/ Language: Español / Genre:thriller

Testigos del silencio

Kathy Reichs

La doctora Temperance Brennan acaba de llegar a Montreal para cubrir el puesto de directora del Departamento de Antropología forense de la provincia de Québec. Atrás ha dejado una situación matrimonial delicada y una época de trabajo nada fácil, por lo que Temple acaricia la perspectiva de un relajante fin de semana. Antes, sin embargo, debe personarse en el lugar donde la policía acaba de encontrar un cadáver descuartizado y meticulosamente clasificado en bolsas de plástico. El singular proceder del asesino le resulta terriblemente familiar a la forense, y en seguida acude a su memoria el caso de la joven Chantale Trottier, de dieciséis años, que había llegado a la morgue desnuda, escrupulosamente descuartizada y empaquetada en varias bolsas de basura tiempo atrás. Con la certeza de que un asesino anda suelto por la ciudad, Tempe ha de recurrir a sus habilidades como forense para probar que ambos casos están relacionados. Pero para lograr la detención del psicópata ha de convencer a sus colegas del Departamento de Policía de que sus sospechas son ciertas, por lo que no la queda mas remedio que actuar con rapidez e incluso poner en peligro su vida y la de cuantos le rodean.

Kathy Reichs

Testigos del silencio

Brennan, 1

Titulo original: Déjá Dead

© por la traducción, Josefina Guerrero, 1999

Para Karl y Marta Reichs,

las personas más amables y generosas que conozco.

Paldies par jüsu mílestíbu, Vecamámma un Paps.

Karlis Reichs, 1914-1996.

Agradecimientos

Con el intento de crear una obra fidedigna, consulté a expertos en diversos terrenos. Deseo agradecer a Bernard Chapáis sus explicaciones de las normas canadienses relativas a conservación y mantenimiento de animales en laboratorios; a Sylvain Roy, JeanGuy Hébert y Michel Hamel, su ayuda en serología; a Bernard Pommeville, su demostración detallada de la microfluorescencia de los rayos equis, y a Robert Dorion, su asesoramiento sobre odontología forense y análisis de señales de mordiscos. Por fin, aunque no en último lugar, expreso mi gratitud a Steve Symes por su infinita paciencia en sus exposiciones sobre sierras y sus efectos en los huesos.

Debo un inmenso reconocimiento a John Robinson y Mary Sue Rucci, sin los cuales acaso Testigos del silencio nunca hubiera llegado a crearse. John atrajo la atención de Marysue acerca del manuscrito, cuyos méritos ella reconoció. En cuanto a mis editoras Susanne Kirk, Marysue Rucci y Maria Rejt, supervisaron la versión original de Testigos del silencio y la mejoraron enormemente con sus sugerencias editoriales.

Por último, en un plano más personal, deseo agradecer a los miembros de mi familia, que leyeran la obra en su fase embrionaria y me aportaran valiosos comentarios. Les doy las gracias por su apoyo y su paciencia en mis largas ausencias.

Capítulo 1

Ya no pensaba en el hombre que se había saltado la tapa de los sesos y a quien en aquellos momentos estaba recomponiendo. Ante mí se encontraban dos secciones de cráneo, y una tercera descansaba en un cuenco de acero inoxidable repleto de arena, mientras se secaba el pegamento aplicado a los fragmentos reunidos. Había suficiente materia para confirmar su identidad, por lo que el juez de instrucción se consideraría satisfecho.

Era el atardecer del martes 2 de junio de 1994, y mientras el pegamento se fijaba yo dejaba divagar mi mente. La llamada que interrumpiría mi ensueño, desviaría el curso de mi vida y modificaría mi conocimiento de los límites de la depravación humana aún tardaría diez minutos en producirse. Entretanto, disfrutaba de la perspectiva del San Lorenzo, la única ventaja de mi repleto y arrinconado despacho situado en una esquina. En cierto modo la visión del agua siempre me ha rejuvenecido, en especial cuando fluye rítmicamente. Olvidemos el Estanque Dorado. Estoy segura de que Freud habría encontrado algún significado a esto.

Centraba mis pensamientos en el próximo fin de semana. Me proponía viajar a la ciudad de Quebec, pero sin una intención definida. En una especie de escapada turística pensaba visitar los Llanos de Abraham, comer mejillones y crepes y comprar baratijas a los vendedores callejeros. Llevaba un año entero en Montreal trabajando como antropóloga forense para la provincia, pero aún no había estado allí, por lo que me parecía un programa atractivo. Necesitaba pasar un par de días sin esqueletos ni cadáveres descompuestos o recién extraídos del río.

Las ideas me surgen con facilidad, pero me cuesta realizarlas. Suelo dejar que las cosas sigan su curso. Tal vez sea una vía de escape, un modo de escabullirme por la tangente y desistir de muchos de mis proyectos. Soy indecisa en mi vida social y obsesiva en mi trabajo.

Supe que él estaba al otro lado de la puerta antes de que llamara. Aunque se movía con sigilo para su gran corpulencia, lo delataba el olor a tabaco de pipa. Pierre LaManche era director del Laboratoire de Médecine Légale desde hacía casi dos décadas. Puesto que sus visitas a mi despacho nunca eran de carácter social, sospeché que no era portador de buenas noticias. El hombre llamó discretamente con los nudillos.

– ¿Temperance? -dijo.

Nunca empleaba mi diminutivo. Tal vez le sonaba más francés -rimaba con France-, o bien la traducción carecía de sentido para él o había tenido alguna experiencia desagradable en Arizona. Era el único que no me llamaba Tempe.

– Oui? -respondí.

Al cabo de tantos meses la respuesta era casi automática. Había llegado a Montreal creyendo dominar el idioma, pero no había contado con la variante quebequesa. Aprendía, mas con lentitud.

– Acabo de recibir una llamada.

Miró la nota de color rosado que llevaba en la mano. En su rostro todo era vertical: las arrugas y pliegues iban de arriba abajo, paralelas a la larga y recta nariz y las orejas. Recordaba un puro Basset, un rostro que ya en su juventud debía de parecer viejo, aunque su disposición se habría intensificado con el tiempo, y de edad incalculable.

– Dos obreros de HydroQuebec han descubierto unos huesos.

Observó mi expresión, en absoluto satisfecha, y volvió a mirar el papel rosado.

– Están cerca del lugar donde se encontraron los restos históricos el verano pasado -prosiguió con su correctísimo francés.

Nunca le había oído decir un vulgarismo ni expresarse en la jerga policial.

– Usted estuvo allí. Es probable que se trate de lo mismo. Necesito que vaya alguien a confirmar que no es un caso para el juez.

Al levantar la mirada, el cambio de plano intensificó sus arrugas y pliegues mientras absorbía la luz del atardecer, como un agujero negro atrae a la masa. Esbozó una vaga sonrisa, y cuatro surcos se desviaron hacia arriba.

– ¿Cree que serán restos arqueológicos? -inquirí con desgana.

No entraba en mis planes para el fin de semana investigar profesionalmente ningún escenario criminal. Para marcharme al día siguiente aún tenía que pasar por la tintorería y la farmacia, lavar la ropa sucia, hacer mi equipaje, repostar gasolina y dar instrucciones a Winston, el conserje de mi casa, para que cuidase del gato.

– Desde luego -asintió el hombre.

Yo no me sentía tan segura.

– ¿Desea que la acompañe un coche patrulla? -dijo al tiempo que me tendía la nota.

Lo miré con expresión ceñuda.

– No, he venido con mi coche.

Comprobé la dirección y reparé en que se hallaba próxima a mi domicilio.

– Lo encontraré -afirmé.

El hombre se alejó tan silencioso como había llegado. Calzaba zapatos con suela de crepé y llevaba los bolsillos vacíos, por lo que nada sonaba ni tintineaba a su paso y, como los cocodrilos, se presentaba y desaparecía de modo inadvertido, sin hacerse anunciar. A algunos colegas les parecía exasperante.

Metí un mono en una bolsa de lona junto con mis botas de caucho con la esperanza de no precisarlos y cogí mi ordenador portátil, la cartera y la funda de cantimplora bordada que utilizaba como monedero veraniego. Aún me prometía a mí misma no regresar hasta el lunes, pero una voz interior me auguraba todo lo contrario.

Cuando llega el verano a Montreal, irrumpe como una rumbera: con algodones de vivos colores que se arremolinan en el aire, muslos entrevistos y cuerpos brillantes de sudor. Es un festejo obsceno que comienza en junio y se prolonga hasta septiembre.

La gente acoge la estación con entusiasmo y deleite. La vida se desarrolla al aire libre. Tras el prolongado y desapacible invierno, reaparecen los cafés en las terrazas, ciclistas y patinadores compiten en los carriles destinados a bicicletas, los festivales se suceden en las calles y la multitud pasea por las aceras formando ondulantes dibujos.

¡Cuan distinto es el verano en San Lorenzo del de mi estado natal de Carolina del Norte! Allí la gente descansa lánguidamente en tumbonas en las playas o en los porches de casas de montaña o de las afueras, y las delimitaciones entre primavera, verano y otoño resultan difíciles de establecer sin ayuda del calendario. Más que la gelidez invernal, lo que me sorprendió el primer año que pasé en el norte fue este insolente renacer de la primavera, que desterró la nostalgia experimentada durante la prolongada y sombría estación fría.

Tales pensamientos rondaban por mi mente mientras circulaba bajo el puente de JacquesCartier y giraba en dirección oeste hacia Viger. Pasé junto a la fábrica de cerveza Molson, que se extendía a lo largo del río a mi izquierda, y por la torre redonda del edificio de Radio Canadá, y pensé en la gente que estaría allí adentro atrapada: ocupantes de colmenas industriales que sin duda ansiaban liberarse tanto como yo. Imaginé que, bajo los efectos de junio, observarían los rayos de sol tras los rectángulos acristalados, soñarían con barcas, bicicletas y zapatillas deportivas y consultarían sus relojes.

Bajé el cristal de la ventanilla y conecté la radio.

– Aujourd'hui je vois la vie avec les yeux du coeur -cantaba Gerry Boulet.

«Hoy veo la vida con los ojos del corazón», traduje mentalmente de modo automático. Podía imaginar al intérprete, un hombre fogoso de ojos negros, con la cabeza coronada por una maraña de rizos, que cantaba con apasionamiento y había fallecido a los cuarenta y cuatro años.

Enterramientos históricos. Todos los antropólogos forenses nos enfrentamos a tales casos. Viejos huesos exhumados por perros, obreros de la construcción, riadas primaverales y sepultureros. La oficina del juez de instrucción es la supervisora de la muerte en la provincia de Quebec. Si alguien fallece de modo indebido, sin hallarse bajo los cuidados de un médico ni en el lecho, el juez desea conocer la razón, y asimismo le interesa averiguar si tal muerte amenaza con arrastrar a otras consigo y, aunque exige una explicación de los fallecimientos violentos, inesperados o inoportunos, los cadáveres antiguos son de escaso interés para él. Aunque su muerte haya clamado justicia en otros tiempos o anunciado una inminente epidemia, sus voces han permanecido silenciadas durante demasiado tiempo y, una vez establecida su antigüedad, tales hallazgos son entregados a los arqueólogos. Tal prometía ser aquel caso. ¡Yo así lo esperaba!

Estuve zigzagueando por el embotellamiento circulatorio del centro de la ciudad y al cabo de un cuarto de hora llegué a la dirección facilitada por LaManche. Le Grand Séminaire, vestigio de las vastas propiedades de la iglesia católica, ocupa una amplia extensión de terreno en el núcleo de Montreal. Centreville, centro de la ciudad. Mi vecindario. La pequeña ciudadela urbana perdura como una isla de verdor en un mar de altísimos edificios de cemento y se mantiene como mudo testimonio de aquella institución en otros tiempos poderosa. Muros de piedra rematados por torres de vigilancia rodean sombríos castillos grises, zonas de césped muy cuidadas y vastos espacios que se han vuelto agrestes.

En los tiempos gloriosos de la Iglesia, las familias enviaban allí a sus hijos a miles a fin de prepararlos para el sacerdocio. Aún acuden algunos, pero en número muy reducido. Los edificios más grandes han sido alquilados y albergan escuelas e instituciones con objetivos más seglares, donde los faxes y las conexiones a Internet sustituyen a los manuscritos y a los discursos teológicos como paradigma de trabajo. Tal vez sea una buena metáfora para la sociedad moderna: la comunicación entre nosotros nos absorbe demasiado para preocuparnos por un creador todopoderoso.

Me detuve en una callecita frente a los jardines del seminario y miré en dirección este a lo largo de Sherbrooke, hacia la porción de la propiedad cedida a la sazón a Le College de Montreal. No advertí nada insólito. Saqué un codo por la ventanilla y observé en dirección opuesta. El polvoriento y recalentado metal estaba ardiendo, y retiré rápidamente el brazo, como un cangrejo al que golpearan con un palo.

Allí estaban. Juxtapuestos de modo incongruente contra una pétrea torre medieval distinguí un coche patrulla azul y blanco con la leyenda «POLICE-COMMUNAUTÉ URBAINE DE MONTREAL» grabada en un lateral, que bloqueaba la entrada oeste del recinto, y un camión gris de HydroQuebec aparcado delante de él, del cual, como apéndices de una estación espacial, surgían las escaleras y el equipo. Junto al camión, un policía uniformado hablaba con dos hombres que vestían traje de faena.

Giré a la izquierda y me introduje en el tráfico que se dirigía hacia la parte oeste de Sherbrooke, aliviada al no advertir la presencia de periodistas. En Montreal un encuentro con la prensa puede significar un doble calvario, puesto que los periódicos aparecen en francés y en inglés. No soy especialmente cortés cuando me acosan en un idioma, pero frente a un ataque dual puedo resultar muy antipática.

LaManche tenía razón. Yo ya había visitado aquellos jardines el verano anterior. Recordaba el caso: unos huesos exhumados durante la reparación de un conducto de agua. Enterramientos en ataúdes del viejo cementerio de una propiedad eclesiástica. Avisaron al arqueólogo y se cerró el caso. Con suerte se repetiría la situación.

Mientras maniobraba mi Mazda delante del camión y lo aparcaba, los tres hombres interrumpieron su conversación para mirarme. Al apearme del vehículo el policía se inmovilizó un instante como si considerara la cuestión y luego avanzó a mi encuentro con cara de pocos amigos. Eran las cuatro y cuarto; probablemente había concluido su turno y hubiera preferido no estar allí. Bien, tampoco yo estaba por mi gusto.

– Tendrá que marcharse, madame. No puede aparcar aquí.

Acompañaba sus palabras con amplios ademanes y me señalaba la dirección por la que yo debía partir, como si despejara moscas de una ensalada de patatas.

– Soy la doctora Brennan -dije al tiempo que cerraba de un portazo-, del Laboratorio de Medicina Legal.

– ¿La envía el juez de instrucción?

Su tono habría despertado envidia a un interrogador de la KGB.

– Sí. Soy la antropóloga forense -proseguí como una profesora de segundo grado-. Me encargo de los casos de desenterramientos y de esqueletos. Espero que esto me califique para ello.

Y le tendí mi tarjeta de identificación. El hombre, a su vez, lucía en el bolsillo de la camisa un pequeño rectángulo de latón donde figuraba la inscripción «agente Groulx».

Observó la foto y luego a mí. Mi aspecto no era muy convincente. Me había propuesto trabajar todo el día en la reconstrucción del cráneo y llevaba ropas apropiadas para tal tarea. Vestía unos téjanos descoloridos de color tostado, una camisa de tela vaquera con las mangas enrolladas hasta los codos y calentadores en lugar de calcetines. Me había recogido los cabellos con un pasador, pero algunos mechones, pérdida la lucha contra la gravidez, flotaban alrededor de mi rostro y por mi cuello. Además, iba manchada con fragmentos de pegamento. Más que una antropóloga forense debía de parecer un ama de casa de mediana edad obligada a abandonar el empapelado de una pared.

Examinó largo rato la tarjeta y me la devolvió sin comentarios. Evidentemente no era lo que esperaba.

– ¿Ha visto usted los restos? -le pregunté.

– No. Protejo la zona.

Él hizo un ademán para señalar a los dos hombres, que nos observaban tras interrumpir su conversación.

– Ellos los encontraron. Ya avisé. La acompañarán.

Me pregunté si el agente Groulx sería capaz de pronunciar una frase compuesta. De nuevo señaló a los obreros con un ademán.

– Vigilaré su coche -me dijo.

Hice una señal de asentimiento, pero él ya había dado media vuelta y se alejaba. Los obreros de Hydro me miraron en silencio mientras me aproximaba. Ambos llevaban gafas de aviador, y el postrer sol de la tarde arrancaba reflejos anaranjados de sus cristales. Los dos lucían bigotes con las puntas curvadas hacia abajo.

El de la izquierda era el más viejo, un tipo delgado y moreno con aspecto de terrier. El hombre miraba en torno con nerviosismo y desviaba su atención de uno a otro objeto, de una persona a otra, como una abeja que entrara y saliera de un capullo. Fijaba su mirada en mí y luego la apartaba con rapidez, cual si temiera que establecer contacto con los ojos ajenos lo comprometiera a algo que más tarde pudiera lamentar. Asimismo compensaba su peso de uno a otro pie e inclinaba alternativamente los hombros.

Su compañero, mucho más corpulento, llevaba una larga y lacia cola de caballo y tenía el rostro curtido. Me sonrió mientras me aproximaba y exhibió huecos vacíos de dentadura. Sospeché que sería el más locuaz de ambos.

– Bonjour. Comment ça va? -los saludé.

Era el equivalente a «¡Hola! ¿Cómo están ustedes?».

– Bien, bien -respondieron con simultáneas inclinaciones de cabeza.

Me identifiqué y les pregunté si habían denunciado el descubrimiento de los huesos. Nuevas señales de asentimiento a modo de respuesta.

– Explíquenmelo.

Mientras hablaba saqué un bloc pequeño de notas de mi mochila, levanté la tapa y preparé un bolígrafo al tiempo que les sonreía alentadora.

El tipo de la cola de caballo se expresaba con entusiasmo, y sus palabras se precipitaban como los niños cuando salen de recreo: disfrutaba con la aventura. Se expresaba en un francés muy acentuado, enlazando las palabras, y las terminaciones se perdían al estilo de los quebequeses de la parte alta del río, de modo que yo tenía que escucharlo con suma atención.

– Limpiábamos la maleza: forma parte de nuestro trabajo.

Señaló hacia los cables del tendido eléctrico que teníamos sobre nuestras cabezas y después extendió el brazo sobre el terreno.

– Debemos mantener limpias las líneas.

Asentí.

– Cuando me metí en aquella zanja percibí un olor extraño.

Se volvió para mostrar una zona boscosa que bordeaba la finca y se interrumpió, fija la mirada en dirección a los árboles con el brazo extendido y el índice perforando el aire.

– ¿Extraño? -repetí yo.

Se volvió hacia mí.

– Bien, no era eso exactamente.

Hizo una pausa y se mordió el labio inferior como si buscara la expresión adecuada en su léxico personal.

– A muerto -dijo-. ¿Sabe a qué me refiero?

Aguardé a que prosiguiera.

– Ya sabe, como cuando un animal se arrastra por algún lugar y muere.

Acompañó sus palabras con un leve encogimiento de hombros y me miró en busca de confirmación. Asentí. Estoy muy identificada con el olor de la muerte.

– Eso pensé: que se trataba de un perro o tal vez de un mapache muerto. De modo que comencé a revolver entre la maleza con mi rastrillo en el lugar donde el olor parecía más intenso y, como esperaba, encontré un montón de huesos.

Nuevo encogimiento de hombros.

– Hum…

Comenzaba a sentirme incómoda: los enterramientos antiguos no huelen.

– De modo que llamé a Gil… -Señaló a su compañero, que fijaba su mirada en el suelo, para recabar su confirmación-… y ambos comenzamos a excavar entre las hojas y los escombros. Lo que descubrimos no me parecieron restos de perros ni de mapaches.

Y tras estas palabras cruzó los brazos en su pecho, inclinó la barbilla y se balanceó sobre sus talones.

– ¿Por qué razón?

– Era demasiado grande.

Hizo girar la lengua y la introdujo en uno de los huecos de su dentadura. La punta apareció y desapareció entre los dientes como un gusano que buscara la luz diurna.

– ¿Algo más?

– ¿A qué se refiere?

El gusano se retiró.

– ¿Encontró algo más aparte de los huesos?

– Sí. Eso fue lo que no pareció adecuado.

Extendió ampliamente los brazos para señalar una dimensión con las manos.

– Una gran bolsa de plástico envolvía todo el hallazgo y…

Levantó las palmas de las manos y dejó la frase inacabada.

– ¿Y qué?

Mi intranquilidad iba en aumento.

– Une ventouse -concluyó rápidamente.

Se mostraba avergonzado y agitado al mismo tiempo. Gil estaba tan ansioso como yo. Levantó la mirada del suelo y la dejó vagar con inquietud.

– ¿Qué? -inquirí.

Creí haber comprendido mal.

– Une ventouse. Un desatascador de los que se utilizan en el baño.

Él imitó su uso. Echó el cuerpo hacia adelante, sujetó las manos en un invisible mango y subió y bajó los brazos. La macabra pantomima estaba tan fuera de lugar que resultaba discordante.

Gil profirió un juramento y desvió de nuevo los ojos al suelo. Yo lo miré con fijeza. Aquello era insólito. Concluí mis notas y cerré el bloc.

– ¿Está mojado ahí abajo? -pregunté.

Prefería no ponerme las botas ni el mono si no era necesario.

– No -repuso.

Y miró de nuevo a su compañero en espera de confirmación.

Gil negó con la cabeza sin levantar la mirada del suelo.

– De acuerdo -dije-. Vayamos.

Confiaba en parecer más tranquila de lo que estaba.

El tipo con cola de caballo me condujo por las hierbas hasta el bosque. Descendimos gradualmente por un pequeño barranco cuya vegetación se iba haciendo cada vez más densa a medida que nos acercábamos al fondo. Yo lo seguía por entre los matorrales, sosteniendo con la mano derecha las ramas que él apartaba para abrirme paso y luego tendiéndoselas a Gil. Aun así las ramitas menores se enredaban en mis cabellos. El lugar olía a tierra húmeda y a hierbas y hojas podridas. La luz del sol se filtraba de modo desigual entre el follaje y moteaba el terreno con recuadros, como las piezas de un rompecabezas. Aquí y allí un rayo encontraba una abertura y se abría paso hasta el suelo, y podían verse las partículas de polvo flotando en su sesgado trayecto. Insectos voladores revoloteaban ante mi rostro y zumbaban en mis oídos, y las enredaderas se envolvían en mis tobillos.

Al final de la zanja el obrero se detuvo para orientarse y luego giró hacia la derecha. Yo fui tras él dando manotazos a los mosquitos, mientras apartaba la vegetación y entornaba los ojos para protegerme de las nubes de insectos. El sudor me perlaba los labios, empapaba mis cabellos y adhería los mechones sueltos a la frente y al cuello. No tendría que haberme preocupado por mis ropas ni por mi peinado.

A quince metros del cadáver ya no necesité guía alguno. Había detectado la inconfundible fetidez a muerte que se mezclaba con el peculiar olor arcilloso de los bosques. El olor a carne en descomposición no se asemeja a ningún otro y se percibía claramente en el ambiente cálido del atardecer, tenue pero innegable. A medida que avanzaba, el dulzón y fétido hedor se fue concentrando, haciéndose más intenso, como el chirrido de una langosta, hasta que dejó de confundirse y se impuso a todos los demás. Los aromas de pino, musgo y humus dejaron paso a la pestilencia de la carne putrefacta.

Gil se detuvo a discreta distancia. El olor le bastaba: no necesitaba echar otra mirada. Unos tres metros más adelante también se detuvo su compañero, se volvió y, sin pronunciar palabra, señaló un bulto pequeño parcialmente cubierto por hojas y escombros sobre el que zumbaban y volaban las moscas en círculos cual invitados en un bufé libre.

Al verlo me dio un vuelco el estómago y una voz en mi interior me repitió el consabido «ya te lo dije». Con creciente temor deposité mi mochila al pie de un árbol, extraje de ella unos guantes quirúrgicos y me introduje con sumo tiento por el follaje. Cuando me aproximaba al bulto, distinguí la zona que los hombres habían despejado de vegetación, y mi visión confirmó los temores que sentía.

Entre las hojas y la tierra surgía el arco de unas costillas, con los extremos curvados hacia arriba como el armazón de un barco. Me incliné para observar con más detenimiento. Las moscas zumbaron a modo de protesta, y el sol se reflejó iridiscente en los azules y verdosos insectos. Al despejar los escombros, advertí que las costillas estaban unidas a un segmento de columna vertebral.

Aspiré a fondo y, protegida por los guantes, comencé a retirar puñados de hojas secas y agujas de pino. Mientras exponía la columna vertebral a la luz solar, se disgregó una masa de escarabajos sobresaltados. Los bichos se diseminaron y desaparecieron uno tras otro por los bordes de las costillas.

Haciendo caso omiso de los insectos, seguí retirando sedimentos y, con lentitud y sumo cuidado, despejé una zona de aproximadamente un metro. Tardé menos de diez minutos en comprobar lo que Gil y su compañero habían descubierto. Me aparté los cabellos del rostro con la mano enguantada y, apoyada en los talones, examiné el espectáculo que se me ofrecía.

Ante mí tenía un torso en estado esquelético. La caja torácica, la columna vertebral y la pelvis aún seguían unidos por músculos y ligamentos secos. Aunque el tejido conjuntivo es pertinaz y se niega a ceder su sujeción en las articulaciones durante meses o años, el cerebro y los órganos internos no son tan resistentes: las bacterias y los insectos los descomponen rápidamente, a veces en cuestión de semanas.

Distinguí restos de tejido pardo y desecado adherido a las superficies torácica y abdominal de los huesos. Mientras permanecía en cuclillas entre el zumbido de las moscas y con los rayos de sol moteando el bosque alrededor de mí, tuve la absoluta certeza de dos cosas: el torso era humano y no llevaba mucho tiempo allí.

Y también comprendí que no había llegado a aquel lugar por casualidad. La víctima había sido asesinada y abandonada. Los restos estaban contenidos en una bolsa de plástico de las que suelen utilizarse para las basuras domésticas. En aquellos momentos estaba desgarrada, pero sospechaba que habrían transportado el torso en ella. Faltaban la cabeza y las extremidades y no se veían efectos personales ni otros objetos en las proximidades… salvo uno.

Los huesos de la pelvis rodeaban un desatascador de lavabo. El largo mango de madera se proyectaba hacia arriba como el palo invertido de un helado, y la parte curvada de caucho rojo estaba aplastada contra la abertura pélvica, en una posición que sugería intencionalidad. Por horripilante que fuese la idea, no creí que la asociación fuese errónea.

Me levanté y miré a mí alrededor con las rodillas resentidas por el cambio de postura. Sabía por experiencia que los animales carroñeros suelen arrastrar partes de un cuerpo a distancias impresionantes. Los perros acostumbran ocultarlas en zonas de baja maleza, y los animales que se refugian en madrigueras sumergen huesecillos y dientes en agujeros subterráneos. Me limpié el polvo de las manos y escudriñé mi proximidad más inmediata en busca de posibles localizaciones.

Las moscas zumbaban, y un cuerno resonó a miles de quilómetros de distancia. Recuerdos de otros bosques, otras tumbas y otros huesos cruzaron sigilosos por mi mente como imágenes inconexas de antiguas películas. Permanecí en absoluta inmovilidad, escudriñando vigilante. Por fin intuí más que distinguí una irregularidad en mi entorno que, cual un rayo de luz reflejado en un espejo, desapareció antes de que mis neuronas pudieran formar una imagen. Un parpadeo casi imperceptible me obligó a volver la cabeza. Nada. Me mantuve rígida, sin la certeza de haber visto algo realmente; aparté los insectos de mis ojos y advertí que refrescaba.

Insistí en mi observación, mientras una ligera brisa agitaba los húmedos mechones alrededor de mi rostro y hacía crujir las hojas. Entonces volví a percibirlo: un leve reflejo de luz solar en algún punto. Avancé unos pasos, insegura de su origen, y me detuve con todos los sentidos concentrados en la luz del sol y las sombras. Seguía sin percibir nada. ¡Naturalmente que no, necia! Allí no podía haber nada: no había moscas.

De pronto lo descubrí. El viento, que soplaba con suavidad, resbalaba sobre una superficie brillante y provocaba una momentánea ondulación en la luz del atardecer que, aunque casi imperceptible, había atraído mi atención. Me aproximé sin apenas respirar y miré a mis pies. No me sorprendió lo que tenía ante los ojos: lo había encontrado.

Entre las raíces de un álamo amarillo, por un hueco, asomaba la punta de otra bolsa de plástico. Profusión de ranúnculos bordeaban el álamo y la bolsa y se extendían en suaves zarcillos hasta desaparecer entre los hierbajos circundantes. Las flores, de viva tonalidad amarilla, parecían fruto de una ilustración de Beatrix Potter, y la frescura de sus flores contrastaba duramente con lo que me constaba que se ocultaba en la bolsa.

Me aproximé al árbol, y a mi paso crujieron ramas y hojas. Apoyándome en una mano, despejé un trozo de plástico, lo así con firmeza y tiré fuertemente de él. Pero no cedió. Volví a agarrar el plástico y tiré con más fuerza, y esta vez la bolsa se movió al tiempo que yo advertía la consistencia de su contenido. Los insectos revoloteaban ante mi rostro, el sudor se deslizaba por mi espalda y el corazón me latía con la intensidad de un bajo en un grupo de heavy metal.

Un tirón más y logré liberar la bolsa. La arrastré lo bastante para poder inspeccionar su interior -o quizá sólo deseaba apartarla de las flores de la señorita Potter-. Fuera cual fuese su contenido, era pesado y me cabían escasas dudas acerca de su naturaleza. No me equivocaba. Mientras soltaba los extremos de la bolsa el olor a putrefacción era aplastante. La abrí y examiné el interior.

Un rostro humano me devolvió la mirada. Al haber estado aislada de los insectos que apresuran la descomposición, la carne no se había corrompido totalmente, pero el calor y la humedad habían alterado los rasgos hasta convertirlos en una máscara mortal que conservaba escaso parecido con su antiguo aspecto. Los ojos, secos y apretados, asomaban bajo los párpados semientornados. La nariz estaba ladeada; las aletas, comprimidas y aplastadas contra la hundida mejilla, y los labios se fruncían hacia afuera, en una mueca eterna que exhibía una perfecta dentadura. La carne, de una pálida blancura, era una envoltura descolorida y esponjosa adherida a los huesos. El conjunto estaba enmarcado por una cabellera de un apagado tono pelirrojo, y los rizos sin brillo se apelotonaban contra la cabeza por el líquido que rezumaba del tejido cerebral.

Cerré la bolsa presa de agitación y traté de localizar a los obreros donde los había dejado. El más joven me observaba con gran atención; su compañero se mantenía detrás, a cierta distancia, con los hombros inclinados y las manos hundidas en los bolsillos de los pantalones.

Me quité los guantes y pasé por su lado alejándome del bosque, en dirección al coche patrulla. Aunque ellos no pronunciaron palabra, advertí que me seguían por el crujido de las hojas bajo sus pasos.

El agente Groulx, recostado en la capota de su coche, vio que me acercaba, mas no cambió de postura. La verdad es que yo había trabajado con individuos más amables.

– ¿Puedo utilizar su radio? -inquirí asimismo con gran frialdad.

Se irguió apoyándose en las manos y rodeó el coche hasta el asiento del conductor. Introdujo la mano por la ventanilla abierta, soltó el micrófono y me miró con aire interrogante.

– Homicidio -dije.

Pareció sorprendido, si bien trató de disimularlo, e hizo la llamada.

– Section des homicides -dijo a su interlocutor.

Tras la demora, conexiones e interferencias habituales, se oyó la voz de un detective.

– Aquí Claudel -sonó con acento irritado.

El agente Groulx me tendió el micrófono. Me identifiqué y le expliqué mi localización.

– Se trata de un caso de homicidio -dije-. Probablemente se han deshecho de un cadáver, al parecer femenino y decapitado. Será mejor que envíen cuanto antes a la brigada de investigación.

Se produjo una pausa prolongada. A nadie le parecían buenas noticias.

– Pardon?

Repetí mis palabras y pedí a Claudel que transmitiera la noticia a Pierre LaManche cuando llamase al depósito. En aquella ocasión no tendrían que intervenir los arqueólogos.

Devolví el micrófono a Groulx, que había estado escuchando, y le recordé que obtuviera un informe detallado de los dos obreros. Parecía un reo sentenciado de diez a veinte años. Sin duda sabía que tardaría bastante tiempo en marcharse de allí, pero ello no me inspiró compasión alguna. Aquel fin de semana yo tampoco dormiría en la ciudad de Quebec. En realidad, mientras recorría en el Mazda los escasos bloques que me separaban de mi casa, sospechaba que nadie dormiría tranquilo durante algún tiempo. Y, tal como se desarrollaron los hechos, no me equivocaba. Lo que entonces ignoraba era el alcance del horror al que deberíamos enfrentarnos.

Capítulo 2

El día siguiente despuntó tan cálido y soleado como el anterior, un hecho que suele animarme. El tiempo me influye bastante, y mi humor se remonta y sumerge con el barómetro. Pero aquel día el tiempo sería irrelevante para mí. Hacia las nueve de la mañana ya estaba en la sala de autopsias número cuatro, la menor del Laboratorio de Medicina Legal y especialmente dotada de la mejor ventilación. Suelo trabajar allí puesto que la mayoría de mis casos están muy poco conservados. Pero nunca es del todo efectivo: nada lo es. Ventiladores y desinfectantes jamás logran dominar el olor a muerte añeja. El antiséptico resplandor del acero inoxidable no consigue erradicar las imágenes de carnicería humana.

Los restos recuperados en el Gran Seminario sin duda estaban calificados para la sala cuatro. Tras una cena rápida la noche anterior, había regresado a los jardines para investigar el terreno. Sobre las nueve y media de la noche los huesos se encontraban en el depósito. Ahora estaban a mi derecha, en una bolsa, sobre una camilla con ruedas. El caso número 26704 había sido comentado en la reunión matinal del equipo. Según los procedimientos habituales, el cadáver había sido asignado a uno de los cinco patólogos que trabajaban en el laboratorio. Puesto que los restos estaban ya muy esqueléticos, el escaso tejido blando que quedaba se encontraba demasiado descompuesto para una autopsia corriente por lo que se requería mi experiencia.

Uno de los técnicos en autopsias había avisado aquella mañana que estaba enfermo, y andábamos escasos de personal. Muy inoportuno. Había sido una noche muy agitada, con el suicidio de un adolescente, el hallazgo de una pareja de ancianos muertos en su hogar y la víctima de un accidente automovilístico, carbonizada de tal modo que resultaba irreconocible. Cuatro autopsias. Me ofrecí para trabajar sola.

Vestía equipo quirúrgico de color verde, gafas de plástico y guantes de látex. Estaba muy atractiva. Ya había limpiado y fotografiado la cabeza que aquella mañana pasaría por rayos equis y luego sería sometida a ebullición para retirar la carne putrefacta y los tejidos cerebrales a fin de que yo pudiera realizar un examen detallado de las características craneales.

Había examinado con sumo cuidado el cabello en busca de fibras o algún otro rastro. Mientras separaba los húmedos mechones imaginaba la última vez que la víctima debía de haberlos peinado y me preguntaba si en aquella ocasión ella se sentiría complacida, frustrada o indiferente. Día de cabello bueno, día de cabello malo, día de cabello muerto.

Reprimí tales pensamientos, guardé la muestra en una bolsa y la envié a biología para que la sometieran a análisis microscópico. La bolsa de plástico y el desatascador también se habían expedido al Laboratoire de Sciences Judiciaires, donde los examinarían en busca de huellas, restos de fluidos corporales o cualquier indicio, por minúsculo que fuera, que aportara información sobre el asesino o la víctima.

La noche anterior nos habíamos pasado tres horas a gatas tanteando el barro, peinando hierbas y hojas y volviendo piedras y maderos de manera infructuosa. Registramos hasta que la oscuridad nos envolvió, pero nos retiramos con las manos vacías. No había ropas, zapatos, joyas ni efectos personales. La brigada de investigación regresaría aquel día al escenario del crimen a reanudar sus análisis, pero dudaba de su éxito. No contábamos con etiquetas, códigos de fabricantes, cremalleras, hebillas, joyas, armas, ribetes, sesgaduras ni ojales en las ropas que aportasen alguna luz a mis hallazgos. El cadáver había sido abandonado, desnudo y mutilado, desprovisto de cualquier indicio que lo vinculara a la vida.

Recurrí de nuevo a la bolsa que contenía el cuerpo para recoger el resto de su espeluznante contenido, dispuesta a comenzar mi examen preliminar. Más tarde limpiarían las extremidades y el torso, y yo efectuaría un análisis completo de toda la osamenta. Habíamos recuperado casi todo el esqueleto: el asesino nos había facilitado esa tarea. Al igual que con la cabeza y el torso, él -o ella- había colocado brazos y piernas en bolsas de plástico separadas. Cuatro bolsas en total: todo muy pulcro, empaquetado y desechado como la basura de la semana anterior. Archivé mi indignación en otro lugar y me esforcé por concentrarme.

Separé los segmentos descuartizados y los dispuse en orden anatómico sobre la mesa de autopsias de acero inoxidable situada en el centro de la sala. En primer lugar deposité el torso con la parte pectoral hacia arriba; se sostuvo razonablemente bien. A diferencia de la bolsa que guardaba la cabeza, las que contenían las restantes partes del cuerpo no habían permanecido por completo cerradas. El torso era el que estaba en peor estado, y los huesos tan sólo se mantenían unidos por franjas de músculos y ligamentos secos, casi curtidos. Advertí que faltaban las vértebras superiores y confié en que se encontraran unidas a la cabeza. Los órganos internos, salvo por las huellas, habían desaparecido hacia tiempo.

A continuación coloqué los brazos a los lados y las piernas debajo. Las extremidades no habían estado expuestas a la luz solar, por lo que no se hallaban tan desecadas como el pecho y el abdomen y contenían grandes porciones de tejido blando putrefacto. Traté de no prestar atención a la bullente capa de color amarillo pálido que, lánguida y ondulante, se retiró de la superficie de los miembros al extraerlos de la bolsa. Eran los gusanos que abandonan los cadáveres cuando se exponen a la luz. Caían del cuerpo a la mesa y de allí al suelo en lenta pero constante llovizna. Parecían granos amarillentos de arroz que se retorcían entre mis pies. Evité pisarlos. Lo cierto es que nunca lograré acostumbrarme a ellos.

Cogí mi carpeta de pinza y me dispuse a rellenar el formulario. Nombre: Inconnu. Desconocido. Fecha de la autopsia: 3 de junio de 1994. Investigadores: Luc Claudel, Michel Charbonneau, Sección de Homicidios del CUM, Comunidad Urbana de Montreal.

Añadí el número del informe policial, el número del depósito y el número del Laboratorio de Medicina Legal, o LML, y experimenté la habitual oleada de ira ante la fría indiferencia del sistema. La muerte violenta no tolera ninguna intimidad. Saquea la propia dignidad tan rotundamente como ha arrebatado la vida. El cuerpo es manejado, escudriñado y fotografiado, y en cada paso del proceso se le aplica una nueva serie de dígitos. La víctima se convierte en parte de las pruebas, un objeto expuesto que se exhibe a policías, patólogos, especialistas forenses, abogados y, llegado el caso, jurados. Numeradlo; fotografiadlo; tomad muestras; ponedle una etiqueta en el pie. Aunque partícipe activa, no me resigno a aceptar lo impersonal del sistema. Es como un saqueo al nivel más personal. Por lo menos yo daría un nombre a esta víctima. La muerte en el anonimato no se sumaría a la lista de violaciones que él o ella deben sufrir.

Escogí uno de los impresos de la carpeta. Alteraría mi rutina normal y dejaría para más tarde el inventario de todo el esqueleto. Por el momento los agentes sólo deseaban el perfil identificativo: sexo, edad y raza.

La raza era muy evidente. Los cabellos, pelirrojos; los restos de piel, claros. Sin embargo, el proceso de descomposición actúa de modo extraño, de modo que comprobaría los detalles del esqueleto tras su limpieza. Por el momento parecía razonable considerar que era de raza caucasiana.

Como había sospechado se trataba de una mujer, con rasgos faciales delicados y el cuerpo, en conjunto, de estructura ligera. Los cabellos largos no significaban nada.

Observé la pelvis. Al ladearla advertí que la muesca que se encuentra bajo la aleta de la cadera era amplia y superficial. Volví a colocarla de modo que pudiera examinar los huesos púbicos, la región frontal donde se encuentran las partes derecha e izquierda de la pelvis. La curva formada por sus bordes inferiores constituía un amplio arco. Delicadas crestas atravesaban la parte frontal de cada hueso púbico y constituían claros triángulos en las esquinas inferiores, características típicamente femeninas. Más tarde tomaría medidas y realizaría análisis informáticos, pero no me cabía duda alguna de que aquellos restos pertenecían a una mujer.

Cuando envolvía la zona púbica con un paño mojado me sobresaltó el sonido del teléfono. Hasta entonces no había reparado en el silencio que me rodeaba ni en lo tensa que estaba. Me dirigí al escritorio esquivando a los gusanos como un niño que jugase a las tabas.

– Aquí la doctora Brennan -respondí.

Me subí las gafas a la cabeza y me dejé caer en la silla al tiempo que apartaba un gusano de la mesa con el bolígrafo.

– Aquí Claudel -contestó una voz.

Se trataba de uno de los dos detectives del CUM asignados al caso. Según el reloj de pared eran las once menos veinte: más tarde de lo que pensaba. El hombre no prosiguió. Sin duda suponía que bastaba con darse a conocer.

– En estos momentos estoy trabajando con ella -dije.

Distinguí un chirriante sonido metálico.

– ¿Elle? -me interrumpió-. ¿Una mujer?

– Sí.

Observé otro gusano que se encogía como una media luna, se desdoblaba y repetía la maniobra en dirección opuesta. No estaba mal.

– ¿Blanca?

– Sí.

– ¿Edad?

– Dentro de una hora tendré una idea aproximada.

Imaginé que el hombre consultaba su reloj.

– De acuerdo. Estaré ahí después de comer.

Era una afirmación, no una solicitud. Al parecer no le importaba que yo estuviera conforme.

Colgué el aparato y retorné junto a la dama que estaba sobre la mesa. Cogí de nuevo la carpeta y pasé a la página siguiente del informe: edad. Era una persona adulta. Con anterioridad había comprobado su boca y tenía todas las muelas del juicio.

Examiné los brazos en el punto en que habían sido separados de los hombros. El extremo de cada húmero estaba totalmente formado. No se advertía ninguna línea de demarcación ni casquete separado en ningún lado. Observé las piernas. Las cabezas del fémur también estaban completamente formadas, tanto la derecha como la izquierda.

Había algo que me inquietaba en aquellas articulaciones cercenadas. Era una sensación distinta de la reacción normal que se experimenta ante la depravación, pero vaga e informe. Cuando de nuevo deposité la pierna izquierda en la mesa sentí un frío helado en mi interior. Una vez más me envolvía la nube de temor percibida por vez primera en el bosque. Traté de superarla y me esforcé por centrarme en la incógnita que se me planteaba. La edad: establecer la edad. Un cálculo correcto podía conducir a un nombre. Lo más importante era asignar un nombre a la víctima.

Utilicé el escalpelo para retirar la carne que rodeaba las articulaciones de las rodillas y de los codos, que no ofreció resistencia. También los huesos largos estaban por completo formados. Posteriormente lo comprobaría por rayos equis, pero aquello significaba que el crecimiento óseo ya se había alcanzado y no se advertían cambios ni rebordes artríticos en las articulaciones. Era adulta pero joven, lo cual resultaba coherente con la falta de desgaste observada en la dentadura.

Pero me autoexigía más precisión: Claudel así lo esperaría. Examiné la clavícula en su punto de unión con el esternón, en la base de la garganta. Aunque la parte derecha estaba separada, la superficie de unión seguía encajada en un nudo consistente de cartílagos y ligamentos secos. Recorté con unas tijeras todo el tejido correoso posible y a continuación envolví el hueso con otro paño húmedo y centré mi atención en la pelvis.

Retiré el paño y de nuevo comencé a aserrar suavemente con el escalpelo el cartílago que unía las dos mitades frontales. Al humedecerlo se había vuelto más flexible, más fácil de cortar, pero aun así el proceso era lento y tedioso. No quería arriesgarme a lesionar las superficies subyacentes. Cuando por fin se separaron los huesos púbicos seccioné los escasos restos de músculo seco que unían la pelvis al extremo inferior de la columna vertebral por la parte posterior, la desprendí y la sumergí en el agua de la pila.

Seguidamente regresé junto al cuerpo y destapé la clavícula dispuesta a desprender todo el tejido posible. Acto seguido llené de agua un recipiente de plástico para muestras, lo coloqué contra la caja torácica y metí en él el extremo del hueso.

El reloj de pared señalaba las doce y veinticinco minutos del mediodía. Me aparté de la mesa, me quité los guantes y me erguí lentamente. Tenía la espalda como si un equipo de rugby se hubiera ejercitado en ella. Apoyé las manos en las caderas y me estiré, arqueándome hacia atrás y haciendo girar la parte superior de mi cuerpo, lo que en realidad no me alivió el dolor, aunque tampoco lo empeoró. Mi columna parecía resentirse mucho últimamente, y permanecer tres horas inclinada sobre una mesa de autopsias solía agravarla. Me negaba a creer o a admitir que ello tuviera que ver con la edad. Mi recién descubierta necesidad de gafas para lectura y el aumento -al parecer, permanente- de peso, de cincuenta y dos a cincuenta y cinco quilos, no era probable que se debieran a envejecimiento. Nada tenía que ver con ello.

Al volverme descubrí que Daniel, uno de los técnicos de autopsias, me observaba desde el despacho contiguo. Tenía un tic en el labio superior. Cerró un instante los ojos y se movió bruscamente, desplazando todo su peso a una pierna y ladeando la otra, como una gaviota que esquivase una ola.

– ¿Cuándo querrá que haga las radiografías? -preguntó.

Las gafas le resbalaban por la nariz y parecía mirar por encima más que a través de ellas.

– Calculo que concluiré hacia las tres -respondí.

Tiré los guantes en el recipiente destinado a desechos biológicos. De pronto reparé en que estaba muy hambrienta. El café de la mañana seguía sobre el mostrador, frío e intacto. Lo había olvidado por completo.

– De acuerdo.

Saltó hacia atrás, giró en redondo y desapareció por el pasillo.

Tiré las gafas en el mostrador, saqué una hoja de papel blanco de un cajón del armario y, tras desplegarlo, cubrí el cadáver. Me lavé las manos y regresé a mi despacho de la quinta planta, donde vestí mis ropas de calle para salir a comer. Aquel día necesitaba ver la luz del sol, algo insólito en mí.

A la una y media, cuando regresé, Claudel estaba ya en mi despacho como había prometido. Se hallaba sentado ante mi escritorio, fija su atención en el cráneo reconstruido que tenía sobre mi mesa de trabajo. Al oírme, volvió la cabeza, pero sin pronunciar palabra. Yo colgué mi abrigo detrás de la puerta, pasé por su lado y me instalé en mi silla.

– Bonjour, monsieur Claudel. Comment ça va? -lo saludé sonriente.

– Bonjour.

Al parecer no le interesaba saber cómo me iban las cosas. Bien. Aguardé: no pensaba sucumbir a sus encantos.

Tenía una carpeta en la mesa, frente a él. Puso la mano sobre ella y me miró. Su rostro me recordaba el de un loro. Los rasgos formaban ángulos agudos desde las orejas a la línea central y se proyectaban hacia adelante en la nariz parecida a un pico. A lo largo de ese vértice, su barbilla, su boca y la punta de la nariz apuntaban hacia abajo formando una serie de uves. Cuando sonreía -algo poco frecuente- la uve de la boca se acentuaba y los labios se encogían en lugar de ir hacia atrás.

Suspiró. Se mostraba muy paciente conmigo. Era la primera vez que trabajaba con él, pero conocía su reputación. Se creía dotado de excepcional inteligencia.

– Tengo varios nombres posibles -dijo-. Todos de personas desaparecidas durante los últimos seis meses.

Ya habíamos discutido la cuestión del tiempo transcurrido desde la muerte, y el trabajo realizado aquella mañana no me había hecho cambiar de idea. Estaba segura de que hacía menos de tres meses que la víctima había fallecido, de modo que el crimen debía de haberse producido en marzo o algo después. Los inviernos son fríos en Quebec, duros para los vivos, pero considerados con los difuntos. Los cadáveres helados no se descomponen ni atraen bichos. Si la hubiesen tirado allí el pasado otoño, antes de comenzar el invierno, hubiera habido huellas de plagas de insectos. La presencia de huevos o larvas indicaría una invasión otoñal abortada y no se advertían indicios de ello. Teniendo en cuenta que habíamos pasado una primavera cálida, la abundancia de gusanos y el grado de deterioro coincidían con un intervalo de unos tres meses. La presencia de tejido conjuntivo junto con la virtual ausencia de visceras y contenido cerebral sugerían asimismo un invierno tardío y el fallecimiento a comienzos de primavera.

Me recosté en el asiento y lo contemplé expectante. También yo podía ser reservada. El hombre abrió la carpeta y hojeó su contenido. Aguardé.

– Myriam Weider -leyó, tras escoger uno de los impresos.

Hizo una pausa mientras examinaba con suma atención la información contenida en el documento.

– Desaparecida el 4 de abril de 1994. -Nueva pausa-. Hembra. Raza blanca. -Pausa más prolongada-. Fecha de nacimiento: 9 de junio de 1948.

Calculamos mentalmente: cuarenta y cinco años.

– Es posible -dije.

Le indiqué que prosiguiera con un ademán.

Dejó el impreso en el escritorio y procedió a leer el siguiente.

– Solange Leger. Denunciada la desaparición por su marido.

Se detuvo un instante mientras se esforzaba por descifrar la fecha.

– 2 de mayo de 1994. Hembra. Blanca. Fecha de nacimiento: 17 de agosto de 1928.

– No -negué con la cabeza-. Demasiado vieja.

Depositó el documento en la parte posterior de la carpeta y escogió otro.

– Isabelle Gagnon. Vista por última vez el 1 de abril de 1994. Hembra. Blanca. Nacida el 15 de enero de 1971.

– Veintitrés años. Sí -asentí lentamente-, es posible.

El documento fue a parar sobre el escritorio.

– Suzanne Saint Pierre. Hembra. Desaparecida desde el 9 de marzo de 1994. -Movía los labios al leer-. No regresó de la escuela.

Nueva pausa mientras calculaba a su vez.

– Dieciséis años. ¡Jesús!

De nuevo negué con la cabeza.

– Demasiado joven. No se trata de una criatura.

Frunció el entrecejo y extrajo el último impreso.

– Evelyn Fontaine. Hembra. Treinta y seis años. Vista por última vez en Sept Íles el 28 de marzo. ¡Ah, sí, es indígena!

– Lo dudo -respondí.

No creía que los restos correspondieran a una aborigen.

– Eso es todo -concluyó.

Sobre la mesa había dos impresos relativos a Myriam Weider, de cuarenta y cinco años, y a Isabelle Gagnon, de veintitrés. Tal vez una de ellas yaciera abajo, en la sala cuatro. Claudel me miró y enarcó las cejas de modo que en el centro se le formó otra uve, ésta invertida.

– ¿Qué edad tendría ella? -preguntó.

Había acentuado el verbo y puesto así de relieve su infinita paciencia.

– Bajemos a verla.

Pensé que aquello aportaría un poco de luz en su jornada.

Sería mezquina, pero no podía evitarlo. Conocía la fama que tenía Claudel de evitar la sala de autopsias y deseaba hacerle pasar un mal rato. Por un momento pareció atrapado y me complació comprobar su malestar. Cogí una bata de laboratorio del colgador de la puerta, me apresuré a salir al pasillo e introduje la llave para llamar al ascensor. El hombre permaneció silencioso mientras descendíamos, como un paciente que se somete a un examen de próstata. Claudel raras veces utilizaba aquel ascensor, que sólo se detenía en el depósito.

El cuerpo yacía inmutable. Me puse los guantes y retiré la lámina de papel. Observé de reojo a mi compañero, que se había detenido en la puerta y se asomaba lo suficiente para justificar su presencia en aquel lugar. Paseó la mirada por los mostradores de acero inoxidable, por los armarios de puertas acristaladas con su provisión de recipientes vacíos de plástico y por la báscula colgante, por doquiera con excepción del cadáver. Yo ya lo había visto anteriormente: las fotografías no constituían una amenaza, la sangre vertida se hallaba en un lugar distante, el escenario del crimen era un ejercicio objetivo que no presentaba problemas. Había que diseccionarlo, examinarlo, resolver el rompecabezas. Pero situarse ante un cadáver colocado en una mesa de autopsias era algo diferente. Claudel había adoptado una expresión neutra con la que confiaba parecer tranquilo.

Retiré la pelvis del agua y separé ambas partes con suavidad. Con ayuda de una sonda aparté los bordes de la funda gelatinosa que cubría la superficie del hueso derecho, que se fue desprendiendo de modo gradual hasta ceder por completo. El núcleo subyacente estaba marcado con profundos surcos y rugosidades que discurrían en sentido horizontal por su superficie. Era una fina franja de sólida materia ósea parcialmente enmarcada por el margen exterior, que formaba un delicado e incompleto borde en torno a la superficie púbica. Repetí el proceso en la parte izquierda, que apareció idéntica.

Claudel no se había movido de la puerta. Acerqué la pelvis a la lámpara, extendí el brazo hacia mí y pulsé el interruptor. La luz fluorescente iluminó el hueso. A través del cristal redondo de aumento aparecieron detalles que no habían sido visibles a simple vista. Contemplé la curva superior de cada cadera y descubrí lo que esperaba.

– Monsieur Claudel -dije sin mirarlo-. ¡Fíjese en esto!

Se aproximó detrás de mí, y yo me aparté para que pudiera observarlo libremente. Le señalé una irregularidad en el borde superior de la cadera. La cresta ilíaca estaba en proceso de soldarse cuando había sobrevenido la muerte.

Deposité la pelvis en la mesa y el hombre siguió mirándola, aunque sin tocarla. Volví junto al cadáver para examinar la clavícula, convencida de lo que iba a encontrar. Retiré el extremo del esternón del agua y comencé a desprender el tejido. Cuando ya se distinguía la superficie de la articulación hice señas a Claudel para que se me aproximase y, sin pronunciar palabra, le señalé el extremo del hueso cuya superficie, al igual que en el caso del pubis, estaba hinchada. Un pequeño disco óseo se adhería al centro, de bordes claros y no soldado.

– ¿Qué sucede? -inquirió.

Tenía la frente perlada en sudor: trataba de disimular su nerviosismo con insolencia.

– Es joven. Probablemente veinteañera.

Podía haberle explicado cómo demuestran los huesos la edad, pero no creí que se prestara a escucharme, de modo que me limité a aguardar. Partículas de cartílago se adherían a mis enguantadas manos, que mantenía lejos de mi cuerpo, con las palmas hacia arriba, como un mendigo. Claudel guardaba la misma distancia que si se encontrara ante un enfermo de Ébola. Fijaba sus ojos en mí, pero se hallaba abstraído en los pensamientos que cruzaban su mente y revisaba los datos en busca de una candidata.

– Gagnon -dijo finalmente.

Era una afirmación, no una pregunta.

Asentí. Isabelle Gagnon, de veintitrés años.

– Le indicaré al juez que solicite el historial dental -añadió. Asentí de nuevo. Parecía que él expresara en voz alta mis pensamientos.

– ¿Cuál ha sido la causa de la muerte? -preguntó.

– Nada evidente -repuse-. Tal vez lo sepa cuando vea las radiografías. O acaso descubra algo en los huesos cuando estén limpios.

Tras estas palabras se marchó sin siquiera despedirse, aunque yo no lo esperaba. Su partida fue mutuamente apreciada.

Me quité los guantes y los deseché. Al salir, asomé la cabeza en la sala mayor de autopsias e informé a Daniel que por el momento había acabado con el caso y le pedí que se encargase de someter a rayos equis, y desde todos los ángulos, el cuerpo y el cráneo. Cuando llegué arriba me detuve en el laboratorio de histología y comuniqué al técnico jefe que el cadáver estaba a punto para ser sometido a ebullición, al tiempo que le advertía que tomara precauciones especiales por tratarse de un descuartizamiento. Aunque era innecesario: nadie podía reducir un cuerpo como Denis. En dos días el esqueleto estaría limpio e ileso.

Dediqué el resto de la tarde a trabajar en el cráneo recompuesto. Aunque fragmentarios, aparecían suficientes detalles para confirmar la identidad de su propietario. El hombre ya no conduciría más camiones cisterna de propano.

Cuando regresaba a mi casa volví a experimentar la sensación premonitoria del barranco. Durante todo el día me había refugiado en el trabajo para mantenerla a raya. Para desterrar el temor había centrado por completo mi mente en identificar a la víctima y en recomponer al finado camionero. Mientras comía, me distraje con las palomas del parque: establecer el orden jerárquico podía ser agotador. Las grises eran de primera categoría; parecían seguirlas las de manchas castañas, y las de patas negras estaban, sin duda alguna, al final del escalafón.

Ahora me hallaba en libertad de relajarme, de pensar, de preocuparme. Aquello comenzó en cuanto metí el coche en el garaje y cerré la radio. Una vez apagada la música surgió la inquietud. Me prohibí a mí misma pensar en ello: lo haría más tarde, después de cenar.

Al entrar en el apartamento percibí el tranquilidor zumbido del sistema de seguridad. Dejé la cartera en el recibidor, cerré la puerta y me fui al restaurante libanes de la esquina donde encargué un shish taouk y un plato de shawarna para acompañar. Es lo que más me gusta de vivir en el centro: a una manzana de mi residencia están representadas todas las cocinas del mundo. ¿Repercutirá ello en el peso…? ¡De ningún modo!

Mientras aguardaba a que me preparasen la comida para llevármela inspeccioné los surtidos del bufé: homos, taboule, feuilles de vignes… ¡Bendito fuera aquel despliegue mundial! Lo libanes iba bien con lo francés.

En una estantería a la izquierda de la caja se exhibían botellas de vino tinto. Una peligrosa elección. Mientras las miraba por enésima vez, sentí el antojo. Recordaba el sabor, el olor, la seca y fuerte consistencia del vino en mi lengua. Recordaba el calor que irradiaba desde mi interior y se extendía arriba y abajo abriendo un sendero por mi cuerpo que provocaba el fuego del bienestar en su curso, las hogueras del control, del vigor, de la euforia. Pensé que podía utilizarlo en aquel mismo momento. Ciertamente. ¿Pero a quién quería engañar? No me detendría allí. ¿Cuáles eran las etapas? Me volvería invulnerable y luego invisible. ¿O era totalmente al contrario? No importaba. Me excedería y después sobrevendría el colapso. El consuelo sería demasiado breve; el precio, caro. Hacía ya seis años que no tomaba una copa.

Me llevé la comida a casa y me la comí con Birdie y los Montreal Expos. El gatito dormía; enroscado en mi regazo ronroneaba quedamente. Perdieron frente a los Cubs por dos carreras. En ningún momento mencionaron el crimen, algo por lo que me sentí reconocida.

Tomé un baño caliente y prolongado y a las diez y media me desplomé en el lecho. A solas entre la oscuridad y el silencio ya no pude contener mis pensamientos, que como células enloquecidas crecieron y se intensificaron hasta instalarse finalmente en mi conciencia, insistiendo en ser reconocidos. Se trataba de otro homicidio, otra joven que había llegado al depósito despedazada. La rememoré con vividos detalles, recordé los sentimientos que había experimentado mientras trabajaba en sus huesos. Se llamaba Chántale Trottier y tenía dieciséis años. Había sido estrangulada, golpeada, decapitada y descuartizada. Hacía menos de un año que había llegado desnuda y metida en bolsas de basura de plástico.

Me disponía a concluir la jornada, pero mi mente se negaba a desconectar. Yací en el lecho mientras se formaban las montañas y las placas continentales se desplazaban. Por fin me quedé dormida. Una frase martilleaba mi cerebro y me obsesionaría todo el fin de semana: crímenes en serie.

Capítulo 3

Gabby me llamaba por el altavoz. Yo llevaba una maleta enorme y no podía manejarla por el pasillo del avión. Los restantes pasajeros estaban molestos, pero nadie me ayudaba. Katy se asomaba a observarme desde la fila delantera de primera clase. Lucía el vestido de seda que habíamos escogido para su graduación en el instituto, de color verde musgo. Aunque más tarde me confesó que no le gustaba, que lamentaba tal elección y que hubiera preferido el estampado con flores. ¿Por qué lo llevaba entonces? ¿Por qué Gabby estaba en el aeropuerto cuando debería encontrarse en la universidad? Sus palabras por el altavoz eran cada vez más sonoras y estridentes.

Me incorporé en el lecho. Eran las siete y veinte de la mañana del lunes. La luz iluminaba los bordes de la persiana sin apenas infiltrarse en la habitación.

Seguía oyendo la voz de Gabby.

– … pero sabía que más tarde no iba a encontrarte. Supongo que eres más madrugadora de lo que pensaba. De todos modos, acerca de…

Descolgué el teléfono.

– ¡Hola! -saludé.

Me esforcé por parecer menos aturdida de lo que me sentía. La voz se interrumpió en mitad de una frase.

– ¿Eres tú, Tempe?

Asentí.

– ¿Te he despertado?

– Sí.

Aún no estaba preparada para respuestas ingeniosas.

– Lo siento. ¿Quieres que te llame más tarde?

– ¡No, no! ¡Estoy levantada!

Me resistí a añadirle que me había levantado para responder al teléfono.

– Vuelve a la cama, pequeña. Es temprano y la mañana, cálida. Escucha, se trata de esta noche. ¿Qué te parece si…?

Un chirrido estrepitoso interrumpió sus palabras.

– No cuelgues. Debo de haber dejado el contestador en marcha.

Dejé el aparato y salí al salón. La luz roja destellaba. Descolgué el auricular portátil, regresé al dormitorio y colgué el teléfono de la habitación.

– Ya está.

Por entonces estaba completamente despierta y ansiaba tomarme un café. Fui a la cocina.

– Te llamaba para ponernos de acuerdo acerca de esta noche.

Parecía enojada y no podía censurarla. Trataba de concluir una frase desde hacía cinco minutos.

– Lo siento, Gabby. He pasado todo el fin de semana leyendo la tesis de un alumno y anoche me acosté muy tarde. Dormía profundamente y ni siquiera oí el timbre del teléfono.

Aquello sonaba extraño, incluso para mí.

– ¿De qué se trata?

– De esta noche. ¿Podemos salir a las siete y media en lugar de las siete? El proyecto me ha puesto tan nerviosa como una jaula de grillos.

– Desde luego. No hay inconveniente. Tal vez también sea preferible para mí.

Apoyé el aparato en el hombro, saqué el bote de café del armario y eché tres cucharadas al molinillo.

– ¿Quieres que te recoja? -me preguntó.

– Como gustes. Si lo prefieres, conduciré yo. ¿Adonde iremos?

Pensé en moler café, pero decidí esperar. Ella ya parecía algo susceptible.

Silencio. La imaginaba jugando con el aro de la nariz mientras pensaba en ello. O quizás en esta ocasión se tratara de un tachón. Al principio me había molestado y había tenido dificultades para concentrarme en las conversaciones que sostenía con Gabby. Acababa centrándome en el aro y me preguntaba cuánto debía doler agujerearse la nariz. Pero, a la sazón, ya no reparaba en ello.

– Me gustaría pasar una noche agradable -dijo-.¿Qué te parece algún lugar en el que podamos cenar al aire libre? ¿Por Prince Arthur o Saint Denis, por ejemplo?

– Estupendo -respondí-. Entonces no tienes por qué venir a casa. Estaré ahí sobre las siete y media. Piensa en algún lugar nuevo. Me agradaría probar algo exótico.

Aunque aquello podía ser arriesgado con Gabby, constituía nuestra habitual rutina. Puesto que conocía la ciudad mucho mejor que yo, la elección de restaurantes solía recaer en ella.

– De acuerdo. Á plus tard.

– Á plus tard -respondí.

Estaba sorprendida y algo aliviada. Por lo general ella solía quedarse largo tiempo al teléfono. Con frecuencia tenía que imaginar pretextos para evadirme.

El teléfono siempre había sido un cordón umbilical para Gabby y para mí. Yo la relacionaba con aquel aparato más que a nadie. Las pautas se instauraron al comienzo de nuestra amistad. Nuestras conversaciones de estudiantes universitarias constituían un extraño alivio de la melancolía que me envolvía aquellos años. Cuando mi hija Katy por fin estaba alimentada, bañada y en su cuna, Gabby y yo pasábamos largas horas en la línea y compartíamos excitadas nuestras impresiones sobre algún libro recién descubierto o hacíamos comentarios sobre nuestras clases, profesores y compañeros de estudios, de todo y de nada en particular. Era la única frivolidad que nos permitíamos en una época nada frivola de nuestras vidas.

Aunque ahora cada vez hablamos con menos frecuencia, aquella norma apenas se ha alterado en el curso de las décadas. Juntas o separadas, estamos siempre mutuamente disponibles para los altibajos de la compañera. Fue Gabby quien me llamó durante los días de mi rehabilitación alcohólica, cuando la necesidad de beber influía en mis horas de vigilia y me conducía hasta la noche temblando y sudorosa. Es a mí a quien ella recurre, estimulada y optimista, cuando el amor entra en su vida; solitaria y desesperada cuando, de nuevo, se aleja.

En cuanto el café estuvo preparado me lo llevé a la mesa de cristal del comedor. Los recuerdos de Gabby se reproducían en mi mente. Siempre sonreía al pensar en ella. Gabby en el seminario de graduación; Gabby en la universidad; Gabby en las excavaciones, con un pañuelo rojo torcido, agitada su rizada melena teñida de castaño rojizo mientras rascaba la tierra con su paleta. Cuando alcanzó el metro ochenta y dos comprendió claramente que nunca sería una belleza convencional y no se esforzó por adelgazar, broncearse ni depilarse piernas ni axilas.

Gabby era Gabby. Gabrielle Macaulay, de TroisRiviéres, en Quebec, de madre francesa y padre inglés.

En la universidad estuvimos muy unidas. Ella odiaba la antropología física y sufría en las clases por mí preferidas. Yo sentía lo mismo por sus seminarios de etnología. Cuando nos marchamos del noroeste yo fui a Carolina del Norte y ella regresó a Quebec. Durante aquellos años apenas nos vimos, pero el teléfono nos mantuvo unidas. Principalmente gracias a ella me ofrecieron un puesto de profesora tutora en McGill en 1990. Durante aquel año había comenzado a trabajar en el laboratorio a tiempo parcial y continué con aquel sistema tras regresar a Carolina del Norte, trasladándome a Canadá cada seis semanas, según dictaba el número de casos. Aquel año había pedido la excedencia de la universidad Charlotte, de Carolina del Norte, y me había instalado de modo permanente en Montreal. Había echado de menos la compañía de Gabby y disfrutaba al renovar nuestra amistad.

La luz destellante del contestador automático atrajo mi atención. Debía de haberse recibido otra llamada antes de la de mi amiga. Lo había preparado para que funcionara al cuarto timbrazo a menos que la cinta ya estuviera en marcha, en cuyo caso lo recogería tras el primero. Me preguntaba cómo podía haber permanecido dormida mientras sonaban cuatro timbrazos y se grababa una llamada y me acerqué a pulsar el botón. La cinta se rebobinó, se detuvo y se puso de nuevo en marcha. Tras un breve silencio sonó un clic seguido de un breve pitido y luego se oyó la voz de Gabby. Sin duda habrían colgado. Bien. Rebobiné de nuevo la cinta y me vestí para ir a trabajar.

El laboratorio médico legal se encuentra en el edificio conocido como el PPQ o SQ, según preferencias lingüísticas. Para los anglófonos, es la Policía Provincial de Quebec; para los francófonos, la Sûreté du Quebec. El Laboratorio de Medicina Legal, similar a un consultorio de reconocimiento médico estadounidense, comparte la quinta planta con el Laboratoire de Sciences Judiciaires, el laboratorio central del crimen para la provincia, y junto con él constituyen una unidad conocida como la Direction de L'Expertise Judiciaire: DEJ. Existe una cárcel en la cuarta planta, que corona otras tres del edificio. El depósito y las salas de autopsia se encuentran en el sótano. En cuanto a las ocho plantas restantes, las ocupa la policía provincial.

Esta disposición tiene sus ventajas: estamos todos juntos. Si necesito una opinión sobre fibras, un informe o una muestra de tierra, me basta con recorrer el pasillo que me lleva directamente al experto. Pero también cuenta con desventajas porque somos fácilmente accesibles. A cualquier investigador de la SQ o agente municipal que desee tramitar papeleo o necesite pruebas, le basta con coger el ascensor hasta nuestros despachos.

Como ejemplo, aquella mañana. Cuando llegué, Claudel ya me esperaba en la puerta de mi despacho. Llevaba un sobrecito de color marrón con cuyo borde se daba impacientes golpecitos en la palma de la mano. Decir que parecía agitado sería como opinar que Gandhi se veía hambriento.

– Tengo el historial dental -dijo a modo de saludo.

Y agitó el sobre como un presentador de los premios de la Academia.

– Lo recogí yo mismo.

Leyó el nombre que figuraba allí anotado:

– Doctor Nguyen. Tiene un consultorio en Rosemont. Hubiera llegado antes, pero su secretaria es una verdadera cretina.

– ¿Quiere un café? -le pregunté.

Aunque no conocía a la secretaria del doctor Nguyen, sentí simpatía hacia ella. Comprendía que no habría tenido una buena mañana.

El hombre abrió la boca, ignoro si para aceptar o rechazar mi oferta. En aquel momento asomaba por la esquina Marc Bergeron. Sin parecer advertir nuestra presencia pasó junto a la sucesión de puertas de despacho de un negro brillante y se detuvo en una anterior a la mía. Dobló la rodilla para apoyar la cartera en su muslo de un modo que me recordó al operario de la grúa de Karate Kid y, así preparado, abrió la cartera, rebuscó entre su contenido y extrajo un llavero.

– ¡Marc! -lo llamé.

Se sobresaltó, cerró de golpe la cartera y la volvió hacia abajo en un solo movimiento.

– Bien fait -dije mientras contenía una sonrisa.

– Merci.

Nos miró a Claudel y a mí con la cartera en la mano izquierda y las llaves en la diestra.

Según todos los criterios el aspecto de Marc Bergeron era peculiar. Rondaba la sesentena, era alto y huesudo, andaba algo encorvado e inclinaba el pecho como si estuviera perpetuamente dispuesto a encajar un puñetazo en el estómago. Sus cabellos comenzaban en la mitad de la cabeza y estallaban en una corona ensortijada blanca, con lo que alcanzaba una estatura superior al metro ochenta y seis. Los cristales de sus gafas con montura metálica siempre estaban grasientos y moteados de polvo, y solía bizquear como si leyera la letra menuda de una póliza de seguros. Parecía más bien una creación de Tim Burton que un dentista forense.

– Monsieur Claudel tiene el historial dental de Gagnon -comenté.

Y le señalé al detective.

Claudel le mostró el sobre para corroborar mis palabras.

Tras los sucios lentes no se advirtió ningún parpadeo. Bergeron me miró de modo inexpresivo. Parecía un alto y desconcertado diente de león con su largo y fino tallo y la masa de cabellos blancos. Comprendí que no sabía nada del asunto.

Bergeron se encontraba entre los profesionales empleados a tiempo parcial por el LML, todos ellos especialistas forenses a quienes se consultaba por su experiencia específica: neuropatología, radiología, microbiología, odontología… Tan sólo acudía al laboratorio los viernes. El resto del tiempo visitaba en un consultorio privado. La semana anterior no se había presentado.

Por consiguiente le resumí la situación:

– El miércoles pasado unos obreros encontraron unos huesos en los jardines del Gran Seminario. Pierre LaManche pensó que se trataría de otro caso de cementerio histórico y me envió allí. Pero no era eso.

Dejó la cartera y escuchó con atención.

– Descubrí partes de un cuerpo descuartizado que había sido metido en bolsas y abandonado, probablemente en el curso de los dos últimos meses. Se trata de una mujer, blanca y a buen seguro veinteañera.

El golpeteo del sobre de Claudel se había hecho más rápido. Se interrumpió un momento mientras miraba de modo intencionado su reloj. Se aclaró la garganta.

Bergeron lo miró y luego a mí. Proseguí:

– Monsieur Claudel y yo redujimos las posibilidades a un personaje que creemos muy apropiado. El perfil coincide y la época es razonable. Él mismo se ha procurado el historial: procede de un tal doctor Nguyen de Rosemont. ¿Lo conoce?

Bergeron negó con la cabeza y extendió su larga y huesuda mano.

– Bon -dijo-. Démelo. Le echaré una mirada. ¿Ha hecho Denis ya las radiografías?

– Así es -respondí-. Deben de encontrarse en su escritorio.

Abrió la puerta de su despacho y entró seguido de Claudel. A través de la puerta entreabierta distinguí un sobrecito de color marrón encima de su mesa. Bergeron lo recogió y comprobó el número del caso. Desde donde yo me encontraba advertí que Claudel examinaba la habitación como un monarca, buscando un lugar donde instalarse.

– Puede pasar a verme dentro de una hora, monsieur Claudel -dijo Bergeron.

El detective interrumpió su inspección. Se disponía a hablar, pero apretó los labios hasta formar una delgada y tensa línea, se arregló los puños y se marchó. Por segunda vez en unos momentos contuve una sonrisa. Bergeron nunca toleraría que un investigador husmeara sobre su hombro mientras trabajaba. Claudel acababa de enterarse de ello.

En aquel momento Bergeron asomó por la puerta su enjuto rostro.

– ¿Quiere pasar? -me invitó.

– Desde luego -respondí-. ¿Le traigo un café?

Aún no había tomado ninguno desde que había llegado al trabajo. Solíamos ir a buscarlos mutuamente, alternando los viajes hasta la cocinita que estaba en el otro extremo de la planta.

– Estupendo.

Sacó su taza y me la tendió.

– Voy a instalarme.

Cogí mi taza y fui por el café. Me complacía su invitación. Solíamos trabajar en los mismos casos, en los cadáveres descompuestos, carbonizados, momificados o en estado esquelético que no podían ser identificados por sistemas normales. Yo pensaba que funcionábamos bien juntos y también parecía ser aquella su opinión.

Cuando regresé, sobre la caja iluminada aparecían dos juegos de pequeños recuadros negros. Cada radiografía mostraba un segmento de mandíbula, claramente recortada contra un fondo de intensa negrura. Recordé los dientes tal como los había visto por primera vez en el bosque, su impecable estado en abierto contraste con el macabro contexto. En aquellos momentos parecían distintos: esterilizados, alineados en filas, prestos para inspección. Las configuraciones familiares de coronas, raíces y cavidades de pulpa dental estaban iluminadas por diferentes intensidades de gris y blanco.

Bergeron comenzó a disponer las radiografías anteriores a la muerte a la derecha y las tomadas del cadáver a la izquierda. Sus dedos largos y delgados localizaron una pequeña protuberancia en cada radiografía y, una tras otra, las orientó colocando la parte punteada hacia arriba. Cuando hubo concluido, cada radiografía tomada en vida se alineaba de modo idéntico con la parte correspondiente obtenida en el laboratorio.

Comparó ambos juegos en busca de diferencias. Todo coincidía. En ninguno de ellos faltaban piezas. Las raíces estaban completas hasta las puntas. Los contornos y curvaturas de la izquierda se correspondían a la perfección con los de la derecha. Pero lo más notable eran los globos de intensa blancura que representaban reparaciones dentales. La configuración de las radiografías de la muchacha viva coincidían con todo detalle con las tomadas por Daniel.

Tras estudiar las pruebas durante lo que pareció un lapso de tiempo interminable, Bergeron escogió un cuadrado de la derecha y lo colocó sobre el correspondiente tomado del cadáver para que yo lo examinara. Las pautas irregulares de los molares se superponían exactamente. Se volvió a mirarme.

– C'est positif-dijo.

Se echó hacia atrás y apoyó un codo en la mesa.

– Con carácter no oficial, desde luego, hasta que redacte los informes por escrito.

Cogió su taza de café. El hombre realizaría además una exhaustiva comparación del historial mecanografiado y un cotejo más detallado de las radiografías, pero no le cabía duda alguna: se trataba de Isabelle Gagnon.

Me alegré de no tener que entrevistarme con los padres, el marido, el amante o el hijo. Había presenciado tales encuentros y conocía las miradas, la expresión implorante de quien aguarda un mentís, una aclaración de que se trata de un error, de un mal sueño que se desea que concluya. Y luego llega la comprensión. En una milésima de segundo el mundo cambia para siempre.

– Gracias por examinarlo enseguida, Marc -dije-. Y gracias por los preliminares.

– Ojalá todo fuera tan fácil.

Tomó un sorbo de café, sonrió y agitó la cabeza.

– ¿Quiere que trate yo este asunto con Claudel? -me ofrecí.

Había tratado de disfrazar mi desagrado, pero al parecer no lo conseguí. Me sonrió con complicidad.

– No me cabe duda de que sabrá encargarse de Monsieur Claudel.

– De acuerdo -repuse-. Eso es lo que necesita: alguien que sepa manejarlo.

Cuando regresé a mi despacho aún sonaban sus risas en mis oídos.

Mi abuela siempre me había dicho que en todo ser humano existe bondad.

– Sólo hay que buscarla… -decía con un acento tan suave como el satén-…y la encontrarás. Todos poseen alguna virtud.

Tú no conocías a Claudel, abuela.

La virtud de Claudel consistía en la puntualidad. A los cincuenta minutos había regresado.

Se detuvo en el despacho de Bergeron, y distinguí sus voces a través de la pared. Mi nombre se repitió varias veces mientras Bergeron le indicaba que pasara a verme. El tono de Claudel reflejaba irritación. Deseaba una opinión de primera mano y de nuevo tendría que conformarse conmigo. Apareció al cabo de unos instantes con expresión dura.

No nos saludamos. El hombre aguardó en la puerta.

– El resultado es positivo -dije-. Se trata de Gagnon.

Frunció el entrecejo, pero advertí la emoción que reflejaban sus ojos: tenía una víctima, ya podía comenzar la investigación. Me pregunté si experimentaría algún sentimiento hacia la difunta o si para él se trataba tan sólo de un ejercicio: encontrar al malo, ser más listo que el asesino. Yo había oído las bromas, comentarios y chistes que circulaban acerca del maltratado cuerpo de una víctima. Para algunos era un modo de enfrentarse a la indigna violencia, de levantar una barrera protectora contra la realidad diaria de la carnicería humana. Humor de depósito; enmascarar el horror con bravuconerías machistas. Otros profundizaban más. Sospechaba que Claudel se contaba entre éstos. Lo observé unos instantes. Por el pasillo sonó un teléfono. Aunque me inspiraba antipatía, me esforcé por reconocer que me importaba la opinión que tuviera de mí. Deseaba recibir su aprobación. Deseaba agradarle. Deseaba verme aceptada por todos ellos, ser admitida en el club.

Por mi mente pasó la imagen de la doctora Lentz, la psicóloga, que me echaba un sermón desde el pasado.

– Usted es hija de un padre alcohólico, Tempe -decía-. Y busca la atención que él le negó. Y, puesto que desea la aprobación de papá, trata de agradar a todos.

Me lo hizo comprender, pero no logró enmendarlo. Tenía que conseguirlo yo por mis propios medios. De vez en cuando trataba de compensarlo en exceso y entonces resultaba una auténtica pelmaza para muchos. Pero con Claudel no se trataba de eso. Comprendí que yo había estado evitando un enfrentamiento.

Aspiré con intensidad y comencé, escogiendo cuidadosamente mis palabras.

– ¿Ha considerado la posibilidad de que este asesinato esté relacionado con otros que se hayan producido durante los últimos dos años, monsieur Claudel?

Su expresión se paralizó, apretó los labios contra los dientes con tanta fuerza que se hicieron casi invisibles. Una oleada de sonrojo se extendió lentamente por su cuello y su rostro.

– ¿Como por ejemplo? -repuso con frialdad y apárente calma.

– Como el de Chántale Trottier -proseguí-. Fue asesinada en octubre del 93. Descuartizada, decapitada y destripada.

Lo miré fijamente.

– Sus restos se encontraron contenidos en bolsas de basura de plástico.

Alzó ambas manos a nivel de su boca, las estrechó con fuerza entrelazando los dedos y se dio unos golpecitos en los labios. Sus gemelos de oro de excelente gusto en su camisa de diseño de corte perfecto tintinearon débilmente.

– Considero que debería circunscribirse a su ámbito de experiencia, señorita Brennan -replicó-. Pienso que nos bastaremos para reconocer cualquier vínculo que pueda existir entre los crímenes que se hallan bajo nuestra jurisdicción. Y que, en este caso, nada tienen en común.

Pasé por alto su tono despectivo e insistí:

– Se trata de dos mujeres que han sido asesinadas durante los dos últimos años y ambos cadáveres presentaban señales de mutilación o intento de…

Su dique de control tan cuidadosamente construido se desmoronó, y su ira se desbordó contra mí como un torrente.

– Tabemac! -estalló-. ¿Cómo se…?

Se contuvo a tiempo, sin llegar a proferir algo más insultante, y con visible esfuerzo recobró su compostura.

– ¿Por qué tiene que reaccionar siempre exageradamente? -dijo.

– Piense en ello -le espeté.

Me levanté a cerrar la puerta temblando de rabia.

Capítulo 4

Hubiera sido agradable permanecer sentada en la sauna y sudar como un chivo. Tal había sido mi intención. Cinco quilómetros en la cinta andadora, una sesión de remo y luego vegetar. Como el resto del día, el gimnasio no estuvo a la altura de mis expectativas. El ejercicio físico había disipado en parte mi ira, pero aún seguía agitada. Sabía que Claudel era un cretino, uno de los calificativos que había estado pisoteando en su pecho a medida que me ejercitaba. Imbécil, estúpido, subnormal. Me desahogaba con aquellas palabras. Había imaginado algo parecido, pero no hasta tal extremo. Me había distraído un rato, pero en aquellos momentos en que mi mente estaba ociosa no podía apartar de ella los crímenes. Isabelle Gagnon, Chantale Trottier… Seguían rodando en mi cerebro como guisantes en un plato.

Cambié la toalla y me permití pasar de nuevo revista mental a los acontecimientos de la jornada. Cuando Claudel se hubo marchado, acudí a ver a Denis para saber cuándo estaría preparado el esqueleto de Gagnon. Deseaba revisarlo hasta el último centímetro en busca de señales traumáticas: fracturas, cortes, lo que fuese. Me desconcertaba el modo en que habían descuartizado el cuerpo. Deseaba examinar con más detenimiento los cortes que había observado. Pero en la unidad de ebullición habían surgido problemas y los huesos no estarían dispuestos hasta el día siguiente.

A continuación acudí a los archivos centrales y extraje el expediente de Trottier. Me pasé el resto de la tarde inspeccionando los informes policiales, los resultados de la autopsia, los dictámenes de toxicología y las fotos. En las células de mi memoria persistía una noción acuciante e insistente acerca de la relación existente en ambos casos. Algún detalle olvidado que subsistía más allá del recuerdo vinculaba a ambas víctimas de un modo que me resultaba incomprensible. Alguna imagen mental almacenada que me resultaba inaccesible m e sugería que no se trataba tan sólo de la mutilación (y el empaquetamiento en bolsas), y deseaba encontrar la relación existente.

Me envolví de nuevo en la toalla y me enjugué el sudor del rostro. Las yemas de los dedos se me habían arrugado; por lo demás estaba brillante como una perca. Debía reconocer que no podía resistir el tiempo debido; sólo aguantaba el calor unos veinte minutos, por múltiples que fuesen sus supuestos beneficios. Trataría de soportar otros cinco.

Chantale Trottier había sido asesinada hacía menos de un año, el otoño en que yo comencé a trabajar a jornada completa en el laboratorio. La joven tenía dieciséis años. Aquella tarde extendí las fotos en mi escritorio, aunque no las necesitaba. La recordaba de manera vivida, recordaba con todo detalle el día en que había llegado al depósito.

Era el 22 de octubre, la tarde de la fiesta de las ostras. Era viernes y la mayoría del equipo se había marchado temprano para tomar cerveza y degustar ostras de Malpeques, según la tradición otoñal.

Entre la multitud de la sala de conferencias advertí que LaManche hablaba por teléfono y que se cubría el oído libre con una mano como si intentara protegerse del estrépito de la fiesta. Lo estuve observando. Cuando colgó, paseó la mirada por la sala y, al distinguirme, me hizo señas con una mano, para indicarme que me reuniera con él en el pasillo. A continuación localizó a Bergeron y, tras atraer su atención, repitió el mensaje. Ya en el ascensor, cinco minutos después, se explicó. Acababan de traer a una joven. El cuerpo estaba muy magullado y había sido descuartizado, por lo que sería imposible una identificación visual. Deseaba que Bergeron examinara su dentadura y que yo inspeccionara los cortes de los huesos.

El ambiente de la sala de autopsias contrastaba claramente con la alegría que acabábamos de dejar. Dos detectives de la SQ se mantenían a cierta distancia, mientras un agente uniformado del departamento de identificación tomaba fotos. El técnico colocaba los restos en silencio, y los detectives habían enmudecido; no se oían chistes ni bromas. Las usuales bravatas se habían silenciado por completo. El único sonido era el clic del obturador que registraba la atrocidad yacente sobre la mesa de autopsias.

Los restos de la joven habían sido dispuestos conformando un cuerpo. Los seis fragmentos ensangrentados estaban colocados en correcto orden anatómico, pero los ángulos se hallaban ligeramente desviados, y ello la convertía en una versión en tamaño natural de esas muñecas de plástico que se retuercen de modo distorsionado. El efecto total era macabro.

Le habían cercenado la cabeza en lo alto del cuello, y los músculos truncados se veían rojos como amapolas brillantes. La pálida piel se encogía hacia atrás suavemente en los bordes seccionados, como si retrocediera ante el contacto con la carne fresca y desnuda. Tenía los ojos entornados, y desde la aleta derecha de la nariz se extendía un delicado reguero de sangre seca. Sus cabellos, mojados y pegados a la cabeza, habían sido rubios y largos.

El tronco estaba dividido por la cintura. La parte superior del torso yacía con los brazos doblados en los codos, con las manos colocadas hacia adentro y descansando en el estómago. Era una posición adecuada para un ataúd, salvo que los dedos no se entrelazaban.

La mano diestra se hallaba parcialmente separada y los extremos de los tendones, de un blanco cremoso, sobresalían como cordones eléctricos cortados. Su atacante había tenido más éxito con la izquierda. El técnico la había situado junto a la cabeza, donde aparecía solitaria, con los dedos curvados como las patas de una araña seca. El pecho estaba abierto en canal, desde la garganta al vientre; los senos pendían a cada lado de la caja torácica, y su peso apartaba las dos mitades de carne dividida. La parte inferior del cuerpo se extendía desde la cintura hasta las rodillas. En cuanto a la mitad inferior de las piernas, estaban una junto a otra, bajo sus puntos normales de unión. Desprovistas de su conexión en la rodilla, se encontraban con los pies vueltos lateralmente, con los dedos hacia arriba.

Con una punzada de dolor advertí que llevaba pintadas las uñas de los pies de un rosa pálido. La intimidad de aquel simple acto me produjo tal dolor que deseé taparla, gritarles a todos que la dejaran sola. En lugar de ello observé y aguardé a que llegara el momento de mi intervención.

Si cerraba los ojos aún podía ver los dentados bordes de las laceraciones producidas en su cuero cabelludo, demostrativas de los repetidos golpes que le habían propinado con un objeto romo. Recordaba con todo detalle las magulladuras del cuello: todavía me parecía tener ante los ojos las hemorragias petequiales de los ojos, diminutas manchas producidas por el estallido de pequeñas arterias, como consecuencia de la tremenda presión de las venas yugulares y una señal característica de estrangulación.

Se me había revuelto el estómago mientras me preguntaba qué más le habría ocurrido a aquella mujer niña tan cuidadosamente criada con mantequilla de cacahuete, vacaciones en campamentos de verano y clases dominicales de catequesis. Me dolía por los años que le habían robado de vida, los bailes escolares a los que nunca asistiría y las cervezas que ya no se tomaría a escondidas. En la última década del segundo milenio, los norteamericanos nos creemos una tribu civilizada. Le habíamos prometido setenta y tantos años de vida, pero no le permitimos que pasara de los dieciséis.

Aparté los recuerdos de aquella terrible autopsia, me enjugué el sudor de la frente y sacudí la cabeza agitando los empapados cabellos. Las imágenes mentales se difuminaban de tal modo, que me impedían separar los recuerdos del pasado de las imágenes vistas aquella misma tarde en fotografías detalladas. Como la vida. Siempre he sospechado que muchos recuerdos de mi infancia proceden realmente de fotos antiguas, que son una combinación de instantáneas, un mosaico de imágenes de celuloide reconvertidas en una realidad recordada. La Kodak nos proyecta retrospectivamente. Tal vez sea mejor recordar el pasado de ese modo, ya que raras veces tomamos fotos de las ocasiones tristes.

La puerta se abrió, y entró una mujer en la sauna que me sonrió y saludó con una inclinación, para luego extender su toalla cuidadosamente en el banco de mi izquierda. Sus muslos tenían la consistencia de una esponja marina. Recogí mi toalla y me dirigí a la ducha.

Cuando llegué a casa, Birdie me aguardaba en el recibidor. Su blanco cuerpo se reflejaba tenuemente en el negro suelo de mármol, y parecía molesto. ¿Acaso experimentan los gatos tales emociones? Tal vez los proyectara yo en el animal. Inspeccioné su cuenco y descubrí que, aunque poco repleto, no estaba vacío. A pesar de ello, lo rellené con sensación de culpabilidad. Birdie se había adaptado bien al cambio. Sus necesidades eran muy sencillas: le bastaba con Friskies Ocean Fish, mi compañía y dormir. Tales necesidades no tropiezan con grandes dificultades y se reajustan con facilidad.

Faltaba una hora para encontrarme con Gabby por lo que me tendí en el sofá. El ejercicio físico y el vapor dejaban sentir sus efectos y sentía como si mis principales masas musculares se hubieran quedado inservibles. Pero el agotamiento tiene sus recompensas y me notaba física, ya que no mentalmente, relajada. Como de costumbre en tales ocasiones, ansiaba tomar una copa.

Los postreros rayos de sol de la tarde inundaron la habitación en un efecto amortiguado por la blanca muselina que cubría las ventanas. Es lo que más me agrada del apartamento. La luz del sol se funde con los colores apastelados y crea una calidad etérea muy relajante. Es mi isla de tranquilidad en un mundo de tensiones. El apartamento se halla en la planta baja de un edificio en forma de U que rodea un patio interior, ocupa la mayor parte de un ala y no tiene vecinos inmediatos. A un lado del salón unas puertas vidrieras dan acceso al jardín del patio y, enfrente, otras puertas comunican con mi patio particular. Algo poco frecuente en pleno urbanismo: césped y flores en el centro de la ciudad. Incluso tengo plantado un pequeño herbario.

Al principio me preguntaba si me gustaría vivir sola, algo nuevo para mí. De mi casa había pasado a la universidad y luego me casé con Pete y crié a Katy, de modo que nunca había sido dueña de mi propio hogar. La verdad es que no tendría por qué haberme preocupado, ya que aquello me entusiasmó.

Estaba suspendida entre los límites del sueño y la vigilia cuando me sobresaltó el sonido del teléfono. Respondí con la cabeza dolorida por la interrupción de mi siesta, descolgué el auricular y a mis oídos llegó una voz robótica que trataba de venderme una tumba en el cementerio.

– Merde! -exclamé.

Puse los pies en el suelo y me levanté del sofá. «Es la desventaja de vivir sola -me dije-: que hablas contigo misma.»

El otro inconveniente consiste en vivir separada de mi hija. Marqué su número y ella descolgó al primer timbrazo.

– ¡Oh, mamá, cuánto me alegra que me hayas llamado! ¿Cómo estás? Ahora no puedo entretenerme, tengo una llamada por la otra línea. ¿Te encontraré más tarde en casa?

Me hizo sonreír. Katy siempre está excitada y entregada a mil ocupaciones.

– Desde luego, cariño. No es nada importante, sólo quería hablar contigo. Esta noche salgo a cenar con Gabby. ¿Qué tal mañana?

– ¡Estupendo! Dale un beso muy fuerte de mi parte. ¡Ah, creo haber conseguido sobresaliente en francés, si es eso lo que te preocupa!

– No lo dudaba -repuse riendo-. Mañana hablaremos.

Veinte minutos después aparcaba frente al edificio donde vive Gabby. Por puro milagro encontré una plaza delante mismo de su puerta. Apagué el motor y me apeé.

Gabby reside en Carré St. Louis, una encantadora plazuela escondida entre rue St. Laurent y rue St. Denis. El parque está rodeado por hileras de casas de formas imprevisibles y con complicados adornos de madera, vestigios de una época de caprichosa arquitectura. Sus propietarios las han pintado con la excentricidad del arco iris y poblado sus patios con escandalosa profusión de flores veraniegas, lo que les confiere la animación de un escenario de Disney.

El parque tiene un aire extravagante desde su fuente central, que se levanta del estanque cual gigantesca tulipa, hasta la pequeña verja de hierro forjado que decora su perímetro. Sus barrotes y florituras, que apenas llegan a las rodillas, separan el césped público de la plaza de las casas de decoración cursi que la rodean. Se diría que los Victorianos, tan remilgados y mojigatos sexualmente, se sentían juguetones entre el diseño de tales edificios. En cierto modo ello me resulta tranquilizador, una tácita confirmación de que en la vida existe equilibrio.

Contemplé el edificio donde vive Gabby, en la parte norte del parque y el tercero desde la rue Henri-Julien. Katy lo habría calificado de «desdichado exceso», como los vestidos de baile de fin de curso de los que nos burlábamos en nuestra búsqueda anual de primavera. Parecía que el arquitecto no hubiera podido detenerse hasta incorporar todos los detalles extravagantes que conocía.

Es una casa de piedra arenisca de tres pisos. La planta inferior aparece recargada con balcones acristalados, y el tejado se prolonga hasta convertirse en una torrecilla hexagonal truncada, cubierta de pequeñas tejas ovaladas dispuestas como las escamas de una cola de sirena y rematada por una barandilla superior de hierro forjado. Las ventanas son moriscas, con los extremos inferiores cuadrados y los superiores ahuecados como arcos abovedados. Todas las puertas y ventanas están enmarcadas por carpintería exageradamente tallada, pintada de un ligero tono lavanda. Abajo, a la izquierda de la barandilla, una escalera metálica se remonta desde el nivel del suelo hasta el porche del primer piso, y las espirales y remolinos de sus pasamanos repiten las florituras de la verja del parque. Cada junio brotan las flores en las jardineras de las ventanas y en las enormes macetas que se alinean en el porche.

Gabby debía de estar esperándome porque, antes de que yo cruzara la calle, la cortina de encaje se agitó un instante y se abrió la puerta principal. Me saludó con la mano, cerró con llave y movió el pomo con energía para asegurarse de que estaba bien cerrado. Bajó rápidamente por la empinada escalera metálica, henchida la larga falda en pos de ella como la vela de un barco a favor del viento. La oí acercarse. A Gabby le encanta todo cuanto suena o brilla, y aquella noche llevaba en el tobillo una pulsera con campanitas de plata que tintineaban a cada paso y vestía de un modo que yo, en el instituto, calificaba de estilo hindú. Siempre iba así.

– ¿Cómo estás?

– Bien -repuse con ambigüedad.

Sin embargo, me constaba que no era cierto. Pero no deseaba hablar de los crímenes, de Claudel, de mi frustrado viaje a la ciudad de Quebec o de mi destrozado matrimonio, ni comentar nada de cuanto había atormentado mi paz espiritual últimamente.

– ¿Y tú?

– Bien.

Movió la cabeza a uno y otro lado, y sus rizos se agitaron.

Bien. Pas bien. Como en los viejos tiempos, pero no del todo. Yo reconocía mi propio comportamiento. Ella también se mostraba evasiva: deseaba mantener una conversación ligera. Me sentía algo triste, pero sospechaba que yo había establecido el talante, de modo que dejé que la situación siguiera su curso y acepté la conspiración de mutua evasión.

– Y bien, ¿adonde vamos a cenar?

No mudaba de conversación puesto que aún no habíamos iniciado ninguna.

– ¿Qué prefieres?

Pensé en ello. Suelo hacer tales elecciones imaginando un plato delante de mí. Mentalmente me agrada escoger de modo visual. Supongo que, cuando se trata de comida, podría decirse que se impone lo gráfico y no un menú. Aquella noche deseaba algo rojo y denso.

– ¿Italiano?

– De acuerdo.

Meditó un instante.

– ¿Qué tal Vivaldi's, en Prince Arthur? Estaremos al aire libre.

Atravesamos la plaza en diagonal y pasamos junto a las grandes hojas que forman arco sobre el césped. Unos ancianos, sentados en los bancos, hablaban en grupos y observaban a sus conciudadanos. Una mujer con gorro de baño daba de comer a las palomas el pan que llevaba en una bolsa y los regañaba como si fuesen criaturas traviesas. Una pareja de policías paseaban por uno de los senderos del parque con las manos cogidas en la espalda formando idénticas uves y se detenían periódicamente a intercambiar cumplidos, formular preguntas y responder a bromas.

Cruzamos la glorieta de cemento del extremo oeste de la plaza. Reparé en la inscripción «Vespasiano» que allí figuraba y me pregunté una vez más por qué habrían grabado el nombre de un emperador romano sobre aquella puerta.

Al salir de la plaza cruzamos la rue Laval y pasamos por una serie de columnas de cemento que señalan el acceso a la rue Prince Arthur sin haber cruzado palabra hasta el momento. Aquello era extraño: Gabby no es tan reservada ni pasiva. Solía desbordar de planes e ideas y aquella noche se limitaba a admitir todas mis sugerencias.

La observé de reojo, con discreción. Examinaba los rostros de aquellos que pasaban por nuestro lado y al mismo tiempo se mordía una uña. Semejante escrutinio no parecía una distracción instintiva. Estaba nerviosa e inspeccionaba las atestadas aceras.

El anochecer era cálido y húmedo, y por Prince Arthur circulaba un gentío que se arremolinaba y giraba en todas direcciones. Los restaurantes habían abierto puertas y ventanas, y las mesas invadían la calle desordenadamente, como si se hubieran propuesto arreglarlas más tarde. Los hombres llevaban camisas de algodón, y las mujeres iban con los brazos desnudos y hablaban y reían bajo sombrillas de vivos colores. Algunos aguardaban en hilera a que los acomodaran. Me incorporé a la fila en el exterior de Vivaldi's mientras Gabby iba al dépanneur de la esquina a comprar una botella de vino.

Cuando por fin nos instalamos, Gabby encargó fettucine Alfredo y yo pedí piccata de ternera con acompañamiento de espaguetis. Aunque me atraía el limón, me mantuve parcialmente leal a la visión del rojo. Mientras aguardábamos nuestras ensaladas me tomé un agua Perrier. Hablamos un poco, movíamos las bocas, formábamos palabras, pero sin decir nada. Ante todo estábamos tranquilamente sentadas. Pero no era el silencio placentero de antiguas amigas acostumbradas a su mutua compañía sino un diálogo incómodo.

Estaba tan familiarizada con los altibajos de humor de Gabby como con mis propios ciclos menstruales. Percibía algo tenso en su comportamiento. Rehuía mi mirada, pero sus ojos vagaban incansables, en continua exploración, como había hecho en el parque. Era evidente que estaba distraída y solía recurrir a un trago de vino. Cada vez que levantaba la copa, la temprana luz del anochecer iluminaba el Chianti y lo hacía resplandecer como una puesta de sol en Carolina.

Yo conocía aquellas señales: bebía demasiado a fin de reducir su ansiedad. El alcohol es el opio de los seres preocupados. Yo lo sabía porque lo había probado. El hielo de mi Perrier se deshacía lentamente, y yo observaba cómo subsistía el limón mientras chocaba con los cubitos con un delicado y sutil sonido.

– ¿Qué sucede, Gabby?

Mi pregunta la sobresaltó.

– ¿Cómo?

Profirió una breve y temblorosa risita y se apartó un rizo del rostro con inexpresiva mirada.

Ante su evasiva traté de abordar un tópico neutral, diciéndome que ella me informaría cuando estuviera dispuesta. O tal vez yo me comportaba como una cobarde, y el valor de la intimidad se perdería.

– ¿Has tenido noticias de alguien del noroeste?

Nos habíamos conocido en la universidad durante los setenta. Yo me había casado y Katy asistía al parvulario. Entonces envidiaba la libertad de que disfrutaban Gabby y los demás. Echaba de menos las experiencias cómplices de las fiestas que duraban toda la noche y las sesiones filosóficas de primeras horas de la mañana. Tenía su misma edad, pero vivía en un mundo diferente. Gabby era la única con quien había alcanzado intimidad aunque, en realidad, nunca supe la razón. Éramos todo lo distintas que pueden ser dos mujeres, pero nos respaldábamos mutuamente. Tal vez fuera porque a Gabby le gustara Pete o, por lo menos, lo simulara. Pete, considerado retrospectivamente, tenía aire militar y estaba rodeado por criaturas en flor que tomaban marihuana y bebían cerveza barata. Él odiaba mis fiestas escolares y disimulaba su incomodidad con jactancioso desdén. Sólo Gabby se interesaba por acercársenos.

Yo había perdido el contacto con casi todos nuestros compañeros de estudios, que en aquellos momentos se hallaban diseminados por Estados Unidos, principalmente en universidades y museos. Sin embargo, en el transcurso de los años, Gabby sí había conseguido mantener algunas relaciones. O quizás ellos buscaban su compañía.

– De vez en cuando tengo noticias de Joe. Creo que da clases en algún lugar perdido de Iowa o Idaho.

La geografía americana nunca había sido su fuerte.

– ¿Ah sí? -traté de estimularla.

– Y Vern vende propiedades inmobiliarias en Las Vegas. Hace unos meses estuvo aquí para dar una especie de conferencia. Dejó la antropología y es muy feliz.

Tomó un trago de vino.

– Aunque lleva los mismos cabellos.

En esta ocasión la risa sonó auténtica. El vino o mi encanto personal la estaban relajando.

– ¡Ah! He recibido un mensaje electrónico de Jenny. Piensa dedicarse de nuevo a la investigación. ¿Sabes que se casó con un pirado y renunció a un cargo importante en Rutgers para seguirlo a los Cayos?

Gabby no suele andarse por las ramas.

– Pues bien, ha conseguido cierto puesto como adjunta y está meneando el trasero para conseguir una propuesta de subvención.

Otro trago.

– Cuando él la deje. ¿Qué sabes de Pete?

La pregunta me cogió desprevenida. Hasta aquel momento yo había sido muy prudente al referirme a mi fallido matrimonio. Era como si el engranaje de mi conversación se atascara al llegar a ese tema y soltarlo demostrara en cierto modo confirmar la realidad. Como si el acto de ordenar las palabras en secuencia, o de formar frases, convalidara una certeza a la que aún no fuera capaz de enfrentarme. Eludía el tópico, aunque Gabby era una de las pocas personas que estaba al corriente de la situación.

– Está bien. Hablamos de vez en cuando.

– La gente cambia.

– Sí.

Llegaron las ensaladas y durante unos momentos nos concentramos en aliñarlas. Cuando levanté la mirada ella estaba inmóvil, con un tenedor cargado de lechuga en el aire. Se había aislado de nuevo de mí, aunque en esta ocasión parecía examinar un mundo interior, más que el que la rodeaba.

Intenté otra táctica.

– Cuéntame cómo va tu proyecto -le dije al tiempo que pinchaba una aceituna negra.

– ¡Ah, el proyecto! ¡Bien! ¡Marcha bien! Por fin he conseguido ganarme su confianza y algunas de ellas ya comienzan a abrírseme.

Se metió la ensalada en la boca.

– Aunque ya me lo has explicado, quisiera que me lo ampliaras, Gabby. Yo sólo comprendo las ciencias físicas. ¿Cuál es exactamente el objetivo de la investigación?

Se echó a reír ante la familiar demarcación establecida entre los estudiantes de antropología física y cultural. Nuestra clase había sido reducida, pero diversa: algunos estudiaban etnología; otros se dedicaban a antropología lingüística, arqueológica y biológica. Yo conocía tan poco sobre el «descontruccionismo» como ella sobre el ADN mitocondrial.

– ¿Recuerdas los estudios de etnografía que Ray nos hacía leer sobre los yanomamo, los semai y los nuer? Pues bien, sigo la misma idea. Tratamos de describir el mundo de las prostitutas mediante observaciones próximas y entrevistas con confidentes. Trabajo de campo. Muy íntimo, próximo y personal.

Tomó otro poco de ensalada.

– ¿Quiénes son? ¿De dónde proceden? ¿Cómo entraron en ello? ¿Qué hacen día a día? ¿Con qué redes de apoyo cuentan? ¿Cómo encajan en la economía legal? ¿Cómo se ven a sí mismas? ¿Dónde…?

– Comprendo.

Tal vez el vino surtiera su efecto o quizás había acertado con la pasión de su vida, porque su animación crecía por momentos. Aunque ya había oscurecido comprobé que se había sonrojado y que sus ojos brillaban a la luz de las farolas. O tal vez fuese por causa del alcohol.

– La sociedad ha proscrito a esas mujeres. A nadie le interesan realmente, salvo a aquellos que en cierto modo se ven amenazados por ellas y desean que desaparezcan.

Asentí mientras seguíamos comiendo.

– La mayoría de la gente cree que las mujeres se entregan a la prostitución porque han abusado de ellas, las han obligado o por cualquier otra razón. En realidad, muchas lo hacen simplemente por dinero. Cuentan con habilidades limitadas para el mercado de trabajo legal, nunca conseguirán ganarse la vida de modo decente y lo saben. Entonces deciden dedicarse a ello unos años porque es lo más rentable que pueden hacer.

Seguimos comiendo.

– Y, al igual que cualquier otro grupo, tienen su propia subcultura. Me interesan las redes que construyen, sus planificaciones mentales, los sistemas de apoyo en que confían, todas esas cosas.

El camarero apareció con nuestros platos fuertes.

– ¿Y qué me dices de los hombres que las contratan?

– ¿Cómo?

La pregunta pareció desconcertarla.

– ¿Qué me dices de los tipos que van en su busca? Debería ser un importante elemento en el conjunto. ¿También hablas con ellos?

Enrollé unos espaguetis en el tenedor.

– Yo… Sí. Con algunos -balbuceó visiblemente aturdida.

Tras una pausa añadió:

– Dejemos de hablar de mí, Tempe. Cuéntame en qué estás trabajando. ¿Algún caso interesante?

Mientras hablaba centró los ojos en su plato.

El giro fue tan brusco que me cogió desprevenida, y le respondí sin pensar:

– Unos crímenes que me tienen muy nerviosa.

Al instante lamenté haber pronunciado tales palabras.

– ¿Qué crímenes?

Se le velaba la voz y sus palabas tenían vibraciones nerviosas.

– Uno horrible que descubrimos el martes.

Me interrumpí: Gabby nunca ha querido saber nada de mi trabajo.

– ¡Ah!

Se sirvió más pan. Intentaba mostrarse cortés: ella me había hablado de su trabajo y se disponía a escucharme a su vez.

– Sí, aunque me sorprende que no se haya divulgado gran cosa en los periódicos. El cadáver fue encontrado en Sherbrooke la semana pasada. Se desconoce su identidad. Resultó que había sido asesinada el pasado abril.

– Se parece a muchos de tus casos. ¿Qué te desconcierta?

Me retrepé en mi asiento y la miré mientras me preguntaba si realmente deseaba que me extendiera en el asunto. Tal vez sería mejor hablar de ello. ¿Mejor para quién? ¿Para mí? No podía hacerlo con nadie más. ¿Deseaba ella de verdad escucharme?

– La víctima estaba mutilada. Luego el cuerpo fue descuartizado y arrojado a un barranco.

Me miró en silencio, sin hacer comentarios.

– Creo que el modus operandi es similar a otro en el que había trabajado.

– ¿Qué quieres decir?

– Advierto los mismos… -me detuve, indecisa, sin encontrar la palabra adecuada-. Los mismos elementos en ambos.

– ¿Tales como…?

Cogió su copa.

– Apaleamiento salvaje, desfiguración del cuerpo.

– Pero eso es muy corriente cuando se trata de mujeres, ¿no es cierto? Nos aporrean, nos asfixian y luego nos hacen picadillo. Violencia masculina.

– Sí -reconocí-. Y realmente ignoro la causa de la muerte en este caso porque los restos estaban muy descompuestos.

Gabby parecía sumamente incómoda. Tal vez hubiera sido un error.

– ¿Qué más? -insistió.

Sostenía la copa en la mano, pero no bebía.

– La mutilación. El descuartizamiento o la extracción de partes. O…

Guardé silencio al recordar el desatascador. No comprendía exactamente su significado.

– De modo que crees que el mismo canalla es el causante de ambos -dijo ella.

– Sí, así es. Pero no puedo convencer al idiota que lleva el caso. Ni siquiera se ha dignado examinar el anterior.

– ¿Esos asesinatos podrían ser obra de algún canalla que se excita asesinando mujeres?

– Sí -respondí sin mirarla.

– ¿Y crees que volverá a hacerlo?

De nuevo su voz sonaba crispada. Deposité el tenedor sobre la mesa y la observé. Me miraba con fijeza, con la cabeza un poco adelantada y apretando con fuerza el tallo de su copa, que temblaba ligeramente.

– Lo siento, Gabby. No tendría que haberte hablado de esto. ¿Estás bien?

Se irguió en su asiento y depositó la copa pausadamente, sosteniéndola un instante en el aire antes de dejarla en la mesa y sin dejar de mirarme. Le hice señas al camarero.

– ¿Quieres café?

Asintió con la cabeza.

Concluida la cena nos permitimos cannoli y capuchinos. Ella pareció recobrar su buen humor, y nos reímos y burlamos recordando nuestros tiempos en la época de Acuario, nuestras largas y lisas cabelleras, nuestras camisas teñidas a trozos, nuestros téjanos que se sostenían en las caderas y formaban campana en los tobillos, una generación que seguía idénticas vías de escape del conformismo. Era ya más de medianoche cuando salimos del restaurante.

A nuestro paso por Prince Arthur ella sacó de nuevo el tema de los asesinatos.

– ¿Cómo será ese tipo? -dijo.

La pregunta me cogió por sorpresa.

– Quiero decir si se tratará de un tipo excéntrico o normal y si serías capaz de detectarlo.

Mi confusión la irritaba.

– ¿Podrías distinguir a ese cabrón en una reunión religiosa?

– ¿Al asesino?

– Sí.

– No lo sé.

– ¿Sería competente? -insistió.

– Eso creo. Si fue la misma persona quien mató a las dos mujeres, estoy segura de que es un tipo organizado, que planea sus actos. Muchos criminales en serie engañan a la gente durante largo tiempo hasta que caen en manos de la justicia. Pero yo no soy psicóloga; es simple especulación.

Llegamos al coche y abrí la puerta. De pronto ella me cogió del brazo.

– Deja que te muestre la zona.

No comprendí qué quería decir. De nuevo me había cogido por sorpresa.

– Pues…

– Los barrios bajos. Mi proyecto. Pasemos en coche por allí y te mostraré a las chicas.

La observé al tiempo que la iluminaban los faros de un coche que se aproximaba. Tenía una extraña expresión a la luz cambiante. La luz pasó por ella como el foco de una linterna y acentuó algunos rasgos al tiempo que sumergía otros en las sombras. Su entusiasmo era persuasivo. Consulté mi reloj: eran las doce y cuarto.

– De acuerdo.

En realidad, no lo estaba. El día siguiente sería duro. Pero ella parecía tan entusiasmada que no quise decepcionarla.

Se metió en el coche y deslizó hacia atrás el asiento, lo más lejos posible a fin de conseguir mayor espacio para sus piernas, aunque no suficiente.

Circulamos en silencio durante unos minutos. Siguiendo sus instrucciones me dirigí hacia la parte oeste durante varias manzanas y luego giré al sur en St. Urbain. Rodeamos el borde más oriental hacia el gueto McGill, una amalgama esquizoide de viviendas de renta limitada para estudiantes, condominios gigantescos y casas de piedra arenisca aburguesadas. Seis manzanas más adelante giramos a la izquierda por la rue Ste. Catherine. Detrás de mí quedaba el núcleo de Montreal. Por el espejo retrovisor distinguía las inminentes formas del Complexe Desjardins y la Place des Arts, desafiándose entre sí desde sus esquinas opuestas. Debajo de ellas se encontraba el Complexe Guy-Favreau y el Palais des Congrés.

En Montreal la grandeza del centro de la ciudad cede paso rápidamente a la miseria de la parte este. La rue Ste. Catherine lo domina todo. Surgida en la opulencia de Westmount, se extiende hacia el este a través del centro, hasta el bulevar St. Laurent, en el Main, línea divisoria entre este y oeste. Ste. Catherine es sede de Forum, Eaton's y Spectrum. El centro de la ciudad está bordeado de enormes edificios y hoteles, con teatros y centros comerciales, pero en St. Laurent quedan atrás los complejos de oficinas y condominios, los centros de convenciones y boutiques, los restaurantes y los bares de encuentros para solteros. A partir de allí dominan las prostitutas y los punks. Su ámbito se extiende hacia el este, desde el Main a la zona gay que comparten con los camellos y los skinheads. Los turistas y los burgueses que se aventuran como visitantes, se quedan pasmados y evitan el contacto visual: inspeccionan la otra parte para reafirmar el mundo que los separa, pero no permanecen allí mucho tiempo. Aún no habíamos llegado a St. Laurent cuando Gabby me indicó que debíamos parar en la derecha. Encontré un espacio frente a La Boutique du Sex y apagué el motor del coche. Al otro lado de la calle se encontraba un grupo de mujeres ante la puerta del hotel Granada cuyo letrero ofrecía CHAMBRES TOURISTIQUES, aunque dudé que los turistas frecuentaran sus habitaciones.

– Mira, ésa es Monique -me indicó.

Monique llevaba botas de vinilo rojo hasta medio muslo y minifalda de licra negra tensada hasta el límite, que le cubría sucintamente el trasero. Se distinguía la línea de sus bragas y el bulto que formaba el borde de su camisa blanca de nylon. Sus pendientes de plástico le colgaban hasta los hombros, y mechas de un rosa llamativo destacaban en su cabellera teñida de un negro rotundo. Parecía la caricatura de una prostituta.

– Ésa es Candy.

Se refería a una joven con pantalones cortos de color amarillo y botas vaqueras cuyo maquillaje habría hecho palidecer a un piel roja. Era terriblemente joven. Salvo por el cigarrillo y su rostro de payaso, podría haber sido mi hija.

– ¿Usan sus verdaderos nombres? -me interesé.

Era como estar viendo un cliché.

– No lo sé. ¿Lo harías tú?

Señaló a una muchacha con zapatillas negras y pantalones cortos.

– Es Poirette.

– ¿Qué edad tiene?

Yo estaba horrorizada.

– Según dice, dieciocho, pero debe de tener quince.

Me recosté en el asiento y apoyé las manos en el volante. Mientras me las señalaba una tras otra, no podía dejar de pensar en los gibones. Como los monitos, aquellas mujeres se espaciaban a intervalos regulares y dividían el terreno en un mosaico de territorios concretos. Cada una trabajaba su parcela y excluía a las restantes de su especie con el fin de seducir a un macho. Las posturas seductoras, las mofas y pullas, constituían el ritual del cortejo, al estilo sapiens. Sin embargo, aquellas bailarinas no tenían como objetivo la reproducción.

Advertí que Gabby había dejado de hablar cuando hubo concluido de pasar lista. Me volví a mirarla. Estaba frente a mí, pero fijaba sus ojos en algo que se encontraba más allá de la ventanilla. Tal vez fuera de mi mundo.

– Vamonos -exclamó.

Lo dijo tan quedamente que apenas pude oírla.

– ¿Cómo…?

– ¡Vamos!

Su ferocidad me aturdió. Un torrente de palabras llegó hasta mis labios, pero su expresión me disuadió de expresarlas.

De nuevo circulamos en silencio. Gabby parecía sumida en sus pensamientos, como si se hubiera trasladado mentalmente a otro planeta. Cuando me detuve ante su apartamento me desconcertó con una nueva pregunta.

– ¿Las habían violado?

Rebobiné mentalmente el curso de nuestra conversación. Imposible. Me faltaba otro puente.

– ¿Quiénes? -pregunté a mi vez.

– Esas mujeres.

¿Se refería a las prostitutas o a las víctimas del asesino?

– ¿Qué mujeres?

Durante unos segundos no respondió.

– ¡Estoy harta de esta basura! -exclamó. Y sin darme tiempo a reaccionar se apeó del coche y subió la escalera. Su vehemencia me golpeó como una bofetada.

Capítulo 5

Durante las dos semanas siguientes no tuve noticias de Gabby. Tampoco figuraba en las posibles llamadas telefónicas de Claudel quien, al parecer, me había eliminado del circuito. Tuve noticias de la vida de Isabelle Gagnon por Pierre LaManche.

La mujer vivía con su hermano y su amante en St. Edouard, un vecindario de clase obrera al noreste del centro de la ciudad. Trabajaba en la boutique de su amigo, una tiendecita de St. Denis especializada en ropas y accesorios unisex. Une Tranche de Vie: una rebanada de vida. Al hermano, que era panadero, se le había ocurrido el nombre. Semejante ironía era deprimente.

Isabelle desapareció el 1 de abril, viernes. Según su hermano, solía frecuentar algunos bares de St. Denis y se había acostado tarde la noche anterior. Creyó haberla oído llegar sobre las dos de la mañana, pero no lo comprobó. Ambos hombres marcharon temprano al trabajo a la mañana siguiente. Un vecino la vio a la una de la tarde. A Isabelle la esperaban en la boutique a las cuatro, pero no llegó. Sus restos se descubrieron nueve semanas después en el Gran Seminario. Tenía veintitrés años.

LaManche se presentó en mi despacho una tarde a última hora para ver si había concluido mi análisis.

– Aparecen múltiples fracturas en el cráneo -dije-. Ha costado bastante reconstruirlo.

– Oui.

Levanté el cráneo de su soporte de corcho.

– Fue golpeada por lo menos tres veces. Éste es el primer impacto.

Señalé una pequeña depresión desde cuyo epicentro se extendían hacia el exterior una serie de círculos concéntricos, como anillos en una diana de tiro.

– El primer golpe no fue bastante fuerte para romperle el cráneo. Sólo le provocó una fractura depresiva de la placa exterior. Luego la golpearon aquí.

Y le indiqué el centro de un dibujo estrellado de líneas de fractura. Una serie de grietas curvilíneas cruzaban el sistema estelar. Los rayos y círculos entrelazados formaban una especie de telaraña de los daños causados.

– Este golpe fue mucho más duro y provocó una fractura masiva conminuta. El cráneo se hizo añicos.

Había tardado largas horas en reunir los fragmentos. Se distinguían rastros de pegamento entre las uniones de las piezas. El hombre me escuchaba, absorto en sus pensamientos, y paseaba la mirada del cráneo a mis ojos con tanta fijeza que parecían abrir un canal en el aire.

– Luego golpeó aquí.

Le señalé el anillo de otro sistema estrellado que alcanzaba un extremo del anterior que le había mostrado. La segunda fractura lineal llegaba hasta la primera y se detenía como una carretera comarcal en un cruce sin salida.

– Este golpe se produjo después. Las fracturas nuevas se detuvieron ante las anteriores. Las nuevas líneas no se cruzaron con las antiguas, de modo que tuvieron que producirse en último lugar.

– Oui.

– Los golpes probablemente fueron producidos desde atrás y ligeramente a la derecha.

– Oui.

Solía comportarse así. La falta de reacción no significaba ausencia de interés ni de comprensión. A Pierre LaManche no se le escapaba nada. Incluso dudé de que precisara más explicaciones. La respuesta monosilábica era su modo de obligarlo a uno a organizar sus pensamientos. Una especie de ensayo de presentación al jurado. Seguí ordenando los hechos.

– Cuando se golpea un cráneo reacciona como un globo. Durante una fracción de segundo el hueso se hunde en el lugar del impacto y se abulta en la parte opuesta. De modo que el daño producido no se limita al punto en el que se ha efectuado el golpe.

Lo observé para comprobar si seguía mis razonamientos. Así era.

– Debido a la estructura cerebral, las líneas de fuerza provocadas por un repentino impacto recorren ciertos senderos. El hueso cede o se rompe de un modo que puede preverse.

Le señalé la frente.

– Por ejemplo, un golpe propinado aquí puede lesionar las órbitas o el rostro.

A continuación le mostré la parte posterior del cráneo.

– Un golpe recibido en este lugar suele causar fracturas a uno y otro lado de la base del cráneo.

Hizo una señal de asentimiento.

– En este caso, aparecen dos fracturas conminutas y una fractura deprimida en el parietal posterior derecho. Hay varias fracturas lineales que comienzan en el lado opuesto del cráneo y que se extienden hacia la lesión producida en el parietal derecho. Ello sugiere que fue golpeada por detrás y en el lado diestro.

– Tres veces -dijo.

– En efecto -le confirmé.

– ¿Le provocaron la muerte? -inquirió.

Sabía cuál sería mi respuesta.

– Es posible. No puedo asegurarlo.

– ¿Aparecen otras señales que pudieran ocasionarla?

– No hay indicios de balazos, puñaladas ni de otras fracturas. He advertido algunos cortes extraños en las vértebras, pero no estoy muy segura de lo que significan.

– ¿Debidas al descuartizamiento?

Negué con la cabeza.

– No lo creo. No aparecen en el lugar adecuado.

Devolví el cráneo a su soporte.

– El descuartizamiento fue muy limpio. No se limitó a separar las extremidades: cortó limpiamente en las articulaciones. ¿Recuerda los casos Gagne o Valencia?

Meditó unos instantes. Ladeó la cabeza de modo extraño a derecha e izquierda como un perro que husmeara una bolsa de celofán.

– Gagne llegó aquí hace… tal vez dos años -apunté-. Vino envuelto en varias mantas sujetas con cinta adhesiva de embalar. Le habían aserrado las piernas y estaban envueltas por separado.

En aquella ocasión me había recordado a los antiguos egipcios, quienes antes de la momificación extraían los órganos internos para conservarlos. Las visceras se empaquetaban por separado y se depositaban junto con el cuerpo. Los asesinos de Gagne habían hecho lo mismo con sus piernas.

– Ah, oui! Recuerdo el caso.

– Le habían cercenado las piernas por debajo de las rodillas. Lo mismo hicieron con Valencia: cortaron brazos y piernas varios centímetros por encima o por debajo de las articulaciones.

Valencia era un codicioso tratante de drogas a quien recibimos en una bolsa deportiva de hockey.

– En ambos casos separaron las articulaciones por el lugar más conveniente. En esta ocasión el tipo casi desarticuló los miembros. ¡Fíjese!

Le mostré un diagrama. Yo había utilizado un dibujo corriente de autopsias para señalar los puntos en los que habían seccionado el cuerpo. Una línea pasaba por la garganta; las otras dividían el hombro, la cadera y las articulaciones de las rodillas.

– La decapitó a la altura de la sexta vértebra cervical. Cortó los brazos en la articulación del hombro, y las piernas en la articulación de la cadera. La parte inferior de las piernas las cortó por las rodillas.

Cogí la escápula izquierda.

– Observe los cortes que rodean la cavidad glenoide.

Examinó las marcas, las series de surcos paralelos que rodeaban la superficie de unión.

– E hizo lo mismo con la pierna.

Cambié la escápula por la pelvis.

– Fíjese en el acetábulo: profundizó hasta la cuenca.

LaManche inspeccionó la profunda cavidad donde encajaba la cabeza del fémur. Numerosos surcos arañaban su superficie. Recogí en silencio la pelvis y le tendí el fémur, cuyo cuello estaba rodeado por cortes paralelos circulares.

Contempló largo rato el hueso y lo depositó sobre la mesa.

– Sólo se desvió en las manos. Allí se limitó a cortar en pleno hueso.

Como demostración le mostré un radio.

– ¡Qué extraño!

– Sí.

– ¿Qué es lo más característico? ¿Esto o los otros?

– Los otros. Por lo general si alguien desea descuartizar un cuerpo para que sea más manejable, lo hará del modo más rápido posible. Utilizará una sierra y se empleará a fondo. Este tipo se tomó más tiempo.

– Hum… ¿Qué significa eso?

Yo había meditado largamente acerca de esa cuestión.

– No lo sé.

Permanecimos unos instantes en silencio.

– La familia desea recuperar el cuerpo para darle sepultura -dijo al cabo-. Pienso retenerlo todo lo posible y asegurarme de conseguir buenas fotos y todo cuanto sea necesario por si este caso se presentara ante los tribunales.

– Me propongo tomar algunos fragmentos de dos o tres marcas producidas por los cortes. Las examinaré bajo el microscopio por si es posible identificar el instrumento utilizado.

Escogí mis siguientes palabras con sumo cuidado y observé con detenimiento su reacción.

– Si consigo reproducciones claras me gustaría comparar estos cortes con los producidos en otros casos.

El hombre curvó de modo casi imperceptible las comisuras de los labios. No pude adivinar si su expresión era divertida o molesta. O tal vez fuese fruto de mi imaginación.

– Sí. Monsieur Claudel ya me lo ha mencionado -repuso tras otra pausa.

Me miró abiertamente.

– Explíqueme por qué cree que estos casos están relacionados.

Destaqué las similitudes que había detectado en los casos de Trottier y Gagnon: apaleamiento, descuartizamiento del cadáver, utilización de bolsas de plástico y abandono en zonas apartadas.

– ¿Dependen estos casos del CUM?

– El de Gagnon, sí; en cuanto a Trottier, es de la jurisdicción de la SQ por haberse encontrado en St. Jerome.

Como en muchas ciudades, en Montreal la cuestión jurisdiccional resulta complicada. La ciudad se encuentra en una isla en el centro del San Lorenzo. La policía de la Comunidad Urbana de Montreal se encarga de los crímenes que se cometen en la propia isla; los descubiertos fuera de allí competen a los departamentos de policía local o la Sûreté de Quebec. La coordinación deja mucho que desear.

Tras una pausa, añadió:

– Monsieur Claudel puede resultar… -vaciló un instante-… difícil. Siga con sus comparaciones e infórmeme si necesita algo.

Aquella semana, días después, fotografié las señales producidas por los cortes con un fotomicroscopio, utilizando diversos ángulos, ampliaciones e intensidades de luz, con la esperanza de extraer detalles de su estructura interna. Asimismo retiré pequeños fragmentos óseos de diversas superficies de las articulaciones con el fin de examinarlas con el escáner microscópico. En lugar de ello, durante las dos semanas siguientes me vi desbordada por una montaña de huesos.

Unos niños que paseaban por un parque provincial descubrieron un esqueleto parcialmente vestido; en la playa del lago St. Louis apareció un cuerpo muy descompuesto; una pareja que limpiaba el sótano de una casa recién adquirida, descubrió un baúl repleto de cráneos humanos cubiertos con cera, sangre y plumas. Y todos aquellos hallazgos fueron a parar a mí.

Los restos del lago St. Louis supusimos que corresponderían a un caballero fallecido el otoño anterior en accidente marítimo tras desafiar la autonomía de un contrabandista de tabaco competidor suyo. Me dedicaba a recomponer su cráneo cuando sonó el teléfono.

Esperaba aquella llamada, aunque no tan pronto. Mientras escuchaba, el corazón me palpitaba con fuerza y la sangre latía en mi esternón como agua carbónica agitada en una botella. Sentí una oleada de calor.

– Hace menos de seis horas que está muerta -decía LaManche-. Creo que debería echarle una mirada.

Capítulo 6

Margaret Adkins tenía veinticuatro años, había vivido con su compañero y su hijo de seis años en un barrio cobijado a la sombra del Estadio Olímpico. Aquella mañana debía reunirse con su hermana a las diez y media para ir de compras y almorzar, pero no llegó a hacerlo. Ni tampoco atendió más llamadas telefónicas tras hablar con su marido a las diez. Le fue imposible porque había sido asesinada en algún momento entre aquella llamada y mediodía, cuando su hermana descubrió el cadáver. Desde entonces habían transcurrido cuatro horas. Era todo cuanto sabíamos.

Claudel aún seguía en escena. Su compañero Michel Charbonneau estaba sentado en una de las sillas alineadas al otro lado de la gran sala de autopsias. LaManche había regresado del escenario del crimen hacía menos de una hora, precedido en unos minutos por el cadáver. Cuando yo llegué, practicaban la autopsia. En seguida comprendí que aquella noche trabajaríamos horas extras.

La mujer yacía de bruces, con los brazos extendidos a los costados, las palmas arriba y los dedos curvados hacia adentro. Habían retirado las bolsas de papel en que la habían transportado, inspeccionado sus uñas y extraído residuos de ellas. Estaba desnuda, y su piel tenía una tonalidad cerosa contra el pulido acero inoxidable. En su espalda aparecían pequeños círculos, puntos de presión producidos por los agujeros de drenaje de la superficie de la mesa. De vez en cuando se veía un solitario cabello adherido a la piel, desprendido de la rizada maraña de su cabellera.

Tenía la nuca distorsionada, con una ligera desviación, como una figura desequilibrada en un dibujo infantil. La sangre rezumada de sus cabellos se había mezclado con el agua al lavarla y formaba un charco de un rojo translúcido bajo su cuerpo. Su chándal, sujetador, bragas, zapatos y calcetines estaban extendidos en la contigua mesa de autopsias. Se hallaban empapados en sangre, y el denso y metálico olor impregnaba el aire. Una bolsa con cierre de cremallera, próxima a sus ropas, contenía un cinturón elástico y una compresa higiénica.

Daniel tomaba fotos con una Polaroid. Las instantáneas con bordes blancos se encontraban sobre el escritorio próximo a Charbonneau, y las imágenes que aparecían mostraban diversos grados de claridad. Charbonneau las examinaba una tras otra y las devolvía con cuidado a su lugar de origen al tiempo que se mordía el labio inferior.

Un agente uniformado de identificación tomaba asimismo fotos con una Nikon provista de flash. Mientras el hombre rodeaba la mesa, Lisa, recién llegada entre los técnicos de autopsias, colocaba una anticuada pantalla tras el cuerpo. La estructura de metal pintado, con su recortado tejido blanco, pertenecía a una época en que tal accesorio se utilizaba en las habitaciones de los hospitales para proteger a los pacientes en los tratamientos de carácter íntimo. La ironía era mordaz: me pregunté qué clase de intimidad trataban de proteger en aquella situación. A Margaret Adkins ya había dejado de importarle.

Tras otra serie de tomas, el fotógrafo se apeó de su taburete y miró a LaManche con aire inquisitivo. El patólogo se aproximó al cadáver y señaló un arañazo en la parte posterior del hombro izquierdo.

– ¿Han tomado esto?

Lisa aplicó una tarjeta rectangular en la parte izquierda de la herida. En ella aparecía anotado el número asignado por el LML, el número del depósito y la fecha: 23 de junio de 1994. Daniel y el fotógrafo tomaron primeros planos.

Siguiendo las instrucciones de LaManche, Lisa le rasuró el cabello alrededor de las heridas de la cabeza mojando repetidamente el cuero cabelludo con un espray. Eran cinco en total. Cada una mostraba los dentados bordes típicos de una lesión traumática causada por un instrumento romo. LaManche los midió y dibujó. Las cámaras los captaron en primer plano.

– Con esto hemos terminado por este ángulo -dijo por fin LaManche-. Denle la vuelta, por favor.

Lisa se adelantó y por un instante me tapó la visión. Deslizó el cuerpo hasta el extremo izquierdo de la mesa, lo volvió ligeramente y apretó el brazo izquierdo con fuerza contra el estómago. Entonces ella y Daniel volvieron el cuerpo. Percibí un suave golpe cuando la cabeza chocó contra el acero. Lisa la levantó, colocó un bloque de caucho debajo del cuello y retrocedió unos pasos.

Aquella visión aceleró aún más mi circulación sanguínea como si hubieran retirado el dedo de la botella efervescente que yo tenía en el pecho y hubiera estallado un geiser de pavor.

Margaret Adkins había sido desventrada desde la clavícula hasta el pubis. Una fisura dentada discurría desde su esternón, exponiendo en su curso los colores y texturas de sus mutiladas entrañas. En sus puntos más profundos, donde los órganos habían sido desviados, distinguí la brillante vaina que rodeaba su columna vertebral.

Levanté penosamente la mirada, desviándola de la espantosa crueldad cometida en su vientre. Pero no me sentí aliviada con ello. Tenía la cabeza levemente ladeada y mostraba un rostro similar al de un duendecillo con su nariz respingona y la barbilla delicadamente puntiaguda. Tenía pómulos pronunciados y salpicados de pecas. Con la muerte, las manchitas marrones contrastaban con la blancura que las rodeaba. Me recordaba a Pippi Calzaslargas con melena corta castaña. Pero la boquita de duendecillo no reía: estaba desmesuradamente abierta y de ella asomaba su seno izquierdo cortado, cuyo pezón descansaba en el delicado labio inferior.

Alcé la mirada y mis ojos se encontraron con los de LaManche. Sus arrugas paralelas parecían más profundas que de costumbre, y los párpados inferiores reflejaban una tensión que los agitaba levemente. Leí en su rostro tristeza y acaso algo más.

El hombre permaneció en silencio mientras la autopsia proseguía y dividió su atención entre el cadáver y su carpeta de pinza en la que registraba todas las atrocidades, anotaba su posición y dimensiones y detallaba todas las heridas y lesiones. Mientras trabajaba, el cuerpo era fotografiado por delante como lo había sido por la espalda. Aguardamos. Charbonneau fumaba.

Tras un espacio de tiempo que nos parecieron horas, LaManche dio por finalizado su examen exterior.

– Bon. Llévenla a radiografías.

Se quitó los guantes y se sentó ante el escritorio, inclinado sobre su carpeta como un anciano ante una colección filatélica.

Lisa y Daniel aproximaron una camilla de acero a la mesa de autopsias y con agilidad e indiferencia profesional trasladaron el cuerpo y lo condujeron a la sala de rayos equis.

Me desplacé en silencio hasta la silla contigua a Charbonneau. El hombre se levantó a medias, me saludó con una inclinación de cabeza y una sonrisa, dio una profunda calada a su cigarrillo y lo apagó.

– ¿Cómo va eso, doctora Brennan?

Charbonneau siempre me hablaba en inglés, orgulloso de su dominio del idioma. Su forma de expresarse es una mezcla de quebequés y jerga sureña, fruto de su infancia transcurrida en Chicoutimi y perfeccionada por dos años pasados en los campos petrolíferos del este de Texas.

– Bien. ¿Y usted?

– No puedo quejarme.

Se encogió de hombros de un modo que sólo dominan los francófilos, encorvando los hombros y con las palmas levantadas.

El rostro de Charbonneau era ancho, de expresión amistosa y erizados cabellos grises que solían recordarme a una anémona marina. Corpulento y de cuello desproporcionado, parecía apretarle siempre las camisas. Sus corbatas, tal vez con intención compensatoria, se enrollaban y deslizaban lateralmente o se aflojaban y pendían bajo el primer botón de su camisa. Se las aligeraba a primeras horas de la mañana, probablemente confiando en que la inevitable apariencia pareciese intencionada. O quizá sólo deseara estar cómodo. A diferencia de la mayoría de los detectives del CUM, no intentaba hacer una declaración diaria de elegancia. O tal vez sí. Aquel día llevaba una camisa de color amarillo pálido, pantalones de tergal y una americana deportiva de color verde y tejido escocés con corbata marrón.

– ¿Ha visto las fotos preliminares? -me preguntó mientras recogía un sobre marrón del escritorio.

– Aún no.

Sacó un puñado de Polaroids y me las tendió.

– Son las primeras que llegaron con el cuerpo.

Me dispuse a examinarlas bajo su penetrante mirada. Tal vez esperaba que me estremeciera ante la carnicería para poder decirle a Claudel que me había impresionado, o quizá le interesara sinceramente mi reacción.

Las fotos seguían un orden cronológico, recreaban la escena tal como el equipo de investigación la había encontrado. En la primera aparecía una calle estrecha a cuyos lados se alzaban edificios antiguos, aunque bien conservados, de tres plantas. Hileras paralelas de árboles bordeaban la esquina a ambos lados, cuyos troncos desaparecían en pequeños recuadros de tierra rodeados de cemento. Ante los edificios había una serie de patios pequeños divididos todos ellos por un pasillo que conducía a una empinada escalera metálica. De vez en cuando un triciclo bloqueaba la acera.

Las siguientes imágenes se centraban en el exterior de uno de los edificios de ladrillo rojo. Pequeños detalles llamaron mi atención. Unas placas que aparecían sobre unas puertas del primer piso mostraban los números 1407 y 1409. Alguien había plantado flores bajo uno de los ventanales delanteros. Distinguí tres caléndulas que se agrupaban solitarias con enormes cabezas amarillas, marchitas e inclinadas en arcos idénticos, flores solitarias cultivadas y abandonadas. Una bicicleta se apoyaba contra la oxidada valla metálica que rodeaba el pequeño patio delantero. Un letrero, también oxidado, surgía entre el césped, pero sin levantarse apenas del suelo, como si quisiera ocultar el mensaje: Á vendré. Se vende.

Pese a los intentos de personalización, el edificio se veía como los demás que se alineaban en la calle. La misma escalera, balcón, dobles puertas y cortinas de encaje. Me pregunté por qué habría sido aquélla. Por qué la tragedia había visitado ese lugar. Por qué no había sido la casa 1405 o alguna de la acera de enfrente o de otra manzana.

Una tras otra las fotos me fueron atrayendo, como un microscopio que aumenta las dimensiones de manera progresiva. En la siguiente serie aparecía el interior de la vivienda, cuyas minucias me sedujeron. Habitaciones pequeñas, mobiliario barato, el inevitable televisor, un salón, un comedor, una habitación infantil con posters de hockey en las paredes. Un libro en una cama titulado Cómo funciona el mundo me produjo otra punzada de dolor. Dudé que en él existiera tal explicación.

A Margaret Adkins le gustaba el azul. Todas las paredes y trabajos de carpintería estaban pintados de una viva tonalidad mediterránea.

Y, por último, la víctima. El cuerpo yacía en una pequeña habitación, a la izquierda de la puerta principal que daba acceso a otro dormitorio y a la cocina. A través de la entrada de la cocina distinguí una mesa de formica con manteles individuales de plástico. En el atestado espacio donde Adkins había encontrado la muerte sólo había un televisor, un sofá y un aparador. Su cuerpo estaba tendido en el centro.

Yacía de espaldas, con las piernas muy separadas. Estaba vestida, pero le habían arrancado la parte superior del chándal, que le cubría el rostro. La prenda le sujetaba las muñecas sobre la cabeza, con los codos hacia afuera, y las manos colgaban inertes en tercera posición, como una bailarina principiante en su primer recital.

El corte del pecho estaba muy abierto, en carne viva y sangrante, disimulado parcialmente por la oscura película que rodeaba el cuerpo y que parecía cubrirlo todo. Un recuadro carmesí señalaba el lugar donde había estado su seno izquierdo; los bordes formaban unas incisiones superpuestas y los cortes largos y perpendiculares se entrecruzaban y formaban ángulos de noventa grados en las esquinas. La herida me recordó las trepanaciones que había visto en los cráneos de los antiguos mayas. Pero aquella mutilación no había sido hecho para aliviar el dolor de la víctima ni para liberar fantasmas imaginarios de su cuerpo. Si habían liberado algún espíritu allí aprisionado, no era el de ella. Margaret Adkins había sido la trampilla por la que el retorcido y atormentado espíritu de un desconocido había tratado de aliviarse.

Le habían bajado los pantalones del chándal hasta las separadas rodillas, donde se tensaba la cintura elástica. La sangre goteaba entre sus piernas y formaba un charco debajo de ella. El cadáver aún llevaba zapatillas de deporte y calcetines.

Guardé las fotos en el sobre y se lo devolví a Charbonneau en silencio.

– Es horrible, ¿verdad? -preguntó.

Se retiró una mota del labio inferior, la observó y le dio un papirotazo.

– Sí.

– Ese imbécil se cree todo un cirujano. Es un auténtico navajero -comentó al tiempo que movía la cabeza pensativo.

Me disponía a responderle, cuando entró Daniel con las radiografías y comenzó a colocarlas en la pantalla luminosa de la pared con sonidos similares a truenos distantes al arquearse en su mano.

Las observamos en secuencia paseando las miradas de izquierda a derecha, desde la cabeza a los pies. Las radiografías frontales y laterales del cráneo mostraban múltiples fracturas. Los hombros, brazos y caja torácica eran normales. No vimos nada extraordinario hasta que llegamos al abdomen y la pelvis. Lo descubrimos todo de repente.

– ¡Diablos! -exclamó Charbonneau.

– ¡Por Cristo!

– Tabemouche!

Una pequeña forma humana aparecía en las profundidades del abdomen de la víctima. La observamos en silencio. Sólo cabía una explicación: la figura había sido empujada por la vagina hasta introducirla a gran presión en las visceras para ocultarla por completo del exterior. Al verla sentí como si un atizador candente me perforase los intestinos. Me llevé la mano al vientre de manera instintiva mientras el corazón golpeaba contra mis costillas. Miré con fijeza la pantalla y advertí que se trataba de una figurilla.

Enmarcada por los anchos huesos pélvicos la silueta destacaba claramente contra los órganos en los que había quedado incrustada. La blanca figura, rodeada por los grises intestinos, adelantaba un pie y tenía las manos extendidas. Parecía de carácter religioso y tenía la cabeza inclinada como una Venus del paleolítico.

Durante unos momentos todos permanecimos en absoluto silencio.

– Las he visto anteriormente -dijo por fin Daniel.

Con brusco movimiento se subió las gafas sobre el puente de la nariz. Un tic le contraía el rostro como un juguete de caucho.

– Es Nuestra Señora de no sé qué. Ya saben: la virgen María.

Examinamos aquella forma opaca en la radiografía. En cierto modo parecía agravar el delito haciéndolo más obsceno.

– Ese hijo de puta es un enfermo mental -exclamó Charbonneau.

La habitual indiferencia de que alardeaban los detectives de homicidios quedaba superada por la emoción del momento.

Me sorprendió su apasionamiento. No comprendía exactamente si aquella atrocidad por sí sola había conmovido sus sentimientos o si la naturaleza religiosa del ofensivo objeto contribuía a su reacción. Como la mayoría de los quebequeses, Charbonneau sin duda habría tenido una infancia impregnada del catolicismo tradicional, y el ritmo de su vida cotidiana habría estado inextricablemente dominado por los dogmas eclesiásticos. Aunque muchos nos despojamos de los atributos externos, suele persistir el respeto hacia el símbolo. Acaso un hombre se niegue a ponerse un escapulario, pero no lo quemará. Yo lo comprendía. Era una ciudad diferente con diferente lenguaje, pero también yo era miembro de la tribu. Las emociones atávicas difícilmente se extinguen.

Se produjo otro prolongado silencio. Por fin intervino LaManche, que escogió sus palabras con sumo cuidado. No pude adivinar si él comprendía las plenas implicaciones de lo que estábamos viendo; no estaba segura de ello. Aunque empleó un tono más suave del que yo hubiera utilizado, expresó a la perfección mis pensamientos.

– Monsieur Charbonneau, creo que usted y su compañero deberían reunirse con la doctora Brennan y conmigo -dijo-. Como supongo que no ignora, este caso, y otros varios, presentan aspectos inquietantes.

Hizo una pausa para comprobar el efecto de sus palabras y consultar un calendario mental.

– Tendré los resultados de esta autopsia a últimas horas de la noche. Mañana es fiesta. ¿Qué les parece el lunes por la mañana?

El detective lo miró a él y luego a mí con aire inexpresivo. No pude discernir si había comprendido las palabras de LaManche o si desconocía realmente los restantes casos. Era probable que Claudel hubiera desechado mis comentarios sin compartirlos con su compañero. De ser así, Charbonneau no podía admitir su ignorancia.

– Sí, de acuerdo. Veré lo que puedo hacer.

LaManche fijó sus melancólicos ojos en Charbonneau y aguardó.

– De acuerdo, de acuerdo: aquí estaremos. Ahora será mejor que salga a la calle y comience a buscar a este hijo de puta. Si aparece Claudel por aquí dígale que me reuniré con él en el cuartel general sobre las ocho.

Estaba desconcertado. Incluso había olvidado dirigirse en francés a LaManche. Era evidente que mantendría una extensa charla con su compañero.

LaManche reanudó la autopsia antes de que la puerta se cerrara tras Charbonneau. El resto era rutinario. El pecho fue abierto con una incisión en forma de i griega, y los órganos, retirados, pesados, cortados y examinados. Se estableció la posición de la estatua y se calcularon y describieron los daños internos. Daniel, con la ayuda de un escalpelo, cortó la piel de la coronilla, la arrancó hacia adelante, echó el cuero cabelludo hacia atrás y retiró un fragmento del casquete craneal con una sierra. Yo retrocedí un paso y contuve el aliento mientras el aire se llenaba con el gemido de la sierra y el olor a hueso quemado. El cerebro era de estructura normal. De vez en cuando aparecían gotas gelatinosas pegadas a su superficie como negras medusas en un globo brillante y gris. Eran los hematomas subdurales de los golpes recibidos en la cabeza.

Sabía cómo sería esencialmente el informe de LaManche. La víctima era una joven saludable sin anomalías ni indicios de enfermedad a quien, aquel día, alguien había golpeado el cráneo con suficiente fuerza para fracturárselo y provocar la hemorragia de los vasos cerebrales en el cerebro. Por lo menos cinco veces. Asimismo le habían embutido una estatuilla en la vagina, la habían destripado parcialmente y le habían cercenado un seno.

Un estremecimiento recorrió mi cuerpo al considerar el calvario sufrido por la mujer. Las heridas de la vagina eran vitales: la carne desgarrada había sangrado profusamente. Le habían insertado la estatua cuando aún latía su corazón, cuando aún estaba viva.

– … explíquele a Daniel lo que desea, Temperance.

No lo había escuchado. La voz de LaManche me devolvió al presente. Había concluido y me sugería que tomara muestras de los huesos. El esternón y las costillas habían sido extraídos al comenzar la autopsia, por lo que le indiqué a Daniel que debían enviarse arriba para empaparlos y limpiarlos.

Me aproximé al cadáver y examiné la cavidad torácica. Cierto número de pequeños cortes se extendían por la parte ventral de la estructura vertebral. Parecían un reguero de tenues ranuras en la consistente vaina que cubre la espina dorsal.

– Necesito las vértebras que van de aquí hasta aquí y también las costillas. -Señalé el segmento donde aparecían los cortes-. Envíeselos a Denis y dígale que los empape, que no los hierva, y que vaya con mucho cuidado al retirarlos, que no los toque con ningún objeto cortante.

Me escuchaba y extendía las manos enguantadas. Frunció la nariz y el labio superior mientras trataba de ajustarse las gafas y asintió sin cesar.

Cuando me hubo escuchado se volvió hacia LaManche.

– ¿Luego la cierro? -preguntó.

– Sí, puede hacerlo -respondió su interlocutor.

Daniel puso manos a la obra. Retiró los segmentos óseos, devolvió los órganos a su sitio y cerró la sección central. Por fin colocó de nuevo el fragmento de cráneo, reajustó el rostro y cosió los bordes cortados del cuero cabelludo. Salvo por la costura en forma de i griega que tenía en la parte delantera, Margaret Adkins parecía intacta. Estaba preparada para su funeral.

Regresé a mi despacho decidida a concentrarme mentalmente antes de volver a casa. La quinta planta estaba totalmente desierta. Hice girar mi silla, puse los pies en el alféizar de la ventana y contemplé mi mundo fluvial. En mi playa, el complejo Mirón se asemejaba a una creación de Lego, con los excéntricos edificios grises conectados por una especie de celosía horizontal de acero. Más allá de la fábrica de cemento, un barco se deslizaba con lentitud río arriba; sus luces discurrían apenas visibles tras el grisáceo velo crepuscular.

El edificio se mantenía en absoluto silencio, pero aquella estremecedora tranquilidad no lograba relajarme. Mis pensamientos eran tan negros como el río. Me pregunté brevemente si habría alguien que me mirase a su vez desde la fábrica, alguien asimismo solitario, también abatido entre el silencio de las horas de inactividad, tan sonoro en un edificio de oficinas vacío.

Últimamente me costaba dormirme aunque estaba levantada desde las seis y media de la mañana. Debería haber estado cansada, pero en lugar de ello me sentía agitada. Descubrí que jugaba distraída con la ceja derecha, un tic nervioso que irritaba profundamente a mi marido. Años de críticas por su parte no habían conseguido que abandonara aquella costumbre. La separación tenía sus ventajas: ahora estaba en libertad de hacerlo hasta que me cansara.

Pete. El último año que estuvimos juntos. El rostro de Katy cuando le hablamos de nuestra ruptura. Pensábamos que no sería muy traumático puesto que ella se encontraba en la universidad. ¡Cuan equivocados estábamos! Sus lágrimas estuvieron a punto de hacerme cambiar de idea. Margaret Adkins, con las manos retorcidas tras su muerte. Con aquellas manos había pintado sus puertas de azul y había colgado los posters de su hijo. ¿Se encontraría en aquellos momentos por ahí el asesino? ¿Estaría disfrutando con su hazaña de aquel día? ¿Se habría saciado su avidez de sangre o se habrían intensificado sus ansias de matar con aquel acto?

El teléfono sonó e interrumpió el silencio con un estrépito que me arrancó de las grutas privadas en que me había adentrado. Me sobresalté de tal modo que di un respingo y volqué el cubilete de los lápices. Bolígrafos y rotuladores volaron por los aires.

– Aquí la doctora Bren…

– ¡Tempe! ¡Oh, gracias a Dios! Llamaba a tu apartamento pero, como es natural, no te encontraba. -La risa de la mujer era tensa y estridente-. Se me ocurrió intentar este número por si acaso. No pensaba realmente encontrarte.

Aunque reconocí la voz tenía una peculiaridad que no había percibido en otras ocasiones. Sonaba discordante por causa del temor. Se expresaba en un tono elevado, con cadencias vibrantes. Sus palabras se precipitaban en mis oídos, jadeantes y con apremio, como un susurro proferido con un soplo de respiración. Los músculos del estómago se me contrajeron de nuevo.

– ¡Hace tres semanas que no tengo noticias tuyas, Gabby! ¿Por qué no has…?

– ¡No podía! He estado… complicada… en algo. ¡Necesito ayuda, Tempe!

A través de la línea llegó un tenue chirrido y una serie de sonidos mientras se ajustaba el auricular. Como trasfondo distinguí los ecos resonantes de un lugar público, subrayados por el ruido entrecortado de voces sofocadas y sones metálicos. Mentalmente creí verla en una cabina telefónica, escudriñando cuanto la rodeaba, con incansable mirada y difundiendo su terror como una emisora radiofónica.

– ¿Dónde estás?

Cogí un bolígrafo de los que habían caído en mi escritorio y me dispuse a anotar.

– Estoy en el restaurante La Belle Province, en la esquina de Sainte Catherine y Saint Laurent. ¡Ven a buscarme, Temp! ¡No puedo salir de aquí!

El tintineo iba en aumento. Gabby estaba cada vez más agitada.

– He tenido un día muy pesado, Gabby. Estás a pocas manzanas de tu apartamento. ¿No podrías…?

– ¡Me matará! ¡Ya no puedo controlarlo! Creí que me sería posible, pero no es así. No puedo protegerlo más: tengo que protegerme yo. No está bien, es peligroso. Está… complètement fou!

Había ido aumentando el tono de su voz hasta alcanzar la cota de la histeria. De pronto, tras el brusco cambio al idioma francés, se interrumpió. Dejé de girar el bolígrafo y consulté mi reloj: eran las nueve y cuarto. ¡Mierda!.

– De acuerdo. Estaré ahí dentro de un cuarto de hora. Estate atenta. Cruzaré por Sainte Catherine.

El corazón me latía apresuradamente y me temblaban las manos. Cerré el despacho y fui corriendo hasta el coche con piernas temblorosas. Sentía como si me hubiera tomado un exceso de cafeína.

Capítulo 7

Durante el trayecto mis emociones hacían acrobacias. Había oscurecido, pero la ciudad estaba muy iluminada. Las ventanas de los apartamentos despedían una suave luz en la parte este del vecindario que rodeaba el edificio de la SQ y de vez en cuando titilaba la luz azulada de un televisor entre la oscuridad nocturna. La gente estaba sentada en terrazas y escaleras, descansaba en sillas al aire libre para celebrar reuniones en la calle. Hablaban y tomaban refrescos, cuando el denso calor de la tarde se había transformado en el renovador fresco del anochecer.

Envidié su tranquilidad doméstica. Ansiaba llegar a casa, compartir un bocadillo de atún con Birdie y dormir. Deseaba que a Gabby no le sucediera nada, pero confiaba en que regresara a su casa en taxi. Temía enfrentarme a su histeria aunque me sentía aliviada al tener noticias de ella; temía por su seguridad y me molestaba tener que meterme en el Main. Una mala combinación.

Tomé Rene Lévesque hacia St. Laurent y seguí por la diestra para volver atrás en Chinatown. El barrio se cerraba a causa de la hora, y los últimos tenderos recogían sus cajas y expositores y los guardaban en el interior de los establecimientos.

El Main se extendía delante de mí en dirección norte desde Chinatown a lo largo del bulevar St. Laurent. El Main es un distrito repleto de tiendecitas, bistros y sencillos cafés, que cuenta con St. Laurent como principal arteria comercial. A partir de allí irradia en una red de callejuelas estrechas atestadas de casas angostas y de alquiler bajo. Aunque de temperamento francés, siempre ha sido un mosaico policultural, una zona en que coexisten las identidades étnicas e idiomáticas pero no se confunden, como los distintos olores que flotan de sus múltiples comercios y panaderías. Italianos, portugueses, griegos, polacos y chinos se agrupan en diferentes enclaves a lo largo de St. Laurent mientras asciende desde el puerto a la montaña.

El Main era en otros tiempos la principal estación de transbordo para los inmigrantes, los recién llegados atraídos por alojamientos económicos y la consoladora proximidad de sus compatriotas. Se instalaban allí para conocer las costumbres de Canadá; los grupos de inmigrantes se congregaban para soportar mejor su desorientación y para estimular su confianza frente a una cultura extraña. Algunos aprendían francés e inglés, prosperaban y se trasladaban; otros se quedaban, bien porque prefiriesen la seguridad de lo familiar o porque carecían de habilidad para salir adelante. En la actualidad, a aquel núcleo de conservadores y perdedores se ha incorporado un conjunto de marginados y depredadores, junto a una legión de seres impotentes, rechazados por la sociedad y de quienes se aprovechan de ellos. Los forasteros acuden al Main en busca de muchas cosas: oportunidades al por mayor, cenas económicas, drogas, alcohol y sexo. Acuden a comprar, a escandalizarse y a divertirse, pero no se quedan.

Ste. Catherine constituye el límite meridional del Main. Allí giré a la derecha y me detuve en la curva donde Gabby y yo habíamos estado hacía casi tres semanas. Era más temprano y las prostitutas comenzaban a dividirse el terreno. Los chulos aún no habían llegado.

Gabby debía de estar vigilando. Cuando miré por el retrovisor cruzaba corriendo la calle, con la cartera aferrada en el pecho. Aunque el terror no la impulsaba a plena velocidad, era evidente que lo sentía. Corría como los adultos que desde hace tiempo no practican el desencadenado galope de la infancia, con las largas piernas algo inclinadas, la cabeza agachada. El bolso que pendía del hombro seguía el ritmo de sus pasos forzados. Rodeó el vehículo, entró y se sentó con los ojos cerrados y jadeante. Era evidente que se esforzaba por conservar la compostura pues apretaba los puños con fuerza en un intento de contener su temblor. Nunca la había visto de aquel modo y me asusté. Gabby siempre se había sentido inclinada al dramatismo mientras se abría camino entre perpetuas crisis, tanto reales como imaginarias, pero hasta entonces nada la había alterado hasta tal punto.

Durante unos momentos me mantuve en silencio. Pese a que la noche era cálida sentí un escalofrío y mi respiración se volvió tenue y superficial. En la calle sonaban las bocinas, y una prostituta trataba de engatusar a alguien que pasaba en coche. Su voz resonaba por la noche veraniega como un avión de juguete, subiendo y bajando en bucles y espirales.

– ¡Vámonos! -Habló tan quedamente que apenas la oí. Déjà vu.

– ¿Querrás explicarme que sucede? -le pregunté.

Ella levantó la mano como si se protegiera de una regañina. Apoyó contra su pecho la temblorosa mano. Desde el otro lado del vehículo percibí su temor; su cuerpo estaba cálido y difundía olor a sándalo y a transpiración.

– Lo haré, lo haré. Aguarda un momento.

– ¡No me manipules, Gabby! -respondí con excesiva dureza.

– Lo siento. Salgamos de este infierno -dijo al tiempo que hundía la cabeza entre las manos.

De acuerdo, seguiríamos su guión. Ella debería tranquilizarse y contármelo a su modo. Pero tendría que darme alguna explicación.

– ¿Te llevo a casa? -le pregunté.

Gabby asintió sin descubrirse la cara. Puse el coche en marcha y nos dirigimos a Carré St. Louis. Llegamos a su edificio sin que dijera palabra. Aunque su respiración se había normalizado, aún le temblaban las manos. Volvía a restregárselas entre sí, se cogía la una con la otra, las separaba y las unía de nuevo en una extraña danza de pánico: la coreografía del terror.

Aparqué el coche y paré el motor temerosa del enfrentamiento que iba a producirse. Había aconsejado a Gabby en problemas sanitarios, conflictos paternos, académicos, religiosos, de autoestima y amorosos, y siempre me había resultado una tarea agotadora. Invariablemente, en la siguiente ocasión que nos veíamos, ella se mostraba alegre e imperturbable, ya olvidada la catástrofe. No se trataba de que me mostrara indiferente, pero habíamos seguido aquella rutina en muchas ocasiones. Recordé el embarazo inexistente y el monedero robado que había aparecido bajo los cojines del sofá. No obstante, su intensa reacción me trastornaba. Por mucho que ansiara disfrutar de aislamiento no me parecía que ella pudiera quedarse sola.

– ¿Quieres quedarte en mi casa esta noche?

No respondió. Al otro lado de la plaza un anciano se colocaba un lío bajo la cabeza y se instalaba en un banco para dormir.

El silencio se prolongó tanto rato que creí que no me había oído. Me volví, dispuesta a repetir la invitación, y descubrí que miraba con fijeza en mi dirección. Los movimientos temblorosos de hacía unos momentos habían sido sustituidos por una absoluta inmovilidad. Tenía rígida la columna vertebral e inclinaba el torso hacia adelante sin apenas tocar el respaldo del asiento, con una mano en el regazo y la otra, en apretado puño, sobre la boca. Le bizqueaban los ojos y los párpados inferiores se le estremecían ligeramente. Parecía ponderar algo: consideraba variables y calculaba consecuencias. Su repentino y brusco cambio de talante me desconcertó.

– Debes de creerme loca -dijo al cabo.

Parecía muy tranquila; se expresaba en voz baja y bien modulada.

– Estoy confundida.

Me guardé lo que pensaba en realidad.

– Sí, es un modo amable de expresarlo.

Lo dijo con una risa autodespectiva al tiempo que agitaba levemente la cabeza, sacudiendo los rizos.

– Sospecho que estaba muy trastornada -añadió.

Aguardé a que prosiguiera. Sonó el portazo de un coche. La voz baja y melancólica de un saxo llegaba desde el parque. Una ambulancia ululó a lo lejos. Verano en la ciudad. En la oscuridad sentí, más que vi, alterarse y desenfocarse el rostro de Gabby. Era como si ella hubiese emprendido un camino en dirección hacia mí y se hubiera desviado en el último momento. Como un objetivo automático, readaptó sus ojos a un punto que se encontraba más allá y pareció encerrarse de nuevo en sí misma. Volvía a celebrar otra sesión interna, calibraba sus opciones y decidía la actitud que iba a adoptar.

– No me sucede nada -declaró al tiempo que recogía la cartera y el bolso y aferraba la manecilla de la puerta-. Te agradezco sinceramente que hayas venido.

Se había decidido por la postura evasiva.

Ya fuera por el cansancio o la tensión de los últimos días, perdí el control.

– ¡Aguarda un momento! -estallé-. ¡Quiero saber qué sucede! Hace una hora decías que alguien quería matarte. Has salido corriendo de ese restaurante y has cruzado la calle agitada y jadeante como si te pisara los talones Jack el Destripador. No puedes respirar, las manos aún te tiemblan como bajo una descarga de alto voltaje ¿y ahora te propones largarte tranquilamente con un «muchas gracias por el viaje», sin más explicaciones?

Nunca había estado tan furiosa con ella. Había levantado el tono de voz, respiraba entrecortadamente y sentía un tenue latido en la sien izquierda.

La intensidad de mi ira la dejó pasmada, con los ojos desorbitados como un gamo sorprendido por la luz de unos faros. Pasó un coche, y en su rostro destellaron sucesivamente luces blancas y rojas, que ampliaron la imagen.

Permaneció unos instantes inmóvil, rígida, como bajo los efectos de un cortocircuito catatónico, mientras su silueta se recortaba contra el cielo.

Luego, como si se hubiera accionado una válvula, pareció liberarse de sus tensiones. Soltó la manecilla, dejó su cartera y se recostó en el asiento. De nuevo se encerraba en sí misma y reconsideraba la cuestión. Tal vez decidiera por dónde comenzar; tal vez exploraba vías alternativas de escape. Aguardé.

Por fin profirió un profundo suspiro e irguió lentamente los hombros. Había decidido la postura que adoptaría. En cuanto comenzó a hablar comprendí que ya estaba resuelta: me permitiría conocer algo, pero hasta cierto punto. Escogió con sumo cuidado sus palabras y emprendió un sendero protegido entre el lodazal emotivo de su mente. Me apoyé en la puerta y me dispuse a escucharla.

– Últimamente he estado trabajando con gente algo… insólita.

Pensé que era un modo de restar importancia a la cuestión, pero me abstuve de expresarlo.

– No, no. Ya sé que esto parece trivial. No me refiero a la gente corriente de la calle: a ésa sé cómo manejarla. -Escogía las palabras de manera tortuosa-. Si uno conoce a los actores y aprende las normas y la jerga, se desenvuelve a la perfección, como en cualquier otro lugar. Hay que ajustarse a la etiqueta local y no cabrear a la gente. Es muy sencillo. No hay que entrometerse en el camino de otro ni entorpecer sus manejos ni hablar con la policía. Salvo en cuanto al horario, no es difícil trabajar allí. Además, ahora las chicas ya me conocen y saben que no soy ninguna amenaza para ellas.

Enmudeció. No pude adivinar si se me cerraba de nuevo o si había vuelto a refugiarse en su fuero interno para proseguir con su versión. Decidí atizar el fuego.

– ¿Te amenaza alguna de ellas?

La ética siempre había sido muy importante para Gabby, y sospeché que trataba de proteger a algún confidente.

– ¿Las chicas? ¡No, no! Son estupendas. Nunca me han dado problemas. Creo que incluso les agrada mi compañía. Puedo ser tan sexy como cualquiera de ellas.

¡Magnífico! Ya sabíamos dónde no radicaba el problema. Seguí hostigándola.

– ¿Cómo evitas que te confundan con las profesionales?

– ¡Oh, no lo intento! Trato de mezclarme en su grupo; de no ser así, frustraría mis propósitos. Las chicas saben que yo juego limpio y aceptan la situación.

No pregunté lo que era evidente.

– Si un tipo se pone pesado le digo que no estoy trabajando. La mayoría se marchan.

Se produjo otra pausa mientras ella, prosiguiendo con su selección introspectiva, consideraba qué decirme, qué reservarse y qué recopilar mentalmente, sin revelarlo, pero teniéndolo disponible por si el tema se suscitaba. Jugueteó con un adorno de su cartera. Un perro ladró en la plaza. Yo estaba segura de que protegía a alguien o que se reservaba algo, pero en esta ocasión no la apremié.

– La mayoría, salvo ese tipo que ha aparecido recientemente -prosiguió.

Nueva pausa.

– ¿De quién se trata?

Otra pausa.

– No lo sé, pero me pone la carne de gallina. Aunque no es un cliente exactamente, le gusta pasar el rato con las prostitutas. No creo que las chicas le dediquen mucha atención, pero sabe mucho sobre la calle y, como estaba dispuesto a hablar conmigo, lo he entrevistado.

Pausa.

– Últimamente se dedica a seguirme. Al principio no me di cuenta pero luego he comenzado a advertir su presencia en lugares extraños. Está en el metro cuando llego a casa de noche, o aquí, en la plaza. En una ocasión lo vi en Concordia, ante el edificio de la biblioteca donde tengo mi despacho. O advierto que me sigue por la acera y marcha en la misma dirección que yo. La semana pasada yo estaba en St. Laurent cuando lo distinguí. Como deseaba convencerme de que no era fruto de mi imaginación, lo sometí a prueba. Si yo reducía la marcha, él hacía lo mismo; si aceleraba, me imitaba. Intenté deshacerme de él y entré en una pastelería, pero, cuando salí, se hallaba en la acera de enfrente simulando ver escaparates.

– ¿Estás segura de que se trata siempre del mismo individuo?

– Por completo.

Se produjo un largo y denso silencio. Aguardé.

– Eso no es todo.

Se miró las manos que, de nuevo, tenía entrelazadas, apretadas con fuerza.

– Recientemente ha comenzado a hablar de temas muy extraños. He intentado evitarlo, pero esta noche se presentó en el restaurante. Desde hace poco parece estar provisto de radar. El caso es que abordó el mismo asunto, haciéndome toda clase de preguntas de mal gusto.

Volvió a abstraerse en sus pensamientos. Al cabo de un momento se volvió hacia mí como si de repente hubiera descubierto una respuesta. Se expresaba con cierta sorpresa.

– ¡Son sus ojos, Tempe! ¡Tiene unos ojos tan extraños! Son negros y duros, como los de una víbora, y el blanco está sonrosado y moteado con puntos sanguinolentos. No sé si está enfermo o con resaca constante. Nunca he visto unos ojos como los suyos. Inspiran deseos de ponerse a cubierto y ocultarse de su visión. ¡Estoy alucinada, Tempe! Supongo que habré pensado en nuestra última conversación y en toda esa carnicería a la que debes enfrentarte, y mi mente se ha desequilibrado.

No supe qué decirle. No podía leer su rostro en la oscuridad, pero su cuerpo expresaba el lenguaje del terror. Tenía el torso rígido y estrechaba los brazos contra su cuerpo apretando la cartera en el pecho como si tratara de protegerse con ella.

– ¿Qué más sabes acerca de ese tipo?

– Poca cosa.

– ¿Qué piensan las chicas de él?

– No le prestan atención.

– ¿Se ha mostrado amenazador alguna vez?

– No. Por lo menos de manera directa.

– ¿Ha estado violento o ha perdido el control?

– No.

– ¿Toma drogas?

– No lo sé.

– ¿Sabes quién es o dónde vive?

– No. Hay cosas que, en ese ambiente, no se preguntan. Es una norma implícita, una especie de acuerdo tácito.

De nuevo siguió un largo silencio mientras ambas ponderábamos sus palabras. Un ciclista pasó por la acera pedaleando sin apresurarse. Su casco pareció vibrar, destellar bajo una farola callejera, y luego se perdió de vista al internarse en la oscuridad. Había atravesado mi campo visual y desaparecido después lentamente entre la noche, como una luciérnaga que señalara su paso. Encendido, apagado; encendido, apagado.

Pensé en lo que ella me había dicho y me pregunté si debía sentirme culpable. ¿Habría desencadenado yo sus temores al hablarle de los míos o se habría encontrado realmente con un psicópata? ¿Exageraba una serie de coincidencias inofensivas o se hallaba realmente en peligro? ¿Debía yo dejar que las cosas siguieran su curso durante algún tiempo o tenía que hacer algo? ¿Era conveniente denunciarlo a la policía? Me encontraba dando vueltas a mi antiguo y acostumbrado círculo.

Permanecimos un rato sentadas escuchando los sonidos del parque y percibiendo el suave perfume de la noche, abstraída cada una en sus propios pensamientos. El tranquilo intermedio produjo efectos sedantes. Por fin Gabby agitó la cabeza, dejó caer la cartera en su regazo y se recostó en el asiento. Aunque su expresión era sombría, se advertía en ella un cambio muy visible. Cuando habló de nuevo su voz era más firme, menos temblorosa.

– Comprendo que reacciono de manera exagerada. Tal vez se trate solamente de un bicho raro que desea asustarme y yo le sigo el juego. He permitido que ese elemento me meta el miedo en el cuerpo y me trastorne.

– ¿No te encuentras con muchos «bichos raros», cómo calificas a ése?

– Sí. La mayoría de mis confidentes no son precisamente unos dandis -replicó con una breve risita carente de alegría.

– ¿Qué te hace pensar que ese tipo es diferente?

Meditó unos instantes, con la uña del pulgar entre los dientes.

– Resulta difícil expresarlo con palabras. Es simplemente una… línea que divide a los chiflados de los verdaderos depredadores. No es fácil definirlo, pero una sabe cuándo está en peligro. Tal vez sea un instinto que he adquirido aquí. Si en este negocio una mujer se siente amenazada por alguien, no va con esa persona. Cada una tiene sus propios desencadenantes, pero todas establecen sus límites en cierto punto. Pueden ser los ojos o alguna petición extraña. Hélène no irá con nadie que calce botas de vaquero.

Se tomó otro respiro para ensimismarse en sus pensamientos.

– Creo que me dejé llevar por aquella conversación sobre criminales en serie y desviaciones sexuales.

Más introspección. Traté de echar una mirada a mi reloj.

– Ese tipo tan sólo trata de perturbarme.

Nueva pausa. Se esforzaba por restar importancia al asunto.

– ¡Vaya asno!

O por dársela. Su voz sonaba irritada por momentos.

– ¡Maldita sea, Tempe, no permitiré que ese cabrón se refocile revolviendo basura y mostrándome sus asquerosas fotos! ¡Le diré que se vaya al infierno!

Se volvió y puso su mano sobre la mía.

– Lamento haberte hecho venir hasta aquí. ¡Soy una idiota!, ¿Me perdonas?

La miré con fijeza y en silencio. De nuevo su giro emocional me había cogido por sorpresa. ¿Cómo podía mostrarse aterrada, analítica, irritada y por fin disculparse en tan sólo media hora? Yo estaba muy cansada y era demasiado tarde para resolver aquel enigma.

– Es tarde, Gabby. Ya hablaremos de ello mañana. No te preocupes, no me he enfadado: me alegro de que estés bien. Te ofrecía sinceramente mi casa. Siempre eres bien recibida.

Se inclinó a abrazarme.

– Gracias, pero puedo arreglarme. Te prometo que te llamaré.

La observé mientras subía la escalera con la falda flotando como rodeada de niebla. Al cabo de unos instantes desapareció por la puerta morada, y el espacio que nos separaba quedó vacío y tranquilo. Permanecí sentada unos instantes rodeada por la oscuridad y el tenue perfume a sándalo. Aunque nada se movía sentí un momentáneo escalofrío que, al igual que su sombra, fluctuó unos instantes y desapareció.

Durante el camino de regreso mi mente funcionó a velocidad vertiginosa. ¿Construía Gabby otro melodrama o se hallaba realmente en peligro? ¿Se había reservado alguna confidencia? ¿Sería aquel hombre realmente peligroso? ¿Habría germinado en ella la simiente de paranoia sembrada por mi charla sobre los asesinatos? ¿Debería yo informar a la policía? No quise dejarme dominar por la preocupación de la seguridad de Gabby. Al llegar a casa recurrí a un ritual de mi infancia que funciona a la perfección cuando estoy tensa o muy nerviosa: llené la bañera de agua caliente y eché sales de hierbas. Puse en marcha un compactdisc de Leonard Cohen a pleno volumen y, mientras me sumergía en las aguas, él cantó para mí acerca del futuro. Los vecinos tendrían que resistir. Después del baño, intenté comunicarme con Katy, mas de nuevo me encontré con su contestador automático. Luego compartí leche y galletas con Birdie, que prefirió la leche, dejé los platos en el mostrador de la cocina y me metí en la cama.

Mi ansiedad no se había disipado por completo, y el sueño no acudía con facilidad. Yací algún tiempo observando las sombras del techo y luchando contra el impulso de llamar a Pete. Me odiaba a mí misma por necesitarlo en tales ocasiones, por ansiar su fortaleza siempre que me sentía trastornada. Era un ritual que me había jurado romper.

Por fin me invadió el sueño como un remolino, y en mi conciencia se confundieron pensamientos de Pete, de Katy, de Gabby y de los crímenes. Fue algo saludable que me permitió resistir la siguiente jornada.

Capítulo 8

Dormí profundamente hasta las nueve y cuarto de la mañana siguiente. No suelo remolonear tanto, pero era 24 de junio, viernes, día de san Juan Bautista, la fiesta nacional de Quebec, y me dejé arrastrar por mi languidez habitual en tales jornadas. Puesto que tal festividad es la principal de la provincia, casi todo está cerrado. Aquella mañana no me encontraría la Gazette en la puerta, por lo que preparé café y fui a la esquina en busca de otro periódico.

El día era vivo y luminoso y el mundo se exhibía bajo un prisma activo. Los objetos y sus sombras destacaban con todos sus detalles; los colores de ladrillos, metales, maderas, pinturas, hierbas y flores proclamaban su vivacidad en sus diferentes situaciones del espectro. El cielo aparecía deslumbrante y sin la menor sombra de nubes y me recordaba los azules huevos de los petirrojos en las estampas de mi infancia, con la misma tonalidad escandalosa. Estaba segura de que san Juan lo habría aprobado.

El aire de la mañana era cálido y suave, en perfecta armonía con el aroma de las petunias que llenaban las macetas de las ventanas. La temperatura había ascendido de manera gradual pero persistente durante la semana pasada, y el nivel de cada día había superado a su predecesor. La previsión para la jornada era de treinta y dos grados Celsius que convertí rápidamente en ochenta y nueve Fahrenheit. Puesto que Montreal se levanta sobre una isla, el foso circundante del San Lorenzo le asegura una constante humedad. ¡Magnífico! Sería como en Carolina: un día cálido y húmedo. Como me he criado en el sur, lo adoro.

Compré Le Journal de Montreal. El «periódico número uno en francés de América» no era tan engorroso cuando se refería a la jornada festiva como el Gazette, de lengua inglesa. Cuando me hallaba a mitad de manzana de regreso a mi apartamento eché un vistazo a la primera plana. El titular estaba escrito en caracteres de ocho centímetros de color celeste: BONNE FÊTE QUEBEC!

Pensé en el desfile y en los conciertos que se celebrarían en el parque Maisonneuve, en el sudor y la cerveza que correrían y en la escisión política que dividía a la población de Quebec. Ante las elecciones que se celebrarían el próximo otoño, las pasiones se habían desatado y los que propugnaban la separación confiaban fervientemente en que aquél sería su año. Camisetas y pancartas anunciaban: L'an prochain mon pays! ¡El año siguiente mi patria! Esperaba que aquella fecha no se viese deslucida por la violencia.

Al llegar a casa me serví un café, preparé un cuenco de cereales y extendí el periódico sobre la mesa de la cocina. Soy una adicta a las noticias. Aunque puedo pasarme varios días sin un periódico y me conformo con una serie regular de dosis televisivas a las once, en breve tengo que contar con la palabra escrita. Cuando viajo, localizo en primer lugar la CNN antes de deshacer el equipaje. Lo hago así durante los ajetreados días laborables, distraída por las demandas de la enseñanza o profesionales, aliviada por las voces familiares de los programas familiares, sabiendo que me pondré al día al llegar el fin de semana.

No puedo beber, aborrezco el humo de los cigarrillos y pasaba un año escaso de sexo, por lo que las mañanas de los sábados me enfrascaba en orgías periodísticas, concediéndome largas horas para devorar las menores minucias. No se trata de que aparezcan novedades en las noticias: no es así y lo sé. Es como las bolas en una tolva de bingo. Los mismos acontecimientos suelen aparecer una y otra vez. Terremotos, golpes de estado, guerras comerciales, toma de rehenes. Mi impulso irrefrenable consiste en saber qué bolas han subido en determinada fecha.

Le Journal se presenta en un formato de historias breves y abundantes fotos. Aunque no fuese como The Christian Science Monitor, me conformaba con él. Birdie conocía la rutina y se retrepaba en la silla contigua. Nunca he sabido si porque lo atrae mi compañía o porque espera los restos de cereales. Arqueaba la espalda, se instalaba con sus cuatro patas pulcramente recogidas y fijaba sus redondos ojos en mí como si buscara respuesta a algún profundo misterio felino. Mientras leía, sentía sus ojos fijos en la mejilla.

Pasé a la página dos, entre un artículo sobre el caso de un sacerdote estrangulado y la cobertura informativa de la Copa Mundial de Fútbol.

Se descubre un cadáver mutilado

Ayer por la tarde, en su domicilio de la parte este de la ciudad, apareció el cadáver de una mujer de veinticuatro años brutalmente desfigurado. La víctima, identificada como Margaret Adkins, era ama de casa y madre de un niño de seis años. Se sabe que la señora Adkins estaba con vida a las diez de la mañana, en que habló por teléfono con su marido. A mediodía su hermana descubrió el cadáver, brutalmente golpeado y mutilado.

Según la policía del CUM no aparecían indicios de haberse forzado la entrada, y todavía se desconoce cómo consiguió el atacante acceder a la casa. El doctor Pierre LaManche realizó la autopsia en el Laboratorio de Medicina Legal y la doctora Temperanee Brennan, antropóloga forense norteamericana y experta en traumas del esqueleto, examina los huesos de la víctima para detectar posibles huellas de arma blanca…

La historia se prolongaba con un mosaico de especulaciones acerca de las últimas idas y venidas de la víctima, una sinopsis de su vida, una desgarradora descripción de las reacciones familiares y la promesa de que la policía se esforzaba todo lo posible por capturar al asesino.

El artículo estaba ilustrado por varias fotos que reflejaban el siniestro drama y su despliegue de personajes. En distintas tonalidades grisáceas aparecía el apartamento y su escalera, la policía, los encargados del depósito empujando la camilla con la bolsa precintada que contenía el cadáver. Un grupo de vecinos se alineaban en la acera, contenidos por la cinta que los aislaba del escenario del crimen, y su curiosidad había quedado estáticamente plasmada en las imágenes en blanco y negro. Entre las figuras del reportaje reconocí a Claudel con el brazo derecho levantado como el director de una banda musical de instituto. Un recuadro circular ofrecía un primer plano de Margaret Adkins, en una visión borrosa aunque más afortunada que el rostro que yo había visto en la mesa de autopsias.

Una segunda fotografía mostraba a una mujer mayor con cabellos teñidos de rubio y rizados y un pequeño con pantalones cortos y una camiseta de la Expo. Un hombre con barba y gafas de montura metálica pasaba los brazos por los hombros de ambos con aire protector. Los tres exhibían una expresión de asombro y dolor desde el papel, característica de quienes acaban de sufrir las consecuencias de un crimen violento y con la que yo había llegado a sentirme demasiado familiarizada. El pie de foto los identificaba como la madre, el hijo y el esposo de la víctima.

Ante mi consternación, a continuación aparecía yo en una foto tomada en 1992 en una exhumación que se conservaba en archivo y que solía utilizarse. Como de costumbre, me identificaban como «una antropóloga norteamericana».

– ¡Maldición!

Birdie agitó el rabo y me miró con aire reprobatorio. No me importaba. Mis propósitos de alejar de mi mente los asesinatos durante todo el fin de semana festivo habían sido efímeros. Tendría que haber imaginado que la noticia aparecería en el periódico aquel día. Apuré los restos fríos de mi café y marqué el número de Gabby sin recibir respuesta. Aunque podían caber mil explicaciones, también aquello me irritó.

Fui a mi habitación a vestirme para el Tai Chi. Las clases solían tener lugar los martes por la noche, pero, puesto que nadie trabajaba, habíamos decidido por unanimidad celebrar una sesión especial. Yo no estaba muy decidida a asistir, pero el artículo y la llamada telefónica sin respuesta me habían resuelto a ello. Pensaba que por lo menos durante una o dos horas se aclararía mi mente.

De nuevo comprobé que me había equivocado. Noventa minutos de «acariciar el pájaro», «agitar las manos como nubes» y «buscar una aguja en el fondo del mar» no contribuyeron en absoluto a hacerme sentir de vacaciones. Me hallaba tan distraída que realicé de modo desincronizado todos los ejercicios físicos y regresé a casa más irritada que antes.

Ya en el coche encendí la radio decidida a apacentar mis pensamientos como un pastor cuida de su ganado, fomentando los frívolos y desechando los macabros. Aún estaba decidida a salvar el fin de semana.

… fue asesinada hacia el mediodía de ayer. La señora Adkins estaba citada con su hermana, mas no se presentó. El cadáver fue descubierto en el 6327 de Desjardins. No han aparecido pruebas de allanamiento de morada, y la policía sospecha que acaso la víctima conociera a su agresor.

Aunque podía cambiar de emisora, dejé que aquella voz se infiltrara en mi mente y bullera en mi quemador interno haciendo emerger mis frustraciones y destruyendo cualquier posibilidad de un fin de semana dedicado al ocio.

… aún no se han dado a conocer los resultados de la autopsia. La policía registra la parte este de Montreal e interroga a todos cuantos conocían a la víctima. Este incidente se convierte en el vigesimosexto homicidio registrado este año en el CUM. La policía ruega a cualquiera que posea información relacionada con este caso que se ponga en contacto con la patrulla de homicidios, teléfono cinco cinco cinco veinte cincuenta y dos.

Sin haber tomado una decisión consciente, giré en redondo y me dirigí hacia el laboratorio. Veinte minutos después llegaba allí, decidida a conseguir algo aunque sin saber qué.

El edificio de la SQ estaba silencioso. El habitual estrépito se había acallado ante la deserción general: sólo quedaban algunos infelices. Los guardianes del vestíbulo me miraron recelosos, pero en silencio. Tal vez se debiera a la cola de caballo, a los leotardos o quizá al malhumor general reinante por verse obligados a trabajar en jornada festiva. No me importaba.

Los sectores del LML y el LSJ estaban completamente desiertos. Los laboratorios y despachos vacíos parecían hallarse en reposo y prepararse para después de aquel cálido y largo fin de semana. Mi despacho estaba como lo había dejado, con los bolígrafos y rotuladores aún desperdigados sobre la mesa. Mientras los recogía, miré alrededor de mí, hacia los informes inconclusos, las diapositivas no clasificadas y el proyecto que tenía en marcha sobre las suturas de los maxilares. Las huecas órbitas de los cráneos utilizados como referencia me contemplaban desde el vacío.

Aún no estaba segura de por qué me encontraba allí ni de lo que me proponía hacer. Me sentía tensa y baja de tono. De nuevo recordé a la doctora Lentz. Ella había conseguido que yo reconociera mi alcoholismo y que me enfrentase al creciente alejamiento de Pete, pero sus palabras habían arrancado despiadadamente las costras que cubrían mis emociones.

– ¿Por qué tiene que controlar siempre la situación, Tempe? -me decía-. ¿No puede confiar en nadie?

Tal vez tuviera razón. Quizá yo sólo tratara de evadirme de la culpabilidad que me atormentaba cuando no podía resolver un problema. Acaso únicamente tratara de eludir la inactividad y la sensación de incapacidad que la acompañaba. Me dije que la investigación del crimen no era en realidad responsabilidad mía, que tal misión incumbía a los detectives de homicidios y que mi trabajo consistía en ayudarlos facilitándoles un absoluto y fidedigno apoyo técnico. Me autoincrepé por encontrarme allí simplemente ante la falta de opciones. Aquello no funcionaba.

Cuando había recogido los bolígrafos y rotuladores por completo y reconocía la lógica de mis propios argumentos, aún no podía evitar la sensación de que necesitaba hacer algo. Aquel sentimiento me corroía como un conejo devora una zanahoria. No podía liberarme de la insistente impresión de que, en aquellos casos, se me escapaba algún elemento ínfimo aunque de suma importancia, de un modo que aún no comprendía. Necesitaba hacer algo.

Saqué un expediente del archivador donde conservaba los informes de los casos antiguos y otro del montón de los que estaban en marcha y los deposité junto al de Adkins. Tres expedientes amarillos. Tres mujeres arrebatadas de su círculo y asesinadas con la malignidad de un psicópata. Trottier, Gagnon, Adkins. Las víctimas vivían muy distantes entre sí y contaban con diferentes entornos, edades y características físicas. Sin embargo, no podía liberarme del convencimiento de que la desaparición de todas ellas era obra de un mismo asesino. Claudel tan sólo era capaz de percibir las diferencias; necesitaba descubrir un vínculo para convencerlo de lo contrario.

Arranqué una hoja de papel reglado y elaboré un tosco gráfico encabezando las columnas con las categorías que consideraba más importantes: edad, raza, color y longitud de cabellos, color de ojos, altura, peso, ropas que vestían la última vez que fueron vistas, estado civil, idioma, grupo étnico/religión, lugar/tipo residencia, lugar/tipo de empleo, causa, fecha y hora de la muerte, tratamiento posmórtem del cadáver y su localización.

Comencé con Chantale Trottier, pero comprendí rápidamente que mis archivos no contendrían toda la información que precisaba. Deseaba examinar todos los informes policiales y las fotos de los escenarios del crimen. Consulté mi reloj: eran las dos menos cuarto de la tarde. Puesto que el caso de Trottier había sido asignado a la SQ decidí bajar a la primera planta. Dudaba que hubiera mucha actividad en la sala de la brigada de homicidios, por lo que sería una ocasión oportuna para solicitar lo que deseaba.

No me equivocaba. La enorme sala estaba casi vacía, y sus hileras de escritorios de metal gris reglamentario se hallaban desocupados en su mayoría. Tres hombres se agrupaban en el otro extremo de la estancia. Dos de ellos ocupaban mesas próximas, uno frente a otro, entre montones de expedientes de archivo y bandejas rebosantes de documentación.

Un hombre alto y desgarbado, con las mejillas hundidas y cabellos de color ceniciento, estaba sentado con la silla inclinada hacia atrás, los pies sobre la mesa y los tobillos cruzados. Se llamaba Andrew Ryan. Hablaba el seco y duro francés de los anglófonos y acuchillaba el aire con un bolígrafo. Su chaqueta pendía del respaldo de la silla, y las mangas se agitaban al ritmo con que movía el bolígrafo. La escena me recordó a un bombero en el parque de servicio, relajado pero dispuesto a entrar en acción en cualquier momento.

El compañero de Ryan lo observaba desde su escritorio con la cabeza ladeada, como un canario que examinara un rostro fuera de su jaula. Era de escasa estatura y musculoso, aunque su cuerpo comenzaba a asumir los contornos propios de la mediana edad. Presentaba un perfecto bronceado artificial, sus espesos y negros cabellos tenían un corte moderno y se veía muy atildado. Parecía un futuro actor en unas pruebas de promoción. Pensé que incluso se había atusado el bigote de modo profesional. En una placa de madera que estaba sobre su escritorio se leía su nombre: Jean Bertrand.

El tercero, sentado en el borde de la mesa de Bertrand, seguía las bromas y examinaba las borlas de sus mocasines italianos. Al verlo, el alma se me cayó a los pies con el vertiginoso descenso de un ascensor.

Tras la conclusión de un chiste obsceno los hombres rieron simultáneamente, con las roncas carcajadas con que parecen disfrutar de las chanzas a costa de las mujeres. Claudel consultó su reloj.

«Te vuelves paranoica, Brennan -me dije-. Haz un esfuerzo por controlarte.» Me aclaré la garganta y me abrí camino por el laberinto de mesas. El trío guardó silencio y se volvió a mirarme. Al reconocerme, los detectives del SQ sonrieron y se levantaron. Claudel permaneció impasible, sin esforzarse en absoluto por disimular su desaprobación. Dobló y bajó los pies y siguió observando sus borlas, interrumpiéndose tan sólo para consultar su reloj.

– ¿Cómo está, doctora Brennan? -me saludó Ryan en inglés y tendiéndome la mano-. ¿Hace tiempo que no regresa a su país?

– Bastantes meses.

El hombre me estrechó la mano con fuerza.

– Pensaba preguntarle si se lleva allí un AK-47.

– No, las conservamos preferentemente para uso doméstico, ya montadas.

Estaba acostumbrada a sus bromas sobre violencia americana.

– ¿Y tienen lavabos dentro de las casas? -me preguntó Bertrand.

Solía centrar en el sur el tópico de sus conversaciones.

– En algunos hoteles importantes, sí -respondí.

De los tres, sólo Ryan parecía sentirse violento.

Andrew Ryan había sido un candidato insólito para la brigada de homicidios de la SQ. Nacido en Nova Scotia, era hijo único de padres irlandeses, ambos médicos, que habían ejercido en Londres y llegaron a Canadá hablando únicamente inglés. Esperaban que su hijo siguiera su misma profesión e, irritados por las restricciones que les imponía su monolingüismo, decidieron asegurarse de que dominara el francés.

Durante su penúltimo año en el instituto St. Francis Xavier, la situación comenzó a empeorar. Seducido por la vida peligrosa, Ryan entró en dificultades con el alcohol y las drogas. Por último pasaba poco tiempo en el campus y frecuentaba los siniestros antros de maleantes y drogadictos. Acabó siendo conocido por la policía local pues sus borracheras solían conducirlo al suelo de una celda, con la apoteosis de sus vómitos. Una noche tuvo que ser internado en el hospital St. Martha's, con la arteria carótida casi seccionada por la navaja de un camello.

Como un cristiano renacido, su conversión fue rápida y total. Atraído aún por los bajos fondos, se limitó a cambiar de bando. Estudió criminología y solicitó y obtuvo un empleo en la SQ, donde alcanzó el cargo de teniente.

Su experiencia callejera le fue muy útil. Aunque solía mostrarse cortés y se expresaba con amabilidad, tenía fama de tipo peleón, capaz de enfrentarse a los degenerados en su propio terreno y de utilizar todos sus trucos. Yo nunca había trabajado con él: toda aquella información me había llegado a través de las habladurías de la brigada. Jamás había oído un comentario negativo sobre Andrew Ryan.

– ¿Qué hace hoy aquí? -se asombró. Señaló con un ademán hacia la ventana-. Debería estar por ahí y disfrutar de la fiesta.

Distinguí la cicatriz de su cuello, que se extendía hasta casi la nuca como una serpiente sinuosa.

– Supongo que mi vida social es pésima. Y no sé qué hacer cuando los comercios están cerrados.

Mientras lo decía apartaba el flequillo de mi frente. Recordé las ropas de gimnasia que vestía y me sentí algo intimidada ante su impecable atavío. Los tres parecían figurines de una revista masculina de moda.

Bertrand rodeó su escritorio y se acercó sonriente a saludarme con la mano tendida, que yo estreché. Claudel seguía sin mirarme. Me hacía menos falta que una alergia.

– Pensaba si podría echar una mirada a un expediente del año pasado. De una tal Chantale Trottier que fue asesinada en octubre del 93. El cadáver se encontró en Saint Jerome.

Bertrand chascó los dedos y me señaló.

– Sí, lo recuerdo: la chica del vertedero. Aún no hemos dado con el canalla que lo hizo.

Observé de reojo la mirada que Claudel dirigía a Ryan. Aunque el movimiento fue casi imperceptible, provocó mi curiosidad. Dudaba que él se encontrara allí de visita: estaba segura de que estaban hablando del crimen descubierto el día anterior. Me pregunté si comentarían el caso de Trottier o el de Gagnon.

– Desde luego -repuso Ryan sonriente pero impasible-. Lo que quiera. ¿Cree que se nos pasó algo por alto?

Sacó un paquete de cigarrillos y cogió uno que se puso en la boca. A continuación me ofreció otro, que rechacé con un movimiento de cabeza.

– No, no, nada de eso -contesté-. Trabajo en un par de casos que me han recordado el de Trottier. No estoy muy segura de lo que trato de encontrar, pero me gustaría volver a ver las fotos del escenario de los hechos y tal vez el informe del incidente.

– Sí, ya he tenido esa sensación -comentó al tiempo que echaba una bocanada de humo por la comisura de la boca.

Si sabía que todos mis casos competían asimismo a Claudel, no dio muestras de ello.

– A veces uno siente que debe seguir una corazonada. ¿Qué piensa que va a encontrar?

– Cree que por ahí anda un psicópata responsable de todos los crímenes cometidos desde Jack el Destripador -intervino Claudel. Se expresaba con aire indiferente, y advertí que volvía a examinar las borlas de sus zapatos. Apenas había movido los labios al hablar. Me parecía que no trataba de disimular su desdén. Le di la espalda e hice caso omiso de su presencia.

– ¡Vamos, Luc! -dijo Ryan sonriente-. ¡Tranquilo, nunca está de más echar otra mirada! Tampoco hemos fijado ningún límite de tiempo para cazar a ese gusano.

Claudel dio un resoplido, movió la cabeza despectivo y consultó de nuevo su reloj.

– ¿Qué ha descubierto? -prosiguió dirigiéndose a mí.

La puerta se abrió bruscamente sin darme tiempo a responder, y Michel Charbonneau irrumpió por el extremo de la sala. Corría hacia nosotros sorteando las mesas y agitaba un papel en la mano.

– ¡Lo tenemos! -exclamó-. ¡Tenemos a ese hijo de perra!

Estaba jadeante y acalorado.

– Poco a poco -dijo Claudel-. Veamos de qué se trata.

Se dirigía a Charbonneau igual que a un chico de recados, como si su impaciencia no mereciera el menor simulacro de cortesía.

Charbonneau le tendió el documento a Claudel con el entrecejo fruncido. Los tres hombres se agruparon e inclinaron las cabezas como un equipo que consultara un libro de instrucciones. Charbonneau seguía hablando.

– El imbécil utilizó la tarjeta bancaria de la víctima una hora después de habérsela cargado. Al parecer aún no se había divertido bastante, de modo que fue al cajero automático del dépanneur de la esquina a sacar unos billetes. Sólo que en aquel lugar no sueltan la pasta así como así y tienen una videocámara enfocada hacia la máquina dispensadora: identificación filmó la transacción y voilá, aquí está la instantánea de la Kodak.

Y señaló la fotocopia.

– Una belleza, ¿verdad? La he llevado allí esta mañana y, aunque el empleado nocturno reconoció el rostro, desconocía el nombre del tipo. Sugirió que hablásemos con el compañero que lo sustituye a las nueve. Al parecer se trata de un asiduo.

– ¡Mierda! -exclamó Bertrand.

Ryan miraba la foto en silencio, inclinado sobre su compañero más bajito.

– De modo que éste es el hijo de puta -dijo Claudel examinando la imagen que tenía en la mano-. Vamos por él.

– Me gustaría acompañarlos.

Habían olvidado mi presencia. Los cuatro se volvieron hacia mí, entre divertidos y curiosos acerca de lo que ocurriría a continuación.

– C'est impossible -replicó Claudel, el único que aún se expresaba en francés.

Apretó las mandíbulas y se quedó tenso, con expresión poco amable.

Estábamos enfrentados.

– Sargento Claudel -comencé asimismo en francés y escogiendo con sumo cuidado mis palabras-, creo advertir significantes similitudes en varias víctimas de homicidios cuyos cadáveres he examinado. De ser así, acaso un individuo, un psicópata como usted dice, se esconde tras todas estas muertes. Puedo tener razón o estar equivocada. ¿Desea realmente asumir la responsabilidad de desdeñar tal posibilidad y arriesgar las vidas de otras víctimas inocentes?

Me mostraba cortés pero inflexible. Tampoco yo pretendía ser afable.

– ¡Diablos, Luc, déjala venir! -exclamó Charbonneau-. Sólo vamos a hacer algunas entrevistas.

– ¡Vamos, este tipo caerá en nuestras manos aunque no permitas su intervención! -añadió Ryan.

Claudel no respondió. Sacó sus llaves, se metió la foto en el bolsillo y pasó por mi lado camino de la puerta.

– ¡Vayamos al baile! -dijo Charbonneau.

Tuve la impresión de que se me presentaba otra jornada de horas extras.

Capítulo 9

Llegar a nuestro destino no fue fácil. Mientras Charbonneau se abría camino dificultosamente por De Maisonneuve yo, sentada en la parte posterior del vehículo, miraba por la ventanilla y trataba de no prestar atención a los sonidos estáticos que surgían de la radio. La tarde era sofocante. A medida que avanzábamos veía surgir el calor del pavimento en ondulantes oleadas.

Montreal se ornamentaba con fervor patriótico. La flor de lis surgía por doquier: pendiente de ventanas y balcones, estampada en camisetas, sombreros y pantalones cortos, pintada en los rostros y agitada en banderas y pancartas. Desde el centro de la ciudad hacia el este del Main, sudorosos juerguistas atestaban las calles y atascaban el tráfico como la placa en las arterias. Miles de personas pululaban por doquier, iban y venían en oleadas blanquiazules en las que los punks se mezclaban con madres de familia que empujaban sillitas de niños. Aunque al parecer sin orientación, se desplazaban por lo general hacia el norte, hacia Sherbrooke y el desfile. Los manifestantes y las carrozas habían salido de St. Urbain a las dos de la tarde y habían marchado hacia el este, a lo largo de Sherbrooke. En aquellos momentos se encontraban delante de nosotros.

Sobre el zumbido del aire acondicionado distinguía carcajadas y cánticos esporádicos. Ya se habían producido algunos altercados. Mientras aguardábamos a que cambiara la luz del semáforo de Amherst, un cretino empujó a su novia contra una pared. Sus cabellos tenían el color de los dientes sucios y los llevaba enmarañados en la parte superior y en melena por la espalda. Su piel, de un blanco gallináceo, se tornaba como la granadina. Arrancamos antes de que concluyera la escena, y me quedó en la mente la imagen del rostro sorprendido de la muchacha superpuesto a los senos de una mujer desnuda. Bizqueante y boquiabierta, estaba enmarcada por un poster que anunciaba la exposición de Tamara de Lempicka del museo de Bellas Artes. «Une femme libre», proclamaba. Una mujer libre. Otra ironía de la vida. Me inspiró cierta satisfacción saber que aquel zoquete no pasaría una buena noche, que incluso podría sufrir ampollas.

– Déjame ver esa foto un momento -pidió Charbonneau volviéndose hacia Claudel.

Claudel la sacó de su bolsillo y se la entregó. Charbonneau la examinó sin dejar de vigilar el tráfico.

– No debe de parecérsele mucho, ¿verdad? -comentó sin dirigirse a nadie en particular.

Y sin añadir palabra me la tendió a mí, que me encontraba a su espalda. Se trataba de una impresión en blanco y negro, una ampliación de una persona tomada desde lo alto y a su derecha. En ella aparecía una figura masculina borrosa que desviaba el rostro, concentrado en la función de insertar o extraer una tarjeta de un cajero automático.

Sus cabellos eran ralos y cortos por delante y se extendían sobre la frente en flequillo. La parte superior de la cabeza estaba casi pelada, con largos mechones que cruzaban de izquierda a derecha en un intento de disimular su calva. Pensé que me encontraba ante mi modelo preferido de varón. Tan atractivo como un bañador Speedo.

Tenía cejas pobladas y sus orejas se abrían hacia el exterior como los pétalos de un pensamiento. Su cutis era mortalmente pálido. Llevaba una camisa de tejido a cuadros y unos pantalones que parecían de trabajo. La pobre calidad del papel y el deficiente enfoque ensombrecían otros detalles. Tuve que convenir con Charbonneau en que no se distinguía bien, que podía tratarse de cualquiera. Le devolví la foto en silencio.

Los dépanneurs de Quebec son establecimientos que abren hasta muy tarde. Se encuentran en cualquier lugar capaz de albergar algunas estanterías y un refrigerador a cubierto. Están diseminados por la ciudad y sobreviven a base de facilitar comestibles, lácteos y bebidas alcohólicas esenciales. Salpican todos los barrios y forman una red capilar que abastece las necesidades del vecindario y de los visitantes de paso. En ellos puede conseguirse leche, cigarrillos, cerveza y vino corriente, y el resto de su inventario queda determinado por las preferencias de los clientes. No facilitan lujos ni aparcamiento. Su versión mejorada suele contar con un cajero automático. Nos dirigíamos a uno de ellos.

– ¿Vamos a la rue Berger? -preguntó Charbonneau a Claudel.

– Oui. Está en dirección sur desde Sainte Catherine. Sigue por René Lévesque hasta Sainte Dominique y luego gira hacia el norte. El camino es como un nido de serpientes.

Charbonneau giró a la izquierda y comenzó a internarse por el sur. En su impaciencia pisaba ora el acelerador o el freno, dando bandazos al Chevy como una noria. Puesto que comenzaba a marearme, centré mi atención en las boutiques, los pequeños restaurantes y los modernos edificios de piedra de la universidad de Quebec, que se alineaban en St. Denis.

– Sacre bleu!

– Ca… lice! -exclamó Charbonneau al verse bruscamente interceptado por una furgoneta familiar Toyota de color verde oscuro-. ¡Bastardo! -exclamó al tiempo que pisaba a fondo el freno y chocaba con el parachoques-. ¡Fijaos en ese chalado!

Claudel no le hizo caso, acostumbrado al parecer a la irregular conducción de su compañero. Yo eché de menos algún remedio contra el mareo, pero no hice comentario alguno.

Por fin llegamos a René Lévesque, giramos hacia el oeste y seguimos en dirección norte hasta Ste. Dominique. Retornamos por Ste. Catherine y de nuevo me encontré en el Main, a una manzana de distancia de las chicas de Gabby. Berger, un damero de callejuelas secundarias intercaladas entre St. Laurent y St. Denis, se encontraba enfrente.

Charbonneau dobló por la esquina y se instaló en la curva frente al dépanneur de Berger. Un letrero sórdido sobre la puerta prometía «bière et vin», cerveza y vino. Anuncios de Molson y Labatt, descoloridos por el sol, cubrían los escaparates, fijados con una cinta adhesiva amarillenta que se despegaba por su antigüedad. Hileras de moscas muertas se alineaban en el alféizar, y sus cadáveres se disponían en capas según el momento de su defunción. Unas barras metálicas protegían el cristal. Dos vejestorios se hallaban sentados ante la puerta en sillas de cocina.

– El tipo se llama Halevi -dijo Charbonneau tras consultar su bloc de notas-. Probablemente no tendrá mucho que decir.

– Como de costumbre. Aunque su memoria suele mejorar cuando se los apremia un poco -replicó Claudel tras cerrar la puerta del coche.

Los viejos nos miraron en silencio.

Al entrar sonó una serie de campanillas. En el interior hacía calor y olía a polvo, especias y cartones antiguos. Dos hileras de estanterías adosadas se extendían a lo largo del local y formaban un centro y dos pasillos laterales. Las polvorientas estanterías contenían un surtido de antiguas mercancías enlatadas y embaladas.

En el fondo, a la derecha, en un refrigerador horizontal se exponían recipientes de nueces, potajes de legumbres, judías secas y harina y, en un extremo, se amontonaba un conjunto de verduras marchitas. El arcón del refrigerador, un elemento de antiguas eras, ya no enfriaba.

En la pared izquierda unos armarios verticales mantenían frescas las cervezas y el vino. Al fondo, en una caja pequeña y abierta cubierta con plástico para conservar el frío, se guardaban la leche, las olivas y el queso. A su derecha, en el rincón, se encontraba el cajero automático. Salvo por aquel elemento, el local parecía no haber sido renovado desde que Alaska solicitó la incorporación en los Estados Unidos.

El mostrador estaba directamente a la izquierda de la puerta principal. El señor Halevi se hallaba sentado tras él y hablaba con animación por un teléfono móvil. Se pasaba continuamente la mano por la calva, en un ademán vestigio de su juventud, cuando tenía más cabello. Un letrero sobre la caja registradora decía: «SONRÍE. DIOS TE QUIERE.» Halevi no seguía su propio consejo. Estaba congestionado y evidentemente resentido. Yo permanecí atrás dispuesta a observar.

Claudel se situó directamente ante el mostrador y se aclaró la garganta. Halevi le mostró la palma, indicándole que aguardara. El detective exhibió su identificación y negó con la cabeza. Halevi pareció momentáneamente confuso, pronunció unas rápidas palabras en hindi e interrumpió la comunicación. Sus ojos, aumentados por los gruesos cristales de sus gafas, pasaron de Claudel a Charbonneau y a la inversa.

– Ustedes dirán -dijo.

– ¿Es usted Bipin Halevi? -inquirió Charbonneau en inglés.

– Sí.

El detective colocó la foto sobre el mostrador.

– Eche una mirada. ¿Conoce a este individuo?

Halevi volvió la foto y se inclinó sobre ella sosteniéndola por los bordes con dedos temblorosos. Estaba nervioso y trataba de mostrarse complaciente o, por lo menos, dar la sensación de que colaboraba. Muchos encargados de dépanneurs vendían tabaco de contrabando u otras mercancías del mercado negro, por lo que las visitas de la policía eran tan populares como las inspecciones de Hacienda.

– Nadie reconocería a una persona por esta foto -dijo-. ¿Se ha tomado con el vídeo? Ya se interesaron antes por ello. ¿Qué ha hecho este hombre?

Se expresaba en inglés con la cantarina cadencia del norte de la India.

– ¿Tiene alguna idea de quién puede ser? -insistió Charbonneau sin responder a su pregunta.

Halevi se encogió de hombros.

– A mis clientes no les formulo preguntas. Además, la imagen es muy confusa y desvía la cabeza.

Se removió en su asiento. En cierto modo estaba relajado pues comprendía que no era el protagonista de aquella investigación, que aquello tenía que ver con el vídeo de seguridad confiscado por la policía.

– ¿Es un vecino del barrio? -preguntó Claudel.

– Ya le digo que no lo sé.

– ¿Le recuerda, aunque sea remotamente, a alguien que venga por aquí?

Halevi miró con fijeza la foto.

– Quizá. Es posible. Pero no está nada claro. Me gustaría poder ayudarlos… Tal vez se trate de alguien que haya visto alguna vez.

Charbonneau lo miró con dureza, sin duda pensando lo mismo que yo. ¿Trataba Halevi de mostrarse complaciente o en la foto aparecía alguien que le era realmente familiar?

– ¿Quién es?

– Yo… No lo conozco. Sólo es un cliente.

– ¿Sigue alguna rutina?

Halevi se mostraba inexpresivo.

– ¿Viene a la misma hora cada día? ¿Aparece por la misma dirección? ¿Compra las mismas cosas?

Claudel comenzaba a irritarse.

– Ya le he dicho que no hago preguntas ni me fijo: me limito a vender mis mercancías. Y por las noches me voy a mi casa. Esta cara es como la de muchas personas que vienen y se van.

– ¿Hasta qué hora tiene abierto?

– Hasta las dos.

– ¿Viene él por las noches?

– Tal vez.

Charbonneau tomaba notas en un bloc con tapas de cuero. Hasta el momento apenas había escrito.

– ¿Trabajó usted ayer por la tarde?

Halevi asintió.

– Fue muy ajetreado como víspera de festivo, ¿saben? Tal vez la gente creía que hoy no abriría.

– ¿Vio entrar a este tipo?

Halevi volvió a examinar la foto, se pasó las manos por la nuca y por último se rascó con energía su aureola capilar y profirió un resoplido al tiempo que levantaba las manos en ademán de impotencia.

Charbonneau guardó la foto en su bloc de notas y lo cerró de golpe. A continuación depositó una tarjeta sobre el mostrador.

– Si recuerda algo más, llámenos, señor Halevi. Le agradecemos las molestias que se ha tomado.

– Desde luego, desde luego -repuso el hombre con expresión radiante por vez primera desde que había visto la insignia-. No dejaré de llamarlo.

– Desde luego, desde luego -repitió Claudel cuando salimos a la calle-. Ese sapo llamará cuando la madre Teresa viole a Saddam Hussein.

– Es vendedor de un dépanneur. Tiene el cerebro de serrín -replicó Charbonneau.

Cuando nos dirigíamos al coche me volví a mirar. Los dos viejos aún estaban junto a la puerta como elementos permanentes del decorado, al igual que perros de piedra ante la entrada de un templo budista.

– Déjeme la foto un momento -le dije a Charbonneau. El hombre pareció sorprendido, pero me la entregó. Claudel abrió la puerta del coche, y de su interior salió una bocanada de aire tan caliente como de una fundición. Pasó un brazo por la puerta, apoyó un pie en el estribo y me observó. Cuando yo volvía a cruzar la calle le dijo algo a Charbonneau que, por fortuna, no llegó a mis oídos.

Me aproximé al anciano de la derecha. Llevaba unos descoloridos pantalones cortos de color rojo, camiseta de tirantes, calcetines y zapatos abotonados en el empeine. Sus huesudas piernas estaban totalmente surcadas de venas varicosas y parecía como si la pálida y blanca piel se hubiera tensado sobre nudos de espaguetis. La desdentada boca se le hundía hacia adentro y de su comisura surgía un cigarrillo que se inclinaba hacia el suelo. Mientras me acercaba me observó sin ocultar su curiosidad.

– Bonjour -los saludé.

– ¡Hola!

Se inclinó hacia adelante para desprender la sudorosa espalda del agrietado plástico del asiento. Pensé que nos habría oído hablar o que habría reparado en mi acento.

– Un día muy caluroso, ¿verdad?

– Los he visto peores.

El cigarrillo se movía al ritmo de sus palabras.

– ¿Vive usted por aquí?

Señaló con su flaco brazo en dirección a St. Laurent.

– ¿Puedo hacerle una pregunta?

Cruzó de nuevo las piernas y asintió.

Le tendí la foto.

– ¿Ha visto alguna vez a este hombre?

Sostuvo la foto con el brazo izquierdo extendido y se protegió los ojos del sol con la mano derecha. El humo flotaba sobre su rostro. Examinó tanto tiempo la imagen que pensé que quizá se habría dormido. Un gato blanco y gris cubierto de magulladuras al rojo vivo se deslizó detrás de su silla, rodeó el edificio y desapareció por la esquina.

El segundo anciano apoyó las manos en las rodillas y se levantó con un leve gruñido. Había tenido el cutis claro, pero en aquellos momentos parecía llevar ciento veinte años sentado en la silla. Se ajustó primero los tirantes y luego el cinturón que sostenía sus pantalones grises de trabajo y se acercó a nosotros arrastrando los pies. Inclinó la cabeza, cubierta con una gorra de los Mets, sobre el hombro de su compañero y contempló la foto con los ojos entornados. Por fin el piernas de espagueti me la devolvió.

– Ni siquiera lo reconocería su propia madre. Esta foto es una porquería.

El segundo anciano fue más positivo.

– Vive en algún lugar por ahí -dijo.

Y señaló con un dedo amarillento un sórdido edificio de piedra de tres plantas, más abajo. Tampoco él tenía dientes ni llevaba dentadura postiza y, al hablar, la barbilla parecía tocarle la nariz. Cuando se interrumpió, le señalé la foto y luego el edificio. El hombre asintió en silencio.

– Souvent? -le pregunté. ¿Con frecuencia?

– Hum… Oui -respondió enarcando las cejas y levantando los hombros.

Adelantó el labio inferior y ondeó la mano en un ademán significativo. Más o menos.

Su compañero agitó reprobatorio la cabeza y resopló disgustado.

Hice señas a Charbonneau y a Claudel para que se acercaran y les expliqué lo que había dicho el anciano. Claudel me miró como si fuera una avispa enojosa, una molestia que debía soportar. Yo lo miré a mi vez desafiante: le constaba que era él quien debía haber interrogado a los hombres.

Charbonneau se volvió sin hacer comentario alguno y se centró en la pareja. Claudel y yo escuchamos en silencio. Los ancianos se expresaban en argot, con la rapidez de una ametralladora, alargando las vocales y truncando los finales de las palabras, de modo que apenas capté la conversación. Pero los gestos y señales eran tan elocuentes como titulares. El de tirantes decía que el tipo vivía en aquella manzana; el de piernas de espagueti no estaba de acuerdo.

Por fin Charbonneau se volvió hacia nosotros, señaló el coche con la cabeza y, con un ademán, nos indicó que lo siguiéramos. Cuando cruzábamos la calle sentí dos pares de ojos legañosos clavados en mi espalda.

Capítulo 10

Charbonneau se apoyó en el Chevy y encendió un cigarrillo. Estaba tan tenso como la cuerda de un arco. Permaneció inmóvil unos momentos, al parecer considerando lo que los viejos le habían dicho y por fin nos habló, sin apenas mover los labios, formando una firme línea con la boca.

– ¿Qué opinan ustedes? -preguntó.

– Esa pareja parece pasar mucho tiempo ahí -aventuré.

Un reguero de sudor me corría por la espalda, bajo la camiseta.

– Podrían tratarse de dos tarados mentales -dijo Claudel.

– O haber visto realmente a ese hijo de perra -repuso Charbonneau.

Aspiró a fondo y sacudió el cigarrillo con el dedo.

– No han sido muy concretos con los detalles-señaló Claudel.

– Sí -contestó Charbonneau-, pero todos estábamos de acuerdo en que el tipo no resultaba muy identificable. Y los mutantes como él procuran llamar poco la atención.

– El abuelo número dos parecía muy seguro -añadí.

– Esos dos acaso sólo están seguros de la localización del banco de plasma y de la tienda de bebidas -se burló Claudel-. Probablemente son los dos únicos puntos de referencia que pueden situar.

Charbonneau dio una última calada, tiró su colilla y la aplastó con el pie.

– Puede no ser nada o quizá se encuentre ahí. No quiero errar en mis conjeturas. Propongo que echemos una mirada y que arrestemos al tipo si lo encontramos.

Advertí que Claudel volvía a encogerse de hombros.

– De acuerdo. Pero no quiero que nos juguemos el pellejo. Haré venir refuerzos.

Me echó una ojeada y luego miró a Charbonneau con las cejas enarcadas.

– A mí ella no me molesta -repuso su compañero.

Claudel sacudió la cabeza con aire reprobatorio, rodeó el coche y ocupó el puesto del pasajero. A través del parabrisas lo vi coger el auricular.

Charbonneau se volvió hacia mí.

– ¡Esté atenta! -me advirtió-. Si pasara algo, póngase a buen recaudo.

Le agradecí que se abstuviera de indicarme que no tocase nada.

Al cabo de un momento Claudel asomó la cabeza por la puerta del vehículo.

– Allons-y -dijo. Vámonos.

Ocupé el asiento posterior, y los detectives se instalaron en la parte delantera. Charbonneau puso el coche en marcha, y avanzamos lentamente por la manzana. Claudel se volvió hacia mí.

– Cuando lleguemos, no toque nada. Si se trata de ese tipo no queremos echar a perder posible pruebas.

– Lo intentaré -respondí esforzándome por disimular el sarcasmo-. Como no fabrico testosterona me cuesta recordar esas cosas.

Dio un resoplido y se volvió hacia adelante. Sin duda que ante un público agradecido hubiera puesto los ojos en blanco y sonreído desdeñoso.

Charbonneau paró en la curva, en mitad del edificio, y todos lo examinamos. Estaba rodeado de solares vacíos. En el cemento agrietado y la gravilla crecían frondosas las malas hierbas, y estaba sembrado de botellas rotas, neumáticos desechados y los restos que suelen acumularse en los espacios urbanos abandonados. Alguien había pintado un mural en la pared que daba al solar en el que aparecía una cabra con un arma automática colgada de cada oreja y en cuya boca sostenía un esqueleto humano. Me pregunté si el significado de aquel dibujo sería evidente para alguien que no fuese el artista.

– El viejo no lo ha visto hoy -dijo Charbonneau tamborileando los dedos en el volante.

– ¿Cuándo comienzan la vigilancia del vecindario? -preguntó Claudel.

– A las diez -repuso Charbonneau.

Consultó su reloj, y Claudel y yo lo imitamos. Pavlov se hubiera sentido orgulloso: eran las tres y diez de la tarde.

– Tal vez acostumbre acostarse tarde -dijo Charbonneau-. O quizás esté agotado por la excursión de ayer.

– O acaso no esté ahí en absoluto y esos viejos se carcajeen a nuestra costa.

– Quizá.

Un grupo de muchachas atravesaba el solar vacío de detrás del edificio cogidas del brazo con la camaradería de las adolescentes. Sus pantalones cortos formaban una hilera de banderas quebequesas, como una línea de flores de lis que oscilara a una mientras se internaban entre los hierbajos. Llevaban los cabellos trenzados y se los habían teñido con espray de color azul claro. Mientras las veía saltar y reírse entre aquel bochorno, pensé en lo fácil que puede extinguirse para siempre la animación juvenil por obra de un loco. Sentí una oleada de ira. ¿Sería posible que sólo nos separaran unos diez metros de semejante monstruo?

En aquel momento un coche patrulla azul y blanco apareció silencioso detrás de nosotros. Charbonneau se apeó y habló con los agentes. Al cabo de unos momentos regresaba.

– Ellos nos cubrirán la espalda -dijo señalándolos con la cabeza. Su voz reflejaba nerviosismo, sin rastro ya de sarcasmo-. Allons-y.

Cuando abrí la puerta Claudel se dispuso a decir algo, pero cambió de idea y fue hacia el apartamento seguido de Charbonneau y de mí. Advertí que se había desabrochado la chaqueta y que tenía el brazo derecho tenso y algo encorvado, con los reflejos preparados. Me pregunté para qué.

El edificio de ladrillo rojo se erguía solo. Sus vecinos hacía tiempo que habían desaparecido. La basura se amontonaba en los solares contiguos, y grandes bloques de cemento los salpicaban desordenadamente como rocas abandonadas en una retirada glacial. Una cadena oxidada y colgante discurría a modo de verja en la parte sur del edificio. La cabra estaba en la fachada norte.

Tres anticuadas puertas blancas, una junto a otra, daban a nivel de la rue Berger. Frente a ellas el suelo estaba cubierto por un tramo de asfalto que llegaba hasta la curva. La acera, pintada en otros tiempos de rojo, tenía ahora el color de sangre seca.

En la ventana de la tercera puerta un letrero escrito a mano se apoyaba en ángulo contra una cortina suelta y descolorida de encaje. Tras el sucio cristal leí con dificultades: «Chambres á louer, 1er étage.» Se alquilan habitaciones, l.er piso. Claudel apoyó el pie en el peldaño y pulso el botón superior de los dos que estaban junto a la puerta. No hubo respuesta. Llamó de nuevo y, tras una breve pausa, golpeó en la puerta.

– Tabemac! -chilló una voz junto a mi oído.

El detonante taco quebequés aceleró los latidos de mi corazón.

Al volverme comprobé que la voz procedía de una ventana de la planta baja, a un palmo a mi izquierda. A través de la persiana aparecía un rostro de hosca expresión, que no ocultaba su enojo.

– ¿Qué diablos hace? ¡Si rompe esa puerta, trou de cul, tendrá que pagarla!

– Policía -dijo Claudel pasando por alto la grosería.

– ¿Sí? Demuéstremelo.

Claudel aproximó su placa a la ventana. El rostro se adelantó, y advertí que se trataba de una mujer. Estaba sofocada y era de expresión porcina, y llevaba un pañuelo de diáfano color verde lima atado de modo exuberante en lo alto de la cabeza, de modo que los extremos se agitaban en el aire como orejas de gasa. Salvo por la ausencia de armamento y cuarenta quilos de más, guardaba un parecido notable con la cabra.

– ¿Y bien?

Las puntas del pañuelo flotaron en el aire mientras paseaba su mirada de Claudel a Charbonneau y a mí. Tras decidir que yo era la menos amenazadora, señaló con ellas en mi dirección.

– Quisiéramos hacerle unas preguntas -le dije. Al instante me sentí como si imitara a Perry Mason. Sonaba tan a cliché en francés como lo hubiera sido en inglés. Por lo menos no había añadido «madame» al final.

– ¿Se trata de Jean Marc?

– No deberíamos tratar esto en la calle -le respondí mientras me preguntaba quién sería el tal Jean Marc.

La mujer vaciló unos momentos y desapareció. Al cabo de unos momentos oímos tintinear cerrojos, y cuando la puerta se abrió, apareció su inmensa mole cubierta con una bata casera de nailon de color amarillo; tenía las axilas y la cintura mojadas de sudor, y en los pliegues que le rodeaban el cuello advertí rastros de transpiración mezclada con suciedad. La mujer nos cedió el paso y luego se volvió, anduvo por un estrecho pasillo y desapareció por una puerta de la izquierda. La seguimos en fila india, Claudel al frente y yo detrás de todos. El pasillo olía a coles y a grasa añeja. La temperatura del interior alcanzaba por lo menos los treinta y cinco grados.

Su pequeño apartamento hedía a excrementos antiguos de gato y estaba abarrotado del mobiliario pesado y oscuro fabricado en masa durante los años veinte y treinta. Dudé que la estructura hubiera cambiado desde el original. Un carril de vinilo claro atravesaba en diagonal la alfombra del salón, imitación raída de un original persa. No se veía el menor espacio despejado.

La mujer avanzó pesadamente hasta una silla tapizada que estaba junto a la ventana y se desplomó en ella. La mesita metálica del televisor que estaba a su derecha se tambaleó y una lata de pepsi retembló asimismo. Se arrellanó y miró con nerviosismo por la ventana: me pregunté si esperaría a alguien o si simplemente odiaba ver interrumpida su vigilancia.

Le tendí la foto. La mujer la miró y sus ojos se achicaron como larvas, ocultándose tras sus carnosos párpados. A continuación levantó la mirada hacia nosotros y, aunque tarde, comprendió que se había colocado en situación de desventaja: de pie, contaba con la ventaja de su altura. Estiró el cuello y paseó sus ojillos de uno a otro de nosotros. Su talante pareció mudar de beligerante a prudente.

– ¿Cuál es su nombre? -comenzó Claudel.

– Marie Eve Rochon. ¿De qué se trata? ¿Está Jean Marc en dificultades?

– ¿Es usted la conserje?

– Cobro los alquileres para el casero -respondió.

Aunque no había mucho espacio, se removió en la silla, que protestó de manera audible.

– ¿Lo conoce? -prosiguió Claudel mostrándole la foto.

– Sí y no. Se aloja aquí, pero no lo conozco.

– ¿Dónde?

– En el número seis. Primera entrada, la habitación de la planta baja -contestó con un amplio ademán que agitó como un flan su carne flaccida y celulítica.

– ¿Cómo se llama?

La mujer pensó unos momentos jugando distraída con una punta del pañuelo. Una gota de sudor alcanzó su máximo volumen hidrostático, estalló y se deslizó por su rostro.

– Saint Jacques. Aunque no suelen dar sus verdaderos nombres.

Charbonneau tomaba notas.

– ¿Cuánto tiempo lleva él aquí?

– Tal vez un año, mucho para este lugar. La mayoría son vagabundos. Como es natural, apenas lo veo. Viene y se va. No le presto mucha atención.

Bajó la mirada y frunció los labios ante la evidente mentira.

– No hago preguntas -añadió.

– ¿Pide usted referencias?

Resopló suavemente y negó con la cabeza.

– ¿Recibe visitas su inquilino?

– Ya le he dicho que apenas lo veo.

Charbonneau guardó silencio unos momentos. Con sus tirones la mujer había desviado el pañuelo a la derecha, y las orejas estaban descentradas de su cabeza.

– Parece que siempre está solo -agregó.

Charbonneau miró a su alrededor.

– ¿Son como éste los otros apartamentos?

– El mío es el mayor. -Tensó las comisuras de la boca e irguió la barbilla de modo imperceptible. Aún entre la pobreza había lugar para el orgullo-. Los otros están destrozados. Algunos sólo son habitaciones con fogones y lavabos.

– ¿Se encuentra él aquí ahora?

La mujer se encogió de hombros. Charbonneau cerró su bloc de notas.

– Tenemos que hablar con él. Vamos.

– Moi? -se sorprendió la mujer.

– Acaso precisemos entrar en su apartamento.

La mujer se adelantó en la silla y se frotó las manos en los muslos. Tenía los ojos muy abiertos y dilatadas las aletas de la nariz.

– No puedo hacer eso: sería una violación de intimidad. Necesitan un mandamiento judicial o algo parecido.

Charbonneau la miró con fijeza sin responder. Claudel suspiró ruidosamente como si estuviera aburrido y defraudado. Vi deslizarse un reguero de agua condensada por la lata de pepsi que se unía a un charquito en su base. Nadie hablaba ni se movía.

– De acuerdo, de acuerdo, pero esto es cosa suya -dijo al cabo la mujer. Apoyando su peso en una y otra anca, se desplazó hacia adelante a sacudidas. La bata casera se fue subiendo cada vez más, dejando a la vista enormes fragmentos de carne marmórea. Cuando hubo conseguido conducir su centro de gravedad al borde de la silla, apoyó ambas manos en los brazos y se levantó.

La mujer se dirigió a un escritorio del otro lado de la sala y revolvió en un cajón. Al cabo de unos momentos extrajo un llavero cuya etiqueta comprobó y que entregó satisfecha a Charbonneau.

– Gracias, señora. Con mucho gusto comprobaremos que no existen irregularidades en su finca.

Cuando nos disponíamos a marchar no pudo reprimir su curiosidad.

– ¿Qué ha hecho ese tipo?

– Le devolveremos la llave cuando nos vayamos -repuso Claudel.

Al marcharnos, de nuevo sentimos su mirada clavada en nuestras espaldas.

El pasillo que se encontraba tras la puerta era idéntico al que acabábamos de dejar. Las puertas se abrían a derecha e izquierda y, en el fondo, una empinada escalera conducía a la primera planta. El número seis era el primero de la izquierda. El ambiente era sofocante y siniestramente silencioso.

Charbonneau se apostó a la izquierda y Claudel y yo a la derecha. Ambos llevaban las chaquetas desabrochadas y Claudel apoyaba la mano en la empuñadura de su automática. Llamó a la puerta sin obtener respuesta y golpeó por segunda vez con idéntico resultado.

Los dos detectives cruzaron una mirada, y Claudel hizo una señal de asentimiento. Apretaba las comisuras de la boca y su rostro aparecía más picudo que de costumbre. Charbonneau introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Aguardamos, tensos, mientras las motas de polvo volvían a depositarse en su lugar. No distinguimos sonido alguno.

– ¿Saint Jacques?

Silencio.

– ¿Monsieur Saint Jacques?

Idéntica respuesta.

Charbonneau alzó la palma ante mí. Aguardé mientras entraban los detectives y luego los seguí con el corazón latiéndome con fuerza.

La habitación estaba escasamente amueblada. En la esquina de la izquierda, una cortina de plástico de color rosado pendía de anillas oxidadas en un soporte semicircular para delimitar un improvisado baño. Bajo la cortina distinguí la base de una cómoda y una serie de tuberías que probablemente conducían a un fregadero. Las tuberías estaban muy oxidadas y recubiertas por una densa masa verdosa. A la izquierda de la cortina, en el muro posterior, se había incorporado un mostrador con cubierta de formica que contenía un fogón, varios vasos de plástico y una colección desparejada de platos y cacerolas.

Frente a la cortina, una cama deshecha se extendía a lo largo de la pared izquierda. A la derecha había una mesa que constaba de un gran panel de contrachapado apoyado sobre dos caballetes, que lucían un distintivo que acreditaba su pertenencia al municipio de Montreal, y cuya superficie estaba atestada de libros y papeles. La pared superior se hallaba cubierta de mapas, fotos y artículos periodísticos, formando un mosaico de recortes y pegotes que se extendían a lo largo de la mesa. Junto a ésta había una silla plegable metálica. La única ventana de la habitación daba a la derecha de la puerta principal, con un felpudo idéntico al de la señora Rochon. Dos bombillas pendían desde el techo.

– Bonito lugar -comentó Charbonneau.

– Sí, muy hermoso. Tanto como las herpes y el peluquín de Burt Reynolds.

Claudel se acercó a la zona de aseo, sacó un bolígrafo del bolsillo y lo utilizó para apartar la cortina.

– El ministerio de Defensa tal vez desee tomar huellas. Este material debe contar con potencial para la guerra biológica.

Dejó caer la cortina y fue hacia la mesa.

– Ese cabrón no está aquí -dijo Charbonneau, alzando el borde de la manta que cubría la cama con la puntera del zapato.

Yo inspeccionaba los objetos de cocina que estaban sobre el mostrador de formica. Dos vasos de cerveza de la Expo, una cacerola mellada con restos incrustados de algo parecido a espaguetis, un pedazo de queso semimordido y coagulado en su propia substancia en un bol azul de loza, una taza de un Burger King y varios paquetes de celofán con galletas saladas.

Al inclinarme sobre el fogón sentí el impacto del calor persistente que me heló la sangre en las venas. Me volví rápidamente hacia Charbonneau.

– ¡Está aquí! -exclamé.

El sonido de mi voz coincidió con el instante en que se abría bruscamente una puerta en el ángulo derecho de la habitación. La puerta golpeó a Claudel, le hizo perder el equilibrio y comprimió su brazo y hombro derechos contra la pared. Una figura cruzó por la habitación con el cuerpo inclinado y se precipitó hacia la entrada. Distinguí su respiración jadeante.

Por un momento, en su vertiginoso paso por la sala, el fugitivo alzó la cabeza y sus negros ojos se cruzaron con los míos bajo el ala de una gorra de color anaranjado. En aquel fugaz instante reconocí la mirada de un animal acorralado. Nada más. Luego desapareció.

Claudel recuperó el equilibrio, amartilló su arma y se lanzó tras él, seguido inmediatamente de Charbonneau. Sin pensarlo, me uní a la persecución.

Capítulo 11

Cuando salí al exterior me cegó la luz del sol. Entorné los ojos y miré calle arriba tratando de localizar a Charbonneau y Claudel. El desfile había concluido y una multitud vagaba sin rumbo Sherbrooke abajo. Distinguí a Claudel, que se abría camino entre el gentío, con el rostro congestionado y contraído. Charbonneau lo seguía de cerca y, con el brazo en alto, exhibía su insignia, utilizándola como escudo para que le cedieran el paso.

La riada humana se abrió, sin comprender que sucedía algo insólito. Una corpulenta rubia se apoyaba en los hombros de su novio, la cabeza hacia atrás y los brazos en alto, agitando una botella de cerveza Molson hacia el cielo. Un borracho, que lucía la bandera de Quebec como la capa de Superman y estaba subido a una farola, animaba a la multitud cantando «Quebec pour les Quebecois!». Advertí que el coro era más estridente que antes.

Giré hacia el solar vacío, me subí a un bloque de cemento y me puse de puntillas para escudriñar el gentío. Si se trataba realmente de Saint Jacques, no se veía por ninguna parte. Tenía la ventaja de conocer el terreno y la había utilizado para poner la mayor distancia posible entre él y nosotros.

Advertí que un miembro de la brigada de apoyo concluía de hablar por el microteléfono y se incorporaba a la persecución. Había pedido refuerzos por radio, pero dudé que su coche pudiera infiltrarse entre la multitud. Su compañero y él se abrían paso a codazos en dirección a Berger y Ste. Catherine, siguiendo muy de cerca a Claudel y Charbonneau.

De pronto distinguí la gorra de béisbol naranja. Iba delante de Charbonneau, que, incapaz de descubrirla entre aquella masa humana, había girado al este en Ste. Catherine. Saint Jacques se dirigía hacia la parte oeste; pero, tan rápidamente como lo había detectado, desapareció de mi vista. Agité los brazos para atraer la atención, mas fue inútil. Había perdido de vista a Claudel y tampoco los patrulleros podían verme.

Impulsivamente salté del bloque y me metí entre el gentío. Los cuerpos que me rodeaban difundían olor a sudor, a lociones bronceadoras y a cerveza rancia. Agaché la cabeza y, olvidando mi habitual cortesía, me abrí paso con rudeza en busca de Saint Jacques. No tenía ninguna insignia que excusara mi brusquedad, por lo que empujaba a la gente y la apartaba evitando mirarla. La mayoría aceptaban los empellones con buen humor; otros se detenían para insultarme a mis espaldas. Muchos eran muy específicos sexualmente.

Traté de distinguir la gorra de Saint Jacques entre los cientos de cabezas que me rodeaban, pero me fue imposible. Emprendí una carrera hacia el punto donde lo había detectado introduciéndome entre los transeúntes como un rompehielos en el San Lorenzo.

No acabó de funcionar. Me hallaba próxima a Ste. Catherine, cuando alguien me asió violentamente por detrás. Una mano del tamaño de una raqueta de tenis Prince me agarró por la garganta y tiró con fuerza de mi cola de caballo. La barbilla se me disparó hacia arriba y sentí, o creí sentir, un chasquido en la nuca al tiempo que me impulsaban hacia atrás y me aplastaban contra el pecho de un gigantesco obrero de la construcción. Sentí su calor y el olor de su transpiración empapando mi espalda y cabellos. Un rostro se acercó a mi oreja y me envolvió en un agrio olor a vino, humo de cigarrillos y patatas fritas rancias.

– ¡Eh, tía!, ¿por qué diablos empujas?

No podía responder dada mi posición. Ello pareció enfurecerlo más y, soltándome los cabellos y el cuello, me puso las manos en la espalda y me propinó un violento empellón que me envió contra una mujer con pantalones cortos y calzada con zapatos de altísimos tacones que se echó a gritar. La gente que nos rodeaba se apartó ligeramente. Yo eché los brazos hacia adelante en un intento de recuperar el equilibrio, pero era demasiado tarde y caí al suelo golpeándome fuertemente en la rodilla de alguien.

Al chocar contra la acera resbalé y me arañé la mejilla y la frente. Me cubrí la cabeza con las manos instintivamente mientras el pulso latía en mis oídos. Sentí que la gravilla se me clavaba en la mejilla derecha y comprendí que me había arrancado la piel. Cuando intentaba levantarme del suelo con ayuda de las manos una bota me aplastó los dedos. Tan sólo vislumbraba piernas, rodillas y pies pues la multitud daba un rodeo para evitarme, al parecer sin reparar en mí hasta que tropezaban con mi cuerpo.

Rodé de costado y traté de nuevo de levantarme apoyándome en manos y rodillas, pero los inintencionados golpes de pies y piernas me lo impedían. Nadie se detenía para protegerme ni auxiliarme.

De pronto percibí una voz enojada y advertí que la multitud retrocedía ligeramente. Alrededor de mí se despejó un pequeño espacio y ante mi rostro apareció una mano cuyos dedos me hacían señas con impaciencia. Me así a ella y me incorporé para volver a encontrarme entre la luz del sol y el oxígeno.

La mano pertenecía a Claudel, que con su otro brazo mantenía a raya a la multitud mientras yo me ponía en pie con dificultades. Vi moverse sus labios pero no logré comprender lo que decía. Como de costumbre, parecía enojado; sin embargo, nunca me había parecido mejor su aspecto. Concluyó sus palabras e hizo una pausa para examinarme; advirtió el rasguño en mi rodilla derecha y las abrasiones de los codos, y por último inspeccionó mi mejilla, arañada y sangrante, y el ojo semicerrado por causa de la hinchazón.

Soltándome la mano, sacó un pañuelo de su bolsillo y me lo tendió al tiempo que me señalaba el rostro. Lo tomé con dedos temblorosos y me enjugué la sangre y la gravilla; volví a doblarlo por una superficie limpia y lo apreté contra mi mejilla.

– ¡No se aparte de mí! -gritó Claudel muy cerca de mi oído.

Respondí con una señal de asentimiento.

Se abrió camino hacia la parte oeste de Berger, donde la multitud era menos densa. Yo lo seguí con piernas temblorosas. A continuación se volvió en dirección al coche. Apresuré mis pasos y lo cogí del brazo. El hombre se detuvo y me miró con expresión inquisitiva. Agité la cabeza enérgicamente y él enarcó las cejas formando una pronunciada uve, que me recordó a Stan Laurel.

– ¡Está por allí! -grité señalando en dirección opuesta-. ¡Lo he visto!

Un hombre muy atildado pasó rozándome. Comía un cucurucho de helado que, al derretirse, había ido dejando un reguero rojo en su vientre, como si fueran gotas de sangre.

Claudel frunció el entrecejo.

– ¡Ahora mismo irá al coche! -me dijo.

– ¡Lo he visto en Sainte Catherine! -repetí, pensando que quizá no me había oído-. ¡Por Les Foufounes Électriques, en dirección a Saint Laurent!

Mi voz sonaba histérica hasta en mis propios oídos.

Había atraído su atención. Vaciló un segundo mientras valoraba los daños causados en mi mejilla y mis extremidades.

– ¿Está bien?

– Sí.

– ¿Podrá llegar hasta el coche?

– ¡Sí! ¡Aguarde! -exclamé cuando se disponía a irse.

Pasé trabajosamente las piernas sobre un cable oxidado que se levantaba a la altura de la rodilla por el perímetro del solar, me dirigí hasta otro bloque de cemento y me subí en él para escudriñar el mar de cabezas en busca de la gorra de béisbol de color anaranjado. Pero fue inútil. Claudel me observaba con impaciencia mientras yo inspeccionaba a la multitud, y desviaba los ojos de mí hasta el cruce una y otra vez de tal modo que recordaba al perro de un trineo que aguardara el disparo de salida.

Por fin negué con la cabeza y levanté las manos impotente.

– Bien. Seguiré buscando -dijo él.

Bordeó el solar vacío y volvió a abrirse paso a codazos en la dirección que le había indicado. El gentío era más denso que nunca en Ste. Catherine, y al cabo de unos momentos su cabeza desapareció entre aquel océano como si éste lo hubiera absorbido, al igual que un ejército de anticuerpos que persiguieran y rodearan a una proteína extraña. Hacía un momento era un ente individual; al instante, un punto minúsculo e indefinido entre la masa.

Me esforcé por localizarlo pero, por mucho que lo intenté, tampoco logré distinguir a Charbonneau ni a Saint Jacques. Más allá de St. Urbain un coche patrulla intentaba introducirse entre la multitud haciendo destellar sus luces rojiazules, pero los juerguistas hacían caso omiso de ellas, así como de su insistente sirena pidiendo paso. En una ocasión distinguí un destello de color anaranjado, pero resultó ser una tigresa con frac y zapatillas de lona de tacón alto. Al cabo de unos momentos la vi más de cerca con la cabeza de su disfraz y tomando un refresco.

El sol caldeaba el ambiente, me dolía mucho la cabeza y sentía formarse una dura costra en la mejilla herida. Seguí escudriñando con insistencia el horizonte, buscando entre la multitud. Me negaba a desistir hasta que Charbonneau y Claudel regresaran. Pero sabía que era una farsa: St. Jean y el día habían sido propicios a nuestra presa, que había logrado escapar.

Una hora más tarde nos reuníamos junto al coche. Los detectives se habían despojado de chaquetas y corbatas y las habían tirado en el asiento posterior. Tenían el rostro cubierto de sudor y las axilas y la espalda empapadas. Charbonneau estaba congestionado como una tarta de frambuesas y el cabello se le levantaba de punta sobre la frente como un Schnauzer mal esquilado. En cuanto a mí, la camiseta me pendía laciamente del cuerpo y parecía que acabase de sacar los leotardos de la lavadora. Nuestra respiración se había regularizado y todos habíamos proferido muchas palabrotas.

– Merde! -exclamó Claudel.

Era una alternativa aceptable.

Charbonneau se asomó al interior del vehículo y sacó un paquete de Players del bolsillo de su chaqueta. Se apoyó sobre un guardabarros, encendió el cigarrillo y echó el humo por la comisura de la boca.

– Ese canalla se ha escabullido entre el gentío como una cucaracha.

– Conoce el terreno y eso lo favorece -dije, resistiéndome a explorar los daños sufridos en la mejilla.

El hombre fumó unos momentos en silencio.

– ¿Cree que es el mismo tipo del cajero automático?

– ¡No lo sé, diablos! -repliqué-. No conseguí verle el rostro.

Claudel dio un resoplido, sacó un pañuelo de su bolsillo y se enjugó el sudor de la nuca.

Yo fijé en él mi ojo bueno.

– ¿Ha podido identificarlo? -le pregunté.

Nuevo resoplido.

Ante su gesto despectivo se evaporaron mis propósitos de reservarme mis comentarios.

– Me trata como si fuese lerda, señor Claudel, y esto comienza a irritarme.

El hombre me dedicó otra de sus sonrisas despectivas.

– ¿Cómo se siente el rostro? -se interesó.

– ¡Como un melocotón! -repliqué rechinando los dientes-. ¡A mi edad una abrasión cutánea es un regalo!

– La próxima vez que decida emprender una persecución con alboroto callejero no espere que yo la recoja.

– ¡La próxima vez controle mejor una situación de arresto y no tendré que hacerlo yo!

La sangre me latía en las sienes, y apretaba con tanta fuerza los puños que se me formaban pequeños semicírculos en las palmas.

– ¡Bien, basta ya de esta historia! -intervino Charbonneau dibujando un amplio arco en el aire con su cigarrillo-. ¡Vamos a registrar el apartamento!

Se volvió a los patrulleros que aguardaban en silencio y les dijo:

– Llamad a investigación.

– Ahora mismo -repuso el más alto dirigiéndose al coche. Los demás seguimos a Charbonneau en silencio hasta el edificio de ladrillo rojo y volvimos a entrar en el pasillo. El patrullero restante aguardó afuera.

En nuestra ausencia alguien había cerrado la puerta exterior, pero la que conducía al número seis aún seguía abierta. Entramos en la habitación y nos separamos como la vez anterior, cual personajes que siguieran instrucciones de bloqueo en un escenario.

Yo fui a la parte posterior. El fogón ya estaba frío y los restos de espaguetis no habían mejorado en aquel rato. Una mosca revoloteaba sobre el extremo de la cazuela y me recordaba otros restos más espeluznantes que pudiera haber dejado el ocupante. Nada más había cambiado.

Fui hacia la puerta de la derecha. Pequeños fragmentos de yeso sembraban el suelo, resultado del enorme golpe propinado por el pomo de la puerta contra la pared. La puerta estaba entreabierta y por ella se veía una escalera de madera que descendía a una planta inferior. Bajé un peldaño hasta un pequeño descansillo, di un giro de noventa grados a la derecha y me sumergí en la oscuridad. En el descansillo se alineaban latas metálicas en contacto con la pared. Ganchos oxidados sobresalían de la madera al nivel de los ojos. Distinguí un interruptor eléctrico a la izquierda, en el muro, al que faltaba la placa y cuyos cables se enroscaban entre sí como gusanos en una caja de cebos.

Charbonneau se reunió conmigo y cerró la puerta con su bolígrafo. Le señalé el interruptor y lo utilizó de nuevo para pulsarlo, con lo que se encendió una bombilla en algún punto debajo de nosotros que proyectó un tenue resplandor en los últimos peldaños. Escuchamos en la penumbra sin percibir sonido alguno. Claudel vino tras nosotros.

Charbonneau llegó hasta el descansillo, se detuvo y descendió lentamente seguido de mí, que sentía crujir quedamente cada peldaño bajo mis pies. Me temblaban las castigadas piernas como si acabase de correr un maratón, pero resistí a la tentación de tocar las paredes. El pasillo era angosto y tan sólo distinguía los hombros de Charbonneau que me precedía.

Al llegar al final el ambiente era húmedo y olía a moho. Sentía la mejilla como lava derretida y aquella sensación fría fue muy aliviadora. Miré en torno. Era el clásico sótano, aproximadamente de la mitad de tamaño que el edificio. La pared posterior estaba construida con ladrillos toscos, sin pulir, y debía de haber sido añadida posteriormente para dividir una zona mayor. Adelante y hacia la derecha se encontraba una tina metálica y contra ella se arrimaba un banco de trabajo alargado, de madera, de la que se desprendía la pintura rosa. Debajo había un montón de cepillos de limpieza con las cerdas amarillentas y cubiertas de telarañas. Una manga negra de jardín pulcramente enroscada pendía de la pared.

El espacio de la derecha lo ocupaba un horno gigantesco cuyos conductos metálicos se ramificaban y ascendían como las ramas de un roble, mientras que la base estaba rodeada por un montón de basura. A la tenue luz pude identificar marcos rotos de cuadros, ruedas de bicicletas, sillas de jardín retorcidas y curvadas, latas vacías de pintura y una cómoda. Aquellos restos parecían ofrendas a un dios druida.

Una simple bombilla pendía del centro de la estancia proyectando un vatio de luz. Eso era todo. El resto del sótano estaba vacío.

– El hijo de puta debía de aguardarnos arriba -dijo Charbonneau mirando a lo alto de la escalera con las manos en las caderas.

– La gorda debería habernos dicho que el tipo tenía este pequeño escondrijo -comentó Claudel dando puntapiés al montón de escombros con la punta del zapato-. Aquí podría esconderse Salman Rushdie.

Me impresionó la referencia literaria, pero me abstuve de hacer comentario alguno, decidida a mantener una observación neutra. Las piernas comenzaban a dolerme y algo funcionaba dolorosamente en mi cuello.

– Ese cerdo podía habernos atacado desde detrás de la puerta.

Charbonneau y yo no respondimos. Ambos habíamos pensado lo mismo.

El hombre se dirigió a la escalera y subió seguido de mí, que comenzaba a sentirme aturdida. Cuando llegamos a la habitación la oleada de calor me golpeó. Fui hacia la improvisada mesa y examiné el collage de la pared.

En el centro había un gran mapa de la zona de Montreal, rodeado de recortes de periódicos y revistas. Los de la derecha eran las clásicas fotos pornográficas, del género de Playboy y Hustler. En ellos aparecían muchachas jóvenes en posiciones forzadas, desnudas o con las ropas en desorden. Unas hacían mohines, otras se mostraban incitantes y algunas fingían expresiones de éxtasis orgásmicos, aunque ninguna resultaba muy convincente. El conjunto era de gusto ecléctico: no demostraba preferencias en cuanto a tipos femeninos, razas ni color de cabellos. Advertí que todos habían sido pulcramente recortados, colocados de modo equidistante y concienzudamente enganchados.

Un grupo de artículos periodísticos ocupaba la parte izquierda del mapa. Aunque algunos eran de lengua inglesa, la mayoría procedían de la prensa francesa. Los ingleses siempre iban acompañados de fotos. Me aproximé y leí algunas frases acerca de la violación de un camposanto en una iglesia de Drummondville. Pasé a un artículo en francés que trataba de un secuestro perpetrado en Senneville. A continuación reparé en un anuncio de Videodrome, que se proclamaba el distribuidor más importante de películas pornográficas de Canadá. Había un recorte de Allo Police en un bar de nudistas en el que aparecía una tal «Babette» vestida con un liguero cruzado de cuero y cubierta de cadenas. En otro se mencionaba un allanamiento de morada en St. Paul-du-Nord en que el ladrón había fabricado un muñeco con el camisón de su víctima y lo había acuchillado repetidamente en su propio lecho. A continuación distinguí algo que de nuevo me heló la sangre en las venas.

Entre su colección, Saint Jacques había recortado y enganchado cuidadosamente tres artículos, uno junto a otro, cada uno de los cuales describía un asesino en serie y que, a diferencia de los otros, parecían tratarse de fotocopias. En la primera se describía a Leopold Dion, «el monstruo de Pont Rouge», al que, en la primavera de 1963, la policía había descubierto en su casa con los cadáveres de cuatro hombres jóvenes, todos ellos estrangulados.

En el segundo se exponían las hazañas de Wayne Clifford Boden, que estranguló y violó a mujeres en Montreal y Calgary desde comienzos de 1969. Cuando lo arrestaron en 1971, contaba con cuatro víctimas en su historial. Al margen alguien había escrito: «Bill, l'etrangleur», el estrangulador.

El tercer artículo describía la carrera de William Dean Christenson, alias Bill l'éventreur, el destapador de Montreal. Había asesinado, decapitado y descuartizado a dos mujeres a comienzos de los ochenta.

– Fíjense en esto -dije, sin dirigirme a nadie en particular.

Aunque el ambiente era sofocante, me sentía helada. Charbonneau vino tras de mí.

– ¡Oh, pequeñas, pequeñas! -exclamó mientras examinaba el despliegue de fotos de la derecha del mapa-. Amor a toda escala.

– Se trata de esto -puntualicé señalando los artículos.

Claudel se acercó a nosotros y ambos los examinaron en silencio. Olían a sudor, a ropas pasadas por la lavandería y a loción de afeitado. En el exterior oí a una mujer que llamaba a una tal Sophie y por un instante me pregunté si se trataría de un animal doméstico o de una criatura.

– ¡Por todos los diablos! -exclamó Charbonneau al comprender el tema de los recortes.

– Eso no significa que sea Charlie Manson -se burló Claudel.

– No. A buen seguro que trabaja en su tesina de fin de curso.

Por primera vez creí detectar una nota de fastidio en la voz de Charbonneau.

– Quizás el tipo tenga ilusiones de grandeza -prosiguió Claudel-. Tal vez haya visto a los hermanos Menéndez y se haya aficionado a ellos; quizá se crea un Quijote y desee luchar contra el mal; acaso practique su francés y le parezca más interesante esto que Tin Tin. ¿Cómo diablos voy a saberlo? Pero ello no lo convierte en Jack el Destripador. -Miró hacia la puerta-. ¿Dónde diablos está la gente de investigación?

Pensé que era un hijo de perra, pero me mordí la lengua.

Charbonneau y yo centramos nuestra atención en la superficie de la mesa. Un montón de periódicos se apoyaban contra la pared. El hombre utilizó su bolígrafo para hojearlos, de modo que levantaba los bordes y luego los dejaba caer unos sobre otros. El montón contenía tan sólo ofertas de empleo, la mayoría de La Presse y la Gazette.

– Tal vez ese gusano buscara empleo -intervino Claudel con sarcasmo-. Acaso pensaba usar a Boden como referencia.

– ¿Qué es eso que está debajo? -dije.

Había visto un destello amarillo al levantarse brevemente el último ejemplar.

Charbonneau empujó el montón con el bolígrafo, lo levantó y lo tiró hacia la pared, dejando a la vista un bloc amarillo. Por un instante me pregunté si a los detectives les exigían entrenarse en la manipulación de bolígrafos, vista la habilidad con que había hojeado los periódicos sobre la mesa y rescatado el bloc que se encontraba debajo.

Se trataba de un bloc amarillo reglado, de los que suelen utilizar los abogados. Advertí que la primera página estaba casi llena de anotaciones a mano. Charbonneau dio un último empujón a los periódicos con el dorso de la mano y expuso el bloc totalmente a la vista.

El impacto recibido por los recortes de los asesinatos en serie palideció ante el sobresalto que me produjeron aquellas anotaciones. El temor que había retenido en mi fuero interno surgió de su madriguera y me aferró con sus dientes.

Isabelle Gagnon, Margaret Adkins. Aquellos nombres saltaron a la vista. Formaban parte de una lista de siete que se extendían en el borde del bloc y junto a cada uno de ellos, de arriba abajo de la página, había una serie de columnas separadas por líneas verticales. Parecía una tosca hoja de cálculo electrónico que contuviera los datos personales de cada uno de los individuos relacionados. No se diferenciaba de mis propias hojas de cálculo, salvo que no reconocí los cinco nombres restantes.

En la primera columna figuraban las direcciones; en la segunda, los números telefónicos. La siguiente contenía breves anotaciones acerca de su residencia. Vent.apart.; entr.ext.; piso, prim.pita.; vent.casa/pat. En la de al lado figuraban una serie de letras a continuación de algunos nombres; otras estaban en blanco. Busqué el apartado correspondiente a Adkins. Ma. Hi. La combinación parecía familiar. Cerré los ojos y busqué una clave verbal. Apartado de parentescos.

– Es la gente con quien conviven -dije-. Fíjense en Adkins: marido, hijo.

– Sí, junto a Gagnon aparece «Hn» y «No»: hermano y novio -confirmó Charbonneau.

– ¡Vaya cerdo! -intervino Claudel-. ¿Y qué significará «Do»?

Se refería a la última columna. Saint Jacques había añadido aquellas letras detrás de algunos nombres; otros aparecían sin ellas.

No conocíamos la respuesta.

Charbonneau pasó la primera página y leímos en silencio la siguiente serie de anotaciones. La página estaba dividida por la mitad y se hallaba consignado un nombre en lo alto y otro hacia el centro. Debajo de cada uno había nuevas columnas. La de la izquierda estaba encabezada con: «Fecha», en las dos siguientes constaba «Dentro» y «Fuera» respectivamente. Los espacios vacíos estaban rellenos de fechas y horas.

– ¡Por Cristo! ¡Las acechaba continuamente! Las escogía y rastreaba como una presa -estalló Charbonneau.

Claudel no hizo comentario alguno.

– Este hijo de perra cazaba mujeres -repitió Charbonneau como si al repetir la frase resultase más convincente. O menos.

– Debe de tratarse de un proyecto de investigación -dije con voz queda-. Y aún no lo ha abandonado.

– ¿Qué quiere decir? -inquirió Claudel.

– Adkins y Gagnon están muertas: las fechas son recientes. ¿Quiénes son las otras?

– ¡Mierda!

– ¿Dónde diablos estarán los de investigación? -exclamó Claudel.

Y desapareció por el pasillo, desde donde le oí lanzar invectivas contra los patrulleros.

Volví a concentrarme en la pared, intentando apartar la lista de mi mente. Tenía mucho calor, estaba agotada y dolorida y no me satisfacía comprender que probablemente no me había equivocado y que a partir de aquel momento trabajaríamos juntos. Que incluso Claudel lo comprendería.

Miré el mapa en busca de algo que distrajera mi atención. Era de gran tamaño y mostraba con colorido detalle la isla, el río y el revoltijo de comunidades que comprendían el CUM y las zonas circundantes. Los municipios en color rosa estaban entrecruzados por callejuelas blancas y unidos por carreteras principales en rojo y grandes autopistas en azul y, punteados en verde, se veían los parques, los campos de golf y los cementerios; los organismos oficiales aparecían en color anaranjado, los centros comerciales en lavanda, y las zonas industriales en gris.

Encontré el centro de la ciudad y me aproximé para tratar de localizar mi callejuela. No tenía más que una manzana y, mientras la buscaba, comencé a comprender por qué a los taxis les resultaba tan difícil encontrarme. Me prometí ser más paciente en el futuro. O, por lo menos, más específica. Encontré Sherbrooke y la seguí hasta Guy, pero descubrí que había ido demasiado lejos. Entonces recibí el tercer impacto de la tarde. Señalaba con el dedo Atwater, junto al polígono anaranjado que establecía la demarcación del Gran Seminario, cuando atrajo mi atención un pequeño símbolo dibujado con bolígrafo en el ángulo sudoeste, un círculo en el que aparecía una equis y que se encontraba próximo al lugar donde se había descubierto el cadáver de Isabelle Gagnon. Entre los fuertes latidos de mi corazón, me desvié hacia la parte este y traté de localizar el estadio olímpico.

– ¡Fíjese en esto, monsieur Charbonneau! -dije con voz tensa y agitada.

El hombre se acercó.

– ¿Dónde está el estadio?

Lo señaló con el bolígrafo y me miró.

– ¿Dónde se encuentra el apartamento de Margaret Adkins?

Vaciló un instante, se aproximó y se dispuso a señalar una calle que se dirigía hacia el sur desde el parque Maisonneuve. Pero se quedó con el bolígrafo en el aire cuando ambos distinguimos la diminuta señal: de nuevo se veía una equis dentro de un círculo dibujado con un bolígrafo.

– ¿Dónde vivía Chantale Trottier?

– En Sainte Anne de Bellevue. Demasiado lejos.

Los dos inspeccionamos el mapa.

– Busquemos sistemáticamente, sector por sector -sugerí-. Yo comenzaré por la esquina superior de la izquierda hacia abajo y usted por la parte derecha inferior y hacia arriba.

Encontró él primero la tercera equis. La marca aparecía en la playa sur, cerca de St. Lambert. Él no tenía noticias de que se hubieran cometido homicidios en aquel distrito ni tampoco Claudel. Buscamos durante otros diez minutos pero no encontramos más equis.

Emprendíamos una segunda búsqueda cuando la furgoneta del equipo de investigación aparcó en la puerta.

– ¿Dónde diablos estabais? -preguntó Claudel cuando los hombres entraron en la habitación con sus maletines metálicos.

– Conducir por aquí es como meterse en Woodstock, pero con menos barro -dijo Pierre Gilbert.

Su redondo rostro, rodeado por una barba rizada, y sus cabellos aún más rizados me recordaban a un dios romano, aunque nunca lograba recordar a cuál.

– ¿Qué tenemos aquí? -inquirió.

– ¿Recuerdas a la muchacha asesinada en Desjardins? El gusano que le robó su tarjeta de crédito vive en este agujero -contestó Claudel-. Posiblemente.

Hizo un ademán que abarcó la habitación.

– Habrá dejado mucho de él en todo esto -añadió.

– Bien, no perderemos detalle -repuso Gilbert con una sonrisa. El cabello se le pegaba en círculos a su frente mojada-. Vamos a buscar las huellas.

– También hay un sótano.

– Oui. -Salvo por la inflexión, primero en descenso y luego en ascenso, parecía más un interrogante que una afirmación-. ¿Por qué no comenzáis por abajo, Claudel? Llevaos el mostrador allí, Marcie.

Marcie se trasladó al fondo de la habitación, sacó un envase de su maletín y comenzó a extender con un cepillo en la mesa de formica el negro polvo que contenía. Los restantes técnicos se marcharon al sótano. Pierre, con guantes de goma, se dedicó a recoger montones de periódicos de la mesa y a meterlos en una gran bolsa de plástico. Fue entonces cuando recibí la impresión más fuerte de toda la jornada.

– Qu'est-ce que c'est? -preguntó.

Levantaba un pequeño recuadro que se encontraba en el centro del montón y que examinó largamente.

– C'est toi?

Me sorprendí al ver que me miraba.

Sin decir palabra me acerqué a observar lo que tenía en la mano. Me sobresaltó encontrarme ante mi propia imagen con téjanos, camiseta y gafas de aviador Bausch and Lomb. El hombre sostenía en su enguantada mano la foto que había aparecido aquella mañana en Le Journal.

Por segunda vez aquel día descubrí mi imagen tomada en una exhumación hacía dos años. La foto había sido minuciosamente recortada, con igual precisión que las que se encontraban en la pared. Sólo se diferenciaba en un aspecto: mi imagen estaba rodeada varias veces por un círculo en bolígrafo y tenía marcado en el pecho una gran equis.

Capítulo 12

Durante el fin de semana pasé mucho tiempo durmiendo. El sábado por la mañana traté de levantarme, pero mis esfuerzos fueron efímeros. Me temblaban las piernas y, si volvía la cabeza, largos tentáculos de dolor se extendían por mi nuca y se me aferraban a la base del cráneo. Mi rostro tenía una especie de corteza como crema quemada y mi ojo derecho estaba morado, al igual que una ciruela podrida. Fue un fin de semana de sopas, aspirinas y antisépticos. Me pasé los días dormitando en el sofá y poniéndome al día con las aventuras de O. J. Simpson. Por las noches, a las nueve ya dormía.

Hacia el lunes el martillo neumático ya había dejado de golpearme el interior del cráneo. Andaba con rigidez y podía volver algo la cabeza. Me levanté temprano, me duché y a las ocho y media estaba en el despacho.

En mi escritorio aguardaban tres recados. Prescindí de ellos, marqué el número de Gabby y me respondió su contestador. Me preparé una taza de café instantáneo y examiné los mensajes telefónicos recibidos. Uno procedía de un detective de Verdun, otro era de Andrew Ryan, y el tercero, de un periodista. Tiré el último y dejé los otros junto al teléfono. Charbonneau y Claudel no me habían llamado ni tampoco Gabby.

Marqué el número de la sala de la brigada CUM y pedí por Charbonneau. Al cabo de unos instantes me comunicaron que estaba ausente. Tampoco encontré a Claudel. Dejé un mensaje mientras me preguntaba si harían gestiones callejeras tan temprano o si aún no habrían llegado.

Traté de comunicarme con Andrew Ryan, pero la línea estaba ocupada. Puesto que no tenía éxito alguno por teléfono decidí presentarme en persona. Tal vez Ryan estaría dispuesto a hablar de Trottier.

Bajé a la primera planta en ascensor y recorrí los pasillos hasta la sala de la patrulla. El ambiente era mucho más animado que durante mi última visita. Cuando me dirigía a la mesa de Ryan advertí que las miradas se centraban en mi rostro, lo que me hizo sentirme algo incómoda. Sin duda estaban enterados de lo sucedido el viernes.

– ¿Ha probado un nuevo colorete, doctora Brennan? -me preguntó Ryan en inglés.

Se había levantado de la mesa y me tendía la mano. Distendió el alargado rostro en una sonrisa al ver la costra de mi mejilla derecha.

– Ciertamente: es carmesí cemento. Me he encontrado un aviso de llamada suyo.

Por un momento pareció desconcertado.

– ¡Ah, sí! He sacado el expediente de Trottier. Puede echarle una mirada si lo desea.

Se inclinó a rebuscar entre algunos archivos que tenía sobre la mesa y los extendió en forma de abanico. Escogió uno entre ellos y me lo tendió en el instante en que su compañero entraba en la sala. Bertrand se dirigió hacia nosotros. Vestía chaqueta deportiva de color gris claro que entonaba monocromáticamente con unos pantalones grises más oscuros, camisa negra y una corbata floreada blanquinegra. Con la excepción del bronceado, parecía una imagen televisiva de los cincuenta.

– ¿Cómo va eso, doctora Brennan?

– Estupendo.

– ¡Vaya, un efecto magnífico!

– Las calzadas son impersonales -respondí y miré en torno buscando un lugar donde consultar el expediente-. Puedo… -Señalé una mesa vacía.

– Desde luego. No está ocupada.

Me senté y comencé a clasificar el contenido del legajo; hojeé los informes del incidente, descifré entrevistas y examiné fotos. Enfrentarse al caso de Chantale Trottier era como pasear descalzo por asfalto caliente. Como el día anterior, volvía a sentir dolor y tenía que desviar la mirada y permitirme respiros mentales de la creciente angustia que experimentaba.

El 16 de octubre de 1993 una joven de dieciséis años se levantó de mala gana, planchó su blusa y pasó una hora aseándose y acicalándose. Rechazó el desayuno que su madre le ofrecía y se marchó de su casa de un barrio de las afueras para tomar el tren con sus amigas en dirección a la escuela. Llevaba el suéter y la falda plisada del uniforme, calcetines hasta la rodilla y los libros en una mochila. Reía y parloteaba y, después de la clase de matemáticas, almorzó. Al concluir la jornada desapareció. Treinta horas después su cuerpo descuartizado era descubierto en una bolsa de plástico de basura a sesenta quilómetros de su hogar.

Se proyectó una sombra en el escritorio que me obligó a levantar la cabeza. Delante de mí se encontraba Bertrand con dos tazas de café. Me ofreció una con un letrero que decía: «El lunes comienzo mi dieta». La cogí agradecida.

– ¿Algo interesante?

– No mucho -repuse al tiempo que tomaba un sorbo-. Tenía dieciséis años. La encontraron en Saint Jerome.

– Sí.

– Gagnon tenía veintitrés, la descubrieron en el centro de la ciudad, también en bolsas de plástico -medité en voz alta.

Ladeó la cabeza con aire inquisitivo.

– Adkins tenía veinticuatro años y fue encontrada en su casa, al otro lado del estadio -continué.

– No estaba descuartizada.

– No, pero sí mutilada. Tal vez el asesino se vio interrumpido y dispuso de menos tiempo.

El hombre sorbió ruidosamente su café. Cuando apartó la taza de la boca le quedaban unas gotas en el bigote.

– Gagnon y Adkins aparecían en la lista de Saint Jacques -añadí.

No me equivocaba al suponer que la historia ya se habría difundido en aquellos momentos.

– Sí, pero los medios informativos se hicieron eco de ambos casos. El tipo tenía recortes de los artículos aparecidos en Allo Police y Photo Police acerca de ellos y, por añadidura, con fotos. Acaso tan sólo sea un gusano que se alimenta con esa clase de basura.

– Tal vez.

Tomé otro sorbo sin creerlo en absoluto.

– ¿Tenía mucho material de esa clase?

– Sí -respondió Ryan a nuestras espaldas-. Ese cerdo coleccionaba recortes de toda clase de truculencias. ¿No te encontraste con alguno de esos casos de muñecos cuando estabas en inmuebles, Francoeur?

Francoeur era un tipo grueso, bajito y de brillante y morena calva que se comía una barra de caramelo cuatro mesas más allá. La depositó sobre la mesa, se lamió los dedos y asintió.

– Hum… Sí… Dos. -Lametazo-. ¡Maldita sea! -Nuevo lametazo-. El tipo se mete en la casa, registra el dormitorio y luego hace un gran muñeco con un camisón o un chándal que pertenece a la dueña de la casa, lo rellena, lo viste y, tras meterlo en la cama, lo destroza a cuchilladas. Probablemente eso lo excitaba más que un examen de matemáticas. -Dos lametazos-. Luego se larga sin llevarse nada.

– ¿Dejó rastros de esperma?

– No, se supone que llevaba un condón.

– ¿Qué arma utilizó?

– A buen seguro una navaja, pero no la encontramos. Debió de llevársela.

Francoeur retiró la envoltura y dio otro bocado a la golosina.

– ¿Por dónde entraba?

– Por la ventana del dormitorio.

La respuesta llegó entre el olor a caramelo y cacahuete.

– ¿Cuándo?

– De noche, por lo general.

– ¿Dónde realizó esas extravagancias?

Francoeur mascó en silencio unos momentos, luego retiró una mota de cacahuete de una muela con la uña del pulgar, la inspeccionó y la sacudió.

– Una vez en Saint Calixte y, la otra, creo que en Saint Hubert. La que ese tipo tenía recortada había ocurrido hacía un par de semanas en Saint Paul du Nord.

Se le hinchó el labio superior al pasarse la lengua por los incisivos.

– Y creo que otro de esos casos fue a parar al CUM. Me parece recordar una llamada desde allí hace cosa de un año.

Silencio.

– Dieron con él, pero no se trataba de un caso de gravedad: no había herido a nadie ni se había llevado nada. Sólo tenía una idea equivocada acerca de un ligue barato.

Francoeur arrugó el envoltorio de su golosina y lo tiró a la papelera que estaba junto a su mesa.

– Al parecer la afectada de Saint Paul-du-Nord se negó a formular denuncia.

– Sí -repuso Ryan-. Esos casos son tan poco gratificantes como que te practiquen una lobotomía con una navaja.

– Nuestro héroe probablemente recortó la historia porque le excita la literatura que trata sobre el acceso a los dormitorios ajenos. Tenía también la historia de una muchacha de Senneville, pero nos consta que no tuvo nada que ver con ello. Resultó que el padre tenía escondida constantemente a la muchacha. -Se recostó en su asiento-. Tal vez se identifique tan sólo con un pariente pervertido.

Yo escuchaba la conversación sin mirar a los dialogantes. Había descubierto un gran mapa de la ciudad detrás de Francoeur, similar al que se encontraba en el apartamento de Berger, pero de mayor escala, que se extendía hasta incluir los suburbios más alejados al este y oeste de la isla de Montreal.

La discusión se extendió por la sala suscitando anécdotas de voyeurs y de otros pervertidos sexuales. Aproveché que estaban enfrascados en ello para levantarme con discreción y aproximarme al mapa a fin de observarlo más de cerca, con la esperanza de atraer lo menos posible la atención. Lo examiné y repetí el ejercicio que Charbonneau y yo habíamos llevado a cabo el viernes situando mentalmente la localización de las equis. De pronto me sobresaltó la voz de Ryan.

– ¿En qué está pensando? -me preguntó.

Cogí una caja de alfileres con cabezas redondeadas de vivos colores de una repisa que estaba bajo el mapa, escogí una roja y la situé en la esquina suroeste del Gran Seminario.

– Gagnon -dije.

La siguiente la coloqué bajo el estadio olímpico.

– Adkins.

La tercera estuvo destinada a la esquina superior izquierda junto a una amplia extensión del río conocida como el lago de Deux Montagnes.

– Trottier.

La isla de Montreal tiene forma de pie cuyo tobillo desciende del noroeste, el talón se dirige hacia el sur y los dedos al noroeste. Dos alfileres señalaban el pie, exactamente sobre la suela, uno se encontraba en el centro de la ciudad, otro estaba al este, a mitad de camino de los dedos. El tercero se hallaba en el tobillo, en el extremo oeste más alejado de la isla: no se veía ninguna pauta aparente.

– Saint Jacques marcó estas dos -dije señalando uno de los alfileres del centro y luego el del extremo este.

Escudriñé la playa sur siguiendo el puente Victoria al otro lado de St. Lambert y luego bajando hacia el sur. Al encontrar los nombres de las calles que había visto el viernes, cogí un cuarto alfiler y lo clavé en el extremo más alejado del río, exactamente bajo el arco del pie. La dispersión aún tenía menos sentido. Ryan me miró inquisitivo.

– Ésta era su tercera equis.

– ¿Qué hay ahí?

– ¿Qué le parece? -pregunté.

– ¡Qué diablos sé! Quizá su perro muerto. -Consultó su reloj-. Bien, entonces tenemos…

– ¿No cree que valdría la pena investigarlo?

Me miró unos instantes en silencio. Tenía los ojos azul neón: me sorprendió ligeramente no haber reparado antes en ello. Negó con la cabeza.

– No me parece necesario. No basta. Hasta ahora su idea de un asesino en serie tiene más túneles que el Trans Canadá. Rellénelos. Consígame algo más o que Claudel curse una solicitud para que investigue la SQ. Hasta el momento no es asunto nuestro.

Bertrand lo señaló a él, luego a su reloj y por fin apuntó a la puerta con el pulgar. Ryan miró a su compañero, asintió y luego fijó de nuevo sus ojos en mí.

No dije nada. Examiné su rostro en busca de una señal de estímulo. Si existía, no pude encontrarla.

– Tengo que marcharme. Deje el expediente en mi escritorio cuando haya acabado.

– De acuerdo.

– Y… hum… Arriba la moral.

– ¿Cómo?

– Sé lo que encontró allí. Ese sinvergüenza acaso sea peor que un saco de basura. -Sacó una tarjeta del bolsillo y escribió algo en ella-. Puede localizarme en este número en cualquier momento. Llámeme si necesita ayuda.

Al cabo de diez minutos estaba sentada en mi despacho, frustrada y nerviosa. Trataba de concentrarme en otras cosas con escaso éxito. Cada vez que sonaba un teléfono en algún despacho a lo largo del pasillo miraba el mío de modo instintivo deseando que fuese Claudel o Charbonneau. A las diez y cuarto llamé de nuevo.

– Un momento, por favor -dijo una voz. A continuación añadió-: Aquí Claudel.

– Soy la doctora Brennan -respondí.

El silencio que siguió me sumió en un abismo.

– Oui.

– ¿Ha recibido mis mensajes?

– Oui.

Comprendí que sería tan amable como un contrabandista en una inspección de Hacienda.

– Me preguntaba qué han encontrado sobre Saint Jacques.

Profirió un resoplido.

– Sobre Saint Jacques. Sí.

Aunque sentía deseos de arrancarle la lengua a través de la línea, decidí que la situación requería tacto, regla número uno en el trato y manejo de detectives orgullosos.

– ¿Cree que es su verdadero nombre?

– De ser así, yo soy Margaret Thatcher.

– Bien, ¿en qué situación nos encontramos?

Se produjo otra pausa y me pareció verlo levantar el rostro hacia el techo mientras pensaba en el mejor modo de liberarse de mí.

– Le diré dónde estamos: en ningún lugar. No hemos conseguido nada en absoluto: ni armas goteando sangre, ni películas domésticas, ni notas incoherentes inculpatorias, ni miembros humanos conservados como recuerdo. Nada.

– ¿Huellas?

– Ninguna válida.

– ¿Efectos personales?

– El tipo tiene aficiones entre graves y austeras. No existían toques decorativos, efectos personales, ropas… ¡Ah, sí! Una sudadera, un viejo guante de caucho y una manta sucia. Eso es todo.

– ¿Por qué un guante?

– Tal vez le preocupaban sus uñas.

– ¿Con qué cuentan pues?

– Ya lo vio. Su colección de fotos pornográficas, el mapa, los periódicos, los recortes y la lista. ¡Ah, y algunos espaguetis franco-americanos!

– ¿Nada más?

– Nada.

– ¿Artículos de tocador o de botiquín?

– Nada.

Medité sobre ello unos momentos.

– Parece como si en realidad no viviera allí.

– Si vive allí, es el tipo más guarro que he conocido. No se cepilla los dientes ni se afeita. No había jabón, champú ni hilo dental.

Reflexioné sobre ello.

– ¿Cómo lo interpreta usted?

– Podría ser que ese chiflado utilizara el lugar como escondrijo para sus verdaderos crímenes y aficiones pornográficas. Tal vez a su madre no le agrade su afición artística. Quizá no lo deje follar en casa. ¿Cómo voy a saberlo?

– ¿Y qué hay de la lista?

– Estamos comprobando los nombres y direcciones.

– ¿Alguna en Saint Lambert?

Otra pausa.

– No.

– ¿Alguna información adicional sobre cómo pudo hacerse con la tarjeta de Margaret Adkins?

En esta ocasión la pausa fue más prolongada, la hostilidad más palpable.

– ¿Por qué no se atiene a sus obligaciones y deja que nosotros persigamos a los asesinos, doctora Brennan?

– ¿Lo es él? -no pude resistirme a preguntarle.

– ¿Qué?

– Un asesino.

De pronto me encontré con el zumbido de la línea telefónica.

Pasé el resto de la mañana calculando la edad, sexo y altura de un individuo a partir de un solo cubito. El hueso había sido encontrado por unos niños que excavaban en un fuerte cerca de Pointeaux Trembles, y probablemente procedía de un antiguo cementerio.

A las doce y cuarto subí a buscar una coca cola light. Me la llevé al despacho, cerré la puerta y saqué mi bocadillo y un melocotón. Sentada frente al río dejé divagar mis pensamientos. Pero fue inútil: como un misil Patriot todos apuntaban hacia Claudel.

El hombre aún rechazaba la idea del asesino en serie. ¿Tendría razón? ¿Serían las similitudes meras coincidencias? ¿Estaría yo elaborando asociaciones inexistentes? ¿Sentiría tan sólo Saint Jacques un interés morboso por la violencia? Desde luego. Los productores cinematográficos y las editoriales se hacen millonarias con ese mismo tema. Tal vez no fuese él mismo el asesino, quizá sólo localizara los crímenes en el mapa o se entregara a una especie de juego de seguimiento. Acaso había encontrado la tarjeta de crédito de Margaret Adkins o se la había robado antes de que ella muriese y ella no había llegado a echarla de menos. Quizá… Quizá… Quizá…

No. Aquello no concordaba. Si no había sido Saint Jacques, habría algún responsable de varias de aquellas muertes. Por lo menos algunas de ellas estaban relacionadas. No deseaba esperar a que apareciese otro cadáver descuartizado para demostrar que tenía razón.

¿Cuánto me costaría convencer a Claudel de que yo no era una nena de imaginación hiperactiva? Él se resentía de mi intromisión en su territorio, pensaba que me excedía en mis atribuciones. Por ello me había dicho que me atuviese a mis obligaciones. ¿Y qué había dicho Ryan? Que rellenase los túneles. Pero no bastaba. Debía encontrar alguna prueba más firme de que existía una conexión.

– De acuerdo, Claudel, hijo de perra, eso es exactamente lo que voy a hacer.

Lo dije en voz alta, di un brusco giro a mi silla hasta colocarla en su posición correcta y tiré el hueso de melocotón en la papelera.

Bien ¿qué iba a hacer?

Desenterraría cadáveres y examinaría los huesos.

Capítulo 13

Fui al laboratorio de histología y le pedí a Denis que me facilitase los archivos de los casos 25906-93 y 26704-94. A continuación despejé la mesa derecha de la zona de operaciones para colocar mi carpeta de pinza y mi bolígrafo. Saqué dos tubos de vinilo polisiloxano y los coloqué ordenadamente junto con una pequeña espátula, un bloc de papel y un calibrador digital de precisión matemática.

Denis depositó dos cajas de cartón en un extremo de la mesa, una grande y otra pequeña, selladas y cuidadosamente etiquetadas. Levanté la tapa de la mayor, escogí fragmentos del esqueleto de Isabelle Gagnon y los extendí sobre la parte derecha de la mesa.

A continuación abrí la caja más pequeña. Aunque el cadáver de Chantale Trottier había sido entregado a sus familiares para que lo enterrasen, se habían conservado segmentos óseos como pruebas, procedimiento habitual en casos de homicidio que implican lesiones o mutilaciones del esqueleto.

Retiré dieciséis bolsas cerradas con cremallera y las deposité a mi izquierda; todas ellas estaban marcadas e indicaban la parte y lado del cuerpo a que correspondían: mano derecha; muñeca izquierda; rodillas derecha e izquierda; vértebras cervicales; vértebras torácicas y lumbares. Vacié cada bolsa y dispuse su contenido en orden anatómico. Los dos segmentos del fémur quedaron situados junto a sus porciones correspondientes de tibia y peroné para formar las articulaciones de las rodillas. Cada muñeca estaba representada por quince centímetros de radio y cubito. Los extremos de los huesos aserrados durante la autopsia aparecían claramente dentados: no se confundirían con los efectuados por el asesino.

Me acerqué el equipo de mezclas, abrí uno de los tubos y extendí una brillante cinta azul de material de impresión dental en la hoja superior y, junto a ella, otra cinta blanca del segundo tubo. Escogí un hueso del brazo de Trottier, lo coloqué delante de mí y cogí la espátula. Sin pérdida de tiempo mezclé el catalizador azul y la base blanca y amasé y revolví ambos ingredientes hasta formar una pasta homogénea. Recogí la sustancia en una jeringa de plástico y la extraje como la decoración de un pastel para cubrir la superficie de la articulación.

Deposité el primer hueso sobre la mesa, limpié la espátula y la jeringa, rompí la hoja utilizada y reinicié el proceso con otro hueso. A medida que cada molde se endurecía, lo retiraba, lo marcaba con el número del caso, su localización anatómica, lado y fecha y lo colocaba junto al hueso en el que había sido formado. Repetí el procedimiento hasta que junto a cada uno de los huesos que tenía delante de mí se encontró un molde azul elástico. Invertí dos horas en todo ello.

Seguidamente recurrí al microscopio. Adapté la ampliación y ajusté la luz de fibra óptica de modo que enfocara a través de la placa de visión. Con el fémur derecho de Isabelle Gagnon inicié un examen meticuloso de cada una de las pequeñas muescas y arañazos que acababa de moldear.

Las señales de los cortes parecían de dos clases. Cada hueso del brazo presentaba una serie de puntos bajos como zanjas que se extendían de modo paralelo a las superficies de la articulación. Los costados de las marcas eran lisos y descendían en declive hasta la base en ángulos de noventa grados. La mayoría de las incisiones tenían menos de seis milímetros de longitud y un promedio de centésimas de milímetro a lo ancho. Los huesos largos estaban rodeados de surcos similares.

Aparecían otras señales en forma de uve, más angostas, y que carecían de los costados angulares y la profundidad de las zanjas. Los cortes en forma de uve se extendían paralelos a los surcos de los extremos de los huesos largos, pero eran únicos en las cuencas de las caderas y en las vértebras.

Hice un diagrama con la posición de cada marca y registré su longitud, anchura y, en el caso de las zanjas, la profundidad. A continuación observé cada surco y su molde correspondiente desde arriba y en sección transversal. Los moldes me permitieron distinguir rasgos diminutos no fácilmente detectables al observarlos de modo directo en los huecos. Diminutos baches, incisiones y rasguños se extendían por las paredes y los fondos, y aparecían como negativos tridimensionales. Era como observar un mapa en relieve: las islas, terrazas y sinclinales de cada surco aparecían reproducidos en plástico azul brillante.

Los miembros habían sido separados en las articulaciones de modo que los huesos largos quedaran intactos. Con una excepción: las partes inferiores de los brazos habían sido cercenadas por encima de las muñecas. Al volver a examinar los extremos divididos en dos del radio y del cubito y advertir la presencia y posición de espolones aislados, analicé la superficie en sección transversal de cada corte. Cuando acabé con Gagnon repetí todo el proceso con Trottier.

En un momento determinado Denis me preguntó si podía guardar algo bajo llave, a lo que asentí sin apenas prestarle atención. No reparé en el silencio que reinaba en el laboratorio.

– ¿Qué hace aquí todavía?

La vértebra que retiraba del microscopio estuvo a punto de caérseme de las manos.

– ¡Por Dios! ¡No me haga esto!

– No sea susceptible. He visto la luz y decidí comprobar si Denis hacía horas extras cortando algo para entretenerse.

– ¿Qué hora es?

Recogí las restantes vértebras cervicales y las guardé en su bolsa.

Andrew Ryan consultó su reloj.

– Las seis menos veinte -respondió.

Metí las bolsas en la caja de cartón más pequeña y la tapé.

– ¿Ha encontrado algo útil?

– Sí.

Una vez cerrada la caja recogí los huesos pélvicos de Isabelle Gagnon.

– Claudel no concede gran importancia a esa cuestión de los cortes -comentó.

Era exactamente lo peor que podía haber dicho. Deposité mi carga en la caja mayor.

– Piensa que una sierra es una sierra -añadió.

Dejé ambos omóplatos en la caja y recogí los huesos del brazo.

– ¿Qué opina usted? -pregunté.

– ¡No sé qué decir, mierda!

– Usted, que es aficionado al bricolaje, ¿qué sabe de las sierras? -inquirí sin interrumpir mi tarea.

– Que cortan cosas.

– Bien. ¿Qué clase de cosas?

– Madera, arbustos, metal. -Tras una pausa añadió-: Huesos.

– ¿Cómo?

– ¿Cómo?

– Sí, ¿cómo?

Meditó unos momentos.

– Con dientes. El dentado va hacia adelante y hacia atrás y atraviesa el material.

– ¿Y qué me dice de las sierras radiales?

– Pues que cortan en redondo.

– ¿Rebanan el material o lo van reduciendo?

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Están los dientes afilados en el borde o son lisos? ¿Cortan los objetos o los reducen de manera progresiva?

– ¡Ah!

– ¿Y cuándo lo cortan? ¿En el avance o en el retroceso?

– ¿Qué quiere decir?

– Usted dice que los dientes van hacia adelante y hacia atrás. ¿Cortan cuando retroceden o cuando avanzan? ¿En el impulso de avance o de retroceso?

– ¡Ah!

– ¿Están destinadas para cortar en la veta o al través?

– ¿Tiene eso alguna importancia?

– ¿Cuán separados se hallan los dientes? ¿Lo están de manera regular? ¿Cuántos hay en cada hoja? ¿Qué aspecto tienen? ¿Forman ángulo hacia adelante o hacia atrás? ¿Son puntiagudos o de borde cuadriculado? ¿Cómo están colocados en relación con el plano de la hoja? ¿Qué clase de…?

– De acuerdo, de acuerdo. Comprendo. Bien, hábleme de sierras.

Mientras hablábamos deposité los últimos restos de Isabelle Gagnon en la caja y la cerré.

– Debe de haber centenares de clases de sierras: tronzadoras, de corte longitudinal, podaderas, alternativas, caladoras, de cocinero, Ryoba, Gigli o de barra y de hueso. Y me refiero sólo a las manuales. Algunas funcionan impulsadas por energía humana, y otras, mediante gas o electricidad. Otras se mueven mediante acción recíproca o continua; unas, adelante y atrás; otras, con hoja rotatoria. Las sierran están destinadas para cortar diferentes tipos de materiales y efectuar distintas acciones en su proceso. Incluso si nos atenemos a las manuales, de lo que se trata en este caso, varían en cuanto a dimensiones y tamaño de la hoja y a espaciamiento y disposición del dentado.

Lo miré para comprobar si me seguía: en efecto, fijaba en mí sus azules ojos.

– Lo cual significa que las sierras producen incisiones características en materiales como el hueso. Los surcos resultantes son de diferente anchura y muestran ciertas pautas en sus paredes y fondos.

– ¿De modo que se podría especificar la sierra que cortó determinado hueso?

– No. Pero sí determinarse cuál sería la más probable.

El hombre asimiló la información.

– ¿Cómo sabe que se trata de una sierra manual?

– Las sierras eléctricas, que no dependen de la energía humana, suelen dejar cortes más constantes. Las muescas y las estrías tienen una pauta más homogénea. En cuanto a la dirección del corte, también es más uniforme: no se advierten múltiples giros como en las sierras manuales. -Tras meditar unos instantes, proseguí-: Y, puesto que no se exige gran energía física, suelen producirse muchos inicios en falso y más profundos. Por otra parte, como el instrumento es más pesado, o a veces porque la persona que trabaja imprime mucha presión al objeto que debe cortarse, las sierras eléctricas suelen dejar espolones cuando por fin cede la materia.

– ¿Y si manejara la sierra una persona muy fuerte?

– Acertada observación. La pericia y la fortaleza individuales son factores que hay que tener en cuenta. Pero las sierras eléctricas suelen dejar muescas al comienzo del corte puesto que la hoja ya se mueve al establecer contacto. Las mellas que se advierten en la salida también quedan más marcadas con esta clase de herramientas.

Hice una nueva pausa, pero en esta ocasión aguardó a que yo prosiguiera.

– Como las sierras eléctricas suelen transmitir mayor energía dejan asimismo una especie de pulido en la superficie del corte, lo que no suele suceder con las manuales.

Aspiré profundamente. Él aguardó para asegurarse de que ya había concluido.

– ¿Qué es un falso inicio?

– Cuando la hoja entra por vez primera en contacto con el hueso forma una especie de zanja o hendidura que produce bordes en la superficie de inicio del corte. A medida que la sierra avanza y profundiza, los bordes iniciales se convierten en paredes y la hendidura se transforma en un suelo definido, como si fuese una zanja. Si la hoja salta o se retira antes de atravesar todo su recorrido, la hendidura formada se conoce como un falso inicio. Un falso inicio contiene toda clase de información. Su anchura queda determinada por la anchura de la hoja de la sierra y de su dentado. Un falso inicio tendrá asimismo una configuración característica en sección transversal, y el dentado de la hoja acaso deje señales en sus paredes.

– ¿Y si la sierra atraviesa totalmente el hueso?

– Si el corte avanza por completo hasta el final, aún puede llegar a distinguirse parcialmente un espolón en el fondo de la hendidura. Se trata de una esquirla que queda en el borde del hueso por donde finalmente se rompe. Asimismo, en la superficie de corte pueden aparecer las huellas individuales de los dientes.

Saqué de nuevo a la luz el radio de la Gagnon, busqué un falso inicio en el espolón y proyecté el rayo de fibra óptica sobre él.

– Fíjese, aquí está.

Se inclinó y aplicó los ojos en la pieza ocular mientras ajustaba el botón de enfoque.

– Sí, lo veo.

– Observe el fondo de la hendidura. ¿Qué es lo que ve?

– Parece lleno de bultos.

– Exactamente. Esos bultos son islas óseas. Significa que los dientes de la hoja estaban situados en ángulos alternos. Esa disposición de dentado provoca un fenómeno conocido como deriva de hoja.

Levantó la cabeza del microscopio y me miró de modo inexpresivo. El ocular le había dejado circunferencias en torno a los ojos y tenía el aspecto de un nadador con gafas submarinas.

– Cuando el primer diente se clava en el hueso trata de alinearse con el plano de la hoja. Busca la línea central que sigue la hoja en su longitud. Al hincarse el siguiente diente trata de hacer lo mismo, pero se fija en dirección opuesta y la hoja se reajusta. Esto sucede a medida que cada diente entra en acción, por lo que las fuerzas que actúan en la hoja cambian de modo constante. De resultas de ello aparecen en la hendidura esa clase de derivas hacia adelante y hacia atrás. Cuanto más se fija el dentado, más se ve obligada la hoja a desviarse. Un dentado muy amplio provoca tanta deriva en su avance que deja material en el centro de la hendidura: islas óseas, bultos.

– Por las que se adivina cómo se torcían los dientes.

– En realidad se aprecia algo más que eso. Puesto que cada cambio de dirección de un diente lo provoca la introducción de otro, la distancia entre esos cambios de dirección permite conocer la distancia existente entre el dentado. Y, como las islas representan los puntos más amplios de deriva del hueso, la distancia de isla a isla es igual a la que separa dos dientes. Permítame mostrarle algo más.

Retiré el radio e inserté el cubito para que se iluminara la superficie de corte en el extremo de la muñeca y a continuación me aparté del microscopio.

– ¿Advierte esas líneas onduladas de la superficie?

– Sí, parece una tabla de lavar curvada.

– Eso se denomina armonía. La deriva de la hoja deja esos picos y valles en la pared del corte al igual que las islas óseas del fondo. Los picos e islas corresponden a los puntos más amplios de la deriva; los valles y fases estrechas del suelo a los puntos de deriva en que la hoja está más próxima a la línea del centro.

– ¿De modo que se pueden medir los picos y valles como las islas?

– Exactamente.

– ¿Cómo es que no veo nada más lejos de la hendidura?

– La deriva suele producirse principalmente al comienzo o al final de un corte, cuando la hoja está libre, no incrustada en el hueso.

– Tiene sentido.

Alzó la mirada: volvía a presentar las señales en torno a los ojos.

– ¿Podría adivinar algo acerca de la dirección? -inquirió.

– ¿Del golpe de la hoja o de su avance?

– ¿Qué diferencia hay?

– La dirección del golpe depende de si la hoja corta hacia adelante o hacia atrás. La mayoría de las sierras occidentales están designadas para cortar en su impulso; otras, las japonesas, al retirarlas. Algunas pueden cortar de ambos modos. El avance tiene que ver con la dirección en que se mueve la hoja a través del hueso.

– ¿Podría establecer la diferencia?

– Sí.

– ¿Qué tenemos entonces? -preguntó mientras se frotaba los ojos y trataba de mirarme al mismo tiempo.

Tardé unos momentos en responder, me masajeé la zona lumbar y cogí mi carpeta de pinza en la que hojeé mis notas para escoger los puntos más destacados.

– Los huesos de Isabelle Gagnon muestran algunos falsos comienzos. Las hendiduras miden poco más de un milímetro de ancho y presentan fondos que, en la mayoría de los casos, tienen algunos declives. La armonía está presente así como islas óseas, ambas mensurables. -Hojeé una página-. También se advierten algunas mellas de salida.

Aguardó a que prosiguiera. Al ver que no lo hacía, me preguntó:

– ¿Qué significa todo eso?

– Creo que nos encontramos con una sierra manual de dentado alterno, probablemente de unos cuatro dientes por centímetro, es decir, con una separación entre los dientes de dos milímetros y medio. El dentado es en bisel y la sierra corta hacia adelante.

– Comprendo.

– La deriva de la hoja es extrema y aparecen muchas mellas de salida, pero la hoja parece cortar de modo eficaz y limpiamente el material. Creo que debe de tratarse de un instrumento diseñado como una gran sierra alternativa. Las islas significan que el dentado tiene que ser muy ancho, para evitar ribetes.

– ¿A qué nos conduce esto?

Estaba casi segura de saber qué había producido los cortes, pero aún no estaba dispuesta a compartir mis pensamientos.

– Deseo consultar con alguien antes de llegar a una conclusión.

– ¿Algo más?

Volví a la primera página de mis notas y resumí las observaciones que había hecho.

– Los falsos comienzos se encuentran en las superficies anteriores de los huesos largos; las esquirlas aparecen en las caras posteriores. Eso significa que el cuerpo probablemente estaba tendido de espaldas cuando fue mutilado. Los brazos fueron separados en los hombros, las manos cortadas, las piernas amputadas en las caderas y las rodillas cercenadas en las articulaciones. La cabeza la separaron a nivel de la quinta vértebra cervical. En cuanto al tórax, se le practicó un corte vertical que profundizó hasta la columna vertebral.

– El tipo era un verdadero prodigio con la sierra -comentó Ryan.

– Es más complicado que eso.

– ¿Más complicado?

– También utilizó una navaja.

Ajusté el cubito y volví a enfocarlo.

– Eche otra mirada.

Se inclinó sobre el microscopio y no pude menos que reparar en que tenía un trasero bonito y apretado. «¡Por Dios, Brennan!, ¿en qué estarías pensando?»

– No es necesario apretarse tanto contra el ocular.

Se relajó un poco y cambió de posición.

– ¿Distingue las hendiduras de que hemos hablado?

– Sí.

– Bien, ahora fíjese en la izquierda y encontrará un tajo estrecho.

Permaneció en silencio unos momentos y ajustó el enfoque.

– Más bien parece una cuña. No es cuadrado ni tan ancho.

– Cierto: ha sido producido por un cuchillo.

Se levantó, de nuevo con sus gafas submarinas.

– Las marcas del cuchillo siguen una pauta diferente. Muchas de ellas son paralelas a los falsos inicios de la sierra; otras, incluso las cruzan. Asimismo son las únicas que he visto en la articulación de la cadera y en las vértebras.

– ¿Y a qué lo atribuye?

– Algunas marcas de cuchillo se encuentran sobre las marcas de la sierra y otras están debajo, de modo que probablemente el arma intervino antes y después de la sierra. Creo que el asesino cortó la carne con el cuchillo, separó las articulaciones con la sierra y concluyó con el cuchillo, tal vez para cortar los músculos o tendones que aún mantuvieran unidos los huesos. Salvo en el caso de las muñecas, atacó directamente a las articulaciones. Por la razón que fuera sólo aserró las manos por encima de las muñecas y pasó seguidamente a los huesos inferiores del brazo.

El hombre asintió.

– Decapitó a Isabelle Gagnon y le abrió el pecho valiéndose tan sólo del cuchillo. No aparecen señales de sierra en ninguna vértebra.

Guardamos silencio unos momentos mientras reflexionábamos en ello. Esperaba que asumiera todo aquello antes de dejar caer la bomba.

– También examiné a la Trottier.

Fijó en los míos sus brillantes ojos azules. Su enjuto rostro estaba tenso, estirado, como si se preparara a asimilar lo que me disponía a decirle.

– Es idéntico.

Tragó saliva y aspiró profundamente. Luego me habló con voz muy queda.

– Ese tipo debe de tener gas freón en las venas.

Ryan se apartó del mostrador al tiempo que el conserje asomaba la cabeza por la puerta. Nos volvimos a mirarlo y, ante nuestras sombrías expresiones, el hombre se marchó rápidamente. Ryan fijó de nuevo sus ojos en los míos y relajó los músculos de las mandíbulas.

– Transmítaselo todo a Claudel: ya tiene la comprobación.

– Antes debo comprobar un par de cosas más. Luego abordaré al capitán Amable.

Se marchó sin despedirse y yo concluí de recoger los huesos. Dejé las cajas en la mesa y salí del laboratorio. Cuando pasaba por la zona principal de recepción reparé en el reloj que estaba sobre los ascensores: eran las seis y media. En la calle comenzaban a parpadear las luces ante la llegada del crepúsculo. De nuevo estaba yo sola y el equipo de limpieza. Sabía que era demasiado tarde para llevar a cabo ninguna de las dos últimas cosas que me proponía, pero decidí intentarlo de todos modos.

Pasé ante mi propio despacho y por el pasillo hasta la última puerta de la derecha. En una plaquita se leía «Informática» y debajo aparecía claramente impreso el nombre de Lucie Dumont.

Había tardado mucho en conseguirse pero por fin estaban conectados el LML y el LSJ. En otoño del 93 se había logrado una completa informatización y se suministraban continuamente datos al sistema. Podían localizarse los casos corrientes, y los informes de todas las divisiones se hallaban coordinados en archivos originales. Los casos de años precedentes se incorporaban gradualmente a la base de datos. L'Expertise Judiciaire había entrado estrepitosamente en la era del ordenador, y Lucie Dumont se encontraba al frente de todo ello.

La puerta estaba cerrada. Llamé aun a sabiendas de que no habría respuesta. A las seis y media de la tarde hasta Lucie Dumont se había marchado.

Regresé cansinamente a mi despacho, y en mi directorio como miembro de la Academia Norteamericana de Ciencias Forenses encontré el nombre que estaba buscando. Consulté el reloj en rápido cálculo. Allí serían sólo las cinco menos veinte. ¿O las seis menos veinte? No estaba segura del meridiano en que se encontraba Oklahoma.

– ¡Diablos! -exclamé mientras marcaba el prefijo y el número locales.

Cuando me respondieron pregunté por Aarón Calvert. Con acento nasal y amistoso me informaron que hablaba con el servicio nocturno pero que gustosamente le transmitirían el mensaje. Dejé mi nombre y número telefónico y colgué sin saber todavía a qué hora había efectuado la llamada.

Aquello no marchaba bien. Permanecí unos instantes inmóvil lamentando no haber reaccionado antes. Descolgué de nuevo el teléfono y marqué el número de Gabby sin obtener respuesta. Al parecer ni siquiera su contestador se hallaba en funcionamiento. Intenté localizarla en su despacho de la universidad. El timbre sonó varias veces sin que nadie atendiera mi llamada: me disponía a colgar cuando llegó una voz a mis oídos. En efecto, eran las oficinas del departamento; no, no la habían visto. Asimismo llevaba varios días sin recoger su correspondencia. No, no era insólito puesto que estábamos en verano. Les di las gracias y colgué.

– Eliminado -dije hablando al vacío.

No había encontrado a Lucy, a Aarón ni a Gabby. «¡Dios, Gabby!, ¿dónde te encuentras?» No quería pensar en ello.

Di unos golpecitos en el bloc con el bolígrafo.

– Alta y afuera.

Seguí dando golpecitos.

– Cuarta y larga -añadí haciendo caso omiso de la metáfora.

Tiré el bolígrafo en el aire y le hice dar la vuelta.

– Doble falta.

Lo cogí y volví a tirarlo.

– Falta personal.

Otro lanzamiento.

– Hay que cambiar a otra estrategia.

Cogida. Lanzamiento.

– Hora de mantenerse firme y defender la posición.

Cogí el bolígrafo y lo retuve. Mantenerse firme. Miré el bolígrafo. Eso era: defender la posición.

– De acuerdo -exclamé.

Empujé hacia atrás mi silla y recogí el bolso.

– Trata de batear desde el lado contrario.

Me eché el bolso al hombro y apagué la luz.

– ¡Te acordarás de mí, Claudel!

Capítulo 14

Cuando llegué al Mazda traté de reanudar mi estereotipado soliloquio deportivo, pero no resultó: se había evaporado mi ingenio. Mi expectación hacia cuanto había planeado para aquella tarde me absorbía demasiado para permitirme pensamientos creativos. Me dirigí a mi apartamento y tan sólo me detuve en Kojak para recoger un plato de souvlaki.

Al llegar a casa fui directamente al refrigerador en busca de una coca cola light sin hacer caso del acusador saludo de Birdie. Deposité la botella en la mesa junto a la bolsa grasienta que contenía mi comida e inspeccioné el contestador, que permanecía silencioso e inexpresivo. Gabby no había llamado. Una creciente sensación de ansiedad me invadía por momentos y, al igual que un director absorto en su música, mi corazón palpitaba prestissimo.

Fui al dormitorio y revolví la mesita de noche. Encontré lo que buscaba en el tercer cajón y me lo llevé al comedor, donde lo extendí sobre la mesa. A continuación abrí mi botella y el paquete de comida. Pero no funcionó. La visión del arroz grasiento y de la carne guisada en exceso me revolvió el estómago como un cangrejo. Cogí un pedazo de pan integral.

Localicé mi calle en la zona ya familiar y seguí el camino al centro de la ciudad y al otro lado del río hasta la playa sur. Cuando encontré el barrio que buscaba doblé el mapa de modo que aparecieron las ciudades de St. Lambert y Longueuil. Traté de ingerir otro bocado de souvlaki mientras examinaba los puntos de referencia, pero mi estómago se resistía a admitir ningún alimento.

Birdie se había aproximado a unos diez centímetros de mí.

– ¡Envenénate si quieres! -le dije al tiempo que le acercaba el plato de aluminio.

Aunque sorprendido e indeciso fue hacia él iniciando su ronroneo.

En el armario del vestíbulo encontré una linterna, unos guantes de jardinería y una lata de repelente insecticida. Los metí en una mochila junto con el mapa, un bloc y una carpeta de pinza. Me puse una camiseta, pantalones téjanos y zapatillas de lona y trencé con energía mis cabellos. En el último momento cogí una camisa vaquera de manga larga y la metí dentro de la mochila. En el bloc que tenía junto al teléfono anoté: «Voy a inspeccionar la tercera equis de St. Lambert.» Comprobé en mi reloj que eran las ocho menos cuarto de la tarde, consigné asimismo la fecha y la hora y dejé el bloc en la mesa del comedor. Sin duda sería innecesario, pero al menos habría dejado una pista si tropezaba con dificultades.

Me colgué la mochila en el hombro y marqué el código del sistema de seguridad, pero en mi creciente excitación equivoqué los números y tuve que repetir el intento. Tras confundirme por segunda vez, hice una pausa, cerré los ojos y repetí palabra por palabra un trabalenguas para despejar mi mente. Era un ejercicio trivial, un truco que había aprendido en la escuela de posgraduados y que, como de costumbre, funcionó. Aquellos instantes de abstracción me ayudaron a recobrar mi autocontrol, marqué el código sin problemas y abandoné el apartamento.

Al salir del garaje rodeé la manzana, tomé Ste. Catherine al este, fui hacia De la Montagne y seguí un camino serpenteante en dirección sur, hasta el puente Victoria, uno de los tres que conectan la isla de Montreal con la playa sur del río San Lorenzo. Las nubes que habían asomado discretamente en el cielo durante la tarde se agrupaban en aquellos momentos para entrar seriamente en acción. Llenaban el horizonte, oscuras y amenazadoras, tiñendo el río de un gris hostil y negro.

Río arriba distinguía Île Notre Dame e Île Ste. Héléne, con el arco del puente Jacques Cartier. Las pequeñas islas mostraban un sombrío contorno entre la creciente oscuridad. Durante la Expo del 67 debían de haber rebosado actividad, pero en aquellos momentos estaban ociosas, silenciosas, dormidas como los yacimientos de una antigua civilización.

Río abajo se encontraba la Île des Soeurs, isla de las Monjas. En otros tiempos propiedad de la iglesia era a la sazón un gueto de yupis, una pequeña acrópolis de condominios, campos de golf, pistas de tenis y piscinas, que se unía umbilicalmente a la ciudad gracias al puente Champlain. Las luces de sus torres de múltiples pisos titilaban en la oscuridad como si compitieran con el distante relámpago.

Al llegar a la playa sur salí al bulevar Sir Wilfred Laurier. En el tiempo que me llevó cruzar el río, la noche le había conferido un misterioso verdor. Me detuve a un lado para examinar el mapa. Tras detectar las pequeñas formas de color esmeralda que representaban un parque y el campo de golf St. Lambert, situé la localización de mi objetivo y coloqué el mapa en el asiento contiguo al mío. Al ponerme en marcha, la descarga de un relámpago electrificó la noche. El viento se había recrudecido y gruesas gotas de agua comenzaban a salpicar el parabrisas.

Me interné entre la tenebrosa oscuridad que precede a la tormenta reduciendo la marcha en cada cruce para asomar la cabeza y tratar de descifrar los letreros de las calles. Seguía el camino que me había grabado mentalmente, girando a la izquierda en determinado punto, en otro lugar a la derecha, dando luego dos vueltas más a la izquierda…

Al cabo de otros diez minutos me detuve y aparqué el coche. Mi corazón palpitaba como una pelota de ping-pong en pleno partido. Me froté las húmedas palmas en los pantalones y miré alrededor de mí.

El cielo había seguido ensombreciéndose y la oscuridad era casi total. Había atravesado barrios residenciales de pequeños búngalos y calles donde se alineaban los árboles, pero en aquellos momentos me encontraba en el extremo de un aparcamiento industrial solitario, que aparecía como una pequeña media luna gris en el mapa. Estaba definitivamente sola.

Una hilera de almacenes abandonados se extendía en el lado derecho de la calle, cuyas formas inanimadas tan sólo se hallaban iluminadas por un farol callejero. Los edificios más próximos al poste del farol destacaban con una claridad fantasmagórica, como un escenario bajo las luces de un estudio, mientras que las construcciones vecinas se esfumaban en el entorno cada vez más lúgubre y las más alejadas se sumían en absoluta negrura. En algunos edificios aparecían anuncios de agentes inmobiliarios ofreciéndolos en venta o alquiler. En otros no se veía ninguno, como si sus propietarios hubieran renunciado a ello. Las ventanas estaban rotas y los aparcamientos agrietados y cubiertos de basuras. Era un escenario en blanco y negro que recordaba Londres durante el bombardeo aéreo.

El panorama de la izquierda no era menos desolador. No se veía nada: reinaba una absoluta oscuridad. Aquel vacío correspondía a la zona verde no señalada en el mapa donde Saint Jacques había situado su tercera equis. Yo había confiado en encontrar allí un cementerio o un parquéenlo.

¡Maldición!

Apoyé las manos en el volante y fijé los ojos en la oscuridad.

¿Qué hacer?

En realidad no se me había ocurrido tal contingencia.

Un relámpago iluminó la escena y por un momento la calle se iluminó vivamente. Algo voló de entre las sombras y chocó contra el parabrisas. Me sobresalté y proferí un chillido. La criatura persistió allí un momento, aleteó contra el cristal como un tatuaje espasmódico y luego regresó volando a las sombras cual errático jinete entre el creciente viento.

«Tranquila, Brennan, respira a fondo.» Mi nivel de ansiedad se remontaba a la ionosfera.

Cogí la mochila, me puse la camisa vaquera y, con los guantes en el bolsillo posterior y la linterna en el cinturón, me apeé tras dejar el bloc de notas y el bolígrafo.

Comprendía que no tendría que tomar notas.

La noche olía a lluvia sobre cemento cálido. El viento empujaba las basuras por la calle, formaba remolinos con las hojas y los papeles en forma de pequeños ciclones y luego los dejaba caer en montones para agitarlos de nuevo. El viento se aferró también a mis cabellos y mis ropas, agitando los extremos de la camisa como ropas colgadas en un tendedero. Me metí la prenda en los pantalones y cogí la linterna con mano temblorosa.

Proyecté el rayo delante de mí, crucé la calle y, al llegar a la esquina, me encontré en un estrecho tramo de hierba. No me había equivocado. Una verja de hierro oxidado de unos dos metros de alto discurría por el borde de la finca y en su extremo más alejado árboles y matorrales formaban una densa maraña, una especie de selva que se interrumpía bruscamente, como controlada por la férrea barrera. Proyecté la luz hacia adelante tratando de escrutar entre los árboles, pero no logré distinguir hasta qué extremo se extendían ni lo que había tras ellos.

Mientras seguía la línea de la verja, las ramas salientes se inclinaban y levantaban a impulsos del viento y sus sombras bailaban en el pequeño y amarillo círculo de mi linterna. Las gotas de lluvia azotaban las hojas sobre mi cabeza y algunas se filtraban y me salpicaban en el rostro. El aguacero no se haría esperar. El descenso de la temperatura o el entorno hostil me hacían estremecer. Probablemente ambos. Me maldije por haber cogido el insecticida en lugar de una chaqueta.

Había avanzado tres cuartas partes de camino por la manzana cuando me encontré ante un brusco desnivel del terreno. A la luz de la linterna comprobé que se trataba de una especie de camino de entrada de servicio que conducía hacia un claro entre los árboles. En la verja, sendas puertas estaban sujetas por una cadena y un candado a juego. Aquel acceso no parecía haber sido usado recientemente. Las malas hierbas crecían entre la gravilla que cubría el camino y el límite de la basura que discurría a lo largo de la verja no estaba interrumpido en la entrada. Proyecté la luz hacia el acceso, pero apenas penetró entre la oscuridad: era como usar una cerilla para iluminar el firmamento.

Tardé una eternidad en avanzar otros cincuenta metros para llegar al final de la manzana. Al llegar a la esquina miré en torno. La calle que había seguido concluía en sendos desvíos a derecha e izquierda. Agucé la vista entre las sombras hasta el extremo más alejado del cruce, asimismo oscuro y solitario.

Distinguí una extensión asfaltada que discurría a lo largo de la manzana, rodeada por una cadena a modo de verja, y supuse que en otros tiempos debía de haber sido la zona de aparcamiento de alguna fábrica o almacén. El deteriorado complejo se hallaba iluminado por una sola bombilla que pendía de un improvisado arco en un poste telefónico. La bombilla estaba protegida por una pantalla metálica y difundía su iluminación unos seis metros. Por la desierta calzada se extendían los escombros y de vez en cuando se distinguía la silueta de una pequeña chabola o cobertizo de almacenaje.

Me detuve unos momentos a escuchar. Percibí el bramido del viento, las gotas de lluvia, un trueno distante y los latidos de mi corazón. La luz que cruzaba el camino aclaraba lo suficiente la oscuridad para permitirme distinguir mis temblorosas manos.

«¡Basta! -me dije a mí misma-. Sin esfuerzo nada se consigue.»

– Hum… ¡Bien dicho! -exclamé en voz alta.

Mi voz sonaba rara, sofocada, como si la noche absorbiera mis palabras antes de que llegasen a mis oídos.

Regresé a la verja. En el extremo de la manzana, describía un brusco giro a la izquierda, en sentido paralelo a la calle que acababa de alcanzar. Seguí su curso. A unos tres metros de distancia los postes metálicos concluían en un muro de piedra. Retrocedí y enfoqué la luz hacia allí. La pared era grisácea, de unos dos metros y medio de altura, y estaba coronada por un resalte de piedras que sobresalían quince centímetros lateralmente desde la fachada. Entre la oscuridad tan sólo distinguí que discurría a lo largo de la calle con un acceso hacia la mitad de la manzana que parecía constituir el frente de la propiedad.

Seguí a lo largo de la pared y advertí la presencia de papeles empapados, cristales rotos y contenedores de aluminio que se habían amontonado en su base. Sorteé una variedad de objetos que no me preocupé en identificar.

A los cincuenta metros la pared daba paso de nuevo a una reja metálica oxidada con una nueva verja, asegurada como la que se encontraba en el acceso lateral. Aproximé la linterna para inspeccionar la cadena y el candado y observé que los eslabones metálicos brillaban: aquella cadena parecía nueva.

Me guardé la linterna en el cinturón y tiré con fuerza de ella, pero resistió. Insistí con idéntico resultado. Retrocedí, recuperé la luz y paseé lentamente el foco arriba y abajo de las barras.

En aquel momento algo se aferró a mi pierna. Al sentirlo asido al tobillo dejé caer la linterna. Mentalmente creí ver unos ojos enrojecidos y dientes amarillos; tanteé con la mano y me encontré con una bolsa de plástico.

– ¡Mierda! -exclamé.

Mientras la desenredaba de mi pierna advertí que tenía la boca seca y las manos más temblorosas que antes. «¡He sido asaltada y maltratada por una bolsa de plástico!», me dije con sorna.

Solté la bolsa, que se alejó azotada por el viento, y la oí crujir mientras buscaba mi linterna a tientas en el suelo. Pero cuando la encontré se negó a funcionar. Al principio, nada; la golpeé contra la palma de mi mano, y la bombilla destelló pero luego se apagó. Nuevo golpecito y el foco persistió, aunque tembloroso e inseguro. Abrigué pocas esperanzas en un prolongado uso.

Vacilé un instante entre la oscuridad mientras consideraba qué hacer seguidamente. ¿Deseaba con sinceridad seguir adelante? En nombre de Dios, ¿qué me proponía conseguir? El mejor plan consistía en regresar a casa, darme un baño caliente y acostarme.

Cerré los ojos y traté de concentrarme en el sonido, esforzándome por filtrar cualquier rastro de presencia humana entre el estrépito de los elementos. Más tarde, en las múltiples ocasiones en que representaría aquella escena en mi mente, me preguntaría si no se me habría escapado algo. El crujido de neumáticos en la grava. El chirrido de una bisagra. El zumbido del motor de un coche. Tal vez yo estuviera algo desconcertada, tal vez contribuyera a ello la tormenta que se fraguaba, el caso es que no advertí nada.

Aspiré a fondo, erguí los hombros y traté de distinguir entre las sombras, más allá de la pared. En una ocasión, en Egipto, cuando me encontraba en una tumba del Valle de los Reyes, falló la luz. Recuerdo haber permanecido en aquel reducido espacio sumergida no sólo en la oscuridad sino en una absoluta ausencia de luz. Me había sentido como si el mundo se hubiera apagado. Mientras trataba de captar algo en el vacío que se encontraba tras la valla, recobré aquella sensación. ¿Qué contenía secretos más tenebrosos? ¿La tumba del faraón o la oscuridad reinante tras aquel muro? «La equis señalaba algo: algo que está ahí adentro. ¡Adelante!»

Retrocedí hasta la esquina y seguí junto a la verja hasta la entrada lateral. ¿Cómo abrir el candado? Cuando pasaba la luz por las barras metálicas en busca de una respuesta, un relámpago iluminó la escena como el flash de una cámara fotográfica. Percibí el ozono del aire y sentí un hormigueo en el cuero cabelludo y en las manos. Entre la breve explosión de luz distinguí un letrero a la derecha de las puertas. Cuando lo examiné a la luz de la linterna descubrí que se trataba de una pequeña placa metálica que colgaba de los barrotes. Aunque oxidada y ennegrecida, su mensaje era claro: Entrée interdite. Prohibida la entrada. Acerqué la luz y traté de descifrar las palabras impresas debajo. Se trataba de algo acerca de Montreal: algo parecido a «Archiduque». ¿Archiduque de Montreal? No creí que existiera ninguno.

Observé un diminuto círculo que aparecía bajo el escrito. Retiré suavemente un poco de óxido con la uña y comenzó a aparecer un emblema similar a un blasón o escudo de armas que me resultaba vagamente familiar.

De repente comprendí: allí decía Archidiócesis, Archidiócesis de Montreal. ¡Naturalmente! Se trataba de una propiedad eclesiástica, probablemente de un convento o monasterio abandonados de los que Quebec estaba atestado.

«Bien, Brennan, eres católica y, por consiguiente, en una propiedad eclesiástica te hallas protegida. A salvo de todo peligro.» ¿De dónde procedían aquellos clichés? Surgían con oleadas de adrenalina y se alternaban con estremecimientos de temor.

Metí la linterna en los pantalones, cogí la cadena con la mano diestra y así un oxidado fragmento de metal con la izquierda. Me disponía a tirar con fuerza pero no ofreció resistencia alguna. Eslabón tras eslabón la cadena se deslizó entre los barrotes y se enroscó en mi muñeca como una serpiente en una rama. Solté la verja y tiré de la cadena con las dos manos, pero no se desprendió por completo sino que se detuvo cuando el candado se atascó entre los barrotes. Lo contemplé incrédula: se había enganchado en el último eslabón pero los dientes estaban abiertos.

Desenganché el candado, pasé el resto de la cadena entre las barras y me quedé observándolos. El viento se había calmado durante mis manipulaciones, y reinaba un inquietante silencio que me hería los oídos.

Colgué la cadena en la puerta derecha y atraje la izquierda hacia mí. Los goznes chirriaron en el vacío dejado por el viento. Ningún otro sonido quebraba el silencio; ni ranas ni grillos ni el distante silbido de algún tren. Era como si el universo contuviera el aliento en espera de la próxima descarga de la tormenta.

La verja se movió dificultosamente, pasé por ella y la cerré a mis espaldas. Seguí el camino acompañada por el suave crujido de mis zapatillas sobre la grava mientras paseaba la luz desde la carretera a la densa arboleda de ambos lados. A unos diez metros me detuve y dirigí el foco hacia arriba. Las ramas, amenazadoramente inmóviles, se entrelazaban formando un arco sobre mi cabeza.

Allí estaba la iglesia y la aguja del campanario. ¡Magnífico! ¡Volvía a la infancia! Vibraba por causa de la tensión y rebosaba de energías como para repintar el Pentágono. Me dije que no debía divagar. Tenía que pensar en Claudel. ¡No, más concretamente en Gagnon, Trottier y Adkins!

Giré a mi derecha y paseé la luz hasta donde me fue posible, deteniéndome brevemente en cada árbol de los que bordeaban el camino en interminable hilera. Al repetir la maniobra a la izquierda me pareció distinguir un pequeño claro a unos diez metros.

Avancé en esa dirección sin desviar el foco de aquel punto. Lo que parecía un hueco, en realidad no lo era. La fila de árboles no se interrumpía, pero el lugar en cierto modo parecía distinto, alterado. Entonces descubrí lo que había atraído mi atención. No se trataba de los árboles sino de la maleza. La vegetación era allí escasa y desigual, y los matorrales se veían enclenques comparados con los más próximos. Como un claro que hubiera vuelto a crecer parcialmente.

Pensé que eran matas más jóvenes, más recientes. Proyecté la luz en todas direcciones. La reducida vegetación parecía extenderse en una franja estrecha, como un riachuelo que serpenteara entre los árboles o un sendero. Apreté con fuerza la linterna y seguí su recorrido. Al dar los primeros pasos estalló la tormenta.

La firme llovizna se convirtió en un repentino torrente, y los árboles se agitaron convulsivos como poseídos por todos los diablos. Los relámpagos se recortaban en el cielo y los truenos les respondían una y otra vez cual criaturas demoníacas que se persiguieran. Restallido luminoso: ¿dónde estás? Resonancia acústica: aquí. El viento había regresado con plena furia y empujaba la lluvia en diagonal.

El agua empapaba mis ropas, me aplastaba los cabellos en la cabeza, chorreaba por mi rostro, empañaba mi visión y revivía el escozor de la herida de mi mejilla. Me recogí los cabellos tras las orejas y me pasé la mano por los ojos. Con una punta de la camisa protegí la linterna para que el agua no se calase en su interior.

Seguí el sendero con los hombros encorvados, sin reparar en cuanto se hallaba más allá del palmo de diámetro iluminado por el foco amarillo que se proyectaba ante mí y que yo paseaba a uno y otro lado del camino a fin de explorar el bosque a ambos lados, como un perro sostenido por una correa que marchara husmeando e inspeccionando el terreno.

Lo descubrí a metro y medio aproximadamente. Al recordarlo comprendo que se produjo una repentina sinapsis, que en una milésima de segundo mi cerebro conectó la aportación visual del momento con una experiencia recientemente almacenada del pasado. En cierto nivel de conciencia comprendí lo que veía antes de que mi mente consciente elaborase la imagen.

A medida que me acercaba y el foco se centraba en mi hallazgo entre la oscuridad del entorno, volvió a mi mente el recuerdo y un amargo sabor me inundó la boca desde el estómago.

Bajo el fluctuante rayo de luz distinguí una bolsa de basura de plástico que asomaba entre la tierra y las hojas, con los extremos retorcidos y atados entre sí. El nudo surgía del suelo como un león marino que se asomase a respirar.

Observé que la lluvia descargaba sobre ella y la tierra circundante. El agua ametrallaba los bordes del superficial escondrijo, convertía la tierra en barro y lenta, pero persistentemente, exponía el agujero. Sentí que me temblaban las rodillas a medida que aquel bulto aparecía a la vista.

El resplandor de un relámpago me arrancó de mi abstracción. Corrí hacia la bolsa y me incliné a examinarla. Volví a guardar la linterna en los pantalones, la así por la atadura y tiré de ella, pero aún estaba demasiado hundida para ceder. Traté de deshacer el nudo, mas mis dedos mojados resbalaban por el húmedo plástico y no cedía. Me acerqué a olfatear por la abertura: tan sólo se percibía olor a barro y a plástico.

Practiqué un pequeño agujero en la bolsa con la uña y olí de nuevo. Aunque débil, el olor era inconfundible: el dulzón y fétido hedor a carne corrompida y huesos podridos. Debatiéndome entre huir o descargar mi furia, percibí el sonido de una rama al quebrarse y distinguí unos movimientos tras de mí. Cuando trataba de echarme a un lado, un relámpago descargó dentro de mi cabeza y me sumergió en aquella tumba faraónica.

Capítulo 15

No había tenido tal sensación de resaca desde hacía mucho tiempo: como de costumbre estaba demasiado mareada para recordar gran cosa. Al moverme, arponazos de dolor se dispararon en mi cerebro y me obligaron a inmovilizarme. Sabía que si abría los ojos vomitaría. El estómago también se me revolvía con sólo imaginar el movimiento, pero aun así tenía que levantarme. Y, por encima de todo, estaba helada. Tenía el cuerpo contraído por un helor que se me había infiltrado en lo más profundo. Comencé a temblar de modo incontrolado y pensé que necesitaba otra manta.

Me incorporé con los ojos fuertemente cerrados. El dolor de cabeza era tan espantoso que devolví una pequeña cantidad de bilis. Incliné la cabeza hacia las rodillas y aguardé a que remitieran las náuseas. Sin poder abrir aún los ojos escupí la bilis en mi mano izquierda y busqué el edredón con la diestra.

Entre convulsiones y escalofríos comenzaba a comprender que no me encontraba en mi cama. Al tantear encontré ramas y hojas. Aquello me obligó a abrir los ojos pese al dolor que sentía.

Estaba sentada en un bosque con las ropas mojadas y cubierta de barro. La zona que me rodeaba se hallaba sembrada de hojas y ramitas, y en el aire se percibía el denso olor a tierra y a las cosas que se convertirían en ella. Sobre mi cabeza distinguí una celosía de ramas cuyos dedos negros y sutiles se entrelazaban contra un cielo de terciopelo negro. Tras ellas, un millón de estrellas titilaban entre una frondosa cortina de hojas.

Entonces surgió el recuerdo: la tormenta, las verjas, el sendero. ¿Pero cómo había ido a parar allí? Aquél no era el despertar de una resaca, sólo una parodia de ella.

Pasé la mano con tiento por la nuca. Bajo los cabellos se palpaba un chichón del tamaño de un huevo. ¡Magnífico! ¡Había sido golpeada dos veces en una semana. La mayoría de los boxeadores reciben menos palizas.

¿Pero cómo me habían atacado? ¿Había tropezado y caído? ¿Me había acertado la rama de un árbol? La tormenta había sacudido exageradamente las cosas, pero cerca de mí no se veían grandes ramas. No lograba recordar nada ni me preocupaba: sólo deseaba largarme de allí.

Contuve las náuseas y anduve a gatas en busca de la linterna. La descubrí semienterrada en el barro, la limpié e intenté encenderla. Me sorprendió comprobar que funcionaba. Me esforcé por controlar mis temblorosas piernas para poder levantarme. Nuevas descargas estallaron en mi cabeza. Me apoyé contra un árbol y volví a sentir arcadas.

El sabor a bilis impregnó mi boca y despertó nuevos interrogantes en mi conciencia. ¿Cuándo había comido por última vez? ¿La noche del día anterior? ¿Aquella misma noche? ¿Qué hora sería? ¿Cuánto tiempo llevaba allí? La tormenta había concluido y dado paso a las estrellas, aún era de noche y estaba helada. Eso era cuanto sabía.

Cuando concluyeron las contracciones abdominales me erguí lentamente y paseé la luz de linterna alrededor de mí en busca del sendero. Al fluctuar por la superficie del terreno el rayo pulsó otro cable cognitivo: la bolsa enterrada. El chispazo de la memoria llegó acompañado de una oleada de temor. Así con más fuerza la linterna, efectué un giro completo para asegurarme de que no había nadie tras de mí y volví a centrarme en la bolsa. ¿Dónde la había encontrado? El recuerdo retornaba lentamente, pero en imágenes fijas. Me representaba la bolsa en la mente, mas no lograba establecer su localización en el terreno.

Exploré entre la vegetación adyacente en busca del objeto enterrado. Me vibraba la cabeza y las náuseas seguían remontándose por mi garganta, pero no me quedaba nada por devolver y los inútiles esfuerzos me causaban dolor de costados y me provocaban lágrimas. Me detuve de nuevo y me apoyé en un árbol en espera de que los espasmos remitieran. Advertí que los grillos se preparaban para un concierto tras la tormenta, y su música me produjo una sensación de arena que se filtrara por mis oídos y se extendiera por mi cerebro.

Por fin encontré la bolsa a unos tres metros. Me sentía tan agitada que apenas podía sostener la linterna con firmeza, pero la descubrí tal como la recordaba, aunque había más plástico a la vista. La rodeaba un charco de agua, y sus pliegues y hendiduras se habían llenado asimismo de agua.

Como no me hallaba en condiciones de extraerla me limité a mirarla. Sabía que había que estudiar minuciosamente el escenario, pero temía que alguien pudiera alterarlo o llevarse los restos antes de que llegase allí una patrulla. Deseaba llorar de frustración.

«¡Buena idea, Brennan! ¡Échate a llorar! Tal vez alguien venga a rescatarte.»

Me levanté temblando de frío y temor y traté de pensar, pero mis células cerebrales no cooperaban: cerraban sus puertas y se resistían a todas las llamadas. El pensamiento de que debía telefonear se abrió camino en mi mente.

Identifiqué los límites del desigual sendero y traté de salir del bosque como mejor creí entender. Recordaba cómo había llegado hasta allí pero tenía una vaga noción del modo de salir. Mi sentido de orientación me había abandonado al igual que mi memoria a corto plazo. De improviso la linterna se apagó y me vi sumergida en la oscuridad que me rodeaba, en la que sólo se filtraba la luz de las estrellas. De nada sirvió agitarla ni maldecirla.

– ¡Mierda! -exclamé.

Por lo menos lo había intentado.

Traté de distinguir algún sonido que me permitiera orientarme, pero sólo capté el canto de los grillos que chirriaban en el entorno en todas direcciones. Aquello no funcionaba.

Intenté distinguir entre las sombras la vegetación más o menos crecida y me deslicé hacia adelante. Tanto daba un punto como otro. Ramas invisibles se enganchaban en mis ropas y cabellos, y los hierbajos se me enredaban entre los pies.

«Te has salido del sendero, Brennan. Esta zona se vuelve más densa.»

Trataba de decidir qué camino tomar cuando pisé en falso, en el vacío, y aterricé apoyándome en las manos y en una rodilla. Tenía los pies atrapados y la rodilla derecha aplastada contra lo que parecía tierra desprendida. La linterna, que había salido despedida de mis manos, se encendió al chocar en el suelo y proyectó una fantasmal luz hacia mí. Observé que mis pies desaparecían en un oscuro y angosto espacio.

Entre los tumultuosos latidos del corazón salí de aquel agujero y trepé hacia la luz, en diagonal, como un cangrejo en la playa. Cuando dirigí el foco hacia el lugar donde había caído, descubrí un pequeño cráter que parecía recientemente abierto, como una herida fresca en el suelo. A su lado había un pequeño montículo de tierra.

Enfoqué la abertura y vi que no era grande, tal vez de unos sesenta centímetros de ancho por noventa de profundo. Cuando avanzaba a tientas había pisado demasiado cerca del borde y derramado un reguero de tierra en el hueco. «Como cereales que cayeran de una caja -pensé-, reunidos con los que yo había desprendido en mi caída.»

Miré con fijeza la tierra que se reunía en montoncillo en el fondo del agujero y que me sugería una idea indefinida. De pronto comprendí: la tierra estaba prácticamente seca. Incluso para mi confuso cerebro resultaba evidente que aquel agujero había sido cubierto o excavado después de la lluvia.

Un involuntario estremecimiento recorrió mi cuerpo y me impulsó a cruzar los brazos en el pecho para reconfortarme. Aún estaba empapada y la tormenta había refrescado el aire a su paso. Mi instintivo movimiento no me había confortado y había desviado la luz del agujero. Desplegué los brazos y volví a enfocar la linterna. ¿Por qué alguien habría…?

La auténtica pregunta surgió de repente encogiéndome el estómago como una pistola del calibre cuarenta y cinco. ¿Quién? ¿Quién había acudido allí para cavar o vaciar aquel agujero? ¿Se encontraría él -o ella- por allí todavía? Aquel pensamiento me incitó bruscamente a entrar en acción. Giré en redondo y barrí todo el contorno con mi linterna. Un estallido de dolor se disparó en mi cabeza y se triplicaron los latidos de mi corazón.

Ignoró qué esperaba ver. ¿Un doberman asesino? ¿A Norman Bates con su madre? ¿A Hannibal Lecter? ¿Al dios George Burns con su gorra de béisbol? Ninguno de ellos apareció. Estaba sola con los árboles, los matorrales y la oscuridad salpicada de estrellas.

Con el giratorio arco de luz distinguí el sendero. Me aparté del agujero recién cavado y regresé tambaleante hacia la bolsa semienterrada, que cubrí con un montón de hojas. El tosco camuflaje no engañaría a quien lo había ocultado allí pero acaso disimularía el escondrijo a una mirada accidental.

Satisfecha con mi tapadera vegetal, cogí la lata de insecticida del bolsillo y la introduje en la bifurcación de un árbol contiguo como señal. Avancé por el terreno pisando hierbajos y raíces y sosteniéndome con dificultades. Sentía como si las piernas se me hubieran dormido y me moviese en cámara lenta.

Al llegar al cruce del sendero con el camino metí cada uno de los guantes en sendas ramas de árboles y marché a trompicones hacia la verja. Estaba mareada y agotada y temía desmayarme. La adrenalina no tardaría en consumirse y llegaría el derrumbamiento. Y cuando eso sucediera deseaba hallarme en cualquier otro lugar.

Mi viejo Mazda seguía aparcado donde lo había dejado. Crucé precipitadamente la calle sin mirar a derecha ni a izquierda ni preocuparme de que alguien pudiera esperarme. Revolví con desesperación los bolsillos en busca de las llaves y, cuando por fin las encontré, me maldije por llevar tantas en el mismo llavero. Entre imprecaciones las dejé caer dos veces y por fin hallé las del coche, abrí la puerta y me desplomé en el asiento.

Cerré la puerta, abracé el volante con las manos y apoyé la cabeza en los brazos. Sentía la necesidad de dormir, de huir de mis circunstancias y alejarme de ellas. Comprendí que tenía que luchar contra aquel impulso. Alguien podía encontrarse por allí, observándome y decidiendo qué medidas adoptar.

Paseé la mirada a uno y otro lado y me recordé que cometería otro error si permanecía en aquel lugar un instante más.

Examiné mentalmente al azar. De nuevo apareció George Burns que me dijo: «Siempre me interesa el futuro. Me propongo pasar allí el resto de mi vida.»

Me incorporé bruscamente y dejé caer las manos en el regazo. Un agudo dolor contribuyó a despejarme la mente. No devolví: hacía progresos.

– Si vas a tener un futuro, será mejor que te largues de aquí, Brennan.

Mi voz sonó densa en el reducido espacio, pero también contribuyó a orientarme en la realidad del momento. Puse el coche en marcha y los dígitos del reloj del salpicadero me transmitieron su mensaje verde: eran las dos y cuarto de la mañana. ¿Cuándo me había puesto en marcha?

Todavía temblorosa, di la calefacción, aunque no estaba muy segura de su utilidad. Los escalofríos que sentía sólo en parte se debían al viento y al fresco nocturno: en mi alma persistía un frío más profundo que no reaccionaría con una calefacción mecánica. Arranqué sin mirar atrás.

Me enjaboné los senos rodeándolos una y otra vez, deseosa de que la perfumada espuma despejase mi mente de los acontecimientos nocturnos. Alcé el rostro hacia el chorro que caía sobre mi cabeza y discurría por mi cuerpo. El agua no tardaría en enfriarse, pues llevaba veinte minutos en la ducha tratando de expulsar el frío y silenciar las voces que zumbaban en mi cabeza.

El calor, el vapor y el aroma a jazmín deberían haberme relajado, liberado mis tensiones musculares y eliminado mis dolores, pero no fue así. En todo momento estuve pendiente de percibir algún sonido procedente de fuera, pues esperaba el timbrazo del teléfono. Temerosa de perderme la llamada de Ryan había llevado el aparato portátil al baño.

Al llegar a casa, incluso antes de quitarme las ropas mojadas, había telefoneado inmediatamente a la comisaría. La telefonista se había mostrado escéptica, reacia a molestar a un detective a medianoche. Se negó rotundamente a darme el teléfono particular de Ryan, y yo me había dejado su tarjeta en el trabajo. En medio del salón, entre escalofríos y con la cabeza aún retumbando y el estómago disponiéndose para otro ataque, no me había sentido con ánimos para discutir; pero mis palabras, así como mi tono, la convencieron. Al día siguiente me disculparía.

Aquello había sucedido hacía una hora. Me palpé la nuca. El chichón seguía allí. Bajo mis cabellos mojados lo notaba como un huevo duro, dolorido al contacto. Antes de meterme bajo la ducha había revisado las instrucciones recibidas para tales ocasiones. Comprobé mis pupilas, giré la cabeza con fuerza a derecha e izquierda y me pellizqué manos y pies para comprobar su sensibilidad. Todo parecía encontrarse en su sitio y funcionar a la perfección. Si había sufrido una conmoción, había sido leve.

Cerré el agua y salí de la ducha. El teléfono seguía donde lo había dejado, mudo e indiferente.

¿Dónde estaría aquel hombre? ¡Diablos!

Me sequé, me puse mi viejo albornoz y me envolví los cabellos con una toalla. Comprobé el contestador para asegurarme de que no se habían recibido llamadas. No se veía ninguna luz roja. ¡Maldición! Recogí el teléfono portátil y lo conecté para verificar su funcionamiento. Me respondió el tono del dial. Era evidente que no estaba averiado. Me sentía muy agitada.

Me tendí en el sofá y coloqué el teléfono en la mesita de té. Sin duda que él llamaría pronto, así que no era cuestión de irse a la cama. Cerré los ojos y me propuse descansar unos momentos antes de prepararme algo para comer. Pero el frío, la tensión, el cansancio y el porrazo recibido en la cabeza se confundieron en una oleada de agotamiento que me inundó y aplastó sumergiéndome en profundo aunque agitado sueño. No fue como dormirse sino igual que perder el sentido.

Me encontraba ante una verja observando a alguien que cavaba con una enorme pala. Cada vez que la herramienta surgía de la tierra, rebosaba de ratas. Miré al suelo y vi que había ratas por doquier. Tenía que apartarlas a patadas de mis pies. La persona que manejaba la pala aparecía borrosa, pero al volverse descubrí que se trataba de Pete. Me señaló y me dijo algo, mas no llegué a comprender sus palabras. Entonces se puso a gritar y a hacerme señas para que me acercase formando un círculo con la boca, un círculo negro que crecía por momentos absorbiendo su rostro y convirtiéndolo en la espantosa máscara de un payaso.

Las ratas corrían por mis pies. Una de ellas arrastraba la cabeza de Isabelle Gagnon, hundía los dientes en sus cabellos y tiraba de ella por las hierbas.

Quise huir, pero las piernas no me respondían. Me había hundido en la tierra y estaba sobre una tumba. La tierra resbalaba alrededor de mí. Charbonneau y Claudel me miraban desde lo alto. Yo trataba de hablar, pero no lograba articular palabra. Deseaba que me sacaran de allí y les tendía las manos implorante, pero ellos no me hacían caso.

Se les acercó otro hombre vestido con largas ropas y extraño sombrero que me miró y me preguntó si había sido confirmada. No pude responderle. Me dijo que me hallaba en una propiedad eclesiástica y que tenía que marcharme. Añadió que sólo quienes trabajaban para la iglesia podían entrar en el recinto. El viento agitaba su sotana y me preocupaba que se le cayera el sombrero en la tumba. El hombre trató de sujetarse las ropas con una mano y marcar un teléfono móvil con la otra. El aparato comenzó a sonar sin que él le hiciera caso. El timbre sonaba ininterrumpidamente.

Lo mismo sucedía con el teléfono de mi mesita de té, al que por fin diferencié del que llamaba en mis sueños. Tras enormes esfuerzos logré despertarme y descolgar el auricular.

– ¿Sí? -dije, aún atontada.

– ¿Brennan?

Era un anglófono de voz brusca y familiar. Me esforcé por aclararme la cabeza.

– Sí -repetí mientras trataba de consultar mi reloj. Pero no lo llevaba.

– Aquí Ryan. Espero que se trate de algo serio.

– ¿Qué hora es?

No tenía idea de si había dormido cinco minutos o cinco horas. Me hacía vieja.

– Las cuatro y cuarto.

– Aguarde un segundo.

Dejé el teléfono y fui al cuarto de baño para lavarme la cara mientras cantaba un estribillo de «The Drunken Sailor» y daba saltitos. Reajusté mi turbante y regresé con Ryan. No quería aumentar su malestar haciéndolo esperar, pero sobre todo tampoco quería parecer atontada ni confusa. Consideré más conveniente tomarme unos momentos para despabilarme.

– De acuerdo. Ya estoy aquí. Lo siento.

– ¿Cantaba alguien?

– Hum. Esta noche he ido a Saint Lambert -comencé.

Deseaba contarle bastantes cosas, pero no quería entrar en detalles a aquellas horas.

– Encontré el lugar donde Saint Jacques puso su equis. Es una especie de finca eclesiástica abandonada.

– ¿Me ha llamado para decirme eso a las cuatro de la mañana?

– He encontrado un cadáver. Estaba muy descompuesto; probablemente sea ya un esqueleto a juzgar por el olor. Necesitamos ir allí en seguida antes de que alguien lo encuentre o los perros del vecindario organicen un banquete sacro.

Me tomé un respiro y aguardé.

– ¿Se ha vuelto loca de remate?

No supe si se refería a lo que había encontrado o lo decía porque había ido allí sola. Puesto que probablemente no se equivocaba en lo último, opté por lo primero.

– Reconozco un cadáver cuando lo tengo delante.

Tras un largo silencio el hombre inquirió:

– ¿Enterrado o en la superficie?

– Enterrado, pero a escasa profundidad. Lo poco que vi estaba expuesto y la lluvia empeoraba la situación.

– ¿Está segura de que no se trata de otro condenado resto de cementerio que sale a la superficie?

– El cuerpo se halla en una bolsa de plástico.

Era obvio que como en los casos de Gagnon y Trottier.

– ¡Mierda!

Advertí que rascaba una cerilla y luego la profunda respiración significativa de que había encendido un cigarrillo.

– ¿No cree que debemos ir ahora? -inquirí.

– De ningún modo.

Le oí dar una calada.

– ¿Y qué significa ese «debemos»? Usted ya tiene fama de entrometida, Brennan, lo que no me impresiona en especial. Su actitud de mandarlo todo a paseo acaso funcione con Claudel, pero no surtirá efectos conmigo. La próxima vez que sienta el impulso de bailotear por el escenario de un crimen, primero entérese cortésmente de si algún detective tiene vacantes en su carné de baile. Todavía resolvemos esa clase de cosas entre nuestros ocupados programas.

Aunque no esperaba su reconocimiento tampoco estaba preparada para una respuesta tan violenta. Comenzaba a enojarme, lo que acrecentaba el martilleo de mi cabeza. Aguardé, pero él no prosiguió.

– Le agradezco que me devuelva tan pronto la llamada -dije.

– Hum.

– ¿Dónde está?

Si el cerebro me hubiera funcionado a pleno rendimiento no habría formulado tal pregunta. Me arrepentí inmediatamente.

– Con una amiga -respondió tras una pausa.

¡Buena jugada, Brennan! No era de sorprender que estuviera enojado.

– Creo que había alguien más por allí esta noche.

– ¿Cómo?

– Mientras examinaba lo enterrado creí oír algo, y luego recibí un porrazo en la cabeza que me dejó sin sentido. Como se desencadenó la tormenta con todos los elementos, no sé exactamente qué sucedió.

– ¿Está herida?

– No.

Otra pausa. Casi podía distinguir el curso de sus pensamientos.

– Enviaré una patrulla para que vigile la zona hasta mañana. Luego llevaré allí a investigación. ¿Cree que necesitaremos los perros?

– Sólo vi una bolsa, pero debe de haber otras. Además, parecía como si hubieran efectuado otras excavaciones en la zona. Creo que es una buena idea.

Aguardé una respuesta que no llegó.

– ¿A qué hora me recogerá?-le pregunté.

– No pienso recogerla, doctora Brennan. Esto es un homicidio de la vida real, de los que competen a la jurisdicción de la brigada de homicidios, no a «Se ha escrito un crimen».

Estaba furiosa. Las sienes me latían y sentía una nubécula de calor entre ellas, en lo más profundo del cerebro.

– «Más túneles que el Trans Canadá» -le espeté-. «Déme algo más firme»: tales fueron sus palabras, Ryan. Pues bien, ya lo tengo y puedo conducirlo a donde se encuentra. Además, esto implica restos esqueléticos. Huesos. Y, si no me equivoco, ésa es mi jurisdicción.

La línea permaneció tanto rato en silencio que creí que había colgado. Aguardé.

– Pasaré a las ocho.

– Estaré preparada.

– ¿Brennan?

– ¿Sí?

– Quizá debería procurarse un casco.

Y colgó el aparato.

Capítulo 16

Ryan fue puntual y a las ocho cuarenta y cinco nos deteníamos tras la furgoneta de investigación, aparcada a menos de tres metros de donde yo había dejado mi coche la noche anterior. Pero aquél era un mundo distinto del visitado por mí hacía unas horas. Lucía el sol y la calle bullía de actividad. Furgonetas y coches patrulla se alineaban en ambas curvas y por lo menos veinte personas, de paisano y uniformadas, hablaban en grupos.

Distinguí a policías del DEJ, de la SQ y a agentes de St. Lambert diseminados por allí, con sus diferentes uniformes e insignias. La reunión me recordó las bandas mixtas de aves que a veces forman un bullicio espontáneo parloteando y piando, revelando cada una la especie a que pertenece por el color de su plumaje y las franjas de sus alas.

Una mujer con un gran bolso en el hombro y un joven portador de cámaras fotográficas se apoyaban fumando contra la capota de un Chevy blanco. Aún aparecía otra especie: la prensa. Más allá de la manzana, en la franja de hierba contigua a la verja, un pastor alemán jadeaba y olfateaba en torno a un hombre con mono azul oscuro. El perro salía disparado en breves incursiones, con el hocico en el suelo y luego regresaba como una flecha junto a su guardián, agitando la cola y con la cara levantada. Parecía inquieto por partir, confuso por el retraso.

– Todo el equipo está aquí -dijo Ryan, que acababa de aparcar y se soltaba el cinturón de seguridad.

No se había disculpado por su grosería ni yo lo había esperado. Nadie está en su mejor momento a las cuatro de la mañana. Se había mostrado bastante cordial durante el trayecto, casi bromista, señalando lugares donde se habían producido incidentes y relatando anécdotas de humillaciones y meteduras de pata. Historias policiales: «Allí, en el tercer piso, una mujer agredió a su marido con una sartén y luego nos atacó a nosotros. En aquel Poulet Kentucky Frites encontramos a un hombre desnudo en el eje del ventilador.» Charlas de polis. Me pregunté si sus mapas cognoscitivos se basarían en los lugares donde se habían producido los acontecimientos profesionales descritos en los informes policiales más que en los nombres de calles y ríos y en los números de los edificios que utilizamos los demás.

Ryan distinguió a Bertrand y se dirigió hacia él. Formaba parte de un grupo compuesto por un agente de la SQ, Pierre LaManche y un hombre rubio y delgado con gafas oscuras de aviador. Lo seguí por la calle tratando de localizar a Claudel o Charbonneau entre la multitud. Aunque aquella reunión era oficialmente de la SQ pensé que deberían estar allí. Parecían hallarse presentes todos los demás menos ellos. A medida que nos aproximábamos advertí cuan agitado estaba el hombre de las gafas. Movía sin cesar las manos y se manoseaba continuamente su ralo bigotillo, despeinaba algunos pelillos dispersos y luego los atusaba poniéndolos en su lugar. Observé que su cutis era en especial terso, carente de color y textura. Llevaba una chaqueta de cuero de aviador y calzaba negras botas. Era de edad indefinida: igual podía tener veinticinco como sesenta y cinco años.

LaManche no apartaba los ojos de mí mientras nos incorporábamos al grupo. Me saludó con una inclinación de cabeza, aunque sin pronunciar palabra. Yo comenzaba a abrigar dudas. Había organizado todo aquel circo, hecho acudir allí a toda aquella gente. ¿Y si no encontraban nada? ¿Y si alguien se había llevado la bolsa? ¿Y si resultaban ser tan sólo restos de algún cementerio antiguo que habían aflorado a la superficie? La noche anterior estaba oscuro y yo, hecha un manojo de nervios. ¿Hasta dónde podía haber imaginado? Sentía una creciente tensión en el estómago.

Bertrand nos saludó. Como de costumbre parecía una versión corpulenta y de menor estatura de un modelo masculino. Había escogido colores tierra para la exhumación, marrones y castaños ecológicamente correctos, sin duda obtenidos sin tintes químicos.

Ryan y yo saludamos a nuestros conocidos y nos dirigimos al hombre de las gafas. Bertrand nos presentó.

– Andy, la doctora; y éste es el padre Poirier, que representa a la diócesis.

– ¡Archidiócesis!

– Discúlpeme. Archidiócesis, puesto que se trata de una propiedad eclesiástica.

Y señaló con el pulgar hacia la verja que tenía tras él.

– Me llamo Tempe Brennan -me presenté al tiempo que le tendía la mano.

El padre Poirier fijó en mí sus gafas de aviador y aceptó mi mano en un apretón débil y carente de energía. Si se calificara a la gente por su forma de estrechar la mano, el hombre no alcanzaría ni un aprobado. Tenía los dedos fríos y blandos, como zanahorias que han estado demasiado tiempo en el frigorífico. Al soltarme tuve que resistir el apremio de enjugarla en mis pantalones.

Repitió el ritual con Ryan que no mostró expresión alguna. Su temprana jovialidad había desaparecido, sustituida por una profunda gravedad: adoptaba el talante profesional. Poirier pareció deseoso de decir algo, pero ante la expresión de Ryan lo pensó mejor y apretó los labios en tensa línea. En cierto modo, sin haber dicho nada, reconocía que había dejado de ostentar la autoridad y que era Ryan quien se encontraba en aquellos momentos al frente de la situación.

– ¿Ha entrado ya alguien? -inquirió Ryan.

– Nadie. Cambronne llegó sobre las cinco de la mañana -respondió Bertrand señalando al policía uniformado que estaba a su derecha-. Nadie ha entrado ni salido. El padre nos ha dicho que sólo dos personas tienen acceso a los terrenos: él mismo y un conserje. El hombre es octogenario y trabaja aquí desde que Mamie Eisenhower popularizó los flequillos.

La versión francesa de «Eisenhower» sonaba cómica.

– La entrada no pudo ser abierta -dijo Poirier volviendo hacia mí sus gafas-. La compruebo cada vez que vengo.

– ¿Y cada cuándo sucede eso? -preguntó Ryan.

Las gafas se apartaron de mí y se fijaron en Ryan, donde se detuvieron unos momentos antes de que el hombre respondiera.

– Por lo menos una vez a la semana. La iglesia se siente responsable de todas sus propiedades. No nos limi…

– ¿Qué es este lugar?

De nuevo otra pausa.

– El monasterio Saint Bernard. Está cerrado desde 1983. La Iglesia consideró que las cifras no garantizaban su funcionamiento continuo.

Me resultaba extraño que se refiriese a la Iglesia como un ser animado, una entidad con sentimientos y voluntad. Su francés también era extraño, sutilmente distinto del acento llano y nasal al que me había acostumbrado. Aunque no era quebequés, no podía situar su origen. No se trataba del concreto y gutural sonido de Francia, al que los norteamericanos calificamos de parisino. Sospeché que sería belga o suizo.

– ¿Qué sucede ahí? -inquirió Ryan.

Otra pausa, como si las ondas sonoras tuvieran que desplazarse por larga distancia hasta alcanzar al receptor.

– Ahora, nada.

El sacerdote dejó de hablar y suspiró. Tal vez recordaba tiempos más felices en que la iglesia prosperaba y los monasterios rebosaban actividad. Tal vez concentraba sus pensamientos, deseoso de mostrarse concreto en sus declaraciones a la policía. Las gafas de aviador le ocultaban los ojos. Un extraño candidato para sacerdote, con su cutis impecable, su chaqueta de cuero y sus botas de motorista.

– Yo vengo a comprobar la propiedad -prosiguió-. Y un conserje mantiene las cosas en orden.

– ¿Las cosas? -se sorprendió Ryan, que tomaba notas en un bloc de espiral.

– Vigilar la caldera y los conductos y retirar la nieve. Éste es un lugar muy frío.

Hizo un amplio ademán con el delgado brazo como si intentara abarcar toda la provincia.

– Y las ventanas: a veces los muchachos disfrutan tirando piedras. -Me miró-. También las puertas y las verjas para asegurarnos de que permanecen cerradas.

– ¿Cuándo comprobó los candados por última vez?

– El domingo a las seis de la tarde. Estaban todos seguros.

Me chocó su rápida respuesta. En esta ocasión no se había detenido a pensarla. Tal vez Bertrand ya le hubiera formulado la pregunta o quizá Poirier la había previsto, pero la velocidad de su respuesta me sonó a preconcebida.

– ¿Advirtió algo fuera de lo corriente?

– Ríen. Nada.

– Ese conserje… ¿cuál es su nombre?

– Monsieur Roy.

– ¿Cuándo viene?

– Los viernes, a menos que haya alguna tarea especial para él.

Ryan no hablaba pero seguía mirándolo.

– Como recoger la nieve o arreglar una ventana -añadió el sacerdote.

– Padre Poirier, creo que el detective Bertrand ya lo ha interrogado acerca de la posibilidad de que en estos terrenos se hubieran practicado enterramientos, ¿no es cierto?

Pausa.

– No, no. No hay ninguno.

Agitó la cabeza a uno y otro lado, y las gafas se movieron en su nariz. Una pata se escapó de la oreja y la montura se desequilibró en un ángulo de veinte grados. Parecía un petrolero que escorara a babor.

– Era un monasterio, siempre ha sido un monasterio. No hay nadie enterrado aquí. Pero he llamado a nuestra archivadora y le he pedido que comprobara los registros para asegurarme por completo.

Mientras hablaba se había llevado las manos a las sienes y ajustaba sus gafas alineándolas cuidadosamente.

– ¿Conoce el motivo de nuestra presencia aquí?

Poirier asintió y los cristales se ladearon de nuevo. Se disponía a hablar, pero no dijo nada.

– De acuerdo -declaró Ryan. Cerró el bloc de espiral y se lo guardó en el bolsillo-. ¿Cómo sugiere que hagamos esto?

Aquella pregunta me estaba dirigida.

– Permítame acompañarlos y mostrarles lo que encontré. Cuando lo retiremos, traeremos al perro para ver si hay algo más.

Confiaba en que mi voz transmitiera más confianza de la que yo misma sentía. ¡Mierda! ¿Y si allí no hubiera nada?

– De acuerdo.

Ryan se dirigió a un hombre vestido con mono. El pastor alemán saltó hacia él y le rozó la mano con el hocico para reclamar su atención. El hombre le acarició la cabeza mientras hablaba con su cuidador. Luego se volvió hacia nosotros y dirigió a todo el grupo hacia la entrada. Mientras avanzábamos escudriñé con discreción cuanto nos rodeaba en busca de indicadores demostrativos de mi presencia allí la noche anterior. Pero fue en vano.

Aguardamos en la entrada mientras Poirier sacaba un enorme llavero del bolsillo, elegía una llave, cogía el candado y tiraba de él con fuerza mostrando su resistencia contra los barrotes con gran ostentación. El candado profirió un sonido metálico en el aire de la mañana y despidió una lluvia de orín que cayó en el suelo. No pude recordar si yo lo había cerrado hacia unas horas.

Poirier soltó el mecanismo, abrió el candado y a continuación la puerta, que rechinó suavemente, no con el penetrante chirrido metálico que yo recordaba. Se puso a un lado para permitirme el paso y todos aguardaron. LaManche aún no había pronunciado palabra.

Me eché la mochila en el hombro, pasé junto al sacerdote y emprendí la marcha por el camino. A la clara y fresca luz de la mañana el bosque tenía un aire acogedor, nada malévolo. El sol brillaba entre las anchas hojas, y las agujas de las coniferas y el aire estaba impregnado del aroma de los pinos. Era un olor que me recordaba épocas escolares, con visiones de casas junto a lagos y campamentos de verano, en modo alguno cadáveres ni negras sombras. Avancé lentamente y examiné cada árbol y cada centímetro de terreno tratando de detectar ramas rotas, suelo removido, algo demostrativo de presencia humana. En especial, la mía.

Mi inquietud crecía a cada paso y se aceleraban los latidos de mi corazón. ¿Y si yo no había cerrado la verja? ¿Si alguien había estado allí después de mí? ¿Qué habría hecho cuando yo me hube marchado?

El ambiente era el propio de un lugar que nunca hubiera visitado, pero que me resultara familiar por haber leído algo acerca de él o lo hubiera visto en fotografías. Traté de percibir mediante el tiempo y la distancia el lugar donde se encontraría el sendero, pero sentía graves recelos. Mis recuerdos eran atropellados y confusos, como un sueño recordado en parte. Los acontecimientos más importantes eran vividos, mas los detalles relativos a secuencia y duración se volvían caóticos. Rogué que pudiera distinguir algo que me sirviera de punto de partida.

Mis súplicas hallaron respuesta en forma de los guantes cuya existencia había olvidado. A la izquierda del camino, a nivel de mis ojos, tres blancos dedos asomaban de la rama de un árbol. ¡Eso era! Escudriñé los árboles contiguos. El segundo guante apareció en el hueco de un pequeño arce, a metro y medio aproximadamente del nivel del suelo. Me imaginé temblorosa, explorando en la oscuridad el punto donde guardarlos. Me felicité por mi previsión, aunque no por mi memoria: creía haberlos colocado más arriba. Tal vez, al igual que Alicia, había tenido una experiencia que alteraba las dimensiones de aquel bosque.

Giré entre los árboles que exhibían los guantes, por una senda apenas visible. El cambio en la maleza era tan sutil que, a no ser por las señales, tal vez no lo habría detectado. A la luz del día el sendero era poco más que un cambio de textura; la vegetación estaba atrofiada en todo su recorrido y era más escasa que a ambos lados. En una estrecha línea la cobertura vegetal no se entrecruzaba. Hierbajos y matorrales se levantaban solitarios, aislados de sus vecinos, y exponían las ásperas tonalidades siena de las hojas muertas y de la tierra de la que emergían. Eso era todo.

Recordé los rompecabezas con que jugaba en mi niñez. Mi abuela y yo examinábamos con detenimiento las piezas en busca de la correcta, calibrábamos con ojos y cerebro las diminutas variaciones de tonalidad y dibujo. El éxito dependía de la capacidad de percibir sutiles diferencias en tonos y texturas. ¿Cómo diablos habría detectado aquel sendero entre la oscuridad?

Distinguí el crujir de hojas y el chasquido de las ramas a mi espalda. No señalé los guantes, pero sabía que los había impresionado con mi habilidad orientativa. Brennan, la sutil exploradora. Unos metros más adelante descubrí la lata de repelente insecticida. Ahí no cabían sutilezas: el brillante capuchón anaranjado brillaba como un faro entre el follaje.

Y allí se encontraba mi montículo camuflado. Bajo un roble blanco, el terreno se levantaba en una pequeña protuberancia cubierta de hojas y limitada por tierra desnuda. Entre la tierra excavada distinguí las marcas que habían dejado mis dedos cuando asía los puñados de hojas y tierra para ocultar el plástico. Los resultados de mi apresurada tarea de camuflaje acaso revelaban más que ocultaban, pero en aquella ocasión me había parecido lo más correcto.

He intervenido en muchas recuperaciones de cadáveres. La mayoría de los cuerpos escondidos se descubren por alguna confidencia o un golpe de fortuna. Los informadores denuncian a sus cómplices o niños excitados revelan los descubrimientos realizados. «Olía tan espantosamente que comenzamos a hurgar.» Me resultaba extraño haberme comportado como aquellos niños.

– Allí -dije señalando el montón de hojas.

– ¿Está segura? -preguntó Ryan.

Me limité a mirarlo. Nadie dijo palabra. Dejé la mochila en el suelo y extraje de ella otro par de guantes de jardinería. Fui hacia el montículo y situé los pies con cuidado para alterar lo menos posible la escena. Parecería absurdo a la luz de mi agitación de la noche anterior, pero siempre se espera una técnica adecuada para el escenario oficial de los hechos.

Me puse en cuclillas y aparté las hojas con la mano hasta descubrir una pequeña parte de la bolsa de plástico. El bulto seguía enterrado en el suelo y el contorno irregular sugería que su contenido estaba seguro en el interior. Parecía inalterado. Al volverme vi que Poirier se persignaba.

– Tomemos algunas fotos para el registro -ordenó Ryan a Cambronne.

Me uní a los demás y aguardamos en silencio mientras Cambronne seguía su ritual. Desempaquetó su equipo, inscribió una placa de marca y fotografió el bulto y la bolsa desde varias distancias y direcciones. Por último bajó su cámara fotográfica y retrocedió unos pasos.

Ryan se volvió a LaManche.

– Doctor…

– Temperance -dijo LaManche por vez primera desde mi llegada.

Saqué una paleta de mi mochila y me adelanté hacia el montículo. Barrí las hojas restantes y descubrí con cuidado la mayor parte posible de la bolsa. Su aspecto era tal como lo recordaba. Incluso advertí la pequeña perforación que yo misma había practicado con la uña.

Con ayuda de la paleta despejé de tierra la periferia del bulto exponiéndolo lentamente, cada vez más. La tierra olía a añeja y a cerrada como si, comprimida entre sus moléculas, contuviera una diminuta parte de cuanto había alimentado desde que los glaciales la liberaron de su helado puño.

Se oían voces procedentes de los representantes de la ley apostados en la calle, pero en el lugar donde yo trabajaba los únicos sonidos los proferían los pájaros, los insectos y el firme trabajo de zapa de mi paleta. Las ramas se agitaban a impulsos de la brisa en una versión más suave que la danza interpretada la noche anterior. El escenario nocturno recordaba a guerreros masai saltando y abalanzándose en simulacro de batalla; el espectáculo matinal era como el «vals de aniversario». Las sombras se movían por la bolsa y por los rostros del solemne grupo de los testigos de su emergencia. Yo observaba su agitado movimiento por el plástico como títeres en un espectáculo siniestro.

Al cabo de un cuarto de hora el montículo se había convertido en un hueco y aparecía a la vista más de la mitad de la bolsa. Imaginé que el contenido se habría recolocado a medida que avanzaba la descomposición y que los huesos se veían liberados de sus responsabilidades anatómicas. Si de huesos se trataba.

Dejé la paleta en el suelo en la creencia de que había retirado bastante tierra para liberar el bulto, así el retorcido plástico y tiré lentamente de él, pero no cedió. Sucedía lo mismo que la noche anterior. Parecía como si alguien se hallara bajo tierra y sostuviera el extremo opuesto de la bolsa desafiándome a un macabro estira y afloja.

Cambronne, que había seguido fotografiando mientras yo excavaba, se encontraba en aquellos momentos detrás de mí, en posición de fijar en Kodachrome el momento en que se liberara la bolsa. En mi cerebro surgió la frase: «Capturar los momentos de nuestras vidas.» Pensé que asimismo de las muertes.

Me limpié los guantes en los costados de los téjanos, así el saco lo más abajo posible y le di un brusco y repentino tirón. Sentí cómo se removía y se recolocaba levemente su contenido y, aspirando profundamente, tiré de nuevo, en esta ocasión con más fuerza. Deseaba extraer la bolsa, no desgarrarla. El bulto cedió ligeramente y luego se depositó de nuevo en el fondo.

Apuntalé los pies y tiré de nuevo. Mi adversario subterráneo cedió en la refriega, y el saco comenzó a liberarse. Reafirmé los dedos en torno al retorcido plástico y, tras echarme hacia atrás, extraje poco a poco la bolsa del agujero.

Una vez que hubo aparecido por el borde, aflojé la presión y retrocedí unos pasos. Se trataba de una bolsa corriente de basura, de las que se utilizan en las cocinas y garajes de toda Norteamérica, y estaba intacta. Su contenido formaba bultos. No era pesada. ¿Sería ésta buena o mala señal? ¿Me encontraría con el cadáver de algún perro y me vería humillada, o con los restos de un cuerpo humano y quedaría justificada?

Cambronne entró en acción. Colocó su letrero y tomó una serie de fotografías. Me quité un guante y saqué del bolsillo mi navaja suiza.

Cuando Cambronne hubo concluido, me arrodillé junto a la bolsa. Me temblaban ligeramente las manos, pero por fin hundí la uña en la pequeña rendija de la hoja y la abrí. El acero inoxidable brilló con los rayos del sol. Escogí un punto del extremo atado para la incisión, mientras sentía fijos en mí cinco pares de ojos.

Miré a LaManche: sus rasgos variaban a medida que las sombras evolucionaban. Me pregunté brevemente cuál sería mi aspecto a la luz diurna. LaManche asintió, y oprimí la hoja.

Antes de que se rompiera el plástico detuve la mano como refrenada por una cuerda invisible. De pronto todos lo oímos, pero fue Bertrand quien expresó el pensamiento colectivo:

– ¿Qué diablos sucede? -exclamó.

Capítulo 17

El repentino estrépito era una barahúnda. Los frenéticos ladridos de un perro mezclados con voces humanas crecían en intensidad. Sonaban gritos por todas partes, tensos y entrecortados, pero demasiado confusos para distinguir las palabras. El alboroto se producía dentro del recinto del monasterio, en algún lugar a nuestra izquierda. Al principio pensé que el merodeador nocturno había regresado y que todos los policías de la provincia, o por lo menos un pastor alemán, lo perseguían.

Miré a Ryan y a los demás, que al igual que yo se habían quedado petrificados. Incluso Poirier había dejado de manosear su bigote y apoyaba la mano en el labio superior.

Luego el sonido cada vez más próximo de alguien que se precipitaba indiscriminadamente por el follaje rompió el hechizo. Volvimos las cabezas de modo simultáneo, como movidos por un mismo resorte. Desde algún lugar entre los árboles sonó una voz:

– ¿Está usted ahí, Ryan?

– Sí.

Nos orientamos en dirección a aquel sonido.

– Sacre bleu! -Más crujidos y agitación-. Estoy aquí.

Un agente de la SQ apareció ante nosotros apartando las ramas y murmurando ruidosamente. Estaba congestionado y jadeaba; el sudor le perlaba la frente y aplastaba el flequillo que rodeaba su cabeza casi calva. Al descubrirnos, apoyó las manos en las caderas y se inclinó para recobrar el aliento. Distinguí los arañazos que le habían producido las ramas en el desnudo cráneo.

Al cabo de unos momentos se levantó y señaló con el pulgar en la dirección de donde procedía. Con voz entrecortada, como aire que pasara por un filtro obturado, exclamó:

– Será mejor que vaya allí, Ryan. El condenado perro está como endemoniado.

Observé de reojo que Poirier se llevaba la mano a la frente y luego al pecho. Una vez más presenciaba la señal de la cruz.

– ¿Cómo? -Ryan enarcó las cejas asombrado.

– DeSalvo se lo llevó a dar una vuelta por el recinto como usted dijo, y el hijo de perra comenzó a dar círculos en determinado lugar y a ladrar como si creyera que Adolf Hitler y todo su maldito ejército estuvieran enterrados.

Hizo una pausa y añadió:

– ¡Escúchenlo!

– ¿Y?

– ¿Y qué? Ese condenado se reventará las cuerdas vocales. Si no acude usted allí en seguida, no dejará de perseguirse su propio rabo.

Contuve una sonrisa: era una imagen muy cómica.

– Reténganlo unos momentos. Denle una golosina o un Valium si es necesario. Primero hemos de concluir algo aquí. -Consultó su reloj-. Estaré allí dentro de diez minutos.

El agente se encogió de hombros, soltó una rama que sostenía y se dispuso a marcharse.

– ¡Eh, Piquot!

El hombre volvió su gran rostro.

– Aquí hay un sendero.

– Paciencia -resopló mientras tanteaba el camino por la enmarañada vegetación hacia el lugar que Ryan le indicaba.

Pensé que lo perdería a los quince metros.

– Y otra cosa, Piquot -prosiguió Ryan.

El hombre se volvió de nuevo.

– No permita que Rin Tin Tin estropee nada.

A continuación se volvió hacia mí.

– ¿Espera a que llegue su cumpleaños, Brennan?

Oímos a Piquot alejarse hasta que se perdió de vista, mientras yo abría la bolsa de uno a otro extremo.

El olor no surgió bruscamente ni me inundó como en el caso de Isabelle Gagnon. Libre de sus limitaciones, se difundió poco a poco hasta imponerse en el ambiente. Lo identifiqué como tierra y plantas descompuestas y una capa de algo más. No era el fétido hedor de la putrefacción sino un olor más primitivo, que recordaba la muerte, orígenes y extinciones, vida reciclada. Yo ya lo había percibido con anterioridad. Comprendí que el saco contenía algo muerto y no recientemente.

Deseé que no se tratara de un perro o un ciervo y separé la abertura con las manos, de nuevo temblorosas, entre las que se estremecía el plástico. Cambié de opinión; ojalá fuese un perro o un ciervo.

Ryan, Bertrand y LaManche se aproximaron cuando yo retiraba el plástico roto. Poirier se quedó inmóvil como una lápida, cual si hubiera echado raíces en el suelo.

Primero vi un omóplato. No era gran cosa, pero suficiente para confirmar que no se trataba de la captura de un cazador ni de un animal doméstico. Miré a Ryan, que entornaba los ojos y apretaba las mandíbulas por causa de la tensión.

– Es un ser humano.

Poirier se persignó de nuevo.

Ryan sacó su bloc y pasó la página.

– ¿Qué tenemos? -preguntó.

Su voz era más cortante que la hoja que yo acababa de utilizar.

Moví ligeramente los huesos.

– Costillas, omóplatos, clavículas, vértebras… -Hice una pausa-. Parece que todos son torácicos.

– Esternón -añadí al dar con él.

Tanteé entre los huesos buscando más partes de cuerpo. Los demás observaban en silencio. Al llegar al fondo de la bolsa una gran araña marrón se deslizó por mi mano y me subió por el brazo. Distinguí sus ojos sobresalientes como pequeños periscopios que buscaban la causa de aquella intrusión. Sus peludas patas, ligeras y delicadas como un pañuelo de encaje, rozaron mi piel. Di una sacudida y despedí la araña al espacio.

– Eso es todo -concluí.

Me erguí y retrocedí con un crujido de rodillas.

– El torso sin brazos.

Sentía una especie de escalofrío y no por causa de la araña.

Dejé caer los brazos inertes a los costados. No sentía alegría alguna por justificar mi criterio, sólo una sensación embotadora, como si me hallara bajo los efectos de una fuerte impresión. Mi ser emocional se había cerrado, colgado un cartel e ido a almorzar. Pensé que de nuevo había sucedido: otro ser humano había muerto. Por allí rondaba un monstruo.

Ryan tomaba notas en su bloc. Le abultaban los tendones del cuello.

– ¿Y ahora qué? -La voz de Poirier sonó chirriante.

– Ahora encontraremos el resto -dije.

Cambronne se colocaba para tomar fotos cuando oímos regresar a Piquot. De nuevo venía a campo traviesa. Al llegar a nuestro lado miró los huesos y susurró una palabrota.

Ryan se dirigió a Bertrand.

– ¿Puede quedarse aquí mientras vigilamos al perro?

Bernard asintió; estaba tan rígido como los pinos que nos rodeaban.

– Guardaremos lo que hemos encontrado, y luego investigación revisará toda esta zona. Enviaré a buscarlos.

Dejamos a Bertrand y Cambronne y seguimos a Piquot hacia donde sonaban los ladridos. El animal parecía muy alterado.

Tres horas después, sentada en una franja de hierba, examinaba cuatro bolsas que contenían restos humanos. El sol estaba en lo alto y sentía su calor en mis hombros, sin aplacar el frío que tenía en mi interior. A cinco metros el perro yacía cerca de su cuidador, con la cabeza ladeada sobre sus enormes patas marrones. Había sido una gran mañana para él.

Esos animales, condicionados para responder al olor de los tejidos corpóreos descompuestos o en descomposición, logran descubrir cadáveres ocultos como los sistemas de infrarrojos identifican el calor. Incluso después de ser retirados, detectan los antiguos lugares donde se encontró carne corrompida. Son los sabuesos de los muertos.

Aquel perro había actuado perfectamente centrándose en otros tres lugares más de enterramiento. En cada ocasión anunciaba su encuentro ladrando con celo, dando dentelladas al aire y rodeando aquel punto en frenética demostración. Me pregunté si todos los perros expertos descubridores de cadáveres serían tan apasionados con su trabajo.

Necesitamos dos horas para excavar, procesar y guardar en bolsas los restos; realizamos un inventario preliminar antes de retirarlos y luego registramos cada fragmento óseo en una lista más detallada.

Miré al perro: parecía casi tan cansado como yo. Sólo se movían sus ojos; las órbitas de color chocolate giraban como antenas de radar. Paseaba su mirada sin mover la cabeza.

El animal tenía derecho a estar agotado y también yo. Cuando por fin levantó la cabeza, asomó su larga y delgada lengua, que colgó estremecida. Sumida en silencio volví a enfrascarme en el inventario.

– ¿Cuántos?

No lo había oído acercarse, pero conocí su voz. Me apuntalé en mi sitio.

– Bonjour, monsieur Claudel. Comment ça va?

– ¿Cuántos? -repitió.

– Uno -respondí sin levantar los ojos.

– ¿Falta algo?

Acabé de escribir y me volví a mirarlo. Estaba plantado, con los pies separados, la chaqueta colgada de un brazo y retiraba el celofán de un bocadillo expedido por una máquina.

Al igual que Bertrand, Claudel vestía tejidos naturales, camisa y pantalones de algodón y chaqueta de hilo. Sin embargo, se ceñía a los colores verdes; al parecer prefería mostrar un aspecto más ingenuo. El único contraste de color consistía en el dibujo de su corbata. De vez en cuando había introducido una elegante pincelada de tono mandarina.

– ¿Puede decirme qué tenemos?

Me señaló con su bocadillo de carne.

– Sí.

– ¿Sí?

Apenas hacía treinta segundos que había llegado y yo ya deseaba arrancarle el bocadillo de la mano y metérselo por la nariz o por cualquier otro orificio. Claudel no lograba despertar mis mejores sentimientos ni siquiera cuando estaba relajada y descansada, y aquella mañana no me hallaba precisamente en tal situación. Como el perro, estaba agotada. Me faltaban energías e inclinación para seguirle el juego.

– Tenemos parte de un esqueleto humano sin apenas tejidos blandos. El cuerpo fue descuartizado, metido en bolsas de basura y enterrado en cuatro lugares distintos. -Señalé los jardines del monasterio-. Anoche encontré una bolsa. El perro ha olfateado las tres restantes esta mañana.

Dio un bocado y miró hacia los árboles.

– ¿Qué falta? -Su voz llegaba confusa entre el jamón y la mostaza.

Lo miré sin decir palabra, preguntándome por qué me resultaría tan irritante una pregunta rutinaria. Era el modo de proferirla. Me repetí una variación de mi autosermón sobre Claudel: «No le hagas caso: es un reptil. No esperes más que altivez y arrogancia. Sabe que tenías razón: a estas alturas ya está al corriente de todo, pero no va a decir “¡Bravo por ti!” Ha de fastidiarlo enormemente. Eso debería bastarte. Dejémoslo así.»

Al ver que no respondía volvió a centrar su atención en mí.

– ¿Falta algo?

– Sí.

Dejé la hoja de inventario y lo miré de modo directo a los ojos. Él parpadeó sin dejar de masticar. Me pregunté brevemente por qué no llevaría gafas.

– La cabeza.

Dejó de masticar.

– ¿Cómo?

– Que falta la cabeza.

– ¿Dónde está?

– Si lo supiera no faltaría, monsieur Claudel.

Lo vi apretar las mandíbulas y luego aflojarlas, pero no porque masticase.

– ¿Algo más?

– ¿Algo más… qué?

– Si falta algo más.

– Nada significativo.

Digerió mentalmente aquellos hechos al igual que su bocadillo. Mientras masticaba arrugó el envoltorio, formó con él una fuerte pelota que se guardó en el bolsillo y se enjugó las comisuras de la boca con el índice.

– Supongo que no va a decirme nada más.

Era una afirmación más que un interrogante.

– Cuando haya podido examinar…

– Sí.

Dio media vuelta y se marchó.

Cerré las cremalleras de las bolsas maldiciendo entre dientes. El perro movió bruscamente la cabeza ante aquel sonido y me siguió con la mirada mientras metía la carpeta de pinza en la mochila y cruzaba la calle en dirección al encargado del depósito, cuya cintura era como la cámara de aire de un tractor. Le dije que había concluido y que podían cargar los restos y luego aguardar.

Más arriba, en la calle, distinguí a Ryan y Bertrand que hablaban con Claudel y Charbonneau: la SQ se reunía con el CUM. Mi estado paranoico me hizo sentir sospechas de su charla. ¿Qué les diría Claudel? ¿Me estaría ridiculizando? La mayoría de los policías son tan jurisdiccionales como monos aulladores: se sienten celosos de su terreno, se reservan sus casos, desean efectuar sus propias persecuciones. Claudel era peor que los demás ¿pero por qué se mostraba tan desdeñoso conmigo?

«Olvídalo, Brennan. Es un bastardo y lo has ridiculizado en su propio terreno. No estás en la cúspide de sus preferencias. Deja de preocuparte acerca de sentimientos y concéntrate en el trabajo. Tampoco eres inocente de antecedentes personales posesivos en tus casos.»

La charla se interrumpió cuando yo llegué. Su comportamiento modificó en parte el espontáneo enfoque que me proponía, pero disimulé mi incomodidad.

– ¡Hola, doctora! -exclamó Charbonneau.

Lo saludé con una inclinación y una sonrisa.

– Así pues, ¿qué tenemos? -pregunté.

– Su jefe se marchó hace una hora como también el padre. Investigación está concluyendo -dijo Ryan.

– ¿Han encontrado algo más?

Negó con la cabeza.

– ¿Algún resultado con el detector de metal?

– Hemos tocado todas las condenadas teclas de la provincia -Ryan se expresaba con exasperación-. Estamos preparados para manejar un parquímetro. ¿Y usted?

– He terminado. He ordenado a los chicos del depósito que carguen.

– Claudel dice que falta la cabeza.

– Es cierto. Falta el cráneo, la mandíbula y las cuatro primeras vértebras.

– ¿Qué cree que significa eso?

– Significa que la víctima fue decapitada y que el asesino metió la cabeza en otro lugar. Acaso la enterró aquí, pero en diferente sitio, al igual que hizo con las restantes partes del cuerpo, que estaban muy diseminadas.

– ¿De modo que debe de haber otra bolsa por ahí?

– Tal vez. O pudo disponer de ella de otro modo.

– ¿Como por ejemplo?

– Echándola al río, por una letrina o en su horno. ¿Cómo diablos voy a saberlo?

– ¿Por qué haría algo así? -interrogó Ryan.

– Tal vez para que el cuerpo no pudiera ser identificado.

– ¿Podrá serlo?

– Probablemente. Pero sería mucho más fácil si contáramos con los dientes y los archivos dentales. Además, ha dejado las manos.

– ¿Y?

– Si mutilan un cadáver para evitar su identificación también suelen hacer desaparecer las manos.

Me miró con aire inexpresivo.

– Pueden obtenerse huellas de cadáveres muy descompuestos mientras se conserve algo de piel. Yo las he obtenido de una momia de quinientos años de antigüedad.

– ¿Estaba fichada? -preguntó Claudel con aire indiferente.

– No figuraba en los archivos -respondí con igual falta de entusiasmo.

– Pero sólo son huesos -dijo Bertrand.

– El asesino no lo sabe. No podía imaginar cuándo se encontraría el cadáver.

Al igual que Gagnon, pensé. Sólo que éste lo había enterrado.

Me interrumpí un momento e imaginé al asesino merodeando por el bosque entre la oscuridad, distribuyendo las bolsas y su macabro contenido. ¿Habría descuartizado a la víctima en otro lugar, llenado las bolsas con los fragmentos ensangrentados y los habría transportado allí en coche? ¿Aparcaría en el mismo lugar que yo o le habría sido posible, de algún modo, introducirse en el recinto? ¿Habría cavado primero los agujeros y planeado la localización de cada uno? ¿O simplemente habría llevado en las bolsas las porciones del cadáver, cavando huecos en unos y otros lugares y realizando cuatro viajes desde su coche? ¿Obedecería la descuartización a un ataque de pánico por ocultar un crimen pasional, o el crimen y la mutilación habían sido fríamente premeditados?

De pronto me abrumó una horrible posibilidad: ¿habría estado allí conmigo la noche anterior? Retorné al presente.

– O…

Todas las miradas convergieron en mí.

– O acaso aún se halle en su poder.

– ¿Se la ha guardado? -se burló Claudel.

– ¡Mierda! -exclamó Ryan.

– ¿Como la teoría de la violencia de Dahmer? -inquirió Charbonneau.

Me encogí de hombros.

– Será mejor que traigamos de nuevo al perro para que se dé otra vuelta -dijo Ryan-. Aún no lo hemos hecho venir donde se encontraba el torso.

– De acuerdo -asentí-. Al animal le gustará.

– ¿Le importa que nos quedemos? -preguntó Charbonneau.

Claudel le lanzó una mirada asesina.

– No, mientras tenga gratos pensamientos -dije-. Voy en busca del perro. Espérenme en la entrada.

Al alejarme distinguí la palabra «perra» con la pronunciación nasal de Claudel. Me dije que sin duda se refería al animal.

El sabueso se puso en pie de un brinco al verme llegar y agitó lentamente su cola mientras paseaba su mirada de mí al hombre vestido con el mono azul, como si pidiera permiso para acercarse a la recién llegada. Advertí que el cuidador llevaba impreso en el pecho el nombre «DeSalvo».

– ¿Está nuestro amigo dispuesto para otro paseo? -le pregunté señalando al animal con la mano.

DeSalvo inclinó levemente la cabeza, y el perro saltó hacia adelante y me lamió los dedos.

– Se llama Margot -repuso el hombre en inglés aunque con acento francés.

Se expresaba en voz baja y uniforme y se movía con aire grácil y tranquilo, como los que acostumbran pasar el tiempo con los animales. Era moreno y con el rostro surcado de arrugas, un abanico de las cuales irradiaban desde las comisuras de los ojos. Tenía aspecto de vivir al aire libre.

– ¿Francesa o inglesa?

– Es bilingüe.

– ¡Eh, Margot!-dije. Doblé la rodilla para rascarle las orejas-. Lamento haberme equivocado de género. Gran día, ¿verdad?

Margot movió la cola con más velocidad. Cuando me levanté, saltó hacia atrás, dio un gran giro y luego se quedó inmóvil y examinó atentamente mi rostro. Ladeó la cabeza a uno y otro lado, y la arruga que había entre sus ojos se frunció y se alisó.

– Soy Tempe Brennan -me presenté al tiempo que tendía la mano a DeSalvo.

El hombre prendió un extremo de la correa de Margot a su cinturón y asió el otro. A continuación me tendió la mano, que era áspera y firme, como metal forjado. Su apretón merecía un sobresaliente.

– Yo soy David DeSalvo.

– Creemos que tiene que haber algo más, Dave. ¿Estará Margot preparada para otra ronda?

– Mírela.

Al oír su nombre Margot irguió las orejas, agachó la cabeza, alzó las ancas y se abalanzó hacia adelante en una serie de saltitos sin apartar su mirada del rostro de DeSalvo.

– Bien. ¿Cuánto terreno han cubierto hasta ahora?

– Hemos avanzado en zigzag por todo el recinto, salvo donde usted trabajaba.

– ¿Existe alguna posibilidad de que se dejara algo?

– No, hoy no. -Negó con la cabeza-. Las condiciones son perfectas. La temperatura es correcta y el tiempo agradable y húmedo por causa de la lluvia. Corre una brisa excelente, y Margot está en perfecta forma.

La perra le frotó la rodilla con el hocico, y el hombre la premió con unas caricias.

– Margot no suele perderse nada. Ha sido entrenada exclusivamente para seguir el olor de los cadáveres, por lo que no se desviará por otra cosa.

Como los rastreadores, a los sabuesos de los muertos se les enseña a seguir olores específicos. Recuerdo una reunión académica en la que un expositor regaló botellitas de muestra de olor a cadáver. Agua de putrefacción. Un entrenador conocido solía utilizar dientes extraídos, facilitados por su dentista y conservados en frascos de plástico.

– Margot es la mejor con quien he trabajado. Si hay algo más por ahí, lo encontrará.

La miré convencida de que era cierto.

– De acuerdo. Llevémosla hacia el primer lugar.

DeSalvo sujetó un extremo de la correa libre al correaje de Margot y nos condujo hacia la entrada, donde aguardaban los cuatro detectives. Pasamos por la ya familiar ruta, Margot al frente, tirando de su correa. Husmeaba el camino explorando todos los recovecos al igual que había hecho yo con la luz de mi linterna. De vez en cuando se detenía, aspiraba rápidamente y luego expelía el aire de golpe formando remolinos alrededor con su hocico. Ya satisfecha seguía su avance.

Nos detuvimos donde el sendero se bifurcaba en el bosque.

– El lado que no hemos examinado es aquél.

DeSalvo señaló en general hacia la dirección donde habíamos encontrado nuestro primer hallazgo.

– Le haré dar una vuelta y luego la traeré a favor del viento. De ese modo percibe mejor los olores. Si parece haber encontrado algo, la dejaré seguir su instinto.

– ¿La molestaremos si nos encontramos en la zona? -pregunté.

– No, su olor no la distraerá.

Perra y entrenador siguieron por el camino durante unos diez metros y luego desaparecieron entre los árboles. Los detectives y yo tomamos asimismo aquel sendero, que ahora era más evidente por las huellas de pies. En realidad, la zona de enterramiento en sí ya no podía calificarse como un pequeño claro. La vegetación estaba aplastada y algunas ramas de los árboles habían sido podadas.

En el centro, el agujero abandonado mostraba su boca negra y vacía, como una tumba saqueada. Era mucho mayor que cuando lo habíamos dejado, y el terreno del contorno estaba desnudo y pelado. Un montón de escombros se levantaba a un lado, un cono truncado de partículas anormalmente uniformes: restos de tierra cribada.

En breves minutos oímos ladridos.

– ¿Está el perro detrás de nosotros? -dijo Claudel.

– La perra -lo rectifiqué.

Abrió la boca, pero apretó con fuerza los labios. Advertí que latía una venita en su sien. Ryan me dirigió una admonitoria mirada. De acuerdo, tal vez lo estuviera aguijoneando.

Sin decir palabra retrocedimos por el sendero. Margot y DeSalvo se hallaban a la izquierda, husmeando entre las hojas. Al cabo de un instante aparecieron a la vista. Margot estaba tan tensa como las cuerdas de un violín, le abultaban los músculos de los hombros y tensaba el pecho contra el correaje de cuero. Mantenía alta la cabeza y la hacía oscilar a uno y otro lado, olfateando el aire en todas direcciones, de modo que las ventanas de la nariz vibraban febrilmente.

De pronto se detuvo y se quedó rígida, con las orejas erguidas y las puntas temblorosas, y comenzó a proferir un sonido desde su más profundo interior, tenue al principio y luego más intenso, semigruñido, semigemido, como el lamento fúnebre de algún ritual primitivo. A medida que el aullido crecía en intensidad, sentí que se me erizaban los cabellos y que un escalofrío recorría mi cuerpo.

DeSalvo se inclinó y soltó la correa. Por unos momentos Margot se mantuvo inmóvil, como si mediante su posición confirmase y recalibrase su objetivo. Por fin salió disparada.

– ¿Qué diablos…? -exclamó Claudel.

– ¿Qué sucede? -dijo Ryan.

– ¡Maldición! -profirió Charbonneau.

Habíamos esperado que husmeara en el lugar del enterramiento que se encontraba detrás de nosotros, pero en lugar de ello cruzó directamente el sendero y se metió entre los árboles que estaban más abajo. La observamos en silencio.

Un par de metros más allá se detuvo, agachó el hocico y aspiró varias veces. Exhaló bruscamente el aire, se desplazó a la izquierda y repitió la maniobra. Estaba rígida, con todos los músculos en tensión. Mientras la observaba se formaban diversas imágenes en mi mente: la huida entre la oscuridad, una brusca caída, un agujero en el suelo.

Margot captó de nuevo mi interés. Se había detenido en la base de un pino y centraba toda su atención en el suelo que tenía delante. Bajó el hocico y aspiró. A continuación, como a impulsos de un instinto salvaje, se le erizó la piel del lomo y sus músculos vibraron. Levantó el hocico en el aire, aspiró por última vez y corrió salvajemente. Se abalanzaba y retrocedía con la cola entre las patas ladrando e intentando morder el suelo frente a ella.

– ¡Margot! Ici! -ordenó DeSalvo.

Se abalanzó entre las ramas y la asió por el correaje apartándola del origen de su agitación.

No tuve que mirar: sabía qué había encontrado y qué no. Recordaba haber estado observando la tierra seca y el agujero vacío: ¿excavado con la intención de enterrar o el intento de descubrir? Ahora lo sabía.

Margot ladraba y gemía ante el hueco donde yo había caído la noche anterior y que seguía vacío, aunque el olfato del animal me confirmaba cuál había sido su contenido.

Capítulo 18

La playa, grandes olas, gaviotas que rozaban las aguas con larguiruchas alas. Pelícanos que se deslizaban como aviones de papel y luego plegaban sus alas para caer en picado en el mar. Mentalmente me encontraba en Carolina. Percibía el olor de las salobres marismas internas, la espuma salada del océano, la arena húmeda, los peces varados en la playa y las algas que se secaban en la arena. Hatteras, Ocracoke y Bald Head al norte; Pawley's, Sullivan's y Kiawah al sur. Deseaba estar en casa, no me importaba en qué isla. Anhelaba ver palmitos y barcas pesqueras de camarones, no mujeres asesinadas y descuartizadas.

Abrí los ojos y distinguí unas palomas en la estatua de Norman Bethune. El cielo era grisáceo, con restos amarillos y rosados de la puesta de sol, como vanguardia de la próxima oscuridad. Las luces de las farolas y los letreros de los comercios anunciaban la llegada del anochecer con sus parpadeos de neón. Los vehículos circulaban por tres carriles, un rebaño motorizado de cuatro ruedas que marchaba de mala gana hacia el pequeño triángulo de verdor de Guy y de Maisonneuve.

En el mismo banco que yo ocupaba se encontraba un hombre con jersey canadiense. Los cabellos que le caían en los hombros eran de un rubio descolorido, y los coches que pasaban y lo iluminaban por detrás formaban un halo en su cabeza como cristal hilado. Tenía los ojos del color de los pantalones vaqueros que se han lavado infinitas veces y estaban enrojecidos y con legañas amarillentas goteando en las comisuras, que se retiró con sus pálidos dedos. En el pecho lucía una cruz de metal del tamaño de mi mano colgada de una cadena.

Había regresado a casa a última hora de la tarde, conectado el teléfono al contestador y dormido. En mis sueños, fantasmas de gente conocida se habían alternado con figuras irreconocibles en un desfile incoherente. Ryan perseguía a Gabby en un edificio de ventanas tapiadas; Pete y Claudel cavaban un hoyo en mi patio; Katy yacía sobre una bolsa de plástico de color marrón en el suelo de la casa de la playa, quemándose la piel y negándose a aplicarse loción; una figura amenazadora me acechaba en St. Laurent.

Desperté varias veces y por fin me levanté a las ocho de la tarde con jaqueca y hambrienta. En la pared, junto al teléfono, se reflejó repetidamente una luz roja y luego difusa. Había tres mensajes. Avancé a trompicones hacia el aparato y lo puse en marcha.

Pete consideraba una oferta en un bufete de abogados de San Diego. ¡Magnífico! Katy pensaba en dejar la escuela. ¡Estupendo! El siguiente había colgado. Por lo menos aquélla no era una mala noticia. Aún seguía sin saber nada de Gabby. ¡Soberbio!

Veinte minutos de charla con Katy no aliviaron mi espíritu. Se mostraba cortés, pero evasiva. Por fin, tras un largo silencio, dijo:

– Hablaré contigo más tarde.

Y colgó el aparato. Yo había cerrado los ojos y permanecía muy quieta. Mentalmente veía a Katy a los trece años, su cabecita pegada a la de Appaloosa, sus rubios cabellos mezclados con las negras crines del animal. Pete y yo habíamos acudido a visitarla al campamento. Al vernos se le iluminó el rostro y dejó al caballo para echarme los brazos al cuello. Entonces estábamos muy unidas. ¿Por qué habría desaparecido aquella intimidad? ¿Por qué era desdichada? ¿Por qué deseaba dejar la escuela? ¿Era por la separación? ¿Seríamos Pete y yo los culpables?

Abrumada por mi incapacidad maternal marqué el número del apartamento de Gabby sin obtener respuesta. Recordé una ocasión en que mi amiga había desaparecido durante diez días. Yo me volví loca de preocupación por ella, y resultó que se había retirado para descubrir su ser interior. Tal vez no podía ponerme en contacto con ella porque de nuevo trataba de conocerse interiormente.

Me tomé dos comprimidos que me aliviaron la cabeza y un plato combinado en el Singapore que sació mi apetito. Pero nada calmaba mi descontento. Ni los palomos ni los desconocidos del banco del parque me distraían de los temas constantes. Los interrogantes estallaban y rebotaban como autos de choque en mi cabeza. ¿Quién sería el asesino? ¿Cómo escogía a sus víctimas? ¿Las conocía? ¿Se ganaba su confianza para introducirse en sus hogares? Adkins había sido asesinada en su casa. ¿Y en cuanto a Trottier y Gagnon? ¿Dónde? ¿En un lugar preestablecido? ¿Un lugar escogido para su asesinato y descuartizamiento? ¿Cómo se presentaba el asesino? ¿Sería Saint Jacques? Miraba a los palomos sin verlos. Imaginaba a las víctimas y su temor. Chantale Trottier sólo tenía dieciséis años. ¿La habría forzado a punta de navaja? ¿Cuándo había sabido ella que iba a morir? ¿Le habría rogado que no la lastimase? ¿Habría suplicado por su vida? Otra imagen de Katy, los padres de otras Katys. Compasión hasta el extremo del sufrimiento.

Me centré en el momento presente. Por la mañana había trabajado en el laboratorio con los huesos descubiertos. Había tratado con Claudel, me había curado las costras del rostro. De modo que Katy aspiraba a seguir carrera como fan de un grupo de la NBA, y nada de cuanto le dijera lograba disuadirla. Y Pete acaso partiera a la costa. Yo estaba cachonda como Madonna y no tenía ningún alivio a la vista. ¿Y dónde diablos estaría Gabby?

– ¡Ya está! -dije sobresaltando a los palomos y al hombre que se sentaba junto a mí. Sabía lo que podía hacer.

Volví a casa, entré directamente en el garaje y fui en coche a la plaza St. Louis. Aparqué en Henri Julien y giré por la esquina hacia el apartamento de Gabby. En ocasiones aquel edificio me había recordado la casita de ensueño de Barbie; aquella noche me parecía digna de Lewis Carroll. Esbocé una sonrisa. Una sola bombilla iluminaba el porche de color lavanda proyectando la sombra de las petunias contra las tablas. Las mirillas de las ventanas fijaban en mí sus negros ojos y decían: «Alicia no está en casa.»

Llamé al timbre del número tres.

Nada. Volví a llamar. Silencio. Intenté el número uno, luego el dos y el cuatro. No obtuve respuesta. El país de las Maravillas estaba cerrado aquella noche.

Rodeé el parque y traté de localizar el coche de mi amiga. No estaba allí. Sin un plan definido, tomé dirección sur y luego este hacia el Main.

Tras veinte frustrantes minutos en busca de un lugar de aparcamiento dejé el coche en una de las callejuelas sin pavimentar que concluyen en St. Laurent. Aquélla era notable por las latas de cerveza aplastadas y el hedor a orines rancios. Abundaban los montones de basura y se distinguía el sonido de una máquina de discos a través de los ladrillos de la izquierda. Era un escenario que habría merecido un anuncio de alarmas de automóviles. Puesto que carecía de ella, confié el Mazda al dios de los aparcamientos y me uní a la riada de gente de la calle.

Como en un bosque tropical, en el Main residen heterogéneas especies, poblaciones que viven unas junto a otras pero que ocupan diferentes sectores. Un grupo ejerce su actividad de día; el otro, exclusivamente de noche.

En las horas que transcurren desde el amanecer al crepúsculo el Main es el reino de repartidores, tenderos, escolares y amas de casa, con los sonidos característicos del comercio y los juegos. Los olores son limpios y proceden de alimentos: pescado fresco de Waldman's, carne ahumada de Schwartz's, manzanas y fresas de Warshaw's, bollos y panes de La Boulangerie Polonaise.

A medida que las sombras se extienden y las farolas y las luces de los bares se encienden, se cierran los comercios y abren las tabernas y locales porno, y la multitud diurna cede las aceras a diferentes criaturas. Algunas son inofensivas: turistas y jovencitos que acuden en busca de alcohol y emociones a precio económico. Otros son más nocivos: chulos, camellos, prostitutas y drogadictos. Los usuarios y los utilizados, depredadores y presas en una cadena alimentaria de miseria humana.

A las once y cuarto el turno de la noche dominaba por completo. Las calles estaban atestadas, y los bares y bistrós de alquiler bajo, abarrotados de público. Fui hacia Ste. Catherine y me detuve en la esquina, con La Belle Province a mis espaldas. Parecía un buen lugar donde comenzar. Al entrar, pasé junto a la cabina telefónica desde donde Gabby me había llamado presa del pánico.

El restaurante olía a desinfectante, grasa y cebollas refritas. Era demasiado tarde para cenar y demasiado temprano para la sesión de bebida posterior, de modo que sólo estaban ocupadas cuatro mesas.

Una pareja con idénticas chaquetas indias se miraban sombríos sobre sus cuencos de chili semiconsumidos. Sus erizados cabellos eran de idéntica negrura, como si se hubieran repartido el coste del tinte, y llevaban suficiente cuero tachonado para abrir una combinación de casetas de perros y equipos de motocicletas.

Una mujer con los brazos como lápices y cabellos ahuecados de color platino fumaba y tomaba café en una mesa del fondo. Llevaba un top ceñido rojo y lo que mi madre hubiera calificado de pantalones pitillo. Probablemente lucía aquel mismo aspecto desde que había salido de la escuela y se había unido al ejército callejero.

Mientras la observaba, apuró su café, dio una profunda calada a su cigarrillo y aplastó la colilla en el platillo de metal que hacía las veces de cenicero. Paseó con indiferencia sus pintados ojos por la sala sin la esperanza de encontrar un objetivo, pero preparada para entrar en danza. Tenía la triste expresión de quien lleva mucho tiempo en la calle. Como ya no estaba en condiciones de competir con las jóvenes, probablemente se habría especializado en sesiones rápidas en las callejuelas y en los asientos posteriores de los coches. El éxtasis a últimas horas de la noche a precios de ganga. Se subió el top en su huesudo pecho, recogió la cuenta y fue hacia la caja. Rosie la Remachadora pateaba de nuevo las calles.

Tres muchachos ocupaban una mesa cerca de la puerta. Uno estaba derrengado sobre la mesa, con la cabeza apoyada en un brazo y el otro inerte en el regazo. Los tres llevaban camisetas, pantalones téjanos cortados por las rodillas y gorras de béisbol, dos de ellos con la visera hacia atrás. En cuanto al tercero, desdeñando a la moda, llevaba la visera sobre la frente. Los jóvenes despiertos comían hamburguesas y al parecer se desentendían de su compañero. Tendrían unos dieciséis años.

La clienta restante era una monja. No se veía a Gabby.

Salí del restaurante y miré arriba y abajo de Ste. Catherine. Los grupos de motoristas habían llegado, y las Harley y Yamaha se alineaban a ambos lados de la calle en dirección este. Sus propietarios montaban a horcajadas en ellas o bebían y charlaban en pandillas, vestidos de cuero y con botas pese al calor de la noche.

Las mujeres que los acompañaban estaban sentadas tras ellos o conversaban entre sí. Me recordaban mis años de universidad. Pero aquellas mujeres escogían un mundo de violencia y dominación machista. Como los cinocéfalos, las mujeres del grupo eran conducidas en manadas y controladas. Peor aún, dominadas y sexualmente explotadas, tatuadas, quemadas, golpeadas y asesinadas. Y, sin embargo, seguían con ellos. Si aquello era mejorar, no imaginaba qué dejaban detrás.

Escudriñé hacia la parte occidental de St. Laurent e inmediatamente descubrí lo que buscaba. Dos prostitutas merodeaban ante el Granada fumando y charlando. Reconocí a Poirette, pero no me sentí muy segura en cuanto a su compañera.

Contuve el impulso de renunciar y volver a casa. ¿Y si me había equivocado en mi atavío? Me había puesto una sudadera, téjanos y sandalias en la confianza de resultar inofensiva, pero no sabía sí lo había conseguido. Nunca había realizado semejante trabajo de campo.

«Déjate de tonterías, Brennan; te andas con rodeos. Lárgate de aquí. Lo peor que puede sucederte es que te vuelvan a sacudir. No sería la primera vez.»

Avancé una manzana y me detuve frente a las dos mujeres.

– Bonjour -saludé.

Mi voz sonaba temblorosa, como una cinta de cásete tensa y rebobinada. Me irrité conmigo misma y tosí para disimular.

Las mujeres interrumpieron su conversación y me inspeccionaron sin pronunciar palabra y con aire totalmente inexpresivo, como si estuvieran ante un insecto insólito o un objeto extraño que se mete por la nariz.

Poirette se balanceó apoyándose en su otra cadera. Llevaba las mismas botas negras que la primera vez que la vi. Se pasaba un brazo por la cintura, en el que apoyaba su codo y me miraba con los ojos entornados. Dio una profunda calada al cigarrillo, inhaló con intensidad el humo en sus pulmones y por último adelantó el labio inferior y proyectó el humo hacia arriba en una espiral que se diluyó como neblina entre el intermitente resplandor del letrero de neón del hotel. Sobre su cutis color de cacao se proyectaban las luminosas franjas rojiazules. Sin decir palabra desvió de mí su mirada y la centró en la gente que desfilaba por la acera.

– ¿Qué deseas, chérie?

La voz de la mujer era ronca y profunda, como si formara las palabras con partículas de sonidos entre las que flotaban lagunas. Se había dirigido a mí en inglés con una cadencia que recordaba ciénagas con jacintos y cipreses, bandas de dialecto criollo y música zydecko de Luisiana, cigarras que cantaban en las apacibles noches de verano. Era mayor que Poirette.

– Soy amiga de Gabrielle Macaulay y trato de encontrarla.

Hizo un movimiento ambiguo con la cabeza. No supe a ciencia cierta si ello significaba que no conocía a Gabby o que no deseaba responder.

– Es antropóloga y trabaja por aquí.

– Todas trabajamos por aquí, querida.

Poirette dio un resoplido y movió los pies. Observé que llevaba pantalones cortos y un corpino negro brillante. Estaba segura de que conocía a mi amiga: era una de las mujeres que habíamos visto aquella noche y que Gabby me había señalado. Vista de cerca aún parecía más joven. Me centré en su compañera.

– Gabby es una mujer grande -proseguí-, de mi edad. Tiene… -me esforcé por encontrar el calificativo-… rizos rojos.

Absoluta indiferencia.

– Y una anilla en la nariz.

Era como hablar con una pared.

– Hace tiempo que no logro localizarla. Creo que su teléfono está estropeado y estoy preocupada por ella. Seguro que vosotras debéis conocerla.

Acentué las vocales e intensifiqué mi pronunciación para apelar a la lealtad regional: hijas del sur unidas.

La oriunda de Luisiana se encogió de hombros en una versión sureña de la universal respuesta francesa. Más hombros, menos palmas.

A paseo con el intento de acercamiento natal. No llegaría a ninguna parte. Comenzaba a comprender lo que quería decir Gabby. En el Main no se formulan preguntas.

– Si la veis ¿querréis decirle que la busca Tempe?

– ¿Es sureño ese nombre, chérie?

La mujer introdujo una de sus largas uñas pintadas de rojo entre sus cabellos y se rascó la cabeza. El peinado, tan lacado que hubiera resistido a un huracán, se movió en masa creando la ilusión de que su cabeza cambiaba de forma.

– No exactamente. ¿Sabéis algún lugar donde pueda buscarla?

Otro encogimiento de hombros. La mujer retiró el dedo y examinó su uña.

Saqué una tarjeta del bolsillo del pantalón.

– Si se os ocurre algo, podéis encontrarme aquí.

Cuando me alejaba observé que Poirette cogía la tarjeta.

Mis aproximaciones a otras muchachas de Ste. Catherine dieron el mismo resultado. Reaccionaban entre indiferentes y airadas, animadas de modo uniforme por las sospechas y la desconfianza. No obtuve información alguna. Si Gabby había aparecido alguna vez por allí, nadie iba a admitirlo.

Fui de bar en bar, desplazándome entre los sórdidos ámbitos de la gente nocturna. Cada uno era como el anterior, ideados por un mismo y retorcido decorador, de techos bajos y paredes de ladrillos, con murales pintados con esprays o cubiertos con bambúes falsos y maderas baratas. Eran oscuros y húmedos y olían a cerveza rancia, humo y sudor. En los mejores, los suelos estaban secos y los aseos limpios.

Algunos bares tenían plataformas levantadas sobre las que se retorcían las chicas que practicaban el striptease, cuyos dientes y tangas resplandecían entre las luces negras y sus rostros mostraban expresiones fijas y aburridas. Los hombres llevaban camisetas, lucían grandes ojeras de crápula, bebían cerveza en botellas y contemplaban a las bailarinas. Mujeres que se las daban de elegantes bebían vino barato o tomaban bebidas sin alcohol que disimulaban en vasos de whisky y se esforzaban por sonreír a los hombres que pasaban ante ellas, con la esperanza de atraerlos. Aunque trataran de mostrarse seductoras, la mayoría se veían cansadas.

Las que más tristeza inspiraban eran quienes se encontraban en los límites del ejercicio de su vida carnal, las que acababan de cruzar las líneas del comienzo o del fin. Había las dolorosamente jóvenes, algunas que aún conservaban los colores de la pubertad; otras habían acudido en busca de diversión y un ligue rápido, y las había que escapaban de algún infierno doméstico privado. Sus historias tenían un tema central: esforzarse a toda prisa por hacerse un rinconcito y llevar luego una vida respetable. Aventureras y fugitivas llegaban en autobús desde Ste. Thérése, Val d'Or, Valleyfield y Pointe du Lac. Venían con cabellos relucientes y rostros radiantes, confiando en su inmortalidad, seguras de su capacidad para dominar el futuro. El cannabis y la coca sólo eran una diversión. No los reconocían como los primeros peldaños de una escalera que conducía a la desesperación hasta que estaban demasiado metidas en ello para liberarse y sin otra opción que la caída.

Y luego estaban las que conseguían envejecer. Sólo las verdaderamente astutas y excepcionalmente fuertes lograban prosperar y escapar. Las enfermas y flojas morían. Las de cuerpos fuertes aunque voluntades débiles, resistían. Veían el futuro y lo aceptaban. Encontrarían la muerte en las calles porque no conocían otra cosa o porque amaban o temían a algún hombre lo bastante para venderse y comprarle su droga. O porque necesitaban alimentarse y un lugar donde dormir.

Recurrí a aquellas que entraban o salían de la hermandad. Evité a la generación decana, las endurecidas y las linces callejeras, aún capaces de dominar sus territorios tal como a su vez eran dominadas por sus chulos. Quizá la joven, ingenua y desafiante o la vieja, agotada y hastiada, serían más abiertas. Me equivocaba. Bar tras bar se alejaban de mí y mis preguntas se desvanecían en el aire enrarecido. Se imponía el código del silencio: no se permitía el acceso a desconocidos.

A las tres y cuarto ya estaba harta. Mis cabellos y mis ropas olían a tabaco y a porros y mis zapatos a cerveza. Había tomado bastante Sprite para inundar el Kalahari y tenía los ojos irritados, como llenos de arena. Dejé a la última fulana en el último bar y renuncié.

Capítulo 19

El aire tenía la textura del rocío. Se había levantado neblina desde el río y las gotitas brillaban a la luz de las farolas. El frío y la humedad me aliviaron la piel. Un nudo de dolor entre el cuello y los omóplatos me hizo sospechar que llevaba muchas horas en tensión, contraída y dispuesta a salir disparada. Tal vez lo hubiera hecho. De ser así, la tensión sólo procedía en parte de mi búsqueda de Gabby. Abordar a las prostitutas se había convertido en una rutina así como su rechazo. Eludir a los buscones y a los que se desplazaban lentamente en sus coches se había constituido en respuesta refleja.

Lo que me agotaba era la batalla que se libraba en mi interior. Había pasado cuatro horas luchando contra un antiguo amante, un amante del que nunca había estado totalmente liberada. Durante toda la noche me había enfrentado a la tentación del resplandor dorado del whisky con hielo y de la ambarina cerveza tomada en las mismas botellas. Había olido a mi alcohólico enamorado y distinguido su luz en los ojos de aquellos que me rodeaban y había vuelto a amarlo. ¡Diablos, aún lo adoraba! Pero el hechizo sería destructor. Cualquier coqueteo trivial por mi parte, y me vería dominada y consumida. De modo que me alejé de allí con pasos lentos. Tenía que mantenerme lejos. Tras haber sido amantes no podíamos ser amigos. Aquella noche casi nos habíamos echado uno en brazos de otro.

Respiré a fondo. El aire era un combinado de lubricante de motores, cemento húmedo y levadura fermentada de la fábrica de cervezas Molson. Ste. Catherine estaba casi desierta. Un anciano con gorra de punto y parka se apoyaba contra la fachada de un almacén con un can escuálido a su lado. Otro perro rebuscaba entre las basuras del otro lado de la calle. Tal vez aquél fuese el tercer turno del Main. Desanimada y agotada me dirigí a St. Laurent. Lo había intentado: si Gabby se hallaba en dificultades aquella gente no me ayudaría a dar con su paradero, era un club tan cerrado como la Liga Juvenil.

Pasé junto al My Kinh. Un letrero en el escaparate anunciaba COCINA VIETNAMITA durante toda la noche. Miré por los mugrientos cristales con escaso interés y de pronto me detuve. Sentada en un reservado al fondo del local se encontraba la compañera de Poirette, cuyos cabellos aún formaban una pagoda de color albaricoque. La estuve observando unos momentos.

La mujer impregnó un rollito de huevo en salsa roja de cerezas, se lo llevó a la boca y lamió la punta. Al cabo de unos momentos examinó el rollito y arrancó el envoltorio con los dientes. Volvió a mojarlo y repetió la maniobra sin apresurarse. Me pregunté cuánto tiempo estaría dando vueltas al rollito.

No. Sí. Es demasiado tarde. ¡Diablos! ¡Un último intento! Empujé la puerta y entré.

– ¡Hola!

Se estremeció ante el sonido de mi voz. Al principio pareció sorprendida y luego, al reconocerme, aliviada.

– ¡Hola, chérie! ¿Aún anda por aquí? -dijo al tiempo que volvía a concentrarse en su comida.

– ¿Puedo sentarme con usted?

– Como guste. No se interfiere en mi terreno, querida, y no tengo ningún motivo de queja contra usted.

Me metí en el reservado. La mujer era más mayor de lo que había imaginado. Rondaba la cuarentena. Aunque la piel de su garganta y frente estaban tensas y no aparecían bolsas bajo sus ojos, a la violenta luz fluorescente distinguí las arruguitas que irradiaban de sus labios: la línea de la mandíbula también comenzaba a aflojarse.

El camarero me trajo un menú y encargué sopa tonquinesa. No tenía apetito pero deseaba un pretexto para quedarme.

– ¿Ha encontrado a su amiga, chérie?

Al coger la taza de café tintinearon sus pulseras de plástico. Distinguí unas cicatrices grises que le cruzaban la parte interior del codo.

– No.

Aguardamos a que un muchacho asiático de unos quince años sirviera agua y colocara un mantel de papel.

– Me llamo Tempe Brennan.

– Lo recuerdo. Acaso Jewel Tambeaux sea una gata vieja, pero no es ninguna mema -afirmó. Y lamió de nuevo el rollito.

– Yo, señorita Tambeuax…

– Llámame Jewel, pequeña.

– He pasado cuatro horas tratando de averiguar si una amiga está bien, sin que nadie haya admitido siquiera haber oído hablar de ella. Gabby hace años que viene por aquí y estoy segura de que todas saben de quién hablo.

– Tal vez sí, querida, pero no tienen idea de por qué andas preguntando.

Dejó el rollito y tomó café con un sonoro sorbido.

– Te di mi tarjeta. No he ocultado quién soy.

Me miró con dureza unos momentos. Despedía un olor a colonia barata, humo y cabellos sucios que impregnaba el pequeño recinto. El borde de su blusa estaba manchado de maquillaje.

– ¿Quién eres tú, «señorita con una tarjeta que dice Tempe Brennan»? ¿Estás excitada? ¿Sufres algún problema especial? ¿Guardas rencor hacia alguien?

Se expresaba con extraño acento. Mientras hablaba levantó una de sus largas y rojas uñas de la taza y me señaló subrayando cada posibilidad.

– ¿Parezco una amenaza para Gabby?

– Lo único que la gente sabe es que te has presentado con tu camiseta juvenil y tus sandalias de yupi y que andas haciendo muchas preguntas, esforzándote porque alguien se vaya de la lengua. No eres una gatita con las garras afiladas ni pareces tratar de causar problemas: la gente no sabe dónde colocarte.

El camarero trajo mi sopa y permanecimos en silencio mientras yo escurría fragmentos de lima y añadía pasta de pimiento rojo con una cucharilla china. Mientras comía observé a Jewel, que mordisqueaba su rollito. Decidí mostrarme humilde.

– Me parece que lo he llevado muy mal.

Fijó en mí sus ojos castaños. Se le había desprendido una pestaña postiza que se curvaba hacia arriba en su párpado como un miriápodo que tanteara el aire. Bajó los ojos, dejó los restos de su golosina y aproximó la taza de café frente a ella.

– Tienes razón -proseguí-. No debería haber arremetido contra la gente acribillándola a preguntas. Pero estoy muy preocupada por Gabby. He llamado a su apartamento, he pasado por allí, le he telefoneado a la escuela, y nadie parece saber dónde se encuentra. Es impropio de ella.

Probé una cucharada de sopa: sabía mejor de lo que había imaginado.

– ¿A qué se dedica tu amiga?

– Es antropóloga. Estudia a la gente, le interesa la vida que se lleva por aquí.

– El Segundo Advenimiento en el Main.

Rió su propia gracia y aguardó atentamente mi respuesta a la alusión hecha de Margaret Mead. Yo no hice comentario alguno, pero comencé a pensar que Jewel Tambeaux no era ninguna necia. Tenía la sensación de verme sometida a prueba.

– Tal vez no desee ser encontrada en estos momentos -añadió.

«Pueden abrir sus textos de examen.»

– Tal vez.

– Así pues, ¿cuál es el problema?

«Pueden coger sus lápices.»

– Parecía muy trastornada la última vez que la vi. Casi asustada.

– ¿Trastornada por qué, querida?

«Preparados.»

– Por un tipo que la seguía. Decía que era muy raro.

– Hay muchos tipos raros por aquí, chérie.

«De acuerdo, puede comenzar la clase.»

Le conté toda la historia. Mientras escuchaba removía los posos de su taza y observaba atentamente el oscuro líquido. Cuando hube concluido siguió mirando la taza como si grabara mi respuesta. Luego hizo señas para que le sirvieran otro. Aguardé a descubrir qué calificación había merecido.

– Ignoro su nombre, pero es muy probable que sepa de quién hablas. Un tipo flaco que recuerda a un gusano. De acuerdo que es extraño y debe de atormentarlo algo importante, pero no me parece peligroso. Dudo que tenga entendimiento para leer una etiqueta de ketchup.

Había superado la prueba.

– La mayoría lo evitamos.

– ¿Por qué?

– Sólo transmito lo que se dice por la calle, porque yo no trabajo con él. El tipo me pone la piel de gallina, como si me tocara una serpiente. -Hizo una mueca y se estremeció-. Dicen que tiene aficiones peculiares.

– ¿Peculiares?

Dejó la taza en la mesa y me miró pensativa.

– Paga por hacerlo pero no quiere follar.

Recogí pasta de la sopa y aguardé.

– Va con él una chica llamada Julie: todas las demás se niegan. Es más lista que una ardilla, pero ésa es otra historia. Me contó que cada vez repiten el mismo espectáculo: suben a la habitación, nuestro héroe lleva una bolsa de papel que contiene un camisón. Nada morboso, de esos de encaje. La mira mientras se lo pone y luego él le dice que se tienda en la cama. Hasta aquí no hay gran cosa, pero entonces acaricia el camisón con una mano y su polla con la otra, que se le levanta en seguida como una torre de perforación y se le dispara entre gruñidos y gemidos como si estuviera en otro mundo. Luego le hace quitarse el camisón, le da las gracias, le paga y se larga. Julie piensa que se gana fácilmente el dinero.

– ¿Por qué crees que es el tipo que molesta a mi amiga?

– En una ocasión en que guardaba el camisón de la abuelita en la bolsa Julie distinguió en ella la empuñadura de un cuchillo. Entonces le dijo: «Si quieres más guerra despréndete de esa arma, vaquero.» Él le respondió que era su símbolo de honradez o algo por el estilo, se siguió extendiendo en cuanto al cuchillo, su alma, el equilibrio ecológico e historias similares y la dejó muerta de miedo.

– ¿Y?

Nuevo encogimiento de hombros.

– ¿Ha vuelto a aparecer por aquí?

– Hace tiempo que no lo vemos, pero eso no significa gran cosa. Nunca se ha presentado con regularidad. Llega y se va.

– ¿Has hablado alguna vez con él?

– Todas hemos hablado con él, cariño. Cuando se presenta es un pelmazo, irritante y molesto imposible de quitarse de encima. Por eso te digo que es como un gusano.

– ¿Lo has visto alguna vez con Gabby? -le pregunté mientras me llenaba la boca de pasta.

– Buen intento, muchacha -repuso ella riendo y retrepándose en su asiento.

– ¿Dónde podría encontrarlo?

– ¿Qué diablos sé? Espera un tiempo y aparecerá por aquí.

– ¿Y qué hay de Julie?

– Ésta es una zona de libre comercio, chérie; la gente viene y se va. Yo no le sigo la pista a nadie.

– ¿La has visto últimamente?

Meditó unos momentos.

– No puedo asegurarlo.

Examiné la pasta que quedaba en el fondo del cuenco y luego observé a Jewel. Había abierto un poco la rendija, me había permitido echar una miradita. ¿Me atrevería a insistir? Aproveché la oportunidad.

– Es posible que ande por ahí un asesino en serie, Jewel. Un tipo que mata a las mujeres y las despedaza.

Su expresión siguió inalterable. Se limitó a mirarme como una gárgola pétrea. O no me había comprendido o su mente estaba embotada para pensar en violencia y dolor, incluso en muerte. O tal vez se había puesto una máscara, una fachada para ocultar un temor demasiado auténtico para expresarlo verbalmente. Sospeché que se trataba de esto último.

– ¿Se halla en peligro mi amiga, Jewel?

Cruzamos nuestras miradas.

– ¡Es una hembra, chérie!

Regresé a casa en coche, dejando vagar mis pensamientos y sin apenas prestar atención al trayecto. De Maisonneuve estaba desierto, los semáforos funcionaban ante una vivienda vacía. De pronto aparecieron unos faros por mi espejo retrovisor que se clavaron en mí.

Crucé Peel y me situé a la derecha para dar paso al vehículo. Las luces se movieron conmigo. Regresé al carril interior. El conductor me siguió y puso las luces largas.

– ¡Asno! -exclamé.

Aceleré. El coche siguió pegado a mi parachoques.

Sentí un ramalazo de temor. Tal vez no se tratara sólo de un borracho. Miré de reojo el retrovisor y traté de distinguir al conductor, pero sólo vislumbré una silueta. Parecía grande. ¿Sería un hombre? No podía asegurarlo. Las luces eran cegadoras; el coche, inidentificable.

Las manos me resbalaban en el volante, crucé Guy, giré a la izquierda una y otra vez alrededor de la manzana prescindiendo de las luces rojas, me metí a toda marcha en mi calle y a continuación en el garaje subterráneo del edificio.

Aguardé a que la puerta eléctrica se cerrara y funcionase el seguro con la llave preparada y los oídos alerta al sonido de pisadas. Nadie me seguía. Mientras cruzaba el vestíbulo de la planta baja miré a través de las cortinas. Un coche vagaba por la esquina, en el otro extremo de la calle, con las luces encendidas, y el conductor se recortaba como una negra sombra entre la oscuridad que precede al amanecer. ¿Se trataría del mismo coche? No podía estar segura de ello. ¿Lo habría despistado?

Veinte minutos después me encontraba tendida observando tras mi ventana la cortina de oscuridad que disipaba su negrura en el triste grisáceo del amanecer. Birdie ronroneaba en el hueco de mi rodilla. Estaba tan agotada que me quité las ropas y me desplomé en el lecho prescindiendo de los preliminares. Algo impropio en mí, pues suelo ser muy estricta con la limpieza de mi dentadura y mi maquillaje. Pero aquella noche no me importaron.

Capítulo 20

El viernes es el día de recogida de basura en mi manzana. Dormí sin que me molestara el sonido del camión recogedor, los empujones de Birdie ni tres llamadas telefónicas.

Me desperté a las diez y cuarto, aturdida y con jaqueca. Era evidente que ya no tenía veinticuatro años. Me vi obligada a reconocer que pasar la noche en blanco dejaba sentir sus efectos.

Mis cabellos, mi piel, incluso la almohada y las sábanas olían a humo viciado. Metí las sábanas y las ropas de la noche en la lavadora y luego me di una larga y espumosa ducha. Extendía mantequilla de cacahuete en un croissant duro cuando sonó el teléfono.

– ¿Temperance? -Era LaManche.

– Sí.

– He tratado de localizarla.

Miré el contestador. Había tres mensajes.

– Lo siento.

– Oui. ¿La veremos hoy? El señor Ryan ya ha llamado.

– Antes de una hora estaré ahí.

– Bon.

Pasé los tres mensajes. Un alumno preocupado; LaManche; alguien que había colgado. No estaba preparada para problemas estudiantiles, por lo que intenté hablar con Gabby. No obtuve respuesta. Marqué el número de Katy y me respondió su contestador.

– Deje un mensaje breve como éste -exclamó una voz animada.

Así lo hice, aunque no tan animada.

A los veinte minutos estaba en el laboratorio. Metí mi bolso en un cajón del escritorio, prescindí de las notas de color rosa diseminadas por la mesa y bajé inmediatamente al depósito.

Los cadáveres llegan primero al depósito y son ingresados y conservados en compartimientos refrigerados hasta que se les asigna un patólogo del LML. La jurisdicción está codificada por el color del suelo. El depósito da directamente a las salas de autopsia, y el suelo rojo de cada acceso del depósito se interrumpe bruscamente en el umbral de la sala de autopsias respectiva. El depósito está dirigido por un juez de instrucción, y el LML controla las operaciones. El suelo rojo corresponde al juez; el gris, al LML. Yo realizo mis exámenes iniciales en una de las cuatro salas de autopsias; a continuación los huesos se envían arriba, al laboratorio de histología, para su consiguiente limpieza.

LaManche efectuaba una incisión en forma de i griega en el pecho de una niña, los pequeños hombros apoyados en una almohada de caucho, las manos extendidas a los costados como si se dispusiera a formar un ángel en la nieve. Miré inquisitiva a LaManche.

– Secouée -se limitó a responderme. Conmocionada.

En el extremo opuesto de la sala, Nathalie Ayers trabajaba en otra autopsia mientras Lisa levantaba el esternón de un joven bajo cuya mata de cabellos pelirrojos le abultaban los ojos purpúreos e hinchados. Distinguí un agujerito negro en la sien derecha: suicidio. Nathalie era una nueva patóloga del LML y aún no se había enfrentado a ningún homicidio.

Daniel depositó el escalpelo que estaba afilando.

– ¿Necesita los huesos de Saint Lambert?

– S'il vous plaît. ¿En el número cuatro?

Asintió y desapareció en el depósito.

La autopsia del esqueleto me absorbió varias horas y confirmé mi impresión inicial de que los restos pertenecían a una mujer blanca de unos treinta años. Pese al escaso tejido blando que quedaba, los huesos se hallaban en buenas condiciones y conservaban algo de grasa. Llevaba muerta de dos a cinco años. Lo único extraño era un arco no soldado que aparecía en su quinta vértebra lumbar. Sin la cabeza sería difícil identificarla positivamente.

Pedí a Daniel que trasladara los huesos al laboratorio de histología y que los lavara, y subí a mi despacho. El montón de notas de color rosado había crecido. Telefoneé a Ryan y le hice un resumen. Por su parte ya estaba elaborando informes de personas desaparecidas con la policía de St. Lambert.

Una de las llamadas procedía de Aarón Calvert, desde Norman, en Ohlahoma, y era del día anterior. Marqué su número, y una voz almibarada me informó que no se hallaba en su despacho. Me manifestó cuánto lo sentía y me garantizó que le transmitiría el mensaje. Era profesionalmente afable. Dejé a un lado los restantes mensajes y acudí a ver a Lucie Dumont.

El despacho de Lucie estaba atestado de terminales, monitores, impresoras y toda clase de parafernalia informática. Los cables se remontaban por las paredes y desaparecían por el techo o estaban enganchados en el suelo en manojos. Montones de impresos se amontonaban en las estanterías y los archivadores, desplegándose como un aluvión a punto de precipitarse.

El escritorio estaba situado frente a la puerta, y el panel de control de armarios y hardware formaban una especie de herradura detrás de ella. Trabajaba desplazándose de uno a otro sitio, empujando la silla con sus zapatillas sobre el gris embaldosado. Lucie aparecía ante mí de espaldas, recortada su silueta contra una pantalla de verde resplandor. Raras veces veía su rostro.

Aquel día ante la mesa en forma de herradura había cinco japoneses con traje, que rodeaban a Lucie con los brazos pegados al cuerpo asintiendo gravemente mientras ella les señalaba algo en una terminal y les explicaba su significado. Maldije mi falta de oportunidad y fui al laboratorio de histología.

El esqueleto de St. Lambert había llegado del depósito. Me dediqué a analizar los cortes al igual que había hecho con Trottier y Gagnon. Describí, medí y tracé la localización de cada marca e hice moldes de los falsos inicios. Al igual que en los otros, los pequeños cortecitos y zanjas sugerían la intervención de sierra y cuchillo. Los detalles microscópicos eran similares, y la disposición de los cortes casi idéntica a los casos anteriores.

A la mujer le habían aserrado las manos por las muñecas y las restantes extremidades habían sido separadas en las articulaciones. El vientre estaba abierto de arriba abajo con tanta fuerza que le habían producido señales en la columna vertebral. Aunque carecía del cráneo y de los huesos superiores del cuello, las marcas que aparecían en la sexta vértebra cervical demostraban que había sido degollada en mitad de la garganta. El tipo era consecuente.

Guardé los huesos, recogí mis notas y regresé a mi despacho desviándome por el pasillo para comprobar si Lucie estaba libre. No la encontré a ella ni a sus japoneses por ninguna parte. Dejé una nota de aviso en su terminal. Tal vez agradeciera un pretexto para evadirse.

Como era de esperar, durante mi ausencia había llamado Calvert. Mientras marcaba su número apareció Lucie en mi puerta, con las manos cruzadas al frente.

– He encontrado su aviso, doctora Brennan -dijo con breve sonrisa.

No hablaba una palabra en inglés.

Era delgada como un alambre y sus cabellos formaban un halo en la cabeza que acentuaba lo alargado del cráneo. La ausencia de vello y la palidez de su cutis destacaban el efecto de sus gafas, de modo que la hacía parecer una especie de maniquí por su exagerada montura.

– Sí, Lucie, gracias por venir -repuse al tiempo que despejaba un asiento.

Ella metió los pies tras una pata de la silla, mientras se acomodaba como un gato que rebosara en un cojín.

– ¿Desbordada de trabajo?

Esbozó una fugaz sonrisa y mantuvo su aire inexpresivo.

– Me refiero a los caballeros japoneses.

– Sí, proceden de un laboratorio de Kobe, químicos en su mayoría. No me importa.

– No estoy segura de si podrá ayudarme, pero quisiera hacerle unas preguntas -comencé.

Paseó sus ojos ocultos tras los cristales de las gafas por la hilera de cráneos que se extendían detrás de mi escritorio.

– Los guardo con fines comparativos -le expliqué.

– ¿Son auténticos?

– Sí, lo son.

Desvió la mirada y distinguí una versión distorsionada de mí misma en sus rosados cristales. Frunció y distendió de nuevo las comisuras de los labios. Sus sonrisas iban y venían como la luz de una bombilla que tuviera un mal contacto. Me recordó mi linterna en el bosque.

Le expliqué lo que deseaba. Cuando hube concluido, ladeó la cabeza y miró al techo como si pudiera encontrar allí la respuesta. Se tomaba tiempo. Entretanto distinguí el zumbido de una impresora desde algún despacho del pasillo.

– No habrá nada con anterioridad a 1985. Estoy segura de ello.

Nuevo asomo de sonrisa. Como un flash.

– Comprendo que es algo insólito, pero vea qué puede hacer.

– Ville de Quebec, aussi?

– No, por ahora sólo los casos de LML.

Asintió y, tras esbozar una nueva sonrisa, se marchó. En aquel momento sonó el teléfono: era Ryan.

– ¿Podría tratarse de alguien más joven?

– ¿Cuánto más joven?

– Diecisiete.

– No.

– ¿Tal vez alguien con alguna especie de…?

– No.

Silencio.

– Tengo otra de sesenta y siete.

– Ryan, esta mujer no pertenece a la primera ni a la tercera edad.

– ¿Y si tuviera alguna clase de afección ósea? Tengo entendido… -prosiguió el hombre imperturbable.

– Se halla entre los veintinco y los treinta y cinco, Ryan.

– De acuerdo.

– Es posible que desapareciera de 1989 a 1992.

– Ya me lo dijo.

– ¡Ah, algo más! Probablemente tuvo hijos.

– ¿Cómo?

– He encontrado indicios en el interior de los huesos pélvicos. Busque una madre.

– Gracias.

Antes de que él me llamara de nuevo volvió a sonar el teléfono.

– Ryan, le he dicho…

– Soy yo, mamá.

– ¡Hola, querida! ¿Cómo estás?

– Bien, mamá. -Pausa-. ¿Estás enfadada por nuestra conversación de anoche?

– ¡Desde luego que no, Katy! Sólo preocupada por ti.

Larga pausa.

– Bien. ¿Qué hay de nuevo? -pregunté-. Apenas hemos hablado de lo que has hecho este verano.

Deseaba decirle muchas cosas, pero preferí dejarle la iniciativa.

– Poca cosa. Charlotte es tan aburrido como siempre. No había nada que hacer.

Bien. Otra dosis de negatividad adolescente. Precisamente lo que menos necesitaba. Traté de controlar mi malestar.

– ¿Cómo va el trabajo?

– Bien. Hay buenas propinas. Anoche gané noventa y cuatro dólares.

– ¡Eso está muy bien!

– Tengo muchas horas.

– ¡Magnífico!

– Quiero dejarlo.

Aguardé.

Ella también aguardó.

– Necesitarás ese dinero para estudiar, Katy.

«No eches a perder tu vida, hija.»

– Ya te lo dije: no quiero volver en seguida. Pienso tomarme un año de descanso.

Ya estábamos en ello. Intuía lo que vendría a continuación y me lancé a la ofensiva.

– Ya hemos hablado de esto, querida. Si no te gusta la universidad de Virginia podrías probar McGill. ¿Por qué no te tomas un par de semanas, vienes y lo hablamos?. Podríamos considerarlo como unas vacaciones. Me cogeré algún tiempo libre. Tal vez podríamos ir a las Maritimes, dar una vuelta por Nova Scotia unos días.

«¡Dios!, ¿qué estaba diciendo? ¿Cómo iba a arreglármelas? No importaba. Ante todo estaba mi hija.»

Ella no respondió.

– No se trata de las notas, ¿verdad?

– No, no. Son muy buenas.

– Entonces podrías transferir los créditos. Podríamos…

– Quiero ir a Europa.

– ¿A Europa?

– Sí. A Italia.

– ¿A Italia? -No tuve que reflexionar mucho-. ¿Es donde jugará Max?

– Sí. -A la defensiva-: ¿Por qué?

– ¿Por qué?

– Le dan mucho más dinero que los Hornets.

No respondí.

– Y una casa.

Nada.

– Y un coche: un Ferrari

Silencio.

– Libre de impuestos.

Su tono era cada vez más desafiante.

– Me parece estupendo para Max, Katy. Practica un deporte que le gusta y por añadidura cobra por ello. ¿Pero y tú?

– Max quiere que lo acompañe.

– Max tiene veinticuatro años y está licenciado. Tú tienes diecinueve y sólo llevas uno de carrera.

Se percibía la irritación de mi voz.

– Tú ya estabas casada a los diecinueve.

– ¿Casada?

El estómago me dio un triple vuelco.

– Bueno, eso hiciste.

Estaba decidida. Contuve mi lengua preocupadísima por ella pero sabiendo que no podía hacer nada.

– Ya te lo he dicho. No vamos a casarnos.

Transcurrieron unos instantes de silencio que parecieron eternos entre Montreal y Charlotte.

– ¿Pensarás mi propuesta de venir aquí, Katy?

– Desde luego.

– Prométeme que no harás nada sin hablar conmigo, ¿de acuerdo?

Nuevo silencio.

– ¿Katy?

– Sí, mamá.

– Te quiero, cariño.

– También yo, mamá.

– Saluda a tu padre de mi parte.

– Así lo haré.

– Mañana te dejaré un mensaje en tu correo electrónico, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

Colgué con mano temblorosa. ¿Qué sucedería? Los huesos eran más fáciles de interpretar que los hijos. Me procuré una taza de café y llamé.

– El doctor Calvert, por favor.

– ¿Puedo preguntar quién llama? -Se lo dije.

– Un momento, por favor. -Y retuvo la llamada.

– ¿Cómo estás, Tempe? Pasas más tiempo en el teléfono que un ejecutivo importante. Eres muy difícil de localizar.

Su voz sonaba muy vibrante entre las diferencias horarias.

– Lo siento, Aarón. Mi hija se propone colgar los estudios y largarse con un jugador de baloncesto -barboté.

– ¿Es capaz el tipo de situarse en la banda o disparar de tres?

– Supongo que sí.

– Déjala ir.

– Muy divertido.

– No es cosa de risa alguien que puede situarse en la banda o disparar desde fuera del arco. Buena cuenta bancaria.

– Aarón, tenemos otro descuartizamiento.

Había hablado a Aarón de los casos anteriores. Solíamos intercambiar impresiones.

Oí su risita.

– Ahí no habrá pistolas, pero disfrutan cortando.

– Sí. Pienso que este psicópata ya se ha ensañado lo suyo. Todas son mujeres, pero por lo demás no parece existir otro vínculo entre ellas. Salvo las marcas de los cortes que son muy singulares.

– ¿En serie o en masa?

– En serie.

Permaneció pensativo unos segundos.

– Vamos. Explícate.

Describí los rebordes y cortes de los huesos del brazo. De vez en cuando él me interrumpía para formularme alguna pregunta o para pedirme que fuese más despacio. Lo imaginaba tomando notas, inclinando su alta y enjuta figura sobre algún pedazo de papel del que aprovechaba hasta el último milímetro de espacio en blanco. Aunque tenía cuarenta y dos años, su rostro moreno y severo y sus ojos de cherokee le hacían aparentar noventa. Siempre había sido así. Su ingenio era tan árido como el desierto de Gobi y su corazón de iguales dimensiones.

– ¿Son muy profundos los falsos inicios? -inquirió con aire muy profesional.

– No. Bastante superficiales.

– ¿La armonía es clara?

– Mucho.

– ¿Dices que la hoja deriva en el reborde?

– Hum… Sí.

– ¿Te fías de las medidas de distancia del dentado?

– Sí. Los arañazos eran claros en distintos lugares al igual que algunas islas.

– ¿Por lo demás los fondos quedan muy lisos?

– Sí. Es muy evidente en los moldes.

– Y con salidas melladas -murmuró como para sí.

– Muchas.

Una prolongada pausa mientras su mente se imbuía de la información facilitada y calculaba las posibilidades. Yo observaba pasar la gente delante de mi puerta, oía sonar los teléfonos, zumbar las impresoras y detenerse después. Giré en mi silla y miré hacia el exterior. El tráfico cruzaba por el puente de Jacques-Cartier, Toyotas y Fords enanos. Los minutos transcurrían.

– Estoy trabajando algo a ciegas, Tempe -me dijo por fin-. No sé cómo has logrado implicarme en esto. Pero ahí va mi opinión.

Giré de nuevo en mi asiento y apoyé los codos en la mesa.

– Apostaría a que no se trata de una sierra eléctrica sino de alguna especialidad de tipo manual. Probablemente algún tipo de las que utilizan los cocineros.

¡Sí! Di una palmada en mi mesa, levanté el puño en lo alto y lo descargué con fuerza como un ingeniero que tirara del cordón del silbato. Las notas de color rosado volaron hacia el suelo.

Aarón prosiguió, ignorante de mis aspavientos.

– Los rebordes son demasiado grandes para tratarse de una clase de sierra de arco de dentado fino o de cuchillo en sierra. Además parece que los dientes están demasiado apretados. Con esas configuraciones en el suelo, dudo que te refieras a ninguna clase de tronzadora. Tiene que tratarse de una sierra de doble filo. Todo ello, desde luego sin poder verlo, me sugiere que se trata de una sierra de carnicero o de cocinero.

– ¿Qué aspecto tendría?

– Como una gran sierra para metales. El juego de dentado es muy amplio, para que no se atasque. Por ello aparecen a veces las islas que describes en los falsos inicios. Suele haber mucha deriva pero la hoja atraviesa el hueso perfectamente y corta con gran limpieza. Puede tratarse de sierras pequeñas muy eficaces que atraviesan huesos, cartílagos, ligamentos, lo que sea.

– ¿Cualquier otra cosa que sea consistente?

– Bien, siempre existe la posibilidad de que te encuentres con algo que no se adapte a las pautas regulares. Esas sierras no leen los pensamientos, ¿sabes? Pero a primera vista no se me ocurre nada más que se adapte a todo cuanto me has explicado.

– ¡Eres fantástico! Es exactamente lo que yo pensaba pero deseaba oírtelo decir, Aarón. No sabes cuánto te agradezco lo que haces.

– No tiene importancia.

– ¿Querrás ver las fotos y los moldes?

– Desde luego.

– Te los enviaré mañana.

La segunda pasión de Aarón en la vida eran las sierras. Tenía catalogadas descripciones por escrito y fotográficas de las características producidas en el hueso por todas las sierras conocidas, y pasaba largas horas examinando los casos que enviaban a su laboratorio desde todo el mundo.

Percibí un carraspeo por el que comprendí que tenía algo más que decirme. Mientras aguardaba, recogí las notas caídas.

– ¿Dices que los únicos huesos completamente seccionados son las partes inferiores de los brazos?

– Sí.

– ¿Y que los otros los separó por las articulaciones?

– Sí.

– ¿Limpiamente?

– Mucho.

– Hum.

Suspendí mi actividad.

– ¿Qué sucede?

– ¿Cómo? -se sorprendió con aire inocente.

– Cuando dices «hum» de ese modo, significa algo.

– Sólo una asociación muy interesante.

– ¿En qué consiste?

– El tipo utiliza una sierra de cocinero. Y se dedica a cortar los cuerpos como quien sabe lo que hace. Sabe dónde debe emplearse y cómo. Y obra de igual modo cada vez.

– Sí. Ya he pensado en ello.

Transcurrieron unos segundos.

– Pero sólo sierra las manos. ¿Qué me dices de eso? -pregunté.

– Ésa, doctora Brennan, es cuestión de psicólogo, no de especialista en sierras.

Convine en ello y mudé el tema de conversación.

– ¿Qué tal las muchachas?

Aarón era soltero y, aunque lo conocía desde hacia veinte años, no recordaba que jamás hubiera tenido una cita. Los caballos eran su principal pasión. De Tulsa a Chicago y a Luisville y de nuevo a Oklahoma City siempre viajaba donde lo llevaba el circuito trimestral equino.

– Muy excitadas. Pujé por un semental el otoño pasado y lo conseguí. Desde entonces las muchachas se comportan como potrillas.

Charlamos acerca de nuestras vidas y de nuestros mutuos amigos y acordamos encontrarnos en la reunión que celebraría la Academia en febrero.

– Que tengas suerte para descubrir a ese tipo, Tempe.

– Gracias.

Según mi reloj eran las cinco menos veinte. De nuevo despachos y pasillos se habían quedado en silencio alrededor de mí. El timbre del teléfono me sobresaltó.

Pensé que tomaba demasiado café.

Al responder, el auricular aún seguía caliente en mi oído.

– Anoche te vi.

– ¡Gabby!

– ¡No vuelvas a hacerlo, Tempe!

– ¿Dónde estás, Gabby?

– Sólo lograrás empeorar las cosas.

– ¡Maldita sea, Gabby, no juegues conmigo! ¿Dónde estás? ¿Qué sucede?

– Eso no importa. Ahora no puedo verte.

No podía creer que volviera a hacerme aquello. Sentía crecer la ira en mi pecho.

– ¡Mantente al margen, Tempe! ¡Aléjate de mí! ¡Aléjate de mi…!

La egocéntrica rudeza de Gabby encendió mi ira contenida. Espoleada por la arrogancia de Claudel, la crueldad de un asesino psicópata y la locura juvenil de Katy, estallé con la furia de un relámpago y la cargué sobre Gabby abrasándola.

– ¡Quién diablos te crees que eres! -resoplé por el teléfono con voz quebrada.

Apreté el aparato con tanta energía como para romper el plástico y proseguí:

– ¡Puedes irte al diablo! ¡Te dejaré tranquila, de acuerdo! ¡No sé a qué extraños juegos te dedicas, Gabby, ni quiero saberlo! ¡Juego, partido, encuentro concluido! No quiero saber nada de tu esquizofrenia ni de tus paranoias. Y te repito que no seguiré tu juego haciendo el papel de vengador y tú de damisela en apuros.

Todas mis neuronas estaban sobrecargadas como un electrodoméstico de ciento diez en un enchufe de doscientos veinte. Jadeaba y sentía escocer las lágrimas en mis ojos. El genio de Tempe.

Gabby había colgado.

Me senté unos momentos inmóvil, sin pensar. Me sentía mareada.

Lentamente colgué el aparato. Cerré los ojos, busqué entre la selección musical y escogí una pieza, algo que me distendiera, y en voz baja y ronca tarareé la tonada.

Capítulo 21

A las seis de la mañana una lluvia pertinaz tamborileaba contra mis ventanas. De vez en cuando un coche pasaba ronroneante en temprano desplazamiento. Por tercera vez desde hacía muchos días vi despuntar el alba, un acontecimiento que acojo con tanto entusiasmo como Joe Montana un bombardeo aéreo sin cuartel. Aunque poco aficionada a las siestas, tampoco soy madrugadora. Sin embargo, aquella semana ya había visto salir el sol en dos ocasiones, ambas veces cuando lograba conciliar el sueño; aquel día mientras me removía y giraba sin sentirme soñolienta ni descansada después de pasar once horas en el lecho.

De regreso a casa tras la llamada de Gabby, había ido a tomar un bocado. Pollo frío grasiento, puré de patatas rehidratadas con grasa sintética, mazorcas blancas y pastel de manzana pringoso. Merci, coronel. A continuación tomé un baño caliente y efectué un prolongado reconocimiento de la herida de mi mejilla. La microcirugía no serviría de nada. Parecía como si me hubieran arrastrado. Hacia las siete conecté con los juegos de la Expo y me quedé dormida de partido en partido.

Encendí mi ordenador, a las seis de la mañana -o de la tarde- estaba a punto y dispuesto para actuar. Había transmitido un mensaje electrónico a Katy por MacGill a mi servicio de correo en la universidad de Charlotte, al que ella podía acceder con su ordenador portátil y su módem y contestar directamente desde su habitación. ¡Bravo, viajemos por Internet!

El cursor de la pantalla destelló ante mí insistiendo en que no había nada en el documento por mí creado. Como así era, en efecto. En la hoja de cálculo por mí elaborada sólo figuraban tres titulares de columnas, pero carentes de contenido. ¿Cuándo lo había comenzado? El día del desfile. Hacía tan sólo una semana, pero parecían años. Aquélla era la decimotercera jornada: cuatro semanas desde que se había descubierto el cadáver de Isabelle Gagnon; una desde que habían asesinado a Margaret Adkins.

¿Qué habíamos conseguido desde entonces salvo descubrir otro cadáver? Un puesto de vigilancia en el apartamento de la rue Berger confirmó que su ocupante no había regresado. Nada sorprendente. La redada había sido inoperante. Seguíamos sin ninguna pista sobre la identidad de «Saint Jacques» y no habíamos identificado el último cadáver. Claudel aún no reconocía que los casos estaban relacionados, y Ryan consideraba que me tomaba demasiadas iniciativas. ¡Vaya día!

Me concentré de nuevo en la hoja de cálculo. Amplié los titulares de las columnas. Características físicas; geografía; disposición de las viviendas; trabajos; amigos; miembros familiares; fechas de nacimiento; fechas de defunción; fechas de descubrimiento; tiempos; lugares. Introduje todo cuanto imaginé que podía demostrar una vinculación. En el extremo izquierdo inscribí cuatro nuevos titulares: Adkins, Gagnon, Trottier e «Inconnue». Sustituiría la designación de «desconocida» cuando vinculásemos un nombre a los huesos de St. Lambert. A las siete y media cerré el archivo, recogí el ordenador portátil y me dispuse a ir a trabajar.

Puesto que el tráfico estaba atestado atajé por el túnel Ville Marie. Aunque era plena mañana, nubes oscuras y densas envolvían la ciudad en sombría penumbra. Las calles estaban cubiertas de un brillo húmedo que reflejaba las luces de los frenos en aquella hora punta matinal.

Mis limpiaparabrisas repetían un monótono estribillo apartando el agua en dos zonas a modo de abanico. Me adelanté en el asiento y balanceé la cabeza como una tortuga paralítica en busca de un fragmento de cristal visible entre las rayas. Me dije que ya era hora de cambiar los limpiaparabrisas, a sabiendas de que no lo haría. Tardé más de media hora en llegar al laboratorio.

Me proponía ir directamente a los archivos, extraer todos los detalles e introducirlos en la hoja de cálculo, pero me encontré con dos encargos en la mesa. Habían hallado a un bebé en un parque municipal, encajonado entre las rocas del cauce de un arroyo. Según la nota de LaManche, los tejidos se habían disecado y los órganos internos eran irreconocibles pero, por lo demás, el cadáver estaba bien conservado. Deseaba mi opinión sobre la edad de la criatura. Aquello no me costaría mucho.

Examiné el informe policial unido a otro impreso. «Ossements trouvés dans un bois.» Huesos encontrados en un bosque. Mis casos más corrientes. Podía significar desde un asesinato múltiple a hachazos, hasta un gato muerto.

Llamé a Denis y le pedí radiografías del pequeño; luego bajé a inspeccionar los hallazgos. Lisa trajo una caja de cartón del depósito y la colocó sobre la mesa.

– C'est tout?

– C'est tout. -Allí estaba todo.

Me tendió los guantes y retiré tres terrones de arcilla endurecida del interior de la caja, de cada uno de los cuales sobresalían los huesos. Golpeé la materia, pero estaba dura como cemento.

– Que saquen fotos y radiografías. Luego póngalos en una criba y déjelos en remojo utilizando divisiones para mantener los fragmentos separados. Regresaré en cuanto concluya la reunión.

Los cuatro patólogos restantes del LML se reunían cada mañana con LaManche para revisar casos y recibir encargos de autopsias. Cuando estoy allí, también asisto. Al entrar en el despacho de LaManche vi que éste, Nathalie Ayers, Jean Pelletier y Marc Bergeron ya estaban sentados alrededor de la mesa de conferencias. Según el tablero de actividad del pasillo advertí que Marcel Morin se hallaba en los tribunales y que Emily Santangelo disfrutaba de permiso.

Todos se movieron para dejarme espacio y añadieron una silla al círculo. Intercambiamos Bonjour y Comment ça va?

– ¿Qué hace aquí en miércoles, Marc? -le pregunté.

– Mañana es festivo.

Lo había olvidado por completo: era el día nacional de Canadá.

– ¿Irá al desfile? -preguntó Pelletier con rostro inexpresivo.

Se expresaba hasta tal punto con los matices del interior del país que resultaba casi ininteligible para mí. Me había pasado meses sin comprenderlo en absoluto, por lo que me había perdido sus irónicos comentarios. En aquellos momentos, después de cuatro años, entendía casi todo cuanto decía. Aquella mañana no tenía dificultad alguna en captar la intención de sus palabras.

– Creo que éste me lo perderé.

– Podría hacerse pintar el rostro en una caseta. Sería más fácil.

Risitas generales.

– O tal vez hacerse tatuar: es menos doloroso.

– Muy divertido.

Fingía inocencia con las cejas enarcadas, los hombros levantados y mostrando las palmas. Se recostó en el asiento, asió el último fragmento de un cigarrillo sin filtro entre los amarillentos dedos y dio una profunda calada. Al parecer jamás había salido de la provincia de Quebec. Tenía sesenta y cuatro años.

– Sólo hay tres autopsias -comenzó LaManche, que distribuía los casos de la jornada.

– Respiro prefestivo-comentó Pelletier mientras cogía su formulario-. La situación mejora. -Su dentadura postiza le chasqueaba ligeramente al hablar.

LaManche cogió su rotulador rojo.

– Sí, por lo menos el tiempo es más fresco. Tal vez eso resulte beneficioso.

Repasó la desalentadora lista del día añadiendo información adicional en cada caso. Un suicidio por monóxido de carbono; un anciano hallado muerto en su lecho; un bebé arrojado en un parque.

– El suicidio parece muy claro -comentó mientras examinaba el informe policial-. Hombre blanco… Veintisiete años… Encontrado ante el volante del coche en su propio garaje… con el depósito de gasolina vacío, la llave en el encendido y el motor activado.

Depositó varias fotos sobre la mesa en las que aparecía un Ford azul oscuro en un garaje individual. Un trozo de tubo flexible de los utilizados para secadoras de ropa llegaba desde el escape hasta la ventanilla posterior derecha del vehículo. LaManche leyó en voz alta.

– Historial depresivo… Note d'adieu. -Miró a Nathalie-. ¿Qué tal, doctora Ayers?

Ella asintió en señal de aceptación y recogió el papeleo. LaManche marcó las iniciales «Ay» en rojo en la lista principal y recogió el siguiente juego de impresos.

– El número 26742 corresponde a un hombre blanco de sesenta y ocho años, diabético controlado.

Paseó la mirada por el resumen del informe para extraer la información pertinente.

– Llevaba varios días sin ser visto… Lo encontró su hermana… sin señales traumáticas. -Leyó para sí unos segundos-. Lo curioso es el retraso entre el momento en que lo descubrió y cuándo llamó pidiendo ayuda. Al parecer, entretanto la dama limpió la casa. ¿Doctor Pelletier? -inquirió.

Pelletier se encogió de hombros y le tendió la mano. LaManche inscribió «Pe» en rojo en su lista y le entregó los impresos acompañados de una bolsa de plástico repleta de recetas médicas y medicamentos de uso corriente. Pelletier recogió los materiales e hizo un comentario burlón que se me escapó.

Centré mi atención en el montón de fotos que acompañaban el historial del niño. Todas ellas mostraban desde diversos ángulos un arroyo de escasa profundidad atravesado por una pequeña pasarela. Entre las piedras yacía el cuerpecito, secos los músculos, la piel amarilla como un pergamino antiguo. Una aureola de fino cabello le rodeaba la cabeza, y delicadas pestañas bordeaban sus párpados de pálido azul. El niño extendía los dedos como si pidiera socorro o buscara donde agarrarse. Estaba desnudo, y la mitad de su cuerpo sobresalía de una bolsa de plástico de color verde. Parecía un faraón en miniatura, expuesto y desechado. Comencé a sentir gran aversión hacia las bolsas de plástico.

Dejé las fotos en la mesa y escuché a LaManche que concluía su resumen y marcaba «La» en su hoja. Él realizaría la autopsia y yo ajustaría la edad tras examinar el desarrollo del esqueleto. Bergeron efectuaría un intento con los dientes. Todos dimos nuestra conformidad y, puesto que no había más asuntos que tratar, la reunión concluyó.

Me preparé un café y volví a mi despacho. Sobre la mesa se encontraba un gran sobre marrón. Lo abrí y pasé la primera radiografía del pequeño por la pantalla. Cogí un impreso del cajón de la mesa de trabajo y comencé mi examen. Sólo había dos huesos carpianos en cada mano, sin cápsulas en las puntas de los dedos. Inspeccioné las partes inferiores de los brazos: tampoco había cápsulas en ningún radio. Concluí con la parte superior del cuerpo, relacioné en mi hoja de inventario aquellos elementos óseos que estaban presentes y anoté los que aún no se habían formado. Luego hice lo mismo con la parte inferior del cuerpo, pasando de una a otra radiografía para asegurarme de mis observaciones. El café se enfrió.

Los niños nacen con el esqueleto incompleto. Algunos huesos tales como los carpos de las manos no están en el momento de nacer y aparecen meses, o incluso años, más tarde. Otros huesos carecen de los nudos y crestas que con el tiempo conformarán a los adultos. Las partes que faltan surgen sucesivamente, de modo previsible, y permiten una valoración bastante fidedigna de la edad de los más jóvenes. Aquel bebé sólo había vivido siete meses. Resumí mis conclusiones en otro impreso, guardé todo el papeleo en un expediente amarillo y lo metí en el montón destinado al equipo de secretarias, quienes me lo devolverían mecanografiado en mi formato preferido, duplicado y reunido todos los materiales y diagramas que lo respaldaban, y asimismo pulirían mi francés. Anticipé un informe verbal a LaManche y luego me dediqué a los terrones.

El barro no se había deshecho, pero sí ablandado lo suficiente para permitirme extraer el contenido. Tras un cuarto de hora de rascar y desprender me encontré con ocho vértebras, siete fragmentos de huesos largos y tres pedazos de pelvis, todos los cuales mostraban indicios de haber sido sometidos a una carnicería. Pasé media hora lavando y clasificando aquel caos y acto seguido lo ordené y añadí algunas notas. Por el camino pedí a Lisa que fotografiara los esqueletos parciales de las tres víctimas: dos ciervos de blancas colas y un perro de tamaño mediano. Rellené otro informe y dejé aquel expediente sobre el anterior: aunque extraño, no era problema forense. Lucie había dejado una nota en mi mesa. La encontré en su despacho, de espaldas a la puerta, paseando la mirada entre la pantalla de una terminal y un legajo abierto. Tecleaba con una mano y con la otra sostenía el documento moviendo lentamente el índice de una a otra anotación.

– He recibido su aviso -dije.

Ella levantó un dedo, pulsó algunas teclas y luego puso una regla sobre el expediente. Giró y se desplazó hacia su mesa con un solo movimiento.

– He buscado lo que usted me pidió. Algo de ello.

Registró en un montón de papeles, pasó a otro y volvió al primero, que examinó de nuevo con más lentitud. Por fin retiró primero, que examinó de nuevo con más lentitud. Por fin retiró un montoncillo de documentos unidos con grapa, revisó algunas páginas y me lo entregó.

– No aparece nada con anterioridad al 88.

Hojeé las páginas consternada. ¿Cómo podían ser tantas?

– Primero traté de localizar los casos utilizando la clave «mutilación». A ello corresponde la primera lista, la más extensa. Ahí figuran todos aquellos que se arrojaron al tren o se amputaron miembros con maquinaria. No creo que sea eso lo que le interesa.

Así era realmente. Parecía representar el compendio de los que habían perdido traumáticamente brazos, piernas o dedos en accidentes laborales o que incluso habían llegado a las puertas de la muerte.

– Luego lo intenté añadiendo «intencionado» para restringir la selección a los casos en que la mutilación había sido adrede.

La miré inquisitiva.

– No obtuve resultados.

– ¿Ninguno?

– Eso no significa que no los hubiera.

– ¿Cómo es eso?

– Yo no entré los datos. Durante los dos últimos años hemos dispuesto de recursos especiales para contratar empleados a tiempo parcial a fin de ingresar cuanto antes la información en la memoria. -Agitó la cabeza y suspiró exasperada- El ministerio ha remoloneado largos años para ser informatizado y ahora desea que se haga todo de la noche a la mañana. Sea como sea, los datos de entrada de la gente aparecen con los códigos corrientes más básicos: fecha de nacimiento y de defunción y causa de la muerte, entre otros. Pero, cuando hay algo extraño, lo que sucede raras veces, el sistema actúa de modo casi automático. En ese caso utiliza un código.

– ¿Algo extraño… como un descuartizamiento?

– Exactamente. Unos lo calificarían de amputación; otros usarían la palabra desarticulación. Por lo general aplicarían la misma palabra que aparece en el informe del patólogo. O acaso la ingresaran como cortado o aserrado.

Miré de nuevo las listas totalmente desanimada.

– Las he intentado todas y algunas más y no funciona.

Había sido una buena iniciativa.

– Con mutilación resultó la lista más extensa. -Aguardó a que yo pasara a la segunda página-. Ésa fue peor que descuartizamiento. Entonces traté de combinarlo con la palabra «posmórtem» como limitador para escoger los casos en que el… -volvió las palmas en el aire e hizo un movimiento con los dedos como si rascara, cual si tratara de captar la palabra del aire- el hecho tuviera lugar después de la muerte. -La miré esperanzada-. Sólo apareció un tipo al que le habían cortado el miembro.

– El ordenador lo interpretó de modo literal -acoté.

– ¿Cómo?

– No importa.

Otra broma que pasaba desapercibida.

– Luego probé «mutilación» en combinación con el limitador «posmórtem» y…

Recogió de la mesa el último impreso y me lo tendió.

– ¡Bango! ¿Es eso lo que ustedes dicen?

– Bingo.

– Pues ¡bingo! Creo que esto puede ser lo que usted desea. Cabe prescindir de algunos casos especiales, como los drogadictos que utilizaban ácido. -Señaló varias líneas que estaban tachadas-. Éstos no creo que le interesen.

Asentí con aire ausente, por completo absorta en la página tres donde aparecían relacionados doce casos de los que ella había tachado tres.

– Pero quizás haya otros que sí le interesen.

Apenas la escuchaba. Había hojeado la lista y me había detenido en el sexto nombre. Un cosquilleo de inquietud me recorrió el cuerpo, y deseé regresar a mi despacho.

– Lucie, esto es estupendo -le dije-. Es mucho mejor de lo que esperaba.

– ¿Le servirá de algo?

– Sí, sí, creo que sí -respondí tratando de parecer despreocupada.

– ¿Quiere que busque todos estos casos?

– No, gracias. Déjeme examinarlo y luego consultaré los expedientes completos.

En mi fuero interno deseé estar equivocada.

– Bien sûr.

Se quitó las gafas y comenzó a limpiar los cristales con el borde de su suéter. Sin ellas parecía incompleta, se veía rara, como John Denver cuando se puso lentillas de contacto.

– Me gustaría saber qué sucede -dijo una vez que se hubo colocado los rosados rectángulos en el puente de la nariz.

– Desde luego. Ya le informaré si descubro algo.

Mientras me marchaba oí deslizarse por el suelo las ruedas de su silla.

Ya en mi despacho dejé los impresos en mi mesa y examiné la lista. Atrajo mi atención un nombre: Francine Morisette-Champoux. La había olvidado por completo. Me dije que debía tranquilizarme y no precipitarme a extraer conclusiones.

Me esforcé por revisar los restantes nombres. Allí se encontraban Gagne y Valencia, un par de traficantes de drogas con un pésimo sentido del negocio. También figuraba Chantale Trottier. Reconocí el nombre de una estudiante hondureña venida en intercambio cuyo marido le había disparado en el rostro con el cañón de la escopeta y luego la había trasladado de Ohio a Quebec, le había cortado las manos y arrojado su cadáver decapitado en un parque provincial. Como gesto de despedida, había tallado sus propias iniciales en los senos de la mujer. Los cuatro casos restantes me resultaban desconocidos. Eran anteriores a 1990, época en que yo aún no había llegado allí. Acudí a los archivos centrales y los extraje junto con el expediente de Morisette-Champoux.

Agrupé los archivos según la numeración asignada por el LML de modo que siguieran un orden cronológico, con objeto de inspeccionarlos de modo sistemático. Pero prescindí al punto de aquella decisión para examinar inmediatamente el caso de Morisette-Champoux, cuyo contenido exacerbó mi curiosidad.

Capítulo 22

En enero de 1993 Francine Morisette-Champoux fue asesinada por arma de fuego tras ser golpeada brutalmente. Un vecino la había visto pasear a su perrito de aguas alrededor de las diez de la mañana, y apenas dos horas después su marido descubrió su cadáver en la cocina de su hogar. El perro estaba en el salón. La cabeza de la víctima jamás apareció.

Yo recordaba el caso, aunque no estuve implicada en la investigación. Aquel invierno iba y venía del laboratorio, viajaba al norte una semana de cada seis. Pete y yo estábamos en constante desacuerdo, por lo que accedí a pasar todo el verano del 93 en Quebec, confiando en que los tres meses de separación rejuvenecerían el matrimonio. Perfecto. La brutalidad del ataque sufrido por Morisette-Champoux me impactó terriblemente y aún me sentía conmocionada. Las fotos del escenario del crimen me devolvieron aquel recuerdo.

Yacía bajo una mesita de madera, brazos y piernas extendidas, las bragas blancas de algodón tensas entre las rodillas. La rodeaba un enorme charco de sangre en cuyo perímetro se apreciaba el geométrico dibujo del linóleo. Oscuras manchas se extendían por las paredes y por las partes delanteras del mostrador. Desde la cámara, las patas de una silla invertida parecían señalarla: ahí estás.

Su cuerpo destacaba fantasmal contra el entorno carmesí. Una tenue línea de lápiz cruzaba su abdomen, como una sonrisa de felicidad por encima del pubis. Desde aquel punto hasta la clavícula había sido destripada y sus entrañas asomaban por la abertura. La empuñadura de un cuchillo de cocina apenas era visible en el vértice del triángulo formado por sus piernas. A metro y medio de ella, entre un taburete y el fregadero se encontraba su mano diestra. Tenía cuarenta y siete años.

– ¡Jesús! -exclamé con voz queda.

Estaba hojeando el informe de la autopsia, cuando Charbonneau apareció en la puerta. Me pareció que su talante no era muy propicio. Tenía los ojos inyectados en sangre y no se molestó en saludarme. Entró sin pedir permiso y se sentó frente a mí, al otro lado del escritorio.

Mientras lo observaba tuve una momentánea sensación de derrota. Sus torpes pasos, sus movimientos desmadejados y más concretamente su corpulencia, despertaron en mí algo que creía haber desechado. O que ya se había alejado de mí.

Por un momento me pareció ver a Pete sentado allí delante, y mi mente retrocedió en el tiempo. Su cuerpo había sido embriagador para mí. Nunca supe si se debía a sus proporciones o a sus movimientos relajados. Tal vez fuera la fascinación que él sentía por mí. Aquello había parecido auténtico. Nunca me saciaba de él. Había tenido fantasías sexuales, extraordinarias, pero desde el momento en que lo vi entre la lluvia ante la librería jurídica siempre lo había asociado con ellas. Pensé que en aquel mismo instante podría imaginar una de ellas. «¡Jesús, Brennan! ¡Contrólate!» Volví bruscamente a la realidad.

Aguardé a que comenzara Charbonneau, que tenía la mirada baja, fija en sus manos.

– Mi compañero acaso sea un hijo de perra pero no es mal tipo -me dijo en inglés.

No respondí. Advertí que sus pantalones tenían los dobladillos cosidos a mano y me pregunté si los habría acortado él mismo.

– Sólo es… algo testarudo. No le gustan los cambios.

– Sí.

No me miraba a los ojos: se sentía incómodo.

– ¿Y bien? -lo estimulé.

Se recostó en la silla y se repasó una uña para evitar aún el contacto visual. Desde un aparato de radio, Roch Voísine cantaba una dulce canción sobre Héléne.

– Dice que va a presentar una queja.

Dejó caer las manos y desvió la mirada hacia la ventana.

– ¿Una queja?

Trataba de mostrarme indiferente.

– Ante el ministro, el director y LaManche. Incluso está considerando el colegio profesional.

– ¿Y qué es lo que le molesta al señor Claudel?

Me esforzaba por mantener la calma.

– Dice que usted se excede en sus atribuciones, que se interfiere en asuntos que no son de su incumbencia y en la investigación que él lleva a cabo.

La brillante luz del sol le hizo entornar los ojos.

Sentí una opresión en el estómago y una oleada de calor.

– Prosiga, por favor -insistí inexpresiva.

– Piensa que usted está… -trataba de encontrar la palabra adecuada, sin duda con el fin de sustituirla por la que Claudel había utilizado realmente-… extralimitándose.

– ¿Y qué significa eso con exactitud?

El hombre seguía sin mirarme.

– Dice que trata de dar al caso Gagnon mayor resonancia de la que tiene, que busca toda clase de complicaciones que en realidad no existen y que intenta convertir un simple asesinato en una extravagancia psicótica al estilo estadounidense.

– ¿Y por qué pretendería yo hacer eso?

Me temblaba ligeramente la voz.

– ¡Diablos, Brennan, eso no es cosa mía! ¡Yo qué sé!

Por primera vez me miró. Se veía muy compungido. Era evidente que no se encontraba allí por su gusto.

Le devolví la mirada, aunque sin verlo; sólo aproveché el tiempo para sofocar la llamada de alarma que despertaba en mis glándulas suprarrenales. Tenía una vaga idea del tipo de investigación que desencadenaría una queja y me constaba que no sería nada bueno. Había considerado tales casos cuando formaba parte del comité del consejo ético. Con independencia del resultado, era desagradable. No pronunciamos palabra.

La radio aún tarareaba la canción de Héléne.

Me dije que no debía ensañarme con el mensajero. Fijé la mirada en el expediente que tenía sobre el escritorio. Un cadáver de color lechoso aparecía reproducido en una docena de recuadros de papel satinado. Examiné las fotos y miré a Charbonneau. Aún no pensaba abordar el tema, no me sentía preparada, pero Claudel me obligaba a ello. ¡Qué diablos! Las cosas no podían ir peor.

– ¿Recuerda a una mujer llamada Francine Morisette-Champoux, señor Charbonneau?

– Morisette-Champoux… -Repitió varias veces el nombre mientras rebuscaba en la memoria-. Eso sucedió hace varios años, ¿verdad?

– Casi dos. En enero del 93.

Le tendí las fotos.

Mientras las ojeaba asentía en señal de reconocimiento.

– Sí, la recuerdo. ¿Qué sucede?

– Piense, Charbonneau… ¿Qué recuerda del caso?

– No conseguimos cazar al tipo que lo hizo.

– ¿Qué más?

– ¡No me diga que también trata de relacionarla con este asunto, Brennan!

Volvió a revisar las fotos, en esta ocasión con un cabeceo negativo.

– De ningún modo. Murió de un disparo. No se ajusta a las pautas.

– Ese canalla la rajó de arriba abajo y le cortó una mano.

– Era mayor: tenía cuarenta y siete años, según creo.

Lo fulminé con una fría mirada.

– Quiero decir que era mayor que las demás -murmuró sonrojándose.

– El asesino de Morisette-Champoux le hundió un cuchillo en la vagina. Según el informe policial se produjo una intensa hemorragia.

Aguardé a que asimilara la observación.

– Aún vivía -concluí.

Asintió. No era preciso especificar que una herida infligida tras la muerte sangra muy poco porque el corazón ya no bombea y desaparece la presión sanguínea. Francine Morisette-Champoux había sangrado profusamente.

– En el caso de Margaret Adkins se trató de una figurita metálica. También estaba viva.

Me volví en silencio a recoger el expediente de Gagnon. Busqué las fotos del escenario del crimen y las extendí frente a él. Aparecía el torso dentro de su bolsa de plástico, moteado por el sol de las cuatro de la tarde. Únicamente se había retirado la cobertura de las hojas. El desatascador seguía en su sitio, su roja copa de caucho encajada entre los huesos pélvicos, el mango proyectándose hacia el cuello cercenado del cadáver.

– Pienso que el asesino de Gagnon clavó ese desatascador con tanta fuerza que empujó el mango por su vientre y lo remontó hasta el diafragma.

Examinó largamente las fotos.

– La misma pauta con las tres víctimas -repetí-. Penetración contundente de un objeto extraño cuando la víctima aún vive, mutilación del cadáver, ¿le parecen coincidencias, señor Charbonneau? ¿Cuántos sádicos pensamos que circulan por ahí?

Se pasó los dedos por los cortísimos cabellos y luego tamborileó con ellos en el brazo de su asiento.

– ¿Por qué no nos informó antes?

– Hasta hoy no había descubierto la relación existente con Morisette-Champoux. Contando únicamente con Adkins y Gagnon, no me parecía suficiente.

– ¿Qué dice Ryan?

– No le he hablado de esto.

Me acaricié instintivamente la costra de la mejilla. Aún parecía que me hubiera enfrentado en un KO técnico a George Foreman.

– ¡Mierda! -murmuró con voz tenue.

– ¿Cómo?

– Creo que comienzo a estar de acuerdo con usted. Voy a tener que vérmelas con Claudel. -Nuevo tamborileo con los dedos-. ¿Hay algo más?

– Las señales de las sierras y las pautas de descuartizamiento son casi idénticas en los casos de Gagnon y Trottier.

– Sí, Ryan nos informó de ello.

– Y está la desconocida de Saint Lambert.

– ¿Una quinta víctima? Va usted muy deprisa.

– Gracias. ¿Sabemos ya quién es?

El hombre repetía su tamborileo.

Negué con la cabeza.

– Ryan trabaja en ello.

Se pasó la carnosa mano por el rostro. Tenía los nudillos cubiertos de unos mechones de vello gris, versiones miniaturizadas del corte de su cabello.

– ¿Qué opina, pues, sobre la selección de víctimas?

– Que todas son mujeres -repuse alzando las palmas.

– Magnífico. ¿Edades?

– De dieciséis a cuarenta y siete años.

– ¿Características físicas?

– Una mezcla.

– ¿Localizaciones?

– Por todo el mapa.

– ¿En qué se fija, entonces, ese bastardo psicópata? ¿En su aspecto? ¿En las botas que calzan? ¿En los comercios donde compran?

Me abstuve de responderle.

– ¿Encuentra algo común en todas ellas?

– Que un hijo de perra las martiriza y luego las mata.

– Desde luego.

Se inclinó hacia adelante, puso las manos en las rodillas y, con los hombros encorvados, profirió un prolongado suspiro.

– Claudel tendrá que tragar quina -dijo.

Cuando se hubo marchado llamé a Ryan. No estaban él ni Bertrand, por lo que dejé un mensaje. Revisé los restantes legajos pero apenas encontré nada de interés. Dos camellos liquidados y descuartizados por antiguos compañeros de crímenes; un hombre asesinado por su sobrino, despedazado con una sierra eléctrica y almacenado en el congelador de un sótano: un corte de corriente despertó la atención del resto de la familia. El torso de una mujer arrojado a las aguas en una bolsa de hockey, cuyos brazos y cabeza se encontraron río abajo. El marido se declaró convicto.

Cerré el último archivo y descubrí que me moría de hambre. Nada sorprendente puesto que eran las dos menos diez. Me compré un bocadillo de queso y jamón y una coca cola en la cafetería del octavo piso, regresé a mi despacho y me impuse la obligación de tomarme un respiro. Pero no me era posible y de nuevo traté de localizar a Ryan: aún no había regresado. Tendría que tomarme el respiro forzosamente. Comencé a comerme el panecillo y dejé errar mis pensamientos. Gabby: debía olvidarla; era zona prohibida. Claudel: estaba vetado. Saint Jacques: también zona prohibida.

Katy. ¿Cómo hacerme comprender por ella? En aquellos momentos, de ningún modo. Por inercia, volví a pensar en Pete, lo que me produjo una familiar palpitación en el estómago. Recordaba el hormigueo en la piel, las rápidas pulsaciones, la cálida humedad entre mis piernas. Sí, había habido pasión. Me estaba excitando. Le di otro mordisco al bocadillo.

El otro Pete. Las noches de furiosas discusiones, las cenas a solas, la fría capa de resentimiento que aplacaba el deseo. Tomé un trago. ¿Por qué pensaba en Pete con tanta frecuencia? Si tuviéramos la oportunidad de comenzar de nuevo… Gracias, señorita Streisand.

La terapia de relajación no funcionaba. Volví a leer el impreso facilitado por Lucie, procurando no ensuciarlo de mostaza. Revisé la lista de la página tres tratando de desentrañar los apartados que Lucie había tachado, pero sus marcas habían ocultado las letras. A impulsos de la curiosidad borré sus líneas y leí los textos. Dos casos se referían a cadáveres metidos en barriles y luego impregnados de ácido. Un nuevo giro en la popularísima incineración con drogas.

El tercer caso me sorprendió. El número asignado por el LML correspondía al año 1990 y el patólogo había sido Pelletier. No figuraba ningún juez de instrucción. En el apartado referente al nombre se leía: singe, mono. Los apartados de los datos correspondientes al nacimiento, fecha de autopsia y causa de muerte estaban vacíos. La indicación «démembrement/post-mortem» había inducido al ordenador a incluir el caso en la lista de Lucie.

Concluí mi bocadillo y acudí a los archivos centrales a consultar el expediente. Tan sólo contenía tres elementos: un informe policial del incidente, una página con los comentarios del patólogo y un sobre con fotografías. Ojeé las fotos, leí los informes y a continuación fui en busca de Pelletier.

– ¿Tiene un momento? -le dije.

El hombre estaba inclinado en el microscopio. Se volvió con las gafas en una mano y el bolígrafo en la otra.

– ¡Pase, pase! -me invitó mientras se colocaba las gafas.

Mi despacho tenía ventana; el suyo disfrutaba de espacio. Se adelantó hacia mí y me señaló una de las dos sillas situadas frente a una mesita baja que estaba ante su escritorio. Sacó un paquete de DuMauriers de un bolsillo de su bata y me lo ofreció. Negué con la cabeza. Habíamos repetido aquel ritual miles de veces. Aunque sabía que yo no fumaba, él siempre me ofrecía. Al igual que Claudel, Pelletier tenía costumbres muy arraigadas.

– ¿En qué puedo servirla? -dijo al tiempo que encendía su cigarrillo.

– Siento curiosidad por un caso que llevó usted. Se remonta a 1990.

– ¡Ah, mon Dieu!, ¿cómo recordar algo tan antiguo? A veces incluso me olvido de mi dirección. -Se inclinó hacia mí y, cubriéndose la boca, me dijo con tono de complicidad-: La anoto en las cajas de cerillas, por si acaso.

Nos echamos a reír.

– Creo que usted recuerda todo cuanto le interesa, doctor Pelletier.

Se encogió de hombros y movió la cabeza con aire inocente.

– De todos modos, le he traído el archivo.

Lo abrí y busqué la página en cuestión.

– El informe policial dice que los restos se encontraron en una bolsa deportiva detrás de la estación de autobús Voyageur. Un borracho la abrió pensando que podría descubrir al propietario.

– Cierto -dijo Pelletier-. Los borrachos honrados son tan corrientes que deberían formar una organización fraterna.

– De todos modos, no le agradó el olor. Dijo… -Paseé rápidamente la mirada por el informe hasta encontrar la frase exacta- «…la bolsa desprendía un olor satánico que impregnaba mi alma». Fin de la cita.

– Un poeta: me gusta -respondió Pelletier-. Me pregunto que opinaría de mis calzoncillos.

Pasé por alto su comentario y seguí leyendo:

– «Llevó la bolsa a un conserje, que avisó a la policía. Encontraron un conjunto de partes de un cuerpo envueltas en una especie de mantel.»

– ¡Ah, oui, lo recuerdo! -dijo. Y me señaló con un dedo amarillento-. Horrible, espantoso.

Su aspecto reflejaba tales palabras.

– Doctor Pelletier…

– Se trata del caso del mono terminal.

– Entonces no me he equivocado al leer su informe.

Enarcó las cejas con aire inquisitivo.

– ¿Era realmente un mono? -pregunté.

Asintió con gravedad.

– Un capuchino.

– ¿Por qué lo trajeron aquí?

– Estaba muerto.

– Sí. -Eran unos humoristas-. ¿Pero por qué imputarlo al juez de instrucción?

La expresión de mi rostro debía suscitar una respuesta directa.

– Lo que se encontraba allí adentro era pequeño y alguien lo había despellejado y despedazado. Podía haber sido cualquier cosa ¡diablos! Los policías pensaron que acaso se tratara de un feto o de un neonato y nos lo enviaron a nosotros.

– ¿Había algo extraño en el caso?

No sabía a ciencia cierta qué esperaba.

– No. Sólo se trataba de un mono despedazado -replicó curvando despectivo las comisuras de la boca.

– Cierto.

Había sido una pregunta necia.

– ¿Le sorprendió algo acerca de cómo estaba descuartizado el animal?

– Realmente no. Todos estos casos son iguales.

No llegaríamos a ninguna parte.

– ¿Llegaron a descubrir a quién pertenecía?

– Sí, apareció una nota en el periódico y llamó un tipo de la universidad.

– ¿De la UQAM?

– Sí, creo que sí. Un biólogo, zoólogo o algo por el estilo. Era anglófono. ¡Ah, aguarde!

Sacó un cajón de su escritorio, volcó su contenido, extrajo un montón de tarjetas de visita sujetas con una cinta elástica que retiró y, tras hojearlas, me entregó una de ellas.

– Aquí está. Lo conocí cuando se presentó a identificar al cadáver.

En la tarjeta se leía: Parker T. Bailey, doctor en medicina, profesor de Biología de la Universidad de Quebec en Montreal. Facilitaba una dirección de correo electrónico y números de fax y teléfono junto a una dirección.

– ¿De qué trataba el asunto? -me interesé.

– El caballero tenía monos en la universidad para sus investigaciones. Un día llegó y descubrió que había desaparecido uno de ellos.

– ¿Robado?

– Robado, liberado, escapado… ¿quién sabe? El primate estaba ausente sin permiso.

– ¿De modo que se enteró de lo sucedido por los periódicos y se presentó aquí?

– C'est ça.

– ¿Qué fue de él?

– ¿Del mono?

Asentí.

– Se lo entregamos a… -Señaló la tarjeta.

– Al doctor Bailey -concluí.

– Oui. No había parientes próximos, por lo menos en Quebec.

El hombre se mostraba impasible.

– Comprendo.

Volví a examinar la tarjeta. Aunque mi hemisferio cerebral izquierdo me señalaba que aquello no significaba nada me encontré diciendo:

– ¿Puedo quedarme con la tarjeta?

– Desde luego.

– Otra cosa. -Yo misma me tendí la trampa-. ¿Por qué lo llaman el caso del mono terminal?

– Porque lo era -respondió sorprendido.

– ¿Era qué?

– El mono: un caso terminal.

– Sí, comprendo.

– Y también fue allí donde lo encontraron.

– ¿Dónde?

– En la terminal, la terminal del autobús.

Algunas cosas se traducen perfectamente. Por desdicha.

Durante el resto de la tarde extraje detalles de los cuatro archivos principales y los introduje en la hoja de cálculo que había creado. Color de cabellos; ojos; piel; altura; religión, nombres; fechas; lugares; signos de Zodíaco. Todo y nada. Me sumergí en ello obstinadamente con el propósito de buscar más tarde los vínculos. O quizá creía que las pautas se formarían por sí solas y los fragmentos de información interrelacionados se vincularían entre sí como neuropéptidos a sedes receptoras. O quizá sólo necesitaba una tarea maquinal en la que ocupar mi mente, un crucigrama mental para hacerme la ilusión de que progresaba.

A las cuatro y cuarto traté de nuevo de comunicarme con Ryan. Aunque no se encontraba en su despacho, la telefonista creía haberlo visto y emprendió su búsqueda a regañadientes. Mientras aguardaba reparé de nuevo en el expediente del mono. Algo irritada dejé caer las fotos. Había dos juegos, uno de Polaroids; el otro, de transparencias en color de cinco por siete. La telefonista llamó para indicarme que Ryan no se encontraba en ninguno de los despachos donde lo había buscado. Sí, suspiró, lo intentaría en la cafetería.

Ojeé las Polaroids. Era evidente que las habían tomado cuando los restos llegaron al depósito. En ellas aparecía una bolsa deportiva de color púrpura y negro, cerrada y abierta, y la última mostraba un bulto en su interior. En las siguientes se veía el bulto sobre una mesa de autopsias, antes y después de ser destapado.

Las seis fotos restantes captaban las partes del cuerpo. La escala que aparecía en la tarjeta de identificación confirmaba que el sujeto era realmente diminuto, más pequeño que un feto cumplido o un recién nacido. La putrefacción había progresado bastante. La carne comenzaba a ennegrecerse y estaba manchada de algo que parecía tapioca rancia. Creí poder identificar la cabeza, el torso y las extremidades. Aparte de ello, no logré distinguir nada. Las fotos se habían tomado desde demasiado lejos y los detalles eran pésimos. Hice girar unas cuantas en busca de mejor ángulo, pero era imposible descubrir gran cosa.

La telefonista llamó de nuevo con acento decidido: Ryan no estaba en el edificio, tendría que probar al día siguiente. Le transmití otro mensaje y colgué sin darle la oportunidad de darme la respuesta prevista.

Los primeros planos de las transparencias se habían tomado tras la limpieza, y los detalles que habían escapado a la Polaroid se reflejaban claramente en ellas. El pequeño cadáver había sido desollado y desarticulado. El fotógrafo, probablemente Denis, había dispuesto los fragmentos en orden anatómico y luego los había fotografiado cuidadosamente, uno tras otro.

Mientras revisaba con atención el reportaje advertí que los trozos descuartizados recordaban vagamente a un conejo a punto de ser guisado. Salvo en una cosa. La quinta foto mostraba un bracito que concluía en cuatro dedos perfectos y el pulgar curvado en una palma delicada.

Las dos últimas se centraban en la cabeza. Sin la cobertura externa de la piel y el cabello parecía primitiva, como de un embrión separado del cordón umbilical, desnudo y vulnerable. El cráneo tenía el tamaño de una naranja. Aunque el rostro era inexpresivo y los rasgos antropoides, no había que ser una Jane Goodall para comprender que no se trataba de un primate humano. La boca presentaba plena dentición, incluidos los molares. Conté tres premolares en cada cuadrante. El mono terminal procedía de Sudamérica.

Mientras devolvía las fotos al sobre me dije que era uno de tantos casos de animales. Nos los traían de vez en cuando por creer que se trataban de restos humanos. Garras de osos desollados y abandonados por los cazadores; cerdos y cabras sacrificadas para alimentación cuyas partes no deseadas se desechaban en una cuneta; perros y gatos maltratados y arrojados al río. La crueldad del animal humano me pasmaba constantemente. No conseguía acostumbrarme a ella.

¿Por qué, pues, me llamaba la atención aquel caso? Otro examen de las fotos me confirmó que el mono había sido descuartizado. ¿Y qué? Aquello carecía de importancia: lo mismo sucedía con la mayoría de los cadáveres de animales que encontrábamos. Algún sádico que probablemente se divertía atormentando y matando. Tal vez se tratase de un estudiante suspendido en los exámenes.

Al llegar a la quinta foto me detuve y fijé los ojos en la imagen. Una vez más se me agarrotaron los músculos del estómago. Sin apartar la mirada de ella, cogí el teléfono.

Capítulo 23

Nada más vacío que un edificio destinado a aulas cuando acaban las clases. Es como imaginar un escenario tras el estallido de una bomba de neutrones. Las luces están encendidas, las fuentes vierten agua al ser accionadas, los timbres de aviso suenan en los momentos previstos, las terminales de los ordenadores destellan luces fantasmales, la gente está ausente: nadie apaga su sed, corre hacia clase ni pulsa un teclado. Reina el silencio de las catacumbas.

Me senté en una silla plegable ante el despacho de Parker Bailey en la UQAM, la Universidad de Quebec en Montreal. Al salir del laboratorio había ido al gimnasio, comprado comestibles en Provigo y comido un plato preparado de vermicelli y salsa de almejas. No estuvo mal para algo rápido e improvisado. Incluso Birdie quedó impresionado. En aquellos momentos me sentía arder de impaciencia.

Decir que el departamento de biología estaba en silencio sería como manifestar que el quark es pequeño. Todas las puertas se hallaban cerradas a uno y otro lado del pasillo. Había consultado dos veces los tableros informativos, leído los folletos de graduación de la escuela, los anuncios, las ofertas para realizar trabajos de procesado o clases particulares y las noticias que anunciaban a los oradores invitados. Dos veces.

Consulté mi reloj por enésima vez: eran las nueve y doce de la noche. ¡Maldición! Ya debería haberse presentado. Su clase concluía a las nueve. Por lo menos eso me había dicho la secretaria. Me levanté y paseé arriba y abajo. Los que esperan deben pasear… Las nueve y catorce. ¡Maldición!

A las nueve y media renuncié. Cuando me colgaba el bolso en el hombro oí abrirse una puerta lejos de mi alcance visual. Al cabo de unos momentos apareció un hombre doblando una esquina a toda prisa con un montón enorme de manuales de laboratorio que protegía con sus brazos para evitar que se le cayeran. Su rebeca parecía proceder de Irlanda, de la época anterior a la hambruna sufrida por las patatas. Calculé que sería cuarentón.

Al verme se detuvo bruscamente, aunque sin reflejar ninguna expresión. Me disponía a presentarme cuando resbaló un bloc de notas del montón que transportaba, y ambos nos apresuramos a recogerlo. Pero el intento lo obligó a efectuar un falso movimiento, y la mayor parte de los libros se desperdigaron asimismo por el suelo como confetis en Nochevieja. Los recogimos y amontonamos de nuevo y él abrió la puerta de su despacho y los descargó sobre la mesa.

– Lo siento -dijo con intenso acento francés-. Yo…

– No tiene importancia -repuse en inglés-. He debido de sobresaltarlo.

– Sí… No… Tendría que haber hecho dos viajes. Esto sucede con frecuencia.

Se expresaba en un inglés que no era americano.

– ¿Manuales de laboratorio?

– Sí. Acabo de dar una clase de metodología etológica.

Estaba matizado con todos los tonos de una puesta de sol en Outer Banks. Cutis sonrosado, mejillas de color frambuesa y cabellos como vainilla. El bigote y las pestañas eran ambarinos. Parecía de los que se queman en lugar de broncearse.

– Suena interesante.

– Ojalá que a ellos se lo pareciera así. ¿En qué…?

– Soy Tempe Brennan -me presenté y le entregué una tarjeta que llevaba en el bolso-. Su secretaria me dijo que podría encontrarlo ahora.

Mientras él examinaba la tarjeta le expliqué el motivo de mi visita.

– Sí, lo recuerdo. Me supo muy mal perder al animal. En aquellos momentos me trajo mala suerte.

De pronto exclamó:

– ¿Quiere usted sentarse?

Y sin aguardar respuesta comenzó a retirar objetos de una silla de vinilo verde y a amontonarlos en el suelo del despacho. Yo eché una rápida mirada a mi alrededor. Comparado con aquel reducido recinto, el espacio de que yo disponía parecía el estadio de los Yankee.

Hasta el espacio de las paredes donde no aparecían estanterías estaba cubierto de reproducciones de animales: picones, pintadas, titís, jabalíes e incluso un oso hormiguero. No se había descuidado ningún nivel de la jerarquía de Linneo. Me recordaba el despacho de un empresario que exhibiera celebridades como trofeos, con la diferencia de que las fotos del profesor no estaban firmadas.

Nos sentamos, él tras su escritorio con los pies apoyados en un cajón abierto, y yo en la silla de visitante recién despejada.

– Sí, realmente me trajo mala suerte -repitió. Y de pronto mudó de tópico-. ¿Es usted antropóloga?

– Hum. Sí.

– ¿Trabaja mucho con primates?

– No. Anteriormente, sí, pero ahora ya no. Pertenezco a la facultad de Antropología de la Universidad de Carolina del Norte en Charlotte. De vez en cuando doy algún curso sobre biología o comportamiento de primates, pero en realidad apenas me dedico ya a ello. Estoy demasiado ocupada con la investigación y especialización forenses.

– Claro. -Agitó la tarjeta-. ¿Qué hacía relacionado con primates?

Me pregunté quién interrogaba a quién.

– Estaba interesada en la osteoporosis, en especial la interacción entre el comportamiento social y el proceso de la enfermedad. Trabajábamos con modelos animales, principalmente rhesus. Manipulábamos los grupos sociales, creábamos situaciones de estrés y luego controlábamos la pérdida ósea.

– ¿Ha trabajado en la naturaleza?

– Sólo en colonias isleñas.

– ¿Por ejemplo?

Enarcó las cejas ambarinas con interés.

– En Cayo Santiago, de Puerto Rico. Durante varios años di clases en una escuela de campo de la isla Morgan, frente a las costas de Carolina del Sur.

– ¿Monos rhesus?

– Sí. ¿Podría explicarme algo acerca del mono que desapareció de sus instalaciones, doctor Bailey?

Hizo caso omiso de mi brusca transición.

– ¿Cómo ha pasado de los huesos de los monos a los cadáveres?

– Biología esquelética. Es lo esencial en ambos.

– Sí, cierto.

– ¿Qué me dice del mono?

– El mono. No puedo decirle gran cosa.

Frotó una Nike contra la otra y luego se inclinó y hojeó unos papeles.

– Una mañana, cuando llegué, me encontré la jaula vacía. Pensamos que quizás alguien habría olvidado pasar el pestillo y que Alma, tal era su nombre, habría salido. Como sabe, suelen hacerlo. Era más lista que el hambre y tenía una habilidad manual extraordinaria y unas manos sorprendentemente pequeñas. Buscamos por el edificio, avisamos a seguridad del campus, registramos hasta el último rincón, pero no logramos encontrarla. Luego vi el artículo que aparecía en el periódico. Ya conoce el resto.

– ¿Qué hacía con ella?

– En realidad Alma no era mi proyecto. Una estudiante trabajaba con ella. Me interesan los sistemas de comunicación animal, en especial, aunque no de modo exclusivo, los que dependen de las feromonas y otras señales olfativas.

El cambio de cadencia junto con el giro a la jerga profesional me dieron la clave de que anteriormente había hecho aquel resumen. Se había lanzado en el juego de «mi investigación consiste en», la abstracción oral científica de cara al público. «El juego» se basa en el principio de FSE: Formulación Sencillamente Estúpida. Se utiliza en cócteles, para obtención de fondos, primeros encuentros y otras ocasiones sociales. Todos tenemos uno y me obsequiaba con el suyo.

– ¿De qué trataba el proyecto?

Basta de hablar de él.

Sonrió secamente al tiempo que ladeaba la cabeza.

– Concernía al lenguaje. La adquisición de lenguaje en los primates del Nuevo Mundo. De ahí tomó su nombre el animal: aprendizaje de la lengua del mono americano: ALMA. Marie Lise debía representar la respuesta de Quebec a Penny Patterson, y Alma sería el KoKo de los monos sudamericanos.

Hizo una floritura con el bolígrafo sobre su cabeza, profirió una risita burlona y por último dejó caer bruscamente el brazo con un leve golpe sobre la mesa. Observé su rostro. No pude discernir si parecía cansado o desanimado.

– ¿Quién era Marie Lise?

– Mi alumna.

– ¿Iba bien el proyecto?

– ¿Quién sabe? Lo cierto es que ella no tuvo tiempo suficiente. La mona desapareció a los cinco meses de iniciarse el proyecto.

Con más sequedad añadió:

– Y poco después también desapareció Marie Lise.

– ¿Dejó los estudios?

El hombre asintió.

– ¿Conoce la razón?

Se tomó una larga pausa para responder.

– Marie Lise era buena estudiante. Aún tenía que comenzar su tesis, pero no me cabía duda alguna de que podría realizarla perfectamente y licenciarse. Le gustaba lo que hacía. Sí, cuando Alma fue asesinada, se quedó desolada. Pero no creo que fuera por eso.

– ¿A qué lo atribuye entonces?

Dibujó pequeños triángulos en uno de los libros. Aguardé a que se tomara su tiempo.

– Su novio la agobiaba constantemente y le insistía para que dejara los estudios. Ella sólo me lo había confesado en una o dos ocasiones, pero creo que la preocupaba mucho. Me lo encontré en un par de fiestas de curso y me pareció un tipo escalofriante.

– ¿En qué sentido?

– Pues… no sé. Antisocial, cínico, hostil, grosero. Como si nunca hubiera asimilado los modales básicos. Me recordaba constantemente a un mono de Harlow, ¿sabe? Como si hubiera sido criado de manera aislada y nunca hubiese aprendido a tratar con sus semejantes. Dijera uno lo que le dijera sonreía despectivo con aire de suficiencia. Resultaba odioso.

– ¿Sospechó que él hubiera matado a Alma para sabotear el proyecto de Marie Lise e impulsarla a dejar los estudios?

Su silencio me hizo comprender que así había sido.

– Se suponía que en aquellos momentos se encontraba en Toronto.

– ¿Pudo demostrarlo?

– Marie Lise le creyó y nosotros no hicimos averiguaciones. ¿Con qué finalidad? Ella estaba demasiado afectada, y Alma había muerto.

No sabía si atreverme a formular la siguiente pregunta.

– ¿Vio usted en algún momento notas del proyecto de Marie Lise?

Dejó de divagar y me miró con dureza.

– ¿Qué quiere decir?

– ¿Existe alguna posibilidad de que ella deseara encubrir algo? ¿Alguna razón por la que quisiera abandonar?

– No, en absoluto.

Se expresaba con una convicción que sus ojos desmentían.

– ¿Sigue en contacto con usted?

– No.

– ¿Es eso corriente?

– Algunos mantienen relación; otros, no.

Seguía dibujando triángulos. Cambié de táctica.

– ¿Quién más tenía acceso al… es un laboratorio?

– Muy pequeño. En el campus tenemos muy pocos animales para estudio. Carecemos de espacio y cada especie debe mantenerse en lugares separados.

– ¿Sí?

– Sí. El CCPA ha establecido pautas específicas en cuanto a control de temperatura, espacio, dieta, parámetros sociales y de comportamiento, en fin, ya sabe.

– ¿El CCPA?

– El Consejo Canadiense para la Protección Animal publica una guía sobre la protección y utilización de animales con fines experimentales que constituye nuestra biblia y a la que debemos atenernos cuantos trabajamos con ellos: científicos, criadores e industriales, y asimismo comprende la sanidad y seguridad del personal que trabaja con ellos.

– ¿Y qué especifica en cuanto a seguridad?

– Las normas son muy concretas.

– ¿Qué medidas seguía usted en ese sentido?

– Ahora trabajo con picones, peces.

Se volvió y señaló el pescado de la pared con el bolígrafo.

– No requieren grandes exigencias. Algunos colegas se dedican a los ratones que tampoco son complicados. Los defensores de animales no suelen ponerse nerviosos con los peces y los roedores.

Su rostro expresaba una extraordinaria sequedad.

– Alma era mamífera, por lo que la seguridad era muy estricta. Disponía de una pequeña habitación que manteníamos cerrada. Y, desde luego, cerrábamos la jaula y la puerta del laboratorio.

Se interrumpió.

– He pensado en ello muchas veces. No logro recordar quién fue el último que salió aquella noche. Me consta que mi clase no era nocturna por lo que no creo que fuese muy tarde. Probablemente algún alumno realizó la última comprobación. La secretaria no comprueba las puertas a menos que se le pida de manera específica.

Hizo una nueva pausa.

– Supongo que debió de entrar alguna persona ajena al proyecto. No es imposible que se dejen las puertas abiertas. Algunos estudiantes son menos fiables que otros.

– ¿Y qué me dice de la jaula?

– La jaula, desde luego, no constituía un problema. Sólo disponía de un candado que nunca encontramos. Supongo que debieron de arrancarlo.

Intenté abordar la siguiente cuestión con delicadeza.

– ¿Llegaron a encontrarse las partes que faltaban?

– ¿Las partes que faltaban?

– Alma había sido… -De nuevo busqué la palabra adecuada-: mutilada. Algunas partes de ella que no estaban en el bulto no se encontraron. Me preguntaba si apareció algo de ello por aquí.

– Como, por ejemplo, ¿qué faltaba?

Su pálido rostro reflejaba el mayor asombro.

– Su mano derecha, doctor Bailey. La diestra había sido cortada por la muñeca. No estaba allí.

No tenía por qué hablarle de las mujeres que habían sufrido recientemente la misma violación, la verdadera razón que me llevaba allí.

Guardó silencio. Uniendo las manos tras la cabeza, se recostó hacia atrás en su asiento y se centró en algo que estaba por encima de mí. Sus mejillas enrojecieron aún más. Un pequeño reloj de radio sonó quedamente dentro de su archivador.

– De modo retrospectivo, ¿qué cree usted que sucedió? -insistí tras prolongado silencio.

No respondió en seguida. Cuando ya estaba convencida de que no lo haría, exclamó:

– Creo que probablemente fue una de las formas de vida mutante que se han desarrollado en el pozo negro alrededor de este campus.

Creí que había acabado. La fuente de su respiración parecía haberse sumido en la profundidad de su pecho. Entonces añadió algo, casi en un susurro, que yo no capté.

– ¿Cómo dice? -le pregunté.

– Marie Lise merecía algo mejor.

Me pareció un comentario extraño. También Alma, pensé, pero me abstuve de expresarlo. De improviso una campanilla interrumpió el silencio agitando todo mi sistema nervioso. Consulté el reloj: eran las diez de la noche.

Esquivé su pregunta acerca de mi interés por una mona muerta hacía cuatro años y, tras agradecerle el tiempo que me había dedicado, le rogué que me llamase si recordaba algo más sobre el particular. Y allí se quedó sentado, otra vez centrado en lo que podía haber flotado sobre mi cabeza. Imaginé que se remontaba en el tiempo, no en el espacio.

Como no me resultaba familiar el territorio, aparqué en la misma calle que la noche en que había deambulado por el Main. Hay que insistir en lo que funciona. Había llegado a considerar aquella excursión como el Gran Tanteo de Gabby. Parecía que hubieran pasado eones y sólo hacía dos días de ello.

Aquella noche era más fresca y caía una suave llovizna. Me subí la cremallera de la chaqueta y regresé a mi coche.

Al salir de la universidad había caminado hacia el norte de St. Denis, pasando junto a una sucesión de boutiques y bistros a gran escala. Aunque a escasas manzanas al este, St. Denis es el sitio adecuado para encontrar algo: un vestido, pendientes de plata, un compañero, el ligue de una noche… Es la calle de los sueños. La mayoría de las ciudades tienen una semejante. Montreal cuenta con dos: Crescent para los anglófonos y St. Denis para los francófonos.

Mientras aguardaba a que cambiase el semáforo en Maisonneuve pensaba en Alma. Bailey probablemente tenía razón. Frente a mí y a mi derecha se encontraba la estación de autobús. Quienquiera que la hubiese matado no habría llegado tan lejos para deshacerse del cuerpo. Aquello sugería un local.

Observé a una pareja joven que salía de la estación de metro Berri-UQAM. Corrían bajo la lluvia, muy abrazados, como calcetines recién salidos de la lavadora.

O se había tratado de alguien que se desplazaba diariamente al trabajo. «De acuerdo, Brennan. Rapta un mono, coge el metro hasta casa, mátalo, descuartízalo y luego llévatelo a cuestas en el metro y abandónalo en la parada del autobús. ¡Una gran ocurrencia!»

Cuando cambió la luz crucé St. Denis y fui en dirección oeste a Maisonneuve recordando todavía mi conversación con Bailey. ¿Qué había en él que me molestaba? ¿Que mostrara excesiva emoción hacia su alumna y muy poca por la mona? ¿Que me hubiera parecido tan… negativo por el proyecto Alma? ¿Que no estuviera enterado de la pérdida de la mano? Pelletier me había dicho que Bailey había examinado el cadáver. ¿No habría reparado en que le faltaba aquella extremidad?

Los restos le habían sido entregados y se los había llevado del laboratorio.

– ¡Mierda! -exclamé en voz alta mientras me daba una palmada imaginaria en la frente.

Un hombre con chándal se volvió a mirarme con aprensión. Iba descalzo y llevaba una bolsa de compra entre los brazos cuyas desgarradas asas formaban extraños ángulos. Le sonreí para tranquilizarlo, y él se alejó arrastrando los pies y agitando la cabeza ante el estado de la humanidad y del universo.

Me censuré por ser constantemente un Colombo. ¡Ni siquiera había preguntado a Bailey qué había hecho con el cuerpo! ¡Vaya detective estaba hecha!

Tras mis autoincrepaciones me propuse reparar el mal hecho procurándome un perro caliente.

Como me constaba que de todos modos no podría dormir, me decidí por ello. De aquel modo podría atribuirlo a la comida. Entré en el Chien Chaud de St. Dominique y encargué un bocadillo aderezado, patatas fritas y una coca cola light.

– No tenemos coca cola: ha de ser pepsi -me dijo un tipo parecido a John Belushi, con densa cabellera negra y pronunciado acento.

Pensé que la vida imita con fidelidad el arte.

Mientras comía en un reservado de plástico rojiblanco examiné los carteles de anuncios de viajes que se desprendían de las paredes. Pensé que sería fantástico encontrarse en uno de aquellos lugares de cielos excesivamente azules y cegadores edificios blancos de Paros, Santorini y Mykonos. Sí, sería fantástico. Los coches comenzaban a atestar las calzadas mojadas. El Main se estaba animando.

Entró un hombre en el establecimiento, al parecer griego, y entabló ruidosa conversación con Belushi. Sus ropas estaban mojadas y olían a humo, grasa y a una especia que no reconocí. Tenía la espesa cabellera salpicada de gotas de agua. Al advertir que lo observaba me sonrió, enarcó una poblada ceja y se pasó lentamente la lengua por el labio superior con el mismo aire con que hubiera podido mostrarme sus hemorroides. Rivalizando con su nivel de madurez le hice un gesto obsceno y concentré mi atención en el escenario que aparecía tras el escaparate.

A través del cristal mojado por la lluvia distinguí una hilera de comercios en la otra acera, oscuros y silenciosos en la víspera de un día festivo. La Cordonnerie la Fleur. ¿Cómo podía llamar un zapatero «la flor» a su establecimiento?

La Boulangerie Nan. Me pregunté si sería el nombre de la panadería, del propietario o sólo un anuncio de pan indígena. A través de los cristales distinguí las estanterías vacías, dispuestas para la entrega matinal. ¿Fabrican pan los panaderos en las fiestas nacionales?

La Boucherie St. Dominique. Sus escaparates estaban cubiertos por anuncios de especialidades semanales. Lapin frais, boeuf, agneau, poulet, saucisse. Conejo fresco, ternera, cordero, pollo, salchicha… mono.

¡Eso es! ¡Ya había vuelto a lo mismo! Tiré el envoltorio arrugado en la bandeja de papel que soportaba mi perro caliente. Los objetos por los que destruimos los árboles. Añadí mi lata de pepsi y deseché todo el conjunto en la basura antes de marcharme.

El coche estaba donde lo había dejado y como lo había dejado. Mientras partía mi cerebro conectó de nuevo con los asesinatos.

Cada giro de los limpiaparabrisas me enviaba una nueva imagen. El brazo truncado de Alma, un giro, la mano de Morisette-Champoux sobre el suelo de la cocina, otro giro, los tendones de Chantale Trottier, nuevo giro, los huesos del brazo con los extremos inferiores rebanados…

¿Era siempre la misma mano? No podía recordar. Tendría que comprobarlo. Las manos humanas no habían desaparecido. ¿Simple coincidencia? ¿Tendría razón Claudel y me estaría volviendo paranoica? Tal vez el raptor de Alma coleccionaba zarpas de animales. ¿O sería simplemente un seguidor demasiado entusiasta de Poe? Giro del limpiaparabrisas. ¿O se trataría de una mujer?

A las once y cuarto entraba en mi garaje. Estaba agotada hasta los tuétanos: llevaba dieciocho horas levantada. Aquella noche ningún perro caliente me mantendría despierta.

Birdie no me había esperado. Según acostumbraba cuando estaba solo, se había enroscado en la pequeña mecedora de madera, junto al hogar. Cuando entré me miró, y sus amarillos ojos parpadearon al verme.

– ¡Hola, Bird! ¿Qué tal te has portado hoy? -le dije rascándole la barbilla-. ¿No hay nada que te mantenga despierto?

Cerró los ojos y estiró el cuello, ya fuese por desdeñarme o por disfrutar mejor de mi caricia. Al retirar la mano el animal bostezó intensamente, volvió a hundir la barbilla entre sus zarpas y me contempló entre sus párpados entornados. Fui al baño sabiendo que por fin me seguiría. Me solté los pasadores del cabello y dejé caer mis ropas en el suelo en un montón, aparté las sábanas y me desplomé en el lecho.

Al instante me dormí profundamente, sin sueños con apariciones fantasmagóricas ni escenarios amenazadores. Por un momento sentí un cálido peso contra mi pierna y comprendí que Birdie había acudido a acompañarme, pero seguí durmiendo, sumida en un negro vacío.

De pronto abrí los ojos entre los fuertes latidos de mi corazón. Me había despertado de súbito con sensación de alarma y no sabía por qué. La transición fue tan brusca que tuve que orientarme.

La habitación estaba negra como boca de lobo, y en el reloj distinguí que era la una y veintisiete. Birdie se había marchado. Me mantuve inmóvil en la oscuridad conteniendo el aliento, escuchando, tratando de hallar una clave. ¿Por qué mi cuerpo enviaba una alerta roja? ¿Acaso habría oído algo extraño? ¿Qué señal había detectado mi radar personal transmitida por algún sensor personal? ¿Habría percibido algo Birdie? ¿Dónde se encontraría? No era usual que merodeara por las noches.

Me relajé y centré más mi atención. El único sonido que percibía eran los latidos de mi corazón. La casa estaba extrañamente silenciosa.

Entonces lo distinguí. Era un suave golpe seguido de un tenue tintineo metálico. Aguardé tensa, sin respirar. Diez, quince, veinte segundos. En el reloj cambiaron los dígitos luminosos. Luego, cuando creí haberlo imaginado, volví a oír el golpecito seguido del tintineo. Rechiné los dientes como un torno de Black and Decker y apreté con fuerza los puños.

¿Habría alguien en el apartamento? Me había acostumbrado a los sonidos habituales del lugar y aquél era diferente, intruso e insólito.

Aparté en silencio la colcha y puse los pies en el suelo. Bendije mi desorden del día anterior al tiempo que recogía mi camiseta y mis pantalones téjanos y me los ponía, y anduve con sigilo sobre la alfombra.

Me detuve en la puerta del dormitorio y miré atrás en busca de una posible arma. No disponía de nada. Aunque no había luna, la luz de una farola callejera se filtraba por la ventana en el dormitorio contiguo e iluminaba parcialmente el pasillo con su tenue resplandor. Seguí adelante, dejé atrás los cuartos de baño y me dirigí hacia el vestíbulo cuyas puertas daban al patio. Me detenía con frecuencia para escuchar, conteniendo la respiración y con los ojos muy abiertos. Ante la puerta de la cocina distinguí de nuevo el sonido: un golpecito y un tintineo procedentes de algún lugar próximo a las puertas vidrieras.

Me metí en la cocina y miré hacia las puertas que daban al patio del apartamento. Nada se movía. Maldije en silencio mi aversión a las armas y escudriñé el recinto en busca de un objeto defensivo. La cocina no era exactamente un arsenal. Deslicé en silencio la temblorosa mano por la pared buscando a tientas el tablero de los cuchillos. Escogí un cuchillo de pan que empuñé con fuerza por el mango y extendí el brazo apuntando amenazadora con la hoja.

Lentamente avancé descalza de puntillas lo suficiente para inspeccionar el salón, tan oscuro como el dormitorio y la cocina.

Distinguí a Birdie entre las tinieblas. Estaba encogido a escasa distancia de las puertas y fijaba la mirada en algo que se encontraba al otro lado del cristal mientras movía la cola formando pequeños arcos. El animal parecía tan tenso como la cuerda de un arco a punto de dispararse.

Otra repetición del sonido interrumpió mis latidos y mi respiración. Procedía del exterior. Birdie irguió las orejas.

Avancé cinco temblorosos pasos y llegué junto al gato, al que acaricié instintivamente la cabeza. El animal esquivó el inesperado contacto y se precipitó al otro lado de la sala con tanto ímpetu que arrancó pelusa de la alfombra en forma de pequeñas y negras comas entre la lúgubre oscuridad. Si un gato pudiera gritar, eso habría hecho Birdie.

Su huida me desconcertó totalmente. Por un instante me quedé paralizada, como convertida en la estatua de Easter Island. La voz del pánico me conminaba interiormente a imitar al animal y escapar de allí.

Retrocedí un paso. Golpe y tintineo. Me detuve y así el cuchillo como si fuera un cable de salvamento. Silencio, oscuridad, los latidos de mi corazón. Los escuché mientras buscaba en mi mente un sector aún capaz de razonar de modo crítico.

Pensé que si había alguien en el apartamento se encontraría detrás de mí. Por consiguiente mi vía de escape era hacia adelante, no hacia atrás. Pero si ese alguien se hallaba afuera no debía facilitarle el acceso.

Argumenté conmigo misma que el ruido se percibía desde el exterior, que lo que Birdie había oído procedía de allí.

Echaría una mirada. Me aplastaría contra la pared contigua a las puertas que daban al patio y apartaría las cortinas lo suficiente para observar. Tal vez distinguiera alguna forma entre la oscuridad.

Una lógica razonable.

Armada con mi cuchillo, despegué un pie de la alfombra y avancé hasta alcanzar la pared. Respiré profundamente y aparté levemente la cortina. Las formas y sombras del patio apenas se definían pero eran identificables. El árbol, el banco, algunas matas. Nada que pudiera calificarse de movimiento salvo las ramas impulsadas por el viento. Me mantuve largo rato en aquella posición sin advertir cambio alguno y a continuación me dirigí hacia el centro de las cortinas y comprobé que la manecilla de la puerta estaba cerrada.

Con el cuchillo dispuesto me acerqué furtivamente por la pared hacia la puerta principal y el sistema de seguridad. La luz de emergencia brillaba tenuemente sin revelar ninguna irregularidad. Siguiendo un impulso pulsé el botón de prueba.

Un estrépito quebró el silencio y, pese a que lo había previsto, me sobresalté. Eché la mano hacia adelante protegiéndome con el arma.

¡Qué necia había sido! El sistema de seguridad funcionaba sin que lo hubiera provocado ninguna causa anormal. ¡Nadie había violentado puerta alguna ni entrado en la casa!

Por consiguiente se encontraba afuera, me dije terriblemente agitada.

Tal vez, dialogué conmigo misma, pero eso no era tan peligroso. Encendería algunas luces, demostraría cierta actividad, y cualquier merodeador con sentido común se largaría de allí.

Traté de tragar saliva pero tenía la boca muy reseca. Con un gesto de valentía encendí la luz del vestíbulo rápidamente y a continuación todas las luces que había desde allí hasta mi dormitorio sin descubrir a ningún intruso. Cuando me sentaba en el borde del lecho sin soltar mi arma distinguí de nuevo el sonido. Un ruido sofocado y un tintineo. Me puse en pie de un salto y estuve a punto de cortarme.

Envalentonada por mi convicción de que no había ningún intruso en el interior pensé en tratar de descubrirlo y avisar a la policía.

Volví junto a las puertas vidrieras que daban al patio, en esta ocasión con rapidez. Aquella habitación seguía aún a oscuras. Moví otra vez el borde de la cortina para mirar al exterior, en esta ocasión con más audacia que la anterior.

El escenario era el mismo. Formas vagamente familiares, algunas movidas por el viento. Golpe y tintineo. Me sobresalté de modo involuntario y luego pensé que aquel ruido se encontraba detrás de las puertas, no en ellas.

Recordé el foco del patio y me desplacé en busca del interruptor. En aquella ocasión no me preocuparía molestar a los vecinos. Una vez encendida la luz, volví junto al borde de la cortina. El foco no era potente pero mostraba con bastante claridad todo el recinto exterior.

Aunque la lluvia había cesado seguía corriendo la brisa, y una suave neblina flotaba bajo el rayo de luz. Escuché unos instantes sin percibir nada. Escudriñé el campo de visión disponible varias veces también en vano. Temerariamente desactivé el sistema de seguridad, abrí las puertas y asomé la cabeza al exterior.

A la izquierda, contra la pared, la negra picea estaba a la altura de su nombre pero ninguna sombra extraña se mezclaba con sus ramas. El viento soplaba levemente y las ramas se movían. Golpe y tintineo. Una nueva oleada de espanto.

La verja. El ruido procedía de la verja. Volví bruscamente los ojos a tiempo de captar un ligero movimiento en el instante en que se cerraba. Mientras observaba, el viento arreció de nuevo y la verja se movió ligeramente entre los límites del pestillo. Golpe y tintineo.

Contrariada salí al patio y fui hacia allí. ¿Por qué no había reparado nunca en aquel sonido? Entonces volví a estremecerme: el candado que impedía cualquier movimiento del pestillo había desaparecido. ¿Habría olvidado Winston colocarlo tras cortar el césped? Así debía de haber sido.

Di un brusco empujón a la verja para asegurar todo lo posible el pestillo y regresé hacia la puerta. Entonces percibí otro sonido, más delicado y sofocado.

Miré hacia el lugar de donde procedía y distinguí un objeto extraño en mi herbario. Como una calabaza clavada en un palo que surgiera del suelo. El suave crujido procedía de la funda de plástico al ser movida por el viento.

De pronto comprendí la horrible realidad. Sin saber por qué intuí lo que había bajo aquella funda. Avancé con piernas temblorosas sobre el césped y arranqué el plástico.

Aquella visión me provocó náuseas y me obligó a devolver. Me enjugué la boca con la mano y me precipité en mi casa, di un portazo y, tras asegurar la puerta, volví a instalar el sistema de seguridad.

Busqué torpemente un número, me abalancé hacia el teléfono y me esforcé por pulsar las teclas adecuadas. Me respondieron al cuarto timbrazo.

– ¡Venga en seguida! ¡Ahora mismo!

– ¿Es Brennan?-repuso una voz soñolienta-. ¿Qué diablos…?

– ¡Venga inmediatamente, Ryan!

Capítulo 24

Más tarde, y tras cuatro litros de té, estaba encogida en la mecedora de Birdie y observaba aturdida a Ryan, que en aquel momento realizaba su tercera llamada -en esta ocasión, personal- asegurándole a alguien que regresaría en seguida. A juzgar por sus palabras, su interlocutor se mostraba insatisfecho e insistente.

Mi histeria se había visto recompensada. Ryan había llegado veinte minutos después. Registró el apartamento y el patio y luego se puso en contacto con el CUM para que enviaran un coche patrulla a vigilar el edificio. Había colocado la bolsa y su espantoso contenido en otra bolsa mayor, la selló y la dejó en el suelo, en un rincón del comedor, con la intención de llevársela después. El equipo de investigación vendría por la mañana. Estábamos en el comedor: yo, sentada, tomaba un té, y Ryan paseaba arriba y abajo y charlaba.

No sabía exactamente qué me producía efectos más tranquilizadores, si el té o Ryan. Probablemente no sería la infusión. En realidad, lo que deseaba era una bebida más fuerte. Pero «desear» no era la palabra adecuada: «ansiar» sería más exacta. Lo cierto es que deseaba beber mucho, apurar una botella hasta la última gota. «Olvídalo, Brennan. El tapón está puesto y seguirá ahí.»

Bebí un trago de té y observé a Ryan. Llevaba téjanos y una descolorida camisa vaquera. Buena elección. Las tonalidades azules iluminaban sus ojos como si colorearan una película antigua. Concluyó sus llamadas, pero siguió paseando.

– Ya está -dijo.

Tiró el teléfono en el sofá y se pasó la mano por el rostro. Estaba despeinado y con aspecto cansado. Pero probablemente tampoco yo parecería Claudia Schiffer.

Me pregunté a qué se referiría.

– Le agradezco que haya venido -dije-. Me temo haber reaccionado exageradamente.

Ya lo había dicho, pero lo repetí.

– No, nada de eso.

– No acostumbro…

– No pasa nada. Vamos a cazar a ese psicópata.

– Yo podría haber…

Se inclinó y apoyó las manos en las rodillas al tiempo que fijaba en las mías sus frías pupilas. Tenía una mota de pelusa en las pestañas, como una partícula de polen pegada en un pistilo.

– Brennan, esto es muy grave. Por ahí anda un tipo que es una especie de mutante mental, psicológicamente contrahecho. Es como las ratas que socavan montones de basura y se escabullen por los conductos del alcantarillado de esta ciudad: un depredador. Tiene los cables cruzados y ahora la ha introducido a usted en la pesadilla degenerada que está maquinando. Pero ha cometido un error y nosotros lo obligaremos a descubrirse y lo aplastaremos. Eso haremos con ese gusano.

Me sobresaltó la intensidad de su respuesta y no se me ocurrió qué decir. No me parecía aconsejable señalarle sus confusas metáforas.

Ryan tomó mi silencio como escepticismo.

– Lo digo en serio, Brennan. Ese cerdo tiene el cerebro de un sádico, lo que significa que usted debe renunciar a sus artimañas.

Su comentario me incitó a comportarme de modo descortés, algo que no exigía mucho incentivo. Me sentía vulnerable y dependiente y me odiaba a mí misma por ello, por lo que volqué en él mis frustraciones.

– ¿Artimañas? -repliqué.

– ¡Diablos, Brennan, no me refiero a esta noche!

Ambos sabíamos a qué se refería. Tenía razón, lo que intensificaba mi malestar y me incitaba a discutir. Hice girar el té ya frío y guardé silencio.

– Es evidente que ese animal ha estado acechándola -insistió, machacón como un martillo mecánico-. Sabe dónde vive y cómo entrar en su casa.

– No ha llegado a entrar.

– ¡Ha colocado una cabeza humana en su patio!

– ¡Lo sé! -grité perdiendo en gran parte mi compostura. Desvié la mirada hacia el rincón del comedor. El objeto procedente del jardín yacía allí, silencioso e inerte, un artefacto que aguardaba ser procesado. Podía haberse tratado de cualquier cosa: un balón, un globo, un melón. El objeto redondo contenido en la brillante bolsa de color negro parecía inofensivo en el interior del plástico donde Ryan lo había encerrado.

Sin apartar de él los ojos, cruzaron por mi mente imágenes de su espantoso contenido. Vi el cráneo apoyado en el angosto cuello del palo, las vacías órbitas fijas en el frente y la rosada luz del neón brillando en el blanco esmalte de la boca abierta. Imaginé al intruso rompiendo el candado y cruzando el patio con osadía para depositar allí su horripilante recuerdo.

– Lo sé -repetí-, tiene razón. Tendré que andarme con mucho cuidado.

Hice girar de nuevo mi taza buscando respuesta en las hojas.

– ¿Quiere más té? -ofrecí.

– No, estoy bien. -Se levantó-. Voy a comprobar si ha llegado la patrulla.

Desapareció por la parte posterior del apartamento y yo me serví otra taza. Aún estaba en la cocina cuando él regresó.

– Han aparcado en la callejuela de enfrente y se instalará otra en el otro lado. Lo comprobaré cuando me marche. Nadie podrá acercarse a este edificio sin ser visto.

– Gracias.

Tomé un trago y me apoyé en el mostrador.

Ryan sacó un paquete de DuMaurier del bolsillo y me miró con aire interrogante.

– Desde luego -dije.

Odiaba el humo en el apartamento, pero probablemente él tampoco estuviera a gusto allí. La vida consiste en concesiones mutuas. Pensé en buscar mi único cenicero, pero no me molesté. Él fumaba y yo bebía sin hablar, apoyada contra el mostrador, sumidos ambos en nuestros pensamientos. Se oía el zumbido del refrigerador.

– ¿Sabe? No ha sido realmente el cráneo lo que me ha asustado. Estoy acostumbrada a ello. Ha sido hallarlo fuera de contexto.

– Desde luego.

– Parecerá un cliché, lo sé, pero me siento como violada. Igual que si una criatura extraña invadiese mi espacio personal, hurgara por él y se marchara cuando dejara de interesarle.

Así la taza con fuerza, sintiéndome vulnerable y odiando tal situación. Y también me sentía necia. Sin duda que él había oído versiones parecidas en múltiples ocasiones. De ser así, no hizo alusión a ello.

– ¿Cree que se trata de Saint Jacques?

Me miró y sacudió la ceniza en el fregadero. Se recostó contra el mostrador y dio una fuerte calada. Sus piernas llegaban casi hasta el refrigerador.

– No lo sé. ¡Diablos!, si ni siquiera podemos identificar a quién perseguimos. Saint Jacques probablemente es un alias. Quienquiera que utilizase aquel agujero sin duda no vivía realmente allí. Resulta que la patrona sólo lo vio dos veces. Hemos vigilado la casa una semana y nadie ha entrado ni salido de ella.

Hum. Calada, humo, volutas.

– Él tenía mi fotografía en su colección. La había recortado y marcado.

– Sí.

– Sea sincero conmigo.

– Yo diría que sí -repuso tras una larga pausa-. Es muy improbable una coincidencia.

Lo sabía, pero no deseaba oírselo decir. Aún más, no quería pensar en lo que ello significaba. Señalé el cráneo.

– ¿Corresponde al cadáver que encontramos en Saint Lambert?

– Lo ignoro, eso es de su competencia.

Dio una última calada, echó agua en la colilla y miró en torno algún lugar donde tirarla. Yo abrí un armario que contenía una bolsa de basura. Al levantarse apoyé una mano en su antebrazo.

– ¿Me cree loca, Ryan? ¿Cree que esa idea del asesino en serie sólo es fruto de mi imaginación?

Se irguió y fijó sus ojos en mí.

– No lo sé. Sencillamente, lo ignoro. Acaso usted no se equivoque. Son cuatro las víctimas femeninas en un período de dos años que han sido descuartizadas o mutiladas, ambas cosas. Y tal vez haya una quinta. Quizás existan algunas similitudes en la mutilación, en la inserción de objetos, pero eso es todo. Hasta el momento no existe otro vínculo. Quizás estén relacionadas o no. Tal vez haya un camión cargado de sádicos que operan independientemente o sea Saint Jacques el causante de todas esas muertes. Acaso le agrade coleccionar historias sobre hazañas ajenas o se trate de una sola persona, pero de alguien distinto. Quizás en estos momentos imagina su próxima excursión. Ese bastardo pudo limitarse a plantar un cráneo en su patio: lo ignoro. Pero me consta que esta noche un psicópata dejó un cráneo en sus petunias. Verá, no quiero que vuelva a exponerse. Quiero que me prometa que irá con cuidado, que no habrá más expediciones.

De nuevo el paternalismo.

– Era perejil.

– ¿Cómo?

Se había expresado con gran brusquedad para impedir otras observaciones frivolas.

– ¿Qué desea exactamente que haga? -pregunté.

– Por el momento basta de salidas secretas. -Señaló con un dedo la bolsa-. Y dígame de quién se trata.

A continuación consultó el reloj y añadió:

– ¡Por Cristo! ¡Son las tres y cuarto! ¿Se siente bien?

– Sí. Gracias por haber venido.

– De acuerdo.

Comprobó de nuevo el teléfono y el sistema de seguridad y recogió la bolsa de plástico. Lo acompañé hasta la puerta. Mientras lo veía alejarse no dejé de advertir que sus ojos no eran el único rasgo que los téjanos destacaban a la perfección. «¡Por Dios, Brennan! ¡Tienes demasiado té encima… o demasiado poco de lo otro!»

A las cuatro veintisiete exactamente comenzó de nuevo la pesadilla. Al principio creí que estaba soñando, revisando los acontecimientos vividos. Pero en realidad no había llegado a dormirme. Estaba tendida, esforzándome por relajarme y daba rienda suelta a mis pensamientos, que se fragmentaban y reunían como las formas en un caleidoscopio. Pero el sonido que percibía de nuevo era auténtico y actual. Reconocía qué era y lo que significaba. El pitido de la alarma de seguridad me hizo comprender que se había abierto una puerta o ventana. El intruso había regresado y entrado en la casa.