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Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos

Katherine Pancol

Josephine tiene cuarenta años, está casada y tiene dos hijas, Hortense y Zoé. Es consciente de que su matrimonio ha fracasado, pero sus inseguridades le impiden tomar una decisión. A Antoine, su marido, le despidieron hace un año de la armería de caza donde trabajaba y desde entonces se dedica a languidecer en el apartamento y a engañar a su mujer. La discusión que provocará la separación del matrimonio de Josephine y Antoine es el punto de partida de una serie de acontecimientos, más o menos relacionados, en los que se verán envueltos otros personajes, como Iris, la guapísima hermana mayor de Josephine; la glamurosa y gélida madre de ambas, Henriette, casada en segundas nupcias con el millonario Marcel Gorsz; la místeriosa Shirley, la vecina… Tras la separación, Antoine se verá obligado a aceptar una oferta de trabajo que le convertirá en capataz de una granja de cocodrilos en África, pero las cosas no serán tan fáciles como parecían. A Iris se le ocurre decir que está escribiendo una novela, y una vez lanzada la mentira se niega a echarse atrás, y convence a su hermana para que escriba realmente el libro, basándose en sus conocimientos. Ella se llevará la fama y el protagonismo y Josephine el dinero, pero los verdaderos amigos de ésta están convencidos de que ella es la verdadera autora de la novela que llena los escaparates de las bibliotecas de Paris…

Katherine Pancol

Los Ojos Amarillos De Los Cocodrilos

PRIMERA PARTE

«Joséphine dejó escapar un grito y soltó el pelador. La hoja había resbalado sobre la patata produciéndole un gran corte en la piel, en el nacimiento del puño. Sangre, había sangre por todos lados. Se miró las venas azules, la incisión roja, el fregadero blanco, el barreño de plástico amarillo en el que permanecían, blancas y relucientes, las patatas peladas. Las gotas de sangre caían de una en una, salpicando el revestimiento blanco. Apoyó las manos en el borde de la pila y se echó a llorar.

Necesitaba llorar. No sabía por qué. Tenía demasiadas buenas razones. Ésta serviría. Buscó un trapo con la mirada, lo cogió y lo comprimió sobre la herida. Me voy a convertir en fuente, en fuente de lágrimas, fuente de sangre, de suspiros, voy a dejarme morir.

Sería una solución. Dejarse morir, sin decir nada. Se apagaría como una vela que se agota.

Dejarse morir erguida sobre la pila. No morimos erguidos, rectificó enseguida, morimos tumbados o arrodillados, la cabeza dentro del horno o en la bañera. Había leído en el periódico que el método de suicidio más corriente en las mujeres era el de tirarse por una ventana. Los hombres prefieren colgarse. ¿Por la ventana? Nunca podría hacerlo. Pero desangrarse llorando, ignorar si el líquido que sale de una es rojo o blanco. Dormirse lentamente. Entonces… ¡suelta el trapo y mete los puños en la pila! Y aún así, aún así… tendrías que quedarte de pie, y no morimos de pie.

Salvo en combate. En las guerras…

Y aún no estamos en guerra.

Suspiró, se colocó el trapo en la herida, enjugó sus lágrimas y miró su reflejo en la ventana. Todavía tenía el lápiz enganchado en el pelo. ¡Venga! -se dijo-. ¡Pela patatas! ¡Ya pensarás después en lo demás!

* * *

Esa mañana de finales de mayo, en la que el termómetro marcaba veintiocho grados a la sombra, en el quinto piso, resguardado bajo el toldo del balcón, un hombre jugaba al ajedrez. Solo. Reflexionaba ante el tablero. Para hacerlo lo más verídico posible incluso se cambiaba de sitio y, al hacerlo, se amparaba en una pipa que empezaba a aspirar. Se inclinaba, resoplaba, levantaba una pieza, la volvía a soltar, resoplaba de nuevo, volvía a coger la pieza, la desplazaba, movía la cabeza, soltaba la pipa y se sentaba en el otro lado.

Era un hombre de estatura mediana, de aspecto muy cuidado, pelo castaño y ojos marrones. El pliegue de su pantalón caía recto, sus zapatos brillaban como recién salidos de la caja, la camisa remangada dejaba ver unos antebrazos y unos puños finos, y las uñas lucían el pulido y el brillo que sólo se consigue a partir de una concienzuda manicura. Su piel estaba teñida de un ligero bronceado, que se adivinaba permanente, y completaba su imagen de persona rubia. Se parecía a esos recortables de cartón vestidos con calcetines y ropa interior de los juegos infantiles y que podían vestirse con todo tipo de trajes: piloto de aviación, cazador, explorador… Era un hombre de esos que podían meterse en el decorado de un catálogo para inspirar confianza y subrayar la calidad del mobiliario expuesto.

De pronto, una sonrisa iluminó su rostro. «Jaque mate -murmuró a su imaginario adversario-. ¡Ay, amigo! ¡Estás perdido! ¡Apuesto a que ni siquiera lo has visto venir!». Satisfecho, se dio un apretón de manos a sí mismo y moduló su voz para dirigirse algunas felicitaciones. «¡Bien jugado, Tonio! Has estado muy bien».

Se levantó, se estiró frotándose el pecho y decidió servirse una copita aunque no fuera la hora. Normalmente tomaba un aperitivo hacia las seis y diez, por la tarde, mientras veía «Cuestión para un campeón». El programa de Julián Lepers se había convertido en una cita que aguardaba con impaciencia. Le irritaba perdérselo. A las cinco y media ya estaba esperándolo, anhelando conocer a los cuatro concursantes con los que iba a medirse. También quería saber qué traje llevaría el presentador, y la camisa y la corbata con las que lo combinaría. Se decía que debería tentar a la suerte e inscribirse. Se lo decía cada tarde, pero no hacía nada. Habría tenido que pasar pruebas eliminatorias, y había algo en esas dos palabras que le desalentaba.

Levantó la tapa de una cubitera, cogió cuidadosamente dos cubitos, los dejó caer en un vaso y vertió Martini blanco. Se agachó para recoger un hilo sobre la moqueta, se incorporó y mojó sus labios en el vaso, bebiendo a ligeros sorbos como expresión de su satisfacción.

Cada mañana, jugaba al ajedrez. Cada mañana, seguía la misma rutina. Se levantaba a las siete al igual que los niños, desayunaba rebanadas de pan integral, tostadas a temperatura cuatro, con mermelada de albaricoque sin azúcar añadido, mantequilla salada y zumo de naranja recién exprimido a mano. Después, treinta minutos de gimnasia: ejercicios para la espalda, abdominales, pectorales, muslos… Lectura de la prensa que sus hijas, por turno, iban a buscarle antes de irse al colegio. Atento estudio de los anuncios por palabras, envío de curriculum cuando una oferta le parecía interesante, ducha, afeitado con maquinilla, jabón y brocha, elección de la ropa para la jornada y, por fin, la partida de ajedrez.

La elección de la vestimenta era el momento más delicado de la mañana. Ya no sabía cómo vestirse. ¿Con ropa de fin de semana, ligeramente informal, o con traje? Un día en el que se había vestido apresuradamente con un chándal, su hija mayor, Hortense, le había dicho: «¿Ya no trabajas, papá? ¿Estás siempre de vacaciones? Me gustas más cuando te pones guapo, con una chaqueta bonita, camisa y corbata. No vuelvas a buscarme al colegio vestido con chándal». Y después, más dulcemente porque, esa mañana, esa primera mañana en la que ella le había hablado en ese tono él había palidecido, añadió: «Te digo esto por ti, papaíto, para que sigas siendo el papá más guapo del mundo».

Hortense tenía razón, los demás le miraban de forma distinta cuando iba bien vestido.

Terminada la partida de ajedrez, regaba las plantas colgadas de la barandilla del balcón, arrancaba las hojas muertas, podaba las ramas viejas, vaporizaba con agua los nuevos brotes, aireaba la tierra sirviéndose de una cuchara y abonaba cuando era necesario. Un camello blanco le tenía muy preocupado. Le hablaba, le dedicaba una atención especial, limpiándolo hoja por hoja.

Todas las mañanas, desde hacía un año, la misma rutina.

Esa mañana, sin embargo, se había retrasado con respecto a su horario habitual. La partida de ajedrez había sido dura, debía tener cuidado y no dejarse llevar; resulta difícil cuando no se tiene ocupación alguna. No se debe perder el sentido del tiempo que pasa y que se va sin que nos demos cuenta. Ten cuidado Tonio, ten cuidado. No te dejes llevar, sobreponte.

Se había acostumbrado a hablar en voz alta y frunció el ceño al oír su propia recriminación. Para recuperar el tiempo perdido, decidió abandonar las plantas.

Pasó delante de la cocina donde su mujer pelaba patatas. Sólo veía su espalda, y notó, una vez más, que estaba ganando peso y que en sus caderas iban acumulándose nuevos michelines.

Cuando se mudaron a esa casa de las afueras, cerca de París, ella era alta y fina, sin michelines…

Cuando se mudaron, las niñas llegaban a la altura de la pila.

Cuando se mudaron…

Eran otros tiempos. El levantaba su jersey, colocaba sus manos sobre sus senos y suspiraba «¡querida!» hasta que ella cedía y se inclinaba tirando con las dos manos de la colcha para no arrugarla. Los domingos, ella cocinaba. Las niñas pedían cuchillos «¡para ayudar a mamá!» o los restos de los cazos para «limpiarlos con la lengua». Las observaban con ternura. Cada dos o tres meses, las medían y marcaban su altura con lápiz en la pared; había numerosas rayitas con las fechas y los dos nombres: Hortense y Zoé. Cada vez que se apoyaba en el quicio de la puerta de la cocina se sentía invadido por una profunda tristeza. El sentimiento de un tiempo perdido para siempre, el recuerdo de una época en la que la vida le sonreía. No le pasaba nunca ni en el dormitorio ni en el salón, sólo en la cocina, siempre en esa estancia que, en otro tiempo, era un oasis de felicidad. Calurosa, tranquila, aromática. Las cacerolas humeaban, los trapos se secaban sobre la barra del horno, el chocolate se fundía al baño maría y las niñas troceaban nueces. Blandían un dedo coronado de chocolate, se dibujaban bigotes que se lamían a lengüetazos, y el vaho de los cristales dibujaba bordados nacarados que le transmitían la impresión de ser el papá de una familia esquimal en un iglú del Polo Norte.

En otro tiempo… la felicidad había estado allí, sólida, reconfortante.

Sobre la mesa permanecía abierto un libro de Georges Duby. Se inclinó para leer el título: El caballero, la mujer y el cura. Joséphine trabajaba sobre la mesa de la cocina. Lo que, en otro tiempo, había sido un ingreso suplementario, ahora servía para mantenerles. Investigadora en el CNRS, ¡especializada en la vida de las mujeres del siglo XII! Antes no podía evitar burlarse de sus estudios, hablaba de ellos con condescendencia, «mi mujer es una apasionada de la historia, ¡pero sólo del siglo XII! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!…». Le parecía que aquello tenía algo de aristocrático. «No es muy sexy el siglo XII, querida», decía pellizcándole el trasero. «Pero si fue entonces cuando Francia se embarcó en la modernidad, el comercio, la moneda, la independencia de las ciudades y…».

Y la besaba para hacerla callar.

Hoy, el siglo XII les daba de comer. Carraspeó para que ella se girara. No se había peinado y tenía el pelo recogido con un lápiz en lo alto del cogote.

– Voy a dar una vuelta…

– ¿Vendrás a comer?

– No lo sé… Hazte la idea de que no.

– ¡Y por qué no me lo has dicho antes!

No le gustaban las peleas. Hubiera sido mejor salir directamente mientras gritaba «me voy, ¡hasta luego!», y ¡hala! alcanzaba la escalera, y ¡hala! ella se quedaba con sus preguntas en la punta de la lengua, y ¡hala! sólo tendría que inventarse algo cuando volviese. Porque siempre volvía.

– ¿Has consultado los anuncios por palabras?

– Sí… hoy no había nada interesante.

– ¡Siempre hay trabajo para el que quiere trabajar!

Trabajar sí, pero no en cualquier cosa, pensó sin decírselo, pues ya conocía lo que seguiría. Habría tenido que irse, pero seguía pegado al quicio de la puerta.

– Ya sé lo que me vas a decir, Joséphine, ya lo sé.

– Lo sabes, pero no haces nada para que cambie. Podrías hacer cualquier cosa, simplemente para aportar algo al puchero…

El hubiera podido continuar la conversación, se la sabía de memoria, «socorrista, jardinero en un club de tenis, vigilante nocturno, empleado de una gasolinera…», pero sólo retuvo la palabra «puchero». Sonaba extraño relacionado con la búsqueda de empleo.

– ¡Te parecerá gracioso! -gruñó ella apuñalándole con la mirada-. ¡Debo parecerte muy prosaica cuando te hablo del sucio dinero! ¡El señor quiere una montaña de oro! ¡El señor no quiere cansarse por cuatro perras! ¡El señor quiere estima y consideración! Y, por ahora, el señor sólo tiene una única forma de existir, ¡irse a casa de su manicura!

– ¿De qué estás hablando, Joséphine?

– ¡Sabes muy bien de QUIEN estoy hablando!

Ella le miraba ahora de frente, envarada, con un trapo anudado en el puño, desafiándole.

– Si te refieres a Mylène…

– Sí, me refiero a Mylène… ¿Todavía no sabes si va a hacer un descanso a la hora de comer? ¿Por eso no sabes responderme?

– Jo, detente… ¡esto va a acabar mal!

Demasiado tarde. Ella ya sólo pensaba en Mylène y en él. ¿Quién se lo habría contado? ¿Un vecino, una vecina? No conocían a mucha gente en el edificio pero, cuando se trataba de chismorrear, los amigos aparecían rápidamente. Alguien ha debido de verle entrar en el edificio de Mylène, a dos calles de allí.

– Vais a comer en su casa… Ella te habrá preparado una quiche y una ensalada, una comida ligera porque, después, ella tiene que trabajar, ella…

Rechinó los dientes para marcar la palabra «ella».

– Y después os echaréis una pequeña siesta, ella cerrará las cortinas, se desnudará dejando su ropa por el suelo e irá a tu encuentro bajo el grueso edredón de bordado blanco…

El escuchaba, estupefacto. Mylène tenía un edredón grueso de bordado blanco. ¿Cómo lo sabía?

– ¿Has estado en su casa?

Ella lanzó una risa sarcástica y se ajustó el nudo del trapo con su mano libre.

– Aja, tenía razón. ¡El bordado blanco va con todo! Es bonito y práctico.

– Jo, déjalo.

– ¿Dejar qué?

– Deja de imaginar cosas que no existen.

– ¿Acaso no tiene un edredón de bordado blanco?

– Deberías dedicarte a escribir novelas. Tienes mucha imaginación.

– Júrame que no tiene un edredón de bordado blanco.

De pronto le invadió la cólera. Ya no podía soportarla. Ya no soportaba su tono de maestra de escuela, siempre con algo que reprocharle, diciéndole lo que tenía que hacer, cómo hacerlo; ya no soportaba su espalda encorvada, su ropa sin forma ni color, su piel enrojecida por la falta de cuidado, su pelo castaño, fino y lacio. Todo en ella olía a esfuerzo y parsimonia.

– ¡Prefiero irme antes de que esta discusión vaya demasiado lejos!

– Prefieres irte con ella, ¿eh? Ten al menos el valor de decir la verdad, ya que no lo tienes para buscar trabajo ¡holgazán!

Esa fue la gota que colmó el vaso. Sintió cómo la cólera le bloqueaba la frente y golpeaba sus sienes. Escupió las palabras para no tener que arrepentirse:

– ¡Pues sí! Nos vemos en su casa, todos los días a las doce y media. ¡Ella me calienta una pizza y nos la comemos en la cama, bajo el edredón de bordado blanco! Después recogemos las migas, le quito el sujetador, que también es de bordado blanco, y la beso por todos lados ¡por todos lados! ¿Estás contenta? ¡No deberías haberme obligado a decírtelo, te lo advertí!

– ¡Tú tampoco deberías haberme obligado! Si te vas con ella, no te molestes en volver. Haces tus maletas y desapareces. No será una gran pérdida.

Él se separó del quicio de la puerta, giró los talones y, como un sonámbulo, entró en su habitación. Sacó una maleta de debajo de la cama, la colocó sobre la colcha y comenzó a llenarla. Vació sus tres cajones de camisas, sus tres cajones de camisetas, calcetines y calzoncillos en la gran maleta roja con ruedas, vestigio de su esplendor cuando trabajaba en Gunman and Co., el fabricante americano de fusiles de caza. Había ocupado el puesto de director comercial de la zona europea durante diez años, acompañando a sus ricos clientes cuando iban a cazar a África, a Asia, a América, por la selva, la sabana o la pampa. En aquel tiempo creía, todavía creía en la imagen de ese hombre blanco de bronceado eterno, siempre entusiasta, que bebía con sus clientes, los hombres más ricos del planeta. Se hacía llamar Tonio. Tonio Cortès. Sonaba más masculino, más responsable que Antoine. Nunca le había gustado su nombre, tan suave y afeminado. Era necesario estar a la altura de aquellos hombres: industriales, políticos, millonarios ociosos, hijos de… Él hacía tintinear los cubitos de su vaso dibujando una sonrisa infatigable, escuchaba sus historias, prestaba atención a sus quejas, opinaba, moderaba, observaba el baile de hombres y mujeres, la mirada aguda de los niños, viejos antes de haber tenido tiempo de crecer. Se felicitaba de frecuentar ese mundo sin formar parte de él. «¡Ah!, El dinero no hace la felicidad», repetía a menudo.

Tenía un excelente salario, una paga extraordinaria triplicaba su sueldo a finales de año, un buen seguro médico, periodos de descanso superiores casi a los de sus vacaciones. Se sentía feliz cuando volvía a su casa en Courbevoie, construida en los años noventa para una población de directivos jóvenes como él, que todavía no tenían suficientes ingresos para vivir en París pero que esperaban, al otro lado del Sena, a poder entrar en los barrios ricos de la ciudad cuyas luces adivinaban por las noches. Un brillante pastel de neón que les desafiaba de lejos. El edificio había envejecido mal, y rastros imperceptibles de óxido procedentes de los balcones manchaban la fachada, y el naranja brillante de los toldos se había marchitado con el sol.

Siempre regresaba de viaje sin avisar: abría la puerta, esperaba un segundo en la entrada antes de anunciarse con un corto silbido que quería decir: «¡Estoy aquí!». Joséphine estaba enfrascada en sus libros de historia, Hortense corría hacia él y metía su manita en los bolsillos buscando su regalo. Zoé aplaudía. Las dos niñas en camisón, la una rosa, la otra azul, Hortense, la guapa, la intrépida, su ojito derecho; y Zoé, redonda, lisa, glotona. Entonces se inclinaba hacia ellas y las cogía en sus brazos repitiendo: «¡Ay, mis niñas! ¡Ay, mis niñas!». Se había convertido en un rito. A veces sentía una punzada de remordimiento al recordar otro abrazo, el día anterior… las enlazaba más fuerte, y el recuerdo se desvanecía. Soltaba sus maletas y se consagraba a su papel de héroe. Inventaba cazas y persecuciones: un león herido al que había rematado con un machete, un antílope que había atrapado con un lazo, un cocodrilo al que había noqueado. Ellas le miraban con la boca abierta. Sólo Hortense se impacientaba y preguntaba: «¿Y mi regalo, papá?, ¿y mi regalo?».

Un día, Gunman and Co. fue absorbida por otra compañía y él despedido. De un día para otro. «Con los americanos es así-le había explicado a Joséphine-el lunes eres director comercial con un despacho de tres ventanas y el martes ¡estás en la cola del paro!». Así que le habían echado. Había recibido una buena indemnización que le había permitido durante cierto tiempo pagar las letras del piso, el colegio de los niños, los cursos de inglés en el extranjero, el mantenimiento del coche, las vacaciones en la nieve. El se lo había tomado con filosofía. No era el primero al que le pasaba algo así, no era un cualquiera, pronto encontraría trabajo. No de cualquier cosa, por supuesto, pero un trabajo… Y después, uno por uno, sus antiguos compañeros habían encontrando empleo, aceptando salarios inferiores, puestos de menor responsabilidad, traslados al extranjero, y él se había convertido en el único que seguía consultando las ofertas de empleo.

Ahora y ya sin ahorros, sentía cómo vacilaba su optimismo. Sobre todo por la noche. Se despertaba hacia las tres de la mañana, se levantaba sin hacer ruido, iba a servirse un whisky en el salón y encendía la tele. Se tumbaba en el sofá y zapeaba, con un vaso en la mano. Hasta entonces siempre se había sentido lleno de fuerza, de sabiduría, dotado de una gran perspicacia. Cuando veía a sus compañeros cometer errores no decía nada, pero se decía en voz baja: «¡A mí eso no me hubiese pasado ¡¡Yo sé de qué va esto!». Cuando oyó hablar de fusión y de posibles despidos, se dijo que diez años de dedicación en Gunman and Co. era un contrato de los de verdad, ¡no le echarían tan fácilmente!

Fue uno de los primeros en ser despedidos.

Había sido incluso el primero en ser convocado.

Hundió un puño de rabia en el bolsillo de su pantalón y la costura cedió con un crujido agudo que le hizo rechinar los dientes. Hizo una mueca de disgusto, sacudió la cabeza, se volvió hacia la cocina, hacia su mujer, para pedirle si podría reparar el daño, y entonces recordó que se marchaba. Estaba haciendo las maletas. Dio la vuelta a los bolsillos: los dos forros estaban rotos.

Se dejó caer sobre la cama y miró fijamente la puntera de sus zapatos.

Buscar trabajo era descorazonador: no era más que un número en un sobre con un sello pegado. Pensaba en ello en brazos de Mylène. Él le contaba que llegaría un día en el que sería su propio jefe. «Con mi experiencia, explicaba, con mi experiencia…». Había recorrido el mundo, hablaba inglés y español, sabía llevar un libro de contabilidad, soportaba el frío y el calor, el polvo y el monzón, los mosquitos y los reptiles. Ella le escuchaba. Ella confiaba en él. Ella tenía algunos ahorros que le habían dejado sus padres. El todavía no se había decidido. No perdía la esperanza de encontrar un compañero más seguro con quien compartir la aventura.

La había conocido cuando acompañó a Hortense a la peluquería, el día que cumplía doce años. Mylène se sintió impresionada por el aplomo de la jovencita que le había regalado una manicura. Hortense le había tendido la mano como si le concediera un privilegio. «Su hija es una princesa», le dijo cuando pasó a buscarla. Desde entonces, cuando tenía tiempo, pulía las uñas de la niña, y Hortense salía, con los dedos separados, mirando sus brillantes uñas.

Se sentía bien con Mylène. Era una rubita vivaracha, melosa hasta decir basta. Con un pudor y una timidez que le relajaban y le daban seguridad.

Descolgó sus trajes, todos del mejor talle, todos del mejor paño. Sí, había tenido dinero, bastante dinero. Y le gustaba gastárselo. «Y volveré a tenerlo, dijo en voz alta. A los cuarenta, la vida no se ha acabado, ¡no se ha acabado en absoluto!». Terminó de hacer la maleta. Sin embargo, simuló buscar un par de gemelos gruñendo en voz alta con la esperanza de que Joséphine viniese en su ayuda suplicándole que se quedara.

Avanzó por el pasillo y se detuvo delante de la puerta de la cocina. Esperó, confiando todavía en que ella diese un paso hacia él, que hiciera amago de querer una reconciliación… Como no reaccionaba y seguía dándole la espalda, anunció:

– Bueno, pues… ¡ya está! Me voy…

– Muy bien. Puedes quedarte con las llaves. Seguramente habrás olvidado cosas y tendrás que volver a buscarlas. Avísame para que no esté aquí. Será lo mejor.

– Tienes razón, me las guardo… ¿Qué vas a decir a las niñas?

– No lo sé. No lo tengo pensado.

– Preferiría estar presente cuando lo hicieses.

Ella cerró el grifo, se apoyó en la pila y, siempre de espaldas, dijo:

– Si no tienes inconveniente, les diré la verdad. No tengo ganas de mentir… Esto ya es lo bastante doloroso.

– Pero ¿qué vas a decirles? -preguntó angustiado.

– La verdad: papá no tiene trabajo, papá no está bien, papá necesita un cambio de aires, así que papá se ha ido…

– ¿Cambio de aires? -repitió como un eco tranquilizador.

– ¡Eso es! Se lo diré así. Un cambio de aires.

– Está bien «cambio de aires»… No suena definitivo. Está bien.

Había cometido el error de apoyarse en la puerta y se sentía invadido de nuevo por la nostalgia, que le mantenía allí clavado, privándole de todas sus fuerzas.

– Vete, Antoine. No tenemos nada más que decirnos. Te lo suplico… ¡vete!

Se había dado la vuelta señalándole el suelo con los ojos. Siguió su mirada y vio su maleta con ruedas, colocada a sus pies. Se había olvidado completamente de ella. Entonces era definitivo: ¡se iba!

– Pues… Adiós… Si quieres ponerte en contacto conmigo…

– Ya me llamarás… o dejaré un mensaje en la peluquería de Mylène. Supongo que ella sabrá dónde encontrarte, ¿no?

– En cuanto a las plantas, hay que regarlas una vez por semana y abonarlas una…

– ¿Las plantas? ¡Que se mueran! Es la menor de mis preocupaciones.

– Joséphine, ¡por favor! No te pongas así… Puedo quedarme si quieres…

Ella le fulminó con la mirada. El se encogió de hombros, agarró su maleta y se dirigió hacia la puerta.

Entonces ella se echó a llorar. Apoyada en el borde de la pila, lloró y lloró. Su espalda temblaba en sollozos. Primero lloró por el vacío que ese hombre iba a dejar en su vida, dieciséis años de vida en común, su primer hombre, su único hombre, el padre de sus dos hijas. Después lloró pensando en las niñas. Ya no tendrían el sentimiento de seguridad, la certidumbre de tener un papá y una mamá que velasen por ellas. Por fin lloró aterrorizada ante la idea de encontrarse sola. Antoine se ocupaba de las cuentas, Antoine hacía la declaración de la renta, Antoine se encargaba del pago de la hipoteca del piso, Antoine elegía el coche, Antoine desatascaba el lavabo. Siempre contaba con él. Ella se ocupaba de la casa y del colegio de sus hijas.

El timbre del teléfono la arrancó de su desesperación. Suspiró y descolgó, tragándose las lágrimas.

– ¿Eres tú, cariño?

Era Iris, su hermana mayor. Hablaba siempre con voz alegre y placentera, como si fuera la encargada de anunciar las ofertas del supermercado. Iris Dupin, cuarenta y cuatro años, alta, morena, delgada, de largos cabellos negros que se peinaba como si fueran un velo de novia perpetuo. Iris debía su nombre al color de los dos grandes lagos de intenso azul que le servían de ojos. Cuando eran pequeñas, la paraban en la calle. «¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios!», repetían los paseantes al cruzarse con la mirada sombría, profunda, aureolada de violeta con un minúsculo brillo dorado. «¡Es increíble! ¡Ven a ver, querido! ¡Nunca has visto unos ojos como éstos!». Iris se dejaba contemplar hasta que, satisfecha y harta, cogía a su hermana de la mano murmurando entre dientes «¡Qué pandilla de pueblerinos! ¡Parece que nunca han salido de casa! ¡Hay que viajar, señores! ¡Hay que viajar!». Esta última frase hacía que Joséphine estallara de alegría y corriera como un helicóptero, con los brazos abiertos, girando sobre sí misma y riendo a gritos.

Iris, en su época, había lanzado todas las modas, cosechado todos los diplomas, seducido a todos los hombres. Iris no vivía, Iris no respiraba, Iris reinaba.

Con veinte años, se fue a estudiar a Estados Unidos, a Nueva York. A la Universidad de Columbia, Facultad de Cinematografía. Pasó allí seis años, terminó la primera de su promoción ex aequo y con la posibilidad de realizar un medio metraje de treinta minutos. Al final de cada curso, a los dos mejores estudiantes se les ofrecía un presupuesto para rodar una película. Iris había sido uno de ellos. El otro laureado, un joven húngaro, gigante tenebroso y rudo, había aprovechado la ceremonia de entrega de premios para besarla detrás del escenario. La anécdota había quedado grabada en los anales de la familia. El porvenir de Iris se inscribía en letras blancas en las colinas de Hollywood. Y un día, sin avisar, sin que nadie hubiese previsto esa posibilidad, Iris se había casado. Tenía apenas treinta años, volvía de Estados Unidos, donde había obtenido un premio en el Festival de Sundance, con un proyecto para realizar un largometraje del que se hablaba de maravilla. Ya contaba con el acuerdo de un productor cuando… Iris presentó su renuncia. Sin dar explicación alguna; nunca justificaba sus actos. Volvió a Francia y se casó.

Con velo blanco, ante el alcalde y el cura. El día de su boda, el salón del ayuntamiento estaba repleto. Hubo que añadir sillas y tolerar que algunos se encaramaran sobre el alféizar de las ventanas. Todos retenían el aliento, a la espera de que se arrancase el vestido y apareciese desnuda gritando: «¡Era una broma!». Como en una película.

Pero no ocurrió.

Parecía completamente prendida de él. De un tal Philippe Dupin, que ronroneaba dentro de su traje de chaqué. «¿Quién es? ¿Quién es?», preguntaban los invitados mirándole de reojo. Nadie le conocía. Iris contaba que se habían conocido en un avión y que fue «love at first sight». Un hombre guapo, ese Philippe Dupin. Manifiestamente guapo, a decir de las devoradoras miradas que las mujeres le lanzaban, ¡uno de los hombres más bellos en la faz de la Tierra! Dominaba entre la muchedumbre de amigos de su mujer con una suficiencia teñida de cierta actitud divertida. «Pero ¿a qué se dedica?». «Es un hombre de negocios». «¿Y por qué tanta prisa? ¿Crees que…?». Las lenguas se afilaban entre ellas como puñales, a falta de informaciones precisas. Los padres del novio se plantaron ante los asistentes con la misma actitud ligeramente altiva de su hijo, lo que parecía significar que creían que este cometía un error. Los invitados se marcharon derrotados. Iris ya no divertía a nadie. Ya no hacía soñar. Se había convertido en alguien terriblemente normal, y eso era, en su caso, de muy mal gusto. Algunos no volvieron a verla. Había caído y su corona no dejaba de rodar por tierra.

Iris declaró que todo aquello le importaba un rábano y decidió dedicarse en cuerpo y alma a su marido.

Philippe Dupin era un hombre colmado de certidumbres. Había fundado su propio gabinete de derecho internacional de negocios y después se había asociado a los nombres más grandes de los parqués de París, Milán, Nueva York y Londres. Era un abogado maquiavélico, al que sólo le gustaba defender los casos imposibles. Había triunfado y no podía entender que el resto del mundo no actuara como él. Su divisa era lapidaria: «Cuando se quiere, se puede». Articulaba esas palabras envarándose en su gran sillón de cuero negro, estirando los brazos y haciendo crujir sus falanges, mirando a su interlocutor como si entonara una verdad fundamental.

Ese espíritu había terminado por calar en Iris, que había tachado de su vocabulario las palabras duda, angustia e indecisión. Iris se había convertido, también, en una persona entusiasta y categórica. Los niños son obedientes y brillantes en el colegio, los maridos ganan dinero y mantienen a la familia, las mujeres se ocupan de la casa y de honrar a sus maridos. Iris seguía siendo guapa, despierta y seductora, alternaba las sesiones de masaje con las de jogging, peeling del rostro y tenis en el Racing. Era una mujer ociosa, cierto, pero «hay mujeres sobrepasadas por la ociosidad y otras que dominan la ociosidad. La ociosidad es un arte». Afirmaba. Resultaba evidente que ella se consideraba de esa última clase y sentía el más profundo desprecio por las ociosas desbordadas.

Debo pertenecer a otro mundo, pensaba Joséphine mientras escuchaba la chachara imparable de su hermana, que abordaba ahora el tema de su madre.

Un martes de cada dos, Iris recibía a su madre para cenar, y esa noche tocaba mimar a la progenitora. La regla de esas cenas de familia eran la felicidad y la sonrisa. Inútil decir que Antoine se preocupaba, con cierto éxito, de evitarlas, y encontraba siempre una buena excusa para ausentarse. No soportaba a Philippe Dupin, que se creía obligado a poner subtítulos cuando se dirigía a él, «la COB, lo Comisión de Operaciones Bursátiles, Antoine», ni a Iris, que, cuando se dirigía a él, daba la impresión de hacerlo a un chicle pegado a la suela de sus sandalias. «Y cuando me saluda -se quejaba-, tengo la impresión de que me aspira con su sonrisa para catapultarme a otra dimensión». Iris, había que admitirlo, tenía a Antoine en muy baja estima. «Recuérdame en qué trabaja tu marido», era su frase favorita: «Todavía nada, todavía nada. Bueno… ¡Así que el tema no se ha solucionado! Habría que preguntarse cómo podría solucionarse, tantas pretensiones con tan pocos medios», todo es artificial con mi hermana, se dijo Joséphine apoyando el auricular en el hombro, cuando Iris siente un brote de simpatía o de atracción hacia alguien, consulta el diccionario médico Vidal por si está enferma.

– ¿Te pasa algo? -preguntó Iris-. Tienes una voz extraña hoy-Estoy resfriada…

– Ah, bueno, ya me parecía… Para mañana por la noche… La cena con nuestra madre. ¿La habías olvidado?

– ¿Es mañana?

Se había olvidado por completo.

– Pero bueno, querida, ¿dónde tienes la cabeza?

Si tú supieras, pensó Joséphine, buscando con la mirada un papel de cocina con el que sonarse.

– ¡Vuelve a este siglo y deja a tus trovadores! Eres demasiado despistada. ¿Vienes con tu marido o ha encontrado el modo de eclipsarse?

Joséphine sonrió con tristeza. Llamémoslo así, se dijo, eclipsarse, cambiar de aires, evaporarse, desaparecer como el humo. Antoine se estaba transformando en gas volátil.

– No irá.

– Bueno, habrá que encontrar una nueva excusa para nuestra madre. Ya sabes lo poco que aprecia sus ausencias…

– Francamente Iris, ¡si supieses lo poco que me importa!

– ¡Eres demasiado buena con él! Yo le hubiese dado con la puerta en las narices hace mucho tiempo. En fin… Tú eres como eres, no hay quien te cambie, pobrecita mía.

Y ahora, la compasión. Joséphine suspiró. Desde que era niña, ella era Jo, el patito feo, la intelectual, un poco ingrata, siempre metida en sus oscuras tesis, sus palabras complicadas, las largas búsquedas en la biblioteca juntándose con otros cerebritos con granos. La que sacaba buenas notas pero no sabía hacerse un trazo de contorno de ojos. La que se torcía el tobillo bajando las escaleras porque estaba leyendo La teoría de los climas de Montesquieu o enchufaba la tostadora al grifo mientras escuchaba una emisión de France Culture sobre los cerezos en flor en Tokio. La que se pasaba la noche con la luz encendida, inmersa en sus apuntes, mientras que su hermana mayor salía, triunfaba, creaba y embrujaba. Iris por aquí, Iris por allá, ¡podría componer un aria de ópera!

Cuando Joséphine se licenció en letras clásicas, su madre le había preguntado cuáles eran sus planes. «¿Qué vas a hacer con eso, pobrecita mía? ¿Servir de tiro al blanco a los alumnos de algún liceo del extrarradio de París? ¿Para que te violen sobre la tapa de un contenedor de basura?». Y cuando continuó con sus estudios, redactando su tesis y artículos que se publicaban en revistas especializadas, sólo había encontrado preguntas y escepticismo. «"Auge económico y desarrollo social en la Francia de los siglos XI y XII". Hija mía, pero ¿cómo quieres que alguien se interese por eso? Harías mejor escribiendo una biografía picante de Ricardo Corazón de León o de Felipe Augusto, ¡eso interesaría a la gente! ¡Podrían hacer una película o una serie! ¡Rentabilizar todos esos años de estudios que he financiado con el sudor de mi frente!». Después lanzaba un silbido de víbora irritada por el lento reptar de su retoño, se encogía de hombros y suspiraba: «¿Cómo he podido traer al mundo a una hija así?». Su señora madre siempre se lo había preguntado. Desde que Joséphine había echado a andar. Su marido, Lucien Plissonnier, tenía por costumbre replicar: «Fue la cigüeña, que se equivocó de casa». Y ante el poco humor con el que se acogían sus intervenciones, había terminado por callar. Definitivamente. Un 13 de julio por la tarde se llevó la mano al pecho y tuvo tiempo de decir: «Es un poco pronto para hacer explotar los petardos» antes de expirar. Joséphine e Iris tenían diez y catorce años. El entierro había sido magnífico, y su señora madre había estado majestuosa. Había organizado hasta el último detalle: las flores blancas en grandes ramos depositadas sobre el féretro, una marcha fúnebre de Mozart, la elección de los textos leídos por cada uno de los miembros de la familia. Henriette Plissonnier se había puesto un velo idéntico al de Jackie Kennedy y pedido a sus hijas que besaran el féretro antes de que lo cubriesen de tierra.

También Joséphine se preguntaba cómo había podido pasar nueve meses en el vientre de esa mujer que decía ser su madre.

El día en el que había sido contratada por el CNRS -estaba entre los tres candidatos elegidos de los ciento veintitrés que optaban al puesto-y se había precipitado hasta el teléfono para anunciárselo a su madre y a Iris, se había visto obligada a repetirlo, a desgañitarse, pues ni la una ni la otra comprendían su entusiasmo. ¿CNRS? ¿Qué iba a hacer ella en aquel antro?

Tuvo que hacerse a la idea: ella no les interesaba en absoluto. Hacía tiempo que estaba convencida de ello, pero aquello fue la confirmación. Sólo su boda con Antoine las había estimulado. Al casarse, se hacía por fin inteligible. Dejaba de ser un genio desgarbado para convertirse en una mujer como las demás, con un corazón que conquistar, un vientre que fecundar, un piso a decorar.

Pronto, la señora madre e Iris se sintieron defraudadas: Antoine no daría nunca la talla. La raya de su pantalón estaba demasiado marcada -falta de encanto-, sus calcetines eran demasiado cortos -falta de clase-, su sueldo insuficiente y de procedencia dudosa -vender fusiles, ¡eso es una infamia!-y sobre todo, sobre todo, se sentía tan intimidado por su familia política que se ponía a sudar profusamente en su presencia. No una ligera sudoración que dibujara aureolas delicadas en sus axilas, sino un sudor abundante que empapaba su camisa y que le forzaba a ausentarse para enjuagarse. Un defecto manifiesto que no podía pasar desapercibido y que ponía a todo el mundo en una situación incómoda. Sólo le pasaba delante de su familia política. Nunca había sudado en Gunman and Co. Nunca. «Debe de ser porque te pasas la vida al aire libre -intentaba justificarle Joséphine mientras le tendía la camisa de recambio que llevaba a todas las reuniones familiares-. ¡Nunca podrías trabajar en un despacho!».

De pronto, Joséphine sintió un arrebato piadoso hacia Antoine y, olvidando su actitud de reserva que se había prometido adoptar, se dejó llevar y se lo contó a Iris.

– ¡Acabo de echarle! ¡Oh, Iris! ¿Qué nos va a pasar ahora?

– ¿Has puesto de patitas en la calle a Antoine? ¿Definitivamente?

– Ya no podía más. Es bueno, no resulta fácil para él, es cierto, pero… Ya no aguanto verle sin hacer nada. Quizás me faltó valor, pero…

– ¿Estás segura de que eso es todo? No habrá otra razón que no me estás contando…

Iris había bajado el tono. Usaba ahora su voz de confesor, la que empleaba cuando quería arrancarle confidencias a su hermana. Joséphine no podía ocultarle nada a Iris. Siempre se rendía, incapaz de disimular el más diminuto de sus pensamientos. Peor aún: le ofrecía su secreto. Tenía la impresión de que era la única forma de atraer su atención, la única forma de ser amada.

– Tú no sabes lo que es vivir con un marido en paro… Cuando trabajo, llego a tener mala conciencia. Trabajo a escondidas, entre la piel de las patatas y las cacerolas.

Miró la mesa de la cocina y se dijo que tendría que recogerla antes de que las niñas volviesen del colegio para comer. Había hecho cálculos, le salía más barato que el comedor del colegio.

– Creía que al cabo de un año te habrías acostumbrado.

– ¡Qué mala eres!

– Perdóname, querida. Pero parecías haberlo aceptado. Siempre le defendías… Bueno, ¿y qué vas a hacer ahora?

– No tengo la menor idea. Voy a seguir trabajando, eso seguro, pero necesito encontrar algo más… Alguna clase de francés, de gramática, de ortografía, no lo sé, yo…

– No debería de ser muy difícil, ¡hay tantos malos estudiantes hoy en día! Empezando por tu sobrino. Alexandre volvió ayer del colegio con un cero con cinco en dictado. ¡Un cero con cinco! Si hubieses visto la cara de su padre… ¡Pensé que iba a morirse de un ataque!

Joséphine no pudo evitar sonreír. El excelente Philippe Dupin, ¡padre de un mal estudiante!

– En su colegio, la maestra quita tres puntos por falta, ¡la nota baja muy rápido!

Alexandre era el hijo único de Philippe e Iris Dupin. Tenía diez años, la misma edad que Zoé. Siempre estaban conversando debajo de la mesa, con aspecto serio y concentrado, o construyendo, en silencio, maquetas gigantes, alejados de las reuniones familiares. Se comunicaban intercambiando guiños y signos que utilizaban como un auténtico lenguaje, lo que irritaba a Iris, que predecía un desprendimiento de retina para su hijo o, cuando se enfadaba de verdad, una segura idiotez. «¡Mi hijo va a terminar idiota y lleno de tics por culpa de tu hija!», pronosticaba señalando a Zoé con el dedo.

– ¿Las niñas están al corriente?

– Todavía no…

– Ah… ¿Y cómo se lo vas a decir?

Joséphine permaneció en silencio, rascando con la uña el borde de la mesa de fórmica, formando una bolita negra que tiró al fuego de la cocina.

Iris insistió. Había cambiado otra vez de tono. Ahora hablaba con voz dulce, envolvente, una voz que a la vez la tranquilizó y la relajó, dándole ganas de echarse a llorar.

– Estoy aquí, cariño, sabes que siempre estoy a tu lado y que nunca te abandonaré. Te quiero como a mí misma, y eso significa mucho.

Joséphine ahogó una carcajada. ¡Iris podía llegar a ser tan divertida! Hasta su boda habían compartido numerosos ataques de risa. Y después se había convertido en una señora, una señora responsable y muy ocupada. ¿Que tipo de pareja formaba ella con Philippe? Nunca les había sorprendido abandonándose, intercambiando una mirada tierna o un beso. Parecían siempre representar un papel.

En ese momento, sonó el timbre de la puerta y Joséphine se interrumpió.

– Deben de ser las niñas… Te dejo. Y te lo suplico: ni una palabra mañana por la noche. ¡No tengo ganas de que sea el único tema de conversación!

– Vale, hasta mañana. Y no lo olvides: ¡Cric y Croe se comieron al gran Cruc, que creía poder comérselos!

Joséphine colgó, se secó las manos, se quitó el delantal, el lápiz del pelo, se tocó el cabello para ponerlo en orden y corrió a abrir la puerta. Hortense fue la primera en entrar en casa sin decir hola a su madre ni siquiera mirarla.

– ¿Está papá? ¡Me han puesto un notable alto en expresión escrita! ¡Con esa puta de Ruffon, además!

– Hortense, por favor, ¡sé más educada! Es tu profesora de lengua.

– Una tía asquerosa, eso es lo que es.

La adolescente no se precipitó para besar a su madre o darle un mordisco a un trozo de pan. No dejó caer su mochila ni su abrigo en el suelo, sino que depositó la primera y colgó el segundo con la gracia distinguida de una debutante que abandona su largo abrigo de baile en el vestuario.

– ¿No le das un beso a mamá? -preguntó Joséphine comprobando con molestia un tono de súplica en su voz.

Hortense tendió una mejilla suave y aterciopelada en dirección a su madre, mientras levantaba la masa de su pelo color caoba para ventilarse.

– ¡Hace un calor! Tropical, diría papá.

– Dame un beso de verdad, cariño -suplicó Joséphine perdiendo toda dignidad.

– Mamá, ya sabes que no me gusta que te me pegues así.

Rozó la mejilla que su madre le tendía para decir inmediatamente después:

– ¿Qué hay de comer?

Se acercó a la cocina y levantó la tapa de una cacerola esperando oler un plato cocinado. Con catorce años, tenía ya la gracia y el aire de una mujer. Vestía ropa bastante simple, pero se había remangado la camisa, cerrado el cuello, añadido un broche y ajustado el talle con un cinturón ancho, transformando su ropa de estudiante en un figurín de moda. Su pelo cobrizo enmarcaba una piel clara, y sus grandes ojos verdes expresaban una ligera extrañeza, matizada por un imperceptible desdén que mantenía a los demás a distancia. Si había una palabra que parecía estar inventada para Hortense, esa era «distancia». ¿De quién ha sacado esa indiferencia?, se preguntaba Joséphine cada vez que observaba a su hija. No de mí, desde luego. ¡Parezco tan desastrosa al lado de mi hija!

Es fría como un témpano, pensó después de abrazarla. Y como se arrepintió inmediatamente de haber formulado esa idea, la volvió a abrazar, lo que molestó a la chica, que se zafó de ella.

– Huevos fritos con patatas…

Hortense hizo una mueca.

– Muy poco dietético, mamá. ¿No hay un filete a la plancha?

– No, yo… Cariño, no he podido ir a la…

– Entiendo. No tenemos suficiente dinero, ¡la carne es cara!

– Es que…

Joséphine no tuvo tiempo de terminar su frase porque otra niña apareció en la cocina y se lanzó contra sus piernas.

– ¡Mamá! ¡Mamaíta querida! ¡Me he encontrado con Max Barthillet en la escalera y me ha invitado a ver Peter Pan en su casa! Tiene el DVD… ¡Se lo ha traído su padre! ¿Puedo ir esta tarde después del colegio? No tengo deberes para mañana. ¡Di que sí, mamá, di que sí!

Zoé alzó un rostro repleto de confianza y amor hacia su madre, que no pudo resistirse y la abrazó fuertemente diciendo: «Claro que sí, claro mi niña, mi muñequita, mi bebé…».

– ¿Max Barthillet? -se lamentó Hortense-. ¿La dejas ir a su casa? ¡Tiene mi edad y está en la clase de Zoé! No para de repetir, terminará siendo aprendiz de carnicero o de fontanero.

– No hay de qué avergonzarse por ser carnicero o fontanero -protestó Joséphine-. Si no se le dan bien los estudios…

– No me gustaría que se metiera en la familia. ¡Tengo miedo de que se sepa! Tiene muy mala reputación, con esos pantalones enormes, sus cinturones con tachuelas y su pelo demasiado largo.

– ¡Oh, la miedica! ¡Oh, la miedica! -gritó Zoé-. Primero, no es a ti a quien ha invitado, ¡sino a mí! ¡Sí que voy, ¿eh, mamá?! Porque a mí ¡me da igual que sea fontanero! ¡Incluso le encuentro muy guapo! ¿Qué comemos hoy? Me muero de hambre.

– Huevos fritos con patatas.

– ¡Ummmm! ¿Me dejarás romper la yema del huevo, mamá? ¿Podré aplastarla con el tenedor y poner un montón de ketchup encima?

Hortense se encogió de hombros ante el entusiasmo de su hermana pequeña. Con diez años, Zoé tenía todavía los rasgos de un bebé: mejillas redondeadas, brazos regordetes, pecas en la nariz y hoyuelos que marcaban sus mejillas. Era toda redonda, le gustaba dar besos fuertes que marcaba ruidosamente tras haber cogido carrerilla y placado al feliz destinatario como un defensa de rugby. Tras lo cual se acurrucaba contra él ronroneando mientras jugaba con un mechón de su cabello castaño claro.

– Max Barthillet te invita porque quiere acercarse a mí -declaró Hortense masticando una patata frita con la punta de sus blancos dientes.

– ¡Oh, la chulita! Se cree siempre que hay alguien detrás de ella. Me ha invitado ¡solamente a mí! ¡Na, na, na! Ni siquiera te ha mirado en la escalera. Ni queriendo.

– La ingenuidad roza a veces la estupidez -contestó Hortense, mirando a su hermana por encima del hombro.

– ¿Y eso qué quiere decir, mamá? Dime.

– ¡Quiere decir que os calléis y comáis en paz!

– ¿Es que tú no comes? -preguntó Hortense.

– No tengo hambre -respondió Joséphine, sentándose a la mesa con sus hijas.

– Ese Max Barthillet puede seguir soñando -dijo Hortense-. No tiene ninguna posibilidad. Lo que yo quiero es un hombre guapo, fuerte, tan viril como Marión Brando.

– ¿Quién es Marión Bardot, mamá?

– Es un actor americano muy famoso.

– ¡Marión Brando! Es guapo, ¡pero qué guapo es! Salía en Un tranvía llamado deseo, fue papá el que me llevó a ver esa película… Papá dice que es una obra de arte.

– ¡Ummm! Tus patatas fritas están riquísimas, mamaíta.

– Por cierto, ¿papá no está? ¿Tiene una cita? -se preguntó Hortense secándose la boca.

Era el momento que tanto temía Joséphine. Posó sus ojos en la mirada interrogante de su hija mayor y después sobre la cabeza inclinada de Zoé, absorta mientras mojaba sus patatas fritas en la yema de huevo manchada de ketchup. Tenía que decírselo. De nada serviría dejarlo para más tarde o mentir. Tarde o temprano se enterarían. Habría sido mejor hablarles por separado. Hortense estaba tan unida a su padre, lo veía tan «chic» y con tanta «clase», y él hacía cualquier cosa por complacerla. No había querido que se hablara delante de sus hijas la falta de dinero o la angustia de un futuro incierto. Sólo se comportaba así con su hija mayor, no con Zoé. Ese amor sin fisuras era todo lo que le quedaba de su pasado esplendor. Hortense le ayudaba a deshacer las maletas cuando volvía de viaje, acariciando la tela de sus trajes, alabando la calidad de las camisas, alisando las corbatas con la mano, alineándolas una a una en las varillas del ropero. ¡Qué guapo eres, papá! ¡Qué guapo! El se dejaba querer, se dejaba alabar, cogiéndola a su vez en sus brazos y dándole un pequeño regalo sólo para ella, un secreto compartido. Joséphine les había sorprendido varias veces en sus conciliábulos conspirativos. Ella se sentía excluida de su complicidad. En su familia existían dos estamentos: los señores, Antoine y Hortense; y los vasallos, Zoé y ella.

Ya no podía dar marcha atrás. La mirada de Hortense se volvía pesada y fría. Esperaba una respuesta a su pregunta.

– Se ha ido…

– ¿Y a qué hora vuelve?

– No va a volver… En fin, al menos aquí.

Zoé había levantado la cabeza y Joséphine leyó en sus ojos que intentaba comprender lo que su madre había dicho pero no lo conseguía.

– Se ha ido… ¿para siempre? -preguntó Zoé, con la boca abierta de estupor.

– Me temo que sí.

– ¿Y ya no será mi papá?

– Pero ¡claro que sí! Pero ya no vivirá aquí, con nosotras.

Joséphine tenía miedo, mucho miedo. Habría podido indicar con exactitud dónde sentía el miedo, medir su longitud, su grosor, el diámetro del nudo que le apretaba el plexo y le impedía respirar. Le hubiese gustado acurrucarse entre los brazos de sus hijas. Le hubiese gustado que se abrazaran las tres e inventasen una frase mágica como las de los cuentos infantiles. Le hubiese gustado tantas cosas, poder rebobinar el tiempo, volver a los tiempos felices, el primer bebé, la vuelta de la maternidad, el segundo bebé, las primeras vacaciones los cuatro, la primera discusión, la primera reconciliación, el primer silencio que lo dice todo y que desemboca en el silencio que ya no significa nada, que finge; darse cuenta de cuándo se ha roto la cuerda, cuándo el chico encantador con el que se había casado se había convertido en Tonio Cortès, marido cansado, irritable, en paro, detener el tiempo y volver atrás, atrás…

Zoé se echó a llorar. Su rostro se arrugó, se torció, enrojeció y se llenó de lágrimas. Joséphine se inclinó hacia ella y la abrazó. Escondió su cara entre los cabellos suaves y rizados de la niña. Sobre todo debía evitar ponerse a llorar también. Debía ser fuerte y decidida. Mostrarles a las dos que no tenía medio, que las iba a proteger. Se puso a hablar sin temblar. Les repitió lo que todos los manuales de psicología aconsejan decir a los padres cuando se separan. Papá quiere a mamá, mamá quiere a papá, papá y mamá quieren a Hortense y a Zoé, pero papá y mamá no pueden vivir juntos más tiempo, así que papá y mamá se separan. Pero papá querrá siempre a Hortense y a Zoé y siempre estará allí a su lado, siempre. Tenía la impresión de estar hablando de gente que no conocía.

– En mi opinión, no se ha ido muy lejos -declaró Hortense con un tonillo afectado-. ¡Qué decadencia! ¡Hay que estar muy perdido y no saber qué hacer!

Suspiró, dejó en el plato la patata frita que estaba a punto de morder y, mirando a su madre, añadió:

– Pobre mamaíta, ¿qué vas a hacer?

Joséphine se sintió deplorable, pero le alivió recibir una prueba de conmiseración por parte de su hija mayor. Sobre todo le hubiese gustado que Hortense fuese más lejos y la consolase, pero se recuperó inmediatamente: era ella la que debía abrazar. Tendió un brazo hacia Hortense que le acarició la mano por encima de la mesa.

– Mi pobre mamá, mi pobre mamá… -suspiró Hortense.

– ¿Os habéis peleado? -preguntó Zoé, los ojos llenos de pavor.

– No, mi niña, hemos tomado esa decisión como dos adultos responsables. Papá está muy triste porque os quiere mucho, mucho. No es culpa suya, sabes… Un día, cuando seas mayor, comprenderás que no siempre hacemos lo que queremos en la vida. A veces, en lugar de decidir, los acontecimientos deciden por nosotros. Desde hace algún tiempo a papá le han pasado muchas cosas desagradables y prefiere marcharse, alejarse para no imponer su estado de ánimo. Cuando encuentre trabajo, os explicará por lo que ha pasado…

– Y entonces volverá, di mamá, ¿volverá?

– No digas tonterías, Zoé -le interrumpió Hortense-. Papá se ha ido, punto y final. Y no para volver, si quieres mi opinión. En cuanto a mí, no lo entiendo… Ella es una zorra, nada más.

Había pronunciado esa palabra con tono asqueado, y Joséphine comprendió que lo sabía. Conocía la infidelidad de su padre. Debía de saberlo desde mucho antes que ella. Quería decírselo pero, en presencia de Zoé, dudó.

– El único problema es que vamos a ser realmente pobres ahora… Espero que papá nos dé algo de dinero. Estará obligado ¿no?

– Escucha, Hortense… No hemos hablado de eso.

Se detuvo, consciente de que Zoé no debía oír el resto.

– Deberías ir a sonarte la nariz, cariño, y a lavarte un poco la cara -aconsejó a Zoé levantándola de sus rodillas y empujándola fuera de la cocina.

Zoé salió gruñendo y arrastrando los pies.

– ¿Cómo lo sabías? -preguntó Joséphine a Hortense.

– ¿Saber qué?

– Saber lo de… esa mujer.

– Bueno… mamá. ¡Lo sabe todo el barrio! ¡Me sentía molesta por ti! Me preguntaba cómo hacías para no ver nada.

– Lo sabía pero hacía como que no lo veía.

No era cierto. Lo había sabido el día anterior, se lo había dicho su vecina de rellano, Shirley, que le había hecho los mismos reproches que su hija: «Pero bueno, Joséphine, ¡abre los ojos, joder! ¡Te ponen los cuernos y ni te enteras! ¡Despierta! ¡Hasta la panadera se aguanta la sonrisa cuando te da el pan!».

– ¿Quién te lo dijo? -insistió Joséphine.

La mirada que le lanzó Hortense en ese momento la dejó helada. Era una mirada fría, llena del desprecio de la mujer sabia a la que no lo es, la mirada de una cortesana avisada hacia una tontita.

– Pobre mamá, ¡abre los ojos! ¿Has visto cómo te vistes? ¿Cómo te peinas? ¡Te has descuidado completamente! ¡No es extraño que busque en otro sitio! Ya va siendo hora de que dejes la Edad Media para vivir en nuestra época.

La misma voz, el mismo tono divertido, los mismos argumentos que su padre. Joséphine cerró los ojos, se puso las manos en los oídos y empezó a gritar.

– ¡Hortense! Te prohíbo que me hables en ese tono… Si podemos comer últimamente ¡es precisamente gracias a mí, y al siglo xii! Te guste o no. Y te prohíbo que me mires así. Soy tu madre, no lo olvides nunca, ¡tu madre! Y debes… Y no debes… Debes respetarme.

Balbuceaba, se sentía ridícula. Una nueva preocupación se le subió a la garganta: jamás conseguiría educar a sus dos hijas, no tenía la autoridad suficiente, nunca podría estar a la altura.

Cuando volvió a abrir los ojos, vio cómo Hortense la examinaba con curiosidad, como si la viese por primera vez, y lo que percibió en la mirada extraña de su hija no la tranquilizó. Se sintió terriblemente avergonzada de haber perdido el control. No nos confundamos, se dijo, soy yo la que debo dar ejemplo ahora que sólo me tienen a mí como punto de referencia.

– Lo siento, hija.

– No te preocupes, mamá, no importa. Estás cansada, en tensión. Ve a acostarte un poco, después te sentirás mejor…

– Gracias, gracias hija… Voy a ver qué hace Zoé.

* * *

Después de la comida y de que sus hijas volviesen al colegio, Joséphine llamó a la puerta de Shirley, su vecina. Tan pronto, y ya no soportaba estar sola.

Fue Gary, el hijo de Shirley, el que abrió. Tenía un año más que Hortense y estaba en su misma clase, pero ella no quería volver con él del colegio con la excusa de que vestía desastrosamente. Para no deberle nada, prefería no pedirle los apuntes cuando estaba enferma y faltaba a las clases.

– ¿No estás en el colegio? Hortense se ha ido ya.

– No tenemos las mismas optativas. Yo los lunes entro a las dos y media… ¿Quieres ver mi nuevo invento? Mira.

Y le mostró dos Tampax que movió sin que los hilos se enredaran. Era extraño: cada vez que un tampón se aproximaba al otro, a punto de tocarse los hilos de algodón blanco, se ponía a oscilar, y después a girar primero en pequeños círculos y luego en círculos cada vez más amplios sin que Gary moviese los dedos. Joséphine le miró, atónita.

– He inventado el movimiento perpetuo sin fuente de energía contaminante.

– Me recuerda al diábolo -dijo Joséphine por decir algo-. ¿Está tu mamá?

– Está en la cocina, recogiendo…

– ¿No la ayudas?

– No quiere, prefiere que invente cosas.

– ¡Buena suerte, Gary!

– ¡Ni siquiera me has preguntado cómo lo hago!

Parecía decepcionado y sostenía los dos Tampax como dos puntos de interrogación.

– No eres guay…

En la cocina, Shirley estaba en plena actividad. Con un gran delantal anudado a la cintura, recogía los platos, amontonaba los restos, los tiraba a la basura, los aclaraba bajo el agua corriente mientras que, en el fuego, se cocinaba lo que, a juzgar por los delicados aromas que desprendían, debían de ser un conejo a la mostaza y un potaje de verduras. Shirley era una incondicional de los productos naturales y frescos. No comía ningún tipo de conserva, ningún congelado, leía atentamente las etiquetas de todos los productos lácteos y autorizaba a Gary a comer un alimento químico a la semana para, decía, inmunizarle contra los peligros de la alimentación moderna. Lavaba la ropa a mano y con jabón de Marsella, la dejaba secar extendida sobre grandes toallas, veía poquísimo la televisión, escuchaba la BBC todas las tardes, la única radio inteligente, en su opinión. Era una mujer alta, ancha de hombros, el pelo rubio, corto y tupido, de grandes ojos dorados, la piel de un bebé tostado al sol. De espaldas, la llamaban señor y la empujaban, de frente, se apartaban con deferencia para dejarla pasar. Mitad hombre, mitad vampiresa, decía divertida, puedo darle a alguien un puñetazo en el metro y reanimar a mi agresor parpadeando. Shirley era cinturón negro de jiu-jitsu.

Escocesa de origen, contaba que había venido a Francia para estudiar en una escuela de hostelería y que se había quedado para siempre. ¡El encanto francés! Se ganaba la vida dando clases de canto en el conservatorio de Courbevoie, clases particulares de inglés a directivos hambrientos de éxito, y confeccionaba deliciosos pasteles que vendía a quince euros la unidad a un restaurante de Neuilly que le encargaba una decena semanal. Y a veces, más. Su casa olía a verdura que se rehoga, pastelería que se hincha, choco-late que se funde, caramelo que cristaliza, cebollas que se confitan y pican tones dorándose. Criaba, sola, a su hijo Gary; nunca hablaba del padre del niño, emitiendo, cuando se aludía a él, ciertos murmullos que indicaban la pobre opinión que tenía de los hombres, en general, y de este último, en particular.

– ¿Sabes con qué está jugando tu hijo, Shirley?

– No…

– ¡Con dos Tampax!

– Ah… no se los estará metiendo en la boca, espero.

– No.

– Perfecto. Al menos no se asustará la primera vez que una chica le ponga uno debajo de sus narices.

– ¡Shirley!

– Joséphine, ¿de qué te extrañas? Tiene quince años, ¡ya no es un bebé!

– Tu hijo no tendrá nada de poesía si le dices todo, le muestras todo, le explicas todo.

– ¡A la mierda la poesía! Eso es algo que han inventado para pegárnosla. ¿Sabes tú de alguna relación poética? Yo sólo sé de fraudes y escabechinas.

– ¡Eres dura, Shirley!

– Y tú, Joséphine, eres peligrosa con tus ilusiones… Bueno, ¿en qué punto estás?

– Tengo la impresión de vivir a cien por hora desde esta mañana. Antoine se ha marchado. Bueno, le he echado… Se lo he dicho a mi hermana, ¡se lo he dicho a mis hijas! ¡Por Dios, Shirley! Creo que he hecho una enorme tontería.

Se frotó los brazos como para entrar en calor, a pesar de las altas temperaturas de ese día de mayo. Shirley le acercó una silla y la obligó a sentarse.

– ¡No eres la primera mujer abandonada del siglo XXI! ¡Somos un montón! Y te voy a contar un secreto: sobrevivimos, y, aún más, sobrevivimos muy bien. Al principio es difícil, cierto, pero después, ya no podemos dejar de vivir solas. Ponemos de patitas en la calle al macho una vez que nos ha satisfecho, como las hembras del reino animal. ¡Una auténtica delicia! A mí, a veces, me entran ganas de organizarme cenas a la luz de las velas, sola conmigo misma…

– No he llegado a ese punto…

– Ya veo. Venga, cuenta… ¡Hace tanto tiempo que tenía que pasar! ¡Gary! Va a ser la hora de ir al colegio, ¿te has lavado los dientes? Todo el mundo lo sabía menos tú. Resultaba indecente.

– Es lo que me ha dicho Hortense… ¿Te das cuenta? ¡Mi hija de catorce años sabía lo que yo ignoraba! Debían de pensar que era una imbécil, además de cornuda. Pero te voy a decir una cosa, ahora me da igual e incluso me pregunto si no hubiese preferido no saber nada de nada…

– ¿Estás enfadada conmigo por habértelo contado?

Joséphine contempló el rostro tan puro, tan suave de su amiga, las minúsculas pecas sobre su nariz, corta y ligeramente torcida, los ojos color miel tachonados de verde, rasgados y grandes como los de una máscara y sacudió lentamente la cabeza.

– No podría enfadarme contigo. No tienes ninguna malicia. Debes de ser la persona más buena del mundo. Y además, esa chica, Mylène, ¡no tiene la culpa! Y él, si hubiese seguido trabajando, ni siquiera la habría mirado. Es… lo que ha pasado con su trabajo, el hecho de que lo hayan dejado en la cuneta con cuarenta años, ¡eso es inhumano!

– Déjalo, Jo. Estás ablandándote. ¡Dentro de poco va a ser culpa tuya!

– En todo caso soy yo la que le he echado. Me siento mal, Shirley. Hubiera debido mostrar más comprensión, más tolerancia.

– Lo estás mezclando todo. Lo que ha pasado hoy es lo que tenía que pasar… ¡Era mejor acabar antes de que no pudieseis soportaros más! Venga, anímate… Chin up!

Joséphine sacudió la cabeza, incapaz de articular palabra.

– Pero mira esta mujer excepcional: ¡está a punto de morirse de miedo porque un hombre la ha dejado! Venga, un cafetito, una buena onza de chocolate y ya verás, todo irá mejor.

– No lo creo, Shirley. ¡Tengo tanto miedo! ¿Qué pasará ahora? Nunca he vivido sola. ¡Nunca! No lo conseguiré. ¿Y las niñas?

Voy a tener que criarlas sin la ayuda de su padre… Tengo tan poca autoridad.

Shirley se detuvo, se acercó a su amiga y, cogiéndola por los hombros, la obligó a mirarla.

– Jo, dime de qué tienes miedo exactamente. Cuando se tiene miedo, siempre hay que mirarlo a la cara y darle un nombre. Si no, te aplasta y te arrastra como una ola gigantesca.

– ¡No, ahora no! Déjame… No tengo ganas de pensar.

– Sí. Dime exactamente qué te da miedo.

– ¿No habías dicho algo de un café y una onza de chocolate?

Shirley sonrió y giró la cabeza hacia la cafetera.

– Okay… pero, aun así, no te vas a librar.

– Shirley, ¿cuánto mides exactamente?

– Un metro setenta y nueve, pero no intentes cambiar de conversación… ¿Lo quieres con arábica o de Mozambique?

– Lo que quieras. Me da igual.

Shirley sacó un paquete de café, un molinillo de madera, lo llenó, se sentó en un taburete, se encajó el molinillo entre sus largos muslos y se puso a moler sin dejar de mirar a su amiga a los ojos. Decía que moler los granos a mano molía también los pensamientos.

– Me pareces tan guapa sentada así, con el delantal y…

– No te vayas por las ramas con cumplidos.

– Y yo me encuentro tan fea.

– ¡No va a ser eso lo que te da miedo!

– ¿Quién te ha enseñado a ser tan directa? ¿Tu madre?

– La vida. Se gana tiempo. Pero sigues haciendo trampas… Sigues evitando el tema.

Entonces Joséphine levantó la mirada hacia Shirley y, escondiendo sus puños entre los muslos, se puso a hablar, a hablar a toda velocidad, farfullando, volviendo a empezar, repitiendo las mismas cosas.

– Tengo miedo, tengo miedo de todo, soy una montaña de miedo… Me gustaría morir, aquí, ahora, y no tener que ocuparme de nada nunca más.

Shirley la contempló un buen rato, animándola con los ojos que decían: venga, venga, vamos, adelante.

– Tengo miedo de no conseguirlo, tengo miedo de terminar debajo de un puente, de ser desahuciada, tengo miedo de no volver a amar, tengo miedo de perder mi trabajo, tengo miedo de que se me acaben las ideas para siempre, tengo miedo de envejecer, tengo miedo de engordar, tengo miedo de morir sola, tengo miedo de no volver a reír, tengo miedo del cáncer de mama, tengo miedo del mañana…

Vamos, vamos, decía la mirada de Shirley mientras manejaba el molinillo de café, vacíalo todo, dime cuál es tu mayor miedo… lo que te paraliza y te impide crecer, convertirte en Jo la magnífica, Jo la imbatible sobre la Edad Media y las catedrales, los señores y los castillos, los siervos y los comerciantes, las damas y las damiselas, los clérigos y los prelados, las brujas y las horcas, la que cuenta tan bien la Edad Media que, a veces, tengo ganas de que vuelva… Siento algo que falta, una herida, una locura dentro de ti que te haga cojear, que te haga encogerte de hombros. Te observo desde hace siete años, los que llevamos compartiendo el mismo descansillo y los cafés y las charlas cuando él no está aquí…

– Venga -murmuró Shirley-, suéltalo todo.

– Me encuentro fea, muy fea. Me digo a mí misma que un hombre nunca volverá a enamorarse de mí. Estoy gorda, no sé vestirme, no sé peinarme, cada día voy a ser más vieja.

– Eso le pasa a todo el mundo.

– No, a mí me va a pasar el doble de rápido. Porque, ya lo ves, no hago ningún esfuerzo, me abandono. Lo sé…

– ¿Quién te ha metido esas ideas negativas en la cabeza? ¿El antes de irse?

Joséphine sacudió la cabeza sorbiéndose los mocos.

– No necesito que me ayuden. Sólo tengo que mirarme al espejo.

– ¿Y qué más? ¿Qué es lo que te da más miedo del mundo? ¿Qué es lo que te parece imposible de afrontar?

Joséphine alzó hacia Shirley una mirada interrogante.

– ¿No lo sabes?

Joséphine negó con la cabeza. Shirley la miró detenidamente a lo más profundo de los ojos y suspiró:

– Cuando hayas identificado ese miedo, ese miedo que es el origen de todos lo demás, entonces ya no tendrás ningún miedo y, por fin, te convertirás en ti misma.

– Shirley, hablas como una predicadora.

– O como una bruja. ¡En la Edad Media me habrían quemado!

Y es que, ciertamente, era un espectáculo extraño el de esas dos mujeres en la cocina entre cacerolas humeantes de tapas saltarinas; la una, con un largo delantal ceñido a la cintura, la espalda recta, apretando un molinillo de café entre sus largos muslos; y la otra, arrugada, roja, doblada sobre sí misma, acurrucándose a medida que hablaba… hasta que dejó de hablar del todo y terminó por echarse sobre la mesa y llorar, llorar mientras la otra la miraba, afligida, para tender después una mano y acariciarle la cabeza como se hace con los bebés para consolarles.

* * *

– ¿Qué haces esta noche? -preguntó Bérengère Clavert a Iris Dupin alejando el trozo de pan de su plato-. Porque si estás libre, podríamos ir juntas a la inauguración de Marc.

– Tengo una cena familiar en casa. ¿La inauguración de Marc es esta noche? Creí que era la semana que viene…

Se habían citado en ese restaurante de moda como hacían todas las semanas. Para hablar y para seguir la actualidad que surgía y desaparecía bajo sus ojos. Políticos que se susurraban información, una actriz que agitaba sus densos cabellos para impresionar a un director de cine, una, dos, tres modelos extraplanas cuyas caderas acababan de golpear contra la mesa, un anciano habitual, solo, sentado a la mesa alerta, como un cocodrilo en la ciénaga, ante cualquier chisme que llevarse a la boca.

Bérengère había vuelto a coger el trozo de pan y lo vaciaba excavándolo con golpecitos impacientes de su dedo índice.

– Todo el mundo tiene puestos sus ojos en mí. Cada mirada ajena, atenta a mis cambios de humor. No van a decir nada, los conozco. ¡Demasiado educados! Pero podré leer perfectamente en sus ojos: ¿qué tal le va a la pequeña Clavert? ¿Un poco triste por haber sido abandonada? ¿Dispuesta a abrirse las venas? Marc desfilará en brazos de su nueva novia… Y yo me pondré enferma. De humillación, de rabia, de amor y de celos.

– No te creía capaz de tanto sentimiento.

Bérengère se encogió de hombros. La ruptura con Marc había sido, como decía ella, suficientemente dolorosa para no añadir los dardos de una humillación pública.

– Los conozco, ¿sabes? ¡Vendrán con la artillería preparada! Van a dejarme en ridículo…

– Sólo tienes que aparentar que estás relajada, y te dejarán tranquila. Se te da tan bien poner cara de mala, querida. ¡No tendrás que hacer ningún esfuerzo!

– ¿Cómo puedes decir eso?

– Porque no conseguirás que confunda amor propio y amor. Estás molesta, no herida…

Bérengère comprimió la miga de pan con su índice derecho, la aplastó con un golpe seco y después la enrolló hasta que se convirtió en una larga serpiente que ennegrecía el mantel blanco; después, levantando bruscamente la cabeza, lanzó una mirada de hembra herida a su amiga, que se había inclinado para coger el teléfono que sonaba en su bolso.

Bérengère dudó entre derramar lágrimas por su destino o defenderse. Iris soltó el aparato que había dejado de sonar y le lanzó una mirada irónica. Bérengère eligió responder. Mientras se dirigía a esa comida, se había prometido no decir nada, preservar a su amiga del rumor persistente que corría por París. Pero Iris acababa de herirla con tal desenvoltura, tanto desprecio que no le dejaba otra opción: tenía que golpear. ¡Venganza! ¡Venganza!, gritaba todo su ser. Después de todo, se dijo para terminar de convencerse, es mejor que lo sepa por mí. Todo París habla de ello, y ella no se ha enterado.

No era la primera vez que Iris la hería. Incluso cada vez era más frecuente. Bérengère no soportaba la crueldad indolente de Iris, que soltaba las cuatro verdades como quien suelta la regla de tres a un mal estudiante. Ella había perdido a su amante, cierto, y su marido la aburría, desde luego, sus cuatro hijos eran una eno-josa carga, le encantaban los chismes y las calumnias, algo evidente, pero rechazaba el dejarse acosar sin protestar. Decidió, sin embargo, tomarse su tiempo antes de lanzar la primera flecha, puso los codos sobre la mesa, el mentón sobre sus manos y con una sonrisa remarcó:

– No es muy amable eso que acabas de decir.

– No es muy amable pero es estrictamente cierto, ¿no? ¿Quieres que disimule, que te mienta? ¿Que llore por ti también?

Hablaba con voz monocorde y cansina. Bérengère atacó, melosa.

– No todo el mundo puede tener como tú, un marido guapo, amable y rico. Si Jacques se pareciese a Philippe, no tendría ningunas ganas de irme con otros. Sería fiel, hermosa, buena… ¡Y serena!

– La serenidad no engendra deseo, deberías saberlo. Son dos nociones completamente ajenas la una a la otra. Se puede ser serena con el marido y ardiente con el amante…

– ¡Ah! ¿Es que tienes un amante?

La sorpresa provocada por la respuesta de Iris había precipitado la pregunta cruda y directa de Bérengère. Iris la miró a la cara, sorprendida. Bérengère solía ser más sutil. Estaba tan sorprendida que se echó hacia atrás en la silla y respondió:

– ¿Y por qué no?

En una fracción de segundo, Bérengère se estiró y se inclinó hacia Iris con los ojos convertidos en dos rendijas ardientes de curiosidad; sus labios se contrajeron, dispuestos a degustar el divino cotilleo. Iris la miró y se dio cuenta de que un extremo de la boca se levantaba sobre el lado izquierdo. La mujer juzga sin piedad el físico de otra mujer, aunque sea su amiga. Nada se le escapa y busca en la otra los signos del declive que ella misma sufre. Iris había pensado siempre que esa mirada era el cimiento más sólido de la amistad femenina: ¿qué edad tiene? ¿más joven, más vieja? ¿por cuánto? Todos esos cálculos rápidos, furtivos, hechos y vueltos a hacer entre dos bocados, dos comentarios, para consolarse o por el contrario desesperarse, establecen connivencias silenciosas y solidaridades tácitas.

– ¿Te has operado los labios?

– No… pero dime… dime.

Bérengère no podía esperar más, suplicaba, casi pataleaba, toda ella parecía decir: soy tu mejor amiga, me debes la exclusividad de la noticia. Esa impaciencia provocó cierta repugnancia en Iris, que intentó disiparla pensando en otra cosa. Su mirada cayó sobre el arco de la boca, hinchado en un lado.

– Y entonces ¿qué es ese pliegue?

Puso el dedo en la comisura izquierda de los labios de Bérengère y golpeó el pequeño montículo. Bérengère, molesta, sacudió la cabeza para liberarse.

– Te juro que te hace rara, ahí, a la izquierda, tienes el labio hinchado. ¿O es la curiosidad la que te deforma la boca? ¿Tanto te aburres como para agarrar el más pequeño chisme y devorarlo?

– ¡Deja de ser malvada!

– No te preocupes, en eso nunca te llegaré a la suela de los zapatos.

Bérengère se dejó caer sobre el respaldo de la silla y miró hacia la puerta de entrada, con aire desenvuelto. El restaurante estaba a rebosar de gente, pero no había ni una cara conocida. Poder ponerle nombre a una cabellera o a un perfil la tranquilizaba, pero ese día no encontraba ningún nombre que echarse a la boca de su curiosidad. «¿Soy yo o es que este sitio ha pasado de moda?», se preguntó presionando los brazos de la silla cuyo respaldo le martirizaba la espalda.

– Comprendería perfectamente que necesitases… compañía. Llevas mucho tiempo casada… El deseo no resiste al lavado de dientes matinal codo con codo en el cuarto de baño.

– No te equivoques, nuestros codos fornican aún bastante a menudo.

Bérengère se encogió de hombros.

– Imposible… No después de tantos años de matrimonio.

Y pensó, ¡no después de lo que me acabo de enterar!

Dudó un instante y después, con una voz ronca y sorda que intrigó a Iris, añadió:

– ¿Sabes lo que se murmura en París a propósito de tu marido?

– No me creo nada.

– Yo, de hecho, tampoco. ¡Es terrible!

Bérengère sacudió la cabeza como si no pudiera creérselo. Sacudió la cabeza para alargar un poco más el tiempo y la espera de su amiga. Sacudió la cabeza, por fin, para saborear una vez más la dulzura del veneno que destilaba. Frente a ella, Iris no rechistaba. Sus largos dedos de uñas rojas jugaban con el pliegue del mantel blanco, y esa era la única manifestación que podía parecerse a la impaciencia. A Bérengère le hubiese gustado que Iris la acosara, pero recordó que esa no era para nada la forma de ser de su amiga. La gran fuerza de Iris residía en aquella inercia que rayaba en la indiferencia absoluta, como si nada, nunca, pudiese alcanzarla.

– Se dice… ¿quieres saberlo?

– Si eso te divierte.

Había en los ojos de Bérengère un brillo de felicidad contenida a punto de estallar. Debía de ser serio, pensó Iris, no se pondría en ese estado por un rumor sin importancia. Y decir que pretende ser mi amiga. ¿En qué cama va a meter a Philippe? Philippe es un hombre al que las mujeres constantemente hacen guiños: hermoso, brillante, forrado. Los tres pilares, según Bérengère. Pelmazo, también, añadió Iris mientras jugaba con el cuchillo. Pero hay que vivir con él para saberlo. Y ella era la única que compartía la somnolienta vida cotidiana de ese marido tan codiciado. Resulta gracioso, esa amistad que consiste en no tratar bien a la persona que se quiere, sino en localizar el lugar más doloroso en donde hundir la estaca mortal.

Se conocían desde hacía mucho tiempo. Intimidad cruel entre dos mujeres que se juzgaban sin poder pasar la una sin la otra. Amistad a veces malhumorada y otras veces tierna, en la que cada una se medía con la otra, dispuesta a morder o a curar la herida. Según el estado de ánimo. Y la importancia del peligro. Ya que, se decía Iris, si me pasara algo grave, Bérengère estaría a mi lado. Rivales mientras tuviesen garras y dientes para morder, unidas si una de ellas empezara a tambalearse.

– ¿Quieres saberlo?

– Me espero lo peor -articuló Iris con una sonrisa divertida.

– Bueno, sabes, seguramente es una tontería…

– Date prisa, o pronto me habré olvidado de quién hablamos y será mucho menos divertido.

Cuanto más tardaba en hablar Bérengère, más molesta se sentía Iris, pues esa precaución oratoria significaba, sin duda alguna, que la información valía su peso en oro. Si no Bérengère la habría soltado sin dudar, echándose a reír ante la enormidad de la falsa noticia. Pero se estaba tomando su tiempo.

– Se dice que Philippe tiene una relación seria y… especial. Me lo ha dicho Agnés.

– ¡Esa arpía! ¿Todavía sigues viéndola?

– Me llama de vez en cuando…

Hablaban por teléfono todas las mañanas.

– Pero si no dice más que tonterías.

– Si hay alguien bien informado, esa es ella.

– ¿Puedo saber con quién retoza Philippe?

– Eso es lo que más duele.

– ¿Y donde se convierte en algo serio?

La cara de Bérengère se arrugó como el morro de un pequinés disgustado.

– Serio hasta el punto de…

Bérengère asintió con la cabeza.

– Y por esa razón has tenido la deferencia de avisarme.

– De todas formas te hubieses enterado y, en mi opinión, es mejor que estés preparada para enfrentarte…

Iris estrechó sus brazos contra su pecho y esperó.

– Tráigame la cuenta, pidió al camarero que pasaba cerca de su mesa.

Iba a invitar, imperial y magnánima. Le gustaba la elegancia glacial de André Chénier subiendo al cadalso y marcando la página del libro que estaba leyendo.

Pagó y esperó.

Bérengère se retorcía de disgusto. Le hubiese gustado borrar sus palabras. Se arrepentía de haberse dejado llevar por el chismorreo. Su placer había durado poco, pero preveía que haría falta mucho tiempo para borrar los daños. Era más fuerte que ella: tenía que escupir el veneno. Le encantaba hacer daño. A veces prometía resistirse, no calumniar. Se esforzaba por retener su lengua. Podía cronometrar su tiempo de resistencia. Como los buceadores de apnea. No aguantaba mucho.

– Oh, Iris, lo siento… No tendría que… Me odio a mí misma.

– ¿No crees que es un poco tarde? -respondió Iris, glacial, mirando su reloj. Lo siento pero, si quieres seguir jugando a alargarlo, no voy a poder esperar mucho tiempo.

– Bueno, ahí va… Se dice que sale con… un… un…

Bérengère la miraba fijamente, desesperada.

– Un… un…

– ¡Bérengère, deja de tartamudear! ¿Un qué?

– Un joven abogado que trabaja con él… -soltó Bérengère a toda velocidad.

Hubo un instante de silencio y después Iris miró de arriba abajo a Bérengère.

– Es original -dijo con una voz que se esforzó en mantener neutra-. No me lo esperaba… Te lo agradezco, gracias a ti voy a ser un poco menos estúpida.

Se levantó, agarró el bolso, se puso los guantes rosas de ganchillo muy fino, hundiendo cada dedo como si cada intervalo correspondiera a uno de sus pensamientos, y después, recordando quién se los había regalado, se los quitó y los dejó sobre la mesa delante de Bérengère.

Y salió.

No había olvidado ni la letra del pasillo ni el número de la plaza de aparcamiento y se metió en el coche. Permaneció allí un momento. Recta por educación, envarada por orgullo e inmóvil, atravesada por un dolor que aún no sentía pero que adivinaba inminente. No sufría, estaba perdida. Dispersa en mil trozos, como si una bomba hubiese explotado dentro de ella. Permaneció diez minutos sin moverse. Sin pensar. Insensible. Preguntándose qué era lo que realmente había que pensar, qué era lo que realmente sentía. Al cabo de diez minutos, sintió, extrañada, cómo su nariz se estremecía, su boca temblaba y dos gruesas lágrimas brillaban en el ángulo de sus grandes ojos azules. Las secó, resopló y arrancó el motor.

* * *

Marcel Grobz extendió el brazo por la cama para atraer hacia él el cuerpo de su amante, que se había separado con un vigoroso movimiento de caderas dándole la espalda de forma ostensible.

– Déjalo, bomboncito, no te enfurruñes. Sabes bien que no lo soporto.

– Te hablo de algo superimportante y no me escuchas.

– Que sí… Que sí… Venga, vamos… Te prometo que te escucho.

Josiane Lambert se relajó e hizo rodar su salto de cama en bordado malva y rosa contra el majestuoso cuerpo de su amante. Su amplio vientre se desbordaba de sus caderas, el vello rojo ornaba su pecho y una mata de pelo rubio rojizo coronaba su calva cabeza. Marcel, no era un jovencito, pero sus ojos de un azul vivo, despiertos, penetrantes, lo rejuvenecían considerablemente. «Tus ojos tienen veinte años», le susurraba Josiane al oído después de hacer el amor.

– Muévete, coges todo el sitio. Has engordado, ¡estás lleno de grasa! -le dijo ella pellizcándole la cintura.

– Demasiadas comidas de negocios en este momento. Son tiempos duros. Hay que convencer, y para convencer hay que adormecer la desconfianza del otro, hacerle comer y beber… ¡comer y beber!

– ¡Bueno! Te voy a servir una copa y así me escucharás.

– ¡Quédate aquí, bomboncito! Venga… te escucho. ¡Vamos!

– Bueno, entonces…

Había plegado la sábana por debajo de sus grandes senos blancos marcados por sus venas de un delicado violeta, y a Marcel le costaba separar la vista de aquellas dos esferas que había chupado ávidamente segundos antes.

– Hay que contratar a Chaval, darle responsabilidades e importancia.

– ¿Bruno Chaval?

– Sí.

– ¿Y por qué? ¿Estás enamorada de él?

Josiane Lambert soltó esa risa profunda y ronca que le volvía loco, y su mentón desapareció en tres collarines de grasa alrededor del cuello que se pusieron a temblar como gelatina inglesa.

– ¡Ummmmm! Cómo me gusta tu cuello… -gruñó Marcel Grobz hundiendo su nariz en uno de los círculos flácidos del cuello de su amante-. ¿Sabes lo que le dice un vampiro a la mujer a la que acaba de morder?

– Ni idea -respondió Josiane, que tenía más interés en no perder el hilo de su razonamiento y soportaba mal las interrupciones.

– Te lo agradezcuello.

– ¿Te lo agradezco qué?

– Te lo agradez… cuello.

– ¡Ah, qué gracioso! ¡Pero que muy gracioso! ¿Has terminado ya con tus jueguecitos de palabras y tus chistes? ¿Puedo hablar?

Marcel Grobz puso cara de arrepentido.

– No lo haré más, bombón cito.

– Como te iba diciendo…

Y como su amante volvía a hundirse una vez más en uno de los numerosos pliegues de su voluptuoso cuerpo:

– Marcel, si continúas me voy a poner en huelga. ¡Te prohíbo tocarme en cuarenta días y cuarenta noches! Y esta vez te prometo que lo cumplo.

La última vez, él, para romper la cuarentena, tuvo que regalarle un collar de treinta y una perlas cultivadas de los mares del sur, un broche cubierto de diamantes y una montura de platino. «Con certificado -había exigido Josiane-, sólo así me rendiré y te dejaré poner tus zarpas sobre mí».

A Marcel Grobz le volvía loco el cuerpo de Josiane Lambert.

A Marcel Grobz le volvía loco el cerebro de Josiane Lambert.

A Marcel Grobz le volvía loco el sentido común campesino de Josiane Lambert.

Así que aceptó escucharla.

– Hay que contratar a Chaval, si no se irá a la competencia.

– Ya casi no hay competencia, ¡me los he comido a todos!

– Abre los ojos, Marcel. Los has liquidado, es cierto, pero un buen día pueden resucitar y liquidarte a ti también. Sobre todo si Chaval les echa una mano… Venga… En serio, ¡escúchame!

Se había incorporado completamente, el busto ceñido a una sábana rosa, el ceño fruncido y la expresión seria. Tenía la expresión seria tanto para los negocios como para el placer. Era una mujer que nunca hacía trampas.

– Es muy sencillo: Chaval es un excelente contable además de un excelente vendedor. Odiaría verte un día enfrentado a un hombre que maneje a la perfección esas dos cualidades: la habilidad del vendedor y el rigor financiero del contable. El primero gana dinero con los clientes y el segundo lo rentabiliza al máximo. Sin embargo, la mayoría de la gente sólo posee uno de esos talentos…

Marcel Grobz también se había incorporado sobre un codo y, atento, escuchaba a su amante.

– Los comerciales saben vender, pero pocas veces dominan los aspectos financieros más sutiles de la transacción: el modo de pago, los vencimientos, los gastos de transporte, los descuentos. A ti mismo, si yo no estuviera allí, te costaría…

– Sabes muy bien que no podría vivir sin ti, bomboncito.

– Eso es lo que pretendes. Me gustaría tener unas cuantas pruebas tangibles.

– Lo que pasa es que soy un contable muy malo.

Josiane esbozó una sonrisa que mostraba que no la engañaba con esa salida por la tangente, y volvió a su razonamiento.

– Y, sin embargo, son esos hechos precisos, ¡esos aspectos financieros son los que marcan la diferencia entre un margen de tres cifras, de dos cifras o de cero cifras!

Marcel Grobz estaba ahora sentado, el torso desnudo, la cabeza apoyada contra los barrotes de la cama de bronce, y continuaba por su cuenta el razonamiento de su amante.

– Eso quiere decir, bomboncito, que antes de que Chaval comprenda todo eso, antes de que se enfrente a mí y me amenace…

– ¡Hay que atarle!

– ¿Y dónde lo meto?

– En la dirección de la empresa, y mientras él la hace crecer, nosotros nos dedicamos a diversificar, a desarrollar otras líneas… En este momento ya no tienes tiempo de anticiparte. Ya no actúas, reaccionas. Ahora bien, tu verdadero talento es el de vivir el presente, sentirlo, prever los deseos de la gente… Si contratamos a Chaval, le dejamos deslomarse con las tareas del presente mientras nosotros navegamos sobre las olas del mañana. ¿No está mal, eh?

Marcel Grobz agudizó el oído. Era la primera vez que ella decía «nosotros» cuando hablaba de la empresa. Y lo había dicho varias veces seguidas. Se separó de ella para observarla: estaba en tensión, el rostro enrojecido, la expresión concentrada y sus cejas unidas en una uve profunda y erecta de vello rubio. Pensó que esa mujer, esa amante ideal que no rechazaba ningún condimento sexual y poseía todo tipo de talentos, tenía, además, muchas ambiciones. ¡Qué diferencia con mi mujer, que me la chupa con los ojos cerrados, y eso con motivo de la elección de un nuevo papa! Por mucho que le dirija la cabeza, no viene. En cambio, Josiane no se andaba con chiquitas. A grandes golpes de caderas, de lengua, de peras, le enviaba al séptimo cielo, le hacía gritar ¡ay, Dios!, le volvía a excitar entre polvo y polvo, le lamía, le acariciaba, le enganchaba entre sus poderosos muslos y, cuando el último espasmo moría entre sus labios, le acurrucaba dulcemente entre sus brazos, le calmaba, le ponía a tono con un fino análisis de la marcha de la empresa antes de enviarle de nuevo al séptimo cielo. ¡Qué mujer!, se dijo. ¡Qué amante! Generosa. Hambrienta. Cariñosa en momentos de placer, dura en el trabajo. Blanca, lechosa, voluptuosa hasta el punto de preguntarse dónde esconde los huesos de su esqueleto.

Josiane trabajaba para él desde hacía quince años. Había acabado en su cama poco después de ser contratada como secretaria. Mujercita flacucha y triste cuando entró en la empresa, había prosperado con su ayuda. Poseía, como único título, el de una academia de tercera donde había aprendido mecanografía y ortografía -bueno… ortografía básica-, además de un curriculum caótico en el que destacaba que nunca permanecía mucho tiempo en un trabajo.

Marcel había decidido confiar en ella. Había en aquella mujercita un punto de hipocresía, de terquedad, que le gustaba sin que supiera bien por qué. Estaba llena de dientes y de espinas. Podía convertirse tanto en una aliada como en un enemigo temible. Cara o cruz, se dijo Marcel. Le gustaba jugar y la contrató. Procedía del mismo ambiente que él. La vida la había educado a base de bofetadas, de brutos pegándose contra ella; la habían manoseado, la habían penetrado sin derecho a defenderse. A Marcel le había bastado observarla un momento para comprender que sólo quería que la librasen de ese lodazal. «Mi salario llora de pobre que es, habría que devolverle la sonrisa», había declarado nueve meses después de su ingreso. Le concedió el aumento y algo mejor: la convirtió en una odalisca astuta y lista, desbordante de carne e inteligencia. Poco a poco ella había eliminado a sus otras amantes, las que le consolaban de la triste compañía conyugal. No las echaba de menos. Nunca se aburría con Josiane. De lo que se arrepentía era de haberse casado con Henriette. Esa escoba estreñida. Nunca dispuesta a gozar pero pronta a gastar, que derrochaba alegremente su dinero sin dar nada a cambio, ni físico ni sentimental. Pero ¡qué idiota fui casándome con ella! ¡Creí que iba a ascender socialmente! ¡Menudo ascensor! Siempre se quedó en el primer piso.

– Marcel, ¿me estás escuchando?

– Claro, bomboncito.

– ¡Se terminó el tiempo de los especialistas! Las empresas están llenas de ellos. Faltan de nuevo los generalistas, generalistas geniales. Y ese Chaval es un generalista genial.

Marcel Grobz sonrió.

– Te recuerdo que yo mismo soy un generalista genial.

– ¡Por eso te quiero, Marcel!

– Háblame de él.

Y mientras Josiane relataba la vida y carrera de ese empleado en el que él apenas se había fijado, Marcel Grobz revivía la suya. Padres judíos, inmigrantes polacos, que se instalaron en París en el barrio de la Bastilla, el padre sastre, la madre planchadora. Ocho hijos. En un piso con dos habitaciones. Pocos mimos, muchas tortas. Poca ternura, mucho pan seco. Marcel había crecido solo. Se había inscrito en una oscura escuela de química para obtener un diploma, y había encontrado su primer trabajo-encuna empresa de velas.

Allí fue donde aprendió todo. El dueño sin hijos le tomó cariño. Le prestó dinero para comprar una primera empresa en dificultades. Después una segunda… Hablaban los dos, por las noches, después de cerrar la tienda. Él le aconsejaba, le animaba. Así fue como Marcel se convirtió en «liquidador de empresas». No le agradaba mucho esa palabra, pero le gustaba comprar negocios moribundos que volvía a poner en pie con su buen hacer y su capacidad para el trabajo. Contaba que se dormía a menudo encendiendo una vela y se despertaba antes de que se hubiese consumido. Contaba también que todas sus ideas las había tenido mientras caminaba. Recorría las calles de París, observaba a los pequeños comerciantes detrás del mostrador, los escaparates, las mercancías desbordantes sobre las aceras. Escuchaba a la gente hablar, gruñir, gemir y con ello deducía sus sueños, sus necesidades, sus deseos. Predijo, mucho antes que el resto, las ganas de replegarse en el nido, el miedo al exterior, a lo extraño, «el mundo se está volviendo demasiado duro, la gente tiene ganas de meterse en su casa, en su hogar, rodeado de accesorios como una vela, un juego de mesa, un plato o un camino de mesa». Había decidido concentrar todos sus esfuerzos en el concepto hogar. Casamia. Ese era el nombre de su cadena de establecimientos repartidos por París y provincia. Uno, luego dos, tres, cinco, seis, nueve negocios se habían reconvertido de esta forma en tiendas Casamia de velas perfumadas, de centros de mesa, de lámparas, canapés, marcos, perfumes de interior, de estores y cortinas, de accesorios para el cuarto de baño, la cocina. Y todo, a precios bajos. Fabricado en el extranjero. Había sido de los primeros que crearon fábricas en Polonia, en Hungría, en China, Vietnam, en la India.

Pero un día, un día maldito, un proveedor le había dicho: «Están muy bien sus artículos, Marcel, pero en las tiendas, al decorado le falta algo de clase. Debería contratar a una estilista que diera homogeneidad a sus productos, ese no sé qué que añadiese valor a su empresa». El había meditado profundamente ese asunto y, sin pensárselo dos veces, había contratado a…

Henriette Plissonnier, viuda seca pero con clase, que sabía, mejor que nadie, colocar el drapeado de una tela o crear un decorado con dos briznas de paja, un trozo de satén y una cerámica. «¡Qué clase!», se había dicho al verla cuando se presentó en respuesta al anuncio. Acababa de perder a su marido y educaba sola a sus dos niñas. No tenía ninguna experiencia, «sólo una excelente educación y el sentido innato de la elegancia, de las formas y los colores -le había dicho mirándolo de arriba abajo-. ¿Quiere que se lo demuestre, señor?». Y sin que tuviese él tiempo de responder, había desplazado dos jarrones, desenrollado una alfombra, colocado una cortina, cambiado tres naderías en su despacho, que, de repente, pareció surgido de una revista de decoración. Después se había sentado y había sonreído satisfecha. La contrató primero como encargada de accesorios, para después ascenderla a decoradora. Ella concebía los escaparates, se ocupaba de destacar la promoción del mes -copas de champán, guantes de cocina, delantales, lámparas, tulipas, candelabros-, participaba en la elección de pedidos, se ocupaba de la «tonalidad» de la temporada: temporada azul, temporada bronce, temporada blanca, temporada dorada… Él se enamoró de aquella mujer que representaba un mundo inaccesible para él.

Cuando la besó por primera vez, creyó rozar una estrella.

Durante la primera noche juntos, la fotografió con una Polaroid mientras dormía y guardó la foto en su cartera. Ella nunca lo supo. El primer fin de semana la llevó a Deauville, al hotel Normandy. Ella no quiso salir de la habitación. El pensó que era pudor, todavía no estaban casados; más tarde comprendió que le había dado vergüenza que la viesen con él.

Él le propuso matrimonio. Ella respondió: «Tengo que pensármelo, no estoy sola, tengo dos hijas pequeñas, como sabe». Se empecinaba en tratarlo de usted. Le había hecho esperar seis meses sin hacer nunca alusión a su demanda, lo que le volvía loco. Un día, sin que él supiese por qué, le había dicho: «¿Se acuerda usted de la proposición que me había hecho? Pues bien, si sigue en pie, la respuesta es sí».

En treinta años de matrimonio, nunca la llevó a casa de sus padres. Ella les vio una sola vez, en un restaurante. Al salir, mientras se ponía los guantes y buscaba con la mirada el coche con chófer que él había puesto a su disposición, le había dicho simplemente: «De ahora en adelante, les verá por su lado si quiere, pero sin mí. No creo que sea necesario continuar con esta relación…».

Fue ella la que le bautizó Chef, jefe. Le parecía que Marcel era demasiado común. Ahora todo el mundo le llamaba Chef. Salvo Josiane.

Si no, él era Chef. Chef que firmaba los cheques. Chef que presidía la mesa en las cenas de compromiso. Chef al que se le interrumpía cuando hablaba. Chef que dormía aparte en una habitación minúscula, en una cama diminuta, en una esquina del inmenso apartamento.

Y, sin embargo, le habían prevenido. «Te equivocas con esa mujer -le había dicho René, su encargado y amigo con el que bebía al salir del trabajo-. ¡No debe de ser fácil de ordeñar!». El había tenido que reconocer que René tenía razón. «A duras penas me deja montarla. Y ni te cuento lo que me cuesta que se incline hasta el canario, ¡muerto de hambre! Hay que sujetarla fuerte y con la nuca bien apoyada. Muchas veces me tengo que dormir con las ganas, con esa mujer, y el pobre canario, la mayor parte del tiempo a media asta. Ni hablar de manoseos o mamadas. Se hace la remilgada». «Pues entonces… déjala», le había dicho René. Y, sin embargo, Chef dudaba: Henriette le mantenía en sociedad. «Sólo tengo que llegar con ella a una cena para que los invitados me miren de otra manera… ¡Y te juro que hay contratos que nunca habría firmado sin ella!». «Pues yo, si fuera tú, ¡pagaría a una profesional! Una puta con estilo, que las hay. Sólo tienes que encontrar una que te valga para la cena y para la cama. ¡Al precio que pagas por la legítima…!».

Marcel Grobz se partía de la risa.

Pero había seguido con Henriette. La había nombrado finalmente presidenta del consejo de administración. Bien a su pesar: si no, ella se exacerbaba. Y cuando Henriette se exacerbaba, de insoportable pasaba a ser detestable. Así que había cedido. Se habían casado con un contrato de separación de bienes, y él había realizado una donación a su nombre. Cuando muriese, ella heredaría todos sus bienes. Había caído en la trampa. Cuanto peor le trataba, más se ataba a ella. Llegó a decirse que le habían dado demasiadas tortas de pequeño, y que le había cogido el gusto; el amor no estaba hecho para él. Era una explicación que le convenía.

Y entonces llegó Josiane. El amor había entrado en su vida. Pero hoy, con sesenta y cuatro cumplidos, era demasiado tarde para volver a empezar. Si se divorciaba, Henriette reclamaría la mitad de su fortuna.

– Y de eso nada -protestó en voz alta.

– Pero ¿por qué, Marcel? Le podemos hacer un buen contrato sin darle participación o simplemente una pequeña para que se sienta implicado y no tenga ganas de irse a otra parte.

– Pequeñita, entonces.

– Bien.

– ¡Joder, qué calor! Se me están derritiendo las bolas. ¿Podrías ir a buscarme una naranjada helada…?

Ella salió de la cama entre siseos de bordados y muslos frotándose. Había engordado otra vez. Marcel no pudo evitar sonreír. Le gustaban las mujeres jamonas.

Sacó tabaco de su pitillera sobre la mesita de noche, se puso a cortarlo, a enrollarlo, a aspirarlo para después encenderlo. Pasó la mano sobre su calva. Hizo una mueca de disgusto. Habrá que vigilar a ese Chaval. No darle demasiado poder ni importancia en la empresa. También habrá que comprobar que la pequeña no esté colada por él… ¡Señor! Con treinta y ocho años, debe de tener ganas de carne fresca. Y de un buen sitio en primera fila. Siempre escondida, obligada a la ilegitimidad por culpa de la Escoba, eso no es vida ¡pobre Josiane!

– No puedo quedarme esta noche, bomboncito. Tengo cena en casa de la hija de la Escoba.

– ¿La puntiaguda o la redonda?

– La puntiaguda… Pero la redonda también estará. Con sus dos hijas. De las que una, no te digo que no, está bien espabilada. Tiene una forma de mirarme… Qué quieres que te diga: me cae bien, esa chavalilla. Me gusta, tiene mucha clase, ella también…

– Me tienes frita con tu clase, Marcel. Si no estuvieses allí haciendo de banca, estarían pasándolas canutas, esas. Harían como todo el mundo, ¡poner la boca o el culo!

Marcel prefirió no armarla y le dio una palmadita en el trasero.

– No importa -siguió ella-, tengo que terminar las nóminas e invitaré a Paulette a venir a ver una película. Tienes razón, ¡hace un calor! No soporta una ni las bragas.

Le acercó un vaso de naranjada helada que él se bebió de un solo trago, y después, rascándose la barriga, emitió un sonoro eructo y se echó a reír.

– ¡Ay, si Henriette me viese! Se le caerían las medias.

– No me hables de esa si quieres que siga siendo tu cariñito.

– Vamos, bomboncito, no te enfades… Sabes bien que ya no la toco.

– ¡Faltaría más! ¡Que te encontrase en la cama con la señora marquesa!

Le faltaban palabras y estaba a punto de ahogarse de indignación.

– ¡Esa golfa, esa puta!

Ella sabía que a él le gustaba oír insultar a la Escoba. Le excitaba que ella encadenara invectivas como quien desgrana un viejo rosario. El comenzó a retorcerse en la cama mientras ella continuaba con su voz grave y ronca: «Esa estirada con el culo seco, esa señoritinga amarilla como un membrillo, ¿es que se tapa la nariz cuando va al váter? ¿Es que no tiene nada entre las piernas, esa inmaculada? ¿Es que nunca se deja empalar por una buena pértiga bien afilada que la penetre hasta los dientes y le haga saltar los plomos?».

Esa él nunca la había oído. Fue como si un sablazo le atravesara los riñones y le proyectara hacia delante, las piernas estiradas, el cuello y la nuca proyectado contra la cabecera de la cama. Atrapó los barrotes de bronce con sus peludas manos, extendió las piernas, tensó el vientre, sintió cómo su sexo se endurecía hasta el dolor y, mientras ella continuaba soltando invectivas cada vez más groseras, cada vez más soeces, soltando insultos como quien tira de la cadena del váter, sintió que no podía más y la atrapó y la pegó contra él jurando que iba a comérsela una y otra vez.

Josiane se dejó caer en la cama suspirando de placer. Ella amaba a su osito. Nunca había visto otro hombre más generoso y vigoroso. ¡A su edad! Y dispuesto varias veces al día. No era del tipo de los que se aliviaban solos mientras que la otra contaba las moscas del techo. A veces había que ponerle a tono. Ella tenía miedo de que un día se le quedase tieso entre sus piernas, con su apetito de ogro hambriento.

– Qué haría yo si no estuvieses aquí, Marcel.

– Encontrarías a otro tan gordo, tan feo y tan tonto para que te mimara. Eres una llamada al amor, tortolita. Serían miles los que querrían relamerse contigo.

– No me hables así. ¡Me da miedo! Me sentiría tan indefensa si te fueses.

– Que no… que no… Venga, ven con papaíto… Se está poniendo triste…

– ¿Seguro que me has dejado algo si alguna vez tú…?

– ¿Si estiro la pata? ¿Es eso, tortolita? Por supuesto, y puedo incluso afirmar que estarás en la primera fila de los mejor servidos. Quiero que ese día te pongas guapa. Que te cuelgues tus perlas blancas y tus diamantes. Que estés a mi altura en el despacho del notario. Que se mueran todos de rabia. Que no se diga «¡y es esa golfa a la que ha dejado toda esa pasta!». Al contrario: ¡que se inclinen! Ay, me gustaría tanto estar allí para verle la jeta a la Escoba. No os haríais amigas…

Y Josiane, más contenta, descendió ronroneando hasta el sexo adornado de pelos blancos de su amante y se lo metió con apetito en su boca de tragona impenitente. No tenía ningún mérito: había aprendido desde muy pequeña lo que aplacaba a los hombres y les hacía felices.

* * *

Iris Dupin volvió a casa, dejó caer las llaves del coche y de la casa en la copa prevista para ese uso sobre el pequeño velador de la entrada. Después se libró de su chaqueta, tiró sus zapatos, su bolso y sus guantes sobre el gran kilim comprado en Drouot una tarde de invierno lúgubre y fría en compañía de Bérengère, pidió a Carmen, su fiel asistenta, que le trajera un whisky bien cargado con dos o tres hielos y un chorro de Perrier, y fue a refugiarse en la pequeña habitación que le servía de despacho. Nadie tenía permiso para entrar, salvo Carmen, una vez a la semana, para limpiar.

– ¿Un whisky? -preguntó Carmen, los ojos como platos. ¿Un whisky en plena tarde? ¿Está usted enferma? ¿Se le ha caído el mundo encima?

– Algo parecido, Carmen, y sobre todo, sobre todo ninguna pregunta. Necesito estar sola, pensar y tomar una decisión…

Carmen se encogió de hombros y murmuró «y ahora se pone a beber sola. Una mujer tan bien educada».

En el pequeño despacho, Iris se acurrucó en el sofá.

Su mirada recorrió su guarida como si buscara argumentos para una respuesta inmediata o un perdón distraído. Pues, se dijo extendiendo sus piernas sobre el sofá de terciopelo rojo cubierto con un chal de cachemira, la cosa es simple: o me enfrento a Philippe, declaro que la situación es insoportable y emprendo la fuga llevándome a mi hijo, o espero, sufro, me aguanto, rezando para que este mal asunto no crezca demasiado. Si me voy, daré la razón a las malas lenguas, expondré a Alexandre al escándalo y perjudicaré los negocios de Philippe, y por ende los míos… Además, me convertiré en objeto de una piedad insana y malintencionada.

Si me quedo…

Si me quedo, prolongo un malentendido que dura mucho tiempo. Prolongo un confort en el que llevo adormilada desde hace mucho tiempo también.

Su mirada recorrió la pequeña habitación, elegante, refinada, de boiserie clara en la que le gustaba refugiarse. La mesa baja Leleu de tres patas con tabla redonda de vidrio transparente, el jarrón pico de loro Colotte de cuerpo ovalado en cristal blanco con detalles tallados a mano, la lámpara de techo Lalique de vidrio soplado y cordones dorados, el par de lámparas de cristal opalescente retorcido. Cada objeto le transmitía belleza y nada le gustaba más que permanecer encerrada en su despacho y desplazarse con la vista por la habitación para contemplarlos. Esa belleza me la enseñó Philippe, y ahora no puedo estar sin ella. Su mirada se detuvo en una foto que los representaba, a Philippe y a ella, el día de su boda, ella toda de blanco, él en traje gris. Sonreían a la cámara. El había colocado su brazo sobre su hombro, en un gesto de protección amorosa, ella se abandonaba como si nunca pudiese pasarle nada. Se distinguía el sombrero de su suegra en una esquina de la foto, arriba a la izquierda: una gran pamela rosa con lazos de gasa fucsia y malva.

– ¿Y ahora se ríe sola? -preguntó Carmen que entraba en el despacho, trayendo la bandeja con un vaso de whisky, una botellita de Perrier y una cubitera.

– Mi querida Carmen… Créeme, es mejor que me ría.

– ¿Tan grave es, que podría usted llorar?

– Si yo fuese normal, sí, Carmencita.

– Pero usted no es normal…

Iris suspiró.

– Déjame, Carmencita…

– ¿Pongo la mesa para esta noche? He preparado un gazpacho, una ensalada y un pollo a la vasca. Hace tanto calor. No tendrán hambre… No he pensado nada para el postre, ¿fruta, quizás?

Iris lo aprobó y le hizo una señal con la mano para que la dejase sola.

Sus ojos se posaron sobre el cuadro que le había regalado Philippe cuando nació Alexandre: Los enamorados de Jules Bretón. Ella había sentido un flechazo ante ese óleo durante una subasta en beneficio de la Fundación para la Infancia, y Philippe, forzando la puja, se lo había regalado. Representaba a dos enamorados en el campo. La mujer pasaba el brazo alrededor del cuello del hombre, y él, arrodillado, la atraía hacia sí. Gabor… La fuerza de Gabor, el cabello negro y espeso de Gabor, los brillantes dientes de Gabor, las caderas de Gabor… Ella no habría renunciado a ese cuadro por nada del mundo. Se agitaba sobre su silla, y la mano de Philippe vino a posarse sobre su nuca. El había hecho una ligera presión para decirle: cálmate, querida, tendrás ese cuadro.

Iban a menudo a las salas de subasta. Compraban cuadros, joyas, libros, manuscritos y muebles. Compartían la pasión por descubrir, por catalogar y por pujar. La Naturaleza muerta con flores de Bramvan Velde, la habían comprado en Drouot, hacía diez años. El ramo de flores de Slewinski, el Barceló adquirido después de la exposición en la fundación Maeght, los dos jarrones del mismo artista, de cerámica, completamente abollados que ella misma había ido a buscar a su taller en Mallorca. Y la larga carta manuscrita de Cocteau en la que habla de su relación con Nathalie Paley… Sus palabras resonaron en la memoria de Iris. «Él quería un hijo, pero se comportaba conmigo de forma tan eficaz como lo puede ser un perfecto homosexual atiborrado de opio…». Si abandonaba a Philippe, quedaría privada de toda esa belleza. Si abandonaba a Philippe, debería empezar de nuevo.

Sola.

Esa única palabra le provocó un escalofrío. Las mujeres solas le horrorizaban. ¡Había tantas! Siempre corriendo, desviviéndose, el rostro pálido, el gesto ávido. La vida de la gente es terrible hoy en día, se dijo mojando los labios en su whisky. Flota en el aire una angustia espantosa. ¿Cómo podría ser de otro modo? Les agarran por el cuello, les obligan a trabajar de sol a sol, les embrutecen, les producen necesidades que no tienen nada que ver con ellos, que les pierden, que les pervierten. Se les prohíbe soñar, rezagarse, perder el tiempo. Se les usa y se les tira. La gente ya no vive, se gasta. A fuego lento. Gracias a Philippe, al dinero de Philippe, ella disfrutaba de ese privilegio incomparable: no se gastaba. Se tomaba su tiempo. Leía, iba al cine, al teatro, no tanto como hubiese podido, pero se divertía. Desde hacía algún tiempo, en el mayor de los secretos, escribía. Una página cada día. Nadie lo sabía. Se encerraba en su despacho y garabateaba palabras, en torno a las cuales, si la inspiración no llegaba, dibujaba alas, patas de mosca, estrellas. Avanzaba a duras penas. Copiaba fábulas de La Fontaine, releía Los caracteres de La Bruyére o Madame Bovary para ejercitarse en encontrar la palabra exacta. Se había convertido en un juego, a veces una delicia, a veces una tortura, el encontrar el sentimiento y vestirle con la palabra justa que debía envolverle, como un abrigo. Se encerraba entre las cuatro paredes de su despacho. E incluso si tiraba muchas de las hojas que escribía, debía reconocer que ese trabajo minucioso añadía cierta intensidad a su vida. Ya no tenía ganas de dejarla pasar entre comidas insípidas o tardes de compras.

Ya había escrito antes. Guiones que quería rodar. Lo había dejado todo cuando se casó con Philippe.

Si quisiera, podría volver a escribir… Si tuviese valor, claro. Porque hace falta valor para permanecer encerrada durante horas triturando palabras, dibujando patitas velludas o alas para que se echen a andar o a volar.

Philippe… Philippe, repitió estirando ampliamente una larga pierna bronceada mientras tintineaban los hielos de su whisky con Perrier, ¿para qué abandonarle?

¿Para meterme en esa estúpida carrera? ¿Para parecerme a esa pobre Bérengère que bosteza después de hacer el amor? ¡Ni hablar! Ahí no hay más que llanto y rechinar de dientes. ¿Dónde están los hombres? Gritan las mujeres amotinadas. Ya no hay hombres. Ya no puede una enamorarse.

Iris se sabía de memoria su lamento.

O bien son guapos, viriles e infieles ¡y lloramos!

O bien son vanidosos, fatuos e impotentes ¡y lloramos!

O bien son cretinos, pegajosos, idiotas ¡y les hacemos llorar!

Y lloramos por quedarnos solas llorando.

Pero continúan buscándoles, siempre esperándoles. Hoy son las mujeres las que buscan a los hombres, son las mujeres las que los reclaman a voz en grito, son las mujeres las que están en celo. ¡Y no los hombres! Contratan agencias y rebuscan en Internet. Es la última moda. Yo no creo en Internet, creo en la vida, en la carne de la vida, creo en el deseo que arrastra la vida, y si el deseo se agota, es que ya no eres digna de él.

En otro tiempo amaba la vida. Antes de casarse con Philippe Dupin, había amado la vida con locura.

Y en esa vida anterior, había deseo, esa «fuerza místeriosa que hay detrás de cada cosa». ¡Cómo le gustaban esas palabras de Alfred de Musset! El deseo que hace que toda la superficie de la piel se alumbre y desee la superficie de otra piel de la que no se sabe nada. Antes de conocerse ya son íntimos. Ya no se puede vivir sin la mirada del otro, sin su sonrisa, sin su mano, sin sus labios. Se pierde el rumbo. Se vuelve uno loco. Se le seguiría al fin del mundo, mientras la razón dice: Pero ¿qué sabes tú de él? Nada, nada, ayer mismo no sabíamos ni su nombre. ¡Qué hermoso ardid inventado por la biología para el ser humano, que se creía tan fuerte! ¡Qué triunfo el de la piel sobre el cerebro! El deseo se infiltra en las neuronas y las embota. Nos encadenamos, nos privamos de libertad. En la cama, en todo caso…

El último eslabón de vida primitiva.

No existe la igualdad sexual. No estamos en igualdad porque nos volvemos salvajes. La hembra vestida con pieles bajo el macho vestido con pieles. ¿Qué era lo que decía Joséphine el otro día? Hablaba de la divisa del matrimonio en el siglo XII y eso me hizo estremecer. Yo la oía sin escucharla realmente, como de costumbre y, de pronto, fue como si me diera un hachazo entre las piernas.

Gabor, Gabor…

Su altura de gigante, sus largas piernas, su inglés duro y violento. «Iris, please, listen to me… Iris, I love you, and it's not for fun, it's for real, for real, Iris…». [1]

Su forma de decir Iris. Ella oía Irish…

Su forma de arrastrar las erres le daban ganas de arrastrarse bajo él.

«Con él y bajo él». ¡Esa era la divisa del matrimonio y el siglo XII!

Con Gabor y bajo Gabor.

Gabor se extrañaba cuando me resistía, cuando quería conservar mis privilegios de mujer liberada, hacía estallar su risa de hombre agreste: «¿Quieres excluir la fuerza?, ¿la dominación?, ¿la capitulación? Pero si es lo que produce la llama entre nosotros. Estás loca, mira en lo que se han convertido esas feministas americanas: en mujeres solas. ¡Solas! Y eso, Iris, es la desgracia de la mujer…».

Se preguntaba qué habría sido de ese hombre. A veces se dormía soñando que venía a llamar a su puerta y ella se echaba a sus brazos. Enviaba todo al garete: los chales de cachemira, los grabados, los dibujos, los cuadros. Se iba con él, a recorrer el mundo.

Pero entonces… dos pequeñas cifras gemelas venían a romper la superficie de su sueño. Dos cangrejos en rojo vivo cuyas pinzas cerraban con grandes cerrojos la puerta entreabierta de su fantasía: 44. Ella tenía cuarenta y cuatro años.

Su sueño se estrellaba. Demasiado tarde, se reían sarcástica-mente los cangrejos blandiendo sus pinzas-candado. Demasiado tarde, se decía ella misma. Estaba casada ¡y seguiría casada! Eso era lo que tenía intención de hacer.

Pero para ello tendría que defender la retaguardia. No fuera a suceder que su marido se encendiera y se fugara con ese joven vestido de negro. Tendría que pensar en ello.

Ante todo, lo urgente era esperar.

Hundió sus labios en el vaso que le había traído Carmen y suspiró. Habrá que empezar a disimular desde esta misma noche…

* * *

Joséphine constató, aliviada, que no tendría que coger el autobús (dos transbordos) para ir a cenar a casa de su hermana: Antoine le había dejado el coche. Se sintió rara al sentarse frente al volante. Para salir del garaje había que teclear un código. Como nunca lo había hecho, metió la mano en su bolso en busca de su agenda, donde lo había anotado.

– 2513 -resopló Hortense, sentada a su lado.

– Gracias, cariño…

El día antes Antoine había llamado; había hablado con sus hijas. Primero Zoé, luego Hortense. Después de dejar el teléfono, Zoé había entrado en la habitación de su madre, que leía tumbada en la cama, y se había echado a su lado, el pulgar en la boca y Néstor, su peluche, pegado a su mentón. Habían permanecido las dos en silencio durante un buen rato y después Zoé había suspirado «hay tantas cosas que no entiendo de la vida, mamá, es aún más difícil que el colegio…». Joséphine había sentido ganas de decirle que ella tampoco entendía ya nada de la vida. Pero se había retenido. «Mamá, cuéntame la historia de Mi Reina», había pedido Zoé estrechándose con fuerza contra ella. «Ya sabes, la que nunca tenía frío, que nunca tenía hambre, la que nunca tenía miedo, la que defendía su reino contra las hordas de soldados y había sido la madre de príncipes y de princesas. Cuéntame otra vez cómo ella se había casado con dos reyes y había reinado en dos países a la vez…». A Zoé le gustaba por encima de todas la historia de Leonor de Aquitania. «¿Empiezo por el principio?», había preguntado Joséphine. «Cuéntame la primera boda -dijo Zoé, el pulgar en la boca-cuéntame el día en que, con quince años, se casó con Luis VII, el buen rey de Francia… Cuéntamelo empezando por el baño de tomillo y romero, ya sabes, que le había preparado su sirvienta trayendo grandes jarros de agua hirviendo a la bañera de madera. Cuéntame el emplaste de trigo que se puso en la cara para tener buen aspecto y esconder los granitos… Y las hierbas frescas que se extendieron en torno a la bañera para que no mojara el parqué. ¡Cuenta, mamá, cuenta!».

Joséphine había empezado y la magia de las palabras había inundado la habitación como un cuento de Navidad: «Ese día, todo Burdeos era una fiesta. En los muelles de la ciudad, instalado en el campamento de tiendas arlequinadas tocadas con penachos, Luis VII, el heredero de la corona de Francia, acompañado por sus caballeros, sus pajes y sus escuderos, esperaba a que su novia, Leonor, hubiese terminado de prepararse en el castillo de l'Ombriére». Relató después con detalle el baño de Leonor, las hierbas, los ungüentos, los perfumes que le presentaban sus camareras y sus damas de compañía para que fuese la mujer más hermosa de Aquitania. Cuando dio suficientes detalles para encender la imaginación de Zoé, Joséphine sintió su peso sobre su brazo y continuó durante unos minutos. «Estamos en julio de 1137 y el sol ilumina las murallas del castillo. La fiesta de los esponsales durará varios días y varias noches como es costumbre en esa época, y Luis, sentado junto a la deslumbrante joven de vestido escarlata con largas mangas abiertas y bordadas con armiño blanco, parecía un rey bastante frágil, joven y enamorado entre escupefuegos, tambores y tamboriles, domadores de osos y equilibristas, pajes que servían el vino y llenaban los platos de carnes asadas que llegaban casi frías de la cocina pues, en aquella época, las cocinas estaban muy lejos de la sala de fiestas. Hermosa y llena de frescura, Leonor canturreaba el estribillo que le había enseñado su nodriza en su boda:

Mi corazón es vuestro,

mi cuerpo es vuestro,

cuando mi corazón se metió en vos,

el cuerpo os dio y prometió.

Repitió varias veces esos versos como quien reza una oración en la noche y se promete convertirse en una reina perfecta, una reina justa, buena y dulce para todos sus súbditos».

Joséphine había bajado la voz hasta convertirla en un murmullo, y el peso de su hija, apoyada en su seno, le indicó que la niña dormía y que podía callarse sin despertarla.

Hortense había hablado un largo rato con su padre, después había colgado, se había acostado y apagado la luz sin ir a darle un beso. Joséphine había respetado su necesidad de soledad.

– ¿Sabes cómo ir a casa de Iris? -preguntó Hortense mientras bajaba el parasol para verificar el brillo de sus dientes y la corrección de su peinado.

– ¿Te has maquillado? -observó Joséphine, percibiendo los labios brillantes de su hija.

– Un poco de gloss que me ha dado una amiga… No es lo que yo llamo maquillarme. Sólo un mínimo de respeto hacia los demás.

Joséphine no respondió a la insolencia de su frase y prefirió concentrarse en el camino que debía tomar. A esta hora, la avenida del General de Gaulle estaría llena, pero no había otra forma de llegar al puente de Courbevoie. Una vez pasado el puente, la circulación sería más fluida. Bueno, eso esperaba.

– Os propongo que no hablemos de la partida de papá esta noche durante la cena -dijo a sus hijas.

– Demasiado tarde -respondió Hortense-se lo he dicho a Henriette.

Las niñas llamaban a su abuela por su nombre. Henriette Grobz rechazaba los «abuelita» o «abuela». Lo encontraba vulgar.

– Ay Dios, ¿por qué?

– Escucha mamá, seamos prácticas: si hay alguien que puede ayudarnos, es ella.

Hortense está pensando en Chef. En el dinero de Chef, se dijo Joséphine. Dos años después de la muerte de su padre, su madre se había vuelto a casar con un hombre muy rico y muy bueno. Fue Chef el que las había educado, Chef el que les había pagado los estudios en buenos colegios privados, Chef quien les había permitido esquiar, hacer vela, equitación, tenis, viajar al extranjero. Chef quien había financiado los estudios de Iris, Chef quien alquilaba el chalet en Megéve, el barco en las Bahamas, el piso en París. Chef, el segundo marido de su madre. El día de su boda, Chef lucía una chaqueta brillante verde manzana y una corbata escocesa de piel. ¡Nuestra señora madre estuvo a punto de desmayarse! Al recordarlo, Joséphine dejó escapar una risita y fue llamada al orden por un imperioso claxon porque no arrancaba con el semáforo en verde.

– ¿Y qué ha dicho?

– Que no le extrañaba. Que ya había sido un milagro que hubieses encontrado marido y que si lo hubieses conservado, habría sido un supermilagro.

– ¡Eso ha dicho!

– Palabra por palabra… y no se equivoca. Te has comportado como una idiota con papá. Porque, mamá, francamente, para que papá se largue con…

– ¡Hortense, ya basta! No quiero oírte hablar así. Espero que no hayas dado detalles.

Joséphine se preguntó, en el mismo momento en el que planteaba la cuestión, por qué se rebajaba a hacerla. ¡Por supuesto que ha debido de decírselo! Y sin omitir nada: la edad de Mylène, la altura de Mylène, el cabello de Mylène, el trabajo de Mylène, la blusa rosa de Mylène, su sonrisa falsa para ganarse propinas… Debió incluso de exagerarlo para dar lástima, pobrecita niña abandonada.

– De todas formas se sabrá, así que mejor decirlo enseguida. Pareceremos menos tontas.

– ¿Por qué estás segura de que papá se ha ido? -preguntó Zoé.

– Oye, eso es lo que me dijo ayer por teléfono.

– ¿De verdad te dijo eso? -preguntó Joséphine.

Se maldijo una vez más. Había caído en la trampa tendida por Hortense.

– Creo que ha pasado la página definitivamente… En fin, eso es lo que me pareció entender. Me dijo que iba a meterse en un proyecto que «la otra» financiaría.

– ¿Tiene dinero?

– Ahorros de familia que pondría a disposición de papá. ¡Parece loca de amor! Papá ha añadido incluso que ella le seguiría al fin del mundo. Está buscando un trabajo en el extranjero, dice que no hay futuro para él en Francia, que este país está acabado, que necesita cambiar de aires. De hecho, tiene ya una ligera idea que me ha contado y que me parece muy interesante. Tenemos que volver a hablar de ello los dos…

Joséphine estaba atónita: Antoine se confiaba con más libertad a su hija que a ella. ¿La consideraba pues como una enemiga? Prefirió concentrarse en el trayecto. ¿Paso por el Parque o cojo el periférico en Puerta Maillot? ¿Qué camino tomaba Antoine? Cuando conducía, nunca miraba por donde pasaba, confiaba totalmente en él, me dejaba llevar mientras soñaba con mis caballeros, mis damas, mis castillos, en las jóvenes novias que viajan en su litera cerrada echadas al camino para encontrarse con un hombre que no conocían y que iba a acostarse desnudo contra ellas. Sintió un escalofrío, sacudió la cabeza y volvió a su itineriario. Decidió cortar por el Bois esperando que no hubiese demasiada circulación.

– Eso no quita que hubieras podido preguntarme antes de hablarlo -retomó Joséphine tras haber cogido la ruta del Bois.

– Escucha mamá, no vamos a andarnos con chiquitas, no tenemos medios para eso. Vamos a necesitar el dinero de Henriette, así que mejor metérsela en el bolsillo haciéndonos los cachorrillos perdidos al borde del camino. Ella adora que la necesiten…

– Pues no. No nos haremos los cachorrillos perdidos. Nos las arreglaremos solas.

– ¡Ah! ¿Y cómo esperas arreglártelas con tu sueldo miserable?

Joséphine dio un volantazo y aparcó al borde del camino del Bois.

– Hortense, te prohíbo que me hables así, si te empeñas en ser desagradable, me voy a ver obligada a castigarte.

– ¡Ay, ay, ay! ¡Qué miedo! -rio Hortense-. No sabes hasta qué punto tengo miedo.

– Sé que no me crees capaz, pero puedo apretarte las tuercas. Siempre he sido amable y buena contigo, pero ahora te estás pasando de la raya.

Hortense miró a Joséphine a los ojos y vio una firmeza nueva que le hizo pensar que su madre podría poner en práctica sus amenazas y enviarla a un internado, por ejemplo, cosa que ella temía. Se echó atrás en su asiento, puso cara de ofendida y soltó, desdeñosa:

– Vamos, encadena frases. Eres muy buena en ese jueguecito. Pero lo de desenvolverte en la vida, eso es harina de otro costal.

En ese momento Joséphine perdió la calma y el dominio de sí misma. Golpeó el volante gritando tan fuerte que la pequeña Zoé, asustada, se echó a llorar y a gemir «¡quiero volver a casa, quiero mi osito! ¡Sois malas las dos, muy malas, me dais miedo!». Sus llantos ahogaban la voz de su madre y, en un momento, se produjo un concierto de gritos en el pequeño coche que, antaño, sólo había conocido trayectos silenciosos o acompañados por la voz de Antoine al que le gustaba explicar el origen de los nombres de las calles, la fecha de construcción de un puente o de una iglesia, o la evolución de una vía y de su trazado.

– Pero ¿qué te pasa desde ayer? ¡Estás insoportable! ¡Tengo la impresión de que me detestas! ¿Qué te he hecho yo?

– Lo que me has hecho es que mi padre se ha largado porque eres fea y asquerosa, y para nada quiero empezar a parecerme a ti. Y por eso estoy dispuesta a todo, incluso a hacerme la niña guapa y sumisa delante de Henriette para que nos dé dinero.

– ¡Ah! ¿Y qué piensas hacer? ¿Arrastrarte a sus pies?

– ¡Me niego a ser pobre, me horrorizan los pobres, la pobreza apesta! Sólo tienes que mirarte. Eres fea a más no poder.

Joséphine la contempló con la boca abierta por el estupor. No podía pensar, no podía decir palabra. Apenas podía respirar.

– ¿Es que no lo comprendes? ¡No entiendes que la única cosa que ahora importa a la gente es el dinero! ¡Pues yo soy como todos, salvo que no me avergüenza decirlo! ¡Así que deja de jugar a las desinteresadas porque eres tonta, mamaíta, tonta!

Era necesario que hablase, pronunciar alguna réplica a lo que su hija estaba diciendo.

– Te olvidas de algo, hija mía, ¡y es que el dinero de tu abuela pertenece a Chef! Que no está a su disposición. Vas demasiado deprisa…

No es eso lo que debería haber dicho. En absoluto. Tengo que darle una lección, forjarle una moral y no decirle que ese dinero no le pertenece. ¿Pero qué me sucede? ¿Qué me pasa? Todo va mal desde que se fue Antoine… Ni siquiera soy capaz de pensar correctamente.

– El dinero de Chef es el dinero de Henriette. Como Chef no tiene hijos, ella lo heredará todo. No soy idiota, lo sé. Punto y final. ¡Y deja de hablar del dinero como si fuera mierda, sólo es un medio de ser feliz, y yo no tengo ninguna intención de ser desgraciada!

– Hortense, ¡en la vida hay más cosas que el dinero!

– Qué anticuada puedes llegar a ser, mamaíta. Hay que volver a educarte. Venga, ¡arranca de una vez! Sólo faltaría que llegásemos tarde. Ella lo odia…

Y después, volviéndose hacia Zoé, sentada en el asiento trasero, llorando en silencio con el puño en la boca:

– ¡Y tú deja de lloriquear! Me pones de los nervios. ¡Joder, la que me ha tocado con vosotras dos! Entiendo que papá se haya largado.

Bajó el parasol y verificó su imagen una vez más, gruñendo en voz alta:

– ¡Ya está! Con todo esto se me ha borrado el gloss. Y no tengo más. Si encuentro uno por ahí en casa de Iris, se lo robo. Ni siquiera se dará cuenta, los compra por docenas. He nacido en el sitio equivocado. ¡Qué mala suerte!

Joséphine contempló a su hija mayor como si fuera una criminal evadida de la cárcel, sentada en el asiento a su lado: la aterrorizaba. Quiso protestar pero no encontró palabras. Todo iba demasiado deprisa. Se encontraba en la pendiente de un tobogán por el que caía sin ver el final. Así que, a falta de aliento y de argumentos, volvió su vista a la carretera. A los árboles en flor a lo largo de la avenida del Parque, a los poderosos troncos, a las largas ramas cargadas de hojas nuevas de un verde vivo, de capullos a punto de germinar que se inclinaban ante ella dibujando una bóveda florida que la luz de esa tarde de verano atravesaba manchando de blanco cada rama, cada hoja, cada capullo tierno. El lento balanceo de las ramas tranquilizó a Joséphine y, mientras Zoé, las manos tapándose las orejas, los ojos cerrados y la nariz arrugada, lloraba en voz baja, arrancó el motor y puso en marcha el coche rezando para que no se hubiese equivocado y que la avenida que había tomado desembocase en la puerta de la Muette. Después sólo tendría que aparcar… Y eso sería otro problema, se dijo suspirando.

* * *

La cena de familia, esa noche, se desarrollaba sin contratiempos.

Carmen velaba por la sucesión perfecta de los platos y la chica que había contratado como ayudante para la velada parecía muy espabilada. Iris, vestida con una larga blusa blanca y pantalones de lino azul lavanda, permanecía en silencio la mayor parte del tiempo y sólo intervenía en la conversación para animarla, cosa que debía hacer a menudo, porque nadie parecía muy hablador. Había algo de obligado y ausente en su actitud, de ordinario tan llena de gracia con sus invitados. Había peinado y atado su larga cabellera negra que caía en espesas y brillantes ondas sobre sus hombros.

¡Qué magnífica cabellera! pensaba Carmen cuando hundía sus dedos entre sus espesos cabellos. A veces Iris le permitía cepillarlos y a ella le gustaba oírlos crepitar bajo el cepillo. Iris había pasado la tarde encerrada en su despacho, sin atender ninguna llamada. Carmen lo había visto en la pantalla del teléfono cuya centralita se encontraba en la cocina. Ningún botón se había encendido. ¿Qué haría en su despacho, sola? Aquello era cada día más frecuente. Antes, cuando volvía a casa, con los brazos llenos de paquetes, gritaba: «¡Carmencita! ¡Un buen baño caliente! Salimos esta noche». Dejaba caer los paquetes, corría a besar a su hijo en su habitación, preguntando: «¿Te ha ido bien el día, Alexandre? Cuéntame, cariño, cuéntame. ¿Te han puesto buenas notas?», mientras Carmen, en el cuarto de baño, llenaba la gran bañera de mosaico azul y verde, mientras mezclaba aceites de tomillo, salvia y romero. Comprobaba la temperatura introduciendo el codo en el agua, añadía sales perfumadas de Guerlain y, cuando todo estaba perfecto, encendía pequeñas velas y llamaba a Iris para que se introdujese en el agua cálida y perfumada. A veces Iris la dejaba asistir a su baño, frotarle los pies con la piedra pómez, masajearle los dedos de los pies con aceite de rosa mosqueta. Los firmes dedos de Carmen envolvían los tobillos, las pantorrillas y los pies, presionando, pellizcando, apretando para después relajar con savoir faire y voluptuosidad. Iris se relajaba y le hablaba de su jornada, de sus amigas, de un cuadro visto en una galería, de una blusa cuyo cuello le había gustado, «sabes, Carmen, no realmente roto, sino recto y con una caída por los hombros como si lo sostuviesen unas varillas invisibles…», de un pastelito de chocolate degustado con la boca pequeña, «así no me lo como realmente y no engordo», de una frase escuchada en la calle o de una vieja que mendigaba en la acera y que le había dado tanto miedo que había dejado caer las monedas sobre la palma de su mano apergaminada. «Ay, Carmen, me dio tanto miedo el poder terminar como ella, un día. No tengo nada. Todo pertenece a Philippe. ¿Qué tengo yo a mi nombre?». Y Carmen, acariciando los dedos de sus pies, alisando la suave palma de sus largos pies finos y curvados, suspiraba: «Nunca, señora, nunca terminará como esa vieja arrugada. ¡No mientras yo viva! ¡Limpiaré casas, moveré montañas, pero nunca se sentirá abandonada!». «Vuelve a decírmelo, Carmencita, ¡dímelo otra vez!». Y se abandonaba, cerraba los ojos y se adormecía, apoyada sobre la toalla enrollada que Carmen había dispuesto bajo su cuello.

Esa noche no había habido ceremonia del baño.

Esa noche Iris se había duchado rápidamente.

Carmen se tomaba como algo personal el que cada comida fuera perfecta. Sobre todo cuando Henriette Grobz venía a cenar.

.-¡Ah! esa mujer… -suspiró Carmen mirándola por la puerta entreabierta del office desde el que dirigía las operaciones-¡qué vieja arpía!

Henriette Grobz se sentaba al final de la mesa, tiesa y erguida como una estatua de piedra, los cabellos atrapados en un moño lacado del que no escapaba ningún mechón. ¡Hasta los santos de las iglesias demuestran más abandono que ella! pensó Carmen. Vestía un traje sastre ligero, en el que cada pliegue estaba almidonado. Habían colocado a Hortense a su derecha y a la pequeña Zoé, a su izquierda, y hablaba a la una y la otra inclinándose como una vieja institutriz. Zoé tenía las mejillas enrojecidas, los párpados hinchados y las pestañas pegadas. Debía de haber llorado en el coche antes de llegar. Joséphine apenas comía su plato. Sólo parloteaba Hortense, haciendo sonreír a su tía y a su abuela, lanzando alabanzas a Chef, que ronroneaba de placer.

– Te aseguro que has adelgazado, Chef. Cuando has entrado en la habitación, me he dicho ¡qué guapo está! ¡Cómo ha rejuvenecido! A menos que te hayas hecho algo… ¿quizás un lifting?

Chef se echó a reír y se frotó el cráneo de placer.

– ¿Y para quién haría yo eso, preciosa?

– Eh, no lo sé… Para gustarme a mí, por ejemplo. Me daría pena que te volvieses viejo y arrugado… Yo quiero un abuelo fuerte y bronceado como Tarzán.

Sabe cómo hablar a los hombres esa niña, pensó Carmen. Está hinchado de orgullo, el señor Grobz. Hasta tiene la piel de su cráneo calvo erizada de placer. Como de costumbre, le soltará un buen billete cuando se vaya. Cada vez, sin faltar una, le desliza un billete en la mano sin que nadie se dé cuenta.

Serenado por su conversación con Hortense, Marcel se había vuelto hacia Philippe Dupin e intercambiaba algunas informaciones sobre el estado de la Bolsa. ¿En alza, en baja los próximos meses? ¿Vender o, por el contrario, invertir? ¿En qué? ¿En acciones o en divisas? ¿Qué dice la prensa económica? Philippe Dupain escuchaba sin atender, su suegro parecía en plena forma. Diría incluso que más vivo, que rejuvenece a ojos vista; tiene razón la niña, se dijo Carmen, ¡debería andarse con cuidado, la señora Grobz!

Su ayudante arrancó a Carmen de su disección de los invitados preguntándole si convenía servir el café en el salón o en la mesa.

– En el salón, querida… Yo me ocuparé de eso, quita la mesa y pon todo en el lavavajillas, salvo las copas de champán, que hay que lavar a mano.

En cuanto terminó el postre, Alexandre se llevó a su prima Zoé a su cuarto, dejando a Hortense en la mesa. Hortense permanecía siempre junto a los mayores, conseguía pasar desapercibida, tan chisposa ella, tan audaz un minuto antes, se fundía con el decorado y escuchaba. Observaba, descifraba cada frase en suspenso, un lapsus, una exclamación indignada, un silencio pesado. Esa niña es una auténtica arpía, pensaba Carmen. ¡Y nadie se da cuenta! Sé lo que trama. Y ella ha comprendido que la he descubierto. No la gusto, pero me teme. Esta noche voy a tener que ocuparme de ella, llevarla al saloncito para que vea una película.

Como la conversación languidecía, la misma Hortense se aburrió y siguió a Carmen sin resistencia.

En el gran salón, Joséphine tomó su café rezando para que las preguntas no le cayesen encima como ráfagas. Intentó conversar con Philippe Dupin, pero este se excusó: su móvil sonaba, era algo importante y si ella no tenía inconveniente… Se refugió en su despacho para responder.

Chef leía un periódico económico que había en la mesita. La señora madre e Iris hablaban de cambiar las cortinas de un dormitorio. Hicieron una seña a Joséphine para que fuese a sentarse con ellas, pero Jo prefirió ir a hacer compañía a Marcel Grobz.

– ¿Qué tal, mi pequeña Jo? ¿Tienes buenas vibraciones?

Tenía una extraña forma de hablar: empleaba expresiones en desuso. Con él se viajaba a los años sesenta o setenta. Debe de ser la única persona que conozco que todavía dice «estar en la onda» o «tienes buenas vibraciones».

– Más o menos, Chef.

Chef le guiñó el ojo, volvió un instante a su lectura y, viendo que ella no se iba, comprendió que estaba obligado a darle conversación.

– Y tu marido, ¿todavía en dique seco?

Ella inclinó la cabeza sin responder.

– Resulta difícil en este momento. Hay que apretarse el cinturón, esperar a que pase…

– Pero sigue buscando. Mira los anuncios por palabras todas las mañanas.

– Si no encuentra nada, siempre puede venir a verme… Lo pondría en algún sitio.

– Eres muy amable, Chef, pero…

– Pero tendrá que inclinarse un poco. Porque tu marido es orgulloso ¿eh, Jo? Y a día de hoy, hay que inclinarse. Hay que inclinarse y decir ¡gracias, jefe! Incluso el gran Marcel, que se deja la piel para encontrar nuevos mercados, ideas nuevas y da gracias al cielo cuando firma un nuevo contrato.

Se golpeaba la barriga mientras hablaba.

– Hay que decirle eso a Antoine. La dignidad es un lujo. Y él no puede darse ese lujo. Mírame, Jo, lo que me salva es que yo procedo de la pobreza. Así que no me molesta volver a ella. Hay un proverbio senegalés que dice: «Cuando no sepas adónde vas, párate y mira de dónde vienes». Yo vengo de la miseria, así que…

Joséphine hizo un esfuerzo para no confesar a Marcel que ella misma no estaba lejos de la miseria.

– Pero ya ves, Jo, pensándolo bien… Si tuviera que contratar a alguien de la familia, preferiría que fueses tú. Porque tú tienes pinta de trabajar duro… Mientras que tu marido, no estoy seguro de que quiera mancharse las manos. En fin, yo me entiendo…

Emitió una risa franca.

– No le pido que se convierta en mecánico.

– No, Chef, ya lo sé. Lo sé…

Joséphine le acarició el brazo y lo miró con bondad. El se sintió incómodo, interrumpió su risa bruscamente, carraspeó y volvió a la lectura de su periódico.

Ella permaneció un momento sentada a su lado, esperando que él retomara la conversación escapando así de la curiosidad de su madre y su hermana, pero Marcel no parecía querer retomar el diálogo. Chef siempre se comporta así, se dijo Joséphine, cuando me habla diez minutos, considera que ya ha hecho su parte y pasa a otra cosa. No le intereso. Estas reuniones familiares deben de ser una verdadera tortura para él. Como para Antoine. Los hombres están excluidos de ellas. O más bien están autorizados a fingir, nada más. Se sabe que el auténtico poder pertenece a las mujeres. Bueno, ¡no a todas! Yo estoy de adorno. Joséphine se sentía aislada. Echó un rápido vistazo a Iris, que hablaba con su madre mientras jugueteaba con sus largos pendientes que se había quitado y balanceaba sus pies de uñas pintadas a juego con las uñas de las manos. ¡Qué gracia! Parece mentira, se dijo, considerar que ese ser resplandeciente, exquisito y refinado pertenezca al mismo sexo que yo. Habría que inventar subcategorías en la clasificación de los seres humanos en dos sexos. Sexo femenino, categorías A, B, C, D… Iris pertenecería a la categoría A y yo, a la D. Joséphine se sentía excluida de esa feminidad voluptuosa y tranquila que rodeaba a cada gesto de su hermana. Cada vez que había intentado imitarla, la experiencia había terminado en terrible humillación. Un día, se había comprado unas sandalias de piel de cocodrilo verde almendra -que había visto llevar a Iris-y caminaba por el pasillo de su casa, esperando que Antoine se diese cuenta. El había exclamado: «¡Qué manera de andar! Con esas cosas en los pies pareces un travestido». Las preciosas sandalias se habían convertido en cosas, y ella, en un travestí…

Se levantó y fue a apoyarse cerca de la ventana, lo más lejos posible de su madre y de su hermana. Contempló los árboles de la plaza de la Muette que se balanceaban con la brisa todavía húmeda del final de la tarde. Los abrumadores edificios de piedra tallada enrojecían bajo el ocaso, los portales de hierro forjado dibujaban jambas de prosperidad, de los jardines en verde apagado, amarillo cálido y blanco grisáceo subía un vapor irisado. Todo sugería riqueza y belleza, riqueza liberada de todo lo material para hacerse evanescente, delicia, sugestión. Chef es rico, pero grueso. Iris es rica y ligera. Ha adquirido el increíble sosiego que da el dinero. Su madre puede intentar ponerse a la altura de su hija, pero será siempre una nueva rica. Su moño demasiado apretado, su lápiz de labios demasiado espeso, su bolso demasiado brillante, ¿y por qué no lo suelta? Es como las viejas pobres: tiene miedo de que se lo roben. Cena con el bolso en las rodillas. Ha podido engañar a Chef, pero no habría podido engañar a otro, aquel al que le hubiese gustado engañar. Ha tenido que contentarse con Chef, Chef el mal vestido, Chef el que se mete el dedo en la nariz y abre las piernas para despegarse el pantalón. Ella es consciente de ello y se lo reprocha. Él le recuerda que ella, como él, es imperfecta y limitada. Mientras que Iris posee una desenvoltura hecha de místerio, de secreto, una naturalidad inexplicable que la coloca por encima de los demás seres humanos, convirtiéndola en un ejemplar único y raro. Iris ha sabido cambiar de mundo y nacer por segunda vez.

Es lo que convertía a Antoine en torpe y sudoroso: esa frontera invisible entre Philippe y él, entre Iris y él. Una diferencia sutil que nada tiene que ver con el sexo, el nacimiento o la educación, que separa la verdadera elegancia de la del nuevo rico y que ponía a Antoine al nivel de un papanatas.

La primera vez que Antoine se había transformado en fuente, había sido allí, en este balcón, una tarde de mayo… Contemplaban juntos los árboles de la avenida Raphael; debió de sentirse tan petrificado, tan impotente frente a la perfección de los árboles, de los edificios, de las cortinas del salón, que había perdido el control de su termostato interior y había empezado a derretirse. Habían corrido hasta el cuarto de baño e inventado una explosión de grifos para explicar el lamentable estado de su chaqueta y de su camisa. Esa noche quizás nos creyeron, pero después no fue posible. Y yo, ¡con lo que le quería! Lo entendía muy bien, porque sudaba por dentro.

Sólo se escuchaba el ruido de las páginas que pasaba Chef en el mayor de los silencios. ¿Qué hará mi pastelito de miel en este momento?, se preguntaba excitado. ¿Estará tendida en el sofá del salón viendo una de esas malas comedias que le gustan tanto? ¿O tumbada en la cama como una enorme torta rubia, en la misma cama donde hemos retozado esta tarde y donde… Voy a tener que dejar esto inmediatamente. ¡Me estoy poniendo a cien y se va a ver! Se había puesto, por orden de la Escoba, un pantalón en tela de gabán, gris, ligero, que le apretaba y que no dejaría de subrayar una erección intempestiva. Esa eventualidad le produjo un ataque de risa que ahogó tan bien que se asustó cuando Carmen se inclinó sobre él y preguntó:

– ¿Un pastelito con su café, señor?

Le presentaba un plato de dulces de chocolate, de mazapán y caramelo.

– No, gracias, Carmen, ¡tengo los dientes traseros en remojo!

Al escuchar esas palabras, Henriette Grobz sintió un escalofrío de asco y su nuca se erizó. Chef se alegró. Había que recordarle con quién estaba casada. Y él disfrutaba de lo lindo recordándoselo. Como para marcar esa reprobación muda y poner distancias entre Chef y ella, Henriette Grobz se levantó y fue al encuentro de Joséphine cerca de la ventana. La vulgaridad de ese hombre era su castigo, la cruz que debía llevar. Había conseguido dejar de compartir su despacho, dejar de compartir habitación, dejar de compartir su cama, y seguía temiendo que ese hombre la contaminara, como si fuese portador de un virus peligroso. ¡Tenía que estar desesperada para casarse con un hombre tan vulgar! Y fuerte como un roble, además. Ese vigor la hacía cada vez más irritable. A veces estaba tan irritada de verle alegre y saludable que respiraba penosamente y sentía palpitaciones. Tomaba pastillas para relajarse. ¿Cuánto tiempo debería soportarle todavía? Lanzó un largo suspiro y prefirió concentrar su atención en su hija que, apoyada en la ventana, contemplaba el balanceo de los árboles por la brisa que acababa de levantarse, repartiendo por fin un poco de aire fresco en esa velada.

– Ven aquí, querida, para que hablemos las dos -le dijo llevándosela a un sofá, al fondo del salón.

Iris se unió inmediatamente a ellas.

– Bueno querida -atacó Henriette Grobz-, ¿qué piensas hacer ahora?

– Continuar… -respondió Joséphine con obstinación.

– ¿Continuar? -preguntó Henriette Grobz sorprendida-. ¿Continuar qué?

– Pues… eh… Continuar con mi vida…

– En serio, querida…

Cuando su madre la llamaba «querida», la cosa se ponía fea. La piedad, el sermón, la condescendencia iban a sucederse como los cuplés de una cantinela gastada.

– En fin… ¡Eso no es asunto tuyo! -balbuceó-. Es problema mío.

Joséphine había dado a su respuesta, demasiado rápida para controlarla, un tono agresivo al que no estaba acostumbrada la autora de sus días, que se ensombreció inmediatamente.

– ¡Así es como me contestas! -replicó Henriette Grobz alterada.

– ¿Qué has decidido? -retomó Iris con su voz dulce y envolvente.

– He decidido arreglármelas completamente sola -respondió Joséphine de una forma más brusca de lo que hubiese querido.

– ¡Ah! Resulta realmente ingrato rechazar la ayuda que se te propone -dijo Henriette Grobz afectada.

– Quizás, pero así son las cosas. No quiero que se hable más de ello, ¿de acuerdo?

Su voz había ido aumentando de volumen y el final de su frase se convirtió en un grito agudo que desentonó en la atmósfera acolchada de aquella velada tranquila.

Vaya, vaya, ¿qué es ese jaleo?, pensó Chef aguzando el oído. ¡Se me esconde todo! En verdad soy el último mono en esta familia. Abandonó como si nada el periódico sobre la mesa baja para acercarse al sitio en el que se sentaban las tres mujeres.

– ¿Arreglártelas cómo?

– Trabajando, dando clases particulares… ¡yo qué sé! Por el momento estoy saliendo, creedme, ya es bastante duro así. Todavía no me he repuesto, creo.

Iris miró a su hermana y admiró su coraje.

– Iris -preguntó su madre-, ¿tú que piensas?

– Jo, tiene razón, todo está aún muy reciente. Dejémosla reponerse antes de preguntarle lo que piensa hacer.

– Gracias, Iris… -suspiró Joséphine, que se atrevió a pensar que la tormenta había pasado.

Pero no había contado con la obstinación de su señora madre.

– Yo, cuando me encontré sola para educaros, me remangué y me puse a trabajar, trabajar…

– ¡Pero si yo trabajo, mamá, trabajo! Pareces olvidarlo siempre.

– A eso no lo llamo yo trabajar.

– ¿Porque no tengo despacho, jefe ni cheques restaurante? ¿Porque no se parece a nada de lo que tú conoces? Yo me gano la vida, lo quieras o no.

– ¡Un sueldo de miseria!

– Me gustaría saber cuánto ganabas con Chef cuando empezaste. No debía de ser más.

– No me hables en ese tono, Joséphine.

Chef, excitado, se incorporó. Cojones, amenaza tormenta, se dijo. La velada empezaba a ser, por fin, divertida. La marquesita iba a enganchar sus mejores caballos, apilar mentira tras mentira, rebuscar en su memoria y exhibir la vieja imagen de viuda piadosa y madre protectora que se había sacrificado por sus hijas. Se sabía el numerito de víctima de memoria.

– Cierto que fue duro. Que nos apretamos el cinturón, pero mis cualidades hicieron que Chef me promocionase enseguida… y pude hacer frente…

Se pavoneaba aún emocionada por aquella victoria increíble ante la adversidad, y una imagen se impuso sobre su discurso: la de una mujer hermosa, alta, heroica, haciendo frente al fuerte oleaje como un mascarón de proa, arrastrando a las dos huérfanas de nariz enrojecida por el llanto. Había sido mérito suyo el haber sabido educar, sola, a sus dos hijas, su Marsellesa, su Legión de Honor.

Pudiste hacer frente porque yo te pasaba sobres llenos de billetes con pretextos absurdos, y que tú hacías como si no te dieses cuenta para no tener que agradecérmelo, pensó Chef mojando su índice para pasar la página de su periódico. Pudiste hacer frente porque eras pérfida de nacimiento, más fría y sin piedad que la más materialista de las putas. Pero ya me tenías enganchado, y yo hubiese hecho cualquier cosa para gustarte, para ayudarte.

– …Y que inmediatamente fue reconocido mi trabajo por todos, incluida la competencia de Chef, que quiso conservarme a cualquier precio…

Tenía tantas ganas de seducirte que te habría propuesto un salario de director general sin que tuvieses que pedírmelo. Te hice creer que todos te querían para que aceptases el dinero que te daba sin ofenderte. ¡Qué tonto fui, pero qué tonto! ¡Tonto hasta decir basta! Y hoy te haces la virtuosa. ¿Por qué no le dices a tu hija cómo me sedujiste? ¿Cómo me dabas de comer en la palma de tu mano? Creía ser un marido y me he convertido en un sirviente. Te supliqué que me dieses un hijo y te echaste a reír en mis narices. ¡Un hijo! ¡Un pequeño Grobz! Tu boca vomitaba mi nombre como si ya estuvieses abortando. ¡Te reías! ¡Y eres tan fea cuando te ríes, tan fea! ¡Cuéntales eso también! ¡Diles la verdad! ¡Que lo sepan! ¡Que los hombres son niños grandes! ¡Que los llevan de acá para allá agitando una zanahoria! ¡Que marchan como un pelotón de soldados! De hecho, debería desconfiar de Bomboncito… Esa historia de Chaval no me gusta mucho.

– Haré como tú. Trabajaré. Y me las arreglaré sola.

– ¡No estás sola, Joséphine! Tienes dos hijas, te lo recuerdo.

– No hace falta que me lo recuerdes. Lo sé. Lo sé muy bien.

Iris escuchaba esa conversación y pensaba que, quizás muy pronto, se encontraría en la misma situación. Si Philippe se llenara de valor insensato, reclamaría su libertad… Le imaginó de repente disfrazado de mosquetero intrépido y la idea le hizo sonreír. ¡No! Ambos estaban atrapados en la misma red, en la de la respetabilidad. No tenía nada que temer. ¿Por qué temía siempre que el cielo se desplomara sobre su cabeza?

– Me parece que estás en las nubes, Joséphine. Siempre he pensado que eras demasiado ingenua para la vida de hoy en día. Demasiado débil, mi pobre hija.

Entonces Joséphine enrojeció. Años y años de ese tono lacrimógeno empleado con ella se dispararon de pronto como balas que le alcanzan el corazón, y estalló.

– ¡No me jodas, mamá! ¡No me jodas con tu discurso benefactor! ¡Ya no lo aguanto más! ¿Te crees que me trago tus historias edificantes de viuda meritoria? ¿Te crees que no sé lo que hiciste con Chef? ¿Que no he adivinado tus maniobras rastreras? ¡Te casaste con Chef por su dinero! ¡Así fue cómo te las arreglaste, y no de otra forma! No porque fueses valerosa, trabajadora y meritoria. Así que no me des lecciones. Si Chef hubiese sido pobre, ni le habrías mirado. Habrías encontrado a otro. Nunca me he chupado el dedo, ya ves. Yo lo habría aceptado, habría entendido que lo hacías por nosotras, lo habría encontrado incluso hermoso y generoso si no te hubieses hecho siempre la víctima, si no hubieses empleado ese tono condescendiente cuando te diriges a mí como si fuese una fracasada, una despreciable… Ya no aguanto más tu hipocresía, ya no aguanto más tus mentiras, ya no aguanto tus brazos en cruz, tu sacrificio… Esa forma de darme lecciones en cada momento, ¡mientras que tú te has limitado a ejercer el oficio más viejo del mundo!

Y después, volviéndose hacia Chef, que escuchaba ya sin disimular:

– Lo siento, Chef…

Y ante la franca figura con la boca abierta de la que ella percibía el ridículo pero también, de pronto, toda la bondad y la generosidad, se sintió llena de remordimientos y sólo supo repetir.

– Lo siento, lo siento… No quería hacerte daño.

– No te preocupes, mi pequeña Jo, no me he caído de un guindo.

Joséphine enrojeció. Hubiese querido ahorrarle la escena, pero no había podido controlarse.

– ¡Me salió de golpe!

Enunció esa evidencia mientras su madre, muda y lívida, se había dejado caer en el sofá y se abanicaba con una mano, amenazando con desmayarse con la finalidad de atraer la atención sobre ella.

Joséphine le lanzó una mirada exasperada. Pronto pediría un vaso de agua, se incorporaría, pediría que le pusiesen un cojín en la espalda, empezaría a gemir, a temblar, a lanzarle una mirada oscura, asesina y desfilarían los subtítulos que se sabía de memoria: «Después de todo lo que he hecho por ti, tratarme así, no sé cómo podré perdonarte, si es mi muerte lo que quieres, no tendrás que esperar mucho, prefiero morir a soportar una hija como tú…». Sabía de maravilla cómo crear un sentimiento de culpabilidad atroz en el otro con el fin de tenerlo a sus pies pidiendo perdón por haber osado contradecirla, enfrentarse a ella. Joséphine se lo había visto hacer, primero, con su padre y, después, con su padrastro.

Por un instante pensó en abandonar el gran salón para ir a reponerse a la cocina con Carmen. Echarse un poco de agua en la cara y pedirle una aspirina. Estaba agotada. Agotada pero… feliz, había osado ser ella misma, Joséphine, esa mujer que no conocía muy bien, con la que convivía desde hacía cuarenta años sin prestarla realmente atención, pero ante la que se moría de ganas, ahora, de conocerla. Era la primera vez que esa mujer se enfrentaba a su madre, la primera vez que le levantaba la voz, que se atrevía a decir lo que pensaba. La forma no había sido muy elegante, un poco grosera, un poco embrollada, lo reconocía, pero en el fondo le había encantado. Así que, por esa mujer, antes de dejar la habitación, decidió dar el golpe de gracia y, enfrentándose a su madre que gemía en el sofá, añadió con una voz suave pero segura:

– ¡Ah! Lo olvidaba, mamá… no te pediré nada, ni un sólo céntimo ni el menor consejo. Voy a arreglármelas sola, completamente sola, ¡aunque nos muramos mis hijas y yo! Escúchame bien, hoy te voy a hacer una promesa: ¡nunca, nunca más seré el pajarito perdido al borde del camino al que tú des lecciones y pongas en el buen camino! Porque ¿sabes qué? Soy una mujer, madura y responsable, y te lo voy a demostrar.

Debería tener cuidado: no podía dejar de hablar.

Henriette Grobz apartó violentamente la cabeza como si la vista de su hija le fuese insoportable y emitió algunos gruñidos que decían ¡que se vaya! ¡Que se vaya! ¡No puedo más! Me quiero morir…

Joséphine, divertida por lo previsible de las reacciones de su madre, se encogió de hombros y salió del salón. Cuando empujó la puerta, oyó un pequeño grito, era Hortense que escuchaba, con la oreja pegada a la puerta que había abierto.

– ¿Qué haces aquí, hija?

– ¡Estamos buenos! -le contestó-. ¿Ya has montado tu numerito? Ahora te sentirás mejor, espero.

Joséphine prefirió no responder y se refugió en la primera habitación al lado del salón. Era el despacho de Philippe Dupin. No lo vio enseguida pero escuchó su voz. Estaba de pie, en parte ocultado por las pesadas cortinas de terciopelo rojo bordadas de pasamanería, y hablaba en voz baja con el teléfono pegado al oído.

– ¡Oh, perdón! -dijo ella cerrando la puerta tras de sí.

Él se interrumpió inmediatamente. Ella le oyó decir «te llamaré luego», y colgó.

– No quería molestarte…

– Ha sido un poco más largo de lo que pensaba…

– Quería solo descansar un poco… lejos de…

Se secó la frente cubierta por un ligero sudor y colocó un pie tras otro esperando a que la invitase a sentarse. No quería fastidiarle, pero tampoco quería volver al gran salón. El la contempló un momento preguntándose lo que convenía decir y cómo debía enlazar la conversación que acababa de dejar con esa mujer, incompetente, farfullante, que le contemplaba esperando algo de él. Siempre se sentía torpe ante la gente que esperaba algo de él. Le repugnaba. Era incapaz de sentir la menor empatía cuando le obligaban o se la mendigaban. La menor irrupción en su intimidad le volvía frío y colérico. Joséphine le inspiraba piedad. Y sentir piedad le daba asco. Claro que se decía que había que ser amable, ayudarla, pero sólo quería una cosa: quitársela de encima lo antes posible. De pronto, tuvo una idea.

– Dime Joséphine, ¿hablas inglés?

– ¿Que si hablo inglés? ¡Claro que sí! Inglés, ruso y español.

Aliviada de que por fin se dirigiese a ella, que le hiciese una pregunta personal, había usado una vocecita aflautada para recitar sus habilidades. Tosió y se recuperó. Había presumido de manera evidente. No estaba acostumbrada a ensalzarse, pero la cólera, esa noche, había acabado con sus inhibiciones.

– He oído decir a Iris que…

– ¡Ah! ¿Te lo ha contado?

– Podría encontrarte un trabajo para que ganases algo de dinero. Se trataría de traducir contratos importantes, contratos de negocios. ¡Oh, muy aburrido! Pero no está mal pagado. Teníamos en el gabinete una colaboradora que se encargaba de ello, pero acaba de marcharse. ¿Has dicho ruso? ¿Lo hablas suficientemente bien como para conocer las sutilezas del lenguaje de los negocios?

– Lo hablo bastante bien, sí…

– Podríamos ver eso juntos. Te pediría que hicieses una prueba…

Philippe Dupin permaneció un largo rato en silencio. Joséphine no osaba interrumpirlo. Ese hombre tan perfecto la intimidaba y, sin embargo, de forma extraña, nunca le había parecido tan humano. El móvil de Philippe volvió a sonar y no respondió. Joséphine se lo agradeció.

– La única cosa que te pido, Joséphine, es no decírselo a nadie. Absolutamente a nadie… Ni a tu madre ni a tu hermana ni a tu marido. Preferiría que todo esto quedase entre nosotros. Entre nosotros dos, quiero decir.

– A mí también me gustaría -suspiró Joséphine-. Estoy harta, sabes, de tener que justificarme todo el tiempo ante toda esa gente que piensa que soy blandengue y lela…

Las palabras «blandengue» y «lela» le hicieron sonreír, y la tensión desapareció de golpe. Ella no se equivoca, pensó él. Hay algo de insípida en ella. Son exactamente las palabras que yo emplearía para describirla. Sintió de pronto una oleada de simpatía hacia esa cuñadita torpe pero enternecedora.

– Te aprecio mucho, Jo. Y también te estimo mucho. ¡No te sonrojes! Me pareces muy valiente, muy buena…

– A falta de ser bella y enigmática como Iris…

– Es cierto que Iris es guapa, pero tú tienes otra clase de belleza…

– ¡Oh, Philippe, para! Me voy a echar a llorar… Me siento frágil en este momento. Si supieses lo que acabo de hacer…

– Antoine se ha ido, ¿es eso?

No es eso en lo que ella estaba pensando, pero sí, ahora lo recordaba: Antoine se había ido. Contestó:

– Sí…

– Son cosas que pasan…

– Sí -profirió Joséphine con una sonrisa-, ya ves, en mi desgracia, ni siquiera tengo el consuelo de la originalidad.

Se sonrieron y permanecieron un momento silenciosos. Después Philippe Dupin se levantó y fue a consultar su agenda.

– Digamos mañana a las tres de la tarde. ¿Te viene bien? Te presentaré a la persona encargada de supervisar las traducciones…

– Gracias, Philippe. Muchas gracias.

Se llevó el dedo a la boca para recordarle el secreto que se había comprometido a guardar. Ella afirmó con la cabeza.

En el salón, sentada sobre las rodillas de Marcel Grobz, pasando una y otra vez la mano sobre su calva cabeza, Hortense Cortès se preguntaba lo que su madre y su tío podrían estar contándose para permanecer encerrados tanto tiempo en el despacho, y cómo podría reparar la enorme metedura de pata cometida esa noche por su madre.

SEGUNDA PARTE

Joséphine echaba cuentas sobre la mesa de la cocina.

Octubre. La vuelta al colegio había pasado. Lo había pagado todo: el material escolar, las batas de laboratorio, las carpetas, la ropa de gimnasia, el comedor de las niñas, los seguros, los impuestos y las letras del piso.

– ¡Yo sólita! -suspiró soltando el bolígrafo.

Un auténtico desafío.

Por supuesto, había contado con las traducciones para el gabinete de Philippe. Había trabajado encarnizadamente en julio y agosto. No se había ido de vacaciones y se había quedado en el piso de Courbevoie. Su única distracción había sido regar las plantas del balcón. La camelia blanca le había dado muchos problemas. Antoine se había llevado a las niñas en julio, según lo convenido, e Iris las había invitado a su casa en Deauville en agosto. Jo se había tomado apenas una semana de descanso a mediados de agosto para estar con ellas. Las niñas parecían en plena forma. Bronceadas, descansadas, más altas. Zoé había ganado el concurso de castillos de arena y blandía su premio: una cámara de fotos digital. ¡Guau! había dicho Jo, se ve que esto es un lugar de ricos. Hortense había adoptado cierto aire reprobador. «Ay, mi niña, ¡sienta tan bien relajarse y decir tonterías!». «Sí, pero, mamá, puedes molestar a Iris y a Philippe, que han sido tan buenos con nosotros…».

Joséphine se había prometido tener cuidado y nunca más dejarse llevar y decir lo que pensase. Estaba mucho más cómoda con Philippe. Se sentía como una colaboradora, aunque la palabra estuviese muy por encima de sus funciones. Un anochecer, se habían encontrado los dos, solos, sobre el pontón de madera que se introducía en el mar; él le había hablado de un asunto que acababa de concluir y del que ella sería la primera en traducir las primicias. Habían brindado a la salud de ese nuevo cliente. Ella se había emocionado.

Era una hermosa casa, suspendida entre el mar y las dunas; había fiestas todas las noches, iban a pescar, se asaba pescado en grandes barbacoas, improvisaban nuevos cócteles y las niñas se dejaban caer sobre la arena simulando estar borrachas.

Había vuelto a París con pena. Pero cuando vio el montante del cheque que le había enviado la secretaria de Philippe, no se arrepintió. Creyó que era un error. Sospechaba que Philippe le pagaba de más. Le veía pocas veces; siempre era su secretaria la que la recibía. A veces él escribía unas palabras o le decía que estaba muy satisfecho con su trabajo. Un día, había añadido: «P.D.: No me extraña de ti».

Su corazón estaba lleno de alegría. Recordaba la conversación en el despacho de Philippe la noche en la que… la noche en la que discutió con su madre.

Y después, recientemente, una colaboradora de Philippe, la que le entregaba el trabajo, le había preguntado si se sentía con fuerzas para traducir obras del inglés. «¿Libros de verdad?», había preguntado Jo con los ojos como platos. «Sí, claro», «¿Pero libros… libros?», «Sí», había respondido la empleada, un poco molesta por las preguntas de Jo. «Uno de nuestros clientes es editor y necesita una traducción rápida y de calidad de una biografía de Audrey Hepburn; he pensado en ti…». «¿En mí?», había contestado Joséphine con una voz ligeramente áspera que demostraba hasta qué punto estaba sorprendida. «¡Pues, sí! ¡En ti!», había respondido Caroline Vibert, que mostraba ahora signos reales de exasperación. «Oh, sí… ¡por supuesto!», había dicho Jo para intentar arreglarlo. «No hay problema. ¿Para cuándo la quiere?».

La abogada Vibert le había dado el teléfono de la persona a la que debía dirigirse y todo se había acordado muy deprisa. Tenía dos meses para acabar la traducción de Audrey Hepburn, una vida, ¡352 páginas en letra pequeña! Y dos meses, calculó, ¡significa que tengo que terminarla a finales de noviembre!

Se secó la frente. No era su única tarea. Se había inscrito para dar una conferencia en la universidad de Lyon; tenía que redactar más de cincuenta páginas sobre el trabajo femenino en los telares en el siglo XII. En la Edad Media, las mujeres trabajaban casi tanto como los hombres, pero no realizaban el mismo tipo de trabajo. Según los libros de cuentas de los pañeros, de cuarenta y un obreros, veinte eran mujeres y veintiuno hombres. A ellas les estaban prohibidos los trabajos considerados demasiado cansados. Así como la tapicería en lizo, porque obligaba a trabajar con los brazos extendidos. A menudo tenemos ideas preconcebidas sobre esta época, imaginándonos a las mujeres retiradas en sus castillos, escondidas entre su sombrero de capirote y su cinturón de castidad, y sin embargo eran activas, sobre todo entre los sectores populares y artesanos. Mucho menos en la aristocracia, por supuesto. ¿Cómo empezar? ¿Con una anécdota? ¿Con una estadística? ¿Con una visión general?

Joséphine pensaba con el bolígrafo en mano. Cuando, de pronto, le vino una idea a la cabeza que estalló como una bomba: ¡Había olvidado preguntar cuánto le pagarían por lo de Audrey Hepburn! He realizado mi trabajo como una buena obrera y lo he olvidado. La inundó una oleada de pánico y se imaginó caída en una trampa. ¿Qué hacer? ¿Volver a llamar y decir: «Perdón, me gustaría saber cuánto me van a pagar, porque, mire usted, he olvidado preguntárselo antes»? ¿Preguntar a la abogada Vibert? Imposible. Blandengue y lela, blandengue y lela, blandengue y lela. ¡Todo va demasiado deprisa! Se lamentó. Pero ¿qué hacer si no? La gente no tiene tiempo que perder, tiempo para pensar. Habría tenido que anotar en un papel todas mis dudas antes de presentarme a la cita. Tengo que aprender a actuar deprisa, a ser eficaz. Yo, que llevaba una vida de ratón de biblioteca…

Shirley le ayudaba con la traducción de la biografía de Audrey Hepburn. Joséphine subrayaba las palabras o expresiones que le daban problemas y se las planteaba a Shirley. Sus puertas no paraban de abrir y cerrarse.

Pero allí, sobre el papel, las cifras no mentían. Se las arreglaba bastante bien. Sintió una sensación de euforia y extendió sus brazos para representar su triunfo. ¡Feliz! ¡Feliz! Después se calmó e invocó al cielo para que durase el milagro. Ni por un segundo pensó: es porque trabajo, porque no paro de trabajar. ¡No! Joséphine no relacionaba nunca el esfuerzo con la recompensa. Nunca se concedía una felicitación. Daba gracias a Dios, al cielo, a Philippe o a la abogada Vibert. Nunca pensaba en ponerse algún laurel por las horas pasadas inclinada sobre el diccionario o la hoja de papel.

Tendría que comprarme un ordenador si sigo haciendo esta clase de trabajo. Otro gasto, pensó, y borró el pensamiento con la mano.

Había puesto los ingresos en una columna y en otra, los gastos. Marcaba a lápiz las eventuales entradas y salidas, con bolígrafo rojo lo que era seguro. Y redondeaba, redondeaba mucho. En su contra. Así, se decía, las sorpresas sólo podrán ser positivas y tendría un pequeño margen. Es lo que le aterrorizaba: no tener margen. Cualquier golpe duro significaría la catástrofe.

Ya no tenía a nadie en quien apoyarse.

Debe de ser ese el auténtico sentido de la palabra «sola». Antes eran dos. Antes, sobre todo, Antoine se encargaba de todo. Ella firmaba allí donde él le indicaba. Él reía y decía: «¡Podría hacerte firmar lo que quisiera!», y ella contestaba: «Sí, claro, confío en ti». El la besaba en el cuello mientras ella firmaba.

Ya nadie la besaba en el cuello.

Todavía no habían hablado de separación ni de divorcio. Había continuado, dócilmente, firmando todos los papeles que él le presentaba. Sin hacer preguntas. Cerrando los ojos para que ese lazo durara todavía. Marido y mujer, marido y mujer. Para lo bueno y para lo malo.

El continuaba «cambiando de aires». Con Mylène. Va a hacer seis meses que se airea, pensó, sintiendo cómo montaba en cólera. Hundirse en esos ataques de rabia era cada vez más frecuente.

Cuando él vino a buscar a las niñas a principios de julio, fue doloroso, muy doloroso. La puerta del ascensor que se cierra. «¡Adiós, mamá, trabaja bien!». Y después el silencio en el hueco de la escalera. Y después… había corrido hasta el balcón y visto a Antoine que cargaba el coche, abría el maletero, colocaba las dos maletas y… delante, en el lugar que antes ocupaba ella, un codo que sobresalía. Un codo de algodón rojo.

¡Mylène!

Se la llevaba de vacaciones con sus hijas.

¡Mylène!

Estaba sentada en su sitio.

¡Mylène!

Sin esconderse, el codo apoyado fuera del coche. Su codo rojo.

Jo sintió, por un instante, ganas de correr y coger a sus hijas por el cuello y arrancarlas de las garras de su padre, pero se lo pensó. Antoine tenía todo el derecho, el más estricto derecho. No había nada que decir.

Se había dejado caer sobre el suelo de cemento del balcón. Se había tapado la cara con los puños y llorado, llorado. Un buen rato. Sin moverse. Pasando y repasando sin parar la misma película. Antoine presentando a Mylène a sus hijas, Mylène sonriéndolas. Antoine conducía. Mylène llevaba el mapa. Antoine proponía detenerse en un restaurante, Mylène lo elegía. Antoine había alquilado un piso con las niñas y Mylène. La habitación de sus hijas, su habitación con Mylène. El dormía con Mylène y sus hijas, en la habitación de al lado. Por la mañana, preparaban el desayuno juntos. ¡Todos juntos! Antoine iba al mercado con sus hijas y Mylène. Corría por la playa con sus hijas y Mylène. Llevaba a la feria a sus hijas y a Mylène. Compraba algodón de azúcar a sus hijas y a Mylène. Las palabras formaban una única cantinela que recitaba «sus hijas y Mylène, Antoine y Mylène». Entonces había respirado profundamente y gritado: «¡Familia recompuesta y una mierda!». Se había extrañado de oírse gritar así y había dejado de llorar.

Ese día, Joséphine había comprendido que su matrimonio había terminado. Un codo de tela roja había sido más eficaz que todas las palabras dichas entre Antoine y ella. Se acabó, se había dicho dibujando sobre una hoja de papel un triángulo que había coloreado de rojo chillón. Se a-ca-bó. Punto y final.

Había colgado el triángulo rojo en la cocina encima de la tostadora con el fin de contemplarlo todas las mañanas.

Al día siguiente, había retomado sus traducciones.

Más tarde, cuando viajó a Deauville, a casa de Iris, supo que Zoé había llorado mucho durante ese mes de julio. Se había enterado por Iris, que lo sabía por Alexandre, a quien Zoé se había confiado. «Antoine les ha dicho que tendrían que ir acostumbrándose a Mylène porque pensaba vivir con ella, y tenían un proyecto para después del verano… ¿Qué proyecto? Nadie lo sabe…». Las niñas no hablaban de ello. Joséphine se había mordido la lengua para no hacerles preguntas.

«¡Esas pobres niñas han empezado mal la vida!», había declarado su madre a Iris. «¡Dios mío, lo que se obliga a sufrir a los niños en nuestros días! Y luego nos extrañamos de que la sociedad vaya mal. Si los padres no saben comportarse, ¿qué se puede esperar de los hijos?».

Su madre. Ya no la veía. Desde el mes de mayo. Desde su enfrentamiento en el salón de Iris. Ni una palabra. Ni una llamada de teléfono. Ni una carta. Nada. No pensaba en ello continuamente, pero cuando oía, en la calle, a una mujer de su edad inclinada sobre una anciana a la que llamaba «mamá», sentía cómo sus rodillas flojeaban y buscaba un banco para sentarse.

Y, sin embargo, se negaba a dar el primer paso. Y, sin embargo, no quitaba ni una sola coma al discurso que había pronunciado esa noche.

Se preguntaba incluso si no había sido esa escena con su madre la que le había dado la energía para trabajar. Nos sentimos muy fuertes cuando dejamos de hacer trampas. Esa noche dejaste de fingir y, desde entonces, ¡mira cómo avanzas! Esa teoría era de Shirley. Y Shirley podía no estar equivocada.

Sola. Sin Antoine, sin su madre. Sin hombre.

En la biblioteca, en los estrechos pasillos, entre los estantes de libros, había chocado contra un hombre que caminada en sentido contrario. Ella llevaba los brazos cargados de libros y no lo había visto. Todos los volúmenes habían caído al suelo con gran estruendo, y el desconocido se había agachado para ayudarla a recogerlos. Él la había mirado con los ojos como platos, lo que había provocado a Joséphine un ataque de risa que le obligó a salir para calmarse. Cuando volvió, él le guiñó un ojo en señal de connivencia. Se había sentido turbada. Toda la tarde estuvo buscando su mirada, pero él había mantenido los ojos fijos en sus papeles. Una de las veces que levantó la mirada, él ya se había ido.

Lo había vuelto a ver y él le había hecho una señal con la mano con una sonrisa muy dulce. Era alto, flaco, el pelo castaño le caía en los ojos, y sus mejillas parecían aspiradas de lo hundidas que estaban. Colocaba delicadamente su parka azul marino sobre el respaldo de la silla antes de sentarse, le quitaba el polvo, la alisaba y se dejaba caer como un bailarín sobre la silla girando el respaldo. Tenía las piernas largas y delgadas. Jo le imaginaba bailando claqué. Con medias negras, chaqueta negra y chistera negra. Su rostro cambiaba a menudo de apariencia. A ella le parecía guapo y romántico, y un instante después pálido y melancólico. Nunca estaba segura de recordarlo. A veces perdía su imagen y debía mirar varias veces antes de reconocerlo, en carne y hueso.

No se había atrevido a contarle la historia del hombre joven a Shirley. Se habría reído de ella. Pero tendrías que haberle invitado a un café, preguntado su nombre, saber sus horarios. ¡Qué tonta eres!

Pues, sí… ¡Soy tonta y eso no es nada nuevo!, suspiró Joséphine, garabateando en su hoja de cuentas. Lo veo todo, lo siento todo, capto miles de detalles como astillas que me despellejan viva. Miles de detalles que a otros no les afectan porque tienen la piel de cocodrilo.

Lo más duro era el no dejarse invadir por el pánico. El pánico llegaba siempre por la noche. Sentía crecer dentro de ella el peligro del que no podría huir. Daba vueltas y vueltas en su cama sin conseguir dormirse. Pagar la letra del piso, la comunidad, los impuestos, la bonita ropa de Hortense, el mantenimiento del coche, los seguros, la factura del teléfono, el abono de la piscina, las vacaciones, las entradas de cine, los zapatos, los aparatos dentales… Enumeraba los gastos y, con los ojos abiertos, aterrorizada, se acurrucaba entre las mantas para dejar de pensar. A veces se despertaba, se sentaba en la cama, y hacía y rehacía las cuentas de arriba abajo y constataba que no, que no lo conseguiría a pesar de que, de día, las cifras habían dicho que sí. Encendía la luz, presa del pánico, iba a buscar el trozo de papel en el que había escrito sus cuentas y las repasaba de arriba abajo hasta conseguir cuadrar… su conciencia, y apagaba la luz, agotada.

Tenía miedo de la noche.

Echó un último vistazo a las cifras a lápiz y a las escritas a bolígrafo rojo y constató, tranquilizada, que por el momento no se desbordaban. Su mente voló hacia la conferencia que debía preparar. Recordó un pasaje que había leído. Se había dicho que sería útil copiarlo y servirse de él. Fue en su busca y lo encontró. Decidió colocarlo al principio de su conferencia.

«Los trabajos de historia económica destacan toda la etapa que va desde 1070 hasta 1130 en Francia: encontramos en aquel entonces tanto abundantes fundaciones de burgos en entornos rurales como los primeros signos de desarrollo urbano, tanto la penetración de la moneda en el campo como el establecimiento de corrientes comerciales interurbanas. Y ese tiempo de dinamismo e innovación es también aquel en el que la extorsión señorial se hace sistemática. ¿Cómo abordar la relación entre estos dos hechos: despegue económico a pesar de los señoríos o gracias a ellos?».

Con el codo resbalando sobre el mantel de hule, Jo se preguntó si esa cuestión no sería aplicable también a su propio caso. Desde que estaba sola, agobiada por las facturas que pagar, crecía en conocimiento y sabiduría. Como si el hecho de estar en peligro la empujara a redoblar el esfuerzo, a trabajar, trabajar…

Si todo ese dinero no se evaporara tan deprisa, podría alquilar una casa para las niñas el verano próximo, comprarles la ropa que desean, llevarlas al teatro, a los conciertos… Podríamos cenar en un restaurante una vez a la semana y ponernos guapas. Yo iría a la peluquería, me compraría un vestido, Hortense no se avergonzaría de mí…

Se dejó llevar por la ensoñación durante un momento y después despertó: había prometido a Shirley que le ayudaría a entregar los pasteles para una boda. Un gran pedido. Shirley la necesitaba para que los pasteles no se desparramaran en el coche y para quedarse al volante, durante la entrega, en el caso de que no pudiese aparcar.

Recogió sus cosas, su libro de cuentas, su lápiz y su Bic rojo. Permaneció todavía un instante pensativa, chupando el tapón del Bic, y se levantó, se puso el abrigo y se fue con Shirley.

* * *

Shirley la esperaba en el descansillo golpeando el suelo con el pie. Su hijo Gary permanecía de pie en el quicio de la puerta. Saludó con la mano a Jo y cerró la puerta. Joséphine ahogó una exclamación de sorpresa que no pasó desapercibida para Shirley.

– ¿Qué te pasa? ¿Has visto un fantasma?

– No, es que Gary… acabo de ver en él un hombre, el hombre que será dentro de unos años. ¡Qué guapo es!

– Sí, lo sé, las mujeres comienzan a echarle el ojo.

– ¿Lo sabe?

– ¡No! Y no soy yo la que se lo va a decir… No tengo ganas de que se le ponga en la cabeza.

– Se le suba a la cabeza, Shirley, no ponga.

Shirley se encogió de hombros. Había apilado las cajas en las que había guardado, envueltos en tela blanca, los pasteles que debía entregar.

– Oye… Su padre no debía de estar mal, ¿no?

– Su padre era el hombre más guapo del mundo… Era su principal cualidad, de hecho.

Frunció el ceño y sacudió el aire con la mano como para borrar un mal recuerdo.

– Bueno… ¿cómo lo hacemos?

– Como quieras… Eres tú la que sabes, tú decides.

Joséphine la dejó bosquejar un plan.

– Bajamos al portal, tú vigilas los pasteles mientras voy a buscar el coche, cargamos y ¡hala! Nos vamos. Llama al ascensor y bloquea la puerta.

– ¿Gary viene con nosotras?

– No. Su profesor de lengua está enfermo, siempre está enfermo. Y mejor que quedarse estudiando, ¡prefiere volver a casa y leer a Nietzsche! Hay quien soporta adolescentes llenos de granos, yo soporto a un intelectual. ¡Venga! Estamos perdiendo el tiempo charlando, move on!

Joséphine se puso en marcha. En unos minutos el coche estaba cargado, los pasteles apilados detrás y Jo con una mano puesta en las cajas para sostenerlas.

– Consulta el plano -dijo Shirley-y dime si hay otro camino para evitar la avenida Blanqui.

Joséphine cogió el plano que estaba sobre el salpicadero y lo estudió.

– Qué lenta eres, Jo.

– No soy yo la lenta, eres tú que tienes prisa. Dame tiempo para mirar.

– Tienes razón. Es un detallazo el querer acompañarme. Debería agradecértelo en vez de echarte la bronca.

Eso es exactamente por lo que me gusta esta mujer, se dijo Jo mientras consultaba el plano. Cuando se pasa, lo reconoce, cuando se equivoca, lo reconoce también. Siempre es exacta. Sus palabras, sus gestos, sus actos coinciden con lo que piensa. Nada en ella es falso o artificial.

– Puedes ir por la calle Artois, girar en Maréchal-Joffre y tomar la primera a la derecha, y sales a Clément-Marot.

– Gracias. Debía entregarlos a las cinco, y van y me llaman para decirme que llegue a las cuatro o que me puedo meter los pasteles donde yo me sé. Es un buen cliente, así que sabe que voy a hacer lo que él cuente.

Cuando se enfadaba, cometía faltas gramaticales. En caso contrario, hablaba muy bien.

– La sociedad se ríe de la gente. Les roba su tiempo, la única cosa a la que no se ha puesto precio y que cada uno posee para hacer lo que quiera con él. Todo pasa como si debiésemos sacrificar nuestros mejores años en el altar de la economía. ¿Qué nos queda después, eh? Los años de vejez, más o menos sórdidos, en los que llevamos dentadura postiza y pañales. No me dirás que no hay algo que falla.

– Quizás, pero no veo cómo podemos actuar de otro modo. A menos que cambiemos la sociedad. Otros lo han intentado antes que nosotros, y no se puede decir que los resultados sean satisfactorios. Si envías a paseo a tu sociedad, encontrarán a otro y perderás tu negocio de pasteles.

– Lo sé, lo sé… Pero gruño porque me sienta bien. Evacuó la tensión. Y soñar no es pecado.

Una motocicleta cortó el paso de Shirley, que lanzó una salva de palabrotas en inglés.

– ¡Menos mal que Audrey Hepburn no hablaba como tú! Me costaría mucho traducirla.

– ¿Y tú qué sabes? Quizás se aliviase a veces soltando palabrotas. No están en su biografía, eso es todo.

– Parecía tan perfecta, tan bien educada. ¿Te has dado cuenta de que no tuvo una sola historia de amor que no terminase en boda?

– ¡Eso es lo que dice tu libro! Cuando rodó Sabrina, estuvo tonteando con William Holden y él estaba casado.

– Sí, pero le dejó. Porque él le confesó que se había hecho esterilizar y ella quería muchos niños. Adoraba a los niños. El matrimonio y los niños…

Como yo, añadió Jo en voz baja…

– Hay que reconocer que después de la adolescencia que pasó, debía de soñar con un home, sweet home.

– ¡Ah! ¿También te ha extrañado? Nunca lo hubiese creído de ella, tan menuda, tan frágil.

A los quince años, durante la Segunda Guerra Mundial, en Holanda, Audrey Hepburn había trabajado para la Resistencia. Llevaba mensajes escondidos en las suelas de sus zapatos. Un día, cuando volvía de una misión, fue detenida por los nazis y embarcada junto a una docena de mujeres hasta la Kommandantur. Logró huir y se refugió en el sótano de una casa, con su cartera de la escuela y tan sólo con un zumo de manzana y un trozo de pan. Pasó un mes en compañía de una familia de ratas famélicas. Fue en agosto del 45, dos meses antes de la liberación de Holanda. Muerta de hambre y de angustia, terminó saliendo en plena noche, erró por las calles hasta que encontró su casa.

– ¡Me encanta la prueba de la chica más sexy del mundo! -añadió Jo.

– ¿Y eso qué es?

– Una prueba que hacía en las fiestas, cuando empezó su carrera en Inglaterra. Estaba muy acomplejada porque tenía los pies grandes y nada de pecho. Se ponía en una esquina y se repetía: «Soy la chica más deseable del mundo. Los hombres se arrastran a mis pies, sólo tengo que agacharme a recogerlos…». Se lo repetía tantas veces que acababa funcionando. Antes del fin de la fiesta, estaba en el centro de una marea de hombres.

– Deberías intentarlo.

– ¡Oh! Yo…

– Sí, ya sabes… Tu tienes un poco de Audrey Hepburn.

– Deja de burlarte de mí.

– Que sí… ¡Si perdieses unos kilos! Tienes los pies grandes, los pechos pequeños, los grandes ojos de avellana y el cabello castalio liso.

– ¡Qué mala eres!

– Nada de eso. Ya me conoces: digo siempre lo que pienso.

Joséphine dudó un momento, y se tiró a la piscina:

– He visto a un tipo en la biblioteca…

Le contó a Shirley el encontronazo, los libros desparramados, el ataque de risa y la complicidad inmediata que estableció con el desconocido.

– ¿Qué aspecto tiene?

– Parece un estudiante tardío… Viste una parka. Un hombre no lleva parka a menos que sea un estudiante tardío.

– O un cineasta que investiga o un explorador friolero o un licenciado en historia que prepara una tesis sobre la hermana de Juana de Arco… Hay muchas hipótesis, ¿sabes?

– Es la primera vez que me fijo en un hombre desde que…

Jo se detuvo. Todavía le costaba hablar de la partida de Antoine. Tragó y se repuso.

– Desde que Antoine se fue.

– ¿Os habéis vuelto a ver?

– Una vez o dos… cada vez, él me sonríe. No se puede hablar en la biblioteca, todo el mundo está en silencio… Así que nos hablamos con la mirada… Es guapo, ¡qué guapo es! ¡Y romántico!

El semáforo se puso en rojo y Jo aprovechó para sacar papel y lápiz de su bolso y preguntó:

– ¿Sabes cuándo Audrey rueda con Gary Cooper… y él habla un inglés raro?

– Era un auténtico cowboy. Venía de Montana. No decía yes o no, decía yup y nope. Ese hombre que ha hecho soñar a millones de mujeres hablaba como un granjero. Y, sin intención de decepcionarte, era más bien soso.

– El dice también: «Am only in film because ah have a family and we all like to eat!». ¿Cómo traducirías eso en lenguaje cowboy, precisamente…?

Shirley se rascó la cabeza y metió una marcha. Dio un volantazo a la derecha, otro a la izquierda y consiguió, tras insultar a dos o tres automovilistas, salir del atasco.

– Podrías poner: «Yo hago pelis pa dar de come a mi familia, que todos tienen buen saque…». Algo así. Mira en el plano si puedo girar a la izquierda, porque todo está atascado.

– Puedes, pero luego tendrás que volver a girar a la izquierda.

– Giraré a la izquierda. Es el lado del corazón, mi lado.

Joséphine sonrió. La vida se transformaba en centrifugadora con Shirley. Nunca se detenía en las apariencias, las convenciones, los prejuicios. Sabía exactamente lo que quería; iba derecha al grano. La vida según Shirley era sencilla. A veces se sorprendía de la forma en la que educaba a Gary. Hablaba a su hijo como si fuese un adulto. No le ocultaba nada. Le había dicho a Gary que su padre se había volatilizado cuando nació, le había dicho también que, el día que se lo pidiese, le daría su nombre para que lo buscase si quería. Había añadido que estuvo locamente enamorada de su padre, que había sido un niño deseado, amado. Que la vida era muy dura para los hombres de hoy en día, que las mujeres les exigían mucho y que no siempre tenían las espaldas lo suficientemente anchas para cargar con todo. Entonces, a veces, preferían darse a la fuga. Eso parecía haberle bastado a Gary.

Durante las vacaciones, Shirley se iba a Escocia. Quería que Gary conociese el país de sus antepasados, que hablara inglés, que conociese otra cultura. Ese año, cuando volvieron, Shirley estaba sombría y huraña. Se le había escapado esta reflexión: «El año que viene iremos a otra parte…». Después no volvió a mencionarlo.

– ¿En qué piensas? -preguntó Shirley.

– Pienso en tu lado místerioso, en todo lo que no sé de ti.

– ¡Mejor! Saberlo todo del otro es aburrido.

– Tienes razón… Sin embargo, a veces me gustaría ser vieja porque pienso que entonces sabría exactamente quién soy yo.

– En mi opinión, y sólo es una opinión, tu místerio reside en la infancia. Hay algo que pasó que te ha bloqueado. Me pregunto por qué te haces tan poco caso a ti misma, por qué tienes tan poca seguridad…

– Figúrate, yo también me lo pregunto.

– ¡Haces muy bien! Eso es un principio. La pregunta es la primera pieza del puzle a colocar. Hay gente que nunca se hace ninguna pregunta, que vive con los ojos cerrados y que nunca encuentra nada.

– No es tu caso.

– No… Y va a ser cada vez menos el tuyo. Hasta ahora te habías atrincherado en tu matrimonio, en tus estudios, pero estás empezando a sacar la nariz fuera y van a pasar cosas ¡ya verás! Cuando empezamos a movernos, empezamos también a remover la vida a nuestro alrededor. Y no te vas a librar. ¿Nos queda mucho?

A las cuatro en punto, avistaron la puerta de la empresa Parnell Traiteur. Shirley aparcó en el vado, impidiendo la entrada y salida de vehículos.

– Quédate en el coche y muévelo si molesta, ¿vale? Yo voy a hacer la entrega.

Joséphine asintió. Se colocó en el asiento del conductor y contempló a Shirley hacer juegos malabares con las cajas de pasteles. Las colocaba con el hombro, las apilaba bajo el mentón, las sostenía con los brazos y avanzaba a grandes zancadas. De espaldas parecía un auténtico hombre. Llevaba un peto de trabajo y una chaqueta gruesa. Pero sólo tenía que darse la vuelta para convertirse en Urna Thurman o Ingrid Bergman, una de esas rubias altas, cuadradas, la sonrisa franca, la piel clara y los ojos rasgados como los de un gato.

Volvió dando brincos y besó las dos mejillas de Jo.

– ¡Pasta! ¡Pasta! ¡Voy a poder salir a flote! Me toca bastante las narices este cliente, pero me paga bien. ¿Vamos a la cafetería y nos premiamos con una cervecita?

A la vuelta, mientras se dejaban arrullar por el traqueteo de la furgoneta, y Joséphine pensaba en el esquema de su conferencia, una silueta que cruzaba frente a ella la sacó de sus pensamientos.

– ¡Mira! -gritó Jo agarrando a Shirley por la manga-. Allí delante.

Un hombre en parka, con media melena castaña, las manos en los bolsillos, cruzaba sin prisas.

– No puede decirse que sea nervioso. ¿Le conoces?

– ¡Es él, el hombre de la biblioteca! Ese… ya sabes… mira que guapo e indolente.

– Como indolente, sí, es indolente.

– ¡Qué presencia! Está aún más guapo que en la biblioteca.

Joséphine se echó hacia atrás en su asiento por miedo a que él la viese. Después, sin poder aguantar, se acercó y pegó la nariz al parabrisas. El chico de la parka se había vuelto y hacía grandes gestos mostrando el semáforo que iba a pasar a verde.

– ¡Ay! -dijo Shirley-. ¿Ves lo que yo veo?

Una chica rubia, delgada, encantadora, se lanzó hacia él y le agarró. Le metió una mano en el bolsillo de la parka y le acarició la mejilla con la otra.

Joséphine bajó la cabeza y suspiró.

– ¡Ya está!

¿Ya está qué? -rugió Shirley-.Ya está que no sabe que estás aquí. Ya está que puede cambiar de opinión. Ya está que te vas a convertir en Audrey Hepburn y seducirle. Ya está que dejas de comer chocolate mientras trabajas. Ya está que adelgazas. Ya está que él no ve más que tus grandes ojos, tu talle de avispa y ya está que cae a tus pies. Ya está que eres tú la que metes la mano en el bolsillo de su parka. Y ya está que echáis una canita al aire. Es así como debes pensar, Jo, y no de otro modo.

Joséphine la escuchaba todavía con la cabeza gacha.

– No debo de estar hecha para vivir grandes historias de amor.

– No me digas que ya te habías imaginado toda una novela.

Jo, lastimosa, afirmó con la cabeza.

– Me temo que sí…

Shirley metió una marcha, empuñó el volante, y arrancó de un golpe seco y violento, descargando toda su rabia contra la calzada y dejando en ella la huella de sus neumáticos.

* * *

Esa mañana, al llegar al despacho, Josiane había recibido una llamada de su hermano para informarle de que su madre había muerto. A pesar de que sólo recibió golpes de su madre, lloró. Lloró por su padre muerto diez años antes, por su infancia salpicada de sufrimiento, por la ternura que nunca tuvo, la risa que nunca compartió, los cumplidos que nunca escuchó, sobre todo por ese vacío que tanto le dolía. Se sintió huérfana. Después se dio cuenta de que era realmente huérfana y redobló su llanto. Era como si recuperase el tiempo perdido: de pequeña no tenía derecho a llorar. Un gesto de llanto y venía la bofetada, que silbaba en el aire y llegaba para quemarle la mejilla. Comprendió, mientras derramaba las lágrimas, que estaba tendiendo la mano a esa niña que nunca había podido llorar, que era una manera de consolarla, de tomarla en sus brazos, de hacerle un pequeño sitio a su lado. Es extraño, se dijo, tengo la impresión de desdoblarme: la Josiane de treinta y ocho años, astuta, determinada, que sabe llevar las riendas de la vida sin ser vapuleada, y la otra, la niña de cara sucia y torpe a la que le duele la tripa de miedo, de hambre, de frío. Llorando, las reunía a las dos y se sentía bien con ese encuentro.

– Pero ¿qué pasa aquí? ¡Esto se ha convertido en el despacho de los llantos! ¡Y no respondes al teléfono!

Henriette Grobz, tiesa como un paraguas, con una gran tortilla a modo de sombrero puesto en la cabeza, miraba a Josiane que, en efecto, oyó que el teléfono estaba sonando. Esperó un instante y, cuando se paró, sacó un pañuelo de papel usado del bolsillo y se sonó.

– Es por mi madre -suspiró Josiane-. Ha muerto.

– Eso es muy triste, claro, pero… Todos perdemos a nuestros padres un día u otro, hay que estar preparado.

– ¡Pues bien! Digamos que yo no estaba preparada…

– Ya no eres una niña. Recupérate. Si todos los empleados trajeran sus problemas personales a la empresa, ¿hacia dónde iría Francia?

Los estados de ánimo en el trabajo son un lujo del patrón, no del empleado, pensó Henriette Grobz. ¡No tiene más que aguantar las lágrimas y en casa podrá llorar todo lo que quiera! Nunca le había gustado Josiane. No le gustaba su insolencia, su forma de moverse cuando caminaba, ligera, moviendo sus carnes, felina, su hermosa cabellera rubia, sus ojos. ¡Ay, esos ojos! Excitantes, audaces, vivos y a veces acuosos, lánguidos. Había pedido muchas veces a Chef que la echara, pero él se negaba.

– ¿Está mi marido? -preguntó a Josiane, quien, con la mirada perdida, se había incorporado y fingía seguir el vuelo de una mosca para no tener en frente a esa mujer que aborrecía.

– Está en el piso de arriba, pero va a volver. No tiene más que esperarle en su despacho, no debería de tardar… ¡ya conoce usted el camino!

– Un poco de educación, hija, no te permito que me hables así… -replicó Henriette Grobz con un tono dominante que hería.

Josiane respondió como una serpiente de cascabel.

– No me llame usted hija. Soy Josiane Lambert y no su hija. ¡Por suerte! Me moriría.

No me gustan esos ojos, pensó Josiane. Esos ojitos fríos, duros, avaros, llenos de sospechas y cálculos. No me gustan esos labios finos, secos, sus comisuras blanquecinas. Esa mujer tiene la boca de escayola. No soporto que se dirija a mí como si fuese su criada. ¿En qué consiste su éxito, en haberse casado con un hombre estupendo que la ha sacado de la miseria? Ha puesto el culo bien al abrigo, pero yo podría hacer que volviese a la calle. Quien ríe el último ríe mejor.

– Tenga cuidado, mi pequeña Josiane, tengo influencia sobre mi marido y podría decidir que ya no tiene usted nada que hacer en esta empresa. Secretarias las hay a miles. Yo que usted, cuidaría mis palabras.

– Y yo si fuera usted, no estaría tan segura de mí misma. Mientras tanto, déjeme trabajar y vaya a instalarse en su despacho -la espetó Josiane con un tono tan autoritario que Henriette Grobz, con su paso rígido y mecánico, la obedeció.

Ya en la puerta, se dio la vuelta y, apuntando con el dedo amenazante a Josiane, añadió:

– Esto no acabará así, mi querida Josiane. Vas a oír hablar de mí y si quieres un consejo, empieza a guardar tus cosas.

– Eso ya lo veremos, mi querida señora. Las he conocido más miserables que usted y hasta ahora nadie ha podido conmigo. ¡Métase eso en la cabeza, bajo su gran sombrero!

Oyó la puerta del despacho de Chef cerrarse violentamente y esbozó una sonrisa satisfecha. ¡Está rabiosa, la vieja bruja! Un punto a mi favor. Desde la primera vez que se vieron, no soportaba a la Escoba. Ella había cogido la costumbre de no bajar nunca la mirada ante ella. La desafiaba directamente a los ojos. Un duelo de hembras feroces. La una seca, arrugada y gruñona; y la otra llena de chispa, rosada y tierna. ¡Y tan tenaces la una como la otra!

Marcó el número de su hermano para saber cuándo serían las exequias, esperó un instante, comunicando, volvió a marcar y esperó otra vez. ¿Podría ponerla de verdad de patitas en la calle?, se preguntó de pronto escuchando el teléfono que hacía tu-tu-tu. Podría… Quizás sí, en verdad. ¡Los hombres son tan cobardes! El me diría simplemente que me coloca en otro lado. En una sucursal. Y me encontraría lejos de la dirección. Lejos de todo lo que he trabajado con tanta paciencia y que está a punto de dar sus frutos. Tu-tu-tu… ¡Tendré que abrir bien los ojos! Tu-tu-tu… ¡Va a tener que emplearse bien para hacerme tragar la píldora! El bueno de Marcel.

– Hola, Stéphane. Soy Josiane…

El entierro tendría lugar el sábado siguiente en el cementerio del pueblo en el que vivía su madre. Josiane, presa de un ataque de sentimentalismo, decidió asistir, quería estar presente cuando la pusieran bajo tierra. Necesitaba ver a su madre meterse en un gran agujero negro para siempre. Entonces quizás podría decirle adiós, quizás podría murmurar que hubiese querido poder quererla.

– Pidió que la incineraran…

– Ah, bueno… ¿y por qué? -preguntó Josiane.

– Tenía terror a despertarse en la oscuridad…

– La entiendo.

Mi madre querida que tiene miedo a la oscuridad. Sintió una oleada de amor hacia su madre. Y se echó a llorar. Colgó, se sonó y sintió una mano posarse sobre su hombro.

– ¿Algo va mal, bomboncito?

– Es por mamá. Ha muerto.

– ¿Y estás triste?

– Pues, sí…

– Venga, ven aquí.

Chef la había cogido por la cintura y sentado sobre sus rodillas.

– Rodéame el cuello con tus brazos y relájate, como si fueras un bebé. Ya sabes cuánto me hubiese gustado tener un niño, un niño mío.

– Sí -suspiró Josiane acurrucándose contra sus brazos regordetes.

– Ya sabes que ella nunca quiso darme uno.

– Al final, tanto mejor -dijo Josiane mientras se sonaba.

– Por eso lo eres todo para mí. Mi mujer y mi niña.

– ¡Tu amante y tu niña! Porque tu mujer está esperándote en tu despacho.

– ¿Mi mujer?

Chef saltó como si le hubiesen pinchado el trasero con un clavo oxidado.

– ¿Estás segura?

– Hemos cruzado unas palabras…

El se frotó el cráneo con aire molesto.

– ¿Os habéis peleado?

– ¡Venía buscándome, y me ha encontrado!

– ¡Ay, ay, ay! ¡Y yo que necesito su firma! He conseguido endosarle a los ingleses ese asco de sucursal, ya sabes, la de Murepain, de la que me quería desembarazar. ¡Voy a tener que engatusarla! Bomboncito, ¡podrías haber elegido otro día para buscarle las cosquillas! ¿Cómo voy a hacerlo ahora?

– Te va a pedir mi cabeza…

– ¿Hasta ese punto?

Parecía preocupado, se puso a recorrer la habitación, dando vueltas, con grandes aspavientos, golpeando la mesa con la palma de la mano, girando sobre sí mismo, hablando solo y, por fin, agitando los brazos y dejándose caer sobre una silla.

– ¿Tanto miedo te da?

El le dedicó una triste sonrisa de soldado vencido, con las manos arriba, los pantalones por las rodillas.

– Haría mejor yéndola a ver…

– Sí, a saber qué está maquinando sola en tu despacho.

Chef adoptó un aire contrito y se alejó, separando los brazos, batiendo los flancos como si se disculpase por esa retirada vergonzante. Después, agachado, deshecho, se volvió y, con una vocecita sin rastro de temeridad, preguntó:

– ¿Estás enfadada, bomboncito?

– Venga, ve…

Conocía el valor de los hombres. No esperaba que la defendiese. Le había visto demasiadas veces salir temblando de una entrevista con la Escoba. No esperaba nada de él. Quizás dulzura, ternura cuando estaban en la cama. Ella daba el placer que tanta falta le hacía a ese buen gordito y eso la llenaba de alegría, pues, en el amor, dar es tan bueno como recibir. Qué deliciosa sensación tumbarse sobre él y sentir cómo se volvía loco de alegría entre sus muslos. Verle poner los ojos en blanco, su boca torcerse. Su vientre se llenaba de emoción, de un sentimiento de poder… casi maternal. Y además, ¡habían pasado tantos entre sus muslos! ¡Qué mas da uno más que uno menos! Este era bueno. Le había tomado el gusto a ese poder, a ese intercambio de amor entre ella y su bebé gordito. Quizás hubiera hecho mejor callándose, después de todo… Josiane no tenía confianza alguna en los hombres. De hecho, tampoco en las mujeres. ¡Apenas tenía confianza en sí misma! A veces, se veía sobrepasada por sus propias acciones.

Se levantó, se estiró y decidió ir a tomar un café para ordenar las ideas. Echó una última mirada de sospecha hacia el despacho de Chef. ¿Qué estaría pasando entre él y su mujer? ¿Cedería al chantaje y la sacrificaría sobre el altar del parné? El rey Parné. Así llamaba su madre al dinero. La adoración al rey Parné. Sólo nosotros, los pobres y los humildes conocemos esa postergación ante el dinero. No lo guardamos como algo merecido o como un botín, lo ensalzamos, lo idolatramos. Nos precipitamos sobre el más mínimo céntimo que cae y rueda por el suelo. Lo recogemos, lo frotamos hasta que brilla y lo olfateamos. Lanzamos una mirada de perro apaleado sobre el rico que lo ha dejado caer y que no se ha tomado la molestia de agacharse a recogerlo. Y yo con esos aires de mujer liberada, yo he sido explotada toda mi vida por el rey Parné, le debo la pérdida de mi virginidad, los primeros puñetazos en la nuca, las primeras patadas en el vientre, he sido humillada y golpeada, en cuanto veo un rico no puedo impedir mirarle como a un ser superior, levanto los ojos hacia él como si fuera el Mesías, me postro ante él para llenarle de incienso y mirra.

Furiosa contra sí misma, se colocó la falda y fue a echar una moneda en la máquina de café. El chorro hirviendo cayó sobre el vaso y esperó a que la máquina hubiese terminado de escupir su bilis negra. Agarró el vaso con las dos manos y disfrutó del calor que desprendía.

– ¿Qué haces esta noche? ¿Vas a ver al Viejo?

Era Bruno Chaval, que acababa de hacer una pausa frente a la máquina de café. Había sacado un cigarrillo que golpeaba sobre el paquete antes de encenderlo. Fumaba cigarrillos sin filtro, lo había visto hacer en las películas.

– Ay, no lo llames así.

– ¿Tienes un ataque de amor, chata?

– No aguanto que le llames el Viejo, así de simple.

– ¿Así que al final estás enamorada del gordito?

– Pues, sí.

– ¡Ah! Nunca me lo habías dicho.

– La conversación nunca ha sido una prioridad entre nosotros.

– Entiendo: estás de mala leche. Me callo.

Ella se encogió de hombros y frotó su mejilla contra el vaso caliente.

Permanecieron en silencio durante un rato, sin mirarse, bebiendo café a pequeños sorbos. Chaval se aproximó, pegó su cadera contra la de ella y dio un golpe de riñon, como si nada, para verificar que estaba realmente enfadada. Después, como no se movía, como no le rechazaba, hundió la nariz en su cuello y suspiró:

– Hummm, hueles a jabón del bueno. Tengo ganas de tumbarte y tomarme mi tiempo para olerte.

Ella se apartó dando un suspiro. Como si se tomase su tiempo. ¡Como si la acariciase! ¡Se dejaba querer, eso sí! Era él el que se tumbaba y ella debía hacer todo el trabajo hasta que gemía y se relajaba. Con suerte, después se lo agradecía o la abrazaba.

Cínico y encantador, arqueando su fino talle, encendiendo su cigarrillo, quitándose un mechón de pelo molesto, no dejaba de mirarla contemplándola con la satisfacción de un propietario contento con su adquisición. Sabía doblegarla, seducirla. Desde que se la había metido en el bolsillo -o más bien en la cama-, se había vuelto vanidoso. ¡Como si fuera una proeza! Se apropiaba del triunfo de su conquista y se le estiraba el cuello. Tenía acceso al jefe gracias a ella y el poder estaba al alcance de su mano. No era más que un vulgar empleado ¡e iba a convertirse en socio! Los hombres son así, no saben aceptar el éxito o la gloria sin extender las plumas y pavonearse. Y desde que Josiane le había prometido que hablaría con el Viejo y que conseguiría su ascenso, echaba humo de impaciencia. La buscaba por todos lados, en los pasillos, en los recodos, en los ascensores, para que ella le tranquilizase. ¿Ha firmado ya? ¿Ha firmado? Ella le rechazaba, pero siempre volvía. ¿Qué te has creído? La incertidumbre me pone de los nervios. ¡Ya me gustaría verte a ti!, gemía.

Esta vez también le hubiese querido preguntar: «¿Y bien? ¿Te ha dicho algo?». Pero se veía perfectamente que no era el momento. Esperó.

A Josiane no le duraban mucho los enfados. Era más bien simpática con los hombres. ¿Cómo es que no los odio más?, se preguntaba. ¿Cómo es que todavía me gusta hacer el amor? Incluso a los gordos, los feos, los violentos que me forzaron no los odio. No se puede decir que me hayan dado mucho placer, pero siempre vuelvo a caer. Y si disfrazan sus sucios vicios de suavidad y ternura, me pongo a cien. Basta con que me hablen suavemente, que me consideren un ser humano con alma, cerebro, corazón, que me concedan un sitio en la sociedad, para que me vuelva a convertir en una niña. Todas mis cóleras, mis rencores, mis venganzas desaparecen, estoy dispuesta a sacrificarme para que continúen hablándome con respeto y consideración. Que me digan palabras bonitas. Que me pidan mi opinión. ¡Qué tonta soy!

– Venga, guapita, ¿hacemos las paces? -susurró Chaval apoyando su mano sobre la cadera de Josiane y haciéndola girar contra él.

– Para, nos va a ver.

– ¡Que no! Diremos que somos buenos compañeros y que estábamos bromeando.

– Que no, te digo. Está en el despacho con la Escoba. Si sale y nos ve, la cago.

A lo mejor ya la he cagado. A lo mejor ya me ha sacrificado en el altar de la empresa. Con el tiempo que hace que quiere deshacerse de la fábrica de Murepain, estará dispuesto a todo para que ella firme. Va a prometerle mi cabeza en una bandeja. Yo no valgo mucho en comparación con ese contrato. Y entonces todo se irá al garete, Chef, Chaval y el dios Parné. Todos se pondrán al abrigo y yo me encontraré en la calle con el culo al aire, como siempre. Al pensar eso, Josiane perdió todo su valor y sintió cómo se reblandecía. Se apoyó contra Chaval y perdió valentía.

– ¿Al menos me quieres un poco? -preguntó con una voz que mendigaba ternura.

– ¿Que si te quiero, preciosa? ¿Acaso lo dudas? Estás loca. Espera un poco y verás cómo te lo demuestro.

Deslizó una mano bajo su trasero y se lo cogió.

– No, pero… si al final no sale bien, por suerte o por desgracia, ¿seguirás conmigo?

– ¿Qué? ¿Ha dicho algo contra mí? Dime, dime…

– No, pero de pronto tengo miedo…

Ella sintió cómo el dios Parné blandía un enorme cuchillo para rebanarle el cuello. Le temblaba todo el cuerpo y sintió un enorme vacío en su interior. Cerró los ojos y se acurrucó contra él. El reculó un instante, pero, viendo que se había puesto lívida, la sostuvo y la cogió por el talle. Ella se dejó llevar mientras murmuraba «sólo unas palabras, dime unas palabras bonitas, es que tengo tanto miedo, lo entiendes, tengo tanto miedo…». El comenzó a enfadarse. Dios, ¡qué complicadas son las mujeres! pensó. Hace apenas un minuto, me manda al cuerno, y un minuto después me pide que la consuele. Molesto, la tenía contra él, casi la sostenía porque la sentía sin fuerzas y abandonándose. Tan débil, a punto de desmayarse. Le acariciaba el pelo distraídamente. No se atrevía a preguntar si el Viejo había firmado su ascenso, pero eso le carcomía por dentro, así que la sostenía como quien tiene un paquete del que no puede desembarazarse. Sin saber muy bien qué hacer: ¿apoyarla en la máquina de café?, ¿sentarla? No había sillas… ¡Ay!, refunfuñó, eso el lo que pasa cuando pone uno su futuro en manos de una tía. Lo único que deseaba era librarse de los brazos de esa mujer. Follar vale, pero nada de chorradas después. Nada de juramentos de amor, de besos lacrimógenos. En cuanto nos acercamos demasiado, pillamos todos los miasmas de la afección.

– Venga, Josy, ¡domínate! A ver si al final sí que nos van a ver. Venga, ¡vas a estropearlo todo!

Ella se enderezó, se separó titubeando, con los ojos enrojecidos por las lágrimas y pidió perdón… Pero era demasiado tarde.

Henriette y Marcel Grobz esperaban delante del ascensor y, mudos, les miraban fijamente. Henriette, con un rictus en la boca y el rostro crispado bajo su gran sombrero. Marcel, mudo, deshecho, con las mejillas temblando por una pena que no desmentía el resto de su fisonomía.

Herniette Grobz volvió la cabeza la primera. Después agarró a Marcel por la chaqueta y lo metió en el ascensor. Una vez se cerraron las puertas, ella dejó escapar su rebosante alegría.

– Ya lo has visto, ¡sabía que esa chica era una cualquiera! Cuando pienso en la manera en la que me ha hablado, y tú la defendías, además. Qué ingenuo puedes llegar a ser, mi pobre Marcel.

Marcel Grobz, con los ojos fijos en la moqueta del ascensor, contaba los agujeros hechos por las quemaduras de cigarrillo y luchaba por contener las lágrimas que se acumulaban en su garganta.

* * *

La carta llevaba un sello de colorines, con un matasellos de más de una semana. Estaba dirigida a Hortense y Zoé Cortès. Jo reconoció la letra de Antoine, pero se abstuvo de abrirla. La colocó en la mesa de la cocina en medio de los papeles y los libros, la dio vueltas y vueltas, se la llevó a los ojos intentando percibir fotos, un cheque… En vano. Tuvo que esperar a que sus hijas volvieran del colegio.

Fue Hortense la primera que la vio y la cogió. Zoé se puso a dar saltos gritando: «¡Yo también! ¡Yo también quiero la carta!». Joséphine les hizo sentarse y pidió a Hortense que la leyera en voz alta. Después sentó a Zoé sobre sus rodillas y, abrazándola fuertemente, se dispuso a escuchar. Hortense abrió el sobre con la ayuda de un cuchillo y sacó seis hojas de papel fino, las desplegó y las colocó en la mesa de la cocina alisándolas con ternura con el dorso de la mano. Después empezó a leer:

Mis queridas niñas:

Como habréis comprendido seguramente al ver el sello en el sobre, estoy en Kenia. Desde hace un mes. Quería daros una sorpresa y por eso no os he dicho nada antes de irme. Pero cuento con vuestra visita en cuanto esté completamente instalado. Podríamos prever eso para las vacaciones escolares. Ya veré eso con mamá.

Kenia es (si miráis en un diccionario) un estado que linda con Etiopía, Somalia, Uganda, Ruanda y Tanzania, en la costa este de África, frente a las islas Seychelles, en el océano Indico… ¿Eso os dice algo? ¿No? Vais a tener que repasar la geografía. La banda costera en la que vivo, entre Malindi y Mombasa, es la región más conocida de Kenia. Dependió del sultán de Zanzíbar hasta 1890. Los árabes, los portugueses y, después, los ingleses se disputaron Kenia, y no fue independiente hasta 1963. Pero ¡basta de historia por hoy! Estoy seguro de que sólo os preguntáis una cosa: ¿qué hace papá en Kenia? Antes de responder, una recomendación: ¿estáis sentadas, mis niñas? ¿Estáis bien sentadas?

Hortense esbozó una sonrisa indulgente y suspiró: «Ese es papá en estado puro». Jo no se lo podía creer: ¡se había ido a Kenia! ¿Solo o con Mylène? El triángulo rojo, encima del tostador, se burlaba de ella. Parecía que le estaba guiñando un ojo.

¡Me dedico a la cría de cocodrilos…

Las niñas abrieron la boca sorprendidas. ¡Cocodrilos! Hortense retomó su lectura resoplando entre líneas de lo desconcertada que estaba.

… para los industriales chinos! Ya debéis de saber que China se está convirtiendo en una potencia industrial, que posee una variedad extraordinaria de recursos naturales y comerciales que van desde la fabricación de ordenadores hasta motores de coche, pasando por todo lo que se produce en el mundo, y he aquí que los chinos han decidido explotar a los cocodrilos como materia prima. Un tal señor Wei, mi jefe, ha instalado en Kilifi una granja piloto y espera que, pronto, esa granja produzca carne de cocodrilo, huevos de cocodrilos, bolsos de cocodrilo, carteras de cocodrilo en cantidades industriales. Os sorprenderíais si os contara todos los planes de mis inversores y la genialidad de sus instalaciones. Así que han decidido «cultivarlos» masivamente dentro de un parque natural. El señor Lee, mi ayudante chino, me ha contado que llenaron enormes Boeing 747 con decenas de miles de cocodrilos procedentes de Tailandia. Los granjeros tailandeses, afectados por la crisis asiática, se vieron obligados a desembarazarse de ellos: ¡el precio del cocodrilo había caído un setenta y cinco por ciento! Los compraron por casi nada. Estaban de rebajas.

– ¡Qué gracioso es papá! -interrumpió Zoé mientras se chupaba el dedo-. Pero a mí no me gusta que trabaje con cocodrilos. Los cocodrilos son un asco.

Los han instalado en cauces de ríos aislados por redes de acero y han buscado a un «deputy general manager»… Ese es mi puesto, mis niñas. ¡Soy el deputy general manager del Croco Park!

– Es algo así como un Presidente Director General -declaró Hortense tras reflexionar-. Es lo que había escrito en mis fichas al principio del curso cuando me preguntaron la profesión del padre.

¡Y reino sobre setenta mil cocodrilos! ¿Os dais cuenta?

– ¡Setenta mil! -dijo Zoé-. Mejor que no se caiga al agua cuando se pasee por la granja. No me gusta nada de nada.

Ha sido un antiguo cliente de los tiempos en los que trabajaba en Gunman and Co. el que me encontró este trabajo. Me crucé con él, en París, una tarde de junio, mientras tomaba algo en el bar panorámico de Concorde Lafayette, puerta Maillot. Lo recordaréis, os he llevado varias veces. Le dije que buscaba trabajo, que tenía ganas de salir de Francia y pensó en mí cuando oyó hablar de la granja de cocodrilos. Lo que me llevó a embarcarme en esta aventura es la increíble revolución económica que está sucediendo en China. Es como el Japón de los años ochenta. Todo lo que tocan los chinos se transforma en oro. Incluidos los cocodrilos. En fin, lo de hacer prosperar los cocodrilos es tarea mía. E incluso, por qué no, hacer que coticen en Bolsa. Sería extraño, ¿no? Los obreros chinos enviados aquí trabajan largas jornadas y se hacinan en bungalós de adobe. Pasan el tiempo riéndose. Incluso llego a preguntarme cómo es que no se ríen mientras duermen. Resultan tan graciosos con sus piernecitas delgadas que salen de sus pantalones cortos anchos. El único problema es que hay muchos ataques de cocodrilos y reciben muchas dentelladas en los brazos, en las piernas e incluso en la cara. Y ¿sabéis qué? Se cosen ellos mismos. Con aguja e hilo. ¡Son impagables! Tenemos una enfermera que se encarga de coserlos, pero se ocupa principalmente de los visitantes.

Porque he olvidado deciros que el Croco Park está abierto a los turistas. A los europeos, americanos y australianos que vienen a hacer safaris a Kenia. Nuestra granja figura como lugar destacado en el catálogo de excursiones que les proponen. Pagan una entrada mínima y reciben una caña de pescar de bambú y dos esqueletos de pollo para atarlos al final del sedal. Así pueden divertirse metiendo los trozos de pollo en el agua de los pantanos y dar de comer a los cocodrilos, que, hay que reconocerlo, son bastante glotones. ¡Y también muy peligrosos! Por mucho que recomiendes a los visitantes que sean prudentes, a veces se confían, se aproximan y son mordidos, porque el cocodrilo es muy rápido y tiene filas de dientes tan afilados como una sierra. Han llegado a golpear a alguien con la cola y romperle el cuello. Intentamos que no se dé demasiada publicidad a esos incidentes. Pero no les quedan muchas ganas de volver cuando les han mordido gravemente, y no puedo reprochárselo.

– Normal -reconoció Hortense-. Yo cuando vaya los miraré con unos prismáticos.

Jo escuchaba atónita. ¡Una granja de cocodrilos! ¿Y por qué no un criadero de escarabajos?

Pero estaos tranquilas: yo no corro ningún riesgo porque, de los cocodrilos, me ocupo desde lejos. No me acerco a ellos. Eso se lo dejo a los chinos. El negocio promete ser muy próspero. Primero porque China produce así la materia prima que necesita para fabricar todos los diseños franceses e italianos -bolsos, zapatos y accesorios-que copia. Además, porque los chinos adoran la carne y los huevos de cocodrilo, que son cuidadosamente embalados y enviados a China por barco. Veis, tengo medios para organizar este asunto y no estoy parado. Vivo en lo que llaman aquí «la casa del jefe», una gran vivienda de madera situada en medio de la granja con piso superior, varios dormitorios y una piscina rodeada de alambre de espino por si a un cocodrilo se le ocurriese entrar a darse un baño. ¡Ya ha ocurrido! El director del parque, que vivía allí antes que yo, se encontró un día cara a cara con un cocodrilo, y, desde entonces, la seguridad ha sido reforzada. En cada esquina de la granja se han colocado garitas con guardias armados que barren la zona con grandes proyecto-res; a veces, durante la noche, los indígenas vienen a robar los cocodrilos cuya carne, como sabéis, es deliciosa.

Bueno, mis niñas, ya conocéis todo o casi todo de mi nueva vida. Se hace de día y voy a reunirme con mi ayudante para preparar las tareas de hoy. Os escribiré dentro de poco y muy a menudo, porque os echo de menos y pienso mucho en vosotras. He colocado vuestras fotos sobre la mesa de mi despacho y os presento a todo el que me pregunta: «Pero ¿quiénes son estas señoritas tan guapas?». Y contesto con orgullo: «Son mis hijas, las chicas más guapas del mundo». Escribidme. Decidle a mamá que os compre un ordenador, así podré mandaros fotos de la casa, de los cocodrilos y de los chinitos en pantalón corto. Ahora hay equipos muy baratos y no debería de suponer un gran gasto. Os envío un beso tan fuerte como mi amor por vosotras, papá.

P.D.: Adjunto una carta para mamá…

Hortense tendió una última hoja a Joséphine, quien la dobló y la metió en un bolsillo de su delantal de cocina.

– ¿No la vas a leer ahora? -preguntó Hortense.

– No… ¿Queréis que hablemos de la carta de papá?

Las niñas la miraron sin decir nada. Zoé se chupaba el pulgar. Hortense pensaba.

– ¡Qué estupidez eso de los cocodrilos! -dijo Zoé-. ¿Y por qué no se ha quedado en Francia?

– Porque en Francia no se crían cocodrilos, como bien dice. -suspiró Hortense-. Y, además, no paraba de decir que quería irse al extranjero. Cada vez que le veíamos, sólo hablaba de eso… Sólo me pregunto si ella se ha ido con él…

– Espero que le paguen bien y que le guste su trabajo -añadió Joséphine rápidamente para que las niñas no se pusiesen a hablar de Mylène-. Es muy importante para él salir a flote, tener de nuevo responsabilidades. Un hombre que no trabaja no puede sentirse bien consigo mismo… Y, además, está en su elemento. Siempre le gustaron los grandes espacios, los viajes, África…

Joséphine intentaba conjurar con palabras la aprensión que sentía. ¡Qué locura!, se decía. Espero que no haya invertido en ese negocio… ¿Qué dinero podría invertir? ¿El de Mylène? A mí me hubiese costado ayudarle. No iba a ser yo la que le echase una mano. Recordó entonces que tenían una cuenta común en el banco. Se propuso hablar con el señor Faugeron, su interlocutor en la entidad.

– Yo me voy a ver en mi libro sobre reptiles lo que fabrican los cocodrilos -declaró Zoé saltando de las rodillas de su madre.

– Si tuviésemos Internet, no necesitarías consultar un libro.

– Pero no tenemos Internet -dijo Zoé-, así que yo miro en los libros…

– Estaría bien que nos comprases un ordenador -dejó caer Hortense-. Todas mis amigas tienen uno.

Y si ha pedido prestado dinero a Mylène, es que su historia es seria. Quizás vayan a casarse… ¡Pero no, idiota, no puede casarse con ella, ¡no está divorciado!, suspiró Joséphine en alto.

– ¡Mamá, no estás escuchándome!

– Sí, sí…

– ¿Qué te he dicho?

– Que necesitabas un ordenador.

– ¿Y qué piensas hacer?

– No lo sé, cariño, tengo que pensármelo.

– Pensándotelo no vas a poder pagarlo.

¡Estará tan guapa como ama de casa! Rosada, fresca y delgada, esperando a Antoine, saltando al jeep para dar la vuelta al parque, preparando la comida, hojeando un periódico en una gran mecedora… Y por la noche, cuando él vuelve, un boy les sirve una buena cena que degustan a la luz de las velas. El debe de tener la impresión de reconducir su vida. Una nueva mujer, una nueva casa, un nuevo trabajo. Nosotras tres debemos de parecerle grises en nuestro pequeño piso de Courbevoie.

Esa misma mañana, la señora Barthillet, la madre de Max, le había preguntado: «Y bien, señora Cortès, ¿sabe algo de su marido?». Ella había respondido una tontería. La señora Barthillet había adelgazado mucho y Joséphine le había preguntado si estaba a régimen. «Se va usted a reír, señora Cortès, ¡hago la dieta de la patata!». Joséphine se había echado a reír y la señora Barthillet había continuado: «En serio, una patata cada noche tres horas después de la cena, y todas las ganas de dulce desaparecen. Parece ser que la patata, tomada antes de dormir, libera dos hormonas que neutralizan las ganas de azúcar y de glúcidos en el cerebro. Ya no se tienen ganas de picar entre horas. Así que se adelgaza, científicamente. Fue Max el que me encontró eso en Internet… No tiene usted Internet, ¿no? Porque si no le hubiese dado el nombre de la página. Curioso ese régimen, pero funciona, se lo aseguro».

– Mamá, no es un lujo, es una herramienta de trabajo… Podrías utilizarlo para tu trabajo y nosotras para los estudios.

– Lo sé, cariño, lo sé.

– Eso dices, pero no te interesa. Y, sin embargo, se trata de nuestro futuro…

– Escucha, Hortense, yo haré lo que sea por vosotras. ¡Lo que sea! Cuando digo que me lo voy a pensar, es para no hacerte promesas que no pueda cumplir, pero quizá lo consiga.

– ¡Oh, gracias mamá, gracias! Sabía que podría contar contigo.

Hortense se echó al cuello de su madre e insistió en sentarse sobre sus rodillas como Zoé.

– ¿Todavía puedo, mamá, no soy demasiado vieja?

Joséphine se echó a reír y la estrechó contra ella. Se sintió más emocionada de lo que hubiese debido. Tenerla contra ella, sentir su calor, el dulce olor de su piel, el ligero perfume que subía de su ropa llenaba sus ojos de lágrimas.

– Ay, mi niña, te quiero tanto, si supieras. Me siento tan desgraciada cuando nos enfadamos.

– No nos enfadamos, mamá, discutimos. No vemos las cosas de la misma forma, eso es todo. Y sabes, si a veces me enfado es porque, desde que papá se fue, estoy triste, muy triste, así que lo pago contigo gritándote, porque tú sí que estás…

A Joséphine le costó mucho contener sus lágrimas.

– Eres la única persona con la que puedo contar, ¿lo entiendes? Así que si te pido mucho es porque para mí, mamaíta, tú lo puedes todo… Eres tan fuerte, tan valiente, tan tranquilizadora.

Jo se llenaba de valor escuchando a su hija. Ya no tenía miedo, se sentía capaz de todos los sacrificios para que Hortense siguiese acurrucada contra ella y le diese toda su ternura.

– Te prometo que tendrás tu ordenador, cariño. Para Navidad… ¿podrás esperar hasta Navidad?

– Oh, gracias mamaíta. No podrías darme una alegría más grande.

Rodeó con sus brazos el cuello de Joséphine y apretó tan fuerte que ésta gritó: «¡Piedad! ¡Piedad! ¡Me vas a romper el cuello!». Después corrió a reunirse con Zoé en su habitación para anunciarle la buena noticia.

Joséphine se sentía aliviada. La alegría de su hija se reflejaba en ella y la liberaba de sus preocupaciones. Desde que había aceptado las traducciones, había apuntado a Hortense y Zoé al comedor del colegio y por las noches casi siempre cenaban lo mismo: jamón y puré. Zoé comía haciendo muecas, Hortense mordisqueaba. Joséphine rebañaba sus platos para no tirar nada. Por eso engordo, pensó, como por tres. Terminada la comida, lavaba los platos -el lavavajillas se había estropeado y no tenía dinero para arreglarlo o reemplazarlo-, limpiaba el mantel de hule de la mesa de la cocina, sacaba sus libros del estante y se ponía a trabajar. Dejaba que sus hijas encendiesen la tele y retomaba la traducción.

De vez en cuando oía sus comentarios. Cuando sea mayor seré diseñadora, decía Hortense, montaré mi propia casa de modas… Pues yo coseré vestidos para mis muñecas…, respondía Zoé. Ella levantaba la cabeza, sonreía, y volvía a zambullirse en la vida de Audrey Hepburn. Sólo se detenía para asegurarse de que se habían lavado los dientes e iba a darles un beso cuando se iban a la cama.

– Max Barthillet ya no me invita a su casa, mamá… ¿Por qué crees que es, mamá?

– No lo sé, cariño -respondía Joséphine, ausente-. Todos tenemos nuestras preocupaciones…

– Mamá, si quiero ser diseñadora -aseguraba Hortense-, tengo que empezar a vestirme muy bien… No puedo llevar cualquier cosa.

– ¡Venga, a dormir, niñas! -clamaba Joséphine, impaciente por retomar su trabajo. Mañana a las siete en pie.

– ¿Crees que los padres de Max Barthillet se van a divorciar? -preguntaba Zoé.

– No lo sé, cariño, duérmete.

– ¿Podrías darme algo de dinero para comprarme una camiseta Diesel? Vamos mamá -suplicaba Hortense.

– ¡A dormir! No quiero oír una sola palabra más.

– Buenas noches, mamá.

Retomaba su traducción. ¿Qué hubiese hecho Audrey Hepburn en su situación? Habría trabajado, habría permanecido digna, habría pensado en el bienestar de sus hijos. PERMANECER DIGNA Y PENSAR EN EL BIENESTAR DE LOS HIJOS. Así hubiese llevado su vida, digna, amante y delgada como un clavo. Esa noche, Joséphine decidió comenzar la dieta de la patata.

* * *

Era una noche fría y lluviosa de noviembre. Philippe e Iris Dupin volvían a casa. Habían sido invitados a casa de uno de los socios de Philippe. Una gran cena, una veintena de invitados, un maître de hotel sirviendo los platos, suntuosos centros de flores, un fuego crepitando en la chimenea del salón, conversaciones tan triviales que Iris podría haberlas recitado con antelación. Lujo, esplendor y… aburrimiento, resumía abandonada en el asiento delantero de la confortable berlina que atravesaba París. Philippe conducía, silencioso. Ella no había conseguido que la mirase ni una sola vez en toda la velada.

Iris observaba París y no podía evitar admirar los edificios, los monumentos, los puentes sobre el Sena, la arquitectura de las grandes avenidas. Cuando vivía en Nueva York, echaba de menos París. Las calles de París, la piedra amarillenta de los edificios, los paseos llenos de árboles, las terrazas de los cafés, el curso tranquilo del Sena. Llegaba a cerrar los ojos e imaginar instantáneas de la ciudad.

La vuelta de las veladas era lo que más le gustaba: el trayecto en coche. Quitarse los zapatos, estirar sus largas piernas, apoyar la nuca en el respaldo, cerrar los ojos a medias y dejarse invadir por el espectáculo de la ciudad que las farolas hacían temblar.

Se había aburrido mortalmente en esa cena, sentada entre un joven abogado entusiasta que empezaba en la profesión y uno de los más grandes notarios parisinos que hablaba del alza del mercado inmobiliario. El aburrimiento le provocaba accesos de cólera. Sentía ganas de levantarse y volcar la mesa. En lugar de eso, se desdoblaba y dejaba a «la otra», la hermosa señora Dupin, realizar su trabajo de «señora de». Dejaba oír su risa, la risa de una mujer feliz, para borrar su rabia interior.

Al principio de su matrimonio, se esforzaba en participar en las conversaciones, se interesaba por el mundo de los negocios, en la Bolsa, en los beneficios, los dividendos, las alianzas de los grandes grupos, en las estrategias proyectadas para vencer a un rival o ganar un aliado. Ella procedía de un mundo diferente, el de la Universidad de Columbia, las discusiones acaloradas sobre una película, un guión, un libro, y se sentía tan torpe y dubitativa como una debutante. Después, poco a poco, había comprendido que estaba fuera de juego. La invitaban porque era guapa, encantadora, la mujer de Philippe. Salían en pareja. Pero bastaba que su vecino de mesa le preguntara «y usted, señora, ¿a qué se dedica?» y que ella respondiese «a poca cosa. Me consagro a la educación de mi hijo…», para que insensiblemente le volviese la espalda y se dirigiese a otra invitada. Eso le había entristecido, herido y, después, se había acostumbrado. Algunos hombres flirteaban discretamente con ella, pero cuando las conversaciones se animaban, ella pasaba a un segundo plano.

Esa noche había sido distinta…

Cuando el invitado sentado frente a ella, un atractivo editor, conocido tanto por su trabajo como por su éxito con las mujeres, le había lanzado lleno de ironía: «Y bien, mi querida Iris, ¿sigues en el papel de Penélope encerrada en casa? ¡Pronto te van a tapar con un velo!», ella se había picado y había respondido sin pensar: «Te vas a sorprender: ¡he empezado a escribir!». Apenas había pronunciado esa frase, los ojos del editor se iluminaron. «¿Una novela? ¿Y qué tipo de novela?». «Una novela histórica». Sin pensarlo, se acordó de Joséphine, en sus estudios sobre el siglo XII. Su hermana había aparecido interponiéndose entre ella y ese hombre. «¡Ah! Eso me interesa. A los franceses les vuelve locos la historia y la historia novelada… ¿Has empezado ya?». «Sí», había replicado con aplomo, llamando en su ayuda a la ciencia de su hermana. Una novela ambientada en el siglo XII… En los tiempos de Leonor de Aquitania. Existen un montón de ideas falsas sobre la época. Es un periodo crucial de la historia de Francia. Una época que se parece extrañamente a la actual: el dinero reemplaza al trueque y se coloca en un lugar preponderante en la vida de la gente, los pueblos se vacían, crecen las ciudades, Francia se abre a influencias extranjeras, el comercio se expande por toda Europa, la juventud, que no encuentra su lugar en la sociedad, se rebela y se vuelve violenta. La religión tiene un lugar predominante, a la vez fuerza política, económica y legislativa. En el clero existen actitudes extremistas y cuenta con numerosos fanáticos que se meten en todo. Es también la época de las grandes obras, de la construcción de catedrales, universidades, hospitales, de las primeras novelas románticas, de los primeros debates de ideas… Improvisaba. Todos los argumentos de Jo salían de su boca como ríos de diamantes, y el editor, entusiasmado, olía el gran filón sin bajar la mirada.

– Apasionante. Dime, ¿cuándo comemos juntos?

Resulta tan reconfortante existir y dejar de ser sólo la «señora de» y madre de familia… Sentía que le crecían alas.

– Iré a verte. En cuanto tenga algo consistente que enseñarte.

– No se lo enseñes a nadie antes que a mí, ¿me lo prometes?

– Te lo prometo.

– Cuento contigo. Te haré un buen contrato, no quiero tener que enfrentarme a Philippe.

Le había dado el número de su línea directa y, antes de irse, le había recordado su promesa.

Philippe la dejó frente al portal de su casa y fue a aparcar.

Ella corrió a refugiarse en su dormitorio y se desvistió recordando su fabulación. ¡Qué audacia! ¿Qué voy a hacer ahora? Después se calmó: se olvidará o le diré que sólo estoy empezando, que hay que darme tiempo…

El reloj de bronce colocado sobre la chimenea del dormitorio dio las doce campanadas de medianoche. Iris tembló de placer. ¡Había sido maravilloso inventarse un papel! Convertirse en otra persona. Inventarse una vida. Se había sentido transportada al pasado, a sus tiempos de estudiante en Columbia, cuando estudiaban en grupo una puesta en escena, un papel, el emplazamiento de la cámara, la forma de los diálogos, la eficacia de un montaje. Ella mostraba a los aprendices de actor cómo interpretar su personaje. Ella interpretaba al hombre, después a la mujer, la víctima inocente y la manipuladora perversa. La vida no le parecía nunca lo suficientemente grande como para contener todas las facetas de su personalidad. Gabor la animaba. Juntos escribirían guiones. Formaban un buen equipo.

Gabor… siempre volvía a él.

Sacudió la cabeza y se contuvo.

Por primera vez desde hacía mucho tiempo, se había sentido viva. Por supuesto, había mentido, pero no era una mentira muy gorda.

Sentada a los pies de la cama, vestida con un camisón de encaje color crema, empuñó su cepillo y lo pasó por su largo cabello negro. Era un ritual que nunca se saltaba. En las novelas que leía de niña, las protagonistas se cepillaban el pelo, por la mañana y por la noche.

El cepillo crepitaba y, con la cabeza inclinada, Iris pensaba en su larga y monótona jornada. Otro día más en el que no había hecho nada. Desde hacía algún tiempo, se quedaba encerrada en casa. Había perdido el gusto por distraerse bailando en el vacío. Había comido sola, en la cocina, escuchando el parloteo de Babette, la mujer de la limpieza que ayudaba a Carmen por las mañanas. Iris observaba a Babette como quien disecciona una ameba, en el laboratorio. La vida de Babette era una novela: abandonada de niña, violada, viviendo en familias de acogida, rebelde, delincuente, casada a los diecisiete, madre a los dieciocho, su vida era un rosario de fugas y delitos sin abandonar a su hija, Marilyn, a la que siempre llevaba bajo el brazo, llenándola del amor que ella no había recibido. Con treinta y cinco años, había decidido «dejar de hacer tonterías». Rehabilitarse, trabajar honradamente para pagar los estudios de su hija que acababa de terminar el bachillerato. Sería empleada de hogar. No sabía hacer otra cosa. Una excelente empleada de hogar, la mejor empleada de hogar. Su «tarifa para los ricos» era de veinte euros la hora. Iris, intrigada por esa rubita de ojos azules de fresca insolencia, la había contratado. Y desde entonces adoraba escucharla. El diálogo era a menudo extraño entre esas dos mujeres sin nada en común y quienes, en la cocina, se volvían cómplices.

Esa mañana, Babette había dado un mordisco demasiado fuerte a una manzana, y uno de sus dientes delanteros se había quedado clavado en la fruta. Estupefacta, Iris vio cómo recuperaba el diente, lo limpiaba bajo el grifo, sacaba un tubo de cola de su bolso y lo volvía a poner en su sitio.

– ¿Te pasa a menudo?

– ¿El qué? Ah, ¿mi diente? De vez en cuando…

– ¿Y por qué no vas a un dentista? Vas a terminar perdiéndolo.

– ¿Sabe usted cuánto cuestan los dentistas? Se nota que no le falta a usted el dinero.

Babette vivía en concubinato con Gérard, empleado en una tienda de electrodomésticos. Era ella la que proveía a la casa de bombillas, ladrones, tostador, hervidor, freidora, congelador, lavavajillas y demás. A precios sin competencia: cuarenta por ciento de descuento. Carmen lo apreciaba. Los amores de Gérard y Babette eran un culebrón que Iris seguía con avidez. No paraban de pelearse, de separarse, de reconciliarse, de engañarse y… de amarse. ¡Lo que debería escribir es la vida de Babette! Pensó Iris cepillándose más lentamente.

Esa mañana, Iris había comido en la cocina mientras Babette limpiaba el horno. Entraba y salía del horno como un pistón bien engrasado.

– ¿Cómo haces para estar siempre contenta? -había preguntado Iris.

– Nada excepcional, sabe usted. Gente como yo hay a patadas.

– ¿Con todo lo que has vivido?

– No he vivido más que cualquiera.

– Oh, sí.

– No, es usted a la que no le ha pasado nada.

– ¿No tienes miedos o angustias?

– Para nada.

– ¿Eres feliz?

Babette había cerrado el horno y había mirado a Iris como si acabara de preguntarle sobre la existencia de Dios.

– ¡Qué pregunta más tonta! Esta noche vamos a tomar algo en casa de unos amigos y estoy contenta, pero mañana será otro día.

– ¿Cómo lo haces? -había suspirado Iris con envidia.

– No me diga que usted es infeliz.

Iris no había respondido.

– Estamos buenos… Si yo estuviera en su lugar, ¡lo que iba a divertirme! Sin preocupaciones a final de mes, un piso hermoso, un marido guapo, un hijo guapo… Ni siquiera me lo plantearía.

Iris sonrió con desgana.

– La vida es más complicada que eso, Babette.

– Quizás… Si usted lo dice.

Y se había sumergido de nuevo, de cabeza, dentro del horno. Iris la había oído refunfuñar contra estos hornos pirolíticos que no se limpiaban nada de nada. Había creído escuchar «aceite», seguido de otros gruñidos, y por fin Babette había vuelto a aparecer para concluir:

– Quizás no se puede tener todo en la vida. Yo me río sin parar y soy pobre, y usted se aburre soberanamente y es rica.

Esa mañana, tras haber dejado a Babette en el horno, Iris se había sentido muy sola.

Si solamente hubiese podido llamar a Bérengère… Ya no la veía y se sentía amputada de una parte de ella misma. No de la mejor parte, por supuesto, pero debía reconocer que echaba de menos a Bérengère. Sus chismes, el olor a cloaca de sus chismes.

Yo la miraba por encima del hombro, me decía que no tenía nada en común con esa mujer, pero me encantaba cotillear con ella. Es como algo salvaje dentro de mí, una perversión que me empuja a desear lo que más detesto. No me puedo resistir. Hace seis meses que no nos vemos, calculó, seis meses que ya no sé lo que pasa en París, quién se acuesta con quién, quién está arruinado, quién está en declive.

Había permanecido buena parte de la tarde encerrada en su despacho. Había releído un cuento de Henry James. Le había llamado la atención una frase que había copiado en su libreta: «¿Qué es lo que caracteriza generalmente a los hombres? Simplemente la capacidad que tienen de malgastar indefinidamente su tiempo con mujeres aburridas, de pasarlo, diría, sin aburrirse pero, lo que viene a ser lo mismo, sin darse cuenta de que se aburren, sin incomodarse tanto como para tomar la tangente».

– ¿Soy una mujer aburrida? -murmuró Iris al gran espejo que cubría las puertas de su armario.

El espejo permaneció mudo. Iris volvió a la carga aún más bajo:

– ¿Philippe va a tomar la tangente?

El espejo no tuvo tiempo de responderle. Sonó el teléfono, era Joséphine. Parecía muy excitada.

– Iris… ¿Podemos hablar? ¿Estás sola? Sé que es muy tarde, pero tenía que hablar contigo.

Iris la tranquilizó: no la molestaba.

– Antoine ha escrito a las niñas. Está en Kenia, criando cocodrilos.

– ¿Cocodrilos? ¿Se ha vuelto loco?

– Ah, piensas lo mismo que yo.

– No sabía que los cocodrilos se criaran.

– Trabaja para unos chinos y…

Joséphine le propuso leerle la carta de Antoine. Iris la escuchó sin interrumpirla.

– ¿Y bien?, ¿qué piensas?

– Francamente Jo: ha perdido la cabeza.

– Y eso no es todo.

– Se ha enamorado de una china en pantalón corto que ha perdido una pierna.

– No, nada de eso.

Joséphine se echó a reír. Iris sonrió. Prefería oír a Joséphine reírse de este nuevo episodio de su vida conyugal.

– Me ha escrito una hoja sólo para mí, al final de la carta a las niñas y… no te lo vas a creer…

– ¿Qué? Venga Jo…

– Pues bien, la había puesto en el bolsillo de mi delantal, ya sabes, el gran delantal blanco que me pongo cuando cocino… Cuando me acosté, me di cuenta de que la había dejado en el bolsillo del delantal… Lo había olvidado… ¿No es formidable?

– Al grano, Jo, al grano. A veces es muy difícil seguirte.

– Escucha Iris: me he olvidado de leer la carta de Antoine. No me he precipitado ávidamente para leerla. Eso quiere decir que me estoy curando, ¿no?

– Cierto, tienes razón. ¿Y qué decía esa carta?

– Espera, que te la leo…

Iris escuchó un ruido de papel desplegándose y después se elevó la voz clara de su hermana:

– «Joséphine… Lo sé, soy un cobarde, he huido sin decirte nada, pero no he tenido el valor de enfrentarme a ti. Me sentía demasiado mal. Aquí voy a empezar mi vida desde cero. Confío en que todo salga bien, que ganaré dinero y que podré devolverte multiplicado por cien lo que haces por las niñas. Tengo una oportunidad de conseguirlo, de ganar mucho dinero. En Francia me sentía aplastado. No me preguntes por qué… Joséphine, eres una mujer buena, inteligente, dulce y generosa. Has sido muy buena esposa. No lo olvidaré nunca. He sido injusto contigo y me gustaría compensártelo. Facilitarte la vida. Tendréis noticias mías con regularidad. Te adjunto al final de la carta mi número de teléfono, al que podrás llamarme para lo que sea. Un beso, con todos los buenos recuerdos de nuestra vida en común, Antoine». Hay dos posdatas. La primera dice: «Aquí me llaman Tonio, en caso de que me llames y lo coja un boy», y la segunda: «Es curioso, aquí nunca sudo y, sin embargo, hace calor». Eso es todo, ¿qué piensas?

La primera reacción de Iris fue pensar: ¡Pobre chico! ¡Resulta patético! Pero no sabía si Joséphine había llegado a ese grado de indiferencia sentimental, así que prefirió utilizar la diplomacia:

– Lo importante es lo que pienses tú.

– Antes eras más dura.

– Antes él formaba parte de la familia. Se le podía maltratar…

– ¡Ah! ¿Así es como concibes tú la familia?

– Hace seis meses tú te sobrepasaste con nuestra madre. Fuiste tan violenta que ya no quiere oír hablar de ti.

– ¡Y no te imaginas hasta qué punto me siento mejor desde entonces!

Iris reflexionó un instante y después preguntó:

– Tras la lectura de la carta dirigida a las niñas, ¿cómo te sentiste?

– No muy bien… Pero, sin embargo, no me precipité para leer mi carta, eso es un signo de que estoy mejor, ¿no? Que ha dejado de obsesionarme.

Joséphine hizo una pausa y después añadió:

– Es cierto que con la de trabajo que tengo, no dispongo de mucho tiempo para pensar.

– ¿Te va bien? ¿Necesitas dinero?

– No, no… estoy bien. Acepto todos los trabajos que me proponen. ¡Todos!

Después, cambiando bruscamente de tema, preguntó:

– ¿Cómo va Alexandre? ¿Hace progresos con el dictado?

A Alexandre le habían puesto largos dictados, durante todo el verano, mientras sus primas se iban a la playa o a pescar.

– He olvidado preguntárselo. Es tan reservado, tan silencioso. Resulta extraño: me intimida. No sé cómo hablar a un chico. Quiero decir: ¡sin seducirlo! A veces te envidio por tener dos hijas. Debe de resultar bastante más fácil…

Iris se sintió de repente increíblemente impotente. El amor maternal le parecía una montaña que no culminaría nunca. Es increíble, pensó, no trabajo, no tengo nada que hacer en la casa salvo elegir las flores y las velas perfumadas, tengo un único hijo y apenas me ocupo de él! Alexandre sólo conoce de mí el ruido de los paquetes que dejo en la entrada o el del frufrú de mi falda cuando me inclino para darle las buenas noches antes de salir. Es un niño educado a distancia.

– Voy a tener que dejarte, querida, estoy oyendo los pasos de mi marido. Un beso y, no lo olvides: ¡Cric y Croe se comieron al gran Cruc que creía poder comérselos!

Iris colgó y levantó la mirada hacia Philippe que la observaba desde el quicio de la puerta de la habitación. A este tampoco le entiendo, suspiró retomando la danza de su cepillo. Tengo la impresión de que me espía, que me sigue de cerca, que tengo sus ojos pegados a mi espalda. ¿Me hará seguir, quizás? ¿Está buscando cogerme en falta para negociar un divorcio? El silencio se había instalado entre ellos como una evidencia, un muro de Jericó que ninguna trompeta haría caer nunca pues nunca gritaban, ni cerraban las puertas de golpe, ni nunca alzaban la voz. Felices las parejas que discuten, pensó Iris, todo es más fácil tras una buena pelea. Se desgañitan, se agotan y se echan en los brazos el uno del otro. Un tiempo de reposo en el que bajan las armas, en el que los besos dulcifican los rencores, borran los reproches, firmando un breve armisticio. Philippe y ella sólo conocían el silencio, la frialdad, la ironía hiriente que escarbaba día tras día la fosa de una separación cierta. Iris no quería pensar en ello. Se consolaba diciéndose que no eran la única pareja que derivaba como la suya en una indiferencia educada. No todos se divorciaban. Se trataba de un mal momento que pasaba, un momento que podía ser largo, ciertamente, pero que a veces progresaba lentamente hacia una vejez pacífica.

Philippe se dejó caer sobre la cama y se quitó los zapatos. Primero el derecho, después el izquierdo. Después el calcetín derecho y el calcetín izquierdo. A cada gesto le correspondía un ruido. Ploc, ploc, pff, pff.

– ¿Tienes un día duro, mañana?

– Citas, una comida, lo de siempre.

– Deberías trabajar menos. Los cementerios están llenos de gente indispensable.

– Es posible… Pero no veo cómo podría cambiar de vida.

Habían tenido ya esa conversación numerosas veces. Como un rito obligado antes de acostarse. Siempre terminaba de la misma forma: un punto de interrogación en el aire.

Y ahora entrará en el cuarto de baño, se lavará los dientes, se pondrá su camiseta larga para dormir y vendrá a acostarse suspirando «creo que me voy a dormir enseguida…». Y ella dirá… Ella no dirá nada. El depositará un beso sobre su hombro y añadirá: «Buenas noches, querida». Cogerá su antifaz para dormir, se lo ajustará y, en su lado de la cama, le dará la espalda. Ella guardará los cepillos, encenderá la lámpara de su mesita de noche, cogerá un libro y leerá hasta que se le cierren los ojos.

Y después inventará una historia.

Una historia de amor o cualquier otra. Algunas noches, se envuelve en las sábanas, abraza su almohada contra su pecho, hace un hueco en la pluma ligera y vuelve con Gabor. Están en el Festival de Cannes. Caminan por la arena, al borde del mar. El está solo, lleva un guión bajo el brazo. Ella está sola, expone su rostro al sol. Se cruzan. Ella deja caer las gafas. El se agacha a recogerlas, se levanta e… «¡Iris!». «¡Gabor!». Se abrazan, se besan, él dice, ¡cuánto te he echado de menos! ¡No he dejado de pensar en ti! Ella murmura: yo tampoco. Recorren las calles y hoteles de Cannes. El ha venido a presentar su película, ella le acompaña a todos los lados, suben juntos la escalinata, juntos de la mano, ella pide el divorcio…

Otras noches, elige una historia diferente. Ella acaba de escribir un libro, es un gran éxito, ofrece entrevistas a la prensa internacional reunida en el hall del Palace donde la esperan. La novela ha sido traducida a veintisiete lenguas, los derechos comprados por la MGM, Tom Cruise y Sean Penn se disputan el papel protagonista. Los dólares se amontonan en paquetitos verdes hasta perderlos de vista. Las críticas son buenas, hacen fotos de su despacho, de su cocina, se le pide opinión para todo.

– Mamá, ¿puedo venir a dormir con vosotros?

Philippe se volvió de golpe y la respuesta fue fulminante.

– ¡No, Alexandre! ¡Ya hemos tenido mil veces esta discusión! Con diez años, un niño no duerme con sus padres.

– Mamá, di que sí, por favor.

Iris descubrió un brillo de angustia en los ojos de su hijo e, inclinándose hacia él, le tomó en sus brazos.

– ¿Qué te pasa, cariño?

– Tengo miedo, mamá… Mucho miedo. He tenido una pesadilla.

Alexandre se había acercado e intentaba meterse entre las sábanas.

– ¡Vete a tu habitación! -rugió Philippe quitándose el antifaz azul.

Iris leyó el pánico en los ojos de su hijo. Se levantó, le cogió de la mano y declaró:

– Voy a ir a acostarle.

– Esas no son formas de educar a este niño. ¿En qué vas a convertirle? ¿En un niño de mamá? ¿Un hombre que tendrá miedo de su sombra?

– Simplemente voy a meterlo en la cama… No hay que hacer un drama.

– ¡Es escandaloso! ¡Escandaloso! -repitió Philippe dándose la vuelta en la cama-. Este niño no va a crecer nunca.

Iris cogió a Alexandre de la mano y le llevó hasta su habitación. Encendió la lamparita fijada en la cabecera de la cama, abrió las sábanas e indicó a Alexandre que se acostara. El se metió bajo la manta. Ella posó la mano sobre su frente y preguntó:

– ¿De qué tienes miedo, Alexandre?

– Tengo miedo…

– Alexandre, todavía eres un niño, pero pronto serás un hombre. Vivirás en un mundo de brutos, tienes que endurecerte. No va a ser viniendo a llorar a la cama de tus padres…

– ¡No estaba llorando!

– Te has rendido a tu miedo. Ha sido más fuerte que tú. Eso no está bien. Debes enfrentarte a él, si no seguirás siendo siempre un bebé.

– No soy un bebé.

– Sí… Quieres dormir con nosotros como cuando eras un bebé.

– No, no soy un bebé.

Hipaba de cólera y de pena. Estaba a la vez furioso contra su madre y seguro de tener miedo.

– ¡Y tú eres mala!

Iris no supo qué responder. Ella le contempló, con la boca abierta, dispuesta a replicar, pero no pronunció ninguna palabra. No sabía cómo hablar a su hijo. Ella estaba en una orilla, Alexandre en la opuesta. Se observaban en silencio. Eso había empezado desde su nacimiento. En la clínica. Cuando habían colocado a Alexandre en la cuna transparente al lado de su cama, Iris se había dicho:

¡Anda! ¡Una nueva persona en mi vida! Nunca pronunció la palabra «bebé».

El silencio y el apuro de Iris volvieron a Alexandre aún más intranquilo. Debe de pasar algo grave para que mamá no pueda hablarme. Para que me mire sin decirme nada.

Iris depositó un beso sobre la frente de su hijo y se incorporó.

– Mamá, ¿puedes quedarte hasta que me duerma?

– Tu padre se va a poner furioso…

– Mamá, mamá, mamá…

– Lo sé, cariño, lo sé. Voy a quedarme, pero la próxima vez, prométeme que serás fuerte y que te quedarás en la cama.

Él no respondió. Ella le tomó de la mano.

El suspiró, cerró los ojos y ella posó la mano sobre su hombro, acariciándolo suavemente. Su largo cuerpo endeble, sus negras pestañas, su cabello negro y ondulado… Tenía la gracia frágil de un niño inquieto, un niño al acecho. Incluso mientras dormía, se formaba una arruga entre sus cejas y su pecho se hundía como aplastado por un peso demasiado grande. Dejaba escapar suspiros de miedo y de alivio, suspiros que le cortaban la respiración.

Ha venido a nuestra habitación porque ha intuido que lo necesito. El presentimiento infantil. Ella se vio, pequeña, riéndose muy fuerte de las bromas de su padre, haciendo el payaso para luchar contra la gran nube negra que había entre sus padres. No pasaba nada terrible entre ellos y, sin embargo, tenía miedo… Papá gordito, bueno, suave. Mamá seca, dura, delgada. Dos extraños que dormían en la misma cama. Ella había continuado haciendo el payaso. Le parecía que era más fácil hacer reír que expresar lo que sentía. La primera vez que habían murmurado delante de ella: «¡Qué guapa es esta niña! ¡Qué ojos más bonitos! ¡Nunca he visto unos ojos así!», ella había cambiado su disfraz de payaso por la panoplia de niña guapa. ¡Un papel de teatro!

Estoy mal en este momento. Esta apariencia sosegada y acomodada que he mantenido tanto tiempo se rompe, y emerge un batiburrillo de contradicciones. Al final voy a tener que elegir. Ir en una dirección, pero ¿cuál? Sólo el hombre que se ha encontrado, el hombre que coincide consigo mismo, con su verdad interior, es un hombre libre. Él sabe quién es, se divierte explotando lo que es, no se aburre nunca. La felicidad que siente al vivir en buena vecindad consigo mismo le vuelve casi eufórico. Vive entonces realmente mientras los demás dejan pasar sus vidas entre los dedos… sin cerrarlos jamás.

La vida pasa entre mis dedos. Nunca he conseguido encontrarle el sentido. No vivo, ando ciega. Me siento mal con los demás, mal conmigo misma. Odio a la gente que me muestra esa imagen de mí que no me gusta y me odio por no ser capaz de tener el valor de cambiar. Basta con obedecer una sola vez las leyes de los demás, con vivir en conformidad con lo que piensan, para que nuestra alma se resquebraje y se rompa. Nos resumimos en una apariencia. Pero, y de pronto este pensamiento la aterrorizó, ¿no es demasiado tarde? ¿No me he convertido ya en esa mujer cuyo reflejo veo en los ojos de Bérengère? Al pensar eso sintió un escalofrío. Cogió la mano de Alexandre, la apretó con fuerza y, en su sueño, le devolvió la presión murmurando «mamá, mamá». Sus ojos se llenaron de lágrimas. Se acostó junto a su hijo, posó la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos.

* * *

– Josiane, ¿se ha ocupado de mis billetes a China?

Marcel Grobz, plantado ante su secretaria, le hablaba como lo haría a una señal de tráfico. A un metro por encima de su cabeza. Josiane sintió una violenta punzada en el pecho y se estiró en su silla.

– Sí… Todo está sobre la mesa.

Ya no sabía cómo dirigirse a él. El la llamaba de usted. Ella balbuceaba, buscaba sus palabras, la construcción de sus frases. Había suprimido todos los pronombres personales de su conversación y hablaba en infinitivo o en indefinido.

Él se había refugiado en el trabajo, multiplicando los desplazamientos, las citas, las comidas de negocios. Cada tarde, Henriette Grobz venía a buscarle. Pasaba ante el despacho de Josiane, sin mirarla. Un trozo de madera que se desplaza, tocada con un sombrero redondo. Josiane les veía partir, él, encorvado, ella, estirada como el asta de una bandera.

Desde que les había sorprendido, a ella y a Chaval, ante la máquina de café, él la evitaba. Pasaba delante de ella, se encerraba en su despacho para salir solamente por la tarde, rápidamente, gritando «¡hasta mañana!» y volviendo la cabeza. Ella apenas tenía tiempo de verlo pasar…

Y yo, me voy a quedar en la acera. De vuelta en la casilla de «salida». Me va a echar muy pronto, me pagará las vacaciones, mi antigüedad, mi indemnización, me planta un certificado de conformidad, me desea buena suerte tendiéndome la mano y ¡hala! ¡adiós, pequeña! ¡Si te he visto no me acuerdo! Suspiró y contuvo las lágrimas. ¡Qué imbécil ese Chaval! ¡Y qué imbécil yo misma! ¡No podía estarme quietecita! ¡No podía haber tenido cuidado! Nunca en la empresa, le había dicho, ni un gesto equívoco ni el suspiro de un beso. Anonimato total. Trabajo, trabajo. Y tuvo que venir a ponerse gallito delante de las narices de Marcel. Fue más fuerte que él. ¡Un golpe de testosterona! ¡Se sintió obligado a hacer el Tarzán! Para soltarme enseguida en pleno vuelo de liana.

¡Porque el hermoso Chaval la había enviado a paseo! Después de haberle soltado un buen montón de insultos. Una letanía tal que ella se había quedado de piedra. Algunos, incluso, que no había oído en su vida.

Y, sin embargo, en ese tema, tengo la ciencia infusa.

Desde entonces, ella lloraba a mares.

Desde entonces, se pasaba las tardes destrozada. Debo de parecer-me a una catástrofe aérea. ¡Expulsada en pleno vuelo! Y eso que lo tenía todo en mis manos: mi gordito enamorado, un amante joven y apuesto, y el rey Parné a mis pies. ¡Sólo tenía que tirar del cordón, y el lazo estaba hecho! ¡La buena vida a un salivazo de distancia! Ni siguiera consigo pensar correctamente: tengo la cabeza llena de plastilina. En el entierro de mi madre me puse gafas negras y todo el mundo creyó que escondía mi pena. ¡Bien que me vino aquello!

El entierro de su madre…

Josiane había llegado en tren, transbordo en Culmont-Chalindrey, había tomado un taxi (treinta y cinco euros más la propina),franqueado a pie y bajo la lluvia la puerta del cementerio para encontrarse, pegados como lapas bajo sus paraguas, a todos los que había abandonado haciéndoles un corte de mangas veinte años antes. ¡Adiós, chicos! ¡Me largo a vivir la buena vida a París! Volveré forrada o con los pies por delante. Puede que no haya sido una buena idea volver en plan tacaña, sin pompa ni circunstancia, ni nada con lo que cerrarles el pico. «¿Has venido en tren? ¿No tienes coche?». El coche, en su familia, era lo más, el signo de que se había «llegado». De que se dormía en el Elíseo. Que se tenía éxito. «No, no tengo coche porque en París está de moda ir andando». «Ah, bueno…», habían dicho y habían hundido sus narices en sus solapas negras para reírse en voz baja «no tiene coche, ¡no tiene coche! ¡Menuda gorda inútil!».

Ella les había dejado a un lado de un golpe seco y se había acercado al nicho donde habían colocado la pequeña caja con las cenizas. Saltaron las alarmas. ¡En fin! Todo se había mezclado y la bañera se había desbordado: Marcel, mamá, Chaval, nadie, estoy sola, abandonada, sin dinero, sin perspectivas, fracasada. Tengo ocho años y espero el tortazo que me va a caer. Tengo ocho años y las nalgas que dicen bravo de tanto temblar de miedo. Tengo ocho años y el abuelo que entra sin hacer ruido en mi habitación cuando todo el mundo duerme. O hace que duerme porque les conviene más.

No era por su madre por la que lloraba sino por ella. Debió de ser concebida una noche de borrachera, siempre había tenido que arreglárselas sola y nunca había tenido infancia. Por culpa de esa que se estaban comiendo los gusanos y a la que le importaba un rábano que ella fuese violada, explotada o simplemente infeliz. ¡Menudo negocio! ¡Cuando tenga al rey Parné en el bolsillo, me acostaré en el diván de un charlatán y le hablaré de mis viejos! Ya veremos lo que dice.

De vuelta del cementerio, habían montado un festín. Corrían mares de vino tinto, salchichas y morcillas, pizzas y patés, Caprice des Dieux y figuritas de patata. Todos se acercaban a observarla, a escrutarla, a tomarle el pulso. «¿Qué tal? ¿Cómo es la vida en París?». «De lujo», decía, poniéndoles en las narices el diamante rodeado de rubíes que le había regalado Marcel. Estirando el cuello para que se percatasen del collar de treinta y una perlas cultivadas de los mares del sur con broche de diamantes y montura de platino. Se estiraba, se estiraba, se convertía en jirafa para hacerles cerrar la boca. «¿Ya qué te dedicas? ¿Te pagan bien? ¿Te trata bien el jefe?». «Mejor imposible», respondía apretando los dientes para impedir que la bañera se desbordase. Cada uno venía, por turno, haciendo las mismas preguntas, con las mismas respuestas, las mismas bocas abiertas que subrayaban la amplitud de su éxito. Babeaban de estupefacción y se servían una copa. ¡Joder! Los que decían que, aquí, incluso para ser cajera en el supermercado había que tener un enchufe. ¡Aquí no hay donde trabajar! Aquí se pregunta uno por dónde se ha ido la vida… Los viejos decían: «En mis tiempos empezábamos a los trece años, en cualquier sitio, en cualquiera, pero había trabajo; hoy no hay nada». Y se volvían a servir una copa. Pronto estarán borrachos como cubas y empezarán las canciones obscenas. Ella decidió marcharse antes de que comenzaran las estrofas alcoholizadas. No se sabía lo que iba a ocurrir cuando empezaban a empinar. Se peleaban, se desaliñaban, se empujaban, arreglaban cuentas familiares de hacía años, rompían los cuellos de las botellas para utilizarlas como armas.

Al cabo de un rato, su cabeza comenzó a darle vueltas y pidió que abriesen la ventana. «¿Por qué? ¿Estás mareada? ¿Te han preñado? ¿Sabes quién es el padre?». Estallaron las risas vulgares, un coro de risas en batería, disparadas en todas direcciones, subiendo y bajando de tono y dándose codazos como si fuesen a bailar el baile de los pajaritos. «Joder, se diría que soy vuestro único tema de conversación -se encaró antes de retomar aliento-, no tenéis nada más de que hablar… Es una suerte que haya venido porque os habríais aburrido como ostras!».

Se callaron molestos. «¡Ay! ¡No has cambiado nada! -le dijo el primo Paul-, siempre tan agresiva. ¡No me extraña que nadie te haya preñado! ¡No ha nacido aún el que se arriesgue a ello! ¡Veinte años de trabajos forzados encadenado a la estirada! ¡Habría que estar delirando o totalmente tarado!».

¡Un hijo! ¡Un hijo de Marcel! ¿Por qué no se le había ocurrido antes? Y encima soñaba con ello. No paraba nunca de hablar de quela Escoba había rechazado ese placer legítimo. A él se le humedecían los ojos cuando veía uno de esos angelotes que gateaban en los anuncios, llenos de papilla o de pañales malolientes.

El tiempo se detuvo y se volvió mayúsculo.

Los asistentes al banquete de morcillas se detuvieron como si hubiese pulsado la tecla pausa en el mando a distancia y las palabras tomaron forma. Un be-bé. Un be-bé. Un niño Jesús. Un pequeño y mofletudo Grobz. Con una cuchara de oro en la boca. ¿Qué digo una cuchara? ¡Una cubertería entera, sí! ¡Cubierto de oro de arriba abajo, el bebé! ¡Dios, qué pocas luces tenía! Eso es lo que necesitaba: recuperar a Chef, que le hiciese un bombo y ¡después sería inseparable! Una sonrisa angélica se esbozó en su rostro, su mentón cayó en beatitud y su pecho se expandió en olas temblorosas dentro de su sujetador, talla 105 C.

Dedicó una tierna mirada a sus primos y primas, sus hermanos y tíos, sus tías y sobrinas. ¡Cómo les quería por haberla dado esa idea luminosa! ¡Cómo amaba su mezquindad, su mediocridad, su jeta alcoholizada! Había vivido demasiado tiempo en París. Había adoptado costumbres de señoritinga. Había perdido el tranquillo. Olvidado la lucha de clases, de sexos y de monederos. Debería venir aquí más a menudo para recibir una formación continua. De vuelta a la vieja realidad: ¿cómo conservar a un hombre? Con un polichinela en el cajón. ¿Cómo había podido olvidar esa vieja receta milenaria que engendraba dinastías y llenaba cajas fuertes?

Estuvo a punto de abrazarles pero se contuvo, tomó un aire de damisela ofendida, «no, no, no se me ha ocurrido», pidió perdón por haberse dejado llevar, «es el recuerdo de mamá que me ha turbado. Tengo los nervios a flor de piel». Y como el primo Georges partía hacia Culmont-Chalindrey en coche, le pidió que la dejara allí, eso le ahorraría un transbordo.

«¿Ya te vas? ¿Apenas te hemos visto? Quédate a dormir aquí». Ella les dio las gracias con una gran sonrisa, besó a unos y otros, soltó un billete para sus sobrinos y sobrinas, y se largó en el viejo Simca del primo Georges verificando que nadie hubiese tenido la tentación de echar mano a las joyas de su amante mientras que ella interpretaba la escena de la Anunciación.

Sin embargo, lo más duro quedaba por hacer: reconquistar a Chef, convencerle de que su aventura con Chaval había sido furtiva, tan furtiva que ya no la recordaba, un momento de abandono, de aturdimiento, de debilidad femenina, inventar una patraña que pareciese verosímil -¿él la había forzado, amenazado, agredido, drogado, hipnotizado, hechizado?-, retomar su puesto de favorita y conseguir un pequeño espermatozoide grobziano para guardarlo bien calentito en el cajón.

Al subir, en Culmont-Chalindrey, al compartimento de primera clase del tren a París, Josiane reflexionó y se dijo que tendría que hilar fino, caminar suavemente y de puntillas. Habría que reconstruirlo todo: recolocar pacientemente cada ladrillo sin refunfuñar, sin enfadarse, sin traicionarse. Hasta que la pirámide estuviera edificada, irrefutable.

Sería duro, eso seguro, pero la adversidad no le daba miedo. Había salido victoriosa de otros naufragios.

Se hundió cómodamente en su asiento, sintió las primeras sacudidas del tren y le invadió un pensamiento emotivo hacia su madre, gracias a la cual ella volvía a estar fogosa y combativa de nuevo.

* * *

– ¿Estarán dentro? ¿Estás segura? -No me perdería eso por nada del mundo. Una tarde en la piscina del Ritz ¡el colmo del lujo! Suspiró Hortense estirándose en el coche. No sé por qué, desde que dejo Courbevoie, desde que atravieso el puente, me siento revivir. Odio las afueras-. Di, mamá, ¿por qué nos fuimos a vivir a las afueras? Joséphine, al volante del coche, no respondió. Buscaba un sitio para aparcar. Ese sábado por la tarde, Iris la había citado en su club, al borde de la piscina. Eso te hará bien, pareces muy presionada, mi pobre Jo… y hacía treinta minutos que daba vueltas y vueltas. Encontrar un sitio en este barrio no era cosa fácil. La mayoría de los coches esperaban en doble fila, a falta de plazas para aparcar. Era la época de las compras de Navidad; las aceras estaban repletas de gente que llevaba pesados paquetes. Se abrían paso usándolos como escudo y, de pronto, sin avisar, se echaban a la calzada. Había que tocar el claxon para no atropellarlos. Joséphine daba vueltas, abría completamente los ojos, buscando un sitio mientras que las niñas se impacientaban. «¡Allí, mamá, allí!».«¡No! Está prohibido y no tengo ganas de que me pongan una multa». «¡Oh, mamá! ¡Qué aguafiestas eres!». Era su nueva expresión: aguafiestas. La utilizaban en todo tipo de ocasiones.

– Todavía me quedan restos de mi bronceado de verano. No voy a parecer una endivia. -Seguía Hortense examinándose los brazos.

En cambio yo, pensó Jo, voy a ser la reina de las endivias.

Un coche salió justo delante de ella, así que frenó y puso el intermitente. Las niñas se pusieron a dar saltitos.

– Venga, mamá, venga… Aparca como una profesional.

Jo se aplicó y consiguió meterse sin problemas en la plaza vacante. Las niñas aplaudieron. Jo, sudando, se secó la frente.

Entrar en el hotel, enfrentarse a la mirada del personal que la juzgaría y seguramente se preguntaría qué hacía ella allí le provocó nuevamente sudores fríos. Pero se encontró siguiendo a Hortense, quien, perfectamente adaptada, le mostraba el camino cruzando miradas altivas a las libreas bordadas del personal del hotel.

– ¿Ya has estado aquí? -susurró Jo a Hortense.

– No, pero me imagino que la piscina debe de estar por ahí… en el sótano. Y si nos equivocamos, no importa. Daremos media vuelta. Después de todo, no son más que criados. Les pagan para informarnos.

Joséphine, confusa, se pegó a ella, arrastrando a Zoé que se detenía en las vitrinas donde brillaban las joyas, los bolsos, los relojes y los accesorios de lujo.

– Guau, mamá, ¡qué bonito! ¡Debe de ser carísimo! Si Max Barthillet viese eso, vendría a robarlo todo. Dice que cuando se es pobre, se puede robar a los ricos, ni siquiera se dan cuenta. ¡Y eso equilibra!

– Pero bueno -protestó Joséphine-, voy a terminar pensando que Hortense tiene razón y que Max es muy mala compañía.

– Mamá, mamá, mira, un huevo de diamantes. ¿Crees que lo ha puesto una gallina de diamantes?

En la entrada del club, una joven exquisita les preguntó sus nombres, consultó un gran cuaderno y les confirmó que la señora Dupin estaba esperándolas al borde de la piscina. Sobre la mesa ardía una vela perfumada. De los altavoces salía música clásica. Joséphine se miró los pies y se avergonzó de sus zapatos baratos. La joven les mostró el camino hacia los vestuarios deseándoles una buena tarde y se metieron cada una en su cabina.

Joséphine se desvistió. Frotando las marcas de su sujetador, doblándolo cuidadosamente, quitándose las medias, enrollándolas, guardando su camiseta, su jersey y su pantalón en su armario. Después sacó su bañador del estuche de plástico donde lo había guardado el mes de agosto y sintió una terrible angustia. Había engordado desde el verano, no estaba segura de que le sirviera. Tengo que adelgazar sin excusas, se sermoneó, ¡ya no me soporto! No se atrevió a mirar su barriga ni sus muslos ni sus pechos. Se puso el bañador a ciegas, mirando una lámpara camuflada en el techo de madera de la cabina. Tiró de los tirantes para alzar sus pechos, deshizo la arruga del bañador en sus caderas, frotó y frotó para borrar el exceso de grasa que la apesadumbraba. Finalmente bajó la mirada y percibió un albornoz blanco colgado en una percha. ¡Salvada!

Se puso las sandalias de tela blanca que encontró colocadas cerca del albornoz, cerró la puerta de la cabina y buscó a sus hijas con la mirada. Ya habían ido al encuentro de Alexandre e Iris.

Sobre una tumbona de madera, resplandeciente en su albornoz blanco, sus largos cabellos negros peinados hacia atrás, Iris descansaba con un libro sobre sus rodillas. Conversaba animadamente con una chica que daba la espalda a Jo. Una jovencita delgada, con un bikini minúsculo. Un bañador rojo con pedrería incrustada que brillaba como estrellas de la Vía Láctea. Nalgas redondeadas, dentro de un slip tan estrecho que Joséphine pensó que resultaba casi superfluo. ¡Dios, qué hermosa mujer! El talle estrecho, las piernas larguísimas, el porte perfecto y derecho, los cabellos recogidos en un moño improvisado… Todo en ella respiraba gracia y belleza, todo en ella estaba en perfecta armonía con el refinado decorado de la piscina cuya agua azulada dibujaba reflejos cambiantes en las paredes. Todos sus complejos emergieron y Joséphine apretó el nudo del cinturón de su albornoz. ¡Lo prometo! A partir de este momento, dejo de comer y hago abdominales todas las mañanas. Hubo un tiempo en el que fui una chica alta y delgada.

Divisó a Alexandre y Zoé en el agua y les hizo una seña con la mano. Alexandre quiso salir para saludarla, pero Jo le disuadió y volvió a meterse en el agua atrapando las piernas de Zoé que dio un grito de pánico.

La joven en bikini rojo se volvió y Jo reconoció a Hortense.

– Hortense, ¿pero qué llevas puesto?

– Pero bueno, mamá… Es un bañador. ¡Y no hables tan alto! Esto no es la piscina de Courbevoie.

– Hola, Joséphine -articuló Iris, incorporándose para interponerse entre madre e hija.

– Hola -eructó Joséphine que se volvió de nuevo hacia su hija-. Hortense, explícame de dónde viene ese bañador.

– Se lo compré yo este verano y no hay razón para ponerse en ese estado. Hortense está deslumbrante…

– ¡Hortense está indecente! ¡Y hasta nuevo aviso, Hortense es hija mía y no tuya!

– ¡Vamos, mamá! ¡Ya estamos con las palabras grandilocuentes!

– Hortense, ve a cambiarte inmediatamente.

– ¡Ni pensarlo! Porque tú te escondas dentro de un saco yo no me voy a disfrazar de mamarracho.

Hortense sostenía sin pestañear la mirada encolerizada de su madre. Unas mechas cobrizas se escapaban del pasador que sostenía su pelo y sus mejillas estaban enrojecidas, dándole un aire infantil que se contradecía con su vestimenta de mujer fatal. Joséphine no pudo impedir el sentirse herida por la pulla de su hija y perdió toda su seguridad. Balbuceó una respuesta inaudible.

– Vamos, chicas, calma -dijo Iris, sonriendo para distender la atmósfera-. Tu hija ha crecido, Joséphine, ya no es un bebé. Comprendo que eso te choque, pero no puedes hacer nada. A menos que la escondas entre dos diccionarios.

– Puedo impedirla exhibirse como lo hace.

– Está como la mayoría de las chicas de su edad… deslumbrante.

Joséphine se tambaleó y tuvo que sentarse en la tumbona cercana a Iris. Enfrentarse a su hermana y a su hija al mismo tiempo la superaba. Volvió la cabeza para contener las lágrimas de rabia e impotencia que le emergían. Siempre terminaba de la misma forma cuando se oponía a Hortense: perdiendo la compostura. Tenía miedo de ella, de su orgullo, del desprecio que demostraba hacia ella, pero, además, debía reconocerlo, Hortense a menudo tenía razón. Si ella hubiese salido de la cabina orgullosa de su cuerpo, a gusto dentro de su bañador, seguramente no habría reaccionado tan violentamente.

Permaneció un instante deshecha, temblorosa. Mirando fijamente los reflejos del agua de la piscina, fijándose sin verlas en las plantas de interior, las columnas de mármol blanco, los mosaicos azules. Después se incorporó, inspiró profundamente para aguantar las lágrimas, sólo faltaba hacer el ridículo y dar el espectáculo, y se volvió, dispuesta a enfrentarse a su hija.

Hortense se había alejado. En los escalones de la piscina, tanteaba el agua con la punta de los pies y se disponía a sumergirse.

– No deberías ponerte en ese estado ante ella. Pierdes toda autoridad -susurró Iris volviéndose de espaldas.

– ¡Ya me gustaría verte a ti! Se comporta conmigo de forma detestable.

– Es la adolescencia. Está en plena edad del pavo.

– Tiene buen plumaje la edad del pavo. Me trata como si fuese su sirvienta.

– Porque nunca te has defendido.

– ¿Cómo que nunca me he defendido?

– ¡Siempre has dejado que la gente te tratara como quería! No tienes ningún respeto por ti misma, entonces ¿cómo quieres que los demás te respeten?

Joséphine, estupefacta, escuchaba hablar a su hermana.

– Que sí, acuérdate… Cuando éramos pequeñas… yo te obligaba a arrodillarte ante mí, y tú debías ponerte en la cabeza lo más valioso que tuvieses y ofrecérmelo inclinándote sin hacerlo caer… ¡Y si no, te castigaba! ¿Te acuerdas?

– ¡Era un juego!

– ¡Un juego no tan inocente! Yo te probaba. Quería saber hasta dónde podía llegar y hubiese podido pedirte cualquier cosa. Nunca me dijiste que no.

– ¡Porque te quería!

Joséphine protestaba con todas sus fuerzas.

– Era amor, Iris. Puro amor. ¡Yo te veneraba!

– Pues bien… no debiste. Tenías que haberte defendido, tenías que haberme insultado. Nunca lo hiciste. Ahora no te extrañes de que tu hija te trate así.

– ¡Para! Ahora me dirás que es culpa mía.

– Pues claro que es culpa tuya.

Eso era demasiado para Joséphine. Dejó que las grandes lágrimas que aguantaba corriesen por sus mejillas y lloró, lloró en silencio mientras Iris, tendida boca abajo, la cabeza hundida entre sus brazos, continuaba evocando su infancia, los juegos que inventaba para mantener a su hermana en la esclavitud. Heme aquí de vuelta a la Edad Media, pensaba Joséphine entre lágrimas. Cuando el pobre siervo se veía obligado a pagar un impuesto al señor del castillo. A eso se le llamaba vasallaje, cuatro monedas que el siervo se colocaba sobre la cabeza inclinada y que ofrecía al señor en señal de sumisión. Cuatro monedas que no podía dar pero que, sin embargo, encontraba, sin las que era azotado, encerrado, privado de tierras para cultivar, de sopa… Pueden haberse inventado el motor de explosión, la electricidad, el teléfono, la televisión, pero la relación entre los hombres no ha cambiado. He sido, soy y siempre seré la humilde sierva de mi hermana. ¡Y de otros! Hoy es Hortense, mañana será cualquier otro.

Estimando que el tema estaba zanjado, Iris retomó su posición boca arriba y continuó la conversación como si nada hubiese pasado.

– ¿Qué vas a hacer en Navidad?

– No lo sé… -alcanzó a decir Jo conteniendo las lágrimas-. No he tenido tiempo de pensar en ello. Shirley me ha propuesto irme con ella a Escocia.

– ¿A casa de sus padres?

– No. No quiere volver allí. No sé por qué. A casa de unos amigos, pero Hortense pone mala cara. Escocia le parece «una caca de vaca».

– Podríamos pasar las Navidades juntos en el chalet…

– Seguro que lo preferiría. ¡Es tan feliz con vosotros!

– Y yo me sentiría feliz de veros.

– ¿No tienes ganas de quedarte en familia? Siempre estoy pegada a vosotros… Philippe se va a hartar.

– Oh, ya no somos una pareja joven, ¿sabes?

– Tengo que pensármelo. Son las primeras Navidades sin su padre -suspiró. Después una idea, cortante y desagradable, atravesó su espíritu y preguntó-: ¿Estará allí nuestra señora madre?

– No… En caso contrario no te lo hubiese propuesto. He comprendido que no puedo poneros la una frente a la otra sin llamar a los bomberos.

– Qué graciosa. Me lo pensaré.

Después, echándose hacia atrás, preguntó:

– ¿Has hablado de esto con Hortense?

– Todavía no. Simplemente le he preguntado, como lo he hecho con Zoé, qué quería como regalo de Navidad.

– ¿Y te ha dicho lo que quería?

– Un ordenador… pero ha añadido que tú le habías dicho que se lo comprarías y que no quería decepcionarte. Ya ves que puede ser delicada y atenta con los demás.

– Podemos llamarlo así. De hecho, ella me arrancó prácticamente la promesa de comprarle uno. Y, como de costumbre, cedí.

– Si quieres se lo regalamos a medias. Un ordenador es caro.

– ¡No me hables! Y si le hago un regalo tan caro a Hortense, ¿qué le regalo a Zoé? Detesto las injusticias.

– Ahí también te puedo ayudar… -y, corrigiéndose-: Puedo participar. Sabes, no es gran cosa para mí.

– Y después será un portátil, un ipod, un lector DVD, una cámara… ¿Qué quieres que te diga? Me siento desbordada. Estoy cansada, Iris, muy cansada…

– Precisamente, déjame ayudarte. Si quieres, no diré nada a las niñas. Les haré un regalito y te dejaré asumir toda la gloria.

– Es muy generoso por tu parte, pero no. Me molestaría bastante.

– Vamos, Joséphine, déjate llevar. Eres demasiado rígida.

– Te digo que no. Y esta vez no cederé.

Iris sonrió y se rindió.

– No insisto. Pero te recuerdo que Navidad es dentro de tres semanas y que no tienes mucho tiempo para ganar millones. A menos que juegues a la lotería.

Lo sé, rumió Joséphine en silencio. Sólo pienso en eso. Debería haber entregado mi traducción hace una semana, pero la conferencia de Lyon me ha robado todo el tiempo. No tengo tiempo de trabajar sobre mi informe de habilitación para dirigir trabajos de investigación, me salto la mitad de las reuniones. Miento a mi hermana escondiéndole que trabajo para su marido, miento a mi director de tesis diciéndole que tengo la cabeza en otro sitio desde que Antoine se fue. Mi vida, en otro tiempo armoniosa como una partitura musical, se parece a un inmenso galimatías.

Mientras que, sentada en la esquina de una tumbona, Joséphine proseguía su monólogo interior, Alexandre Dupin esperaba impaciente a que su prima pequeña hubiese terminado de debatirse en el agua y se dedicase a actividades más tranquilas para hacerle las preguntas que se acumulaban en su cabeza. Zoé era la única que podía responderle. No se podía confiar ni a Carmen, ni a su madre, ni a Hortense, que le trataba siempre como si fuese un bebé. De esta forma, cuando Zoé consintió acodarse en el borde de la piscina y descansar, Alexandre se puso a su lado y empezó a hablarle.

– ¡Zoé! Escúchame. Es importante.

– Venga. Te escucho.

– ¿Tú crees que las personas mayores cuando duermen juntas es que están enamoradas?

– Mamá ha dormido alguna vez con Shirley y no están enamoradas.

– Sí, pero, un hombre y una mujer… ¿Crees que cuando duermen juntos están enamorados?

– No. No siempre.

– Pero ¿y cuando hacen el amor? Estarán enamorados, ¿no?

– Eso depende de lo que tú llames estar enamorado.

– ¿Tú crees que las personas mayores cuando dejan de hacer el amor es que ya no se quieren?

– …No lo sé. ¿Por qué?

– Porque papá y mamá han dejado de dormir juntos, desde hace quince días.

– Entonces es que se van a divorciar.

– ¿Estás segura?

– Prácticamente… Max Barthillet, por ejemplo, su papá se fue.

– ¿Se divorció también?

– Sí. Bueno, me contó que justo antes de que su papá se fuese ya no dormía con su madre. Ni siquiera dormía en casa, dormía fuera, no sabe muy bien dónde, pero…

– Pues yo sí. El duerme en su despacho. En una cama pequeñita.

– ¡Ay, ay, ay! Entonces es seguro. Tus padres van a divorciarse. Y a lo mejor te enviarán a un psicólogo. Es un señor que te abre la cabeza para entender lo que pasa dentro.

– Pues yo sé lo que pasa en mi cabeza. Tengo miedo todo el rato. Justo antes de que se fuese a dormir a su despacho, me levantaba por las noches para ir a escuchar tras la puerta de su habitación, y sólo había silencio y eso me daba miedo ¡sólo silencio! Antes, a veces, hacían el amor, hacían ruido pero eso me tranquilizaba.

– ¿Ya no hacen nada de nada el amor?

Alexandre sacudió la cabeza.

– ¿Y ya no duermen para nada juntos?

– Para nada, desde hace quince días.

– Entonces te vas a encontrar como yo, ¡divorciado!

– ¿Estás segura?

– Casi… No es divertido. Tu mamá estará todo el tiempo enfadada. Mamá está triste y cansada desde que se divorció. Grita, se enfada, no es agradable, ¿sabes…? Pues bien, con tus padres va a pasar lo mismo.

Hortense, que se entrenaba para nadar un largo sin sacar la cabeza del agua, apareció a su lado en el momento en el que Alexandre repetía: «¡Papá y mamá divorciados!». Decidió hacer como que no escuchaba para enterarse mejor. Alexandre y Zoé desconfiaron y se callaron en cuanto la vieron hacer la plancha delante de ellos. Si se callan, es que es serio, pensó Hortense. ¿Iris y Philippe divorciados? Si Philippe deja a Iris, Iris tendrá mucho menos dinero y no podrá mimarme como lo hace. Este bikini rojo, bastó con que le echase la vista encima este verano para que Iris me lo regalase inmediatamente. Pensó en el ordenador. Había sido una estúpida rechazando el que Iris quería comprarle; habría sido diez veces más bonito que el que su madre elegiría. Siempre estaba hablando de ahorrar. ¡Menuda aguafiestas con eso de ahorrar! ¡Como si papá se hubiese ido sin dejarle dinero! Impensable. Nunca hubiese hecho eso. Papá es un hombre responsable. Un hombre responsable paga. Paga haciendo creer que no paga. No habla de dinero. ¡Eso es tener clase! La vida es verdaderamente una caca, pensó mientras continuaba buceando. Sólo Henriette sabe apañárselas. Chef no se irá nunca. Volvió a la superficie y observó a la gente a su alrededor. Las mujeres eran elegantes, y sus maridos, ausentes: ocupados en trabajar, en ganar dinero para que sus mujeres resplandecientes puedan relajarse al borde de la piscina dentro del último bañador diseñado por Eres, tumbadas sobre una toalla de Hermès. Su sueño era tener a una de esas mujeres por madre. Escogería a cualquiera de las que hay aquí, pensó. Cualquiera salvo a mi madre. Me debieron de cambiar en la maternidad. Había salido corriendo de su cabina para ir a besar a su tía y pegarse a ella. Y hacer creer a todas esas magníficas mujeres que Iris era su madre. Se avergonzaba de su madre. Siempre torpe, mal vestida. Siempre haciendo cuentas. Frotándose las aletas de la nariz con el pulgar y el índice cuando estaba cansada. Odiaba ese gesto. Su padre sí que era chic, elegante, se relacionaba con gente importante. Conocía todas las marcas de whisky, hablaba inglés, jugaba al tenis y al bridge, sabía vestirse… Su mirada se posó en Iris. No tenía aspecto triste. Quizás Alexandre se equivocaba. ¡Menudo papanatas está hecho! Su madre permanecía sentada sin moverse, embutida en su albornoz. No se bañará, pensó Hortense, ¡la he avergonzado!

– ¿No te bañas? -preguntó Iris a Joséphine.

– No… me he dado cuenta en la cabina de que tenía… de que no estoy en la buena parte del mes.

– ¡Que mojigata eres! ¿Tienes la regla?

Joséphine asintió con la cabeza.

– Pues bien, vamos a tomar un té.

– Pero ¿y los niños?

– Ya se unirán a nosotras cuando se harten de chapotear en el agua. Alexandre conoce el camino.

Iris se ciñó su albornoz, recogió su bolso, introdujo sus finos pies en las delicadas zapatillas y se dirigió hacia el salón de té oculto detrás de una hilera de plantas de interior. Joséphine la siguió indicando a Zoé con el dedo adónde iban.

– ¿Quieres un té con un pastel o una tarta? -preguntó Iris mientras se sentaba. Aquí hacen una tarta de manzana deliciosa.

– Sólo té. Acabo de empezar un régimen justo cuando he entrado aquí y ya me siento más delgada.

Iris pidió dos tés y una tarta de manzana. La camarera se alejó, y dos mujeres avanzaron sonriendo hacia su mesa. Iris se quedó paralizada. Joséphine se sorprendió del evidente apuro de su hermana.

– ¡Hola! -exclamaron las dos mujeres al unísono-. ¡Qué sorpresa!

– Hola -respondió Iris-. Mi hermana Joséphine… Bérengère y Nadia, unas amigas.

Las dos mujeres dedicaron una rápida sonrisa a Joséphine y después, ignorándola, se giraron hacia Iris.

– ¿Y bien? ¿Qué es lo que acaba de contarme Nadia? Parece ser que te vas a dedicar a la literatura -preguntó Bérengère, con el rostro crispado por la curiosidad y cierta codicia.

– Mi marido me lo contó después de la cena de la otra noche a la que no pude asistir. ¡Mi hija tenía cuarenta de fiebre! Volvió totalmente emocionado -dijo Nadia Serruier-. Mi marido es editor -precisó girándose hacia Joséphine, que hizo como si estuviese al corriente.

– ¡Estás escribiendo a escondidas! Por eso ya no te veo -retomó Bérengère-. También me preguntaba… ya no tenía noticias tuyas. Te he llamado varias veces. ¿No te lo ha dicho Carmen? Ahora lo entiendo. ¡Bravo, querida! ¡Es formidable! Llevas hablando de ello tanto tiempo. Al menos tú te has puesto en marcha… ¿cuándo podremos leer algo?

– Por el momento estoy dándole vueltas a la idea… No estoy escribiendo nada todavía -dijo Iris estrujando el cinturón de su albornoz blanco.

– ¡No me diga eso! -exclamó la que se llamaba Nadia-. Mi marido espera su manuscrito. Le ha seducido usted con sus historias de la Edad Media. Sólo habla de eso. Es una idea brillante la de relacionar esos tiempos lejanos con lo que pasa hoy en día. ¡Una idea brillante! Cuando vemos el éxito de las novelas históricas, una hermosa historia con la Edad Media como telón de fondo seguro que será un bombazo.

Joséphine dio un saltito de sorpresa e Iris le dio una patada bajo la mesa.

– Y, además, Iris, ¡eres tan fotogénica! Sólo con la foto de tus grandes ojos azules sobre la portada sería un best-seller. ¿No es cierto, Nadia?

– Hasta nueva orden, no se escribe con los ojos -respondió Iris.

– Era una broma, aunque…

– Bérengère no se equivoca. Mi marido dice siempre que un libro, hoy en día, no basta con escribirlo, hay que venderlo. ¡Y ahí es donde sus ojos provocarán una auténtica conmoción! Sus ojos, sus amistades, está usted destinada al éxito, mi querida Iris…

– Sólo te queda escribirlo, querida -lanzó Bérengère dando palmaditas para demostrar hasta qué punto estaba excitada con esta historia.

Iris no respondió. Bérengère miró su reloj y dijo:

– ¡Oh! Tengo que darme prisa, voy con retraso. Nos llamamos…

Se despidieron y se retiraron haciendo pequeñas señales amistosas. Iris se encogió de hombros y suspiró. Joséphine callaba.

La camarera trajo los dos tés y la porción de tarta de manzana, rebosante de nata y caramelo. Iris pidió que pusiesen el pedido en su cuenta y firmó el tique de caja. Joséphine esperó a que la camarera se fuese y que Iris le diese explicaciones.

– ¡Ya está! Ahora todo París va a saber que estoy escribiendo un libro.

– ¡Un libro sobre la Edad Media! ¿Estás de broma? -preguntó Joséphine alzando el tono.

– No merece la pena montar un escándalo, Jo, cálmate.

– ¡Confiesa que es sorprendente!

Iris suspiró otra vez y, echando su espesa cabellera hacia atrás, se puso a explicar a Joséphine lo que había pasado.

– La otra noche, en una cena, me aburría tanto que dije lo primero que se me ocurrió. Solté que estaba escribiendo y cuando me preguntaron qué, hablé del siglo XII… no me preguntes por qué. Me salió de repente.

– Pero si siempre me has dicho que estaba pasado de moda…

– Lo sé. Pero me cogieron en un renuncio. Y aquello dio en la diana. Tenías que haberle visto la cara a Serruier, el editor. ¡Estaba completamente emocionado! Así que continué, me fui calentando como cuando tú hablas de ello. Curioso, ¿no? Debí de repetir tus argumentos palabra por palabra.

– Os reísteis tanto de mí, tú y mamá, durante años.

– Utilicé todos tus argumentos, de un solo golpe… Como si estuvieses en mi cabeza y fueses tú quien hablase… y él se tomó eso en serio. Estaba dispuesto a firmarme un contrato. Y, al parecer, el rumor se ha extendido rápidamente. No sé qué voy a hacer ahora, voy a tener que mantener el suspense…

– No tienes más que leer mis trabajos. Puedo prestarte mis notas si quieres. ¡Yo tengo muchas ideas para novelas! El siglo XII rebosa de historias novelescas…

– No te rías. Soy incapaz de escribir una novela. Me muero de ganas pero no consigo juntar más de cinco líneas.

– ¿Lo has intentado realmente?

– Sí. Desde hace tres o cuatro meses, y el resultado: tres o cuatro líneas. ¡Estoy lejos de alcanzarlo! -soltó una risa sarcástica-. ¡No! Lo que tengo que hacer es aparentar el tiempo suficiente para que esa historia se olvide. Hacer como si, simular que trabajo duro, y después un día llego y digo que lo he tirado todo, que era demasiado malo.

Joséphine miraba a su hermana y no comprendía. Iris la hermosa, la inteligente, la magnífica, había mentido para construirse una legitimidad. La observó un buen rato, estupefacta, como si descubriese otra mujer detrás del personaje orgulloso y determinado que conocía. Iris había bajado la cabeza y cortaba su tarta de manzana en pequeños trozos regulares que seguidamente empujaba hasta el borde del plato. No es extraño que no engorde si come así, pensó Jo.

– ¿Piensas que soy ridícula? -dijo Iris-. Venga, dilo. Tendrás razón.

– No, no… Sólo me extraña. Confiesa que es sorprendente por tu parte.

– Pues, sí. Es sorprendente, pero no vamos a hacer un drama. Me las arreglaré. Les contaré cualquier cosa. ¡No será la primera vez!

Joséphine se echó hacia atrás.

– ¿Qué quieres decir? No es la primera vez que… ¿mientes?

Iris lanzó una risa sarcástica.

– ¿Que miento? ¡Qué palabra más grandilocuente! Tiene razón, Hortense. Qué tontita puedes llegar a ser. No sabes nada de la vida, mi pobre Jo. O tu vida es tan simple que resulta alarmante. Para ti existen el bien y el mal, el blanco y el negro, los buenos y los malos, el vicio y la virtud. ¡Ay! ¡Es más simple así! Enseguida se sabe a quién se enfrenta uno.

Joséphine bajó la mirada, herida. No encontró palabras para defenderse. No las necesitó, pues Iris prosiguió con voz virulenta:

– No es la primera vez que estoy con la mierda al cuello, ¡pobre ingenua!

Había un tono malvado en su voz. Desprecio y también enfado. Joséphine no había escuchado nunca esa entonación rencorosa en la voz de su hermana. Pero lo que más la impresionó fue la nota celosa que creyó percibir. Imperceptible, casi indetectable, una nota que aparece y desaparece pero, sin embargo, presente. ¿Iris celosa de ella? Imposible, se dijo Joséphine. ¡Imposible! Se sintió mal por haber pensado eso… e intentó compensarlo.

– ¡Te ayudaré! Te encontraré una historia que contar. La próxima vez que veas a tu editor, vas a abrumarle con tu cultura medieval.

– ¿Ah, sí? ¿Y cómo lo haré según tú? -se rio Iris aplastando su trozo de tarta bajo el tenedor de postre.

No se ha comido ni una miga, pensó Jo. La ha cortado en trocitos y los ha esparcido alrededor del plato. No come, asesina la comida.

– ¿Cómo podría abrumar a un hombre culto con toda mi ignorancia?

– ¡Escúchame! ¿Conoces la historia de Rollon, el jefe de los normandos, que era tan alto que, cuando montaba a caballo, sus pies llegaban hasta el suelo?

– Nunca oí hablar de él.

– Era un caminante infatigable y un gran navegante. Procedía de Noruega y sembraba el terror. Proclamaba que sólo había paraíso para los guerreros muertos en combate. ¿No te dice nada? Puedes construir algo alrededor de un personaje como él. ¡Es él el que fundó la Normandía!

Iris se encogió de hombros y suspiró.

– No llegaré muy lejos. No sé nada de esa época.

– O podrías decirle que el título de la novela Lo que el viento se llevó, ya sabes, el libro de Margaret Mitchell, procede de un poema de François Villon…

– ¿Ah, sí?

– Lo que el viento se llevó… es un verso sacado de un soneto de François Villon.

Joséphine habría hecho cualquier cosa para devolver una sonrisa al rostro hostil y tenso de su hermana. Habría dado volteretas, se habría echado el plato de tarta de manzana sobre la cabeza para que su hermana volviese a sonreír y sus ojos se llenaran de azul sin el negro con el que se ensuciaban. Se puso a recitar, extendiendo la manga de su albornoz blanco a la manera de un tribuno romano arengando a las masas:

Príncipes a la muerte están destinados

y cualquier otro que esté vivo

ya estén tristes o irritados serán

lo que el viento se llevó.

Iris sonrió débilmente y la miró con curiosidad.

Joséphine se había transfigurado. Emanaba de ella una suave luz que la aureolaba con un encanto indefinible. De pronto se había convertido en otra persona, sabia y segura, dulce y confiada, ¡tan distinta de la Joséphine que conocía! Iris la miró con envidia. Un destello rápido que se desvaneció tan pronto como vino, pero que Jo tuvo tiempo de percibir.

– Vuelve a la Tierra, Jo. François Villon les importa un bledo.

Joséphine calló y suspiró:

– Sólo quería ayudarte.

– Lo sé, es muy amable de tu parte. Eres buena, Jo. Estás completamente fuera de juego, pero eres buena.

De vuelta al punto de partida, pensó Joséphine. Soy de nuevo la torpe… Sólo quería ayudarte. Una lástima.

Una lástima para ella.

Y, sin embargo, existía ese despecho, ese tono de celos en la voz de Iris que estaba segura de haber oído. ¡Dos veces en pocos segundos! No soy tan desastre como parece si me tiene envidia, pensó incorporándose, no tan desastre… Y, además, no he pedido tarta de manzana. Ya he perdido cien gramos por lo menos.

Lanzó una mirada triunfante a su alrededor. ¡Me tiene envidia, me tiene envidia! Poseo algo que ella no tiene y que le gustaría tener. Lo he sentido durante una milésima de segundo en un brillo de su mirada, un tono de su voz. Y todo este lujo, estas palmeras en macetas, todas estas paredes de mármol blanco, todos estos reflejos azulados que recorren los ventanales de cristal, esas mujeres en albornoz blanco que se estiran haciendo tintinear sus brazaletes no me importan nada. No cambiaría mi vida por ninguna otra en el mundo. ¡Enviadme a los siglos x, xi y XII! Revivo, me vuelven los colores, me estiro, salto sin silla de montar tras Rollon el gigante y huyo con él agarrada a su cintura… Guerreo a su lado a lo largo de las costas normandas, amplío sus dominios hasta la bahía del Mont-Saint-Michel, adopto a su bastardo, le educo y se convierte en Guillermo el Conquistador.

Oyó sonar las trompetas de la coronación de Guillermo y enrojeció.

O quizás…

Me llamo Arlette, la madre de Guillermo. Lavo la ropa en la fuente de Falaise cuando Rollon, Rollon el gigante, me ve, me secuestra, me desposa y me preña. De simple lavandera me convierto en casi reina.

O quizás…

Levantó el borde de su albornoz como se levanta una falda. Me llamo Matilde, hija de Balduino, conde de Flandes, que se casó con Guillermo. Me gusta la historia de Matilde, es más novelesca. ¡Matilde amó a Guillermo hasta el día de su muerte! Era raro en aquella época. Y él la amó también. Hicieron construir dos abadías, la abadía de los Hombres y la de las Mujeres, a las puertas de Caen, para dar gracias a Dios por su amor.

Yo tendría historias que contar si un editor viniese a pedírmelas. ¡Cientos y miles! Sabría describir el cobre de las trompetas, el galope de los caballos, el sudor de las batallas, el labio que tiembla antes del primer beso… «La dulzura de los besos que son el cebo del amor».

Joséphine se estremeció. Sintió ganas de abrir sus cuadernos, de rebuscar entre sus notas, de encontrar la hermosa historia de aquellos siglos que la fascinaban.

Miró su reloj y decidió que era hora de volver a casa. «Tengo trabajo que hacer…», se dijo incorporándose. Iris levantó la cabeza y soltó un débil «¡ah!».

– Ya me encargo de recoger a las niñas, no te molestes. ¡Y gracias por todo!

Estaba deseando marcharse. Abandonar ese lugar donde todo, de pronto, le parecía falso y vano.

– ¡Vamos, niñas! ¡Nos marchamos! ¡Y nada de protestas!

Hortense y Zoé obedecieron sin rechistar, salieron del agua y fueron con ella hasta los vestuarios. Joséphine sintió que había crecido diez centímetros. Avanzaba bailando con la punta de los pies, hoyando como una soberana la espesa moqueta blanca inmaculada, barriendo con la mirada los espejos que le reenviaban su imagen. ¡Ja! Unos kilos menos y estaré fantástica. ¡Ja! Iris ha usado mis conocimientos para brillar en una cena parisina. ¡Ja! Si me lo pidiesen a mí, escribiría volúmenes de mil páginas. Pasó delante de la joven exquisita de la entrada y le dirigió una gran sonrisa victoriosa. ¡Feliz! Soy tan feliz. Si supiese lo que acababa de pasar. Ella tampoco podría evitar mirarme de otro modo.

Fue entonces cuando su albornoz se abrió y la joven la miró con dulzura y cariño.

– ¡Oh! No lo había visto…

– ¿No había visto qué?

– Que iba usted a tener un bebé. ¡La envidio tanto! Mi marido y yo intentamos tener uno desde hace tres años y…

Joséphine la miró estupefacta. Después sus ojos cayeron sobre su amplio talle y enrojeció. No se atrevió a sacar de su error a la exquisita joven que la miraba con ojos tan dulces y volvió a su cabina arrastrando los pies como si fueran de plomo.

Rollon y Guillermo el Conquistador pasaron sin mirarla. Arlette la lavandera se rio de ella en sus narices salpicándola con el agua del lavadero…

En la cabina de al lado, Zoé pensaba en lo hablado con Alexandre.

¡Iris y Philippe no podían separarse! Era todo lo que le quedaba como familia: un tío y una tía. Ella nunca había conocido a la familia de su padre. No tengo familia, susurraba su padre mientras le besaba en el cuello, mi única familia sois vosotras. Desde hacía seis meses no veía a Henriette. Tu mamá y ella se han enfadado un poco, explicaba Iris cuando le preguntaba el porqué. Estaba triste de no ver a Chef; le gustaba sentarse sobre sus rodillas y escuchar sus historias de cuando era un niño pobre en las calles de París, que limpiaba las chimeneas por unas monedas o pegaba con masilla cristales rotos.

Tenía que encontrar una idea genial para que Iris y Philippe siguieran juntos; hablaría de ello con Max Barthillet. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. ¡Max Barthillet! Formaban un estupendo equipo, Max y ella. Él le enseñaba un montón de cosas. Gracias a él había dejado de ser una niñita tonta. Oyó la voz de su madre, impaciente y precipitada, que la llamaba, y gritó «sí, mamá, ya voy, ya voy…».

* * *

Un chillido despertó a Antoine Cortès. Mylène se agarraba fuertemente a él, presa de temblores, mostrando con el dedo algo sobre el suelo.

– ¡Antoine! ¡Mira allí! ¡Allí!

Se pegaba contra él, la boca crispada, los ojos completamente abiertos por el terror.

– Antoine, ¡aaahh!, Antoine, ¡haz algo!

A Antoine le costó despertarse. Aunque llevaba más de tres meses viviendo en Croco Park, cada mañana, en la somnolencia que seguía al ruido del despertador, buscaba la persiana de su habitación en Courbevoie y miraba a Mylène, extrañado al no ver a Joséphine con su camisón de florecillas azules, extrañado al no escuchar a sus hijas saltar sobre la cama gritando ¡levántate papá, levántate! Cada mañana debía hacer un esfuerzo de memoria. Estoy en Croco Park, en la costa oriental de Kenia, entre Malindi y Mombasa, y crío cocodrilos para una gran empresa china. He dejado a mi mujer y a mis dos niñas. Necesitaba repetirse esas palabras. Dejado a mi mujer, a mis dos niñas. Antes… Antes, cuando se iba, siempre volvía. Sus ausencias se parecían a unas vacaciones cortas. Hoy, se esforzaba en repetir Antoine, hoy crío cocodrilos y voy a ser rico, rico, rico. Cuando doble el volumen de negocio, habré doblado mi inversión. Vendrán a proponerme nuevas aventuras y yo elegiré, fumándome un gran cigarro, la que me permita ser aún más rico. Después volveré a Francia. Devolveré a Joséphine cien veces lo que le debo, vestiré a las niñas como princesitas rusas, les compraré a cada una de ellas una hermoso piso, y a vivir. Seremos una familia feliz y próspera.

Cuando sea rico…

Esa mañana no tuvo tiempo de terminar su sueño. Mylène batía las piernas, enviando al suelo toda la ropa de cama. Sus ojos buscaron el reloj para mirar la hora: ¡las cinco y media!

El despertador sonaba cada mañana a las seis, y a las siete en punto, sonaba el silbato de míster Lee para formar el equipo de obreros que trabajaría hasta las tres de la tarde. Sin interrupción. La plantación Croco Park funcionaba sin descanso; los ciento doce obreros estaban divididos en tres equipos, según los viejos principios de Taylor. Cada vez que Antoine pedía a míster Lee que organizase pausas en los horarios de los obreros, este le respondía: «But, sir, míster Taylor said…» y él sabía que era inútil discutir. A pesar del calor, de la humedad, del duro trabajo que hacían, los obreros no bajaban el ritmo. La mitad de ellos estaban casados. Vivían en cabañas de adobe. Quince días de vacaciones al año, ni uno más, ningún sindicato que los defendiese, setenta horas de trabajo por semana y cien euros de salario mensual, alojamiento y comida incluidos. «Good salary, míster Cortès, good salary. People are happy here! Very happy! They come from all China to work here! You don't change the organization, very had idea!». [2]

Antoine se había callado.

Cada mañana pues, se levantaba, tomaba una ducha, se afeitaba, se vestía y bajaba a tomar el desayuno preparado por Pong, su boy, quien, para agradarle, había aprendido algunas palabras de francés y le saludaba con un «Bien domido, míster Tonio, ¿bien domido? Breakfast is ready!». Mylène se volvía a dormir bajo la mosquitera. A las siete, Antoine se encontraba al lado de míster Lee, frente a los obreros que, firmes, recibían su hoja de trabajo para la jornada. Derechos como varas de incienso, sus pantalones cortos flotando sobre sus muslos de cerilla, una eterna sonrisa en los labios y una sola respuesta: «Yes, sir», con el mentón elevado hacia el cielo.

Esa mañana estaba escrito que las cosas no pasarían como de costumbre. Antoine hizo un esfuerzo y se despertó completamente.

– ¿Qué pasa, cariño? ¿Has tenido una pesadilla?

– Antoine… Allí, mira… ¡No estoy soñando! Me ha lamido la mano.

No había ni perros ni gatos en la plantación: a los chinos no les gustaban, terminaban siendo pasto de los cocodrilos. Mylène había recogido un gatito en la playa de Malindi, un precioso gatito blanco con dos orejitas puntiagudas y negras. Le había llamado Milú y le había comprado un collar de conchas blancas. Encontraron el collar flotando en el agua de un río de cocodrilos. Mylène había gemido de terror. «Antoine, ¡el gatito ha muerto! Lo han devorado».

– Vuelve a dormirte, querida, tenemos todavía un poco de tiempo…

Mylène clavó sus uñas en el cuello de Antoine y le obligó a despertarse. El hizo un esfuerzo, se frotó los ojos e, inclinándose por encima del hombro de Mylène divisó, sobre el parqué, un largo cocodrilo grueso y reluciente que los miraba fijamente con sus ojos amarillos.

– Ah -apuntó-, en efecto… Tenemos un problema. No te muevas, Mylène, ¡sobre todo no te muevas! Los cocodrilos atacan si te mueves. Si te quedas inmóvil, no te hará nada.

– Pero ¿no lo ves? ¡Nos está mirando fijamente!

– De momento, si no nos movemos, somos sus amigos.

Antoine observó al animal, que le clavaba sus delgados ojos amarillentos. Se estremeció. Mylène lo sintió y le sacudió.

– Antoine, ¡nos va a devorar!

– Que no… -dijo Antoine para calmarla-. Que no…

– ¿Has visto sus colmillos? -gritó Mylène.

El cocodrilo les miraba abriendo la boca, descubriendo unos dientes poderosos y acerados, y se aproximó a la cama tambaleándose.

– ¡Pong! -gritó Antoine-. Pong, ¿dónde estás?

El animal agarró la punta de la sábana blanca caída al suelo y, cogiéndola entre sus dientes, se puso a tirar y tirar de la sábana, arrastrando a Antoine y Mylène que se agarraban a los barrotes de la cama.

– ¡Pong! -gritó Antoine que perdía su sangre fría-. ¡Pong!

Mylène gritaba, gritaba tanto que el cocodrilo se puso a rugir y a hacer vibrar sus flancos.

– Mylène, ¡cállate! ¡Está soltando su grito de macho! Estás excitándole sexualmente, nos va a saltar encima.

Mylène se puso lívida y se mordió los labios.

– Ay, Antoine, vamos a morir.

– ¡Pong! -gritó Antoine, teniendo mucho cuidado de no moverse y de no dejarse invadir por el miedo-. ¡Pong!

El cocodrilo miraba a Mylène y emitía un extraño chillido que parecía proceder de su tórax. Antoine no pudo impedir ser presa de un ataque de risa.

– Mylène, creo que te está cortejando.

Mylène, furiosa, le dio una patada en la pantorrilla.

– Antoine, creía que siempre tenías un fusil debajo de la almohada…

– Lo tenía al principio, pero…

Fue interrumpido por unos pasos precipitados que subían las escaleras. Llamaron a la puerta. Era Pong. Antoine le pidió que se deshiciera del animal y tapó con la sábana el pecho de Mylène que Pong miraba fijamente simulando que bajaba los ojos.

– ¡Bambi! ¡Bambi! -chilló Pong, hablando de repente como una vieja china desdentada. Come here, my beautiful Bambi… Those people are friends!

El cocodrilo giró lentamente su cabeza cilíndrica de ojos amarillos hacia Pong, dudó un instante y, después, soltando un suspiro, hizo pivotar su cuerpo y reptó hasta míster Lee que le dio una palmadita y le acarició entre los ojos.

– Good boy, Bambi, good boy…

Después sacó un muslo de pollo del bolsillo de su pantalón y se lo tendió al animal, que lo atrapó con un golpe seco y brutal.

Eso fue demasiado para Mylène.

– Pong, take Bambi away! Out! Out! -chapurreó en su inglés.

– Yes, mame, yes… Come on, Bambi.

Y el cocodrilo, bailoteando, desapareció seguido de Pong.

Mylène, lívida y temblorosa, escrutó a Antoine con una larga mirada que significaba «no quiero ver NUNCA MÁS ese animal en la casa, lo has entendido, espero». Antoine asintió y, atrapando sus pantalones cortos y una camiseta, fue en busca de Pong y de Bambi.

Los encontró en la cocina con Ming, la mujer de Pong. Pong y Ming mantenían la mirada baja mientras que Bambi mordisqueaba el pie de la mesa a la que Pong había atado un esqueleto de pollo frito. Antoine había aprendido que no había que enfrentarse a un chino a la cara. Los chinos son muy sensibles, incluso susceptibles, y cada advertencia puede ser interpretada como una humillación que no olvidará durante mucho tiempo. Preguntó pues con suavidad a Pong de dónde venía ese animal, encantador ciertamente, pero amenazante y que, en todo caso, no tenía nada que hacer en la casa. Pong le contó la historia de Bambi, cuya madre había sido hallada muerta en el Boeing que los traía de Tailandia. No era más grande que un gran renacuajo, aseguró Pong, y tan hermoso, míster Tonio, tan hermoso… Pong y Ming se habían encariñado con el pequeño Bambi y le habían criado. Le habían alimentado con biberones de sopa de pescado y caldo de arroz. Bambi había crecido y nunca les había agredido. Mordisqueado a veces, pero era normal. Habitualmente vivía en un estanque, rodeado de un cercado, y no salía nunca. Esa mañana se había escapado. «Seguramente quería conocerle. No volverá a pasar. No le hará daño -prometió Pong-no lo tire a la laguna con los otros, se lo comerían, ¡se ha convertido en una cría de hombre!».

Como si no tuviese bastantes problemas, suspiró Antoine secándose. Eran las seis de la mañana y el sudor ya humedecía su frente. Hizo prometer a Pong que encerraría a Bambi con doble llave y que lo vigilaría. «No quiero que esto vuelva a pasar nunca más, Pong, ¡nunca más!». Pong sonrió y se inclinó agradeciéndole a Antoine su comprensión. «Nevermore, míster Tonio, nevermore!», graznó multiplicando sus inclinaciones de sumisión.

La plantación incluía varios departamentos. Estaba la crianza de pollos que servían para alimentar a los cocodrilos y a los empleados, la crianza de cocodrilos que partía de las barreras de coral y se extendía varias centenas de hectáreas en el interior dentro de las riberas acondicionadas, la conservera que recogía la carne de los cocodrilos y la enlataba, y la fábrica de transformación en la que las pieles de cocodrilo eran cortadas, curtidas, preparadas y reunidas con el fin de ser enviadas a China para transformarlas en bolsos de viaje, maletas, bolsos, tarjeteros y monederos grabados con los nombres de grandes peleteros franceses, italianos o americanos. Esta parte del negocio preocupaba a Antoine, que temía represalias internacionales si se descubría que el tráfico comenzaba en su plantación. Cuando había sido contratado por el propietario chino que había llegado de Pekín para conocerle en París, esta parte de su actividad le había sido ocultada. Yang Wei había insistido sobre todo en la cría, la producción de carne y de huevos que habría que organizar en las mejores condiciones financieras y sanitarias. Le había hablado de actividades «anexas» sin detallarlas, prometiéndole que ganaría un porcentaje de todo lo que saliese «vivo o muerto» de la plantación. «Dead or alive, míster Cortès! Dead or olive», sonrió con una gran sonrisa caníbal que dejaba entrever pingües beneficios para Antoine. Fue una vez allí cuando se había dado cuenta de que también era responsable de la fábrica de transformación de pieles.

Era demasiado tarde para protestar: ya estaba embarcado en esa aventura. Moral y financieramente.

Porque Antoine Cortès había visto las cosas a lo grande. Escaldado por su anterior fracaso en Gunman and Co., había invertido en el Croco Park. Se había prometido no volver a ser un simple asalariado, sino convertirse en un hombre con el que había que contar. Había comprado el diez por ciento del negocio. Para ello pidió un préstamo a su banco. Había ido a visitar al señor Faugeron, del departamento de crédito comercial, le había enseñado los planes de explotación de Croco Park, el perfil de beneficios en un año, dos años y cinco años, y había pedido prestados doscientos mil euros. El señor Faugeron había dudado, pero conocía a Antoine y Joséphine y presumía que, tras ese préstamo, se escondía la fortuna de Marcel Grobz y el prestigio de Philippe Dupin. Había aceptado prestar esa suma a Antoine. El primer reembolso debía haber tenido lugar el 15 de octubre último. Antoine no había podido realizarlo, pues su primera paga no había llegado aún. Problemas de intendencia, había explicado Yang Wei, con quien había podido hablar finalmente por teléfono tras varios intentos infructuosos, aquello no iba a tardar y, además, no olvide que si los resultados del primer trimestre son buenos disfrutará usted, en Navidad, de una gran prima en recompensa por sus primeros tres meses de duro trabajo. «You will be Superman! Ya que ustedes, los franceses, tener muchas ideas y nosotros, los chinos, muchos medios para realizarlas». Míster Wei había soltado una risa sonora. «Le reembolsaré las tres mensualidades en un solo pago -había prometido Antoine al señor Faugeron-, el 15 de diciembre lo más tardar». Había sentido en la voz del banquero su impaciencia y había empleado su tono más entusiasta para tranquilizarle. «No se preocupe, señor Faugeron, estamos haciendo un gran negocio. China se mueve y prospera. Es el país con el que hay que hacer negocios. Estoy firmando contratos que harían enrojecer a sus empleados. Cada día pasan por mis manos millones de dólares».

– Espero, por usted, que sea dinero limpio, señor Cortès -había respondido Faugeron.

Antoine había estado a punto de colgarle en las narices.

Eso no impedía que, cada mañana, se despertase con la misma angustia y la frase de Faugeron resonara en sus oídos: «Espero, por usted, que sea dinero limpio, señor Cortès». Cada mañana también miraba el correo por si había llegado la paga…

No había mentido a las niñas: tenía a su cargo setenta mil cocodrilos. Los depredadores más grandes de la Tierra. Reptiles que reinan sobre la cadena alimenticia desde hace veinte millones de años. Que descienden de la prehistoria y están emparentados con los dinosaurios. Cada mañana, una vez distribuidas las tareas y fijado el orden del día, partía con míster Lee a verificar que todo marchaba según sus planes y previsiones. Por el momento, devoraba publicaciones sobre el comportamiento de los cocodrilos con el fin de mejorar el rendimiento y la reproducción.

– Sabes -explicaba a Mylène que veía a los reptiles con desconfianza-, no son agresivos por placer. Es un comportamiento instintivo: eliminan a los más débiles y después, como buenos basureros, limpian escrupulosamente la naturaleza. Son auténticas depuradoras de los ríos.

– Sí, pero cuando te atrapan, te pueden devorar en un abrir y cerrar de ojos. ¡Es el animal más peligroso del mundo!

– Es muy previsible. Se sabe por qué y cómo ataca: cuando se forman remolinos, el cocodrilo cree que se enfrenta a un animal que huye y le persigue. Pero si te deslizas lentamente en el agua, no se mueve. ¿No quieres intentarlo?

Ella había dado un salto y él se había echado a reír.

– Pong me lo ha enseñado: el otro día se metió en el agua al lado de un cocodrilo, sin moverse, sin hacer remolinos, y el cocodrilo no le hizo nada.

– No te creo.

– ¡Sí, te lo aseguro! Lo he visto con mis propios ojos.

– Por las noches, sabes, Antoine… Me levanto a veces para mirarlos y percibo sus ojos en la oscuridad. Parecen linternas sobre el agua. Pequeñas luciérnagas amarillas que flotan. ¿Es que nunca duermen?

El se reía de su inocencia, de su curiosidad de niña pequeña y la estrechaba contra él. Mylène era una buena compañía. Todavía no se había acostumbrado por completo a la vida en la plantación, pero estaba cargada de buena voluntad. «Quizás podría enseñarles francés o a leer y escribir», decía a Antoine cuando le llevaba a hacer la ronda a las cabañas de los empleados. Ella hablaba un poco con las mujeres, las felicitaba por la limpieza de sus casas, tomaba en sus brazos a los primeros bebés nacidos en Croco Park y los arrullaba. «Me gustaría ser útil, sabes. Como Meryl Streep en Memorias de África, ¿te acuerdas de esa película? Ella estaba tan guapa. Podría hacer como ella: abrir una enfermería. Aprobé el diploma de socorrista cuando estaba en el colegio… les enseñaría a desinfectar heridas, a coserlas. Al menos estaría ocupada. O podría servir de guía a los turistas que vienen de visita».

– Ya no vienen, se han producido demasiados accidentes. Las agencias ya no quieren correr ese riesgo.

– Es una pena… Hubiera podido abrir una pequeña tienda de recuerdos. Habría dado dinero…

Había intentado trabajar en la enfermería. No había tenido mucho éxito. Se había presentado, vestida con vaqueros blancos y una blusa de ganchillo blanco, transparente, y los obreros se habían precipitado para enseñarle una heridita que tenían con el fin de que les palpase, les curase, les auscultase.

Tuvo que dejarlo.

Antoine la llevaba algunas veces con él en el jeep. Un día, mientras recorrían los dos la plantación, habían visto a un cocodrilo despedazando a un ñu de doscientos kilos por lo menos. El cocodrilo rodaba y giraba sobre sí mismo, arrastrando a su presa dentro de lo que los empleados llamaban «la noria de la muerte». Mylène había gritado de terror y, después, prefirió quedarse en casa esperándole. Antoine le había explicado que no había nada que temer de ese cocodrilo: después de un banquete así, podría pasarse sin comer varios meses.

Ese era el mayor problema al que debía enfrentarse Antoine: alimentar a los cocodrilos en cautividad. Los ríos dispuestos para contener a los cocodrilos estaban encuadrados ciertamente en un territorio rico en caza, pero los animales salvajes, desconfiados, ya no se acercaban al agua y remontaban el curso del río, más arriba, para apagar su sed. Los cocodrilos dependían cada vez más de la alimentación proporcionada por los empleados de la plantación. Míster Lee se había visto obligado a organizar una «ronda alimentaria» que consistía en hacer caminar a los obreros a lo largo de los ríos llevando tras ellos ristras de esqueletos de pollo sumergidas. A veces, cuando creían que no les veían, los empleados daban un golpe seco al hilo, atrapaban un esqueleto y lo devoraban. Lo limpiaban a fondo, aprovechando toda la carne, escupiendo los huesos, y después continuaban su ronda.

Había pues que criar cada vez más pollos.

Debo encontrar una solución para hacer volver a las proximidades de los ríos a los animales salvajes, si no voy a tener un grave problema a mis espaldas. Estos cocodrilos no pueden alimentarse exclusivamente de lo que procede de la mano del hombre, van a terminar abandonando la caza, van a dejar de moverse y perder su vitalidad. Van a hacerse tan vagos que ni siquiera querrán reproducirse.

Además, estaba inquieto por la proporción de cocodrilos machos y hembras. Se había dado cuenta de que se arriesgaba a que un día hubiera muchos machos pero pocas hembras. Era difícil percatarse a simple vista del sexo del animal. Tendrían que haberlos dormido y marcarles nada más llegar, pero no lo hicieron. ¿Quizás tendrían que hacer un día una gran selección sexual? Había otros parques de cocodrilos en el interior. Los propietarios no se enfrentaban a esos problemas. Sus reservas habían permanecido en estado salvaje y los cocodrilos se nutrían ellos mismos, devorando la caza que se aventuraba demasiado cerca del agua. Los criadores se reunían en Mombasa, la ciudad más cercana al Croco Park, en un café, el Crocodile Café. Intercambiaban las últimas noticias, la cotización de la carne, la última cota de las pieles. Antoine escuchaba las conversaciones de esos viejos criadores, curtidos por África, la experiencia y el sol. «Son animales muy inteligentes, sabes, Tonio, de una inteligencia aterradora a pesar de su pequeño cerebro. Como un submarino sofisticado. No se deben subestimar. Nos sobrevivirán, eso seguro. Se comunican entre ellos: con un discreto pero amplio repertorio de mímica y sonidos. Cuando enderezan la cabeza en el agua, es que dejan el papel del más fuerte a otro ejemplar. Cuando arquean la cola, quiere decir estoy de mal humor, sal corriendo. Envían señales sin cesar para mostrar quién es el jefe. Eso es muy importante para ellos: quién es el más fuerte. Lo mismo pasa con los hombres, ¿no? ¿Cómo te las arreglas con tu propietario? ¿Respeta sus compromisos? O te cubren de oro y joyas o te dan largas contándote bobadas. Siempre están intentando jodernos. ¡Da un puñetazo en la mesa, Tonio, golpea la mesa! No te dejes intimidar ni te creas sus promesas. Aprende a hacerte respetar». Miraban a Antoine riéndose. Antoine percibía entonces sus mandíbulas abrirse y cerrarse, y un sudor frío le corría por la nuca.

Pagaba una ronda general con voz autoritaria y llevaba a sus labios agrietados por el sol una cerveza helada. «¡A vuestra salud, chicos, y por los cocodrilos!». Todo el mundo empinaba el codo y enrollaba cigarrillos. «Hay buen costo aquí, Tonio, deberías probarlo, eso endulza las pastosas noches en las que no has cumplido tus objetivos y te entra el miedo». Antoine lo rechazaba. No se atrevía a preguntarles lo que sabían de míster Wei, cómo era el anterior responsable de la plantación, por qué se había ido.

– En todo caso, no te morirás de hambre -decían riendo los criadores-, ¡siempre podrás comer huevos de cocodrilo fritos, tortilla de huevos de cocodrilo y huevos de cocodrilo mimosa! ¡Lo que llegan a poner! ¡Esas sucias bestias!

Y le miraban fijamente con sus ojos amarillos y rasgados de… cocodrilos.

Lo más difícil era esconder su angustia a Mylène por las noches, cuando volvía de sus expediciones a Mombasa. Ella le preguntaba sobre lo que había visto, de qué se había enterado. El comprendía que necesitaba que la tranquilizasen. Le había dado todos sus ahorros para pagar el viaje y la mudanza. Habían ido juntos a comprar lo que ella había llamado «las comodidades básicas». La casa estaba vacía, el propietario anterior se había llevado todo, llegando hasta a descolgar las cortinas de los cuartos y del salón. Cocina, frigorífico, mesa y sillas, cadena de música, cama y alfombras, cacerolas y platos. Habían tenido que comprarlo todo. «Estoy muy feliz de participar en esta aventura», suspiraba ella dándole su tarjeta de crédito. No escatimaba gastos para su «nidito de amor»; gracias a ella, la casa había recobrado un bonito aspecto. Había comprado una máquina de coser, una vieja Singer que había encontrado en el mercado, y cosía cortinas, sábanas, manteles y servilletas durante todo el día. Los empleados chinos se habían acostumbrado a llevarle trabajo y Mylène lo hacía con gusto. Cuando él volvía por sorpresa y quería besarla, ella tenía la boca llena de alfileres. Los fines de semana, cuando iban a las blancas playas de Malindi, practicaban el submarinismo.

Habían pasado tres meses, Mylène ya no suspiraba de felicidad. Cada día esperaba, inquieta, la llegada del correo. Antoine leía en sus ojos su propia angustia.

El 15 de diciembre no había nada en el correo.

Fue una jornada taciturna, una jornada silenciosa. Pong les sirvió sin decir nada. Antoine no tocó su desayuno. Ya no soportaba comer huevos. Dentro de diez días es Navidad, y no he podido enviar nada a Joséphine y a las niñas. Dentro de diez días es Navidad, y me voy a encontrar, con Mylène, sorbiendo una copa de champán tan helado como la esperanza en nuestras venas.

Esta noche voy a llamar a míster Wei y alzaré el tono…

Esta noche, esta noche, esta noche…

Por las noches, la realidad era menos cruda, la amarilla mirada de los cocodrilos en los estanques brillaba con mil promesas. Por la noche, con el desfase horario, estaría seguro de poder encontrar a míster Wei en su casa.

Por la noche, el viento se levantaba y el calor sofocante caía sobre la hierba seca y sobre los pantanos. Se levantaba un ligero vapor. Se respiraba mejor. Todo se volvía borroso y tranquilizador.

Por la noche, se decía que los principios eran siempre difíciles, que trabajar con los chinos era como recibir bofetadas en la cara, pero que la piel terminaría por curtirse. No se hace uno rico sin arriesgarse, míster Wei no ha invertido todo ese dinero en setenta mil cabezas de cocodrilo sin esperar un céntimo de beneficio. Te desalientas demasiado pronto, Tonio. ¡Venga, anímate! Estás en África, no en Francia. Aquí hay que luchar. El correo, las transacciones, llevan más tiempo. Tu cheque estará entre las manos de un aduanero que le da vueltas y vueltas, verificando el origen antes de enviártelo. Llegará mañana, pasado mañana como muy tarde… Espera un día o dos. ¡La prima añadida es tan grande que las verificaciones son más largas! Mi prima de Navidad…

Sonrió a Mylène, quien, tranquilizada al verle relajarse, le devolvió la sonrisa.

* * *

¡Ocho mil doce euros! Un cheque de ocho mil doce euros. Cuatro veces su salario mensual en el CNRS. ¡Ocho mil doce euros! He ganado ocho mil doce euros traduciendo la vida de la deliciosa Audrey Hepburn. ¡Ocho mil doce euros! Está escrito en el cheque. No he dicho nada cuando el contable me lo ha dado, no he querido saber el montante, me lo he metido en el bolsillo como si nada. Sudaba de miedo. Sólo después, en el ascensor, he abierto el sobre, lentamente, despegando un borde, después agrandando la apertura, tenía tiempo, bajaba del piso catorce, he despegado el cheque de la carta a la que estaba grapado y lo he mirado… ¡Y lo he visto! He abierto los ojos y percibido el montante: ¡ocho mil doce euros! He tenido que apoyarme contra la pared del ascensor. Todo daba vueltas a mi alrededor. Una tempestad de billetes que me aturdía, levantaba mi falda, se metía por mis ojos, mi nariz, mi boca. ¡Ocho mil doce mariposas revoloteando a mi alrededor! Cuando se detuvo el ascensor, fui a sentarme en el gran hall de cristal. Contemplé mi bolso. Dentro había ocho mil doce euros… ¡Imposible! ¡Lo he leído mal! ¡Me he equivocado! He abierto el bolso, buscado el sobre, lo he palpado, palpado, hacía un suave ruido sedoso y me tranquilicé, lo acerqué a mis ojos sin que nadie se diese cuenta de lo que estaba haciendo y leí otra vez el montante: ocho mil doce euros a nombre de la señora Joséphine Cortès.

Joséphine Cortès, soy yo. Soy yo. Joséphine Cortès ha ganado ocho mil doce euros.

He agarrado el bolso bajo mi brazo y he decidido ir a depositar el cheque en mi banco. Enseguida. Buenos días, señor Faugeron, adivine lo que me trae por aquí. ¡Ocho mil doce euros! Así que, señor Faugeron, se acabaron las llamadas interrogantes, ¿cómo piensa arreglárselas, señora Cortès? ¡Así, señor Faugeron! Trabajando con la deliciosa, la exquisita, la resplandeciente, la turbadora Audrey Hepburn. Y mañana, con esta tarifa, me iría a dar una vueltecita por la vida de Liz Taylor, de Katharine Hepburn, Gene Tierney y ¿por qué no Gary Cooper o Cary Grant? Son mis amigos. Me murmuran confidencias al oído. ¿Quiere usted que le imite el acento paleto de Gary Cooper? No… Bueno… Y este cheque, señor Faugeron, ¡cae en el momento justo! Justo antes de Navidad.

Jo estaba exultante. Caminaba por la calle y proseguía su diálogo con el señor Faugeron. Avanzaba bailando cuando se convirtió de pronto en estatua de sal y se llevó la mano al corazón. ¡El sobre! ¿Y si lo he perdido? Se detuvo, entreabrió el bolso y contempló el sobre blanco que reposaba, lleno, brillante, próspero, entre el llavero, la polvera, los chicles Hollywood y los guantes de piel de pécari que no se ponía nunca. ¡Ocho mil doce euros! Anda, se dijo, voy a coger un taxi. Voy a ir hasta el banco en taxi. Me daría mucho miedo el que me atracasen en el metro…

¡Atracada en el metro!

Su corazón batía fuertemente, tenía un nudo enorme en la garganta, unas gotas de sudor corrieron por su frente. Sus dedos se movían en busca del sobre, lo encontraban, lo palpaban otra vez; ella soltaba un suspiro, calmaba los latidos de su corazón, acariciaba el sobre.

Detuvo un taxi, dio al taxista la dirección de su banco en Courbevoie. Pondré los ocho mil doce euros a buen recaudo y después, después… ¡a mimar a las niñas! ¡Navidad, Navidad! Djingle bells! Djingle bells! Djingle all the way… Gracias, Dios mío, gracias a Dios. Estés donde estés, tú que velas por mí, tú que me has dado el valor y la fuerza de trabajar, gracias, gracias.

En el banco, rellenó un formulario de depósito y, cuando escribió en hermosas cifras redondas ocho mil doce euros, no pudo evitar sonreír con orgullo. Se dirigió hasta la caja y preguntó si estaba el señor Faugeron. No, le respondieron, está visitando a unos clientes, pero volverá sobre las diecisiete treinta. Dígale que me llame, soy la señora Cortès, pidió Joséphine chasqueando el cierre de su bolso.

¡Clac! La señora Joséphine Cortès convocaba al señor Faugeron.

¡Clac! La señora Joséphine Cortès ya no tenía miedo del señor Faugeron.

¡Clac! La señora Joséphine Cortès se había convertido en alguien.

El editor a quien había entregado la traducción parecía encantado. Había abierto el manuscrito, se había frotado las manos y había dicho «veamos… veamos». Se había humedecido el índice, vuelto una página, luego dos, había leído y había asentido con la cabeza satisfecho. «Escribe usted muy bien, es fluido, elegante, simple, ¡como un vestido de Yves Saint Laurent!». «Ha sido Audrey la que me ha inspirado», se había sonrojado Joséphine, que no sabía cómo responder a tantos cumplidos.

– No sea usted modesta, señora Cortès. Tiene usted mucho talento. ¿Aceptaría usted trabajos similares?

– Sí. Por supuesto.

– Pues bien, pronto me pondré en contacto con usted. Puede usted pasar por contabilidad, en el piso de arriba, le darán su cheque.

Le había tendido una mano que ella había estrechado como un náufrago se agarra a una barca de salvamento en plena tempestad.

– Adiós, señora Cortès.

– Adiós, señor…

Había olvidado su nombre. Se había dirigido hasta el ascensor. Hasta el departamento de contabilidad. Y fue entonces cuando…

Seguía sin poder creérselo.

Y ahora, se dijo saliendo del banco, derecha al centro comercial de la Défense, y una lluvia de regalos para las niñas. A mis pequeñas no les faltará de nada por Navidad y, más aún, estarán en igualdad con su primo Alexandre.

¡Ocho mil doce euros! Ocho mil doce euros…

Ante los escaparates, sus ojos parpadearon, apretando fuertemente el monedero donde guardaba su tarjeta de crédito. Mimar a Zoé, mimar a Hortense, llenarlas de regalos, grabar una sonrisa definitiva en sus rostros de niñas sin papá en Navidad. Con un golpe de tarjeta mágica, yo, Joséphine, seré todo a la vez: papá, mamá y Papá Noel. Les devolveré la confianza en la vida. No quiero que sufran las mismas angustias que yo. Quiero que se duerman por la noche pensando que mamá está allí, mamá es fuerte, mamá vela por nosotras, no nos puede pasar nada… Dios mío, gracias por darme estas fuerzas. Joséphine hablaba cada vez más a Dios. Te amo, Dios, vela por mí, no me olvides, yo que te olvido tan a menudo. Y a veces le parecía que él posaba la mano sobre su cabeza y la acariciaba.

Paseando por las galerías llenas de tiendas adornadas con guirnaldas, árboles de Navidad, con gruesos hombrecillos de terciopelo rojo y barba blanca apostados a su entrada, ella daba gracias a Dios, a las estrellas, al cielo, y dudaba en franquear la puerta de una de ellas. ¡Tengo que ahorrar para pagar los impuestos!

Joséphine no era una mujer que perdiese la cabeza.

Y, sin embargo… En una hora había gastado una tercera parte de su cheque; sentía vértigo. Qué tentador es llevárselo todo: las opciones de compra, el servicio posventa, un accesorio en oferta. Los vendedores revolotean a tu alrededor y entonan dulces cantos, como sirenas encantando a Ulises. No estaba acostumbrada, no se atrevía a decir que no, se ruborizaba, osaba hacer una pregunta rápidamente barrida por el vendedor que había avistado una presa fácil y la enredaba en el mástil de la tentación.

Por unos euros más, le instalarían los programas necesarios en el ordenador, por unos euros más incluirían el DVD, por unos euros más le llevarían su pedido a casa, por unos euros más extenderían la garantía a cinco años, por unos euros más… Joséphine, turbada, decía sí claro, sí por supuesto, sí tiene usted razón, sí puede usted entregarlo por la mañana, estaré allí, trabajo en casa, comprende. Preferentemente durante las horas lectivas para que mis hijas no estén presentes, que sea una sorpresa para Navidad. Ningún problema, señora, en las horas lectivas si lo prefiere…

Había salido un poco aturdida, un poco inquieta, y después había percibido, entre la multitud, a una niña que se parecía a Zoé y contemplaba, con los ojos brillantes, el escaparate de una juguetería. Su corazón se había sobresaltado. Es esa la cara que pondrán mis hijas cuando abran sus regalos, esa cara que hará de mí la más feliz de las mujeres…

Había vuelto andando, afrontando el viento que silbaba por las grandes avenidas de la Défense. Era invierno, la noche caía pronto. A las cuatro y media había oscurecido y las pálidas farolas se iban iluminando una por una a lo largo de su camino. Se levantó el cuello de su abrigo, ¡anda! Podría haberme comprado un abrigo más caliente, y bajó la cabeza para protegerse del viento glacial. Me ha hablado de otra traducción, entonces me compraré otro abrigo. Este me lo regaló Antoine hace ya diez años. Acabábamos de instalarnos en Courbevoie…

No volverá para Navidad. Las primeras Navidades sin él…

El otro día, en la biblioteca, había consultado un libro sobre Kenia. Había visto dónde se encontraban Mombasa y Malindi, las playas blancas, las viejas casas de Malindi, las pequeñas tiendas artesanales y la gente tan amistosa, decía la guía. ¿Y Mylène? ¿Es amistosa Mylène? Había gruñido cerrando el libro con un golpe seco.

El hombre de la parka no había vuelto. Sin duda había terminado su trabajo. Atravesaba las calles de París dejando que una hermosa rubia metiese la mano en su bolsillo…

Cuando llegaba a la biblioteca, ella depositaba los libros sobre la mesa y le buscaba con la mirada. Luego se ponía a trabajar. Levantaba la cabeza, le acechaba diciéndose ya ha llegado, me mira de reojo…

No había vuelto.

Al pie del edificio, se cruzó con la señora Barthillet que la empujó sin querer. Joséphine hizo un movimiento para evitarla al percibirlo. Un aire de animal indefenso brillaba en sus ojos. Bajó la mirada cuando vio a Joséphine y avanzó de lado, mirándose los pies. Se cruzaron en silencio. Joséphine no se atrevió a preguntarle por su familia. Se había enterado de que el señor Barthillet se había marchado.

Su buen humor de la primera hora de la tarde había desaparecido. Con un gesto mecánico descolgó el teléfono que sonaba cuando abrió la puerta de su piso.

Era el señor Faugeron. La felicitaba por el cheque que había depositado en el banco y luego dijo algo que no comprendió inmediatamente. Le pidió que esperara un poco, el tiempo de quitarse el abrigo y dejar el bolso, y volvió a coger el teléfono.

– Este cheque cae en el momento justo, señora Cortès. Está usted al descubierto desde hace tres meses…

Joséphine, con la boca seca, los dedos crispados sobre el auricular, no podía hablar. ¡Al descubierto! ¡Desde hacía tres meses! Y, sin embargo, había echado las cuentas: su saldo era positivo.

– Su marido abrió una cuenta a su nombre antes de irse a Kenia. Pidió un enorme préstamo y no ha cumplido con ninguno de los pagos previstos a partir del 15 de octubre.

– ¿Un préstamo, Antoine? Pero…

– A cuenta suya, señora Cortès, así que es usted responsable. Había prometido devolverlo y… Firmó usted unos papeles, señora Cortès. Acuérdese…

Joséphine hizo un esfuerzo y recordó, en efecto, que Antoine le había hecho firmar muchos formularios bancarios antes de marcharse. Había hablado de planes, de inversiones, de seguros para el futuro, de apuestas que realizar. Era a primeros de septiembre. Ella había confiado en él. Había firmado con los ojos cerrados.

Escuchó, como en un mal sueño, las explicaciones del banquero aterida bajo la luz pálida de la entrada. Voy a tener que encender la calefacción, hace mucho frío. Los dientes apretados, encogida sobre la silla cercana al mueblecito donde se encontraba el teléfono, los ojos fijos sobre el dibujo gastado de la moqueta.

– Es usted responsable en su nombre, señora Cortès. Siento decírselo… Ahora, si quiere usted pasar por el banco, podemos arreglar su deuda… Puede usted también pedir ayuda a su padrastro…

– Nunca, señor Faugeron, ¡nunca!

– Y, sin embargo, señora Cortès, va a tener que…

– Me las arreglaré, señor Faugeron, me las arreglaré…

– Mientras tanto, este cheque de ocho mil doce euros llenará el agujero dejado por su marido… Los pagos son de mil quinientos euros al mes, así que haga usted misma el cálculo…

– He hecho algunas compras esta tarde -consiguió articular Joséphine-. Para las niñas, las Navidades de las niñas… He comprado un ordenador y… Espere, tengo los recibos de la tarjeta…

Rebuscó en el bolso, tomó su monedero, lo abrió rápidamente y sacó los recibos de la tarjeta. Sumó las cifras gastadas y se las anunció al banquero.

– Vamos a andar muy justos, señora Cortès… Sobre todo si no cumple con el pago del 15 de enero… No quiero asustarla en esta época de Navidad, pero andamos muy justos.

Joséphine no sabía qué decir. Su mirada calló sobre la mesa de la cocina donde reinaba su máquina de escribir, una vieja IBM de bola que le había regalado Chef.

– Le haré frente, señor Faugeron. Déjeme el tiempo para adaptarme. Me han prometido, esta mañana, otro trabajo bien remunerado. Es cuestión de días…

Estaba soltando cualquier cosa. Estaba a punto de ahogarse.

– No es urgente, señora Cortès. Volveremos a hablar a primeros de enero, si quiere, quizás tenga usted noticias…

– Gracias, señor Faugeron, gracias.

– Vamos, señora Cortès… no se atormente usted, saldrá usted de ésta. Mientras tanto, intente pasar unas buenas fiestas de Navidad. ¿Tiene usted proyectos?

– Voy a casa de mi hermana, en Megève -respondió Joséphine como un boxeador noqueado al que el árbitro está contándole hasta diez.

– Está muy bien no pasarlas sola, tener familia… Venga, señora Cortès, felices Navidades.

Joséphine colgó y titubeó hasta el balcón. Se había acostumbrado a refugiarse allí. Desde el balcón contemplaba las estrellas. Interpretaba un tintineo, el paso de una estrella fugaz como el signo de que era escuchada, que el cielo velaba por ella. Esa noche, se arrodilló sobre el cemento, juntó sus manos y, elevando sus ojos al cielo, recitó una oración:

«Estrellas, por favor, haced que ya no esté sola, haced que deje de ser pobre, haced que ya no me sienta acosada. Estoy hastiada, tan hastiada… Estrellas, no hago nada bien estando sola, y estoy tan sola. Dadme la paz y la fuerza interior, dadme también al que espero en secreto. Ya sea grande o pequeño, rico o pobre, guapo o feo, joven o viejo, me da igual. Dadme un hombre que me ame y al que ame. Si está triste, le haré reír, si duda, le consolaré, si se bate, estaré a su lado. No os pido lo imposible, os pido simplemente un hombre porque, ya veis, estrellas, el amor es la mayor de las riquezas… El amor que damos y el que recibimos. Y yo no puedo pasarme sin esa riqueza…».

Inclinó la cabeza hasta el suelo de cemento y se dejó caer en una infinita plegaria.

* * *

Marcel Grobz había instalado sus oficinas en el número 75 de la avenida Niel. No lejos de la place de l'Étoile, no muy lejos tampoco del bulevar periférico. Un lado pasta, otro palacio, se pavoneaba con René cuando enseñaba sus dominios en los que entra un céntimo y salen diez euros.

Había comprado, hacía años, un edificio de dos plantas en un patio empedrado, cubierto por una enredadera que dibujaba círculos y guirnaldas. Había sentido un flechazo. El joven Marcel Grobz buscaba un sitio fresco y burgués para alojar su empresa. ¡Dios!, había exclamado viendo el lote que le proponían por una bagatela, esto sí que va a dar buena impresión, más contento que un piojo en la cabeza de un tiñoso. Esto parece un convento de carmelitas. Aquí se me hablará con respeto, y se esperará si me retraso un poco en los pagos. Este sitio rezuma bienestar, sabor provinciano, negocio honesto y próspero.

Lo había comprado todo: el edificio y los talleres, el patio y la enredadera, y las antiguas caballerizas de ventanas rotas que había renovado para hacer de ellas locales complementarios.

Fue allí, en el número 75 de la avenida Niel, donde su empresa había comenzado el despegue.

Fue allí también donde, un buen día de octubre de 1970, había visto llegar a René Lemarié, un chico joven, diez años menor que él, cuyo talle estrecho de chica se extendía hasta sus hombros de cariátide, el cráneo afeitado, la nariz rota, el tinte rojo ladrillo, ¡un buen mozo!, se había dicho Marcel mientras escuchaba los argumentos de René, que buscaba trabajo. «No quiero presumir, pero sé hacer de todo. Y no pierdo el tiempo. No tengo un apellido ilustre, no salgo de la Politécnica, pero le seré muy útil. Póngame a prueba y me suplicará usted que me quede».

René acababa de casarse. Ginette, su mujer, una chica rubita, que reía todo el rato, fue contratada para el taller. Trabajaba a las órdenes de su marido. Manejaba los traspales, escribía a máquina, contaba y recontaba los contenedores, verificando el contenido. Le hubiese gustado ser cantante, pero la vida había decidido otra cosa. Cuando conoció a René, ella era corista en los espectáculos de Patricia Carli y había tenido que elegir: René o el micrófono. Había elegido a René, pero continuaba graznando cuando le entraban ganas, «¡detente, detente! ¡No me toques más! Te lo suplico, ten piedad de mí. No puedo más. No puedo consentirrrr tenerte que compartirrrr con otra… De hecho, mañana es tu boda, ella tiene dinego, ella es hermosa. Ella tiene to-o-das las cualidades, y mi único defecto ¡¡¡es amarrrrteeeee!!!», bajo las amplias cristaleras del taller. Vocalizaba e imaginaba una muchedumbre de espectadores gritando a sus pies. También había sido corista de Rocky Volcano, Dick Rivers y Sylvie Vartan. Todos los sábados por la noche, en casa de René y Ginette, había karaoke. Ginette no había pasado de los años sesenta, llevaba zapatillas de ballet y pantalones pirata, y se peinaba como Sylvie Vartan en la época de su vestidito azul Real y de la margarita colgada en la oreja. Tenía toda la colección de las revistas Salut Les Copains y de Mademoiselle Age Tendre, que hojeaba cuando se sentía nostálgica.

Marcel había cedido a René y Ginette un local encima de las caballerizas, que habían transformado en alojamiento. Allí habían criado a sus tres hijos, Eddy, Johnny y Sylvie.

Cuando Marcel había contratado a René, había dejado para más tarde la definición de su puesto. «Estoy empezando, así que empezarás conmigo». Desde entonces, los dos hombres estaban unidos como las nudosas ramas de la enredadera.

Cierto era que raramente se veían fuera del trabajo, pero no pasaba un día sin que Marcel no se acercara a darle un golpecito en la gorra a René, quien, vestido con un peto de trabajo, cigarrillo en los labios, murmuraba: «¿Qué tal te va, Viejo?».

René llevaba la cuenta exacta de todas las mercancías, anotaba las entradas y las salidas, las ofertas y los productos que no circulaban y de los que era urgente deshacerse: «Ese trasto de ahí me lo pones como oferta del mes. Se lo largas a los tontos, los bobos u otros de esos retrasados que se pasean por tus tiendas, ¡no quiero verlo por aquí! Y si has comenzado la producción en masa en Sing-Sing o en Pernambuco, le echas el freno. Eso o te vas a ver en calzoncillos bailando claque en el metro. No sé lo que te dio cuando encargaste treinta palés, pero debías de tener el cerebro más seco que una pasa».

Marcel guiñaba un ojo, escuchaba y seguía casi siempre los consejos de René.

Además de la gestión del almacén de la avenida Niel, René se encargaba de repartir las mercancías por las tiendas de París y provincia, gestionar los stocks y de realizar los pedidos de los artículos que faltaban o que iban a faltar. Cada tarde, antes de abandonar el despacho, Marcel bajaba al almacén para beber un vaso de tinto en compañía de René. René sacaba un salchichón, queso, pan, mantequilla salada, y los dos se ponían a charlar contemplando la enredadera a través de la vidriera del taller. La habían conocido menuda, tímida, frágil y, casi treinta años después, se retorcía a su gusto, haciendo bucles, resplandeciendo ante sus ojos maravillados.

Hacía un mes que Marcel ya no iba a ver a René.

O, cuando iba, era porque había un problema, que una de las tiendas había llamado para quejarse; llegaba, huraño, soltaba una pregunta, escupía una orden y se volvía a ir, evitando cruzarse con la mirada de René.

René al principio se picó. Ignoró a Marcel. Le enviaba las respuestas a través de Ginette. Cuando Marcel se dejaba caer gruñendo, René montaba en un toro y se iba al fondo del almacén a contar sus cajas. Esta comedia duró tres semanas. Tres semanas sin rodajas de salchichón ni tragos de tinto. Sin confidencias ante las espirales de la enredadera. Después René comprendió que le hacía el juego a su amigo y que Marcel no vendría a su encuentro.

Un día, se tragó su orgullo y subió a interrogar a Josiane. ¿Qué pasa con el Viejo? Sorprendentemente, Josiane le mandó a paseo.

– Pregúntale tú mismo, ¡ya no nos hablamos! Me trata como si fuera de escayola.

Tenía un aspecto demacrado. Había adelgazado, palidecido y pintado con algo de rosa sus mejillas para mejorar su cara. Un rosa de baratija, se dijo René. No el rosa de la felicidad, el rosa que viene del corazón.

– ¿Está en su despacho?

Josiane asintió con un gesto seco del mentón.

– ¿Solo?

– Solo… Aprovéchate, la Escoba está pegada a él últimamente. ¡Está aquí todo el tiempo!

René empujó la puerta del despacho de Marcel y le sorprendió, hundido en su sillón, con el rostro caído, olisqueando un trapo.

– ¿Estás probando un nuevo producto? -preguntó recorriendo todo el despacho antes de arrancarle lo que su amigo tenía en las manos. Después, extrañado, preguntó-: ¿Qué es?

– Una media…

– ¿Te vas a dedicar a las medias?

– No…

– Pero en nombre de Dios, ¿qué haces esnifando nailon?

Marcel le lanzó una mirada infeliz y furiosa. René se sentó sobre la mesa frente a él y, mirándole fijamente a los ojos, esperó.

Fuera de sus oficinas, de su éxito financiero, Marcel volvía a ser el chaval patán y grosero que había sido en las calles de París cuando se paseaba, por la tarde, antes de entrar en su casa donde nadie le esperaba. Sólo había sabido controlar sus pasiones para crecer: convertirse en un hombre rico y poderoso. Una vez conseguido su objetivo, había perdido el saber de la vida. Continuaba jugando con las cifras, las fábricas, los continentes, de la misma forma que una vieja cocinera monta las claras a punto de nieve sin prestar siquiera atención, pero para lo demás había perdido el tranquillo. Cuanto más prosperaba, más vulnerable se volvía. Perdía su buen sentido campesino. Se sentía desorientado. ¿Le cegaba el dinero, el poder que le daba su fortuna? ¿O por el contrario se sentía aturdido, sin comprender cómo había hecho para llegar hasta allí? ¿Había perdido la ciencia y la intuición que le daban su rabia de principiante para perderse en el lujo y la facilidad? René no comprendía cómo el hombre que manejaba con firmeza a los capitalistas chinos o rusos podía estar tan manipulado por Henriette Grobz.

René había visto con muy malos ojos la boda de Marcel con Henriette. El contrato que ella le había hecho firmar era, en su opinión, un chantaje. Marcel se había puesto la soga al cuello. Comunidad universal con separación de bienes para que ella no fuese responsable en caso de quiebra, pero una donación al superviviente con el fin de que ella heredase en el caso de que hubiese beneficios. Y, la guinda del pastel, el título de presidenta del consejo de administración de la empresa. Ya no podía decidir nada sin ella. ¡El Marcel atado de pies y manos! «No quiero parecer que me caso por tu dinero -había pretextado ella-, quiero trabajar contigo. Formar parte de la empresa. ¡Tengo tantas ideas!». Marcel se había tragado todo. «¡Estás para encerrarte!», había gritado René cuando conoció los términos del contrato. «¡Es una estafa! ¡Un atraco a mano armada! Esa no es una mujer, es un gánster. ¿Y tú pretendes que te ama, pobre imbécil?

Te está cortando las pelotas con las tijeritas de las uñas. ¿Pero dónde tienes tú la inteligencia? ¿En la suela de los zapatos?». Marcel se había encogido de hombros: «Me dará un niño y todo será para él». «¿Que ella te va a dar un niño? ¿Tú alucinas o qué?».

Marcel, ofendido, había cerrado de golpe la puerta del almacén.

Esa vez se habían pasado un mes sin hablarse. Cuando se perdonaron, decidieron de común acuerdo no abordar nunca ese tema.

Y ahora era Josiane el que le volvía loco, hasta el punto de esnifar unas medias viejas.

– ¿Vas a seguir mucho tiempo así? Qué quieres que te diga, pareces un viejo sapo encima de una caja de cerillas.

– No tengo ganas de nada… -respondió Marcel, y en su voz se escuchaba el desencanto del hombre a quien la vida le ha robado todo y que se instala, dócil, en su miseria.

– ¿Quieres decir que vas a dejarte morir sin rechistar? Marcel no respondió. Había adelgazado, y su rostro caía en dos blandas bolsas a lo largo de sus mandíbulas. Se había convertido en un viejo alelado, lívido, eternamente al borde de las lágrimas. Sus ojos, enrojecidos, supuraban.

– Recupérate, Marcel, das pena. Y pronto darás asco. ¡Un poco de dignidad!

Marcel Grobz se encogió de hombros al oír la palabra «dignidad». Lanzó una mirada humedecida a René y levantó la mano como diciendo: «¿Para qué?».

René le miraba, incrédulo. Este no podía ser el mismo hombre que le había enseñado el arte de la guerra en los negocios. Llamaba a eso sus clases nocturnas. René sospechaba que declamaba alto y claro para convencerse y darse coraje para trabajar. «Cuanto más fríos son tus cálculos, más lejos llegas. Nada de sentimientos, tío. ¡Hay que matar fríamente! Y para asegurarse definitivamente tu autoridad, hay que dar un gran golpe antes de comenzar, poner en la calle a un proveedor, liquidar a un competidor, y serás temido el resto de tu vida!». O frases como: «Hay tres formas de triunfar: la fuerza, la inteligencia o la corrupción. La corrupción no es lo mío; inteligencia no tengo, así que… ¡no me queda más que la fuerza! ¿Sabes lo que decía Balzac? "Hay que atravesar esa masa de gentes como una bala de cañón o deslizarse entre ellos como la peste". Qué bonita frase, ¿no?».

– ¿Y cómo has aprendido eso, tú que no has ido al colegio?

– De Henriette, tío, ¡de Henriette! Me escribe fichas para parecer menos idiota en las fiestas. Me las aprendo de memoria y las recito.

Un caniche amaestrado, había pensado René. Se calló. En aquella época, Marcel estaba orgulloso de llevar colgada del brazo a Henriette y de aprender citas de memoria para destacar en las fiestas. Eran los buenos tiempos. Lo tenía todo: éxito, dinero y mujer. Búscame el error, decía a René dándole palmaditas en la espalda. Lo tengo todo, tío. ¡Lo tengo todo! Y, muy pronto, ¿con quién jugaré sobre mis rodillas? Con Marcel Júnior en persona. Y soñaba con una papilla de bebé, un babero y un sonajero, y en su rostro se dibujaba una sonrisa. ¡Marcel Júnior! Un heredero. Un hombrecito al que instalar en la sala de mando. Todavía está esperándolo.

A veces René sorprendía a Marcel mirando a sus hijos. Les decía hola con la mano y parecía que estaba levantando plomo, como si dijera adiós a un sueño.

René se sacudió las cenizas de cigarrillo que caían sobre su peto y pensó que todo vencedor escondía un vencido. Una vida se resume tanto por lo que uno se lleva de ella como por lo que se ha echado en falta en el camino. Marcel había conseguido dinero y éxito, pero había perdido el amor y el hijo. El, René, tenía a Ginette y a sus tres retoños, pero con apenas ahorros para comprar mantequilla.

– Vamos, suéltalo… ¿Qué te pasa? Espero que sea lo suficientemente interesante como para justificar la jeta que llevas desde hace un mes.

Marcel dudó, elevó pesadamente los párpados hacia su amigo y se sentó a la mesa. Le contó todo: lo de Chaval y Josiane al lado de la máquina de café, la reacción de Henriette quien, desde entonces, exigía la salida de Josiane, y él, que perdía el gusto por la vida, por hacer negocios.

– Incluso para meter las piernas en el pantalón cada mañana me entran dudas. Tengo ganas de quedarme tumbado de espaldas contemplando las flores de las cortinas. Estoy desganado, tío. La cosa es simple: el verlos a los dos pegados el uno contra el otro hizo que se me atragantara mi partida de nacimiento. Mientras la tenía en mis brazos, me montaba historias, me decía que yo era fuerte, que iba a invadir el mundo entero, construir una nueva muralla en China, ganarle la partida a mil millones de chinitos. No era extraño que sintiese que el pelo me volvía a crecer. Me bastó una imagen, esa imagen, la de mi bomboncito en brazos de otro, más joven, más delgado, más vigoroso, para que yo volviese a ser calvo y para encerrarme en mi carné de la tercera edad. ¡De un solo golpe! Se me han caído los tirantes, lo he dejado todo…

Barrió la superficie de su mesa, tirando al suelo informes y teléfonos.

– ¿Para qué sirve todo esto, me lo quieres decir, eh? ¡Es sólo aire, cuento, apariencia!

Y como René permanecía silencioso, añadió:

– Años de trabajo para nada. ¡Una nulidad! Tú, al menos, tienes a tus hijos, a Ginette, una casa donde te esperan por las noches. Yo tengo mis balances, mis clientes, mis contenedores de mierda. Duermo en un sofá, como en una esquina de la mesa, me tiro pedos y eructo a escondidas. Visto pantalones demasiado estrechos. ¿Sabes lo que te quiero decir? No me ponen de patitas en la calle porque todavía soy útil, que si no…

Hizo el gesto de tirar una bola de papel con los dedos y se hundió con todo su peso sobre su sillón.

René permaneció en silencio por un momento y después, despacio, como hablando con un niño enfadado, un niño que se empeña en permanecer así y que no te quiere escuchar, empezó a hablar:

– Lo que yo veo es que a tu bomboncito no le va mejor que a ti. Sois como dos focas varadas en una playa desierta debatiéndose. ¡Su Chaval no era nada de nada! Un calentón en la grupa, unas ganas de precipitar la primavera, un pastel que le ha gustado y que se ha comido detrás del mostrador. ¿No me dirás que no te ha pasado a ti?

– ¡No es lo mismo! -protestó Marcel envarándose y dando un puñetazo en la mesa con todas sus fuerzas.

– ¿Y eso por qué? ¿Porque eres un hombre? Ese argumento está un poco pasado. Huele a napoleoncito. Las mujeres han cambiado. Ahora son como nosotros y, cuando se cruzan con un Chaval engominado que les calienta los bajos, se toman una pequeña libertad, pero eso no significa nada de nada. Una canita al aire. ¡Y cómo tienes a la Josiane! No hay más que ver la jeta que pone detrás de su mesa. ¿Te has fijado en ella, por lo menos? No. Tú pasas delante de ella derecho como una salchicha con tu orgullo por bandera. ¿No has visto que ha perdido peso, que flota dentro del jersey y que se peina con un petardo? ¿Has visto el rosa con el que se pintarrajea? Completamente falso, se lo compra por paquetes de seis en el Monoprix porque si no parecería más blanca que el bidé.

Marcel sacudía la cabeza obstinado y triste. Y René volvía a la carga, mezclando el pitorreo con los sentimientos, el sentido común con la razón, para enderezar a su viejo amigo que amenazaba con estrangularse con la media de nailon.

De pronto tuvo una idea y su mirada se iluminó.

– ¿Ni siquiera me preguntas por qué he venido a verte si había jurado no dirigirte la palabra? Estás tan acostumbrado a que te saquen brillo a los zapatos que te parece normal que venga a animarte a domicilio. ¡Tío, vas a terminar ofendiéndome!

Marcel le miró, se pasó la mano por la nuca y, jugando con un bolígrafo que había escapado a raíz del golpe sobre la mesa, preguntó:

– Te pido disculpas. ¿Querías decirme algo?

René se cruzó de brazos y, tomándose todo su tiempo, anunció a Marcel que su mayor temor acababa de hacerse realidad: los chinos habían interpretado mal sus órdenes. Habían mezclado centímetros y pies.

– Acabo de darme cuenta revisando los impresos de pedido de tu fábrica en las afueras de Pekín. Han entendido todo mal y, si quieres evitar lo peor, tienes que venir enseguida a comprobarlo y llamarles.

– ¡La madre que les parió! -rugió Marcel-. ¡Estamos hablando de miles de millones! Y tú no me lo decías.

Se levantó de golpe, atrapó su chaqueta, sus gafas y salió corriendo a la escalera para bajar al despacho de René.

René le siguió y, al pasar delante de Josiane, le ordenó:

– Coge tu Bic y tu bloc… ¡Tenemos problemas, los chinitos huelen a podrido!

Josiane obedeció y se precipitaron los tres hacia el piso de abajo.

El despacho de René era una habitación pequeña, casi completamente de cristal, que daba al almacén. Al principio debía de ser un vestuario, pero René se instaló allí, pensando que era más práctico para vigilar la entrada y salida de mercancías. Y después se convirtió en su santuario.

Era la primera vez que Josiane y Marcel se encontraban frente a frente desde el incidente de la máquina de café. René abrió los libros de cuentas sobre su mesa y, después, golpeándose la frente, gritó:

– ¡Cono! ¡He olvidado el otro… el principal! Se ha quedado en la entrada. No os mováis, voy a buscarlo.

Salió de su despacho, sacó la llave del bolsillo y ¡clic-clac! Los dejó encerrados. Después se alejó frotándose las manos y haciendo bailar los tirantes de su peto.

En el interior del despacho, Josiane y Marcel esperaban. Josiane puso la mano sobre el radiador y la retiró inmediatamente: estaba ardiendo. Soltó un grito de sorpresa y Marcel preguntó:

– ¿Has dicho algo?

Ella negó con la cabeza. Al menos, la había mirado. Por fin giró la cabeza hacia ella sin volverse, la nariz levantada.

– No… Es el radiador, está ardiendo…

– Ah…

Volvió a caer el silencio entre los dos. Se escuchaba el ruido de los traspales, los gritos de los obreros que daban indicaciones para maniobrar, a la derecha, a la izquierda, más alto, insultos que estallaban cuando las maniobras demasiado bruscas amenazaban con acabar con todo por el suelo.

– ¿Qué está haciendo? -gruñó Marcel mirando por la ventana.

– No hace nada. Lo que pasa es que quería ponernos a los dos frente a frente y lo ha conseguido. Su cuento del pedido equivocado es una trola.

– ¿Eso piensas?

– No tienes más que intentar salir… Me la juego a que nos ha encerrado. ¡Nos ha engañado como a dos tontos!

Marcel posó su mano sobre la puerta del despacho, movió el pomo en todos los sentidos, la sacudió, la puerta permaneció cerrada. Gritó y le dio una patada.

Josiane sonrió.

– ¡Como si no tuviese nada que hacer! -estalló Marcel.

– Lo mismo que yo. ¿Qué te crees, que esto es el Club Med?

El aire del despacho era cálido y fétido. Olía a humo de cigarrillo frío, a calefacción eléctrica a toda potencia y a un jersey de lana secándose sobre una silla. Josiane arrugó la nariz y emitió un pequeño resoplido. Se inclinó sobre la mesa y vio pegado contra los bajos del radiador un viejo jersey de rombos extendido sobre el respaldo de la silla. Ha olvidado llevárselo, va a coger frío. Se volvió hacia la enredadera y en ese momento vio a la Escoba llegando con paso militar.

– ¡Mierda, Marcel! ¡La Escoba! -susurró.

– Escóndete -dijo Marcel-, si se le pasase por la cabeza venir por aquí.

– ¿Y por qué tendría que esconderme? No hemos hecho nada malo.

– ¡Escóndete te digo! Nos va a ver al pasar.

La atrajo hacia él y cayeron de cuclillas los dos contra la pared.

– ¿Por qué tiemblas ante ella? -preguntó Josiane.

Marcel le puso la mano en la boca y la atrajo contra él entre sus brazos.

– Olvidas que es ella la que tiene la firma.

– Porque fuiste lo suficientemente gilipollas como para dársela.

– Deja de querer hacer siempre la revolución.

– Y tú no dejes que te agarre por los cojones.

– Oh, venga, la señorita me da lecciones… Te hacías menos la lista el otro día al lado de la máquina de café, ¿eh? Toda modosita entre los brazos de ese guaperas que vendería a su madre por un diente de oro.

– Me estaba tomando un café. Eso es todo.

Marcel estuvo a punto de ahogarse. Con voz ensordecida, casi mudo, protestó:

– ¿Es que acaso no estabas en los brazos de Chaval?

– Nos achuchábamos un poco, es cierto. Pero sólo para picarte.

– Pues bien… lo conseguiste.

– Sí. Lo conseguí. ¡Y desde entonces no me hablas!

– Es que no me esperaba algo así…

– ¿Qué te esperabas? ¿Que te tejiese gorros de lana para tu vejez?

Marcel se encogió de hombros y, tirando de la manga de su chaqueta, se puso a dar brillo a la punta de sus zapatos.

– Estaba harta, Marcel…

– ¿Ah, sí? -dijo él, fingiendo estar absorto en la limpieza de su calzado.

– Harta de verte marchar cada tarde con la Escoba. ¡Harta! ¡Harta! ¿No piensas nunca que eso me vuelve loca? Tú, abuelete bien instalado en tu doble vida, yo recogiendo las migas que te dignas a lanzarme. Atrapándolas al vuelo, sin hacer ruido por si ella me oye. Y mi vida pasa a todo trapo sin que pueda ponerle la mano encima. ¡Hace lustros que dura lo nuestro! Y seguimos viéndonos a escondidas. Y nunca me llevas como pareja oficial, nunca me llevas a pasear por los sitios buenos, nunca me exhibes bajo el sol de islas paradisíacas. No, para el bomboncito la oscuridad completa. Los menús a veinte pavos y las flores de plástico. Oh, claro, cuando me pongo gallito, cuando amenazo con dejar plantado a papaíto, me sueltas una joya. Para que siga esperando, para calmar la tormenta en mi cabeza. En cuanto a lo demás, ¡promesas! Promesas a perpetuidad. Así que ese día, me harté… Ese día, además, ella me había agredido. Era el día en el que había perdido a mi madre y ella me prohibió llorar en el despacho. Estaba usurpando mi sueldo, me dijo. La habría descuartizado…

Marcel escuchaba pegado a la pared. Se dejaba invadir por la música de las palabras de Josiane y, poco a poco, fue pudiéndole la ternura. Su cólera caía como la tela de un paracaídas que se posa en tierra. Consciente de que le enternecía, Josiane desplegaba su relato, lo aumentaba, le añadía lágrimas, suspiros, figuras, pintándolo de malva, marrón, negro y rosa. Mientras susurraba su drama, guiaba el lento acercamiento del cuerpo de Marcel contra el suyo. Él todavía resistía, estrechaba sus rodillas entre sus manos para no dejarse caer sobre ella, pero se balanceaba suavemente acercándose.

– Ha sido muy duro perder a mi madre, sabes. No era una santa, qué más quisiera, ya lo sabes. Pero era mi madre. Creía que sería fuerte, que lo aguantaría sin decir nada y, después, ¡pam! Se me hizo un nudo en la garganta y perdí el aliento.

Ella le cogió la mano y la puso entre sus senos, ahí donde tanto le había dolido. La mano de Marcel se calentó en la suya y encontró su lugar de antaño en el suave y relajante canalillo.

– Me encontré como cuando tenía dos años y medio… Cuando levantas la cabeza, confiada, hacia el adulto que debería protegerte y recibes un bofetón, un viaje del que ya no vuelves… Nunca se repone una de esas heridas, nunca. Nos hacemos los orgullosos, levantamos el mentón, pero nuestro corazón late con fuerza…

Su voz se convertía en un hilillo, un susurro de suaves confidencias que envolvía a Marcel Grobz en guata vaporosa. Bombón cito, mi bomboncito, qué bien oírte de nuevo, mi niña, mi querida, mi amazona dorada… háblame, sigue hablándome, cuando balbuceas, cuando te enredas con las palabras como la aguja en la lana, yo resucito, la vida es árida sin ti, no brilla, no vale más que levantarse por las mañanas para apoyar la nariz en la ventana.

Henriette Grobz había subido al despacho de Marcel y, al no encontrar ni a Josiane ni a su marido, partió en busca de René. Le encontró en el almacén, en plena discusión con un obrero que se rascaba la cabeza: no había más sitio en altura para ordenar los palés. Henriette esperó, un poco alejada, a que le prestasen atención. Su cara estaba pintada como un fresco restaurado y su sombrero plantado sobre el cráneo dominaba como un trofeo arrancado al enemigo. René se volvió y la vio. Una mirada rápida a su despacho le tranquilizó: los dos amantes contrariados se habían escondido. Se despidió del obrero y preguntó a Henriette lo que podía hacer por ella.

– Estoy buscando a Marcel.

– Debe de estar en su despacho.

– No está allí.

Ella respondía con voz grave e hiriente. René puso cara de extrañado e hizo como que reflexionaba mientras la sopesaba con la mirada. El polvo rosa sobre su rostro dibujaba placas resecas e irritadas que subrayaban las finas arrugas de la boca y las carrilladas que se hundían. Su rostro avejentado, del que sobresalía una nariz de loro, se articulaba en torno a una boca tan estrecha que el carmín se salía de los labios pintados. Henriette Grobz intentaba dibujar la sonrisa de la que se planta esperando una propina a cambio, y que, decepcionada, quisiera escupir sobre el impostor que le ha hecho creer durante un segundo que obtendría su óbolo. Había hecho un esfuerzo con René, pensando que la informaría, pero, ante su ineficacia, retomó su aire de ayudante en jefe y giró los talones. Dios, pensó René, ¡qué mujer! ¡Tiesa como una verga empalmada! Seguro que no encuentra placer alguno ni en la comida ni en la bebida, ni en el menor abandono. ¡Habría que hacerla saltar con dinamita! Todo lo tiene bajo control, todo rezuma obligación, interés; el cálculo se alía con la frialdad de su ropa y de sus gestos. Un almidón perfecto embutido en un corsé de cálculos financieros.

– Voy a esperarle en su despacho -silbó mientras se alejaba.

– Eso es -respondió René-, si le veo le diré que está usted allí.

Mientras tanto, en el despacho de René, de cuclillas en la oscuridad y susurrándose, Marcel y Josiane proseguían su reencuentro.

– ¿Me la has pegado con Chaval?

– No, no te la he pegado… Me dejé llevar una noche de depresión. Me fui con él porque estaba allí… Pero podría haber sido cualquier otro.

– ¿Me quieres un poco a pesar de todo?

El se había acercado y su muslo reposaba contra el de Josiane. Su aliento cercano era cálido y él respiraba entrecortadamente a fuerza de estar doblado en dos.

– Te quiero sin más, mi osito…

Ella suspiró y dejó caer su cabeza sobre el hombro de Marcel.

– Te he echado de menos, ¿sabes?

– Yo, también. No te puedes hacer idea.

Estaban allí, los dos, atónitos, estrechados el uno contra el otro como dos colegiales que han hecho novillos y se esconden para fumar. Susurrando en la oscuridad y el calor que apestaba a lana mojada.

Permanecieron un largo rato sin moverse, sin hablarse. Sus dedos se estrecharon, se frotaron, se reconocieron, y fue toda una ternura, todo un calor lo que Josiane reencontró como un paisaje de la infancia. Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad, discernían en lo oscuro el contorno de los objetos. Me da igual que sea viejo, que sea gordo, que sea feo, es mi hombre, mi bola de arcilla a la que amar, con la que reír, a la que moldear, con la que sufrir; lo sé todo de él, puedo describirlo con los ojos cerrados, puedo adivinar sus palabras antes incluso de que las pronuncie, puedo leerle el pensamiento, leer sus ojitos vivaces, leer su gruesa barriga… describiría con los ojos cerrados a este hombre.

Permanecieron un buen rato sin hablar. Se habían dicho todo y, sobre todo, sobre todo, se habían reconciliado. Y, de pronto, Marcel se levantó de golpe. Josiane le murmuró: «¡Ten cuidado! ¡Puede estar detrás de la puerta!».

– ¡Me da igual! Levántate bomboncito, levántate… Somos idiotas por escondernos de esta forma. No hacemos nada malo, ¿eh, bomboncito?

– ¡Vamos, ven! Vuelve a sentarte.

– ¡No, de pie! Tengo algo que pedirte. Algo demasiado serio para que te quedes de cuclillas.

Josiane se levantó, se colocó su falda y, riéndose, preguntó:

– No irás a pedir mi mano, ¿eh?

– Mejor que eso, bomboncito, mejor que eso.

– No lo adivino… Sabes, con treinta y ocho años, no me queda más que hacer eso, casarme. Nadie me ha pedido en matrimonio. ¿Puedes creértelo? Y, sin embargo, he soñado con ello. Me dormía diciéndome que un día me lo pedirían y diría que sí. Por el anillo al dedo y por no estar nunca más sola. Para cenar los dos sobre un mantel de hule mientras nos contamos la jornada, para ponerse gotas en los ojos, para echar a suertes quién se quedaría con el currusco de la media baguette…

– No me escuchas, bomboncito. He dicho «mejor que eso».

– Entonces… me rindo.

– Mírame bomboncito. Mírame aquí, a los ojos.

Josiane le miró. Estaba serio como un papa bendiciendo al pueblo el día de Pascua.

– Ya te miro. A los ojos.

– Lo que voy a decirte es importante. ¡Muy importante!

– Te escucho…

– ¿Me quieres, bomboncito?

– Te quiero, Marcel.

– Si me quieres, si me quieres de verdad, pruébamelo: dame un hijo, un hijo mío, al que daré mi nombre. Un pequeño Grobz…

– ¿Puedes repetirlo, Marcel?

Marcel repitió, repitió y volvió a repetir. Ella le seguía la mirada como si las palabras desfilaran por una pantalla. Y que le costaba leer. Él añadió que estaba esperando a ese niño desde hacía siglos y siglos, que lo sabía ya todo sobre él, la forma de sus orejas, el color de su pelo, el tamaño de sus manos, los pliegues de sus pies, la blancura de sus nalgas, la delicadeza de sus uñas y la naricita que se arruga cuando toma el pecho.

Josiane oía sus palabras pero no las entendía.

– ¿Puedo sentarme en el suelo, Marcel? Tengo las rodillas que me bailan.

Se dejó caer de golpe sobre sus nalgas y él vino a arrodillarse contra ella, contrayendo el rostro porque le dolían las rodillas.

– ¿Qué me dices, bomboncito? ¿Qué me dices?

– ¿Un bebé? ¿Un bebé nuestro?

– Eso es.

– Y ese bebé, ¿lo reconocerás? ¿Le darás sus derechos? ¿No será un bastardillo vergonzoso?

– Le sentaré a la mesa familiar. Llevará mi nombre: Marcel Júnior Grobz.

– ¿Me lo juras?

– Te lo juro por mis cojones.

Y se llevó la mano a los testículos.

– ¿Ves? Te estás riendo de mí.

– ¡No, al contrario! Como antiguamente. Para comprometerse de verdad, se juraba por los cojones. Testículos, testamento… fue Jo la que me enseñó eso.

– ¿La estirada?

– No, la redondita. La buena. ¡Cuando se jura por los cojones es que es serio de verdad! ¡Y tanto! Que se conviertan en polvo si me desdigo. Y eso, bomboncito, no me gustaría.

Josiane comenzó a reír y después estalló en sollozos.

Demasiadas emociones para un solo día.

* * *

Una mano con garras rojas y aceradas se plantó en la de Iris, que soltó un grito y envió, sin volverse, un furioso codazo en las costillas de su contrincante que se retorció de dolor. ¡Pero bueno! Soltó Iris apretando los dientes, ¡no te fastidia! Yo estaba antes. Y este conjuntito de seda color crema orneado de cordoncillo marrón, que parece que se le ha antojado, es para mí. En realidad, no lo necesito, pero como a usted parece interesarle tanto, lo cojo. Y también cojo el mismo en rosa y en verde almendra, ya que insiste.

No podía ver a su contrincante: le daba la espalda en el furioso tumulto del que emanaban y se mezclaban mil brazos y mil piernas, pero ella no iba a darse por vencida y prosiguió su búsqueda, inclinada hacia adelante, con un brazo extendido y otro agarrado a su bolso para que no se lo arrancaran.

Se apoderó de los codiciados artículos, cerró sus dedos firmemente sobre sus presas y emprendió la tarea de salir de la masa enloquecida que intentaba atrapar artículos rebajados en el primer piso de Givenchy. Se arqueó, empujó, forcejeó, dio puñetazos, golpes de cadera, golpes de rodilla, para salir de la horda que amenazaba con aplastarla. La mano roja andaba aún por allí, intentando agarrar lo que el azar de los empujones dejaba a su merced. Iris la vio volver como un cangrejo obstinado. Entonces, con negligencia, calculando cuidadosamente su efecto, Iris se apoyó con todas sus fuerzas con el cierre de su pulsera y le arañó la piel. La odiosa soltó un grito de animal herido y retiró su mano precipitadamente.

– No, pero ¿qué hace? ¡Está usted completamente loca! -gimió la propietaria de la mano roja intentando identificar a su atacante.

Iris sonrió sin volverse. ¡Muy bien! La marca le durará bastante y tendrá que ponerse guantes, la Scarface de salón.

Se estiró, se separó del tumulto de grupas anónimas y, blandiendo su presa, se precipitó hacia la sección de zapatos donde, afortunadamente, estaban ordenados por número, lo que hacía la búsqueda algo menos peligrosa.

Atrapó, al vuelo, tres pares de escarpines de noche, un par de zapatos planos para la jornada, para caminar cómoda, y un par de botas de piel de cocodrilo negras. Un poco rock and roll pero no estaban nada mal… piel de buena calidad, se dijo introduciendo la mano en el interior de la bota. ¿Debería quizás ver si queda algún esmoquin a juego con estos botines? Se volvió y, percibiendo la horda rugiente de furias en acción, decidió que no. No merecía la pena el esfuerzo. Y, además, ¡tenía un armario lleno de ellos! ¡De Saint Laurent, además! Así que no valía la pena que la destriparan. Qué temibles son estas mujeres sueltas en la jungla de las rebajas. Habían esperado una hora y media bajo la fuerte lluvia, cada una de ellas apretando entre sus manos la preciosa tarjeta que les permitía el acceso al santuario de los santuarios, una semana antes de Navidad, en rebajas extremadamente privadas. Happy feto, cantidad limitada, grandes ocasiones, precios por los suelos. Un pequeño aperitivo antes de las auténticas rebajas de enero. Algo para abrirles el apetito, para hacerles la boca agua, para pasar las fiestas de Navidad pensando en las compras a efectuar durante el próximo encierro.

Además, no eran unas cualquiera, había pensado Iris viéndolas alineadas en la calle. Mujeres de empresarios, de banqueros, de políticos, periodistas, agregadas de prensa, modelos, una actriz. Todas tensas por la espera, plantadas sobre su recuadro de fino pavimento para que no les cogiesen su turno en la entrada. Parecía una procesión de comulgantes fervorosas: en sus ojos brillaban la voracidad, la avidez, el miedo a la pérdida, la angustia de dejar pasar el artículo que les cambiaría la vida. Iris conocía a la directora de la tienda y había subido directamente a la primera planta sin tener que esperar, lanzando una mirada piadosa a esas pobres fieles amontonadas bajo la lluvia.

Sonó su móvil pero no respondió. Ir de rebajas exigía una concentración extrema. Su mirada examinó con rayo láser los estantes, los bastidores y las cestas colocadas en el suelo. Creo que ya lo he visto todo, se dijo mordisqueándose el interior de sus mejillas. No me queda más que cosechar algunas bagatelas para mis regalos de Navidad y la cosa estará hecha.

Cogió, al paso, unos pendientes, brazaletes, gafas de sol, fulares, un peine de concha para el pelo, un monedero de terciopelo negro, un puñado de cinturones, guantes -a Carmen le vuelven loca los guantes-, y se presentó en la caja desmelenada y sin aliento.

– Haría falta un domador aquí -dijo a la vendedora riéndose-. ¡Con un látigo enorme! Y que soltara los leones de vez en cuando para hacer sitio.

La vendedora le devolvió una sonrisa educada. Iris depositó su pesca milagrosa sobre el mostrador y sacó su tarjeta de crédito con la que se abanicó colocando algunos de sus mechones en su sitio.

– ¡Dios mío, qué aventura! ¡Creí que me mataban!

– Ocho mil cuatrocientos cuarenta euros -dijo la vendedora mientras empezaba a doblar los artículos dentro de grandes bolsas de papel blanco con las siglas de Givenchy.

Iris tendió su tarjeta.

El teléfono sonó de nuevo; Iris dudó pero lo dejó sonar.

Contó el número de bolsas que debería llevar y se sintió agotada. Por suerte había reservado un taxi para todo el día. Estaba esperándola en doble fila. Metería las bolsas en el maletero e iría a tomar un café en el café-restaurante de l'Alma para reponerse de sus emociones.

Al girar la cabeza, percibió a Caroline Viber terminando de pagar, la abogada Caroline Vibert, que trabajaba con Philippe. ¿Cómo ha podido conseguir esa una invitación?, se preguntó Iris dirigiéndola la más educada de sus sonrisas.

Intercambiaron suspiros de combatientes rendidas y blandieron cada una sus bolsas gigantes para consolarse. Después se hicieron una señal muda: ¿tomamos un café?

Pronto se encontraron en Francis, al abrigo de la masa furiosa.

– Se están volviendo peligrosas este tipo de expediciones. ¡La próxima vez me llevo un guardaespaldas que se abra paso con su Kalashnikov!

– A mí ha habido una que me ha arañado -exclamó Caroline-, me ha clavado la pulsera en la piel, mira…

Se quitó el guante e Iris, confusa, percibió, en el dorso de la mano, un largo y profundo arañazo del que aún brotaban algunas gotas de sangre.

– ¡Esas mujeres están locas! ¡Se matarían por un trozo de trapo! -suspiró Iris.

– O, en mi caso, matarían a las otras. Y, además, ¿todo eso para qué? Tenemos los armarios llenos. No sabemos qué hacer con tanta ropa.

– Y cada vez que tenemos que salir, nos ponemos a llorar porque no tenemos nada que ponernos -prosiguió Iris echándose a reír.

– Afortunadamente, no todas las mujeres son como nosotras. Hablando de eso, he conocido a Joséphine este verano. ¡Menos mal que sé que sois hermanas! No salta a la vista.

– ¿Ah sí, en la piscina de Courbevoie? -bromeó Iris haciendo una seña al camarero de que se tomaría otro café.

El camarero se acercó e Iris se volvió hacia él.

– ¿Quieres algo? -preguntó a Caroline Vibert.

– Un zumo de naranja.

– Ah, buena idea. Dos zumos de naranja, por favor. Necesito vitaminas después de una expedición así. En fin, ¿qué hacías tú en la piscina de Courbevoie?

– Nada. Nunca he puesto los pies allí.

– ¿No me habías dicho que habías visto a mi hermana este verano?

– Sí, en el despacho. Trabaja para nosotros. ¿No estás al corriente?

Iris fingió que se acordaba y se golpeó la frente.

– Ah, claro, por supuesto. Qué tonta soy.

– Philippe la ha contratado como traductora. Se las arregla muy bien. Ha trabajado para nosotros todo el verano. Y después la puse en contacto con un editor que le dio una biografía para traducir, la vida de Audrey Hepburn. Canta alabanzas por donde va. Un estilo elegante. Un trabajo impecable. Entregado puntualmente, sin una falta de ortografía, y bla bla bla. Además, no es cara. Ni siquiera pregunta antes cuánto la van a pagar. ¿Dónde se ha visto eso? No discute, toma su cheque y casi te besa los pies al salir. Una hormiguita humilde y silenciosa. ¿Os educaron juntas o creció en un convento? La imagino en las carmelitas.

Caroline Vibert empezó a reír. De pronto Iris sintió ganas de darle una lección.

– Es cierto que el trabajo bien hecho, la bondad, la modestia, hoy en día, son cada vez más difíciles de encontrar. Mi hermanita es así.

– ¡Oh! No quería hablar mal de ella.

– No, pero hablas de ella como si fuese una retrasada mental.

– No quería molestarte, simplemente quería hacer una gracia.

Iris sonrió. No debía convertir a Caroline Vibert en su enemiga. Acababa de ser ascendida al puesto de asociada. Philippe hablaba de ella con consideración. Cuando tenía dudas sobre un asunto, era a Caroline a la que iba a preguntar. Me estimula las neuronas, decía con una sonrisa cansada, tiene una forma de escucharme, se diría que está tomando notas, asiente con la cabeza, encaja la información haciendo un par de preguntas y todo se vuelve claro. Y, además, ella me conoce tan bien… ¿Quizás Caroline Vibert sabía algo sobre Philippe? Iris retomó su voz dulce y decidió avanzar prudentemente sus peones.

– No, no importa. ¡No te preocupes! Quiero mucho a mi hermana, pero reconozco que, a veces, me parece completamente anticuada. Trabaja en el CNRS, sabes, y aquello es un mundo distinto.

– ¿Os veis a menudo?

– En las reuniones familiares. Este año vamos a pasar juntas la Navidad en el chalet, por ejemplo.

– Eso le sentará bien a tu marido. Lo encuentro tenso últimamente. Hay momentos en los que está completamente ausente. El otro día entré en su despacho tras haber llamado varias veces, no me había oído, miraba los árboles por la ventana y…

– Trabaja demasiado.

– Una buena semana en Megève y estará en plena forma. Prohíbele que trabaje. Confíscale el ordenador y el móvil.

– Imposible -suspiró Iris-, duerme con ellos. ¡Incluso encima!

– Sólo es cansancio porque, con los casos, sigue estando muy activo. Es un animal de sangre fría. Es muy difícil saber lo que piensa en realidad, pero, al mismo tiempo, es fiel y recto. Y eso no puede decirse de todo el mundo en ese despacho.

– ¿Han llegado nuevas rapaces? -preguntó Iris sujetando la rodaja de naranja para pelarla.

– Un chico nuevo con dientes afilados como espadas. El señor Bleuet. No hace honor a su nombre, te lo aseguro. Siempre pegado a Philippe para hacerse querer, meloso, amable. Pero sientes que, por detrás, está afilando el cuchillo. Sólo quiere ocuparse de los asuntos importantes…

Iris la cortó:

– Y a Philippe, ¿le gusta?

– Piensa que es eficaz, culto, experimentado. Le gusta su conversación. En resumen, le mira con ojos amorosos: normal, son los principios. Pero puedo decirte que yo, la barracuda, le he catado y le espero con mi arpón.

Iris sonrió y, con voz suave, añadió:

– ¿Está casado?

– No. Tiene una amiguita que a veces viene a buscarle por las tardes. A menos que sea su hermana. No sabría decirte. Incluso a ella la trata de forma altiva. De todas formas, Philippe lo que quiere es que se trabaje. Exige resultados. Aunque… se ha humanizado desde hace algún tiempo. Es menos duro… La otra tarde le sorprendí en plena reunión soñando. Estábamos unos diez en el despacho, todos en tensión, discutiendo apasionadamente, esperando que él decidiese y… estaba en las nubes. Tenía un gran asunto entre sus manos, diez personas pendientes de sus labios y él estaba a la deriva, con el rostro preocupado, dolido. Había algo de decepción en su mirada… Es la primera vez en veinte años que trabajamos juntos que lo sorprendo así. Me llamó mucho la atención, yo que estoy acostumbrada al guerrero implacable.

– A mí nunca me ha parecido implacable.

– Normal. Es tu marido y está loco por ti. ¡Te adora! Cuando habla de ti, sus ojos centellean como la torre Eiffel. ¡Creo que le dejas con la boca abierta!

– Oh, no exageres.

¿Es sincera o intenta ahogar a la barracuda?, se preguntó Iris escrutando el rostro de Caroline, que sorbía su zumo de naranja. No percibió ni rastro de falsedad en la abogada, que se relajaba tras la agotadora prueba de los doscientos metros rebajas.

– Me ha dicho que te has puesto a escribir.

– ¿El te ha dicho eso?

– Entonces ¿es verdad, ya has empezado?

– No en serio. Tengo una idea, estoy dándole vueltas.

– En todo caso él te apoyará, evidentemente. No es la clase de marido celoso del éxito de su mujer. No como el señor Isambert, su mujer escribió un libro y no se le pasa el enfado; a punto está de ponerle un pleito para prohibirle publicarlo con SU apellido.

Iris no respondió. Lo que temía estaba ocurriendo: todo el mundo hablaba de su libro, todo el mundo pensaba en su libro. Salvo ella. No tenía la menor idea. Y peor aún: se sentía incapaz de escribirlo. Se imaginaba perfectamente hablando de él, haciendo como si, hablando de literatura, de la soledad del escritor, de las palabras que se escapan, de los nervios de antes de empezar, de la hoja en blanco, del agujero negro, de los personajes que se presentan en el relato, que te tiran de la manga… Pero ponerse a trabajar, sola, en su despacho… Imposible. Había mentido una no-che para pavonearse, para hacerse notar, y su mentira la estaba aprisionando.

– Me gustaría encontrar un marido como el tuyo -suspiró Caroline, que proseguía con sus reflexiones sin darse cuenta de la confusión de Iris-. Tenía que haberle echado el lazo antes de que te casaras con él.

– ¿Sigues soltera? -preguntó Iris, obligándose a interesarse por la suerte de Caroline Vibert.

– ¡Más que nunca! Mi vida es una fiesta perpetua. Salgo de casa a las ocho de la mañana, vuelvo a las diez de la noche, me trago un potaje y, ¡hala!, a la cama con la tele o una novela que no me haga pensar demasiado. Evito las novelas policiacas por no tener que esperar hasta las dos de la mañana para saber el nombre del asesino. Ya ves lo apasionante que es mi vida. Ni marido, ni hijos, ni amante, ni mascota, sólo una anciana madre que no se acuerda de mí cuando la llamo. La última vez me colgó en las narices pretendiendo que nunca había tenido hijos. Me reí hasta que se me saltaron las lágrimas.

Soltó una risa falsa. Una risa para maquillar su soledad, la vacuidad de su vida. Tenemos la misma edad, pensó Iris, pero yo tengo un marido y un hijo. Un marido que sigue siendo un misterio y un hijo que se está convirtiendo en otro. ¿Qué hay que añadir a la vida para convertirla en interesante? ¡Dios! ¿Un pez rojo? ¿Una pasión? La Edad Media, como Jo… ¿Por qué no me ha hablado de sus traducciones? ¿Por qué Philippe no me ha dicho nada? Mi vida se está disolviendo, roída por un ácido invisible, y estoy asistiendo, impotente, a esa lenta disolución. La única energía que me queda la uso para los periodos de rebajas, en el primer piso de la casa Givenchy. Soy una gallinita de lujo con cerebro de gallinita de fábrica, porque como yo las hay a patadas en el mundo de las privilegiadas.

Caroline había terminado de jugar con la pajita de su zumo de naranja.

– Me pregunto por qué arriesgo mi vida en las rebajas si nunca salgo o si cuando lo hago, es en chándal, los domingos por la mañana, para comprar el pan.

– Te equivocas. Deberías vestirte de Givenchy para comprar el pan. Es muy posible que encuentres a alguien el domingo, cuando todo el mundo se pasea por las panaderías.

– Menudo lugar de encuentro. Familias que compran cruasanes, abuelitas que dudan entre un hojaldre o un polvorón para no romperse la dentadura, y niños obesos que se llenan los bolsillos de chucherías. No es allí donde voy a conocer a Bill Gates ni a Brad Pitt. No, sólo me queda Internet… Pero me cuesta ponerme a ello. Mis amigas entran a veces y funciona. Consiguen citas.

Caroline Vibert seguía hablando, pero Iris ya no la escuchaba. La miraba con una mezcla de ternura y de piedad. Sentada con las piernas cruzadas, con ojeras y la boca amargada, Caroline Vibert parecía un pobre objeto usado, roto, mientras que, una hora antes, era una arpía, dispuesta a pegarle un tiro a su prójimo por una blusa de seda color crema de Givenchy. Busca lo falso, pensó Iris. ¿Quién es la auténtica? Disimulada entre las ramas de un árbol, como en las adivinanzas que me gustaba resolver cuando era pequeña. El malvado lobo está escondido en este dibujo y Caperucita Roja no se ha dado cuenta, encuéntrale y salva a Caperucita. Siempre encontraba al malvado lobo.

– Oh, tengo que dejar de hablar contigo -suspiró Caroline-, me deprime. Nunca pienso en todo eso. Me pregunto si no volver a arriesgar mi vida en Givenchy. Eso, por lo menos, fortalece el carácter. A condición de que la loca del cúter haya desaparecido.

Las dos mujeres se besaron y se separaron.

Iris volvió a su taxi saltando por encima de los charcos. Pensó en sus botas de cocodrilo y se felicitó por haberlas comprado.

Bien resguardada en el coche, miró a Caroline Vibert colocarse en la fila para esperar un taxi, en la plaza de l'Alma. Llovía, y la fila de espera era larga. Había colocado sus compras bajo el abrigo para protegerlas. Parecía uno de esos capuchones que se colocan sobre las teteras para conservar el té caliente. Iris pensó proponerle que le acompañara, se acercó a la ventana para gritarle, pero su móvil sonó y descolgó.

– Sí, Alexandre querido, ¿qué pasa? ¿Por qué lloras, mi amor? Dime…

Tenía frío, estaba mojado. Estaba esperando delante del colegio desde hacía una hora a que viniese a buscarle para ir al dentista.

* * *

– ¿Qué te pasa, Zoé? Díselo a mamá. Sabes que mamá lo comprende todo, lo perdona todo, quiere a sus hijos incluso cuando son asesinos sanguinarios. ¿Lo sabes?

Zoé, erguida en su pantalón escocés, había introducido el dedo índice en un agujero de la nariz y la exploraba con aplicación.

– Uno no se mete los dedos en la nariz, mi amor… Incluso cuando está muy apenado.

Zoé lo retiró con desgana, lo inspeccionó y lo secó en su pantalón.

Joséphine consultó el reloj de la cocina. Eran las cuatro y media. Tenía una cita dentro de media hora con Shirley para ir a la peluquería. «Te pago el peluquero -le había dicho Shirley-me he embolsado un buen fajo. Voy a transformarte en bomba sexual». Joséphine había abierto los ojos como platos, sorprendida como si la amenazasen con un bigudí. «¿Vas a volverme sexual? ¿Me vas a teñir de rubia platino?». «No, no, un cortecito y algunas mechas para añadir algo de luz». Jo sintió algo de aprensión. «No me cambies demasiado, ¿eh?». «Que no, te voy a poner guapa como una golondrina y después festejamos la Navidad todos juntos antes de que te vayas con los ricos». No le quedaba más que media hora para hacer hablar a Zoé. Había que aprovechar: Hortense no estaba.

– ¿Puedo hacer como un bebé? -preguntó Zoé escalando hasta las rodillas de su madre.

Jo la izó hasta ella. Las mismas mejillas regordetas, los mismos rizos enredados, la misma barriguita redonda, el mismo aspecto torpe, la misma frescura inquieta. En las fotos familiares Jo se parecía a ella cuando era pequeña. Una niña regordeta en su chándal que saca barriga y mira el objetivo con aire desconfiado. «Mi amor, mi niña bonita que quiero con locura. ¿Sabes que mamá está aquí? ¿Siempre, siempre?». Zoé asintió con la cabeza y se estrechó contra ella. Debe de estar deprimida, pensó Jo, se acercan las Navidades y Antoine está lejos. No se atreve a decírmelo. Las niñas no hablaban nunca de su padre. No le enseñaban las cartas que les envía una vez por semana. A veces llamaba por la noche. Siempre era Hortense la que descolgaba y después tendía el teléfono a Zoé, que balbuceaba síes y noes. Habían hecho una separación bien precisa entre su padre y su madre. Jo empezó a acunar a Zoé canturreándole palabras dulces.

– ¡Cómo ha crecido mi niña! ¡Ya no es un bebé! Es una chica muy guapa de hermosos cabellos, una hermosa nariz, una hermosa boca…

Con cada palabra le acariciaba el pelo, la nariz y la boca, y después retomaba su cantinela en el mismo tono cantarín:

– Una hermosa mujercita de la que pronto todos los chicos se enamorarán. Todos los chicos del mundo entero van a venir a colocar su escalera en la torre del castillo en el que vive Zoé Cortès para recibir un beso…

Al oír esas palabras, Zoé estalló en sollozos. Joséphine se inclinó hacia ella y le murmuró al oído:

– Dime, mi niña. Dile a mamá lo que te da tanta pena.

– No es verdad, mientes, no soy una chica guapa y ningún chico vendrá a colocar su escalera para verme.

¡Ah! Ya estamos, se dijo Jo. Su primera pena de amor. Yo también tenía diez años. Me untaba las pestañas de gelatina de grosella para que me crecieran. Fue a Iris a quien besó.

– Primero, cariño, no se dice nunca «mientes» a tu mamá…

Zoé asintió con la cabeza.

– Y después no estoy mintiendo como dices, eres una chica muy guapa.

– ¡No! Porque Max Barthillet no me ha puesto en su lista.

– ¿Qué lista es esa?

– La lista de Max Barthillet. Es mayor y lo sabe. Ha hecho una lista con Rémy Potiron y no me ha puesto en ella. Ha puesto a Hortense, pero no a mí.

– ¿Una lista de qué, cariño?

– Una lista de chicas vaginalmente explotables, y yo no estoy en ella.

Jo casi dejó caer a Zoé de sus rodillas. Era la primera vez que una de sus hijas era asociada a una vagina. Sus labios se pusieron a vibrar y pasó su lengua entre los dientes para calmar el temblor.

– ¿Y tú sabes, al menos, lo que quiere decir eso?

– ¡Quiere decir que son las chicas con las que se puede follar! Me ha dicho…

– ¿Porque, además, te lo ha explicado?

– Sí, me ha dicho que no tenía que ponerme así porque un día yo también tendría una vagina explotable, pero que no sería enseguida.

Zoé había agarrado el puño de su jersey y lo masticaba con aire abatido.

– En primer lugar, querida -comenzó Joséphine preguntándose cómo había que responder a esa afrenta-, un chico no clasifica a las chicas según la calidad de sus vaginas. Un chico sensible no utiliza a una chica como una mercancía.

– Sí, pero Max es mi amigo…

– Entonces tienes que decirle que estás orgullosa de no estar en su lista.

– ¿Incluso si es mentira?

– ¿Cómo que mentira?

– Pues, sí, a mí me gustaría estar en su lista.

– ¿En serio? Pues bien… vas a decirle que no es delicado clasificar a las chicas así, que entre un hombre y una mujer no se habla de vagina sino de deseo.

– ¿Qué es el deseo, mamá?

– Es cuando se está enamorado de alguien, cuando se tienen muchas ganas de besarle pero se espera, se espera, y toda esa espera es el deseo. Cuando no le has besado aún, cuando sueñas con él al dormirte, cuando te imaginas, cuando tiemblas imaginándote, y, es tan agradable todo ese tiempo en el que te dices que, quizás, quizás le vas a besar pero no estás segura…

– Entonces te pones triste.

– No. Esperas, el corazón se llena con esa espera… y el día en que te besa… Entonces es como los fuegos artificiales en tu corazón, en toda tu cabeza, te dan ganas de cantar, de bailar y te enamoras.

– ¿Entonces ya estoy enamorada?

– Todavía eres pequeña, tienes que esperar…

Jo buscó una imagen para demostrar a Zoé que Max no era el chico del que debía enamorarse.

– Es como -declaró-, como si tú hablases a Max de su colita. Como si le dijeras, me gustaría abrazarte, pero antes tengo que ver tu colita.

– ¡El ya me ha propuesto enseñarme su colita! Entonces ¿está enamorado también?

Joséphine sintió cómo su corazón latía a toda velocidad. Permanece tranquila, no pierdas la calma, no te enfades ni te pongas a gritar contra Max.

– Y… ¿te la ha enseñado?

– No. Porque yo no he querido…

– Bueno, ves… ¡Ahí tenías razón! Tú, la más pequeña. Porque, sin saberlo, no querías ver su colita, querías ternura, atención, querías que se quedase a tu lado y que los dos esperaseis a hacer algo que…

– Sí, pero, mamá, se la ha enseñado a otras chicas y, desde entonces, me dice que estoy pegada a él, que soy un bebé.

– Zoé, tienes que entender una cosa. Max Barthillet tiene catorce años, casi quince, tiene la edad de Hortense, debería ser amigo de ella, no tuyo. Quizás tengas que buscarte otro amigo…

– Pero es a él a quien quiero, mamá.

– Sí, lo sé, pero no estáis en absoluto en la misma longitud de onda. Tienes que alejarte para convertirte en algo precioso para él. Tienes que hacer de Princesa Misteriosa. Eso funciona siempre con los chicos. Llevará algo de tiempo, pero, un día, volverá contigo y aprenderá a ser delicado. Esa es tu misión: enseñar a Max a convertirse en un auténtico enamorado.

Zoé reflexionó un instante, dejó caer el puño y añadió, decepcionada:

– Eso quiere decir que voy a quedarme sola.

– O que vas a encontrar otros amigos.

Suspiró, se incorporó y bajó de las rodillas de su madre tirando de las perneras de su pantalón escocés.

– ¿Quieres venir con Shirley y conmigo al peluquero? Te hará bonitos rizos como a ti te gustan.

– No, no me gusta el peluquero, te tira del pelo.

– Bueno. Pues me esperas aquí y trabajas. ¿Puedo confiar en ti?

Zoé puso cara seria. Joséphine la miró a los ojos y sonrió.

– ¿Estás mejor, amor mío?

Zoé había vuelto a coger la manga del jersey y la chupaba de nuevo.

– Sabes, mamá, desde que papá se fue la vida no es divertida.

– Lo sé, mi amor.

– ¿Crees que volverá?

– No lo sé, Zoé. No lo sé. En la espera, vas a hacer un montón de amigos ahora que no estarás siempre pegada a Max. Seguramente hay montones de chicos y chicas que quieren ser amigos tuyos pero creen que Max ocupa su lugar.

– La vida no es sólo dura por eso -suspiró Zoé-. Es dura por todo.

– Venga -la sacudió Jo riéndose-. Piensa en la Navidad, piensa en los regalos que vas a recibir, piensa en la nieve, en el esquí… ¿Eso no es divertido?

– Preferiría ir en trineo.

– Pues bien, iremos en trineo las dos, ¿vale?

– ¿No podemos llevarnos a Max Barthillet con nosotras? Le gustaría tanto esquiar y su mamá no tiene dinero para…

– ¡No, Zoé! -gritó Joséphine al borde de un ataque de nervios. Después se calmó y prosiguió-. No nos llevamos a Max Barthillet a Megéve. Estamos invitados a casa de Iris, no podemos llevarnos a alguien en la maleta.

– ¡Pero si es Max Barthillet!

Joséphine se salvó de perder la paciencia gracias a dos rápidos timbrazos en la puerta. Reconoció la mano enérgica de Shirley e, inclinándose para besar a Zoé, le recomendó que repasara historia mientras esperaba a su hermana, que no tardaría en llegar.

– Hacéis los deberes y, esta noche, festejamos Navidad con Shirley y con Gary.

– ¿Y tendré mis regalos con antelación?

– Y tendrás tus regalos con antelación…

Zoé se alejó brincando hacia su habitación. Joséphine la miró y se dijo que pronto podría verse desbordada por sus dos hijas.

Desbordada por la vida en general.

Volver a los tiempos de Erec y Enide. Al amor según Chrétien de Troyes.

El amor Cortès y sus misterios, sus caricias, sus suspiros, sus dolores encantados, sus besos robados y la idealización del otro cuyo corazón se enarbola en la punta de la lanza. Yo estaba hecha para vivir en aquella época. No es por azar por lo que me apasiona ese siglo. ¡La Princesa Misteriosa! Yo puedo hablar a mi hija de eso, yo que soy incapaz.

Suspiró, cogió su bolso, sus llaves y cerró la puerta.

Sólo cuando ya estaba en la peluquería, con la cabeza cubierta de papelitos de aluminio, Joséphine retomó el hilo de sus pensamientos y se confió a Shirley, quien se hacía un tinte platino en su corte de chico.

– Tengo una cara rara, ¿no? -preguntó Jo mirándose en el espejo con la cabellera repleta de tiras plateadas.

– ¿No te has hecho nunca mechas?

– Nunca.

– Pide un deseo si es la primera vez.

Joséphine miró al payaso que veía en el espejo y susurró.

– Deseo que mis hijas no sufran demasiado en la vida.

– ¿Es Hortense? ¿Ha atacado de nuevo?

– No, es Zoé… pena de amor por culpa de Max Barthillet.

– Las penas de amor de nuestros hijos es lo peor que hay. Sufrimos tanto como ellos y somos impotentes. La primera vez que le pasó a Gary me creí morir. Hubiera destripado a esa chica.

Joséphine le contó lo de «la lista de vaginas explotables». Shirley se echó a reír.

– Yo no lo encuentro divertido, sino preocupante.

– No es tan inquietante puesto que te lo ha contado: lo ha soltado, y es formidable, confía en ti. She trusts you! Felicítate por ser una madre amada en lugar de quejarte de las costumbres actuales. Así es como es hoy en día y así es en todas partes. En todos los medios, en todos los barrios… Así que convierte tu dolor en paciencia y haz exactamente lo que haces: presencia a distancia. Tenemos suerte: trabajamos en casa. Estamos allí para escuchar la más pequeña de las heridas y rectificar el tiro.

– ¿No te choca?

– Me chocan tantas cosas que me quedo sin aliento. Así que he decidido volverme positiva porque si no me vuelvo loca.

– Vamos de cabeza, Shirley, si unos niñatos de quince años clasifican a las chicas según el acceso a sus vaginas.

– Cálmate. Te apuesto que hasta Max Barthillet se convertirá en una florecita azul el día en el que se enamore de verdad. En la espera, juega a ser un machito y se hace el arrogante. Mantén a Zoé lejos de él un tiempo, y, ya verás, volverán a ser amigos sin problemas.

– ¡No quiero que él la agreda!

– No le hará nada. Si hace algo, será con otra. Te apuesto lo que quieras a que ha hecho todo eso para impresionar a… ¡Hortense! Todos sueñan con tu pequeña alimaña. ¡Y mi hijo el primero! Se cree que no lo veo, pero se la come con los ojos.

– Cuando era pequeña, me pasaba lo mismo con Iris. Todos los chicos estaban locos por ella.

– Y ya has visto en qué se ha convertido.

– Bueno. Ha tenido éxito, ¿no?

– Sí. Ha conseguido casarse bien, si a eso le llamas tener éxito. Pero sin el dinero de su marido, ella no es nada.

– Eres dura con ella.

– No. Soy lúcida. Y tú deberías entrenarte para serlo un poco más.

La entonación agresiva de Iris, el otro día, en la piscina, volvió a la memoria de Jo. Y la otra tarde, por teléfono, cuando Jo había intentado darle ideas para su libro… «Te ayudaré, Iris, te encontraré historias, documentos, sólo tendrás que ponerte a escribir. Anda, ¿sabes cómo se llamaban los «impuestos» en aquella época?». Y como no respondía, Jo había contestado: «"banalidades", los llamaban "banalidades". ¿No te parece gracioso?». Y entonces… Entonces… Iris, su hermana, su querida hermana, había respondido… ¡No me jodas, Jo, no me jodas! ¡Eres demasiado…! Y había colgado.

¿Demasiado qué?, se había preguntado Jo estupefacta. Había descubierto un punto de auténtica maldad en ese «no me jodas, Jo». No se lo contó a Shirley, sería darle la razón. Iris debía de estar pasándolo mal para reaccionar así. Eso es, está pasándolo mal…, se había repetido Jo escuchando el teléfono que sonaba ocupado, en el vacío.

– Se porta bien con las niñas.

– ¡Para lo que le cuesta!

– Nunca te ha gustado, no sé por qué.

– Y tu Hortense… si no pones atención, terminará como su tía. Eso de ser «la mujer de» no es una profesión. El día en el que Philippe deje a Iris en la estacada, no le quedarán más que las bragas para llorar.

– Nunca la dejará en la estacada, está locamente enamorado de ella.

– ¿Y tú qué sabes?

Jo no respondió. Desde que trabajaba para Philippe, había aprendido a conocerle. Cuando visitaba su gabinete de abogados, en la avenida Víctor Hugo, echaba un vistazo a su despacho si la puerta estaba entreabierta. El otro día, le había hecho reír… ¿Hay que darle al botón de algún mando a distancia para que levantes la vista de tus casos?, había preguntado ella en el quicio de la puerta. Le hizo una señal para que entrara.

– Un cuarto de hora más y lavamos -declaró Denise, la encargada de los tintes, separando las papeletas plateadas con la punta de su peine-. Está cogiendo bien, ¡va a quedar magnífico! Y usted -se dirigió a Shirley-, en diez minutos la llevo a la pila.

Se alejó contoneando sus caderas en su bata rosa.

– Oye… -preguntó Jo, siguiendo con los ojos el trasero de Denise-. ¿Mylène no trabajaba aquí?

– Sí. Me hizo las uñas una vez. Muy bien, por cierto. ¿Tienes noticias de Antoine?

– Ninguna. Pero las niñas tienen…

– Es lo principal. Un buen chico, Antoine. Algo débil, algo blandengue. Uno más que no ha terminado de crecer.

Al oír el nombre de Antoine, Jo sintió cómo su estómago se contraía. Una masa negra se lanzó sobre ella y la agarró por la gar-ganta: ¡la deuda! ¡Mil quinientos euros al mes! El señor Faugeron… El crédito comercial. Si tenía en cuenta el pago de enero, no le quedaría nada de los ocho mil doce euros. Se había gastado lo poco que le quedaba comprando un regalo para Gary y otro para Shirley. Se había dicho que, ya puestos, unos pocos euros más, unos pocos euros menos… y, además, la cara que pondría Gary cuando abriese el paquete.

Se dejó caer en el sillón, desordenando sus papeles de aluminio.

– ¿Estás bien?

– Sí, sí…

– Estás blanca como un lienzo… ¿Quieres una revista?

– Sí… ¡gracias!

Shirley le pasó el Elle. Jo lo abrió sin llegar a leerlo. Mil quinientos euros. Mil quinientos euros. Vinieron a buscar a Shirley para llevarla hasta la pila de aclarado.

– En cinco minutos, su turno -dijo la chica.

Joséphine asintió y se forzó a leer la revista. Nunca leía las revistas. Miraba las portadas expuestas en los quioscos o en el metro, por encima del hombro de sus vecinas, descifraba la mitad de un régimen, el principio de un horóscopo, contemplaba la foto de una actriz que le gustaba. A veces recogía una, olvidada en un asiento, y se la llevaba a casa.

Abrió la revista, la hojeó y soltó un grito.

– ¡Shirley, Shirley, mira!

Se levantó y fue hasta la pila blandiendo la revista.

Con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, Shirley declaró:

– Ya ves que no puedo leer.

– ¡Sólo mira la foto! Este anuncio de una marca de perfume.

Joséphine se sentó en el sillón al lado de Shirley y le puso la revista en las narices.

– ¿Y qué? -dijo Shirley haciendo una mueca-. Me ha puesto espuma en el ojo.

Joséphine agitó la revista y Shirley torció el cuello en la pila.

– Mira el hombre de la foto…

– No está mal. No está nada mal.

– ¿Eso es todo?

– He dicho que no estaba nada mal… You want me to fall on my knees? [3]

– Es el tío de la biblioteca, Shirley. El tío de la parka. Es modelo. Y la rubia de la foto es la del paso de cebra. Se hacían la foto cuando les vimos. ¡Qué guapo es! Pero ¡qué guapo es!

– Qué raro: en el paso de cebra no me había llamado la atención.

– A ti no te gustan los hombres.

– Sorry: los he amado demasiado, por eso los mantengo a distancia.

– Eso no quita: es guapo, está vivo, es modelo.

– ¡Te vas a desmayar!

– No, voy a cortar la foto y meterla en mi cartera… ¡Oh, Shirley, es una señal!

– ¿Una señal de qué?

– Una señal de que va a volver a mi vida.

– ¿Tú crees en esas gilipolleces?

Jo asintió con la cabeza. Sí, y hablo con las estrellas, pensó sin atreverse a decirlo.

– Vamos, señora, sígame, vamos a aclarar -la interrumpió Denise-. Va usted a sentirse completamente nueva…

Y los cabellos de Isolda la rubia, tan dorados y relucientes, no serán nada en comparación con los míos… pensó Joséphine sentándose tras la pila de lavado.

* * *

Las grandes agujas del reloj se situaron en las cinco y media. Iris se sorprendió observando la puerta del café con ansiedad. ¿Y si no venía? ¿Y si, en el último minuto, él decidía que no valía la pena? Por teléfono, el director de la agencia le había parecido Cortès, preciso. «Sí, señora, la escucho…».

Le había explicado lo que deseaba. Él había planteado algunas preguntas y había añadido: «¿Conoce usted nuestras tarifas? Doscientos cuarenta euros diarios en día de diario, el doble los fines de semana». «No, el fin de semana no le necesitaré». «Muy bien, señora, podríamos fijar una primera cita, digamos, dentro de una semana». «¿Una semana, está usted seguro?». «Absolutamente, señora. Una cita en algún lugar, preferentemente donde no vaya usted nunca, en el que no corramos el riesgo de cruzarnos con algún conocido suyo». «Les Gobelins», había propuesto Iris. Sonaba misterioso, clandestino, incluso un poco turbio. «¿Les Gobelins, señora? Muy bien. Digamos a las diecisiete treinta en el café del mismo nombre, avenida Gobelins a la altura de la calle Pirandello. Reconocerá fácilmente a nuestro hombre: llevará un sombrero de lluvia Burberry, todos lo llevan, no llamará la atención. Él le dirá "hace un frío estremecedor" y usted responderá "ya lo creo"». «Perfecto -había respondido Iris sin pestañear-, allí estaré, adiós señor». ¡Qué fácil! Había dudado tanto tiempo antes de decidirse a llamar, y ya estaba hecho. La cita estaba fijada.

Miró a la gente sentada a su alrededor. Estudiantes que leían, una o dos mujeres solas que parecían esperar, como ella. Unos hombres bebiendo en la barra, la mirada perdida en el vacío. Se escuchó un ruido de cafetera, órdenes, la voz de Philippe Bouvard contando un chiste en la radio, era la hora del programa de humor: «Sabes la historia del marido que le dice a su mujer: "Querida, cuando tienes un orgasmo, nunca me lo dices". Y la mujer responde: "¡Claro que no! Nunca estás allí"». El camarero rio detrás de la barra.

A las diecisiete treinta en punto, un hombre entró en el café, llevando el famoso sombrero con motivos escoceses. Un hombre guapo, joven, ágil, sonriente.

Dio una rápida mirada al horizonte y sus ojos se posaron enseguida en Iris, que inclinó la cabeza para señalar que sí, que era ella. Puso cara de sorpresa y se acercó, pronunciando la frase prevista a media voz:

– Hace un frío estremecedor.

– Ya lo creo.

Le tendió la mano y le señaló que le gustaría sentarse a su lado si tenía la gentileza de quitar de la silla su bolso y su abrigo.

– No es prudente dejar su bolso a la vista de cualquiera sobre una silla…

Se preguntó si era también una frase clave, pues la pronunció con el mismo tono que su comentario de presentación anterior.

– ¡Oh! No tengo nada de valor en el interior.

– Sí, pero, el bolso, en sí mismo, es valioso -remarcó él posando sus ojos sobre las siglas Vuitton.

Iris hizo un gesto con la mano para indicar que no era un problema, que no le importaba especialmente, y el hombre hizo un pequeño gesto retirando el mentón y mostrando su desaprobación.

– Permítame insistir en que sea prudente. Hacerse desvalijar es siempre una experiencia dolorosa, no tiente usted al diablo.

Iris le escuchaba sin atender. Tosió para mostrarle que había llegado la hora de pasar a cosas serias y, como él no parecía entenderlo, miró de forma evidente varias veces su reloj.

– Es usted impaciente, señora, voy pues a empezar…

Hizo una seña al camarero y pidió un refresco de naranja bien fresco, sin hielo.

– No me gusta el hielo. Para el hígado son muy malas las bebidas heladas…

Iris se frotó las manos bajo la mesa, su corazón latía fuertemente. Todavía podría irme, irme enseguida…

El carraspeó y después se decidió a hablar:

– Así pues, como usted nos pidió, me he encargado de seguir a su marido, el señor Philippe Dupin. Le localicé el jueves 11 de diciembre a las ocho y diez de la mañana ante su domicilio y le seguí, apoyado en esto por dos colegas, sin interrupción hasta ayer por la noche, 20 de diciembre, a las veintidós treinta, hora a la que volvió a su domicilio.

– Es exacto -respondió Iris con voz apagada.

El camarero vino a dejar el refresco y pidió que se saldase la cuenta, pues su servicio terminaba. Iris pagó e hizo una señal de que se quedase con el cambio.

– Su marido tiene una vida muy organizada. No parece esconderse. El seguimiento fue, pues, muy sencillo. Pude identificar a la mayoría de sus citas salvo a un interlocutor que me cuesta…

– ¡Ah! -dijo Iris, sintiendo cómo su corazón se aceleraba.

– Un hombre al que ha visto dos veces, con tres días de intervalo, en un café del aeropuerto de Roissy. Una vez a las once y media de la mañana, la otra a las tres de la tarde. Cada encuentro duró una hora corta… Un hombre de unos treinta años, con un maletín negro, un hombre con el que parece tener conversaciones serias. El hombre le ha enseñado fotos, documentos escritos, recortes de periódico. Su marido asentía con la cabeza, y después le hizo numerosas preguntas mientras el hombre escuchaba y tomaba notas…

– ¿Tomaba notas? -repitió Iris.

– Sí. Entonces pensé que debía de ser una cita de negocios… Me las he arreglado, no le diré cómo, para tener una fotocopia de su agenda, en la que no hay ni rastro de esas citas. No las anotó en su cuaderno, ni habló de ello con su secretaria ni con la más cercana de sus colaboradoras, la señora Vibert.

– ¿Cómo puede usted saber todo eso? -preguntó Iris, extrañada de una intrusión tal en la vida de su marido.

– Eso es asunto mío, señora. En fin, sin revelarle nuestros procedimientos, sabemos que no son citas de negocios.

– ¿Tiene usted fotos del hombre en cuestión?

– Sí -dijo sacando un fajo de un porta documentos.

Lo extendió bajo la mirada de Iris, que se inclinó con el corazón en un puño. El hombre tenía en efecto unos treinta años, el pelo castaño, corto, los labios finos y gafas de concha. Ni guapo ni feo. Un hombre corriente. Hizo un esfuerzo de memoria, pero tuvo que reconocer que nunca lo había visto.

– Su marido le dio dinero líquido y se separaron estrechándose la mano. Aparte de esos dos encuentros, su marido parece tener una vida organizada únicamente en torno a sus negocios. Ningún encuentro personal, ninguna cita furtiva, ninguna estancia en un hotel… ¿Desea usted que continúe el seguimiento?

– Me gustaría saber quién es ese hombre -dijo Iris.

– He seguido al desconocido tras esas dos citas. Una vez tomó un avión a Basilea, la otra a Londres. Es todo lo que he podido saber. Podría saber más, pero sería necesario un seguimiento más profundo, más largo… Poder viajar al extranjero. Eso significa forzosamente gastos suplementarios…

– Ha venido expresamente a París… para ver a mi marido -pensó Iris en voz alta.

– Sí, y ahí radica el misterio.

– Al mismo tiempo, entramos en el periodo de Navidad. Mi marido va a pasar las vacaciones con nosotros fuera unos días y

– No quiero presionarla, señora. Un seguimiento es caro. Quizás quiera usted pensárselo y volver a llamarnos si quiere que continuemos.

– Sí -respondió Iris, preocupada-. En efecto, quizás sea lo mejor.

Quedaba, sin embargo, una pregunta que no se atrevía a hacer y que le quemaba en los labios. Dudó. Bebió un trago de agua.

– Me gustará preguntarle -comenzó balbuceando-. Me gustaría saber si… si tuvieron gestos…

– ¿Gestos físicos, dejando adivinar intimidad entre ellos?

– Sí -tragó Iris, avergonzada por plantear sus dudas ante un perfecto desconocido.

– Ninguno, pero sí existía auténtica complicidad. Hablaron de una forma que parecía directa, precisa. Cada uno parecía saber exactamente lo que esperaba del otro.

– Pero ¿por qué mi marido le dio dinero?

– No tengo ni idea, señora. Necesitaría más tiempo para saberlo.

Iris levantó la mirada hacia el reloj del café. Las seis y cuarto. Ya no sabría más. La invadió un enorme desaliento. Se sentía a la vez decepcionada y aliviada de no haberse enterado de nada. Sentía la amenaza de un peligro a su alrededor.

– Creo que necesito reflexionar -murmuró.

– Perfecto, señora. Quedo a su disposición. Si quiere usted seguir, llame a la agencia, volverán a asignarme el asunto.

Apuró su vaso, chascó varias veces la lengua como si probara un buen vino y, con aspecto satisfecho, añadió:

– En espera de sus noticias, le deseo a usted felices fiestas y…

– Muchas gracias -le interrumpió Iris sin mirarle-. Muchas gracias…

Le tendió la mano, distraída, y le vio alejarse.

Ayer por la noche, Philippe había vuelto a dormir con ella. Había dicho simplemente: «Creo que Alexandre está preocupado, no es bueno para él que nos vea dormir separados».

El silencio puede ser signo de una gran alegría para la que no se encuentran palabras. A veces es también una forma de demostrar desprecio. Es lo que había sentido Iris la víspera. El desprecio de Philippe, por primera vez en su vida.

Vio el sombrero escocés doblar la esquina de la calle y se dijo que necesitaba reconquistar la estima de su marido a cualquier precio.

* * *

Eran las seis y media cuando Joséphine y Shirley salieron de la peluquería. Shirley agarró a Jo del brazo y la forzó a mirarse en el escaparate de una tienda Conforama, iluminado por un gran neón rojo que desplegaba las letras de la marca de muebles.

– ¿Quieres que compre una cama o un armario? -preguntó Joséphine.

– Quiero que veas lo guapa que estás.

Joséphine miró el reflejo que le devolvía el escaparate y tuvo que reconocer que no estaba nada mal. La peluquera le había dado más luminosidad a su pelo, que tenía un aspecto más joven. Inmediatamente pensó en el hombre de la parka y se dijo que quizás, si volvía a la biblioteca, la invitaría a tomar un café.

– Es verdad… has tenido una buena idea. No voy nunca a la peluquería. Es tirar el dinero…

E inmediatamente se arrepintió de haber pronunciado esas palabras, pues el espectro del dinero que le iba a faltar la cogió por la garganta y la hizo estremecerse.

– ¿Y yo? ¿Qué te parezco? -dijo Shirley girando sobre sí misma y retocándose sus rizos platino.

Había levantado el cuello de su largo abrigo y giraba con los brazos en corola y la cabeza vuelta como una bailarina graciosa y frágil.

– Oh, yo siempre te encuentro guapa. Bella hasta seducir a todos los santos del calendario -respondió Jo para alejar de su mente el espectro de la bancarrota.

Shirley se echó a reír y entonó un viejo éxito de Queen, dando saltos por la calle: «We are the champions, my friend, we are the champions of the world… We are the champions, we are the champions!». Se puso a bailar por las calles desiertas, rodeadas de edificios grises y fríos. Saltaba con sus largas piernas, rebotando, dislocando sus caderas, simulaba tocar una guitarra eléctrica y expresaba cantando su alegría por haber embellecido a Joséphine.

– De ahora en adelante, te pago la peluquería una vez al mes.

Una ráfaga de viento helado vino a interrumpir su número musical. Cogió el brazo de Jo para entrar en calor. Caminaron un rato sin decir nada. Había anochecido y los pocos peatones con los que se cruzaban avanzaban a ciegas, la cabeza gacha, con prisas por llegar a sus casas.

– No es esta noche cuando podrás comprobar si gustas -murmuró Shirley-, todos van mirándose los zapatos.

– ¿Crees que el hombre de la parka me va a mirar? -preguntó Jo.

– Si no te ve, es que tiene los ojos llenos de mierda.

Había contestado con un tono tan categórico que Joséphine se sintió henchida de felicidad. ¿Es posible que me haya vuelto guapa? Se preguntó buscando un escaparate para contemplarse.

Estrechó el brazo de su amiga contra ella. Y, ya que por primera vez en su vida se sentía guapa, encontró valor.

– Dime Shirley… ¿puedo hacerte una pregunta? Una pregunta un poco personal. Si no quieres responderme, no lo hagas…

– Venga, suéltalo.

– Es algo indiscreto, te aviso. No quiero que te enfades.

– Oh, Joséphine, come on.

– Bueno, entonces, me lanzo. ¿Por qué no hay un hombre en tu vida?

Apenas hizo la pregunta, se arrepintió. Shirley retiró su brazo de un golpe seco y se ensombreció. Dio un salto a un lado y continuó avanzando a grandes zancadas, distanciándose rápidamente de Jo.

Joséphine se vio obligada a correr para alcanzarla.

– Lo siento, Shirley, lo siento… no debía, pero, entiéndelo, eres tan hermosa, y al verte siempre sola, yo…

– Hace tiempo que temo que me hagas esa pregunta.

– No estás obligada a responderme, te lo aseguro.

– ¡Y no te responderé! ¿De acuerdo?

– De acuerdo.

Una nueva ráfaga de viento las golpeó en pleno rostro y se estremecieron a la vez, juntándose la una contra la otra.

– Es siniestro -protestó Shirley-. Se diría que hoy es el día del juicio final.

Joséphine se forzó a reír para disipar el malestar entre ellas.

– Tienes razón. Podrían poner algo más de iluminación por aquí, ¿no? Habría que quejarse al ayuntamiento…

Decía cualquier cosa para cambiar el humor de su amiga.

– Otra pregunta pues… Más anodina.

Shirley gruñó algo que Joséphine no entendió.

– ¿Por qué llevas el pelo tan corto?

– Tampoco voy a responderte.

– Ah… Esa no era una pregunta indiscreta.

– No, pero tiene una relación directa con tu primera pregunta.

– Oh. Lo siento… Me callo.

– Si es para hacer otras preguntas así, será lo mejor.

Continuaron caminando en silencio. Joséphine se mordía la lengua. Siempre es así, cuando mejor se siente uno, se envalentona y suelta una tontería. Hubiera hecho mejor callándome.

Perdida en sus pensamientos, no vio que Shirley se había parado y chocó contra ella.

– ¿Quieres que te diga una cosa, Jo? Sólo una… I give you a hint…

Jo asintió con la cabeza, agradecida de que Shirley no estuviese enfadada.

– El pelo largo y rubio trae mala suerte. Arréglatelas con eso.

Y retomó su marcha en solitario.

Joséphine la siguió, dejándola caminar unos metros por delante. El pelo largo y rubio trae mala suerte. ¿Había traído mala suerte a Shirley? La imaginó adolescente con una larga cabellera rubia y todos los chicos de su pueblo espiándola, siguiéndola, acosándola. Su larga cabellera rubia flotaba al viento como un estandarte que provocaba avidez, deseo. Se lo había cortado.

Fue entonces cuando, sin que los hubiesen visto llegar, surgieron tres chicos que se lanzaron sobre ellas y les arrancaron los bolsos. Jo recibió un violento puñetazo y gimió, llevándose la mano a la nariz que le parecía que sangraba. Shirley vociferó una retahíla de insultos en inglés y fue en su persecución. Jo asistió, atónita, a la paliza que les dio Shirley. Sola contra tres. En una tormenta de empujones, patadas y puñetazos, los tiró al suelo lanzando sobre ellos una violencia inusitada. Uno de los tres blandió un cuchillo y Shirley, golpeándole con todas sus fuerzas con la punta del pie, lo envió lejos.

– ¿Tenéis suficiente o queréis más? -les amenazó agachándose para recuperar sus bolsos.

Los tres chicos se sujetaban las costillas y se retorcían por el suelo.

– Me has roto un diente, hija de puta -le lanzó el más fanfarrón.

– ¿Sólo uno? -respondió Shirley soltándole una nueva patada en la boca.

El chico lanzó un grito y se hizo una bola para protegerse. Los otros dos se levantaron y huyeron, corriendo como si les persiguiese el diablo. El que quedó en el suelo gemía. Se puso a arrastrarse sobre los codos. «¡Puta, jodida puta!», balbuceó al constatar que escupía sangre. Shirley se agachó, le agarró por el cuello de su cazadora y, forzándole a permanecer a cuatro patas, le desnudó por completo. Le arrancó la ropa como si desnudara a un niño. Hasta que quedó en slip y calcetines, de cuclillas, en medio de la explanada. Le arrancó una placa de metal que tenía colgada al cuello y le ordenó que la mirara directamente a los ojos.

– Ahora, gilipollas, me vas a escuchar. ¿Por qué nos has atacado? Porque somos dos mujeres solas, ¿verdad?

– Pero, señora. No ha sido idea mía, ha sido mi colega, que…

– ¡Cagón, cobarde, debería darte vergüenza!

– Devuélvame mi placa, señora, devuélvamela…

– ¿Nos habrías devuelto tú los bolsos, eh? ¡Responde!

Le golpeó la cabeza contra el suelo. Gritó, prometió que no lo haría nunca más, que nunca tocaría a una mujer sola. Se retorcía, desnudo y blanco, sobre el suelo negro.

Shirley, manteniendo la presión sobre el chico en el suelo, se acercó a una alcantarilla y dejó caer la placa de metal. Se escuchó el ruido sordo de la placa rebotando en el fondo del respiradero. El chico soltó un insulto, y Shirley le dio un nuevo golpe en la nuca, esta vez con el codo. Doblado en dos por el dolor, eligió no resistirse más y se tumbó en el suelo.

– Ya ves, acabo de hacer contigo aproximadamente lo que tú nos has hecho antes. Tu placa se ha perdido. Así que lárgate y piénsatelo. ¿Has entendido, gilipollas?

El chico, con el brazo todavía levantado para protegerse, se puso en pie titubeando, hizo un gesto para recoger su ropa, pero Shirley sacudió la cabeza.

– Te vas a largar así, en slip y calcetines. Vamos, gilipollas.

Se fue sin protestar. Shirley esperó a que hubiese desaparecido. Hizo una bola con su ropa y la tiró en un contenedor de obra. Después se arregló, estiró su pantalón, se colocó el abrigo y lanzó una última palabrota en inglés.

Joséphine la miraba fijamente, estupefacta por la demostración de violencia a la que acababa de asistir. Estaba sin aliento. Dirigió una mirada muda a Shirley, que se encogió de hombros y soltó:

– Esto también forma parte del hecho de que no tenga novio. ¡Segunda pista!

Se acercó a Jo, observó su nariz que sangraba, sacó un pañuelo del bolsillo y se la taponó. Joséphine hizo una mueca de dolor.

– Está bien -dijo Shirley-. No está rota. ¡Sólo un golpetazo! Mañana va a ponerse de todos los colores. Dirás que te has golpeado contra la puerta de cristal de la peluquería al salir. Ni una palabra a los niños esta noche, ¿de acuerdo?

Joséphine asintió. Le hubiese gustado preguntarle a Shirley dónde había aprendido a pelear, pero ya no se atrevía a hacer ninguna pregunta.

Shirley abrió su bolso y verificó que no faltaba nada.

– ¿Lo tienes todo?

– Sí…

– ¡Vamos!

La cogió del brazo y la forzó a avanzar. A Joséphine le temblaban las rodillas y pidió pararse para recobrar el aliento.

– Es normal -dijo Shirley-. Es tu primera pelea. Después te acostumbras. ¿Te sientes capaz de hacer frente a los niños sin decir nada?

– Me bebería una copita. La cabeza me da vueltas.

En la entrada del edificio, vieron a Max Barthillet sentado en los escalones al lado del ascensor.

– No tengo llave y mi madre no ha vuelto…

– Déjale una nota, dile que la estás esperando en mi casa. -decidió Shirley con un tono tan autoritario que el chico asintió-. ¿Tienes algo con lo que escribir?

Le contestó que sí enseñándole la cartera. Y subió a pie los dos pisos para dejar una nota en su puerta.

Jo y Shirley tomaron el ascensor.

– ¡No tengo regalo para él! -dijo Jo mirándose la nariz en el espejo del ascensor-. Jolines, estoy desfigurada.

– Joséphine, ¡cuándo dirás joder como todo el mundo! Le daré un billete en un sobre, es lo que más necesitan los Barthillet en este momento.

Giró el rostro de Jo hacia ella, inspeccionando cuidadosamente su nariz.

– Voy a ponerte un poco de hielo… Y recuerda: te has golpeado con la puerta de cristal de la peluquería. ¡No metas la pata! Es Navidad, no se la vamos a estropear y a aterrorizarlos.

Joséphine fue a buscar a las niñas y los regalos que había escondido en el estante más alto del armario de su habitación. Ellas se burlaron de la torpeza de su madre y de su nariz hinchada. Cuando llamaron a la puerta de Shirley, oyeron villancicos en inglés y Shirley abrió la puerta con una gran sonrisa. A Jo le costó reconocer a la furia que había derrotado a tres delincuentes.

Hortense y Zoé lanzaron gritos de alegría al abrir sus regalos. Gary descubrió el iPod que Jo le había comprado y dio un salto de alegría. «¡Yes, Jo! -rugió-, ¡mamá no quería que tuviese uno! Eres realmente demasiado. ¡Demasiado demasiado!». Y se le echó al cuello, aplastándole la nariz. Zoé miraba sin creérselo sus películas de Disney y acariciaba el lector de DVD. Hortense estaba estupefacta: su madre le había comprado el último modelo de Apple, ¡y no un aparato en oferta! Y Max Barthillet contemplaba el billete de cien euros que Shirley había metido en un sobre con unas palabras.

– ¡Joder! -agradeció con una sonrisa maravillada-. Eres una tía guay, Shirley, ¡has pensado en mí! Por eso mamá no está aquí. Sabía que hacías una fiesta y no me dijo nada para darme una sorpresa.

Joséphine giró la cabeza hacia Shirley para hacerle una seña de complicidad. Tendió su regalo a Shirley: una edición original de Alicia en el país de las maravillas, en inglés, que había encontrado en un puesto en Puces. Y Shirley le regaló un magnífico cuello redondo en cachemira negra.

– Para pavonearse en Megéve.

Jo la estrechó entre sus brazos. Shirley hizo un movimiento de abandono que la volvió ligera y suave. «Las dos juntas hacemos un buen equipo», murmuró Shirley. Jo no supo qué responder y la estrechó más fuerte.

Gary había cogido el ordenador de Hortense y le enseñaba cómo utilizarlo. Max y Zoé estaban absortos con las películas de Walt Disney.

– ¿Todavía ves dibujos animados? -preguntó Jo a Max.

El la miró con la mirada brillante de un niño pequeño y Jo estuvo otra vez a punto de echarse a llorar. Tengo que tener cuidado para no convertirme en una fuente, se dijo. Esta fiesta que a ella no le apetecía por culpa de la ausencia de Antoine se desarrollaba como no había osado imaginar. Shirley había montado y adornado un abeto. La mesa estaba decorada con ramas de acebo, copos de nieve de algodón hidrófilo y estrellas de papel dorado. Largas velas rojas ardían en candelabros de madera, dando a toda la escena la apariencia de un sueño.

Descorcharon champán, devoraron el pavo con castañas, un tronco de chocolate y café, receta secreta de Shirley y, después, terminada la cena, echaron la mesa a un lado y bailaron.

Gary bailó con Hortense una canción lenta y melódica y las dos madres les vieron bailar mientras sorbían el champán.

– Qué guapos están -dijo Jo un poco achispada-. Has visto: Hortense no se ha hecho de rogar. Me parece incluso que baila demasiado cerca.

– Porque sabe que él le va a ayudar a poner en marcha su ordenador.

Joséphine le dio un codazo en las costillas y Shirley lanzó un grito de sorpresa.

– ¡No toques a la mujer kárate o lo vas a pasar mal!

– Y tú, deja de ver maldad en todo.

A Joséphine le hubiese gustado detener el tiempo, quedarse con ese momento de felicidad y guardarlo en una botella. La felicidad, pensó, está hecha de pequeñas cosas. Siempre se la espera con mayúsculas, pero llega a nosotros de puntillas y puede pasar bajo nuestras narices sin darnos cuenta. Esta noche, la había agarrado y no la soltaba. Por la ventana, percibió las estrellas en el cielo y tendió su vaso hacia ellas.

Hubo que volver a casa y acostarse.

Estaban en el descansillo cuando la señora Barthillet vino a buscar a Max. Tenía los ojos enrojecidos y se excusó con que se le había metido polvo a la salida del metro. Max exhibió su billete de cien euros. La señora Barthillet dio las gracias a Shirley y Jo por haber cuidado de su hijo.

A Jo le costó mucho acostar a sus hijas. Daban saltos en sus camas y gritaban de alegría por la partida al día siguiente hacia Megéve. Zoé quiso verificar diez veces que su maleta estaba bien hecha, que no había olvidado nada. Jo consiguió por fin atraparla, hacer que se pusiese el pijama y acostarla. «¡Estoy plof, mamá, completamente plof!». Había bebido demasiado champán.

En el cuarto de baño, Hortense se limpiaba la cara con leche desmaquillante que le había comprado Iris. Pasaba y repasaba el algodón sobre su piel e inspeccionaba las impurezas recogidas. Hortense se volvió y preguntó:

– Mamá. Todos esos regalos, ¿eres tú la que los ha pagado? ¿Con tu dinero?

Joséphine asintió.

– Pero entonces, mamá, ¿ahora somos ricas?

Joséphine estalló de risa y se sentó en el borde de la bañera.

– He encontrado un nuevo trabajo: hago traducciones. Pero chissst, es un secreto, no hay que decírselo a nadie. Si no se acabó. ¿Prometido?

Hortense le tendió la mano y repitió prometido.

– Me han dado ocho mil euros por la traducción de una biografía de Audrey Hepburn y quizás obtenga muchas más…

– ¿Y tendremos mucho dinero?

– Tendremos mucho dinero.

– ¿Y podré tener un portátil? -preguntó Hortense.

– Quizás -dijo Joséphine, feliz de ver un brillo de alegría en los ojos de su hija.

– ¿Y nos cambiaremos de casa?

– ¿Tanto te fastidia vivir aquí?

– Ay, mamá, ¡es tan vulgar! ¿Cómo quieres que haga relaciones aquí?

– Tenemos amigos. Mira la velada tan formidable que acabamos de pasar. ¡Vale todo el oro del mundo!

Hortense arrugó el semblante.

– A mí me gustaría vivir en París, en un buen barrio… Ya sabes, tener relaciones es tan importante como los estudios que se hacen.

Estaba fresca, alta y hermosa en su pequeña camiseta de tirantes y su pantalón de pijama rosa. Todo en su rostro indicaba seriedad y determinación. Jo se oyó decir:

– Te prometo, cariño, que, cuando haya ganado suficiente dinero, iremos a vivir a París.

Hortense soltó el algodón y se lanzó a abrazar a su madre.

– ¡Ay, mamá, mi mamaíta querida! ¡Cómo me gusta cuando eres así! ¡Cuando eres fuerte! ¡Decidida! De hecho, no te lo había dicho: te sienta muy bien tu nuevo peinado y tus mechas. ¡Estás muy guapa! Como una flor…

– ¿Me quieres un poco entonces? -preguntó Joséphine, intentando parecer despreocupada y no estar implorando.

– Ay, mamá, te quiero con locura cuando eres una ganadora. No soporto cuando eres una cosita triste, inexistente. Me pone de los nervios… peor aún, me da miedo. Me digo que nos vamos a hundir.

– ¿Cómo?

– Me digo que al primer gran problema vas a flaquear, y eso me aterroriza.

– Te voy a prometer algo, mi niña querida, no nos vamos a hundir. Voy a trabajar como una loca, ganar mucho dinero y nunca más tendrás miedo.

Joséphine abrazó el cuerpo cálido y suave de su hija y se dijo que, ese momento, ese momento de intimidad y amor con Hortense, era el mejor regalo de Navidad.

* * *

Al día siguiente, sobre el andén F de la estación de Lyon, el andén donde estaba estacionado el tren 6745 en dirección Lyon, Annecy, Sallanches, a Zoé le dolía la cabeza, Hortense bostezaba y Joséphine enarbolaba una nariz violeta, verde y amarilla. Estaban esperando sobre el andén, con los billetes confirmados en la mano, a que Iris y Alexandre se unieran a ellas.

Esperaban con las manos agarrando el asa de sus maletas, por miedo a que se las robaran, y recibiendo los empujones de los pasajeros apresurados. Esperaban atentas a la gran aguja del reloj que avanzaba inexorablemente hacia la hora de salida.

Dentro de diez minutos el tren partiría. Joséphine giraba la cabeza en todos los sentidos, esperando atrapar al vuelo la imagen de su hermana acompañada del pequeño Alexandre corriendo hacia ellas. No fue esa imagen tranquilizadora la que vio, sino otra que fijó con actitud de perro de presa.

Volvió la cabeza rogando al cielo para que sus hijas no vieran lo que ella acababa de ver: a Chef sobre el mismo andén que ellas besando en la boca a Josiane, su secretaria, y ayudándola después a montar en el tren con mil recomendaciones, ruidos de besos y delicadezas. Es ridículo, pensó Joséphine, ¡se diría que lleva el santo sacramento! Giró una vez más la cabeza para comprobar que no era una alucinación y sorprendió de nuevo a su padrastro subiendo los escalones del tren detrás de la generosa Josiane.

Ordenó pues una movilización general, diciendo a las niñas que montasen rápidamente en el vagón 33 que estaba en la cabecera del andén.

– ¿No esperamos a Iris y Alexandre? -preguntó Zoé gruñendo. Me duele la cabeza mamá, ayer bebí demasiado champán.

– Los esperaremos en el interior. Tienen sus asientos, nos encontrarán. Venga, vamos, ordenó Jo con voz firme.

– ¿Y Philippe no viene? -se inquietó Hortense.

– Se reunirá con nosotros mañana, tiene trabajo.

Arrastrando las maletas, descifrando el número de los vagones que pasaban, se alejaron del sitio fatal donde Chef abrazaba a Josiane.

Jo se volvió una última vez para percibir de lejos a Iris y Alexandre, que llegaban corriendo como locos.

Se instalaron en sus asientos en el momento que el tren se ponía en marcha. Hortense se quitó su plumífero, lo dobló cuidadosamente y lo colocó perfectamente en el lugar reservado para los abrigos. Zoé y Alexandre comenzaron a contarse inmediatamente la velada de ayer con grandes gestos, lo que exasperó a Iris que les reprimió severamente.

– Van a terminar idiotas, te lo juro. Pero ¿qué te ha pasado? ¡Estás desfigurada! ¿Has hecho judo? Ya no tienes edad, ¿sabes?

Cuando el tren arrancó, tomó a Jo aparte y le dijo:

– Ven, vamos a tomar un café.

– ¿Ahora mismo? -preguntó Jo temiendo encontrar a Josiane y a Chef en el vagón restaurante.

– Tengo que decirte algo importante. ¡Cuanto antes!

– Pero podemos hablar y quedarnos en nuestro sitio.

– No -ordenó Iris entre dientes-. No quiero que lo oigan los niños.

Jo recordó entonces que Chef y su madre pasaban las Navidades en París. Así que no había montado en el tren. Se resignó a seguir a Iris. Se iba a perder su tramo preferido: cuando el tren atravesaba las afueras de París, se hundía como una flecha de acero en un camino de marquesinas y pequeñas estaciones aumentando su velocidad. Ella intentaba descifrar el nombre de las estaciones. Al principio lo conseguía, después se saltaba la mitad de las letras, la cabeza le daba vueltas y no leía nada. Entonces cerraba los ojos y se dejaba llevar: el viaje podía comenzar.

Apoyadas en la barra del vagón restaurante, Iris daba vueltas y vueltas a la cucharita de plástico dentro de su café.

– ¿Te pasa algo? -preguntó Jo, sorprendida de verla tan sombría y nerviosa.

– Estoy con la mierda al cuello, Jo, con la mierda realmente al cuello.

Jo no dijo nada y pensó que no era la única. Yo también estaré metida en un buen marrón dentro de quince días. A partir del 15 de enero, exactamente.

– ¡Y sólo tú puedes sacarme!

– ¿Yo? -articuló Joséphine, atónita.

– Sí, tú. Ahora escúchame y no me interrumpas. Ya es bastante difícil de explicar, así que si me interrumpes…

Joséphine asintió. Iris bebió un sorbo de café y, clavando sus grandes ojos azul violeta en su hermana, comenzó:

– ¿Te acuerdas de aquella trola que solté una noche en la que simulé que escribía un libro?

Joséphine, muda, asintió. Los ojos de Iris le producían siempre el mismo efecto: la dejaban hipnotizada. Le hubiese gustado pedirle que apartara ligeramente la cabeza, que no la mirase de esa forma, pero Iris hundía su mirada profunda y de una intensidad casi negra en la de su hermana. Sus largas pestañas añadían un toque grisáceo o dorado según la luz que captaran al cerrarse o al abrirse.

– Pues bien, ¡voy a escribir!

Joséphine, extrañada, dijo:

– Bueno, esa es más bien una buena noticia.

– No me cortes, Jo, no me cortes. Créeme, necesito todas mis fuerzas para decirte lo que tengo que decirte porque no es fácil.

Inspiró profundamente, escupió el aire con irritación como si le hubiese quemado los pulmones y continuó:

– Voy a escribir una novela histórica sobre el siglo XII tal y como presumí aquella noche… Llamé ayer al editor. Está encantado. Le he soltado, para que se le haga la boca agua, algunas anécdotas que afortunadamente tú me habías soplado: la historia de Rollon, de Guillermo el Conquistador, de su madre la lavandera, las «banalidades», y patatín y patatán, hice una especie de ensaladilla con todo eso y ¡parecía completamente subyugado! ¿Para cuándo puedes tenerlo?, me preguntó. Le dije que no lo sabía, que no tenía ni idea. Entonces me prometió un buen anticipo si le ofrecía una veintena de páginas lo antes posible. Para ver cómo escribo y si doy la talla. Porque, me dijo, para ese tipo de temas, hace falta ciencia y esfuerzo.

Joséphine escuchaba y opinaba en silencio.

– El único problema es que yo no tengo ni ciencia ni esfuerzo. Y ahí es donde intervienes tú.

– ¿Yo? -dijo Jo tocándose el pecho con el dedo.

– Sí, tú.

– No veo muy bien cómo, sin querer ofenderte…

– Tú intervienes para que las dos firmemos un contrato secreto. ¿Te acuerdas cuando, siendo pequeñas, hacíamos el juramento de sangre?

Joséphine dijo sí con la cabeza. Y después, hacías lo que querías conmigo. Me aterrorizaba la idea de romper el juramento y morir de golpe.

– Un contrato del que no hablaremos con nadie, ¿comprendes? Con nadie. Un contrato que sirva a los intereses de ambas. Tú necesitas dinero. No digas que no. Necesitas dinero. Yo necesito respetabilidad y una nueva imagen, no te explico el porqué, sería demasiado complicado y, además, no estoy segura de que lo entendieses. No comprenderías la urgencia que tengo.

– Puedo intentarlo si me lo explicas -propuso tímidamente Joséphine.

– ¡No! Y, además, no tengo ganas de explicártelo. Así que lo que vamos a hacer es muy simple: tú escribes el libro y recibes el dinero, yo lo firmo y me voy a venderlo en la tele, en la radio, en los periódicos… Tú produces la materia prima, yo me encargo del servicio posventa. Porque hoy en día, un libro, no basta con escribirlo, ¡hay que venderlo! Mostrarse, hablar de una, tener el pelo limpio y brillante, estar bien maquillada, tener una imagen, cuál todavía no lo sé, dejarse fotografiar en el mercado, en el cuarto de baño, de la mano con el marido o con el amante, bajo la torre Eiffel, ¡yo qué sé! Muchas cosas que no tienen nada que ver con el libro, pero que le aseguran el éxito. Yo soy muy buena en eso, ¡y tú no sirves! Yo no sirvo para escribir, ¡y a ti se te da de maravilla! Nosotras dos, poniendo lo mejor de cada una, ¡seremos perfectas! Te lo repito, para mí, no es una cuestión de dinero, todo el dinero será para ti.

– ¡Pero eso es un fraude! -protestó Joséphine.

Iris la miró resoplando de desesperación. Sus grandes ojos barrieron a Jo de un golpe de pestañas exasperado, levantó las cejas y se hundió de nuevo en la mirada de su hermana como un ave rapaz.

– Estaba segura. ¿Y qué parte es un fraude si todo el dinero es para ti? Yo no me quedo ni un céntimo. Te lo doy todo. ¿Lo entiendes, Jo? ¡Todo! No te estoy estafando, no te robo, te doy exactamente lo que más necesitas en este momento: dinero. Y, a cambio, sólo te pido una pequeña mentira… ni siquiera una mentira, un secreto.

Joséphine hizo una mueca de desconfianza.

– No te pido que hagas eso el resto de tu vida. Te pido sólo que lo hagas una vez y después nos olvidamos. Después cada una volverá a su sitio y continuará su vida tranquilamente. Salvo que…

Joséphine la interrogó con la mirada.

– Salvo que en ese tiempo tú habrás ganado dinero y yo habré resuelto mi problema.

– ¿Y cuál es tu problema?

– No tengo ganas de hablarte de ello. Debes confiar en mí.

– Como cuando éramos pequeñas…

– Exactamente.

Joséphine miró el paisaje que desfilaba y no respondió.

– Jo, te lo suplico, ¡hazlo por mí! ¿Qué tienes que perder?

– No estoy pensando en esos términos…

– ¡Oh, venga! ¡No me digas que tú eres clara como el agua de la fuente y que no me escondes nada! He sabido que trabajas para el despacho de Philippe a escondidas, sin decírmelo. ¿Crees que eso está bien? ¡Haciendo cosas a escondidas con mi marido!

Joséphine se ruborizó y balbuceó:

– Philippe me pidió que no dijera nada y como necesitaba ese dinero…

– Pues bien, en mi caso, es lo mismo: te pido que no digas nada y te doy el dinero que necesitas.

– No estaba orgullosa de ocultarte algo.

– ¡Sí, pero lo has hecho! Lo has hecho, Joséphine. ¿Así que quieres hacerlo por Philippe y no por mí? ¡Tu propia hermana!

Joséphine empezaba a ceder. Iris lo intuyó. Adoptó una voz más suave, casi suplicante, y llenó sus ojos, que seguían fijos en su hermana, de una muda ternura.

– Escúchame, Jo. Además, me haces un favor. Un inmenso favor. A mí, tu hermana. Siempre he estado a tu lado, siempre me he ocupado de tí, nunca te he dejado en la necesidad o la miseria. Cric y Croe… ¿recuerdas? Desde que éramos muy pequeñas. Soy tu única familia. Ya no tienes a nadie. Ni madre, pues ya no la ves y ella está REALMENTE enfadada contigo, ni padre, ni marido… Sólo me tienes a mí.

Joséphine se estremeció y se rodeó con los brazos. Sola y abandonada. Había creído, en la euforia del primer cheque, que le iban a llover proposiciones, y se veía obligada a constatar que no había nada de eso. El hombre que le había felicitado por su excelente trabajo no le había vuelto a llamar. El 15 de enero tendría que pagar. El 15 de febrero también y el 15 de marzo, el 15 de abril y el 15 de mayo, el 15 de junio y el 15 de julio… Las cifras le mareaban. La masa negra de la desgracia inminente se fundió sobre ella y sintió una opresión en el pecho. Se le cortó el aliento.

– Además -continuó Iris que constataba que la mirada de Jo se inundaba de inquietud-, no te hablo de una pequeña suma de dinero. Te hablo por lo menos, tirando por lo bajo, de cincuenta mil euros.

Joséphine soltó una exclamación de sorpresa.

– ¡Cincuenta mil euros!

– Veinticinco mil euros en cuanto haya entregado los veinte folios y un plan de la historia…

– ¡Cincuenta mil euros! -repitió Joséphine, que no creía lo que estaba oyendo-. ¡Pero ese editor tuyo está loco!

– No, no está loco. El reflexiona. Hace cuentas, calcula. Un libro cuesta ocho mil euros imprimirlo; a partir de quince mil ejemplares habrá cubierto su inversión. Gastos de publicación y anticipo incluidos. Dice, y esto tienes que escucharlo, Jo, dice que con mis relaciones, mi aspecto, mis grandes ojos azules, mi sentido de la réplica, voy a seducir a los medios de comunicación, y el libro navegará sobre la ola del éxito. Dijo eso, palabra por palabra.

– Sí, pero… -protestó Joséphine cada vez con más debilidad.

– Tú, escríbelo… Conoces el tema de memoria, jugarás con los hechos históricos, los detalles de la época, el vocabulario, los personajes… ¡Te va a encantar! Para ti será un juego de niños. Y en seis meses, escúchame bien, Jo, ¡en seis meses te metes cincuenta mil euros en el bolsillo! ¡Y se acabaron tus preocupaciones! Vuelves a tus viejos pergaminos, a tus poemas de François Villon, a tu lengua de oíl y a tu lengua de oc.

– ¡Lo estás mezclando todo! -la reprendió Joséphine.

– Me da igual mezclarlo todo. Yo sólo tendré que defender lo que tú habrás escrito. Lo hacemos una vez y lo olvidamos…

Joséphine sintió un cosquilleo de placer en la base del plexo. ¡Cincuenta mil euros! Con lo que poder pagar… Hizo un cálculo rápido… ¡por lo menos treinta meses! ¡Treinta meses de respiro! Treinta meses en los que podría dormir por las noches y contar historias durante el día, a ella le gustaba contar historias a las niñas cuando eran pequeñas, sabía cómo hacer aparecer a Rollon y a Arturo y a Enrique y Leonor y Enide. Hacerlos girar en los bailes, los torneos, las batallas, los castillos, los complots…

– I Una sola vez? ¿Seguro?

– Una sola vez. Que me coma el gran Cruc.

Cuando el tren se detuvo en la estación de Lyon, Lyon-Perra-che, tres minutos de parada, Joséphine suspiró: «Sí, pero sólo una vez, ¿eh? Iris, ¿me lo prometes?».

Iris lo prometió. «Sólo una vez. Cruz de madera, cruz de hierro, si miento voy al infierno…».

TERCERA PARTE

¡Así que tendría que ponerse a escribir!

Ya no podía echarse atrás. Apenas había dicho sí en la estación de Lyon-Perrache, Lyon Perrache tres minutos de parada, e Iris había murmurado: «Gracias, hermanita, me sacas de un auténtico atolladero, no puedes hacerte la idea. Mi vida es un fracaso, un auténtico fracaso, pero es demasiado tarde, no puedo dar marcha atrás, tengo que salvar lo que me queda, acomodarlo de forma más o menos vistosa, pero tengo que hacerme a la idea, sólo recupero los restos. Es poco glorioso, ciertamente, pero así estoy».

La había besado, después se había recuperado volviéndola a ahogar en sus ojos azules oscurecidos por negras sombras:

– Te estás volviendo guapa, Joséphine, cada día más guapa, te sientan muy bien esas mechas rubias, ¿estás enamorada? ¿No? No va a tardar, te predigo la belleza, el talento, la fortuna -había añadido chasqueando los dedos como si realizase un sortilegio-. Vas a tomar el relevo. Yo recibí mucho cuando nací, más que tú, es cierto, pero he exprimido la vida como a un limón y sólo me queda una vieja cascara a la que intento devolver el gusto. Hubo un tiempo en el que esperaba dirigir, escribir. Recuerdas, Jo… hace mucho tiempo, tenía talento… Decían, Iris está dotada, es una artista, llegará lejos, va a triunfar en Hollywood. ¡Hollywood! -hizo una mueca amarga-. ¡He caído hasta Bécon-les-Bruyères! Debo rendirme a la evidencia: quizás esté dotada, pero no tengo fuerzas. Entre la idea y la realización hay un foso que no puedo atravesar, me quedo atontada sobre el borde, la mirada fija en el vacío. Tengo ganas de escribir, unas ganas terribles, me vienen a la cabeza principios de relatos, pero cuando intento expresarlos con palabras, huyen sobre sus patitas pegajosas como cucarachas asquerosas. Sin embargo, tú sabrás atraparlas, alinearlas en hermosas frases sin que parezca que salen huyendo. Cuentas tan bien las historias… Recuerdo las cartas que me enviabas cuando pasabas las vacaciones en un campamento, se las leía a mis amigas. ¡Te habían bautizado Madame de Sévigné!

Emocionada por el abandono que sufría Iris, excitada por sus predicciones, Joséphine se sentía importante. Importante pero, no podía impedir pensarlo, amenazada. El tono grandilocuente de Iris la hacía dejarse llevar y, al mismo tiempo, hacía sonar la alarma: ¿sería lo bastante fuerte como para interpretar su papel de negro? Sabía escribir una tesis, conferencias, textos universitarios, le gustaba contar historias, pero había una gran diferencia entre las epopeyas que relataba a los pies de la cama de sus hijas y la novela histórica que Iris le había prometido a su editor. «Por la intendencia no te preocupes», había continuado Iris, sacándola de su estupor. «Te compraré un ordenador, haré que te instalen Internet». Jo había protestado: «No, no, no me des nada hasta que no haya hecho la prueba». Iris había insistido y Jo, una vez más, había cedido.

Y, ahora, había que pasar a los hechos.

Miró el ordenador, un bonito portátil blanco que esperaba con las fauces abiertas sobre la mesa de la cocina repleta de libros, facturas, rotuladores, bolis, hojas de papel, migas del desayuno; su mirada se clavó en el redondel amarillo dejado por la tetera, la tapa del bote de mermelada de albaricoque, una servilleta enrollada como una culebra blanca… Tendría que hacer sitio para escribir. Apartar su tesis. Harían falta tantas cosas, tantas, suspiró, cansada de repente ante la idea del esfuerzo que debía realizar. ¿Cómo decidir el tema de un libro? ¿Cómo crear los personajes? ¿Y el argumento? ¿Y la trama? ¿Debe proceder de los acontecimientos externos o de los personajes? ¿Cómo empezar un capítulo? ¿Cómo ordenarlo? ¿Debería hojear sus trabajos e investigaciones, convocar al elenco de Rollon, Guillermo el Conquistador, Ricardo Corazón de León, Enrique II, pedir al espíritu de Chrétien de Troyes que descienda sobre ella? ¿O inspirarse en Shirley, en Hortense, en Iris, en Philippe, Antoine y Mylène, vestirles con un yelmo, un capirote, un par de polainas o de zuecos y meterles dentro de una granja o de un castillo? El decorado cambia, los vaivenes del corazón perduran. El corazón late de la misma forma dentro de Leonor, de Escarlata o de Madonna. El corte de los vestidos y las cotas de malla se cubren de polvo, pero los sentimientos permanecen. ¿Por dónde empezar?, se repetía Joséphine observando la intensidad de la luz de ese mes de enero descender suavemente hasta la cocina, alumbrar con un pálido resplandor el borde de la pila y morir en el desagüe. ¿Existe un libro que ofrezca recetas para escribir? Medio kilo de amor, trescientos gramos de aventuras, seiscientos gramos de referencias históricas, un kilo de sudor… déjese cocer a fuego lento, en horno caliente, saltear, remover para que no se pegue, evítense los grumos, déjese reposar, tres meses, seis meses, un año. Stendhal, por lo que se dice, escribió La cartuja de Parma en tres semanas, Simenon finiquitaba sus novelas en diez días. ¿Pero cuánto tiempo antes habían pasado engendrándolas y nutriéndolas al levantarse, al ponerse los pantalones, bebiendo un café, recogiendo el correo, mirando la luz de la mañana posarse sobre la mesa del desayuno, contando las motas de polvo en un rayo de sol? Dejar el tiempo en infusión. Encontrar su propio modo de empleo. Beber café como Balzac. Escribir de pie como Hemingway. Aislada como Colette cuando Willy la encerraba. Investigar como Zola. Tomar opio, tintorro, hachís. Chillar como Flaubert. Correr, divagar, dormir. O no dormir, como Proust. ¿Y yo? El hule de la mesa de la cocina, el cara a cara con la pila, la tetera, el tictac del reloj, las migas del desayuno y las letras a pagar. Léautaud decía «escribid como si escribieseis una carta, no releáis, no me gusta la gran literatura, sólo me gusta la conversación escrita». ¿A quién podría enviarle una carta? No tengo amante que me espere en el parque. Ya no tengo marido. Mi mejor amiga vive en el mismo descansillo.

Escribir a un hombre de mi invención… Un hombre que me escuche. El ordenador tenía todavía las fauces abiertas. Iris lo había comprado al día siguiente de su llegada a Megève. Si coloco los dedos en el teclado, los devorará. Soltó una risa nerviosa y sintió un escalofrío.

«¿Lo has comprado con el dinero de las traducciones?», había murmurado Philippe al oído de Jo, que se había sonrojado violentamente. Iris estaba ocupada en encender el fuego de la chimenea. «Estoy encantado con mi nueva colaboradora -había añadido incorporándose-, nos has evitado una buena metedura de pata en el contrato Massipov». «Me estoy convirtiendo en la reina de la mentira y la disimulación», había pensado Jo. Traducir contratos para Philippe, pase, pero si la editorial de Audrey Hepburn le propusiese un libro para traducir, si su director de tesis le pidiese leer su informe, no se bastaría para afrontar tanta tarea, tendría que contratar un negro. Se había echado a reír. Iris se había vuelto. «¿Tan divertido es lo que te cuenta Philippe? Deberías compartirlo con todo el mundo…». Jo había tartamudeado una excusa. Joséphine se sentía cada vez más a gusto con Philippe. Todavía no eran íntimos y, probablemente, no lo serían nunca. Philippe no inspiraba ni el abandono ni la confidencia, pero se llevaban muy bien. Hay gente cuya mirada nos hace mejorar. Son escasos, pero cuando los encontramos, no hay que dejarlos pasar. Había, en Philippe, una extraña dulzura en su mirada que él posaba a veces sobre ella, una ternura sorprendida. Normalmente, pensó, cuando me miran, es para pedirme o para cogerme algo. Philippe, en cambio, da. Y bajo su mirada condescendiente, crezco. ¿Quizás se convierta un día en mi amigo?

El rayo de sol se había extinguido y el desagüe ya no relucía. La cocina estaba inmersa en una luz fría y triste de mes de enero. Joséphine suspiró, tendría que ordenar para instalar un espacio de trabajo. Pronto le faltaría sitio.

Al empujar la mesa de la cocina encontró el triángulo rojo. Se había caído detrás de la tostadora. Se inclinó, tomó la hoja de papel entre sus dedos, la giró y la giró, cerró los ojos y se remontó en el tiempo. A julio pasado.

Antoine viene a buscar a las niñas para llevárselas de vacaciones. Ella espera cruzada de brazos en el quicio de la puerta. Se muerde los labios para no demostrar su emoción. Grita «¡buenas vacaciones, niñas, divertíos mucho!». Se aprieta fuertemente los labios con los dedos para no llorar. Escucha los pasos que bajan las escaleras. De golpe, se lanza, se precipita sobre el balcón. Se inclina. Percibe un codo rojo que sobresale del coche. El codo rojo de Mylène… y Antoine coloca las maletas en el maletero, empuja una, desplaza otra con la atención de un buen padre de familia que se va de vacaciones. Un rayo cae sobre la cabeza de Jo, que comprende en una fracción de segundo que todo ha terminado. Un hombre coloca maletas en un maletero, un codo rojo sobresale, una mujer mira desde un balcón. Suena un golpe y la mujer sobre el balcón desea saltar al vacío.

Joséphine rompió en pedazos el triángulo rojo y lo tiró a la basura.

También es culpa mía. Le aburrí con mi amor. Vacié mi corazón en el suyo. Hasta la última gota. Le saturé. No sólo está el amor, también está la política del amor, decía Barbey d'Aurevilly.

Levantó la mirada hacia el reloj y exclamó: ¡las siete! Hacía cuatro horas que reflexionaba. Cuatro horas que habían pasado como si fuesen diez minutos. Las niñas iban a volver del colegio. El estudio terminaba a las seis y media.

No había preparado la cena.

Sacó una cacerola, la llenó de agua y metió unas patatas, ya las pelaré cuando estén cocidas, cogió una lechuga del frigorífico, la lavó, puso la mesa, entró en razón, que no te entre el pánico, vas a conseguirlo, un escritor no necesita ser inteligente, debe saber traducir lo que siente, encontrar las palabras que describan las emociones, ¿a quién me gustaría escribir una carta? Seducir escribiendo, seducir a un hombre, yo no quiero seducir a nadie, ese es mi problema, me veo fea, gorda, y sin embargo he perdido peso… Empezó a hacer una vinagreta, aceite de girasol o aceite de oliva, con el dinero del libro sólo compraré buen aceite de oliva, primera presión en frío, el que cuesta más caro, el que ha ganado muchos concursos, el dinero no me va a faltar ya, cincuenta mil euros, estos editores están locos, he adelgazado o me he equivocado al pesarme, volveré a pesarme mañana, Erec y Enid, qué hermosa historia, qué buena idea comenzar una novela con una boda y explorar después la supervivencia del deseo, lo contrario de lo que suele pasar en los cuentos de hadas, por qué habrá que estar delgada para gustar a los hombres, en el siglo XII las mujeres eran armarios roperos, tenían que estar grasas, mi protagonista será sólida o la crearé frágil, en todo caso, será hermosa y reluciente de tanto de ungüento, cuidadosamente depilada con tiras de pez porque el vello estaba muy mal visto, y cómo voy a llamarla, no pongas demasiada mostaza en la vinagreta, a Hortense no le gusta, ¿habrá niños en mi historia? Cuando me casé con Antoine, queríamos cuatro, nos paramos en dos, hoy me arrepiento, qué caradura el haber solicitado ese préstamo sin decírmelo, ¡podría habérmelo contado! Y yo, tonta de mí, firmé con los ojos cerrado, ¡eso no le hará feliz! Y la otra, Mylène, apuesto lo que sea a que está gastándose mi dinero, la detesto, me gustaría que se le cayese el pelo, que perdiera los dientes, que perdiese su línea, que perdiese… ¿Y cómo encuentro los nombres y los apellidos? ¿Leonor? No… Demasiado manido… Emma, Adela, Rosa, Gertrudis, María, Godelive, Cecilia, Sibila, Florencia… ¿Y él? Ricardo, Roberto, Eustaquio, Balduino, Arnoud, Carlos, Thierry, Philippe, Enrique, Guibert… ¿Y por qué debería tener sólo un amante?, no es tan modosita como yo. O bien, es una modosita que lo consigue ¡a su pesar! Sería divertido, una chica que sólo aspira a la simple felicidad y que se ve trasladada al éxito, la gloria y la fortuna porque todo a lo que se acerca se transforma en oro. Cuando la historia empieza, quiere ser monja, pero sus padres se niegan… debe casarse. Con un noble rico, pues ella pertenece a una familia de pequeños nobles, arruinada por guerras locales, que no puede conservar sus tierras y es desposeída. Debe casarse con Guibert, el felón de barba horquillada, pero…

Una gota de agua hirviendo saltó de la cacerola y le quemó la mano, soltó un grito y dio un salto. Pinchó las patatas con la punta de un cuchillo, verificando que estaban cocidas.

– ¡Mamá, mamá! Hemos vuelto con la señora Barthillet, ¡está delgada como un clavo! Mamá, si me convierto en una bola de sebo, ¿me harás hacer el régimen de la señora Barthillet?

– Hola, mamá -dijo Hortense-, nos han dicho que mañana no hay comedor, ¿puedes darme cinco euros para comprarme un bocadillo?

– Sí, cariño, dame la cartera… Está en mi bolso -añadió Jo mostrándole el bolso sobre el radiador de la cocina-. Y tú, Zoé, ¿no quieres comer un bocadillo mañana?

– Voy a comer en casa de Max. Me ha invitado. He sacado un seis y medio en el control de historia. Y mañana nos dan el de lengua, creo que voy a sacar una buena nota.

– ¿Y cómo lo sabes si no te han devuelto el examen?

– Lo he visto en los ojos de la señora Portal, me ha mirado con cara de orgullo.

Joséphine contempló a su hija, tengo que meter sin falta una pequeña Zoé en mi historia; se la imaginó de campesina con unos buenos mofletes rojos aventando el heno o cocinando la sopa en una gran marmita colgada sobre el fuego de la chimenea. Cambiaré su nombre para que no se reconozca, conservaré su buen humor, su alegría de vivir, sus expresiones. ¿Y Hortense? De Hortense haré una princesa, muy hermosa, un poco altiva, que vive en el castillo, su padre ha partido a las cruzadas y…

– Eh, mamá, ¿dónde estás? Vuelve a la Tierra…

Hortense tendía el bolso a Joséphine.

– Mis cinco euros, ¿los has olvidado?

Joséphine cogió su cartera. La abrió, tomó un billete de cinco euros y se lo tendió a Hortense. Cayó un recorte de periódico. Jo se inclinó a recogerlo. Era la foto de la revista. El hombre de la parka. Acarició la foto. Ya sabía a quién escribiría la larga carta.

Esa noche, cuando se acostaron las niñas, se envolvió en el edredón de su cama y salió al balcón para hablar con las estrellas. Les pidió fuerzas para empezar el libro, les pidió que le mandasen ideas, les pidió también perdón, que no era lo mejor aceptar los manejos de Iris, pero no tenía otro medio de subsistir, ¿eh? ¿Es que me habéis dado elección? Miraba atentamente al cielo estrellado y particularmente a la última estrella al final de la Osa Mayor. Era su estrella cuando era pequeña. Su padre se la había regalado una noche que ella estaba apenada, había dicho: «Ves, Jo, esa pequeña estrella al final de la cacerola es como tú, si la quitas, la cacerola pierde el equilibrio, y tú, si te quitan de la familia, la familia se hunde porque tú eres la alegría personalizada, el buen humor, la generosidad… y sin embargo -había proseguido su padre-, esa estrella al final de la constelación tiene un aspecto bastante modesto, apenas la vemos… En cada familia hay gente semejante a pequeños tornillos insignificantes y, sin embargo, sin ellos no hay vida posible, no hay humor, no hay risas, no hay fiestas, no hay luz para alumbrar a los demás. Tú y yo somos pequeños tornillos de amor…». Desde entonces, cada vez que miraba el cielo estrellado, localizaba la pequeña estrella al final de la cacerola. Nunca parpadeaba. A Joséphine le hubiese gustado que parpadease de vez en cuando, se habría dicho que su padre le hacía una señal. Sería demasiado fácil, se dijo, hablarías con las estrellas, les harías una pregunta y la estrella te respondería en directo desde el cielo. ¿Y qué más? ¡Con acuse de recibo! En fin, pensó, gracias por haber hecho caer la foto del hombre de la parka de mi cartera, muchas gracias, porque ese hombre me gusta, me gusta pensar en él. No me importa si no me mira. Inventaré una historia para él, una hermosa historia…

Alzó el edredón, lo estrechó alrededor de sus hombros, se sopló los dedos y, echando una última mirada al cielo estrellado, se fue a acostar.

* * *

– ¡Tú me estás ocultando algo!

Shirley había abierto la puerta del piso de Joséphine y estaba plantada en la puerta de la cocina con los brazos en jarras. Hacía una hora y media que Jo jugueteaba con su ordenador, esperando la inspiración. Nada. Ni el menor temblor narrativo. La foto del hombre de la parka, pegada con celo al lado del teclado, no bastaba. Se podría decir incluso que fracasaba completamente en su papel de musa. Inspiración, palabra del siglo XII, procedente del vocabulario cristiano, que incluye en ella nociones tan embriagadoras como el entusiasmo, el furor, el transporte, la exaltación, la elevación, el genio, lo sublime. Acababa de leer un magnífico libro de un tal señor Maulpoix sobre la inspiración poética y sólo podía constatar que era algo de lo que ella estaba completamente desprovista. Clavada en la realidad, asistía, impotente, a la inercia de su pensamiento. Ya podía apostrofarle, suplicarle, ordenarle que se pusiese en marcha, lanzarle un dardo para que se moviera, se agitara, se calentase, se desperezase, ofreciese imágenes y palabras, colisiones con otras imágenes, otras palabras, hiciese surgir al Bello, al Extraño, al Intrépido, pero el pensamiento se hacía de rogar y Joséphine, sentada en su silla de cocina, tamborileaba sobre la mesa con sus dedos impacientes. Ni la menor ascensión lírica, ni el principio de una idea creadora. Ayer había creído tener una, pero esta mañana, al despertarse, la idea se había desvanecido. Esperar, esperar. Hacerse muy pequeña ante ese azar fulminante que permanece a nuestros pies y que hemos buscado en vano durante horas. Ya le había pasado redactando trozos de su tesis, el choque entre dos ideas, dos palabras, como dos trozos de sílex que se encienden. ¡Ese resplandor glorioso existía! Sólo había que leer poemas de Rimbaud o de Eluard… ¡Existía en otros! Los intentos fallidos de su hermana invadían su mente y temía que la misma esterilidad se abatiese sobre ella. ¡Adiós, terneros, vacas, cerdos y euros por millares! El cuenco de leche amenazaba con volcar, y ella iba a encontrarse como en el cuento de la lechera. Tomó una decisión repentina, decidió vencer ese vértigo paralizante y escribir cualquier cosa, trabajar costase lo que costase, cortejar la obstinación e ignorar la inspiración con el fin de que esta última, despechada, se rindiese y librase sus primeras luces. Iba a lanzar sus dedos sobre el teclado… cuando Shirley había abierto la puerta y se había plantado delante de ella.

– Me estás esquivando, Joséphine, me esquivas.

– Shirley, llegas en mal momento… Estoy en pleno trabajo.

– Me das mucha pena, Joséphine. ¿Qué pasa para que me evites así? Sabes muy bien que entre nosotras podemos decirnos todo.

– Podemos decirnos todo, pero no estamos obligadas a decirnos todo durante todo el tiempo. Hay silencios que también forman parte de la amistad.

¡Justo en el momento en el que me iba a lanzar!, gruñó Joséphine, en el momento en el que había encontrado una solución, un subterfugio que me habría calmado ese dolor indecible que amenaza a los autores ante la hoja en blanco. Levantó la cabeza, miró fijamente a su amiga y encontró que la nariz de Shirley era demasiado respingona. ¡Demasiado corta! ¡Una nariz de plastilina! ¡Una nariz de opereta, una nariz de costurera, una nimiedad de nariz! Lárgate con tu nariz de trompetilla, se oyó pensar, horrorizada por la violencia que surgía de ella.

– Me estás evitando. Lo siento, me evitas. Desde que volviste de esquiar, hace tres semanas, ya no te veo…

Tendió la mano hacia las fauces abiertas del ordenador.

– ¿Es el de Hortense?

– No, es el mío… -gruñó Jo entre dientes.

El ruido de un lápiz que acababa de partir entre sus dedos la sobresaltó; decidió calmarse. Respiró profundamente relajando la parte alta de su torso, volvió la cabeza a derecha e izquierda y exhaló toda su irritación en un largo y potente chorro de aire.

– ¿Y desde cuándo tienes dos ordenadores? ¿Tienes acciones en Apple? ¿Una historia de amor con Steve Jobs? ¿Te envía computers como si fueran flores?

Joséphine bajó la guardia, sonrió y aceptó la idea de abandonar su trabajo. Shirley parecía verdaderamente enfadada.

– Me lo regaló Iris por Navidad… -soltó, reprochándose inmediatamente el haber hablado demasiado.

– Eso es sospechoso, esconde algo.

– ¿Por qué dices eso?

– Tu hermana nunca da nada a cambio de nada. ¡Ni la hora! ¡La conozco bien! Ahora, venga, cuéntamelo todo.

– No puedo, es un secreto…

– ¿Y crees que no soy capaz de guardar un secreto?

– Creo, sobre todo, que un secreto está hecho para permanecer en secreto.

Shirley levantó las cejas, se relajó y sonrió.

– No te falta razón, un punto para ti. ¿Me invitas a un café?

Joséphine lanzó una mirada de adiós a las teclas negras del ordenador.

– Voy a hacer una excepción por esta vez, pero es la última. Si no, no lo voy a conseguir.

– Déjame adivinar: estás escribiendo una carta, una carta oficial y difícil que ella no puede escribir.

Joséphine blandió un índice autoritario hacia Shirley, previniéndola de que era inútil insistir.

– No me pillarás así.

– Un café bien cargado con dos terrones de azúcar moreno…

– Sólo tengo azúcar blanco, no he tenido tiempo de hacer la compra.

– Demasiado ocupada trabajando, supongo.

Joséphine se mordió los labios, recordándose su resolución de permanecer muda.

– Así que no es una carta… Y, además, ¡no se regala un ordenador por una sola carta! Hasta la hermosa señora Dupin sabe eso…

– Shirley, para…

– ¿No me preguntas qué tal he pasado las vacaciones?

La sentía con un aire malicioso que recordó a Joséphine que la partida iba a ser dura. Shirley no suelta su presa así como así. Había sido fácil esconderle la historia del préstamo de Antoine. Era Navidad, tenía la cabeza puesta en las guirnaldas, los regalos, el pavo relleno, el tronco. Pero pasadas las fiestas, Shirley había vuelto a la vida real con la intención de hacer funcionar su «radar de malicia». Así llamaba a su nariz, tocándosela con el dedo para demostrar hasta qué punto era eficaz.

– ¿Qué tal has pasado las vacaciones? -preguntó Jo educadamente.

– Muy mal. Gary no ha dejado de poner cara de perro. Desde que tuvo a tu hija entre sus brazos, le han saltado los plomos. Suspira durante horas leyendo patéticos sonetos de amor. Erraba por los pasillos de la casa de mi amiga Mary declamando poesía siniestra y amenazando con colgarse con su jersey de cuello vuelto. Te voy a decir una cosa, Jo, hay que quitarle a esa chiquilla de la cabeza.

– Ya se le pasará, todos hemos tenido en la adolescencia un amor imposible. Y hemos sobrevivido.

– Soy yo la que no va a sobrevivir. He encontrado en su habitación veinticuatro borradores de cartas de amor tan tórridas como desesperadas. Algunas escritas en alejandrinos. No ha enviado ni una sola.

– Y con razón. Hortense es muy poco indulgente con los quejicas. Si se quiere conquistar su corazón, hay que convertirse en un marajá. Hortense tiene grandes necesidades, mayores exigencias y poca paciencia.

– Muchas gracias.

– Le gustan los vestidos bonitos, las bonitas joyas, los coches bonitos, su hombre ideal es Marión Brando en Un tranvía llamado deseo… Siempre puede empezar por hacer musculación y llevar una camiseta rota, no cuesta caro y quizás la impresione.

– Querida Joséphine, te encuentro deliciosamente sarcástica hoy. ¿Es tu nuevo secreto el que te da esa petulancia?

Hace hora y media que intento tener chispa por escrito y resulta que encuentro mi vena oralmente, pensó Joséphine despechada. Y tuvo unas imperiosas ganas de quedarse a solas.

– ¡Marión Brando! Para mí era Robert Mitchum. Estaba loquita por él. Mira, ayer vi una película muy buena en el canal cine. Con Robert Mitchum, Paul Newman, Dean Martin, Gene Kelly y Shirley MacLaine. En la época en la que se rodaba esa película, ella vivía un amor tórrido con Mitchum.

– Ah… -dijo Joséphine, distraída, buscando una excusa para quitarse a Shirley de encima.

Es increíble, se dijo, es mi mejor amiga, la quiero con ternura y ahora, en este momento preciso, podría hacerla picadillo y congelarla para que se largase con viento fresco.

Shirley había terminado de recitar el nombre de todos los actores de la película, el de la responsable de vestuario, «Edith Head, muy conocida, sabes Jo, una gran dama del vestuario, vistió a las actrices más guapas de Hollywood y ninguna película elegante se habría hecho sin ella en aquella época». Estaba contando el argumento de la película cuando Joséphine aguzó el oído.

– …Y como no quería de ningún modo convertirse en rica, busca casarse con el hombre más modesto, el más discreto con el fin de llevar una vida muy tranquila, porque, según ella, el dinero no hace la felicidad, sino justo lo contrario. ¡Es tan divertido, Jo! Porque ya puede elegir al hombre más tierno, el más modesto, que gracias a ella llega a la cima, gana mucho dinero, se mata trabajando, y ella enviuda cada vez, lo que le confirma su idea de que el dinero no hace la felicidad.

– Espera -dijo Joséphine parando a Shirley en seco-. Vuelve a contarme la historia desde el principio. No estaba escuchando.

Había puesto la mano en el brazo de Shirley y la agarraba como si su vida dependiese de ello. Shirley contempló el aspecto ávido y apasionado de su amiga y dedujo que no estaba muy lejos de descubrir el secreto que escondía Jo. Todo iba a esclarecerse. Joséphine buscaba una historia que contar. ¿Para escribir un libro? ¿Un guión? La solución del enigma se le escapaba todavía, pero no desesperaba. Shirley aceptó volver a contar la historia de Ella y sus maridos, la película de Jack Lee Thompson que había visto en la televisión.

– ¡Pero si es mi idea! ¡La idea que tuve ayer! La historia de una chica que no quiere ser ni rica ni poderosa, que se casa con hombres pobres que se vuelven grandes porque basta que ella se una a ellos para que triunfen. ¿Cómo se llama esa película?

Shirley repitió el título. Joséphine apretaba los puños de excitación.

– Nunca te he visto tan emocionada por un programa de televisión -soltó Shirley burlándose.

– ¡Es que no es un programa de televisión cualquiera! Es la historia que quería contar yo en esa maldita novela.

Se mordió los labios y se dio cuenta de que había hablado demasiado. Shirley festejó en silencio su triunfo.

– Me he traicionado.

– No diré nada. Te lo prometo, te lo juro, por estas, ¡por el mismísimo Gary!

Shirley extendió una mano para jurar y cruzó los dedos de la otra mano a su espalda porque tenía la intención de contárselo a Gary. Se lo contaba todo a su hijo. Todo lo que era importante para entender la vida. Cómo la gente te utiliza, te culpabiliza, te martiriza. Para que se ponga en guardia y desconfíe. Le contaba también el talento, el amor, los encuentros, las hermosas fiestas. No formaba parte de esos adultos que afirman que no hay que hablar de «ciertas cosas» con los niños. Aseguraba que los niños lo saben todo antes que nosotros. Poseen una intuición diabólica o angélica, a elegir, pero saben. Saben antes que sus padres que estos van a separarse, que mamá bebe a escondidas, que papá se acuesta con la cajera del Shopi o que su abuelo no ha muerto de un ataque al corazón en su cama, sino que había expirado sobre el cuerpo de una stripper en Pigalle. Tomarles por ignorantes es ofenderles. En fin, resumía ella para terminar, pensad lo que queráis, pero yo no considero que mi hijo sea un simple.

– Desde el momento en que entré aquí, me olí el cotarro -siguió Shirley intentando que Jo se confiara con el fin de que contara más cosas.

No estaba segura de haberlo entendido todo. Le faltaban algunos elementos.

– Es culpa mía -balbuceó Joséphine-, te he subestimado…

– Soy muy buena, Jo, jugando a esos juegos de la vida; he sufrido demasiado. He desarrollado cierta sensibilidad para detectar fraudes.

– ¡Pero no dirás nada!

– No diré nada…

– Se pondría furiosa si supiera que tú lo sabes…

«¿A quién se refería Joséphine? ¿A Iris?», Shirley puso cara de segura de sí misma y de que lo había comprendido todo con el fin de llevar a Joséphine al final de su confesión.

– Voy a tener que aprender a mentir.

– ¡Y no vales mucho para eso, Joséphine!

– Cuando Iris me propuso escribir para ella, al principio lo rechacé, te lo aseguro…

«¡Bingo! -pensó Shirley-, es Iris el cerebro del fraude. Lo sabía, lo sabía, pero ¿a qué juega?».

– Escribir una novela para la que tú buscas la idea…

– Sí. Me propuso intercambiar mi supuesto talento de escritora por dinero contante y sonante. ¡Cincuenta mil euros, Shirley! Es mucho dinero.

– ¿Y necesitas tanto dinero? -preguntó Shirley realmente extrañada.

– Hay otra cosa que no te he contado…

Shirley sostenía la mirada de Joséphine y la animaba a hablar. Joséphine se lo contó todo.

Shirley se cruzó de brazos y observó a Joséphine suspirando.

– No cambiarás nunca… Te vas a dejar devorar por el primer tiburón hipócrita que te encuentres. Lo que no entiendo muy bien es por qué Iris necesita hacerte escribir una novela.

– Para que ella la firme y se convierta, a ojos de todos, en una escritora. Está muy bien visto actualmente, sabes, todo el mundo quiere escribir, todo el mundo cree que puede escribir. Empezó presumiendo de ello una noche, en una cena, ante un editor…

– Sí, pero ¿por qué? ¿A quién quiere impresionar? ¿Qué va a ganar con ello?

Joséphine bajó la mirada.

– No ha querido decírmelo…

– ¿Y tú has aceptado sin saber nada?

– Me dije que eso era cosa suya.

– Pero, bueno, Jo, ¿te conviertes en cómplice de un fraude y no quieres saber el porqué? ¡Me sorprenderás siempre!

Joséphine se mordía los dedos, desgarraba la pielecilla alrededor de sus uñas y lanzaba miradas atemorizadas a Shirley.

– Lo que me gustaría es que, la próxima vez, la próxima vez que la veas, le hagas la pregunta. Es importante. Va a poner su nombre en un libro que habrás escrito tú y con ello ¿qué va a ganar? ¿La gloria? Para eso vuestro libro tendría que ser un éxito. ¿La fortuna? Te va a dar todo el dinero. A menos que haya previsto robarte… No es imposible. Te promete el dinero, pero sólo te dará una pequeña parte. Con el resto se marchará a Venezuela con su amante…

– ¡Shirley! Eres tú la que está escribiendo una novela. No me metas ideas así en la cabeza, ya estoy bastante angustiada…

– O bien escribe para obtener una coartada… Está planeando algo perverso a tus espaldas. Se encierra en una habitación, pretende que está trabajando, sale por la ventana y…

Joséphine miró a Shirley desamparada. Shirley se arrepintió de haber sembrado la duda y la angustia en la mente de Jo.

– He grabado la película de ayer, ¿quieres verla? -propuso para compensarlo.

– ¿Ahora mismo?

– Ahora mismo. Tengo mi clase en el conservatorio dentro de hora y media, si no ha acabado, te dejaré delante de la tele.

Mientras Shirley rebobinaba la película, Joséphine le contó todos los detalles: el préstamo de Antoine, la propuesta de Iris, su aprensión ante la idea de escribir, «tengo miedo de no conseguirlo, cuando entraste en la cocina, me encontraba en plena duda, buscaba la inspiración. Al final está bien habértelo contado, porque ya no estoy completamente sola. Podré confiar en ti cuando algo no vaya bien… Sobre todo, porque Iris tiene prisa, ¡debe enseñar veinte folios a su editor a finales de mes!».

Se sentaron en el sofá. Shirley pulsó la tecla del mando a distancia y gritó: «¡Motor!». Apareció entonces en la pantalla la resplandeciente, la deliciosa, la emotiva Shirley MacLaine vestida completamente de rosa, con un inmenso sombrero rosa, en una casa rosa de columnas rosas, tras un féretro rosa llevado por ocho hombres de negro. Joséphine se olvidó del libro, de su hermana, del editor, de las mensualidades del préstamo de Antoine y siguió la silueta larga, fina y rosa que descendía la escalera suspirando de pena.

– La foto del hombre de la parka, sobre el teclado, ¿la has visto? -murmuró a Shirley mientras desfilaban los títulos de crédito.

– Sí, y me dije que debías de estar haciendo algo importante para pegar su foto permanentemente bajo tus ojos, debía inspirarte…

– No ha funcionado. ¡No me ha inspirado nada!

– Conviértele en uno de los maridos y funcionará.

– Muchas gracias, me has dicho que morían todos.

– ¡El último no!

– Ay… -soltó Joséphine en voz baja-. Es que yo no tengo ganas de que se muera.

– Silly you! Ni siquiera sabes quién es.

– Me lo imagino y es maravilloso. Es casi mejor que vivir un amor en sueños, no hay riesgo de llevarse un chasco…

– ¿Y hacer el amor en sueños, cómo es?

– No he llegado a eso -suspiró Joséphine-los ojos puestos en la pantalla, donde el ataúd del difunto marido se había resbalado de las manos de los portadores mientras que Shirley Mac-Laine, imperturbable, continuaba avanzando bajo su gran sombrero rosa.

* * *

Por la noche, ya no podía descansar. El dedo amenazador de Faugeron le sacaba de su sueño; se despertaba sudando, con la almohada y las sábanas empapadas. Se ahogaba, perdía el aliento, sentía estertores, se retorcía, se asfixiaba hasta que el nudo de su garganta se deshacía y por su nariz entraba el aire fresco de la noche. Se levantaba, iba a ducharse, se vestía con un pantalón de pijama limpio y seco, escuchaba el ruido de la noche africana entrar por la ventana completamente abierta de la habitación. El graznido de los loros refugiados sobre el techo de la casa, el chillido de los monos persiguiéndose de rama en rama en las altas acacias, la rápida carrera de un impala entre las altas hierbas, todo le parecía extraño, amenazante. Durante el día, se sentía un intruso en aquellas tierras, pero por la noche era como si toda la naturaleza le gritara que se fuese, que volviese al país de los blancos, esos hombrecillos enclenques y sudorosos que no soportaban el calor de África y se atiborraban a quinina.

Escuchaba el aliento tranquilo de Mylène a su lado y no conseguía dormirse. Entonces se levantaba, bajaba al salón, se servía un whisky y salía a la terraza de madera que rodeaba la casa. Sentado en los escalones, bebía un sorbo de alcohol y después, otro y otro; sus ojos se habituaban a la oscuridad. Poco a poco, iban destacando entre las sombras unas manchas amarillas, vacilantes, alumbrándose una tras otra y que parecían converger en él: la amarillenta mirada de los cocodrilos. Afloraban a ras del agua, posadas como luciérnagas sobre la superficie muaré y negra de los estanques, mirándole. Escuchaba cómo sus colas agitaban el agua, sus cuerpos se movían lenta, pesadamente, se aproximaban a la orilla a esperar. Frente a la casa. Uno, luego dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho… Atravesaban la oscuridad como buceadores silenciosos. A veces uno de ellos abría sus grandes fauces y una fila de dientes blancos cortaba la negra noche. Después la boca se cerraba con un golpe seco y sólo percibía las rasgaduras amarillas mirándole fijamente. Hace veinte millones de años que viven en la Tierra, pensaba, que resisten a todas las catástrofes naturales, la Tierra que se agrieta, se dobla, se rompe, arde y se licúa, se hiela y se solidifica. Han visto pasar a los dinosaurios, a los primates, a los hombres a cuatro patas, a los hombres inclinados, a los hombres erguidos, a los hombres apaleados y siguen aquí, al acecho. No doy la talla frente a ellos. Me encuentro solo. Nadie con quien hablar. Y todavía sin noticias de míster Wei. Sin noticias, sin cheque, sin explicación. Su secretaria me responde siempre que sí, sí, míster Wei is going to cali you back, pero nunca le devuelve las llamadas. Don't worry, míster Tonio, he'll cali you, he'll call you, everything's all right, [4] ¡pero no! Nada era all right, no había visto un céntimo desde su llegada. Vivía de los ahorros de Mylène. Cuando llamaba a las niñas a Francia, se inventaba historias, hablaba de beneficios monumentales, prometía hacerlas venir pronto, ahora sólo era cuestión de días. Debían de sentir la tensión en su voz porque sólo respondían con monosílabos para no molestarle. ¿Y Jo? Murmuró siguiendo a un cocodrilo que venía para unirse al grupo, añadiendo dos candiles amarillos al conjunto de luces que le contemplaban. Faugeron debía de haberla puesto al corriente. Ella no había llamado. No le había dirigido el menor reproche. Sintió vergüenza. Volvió la mirada hacia las manchas amarillas y le entraron ganas de llorar. Se sentía tan cobarde. Más fuerte que la vergüenza, sentía crecer en él un miedo frío y tenaz que no le soltaba. El miedo había reemplazado a la gran seguridad de antaño, cuando se pavoneaba, por la noche, después de los safaris, bajo las tiendas de tela, bebiendo whisky. No tenía nadie a quien decir que sentía miedo. Los cocodrilos sí lo sabían. Sienten mi miedo desde el fondo del estanque y vienen a agruparse frente a mí para alimentarse de él. Esperan. Tienen todo el tiempo del mundo, todo el tiempo, no importa que les maten, saben que al final vencerán, que la fuerza bruta vence siempre. Esperan clavando sobre él su mirada amarilla.

Para aumentar su miedo. Su miedo… grande como una caverna que le devoraba.

Joséphine. Mylène. Ellas se han endurecido mientras yo me reblandezco, ellas tienen la cabeza bien colocada sobre los hombros mientras que la mía gira como una peonza. Mylène mostraba calma y serenidad cuando Pong traía el correo. No decía nada, ni siquiera necesitaba preguntar si había llegado el cheque, le miraba recoger los sobres sobre el plato de madera que le presentaba Pong, y después cortaba su filete de búfalo rayando el plato. Antoine sentía escalofríos en la espalda. Ella preguntaba: «¿Está bueno? ¿Te gusta?». Había aprendido a cocinar el búfalo haciéndolo marinar en una salsa a la menta y a la verbena salvajes, que le daba un gusto delicioso. Era un cambio después de tanto pollo.

Ella hacía proyectos porque no tenía intención de permanecer ociosa. Aprender chino, cocina china, hacer brazaletes, collares como las mujeres del mercado, venderlos quizás en Francia, fabricar productos de maquillaje con semillas y colorantes locales, abrir un cineclub, un taller de dibujo. Cada día tenía una idea nueva. Joséphine no se había molestado siquiera en descolgar el teléfono para insultarle, llamarle cobarde, ladrón. Dos mujeres en una coraza. Una piel de cocodrilo, pensó sonriendo por el atrevimiento de la comparación. Las mujeres han aprendido tan bien a ser fuertes que se han acorazado. A veces son crueles de tanto parecer impías. Tienen razón, hoy no hay que tener piedad. El veía las orillas, los bloques de piedra que delimitaban los estanques, las alambradas que impedían vagabundear a los cocodrilos. Sintió levantarse una pequeña brisa y se echó hacia atrás el pelo sobre la frente. Un cocodrilo intentaba salir fuera del agua. Había sacado su cuerpo del estanque y avanzaba sobre sus patas macizas y cortas, patas de inválido, pensó Antoine. El cocodrilo permaneció un momento con su hocico pegado al alambre de espino, intentó retorcerlo, lanzó un grito sordo y mordió varias veces la alambrada con sus fauces. Después se tumbó y cerró sus ojos amarillos como persianas que se bajan con pesar.

Ayer noche, Mylène había dicho que le gustaría volar a París. Durante una semana. «Así podrías ver a tus hijas». Y un gran agujero se había abierto en su estómago, llenándose de miedo. Se puso a sudar, a sentir arcadas; enfrentarse a Joséphine y a sus hijas, confesarles que se había equivocado, que no había sido tan buena la idea de criar cocodrilos. Que le habían engañado una vez más…

Miró ante él la hierba alta y las grandes acacias que se mecían con la brisa matinal. Me gustan el amanecer y el rocío que brilla sobre la hierba todavía húmeda, antes de que el sol la reseque. Me gustan el olor a verbena, los troncos de árbol que se dibujan en el día naciente, la bruma húmeda que se evapora con los primeros rayos de sol. ¿Soy realmente yo, Antoine Cortès, el que se sienta sobre los escalones del porche? El cocodrilo volvía a golpear la alambrada. No renunciaba. Sus grandes ojos amarillos parecían empequeñecidos por la cólera y sus garras arañaban el suelo como si quisiera excavar un subterráneo para escapar. Debe de ser un macho, pensó Antoine, ¡un buen macho! Este me dará docenas de crías. Tiene que darme crías. ¡Este maldito criadero tiene que funcionar! Tengo cuarenta años, joder, si no lo consigo ahora, estaré acabado. Nadie confiará en mí, formaré parte de los viejos, de los perdedores, ¡y de eso nada, joder! Se puso a soltar tacos para aumentar el odio que sentía crecer dentro de él, odio hacia míster Wei, odio hacia los cocodrilos, odio hacia este mundo que consideraba que si no se tenía éxito a su edad, uno sólo servía para ir a la basura, odio hacia sus dos hembras a las que nada era capaz de abatir. Asco de sí mismo, también. Sólo hace seis meses que estás aquí y ya estás dispuesto a rendirte…

Se levantó para servirse una copa, decidió coger la botella y beber directamente de ella. Si viajaba a París, pensaría un plan con Faugeron para que le pagasen. Faugeron siempre le había tratado bien. Seguramente gracias al dinero de Chef y sus relaciones con Philippe, se dijo acercando una vez más la botella a sus labios, eso no impide que sea amable, hablaré con él y encontraremos un medio para hacer pagar a ese viejo chino. ¿Quién se cree ese? ¿El emperador de China? ¡Esos tiempos terminaron!

Había pensado que al nombrar a míster Wei, el miedo se habría anudado nuevamente a su estómago, pero no pasó nada. No sólo no tenía miedo, sino que se sentía exultante. Lleno de una loca alegría, la alegría de un hombre que sabe exactamente cómo va a romperle la cara al tío que le toma el pelo desde hace meses. Sabía exactamente lo que iba a hacer: ir a París, hablar con Faugeron, poner a punto un plan y hacerse pagar. Seguramente habría un medio de sacar pasta de este Croco Park de las pelotas. ¿Quién ha puesto en marcha esta plantación de mierda? Yo, Tonio Cortès… Y nadie más. Y no un chiquillo en pantalón corto que tiene miedo de soltar la mano de su mamá, ¡no! ¡Un hombre de verdad con un buen par! Un hombre que podría incluso ir a dar un beso a ese cocodrilo sarnoso… Se echó a reír y levantó la botella a la salud del cocodrilo.

La luz del amanecer había borrado las manchas amarillas de los cocodrilos. El sol se elevaba tras el tejado de la casa con una lentitud majestuosa que llenó a Antoine de un emocionado respeto. Se inclinó mucho, simuló una reverencia y después otra, perdió el equilibrio y cayó sobre el polvo.

Se levantó, bebió un trago de la botella y después, fijándose en cada par de ojos amarillos, abrió su bragueta y soltó un chorro caliente, dorado, sonoro frente a los reptiles. Iba a demostrarles que no sólo no sentía vergüenza, sino que ya no tenía miedo y que les convenía mantenerse quietecitos.

– ¿Quieres demostrar algo orinando de esa forma frente a esas bestias asquerosas? -preguntó una voz adormilada a sus espaldas.

Se volvió y vio a Mylène que bajaba los escalones ajustándose una tela de algodón a las caderas. La miró alelado:

– ¡Qué aspecto! -soltó ella.

Se preguntó si soñaba o no había un punto de desprecio en su voz. Lanzó una carcajada que quería ser natural y se inclinó de nuevo, diciendo:

– The nexo Tonio is facing you! [5]-Habla en cristiano, por favor. Me gustaría entender lo que dices…

– No te preocupes. Yo sé lo que sé y sé que esto no va a quedarse así…

– Es exactamente lo que me temía -suspiró Mylène ajustándose el paño a su cadera-. Vamos, ven, vamos a desayunar, Pong ya está en la cocina…

Y como Antoine caminaba titubeando hacia la casa, ella elevó la voz lo bastante como para que la escuchase y soltó con tono seco:

– Me gustaría que fueses tan valiente y determinado frente a ese ladrón de Wei. Cuando pienso que estamos gastando todos mis ahorros, se me hace un nudo en la garganta.

Antoine no lo escuchó. Había tropezado con el escalón de la entrada y se había caído sobre el suelo del porche. La botella de whisky rodó por la escalera, bajó hasta el último escalón, donde terminó por verter sobre el suelo un charco de líquido ámbar que reflejó los rayos más altos del sol.

* * *

– Entonces le he dicho que os deberíais volver a ver, que era estúpido que ya no os hablaseis y ella me ha dicho que no, no mientras no se disculpe, disculpas sinceras, disculpas que vengan del corazón, no disculpas a lo tonto, fue ella la que me agredió, es mi hija, me debe un respeto. Le dije que te daría el recado y…

– Ya está todo dicho, no voy a disculparme.

– Así que de momento no vais a volver a veros…

– Estoy muy bien sin ella. No necesito ni sus consejos ni su dinero ni el amor que ella cree dar y que no es más que abuso de autoridad. ¿Te crees que mi querida madre me quiere? ¿Lo crees de verdad? Yo no lo creo, creo que ha cumplido con su deber criándonos, pero que no nos quiere. Sólo se quiere a ella misma y al dinero. A ti te respeta porque te casaste bien, porque se pavonea hablando de su maravilloso yerno, de tu gran piso, de tus amigos, de tu tren de vida, pero a mí… a mí me desprecia.

– Jo, hace casi ocho meses que no la has visto. Imagínate que le pasa algo… ¡Después de todo es tu madre!

– No le pasará nada: mala hierba nunca muere. Papá murió con cuarenta de un ataque al corazón, ella llegará a los cien.

– Ahí estás siendo mala.

– No, no soy mala, ¡estoy viva! Desde que no la veo me siento de maravilla.

Iris no respondió. Apuñaló con la mirada a una despampanante rubia que acababa de entrar riéndose a carcajadas.

– Estás cambiando, Jo, estás cambiando. Te estás endureciendo… ¡ten cuidado!

– Dime, Iris, no me has citado en este café de la puerta de Asniéres para hablarme de nuestra madre y sermonearme, ¿verdad?

Iris se encogió de hombros y suspiró.

– He pasado por la empresa de Chef antes de venir, Hortense estaba en su despacho, busca unas prácticas en el mes de junio para su escuela, puedo decirte que a los chicos del almacén les hervía la sangre. La vida se ha detenido con la llegada de Hortense…

– Lo sé, provoca ese mismo efecto en todo el mundo…

En el interior del Café des Carrefours, Jo e Iris almorzaban. Los camiones hacían temblar las vitrinas del establecimiento al frenar justo antes de girar y de meterse en la circunvalación; los clientes habituales entraban haciendo batir la puerta. Jóvenes, en su mayoría, que debían de trabajar en los despachos vecinos. Llegaban empujándose, gritaban que tenían hambre y elegían el menú de diez euros, cuarto de vino incluido. Iris había pedido huevos fritos con jamón, Joséphine una ensalada y un yogur.

– He visto a Serrurier, el editor -empezó Iris-. Lo ha leído y…

– ¿Y? -dijo Joséphine, presa de la angustia.

– Y… le ha encantado tu idea, está encantado con las veinte páginas que me has dado, me ha colmado de felicitaciones y… y…

Cogió su bolso, lo abrió y sacó un sobre que agitó en el aire.

– Me ha dado un primer anticipo. La mitad de los cincuenta mil euros… el resto me lo dará cuando le entregue la totalidad del manuscrito. Te he firmado inmediatamente un cheque de veinticinco mil euros, así, visto y no visto, para ti.

Tendió el sobre a Joséphine, que lo tomó con infinito respeto. De pronto, cuando cerraba su bolso, una pregunta le atormentó:

– ¿Cómo vas a hacer con los impuestos? -preguntó a Iris.

– Tienes lechuga en los dientes -la interrumpió Iris haciendo el gesto de limpiarse los dientes.

Joséphine asintió y planteó de nuevo la pregunta.

– No te preocupes, Philippe no se dará cuenta. De todas formas, no es él el que hace la declaración sino un contable, y paga tantos impuestos que no es eso lo que cambiará mucho las cosas.

– ¿Estás segura? ¿Y yo? ¿Y si me preguntan de dónde viene ese dinero?

– Dirás que es un regalo de tu hermana que está forrada.

Joséphine hizo una mueca de duda.

– Deja de preocuparte, Jo. Aprovéchate, aprovecha… ¿No es maravilloso? Nuestro proyecto ha sido aceptado, con las felicitaciones del jurado.

– No me lo puedo creer. ¡Y tú me hablas de nuestra venenosa madre! ¿Te das cuenta, Iris? ¡Le ha gustado! ¡Le ha gustado mi idea! ¡Ha firmado un cheque de veinticinco mil euros sólo por mi idea!

– Y por los veinte folios que has escrito… Muy astuto, tu plan. Dan ganas de leer lo que sigue.

Joséphine, durante un instante, tuvo la tentación de pedir un chucrut para celebrar el acontecimiento, pero se resistió.

– ¿No es genial, hermanita? -preguntó Iris, con un reflejo azul en sus ojos abiertos como platos-. ¡Vamos a ser ricas y famosas!

– La riqueza para mí, la fama para ti.

– ¿Te molesta?

– No. Al contrario. Así puedo escribir lo que quiera: nadie sabrá que soy yo. Me quita algo de angustia, ¡te lo juro! ¡Y además sería totalmente incapaz! Cuando veo lo que hay que hacer y decir para salir en la tele, me dan ganas de meterme en la cama.

– Pues para mí va a ser divertido. Estoy harta de mi imagen de mujer correcta, Jo, ya no puedo más…

Iris permaneció un momento ensimismada, compartiendo el silencio de Joséphine, que miraba amorosamente su bolso. Después su mandíbula siguió masticando y se golpeó la frente con la mano.

– Casi me olvido. Quería enseñarte un artículo de prensa que he recortado para ti.

Introdujo la mano en su bolso y sacó un periódico doblado en dos, que abrió delicadamente, buscando el artículo que le interesaba.

– Aquí está. Es un retrato de Juliette Lewis, ya sabes, la antigua actriz de cine… en fin, cuando digo antigua, debe de tener poco más de treinta años, pero ya no le ofrecen papeles, así que se ha reconvertido a la canción. Escucha bien lo que dice el artículo. «Juliette Lewis lidera ahora un grupo de rock, Juliette and the Licks, Juliette y los Lametones, un nombre que incita a la provocación por sí mismo, sobre todo cuando el joven que se ocupa de las relaciones con la prensa de los Lametones confirma que Juliette Lewis aparece en el escenario con esas bragas bastante escuetas que bien podemos llamar tangas. «Sí, a veces enseña buena parte del trasero», afirma el tal Chris en el mismo instante en el que Juliette viene hacia nosotros diciendo Here we go, man, con esa voz ronca que todos conocemos…

– Me parece una tontería…

– ¡Pues yo estoy dispuesta a jugar a eso!

– ¿A enseñar el tanga?

– A fabricar imágenes como esas para vender el libro.

Joséphine miró a su hermana y se preguntó si no estaría cometiendo una enorme estupidez al convertirse en su cómplice.

– Iris, ¿estás hablando en serio?

– Pues claro, zoquete. Voy a montar un show… Un auténtico show que planearé hasta el mínimo detalle, y tengo la intención de reventar la pantalla. Él, Serrurier, no para de decírmelo, «con sus ojos, sus relaciones, su belleza…». Todo eso es mejor que tus deditos sobre tu teclado y toda tu erudición. Para vender, quiero decir, para vender…

Se echó su larga cabellera negra hacia atrás, extendió los brazos al cielo como si abriese un camino real y suspiró:

– Me aburro tanto, Jo, me aburro tanto…

– ¿Por eso lo haces? -preguntó Jo tímidamente.

Iris abrió los ojos de par en par y pareció no comprender.

– Pues, sí. ¿Qué otra razón habría?

– Precisamente me gustaría saberlo. El otro día, en el tren, me dijiste que te sacaba de un apuro… Incluso empleaste la palabra «atolladero», así que me preguntaba…

– ¡Ah! Te dije eso.

Hizo una mueca como si Joséphine acabase de traerle un mal recuerdo.

– Me dijiste eso exactamente, y creo que tengo derecho a saber.

– Pero, qué dices, Jo. ¡Derecho a saber!

– Pues, sí… Me embarco contigo en una galera y me parece justo tener las mismas cartas que tú en la mano.

Iris sopesó a su hermana pequeña con la mirada. Joséphine estaba cambiando. Más luchadora, más audaz. Comprendió que no podía callar, lanzó un largo suspiro y lo soltó, sin mirar a Jo:

– Es por culpa de Philippe. Tengo la impresión de que se aleja de mí, que ya no soy la última maravilla del mundo. Tengo miedo, que me abandone y pienso que, escribiendo este libro, le seduciría de nuevo.

– ¿Porque lo amas? -preguntó Joséphine, con esperanza en su voz.

Iris le lanzó una mirada mezcla de piedad y exasperación.

– Podemos llamarlo así. No quiero que me deje. Tengo cuarenta y cuatro años, Jo, no encontraré otro como él. Mi piel se va a arrugar, mis senos van a caer, los dientes van a amarillear, el pelo se va a aclarar. El me ofrece una vida de oro, quiero conservar mi casa, mi chalet en Megéve, los viajes, el lujo, la tarjeta Oro, el estatus de señora Dupin. Ya ves, soy honesta contigo. No soportaría caer en una vida banal, sin dinero ni relaciones ni evasión… Y, además, quizás le ame después de todo.

Había apartado su plato y encendido un cigarrillo.

– ¿Ahora fumas? -preguntó Joséphine.

– ¡Es por mi personaje! Me estoy entrenando. Josiane, la secretaria de Chef…, tenía un paquete guardado, ha dejado de fumar, y me lo ha dado.

Joséphine recordó la escena que vio en el andén de la estación: Chef besando a su secretaria, instalándola en el tren como si llevara el santo sacramento. No había hablado de ello con nadie. Sintió un escalofrío y pensó en su madre: ¿qué pasaría con ella si Chef la abandonaba para rehacer su vida?

– ¿Tienes miedo de que te deje? -preguntó suavemente a Iris.

– Nunca había pensado en ello… pero desde hace algún tiempo, sí, tengo miedo. Siento que está alejándose de mí, que ya no me mira con los mismos ojos. He tenido celos incluso de vuestra complicidad en Navidad. Te habla con más afecto y consideración que a mí…

– ¡Qué tonterías dices!

– Pues, no. Soy extremadamente lúcida. Tengo muchos defectos, pero no estoy ciega. Siento cuándo intereso a los demás o no. Y no soporto provocar indiferencia.

Siguió las volutas de humo de su cigarrillo y pensó en su encuentro con Serrurier. En el pequeño despacho donde la había recibido. La boca desbordando alabanzas, los ojos brillantes de interés. Se sentía revivir. El se mostraba a la vez impaciente y respetuoso. Fumaba su gran cigarro cuya áspera humareda invadía el despacho e imaginaba la trama del relato inventado por Joséphine. «Muy buena la idea de esa chica que quiere retirarse en un convento y a la que obligan a casarse. Muy buena la idea de que la chica anime a sus maridos, se encuentre cubierta de oro y de gloria y enviude cada vez. Muy buena la idea de la humildad que ella persigue con obstinación y que se le escapa, muy buena la de hacerla cambiar de entorno, enfrentarla a un caballero, a un trovador, a un predicador, a un príncipe de Francia…». Caminaba de un lado a otro del despacho dando vueltas. «Es moderno, deliciosamente anticuado, cómico, ingenuo, mezquino, ¡popular! Debería añadir un punto de misterio y sería perfecto. A la gente le vuelven locas las intrigas que mezclan la historia de Francia, religión, asesinatos, amor, Dios y el diablo… pero usted lo hará bien, ¡no quiero influirla! Lo que he leído me ha encantado. Para ser honesto, no pensaba que una cabeza tan bonita encerrara tanto saber y tanto talento… ¿Y dónde ha encontrado esa historia de los grados de humildad? ¡Es magnífico! ¡Magnífico! Transformar a una mujer que se martiriza para ser humilde en protagonista a su pesar. ¡Qué idea genial!». Entusiasmado, le había estrechado la mano de forma calurosa y vibrante. Después le había dado el cheque, añadiendo que estaba listo para darle el resto cuando quisiera. Iris había preferido ocultar ese detalle a Joséphine. Había salido del despacho de Serrurier con el corazón latiendo con fuerza y las piernas temblorosas.

– ¿De dónde has sacado esa historia de los grados de humildad? -preguntó intentando ocultar su admiración.

– De la regla de san Benito… pensé que estaría bien para una chica que sueña consagrarse a Dios. Ella se dedica a no ser más que una pobre sirvienta al servicio de los hombres, franquea humildemente cada grado…

– ¿Y en qué consiste exactamente esa regla? Tendrás que explicármelo.

– Según san Benito existen varios grados de abnegación para llegar a la perfección y a Dios. Es lo que él llama la escala de la humildad. La Biblia dice: «Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado». En los primeros escalones, se te pide que vigiles tus deseos, tu egoísmo, y que obedezcas a Dios en todo. Luego aprendes a dar, a amar a quien te reprende o te calumnia, a ser paciente y bueno. El sexto escalón es estar contento con la condición más ordinaria y la más baja. En lo que se le ordena hacer, el monje piensa que es un mal obrero e incapaz. Repite en acto de contrición: «No soy nada de nada y no sé nada. Soy como un animal ante Ti, mi Señor. Sin embargo, siempre estoy a tu lado». El séptimo escalón no es sólo decir: soy el último y el más miserable, también debe creerse de corazón. Y así, seguidamente… hasta el decimosegundo escalón, hasta que no eres más que una miserable cucaracha al servicio de Dios y de los hombres y que sólo creces convirtiéndote en nada. Mi protagonista, al principio del libro, antes de que sus padres intervengan, sueña con poner en práctica la regla de san Benito…

– Pues bien, ¡él ha encontrado esa idea genial!

– Charles de Foucault, por ejemplo, se humilló toda su vida. Santa Teresa de Lisieux también…

– Dime, Jo, ¿no te estarás volviendo un poco mística tú también? Ten cuidado, ¡vas a terminar en un convento!

Joséphine decidió no responder.

– Dime… -retomó Iris al cabo de un largo instante de silencio-, si has decidido seguir los caminos de la santidad, ¿por qué no perdonas a nuestra madre?

– Porque sólo estoy en el primer escalón. No soy más que una humilde aprendiz. Y, además, te recuerdo que no soy yo, sino mi protagonista. ¡No te confundas!

Iris sacudió la cabeza riéndose.

– Tienes razón. Lo mezclo todo. En todo caso le ha gustado, es lo principal. El nombre de tu protagonista también: Florine. Es bonito Florine. ¿Bebemos una copita de champán a la salud de Florine?

– No, gracias. Debo mantener la cabeza fría para trabajar esta tarde. ¿Y cuándo quiere publicar mi libro?

– Nuestro libro, Joséphine, no lo olvides. Y cuando se ponga a la venta, será MI libro. No vayas a meter la pata.

Joséphine sintió un pinchazo en el corazón. Ya se había encariñado con su historia, con Florine, con sus padres, sus maridos. Se dormía por las noches eligiendo sus nombres, el color de su pelo, de sus ojos, definiendo su carácter, inventándoles una vida, un pasado, un presente, dibujando una granja, un castillo, un molino, una tienda, caracoleaba con los caballeros, aprendía a hacer el pan, comenzaba un enorme tapiz, vivía sus vidas y le costaba dormirse. Es mi historia, eso tenía ganas de decirle a su hermana.

– Estamos en febrero… Creo que lo sacará en octubre o noviembre próximo. En septiembre salen todas las novedades, demasiado lío. Tendrás que entregar el manuscrito en julio. Eso te deja seis, siete meses para escribirlo… es suficiente, ¿no?

– No lo sé -respondió Joséphine, molesta de que su hermana le hablase como a una secretaria.

– Te las vas a arreglar muy bien. Deja de preocuparte. Pero sobre todo, Jo, sobre todo, ¡ni una palabra a nadie! Si queremos que nuestro plan funcione, no hay que decírselo a nadie, absolutamente a nadie. Lo comprendes…

– Sí -suspiró Jo con una vocecita débil.

Hubiese querido responder a su hermana que no era un «plan», estás hablando de mi libro, mi libro… Dios, se dijo, soy demasiado sensible, me afecta todo, me siento herida por cualquier cosita.

Iris tendió su brazo hacia el camarero y pidió una copa de champán. «¿Una sola?», preguntó extrañado. «Sí, soy la única que va a celebrar algo». «A mí me gustaría celebrarlo con usted», declaró él, hinchando el torso. Iris posó sobre él sus grandes ojos azules llenos de confusión y el camarero se alejó canturreando una estrofa de Carmen: «El amor es hijo de la bohemia, no conoce ley alguna… Si tú no me quieres, yo te quiero, y si te quiero, ten cuidado».

* * *

– Y bien, ¿todavía nada?

– Nada de nada… ¡estoy desesperada!

– No te preocupes, es normal. Tomas la píldora desde hace años y esperas que, ¡chas!, con un chasquido de tus dedos se forme el embrión. Paciencia, paciencia. Ya llegará el niño divino, pero a su hora.

– Quizás soy demasiado vieja, Ginette… pronto treinta y nueve años. ¡Y Marcel volviéndose loco!

– Me hacéis gracia vosotros dos, parecéis una pareja de recién casados. ¡Ni siquiera hace tres meses que lo intentáis!

– Me ha obligado a hacerme análisis para verificar que todo funciona bien. ¡Y eso que a mí basta con mirarme para quedarme embarazada!

– ¿Ya has estado embarazada?

Josiane asintió con aire contrito.

– ¡Y he abortado tres veces! Así que…

– Entonces quizás tema que te hayas dañado.

– ¡Estás loca! No le he dicho nada. ¡Chitón!

– ¿Has abortado a un pequeño Grobz? -preguntó Ginette, estupefacta.

– ¿Y tú qué te crees? ¿Que iba a jugar a la Virgen María? Yo no tengo un José. Y Marcel, que se caga delante de la Escoba, no inspiraba seguridad… Frente a ella no es un hombre, es un puñado de polvo. Incluso ahora tengo dudas. ¿Quién me dice a mí que va a reconocerlo, a mi pequeño, una vez me haya hecho el bombo?

– Te lo ha prometido.

– Sabes bien que las promesas sólo comprometen a los que las reciben.

– Oh, ahí te pasas, Josiane. ¡No esta vez! Está que no vive, no habla más que de eso, se ha puesto a régimen, va en bicicleta, come cosas bio, ha dejado de fumar, se toma la tensión mañana y noche, se sabe de memoria todos los catálogos para bebés, a punto está de ponerse a probar pijamitas.

Josiane la miró dubitativa.

– Bueno… En fin, eso se verá cuando haya plantado la semillita. Pero te prevengo, si se arrodilla otra vez delante de la Escoba, yo me desentiendo y lo mando todo a paseo, al padre y al hijo.

– ¡Atención! Que viene.

Marcel subía por las escaleras, seguido por un hombre corpulento que resoplaba en cada escalón. Entraron en el despacho de Josiane. Marcel presentó al señor Bougalkhoviev, un hombre de negocios ucraniano, a Ginette y a Josiane. Las dos mujeres se inclinaron sonriendo. Marcel lanzó una mirada tierna a Josiane y le rozó la base del cráneo con un beso una vez que el ucraniano entró en su despacho.

– ¿Qué tal, bomboncito?

Había posado la mano sobre su vientre y Josiane la retiró gruñendo.

– Deja de escudriñarme como a una gallina, voy a terminar poniendo un huevo.

– ¿Todavía nada?

– ¿Desde esta mañana? -respondió ella con una sonrisa irónica-. No nada de nada, nadie en el horizonte.

– No te burles, bomboncito.

– No me burlo, me canso, exactamente.

– ¿Queda whisky en mi despacho?

– Sí, y hielo en el minibar. ¿Esperas emborrachar al ucraniano?

– Si quiero que firme mis condiciones, habrá que pasar por eso.

Se incorporó, entró en su despacho y, antes de cerrar la puerta, susurró a Josiane:

– ¡Ah! Que nadie nos moleste hasta que no me lo haya camelado.

– De acuerdo… ¿ni siquiera teléfono?

– Salvo si es urgente. Te quiero, bomboncito. Soy el más feliz de los hombres.

Desapareció y Josiane lanzó una mirada de impotencia a Ginette. ¿Qué quieres que haga con un hombre así?, parecían decir sus ojos. Desde que Marcel le había propuesto tener un bebé, no le reconocía. En Navidad la había enviado a una estación de esquí. La llamaba todos los días para saber si respiraba correctamente, se inquietaba cuando tosía, la instaba a consultar a un médico inmediatamente, le ordenaba comer carne roja, tomar vitaminas, dormir diez horas diarias, beber zumo de naranja y de zanahoria. Leía y releía Espero un hijo, tomaba notas, las comentaba por teléfono, se informaba de las distintas formas de dar a luz, «y sentada, ¿te lo has pensado? Es como se daba a luz antes y para el bebé es menos fatigoso, baja suavemente, no necesita luchar para encontrar la salida, podríamos encontrar una matrona que estuviese de acuerdo, ¿no?». Ella caminaba durante horas sobre la nieve pensando en ese hijo. Se preguntaba si sería una buena madre. Con la madre que he tenido… ¿se nace madre o se hace una después? ¿Y por qué mi propia madre nunca fue maternal? ¿Y si, a mi pesar, repito su comportamiento? Sentía un escalofrío, se ajustaba el cuello de su abrigo y retomaba su camino. Volvía exhausta al hotel cuatro estrellas que le había reservado Marcel, pedía un potaje y un yogur en su habitación, encendía la televisión y se metía entre las sábanas suaves y cálidas de la inmensa cama. A veces pensaba en Chaval. En el cuerpo delgado y nervioso de Chaval, en sus manos sobre sus senos, en su boca que la mordisqueaba hasta que ella suplicaba que parase. Sacudía la cabeza para alejarlo de su mente.

– ¡Me voy a volver loca! -suspiró Josiane en voz alta.

– Dime, ¿sueño o se ha puesto implantes Marcel?

– No sueñas. Y una vez a la semana, se hace una limpieza de cutis en un instituto de belleza. Quiere ser el papá más guapo del mundo.

– ¡Qué bonito!

– No, Ginette. ¡Qué angustioso!

– Bueno, suelta el albarán de entrega que te he pedido. Tengo una mercancía que acaba de llegar y René me ha pedido que la compruebe…

Josiane buscó entre los papeles apilados en su bandeja, encontró el que le pedía Ginette y se lo tendió. Al salir del despacho de Josiane, Ginette se cruzó con Chaval.

– ¿Está ella dentro?

– «Ella» tiene nombre, te recuerdo.

– Bueno, ya vale… No me voy a comer a tu amiguita.

– Ten cuidado Chaval, ¡ten cuidado!

El la empujó con el hombro y entró en el despacho de Josiane.

– Y bien, guapita, ¿seguimos todavía con el Viejo?

– ¿Y a ti qué te importa dónde pongo el culo?

– Calma, calma. ¿Está dentro? ¿Puedo verle?

– Ha pedido que no se le moleste bajo ningún concepto.

– ¿Incluso si tengo algo importante que decirle?

– Exacto.

– ¿Muy importante?

– Es un gran cliente. No das la talla, fideo.

– Eso es lo que tú te crees.

– ¡Y con razón! Ya volverás cuando quiera recibirte.

– Entonces será demasiado tarde…

Hizo ademán de marcharse, esperando a que Josiane le llamara. Como no se movió, se volvió, molesto, y preguntó:

– ¿No tienes ganas de saber de qué se trata?

– Ya no me interesas nada, Chaval. Levantar una ceja para mirarte me cuesta un esfuerzo sobrehumano. Hace dos minutos que estás aquí y ya tengo agujetas.

– ¡Oh! ¡Cómo se pone el pichoncito! Desde que se ha vuelto a meter en la cama del gran jefe, arrulla de suficiencia, eyacula de pretensión.

– Y sobre todo, está en paz. Y eso, pequeño, vale por todas las canas al aire del mundo. Gorgojeo de placer.

– Es una de las alegrías de la vejez.

– ¡Eh tú, Ben Hur, para el carro! No porque tengas tres años menos que yo vas a presumir de ser un jovencito. Los achaques te acechan a ti también.

El sonrió con aire de suficiencia; el fino bigote dibujado con maquinilla de afeitar formó un sombrerito puntiagudo y dejó caer, despreocupado:

– Me es igual decírtelo a ti porque él te lo dice todo: ¡me largo de aquí! Me han propuesto la dirección de Ikea Francia y he dicho que sí…

– Y te han venido a buscar, a ti. ¿Tienen pensado hundir la empresa?

– Sí, tú ríete. Eras la primera en querer ponerme en la cima. No debo de ser tan malo. ¡Me han llamado ellos, viejita! No he tenido que levantar un dedo meñique, han venido a contratarme ellos. Doble salario, ventajas varias, me han cubierto de oro y he dicho que sí. Como soy un tío correcto, he venido a prevenir al Viejo. Pero se lo dirás tú cuando tengáis un momento de reposo sobre la almohada… Y hablaremos para arreglarlo todo. Cuanto antes mejor, no tengo ganas de enmohecer aquí. Ya me están creciendo hongos y eso me irrita… Voy a acribillaros a los dos, a quemarropa, cariño. ¡A quemarropa!

– Hay que ver el miedo que me das, Chaval, me pones la carne de gallina.

Y le miró de arriba abajo.

– Mira, ya que hablamos de carne… he conocido a la señorita Hortense esta mañana. Un buen lotecito esa chiquilla. Tiene un movimiento de caderas que derretiría a Juana de Arco…

– Tiene quince años.

– Ah, pues parece que tenga veinte bien llevados. Debe de hundirte la moral. Tú que estás cercana a la menopausia.

– Lárgate, Chaval, lárgate. Le daré el recado y él te llamará.

– Como usted desee, mi buena señora y… ¡ten cuidado con el Viagra!

Soltó una risa malvada y se fue.

Josiane se encogió de hombros y escribió una nota para Marcel: «Citar a Chaval. Ikea le ha hecho una propuesta. La ha aceptado…». Recordó que hace menos de un año ella rodaba entre los brazos de Chaval. Ese hombre tiene algo de malvado, de vicioso que atrae y vuelve loca. ¿Por qué la virtud no me hace el mismo efecto? Debo de estar viciada yo también…

El problema de la desubicación, pensó Marcel contemplando los ojos rasgados del ucraniano sentado frente a él, cubierto con un abrigo de pata de gallo, es que hay que deslocalizar todo el tiempo. Apenas se ha encontrado un país jugoso en el que la hora de trabajo es barata, las cargas sociales inexistentes y la mano de obra moldeable a merced entra en Europa o en otra maquinaria de esas y deja de ser rentable. Pasaba su tiempo cambiando sus fábricas de sitio, buscando intermediarios que le vendiesen locales y personal llave en mano, pagando sobornos a diestro y siniestro, aprendiendo los usos y costumbres locales, y apenas se había instalado había que mudarse. Siempre más al este. Hacía el camino inverso al sol. Tras Polonia y Hungría, le llegaba el turno a Ucrania y abrirse y ofrecerse. Sería mejor ir directamente a China. Pero China estaba lejos. Y era difícil. Ya había instalado allí varias fábricas. Le haría falta un brazo derecho. ¡Y Marcel Júnior se hacía de rogar! No aguantaría hasta su mayoría de edad…

Suspiró y volvió a la conversación del ucraniano. Le volvió a servir un vaso de whisky, añadió dos cubitos, se lo tendió con una gran sonrisa empujando el contrato hacia él. El hombre levantó una nalga para atrapar el vaso, sacó un bolígrafo, le quitó la capucha, ya está, se dijo Marcel, ¡ya está! Va a firmar. Pero el hombre dudó… sacó un grueso sobre del bolsillo de su chaqueta, se la tendió a Marcel diciendo: «Son mis gastos de este viaje, ¿podría ponerlos en su cuenta?». «No hay problema», afirmó Marcel que lo abrió, echó un vistazo al montón de papeles arrugados, tiques de restaurante, una factura exorbitante de hotel, facturas de grandes boutiques, una caja de champán, perfumes de Yves Saint Laurent, un anillo y un brazalete Mauboussin. Todas las facturas habían sido libradas a nombre de Marcel Grobz. ¡Listillo, el ucraniano! Sólo le quedaba pagar y abonar las locuras de ese cerdo grasiento. «No hay problema», aseguró haciendo un guiño al ucraniano que esperaba con el bolígrafo levantado, «no hay problema», repitió. «Lo paso a contabilidad y me encargo de todo», amplió su sonrisa para hacer comprender al hombre inmóvil que todo estaba arreglado, ¿a qué espera para firmar, qué quiere este todavía? El hombre esperaba y sus ojitos brillaban con rabiosa impaciencia, «sin problema, es usted mi amigo y… cada vez que venga a París, será usted mi invitado».

El hombre sonrió, se relajó, sus ojos se convirtieron en dos fisuras sin luz, dejó caer el bolígrafo sobre el contrato y firmó.

* * *

Philippe Dupin apoyó los pies sobre la mesa de su despacho y comenzó la lectura de un caso que le había dado Caroline Vibert. La nota decía: «Estamos en un callejón sin salida, no encontramos solución, hay que aconsejar al cliente que compre pero se resiste a invertir, sin embargo aparentemente sólo la fusión salvaría el negocio, ya no hay sitio para dos rivales de esa categoría en el mercado francés…». Suspiró y retomó el caso desde el principio. Era el final del negocio textil en Francia, eso seguro, pero un negocio como Labonal sobrevivía y obtenía beneficios porque se había especializado en el calcetín de gama alta. Las empresas francesas deberían especializarse en el lujo y la calidad, y dejar a los chinos la gama baja. Sería necesario que cada país europeo se especializara en lo que mejor sabía hacer para afrontar la globalización. Para eso hacía falta dinero: comprar maquinaria nueva, registrar patentes, invertir en investigación, en publicidad. ¿Cómo hacer que el cliente entienda eso? Contaban, pues, con él para encontrar los argumentos necesarios. Dejó caer sus zapatos, agitó los dedos de los pies en sus calcetines. Labonal, remarcó. Los ingleses lo han entendido desde hace mucho tiempo. Ya no tienen industria pesada, sólo servicios, y su país funciona como la seda. Suspiró. Quería a su viejo país, quería a Francia, pero asistía, impotente, al naufragio de sus más hermosas empresas por falta de movilidad, de imaginación, de audacia. Habría que cambiar las mentalidades, explicar, hacer pedagogía, pero ningún dirigente quería arriesgarse. El riesgo de ser impopular un cuarto de hora para salvar el futuro. Sonó el teléfono. La línea directa con su secretaria.

– Un tal míster Goodfellow quiere hablar con usted, ha dicho que es importante… Insiste.

Philippe se incorporó y frunció el ceño.

– Lo cogeré. Pásemelo.

Escuchó un clic y la voz de Johnny Goodfellow rápida, entrecortada, mitad en inglés, mitad en francés.

– Hello, Johnny! How are you?

– Fine, fine. Nos han descubierto, Philippe…

– ¿Cómo? ¿Descubierto?

– Me siguen, estoy seguro… Han puesto un detective siguiendo mis pasos.

– ¿Estás seguro?

– Lo he comprobado… El hombre es un detective privado. Lo he hecho seguir a mi vez. No es muy bueno. Un aficionado. Tengo su nombre, la dirección de su agencia, una agencia de París, sólo queda identificarlo… ¿qué hacemos?

– Wait and see! -dijo Philippe-. Just give me his name and the number where I can reach him and I'll take care of him… [6]-¿Seguimos o lo dejamos? -preguntó Johnny Goodfellow.

– Por supuesto que seguimos, Johnny.

Hubo un silencio al otro lado del teléfono y Philippe prosiguió:

– Seguimos, Johnny. ¿OK? Yo me encargo del resto. El lunes que viene, en Roissy, como habíamos previsto.

– OK…

Un nuevo clic y Philippe colgó. Así que le seguían. ¿Quién tenía interés en seguirle? Ni él ni Goodfellow hacían mal a nadie. Era un asunto privado. Privado al cien por cien. ¿Un cliente que buscaba inmiscuirse en su vida para chantajearle? Todo era posible. Algunos casos de la agencia eran muy importantes. A veces su arbitraje decidía la suerte de cientos de empleados. Miró el trozo de papel en el que había escrito el nombre del detective y el teléfono de su agencia y decidió llamar más tarde. No temía nada.

Retomó su caso pero le costó concentrarse. A menudo tenía la tentación de dejarlo todo. Con cuarenta y ocho años, ya no tenía nada que demostrar. Había ganado mucho dinero, se había asegurado el futuro, podría alimentar a varias generaciones de Dupin. Soñaba cada vez más con vender su negocio y conservar un estatus de consultor. Retirarse y dedicarse a lo que amaba. Quería estar en compañía de su hijo. Alexandre crecía, y su hijo se convertía en un extraño. «Hola, papá, ¿qué tal, papá?». Y desaparecía en su habitación, largo, delgado y desgarbado con unos cascos en las orejas. Si Philippe intentaba empezar una conversación, no la oía. ¿Cómo reprochárselo? Volvía a su casa la mayor parte de las veces con casos debajo del brazo. Se encerraba en su despacho tras una comida rápida y sólo salía cuando Alexandre estaba acostado. Sin contar con las noches en las que Iris y él salían. No quiero dejar pasar a mi hijo, articuló en voz alta mirándose la punta de sus calcetines Labonal de costura perfecta. Fue Iris la que me los compró. Los compraba por docenas: azules, grises, negros. Altos. Bien ajustados a la pantorrilla. No se ensanchan tras el lavado. El otro día había tenido una idea: iba a escribir una larga carta a su hijo. Todo lo que no podía decirle en voz alta, lo pondría por escrito. No está bien que ese chico no vea más que mujeres. Su madre, Carmen, Babette, sus primas Hortense y Zoé… ¡Está rodeado de mujeres! Va a cumplir once años, ya es hora de que lo saque de ese gineceo. Ir juntos a ver el fútbol, el rugby, al museo. ¡Nunca lo he llevado a ver el Louvre! Y no va a ser su madre la que piense en ello… Se había dicho voy a escribirle una larga carta en la que le diré que le quiero, que no se enfade conmigo por no tener tiempo para ocuparme de él, le contaré mi infancia, cómo era yo a su edad, las chicas y las canicas, todavía jugábamos a las canicas en mi época, ¿a qué juega él? Ni siquiera lo sé. Philippe había comprado un ordenador portátil para su uso personal. Quería aprender a escribir sin mirar las teclas. Había contratado una mecanógrafa para que le enseñase lo esencial del método y, después, se las arreglaría solo. Siempre quería hacerlo todo a la perfección. «Carta a mi hijo». Sería una hermosa carta. Metería en ella todo su amor. Se disculparía como ningún padre ha hecho nunca con su hijo. Le propondría volver a empezar de cero. Se despeinó, quitándose la raya demasiado recta. Sonrió pensando en Alexandre. Retomó su caso. Ante todo habría que encontrar el dinero. ¿Ofrecer la compra de la empresa a los empleados para implicarlos en su recuperación? ¿Cómo empezaría su carta? ¿Alex, Alexandre, hijo mío? Podría preguntárselo a Joséphine. Ella lo sabría. Cada vez se dirigía más a Joséphine. Le gustaba hablar con ella. Me gusta su sensibilidad. Siempre tiene buenas ideas. Es brillante y no lo sabe. ¡Y tan discreta! Siempre en el quicio de la puerta como si tuviera miedo de molestar. «Creo que voy a liquidar la empresa y retirarme -había soltado el otro día delante de ella-, me aburro, esta profesión es cada vez más dura, mis colaboradores me aburren». Ella había protestado: «¡Pero si sois los mejores de todo París!». «Sí, son buenos, pero se están resecando y, desde el punto de vista humano, ya no tienen demasiado interés, ¿sabes lo que me gustaría, Jo?». Ella había negado con la cabeza. «Me encantaría convertirme en consultor… Dar mi opinión de vez en cuando y tener tiempo para mí». «¿Ya qué te dedicarías entonces?». El la había mirado y había contestado: «¡Buena pregunta! Tendría que empezar de cero, encontrar algo nuevo». Ella había sonreído y dicho: «Qué gracioso que digas siempre "de cero", ¡tú, que ganas tantos ceros!».

Él le había hablado de Alexandre y ella había añadido: «Se siente inquieto, te necesita, necesita que pases tiempo con él. Estás ahí pero, al mismo tiempo, no estás… La gente se cree que lo importante es la calidad del tiempo que pasan con sus hijos, pero también es importante la cantidad, porque un niño no habla bajo pedido. A veces podemos pasar todo el día con él y es por la noche, en el coche, cuando vuelves a casa que, de golpe, se decide a revelar un secreto, una confidencia, una angustia. Piensas que has esperado todo este tiempo, todo este tiempo que creías perdido y que finalmente no lo era… -Se había sonrojado y había dicho-: «No sé si me explico». Se había marchado, un poco encogida, llevándose tres nuevos contratos para traducir. Parecía cansada. Iba a subirle la tarifa de las traducciones.

La había vuelto a llamar y le había preguntado: «¿No necesitas nada, Jo? ¿Estás segura de que te las vas a arreglar?». Ella había respondido: «Sí, sí». Se lo había pensado un instante y había añadido:

– Sabes, Iris sabe que trabajo para ti…

– ¿Cómo lo ha sabido?

– Por la abogada Vibert… Tomaron el té juntas. Está algo molesta porque no le hayas dicho nada, así que quizás deberías…

– Lo haré, prometido. No me gusta mezclar familia y trabajo… Tienes razón. Resulta idiota por mi parte. Sobre todo, porque no es un terrible secreto, ¿eh? ¡Los dos somos unos conspiradores de pena! No sabemos mentir bien…

Ella parecía terriblemente incómoda por ese último comentario.

– ¡No te sonrojes así, Jo! Hablaré con ella, te lo prometo. ¡Debo hacerlo si quiero empezar de cero!

Y se había echado a reír. Ella, le había mirado, incómoda, y había salido de su despacho andando hacia atrás.

Qué mujer tan extraña, se había dicho. Tan diferente de su hermana. Es para pensar que fue cambiada en la maternidad y que los Plissonnier se fueron con el bebé equivocado. No me extrañaría enterarme un día. Qué cara pondría Henriette si descubriese eso. Se le caería su eterno sombrero.

Caroline Vibert abrió la puerta de su despacho.

– Y bien, ¿has encontrado alguna estrategia para el caso que te pasé?

– No, no hago más que soñar despierto. No tengo ganas de trabajar. Creo que voy a invitar a mi hijo a comer, ¡hoy es miércoles!

Caroline Vibert le miró, con la boca abierta, y vio cómo llamaba al móvil de Alexandre, que gritó de alegría ante la idea de ir con su padre a comer a su restaurante preferido. Philippe Dupin puso el altavoz del teléfono para que la alegría de su hijo resonara en el despacho.

– Y después, hijo, te llevaré al cine y tú elegirás la película.

– No -gritó Alexandre-, vamos al parque y practicamos tiros a puerta.

– ¿Con este tiempo? ¡Nos vamos a llenar de barro!

– ¡Sí, papá, sí! Tiramos penaltis y, si los paro, tú me dices bravo.

– De acuerdo, tú decides.

– Yes! Yes!

La señora Vibert se llevó un dedo a la sien y lo hizo girar, haciendo entender a Philippe que estaba completamente loco.

– Los calcetines franceses tendrán que esperar… Me largo, tengo cita con mi hijo.

* * *

Primero escuchó el ruido de sus pasos en el portal. Las paredes alicatadas de loza amarillo pálido, el friso azul, el gran espejo para mirarse de arriba abajo, el buzón, todavía con la tarjeta de visita con sus nombres, señor y señora Cortès, Joséphine no la había cambiado. Después el olor en el ascensor. Un olor a cigarrillo, a vieja moqueta y a amoniaco. Finalmente escuchó el ruido de sus pasos en el pasillo de su planta. No tenía sus llaves. Levantó el índice para llamar. Creía recordar que el timbre no funcionaba cuando se fue. Quizás ella lo había arreglado. Sintió ganas de llamar para comprobarlo, pero Joséphine había abierto ya la puerta.

Allí estaban, frente a frente. Casi un año, parecían decir sus miradas que contemplaban el rostro de uno y otro. Hace apenas un año éramos la pareja perfecta. Casados, dos niñas. ¿Qué sucedió para que todo saltara en pedazos? Una y otra parte se hacían la misma pregunta discreta y extrañada. Y, sin embargo, cómo ha cambiado todo en un año, se decía Joséphine escrutando la piel reseca y arrugada bajo los ojos de Antoine, las venillas azuladas en el rostro, las arrugas que se marcaban en su frente. Ha empezado a beber, es eso, la piel hinchada, escarlata en algunas zonas… Y, sin embargo, nada ha cambiado, pensaba Antoine queriendo acariciar las mechas rubias que enmarcaban el rostro más firme, más delgado de Joséphine. Estás muy guapa, querida, le hubiese gustado murmurar. Tienes aspecto cansado, amigo mío, se contuvo ella.

De la cocina provenía un olor tenaz a cebolla frita.

– Estoy preparando un pollo encebollado para las niñas esta noche, les encanta.

– Precisamente, esta noche, me preguntaba si no podría llevarlas al restaurante, hace tanto tiempo que…

– Se pondrán muy contentas. No les he dicho nada, no sabía si…

Si estabas solo, si estabas libre para cenar, si la otra no venía contigo… Se calló.

– ¡Tienen que estar muy cambiadas! ¿Se encuentran bien?

– Al principio fue un poco duro…

– ¿Y en el colegio?

– ¿No has recibido sus notas? Te las envié…

– No. Debieron de perderse…

Sintió ganas de sentarse y callar. Mirarla cómo preparaba el pollo con cebolla. Joséphine producía siempre ese efecto sobre él, le calmaba. Tenía ese don, como algunos tienen el don de curar imponiendo las manos. Le hubiera gustado desconectar del giro amenazador que tomaba su vida. Tenía la impresión de que estaba deshaciéndose. Sentía cómo su ser flotaba y se repartía en mil identidades que no controlaba. En mil responsabilidades demasiado pesadas para él. Acababa de ver a Faugeron. Le había recibido durante apenas diez minutos y había respondido a tres llamadas telefónicas. «Debe excusarme, señor Cortès, pero es muy importante…». Porque yo, ¡yo no soy importante!, había estado a punto de gritar en un último intento de rebelarse. Se había aguantado. Había esperado a que Fageron colgase para retomar el hilo de su discusión. «¡Pero si su mujer se las arregla muy bien! No tengo ningún problema con sus cuentas; lo mejor sería que hablase usted de esto con ella… Porque, al fin y al cabo, es una cosa de familia y parecen ustedes una familia muy unida». Después había sido interrumpido por otra llamada telefónica, ¿me permite? A la segunda, no se excusó. A la tercera, había descolgado sin decir nada. Al final, se había levantado y estrechado la mano repitiendo: «No hay problema señor Cortès, mientras su mujer esté ahí…», Antoine se había marchado sin poder exponerle su problema con el señor Wei.

– ¿Todavía es invierno en París?

– Sí -dijo Joséphine-. Estamos en marzo, es normal.

Era la hora en la que caía la noche, las luces de la avenida se alumbraban, una luminosidad blanca e impalpable subía hacia el cielo negro. En frente, por la ventana de la cocina, se percibían las luces de París. Cuando se habían instalado allí, miraban hacia la gran ciudad y hacían proyectos. Cuando vivamos en París, iremos al cine, al restaurante… Cuando vivamos en París, tomaremos el metro o el autobús, dejaremos el coche en el garaje… Cuando vivamos en París, iremos a tomar café a los bares llenos de humo… París se había convertido en una tarjeta postal, en el receptáculo de todos sus sueños.

– Al final nunca nos fuimos a vivir a París -murmuró Antoine con una voz tan triste que Joséphine se apiadó de él.

– Estoy bien aquí. Siempre he estado bien aquí…

– ¿Has cambiado algo en la cocina?

– No.

– No sé… La encuentro distinta.

– Hay aún más libros, eso es todo… ¡Y el ordenador! Me he montado un lugar de trabajo, he cambiado la tostadora, el hervidor y la cafetera de sitio.

– Debe de ser eso…