/ / Language: Español / Genre:detective

Cuenta hasta diez

Karen Rose

Tras ser abandonados por su madre, un chico y su hermano pequeño terminan en la red estatal de hogares de acogida. Sin embargo, quienes a partir de entonces tenían que cuidar de ellos los dejan a su suerte. Y años después… Reed Solliday tiene más de quince años de experiencia en el cuerpo de bomberos de Chicago, luchando contra los incendios y, sobre todo, investigando su origen. Pero nunca había presenciado nada parecido al reciente estallido de fuegos provocados por alguien frío, meticuloso y cada vez más violento. Cuando en la última casa incendiada aparece el cadáver de una mujer asesinada, Reed se ve obligado a colaborar con la policía. Y la detective de homicidios Mia Mitchell es una mujer impetuosa, más acostumbrada a dar órdenes que a recibirlas, y se niega a aceptar que los motivos habituales puedan ser la causa de un odio tan calculado. Algo más se esconde detrás de todo ello… Una intriga absorbente por una de las autoras con mayor éxito de ventas en Estados Unidos, Gran Bretaña y Alemania.

Karen Rose

Cuenta hasta diez

Suspense 06

Título original: Count to Ten

Para Martin, por los veinticinco mejores años de mi vida.

Te quiero.

Para Cristy Carrington, por tu maravillosa

poesía y por ver en mis personajes emociones

que yo ni siquiera detecté. Era un diamante en bruto

y tú lo embelleciste.

Para las hermanas del alma que me conocen y me quieren a pesar de todo. Yo también os quiero.

Prólogo

Springdale, Indiana,

jueves, 23 de noviembre, 23:45 horas

El hombre miró las llamas con macabra satisfacción. La casa ardía.

Creyó oír sus gritos. «¡Socorro! ¡Ay, Dios mío, socorro!» Ansiaba oírlos, deseaba que no solo fuesen producto de su imaginación. Esperaba que padecieran el más atroz de los dolores.

Estaban atrapados en el interior. En varios kilómetros a la redonda no había vecinos a los que pedir ayuda. Él mismo podía coger el móvil y llamar a la policía o a los bomberos. Hizo un gesto despectivo con la boca. ¿Para qué? Por fin recibían lo que merecían. Por fin. Que lo recibiesen de su propia mano no era ni más ni menos que… justo.

No recordaba haber prendido el fuego, aunque sabía que había tenido que hacerlo. No apartó la mirada de la casa en llamas y se llevó las manos a la nariz. Olisqueó los guantes de piel y notó el olor a gasolina.

Pues sí, lo había hecho. Estaba ardiente e intensamente contento de haberlo hecho.

No recordaba haber conducido el coche hasta allí. Sin duda tuvo que hacerlo. Reconoció la casa a pesar de que nunca había vivido en ella. De haberlo hecho, todo habría sido distinto. De haberlo hecho, Shane estaría ileso. Tal vez Shane seguiría vivo y el odio profundo y hormigueante que durante tanto tiempo había enterrado tal vez no habría llegado a existir.

Pero no había vivido allí. Shane había estado solo, como un cordero entre lobos. Cuando él se fue y regresó, su hermano ya no era un chiquillo feliz. Cuando regresó, Shane caminaba cabizbajo y su mirada revelaba vergüenza y temor.

Le habían hecho daño. La ira burbujeó y estalló. En la misma casa en la que Shane tendría que haber estado a salvo, en la misma casa que ahora ardía como el infierno, le habían hecho tanto daño que Shane no volvió a ser el mismo.

Shane estaba muerto. Ahora ellos padecían, igual que su hermano. Era… justo.

Suponía que era inevitable que, de vez en cuando, el odio y la ira afloraran. Habían formado parte de su persona casi desde que tenía memoria. Sin embargo, el motivo de su ira… lo había ocultado a todos, incluso a sí mismo. La había negado durante tanto tiempo y referido tan bien los hechos… Incluso le costaba recordar la verdad. Hasta había olvidado períodos completos. Se había obligado a olvidar porque recordar resultaba demasiado doloroso.

Pero ahora recordaba. A cada persona que les levantó la mano para hacerles daño, a cada persona que debió protegerlos y no lo hizo, a cada persona que miró para otro lado.

Tenía que ver con el niño, el crío que le recordó a Shane, el que lo miró en busca de ayuda y protección. Esa noche el niño lo miró atemorizado y avergonzado. Por eso retrocedió tantos años. Retrocedió a una época que odiaba recordar, una época en la que era… bueno, era débil, patético e inútil.

Entrecerró los ojos a medida que las llamas lamían las paredes de la casa de madera, que ardió como si se tratase de leña seca. Ya no era débil, patético ni inútil. Ahora cogía lo que quería y las consecuencias le traían sin cuidado.

Como siempre, la sensatez se impuso a la ira.

Lamentablemente, a veces las consecuencias le importaban, sobre todo cuando la ira lo dominaba como esa noche. No era la primera vez que había tomado distancia y mirado lo que había hecho, casi sin recordar la acción en sí. Era el primer incendio…

Tragó saliva con dificultad. Era el primer incendio en mucho tiempo. Claro que había hecho otras cosas, cosas necesarias, cosas que, si lo pescaban, lo conducirían a la cárcel. Esta vez acabaría en la cárcel de verdad, no en un centro de detención de menores, que ya era bastante malo aunque manejable si tenías dos dedos de frente.

Aquella noche había matado. Y no se arrepentía lo más mínimo. Había tenido suerte. La casa estaba muy lejos de los vecinos y de miradas curiosas. ¿Y si hubiera sido un barrio populoso? ¿Y si lo hubiesen visto? Siempre se hacía la misma pregunta: ¿y si lo pillaban?

Un día, la ira que bullía en su interior lo metería en más líos de los que podía solucionar. Esa ira gobernaba sus actos y lo volvía vulnerable. Apretó los dientes. Ser vulnerable era lo único que jamás permitiría que volviese a ocurrir.

De repente, la solución le pareció muy clara: la ira debía desaparecer.

Por lo tanto, tenía que acabar con su origen, es decir, con todas las personas que les habían hecho daño y mirado para otro lado; todas debían desaparecer. Mientras contemplaba las llamas evocó el recuerdo de cada una de ellas. Vio rostros, oyó nombres y sintió odio.

Ladeó la cabeza cuando el techo se desplomó y, como un millón de minúsculas bengalas, las chispas salieron disparadas hacia el cielo. Había montado un gran espectáculo de fuegos artificiales.

Sería difícil superarlo, pero lo conseguiría. No hacía nada a medias. Hiciera lo que hiciese, necesitaba que estuviese bien… tanto por Shane como por sí mismo. Entonces podría cerrar definitivamente el libro sobre esa parte de su vida y seguir su camino.

Cabía la posibilidad de que la última lluvia de chispas bastase para que avisaran a los bomberos. Más le valía largarse mientras podía. Montó en el coche y, con una sonrisa en los labios, emprendió el regreso a la ciudad. En su mente se formaron los esbozos de un plan.

Sería un espectáculo insuperable. Cuando el telón cayera por última vez, finalmente Shane podría descansar en paz y él sería libre para siempre.

Capítulo 1

Chicago, sábado, 25 de noviembre, 23:45 horas

Una rama golpeó la ventana y Caitlin Burnette apretó los dientes. «No es más que el viento -masculló-. Tengo que dejar de actuar como una cría». De todas maneras, el silencio de la noche era inquietante y estar sola en la vieja y crujiente casa de los Dougherty la inquietaba. Clavó nuevamente la mirada en el libro de estadística que la obligaba a pasar sola la noche del sábado. La fiesta estudiantil habría sido mucho más divertida… y ruidosa. Por eso ella estaba allí, estudiando la asignatura más tediosa en el silencio de una casa vieja y aburrida en lugar de hacerlo en su habitación en la universidad mientras a su alrededor celebraban una fiesta.

El profesor de estadística había programado el examen para el lunes por la mañana. Si le iba mal, suspendería el semestre. Si suspendía otra asignatura, su padre le quitaría el coche, lo vendería y usaría el dinero para llevar a su madre a las Bahamas.

Caitlin hizo rechinar los dientes. Le demostraría de lo que era capaz. Aprobaría el condenado examen aunque en ello le fuese la vida. Si suspendía, ya tenía ahorrado el dinero para comprar ese mismo coche u otro mejor. Lo que los Dougherty le pagaban por cuidar del gato era poco, aunque suficiente para apañarse y…

Otro ruido la obligó a levantar la cabeza y entrecerró los ojos. «¿Qué ha sido eso?» Procedía de la planta baja. Parecía… parecía el ruido de las patas de una silla al arrastrarla por el suelo de madera.

Se dijo que debía llamar a la policía. Acercó la mano al teléfono, pero respiró hondo y se obligó a tranquilizarse. «Probablemente es el gato». Consideró ridículo llamar a la policía por un gato persa demasiado mimado y obeso. Además, no tenía permiso para estar allí. La señora Dougherty había sido muy clara: no podía «quedarse», no podía «hacer una fiesta», no podía «usar el teléfono». Lo único que tenía que hacer era dar de comer al gato y cambiarle la arena.

Cabía la posibilidad de que, si se enteraban de que estaba allí, los Dougherty se enfadaran y no quisieran pagarle. Caitlin suspiró. Por si eso fuera poco, su padre también se enteraría y se lo pasaría en grande. Tanto lío por un gato estúpido y peludo que se llamaba ni más ni menos que Percy.

No estaba de más ser cuidadosa. Caitlin salió sigilosamente del cuarto de huéspedes que los Dougherty usaban como despacho y se dirigió al dormitorio principal; sacó la pistola del cajón de la mesilla de noche de la señora Dougherty y le quitó el seguro. La había descubierto en una ocasión en la que buscaba un bolígrafo. Era del calibre 22, igual que la que había disparado infinidad de veces cuando su padre la llevaba al campo de tiro. Bajó la escalera con el arma apoyada en el muslo. Estaba oscuro como boca de lobo, pero tuvo miedo de encender la luz. «Caitlin, déjalo estar y llama a la policía». Siguió bajando, sin hacer ruido, hasta que a dos peldaños enmoquetados del final la madera crujió. Se detuvo con el pulso acelerado y aguzó el oído.

Oyó un siseo. En la casa había alguien que siseaba.

El chirrido de algo pesado que arrastraban tapó el siseo. Fue entonces cuando olió a gas.

«Sal y pide ayuda». Se echó hacia delante y trastabilló al golpear el suelo de madera dura de la base de la escalera. Cayó de rodillas, el arma escapó de su mano y se deslizó ruidosamente por el suelo.

El siseo se interrumpió. Desesperada, Caitlin intentó recobrar el arma, la buscó a tientas en la penumbra y palpó frenética el suelo frío. Por fin dio con la pistola y se incorporó. «¡Sal, sal, sal!»

Había dado dos pasos en dirección a la puerta cuando recibió un golpe por detrás y cayó. Intentó gritar, pero no pudo respirar. Se deslizaron unos metros hasta que el hombre la puso boca arriba y se tumbó sobre ella. Era enorme. «¡Por favor, Dios mío!». Forcejeó, pero el individuo era muy fornido y en un segundo le arrebató la pistola. El aliento ardiente del desconocido resonó en el oído de Caitlin. La respiración del hombre se volvió entrecortada y la muchacha notó que tenía una erección. «Dios, por favor, eso sí que no».

Cerró los ojos con fuerza mientras el desconocido agitaba las caderas con evidente intención.

– Por favor, déjeme ir. No debería estar aquí. Le prometo que no se lo diré a nadie.

– No deberías estar aquí -repitió-. Has tenido mala suerte.

La voz del hombre sonó falsamente ronca, como una pésima imitación de Darth Vader. Empeñada en recordar hasta el último detalle para contárselo a la policía en cuanto escapase, Caitlin se centró en la situación y musitó:

– Por favor, no me haga daño.

El desconocido titubeó. Caitlin notó que el hombre aspiraba y contenía la respiración mientras el tiempo parecía detenerse. Al final exhaló y rio.

Domingo, 26 de noviembre, 1:10 horas

Reed Solliday se movió entre los congregados y prestó atención a cuanto ocurría. Observó sus rostros mientras la casa ardía. Era un barrio con solera, de clase media, y las personas que aguantaban el frío parecían conocerse. Estaban conmocionadas e incrédulas y temían que el viento impulsase las llamas hasta sus hogares. A un lado se encontraban tres señoras mayores, con caras de preocupación iluminadas por los restos del incendio cuyo control había requerido dos dotaciones de bomberos. Ese incendio era demasiado intenso, alto y había empezado en demasiados puntos del interior de la casa como para ser accidental.

A pesar de la conmoción, era el mejor momento para interrogar a los curiosos, ya que todavía no habían tenido tiempo de compartir historias. Aunque se tratara de grupos que no tenían nada que ocultar, las historias compartidas se convertían en relatos homogeneizados en los que podías pasar por alto detalles significativos.

Los incendiarios podían quedar en libertad y el trabajo de Reed consistía en impedir que ocurriese.

– Señoras… -Se acercó a las tres mujeres y les mostró la placa-. Soy el teniente Solliday.

Las tres le pegaron un buen repaso.

– ¿Es policía? -preguntó la del medio.

La mujer parecía rondar los setenta años y era tan escuálida que Reed se sorprendió de que el viento no la hubiera arrastrado. Llevaba los cabellos blancos recogidos con rulos y el camisón de franela sobresalía por debajo del abrigo de lana y se arrastraba por el suelo helado.

– Soy investigador jefe de incendios -respondió Reed-. Tengan la amabilidad de darme sus nombres.

– Me llamo Emily Richter y ellas son Janice Kimbrough y Darlene Desmond.

– ¿Conocen bien el barrio?

Richter se sorbió la nariz.

– Hace casi cincuenta años que vivo aquí.

– Señora, ¿quién ocupa esa casa?

– Joe y Laura Dougherty vivían aquí, pero Laura falleció y cuando Joe se jubiló se trasladó a Florida. Ahora la ocupan el hijo y la nuera. Joe se la vendió por un precio irrisorio, con lo que devaluó las propiedades del barrio.

– Ahora no están -intervino Janice Kimbrough-. Se han ido a Florida a pasar el día de Acción de Gracias con Joe.

– ¿De modo que en la casa no había nadie?

Era lo mismo que les habían dicho a los bomberos cuando llegaron.

– No hay nadie, a menos que hayan adelantado el regreso -apostilló Janice.

– Pues no han vuelto -aseguró Richter con firmeza-. La furgoneta es demasiado alta y no entra en el garaje, de modo que aparcan en la calzada de acceso. Como no está, es evidente que aún no han regresado.

– ¿Han visto por aquí a alguien que no sea del barrio?

– Ayer vi entrar y salir a una chica -repuso Richter-. El hijo de Joe contó que habían contratado a alguien para dar de comer al gato. -Volvió a sorber por la nariz-. En el pasado, Joe nos habría dado la llave y un paquete de comida para gatos, pero su hijo ha cambiado las cerraduras y ha contratado a una chica.

A Reed se le erizó el vello de la nuca. Llamémoslo intuición o lo que sea, pero la cosa no pintaba nada bien.

– ¿Ha dicho una chica?

– Una universitaria -precisó Darlene Desmond-. La nuera de Joe me dijo que no se instalaría en la casa, que solo iría un par de veces al día para darle de comer al gato.

– Señoras, ¿los Dougherty tienen más coches? -quiso saber Reed.

Janice Kimbrough frunció el entrecejo.

– La esposa de Joe hijo conduce un utilitario… me parece que un Ford.

Richter negó con la cabeza y puntualizó:

– Es un Buick.

– ¿La furgoneta y el Buick son los únicos vehículos que tienen? -Reed había visto en el garaje los restos retorcidos de dos vehículos, por lo que se le cerró la boca del estómago. Las tres señoras asintieron y cruzaron miradas de desconcierto-. Es todo. Muchas gracias, señoras, han sido de gran ayuda.

Cruzó la calle a la carrera hasta donde se encontraba el capitán Larry Fletcher, junto al equipo y con la radio en la mano.

– Hola, Larry.

– Hola, Reed. -Larry continuó mirando la casa con el ceño fruncido-. Se trata de un incendio provocado.

– Comparto tu opinión. Larry, es posible que dentro haya alguien.

El capitán meneó negativamente la cabeza.

– Las ancianas afirman que los dueños no están.

– Los dueños le encargaron a una universitaria que cuidase al gato.

Larry giro la cabeza bruscamente.

– Dijeron que en la casa no había nadie.

– Habían acordado que la muchacha no dormiría allí, pero en el garaje hay dos coches, ¿no? Los dueños de la casa solo dejaron un utilitario. El otro vehículo de que disponen es la furgoneta en la que viajaron. Larry, debemos comprobar si la chica está dentro.

Larry asintió y se acercó la radio a la boca:

– Mahoney, posible víctima en el interior.

La radio emitió interferencias.

– Entendido, intentaré volver a entrar.

– Sal si se vuelve demasiado peligroso -ordenó Larry y se volvió hacia Reed con mirada inescrutable-. Si la chica está dentro…

Reed asintió torvamente.

– Lo más probable es que esté muerta. Lo sé. Seguiré sondeando a los congregados. Autorízame a entrar en cuanto sea posible.

Domingo, 26 de noviembre, 2:20 horas

Su corazón aún latía con fuerza y rapidez. Todo había salido tal como lo había planificado.

Bueno, no exactamente como lo había planificado. La señorita Caitlin Burnette era una sorpresa que no esperaba. Sacó el permiso de conducir del bolso que le había arrebatado. Era un pequeño recuerdo de la velada. La chica había dicho que no debía estar en la casa y le suplicó que la dejase marchar. Prometió que no se lo contaría a nadie, pero estaba claro que mentía. Las mujeres no decían más que mentiras. Lo sabía perfectamente.

Apartó deprisa la tierra que tapaba el escondite y destapó el cubo de plástico. Baratijas brillantes y llaves llamaron su atención. Las había enterrado el primer día que estuvo allí y desde entonces no había vuelto a verlas. No tuvo motivos para hacerlo. No fue necesario guardar nada, pero esa noche las había desenterrado. Echó el bolso de Caitlin sobre el resto de las baratijas, tapó el cubo y lo cubrió de tierra. Ya estaba. Ahora podía dormir.

Se relamió los labios mientras se alejaba. Todavía saboreaba a la chica, su perfume dulce y sus curvas sinuosas. Prácticamente le había caído del cielo, como un regalo navideño anticipado. Se había resistido. Rio suavemente. La chica se resistió, lloró, suplicó e intentó negarse, lo que lo excitó todavía más. Intentó arañarle la cara. No tuvo dificultades para sujetarla. Se estremeció, pues el recuerdo era muy reciente. Casi había olvidado lo agradable que resultaba cuando se negaban. Le bastó pensarlo para excitarse. Se figuraban que siempre podían resistirse y negarse.

Claro que él era más grande y más fuerte y que nadie volvería a decirle que no.

El niño lo vio desde una ventana del primer piso y se le aceleró el pulso. Tenía que contárselo a alguien. ¿A quién podía decírselo? Si hablaba, el hombre se enteraría. Se enfurecería y el crío ya sabía lo que ocurría cuando se enfurecía. Aterrado, el pequeño volvió a la cama, se tapó la cabeza y lloró.

Domingo, 26 de noviembre, 2:15 horas

Mientras deambulaba por la estructura en ruinas, Reed pensó que la casa había sido bonita. Parecía que, en un lado, los daños no eran tan graves como en el otro. Pronto amanecería y vería mejor la situación. Encendió la linterna de gran potencia, iluminó las paredes y buscó las marcas de quemaduras que lo conducirían hasta el foco de origen del incendio.

Se detuvo y se volvió hacia el bombero que había dirigido los trabajos en el interior:

– ¿Qué ardía cuando entrasteis?

Brian Mahoney meneó la cabeza.

– Vimos llamas en la cocina, el garaje, el dormitorio de la planta alta y la sala. Habíamos llegado a la sala cuando el techo empezó a desplomarse y saqué a mi gente. No pude ser más oportuno. El techo de la cocina se hundió. A partir de ese momento nos dedicamos a impedir que el incendio se extendiese a otras casas.

Reed miró a través de lo que habían sido la planta baja, el primer piso, el desván y el techo y contempló el cielo estrellado. Tal vez existían múltiples puntos de origen. Algún cabrón quería cerciorarse de que la casa se quemaba.

– ¿Hay heridos?

Brian se encogió de hombros.

– El novato ha sufrido quemaduras de poca importancia, pero se recuperará. Uno de los chicos aspiró humo. El capitán los ha enviado a urgencias para que les echen un vistazo. Oye, Reed, entré a buscar a la chica, pero aún había demasiado humo. En el caso de que estuviera aquí…

– Lo sé -lo interrumpió Reed con gran seriedad y volvió a ponerse en movimiento-. Ya lo sé.

– ¡Reed! -gritó Larry Fletcher, que se encontraba de pie en la cocina, junto a la pared más distante.

Reed reparó en el acto en que habían apartado el horno de la pared y preguntó:

– ¿Lo habéis quitado vosotros?

– Nosotros no hemos hecho nada -respondió Brian-. ¿Crees que utilizó gas para iniciar el incendio?

– Explicaría la primera explosión.

Larry siguió mirándose los pies.

– La chica está aquí.

Reed se mordió los labios y se detuvo junto a Larry. Temeroso de lo que vería, dirigió la luz de la linterna hacia el suelo y contuvo el aliento.

– ¡Maldito sea!

De tan carbonizado, el cuerpo estaba irreconocible.

– ¡Maldito sea! -repitió Brian, furioso hasta lo indecible-. ¿Sabes quién es?

Reed recorrió el cuerpo con el haz de luz de la linterna y se obligó a guardar mentalmente las distancias y a no pensar en la forma en la que la chica había muerto.

– Todavía no. Las señoras que están enfrente me dieron el número del antiguo propietario de la casa. Se trata de Joe Dougherty padre. Su hijo Joe ocupa ahora la casa. Joe padre dice que Joe hijo y su esposa han alquilado un barco de pesca y están a veinte millas de la costa de Florida, donde pasarán el fin de semana. Supone que regresarán el lunes por la mañana. Dice que su nuera trabaja en un bufete del centro. Le parece que la chica que contrataron para cuidar del gato es hija de una compañera de despacho de la nuera. Se trata de una universitaria. Intentaré localizar a los padres. -Suspiró al percatarse de que Larry seguía con la mirada clavada en el cuerpo-. Larry, no podías saber que la chica estaba aquí.

– Mi hija también es universitaria -murmuró Larry con tono ronco.

«Y a la mía le queda poco para entrar en la universidad», pensó Reed y rechazó la idea, ya que esa clase de pensamientos enloquecía a cualquiera.

– Le pediré al forense que venga. También se presentará mi equipo. Larry, tienes un aspecto lamentable. Los dos estáis fatal. Salgamos. Interrogaré a vuestros hombres y luego regresaréis al parque y descansaréis.

Larry asintió desesperanzado.

– Has olvidado llamarme «señor». -Fue una frivolidad que resultó miserablemente inútil-. En los años que trabajamos juntos nunca me llamaste «señor».

Aquellos años habían sido muy buenos y Larry era uno de los mejores capitanes a cuyas órdenes había estado.

– Sí, señor -se corrigió Reed sin levantar la voz. Cogió a Larry del brazo y alejó a su viejo amigo de la crueldad carbonizada que hasta hacía poco había albergado el alma de una joven-. En marcha.

Domingo, 26 de noviembre, 2:55 horas

– Reed, ya he montado los focos.

Sentado en el habitáculo de su todoterreno, Reed dejó de repasar las notas que había tomado. Ben Trammell se encontraba a pocos metros y su mirada era de preocupación. Ben era la última incorporación al equipo y, como la mayoría de los integrantes, había sido bombero varios años antes de incorporarse a la oficina de investigaciones de incendios. De todos modos, esa era la primera muerte de Ben en su condición de investigador y la tensión resultaba perceptible en su mirada.

– ¿Estás bien? -quiso saber Reed y Ben movió afirmativamente la cabeza-. Me alegro.

Reed le hizo señas al fotógrafo, que se protegía del frío en el interior de su coche. Foster se apeó con la cámara en las manos y la videocámara colgada del cuello.

– En marcha -añadió Reed con brío y subió por la calzada de acceso, entre los escombros abandonados por los bomberos. Cuando amaneciese se ocuparían de analizar lo que estaba al aire libre-. Ahora no tocaremos nada. Examinaremos el escenario y me encargaré de realizar unas mediciones. Entonces veremos qué tenemos.

– ¿Has pedido autorización? -inquirió Foster.

– Todavía no. Quiero que, cuando la solicite, la autorización incluya todo lo necesario. -Tenía una sensación muy negativa con relación al cadáver que yacía en la cocina de casa de los Dougherty y, como era meticuloso, se preparó mentalmente para abarcar todos los aspectos legales-. Entraremos a investigar origen y causas. Si hay algo más pediré una orden judicial, sobre todo porque los dueños no están y no pueden autorizar nuestra entrada.

Reed los condujo a través del vestíbulo; pasaron junto a la escalera y entraron en la cocina, donde los focos brillaban con la misma intensidad que si fuese pleno día. No quedaba nada en pie. Los cristales de las ventanas se habían hecho trizas y en una parte el techo se había desplomado, por lo que resultó difícil atravesar la estancia sin pasar por encima de las vigas desparramadas por el suelo. Una gruesa capa de ceniza cubría las baldosas. Lo que más llamaba la atención era la víctima, que yacía, donde Larry Fletcher la había encontrado.

Los tres hombres se detuvieron unos instantes, estudiaron a la víctima y se obligaron a asimilar mentalmente lo que con luz resultaba más espantoso que casi a oscuras. Reed respiró hondo, entró en acción, se puso los guantes de látex y sacó del bolsillo una minigrabadora.

– Foster, graba con la videocámara. Tomaremos fotos después del primer recorrido. -Se acercó la grabadora a la boca al tiempo que Foster empezaba a rodar-. «Soy el teniente Reed Solliday y estoy en compañía de Ben Trammell y Foster Richards. Estamos en casa de los Dougherty, es veintiséis de noviembre y son las tres de la madrugada. Condiciones externas: seis grados bajo cero y viento del nordeste a veinticinco kilómetros por hora. -Aspiró una bocanada de aire-. En la cocina ha aparecido una víctima. La piel está carbonizada, y las facciones, destruidas. A simple vista, no se distingue si es hombre o mujer. La escasa estatura apunta a una mujer, hecho coherente con la declaración de los testigos».

Reed se agachó junto al cadáver y de la bolsa que llevaba colgada del hombro sacó el detector de sustancias químicas. Pasó cuidadosamente el instrumento por encima del cuerpo y en el acto el tono se convirtió en un silbido agudo. No se sorprendió. Miró a Ben y pensó que, como mínimo, podía convertirlo en un ejercicio pedagógico.

– Ben, ¿qué opinas?

– Que hay elevadas concentraciones de hidrocarburos, lo que apunta a la presencia de catalizadores -repuso Ben con tono tenso.

– Muy bien. ¿Qué significa?

– Significa que la víctima fue rociada con gasolina antes de que le prendieran fuego.

– Con gasolina u otra sustancia. -Reed se concentró en lo que tenía entre manos e impidió que el hedor embotase sus sentidos y que la imagen de la muchacha muerta le desgarrara el corazón. Lo primero fue casi imposible y lo segundo, totalmente inviable… pero tenía que hacer su trabajo-. El forense nos dirá exactamente con qué la rociaron. Bien, Ben.

Ben carraspeó y preguntó:

– ¿Quieres que pida el perro?

– Ya lo he hecho. Esta noche Larramie está de guardia. Buddy llegará en veinte minutos. -Reed se incorporó-. Foster, por favor, graba a la víctima desde el otro lado.

– De acuerdo. -Foster tomó imágenes del escenario desde diversos ángulos-. ¿Qué más quieres que haga?

Reed se había acercado a la pared.

– Graba toda la pared y haz primeros planos de esas marcas. -Se acercó para estudiarlas y frunció el ceño-. ¿Qué diablos es esto?

– Una uve cerrada -respondió Ben con firmeza-. El incendio se inició en el zócalo y subió rápidamente por la pared. -Miró a Reed-. Ascendió a una velocidad pasmosa. ¿Tal vez con ayuda de una mecha?

Reed movió afirmativamente la cabeza.

– Así es. -Pasó el detector de sustancias químicas por la pared y volvieron a oír el silbido agudo-. En la pared hay catalizador. Emplearon una mecha química. -Desasosegado, Reed estudió la superficie-. Creo que es la primera vez que veo algo de estas características.

– Quien lo hizo utilizó el gas del horno -comentó Foster y enfocó la videocámara hacia lo que quedaba de los electrodomésticos. Se acercó y grabó la zona entre la pared y el horno-. Está desatornillado, lo que significa que el fuego fue deliberado.

– Lo sospechaba -murmuró Reed y se acercó la grabadora a la boca-. «El gas fluyó por la estancia y subió hasta el techo. El fuego se encendió junto al suelo y ascendió por la línea de catalizador. Tomaremos muestras». ¿Qué es esto?

Reed retrocedió unos pasos y estudió las marcas que cubrían la pared de lado a lado.

– Algo estalló -apuntó Ben.

– Tienes razón. -Reed pasó el detector de sustancias químicas por la pared y oyeron pitidos cortos y chirriantes en lugar del silbido prolongado-. Por la forma en la que se adhiere a la pared parece napalm.

– ¡Mirad! -Ben se había agachado cerca de la puerta que conectaba la cocina con el lavadero-. Hay restos de plástico de color azul. -Levantó la cabeza, desconcertado.

Reed se agachó y estudió los restos, que ciertamente eran azules. Captó con rapidez varias piezas más, dispersas por el suelo, y en su mente se formó una imagen. Era la foto de un libro, de un manual de investigación de incendios provocados que tenía, como mínimo, quince años.

– Son huevos de plástico.

Ben parpadeó.

– ¿Has dicho huevos?

– Ya lo había visto. Estoy seguro de que si reunimos los fragmentos imprescindibles, el laboratorio logrará formar un huevo de plástico como el que los niños buscan en Pascua. El pirómano lo llena de catalizador, ya sea sólido o de un líquido viscoso como el poliuretano, hace un orificio en un extremo e introduce la mecha. A continuación la enciende, la presión de la explosión destroza el huevo y el catalizador se dispersa por todas partes.

Ben estaba impresionado.

– Así se explican las quemaduras.

– Exactamente. También demuestra que, si realizas este trabajo durante bastante tiempo, aprendes a verlo todo. Foster, graba los fragmentos y su emplazamiento y haz primeros planos de todo lo que hay aquí. Solicitaré una autorización para cubrirnos las espaldas en lo referente al origen y las fuentes. No quiero que un abogado diga que podemos usar las muestras para el incendio provocado y no para la agresión contra esa pobre chica.

– Siempre hay que defenderse de los malditos picapleitos -masculló Foster.

– Recogeremos los trozos de plástico en cuanto Larramie y el perro terminen. Tal vez aparezca un fragmento lo bastante grande como para obtener una huella.

– Optimista, para no perder la costumbre -comentó Foster en voz baja.

– Toma las imágenes. Graba también las puertas y las ventanas de la planta baja, sobre todo los cerrojos. Me gustaría saber cómo entraron.

Foster se apartó de la videocámara los centímetros necesarios para observar atentamente a Reed.

– Ya sabes que si lo de la chica es homicidio te quitarán el caso de las manos.

Reed ya lo había pensado.

– Tengo mis dudas. Habrá que compartirlo, pero este incendio ha sido tan provocado como para que sigamos interviniendo. De momento aquí estamos y la pelota está en nuestro campo, por lo que intentaremos acercarnos a la meta y marcar un gol, ¿de acuerdo?

Como no era fanático de los deportes, Foster puso los ojos en blanco y contestó:

– Sí.

– Ben, en el garaje hay dos coches. Las ancianas dicen que los Dougherty tienen un Buick. Averigua de quién es el otro. Foster, en cuanto amanezca quiero que tomes fotos del terreno. Hay tanto barro que sin duda detectaremos huellas de pisadas.

– ¡Qué optimista! -insistió Foster.

Domingo, 26 de noviembre, 14:55 horas

Tras una noche de reposo había aclarado las ideas y ahora podía analizar con exactitud lo que había conseguido… y lo que no había logrado. Estaba sentado ante el escritorio, con las manos cruzadas y la mirada fija en la ventana, y repasaba los acontecimientos de la víspera. Había llegado la hora de comprobar lo que había salido bien a fin de repetirlo. Por otro lado, necesitaba averiguar qué había salido mal para modificarlo o eliminarlo. Tal vez podría añadir algo nuevo. Lo analizaría punto por punto. Lo ordenaría porque era la mejor manera de aclararlo.

El primer punto se vinculaba con la explosión. Esbozó una sonrisa. Había salido muy bien, era una combinación de arte y ciencia. Su modesta bomba incendiaria había funcionado a la perfección y se trataba de un diseño fácil de llevar a la práctica, ya que no tenía una sola pieza móvil y resultaba elegante por su simplicidad.

El éxito había sido arrollador. Hizo una mueca mientras se tocaba la rodilla dolorida. Recordó la potencia del estallido y pensó que tal vez había sido demasiado eficaz, ya que lo había arrojado al suelo y le había obligado a avanzar a gatas mientras huía por la calzada de acceso de casa de los Dougherty. Dedujo que la mecha era demasiado corta. Necesitaba diez segundos para abandonar la casa y llegar a la calle. Los contó mentalmente y solo habían sido siete, pero necesitaba diez. Esos diez segundos eran muy importantes.

La próxima vez dejaría la mecha más larga.

El primer huevo, colocado en la cocina, había funcionado a la perfección, lo mismo que el prototipo. El segundo, el que depositó en la cama de los Dougherty… Su intención había sido matar al viejo y a su esposa y que luego ardiesen en el lecho. Cuando descubrió que no estaban en casa, la segunda bomba se tornó simbólica aunque, en última instancia, no fuera una parte viable de su plan.

Mientras se disponía a encender la mecha se percató de que, cuando llegara a la planta baja y encendiese la mecha del huevo de la cocina, el del primer piso ya habría estallado. Esa onda podría haber hecho explotar el gas sin darle tiempo a abandonar la casa. Por eso lo dejó donde estaba, con la esperanza de que estallaría en cuanto el incendio se propagase. Quedó convencido de que era lo que había sucedido por el modo en que el fuego subió a través del tejado de la casa. De no ser así, la policía habría encontrado el huevo y averiguado más de lo que quería que supiesen.

Aunque la idea de las dos bombas era atractiva, encenderlas a la vez resultaba impracticable porque el riesgo se volvía excesivo. A partir de ahora se limitaría a una bomba. Los demás aspectos de la explosión se habían convertido en un éxito digno de libro de texto. Todo había salido como estaba previsto. Bueno, no todo había sido así.

Eso lo llevaba al segundo punto: la chica. Su sonrisa se convirtió en una mueca de oreja a oreja, una mueca perversa y… poderosa. Le bastó pensar en ella para ponerse en tensión.

Como la joven suplicó e intentó forcejear, el notó que algo se quebraba en su interior y se aprovechó de ella. Se aprovechó total y salvajemente hasta que, temblorosa, quedo tendida en el suelo y fue incapaz de pronunciar palabra. «Así deberían ser las cosas. Todo debería funcionar de esa manera y en silencio». Si no ocurría voluntariamente, pues por la fuerza. Se le borró la sonrisa. La había forzado sin condón, lo que era una soberana estupidez. Entonces no lo había pensado porque se dejó llevar por la situación. También en este caso había tenido suerte, ya que el fuego borraría las pruebas. Al menos tuvo la presencia de ánimo suficiente como para rociarla con gasolina antes de echar a correr. La chica estaba destruida, lo mismo que todo lo que había dejado cuando emprendió la huida.

Todo lo cual lo conducía al tercer punto: la salida. No lo habían visto correr hasta el coche. ¡Qué suerte, qué suerte! La próxima vez no podría contar con que tendría la misma fortuna. Tenía que encontrar la manera más adecuada de emprender la retirada. Debía buscar una salida que, por mucho que lo viesen, no le sirviera de nada a la policía. Volvió a sonreír porque supo exactamente lo que haría.

Analizó su plan. Aunque bueno, tuvo que reconocer que fue el sexo lo que remató la velada. No era la primera vez que mataba ni que tenía relaciones sexuales pero, tras haber vivido ambas cosas a la vez, le resultó imposible concebir el asesinato sin el sexo.

En realidad, no era una sorpresa. Supuso que se trataba de su única… bueno, de su única debilidad. Quizá también era su mayor fortaleza. De todas las armas que había esgrimido en su vida, el sexo era la más sutil y la más elemental.

También era la mejor manera de poner a las mujeres en su sitio. Daba igual que fuesen jóvenes o viejas. El disfrute y la liberación estaban en la posesión… y en saber que no pasaría un día sin que recordasen que eran débiles y que él era fuerte.

Su principal problema fue permitir que vivieran. Por eso habían estado a punto de pillarlo. Casi era lo que había dado lugar a un castigo mucho mayor que el experimentado en el risible centro de detención de menores. Como demostraba Caitlin Burnette, también había aprendido de esa experiencia. Si te planteabas violar a una mujer, debías cerciorarte de que no viviría para contarlo.

Tenía que ser del todo sincero. Técnicamente, la velada había superado con creces sus expectativas. En términos realistas, había fracasado. No había dado en la diana. A la luz del día, tanto el incendio como la posesión de Caitlin perdieron intensidad. No se trataba de provocar un incendio, ya que el fuego solo era el instrumento, sino de infligir un castigo, la pena merecida. La vieja Dougherty se había librado de su destino. Había salido de la ciudad por Acción de Gracias. Era lo que la chica había dicho. Pero la vieja regresaría y, cuando volviera, la estaría esperando.

Hasta entonces tenía otras cosas que hacer. La señorita Penny Hill ocupaba el siguiente lugar en su lista mental de ofensoras. Ella y la vieja Dougherty eran uña y carne. Penny Hill se había tragado las mentiras de la vieja Dougherty. «Al principio yo también las creí». Al principio la vieja Dougherty les había ofrecido protección. Se mordió los labios. También generó esperanzas pero, al final, cambió de parecer y los acusó de cosas con las que no tenían nada que ver. Faltó implacablemente a su promesa de protección. Los echó a la calle y Hill se los llevó como si fuesen ganado. «Es por vuestro bien», había dicho Hill mientras los conducía al infierno en la tierra. «Ya lo veréis». Nada había sido por el bien de ellos.

Hill había mentido, como todos. Shane y él se habían sentido desamparados, sin hogar y vulnerables. La vieja Dougherty se había quedado sin hogar. No tardaría en sentirse desamparada y, por último, muerta. Ahora le tocaba a Penny Hill sentirse desamparada y sin hogar… y morir. Simplemente era justo. Por emplear sus propias palabras, era por su propio bien. Ya lo vería.

Consultó la hora. Tenía que ir a un sitio y no quería llegar tarde.

Capítulo 2

Lunes, 27 de noviembre, 6:55 horas

– ¡Papá!

Acompañado por la llamada a la puerta de su habitación, el grito logró que el alfiler de corbata que Reed sostenía cayera al suelo y acabase bajo el tocador. Suspiró.

– Pasa, Beth.

La puerta se abrió de par en par y entraron Beth, de catorce años, y su perro pastor de tres meses, que dio un salto a la carrera y aterrizó en medio de la cama de Reed. El perro se sacudió y esparció agua sucia por todas partes.

– Biggles, quieto.

Beth tironeó del collar, arrastró al cachorro por encima de las sábanas y lo obligó a bajarse de la cama. El perro se sentó en el suelo y sacó la lengua justo lo suficiente como para que resultase imposible regañarle.

Reed puso los brazos en jarras y, consternado, contempló las manchas de barro que el perro había dejado.

– Beth, acabo de cambiar las sábanas. Te pedí que le limpiases y secaras las patas antes de entrar en casa. El patio parece un barrizal.

Beth tuvo que disimular la sonrisa.

– Bueno, ahora tiene las patas limpias. Lavaré las sábanas, pero antes necesito dinero para la comida. Papá, el bus está a punto de llegar.

Reed se sacó la cartera del bolsillo trasero del pantalón.

– ¿No te di dinero hace unos días?

Beth se encogió de hombros y extendió la mano.

– ¿Quieres que pase hambre?

El teniente le dirigió a su hija una mirada cargada de paciencia.

– Quiero que me ayudes a encontrar el alfiler de la corbata, que se ha caído bajo el tocador.

Beth se arrodilló en el suelo y tanteó debajo del mueble.

– Aquí lo tienes.

La joven lo depositó en la palma de la mano de su padre, que le dio un billete de veinte dólares.

– Procura que te duren, como mínimo, dos semanas.

Beth frunció la nariz y se pareció tanto a su madre que a Reed se le encogió el corazón. La adolescente dobló el billete y se lo guardó en el bolsillo de los tejanos que hasta entonces no parecían tan ceñidos.

– ¿Has dicho dos semanas? Me tomas el pelo.

– ¿Tengo pinta de tomarte el pelo? -Reed la miró de arriba abajo-. Bethie, esos tejanos te están pequeños.

En cuanto pronunció esas palabras, su hija adoptó la expresión que conocía tan bien. Reed detestaba esa actitud. Tenía la sensación de que había aparecido aproximadamente al mismo tiempo que el acné y los cambios repentinos de humor. Lauren, la hermana del teniente, le había comunicado casi en secreto que su niña ya no era una cría. Vaya por Dios con el síndrome premenstrual. Reed no estaba preparado para eso. De todos modos, no tenía importancia. Su niña se había convertido en adolescente y de aquí a nada iría a la universidad.

Se concentró en la víctima que habían encontrado entre los escombros de casa de los Dougherty. Si se trataba de la universitaria que daba de comer al gato, tenía pocos años más que Beth y seguía sin saber su nombre. Aún no había tenido noticias de Joe Dougherty hijo. Había rastreado el Chevrolet calcinado del garaje hasta un tal Roger Burnette, pero cuando Ben y él fueron a su casa, descubrieron que no había nadie. Volvería a intentarlo esa misma mañana, después de pasar por el depósito de cadáveres y el laboratorio.

Beth entornó los ojos y con tono ácido interrumpió los pensamientos de su padre:

– ¿Estás diciendo que hacen que parezca gorda?

Reed se mordió los carrillos. No existía una respuesta adecuada para esa pregunta.

– Ni remotamente. No estás gorda, sino sana. Eres perfecta. No necesitas adelgazar.

La adolescente puso los ojos en blanco y adoptó un tono de resignación.

– Papá, tampoco soy anoréxica.

– Me alegro. -Reed soltó el suspiro que había retenido-. Solo digo que tenemos que comprar unos tejanos de tu talla. -Sonrió sin demasiado entusiasmo-. Nena, creces muy rápido. ¿No te apetece la idea de comprar ropa nueva? -El alfiler de corbata se deslizó entre sus dedos, que ya no eran tan hábiles como antaño-. Me imagino que a todas las chicas les gusta ir de compras.

Beth se ocupó rápidamente de colocarle el alfiler y alisar la corbata de su padre con mano experimentada. La expresión que Reed detestaba desapareció y fue sustituida por una sonrisa traviesa que iluminó los ojos oscuros de la joven.

– Adoro ir de compras. Te juego lo que quieras a que podríamos pasar seis horas únicamente en Marshall Field, en busca de jerséis, tejanos y faldas. ¡Sin hablar de zapatos! De solo pensarlo…

Reed se estremeció, pues la imagen le resultó harto agotadora.

– No seas tan mala.

Beth rio.

– Es mi venganza por el comentario sobre la gordura. Papá, ¿quieres que vayamos de compras?

El teniente volvió a estremecerse.

– Francamente, que me maten el nervio de una muela sin anestesia parece menos doloroso. ¿Por qué no le pides a la tía Lauren que te acompañe?

– Se lo pediré. -Beth se puso de puntillas y lo besó en la mejilla-. Papá, gracias por el dinero para la comida. Tengo que irme.

Reed la vio alejarse a saltos, con el cachorro mojado pisándole los talones. Beth salió y sonó un portazo. Las sábanas de su cama seguían embarradas por culpa del perro que su hija le había suplicado que le regalase por su cumpleaños. Él sabía que, si esa noche quería dormir entre sábanas limpias, tendría que cambiarlas. Percibió olor a café. Como Beth se había acordado de darle al interruptor de la cafetera, le perdonaría el descuido de las pisadas del perro. Era una buena chica a pesar de sus estados de ánimo en ocasiones volubles.

Reed habría sido capaz de vender su alma con tal de que Beth siguiese siendo una buena chica. Miró la foto que tenía en la mesilla de noche. Hacía once años que Christine le devolvía serenamente la mirada. Se sentó en el borde de la cama, cogió la foto y con el puño de la camisa limpió el polvo del marco. Christine habría disfrutado con la adolescencia de Beth, las salidas a comprar y las «charlas». Sospechaba que ni siquiera se habría desconcertado con las actitudes de su hija. En el pasado habría maldecido al mundo debido a que su esposa no había tenido la posibilidad de vivirlo. En el presente… Depositó la foto sobre la mesilla de noche, por lo que volvió a tapar la tira de madera que no estaba cubierta de polvo. Al cabo de once años, la ira se había convertido en penosa aceptación. Lo pasado, pasado estaba. Se puso la chaqueta del traje y salió de su ensoñación. Si se retrasaba un poco más, el tráfico le obligaría a llegar tarde. «Solliday, a por un café y en marcha».

Salía del garaje cuando sonó el móvil.

– Solliday al habla.

– ¿Teniente Solliday? -preguntó un hombre que estaba frenético-. Soy Joseph Dougherty. Acabo de volver de un viaje de pesca y mi padre dice que ha llamado.

Por fin lograba hablar con Joe hijo. Reed detuvo el coche y sacó la libreta.

– Señor Dougherty, lamento contactar con usted por este motivo.

Se oyó un hondo suspiro.

– Entonces, ¿es verdad? ¿Mi casa está destruida?

– Lamentablemente es así. Señor Dougherty, hallamos un cadáver en la cocina.

Se produjo un fugaz silencio.

– ¿Cómo dice?

Reed habría preferido hablar en persona con ese hombre, cuya sorpresa le pareció sincera.

– Lo que oye, señor. Según los vecinos, alguien le cuidaba la casa.

– Claro. Se llama Burnette, Caitlin Burnette. La consideramos muy responsable. -El pánico se apoderó de la voz de Joe-. ¿Está muerta?

Reed pensó en el cuerpo carbonizado y reprimió un suspiro. «Sí, muertísima».

– Suponemos que el cadáver encontrado es el de la persona que cuidaba su casa, pero no estaremos seguros hasta que investiguemos. Le agradeceremos que deje en nuestras manos la notificación a la familia.

– Por… -Joe hijo carraspeó-. Por supuesto.

– Señor Dougherty, ¿cuándo volverán?

– Queríamos quedarnos hasta el viernes, pero intentaremos regresar hoy mismo. Volveré a llamarlo cuando sepa el horario del vuelo.

Reed dejó el móvil en el asiento del acompañante y enseguida volvió a sonar. Según el identificador de llamadas, el número correspondía al depósito de cadáveres.

– Solliday al habla.

– Reed, soy Sam Barrington.

Se trataba del nuevo forense. Barrington se había hecho cargo del depósito cuando la forense anterior cogió la baja por maternidad. Era una experta eficaz, astuta y guapa. Barrington… bueno, Barrington era eficaz y astuto.

– Hola, Sam. Voy de camino a la oficina. ¿Qué has averiguado?

– La víctima es una mujer de poco más de veinte años. Lo máximo que puedo decir es que medía de metro cincuenta y siete a metro sesenta.

Sam no era la clase de persona que telefoneaba para dar información tan secundaria, por lo que tenía que haber algo más.

– Te escucho.

– Verás, antes de cortar realicé una radiografía del cadáver. Esperaba toparme con fragmentos fracturados del cráneo.

Eso era lo habitual. Los cuerpos sometidos a un calor tan intenso… a veces los cráneos estallaban debido a la presión.

– Pero no fue así.

– No, ya que el orificio de bala que tenía en el cráneo permitió liberar la presión.

Aunque no se sorprendió, Reed supo que tendría que compartir el caso. Le correspondía el incendio provocado y a los polis el cadáver. Por decirlo de alguna manera, en esa cocina había demasiados cocineros. Esbozó una mueca de contrariedad.

– ¿Hay pruebas de inhalación de humo?

– Aún no he llegado -replicó Sam-. Ahora mismo iniciaré la autopsia, por lo que puedes venir cuando quieras a lo largo de la mañana.

– Gracias. Lo haré.

Reed salió a la calle tranquila y arbolada y activó los limpiaparabrisas. Aunque hacía bastante tiempo que no trabajaba con Homicidios, supuso que el teniente seguía siendo Marc Spinnelli. Marc era un tío legal. Reed esperaba que el detective que Spinnelli le asignase no fuese un sabelotodo brillante.

Lunes, 27 de noviembre, 8:30 horas

Mia Mitchell tenía los pies helados, lo cual era una tontería porque podría tenerlos calentitos, cómodos y apoyados en el escritorio mientras bebía la tercera taza de café. «Pero se me han helado porque es aquí donde estoy», pensó con amargura. Se encontraba de pie en la acera y la lluvia fría goteaba por el borde del raído sombrero que se había puesto. Como si fuera tonta, miró su reflejo en las puertas de cristal. Las había franqueado centenares de veces, pero ese día era distinto porque estaba sola.

«Porque me quedé tiesa como una ridícula novata». Su compañero había pagado el precio de esa actitud. Transcurridas dos semanas, le bastaba evocar el momento para quedar nuevamente paralizada. Clavó la mirada en la acera. Dos semanas después seguía oyendo los disparos, veía cómo Abe se desplomaba y caía y reparaba en que la mancha de sangre en su camisa blanca se extendía al tiempo que su compañero permanecía boquiabierto e impotente.

– Perdone…

Mia levantó la barbilla, cerró la mano para frenar el reflejo de desenfundar el arma y entornó los ojos bajo el ala del sombrero a fin de centrarse en la imagen que apareció a sus espaldas. Era un hombre y, como mínimo, medía metro ochenta. Su gabardina negra tenía el mismo color que su perilla primorosamente recortada. Dejó pasar un segundo y volvió a levantar la barbilla para mirarlo a los ojos. El desconocido la observaba desde debajo del paraguas y había fruncido sus cejas oscuras.

– Señorita, ¿se encuentra bien? -preguntó con ese tono uniforme y suave que ella utilizaba para tranquilizar a sospechosos y testigos asustadizos.

La detective esbozó una sonrisa sin alegría cuando tuvo claras las intenciones del individuo, la había confundido con una chiflada de la calle. Tal vez ese era su aspecto. Fuera como fuese, el hombre había cogido la delantera, lo que le pareció inaceptable. «¡Por Dios, presta atención!» Buscó mentalmente la respuesta adecuada.

– Gracias, estoy bien. Espero… espero a alguien.

Sonó poco convincente, incluso para la propia Mia, pero el desconocido asintió, la rodeó, cerró el paraguas y abrió la puerta. El ruido de fondo se filtró hasta la calle y Mia supuso que ahí acababan los sonidos y el individuo. El desconocido no se movió. Permaneció quieto y escrutó su rostro como si quisiera memorizar cada detalle. Mia pensó en identificarse, pero… pero no lo hizo. Le devolvió el escrutinio pues la parte policial de su cerebro ya estaba alerta al cien por cien.

Era un hombre apuesto, moreno, mayor de lo que parecía reflejado en la puerta. Mia supuso que tenía que ver con sus ojos oscuros y de mirada severa, así como con su boca. Daba la sensación de que jamás sonreía. El desconocido contempló las manos de Mia y alzó la mirada con expresión enternecida. La detective se percató de que la observaba con compasión, lo que la llevó a tragar saliva con dificultad.

– Si necesita un sitio donde entrar en calor, en el refugio de Grand hay lugar. Es posible que le proporcionen unos guantes. Vaya con cuidado. Hace mucho frío. -Titubeó y le ofreció el paraguas-. Tenga, no se moje.

Enmudecida por la sorpresa, Mia lo cogió. Abrió la boca para dejarle las cosas claras, pero el desconocido ya se había ido y atravesaba el vestíbulo a la carrera. Se detuvo ante el mostrador, habló con el sargento y la señaló. El sargento puso cara de estupefacción y asintió con gran seriedad.

Maldición, esa mañana Tommy Polanski estaba de guardia en la recepción. La conocía desde que era una mocosa que le seguía los pasos a su padre en el campo de tiro y le rogaba que le permitiese disparar. Tommy no dijo nada, dejó que el desconocido se alejase con la convicción de que era una indigente. Mia puso los ojos en blanco, siguió al hombre con la mirada y se sintió contrariada al ver la sonrisa que iluminó el rostro de Tommy.

– Vaya, vaya. Veamos que ha pillado el gato. Ni más ni menos que a la detective Mia Mitchell, que por fin viene a cumplir con una honrada jornada laboral.

Mia se quitó el sombrero y lo sacudió.

– Me harté de culebrones Tommy, ¿cómo va todo?

El sargento se encogió de hombros.

– Como siempre, como siempre -repuso con mirada pícara.

El viejo cabrón le obligaría a preguntárselo.

– ¿Quién es ese tío?

Tommy rio.

– Es investigador jefe de incendios, y le preocupaba que tomases la comisaría por asalto. Le he explicado que eres de los nuestros… e incapaz de matar una mosca. -Su sonrisa adquirió un matiz perverso.

Mia volvió a poner los ojos en blanco.

– Tommy, gracias por la información -replicó secamente.

– Haré lo que sea por la hija de Bobby. -Tommy dejó de sonreír y le dio un repaso de la cabeza a los pies-. Niña, ¿cómo va el hombro?

Mia lo movió sin quitarse la chaqueta de piel.

– Solo ha sido un rasguño. El doctor dice que estoy como nueva.

En realidad, no había sido únicamente un rasguño y el médico había insistido en que necesitaba otra semana de baja, pero al oírla protestar se desentendió y firmó el alta.

– ¿Y Abe?

– Mejora.

Eso decía la enfermera de noche, cada vez que Mia llamaba anónimamente a las tres de la madrugada.

Tommy apretó los dientes y aseguró:

– Mia, no te preocupes, cogeremos al capullo que lo hizo.

Dos semanas después, el desgraciado cabrón que le había disparado a su compañero seguía libre y sin duda se jactaba de haber abatido a un poli que lo doblaba en tamaño. Experimentó un ramalazo de ira, pero lo reprimió.

– Lo sé y te lo agradezco.

– Dile a Abe que le envío recuerdos.

– Se lo diré -mintió sin inmutarse-. Tengo que irme. No quiero llegar tarde el primer día después de la baja.

– Mia, lamento lo de tu padre. -Tommy titubeó-. Era un buen policía.

«Vaya con el buen policía». Mia se mordisqueó los carrillos. Lo lamentable es que Bobby Mitchell no hubiera sido un hombre mejor.

– Gracias, Tommy. Mi madre agradece la cesta.

Las cestas con frutas llenaron la mesa de la cocina de la casita de su madre; se trataba de muestras de respeto hacia la larga, larguísima carrera de su padre. Tres semanas después de que su padre sufriera un ataque de apoplejía, la fruta de las cestas comenzó a pudrirse. Muchos dirían que fue un final coherente. No, muchos no lo dirían porque no sabían nada.

Claro que Mia sí que lo sabía. Un nudo le cerró la garganta y volvió a ponerse el sombrero.

– Tengo que irme.

Pasó junto al ascensor y subió la escalera de dos en dos peldaños, lo que, lamentablemente, la condujo más rápido si cabe al lugar que intentaba evitar.

Lunes, 27 de noviembre, 8:40 horas

Trabajó en silencio, deslizó la cuchilla por el borde de la regla y recortó los pedazos irregulares del artículo que había extraído del Trib: Incendio destruye una casa y muere una persona. El artículo era breve y sin foto, aunque mencionaba que la casa pertenecía a los Dougherty, por lo que sería un buen añadido a su álbum de recortes. Se repantigó, leyó el relato del incendio del sábado por la noche y sonrió.

Había conseguido lo que se proponía. Había temor en las palabras de los vecinos entrevistados, que se preguntaban quién habría hecho semejante barbaridad y por qué.

«Yo podía y quería hacerlo y lo hice», era la respuesta, la única que él necesitaba.

El periodista había entrevistado a la vieja Richter. Era una de las peores chismosas; siempre se presentaba en casa de la vieja Dougherty a tomar el té y cotilleaba sin parar. Se creía superior. Arrugaba la nariz y solía decir: «Laura, no sé en qué estabas pensando cuando acogiste a esos chicos. Me sorprende que no te hayan asesinado mientras dormías». La vieja Dougherty solía responder que quería marcar una diferencia en la vida de los críos. ¡Vaya si la había marcado! Esa diferencia los había enviado directamente al infierno. Esa diferencia había matado a Shane.

Shane había confiado en ella y la vieja se había vuelto en su contra. Era tan culpable de su muerte como si con su propia mano le hubiese clavado el puñal en la espalda. Se miró la mano. La había cerrado y empuñaba la cuchilla de afeitar a la manera de una navaja. La soltó con gran cuidado y refrenó sus emociones.

Tenía que ceñirse a los hechos y al plan. Necesitaba encontrar a la vieja Dougherty. Tendría que haber esperado a que regresase. Seguir adelante sin ella había sido un disparate. Estaba tan impaciente por emplear los medios que olvidó el fin.

¿Cuándo regresaría? ¿Cómo demonios la encontraría? Releyó el artículo. En el pasado la vieja Richter había sido cotilla y hay cosas que nunca cambian. Sabría en qué momento los Dougherty estarían de regreso. Sonrió y comenzó a elaborar un plan. Era lo bastante listo como para obtener la información sin que Richter sospechase.

Estudió el artículo y acabó henchido de orgullo. Los de la oficina de investigaciones de incendios habían dictaminado que se trataba de un incendio provocado. ¡Je, je! No tenían pistas ni sospechosos. De momento ni siquiera conocían la identidad de la chica. Afirmaban que no la darían a conocer hasta que se lo notificasen a la familia, pero lo cierto es que era imposible que supieran de quién se trataba. Estaba muy quemada. Se había ocupado de que así fuera. No había cuerpo capaz de sobrevivir a semejante incendio.

Dejó quietas las manos. Había pronunciado las mismas palabras el día en que murió Shane. Nadie era capaz de sobrevivir. Shane no había sobrevivido. En consecuencia, que la chica tampoco lo hubiese hecho era… bueno, justo.

Repasó con atención el recorte de periódico que sostenía entre las manos. Los bordes eran rectos y pulidos. Estaba recortado como para enmarcarlo. Lo deslizó entre las páginas del libro que tenía sobre el escritorio, junto al artículo de la Gazette de Springdale, Indiana, que acababa de recortar: Dos muertos en el incendio de la noche de Acción de Gracias. Así debía ser. También en ese caso era justo, bueno, más que justo. Tampoco había sospechosos ni pistas. Así debía ser.

Más tarde guardaría los artículos con el recuerdo que había cogido: el bolso de tejano azul de Caitlin. Mejor dicho, había sido azul, porque ahora era rojo, ya que estaba salpicado de sangre.

Él también se había manchado. Por suerte, había podido ducharse y cambiarse antes de que alguien detectara sangre en su ropa. La próxima vez tendría que tomar más precauciones. La próxima vez tendría que taparse la ropa antes de herir a alguien.

Se puso de pie. No tardaría en hacerle nuevamente sangre a alguien. Sabía el sitio exacto en el que encontrar a la señorita Penny Hill. La gente suponía que su dirección era secreta porque el número de teléfono no figuraba en el listín. Las cosas eran de otra manera. Si sabías cómo hacerlo, podías averiguar cualquier cosa de cualquiera. Claro que la persona que buscaba tenía que ser lista.

«Y yo lo soy». Comenzó a experimentar el entusiasmo de la siguiente cacería. A Penny Hill le costaría morir. En esta ocasión no se mostraría tan misericordioso. Se dio cuenta de que había perdido la noción del tiempo. Recogió las cosas. Si no se daba prisa, llegaría tarde. Necesitaba pasar el día y por la noche… La víspera había repasado el plan y se había cerciorado de que era infalible. Esa noche… Sonrió.

La mujer sufriría y sabría perfectamente por qué. Contaría hasta diez, un número por cada uno de los penosos años de la vida de su hermano. Luego la enviaría al infierno, que era donde debía estar.

Lunes, 27 de noviembre, 8:50 horas

Mia rodeó la esquina de la oficina de Homicidios. Estaba como siempre: pares de escritorios adosados, llenos de papeles y de tazas de café. Todos salvo dos, el de Abe y el suyo, seguían igual. Frunció el ceño. Sus escritorios estaban limpios, con las carpetas en orden y apiladas. El resto estaba dispuesto con una peculiar simetría; las tazas de café, los teléfonos, las grapadoras y hasta los bolígrafos ocupaban emplazamientos idénticos, como si fueran imágenes en el espejo.

– Las mujeres perfectas han ordenado mi escritorio -masculló Mia y oyó una risilla a sus espaldas.

Todd Murphy estaba reclinado en la pared, con una taza de café en la mano y una sonrisa en los labios. Con el traje arrugado y la corbata floja se convirtió en una visión casi acogedora.

– Fue Stacy -respondió Todd en tono quedo y señaló a la administrativa-. Acomodó aquello en lo que trabajabais cuando Spinnelli reasignó vuestros casos. Stacy se dejó llevar por las circunstancias.

– ¿Ha reasignado todos los casos?

Mia no esperaba que el teniente accediese a que sus casos no se investigaran en dos semanas, pero se sintió afectada al enterarse de que los había repartido en su totalidad. Tuvo la sensación de que Spinnelli suponía que tardaría mucho en regresar. «Pues bien, ya estoy de vuelta». Tenía que hacer su trabajo. Su prioridad consistía en atrapar al cabrón que le había disparado a Abe.

– ¿Quién lleva el caso de Abe?

– Howard y Brooks. La primera semana trabajaron mucho y luego la pista se congeló.

– De modo que Melvin Getts dispara a un policía y se sale con la suya -comentó Mia con amargura.

– No se han dado por vencidos -precisó Murphy en tono afable-. Todos queremos que Getts pague por lo que hizo.

El recuerdo de Getts mientras levantaba tranquilamente el arma y le disparaba a su compañero removió las entrañas de Mia, que tuvo la sensación de que se paralizaba, como le había ocurrido antes. Se debatió contra lo que sentía y caminó hasta su escritorio con agresividad fingida.

– Sospecho que Stacy lavó hasta mi taza.

Murphy la siguió y se dejó caer en su silla, dos escritorios más allá.

– Mitchell, te aseguro que estaba asquerosa. En su interior empezaron a crecer… bueno, cosas. -Se estremeció-. Crecieron cosas repugnantes e incalificables.

Mia apoyó el paraguas en el escritorio, se quitó la chaqueta húmeda y se mordió el labio para soportar la punzada que notó mientras se acomodaba la cartuchera.

– Es el moho de toda la vida. Nunca le ha hecho daño a nadie.

La detective se quitó el gastado sombrero de fieltro e hizo una mueca. No era de extrañar que el hombre que le había hablado en la entrada la hubiese confundido con un indigente, ya que tanto la chaqueta de cuero como el sombrero parecían proceder de un baúl del Ejército de Salvación. Por otro lado, ¿qué le importaba la opinión de ese tío? «Tienes que dejar de preocuparte por lo que la gente piensa». Suspiró casi en silencio. Se dijo que, ya que estaba, también podía dejar de respirar.

Volcó su decepción en su escritorio impecable.

– ¡Mierda, así no puedo trabajar! -Derribó deliberadamente la pila de carpetas y reacomodó los objetos al azar-. Ya está. Stacy puede darse por muerta si ha tocado mis galletas. -El paquete para situaciones de emergencia estaba intacto-. Seguirá viva.

– Estoy seguro de que Stacy no ha dejado de temblar de la cabeza a los pies -comentó Murphy secamente y reparó en el paraguas-. ¿Desde cuándo acarreas ese trasto?

– No es mío. Tengo que encontrar al dueño y devolvérselo. -Mia tomó asiento y dirigió la mirada hacia el escritorio adosado al de Murphy, que estaba vacío-. ¿Dónde está tu compañero?

Aidan, el hermano de Abe, era el compañero de Murphy. Mia se abstuvo de mirarlo para no ver la censura que estaba segura que transmitiría su mirada.

– En el depósito de cadáveres. Anoche intervinimos en un homicidio doble. Como ganó a cara o cruz, a mí me toca hablar con la familia. -Murphy entornó repentinamente los ojos-. Tienes compañía.

Mia se volvió y reprimió un gemido porque el hombro le dolió. En un abrir y cerrar de ojos se olvidó del hombro. Con una actitud que aterrorizaría a la mayoría de los asesinos en serie, la ayudante del fiscal del estado cruzó la sala. Era la esposa de Abe. La culpa había logrado que Mia evitase a la familia de su compañero durante dos semanas. Había llegado la hora de plantarle cara a la situación. Se incorporó sin tenerlas todas consigo y se dispuso a asumir lo que le esperaba.

– Hola, Kristen.

Kristen Reagan enarcó las cejas y apretó los labios.

– Después de todo estás viva.

La mujer tenía todo el derecho del mundo a encolerizarse. Kristen se habría convertido en viuda si la bala que había alcanzado a Abe en el abdomen hubiese penetrado tres centímetros más abajo. Mia se preparó para lo peor y murmuró:

– Suéltalo.

Kristen permaneció en silencio y la observó de tal forma que Mia se amedrentó y evocó recuerdos de monjas con el ceño fruncido y escozor en las palmas de las manos, lo que estuvo a punto de hacerle retorcerse. Al final Kristen suspiró y musitó:

– ¡Qué tonta eres! ¿Qué pensabas que iba a decir?

Mia se enderezó al oír el tono afable. Habría preferido las palabras severas que se merecía.

– No presté atención y Abe pagó el precio.

– Abe dice que os tendieron una emboscada. Al principio tampoco los vio.

– Yo tenía otro ángulo, tendría que haberlos visto. Estaba… -Recordó que estaba preocupada-. No presté atención -repitió con rigidez-. Lo siento mucho.

Los ojos de Kristen relampaguearon.

– ¿Crees que Abe te echa la culpa? ¿Crees que yo te responsabilizo?

– Deberíais hacerlo. Yo lo haría. -Se encogió de hombros-. Yo me culpo.

– En ese caso eres tonta -espetó Kristen-. Mia, estábamos muy preocupados. Desapareciste después de que os cosieran a tiros. Miramos hasta debajo de las piedras y no te encontramos. Supusimos que te habían herido o matado. Abe se ha vuelto loco de preocupación… mientras tú estabas en algún sitio, enfurruñada y compadeciéndote de ti misma.

Mia parpadeó.

– Lo lamento. No pretendía… -Cerró los ojos-. ¡Mierda!

– No pretendías que nos preocupásemos. -La voz de Kristen sonó monocorde-. Pero nos preocupamos. Ni Spinnelli sabía dónde estabas hasta que la semana pasada telefoneaste para decir que hoy volvías a trabajar. Fui seis veces a tu casa.

Mia abrió los ojos y recordó tres de esas ocasiones.

– Ya lo sé.

Kristen abrió desmesuradamente los ojos.

– ¿Lo sabes? ¿Estabas en casa?

– Más o menos, sí.

Recordó que había permanecido a oscuras, enfurruñada y compadeciéndose de sí misma.

Kristen arrugó el entrecejo.

– ¿Has dicho más o menos? ¿Me puedes decir qué demonios significa eso?

En la sala se había impuesto el silencio y todo el mundo las observaba.

– ¿Puedes bajar la voz?

– No, no puedo. He pasado dos semanas junto a Abe mientras esperaba tus noticias. Entre los goteos de morfina y las intervenciones quirúrgicas, cuando estaba lúcido le preocupaba que hubieses perseguido por tu cuenta a Getts y estuvieras muerta en un callejón. Por lo tanto, me queda poca paciencia, solidaridad y discreción, así que ya está todo dicho. -Kristen se irguió con las mejillas encendidas-. Será mejor que cuando termine tu jornada aparezcas por el hospital y le expliques qué significa «más o menos». Se lo debes. -Dio dos pasos, se detuvo, se volvió lentamente y sus ojos ya no echaban chispas, sino que estaban cargados de pesar-. Maldita sea, Mia. Le heriste en lo más vivo. Cuando se enteró de que estabas bien y de que no habías ido a visitarlo se sintió muy dolido.

Mia tragó saliva con dificultad.

– Lo siento.

Kristen apretó los dientes.

– Más te vale. Abe se preocupa por ti.

Mia clavó la mirada en el escritorio.

– Iré al hospital en cuanto acabe mi turno.

– No falles. -Kristen hizo una pausa y carraspeó-. Mia, haz el favor de mirarme.

La detective levantó la cabeza. La ira había desaparecido y ahora imperaba la preocupación.

– ¿Qué pasa?

Kristen habló en tono susurrante:

– Con lo que le ha sucedido a tu padre y lo demás, las últimas semanas lo has pasado mal. Todos cometemos errores. Eres humana. Sigues siendo la compañera que quiero que cubra las espaldas de mi marido.

Mia esperó a que Kristen se marchara para tomar asiento. Todos suponían que estaba alterada por la muerte de su padre. Ojalá fuera tan sencillo.

– ¡Mierda!

– Estás blanca como el papel -intervino Murphy en tono afable-. Tendrías que haberte tomado unos días más.

– Por lo visto, tendría que haber hecho un montón de cosas -espetó y volvió a cerrar los ojos-. ¿Has visto a Abe?

– Sí. La primera semana estuvo muy grave. Aidan dice que mañana o pasado mañana le dan el alta, de modo que, a menos que quieras que te recrimine que no fuiste a visitarlo, lo mejor es que vayas esta noche. Mia, ¿en qué demonios estabas pensando?

Mia observó su reluciente taza de café.

– En que la fastidié y en que, por segunda vez, mi compañero había estado a punto de morir. -Murphy guardó silencio y Mia levantó la cabeza con actitud irónica-. ¿No piensas decirme que la culpa es mía? ¿Que soy la culpable tanto de este episodio como del anterior?

Murphy sacó un trozo de zanahoria de la bolsa de plástico que tenía sobre el escritorio.

– ¿De qué serviría?

Mia ojeó la pila de zanahorias uniformemente cortadas mientras Murphy le hincaba el diente a la que había cogido.

– ¿De nuevo intentas dejarlo?

Murphy no se dejó engañar y la contempló durante varios segundos.

– Dos semanas, aunque no es que esté contando los días.

– Me alegro por ti. -Mia se puso en pie y las piernas volvieron a sostenerla-. Tengo que decirle a Spinnelli que he vuelto.

– Está reunido. De todos modos, ha dicho que quería verte en cuanto llegases y que pasaras.

Mia puso expresión de contrariedad.

– ¿Por qué no me lo has dicho antes?

– Acabo de hacerlo. -La detective había llegado a la puerta del despacho de Spinnelli cuando Murphy añadió-: Mia, no fue culpa tuya. No tuviste nada que ver con lo que le pasó a Abe o a Ray. Sabes perfectamente que a veces las cosas salen mal.

Abe se había librado por los pelos no precisamente gracias a ella y Ray, su compañero anterior, no había tenido tanta suerte. También le enviaron cestas con frutas a la esposa de Ray.

– Tienes razón.

Mia respiró hondo y llamó a la puerta del despacho del teniente.

– Adelante -ordenó Spinnelli. Estaba sentado ante el escritorio y el ceño destacaba su bigote espeso y entrecano, pero suavizó la expresión nada más verla-. ¡Mia, cuánto me alegro de verte! Pasa y siéntate. ¿Cómo estás?

Mia cerró la puerta.

– A punto para trabajar.

Abrió desaforadamente los ojos al ver quién ocupaba la silla del otro lado del escritorio de Spinnelli. «¡Mierda!» A renglón seguido, el hombre de la gabardina con el que se había cruzado en la entrada se incorporó con presteza y con expresión no mucho más alegre que la suya.

Durante unos segundos, Mia se limitó a mirarlo.

– ¿Usted es la detective Mitchell? -preguntó el desconocido en tono acusador.

Mia asintió y notó que el color le subía a las mejillas. El hombre la había pillado prácticamente dormida en la entrada de la comisaría. La había tomado por chiflada. Toda posibilidad de que la primera impresión fuese buena se había ido al garete. De todos modos, recobró la compostura y lo miró a los ojos.

– Exactamente. Y usted, ¿quién es?

Spinnelli se puso en pie al otro lado del escritorio y dijo:

– Te presento al teniente Reed Solliday, de la OFI, Oficina de Investigación de Incendios.

Mia movió afirmativamente la cabeza.

– Ah, claro, los expertos en incendios provocados. Le escucho.

A Spinnelli se le escapó una sonrisa.

– Es tu nuevo compañero.

Lunes, 27 de noviembre, 9:00 horas

Brooke Adler estaba sentada en una esquina del escritorio, consciente de que seis pares de ojos estarían fijos en su canalillo durante los siguientes cincuenta minutos. Si tenía suerte, tal vez uno de los alumnos prestaría atención a la lección que había preparado con tanto mimo. No albergaba demasiadas esperanzas. Los chicos tampoco se hacían ilusiones.

En ese lugar, la única esperanza figuraba en el letrero que colgaba sobre la puerta: Centro de la esperanza para chicos. Ante ella había ladrones, fugitivos y agresores sexuales que aún no habían alcanzado la mayoría de edad. Habría preferido leones, tigres y osos. ¡Oh, Dios mío!

– ¿Qué tal el día de Acción de Gracias? -preguntó con entusiasmo.

La mayoría de los jóvenes habían pasado la festividad allí, en los dormitorios del centro para menores.

– El pavo estaba seco -se quejó Mike desde la última fila.

En realidad, la última fila no existía, pero Mike se las apañaba para crearla cada mañana. La silla del extremo de la primera fila estaba vacía.

Brooke escrutó los rostros de los alumnos.

– ¿Dónde está Thad?

Aparentemente inmutable, Jeff hundió los hombros, aunque su mirada siempre revelaba una tensión y una frialdad que ponía nerviosa a Brooke.

– El mariconazo robó de la nevera el trozo de pastel que quedaba -respondió el joven.

Brooke adoptó una expresión de malestar y replicó con tono tajante:

– Jeff, ya sabes que ese lenguaje no está permitido. ¿Dónde está Thad? -repitió más tranquila.

La sonrisa de Jeff provocó en Brooke un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. Las sonrisas de Jeff eran maliciosas… tanto como él.

– Le dolía el estómago -respondió Jeff afablemente-. Está en la enfermería.

Thaddeus Lewin era un muchacho tranquilo que casi nunca hablaba. Brooke no sabía quién lo había tildado de «mariconazo». Tuvo la certeza de que no quería saber por qué lo llamaban así. Cogió su ejemplar de El señor de las moscas y suspiró.

– Os pedí que leyerais el capítulo dos. ¿Qué os ha parecido?

La semana anterior la comparación entre El señor de las moscas y el programa de televisión Supervivientes había despertado un mínimo interés. En ese momento los rostros de los chicos no denotaban la menor expresión. Nadie había hecho la lectura completa. Para sorpresa de Brooke, alguien levantó la mano.

– Manny, te escucho.

Manny Rodríguez nunca tomaba la palabra voluntariamente. El muchacho se acomodó en el asiento y respondió con tono suave:

– El fuego se apagó.

Jeff enarcó las cejas y preguntó:

– ¿Hay fuego en el libro?

Manny asintió y explicó:

– Los niños encallan en una isla y encienden una hoguera de señales para que los rescaten, pero el fuego se desmanda. -Se le iluminaron los ojos-. Se quema la ladera de una montaña y uno de los niños la palma. Después incendian la isla.

Manny habló casi con respeto y reverencia, por lo que a Brooke se le puso la piel de gallina.

– El fuego de señales es el símbolo de…

– ¿Cómo lo encendieron? -la interrumpió Jeff y no le hizo el menor caso.

– Usaron como lupa las gafas del gordo -replicó Manny-. Al final el gordo tiene lo que se merece. -Sonrió-. Le abren la cabeza con una piedra y hay sesos por todas partes. -Miró a Brooke con actitud maliciosa-. Profesora, leí más de lo que pidió.

– Una vez usé una lupa para cargarme un bicho -comentó Mike-. Suponía que no daba resultado, pero sirve.

Jeff esbozó una sonrisa cruel.

– Dicen que meter un hámster en el microondas es una leyenda urbana, pero se equivocan. Con gatos es todavía más divertido, aunque hace falta un microondas enorme.

– Ya está bien -espetó Brooke-. Manny, Jeff y Mike, se acabó.

Jeff se repantigó y sonrió ufano mientras volvía a clavar la mirada en los ojos de la profesora. Lo hizo lentamente con la intención de que Brooke lo notase.

– A la profesora le gustan las… los gatos -murmuró con tono apenas audible como para que ella se enterase.

Brooke llegó a la conclusión de que lo mejor era no hacerle caso.

Manny se encogió de hombros e insistió:

– Ha sido usted quien ha preguntado. El fuego se había apagado.

– El fuego no es más que un símbolo -explicó Brooke con firmeza-. Es el símbolo del sentido común y la moral. -Miró a sus alumnos con el ceño fruncido-. Ni se os ocurra acercaros al microondas. Hablemos del simbolismo del fuego de señales. El miércoles hay examen.

Todos los ojos se concentraron en sus pechos y Brooke supo que, a partir de ese momento, hablaría sola. Hacía tres meses que había llegado al Centro de la Esperanza, con el diploma recién expedido, entusiasta e impaciente por dar clases. Ahora simplemente rezaba con tal de pasar de un día al siguiente… y, de alguna manera, llegar a comunicar con alguno de los chicos. «Por favor, aunque solo sea con uno».

Capítulo 3

Lunes, 27 de noviembre, 9:15 horas

Reed Solliday respiró hondo y exhaló lentamente. Durante una fracción de segundo la mujer se mostró contrariada y azorada. Les ocurrió lo mismo, ya que Reed tampoco estaba entusiasmado con su nueva «compañera». Marc Spinnelli insistió en que Mia Mitchell formaba parte de los mejores efectivos, pero Reed la había visto con la mirada clavada en la puerta de la comisaría como un ciervo cegado por los faros de un coche. Había permanecido un minuto tras ella antes de que reparase en su presencia.

Esa actitud no era de las más recomendables en cuanto a sus aptitudes. Además, con la vieja chaqueta de cuero, el sombrero desgastado y las botas cubiertas de arañazos parecía… bueno, mejor dicho, no parecía la policía que le gustaría que le cubriese las espaldas. A pesar de todo, Reed extendió la mano y dijo:

– Detective Mitchell.

El apretón fue firme.

– Teniente Solliday. -Con expresión serena y la columna rígida, Mia se dirigió a su jefe-: Marc, ¿qué pasa? Abe volverá.

– Por supuesto, Mia. La OFI ha descubierto un homicidio en el escenario de un incendio provocado. Abe seguirá de baja varias semanas. Piensa que estás cedida a la OFI. Siéntate y Reed te explicará la situación.

Tomaron asiento y Mitchell le dedicó toda su atención a Reed. La mirada de la mujer se volvió despejada y atenta. Tenía los ojos azules, como la vajilla de porcelana que Christine ponía los días de fiesta. El sombrero que ya no llevaba había mantenido seco su pelo corto y rubio, salvo las puntas, que se rizaban alrededor de su rostro. Se había quitado la chaqueta desgastada y afortunadamente se había puesto una americana negra que le daba aspecto profesional. Por desgracia, la camisa fina y ceñida que llevaba no contribuía a disimular sus curvas. Pese a ser una mujer menuda, la detective Mia Mitchell tenía muchísimas curvas.

Aunque contemplar curvas armónicas le gustaba tanto como a cualquiera, Reed no necesitaba una mujer atractiva ni una distracción, sino una compañera. No percibió en ella coqueteo ni blandura, por lo que no pudo culparla de sus curvas.

– El sábado por la noche se produjo un incendio en Oak Park -comenzó a explicar Solliday-. En la cocina encontramos un cadáver de mujer. Esta mañana el forense me ha telefoneado e informado de que las radiografías demuestran que en el cráneo tenía un orificio de bala.

– ¿Y monóxido de carbono en los pulmones? -inquirió Mitchell.

– Barrington tiene que comprobarlo. Me ha hecho saber lo del orificio de bala porque modifica el carácter de la investigación.

– Y las competencias -murmuró la detective-. ¿Ha visto el cadáver?

– Acudiré al depósito en cuanto terminemos.

– ¿Ha identificado a la víctima?

– De forma provisional. La casa es propiedad de Joe y Donna Dougherty. Se han ido fuera a pasar Acción de Gracias y contrataron a Caitlin Burnette para que vigilase la casa. El cadáver presenta la configuración física y la edad adecuadas y el coche que encontramos en el garaje está a nombre de Roger Burnette, de modo que, de momento, suponemos que corresponde a Caitlin. El forense tendrá que confirmar la identificación basándose en su historial dental o en el ADN.

Aunque el movimiento fue casi imperceptible, Mia retrocedió al oír esas palabras.

Spinnelli le entregó una hoja y comentó:

– Hemos hecho una copia de su permiso de conducir, que hemos cogido de los archivos de Tráfico.

Mitchell ojeó la página.

– Solo tenía diecinueve años -musitó en tono grave y ronco. Alzó la mirada, que se había vuelto sombría-. ¿Ha informado a los padres?

La idea de comunicarles la noticia a los padres de la joven provocó náuseas en Reed. Siempre ocurría lo mismo. Se preguntó cómo se las apañaban los detectives de Homicidios para cumplir cada día con esa tarea.

– Todavía no. Ayer fuimos dos veces a casa de los Burnette, pero no había nadie.

Spinnelli suspiró y apostilló:

– Mia, eso no es todo.

Reed hizo una mueca.

– Si el cadáver que se encuentra en el depósito corresponde a Caitlin Burnette, hay que decir que su padre es policía.

– Lo conozco -afirmó Spinnelli-. Es el sargento Roger Burnette. Durante los últimos cinco años ha formado parte de la brigada antivicio.

– ¡Mierda! -Mitchell apoyó la frente en la palma antes de pasarse la mano por el pelo corto, que le quedó de punta-. ¿Podría tratarse de un asesinato por venganza?

Reed se había planteado lo mismo.

– Tendremos que comprobarlo. Los Dougherty regresarán hoy mismo en avión. Los interrogaré cuando lleguen a su casa.

La detective lo miró a los ojos durante un fugaz instante y lo corrigió con tono sereno:

– Los interrogaremos.

El desafío estaba implícito. Molesto, Solliday asintió.

– Por supuesto.

– Tendremos que enviar una unidad especializada en escenarios de crímenes. -Mia frunció el ceño-. Ya han estado en la casa, ¿correcto? Mierda, esta lluvia complicará la investigación.

– Ayer pasamos el día allí. Fotografié todas las habitaciones y cogí muestras para el laboratorio. Afortunadamente, cubrimos el techo con lona alquitranada, por lo que la lluvia no causará problemas.

Mitchell asintió ecuánimemente.

– Entendido. ¿Qué muestras tomaron?

– De la moqueta y de la madera. Me dediqué a buscar pruebas de catalizadores.

La detective ladeó ligeramente la cabeza.

– Continúe.

– Según mi instrumental, están presentes, y el perro experto en catalizadores captó dos clases de sustancias: gasolina y otra. El laboratorio tendrá los resultados hoy mismo.

Mitchell meneó la cabeza.

– Marc, en lo que a escenarios del crimen se refiere, este es como enseñarle a una madre a hacer hijos.

Reed se enderezó en el asiento.

– Nuestro procedimiento consiste en reunir pruebas lo antes posible a fin de sustentar el cargo de incendio provocado. Tenemos la autorización. Solo cogimos lo necesario para establecer origen y causa a fin de averiguar cómo murió la muchacha. Hicimos un registro limpio.

Mia suavizó un poco la mirada.

– Teniente, no me refería al registro, sino a los escenarios de incendios en un sentido general. -Se dirigió a Spinnelli-: ¿Puedes enviar un policía de guardia a casa de los Dougherty? Quiero que se cerciore de que nadie toca nada hasta que lleguemos.

– En el escenario hemos apostado un guardia de seguridad -intervino Reed con cierta rigidez-. Claro que si quiere firmar la factura de vigilancia durante veinticuatro horas le pediré a nuestro hombre que se retire. No contamos con un presupuesto tan amplio como el suyo.

– De acuerdo. Puesto que se trata de un homicidio, prefiero tener un policía a mano. No se ofenda -se apresuró a añadir la detective-. Llamaré a Jack y le pediré que se reúna con nosotros en la casa, acompañado de la CSU, unidad especializada en escenarios de crímenes.

– Foster Richards y Ben Trammell, dos miembros de mi equipo, los esperan en la casa. Les dejarán pasar y les mostrarán lo que hicimos ayer.

Solliday ya había telefoneado para pedirles que se dispusieran a recibir al equipo que estaba seguro que Homicidios enviaría. Le añadió a Foster la advertencia de que jugasen limpio con los miembros de la unidad. También le hizo a Ben la advertencia de que vigilara a Foster.

La detective se puso de pie.

– De acuerdo. Ante todo vayamos al depósito de cadáveres y veamos qué dice Caitlin.

Spinnelli también abandonó la silla.

– Avísame cuando se lo notifiquéis a los padres. Me pondré en contacto con el capitán de Burnette para que su comisaría envíe flores o lo que consideren adecuado.

– Hay que modificar la autorización, ya que la nuestra se refiere estrictamente al incendio provocado -puntualizó Reed.

Spinnelli asintió.

– Llamaré a la oficina del fiscal del estado y cuando lleguéis al escenario del crimen ya tendréis la autorización.

Mitchell inclinó la cabeza hacia Spinnelli y preguntó:

– Teniente Solliday, ¿nos concede unos minutos? Espere junto a mi escritorio. Es el de al lado del que está vacío.

– Por supuesto.

El teniente cerró la puerta y, en lugar de dirigirse al escritorio de la detective, se apoyó en la pared y ladeó la cabeza hacia la puerta a fin de oír todo lo que pudiera.

– Marc, hablemos del caso de Abe -propuso Mia.

Reed se dio cuenta de que era la segunda vez que Mitchell mencionaba al tal Abe. Miró hacia el escritorio vacío y dedujo que era el de Abe. El tono de Spinnelli fue de advertencia cuando replicó:

– Howard y Brooks están investigando.

– Murphy dice que la pista se ha congelado.

– Es cierto. Mia, deberías…

– Ya lo sé, Marc. El incendio es mi prioridad y sabes que lo será, pero si me entero de algo, si alguien se entera de algo y estoy disponible… Maldita sea, Marc, lo vi. -Su tono se tornó impetuoso-. Si veo al capullo que hirió a Abe lo reconoceré.

– Mia, también resultaste herida.

– Marc, por favor, solo fue un rasguño. -Hizo una pausa-. Por favor, se lo debo a Abe.

Spinnelli también hizo una pausa, suspiró y respondió:

– Si estás disponible te avisaré.

– Te lo agradezco.

La puerta se abrió y Reed no intentó moverse. Quería que la detective supiera que había oído la conversación.

Mia se puso como un tomate y entrecerró los ojos al verlo junto a la puerta. Durante unos segundos se limitó a mirarlo con actitud de fastidio.

– Vayamos al depósito de cadáveres -propuso con un tono tajante; se acercó a su escritorio y cogió la chaqueta y el sombrero raídos-. Aquí tiene su paraguas.

Se lo lanzó y se puso con cuidado la chaqueta de cuero, empezando por el brazo derecho. Spinnelli había dicho que la detective estaba totalmente recuperada, pero Reed tenía sus dudas. En el caso de que no estuviese bien al cien por cien, hablaría sin ambages con Spinnelli para que le asignase otro detective. Mitchell bajó los escalones de dos en dos y Reed supuso que era una mezcla de ira acumulada y el deseo de obligarlo a correr para seguirle el paso. Como esa mañana ya había entrenado, Solliday bajó la escalera un peldaño tras otro y la obligó a esperar en la calle. Abrió el paraguas, pero Mia lo rechazó.

– Todavía no tengo el vehículo de mi departamento y mi coche es muy pequeño -reconoció y no se volvió cuando el teniente la alcanzó-. Usted no encajaría.

El doble sentido de sus palabras era evidente. Reed optó por no hacer caso de la pulla y se centró en el medio de transporte.

– Conduzco yo. -Solliday pensó en ayudarla a subir al todoterreno, pero la detective montó en el habitáculo con sorprendente agilidad y un gruñido de dolor casi imperceptible. Reed tomó asiento tras el volante, la miró significativamente y preguntó-: ¿Verdad que todavía no está en condiciones de volver a trabajar?

Mitchell le regaló una mirada colérica antes de girar la cabeza hacia delante.

– Estoy autorizada a trabajar.

Reed encendió el motor, se acomodó en el asiento y aguardó a que sus miradas se encontrasen. Pasaron un minuto en silencio hasta que Mia volvió la cabeza con el ceño fruncido y preguntó:

– ¿Por qué seguimos aquí?

– ¿Quién es Abe?

La detective apretó los dientes.

– Mi compañero.

«Cosa que tú no eres», fue la muda apostilla.

– ¿Qué le pasó?

– Le dispararon.

– Supongo que se recuperará.

Reed no la habría visto inmutarse si no lo hubiese previsto.

– A la larga sí.

– A usted también le pegaron un tiro.

Mia apretó los carrillos.

– No fue más que un rasguño.

Solliday dudó de la veracidad de esa respuesta.

– ¿Por qué esta mañana tenía la mirada fija en el cristal de la entrada?

Los ojos de Mia echaron chispas.

– No es asunto suyo.

Era exactamente la respuesta que Reed esperaba. De todos modos, decidió manifestar su opinión:

– Lamentablemente, no estoy de acuerdo. Le guste o no, durante un futuro previsible es mi compañera. Esta mañana cualquiera podría haberle cogido la delantera, arrebatado el arma o agredido, tanto a usted como a otros. Repetiré la pregunta porque necesito saber que no mirará las musarañas en el momento en el que la necesite. ¿Por qué esta mañana tenía la mirada fija en el cristal de la entrada?

En las palabras de Reed hubo algo que tocó una fibra sensible, ya que la actitud de Mitchell se tornó gélida.

– Teniente, si le preocupa que no le cubra las espaldas, quédese tranquilo. Lo que ha ocurrido esta mañana es asunto mío y no permitiré que mis asuntos interfieran en nuestro trabajo. Se lo garantizo.

Mientras hablaba, Mia sostuvo la mirada de Solliday y cuando terminó siguió observándolo como si lo desafiase a contradecirla.

– Detective, como no la conozco, sus garantías no son demasiado importantes para mí. -Solliday levantó la mano cuando Mitchell abrió la boca para lanzar una andanada que, estaba seguro, sería imposible reproducir-. Sin embargo, conozco a Marc Spinnelli, que confía en su capacidad. Dejaremos estar lo de esta mañana pero, si vuelve a suceder, le pediré a Spinnelli que me envíe a otra persona. Se lo garantizo.

La detective parpadeó varias veces y apretó los dientes con tanta fuerza que fue un milagro que no se rompieran.

– Teniente, por favor, vayamos al depósito.

Satisfecho de haber dejado clara la situación, Reed puso la marcha y repitió:

– Al depósito.

Lunes, 27 de noviembre, 10:05 horas

Mia se apeó del todoterreno de Solliday antes de que se hubiese detenido por completo. «Amenazas con hablar con mi jefe. ¡Que te zurzan!» Como si ese hombre nunca se hubiera abstraído. «No fastidies. No es nada del otro mundo. ¿Está claro?» Tuvo que hacer esfuerzos para no apretar los dientes mientras Solliday la seguía por el aparcamiento. «Craso error». Era importante. El teniente tenía razón. Cualquiera podría haberla sorprendido y haberle arrebatado el arma. Aminoró el paso y se dijo que, una vez más, no había tenido cuidado.

Reed la alcanzó al llegar al ascensor y Mia pulsó el botón sin pronunciar palabra. Solliday la siguió en silencio y se aproximó lo suficiente como para que la detective notase el calor que su cuerpo despedía. Era como un monolito de granito y había cruzado los brazos sobre el pecho, lo que la llevó a sentirse como una niña de ocho años. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no encogerse en un rincón, por lo que clavó la mirada en el tablero donde aparecía el número de las plantas.

– Espero que con esa proeza haya cumplido su objetivo -comentó Solliday.

Mia quedó tan sorprendida que lo miró, pero el teniente mantuvo la vista fija hacia delante y una expresión de contrariedad.

– ¿Cómo dice?

– Me refiero a que ha saltado del coche antes de que se detuviera. Sé que está enfadada conmigo, pero el vehículo es muy alto y podría haberse roto una pierna.

Mia rio con incredulidad.

– Teniente Solliday, usted no es mi padre.

– No se imagina cuánto me alegro. -Las puertas del ascensor se abrieron y el teniente esperó a que Mitchell saliese-. Por una actitud como esa habría castigado una semana a mi hija y dos en el caso de que me hubiese respondido.

«Niña, no seas respondona». A Mia le costó reprimir un respingo. De pequeña, esa frase solía ir acompañada de un golpe en la cabeza, gracias al cual veía las estrellas. Cuando creció, el mero hecho de oír a su padre pronunciar esas palabras bastaba para que retrocediese, con lo que se ganó la desdeñosa risa de su progenitor. Odiaba esa risa. Odiaba a su padre. «Odio a mi propio padre».

No era su padre el hombre que tenía al lado, sino Reed Solliday, que mantenía abierta la puerta que conducía al depósito de cadáveres.

– ¿Le afectan estas situaciones? -quiso saber el teniente-. La víctima esta en pésimas condiciones, carbonizada mas allá de todo reconocimiento.

Desde luego que le afectaban, pero prefería morir antes que Solliday lo supiese.

– Estoy segura de que he visto cosas peores.

– Me lo imagino -musitó Reed y se detuvo ante la ventana de cristal que comunicaba con la sala de identificaciones-. Barrington está ocupado. Tenemos que esperar.

A Mia se le cerró la boca del estómago, pero no tuvo nada que ver con el cadáver depositado sobre la mesa metálica y tapado con una sábana. Aidan Reagan se encontraba junto al forense y examinaba las radiografías. Se dijo que Aidan la vería, que no tenía escapatoria. Era probable que el hermano de Abe se mostrase tan enfadado como lo había estado su esposa. Aidan dejó de mirar las radiografías, frunció el ceño en el acto y sus miradas se encontraron a través del cristal. Asintió ante algo que el forense Barrington dijo, pero en ningún momento interrumpió el contacto ocular con ella. Aidan franqueó la puerta y se detuvo.

Solliday se acercó a la puerta, pero frenó al percatarse de que se cocía algo. Curioso, paseó la mirada de Aidan a Mia y enarcó las oscuras cejas.

«¡Por Dios, Solliday se parece al diablo!», pensó Mitchell y vio que Aidan estaba, simplemente, alterado.

– Solliday, ¿nos concede un minuto? -inquirió la detective.

El teniente asintió y quedó claro que todavía sentía curiosidad.

– La espero dentro.

Mia se volvió hacia Aidan Reagan y, sin darle tiempo a tomar la palabra, espetó:

– Esta mañana Kristen me ha puesto de vuelta y media, pero esta noche iré al hospital a visitar a Abe. Si quieres reunirte conmigo allí y acabar de soltarme la bronca, adelante.

Aidan estudió tranquilamente su rostro, tal como había hecho Kristen.

– De acuerdo, te haré caso.

El tono de Aidan fue de decepción. Mia detestaba que la gente se sintiera decepcionada y odiaba detestarlo.

– Tengo que irme.

– Mia, espera un momento. -Aidan extendió una mano y la dejó caer a un lado del cuerpo-. Estábamos preocupados.

– Sí, ya lo sé. Escucha, Aidan, la he fastidiado. Se lo compensaré a Abe.

La detective echó a andar hacia la puerta. Aidan la cogió del brazo y Mia dejó escapar un jadeo de dolor.

Aidan la soltó en el acto.

– Todavía te duele.

– Sobreviviré -afirmó escuetamente-. Estoy mucho mejor que Abe. -Vio que Solliday hablaba con el forense-. Aidan, tengo que irme.

Aidan siguió la dirección de su mirada a través del cristal.

– ¿Quién es ese tío?

– Se llama Solliday, pertenece a la OFI y es mi nuevo compañero hasta que Abe regrese o resolvamos el homicidio descubierto por los bomberos. Los hombres de Solliday encontraron un cadáver con un orificio de bala.

Aidan hizo una mueca.

– Pues sí, lo he visto. Mia, es mejor que te haya tocado a ti más que a mí.

– Caramba, no sabes cuánto te lo agradezco.

Mia entró en la sala e intentó restarle importancia al olor predominante. Ese día era mucho peor que de costumbre. Las sustancias químicas combinadas con el hedor a carne quemada le revolvieron el estómago. El forense Barrington colocó las radiografías en la pantalla y Mia se obligó a abandonar la autocompasión y a dedicarse a su tarea de detective.

En las radiografías aparecía un orificio redondo en la base del cráneo.

– No hay orificio de salida -explicó Barrington-. La bala sigue alojada y desconozco en qué estado se encuentra. Detective Mitchell, me alegro de volver a verla.

– Gracias. -Mitchell estudió la radiografía y centró sus pensamientos-. ¿La bala procede de un arma del calibre veintidós?

– Supongo. -Barrington quitó la radiografía-. Los pulmones no contienen monóxido de carbono, por lo que murió antes de que comenzara el incendio.

– Le dispararon como si la ejecutaran -terció Solliday y Barrington confirmó con un asentimiento de cabeza.

– Descubrí tres fracturas en una pierna. Dos son actuales. La tercera está curada y han reducido el hueso correctamente hace al menos varios años, por lo que sabemos que en algún momento de su vida tuvo acceso a asistencia sanitaria de calidad.

– Su padre es policía -afirmó Mia.

El forense no parpadeó ni manifestó la más mínima emoción.

– En ese caso habrá que averiguar quién es su dentista. Conseguiré su historia dental y realizaré una identificación formal. Hasta entonces es anónima.

Barrington se acercó a una mesa y retiró cuidadosamente la sábana. Mia miró durante una fracción de segundo y le costó lo suyo retener el frugal desayuno que había tomado. Era terrible, peor de lo que esperaba, peor incluso de lo que había visto hasta entonces.

Miró a Solliday y vio que tensaba el cuerpo y palidecía. El teniente había visto ese cadáver con anterioridad y, probablemente, otros tan terribles como ese. En su expresión, Mia no detectó repugnancia, sino dolor, y recordó que tenía una hija todavía lo bastante joven como para portarse mal. Al darse cuenta de que en el interior del pulcro traje latía un corazón pudo superar sus náuseas ante el cadáver carbonizado. Se obligó a mirar los restos de una muchacha de diecinueve años y se dijo que debía hacer su trabajo.

El rostro macabro y ennegrecido la miró fijamente desde el plateado brillante de la mesa. La piel quemada se tensaba sobre los huesos faciales. Quedaban unos pocos mechones de pelo. El cabello era rubio, como el de la chica de la foto del permiso de conducir que Solliday le había mostrado. Era una muchacha muy bonita y joven que le había sonreído a la cámara. Su nariz había desaparecido y su boca permanecía grotescamente abierta, como si emitiera un grito eterno y definitivo. «Caitlin, ¿qué te han hecho?»

– ¿La víctima fue agredida sexualmente? -inquirió Mia con tono sereno.

– No lo sé. En el caso de que la agredieran, es posible que nunca lo sepamos, aunque creo que existe la posibilidad de que la hayan atacado. Encontré fibras de nailon de su ropa fundidas con el torso, aunque no hay nada por debajo de la cintura o en las piernas. Tal vez llevaba ropa de algodón, aunque… -Barrington no concluyó la frase-. Haré más pruebas, pero supongo que solo llevaba puesta una camisa.

– Fantástico -masculló Solliday-. Ya tenemos algo más que comunicarle a los padres.

En ese punto, el teniente y la detective estuvieron de acuerdo.

– Tenemos que ir a verlos lo antes posible -opinó Mia. Se alejó del cuerpo calcinado y cerró los ojos mientras respiraba hondo-. Primero visitaremos a los padres y luego nos dirigiremos al escenario del crimen.

Lunes, 27 de noviembre, 11:00 horas

Los Burnette vivían en una casita muy pulcra, la que cabe esperar de quien cobra un salario de policía. Bonitas cortinas decoraban las ventanas y en la puerta aún había una foto de un pavo.

Solliday aparcó el todoterreno en la calle. Habían permanecido en silencio la mayor parte del trayecto y Mia aprovechó para repasar las notas que el teniente había tomado del escenario del incendio en casa de los Dougherty. El profundo suspiro de Solliday rompió el mutismo y enseguida preguntó:

– ¿Quiere conducir la situación?

– Desde luego. -Era la clase de visita que más detestaba, la que la llevaba a sentirse más inepta. Mia se dio cuenta de lo mucho que añoraba a Abe, que siempre sabía lo que había que decirles a los afligidos padres-. Puede haber sido un asesinato por venganza o una caza azarosa al acecho. También cabe la posibilidad de que Caitlin estuviese implicada en algo. Tenemos que analizar las probabilidades que los padres no están dispuestos a explorar.

– Lo sé -reconoció Reed a regañadientes, a quien la tarea le entusiasmaba tanto como a ella.

Mia había evaluado mentalmente a Reed Solliday. Tras puntualizar lo que quería, el teniente no se había explayado y el trayecto en coche había transcurrido en silencio, lo que permitió que la detective se serenara y evaluase la mañana desde la perspectiva del miembro de la OFI. Se había mostrado amable, compasivo y hasta generoso. En su lugar, tal vez Mia no habría sido tan considerada.

Las notas que leyó eran concisas y estaban escritas con letra de trazos limpios y pulidos. Miró la corbata primorosamente anudada y los bordes definidos de la delgada perilla que enmarcaba la boca del teniente. Sus zapatos brillaban. En síntesis, al igual que su letra era un hombre limpio y pulido.

Algo en su interior le impidió encuadrarlo con tanta rapidez. Ese hombre era más de lo que aparentaba… y, por añadidura, lo que aparentaba resultaba muy agradable. Le había dado el paraguas cuando la había confundido con una persona necesitada. Era… era una actitud encantadora. Desasosegada, se centró en las notas e inquirió:

– ¿Hubo tres focos de origen?

– Sí, la cocina, el dormitorio y la sala -confirmó Reed-. El pirómano quería quemar la casa.

– Y destruir el cuerpo de Caitlin. -Mitchell se apeó del todoterreno-. Detesto estas visitas.

– Lo mismo que yo.

Mitchell se dio cuenta de que los investigadores jefe de incendios también realizaban esas visitas. Con anterioridad no lo había pensado. Se preguntó por enésima vez si era peor decirle a un padre que habían asesinado a su hijo o comunicarle que había fallecido en un incendio tan intenso que su cuerpo estaba irreconocible. Fuera como fuese, se trataba del aspecto más amargo del trabajo.

Mia llamó a la puerta. Las cortinas azules se abrieron y un par de ojos los observó. La persona los abrió desmesuradamente cuando Mia mostró la placa. En cuestión de segundos la puerta se abrió y vieron a una mujer de cerca de cincuenta años, cuya expresión revelaba indicios de pánico.

Era menuda, como el cadáver que yacía en la mesa del depósito.

– ¿Es usted Ellen Burnette?

– Sí. -La mujer se volvió-. ¡Roger! ¡Por favor, Roger, ven!

Se acercó un hombre fornido y descalzo que miró de aquí para allá con expresión atemorizada.

– ¿Qué pasa?

– Soy la detective Mitchell y mi compañero es el teniente Solliday. ¿Podemos pasar?

Sin pronunciar palabra, la señora Burnette los condujo a la sala y tomó asiento en el sofá. El marido permaneció tras ella, con las manos apoyadas en sus hombros.

Mia se sentó en el borde de una silla.

– Hemos venido por Caitlin.

Ellen Burnette dio un respingo, como si la hubiesen abofeteado.

– ¡Ay, Dios mío!

Roger Burnette apretó los puños.

– ¿Ha tenido un accidente?

– ¿Cuándo hablaron con ella por última vez? -preguntó Mia con gran delicadeza.

Roger Burnette miró a Mia con furia y su nuez subió y bajó violentamente. Conocía la rutina y eludirla era lo peor.

– El viernes por la noche.

– Discutimos -reconoció la señora Burnette-. Caitlin se fue a la residencia de su hermandad estudiantil y nosotros nos marchamos a casa de mi madre para pasar el fin de semana. Ayer intenté ponerme en contacto con ella, pero no estaba.

Mia tensó la columna vertebral y añadió:

– Tenemos un cuerpo sin identificar y creemos que corresponde a Caitlin.

La señora Burnette hundió los hombros y se tapó la cara con las manos.

– No puede ser.

Roger Burnette manoteó el aire y finalmente se agarró al sofá.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó.

– El teniente Solliday está adscrito a la oficina de investigaciones de incendios. Durante el fin de semana la casa de Joe y Donna Dougherty ardió hasta los cimientos. Tenemos motivos para pensar que Caitlin estaba en el interior.

La señora Burnette se puso a llorar y murmuró:

– Roger…

Aturdido, el hombre tomó asiento junto a su esposa.

– Solo tenía que recoger el correo y dar de comer al gato. ¿Por qué no abandonó la casa?

Mia miró a Solliday. Aunque su expresión era impasible, su mirada estaba cargada de dolor. Además, permaneció en silencio y la dejó llevar la voz cantante.

– Señor, no murió a causa del incendio -explicó la detective y reparó en que la señora Burnette alzaba bruscamente la cabeza-. Le dispararon. Suponemos que su muerte es un homicidio.

La señora Burnette se cobijó en los brazos de su marido.

– No puede ser.

La mirada de Roger Burnette no se apartó de Mia mientras mecía a su esposa y preguntó:

– ¿Hay alguna pista?

Mia negó con la cabeza.

– Todavía no. Sé que no es el momento más adecuado, pero tengo que hacerles varias preguntas. Ha dicho que Caitlin vivía en la residencia de la hermandad estudiantil. ¿En cuál?

– En TriEpsilon -respondió el señor Burnette-. Son buenas chicas.

Eso todavía estaba por verse.

– ¿Puede darnos los nombres de sus amigas?

– Su compañera de habitación se llama Judy Walters -respondió el padre con los dientes apretados.

– ¿Tenía novio?

– Lo tenía, pero rompieron. Su nombre es Joel Rebinowitz -repuso el señor Burnette con la mandíbula rígida.

Mia lo apuntó en la libreta.

– Señor, ¿el chico le caía mal?

– Hacía mucho el tonto y se corría demasiadas juergas. Caitlin tenía futuro.

Mia inclinó la cabeza.

– ¿A qué se debió la discusión del viernes?

– A sus notas -replicó el señor Burnette con tono seco-. Estaba a punto de suspender dos asignaturas.

Solliday carraspeó e intervino:

– ¿Qué asignaturas?

El señor Burnette se mostró muy desconcertado.

– Me parece que una es estadística. Caray, no lo sé.

Mia se irguió.

– Lo lamento, pero tengo que preguntarlo. ¿Su hija tenía algún problema con las drogas o el alcohol?

Roger Burnette entornó los ojos.

– Caitlin no tomaba drogas ni bebía alcohol.

Era exactamente la respuesta que la detective esperaba.

– Muchas gracias. -Mitchell se puso de pie y Solliday hizo lo propio. Mia había reservado lo peor para el final-. Aún no hemos identificado el cadáver.

El señor Burnette levantó el mentón y se ofreció:

– Iré yo.

La detective miró a Solliday, cuyo rostro continuaba estoicamente inexpresivo, aunque sus ojos se llenaron de compasión. Mia suspiró casi en silencio.

– Señor, no es necesario. Utilizaremos su historia dental.

La señora Burnette se incorporó bruscamente. Echó a correr al cuarto de baño y Mia dio un respingo al oírla vomitar. El señor Burnette se puso de pie sin tenerlas todas consigo y su cara adquirió un tono gris letal.

– Le daré los datos de nuestro dentista -afirmó y se dirigió a la cocina.

Mia lo siguió.

– Sargento, veo que cojea.

Roger Burnette dejó de mirar el pequeño listín negro y adoptó expresión de pesar.

– Sufrí un tirón.

– ¿Mientras trabajaba? -preguntó Solliday en un tono bajo y se detuvo detrás de la detective.

– Sí, perseguía a… -Dejó de hablar-. ¡Ay, Dios mío! Es por mi culpa. -Se apoyó en un taburete, junto a la encimera-. Alguien intenta vengarse de mí.

– Sargento, no lo sabemos -reconoció Mia-. Como sabe, tenemos que plantear las preguntas imprescindibles. Necesito los nombres de cuantos les hayan amenazado, tanto a su familia como a usted.

La risa de Roger Burnette sonó ronca.

– Detective, necesitará más hojas de las que tiene su libreta. Por favor, este asunto matará a mi esposa.

Mia titubeó, tomó una decisión y apoyó una mano en el brazo del sargento.

– Pudo ser azaroso. La investigación continúa. Si me dice el nombre del dentista le haremos una visita.

– Es el doctor Bloom. Vive en este barrio. -Burnette miró a Mia y apostilló con tono bajo-: Dígame, ¿la han… la han…?

Mia volvió a dudar antes de responder:

– Lo desconocemos.

El sargento desvió la mirada y espetó:

– Lo comprendo.

Mitchell se inclinó y volvió a llamar su atención.

– Sargento, lo que estoy diciendo es que realmente no lo sabemos. No se me ocurriría mentirle.

– Se lo agradezco. -Mia se alejó, pero el señor Burnette la sujetó del brazo y estuvo a punto de retorcerse de dolor. Aguantó y se emocionó al ver que al sargento se le llenaban los ojos de lágrimas-. Atrape al cabrón que le hizo esa barbaridad a mi niña -murmuró y la soltó.

Mia se irguió y el hombro le ardió.

– Le aseguro que lo atraparemos. -Dejó una tarjeta sobre la encimera-. Si me necesita, en el reverso figura mi número de móvil. Le agradeceré que no les comunique lo ocurrido a los amigos de Caitlin.

– Detective, conozco el protocolo -dijo Roger Burnette con los dientes apretados-. Entréguenosla lo antes posible… lo antes posible para que podamos enterrarla. -Se le quebró la voz.

– Haré cuanto esté en mi mano. Conocemos la salida… -Mia esperó a sentarse en el todoterreno de Solliday antes de soltar un bufido de dolor-. ¡Maldita sea, sí que me ha hecho daño!

– En la guantera hay analgésicos -ofreció Solliday.

Mia movió el brazo y se sobresaltó por la llamarada que pareció recorrerle el hombro.

– Acepto. -Buscó el frasco y se tragó dos pastillas sin agua-. El estómago no me lo perdonará, pero mi brazo le está muy agradecido.

El teniente esbozó una sonrisa.

– No hay de qué.

– Detesto esta clase de visitas. Sus hijos nunca la lían ni tienen problemas.

– Yo diría que si son policías es aún peor -opinó Solliday.

– Es verdad.

Mia se dio cuenta de que había pronunciado esas palabras con más fervor del que pretendía.

El teniente la miró antes de arrancar.

– ¿Lo dice por experiencia personal?

Mitchell supo que, si no se lo decía, Solliday acabaría por preguntárselo.

– Mi padre era policía.

El teniente levantó una ceja y, una vez más, se pareció al diablo.

– Ah. ¿Está jubilado?

– No, está muerto -respondió Mia-. Antes de que lo pregunte le diré que murió hace tres semanas.

Solliday asintió con la mirada fija en la calzada.

– Comprendo.

«No, no entiendes nada». Mitchell se dio cuenta de que no tenía ganas de discutir.

– Como todos, los hijos de los policías también pueden ir por mal camino.

– ¿Es lo que le ocurrió?

– ¿A qué se refiere? ¿A ir por mal camino? No, no perdí el norte. -Mia llegó a la conclusión de que no tenía por qué explicar nada más. Repasó sus notas-. Pudo ser accidental. Tal vez alguien entró a robar en casa de los Dougherty y encontró a Caitlin dándole de comer al gato.

– No estaba dándole de comer al gato. -Solliday la miró antes de volver a concentrarse en la calzada-. No ha querido decir nada ante Burnette, pero encontré páginas de un libro de estadística en el cuarto de huéspedes de casa de los Dougherty. Supongo que había ido a estudiar.

Mia pensó en la compasiva contención que el teniente había manifestado en presencia de los padres.

– Los Burnette no están obligados a saberlo. La discusión por las notas y el que hubiera ido a la casa a estudiar es lo mismo que echar sal en la herida. Iremos a casa de los Dougherty. Seguramente el equipo de especialistas ya habrá llegado.

Capítulo 4

Lunes, 27 de noviembre, 11:45 horas

Un especialista de la CSU salió al encuentro de la detective y el teniente cuando se apearon del todoterreno en la entrada de la casa de los Dougherty. El hombre sonrió y dijo:

– Mia, me alegro de que estés de vuelta.

Mitchell sonrió encantada.

– Jack, me alegro de verte. Te presento al teniente Reed Solliday. -La detective lo miró-. Este es el sargento Jack Unger, de la unidad especializada en escenarios de crímenes. Es el mejor.

– El año pasado estuve en una de sus conferencias -comentó Reed al tiempo que le estrechaba la mano-. Se refirió al empleo de novedosos métodos analíticos para la detección de catalizadores. Fue muy interesante.

– Me alegro de que aprendiese algo nuevo. Teniente, mi equipo ya ha entrado y trabaja con sus hombres. Han comenzado a cuadricular el vestíbulo y la sala.

– Déme un minuto para cambiarme el calzado.

Mitchell y Unger examinaron la entrada mientras Reed hacía denodados esfuerzos a fin de cerrarse correctamente las botas. Cuando tenía prisa sus dedos se volvían torpes. Se reunió en la puerta con sus compañeros y los condujo hasta la cocina.

– Aquí encontramos el cadáver -explicó y señaló la pared de enfrente.

Mia echó un vistazo al techo destrozado.

– ¿Ahí arriba está el dormitorio?

– Sí. Es uno de los tres focos de origen. La cocina fue el principal.

Mitchell frunció las cejas.

– Usted supone que la chica estudiaba en el cuarto de huéspedes, es decir, al otro lado de la casa. Vuelva a explicarme de principio a fin el horario del incendio.

– Hacia medianoche los vecinos oyeron una explosión y de inmediato llamaron a emergencias. Tuvo que ocurrir en la cocina. La primera dotación de bomberos llegó tres minutos después y comprobó que las llamas rodeaban la totalidad de este lado de la casa, de arriba abajo. También había un fuego de menor magnitud en la sala, al otro lado. Prepararon las mangueras y atacaron el fuego en el vestíbulo. El techo de la cocina se desplomó poco después de la llegada de los bomberos y el jefe sacó a sus efectivos de la casa. Me presenté a las cero y cincuenta y dos. Para entonces ya lo habían dominado. En cuanto llegaron cortaron el suministro de gas a la casa, por lo que no hubo más combustible para mantener vivo el incendio en la cocina.

– Calor, combustible y oxígeno -sintetizó Mitchell-. El triángulo de toda la vida.

– Basta eliminar uno para apagar las llamas -coincidió Reed.

Unger estudió la pared con expresión seria.

– Se trata de una uve cerrada, como si algo hubiera subido un metro y medio a toda velocidad. A continuación, todo está negro hasta el punto más elevado.

– El autor quitó la válvula de la tubería de gas. Provocó una fuga, esperó a que el gas se acumulase y dejó un dispositivo para iniciar el incendio. La cocina estalló cuando la llama entró en contacto con el gas, que asciende. Trazó una línea de catalizador en la pared para cerciorarse de que ocurriera.

– ¿Qué empleó para iniciar el incendio? -quiso saber Mia.

– El laboratorio realiza análisis para conocer la estructura exacta, pero fue un catalizador sólido, probablemente de la familia de los nitratos. El modo de envío consistió en un huevo de plástico.

La detective enarcó sus rubias cejas.

– ¿Como los que se esconden en Pascua?

– No, más grande. Como los huevos en los que antes vendían los panties. Probablemente mezcló el nitrato con goma de guar para que se adhiriese a la pared. Cuando se encendió, el sólido ardió directamente hacia arriba. Por eso se detecta la uve cerrada. Como también estalló hacia fuera, arrasó con todo lo que había por debajo de la tubería de gas. Lo más probable es que el autor agujerease el huevo, lo llenara con la mezcla, pusiese la mecha y la encendiera. No dispuso de mucho tiempo para escapar, diría que como máximo tuvo diez o quince segundos.

– En ese caso, le gusta vivir al límite -opinó Mitchell-. ¿Cómo entró en la casa?

– Por la puerta trasera -terció Reed-. Tomamos fotos de la cerradura, pero no la tocamos por si hay huellas.

Mia lo miró con cara de preocupación.

– ¿Por qué?

– Porque ayer sospeché que se trataba de un homicidio y no quería que un juez invalidara las pruebas porque se recogieron con una autorización por incendio provocado.

Aunque a regañadientes, la detective quedó impresionada.

– Jack, ¿has obtenido huellas?

– Sí, pero diría que no pertenecen al que buscamos. Si fue lo bastante listo como para organizar este incendio, también lo fue para usar guantes. Cabe la posibilidad de que tengamos suerte y encontremos algo.

– ¿Puedes buscar huellas de pisadas? -le preguntó Mia a Unger-. Maldita sea, seguramente la lluvia las ha borrado.

– Tenemos varias huellas de pisadas -intervino Reed-, en su mayor parte de las botas de los bomberos, aunque unas pocas no pertenecen a ellos. Ayer tomamos moldes en yeso de dichas huellas.

Muy a su pesar, Mitchell volvió a mostrarse impresionada.

– ¿Están en el laboratorio?

– Lo mismo que los fragmentos del huevo, en el que también buscan huellas.

Mia se agachó para estudiar el sitio en el que habían hallado el cadáver.

– Jack, coge muestras de este sector.

Solliday se acuclilló junto a la detective y percibió un aroma más ligero y agradable que el olor a madera quemada que impregnaba la casa. La mujer olía a limones.

– He tomado muestras de esta zona y encontramos restos de gasolina -añadió Reed.

Preocupada, Mitchell adoptó expresión de contrariedad.

– El pirómano la roció con gasolina. Al quemarse, el cuerpo de la muchacha alcanzó tanta temperatura que las fibras de la camisa se derritieron y se fundieron con su piel.

– Así es. Capté trazas de hidrocarburos en el espacio de aire situado sobre el cuerpo. En la base del suelo también se detecta el dibujo de tablero de ajedrez. Es lo que sucede cuando la gasolina se cuela entre las baldosas. El adhesivo se ablanda y la base se calcina. Probablemente echó gasolina sobre la chica y salpicó el suelo.

– Me cuesta imaginar que el autor corriera el riesgo de encender una cerilla con todo el gas acumulado en la cocina -comentó Unger, pensativo.

– Diría que, cuando el huevo de plástico estalló, restos del catalizador en llamas cayeron sobre la chica. Sea como fuere, la gasolina se apaga muy rápido si el abastecimiento no es constante. Por eso quedaron huesos suficientes como para que Barrington hiciese radiografías.

Mitchell se puso de pie y apretó la mandíbula.

– Caitlin, ¿en qué lugar de la casa te disparó el muy cabrón? -Mia pasó por encima de las vigas caídas y se dirigió al vestíbulo, en el que uno de los miembros del equipo de Jack Unger realizaba con Ben la tarea de cuadricular la estancia con estacas y cuerdas-. Hola.

– Ben, te presento a la detective Mitchell, de Homicidios, y al sargento Unger, de la CSU.

Ben ladeó la cabeza.

– Encantado. Reed, pocos minutos antes de que llegases encontramos algo. -Se movió cuidadosamente por la zona cuadriculada, con un pequeño bote de cristal en la mano-. Da la sensación de que forma parte de un colgante.

Reed acercó el objeto a los focos.

– Es la letra «C» -afirmó y se lo entregó a Mitchell.

– ¿Dónde estaba? -le preguntó Mia a Ben y estudió la letra con gran atención.

Ben señaló la cuadrícula.

– Dos sectores más arriba y tres para allá. Me he dedicado a buscar la cadena.

La detective dirigió la mirada hacia la escalera.

– Solliday, ha dicho que en el primer piso encontró páginas de un libro de estadística. Eso significa que la chica estudiaba en la planta alta, por lo que en algún momento tuvo que bajar la escalera… viva o muerta.

Unger movió afirmativamente la cabeza.

– Si el autor le disparó arriba y la arrastró por la moqueta, en las fibras aparecerán restos de sangre. Tendremos que quitar toda la moqueta y comprobarlo.

– Tal vez le disparó en la cocina -planteó Reed.

– En ese caso arrancaremos el maldito suelo -aseguró Mitchell ferozmente-. ¡Mierda! Detesto los escenarios de incendios porque prácticamente no queda nada.

Reed negó con la cabeza.

– Quedan montones de cosa; solo hay que saber dónde buscarlas.

– Bueno -masculló Mia y acercó el bote de cristal a los focos. Su mirada se inflamó. Apoyó la mano cerrada en el escote, como si aferrara el colgante, y discurrió-: Se pelearon aquí. Lo más seguro es que Caitlin oyese algo y bajara la escalera.

– Quien lo hizo la encontró y la dominó -apostilló Reed.

– La sujetó de la cadena, que se rompió, por lo que el colgante salió despedido. Luego le disparó.

– En ese caso habrá salpicaduras en la moqueta. -Unger miró a su alrededor-. Colocaremos varios focos y examinaremos el lugar a fondo. Se ha hablado de tres puntos de origen. Ya hemos visto la cocina. ¿Cuáles son los otros dos?

– En el del dormitorio utilizó el mismo catalizador… otro huevo.

– ¿Y en la sala? -quiso saber Unger.

Como Ben había realizado la mayor parte del análisis de la sala, Reed dijo:

– Ben, somos todo oídos.

Ben carraspeó y tomó la palabra.

– El fuego se inició en la papelera, con un periódico y un cigarrillo, probablemente sin filtro. Ardió sin llama unos minutos antes de coger fuerza. Incendió las cortinas, pero los bomberos no tardaron en sofocarlo.

– ¿Podemos ver el dormitorio?

– Hay que moverse con mucho cuidado. -Reed los condujo escaleras arriba y se detuvo en la puerta-. No podemos entrar porque el suelo es inestable.

– ¿El agujero en el suelo se debió al incendio? -inquirió Mitchell.

– Sí, así es. Los bomberos hicieron el orificio en el techo para dar salida al calor.

Mitchell contuvo el aliento y esbozó una mueca.

– Necesito aire.

– Mia, ¿estás bien? -preguntó Unger con tono de preocupación.

– He tomado un calmante sin haber probado bocado y ahora mi estómago se queja -reconoció la detective.

Reed frunció el ceño.

– Tendría que haberme pedido que parara y habría ido a buscar algo de comer.

– Eso habría significado que Mia se cuida -ironizó Unger y la cogió del brazo-. Vete a comer. Nos queda un buen rato de trabajo aquí. Te llamaré si aparece algo extraordinario.

Mitchell miró a Reed y preguntó:

– ¿Vamos a comer y luego a la residencia estudiantil?

– Parece un buen plan.

Lunes, 27 de noviembre, 12:05 horas

Brooke Adler llamó a la puerta del despacho del consejero escolar y notó que cedía. Asomó la cabeza y vio al doctor Julian Thompson sentado al escritorio y a otro profesor aposentado en una de las sillas del otro lado.

– Disculpa. Volveré más tarde.

Julian le hizo señas de que pasase.

– Tranquila, Brooke. No hablamos de nada importante.

Devin White meneó la cabeza y esbozó una sonrisa que aceleró el corazón de Brooke. Había reparado muchas veces en él desde su llegada al Centro de la Esperanza, pero era la primera ocasión en la que hablarían.

– Julian, no estoy de acuerdo. Hablábamos de un tema de importancia global. -Levantó una ceja-. ¿El domingo ganarán los Bears o los Lions?

Brooke sabía muy poco de deportes, pero estaban en Chicago.

– Los Bears.

Devin frunció el ceño con actitud lúdica.

– No hay nada que hacer con la lealtad por el equipo del terruño.

Julian señaló la silla contigua a la de White.

– Devin apuesta por los Lions.

– Tengo debilidad por ellos -admitió-. ¿Quieres que me vaya? ¿Se trata de un asunto privado?

Brooke negó con la cabeza.

– Claro que no. A decir verdad, me vendrá bien la perspectiva de otro profesor. Estoy preocupada por algunos alumnos, mejor dicho, por uno.

Julian se recostó en el sillón.

– Ya sé a quién te refieres. A Jeffrey DeMartino.

– Pues no, no se trata de Jeff, aunque ha reconocido que envió a Thad Lewin a la enfermería.

Julian se limitó a suspirar.

– Thad no ha hablado. Tiene demasiado miedo como para delatar a Jeff y no disponemos de pruebas. Si no estás preocupada por Jeff, ¿quién te inquieta?

– Manny Rodríguez.

Ambos hombres se sorprendieron y Devin preguntó:

– ¿Manny? Jamás me ha causado problemas.

– A mí tampoco, pero esta mañana mostró un interés extraordinario por El señor de las moscas.

Julian levantó las cejas.

– ¿Es aconsejable que lean relatos de anarquía adolescente?

Brooke se encogió de hombros.

– El doctor Bixby supuso que sería un buen tema. -A decir verdad, el director del centro había recomendado la lectura de esa novela-. Sea como fuere, hoy hemos hablado del fuego para hacer señales.

Julian inclinó la cabeza.

– ¿Y a Manny le brillaron los ojos?

– Prácticamente se babeó.

– Quieres saber si antes de ingresar aquí Manny provocaba incendios.

– Ni más ni menos. Es lo que me interesa. Me alegro de que el libro le guste, pero… Fue escalofriante.

Julian apoyó el mentón en sus delgados dedos.

– Así es. Provocó incendios. Ha prendido montones de pequeñas hogueras desde que tenía cinco años. Por último, causó un grave incendio que destruyó su casa de acogida. Fue entonces cuando lo trajeron al centro de internamiento. Estamos trabajando el control de sus impulsos.

Brooke se acomodó en la silla.

– Ojalá lo hubiera sabido. ¿Debo cambiar de libro?

Devin se rascó el mentón.

– ¿Qué lectura harías? Todo libro del que vale la pena hablar incluye un tema polémico que afecta, como mínimo, a un crío de tu clase.

– Ya lo había pensado -reconoció Brooke.

– Quizá no sea tan negativo -opinó Julian-. Como sé lo que Manny ha leído lo aprovecharemos en la terapia. En el centro no puede prender fuego, de modo que ofrecerle imágenes tentadoras mientras está aquí es seguro. Podemos buscar formas constructivas de canalizar sus impulsos mientras aún están frescos en su mente.

Brooke se puso de pie y ambos hombres se incorporaron.

– Gracias, Julian. Te enviaré regularmente un informe. Dime algo si te parece que lo más adecuado es cambiar de lectura.

Devin sostuvo la puerta abierta y comentó:

– Creo que el menú de hoy en la cafetería se compone de macarrones con queso y patatas rellenas.

Brooke sonrió.

– Pues vayamos a hacer cola. Las patatas rellenas desaparecen enseguida.

Devin sonrió de oreja a oreja.

– Y cuando te las tiran no hacen daño. Hasta luego, Julian.

– Todavía no he participado en una batalla de comida -comentó Brooke mientras caminaban por el pasillo.

– Yo me estrené el verano pasado. Por desgracia, ese día tocaban manzanas, que al golpearte hacen daño. Brooke, yo no me preocuparía demasiado por El señor de las moscas. La mayoría de los chicos han visto cosas mucho peores. -La sonrisa de Devin se esfumó-. Si las supieras se te partiría el corazón.

– Te preocupas por ellos -afirmó la profesora en tono bajo.

– Es difícil no hacerlo, ya que acabas por encariñarte.

– ¡Señor White!

Un trío de muchachos con cara de susto se reunió con los profesores.

Devin sonrió y preguntó:

– ¿Qué pasa?

– Necesitamos ayuda antes del examen -respondió uno de los muchachos y a Brooke se le cayó el alma a los pies.

«Adiós a las patatas rellenas -pensó-. Volveré a comer en mi mesa de trabajo».

Devin le dedicó a Brooke una sonrisa con la que le pidió disculpas.

– Lo siento. Luego nos vemos.

Brooke suspiró en silencio y lo vio alejarse. Las patatas rellenas con Devin White era lo más parecido a una cita que había tenido en mucho tiempo, lo cual era patético. Se dirigió a su aula y frenó en seco al doblar en el recodo.

Manny Rodríguez miró a un lado y a otro antes de arrojar algo al cubo de basura situado en la puerta del comedor. ¿Era un periódico? Le resultó imposible imaginar que Manny quisiera hacer algo constructivo con un diario. Esperó a que el chico se alejara, quitó la tapa del cubo, frunció la nariz y lo rescató. Supuso que serviría de envoltorio de algo pesado, pero al retirarlo comprobó que no contenía nada.

Era el Trib del día. Adoptó una expresión adusta y abrió el periódico hasta encontrar un recorte de bordes irregulares. Manny había arrancado un trozo. ¿Se trataba de un artículo o tal vez de una foto? Fuera lo que fuese, correspondía a la página A-12. Pensó en quedarse con el ejemplar, pero al final lo depositó en el cubo. La mitad de las páginas estaban impregnadas con salsa de queso. Si había algún problema, Julian podría utilizar esa información durante la terapia.

Decidió ir a la biblioteca del centro y hojear el Trib. Quizá no era más que el anuncio de un videojuego, aunque tuvo sus dudas al recordar la expresión de Manny.

Lunes, 27 de noviembre, 13:15 horas

– ¿Cuántos años tiene su hija?

Sorprendido, Reed levantó la cabeza. Eran las primeras palabras que Mitchell pronunciaba desde que habían cogido las bandejas y se habían sentado a la mesa de la hamburguesería elegida por ella. Supuso que su compañera seguía enfadada por lo ocurrido por la mañana. A nadie le gusta que, si duele, le digan la verdad, y Solliday se había limitado a expresarla. Si la detective no estaba en condiciones de trabajar, pediría que le asignasen otra persona.

Era comprensible que no estuviera en condiciones de trabajar. Bastaron unas pocas preguntas al forense para resolver el rompecabezas y la propia Mitchell colocó la última pieza: el compañero herido y la muerte de su padre. Si a ello le sumaba la herida en el hombro, la mujer había hecho un pleno de tres aciertos. No era de extrañar que a primera hora de la mañana estuviera ensimismada. Desde entonces no la había visto perder la concentración ni una sola vez. Se había mostrado firme y segura con los padres de la chica y había dado voz a los comentarios adecuados para suavizar en la medida de lo posible el sufrimiento del padre. En casa de los Dougherty había llegado a las mismas conclusiones que él con respecto al escenario.

Tal vez ese silencio era la manera que Mitchell tenía de procesar la información y no se debía a la cólera contenida. Fuera como fuese, la pregunta fue como una tregua.

– Beth tiene catorce y se comporta como si fuera a cumplir veinticinco -repuso Solliday y adoptó expresión de contrariedad.

– Está en una edad difícil -comentó Mia con actitud comprensiva. Clavó la mirada en un punto situado detrás del teniente-. Ni por todo el oro del mundo me gustaría volver a esos años.

– En eso estamos de acuerdo. ¿Qué ha visto detrás de mí?

– Una barracuda. -Mia entrecerró los ojos y siguió con la mirada a la rubia de trenza larga que se aproximaba-. Carmichael, ¿a qué debo el placer?

La mujer acercó una silla y se sentó.

– ¿Esa es forma de saludarme después de dos semanas sin vernos? -Examinó a Reed con interés-. Supuse que Reagan ya estaría de regreso.

– Volverá en cuestión de semanas.

La mujer extendió la mano y se presentó:

– Soy Joanna Carmichael.

Reed no supo si estrecharla.

– Soy el teniente Solliday…

– De la OFI, ya lo sé. Investigué la matrícula de su todoterreno antes de entrar.

Reed frunció el ceño.

– No me gusta que invadan de esa manera mi intimidad.

Carmichael se encogió de hombros.

– Es una cuestión territorial. Trabajo para el Bulletin.

Reed miró a Mitchell, que estaba muy molesta, y preguntó:

– ¿Tiene club de fans?

Carmichael rio.

– Esa mujer sería una buena redactora. Has vuelto antes de lo que suponía.

– Me he curado rápido. Carmichael, no tengo nada para ti. Reasignaron todos mis casos mientras estuve de baja.

– Esta vez soy yo la que tiene algo para ti. Estuve atenta a lo que podía interesarte y, según una de mis fuentes, antes de ser herido, tu compañero alcanzó a uno de los tíos que os dispararon. Le hizo un bonito agujero en el brazo. -Carmichael enarcó una ceja-. Más o menos como el tuyo.

Mia movió negativamente la cabeza.

– A lo largo de los últimos quince días nadie que coincida con su descripción estuvo en el hospital. Lo he comprobado cada día.

– La mamá del cabrón es auxiliar de enfermería. Se ha corrido la voz de que lo atendió ella. No ha hecho una chapuza y, por lo visto, el tío también se ha curado enseguida.

Mitchell entornó amenazadoramente los ojos.

– ¿Cómo se llama tu cabrón?

– Oscar DuPree. ¿Es el mismo que el tuyo? -preguntó Carmichael con engañoso desinterés.

Mitchell asintió.

– Sí, uno de ellos. ¿Dónde está?

– Para en un bar llamado Looney. No fue quien disparó a tu compañero. Su amigo no ha dejado de hablar de que disparó a la barriga de un policía corpulento y malvado, que se desplomó como una piedra. La zorra de la policía recibió un disparo en el hombro porque quedó encandilada como un ciervo ante los faros de un coche.

Mitchell se ruborizó.

– ¡Vaya con el muy cabrón! Carmichael, te debo una.

– No, no me debes nada. -Carmichael se puso en pie-. En cierta ocasión te portaste bien conmigo y suelo pagar mis deudas. Estamos en paz. -Consultó la hora-. Tengo que irme. Teniente, encantada de conocerlo. Si tiene una buena pista sobre el incendio con homicidio, le agradeceré los titulares.

– ¿Cómo dice? -preguntó Reed, que se mantuvo impasible.

– Venga ya, teniente, déjese de tonterías. Usted trabaja en la unidad de investigaciones de incendios y ella en Homicidios. No hace falta un experto en cohetes espaciales para encajar las piezas. ¿Qué ha pasado? ¿Cuál es la explicación?

Mitchell dobló metódicamente la envoltura de la hamburguesa hasta convertirla en un balón de papel y le dirigió a Carmichael una mirada abrasadora.

– Serás la primera en saberlo. Yo también pago mis deudas.

Carmichael se alejó sin dejar de reír entre dientes y masculló:

– El último en llegar a Looney es tonto.

– Deduzco que nos desviaremos de camino a la residencia estudiantil -comentó Reed secamente.

Mitchell se irguió y sus ojos azules y redondos mostraron sorpresa.

– Es un asunto de mi incumbencia. Si me deja en la comisaría cogeré mi coche.

– Muéstreme la rotación completa. Gire el brazo como si fuera a lanzar desde el montículo.

Mia intentó encestar la pelota de papel en el cubo de basura e hizo una mueca.

– ¡Mierda! Me ha dolido.

– Debería seguir de baja, pero no piensa pedirla, ¿me equivoco?

La detective lo miró a los ojos.

– Solliday, le dispararon a mi compañero como si fuese un perro callejero. Es un buen hombre y lo hicieron picadillo. El cabrón que lo hirió se jacta de sus actos. Si estuviera en mi lugar, ¿volvería a casa y se metería en la cama?

Reed se dio cuenta de que la detective sabía expresar claramente sus pensamientos.

– No, no lo haría. Escuche, la llevaré, pero antes llamaré a Spinnelli. Pida refuerzos o tendré que intervenir.

Mia se puso en pie con expresión decidida.

– Es mi problema.

– De acuerdo. Resuelva su problema y luego nos ocuparemos de Caitlin Burnette.

– En marcha, Solliday. Con un poco de suerte, encontraremos a los cabrones en su abrevadero habitual. A las dos y media, como mucho a las tres, estaremos en la universidad.

Reed cogió las bandejas y echó los restos en el cubo.

– A las tres. De acuerdo.

Lunes, 27 de noviembre, 16:00 horas

– Hola. Por favor, ¿puedo hablar con Emily Richter?

– Si quiere vender algo…

– Señora, no soy vendedor -se apresuró a interrumpirla-. Me llamo Harry Porter y trabajo en el Trib.

– Ya he hablado con ustedes.

– Lo sé -comentó el hombre con tono tranquilizador-. Me gustaría saber qué opinan los Dougherty, los dueños de la casa. ¿Sabe dónde puedo encontrarlos?

La señora Richter se sorbió la nariz.

– No están, se han ido de vacaciones.

– ¡Vaya! Señora, gracias por haberme dedicado unos minutos.

– Los periodistas deberían hablar entre sí en lugar de molestarme -se quejó la mujer.

Le habría gustado retorcerle el pescuezo, pero de momento la necesitaba.

Al día siguiente volvería a intentarlo. Guardó el móvil con expresión de fastidio y se olvidó de Laura Dougherty. Esa noche le tocaba bailar con Penny Hill y estaba deseoso de que la hora llegara.

Lunes, 27 de noviembre, 16:00 horas

La señora Schuster apartó la mirada del ordenador cuando Brooke entró en la biblioteca.

– Hola, Brooke, ¿en qué puedo ayudarte?

Brooke señaló los periódicos.

– Quería echarle un vistazo al diario de hoy.

– La sección de deportes no está -le informó la bibliotecaria y dejó escapar un suspiro de resignación-. Devin se la llevó. Analiza las estadísticas porque la semana que viene quiere ganar la quiniela. Me parece injusto que un profesor de matemáticas haga la quiniela. Es como tener información privilegiada.

Brooke rio.

– Deduzco que la semana pasada perdiste.

La señora Schuster sonrió.

– ¡A lo grande! Brooke, no hay prisa con el periódico.

– Gracias.

Brooke cogió el diario, lo abrió en la página A-12 y suspiró. El artículo que Manny había arrancado se refería al incendio de una casa. La vivienda había ardido hasta los cimientos y había una víctima.

Hizo dos fotocopias del artículo y se preguntó cuántas informaciones había recortado Manny. Aunque en el centro no podía provocar incendios, lo cierto es que el chico fomentaba pasivamente su adicción, por lo que se trataba de un tema que podían evaluar en terapia.

Pasó por la sala de profesores e introdujo una de las fotocopias en un sobre para dejársela a Julian Thompson. Acababa de meterlo en el buzón cuando la puerta se abrió y Devin White entró en compañía de dos profesores. Era el final de la jornada, momento en el que todos pasaban por la sala a ver si tenían correspondencia, por lo que la presencia de Devin no fue una verdadera sorpresa. De todos modos, el corazón de Brooke dio un brinco.

– Hola, Brooke. -Jackie Kersey le dedicó una sonrisa alentadora-. Vamos a tomar algo, acompáñanos.

Brooke lanzó una fugaz mirada en dirección a Devin, que había girado la cabeza y miraba su buzón, situado en la hilera inferior. Desde donde se encontraba tuvo una interesante perspectiva de su trasero.

– No debería ir -masculló.

Jackie esbozó una sonrisa al reparar en la dirección de la mirada de Brooke y apostilló:

– Es la happy hour en Flannagan, dos copas al precio de una. Pediré una cerveza y podrás tomarte la otra.

Devin la miró y sonrió.

– Ven, Brooke, te sentará bien.

Ella rio casi sin aliento.

– Pensaba volver a casa y corregir exámenes, pero allí nos veremos.

Capítulo 5

Lunes, 27 de noviembre, 17:20 horas

Mia abrió los ojos cuando Solliday detuvo el todoterreno. Estaban frente a un establecimiento de comida preparada.

– ¿Qué hacemos aquí? -preguntó la detective con el cuerpo rígido.

Estaba dolorida como si le hubiesen dado una paliza y aún faltaba lo peor: decirle a Abe que el cabrón que le había disparado seguía libre.

Solliday enarcó una ceja.

– Mientras esperaba me he bebido tres tazas de café.

Mia dio un respingo.

– Lo siento. No pensé que tardaría tanto.

Habían aguardado dos horas a que DuPree apareciera con el brazo en cabestrillo. Esperaron a Getts, el agresor, hasta que la detective reparó en que DuPree intentaba escapar por la puerta trasera del bar. DuPree echó a correr y a Mitchell no le quedó más opción que derribarlo. El cabrón le plantó cara a pesar de que llevaba el brazo en cabestrillo.

– Tendría que haber ido a la residencia estudiantil y entrevistado a las chicas de la hermandad.

– Sí, por supuesto, y perderme el espectáculo -ironizó Reed secamente-. Por mucho que no haya cogido a Getts, ver cómo aplastaba a un capullo drogado que la dobla en tamaño ha merecido la pena.

– ¡Cabrón! -exclamó Mia en tono bajo-. Debió de darse cuenta de nuestra presencia.

– Ya cogerá a Getts. Además, esta noche, cuando se acueste, sabrá que su amigo está en el calabozo.

Solliday habló convencido y con sinceridad. A decir verdad, parecía bastante impresionado. Mia pensó que tal vez le había dado una segunda oportunidad tras la primera impresión.

– Gracias por meterse en el callejón y cortar la retirada a DuPree. Esta noche se lo contaré a mi compañero. Vayamos a la residencia estudiantil y así podrá volver a su casa.

El teniente se apeó del todoterreno.

– Más tarde. El segundo motivo por el que estamos aquí responde a que estoy famélico y a que usted tiene que comer algo para tomar más calmantes. Me sorprende que no se haya dislocado el hombro. ¿Con qué acompaña el frankfurt?

– Con todo, salvo kétchup. Gracias, Solliday.

Había caminado todo el día junto a Reed Solliday y se había sentido pequeña. En ese momento lo observó mientras entraba en el establecimiento. El teniente se desplazó con una gracia sinuosa poco corriente en un hombre de su corpulencia. Al verlo andar, Mia pensó en Guy. Supuso que la comparación era inevitable. Hacía tiempo que no se acordaba de Guy LeCroix, lo que en sí mismo resultaba revelador, y de pronto lo recordó con asombrosa claridad.

Guy tenía la misma forma de moverse. Fue lo que le atrajo desde el principio: la gracia felina de un hombre corpulento. Guy pensó que la amaba y, en última instancia, quiso mucho más que lo que Mia podía darle. Si era sincera consigo misma, no lo echaba de menos, lo que también resultaba revelador. Tampoco había querido hacerle daño. Albergaba la esperanza de que con su actual esposa Guy hubiese encontrado lo que buscaba y fuera feliz. Desde Guy el manantial había estado prácticamente seco. Se había visto con unos pocos hombres aquí y allá, sobre todo allá, con los que no había tenido nada serio.

Pensó objetivamente desde la serenidad de su mente y reconoció que, por mucho que se pareciera al demonio cuando enarcaba las cejas, no había nadie tan apuesto como Reed Solliday. Su delgada perilla enmarcaba una boca tentadora. Fantaseó con que una boca tan tentadora sería una ventaja para ciertas actividades… lo mismo que la gracia felina.

«La señora Solliday tiene que ser una mujer muy satisfecha», pensó. Durante una fracción de segundo la envidió sanamente. Sofocó ese sentimiento con gran rapidez. No se liaba con polis. Era el mantra de su vida. «Claro que no es poli».

– Pero se parece demasiado a un madero -musitó.

De todas maneras, nada le impedía mirarlo. Reed Solliday era un hombre digno de ser observado.

El teniente había llegado a la caja y se disponía a pagar. El empleado hizo una mueca y echó las monedas en la bolsa que Solliday mantuvo abierta. Reed abrió la portezuela del todoterreno sin dejar de menear la cabeza y Mia arrinconó sus pensamientos caprichosos y cogió la comida.

– Lo que más temo es que Beth traiga a casa un chico como ese y que tenga que fingir que me cae bien -se lamentó y se sentó. Retiró de la bolsa varios sobres individuales de condimentos-. Los botes estaban vacíos, así que tendrá que apañarse con los sobres.

– No será la primera vez. Ahora que lo pienso, lo paso peor cuando Abe elige el sitio en el que comemos. Se ha aficionado a la comida vegetariana. Gracias. -Mia rasgó un sobre de mostaza mientras Solliday abría el compartimento situado entre los asientos. Entre varios casetes había un bote de cerámica lleno hasta la mitad de monedas. Solliday vació el contenido de la bolsa en el bote y cerró el compartimento. La detective lo miró y parpadeó-. ¡Caramba! En ese bote debe de haber diez dólares en monedas.

– Es probable.

Solliday desenvolvió uno de los frankfurts y comenzó a comérselo a palo seco.

Desconcertada, Mitchell lo miró boquiabierta.

– ¿No le pone nada, ni siquiera mostaza?

Reed miró el frankfurt con desagrado y titubeó. Al cabo de unos segundos se encogió de hombros.

– Tengo dificultades para manipular cosas pequeñas.

De repente el bote de monedas adquirió sentido.

– ¿Como la calderilla?

Solliday dio un mordisco y puso cara de resignación.

– Pues sí.

– ¿Y los sobres de mostaza?

– Lamentablemente, así es.

Mia puso los ojos en blanco.

– Solliday, páseme su maldito frankfurt y le pondré mostaza.

El teniente se lo entregó al tiempo que preguntaba:

– ¿Puede ponerle también un poco de salsa?

– Por descontado. -Mitchell meneó la cabeza-. ¿Por qué no lo ha pedido antes?

Solliday volvió a encogerse de hombros.

– Supongo que por orgullo.

– Dada la evaluación que esta mañana ha hecho de mí, habría supuesto que era por vergüenza -replicó y el teniente se echó a reír.

Reed poseía una risa agradable, grave y con matices, y la sonrisa hizo que su cara dejara de parecerse a la del demonio para… bueno, ¡caramba! Durante unos segundos, Mia lo observó con detenimiento. «¡Caramba!» La detective parpadeó con decisión y dirigió la vista hacia la caja de cartón que tenía en su regazo. Resultaba evidente que la señora Solliday era muy afortunada.

– Tocado, Mitchell. Debo reconocer de forma oficial que esta tarde he quedado gratamente impresionado por sus aptitudes. No había visto una jugada parecida desde la escuela secundaria.

Mia le pasó el frankfurt.

– Déjeme adivinarlo. ¿Jugaba de linebacker?

– No, de extremo, pero desde entonces ha pasado mucho tiempo.

Comieron en silencio y, cuando terminó, Mia dobló su caja de cartón.

– Dígame, ¿qué pasó?

Solliday la miró mientras masticaba el último bocado de frankfurt.

– No es asunto suyo.

Mitchell rio.

– Tocada, Solliday. Déme la caja y la tiraré a la basura. -Cuando regresó al todoterreno, Mia lo vio guardarse el móvil en el bolsillo-. ¿Ha habido una emergencia?

– No, solo tenía que llamar a casa.

Mia suspiró y apostilló:

– Le pido disculpas una vez más. Tiene que reunirse con su familia.

– Mi horario es tan flexible como el suyo. Alguien cuida de Beth cuando trabajo por la noche. Tome algo para calmar el dolor del hombro.

Mia se percató de que la señora Solliday no existía. Se dijo que el repentino acelerón de su corazón no fue de alivio, sino de puro interés. Tomó varios calmantes y se preguntó qué había pasado con la esposa del teniente, pero se abstuvo de plantearlo.

– ¿Dónde vamos?

– A Greek Row.

Tardarían un rato en llegar.

– ¿Puedo volver a leer sus notas?

Reed le pasó la libreta.

– ¿Qué ha hecho de bueno por Carmichael? -inquirió.

– El año pasado asesinaron a alguien próximo. Abe y yo fuimos los primeros en llegar. Estaba histérica y le hice compañía hasta que se sobrepuso. Es lo mismo que habría hecho por la familia de cualquier víctima.

– Evidentemente es más de lo que Carmichael esperaba.

– Eso creo. Desde entonces me he convertido en su fuente personal de noticias. Me la encuentro cada vez que me giro. Ahora me ha dado a DuPree. Si así pillo a Getts, Carmichael figurará para siempre en mi lista navideña. -Hojeó las notas del teniente-. ¿Estaba hecha la cama del cuarto de huéspedes?

Solliday se sorprendió.

– Sí. ¿Por qué lo pregunta?

– Cuando iba a la escuela estudiaba en la mesa de la cocina. Estoy segura de que no se me habría ocurrido utilizar la habitación de otra persona. ¿Por qué Caitlin estudiaba en el primer piso?

– Tal vez le entró sueño.

– Por eso he preguntado por la cama. Podría haber dormido en el sofá. Dormir en la cama de otra persona, sobre todo si te dicen explícitamente que no te quedes… me parece… -Buscó la palabra precisa-. Me parece descarado.

El teniente frunció los labios y repitió:

– ¿Descarado?

La detective meneó la cabeza y sonrió.

– No se meta con mis adjetivos -protestó-. Da la impresión de que Caitlin interpretó el papel de Ricitos de Oro y se fue a estudiar y a dormir a una casa a la que no había sido invitada.

– En el cuarto de huéspedes había un escritorio y un ordenador.

– Vaya, tendríamos que haberlo cogido para buscar correos electrónicos y el historial de navegación.

– Hablé con Ben mientras usted se ocupaba de DuPree. Dice que esta tarde Unger se ha llevado el ordenador. Intentará comprobar correos y el resto de las cosas para mañana.

– Me parece bien. Recapitulemos. Caitlin está estudiando, navegando o algo parecido. Oye un ruido, baja y encuentra al pirómano. Forcejean en el vestíbulo. Tal vez él la viola y, en determinado momento, le dispara. Sin embargo, no la quema para destruirla por completo… a menos que pensara que la convirtió en ceniza y solo se trate de un aficionado. ¿Estamos ante un aficionado?

– No lo sé. Atinó con el dispositivo del catalizador sólido. Se me ha ocurrido reflexionar sobre la explosión… Se tomó muchas molestias con tal de conseguir que reparasen en él, lo que me parece una actitud inmadura, casi pueril. Por otro lado, empleó un método complejo. Me sorprendería saber que es la primera vez que lo utiliza. -El teniente vaciló-. También me sorprendería si no volviera a usarlo.

– ¿Estamos ante un pirómano en serie?

– Esa idea ha pasado por mi cabeza -reconoció Reed-. Su modus operandi está perfectamente planificado y es grandioso. Lo imagino pensando que sería una lástima aplicarlo una única vez.

– ¡Mierda! Por lo tanto, lo único que tenemos es una chica muerta y varios fragmentos de un huevo de plástico.

– Más la huella del calzado. Antes de que me olvide, Ben dice que el laboratorio le ha comunicado que corresponde al número cuarenta y cuatro.

– Lo que significa que calza el mismo número que miles de hombres en Chicago -se lamentó Mitchell-. A menos que descubramos algo más o que vuelva a atacar, no tenemos nada.

– A no ser que estemos equivocados y que alguien acudiera a casa de los Dougherty con la intención expresa de matar a Caitlin. En ese caso, las compañeras de la residencia pueden ser útiles.

– Solo podemos abrigar esperanzas -murmuró la detective.

Lunes, 27 de noviembre, 18:00 horas

Judy Walters se balanceó en el borde de la cama y exclamó:

– ¡Ay, Señor!

Mitchell se había arrodillado junto a la compañera de habitación de Caitlin y la miraba a la cara.

– Lo siento, Judy, pero necesito que te tranquilices -afirmó la detective-. Quiero que me ayudes a responder a ciertas cuestiones. Deja de llorar.

El tono delicado suavizó la exigencia implacable contenida en las palabras, por lo que la joven se esforzó por controlar el llanto.

– Lo lamento. ¿Quién le disparó? ¿Quién fue capaz de hacer esa barbaridad?

Mitchell se sentó en la cama, junto a Judy.

– ¿Cuándo viste por última vez a Caitlin?

– El sábado… más o menos a las siete de la noche. Montamos una fiesta y había mucho ruido. Supuse que pasaría el fin de semana en el apartamento de Joel. -Parecía muy afligida-. Ay, Señor, tengo que avisarle.

Judy intentó incorporarse, pero la detective le apoyó una mano en la rodilla.

– Todavía no. El padre de Caitlin dijo que había roto con Joel.

– Es lo que Caitlin les contó para que sus padres la dejasen en paz. Joel no le gustaba a su padre.

– ¿Por qué? -intervino Reed y se sorprendió al ver la mirada furibunda de la muchacha.

– Porque su padre es un policía muy controlador y no deja de decirle a Caitlin lo que tiene que hacer.

Algo iluminó la mirada de Mitchell, pero lo controló rápidamente. Su padre había sido policía. El teniente se preguntó cuánto tenían en común Mia y Caitlin.

– ¿Solía pasar el fin de semana con Joel? -quiso saber Solliday.

– Sí, pero es imposible que Joel le haya disparado, ya que la quiere.

– Judy, ¿recuerdas qué ropa llevaba Caitlin esa noche?

– Tejanos y un jersey rojo. -Rompió a llorar-. Fui yo quien le regaló el jersey.

Mitchell le palmeó el hombro.

– Ya conocemos la salida. -La detective esperó a llegar al todoterreno para preguntar-: ¿Encontró remates o cierres metálicos de los tejanos en las proximidades del cadáver?

Reed abrió la portezuela del lado del acompañante.

– Según Ben, en el vestíbulo hallaron botones de metal.

Mia trepó al habitáculo y se volvió con mirada severa.

– En ese caso también la violó.

– ¿Qué hacemos ahora? -inquirió el teniente.

– Tenemos que averiguar cuánto la quería Joel.

Lunes, 27 de noviembre, 18:40 horas

El compañero de habitación de Joel Rebinowitz estudiaba Derecho, de lo que se sentía muy orgulloso. Zach Thornton se interpuso entre los visitantes y la puerta del cuarto de baño, a través de la cual oyeron los sollozos de Joel.

– No dirá una sola palabra, salvo en presencia de un abogado -declaró Zach.

Mia dejó escapar un suspiro.

– Que el cielo nos salve de los abogados en pañales. Oye, chico, quítate de en medio o te llevaré del culo a comisaría por obstrucción.

– No puede hacerlo -replicó con actitud beligerante.

– ¿Qué te juegas? -preguntó Mitchell y notó cómo cambiaba la actitud de Zach-. Supuse que no te arriesgarías. -Llamó a la puerta del cuarto de baño-. Sal, Joel. Tenemos que hablar contigo y no nos iremos sin hacerlo.

– ¡Maldición, lárguense! -La voz de Joel sonó entrecortada-. Déjenme en paz.

Mia miró a Solliday e inquirió:

– ¿Quiere entrar a buscarlo?

Solliday hizo una mueca.

– En realidad no, pero iré.

Thornton cambió de táctica y su expresión se tornó totalmente sincera.

– Acaban de decirle que su novia ha muerto y que está carbonizada. ¿Qué pretenden de él?

– La verdad -replicó Mia-. Joel, te doy cinco segundos o mi compañero entrará.

Pálido y con los ojos hinchados de tanto llorar, Joel salió dando tumbos del cuarto de baño.

– No pienso hablar con ustedes ni los acompañaré a comisaría.

Zach asintió y recuperó su actitud presuntuosa.

– Si lo quieren tendrán que traer una autorización.

– Joel, ayúdanos a aclarar la situación para ocuparnos de los malos de verdad.

– Del verdadero asesino -ironizó Zach-. Eso es.

Mia se puso de puntillas y se colocó a pocos centímetros de la cara de Thornton.

– Cierra el pico o te juro que pasarás la noche en el calabozo. No es un farol. Me tienes harta. Si no te sientas y te callas acabarás rodeado de raperos matones que querrán convertirte en su mejor amigo. Espero que entiendas lo que digo.

Solliday soltó un suave silbido.

– En el calabozo no suelen disfrutar de la compañía de chicos guapos.

Mia se tragó la sonrisa cuando Zach se sentó en su cama sin pronunciar palabra. Se dirigió seriamente a Joel:

– Joel, ayúdame a encontrar al culpable. ¿Cuándo viste a Caitlin por última vez?

– El sábado por la noche, alrededor de las siete. Dijo que esa noche había fiesta en TriEpsilon y que tenía que estudiar. Le propuse que se quedara en el apartamento, pero me respondió que si venía acabaríamos… bueno, que no estudiaría. No quería darle a su padre el gusto de verla suspender. -El muchacho cerró los ojos-. Tengo la culpa de todo.

– Joel, ¿por qué dices eso? -intervino Solliday.

– Porque salía demasiado conmigo. Tendría que haberme alejado, como quería su padre.

El crío era inocente o se trataba de un actor consumado. Mia se decantó por la primera opción.

– ¿Supiste algo de ella a lo largo de la noche?

– A las once me envió desde el ordenador un mensaje en el que decía que me quería -concluyó con voz entrecortada.

Mia le echó un vistazo a Solliday y comprendió que estaban de acuerdo con respecto a la inocencia del muchacho.

– Joel, ¿dónde estuviste esa noche?

– Hasta las once, aquí. Respondí a su mensaje y luego me reuní con varios amigos en el salón recreativo.

Joel mencionó seis nombres y la detective tuvo la certeza casi absoluta de que los jóvenes corroborarían sus palabras.

Aunque detestaba presionar en esas condiciones, Mia sabía que era necesario, por lo que inquirió:

– ¿Alguien quería hacerle daño a Caitlin? ¿Alguien la seguía? ¿Alguien la llevó a sentirse incómoda?

Joel se recostó en la pared y apoyó el mentón en el pecho.

– No, no y no.

– Joel, una pregunta más -terció Solliday-. ¿No te has preocupado al darte cuenta de que ni ayer ni hoy tenías noticias de Caitlin?

Levantó la cabeza y su mirada se tornó furibunda.

– Claro que sí. Pensaba que había vuelto a su casa. Yo no podía llamar a casa de sus padres, ya que Caitlin les había contado que habíamos terminado. Supuse que me telefonearía en cuanto pudiera. Esta mañana no ha venido a clase y les he preguntado a sus amigos. Nadie la había visto. Me he puesto muy nervioso y he llamado a sus padres. He dejado dos mensajes en el contestador, pero prefieren verme entre rejas antes que decirme que está muerta -concluyó con amargura-. ¡Malditos sean!

Dadas las circunstancias, Mia comprendió su punto de vista.

Cuando volvieron a montar en el todoterreno de Solliday, la detective meneó la cabeza y comentó:

– Si alguna vez tengo hijos no pienso entrometerme.

Solliday le abrió la portezuela, como había hecho a lo largo del día.

– Nunca digas nunca jamás. -Reed decidió tutearla-. Entiendo a las dos partes. El padre quiere lo mejor para la hija y la hija quiere dirigir su propia vida. Diría que Joel no está implicado.

– Estoy de acuerdo. Sospecho que el pirómano eligió la casa de los Dougherty, donde la acechó o la encontró por casualidad, y aprovechó la situación.

– Burnette también podría ser el verdadero objetivo. -Solliday cerró la portezuela del lado del acompañante y se dirigió a su asiento. El motor ya estaba en marcha cuando Mia oyó la risa grave del detective-. «Un rapero matón que quiere que seas su mejor amigo». Es muy poético. ¿Puedo repetirlo?

Mitchell le sonrió y en ese instante se sintió profundamente en paz.

– Cuando quieras.

Ambos aprovecharon el trayecto de regreso a la comisaría para oír el buzón de voz de sus móviles. Reed aparcó el todoterreno junto al coche de la detective.

– ¡Caramba, qué bonito!

Mia miró con cariño su pequeño Alfa Romeo bien conservado.

– Es mi único capricho. -Se apeó del vehículo y se volvió para mirar al teniente-. Barrington ha hecho oficial la identificación de Caitlin.

– El laboratorio encontró un mensaje en la caché del ordenador de los Dougherty. La hora se corresponde con la explicación de Joel.

– Entonces algo hemos avanzado. ¿Qué tal si mañana a las ocho nos reunimos en el despacho de Spinnelli? Tiene debilidad por las reuniones a las ocho de la mañana.

– Para entonces intentaré conseguir el informe del laboratorio sobre las muestras que tomé. Quedamos en tu escritorio. Los Dougherty me enviaron un correo de voz en el que dicen que llegarán a medianoche. Podemos hablar con ellos después de informar a Spinnelli.

– Le pediré a Jack que también acuda a la reunión de mañana y que informe de lo que encontró en el análisis de la moqueta. Así sabremos con más claridad dónde sucedieron las cosas. -Mia guardó silencio casi un minuto, suspiró y murmuró-: Vi cómo caía mi compañero.

Reed tardó un segundo en reaccionar.

– ¿Te refieres a esta mañana, cuando clavaste la mirada en el cristal? ¿Qué pasó aquella noche?

– Buscábamos a Getts y DuPree por un homicidio cometido en South Side. Fue un asunto de drogas que se desmandó y asesinaron a dos mujeres atrapadas en el fuego cruzado. -La detective suspiró-. Sea como fuere, recibimos el soplo de que se escondían en un apartamento, pero no era así.

– Fue una trampa.

– Eso parece. De todos modos, los vi. Además, dispararon a Abe.

– Y a ti -añadió Solliday y Mia sonrió con amargura.

– Solo fue un rasguño. Mientras estuve de baja, Spinnelli reasignó el caso.

– A los dos agentes que envió esta tarde. Se mantuvieron al margen mientras cogías a DuPree.

La detective sonrió ante la incredulidad que creyó percibir en la voz de Reed.

– Fue… en realidad fue un regalo. Me dejaron detenerlo. Saben lo mucho que significa para mí.

– Me parece que lo comprendo. Oye, lamento lo que ha ocurrido esta mañana, pero sucede que la chaqueta y el sombrero te daban un aspecto… un aspecto indeseable.

– ¿Has dicho indeseable? -preguntó Mia sonriente.

– ¡No te burles de mis adjetivos! -exclamó el teniente en tono jocoso.

– Está bien. -Ella se serenó-. La chaqueta nueva tiene un agujero de bala y está manchada de sangre. -Mitchell recordó que se trataba, sobre todo, de la sangre de Abe-. Necesito cobrar antes de comprarme un abrigo nuevo. -Su sonrisa se convirtió en una burla de sí misma-. He gastado hasta el último céntimo en el coche.

Solliday levantó una ceja.

– ¿Qué hay del sombrero?

– Lo lamento, pero el sombrero me lo quedo porque es cómodo. Espero que no llueva. Adiós.

Mia había empezado a cerrar la portezuela cuando Reed se lo impidió. Su mirada reveló simpatía y también respeto.

– Mitchell, lamento lo que le pasó a tu compañero y la muerte de tu padre. -Solliday se echó hacia atrás y se acomodó frente al volante-. Nos vemos mañana a las ocho en punto.

La detective cerró la portezuela del todoterreno, montó en su coche y se sintió tranquila y emocionada a la vez. Encendió el motor y maldijo el aire frío que la calefacción escupió a todo trapo. Iría a visitar a Abe. No tenía ni la más remota idea de lo que diría cuando llegase al hospital.

Lunes, 27 de noviembre, 18:40 horas

Hacía hora y media que Brooke se bebía la misma cerveza.

– Ha sido divertido -comentó.

– Ya te dije que te sentaría bien -afirmó Devin con actitud presuntuosa.

Aunque se le aceleró el pulso, Brooke decidió que no permitiría que la cerveza le hiciese perder la sensatez. Devin había reído y bromeado con ella tanto como con el resto de los profesores con quienes se había reunido en el bar. Brooke se sorprendió de la cantidad de docentes congregados durante la happy hour. Evidentemente, no era la única que se estresaba con el trabajo.

– ¿A qué hora vuelven a sus casas?

Devin se mostró sorprendido.

– Es lunes y los lunes por la noche nos quedamos a ver el partido.

– Ah, el partido…

– El programa Monday Night Football, el partido. Supongo que me estás tomando el pelo, ¿no?

– No. A mi familia no le interesan los deportes.

Devin se puso más cómodo en el asiento.

– ¿Qué hacíais para divertiros?

– Jugábamos al Scrabble, al Risk y al Trivial Pursuit.

Devin disimuló la sonrisa.

– ¡Y eso que me consideraba un sabelotodo!

«Ni yo lo creo». Esa posibilidad la mareó y buscó mentalmente palabras que la ayudasen a destrabar la lengua.

– La bibliotecaria dice que usas tus aptitudes matemáticas para el mal.

El profesor echó la cabeza hacia atrás y se desternilló de risa.

– Está furiosa porque no dejo de ganar a la quiniela. -Devin enarcó una ceja-. Deberías participar. Te haré ganar una fortuna.

La risa de Devin la estremeció de la cabeza a los pies.

– ¿Has dicho una fortuna?

White se encogió de hombros.

– Bueno, en el peor de los casos solo perderás cinco pavos.

Brooke suspiró.

– Cinco pavos representan una fortuna.

El profesor de matemáticas adoptó una actitud filosófica.

– Ya sabías que dando clases nadie se enriquece, ¿verdad?

– Claro que lo sabía.

– ¿Y lo demás lo desconocías?

– Soñaba con ayudar a los niños a querer los libros, pero las cosas no funcionan de esa manera.

– Manny y el fuego te han inquietado, ¿no?

– Detesto la idea de que podría ayudarlo a cometer una atrocidad.

Devin suspiró.

– Brooke, es imposible obligar a alguien a que haga lo que no quiere. Esos chicos son problemáticos. La debilidad de Manny es el fuego y la de Mike, el robo.

– ¿Qué me dices de Jeff? -preguntó la profesora en un tono apesadumbrado y Devin puso los ojos en blanco.

– Nadie entiende a Jeff. Hace meses que intento comprenderlo. Hay algo cruel en él. Por desgracia, es uno de los jóvenes más espabilados que conozco.

Brooke parpadeó y preguntó:

– ¿Hablamos del mismo Jeff?

– Sí. Es un genio para las matemáticas. Si no estuviera en un centro de internamiento, le lloverían las becas.

Algo se rebeló dentro de Brooke.

– Destruirán su expediente cuando cumpla los dieciocho años. Eso no debería afectar a sus posibilidades de acceder a un buen centro de estudios.

– No tiene la menor importancia. Lo detendrán al cabo de un mes de dejar el centro.

Brooke se indignó.

– ¿Por qué lo dices? ¿Por qué lo das por perdido?

Devin hizo señas a la camarera para que le sirviera otra cerveza y miró a su compañera con expresión de pesar.

– Yo no lo doy por perdido. Es Jeff quien se da por perdido a sí mismo. Daría un ojo de la cara por cambiar la situación, pero la he vivido demasiadas veces. A ti te ocurrirá lo mismo.

– No quiero acabar harta como… -Brooke dominó su contrariedad.

– ¿Como yo? Me alegro, Brooke, pero debes tener cuidado. Los chicos son peligrosos. -Devin dirigió la mirada al televisor colocado encima de la barra-. Parece que va a nevar.

El cambio de tema fue brusco, pero eficaz. Brooke cogió el abrigo y el bolso y apostilló:

– Disculpa, Devin. Me he pasado.

El profesor se mostró apenado.

– No, tienes razón. Estoy harto. Lamentablemente, si no lo estás acaban por machacarte. Estoy a medio camino entre salvarlos y encerrarlos de por vida. A veces me asustan demasiado. -Reparó en que la joven había cogido el abrigo e inquirió-: ¿No te quedas a ver el partido?

Brooke estaba famélica, pero las compras navideñas habían consumido gran parte de su presupuesto, por lo que hasta enero no podría cenar fuera de casa.

– No. Tengo que preparar la clase de mañana.

Sorprendida, Brooke vio que Devin se incorporaba y la ayudaba a ponerse el abrigo.

– Está oscuro y el barrio no es muy seguro. Te acompaño al coche.

Lunes, 27 de noviembre, 19:45 horas

Reed se quejó al recibir un codazo en el estómago. Miró furioso a su hermana, que hizo lo propio con el mismo fervor, y volvió a dejar el plato en el fregadero.

– Me ha dolido.

– Era lo que pretendía. Siéntate antes de que me cabree de verdad. -Lauren lo fulminó burlonamente con la mirada-. Tenemos un acuerdo y no cumples tu parte. Reed, siéntate.

Solliday tomó asiento y comentó:

– Pagas el alquiler con puntualidad y cuidas a Beth. Para mí es suficiente.

– Acordamos un alquiler barato a cambio de hacer de canguro y limpiar. Reed, cierra el pico.

El alquiler modesto del otro lado del dúplex de Reed le permitía a Lauren trabajar media jornada y asistir a la universidad. El horario flexible de su hermana suponía que Reed no se preocupaba de encontrar a alguien que cuidase de Beth cuando le tocaba trabajar. En su opinión, era una situación ventajosa, pero no había contado con que Lauren tenía su orgullo.

– ¿Te pidió Beth que la llevases de compras? -quiso saber el teniente.

Lauren se echó a reír.

– Ya lo creo. Me sorprende que un hombre grande como tú le tema al burro lleno de perchas con ropa.

– Tú ves perchas con ropa, y yo, monstruos con etiquetas en lugar de colmillos. ¿La acompañarás?

– Por supuesto. Si quieres, hasta elegiré algunas prendas para los regalos navideños.

«¡Qué poco falta para Navidad!», pensó Reed.

– Nunca había esperado tanto para hacer las compras navideñas. Ya no sé qué le gusta a Beth.

Esa certeza lo dejó… lo dejó desconsolado.

– Reed, ya no es una niña.

– No dejas de decírmelo. -Solliday miró el techo con actitud nostálgica. Pocos meses antes nada habría apartado a Beth del partido del lunes por la noche. Últimamente se disculpaba después de cenar y aseguraba que tenía que estudiar-. Jamás imaginé que al crecer comenzarían a disgustarle las cosas que nos encantaban.

Lauren lo miró comprensivamente.

– Hasta ahora lo has tenido fácil. Tu niña placaba, saltaba y paraba la pelota con la misma habilidad que los niños. Has de tener en cuenta que los marimachos crecen y empiezan a gustarles las ropas con muchos adornos.

La palabra «marimacho» lo llevó a pensar en Mia Mitchell y en el sombrero «cómodo».

– No a todos los marimachos les ocurre lo mismo. Deberías ver a mi nueva compañera.

Sorprendida, Lauren abrió desmesuradamente los ojos.

– ¿La OFI ha contratado a una mujer?

– No, es detective de Homicidios.

Su hermana hizo una mueca.

– Vaya, qué horror.

Reed pensó en Caitlin Burnette, que yacía en el depósito de cadáveres.

– No te lo puedes ni imaginar.

– Cuéntame algo más. ¿Qué tal es la nueva tía?

Reed la censuró con la mirada.

– Si yo la llamara «tía» me pegarías.

Lauren sonrió.

– Eso es lo que más me gusta de ti. Eres un hombre muy listo y atractivo.

– Mi nueva compañera es del tipo atlético. -Su nueva compañera había sido capaz de responder a todos los desafíos que se le plantearon, ya fuese un padre desconsolado, un drogata de noventa kilos o un arrogante abogado en pañales. Los había afrontado con gran habilidad-. Eso es todo.

Lauren puso los ojos en blanco.

– ¿Eso es todo? ¿Cómo se llama?

– Mitchell.

Su hermana volvió a poner los ojos en blanco.

– Me refiero a su nombre de pila.

– Mia. -Reed descubrió que la sonoridad del nombre le agradaba y que iba con ella-. Es realmente imprevisible.

– ¿Y qué más? ¿Es rubia, morena o pelirroja? ¿Es alta o baja?

En ese momento le tocó a Solliday poner los ojos en blanco.

– Es rubia y menuda.

El teniente recordó que la coronilla de Mitchell apenas le llegaba al hombro. Dio un respingo cuando por su mente pasó la imagen de la rubia cabeza de Mia apoyada en su hombro. «Como si alguna vez pudiera pasar». Por alguna razón, fue incapaz de imaginar a Mia Mitchell apoyada en alguien. El mero hecho de haber tenido esa idea lo perturbó. «Solliday, ni se te ocurra meterte en honduras. Esa mujer no es para ti».

Lauren se había puesto seria.

– ¿Es demasiado menuda para cubrirte las espaldas?

Reed evocó la forma en la que Mitchell había dominado a DuPree.

– Está bien.

Lauren lo observaba con suma atención.

– Está claro que te ha impresionado.

– Lauren, es mi compañera, eso es todo.

– Eso es todo -se burló su hermana-. Nunca tendré más sobrinos.

Reed se quedó boquiabierto.

– ¿Qué has dicho? ¿Qué te ha hecho pensar que los tendrías? -Solliday meneó la cabeza-. Ten tus propios hijos. Yo no quiero más. Soy demasiado viejo.

– No eres viejo, simplemente actúas como si lo fueras. ¿Cuándo tuviste por última vez una cita de verdad? No me refiero a una reunión con una profesora de Beth ni a la visita a la higienista dental.

– Gracias por recordármelo. Tengo que pedir hora para la limpieza bucal.

Lauren sacó la mano del agua enjabonada y le pegó a su hermano en el brazo.

– Hablo en serio.

– ¡Ay! Esta noche no haces más que golpearme -se quejó él y se frotó el brazo.

– Y tú te dedicas a fastidiarme. Reed, ¿cuánto hace? ¿Cuándo fue tu última cita?

Reed se preguntó si su hermana se refería a una cita a la que había acudido de buena gana. Había sido hacía dieciséis años, cuando llevó a Christine a tomar café después de la clase de poesía clásica que tanto temía hasta la noche en la que la conoció. Al cabo de un rato, Christine le leyó sus poemas y fue entonces cuando bebió los vientos por ella.

– Lauren, estoy cansado. El día ha sido muy largo. Déjame en paz.

Su hermana no se dejó intimidar.

– No has tenido una cita desde… desde las navidades de hace tres años.

Solliday se estremeció.

– ¡Ni me lo recuerdes! A Beth le cayó fatal.

«Y a mí», se dijo el teniente.

– El apoyo de Beth es importante y eres joven. Cualquier día Beth será adulta y te quedarás solo. -Lauren adoptó expresión de pena-. No quiero que estés solo.

Las palabras de su hermana le afectaron, ya que la imagen de Beth adulta y fuera de casa resultó sumamente real. Como Lauren se preocupaba por él, Reed se tragó el comentario tajante de que se metiera en sus asuntos y la besó en la coronilla.

– Lauren, mi vida me gusta. Cómprale a Beth unos tejanos que no le hagan parecer una mujer de veinticinco años, ¿de acuerdo?

Reed retrocedió y su hermana le taladró la espalda con la mirada.

Una vez arriba, el aporreo de la música que Beth oía llegó hasta sus oídos a través de la puerta del dormitorio. Solliday supuso que eso también tenía que ver con crecer. Le habría gustado que no ocurriera tan rápido. Llamó a la puerta con energía y preguntó:

– ¿Beth?

La música cesó bruscamente y el perro ladró.

– Dime.

– Cielo, quería hablar contigo.

La puerta se entreabrió y la cabeza morena de su hija asomó por arriba, al tiempo que la del cachorro aparecía debajo.

– Dime -repitió Beth. Reed parpadeó y de pronto no supo qué decir. La adolescente levantó las cejas, las bajó y las frunció-. Papá, ¿estás bien?

– Me acabo de dar cuenta de que hace tiempo que no hacemos algo juntos. Este fin de semana podríamos ir… podríamos ir al cine o a otro espectáculo.

Beth entornó los ojos con actitud recelosa.

– ¿Por qué?

Solliday rio.

– Porque te echo de menos.

La adolescente parpadeó.

– Una amiga me ha invitado a pasar el fin de semana en su casa.

Reed intentó disimular el chasco que acababa de llevarse.

– ¿Quién es?

– Jenny Q. El pasado mes de septiembre conociste a su madre en el día de la escuela.

Reed arrugó el entrecejo.

– No me acuerdo. Tendré que verla de nuevo antes de que vayas.

Beth puso los ojos en blanco.

– Me parece bien. Jenny Q y yo estamos haciendo un trabajo de ciencias. Mañana por la noche me llevas en coche y así verás a su madre.

– ¿Has dicho «me llevas»? ¿Qué tal si le añadimos «por favor, papá»? No pongas los ojos en blanco cuando te hablo -espetó al ver que Beth lo hacía. Lanzó un suspiro. No había ido a discutir con su hija, aunque últimamente era lo que más hacía-. Mañana me la presentarás.

Beth suavizó su mueca de contrariedad.

– Gracias, papá.

La adolescente cerró la puerta con delicadeza y Solliday permaneció quieto durante unos instantes antes de dirigirse a su dormitorio.

En cuanto entró se detuvo y bufó. Sus sábanas seguían cubiertas de pisadas embarradas. Deshizo la cama, se sentó en el colchón y cogió la foto de Christine. Christine había sido… había sido la única. La echaba de menos. «De todas maneras, me gusta mi vida tal como es». Le agradaba en lo que la había convertido, aunque en ocasiones añoraba tener a alguien con quien charlar en los momentos de tranquilidad. Reconoció que también debía tomar en consideración los aspectos físicos. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo con una mujer. No hacía falta que Lauren se lo recordase.

Jamás había buscado a una sustituta de Christine. Nadie podía suplantarla. Christine había llenado su mundo de belleza y alimentado su alma. Claro que su cuerpo también tenía necesidades. En los primeros años posteriores a su muerte, pensó que podría… que podría cubrir discretamente sus necesidades con mujeres a las que no les interesasen las relaciones con futuro. No tardó en descubrir que en este planeta esos seres no existen. Cada mujer que se comprometió a que no habría ataduras acabó por necesitarlas. Cada una se sintió herida porque Reed era un hombre que cumplía su palabra.

Lamentablemente, ni ataduras ni dolor equivalía a nada de sexo. Por lo tanto, había prescindido del sexo. No era agradable, aunque tampoco se trataba del fin del mundo. Al fin y al cabo, la disciplina existía. Las lecciones que había aprendido con los militares le resultaron muy útiles. Le gustaba su vida, su vida tranquila, pero esa noche la tranquilidad le resultó más intensa que de costumbre.

Dejó la foto de Christine sobre la mesilla de noche y abrió el cajón en el que durante once años había escondido el libro bajo una pila de tarjetas de felicitación de cumpleaños y del día del padre. Lo retiró con cuidado de su lugar seguro y con el pulgar acarició la cubierta. No era más grande que la palma de su mano y estaba lleno de Christine. El libro se abrió en la página más sobada, la del poema que había titulado, sencillamente, «Nosotros».

Pálida rama verde y dorada,

tallo flexible y hojas tiernas,

demasiado nuevas para ser certeras.

Sujeto en un puño peñascoso

que la sombra protege,

mantiene firmes las raíces como cabellos de ángel,

repele el viento

y suaviza las gotas de lluvia

hasta convertirlas en un beso.

Despliega sus frondas

agazapada en la ladera barbuda de la roca

y absorbe la luz matinal.

Alimentada por su esencia mineral,

se torna florida en la vida que él le ofrece

hasta que no sabes quién salvó a quién.

Su dosel se ha convertido en el tejado que cubre la cabeza del hombre.

Su hendidura pétrea se ha trocado en los cimientos mismos de la mujer.

Alguien llamó delicadamente a la puerta y a Solliday se le disparó el corazón. Guardó el libro bajo las tarjetas y se sintió ridículo. Solo se trataba de un libro y no tenía motivos para ocultarlo como si fuera un secreto terrible.

No, no solamente era un libro, sino un recuerdo. «Es mi recuerdo».

– Adelante.

Lauren asomó la cabeza con expresión de descontento.

– Perdona, Reed, me he pasado.

– No te preocupes. Déjalo estar.

– De acuerdo… Buenas noches.

Lauren cerró la puerta y Solliday soltó un suspiro.

De repente rio porque de la nada evocó la imagen de Mia Mitchell de puntillas y cara a cara con aquel arrogante aspirante a abogado.

– Un rapero matón que quiere que seas su mejor amigo… -musitó.

Supuso que, para la detective, la lectura de poesía no sería su primera cita ideal. Mia Mitchell preferiría una actividad física, como un partido de fútbol o de hockey. «Si la invitara a salir, iríamos a un partido», pensó, y meneó la cabeza al reparar en el serpenteo de sus divagaciones. Jamás la invitaría a salir.

No habría primera cita con Mia Mitchell. No era el tipo de mujer que le gustaba. Miró largamente la foto de Christine y supo que ella sí que era su tipo de mujer. Su esposa había sido pura gracia y elegancia y la mirada se le iluminaba cuando tenía ganas de hacer travesuras o divertirse. Mitchell era desfachatada y descarada, sus movimientos estaban cargados de energía contenida y sus comentarios carecían de matices.

Clavó la mirada en el cajón donde había escondido el libro. Esos versos habían transmitido los sentimientos de Christine y también los suyos. Le pareció imposible que una mujer como Mia Mitchell apreciase el delicado equilibrio entre palabras y emociones. Claro que eso no convertía a Mia en una mala persona; simplemente, no era el tipo de mujer que le gustaba.

Tampoco tenía la menor importancia. Su trato era estrictamente profesional y transitorio. Cuando atrapasen al asesino de Caitlin Burnette, Reed volvería a su rutina, que era exactamente lo que le gustaba. Recogió las sábanas sucias y se dijo que durante el descanso tendría tiempo de poner una lavadora. Vería el partido, se comería la pizza que había sobrado el fin de semana y bebería una cerveza. Era una buena vida.

Lunes, 27 de noviembre, 20:00 horas

Beth Solliday se quitó el albornoz que se había puesto a la carrera cuando su padre llamó a la puerta y se situó ante el espejo de cuerpo entero. Analizó críticamente el equilibrio de color y estilo de la ropa que había elegido para el fin de semana. Jenny Q la había encargado por internet. Era imposible que su padre se enterase de que la había comprado. Durante dos meses se había saltado el almuerzo a fin de ahorrar para adquirirla y sabía que valía la pena.

Llamó a Jenny.

– Soy Beth. -Sonrió-. Mejor dicho, Liz.

– ¿Seguimos adelante?

– Ya está todo listo. Le dije que el otoño pasado había conocido a tu madre.

– Perfecto. Le diré a mi madre que lo conoce. Como nunca se acuerda de nada…

– Bueno. Nos vemos mañana por la noche.

– Tráelo todo.

– ¡Ya lo creo!

Beth colgó y giró sobre sí misma. Se puso el pijama y escondió la ropa comprada por internet. No tardaría en empezar a salir y a vivir la vida. Había dejado de ser una cría.

Capítulo 6

Lunes, 27 de noviembre, 20:00 horas

Mia le mostró la placa a la enfermera.

– Vengo a visitar a Abe Reagan.

– Señora, no es horario de visitas.

– Vengo a hablar de la herida de bala del detective Reagan. Tenemos una pista.

La enfermera se mordió los carrillos.

– Vaya, vaya. Detective, ¿qué lleva en la bolsa?

Mia miró la bolsa de papel de estraza donde llevaba baklava, uno de los dulces preferidos de Abe. Levantó la cabeza y repuso con cara seria:

– Fotos de delincuentes.

La enfermera asintió y le siguió la corriente:

– Está en la tercera habitación a contar desde el final. Dígale que la aguja que utilizaré será enorme si esta noche le sube la tensión por comerse las fotos de delincuentes.

– ¡Cuánta maldad! -ironizó Mia al oír que la enfermera reía a sus espaldas.

Con un nudo en el estómago, la detective se dirigió lentamente a la habitación de Abe. Se detuvo ante la puerta y estuvo a punto de darse la vuelta pero, como había dado su palabra, llamó.

– Váyase. No quiero más gelatina, puré de manzana o lo que sea -repuso Abe con tono quejumbroso y, pese a no tenerlas todas consigo, Mia sonrió.

– ¿Qué opinas de esto? -preguntó y le mostró la bolsa al tiempo que entraba.

Abe estaba sentado en la cama y veía el partido por televisión. Le quitó el volumen al televisor y se volvió hacia su compañera con una mirada cautelosa que borró la sonrisa de los labios de Mia.

– Depende. ¿Qué traes? -Abe miró el contenido de la bolsa e irguió la cabeza con expresión inescrutable-. Puedes quedarte.

Incómoda, Mia se metió las manos en los bolsillos y escrutó el rostro del detective. Estaba más delgado y pálido. El corazón de Mia pareció detenerse cuando la invadió una nueva oleada de culpa. Abe no dijo nada y se limitó a observarla con actitud expectante. Mia se llenó la boca de aire y lo expulsó antes de decir:

– Lo lamento.

– ¿Qué lamentas? -preguntó Abe sin inmutarse.

Mia desvió la mirada.

– Todo. Lamento que te disparasen y no haber venido a visitarte. -Se encogió de hombros-. Lamento que te pinchen con una aguja enorme en el caso de que te comas lo que hay en la bolsa.

Abe masculló algo ininteligible.

– Cháchara de enfermeras. No me dan miedo. Siéntate.

Aunque hizo caso, Mia fue incapaz de mirarlo a los ojos. Aguantó el silencio tanto como pudo antes de espetar:

– Dime… ¿Dónde está Kristen?

– En casa, con Kara. -Kara era la hija que Abe trataba como el precioso tesoro que realmente era-. Por favor, Mia, mírame.

Los ojos azules de Abe no revelaron ira, sino pesar al comprobar que Mitchell no sabía si sería capaz de soportarlo. La detective se puso de pie, pero su compañero la sujetó del brazo.

– Mia, haz el favor de sentarte. -Abe aguardó a que tomase asiento y lanzó una maldición en voz baja-. ¿Se te ha ocurrido pensar, aunque solo sea por un instante, que te responsabilizo de lo ocurrido?

Mitchell lo miró a los ojos.

– Supuse que lo habías hecho, aunque sabía que no me culparías.

– Mia, no tenía la certeza de que estabas bien… -Tragó saliva con dificultad-. Me figuré que habías decidido perseguirlos y yo no estaba para cubrirte las espaldas -se sinceró con un tono grave.

La detective rio con pesar.

– Los perseguí, pero no los encontré.

– Te ruego que no vuelvas a hacer lo mismo.

– ¿A qué te refieres? ¿A permitir que te disparen?

– También a eso -replicó Abe secamente-. Kristen dice que esta mañana te ha soltado una buena.

– Espero no tener que enfrentarme con ella en un tribunal. Me sentí como una mierda.

– Habrías sido lo peor de este mundo si Kristen no se hubiese compadecido. Le dijiste que aquella noche no prestabas atención. ¿Por qué? -Abe impidió que Mitchell se explicase-. No digas nada. Hace demasiado que somos compañeros y sabía que algo te preocupaba.

Mia exhaló un suspiro.

– Supongo que mi padre, el funeral… Me derrumbé.

Abe entornó los ojos porque no creyó ni una sola palabra. Mia pensó que ya sabía que no se lo tragaría.

– ¿Es tan malo que no puedes decírmelo?

Mitchell cerró los ojos y vio la lápida contigua a la de su padre y los ojos de la desconocida, que se cruzaron con los suyos.

– Si te digo que sí, ¿te ofenderás?

Abe titubeó unos segundos e inquirió en un tono bajo:

– Mia, ¿tienes problemas?

La detective abrió los ojos de par en par y reparó en la expresión preocupada de su compañero.

– No, los tiros no van por ahí.

– ¿Estás enferma? -Abe hizo una mueca-. ¿Te has quedado preñada?

– No y no.

Abe dejó escapar un suspiro de alivio.

– Tampoco tiene que ver con un hombre porque hace tiempo que no sales con nadie.

– Gracias -repuso Mia con ironía y Abe sonrió-. Casi lo había olvidado.

– Solo pretendía ayudarte. -La sonrisa de Abe se esfumó-. Si necesitas hablar, ven a verme, ¿de acuerdo?

– De acuerdo. -Mia se alegró de cambiar de tema-. Tengo novedades. ¿Te acuerdas de Getts y DuPree?

– Vagamente -respondió y su tono se volvió árido.

– Al parecer, heriste a DuPree antes de que Getts te disparara.

Abe entrecerró los ojos y se centró en el tema.

– Me alegro. Espero que al cabrón le duela hasta el alma.

– DuPree está todavía peor. -Más que sonreír, Mia se limitó a mostrar los dientes-. Hoy lo he detenido. Joanna Carmichael me dijo dónde estaba. -Abe abrió desmesuradamente los ojos y Mia asintió muy a su pesar-. Yo también me he llevado una soberana sorpresa. Supongo que tanto sigilo por su parte por fin da resultados. Lo lamentable es que Getts escapó.

– ¡Maldito sea! -espetó Abe con suavidad.

– Lo lamento.

– Mia, deja de decir tonterías. A ti también te disparó y ahora sabe que conoces el sitio en el que suele estar. Por si eso fuera poco, has detenido a su compinche. Getts desaparecerá una temporada o plantará cara.

– Me la juego a que se esconderá.

– Hasta que te pille por sorpresa. No les vi las caras, pero tú sí. Eres la única que puede identificar a Getts. Los buscábamos por asesinato y ahora se trata del intento de asesinato de un policía. ¿Crees que querrá verte vivita y coleando?

Mia ya lo había pensado.

– Tendré mucho cuidado.

– Dile a Spinnelli que, hasta mi regreso, te asigne un compañero que te cubra las espaldas.

– Ya lo tengo… al menos de forma provisional -se apresuró a añadir Mitchell al ver que Abe enarcaba sus oscuras cejas.

– ¿De verdad? ¿Quién es?

– Me han asignado a la OFI por un caso de incendio provocado con homicidio. Se llama Reed Solliday.

Abe se inclinó.

– ¿Y qué más? ¿Es joven o viejo? ¿Es novato o experimentado?

– Posee bastante experiencia y pocos años más que tú, los suficientes como para tener una hija de catorce años. -Mia se estremeció de forma exagerada-. Lleva los zapatos demasiado brillantes.

– Deberían azotarlo.

Mitchell rio entre dientes.

– Al principio me resultó desagradable, pero creo que es un buen tipo.

Abe abrió la bolsa y Mia supo que estaba todo perdonado.

– ¿Quieres? -preguntó el detective.

– Me he comido mi ración cuando venía para el hospital. Si la enfermera pregunta algo, la bolsa contiene fotos de delincuentes.

Abe miró furtivamente en dirección a la puerta e inquirió:

– ¿La oyes?

Mia disimuló la sonrisa.

– Me parecía que no le tenías miedo a las enfermeras ni a su cháchara.

– Te he mentido. La enfermera de noche es el anticristo. -Abe cogió un trozo de baklava y se recostó en la almohada-. Háblame del incendio provocado y no te saltes ni una coma.

Lunes, 27 de noviembre, 23:15 horas

Penny Hill no estaba en casa. ¿Por qué no estaba?, se preguntó. Miró la hora y volvió a observar la casa que la noche anterior había examinado meticulosamente. La víspera, la mujer estaba y a las once ya se había acostado. Esa noche él había regresado dispuesto a actuar, pero la mujer no estaba. Oculto por los frondosos árboles de hoja perenne, miró por la ventana hacia el interior y solo vio un perro que dormía en el suelo de la sala. Apretó los dientes.

Tenía tres opciones: la primera, regresar al día siguiente por la noche; la segunda, incendiar la vivienda en ausencia de la mujer y, la tercera, tener paciencia y esperar. Evaluó las posibilidades y los riesgos de la espera y de que lo viesen. Pensó en las recompensas de la cacería. La última vez había renunciado a la presa debido a su ansiedad por las llamas. Esa noche quería algo más. Se acordó de la pequeña Caitlin y experimentó un estremecimiento de inquietante placer. Recordó la energía que había discurrido por su cuerpo y ese ímpetu indescriptible.

Deseaba volver a sentir el mismo ímpetu, el poder total y absoluto de la vida y la muerte.

Por no hablar del dolor… Quería que la muy zorra sintiese un gran dolor y pidiera clemencia.

Quería que Penny Hill pagase. Tensó los labios con actitud lobuna y decidió esperar. Al fin y al cabo, tenía tiempo, todo el tiempo del mundo, lo que lo diferenciaba de Penny Hill. Penny Hill contaría hasta diez y se iría al infierno.

Lunes, 27 de noviembre, 23:25 horas

Mia subió la escalera y llegó a su apartamento. Suponía que correr una hora le serviría para quemar energía y nerviosismo, pero solo había conseguido acabar bañada en sudor y con dolor en el hombro cubierto de esparadrapo. En cuanto abrió la puerta del piso reparó en la diferencia. El ambiente era cálido y olía a… ¿tal vez a mantequilla de cacahuete?

– ¡No dispares, soy yo!

Mia vació de aire los pulmones.

– Maldita sea, Dana, podría haberte herido.

La mejor amiga de la detective estaba sentada a la mesa de su pequeño comedor y había levantado los brazos.

– Te devolveré la mantequilla de cacahuete.

Mia cerró la puerta del apartamento y echó los cerrojos.

– ¡Ja, ja, ja! Una cómica muerta no le interesa a nadie. ¿Cuándo has llegado?

Dana y su marido habían llevado a sus hijos adoptivos a pasar Acción de Gracias en la costa oriental de Maryland con unos viejos amigos de Ethan.

– Ayer a medianoche. Esta mañana ha sido muy divertido levantar a los niños para que fuesen a la escuela. Los acompañamos al autobús y volvimos a la cama.

Mia sacó dos cervezas de la nevera.

– Y meterte en la cama con Ethan es tan desagradable… -se burló.

Dana sonrió.

– Sobreviviré. -Meneó la cabeza e hizo una mueca a la cerveza que su amiga le ofrecía-. Gracias, pero no. Combina mal con la mantequilla de cacahuete. -Dana esperó a que Mia se sentara-. No respondiste a mis llamadas telefónicas y estaba preocupada.

– Ponte a la cola. -Mitchell suspiró al ver la expresión irritada en los ojos castaños de Dana-. Lo lamento. Por favor, me siento como un disco rayado. Hoy no he hecho más que repetir que lo lamento.

Dana levantó una ceja.

– ¿Has terminado?

– Sí -contestó Mia con tono arisco e infantil, lo que en ese momento era más o menos adecuado.

– Bueno. Escucha, solo quería saber cómo estás y comprobar que no habías muerto. Una malhumorada muerta no le interesa a nadie. Mia, además de evitarme y, por lo que parece, esquivar prácticamente a todo el mundo, ¿qué has hecho las dos últimas semanas?

Mia bebió un generoso sorbo de la botella, se dirigió al armario de la cocina y sacó… sacó la caja. Se trataba de una sencilla caja de madera, sin adornos ni etiquetas. Parecía increíble que un objeto tan pequeño pudiese albergar tanto dolor. Depositó la caja delante de Dana.

– Aquí la tienes.

– ¿Por qué será que me siento como Pandora? -murmuró Dana y abrió la tapa-. ¡Vaya, Mia! -Levantó la mirada tras comprender lo ocurrido-. Al menos ahora lo sabes. Me refiero al niño.

– Encontré la caja en el armario de Bobby cuando retiré la ropa con la que enterrarlo. La abrí cuando volví a casa del cementerio porque quería guardar su placa.

Tras permanecer sobre la bandera que cubría el féretro, al llegar a la sepultura de Bobby Mitchell le entregaron formalmente la placa a la madre de Mia. Annabelle Mitchell estaba ojerosa y agotada, se volvió y depositó tanto la bandera como la placa en manos de su hija. Azorada, Mia las aceptó. Ahora la bandera tres veces plegada se encontraba junto a la tostadora. Probablemente tenía migas de galletas entre los dobleces y, salvo por la reticencia a ensuciar la bandera de su país, lo cierto es que le importaba muy poco.

La detective señaló la caja con la botella y apostilló:

– Me encontré con eso.

Dana retiró la foto de la caja.

– ¡Por favor, Mia! Es igual a ti cuando eras bebé.

La risa de Mia sonó hueca.

– Los genes de Bobby son dominantes. -Rodeó la mesa y, por encima del hombro de Dana, contempló la cara regordeta del crío que estaba sentado en una pequeña mecedora de madera, con un camión rojo en la mano. Se trataba del niño que Mia nunca había visto, aunque sabía su nombre, el día de su nacimiento y el de su muerte-. Seguro que se parece a mi foto de bebé. Esa es nuestra mecedora, quiero decir de Kelsey y mía. Bobby también nos hizo fotos en la mecedora.

– ¡Qué vulgar! -Dana habló con suavidad, pero tensó los labios-. Claro que ya lo sabíamos.

Solo Dana lo sabía; bueno, Dana, Kelsey… y tal vez su madre. Mia no estaba totalmente segura de que su madre lo supiese. Escrutó el rostro del chiquillo.

– Como yo, tiene los ojos azules y el pelo rubio de Bobby. Y también como ella, quienquiera que sea.

– Tal como suponía, has dedicado las dos últimas semanas a intentar encontrarla.

«Ella» era la desconocida que Mia había visto durante el entierro de su padre. Se trataba de una joven de pelo rubio y ojos azules y redondos… «como los míos». Durante un fugaz instante fue como mirarse en un espejo. Luego la mujer bajó la mirada y se mezcló con el montón de policías que presentaban sus últimos respetos. Después del entierro, Dana la buscó en medio del gentío, mientras Mia recibía el pésame de cada uno de los asistentes.

Aquello había sido el aspecto más difícil de esa farsa: asentir serenamente ante cada agente que le estrechaba la mano y con voz baja le aseguraba que su padre había sido un buen policía y un buen hombre. Por favor, ¿era posible que todos fuesen tan falsos?

Cuando el último policía se alejó y se quedó a solas con su madre, Mia buscó con la mirada a Dana, que negó con la cabeza. La mujer se había esfumado. Le bastó echar un vistazo al rostro de su madre para saber lo que quería averiguar: Annabelle Mitchell también la había visto. A diferencia de Mia, su madre no se sorprendió lo más mínimo. Como tantas veces en su vida, la progenitora de la detective cerró los ojos porque no estaba dispuesta a hablar de esa mujer ni del pequeño. La condenada lápida decía: Liam Charles Mitchell, amado hijo.

– Me alegro de que tú también la vieses porque, de lo contrario, ahora estaría tumbada en el diván del psiquiatra.

– Mia, no te la inventaste, estuvo presente.

Mia se terminó la cerveza.

– Así es. Lo sé. Estuvo presente entonces y también después.

Dana abrió desmesuradamente los ojos.

– ¿Regresó?

– Varias veces. No habla, se limita a mirarme. Nunca estoy lo bastante cerca como para cogerla. Dana, te aseguro que me vuelve loca. Por si eso fuera poco, sé que mi madre la conoce.

– Pero no quiere decírtelo.

– Exactamente. Es la Annabelle de siempre. De todos modos, logré que me hablase del crío. -Dejó la botella sobre la mesa y de repente notó el sabor amargo de la cerveza-. Debo decírselo a Kelsey, tiene que saberlo.

La última vez que había hablado con su hermana fue el día de la muerte de su padre y, como siempre, lo hizo a través del plexiglás. Mia nunca solicitaba un encuentro especial con su hermana. Sería contraproducente que las demás reclusas supiesen que la hermana de Kelsey Mitchell era policía.

Kelsey tenía que enterarse de lo que Mia había averiguado. Tal vez así encontraría finalmente la paz.

– Puedo ir a decírselo -propuso Dana.

– No, es mi responsabilidad. De todas maneras, te lo agradezco. Todavía tengo que asimilarlo. Hoy me han asignado un nuevo caso.

– ¿Con quién?

Mia observó atentamente la botella.

– Con Reed Solliday. Se trata de un incendio provocado.

Dana enarcó las cejas pues conocía al dedillo las actitudes de su amiga.

– Sigue.

– Parece agradable. No está casado y tiene una hija de catorce años. Se mueve como un bailarín.

– Nunca he comprendido por qué eso te excita tanto.

Mia rio muy a su pesar.

– Yo tampoco. Lo bueno es que está fuera de mi alcance.

– Acabas de decir que no está casado.

La detective se puso seria.

– También he dicho que es agradable.

Dana soltó una expresión de contrariedad.

– ¡Mia, no dejas de desconcertarme!

– No es lo que pretendo.

Dana suspiró.

– Ya lo sé. Dime… ¿Qué vas a hacer con la caja?

– No tengo ni la más remota idea. -Torció la boca-. Guardaré las placas de identificación.

Dana bajó la mirada hasta el pecho de su amiga y preguntó:

– En ese caso, ¿por qué las llevas puestas?

Mia acarició la cadena que rodeaba su cuello.

– Porque la vez que las guardé en la caja no pude dormir. No sé muy bien qué me pasó, fue una especie de ataque de pánico, así que me levanté y volví a ponérmelas. -Arrugó el entrecejo-. Sucedió la noche antes de que disparasen a Abe.

– Mia, a ti también te dispararon.

– Pues mira cómo estoy. -Abrió los brazos con expresión irónica-. He quedado como nueva.

– Me cuesta entender que una mujer tan inteligente sea tan supersticiosa.

Mia se encogió de hombros.

– Prefiero ser supersticiosa y seguir viva que ser lógica y acabar muerta.

– Si se tratara de una pata de conejo, diría que no pasa nada, que no es grave, pero son las placas de Bobby y, a menos que te las quites, sigues conectada con él. -Dana lanzó un suspiro de impotencia, se incorporó y se puso el abrigo-. Si no me voy, Ethan se preocupará. Ven mañana a casa. Te prepararé una cena especial. Los niños te han traído un regalo.

– Por favor, dime que no se trata de otro pez de colores -suplicó Mia y su amiga sonrió.

– Pues no, no es un pez de colores. -Dana la abrazó con fuerza-. Descansa.

Lunes, 27 de noviembre, 23:35 horas

Penny Hill exhaló un suspiro de alivio. La puerta del garaje estaba cerrada varios centímetros más que de costumbre. «No debería haber tomado ponche. Bueno, al fin y al cabo, era mi fiesta de despedida. ¡Por fin me jubilo! Tendría que haber llamado a un taxi». Por suerte no había chocado con otro coche ni la policía la había parado por conducir bajo los efectos del alcohol. Pensó que, de haberle ocurrido, habría quedado muy bonito en su expediente.

Ahora su expediente estaba oficialmente cerrado. Tras trabajar veinticinco años en Servicios Sociales, Penny Hill había decidido dejarlo. Muchas familias se habían cruzado en su camino. Había tenido muchos éxitos, otros tantos pesares y un momento de vergüenza. Claro que había llovido mucho desde entonces y no podía hacer nada para cambiar las cosas.

Era libre. Tironeó del maletín y a duras penas se mantuvo en pie. Pesaba más que nunca. Penny había vaciado el escritorio y llenado el maletín. Había bebido demasiado ponche, por lo que esa noche no estaba en condiciones de acarrearlo. «Ya lo entraré mañana». En ese momento solo necesitaba un buen antiácido y la cama. Agotada, abrió la puerta de su casa.

Fue violentamente arrastrada hacia el interior. Se golpeó la cabeza con la pilastra de la escalera al tiempo que la puerta se cerraba; unas manos fuertes la pusieron de pie. Chocó con un cuerpo musculoso. Intentó gritar, pero una mano fría y enguantada le tapó la boca y notó el filo de una navaja en el cuello. Dejó de forcejear y albergó un hálito de esperanza cuando el perro de su hija entró dando saltos. «Por favor, Milo, te ruego que, para variar, no seas cariñoso».

El perro se dedicó a menear la cola y el individuo que Penny tenía detrás se relajó y la obligó a dirigirse a la cocina.

– Abre la puerta y deja salir al perro -ordenó. Penny Hill obedeció. Contento, Milo se dedicó a saltar por el patio sin cercar-. Ahora cierra la puerta tal como estaba antes. -El individuo dejó de taparle la boca, la obligó a arrodillarse y la tumbó boca abajo. Penny protestó cuando la cogió del pelo y le apoyó firmemente la cabeza en el linóleo-. Si gritas, te cortaré la lengua.

Pese a la advertencia, Penny se llenó de aire los pulmones para chillar. El individuo rio ligeramente y, con la rodilla apoyada en la nuca de Penny, volvió a apretarle la cara contra el suelo. Le metió algo en la boca: un trapo. Penny intentó escupirlo y estuvo a punto de atragantarse. «No vomites. Si vomitas morirás. Pase lo que pase, morirás. ¡Santo cielo, voy a morir!».

Un gemido de terror escapó de los labios de Penny y el individuo rio.

El individuo guardó en la mochila la bolsa de plástico con cremallera en la que había metido el condón usado. Con Caitlin había tenido suerte, pero esta vez no podía fiarse de la fortuna. Si por casualidad no conseguía incinerar totalmente a Penny Hill, al menos se cercioraría de no dejar ADN. La mujer estaba tumbada en el suelo, en posición fetal, y sufría. Todavía no sufría lo suficiente, pero ya llegaría. El individuo haría unas pocas cosas más y se pondría en camino.

Había encontrado el maletín de Penny en el asiento trasero del coche, que estaba en la calzada de acceso con el motor encendido. El maletín había sido un descubrimiento inesperado, ya que no sabía qué información encontraría en su interior.

Se dijo que una cosa por vez. Untó el torso de la mujer con el mismo nitrato en gel con el que había llenado el huevo de plástico, extendió la mecha hasta salir de la habitación y la situó junto a la que conducía al huevo. Esta vez iba preparado. Lo ocurrido con Caitlin Burnette había sido imprevisto y no había pensado con frialdad, por lo que la roció con gasolina en lugar de utilizar el gel del segundo huevo. La gasolina ardía demasiado rápido y quería que la señorita Hill se quemara hasta la médula. En el caso de que no sucediera, prefería que no sobreviviese para contarlo.

Se acercó nuevamente a la mochila y sacó las dos bolsas de basura que había llevado. Se puso una de las bolsas como chaleco y sacó los brazos por los lados. Cogió la llave inglesa y quitó la válvula de la tubería de gas situada detrás del horno. En cuestión de minutos la mitad superior de la estancia se llenaría de gas.

Estaba acuclillado junto a Penny Hill con la navaja en la mano cuando se dio cuenta de que se había olvidado de lo más importante. Corrió rápidamente al otro extremo de la casa, hizo una pelota con varias hojas de papel de periódico y lo introdujo en la papelera. Sacó del bolsillo un cigarrillo sin filtro, lo encendió con gran esmero y lo colocó de pie, de tal modo que la punta encendida quedase encima del papel. En pocos minutos el cigarrillo se quemaría hasta el final.

Regresó junto a la señorita Hill. Corrió a la cocina y la agarró del brazo. La mujer abrió lentamente los ojos.

– Por Shane -afirmó el individuo-. Seguro que te acuerdas de Shane. Lo colocaste con su hermano en un hogar de acogida dejado de la mano de Dios y situado en medio de la jodida nada. -Penny Hill parpadeó sorprendida al recordar-. Durante un año y medio ni se te ocurrió visitarlos. En esa casa lo sodomizaron. Supongo que ahora entiendes por qué te he hecho lo que te he hecho. -Con gran rapidez, le rebanó el brazo por encima del codo y la sangre húmeda y caliente salpicó la bolsa de plástico con la que se cubría-. Morirás, pero antes arderás. -Se aproximó hasta que quedaron cara a cara-. Zorra, cuenta hasta diez y vete al infierno.

Se quitó la bolsa de plástico, la dobló y la metió en la bolsa sin usar; guardó las herramientas en la mochila, se la colgó del hombro y encendió las mechas desde la seguridad relativa del lavadero. «Diez… nueve…» Corrió a la puerta de entrada y la cerró con decisión… «ocho…». Montó en el coche de Penny Hill y salió disparado sin dejar de contar.

«Tres, dos… y…»

En el momento previsto la explosión sacudió el aire y los cristales salieron disparados de las ventanas de la casa de Hill. En esta ocasión había calculado con más precisión la longitud de las mechas. Había llegado al extremo de la calle cuando el primer vecino salió de su casa. Condujo con cuidado para no despertar sospechas. Siguió su camino y se detuvo bastante lejos en la calle desierta en la que había dejado el coche robado horas antes. Tapó el vehículo de Hill con las ramas de los árboles de hoja perenne. No lo encontrarían.

Cambió de coche y se cercioró de que había cogido la mochila. Se sentó tras el volante, se quitó el pasamontañas y arrancó. En ese momento, Penny Hill tenía que experimentar un dolor atroz. El individuo se dijo que más tarde saborearía esa satisfacción.

Martes, 28 de noviembre, 00:35 horas

– Tenías razón. Ha vuelto a actuar.

Reed se volvió. Mia Mitchell se encontraba tras él, con la mirada fija en el infierno que había sido la casa de Penny Hill. La detective no había tardado en llegar.

– Eso parece.

– ¿Qué ha pasado?

– Aproximadamente cinco minutos después de medianoche los vecinos oyeron la explosión inicial y avisaron. Las dotaciones ciento cincuenta y seis y ciento setenta y dos respondieron, respectivamente, a las cero y nueve y a las cero y quince. Se presentaron y el jefe no tardó en ver las semejanzas con el incendio del sábado. Larry Fletcher me avisó a las cero y quince. -Solliday llamó inmediatamente a Mitchell y se preparó para una irritada recepción en plena noche, pero la detective se había mostrado despierta y profesional. Reed paseó la mirada por la gente y bajó la voz para que solo ella lo oyese-. Los vecinos creen que la dueña de la casa, Penny Hill, estaba dentro. Dos hombres han entrado a buscarla.

El horror, la compasión, la pena y la resignación trastocaron la mirada de Mia.

– ¡Ay, mierda!

– Lo sé. La pareja de efectivos ha registrado el lado derecho de la casa, pero la mujer no estaba.

– ¿Han mirado en la cocina?

– Todavía no es posible acercarse. Han cortado el suministro de gas y acordonado la casa. Están trabajando. En la sala se ha producido un incendio de menores dimensiones.

– ¿En la papelera? -quiso saber Mia y Reed enarcó una ceja.

– Exactamente.

– He repasado los hechos. La papelera fue el elemento peculiar en casa de los Dougherty.

– Estamos de acuerdo. El catalizador sólido era complejo, la gasolina fue una especie de ocurrencia tardía y la papelera resultó casi…

– Casi pueril -concluyó la detective-. Lo comenté con Abe y también le llamó la atención.

Abe, su compañero, seguía postrado en la cama del hospital.

– ¿Cómo está? -se interesó el teniente.

Mia asintió con entusiasmo.

– Está bien.

Solliday llegó a la conclusión de que, en ese caso, ella también lo estaba, por lo que se alegró.

– Qué suerte.

– ¿Has hablado con los vecinos?

– Sí. Nadie ha visto nada, pero lo cierto es que todos estaban durmiendo o viendo la televisión en sus casas. De repente han oído una sonora explosión. Un vecino ha oído un chirrido de neumáticos poco antes de la explosión y se encuentra bastante afectado. -Reed señaló a un individuo con expresión de horror y conmoción, que se hallaba delante de los congregados-. Se llama Daniel Wright. En la calzada de acceso hay marcas de neumáticos y el coche de la señora Hill ha desaparecido.

– Solicitaré una orden de búsqueda.

– Ya lo he hecho. -Solliday enarcó las cejas al ver que Mia adoptaba una expresión de sorpresa-. Espero que no te moleste.

La detective parpadeó sobresaltada y enseguida se serenó.

– Tranquilo, solo lo decía para cursarla. -Volvió a contemplar las llamas-. El incendio ya está controlado.

– En este caso todo ha sido más rápido porque la primera planta de la casa no se ha incendiado.

– En casa de los Dougherty, el autor quiso quemar la cama del dormitorio del primer piso -apuntó Mitchell-. Parece que aquí es distinto.

Solliday se había planteado lo mismo. Dos bomberos abandonaron la casa.

– Vamos -propuso Reed y caminó hacia el camión junto al cual Larry permanecía de pie con la radio en la mano-. ¿Qué dices?

La expresión de Larry fue severa.

– La mujer está en el interior. Según Mahoney, se parece a la última víctima. No pudimos adentrarnos lo suficiente para sacarla a tiempo. -Miró a Mitchell de arriba abajo-. Y usted, ¿quién es?

– Soy Mia Mitchell, de Homicidios. Supongo que es Larry Fletcher.

La expresión del capitán de bomberos pasó de severa a cautelosa.

– Ni más ni menos. ¿Por qué interviene Homicidios?

La detective miró a Reed con actitud acusadora.

– ¿No le has dicho nada?

Reed esbozó una mueca de contrariedad.

– Le dejé un mensaje en el que le pedía que me llamara.

– ¿Qué querías decirme? -inquirió Larry y Mitchell suspiró.

– La víctima del último incendio estaba muerta antes de que se iniciase el fuego. Es posible que a esta le haya sucedido lo mismo.

Larry mostró cara de preocupación.

– No debería sentirme aliviado, pero lo estoy.

– La naturaleza humana es así -comentó Mia-. No habría podido hacer nada.

– Se lo agradezco. Tal vez esta noche podamos conciliar el sueño. Supongo que queréis hablar con Mahoney y con el chico que está a prueba, que son los que entraron. ¡Eh! ¡Mahoney! ¡Hunter! -llamó a los efectivos-. ¡Venid aquí!

Mahoney y el último bombero en prácticas de la dotación avanzaron hacia ellos, con el equipo completo salvo la mascarilla para respirar, que colgaba de sus cuellos. Ambos estaban agotados y compungidos.

– Llegamos demasiado tarde -explicó Brian Mahoney, ronco a causa del humo-. La mujer está carbonizada, lo mismo que la última víctima.

El bombero en prácticas meneó la cabeza y exclamó con voz grave y horrorizada:

– ¡Dios mío!

Mitchell se adelantó, miró bajo el casco del que estaba en prácticas y preguntó:

– ¿David?

El muchacho se quitó el casco.

– ¡Mia! ¿Qué haces aquí?

– Debería preguntarte lo mismo. Sabía que te habías presentado al examen, pero supuse que aún esperabas destino.

– Hace tres meses que estoy en la dotación ciento setenta y dos. Puesto que estás en el escenario, debemos suponer que se trata de un homicidio y que los incendios se utilizaron para encubrirlos.

– Bien pensado. ¿Conoces a Solliday?

David Hunter se colocó el casco bajo el brazo. Dirigió a Reed la mirada tranquila de sus ojos grises y el teniente se sintió contrariado al estudiar su rostro porque, incluso sucio, el joven era un chico de calendario.

– No, soy David Hunter, el nuevo.

– Yo soy Reed Solliday, de la OFI. Deduzco que vosotros ya os conocéis.

Mitchell sonrió con ironía.

– Exactamente. En el pasado hemos compartido alguna que otra diversión.

La idea de que Mitchell se divirtiera con el novato guaperas despertó la irritación de Reed y el sentimiento fue tan intenso y brusco que se quedó sorprendido. «¡Caramba!» No era asunto suyo que Mitchell y Hunter fuesen amigos. Solo debía ocuparse del incendio.

– Explicadme lo que habéis visto.

– Al principio, nada -reconoció Hunter-. El humo era muy espeso y negro. El rocío no ha tardado en vaporizarse y caer sobre nosotros. Nos hemos movido, hemos registrado los dormitorios y en las camas no hemos encontrado a nadie. Al final nos hemos aproximado a la cocina. -El joven cerró los ojos y tragó saliva de forma compulsiva-. Mia, he estado a punto de tropezar con ella. Estaba…

– Tranquilo. El espectáculo siempre resulta desagradable. ¿Cómo estaba?

Hunter respiró hondo y repuso:

– En posición fetal.

Mahoney se quitó el casco y se secó el sudor de la frente antes de comentar:

– Reed, las llamas han sido bastante altas. Lo carbonizado llega a la altura de los ojos, como en el último caso. También han apartado el horno de la pared.

– ¿Puedes decirme algo de la papelera de la sala? -inquirió el teniente.

– Solo era una papelera metálica llena de hojas de periódico -respondió Mahoney.

– La muchacha que encontramos el sábado murió antes del incendio -intervino Larry-. Probablemente a esta mujer le ocurrió lo mismo.

Mahoney dejó escapar un silbido.

– Gracias por la información. Ayuda saber que ha sido así. ¿Habéis terminado?

Reed miró a Mia y le preguntó:

– ¿Has terminado?

– Sí. David… saluda a tu madre de mi parte -apostilló la detective, pero la sustitución del nombre fue más que evidente.

Hunter sonrió.

– Se lo diré. Ven a vernos.

Mahoney y Hunter se alejaron y Reed relajó los músculos de la mandíbula.

– De momento no puedes entrar -le advirtió a su compañera, molesto con el tono tajante que había empleado-. Las botas que llevas no te protegen del calor.

El teniente se encaminó al todoterreno y Mitchell lo siguió.

– ¿Cuándo entrarán Jack y su equipo?

– Dentro de una hora. Ben y Foster lo harán antes, aunque ya puedes avisar a Unger.

Reed se apoyó en el parachoques para cambiarse el calzado. Mia terminó de hablar por teléfono, se guardó el móvil en el bolsillo, puso los brazos en jarras y se dedicó a contemplarlo. Esa observación, sumada al aire frío y a la cólera que sentía, volvió todavía más torpe al teniente cuando llegó el momento de ajustar el cierre de las botas. Al final Mitchell le golpeó ligeramente los dedos y se encargó de la tarea.

– ¿Siempre eres tan terco a la hora de pedir ayuda? -preguntó Mia.

– ¿Siempre eres tan sensible a los sentimientos de los demás? -espetó Solliday.

Mia levantó de inmediato la cabeza, con los ojos entrecerrados y mirada gélida.

– No. Precisamente por eso la gente prefiere tratar con Abe. Puesto que Abe no está aquí, no te queda más remedio que tratar conmigo. -Mia dejó caer los brazos a los lados del cuerpo y dio varios pasos hacia atrás-. Vamos, Caracol, ya está. Haz el favor de examinar a nuestra víctima, ya que no dispongo del calzado adecuado.

El sarcasmo de la detective lo desarmó.

– Escucha, yo… -Reed se preguntó qué le pasaba. «Solliday, ¿qué haces?»-. Gracias. -Cogió su equipo y echó a andar hacia la casa-. Intenta que alguien mantenga alejada a la gente. Ah, llama al forense.

– Enseguida.

Mia lo vio entrar en casa de Hill, con la linterna en una mano y la caja de chismes en la otra. «Buenos andares -pensó. Otra vez había intervenido sin proponérselo-. Mia, pon manos a la obra».

Llevó al señor Wright a un aparte.

– Soy la detective Mitchell. ¿Conocía a la señora Hill?

El vecino hundió los hombros.

– ¿Está muerta? ¿Penny ha muerto?

– Desgraciadamente, así es. Lo lamento. ¿Puede describir con exactitud lo que vio?

El señor Wright asintió.

– Dormía cuando un chirrido me despertó. Corrí a la ventana y vi el coche de Penny calle abajo. Un segundo después… un segundo más tarde en su casa se produjo una explosión.

– Señor Wright, ¿vio quién iba al volante?

Apenado, el vecino negó con la cabeza.

– Estaba oscuro y sucedió muy rápido… Lo siento, no lo vi.

Mia también lo lamentó.

– ¿La señora Hill solía aparcar el coche en la calzada de acceso a la casa?

– En los últimos tiempos sí. Su hija tuvo que dejar la casa en la que vivía y mudarse a un apartamento, por lo que Penny guardó sus pertenencias en el garaje.

– ¿Conoce a la hija de la señora Hill?

– Hace un mes hablé un par de veces con Margaret. Vivía en Milwaukee, pero ahora no sé dónde está. Penny tiene un hijo en Cincinnati. Se llama Mark.

– ¿Sabe dónde trabaja la señora Hill?

– Es trabajadora social.

Se encendieron las luces de alarma porque los trabajadores sociales solían ser blanco de las venganzas.

– Gracias -concluyó Mia y depositó una tarjeta en la mano helada del señor Wright-. Si se acuerda de algo, haga el favor de llamarme.

Mitchell interrogó a los congregados pero, al parecer, solo el señor Wright había visto algo que mereciese la pena. Se acercó a la parte trasera del camión de bomberos mientras enrollaban la manguera. David Hunter estaba apoyado en el camión, con los ojos cerrados y el rostro tenso.

– David, ¿cómo estás? -musitó la detective.

El bombero en prácticas se volvió cansinamente y la miró.

– ¿Cómo aguantas? -quiso saber el joven.

– Aprenderás a soportarlo. Tiempo al tiempo. La mayoría de los días, no serán como este. Por fortuna, la mayoría de los míos tampoco lo son. -Mia apoyó el hombro sano en el lateral del camión y al observar a David se percató de que era varios centímetros más alto que Solliday, aunque no tan corpulento. El joven estaba recién afeitado, por lo que no tenía ese aspecto demoníaco que al teniente le sentaba tan bien-. ¿Vendiste el taller al ingresar en los bomberos?

– No, contraté a un encargado. Los días que libro voy y reparo motores. Hago lo que necesito hacer. -Levantó una ceja-. ¿Tu Alfa Romeo precisa una puesta a punto?

– No, todavía va bien desde la última. Veo que estás ocupado.

David la miró directamente a los ojos.

– Era lo más aconsejable.

David Hunter había sufrido un ataque agudo de corazón partido. Hacía mucho que estaba colado por Dana, pero la amiga de Mia no llegó a enterarse. Al cabo de un tiempo, Dana se enamoró de un hombre y cuantos la vieron junto a Ethan Buchanan llegaron a la conclusión de que cada uno era perfecto para el otro. Mia se alegró más que nadie por su amiga, pero ver la descarnada mirada de dolor de David siempre le sentó como una patada-. David, nadie lo sabe y, si de mí depende, nadie se enterará.

La sonrisa del muchacho fue irónica.

– Seguro que lo que dices es reconfortante -replicó y se alejó del camión-. Dime, Mia, ¿qué está ocurriendo realmente?

– Todavía no lo sabemos. Oye, ¿has visto otro incendio como este?

– No, pero solo llevo tres meses en el cuerpo. Pregúntale a Mahoney.

– Se lo preguntaré. ¿Qué me dices de las papeleras incendiadas? ¿Cuántas has visto?

– Tengo que pensarlo. Como mínimo, un puñado, si bien en su mayoría son obra de críos pequeños, sobre todo de escuela primaria. -Miró en dirección a la casa-. Este incendio no lo causó un niño.

Mia frunció el ceño.

– Casi todos los pirómanos son menores de veinte años, ¿correcto?

– Así es, aunque creo que será mejor que le pidas esa clase de información a tu amigo Solliday.

«No es mi amigo». Mitchell no esperaba el aguijonazo que la idea le provocó. «Solo es un compañero provisional».

– Se la pediré. Tengo que hablar con Mahoney antes de que os vayáis.

Martes, 28 de noviembre, 01:35 horas

«Esta vez sí que ha ido mucho mejor -pensó y arrojó a un lado una palada de tierra-. Al fin y al cabo, machacando se aprende el oficio».

Tapó rápidamente el agujero que había cavado para enterrar lo que había cogido del escenario. El condón y las bolsas de basura ensangrentadas permanecerían allí hasta que regresara y se deshiciese correctamente de ellos. Tendría que haber parado a tirarlas durante el regreso, pero se había puesto paranoico y no había dejado de mirar por el retrovisor.

Tanta cautela había sido innecesaria. Nadie lo había seguido ni lo había visto. Había abandonado el coche de Penny Hill después de quitarle las matrículas y las placas con el número de bastidor. Alejó el coche de la vía solitaria para que tardasen varios días en encontrarlo. Sabía que no había dejado nada en su interior, pero la precaución nunca era suficiente, ya que bastaría un pelo para condenarlo.

Claro que antes tendrían que pillarlo, cosa que nunca ocurriría.

Había tenido cuidado, había sido habilidoso y se había mostrado implacable.

Sonrió al tiempo que apisonaba la tierra. La mujer había sufrido. Todavía oía los quejidos de Penny Hill. Lamentablemente, habían quedado amortiguados por la mordaza, que había sido un mal necesario. De todos modos, la mordaza no había ocultado la mirada vacía y vidriosa de la mujer cuando acabó con ella. Por añadidura, Penny Hill supo con exactitud a qué se debía, por lo cual la situación resultó más fascinante si cabe.

El individuo se detuvo bruscamente y apretó con fuerza el mango de la pala. «¡Joder!» Se había olvidado el maletín. El maletín de Penny Hill seguía en el asiento trasero del coche. Se obligó a recuperar la calma. No había ningún problema. En cuanto pudiese regresaría y recuperaría el maletín. Había escondido tan bien el coche que hasta entonces nadie lo tocaría.

Contempló el firmamento. Faltaban horas para el amanecer. Dormiría un rato antes de que su día comenzara oficialmente.

Con el alma en un puño, el niño miró por la ventana. El hombre volvía a estar allí. Otra vez enterraba algo. Debía contarlo, debía contarlo, pero estaba demasiado asustado. Se limitó a mirar mientras el hombre concluía la tarea y volvía a tapar su escondite. La imaginación del niño evocó toda clase de imágenes espantosas de lo que el hombre acababa de enterrar. Por otro lado, la realidad de lo que haría si él hablaba le pareció igualmente aterradora. El crío estaba convencido de que era así.

Capítulo 7

Martes, 28 de noviembre, 7:35 horas

Lo primero que Reed pensó al detenerse en la puerta del área de Homicidios con un par de botas de bombero en una mano y en la otra una caja de cartón con dos vasos de café fue que Mitchell parecía cansada. La detective estaba repantigada en su sillón, con las gastadas botas apoyadas en el escritorio y la atención centrada en el grueso expediente que apoyaba en sus muslos.

Mitchell levantó la mirada cuando el teniente dejó caer sobre su escritorio las pesadas botas. Las observó, lo contempló y esbozó una sonrisa.

– Todavía no es Navidad. Solliday, estoy emocionada.

Reed estiró la mano y vio que el agradecimiento sincero iluminaba el rostro de Mia.

– ¡Así se habla! -dijo Solliday. La detective dejó el expediente sobre el escritorio y cogió uno de los vasos de plástico-. Es café de verdad, no tiene nada que ver con el aguachirle que bebéis aquí.

– Puede ser, pero la concentración de cafeína de nuestro aguachirle nos mantiene despiertos durante días. -Mia lo miró con cautela y cogió la crema de leche-. ¿Quieres que te ponga o volvemos a insultarnos?

Reed rio entre dientes.

– El café me gusta solo -repuso y miró el expediente que la detective había dejado sobre el escritorio-. ¿Son los casos en los que Roger Burnette ha participado?

– No son los de nuestros archivos. Ayer los solicité, pero la administrativa todavía no los ha traído. Son las notas que el propio Burnette tomó. Esta mañana, cuando he llegado, me estaba esperando. Contienen los nombres, las direcciones y las fechas de todos aquellos a los que, a lo largo de los últimos años, les ha pisado los callos. Creo que le ha alegrado sentir que colaboraba.

– ¿Alguna pista?

Mia hizo una mueca.

– Todos los que figuran en las notas tenían deseos de venganza.

– De modo que has vuelto a tu hipótesis de que Caitlin se convirtió en instrumento de la venganza contra su padre.

Mia añadió crema de leche al café.

– No lo sé. Lo que sí sé es que Penny Hill era trabajadora social. Es probable que, con el paso de los años, se llevase a un montón de menores de muchos hogares. Desde cierta perspectiva, esa mujer desbarató unas cuantas vidas. Me parece interesante cruzar datos entre los casos de Roger Burnette y los de Penny Hill para comprobar si alguien odiaba a ambos.

– ¿Roger Burnette conoció a Penny Hill?

– No. Esperaba que así fuera, pero jamás había oído su nombre. -La detective apoyó los pies en el suelo-. Es la hora de la reunión matinal. Les he pedido a Jack y al forense que asistan. -Cogió el expediente y su café-. También he solicitado la asistencia de nuestro psicólogo. Se llama Miles Westphalen. Lo he puesto al día. He trabajado anteriormente con Miles y es muy competente.

Sin dar tiempo a Reed a responder, Mia se dirigió a un pasillo lateral y le hizo señas de que la siguiera. «¡Un loquero! ¡Qué alegría!», fue lo único que a Solliday se le ocurrió pensar.

Una mesa de dimensiones considerables ocupaba el centro de la sala de reuniones de Spinnelli, que estaba sentado en un extremo, flanqueado por Jack Unger de la CSU y por el forense Sam Barrington. Junto a Jack se encontraba un hombre mayor que, seguramente, era el loquero.

Spinnelli paseó la mirada por los rostros de los presentes e hizo una mueca.

– Vosotros dos, ¿habéis dormido?

– No mucho -repuso Mitchell y le sonrió cariñosamente al psicólogo-. Hola, Miles. Te agradezco que hayas venido. Te presento al teniente Reed Solliday, de la OFI. Reed, el doctor Miles Westphalen.

Reed estrechó la mano del hombre mayor y se mostró impasible. Detestaba a la mayoría de los loqueros, detestaba la forma en la que intentaban adivinarte el pensamiento, en la que convertían todo en una pregunta y, concretamente, en la que achacaban a la educación la propensión hacia el mal. Estaba seguro de que, antes de que terminase la reunión, Westphalen convertiría al pirómano en cuestión en un pobre desgraciado sin padre y con una madre maltratadora.

Ligeramente divertido, Westphalen se acomodó en su asiento.

– Encantado de conocerlo, teniente Solliday. Quédese tranquilo, no le adivinaré el pensamiento… al menos antes de la primera taza de café.

Reed apretó las mandíbulas al tiempo que Mitchell se sentaba junto a Westphalen.

– Miles, déjalo en paz -le regañó la detective-. La noche ha sido interminable. Por favor, Solliday, toma asiento. -Miró a Barrington y preguntó-: ¿Ha tenido ocasión de examinar a la víctima?

– Solo superficialmente -repuso Barrington mientras Reed se sentaba junto a Mitchell-. De todos modos, apuntaría a que en el cadáver encontraré algo más que gasolina. Las quemaduras son mucho más profundas. El fuego ardió más tiempo, al menos sobre la víctima.

– Hablemos de la víctima -intervino Spinnelli-. ¿Quién es?

– Penelope Hill, de cuarenta y siete años -repuso Mitchell-. Durante veinticinco años trabajó en Servicios Sociales. -Se sopló el flequillo, que salió volando-. Anoche celebraron la fiesta de su jubilación. Esta mañana he hablado con una de mis viejas amistades en Servicios Sociales. Hill era muy respetada y muy querida. En el periódico la mencionaron varias veces por los servicios prestados a la comunidad.

– «Muy querida» es una expresión relativa -terció Westphalen-. Tal vez fue muy querida por sus compañeros de trabajo.

– ¿Y por los padres a los que les quitó los hijos? -preguntó Mitchell, siguiendo la cadena de pensamiento de Westphalen-. Probablemente no la describirían como «muy querida». Miles, ya lo había pensado.

– La hija de un policía y una trabajadora social -musitó Spinnelli-. ¿Existe alguna relación entre ambas?

Mia negó con la cabeza.

– Burnette no la conoce. Necesitamos una orden judicial para solicitar los expedientes de Hill y cotejar los casos de ambos. Por otro lado, los incendios propiamente dichos fueron semejantes en muchos aspectos.

Spinnelli enarcó las cejas.

– Reed, te escucho.

Todas las miradas recayeron en él.

– Ambos incendios se iniciaron en la cocina. Ambos emplearon gas natural como combustible principal. En ambos casos hubo una tira de catalizador sólido en la pared como extensión química de la mecha. El laboratorio ha presentado el análisis del catalizador sólido empleado en casa de los Dougherty. Se trata de nitrato amónico mezclado con queroseno y con goma de guar. Es altamente inflamable. Al cabo del día tendré el análisis sobre la mezcla utilizada en casa de Hill, aunque supongo que será la misma.

Spinnelli se atusó el bigote.

– ¿Hemos topado con un incendiario profesional?

– En un sentido estricto, no. Habitualmente los incendios para obtener beneficios son obra de dueños de propiedades que quieren cobrar el seguro o de pirómanos que prestan… que prestan un servicio. No da la impresión de que lo hayan hecho por dinero. Se trata de una cuestión personal. Lo que quiero decir es que el autor no solo prendió fuego, sino que voló las casas. Todavía no hemos averiguado cómo conoció a las víctimas, pero el empleo de la explosión dice a gritos: «Miradme, fijaos en lo que soy capaz de hacer».

– Y también «Miradlas, fijaos cómo murieron» -masculló Mitchell-. Es como una flecha de neón intermitente. -Se dirigió a Westphalen-: ¿Tal vez una llamada de auxilio?

Westphalen enarcó las cejas canas y enmarañadas.

– Más bien parece un grito de cólera.

Reed se sorprendió. Esperaba que el loquero se lanzase a soltar el mantra de «la llamada de auxilio». Era otra de las cosas que odiaba de los psicólogos. Nadie tenía la culpa de nada. Si alguien cometía un crimen, solo lanzaba una llamada de auxilio. ¡Vaya chorrada! Los criminales delinquían porque obtenían algo a cambio… y no se hable más. Si necesitaban ayuda, podían pedirla amablemente en lugar de correr el riesgo de volar un maldito barrio.

Spinnelli se apartó de la mesa y caminó hasta la pizarra.

– Bien, ¿qué tenemos? -preguntó; se puso a escribir y creó dos columnas con los epígrafes Dougherty/Burnette y Hill-. ¿Hora del delito?

– Ambos se produjeron hacia la medianoche -respondió Reed-. En los dos casos se trata de estructuras residenciales en barrios de clase media. En ambos emplearon dispositivos incendiarios con mecha.

– No te olvides de la papelera -aportó Mitchell.

– En ambos tuvo lugar otro incendio que se originó en una papelera con hojas de periódico y un cigarrillo sin filtro -explicó Reed-. Al no tener filtro, el cigarrillo arde hasta el final y enciende el papel de periódico. Se trata de un dispositivo de retardo muy sencillo y eficaz.

Spinnelli tomó nota, se volvió y comentó:

– Eso suena a un acto de novato.

– Significa algo -aseguró Mitchell en tono bajo-. Es… es simbólico.

– Probablemente tienes razón. ¿Qué más? -quiso saber Spinnelli-. Sam, te escucho.

– Ambos cuerpos quedaron carbonizados, lo que imposibilita el reconocimiento visual -contestó Barrington-. Como ya he dicho, el grado de daños parece mucho mayor en la segunda víctima.

– En la señora Hill -murmuró Mitchell-. Se llama Penny Hill.

La expresión de la detective estrujó el corazón de Reed, pero Barrington se limitó a enarcar las cejas rubias.

– El asesino usó otra sustancia con la segunda víctima, empleó algo que no ardió tan rápido.

– Hay que comprobar la composición del nitrato -concluyó Reed-. Pediré al laboratorio que le envíe la fórmula por fax.

– Encantado. Detective, consígame la historia dental de la segunda víctima. En cuanto pueda llevaré a cabo la identificación en firme.

– De acuerdo -aceptó Mitchell en tono neutro-. Lo haré hoy mismo.

Barrington se puso en pie.

– Si no hay nada más, tengo mucho trabajo.

– Llámanos cuando sepas algo -solicitó Spinnelli.

El forense se fue. Durante unos segundos, Mitchell miró la puerta que Barrington acababa de cerrar y lentamente abrió el puño y estiró los dedos de la mano sobre el muslo. Tomó la palabra en tono bajo:

– Marc, el cuerpo de Caitlin Burnette fue incinerado con gasolina y el de Penny Hill con… con algo más caliente.

– Probablemente no fue con algo más caliente, sino con una sustancia que no arde tan rápido -puntualizó Reed.

Molesta, la detective se encogió de hombros.

– Lo que sea. Solo pretendo demostrar que hay diferencias. El asesino cambió, tal vez mejoró su modus operandi.

Spinnelli movió el bigote mientras pensaba.

– Parece un supuesto razonable. ¿Cuáles son esas diferencias?

– En la primera casa dejó dos dispositivos incendiarios -respondió Reed-: uno en la cocina y el otro en el dormitorio. En la segunda vivienda no dejó nada en el dormitorio.

Westphalen se mostró interesado y comentó:

– Tal vez tenía algo concreto contra los Dougherty. Al fin y al cabo, lo depositó en su cama.

– Quizá decidió que con un dispositivo había logrado la explosión que buscaba y que no tenía sentido colocar otro -planteó Reed-. Un error habitual de los pirómanos novatos consiste en poner demasiados dispositivos incendiarios. Suponen que uno es bueno y cinco todavía mejor. Si uno de esos cinco no se activa se convierte en una prueba. La simplificación podría formar parte de la curva de aprendizaje del autor. De todos modos, les preguntaremos a los Dougherty si tienen enemigos. -Dirigió una mirada a Mitchell-. Han llamado para pedirme que, a partir de las nueve, nos reunamos con ellos en su casa.

– Me parece bien -dijo Mia, pero frunció el ceño-. Miles, estaría de acuerdo en el caso de que los Dougherty fueran el blanco pero, si Caitlin fue la víctima, ¿por qué lo colocó en el dormitorio? Lo que quiero decir es que Caitlin estudiaba en el cuarto de huéspedes. ¿De qué le serviría quemar una cama que Caitlin jamás tocó?

– Es una buena pregunta -reconoció Westphalen-. Hay que hablar con los Dougherty.

– ¿Hay más diferencias? -quiso saber Spinnelli.

– Dejó el coche de Caitlin en el garaje y en cambio utilizó el de Penny Hill para escapar -repuso Reed.

– No da la sensación de que haya perfeccionado el método -comentó Westphalen.

Spinnelli siguió apuntando en la pizarra.

– Jack, te escucho.

– Encontramos salpicaduras de sangre en la moqueta que retiramos de casa de los Dougherty. Ben Trammell también halló lo que podría haber sido un botón metálico de los tejanos de la chica. Estaba en el vestíbulo, en una grieta contigua a la escalera. En el vestíbulo no hallamos restos de los tejanos, por lo que es posible que hayan ardido. En ese caso, encontraremos trazas en la ceniza.

– ¿Qué hay de la gasolina? -inquirió Mitchell.

– En la moqueta, ni una gota. Solo la hallamos en la cocina, alrededor de la zona en la que encontramos el cadáver.

– Por lo tanto, la violó, le disparó en el vestíbulo, la arrastró hasta la cocina y la roció con gasolina. -Mitchell apretó los dientes-. ¡Qué cabrón!

– ¿Se ha informado a la familia de Penny Hill? -preguntó Spinnelli.

– Todavía no -repuso Mia-. He llamado a todos los Mark Hill de Cincinnati, pero ninguno está emparentado con Penny. Dentro de media hora, el personal de recursos humanos de los Servicios Sociales empezará a trabajar. Pediré que me digan cómo contactar con sus familiares.

Spinnelli tomó asiento.

– Miles, ¿puedes hacer un perfil del asesino o, como mínimo, ofrecer un punto de partida?

Westphalen lanzó una mirada cautelosa a Reed y replicó:

– Probablemente el teniente Solliday entiende mejor que yo a los pirómanos.

Interesado por lo que el loquero pudiera decir, Reed le indicó que continuase y musitó:

– Prosiga.

Westphalen se quitó las gafas y limpió los cristales con el pañuelo.

– Veamos, aproximadamente el veinticinco por ciento de los incendiarios son menores de catorce años y prenden fuegos por divertirse o debido a la compulsión. No creo que estemos ante un caso de esas características. Otro veinticinco por ciento tiene entre quince y dieciocho años. -Se encogió de hombros-. Prefiero pensar que no es obra de un adolescente, pero todos sabemos de lo que son capaces. Los pirómanos casi nunca superan los treinta años. En el caso de que sean mayores, se trata de personas que lo hacen estrictamente para obtener beneficios, como ya ha dicho el teniente. Los incendiarios adultos que no lo hacen a cambio de beneficios casi siempre buscan venganza. La inmensa mayoría son blancos y casi todos hombres. Me atrevería a afirmar que este pirómano tiene antecedentes.

– No hay huellas -reconoció Unger-. Por ahora no hemos encontrado ni una sola huella, de modo que no tenemos datos que nos conduzcan a su identificación o a sus antecedentes.

Westphalen frunció el ceño.

– Estoy seguro de que, en cuanto deje algo, podréis vincularlo con alguien que se encuentre en algún punto del sistema. Que lo hayan visto alejarse en coche de la casa de la señora Hill segundos antes de la explosión demuestra que calculó mal la hora o que lo planificó bien y necesita un alto nivel de riesgo.

– Es un buscador de sensaciones fuertes -apostilló Mitchell.

Westphalen asintió.

– Tal vez. Por regla general, los pirómanos han vivido una infancia inestable, con padres ausentes y trastornos emocionales por parte de las madres.

Solliday apretó los dientes. Volvíamos a las andadas. Ya sabía que era imposible que un psicólogo no responsabilizase de todos los males a la educación. Las miradas del teniente y el psicólogo se cruzaron y Reed notó que el loquero captaba su irritación.

Por su parte, el hombre mayor reanudó tranquilamente su discurso:

– En muchos casos el incendio provocado sirve de trampolín a delitos sexuales. He atendido a diversos depredadores sexuales que, en sus comienzos, provocaron incendios como modo de gratificación sexual. Llega un momento en el que el fuego no es suficiente y pasan a violar.

– Por lo tanto, no te sorprende que este tío viole y queme -apuntó Mitchell.

Westphalen volvió a ponerse las gafas.

– Pues no, no me sorprende. Lo que me llama la atención es que no se quedara a ver arder la casa. Planifica un incendio descomunal y no se queda a contemplar el espectáculo.

– Yo había pensado lo mismo -reconoció Reed y arrinconó su irritación-. Anoche observé a los congregados. En ambos episodios no vi a nadie que no viviera en el barrio y anoche tampoco detecté la presencia de alguien que hubiera estado en el incendio de los Dougherty.

– ¿Cuál es el próximo paso? -inquirió Spinnelli.

– Analizaré las muestras que anoche tomamos en casa de Hill -respondió Unger-. No creo que encontremos mucho en la cocina, aunque abarcamos la parte delantera de la casa, que sufrió menos daños. Hoy mismo volveré con un equipo para comprobar la situación a la luz del día. Si dejó un pelo y no se quemó, lo encontraremos. Reed, ¿puedo contar con Ben Trammell? Ayer fue de gran ayuda.

– Por supuesto.

– Nosotros hablaremos con los Dougherty -anunció Mitchell y miró a Reed-. También me gustaría volver a casa de Penny Hill.

– Tendríamos que realizar otra visita a la universidad. Debemos averiguar si alguien más sabía dónde estaba Caitlin o si en el campus había alguien que no tenía que estar allí.

– Y después iremos al salón recreativo para comprobar la coartada de Joel Rebinowitz. Anoche pasé tras dejar la casa de Penny Hill, pero estaba cerrado. Abrirán a mediodía. -Mitchell miró a Spinnelli-. Necesitamos una orden judicial para solicitar los archivos de Penny y quiero los expedientes de los casos de Burnette. ¿Le pedirás a Stacy que los traiga?

Spinnelli tomó nota en su libreta.

– Me ocuparé personalmente de la orden judicial. ¿Qué período quieres que abarque Stacy?

Mia miró a Westphalen y preguntó:

– Miles, ¿qué te parece? ¿Bastará con un año?

El hombre mayor se encogió de hombros.

– Me parece bien para empezar. Mia, francamente no lo sé.

– Yo tampoco -reconoció la detective con gran seriedad-. Durante el regreso podemos pasar por Servicios Sociales y acceder a los expedientes de Hill. Luego los cotejaremos hasta que surja una coincidencia.

– Reed, ¿disponéis de una base de datos en la que buscar incendios de las mismas características? -preguntó Spinnelli.

– Sí. El domingo por la mañana y hoy, antes de venir, he consultado la base de datos del BATS, es decir, el sistema de rastreo de incendios provocados por bombas que mantiene el cuerpo de bomberos -aclaró ante la mirada de desconcierto de Mitchell-. Obtuve muchos resultados sobre catalizadores sólidos, aunque la mayoría hace referencia a sus propiedades comerciales. Cuando añadí los asesinatos no hubo resultados. Consulté los incendios de papeleras y me topé con miles de resultados. He solicitado que el sistema se revise automáticamente varias veces al día por si nuestro hombre hace algo parecido en otra parte. Ya veremos.

Spinnelli adoptó una expresión de contrariedad.

– Está claro que, en este momento, lo mejor que podemos hacer es encontrar un vínculo entre los casos. Mia, ponme al tanto de la situación antes de irte a casa. Buena suerte.

Spinnelli y Unger abandonaron la sala. Westphalen se quedó y jugueteó con su corbata sin propósito fijo.

– Usted no cree en la influencia de la vida hogareña en los delincuentes -comentó Westphalen, en tono todavía moderado.

Reed detestaba el tono «moderado» de los loqueros, que era como arañar la pizarra con las uñas.

– Me parece que es la panacea de la sociedad -replicó en tono ni remotamente tan moderado-. Doctor, todo el mundo tiene problemas. Cuando se baraja, algunas personas reciben peores cartas, lo que es una pena. Las buenas personas lo resuelven y se convierten en ciudadanos productivos. Las malas personas no lo superan. Es así de simple.

Mitchell lo contempló con gran curiosidad, pero siguió en silencio.

Westphalen se puso el abrigo y exclamó:

– ¡Cuánta convicción!

– Sí -contestó Reed con el convencimiento de que era una respuesta escueta, pero le importó un bledo.

Los loqueros empleaban estratagemas como esa para averiguar cosas que la mayoría de las personas equilibradas preferían mantener en privado.

– Un día hablaremos extensamente -concluyó Westphalen en un tono divertido, se volvió hacia Mitchell y esbozó una cálida sonrisa-. Mia, me alegro de que hayas vuelto. Este sitio no era el mismo sin ti. No permitas que te hieran otra vez, ¿de acuerdo?

La detective también sonrió y su afecto por el hombre mayor resultó patente.

– Miles, haré cuanto esté en mi mano. Saluda a tu esposa de mi parte. -En cuanto Westphalen se retiró, Mia levantó la cabeza. Reed supuso que le pediría cuentas sobre los motivos por los cuales se había mostrado tan seco con el psicólogo, pero no fue así, ya que la mujer se limitó a recoger las notas-. Solliday, ¿nos ponemos a trabajar? Cuanto antes hablemos con los Dougherty y examinemos la casa de Penny Hill, más rápido nos ocuparemos de los expedientes que son, con mucho, mi faceta preferida del trabajo. -La ironía del comentario demostró que era lo que menos le apetecía.

– Pensé que lo que preferías era amenazar a jóvenes beligerantes con raperos matones.

Mitchell sonrió inesperadamente y Solliday se animó, porque desapareció el mal humor provocado por el psicólogo.

– Solliday, no está mal. Has incorporado un puñado de palabras poéticas. No está nada mal. De camino a casa de los Dougherty pararemos en una tienda de comida preparada. Estoy famélica.

Martes, 28 de noviembre, 8:45 horas

Parpadeó al ver la primera página del periódico. ¡Caray, qué rápido se movían los periodistas! Supuso que el artículo no aparecería hasta el día siguiente, pero allí estaba, en la primera plana del Bulletin: Sigue libre el pirómano/asesino en serie.

«No soy todo eso», pensó, y sonrió divertido.

Desde el primer momento mencionaron a Penny Hill. No emplearon esa tontería de «no comunicaremos el nombre de la víctima hasta que la familia sea notificada». Siguió leyendo y frunció el entrecejo. Alguien lo había visto alejarse en coche. Bueno, por mucho que lo hubiesen visto no podrían identificarlo porque llevaba el pasamontañas. Le daba lo mismo que hubieran anotado la matrícula, ya que era la del coche perteneciente a Penny Hill.

«La víctima es Penny Hill, de cuarenta y siete años». Humm… Estaba bastante bien para tener esa edad. Mejor dicho, lo había estado. El pirómano volvió a reír entre dientes. Ahora la señora Hill parecía una castaña requemada.

Mejor dicho, imaginaba que tenía ese aspecto. Lo que realmente deseaba era ver el cadáver, la casa, la destrucción que había causado, pero no era prudente mientras las autoridades investigaran el caso. ¿Quién lo perseguía? Hojeó el artículo. Lo buscaba el teniente Reed Solliday, de la OFI. Un teniente… le habían encomendado a un superior que lo buscase, no se andaban con chiquitas. «Qué bien», pensó. El tal Solliday había recibido condecoraciones y tenía experiencia. Sería un adversario digno, lo que significaba que le tocaba mantener limpia su zona de trabajo. No dejaría nada que resultase de utilidad para el buen teniente y su compañero. Adelante, ¿quién era su compañero?

Se le escapó una sonrisa. Vaya, ni más ni menos que una mujer, la detective Mia Mitchell. ¿De verdad que habían escogido a una mujer para intentar encontrarlo?

«No me pillarán ni en un millón de años». El exceso de confianza no sería su perdición. Planificaría y actuaría como si lo persiguieran dos hombres cualificados, pero dormiría a pierna suelta.

Recortó el artículo del periódico y le echó un último vistazo. Mencionaban a Caitlin. En la primera lectura se le había escapado por lo ansioso que estaba de ver en letras de molde el nombre de Penny Hill. «La víctima del primer incendio es Caitlin Burnette, de diecinueve años, hija del sargento Roger Burnette, que desde hace veinte años trabaja en el Departamento de Policía de Chicago…» Su corazón estuvo a punto de pararse.

«¡Joder!» Había matado a la hija de un policía. «¿Qué demonios hacía en esa casa? ¡Joder!» Furioso, introdujo el artículo en su libro, junto al del incendio en casa de los Dougherty, publicado en el Trib del día anterior, y el aparecido el viernes en la Gazette de Springdale acerca del incendio de Acción de Gracias. «¡Joder!» Ahora la policía lo perseguiría como a un perro. Con un movimiento colérico metió todas las cosas en su bolsa. ¡Maldita sea! La había cagado bien cagada.

Se dirigió a la puerta y se le aceleró el corazón a medida que el miedo lo dominaba. «Tengo que dejarlo».

Frenó en seco. «No». Ni podía ni quería dejarlo. Lo hacía por su futuro. «Recuerda, la ira tiene que esfumarse. No puedes dejarlo antes de terminar. De lo contrario, sería como… sería como no acabar el frasco de antibióticos. La próxima vez será peor, más intenso, más poderoso». La próxima vez podría perder la cabeza y dejarse atrapar. Ahora tenía el control pleno de la situación. La víspera no había perdido la cabeza ni la perdería. Era consciente de cada uno de sus actos. Pensaba y trabajaba cada vez de forma más inteligente.

No podía dejarlo, no lo dejaría hasta terminar. Tenía que actuar rápido para que no lo pillasen. Tenía que ser perfecto. De momento, tenía que dirigirse a un lugar y llegar a tiempo.

Martes, 28 de noviembre, 9:05 horas

Mia doblaba el envoltorio del bocadillo del desayuno cuando se detuvieron ante lo que había sido la casa de los Dougherty. Una pareja de edad madura permanecía de pie en la acera y, conmocionada, contemplaba la estructura ennegrecida.

– Diría que son los Dougherty -comentó Mia en tono bajo.

– Diría que tienes razón. -Solliday soltó un suspiro-. Acabemos con esto de una vez.

El señor Dougherty se volvió cuando se acercaron y preguntó:

– ¿Es usted el teniente Solliday?

– El mismo. -Estrechó la mano del hombre y, a continuación, la de su esposa-. Les presento a la detective Mitchell.

La pareja cruzó una mirada de preocupación y el señor Dougherty añadió:

– No entiendo nada.

– Soy de Homicidios -explicó Mia-. Caitlin Burnette murió asesinada antes de que en su casa se iniciase el incendio.

La señora Dougherty dejó escapar un grito ahogado y se tapó la boca con la mano.

– ¡Santo cielo!

La expresión de horror demudó la cara del marido, que le rodeó los hombros con un brazo.

– ¿Lo saben sus padres?

Mia asintió.

– Sí. Ayer les dimos la noticia.

– Sabemos que no es un buen momento, pero tenemos que hacerles algunas preguntas -intervino Solliday.

– Espere un momento. -Dougherty sacudió la cabeza, como si quisiera aclarar sus pensamientos-. Detective, acaba de decir que el incendio se inició. ¿Estamos hablando de un incendio provocado?

Solliday movió afirmativamente la cabeza.

– Hallamos dispositivos incendiarios en la cocina y en su dormitorio.

El señor Dougherty carraspeó.

– Sé que lo que voy a decir parece insensible y quiero que tengan la certeza de que haremos cuanto esté en nuestra mano para ayudar, pero me gustaría saber qué hacemos ahora. ¿Podemos ponernos en contacto con nuestra compañía de seguros? No tenemos dónde vivir.

A su lado, la señora Dougherty tragó saliva de forma compulsiva y preguntó:

– ¿Queda algo?

– No mucho -replicó Solliday-. Pónganse en contacto con la compañía de seguros y prepárense, ya que se llevará a cabo una investigación.

Le tocó al señor Dougherty tragar saliva.

– ¿Nos consideran sospechosos?

– Excluiremos esa posibilidad lo antes posible -replicó Mia con gran serenidad.

El señor Dougherty asintió e inquirió:

– ¿Cuándo podremos entrar y ver si salvamos algo?

– Las fotos de nuestra boda… -A la señora Dougherty se le quebró la voz y se le llenaron los ojos de lágrimas-. Lo siento mucho. Ya sé que Caitlin… pero, Joe… Todo ha desaparecido.

Dougherty apoyó la mejilla en la coronilla de su esposa.

– Donna, lo superaremos. Lo haremos de la misma forma que superamos todo lo demás. -El señor Dougherty hizo frente a la mirada de Solliday-. Supongo que ustedes o la compañía de seguros investigarán nuestra situación económica.

– Es lo que suele hacerse -confirmó Solliday-. Señor, si tiene algo que decirnos, este es el mejor momento.

– Hace cinco años nos demandó un cliente que se cayó en nuestra ferretería. -Dougherty apretó los labios-. El jurado falló a favor del demandante. Lo perdimos todo.

– Hemos tardado cinco años en salir del pozo -intervino desalentada la señora Dougherty.

– Hace dos años mi padre se retiró y nos vendió su casa por un precio módico. -Contempló las ruinas con amargura-. Habíamos empezado de nuevo. Estas han sido nuestras primeras vacaciones en varios años. Y ahora ocurre una desgracia. El seguro de la casa era el mínimo, lo justo para firmar la póliza. No hay incentivos económicos que justifiquen que queríamos quemar nuestra casa.

– Señor Dougherty, ¿dónde trabaja? -quiso saber Solliday.

– En una megatienda de bricolaje. -Volvió a apretar los labios-. Estoy a cargo de la sección de ferretería. Mi jefe es un chico al que le doblo la edad. Mi esposa trabaja de secretaria y hace arreglos de costura para llegar a fin de mes. No somos ricos, pero tampoco cometimos esta atrocidad.

– Señor Dougherty, ¿se le ocurre alguien que, concretamente, tuviera un motivo de resentimiento contra usted y su esposa? -preguntó Mia y el hombre le sostuvo la mirada sin pestañear.

– ¿Además del chalado que nos demandó? -Negó con la cabeza-. No. Lo cierto es que apenas nos relacionamos con la gente.

– Según los vecinos, cambió las cerraduras de todas las puertas de su casa -comentó Solliday.

Mia miró al detective, cuya expresión era indescifrable.

– Tuvo que ser Emily Richter -espetó el señor Dougherty-. Es la peor de las entrometidas. Siempre que se iban, mis padres le pedían que vigilase la casa, pero yo no quería que entrara en mi hogar.

– Habría revisado nuestras cosas -apostilló la señora Dougherty-. Además, le habría hablado a todo el mundo de nuestra situación económica. Se molestó cuando adquirimos la casa a un precio tan ajustado.

Mia sacó la libreta y preguntó:

– ¿Cómo se llama el chalado que los demandó?

El señor Dougherty miró por encima del borde de la libreta de la detective antes de responder:

– Reggie Fagin. ¿Por qué?

Mitchell sonrió.

– Simplemente hago preguntas que tal vez más adelante me permitirán ahorrar tiempo.

– No nos ha dicho en qué momento podemos entrar en casa -apostilló el señor Dougherty.

– Se lo permitiremos lo antes posible -afirmó Mia sin dar una respuesta concreta. Aunque le parecieron sinceros, de todos modos prefirió comprobarlo-. ¿Tienen algo de valor que, provisionalmente, quieran que guardemos?

– El álbum de fotos de la boda -respondió la señora Dougherty-. De momento no se me ocurre nada más.

De repente la expresión del señor Dougherty cambió.

– Hummm… Tenemos un arma guardada en la planta alta, en el cajón de la mesilla de noche. Está registrada -añadió a la defensiva.

Sorprendido, Solliday alzó la cabeza.

– No encontré armas registradas a su nombre.

Mia miró al teniente, ya que no se imaginaba que lo hubiera investigado.

– Está registrada a nombre de Lawrence, mi apellido de soltera -precisó la señora Dougherty-. La compré antes de casarnos. Es del calibre veintidós y no me gustaría que cayese en manos equivocadas.

– Discúlpennos un momento -pidió Mia y le hizo señas a Solliday con la cabeza.

Reed la siguió con la mandíbula rígida.

– No, no encontré arma alguna -murmuró antes de que la detective pudiera plantear la pregunta-. Debo añadir que he mirado en el cajón de la mesilla de noche.

– ¡Mierda! Tal vez el asesino llevó su arma y después encontró la de los dueños de la casa.

– Quizá Caitlin la encontró mientras estudiaba arriba y el pirómano se la arrebató durante el forcejeo. Tal vez se presentó desarmado. Lo de Caitlin también podría haber sido un accidente porque estaba en el lugar y a la hora equivocados.

– Todo se complica -protestó Mia y se volvieron simultáneamente hacia el matrimonio que esperaba-. No hemos encontrado armas. Denunciaremos su desaparición.

El señor y la señora Dougherty se miraron y, asustados, observaron a los investigadores.

– ¿Mataron a Caitlin con nuestra arma? -preguntó el señor Dougherty en tono grave.

– No lo sabemos -replicó Solliday-. ¿Estaba cargada?

Estupefacta, la señora Dougherty asintió.

– La tenía cargada y con el seguro puesto. Nunca he disparado con ella, salvo en el campo de tiro, y fue hace… fue hace años.

– ¿Conocen a una mujer llamada Penny Hill? -inquirió Mia.

Los Dougherty negaron con la cabeza.

– Lo siento, pero ese nombre no me suena -respondió el señor Dougherty-. ¿Por qué lo pregunta?

– Simplemente por preguntarlo. -Mia volvió a sonreír para tranquilizarlos-. Es posible que en un futuro me resulte útil.

– Intentaré encontrar el álbum con las fotos de la boda. ¿Algo más? -inquirió Solliday.

– Sé que, después de lo que le ha ocurrido a Caitlin, esto sonará fatal… -La mirada de la señora Dougherty reveló una mezcla de ansiedad y culpa-. Percy, mi gato persa blanco, estaba en casa. ¿Lo han…? -Respiró hondo-. ¿Lo han encontrado?

La compasión iluminó los ojos oscuros de Solliday.

– No, señora, no lo hemos visto. Si aparece le avisaremos. Detective, enseguida vuelvo.

Mia se volvió hacia la pareja y preguntó:

– ¿Dónde se hospedan?

– Por ahora estamos en el Beacon Inn. -La sonrisa fugaz del señor Dougherty no mostró la menor alegría-. Supongo que no podemos salir de la ciudad.

– De momento sería mejor que el teniente o yo podamos contactar con ustedes siempre que los necesitemos -reconoció Mia con tono neutral-. Aquí tienen mi tarjeta. Llamen si se les ocurre algo.

– Detective… -La señora Dougherty se mostró indecisa-. Los Burnette… Ellen es amiga mía. ¿Cómo están?

– Como cabe esperar dadas las circunstancias.

– No puedo ni imaginarlo -murmuró.

Permanecieron en silencio a la espera de Solliday. Transcurrieron varios minutos y Mia frunció el ceño. Pensó que el teniente ya tendría que haber regresado. Reed había insistido en que, tal como estaba, la estructura de la casa era muy peligrosa, pero Mitchell no oyó nada que indicase que el techo le había caído sobre la cabeza. De todas maneras…

– Si me permiten… -dijo Mia. Se detuvo en la mitad de la calzada de acceso y abrió desmesuradamente los ojos cuando Solliday asomó desde el fondo de la casa-. ¿Qué diablos es eso?

Solliday hizo una mueca mientras observaba el bulto mugriento que sostenía con el brazo estirado.

– Bajo esta capa de suciedad hay un persa blanco. Estaba escondido en medio del barro, junto a la puerta trasera de la casa.

Mia sonrió al ver la expresión de asco de Solliday.

– Es todo un gesto por tu parte.

– No. Soy un malvado odioso. Cógelo. Apesta.

– Ni lo sueñes. -Mitchell rio-. Soy alérgica a los gatos sucios.

– Mis zapatos también están sucios -se quejó Reed y Mia volvió a reír.

La detective se dirigió a la señora Dougherty:

– Al parecer, el gato pródigo ha aparecido. ¡Caramba! -exclamó al tiempo que, llena de expectación, la señora Dougherty se acercaba a la carrera-. A partir de ahora, este gato es una prueba.

– ¿Cómo dice? -preguntaron los Dougherty a la vez.

Solliday se limitó a poner cara de pocos amigos y a mantener el gato lo más lejos posible de su gabardina.

Mia recobró la seriedad.

– Quien provocó el incendio dejó salir al gato o Percy escapó cuando el pirómano entró o salió de la casa. Nos lo llevaremos, lo bañaremos y lo examinaremos. Con un poco de suerte encontraremos una prueba material. En caso contrario, se lo devolveremos lo antes posible.

– Probablemente tiene hambre -advirtió la señora Dougherty y se mordió el labio inferior.

– Le daremos de comer, ¿no es verdad, teniente? -preguntó Mia al tiempo que intentaba contener la risa.

Solliday entornó los ojos en una actitud que le prometía un justo castigo a la detective.

– Por supuesto. -Reed sostuvo un álbum acolchado que en el pasado había sido blanco-. Las fotos de la boda están impregnadas de agua, pero es posible que un restaurador consiga salvar al menos algunas.

La señora Dougherty dejó escapar un estremecido suspiro.

– Muchas gracias, teniente.

Solliday suavizó la expresión.

– No hay de qué. Tenemos que encontrar una caja para Percy. No quiero que destroce el todoterreno.

Martes, 28 de noviembre, 9:25 horas

Thad Lewin había vuelto. Brooke se apoyó en el escritorio mientras veía a los alumnos ocupar sus sitios. Mike arrastró su silla hasta el fondo, Jeff remoloneó y Manny guardó silencio. De todas maneras, fue a Thad a quien vigiló. Habitualmente era un chico tímido, pero ese día lo notó distinto: estaba cabizbajo y arrastraba los pies. Tomó asiento con gran cuidado. Brooke parpadeó, pues no le gustó nada la imagen que comenzó a formarse en su mente. Miró de soslayo a Jeff, que hizo una mueca con una actitud de cruel diversión que le heló la sangre.

– Buenos días, profesora -saludó Jeff arrastrando las palabras-. Parece que la pandilla está al completo.

En lugar de bajar la mirada, Brooke lo desafió en silencio hasta que los ojos del chico se clavaron en sus pechos. «Que Dios nos ayude cuando salga». Era una frase corriente que todos los profesores repetían. Recordó lo que Devin había dicho la víspera: Jeff volvería a cometer un delito y estaría nuevamente entre rejas un mes después de dejar el centro.

Brooke no quería ser la víctima de ese delito.

– Abrid los libros -dijo-. Hoy hablaremos del capítulo tres.

Capítulo 8

Martes, 28 de noviembre, 9:45 horas

Reed se alegró de lavarse las manos. Salió del lavabo de hombres del establecimiento de comida preparada sin dejar de mirarse los zapatos con el ceño fruncido. Tendría que habérselos cambiado antes de entrar en la casa; para eso llevaba varios pares en la parte trasera del vehículo.

Cubierto de barro y de otras cosas que era mejor no identificar, el condenado gato se encontraba en una caja que Mitchell había apoyado en su regazo. Desde donde estaba, Reed la vio en el todoterreno, con los codos sobre la caja mientras, concentrada, hablaba por teléfono. Mia esperaba la conexión con Servicios Sociales para pedir información de los familiares de Penny Hill cuando él entró en el servicio a lavarse las manos. La expresión de la detective había cambiado, se había suavizado y se mostraba compungida. Le estaba comunicando los hechos al hijo de la señora Hill, que se encontraba a quinientos kilómetros. Su expresión era la misma que había puesto al informar personalmente a los Burnette.

La familia de Penny Hill no era, simplemente, un apunte más en la libreta de Mia Mitchell. Insistió en usar el nombre en vez de referirse a «la víctima». Mia se preocupaba por los demás. Esa actitud le encantó al teniente.

Solliday bostezó abriendo mucho la boca. Había pasado la noche en vela y le aguardaba una tarde dedicada a leer la letra pequeña de los expedientes. Se dirigió a la caja con dos vasos de café y se quedó de piedra al ver el fajo de periódicos que había a sus pies.

– ¿Es todo? -preguntó el cajero.

Reed levantó la cabeza y volvió a mirar el diario.

– Sí, los cafés y el periódico. Gracias.

Cuando salió de la tienda, Mia había terminado de hablar por teléfono y miraba hacia delante. Golpeó la ventanilla de su lado y la detective reaccionó con rapidez y la abrió para coger los cafés.

– ¿Qué es eso? -preguntó Mia sin levantar la vista del diario.

– Ha sido tu amiga Carmichael. Anoche te siguió.

– ¡Maldita sea! -exclamó Mitchell al tiempo que examinaba la página-. No es la primera vez que me sigue hasta el escenario de un crimen. Es como si tuviera un radar. Me gustaría saber cuándo duerme.

– Pues a mí me gustaría saber dónde se ocultó. Examiné a los congregados, por lo que tendría que haberla visto.

– Parece capaz de esfumarse. Probablemente se escondió cuando nos vio.

Reed puso el motor en marcha.

– ¿Cómo se las apañó para publicarlo en la edición matutina?

Mia sonrió con ironía.

– El Bulletin se imprime a la una de la madrugada.

– ¿Lo sabes por experiencia?

Mitchell se encogió de hombros.

– Ya te he dicho que no es la primera vez. Ha colocado un par de artículos importantes en primera plana. El incendio se comenta en la parte superior y a continuación figura que ayer detuve a DuPree. -Dejó escapar un siseo-. La muy desgraciada ha mencionado a Penny Hill.

Solliday ya lo había visto.

– ¿Has logrado informar a la familia antes de que se enterase por otros medios?

La detective se apenó a medida que leía.

– Al hijo sí, pero no he podido dar con la hija.

– Dice que las autoridades estaban ocupadas y no hicieron declaraciones.

– Lo que significa que me llamó al despacho mientras me encontraba en el escenario. Esa mujer es de lo que no hay. -Mia suspiró-. Los vecinos han hablado a pesar de que les pedí que guardasen silencio.

– A algunas personas les gusta ver su nombre en letras de molde.

– Espero que seas una de ellas, ya que figuras en el artículo. -La detective usó la caja como bandeja y le añadió crema al café-. Gato, quédate quieto -murmuró cuando la caja se movió-. Solliday, aquí dice que te han condecorado. ¡Qué interesante!

– Solo tengo unas pocas menciones, como tú. Iremos directamente al laboratorio para quitarnos el gato de encima.

Mitchell dio unos ligeros golpecitos a la caja.

– Pobre minino.

– ¡Sucio minino! -Reed se internó en medio del tráfico-. El gato apesta.

Mia rio.

– Hay que reconocer que posee cierto… aroma. ¿Qué pasa? ¿No te gustan los animales?

– Los limpios sí. Mi hija tiene un cachorro de perro que se embarra las patas y lo ensucia todo.

– Siempre he querido tener una mascota -reconoció Mitchell casi con nostalgia.

– Pues búscate un animal.

– Sentiría demasiada culpa. En cierta ocasión lo intenté con un pez de colores. Fue una especie de prueba y suspendí. Tuve un turno de treinta y seis horas y al volver a casa estaba tan cansada que me olvidé de alimentarlo. Fluffy * acabó flotando en la pecera.

A Reed no le quedó más alternativa que sonreír.

– ¿Has dicho Fluffy? ¿Le pusiste Fluffy a un pez?

– Yo no. Lo bautizaron los hijos adoptivos de mi amiga Dana. Fue un esfuerzo compartido. Como todos mis amigos tienen mascotas juego con ellas y así no le hago daño a nadie. -Mia bebió café y permaneció callada tanto rato que Reed se volvió para mirarla. La detective irguió inmediatamente la espalda, como si se hubiese percatado de que divagaba-. El hijo de Penny Hill ha dicho que vendrá a recoger los restos de su madre. Llegará mañana por la mañana.

– ¿Qué pasa con la hija de Hill? Según el vecino, vive en Milwaukee.

– El hijo dice que su hermana se divorció hace poco y regresó a Chicago.

– ¿Tienes sus señas?

– Sí, vive más o menos a media hora de aquí.

– En ese caso, dejaremos a Percy e iremos a visitarla.

Mitchell dejó escapar un suspiro.

– Solo espero que no lea el Bulletin.

Martes, 28 de noviembre, 12:10 horas

Manny Rodríguez miró a un lado y a otro antes de tirar el periódico en el cubo de basura que estaba en la puerta de la cafetería. Situado detrás de Brooke, Julian maldijo con voz baja y reconoció:

– Tenías razón.

– Lo he visto con el diario al final de la primera clase. ¿Quieres que lo recuperemos?

Julian levantó la tapa del cubo.

– Hoy es el Bulletin y ayer fue el Trib.

– Ambos están en recepción -afirmó Brooke.

– Lo que ha cortado es noticia de primera página. Vete a comer mientras yo averiguo qué leía el señor Rodríguez. Tal vez no es más que un artículo de deporte.

– ¿Hablas en serio?

Julian negó con la cabeza.

– No. ¿Has tenido algún problema con él durante la clase?

– No. A decir verdad, ha estado muy tranquilo. Ni siquiera ha abierto la boca cuando nos hemos referido a la hoguera de señales del libro. Se ha comportado como si algo le preocupase.

– Hablaré con Manny. Gracias, Brooke. Agradezco sinceramente la ayuda que me prestas.

Brooke frunció el ceño y observó a Julian mientras se alejaba. No parecía muy preocupado por lo que sucedía. «Quizá se debe a que todavía soy novata o a que hago una montaña de un grano de arena», se dijo, aunque no estaba nada convencida de que así fuera. Se preguntó qué más coleccionaba Manny y si Julian ordenaría el registro de la habitación del menor. Si no lo pedía, debería hacerlo. Brooke se dijo que ella lo haría.

– Brooke, ¿te pasa algo? -preguntó Devin nada más salir de la cafetería.

– Estoy preocupada por Manny. Recorta artículos de periódicos sobre incendios provocados.

Devin arrugó el entrecejo.

– No me gusta. ¿Se lo has dicho a Julian?

– Sí, pero no está muy preocupado. ¿Qué hay que hacer para que registren la habitación de un interno?

– Basta con una preocupación válida y yo diría que la tienes. Brooke, habla con el encargado de seguridad. Sin duda querrá estar al tanto de algo así.

Brooke pensó en Bart Secrest, el austero jefe de seguridad que la ponía nerviosa.

– Julian pensará que intento pisarle el terreno.

– Lo entenderá. Avísame si quieres que más tarde te acompañe a hablar con Bart. Sé que impone, pero en el fondo es un pastelillo de nata.

– Un pastelillo de nata… -Brooke meneó la cabeza-. Querrás decir de nata agria.

Devin esbozó una sonrisa.

– Habla con Bart y recuerda que, perro ladrador, poco mordedor.

Martes, 28 de noviembre, 12:30 horas

El equipo de Jack estaba en casa de Penny Hill cuando Mitchell y Solliday se presentaron. Jack la recibió con cara de pocos amigos en lugar de dedicarle su sonrisa habitual.

– Mia, muchísimas gracias.

La detective parpadeó.

– ¿Qué te pasa?

– ¿En qué estabas pensando cuando dejaste un maldito gato en el laboratorio?

Mia tuvo que hacer un esfuerzo para disimular la sonrisa.

– Jack, es una prueba.

La mala cara de Jack se agudizó.

– ¿Alguna vez has intentado bañar a un gato?

– Pues no -repuso Mitchell alegremente-. Las mascotas no se me dan bien.

A sus espaldas, Solliday rio entre dientes.

– Basta con preguntarle a Fluffy, el pez de colores.

Jack puso los ojos en blanco.

– La próxima vez que se te ocurra dejar un animal vivo, haz el favor de avisar, ¿de acuerdo? -El especialista hizo señas de que lo siguieran-. Tapaos los pies. Creo que hemos encontrado algo.

La CSU había cuadriculado la cocina y Ben seleccionaba los escombros cercanos a los fogones. Ben levantó la cabeza y vieron que el sudor trazaba líneas a lo largo de la suciedad que le cubría la cara.

– Hola, Reed. Hola, detective.

– Hola, Ben. -Solliday miró a su alrededor con cara de preocupación-. ¿Qué habéis encontrado?

– Fragmentos de huevo, como en la otra casa. Los he enviado al laboratorio con la intención de que encuentren una pieza lo bastante grande como para extraer huellas. También está lo del suelo. Jack, muéstraselo.

Jack se detuvo junto al sitio donde habían encontrado el cadáver de Hill. Pasó un dedo enguantado por el suelo y les mostró un polvo muy fino, de color marrón oscuro.

Mia detectó instantáneamente el cambio que Solliday experimentó cuando cogió la mano de Jack y acercó el dedo a la luz.

– Es sangre -afirmó y miró a Mia-. Mejor dicho, lo era. Las proteínas comienzan a degradarse al alcanzar temperaturas tan altas como las de este incendio. Anoche estaba demasiado oscuro para verla.

– Había mucha sangre -añadió Jack-, tanta que se filtró por las juntas del linóleo.

Mitchell clavó la vista en el suelo e imaginó el cuerpo de Hill tal como lo habían encontrado, enroscado en posición fetal y con las muñecas todavía atadas.

– Entonces, ¿también le disparó?

Jack se encogió de hombros.

– Barrington te lo dirá a ciencia cierta.

– ¿Habéis encontrado huellas en la sangre? -quiso saber la detective.

– No. -Jack se incorporó-. No hemos encontrado ni una sola huella. El autor probablemente usó guantes, pero… -El especialista en escenarios de crímenes los condujo hasta la puerta principal de la casa-. Mirad.

En el pomo de la puerta había una mancha marrón.

– Salió por aquí con las manos ensangrentadas -concluyó Solliday-. Tiene coherencia con el relato del vecino, que oyó chirridos de neumáticos y luego vio el coche de Hill, que salió disparado calle abajo.

Jack agitó el aire por encima de la pilastra de la barandilla de la escalera.

– Ahora mirad aquí.

Mia se acercó a la escalera, miró a Solliday y comentó:

– Pelo castaño atrapado en el grano de la madera. Aquí se pelearon.

– Igual que con Caitlin -murmuró Solliday.

– Tomaremos una muestra para analizarla en el laboratorio -aseguró Jack-. El cabello castaño presenta raíces canosas, lo que me lleva a pensar que no es del asesino, sino de la víctima. Lo siento.

– No creo que Penny Hill fuera lo bastante fuerte como para golpear la cabeza del asesino contra la pilastra de la barandilla -coincidió Mia mientras abría la puerta y estudiaba el porche bordeado de árboles. Aunque estaban muy quemados, los vecinos le habían contado que los árboles se veían llenos de hojas y frondosos-. ¿No habéis encontrado pruebas de que forzasen la puerta trasera?

– Nada de nada -confirmó Jack.

– Las pautas de carbonización indican que la puerta trasera permaneció cerrada durante el incendio -apostilló Solliday.

– En ese caso, el asesino probablemente entró por la puerta principal. No tuvo problemas para esconderse entre los árboles y esperar a que la mujer volviese a casa. Era tarde y Penny Hill estaría cansada. Esta mañana he hablado con su supervisor cuando he telefoneado para que me diesen el número de contacto de sus familiares. Me ha explicado que la señora Hill había bebido demasiado ponche durante la fiesta de despedida. La primera vez que he llamado el supervisor pensaba que era para comunicar que la habían detenido por conducir bajo los efectos del alcohol.

– Por consiguiente, apenas se tenía en pie -concluyó Jack-. El asesino espera a que la mujer abra la puerta, la empuja, la obliga a entrar y la golpea contra la pilastra.

– Sorprendió a Caitlin en el interior de la casa y a Penny la esperó fuera, en medio del frío. ¿Por qué no forzó la entrada? -Mia miró la pared de arriba abajo-. No veo el teclado de la alarma.

– Porque no lo hay -explicó Solliday-. No está aquí ni junto a la puerta trasera.

– No tiene sentido -insistió Mia con gesto de contrariedad-. La espera en el exterior de la casa, a cinco grados bajo cero; entra dándole un empujón, la domina, la obliga a dirigirse a la cocina, le dispara, incendia la casa y roba su coche.

– ¿Ya lo hemos encontrado? -quiso saber Jack.

– Todavía no. -Mia paseó la mirada por el vestíbulo-. ¿Habéis examinado esta zona?

– Dos veces -contestó Jack secamente-. Los escombros van de camino al laboratorio.

Mitchell no se dio por enterada del tono empleado por el especialista.

– ¿Encontrasteis una bolsa con regalos o un maletín?

– Ni una ni otro.

– Según el supervisor, abandonó la fiesta a las veintitrés quince con una bolsa de regalos y su maletín. Supuso que en el maletín hallaríamos su agenda.

– Era tarde -intervino Solliday-. Tal vez dejó la bolsa con los regalos en el coche.

– Es posible. -Mia respiró hondo-. Me encantaría ver su agenda.

Jack esbozó una mueca comprensiva e inquirió:

– ¿Cabe la posibilidad de que tuviera GPS en el coche?

– No. Su coche tiene diez años y, según su hijo, los chismes tecnológicos no le interesaban. -Mia soltó el aire retenido-. Sigo preguntándome por qué la esperó aquí. ¿Por qué no forzó la entrada por la puerta trasera, como hizo en casa de los Dougherty? No es que Penny Hill tuviera un gran… ¡Mierda! Un momento. -Se dirigió rápidamente a la cocina, atravesó la cuadrícula con gran cuidado y se acercó a los armarios, que se habían desplomado junto con la encimera. El suelo estaba cubierto de fragmentos de vidrio y de cerámica-. Ben, ¿ya has examinado este material?

– Todavía no -repuso Ben.

Mia se agachó y comenzó a seleccionar los restos.

Jack se acuclilló a su lado y preguntó:

– ¿Qué buscas?

– Algo… algo así. -Retiró de la pila un fragmento grueso y lo sujetó con el pulgar y el índice. Lo limpió y lo contempló-. Este dibujo corresponde a la pata de un perro.

Solliday se mordió un carrillo.

– Es un cuenco de perro. La señora Hill tenía un perro.

– Que se ha ausentado sin autorización -concluyó Mia con tono tajante-. No entiendo a este tío. Aguarda a la mujer, le dispara, la deja en la casa para que se queme y salva al perro, como hizo con Percy.

– No se corresponde con el perfil -opinó Solliday-. La mayoría de los pirómanos habría matado a las mascotas.

– Ningún vecino mencionó al perro -apostilló Mia-. ¿Por qué?

Solliday enarcó las cejas.

– Preguntémosles.

– Tengo el número del señor Wright. -Mitchell marcó el número en su móvil-. Señor Wright, soy la detective Mitchell. Anoche hablé con usted. Me gustaría hacerle una pregunta. ¿Tenía perro la señora Hill?

– Ella no, pero su hija sí. Ni se me ocurrió pensar… Ay, santo cielo, pobre animal. Es un perro encantador. En el apartamento de su hija no permiten mascotas, así que Penny se lo quedó.

– Es el perro de la hija -informó Mia a sus compañeros mediante ademanes-. Señor Wright, ¿de qué raza de perro hablamos?

– Es una mezcla de golden retriever y gran danés. Es enorme y muy cariñoso. Penny solía bromear…

Mia notó cómo el vecino respiraba entrecortadamente.

– ¿Con qué bromeaba?

– Con que el perro es tan cariñoso que conduciría a los ladrones hasta los objetos de valor a cambio de una golosina.

– Señor Wright, ¿me avisará si lo ve deambular por el barrio? Muchas gracias. -Mitchell colgó y suspiró-. Se trata de un perro grande, mezcla de gran danés y golden retriever. Por eso el asesino esperó. Al ver el tamaño del perro pensó que era feroz.

– Pero no le disparó cuando tuvo ocasión de hacerlo -apuntó Solliday.

– ¿Has hablado con la hija? -quiso saber Jack.

– No. La he llamado unas cuantas veces y hemos pasado por su apartamento, pero el casero dice que desde el sábado por la mañana no está en casa. Su coche tampoco está.

– ¿Habéis entrado en el apartamento?

– Dadas las circunstancias, nos parecía lo más prudente -replicó Solliday-. Pero la hija no estaba. Hemos visto que tenía varias llamadas en el contestador. Mia ha solicitado una orden de registro y volveremos en el caso de que en cuestión de horas no sepamos nada.

Mia parpadeó y se sobresaltó al oír que Solliday la llamaba por su nombre de pila. Había hecho lo mismo con Jack. Por lo visto, el teniente se sentía cada vez más cómodo. Lamentablemente, Mia no estaba dispuesta a permitírselo. Seguía siendo la compañera de Abe.

En ese momento sonó el móvil de Solliday.

– Es Barrington -comunicó-. Sam, ¿qué tiene? -El teniente escuchó unos segundos-. Vamos para allá. -Cerró el móvil y apretó los labios-. Ha encontrado algo.

Martes, 28 de noviembre, 13:35 horas

El ayudante de Sam señaló la puerta y dijo:

– En este momento realiza la autopsia de otro caso. Podéis entrar y hablar con él a través del cristal.

– ¿No puede salir? -preguntó Mitchell y apretó la mandíbula-. Acabo de comer.

El técnico rio entre dientes.

– Le diré que estáis aquí.

– El cuerpo de Hill será peor que una autopsia -advirtió Reed sin levantar la voz.

– Lo sé. Lo recuerdo. -Mia cerró los ojos un segundo, lo suficiente para estremecerse-. No me gusta ver cómo los abren. Sé que eso me convierte en una debilucha, pero…

– Mia, no pasa nada -la interrumpió Solliday.

– De modo que ahora nos llamamos por el nombre de pila -ironizó la detective-. Antes pensaba que te habías equivocado. Parece que, después de todo, has decidido quedarte conmigo -apostilló con gran sarcasmo.

– La primera vez fue un desliz -reconoció Reed-. ¿Para qué seguir con esa formalidad?

– Tienes razón, ¿para qué? -musitó Mitchell y se volvió cuando Sam salió de la sala y se quitó la mascarilla. Preguntó-: ¿Qué ha averiguado?

Sam se acercó a un cuerpo tapado con una sábana.

– Había monóxido de carbono en los pulmones de la víctima del incendio.

– ¡Caramba! -exclamó la detective.

– Un momento -dijo Reed al mismo tiempo-. La CSU encontró sangre en el escenario. Supusimos que le disparó, como hizo con Caitlin Burnette.

– No. Las radiografías muestran los destrozos craneales, lo que coincide con la presión debida a las altas temperaturas. Esta vez no hubo agujeros de ventilación. Estaba viva cuando se inició el incendio.

Ella arrugó el entrecejo.

– ¿Cuánto tiempo continuó viva?

– Los niveles de monóxido de carbono indican que de dos a cinco minutos, no mucho más.

– ¿Estaba consciente? -preguntó Reed casi con miedo.

– No he hallado indicios de trauma craneal anterior a la muerte.

Mia palideció intensamente. Reed aspiró una bocanada de aire y no quiso imaginar el sufrimiento que la mujer tenía que haber experimentado en el caso de haber estado consciente. Dio palos de ciego e inquirió:

– Sam, ¿cabe la posibilidad de que estuviera drogada?

– He solicitado un análisis toxicológico para averiguar si estaba drogada. Su vejiga quedó prácticamente destruida, por lo que no he podido realizar una analítica de orina. Las muestras de sangre que tomé apuntan a un nivel de alcohol de cero coma ocho gramos por litro. Es demasiado para una mujer de sus dimensiones.

– Había estado de fiesta -murmuró Mitchell; enderezó la espalda y habló con tono más firme-: Si el asesino no le disparó, ¿de dónde salió la sangre?

Con sumo cuidado, Barrington retiró la sábana y Reed notó que Mitchell se tensaba a su lado.

– Debo ser muy cuidadoso -explicó Barrington-. El cuerpo es muy frágil. Vengan. -Se apartó a un lado y les hizo señas de que se acercasen-. Mírenle los brazos.

El torso de Hill estaba ennegrecido; tenía los brazos y las piernas cubiertos de ampollas, la piel suelta y… a Reed se le revolvió el estómago y, a su lado, Mitchell tragó ruidosamente saliva.

– ¡Santo cielo! -musitó la detective y volvió a erguirse-. Tengo la sensación de que antes sus brazos estaban más ennegrecidos.

– Por el hollín. Hemos tenido que limpiar la piel. Su torso recibió lo más intenso de las llamas. Es realmente difícil destruir por completo un cuerpo adulto en un incendio doméstico -explicó Barrington, como si diera clase a estudiantes de Medicina-. El cuerpo se compone, en gran parte, de agua.

– El asesino le untó el torso con catalizador sólido, pero no hizo lo mismo con las extremidades -dedujo Reed lentamente.

– He encontrado nitrato amónico en su torso. Resultó muy útil saber qué tenía que buscar -comentó el forense.

– Barrington, ¿qué pasa con la sangre? -inquirió Mitchell-. ¿De dónde salió?

Sin inmutarse, Sam se señaló el pliegue interior del brazo, justo por encima del codo.

– En este punto le cortó la arteria braquial. Si se fijan bien, verán que la piel se enrosca a la altura del corte.

– ¿Le cortó? -Desconcertada, Mitchell miró a Reed, volvió a observar a Sam y entrecerró los ojos-. ¿Cuánto tardó en desangrarse?

– De dos a cinco minutos -repuso Sam.

Mitchell adoptó una expresión severa.

– ¡Qué cabrón! Quería que se desangrase lentamente. Pegarle un tiro habría sido demasiado compasivo.

Reed exhaló poco a poco.

– Quiso hacerla sufrir y la quemó viva.

– ¿Cuánto tiempo estuvo consciente? -inquirió Mia con los dientes apretados.

– ¿Sin drogas? Unos minutos, es difícil calcularlo.

– Tiene las manos intactas -dijo Reed-. ¿Las ha examinado?

– Sí, pero no he encontrado nada. Si lo arañó, no arrancó piel.

– ¿Ha estudiado su dentadura? -inquirió Mitchell.

El forense negó con la cabeza.

– Todavía no, pero lo haré.

Mitchell soltó una bocanada de aire.

– ¿Qué clase de instrumento cortante buscamos?

– Muy afilado y probablemente no es de sierra. No hay pruebas de que serrara, solo de corte.

La detective se alejó del cadáver.

– Tenemos que averiguar si han desaparecido cuchillos de casa de Penny Hill. Espero que la hija sepa lo que su madre tenía en la cocina.

Reed consultó la hora.

– Supongo que la administrativa ya habrá recogido los expedientes de los casos de Burnette. Vayamos a Servicios Sociales, retiremos los archivos de Hill y cotejemos los datos.

Mia echó un último vistazo al cuerpo de Hill, apretó los dientes y masculló:

– De acuerdo. Averigüemos quién odiaba tanto a Penny Hill como para hacerle esto.

Martes, 28 de noviembre, 15:15 horas

Aunque el brazo le latió, Mia aguantó y no soltó la caja con los expedientes de los Servicios Sociales. Solliday acarreó la caja más pesada y adoptó una expresión tan seria y descarnada como debía de serlo la de la detective. Daba la sensación de que sus estados de ánimo se habían combinado y creado una nube oscura. Al salir del depósito de cadáveres, Mitchell se sentía terriblemente contrariada y también muy vacía.

Penny Hill había sido muy querida. La pena mostrada en las oficinas de los Servicios Sociales resultó palpable. Los teléfonos sonaron y los trabajadores sociales realizaron sus tareas cotidianas, pero reinaba un silencio especial, como el que se impone en la iglesia antes de un funeral o en la tumba tras el entierro.

La puerta del ascensor se abrió y Mia entró en su oficina, sin dejar de contar los segundos que faltaban para dejar la caja, pero frenó en seco al ver que su escritorio estaba atiborrado. Por su parte, el de Abe seguía ordenado e inmaculado, pues no había ni una carpeta a la vista.

– Dios me salve de las empleadas picajosas -masculló la detective.

Stacy se había molestado porque Mia no había apreciado lo suficiente el esfuerzo que había hecho de ordenar el escritorio… motivo por el cual en ese momento ni siquiera lograba ver la mesa. Sin pronunciar palabra se dirigió a su escritorio y depositó la caja en el suelo.

Con más tranquilidad, Solliday apoyó la caja que llevaba en el escritorio de Abe y tomó asiento en su silla.

Sin poder reprimir el reflejo, Mia estiró la mano y de su garganta escapó un grito de protesta:

– ¡No! -Solliday levantó la cabeza y cuando sus miradas se cruzaron la detective se ruborizó-. Disculpa. Ha sido una tontería.

El teniente sonrió.

– Te prometo que no apoyaré mis sucios zapatos en su escritorio -replicó y su tono irónico llevó a Mia a sonreír al tiempo que se sentaba.

– Perdona. Abe querría que estuvieras cómodo. Lo que ocurre es que hace mucho que no estoy tan cansada.

– Lo sé. Hemos pasado en vela casi toda la noche y después… bueno, después, esa clase de dolor. -Solliday sacó una pila de carpetas de su caja-. Ese sufrimiento te deja prácticamente sin alma.

Mia parpadeó.

– Solliday, lo que acabas de decir es extraordinariamente poético. Me refiero… me refiero a un poema de verdad, nada que ver con «los raperos matones».

Reed clavó la mirada en las carpetas.

– ¿Cómo quieres hacerlo? -preguntó.

Picada por la curiosidad, Mia se echó hacia delante y vio que las mejillas del teniente estaban encendidas.

– Solliday, te has ruborizado.

El teniente ladeó la cabeza, se negó tercamente a mirarla y Mitchell se sintió encantada.

– Propongo que repasemos los expedientes a los que el jefe de Hill atribuyó más importancia -dijo Reed.

– Sí, claro. Te refieres a los numerosos pirómanos que Penny Hill intentó colocar en hogares de acogida. Tenemos que hacerlo sistemáticamente porque, de lo contrario, jamás encontraremos una conexión. ¿Qué tal si apuntas los nombres que aparecen en los archivos de Hill y yo hago lo mismo con los de Burnette? Dentro de una hora paramos y los comparamos. -Mia miró las cajas con cara seria-. Me gustaría saber por dónde empezar.

Solliday se llevó la mano al bolsillo y sacó un frasco de analgésicos.

– Empieza por esto. De solo mirarte me duele todo. Has acarreado la condenada caja como si no tuvieses un agujero en el hombro.

Reed le lanzó el frasco por encima de los escritorios y Mia lo cogió.

– ¿Siempre eres tan maternal? -quiso saber la detective.

Solliday se sorprendió.

– No. En todo caso, soy paternal. ¿Por qué solo las madres consiguen que os toméis las medicinas?

– Porque… -Mitchell se mordió la lengua. «Porque los padres son el motivo por el cual hay que tomar medicinas. Las madres te dan una pastilla y te piden que dejes de provocarlo». Cogió la primera carpeta y comenzó a leer-. Pongamos manos a la obra, ¿de acuerdo?

Mia notó que Solliday no le quitaba ojo de encima, aunque al final permaneció en silencio, se acomodó en la silla de Abe y se puso a leer.

Martes, 28 de noviembre, 16:00 horas

Bart Secrest era un hombre de aspecto temible, una especie de Don Limpio, pero con cara de malo. Su despacho era oscuro y austero y no había una sola foto u objeto personal que suavizase su imagen.

Brooke aceptó la silla que le ofreció.

– Señorita Adler, ha hecho lo correcto -afirmó Secrest sin más preámbulos.

– No he querido molestar a Julian.

El consejero escolar se había puesto furioso al enterarse de que habían registrado la habitación de Manny.

– Julian lo superará -añadió Bart en un tono que llevó a Brooke a pensar que esos dos no se llevaban demasiado bien-. Señorita Adler, atinó al preocuparse por Manny Rodríguez.

– ¿Han encontrado algo?

El encargado de seguridad asintió y repuso:

– Unos cuantos artículos de prensa sobre incendios.

– ¿Sobre incendios locales, como los de las dos noticias que le vi recortar?

– No, esos fueron los únicos artículos locales. Los que encontramos se refieren a las maneras de provocarlos.

– ¡Santo cielo! ¿Coleccionaba artículos sobre cómo encender fuegos?

– Así es. -Secrest se acomodó en la silla-. También encontramos una caja de cerillas en una zapatilla. Evidentemente la introdujo de forma clandestina.

Brooke frunció el entrecejo.

– Pero si estamos encerrados. ¿Es posible entrar algo de tapadillo?

– Señorita Adler, hasta los castillos tienen un punto débil.

La joven parpadeó.

– ¿Cómo dice?

La sonrisa de Bart fue efímera y le dio aspecto de malvado.

– Toda institución, incluso esta, tiene un conducto que permite el contrabando. Le aseguro que lo encontraré.

Secrest se puso en pie y Brooke dedujo que el encuentro había tocado a su fin.

– Muy bien, buenas tardes.

La respuesta de Bart fue una fugaz inclinación de cabeza y Brooke salió. Había doblado el recodo que conducía a la entrada principal cuando oyó que pronunciaban su nombre. Julian se había asomado a la puerta de su despacho con cara de pocos amigos.

– Brooke, ¿qué demonios has hecho?

Convencida de que había hecho lo correcto, la joven enderezó la espalda. Hasta Bart Secrest opinaba que había obrado bien.

– Julian, avisé que había detectado una conducta sospechosa, tal como tendrías que haber hecho tú.

Julian se acercó hasta que prácticamente la pisó. Se inclinó, invadió el espacio de la profesora y le hizo cosquillas en la nariz con el olor a tabaco de pipa que impregnaba su chaqueta.

– ¡Eres una insolente y pequeña…! -El consejero siseó apretando los dientes-. ¡Ni se te ocurra decir lo que tendría que haber hecho! ¡Has echado a perder meses de avances con el chico! ¡Varios meses! Gracias a ti, la confianza que había desarrollado con Manny se ha esfumado.

A Brooke el corazón le latía con tanta fuerza que pensó que Julian lo oiría. Era un hombre corpulento, estaba demasiado cerca y respiraba su aire. De todos modos, levantó la barbilla y lo miró con actitud desafiante:

– Dijiste que no prendería fuego en el centro.

– Y no lo ha hecho.

La profesora meneó la cabeza.

– Secrest encontró cerillas en su habitación.

Julian entrecerró los párpados.

– Eso es imposible.

– Habla con Secrest. Te lo dirá. Manny podría haber provocado un incendio y todos los internos y profesores habríamos corrido peligro. Por mucho que no te guste, he hecho lo correcto.

Temblorosa de la cabeza a los pies y satisfecha de no haber cedido y pedido disculpas, Brooke caminó hasta su coche y respiró hondo al tiempo que se abrochaba el cinturón. Cogió con mano trémula los artículos que había fotocopiado los dos últimos días: el del Trib del lunes y el del Bulletin del día. Se referían a dos incendios locales, en los que había habido un par de víctimas. Esa mañana, en plena clase, habían ido a buscar a Manny, que estaba inquieto y abstraído. En su habitación habían encontrado cerillas.

Era imposible que Manny hubiese participado en dichos incendios. No podía salir del centro de internamiento. De todos modos, alguien se las había ingeniado para introducir cerillas. Las noticias de los incendios eran los únicos artículos locales que el muchacho había recortado. ¿Qué volvía tan especiales dichos incendios? ¿Acaso Brooke había vuelto a encender la compulsión de Manny y habría bastado con cualquier artículo de periódico sobre un incendio?

Brooke dio un respingo. «Encender», pensó, y llegó a la conclusión de que no había elegido las palabras adecuadas. En esos incendios habían perdido la vida dos personas. Sería incapaz de conciliar el sueño mientras le preocupase la posibilidad de que, de alguna manera, era… era «responsable», aunque tampoco se trataba de una palabra bien elegida. Preferiría suponer que estaba «relacionada». Debía averiguar si Manny estaba relacionado con los incendios y, a través de él… también ella.

Podía llamar a la policía, que sería lo más sensato, pero lo más probable es que sus temores fueran completamente absurdos y no existiese la más mínima relación. Para la policía representaría una búsqueda inútil, lo cual también sería contraproducente.

En el caso de que hubiera una relación, tendría que comunicárselo a la policía y solo había una manera de averiguarlo. El segundo incendio se había producido en un barrio cercano al centro. Decidió ver los resultados con sus propios ojos.

Martes, 28 de noviembre, 16:15 horas

– Mia… ¡Mia!

La detective dio un brinco, apartó la mirada de los expedientes de Burnette y parpadeó con rapidez a fin de enfocar a Solliday. «¡Mierda!» Se había quedado frita sentada en su escritorio.

– ¿Estás a punto para cotejar nombres?

Reed negó con la cabeza.

– Tenemos compañía -murmuró el teniente. Una mujer con los ojos enrojecidos e hinchados atravesó las oficinas de Homicidios-. Coincide con la descripción de la hija de Hill.

Totalmente despierta, Mia se puso de pie. La mujer llevaba en la mano un ejemplar del Bulletin.

– Soy Margaret Hill y busco a la detective Mitchell, que me ha dejado un mensaje.

– Soy la detective Mitchell. Supongo que ha venido por su madre.

– Entonces, ¿es cierto? -musitó la mujer y esgrimió el periódico-. ¿Es cierto lo que dicen de mi madre?

– Señorita Hill, lo siento. Vayamos a un sitio donde podamos hablar en privado.

Mia la condujo a un pequeño despacho contiguo al de Spinnelli. Sin soltar el diario, Margaret Hill se dejó caer en la silla y cerró los ojos. Solliday entró y cerró la puerta.

– Señorita Hill, lamento que haya perdido a su madre. Le presento al teniente Solliday, que trabaja para la oficina de investigaciones de incendios. Investigamos la muerte de su madre.

Margaret asintió y se enjugó las lágrimas con las yemas de los dedos. Solliday dejó una caja de pañuelos de papel en el regazo de la mujer y se apoyó en el borde de la mesa, de tal modo que Margaret quedó entre ambos.

– Señorita Hill -dijo Reed en un tono tan suave que a Mia se le hizo un nudo en la garganta-. Seguramente sabe por el periódico que anoche se incendió la casa de su madre.

Margaret levantó la cabeza y las lágrimas rodaron por sus mejillas.

– Dice… el periódico dice que la policía sospecha que la asesinaron.

– Así es, señorita -confirmó Solliday y Margaret rompió a llorar.

– Perdonen… -musitó la mujer-. No puedo… ¡Dios mío! ¡Ay, mi madre!

Mia le cogió la mano.

– ¿Su madre le comentó si estaba preocupada por algo o por alguien?

Margaret hizo denodados esfuerzos por controlarse.

– Mi madre era trabajadora social y durante veinticinco años cada semana se ocupó de salvar a menores con madres desequilibradas y padres maltratadores.

– ¿Se preocupaba por esos padres? -preguntó Solliday.

– En realidad, no. A veces le inquietaba visitar sus casas. Una vez le dispararon y estuvo a punto de morir. Me alegré mucho de su decisión de retirarse y pensé que, por fin, podría dormir por la noche.

– ¿No dormía? Acaba de decir que los padres no le inquietaban -añadió Mia.

– Y así era. -La sonrisa de Margaret fue de amargura-. Le aterrorizaba la posibilidad de que algo se le pasara por alto. Si se le escapaba un detalle, un menor se vería afectado. Mi madre solía despertarse gritando en plena noche. Las cosas empeoraron después de que le dispararon. Entonces pensamos que la habíamos perdido. Yo solo tenía quince años.

– ¿Qué sucedió con el agresor?

– Lo condenaron y encarcelaron. A mi madre solo la hirió, pero mató a su esposa.

– ¿Sigue en prisión?

– Supongo que sí. En el caso de que salga tienen que avisarnos.

Mia tomó nota.

– Señorita Hill, ¿alguien tenía un problema personal con su madre?

Margaret asintió antes de responder:

– Mi ex marido quería matarla.

Solliday enarcó las cejas e inquirió:

– ¿Por qué?

– Porque finalmente mi madre me convenció de que lo dejase. Hace dos meses pedí el divorcio. Mamá podría haber recitado «ya te lo decía yo», pero no lo hizo.

– ¿Por qué se separó? -preguntó Mia y Margaret se arremangó. Solliday no pudo refrenar un respingo. Los brazos de la mujer estaban cubiertos de pequeñas cicatrices redondas: quemaduras de cigarrillo. Mia apretó los labios-. Está bien, ya me ha respondido.

– Señorita Hill, ¿dónde está su ex marido? -preguntó Solliday con voz tensa.

Mia notó que el teniente estaba muy indignado, aunque se controló, lo que consideró positivo.

– En Milwaukee.

Mia bajó las mangas del abrigo de Margaret.

– ¿Su madre estaba al tanto de los malos tratos?

– Durante una temporada logré ocultarlos, pero al final los descubrió.

– ¿Cómo reaccionó su ex marido al darse cuenta de que usted se había ido?

– Doug intentó entrar por la fuerza en casa de mi madre, que lo amenazó con llamar a la policía. Se largó sin dejar de maldecirla. Yo permanecí oculta en el cuarto trasero. Por lo visto, acabé huyendo de Doug tal como escapé de mi madre.

Solliday arrugó el entrecejo.

– ¿A qué se refiere?

– La relación entre mi madre y yo fue difícil. Supongo que me casé con Doug simplemente para castigarla. La autoritaria trabajadora social era incapaz de controlar a su propia hija. Es imposible que lo entiendan.

Mia se acordó de su hermana. «Tengo que decirle a Kelsey lo que sucedió en el entierro de Bobby».

– Le aseguro que la entiendo. Necesitamos el nombre completo y la dirección de su ex marido.

Margaret apretó los dientes y, al tiempo que escribía, dijo:

– Se apellida Davis. Odio a ese cabrón.

– También la entiendo -añadió Mia. Reparó en la expresión de Solliday, que la miró más a fondo de lo que estaba dispuesta a mostrar. Experimentó un escalofrío y se concentró tenazmente en Margaret-. Señorita Hill, ¿a su ex marido le gustan los animales?

– No. Detesta a los perros. Cuando me marché llevé a Milo a casa de mi madre… Ay, por favor. ¿Milo está vivo?

– Al parecer no estaba en la casa cuando se produjo el incendio -intervino Solliday.

El alivio y la confusión libraron una batalla en la expresión de Margaret Hill.

– Mi madre nunca lo dejaba suelto.

– Si lo encontramos le avisaremos -aseguró Mitchell-. Su hermano llega mañana.

Margaret cerró los ojos.

– Vaya, fantástico.

– ¿No se lleva bien con su hermano? -quiso saber Solliday.

– Mi hermano es un buen hombre, pero no nos entendemos. Cierta vez me dijo que le causaría a mi madre más problemas de los que podía resolver. Supongo que tenía razón. No suele equivocarse. -Se incorporó sin tenerlas todas consigo-. ¿Cuándo podré ver a mi madre?

– Lo siento, pero no es posible -explicó Mia con amabilidad.

Tortuosas emociones demudaron el semblante de la mujer antes de asentir e irse.

Mitchell se dirigió a Solliday y opinó:

– Tal vez Doug es un cabrón que maltrataba a su esposa, pero no creo que haya provocado el incendio.

– Estamos de acuerdo. De todos modos, cuanto antes lo excluyamos, menos tardará Margaret Hill en librarse de parte del sentimiento de culpa. -Reed consultó el reloj-. Llama a la policía de Milwaukee mientras conduzco.

Mia frunció el ceño.

– ¿Adónde vamos?

– A la universidad. Tenemos que hablar con las amigas de Caitlin. He llamado a la encargada de la residencia de la hermandad y reunirá a las chicas a las cinco y media.

– ¿Cuándo has llamado?

– Mientras dormías. -Reed le pidió que guardase silencio cuando la detective abrió la boca para protestar-. No digas que lo sientes. Te has pasado la noche en vela. Ayer detuviste a un tío y deberías seguir de baja. Mia, me parece que incluso tú necesitas dormir.

Más allá de la crítica, esas palabras contenían una paradójica admiración.

– Bueno, gracias.

Martes, 28 de noviembre, 16:30 horas

El individuo preguntó arrastrando la voz:

– Hola. Por favor, ¿puedo hablar con Emily Richter?

La anciana dejó escapar un suspiro de resignación.

– Soy yo. ¿Con quién hablo?

– Me llamo Tom Johnson y llamo del Bulletin de Chicago.

– ¿Cómo se las arreglan los periodistas para averiguar mi número de teléfono?

– Señora, su número figura en el listín.

«¡Maldita idiota!», pensó.

– Está bien. -Emily Richter se sorbió la nariz-. Ya he hablado con una periodista. Se llama… se llama Carmichael. Hable con ella si quiere los detalles del incendio.

– Verá, señora, en realidad no me ocupo del incendio propiamente dicho. Pertenezco a otra sección. Me gustaría sacar a sus vecinos en un pequeño artículo para que la comunidad se entere de lo que necesitan. Bueno, ya que estamos en época de celebraciones quiero echar una mano a esa gente. Solo dispongo de unas horas para cerrar el artículo y no sabe cuánto le agradecería que me ayudara.

– ¿Qué quiere de mí? -espetó la vieja.

«Viejo saco de huesos, me encantaría cerrarte el pico», se dijo, pero habló con tono relajado y afable:

– He intentado ponerme en contacto con los Dougherty, pero nadie sabe dónde están. Quiero hablar con ellos para saber qué necesitan.

– Esta misma mañana han regresado de Florida. Estuvieron aquí y hablaron con la policía. En cuanto los agentes se fueron salí, como es lógico, a ofrecerles mi ayuda.

«Como es lógico…»

– Por casualidad, ¿dijeron dónde se hospedan?

– No lo pregunté, pero llevaban una autorización de aparcamiento del Beacon Inn.

«Demos gracias a Dios por las viejas chismosas y entrometidas», pensó, y esbozó una sonrisa.

– Gracias, señora, y felices fiestas -se despidió y colgó lleno de satisfacción.

«Señora Dougherty, usted y yo tenemos una cita ardiente». Rio entre dientes. Pensó en la cita ardiente y se dijo que, a veces, sus propias palabras le causaban mucha gracia. Sacó el pesado listín de debajo del teléfono público, averiguó el número del hotel, se metió la mano en el bolsillo en busca de más monedas y marcó.

– Beacon Inn, soy Tania -se identificó una mujer desenvuelta-. ¿En qué puedo ayudarle?

El individuo habló con voz ronca:

– Por favor, quiero saber en qué habitación se hospeda Joe Dougherty.

– Lo siento, señor, pero no damos esa información. Si quiere lo paso con la habitación.

Se encolerizó tanto que notó cómo le ardía la nuca.

– En realidad, quiero enviar flores para él y su esposa. Necesito el número de habitación para darlo en la floristería.

– Bastará con dar el nombre y la dirección del hotel. Nosotros entregaremos las flores en su nombre.

El tono tajante de Tania le fastidió. «Nosotros entregaremos las flores en su nombre…», repitió mentalmente con tono de burla. La muy arrogante no pensaba decirle nada. La ira lo llevó a sentir impotencia.

– Gracias, Tania. Me ha servido de gran ayuda.

El individuo colgó y miró el teléfono con los ojos entornados.

No le quedaba más opción que enviar flores. Tania se arrepentiría de haber sido tan servicial.

Capítulo 9

Martes, 28 de noviembre, 18:45 horas

Reed bostezó al tiempo que se introducía en la plaza de aparcamiento contigua a la del pequeño Alfa Romeo de Mitchell.

– No me hagas esto -protestó Mia-. Todavía tengo toneladas de lectura pendientes.

– No volverás a tu escritorio. Sé que necesito descansar y tú también, Mia.

– No volveré enseguida. Antes tengo algo que hacer. Es imprescindible examinar los expedientes, ya que de momento no tenemos ni una sola pista.

– La información obtenida en la residencia estudiantil es decepcionante -coincidió Solliday con expresión taciturna.

– Las chicas no pueden decirnos lo que no vieron. Si acechó a Caitlin, ese tío fue muy cuidadoso. Al menos podemos excluir a Doug Davis y a Joel Rebinowitz.

– Doug ha sido afortunado al tener malos modales. Su coartada es indiscutible porque está en una cárcel de Milwaukee, retenido sin fianza, por agresión con agravantes. Le diremos a Margaret Hill que su ex marido es inocente.

– Hemos tenido la suerte de que en el salón recreativo hubiese cámaras de seguridad. -En la grabación se veía con toda claridad a Joel jugando a la máquina del millón durante el horario de los hechos. Mia se frotó las mejillas con las manos y, cansada, miró a Reed-. Solliday, vete a ver a tu hija. Fluffy está muerto, por lo que ya no charla como antes. En casa no se me ha perdido nada.

El teniente no sonrió. La fatiga y el desaliento hicieron mella en él y se puso nervioso.

– Ni lo sueñes. Las personas cansadas tienen accidentes y mueren. Haz el favor de irte a casa.

Sorprendida, Mia lo miró y parpadeó.

– No estoy tan cansada.

– Eso mismo dijo el que se saltó el semáforo en rojo y se llevó por delante a mi esposa.

Solliday se arrepintió instantáneamente de haberlo dicho, pero ya era demasiado tarde.

Los ojos azules de Mia transmitieron comprensión.

– ¿Falleció?

– Sí.

Esa escueta palabra vibró con una cólera que lo sorprendió aunque, de momento, Reed no supo con quién estaba más enfadado.

– Lo siento sinceramente -dijo Mia y suspiró.

Reed también lo lamentaba.

– Sucedió hace mucho tiempo. -Solliday suavizó el tono de voz-. Mia, por favor, vete a casa.

La detective asintió.

– De acuerdo. Me iré a casa.

Su respuesta había sido demasiado afable y no hacía falta un investigador para saber que Mia no le haría caso.

Algo perverso asaltó a Reed. Esa mujer se las ingeniaría para que la matasen y, maldita sea, empezaba a caerle estupendamente bien. Comprendió por qué Spinnelli tenía tan buena opinión de ella. No le quedó más remedio que reconocer que Mitchell había despertado su curiosidad.

Solliday esperó a que la detective se alejara y la siguió. En el primer semáforo tuvo claro que no lo había detectado y que debía de estar agotada. Cogió el móvil, dijo «casa» y esperó a que el reconocimiento de voz cumpliese su función.

– Hola, papá -saludó Beth.

Solliday se sobresaltó porque aún había momentos en los que el identificador de llamadas le sorprendía.

– Hola, cielo. ¿Cómo ha ido la escuela?

El semáforo se puso en verde y Mitchell arrancó sin intentar quitárselo de encima. De momento, todo iba bien.

– Sobre ruedas. ¿Cuándo estarás en casa?

– Tardaré un rato. Ha habido novedades en el caso que investigo.

– ¿Qué has dicho? Aseguraste que me acompañarías a casa de Jenny Q para ver a su madre y así este fin de semana podré asistir a la fiesta. ¿Lo has olvidado?

La vehemencia del tono de su hija lo desconcertó.

– Bueno, también puedo ir mañana.

– ¡Pero si esta noche tengo que estudiar con Jenny!

Reed tuvo la sensación de que su hija escupía las palabras.

– Beth, ¿qué te pasa?

– Lo que me pasa es que me fastidia que no cumplas tu palabra. ¡Vaya!

Solliday tuvo la sensación de que su hija refrenaba un sollozo, se inquietó y se irguió en el asiento. ¡Otra vez las hormonas! Nunca recordaba cuál era la semana en la que tenía que ser más cuidadoso que nunca.

– Cielo, no te preocupes. Si para ti es tan importante le pediré a la tía Lauren que te acompañe.

– Está bien. -Beth se estremeció y suspiró-. Lo siento, papá.

Reed parpadeó.

– No te preocupes, cielo. Ponme con tía Lauren.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Lauren al cabo de un minuto.

– Este fin de semana Beth quiere ir a una fiesta a casa de su amiga y quedé con ella en ver esta noche a su madre, pero trabajo hasta tarde. -Se trataba de una pequeña mentira, de una mentira piadosa, y se sintió contrariado, pero no hizo ademán de emprender el regreso-. ¿Puedes llevarla esta noche e interrogar a la madre?

– ¿Tengo que utilizar los focos más potentes y las mangueras de goma?

Solliday rio entre dientes.

– No fastidies. No sé a qué hora volveré.

– Reed, ¿estás investigando el incendio en el que murió la trabajadora social?

Solliday puso mala cara.

– ¿Cómo lo sabes?

– Los telediarios no hablan de otro tema. Por favor, pobre mujer.

– ¿A qué telediarios te refieres?

– Al local. Fue una de las noticias principales. ¿Quieres que te grabe el de las diez?

– Me encantaría. Recuerda que Beth tiene que estar en casa a las nueve.

– Reed, hace mucho tiempo que me ocupo de tu hija -puntualizó Lauren con paciencia-. No deberías preocuparte por mi manera de cuidar a Beth, sino por la posibilidad de que me case.

– ¿Tienes previsto celebrar un gran bodorrio en un futuro inmediato? -bromeó el teniente.

– Hablo en serio. El día menos pensado me iré y tendrás que buscarme una sustituta.

– Vaya, de modo que estás hablando de que salga con alguien.

Lauren era experta en soltar indirectas.

– Encontrar a una buena esposa es mucho más fácil que contratar a una buena niñera. Mi reloj biológico empieza a funcionar y tengo que encontrar marido antes de que los cojan a todos. Hablaremos más tarde.

Reed colgó y frunció el ceño. Se preguntó qué haría con Beth cuando Lauren abandonase el nido. Sabía que no estaba dispuesto a casarse solo para conseguir una criada y niñera que viviese en casa. Ya había tenido un buen matrimonio y nada lo convencería de aceptar algo inferior. Divagó mientras seguía el coche de Mia Mitchell y recordó a Christine. Había sido la esposa perfecta: guapa, inteligente y sexy. Suspiró y se repitió que Christine había sido sexy. Decidió dejar de divagar porque solo acababa pensando en el sexo.

Cuando estaba tan cansado le costaba controlar su mente, por no hablar de su cuerpo. Recordaba todo con gran intensidad, el semblante de la mujer y lo que había sentido al hacer el amor con ella en el silencio de la noche. Recordaba haberle acariciado la piel y el pelo, la forma en la que ella pronunciaba su nombre cuando se pegaba a su cuerpo y le suplicaba que la llevase hasta el sol. También recordaba lo que había sentido cuando ella llegaba a la cumbre y lo arrastraba consigo. Lo que recordó con más claridad fue la sorprendente paz que sentía después de hacer el amor, cuando la tenía pegada a su cuerpo.

«¡Ya está bien!», se regañó. Algo fallaba en esa fantasía, era distinta. Reed parpadeó varias veces y volvió a ver con claridad los pilotos traseros de los coches que lo precedían. «¡Caramba!» Agitado, volvió a abrir y cerrar los ojos, pero la imagen no cambió. La mujer de sus divagaciones no era alta, morena y con el cuerpo esbelto de una bailarina, sino rubia, de cuerpo fuerte y atlético, los pechos… las piernas… era distinta. No tenía los ojos oscuros y misteriosos, sino grandes y azules como el cielo en verano.

«¡Joder!» La mujer con la que había imaginado que hacía el amor no era Christine, sino Mia Mitchell. Se removió inquieto, pero la imagen de Mitchell siguió ocupando su mente. Estaba desnuda y lo esperaba. Después de haberla visto así, aunque solo fuese imaginariamente, le costaría lo suyo contemplarla desde otra perspectiva.

– Bueno, lo que me faltaba -masculló.

Hacer el amor con un recuerdo era seguro y fantasear con una mujer de carne y hueso resultaba demasiado peligroso. Por lo tanto, descartaría ese pensamiento. Podía hacerlo; ya lo había hecho con anterioridad. Para eso servía la disciplina.

Cuatro coches más adelante, Mia señaló su entrada a la interestatal en dirección sur. Solliday se dijo que, si tenía dos dedos de frente, seguiría su camino hasta la salida siguiente, daría media vuelta y regresaría a su casa. No lo hizo. Por algún motivo que ni siquiera trató de averiguar la siguió al tiempo que se preguntaba dónde acabarían.

Martes, 28 de noviembre, 19:00 horas

Depositó el jarrón lleno de flores en el mostrador de la recepción del hotel.

– Traigo una entrega, señora.

Una mujer menuda tecleaba al otro lado del mostrador. En su placa se leía Tania y debajo, en letra más pequeña, Subdirectora. De su cuello colgaba una tarjeta identificativa con foto y detrás una tarjeta que el individuo supuso que hacía las veces de llave maestra. Era precisamente lo que necesitaba.

La mujer levantó la cabeza y esbozó una sonrisa cansina antes de musitar:

– Enseguida lo atiendo.

El individuo bostezó y se acomodó las gafas de montura oscura. Solo eran gafas de lectura de diez dólares, pero le daban otro aspecto. Si a ello sumaba la peluca de pelo largo que había comprado por una cifra modesta, la diferencia bastaría para engañar a la cámara de seguridad.

– Tarde lo que necesite.

– Veo que trabaja hasta tarde -comentó la mujer con actitud comprensiva.

El bostezo del individuo había sido de verdad. Últimamente había trabajado hasta muy tarde un par de noches.

– A última hora recibimos varios pedidos, aunque esta es mi última entrega de hoy. Necesito irme a casa.

La sonrisa de la subdirectora fue pesarosa.

– ¡Qué suerte!

El individuo le permitió teclear treinta segundos más antes de comentar:

– Las calles están muy resbaladizas, así que tenga cuidado cuando conduzca hasta su casa. Se prevé que habrá más nieve.

– Se lo agradezco, pero no iré pronto a casa. Pasaré toda la noche aquí.

El individuo hizo una mueca.

– ¿Ha dicho toda la noche? ¡Caray!

«¿Toda la noche? ¡Maldición!» Necesitaba la tarjeta para abrir las puertas.

La mujer se encogió de hombros y siguió tecleando a toda pastilla.

– Hay dos empleados con gripe, por lo que haré doble turno. No salgo hasta mañana a las siete. -La subdirectora terminó de teclear, lo miró y le dedicó su plena atención-. ¡Vaya, qué flores tan bonitas!

No podía ser de otra manera: le habían costado cincuenta dólares.

– Son para… -Sacó un papel del bolsillo-. Para Dougherty. ¿Puede confirmar si estoy en el sitio correcto?

– Lo está -replicó-. Los Dougherty se hospedan aquí.

– ¿Las entregarán esta misma noche?

– Las entregaré personalmente en cuanto pueda escaparme un momento de la recepción.

Martes, 28 de noviembre, 20:15 horas

Al cabo de doce años, Mia ya tendría que haberse acostumbrado a ver a su hermana menor caminar por la zona de visitas ataviada con el uniforme carcelario. Kelsey se dejó caer en la silla y esperó.

La detective cogió el auricular situado junto al plexiglás y, tras unos instantes de vacilación, Kelsey hizo lo mismo.

– Ya está enterrado -afirmó Mia y Kelsey esbozó una sonrisa.

– Es lo que esperaba. Ojalá se pudra.

Mia también sonrió, aunque con pesar.

– Me habría gustado que asistieras.

– Dana te acompañó.

– Sí, acudió y se lo agradezco, pero es a ti a quien necesitaba.

Kelsey parpadeó.

– Habría ido por ti, jamás por él.

La detective lo consideró comprensible.

– Eme, ¿qué haces aquí?

Jamás le decía «Mia» sino, simplemente, «Eme». Kelsey intentaba guardar las distancias por si alguna reclusa reconocía a Mia como agente de policía. Por suerte no se parecían. Kelsey era clavada a su madre y Mia, la imagen de Bobby Mitchell. En su juventud Bobby había sido un rubio encantador que parpadeaba y abría desmesuradamente los ojos azules para parecer sincero cuando la ocasión lo requería. Mia siempre había sospechado que era mujeriego y ahora lo sabía con certeza.

– Ha ocurrido algo y tienes que saberlo. El día del funeral de Bobby fui al cementerio y… -Mitchell evocó mentalmente la pequeña lápida. Se había llevado una sorpresa mayúscula: otra traición que añadir a las precedentes-. La parcela contigua está ocupada.

Kelsey echó la cabeza hacia atrás y entornó los ojos.

– Por el bueno de Liam.

Mia se quedó boquiabierta y finalmente recuperó la voz para preguntar:

– ¿Lo sabías?

Kelsey enarcó las cejas y su mirada fue fría.

– ¿No estabas enterada? Qué interesante.

– ¿Cómo lo supiste?

– Cierta vez buscaba dinero en su armario y encontré una caja con una foto. Era de un crío encantador, sentado en nuestra mecedora. Supongo que se trataba del «auténtico heredero» del reino.

Mia estaba apabullada.

– Yo encontré la caja cuando fui a recoger uno de sus trajes para llevarlo a la funeraria. No la abrí hasta que volví a casa después del entierro. Cuando fui al cementerio vi el nombre de Liam en la parcela contigua a la de Bobby. Hasta entonces ni siquiera sabía que Liam existía.

En la lápida decía: Liam Charles Mitchell, querido hijo.

Una sombra oscureció el rostro de Kelsey.

– Lo lamento. Habría preferido que te enterases por otra vía. Francamente, pensaba que lo sabías. ¿Qué hizo ella?

«Ella» era su madre.

– ¿Qué hizo en el cementerio? Se aisló. -Después le dio por hablar. Mia no había tenido paciencia con su madre. Pasaría mucho tiempo antes de que volviesen a hablar con cordialidad. Mia pensó que la situación debería preocuparle más de lo que realmente le inquietaba-. Nació cuando yo tenía diez meses y murió un año después. He visto la partida de nacimiento de Liam, donde dice que su madre se llama Bridget Condon.

– Ya lo sé.

Mia se sorprendió.

– ¿Te lo contó Bobby?

Kelsey se encogió de hombros.

– Un día esperé a que se emborrachara y se lo pregunté.

Mia cerró los ojos.

– ¿Cuándo?

– Poco antes de las navidades, cuando yo tenía trece años.

Mia se acordó.

– Tuvieron que darte seis puntos en el labio.

– En el hospital ella dijo que me había caído del monopatín.

Era la forma de actuar de su madre. Hacía juegos malabares tanto en las urgencias como con las mentiras, lo que hiciera falta con tal de mantener el secreto.

– ¡Mierda, Kelsey!

– Es pasado, Eme. Ahora él está en su infierno particular.

– Le dio su apellido al niño. -Hacía tres semanas que ese tema afectaba a Mia.

– Se había ido a vivir con Bridget y pensaba casarse con la madre de su hijo.

– Quería dejarnos porque Bridget había tenido un varón y Annabelle no.

– Pero regresó después de la muerte del pequeño.

– Así es. Lo sé porque Annabelle me lo contó. -Su madre se lo explicó después de que Mia le hubiese plantado cara una vez celebrado el funeral-. Annabelle lo acogió.

– Y nueve meses después nací yo, otra niña.

– Rechazó a dos hijas porque no tenían polla. -Mitchell apretó los dientes para contener la cólera-. Y pensar en todos los años durante los cuales intenté satisfacerlo y aplacarlo. -Mia suspiró-. ¿Qué sabes de la otra hija?

Kelsey parpadeó.

– No sé de qué hablas.

Mia también agitó las pestañas.

– En el cementerio… en el cementerio vi a una mujer. Se parece a mí, aunque es un poco más joven. Tiene mis ojos. -«Y los de Bobby», se dijo la detective-. Fue muy extraño.

Era evidente que Kelsey estaba desconcertada.

– No lo sabía. Eme, en ese tema no puedo ayudarte.

– De todos modos, te agradezco que me creas. Sé que parece un disparate.

– Jamás me has mentido. -Kelsey se apoyó en el respaldo de la silla y recapacitó-. Por lo tanto, somos tres engendros bastardos que no han salido varones.

– Que sepamos, tal vez hay más. Vete a saber cuántas veces intentó tener un varón.

Kelsey rio divertida.

– Por lo visto, Bobby disparó principalmente X. No produjo pequeñas Y que engendrasen pequeños Bobby.

Mia sonrió a pesar del lastre que cargaba sobre sus hombros.

– Por favor, no sabes cuánto te echo de menos.

Kelsey tragó saliva con dificultad.

– Calla, no me hagas… -Respiró hondo y miró subrepticiamente de un lado a otro-. Eme, no quiero hacerme ilusiones.

– Dentro de tres meses podrás volver a solicitar la libertad condicional.

– ¿Crees que no sé exactamente cuánto falta? No servirá de nada.

– Te prometo que allí estaré.

– Siempre has estado, has acudido a cada vista por la condicional y te lo agradezco. De todos modos, Shayla Kaufmann también asiste y su dolor tiene más peso que tus buenas palabras.

Mia apretó los puños.

– Kelsey, han pasado doce años.

– Su marido y su hijo siguen muertos.

– Tú no les disparaste. El vídeo de la tienda lo muestra claramente.

Kelsey había permanecido paralizada y la mano le temblaba tanto que estuvo a punto de soltar el arma. Su amigo Stone fue el autor de los disparos y por eso cumplía cadena perpetua sin posibilidad de solicitar la condicional. Kelsey había cooperado, lo que le permitió hacer un trato: de ocho a veinticinco años. En su momento, Mia se alegró de que la condena de Kelsey no fuese más dura. Doce años después, la detective conocía perfectamente la lentitud con la que el tiempo podía llegar a transcurrir.

La expresión de Kelsey se mantuvo impasible, pero su mirada se oscureció a causa de un tormento que casi nunca manifestaba en presencia de su hermana.

– No disparé, pero me quedé quieta mientras Stone lo hacía. No hice nada por salvar a ese hombre y a su hijo. El último acto del padre consistió en proteger al niño con su cuerpo.

La hermana menor se quedó rígida y clavó la mirada en un punto situado por encima del hombro de Mia. La detective supo que ambas pensaban que era algo que su padre jamás habría hecho.

– Maldita sea, Kelsey. Eras joven, estabas asustada y te habías drogado.

– Era culpable y sigo siéndolo. -Le temblaron tanto los labios que los apretó.

Mia se mordió con fuerza un carrillo.

– Asistiré a la vista por la condicional.

Kelsey cerró los ojos durante unos segundos y al abrirlos su mirada se tornó fría y distante.

– Chica, me he enterado de que te pegaron un balazo.

Mia se dio cuenta de que el tema de la libertad condicional estaba cerrado.

– Así es, ocurrió hace dos semanas.

– ¿Cómo está tu compañero?

– ¿Te refieres a Abe? Sigue hospitalizado, pero se recuperará.

– No bajes la guardia. -Kelsey esbozó una ligera sonrisa-. Eres la única que viene a visitarme a la cárcel, por lo que no quiero que te pase nada.

Mia carraspeó.

– De acuerdo.

– Ay, antes de que se me olvide. Dile a Dana que gracias, pero que no, gracias.

– ¿De qué hablas?

– Me envió una postal desde la playa. Es la foto de una langosta enorme y horrible y decía que le habría gustado que yo estuviese allí para ayudarles a comérsela. Las langostas me parecen desagradables.

– Se lo diré. Tengo que irme. Me esperan unas cuantas horas de lectura después de ponerle los puntos sobre las íes a alguien.

Aunque enarcó las cejas con apacible interés, la mirada de Kelsey fue aguda cuando preguntó:

– ¿Brutalidad policial?

– No. Se trata de mi compañero provisional. Me ha seguido y espera en el aparcamiento. -La detective carraspeó-. Cree que no me he dado cuenta de que me seguía.

La mirada que Kelsey le dirigió a su hermana fue risueña.

– ¿Por qué te ha seguido?

– Porque… -Mia pensó en todas las actitudes amables que Reed Solliday había tenido con ella durante los dos últimos días: café, analgésicos, abrirle la puerta como si fuera… como si fuera una dama. Al parecer, Reed Solliday era un caballero de los de antes y un tío agradable que había jugado al fútbol, al que le gustaba la poesía y que parecía sentir el dolor de las víctimas tan agudamente como ella. Suspiró y prosiguió-: Está preocupado por mí. Por lo que ha dicho, alguien se empotró en el coche de su esposa porque estaba demasiado cansado para conducir.

– ¿Está casado? -Kelsey meneó la cabeza en actitud reprobadora-. Eme, Eme.

– Es viudo y tiene una hija. ¡No me mires con esa cara! -apostilló cuando Kelsey la observó significativamente-. No es más que un compañero provisional, hasta que Abe regrese.

– ¿Cómo es?

Era un hombre corpulento y fornido.

– Guarda cierto parecido con Satán -dijo Mia y se pasó el pulgar y el índice alrededor de la boca al tiempo que explicaba-: Lleva perilla.

– Suena a guapo. -Kelsey levantó una ceja-. ¿Satán es un ángel caído o una gárgola?

Inquieta, Mia se acomodó en la silla.

– Entra… entra bien por los ojos.

Kelsey asintió con la expresión cargada de curiosidad.

– ¿Y qué más?

«Es un hombre honrado y me cae bien». Mia respiró hondo. «¡Mierda!»

– Eso es todo.

Kelsey se puso de pie.

– De acuerdo, si prefieres plantearlo así tendré que esperar la próxima carta de Dana, en la que me contará la exclusiva de pe a pa.

Sin despedirse, Kelsey colgó y se alejó. Nunca decía adiós, se limitaba a despedirse.

Afligida, Mia permaneció sentada un minuto más en la sala de visita. Al final colgó el auricular y se dispuso a darle a Solliday su merecido.

Martes, 28 de noviembre, 20:30 horas

Cuando Tania salió de la recepción con las flores, el individuo pensó que ya estaba bien de esperar El habitáculo del coche que había robado era agradable y estaba caldeado, por lo que pegó más de una cabezada mientras aguardaba. Todas las puertas del motel daban al exterior, por lo que sabía que, tarde o temprano, Tania tendría que pasar por allí.

Condujo lentamente por el aparcamiento y no la perdió de vista. Al final la mujer se detuvo y llamó a una puerta, que apenas entreabrieron, lo que impidió que el individuo avistase el interior. No tenía la menor importancia. Cogió los prismáticos y enfocó habitación 129. «¡Allá vamos!»

Volvió a bostezar. Estaba agotado. Quería atrapar a la vieja Dougherty, pero le disgustaba estar tan cansado como para no disfrutar o, peor aún, como para cometer un error. Tonto era el que corría riesgos porque estaba fatigado. Además, necesitaba la tarjeta que abría puertas y Tania seguiría al pie del cañón hasta las siete de la mañana. Podía quitársela ahora mismo, pero alguien se percataría de su ausencia en la recepción, ya que, tras quitarle la tarjeta, la pequeña Tania y su boquita de piñón no irían a ninguna parte.

El individuo se dijo que disponía de tiempo. Al fin y al cabo, los Dougherty no tenían adónde ir. Por lo tanto, volvería a su casa, descansaría y regresaría a la mañana siguiente para cerciorarse de que la señorita Tania llegaba sana y salva a casa.

Martes, 28 de noviembre, 20:45 horas

Reed soñaba. Dentro del sueño sabía que estaba soñando, por lo cual era todavía mejor, ya que, incluso mientras soñaba, sabía que no se haría realidad. No se llevaría a Mia Mitchell a la cama. No le arrancaría la ropa. No besaría cada centímetro de su piel cremosa. Y, por descontado, no la penetraría con tanta intensidad como para empañar sus ojos azules.

Como nada de eso ocurriría, sabía que era mejor disfrutar del sueño mientras durase. ¡Vaya si lo disfrutaba! Gozaba tanto como ella. El cuerpo tenso de Mia se había arqueado y lo ceñía con sus músculos internos.

– ¡Por favor, Reed! -gemía la detective. No fueron los delicados susurros de Christine, sino una voz firme, lo bastante fuerte como para atravesar su placentero estupor-. ¡Reed!

Solliday despertó sobresaltado y dirigió la mirada a la ventanilla del todoterreno, cuyo cristal Mitchell aporreaba. Mia puso los ojos en blanco al verlo incorporarse con cara de sorpresa.

– Maldita sea, Solliday, pensaba que te habías desmayado por culpa del monóxido de carbono.

El teniente abrió la ventanilla, todavía aturdido a causa del sueño que había sido demasiado real como para sentirse cómodo. Estuvo a punto de estrecharla, ya que ahora sabía lo que sentiría al tener la cara de Mia entre sus manos. En realidad, no lo sabía… ni llegaría a saberlo.

– Creo que me he quedado dormido.

Mitchell parecía furiosa. ¿Por qué?

– ¿Qué haces aquí?

Reed se preguntó dónde estaba. Miró a su alrededor y reparó en la alambrada y en el puesto de seguridad de la cárcel. «Ah, claro». Recordó claramente la salida de la ciudad. Vaya con el seguimiento discreto. «¡Maldición!». Lo había pillado.

– Humm…

Se dio cuenta de que tenía la mente en blanco y el cuerpo absolutamente rígido.

Mia lo miró con expresión furibunda.

– ¿De verdad pensabas que no te había visto?

La circulación sanguínea retornó al cerebro de Solliday, por lo que se sintió más cómodo.

– Tal vez. Está bien, tienes razón, pensaba que no me habías visto. La he fastidiado, ¿no?

Mitchell suavizó su mala cara.

– Sí, pero tenías buenas intenciones. ¿Ha ido bien la cabezada?

Reed notó que le ardían las mejillas, como si el sueño que había tenido fuera un anuncio pornográfico que pasaba por su frente.

– Sí, muy bien. -Miró el edificio de la cárcel, cuyos focos resaltaban contra el firmamento, y volvió a observar a su compañera-. Si te pregunto a qué has venido, ¿me responderás que me meta en mis asuntos?

Mia entrecerró ligeramente los ojos.

– Eres muy entrometido.

– Perdona.

– Claro que también pareces agradable y relativamente inofensivo.

Reed evocó el sueño con gran intensidad, claridad y en tecnicolor. Llegó a la conclusión de que lo que Mia no supiese tampoco le haría daño.

– La mayor parte del tiempo sí.

– Hoy me has traído dos cafés y ayer un frankfurt.

Los comentarios eran cada vez más prometedores.

– Y los dos días te he dejado elegir dónde comimos.

Mia esbozó una sonrisa.

– Sí, tienes razón. -Repentinamente se puso seria-. Acabo de visitar a mi hermana.

Solliday no estaba preparado para esa respuesta.

– ¿Cómo dices?

– Ya me has oído. Mi hermana menor está en la cárcel por robo a mano armada. ¿Te sorprende?

– Sí, debo reconocer que estoy sorprendido. ¿Cuánto tiempo lleva entre rejas?

– Doce años. Vengo en el horario de visitas, como todo el mundo. No quiero que las reclusas sepan que su hermana es policía.

Reed se quedó azorado y no supo qué decir. Mia sonrió a medias, probablemente porque comprendía la mudez de su compañero.

– Como dijiste ayer, a veces es incluso peor en el caso de los hijos de los policías. Mi hermana cumple condena por haber tomado varias decisiones realmente malas. Si no sale en libertad condicional, tendrá que seguir trece años más en la cárcel.

– En ese caso, entiendes realmente lo que Margaret Hill sintió en relación con su madre. -Mitchell se limitó a mirarlo sin hacer el menor comentario-. Bueno… -Solliday se rascó la mejilla, ya que le molestaba la barba que comenzaba a crecer-. ¿Qué hacemos?

– Yo vuelvo a leer expedientes.

Reed reparó en que Mia estaba muy ojerosa y propuso:

– También podríamos cenar.

Mitchell lo observó con atención.

– ¿Por qué?

– Porque mi estómago se queja tanto que me sorprende que no lo oigas.

La detective volvió a sonreír.

– En realidad, lo oigo. Lo que te preguntaba es por qué me has seguido.

– Porque estabas cansada y te sentías culpable debido a que en una noche no has procesado la información de los expedientes, archivos que a los dos nos llevará varios días examinar. -Mia no se tragó la explicación, por lo que Solliday dio la única respuesta satisfactoria-: No me preguntes por qué, pero me caes bien y no quiero que te pase nada. Eso es todo.

Mitchell se estremeció y sus ojos adquirieron un brillo de desconfianza que lo dejó petrificado cuando la detective retrocedió un paso de gigante. Giró la cabeza para mirar el edificio de la cárcel y, cuando la volvió, su mirada era diáfana y su sonrisa ligeramente burlona.

– En ese caso, vayamos a cenar, pero no por aquí, ¿de acuerdo?

Solliday asintió.

– Me parece bien. Esta vez eres tú la que me sigue.

Martes, 28 de noviembre, 22:15 horas

Reed salió del garaje y esperó a que el pequeño Alfa Romeo de Mitchell entrase en la calzada de acceso a su casa. Se sorprendió ligeramente al ver que lo seguía cuando quedó claro que se iban a su casa, pero allí estaba, con la chaqueta gastada y lo demás. Al fin y al cabo, no era la primera vez que llevaba a cenar a compañeros de trabajo. El solterón Foster acudía regularmente a comer caliente.

Estaba claro que Foster no se parecía en nada a Mia Mitchell. Reed tuvo la sensación de que el corazón se le escapaba del pecho cuando la vio apearse. Desde donde se encontraba divisó cada una de sus curvas. «Te has vuelto loco. Es una mala idea, una idea pésima», pensó. Claro que en la mirada de la detective había percibido algo, una especie de delicada vulnerabilidad. La mañana anterior había pensado que no poseía la más mínima delicadeza, pero se había percatado de hasta qué punto estaba equivocado.

Mia se detuvo a un metro y enarcó las rubias cejas.

– ¿Vamos al Café du Solliday?

– No sé qué opinas, pero estoy harto de tomar hamburguesas en el coche.

Mitchell sonrió divertida.

– ¿Vas a cocinar para mí?

– Depende de lo que para ti signifique la palabra cocinar. Vamos. -La condujo a la cocina a través del garaje. Beth estaba junto al microondas, preparando palomitas-. Hola, cariño. -Su hija se limitó a volver la cabeza y mirarlo con furia. Puso los ojos en blanco y apartó la mirada. Consciente de que Mitchell estaba a sus espaldas, Solliday avanzó un paso-. ¡Beth!

– ¿Qué?

– ¿Qué te pasa?

Beth apretó los dientes.

– Nada.

– Será mejor que me vaya -murmuró Mitchell.

Reed levantó la mano y replicó:

– No, está bien. Beth, te presento a la detective Mitchell, mi compañera provisional. Esta es mi hija Beth, mi educada hija Beth.

La adolescente meneó la cabeza y dejó escapar un gruñido de contrariedad.

– Encantada de conocerla, detective.

– Lo mismo digo, Beth. Oye, Solliday, puedo…

La sonrisa de Reed fue forzada.

– Puedes sentarte. Beth, si eres incapaz de explicarme lo que ocurre de manera sensata, retírate a tu habitación.

– Lo que pasa es que todos me tratan como si tuviera cuatro años. Lo único que quería era quedarme a dormir en casa de Jenny. Ya está bien, incluso llevé el cepillo de dientes, pero Lauren… -Apretó los labios-. Lauren me avergonzó en presencia de todo el mundo.

– ¿Quién es todo el mundo?

– Da igual.

Las palomitas estallaron y cada chasquido fue como un puñetazo de tensión.

– Lauren cumplía mis instrucciones. Ya sabes que entre semana no duermes fuera de casa.

El microondas pitó y Beth aferró la bolsa.

– De acuerdo. -Cerró violentamente la puerta del electrodoméstico y segundos después hizo lo propio con la de su dormitorio.

Reed se volvió hacia Mitchell e hizo una mueca de dolor.

– Te aseguro que antes tenía una hija encantadora.

Mia sonrió apesadumbrada.

– Alienígenas, extraterrestres y ladrones de cuerpos, es la única explicación.

Solliday rio cansinamente, se quitó el abrigo y la americana y los dejó en una silla.

– Le daré la posibilidad de serenarse antes de hablar de los privilegios que perderá por ese berrinche. Mia, quítate el abrigo y quédate un rato.

Mia llegó a la conclusión de que ir a casa de Solliday había sido una pésima idea pero, al verlo moverse por la cocina, le importó realmente muy poco. Reed había dejado los zapatos fuera; aún tenían restos del barro de la mañana, pero estaba segura de que a las ocho en punto de la mañana siguiente brillarían como un espejo.

Fue interesante conocer a su hija; Beth tenía catorce años y se dijo que con eso estaba todo dicho. La reacción de Solliday fue más reveladora si cabe: una actitud paciente, firme y desconcertada. Bobby la habría arrojado al suelo de un revés. Ni siquiera Kelsey se había atrevido a desafiarlo en presencia de terceros. Mia apartó a Bobby de su mente y se centró en la reflexión distinta pero igualmente inquietante acerca de Reed Solliday.

El teniente se tironeaba la corbata y a Mia le pareció un gesto mucho más íntimo de lo que le habría gustado. El movimiento de los músculos bajo la camisa cuando se quitó la corbata y se desabotonó la camisa le produjo cosquillas en el estómago y un agudo pinchazo descendente.

Reed Solliday era un hombre digno de ser contemplado y, en el silencio de la cocina, a Mia no le quedó más remedio que reconocer que le interesaba. «Ten cuidado, nunca te enrollas con policías», se dijo severamente. «Pero si no es policía», razonó mientras hacía denodados esfuerzos por no clavar la mirada en el vello oscuro que asomó por el cuello abierto de la camisa. «A la mierda con los tecnicismos, domínate». Alzó la mirada y lo pilló observándola con los ojos casi negros.

– ¿Qué te pasa? -preguntó Reed en un tono bajo y grave, como si le hubiese adivinado el pensamiento.

Lo que le pasaba era que Reed Solliday resultaba demasiado apetecible con la camisa desabrochada, que había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo con un hombre y que el deseo llamaba repentinamente y sin proponérselo a su puerta. Mejor dicho, la aporreaba con todas sus fuerzas. Dado que esas no eran las respuestas adecuadas, Mia se encogió de hombros y replicó:

– No sé muy bien por qué estoy aquí.

Solliday enarcó las cejas en una actitud desafiante y no dejó de contemplarla.

– ¿No has venido a cenar?

Mitchell tragó saliva.

– Supuse que iríamos a un restaurante cercano a la comisaría.

Reed desvió la mirada y cortó el hilo invisible que hasta entonces los había conectado. Sacó de la nevera una fuente de cristal y explicó.

– Siempre que puedo me gusta tomar comida de verdad.

Mia apreciaba realmente la comida casera.

– ¿Qué contiene?

Solliday retiró el papel de aluminio y respondió.

– Parece lasaña.

– ¿La has hecho tú?

– No. -El teniente metió la fuente en el horno-. La ha preparado mi hermana Lauren. Es muy buena cocinera.

De modo que su hermana era la que cuidaba a Beth cuando trabajaba hasta tarde. Mia se lo había preguntado y se sintió aliviada. También le fastidió que ese asunto le importara. Lo miró y lo vio buscar lechuga en la nevera.

– ¿Quieres que te ayude?

– No, gracias. No soy tan buen cocinero como lo era mi madre, pero sé preparar una ensalada.

«Como lo era…»

– ¿Tu madre está muerta?

– Falleció de cáncer hace cinco años.

– Lo siento. -Mia lo lamentó sinceramente. A juzgar por el tono nostálgico, estaba claro que Solliday quería a su madre y la echaba de menos. Pensó en Bobby y le habría gustado experimentar una fracción del pesar de Solliday, pero no lo sintió ni jamás lo sentiría-. ¿Y tu padre?

– Volvió a casarse y cuando se retiró se fue a Hilton Head. Juega al golf cada día. -Las palabras estaban cargadas de afecto y Mia se avergonzó porque sintió una punzada de envidia. Reed dejó la ensaladera a un lado y sacó de la nevera una jarra de té-. He oído mis mensajes mientras te esperaba en la… bueno, donde estabas. Ben me ha pasado el análisis del catalizador encontrado en casa de Hill. Es nitrato amónico, como el que se empleó en casa de los Dougherty. Se trata de un artículo comercial, por lo que pudieron adquirirlo en cualquier tienda de productos agrícolas. No quiero pedirle a Ben que emprenda una búsqueda infructuosa a menos que tengamos algo en lo que basarnos.

– En cuanto obtengamos pistas de los expedientes mostraremos las fotos. Les preguntaremos a los distribuidores locales de fertilizantes si recuerdan algo. ¿Qué hay de los huevos de plástico? He intentado recordar la última vez que vi huevos con panties. -Mia puso mala cara-. Tampoco es que me dedique a buscar esos artículos de tortura.

Solliday sonrió y se sentó tras servir dos vasos de té helado.

– El domingo los busqué en Google. La compañía cambió los huevos de plástico por cajitas de cartón en el noventa y uno.

– Pues nuestro chico tenía, como mínimo, tres huevos.

– Las páginas que consulté dicen que los huevos de plástico se usan para actividades artísticas y artesanas pero, como no hay un sospechoso, es como buscar una aguja en un pajar. Le pedí a Ben que llamase a todas las tiendas de arte y artesanías de la zona, pero no ha conseguido averiguar nada. Ocasionalmente los huevos se venden en eBay, por lo que es posible que su proveedor ni siquiera sea local. En realidad, lo único que tenemos es sangre y pelo pertenecientes a la víctima y huellas de calzado que podrían ser de cualquiera.

Mia reparó en el tono desalentado del teniente.

– Dale tiempo a Jack. Si nuestro hombre dejó caer algo, seguro que Jack lo encuentra. -Miró la hora y la preocupación la asaltó desde el fondo de la mente-. Pronto será medianoche. ¿Crees que volverá a actuar?

– Si no actúa esta noche, pronto lo hará. El fuego le atrae demasiado.

Mia se mordisqueó el labio inferior.

– ¿Por qué? ¿Por qué le gusta el fuego?

– Porque puede resultar fascinante e hipnótico. Destruye con aparente facilidad.

– Es poderoso -apostilló Mitchell y Solliday asintió.

– Esgrimir ese poder vuelve invencible al pirómano, aunque solo sea por un rato. Desata el caos y logra que camiones llenos de bomberos se desplacen a toda pastilla hasta el escenario. El incendiario decide los actos de los demás. Para él es como hacer bailar títeres colgados de una cuerda.

– Se trata de una compulsión -murmuró Mia y los ojos de Reed relampaguearon.

– No. Plantearlo así hace que parezca que no pueden evitarlo, pero pueden. Lo que ocurre es que optan por no evitarlo.

Mia recordó las palabras que Solliday había cruzado con Miles.

– ¿No crees en la compulsión?

– Las personas dicen que son compulsivas cuando en realidad se refieren a que la gratificación es más importante que los seres a los que hacen daño. Es lo que afirman cuando no quieren que las consideren responsables.

Mia frunció el ceño.

– ¿Crees que las enfermedades mentales no existen?

Solliday también arrugó las cejas.

– Mia, no me hagas decir lo que no digo. Creo que algunas personas padecen una enfermedad mental y realmente oyen voces o sienten que las persiguen. Jamás he conocido a un pirómano al que declarasen mentalmente incapaz. No se trata de una compulsión, sino de una elección.

En esas palabras había algo muy profundo pero, como en ese momento estaba demasiado cansada para verlo con claridad, Mia lo dejó estar e inquirió:

– ¿Hace mucho que te dedicas a esto?

Solliday hizo un verdadero esfuerzo para relajarse.

– Más o menos trece años.

La detective trazó un dibujo en la condensación de su vaso de té.

– Fuiste bombero antes de pasarte a la OFI. Si te preguntara por qué cambiaste de trabajo, ¿dirías que me meta en mis asuntos?

– Detective, diría que te debo la revelación de un secreto. Christine me lo pidió porque tenía miedo de que yo sufriera un accidente. La investigación siempre me ha interesado y acababa de terminar los estudios universitarios. Era el momento oportuno y la hice feliz.

Mitchell pensó que seguramente Christine había sido su esposa. Los celos volvieron a aguijonearla, pero se trataba de una actitud irracional.

– Pensaba que tenía que ver con tus manos.

– Eso sería revelar dos secretos y lo haré. No se trata de algo de lo que esté muy orgulloso. Después de la muerte de Christine, estuve dando tumbos durante una temporada y acabé bebiendo demasiado. Una noche reparaba el coche y no tendría que haber bebido, pero lo hice. La batería se cayó, se partió, el ácido goteó en mis manos y dañó los nervios de las yemas de los dedos. En realidad, fue una estupidez.

Mia era capaz de comprender las estupideces.

– Todos hacemos tonterías cuando estamos aturdidos.

Solliday la miró a los ojos durante la larga pausa en silencio.

– Mia, ¿qué es lo que te aturde?

Insegura, Mitchell abrió la boca. Se sintió afectada porque de repente quiso contarle todo, revelarle sus secretos, pero la salvó una voz soñolienta que dijo:

– Reed…

En la puerta de la cocina había una mujer que aferraba una cinta de vídeo al tiempo que se frotaba los ojos. Mia la miró y observó rápidamente a Solliday. Decir que entre ellos había parecidos familiares habría sido el eufemismo del año. La mujer cruzó la cocina con la mano extendida y una sonrisa de oreja a oreja en su rostro de ébano.

– Debes de ser la detective Mitchell. Soy Lauren Solliday.

Mia se sobrepuso a la sorpresa y le estrechó la mano.

– Encantada de conocerte. Espero no abusar al presentarme tan tarde.

– En absoluto. -Lauren carraspeó-. ¿Has encontrado la lasaña?

Solliday asintió y apostilló:

– También he preparado una ensalada.

A Lauren se le escapó una sonrisa.

– La domesticidad en un hombre… ¿Hay algo que la supere?

– Su domesticidad es mejor que la mía -reconoció Mia.

– Crecimos en el seno de una gran familia en la que todos tuvimos que cocinar, incluido Reed. -Le pasó la cinta-. He grabado todo por si me quedaba dormida que, desde luego, es lo que ha ocurrido.

– ¿Qué has grabado? -quiso saber Mia.

– Lauren me contó que en el telediario se refirieron al incendio en casa de Hill. Echémosle un vistazo.

Reed las condujo a la sala e introdujo el vídeo en el reproductor mientras Mia miraba a su alrededor. La estancia era elegante sin llegar a intimidar y guardaba un delicado equilibrio. Se preguntó quién la había decorado, Lauren o Christine. La repisa de la chimenea estaba atiborrada de fotos y de media docena de obras de arte en punto de cruz y enmarcadas. La del extremo mostraba rosas silvestres con las iniciales «CS» bordadas en un ángulo. Por lo tanto, era obra de Christine. Solliday reparó en su mirada y, por error, pensó que centraba su atención en el retrato que parecía una foto de la ONU.

– Fue la última reunión antes de la muerte de mamá -explicó Reed-. Mis padres… y todos nosotros.

Mia parpadeó al contarlos por encima.

– ¡Santo cielo!

El teniente rio entre dientes.

– Formamos una pandilla temible.

– Deduzco que vuestros padres hicieron numerosas adopciones.

Lauren sonrió.

– Oficialmente adoptaron seis. Reed fue el primero.

Mia desechó la sensación de nostalgia.

– Mi mejor amiga también es madre adoptiva.

– La amiga cuyos hijos bautizaron tu pez con el nombre de Fluffy -observó Solliday irónicamente.

– La misma. Esto es lo que Dana quiere crear. Habéis tenido una familia feliz.

Lauren cogió la foto y con cariñosa precisión volvió a dejarla en la repisa de la chimenea.

– Ni más ni menos. -Le sonrió a su hermano-. Y aún la tenemos. -Lauren miró a Mia de la cabeza a los pies y vuelta a empezar. Se le escapó la sonrisa antes de afirmar-: Mia Mitchell, me alegro sinceramente de conocerte.

– Lauren… -Aunque pareció una advertencia, la mujer se limitó a sonreírle a Reed-. Veamos las noticias.

El teniente ocupó un extremo del sofá y Lauren se apresuró a sentarse en el otro, por lo que Mia quedó en el medio, perturbadoramente cerca de Reed. Estaba convencida de que la habían manipulado, pero centró su atención en el televisor cuando en la pantalla apareció la casa calcinada de Penny Hill.

En la acera había una reportera vivaracha, con la casa de Hill al fondo, y a Mia se le aceleró el pulso.

– Es Holly Wheaton -masculló Mia, disgustada, pues la odiaba realmente.

– El año pasado me volvió loco mientras investigaba el incendio de un apartamento. No le caigo muy bien -comentó Reed.

– Ya somos dos. Lauren, ¿han dado en directo la noticia en el telediario de las seis o en el de las diez? -quiso saber Mia.

– Sé que a las seis la han dado en directo. Parece la repetición de la misma noticia.

Holly Wheaton miró a la cámara con actitud franca y dijo: «A mis espaldas se encuentran los restos de lo que fue el hogar de la trabajadora social Penny Hill. Anoche su casa ardió por obra de un pirómano. El incendiario no solo acabó con el hogar de la señora Hill sino que, según los testigos, la policía cree que también le arrebató la vida».

La imagen pasó a un vídeo doméstico del incendio. «Este es el aspecto que anoche presentaba el escenario de los hechos, después de que las llamas consumieran la vivienda -prosiguió Wheaton-. Un vecino que reaccionó con rapidez filmó este vídeo pese a que estaba aterrorizado ante la posibilidad de que el incendio se propagase a su casa».

Uno de los espabilados vecinos de Penny Hill había vendido el vídeo a la prensa. Mia apretó los dientes y masculló:

– ¡Hijo de mala madre!

A su lado, en el sofá, Solliday exhaló y musitó:

– Estamos de acuerdo.

«Se trata del segundo incendio sospechoso en menos de una semana -añadió la reportera cuando el vídeo doméstico terminó y volvieron a mostrar los escombros-. En ambos casos hubo víctimas. Nos han dicho que la policía considera las muertes como homicidios».

La cámara retrocedió mientras la reportera seguía hablando; vieron la casa de Hill acordonada con el precinto amarillo de los escenarios de crímenes, a continuación las casas a uno y otro lado de la calle y los vecinos que se habían dado la vuelta para observar las cámaras. Mia se echó bruscamente hacia delante. Una mujer se encontraba al borde mismo de la imagen, junto a su coche, y miraba hacia la casa. Había algo peculiar en la posición de su cuerpo mientras contemplaba la vivienda ennegrecida. La cámara había captado una tensión sutil que trascendía la mera curiosidad.

– Mira -dijo Mia.

– La he visto -replicó Solliday con tono tenso.

«El teniente de la policía Marc Spinnelli ha presentado esta tarde una declaración «sin comentarios», pero ha programado una rueda de prensa para mañana. Les mantendremos informados de las novedades. Holly Wheaton para Action News».

Mia estaba clavada a la pantalla y dijo:

– Rebobina.

Solliday ya había empezado a hacerlo. Pasó la cinta a cámara lenta y luego imagen por imagen.

– No se ve el número de matrícula del coche de la mujer, pero es un Hyundai… de color azul y de cuatro o cinco años de antigüedad.

– Podría ser una curiosa o alguien que busca sensaciones fuertes -intervino Lauren con tono dubitativo.

A Mia le escocía la piel y el cansancio había desaparecido.

– Lo dudo mucho. ¿Te gustaría visitar mañana a Holly Wheaton? Tal vez tiene más metraje.

Solliday sonrió, mejor dicho, esbozó una mueca feroz que le indicó a Mia que el teniente también tenía el instinto a flor de piel.

– Es posible que todavía esté en la cadena. Propongo que la llamemos.

Mia negó con la cabeza.

– Son casi las once. Nadie contestará al teléfono.

La expresión de Reed cambió cuando reconoció:

– Tengo su número del trabajo, el del móvil y el de su casa.

Un pellizco de contrariedad llevó a Mia a fruncir el entrecejo.

– Habías dicho que no le caías bien.

– Tenía entendido que el año pasado te volvió loco -afirmó Lauren con la lengua más suelta y Reed la fulminó con la mirada. Su hermana se limitó a sonreír-. Empaquetaré la lasaña para que os la llevéis.

Cuando Lauren abandonó la sala, Reed observó a Mia con expresión furibunda.

– En el incendio de ese apartamento murieron cinco personas. -El sufrimiento sacó chispas de sus ojos oscuros-. Tres eran niños, entre ellos un bebé que dormía en la cuna. A Wheaton no le importó lo más mínimo. Intentó hacerme la pelota para conseguir la exclusiva. No me interesó. Aunque así hubiera sido, no me habría apetecido después de esa actitud. Mia, no soy esa clase de hombre. -Calló bruscamente y no le quitó ojo de encima-. Tengo su tarjeta simplemente porque nunca tiro nada.

Mia llegó a la conclusión de que era uno de esos instantes en los que se veía realmente la profundidad de una persona. A Solliday no le interesaba una mujer cuya única inquietud era el ángulo de la cámara y los minutos que estaba en el aire. No era esa clase de hombre. La contrariedad se esfumó y fue reemplazada por un gran respeto y por el resurgimiento del deseo, más intenso que antes. Pisaba terreno peligroso. Relegó su pensamiento y propuso:

– En ese caso, vayamos a visitarla.

Solliday asintió con firmeza.

– En marcha.

Capítulo 10

Martes, 28 de noviembre, 23:15 horas

Wheaton lo esperó sonriente en la puerta principal de los estudios… hasta que vio a Mitchell. En ese momento apretó los labios y las arrugas demudaron su célebre rostro.

La cara de Wheaton era de una belleza clásica y su cuerpo… bueno, la sangre todavía circulaba por las venas de Reed. Como persona le disgustaba, pero estaba claro que sus hormonas no entendían de ética. Tampoco se habían dado por aludidas cuando el año anterior la reportera se había pegado a él mientras investigaba el incendio del apartamento. Llevaba la blusa desabotonada, por lo que Solliday vio el encaje del sujetador y la curvatura de sus senos. En cuanto la reportera abrió la boca, todo acabó.

– Hemos visto el reportaje sobre el incendio en casa de Penny Hill -dijo el teniente.

La reportera se pavoneó.

– Ha estado bien, ¿no?

– Sí, muy bien. Queremos la cinta. Mejor dicho, todo lo que grabaste allí.

Wheaton estudió la cara de Solliday.

– ¿Qué obtendré a cambio?

– No tendrá que dar noticias desde la celda de una cárcel -terció Mia con tono ácido.

Wheaton entornó los ojos.

– Detective, no respondo a amenazas.

Mia sonrió, pero no fue una mueca agradable.

– Señorita Wheaton, ni siquiera he empezado. Nos interesa, en concreto, el vídeo que filmó el vecino. ¿De quién se trata?

– Sabe perfectamente que no se lo diré. Protejo mis fuentes.

– Señorita Wheaton, se trata de una investigación por homicidio -puntualizó Mia-. Han muerto dos mujeres inocentes. Puede elegir entre cooperar o encontrarse mañana con una orden judicial que prohíba la exhibición del vídeo. Quiero ahora mismo su cinta y también la del vecino.

– Holly, el día ha sido muy largo -reconoció Reed en tono conciliador-. Hace veinticuatro horas que estamos inmersos en el caso. Podemos conseguir una orden judicial, pero a nadie le interesa actuar así.

– A mí sí -masculló Mia.

Holly levantó la barbilla y abrió la boca.

– No nos interesa -replicó Solliday sin darles tiempo a hablar-. Realmente no nos interesa. Holly, intentamos meter entre rejas a un asesino y puedes ayudarnos.

La reportera apretó la mandíbula y la relajó.

– ¿A cambio de qué?

Reed miró a Mia por el rabillo del ojo.

– De una entrevista cuando todo se esclarezca.

La mirada de Wheaton se tornó maliciosa.

– Pueden pasar semanas. ¿Qué tal una charla cada mañana?

– ¿Qué tal una vez por semana? -contraofertó Reed, que quería la cinta y al asesino a buen recaudo.

– Dos veces por semana y yo estipulo el día y el lugar.

Reed se tragó un suspiro y repuso cansinamente:

– Está bien. ¿Nos puedes dar la cinta?

La sonrisa de la reportera fue felina.

– Si tengo tiempo te la enviaré mañana y, si no, a más tardar el jueves.

Situada junto al teniente, Mia abrió la boca y estuvo a punto de soltar una maldición, pero Reed carraspeó y se lo impidió.

– La queremos esta noche, ahora mismo. De lo contrario, no hay trato y la detective Mitchell solicitará la orden judicial. -Solliday levantó una mano cuando Wheaton intentó hablar-. Además, me ocuparé personalmente de que todas las dotaciones de bomberos de la ciudad te impidan estar en el escenario del incendio y… y tu jefe sabrá a qué se debe -concluyó en un tono suave.

Wheaton apretó los labios y Reed se dio cuenta de que el trato estaba cerrado.

– Espera aquí.

En cuanto la reportera se retiró, Reed se volvió hacia Mia y murmuró:

– Disculpa.

La mirada de la detective fue fría cuando replicó:

– Te espero fuera.

Solliday suspiró y la contempló mientras se alejaba. Transcurrió media hora y Wheaton reapareció con una cinta de vídeo en la mano.

– ¿Incluye la filmación del vecino? -preguntó el teniente.

Wheaton sonrió al percatarse de que Mia no estaba y replicó:

– Teniente, nunca dejo de pagar mis deudas.

– Estoy convencido de que lo harías si te beneficiara. Si a la cinta le falta algo olvida nuestro trato.

La sonrisa de la reportera se esfumó.

– ¿Cómo sabrás si falta algo?

– La detective Mitchell me lo dirá cuando requise las cintas realizadas desde el sábado pasado. Supongo que mañana, a más tardar a las diez, tendrá la orden judicial.

Wheaton ladeó la cabeza y lo miró con furia.

– Podría borrarlas.

Solliday sonrió, sacó del bolsillo la minigrabadora, rebobinó la cinta y volvieron a escuchar las últimas palabras de la reportera. Los ojos de la mujer se convirtieron en coléricas hendiduras.

– Yo no lo haría. A Mitchell le encantaría verte en la cárcel y sospecho que ese alojamiento no será de tu gusto.

– Eres un hijo de puta -afirmó la reportera.

Reed se guardó la grabadora en el bolsillo y se colocó la cinta de video bajo el brazo. La valoración de Wheaton fue muy acertada, aunque básica.

– Buenas noches -se despidió el teniente-. Ya conozco la salida.

Mia estaba apoyada en el capó del Alfa Romeo y comía lasaña directamente del recipiente de plástico donde la había guardado Lauren. Al verlo dejó el recipiente en el asiento del acompañante y su expresión se convirtió en una máscara pétrea. Solliday le ofreció la cinta de vídeo, pero la detective meneó la cabeza.

– La veremos mañana a las ocho en punto.

Mia se alejaba cuando Solliday puso los ojos en blanco y la alcanzó.

– Mia, deja de comportarte como una niña -dijo Reed.

Mitchell se volvió deprisa y el enfado demudó su expresión.

– ¡Me has desautorizado! -espetó-. La próxima vez que vaya a buscar pruebas tendré que trabajar el doble. Maldita sea, mañana por la mañana habría dispuesto de la orden judicial.

– Pero ahora tienes la cinta. -Como la detective se limitó a mirarlo, Solliday suspiró contrariado-. Mia, con esa actitud no habrías conseguido lo que querías. A veces vale la pena ser… -Calló, pero Mitchell ya había retrocedido un paso como si la hubiese abofeteado.

– Vale la pena ser amable. -La detective concluyó la frase con tono titubeante-. Lo tendré en cuenta.

Mia rodeó su coche y hundió los hombros para protegerse del viento. Se la veía pequeña y herida.

«Deja que se vaya», advirtió una voz en la mente de Solliday cuando Mitchell arrancó. «Mañana estará bien». No pudo dejar de pensar en que había visto la expresión de la detective. «Se recuperará y mañana lo habrá superado». La pega estaba en que suponía que no sucedería. «No soy esa clase de hombre».

Reed montó en el todoterreno y pensó en lo que sabía de Mia Mitchell. Todo le importaba, pero cubría sus sentimientos con un barniz sarcástico para que nadie se diera cuenta. Recordó aquel instante en la cocina de su casa, en el que la había pillado mientras lo miraba… Tuvo la certeza de que lo encontraba interesante. Cuando había negado que le gustaran las mujeres como Holly Wheaton, cuando le había dicho que no era esa clase de hombre, había percibido respeto en la mirada de Mia. Muy bien, ¿qué clase de hombre era? Había llegado el momento de averiguarlo.

Miércoles, 29 de noviembre, 00:30 horas

Mia vivía en una calle tranquila, ocupada por apartamentos iguales. Aunque no eran elegantes, parecían limpios. De la mayoría de las ventanas colgaban jardineras. Supuso que en la vivienda de Mia no había plantas. No la imaginaba dedicando tiempo a las flores, como tampoco lo había hecho por Fluffy, el pez de colores. Christine había sido una excelsa jardinera y adoraba las rosas.

Mitchell dejó tan poco espacio libre que aparcar el todoterreno detrás significó un desafío y el parachoques delantero quedó casi rozando el trasero del Alfa Romeo. Se dijo que en ese pensamiento había demasiados juegos de palabras. «Olvídalo». Reed la observó mientras se apeaba cansinamente del coche. «Olvídala».

Solliday sabía que debía olvidarla pero, por algún motivo, le resultó imposible. Mia lo observó con mirada firme; finalmente se acercó y esperó a que él bajase la ventanilla.

– Solliday, dime una cosa. ¿Siempre sigues a tus compañeros?

El teniente llegó a la conclusión de que era una pregunta justa.

– No.

– En ese caso, ¿por qué me sigues? ¿Soy tan patéticamente inepta que te sientes en la obligación de vigilarme?

– No. -El problema radicaba en que, en realidad, no sabía por qué estaba allí. Bueno, eso tampoco era cierto. Lo sabía, pero no le gustaba reconocerlo. «Reed, vete a casa. No salgas del vehículo». Se apeó del todoterreno-. No quería que las cosas quedasen en esos términos.

Mitchell apretó los dientes.

– No pasa nada. Hemos ido a buscar la cinta y la hemos conseguido.

Técnicamente era él quien había conseguido la cinta. Holly Wheaton se había ocupado de dejarlo clarísimo. Solliday miró a Mia a los ojos y se dio cuenta de que todavía estaba afectada por la confrontación.

– Mia, Wheaton es una mujer vengativa.

La detective se ruborizó.

– Estoy bien y te garantizo que no me dormiré llorando.

– ¿Podrás dormir?

– Tal vez… si logro llegar a casa -contestó irritada-. Te aseguro que he tratado con zorras mucho peores que Wheaton. Joder, soy mucho peor que ella. Agradezco que te preocupes por mí, pero vete a casa. Te prometo que mañana examinaremos la condenada cinta del derecho y del revés.

La detective se volvió y pasó entre el Alfa Romeo y el todoterreno.

Solliday la siguió, sin dejar de repetirse que debía hacerle caso y volver a casa. Los pies no le obedecieron, por lo que apoyó una mano en el capó del todoterreno y saltó ágilmente.

– Mia…

– ¡Maldición, Solliday! -La detective abrió violentamente la puerta del acompañante-. Te lo digo por última vez: estoy bien. También te digo por última vez que te vayas a casa.

Mitchell se inclinó y buscó algo debajo del asiento.

Durante unos segundos, Reed maldijo la raída chaqueta que tapaba eficazmente las caderas de Mia, pero luego se alegró de que así fuese.

– ¿Qué haces?

– Busco el recipiente de plástico de tu hermana.

– No es necesario que se lo devuelvas ahora. Tiene una colección de cacharros.

– No pensaba devolvértelo. Solo me he comido la mitad de la lasaña y pretendo desayunarme el resto.

Solliday hizo una mueca de desagrado y preguntó:

– ¿Lasaña para el desayuno?

– Contiene los grupos principales de alimentos, por lo que no me vengas con esas. -Mia se enderezó y levantó el recipiente de plástico como si fuese un trofeo-. ¡La lasaña, desayuno de campeones!

Reed la siguió con la mirada y luego observó a su izquierda por el rabillo del ojo porque detectó movimientos. Un coche se acercaba a excesiva velocidad. Abrieron la ventanilla y alguien se asomó. Solliday experimentó una fracción de segundo de reconocimiento antes de reparar en el reflejo de la farola en el cañón metálico de una pistola.

– ¡Reed, ponte a…! -gritó Mitchell.

Solliday apenas asimiló las palabras de Mia porque sus reflejos se hicieron cargo de la situación. Dio un salto y un segundo después ambos estaban tumbados en la acera. Cubrió el cuerpo de Mitchell con el suyo.

Poco después sonó un disparo y el cristal de la ventanilla del lado del conductor del Alfa Romeo se hizo añicos. Solliday aplastó a Mia contra el suelo cuando un segundo disparo destruyó el parabrisas y el tercero rebotó en el capó, a pocos centímetros de la coronilla de la detective. El coche se alejó a toda pastilla, haciendo chirriar los neumáticos al tiempo que el olor a goma quemada impregnaba el aire. Se habían largado. Mejor dicho, el coche ya no estaba. Sería absurdo que el pistolero abandonase la seguridad del vehículo. Por otro lado, el hombre había disparado contra una agente de policía a la entrada de su vivienda, por lo que cabía dudar de su inteligencia.

Reed continuó tendido; se esforzó por oír pisadas pese al aporreo de los latidos de su corazón y aguardó el cuarto disparo, que no se produjo. Su cuerpo cubría totalmente el de Mia, le había pasado un brazo alrededor de la cintura y hundido la cara en su cabello. Su hombro había sufrido lo más recio de la caída cuando había llegado al suelo y rodado. El brazo derecho de Mitchell se extendía más allá del cuerpo del teniente y el arma reglamentaria parecía enorme en su mano menuda. Mia había desenfundado al tiempo que Reed la derribaba. Él había hecho lo mismo. Solliday aferró su nueve milímetros, levantó la cabeza y preguntó:

– ¿Estás herida?

– Solo… solo por ti. -Mitchell le asestó un codazo en las costillas-. ¡Solliday, maldito seas, no puedo respirar!

«No hay de qué», pensó el teniente con acritud, y se incorporó unos centímetros para que respirara. Mia se estremeció y tragó aire a bocanadas.

– ¡Por fin! -apostilló la detective-. ¿Estás herido?

– No. -Solliday también respiró hondo. Una vez superada la situación, sus músculos parecían paralizados-. He vislumbrado su cara. Podría ser Getts.

– Lo sé. He visto al muy cabrón. Es el mismo modus operandi con el que se metió en este fregado. Disparos desde el coche y matanza de transeúntes inocentes. Cabría esperar que el muy jodido aprendiera la lección, pero no. Sigue pegando tiros por el barrio sin preocuparse por los ciudadanos atrapados en el fuego cruzado. -Mitchell masculló al tiempo que recuperaba la respiración-. Seguro que ya ha abandonado el coche. Hace siempre lo mismo. -Mia se relajó y apoyó la mejilla en el antebrazo de Reed-. Maldito sea.

Las dos últimas palabras fueron un murmullo cansino, como si sus energías estuviesen agotadas.

Solliday también se relajó. Cualquiera de esas balas podría haberlos herido. Si hubiera reaccionado un segundo después, Mia podría estar muerta. Si el coche de la detective hubiese sido más pequeño, él también podría haber muerto. El último disparo había pasado demasiado cerca. Bajó la cabeza, respiró hondo y esta vez reparó en el aroma a limón de la cabellera de Mia en lugar de oler a goma quemada y a pólvora. Recobró paulatinamente la conciencia a medida que disminuía la adrenalina. Estaban rodeados de cristales. La acera le rascaba los codos y por la mañana tendría un bonito morado en la rodilla izquierda. El cuerpo menudo, suave y redondeado de Mia seguía bajo el suyo. De momento la detective se apoyaba en él. Se trataba de una vulnerabilidad que, supuso Reed, manifestaba ante escasas personas.

El hecho de que le permitiese verla le pareció… le pareció tierno, estimulante y, combinado con el roce de su trasero con su cuerpo, innegablemente excitante. «Solliday, incorpórate antes de que…» Demasiado tarde. Reed hizo una mueca de contrariedad cuando su cuerpo se encendió, se esforzó por ponerse a gatas y deseó haber sido lo bastante rápido como para que Mia no reparase en nada. Se irguió con gran cuidado e hizo una mueca de malestar cuando el dolor de la rodilla lo obligó a dejar de pensar en la molestia que notaba en otra zona de su cuerpo. Se quitó de los hombros los restos de cristal, bajó la cabeza y la sacudió para que cayeran los fragmentos de vidrio depositados en su pelo.

Con movimientos lentos e inseguros, Mia se incorporó y se sentó con la espalda apoyada en su coche. Era la segunda vez en dos días que recibía un golpe en el hombro herido. Solliday había intentado amortiguar lo más duro de la caída, pero evidentemente le había hecho daño.

– Lo siento -murmuró el teniente-. No pretendía golpearte.

Mitchell respiró hondo y cogió la radio que llevaba en el cinturón.

– Estoy bien. Simplemente, me has dejado sin aliento. -No lo miró a los ojos mientras se conectaba para informar de lo ocurrido y Solliday no supo si Mia había reparado en su reacción física o si solo se sentía incómoda porque había percibido en ella algo menos que una supermujer-. Soy la detective Mitchell, de Homicidios. Ha habido disparos desde un coche en movimiento a la altura del mil trescientos cuarenta y dos de Sedgewick Place. El tirador y el conductor han huido en un Ford último modelo de color marrón. -Mitchell repitió el número de la matrícula y Reed se sorprendió de que hubiese tenido el valor necesario para memorizarlo-. Probablemente el coche está abandonado a una manzana. Envíen a un equipo de la CSU y avisen a las unidades de que en el escenario hay agentes de paisano. -Cuando concluyó volvió a colgar la radio del cinturón.

– ¿Qué quieres hacer? -preguntó Solliday.

A lo lejos sonaron sirenas.

– Ya se ha ido.

Reed se puso de pie y dobló la rodilla.

– Si se mueve a pie, podemos buscarlo -propuso, pero Mitchell negó con la cabeza.

– Que los policías uniformados registren la zona mientras llamo a Spinnelli. -En ese momento Mia lo miró con expresión cargada de comprensión-. No podías hacer nada y es evidente que no debes perseguirlo, ya que no eres policía.

«No hay de qué», volvió a pensar Solliday, tan irritado como en la primera ocasión. No era policía, pero formaba parte de los organismos encargados de hacer cumplir las leyes. Portaba arma. La actitud de Mia era tan típicamente policial que se molestó. De todas maneras, esa noche no merecía la pena plantarle cara.

Mitchell se puso de pie con suma cautela.

– Estás contrariado -comentó la detective y Reed apretó los dientes.

– Me jode que me disparen -replicó con acritud.

Esperó a que Mitchell dijera algo… por ejemplo, que le diera las gracias pero, al ver que continuaba en silencio, frunció el ceño y pasó a su lado.

La detective lo cogió del brazo y lo retuvo.

– Gracias, Reed, me has salvado el pellejo.

Solliday la miró a los ojos y se dio el lujo de estremecerse al pensar en lo cerca que habían estado de recibir los disparos. Aunque sana y salva, Mia tenía una mejilla arañada y en carne viva. Le cogió delicadamente la barbilla, le pasó el pulgar por el maxilar y notó que la detective se sobresaltaba. Reed se dio cuenta de que era más probable que diese un respingo ante una muestra de ternura que al experimentar dolor.

– Perdona. No pretendía hacerte daño… ni ahora ni en los estudios.

Mitchell se apartó con la misma delicadeza.

– Lo sé. -Las sirenas ulularon por su calle-. La caballería ha llegado.

Se abrieron las ventanas de varios apartamentos y los vecinos asomaron cautelosamente la cabeza porque pensaron que ya no había peligro. Dos coches patrulla con las luces encendidas se detuvieron junto al vehículo de Mitchell.

– ¡Maldita sea! -espetó Mia.

Reed giró la cabeza para mirar a su alrededor y solo vio restos de cristales y gente que empezaba a congregarse.

– ¿Qué pasa?

Mitchell señaló uno de los coches patrulla. Debajo de la rueda delantera derecha se encontraba, hecho añicos, el recipiente de plástico de Lauren.

– Tendré que desayunar galletas.

Solliday no pudo controlarse y se echó a reír.

Miércoles, 29 de noviembre, 6:00 horas

Durante la noche había descansado y su mente volvía a funcionar con eficacia. Había buscado a Young, el siguiente nombre de su lista mental. Encontró cuatro. Uno lo había sabido pero, como era un cobarde, su muerte sería menos dolorosa. Dos lo sabían y habían mirado para otro lado, por lo que sufrirían. Y el cuarto… ese sí que había causado un gran dolor. Había matado a Shane. «Antes de que acabe con él deseará haber muerto mil veces». Hasta ese momento no había logrado localizar a ningún Young.

¿Cómo se le podía haber escapado? El que buscaba era agente inmobiliario… y los agentes inmobiliarios ponían su nombre en todas partes, incluida la web de la escuela secundaria. En esas fechas Tyler Young vivía en Indianápolis. Sería fácil encontrarlo. Esa noche remataría a los Dougherty y pondría rumbo al sur.

Claro que tenía que encontrar a los otros Young. En caso necesario, regresaría. No quería, pero tenía que dar con ellos. Ya se había enfrentado a muchos fantasmas. ¿Qué significaba uno más? En realidad, no se trataba de un fantasma cualquiera, sino del de Shane… y del suyo.

Miércoles, 29 de noviembre, 7:25 horas

Mia esperaba en el bordillo, con la bolsa de plástico que contenía la ropa colgada del hombro, cuando Solliday se acercó en el todoterreno y se inclinó para abrir la portezuela.

– Tienes muy mal aspecto -opinó el teniente.

Mitchell dobló la bolsa, la echó en el asiento trasero y subió al del acompañante al tiempo que hacía una mueca de malestar. Le dolía la cabeza, le ardía el hombro y el lado derecho de su cuerpo estaba tocado a pesar de que la víspera Solliday había intentado amortiguar la caída con su propio cuerpo.

– Encanto, yo también te deseo buenos días -masculló Mitchell al tiempo que se abrochaba el cinturón de seguridad.

– ¿Has podido dormir?

– Un rato. -De las cuatro horas que había pasado en la cama, tal vez había dormido una en total. Mia no había cesado de despertarse, algo normal tras una descarga de adrenalina como la que había sufrido. No se había despertado por el sonido de disparos y de cristales rotos, sino por el recuerdo del cuerpo tenso y excitado de Reed sobre el suyo. Cada vez que se había despertado se había estirado para tocarlo. Eso había sido lo peor-. ¿Y tú?

– Poco. ¿Crees que podemos llegar tarde a la reunión de las ocho con Spinnelli?

Mitchell lo estudió con cautela.

– ¿Por qué?

Solliday miró para otro lado, pero Mia notó que se ruborizaba y de repente en el habitáculo del todoterreno hizo demasiado calor. Era evidente que él también recordaba lo ocurrido. Por eso las normas prohibían que los compañeros tuviesen relaciones extralaborales. Por eso no debía ocurrir.

– Anoche, cuando llegué a casa, miré la cinta. En el vídeo doméstico, el que filmaba le gritó a alguien que se pusiera detrás, que se mantuviese alejado de las llamas.

– Probablemente no quiso que le fastidiaran la toma -comentó Mia con tono irónico-. ¿Y qué?

– Lo llamó Jared. Quizá se trata de otro vecino o de su hijo.

– Muy interesante -opinó Mitchell lentamente-. Tenemos que averiguar quién es Jared, si es posible antes de que los vecinos se vayan a trabajar. Llamaré a Marc, pero no podremos retrasar mucho la reunión. Hablamos anoche, después de que te fueras. Quería cerciorarse de que seguíamos vivos. Ha convocado una rueda de prensa para las diez y nos espera.

Solliday puso cara de contrariedad.

– ¿Para qué?

– Somos los investigadores principales del caso. Spinnelli responderá a todas las preguntas y nosotros asistiremos como los chicos del cartel de la cooperación entre diversos organismos. Cálmate, tus zapatos brillan. Yo tengo que ponerme el uniforme y los zapatos me aprietan.

Reed no las tenía todas consigo.

– Nos toca hacer de floreros.

– Más bien de carnaza.

El teniente enarcó las cejas.

– ¿Quién asistirá a la rueda de prensa?

La sonrisa de Mia fue demoledora.

– Spinnelli ha pedido que no sean demasiado estrictos con las acreditaciones.

– Pretende que el pirómano haga acto de presencia.

– Lo que está claro es que no lo hace para salir en la foto. Spinnelli detesta el uniforme incluso más que yo.

– De repente me entran ganas de sonreír.

Mitchell rio.

– Solliday, conduce mientras yo hago varias llamadas.

Miércoles, 29 de noviembre, 7:25 horas

Agotada después del doble turno, Tania Sladerman se tambaleó por la escalera hasta su apartamento. Sabía que el director del Beacon Inn ni siquiera le daría las gracias por cubrirlo pero, por otro lado, las horas extras le ayudarían a pagar la matrícula del semestre siguiente.

Falló dos veces antes de introducir la llave en la cerradura. Se enderezó cuando una mano la agarró del pelo y le echó la cabeza hacia atrás. «Acaban de ponerme un cuchillo en el cuello», pensó.

Intentó gritar, pero el individuo le tapó la boca con la otra mano y se lo impidió.

– No digas nada o rajaré tu puñetero cuello.

Miércoles, 29 de noviembre, 7:55 horas

Mientras se dirigían a la casa del padre de Jared, Reed comentó:

– Ha sido más sencillo de lo que suponía.

Los niños que esperaban en la parada del autobús habían delatado a su compañero sin inmutarse.

– Siempre es más fácil preguntarles a los críos, ya que no les preocupa venderse al mejor postor.

La detective llamó a la puerta y aguardó, con la cabeza inclinada aparentemente en actitud de reposo, aunque Solliday sabía que no era así. Se había puesto furiosa al enterarse de quién era el padre de Jared. Abrieron la puerta y el señor Wright los miró con expresión desaforada.

La sonrisa de Mia fue todo menos agradable.

– Supongo que me recuerda, señor Wright. ¿O sería más adecuado decir Oliver Stone? Me han dicho que ahora se dedica a la industria cinematográfica.

La mirada de Wright se endureció.

– No he hecho nada malo.

– Ilegal no, pero inmoral, lo que quiera y más. Penny Hill era su vecina y sacó beneficios de su muerte. Lo recuerdo con lágrimas en los ojos. ¿También eran para la cámara?

– Le dije cuanto quería saber. Además, es mi hijo el que realizó el vídeo. Está en la escuela secundaria e hizo… hizo los deberes.

Mitchell torció la boca.

– Llámelo como quiera mientras nos entrega la cinta.

Wright quedó boquiabierto.

– No puede obligarme. Es de mi propiedad.

– Se trata de una prueba. Existen varias maneras de resolver la situación. Puede esperar aquí mientras solicito autorización o… -Mitchell levantó un dedo cuando Wright intentó protestar-, o puede ir a trabajar y dentro de una o dos horas me presentaré en su oficina, cuando todos estén en sus puestos. Esta mañana tengo que asistir a una rueda de prensa, por lo que estaré de uniforme y lo escoltaré hasta la puerta. También puede entregarme el vídeo y continuar con su vida.

Wright apretó los dientes.

– Detective, ¿me está amenazando?

Reed recordó claramente la escena de la víspera con Wheaton. Era la misma canción, pero el segundo estribillo. Cuanto más pensaba en Wheaton, más claro tenía que Mia estaba en lo cierto: había minado su autoridad y los compañeros no actuaban así.

– Exactamente. Señor Wright, ¿prefiere la puerta uno, la dos o la tres? A mí ni se me ocurriría tratar de destruir los vídeos porque supongo que, en ese caso, la detective Mitchell se encargaría de trasladarlo a comisaría y plantearía una acusación de más peso, por ejemplo, por obstrucción.

Mia asintió.

– Estoy de acuerdo, teniente. Lo acusaría de obstrucción.

– Esperen aquí -dijo Wright y cerró la puerta en sus narices.

Mitchell levantó la cabeza y volvió a contemplar con respeto al teniente.

– Me ha gustado, es como en los concursos de la tele.

La puerta se abrió y la detective se concentró en Wright, que depositó la cinta de vídeo en la mano de Reed y apenas esperó a que Mitchell rellenara el resguardo para cerrar la puerta con tanta violencia que la casa tembló.

– Gracias por cumplir con sus deberes de ciudadano con un espíritu tan animoso -se burló Mia-. Volvamos al despacho e intentemos averiguar quién es nuestra dama misteriosa. -Reed la siguió hasta el todoterreno y la detective lo miró con el ceño fruncido-. Solliday, ¿estás bien?

Reed asintió y se alegró de haber recuperado parte de la saliva porque en el instante en el que Mia lo miró con tanta seriedad su boca quedó total y absolutamente reseca. Apretó los dientes mientras se dirigían al centro. La situación era de lo más inconveniente y una pésima idea. Mejor dicho, Mia era una pésima idea. Por otro lado, recobró las imágenes que durante la noche lo habían obsesionado y, con ellas, un anhelo que lo dejó sin aliento.

Llegó a la conclusión de que la culpa era de Lauren, ya que le había metido en la cabeza la idea de que necesitaba a alguien. Le había dicho que se quedaría solo y preguntado cuánto hacía que no mantenía una relación. Quiso la mala suerte que, simultáneamente, el destino lo emparejase con una detective. Maldijo a Lauren y al destino y se preguntó qué opinaba Mia de los vínculos afectivos.

– Solliday, tu cara está… estás pálido. Déjame conducir si quieres vomitar.

El teniente rio sin alegría. Mia Mitchell sabía expresar lo obvio a la perfección.

– Estoy bien. Además, los pies no te llegan a los pedales.

Mia adoptó una expresión irónica y replicó:

– ¡Qué listillo! Solliday, limítate a conducir.

Miércoles, 29 de noviembre, 10:10 horas

Mia recorrió con la mirada a los reunidos que aguardaban con impaciencia la llegada de Spinnelli. Aunque fuera hacía frío, Spinnelli quería el máximo acceso. Los presentes eran periodistas, entre los que se mezclaba media docena de policías de paisano. Spinnelli había organizado la vigilancia por adelantado y, desde diversos ángulos, varias cámaras grababan la rueda de prensa. Holly Wheaton estaba en primera fila y parecía fulminar con la mirada a Solliday. Mia miró al teniente, que se encontraba a su lado con las piernas separadas y los brazos cruzados sobre el pecho, por lo que parecía un guardaespaldas.

– Da la sensación de que a Wheaton le gustaría romperte algún hueso -musitó la detective.

– Cuando saliste hizo varios comentarios y le aconsejé… le aconsejé que reconsiderase sus palabras.

Mia se emocionó.

– ¿Diste la cara por mí?

Solliday esbozó una sonrisa.

– Algo por el estilo.

– Bueno, gracias.

– No hay de qué.

Mitchell se balanceó ligeramente sobre sus doloridos talones mientras escrutaba los rostros de los presentes.

– ¿Ves a algún conocido?

– No veo a incendiarios conocidos, si es a lo que te refieres. Mira hacia atrás, a las diez en punto.

Mia disimuló una expresión de contrariedad.

– Una zorra rubia que lleva trenza -musitó la detective-. Todavía me fastidia que diese a conocer la identidad de Penny Hill sin darnos tiempo a informarle a la familia.

– Pero te entregó a DuPree, por lo que dijiste que figura para siempre en tu lista navideña.

– Te mentí -aseguró Mia y le oyó reír, por lo que, muy a su pesar, se sintió encantada y tranquila.

Spinnelli subió a la tarima y los presentes prestaron atención.

– La prensa ha publicado una serie de noticias sobre una sucesión de incendios y homicidios. Hoy nos hemos reunido para aclarar la situación. En la última semana han tenido lugar dos incendios, presuntamente provocados por el mismo pirómano. En cada caso apareció un cadáver y tratamos esas muertes como homicidios. De momento seguimos diversas pistas. Dirigen la investigación la detective Mitchell, de Homicidios, y el teniente Solliday, de la OFI. Ambos son profesionales condecorados y experimentados. Cuentan con el pleno apoyo y los recursos de sus respectivos departamentos. Pueden hacerme preguntas.

Un periodista del Trib se puso en pie e inquirió:

– ¿Confirma que la primera víctima es hija de un policía?

– Sí. La difunta se llama Caitlin Burnette y se trata de una universitaria de diecinueve años. Esperamos que respeten a la familia en este momento de dolor. Siguiente…

Holly Wheaton se levantó con suma elegancia y Mia apretó los dientes.

– La segunda víctima es asistente social. Cuesta dejar de establecer una relación entre ambas. La hija de un policía y una trabajadora social. ¿Hablamos de un pirómano con ansias de venganza?

– Por ahora desconocemos el móvil de los homicidios. Siguiente…

– Bien dicho -musitó Solliday.

– Por eso lleva galones.

Mia mantuvo la mirada fija en el grupo de periodistas que hicieron la misma pregunta de diversas maneras. Spinnelli permaneció tranquilo e imperturbable. La detective se dio cuenta de que su jefe alargaba la rueda de prensa y ganaba tiempo para que estudiasen a los presentes y buscaran comportamientos sospechosos. No hubo nada fuera de lugar. Nada parecía…

Mitchell se quedó petrificada y Solliday se tensó a su lado.

– ¿Qué pasa? -preguntó el teniente en tono bajo.

Mia tragó saliva con dificultad y fue incapaz de romper el contacto ocular con la rubia que estaba al otro lado; fue tan incapaz como lo había sido cuando sus miradas se encontraron por encima de la lápida de su hermanastro. La rubia se limitó a observarla con expresión inescrutable.

– ¿A quién has visto? -insistió Solliday-. ¿Es la mujer del video?

Mia logró menear la cabeza y murmurar:

– No.

Reed dejo escapar un suspiro de desaliento, apretó los dientes y volvió a la carga:

– ¿Quién es?

A modo de saludo la mujer se tocó la sien con los dedos y se fue.

– Ni idea -replicó Mia-. Cúbreme. -Se situó tras el cuerpo de Solliday y se alegró de que fuese tan fornido mientras se dirigía a un lado con la radio en la mano-. Soy Mitchell. Una mujer camina hacia el oeste. Metro sesenta y siete, melena rubia por los hombros y traje oscuro. Deténganla.

Mia logró llegar hasta el fondo de los congregados y miró a su alrededor. Los policías de uniforme apostados en la zona estaban desconcertados y alguien informó:

– Detective, por aquí no ha pasado nadie que coincida con su descripción.

Mia maldijo en voz baja y apretó el paso cuando la vio. La mujer caminaba deprisa y se cubría la cabeza con un pañuelo. Al cabo de unos segundos subió a un Chevrolet Cavalier. La detective echó a correr, pero el coche se alejó del bordillo, giró a toda velocidad y desapareció antes de que Mitchell pudiese ver algo más que las tres primeras letras de la matrícula: DDA. «¡Mierda!».

Se detuvo bruscamente en plena calle. ¡Maldita sea! Esa mujer parecía un condenado fantasma. Emprendió el regreso, contrariada, y vio que Spinnelli seguía en la tarima.

Solliday se abrió paso entre los asistentes y se reunió con la detective.

– La mujer de la cinta de vídeo tiene el pelo castaño. ¿Por qué has seguido a una rubia? -preguntó.

– Francamente, no lo sé. De todos modos, te garantizo que enfadarte conmigo no servirá de nada.

– Oye, detective, estamos juntos en esta investigación -puntualizó Solliday con tono tenso y demasiado controlado-. No vuelvas a pedirme que te cubra y luego huyas. ¿Y si se hubiera tratado de alguien a quien teníamos que seguir? No tenía forma de averiguar si necesitabas o no refuerzos.

– Es una cuestión personal, ¿de acuerdo? No tiene nada que ver con el caso.

Solliday sacó chispas por los ojos e inquirió:

– ¿Has abandonado por una mera cuestión personal la rueda de prensa que organizamos para atraer al asesino?

Planteado en esos términos, Mia vio dónde quería ir a parar su compañero.

– Sí.

Spinnelli se acercó con los ojos entrecerrados.

– Mia, ¿qué ha pasado?

– Te… te lo explicaré -replicó Mitchell y apretó los labios.

– Más te vale -espetó Spinnelli-. Os quiero en mi sala de reuniones dentro de diez minutos. No os retraséis.

Mia lo miró mientras se alejaba y logró dominar su mueca de contrariedad. Solliday no le quitó ojo de encima y la fulminó con la mirada.

– Lo lamento -se disculpó Mia-. No volverá a ocurrir.

– Parafraseando a tu jefe, más te vale -replicó y se alejó.

– ¡Maldición!

Mia no supo contra quién despotricó. Al cabo de un minuto entró en la comisaría convencida de que se maldecía a sí misma.

Capítulo 11

Miércoles, 29 de noviembre, 10:45 horas

Todas las miradas recayeron en ella cuando entró en la sala de reuniones. Spinnelli, Jack, Miles y Solliday la observaron. Mia se sentó junto a Jack y notó un nudo en la boca del estómago.

– ¿Se presentó la mujer del vídeo que pasaron en las noticias? -preguntó Spinnelli sin más preámbulos.

Solliday carraspeó.

– No. Mia vio a una mujer y creyó reconocerla, pero no era la del vídeo. Anoche conseguimos la cinta de un aficionado, en la que esperamos encontrar alguna pista.

Solliday le cubrió las espaldas. Mia se mordió el carrillo. Pese a lo mucho que se había enfadado, Reed la protegía. Se comportaba como un compañero… y ella no hacía lo mismo.

Spinnelli la presionó.

– Tuvo que ser alguien conocido porque desapareciste muy rápido y sin informar de tus intenciones. -El jefe frunció el ceño-. ¿A quién viste?

Mia hizo frente a la severa mirada de Spinnelli.

– No vi a la mujer del vídeo… señor.

Spinnelli tamborileó los dedos.

– En ese caso, ¿quién es esa mujer?

Mitchell entrecruzó los dedos y los apretó.

– Se trata de un asunto personal.

Spinnelli entornó los ojos.

– Pues acaba de convertirse en una cuestión de dominio público. ¿Quién es esa mujer?

A Mia se le revolvió nuevamente el estómago. «Ahora todos se enterarán».

– No sé su nombre. La vi por primera vez hace tres semanas. Últimamente apareció varias veces y hoy volvió a presentarse.

Spinnelli abrió desmesuradamente los ojos.

– ¿Te ha seguido?

– Sí.

Mia tragó saliva a duras penas y la bilis le quemó la garganta.

– Mia, ¿te dice algo? -preguntó Solliday con gran delicadeza.

– No, nada. Se limita a mirarme y huye sin darme tiempo a averiguar lo que quiere.

– Hoy te saludó -puntualizó Solliday.

La detective evocó mentalmente el discreto saludo y la sonrisa reticente.

– Lo sé.

Miles se reclinó en la silla, aguzó la mirada y afirmó:

– Sabes quién es.

– Sé quién creo que es, pero no tiene nada que ver con el caso.

Spinnelli ladeó la cabeza.

– Te ha seguido y anoche te dispararon.

Mia frunció rápidamente el entrecejo.

– Eso es otra historia. Tiene que ver con Getts.

Spinnelli se inclinó y añadió:

– No lo sabes con certeza. Mia, explícate.

No era una petición.

– Está bien. El día del entierro de mi padre descubrí que había tenido un hijo con… con una mujer que no es mi madre. El niño está enterrado en la parcela contigua a la suya. La mujer que me sigue también estuvo en el entierro. Se parece a mi padre. -Mia levantó la barbilla-. Supongo que es hija suya.

Se produjo un silencio incómodo e interminable. Jack se estiró y le cogió las manos. Mia no se había percatado de lo frías que las tenía hasta que notó el calor del contacto con el especialista.

– Te descoyuntarás -murmuró Jack y aflojó los dedos rígidos de la detective.

Spinnelli carraspeó.

– Me figuro que no sabías nada de esta… de esta hermana.

– No, señor. De todos modos, no es lo más importante. Sigue en pie el hecho de que, por motivos personales, dejé de prestar atención a la vigilancia. Estoy dispuesta a asumir las consecuencias.

Spinnelli la miró atentamente y bufó.

– Todos fuera, salvo Mia. Tú te quedas.

Las patas de las sillas rascaron el suelo cuando Miles, Solliday y Jack se pusieron de pie.

En cuanto la puerta se cerró, Mia entornó los ojos y dijo:

– Marc, acaba de una buena vez.

La detective oyó sus pisadas mientras el jefe caminaba de un extremo a otro de la sala. Se detuvo y dijo:

– Mia, mírame. -La detective se armó de valor y lo miró. Spinnelli estaba al otro lado de la mesa, con los brazos en jarras y los labios apretados, por lo que su bigote sobresalía-. Joder, Mia, ¿por qué no me lo contaste?

– Verás… -Mitchell meneó la cabeza-. No lo sé.

– Abe asegura que aquella noche le dijiste que estabas distraída. Me parece que ahora todo adquiere sentido. -El jefe de Homicidios suspiró-. Sospecho que yo habría actuado de la misma manera.

El corazón de Mia dio un vuelco.

– ¿Cómo, señor?

– Mia, déjate de tonterías, nos conocemos desde hace demasiado tiempo. Si tienes un problema personal lo resuelves en tu tiempo libre, ¿está claro? Dadas las circunstancias, yo también la habría seguido. ¿La consideras peligrosa?

Por primera vez en una hora Mia respiró serenamente.

– Diría que no. Como explicó Solliday, hoy me saludó. Su actitud fue casi… casi respetuosa. Lo único que pensé fue que buscábamos caras sospechosas y ella estaba allí, De todas maneras, apareció por primera vez antes de los incendios provocados.

– Esa mujer te causa pavor.

– Pues sí. Me lleva a preguntarme si hay más como ella.

– Pues no lo averigües en el horario laboral -zanjó Spinnelli, aunque con delicadeza-. Vuelve al trabajo. Quiero saber lo antes posible quién es la mujer del nuevo vídeo. Puedes retirarte.

Mia caminó hasta la puerta y se detuvo con la mano en el pomo.

– Marc, gracias por todo.

El jefe se limitó a farfullar algo.

– Mitchell, quítate esos zapatos de mono.

Mia regresó al área de Homicidios y frenó en seco. Dana estaba junto a su escritorio y sostenía una pequeña caja de cartón.

– ¿Qué hay de nuevo? -preguntó la detective y se sentó en la silla.

– Vengo a denunciar un homicidio.

Dana enarcó las cejas, dejó la caja sobre el escritorio de Mia y extrajo una langosta con las pinzas sujetas con gomas. El bicho no se movía.

Mia frunció la nariz.

– Dana, por favor, ¿qué es eso?

– Era una langosta de Maryland. La cogí con mis propias manos. Estaba viva y habría seguido viva si anoche te hubieses presentado. Ahora está muerta y eres culpable. Quiero que se haga justicia.

– Me cuesta creer que la gente se las coma. Parecen bichos gigantes salidos de una mala película de los años cincuenta.

Dana guardó la langosta muerta en la caja.

– Son muy sabrosas y lo habrías comprobado si la hubiéramos cocinado para ti. Me enteré de que había una rueda de prensa y supuse que estarías en la comisaría. Estaba preocupada. ¿Cómo va tu hombro?

– Está como nuevo.

– Lo que veo es que tienes una nueva pupa. ¿En qué lío te metiste?

– Esquivé una bala -replicó Mia sin dar demasiada importancia a sus palabras.

Dana la miró intensamente.

– ¿Tiene que ver con el nuevo caso?

– No.

– Ya me lo explicarás. Me gustaría saber qué novedades hay sobre los incendios provocados.

– Dana, sabes perfectamente que no puedo dar datos concretos.

La pena empañó la mirada de Dana.

– Conocí a Penny Hill. -Mia se dio cuenta de que Dana lloraba la muerte de la trabajadora social-. Era una buena persona. ¿Cogerás a quien lo hizo?

– Sí.

Mia se dijo que, si tuvieran una o dos pistas, le resultaría más fácil cumplir esa promesa.

– Eso espero. -Dana inclinó la cabeza-. ¿Cómo va lo demás?

– Tuve que decírselo a Spinnelli. La mujer acudió a la rueda de prensa.

Dana parpadeó, sorprendida.

– ¡Maldición!

– Huyó de nuevo, pero esta vez anoté la mitad de su matrícula.

– ¿Quieres que Ethan la rastree?

El marido de Dana era investigador privado y se llevaba de maravilla con los ordenadores.

– Todavía no. Primero lo intentaré por mi cuenta.

Mia desvió la mirada hacia el fondo de la sala Solliday acababa de entrar con un pequeño televisor bajo un brazo y un reproductor de vídeo debajo del otro. Reed la había protegido pese a que no estaba obligado Dana se volvió, siguió la dirección de la mirada de su amiga y silbó quedamente.

Giró otra vez la cabeza con expresión de que lo que había visto le gustaba.

– Dime, ¿quién es?

– ¿Quién? -Hacerse la tonta fue un error-. Ah, él.

– Sí, el. -A Dana se le escapó la sonrisa-. ¿Quieres que investigue su historial?

Mia sintió que se ruborizaba pues sabía a qué se refería Dana. Había investigado a Ethan cuando su amiga se enamoró perdidamente de él, con el que se casó pocos meses después. No hacía falta un detective para seguir la línea de puntos y terminar el dibujo.

– No es necesario. Se trata de mi nuevo compañero.

La mirada de Dana reveló lo mucho que la situación la divertía.

– Vaya, has sido muy escueta a la hora de dar detalles. -Dana se levantó cuando Solliday depositó el reproductor de vídeo en el escritorio de Abe-. Hola, soy Dana Buchanan, la amiga de Mia. Y tú, ¿quién eres?

El teniente estrechó la mano de Dana.

– Me llamo Reed Solliday y soy su compañero provisional. -Reed sonrió y su mirada se tornó cálida-. Tú debes de ser la madre adoptiva.

Dana sonrió de oreja a oreja.

– Así es. De momento tengo cinco, pero pronto habrá otro.

– Yo soy adoptado. Durante años mis padres participaron activamente en el sistema de adopciones. Me alegro por ti.

Dana no le había soltado la mano y estudiaba el rostro de Solliday de una forma que ruborizó más si cabe a Mia.

– Gracias. -Soltó la mano del teniente y se volvió hacia su amiga-: Llámame más tarde o tendrás que vértelas conmigo. Lo prometo.

A medida que se alejaba, Dana levantó un brazo y se despidió con un ademán.

Mitchell aferró la cinta de vídeo de Wright.

– Gracias por conseguir el televisor.

– No se merecen. -Reed observó a Dana por el rabillo del ojo y echó el cable a Mia-. Enchúfalo y lo sintonizaré.

Al llegar al final de la sala de Homicidios, la pelirroja Dana se detuvo y miró hacia atrás. Levantó las cejas con actitud de mudo desafío y desapareció por el pasillo. Reed pensó que el tono de voz de la mujer contenía un elemento reconfortante, lo mismo que su modo de estrecharle la mano, como si fueran amigos de toda la vida.

– Se ha olvidado la caja -apostilló Solliday.

Mia levantó la cabeza y rio.

– No podía ser de otra manera. Contiene una langosta muerta.

– ¿Tu amiga te ha traído una langosta muerta?

– Tendría que haber sido una delicia culinaria. -Mitchell se metió bajo el escritorio para enchufar el aparato, se incorporó y se acomodó rápidamente el uniforme-. Veamos la obra del señor Wright.

Reed introdujo la cinta de vídeo.

– Es la filmación del incendio que vimos anoche.

Contemplaron en silencio el escenario y a sí mismos. Reed se tragó la mueca de malestar cuando la cámara lo pilló peleando con las botas, tarea que acabó por realizar Mia.

– Te pido disculpas -murmuró Mia.

Solliday recordó la expresión que la detective adoptó cuando la regañó. Se mostró distante, como si acabara de recibir un bofetón. «Pues te toca aguantarte». Esas palabras resultaron reveladoras a la luz de lo que Mia acababa de divulgar. Su sorpresa tuvo que ser mayúscula al descubrir que su padre tenía otra familia. Buscó algo que decir:

– Mia, con relación a lo que sucedió en el despacho de Spinnelli…

Aunque no apartó la mirada de la pequeña pantalla, Mitchell tensó la mandíbula.

– Te agradezco que intentases cubrirme. No hará falta que vuelvas a hacerlo.

– No era a eso a lo que me refería. Esa mujer, tu… -El teniente titubeó-. Tuvo que ser toda una sorpresa.

Mitchell entornó los ojos cuando en el vídeo apareció fugazmente una joven con trenza.

– Ahí está Carmichael, escurriendo el bulto como de costumbre.

Solliday se dio cuenta de que Mia no estaba dispuesta a seguir hablando del tema.

– Carmichael se mantuvo en un segundo plano -afirmó Reed.

– Tendría que haberla visto.

– Quizá. La próxima vez estarás atenta a su presencia.

La detective le dirigió una mirada cautelosa.

– Sí, claro, estaré atenta a la presencia de Carmichael.

Solliday le sostuvo la mirada unos segundos, pero Mia no tardó en clavar los ojos en la pantalla, donde la escena había cambiado. Wheaton estaba en la acera, se ahuecaba el pelo y comprobaba que su maquillaje estuviese perfecto.

– Duane, el hermano de Jared, estaba bastante rezagado -comentó el teniente.

– Será difícil enterarse a menos que se acerque.

– Según el reloj de la videocámara, son las seis menos cuarto. La mujer todavía no ha llegado. -Reed arrastró la silla de Mitchell hasta el otro lado-. Siéntate. Puede que tardemos un rato. -La toma se concentró en Wheaton y al final se alejó. De repente Solliday se puso alerta y se enderezó en el asiento-. Ahí está.

El Hyundai azul estaba aparcado a un lado y la mujer se encontraba junto a la portezuela del coche y observaba la casa, tal como habían visto en el vídeo de Action News.

Mitchell se inclinó y bizqueó.

– ¿Podemos leer la matrícula?

– Es posible que los expertos informáticos de la policía consigan realzar la imagen -admitió Reed, aunque tuvo sus dudas-. Duane todavía está demasiado lejos para ver bien y el ángulo es pésimo. -Como si sus deseos se cumplieran, la cámara se aproximó e hizo un barrido de los coches y los curiosos. Reed contuvo el aliento y masculló-: Un poquito más.

– Holly está en el aire -afirmó Mitchell-. El equipo está pendiente de ella. Duane se envalentona. Vamos, chico, acércate.

Duane se aproximó y la filmación mostró el coche desde más cerca. Al final se detuvo, pero la matrícula quedó a la vista, aunque todavía era ilegible-. Chico, acércate un pelín -murmuró.

La cámara rodó unos segundos y bruscamente se desplazó hacia el equipo de Wheaton, que desmontaba los aparatos. Finalmente hubo estática y el vídeo se paró.

– Me parece que es lo máximo que lograremos -dijo Reed-. Se lo llevaremos a los expertos. Quizá tengamos suerte.

Mitchell apartó la silla del escritorio.

– Los expertos informáticos están en la cuarta planta. Llévales el vídeo. Me cambiaré e iré a buscarte. No te diviertas antes de que yo llegue.

Reed la observó mientras abandonaba rápidamente las oficinas. Mia se había acorazado de la misma forma que lo hizo cuando le acarició la cara. Se dijo que debía olvidarse de ella, pero no supo si podría.

Miércoles, 29 de noviembre, 13:05 horas

Mia miró por la ventanilla del todoterreno mientras Solliday rodaba lentamente por el aparcamiento del claustro de profesores y de pronto exclamó:

– ¡Ahí está! Me refiero al Hyundai azul, matriculado a nombre de Brooke Adler, profesora de literatura.

– Los informáticos se superaron a sí mismos ampliando el fotograma.

– La tecnología es estupenda -aseguró Mia mientras aparcaban en un sitio destinado a visitantes-. Adler está limpia y no parece factible en tanto sospechosa de incendiaria.

– Estamos de acuerdo. Sin embargo, tengo la impresión de que sabe o cree saber algo.

– Estamos de acuerdo. Creo que, si hubiera provocado el incendio, estaría satisfecha, pero solo tenía cara de culpable.

– Por ahora, el que trabaje con delincuentes es un vínculo tan válido como cualquier otro.

– Tú mismo dijiste que nuestro pirómano no es novato. ¿Es posible que se trate de un menor?

– Yo dije que sus métodos para provocar incendios son rebuscados. No creo que sea un niño, pero está claro que un adolescente encajaría en el perfil. -Solliday ladeó la cabeza-. Mia, ¿qué pasa?

Afectada, la detective lo miró a los ojos.

– A Penny Hill la quemaron viva y a propósito.

– Y una parte de ti se niega a creer que un menor sea capaz de hacerlo -apuntó Reed en tono bajo-, mientras que otra sabe que es totalmente posible.

Mitchell asintió y la verdad le produjo un regusto amargo.

– Se trata de una buena síntesis.

Solliday se mostró comprensivo y se encogió de hombros.

– También podemos equivocarnos.

– Espero que no. Al fin y al cabo, es la primera pista real que tenemos. -Descendió del todoterreno-. Allá vamos.

Mia atravesó la puerta del centro, que el teniente sostuvo, y pensó que no le costaría nada acostumbrarse a un hombre como Reed Solliday. Le abría las puertas, le acercaba la silla y la invitaba a café. La estaba malcriando.

Tras el cristal había una mujer y en su placa se leía «Marcy».

– ¿En qué puedo ayudarlos?

– Somos la detective Mitchell y el teniente Solliday. El guardia de seguridad de la entrada ya ha visto nuestras identificaciones. Por favor, queremos hablar con la señorita Adler.

– En este momento está dando clase. ¿Quieren dejarle un mensaje?

Mia sonrió amablemente.

– Parece que no me ha entendido. Será mejor que le avise de que venga a hablar con nosotros ahora mismo.

A la izquierda de Mitchell y Solliday apareció un hombre que dijo:

– Soy el doctor Bixby, director del Centro de la Esperanza. ¿En qué puedo ayudarlos?

Nada más verlo, Mia sintió recelos y repuso:

– Solo queremos que nos ayude a hablar con la señorita Adler.

– Marcy, que alguien sustituya a la señorita Adler en el aula. Síganme. -Los condujo a una pequeña estancia amueblada de forma espartana-. Esperen aquí, ya que hay más privacidad que en la entrada. En tanto empleador, me veo en la obligación de preguntar si la señorita Adler tiene algún problema.

Mia no dejó de sonreír.

– Solo queremos hablar con ella. -Indeciso, el director cerró la puerta y los dejó a solas con un viejo escritorio y dos sillones raídos. La solitaria ventana estaba cubierta de barrotes negros. Ese sitio era lo que parecía: una cárcel para críos que se portan mal-. Siempre me he preguntado si colocan micrófonos ocultos en esta clase de instituciones.

– En ese caso pediremos a la señorita Adler que salga -propuso Solliday con gran naturalidad y Mia lo miró.

– ¿Me estás llamando paranoica? -inquirió la detective.

– ¿Te lo dice Abe?

– No, jamás. Solo tira una moneda al aire para elegir lo que comemos. Cara es algo bueno y cruz, comida vegetariana.

Reed recorrió de cabo a rabo la pequeña estancia y por enésima vez Mia quedó prendada de la elegancia con la que se movía. Un hombre de sus dimensiones tendría que parecer acorralado y fuera de lugar en un cuarto tan reducido, pero Solliday se deslizaba como un gato y mantenía el equilibrio sobre las puntas de los pies. Era elegante… pero inquieto.

– Deduzco que la comida vegetariana no te atrae -murmuró el teniente.

– No mucho, fuimos una familia de carne y patatas.

Solliday se detuvo junto a la ventana y, con expresión pensativa, miró a través de los barrotes.

– Nosotros también, después de…

La actitud de Reed había cambiado drásticamente desde que entraron en el centro.

– ¿Después de…?

La miró por encima del hombro.

– Después de que me fuera a vivir con los Solliday.

La mirada cautelosa del hombre la llevó a preguntar con suma delicadeza:

– ¿Te adoptaron en un orfanato?

El teniente asintió y volvió a mirar por la ventana.

– Había estado en cuatro orfanatos antes de que me adoptaran. De los dos últimos huí. Estuve a punto de que me enviasen a un centro como este.

– En ese caso, es mucho lo que le debemos a los Solliday -declaró Mia con delicadeza y vio que Reed tragaba saliva.

– Sí, les debemos mucho. -El teniente se volvió y se sentó en el brazo de uno de los sillones-. Mejor dicho, les debo mucho.

– A veces la divisoria entre ser bueno y ser malo es muy sutil. Basta una buena experiencia y un alma amable para marcar una diferencia radical.

Solliday sonrió a medias.

– Sigo pensando que la buena gente se preocupa y la mala no.

– Lo que dices es demasiado simplista, pero dejaremos el debate para mejor ocasión. Alguien se acerca.

Se abrió la puerta y Mia se encontró cara a cara con la mujer del vídeo, que era muy joven.

– ¿Señorita Adler? -preguntó.

La mujer asintió con los ojos desmesuradamente abiertos y cara de susto.

Brooke entró en la estancia y Bixby le pisó los talones.

– Sí. ¿Qué quiere de mí?

– Soy la detective Mitchell y este es mi compañero, el teniente Solliday. Nos gustaría hablar con usted -explicó Mia ecuánimemente-. ¿Sería tan amable de salir con nosotros?

Bixby carraspeó e intervino:

– Detectives, hace frío y aquí estaremos más cómodos.

– No soy detective -precisó Solliday afablemente-. Soy investigador jefe de incendios.

Adler se quedó pálida y Bixby la observó con gesto de contrariedad.

– Señorita Adler, ¿qué pasa? -preguntó el director.

Brooke cruzó los dedos.

– ¿Bart Secrest habló ayer con usted?

Bixby apretó los labios de forma casi imperceptible.

– Señorita Adler, ¿qué ha hecho?

Fue una maniobra muy poco sutil para distanciarse de su empleada. Adler dio un respingo y se humedeció los labios.

– Fui a ver una de las casas de los artículos. Eso es todo.

Mia avanzó un paso y dijo:

– Humm… hola. Nos gustaría saber qué está pasando.

El doctor Bixby lanzó a la detective una mirada severa que esta supuso que habría provocado el llanto de la señorita Adler y cogió el teléfono que había sobre el escritorio de madera.

– Marcy, llame a Bart y a Julian y que se reúnan inmediatamente con nosotros en mi despacho.

– Señorita Adler, en primer lugar nos gustaría hablar a solas con usted -aseguró Mia-. No tardaremos mucho. No tenemos problemas en esperarla mientras va a buscar el abrigo.

Mitchell mantuvo la puerta abierta y no hizo caso del director, que abrió y cerró la boca sin pronunciar palabra.

Adler negó con la cabeza.

– No es necesario, así estoy bien.

Miércoles, 29 de noviembre, 13:25 horas

Desde la ventana veía el aparcamiento. El hombre estaba allí y observó a las tres personas que salieron del edificio y se detuvieron bajo el sol. Dos, un hombre y una mujer, habían entrado hacía pocos minutos. La mujer era la detective Mia Mitchell. La reconoció por la foto publicada en el periódico. Por lo tanto, el hombre solo podía ser el teniente Solliday. Su corazón seguiría latiendo al ritmo normal y no perdería la cabeza.

Hablaban con Brooke Adler porque la muy tonta había visitado el escenario del incendio. No es que supieran nada. No tenían la menor idea y carecían de pruebas y de sospechosos. No había nada que temer. Ya podían registrar el centro que no encontrarían nada… pues no había nada. Sonrió y pensó: «Salvo yo».

Mitchell y Solliday mantendrían una charla con Adler y averiguarían lo que ya sabían todos: que la nueva profesora de literatura era una ratita cabeza hueca e insignificante. No le quedó más remedio que reconocer que también tenía unos pechos extraordinarios. A menudo había pensado en su cuerpo, lo había disfrutado e incluso la había imaginado gozando. Claro que ahora eso tendría que cambiar… al menos en lo que al disfrute de ella se refería. Adler tendría que pagar por haber conducido a Mitchell y a Solliday hasta el centro.

La juerga tendría que esperar. En ese momento había policías en el centro. No se quedarían mucho. Cuando comprobasen que no había nada, Mitchell y Solliday se retirarían. «Y yo seguiré mi camino». Esa noche remataría a la señora Dougherty. Se excitó de solo pensar en el nuevo desafío.

Una vez más, la diversión debía esperar. A esa hora tenía que estar en otro lugar.

Miércoles, 29 de noviembre, 13:25 horas

Brooke hizo un esfuerzo sobrehumano para que los dientes no le castañeteasen cuando la detective la miró irónicamente e inquirió:

– Anoche estuvo en el escenario del crimen. ¿Por qué?

– Verá… -Adler se humedeció los labios, pero el aire frío los secó en el acto-. Por curiosidad.

– Señorita Adler, ¿está nerviosa? -preguntó con afabilidad el investigador jefe.

Aunque no dedicaba mucho tiempo a la televisión, Brooke había visto lo suficiente como para saber que el hombre era el poli bueno. La rubia menuda interpretaba a la perfección el papel de poli mala.

– No he hecho nada -se defendió, pero sus palabras sonaron a reconocimiento de culpa-. Si entran les explicaré todo.

– Enseguida entraremos -aseguró el investigador jefe.

Brooke se dijo que debía recordar que era el teniente Solliday. Debía recordar que no había hecho nada malo y dejar de comportarse como si fuera tonta.

El teniente volvió a tomar la palabra:

– Antes cuéntenos por qué anoche visitó la casa incendiada. -Solliday esbozó una afable sonrisa-. La vimos en las noticias de las diez.

Brooke había tenido un mal presentimiento cuando descubrió que salía en las noticias. Su mayor temor radicaba en que Bixby o Julian también la vieran, pero lo que estaba ocurriendo era peor.

– Ya he dicho que sentí curiosidad. Me enteré de los incendios y quise verlos con mis propios ojos.

– ¿Quién es Bart Secrest y qué le dijo a Bixby? -preguntó la detective.

– Haga el favor de preguntárselo al doctor Bixby. -Brooke miró por encima del hombro y vio a Bixby junto a la puerta de entrada y con cara de pocos amigos-. Lograrán que me despida -musitó.

Solliday no dejó de sonreír con gran amabilidad y apostilló:

– La llevaremos a comisaría si insiste en que sigamos perdiendo el tiempo.

Brooke parpadeó ante el choque entre el tono amable y las palabras tajantes del teniente. Se le aceleró el pulso y comenzó a sudar a pesar de que hacía mucho frío.

– No pueden, no he hecho nada.

– Mírenos -exigió Reed suavemente-. Señorita Adler, dos mujeres han muerto. Tal vez sabe algo útil o quizá no. Si lo sabe, dígalo de una vez. En caso contrario, ponga fin a este juego porque cada minuto que seguimos aquí es un minuto más que el asesino tiene para planificar otro ataque. Volveré a preguntárselo: ¿por qué fue a la casa incendiada?

A Brooke se le secó la boca cuando pensó en que había dos muertas.

– Uno de nuestros alumnos recortó artículos periodísticos que se referían a los incendios. Se lo comuniqué a Bart Secrest, el encargado de seguridad. El resto tendrá que preguntárselo a él.

La detective entornó los ojos y espetó:

– ¿A él? ¿Quién es él? ¿Se refiere a Secrest o al alumno?

Brooke cerró los ojos y visualizó la expresión impávida que Manny había mantenido a lo largo de la mañana. Dudó de que alguien pudiese sacarle una sola palabra a Manny.

– A Secrest -replicó Brooke y se estremeció de la cabeza a los pies-. Realmente he dicho todo lo que sé.

Los investigadores cruzaron una mirada y el teniente Solliday asintió antes de concluir:

– Está bien, señorita Adler. Hablaremos con el doctor Bixby.

Miércoles, 29 de noviembre, 13:30 horas

Bixby los esperaba en el vestíbulo. Dirigió a Adler una gélida mirada y Mia compadeció a la profesora.

Los condujo a un despacho tan suntuoso como discreta había sido la sala de espera. Señaló los sillones de cuero que rodeaban la gran mesa de caoba. Había dos hombres sentados. Uno rondaba los cuarenta y cinco años y su rostro denotaba simpatía. Daba la impresión de que, como entretenimiento, el otro se golpeaba la calva contra las paredes.

– El doctor Julian Thompson y el señor Bart Secrest -los presentó Bixby.

El simpático se levantó y la sonrisa arrugó su rostro. En el acto Mia desconfió de Thompson tanto como de Bixby.

– Soy el doctor Thompson, el consejero escolar.

Secrest se limitó a mantener el ceño fruncido y guardó silencio.

– Siéntense -dijo Bixby.

El director tamborileó los dedos mientras esperaba a que Mitchell y Solliday tomasen asiento. Mia tardó unos segundos adicionales solo por el gusto de verlo fruncir el ceño y por último se sentó a su lado.

La detective paseó la mirada por cada uno de los hombres antes de preguntar:

– ¿Quién es el alumno y dónde están los artículos?

El consejero no logró disimular un respingo y Secrest continuó con cara de pocos amigos.

– Investigamos al alumno y llegamos a la conclusión de que no era necesario insistir en el asunto. La señorita Adler experimentó… experimentó la necesidad personal de ver la escena con sus propios ojos, probablemente debido a la compasión que siente por las víctimas. ¿No es así, señorita Adler? -preguntó Bixby.

Adler asintió, insegura.