el otoño de 1957 el equipo salió de gira para competir contra un par de clubes en Amsterdam. Una noche Franz y sus compañeros de equipo entrenaban en una bolera cuando de pronto irrumpió en el local un loco perturbado al que perseguía la policía. El hombre era un paranoico, y empezó a disparar uno tras otro contra todos los miembros del equipo de bolos. Cuando llegó el turno de Franz, tuvo la fortuna de que la bala impactara en su brazo. Entonces se encalló el revólver. Franz aprovechó la ocasión y mató al hombre con un bolo ornamental.

– Todavía conservo el bolo, Bill -dijo-. Puedes venir a casa para verlo.

– No, gracias -dijo Henry-. No tengo ningún interés en ver tu maldito bolo.

En cualquier caso, Franz había infligido una severa derrota a Henry en aquel bar lleno de humo, humedad y grasa de Fasanenstrasse, y el premio consistía en una ronda de cerveza y schnapps. Henry tuvo que pagar también la segunda ronda. Después Franz se empeñó en que quería seguir jugando y empezaron a discutir. Este manco del demonio no parece muy duro, pensó Henry. Además, Franz hablaba un inglés muy malo y estaban teniendo serias dificultades para insultarse.

Empezó a llover de nuevo, y esta vez no era una débil llovizna otoñal. Diluviaba sobre Fasanenstrasse y la basura era arrastrada en un feroz torrente por el borde de las aceras hasta desaparecer en las cloacas.

De pronto, sin previo aviso, Henry se puso muy furioso y empezó a empujar a Franz. Estaban al borde de llegar a los puños, y Henry no se dio cuenta de que una hermosa mujer de unos veinticinco años entraba en el bar, aparentemente para guarecerse de la lluvia. Supongo que así fue más o menos como debió de suceder.

– ¡Vete a la mierda! ¡No eres más que un jodido mentiroso! -gritó Henry en un mal alemán, y aquello ya fue demasiado para Franz.

El hombre al que llamaban Franz vació un vaso entero de cerveza sobre la cabeza de Henry y se marchó, muy consciente de su culpabilidad: él había tenido la culpa de toda aquella trifulca.

Una parte de la cerveza salpicó a la joven que acababa de entrar en el bar. Henry estaba borracho y enojado, y odiaba Berlín más que nunca. A pesar de todo, hizo un esfuerzo por disculparse.

– No tiene importancia -dijo la mujer.

– ¿Hablas inglés? -preguntó sorprendido.

– Soy inglesa -respondió la mujer.

Aquello cambiaba mucho las cosas, y así fue como Henry conoció a Verena, pues ese era su nombre, Verena Musgrave. Henry pensó que aquello era una feliz coincidencia.

Henry se sentó de nuevo en el taburete y la invitó a un cigarrillo Roth-Händle. La cerilla se encendió con una leve explosión tardía al rascar el fósforo.

– Hay muchos idiotas en esta ciudad -dijo Henry-. Un bolo…

– ¿Un bolo? -repitió Verena Musgrave.

Henry sacó a colación lo del perturbado de Amsterdam, el bolo y el impacto de bala en el brazo de Franz.

– Creo que no lo entiendo muy bien -dijo Verena.

– No hay nada que entender -repuso Henry-. Yo tampoco lo entiendo. Probablemente era un jodido mentiroso.

– Hace frío hoy -dijo Verena.

– Tómate un schnapps. Suele ayudar en estos casos. Si quieres puedo dejarte mi abrigo.

– No, gracias. Prefiero tomarme un schnapps.

Empezó a llover con más fuerza, y un malhumorado pastor alemán se coló dentro del bar para descansar y secarse en un rincón. Era un perro callejero, al igual que tantas otras criaturas en aquella ciudad.

– ¿Y qué tipo de asunto te ha traído a esta ciudad? -preguntó Henry, que había conseguido abrir sus enrojecidos ojos y fijarse bien en aquella joven.

– Trabajo de investigación. En el Archivo Estatal de Geheimes, en Dahlem.

– ¿Y qué hace allí alguien como tú?

– Buscar a gente. Gente que ha desaparecido, pero a la que aún no se puede dar por muerta.

– Vaya. No suena muy divertido.

– No lo es.

– Y entonces, ¿por qué lo haces?

– Es trabajo de investigación -repuso Verena tosiendo por culpa de los fuertes cigarrillos.

Henry el agente secreto intentó recobrar la compostura, centrarse y pensar un poco. Y, naturalmente, le vino a la cabeza Verner Hansson, el genio del ajedrez.

– Tengo un vecino allí en Suecia, en Estocolmo. Está un poco chiflado, pero está realmente fascinado por la gente desaparecida. De pequeño era un genio del ajedrez y fundó un club para jóvenes inventores…

Verena se echó a reír de una manera extraña.

– ¡Sí, ríete! -dijo Henry-. Pero es verdad. Se volvió un poco raro y empezó a interesarse por casos misteriosos de gente que desaparecía sin dejar rastro… muchachos que salían a buscar leña una noche fría de enero. No habría más de veinticinco pasos hasta la leñera, pero esa noche…

– ¿Desaparecían? -preguntó Verena volviendo a toser.

– Para siempre -dijo Henry encendiendo otro Roth-Händle-. Mi amigo Verner tiene un archivo entero de personas desaparecidas, que incluso codicia la policía. Seguro que te caería bien.

Pidieron otra ronda de cervezas y Henry, alias Bill Yard, siguió hablando, todo lo cortésmente que era capaz de ser cuando bebía, sin darse cuenta de lo lenguaraz que estaba siendo. Verena le explicó -como más tarde, con gran esfuerzo, conseguiría recordar- que vivía en una pensión regentada por una señora anciana, y que el edificio estaba lleno de pisos viejos cuyos propietarios habían desaparecido, la mayoría durante la guerra, pero nunca habían sido declarados oficialmente muertos. La pensión estaba ubicada en Bleibtreustrasse, no lejos de Savignyplatz.

Al agente secreto le gustaba Verena. Se la veía tan seria, de una extraña y vaga manera… Él estaba borracho, pero aun así era consciente de la situación hasta el punto de querer dar una buena impresión. Quería mostrar todo su poder de seducción allí en el bar. Así que se disculpó y fue al baño para mojarse la cabeza y quitarse la cerveza del pelo. Sentía que la cara le ardía, pero tenía frío.

Cuando volvió a la barra, Verena había desaparecido. Había pagado la última cerveza de él y se había marchado. Henry se derrumbó como un saco, completamente hundido. Salió del bar grasiento y lleno de humo de Fasanenstrasse, pensando que un montón de gente parecía haber desaparecido de su vida de repente.

Llevaba en Berlín más de dos semanas y no había recibido una sola señal, una sola indicación de cuál se suponía que debía ser su gran contribución a la libertad. Se había hospedado en el hotel que le habían ordenado. Todo había resultado perfecto y, que él supiera, no había despertado ninguna sospecha. Henry el agente secreto había interpretado el papel de un turista, y a esas alturas ya había paseado arriba y abajo por las calles de todos los barrios de la ciudad. Kreutzberg, Schöneberg, Tempelhof, Steglitz, Wedding, Charlottenburg… se los conocía todos by heart, como decían los ingleses. Y había visto el Muro, Die Mauer. Había visto el húmedo, chorreante y macizo muro que partía la ciudad en dos como una especie de terror arquitectónico. Atravesaba edificios, cruzaba por en medio de calles y plazas: los ladrillos eran mudos, y las lágrimas del silencio totalitario resbalaban por ambos lados.

Pero no había recibido la más mínima señal. Henry empezaba a sospechar que algo iba mal, que algo había ocurrido. Sin embargo, él era solo un pequeño engranaje en una maquinaria gigantesca. La Liga Girrman no era el único grupo dedicado a aquella forma de «beneficencia» y autosacrificio que consistía en ayudar a pasar personas de un bando a otro.

Al cabo del tiempo, Berlín se había convertido en un lugar bastante aburrido. Henry había escuchado suficiente buen jazz y había ido a todos los clubes de la ciudad, ya que oficialmente estaba allí para estudiar la escena musical. Pero incluso la música puede empezar a palidecer cuando uno se siente realmente abatido.

Aquel día en que salió del bar de Fasanenstrasse bastante ebrio después de la discusión con Franz y bastante defraudado después de la desaparición de Verena, Henry se tambaleó por las calles bajo la lluvia hasta llegar al hotel para acostarse. Se sentía borracho y enfermo, febril y débil a la vez, y lo único que quería era dormir.

– Buenos días, señor Yard -dijo el recepcionista en un pésimo inglés-. Hay una carta para usted -añadió, y le entregó un sobre.

Henry se puso muy nervioso, y se le pasó la borrachera camino de la habitación. Entró, se sentó con el abrigo mojado en la cama y abrió el sobre.

«Muy buena actuación, Bill Yard. Confiamos en ti. Tendrás noticias nuestras dentro de dos días. Dinero por adelantado. Franz.»

Henry leyó y releyó las palabras por lo menos quince veces. Después pasó sus dedos por los billetes nuevos de dólar, el equivalente a unas cinco mil coronas. No podía creer lo que veían sus ojos. Todo empezó a darle vueltas y se quedó dormido.

Al día siguiente tuvo que hacer grandes esfuerzos para recordar lo sucedido. Había dormido profundamente y sin soñar en toda la noche, con la ropa puesta, y ni siquiera recordaba qué aspecto tenía Verena Musgrave. Era pelirroja y pecosa, y tenía una nariz bastante grande, judía. Pero eso era todo. Había algo vago y difuso en ella. Le interesaba mucho más que aquel condenado Franz, con su dinero y sus hazañas de manco.

Después de almorzar, Henry bajó hasta Bleibtreustrasse para buscar la pensión que estaba cerca de Savignyplatz. El suelo temblaba y retumbaba bajo sus pies cuando los trenes del U-Bahn, el metro, pasaban por los túneles. Le costó bastante encontrar el camino, porque nunca usaba planos. Henry solía orientarse por el sol, pero estaba nublado. Berlín es una ciudad hundida y plana, con pocos monumentos que sirvan de referencia. Y lo de guiarse por el sol, ni soñarlo.

Andaba por las calles leyendo los carteles y preguntándose quién habría sido capaz de acordarse de los nombres de todas las calles bombardeadas después de la guerra. Algunas avenidas habían sido rebautizadas en homenaje a los nuevos héroes. Otras se habían restaurado, y tal vez sus nombres fueran la única indicación de la anterior existencia de unas calles que habían sido reducidas a ruinas y escombros humeantes, sin carteles ni números. La realidad eran ruinas y escombros humeantes, pero los nombres seguían vivos como las ideas, como los conceptos. En el subconsciente colectivo de los berlineses estaba la imagen de una ciudad con direcciones y plazas, y seguramente tras declararse la paz se sentaron con un plano en blanco para rebautizarlo todo de nuevo. Ni siquiera los órganos estalinistas pudieron acabar con un idioma.

Cierto es que aún había multitud de pensiones de aspecto ruinoso en Bleibtreustrasse. También había muchas señoras que las regentaban, entre ellas una anciana polaca muy parlanchina que llevaba su negocio con celo polaco. No tenía a ninguna Verena viviendo en su edificio, pero dejó caer que podía conseguirle otras muchas chicas con otros nombres.

Henry le dio las gracias por su consideración y desistió de su empeño. Se sentía decepcionado y abatido, un poco resacoso y malhumorado, así que entró en un bar. Pidió una cerveza y un schnapps como tentempié. En las paredes colgaban viejas placas de madera oscura que habían estado en las porterías de los edificios antes de la guerra. Henry leyó todos los nombres de una de las placas: Schultze, Hammerstein, Pintzki, Lange y Wilmers. Quizá también habían desaparecido, sin ser declarados muertos. Soldados desconocidos que seguirán siendo desconocidos.

Pasaron varios días en los que Henry no hizo nada en especial. Los días transcurrían como a menudo dejaba que pasaran. Permanecía tendido en la cama con las manos detrás de la cabeza, silbando monótonas melodías con la mirada fija en el techo. Así era como se tumbaban Leo y él de pequeños y jugaban a ver quién silbaba más desafinado. Leo ganaba casi siempre, con un sonido penetrante e insoportable que emitía inspirando el aire.

Henry permanecía allí tumbado, deseando estar en cualquier otro lugar. De repente se había visto con cinco mil coronas en billetes nuevos de dólar, pero no ocurría nada. Nadie contactaba con él, nadie quería que cruzara la frontera. Se sentía inútil.

Un día lluvioso y triste -el día más gris que había visto en su vida; decía que aquel día era como si no hubiera cielo sobre Berlín-, volvió a Bleibtreustrasse. Estaba decidido a buscar otra vez a Verena. No tenía nada mejor que hacer. Quizá lo único que quería era devolverle la invitación de la cerveza, o tal vez estuviera realmente enamorado de ella.

Hay momentos en la vida de una persona en los que busca algo: ya sea en el interior de una cajonera o inmerso en una gran metrópoli, la persona se dirige a ciegas hacia su objetivo. Aquel fue uno de esos momentos para Henry el agente secreto. Caminó por la calle neblinosa y entró en una pensión que no había visto la primera vez. La mujer que la regentaba era una anciana con aire de maestra de escuela, que llevaba un vestido negro y con el pelo gris rematado por un moño alto. Henry le preguntó si tenía una huésped llamada Verena Musgrave.

– ¿Se refiere usted a la inglesa? -dijo la anciana, y se le iluminó la cara.

– Sí, señora -contestó Henry.

– Último piso -indicó la mujer-. Habitación cuarenta y seis.

Henry subió las escaleras, sintiéndose algo nervioso. Todo el lugar exudaba un hedor rancio, mezcla de gasoil y ropa que ha estado colgada en un armario más de dos inviernos. Estaba oscuro y los escalones crujían. Aquí y allá se oían murmullos y fragmentos de conversación. Alguien estaba cocinando.

En la cuarta planta, una puerta grande y pesada daba acceso a un pasillo. Henry buscó la habitación 46. La puerta estaba entreabierta y se abrió un poco más cuando llamó con los nudillos. La habitación estaba vacía. Entró. Parecía como si su ocupante hubiera tenido que marcharse a toda prisa.

Henry supuso de inmediato que la anciana se había equivocado y bajó corriendo los cinco pisos para preguntarle si estaba segura de que se trataba de la habitación 46.

– ¿Está vacía la habitación? -preguntó la anciana, alarmada-. ¡No puede ser!

– Sí, está vacía -contestó Henry.

– Debe de haberse equivocado, jovencito -dijo la anciana, y miró en el libro de registros para asegurarse.

– Tal vez me haya equivocado allá arriba en la oscuridad -reconoció Henry-. Está tan apagado el día…

– Sí que está muy oscuro hoy -dijo la anciana-. Tiene que haberse equivocado.

Henry volvió a subir hasta el cuarto piso, completamente convencido de su error. Pero no era así. La habitación 46 estaba vacía, como si hubiera sido dejada a toda prisa. Tal vez se había ido simplemente sin pagar la cuenta.

Henry entró en la habitación. Las cortinas estaban echadas. Descorrió una, pero apenas se notó la diferencia. El armario estaba vacío y en su interior se balanceaban unas cuantas perchas. Olía a bolitas de naftalina.

Un espejo colgaba sobre el lavamanos que había junto al armario. Entre el cristal y el marco había un pequeño retrato. Henry lo cogió. Era una silueta, una de esas imágenes que algunos ancianos recortan al momento en los lugares concurridos por turistas. Aquella habría sido probablemente realizada por el hombre que se ponía cerca de los vagones de metro abandonados en Nollendorfplatz. Cobraba cinco marcos, un precio bastante barato.

Verena había vivido en aquella habitación. Henry reconoció al instante su perfil en la pequeña silueta de cartulina negra sobre fondo blanco: el pelo que le caía sobre la frente, la nariz con su graciosa protuberancia y el grueso labio inferior. Así era exactamente, pensó Henry. El retrato había sido recortado con pericia y sensibilidad.

Se lo guardó en el bolsillo y salió de la habitación. La anciana esperaba impaciente en el vestíbulo.

– ¿Y bien? ¿Se equivocaba usted? -preguntó con aire satisfecho.

– Sí -dijo Henry-. Me he equivocado por la oscuridad.

– Me lo imaginaba -contestó la anciana-. Se ve una chica muy decente.

Cruzó la calle, entró en un bar y pidió una cerveza. Encendió un Roth-Händle y empezó a elucubrar. Había algo muy extraño en toda aquella situación, pero no podía dilucidar qué era. Pensó en cada palabra que había dicho a las personas con las que había hablado, especialmente a Franz y a Verena. La conversación sobre los desaparecidos, el archivo de Dahlem, y aquella silueta. Guardó el retrato en su cartera, pensando en conservarlo como un recuerdo. Tal vez no estuviera realmente enamorado. No era más que un solitario agente secreto en Berlín.

Después de un duro mes de lluvia y niebla, de grasa y humo, de hollín y humedad en Berlín, Henry estaba a punto de desmoronarse. No había ocurrido nada, y ya ni siquiera le divertía salir por ahí a beber. Fue entonces cuando llegó otra carta, esta vez con matasellos de Estocolmo. Henry se quedó muy extrañado. Nadie en Suecia podía saber dónde se encontraba Bill Yard.

Abrió el sobre con angustiosa premura y leyó la carta totalmente estupefacto: «Sal de ahí, Bill. El juego ha terminado. Ve a ver a la señorita Verena Musgrave a la pensión Belleke, Bleibtreustrasse 15. Si encuentras su foto en el expositor de Kurfürstendamm 108, será el momento de marcharse. Eres muy valiente. Quema esta carta. W.S.».

Cuando una sensación de irrealidad se cierne en torno a alguien, o bien se vuelve totalmente paranoico por el shock o bien moviliza todos sus recursos físicos e intelectuales para intentar sacar el mejor partido de la situación. Durante un buen rato, Henry osciló entre la más pura paranoia y una absoluta lucidez. Después de leer y releer la carta una y otra vez, la quemó en el cenicero, se fumó cinco cigarrillos seguidos y empezó a meter desordenadamente su ropa en la maleta que contenía una docena de pasaportes falsos en el doble fondo. No veía razón alguna para sospechar de nadie en especial. Lo más desconcertante de todo era cómo diablos Wilhelm Sterner había llegado a involucrarse en todo aquello. Lo único que podía suponer era que W.S. era uno de aquellos importantes contactos que los cuáqueros tenían en Suecia, un hombre que había sido miembro del cuerpo diplomático. Pero Henry no entendía nada. Lo único que sabía era que tenía que ir a Kurfürstendamm 108.

Efectivamente, había un expositor publicitario en medio de la amplia acera. Contenía anuncios de tiendas de los alrededores, así como una serie de fotografías de mujeres del tipo «antes y después». Eran propaganda de la cirugía estética que se realizaba en un instituto de belleza: como aquellos anuncios de antes y después para culturistas en los que un escuálido oficinista se convertía en un bañista de poderosa musculatura.

Aunque, en este caso, era justo al contrario: aquí se eliminaban cosas en lugar de añadirlas. En las fotos aparecían dos mujeres cuya nariz presentaba la inconfundible protuberancia y que, paso a paso, adquirían un perfil ario. Según el texto, el instituto de belleza era famoso en todo el mundo.

Una de las mujeres de las fotos en el expositor era Verena Musgrave.

Pelo

(Leo Morgan, 1963-1964)

Podría decirse que en el año 1963 estalló una crisis de ámbito mundial en el negocio de la peluquería, de la que aún no se ha recuperado completamente. Sin embargo, fue un año grande para Leo Morgan y para muchos otros que estaban encantados con su pelo al natural. El mundo estaba cambiando radicalmente. Leo era conocido como el hijo del legenderario Barón del Jazz, poeta y estrella infantil, recordado a partir de su aparición en El Rincón de Hyland y codiciado objeto de entrevista por parte de las revistas semanales. El precoz y muy tímido adolescente hacía declaraciones en muy raras ocasiones, pero cuando opinaba no se quedaba en la superficie y hablaba de todo, desde Imsen y el movimiento Maranata hasta los nuevos miembros de la Academia Sueca. En los muy contados días en que estaba de buen humor, incluso un mediocre periodista podía recoger pepitas de oro de alto quilate mediante una buena criba.

Naturalmente, la celebridad de Leo causó una gran impresión en la escuela. Se convirtió en un modelo para sus compañeros y el favorito de todos los profesores. Se esperaban de él las máximas calificaciones en todas las asignaturas, salvo en gimnasia, cuyo presionado y desesperado profesor tenía que comunicar al claustro su aprobado justo: una mancha insignificante en las por lo demás inmaculadas notas del joven Morgan.

Aquella fue la primavera en que Henry Morgan armó un gran escándalo al desertar. Huyó del ejército, atravesó la frontera sueca y se exilió en Copenhague. Lo cierto es que el escándalo no tuvo mucha repercusión, ya que se acalló de forma bastante efectiva. Todo el mundo hablaba de ello, aunque no públicamente. Henry se convirtió en una especie de héroe secreto. Pero como casi nunca paraba por casa, Leo fue incapaz de experimentar una sensación irreparable de pérdida. A Greta, claro está, se la veía en un permanente estado de preocupación, pero el joven muchacho conocía muy bien la naturaleza de su aflicción. No era el tipo habitual de quejas y lamentaciones. Era como si Greta, en el fondo, supiera que tarde o temprano Henry volvería, y no tenía ningún sentido retorcerse las manos amargamente por él. Henry siempre había vuelto.

Y este parecía arreglárselas bastante bien. Pronto empezaron a llegar cartas de Copenhague, en las que explicaba que un grupo de gente llamados cuáqueros lo cuidaban muy bien. Greta y Leo buscaron la palabra en el diccionario y lo que encontraron no sonaba nada mal. Había otros muchos que lo estaban pasando peor.

Las cosas iban indudablemente mucho peor en casa de los Hansson. Con los años Verner no se había vuelto menos raro. Ahora estaba en el instituto, al que pronto iría también Leo, y se habían distanciado un poco. Se acabaron los juegos, así como la colección de sellos, el club de las llaves y otras actividades. Verner había fundado el Club de Jóvenes Inventores -sin ningún éxito, ya que a esa edad los chicos están mucho más interesados en explorar el cuerpo femenino-, y seguía cada vez más obsesionado con sus investigaciones sobre personas desaparecidas. El archivo de Verner no dejaba de crecer y crecer al tiempo que elucubraba y conjeturaba, hacía gráficas y elaboraba hipótesis tanto para algunos casos individuales como para aspectos más generales. Una de sus teorías globales era que toda la gente desaparecida estaba reunida en alguna parte del planeta, pasándolo bien y divirtiéndose con los vanos intentos de los detectives que intentaban localizarlos. Todos habían desaparecido a través de una especie de grieta de nuestra realidad, una puerta hacia otro mundo solo conocida por los conspiradores elegidos.

La señora Hansson creía que el muchacho había perdido el juicio porque no tenía un padre al que admirar y respetar. En realidad ella nunca había intentado corregir su delirio de que su padre le estaba esperando en una isla de los mares del Sur. Las cosas tampoco mejoraron cuando aquella primavera se estrenó con gran éxito la serie de televisión Villervalle en los mares del Sur. Verner se sentaba frente al televisor y naturalmente era a sí mismo y a «Hansson» -como llamaba a su padre ausente- a quienes veía en la pantalla. Su madre continuaba negándose a explicarle lo que ella sabía acerca de su padre, y quizá aquello empeoraba las cosas. Tenía algo que esconder que podía dañar al muchacho, quería protegerlo de la realidad, y, como cualquier intento de proteger a alguien de la realidad, estaba abocado al fracaso.

Tras consultarlo con algunos profesores del instituto, aquel verano envió a su hijo a Inglaterra, a un curso de idiomas en Bournemouth. La señora Hansson tuvo que ahorrar hasta la última moneda a fin de reunir la cantidad necesaria para pagar el viaje, pero finalmente lo consiguió gracias a una beca del colegio. Verner no tenía ningunas ganas de ir, y su madre tuvo que convencerlo. Fue algo de lo que acabaría arrepintiéndose amargamente.

Cuando regresó a casa del curso de idiomas en Bournemouth, Inglaterra, en el otoño de 1963, lo único que permitiría identificar a Verner Hansson eran sus huellas dactilares. La intención había sido que un cambio le sentaría bien, así como respirar aire puro del mar y hacer nuevos amigos que desviaran la atención de Verner sobre todo lo que rondaba por su cabeza, que no era demasiado agradable.

La cura, innegablemente, había sido muy efectiva. El antiguo Verner había muerto. En un mes y medio -el curso consistía en un aprendizaje intensivo durante seis semanas en un ambiente alegre y juvenil, como rezaba el anuncio-, el muchacho había dejado de ser un empollón con granos y caspa para convertirse en algo que señalaba el comienzo de una nueva era en la historia de Occidente. El anodino y maloliente genio del ajedrez que se mordía las uñas y recababa información de lo más dispar, el presidente del Club de Jóvenes Inventores que dejó Suecia el día del solsticio de verano, volvió a finales de agosto como una persona completamente distinta. Su cabello graso y casposo se veía de repente limpio y clareado por las largas tardes pasadas al sol en las rocosas playas inglesas, y, lo peor de todo, se curvaba hacia delante en un flequillo, un flequillo Beatle. Además, se había deshecho de su vieja ropa -aquellos harapos grises y gruesos que picaban, remendados con parches y manchados con marcas de sudor- y se había comprado ropa nueva, cosas modernas, durante una visita a Londres.

Verner Hansson se presentó en el instituto dos días después de que empezaran las clases, y ya solo aquella tardanza hacía suponer que algo extraño había sucedido. El muchacho parecía avanzar flotando sobre unas botas de tacón alto que él llamaba boots a la manera inglesa, con aquel alucinante flequillo que le caía sobre los ojos y su pelo lavado con champú ondeando al viento. Había ocurrido un milagro.

Pero, en esencia, aquel milagro tenía una explicación. Verner Hansson había estado viviendo en casa de una familia con dos hijas adolescentes, que casi se mueren de risa al ver aparecer al palurdo sueco con granos que parecía tener unos cien años. Por lo visto, enseguida se vieron acometidas por una histérica alegría creativa que dirigieron hacia el pobre Verner, quien durante un período de varios frenéticos días sufrió en sus carnes un tratamiento de doctor Jekyll y míster Hyde sin parangón. Sumergieron al muchacho en una bañera y prendieron fuego a su asquerosa ropa en un barreño en el patio. Y, de paso, procuraron que el joven perdiera la virginidad. Y eso hicieron. Verner Hansson encontró una nueva grieta en nuestra realidad, una puerta hacia otro mundo solo conocida por los conspiradores elegidos. Y hay motivos para creer que durante las seis semanas que duró su estancia en Bournemout se dedicó en cuerpo y alma a aprovechar aquella oportunidad que le habían brindado, y que las chicas sacaron gran provecho de su inversión.

Naturalmente, el vikingo Verner se había traído consigo varios discos de sus conquistas en el Oeste. El primero y más importante era «Please Please Me» de los Vétales, y cuando aquel disco empezó a sonar a todo volumen en el edificio de Verner, ya nada volvió a ser igual. Claro que a la señora Hansson estuvo a punto de darle un ataque, y se arrepintió profundamente de haber pagado una pequeña fortuna para transformar a un muchacho un poco raro pero al menos sensato en un joven aún más raro y nada sensato. Lo miraras por donde lo miraras, había sido un mal negocio.

Pero la transformación era tanto inevitable como contagiosa. Muy pronto Leo y otros muchachos de la escuela escuchaban a los Beatles, y Verner incluso había empezado a fumar: parecía encajar a la perfección con su nuevo estilo de peinado y las boots en los pies.

La metamorfosis de Verner afectó profundamente a Leo, así como a todo el que lo conocía. De repente el joven Morgan empezó a pasar fines de semana enteros yendo de aquí para allá entre la radio -intentando sintonizar la canción en las emisoras de éxito- y el cuarto de baño, donde a escondidas se peinaba el flequillo sobre la frente, curvándolo a lo largo de las cejas, y se examinaba en el espejo desde todos los ángulos. Un día, sin previo aviso, salió del cuarto de baño con el flequillo peinado hacia abajo. El flequillo le caía sobre la frente, y se sentía un poco raro pero en cierto modo absolutamente esencial. No capitularía nunca. Elvis y Tommy no significaban ya nada para Leo. Él pertenecía a la nueva escuela. El pop era lo que se llevaba. Las piedras sueltas que pronto se convertirían en una auténtica avalancha empezaban a rodar.

«Repartamos alas /en cada esquina /siempre hay alguien que se atreve/a acariciar el cielo interior», escribió el poeta Leo Morgan, y eso era justo lo que había sucedido. Existía un infinito número de jóvenes almas que se atrevían a acariciar el aire interior que llenaba los pulmones de todos con el poder para gritar. Aquellas líricas frases eran en realidad la expresión de un inmenso éxtasis, que exigía su tributo en forma de flequillo cayendo sobre los ojos, chaleco negro, tejanos y zapatillas deportivas en las que ponía «BEATLES». Por entonces las palabras «BEATLES» y «STONES» estaban en casi todas partes, y en la primavera del sesenta y cuatro Leo Morgan metió su herbario en bolsas de plástico dobles y lo guardó dentro de un armario, porque ya no quería mirarlo más. Todo aquello pertenecía a su infancia, y la antigua estrella infantil se había convertido en un adolescente.

Henry el oficinista se encontraba por entonces en pleno ojo del huracán, en Londres, Inglaterra. Trabajaba en Smiths & Hamilton Ltd., en algo que Greta y Leo nunca entendieron muy bien. Tenía que ver con la correspondencia. También había estado en Berlín, donde había escuchado jazz, había visto el horrible Muro y solo Dios sabe qué otras cosas habría hecho durante su primer año de exilio. Greta se preguntaba si volvería pronto a casa, y al cabo de unas semanas Henry escribió contando que estaba viviendo con una «chica» llamada Lana, y que se sentía muy a gusto con ella. En realidad, la tal Lana tenía casi la misma edad que Greta y a duras penas podía considerársela una «chica», pero Henry mintió deliberadamente, como siempre hacía para tranquilizar a sus más allegados.

Como se ha dicho, Londres era el corazón desde el que se bombeaba sangre nueva a todos los jóvenes reprimidos del mundo con una asignación semanal bastante abultada. Había surgido toda una industria que producía artículos que de una manera u otra podían relacionarse con el pop, los Beatles y la nueva manera de ser. Había camisetas, bufandas, calcetines, ropa interior, pósters, libros, discos y álbumes destinados a los adoradores de ídolos, y Henry envió a casa todo un cargamento para alegría de su hermano pequeño.

Así fue como Leo se convirtió en el orgulloso poseedor de una camiseta de los Beatles de terciopelo naranja varios meses antes de que la moda se extendiera por Suecia. Aquello hizo que de pronto pasara a ser una presa muy codiciada por un buen número de chicas con instinto de caza. Además, Leo era un joven muy sensible; no era bruto ni cruel como la mayoría. Después de todo escribía poesía, y nunca parecía tener intenciones de «pasarse». Él y Verner empezaron a recibir invitaciones a fiestas, a las que acudían sin dudarlo. Antes no habría habido lugar a discusión: habrían preferido quedarse encerrados en sus clubes y en sus experimentos. Pero los tiempos habían cambiado. Las chicas los invitaban a fiestas con cerveza, palomitas y bailes en habitaciones oscuras. Era allí cuando la mayoría de los chicos intentaban «pasarse», es decir, meter la mano debajo del jersey de las chicas, sobarles los pechos y susurrarles al oído fragmentos de 491, la escandalosa novela de alto voltaje sexual de Lars Goerling.

Pero Leo no era así. Él era un poco como George Harrison. John era el más duro, Paul el más dulce, George el más romántico y Ringo era simplemente feo. Leo recordaba más a George, y cuando bailaba una lenta, como «Love Me Do», nunca intentaba hacer nada raro -tampoco es que fuera un gran bailarín, y nadie lo había visto nunca bailar el twist-, pero parecía un poco más sensible que los demás muchachos. Y era precisamente aquella sensibilidad la que hacía que las chicas se pelearan por él. Podría pensarse que cierta delicadeza de sentimientos o la modestia podían ser una desventaja para un chico, un obstáculo, pero no sucedía así en absoluto, porque lo mejor de los Beatles era que no eran como los tipos duros de las viejas bandas de rock and roll. Los Beatles podían ofrecer esa imagen un tanto desaliñada y potente en la superficie, pero en el fondo eran dulces y románticos, al igual que Leo.

Una de las más devotas admiradoras de Leo era Eva Eld, un nombre que sin duda debió de cautivar al poeta, ya que eld significa «fuego» en sueco. Eva Eld solía dar fiestas en su casa y, como sus padres eran de muy buena posición, eran fiestas por todo lo alto. Los muchachos más esnobs llevaban corbata y algunas de las chicas lucían vestido largo. Se bailaba foxtrot al compás de las mejores canciones de los Beatles, y la madre de Eva se encargaba de que hubiera grandes cantidades de rosbif, ensalada de patatas, cervezas y refrescos. Leo sabía cómo tener encantada a aquella mujercita, y también que el mueble bar de su padre estaba muy bien surtido. No importaba si llevaba consigo a otros cinco jóvenes majaderos; Eva siempre le perdonaría lo que fuera, ya que pensaba que podía ver a través de aquella coraza de dureza que Leo trataba en vano de crear a su alrededor. Ella estaba segura de que él la amaba y, cuando en un momento de descuido, le besó en la boca, él pareció sorprendido, como si nunca hubiera creído que alguien quisiera darle un beso en los labios. Una vez le pidió una fotografía de ella y se la guardó en la cartera, donde antes había llevado los autógrafos de las estrellas televisivas Lill-Babs, Lasse Lönndahl y Gunnar Wiklund. Aquellas aberraciones grafológicas habían desaparecido hacía tiempo. Eva Eld era mucho mejor: le recordaba un poco a la fotografía de una estrella de cine que Leo tuvo una vez. Solo que no podía recordar de quién se trataba.

Tenía una gran colección de fotografías de estrellas cinematográficas, y también pudo quedarse con los centenares que había reunido Henry hasta que se cansó de aquellas chiquilladas. Ahora estaban todas juntas en una caja de cartón en el desván del edificio. En algún momento de aquella cruel primavera debió de subir a hurtadillas hasta el ático completamente solo, encontrar aquella caja en concreto y empezar a buscar a la actriz de cine que se parecía a Eva Eld. Empezó a pasar de forma rápida y sistemática las fotografías apiladas en perfectos montones de veinticinco cada uno, sujetos por dos gomas elásticas entrecruzadas. Doris Day, Esther Williams, Ulla Jacobsson, Tyrone Power, Tony Curtis, Robert Taylor, Clark Gable, Catarina Valente, Aland Ladd, Brigitte Bardot, Humphrey Bogart, Scott Brady, Sophia Loren, James Dean, Burt Lancaster, Kim Novak, Gregory Peck, Pat Boone, Tommy & Elvis, Ingo & Floyd… todos aquellos extraordinarios nombres revolotearon por su mente trayendo a su memoria los primeros días de la primavera en que la nieve se fundía en las aceras, dejando tras sí riachuelos de arena y vapor que olían de una forma muy especial. Y en medio de aquellos regueros estaban todos los críos cambiando fotos de estrellas de cine, saltando a la comba, jugando a la rayuela o haciendo girar el hula-hop que habían comprado en Epa. Todo aquello parecía tan aburrido y pasado de moda… La nueva primavera olía de otro modo. Olía a humo de cigarrillos y a perfume. Y, por cierto, la estrella de cine que se parecía tanto a Eva Eld era Rosemary Clooney.

El oficinista

(Henry Morgan, 1964-1965)

«¡Sé mi Boswell!» era una de las exhortaciones más habituales de Henry Morgan, y un escritor no puede renunciar a un par de buenas historias que se le ofrecen de forma totalmente gratuita. Como se ha visto, en el camino de Henry hacia París se presentaron varios obstáculos y extraños retrasos que en algunos casos traspasaban completamente los límites de la razón. Pero también era evidente que tarde o temprano acabaría en Londres, la mismísima ciudad del doctor Jonson, donde todo maestro en el arte de la conversación tiene que apagar su sed y humedecer su lengua. La historia de Henry el oficinista comienza hacia finales del año 1963.

La señora Dolan nunca llamaba a la puerta: la empujaba con la punta del zapato por la sencilla razón de que siempre llevaba dos o tres bandejas de desayunos una encima de la otra, sin posibilidad alguna de soltar siquiera una mano. La verdad es que nunca logró estar mano sobre mano, ya que el conserje de la pensión era inusualmente vago. Había adoptado a Andy Capp como su dios del hogar, y aunque se levantaba muy temprano solo era para tumbarse en un sillón frente al televisor de la sala de estar.

– Buenos días, señor Morgan -dijo la señora Dolan-. ¿Qué clase de mundo es el que os vamos a dejar a los jóvenes? -Suspiró-. Ya han asesinado al mismo asesino. Bueno, supongo que para el caso es lo mismo. No parecía tener muchas luces.

– Oh, cielos -dijo Henry, soñoliento.

– Que desayune bien, señor Morgan.

La señora Dolan desapareció con la misma rapidez con la que había llegado. Era muy habladora, pero nunca se entrometía innecesariamente. A Henry le gustaba la señora, y el sentimiento era mutuo. Para entonces ya le había permitido mudarse a una de las mejores habitaciones. Estaba ubicada en la planta superior del edificio con vistas sobre los tejados, e incluso era posible atisbar algunos árboles del Hyde Park si te inclinabas sobre el alféizar de la ventana y estirabas el cuello. Henry lo había hecho.

Llevaba dos semanas en Londres. Había buscado trabajo pero aún no había encontrado nada. Todavía le quedaba algo del dinero que el manco Franz le había dado en Berlín. Aunque sentía como si fuera dinero ensangrentado que no se había ganado. No era dinero limpio.

La estancia de Henry el agente secreto, alias Bill Yard, en Berlín, así como su marcha de allí, habían sido cuando menos caóticas. Siguiendo el desconcertante aviso de W.S., había huido como alma que lleva el diablo. No había entendido nada de aquello, ni tampoco quería. Incluso había arrojado la imagen con la silueta de Verena Musgrave al canal. Fue una de las escasas ocasiones en que Henry reconoció haber temido por su vida. Para él era inconcebible regresar a Copenhague convertido en un gran fracasado y un estúpido que no podía explicar algo que resultaba inexplicable. El ocultismo y la rinoplastia nunca fueron los fuertes de Bill Yard.

Así pues, lo mejor era subirse al primer tren que saliera de la ciudad, que resultó ser el expreso de Londres. Al cambio de moneda había recibido unas quinientas libras esterlinas, dinero suficiente para sobrevivir durante un tiempo. Pero el señor Morgan era un joven emprendedor de veintiún años que no tenía intención de dormirse en los laureles. Quería trabajar, hacer algo. Se sentía inquieto; ya estaba harto de hacer turismo o de estar tumbado con los brazos cruzados bajo la cabeza y silbando monótonas melodías con la mirada puesta en el techo de la pensión.

Aquella mañana engulló rápidamente el desayuno y se puso la gabardina blanca y amplia que había comprado en una tienda de segunda mano en Kensington. Bajó la bandeja del desayuno a la señora Dolan, que estaba en la cocina. Ella le agradeció su ayuda. Le dijo que el señor Morgan era el huésped más gentil que había tenido desde el noruego, que había llegado justo después de la guerra. A sus ojos, todos los escandinavos eran héroes como Dag Hammarskjöld en mayor o menor grado. Sentía lástima por todos los escandinavos. Dinamarca y Noruega habían sido ocupadas por Hitler, los finlandeses tenían a los rusos acechando a sus espaldas, mientras que los suecos siempre parecían estar tristes.

– Alguien tuvo que haberle hecho daño a su gente en el pasado -dijo la señora Dolan-. Por eso se les ve siempre tan melancólicos. Aunque usted no, claro está, señor Morgan. Usted no parece nada triste. Usted tiene un brillo especial en la mirada y pronto va a encontrar trabajo. Todo saldrá bien, ya lo verá.

Una ciudad irreal. El humo amarillento se deslizaba por los callejones, rozando contra los cristales de las ventanas, y «bajo la neblina parduzca de un amanecer invernal / una muchedumbre avanzaba por el puente de Londres». «La bóveda del río está rota: los dedos de las últimas hojas / se aferran y se hunden en el húmedo cauce.» La música ascendía lentamente hacia él desde las aguas. «Dulce Támesis, fluye suavemente hasta que acabe mi canción…»

Allí pasó cerca de un año, y no tengo intención de hablar de todos los partidos de fútbol con Bobby Charlton que vio, ni de sus paseos solitarios por el Támesis mientras la niebla cubría las barcazas sobre el agua y la lluvia suspiraba apacible sobre las calzadas y él se metía en un bar para calentarse con una Guinness y un whisky, que es precisamente lo que se tiene que hacer cuando se es un héroe en Londres y al mismo tiempo en una novela.

Y desde luego que hay tiempo para hablar de todo ese humo amarillento que se deslizaba por los callejones, como por supuesto también lo hay para hablar del hombre apropiado en el momento oportuno que se mete en un pub y habla sobre la vida y la muerte y todo ese humo amarillento. Henry entró en un pub mucho después de que dispararan a Kennedy y se perdió la retransmisión televisiva -eso solo eran algunos datos-, y lo mismo le sucedería con Oswald. Pero Henry era avispado y las cogía todas al vuelo, y enseguida se vio envuelto en una discusión sobre la CIA, Kennedy, Cuba y Jruschov. Y los tipos del pub bien podrían haber creído que aquel sueco encorbatado era un ministro del gabinete o como mínimo un adusto académico especializado en ciencias políticas.

Su excepcional capacidad para convencer de lo que fuera a cualquier interlocutor hizo que pronto consiguiera permiso de trabajo en Londres y un buen empleo en un despacho, donde debía encargarse de la correspondencia con Escandinavia. Los ingleses se movían a sus anchas por las oficinas de Smiths & Hamilton Ltd., una empresa dedicada al negocio del papel, principalmente de Finlandia y Suecia. Y aquel trabajo le venía a Henry como anillo al dedo. Por añadidura, en S &HLtd. había al menos media docena de chicas que, a sus ojos, no estaban del todo mal.

No es que hubiera mucho que hacer durante la jornada. La correspondencia fluía tan lentamente como el Don, y Henry trabajaba un poco en esto o en aquello, dependiendo de su estado anímico. Los jefes consideraban que era un auténtico hallazgo y que había aprendido rápidamente los entresijos del negocio. Le daban golpecitos en la espalda y le prometían el cielo y las estrellas si continuaba aprendiendo a ese ritmo. Pero Henry carecía totalmente de ese tipo de ambiciones que los jefes suelen esperar de sus empleados. Aquello no era más que una estación de paso, un alto en su camino a París.

Pero Londres era el Swinging London, y esa primavera de 1964 en que Cassius Clay se convirtió en campeón mundial de boxeo, los Beatles se convirtieron en campeones del mundo por derecho propio. Todo Londres, Gran Bretaña y el mundo entero vivían la beatlemanía. «She Loves You» sonaba en todas las gramolas y en los cines daban A Hard Day’s Night, que a Henry el oficinista le parecía bastante frívola. Toda la escena pop era bastante frívola. Aunque no pudo resistirse a enviar a casa un par de vinilos y algunos accesorios que le gustarían a Leo. Se trataba de camisetas y pósters de John, Paul, George y Ringo. Henry se preguntaba si Leo estaría muy alto, si es que había crecido algo. En ocasiones le entraba una tremenda añoranza, sobre todo durante algunas festividades. Pero nunca dejaba de guardar el Sabbat. Henry siempre observaba el Sabbat e incluso la menor de las fiestas señaladas en el calendario descansando, comiendo y añorando.

El pop nunca fue santo de su devoción. Henry era un pianista de jazz y, como otros muchos amantes del jazz espantados y desesperados, frecuentaba los sótanos donde escuchar y seguir las nuevas tendencias de vanguardia. Era una tropa cada vez más diezmada la que seguía acudiendo a los clubes de jazz, y Henry comprendió que de alguna extraña manera había perdido el paso respecto a los nuevos tiempos. Henry Morgan se había quedado rezagado: él era de hecho la persona menos moderna que se pudiera imaginar. Mientras toda la gente de su edad se encaminaba a Carnaby Street para vestirse con los atavíos del pop, Henry Morgan seguía moviéndose por ahí con su vieja chaqueta de tweed -bueno, se había comprado una nueva en Londres-, su jersey y su corbata. Las chicas de la oficina le insistían para que se modernizara un poco, diciéndole que su forma de vestir estaba muy anticuada, pero sin resultado alguno.

Henry era y sería siempre un alegre outsider, un inconformista. Gracias a la obra de Colin Wilson, un outsider era un tipo de persona que se había puesto de moda entre los intelectuales y los músicos de jazz, pero estaba claro que un outsider no podía ser una persona alegre. Tenía que ser alguien atormentado, que nunca encajaba en ningún lugar; era alguien que se mantenía apartado, en la periferia, y que cuando las cosas se ponían realmente mal se alejaba tanto que llegaba a quitarse la vida, como hizo el antiguo pianista del Bear Quartet. Aquel sí que fue un auténtico outsider.

Pero la odisea en la que Henry se había embarcado a lo largo y ancho de Europa no tenía nada que ver con la búsqueda de algo o con intentar encontrar el verdadero sentido del ser y la existencia, como dirían los profundos pensadores sartrianos. Henry no estaba buscando nada: estaba huyendo de algo. Pero incluso aquella huida había llegado pronto a su final. En Londres ya había olvidado prácticamente su condición de desertor y de amante eterno de Maud. En suma, había aprendido a vivir, y era tanta su curiosidad respecto a todo que tenía que seguir adelante. Quería ver más, ver cuanto pudiera hasta quedar saciado. Quería ver, oír, oler, catar y arrasar con todo lo que encontrara en su camino. Por esa razón muchos lo percibían como un joven audaz y singular, que en cualquier momento podría convertirse en un héroe, cuando se presentara la ocasión. Se equivocaban. Henry era simplemente como Sven Dufva, el personaje de Runeberg, con una insaciable sed y un hambre voraz por la vida.

Así pues, Henry escuchaba grandes dosis de buen jazz, pero también entró en contacto con la tradición del music-hall. Era una feliz combinación de viejas canciones de los días de la Gran Guerra y melodías de corte totalmente moderno con letras descaradas, estúpidas y absurdas. Henry se quedó totalmente fascinado por un hombre alto y enjuto, que parecía un travesti y cantaba en falsete. Se llamaba Tiny Tim, y tocaba el ukelele en uno de los clubes favoritos de Henry. Este también empezó a escribir canciones. Se sentaba al primer piano que le dejaban y escribía canciones que luego vendía por una pinta de Guinness.

Henry también aseguraba -algo que nunca se pudo refutar ni probar- que el original de «Mrs. Brown You Got a Lovely Daughter» de Herman’s Hermits había sido escrito por el propio Henry Morgan. Un día estaba sentado en el despacho de Smiths & Hamilton Ltd., mirando a una secretaria de belleza despampanante, de la que siempre se burlaba por tener en su mesa una foto de los Beatles. Ella le devolvía la pulla, diciéndole que era un raro y un anticuado. La chica se llamaba O’Keen y era del norte. Era ella a quien Henry tenía en mente cuando escribió «Miss O’Keen You Are a Naughty Daughter», con el mismo estribillo del que Herman’s Hermits se apropiaría más adelante. Henry había tocado la canción con gran éxito en una fiesta de la empresa. Más tarde la presentó a una discográfica, que le pagó cincuenta libras esterlinas y le dijo que no era un buen momento para su lanzamiento. Varios años más tarde apareció la canción, convenientemente remozada, pero para entonces Henry ya se había marchado. Tampoco es que le interesara armar mucho revuelo. Era un hombre de naturaleza generosa. En su opinión, los ingleses le habían tratado bien.

La más encantadora de todos ellos había sido Lana Highbottom. Henry no gozaba de mucho predicamento entre las chicas jóvenes de Smiths & Hamilton Ltd., porque todas estaban locas por los Beatles. Y cualquier joven que no se pareciera a los Beatles podría considerarse descartado.

Pero Lana Highbottom era diferente. Era ya una mujer madura, casi demasiado madura. Recientemente había llegado a Estocolmo una felicitación navideña para Henry el oficinista, con fotografías de la mujer y de sus dos hijos pálidos, típicamente ingleses. Las fotografías no explicaban el entusiasmo de Henry por Lana. Según él, no la favorecían en absoluto. Además, sus cualidades no se apreciaban en la superficie, y eso, a largo plazo, era lo único que importaba.

En la oficina Lana Highbottom tenía fama de ser bastante exasperante. Hablaba casi tanto como Henry. Era una mujer de cuarenta años, viuda de un motorista que había conducido demasiado rápido. Vivía en Paddington con su anciana madre, que también se había mudado desde Liverpool, y eso era lo único que la redimía, según las chicas jóvenes de la oficina. «Liddypoool…», decían con ojos brillante de regocijo.

Cuando había que quedarse trabajando horas extras en el despacho, Lana siempre se ofrecía, y además sin quejarse. Y como Henry era el novato de la empresa, a veces también tenía que quedarse hasta tarde haciendo algún tipo de inventario en el archivo, y así fue como empezó todo.

No habían pasado más de dos minutos desde que Henry empezara a hojear algunas carpetas de la sala de archivos cuando Lana entró y le besó en la boca. Le arrebató los papeles de las manos, puso los brazos de él alrededor de su rollizo cuerpo y le metió el muslo entre las piernas.

En ese tipo de situaciones a Henry no le importaban mucho las formas, pero aun así pensaba que aquel no era el lugar más romántico del mundo. Olía a polvo de archivo, goma de borrar, tinta, papel secante y carbón. Así que mientras Lana le metía los dedos entre el pelo y le daba mordisquitos en la oreja, él trató de detenerla.

– No, Lana -logró decir en medio de los ardientes besos-. Aquí no. No… podemos… hacerlo aquí…

– Oh, sí… podemos -jadeaba Lana-. No hay nadie en todo… el edificio -continuó ella, empujando al joven sueco contra los archivadores metálicos, que retumbaron como un trueno.

Lana Highbottom cruzó los brazos apasionadamente alrededor del cuello de Henry, y aun así, como si fuera una actriz experimentada, logró deshacer el nudo de su corbata para darle unos tórridos besos en el cuello. Entonces Henry estuvo perdido. Ya no podía parar; no quería parar. No había estado con una mujer desde hacía quién sabe cuánto y Lana sabía qué artimañas usar. Ella era cuando menos lasciva, y Henry era un depravado, y así es como pasó lo que tenía que pasar.

– Ahhh, Henry… -suspiraba Lana-. Eres mi tigre, mi minero… -jadeaba sobre un informe anual de 1957.

El hecho era que Lana creía que Henry era exactamente igual a Tom Jones, el minero, el tigre de Gales. Henry se sintió muy halagado.

A aquello siguió un breve período de felicidad para Henry el oficinista. Lana se pasaba por su pensión un par de veces por semana. Él disfrutaba mucho de su tratamiento terapéutico, aunque tuviera que tragarse lo de Tom Jones. Lana se abalanzaba sobre él como una hambrienta amazona, y después, cuando ella lo dejaba para irse a su casa con sus dos pálidos hijos y su anciana madre de Liverpool, Henry se quedaba en la cama durante un buen rato, fumando. Luego se iba a un pub para tomar un trago y disfrutar de su soledad.

Fue más o menos por esa época, hacia finales de 1964, en medio de la efervescencia juvenil pop, cuando Henry comenzó a trabajar en su oeuvre majeur, «Europa, fragmentos en descomposición». Aún no sabía que la pieza llevaría ese título; no lo sabría hasta regresar a Suecia a finales de los años sesenta. Pero había tenido la visión de una composición larga y unitaria que describiera su periplo europeo. La idea le sedujo: le acompañaría como un auténtico y leal camarada de viaje.

Como se ha mencionado, el período de felicidad de Henry el oficinista fue breve. Con el tiempo la historia con Lana Highbottom fue convirtiéndose en algo extremadamente fastidioso, ya que a Lana le costaba mucho reprimir su pasión y tampoco era capaz de diferenciar una cosa de otra: no podía comprender que cada actividad tenía su lugar. La mera presencia de Henry Morgan era superior a sus fuerzas. Lana lo veía en el despacho todo el día, y mientras el joven sueco iba por allí silbando canciones de moda sin prestarle atención, ella lanzaba largas, anhelantes y apasionadas miradas a su viril amante, su Tom Jones. Ella devoraba literalmente a su minero.

En cuanto Henry se acercaba al despacho, empezaba a dolerle el estómago. Cuando se beneficiaba a Lana Highbottom en la pensión todo iba sobre ruedas, pero en la oficina las cosas empezaron a ponerse complicadas. A Henry le importaba mucho qué pensaría la gente, y siempre estaba muy angustiado por el que dirán. Si de pronto se corría la voz por Smiths & Hamilton Ltd. de que se estaba acostando con Lana Highbottom, se convertiría en el hazmerreír de todos.

El breve período de felicidad tuvo un final desastroso. Lana Highbottom había ido a visitar a Henry en su habitación de la pensión de la señora Dolan para suministrarle su cura. Como de costumbre, cuando se marchó bajaba las escaleras entre risitas sofocadas de gozo. Henry se quedó en la cama desnudo y aturdido, fumando. No era especialmente tarde. Lana solía irse pronto porque tenía hijos y una anciana madre de los que cuidar en Paddington.

La noche aún era joven. Henry se vistió rápidamente y bajó al pub, donde ya era un habitual. Si el piano estaba libre, solía sentarse al teclado y tocar algunas canciones de moda. A cambio, le invitaban a un par de cervezas. Esa noche en concreto se sentó ante el maltrecho piano y comenzó a tocar una versión jazzy de «A Hard Day’s Night». Era lo que la gente quería escuchar.

Todo el mundo disfrutó mucho con su revisión del «A Hard Day’s Night», a excepción de un individuo gigantón picado de viruelas. Parecía como si un autobús le hubiera pasado varias veces por encima de la cara. Tenía la frente hundida, las cejas destrozadas, y quién sabe qué le habría pasado a la nariz. Sus puños velludos casi rozaban el suelo y toda su fisonomía parecía directamente sacada de las ilustraciones de los libros de texto sobre los albores de la humanidad.

Es probable que el pianista del pub Henry Morgan no reparara en aquel prehistórico ejemplar de Cromagnon, y ya estaba calentando con los dedos cuando fue interrumpido de golpe. El individuo había dejado caer sobre el teclado su manaza de tapa de letrina, cubriendo cerca de cuatro octavas. Apestaba a whisky barato, y a Henry le bastó con mirar de reojo al monstruo de rostro enrojecido y lleno de cicatrices para comprender que buscaba bronca. A no ser que él asestara el primer golpe. Pero un caballero como debe ser nunca usa los puños sin tener una buena razón que lo justifique.

Sin embargo, esa razón no tardó en llegar. Sin mediar palabra ni prolegómenos superfluos, el gigantón levantó bruscamente uno de sus puños como mazas y lanzó un golpe con la determinación de quien da un hachazo en un tronco. Henry tuvo tiempo para reflexionar sobre su vida y para esquivar el proyectil, que pasó como un rayo rozándole la barbilla. Entonces, el puño izquierdo del sujeto cayó desde arriba en diagonal y le agarró del hombro. Henry ya tenía suficiente.

El camarero permaneció detrás de la barra y le gritó a Henry que escapara. Algunos clientes borrachos se hicieron lentamente a un lado, entre murmullos callados. Nadie hizo ademán de intervenir.

Henry se protegió de la artillería pesada de duros pero totalmente desatinados proyectiles que el gigantón lanzaba con el peor de los estilos callejeros. El pianista y boxeador se apartaba a un lado, se agachaba y retrocedía alternadamente, como si estuviera jugando con el hombretón, como si aquello fuera muy divertido.

Cuando Henry había retrocedido a lo largo de la barra, con todo el mundo apartándose a su paso, quedó acorralado contra una mesa. Algunos clientes asustados salieron a la calle, solo para mirar a través de la ventana. Henry no se lo pensó mucho. Apretó los dientes y pasó a la acción. Lanzó un potente golpe de izquierda que atinó en la frente y la mejilla del bruto. Este apenas pareció sorprendido, pero se descentró. Sacudió la cabeza y, al intentar lanzar atropelladamente un nuevo mazazo, Henry le propinó un poderoso golpe de zurda en la barbilla, seguido de una serie de explosivos ganchos de derecha por encima de la oreja del gigantón. Y ahí acabó todo.

El hombre cayó al suelo con un ruido estrepitoso, arrastrando consigo una mesa y lanzando un terrible gemido. Trató torpemente de incorporarse de nuevo, pero sin éxito. Algunos tipos del bar se acercaron para estrechar la mano de Henry y agradecerle la exhibición. Después se llevaron a rastras al gigantón para dejarlo en algún callejón apartado.

Henry se sentó en un taburete de la barra, envuelto por esa bruma irreal que rodea a los héroes después de la batalla. El camarero le sirvió un whisky abundante para sus nervios, y trajo hielo y una venda para sus nudillos, magullados y sangrantes.

– Un pianista debería tener más cuidado con sus manos -dijo el camarero-. Pero eres un buen boxeador, Henry.

– ¿Quién diablos era ese? -preguntó Henry.

– No estoy seguro -contestó el camarero-. No viene mucho por aquí. Lo único que sé es que antes solía llevar una moto. Acabó debajo de un camión. Se llama Highbottom o algo así.

– ¡Highbottom! -gritó Henry-. ¡No puede ser verdad! ¡Pero si está muerto…!

– No te preocupes, Henry -dijo el camarero-. Ya lo han apalizado otras veces…

«Lana’s Left in London» es el nombre de una canción que Henry compuso en homenaje a su madura amante. También he podido escucharla, una agradable cancioncilla sobre una mujer embustera que solo callaba cuando la besaban. No creo que fuera una canción despectiva hacia las mujeres, más bien al contrario. Lana le gustaba de verdad a Henry, pero ella lo había engañado y él estaba de camino hacia París.

Llevaba ya más de un año en el Swinging London, conocía bien la ciudad y había aprendido una lección. Lana pronto le perdonaría, porque él nunca le contó lo de la pelea con su difunto marido. Ella nunca dejaría de enviarle puntualmente una brillante postal navideña, deseándole unas felices fiestas y preguntándole cuándo pensaba regresar. Pero nunca volvió.

El día en que Henry se encontraba con su maleta en la estación Victoria, los vendedores de periódicos anunciaban a pleno pulmón que sir Winston Churchill había muerto. La angustiosa espera de toda la nación había acabado de repente con el último suspiro del gran hombre. Toda una época de la historia reciente recorrió la estación como una ráfaga de viento, arrastrando consigo a toda una generación de patriotas y serviciales inválidos de guerra impregnados en agua tónica, mientras los titulares de la prensa se arremolinaban en su corriente: «HA MUERTO».

Era primera hora de la mañana de un domingo de enero de 1965. Henry encendió un Player’s y arrojó el humo hacia las sucias vidrieras de la cubierta de la estación, donde la lluvia dibujaba lúgubres líneas sobre el hollín adherido a los cristales. Una anciana sentada en un banco se echó a llorar, algunos distinguidos caballeros trajeados se quitaron el sombrero en honor al más inglés de los ingleses, e incluso los trenes parecían suspirar de tristeza. Los ciudadanos de duelo comenzaron a hacer fila a lo largo del Támesis. El propio Henry se sentía profundamente afligido: siempre le había caído bien Churchill. No sabía por qué, ya que sus conocimientos sobre el papel histórico de Churchill eran bastante limitados. Se trataba probablemente de una cuestión de estilo, y de sentimentalismo.

Henry sentía tristeza, y también indecisión y esperanza. No sabía adónde ir, pero ya no tenía por qué sentir remordimientos por abandonar a una Lana desconsolada por su traición. Ahora que toda Gran Bretaña estaba de luto, Lana no tenía por qué sentirse sola. El duelo era el duelo.

Vacas santurronas

(Leo Morgan, 1965-1967)

Después de Herbario (1962) aparecería el segundo volumen de poesía de Leo Morgan. Se titulaba Vacas santurronas y llegó a los escaparates de las librerías más o menos por la misma época en que en Suecia comenzamos a conducir por la derecha, que fue en septiembre de 1967.

Vacas santurronas mostraba una faceta totalmente distinta. Los críticos llegaron a la conclusión de que algo trascendental le había ocurrido al poeta. Su silencio de cinco años -siempre se habla de «silencio» para referirse a poetas que no están sacando constantemente poemarios; los poetas que nunca se han visto afectados por ese singular «silencio» deberían probarlo: suele ser bueno para la poesía- había sido como la calma que precede a la tormenta. Prácticamente todo el círculo de críticos vio en Leo Morgan al portavoz de una nueva generación, como el Bob Dylan del parnaso sueco, un poeta excéntrico que conjugaba un lenguaje moderno con un modernismo clásico, significara lo que significase.

Es de suponer que el poeta reaccionaría a esos comentarios con un silencio despectivo. Nunca reconoció a dios alguno. Había puesto a aquellos ídolos en un pedestal solo para poder escuchar el placentero estruendo que producía su caída. La blasfemia se convirtió en el sello distintivo de Leo Morgan.

Pero había sido un largo camino hasta llegar allí, hasta el otoño de 1967, y no resultaba difícil hacer un minucioso y extenso inventario de la formidable bolsa de valores, citas e influencias -todas las corrientes literarias desde Baudelaire hasta Ekelöf y Norén, todos los discos desde los Beatles hasta Zappa- que sacudieron y zarandearon la mente del poeta. Al igual que le sucedió a toda la juventud de mediados de los sesenta, Leo Morgan fue objeto de una inagotable corriente de impresiones y sensaciones, cuya única finalidad era consumir ideas, ropa, drogas y personas como cíclopes de un solo ojo.

Así pues, Vacas santurronas fue una gran erupción poética, que en cierto modo anunciaba la erupción política que culminaría en la primavera del sesenta y ocho. Desde un punto de vista literario, los sismógrafos acusaron un gran impacto. Muchos críticos reconocieron estar impresionados ante el furioso ímpetu, la energía poética liberada que ardía en cada sílaba. Tuvo que ser alguna especie de ángel Rilke el que susurraba al oído de Morgan.

En este caso el método poético consistía en alimentar un volcán hasta colmarlo con las figuras del culto de la sociedad occidental -algo así como una suerte menor de los Cantos- solo para dejar más adelante que todo aquel magma explotara en una erupción aniquiladora de invectivas que hacían que Dante apareciera como el más cobarde panegirista.

En oposición a la representación «tradicional» del Bien -personificado por Dag Hammarskjöld, Winston Churchill, John F. Kennedy y Albert Schweitzer, todos del siglo veinte, todos muertos-, el poeta ofrece un fértil y creciente Caos. Escudriña y castiga a sus víctimas, haciéndolas aparecer como simples e ingenuas figuras que solo aspiraban al Bien. Detrás de sus fachadas se escondían los motivos más bajos y las perversiones más abyectas -Hammarskjöld era un pervertido reprimido, Churchill pintaba a modelos desnudas, Kennedy abusaba de sus secretarias y Schweitzer propagó la sífilis entre las tribus nativas-, oscilando entre la rumorología general y las puras invenciones de la imaginación. Pero lo peor de aquellos embajadores del Bien era su corrupta Lealtad.

En contraposición a esa noción de aparente lealtad, Leo opone el éxtasis altruista, el fuego de la combustión espontánea que es cualquier cosa menos leal. Por primera vez en su vida, Leo deja que la deslealtad irrumpa en el sistema. Ese orden que intentó establecer en Herbario aparece ahora como una quimera, un orden falso. Se trata de una revelación tan amarga como perturbadora y dolorosa.

De hecho, resulta asombroso que una editorial respetable, y además sueca, se atreviera a publicar un libro tan desmesurado y blasfemo como Vacas santurronas. Tal vez fuera por pura inconsciencia o descuido. Quizá el editor preveía una tirada corta y un exiguo número de lectores. El poeta ya no era ningún prodigio: tenía dieciocho años y su momento de gloria había pasado. No era más que una antigua estrella de El Rincón de Hyland, merecedora apenas de alguna breve mención en las revistas, que reseñaron que «ahora al dulce poeta le ha salido pelusa en la barbilla y ha escrito algunos poemas coléricos…», y cosas por el estilo.

Mientras estoy aquí sentado en el maltrecho escritorio de este apartamento siempre lúgubre, hojeando Vacas santurronas diez años después -es el ejemplar de su abuelo paterno, muy usado y con signos de admiración aquí y allá en los márgenes-, solo puedo constatar que la fuerza y la energía de la lava poética de Leo todavía perduran. Por derecho propio, el título del poema debería aparecer en alguna antología escolar, pero, que yo sepa, aún no se ha hecho. Puede que sea por una grave negligencia de los responsables de educación o, más probablemente, por la carga demasiado impactante de su contenido.

El punto de vista es brillante. Ya desde el título, Leo escudriña a sus vacas santurronas a través de la mira telescópica de un rifle máuser. El poema es una especie de largo monólogo en boca de un asesino a sueldo cuya misión es disparar contra el mojigato coro de hipócritas. Para poder matar, se ha provisto de pastillas y de la perspectiva limitada que le brinda la mira del rifle, a fin de garantizar que las víctimas nunca sean sujetos en un ambiente específico, individuos en alguna especie de contexto. Las personas vistas a través de la mira telescópica se convierten en muñecos, figuras silueteadas, casi abstractas. Esa es la condición lógica y necesaria para el asesinato: para poder matar, la víctima debe ser algo abstracto a lo que llamar enemigo, y quizá luzca uniforme para poder diferenciarlo de otras víctimas. El asesino y verdugo no puede ver al ser humano: tiene que ver un organismo abstracto, a quien él, con toda su profesionalidad, su destreza y su precisión, pueda inyectar una buena dosis de plomo que garantice su indefectible muerte.

La filosofía del asesino constituye el prólogo y preludio de Vacas santurronas, y, en mi opinión, ese pasaje se encuentra entre los más feroces, crudos y brutalmente descarnados que se hayan escrito jamás en este país.

Después de haber establecido la filosofía del asesino, las víctimas empiezan a aparecer en la mira de su rifle: «Hammarskjöld duerme en su habitación de hotel / Génesis 38 tiene orejas de perro / la vergüenza tiene ojos…», piensa el asesino, y apunta a Onan que derrama su esperma sobre la tierra. «Churchill, quién es la chica en Funchal / que se agarra a la balsa salvadora del puro…», piensa el asesino, y apunta a la pintura del ministro en Madeira. Y el poema prosigue en ese tono, hasta que el verdugo concluye finalmente su misión y limpia el mundo de esos santos, nuestras vacas santurronas. La gente está indignada y se siente abandonada; el enviado de los dioses ha dejado la tierra y cualquier cosa puede sobrevenir: el Mesías, Zaratustra o un nuevo Hitler. Ningún verso revela quién encargó su misión al asesino: podría ser un Dios desdeñado, indignado por la veneración idólatra de los humanos, o el mismo Satanás, furioso por la misma razón.

En contraposición a ese culto vacuo a las vacas santurronas, y como consuelo en medio de la total confusión, el poeta ofrece su artillería pesada de éxtasis, la embriaguez globalizadora del rock en la que germinará lo nuevo, en la que ya ha nacido lo nuevo… la esperanza que lo abarca todo y solo puede manifestarse en ese éxtasis incendiario, la Unio mystica con el universo.

Así pues, la destrucción total del orden se constituye como la única esperanza del mundo, un cataclismo, una catarsis para los impuros. En una irónica estrofa dirigida contra sí mismo, Leo dice adiós para siempre a ese orden, a ese sistema que con tanto ardor se empeñó en establecer en Herbario: «Mis plantas eran los secos / ardientes arbustos del desierto / clamando, como todos los fuegos al sol…». Estos versos tienen un triple sentido. Son al mismo tiempo una broma irónica contra sí mismo, una alusión bíblica y una paráfrasis de Dylan. Las plantas secas de Herbario están en llamas; el sistema, el orden, pronto se convertirá en ascuas. Pero fue justamente bajo ese disfraz -la zarza ardiente- con el que el Todopoderoso se apareció ante Moisés y lo exhortó a conducir a su pueblo lejos de la opresión hasta una tierra donde manaba la leche y la miel. La imagen en sí, su ingeniosa agudeza, es dolorosa y estremecedora.

En general, Vacas santurronas rebosa de tal número de metáforas, alusiones, parodias críticas y citas, que requiere conocer las claves de una especial conciencia para poder penetrar en toda su significación. Es un libro para outsiders que habían formado parte de la manada.

Puede que Vacas santurronas fuera un gran éxito de crítica, pero no se vendió especialmente bien. La obra se convirtió en una presa codiciada por intelectuales mods y provies que robaban libros en las librerías. Leo Morgan tal vez no se convirtió en una auténtica figura de culto, pero en algunos círculos disfrutó de una gran reputación como conciencia torturada.

Había introducido la deslealtad en el sistema, y eso constituía todo un logro para algunos. La lealtad era un arma de clase, algo a lo que los poderosos, los socialdemócratas y la Federación Patronal SAF se referían durante sus negociaciones. Los trabajadores debían ser leales a sus empresas, leales a Suecia. La lealtad era ponzoña, una planta cizañera, una cosecha envenenada a traición. El éxtasis de la música rock predicaba la solidaridad, que era algo completamente distinto.

Eso incluía también la solidaridad con el pueblo de Indochina, cada vez más sometido al terror de Estados Unidos y cuya resistencia testimoniaba una fuerza admirable. Una concienciación sobre fenómenos globales como el imperialismo comenzaba a penetrar en la poesía sueca en general y en la de Leo Morgan en particular. La revista Bonniers Literary Magazine causó un pequeño escándalo y perdió a numerosos suscriptores tras la publicación del poema sobre Vietnam de Sonnevi, y Leo también adoptó una postura clara, aunque nunca pretendió ser considerado como un poeta de pancarta o contestatario.

Leo Morgan estaba sincera y genuinamente indignado… no dudaría en jurarlo. El niño que recorría aún los antiguos laberintos de su cerebro sabía bien cómo se desencadena el pánico, cómo el terror se retuerce para abandonar el cuerpo entre sudores fríos, vértigo y aullidos cuando la tierra tiembla bajo las bombas. Leo había pasado por ese Inferno, y tal vez por eso escribió un poema salvaje e iracundo llamado «Ángel de fieltro», un título que en sí mismo podría recordar a docenas de poemas modernistas -firmados «Breton ‘22» o por cualquiera de sus epígonos suecos cincuenta y cinco años más tarde-, pero que en realidad no busca el efectismo. De hecho la balada es lo que habitualmente suele llamarse «un ataque acerbo» contra esos ángeles de fieltro, es decir, las hermanas de la Cruz Roja que de forma constante y perseverante envían mantas a las regiones del Tercer Mundo asoladas por alguna catástrofe.

El piloto proyecta la sombra de su avión
lanza desde el cielo al ángel de nariz respingona de la muerte
pronto arderán todas las chozas.

El piloto proyecta la sombra de su avión
ofrece a la aldea al ángel de la misericordia envuelto en fieltro
enviado por la buena dama de la Cruz Roja.

La sombra de las aventuras del piloto Biggles planea sobre cada estrofa, quien sirve -exactamente como el asesino a sueldo del título del poema- tanto al Bien como al Mal. Él es solo un profesional que hace su trabajo. De hecho, es el más peligroso de todos nosotros, porque, según Leo Morgan, cualquiera que permita al deber ciego traficar con su conciencia se perderá en esa jungla donde ya no podrá ser visto -¿por Dios?- ni tampoco podrá ver.

Las «damas antiviviseccionistas» de la Cruz Roja resultan no ser más que esposas de generales, el superego femenino de lo militar, madonas penitentes cuyas obras de caridad solo producen el efecto de un eco, retribución en lugar de contribución al servicio de Dios. No representan más que un bálsamo para la conciencia occidental. Como puede imaginarse, no resulta fácil describir el camino recorrido por Leo Morgan desde su estadio del visionario soñador y fatalista que escribió Herbario hasta convertirse en el chamán airado de Vacas santurronas. Aquella época, los dorados sesenta, se contempla ahora envuelta por una mística y unas leyendas tan desconcertantes y distorsionadas que resulta inútil intentar llegar a su verdadera esencia. Se necesitaría, como ya he mencionado, una infinita bolsa de valores para poder confirmar todas las presunciones y conjeturas. El monumento del mayo del sesenta y ocho aparece ahora como un carnaval sobredimensionado que solo produce decepción entre los turistas de la historia, o como un cuadro sobrevalorado por las aseguradoras que permite a la víctima de su robo recibir una fortuna que no merece: lastimero y patético.

Pero Leo Morgan nunca aulló con los lobos ni deambuló errático por los años setenta sintiéndose decepcionado por una rebelión que no sirvió para nada. Leo nunca fue un poeta al uso ni un rebelde al uso: estaba demasiado obcecado para ello. Su camino era absolutamente personal. Apenas podía ser llamado camino: era más bien un sendero peligroso a través de un paisaje de rencor y abominación lleno de trampas y minas.

Como un Jano bifronte, el bardo nunca se sintió plenamente partícipe ni comprometido. Una especie de velo o aura de irrealidad cubría su existencia. Las palabras nunca lograron atravesar ese velo. Las palabras eran llaves, contraseñas mágicas que jamás conseguirían su propósito. Tras la expulsión del Jardín del Edén, la humanidad no solo se vio apartada de Dios, sino que las palabras -sobre todo la palabra «amor»- empezaron su larga y sangrienta marcha hacia la carencia total de significado. Las palabras eran frágiles llaves que se portaban a través de la historia cultural sin encontrar nunca la cerradura apropiada en la puerta correcta. Esa abundancia de connotaciones comprimidas en cada término, como las diferentes muescas de una llave, prometían algo que la humanidad, después de la expulsión, nunca pudo cumplir. Hay palabras para el amor, pero no hay amor. Existe la maldad, pero ninguna palabra puede expresar ese odio. «Las llaves prometen una puerta / en algún lugar de esta tierra. / El bautismo promete la paz / pero nadie encuentra las palabras…»

Así pues hay que descomponer el lenguaje, fundir los metales de las llaves, verterlos en nuevos moldes, en formas libres. Lo único que Leo sabía era ser libre, completamente libre de toda responsabilidad, de todos los lazos y compromisos. Nadie podía exigir nada de él. La responsabilidad que cargaba sobre sus hombros era la responsabilidad de la libertad, que pesa más que todos los yugos colocados sobre los hombros de los esclavos. El momento en que una persona comprende que es libre… es un instante aterrador, cuando el abismo se abre como un agujero negro de materia vacía comprimida. Ya no hay nada a lo que aferrarse, ni rituales ni ceremonias ni procesiones. Ningún concepto tiene otro significado que el que decidamos darle en el momento. No tiene sentido leer libros antiguos, porque los libros pueden arder, y arden muy bien.

Si puede decirse que los años sesenta estuvieron imbuidos por cierta solidez en las creencias, Leo fue la excepción que confirmaba la regla. Simpatizaba con algunas ideas -lo más alejadas posible de su origen aristocrático-, pero fue como un predicador iracundo sin iglesia cuando su poesía alcanzó sus más altas cotas.

«Estaba tan oscuro que no había pruebas / ella era apátrida, y el sofá forrado de piel de gallina. / Nadie cree en un asesino si no hay cadáver…», decía Leo en Vacas santurronas. Habría que buscar durante mucho tiempo para encontrar una imagen más sombría de un encuentro amoroso. Es lo más remotamente alejado que se puede estar de la lírica clásica amorosa.

Ella se llamaba Nina, y había asistido a todos los conciertos que merecían la pena de verdad. Había visto a los Beatles en el Kungliga en el sesenta y cuatro, había escuchado a Bob Dylan y su guitarra en el Konserthuset, y había visto a los Rolling Stones. Algunos la llamaban Nina Negg porque era muy negativa. Hablaba como no lo hacía nadie, y maldecía con ardiente ferocidad.

Nina Negg era en cierto sentido la cabecilla de una pandilla que solía rondar por la plaza Hö. Era mod, y había incitado algunos tumultos porque odiaba todo lo que tuviera que ver con la ley y el orden. A la mierda con todo. Nadie decía aquello de manera más convincente que Nina Negg. Siempre llevaba consigo un aerosol de pintura roja para escribir al instante lo que le viniese a la mente, ya fuera sobre las paredes, las aceras o donde estuviera. Así fue como Leo y Nina se conocieron: como es bien sabido, al unirse dos cargas negativas se convierten en positivas.

Probablemente habrían estado en casa de Nina -sus padres siempre estaban fuera- escuchando el gran bombazo del año, «Satisfaction» de los Stones, un sencillo con un éxito sin precedentes en el mercado musical. La pandilla ya debía de estar bastante colocada, y decidieron salir a tomarle el pulso a la calle. Ya fuera, Nina dijo que se había olvidado el tubo de aerosol en casa. Le pidió a Leo que la esperara, y los demás siguieron adelante. Cuando Nina regresó, caminaron un par de manzanas y luego se detuvieron a hacer algunas pintadas en una pared. Nina sacudió el tubo, pero no se le ocurría qué escribir. Le pidió al jodido poeta que se inventara algo. Él no podía pensar en otra cosa que no fuera «Satisfaction». Perfecto, dijo Nina y comenzó a escribir con grandes letras en la pared «satisfact». Se disponía a escribir la “i” cuando un coche patrulla de la policía dobló la esquina de la calle. Dos mods de pelo largo con chaquetas de la armada de Estados Unidos, vaqueros y zapatillas deportivas eran un buen botín: dos gamberros pillados en pleno acto de vandalismo. Leo se percató de que se acercaban, agarró a Nina y echaron a correr. Corrieron como perros enloquecidos. Un policía trató de alcanzarlos, pero no hubo manera: las zapatillas deportivas de baloncesto eran demasiado rápidas. Leo conocía bien la zona y, sin pensarlo, entró en una portería y cerró la puerta detrás de Nina. Allí trataron de recuperar el aliento.

Qué hostia, hostia, joder, joder, joder: Nina Negg había perdido el aerosol rojo. Leo no tenía forma de consolarla. Se quedó mirándola mientras trataba de recuperarse tras la huida. No sabía qué pensar de ella. Nina Negg aparentaba más edad de la que tenía. Tenía unas ojeras muy profundas, pequeños pliegues bajo los ojos que eran de nacimiento, o eso aseguraba ella. Y su intenso estilo de vida tampoco ayudaba mucho. Le conferían a su rostro una expresión extrañamente suplicante, que desaparecía en cuanto abría la boca. Es imposible suplicarle a alguien cuando lo estás insultando y maldiciendo. Pero en medio de ese torrente de improperios, mostró por un instante una desesperada gravedad, como si en realidad fuera muy mayor.

Fue entonces cuando Leo se dio cuenta de dónde estaban. Se encontraban jadeando y resollando dentro de un edificio que él y Verner habían usado como uno de sus escondites preferidos de pequeños. Ambos conocían la ubicación de cada puerta en aquel ático. Habían abierto todas las cerraduras habidas y por haber allí arriba, donde se les había permitido actuar a sus anchas. Le sugirió a Nina que subieran para contemplar las vistas. No le contó que él sufría de vértigo: aquello habría desencadenado un nuevo aluvión de imprecaciones contra su persona.

Nina Negg pensó que la propuesta era de puta madre, y se sintió visiblemente impresionada cuando Leo, con un par de simples trucos, abrió la puerta del magnífico ático. Una escalerilla conducía a través de la oscuridad hacia una trampilla en el techo. Leo subió primero, sin decir palabra. Seguramente tuvo que tragarse el gran nudo que se le había hecho en la garganta mientras ayudaba a Nina a acercarse al borde del tejado, desde donde se divisaba toda la ciudad. Stockholm by Night. Nina lanzó unos cuantos improperios sobre la impresionante vista que ofrecía aquel agujero de mierda llamado Estocolmo. Su oleada de invectivas la llevó a cruzar los mares, hasta Amsterdam, Londres, ciudades mucho más divertidas que Estocolmo. En cuanto reuniera algo de pasta se marcharía de allí; si quería podía ponerlo por escrito el jodido gran poeta.

Nina Negg se estaba helando en aquel tejado, así que descendió por la escalerilla y desapareció en la oscuridad. Todo estaba en completo silencio y a oscuras cuando Leo bajó. Trató de escuchar algún ruido que le ayudara a localizar a Nina, pero fue en vano. Se deslizó a lo largo del muro resquebrajado, y esperó junto al cañón de la chimenea aguantando la respiración. Trató de recordar la estructura del ático y se situó en la encrucijada por la que tarde o temprano debería pasar quien se moviera por allí arriba. Se quedó quieto en esa intersección, respirando y escuchando solo los latidos de su corazón. Nina no aparecía por ningún lado. Por un momento tuvo la sospecha de que tal vez Nina se hubiera largado dejándolo solo allá arriba. Nina no era una persona de fiar, y eso era sin duda lo que más le gustaba de ella.

De repente se encendió una cerilla a solo unos metros de Leo. Era Nina. Se había cansado del juego: era condenadamente aburrido. Nunca reconocería haberse asustado. Encendió un cigarrillo y se lo pasó a Leo. Le preguntó si iban a quedarse allí de pie toda la noche, en aquel maldito ático. De pie, de pie… dijo Leo. Si querían, podían sentarse en un sofá, porque allí cerca había un viejo trastero con un sofá, una mesa y dos sillones. Nina no le creyó hasta ver la habitación con sus propios ojos. Se sentó en el sofá y Leo encendió una vela que estaba pegada a la mesa con su propia cera.

Aquel era el sofá «forrado de piel de gallina», como lo bautizó en su mundo poético. Se trataba de una imagen ciertamente sombría para describir un encuentro amoroso, pero es que no había nada de romántico en iniciarse como amante en un viejo sofá comido por las polillas en un frío y tétrico desván de la calle Timmerman. Especialmente cuando las palabras más cariñosas que escuchas son eres la hostia puta… para ser poeta.

Es posible percibir un tinte de profunda decepción, aunque parcialmente negada, en esas palabras sobre el sofá forrado de piel de gallina. Tanto Leo como Nina tenían el monopolio sobre su propia libertad personal, y tras su estreno en el ático ninguno de los dos quería reconocer al otro, por así decirlo. Ninguno de los dos creía en relaciones duraderas. Pese al hecho de que, al menos Leo, no tenía ningún tipo de experiencia en este campo, despreció con altiva arrogancia todo aquello que recordara mínimamente a un matrimonio. Y ambos coincidieron en asumir las consecuencias.

Con todo, parece existir cierta amargura y desesperación en esos versos sobre el sofá. «Estaba tan oscuro que no había pruebas», como si el amor mismo necesitara algo más tangible que la memoria. «Ella era apátrida», no era una ciudadana normal. Nina Negg era una contestataria a la que nadie podía reclamar nada, y a la que tal vez, en el fondo, Leo quería reclamar para sí. Amaba la repentina seriedad en sus ojos cansados; quería compartir aquello con ella.

Pero también había quienes querían reclamar, exigir algo de Leo Morgan. Estaba por supuesto su madre Greta, que no había permanecido sentada en silencio contemplando los cambios experimentados por su hijo en los últimos años… o, como ella lo veía, el modo en que se echaba a perder. Se podía acusar a Henry de muchas cosas. Era un tarambana y un desertor, pero al menos era limpio y aseado. En cambio Leo, el antiguo hijo modelo, parecía cultivar muy deliberadamente una tremenda dejadez y desaliño, que consistía en descuidar tanto su dormitorio como su aspecto. Greta ya no entendía a su hijo.

De vez en cuando llegaban fotografías del continente que Henry el aventurero se hacía tomar delante de monumentos célebres. Siempre abordaba a esos fotógrafos que rondan por las calles de Copenhague, Berlín, Londres y otras grandes ciudades, haciendo fotos desenfocadas y mal encuadradas. Pero una madre se conforma con poco, y no cabía la menor duda de que se trataba de Henry, siempre elegante, posando ante el ayuntamiento de Copenhague, las avenidas de Kurfürstendamm, Picadilly Circus, el canal del Danubio o las Tullerías.

Greta colgaba una foto tras otra en un tablón que tenía en la cocina, mientras suspiraba y se preguntaba cuánto tiempo pensaría Henry estar fuera. Las autoridades parecían haberse olvidado de su caso hacía mucho, y estaba muy claro que no iría a prisión si volvía de su largo exilio. Pero nunca regresaba: siempre encontraba nuevos destinos. Sin embargo, ella no tenía por qué preocuparse. Aquellas fotografías daban testimonio de que se encontraba bien y las cosas no le iban nada mal.

No sucedía lo mismo con el otrora niño prodigio. Nunca hubiera imaginado que algún día aquel chico pudiera darle problemas, pero en el transcurso de unos años se había transformado en alguien totalmente irreconocible. Era imposible sacarle una sola palabra sensata. Lo intentó todo para sonsacarle afectuosamente algunas palabras que la ayudaran a comprenderlo, pero sin ningún resultado. Y tampoco quería agobiarlo demasiado, porque el destino del Barón del Jazz aún estaba fresco en su memoria. Una madre que reniega de su hijo tiene que pagar por su crimen. Eso es lo que le pasó a la anciana señora Morgonstjärna. Después de que el Barón del Jazz dejara este mundo sin haberse reconciliado con su madre, la dama fue consumiéndose lentamente por la aflicción. El médico de la familia, el doctor Helmers, la visitaba todas las semanas y le recetaba todos los tratamientos posibles, desde misteriosas dietas de remotos sanatorios hasta vino de oporto. Pero nada pudo salvar a la anciana dama. El mismo día en que los Beatles tocaban por primera vez en Suecia, ella exhalaba su último suspiro, apenas audible hasta para su propio esposo. Un mes después de su muerte y de su funeral, la mesa de billar volvió al lugar que ocupara anteriormente en el dormitorio de la anciana. El viejo dandi, libertino y secretario permanente del club pudo evitar pensar con cierta amargura en su vida de hombre casado y padre de familia como un paréntesis de casi cuarenta años entre dos partidas de billar. El club MMM envió sus condolencias y pronto volvieron a reanudar el juego como si nada hubiera pasado.

Greta no quería abandonar este mundo dejando una imagen tan amarga. Ella tenía que estar a buenas con Leo. Después de todo, podría haber ser peor.

Además de Greta, había otras personas que reclamaban su parte de Leo Morgan. Eva Eld parecía consumirse de amor por su poeta, su bohemio, su George Harrison, y cuanto ella imaginaba que representaba para ella. Sabía muy bien que salía con la pandilla de mods que iban con Nina Negg, pero no le importaba.

Vestida con falda, medias escocesas hasta la rodilla y una blusa recién planchada, tenía un asombroso parecido con la actriz de cine Rosemary Clooney, y era esa imagen prístina la que encandilaba a Leo. Ahora llevaba en su cartera una foto de la actriz porque le recordaba a Eva. Era una mujer ardiente y llena de pasión, y poseía todo aquello de lo que carecía Nina Negg.

Sin un murmullo de protesta, Eva permitía que todos los mods a los que Leo conocía acudieran a sus fiestas, donde alguno de ellos se las arreglaba para abrir el mueble bar de su padre y acceder a los licores más selectos. Los jóvenes más esnobs, de traje azul oscuro y corbata, estaban en cierto modo fascinados por esos mods pendencieros sin ningún respeto hacia nada. Sus novias también estaban muy interesadas: salían tantas cosas en la prensa sobre sus trifulcas y disturbios, y encontraban todo aquello muy excitante.

Después de una fiesta en casa de Eva Eld, Leo se había quedado dormido en su cama, y allí seguía cuando, sin previo aviso, llegaron los padres de la muchacha. Resultaba evidente que no podían encontrar a un mod en la cama de su hija, por lo que Eva consiguió empujar como pudo a su poeta debajo la cama, y más tarde se le uniría allí en el suelo. La joven le hizo el amor con tanta pasión que Leo llegó a cuestionarse una vez más lo que le dictaban sus propios sentidos.

A principios del otoño de 1967, una solemne procesión desfilaba por las calles de Estocolmo: un grupo de elementos subversivos portaba un ataúd hasta la plaza de Kungsträdgården, el Jardín Real. Allí alguien sacó un trapo con un emblema especial pintado, lo empapó en gasolina, lo prendió y dejó que sus cenizas se esparcieran sobre el ataúd mientras se entonaban unos sosegados himnos. Así fue como el movimiento provie, de apenas un año de existencia, celebró su propio entierro. Es muy probable que Leo Morgan participara en aquella procesión. Tal vez, en cierto sentido, aquel día también estuviera enterrando su propia juventud en la plaza de Kungsträdgården.

Justo el año antes de que se aboliera oficialmente el examen general de graduación, Leo consiguió graduarse aprobando todas las asignaturas con calificaciones bastante buenas, presumiblemente gracias a la predisposición favorable de los profesores, convertida ya en una vieja costumbre. Hacía tiempo que Leo había dejado de ser el genio de la clase, y es muy probable que en el último claustro docente surgieran ciertas discrepancias en torno al alumno Leo Morgan a la hora de ser evaluado por sus maestros y el director. En los últimos años se había comportado de forma perezosa, apática e indiferente. Los maestros pensaban que era como si al niño prodigio no le llegara suficiente oxígeno. Como venía siendo habitual, tampoco tenían ni idea de lo que le había ocurrido.

Como dos demonios, Verner y Nina Negg habían llegado al instituto y habían arrancado de sus garras a su poeta con pelusa en la cara, lo habían rescatado de la enseñanza conformista, que limaba el más pequeño elemento divergente hasta producir una mediocridad general. Verner había comenzado a ir por la universidad -era el matemático más perezoso de la facultad- y Nina trabajaba cuando le venía en gana. Durante el día comían cualquier cosa, y luego se encontraban en casa de ella para fumar marihuana y escuchar a Jimi Hendrix antes de pasar por el instituto para buscar a Leo, que insistió en seguir asistiendo a clases hasta graduarse. Verner se fumó uno tras otro sus sellos de correos. Bajaba hasta el Filatélico de la calle Horn -uno de los hombres involucrados también en el equipo de excavadores-, y vendía ejemplares de especial rareza, uno tras otro. Su madre no tenía ni idea, porque cambiaba sellos valiosos por otros sin ningún valor y que ella no podía distinguir. Verner sentía que su idea era de una genialidad hilarante: viejos pedacitos de papel podían colocarlo tanto como quisiera… solo era cuestión de vender el apropiado.

A veces Nina se preocupaba por Leo cuando estaban allí sentados, fumando sus pipas de la paz. Su mirada parecía congelarse, se volvía oscura y totalmente inescrutable. A diferencia del resto, él nunca se ponía alegre cuando fumaba. Al contrario, era como si nada a su alrededor le afectara ni le importara. Se volvía cada vez más introvertido y reservado, incluso casi inaccesible, y eso la preocupaba. Nina sospechaba que él la odiaba porque ella sabía que iba con aquella jodida y asquerosa burguesa llamada Eva Puta-Eld. Un día le había cogido la cartera a Leo y había encontrado aquellas fotografías que supuestamente representaban a su rival. Nina las rompió frente a él, las quemó y las pisoteó, solo para hacerlo reaccionar. Pero él no se inmutó. Ella podía fingir que estaba furiosa, pegarle puñetazos y arañarle la cara con sus uñas mordidas, pero él no reaccionaba. Podría haberle prendido fuego como a un monje del Lejano Oriente, y él no habría hecho nada para evitarlo. Leo siempre buscaba una explicación, siempre estaba dándole vueltas y exprimiendo cada idea y cada palabra hasta que no quedara nada de ellas. Todo se volvía vacuo, retórica sin contenido. Toda su vida era como una partida de ajedrez en la que las piezas habían desaparecido, una tras otra, hasta que lo único que quedaba era Leo: siempre ganaba, por más marihuana que hubiera fumado.

Pero Nina Negg no se preocupaba solo de declarar oficialmente la muerte de todo y de todos: ella también era capaz de participar en la lucha por la vida. Era amiga de una de las figuras preeminentes del movimiento provie, si es que puede hablarse de líderes y bases en relación con este fenómeno. De ser así, Leo habría estado probablemente entre las bases.

El conocido de Nina había recorrido toda Europa en autoestop. Se llamaba Stene Forman y era hijo de un barón de la prensa, aunque en un grado menor si se compara con los magnates de los grandes periódicos. Stene tenía una risa con la que ninguna otra podía competir. Cuando soltaba una carcajada, la gente que la oyera podría llamar a la ambulancia, al cuerpo de bomberos o a quien fuera, porque sonaba realmente peligrosa. Su risa parecía estar poseída, y llevaba a pensar en una fuerza de la naturaleza o un deseo salvaje y reprimido. Pero en el fondo Stene Forman era una persona muy positiva, y posiblemente por eso el movimiento recibió en Suecia el nombre de «Pro Vie».

En Holanda se llamaba «Provo», de provocación, y en Amsterdam sus integrantes habían desencadenado casi una guerra civil al unirse con los trabajadores en huelga. La versión sueca era mucho más moderada, modesta y positiva, y no tan desesperada o desilusionada como en el resto del continente.

Probablemente fue Stene Forman quien logró persuadir a Nina Negg de que era jodidamente crucial realizar happenings, y Leo empezó a sospechar que Nina se había enamorado de aquel tipo: no había otra explicación. No es que se estuviera celoso; se negaba a aceptar la existencia de los celos, porque habían sido erradicados de su mundo, como por una especie de peste negra de la propiedad.

Los provies llevaron a cabo una serie de happenings y manifestaciones: desalojaron un autobús arrojando botellas desechables delante del Riksdag, el edificio del Parlamento; cantaron en el túnel de Brunkeberg, e hicieron varias representaciones de teatro callejero. Sus acciones no dejaban de ser un tanto inocentes, pero fueron reprimidas brutalmente por parte de las fuerzas del orden. Los provies estaban expandiendo los límites de lo que estaba permitido, y esa fue una de las razones que atrajeron a Leo.

Se necesitaban bastantes participantes para una manifestación en contra de la bomba atómica que tendría lugar en la plaza Hö, y fue en esa ocasión cuando Leo se convirtió temporalmente en provie. Era un sábado por la tarde, y las calles del centro estaban llenas de gente haciendo compras. Dos procesiones de manifestantes, provistas de sendas bombas atómicas confeccionadas con papel de aluminio, iniciaron la marcha desde dos puntos opuestos hasta encontrarse en el centro de la plaza. Los transeúntes, curiosos, empezaron a congregarse a su alrededor. Los dos ejércitos se iban acercando hacia la confrontación final cada vez con mayor agresividad. Gente inocente que estaba haciendo sus compras se vio arrastrada a la batalla y, finalmente, las dos bombas estallaron, causando la muerte de ambos ejércitos.

A Leo se le había asignado el papel de un soldado que llevaba una máscara de gas. Mientras la policía intentaba averiguar de qué iba todo aquello, Leo permaneció allí tendido mirando los rostros estupefactos del gentío que contemplaba aquel mar de cuerpos dejados por la tremenda explosión, hasta que vio a Eva Eld. Estaba allí plantada con una bolsa llena de compras, mirando a los provies. Evidentemente no reconoció a Leo con la máscara de gas, pero imaginó que su amor por él no habría disminuido si lo hubiera reconocido. Por una vez en su vida había participado en algo. Había sido visto. En medio de aquel enjambre de cuerpos, Nina Negg no paraba de lanzar exabruptos porque ese día hacía un frío de la hostia para estar tirada muerta en el suelo.

Si se puede afirmar que Herbario constituyó la despedida de la infancia del poeta, podría asegurarse sin lugar a dudas que Vacas santurronas -presentado al público durante el otoño en que los suecos comenzamos a conducir por la derecha y los provies celebraron su propio funeral en la plaza de Kungsträdgården- representó el balance final de cuentas de su propia juventud. Aquella erupción volcánica, aquella explosión, tal vez adquiriera su monumental potencia del mismo modo en que lo hace una bomba atómica: un campo de fuerza, una onda expansiva creada por la fisión, un Big Bang que genera un nuevo universo basado en leyes completamente nuevas, en todo un código moral diferente.

Sin duda alguna, todo aquello tenía que ver con la imperiosa necesidad de establecer cierto sentido de unidad, equilibrio y -aunque resulte paradójico- orden en aquel caos. Tal vez la poesía fuera para Leo el único refugio en el que la incoherencia era la norma. Su hermano Henry, el aventurero, se había largado al extranjero, mientras que él empezaba su propio exilio interior. El mundo estaba a punto de destrozarle, y aun así no podía marcharse: aquí estaban Eva Eld, con su adoración maternal y asfixiante, y Nina Negg, con su seductora y adorable decadencia; aquí estaban el pacifismo no comprometido contra el mal y el amor justiciero hacia los movimientos de lucha armada y de liberación; aquí estaban su dedicación a la palabra escrita y su ansia desesperada de gracia sensual.

Era un mundo sediento de verdad. Leo debía permanecer en él un tiempo más, al menos para intentar acorralar y acabar con el mal. Pero se perdería en el camino.

Le Boulevardier

(Henry Morgan, 1966-1968)

Cuando los grandes elefantes bailaban, solo podían hacerlo en las mejores pistas. París lo era, incluso para un citoyen du monde como Henry Morgan. Transcurrían los prodigiosos sesenta, y todavía quedaban elefantes grandes con ganas de bailar. Henri le boulevardier siempre estaba en el lugar y en el momento justo. Por ejemplo, en una gran manifestación en el bulevar Michel estuvo tan cerca de Jean-Paul Sartre que incluso llegó a hacerle al filósofo una pregunta que nunca obtuvo respuesta. Nadie sabe aún cuál pudo haber sido la pregunta. Henry no dominaba el arte de la retórica. Era un hombre de acción y de acciones.

Sartre, por su parte, era un hombre muy bajito. Lo pueden atestiguar todos los que lo conocieron. Minou también era bajito, considerablemente bajo sin llegar a ser enano o cretino. Simplemente, era muy pequeño. Minou trabajaba de camarero en el café Au Coin de la rue Gareau, donde Henry se pasaba el día. Se le podía ver allí sentado, saboreando un pastis y disfrutando con la contemplación de la vida callejera. Se trataba de Montmartre, y allí siempre estaba pasando algo, sobre todo a ojos de alguien como Henry, tan dado a alardear de los personajes que ha visto o conocido.

Un día de otoño de 1967 un Lincoln Continental negro avanzaba por la calle. Llovía y el pavimento estaba resbaladizo. El coloso yanqui circulaba demasiado rápido y chocó contra un diminuto y oxidado Citroën 2CV que, con un pequeño impacto, pasó de tener una forma ruinosa a otra más comprimida aún.

El francés del Citroën salió como pudo del coche destrozado y empezó a gritar y a vociferar, como era de esperar. Se dirigió como un loco hacia el flamante Lincoln Continental, aparentemente con la intención de destruir con sus propias manos aquel vehículo de cincuenta mil dólares. Pero se detuvo cuando vio salir del coche a dos personas: un hombre grande y gordo de piernas encorvadas y sombrero vaquero de ala ancha, en compañía del mundialmente famoso pintor Salvador Dalí.

Se hizo un silencio pesado y una quietud monumental. Un elefante grande se disponía a bailar y, por un instante, el mundo pareció quedar en suspenso. El francés, tan encolerizado hacía solo un momento, empezó a rascarse la cabeza. Estaba claro que había reconocido al famoso pintor. Este se retorció su célebre bigote y tocó distraídamente el Citroën con su bastón.

De pronto, el desconcertado francés tuvo una idea. Es algo que suele suceder con los franceses. Entró como un rayo en el café donde Henry se estaba bebiendo su pastis y donde Minou trabajaba. La víctima pidió un cubo, pintura y un pincel, algo que por suerte había en el local, y regresó junto a su destrozado Citroën. Todo el asunto se resolvió amistosamente, sin necesidad de gendarmes. El cotizadísimo surrealista firmó gustosamente la chatarra con su singular autógrafo, y la víctima se convirtió así en el orgulloso propietario de un original, Citroën détruit par monseiur Salvador Dalí. Más adelante el coche sería vendido por una cuantiosa cifra a un excéntrico coleccionista estadounidense.

Pero ahí no terminó la historia. A estas alturas todo iba bien y todos estaban de buen humor. El americano gordo con sombrero vaquero de ala ancha estaba entusiasmado por todo aquello. En compañía de su amigo Dalí y de la Víctima, entró en el café donde estaba sentado Henry Morgan y donde Minou trabajaba. Con arrogantes palmoteos y bramidos, el americano pidió champán. La ocasión tenía que celebrarse como si se tratara de la inauguración de una escultura en un lugar público.

Minou inclinó la cabeza educadamente, indicó al grupo una mesa y fue a toda prisa a buscar una botella de champán muy frío y seco. Cuando la descorchó, el yanqui pareció reparar en la baja estatura de Minou. Se echó el sombrero hacia atrás y anunció a la atenta clientela del bar que acababa de comprar un fantástico castillo «abajo en la Lorena», lo cual constituía de por sí un tremendo error ya que la Lorena queda hacia el este. Planeaba hacer que lo transportaran a través del Atlántico hasta su rancho en Texas, donde volverían a erigirlo. Era uno de aquellos excéntricos coleccionistas estadounidenses.

– Merveilleusementable… -dijo Dalí con un suspiro, y se retorció el bigote.

Y ahí es donde Minou entró a formar parte de la historia.

– Tú quedarías muy bien en el lugar -bramó el vaquero en inglés, evaluando a Minou con la mirada-. ¿Cuánto, monsieur?

Minou no contestó y trató de escabullirse. Era tímido y no le gustaba atraer la atención.

– Quiero decir… -insistió el americano, y añadió gritando en un pésimo francés-: ¿Sobre cuánto?

Minou ya había escuchado aquella pregunta más de una vez, y pensó que lo mejor sería mostrarse un poco amable, ya que aquello solía traducirse cuando menos en una buena propina y en una rápida restauración de la tranquilidad.

– Uno veinticinco -dijo Minou, porque esa era su altura.

– No, monsieur -gruñó el americano-. ¡En dólares!

Esa fue la gota que colmó el vaso de Henry Morgan, el leal Sven Dufva de ojos azules. Irrumpió en escena, dirigiéndose hacia el vaquero y lanzándole un certero gancho de derecha que impactó entre los ojos de aquel cerdo.

Se armó una trifulca. Dalí se puso en guardia y propinó a Henry un bastonazo digno de un viejo maestro de escuela. Minou intentaba separar a los combatientes, pero sin éxito. De hecho, era muy pequeño para tal cometido. Fue necesaria la presencia de gendarmes para restablecer la paz en Au Coin. A Henry se lo llevaron para tomarle declaración.

Tras su valiente intervención, al boxeador y bohemio Morgan nunca volvieron a dejarle entrar en Au Coin. La vida, Jean-Paul Sartre y Minou eran demasiado cortos; no así el arte, que era realmente largo. Eso fue lo que aprendió.

Hay dos clases de personas: las que van a los museos y las que van a los cafés. Algunas personas visitan museos, mientras que otras no lo hacen nunca. Este podría ser un buen tema para un historiador, investigar cuándo y en qué circunstancias el ser humano había comenzado a coleccionar y conservar cosas relacionadas con la historia y qué importancia había tenido eso para la propia conciencia de la humanidad. Tal vez se trate de un fenómeno específicamente occidental, no estoy seguro. Los museos son nuestro pasado desangrado, exponen los vestigios de nuestra vida; son una especie de conciencia, capturada en vitrinas equipadas con cierres y alarmas antirrobo. En realidad, todo el arte es museístico, a excepción de la música. Henry Morgan era músico y, por lo que he podido ver, carecía de toda noción del tiempo y del espacio.

El París en el que Henry pasaría su última primavera en el exilio era el corazón de la revolución mundial, una ciudad en ebullición, igual que en los días de la Comuna noventa y siete años atrás, igual que en los días de «La Internacional» cincuenta y cuatro años atrás, e igual que en los días de Blum, unos treinta años antes. No eran tiempos para ir a museos, y mucho menos alguien como Henry. Él pertenecía al tipo de los que iban a los cafés.

Henri le boulevardier leía todos los periódicos que caían en sus manos, repasaba a conciencia las densas columnas de Le Monde, descifraba todos los folletos y panfletos que repartían las fuerzas revolucionarias. Tuvo la oportunidad de ver en acción en las calles a todos los que se convertirían en héroes legendarios: a Geismar, el físico bajito; a Cohn-Bendit, con su cara colorada, e incluso a Sartre. A sus oídos llegaba todo lo que se decía en la calle y, cómo no, se involucraba en todas las escaramuzas allá donde se produjeran. La gente se dejaba engañar gustosamente: todos lo tomaban por una especie de héroe.

Recibía con avidez y entusiasmo lo que le deparaba cada día, y no me resulta difícil imaginar a Henri le boulevardier despertarse en una cama angosta, restregarse los ojos y lanzar una cansada mirada más allá del alero del tejado, donde reposaban las palomas que, con su gorjeo, lo habían sacado de su inconsciencia. Se levantaba, se aseaba con agua fría, y luego preparaba un desayuno continental.

El hombre se encontraba en su elemento. Por fin había llegado al final de su viaje. Ahí fuera estaba París, esperándolo con sus castaños, bulevares, alamedas, cafés y clubes; mujeres hermosas, mujeres feas, ricos plutócratas y miserables vagabundos, bohemios desaliñados, oportunistas y estrellas en ciernes. Todo aquello de lo que Bill del Bear Quartet, Maud y Hemingway habían hablado con tanto entusiasmo. Henry se sentía como pez en el agua: París era la ciudad para los exploradores curiosos. Henry se convirtió pronto en Henri le boulevardier, el hombre que había caminado más de tres mil kilómetros en menos de un año, que había gastado cuatro pares de zapatos caminando calle arriba y calle abajo embutido en su larga gabardina blanca -la que compró en la tienda de segunda mano en Kensington, Londres, en 1964-, con su gastada gorra de visera y los bolsillos llenos de revistas y prensa diversa.

Por las mañanas, se sentaba y bebía lentamente una taza de café de achicoria disuelto en leche caliente mientras contemplaba los tejados de cinc y se empapaba del nuevo día con sus cinco sentidos antes de decidirse a hacer algo de más provecho. Había alquilado una pequeña habitación en la rue Garreau, en medio de la amalgama de edificios situados entre el cementerio de Montmartre y la iglesia de Sacré-Coeur, no muy lejos de la place Clichy, donde Henry podía deambular durante horas imaginándose si así lo quería que era Miller. No le faltaba de nada. Algunas veces se subía a su habitación a chicas de la calle. Había árabes que le enseñaron singulares juegos de cartas, había gente de todas las partes del planeta que le enseñaron las mejores artimañas para sobrevivir. Y él sobrevivió.

Después del desayuno se afeitaba, y lo hacía meticulosamente. Examinó su rostro en el espejo colgado sobre el lavabo resquebrajado, y tal vez percibió que se estaba haciendo viejo. Los años pueden tener efectos variados sobre cada persona: a algunos les salen michelines y tripa cervecera, a otros bolsas debajo de los ojos, arrugas y nódulos, cicatrices, o unos ojos de mirada vacía carentes de sueños.

Henry había envejecido. Cuatro años de exilio habían dejado su huella. Su pelo seguía estando bien cortado, con raya en medio o al lado. En realidad parecía un chaval grande que se resistía con denuedo a crecer, que no quería ser adulto. Sus ojos eran de un azul atemporal. Aun así, había envejecido, y lo había hecho de una manera muy especial. Su cuerpo había ganado peso y solidez. Su caja torácica parecía más erguida y prominente, lo que confería a sus hombros un toque de dignidad del que carecía el joven cachorro. Había visto tanto, y había estado metido en tantas cosas, que resulta casi milagroso que hubiera escapado sano y salvo de todas ellas, aunque no siempre con su honor intacto.

Llega un momento en que todos los que han recorrido mundo se hacen por fin la pregunta: ¿dónde estoy? Te despiertas de pronto en una habitación extraña de algún lugar, en una cama en la que caíste muerto la noche anterior, y por nada del mundo puedes recordar dónde estás. Ciudad tras ciudad y habitación tras habitación van sucediéndose por tu mente hasta que finalmente consigues visualizarte soñoliento y con el cuerpo machacado en esa cama en particular. A esas alturas, Henry había dormido en casi todas partes: en estaciones de tren en Copenhague, en una granja en Jutlandia, en casas de conocidos ocasionales o de amigos que de pronto se convertían en enemigos, en pensiones baratas en Alemania y en prostíbulos en Roma. Sin embargo, rara vez lo asaltaba el pensamiento angustioso de sentir que iba un paso por detrás, que había perdido el tren y que veía su cuerpo alejarse mientras su alma se quedaba en el andén de la estación. Casi nunca se había hecho la pregunta: ¿dónde estoy?, porque sencillamente no le interesaba el asunto. Henry era una especie de soldado a la fuga, en excelentes relaciones con su propio nombre y con su cuerpo, que los demás -principalmente mujeres- admiraban, y otros -principalmente hombres- atacaban a bastonazos o con los puños. Ahora, en el suelo de una habitación barata de la rue Garreau, descansaba su maleta gastada, cubierta de restos de etiquetas y pegatinas que gritaban: ¡Copenhague! ¡Esbjerg! ¡Berlín! ¡Londres! ¡Munich! ¡Roma! ¡París! Y la lista podría haber continuado. Era algo que habría llenado de orgullo al abuelo Morgonstjärna, trotamundos y secretario permanente del club Muy viajado, Muy leído, Muy mundano.

Henry hacía del afeitado un gran Arte. Usaba jabón, brocha y navaja de afeitar como un auténtico barbero. Disponía de mucho tiempo para hacerlo: tenía tiempo suficiente para convertir cada ritual cotidiano en un acto artístico. Sus movimientos eran precisos, minuciosamente calculados. Cada pequeño gesto tenía su significado, como en el teatro Noh japonés, totalmente incomprensible para los no iniciados. El movimiento, el gesto, se habían convertido en su idioma. Había aprendido a describir las más sutiles emociones mediante el puro movimiento; era su forma de hacerse entender. El gesto en sí puede ser una forma de música; se mueve a través del aire como una onda, al igual que las palabras y el sonido. Henry había trabajado en una sala de billar cerca de Ponte Umberto en Roma, así como en incontables bares en Munich, y había adquirido un excepcional control de sus manos. Había aprendido a manejar con maestría cada grifo, botella, copa, trapo y cepillo, a conocer su textura y su ubicación, y podía hacer cualquier tipo de maniobra con los ojos vendados. Todo aquel que haya visto en acción a un barman -me refiero a un auténtico maestro, que se toma su trabajo en serio- sabrá de lo que estoy hablando. Sabía convertir en verdadero Arte incluso el más insignificante cóctel.

Henry, el Marcel Marceau de los licores, se sentía enormemente orgulloso de la destreza de sus dedos, de «sus flexibles manos», lo cual también beneficiaba a su técnica pianística. Había algo grande en todo aquello, y parecía como si se esforzara cada vez más por hallar una perspectiva fundamental del arte de vivir, una profunda ética cotidiana. Henry creía plenamente en todos esos rituales; se entregaba en cuerpo y alma a todo lo que era cotidiano, trivial y banal, tratando de convertirlo en gran Arte. Henry había llegado a una conclusión: su exilio no había sido tiempo perdido. O tal vez hacía todo aquello para superar la melancolía. El exilio puede ser terriblemente tedioso. Hamlet lo supo ya hace mucho tiempo, y Odiseo también.

Quienes saben cuidar de sí mismos, como Henry Morgan, no pasan nunca hambre. Con una lengua mendaz como la suya se puede llegar muy lejos. Consiguió sobrevivir gracias a trabajos esporádicos aquí y allá, en bares y hoteles, en la calle y en elegantes salones, y de vez en cuando utilizaba «sus flexibles manos»… eran muy rápidas y podían apropiarse de algún que otro objeto de valor cuando se presentaba la ocasión. Pero nunca las utilizó para robar a ningún pobre.

Henri le boulevardier era un bohemio, y multitud de bohemios pululaban bajo la bóveda medieval del Bop Sec. Era uno de los clubes de jazz con más solera de la Rive Gauche, y sus dueños mantenían una línea musical con un objetivo muy concreto: continuar con la tradición y ennoblecer el bop. El jazz festivo y el dixieland estaban vetados en el Bop Sec. Era un lugar para una clientela culta e introspectiva, que gustaba de escuchar sentada cabeceando suavemente tras sus oscuras gafas de sol mientras fumaban cigarrillos, saboreaban un demi y, tal vez, en un inesperado arranque de éxtasis, chasqueaban los dedos para seguir el ritmo. El Bop Sec era el último baluarte del jazz auténtico.

De vez en cuando, aquella introspección se veía interrumpida por la irrupción de algún poeta que, como un reloj de alarma, recitaba sus versos, como una especie de termómetro de la actualidad revolucionaria: comunicados sobre las revueltas en Berkeley, Berlín, Tokio, Madrid, Varsovia, Estocolmo… Los poetas solían terminar sus prédicas líricas con consignas que podían leerse en las paredes de París como «Sé realista, pide lo imposible», «El sueño es realidad», y frases por el estilo. Los poetas abandonaban el escenario entre calurosas ovaciones.

Henry se había hecho amigo de los dueños -un gordo enorme y su muy delgada esposa argelina-, y noche tras noche se quedaba allí, escuchando música. Quería demostrar su talento. A finales de mayo, durante aquella primavera convulsa en que toda Francia estaba paralizada por una huelga general y todos esperaban la caída de De Gaulle, el Bop Sec fue uno de los escasos lugares que se libraron de la conmoción. En otros locales la policía realizaba redadas constantes, pero de alguna forma misteriosa el propietario del Bop Sec disfrutaba de carta blanca y nadie le molestaba.

Henry por fin demostró su talento, y le ofrecieron unirse a un grupo de músicos para el mes de junio. En esa época tocaban con frecuencia artistas invitados, y aquella noche en concreto de finales de mayo se sentó como de costumbre en su taburete de la barra, pidió un demi, encendió un cigarrillo y escuchó un sonido de saxofón procedente de la sala contigua al bar. Sonaba extrañamente familiar.

Dio una profunda calada al cigarrillo y se concentró en el sonido de aquel instrumento. Era como si el saxo tenor hubiera ensayado con una almohada colocada en su garganta; el sonido tenía una fuerza inusual y explosiva, que bajaba por la médula espinal y se aferraba a ella firmemente, vibrando. La batería se acoplaba al ritmo que imprimía el saxo, el bajo se deslizaba a continuación y luego la guitarra, con su terso acompañamiento en staccato.

Era la gran ciudad, con todo su bullicio rugiente, lo que se escuchaba entre los compases con que el batería golpeaba literalmente su bombo. Era la gran ciudad, con sus ladrillos, sus edificios ruinosos con sus trifulcas en cada rincón y candidatos al suicidio en cada ventana; eran las candentes, trepidantes y destartaladas calles con sus cubos de basura, sus colillas y sus letreros luminosos, los coches y los rostros refulgiendo a la luz del neón rojo; era todo aquel gemido evocado por los riffs que se superponían y entrelazaban cada vez más hasta que el ritmo se intensificaba y se volvía insoportable, acercándose al umbral del dolor donde todo estalla con la lírica indulgencia de la piedad, que no solo pedía belleza sino que exigía belleza y hacía temblar y estremecerse al público, como una confirmación de que lo divino existía, allí, en ese mismo instante, totalmente tangible y aun así tan fugaz y efímero. Lo divino exigía lo imposible, el sueño era la realidad.

Aquel saxo tenor había escuchado a Coltrane una noche invernal delante de una estufa en Odenplan, en Estocolmo. El público estalló en un entusiasta aplauso. Henry había terminado de fumar su Gitane y sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo. Estaba allí sentado, temblando. El sueño era realidad, la vida un sueño.

– ¿Te encuentras bien esta noche? -le preguntó el corpulento propietario del bar.

Henry se lo quedó mirando mientras el hombre seguía secando los vasos.

– ¿Te ocurre algo?

– No… no -balbuceó Henry-. No, no es eso…

Henry se sentía muy afectado. Había estado escuchando cada simple nota de ese saxofón, reconocido cada trino, cada pequeño ataque de su terso y típico riff de combustión espontánea. Sonaba como si el saxo tenor hubiera soplado por última vez en su vida, como si hubiera tenido que expandir cada tono a lo largo y ancho de su onda hasta casi hacerlo estallar. Pero sonaba muchísimo mejor ahora. Bill se había convertido en un gran saxo tenor. Su sonido se acercaba al de los grandes de verdad, al de los constantemente perseguidos y en ocasiones heridos elefantes. Aquellos que bailaban en París.

Tal vez el héroe perseguido se había dado cuenta de que el tiempo le había alcanzado, de que no podía seguir huyendo, porque no había adónde huir. El monograma -con toda su carga de deseo e impotencia- grabado en su pitillera no correspondía a su persona, pero lo perseguía y lo acosaba como un fatídico anagrama por toda Europa. Las iniciales estaban grabadas como un Kilroy en cada estación central a la que llegaba. Nunca se atrevió a borrarlo por respeto al destino.

Es posible que ambos hombres se sintieran amenazados, como si los dos hubieran invertido en Maud un importante capital, que ahora, a través de este encuentro del destino, se hubiera visto súbitamente sometido a ciertos riesgos inesperados. El amor y la pasión tienen mucho en común, por lo que respecta a cálculos de riesgo, con los asuntos estrictamente económicos.

En cualquier caso, Bill estaba agresivo, como si se hubiera drogado. Henry sintió el golpecito en la espalda, apagó su Gitane en el cenicero de la barra del bar, se dio la vuelta y se encontró frente a frente con el demacrado y cansado rostro de Bill. No parecía el mismo de siempre: se había dejado crecer el pelo hasta los hombros, sus pómulos se veían hundidos y la piel pálida y reseca. Nunca aprendería a apreciar la luz del día, y seguía usando gafas de sol pese a encontrarse en las profundidades de una bóveda medieval.

– ¡Hey, viejo colega! -exclamó Henry abrazando a su amigo-. Sabía que eras tú. No podía verte y no me atrevía siquiera a asomarme, pero he podido escucharlo. Te has hecho grande, Bill. ¡Te has hecho jodidamente grande!

Bill intentó reprimir la risa. Era agresivo, pero de una manera tranquila. Aun así no pudo evitar reírse, como un niño que trata de contener la risa fingiendo estar descontento.

– ¡Esto es too much! -dijo Bill-. Te reconocí al instante. Por mi madre que no has cambiado nada. ¿Cuántos años hace?

– Casi cinco -dijo Henry.

– ¡Cinco años! Eso es too much. Estoy en plena forma esta noche. ¡Todo me sale a la perfección!

– Ahora eres condenadamente bueno. No he sabido nada de ti en mucho tiempo. Maud me escribió hace un par de meses…

– Maud está aquí, Henry. ¡Maud está aquí!

– ¿En el Sec?

– Aquí en París -gritó Bill.

– ¿Así que ahora sois pareja? -preguntó Henry.

Bill estaba colocado y todo parecía irle bien aquella noche en el Bop Sec, pero sus gestos no parecían tan ampulosos como antes, cuando en Estocolmo iba por ahí fanfarroneando sobre París y el gran jazz. Puede que el largo camino de su carrera lo hubiera depurado y endurecido, convirtiéndolo en una unidad indisoluble con su dura, cruel y al mismo tiempo hermosa música. O simplemente se sintió molesto cuando el rostro de Henry, al oír que Maud estaba en la ciudad adquirió aquella extraña expresión. La mirada de Henry se tornó turbia. Bill empezó a explicarle las andanzas del Bear Quartet, sus actuaciones en Dinamarca y Alemania, y hablaba de todo aquello de lo que uno quiere hablar cuando se encuentra con un viejo amigo. Pero notó que Henry no le escuchaba. Henry estaba muy lejos. Había algo turbio en su mirada.

– ¿Así que ahora sois pareja? -repitió-. Maud y tú…

– ¡En fin…! -dijo Bill-. Bueno… a veces lo somos y a veces no.

– ¿Qué quieres decir con a veces sí y a veces no? -repitió Henry.

– Hasta hoy, por ejemplo.

– ¿Os habéis peleado?

– Ya sabes cómo es antes de tocar -dijo Bill-. Estás más irritable… Ella salía a cenar esta noche, con algún jodido embajador. Siempre tiene que hacer acto de presencia allí donde ocurra algo. Si se quema París, ella tiene que ver el fuego; así es siempre con esa mujer. Por cierto, acaba de cumplir los treinta.

– El tiempo pasa volando -comentó Henry.

– Pero a estas horas ya debe de estar de vuelta en el hotel -dijo Bill-. Hotel Ivry, en la rue de Richelieu. Pásate por allí y salúdala, Henry. Debes hacerlo.

Henry seguía con una expresión totalmente impertérrita, y tomó un trago largo de cerveza.

– ¿Por qué?

– Porque ella es la mujer más hermosa del mundo, y tú lo sabes.

– ¿Qué ha sido de Eva?

– Casada y con hijos, con un cabrón con corbata como tú.

– Bájate de esa cruz -dijo Henry-. No va contigo.

– Shit! -dijo Bill-. No soy ningún jodido mártir… ¿Tienes tabaco?

Henry le ofreció el estuche con las iniciales W.S. grabadas en elegante caligrafía. Bill leyó el monograma y se echó a reír.

– ¿Le has visto? -preguntó Henry.

– Sterner es ahora todo un gángster. Es uno de los grandes mafiosos del mundo. Maud es su chica. Y yo soy su chulo. -Bill estalló en una gran y estridente carcajada. En su dentadura manchada parecía haber huecos, como en el resto de su persona-. Pero es la mejor puta del mundo, y tú lo sabes. Solo va con magnates y con gentuza. Magnates como Sterner y gentuza como nosotros.

Bill volvió a reír con aquella risa hueca y estentórea, y Henry se sintió al borde del desmayo. El sueño era realidad, y la realidad una pesadilla.

– Henry, tienes que ir -insistió Bill-. Hotel Ivry, en la rue de Richelieu. Es el destino. Estabas predestinado a volver, y ha ocurrido esta noche. No hay nada que pueda detenerte.

Henry se tambaleaba aturdido, mientras murmuraba algo sobre telefonear.

– Habría que… habría que llamar primero.

Bill parecía un director de cine perverso.

– ¿Qué quieres decir con llamar?

– Habría que llamar primero -repitió Henry.

– ¡Pues hazlo!

– Te lo estoy pidiendo. Llama y asegúrate.

Bill echó el humo hacia el techo, bebió un par de tragos de la cerveza que el corpulento propietario del local le había puesto delante y le dio a Henry una palmada en la espalda.

– Muy bien, colega. Voy a llamar.

Con las rodillas aún temblorosas, confuso y ofuscado, Henry pidió otra cerveza. La mera idea de que Maud estuviera sentada en la habitación de un hotel en la rue de Richelieu, totalmente sola y esperándolo, se le antojaba casi aterradora; era demasiado perturbadora para resultarle atrayente. Todo París y toda la nación francesa estaban en plena convulsión, en medio de una revolución promovida por las masas de trabajadores en huelga y los estudiantes que en cualquier momento podían hacerse con el poder y forzar la caída de De Gaulle. Toda aquella ebullición hacía estremecerse a París como una máquina de teletipo traqueteante, y allí estaba Henry Morgan, en medio de todo aquel caos, Henri le boulevardier, en un sótano medieval de techo abovedado, sintiéndose también convulsionado, pero por causas estrictamente privadas. El mundo en el que bailaban los grandes elefantes ya no le interesaba.

Bill regresó de la cabina telefónica sonriendo, más calmado y mesurado.

– Luz verde, colega -dijo apoyándose en el hombro de Henry-. Todo lo que ha podido decir ha sido sí, sí, sí. Todo perfecto. Tenéis toda la noche para vosotros.

– ¿Y tú vas a quedarte colgado en la cruz toda la noche?

– No es asunto tuyo.

– Bueno, si es lo que quieres…

Le tendió la mano a Bill y este la recibió con la palma abierta, como suelen saludarse algunos negros. Esa noche lo estaba pasando de puta madre en el Bop Sec. Después de una velada como aquella en el Bop Sec, ninguna treintañera caliente de Estocolmo podía interesarle. Para Henry Morgan, en cambio, no había sido una noche especialmente buena en el Bop Sec.

Aquella noche de finales de mayo del sesenta y ocho, Maud y la nación francesa entera permanecían en vilo. De Gaulle estaba en paradero desconocido -se sospechaba que por razones tácticas se ocultaba en Colombey para acabar de ultimar su brillante y definitivo plan y lanzar una contraofensiva que permitiera desarmar al enemigo-, y Henry Morgan también se encontraba desaparecido.

Maud estaba en una habitación del hotel Ivry en la rue de Richelieu, sola y llena de ansiedad. Esperaba a un hombre que nunca llegaría. Cuando Bill llamó desde el Bop Sec le dijo que había encontrado a Henry en el club, que el muchacho estaba como siempre y que no había cambiado nada. Le dijo que pensaba ir a verla esa noche y ella le mandó a la mierda. Sin duda era el destino.

El público del Bop Sec estaba muy excitado cuando Henry abandonó el local. Un poeta leía una necrológica de De Gaulle entre estruendosas ovaciones, y Bill estaba teniendo una noche muy buena. Posiblemente estaba a punto de dar el gran salto internacional. Un productor ya había contactado con él. Se hablaba de grabar un disco. Henry no se sentía celoso, aunque sí un poco estafado. Se preguntaba qué habría sido de él si no se hubiera marchado y hubiera continuado con el Bear Quartet. Puede que también él hubiera dado el gran salto esa noche en el Bop Sec. Le habrían ofrecido un contrato de grabación, giras, entrevistas para Jazz Hot y Jazz Journal, tal vez incluso para Down Beat. ¿Dónde estaban los beneficios de esos cinco años en el continente, de su largo exilio? Había escrito unos cuantos míseros borradores de «Europa, fragmentos en descomposición», que tal vez representaran algo nuevo, único y original, pero también demasiados días y noches perdidos en medio del gentío de Londres, Munich, Roma y París.

Se sentía abatido y pensativo. Encontrarse con Bill de nuevo, en la cima de su carrera, hablando sobre Maud y oyéndole decir que no había cambiado ni una pizca en cinco años… aquello le hacía sentir como si hubiera desperdiciado todo ese tiempo; podría igualmente haber estado dormido, aunque el sueño era realidad. La vida carecía totalmente de sentido, y el Sena corría allá abajo, con sus aguas frías y oscuras. «El río ya no lleva botellas vacías, envoltorios de sándwiches / pañuelos de seda, cartones, colillas / ni otros testimonios de las noches de verano. / Las ninfas ya se han ido.» El Spree, el Támesis, el Isar, el Tíber, el Sena… todos los ríos eran iguales y todos se habían llevado a mucha gente. Muchas vidas anónimas habían acudido a esas aguas, y tal vez la muerte fue lo único en lo que realmente tuvieron éxito.

La noche de mayo era cálida y vibrante. Henry vagó sin rumbo por la orilla del Sena, mirando sus oscuras aguas… simplemente, no podía ir a la rue de Richelieu. Encendió un cigarrillo y se recostó contra el muro de piedra. Permaneció inmóvil durante mucho rato, tratando de reflexionar sobre su vida, que nunca le había parecido tan carente de sentido como en ese momento. Se sentía como el personaje trágico de una ópera, como el músico Schaunard al descubrir que Mimi no se ha quedado simplemente dormida: está muerta. Telón. Cuando Henry se encontraba abatido, estaba realmente abatido.

Trató de consolarse con la improbable idea de ser recibido por Maud en el hotel Ivry en la rue de Richelieu. Ella estaría en la puerta, vestida con su quimono negro con un pavo real estampado en la espalda. Quizá ya hubiera servido dos copas para borrar de un trago los pasados cinco años. Le diría a Henry que no había cambiado nada, tal vez se le veía un poco más delgado. Después harían el amor, de forma tranquila y sosegada, como dos adultos, sin ilusiones. Todo sería exactamente como antes: su exilio como un sueño, una huida completamente imposible, porque no había lugar en el mundo donde esconderse.

La furgoneta de la patrulla antidisturbios frenó muy suavemente junto a la calzada, por lo que Henry no tuvo tiempo de reaccionar antes de que cuatro policías salieran del vehículo y lo empujaran contra el muro de piedra. Tuvo que apoyar las manos contra el muro mientras los policías lo registraban, como si pensaran que llevaba cañones en los bolsillos. Le pidieron un documento de identidad, y afortunadamente Henry tenía sus papeles en regla, ya que conocía los métodos de la policía.

– ¿Dónde vive? -preguntó un agente.

– ¿Vivo?

– ¡No se haga el tonto!

Aquel solitario y trágico personaje de ópera estaba totalmente perdido en sus divagaciones y no logró sortear la difícil situación como otras veces, fue incapaz. Los policías le esposaron las manos a la espalda y condujeron a su víctima hasta la furgoneta, donde había otros cinco hombres de su misma edad. Todos vestían amplias gabardinas blancas, que también parecían haber sido compradas en una tienda de segunda mano en Kensington, Londres. Henry comprendió que su aspecto encajaba perfectamente con el tipo de gente que la policía buscaba aquella noche.

El interrogatorio duró toda la noche, y monsieur Morgan logró mantener la compostura bastante bien. Le permitieron fumar en el pasillo, vigilado por recelosos ojos policiales. Se comía las uñas mientras intentaba recordar todas las palabrotas que sabía en alemán, inglés, italiano y sueco. Pese a todo, había algo dulce en su derrota, una suerte de singular placer en su fracaso. Había sido liberado del hotel Ivry en la rue de Richelieu. Había sido liberado de la decisión y de la angustia. Afirmó que nunca había comprendido tan bien a Sartre como esa noche.

Pero en ese momento las fuerzas francesas de la ley y el orden tenían a Henry bajo su custodia y lo habían liberado de tomar cualquier decisión, exhibiendo la justa dosis de hostilidad en la calle. Henry no había sido capaz de responder a la pregunta: ¿Quién es usted, monsieur?, porque esa misma noche, después de su encuentro con Bill en el Bop Sec, se había visto por primera vez asaltado por la duda. Se había enfrentado a los grandes interrogantes y se había cuestionado a sí mismo. Y, precisamente entonces, tuvo la mala suerte de acabar siendo objeto de un interrogatorio policial, algo que en cualquier otra ocasión, estando en plenas facultades, hubiera resuelto espléndidamente, consiguiendo que incluso el más avezado interrogador pusiera en entredicho no solo su propia existencia, sino también la de la policía francesa, la Comunidad Europea, las Naciones Unidas, De Gaulle y todo el cosmos.

Pero aquella noche monsieur Morgan no se encontraba en buena forma, y contestó con respuestas vagas, evasivas y torpes a las intrincadas preguntas que le hicieron sobre su vida y sus hábitos. A la policía francesa no le gustaban ni los bohemios ni los personajes trágicos de ópera. Pero Henry tuvo algo de suerte en medio de toda aquella desgracia. Un diligente ratón de archivo logró desempolvar una carpeta que contenía un acta policial, en la que se informaba que el sueco había estado involucrado en una trifulca en el café Au Coin, en Montmartre, durante la cual el mundialmente famoso pintor Salvador Dalí había sido objeto de un intento de agresión seis meses atrás. También entonces monseiur Morgan había sido llevado a declarar, pero fue puesto en libertad cuando el surrealista mundialmente famoso explicó que toda aquella trifulca se trataba en realidad de un happening que había sido planeado de antemano. Naturalmente, Henri le boulevardier no tenía la más remota idea acerca de todo aquello, aunque no dijo nada a la policía.

Al tener noticia de aquel informe, el inspector jefe del interrogatorio alzó tanto las cejas como el bigote, y muy deferentemente presentó sus disculpas. Había comprendido que monseiur Morgan era en realidad un importante músico, un bohemio y gran amigo de Salvador Dalí, un pintor a quien había admirado siempre. Salvador Dalí ensalzaba el régimen español y a Franco, y eso estaba muy bien.

Sin comprender nada, Henry fue puesto en libertad y dejó la sala de interrogatorios en medio de un aluvión de disculpas, como si se tratara de un invitado de honor. Poco faltó para que el inspector jefe le pidiera un autógrafo, aunque no quiso llegar tan lejos. En cambio, le ofreció llevarlo hasta la puerta de su casa en el coche patrulla, pero Henry declinó cortésmente el ofrecimiento. A esas alturas ya no se sentía especialmente cansado ni sorprendido. En el gran mundo donde bailaban los grandes elefantes todo era posible, aunque él ya había agotado todas sus posibilidades. Se sentía vacío, sentía que su odisea había llegado a su fin. En los estratos más etéreos de la sociedad se había librado una lucha de fuerzas, mientras De Gaulle y Henry Morgan habían llevado a cabo una profunda búsqueda interior. Henry caminaba tranquilamente hacia la rue Garreau en Montmartre, donde se prepararía un desayuno continental mientras lanzaba furtivas miradas a su maleta. No había espacio para más etiquetas. Kilroy había estado en todas partes.

Su añoranza del hogar adquirió la forma de sello postal: el día en que el sistema de correos de un país deje de funcionar podrá hablarse de crisis grave. El servicio postal se mantiene gracias a un sentimiento del deber y de la devoción; representa un fin en sí mismo, un imperativo categórico, alimentado por franqueos y sellos simbólicos.

El día en que De Gaulle hizo su gran reaparición para pronunciar su discurso sobre la Guerra, el Orden y la Venganza, aunque sin dar la cara, ese caótico día llegó una carta dirigida a Henry Morgan, 31 Rue Garreau, París IXe, Francia.

Procedía de Suecia, y su remitente era Greta Morgan, de la calle Brännkyrka, en Estocolmo. Estaba muy preocupada, pero no sabía bien cómo expresarse. Había adjuntado un recorte de un diario vespertino con una fotografía sobre el final de la ocupación de la Residencia de Estudiantes en la calle Holländar. En ella aparecían los principales líderes revolucionarios, y, entre el tumulto, podía verse al mismísimo Leo Morgan, un tanto apartado.

Sin embargo, aquello no era lo que más preocupaba a Greta. Más bien parecía orgullosa de que su hijo apareciera en el periódico. El abuelo paterno había muerto. No encontraba una forma menos brusca de exponerlo. El viejo dandi Morgonstjärna nunca había estado enfermo ni mostrado otros síntomas de debilidad que los derivados de la edad. Era un hombre hecho de muy buena pasta, que hubiera podido resistir hasta los noventa años por lo menos. Pero durante aquella primavera turbulenta se había empecinado en subir a pie las escaleras hasta su piso en la quinta planta, hasta que un buen día se desplomó en el rellano con un hilo de sangre en la comisura de los labios. Edema pulmonar, dijo el médico de la familia, el doctor Helmers. Ataque al corazón, escribió Greta. Sería enterrado dentro de una semana.

El viejo Morgonstjärna no dejaba ningún hijo en vida. No tenía más que a su nuera y a sus nietos Henry y Leo. Como hombre previsor que era había pensado en todo, y en un secreter de la biblioteca guardaba una carpeta con la contundente inscripción «Para después de mi muerte». Contenía varios sobres dirigidos a un bufete de abogados, a Greta, a Henry y a Leo Morgan. El sobre de Henry aún no se había abierto.

Pero el sobre más sorprendente de la carpeta del viejo Morgonstjärna era el que llevaba la inscripción «El Equipo» en tinta, seguida debajo por «Para Henry Morgan» escrito a lápiz. Greta aseguraba que, a pesar de su tremenda curiosidad, no se permitía el derecho de abrir una carta dirigida a otra persona. Tampoco había tenido el coraje ni la tentación de enviárselo todo por correspondencia a París. Ya no se podía confiar en la gente. Los trabajadores de correos podían ponerse en huelga durante esos turbulentos tiempos.

Aquello fue suficiente para Henry. Resolvió sus asuntos pendientes en París y llegó a Suecia a tiempo para el funeral. Un desertor regresaba tras cinco largos años de exilio. El juego había terminado: había vivido una juventud de excesos, se había convertido en un hombre adulto y ahora debía dedicarse a algo serio.

El caso Hogarth

(Leo Morgan, 1968-1975)

En Estados Unidos cientos de miles de personas se reunieron en Woodstock como una manifestación de lo que aún podía considerarse una especie de contracultura, un antídoto contra el imperialismo agresivo y la mentalidad colonialista de la sociedad occidental. Suecia tampoco iba a ser menos, y en 1970 se celebró el primer gran festival en el parque Gärdet. Quienes estaban ese día tumbados en el césped sobre sus mantas, en sus tiendas de campaña provisionales y sus hamacas, pasándolo bien y escuchando música, tal vez recuerden a un hombre muy extraño que iba por ahí vendiendo un libro de poemas. Vestía como un pirata, con una bufanda atada a su largo pelo, un parche en el ojo y una sucia camisa a rayas que le llegaba por las rodillas. Estaba borracho y colocado, pero aun así podía recitar todos sus poemas de memoria y sin cometer un solo error.

La colección de poesía se titulaba Escalada de fachadas y otros hobbies, y estaba escrita por John Silver. El nombre del viejo pirata era, claro está, un seudónimo de Leo Morgan. Nunca explicó por qué había realizado aquella colección de poemas con una máquina multicopista y la había editado él mismo bajo seudónimo. Quizá fuera porque los poemas no eran suficientemente buenos, o porque así parecerían más agresivos e insidiosos que si se tratara de un libro publicado por el establishment.

Escalada de fachadas y otros hobbies no era un libro bueno, pero tampoco podía ser calificado ingenuamente como «pura poesía contestataria». Más que ejemplos de poesía lograda, los textos de la antología estaban caracterizados por la dificultad de escribir poesía política o, por así decirlo, «versos panfletarios».

El título del poema «Escalada de fachadas» es un tributo a Harold Lloyd y a todos los hombres que se atrevieron a asumir riesgos, hombres que, forzados por diversas circunstancias, se vieron obligados a correr auténticos peligros mientras su heroísmo era puesto constantemente a prueba. No resulta del todo paradójico que el rascacielos más alto de América acabe estando en Bolivia, donde un héroe se vio obligado a subir cada vez más alto, a un ritmo cada vez más rápido, hasta encontrar el límite del cielo. Se trata de una alusión al Che Guevara, y puede que el recurso de compararlo con un cómico como Harold Lloyd no fuera muy acertado, pero el poema tiene fuerza, cierta carga sugestiva que va enlazando los versos. Se lee de un tirón. Está muy bien construido.

El texto más conseguido de Escalada de fachadas y otros hobbies recibe su nombre del pirata y, por tanto, también poeta: John Silver, pirata, poeta, cigarrillo.

Fuma tus cigarrillos lentamente, camarada,

podrían ser los últimos.

Canta tus canciones serenamente, camarada,

ellos nunca nos harán callar.

Para esta marcha no existe mapa alguno.

La tierra carece de un mando.

Nadie habla tan claro para que obedezcamos.

Los puntos cardinales son siempre militantes.

Los puntos cardinales nunca son verticales.

Podemos llegar tanto a Dios como a Satán

sin saber dónde estamos.

Leo Morgan, alias John Silver, utiliza aquí la magia de los códigos secretos. Las estrofas recuerdan en ocasiones a las contraseñas utilizadas por los movimientos de resistencia y los rebeldes en puestos de control: preguntas, respuestas y sentencias a las que había que contestar de un modo determinado, solo conocido por los iniciados. En realidad todo el poema es una especie de largo conjuro, y esta parte de frases rítmicas se convirtió pronto en una especie de cántico popular que se recitaba en los círculos de bares y clubes. «Los puntos cardinales nunca son verticales» podía leerse en las pintadas de los retretes masculinos de las universidades durante los primeros años de la década de los setenta.

John Silver logró preservar su identidad secreta, y fue clasificado con numerosas etiquetas, desde «anarquista incongruente» hasta «pacifista militante». Era comparado indistintamente con D’Annunzio y con Ginsberg, y todos los rasgos que se le atribuían no eran más que un testimonio de la dificultad de definir a alguien como Leo Morgan.

Personalmente creo que Leo -tal vez mediante un proceso de autoanálisis- trataba de orientarse en el abismo que existía entre sus acciones públicas y su persona privada, una cuestión que siempre le había afectado mucho desde que, de niño, viera aquel acordeón rojo sobre una roca cerca de la orilla. Resulta evidente que había empezado a escribir el poema con la intención de dirigirse a sus camaradas de infatigable espíritu combativo en un tono íntimo y sosegado. Pero, al cabo de un par de versos, alcanzaba un vigoroso staccato entremezclado con un profundo simbolismo que ya nada tenía que ver con «versos panfletarios». El resultado está más cerca de Dylan-Cohen que de Hill-Brecht. John Silver podía elogiar al Che Guevara, su carácter combativo y su capacidad de sacrificio, y aun así recriminarle -y tal vez con razón- que fuera un egoísta, un individualista arrogante que se negó absolutamente a someterse ante nada.

Quienes estuvieron en aquel primer festival en el parque Gärdet en el verano del setenta y no se acuerden de aquel extraño pirata que declamaba poemas, tal vez sí recuerden al grupo Harry Lime, que actuó muy entrada la noche y al que algunos calificaron como el grupo underground más auténtico de Suecia. Aquel primer festival en el Gärdet fue una triunfal manifestación de hasta qué punto la buena música estuvo subordinada a la pura alegría de tocar. La política de la voluntad era lo que contaba. En otras palabras, nadie pudo evitar que Harry Lime tocara. La vida musical de Harry Lime se limitó a esa noche. El grupo estaba compuesto por Verner Hansson y Stene Forman a las guitarras, Nina Negg, voz y pandereta, Leo Morgan como poeta solista, y además una sección rítmica a la que no logré identificar. Muchos han desaparecido ya de la escena. El grupo había nacido por iniciativa de Stene, cuando se enteró de que se iba a celebrar el festival. Harry Lime fue creado para una única actuación, como correspondía a un auténtico y exclusivo supergrupo compuesto por estrellas irreconciliables, como si los Beatles hubieran resucitado por una sola noche.

Fue probablemente a principios de primavera cuando Stene, el antiguo provie de exuberante risa, se puso en contacto con Leo para ver cómo iba la cosa, como él mismo dijo. La voz de Stene le sonó como Lázaro levantándose de la tumba. No se habían visto ni habían sabido nada el uno del otro durante años. Leo vivía con Henry porque su abuelo paterno había fallecido dos años atrás y Henry se había hecho cargo del apartamento de la calle Horn. Leo estudiaba filosofía, y durante un corto pero intenso período había logrado llevar una vida bastante normal.

Stene le informó del festival que se iba a celebrar en el parque Gärdet y de su intención de formar un grupo, lo que se podría denominar una auténtica banda underground. Stene trabajaba en una de las tres revistas semanales de su padre, llamada Blixt, que ya no se publica en la actualidad. También estaba muy al día de lo que salía en las revistas norteamericanas sobre la nueva hornada de grupos underground. Stene quería que Leo escribiera unas cuantas letras buenas, porque aquello requería algo un poco intelectual. Y Leo no pudo negar que tenía bastante material escrito.

Pero solo había un escollo: tenían que encontrar a Verner Hansson y Nina Negg. Leo creía que seguirían viviendo en el enorme apartamento de Stene en Karlbergsvägen, pero ambos se habían marchado. Las cosas no les habían ido muy bien ni a Verner ni a Nina.

Dos años antes Nina había mandado a Leo a la mierda: solo tenía que elegir cómo hacerlo. Era la primavera del sesenta y ocho, aquella legendaria primavera en que el mundo estaba en plena convulsión y estadistas, reyes, presidentes y ministros no podían conciliar el sueño pidiéndole a Dios que castigara a todos aquellos estudiantes revoltosos. Leo se había matriculado en la universidad para estudiar filosofía. Verner se había inscrito en otra facultad y, por alguna extraña razón, ambos habían aprobado los exámenes de ingreso sin apenas estudiar. Eso pareció incitarles a profundizar con mayor frecuencia en la dialéctica de cafés y bares, donde criticaban las reformas docentes del U-68, el sistema político, las formas de producción y todo aquello susceptible de ser cuestionado. Aquello le encantaba a Nina Negg. Por pura intuición, ella siempre había estado en contra de todo y de todos. Nunca había necesitado ser intelectual para ello, y tampoco ahora pensaba convertirse en una.

Todos vivían en un enorme apartamento que Stene Forman había conseguido en Karlbergsgätan, muy cerca de Corso, Norrås y la Residencia de Estudiantes, donde muy pronto se llevarían a cabo las famosas ocupaciones. De hecho, el cuarteto estaba viviendo su época dorada. Stene acababa de empezar a hacer colaboraciones en Blixt, la revista de su padre, y ganaba bastante dinero. Nina Negg hacía trabajos esporádicos aquí y allá, mientras que Verner y Leo se encargaban de tareas más «profundas». Generalmente, esas profundas meditaciones se convertían en juergas que podían durar varios días.

En realidad, Nina era la única de ellos que hacía algo pragmático, que desempeñaba una labor práctica en esa lucha supuestamente conjunta de trabajadores y estudiantes. Cuando las alentadoras noticias de Tokio, Berlín, San Francisco y París empezaron a llenar las páginas de los periódicos, ella recortaba las fotografías y empapelaba con ellas las paredes del enorme piso. Iba a todas las manifestaciones, mantenía las multicopistas en permanente funcionamiento, repartía panfletos y asistía a conferencias en las que se planteaban nuevas líneas de acción. Pese a que el futuro de la reforma de los estudios superiores, UKAS, no la afectara en lo más mínimo, ella simpatizaba con todos los que se oponían porque, después de todo, el Poder siempre era el Poder. Las continuas maldiciones e improperios habían desaparecido de su vocabulario, siendo sustituidas por proclamas revolucionarias, que gustaba de meterle en la cabeza a Leo con gran maestría.

Pero él seguía siendo fiel a su deslealtad. Eso era lo que los había llevado a estar juntos hacía tiempo en un viejo y destartalado sofá en el frío trastero de un ático. Leo nunca se identificó con la lucha organizada. Él se dedicaba «a lo suyo», como solía decir, y prefería emborracharse y leer a Hegel antes que seguir las enseñanzas dialécticas de los seguidores del pensador alemán. La deslealtad como un hermoso arte: ese era el lema de Leo.

Cuando finalmente se produjo la ocupación, ni Leo ni Verner estaban presentes. En un par de ocasiones se habían juntado con los criptofascistas en el parque Spök, y, cosas del destino, Stene Forman, Verner y Leo acabaron apareciendo en una foto en la portada de un periódico vespertino, al fondo, detrás de uno de los principales ideólogos de la ocupación. Pero, durante la ocupación real, ellos atravesaban por un período de consumo etílico totalmente desenfrenado. El abuelo de Leo, el viejo Morgonstjärna, se había desplomado muerto en la escalera de su edificio, dejando una pequeña herencia a su nieto, que hacía lo posible por despilfarrarla rápidamente. La colección de sellos de Verner había perdido todo su valor hacía tiempo. Se había bebido y fumado hasta la más pequeña rareza filatélica, una tras otra, con la misma precisión que emplearía un experto jugador de ajedrez. Nadie intentó nunca averiguar a qué se dedicaban realmente los dos durante aquel período. Se alejaron de todo el mundo, a veces solos y a veces juntos, provistos de una cuantiosa batería de botellas que vaciaban sumidos en un profundo silencio, en una especie de recogimiento desesperado, una misa de réquiem dem