/ Language: Español / Genre:thriller

Mata para mí

Karen Rose

Dieciséis años recién cumplidos y había huido de casa para conocer, por fin, al joven universitario con quien llevaba tiempo chateando, convencida de haberse enamorado. Luego… el silencio. Seis meses después el caos se desata en Dutton, un pequeño pueblo del estado sureño de Georgia. Cinco adolescentes son asesinadas, y la única que logra sobrevivir sabe que impedirán que hable como sea. Una pareja está decidida a ayudarla. Luke Papadopoulos, agente federal, se enfrenta a diario al mal sin rostro que merodea en internet, aunque jamás haya podido acostumbrarse. Susannah Vartanian, que se ha visto forzada a regresar a Dutton, comprende que debe sacar a la luz todo lo que calló durante años. Ambos se verán obligados a juzgar a todo un pueblo. Un pueblo edificado sobre la crueldad impune, el poder absoluto y los silencios cómplices, un pueblo que se sustenta gracias a la poderosa tela de una araña que no puede permitir que nadie escape.

Karen Rose

Mata para mí

Título original: Kill for Me

© 2010, Laura Rins Calahorra, por la traducción

Suspense 09

Prólogo

Port Union, Carolina del Sur,

agosto, seis meses atrás

Monica Cassidy notó un cosquilleo en el estómago. «Hoy es el día.» Había esperado dieciséis largos años, sin embargo ese día la espera iba a llegar a su fin. Ese día se convertiría en mujer. Por fin. ¿Acaso no era hora?

Se dio cuenta de que se estaba retorciendo los dedos, enroscándolos uno sobre otro, y se esforzó por dejar de hacerlo. «Tranquilízate, Monica. No hay razón para estar nerviosa. Es algo… natural.» Todas sus amigas lo habían hecho ya, algunas incluso más de una vez.

«Hoy me toca a mí.»

Monica se sentó en la cama de la habitación del hotel y quitó el polvo de la llave electrónica que había encontrado escondida en el lugar exacto indicado por Jason. Se estremeció y sus labios esbozaron una pequeña sonrisa. Lo había conocido en un chat y habían conectado de inmediato. Pronto lo conocería. «En persona.»

Él le enseñaría cosas. Se lo había prometido. Iba a la universidad, o sea que debía de saber mucho más que los brutos que trataban de meterle mano cada vez que se agolpaban en el pasillo en los cambios de clase.

Por fin iban a tratarla como a una adulta. No como su madre.

Monica puso los ojos en blanco. Si fuera por su madre, a los cuarenta seguiría virgen. «Por suerte, soy más lista.»

Sonrió para sus adentros mientras pensaba en todo lo que había tenido que hacer aquella mañana para no dejar pistas. Ninguna de sus amigas sabía dónde estaba, así que no podrían chivarse aunque quisieran. Regresaría a casa, estrenada y bien estrenada, antes de que su madre hubiera vuelto del trabajo.

«¿Cómo te ha ido el día, cariño?», le preguntaría su madre. «Como siempre», respondería Monica. Y en cuanto pudiera, volvería a escaparse. Por el amor de Dios, tenía dieciséis años y nadie iba a decirle nunca más lo que debía hacer. Sonó el móvil y Monica, frenética, rebuscó en su bolso. Exhaló un suspiro. Era él.

«¿Sts ahi?», leyó.

Los pulgares le temblaban. «Sprndot. ¿Dnd sts tu?»

– Esperándote. ¿Dónde estás tú? -musitó mientras tecleaba la respuesta.

«Ms pdrs m vglan. Sn 1 cñzo. Llgare nsgida. Tq.», escribió él. Sus padres lo estaban vigilando, pensó Monica, y volvió a poner los ojos en blanco. Sus padres eran tan pesados como los de ella. Pero pronto se encontrarían. Sonrió. «Me quiere.» Estaba convencida de que todo aquello iba a valer la pena.

«Yo tb tq», tecleó, y cerró el móvil. Era un modelo antiguo; ni siquiera tenía cámara de fotos. Era la única del grupo que tenía un móvil sin una maldita cámara de fotos. El de su madre sí que tenía, pero ¿el de Monica? No. Su madre era una controladora nata. «Tendrás un teléfono nuevo cuando mejores tus notas.» Monica hizo una mueca de desdén. «Si supieras dónde estoy… Te quedarías muda.» Se puso en pie; de pronto se sentía inquieta.

– Mira que tratarme como a una niñata… -musitó mientras dejaba el bolso sobre el tocador y se miraba en el espejo. Tenía buen aspecto, todos los cabellos estaban en su sitio. Incluso se atrevería a decir que estaba guapa. Quería estar guapa para él.

No. Lo que quería era estar sexy. Monica hurgó n el bolso y sacó los condones que le había cogido a su madre de la vieja provisión que ella no había llegado a usar jamás. Como aún no habían caducado, todavía servían. Miró el reloj.

«¿Dónde se habrá metido?» Si no aparecía pronto, se le haría tarde a la hora de volver a casa.

La puerta chirrió al abrirse y Monica se volvió con la sonrisa de felino que había estado ensayando fija en el rostro.

– Hola. -Se quedó helada-. Usted no es Jason.

Era un policía y sacudía la cabeza.

– No. No soy Jason. ¿Tú eres Monica?

La chica alzó la cabeza, el corazón le aporreaba el pecho.

– ¿Y a usted qué le importa?

– No sabes la suerte que has tenido. Me llamo Mansfield y soy el ayudante del sheriff. Llevamos semanas tras la pista de ese tal Jason que se hace pasar por tu novio. En realidad, es un depravado de cincuenta y nueve años.

Monica negó con la cabeza.

– No puede ser. No le creo. -Corrió hacia la puerta-. ¡Jason! ¡Corre! ¡Es una trampa! ¡Son policías!

Él la tomó por el hombro.

– Ya lo hemos detenido.

Monica volvió a negar con la cabeza, esta vez más despacio.

– Pero si acaba de enviarme un mensaje…

– He sido yo, he usado su teléfono. Quería estar seguro de que te encontrabas aquí, sana y salva. -Su gesto se tornó más amable-. Monica, de verdad, has tenido mucha suerte. El mundo está lleno de buitres que intentan cazar a chicas como tú haciéndose pasar por chicos de tu misma edad.

– Me había dicho que tenía diecinueve años y que iba a la universidad.

El ayudante del sheriff se encogió de hombros.

– Te ha mentido. Vamos, recoge tus cosas, te acompañaré a casa.

Ella cerró los ojos. Había visto historias así en la televisión, y cada vez su madre meneaba el dedo para advertirle: «¿Lo ves? -decía-. El mundo está lleno de depravados». Monica suspiró.

«No me puede estar pasando esto.»

– Mi madre me matará.

– Es mejor que te mate tu madre a que lo haga ese depravado -respondió él sin alterarse-. Ya ha matado a otras personas.

Monica notó que su rostro perdía todo el color.

– ¿De verdad?

– Por lo menos a dos. Vamos, en realidad las madres nunca acaban matando a sus hijas.

– Parece que sabe de qué habla -musitó Monica.

Tomó su bolso, furiosa. «Me siento peor que si estuviera muerta.» Y ella que creía que su madre era demasiado protectora. «Después de esto me encerrará bajo siete llaves y las lanzará bien lejos.»

– Dios mío -gimió-. No puedo creer que me esté pasando esto.

Siguió al ayudante del sheriff hasta un coche de incógnito. Vio la luz en el salpicadero cuando él le abrió la puerta del acompañante.

– Entra y abróchate el cinturón -le ordenó.

Ella obedeció con desgana.

– Puede dejarme en la estación de autobuses -dijo-. No tiene por qué contárselo a mi madre.

Él le dirigió una mirada risueña antes de cerrar de golpe la puerta del vehículo. Luego se sentó al volante, estiró el brazo hacia atrás y tomó una botella de agua.

– Toma. Trata de relajarte. ¿Qué es lo peor que puede hacerte tu madre?

– Matarme -masculló Monica mientras desenroscaba el tapón de la botella. Vació un tercio dando grandes tragos. No se había percatado de que estuviera tan sedienta. Notó que le gruñían las tripas. Ni tan hambrienta-. ¿Podría parar en el MickeyD's de las afueras? No he comido nada. Llevo algo de dinero encima.

– Claro.

El hombre arrancó el coche y enfiló el tramo de carretera que conducía de regreso a la autopista interestatal. En pocos minutos hubo cubierto la distancia que Monica había tardado una hora en recorrer a pie aquella mañana, después de que el último coche que la había recogido en autostop la dejara en una gasolinera de las afueras de la ciudad.

Monica arrugó la frente al notar que todo le daba vueltas.

– Uf, debo de estar más hambrienta de lo que creía. Hay… -Vio los arcos dorados desaparecer tras ellos cuando el coche se incorporó a la autopista interestatal-. Necesito comer algo.

– Ya comerás más tarde. De momento, cierra el pico.

Monica se quedó mirándolo.

– Pare. Déjeme bajar.

Él se echó a reír.

– Pararé cuando lleguemos a donde tenemos que llegar.

Monica quiso agarrar el tirador de la puerta, pero no pudo mover la mano. Su cuerpo no le obedecía. «No puedo moverme.»

– No puedes moverte -dijo él-. Pero no te preocupes, el efecto de la droga es pasajero.

Ni siquiera podía verlo. Había cerrado los ojos y no podía volver a abrirlos. «Dios mío. Dios mío. ¿Qué me está pasando? -quiso gritar pero no pudo-. Mamá.»

– Hola, soy yo -dijo él. Estaba hablando por teléfono-. Ya la tengo. -Rió por lo bajo-. Sí, es muy guapa. Y es muy posible que sea virgen, tal como decía. La llevo hacia ahí. Ten listo el dinero. Lo quiero en efectivo, como siempre.

Monica oyó un ruido, un quejido de horror, y se dio cuenta de que procedía de su propia garganta.

– Deberías haber escuchado a tu madre -la amonestó él en tono burlón-. Ahora eres mía.

Capítulo 1

Casa Ridgefield, Georgia,

viernes, 2 de febrero, 13:30 horas

El móvil de Bobby sonó e interrumpió de golpe la partida de ajedrez.

Charles se detuvo en seco con el dedo índice sobre la reina.

– ¿Tienes que contestar?

Bobby miró la pantalla del teléfono y frunció el entrecejo. Era Rocky, desde su número particular.

– Sí. Discúlpame un momento, por favor.

Charles hizo un gesto afirmativo.

– Cómo no. ¿Quieres que salga?

– No seas ridículo -le espetó Bobby. Se volvió hacia el teléfono y preguntó-: ¿Por qué me llamas?

– Porque Granville me ha llamado a mí -dijo Rocky en tono tenso. De fondo se oía el ruido del tráfico. Iba en coche-. Mansfield está con él en la casa del río. Se ve que ha recibido un mensaje de Granville diciéndole que Daniel Vartanian sabía lo de la mercancía y que estaba a punto de llegar con la policía del estado. Granville dice que él no le ha enviado ningún mensaje, y no creo que mienta.

Bobby no dijo nada. Las noticias eran peores de lo que esperaba.

Tras un momento de silencio, Rocky añadió con vacilación:

– Vartanian no les habría avisado. Se habría presentado allí con el cuerpo especial de intervención. Creo… Creo que hemos llegado demasiado tarde.

– ¿Por qué hemos llegado demasiado tarde? -exclamó Bobby en tono mordaz, y se hizo un silencio.

– Está bien -admitió Rocky en voz baja-. Yo he llegado tarde. Pero ahora ya está hecho. Tenemos que asumir que la casa del río ya no es segura.

– Mierda -masculló Bobby, e hizo una mueca cuando Charles miró con gesto reprensor.

– Marchaos por el río. No vayáis por la carretera; seguro que no quieres darte de bruces con la policía mientras huís. Llama a Jersey. No es la primera vez que me ayuda a transportar mercancía.

– Lo ha llamado Granville. Está de camino. El problema es que en el barco solo caben seis.

Bobby puso mala cara.

– En la bodega del barco de Jersey caben doce sin problemas.

– Ese barco está en alguna otra parte. Te hablo del único que tiene disponible.

«Mierda.» Bobby miró a Charles, que escuchaba con avidez.

– Cárgate a todas las que no quepan. Asegúrate de no dejar rastro. ¿Lo entiendes? No puede quedar nada. Utiliza el río si no tienes tiempo de hacer otra cosa. Detrás del grupo electrógeno hay unos cuantos sacos de arena. Tráelas aquí. Te esperaré en el muelle.

– Eso haré. Voy hacia allí para asegurarme de que esos dos no la cagan.

– Bien. Y vigila a Granville. Es… -Bobby volvió a mirar a Charles y vio que observaba con expresión divertida-. Está un poco loco.

– Ya lo sé. Una cosa más. He oído que ayer Daniel Vartanian fue al banco.

Esas noticias eran mucho mejores.

– ¿Sabes qué descubrió?

– Nada. La caja de seguridad estaba vacía.

«Pues claro. La vacié yo hace años.»

– Qué interesante. Ya hablaremos de eso más tarde, ahora ponte en marcha. Llámame cuando hayas terminado el trabajo.

Bobby colgó y sus ojos se toparon con la mirada de curiosidad de Charles.

– Podrías haberme avisado de que Toby Granville no era trigo limpio antes de que lo aceptara como socio, ¿no crees? Ese puto cabrón está como un cencerro.

Charles esbozó una sonrisa de satisfacción.

– ¿Y perderme lo más divertido? Ni lo sueñes. ¿Qué tal te va con tu nueva ayudante?

– Es lista. Aún se le muda la cara cuando tiene que cumplir órdenes, pero no permite que los hombres lo noten. Y eso nunca le ha impedido hacer su trabajo.

– Estupendo. Me alegro de oírlo. -Ladeó la cabeza-. ¿Y lo demás? ¿Va todo bien?

Bobby se recostó en el asiento y arqueó las cejas.

– Tu negocio va bien. Nada de lo demás es asunto tuyo.

– Mientras mi inversión continúe reportando beneficios, por mí puedes guardarte tus secretos.

– Ah, claro que tendrás beneficios. Este año las cosas han ido muy bien. Las ganancias del negocio ordinario ascienden al cuarenta por ciento, y está a punto de despegar una nueva remesa de primerísima calidad.

– Pero vais a eliminar parte de la mercancía.

– Esa mercancía estaba a punto de quedar inservible de todos modos. A ver, ¿por dónde íbamos?

Charles movió la reina.

– Jaque mate, me parece.

Bobby renegó en voz baja. Luego suspiró.

– Es cierto. Tendría que haberte visto venir, pero nunca lo consigo. Siempre has sido el amo del tablero.

– Siempre he sido el amo y punto -corrigió Charles, y en un acto reflejo Bobby se incorporó un poco en el asiento. Charles asintió, y Bobby se tragó la furia que crecía en su interior cada vez que Charles tomaba las riendas-. Claro que no he venido sólo para ganarte al ajedrez -añadió-. Tengo noticias. Esta mañana ha aterrizado un avión en Atlanta.

Un ligero escalofrío de inquietud recorrió la espalda de Bobby.

– ¿Y qué? Todos los días aterrizan cientos de aviones en Atlanta. Miles incluso.

– Es cierto. -Charles empezó a guardar las piezas en el estuche de marfil que llevaba consigo a todas partes-. Sin embargo, en el de hoy viajaba alguien que te interesa en particular.

– ¿Quién?

Charles miró los ojos entornados de Bobby con otra sonrisa de satisfacción.

– Susannah Vartanian ha vuelto a casa -anunció mientras sostenía en alto la reina de marfil blanca-. Otra vez.

Bobby tomó la figura que Charles le tendía y trató de aparentar indiferencia mientras en su interior estallaba una furia volcánica.

– Vaya, vaya.

– Eso mismo digo yo: vaya, vaya. La última vez dejaste escapar la oportunidad.

– Ni siquiera lo intenté -soltó Bobby a la defensiva-. Sólo se quedó un día, para el entierro del juez y su mujer la semana pasada. -Susannah había permanecido al lado de su hermano frente a la tumba de sus padres con semblante inexpresivo a pesar de la agitación que traslucían sus ojos grises. Al verla de nuevo después de tantos años… La agitación de los ojos de Susannah no era nada comparada con la furia hirviente que Bobby había tenido que reprimir.

– No le partas la cabeza a mi reina, Bobby -dijo Charles arrastrando las palabras-. La talló a mano un maestro carpintero de Saigón. Vale mucho más que tú.

Bobby depositó la figura en la mano de Charles y desoyó la última impertinencia. «Cálmate. Cuando te sulfuras siempre cometes errores.»

– Esa última vez regresó muy rápido a Nueva York. No tuve tiempo de prepararme tal como el asunto requería.

Su tono sonó quejumbroso, lo cual aún le molestó más.

– Los aviones vuelan en ambos sentidos, Bobby. No tenías por qué esperar a que volviera. -Charles depositó la reina en el hueco recubierto de terciopelo del estuche de marfil-. No obstante, parece que se te ofrece una segunda oportunidad. Espero que esta vez planifiques mejor las cosas.

– No lo dudes.

Charles sonrió con reserva.

– Prométeme que me guardarás un asiento en primera fila cuando empiecen los fuegos artificiales. Tengo debilidad por los de color rojo.

Bobby sonrió sin ganas.

– Te garantizo que habrá mucho rojo. Ahora, si me disculpas, tengo que atender un asunto urgente.

Charles se puso en pie.

– De todos modos yo también he de marcharme. Tengo que asistir a un funeral.

– ¿A quién entierran hoy?

– A Lisa Woolf.

– Muy bien. Jim y Marianne Woolf lo pasarán en grande. Al menos, no tendrán que pelearse con los otros periodistas porque estarán en primera fila, en el banco reservado para los familiares.

– Bobby. -Charles sacudió la cabeza fingiendo escandalizarse-. Qué cosas dices.

– Sabes que tengo razón. Jim Woolf es muy capaz de vender a su propia hermana por una exclusiva.

Con el estuche de marfil bajo el brazo, Charles se puso el sombrero y tomó su bastón.

– Puede que algún día tú hagas lo mismo.

«No -pensó Bobby mientras observaba a Charles alejarse en su coche-. No por algo tan nimio como una exclusiva. Claro que si fuera la herencia lo que estuviera en juego… Eso cambiaría del todo las cosas. Bueno; ya habrá tiempo para los sueños. Ahora tengo trabajo.»

– ¡Tanner! Ven aquí. Te necesito.

Aparentemente el anciano surgió de la nada, tal como era propio de él.

– ¿Sí?

– Tenemos invitadas no previstas; están de camino. Prepara habitaciones para seis más, por favor.

Tanner respondió con un único gesto afirmativo.

– Claro. Mientras estaba con el señor Charles ha llamado el señor Haynes. Vendrá esta noche a por compañía para el fin de semana.

Bobby sonrió. Haynes era uno de sus mejores clientes, un hombre rico de gustos perversos. Y siempre pagaba en efectivo.

– Estupendo. La tendremos a punto.

Charles detuvo el coche al final de la calle. Desde allí aún podían verse los torreones de la Casa Ridgefield. La mansión se había erigido hacía casi cien años. Se trataba de una casa fortificada, construida a la vieja usanza. Tras haber vivido en todo tipo de lugares a los que ni siquiera una rata se habría atrevido a llamar «hogar», Charles apreciaba las obras arquitectónicas de calidad.

Bobby utilizaba la casa para guardar la mercancía, y la ubicación era ideal para ese propósito. Se encontraba lejos de la carretera principal y la mayor parte de la gente ni siquiera sabía que seguía en pie. Estaba lo bastante cerca del río para cuando resultara conveniente, pero lo suficientemente lejos en caso de que el río creciera. Además, no era lo bastante grande, ni bella, ni antigua siquiera, para que ningún conservador del patrimonio se interesara por ella, lo cual la convertía en el lugar perfecto.

Durante años Bobby había desdeñado la casa por considerarla vieja y fea, indigna de tenerse en cuenta. Hasta que la madurez hizo que reparase en lo que Charles había aprendido tiempo atrás. «Las cosas demasiado atractivas llaman la atención. La garantía del verdadero éxito es la invisibilidad.» El hecho de conseguir pasar inadvertido a simple vista le había permitido manejar a los más llamativos y pretenciosos. «Ahora no son más que títeres que bailan al son de mi voluntad.»

Eso los ponía furiosos, se sentían impotentes. Claro que ellos no sabían lo que era sentirse verdaderamente impotente. Vivían con el temor de perder las posesiones que habían acumulado, y así habían vendido el orgullo, la decencia. La moralidad, lo cual no era más que la farsa de todo devoto. Algunos se habían vendido sin apenas presionarlos. A Charles esa gente le inspiraba desdén. No tenían ni idea de lo que significaba perderlo todo. Todo. Verse privado por completo del placer físico, de las necesidades más básicas del ser humano.

Los débiles temían perder sus cosas. Sin embargo, Charles no. Cuando a un hombre le arrebataban hasta la esencia de la cualidad humana… dejaba de tener miedo. Charles no tenía ningún miedo.

Lo que sí que tenía eran planes, y esos planes incluían a Bobby y a Susannah Vartanian.

Bobby estaba por encima de todos los demás. Charles había modelado su ágil mente cuando era joven y maleable y rebosaba de energía. De preguntas y de odio. Había convencido a Bobby de que llegaría el momento de vengarse, de reclamar la herencia que las circunstancias -y algunas personas- le habían negado. Sin embargo, Bobby seguía bailando al son de Charles. Este simplemente permitía que creyera que el ritmo era el propio.

Destapó el estuche de blanco marfil, extrajo la reina de la ranura y accionó el resorte oculto que hacía que debajo se abriera un cajón. Su diario se encontraba encima de todas las pertenencias sin las cuales nunca salía de casa. Pensativo, pasó las páginas hasta llegar a la primera en blanco y empezó a escribir.

Ha llegado el momento de que la persona a quien protejo se vengue porque así lo deseo yo. Planté la semilla años atrás; hoy sólo la he regado. Cuando Bobby se siente a trabajar frente al ordenador, la fotografía de Susannah Vartanian estará aguardando.

Bobby odia a Susannah porque así lo deseo yo. Pero tiene razón en una cosa: Toby Granville se vuelve más inestable cada año que pasa. A veces el poder absoluto (o la ilusión de ejercerlo) conlleva la absoluta corrupción. Cuando Toby resulte demasiado peligroso, haré que lo maten, igual que he hecho que él mate a otras personas.

Matar a alguien da mucho poder. Clavarle un cuchillo en la garganta y observar cómo su mirada va perdiendo vida… realmente da mucho poder. Claro que obligar a otra persona a hacerlo… Eso sí que da poder. Mata para mí. Es como jugar a ser Dios.

Charles sonrió.

Es muy divertido.

Sí; pronto sería necesario matar a Toby Granville. Pero otro Toby Granville lo sustituiría. Y, con el tiempo, también habría otro Bobby. «Y así sucesivamente.» Cerró el diario y lo colocó en su sitio igual que a la reina, tal como había hecho innumerables veces.

Dutton, Georgia,

viernes, 2 de febrero, 14:00 horas

Le dolía todo el cuerpo. Esa vez le habían golpeado la cabeza y le habían pateado las costillas. Monica apretó los labios resuelta y satisfecha. Había valido la pena. Conseguiría escaparse o moriría en el intento. Los obligaría a matarla antes de permitir que volvieran a utilizarla.

De ese modo perderían «un bien muy valioso». Así era como ellos la llamaban. Les había oído hablar al otro lado del muro. «Luego podrán besar tanto como quieran a su valioso bien.» Cualquier cosa, incluida la muerte, era mejor que la vida que llevaba desde hacía… ¿cuánto tiempo hacía ya?

Había perdido la cuenta de los meses transcurridos. Cinco, tal vez seis. Hasta entonces Monica siempre había creído que el infierno no existía. Ahora, sin embargo, estaba segura de que sí. ¡Vaya si existía!

Durante un tiempo había perdido las ganas de vivir, pero gracias a Becky las había recuperado. Becky había intentado escaparse muchas veces. Ellos habían tratado de impedírselo, de destrozarla. Y habían conseguido destrozar su cuerpo pero no su espíritu. En los breves instantes durante los cuales se comunicaron en voz baja a través del muro que las separaba, Monica había adquirido fuerzas de la chica a quien no había llegado a ver; la chica cuya muerte había hecho renacer en ella las ganas de vivir. O de morir en el intento.

Pretendía respirar hondo y se estremeció antes de conseguir llenar los pulmones de aire. Con toda probabilidad tenía una costilla rota. Tal vez, varias. Se preguntó qué habrían hecho con el cuerpo de Becky después de darle una paliza de muerte. Monica aún podía oír los quebrantadores golpes, porque eso era lo que ellos querían. Habían abierto todas las puertas para que pudieran oír todos y cada uno de los puñetazos y las patadas, y todos y cada uno de los gritos de Becky. Querían que todas lo oyeran. Que se asustaran. Que aprendieran la lección.

Todas las chicas de aquel lugar. Al menos eran diez, de diversos grados de «validez». Algunas acababan de iniciarse. Otras ya eran veteranas de la profesión más antigua del mundo. «Como yo. Sólo quiero volver a casa.»

Monica agitó el brazo con gesto débil y oyó el ruido metálico de la cadena que la sujetaba a la pared. Igual que a todas las chicas de aquel lugar. «Nunca conseguiré escapar. Voy a morir. Por favor, Dios mío, haz que sea pronto.»

– Corred, idiotas. No tenemos tiempo de andar jodiéndola.

Había alguien allí fuera, en el pasillo donde se encontraba su celda. «La mujer.» Monica apretó la mandíbula. Odiaba a la mujer.

– Corred -decía-. Moveos. Mansfield, carga esas cajas en el barco.

Monica no sabía cómo se llamaba, pero era perversa. Peor que los hombres; el ayudante del sheriff y el médico. Mansfield era el ayudante del sheriff, el que la había secuestrado y la había llevado allí. Durante mucho tiempo había creído que no era un auténtico policía; había creído que su uniforme era solo un disfraz. Sin embargo, era auténtico. Cuando se enteró de que era policía perdió todas las esperanzas.

Si Mansfield era malvado, el médico lo era más. Era cruel, disfrutaba viéndolas sufrir. La mirada que había observado en sus ojos mientras les hacía las peores cosas… Monica se estremeció. El médico no estaba bien de la cabeza, de eso estaba segura.

Pero la mujer… era perversa. Para ella aquel horror, aquella… vida, si podía llamársela así, no era más que «trabajo». Para la mujer, cada una de las chicas de aquel lugar era un bien de mayor o menor valor; un bien que podía sustituirse por otro, porque siempre habría más adolescentes lo bastante estúpidas para dejar que las engañaran y las alejaran de la seguridad de sus hogares. Para dejar que las engañaran y las llevaran allí. Al infierno.

Monica oyó los gemidos mientras trasladaban las cajas a… ¿adónde? Oyó los chirridos y los reconoció de inmediato. Era la camilla de ruedas oxidadas. Allí era donde el médico les hacía los «apaños» y las dejaba en condiciones de «seguir jugando» después de que algún «cliente» las moliera a palos. Claro que a veces era el propio médico quien les pegaba, y entonces todo cuanto tenía que hacer era levantarlas del suelo y tenderlas sobre la camilla, lo cual simplificaba mucho su trabajo. Lo odiaba. Pero más que odio le inspiraba terror.

– Saca a las chicas de la diez, la nueve, la seis, la cinco, la cuatro y… la uno -ordenó la mujer.

Monica abrió los ojos como platos. Ella ocupaba la celda número uno. Entornó los ojos y deseó que su vista se acostumbrara a la oscuridad. «Algo va mal.» El corazón se le aceleró. Alguien había acudido en su ayuda. «Corre. Por favor, corre.»

– Espósalas con las manos a la espalda y hazles salir de una en una -soltó la mujer-. Apúntales todo el tiempo con la pistola y no permitas que se escapen.

– ¿Qué haremos con las demás? -La voz era gutural. El guardaespaldas del médico.

– Matarlas -dijo la mujer con tranquilidad y sin vacilar.

«Yo estoy en la celda uno. Me meterán en un barco y me llevarán lejos de aquí.» Lejos de quien había acudido en su ayuda. «Me resistiré. Y juro por Dios que conseguiré escapar, o moriré en el intento.»

– Yo me encargaré. -Era el médico, cuya mirada era tan lasciva; tan cruel.

– Muy bien -respondió la mujer-. Pero no dejes aquí los cadáveres. Échalos al río, utiliza los sacos de arena de detrás del grupo electrógeno. Mansfield, no te quedes ahí plantado. Mete las cajas y las chicas en el puto barco antes de que la policía nos pise los talones. Luego devuélvele la camilla al bueno del doctor. La necesitará para trasladar los cadáveres hasta el río.

– Sí, señor -se burló Mansfield.

– No te pases de listo -soltó la mujer, y su voz se fue apagando a medida que se alejaba-. Muévete.

Se hizo el silencio. Luego el médico habló en voz baja.

– Ocúpate de los otros dos.

– ¿Te refieres a Bailey y al pastor? -preguntó el guardaespaldas en tono normal.

– Chis -lo acalló el médico-. Sí. Hazlo en silencio. Ella no sabe que están aquí.

«Los otros dos.» Monica los había oído a través de la pared. El despacho del médico se encontraba junto a su celda, por eso podía oír muchas cosas. Él había golpeado a la mujer a quien llamaba Bailey durante días. Quería una llave. «Una llave, ¿de qué?» También había golpeado al hombre. Le pedía que confesara. ¿Qué querría que confesara el pastor?

En cuestión de segundos Monica se olvidó de Bailey y del pastor. Los gritos y los sollozos invadían el lugar, eran más fuertes incluso que el martilleo del pulso en sus oídos. Los chillidos le desgarraban la conciencia mientras aquellos hombres se llevaban a rastras a una chica, y luego a otra, y a otra más. «Tranquila.» Tenía que permanecer concentrada. «Vienen a por mí.»

«Sí. Pero antes de ponerte las esposas tendrán que quitarte los grilletes, y durante unos segundos tendrás las manos libres. Corre, clávales las uñas, arráncales los ojos si es necesario.»

Sin embargo, por mucho ánimo que tratara de reunir, sabía que todo era inútil. Antes de la última paliza tal vez hubiera tenido una oportunidad. Además, ¿qué le esperaba una vez fuera? Cualquier sitio se encontraba a kilómetros y kilómetros de distancia. Antes de llegar al vestíbulo, estaría muerta.

Un sollozo ascendió por su garganta. «Tengo dieciséis años y voy á morir. Lo siento, mamá. Tendría que haberte hecho caso.»

¡Pum! Se estremeció al oír el disparo. Más gritos; gritos llenos de terror, de histeria. Pero Monica se encontraba demasiado cansada para gritar. Demasiado cansada casi, para sentir miedo. Casi.

Otro disparo. Y otro. Y otro. Ya iban cuatro. Oyó su voz; la voz del médico. Se burlaba de la chica de la celda contigua.

– Reza, Angel -dijo con cierto regocijo en la voz. Monica lo odiaba. Tenía ganas de matarlo; de verle sufrir, desangrarse y morir.

¡Pum! Angel estaba muerta. Ella y cuatro chicas más.

La puerta se abrió de par en par, y en el vano apareció Mansfield, con su rostro severo y odioso. En dos zancadas se plantó a su lado y la despojó de la cadena que la sujetaba a la pared, sin ninguna delicadeza. Monica entornó los ojos para evitar la luz mientras Mansfield retiraba el grillete de su muñeca.

Estaba libre. «¿Y qué?» Seguía igual de atrapada.

– Vamos -gruñó Mansfield, obligándola a ponerse en pie.

– No puedo -susurró ella. Le flaqueaban las rodillas.

– Cállate. -Mansfield tiró de ella y la levantó como si no pesara más que una muñeca. Claro que, en el estado en que se encontraba, eso no distaba mucho de la verdad.

– Espera.

La mujer se encontraba en el pasillo, frente a la puerta de Monica. Permaneció en la sombra, como siempre. Monica no le había visto nunca la cara. Aun así, seguía soñando con el día en que le arrancaría los ojos.

– El barco está lleno -dijo la mujer.

– ¿Cómo es posible? -preguntó el médico desde el pasillo-. Caben seis y solo has sacado a cinco.

– Las cajas ocupan mucho espacio -respondió la mujer en tono lacónico-. Vartanian llegará de un momento a otro con la policía del estado, y para entonces nosotros tenemos que estar lejos de aquí. Mátala y saca los cadáveres de aquí.

«Así que ha llegado el momento. No hace falta que corra ni que me resista.» Monica se preguntó si llegaría a oír el disparo o si moriría al instante. «No pediré clemencia. No le daré ese gusto.»

– La chica no está tan mal -opinó el médico-. Aún podría trabajar varios meses, tal vez un año. Tira unas cuantas cajas por la borda o quémalas. Hazle sitio. Cuando la tenga enseñada, será el bien más valioso que hayamos explotado jamás. Vamos, Rocky.

«Rocky.» Así era como se llamaba la mujer. Monica se prometió a sí misma que lo recordaría. Rocky se acercó al médico, y al hacerlo abandonó la penumbra y Monica vio su rostro por primera vez. Entrecerró los ojos y trató de que la celda dejara de dar vueltas en su cabeza mientras memorizaba todos sus rasgos. Si había vida después de la muerte, Monica regresaría para perseguir a aquella mujer hasta volverla completamente loca.

– Las cajas se quedan en el barco -contestó Rocky impaciente.

La boca del médico dibujó una mueca de desdén.

– Porque tú lo digas.

– Porque lo dice Bobby y, a menos que quieras explicarle el motivo por el cual has decidido dejar pruebas que nos comprometen a todos, cierra el pico y mata ya a esa puta para que podamos largarnos de aquí. Mansfield, ven conmigo. Granville, haz lo que te digo y date prisa. Y, por el amor de Dios, asegúrate de que todas están muertas. No quiero que griten cuando las tiremos al río. Si algún policía anda cerca, vendrá volando.

Mansfield soltó a Monica y su pierna cedió. Cayó de rodillas y se sujetó en el sucio colchón mientras Mansfield y Rocky salían de la celda y frente a ella aparecía el cañón de la pistola del médico.

– Hazlo ya -musitó Monica-. Ya has oído a la señorita. Hazlo deprisa.

La boca del médico dibujó aquella sonrisa de cobra que a Monica le revolvía las tripas.

– Te crees que va a ser rápido y que no te va a doler.

¡Pum!

Monica gritó al notar en el costado una quemazón que superaba el dolor de cabeza. Le había disparado, pero no estaba muerta. «¿Por qué no estoy muerta?»

Él le sonrió mientras ella se retorcía y trataba de que desapareciera el dolor.

– Desde que llegaste no has hecho más que joderme. Si tuviera tiempo, te haría pedazos, pero no lo tengo. Así que adiós, Monica.

Levantó la pistola, pero su cabeza cayó hacia un lado y la furia ensombreció su rostro en el momento en que otro disparo llegaba a oídos de Monica. Ella volvió a gritar al notar el ardor del fogonazo en la sien. Cerró los ojos con fuerza y esperó el siguiente disparo, pero este no llegó a producirse. Abrió los ojos arrasados en lágrimas y pestañeó para ver con nitidez.

Se había marchado y la había dejado sola. Y no estaba muerta.

«Ha fallado.» El muy cabrón había fallado. Se había ido. «Volverá.»

Pero no vio a nadie. «Vartanian llegará de un momento a otro con la policía del estado.» Se lo había oído decir a la mujer. Monica no conocía a nadie llamado Vartanian, pero fuera quien fuese se trataba de su única oportunidad de sobrevivir. «Acércate a la puerta.» Monica se puso de rodillas con esfuerzo y avanzó a gatas. Ahora una pierna, luego la otra. «Llega hasta el pasillo y es posible que logres salir de aquí.»

Oyó pasos. Una mujer llena de morados, ensangrentada y con la ropa hecha jirones se dirigía hacia ella tambaleándose. «Los otros dos», había dicho el médico. Esa era Bailey. Se había escapado. Aún había esperanzas. Monica levantó la mano.

– Ayúdame, por favor.

Bailey vaciló, luego tiró de ella hasta ponerla en pie.

– Muévete.

– ¿Bailey? -consiguió susurrar Monica.

– Sí. Ahora muévete o morirás. -Juntas recorrieron el pasillo. Al fin llegaron a una puerta y salieron a la luz del día, tan intensa que dañaba la vista.

Bailey se detuvo en seco y a Monica se le cayó el alma a los pies. Frente a ellas había un hombre apuntándoles con una pistola. Llevaba un uniforme igual al de Mansfield. En la placa prendida en su camisa se leía SHERIFF FRANK LOOMIS. No era Vartanian con la policía del estado. Era el jefe de Mansfield, y no las dejaría escapar.

Así era como terminaría todo. Las lágrimas rodaron por las mejillas de Monica y le abrasaron el rostro en carne viva mientras aguardaba el siguiente disparo.

Para su sorpresa, el sheriff Loomis se llevó el dedo a los labios.

– Seguid la hilera de árboles -susurró-. Llegaréis a la carretera. -Señaló a Monica-. ¿Cuántas más quedan ahí?

– Ninguna -musitó Bailey con voz ronca-. Las ha matado a todas. A todas menos a ella.

Loomis tragó saliva.

– Entonces marchaos. Iré a por mi coche y os recogeré en la carretera.

Bailey la aferró con fuerza.

– Vamos -susurró-. Solo un poco más.

Monica se miró los pies y deseó poder moverlos. Primero uno, luego el otro. La libertad. Iba a obtener la libertad. Y luego conseguiría que todos pagaran por lo que habían hecho. O moriría en el intento.

Dutton, Georgia,

viernes, 2 de febrero, 15:05 horas

Susannah Vartanian miró el retrovisor exterior mientras la casa donde se había criado se hacía más pequeña a cada segundo que pasaba. «Tengo que marcharme de aquí.» Mientras permaneciera allí, en esa casa, en esa ciudad, dejaría de ser la mujer en quien se había convertido. Dejaría de ser la próspera ayudante del fiscal del distrito de Nueva York que tanto respeto inspiraba. Mientras permaneciera allí, sería una niña; una niña solitaria y asustada escondida en un vestidor. Una víctima. Y Susannah estaba hasta la mismísima coronilla de ser una víctima.

– ¿Se siente bien? -La pregunta la formuló el hombre sentado ante el volante, el agente especial Luke Papadopoulos, que era compañero de trabajo de su hermano y su mejor amigo. Luke la había acercado hasta allí en su coche hacía una hora, y entonces el miedo creciente instalado en lo más profundo de sus entrañas le había hecho desear que circulara más despacio. Ahora todo había terminado, y deseaba que condujera más deprisa.

«Aléjeme de aquí, por favor.»

– Estoy bien. -No le hizo falta mirar a Papadopoulos para percatarse de que la estaba observando con atención. Notó la fuerza de su mirada en el instante mismo en que se conocieron, hacía una semana. Ella se encontraba de pie junto a su hermano, durante el funeral de sus padres, y Luke se había acercado para darles el pésame. En ese momento la miró con mucha atención. Igual que la miraba ahora.

No obstante, Susannah mantuvo la mirada fija en el retrovisor. Quiso apartar los ojos de su hogar de juventud, que empequeñecía por momentos, pero no le obedecían. La figura solitaria plantada frente a la entrada le obligaba a aguantar la mirada. Incluso desde la distancia captaba la tristeza que abatía sus anchos hombros.

Su hermano Daniel era un hombre corpulento, igual que lo había sido su padre. Las mujeres de su familia eran menudas; sin embargo, los hombres eran altos y fornidos. Unos más altos que otros. Susannah tragó saliva para eliminar el pánico que llevaba dos semanas amenazando con atorarle la garganta. «Simon está muerto; esta vez es verdad. Ya no puede hacerte ningún daño.» Sin embargo; sí que podía, y lo haría. El hecho de que fuera capaz de atormentarla incluso desde el más allá era tan irónico que a Simon le habría resultado de lo más divertido. Su hermano mayor era un gran hijo de puta.

Ahora el gran hijo de puta estaba muerto, y Susannah no había derramado por ello ni una sola lágrima. También sus padres estaban muertos; Simon los había matado. Ya sólo quedaban vivos dos miembros de la familia. «Solo Daniel y yo -pensó con amargura-. Una gran familia feliz.»

Aparte de ella, solo quedaba vivo el mayor de sus hermanos, el agente especial Daniel J. Vartanian, de la Agencia de Investigación de Georgia. Daniel era una buena persona. Había alcanzado el éxito profesional en su esfuerzo por compensar el hecho de ser hijo del juez Arthur Vartanian. «Igual que yo.»

Pensó en la desolación que reflejaba su mirada cuando se alejó y lo dejó plantado en la puerta de su viejo hogar. Habían transcurrido trece años y por fin Daniel sabía lo que había hecho; y, más importante aún, lo que no había hecho.

Quería que lo perdonara, pensó Susannah con amargura. Quería enmendar su error. Después de más de diez años de completo silencio, ahora su hermano Daniel quería recuperar la relación.

Su hermano Daniel le pedía demasiado. Tendría que aprender a vivir con lo que había hecho, y con lo que no había hecho. «Igual que yo.»

Susannah sabía por qué Daniel se había marchado hacía tanto tiempo. Detestaba aquella casa casi tanto como ella. Casi. La semana anterior, cuando tuvo lugar el entierro de sus padres, Susannah había logrado evitar volver a la casa. Se había marchado justo después del funeral y se había prometido no regresar jamás.

No obstante, la llamada de Daniel del día anterior la había llevado de nuevo hasta allí. «Hasta aquí.» Hasta Dutton. «Hasta la casa.» Se había visto obligada a afrontar lo que había hecho. Y, más importante aún, lo que no había hecho.

Hacía una hora que había atravesado el porche de la entrada por primera vez en años. Había tenido que hacer acopio de todo su valor para cruzar la puerta, subir la escalera y entrar en la antigua habitación de su hermano Simon. Susannah no creía en los fantasmas, pero sí en el mal.

El mal residía en aquella casa, en aquella habitación, aun mucho después de la muerte de Simon. «De las dos muertes.»

El mal la había acechado en cuanto puso un pie en la habitación de Simon, y un pánico desgarrador había ascendido por su garganta junto con el grito que había conseguido silenciar. Había echado mano de sus últimos recursos para mantener intacta la apariencia de serenidad y autocontrol mientras se obligaba a entrar en el vestidor, acobardada por lo que sospechaba que iba a encontrar tras sus paredes.

Su peor pesadilla. Su mayor vergüenza. Durante trece años había permanecido encerrada en una caja, dentro de un escondrijo oculto tras la pared de la habitación de Simon que nadie conocía. «Ni yo. Ni siquiera yo.» Trece años después la caja había salido a la luz. ¡Tachán!

Ahora la caja se encontraba en el maletero del coche del agente especial Luke Papadopoulos, del GBI; el compañero y amigo de Daniel. Papadopoulos iba a llevarla a las oficinas del GBI, en Atlanta, donde la requisarían como prueba. Donde el equipo de la policía científica, los detectives y el departamento jurídico examinarían el contenido. Cientos de fotografías, repugnantes, obscenas y muy, muy reales. «Lo verán. Y lo sabrán.»

El coche dobló una esquina y la casa desapareció. Roto el maleficio, Susannah se recostó en el asiento y dio un quedo suspiro. Por fin todo había terminado.

No; para Susannah eso no era más que el principio, y nada más lejos del final para Daniel y su compañero. Daniel y Luke perseguían a un asesino, a un hombre que había matado a cinco mujeres de Dutton durante la última semana. A un hombre que había convertido a sus víctimas de asesinato en pistas para guiar a las autoridades hasta lo que quedaba de la banda de bestias ricachonas que a su vez habían causado mucho daño a unas cuantas adolescentes trece años antes. A un hombre que debía de tener sus motivos para desear que los crímenes de los ricachones salieran a la luz. A un hombre que odiaba a los putos ricachones casi tanto como Susannah. Casi. Nadie los odiaba más que Susannah. A menos que se tratara de una de las otras doce víctimas con vida.

«Pronto sabrán quiénes son las otras víctimas. Pronto todo el mundo lo sabrá», pensó.

Incluido el compañero y amigo de Daniel. La seguía observando, con la mirada sombría y penetrante. Tenía la impresión de que Luke Papadopoulos veía más cosas de las que deseaba que nadie viera.

Sin duda ese mismo día las vería. Pronto todo el mundo las vería. Pronto… Sintió una arcada y se concentró en tratar de no vomitar. Pronto su mayor vergüenza sería pasto de la murmuración en las cafeterías de todo el país.

Ya había oído bastantes conversaciones de café para saber cómo iría la cosa exactamente. «¿Te has enterado? -susurrarían con cara de escándalo-. ¿Has oído lo de esos ricachos de Dutton, en Georgia? Los que drogaron y violaron a tantas chicas hace trece años. A una hasta la mataron. Les hicieron fotos. ¿Te imaginas?»

Y todos sacudirían la cabeza al imaginarlo mientras deseaban en secreto que las fotos se filtraran y fueran a parar a una página de internet en la que, navegando, entrarían por casualidad.

«Dutton -musitaría otra persona, para no ser menos-. ¿No fue allí donde asesinaron y dejaron tiradas en la cuneta a todas aquellas mujeres? Justo la semana pasada.»

«Sí -afirmaría otra-. Y el tal Simon Vartanian también era de allí. Fue uno de los que violaron a las chicas hace trece años; el que hizo las fotos. También fue él quien asesinó a todas esas personas de Filadelfia. Un detective de allí lo mató.»

Diecisiete personas habían muerto, incluidos sus padres. Infinidad de vidas habían quedado destruidas. «Yo podría haberlo evitado, pero no lo hice. Dios mío. ¿Qué he hecho?» Susannah mantuvo el semblante circunspecto y el cuerpo inmóvil, pero en su interior se mecía como una niña asustada.

– Ha sido difícil -musitó Papadopoulos.

Su voz ronca hizo que Susannah reaccionara, y pestañeó con fuerza mientras recordaba quién era en la actualidad. Era adulta. Una fiscal respetable. Una buena persona. «Sí. Claro.»

Susannah volvió la cabeza y fijó de nuevo la mirada en el retrovisor. «Difícil» era un término demasiado aséptico para lo que acababa de hacer.

– Sí -respondió-. Ha sido difícil.

– ¿Se siente bien? -volvió a preguntarle.

«No. No me siento bien», quiso espetarle, pero mantuvo la voz serena.

– Estoy bien. -Y en apariencia sí que lo estaba. Susannah era toda una experta en guardar las apariencias, lo cual no era de extrañar. Después de todo, era hija del juez Arthur Vartanian; y lo que no había heredado de su sangre lo había aprendido observando cómo su padre vivía en una falacia permanente todos y cada uno de los días que habían pasado juntos.

– Ha hecho lo correcto, Susannah -dijo Papadopoulos en tono tranquilizador.

«Sí; lo correcto. Solo que trece años tarde.»

– Ya lo sé.

– Gracias a las pruebas que hoy nos ha ayudado a encontrar, podremos meter en la cárcel a tres violadores.

Tendrían que haber sido siete los hombres que fueran a la cárcel. «Siete.» Por desgracia, cuatro ya habían muerto, incluido Simon. «Espero que estéis todos ardiendo en el infierno.»

– Y trece mujeres podrán mirar a la cara a sus agresores y obtener justicia -añadió.

Tendrían que haber sido dieciséis las mujeres que miraran a la cara a sus agresores, pero a dos las habían asesinado y la otra se había quitado la vida. «No, Susannah. Sólo tendría que haber habido una víctima. La cosa debería haber acabado después de ti.»

Pero en aquel momento había optado por no decir nada, y tendría que cargar con ello el resto de su vida.

– El hecho de enfrentarse al agresor es un paso muy importante a la hora de superarlo -respondió Susannah con ecuanimidad. Por lo menos eso era lo que siempre les decía a las víctimas de violación que dudaban acerca de declarar en el juicio. Antes lo creía. Ahora ya no estaba segura.

– Supongo que le ha tocado preparar a más de una víctima de violación para que declare en el juicio. -El tono de Luke era suave en extremo, pero Susannah captó en su voz un temblor apenas perceptible debido a la ira que se esforzaba por mantener a raya-. Imagino que la cosa resulta más difícil cuando quien tiene que declarar es uno mismo.

Otra vez la misma palabra… «Difícil.» El hecho de tener que declarar no se le antojaba precisamente difícil. Le parecía la perspectiva más aterradora de toda su vida.

– Ya les dije a Daniel y a usted que daría mi apoyo a las otras víctimas, agente Papadopoulos -dijo en tono cortante-. Y me atengo a ello.

– Nunca lo he dudado -respondió él, pero Susannah no le creyó.

– Mi avión a Nueva York sale a las seis. Tengo que estar en el aeropuerto de Atlanta a las cuatro. ¿Podría acompañarme de vuelta a la oficina?

Él la miró con ceño.

– ¿Se va esta noche?

– La semana pasada desatendí mucho el trabajo a causa del funeral de mis padres. Tengo que ponerme al día.

– Daniel esperaba pasar un poco de tiempo con usted.

El tono de Susannah se endureció e hizo evidente su enojo.

– Me parece que Daniel estará ocupadísimo tratando de atrapar a los tres… -Vaciló-. A los tres miembros del club de Simon que quedan vivos. -No fue capaz de pronunciar la palabra que utilizaba a diario en el trabajo-. Por no hablar de echarle el guante a quienquiera que asesinara a cinco mujeres en Dutton la semana pasada.

– Sabemos quién es. -También su enojo se hizo patente-. Lo encontraremos; es solo cuestión de tiempo. Además, ya hemos detenido a uno de los violadores.

– Ah, sí. El alcalde Davis. Me ha sorprendido. -Trece años atrás, Garth Davis no era más que un loco por los deportes, no habría sido capaz de liar a un grupo de amigotes para que agredieran a sus compañeras de clase. Sin embargo, era evidente que les había seguido el juego. Las fotografías no mentían-. Pero Mansfield, el ayudante del sheriff, logró escapar y mató a su perseguidor.

Randy Mansfield siempre había sido una hiena. Ahora encima andaba por el mundo con placa y pistola, y la perspectiva era aterradora, sobre todo teniendo en cuenta que seguía en libertad.

A Luke le tembló un músculo de la mandíbula.

– El «perseguidor» de Mansfield era un agente de los mejores. Se llamaba Oscar Johnson -dijo en tono tirante-. Ha dejado a tres hijos y a una esposa embarazada.

Luke estaba resentido. Era amigo de Daniel, y muy leal.

– Lo siento -dijo ella en tono más amable-. Pero tiene que reconocer que Daniel y usted aún no tienen la situación controlada. Ni siquiera saben quién es el tercer… -«Dilo. Ahora.» Se aclaró la garganta-. El tercer violador.

– Lo encontraremos -repitió Papadopoulos con obstinación.

– Estoy segura. Aun así, no puedo quedarme. Además, Daniel tiene una nueva amiga en quien apoyarse -añadió, y oyó en su propia voz el retintín que tanto detestaba. El hecho de que Daniel hubiera encontrado la felicidad en todo ese desastre le parecía… injusto. Claro que esa era una actitud infantil. La vida no era justa, Susannah había aprendido eso hacía mucho tiempo-. No tengo la más mínima intención de entrometerme.

– Alex Fallon le caerá bien -opinó él-. Si le da una oportunidad.

– Pues claro. Pero la señorita Fallon también ha tenido un día duro; no debe de haber sido fácil para ella ver la foto de su hermana en la caja con todas las demás.

«Incluida la mía. No lo pienses.» Decidió centrarse en Alex Fallon.

La nueva novia de Daniel estaba relacionada con sus vidas de un modo muy real. Su gemela había sido asesinada trece años atrás por uno de los chicos que había agredido a tantas víctimas. Susannah podía ser lo bastante infantil para tener celos de su hermano, pero no le deseaba nada malo a Alex Fallon. A la mujer ya le había tocado sufrir bastante.

Luke soltó un gruñido. Le costaba admitir que estaba de acuerdo.

– Es cierto. Y su hermanastra sigue desaparecida.

– Bailey Crighton -aclaró Susannah. Uno de los cuatro violadores muertos era el hermano de Bailey. De camino a la casa, Luke le había contado que el chico, Wade, había escrito una carta a modo de confesión y que a Bailey la habían raptado poco después de recibirla. Creían que uno de los violadores se había puesto nervioso por lo que pudiera saber Bailey.

– Hace una semana que desapareció -puntualizó Luke.

– Las cosas no pintan muy bien para ella -musitó Susannah.

– La verdad es que no.

– Pues, como decía, Daniel estará ocupadísimo. Y usted también. Así que… -Exhaló un suspiro quedo-. Vuelvo a preguntarle lo mismo de antes, agente Papadopoulos. ¿Puede dejarme en el aeropuerto de camino a la oficina? Tengo que volver a casa.

El suspiro de él fue cansino.

– No me sobra mucho tiempo, pero sí. La acompañaré.

Capítulo 2

Dutton, Georgia,

viernes, 2 de febrero, 15:20 horas

Luke echó una mirada furtiva a Susannah antes de fijar los ojos en la carretera llena de curvas. La primera vez que la vio ella se encontraba de pie junto a Daniel durante el funeral de sus padres, con un clásico traje de chaqueta negro y el rostro tan pálido que Luke dudó de que fuera capaz de seguir sosteniéndose en pie. Sin embargo, lo había logrado, haciendo alarde de una fortaleza y una serenidad que lo habían dejado impresionado, y de una delicada belleza que por dos veces lo había inducido a quedarse mirándola. No obstante, bajo su tranquila apariencia se adivinaba una calígine que atrajo a Luke cual imán. «Es igual que yo -pensó, incapaz de apartar la mirada-. Ella me entendería.»

Ese día ella viajaba en su coche con otro traje de chaqueta negro, un poco más moderno. De nuevo su rostro aparecía pálido y de nuevo él captó las sombras que agitaban su interior. Estaba enfadada. Y tenía todo el derecho a estarlo.

«Estoy bien», le había dicho; pero resultaba evidente que no era cierto. ¿Cómo habría podido estarlo? Acababa de vérselas cara a cara con su peor pesadilla de una forma muy gráfica y despiadada. Hacía una hora que había entrado en la habitación de Simon y había extraído la caja del escondrijo de detrás del vestidor, con tanta calma como si hubiera contenido cartas de jugadores de béisbol en lugar de repugnantes fotos de violaciones. «De su propia violación.» Luke sintió ganas de asestarle un puñetazo a la pared, pero se controló. Había hecho su trabajo. Y ella también; con una serenidad tal que achicaría a cualquier policía.

Aun así, resultaba obvio que Susannah Vartanian no estaba bien.

«Ni yo tampoco.» Hacía mucho tiempo que Luke no estaba bien. Sentía su propia ira demasiado a flor de piel. La última semana había sido muy dura. El último año entero había sido muy duro. Demasiados rostros lo acechaban desde las profundidades de su mente. Se mofaban de él. Le obsesionaban. «Eras nuestra única esperanza, y llegaste demasiado tarde.»

Otra vez habían llegado demasiado tarde; trece años tarde. Un escalofrío le recorrió la espalda. Luke no era nada supersticioso, pero hacía bastantes años que era hijo de su madre como para no sentir un prudente respeto por el número trece. Trece eran las víctimas del delito de violación cometido hacía trece años que seguían con vida.

Una de las trece víctimas ocupaba el asiento del acompañante de su coche, y su mirada denotaba angustia.

Se culpaba a sí misma. Era evidente. Si lo hubiera contado… las otras víctimas se habrían salvado. No habría existido ninguna banda de violadores, ni ningún asesino que a la sazón quisiera vengarse de ellos, y tal vez cinco mujeres de Dutton seguirían vivas. Si en su momento lo hubiera contado, Simon Vartanian habría sido detenido junto con los demás violadores y tampoco él habría matado a tanta gente.

Se equivocaba, por supuesto. La vida no era así; aunque a Luke le habría encantado que lo fuera.

Le habría encantado que el hecho de que Susannah hubiera denunciado el delito trece años antes eliminara la caja llena de fotografías que transportaba en el maletero del coche. Pero sabía que, de haberlo contado, Arthur Vartanian habría pagado la fianza de Simon y habría acogido a su hijo en casa, tal como había ocurrido todas las demás veces. Y entonces Simon habría matado a Susannah; de eso Luke estaba seguro. No había escapatoria posible para ella, ni tampoco ningún modo de saber que Simon había planeado más violaciones.

Ahora que lo sabía, había actuado de un modo que a Luke le inspiraba profunda admiración. Se sentía herida, furiosa y asustada. Sin embargo, había hecho lo que debía hacer.

– Ya sabe que usted no tiene ninguna culpa -aventuró en voz baja.

Ella apretó la mandíbula.

– Gracias, agente Papadopoulos, pero no necesito que me levante la moral.

– Se cree que no la comprendo -dijo en tono suave a pesar de sus ganas de escupir las palabras.

– Estoy segura de que cree comprenderme. Sus intenciones son buenas pero…

Mierda. No creía comprenderla; la comprendía. El muro que contenía su ira se tambaleó.

– Hace cuatro días descubrí los cadáveres de tres niñas -la interrumpió. Las palabras brotaron de su boca antes de que tuviera tiempo de pensarlo-. Tenían nueve, diez y doce años. Llegué demasiado tarde, pero no había pasado ni siquiera un día.

Ella respiró hondo y exhaló el aire sin hacer ruido. Su cuerpo parecía más relajado; sin embargo, su furia parecía haberse acrecentado.

– ¿Cómo murieron? -preguntó, en un tono agorero de tan quedo.

– De un disparo en la cabeza. -Y cada vez que cerraba los ojos aún veía sus pequeños rostros-. Pero antes de matarlas abusaron de ellas y las grabaron con una cámara web. Durante años enteros -gruñó-. Por dinero; para que lo vieran pervertidos de todo el mundo.

– Qué hijos de puta. -Le temblaba la voz-. Usted debe de haberlo pasado fatal.

– Peor debieron de pasarlo las niñas -masculló, y ella emitió un discreto sonido de asentimiento.

– Supongo que ahora debería decir que usted no tiene la culpa. Es evidente que se siente culpable.

Luke aferraba el volante con tanta fuerza que le dolían los nudillos.

– Es evidente.

Pasaron unos instantes antes de que ella dijera:

– Así que es uno de esos.

Luke sintió que Susannah lo estaba escrutando, y eso lo puso nervioso.

– ¿Qué quiere decir «de esos»?

– Uno de esos tipos que se dedican a investigar a los pederastas que operan en internet. He trabajado con algunos de ellos en la oficina del fiscal del distrito. No sé cómo se las arreglan para soportarlo.

Él apretó la mandíbula.

– Yo hay días en que no lo soporto.

– Pero la mayoría de las veces cumplen con su deber. Y una parte de su ser va muriendo poco a poco.

Susannah acababa de describir su vida a la perfección.

– Sí. -La voz de Luke era ronca, inestable-. Eso es más o menos lo que me pasa.

– Entonces es que es una buena persona. Y no tiene ninguna culpa.

Él se aclaró la garganta.

– Gracias.

Con el rabillo del ojo vio que ella seguía mirándolo. Su rostro había recobrado un poco el color, y Luke lo achacó al hecho de haberle dado otra cosa en qué pensar. No quería hablar de ese tema; ojalá no lo hubiera sacado a colación. Sin embargo, la conversación había servido para que ella se olvidara un poco del golpe sufrido, y sólo por eso Luke habría sido capaz de hablar de cualquier cosa.

– Estoy algo confusa -admitió ella-. Creía que Daniel y usted se ocupaban de homicidios, no de crímenes cibernéticos.

– Daniel está en homicidios. Yo no. Llevo más de un año en un equipo operativo contra el crimen cibernético.

– Es demasiado tiempo en contacto permanente con semejantes obscenidades. Conozco a tipos que han trabajado durante diez años en la brigada antivicio y que no han aguantado ni un mes con pornografía infantil.

– Tal como usted misma ha dicho, cumplimos con nuestro deber. No suelo trabajar con Daniel; este es un caso especial. El martes, después de encontrar los cadáveres de las niñas, pedí un traslado temporal de departamento. Daniel estaba buscando al tipo que había matado a las mujeres de Dutton, e hiciera lo que hiciese siempre acababa topando con Simon. Simon guarda relación con todo lo que tiene que ver con este caso. El asesino quería que descubriéramos lo del club, y que encontráramos las fotos y la llave.

– La llave de la caja de seguridad donde creían que estarían las fotos.

Le había contado muchas cosas de camino a casa de los Vartanian.

– Sí. El asesino ata a sus víctimas una llave en el dedo del pie, para darnos a entender que lo de la llave es importante. El detective de Filadelfia encontró la llave de una caja de seguridad entre los efectos personales de Simon, pero cuando Daniel ha ido hoy al banco ha encontrado la caja vacía. Si alguna vez las fotos estuvieron allí, alguien las sacó. -La miró-. Menos mal que usted sabía dónde guardaba Simon sus cosas.

– Yo no sabía nada de la caja. Solo sabía que tenía un escondite.

Porque también tras el armario de su dormitorio había un escondite similar, pensó con amargura. Simon la había dejado allí, drogada e inconsciente, después de que sus amigos la agredieran. Luke no podía siquiera imaginar qué debía de representar despertarse en un diminuto y oscuro habitáculo, asustada y dolorida. Era obvio que detestaba aquella casa. Era obvio que detestaba la ciudad entera. Por eso no estaba seguro de que fuera justo pedirle que se quedara, ni siquiera por Daniel.

– Esta vez el muy cabrón está muerto de verdad -soltó con amargura-. Aun así, no ha permanecido enterrado mucho tiempo.

– Simon es un coñazo incluso muerto.

Luke esbozó una sonrisa; el comentario mordaz de Susannah había disipado parte de su tensión. Se enfrentaba al miedo con humor, y eso le inspiraba admiración.

– Bien dicho. La cuestión es que Daniel estaba persiguiendo al asesino y necesitaba a un analista de datos. Esa es mi especialidad, así que me uní a su equipo. Ayer recibimos un chivatazo que nos guió hasta la familia O'Brien. El hijo mayor formaba parte del club de Simon.

– Jared -musitó Susannah-. Lo recuerdo bien. Cuando iba al instituto pensaba que era una bendición de Dios para las mujeres. No tenía ni idea de que fuera uno de los que… -Dejó la frase sin terminar.

«De los que la violaron.» Luke apartó de sí la ira que sentía. Ella lo estaba sobrellevando, así que él también podía hacerlo.

– Jared desapareció unos años atrás. Creemos que los demás miembros del club se deshicieron de él porque tenían miedo de que se fuera de la lengua y los delatara. Me he pasado la noche entera despierto recopilando toda la información que he podido encontrar sobre Jared O'Brien y su familia. Esta mañana todo parecía indicar que estamos sobre la pista correcta. He descubierto que su hermano pequeño, Mack, acaba de salir de la cárcel. Mack tenía motivos para estar resentido con todas las mujeres asesinadas. Él es nuestro principal sospechoso. Estábamos a punto de ponernos en marcha. Teníamos información sobre el paradero de los dos violadores a quienes hemos conseguido identificar y una orden de busca y captura contra Mack O'Brien.

– ¿Por qué no han detenido al alcalde ya, y al ayudante del sheriff?

– Por dos motivos. Por una parte, aún no conocemos la identidad del tercer hombre.

– Si los detuvieran a ellos, es probable que el tercero siguiera con el plan.

– Es posible. Y podría ser que desapareciera y que nunca más lo encontráramos. Pero sobre todo no los hemos detenido porque Mack O'Brien ha utilizado a sus víctimas para delatar a los miembros del club que siguen vivos. Ellos mataron a su hermano, y quiere vengarse.

– Y cuando los detengan a todos, dará el asunto por concluido y se marchará.

– Más o menos. Teníamos planeada una batida simultánea cuando consiguiéramos localizar a O'Brien, pero Mansfield nos lo ha desmontado todo. Qué hijo de puta.

– Ha matado a su perseguidor el agente Johnson. Lo siento.

«Yo también.»

– Encontraremos a Mansfield, y hay varios equipos que están buscando a O'Brien. Solo espero que cuando demos con Mansfield nos guíe hasta Bailey.

«Y, si no, obligaré a ese cerdo a que confiese dónde está.»

– Alentó a Alex Fallon para que no perdiera la esperanza, pero ¿de verdad cree que Bailey sigue viva?

Luke se encogió de hombros.

– Hace una semana que desapareció. Tal como usted ha dicho, la cosa no pinta bien.

Sonó un móvil y Susannah se inclinó para recoger su bolso.

– Es el mío -dijo Luke, y aguzó la vista ante la pantalla-. Es Daniel. -Mientras escuchaba, su expresión se fue ensombreciendo más y más. Luego colgó y se volvió hacia Susannah.

– Tendrá que tomar el avión más tarde.

Ella se aferró al reposabrazos cuando el coche hizo un rápido cambio de sentido.

– ¿Por qué? ¿Adónde vamos?

– Volvemos a Dutton. Daniel me ha explicado que ha recibido una llamada del sheriff Loomis.

– ¿Loomis? -insistió Susannah con evidente fastidio.

– Loomis dice que sabe dónde retienen a Bailey Crighton.

– El mismo sheriff Loomis que el fiscal de este estado investiga por manipulación de pruebas relacionadas con el asesinato de la hermana de Alex Fallon hace trece años, ¿no? -puntualizó ella con sarcasmo-. Lo he leído en la portada del periódico que tenía encima del escritorio.

Luke pisó el acelerador.

– El mismo sheriff Loomis que ha puesto impedimentos a todos nuestros intentos de encontrar a Bailey. Sí; es a él a quien me refiero.

– Por el amor de Dios. Y ¿le cree?

– No, pero no podemos despreciar la información. Es muy posible que la vida de Bailey dependa de ello. Daniel tiene que encontrarse con Loomis en el molino. Dice que usted sabe dónde está.

– ¿El molino de los O'Brien? Menuda ironía.

– Lo es. De todos modos, hay varios equipos que llevan todo el día peinando la zona en busca de Mack O'Brien. Daniel ha dicho que nos encontraríamos detrás del viejo molino. ¿Sabe dónde es?

Ella se mordió el labio.

– Sí, pero no he vuelto desde una excursión que hicimos en cuarto curso del instituto. Ya nadie va por allí. No hay más que escombros y es un sitio peligrosísimo. Además, cerca hay un manantial de azufre y toda la zona huele a huevo podrido. Hoy en día ni siquiera los jóvenes deben de esconderse allí para fumar o follar.

– Pero ¿recordará el camino?

– Sí.

– Eso es todo lo que necesito saber. Sujétese bien. Es posible que haya muchos baches.

Dutton,

viernes, 2 de febrero, 15:30 horas

Había pasado demasiado tiempo. Rocky comprobó las ataduras de las cinco chicas, con cuidado de no mirarlas a los ojos. Ellas sí que la miraban, algunas con gesto desafiante pero la mayoría con abatimiento y desesperación. Sin embargo, Rocky no volvió la vista atrás. En vez de eso, subió a la cubierta y miró con ceño a Jersey Jameson, el anciano dueño del barco. Llevaba toda la vida pescando en ese río, y ejercía un discreto contrabando con lo que tocaba en cada momento. La patrulla nunca le prestaba demasiada atención, así que el hombre era una buena tapadera.

– ¿Por qué estamos todavía aquí? -susurró.

Jersey señaló a Mansfield alejándose.

– Ha dicho que le esperemos, que iba a buscar al doctor. Le he dado cinco minutos antes de marcharme con el cargamento. -Entornó los ojos ante Rocky con indignación-. Te he sacado muchas veces la mierda de encima, Rocky, pero nada se parecía a esto. Dile a tu superior que no volveré a hacerlo.

– Díselo tú mismo. -Jersey apretó la mandíbula y ella se echó a reír-. Ya me parecía que no querrías decírselo. -Bobby no se tomaba muy bien que nadie le llevara la contraria-. ¿Dónde están esos tíos? Estoy tentada de entrar a buscarlos. Se supone que deberían sacar de ahí la mercancía que no nos cabe.

– No quiero saber nada más -soltó Jersey.

Aguardaron dos minutos pero Mansfield seguía sin dar señales de vida.

– Voy a buscarlos. -Acababa de pisar el muelle cuando un disparo restalló en el aire.

– Ha sido ahí enfrente, en la carretera -afirmó Jersey.

Rocky volvió a la cubierta.

– Vámonos. Vámonos ya.

Jersey ya estaba poniendo en marcha el motor.

– ¿Qué pasa con el doctor y el ayudante del sheriff?

– Tendrán que apañárselas solos. -A Bobby no iba a gustarle nada que hubiera dejado cadáveres a la vista, y a Rocky la mera idea de tener que enfrentarse a su ira le producía náuseas-. Me voy abajo.

Dutton,

viernes, 2 de febrero, 15:35 horas

Susannah observó cómo ascendía el indicador de velocidad del coche de Luke. La búsqueda era inútil, pensó con desaliento mientras descendían momentáneamente sin tocar el suelo a causa de un bache. Entonces recordó la mirada de pánico y angustia de Alex Fallon. Su hermanastra llevaba desaparecida una semana, y ello guardaba relación con todo aquel lío en el que Daniel y su compañero se habían visto implicados. Tenían que seguir todas las pistas; se lo debían a Bailey.

«Tomaré un vuelo a primera hora de la mañana.» Solo tenía que llamar a la tienda de animales y pedir que cuidaran de su perro un día más. Nadie más estaba pendiente de su regreso. Nadie la estaba esperando. Por muy triste que fuera, esa era la verdad.

– Daniel ha avisado al sheriff Corchran de Arcadia -dijo Luke en tono lacónico sin apartar los ojos de la carretera-. Arcadia está a treinta y dos kilómetros de distancia, así que el sheriff no tardará. Daniel confía en él, o sea que Alex y usted se marcharán con él a un lugar seguro. ¿Entendido?

Susannah asintió.

– Entendido.

Luke arqueó las cejas.

– ¿No piensa oponerse?

– ¿Para qué? -preguntó ella sin alterarse-. No tengo pistola y no soy policía. Me parece bien dejar que ustedes hagan su trabajo y tomarles el relevo en el juzgado.

– Estupendo. ¿Sabe conducir?

– ¿Cómo dice?

– Qué si sabe conducir -repitió, enfatizando cada una de las palabras-. Vive en Nueva York, y conozco a varias personas de allí que no se han molestado en sacarse el carnet de conducir.

– Yo sí que lo tengo. No utilizo el coche a menudo, pero sé conducir. -De hecho, solo conducía una vez al año, siempre para ir al mismo lugar, al norte de la ciudad. Para esos días en concreto alquilaba un coche.

– Muy bien. Si algo sale mal, suba al coche con Alex y márchense. ¿Lo comprende?

– Lo comprendo. Pero ¿qué…? -Susannah pestañeó. Al principio su mente se negó a aceptar lo que sus ojos habían captado en la carretera, frente a ellos-. Dios mío, Luke, mire…

Su voz se ahogó en el chirrido de neumáticos cuando Luke pisó a fondo el freno. El vehículo coleó y dio un brusco viraje, y se detuvo a pocos centímetros del cuerpo que yacía en la carretera.

– Mierda. -Luke se apeó del coche antes de que ella recobrara el aliento y saliera tras él.

Era una mujer, ovillada y llena de sangre. A Susannah le pareció que era joven, pero tenía el rostro demasiado destrozado para estar segura.

– ¿A quién ha herido? Dios mío. ¿Nosotros hemos hecho esto?

– No la hemos rozado -aclaró él, y se agachó junto a la mujer-. Le han dado una paliza. -Luke se sacó del bolsillo dos pares de guantes de látex-. Tenga, póngaselos. -Él se enfundó los suyos y luego pasó las manos con suavidad por las piernas de la mujer. Cuando llegó al tobillo, se detuvo. Susannah se inclinó y observó la oveja tatuada, apenas visible a causa de la sangre. Luke tomó a la mujer por la barbilla-. ¿Es usted Bailey?

– Sí -respondió ella, con voz ronca y áspera-. ¿Y mi niña, Hope? ¿Está viva?

Luke le apartó con suavidad el pelo enmarañado de la cara.

– Sí, está viva, y está a salvo. -Le, pasó el móvil a Susannah-. Llame al 911 y pida una ambulancia. Luego llame a Chase y dígale que hemos encontrado a Bailey. Después llame a Daniel y dígale que dé marcha atrás.

Luke corrió hasta su coche y sacó un botiquín del maletero mientras Susannah marcaba el número de emergencias y luego el del agente especial al mando, Chase Wharton. Los guantes de Luke le venían grandes y sus dedos tanteaban con torpeza las teclas.

Bailey se aferró al brazo de Luke cuando este empezó a vendarle el profundo corte que tenía en la cabeza, del que la sangre seguía manando abundantemente.

– ¿Alex?

Cuando Luke miró la carretera en la dirección que había tomado Daniel, los ojos de Bailey volvieron a llenarse de pánico.

– ¿Iba en el coche que acaba de pasar?

Él entornó los ojos.

– ¿Por qué?

– La matará; no tiene ningún motivo para no hacerlo. Las ha matado a todas. Las ha matado a todas.

«Las ha matado a todas.» A Susannah el corazón le dio un vuelco en el momento en que encontró el teléfono de Daniel entre los números que Luke tenía grabados en el móvil. Oyó sonar la señal de llamada mientras Luke trataba de que Bailey prosiguiera presionándole la barbilla.

– ¿Quién es? Bailey, escúcheme. ¿Quién le ha hecho esto? -Pero la mujer no dijo nada. Se limitó a mecerse de tal modo que daba verdadero pánico observarla-. Bailey, ¿quién le ha hecho esto?

Saltó el contestador de Daniel y Susannah dictó un escueto mensaje.

– Daniel, hemos encontrado a Bailey. Da media vuelta y llámanos. -Se volvió hacia Luke-. He pedido una ambulancia, y Chase dice que enviará al agente Haywood de refuerzo, pero Daniel no contesta.

Luke se puso en pie. Le temblaba un músculo de la mejilla.

– No puedo dejarla aquí. Corchran aún tardará unos diez minutos en llegar. Quédese a su lado -le ordenó-. Voy a pedirle que envíe a todos los hombres que sea capaz de reunir.

Susannah se arrodilló junto a Bailey y le acarició el enredado pelo con la mano enguantada.

– Bailey, me llamo Susannah. Por favor, díganos quién le ha hecho esto.

Bailey abrió los ojos como platos.

– Tienen a Alex.

– Daniel está con ella -la tranquilizó Susannah-. Él no permitirá que le hagan ningún daño. -De eso Susannah estaba segura, pensara lo que pensase de Daniel-. ¿La ha herido el señor Mansfield?

Su gesto de asentimiento apenas resultó perceptible.

– Y Toby Granville. -Sus labios dibujaron una mueca-. El supuesto doctor Granville.

Toby Granville. Él era quien faltaba por identificar del trío de supervivientes. Susannah se dispuso a levantarse para captar la atención de Luke, pero Bailey se aferró a su brazo.

– Hay una chica. Se ha caído por ahí. -Señaló con gesto débil-. Está herida. Ayúdenla, por favor.

Susannah se puso en pie y aguzó la vista ante el terraplén, pero no vio nada. Un momento. Divisó una ligera mancha junto a una hilera de árboles.

– Luke. Hay alguien ahí abajo.

Susannah le oyó gritar su nombre mientras descendía a trompicones por el terraplén con los zapatos de tacón alto y la falda estrecha. Vio que se trataba de una persona. Echó a correr. Era una chica. «Dios mío. Dios mío.»

La chica yacía inmóvil, como si estuviera muerta. Susannah se arrodilló y le presionó la garganta con los dedos en busca del pulso. Luego dio un suspiro de alivio. Estaba viva. Aunque muy débil, tenía pulso. Se trataba de una adolescente, bajita y tan delgada que sus brazos parecían palillos. Estaba empapada en sangre; tanto, que costaba adivinar dónde tenía las heridas.

Susannah se dispuso a ponerse en pie para pedirle a Luke que bajara, pero la chica levantó de golpe la mano ensangrentada y la agarró por el brazo. Sus ojos se abrieron como platos y en ellos Susannah captó miedo y un intenso dolor.

– ¿Quién… es usted? -preguntó la chica con voz entrecortada.

– Me llamo Susannah Vartanian. Estoy aquí para ayudarte. Por favor, no tengas miedo.

La chica se dejó caer, jadeando.

– Vartanian. Ha venido. -A Susannah el corazón le dio un vuelco. La chica la miraba como si fuera… como si fuera Dios-. Por fin ha venido.

Con mucho cuidado, Susannah tiró de la camiseta hecha jirones de la chica hasta que vio el agujero de bala. Presa de pánico, soltó la prenda. «Dios mío.» Había recibido un disparo en el costado. «Y ahora, ¿qué?»

«Piensa, Vartanian. Acuérdate de lo que hay que hacer.» Presión; tenía que aplicar presión a la herida. A toda prisa se quitó la chaqueta y luego la blusa, y se echó a temblar al notar el aire frío en la piel.

– ¿Cómo te llamas, cariño? -preguntó mientras actuaba, pero la chica no dijo nada; volvía a tener los ojos cerrados.

Susannah le levantó los párpados. No respondía, pero al menos seguía teniendo pulso. En un momento hizo un prieto ovillo con la blusa y lo aplicó sobre la herida ejerciendo una suave presión.

– ¡Luke!

Oyó los pasos tras de sí un segundo antes del abrupto reniego. Echó un vistazo por encima del hombro y abrió los ojos como platos al verlo con la pistola en la mano.

– Le he dicho que se quedara… ¡Madre santísima! -Pestañeó unos segundos ante el sujetador de encaje y enseguida fijó la mira da en la chica-. ¿Sabe quién es?

Ella bajó la vista a sus manos; seguía apretando el costado de la chica.

– No. Bailey me ha pedido que la ayudara mientras usted hablaba por teléfono. También me ha dicho que Granville y Mansfield eran quienes la tenían retenida.

– Granville -asintió-. El médico de la ciudad. Lo he conocido esta misma semana, en uno de los escenarios del crimen. Así que él es el tercer violador.

– Eso creo.

– ¿Ha dicho algo la chica?

Susannah hizo una mueca.

– Ha pronunciado mi apellido, y luego ha dicho: «Ha venido. Por fin ha venido.» Como si me estuviera esperando. -«Luego me ha mirado como si fuera Dios.» Eso le inquietaba-. Le han disparado y ha perdido mucha sangre. Déjeme su cinturón. Tengo que atarla con él para hacer presión en la herida.

Susannah oyó el sonido resbaladizo del cinturón al salirse de las trabillas.

– Póngase la chaqueta -dijo Luke-, y vuelva junto a Bailey.

– Pero…

Él se arrodilló sobre una pierna y la miró un instante a los ojos.

– Yo me encargaré de la chica. Es posible que quienquiera que le haya hecho esto aún ande cerca, y no quiero que Bailey esté sola. -Vaciló-. ¿Sabe manejar una pistola?

– Sí -respondió Susannah sin vacilar.

– Bien. -Extrajo una pistola de la funda del tobillo-. Ahora corra. Yo llevaré a la chica.

Susannah recogió la chaqueta y metió los brazos por las mangas.

– Luke, no es más que una niña, y morirá si no conseguimos ayuda pronto.

– Ya lo sé -dijo él con aire sombrío mientras rodeaba a la chica con el cinturón-. Corra. Yo la seguiré.

Capítulo 3

Dutton,

viernes, 2 de febrero, 15:45 horas

Luke estaba tirando de las correas de su chaleco Kevlar cuando dos coches de la policía de Arcadia se detuvieron delante de él. Un hombre se apeó y observó el panorama.

– Soy Corchran. ¿Dónde está Vartanian?

– Allí.

Susannah, arrodillada entre Bailey y la chica, levantó la cabeza. Su chaqueta, abotonada hasta el cuello, estaba empapada de sangre, igual que la falda. Los guantes de látex que Luke le había dado hacían parecer aún más pequeñas sus manos, que seguían presionando el costado herido de la chica.

– ¿Qué pasa con la puta ambulancia?

Corchran frunció el entrecejo.

– Está en camino. ¿Quién es usted?

– Es Susannah Vartanian, la hermana de Daniel -aclaró Luke-. Yo soy Papadopoulos.

– ¿Y dónde está Daniel Vartanian? -insistió Corchran.

Luke señaló con el dedo.

– Se ha marchado hacia allí y no contesta al móvil ni a la radio. Las cejas de Corchran se unieron en un gesto de evidente preocupación.

– ¿Quiénes son esas dos?

– La mayor es Bailey Crighton -respondió Luke-. La chica es una víctima desconocida. Las dos están inconscientes. He pedido que venga un helicóptero para trasladarlas a Atlanta. Es posible que el agresor siga escondido en el lugar de donde ellas se han escapado. -Suspiró con inquietud-. Y creo que Daniel está en apuros. Aprovechando que está usted aquí, voy a buscarlo.

Corchran señaló a los dos agentes del segundo coche patrulla.

– Esos son los agentes Larkin y DeWitt. Seis hombres más y otra ambulancia están en camino, y más refuerzos. Larkin y De Witt pueden quedarse aquí y desviar el tráfico. Yo iré con usted.

– El agente Pete Haywood está a punto de aparecer. Pida que lo envíen a buscarnos cuando llegue. -Asintió ante Corchran-. Acabemos con esto.

– Agente Papadopoulos, espere. -Susannah le devolvió la pistola de repuesto-. Yo ya no la necesito, y puede que usted sí. -Se volvió para seguir ejerciendo presión sobre la herida de la chica.

Se había comportado con serenidad, valor y sensatez. Cuando Luke tuvo el primer momento de respiro, se dio cuenta de que la joven había vuelto a impresionarlo muchísimo. Y se dio cuenta de que a su mente acudía la imagen que presentaba en medio del bosque, cubierta solo con el sujetador. Tenía que concentrarse. Era posible que la vida de Daniel dependiera de ello.

– Si Bailey vuelve en sí, pídale que le cuente todo lo que recuerde. Cuántos hombres había, cuántas puertas, qué armas ha visto. Pídale a Larkin que nos avise por radio si quiere decirnos cualquier cosa, por estúpida que le parezca.

Ella no levantó la cabeza.

– Muy bien.

– Entonces, en marcha.

Circularon en silencio, Luke en su coche y Corchran justo detrás. Tomaron un recodo, y entonces a Luke se le heló la sangre en las venas.

– Dios mío -musitó. «Era una emboscada.» Frank Loomis había engañado a Daniel.

Luke miró la nave de hormigón, de unos treinta metros de longitud por lo menos. Por detrás de la nave estaba el río, y enfrente de ella había aparcados tres coches. Dos eran coches de la policía de Dutton. El tercero era el sedán de Daniel. La parte trasera del vehículo estaba empotrada contra uno de los coches patrulla, que, atravesado en la carretera, impedía que Daniel escapara.

Las dos puertas delanteras del coche de Daniel estaban abiertas y Luke observó las manchas de sangre en la ventanilla del conductor. Poco a poco, se acercó con la pistola en la mano y el pulso retumbándole en los oídos. En silencio, indicó a Corchran que se dirigiera al lado del acompañante.

– Hay sangre -musitó, señalando el salpicadero-. No mucha. Y también hay pelo. -Tomó unos mechones del suelo. Eran largos y castaños.

– Son de Alex -reconoció Luke en voz baja, y entonces vio el cadáver de un hombre tendido en el suelo, a unos doce metros de distancia. Echó a correr y se arrodilló sobre una pierna junto al cadáver-. Es Frank Loomis.

– El sheriff de Dutton. -Corchran pareció afectado-. ¿También él estaba implicado en todo esto?

Luke le presionó la garganta con los dedos.

– Lleva toda la semana dificultando la investigación de Daniel. Está muerto. ¿Cuánto tardarán en llegar sus seis hombres?

Corchran se volvió a mirar los tres coches patrulla que aparecían por la curva.

– Nada.

– Sitúelos alrededor del edificio. Que tengan las armas a punto y refuerzos que los cubran. Yo iré a comprobar qué entradas y salidas están libres. -Luke echó a andar. La nave era mayor de lo que parecía mirándola de frente y tenía un ala horizontal orientada hacia el río. En un extremo había una ventana y en el otro, una puerta. La pequeña ventana quedaba demasiado arriba para que nadie pudiera mirar por el cristal, por muy alto que fuera.

Entonces oyó un disparo al otro lado del muro. Oía voces, ahogadas e indistinguibles.

– Corchran -susurró hacia la radio.

– Ya lo he oído -respondió el sheriff-. La segunda ambulancia acaba de llegar; es por si alguien resulta herido. Me acercaré por el otro lado.

Luke oyó otro disparo procedente del interior y echó a correr. Se encontró con Corchran en la puerta.

– Yo me encargo del piso de arriba y usted del de abajo. -Cuando se disponía a moverse, se detuvo en seco-. Viene alguien.

Corchran se escondió en la esquina y aguardó. Luke se alejó sin hacer ruido y sin apartar los ojos de la puerta. Esta se abrió y por ella salió una mujer cubierta de sangre.

Ridgefield, Georgia,

viernes, 2 de febrero, 16:00 horas

– Deprisa. -Rocky sacó a la última chica del barco a empujones-. No tenernos todo el día.

Paseó la mirada por las cinco elegidas, calculando su valor. Dos estaban más bien esqueléticas. Otra era alta, rubia y atlética. Podría ponerle un precio muy alto. Las dos restantes trabajaban bastante bien cuando no estaban enfermas. Ya que tenía que escoger, por lo menos lo había hecho bien. Las cinco chicas estaban arrodilladas en el suelo, pálidas. Una de ellas se había vomitado encima en la bodega, y las otras habían vuelto la cabeza para no verla.

Eso estaba bien. El compañerismo entre las chicas no era nada conveniente. Algunas habían empezado a hacerse amigas pero Rocky cortó la relación de raíz. Para ello había tenido que sacrificar a uno de sus bienes más valiosos, pero el hecho de apalear hasta la muerte a Becky delante de las demás había dado resultado. Becky había conseguido que algunas chicas hablaran unas con otras, y eso sin duda habría dado pie a que planearan fugarse, algo que Rocky no estaba dispuesta a permitir.

Se acercó una camioneta con un remolque para caballos. No mostraba rótulo alguno y Bobby iba al volante. Rocky se preparó para la explosión de furia que sabía que tendría lugar cuando Bobby hiciera el recuento.

Bobby salió de la cabina con los ojos entornados.

– Pensaba que traerías seis. ¿Dónde están Granville y Mansfield?

Ella levantó la cabeza y miró los fríos ojos azules de Bobby mientras el pulso le retumbaba en los oídos. Las chicas estaban escuchando la conversación, y de cómo respondiera dependía la opinión que de ella tendrían en el futuro. El noventa por ciento de la manipulación de las chicas se basaba en el miedo y la intimidación. Seguían presas porque estaban demasiado asustadas para huir.

Así que Rocky decidió mantenerse firme.

– Vamos a meterlas en el remolque y ya hablaremos luego.

Bobby dio un paso atrás.

– Bien. Hazlo deprisa.

Rápidamente Rocky obligó a las chicas a entrar en el remolque y se encargó de asegurar las esposas a la pared. Les estampó una tira de cinta adhesiva en la boca, por si alguna tenía la brillante idea de gritar para pedir socorro cuando se detuvieran en un semáforo.

Jersey evitó el contacto visual mientras amontonaba las cajas sobre el heno. Cuando hubo terminado, miró a Bobby.

– Te ayudaré a transportar lo que haga falta, pero nada de criaturas.

– Claro, Jersey -respondió Bobby en tono meloso-. No querría incomodarte en ningún sentido. -Rocky sabía que eso significaba que a continuación Bobby le ordenaría a Jersey que transportara todo el cargamento humano, y para ello lo chantajearía con lo que acababa de hacer.

Por la mirada de Jersey se deducía que él también lo sabía.

– Hablo en serio, Bobby. -Tragó saliva-. Tengo nietas de la misma edad.

– Entonces te recomiendo que las mantengas alejadas de los chats -soltó Bobby con sequedad-. Supongo que eres consciente de que el resto de lo que transportas acaba en manos de niños mucho más jóvenes que esas chicas.

– Eso es voluntario. Quien compra droga lo hace porque quiere. Esto no es voluntario -respondió Jersey sacudiendo la cabeza.

La sonrisa de complacencia de Bobby denotaba sorna.

– Tu sentido ético es peculiar y erróneo, Jersey Jameson. Te pagaré de la forma habitual. Ahora, en marcha.

Bobby cerró las puertas de la furgoneta y Rocky se dio cuenta de que le había llegado el turno.

– Granville y Mansfield siguen allí -dijo antes de que Bobby tuviera tiempo de volver a preguntárselo. Cerró los ojos y se preparó para lo peor-. Y también los cadáveres de las chicas a quienes Granville ha matado.

Durante lo que se le antojó una eternidad, Bobby guardó silencio. Al final Rocky abrió los ojos y toda la sangre que corría por sus venas se heló. La mirada de Bobby traslucía severidad y furia.

– Te dije que te aseguraras de no dejar rastro. -Pronunció las palabras en voz baja.

– Ya lo sé, pero…

– No hay peros que valgan -le espetó Bobby. Luego se alejó y se puso a caminar de un lado a otro con impaciencia-. ¿Por qué los has dejado allí?

– Granville no salía de la nave y Mansfield ha vuelto atrás para ayudarle a sacar los cadáveres. Jersey y yo hemos oído disparos en la carretera. Hemos pensado que era mejor que no nos pillaran con la mercancía viva.

Bobby dejó de caminar. De repente se volvió y le lanzó una mirada glacial de arriba abajo.

– Lo que habría sido mejor es que hicieras tu trabajo y que no dejaras rastro. ¿Qué más?

Rocky decidió hacer frente a la mirada de Bobby.

– De camino hacia aquí he estado escuchando el receptor de Jersey. La policía ha encontrado el cadáver de Frank Loomis.

Bobby frunció las cejas.

– ¿Loomis? ¿Qué coño estaba haciendo allí?

– No lo sé.

– ¿Cuántos?

Rocky sacudió la cabeza.

– ¿Cuántos qué?

Bobby la agarró del cuello y tiró de ella hasta obligarla a poner se de puntillas.

– ¿Cuántos cadáveres han quedado?

Rocky se esforzó por mantener la calma.

– Seis.

– ¿Seguro que están muertas? ¿Las has visto?

No las había visto, y debería haberlo hecho. Tendría que haber comprobado que Granville las mataba una a una y echaba los cadáveres al río. Lo cierto era que Rocky había descubierto que, a la hora de la verdad, no tenía tripas para presenciar un asesinato. Granville, sin embargo, era un cabrón morboso y seguro que las había matado; eso si no les había hecho nada más.

– Sí, seguro.

Bobby aflojó las manos y Rocky pudo poner los pies en el suelo.

– Muy bien.

Ella tragó saliva. Todavía notaba la presión de los nudillos de Bobby en la tráquea.

– No habrá forma de que identifiquen a las chicas que han quedado allí. Estamos a salvo, a menos que Granville o Mansfield decidan hablar. Eso suponiendo que los pillen.

Bobby la soltó y la apartó de sí de un empujón.

– Yo me encargaré de ellos.

Rocky se tambaleó, pero enseguida recuperó el equilibrio.

– ¿Qué pasará si los pillan?

– Yo me encargaré de ellos. Mansfield no es el único policía que trabaja para mí. ¿Qué más?

– Me he asegurado de que no quedara documentación. Granville no la había destruido.

Bobby arrugó la frente.

– Qué hijo de puta. Tendría que haberlo matado hace años.

– Es probable.

Bobby se le acercó y susurró:

– A ti podría matarte ahora mismo, con mis propias manos. Podría partirte el cuello en dos. La verdad es que te lo mereces. La has cagado bien, Rocky.

A Rocky volvió a helársele la sangre.

– No lo harás. -Se esforzó por mantener la voz firme.

– Y ¿por qué?

– Porque sin mí no tendrías acceso a los chats y perderías a todas las bellezas que tenemos previstas para la próxima remesa. Las existencias te durarían menos que un escupitajo en una sartén caliente. -Se puso de puntillas hasta situarse a su misma altura-. Harías un mal negocio; por eso no me matarás.

Bobby se quedó mirándola. Luego se echó a reír con amargura.

– Tienes razón. Y también tienes suerte. De momento te necesito más de lo que te odio. Pero te lo advierto muy en serio, niñata: una cagada más y me cargo el chat. Seguro que encontraré a alguien que te sustituya, y el negocio ordinario da para mantenerme a flote hasta que consiga otra remesa. En cuanto lleguemos a Ridgefield, encárgate de que las chicas se aseen. Esta noche llegará un cliente. Ahora sube.

Bobby se sentó tras el volante con el móvil en la mano.

– Hola, Chili, soy yo. Tengo unos cuantos trabajitos para ti, pero tienes que hacerlos rápido. En una hora, más o menos.

Rocky oyó los gritos de protesta de Chili cuando, con una mueca, Bobby estiró el brazo para alejar de sí el móvil.

– Escucha, Chili, si no te interesa el trabajo, no pasa nada. Ya encontraré a alguien… -Bobby esbozó una sonrisita-. Ya me lo parecía. Necesito que incendies dos casas. Te pagaré lo de siempre y como siempre. -La sonrisa de Bobby se desvaneció-. De acuerdo, el doble. Pero no tiene que quedar rastro, nada de nada. No dejes nada.

Dutton,

viernes, 2 de febrero, 16:15 horas

«Alex.» Luke corrió hacia la puerta cuando Alex Fallon salió de la nave tambaleándose y cubierta de sangre.

– Está herida. Corchran, avisa a los de la ambulancia.

Alex apartó de sí a Luke.

– No, yo no. Daniel es quien está herido. Está en estado crítico. Tienen que trasladarlo en helicóptero a un centro de traumatología de nivel uno. Te diré dónde está.

Luke la tomó por el brazo cuando ella se dispuso a cruzar de nuevo la puerta.

– ¿Está vivo?

– Por poco -dijo Alex sin miramientos-. Estamos perdiendo un tiempo precioso. Vamos.

– Avisaré por radio a Larkin para que el helicóptero que tiene que recoger a la chica espere a Vartanian -se ofreció Corchran mientras hacía señas a los paramédicos-. Tú vete.

Alex ya se encontraba atravesando la nave a toda prisa. Luke y dos paramédicos con una chirriante camilla la siguieron.

– Bailey se ha escapado -dijo Alex cuando Luke la alcanzó.

– Ya lo sé -respondió él-. La he encontrado. Está viva. Su estado es bastante malo, pero por lo menos vive.

– Gracias a Dios. Beardsley también está ahí.

– ¿Te refieres al capellán del ejército? -El capitán Beardsley había desaparecido el lunes anterior, cuando fue a buscar a Bailey a su casa de Dutton.

– Sí, está vivo. Es posible que pueda salir por su propio pie, pero también está mal.

Cuando llegaron a la sala del final del largo pasillo, Luke se quedó petrificado. Dos paramédicos se abrieron paso por su lado para llegar hasta Daniel, que yacía tumbado de costado en un rincón con un vendaje impecable cubriéndole el pecho. Seguramente era obra de Alex. Su rostro aparecía ceniciento, pero respiraba.

Era más de lo que podía decirse de los tres cadáveres que tapizaban el suelo. Mansfield, el ayudante del sheriff, yacía boca arriba con dos disparos en el pecho. Mack O'Brien se había desplomado hecho un ovillo, con un agujero de bala en medio de la frente. El tercer hombre también yacía boca arriba, con cinco disparos en el pecho y uno en la mano. Tenía las ensangrentadas muñecas esposadas a la espalda. De su rostro no quedaba nada; un arma de gran calibre lo había destrozado.

Había otro hombre sentado con la espalda apoyada en la pared; respiraba con dificultad. Tenía el rostro sucio y cubierto de sangre, y los ojos cerrados. Luke dedujo que sería el sacerdote desaparecido, aunque en esos momentos se parecía más a Rambo.

– Virgen santísima. -Luke respiró hondo y se volvió hacia la esbelta mujer que constituía el único miembro de la actuación que quedaba en pie-. Alex, ¿tú has hecho todo esto?

Alex miró alrededor como si observara el desastre por vez primera.

– Casi todo. Mansfield le ha disparado a Daniel y yo lo he matado a él. Entonces ha entrado Granville. -Echó un triste vistazo al hombre sin rostro-. El doctor Granville era el tercer violador.

– Ya lo sé -respondió Luke-. Bailey nos lo ha contado. Así que también has matado a Granville, ¿no?

– No, yo solo le he herido. Ha sido O'Brien quien lo ha matado. Formaba parte de su venganza.

Luke empujó a O'Brien con el pie.

– ¿Y a este?

– Bueno, después de matar a Granville, O'Brien me ha apuntado en la cabeza. Entonces el padre Beardsley le ha quitado la pistola a O'Brien y Daniel le ha disparado en la cabeza. -Una repentina sonrisa le iluminó el rostro-. Creo que no lo hemos hecho mal del todo.

Su tonta sonrisa hizo que Luke sonriera a su vez, a pesar de la náusea que le oprimió el estómago al oír el quejido de Daniel cuando los paramédicos lo movieron. Daniel se quejaba, lo cual quería decir que estaba vivo.

– Yo también creo que no lo habéis hecho mal. Os habéis cargado a todos los malos, chica.

Pero el capellán del ejército sacudió la cabeza.

– Habéis llegado demasiado tarde -dijo Beardsley en tono cansino.

Alex se puso seria al instante.

– ¿De qué está hablando?

«Las ha matado a todas», había dicho Bailey. El temor eclipsó la momentánea satisfacción de Luke.

– Quédate aquí con Daniel -ordenó a Alex-. Yo iré a echar un vistazo.

Alex miró a los paramédicos.

– ¿Tiene las constantes vitales estables?

– Estables, pero débiles -respondió uno de los hombres-. ¿Quién le ha vendado el pecho?

– Yo -respondió Alex-. Soy enfermera.

El paramédico hizo un gesto aprobatorio con la cabeza.

– Buen trabajo. Respira sin asistencia.

Alex asintió poco convencida.

– Muy bien. Vámonos -le dijo a Luke-. Necesito saberlo.

Luke pensó que tenía razón. Su hermanastra, Bailey, había estado en ese lugar una semana entera, y aunque todos le habían dicho que Bailey era una drogadicta y que debía de haberse dado a la fuga, Alex nunca había perdido la esperanza.

Beardsley se puso en pie apoyándose contra la pared.

– Entonces venid conmigo. -Abrió la primera puerta de la izquierda. No estaba cerrada con llave, ni tampoco vacía.

Luke ahogó un grito y su temor se tornó horror. Una joven yacía sobre un fino colchón. Tenía un brazo encadenado a la pared. Estaba muy flaca, se le marcaban claramente los huesos. Tenía los ojos muy abiertos y en su frente se veía un pequeño agujero redondo. Debía de tener unos quince años.

«Las ha matado a todas.»

Luke avanzó hacia el colchón poco a poco. «Santo Dios», fue todo cuanto pudo pensar. De repente, la sorpresa al reconocer a la joven lo azotó cual puñetazo en el vientre. «La conozco.» Mierda; había visto antes a esa chica. Un montón de imágenes cruzaron su mente a toda velocidad, rostros que nunca podría olvidar.

Había visto antes ese rostro, estaba seguro. «Angel.» Los pedófilos, los seres infrahumanos que las habían captado a través de su página web, aquellos que habían cometido acciones tan depravadas… Ellos la llamaban Angel.

Notó el sabor de la bilis en la garganta mientras permanecía allí de pie, mirándola. Angel estaba muerta. Habían dejado que se consumiera, la habían torturado. «Habéis llegado demasiado tarde.» La sorpresa empezó a desvanecerse mientras la furia que hervía en su interior crecía, y él apretó los puños para no explotar. Tenía que controlarse. No podía permitir que la ira le impidiera hacer su trabajo.

«Proteger y servir», recordó para sí.

«A ella no la has protegido. Has fallado. Has llegado demasiado tarde.»

Alex se arrodilló junto al colchón y presionó con los dedos el escuálido cuello de la chica.

– Está muerta. Debe de llevar muerta una hora.

– Todas están muertas -repuso Beardsley con aspereza-. Todas las chicas a las que han dejado aquí.

– ¿Cuantas hay? -preguntó Luke en tono severo-. ¿Cuántas están muertas?

– Bailey y yo estábamos presos en el otro extremo -explicó Beardsley-. No he podido ver nada. Pero he contado siete disparos.

Siete disparos. A la chica a quien Susannah había salvado le habían disparado dos veces, una vez en el costado. La otra bala le había rozado la cabeza. O sea que quedaban cinco disparos más. Cinco jóvenes muertas. «Santo Dios.»

– ¿Qué lugar es este? -musitó Alex.

– Trafican con humanos -respondió Luke con concisión, y Alex se quedó mirándolo boquiabierta.

– Quieres decir que todas esas chicas… Pero ¿por qué las han matado? ¿Por qué?

– No tenían tiempo de sacarlas a todas -dijo Beardsley en tono inexpresivo-, y no querían que las que quedaran hablaran.

– ¿Quién es el responsable de esto? -susurró Alex.

– El hombre a quien llaman Granville. -Beardsley se apoyó en la pared y cerró los ojos, y Luke reparó en la oscura mancha de su camisa. Se estaba extendiendo.

– A usted también le han disparado -advirtió Alex-. Por el amor de Dios, siéntese. -Lo empujó hacia abajo y se arrodilló a su lado para retirarle la camisa de la herida.

Luke le hizo señales a uno de los paramédicos, un chico de semblante serio cuya placa rezaba ERIC CLARK.

– El capitán Beardsley está herido. Necesitamos otra camilla. -Echó un vistazo a Daniel desde la puerta. Su amigo seguía mostrando un blanco cadavérico y su pecho apenas se movía. Apenas, pero algo se movía-. ¿Cómo está él?

– Todo lo estable que podemos mantenerlo aquí -respondió Clark.

– Avise por radio a otro equipo -le ordenó Luke-, y venga conmigo. Hemos encontrado a una chica muerta, y podría haber cuatro más. -Con toda rapidez, Luke y el joven paramédico revisaron cada una de las pequeñas celdas. Había una docena de ellas, todas igual de oscuras y sucias. En todas había un colchón viejo y mugriento sobre un somier oxidado. La que quedaba justo a la derecha del despacho estaba vacía. Sin embargo, al iluminarla con la linterna, Luke descubrió un rastro de sangre que partía de la puerta. La hilera de manchas regulares continuaba por el pasillo-. Es la de la chica que se ha escapado -dijo-. Vamos a la siguiente.

En la siguiente celda había otro cuerpo, igual de escuálido que el de Angel. Luke oyó a Eric Clark ahogar un grito de horror.

– Dios mío. -Clark se dispuso a entrar corriendo, pero Luke lo retuvo.

– Cuidado. Por el momento mire si está viva, pero no toque nada más.

Clark trató de encontrarle el pulso.

– Está muerta. ¿Qué demonios ha pasado aquí?

Luke no respondió. Guió metódicamente a Clark de una a otra de las doce celdas. Solo en cinco encontraron cadáveres; el resto estaban vacías. Sin embargo, unos cuantos colchones estaban todavía húmedos, y un fuerte olor de fluidos corporales saturaba el espacio sin ventilación. Hacía poco que esas celdas habían estado ocupadas, aunque ya no lo estuvieran. Una la había ocupado la chica a quien Susannah había salvado, y eso quería decir que se habían llevado a seis más. «Seis.»

No había pistas, ni forma de saber cuántas ni quiénes eran las chicas. No había descripción alguna. Nada, a excepción de la chica a quien Susannah había salvado. Tal vez ella representara la única esperanza.

Igual que Angel, las otras cuatro víctimas se encontraban esposadas al muro de la celda, y todas miraban al techo con la expresión vacía y tenían un agujero de bala en medio de la frente. Con cuidado de no alterar el escenario, Clark comprobó el estado de todas. Y cada vez sacudía la cabeza.

Cuando llegaron al final del pasillo, Luke exhaló un suspiro, pero ello no lo tranquilizó. Beardsley tenía razón, no había supervivientes. Nadie, a excepción de la chica a quien Susannah había descubierto en la espesura. ¿Qué habría visto? ¿Qué sabría?

Clark respiraba con agitación, obviamente afectado.

– Nunca había… Dios mío. -Miró a Luke con expresión de horror, y de pronto pareció haber envejecido mucho-. Son unas niñas; no son más que unas niñas.

Semejante panorama habría revuelto el estómago a la mayoría de los policías más curtidos. Eric Clark nunca volvería a ser el mismo.

– Vamos. Miraremos en el pasillo de atrás.

Allí sólo había dos celdas, más antiguas y malolientes, si cabe. Una de las puertas se encontraba abierta y en el umbral yacía un cadáver. Al enfocarlo con la linterna, a Luke le entraron arcadas. El hombre estaba muerto; lo habían destripado como a un cerdo.

Por lo demás, la celda estaba vacía. No obstante, Luke descubrió un hoyo bajo la pared que la separaba de la celda contigua, y comprendió que Beardsley había sacado a Bailey por el agujero y, juntos, se habían escapado.

– ¿Tiro la puerta abajo? -preguntó Clark con vacilación.

– No; está vacía. Volvamos con Vartanian. Avisaré al forense para que venga a ver el cadáver del hombre. -Luke tragó saliva-. Y los de las chicas.

Las víctimas inocentes. Chicas de la misma edad que sus sobrinas. Deberían de haber estado disfrutando de las fiestas escolares y hablando de chicos. En vez de eso, las habían torturado, les habían hecho pasar hambre y Dios sabía cuántas cosas más. Y ahora estaban muertas. Habían llegado demasiado tarde.

«No puedo seguir con esto. Ya no soy capaz de enfrentarme a atrocidades semejantes.

»Sí, sí que puedes. Lo harás; tienes que hacerlo. -Apretó la mandíbula e irguió la espalda-. Si es así, encontrarás al autor de todo esto. Será la forma de conservar la cordura.»

El paramédico volvió a ocuparse de Daniel y Luke regresó a la primera celda, donde Alex se encontraba arrodillada junto a Beardsley, aplicándole gasas limpias en el costado.

– ¿A cuántas chicas se han llevado? -preguntó Luke en tono quedo.

La mirada de Beardsley denotaba cansancio.

– A cinco o seis. Les he oído hablar de un barco.

– Avisaré a la policía local y a los patrulleros -dispuso Luke-. Y a los guardacostas.

En el pasillo, la camilla en la que se llevaban a Daniel se cruzó con otra camilla para Beardsley. Alex le agradeció que le hubiera salvado la vida y salió de la reducida celda para unirse a Daniel.

Luke le tomó el relevo y se agachó junto a Beardsley con cuidado de no interferir en el trabajo de los paramédicos.

– Necesito saber exactamente qué ha visto y oído.

Beardsley hizo una mueca cuando lo levantaron para tenderlo en la camilla.

– No estaba muy cerca del despacho, así que no he podido oír gran cosa. A Bailey y a mí nos encerraron en las celdas del otro extremo de la nave. Nos mantenían separados. Todos los días nos llevaban al despacho, para interrogarnos.

– ¿Se refiere a la sala donde han muerto Mansfield y los demás?

– Sí. Querían la llave de Bailey. Le han pegado y… -Su áspera voz se quebró-. Dios mío. Granville la ha torturado. -Apretó los dientes con rabia, y sus ojos se llenaron de angustia-. Todo por una llave. No tienes ni idea de las ganas que tenía de matarlo.

Luke miró a Angel, muerta sobre el colchón, y pensó en Susannah Vartanian y en todas las otras víctimas inocentes a quienes el doctor Granville y los miembros de su club habían ultrajado.

– Sí, creo que sí lo sé.

Tenía que llamar a su jefe. Tenían que reagruparse. Necesitaban un plan.

Necesitaban que la chica que estaba con Susannah sobreviviera.

Luke siguió la camilla de Daniel hasta el exterior. Allí se encontró con el agente Pete Haywood, del equipo de Chase.

– ¿Qué ha pasado ahí dentro? -quiso saber Pete.

Luke le contó una versión resumida de los hechos, y con cada detalle los ojos de Pete se abrían más y más.

– Ahora tenemos que hablar con la chica. Es posible que sea la única que sepa adónde se han llevado a las demás.

– Ve tú -dijo Pete- Yo me quedaré aquí. Llámame en cuanto tengas noticias de Daniel.

– Precinta el escenario. No dejes pasar a nadie y no comuniques nada por radio hasta que hayamos avisado a Chase y a la Agencia. -Corrió hacia el coche y marcó el número de Chase Wharton mientras los paramédicos introducían a Daniel en la ambulancia que lo esperaba.

– Mierda -soltó Chase antes de que Luke tuviera tiempo de hablar-. Llevo veinte minutos tratando de localizarte. ¿Qué coño está pasando ahí?

La ambulancia se puso en marcha.

– Daniel está vivo, pero su estado es crítico. Alex está ilesa. O'Brien, Mansfield, Granville y Loomis están muertos. -Luke se llenó los pulmones de aire fresco. Aun así, el sabor de la muerte persistía-. Y la situación es de órdago.

Capítulo 4

Dutton,

viernes, 2 de febrero, 16:40 horas

Susannah observó cómo los paramédicos colocaban a la chica dentro del helicóptero.

– ¿Puedo subir yo también?

El paramédico de más edad negó con la cabeza.

– No está permitido. Además, no hay sitio.

Susannah se mostró preocupada.

– A Bailey se la han llevado en ambulancia. Ahí dentro sólo va la chica.

Los paramédicos intercambiaron una mirada.

– Estamos esperando a otro paciente, señora.

Susannah ya había abierto la boca para preguntar quién era cuando apareció otra ambulancia seguida del coche de Luke. Este se apeó de un salto en el preciso momento en que Alex Fallon bajaba de la ambulancia. Estaba cubierta de sangre, pero parecía ilesa.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Susannah. Entonces lo vio por sí misma. «Daniel.»

Su hermano estaba sujeto a la camilla con una máscara de oxígeno cubriéndole el rostro. Observó pasmada cómo lo trasladaban por delante de sus narices hasta el helicóptero.

Siempre le había parecido fuerte, invencible. En esos momentos, sujeto a la camilla, tenía un aspecto muy débil. En esos momentos él era todo cuanto le quedaba en el mundo. «No te mueras, por favor. No te mueras.»

Luke le pasó el brazo por los hombros para darle ánimos, y ella se percató de que le flaqueaban las rodillas.

– Está vivo -le susurró Luke al oído-. Su estado no es muy bueno, pero está vivo.

«Gracias a Dios.»

– Menos mal -dijo ella. Se dispuso a apartarse de Luke, cuyo apoyo se le antojó de pronto muy importante, pero él la asió de los brazos y la miró a los ojos.

– ¿Y qué hay de la chica? ¿Ha dicho algo más?

– Solo ha estado consciente un par de minutos. No ha parado de repetir «Las ha matado a todas» y luego ha preguntado por su madre. ¿A qué se refería? ¿Qué ha pasado allí?

La mirada de Luke era penetrante.

– ¿Ha dicho algo más? Cualquier cosa. Piense.

– No, nada más. Seguro. Ha empezado a faltarle el aliento y los paramédicos la han intubado. Mierda, Luke. ¿Qué ha pasado? ¿Qué le ha ocurrido a Daniel?

– Se lo contaré por el camino. -La guió hasta el asiento del acompañante y ayudó a Alex a subir detrás-. Puede que la chica desconocida se despierte antes de llegar a urgencias. -Le dirigió a Susannah una mirada inquisitiva mientras se ponía en marcha-. ¿Tiene alguna herida?

– No. -El temor hizo que se le encogiera el estómago-. ¿Por qué?

– Allí había cinco chicas más, todas adolescentes. Estaban muertas. Parece alguna operación de tráfico de humanos. Alguien se ha llevado a varias chicas vivas lejos de aquí, pero no sabemos quién es. Puede que la desconocida sea la única que lo sabe.

– Dios mío. -A aquella chica la habían maltratado tanto… Entonces comprendió la pregunta de Luke-. Nos hemos manchado con su sangre -dijo en voz baja. Llevaban guantes, pero la chaqueta de Susannah estaba empapada, al igual que la camisa de Luke-. Si tiene alguna enfermedad, corremos el riesgo de contagiarnos.

– En urgencias nos harán todo tipo de pruebas -terció Alex-. Les preocupa más la hepatitis que el VIH. Nos administrarán gammaglobulina por si acaso.

– ¿Cuánto se tarda en tener los resultados del VIH? -preguntó Susannah en tono ecuánime.

– Veinticuatro horas -respondió Alex.

– Muy bien. -Susannah se acomodó en el asiento deseando que su estómago se asentara. Veinticuatro horas no era mucho tiempo. «Es bastante menos que la semana que tardaron la otra vez.»

– Luke -llamó Alex de repente-. Granville ha dicho algo justo antes de morir.

Susannah se volvió a mirarla de nuevo.

– ¿Granville está muerto?

– Mack O'Brien lo ha matado. -Alex escrutó el rostro de Susannah, y entonces su mirada se llenó de compasión-. Lo siento. No ha podido descargarse con él.

La nueva amiga de Daniel era perspicaz.

– Bueno; aún quedan dos.

Alex negó con la cabeza.

– No. Mansfield también ha muerto. Lo he matado yo después de que le disparara a Daniel.

Susannah se debatía entre la gratitud y la frustración.

– ¿Han sufrido al menos?

– No lo bastante -repuso Luke en tono sombrío-. Alex, ¿a qué te refieres? ¿Qué ha dicho Granville?

– Ha dicho: «Crees que lo sabes todo, pero no sabes nada. Hay más.»

Luke asintió.

– Tiene sentido. Alguien se ha llevado a las chicas que faltan. Tenía que haber más gente con él.

Alex sacudió la cabeza despacio.

– No; no lo ha dicho por eso. Ha dicho: «Simon era mío. Pero yo era de alguien más.» -Hizo una mueca-. Como si fuera una especie de… secta o algo así. Qué horror.

«Yo era de alguien más.» Un desagradable escalofrío recorrió la espalda de Susannah cuando la acosó el recuerdo de una conversación oída mucho tiempo atrás.

– ¿Ha dicho algo más sobre los otros? -preguntó Luke.

– Es posible que hubiera seguido hablando, pero entonces O'Brien ha entrado y le ha reventado la cabeza de un disparo -respondió Alex.

– El tic -musitó Susannah, y Luke se volvió a mirarla con expresión perpleja.

– ¿Cómo ha dicho?

– El tic -repitió. Ahora se acordaba. Ahora lo entendía-. Los oí.

– ¿A quiénes, Susannah?

– A Simon y a otra persona. Un chico. No le vi la cara. Estaban en la habitación de Simon, hablando. Discutieron. Al parecer el otro chico le había ganado a Simon en algún juego y Simon lo acusó de haber hecho trampa. El chico dijo que otra persona le había enseñado lo que tenía que hacer para ganar. -Se trasladó mentalmente a ese día-. De algún modo lograba anticipar los movimientos de su oponente y manipular su reacción. Simon quería pegarle, pero el chico lo convenció para jugar otra partida.

Alex se inclinó hacia delante.

– ¿Y entonces?

– Simon volvió a perder. Era un bruto, pero no tenía un pelo de tonto. Quería saber cómo lo hacía el otro chico. Creo que tenía en mente una forma de sacar partido a esos conocimientos. Le pidió que le presentara a la persona que se lo había enseñado. El chico dijo que había sido su tic. Su amo. Yo al principio creía que estaba bromeando, y Simon también lo creía, pero el chico parecía muy serio. Hablaba con… reverencia. Simon quedó intrigado.

– ¿Y qué más pasó? -quiso saber Luke.

– El chico le dijo a Simon que si lo acompañaba, cambiaría para siempre. Que «pertenecería a otra persona». Esas fueron sus palabras exactas. Lo recuerdo porque se me puso la piel de gallina y me eché a temblar a pesar de que en… de que donde estaba la temperatura debía de ser de cuarenta grados. Entonces Simon se echó a reír y dijo algo como: «Sí, sí. Vamos».

– ¿Cómo es que los oyó sin que se dieran cuenta? -preguntó Luke.

– Porque estaba escondida. -Su mueca fue involuntaria.

– ¿Estaba en su escondrijo? -El tono de Luke era dulce, pero tenía la mandíbula tensa.

– Sí. -Susannah exhaló un suspiro-. Estaba en mi escondrijo. Desde detrás del armario podía oír todo lo que se decía en la habitación de Simon.

– ¿Por qué estaba escondida, Susannah? -quiso saber Luke.

– Porque ese mismo día Simon me había ordenado que estuviera en casa. Me dijo que tenía un amigo que quería «conocerme». Yo solo tenía once años; aun así, comprendí lo que quería decir. Por suerte me escondí. El chico le dijo a Simon que lo llevaría a ver a su tic pero que antes quería pasar por mi habitación. Se enfadó mucho al ver que no estaba.

– ¿Quién? -preguntó Luke-. ¿El chico o Simon?

– Los dos.

– Entonces, ¿Simon aún no sabía lo del escondrijo?

– Imagino que no. Claro que no estoy segura. También es posible que lo supiera y quisiera hacerme creer que estaba a salvo. A Simon le encantaban los juegos psicológicos, manipular las reacciones de su adversario tenía que resultarle muy atractivo.

Luke puso mala cara.

– ¿Qué narices quiere decir «tic»? ¿Se refiere a un tic nervioso?

– No lo sé. Al día siguiente busqué información en la biblioteca, pero no encontré nada. Y no quise arriesgarme a preguntárselo a nadie.

– ¿Por qué? -preguntó Alex en tono cansino.

Susannah vaciló; luego se encogió de hombros.

– Porque mi padre lo habría descubierto.

– ¿Su padre no le dejaba hablar con los bibliotecarios? -aventuró Luke con cautela.

– Mi padre no me dejaba hablar con nadie.

Luke abrió la boca y volvió a cerrarla tras optar por no verbalizar lo que se le estaba pasando por la mente.

– De acuerdo. O sea que es posible que el chico fuera Toby Granville, ¿no?

– Es muy probable. Para entonces, Toby y Simon ya eran amigos. Simon acababa de perder una pierna y a la mayoría de los chicos les asustaba su prótesis. A Toby, en cambio, le atraía.

– Vamos a suponer que se tratara de Toby. Tenía un mentor, un maestro. Alguien que lo instruía en el arte de la manipulación. La persona a quien él pertenecía. Su tic. Algo es algo.

– Eso pasó hace muchos años -advirtió Susannah, poco convencida-. Es posible que esa persona ni siquiera viva. Y si vive, puede que no sea cómplice de Granville.

– Es cierto -admitió Luke-. Sin embargo, mientras no nos firmen una orden para registrar la casa de Granville o la chica desconocida vuelva en sí, eso es todo cuanto tenemos. -Sacó su teléfono móvil-. Susannah, llame a Chase y cuéntele lo que nos ha contado a nosotros. Pídale que investigue lo del tic.

Susannah, dispuesta a obedecer, sacó su ordenador portátil del maletín. Chase había salido a esperar el helicóptero de Daniel. Para cuando Susannah hubo terminado de explicarle la historia a su secretaria, el ordenador ya estaba en marcha.

– ¿Se sabe algo de Daniel? -preguntó Alex con inquietud.

Susannah sacudió la cabeza e hizo caso omiso del nudo que se le había formado en el estómago. «Él es fuerte. Se recuperará.» El estado de la chica era más preocupante.

– Todavía no. La secretaria de Chase me ha dicho que se espera que el helicóptero aterrice dentro de quince minutos, más o menos. Hasta entonces, será mejor que nos mantengamos ocupados.

Luke echó un vistazo al ordenador.

– ¿Qué está haciendo?

– Investigo. Tengo un dispositivo para conectarme a internet.

Él pareció impresionado.

– Qué bien. Busque en Google «tic», con «c», con «k», y con «ck». Y «amo».

– Ya lo he hecho. -Esperó con impaciencia y arrugó la frente ante el resultado-. Bueno, en Sudáfrica se llama «tik» al clorhidrato de metanfetamina. Y en camboyano significa «tierra y cielo». No sale nada más. A menos que… -Lo del camboyano hizo que otro recuerdo aflorara a su mente, una página de un libro de la universidad.

– ¿A menos que qué? -la apremió Luke.

– A menos que se escriba de otra manera -dijo Susannah mientras examinaba el resultado de la búsqueda-. Es una palabra vietnamita; se escribe «t-h-í-c-h». Es un tratamiento de honor referido a un monje budista. -Miró a Luke, vacilante-. Claro que el budismo se basa en la paz y la armonía. El monje en cuestión tenía que ser raro de narices.

– Cierto. Pero un monje raro de narices es mucho más de lo que teníamos hace media hora. -Arqueó las cejas-. Buen trabajo, pequeño saltamontes.

Ella disimuló la repentina emoción ante el elogio.

– Gracias.

Dutton,

viernes, 2 de febrero, 18:00 horas

Charles apagó el receptor de radiofrecuencia y se arrellanó en el sofá del salón de la planta superior. Sabía que ese día tenía que llegar. Aun así, le resultaba difícil asimilar la noticia.

Toby Granville había muerto. «Muerto.» Apretó la mandíbula. Había muerto a manos de un aprendiz como Mack O'Brien. Mack había demostrado tener imaginación y ser cruel, pero le faltaba agudeza. Por eso lo había matado la bala de Daniel Vartanian. Por lo menos Toby no había muerto a manos de Daniel. Eso sí que no habría sido capaz de asimilarlo.

Toby. Era muy brillante. Siempre investigaba, buscaba; siempre experimentaba. Filosofía, matemáticas, religión, anatomía. Toby era el primero de la clase en la facultad de medicina. ¿Cómo podría no haberlo sido, después de las disecciones que había practicado en el sótano de Charles? Su protegido no practicaba con cadáveres. Ni hablar. Charles le había proporcionado a su alumno organismos vivos, y Toby había disfrutado muchísimo utilizándolos.

Charles pensó en el sujeto que en esos momentos se encontraba atado a la mesa de su sótano. Toby no había terminado con él. Todavía le quedaban unos cuantos secretos por revelar. «Supongo que tendré que terminar yo el trabajo.» Ante la expectativa, un escalofrío de emoción le recorrió la espalda a pesar de la tristeza.

Porque Toby estaba muerto. Había muerto en las peores circunstancias. No habría honras fúnebres, ni asistentes en masa a la ceremonia religiosa, ni lágrimas derramadas en el cementerio de Dutton. Toby Granville había muerto en circunstancias vergonzosas y no se celebraría acto alguno en su honor.

Charles se puso en pie. «Te veré algún día, mi joven amigo.» Sacó del armario la túnica que había llamado por primera vez la atención de Toby. Se atavió con ella, encendió unas cuantas velas, las dispuso alrededor de la habitación y se sentó en la silla que había diseñado especialmente para las sesiones con Toby. Captar al chico le había resultado muy fácil; conservarlo, sin embargo, le había costado mucho. Pero Toby había servido bien a su amo.

Charles entonó la melodía que para él no significaba nada en absoluto, pero que a aquel chico de trece años con sed de conocimientos y de sangre le había abierto el reino de lo oculto. Charles no creía en nada de todo aquello, pero Toby sí, y eso lo había tornado más sagaz y más cruel. Tal vez incluso hubiera provocado su inestabilidad mental. «Buen viaje, Toby. Te echaré de menos.»

– Y ahora -dijo en voz alta-, ¿a quién pondré en tu lugar? -Siempre había gente que aguardaba, gente deseosa de servir. Charles sonrió. «De servirme a mí, claro.»

Se levantó, apagó las velas de un soplo y guardó la túnica. Muy pronto volvería a utilizarlo todo. A los clientes que esperaban presenciar las premoniciones les gustaba que adornara la escena.

Atlanta,

viernes, 2 de febrero, 18:45 horas

Luke se plantó ante el cristal y miró el interior de la sala de interrogatorios, donde dos hombres se encontraban sentados a la mesa; en silencio. Uno era el alcalde de Dutton, Garth Davis; el otro, su abogado. El rostro serio de Garth mostraba una contusión y la manga derecha de su abrigo estaba manchada de arcilla de Georgia.

Luke miró a Hank Germanio, el agente que ese día había detenido al alcalde.

– ¿Se ha resistido?

Germanio se encogió de hombros.

– No mucho.

Luke pensó en Susannah, en la gemela de Alex y en todas las mujeres a quienes Garth Davis había violado trece años atrás, se sintió aliviado de no haber sido él quien lo detuviera. Una pequeña contusión no era ni de lejos lo que se merecía.

– Qué lástima.

– Ya. A mí también me habría gustado que lo hubiera hecho.

– ¿Ha dicho algo?

– Solo ha preguntado por su abogado. Menudo cabrón baboso. Y el abogado también.

Luke miró el reloj.

– Chloe ha dicho que nos encontraríamos aquí.

– Y así es. -La ayudante del fiscal Chloe Hathaway cerró la puerta exterior. Era una rubia alta, con curvas y gusto para vestirse; pero si alguien creía que eso era todo, estaba muy equivocado. Su rostro menudo ocultaba una mente perspicaz, y Luke se alegraba de que participara en el caso-. Lo siento, he llegado tarde. He estado preparando las órdenes de registro de las casas y los despachos de Granville, Mansfield y Davis.

– ¿Están ya firmadas? -preguntó Luke.

– Todavía no. Quería que antes les echara un vistazo mi jefe. No quiero que nada quede excluido del registro. Al tratarse de un médico, un representante del orden y un abogado y alcalde, dependiendo de cómo se lleve a cabo el registro y de lo que se encuentre podrían presentarse conflictos de confidencialidad. No quiero que se nos escape ninguna prueba de las manos.

– Yo tampoco quiero que cinco chicas secuestradas se nos escapen de las manos, Chloe -repuso Luke, tratando de controlar su impaciencia-. Cuanto más tardemos en registrar la casa de Granville, más lejos estará su cómplice.

– Lo comprendo -dijo Chloe-. De verdad. Pero cuando encontréis al cómplice, no querréis perderlo por un registro ilegal, ¿verdad?

Luke apretó los dientes. Ella tenía razón, y él también.

– ¿Cuánto tardará?

– Una hora; dos como mucho.

– ¿Dos horas? Chloe…

– Luke… De momento, centrémonos en Davis. De los siete miembros originales del club de los violadores, él es el único que queda vivo. ¿Qué tenemos que lo vincule a las cinco chicas asesinadas, aparte de las fotos que encontrasteis en la antigua casa de Daniel?

– Tan sólo la relación con Granville y Mansfield. Todos ocupaban cargos socialmente importantes. No hemos tenido ocasión de interrogar a ninguno de sus votantes, vecinos, compañeros de trabajo… A nadie.

– ¿Y a la familia?

– Su esposa se marchó de la ciudad ayer con sus dos hijos porque Mack O'Brien asesinó a un primo de Garth. Temía por su seguridad y dijo que Garth no acudiría a la policía. No sabemos dónde está con exactitud. Su cuñada, Kate Davis, nos explicó que se había marchado «hacia el oeste».

– Bueno, cuando todo esto salga a la luz sabrá que está a salvo y es probable que vuelva a casa -dedujo Chloe-. ¿Qué hay de los padres de Davis? ¿Tiene hermanos?

– Los padres murieron. Nos queda su hermana, Kate Davis. Volveremos a hablar con ella.

Chloe exhaló un suspiro.

– O sea que no tenemos nada.

– Todavía no -reconoció Luke.

– Es posible que Garth Davis no sepa nada del negocio encubierto de Granville. Si me equivoco, seguro que su abogado querrá cerrar algún trato en relación con las violaciones de hace trece años.

Luke había pensado lo mismo.

– ¿Y tú? ¿Estás dispuesta? -preguntó con timidez.

Ella sacudió la cabeza.

– Te aseguro que no. No me plantearé llegar a ningún acuerdo sin saber de qué información dispone y si es de buena fuente. Tengo que pensar en las doce víctimas, y merecen su vista ante el tribunal. Sin embargo… -Dejó la frase sin terminar.

«Trece víctimas», pensó Luke, pero no la corrigió. El nombre de Susannah no formaba parte de la lista de Daniel porque en el momento en que la elaboró no lo sabía. Luke prefirió que Susannah se pusiera en contacto con Chloe por su cuenta. Una víctima de diferencia no hacía más o menos culpable a Garth Davis.

– Sin embargo, es posible que tengas que acabar cerrando un trato. -La sola idea lo ponía enfermo-. Podemos registrar su casa y su despacho y descubrir si tenía tratos con Granville.

– Ese es el camino fácil, Luke -respondió ella-. Y por eso me he esmerado tanto en redactar las órdenes. En ellas sólo puedo incluir lo que resulte relevante para el caso de las violaciones, a menos que tenga motivos de peso para vincular a Davis con el tráfico humano. De otro modo, si mientras registráis veis algo que lo implique, no podré utilizarlo.

– Por lo menos estaremos un paso más cerca de encontrar a las chicas.

– Eso es cierto, suponiendo que en su casa o en su despacho haya algo que nos permita incriminarlo. Antes tenéis que dar con ello. Y ya sé que no hace falta que te lo diga, Luke -añadió en tono razonable-, pero el tiempo corre. Estamos entre la espada y la pared.

– No quiero que ese cabrón se vaya de rositas, Chloe. Me da igual lo que sepa.

– No sabrás qué sabe hasta que se lo preguntes -terció Germanio con sensatez.

Chloe se colocó bien el asa de la cartera en el hombro.

– Eso también es cierto. Así que a preguntar, Papa.

Garth Davis aguardó a que Luke y Chloe se hubieran sentado a la mesa antes de abrir la boca.

– Esto es ridículo -dijo-. Yo no he violado a nadie. Ni ahora, ni hace trece años.

Luke no respondió; se limitó a deslizar una carpeta sobre la mesa. Contenía tan solo cuatro de las fotografías que implicaban gráficamente en el caso a un Davis joven. El hombre les echó un vistazo, exhaló un suspiro y cerró la carpeta, pálido y anonadado.

El abogado frunció el entrecejo.

– ¿De dónde han sacado eso? Es evidente que son imágenes manipuladas.

– Son auténticas -replicó Luke-. Son las primeras que me han venido a mano de los cientos de que disponemos. -Tomó una de las fotografías y la examinó-. Ha envejecido con dignidad, alcalde Davis. A muchos hombres en trece años les crece la barriga. Usted, en cambio, está en tan buena forma como entonces.

La mirada de Davis rebosaba odio.

– ¿Qué quieren?

– Garth -le advirtió su abogado. Davis no le hizo caso.

– Les he preguntado que qué quieren.

Luke se inclinó hacia delante.

– Verlo pudrirse en la cárcel el resto de su miserable vida.

– Agente Papadopoulos -susurró Chloe, y Luke se recostó en la silla sin dejar de mirar a Davis-. Hay quince víctimas. Quince muestras de que su cliente ha mantenido relaciones sexuales no consentidas con mujeres menores de edad, drogadas e indefensas. Como mínimo le caerán los diez años obligatorios por víctima, y la suma equivale a los años de vida que le quedan, alcalde Davis.

– Ya se lo he preguntado -dijo Davis entre dientes-. ¿Qué quieren?

– Dígale lo que queremos, agente Papadopoulos -dijo ella, Luke miró a Davis a la cara.

– Hábleme de Toby Granville -empezó, y durante un instante vislumbró el miedo en sus ojos. Pero pronto quedó sustituido por el desdén.

– Está muerto. -Sonrió con petulancia-. Qué lástima para ustedes.

Luke esbozó una agradable sonrisa a pesar de las ganas que sentía de borrar la de Davis a puñetazos.

– Podríamos decirlo así. También podríamos decir que la muerte de Granville concentra la rabia de las víctimas supervivientes. Así recae más odio sobre usted, ya que es el único que queda de los siete. Le tocará cargar con la culpa de los otros seis cabrones, alcalde Davis. Y le garantizo que las víctimas están cabreadísimas y que se pelearán por arrancarle la piel a tiras. A usted y solo a usted. Por no estar muerto. Qué lástima.

El abogado de Davis le susurró algo al oído. Davis apretó la mandíbula y su expresión se suavizó, como si hubiera echado mano de su faceta de político.

– Granville era el médico de la ciudad. Curaba los resfriados, la tos, las rodillas peladas. Eso es todo cuanto sé.

– Sólo eso alcalde Davis -dijo Chloe-. Sabe mucho más que eso -Davis y su abogado volvieron a suspirar.

– Queremos llegar a un acuerdo.

Ella negó con la cabeza.

– No, hasta que haya oído lo que sabe.

El abogado de Davis se recostó en la silla.

– Entonces lo dejan sin palanca.

Luke esparció las cuatro fotos sobre la mesa.

– Tengo docenas de fotos y, en todas, el alcalde Davis sonríe mientras viola a distintas chicas.

Volvió a mirar a los ojos a Davis.

– No hay palancas que valgan. Solo cuenta con la benevolencia que decidamos tener con usted. Y le advierto que en este momento me siento muy poco benévolo, o sea que deje de hacerme perder el tiempo.

Davis miró a su abogado y este asintió.

– Lo del club fue idea de Toby y de Simon. Empezó como un juego, pero luego cobró vida propia.

– ¿Alguna vez vio a alguien o habló con alguien aparte de los miembros del club?

– No.

– ¿Dónde practicaban las violaciones?

– Dependía del tiempo que hiciera. Cuando hacía calor, al aire libre, y cuando hacía frío, dentro.

– ¿Dónde? -volvió a preguntar Luke, en tono más tajante-. Quiero un lugar.

– En casa de uno o de otro; de aquel cuyos padres no estuvieran en casa.

– ¿Alguna vez utilizaron una casa u otro lugar que no perteneciera a ninguno de los miembros del club? -lo presionó Luke.

– Una vez. Habíamos planeado ir a casa de Toby, pero la madre de Jared O'Brien se puso enferma y canceló la fiesta que tenía preparada para esa noche. Eso significaba que todos nuestros padres se quedarían en casa, así que necesitábamos otro lugar. Toby nos encontró uno.

Luke se esforzó por expulsar el aire.

– ¿Dónde estaba y de quién era la casa?

– No lo sé y no lo sé. Toby nos hizo subir a una furgoneta que había tomado prestada al jardinero. No tenía ventanillas y colgó una sábana para que no pudiéramos mirar por el cristal delantero. Simon se sentó detrás para asegurarse de que nadie intentaba mirar. Y con Simon de guardia, nadie se atrevió. Ya entonces el hijo de puta era un auténtico peligro.

– ¿Cuánto tiempo tardaron en llegar?

A los ojos de Davis asomó cierta reserva.

– No me acuerdo.

El resoplido de enojo de Chloe reveló a Luke que también ella lo había captado.

– Me parece que sí que se acuerda, señor Davis.

– Por mi parte he terminado -Garth se volvió hacia su abogado y se levantó-. Sigan investigando.

Seguir investigando, ¿qué? O ¿a quién?

– Debe de ser duro que la esposa lo abandone a uno de ese modo -dijo Luke en tono liviano-. Y no saber dónde se encuentran los propios hijos, ni si están bien. Tiene dos niños, ¿no? De siete y cuatro años. Son muy pequeños para andar escondiéndose por ahí. El mundo está lleno de peligros.

A Davis le tembló un músculo de la mejilla ilesa.

– Usted sabe dónde están.

Luke encogió un hombro.

– No me acuerdo.

Davis se sentó.

– Quiero ver a mi mujer y a mis hijos.

– Tal vez pueda arreglarlo -dijo Luke sin alterarse-. ¿Cuánto duró el viaje esa noche?

Davis se mordió la parte interior de las mejillas a la vez que su mirada se tornaba glacial.

– Menos de una hora. Era una cabaña, en el monte.

– ¿Eso es todo? -insistió Luke-. No es ni de lejos suficiente.

– Estuvimos en una puta cabaña, ¿de acuerdo? -soltó Davis con ojos centelleantes-. Tenía una chimenea y una cocina, como todas las cabañas de por allí.

– ¿Recuerda algún detalle? ¿Algo que le diera una pista de a quién pertenecía?

La mirada de Garth volvió a adquirir frialdad.

– Sí, y se lo diré cuando vea a mis hijos, no antes. No sé por qué le importa tanto esa cabaña, agente Papadopoulos, pero la cuestión es que le importa, y ese es ahora mi único recurso. -Se levantó-. He terminado.

Chloe aguardó hasta que se encontraron de nuevo en la antesala.

– ¿Te importa contarme de qué iba todo eso?

Luke suspiró.

– Las últimas palabras de Granville fueron: «Simon era mío, pero yo era de alguien más». Tenía un mentor, alguien que le guiaba. Incluso puede que dirigiera sus actos.

– Podría tratarse de su cómplice en el tráfico -dedujo Chloe-. O podría no serlo. Podría ser el propietario de la cabaña, o no. -Sonrió-. Pero ha sido una buena jugada, Luke. Contamos con una buena palanca sin tener que liarnos con acuerdos. Puede que acabe optando por negociar, pero me guardaré ese as en la manga todo lo que pueda.

«Por encima de mi cadáver, le rebajarán la pena a ese cabrón», pensó Luke.

– Gracias. Solo espero que logremos hacer volver a la señora Davis antes de que las chicas desaparecidas estén tan lejos que no lleguemos a encontrarlas nunca más. -Se volvió hacia el agente Germanio, que había estado observando todo el interrogatorio-. ¿Qué estaba haciendo Davis cuando lo detuviste?

– Hablaba por teléfono con el aeropuerto. -Germanio miró a Chloe-. No me preguntes nada.

Chloe alzó los ojos en señal de exasperación.

– Hank, ¿cuántas veces tengo que decirte que el teléfono es privado mientras no consiga una puta orden?

Hank no parecía sentirlo en absoluto.

– Te he dicho que no me preguntaras nada.

– Entonces, ¿con quién hablaba? Cuando comprobaste el último número marcado -masculló.

– Con una tal Kira Laneer. Trabaja en el mostrador de facturación de una aerolínea pequeña.

– Tiene nombre de estríper -soltó Chloe-. Comprobaré si la señora Davis y sus hijos han viajado en avión entre ayer y hoy. No te acerques a Kira Laneer hasta que no consiga una orden para rastrear las llamadas de Davis.

– ¿Hay algo que permita que la orden de registro incluya todo lo que encontremos en casa de Davis que lo relacione con la operación de tráfico? -preguntó Luke, aunque no se sorprendió cuando ella negó con la cabeza.

– No, pero miradlo de todos modos.

– Lo haremos. Pete Haywood está con su equipo en casa de Granville. Esperan tu aviso. En cuanto el juez firme la orden, llama a Pete y dile que puede entrar. Ya hace casi tres horas que sabemos que se han llevado a las chicas.

– Si piensan sacarlas del país, nos llevan una ventaja de la hostia -admitió Germanio.

– Ya lo sé -dijo Luke con tristeza-. Hemos enviado un aviso a los guardacostas y otro a la patrulla de fronteras, pero hasta que obtengamos una descripción del cómplice o de las chicas es corno si no hubiéramos hecho nada. Volveré al molino a ver qué han descubierto Ed y los técnicos forenses.

Atlanta,

viernes, 2 de febrero, 18:45 horas

Susannah aguardaba ante la ventana de la sala de espera del hospital mientras trataba de ignorar el torrente de actividad que tenía lugar a sus espaldas. Daba la impresión de que todos los policías de Atlanta se habían enterado de lo de Daniel y habían acudido allí con sus familias. Sus labios dibujaron una sonrisa, pero llena de amargura. Ella era su única familia. «Ya está. Y no nos hemos hecho precisamente mucho bien el uno al otro.»

Todos los recién llegados querían explicarle lo maravilloso y valiente que era su hermano. Lo honesto que era. A Susannah le dolían las mejillas de tener que obligarse a sonreír mientras agradecía a cada uno de los policías sus amables palabras. Alex había llegado hacía media hora, después de visitar a su hermanastra, Bailey, y desde entonces Susannah había dejado que fuera ella quien se ocupara de atender a aquellos que expresaban sus deseos de recuperación, y que contara una y otra vez la historia de cómo Daniel había derrotado en una ocasión más al malvado enemigo.

Y ella se había escapado a aquel lugar junto a la ventana. Desde allí veía las luces de la ciudad, el descenso de la circulación a medida que pasaba la hora punta. Si se esforzaba lo suficiente, era capaz de imaginar que estaba en su casa de Nueva York en lugar de en Atlanta, envuelta en aquella pesadilla.

Y es que tras el subidón de adrenalina que había experimentado durante el trayecto desde Dutton y la búsqueda del thích, la cruda realidad se había abierto paso en su conciencia. Le habían pinchado en todas partes, le habían sacado sangre y le habían puesto una inyección en el culo, tal como había previsto Alex. Una amable enfermera le había dejado un uniforme porque sus prendas habían quedado inservibles.

El jefe de Luke, Chase Wharton, la había interrogado en relación con lo sucedido durante la tarde. A la sazón, la chica estaba en el quirófano, y en el helicóptero no había recobrado el conocimiento.

Sus pensamientos no eran más halagüeños. Tenía el corazón encogido de pensar en los horrores que la chica habría visto y soportado. Se le paralizó al pensar en las muchachas con las que se había esfumado el cómplice de Granville. A lo que las someterían si no las encontraban rápido.

No necesitaba mucha imaginación para deducir qué les hacían a las chicas. Conocía las repercusiones de la prostitución y las violaciones. «De cerca; muy de cerca.» El murmullo de actividad que la rodeaba se desvaneció al evocar a una víctima con quien mantenía una estrecha relación. Ese día también había sangre; y el cadáver de alguien a quien habían apaleado hasta que su salvación fue imposible.

«Darcy. Lo siento. Tenía miedo y te fallé.» Claro que Susannah sabía que pedir disculpas no servía de nada. Darcy no podía oírla. Nunca podría volver a oír nada.

– Disculpe.

La suave voz la arrancó de la vieja pesadilla y la devolvió a la actual. Irguió la espalda, dispuesta a saludar a otro conocido con buenos deseos. Esta vez se trataba de una rubia menuda.

– Soy Felicity Berg -se presentó-. Trabajo en el laboratorio forense.

Susannah se quedó boquiabierta y la mujer se apresuró a darle unas palmadas en el brazo.

– No ha muerto nadie -dijo la doctora Berg, e hizo una mueca al percatarse de que había metido la pata-. Bueno, no es cierto. Han muerto muchas personas, pero Daniel no. -Se le acercó más-. Ni tampoco la chica a quien ha socorrido.

– ¿Cómo lo sabe? -preguntó Susannah. Chase y Luke habían evitado todo lo posible hablar de la existencia de la chica; era un secreto muy bien guardado.

– Luke me ha llamado y me ha contado lo sucedido esta tarde en el molino. Hemos tenido mucho ajetreo esta semana con las víctimas de Mack O'Brien, y ahora se ha presentado esto. Pronto empezarán a llegar y no tendré la oportunidad de estar con usted. Solo quería decirle que su hermano es una buena persona y que rezaré por él. Y por usted.

«Una buena persona.» Daba igual lo que Daniel hubiera hecho o hubiera dejado de hacer. Susannah jamás podría negar que su hermano era una buena persona. Notó que se le ponía un nudo en la garganta y tuvo que tragar saliva antes de pronunciar la respuesta.

– Gracias.

La doctora Berg lanzó una mirada a los ruidosos policías.

– Mi madre ingresó aquí para una intervención el año pasado, y entre las amigas del bingo y las de las clases de baile convirtieron la sala de espera en una auténtica fiesta. -Hizo una mueca-. Por no hablar de las de sus escapadas nocturnas.

Susannah sonrió y la doctora Berg le devolvió el gesto, tímidamente complacida.

– Me he escapado a la capilla -confesó-. Allí siempre se está tranquilo.

De pronto a Susannah se le antojó que ese era el lugar apropiado.

– Gracias.

La doctora Berg le estrechó el brazo.

– Cuídese. Ah, y piense que todos esos policías harían cualquier cosa por usted; es la hermana de Daniel. Si necesita lo que sea, no dude en pedírselo. Le diría que también cuente conmigo pero… -Se puso seria-. Tengo trabajo.

«Y yo también.» Por eso tenía que tomar el avión por la mañana. Aún tenía pendiente denunciar las violaciones cometidas trece años atrás. Todo el mundo estaba tan preocupado por lo ocurrido en el molino que no habían dedicado un solo momento a hablar de los sucesos del pasado. Sin embargo, antes de hablar con el fiscal del estado tenía que llamar a su jefe en Nueva York. Seguro que su relación con los hechos la convertía en noticia, y prefería que lo supiera por ella antes de que se enterara a través de la CNN.

– Su trabajo debe de ser el más duro que existe, doctora Berg.

– No. El de Luke es peor. Cuando identifiquemos a todas las víctimas, tendremos que comunicarles a sus familiares que sus hijas no regresarán a casa. La capilla está en la tercera planta.

Viernes, 2 de febrero, 19:00 horas

«Tengo que salir de aquí.» Ashley Csorka aferró la toalla que la envolvía. Ya no estaba en aquel infierno de hormigón, pero el nuevo lugar no era mucho mejor. Se trataba de una casa; sin embargo, para ella era igualmente una prisión. En la habitación no había ventanas. Ni siquiera había conductos de ventilación, así que aunque hubiera sido menuda, que no lo era, no habría podido colarse por ellos. La casa debía de tener cien años. La bañera era vieja y tenía grietas; resultaba sorprendente que estuviera tan limpia.

Ahora ella también estaba limpia. Mierda. La mujer le había obligado a tomar un baño. El padre de Ashley siempre le decía que si alguna vez la agredían, se vomitara encima, que era una buena forma de disuadir a un violador. Cuando las metieron en el barco no había necesitado provocarse el vómito. Nunca había sido capaz de navegar, lo cual a su padre no dejaba de sorprenderle puesto que era una gran nadadora.

«Papá.» Ashley se esforzó por no llorar. Su padre debía de estar buscándola, pero nunca podría encontrarla en ese lugar. «Lo siento, papá. Tendría que haberte hecho caso.» Sus prohibiciones y sus normas le parecían ahora más que adecuadas, pero ya era demasiado tarde.

«Me prostituirán. Moriré aquí. No; no te rindas.» Se obligó a pensar en su padre y en su hermano menor. Ellos la necesitaban. Su equipo la necesitaba. Un sollozo ascendió por su garganta. «No debería estar aquí. Tendría que estar compitiendo en los Juegos Olímpicos.»

«Encuentra una salida; la que sea.»

Alguien las estaba buscando. Había oído a la mujer hablar con el doctor chiflado. Alguien llamado Vartanian había acudido junto con la policía del estado. «Por favor, encuéntranos.»

Se había despertado de aquel sueño inducido por las drogas y se hallaba encadenada a la pared como un animal. Sin embargo, había conseguido dejar una pista incrustada en la argolla de metal, no sin cierto sacrificio personal. Se pasó la lengua por los dientes y notó el borde irregular de su incisivo roto. «Por favor, descubrid quién soy y decidle a mi padre que aún estoy viva. Y encontradme. Encontradnos a todas antes de que sea demasiado tarde.»

Capítulo 5

Dutton,

viernes, 2 de febrero, 19:45 horas

Luke se quedó mirando la puerta de la nave e ignoró la insistencia de los periodistas para que hiciera declaraciones. Había varias unidades móviles de televisión aparcadas a lo largo del arcén y un helicóptero sobrevolaba la zona.

Chase Wharton tenía previsto dar una rueda de prensa en menos de una hora para relatar lo sucedido ese día, incluidos los asesinatos de las cinco adolescentes y el secuestro del resto de las chicas desconocidas. Hasta entonces habían pactado no comunicar nada por radio excepto la captura y la muerte de O'Brien, Granville, Mansfield y Loomis, además de la del guardia de identidad desconocida a quien Luke había encontrado en el extremo opuesto de la nave.

Había cinco hombres muertos; todos culpables. Había cinco chicas muertas; todas inocentes. Su madre habría dicho que esa cifra era un mal presagio, y Luke no estaba seguro de que no tuviera razón.

Sin embargo, podían considerarse afortunados en una cosa. El helicóptero se había llevado a Daniel y a la chica de Atlanta antes de que llegara el primer periodista. Esperaban mantener en secreto la existencia de la víctima superviviente hasta que esta despertara y les contara con exactitud lo sucedido.

Después de la rueda de prensa, trasladarían los cadáveres de las cinco adolescentes al depósito y los medios de comunicación se precipitarían como perros rabiosos. Por suerte, Chase iba a encargarse de ellos. Luke siempre acababa estando a un pelo de mandarlos a la mierda, lo cual no resultaba apropiado.

– Puede entrar agente Papadopoulos -lo invitó el agente apostado en la puerta. Era policía del estado; uno de los muchos a quienes habían reclutado para mantener la seguridad.

– Gracias. Trato de hacer acopio de energía. -«Más bien de valor.» Seguían allí, esperando. Cinco chicas muertas. «Tienes que ser capaz de afrontarlo.» Sin embargo, no quería hacerlo.

El policía lo miró con gesto comprensivo.

– ¿Tiene noticias del agente Vartanian?

– Está bien. -Alex le había dado la noticia. «O sea que haz el favor de entrar ahí y acabar con esto.» Hacía tres horas que había entrado por primera vez en la nave. Durante ese tiempo habían trasladado los cadáveres de los hombres al depósito y habían sorteado las preguntas de los periodistas que seguían creyendo que la captura y la muerte de Mack O'Brien era el notición del día. Qué poco sabían.

Demonios. A esas horas Mack O'Brien ya formaba parte del pasado. Claro que extrañamente él era quien había descubierto a Granville y sus perversos actos, tanto los actuales como los cometidos trece años atrás.

Seguía en la puerta de la nave. «Deja de dar largas al asunto, Papa.»

Lo hacía expresamente, claro. Cada vez que cerraba los ojos veía la vacía mirada de Angel muerta. No quería volver a verla. Claro que pocas veces sucedía lo que Luke deseaba. Acababa de abrir la puerta de la nave cuando sonó su móvil.

– Papadopoulos -respondió.

– Ya lo sé -dijo una voz conocida con sequedad-. Habías dicho que me llamarías y no lo has hecho.

Luke imaginó a su madre, sentada junto al teléfono esperando noticias sobre Daniel, a quien consideraba un hijo adoptivo.

– Lo siento, mamá. He estado algo ocupado. Daniel está bien.

– Ahora ya lo sé, claro que no ha sido gracias a ti -añadió en tono amable, y Luke comprendió que no estaba enfadada-. Demi ha venido por los niños y me he acercado al hospital.

– ¿Has ido sola? ¿Has conducido por la autopista? -A su madre la aterraba tomar la I-75 a la hora punta.

– Sí, he conducido por la autopista -confirmó. Parecía satisfecha de sí misma-. Estoy en la sala de espera de urgencias con Alex, la amiga de Daniel. Es muy fuerte, ¿verdad? A Daniel le irá muy bien alguien así.

– Yo también lo creo. ¿Qué os ha dicho exactamente el médico?

– Ha dicho que Daniel sigue en cuidados intensivos, pero que está estable y que mañana podrás verlo.

– Qué bien. ¿Cómo volverás a casa, mamá? -No veía bien y no podía conducir de noche.

– Vendrá a buscarme tu hermano cuando cierre la tienda. Tú haz lo que tengas que hacer, Luka; no te preocupes por tu madre. Adiós.

«Haz lo que tengas que hacer.»

– Espera. ¿Has visto a la hermana de Daniel?

– Claro. Estaba en el funeral de sus padres la semana pasada.

– No, me refiero a si está ahí, en el hospital.

– ¿A ella también la han herido? -preguntó su madre, alarmada.

– No, mamá. Es posible que esté esperando en otra sala por otra paciente a quien también han herido hoy.

– Pero Daniel es su hermano -dijo, obviamente airada-. Tendría que estar aquí, no en otra sala.

Luke recordó la expresión de Susannah cuando introdujeron a Daniel en el helicóptero. Parecía afligida y confundida. Y se la veía muy sola.

– Las cosas son más complicadas de lo que parece, mamá.

– No hay nada compl… Espera. -Su indignada voz adquirió de repente un tono aprobatorio-. Alex me ha dicho que la hermana de Daniel está en la capilla. Eso está muy bien.

Luke arqueó las cejas. No sabía por qué, pero Susannah Vartanian no encajaba en una capilla.

– Encárgate de contarle lo de Daniel, por favor.

– Claro, Lukamou -respondió en voz baja, y su tono cariñoso lo tranquilizó en el alma.

– Gracias, mamá. -Luke irguió la espalda y entró en la nave.

Un profundo silencio invadía el lugar, interrumpido tan solo por algún susurro esporádico. Los pasillos estaban oscuros; sin embargo, en las salas en las que trabajaban los técnicos forenses había más luz que en pleno día gracias a sus potentes linternas. En el equipo de Ed Randail todo el mundo conocía su trabajo y sabía desarrollarlo con gran habilidad.

Luke iba revisando el interior de las celdas a medida que pasaba frente a ellas y la horrenda imagen de las cinco adolescentes muertas volvió a atenazarle las entrañas. Los forenses les habían amputado los pies y las manos, y junto a cada uno de los cadáveres se veía una bolsa bien doblada y dispuesta para ser utilizada cuando fuera necesario.

«No mires.» Pero no se permitió apartar la vista. No había llegado a tiempo de salvarlas, pero, aun muertas, lo necesitaban.

«¿Quiénes eran? ¿Cómo llegaron aquí?» ¿Las habrían secuestrado? O, como en el caso de Angel, ¿habrían sido víctimas mucho antes de llegar a ese lugar?

Luke encontró a uno de los técnicos de laboratorio introduciendo la mano de una chica en una bolsa, cabizbajo. En medio del silencio Luke oyó un ahogado sollozo que le desgarró el corazón.

– ¿Malcolm? -preguntó Luke.

Malcolm Zuckerman no respondió. Depositó la mano de la chica en el suelo con cuidado. Cuando levantó la cabeza, a sus ojos asomaban lágrimas.

– He visto mucha mierda en este trabajo, Papa, pero esto… Nunca había visto nada igual. Esta chica debía de pesar corno mucho treinta y cinco kilos. El pelo se le cae a mechones con solo tocarlo -susurró con voz áspera-. ¿Qué clase de bestia ha podido hacer algo así?

– No lo sé. -Luke había visto otras víctimas como aquella; demasiadas. Y se había formulado esa misma pregunta muchas veces-. ¿Les has tomado las huellas dactilares?

– Sí. Trey ha llevado las muestras al laboratorio. También ha llevado los cadáveres de esos tíos al depósito. -Malcolm esbozó una extraña sonrisa-. Lo hemos echado a cara o cruz y ha ganado él.

– Qué suerte ha tenido el cabrón. Introduciremos las huellas de las chicas en el sistema del NCMEC y cruzaremos los dedos para que consten allí. -El Centro Nacional para Niños Desaparecidos y Explotados poseía una base de datos con las huellas dactilares de los niños desaparecidos; siempre que existieran muestras, claro. Había muchos padres que se proponían registrar las huellas dactilares de sus hijos pero que por diversos motivos no llegaban a hacerlo. Luke se había encargado de que ese no fuera el caso de los seis hijos de su hermana Demi. Era lo menos que podía hacer para proteger a los suyos.

– Cruzaremos los dedos. ¿Cuándo podremos sacar de aquí a las víctimas?

– Dentro de tres cuartos de hora, una hora como máximo. Cuando Chase termine con la rueda de prensa.

Malcolm resopló y siguió con su tarea.

– Chase se está convirtiendo en una auténtica celebridad últimamente. ¿Cuántas ruedas de prensa lleva esta semana? ¿Tres?

– Contando las del caso O'Brien, esta es la cuarta.

Malcolm sacudió la cabeza.

– ¡Joder qué semanita!

– A todos nos está costando. Te avisaré cuando podáis sacar los cadáveres.

– ¿Luke? -Era Ed Randall. Su voz sonaba embozada-. Ven, rápido.

Luke encontró al jefe del laboratorio forense agachado junto a un somier vacío. El colchón estaba en el suelo, dentro de una funda de plástico.

– ¿Qué hay? -preguntó Luke.

Ed levantó la cabeza. Le brillaban los ojos.

– Un nombre; parte de él, por lo menos. Ven a verlo.

– ¿Qué nombre? -Luke se agachó junto al lugar que Ed enfocaba con la linterna. Habían grabado el nombre en el metal; apenas habían conseguido arañar la oxidada capa exterior-. Ashley -musitó Luke-. Ashley Os. Es todo cuanto hay escrito. ¿Osborne? ¿Oswald? Es un punto de partida.

– Creo que Ashley quería mantenerlo oculto. Los trazos están cubiertos con una mezcla de tierra y alguna otra cosa.

– ¿Alguna otra cosa? -preguntó Luke, con las cejas arqueadas-. ¿Qué cosa?

– Lo sabré cuando lo analice -respondió Ed-, pero es posible que sea orina. Por lo menos ha habido tres víctimas más aquí, Luke. Lo sé seguro porque los colchones están empapados de orina reciente.

La nariz de Luke le había proporcionado la misma información.

– ¿Es posible obtener el ADN a partir de los colchones, o de la mezcla que has raspado del nombre de Ashley?

– Hay bastantes probabilidades. El hecho de que todas las chicas sean adolescentes lo hace más fácil.

– ¿Por qué?

– Porque el ADN procede de células epiteliales arrastradas por la orina, no de la propia orina. He enviado muestras al laboratorio para que las analicen. -Ed se apoyó sobre los talones-. Antes de que me preguntes nada más, ¿cómo está Daniel?

– Está bien. Mañana podremos ir a verlo.

– Gracias a Dios. ¿Ha visto algo esta tarde, antes de que le dispararan?

– Se lo preguntaremos cuando se despierte. ¿Qué más habéis encontrado aquí? Chase tiene una rueda de prensa dentro de media hora y necesita nuevos datos.

– Una caja de bolsas para solución intravenosa, otra de jeringuillas, una camilla vieja y una barra para sujetar la bolsa intravenosa.

– ¿Es que esto era una especie de hospital? No tiene sentido. Esas chicas estaban sucísimas y parecía que no se hubieran alimentado en varias semanas.

– Yo solo te digo lo que hemos encontrado -repuso Ed-. Tenemos ocho pistolas, siete teléfonos móviles, dos cuchillos domésticos, una navaja y un juego de bisturís horripilantes.

– ¿Qué hay de los móviles?

– A excepción de los de Daniel, Alex y Loomis, todos son desechables. He tomado nota de todas las llamadas emitidas y recibidas.

Luke ojeó las notas de Ed.

– Tanto Mansfield como Loomis recibieron mensajes de Mack O'Brien. -Levantó la cabeza-. Para hacerlos venir.

– La única llamada destacable la hizo Granville a un número distinto de todos los otros. Tuvo lugar una media hora después de que Mansfield recibiera el mensaje de Mack O'Brien.

Luke entornó los ojos.

– Llamó a su cómplice.

Ed asintió.

– Eso mismo he pensado yo.

– Es más de lo que creía que obtendríamos. Llamaré a Chase para informarle. Después iré a casa de Granville. Pete Haywood la registrará en cuanto Chloe consiga que le firmen la orden. Nos encontraremos en la sala de reuniones de Chase esta noche, a las diez.

– ¡Agente Papadopoulos! -El apremiante grito procedía de la puerta y resonó en el pasillo.

Tanto Luke como Ed corrieron hasta la puerta, desde donde los llamaba el representante de la policía estatal.

– Hay una llamada urgente de un tal agente Haywood. La casa de Toby Granville está en llamas.

Atlanta,

viernes, 2 de febrero, 20:00 horas

Sentada a solas en la silenciosa capilla, Susannah había conseguido por fin desentrañar sus pensamientos y sabía qué debía hacer. Lo sabía desde esa mañana, cuando había tomado el vuelo en Nueva York. Prestaría declaración; uniría su voz al clamor del resto. Vería cómo se hacía justicia; no le importaba el precio que tuviera que pagar por ello.

El precio sería muy alto, por cierto. Pero la recompensa sería mayor. Esa mañana se había preparado para enfrentarse a diversos hombres sentados en la mesa de la acusación. Ahora, tras disiparse la polvareda, sólo quedaba uno. El alcalde Garth Davis era el único superviviente del club de Simon. Un solo hombre tendría que enfrentarse a todas las personas a quienes les había arruinado la vida.

Uno solo. Aun así, el precio no había disminuido un ápice. Su vida, su trabajo… Todo cambiaría para siempre. A pesar de ello, declararía; lo haría por las otras quince víctimas de violación cuyas vidas se habrían visto libres de tal tragedia si hubiera hablado a tiempo. Por las cinco chicas a quienes Luke había encontrado muertas en aquella nave, y por todas las que seguían desaparecidas. Por la desconocida que la había mirado como si fuera Dios. «Y por ti también, ¿no, Susannah?»

– Sí -musitó-. Por mí también. Por mi amor propio. Quiero recuperar mi amor propio.

– Perdone, ¿puedo sentarme aquí?

Susannah miró a aquella mujer alta de pelo moreno y mirada intensa que llevaba un bolso del tamaño de su maletín. A excepción de ellas dos, en la capilla no había nadie más. Muchos asientos estaban vacíos. Susannah abrió la boca para decir que no, pero algo en la mirada de la mujer se lo impidió. «Puede que necesite compañía», pensó, y asintió en silencio.

Susannah percibió cierto olor a melocotón cuando la mujer se sentó y se colocó el bolso en el regazo. Le resultaba familiar. «La conozco de algo.»

– ¿Es católica? -preguntó la mujer, con sorpresa en la voz de extraño acento.

Susannah siguió la mirada de la mujer hasta el rosario que aferraba entre las manos.

– Sí. -Para gran disgusto de sus padres, lo cual había constituido hacía años el motivo original-. He encontrado el rosario junto al atril. No creía que fuera a importarle a nadie que lo tomara.

– Le daré uno de los míos -dijo la mujer, y hurgó en su enorme bolso-. Tengo de sobra.

Era de Europa del Este. O… «Griega.» Claro. Ahora lo comprendía.

– Es la señora Papadopoulos -musitó Susannah. La madre de Luke-. Asistió al funeral de mis padres.

– Sí. -Tomó el rosario de las manos de Susannah y lo sustituyó por el suyo-. Llámeme mamá Papa. Todo el mundo me llama así.

Una de las comisuras de los labios de Susannah se curvó. No sabía por qué, pero no se imaginaba a la madre de Luke aceptar una negativa por respuesta en ninguna situación.

– Gracias.

– De nada. -La señora Papadopoulos sacó otro rosario del bolso y empezó a rezar-. ¿No reza por su hermano? -le preguntó sin rodeos.

Susannah bajó la cabeza.

– Claro. -Aunque en realidad no era eso lo que había estado haciendo. Había estado rezando para tener la fuerza suficiente y hacer lo que debía. Daba igual el precio que tuviera que pagar.

– Daniel está fuera de peligro -le comunicó la señora Papadopoulos-. Se pondrá bien.

«Gracias.» Su corazón susurró la plegaria que su mente no le permitía rezar.

– Gracias -musitó, dirigiéndose a la madre de Luke. Aún notaba su mirada penetrante.

– Así que las cosas son complicadas -dijo la mujer al fin-. ¿Por qué está aquí en realidad, Susannah?

Susannah arrugó la frente. «Qué metomentodo.»

– Porque hay silencio. Necesitaba pensar.

– ¿En qué?

Ella la miró con gesto glacial.

– No es asunto suyo, señora Papadopoulos.

Esperaba que la mujer se marchara haciendo aspavientos, pero en vez de eso le sonrió con dulzura.

– Ya lo sé. Aun así, se lo pregunto. Daniel es de la familia, y usted es familia de Daniel. -Se encogió de hombros-. Por eso se lo pregunto.

Las lágrimas arrasaron de forma inesperada los ojos de Susannah y esta volvió a bajar la cabeza. El nudo que notaba en la garganta era cada vez mayor, pero las palabras brotaron sin pensarlo.

– Estoy en un dilema.

– La vida está llena de dilemas.

– Ya lo sé, pero este es uno de los gordos.

«Se trata de mi vida, mi carrera. Mis sueños.» La señora Papadopoulos pareció sopesarlo.

– Por eso ha venido a la iglesia.

– No. De hecho, he venido aquí para estar en silencio. -Lo había hecho para escapar. Al igual que la otra vez, cuando se refugió en la iglesia tras cometer una acción tan despreciable.

En aquella ocasión se había odiado a sí misma; sentía demasiada vergüenza para confesarse con un sacerdote. Aun así, se había refugiado en una iglesia y allí había encontrado de algún modo la fortaleza necesaria para seguir adelante, para hacer algo que se pareciera a lo correcto. Este día, en cambio, lo que hiciera sería lo correcto. Esta vez no habría vuelta atrás. Esta vez conservaría íntegro su amor propio.

La madre de Luke miró el rosario que Susannah sostenía en las manos.

– Y ha encontrado la paz.

– Toda la que… -«Me merezco»-. Toda la que puedo encontrar.

Más que paz, había encontrado fortaleza, y de las dos cosas, esa era la que necesitaba en primer lugar.

– Cuando he entrado la he tomado por una doctora. -La madre de Luke tiró del uniforme que Susannah llevaba puesto-. ¿Qué ha pasado con su ropa?

– Se ha estropeado, y una enfermera me ha dejado esto hasta que tenga otra cosa para ponerme.

La señora Papadopoulos tomó su enorme bolso con las dos manos.

– ¿Dónde está su maleta? Iré a buscarle algo de ropa. Usted quédese aquí con Daniel.

– No tengo más ropa. No… Mmm… No he traído nada más.

– ¿Ha venido desde Nueva York y no se ha traído ni una sola prenda de ropa? -La mujer arqueó las cejas y Susannah se sintió obligada a contarle la verdad.

– He venido hoy, en un arrebato.

– Un arrebato. -La mujer sacudió la cabeza-. Complicado. Entonces, ¿no pensaba quedarse?

– No. Me marcharé… -Susannah frunció el ceño. De repente se sentía insegura, y eso la incomodaba-. Estoy esperando a que se despierte otra paciente. Cuando esté bien, me marcharé.

La señora Papadopoulos se puso en pie.

– Bueno, no puede andar por ahí vestida de esa manera. Ni siquiera lleva zapatos. -Era cierto. Susannah llevaba unos zuecos de hospital-. Dígame qué talla usa. Mi nieta trabaja en una tienda de ropa del centro comercial y entiende de moda. La vestirá con buen gusto.

Susannah también se levantó.

– Señora Papadopoulos, no tiene por qué… -La mirada furibunda de la mujer hizo que Susannah se retractara-. Mamá Papa, no tiene por qué hacerlo.

– Ya lo sé. -La señora Papadopoulos se quedó mirándola y Susannah descubrió de dónde había sacado su hijo aquellos penetrantes ojos negros que siempre parecían ver más allá-. Alex, la amiga de Daniel, me ha contado lo que ha hecho por esa chica; la chica a quien ha salvado.

Susannah frunció el ceño.

– Creó que no tenía que enterarse nadie.

La señora Papadopoulos se encogió de hombros.

– A mí ya se me ha olvidado. -Sonrió con amabilidad-. No tenía por qué salvarla.

Susannah tragó saliva. Iban a hacerle análisis de sangre y cultivos; iban a hacerle todas las pruebas posibles para asegurar su estado de salud. Aun así, era posible que acabara pagando muy caro lo que había hecho.

Claro que la desconocida llevaba años pagándolo muy caro sin haber hecho nada.

– Sí; sí que tenía motivos para hacerlo.

– Entonces yo también los tengo -repuso la señora Papadopoulos con tanta amabilidad que Susannah volvió a notar que sus ojos se arrasaban en lágrimas-. Sí que los tengo. Agradézcamelo y permita que haga mi buena acción del día.

Susannah comprendía muy bien la necesidad de hacer buenas acciones.

– Calzo un treinta y siete y medio -respondió-. Gracias.

La madre de Luke le dio un gran abrazo y la dejó a solas en la capilla.

Susannah enderezó la espalda. Esa mañana había hecho lo que tenía que hacer al encontrar la caja. Y por la tarde había hecho lo que tenía que hacer al evitar que la desconocida muriera desangrada. Ahora también haría lo que tenía que hacer. El jefe de Daniel le había facilitado el número de Chloe Hathaway, la ayudante del fiscal del estado dispuesta a proceder contra el único superviviente del club de Simon.

Tomó su maletín y abandonó la tranquila capilla. Tenía cosas que hacer, llamadas que efectuar. Tenía que recuperar su amor propio. Pero antes comprobaría qué tal evolucionaba la desconocida.

Casa Ridgefield,

viernes, 2 de febrero, 20:00 horas

– Están a punto -dijo Rocky.

Bobby levantó la cabeza de los ficheros de datos personales del ordenador y ocultó la furia que la visión de Rocky desató en su interior. La mujer lo había puesto todo en peligro. «Tendría que haber ido yo al molino.» Ahora tenía que encontrar otro médico que extendiera los certificados sanitarios de cada expedición y otro policía que trabajara en la oficina del sheriff de Dutton.

Por lo menos Chili había alcanzado su objetivo. Por fin. Las llamadas para que todos los equipos de bomberos posibles se personaran en casa de Granville colapsaban el receptor. El siguiente destino sería la casa de Mansfield. ¿Quién sabía qué pruebas guardaban esos dos?

El negocio estaba a salvo. Y esa noche iba a ganar mucho dinero.

Bobby miró a las cinco jóvenes que aguardaban en fila. Dos eran nuevas; procedían del molino y volvían a aparecer limpias, vestidas y presentables. Las otras tres eran veteranas. A todas se las veía abatidas. Todas temblaban, dos de ellas con tanta violencia que hasta sus largos pendientes se agitaban. Bien. Era bueno que tuvieran miedo.

Bobby tenía muy claro que esa noche el negocio iba a resultar lucrativo. A Haynes le gustaban las rubias de aspecto saludable, bronceadas y con un inconfundible aire americano, lo cual constituía el nicho de Bobby en el mercado de exportación, que estaba en plena expansión. Ellos ofrecían a sus clientes la oportunidad de comprar en América.

– A Haynes le gustará la rubia. Ashley, ¿verdad?

– No. -La rubia retrocedió mientras las otras cuatro dejaban caer los hombros, aliviadas-. Por favor.

Bobby sonrió con placer.

– Rocky, ¿cuál es la dirección de Ashley?

– Su familia vive en el 721 de Snowbird Drive, Panama City, Florida -respondió Rocky al instante-. Su madre murió hace dos años y su padre trabaja de noche. Como la chica «se ha ido de casa», el padre ha contratado a una canguro para que cuide de su otro hijo mientras él trabaja. A veces por las noches el chico se escabulle y…

– Es suficiente -dijo Bobby cuando la rubia se echó a llorar-. Lo sé todo sobre tu familia, Ashley. Un paso en falso, un solo cliente descontento, y un miembro de tu familia morirá. Y tendrá una muerte dolorosa. Buscabas emociones y ya las tienes, así que deja de llorar. Mis clientes quieren sonrisas. Rocky, llévatelas. Tengo trabajo.

Bobby volvió a abrir los ficheros del ordenador y se había enfrascado en la lectura de los datos personales de un candidato perfecto para el puesto de médico cuando su móvil desechable sonó. Era el número que reservaba para los contactos comerciales y los informantes, aquellos a quienes podía convencer para que actuaran como les pedía porque habían hecho cosas horribles que no deseaban que salieran a la luz.

La información era poder, y Bobby adoraba el poder. El número era de Atlanta.

– ¿Diga?

– Me pidió que llamara si pasaba algo en el hospital. Tengo noticias.

A Bobby le llevó unos minutos reconocer la voz. «Claro.» Jennifer Ohman, la enfermera que tenía problemas con las drogas. Sus informantes solían tener problemas con las drogas. O con el juego. O con el sexo. Cualquiera que fuera su adicción secreta, el resultado era el mismo.

– Bien, habla. No tengo todo el día.

– Han trasladado a dos pacientes en helicóptero desde Dutton. Uno es el agente especial Daniel Vartanian.

Bobby se irguió de golpe. Su receptor había captado las comunicaciones de la policía sobre los disparos que había recibido Vartanian y las muertes de Loomis, Mansfield, Granville y Mack O'Brien, además de la del guardia sin identificar. Resultaba curioso que no se hubieran oído comentarios sobre los otros cadáveres que la policía debía de haber encontrado en la nave.

– ¿Quién es el otro?

– Una desconocida, de dieciséis o diecisiete años. Ha ingresado en estado crítico pero la han operado y ha sobrevivido.

Bobby se puso en pie despacio. La furia que hervía en su interior iba dejando paso a un miedo glacial.

– ¿Cómo está?

– Está estable. Quieren mantener la noticia en secreto. Hay un vigilante en la puerta de su habitación, las veinticuatro horas del día.

Bobby exhaló un hondísimo suspiro. Rocky le había dejado muy claro que todas las chicas que habían quedado en la nave estaban muertas. Pues bien: o aquella chica era un nuevo Lázaro, o la mujer le había mentido. Fuera como fuese, la cuestión era que Rocky había cometido un gravísimo error de cálculo.

– Ya.

– Hay más. Han llegado otros dos heridos en ambulancia; un hombre y una mujer. Ella es Bailey Crighton, la chica que lleva una semana desaparecida.

– Ya sé quién es. -«Granville, gilipollas. Rocky, imbécil»-. ¿Y el hombre?

– Es un capellán del ejército, un tal Beasley. No, Beardsley; eso es. Los dos están estables. Eso es todo cuanto sé. -La enfermera vaciló-. Con esto ya estamos en paz, ¿verdad?

Ahora tenía que eliminar a tres personas y una sola enfermera no sería suficiente. Aun así, seguía resultándole útil.

– No. Me temo que las cosas no funcionan así. Quiero a la chica muerta. Envenénala o asfíxiala; me da igual. Lo que no quiero es que se despierte. ¿Entendido?

– Pero… -«No»-. No haré eso.

Al principio todas decían lo mismo. Con unas tenía que insistir más que con otras, pero el resultado siempre era el mismo. Todas acababan accediendo.

– Sí, sí que lo harás.

– No puedo. -La enfermera parecía horrorizada. Pero eso también lo decían todas.

– Vamos a ver… -El fichero con los datos personales de la enfermera contenía todo lujo de detalles. El agente del Departamento de Policía de Atlanta había hecho muy bien su trabajo, como de costumbre-. Vives con tu hermana. Tu hijo vive con su padre porque perdiste la custodia. Permitiste que tu marido se llevara a tu hijo a cambio de que no revelara tu problemilla. Qué considerado. Claro que no puedes vigilarlos todo el tiempo, querida.

– Se… Se lo diré a la policía -repuso la enfermera. La desesperación podía más que el horror.

– ¿Y qué les dirás? ¿Qué te pillaron robando droga en el hospital con la intención de consumirla y venderla, pero que el agente que trabaja para mí te dejó en libertad y ahora un ser depravado te hace chantaje? ¿Cuánto tiempo crees que te durará el trabajo cuando se sepa la verdad? El día en que el agente te dejó libre y te hizo una advertencia, pasaste a pertenecerme. Matarás a esa chica esta noche, o mañana a esta hora un miembro de tu familia habrá muerto. Y cada día que te retrases, morirá otro. Ahora ve a hacer lo que se te ordena.

Bobby colgó y efectuó otra llamada.

– Paul, soy yo.

Hubo un breve silencio. Luego se oyó un quedo silbido.

– Menudo follón tienes liado.

– ¿De verdad? -dijo Bobby con enojo, arrastrando las palabras-. No tenía ni idea. Escucha, te necesito. Te pagaré lo de siempre y como siempre. -Paul le resultaba muy útil. Era un policía sensato con una amplia red de contactos que proporcionaban información de buena fuente y sin otros valores morales que su firme lealtad al mejor pagador-. Antes de medianoche quiero saber quiénes llevan el caso de Granville en el GBI. Quiero todos los nombres; hasta el del último auxiliar administrativo.

– Y el del encargado de vaciar las papeleras. Los tendrás.

– Muy bien. Quiero saber qué departamentos de policía están colaborando con ellos y si alguno tiene bastante información para representar un problema. Quiero saber qué pasos van a seguir…

– Antes de que los den -terminó Paul-. Eso también lo sabrás. ¿Ya está?

Bobby examinó la foto que Charles le había dejado esa tarde en el momento crucial de la despedida. En ella se veía a la circunspecta Susannah Vartanian apostada junto a su hermano durante el funeral de sus padres. Por el momento tendría que aparcar ese asunto, y todo por culpa de Rocky. Sin embargo, cuando el negocio dejara de verse amenazado, le llegaría el turno a Susannah.

– De momento sí, pero no bajes la guardia. Espero tu llamada. No te retrases.

– ¿Alguna vez lo he hecho? -Y, sin esperar respuesta, Paul colgó.

– ¡Ven aquí!

Los pasos de Rocky resonaron en la escalera.

– ¿Qué problema hay?

– Muchos. Tengo un trabajito extra para ti. Ha llegado el momento de que limpies las cagadas que has hecho.

Capítulo 6

Dutton,

viernes, 2 de febrero, 20:20 horas

Luke salió corriendo del coche y se reunió con el agente Pete Haywood, quien observaba contrariado cómo las llamas envolvían la casa del doctor Toby Granville y cualquier prueba que esta contuviera. Las chicas podían encontrarse en cualquier sitio, y todos los vínculos de Granville con su cómplice se estaban convirtiendo en humo.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Luke, pero Pete no respondió. No se movió un ápice; siguió mirando las llamas como si lo hubieran hipnotizado-. Pete. -Luke lo aferró por el brazo y se vio obligado a retroceder de un salto cuando Pete dio un respingo y se volvió con los puños apretados.

Luke dio un paso atrás y extendió los brazos hacia delante.

– Eh, Pete. Soy yo. -Entonces observó el enorme dolor en sus oscuros ojos y la venda que desde la sien cubría la mitad de su calva reluciente color ébano-. ¿Qué coño ha pasado aquí?

Pete sacudió la cabeza.

– No te oigo -gritó-. Aún me pitan los oídos. Ha sido una bomba, Luke. Nos ha desplazado a mí y a dos hombres más de tres metros, como si fuéramos simples maderos.

Pete Haywood medía un metro noventa y cuatro y pesaba ciento trece kilos. Luke imaginó la enorme fuerza que hacía falta para mover a un hombre de su tamaño. La sangre aún empapaba el vendaje de su cabeza.

– Necesitas puntos -gritó Luke.

– Los médicos tienen que atender primero a otros heridos. A Zach Granger se le ha clavado un trozo de metal. -Pete tragó saliva-. Es posible que pierda el ojo. Chopper está en camino para llevarlo al hospital.

Las cosas iban cada vez peor.

– ¿Dónde está el inspector de incendios? -preguntó Luke a voz en grito.

– Aún no ha llegado. El jefe del cuerpo municipal está allí, junto al camión.

Las cejas de Luke se dispararon hacia arriba cuando vio al hombre que se apostaba junto al bombero jefe.

– ¿Corchran también está allí?

– Ha llegado unos quince minutos después de que nosotros recibiéramos el aviso.

Luke guió a Pete hasta su coche, lejos de los fisgones.

– Siéntate y cuéntame qué ha ocurrido, y no hace falta que grites. Yo te oigo bien.

Con aire desalentado, Pete se sentó de medio lado en el asiento del acompañante.

– Estábamos esperando a que llamara Chloe y nos avisara de que la orden de registro estaba firmada. Nadie había entrado ni salido desde que llegamos. Chloe ha llamado a las ocho menos cuarto y entonces hemos entrado. He abierto la puerta y, de repente, ha estallado un infierno. Literalmente.

Luke frunció el entrecejo.

– ¿Qué hay de la casa de Mansfield?

– Nancy Dykstra está allí con su equipo. La he llamado en cuanto he podido levantarme del suelo y le he advertido que no entre. Están esperando a que los artificieros se aseguren de que el pirómano en cuestión no pretende volar las dos casas.

– Bien pensado. ¿Has visto a la esposa de Granville?

– Si estaba en la casa, no ha salido cuando se lo hemos indicado. Zach y el resto del equipo han llegado a las cinco y cuarto y han ocupado todas las salidas.

– Muy bien. O sea que quien ha colocado la bomba lo ha hecho entre la una y treinta y ocho y las cinco y cuarto.

Pete volvió a fruncir el ceño.

– ¿Por qué la una y treinta y ocho?

– Porque es la hora en que Granville ha llamado a la persona que creemos que es su cómplice. A las cinco y cuarto la noticia de la muerte de Granville aún no se había difundido, así que sólo su cómplice sabía que no ha salido de la nave con el resto.

– Y el cómplice teme que Granville hable si lo pillan o que tenga en su casa pruebas que puedan comprometerlo. Por eso la ha volado. Y ahora ¿qué?

– Ahora tienes que ir a que te cosan esa cabeza tan dura que tienes. Deja que en adelante me encargue yo del asunto. Hemos quedado en el despacho de Chase a las diez. Si puedes, ven. Si no, intenta llamar. -Luke estrechó el hombro de Pete para darle ánimo y se dirigió hacia Corchran y el jefe del equipo de bomberos.

Los dos hombres se encontraron a medio camino.

– He venido en cuanto he oído los primeros avisos de incendio por la radio -explicó Corchran.

– Gracias -respondió Luke-. Se lo agradezco. -Se volvió hacia el bombero jefe-. Soy el agente Papadopoulos, del GBI.

– Jefe Trumbell. Estamos tratando de controlar esto desde fuera. No he hecho entrar a mis hombres a causa de las explosiones. No quiero que tropiecen con más cables.

– ¿Es así como se hizo estallar el artefacto? -preguntó Luke-. ¿Con un cable?

– Eso tendrá que confirmarlo el equipo de investigación de incendios, pero he visto un cable atado al pomo interior de la puerta de entrada, de unos dieciséis o diecisiete centímetros. Parece un mecanismo muy sencillo. Se abre la puerta y se tira del cable que hace de detonador. El incendio estaba bien avanzado para cuando hemos llegado. Imagino que el inspector descubrirá que habían rociado la casa con algo para avivarlo.

– Ya. Mire, Granville estaba casado. Creemos que su esposa no estaba en la casa.

– Eso es lo que ha dicho Haywood. -Trumbell se volvió a mirar las llamas-. Si está ahí dentro… No puedo arriesgarme a enviar a alguien a buscarla.

Como para recalcar sus palabras se oyó un gran estruendo, y automáticamente todos agacharon la cabeza. Todos menos Trumbell, que se echó a correr hacia la casa con la radio en la mano mientras ordenaba a gritos a sus hombres que se echaran atrás.

– Creo que se ha desplomado el techo de una planta -dijo Corchran.

Y con él todos los vínculos entre Granville y su cómplice.

– Mierda -exclamó Luke en voz baja.

Corchran señaló hacia la calle.

– Los buitres acuden al olor.

Dos unidades móviles de televisión se acercaban.

– Solo faltaba eso -musitó Luke-. Por cierto, gracias por venir. No tiene por qué responsabilizarse de lo que ocurre en Dutton.

Corchran pareció incomodarse.

– Ya lo sé, pero el departamento de policía de aquí está… hecho un caos.

– Teniendo en cuenta que el sheriff y su ayudante principal han muerto, creo que se queda corto.

– Si necesitan ayuda, avísenme. Pero no quiero tener que andarme con pies de plomo por culpa de las competencias.

– Gracias. Creo que en estos momentos el director del cuerpo está buscando un nuevo sheriff, así que, con suerte, pronto se restablecerá el orden en Dutton. Ahora tengo que precintar el escenario.

Corchran echó una mirada furibunda a las unidades móviles.

– Asegúrese de marcarlo muy lejos.

– No lo dude.

Luke hizo retroceder a los periodistas escudándose en que era necesario para su seguridad y también para la del personal de emergencia. Soportó los pocos epítetos pronunciados entre dientes de que fue objeto y se sintió orgulloso de no haber mandado a tomar por el culo a uno solo de los periodistas. Acababa de situar a una patrulla de la policía estatal junto a la cinta que delimitaba el escenario cuando notó vibrar el móvil en el bolsillo.

Al ver que el teléfono empezaba por 917 arrugó la frente, pero enseguida recordó que se trataba del número de Susannah, que tenía prefijo de Manhattan. «Que no haya muerto la chica.» Miró la casa derruida de Granville. «Es posible que sea todo cuanto tengamos.»

– Susannah, ¿en qué puedo ayudarla?

– La chica se ha despertado. No puede hablar, pero está despierta.

«Gracias.»

– Llegaré lo más rápido posible.

Casa Ridgefield,

viernes, 2 de febrero, 20:45 horas

– Es la hora de la fiesta, Ashley -anunció Rocky mientras daba la vuelta a la llave para abrir la cerradura-. El señor Haynes está…

Rocky se detuvo en la puerta. Durante unos instantes la impresión le impidió pensar. De repente la furia se abrió paso en su interior, una furia explosiva y devastadora, y la mujer se precipitó al interior de la habitación donde Ashley yacía en el suelo, hecha un ovillo.

– ¿Qué coño has hecho? -soltó Rocky mientras agarraba a Ashley del pelo que le quedaba en la cabeza-. ¡Mierda! ¿Qué has hecho?

El labio de Ashley aparecía ensangrentado en el punto donde se lo había atravesado de un mordisco. Tenía el cuero cabelludo enrojecido y en la coronilla se veían al menos ocho claros del tamaño de un dólar de plata. La muy cerda se había arrancado el pelo de raíz.

Ashley tenía los ojos humedecidos por las lágrimas pero su mirada estaba llena de rebeldía.

– Quería a una rubia, ¿no? ¿Y ahora? ¿También me querrá?

Rocky la abofeteó con fuerza y la tiró al suelo.

– ¿Pero qué estáis…? -Bobby se interrumpió-. Joder.

Rocky se quedó mirando las pequeñas calvas con la respiración agitada.

– Se ha arrancado el pelo. Así Haynes no la querrá.

– Pues tendrá que elegir a una de las otras.

Bobby no estaba alegre, lo cual significaba que Rocky acabaría pagando por ello.

– ¿Quieres que la entregue a uno de los guardias?

Bobby escrutó a la chica con los ojos entornados.

– Todavía no. No la quiero con morados; solo sumisa. Métela en el hoyo. Nada de comida ni de agua. Unos cuantos días allí le harán perder un poco de rebeldía. Cuando la saques, aféitale la cabeza, le pondremos una peluca. Joder; si todas las estrellas del rock la usan, ¿por qué no nuestras chicas? Ah, Rocky. Y consígueme rápido unas cuantas rubias. Esta noche le había prometido a Haynes que tendría una y ahora tendré que hacerle descuento elija la que elija. La próxima vez quiero poder servirle lo que desea. Una cuarta parte de los ingresos del nuevo negocio proceden de él.

Rocky pensó en las chicas con las que había estado chateando.

– Tengo a dos, puede que a tres, a las que podría traer ahora mismo -dijo.

– ¿Y son rubias?

Ella asintió.

– Las he captado yo misma. Pero ¿quién irá a buscarlas? De eso se encargaba Mansfield.

– Tú tenlas a punto. Ya me encargaré yo de que alguien las recoja. Aparta a esta de mi vista antes de que cambie de opinión y le dé una paliza con mis propias manos. Y no llegues tarde a la cita. Te ofrezco la oportunidad de que vuelvas a trabajar para mí. No la cagues.

Rocky se mordió la parte interior de la mejilla. Era lo bastante inteligente para no protestar por la tarea extraordinaria que Bobby le había asignado. Claro que eso no significaba que le hiciera mucha gracia. Miró el reloj. Tenía que llevar a aquella chica al hoyo o llegaría tarde al hospital para el cambio de turno.

Atlanta,

viernes, 2 de febrero, 21:15 horas

– Susannah.

Susannah levantó la cabeza y vio a Luke reflejado en el cristal de la unidad de cuidados intensivos que la separaba de la cama de la desconocida.

– Me han permitido verla unos minutos.

– ¿Estaba lúcida?

– Me parece que sí. Me ha reconocido, me ha estrechado los dedos de la mano. Ahora tiene los ojos cerrados, pero es posible que esté despierta.

– Aún está intubada.

– Como le he dicho por teléfono, no puede hablar. El médico dice que tiene pulmón de shock.

Luke hizo una mueca.

– Mierda.

– ¿Sabe lo que es?

– Sí. Mi hermano Leo fue marine y lo padeció a raíz de una batalla. Si se rompen más de tres costillas del mismo lado, el pulmón se hunde. -Unió las cejas morenas-. ¿Se lo hice yo al moverla?

Su preocupación conmovió a Susannah.

– No lo creo. Tiene contusiones por todo el tórax. Según el médico, un par de ellas parecen causadas por la punta de una bota. Dice que puede que necesite permanecer intubada unos cuantos días más.

– Bueno, no es la primera vez que interrogo a testigos intubados. Si está lúcida, utilizaremos una pizarra con letras y le pediremos que cierre los ojos cada vez que señalemos la correcta. Necesito averiguar qué sabe.

Dio un paso adelante y se colocó justo detrás de ella, y el calor que desprendía su cuerpo inundó la piel de Susannah y le hizo estremecerse. Él se inclinó por encima de su hombro para mirar por el cristal. Si en ese momento Susannah hubiera vuelto la cabeza, su nariz apenas habría distado un par de centímetros de la mejilla mal afeitada de Luke. Esa tarde, en el coche, antes de que las llamas acabaran con todo, él le olía a cedro. Ahora, en cambio, olía a humo. Mantuvo la cabeza quieta y los ojos cerrados.

– Da la impresión de que es más joven de lo que parecía esta tarde -musitó Luke.

– Esta tarde estaba toda manchada de sangre. Ahora está limpia. ¿Qué se ha quemado?

Él volvió la cabeza y ella notó que la miraba.

– La casa de Granville.

Susannah cerró los ojos.

– Mierda.

– Eso mismo he dicho yo.

Retrocedió un paso y ella volvió a estremecerse al distanciarse su calor.

– Voy a intentar hablar con ella. -Le tendió una bolsa de papel-. Esto es para usted.

Dentro había ropa. Susannah la extrajo y lo miró perpleja.

– ¿De dónde la ha sacado?

Él esbozó una pequeña sonrisa ladeada.

– Hemos celebrado una reunión familiar informal en el vestíbulo. Mi madre salía y mi hermano y mi sobrina venían a buscarla. Leo había recogido a Stacie en la tienda del centro comercial donde trabaja, y allí ha comprado la ropa. Leo va a acompañar a mi madre a casa y Stacie va a llevarle el coche a casa porque la última vez que mi madre condujo de noche la pararon por ir a menos de cincuenta cuando la velocidad permitida era de cien. -Se encogió de hombros-. Así la policía está contenta y mi madre también. Todos contentos.

Susannah más bien se compadecía del pobre agente que hubiera tenido que ponerle una multa a la señora Papadopoulos.

– Mmm, gracias. Le entregaré un cheque a su sobrina.

Él hizo un gesto de asentimiento y la apartó para entrar a la pequeña habitación de la unidad de cuidados intensivos.

La enfermera se encontraba al otro lado de la cama en la que yacía la chica.

– Solo dos minutos.

– Sí, señora. Hola, cariño -dijo Luke con voz dulce-. ¿Estás despierta?

La desconocida pestañeó, pero no llegó a abrir los ojos. Él tomó una silla y se sentó.

– ¿Te acuerdas de mí? Soy el agente Papadopoulos. Estaba con Susannah Vartanian esta tarde, cuando te hemos encontrado.

La desconocida se puso tensa y el indicador de presión sanguínea empezó a subir.

Susannah lo vio mirar el monitor antes de volverse hacia la chica.

– No voy a hacerte daño, cariño -dijo-. Pero necesito que me ayudes.

El pulso de la chica se disparó y otro monitor emitió un pitido. La chica irguió la cabeza, cada vez más nerviosa, y Luke miró a Susannah preocupado porque la enfermera parecía dispuesta a echarlos de inmediato.

– Yo también estoy aquí -dijo Susannah en voz baja. Dejó la bolsa con la ropa en el suelo y acarició suavemente la mejilla de la chica con los nudillos-. No tengas miedo.

La presión sanguínea de la chica empezó a disminuir y Luke se puso en pie.

– Usted siéntese aquí y yo esperaré al otro lado del cristal. Háblele. Ya sabe lo que quiero averiguar. Le traeré una pizarra con letras.

– Muy bien. -Susannah se inclinó para acercarse y cubrir la mano de la chica con la suya-. Eh, estás bien. Estás a salvo. Nadie volverá a hacerte daño, pero necesitamos tu ayuda. Las otras chicas no han tenido tanta suerte como tú. Se han llevado a unas cuantas y tenemos que encontrarlas. Necesitamos tu ayuda.

Ella abrió los ojos. Su expresión denotaba desesperación y miedo, y también que estaba consciente aunque algo aturdida.

– Ya lo sé -la tranquilizó Susannah-. Tienes mucho miedo y te sientes impotente. Ya sé lo que se siente estando así, y es una mierda. Pero tú puedes ayudarnos a vencer. Puedes vengarte de los cabrones que te han hecho esto. Ayúdame. ¿Cómo te llamas?

Tomó la hoja de papel que Luke le tendía desde el otro lado de la puerta. En ella estaba escrito el alfabeto, y Susannah la sostuvo frente a la desconocida mientras señalaba con el dedo una letra tras otra.

– Cierra los ojos cuando señale la correcta.

Susannah mantuvo la mirada fija en el rostro de la chica y una oleada de satisfacción la invadió al verla pestañear.

– ¿Tu nombre empieza por «M»? Pestañea dos veces para decir que sí.

La chica pestañeó dos veces y una parte del miedo que denotaba su mirada se convirtió en determinación.

– Vamos por la siguiente letra.

– Lo siento, ya llevan más de dos minutos -anunció la enfermera.

– Pero… -trató de disuadirla Luke. La enfermera negó con la cabeza.

– La paciente está en estado crítico. Si quiere más información, tendrá que dejarla descansar.

Luke apretó la mandíbula.

– Con todos los respetos, puede que la vida de cinco chicas dependa de ello.

La enfermera levantó la barbilla.

– Con todos los respetos, la vida de esta chica depende de ello. Pueden volver mañana.

Desde la silla, Susannah vio cómo la furia asomaba a los ojos de Luke, pero, a pesar de todo, él mantuvo la calma.

– Una pregunta más -dijo-. Por favor.

La enfermera soltó un resoplido.

– Solo una.

– Gracias. Susannah, pregúntele si conoce a Ashley. Susannah volvió a inclinarse sobre ella.

– ¿Conoces a una chica llamada Ashley? Si la conoces, pestañea dos veces.

La chica lo hizo, poniendo mucho énfasis.

– Sí. La conoce.

Luke asintió.

– Entonces vamos por buen camino.

Susannah acarició el rostro de la chica, y habría jurado que los ojos castaños que la miraban se llenaban de frustración.

– Ya lo sé, volveremos mañana. No tengas miedo. En la puerta hay un vigilante y no permitirá que entre nadie que no deba. Ahora duerme; estás a salvo.

Luke recogió del suelo la bolsa con la ropa.

– La acompañaré a casa de Daniel -dijo cuando estuvieron fuera de la habitación.

Susannah negó con la cabeza.

– No, no se preocupe. Me alojo en un hotel. Por favor -dijo cuando él abrió la boca para protestar-; le agradezco su preocupación pero… esto no es asunto suyo. -Al decirlo, sonrió para suavizar las palabras.

Él la miró como si fuera a llevarle la contraria, pero al fin asintió.

– Muy bien. ¿Quiere cambiarse?

– Luego. Primero… Primero me gustaría asearme un poco.

– Muy bien -repitió, pero Susannah comprendió que no se lo parecía-. La acompañaré al hotel, pero antes quiero ver qué tal está Daniel.

Ella lo siguió por la unidad de cuidados intensivos porque sabía que se avergonzaría de sí misma si no lo hacía. Él entró en la habitación y ella aguardó en la puerta. Por el movimiento del pecho de Daniel dedujo que aún respiraba con dificultad. Ese día había estado a punto de morir. «Y yo me habría quedado sola.»

La idea era ridícula. Llevaba sola once años, desde que él desapareciera de casa y de su vida con la intención de no volver jamás. Sin embargo, en el fondo Susannah siempre había sabido que no estaba del todo sola. Pero ese día había estado a punto de quedarse sola del todo.

– ¿Cómo está? -le preguntó Luke en voz baja a Alex, quien había permanecido a su lado, velándolo.

– Mejor -respondió ella-. Han tenido que sedarlo porque ha empezado a revolverse y quería levantarse de la cama. Ha estado a punto de arrancarse las vías. Pero ya le han quitado el tubo de respiración y solo lo tienen aquí en observación. Mañana lo trasladarán a planta. -Se volvió y esbozó una sonrisa llena de cansancio-. Susannah. ¿Qué tal está?

– Bien. -Si la respuesta era cortante, Alex Fallon no pareció advertirlo.

– Estupendo. No me importa aguantar otro día igual que hoy. Tengo las llaves de casa de Daniel y sé que a él le gustaría que se instalara allí.

– Me alojaré en un hotel. -Se obligó a sonreír-. Gracias de todos modos.

Alex frunció un poco el entrecejo pero asintió.

– Trate de descansar. Yo cuidaré de él.

«Hágalo», pensó Susannah, sin ganas de tener que luchar contra el nudo que se le había formado en la garganta.

– Y de la chica… -musitó.

– Y de la chica, no se preocupe, Susannah. Mañana todo irá mejor.

Pero Susannah sabía que no iba a ser así. Sabía lo que le esperaba, lo que tenía que hacer. El día siguiente iba a resultar, por decir lo con palabras de Luke, difícil. Muy difícil.

– Sí, todo irá mejor -dijo en voz baja, porque esa era la respuesta adecuada.

Luke le rozó el brazo, por un instante muy breve, y cuando Susannah levantó la cabeza, en sus ojos descubrió comprensión en lugar del gesto desaprobatorio que esperaba.

– Vamos -dijo él-. La dejaré en el hotel de camino al trabajo.

Casa Ridgefield, Georgia,

viernes, 2 de febrero, 21:45 horas

Bobby colgó el teléfono con satisfacción. Era mejor tener los recursos repartidos. Por suerte, su lista de posibles colaboradores incluía varios empleados de hospital. A uno le habían destinado el cuidado del capitán Ryan Beardsley y de Bailey Crighton. El fallecimiento de la chica complacería a Bobby en varios sentidos.

«Habría preferido matarla yo.» Pero era mejor mantener alejados los sentimientos y ese tipo de asuntos. La pasión hacía cometer errores, y ese día ya se habían cometido bastantes.

En cuestión de horas todas las pistas habrían desaparecido y el negocio recobraría la normalidad. Fuera oyó cerrarse una puerta. A propósito…

Había llegado Haynes. Era hora de ganar dinero.

Atlanta,

viernes, 2 de febrero, 21:50 horas

– Luke, esto es para ti. -Leigh Smithson, la secretaria de Chase, colocó una pila de carpetas sobre la mesa de la sala de reuniones-. Las manda la doctora Berg. Y Latent ha identificado al guardia muerto. He consultado sus antecedentes.

– ¿Y quién es nuestro misterioso hombre? -preguntó Chase a la vez que dejaba dos tazas de café sobre la mesa.

– Jesse Hogan -leyó Luke-. Lesiones, allanamiento de morada. Beardsley le ha hecho un favor al mundo.

– Se ha despertado -terció Leigh-. El capitán Beardsley, quiero decir. Su padre ha llamado hace pocos minutos. Beardsley dice que podéis ir a interrogarlo cuando queráis. Os daré su móvil.

– En cuanto acabemos volveré al hospital. ¿Hay noticias de las chicas desaparecidas?

Leigh sacudió la cabeza.

– No. Se supone que os llamarán directamente a Chase o a ti si encuentran alguna coincidencia con las huellas dactilares de las víctimas. De todos modos, dicen que es posible que les lleve bastante tiempo. La mayoría de las huellas las tomaron en los colegios y en centros comerciales cuando las chicas eran más pequeñas, y si aún no tenían cuatro o cinco años…

– Las huellas pueden haber cambiado -terminó Luke-. Crucemos los dedos. ¿Qué se sabe de alguna chica desaparecida que se llame Ashley Os… algo? -Había telefoneado a Leigh mientras se dirigía al lugar del incendio para comunicarle el nombre que había encontrado en el somier.

– Están buscando. También he enviado solicitudes a los departamentos de personas desaparecidas de los estados limítrofes.

– Gracias, Leigh.

Ella se volvió hacia la puerta.

– Me quedaré hasta que termine la reunión. Luego me marcharé; ya será tarde. Mañana volveré a estar aquí. Por cierto, acaban de llegar tres taquígrafos para relevarme y contestar al teléfono. No ha parado de sonar desde la rueda de prensa.

– Tal como esperábamos -respondió Chase-. Para mañana tengo previsto poner más personal administrativo. Tenemos que analizar todas las llamadas.

Leigh ladeó la cabeza. Se oía a dos personas discutir, cada vez más cerca. Una voz era retumbante; la otra, más tranquila y melodiosa.

– Han vuelto Pete y Nancy.

Leigh salió cuando ellos entraron. Pete dejó pasar a Nancy con un exagerado gesto de cortesía.

– Es muy tozudo -aseguró Nancy-. Lleva nueve puntos en esa bola de billar que tiene por cabeza y no quiere marcharse a casa.

Pete alzó los ojos en señal de exasperación.

– Muchas veces me he hecho más daño jugando al fútbol. Chase, dile que se calle.

Chase suspiró. Pete y Nancy se pasaban la vida discutiendo, como los viejos matrimonios.

– ¿Qué te ha dicho el médico, Pete?

– Que puedo trabajar -respondió él contrariado-. Hasta me ha dado una nota.

Chase se encogió de hombros.

– Lo siento, Nancy. El médico manda.

Pete se sentó, satisfecho, y Luke se le acercó y susurró:

– ¿De verdad te has hecho más daño jugando al fútbol?

– No, por Dios -susurró Pete a su vez-. Me duele como un demonio, pero no pienso decírselo.

– Bien hecho.

Luke quedó a salvo de la ira de Nancy gracias a la entrada de Ed, Nate Dyer y Chloe Hathaway, la ayudante del fiscal.

Chase pareció sorprendido.

– Chloe. No te esperaba.

Chloe se sentó y cruzó sus largas piernas. Luke creía que lo hacía por costumbre; aun así, estaba convencido de que sabía muy bien la agitación que con ello creaba.

– Mi jefe me considera parte del equipo. Quiere asegurarse de que todas las pruebas llegarán al juicio.

– Es lo mismo que queremos nosotros -repuso Luke mientras pensaba en las cinco personas muertas, las cinco desaparecidas y la chica que yacía en una cama de hospital de la otra punta de la ciudad.

– ¿Conocemos todos a Nate?

Nate ya examinaba las fotografías de la autopsia y había separado la de Angel del resto. Levantó la cabeza y saludó al grupo.

– Nate Dyer, del ICAC, el Departamento de Crímenes Cibernéticos contra Niños.

Chloe arrugó la frente.

– ¿Crímenes cibernéticos? ¿Qué tienen que ver con esto?

Luke tamborileó sobre la fotografía de Angel que Nate había separado.

– A esta chica la teníamos vista. Guárdate la pregunta, Chloe; tocaremos ese punto más tarde. Ya estamos todos. Empecemos.

– Empezaré yo -propuso Chase-. Todos los peces gordos lo saben, desde el director hasta los de más arriba. No hace falta decir que estarán pendientes de todos nuestros movimientos. Yo me encargaré de los asuntos administrativos y de la prensa. Esta noche he comunicado a los medios que Mack O'Brien había muerto y he revelado lo de las violaciones de hace trece años. Desde las siete de la tarde todas las víctimas están al corriente del estado de la investigación. El que declaren o no depende ya de ellas y de la fiscalía.

– Seis de las víctimas de la lista me han llamado, Chase. -Arqueó una ceja-. Y una que no está en la lista me ha dejado un mensaje en el contestador.

«Susannah.» Luke abrió la boca, pero volvió a cerrarla. Ahora era un asunto entre Chloe y Susannah. No obstante, ella había cumplido su promesa. Un incipiente sentimiento de orgullo descargó parte de la tensión que le oprimía el pecho. «Bien hecho, Susannah.»

Chase le dirigió un breve asentimiento para indicar que él también lo había comprendido y que mantendría el nombre de Susannah en secreto hasta que ella misma decidiera poner el asunto sobre la mesa.

– Es evidente que cuando describimos lo ocurrido en la nave hubo una ola de preguntas. Respondimos a las que pudimos, pero estaba claro que no disponíamos de mucha información. Ahora se ha abierto oficialmente la caja de Pandora, chicos. Tened cuidado con la prensa. En mi oficina llevaremos el control de lo que debe comunicarse y lo que no. No habléis con periodistas.

– Vaya, qué pena -se lamentó Ed-. Es mi actividad favorita.

Chase esbozó una sonrisa, que era lo que pretendía Ed.

– Es tu turno, Ed. ¿Qué has descubierto?

Ed perdió el aire frívolo que se había esforzado en adoptar.

– Mucha mierda, Chase. La suciedad, el hedor… Es indescriptible. Hemos recogido muestras de sangre y otros fluidos corporales en todas las celdas. Por el estado de las camas y por los residuos hallados, creemos que había más chicas. Los residuos de la celda doce no son tan recientes. No creemos que estuviera ocupada, pero hemos tomado muestras por si acaso. También hemos encontrado bolsas para solución intravenosa y jeringuillas; en algunas aún se lee el código de fabricación. Estamos tratando de averiguar de qué marca son. En la fábrica sabrán dónde se distribuyeron los productos inicialmente. Después tendremos que ahondar para saber cómo fueron a parar a esa nave.

– Bien -aprobó Chase-. ¿Qué hay de las víctimas?

– A esta ya la teníamos vista -respondió Nate Dyer, sosteniendo en alto la foto de Angel-. Luke y yo la descubrimos en una página web que clausuramos hace ocho meses. Hemos enviado la fotografía a nuestros homólogos de todo el mundo. Puede que también hayan visto antes a Angel o a las otras dos muchachas que aparecían con ella en la web. -Miró a Luke-. Tenemos que revisar los informes y ver si hay algo que se nos pasara por alto la otra vez.

Luke asintió con pesadumbre.

– Ya lo sé. El caso era mío, lo conozco mejor que nadie. Mañana me dedicaré a revisar los informes.

– Yo empezaré esta noche -se ofreció Nate, y suspiró-. Será un asco de todos modos.

Luke sabía a qué se refería porque por su mente habían cruzado los mismos pensamientos. ¿Qué ocurriría si descubría que algo se le había pasado por alto la otra vez? Eso significaría que podría haber ayudado a Angel y las demás. ¿Qué pasaría si no descubría nada nuevo? Eso significaría que volvían a estar en el punto de partida. Cualquiera acabaría volviéndose loco.

Luke irguió la espalda.

– De momento tenernos dos pistas sobre las víctimas femeninas que encontramos en la nave. Una es Angel y otra es una tal Ashley O… algo, según el nombre marcado en el somier.

– Le he pedido a mi equipo que lo examine con más detalle -dijo Ed-. Es posible que con mejor luz se vea algo más. Por cierto, he encontrado lo que utilizó para grabar su nombre. -Alzó una bolsa de plástico-. Un trozo de diente.

Luke arqueó las cejas.

– Una mujer de recursos.

– Esperemos que no se le acaben -comentó Chase-. ¿Sabemos algo de la chica que se salvó? ¿Cómo se llama? ¿De dónde es?

– Su nombre de pila empieza por «M» -anunció Luke-. Eso es todo cuanto hemos conseguido de momento. Acaba de despertarse después de una operación y está intubada, así que no puede hablar. Hemos enviado sus huellas y una fotografía al NCMEC. De momento no han conseguido casarlas, pero llevan con ello pocas horas. En el peor de los casos, mañana sabremos el nombre completo.

– Bien -se alegró Chase-. Pete, ¿qué ha dicho el inspector de incendios?

– Todavía está examinando los escombros. De todos modos, ha hallado restos de combustible. Hace veinte minutos no había encontrado el detonador. Cuando lo encuentre, me llamará.

– ¿Cómo está Zach Granger? -se interesó Luke, y le alivió ver que Pete sonreía.

– Le han salvado el ojo, aunque es posible que haya perdido algo de visión. No lo sabremos hasta dentro de unos días. El resto del equipo tiene golpes y heridas, pero todos pueden seguir trabajando sin problemas.

– Por lo menos algunas noticias son buenas -ironizó Chase-. ¿Nancy?

– Los artificieros han llegado a la casa de Mansfield casi al mismo tiempo que yo -respondió ella-. Si alguien ha volado las dos casas, podremos examinar los artefactos. Con suerte, el incendiario habrá dejado algo que lo identifique. Si encontramos al incendiario, sólo tendremos que seguir la pista del dinero.

Chase mostró sus dedos cruzados y se volvió hacia Chloe.

– ¿Y tú?

– He solicitado una orden para rastrear las llamadas de Garth Davis. Solo puedo retenerlo hasta el lunes, como máximo. Pediré prisión preventiva, pero no tengo muchas esperanzas.

– Haré que lo sigan desde el instante en que quede libre -prometió Chase.

– Que no sea Germanio -soltó Chloe con aire sombrío-. Chase, tienes que evitar que tus hombres se apropien de los teléfonos y se dediquen a investigar las llamadas mientras no dispongan de una orden de rastreo.

Chase hizo una mueca.

– ¿Otra vez?

– Sí. Tienes que conseguir que dejen en paz los teléfonos, sobre todo los del despacho de Davis. Es abogado. Podría haber estado hablando con algún cliente y entonces nos anularán las pruebas por haber violado la Sexta Enmienda. Hablo en serio, Chase. Arréglalo.

– Lo haré. Te doy mi palabra, Chloe.

– Muy bien. -Suspiró-. He investigado el nombre que me dio Germanio. Kira Laneer.

– ¿Es una estríper? -preguntó Luke en tono burlón.

– Últimamente no se dedica a eso. De todas formas, no me extrañaría que hubiera hecho algo así en su juventud. Tiene treinta y cuatro años, gana veinticinco mil al año y anda por ahí en un Mercedes nuevecito. El préstamo para el coche lo firmó Garth Davis. Procede del banco de Davis en Dutton y el interés es bajísimo. Es posible que sepa algo.

– ¿Y dónde está la esposa de Garth? -preguntó Luke-. De momento es lo que quiero averiguar. He investigado los vuelos y no hay un solo billete expedido a nombre de la esposa de Garth ni de sus hijos, y su camioneta no está en el garaje, por lo que deduzco que se ha marchado en ella a donde sea. Una vez se puso en contacto con la hermana de Davis. Es posible que vuelva a llamarla. Lo averiguaré.

– ¿Por qué te importa tanto la esposa de Garth Davis? -preguntó Ed.

– Porque Davis ha empezado a hablarnos de una cabaña en la que estuvo con Granville hace trece años -explicó Luke-. La utilizaron para cometer una de las violaciones porque tuvieron que cambiar de planes.

Las cejas de Ed se dispararon hacia arriba.

– ¿Y por qué es tan importante la cabaña?

– Porque hace trece años Granville tenía un mentor, alguien que le enseñaba a manipular a los demás, a controlar sus reacciones. El propietario de la cabaña podría estar relacionado con el mentor, y Davis no nos proporcionará la información hasta que vea a sus hijos.

– ¿Crees que el mentor es su cómplice? -preguntó Nancy.

– Puede ser. -Luke se encogió de hombros-. De todos modos, es lo máximo que tenemos por ahora.

– ¿Qué hay de la esposa de Granville? -sugirió Pete-. Sigue en el aire.

– También he buscado sus datos en los aeropuertos; no ha tomado ningún avión -explicó Luke-. Chase, vamos a repartir fotos de la señora Granville por todas las estaciones de autobuses.

– Daniel se crió en Dutton -advirtió Chloe-. Puede que conozca la cabaña.

– Sigue inconsciente, ¿no? -preguntó Pete.

– Ahora mismo está sedado. Pero puede que su hermana sepa algo -dijo Luke-. Se lo preguntaré.

Chase asintió.

– Esto empieza a parecerse a un plan. Vamos a…

– Espera -lo interrumpió Ed-. ¿Qué hay de Mack O'Brien?

Chase se mostró sombrío.

– Está muerto. Daniel lo mató.

Luke exhaló un suspiro.

– Dios mío, tienes razón, Ed. Recuérdalo; Mack O'Brien descubrió lo del club de los violadores porque le robó los diarios de su hermano a la viuda de Jared. No llegamos a descubrir dónde ocultaba Mack esos diarios. La viuda de Jared le dijo a Daniel que allí describía las violaciones con todo detalle. Es posible que también explicara la de la noche en que fueron a la cabaña. ¿Y si esos diarios contuvieran la información que Davis se niega a darnos?

Chase sonrió, y por primera vez en toda la noche su sonrisa fue auténtica.

– Encontradlos. -Señaló a Pete-. Tú encárgate de buscar a la esposa de Davis, por si no encontramos los diarios. Tiene que haber dejado alguna pista. Nancy, vuelve a casa de Mansfield y, en cuanto los artificieros inutilicen el detonador, regístrala de cabo a rabo. Ed, sigue registrando la nave. Nate, nos serías de gran ayuda si pudieras seguir el rastro de Angel.

– Y yo volveré a interrogar a Beardsley -se ofreció Luke-. Como ya está más recuperado, es posible que recuerde algo más.

– En marcha. Volveremos a encontrarnos aquí a las ocho de la mañana. Tened cuidado.

Capítulo 7

Atlanta,

viernes, 2 de febrero, 22:15 horas

«Es ella», pensó Rocky, aliviada de que hubiera llegado un poco antes de la hora. El turno duraba bastante rato. Nursey debía de haber salido temprano. Oyó su enérgico paso al dirigirse al coche.

No era el paso de una mujer que acabara de cometer su primer asesinato y tampoco era una buena señal. Rocky era la responsable de que la enfermera matara a la chica. Sabía que con ello la ponían a prueba. Si lo lograba, volvería a ganarse la gracia de Bobby.

Alcanzó a la enfermera y luego aminoró la marcha para seguir su ritmo.

– Perdone.

– No me interesa -le espetó la enfermera.

– Sí, sí que le interesa. Me envía Bobby.

La enfermera paró en seco y se volvió con la mirada llena de temor. Pero no de culpabilidad. Rocky suspiró.

– No lo ha hecho, ¿verdad?

La enfermera se puso tiesa.

– No exactamente.

– ¿Qué quiere decir «no exactamente»?

La furia y la desesperación encendían la mirada de la mujer.

– Quiere decir que no la he matado -susurró.

– Entre. -Rocky se sacó la pistola del bolsillo y le apuntó con ella-. Abra la boca para gritar y será la última vez que lo haga -dijo con toda tranquilidad, a pesar de los fuertes latidos de su corazón. «Por favor, entra. Por favor no me obligues a disparar.» La enfermera la obedeció, visiblemente temblorosa, y Rocky pudo respirar.

– ¿Va a matarme? -musitó la mujer casi sin voz.

– Bueno, depende. Empiece por explicarme qué quiere decir «no exactamente».

La enfermera siguió mirando al frente.

– No he podido hacerlo. No he sido capaz de matarla. Pero me he asegurado de que no hable con nadie más.

– ¿Con nadie más? ¿Qué quiere decir «con nadie más»? -«Mierda.»

– Esta noche ha tenido dos visitas: un hombre y una mujer.

Bailey y Beardsley. «Joder con Granville.» Rocky no tenía ni idea de que los hubiera llevado a la nave hasta que Bobby lo puso en evidencia. Y también que ella había mentido. «Me dijiste que estaban todas muertas. Me dijiste que estabas segura. Me mentiste. Esa chica podría jodemos a todos.»

Ella pensó con rapidez, pero el hecho de mentirle y contarle que lo había comprobado y que se le había pasado por alto la chica porque tenía el pulso muy débil no la había salvado. Rocky resistió las ganas de ladear la mandíbula. Bobby la había golpeado con fuerza. No tenía la mandíbula rota, pero le dolía como un demonio.

Claro que más le dolería si la chica acababa hablando. Las consecuencias dependían de quién se hubiera escapado. Angel era la que llevaba más tiempo allí, pero Monica era la más lista. «Que no sea Monica.»

– ¿Quiénes eran?

– Él trabaja en el GBI, es el agente especial Papanosequé. Papadopoulos. La mujer es quien encontró a la chica, cerca de la nave que está junto al río. Su hermano también está en cuidados intensivos.

Rocky pestañeó.

– ¿Susannah Vartanian ha encontrado a la chica en la cuneta?

«Estupendo.» Eso era fantástico. Rocky no sabía por qué; la cuestión era que Bobby odiaba a Susannah Vartanian. Junto a su ordenador tenía una fotografía de la hija del juez con la cara tachada en rojo. Si se encargaba de Susannah, tal vez volviera a ganarse su favor. Como mínimo, la ira que a buen seguro invadiría su ser cuando Rocky le contara las últimas noticias la apartaría del punto de mira.

– ¿Le ha dicho la chica algo a Susannah?

– Según he oído, cuando la han encontrado solo ha pronunciado unas pocas palabras. Ha dicho que alguien las había matado a todas. Supongo que se refería a las chicas que han encontrado en la nave. -La enfermera la miró nerviosa con el rabillo del ojo-. Lo han dicho en las noticias.

Rocky había visto cómo Granville mataba al resto. «Qué mal.»

– ¿Y luego, en el hospital? ¿Qué más ha dicho?

– Nada. Sigue intubada. Han utilizado una cartulina con letras y han descubierto que su nombre empieza por «M». Pero se ha acabado el tiempo y han tenido que marcharse.

«Monica.» Las cosas iban cada vez peor. «Tendría que haberla metido en el barco; tendría que haberle hecho sitio. No tendría que haberla dejado allí.»

– ¿Qué más?

– El agente del GBI le ha preguntado si conocía a una chica llamada Ashley y ella ha cerrado los ojos para indicarle que sí.

«¿Cómo demonios habría averiguado Papadopoulos lo de Ashley? ¿Qué más sabría?» Mantuvo la voz serena.

– ¿Cómo evitará que hable con nadie más?

La enfermera exhaló un suspiro.

– Le he puesto un líquido paralizante en la solución intravenosa. Cuando se despierte no podrá abrir los ojos, pestañear, moverse ni decir nada.

– ¿Cuánto le durará el efecto?

– Unas ocho horas.

– ¿Y qué piensa hacer luego? -preguntó Rocky con dureza, y se echó a reír amargamente-. No piensa hacer nada, ¿verdad? Pensaba fugarse.

La enfermera mantuvo la vista fija al frente. Le costaba tragar saliva.

– No puedo matarla. Tiene que entenderlo. El GBI tiene a un vigilante en la puerta las veinticuatro horas, todos los días de la semana. Comprueba la identidad de todo el que entra, y en el instante en que la chica deje de respirar saltarán todas las alarmas. Me pillarán. -Ladeó un poco la mandíbula-. Y cuando me detengan, ¿qué les contaré? ¿Les daré su descripción? ¿Les diré qué coche tiene? ¿Tal vez les daré su nombre? No creo que quiera que ocurra eso.

El pánico se mezclaba con la furia.

– Debería matarla ahora mismo.

Los labios de la enfermera se curvaron.

– Y dentro de ocho horas la solución paralizante dejará de hacer efecto y la chica cantará como un pajarillo. ¿Qué le dirá a la policía? De mí nada; ni siquiera me ha visto. -Volvió un poco la cabeza-. ¿Y a usted? ¿La ha visto?

«Tal vez. Joder, sí.» En el último momento, en la nave. La había mirado a la cara y había memorizado todos sus rasgos. La chica tenía que morir antes de que pudiera hablar con nadie. «Bobby no puede saber que he sido tan descuidada.»

– ¿Cuánto tardará en salir de cuidados intensivos?

A la enfermera le brillaban los ojos de satisfacción y alivio.

– La tendrán allí hasta que le quiten el tubo, y no lo harán hasta estar seguros de que puede respirar por sí misma. Quienquiera que le haya pegado lo ha hecho a conciencia. Tiene rotas cuatro costillas del lado derecho. Tiene el pulmón hundido. Seguro que estará en el hospital unos cuantos días.

Rocky rechinó los dientes.

– ¿Cuánto tardará en salir de cuidados intensivos? -repitió.

– No lo sé. Si no estuviera paralizada, tal vez veinticuatro o cuarenta y ocho horas.

– ¿Cuánto tiempo puede mantenerla paralizada?

– No mucho. Un día o dos como máximo. Luego el personal empezará a sospechar y alguien acabará por pedir un electroencefalograma, y se descubrirá la parálisis. -Alzó la barbilla-. Probablemente me pillarán…

– Sí, sí -la interrumpió Rocky-. Les hablará de mí e iremos todos a la cárcel.

Con el corazón acelerado, Rocky sopesó las opciones. La situación ya era mala, pero se iba agravando por momentos, y a la sazón le parecía horrible. «Bobby no puede saber esto.» Ese día había cometido demasiados errores. Una cagada más y… El estómago se le revolvió. Había sido testigo de lo que suponía «dejar de trabajar» para Bobby. Tragó saliva. El último que la fastidió había dejado de tener cabeza. Al cortársela hubo mucha sangre.

Demasiada sangre. Podía escaparse. Claro que, siendo realista, no había lugar donde esconderse. Bobby la encontraría y… Se esforzó por concentrarse y recordar todo cuanto sabía de Monica Cassidy. Y en su mente empezó a tomar forma un plan. «Puedo arreglarlo.» Funcionaría; tenía que funcionar. A menos que estuviera dispuesta a entrar en la unidad de cuidados intensivos y asfixiar a la chica con sus propias manos, cosa que no podía hacer.

– Muy bien. Quiero que haga lo siguiente.

Atlanta,

viernes, 2 de febrero, 23:15 horas

«Esta declaración la presta libremente Susannah Vartanian y es testigo de ella Chloe M. Hathaway, ayudante del fiscal del estado.» Sentada frente al escritorio de su habitación del hotel, Susannah dejó de teclear en su portátil y leyó la declaración que había preparado. Contenía todos los detalles que recordaba de aquel día de hacía trece años, del más sórdido al más liviano. Chloe Hathaway y ella habían intercambiado mensajes a través del contestador, pero al día siguiente por la mañana se encontrarían para comentar la declaración de Susannah y el consiguiente testimonio.

«El consiguiente testimonio.» Sonaba a algo tan burdo, tan impersonal… Parecía que atañera a otra persona. «Pero no es otra persona. Soy yo.» Susannah, intranquila, se apartó del escritorio de un empujón. No cambiaría ni una palabra; esta vez no. Esta vez haría las cosas bien.

Era solo cuestión de tiempo que su relación con lo que los medios habían bautizado como «El club de los violadores muertos» saliera a la luz. Ya había visto a alguien tomando fotografías mientras se registraba en el hotel. Debían de haber seguido el coche de Luke Papadopoulos cuando la había acompañado desde el hospital.

Luke. Ese día había reflexionado sobre él a menudo, cada vez de un modo distinto. Era corpulento, lo bastante fuerte para subir a la chica desconocida por el ribazo sin jadear. Sin embargo, la había tratado con mucha delicadeza. Susannah sabía que en el mundo existían hombretones delicados, pero por su experiencia los consideraba un bien escaso. Esperaba que la mujer que compartiera la vida con Luke supiera apreciar su valor.

Daba por hecho que Luke compartía la vida con una mujer. Además de sus morenos encantos, en el hombre se apreciaba una energía capaz de despertar el deseo sexual de la mayoría de las mujeres. Susannah era lo bastante sincera consigo misma para admitir que despertaba el suyo, que cuando se había situado tan cerca de ella en la unidad de cuidados intensivos se le había encogido el estómago y le había pasado por la cabeza plantarle un beso en la mejilla.

Sin embargo, también era lo bastante inteligente para no intimar con él. Jamás intimaría con nadie. Después de intimar venían las preguntas, y las preguntas requerían respuestas. Pero ella no estaba en condiciones de responder a las preguntas de Luke Papadopoulos ni de nadie. Jamás lo estaría.

Con todo, recordó el dolor que había observado en sus negros ojos cuando salió de la nave. A pesar de ello, le había ayudado a sostenerse en pie cuando a ella le flaquearon las piernas. Era muy sensible; sin embargo, parecía capaz de apartar de sí los sentimientos para concentrarse en lo que era necesario hacer. Era algo que ella admiraba, precisamente porque sabía lo difícil que resultaba.

Luke la había dejado frente al hotel sin más comentarios; había respetado su voluntad a pesar de que estaba en desacuerdo. Luego había seguido su camino para reunirse con su equipo, con expresión concentrada y aire enérgico. Daba la impresión de que ese era su estado natural.

Lo envidiaba. Luke Papadopoulos tenía cosas que hacer, cosas importantes; mientras, ella había permanecido todo el día mano sobre mano. Claro que eso no era del todo cierto. Tanto por la mañana como por la tarde había estado muy ocupada. Había sido al caer la tarde cuando había empezado a sentirse vacía, al sentarse a esperar con aquella sensación de impotencia y de tener demasiado tiempo para pensar. Al día siguiente tenía cosas que hacer. Haría compañía a la chica cuyo nombre desconocían, puesto que no tenía a nadie más. «Puesto que es responsabilidad mía.» Pero antes le entregaría la declaración a Chloe Hathaway.

Echó un vistazo al periódico que había comprado en el vestíbulo del hotel. El titular destacaba la noticia de que un asesino en serie andaba suelto por Dutton. «La noticia ya es antigua.» Sin embargo, en la parte de abajo de la portada aparecía un artículo sobre las personas muertas en Dutton, igual que el día anterior. Le llamó la atención un nombre: Sheila Cunningham. Con Sheila tenía un vínculo especial. Al día siguiente la enterrarían, y Susannah sentía que debía estar allí. Al día siguiente volvería a ir al cementerio de Dutton.

El día siguiente sería un día difícil.

Le gruñeron las tripas; por suerte, eso la distrajo de sus pensamientos y le recordó qué hora era. No había comido nada desde el desayuno. El servicio de habitaciones se estaba retrasando. Acababa de descolgar el teléfono con la intención de comprobar qué ocurría cuando oyó que llamaban a la puerta. «Por fin.»

– Grac… -Se quedó boquiabierta. Quien aguardaba en la puerta era su jefe-. ¡Al! ¿Qué estás haciendo aquí? Entra.

Al Landers cerró la puerta tras de sí.

– Quería hablar contigo.

– ¿Cómo has sabido dónde estaba? No te dije en qué hotel me iba a alojar.

– Eres una mujer de costumbres -respondió Al-. Siempre que viajas te alojas en hoteles de la misma cadena. Era sólo cuestión de pasar por todos los de la zona hasta dar con el bueno.

– Pero has subido a mi habitación. ¿Te han dado el número en recepción?

– No. Me he enterado por un periodista que sobornaba a un conserje.

– Supongo que es normal que pasen esas cosas. Los Vartanian estamos de moda en Atlanta. -Simon se había encargado de que así fuera-. Así que el conserje le ha dado el número de mi habitación a un periodista.

– Sí. Por eso lo sé yo. Lo he denunciado a su responsable. La próxima vez que vengas a la ciudad deberías pensar en alojarte en otro hotel.

«Cuando todo esto acabe, no volveré a la ciudad nunca más.»

– Has dicho que querías hablar conmigo. -Al miró alrededor.

– ¿Puedo tomar algo?

– En el minibar hay whisky.

Le sirvió un vaso y se sentó en el brazo del sofá.

Él se dirigió al escritorio y echó un vistazo a su portátil.

– He venido por esto.

– ¿Por mi declaración? ¿Cómo es eso?

Él se tomó su tiempo para responder. Primero dio unos sorbitos de whisky y luego se lo tomó de un trago.

– ¿Estás segura… segurísima de que quieres hacerlo, Susannah? Una vez te encasillen en el papel de víctima, ni tu vida ni tu carrera volverán a ser como antes.

Susannah se acercó a la ventana y contempló la ciudad.

– Créeme, lo sé. Pero tengo motivos, Al. Hace trece años me… -tragó saliva-. Me violaron. Una panda de chicos me drogó, me violó y me bañó con whisky, a mí y a quince chicas más en el transcurso de un año. Cuando me desperté, me habían metido en un pequeño hueco oculto en la pared de mi habitación. Yo creía que era mi escondite secreto, pero mi hermano Simon lo conocía.

Oyó el lento suspiro de Al tras de sí.

– O sea que Simon era uno de ellos.

«Ya lo creo.»

– Era el capitán.

– ¿No pudiste contárselo a nadie? -preguntó con prudencia.

– No. Mi padre me habría considerado una mentirosa. Y Simon se aseguró bien de que no abriera la boca. Me enseñó una foto mía que habían tomado mientras… Ya sabes.

– Sí -dijo Al con tirantez-. Ya sé.

– Me amenazó con que volverían a hacerlo. Me dijo que no podría esconderme en ningún sitio. -Respiró hondo; se sentía aterrada, como si aquellos trece años no hubieran transcurrido-. Me dijo que en algún momento tendría que dormir, así que más me valía mantenerme alejada de sus asuntos. Y eso hice. No conté nada de nada. Y ellos siguieron violando a chicas, a quince más. Tomaron fotos de todas; las guardaban como si fueran trofeos.

– ¿Y las fotos están en manos de la policía?

– Del GBI. Las he encontrado yo esta tarde, en el escondite de Simon. Había una caja llena.

– O sea que el GBI tiene pruebas irrefutables. Sólo uno de esos cabrones está vivo, Susannah. ¿Qué sentido tiene que pases por todo esto ahora?

Notó la ira hervir en su interior y se volvió para mirar a la cara al hombre que tanto le había enseñado sobre leyes, el hombre que para ella había sido un ejemplo perfecto. El hombre que era todo lo que no había sido el juez Arthur Vartanian.

– ¿Por qué quieres disuadirme de que haga algo que debo hacer?

– Porque no estoy seguro de que debas hacerlo, Susannah -respondió él con calma-. Tu vida ha sido un infierno, pero eso no cambiará por mucho que hagas. El pasado no cambiará. Tienen fotos de ese hombre… ¿Cómo se llama el que queda?

– Garth Davis -respondió ella con rabia.

Los ojos de Al Landers emitieron un peligroso centelleo pero su voz conservó la serenidad.

– Tienen fotos de ese tal Davis violándote y violando a otras mujeres. Si sigues adelante con la declaración, todo el mundo te conocerá como la víctima que se hizo fiscal. Los abogados defensores a quienes te enfrentes cuestionarán tu motivación. «¿Puede ser que la señora Vartanian trate de demostrar que mi cliente es culpable o tal vez quiere vengarse por la agresión que sufrió en carne propia?»

– Eso no es justo -protestó ella con las lágrimas a punto de rebosar.

– La vida no es justa -respondió él igual de sereno. Sin embargo, su mirada aparecía atormentada y Susannah no pudo contener las lágrimas por más tiempo.

– Era mi hermano. -Lo miró mientras pestañeaba frustrada, tratando de contener el llanto-. ¿No lo entiendes? Era mi hermano y yo permití que me hiciera lo que me hizo. Permití que se lo hiciera a otras. Y todo por no haber hablado. Violaron a quince chicas y mataron a diecisiete personas de Filadelfia. ¿Cómo podré reparar eso?

Al la tomó por los brazos.

– No podrás. No podrás. Y si es por eso por lo que quieres declarar, te equivocas. No permitiré que arruines tu carrera por un error.

– Quiero declarar porque es lo que debo hacer.

Él la miró directamente a los ojos.

– ¿Seguro que no lo haces por Darcy Williams?

Susannah se quedó petrificada. Su corazón dejó de latir y se le cayó el alma a los pies. Trató de mover la boca, pero de ella no brotó palabra alguna. En un instante su mente revivió la escena. Sangre por todas partes. El cuerpo de Darcy. «Cuánta sangre.» Y Al lo sabía. «Lo sabe. Lo sabe. Lo sabe.»

– Siempre lo he sabido, Susannah. No creerás que alguien tan inteligente como el detective Reiser iba a aceptar un testimonio anónimo en un asunto tan importante, ¿verdad? En un homicidio no.

De algún modo recuperó la voz.

– No creía que llegara a averiguar quién lo había llamado.

– Lo averiguó. Te pidió que volvieras a llamar porque quería verificar la información inicial. Rastreó la primera llamada y descubrió que la habías hecho desde una cabina, y cuando volviste a llamar te estaba observando desde la calle.

– Soy una mujer de costumbres -repuso ella con abatimiento-. Llamé desde la misma cabina.

– Casi todo el mundo lo hace. Ya lo sabes.

– ¿Y por qué nunca me ha dicho nada? -Cerró los ojos; la vergüenza se mezclaba con la estupefacción-. Hemos trabajado juntos en un montón de casos desde entonces y nunca ha hecho el más mínimo comentario.

– Esa noche te siguió hasta tu casa. Acababas de empezar a trabajar para mí y Reiser y yo ya llevábamos juntos mucho tiempo; por eso me lo dijo a mí primero. Tú no eras más que una alumna en prácticas, pero yo adiviné que tenías un futuro prometedor. -Suspiró- Y también adiviné la rabia contenida. Siempre eras muy correcta, siempre conservabas la serenidad, pero tu mirada traslucía rabia. Cuando Reiser me contó lo que habías presenciado, supe que tenías que haber pasado por algo muy crudo. Le pregunté si creía que tú habías cometido alguna ilegalidad y me dijo que no tenía motivos para pensarlo.

– O sea que le pediste que mi nombre no saliera a la luz -concluyó ella con frialdad.

– Solo si no encontraba pruebas de que hubieras hecho algo malo. Él utilizó tu información para conseguir una orden de registro y encontrar el arma del crimen dentro del armario del asesino junto con unos zapatos con sangre de Darcy en los cordones. Se las arregló para resolver el caso sin ti.

– Pero si no hubiera logrado resolverlo, habríais tenido que citarme ante el tribunal.

Al sonrió con tristeza.

– Eso habría sido lo correcto. Susannah, todos los años vas al cementerio en el aniversario de la muerte de Darcy; sigues llorando su pérdida. Pero conseguiste dar un giro a tu vida. Has llevado la acusación de muchos agresores con una vehemencia que resulta raro encontrar. No habríamos sacado nada de revelar tu nombre en el caso de la muerte de Darcy Williams.

– En eso te equivocas -repuso ella-. Todos los días me miro al espejo y sé que a duras penas he logrado compensar lo que debería haber hecho y no hice. Esta vez quiero ser capaz de afrontar la verdad. Tengo que hacerlo, Al. He pasado la mitad de mi vida avergonzada por haber obrado mal. El resto quiero pasarlo tranquila de poder andar con la cabeza bien alta me tope con quien me tope. Si para ello tengo que sacrificar mi carrera, lo haré. No puedo creer que precisamente tú quieras disuadirme de ello. Eres un representante de la justicia, por el amor de Dios.

– He abandonado el papel de fiscal del distrito en el momento en que he traspasado esa puerta. Te hablo como amigo.

A Susannah se le puso un nudo en la garganta, y se la aclaró con decisión.

– Hay muchos otros abogados con un pasado parecido al mío y se las arreglan para seguir trabajando.

Él volvió a sonreír con tristeza.

– Pero no se apellidan Vartanian.

El semblante de Susannah se demudó.

– Objetivo conseguido. Sin embargo, no pienso cambiar de opinión. Tengo una cita a las nueve de la mañana con la ayudante del fiscal del estado. Nos veremos aquí, y le entregaré mi declaración.

– ¿Quieres que venga yo también?

– No. -Pronunció la palabra sin pensar, pero no era cierto-. Sí -rectificó.

Él asintió con firmeza.

– Muy bien.

Ella vaciló.

– Luego tengo que ir a un funeral. Es en Dutton.

– ¿De quién?

– De Sheila Cunningham. Era una de las chicas a quien Simon y su banda violaron. El martes por la noche iba a pasarle a mi hermano Daniel información sobre las agresiones de hace trece años, pero la mataron antes de que pudiera hablar con él. Uno de los miembros de la banda era el ayudante del sheriff de la ciudad. Hizo matar a Sheila, y luego al asesino, para que no hablara. Hoy le ha disparado a mi hermano.

Al abrió los ojos como platos.

– Cuando me has llamado no me has dicho que le habían disparado a tu hermano.

– No, ya lo sé. -Sus ideas con respecto a Daniel eran demasiado confusas para saber por qué no lo había hecho-. Daniel se pondrá bien, gracias a su novia, Alex.

– ¿Han puesto al ayudante del sheriff a buen recaudo?

– Más o menos. Después de dispararle a Daniel ha apuntado a Alex, y ella lo ha matado.

Al la miró perplejo.

– Necesito otra copa.

Susannah sacó otro botellín de whisky del minibar, y también uno de agua para ella.

Al chocó la copa con la botella de agua.

– Por lo correcto.

Ella asintió.

– Aunque cueste.

– Me gustaría conocer a tu hermano Daniel. He leído mucho sobre él.

«Aunque cueste.» Le gustara o no, estuviera o no preparada para ello, Daniel iba a formar parte de su futuro inmediato.

– Mañana es el primer día que admitirán visitas.

– ¿Quieres que te acompañe al funeral de esa mujer?

– No tienes por qué hacerlo -respondió, y él la miró como si pensara contar hasta diez.

– Y tú no tienes por qué hacerlo por tu cuenta y riesgo, Susannah. Nunca has actuado así. Deja que te ayude.

Ella, aliviada, dejó caer los hombros.

– Es a las once. Tendremos que marcharnos en cuanto termine de hablar con la señora Hathaway.

– Entonces te dejo dormir. Procura no preocuparte.

– Procuraré. Al, tú… -Se le puso un nudo en la garganta-. Tú me has hecho creer en la ley. Sé que funciona. En su momento para mí no funcionó porque no le di la oportunidad de hacerlo.

– Mañana a las nueve. Esta vez sí que le daremos la oportunidad.

Ella lo acompañó a la puerta.

– Aquí estaré. Gracias.

Atlanta,

viernes, 2 de febrero, 23:30 horas

Luke entró en el ascensor del hotel de Susannah y, de repente, el olor de la comida lo inundó. Un camarero con una bata blanca aguardaba ante un carrito con comida para dos. Luke miró la comida con ansia. Hacía muchas horas que no comía y esa noche le tocaría una hamburguesa del primer puesto que encontrara abierto.

«Ahora mismo podrías estar comiéndote la hamburguesa; podrías haberla llamado por teléfono para preguntarle por la cabaña.» Claro que podía haberlo hecho, y es lo que debería haber hecho. Sin embargo, allí estaba.

El timbre del ascensor sonó y las puertas se abrieron.

– Detrás de usted, señor -dijo el camarero.

Luke asintió y se dirigió a la habitación de Susannah. «Es probable que esté durmiendo. Tendrías que haberla llamado por teléfono. Pero si la hubiera llamado, la habría despertado sin remedio. Así al menos podía escuchar a través de la puerta y si no oía nada, marcharse. «Por qué no aceptas la verdad, Papa. Lo que quieres es volver a verla y asegurarte de que está bien.»

Solo quería asegurarse de que estaba, bien. Sí, eso era. «Ya, ya.»

Una puerta del final del pasillo se abrió y de ella salió un hombre de cierta edad, y quien estuviera en la habitación cerró la puerta. El hombre tendría unos cincuenta y cinco años e iba vestido de forma impecable con traje y corbata. Escrutó a Luke y lo miró directamente a los ojos cuando se cruzaron.

Luke frunció el entrecejo y volvió la cabeza para seguir al hombre con la mirada, y estuvo a punto de chocar con el camarero, quien empujó el carrito con la comida y se detuvo justo en la puerta de la que había salido el hombre.

Volvió a poner mala cara al oír que Susannah respondía a los toques en la puerta del camarero. Estaba firmando la cuenta cuando reparó en la presencia de Luke.

– Agente Papadopoulos -se sorprendió.

Luke apartó al camarero de la puerta de un codazo.

– Ya lo entro yo. Buenas noches.

Susannah lo observó mientras entraba con el carrito en la habitación y cerraba la puerta.

– ¿Qué está haciendo aquí? -le preguntó en un tono que no resultó impertinente.

– Quiero preguntarle una cosa. -Entonces Luke reparó en cómo iba vestida y un repentino sofoco le abrasó la piel. Llevaba una ajustada minifalda que cubría sus piernas hasta medio muslo y por encima, un largo y ceñido jersey. Tenía un aire muy juvenil y desenfadado. «La deseo. La quiero ya.»

– Parece que Stacie, mi sobrina, ha comprado lo que le gustaría ponerse a ella -comentó, tratando de que su tono resultara jovial-. Mi hermana Demi no le deja vestirse así.

Ella sonrió con tristeza.

– Eso he pensado yo también; pero tenía que quitarme el uniforme de médico. -Señaló el carrito-. ¿Le apetece acompañarme?

– Me muero de hambre -confesó-. Pero no quiero comerme su cena.

– Yo no sería capaz de comerme todo eso -respondió ella, y señaló la mesita de la esquina-. Siéntese.

Él rodeó el carrito con torpeza y se golpeó la cadera contra el escritorio. El movimiento hizo saltar el protector de pantalla del portátil de Susannah, y Luke se quedó parado al ver el texto.

– Es su declaración.

Ella tomó la bandeja del carrito y la depositó sobre la mesa.

– Mañana por la mañana he quedado con Chloe Hathaway, la ayudante del fiscal del estado.

– Ya me ha dicho que la había llamado. -Él atisbó dos juegos de cubiertos en la bandeja y pensó en el hombre a quien había visto salir de la habitación-. Ha pedido cena para dos.

– Siempre lo hago. No quiero que nadie sepa que estoy sola. -Se encogió de hombros, algo avergonzada-. Es uno de esos miedos irracionales que lo asaltan a uno a las tres de la madrugada. Coma, antes de que se enfríe.

Luke comprendía muy bien qué clase de miedos lo asaltaban a uno a las tres de la madrugada. A esas horas él rara vez dormía. Cenaron en silencio hasta que Luke no pudo reprimir por más tiempo su curiosidad.

– ¿Quién era el hombre que ha salido de la habitación?

Ella pestañeó.

– Mi jefe. Al Landers, de Nueva York. Lo he llamado y le he explicado lo de la caja con las fotos, y le he dicho que pensaba declarar. Ha venido para asegurarse de que estoy bien. -Abrió mucho los ojos-. ¿Ha pensado que…? Oh, no. Al está casado. -Se quedó pensativa-. Es un buen hombre.

Luke se tranquilizó.

– Qué amable por su parte, venir desde tan lejos -comentó en voz baja.

Ella también pareció tranquilizarse.

– Y qué amable por parte de su sobrina, ir a comprarme ropa.

Se puso en pie y tomó el bolso.

– Es un cheque. ¿Se lo dará?

Él se guardó el cheque en el bolsillo de la camisa.

– No es lo que usted se habría comprado.

– No, pero no por eso deja de ser un bonito gesto. Cuando vuelva a Nueva York le regalaré estas prendas, si es que su madre le deja ponérselas. Seguro que a ella le quedarán mejor. Yo soy demasiado mayor para vestir así. -Se sentó y lo miró a los ojos-. ¿Qué quería preguntarme?

Por un momento Luke fue incapaz de recordarlo. Luego recobró la sensatez.

– ¿Ha estado alguna vez en una cabaña, en el monte?

Ella frunció el ceño.

– ¿En una cabaña? No. ¿Por qué?

– Antes he estado hablando con Garth Davis y me ha contado que solían ir a casa de uno de ellos para… para cometer las agresiones, pero que una noche estuvieron en una cabaña, en el monte. Granville lo planeó todo y los llevó allí en secreto.

Los ojos de Susannah emitieron un destello cuando él vaciló.

– ¿Sabe Davis de quién era la cabaña?

– Creo que sí, pero no piensa decírnoslo hasta que encontremos a sus hijos. Su esposa se marchó con ellos ayer tras enterarse de que Mack O'Brien pensaba ir a por su familia.

– Asesinaron al primo de Garth. Lo he leído en el periódico. -Se recostó en la silla y reflexionó unos instantes-. Mi padre no tenía ninguna cabaña, que yo sepa. Compró un chalet en una estación de esquí, en Vale, pero no recuerdo que fuera allí jamás:

– Entonces, ¿por qué lo compró?

– Creo que lo hizo para fastidiarnos, sobre todo a mi madre. A ella le apetecía viajar por el oeste del país, pero él nunca tenía tiempo. Compró el chalet con la excusa de que así tendrían allí una casa, pero mi madre nunca tuvo la oportunidad de ir.

– Pero no tenía ninguna cabaña en el monte, ¿no?

– No. Lo que sí recuerdo es que de vez en cuando iba a pescar con el padre de Randy Mansfield.

– ¿Era amigo del padre de Mansfield?

Ella se encogió de hombros.

– Eran amigos cuando les convenía. El padre de Mansfield era el fiscal del condado, y acudía a mi padre cuando algún caso no iba bien. Los oía murmurar en el despacho de mi padre, y de repente el caso se resolvía a favor de la acusación.

– O sea que el padre de Mansfield sobornaba a su padre.

– Seguro. A mi padre lo sobornaba mucha gente, y él también sobornaba a mucha gente. A otros les hacía chantaje. -Sus ojos emitieron un destello-. Quería contarlo, pero nadie me habría creído.

– ¿Y a quién se lo habría contado? Usted no sabía a quién tenía su padre en el bolsillo y a quién no.

La rabia que traslucía la mirada de ella amainó.

– Ya lo sé. Estaban todos compinchados.

– Lo siento. No tenía la intención de remover todo eso.

– No se preocupe. Volvamos a lo de la cabaña. Cuando mi padre y Richard Mansfield salían a pescar, se alojaban en una cabaña. -Bajó la vista, pensativa. De repente levantó la cabeza y lo miró a los ojos-. El juez Borenson. Era el propietario de la cabaña.

– Me suena el nombre, lo he oído hace poco. ¿Puedo utilizar su portátil?

– Claro.

Luke se sentó frente al escritorio y ella se situó tras él y lo observó teclear.

– Dios mío -musitó Susannah, y pasó el brazo por encima del hombro de Luke para señalar la pantalla al mismo tiempo que el texto captaba la atención de él-. Borenson fue el juez que llevó el caso de Gary Fulmore.

– El hombre a quien hace trece años condenaron por el asesinato de la gemela de Alex Fallon sin que fuera culpable -masculló Luke, haciendo un esfuerzo por concentrarse en la pantalla y olvidarse del ceñido jersey que le rozaba el hombro y del perfume que lo envolvía-. ¿Será una coincidencia?

– No -musitó ella-. No puede ser una coincidencia. -Retrocedió y se sentó en el borde de la cama-. Gary Fulmore estuvo trece años encerrado por un crimen que no cometió.

– Fue Jared, el hermano de Mack O'Brien, quien mató a la hermana de Alex -dijo él, aliviado y al mismo tiempo decepcionado por la distancia que Susannah había puesto entre ambos-. Claro que entonces no lo sabía nadie. Todos los miembros de la banda creían que era otro quien había matado a Alicia Tremaine, porque cuando se marcharon después de violarla, la chica estaba viva. Pero Jared O'Brien regresó, volvió a violarla y la mató cuando ella intentó gritar para pedir auxilio.

– Para entonces Frank Loomis ya era el sheriff. Falsificó pruebas y le tendió una trampa a Gary Fulmore para incriminarlo. ¿Por qué?

– Sé que Daniel se muere de ganas de saberlo.

– Frank trataba a Daniel como a un hijo. Él le ofreció su primer trabajo en la comisaría. Ha debido de sentarle fatal enterarse de que Frank hizo una cosa así.

Luke se volvió de inmediato.

– Frank trataba a Daniel como a un hijo. ¿Es posible que también tratara así a Granville?

– ¿Que él fuera el thích de Granville? -preguntó con vacilación-. Supongo que cabe esa posibilidad.

– ¿Eran amigos el sheriff Loomis y el juez Borenson?

– No lo sé. Es posible. La política de Dutton ha creado parejas muy extrañas.

Luke examinó el resto del resultado de la búsqueda.

– Raya los setenta, pero no veo que en ninguna página se comunique su muerte, así que es probable que aún viva. Tenemos que hablar con él.

– Si Granville conocía la cabaña de Borenson, es posible que su cómplice actual también la conozca. -Exhaló un suspiro-. Y…

– Las chicas podrían estar allí. Es mucho suponer pero cabe la posibilidad, y de momento no contamos con nada más. -Se volvió a mirar atrás-. ¿Sabe dónde está la cabaña de Borenson?

– En algún lugar del norte de Georgia. Lo siento. Ojalá supiera más.

– No, ha sido de gran ayuda. Si la cabaña está registrada a su nombre, puedo encontrarla. -Realizó otra búsqueda y se recostó en la silla-. Está a las afueras de Ellijay, en Trout Stream Drive.

– Esa zona queda muy aislada. Será difícil encontrarla, sobre todo de noche. Necesita que alguien lo guíe.

– He ido a pescar a la zona de Ellijay. Seré capaz de encontrar el camino. -Luke se detuvo en la puerta. Cedió a la tentación y se volvió para mirarla por última vez-. No es cierto y lo sabe.

– ¿El qué?

A Luke se le secó la boca de repente.

– No es demasiado mayor para vestir así. Stacie ha hecho una muy buena elección.

Una de las comisuras de los labios de ella se curvó hacia arriba.

– Buenas noches, agente Papadopoulos. Y suerte con la búsqueda.

Ridgefield, Georgia,

sábado, 3 de febrero, 00:30 horas

Bobby le sonrió a Haynes.

– Siempre es un placer tratar contigo, Darryl.

Haynes se guardó el clip que sujetaba el fajo de billetes en el bolsillo de los pantalones.

– Lo mismo digo. Claro que debo decir que siento mucho que la rubia haya caído enferma. Tenía muchas esperanzas puestas en ella.

– La próxima vez será, te lo prometo.

Los labios de Haynes esbozaron una sonrisa de político.

– Te tomo la palabra -respondió Haynes.

Bobby acompañó al acaudalado cliente a la puerta y lo observó alejarse con la nueva adquisición bien oculta bajo una mullida manta en el maletero de su Cadillac Seville.

Entonces salió Tanner.

– Ese hombre no me gusta ni un pelo.

Bobby sonrió.

– No te gustan los políticos y a mí tampoco. Haynes es un buen cliente, y cuando salga elegido tendremos a otro… empleado en una buena posición.

Tanner suspiró.

– Imagino que sí. Le llama el señor Paul por la línea de trabajo.

– Gracias, Tanner. Ya puedes irte a la cama. Si te necesito, volveré a llamarte.

Tanner asintió.

– Antes de retirarme comprobaré qué tal están las huéspedes.

– Gracias, Tanner. -Bobby sonrió mientras el anciano subía la vieja escalera. Tanner poseía un refinadísimo aire sureño a pesar de su tortuoso pasado. Él había sido el primer empleado de Bobby, por llamarlo de algún modo; lo había contratado a la tierna edad de doce años. Ya entonces Tanner era mayor, pero no lo bastante para que no le importara pasar el resto de su vida entre rejas. Habían forjado una relación que en el caso de Bobby ya duraba más de la mitad de su vida. No había nadie en quien confiara más; ni siquiera en Charles.

De hecho, Charles no era precisamente digno de confianza. El hombre era una víbora que se deslizaba bajo la maleza, se colgaba en los árboles y esperaba el momento propicio para atacar.

Bobby se encogió de hombros para apartar de sí un escalofrío y contestó al teléfono.

– Paul. Llegas tarde.

– Pero tengo la información que me has pedido, y un poco más. Apúntate estos nombres. Luke Papadopoulos es el agente que lleva el caso de Granville. Su jefe es Chase Wharton.

– Eso ya lo sé. ¿Quién más está en el equipo? -Bobby arrugó la frente cuando Paul citó los nombres-. No conozco a nadie.

– Ah, yo sí -repuso Paul con suficiencia-. Hay una persona que te iría de perlas porque tiene un secreto que le conviene guardar. De haberla detenido, para mí habría sido un gran triunfo; pero supongo que es cuestión de esperar el momento adecuado.

– Una decisión inteligente. Nos servirá más en activo que en la cárcel. -Bobby anotó el nombre y el secreto-. Ahora ya tengo un topo dentro del GBI. Estupendo.

– Y si juegas bien tus cartas, no solo te servirá para este caso; podrás utilizarlo durante años.

– Has hecho un buen trabajo, Paul. ¿Qué hay del otro tema?

– De eso no te alegrarás tanto. Rocky se ha encontrado con la enfermera en el aparcamiento del hospital y han estado hablando dentro del coche.

– ¿Y tú estabas allí?

– Dos filas por delante. Tenía que situarme cerca para que el micrófono captara sus voces. Resulta que la enfermera no ha cumplido con su deber. Tu ayudante estaba que echaba chispas.

Bobby apretó la mandíbula.

– Me lo temía. ¿Dónde está ahora Rocky?

– Conduciendo por la I-85. Yo la sigo a unos ochocientos metros de distancia.

– ¿A dónde va?

– No lo sé; no lo ha dicho.

– ¿Ha conseguido por lo menos una descripción de la chica?

– Lo único que sabe la enfermera es que su nombre empieza por «M».

«Mierda. Monica.»

– Ya. O sea que la chica está consciente y puede hablar.

– No. La enfermera la ha paralizado, le ha puesto algo en la solución intravenosa. No puede abrir los ojos, ni moverse, ni hablar.

Bobby respiró con un poco mas de alivio.

– O sea que la enfermera no se ha portado del todo mal.

– Rocky le ha pedido que añadiera otra dosis, parece que eso mantendrá a la chica paralizada hasta las dos de la tarde, más o menos. Le ha dicho a la enfermera que volvería para darle más instrucciones y ha dejado que se marchara. Rocky ha esperado un rato y luego ha seguido a un coche hasta un hotel. Una mujer se ha bajado del coche y ha entrado en el hotel, y el coche ha seguido su camino. Entonces Rocky ha puesto rumbo hacia el norte.

– ¿Qué aspecto tenía la mujer?

– Es médico. Cuando ha bajado del coche he visto que iba vestida con el uniforme y llevaba un maletín con un portátil en una mano y una bolsa de una tienda de ropa en la otra. Puedo seguir a Rocky sin problemas. Tu llamada.

– He hecho instalar un micrófono oculto en su coche. Utiliza el GPS. Esta noche tengo más trabajo para ti.

– No puedo. Rocky debe de haber desconectado el micrófono porque no la capto.

Bobby suspiró.

– Siempre me ha parecido muy inteligente. Tendré que pedirle a Tanner que esconda mejor el micrófono la próxima vez. Síguela. Quiero enterarme de todos sus movimientos.

– Eso está hecho. Ah, una cosita más. Rocky ha parecido interesarse mucho cuando la enfermera le ha dicho que quien ha encontrado a la chica es Susannah Vartanian. Ella es quien le ha salvado la vida.

Bobby se irguió.

– ¿Qué aspecto tenía la médico? La que ha entrado en el hotel.

– Aparenta unos treinta años. Es morena y lleva el pelo recogido en una coleta. Debe de medir un metro sesenta. Es muy guapa -añadió en tono malicioso.

«Susannah.»

– Qué bien. Llámame cuando Rocky llegue a su destino.

Bobby colgó el teléfono y se quedó mirando la foto de Susannah que Charles le había dejado. Se preguntaba si él sabía que ella había encontrado a la chica, pero enseguida descartó la idea. Charles estaba jugando allí al ajedrez cuando la chica se escapó. El hombre sabía muchas cosas, pero ni siquiera él lo sabía todo. «Joder con el viejo; hace que me caliente la cabeza.» Susannah Vartanian. Hacía años que tenía clavada esa espina, y le dolía solo con que se moviera un poco. Ese día había hecho bastante más que moverse un poco; por su culpa la chica seguía viva, y ella podía hacerlos caer a todos.

De momento la chica no representaba ningún peligro. No obstante, estaba clarísimo que la enfermera merecía un toque de atención. En cuanto a Susannah, se había pasado de la raya. Era hora de quitarse la espina. Era hora de que Susannah dejara de moverse.

Pero antes tenía que ocuparse de Rocky. No iba a resultar agradable. «Mi padre siempre me decía que era un error embarcarse en negocios con familiares. Tendría que haberle hecho caso.»

Capítulo 8

Ellijay, norte de Georgia,

sábado, 3 de febrero, 2:15 horas

– Luke, despiértate. Hemos llegado.

Luke pestañeó hasta abrir los ojos. La agente especial Talia Scott aminoró la marcha y detuvo el coche en la orilla de una carretera sin asfaltar bordeada de árboles que, según el mapa, debía conducirlos a la cabaña del juez Walter Borenson.

– No dormía -dijo Luke-. Sólo estaba descansando la vista.

– Pues nunca había oído que nadie hiciera tanto ruido descansando la vista. Tus ronquidos son capaces de despertar a un muerto, Papa. No me extraña que no te duren las novias. Va, despiértate.

– Puede que me haya quedado traspuesto. -Ese hecho demostraba cuánto confiaba en Talia. Eran amigos desde hacía mucho tiempo. Miró por el retrovisor. Chase los seguía, y tras él dos furgonetas cerraban la marcha.

En una viajaba el cuerpo especial de intervención que Chase había dispuesto; en la otra, un equipo de técnicos forenses de la oficina local del GBI.

– ¿Disponemos de una orden de registro firmada? -preguntó Luke.

– Sí -respondió Talia-. Chloe ha comentado que tenía una reunión a primera hora y que necesitaba descansar para estar fresca, pero se ha avenido a razones.

La reunión de Chloe era con Susannah; Luke lo sabía. Había estado a punto de contarle a Talia lo de la declaración antes de quedarse dormido. Durante los últimos dos días Talia había interrogado a las víctimas vivas de Simon, Granville y su club de violadores. Llegaría un punto en que tendría que enterarse de que también Susannah era una de las víctimas. Pero de momento guardaría silencio. Susannah tenía derecho a su intimidad hasta que hubiera firmado la declaración oficial.

– Chloe suele avenirse a razones -respondió él, y se apeó del coche-. Si el cómplice de Granville está aquí, se ha bloqueado a sí mismo. No hay salida posible a excepción de esta carretera.

Talia iluminó la tierra con la linterna.

– Suponiendo que haya pasado algún vehículo por aquí hace poco, el terreno es demasiado duro para que se vean las huellas de los neumáticos. -Olisqueó el aire-. No hay ninguna estufa de leña encendida.

Chase se acercó mientras se ajustaba las correas de su chaleco Kevlar. En la mano llevaba dos pares de gafas nocturnas y dos auriculares.

– Son para vosotros. Nos colaremos entre los árboles. Luego yo saldré por la izquierda. Talia, tú te acercarás por la derecha y tú, Luke, rodearás la casa y cubrirás la parte trasera. Si están ahí dentro, no quiero que nos vean llegar.

Luke pensó en la nave, en las miradas vacías, en los agujeros de bala en la frente de las chicas. No; de ningún modo quería poner sobre aviso a aquellos cabrones.

– Vamos.

Se organizaron. Dividieron al equipo especial de intervención en tres grupos y avanzaron con sigilo entre los árboles. A medida que se acercaban a la cabaña, Luke se daba cuenta de que allí no había nadie. El lugar estaba oscuro y se veía abandonado. Hacía muchos días que nadie lo ocupaba.

Luke salió de entre los árboles por un lado del camino mientras Chase salía por el lado opuesto. Chase señaló en silencio la parte trasera de la casa y Luke siguió su indicación. No oyó ni un ruido hasta que estuvo a un metro y medio de la casa. Entonces oyó un gruñido sordo.

El gruñido sordo procedía de la garganta de un bulldog que se esforzaba por ponerse en pie. Cojeando, se acercó al extremo del porche trasero y le mostró los dientes.

– Estamos situados -oyó que Chase decía por el auricular.

Luke se aproximó con cuidado.

– Tranquilo, chico -musitó. El perro retrocedió muy despacio. Seguía enseñando los dientes pero no hizo el mínimo intento de atacarlo-. Estamos a punto, Chase.

– Entonces, adelante.

Luke abrió de golpe la puerta trasera y el hedor que lo invadió hizo que le entraran náuseas.

– Dios mío.

– GBI, quietos -ordenó Chase desde la puerta de entrada, pero en la cabaña no había nadie.

Luke accionó un interruptor y de inmediato comprendió de dónde procedía el mal olor. En la encimera de la cocina había tres pescados pudriéndose. A uno parecía que hubieran estado quitándole las espinas. En el suelo había un cuchillo con la hoja larga y estrecha manchada de sangre seca.

– En el dormitorio no hay nadie -anunció Talia.

Chase miró el pescado y puso cara de asco.

– Por lo menos no es Borenson.

– Parece que lo hayan interrumpido -observó Luke-. Alguien ha estado buscando algo.

Habían abierto los cajones de la sala de estar y su contenido estaba desparramado por el suelo. El sofá estaba rajado; había guata por todas partes. Habían retirado los libros de las estanterías y habían descolgado los cuadros y los cristales sujetos por los marcos se veían hechos añicos.

– Eh, Papa -lo llamó Talia desde el dormitorio-. Ven aquí.

Luke hizo una mueca. La cama estaba cubierta de sangre, la ropa aparecía empapada.

– Qué daño.

También allí habían abierto y vaciado los cajones. En el suelo, junto a la cama, sobre una pila de cristales rotos, había una fotografía enmarcada. En ella se veía a un hombre de edad junto a un perro, sujetando una caña de pescar.

– Es el bulldog que hay afuera -observó Luke-. Y el hombre es Borenson.

– Talia, quédate con los forenses -le ordenó Chase-. Nosotros nos desplegaremos en abanico y veremos si Borenson aparece en los alrededores de la cabaña. Luego iremos al pueblo, a ver si alguien sabe algo. Las chicas no están aquí, y no parece que hayan estado nunca. De todas formas, el viaje no ha sido en vano. Está claro que alguien no quería que Borenson se fuera de la lengua.

Un gemido hizo que bajaran la vista al suelo. El bulldog se había tendido a los pies de Luke.

– ¿Qué hacemos con el perro? -preguntó Talia en tono jocoso.

– Búscale algo de comer -respondió Luke-. Luego pídeles a los técnicos que lo metan en una jaula y lo trasladen a Atlanta. Con esos dientes, puede que haya mordido a algún sospechoso. -Luke vaciló; luego se agachó y rascó al perro detrás de las orejas-. Buen chico -musitó-. Has estado esperando a tu amo. Eres una buena perra -se corrigió, y se levantó de un salto al notar que le vibraba el móvil en el bolsillo.

Cuando miró el identificador de llamada se le aceleró el pulso.

– Alex, ¿qué ocurre?

– Daniel está bien -lo tranquilizó ella-. Pero hace tres minutos que han trasladado corriendo a Beardsley a cuidados intensivos.

– Beardsley está en cuidados intensivos -anunció Luke al resto-. ¿Qué ha ocurrido? Estaba estable.

– Ningún médico quiere hablar, pero yo estoy aquí con el padre de Ryan. Dice que le han cambiado la solución intravenosa y que al cabo de un minuto ya estaba con convulsiones.

– Joder -masculló Luke-. ¿Crees que lo han envenenado?

– No lo sé -respondió Alex-. Su padre dice que recuerda algunas cosas de las que querías saber. Dice que te ha llamado al móvil pero que le ha saltado el contestador.

Luke apretó la mandíbula. Se había quedado dormido en el coche y no se había percatado de la llamada. «Mierda.»

– Yo tardaré una hora y media en llegar. Le pediré a Pete Haywood que se acerque. Trabaja para Chase.

– Yo mientras haré compañía a Daniel y estaré pendiente de Ryan Beardsley. Dile al agente Haywood que querremos llevarnos la solución intravenosa para analizarla. Date prisa, Luke. Según el padre de Beardsley, el encefalograma era plano. Han tenido que reanimarlo con el desfibrilador.

– Voy para allá. -Colgó-. Parece que han querido matar a Ryan Beardsley.

– ¿En el hospital? -preguntó Chase, incrédulo.

– En el hospital -confirmó Luke con severidad-. Tengo que volver.

– Marchaos los dos -dispuso Talia-. Yo me encargaré de que vigilen la zona e iré a hablar con los vecinos en cuanto se haga de día. No os preocupéis. Estaremos bien.

– Gracias. -Luke se dirigió a la puerta y la perra lo siguió-. Tú quédate, chica -dijo con firmeza. El animal le obedeció, pero se agitaba y se lo veía dispuesto a salir tras él a la primera palabra de aliento.

– Sí -dijo Talia en tono resignado-. También me encargaré de la perra.

Luke entró en el coche de Chase.

– La cosa no para. -Hizo una mueca-. Y yo huelo fatal.

– Un poco a sudor, otro poco a humo y un poco más a pescado podrido. A las mujeres les encantará.

Luke rió con cansancio.

– Ninguna mujer se me acercaría a menos de un kilómetro y medio. -Sin embargo, Susannah lo había hecho. Se había situado a pocos centímetros. Si se concentraba, aún recordaba su perfume. Era fresco, dulce. «Déjalo ya»-. Llamaré a Pete. Aún tenemos a un vigilante en la unidad de cuidados intensivos. Pediré que envíen a otro a la habitación de Bailey. Mierda. Esperaba que pudiéramos resolver esto, pero ya hace más de diez horas que se han llevado a las chicas y seguimos sin tener ni idea de dónde están.

– El cómplice de Granville sigue moviendo los hilos -observó Chase en voz baja.

Luke miró los árboles por la ventanilla.

– Pues yo ya estoy cansado de hacer de títere.

Dutton,

sábado, 3 de febrero, 3:00 horas

– Dímelo -ordenó Charles. Su tono moderado encubría la furia que estaba casi a punto de explotar. A pesar de ello, sostenía con pulso impecable el bisturí que Toby Granville le había regalado las últimas Navidades. Trabajar con las mejores herramientas era muy importante.

– Dime de dónde es.

El juez Borenson negó con la cabeza.

– No.

– Eres un viejo tozudo. Tendré que cortar más adentro, y tal vez extirparte cosas que te habría gustado conservar. Sé que la llave abre una caja de seguridad. Y sé que Toby te hizo bastante daño en la cabaña y que a pesar de ello seguiste sin hablar. Yo estoy dispuesto a hacerte mucho más. -Charles practicó un profundo corte en el abdomen de Borenson y el juez chilló de dolor-. Solo tienes que decirme el nombre del banco y el de la ciudad. Y no estaría mal saber también el de la caja de seguridad.

Borenson cerró los ojos.

– Está en el infierno. No lo encontrarás nunca.

– Tu actitud es lamentable, juez. Necesito la declaración que redactaste. Ya sabes, esa que acabará con los dos si cae en manos inoportunas.

– Como si a mí eso me importara un carajo.

Charles apretó los labios.

– ¿Le gusta sufrir, juez?

Borenson gimió cuando el bisturí penetró en su abdomen, pero no dijo nada más.

Charles suspiró.

– Por lo menos mi trabajo me gusta. Me pregunto cuánto tiempo lo resistirás.

– Consulta la bola de cristal -le espetó Borenson entre dientes-. Yo no pienso decírtelo.

Charles se echó a reír.

– La bola dice que morirás el domingo al mediodía; y ya me encargaré yo de que la predicción resulte cierta, como siempre. Algunos pensarán que miento, pero yo lo llamo jugar con ventaja. Puedes tener una muerte rápida o una dolorosa y muy lenta. Tú eliges. Dime lo que quiero saber y desapareceré. Tú también desaparecerás, pero ya sabías que eso iba a pasar en cuanto Arthur Vartanian o yo muriéramos, ¿verdad? Hiciste un trato con el diablo, juez. Moraleja: el diablo siempre gana.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 3:00 horas

Susannah saltó de la cama y encendió la luz. No podía conciliar el sueño y hacía tiempo que había aprendido que no debía esforzarse por intentarlo. Se sentó frente al escritorio y encendió el portátil.

Tenía informes que redactar y trabajo atrasado. Sin embargo, esa noche se le hacía extraño trabajar.

Pensó en Luke Papadopoulos y se preguntó qué habría encontrado en la cabaña de Borenson. Si las chicas desaparecidas hubieran estado allí, la habría llamado; estaba segura.

Pensó en la forma en que la había mirado al marcharse de la habitación y un escalofrío le recorrió la espalda. Era un hombre fuerte. De eso también estaba segura.

De lo que no estaba segura, era de lo que sentía por él.

Claro que eso no tenía que decidirlo esa noche. Esa noche Luke estaba fuera, haciendo algo útil, mientras ella permanecía allí sentada sin hacer nada. Sacó el móvil de su maletín y examinó la foto que había tomado de la chica desconocida.

«¿Cómo te llamas, chica? -se preguntó-. ¿Mary? ¿Maxine? ¿Mona?» Si al menos supiera cuál era la segunda o la tercera letra… ¿Se habría escapado de casa? ¿La habrían raptado? Sabía que al llegar al hospital le habían tomado las huellas dactilares, las enfermeras lo habían confirmado. A pesar de ello, la identidad de la señorita M seguía siendo un misterio.

«¿Te espera alguien, M?» La chica había preguntado por su madre justo antes de que la subieran al helicóptero, o sea que al menos contaba con uno de sus padres. Esperaba que la quisiera.

Susannah entró en la página web de menores desaparecidos y buscó en la base de datos de chicas. Había cientos y cientos. Acotó la lista buscando los nombres que empezaban por «M». Ahora había menos de cincuenta. Escrutó cada uno de los rostros con el corazón encogido. Todas aquellas chicas habían desaparecido.

Por muy mal que ella lo hubiera pasado en su casa, nunca la habían raptado. Al menos no durante más de una noche, aquella en la que Simon y sus amigos la… «Me violaron.» Aún le costaba nombrarlo, aunque fuera para sí. Sé preguntaba si alguna vez dejaría de costarle.

Llegó a la última foto y suspiró. La señorita M no estaba allí. La mayoría de las chicas de la base de datos aparecían clasificadas como adolescentes de riesgo que se habían marchado de casa por voluntad propia, y su desaparición no se investigaba de igual modo que la de aquellas a quienes habían raptado. Era triste, pero dados los ajustados presupuestos y la falta de recursos, esa, era la realidad.

Se preguntó si la señorita M se habría marchado de su casa por voluntad propia, perteneciera o no a un grupo de riesgo. Había páginas web de intercambio para adolescentes sin hogar. En algunas aparecían las fotos. Abrió una de ellas y volvió a suspirar. Había muchísimas fotos, y tenía que buscar una por una. No era posible realizar ninguna selección en función de la edad, el sexo o la inicial del nombre. Se recostó en la silla y empezó a abrir los archivos, de uno en uno.

La noche iba a ser larga.

Charlotte, Carolina del Norte,

sábado, 3 de febrero, 3:15 horas

Rocky aminoró la marcha y estacionó en el aparcamiento, orgullosa de su memoria casi fotográfica. No quería regresar a la Casa Ridgefield a consultar sus notas; no tenía ganas de vérselas con Bobby. «Primero quiero solucionar esto.» Por suerte, era capaz de recordar los detalles de todas las chicas a las que había inducido a levantarse por las noches durante los últimos dieciocho meses.

La víctima de esa noche le serviría para un doble propósito. Por una parte, Bobby contaría con una rubia más y, por otra, se aseguraba de que Monica Cassidy guardara silencio hasta que saliera de la hipervigilada unidad de cuidados intensivos. Luego Rocky haría que la enfermera la matara.

No sabía muy bien cómo se las arreglaría para ello, pero ya lo decidiría cuando llegara el momento.

Había tardado relativamente poco. El viaje de cuatro horas, sin embargo, no había servido para que se sintiera más capaz de actuar sola. Soltó el volante y se llevó la mano al bolsillo. Su pistola seguía allí, por supuesto. De todos modos, nunca estaba de más comprobarlo.

«No seas estúpida. Has hecho esto otras veces.» Pero sola no. Había acompañado a Mansfield dos veces, pero era él quien había hecho todo el trabajo. Rocky solo conducía.

Esa noche le tocaba actuar sola. «Dios, ahí está.» Una adolescente se había abierto paso en la penumbra y aguardaba. «Es el momento. No la cagues.»

Casa Ridgefield,

sábado, 3 de febrero, 3:15 horas

El sonido del teléfono despertó a Bobby. Tuvo que pestañear unas cuantas veces para ver con claridad el número que aparecía en la pantalla. Paul.

– ¿Dónde demonios estás?

– En el aparcamiento de una cafetería que no cierra por las noches; en Charlotte, Carolina del Norte.

– ¿Por qué?

– Porque Rocky se ha detenido aquí. Está sentada en el coche con las luces apagadas. Espera. Viene alguien.

– ¿Te verán?

Soltó una risita.

– Ya sabes que no. A mí solo me ve quien yo quiero. Es una chica, de unos quince años. Se acerca al coche de Rocky.

– ¿Es rubia?

– ¿Qué?

– Que si es rubia. -Bobby puso énfasis en cada una de las palabras.

– Sí. Lo parece.

Bobby emitió una exclamación.

– Entonces es cosa de trabajo. Rocky me dijo que tenía a unas cuantas rubias a punto de caramelo. Le dije que dispusiera las cosas para ir a por ellas, pero parece que trata de ganar puntos. Ojalá me hubiera hecho caso con la enfermera. Cuando vuelva me encargaré de ella.

– Entonces, ¿doy media vuelta y me marcho a casa?

– Da media vuelta, pero no te marches a casa. Tengo un trabajito más para ti.

Paul suspiró.

– Bobby, estoy cansado.

– No te quejes. Necesito que mañana por la mañana se descubra un cadáver.

– ¿Es alguien que conozco? -preguntó Paul en tono jocoso.

– Sí. La hermana de la enfermera. Tiene que parecer que se ha peleado con un atracador. Pero asegúrate de que la encuentren. Te he enviado su dirección y una foto a tu correo de hotmail. Saldrá de casa sobre las ocho. Llega allí un poco antes. Y haz que le duela.

– O sea que Bobby ha decidido arrojar el guante -dijo Paul. El regocijo teñía sus palabras.

– Pues claro. Yo siempre cumplo mis promesas. En adelante, la enfermera estará más que dispuesta a seguir mis instrucciones. ¿Qué tal le va a Rocky con la rubia?

– No del todo mal. La chica se ha resistido un poco, pero tu encantadora de adolescentes estaba preparada. Parece que la ha dejado fuera de combate. Tiene un derechazo fenomenal; ahora entiendo por qué la llamas Rocky.

Bobby rió por lo bajo.

– No; no es por eso. Gracias, Paul. Me aseguraré de recompensarte bien por lo de esta noche.

– Siempre es un placer trabajar para ti, Bobby.

– Envíame un mensaje de texto cuando la hayas matado. Le enviaré un regalito a su hermana.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 4:30 horas

Leo, el hermano de Luke, se detuvo frente a la puerta del aparcamiento privado del GBI.

– Ya hemos llegado.

Luke abrió los ojos. El breve reposo le había recargado las pilas. Le entregó su tarjeta identificativa a Leo, este la deslizó por el lector y la barrera se abrió.

– Gracias por acompañarme a buscar el coche, tío.

Leo se encogió de hombros.

– No tenía nada más que hacer.

Luke refunfuñó a la vez que se incorporaba y se masajeaba el entumecido cuello.

– Qué triste, Leo.

– Pero es la verdad. -Leo lo examinó con expresión preocupada-. ¿Estás bien?

– Voy tirando. -No pensaba mentirle a Leo; no podría aunque quisiera.

– Bueno, al menos ya no hueles como un perro que se ha revolcado entre pescado podrido.

– Eso es. Te agradezco el desayuno. -A Luke no le había sorprendido nada ver que Leo se abría paso entre las sombras de su sala de estar en cuanto puso un pie en su casa. Su hermano había visto la rueda de prensa de Chase y sabía que Luke regresaría cansado y hambriento. Leo siempre estaba pendiente de las necesidades de los demás. Ojalá supiera cuidarse a sí mismo igual de bien.

– Has estado de suerte. Esos dos huevos eran lo único comestible que tenías en la nevera.

– Hace días que no voy a comprar. -No lo había hecho desde que la unidad contra el crimen cibernético para la que trabajaba había empezado a seguirles la pista a las tres niñas que habían encontrado el martes anterior y cuya muerte no habían podido evitar-. Creo que la leche también está caducada.

– Parece cuajada. Más tarde saldré a comprar un poco de pan y leche, y le llevaré tu traje a Johnny. Últimamente se ha vuelto un experto en salvar tus prendas.

El hecho de que su primo Johnny regentara una tintorería era a la vez una cruz y una bendición.

– Dile que no me almidone tanto la camisa, ¿vale? La última estuvo a punto de despellejarme el cuello.

Leo sonrió.

– Lo hizo a posta.

– Ya lo sé. -Tenía que ponerse en marcha, pero no se sentía en condiciones-. Estoy cansadísimo, Leo.

– Ya lo sé -respondió Leo en voz baja, y Luke supo que su hermano comprendía que no solo se refería al cansancio físico.

– Las chicas podrían estar en cualquier parte. Sólo Dios sabe qué les habrán estado haciendo.

– No pienses eso -soltó Leo de repente-. No puedes pensar en ellas como si fueran Stacie y Min. Haz el favor de parar.

Eso era lo que había estado haciendo. Luke apartó de su mente las sonrientes imágenes de las guapas hijas adolescentes de su hermana Demi.

– Ya lo sé, ya lo sé. Tengo que centrarme. Pero es que…

– Eres humano -concluyó Leo con voz queda-. Se te aparecen sus rostros y te reconcomes por dentro.

«Y una parte de tu ser va muriendo poco a poco.» Con qué acierto lo había descrito Susannah Vartanian.

– Es como un mar de rostros. Siempre están ahí. Hay días en que tengo la impresión de que voy a volverme loco.

– No vas a volverte loco. Pero de momento tienes que dejar de lado tu parte más humana. Si piensas en ellas, en lo que sufren, perderás los nervios y no les harás ningún bien.

– ¿Cómo se consigue eso? Dejar de pensar en ellas.

La risa ahogada de Leo estaba desprovista por completo de humor.

– No tengo ni idea. Es lo que siempre nos decían antes de que fuéramos puerta por puerta. Pero yo nunca aprendí.

Luke pensó en el trabajo de su hermano en plena batalla, buscando insurgentes en Bagdad. Para su familia había sido una época de extrema tensión; sobre todo para su madre. Todos los días esperaban con ansia la noticia de que Leo era uno de los afortunados, de que había sobrevivido un día más. El día en que regresó a casa, todos se alegraron mucho. Sin embargo, sólo había que mirar a Leo a los ojos para saber que no tenía nada de afortunado. Una parte de su hermano había muerto en aquella tierra, pero él no hablaba nunca de ello. «Ni siquiera conmigo.»

– ¿Por eso lo dejaste?

Leo cerró los ojos.

– ¿Estás pensando en dejar el GBI?

– Todos los días me lo planteo, pero nunca lo hago.

Leo tamborileó ligeramente sobre el volante.

– Y por eso eres mejor persona.

– Leo.

Pero Leo sacudió la cabeza.

– No. Hoy no. Solo te falta que mi mierda se sume a la tuya.

Se arrellanó en el asiento y Luke sabía que el tema estaba zanjado.

– ¿Cómo es?

– ¿Quién?

– Susannah Vartanian. -Leo le clavó los ojos-. Vamos, estás hablando conmigo. Vi cómo la mirabas durante el funeral de sus padres. No pensarás que no se te nota, ¿verdad?

Seguro que a un lince como Leo no podía ocultárselo.

– Supongo que no. Es… -«Está bien.» Eso era cierto con respecto al físico. Susannah Vartanian estaba muy bien. Demasiado bien. De hecho, resultaba muy tentadora. Sin embargo, con respecto al plano emocional, la afirmación no podía resultar más falsa-. Está más o menos bien.

– ¿Por qué ha vuelto?

– No puedo decírtelo, lo siento.

La expresión de Leo se tomó pensativa. Luego sacudió enérgicamente la cabeza.

– No. No puede ser.

Luke suspiró.

– ¿El qué?

– En la rueda de prensa, tu jefe ha dicho que hoy se había abierto el caso de las violaciones de hace trece años. Ha dicho que habían tenido lugar en Dutton. Ella es una de las víctimas.

– No puedo decírtelo. -Pero al no negarlo lo confirmaba. Ambos lo sabían-. Lo siento.

– No te preocupes. ¿Y tú? ¿Cómo estás?

Luke pestañeó, perplejo.

– ¿Yo?

– Te has fijado en una mujer que lleva mucho a cuestas. ¿Podrás sobrellevarlo?

– ¿Antes o después de que coja por mi cuenta al cabrón que sigue vivo?

– Si necesitas cargarte a un par de blancos de cartón, te abriré la galería de tiro a la hora que sea.

– Te lo agradezco. -Luke se había descargado muchas veces en la galería de tiro de Leo. Muchos días eso era lo único que le permitía controlar los nervios-. Pero ahora mismo no. Tengo demasiadas cosas pendientes. -La primera era ir al hospital en que estaba ingresado Ryan Beardsley, quien por suerte volvía a estar estable. También tenía que acercarse al depósito de cadáveres para comprobar los resultados de la autopsia antes de la reunión de las ocho.

– Tienes unos cuantos asuntos entre manos -dijo Leo cuando Luke salió del coche.

Luke tomó del asiento trasero la bolsa de deporte llena de ropa limpia.

– ¿Cómo qué?

Leo sonrió.

– A mamá le gusta. Y es católica. Lo demás son menudencias.

Luke dejó la bolsa en el maletero de su coche entre risas.

– Gracias. Me siento mucho mejor.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 4:40 horas

Monica se despertó. Todo estaba oscuro. No podía moverse. «No puedo moverme. Oh, Dios.» Trató de abrir los ojos y… no pudo. «¡Socorro! ¿Qué me pasa?»

«Estoy muerta. Oh, Dios. Estoy muerta. Mamá. Susannah.»

– Doctor. -Era la voz de una mujer. Hablaba con apremio. Quiso tomar aire pero no pudo. Seguía intubada. «No; no estoy muerta. Estoy en el hospital. Es la enfermera. Ella me ayudará. Ella me ayudará.»

– ¿Qué pasa? -Era una voz más grave; la de un médico. «Un médico.»

«Para. Es un médico de verdad, no te hará daño.» Aun así, su corazón parecía un caballo desbocado.

– Le ha subido la tensión, y el pulso también.

– Ponedla cómoda. Avisadme si no le baja la tensión.

«No puedo moverme. No veo. Socorro.» Oyó el ruido de los instrumentos y notó el breve pinchazo de una aguja. «Escúchenme.» Pero el grito no brotaba, solo hacía eco en su mente. «Susannah, ¿dónde está?»

Empezó a relajarse, a tranquilizarse. Entonces oyó una voz, grave y brusca, justo junto al oído. «¿Un hombre? ¿Una mujer?» No lo sabía.

– No te estás muriendo. Te han dado un fármaco para paralizarte.

«Paralizarme. Dios mío.» Se esforzó por abrir los ojos y ver quién le hablaba. Pero no podía hacer nada. No podía decir nada. Oh, Dios.

– Chis -dijo la voz-. No te esfuerces. Te darán más sedantes. Ahora escúchame. Dentro de unas horas se te pasará el efecto y podrás moverte y ver. Cuando venga la policía, diles que no recuerdas nada, ni siquiera tu nombre. No cuentes nada de lo que pasó en la nave. Tienen a tu hermana, y si hablas, le harán lo mismo que a ti.

Ella notó el cálido aliento en el oído.

– No cuentes nada y dejarán libre a tu hermana. Una sola palabra y la convertirán en una puta, igual que a ti. Tú decides.

El calor desapareció y Monica oyó el sonido de las pisadas que se alejaban. Entonces notó en las sienes la humedad de las lágrimas que brotaban de sus ojos.

«Genie.» Tenían a Genie. «Solo tiene catorce años. Dios mío, ¿qué voy a hacer?»

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 4:50 horas

Pete Haywood aguardaba en el vestíbulo del hospital cuando Luke entró.

– ¿Cómo va? -le preguntó.

– Beardsley está despierto y lúcido. Quería hablar con «Papa». Primero creíamos que preguntaba por su padre, pero luego nos hemos dado cuenta de que se refería a ti. No quiere hablar conmigo.

– ¿Qué hay de la solución intravenosa?

– La hemos enviado al laboratorio hace unas horas pero aún no han dicho nada. Los médicos le han hecho una tomografía y un análisis de tóxicos. El resultado de la tomografía es negativo pero el del análisis aún no se sabe. He interrogado a la enfermera que había cambiado la solución intravenosa. Está destrozada. Todos los médicos y las enfermeras de la planta han dado la cara por ella, pero le he pedido a Leigh que compruebe sus movimientos bancarios, por si acaso. No creo que lo haya hecho ella. Las enfermeras preparan las bolsas con la solución intravenosa dos horas antes del cambio, o sea que cualquiera que haya entrado en la habitación podría haberla alterado.

– Fantástico.

– De hecho, no está tan mal. El hospital dispone de un sistema de registro. ¿Ves esas antenas azules? -Pete señaló en el techo, junto a la tienda de regalos, lo que parecían dos estalactitas azules-. Las hay por todas partes. Los empleados llevan una placa que indica dónde se encuentran en todo momento.

– Por todos los demonios, Batman -masculló Luke, y Pete se rió entre dientes.

– Los responsables de seguridad del hospital están imprimiendo un listado de todos los empleados que se han movido por la zona. Lo tendrán listo de un momento a otro. Me parece que el médico que ha asistido a Beardsley cuando le ha dado el ataque cree que también se trata de una mala pasada, y ha hecho que lo trasladaran a cuidados intensivos porque hay vigilancia. De todos modos, nadie lo ha confirmado. Creo que la administración del hospital está actuando con cautela porque les preocupa la responsabilidad legal.

– Sabremos más cosas cuando hayan analizado la solución. ¿Adónde vas?

– Acabo de recibir una llamada del inspector encargado de supervisar el incendio de casa de Granville. Han encontrado el detonador. Ya que tú estás aquí, yo iré a Dutton. Estaré de vuelta para la reunión de las ocho.

Pete se marchó y Luke se dirigió al ascensor. Cuando salió de este se encontró con que un nuevo agente de la policía del estado montaba guardia en la puerta.

– Soy Papadopoulos -se presentó, y le mostró la placa.

– Marlow. Acabo de llamar a Haywood. Me ha dicho que estaba de camino.

– ¿Qué ha ocurrido?

– La desconocida ha sufrido una especie de ataque. Se le ha disparado la presión arterial y la han sedado. El médico ha dicho que no era anormal, que después de las operaciones a veces pasan esas cosas, pero en vista de lo que le ha ocurrido a Beardsley, he pensado que deberían saberlo.

– Gracias, chico.

Alex lo recibió en la puerta.

– Ryan Beardsley ha estado preguntando por ti.

– Ya me lo han dicho. ¿Te ha contado algo?

– No. Estaba esperándote a ti.

– ¿Qué hay de la chica?

– Se ha despertado muy alterada. Es algo que a veces ocurre cuando un paciente al que acaban de operar se despierta en un lugar extraño. ¿Quién sabe? Igual ha estado soñando con la nave. Yo he tenido unas cuantas pesadillas. Ahora está descansando, pero la enfermera es esa de ahí, la alta con canas. Se llama Ella. También podrá contarte cosas de Ryan Beardsley.

– Gracias. ¿Cómo está Daniel?

– Sigue dormido pero está estable. Te avisaré en cuanto se despierte.

Luke se asomó al compartimento en que se encontraba Daniel al pasar por delante. Se preguntó cuántas cosas sabría su amigo del juez Borenson, si es que sabía algo. Se preguntó si encontrarían al juez con vida.

Beardsley por suerte sí que estaba vivo. Luke se acercó a la alta enfermera llamada Ella. No era la misma que estaba de servicio cuando Susannah y él habían hablado con la desconocida.

– Perdone. Soy el agente especial Papadopoulos. He venido a ver a Ryan Beardsley. ¿Cómo está?

– Estable. El equipo que le ha asistido abajo ha actuado muy rápido y eso ha sido muy positivo para él. Además, está en buena forma física. Lo han traído aquí para tenerlo en observación.

«Y vigilado.»

– ¿Quiere decir que lo trasladarán a planta?

Ella asintió.

– Sí, pero cuando llegue el momento nos aseguraremos de comunicárselo.

– Gracias. Llámeme si se produce algún cambio en su estado o en el de cualquiera de los pacientes que nos competen. -Luke entró en el compartimento de Beardsley-. Ryan, soy Luke Papadopoulos. ¿Me oye? -Beardsley abrió los ojos y Luke se sintió aliviado al ver que se comportaba con coherencia-. El agente Haywood me ha dicho que quería hablar conmigo. Podría haber hablado con él; es de mi confianza.

– A él no lo conozco -respondió Beardsley con voz tan débil que Luke tuvo dificultades para oírlo-. Alguien ha intentado matarme. Dadas las circunstancias, he creído que era mejor esperarte a ti.

Luke se acercó más.

– Supongo que es normal. Entonces, ¿qué es lo que ha recordado?

– Una llamada que Granville recibió el tercer día. Era de alguien llamado Rocky.

– ¿Rocky? -se extrañó Luke-. ¿Como el boxeador?

– Sí. Rocky era el superior de Granville; le dio órdenes. Al médico no le gustó nada.

A Luke se le disparó el pulso. «Por fin.»

– ¿A Granville no le gustaba recibir órdenes del tal Rocky?

– No. Se enfadó mucho. Me pegó más fuerte.

– ¿Qué fue lo que Rocky le ordenó a Granville que no le gustó?

– No lo sé, pero cuando colgó dijo que no pensaba acatar órdenes de «una mierdecilla».

– Muy bien. Eso nos ayudará, Ryan. ¿Oyó algo más?

El semblante de Beardsley adquirió mayor gravedad.

– Sí. El primer día que estaba allí me desperté y oí ruidos al otro lado del muro. Venían de fuera, no del pasillo. Parecía que alguien estuviera cavando.

Luke notó una desagradable sensación en la boca del estómago.

– ¿Enterraban algo o a alguien?

– A alguien. -Beardsley lo miró con desaliento-. Uno de los hombres la llamó Becky.

– Joder. -Luke suspiró-. ¿Algo más?

– No. Eso es todo cuanto recuerdo.

– ¿Quiere que le traiga algo? ¿Puedo hacer algo por usted?

Beardsley no respondió de inmediato. Luego, justo cuando Luke creía que había vuelto a quedarse dormido, musitó:

– Carne a la brasa. Tengo tanta hambre que podría comerme un cerdo entero.

– Cuando salga de aquí le serviré todo lo que pueda comer. -Se levantó para marcharse pero Beardsley lo asió del brazo.

– ¿Está bien Bailey? -preguntó, de nuevo con gesto serio.

– Está bien. He puesto a un vigilante en la puerta. No se preocupe. -Le estrechó la mano y volvió al puesto de las enfermeras-. Quiere un bocadillo de carne.

Ella asintió.

– Siempre es buena señal que empiecen a pedir comida.

– ¿Sería tan amable de decirme dónde puedo encontrar al responsable de seguridad?

Luke se dirigía al ascensor cuando notó vibrar el móvil en el bolsillo.

– Soy Chase. Hemos identificado a una de las víctimas. Es Kasey Knight. Dieciséis años, un metro setenta y dos, pelirroja. -Vaciló-. Es la que solo pesaba treinta y cinco kilos.

Aquella sobre la que Malcolm Zuckerman lloraba mientras, con delicadeza, le introducía las manos y los pies en la bolsa. Aquella cuyos mechones pelirrojos caían en las manos de Malcolm con solo rozarlos.

Luke se aclaró la garganta.

– ¿Les has comunicado su muerte a los padres?

– Sí. Acabo de hablar con el padre. -Luke oyó que Chase exhalaba un suspiro, intranquilo-. Les he pedido que nos traigan su cepillo del pelo o alguna otra cosa que pueda servirnos para recoger una muestra de ADN. Esto… Mmm… Quieren verla.

– Por Dios, Chase. No querrían verla si supieran cómo está. Seguro que no.

– Necesitan pasar página -repuso Chase-. Lo sabes tan bien como yo. No creerán que su hija ha muerto hasta que no lo vean con sus propios ojos. Llevaba dos años desaparecida, Luke.

Dos años de espera, de agonía. Dos años deseando lo mejor e imaginándose las peores cosas.

– Voy hacia el depósito de cadáveres. Le preguntaré a Felicity Berg si puede arreglárselas para que su aspecto sea un poco más digno. Yo también tengo noticias. Tenemos una sexta víctima potencial.

– Ay, Dios -musitó Chase con aire cansino-. ¿Quién es?

– Solo sé su nombre de pila. Becky. Pídele a Ed y su equipo que busquen un cadáver enterrado en el exterior de la celda que ocupaba Ryan Beardsley.

Chase exhaló un profundo suspiro.

– ¿Sabemos que sólo es una?

– Yo he pensado lo mismo. Haz que exploren la zona con un radar antes de empezar a cavar.

– Joder. Las cosas se ponen cada vez mejor.

La voz de Chase traslucía temor. Y también pesadumbre.

– ¿Qué ha ocurrido?

– Zach Granger ha muerto.

Luke sintió que sus pulmones se quedaban sin aire.

– Pero si solo tenía una herida en el ojo.

– Hace una hora ha sufrido un derrame cerebral. Su esposa estaba con él.

– Pero… Estoy en el hospital y nadie me ha dicho nada.

– Quieren mantenerlo en secreto.

– ¿Lo sabe Pete?

– No, todavía no. No le digas nada. Lo haré yo.

– Va a encontrarse con el inspector de incendios de Dutton.

Chase reaccionó con un ahogado y duro reniego.

– Ojalá nunca hubiera oído hablar de esa ciudad de mierda.

– Bienvenido al club. Pero por lo menos tenemos una pista sobre quién puede ser el cómplice de Granville. Beardsley le oyó hablar con un tal Rocky.

– Estupendo. Ya podría ser un poco más concreto -repuso Chase con amargura.

– Es más de lo que sabíamos hace una hora. Te veré a las ocho. Me voy al depósito.

Capítulo 9

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 6:00 horas

– ¿Señora? Hemos llegado. ¿Señora? Estamos en el aeropuerto. ¡Señora!

Susannah se despertó momentáneamente desorientada. Se había quedado dormida, por fin. Lástima que hubiera sido en el asiento de un taxi y no en la cama de su habitación del hotel.

– Lo siento. Ha sido una noche dura. -Pagó y salió del taxi-. Gracias.

– ¿No lleva equipaje?

– No. De hecho quería alquilar un coche.

– Tendrá que tomar un autobús hasta los puestos de alquiler de vehículos.

– No lo había pensado. -Cuando abandonó el hotel solo tenía en mente una cosa: olvidarse de las caras de las cientos de adolescentes desaparecidas que había estado examinando durante casi tres horas. Sin embargo, no había escapatoria. Seguía viendo sus rostros; algunos alegres, otros desconsolados.

Todas habían desaparecido. Qué lástima. Qué pérdida de potencial; de esperanza; de vida.

Había empezado por comparar todas las caras con la de la chica desconocida cuyo nombre empezaba por «M», pero en algún momento de la búsqueda se había dado cuenta de que el rostro que veía en las fotos era el de Darcy Williams.

Alterada, se apartó del ordenador. Necesitaba tomarse un respiro, y también necesitaba un coche si pensaba ir a Dutton para asistir al funeral de Sheila Cunningham. Por eso se había dirigido allí.

– Yo la acompañaré -se ofreció el taxista-. Vuelva a subir.

Ella subió. Estaba temblando.

– Gracias.

– No hay de qué. -En el taxi reinó el silencio durante el corto trayecto hasta los puestos de alquiler de coches. Pero cuando se detuvo, el taxista exhaló un sonoro suspiro.

– Señora, ya sé que no es de mi incumbencia, pero creo que debe saberlo. Nos han estado siguiendo desde que hemos salido del hotel.

Susannah frunció el entrecejo, enojada. Otro periodista.

– ¿Qué clase de coche es?

– Un sedán negro con cristales tintados.

– Qué original -soltó con tirantez, y miró por el retrovisor.

– He pensado que… tal vez huya de alguien.

«Sí; de mí misma.»

– No creo que haya peligro. Es posible que sea un periodista.

El hombre miró a Susannah con los ojos entornados mientras ella le pagaba.

– ¿Es famosa?

– No, pero gracias por avisarme. Ha sido muy amable.

– Tengo una hija de su edad. Siempre está viajando por motivos de trabajo y me preocupa.

Susannah le sonrió.

– Es una chica muy afortunada. Cuídese.

Cuando el taxista se alejó, Susannah miró atrás. Como era de esperar, el sedán negro retrocedió, pero estaba lo bastante cerca para que ella pudiera verlo. Se volvió para entrar en el puesto de alquiler de vehículos y entonces el sedán empezó a avanzar, despacio. Susannah retrocedió un paso, dos, y se detuvo. El sedán no hizo lo propio. Al contrario, siguió avanzando con lentitud y un escalofrío recorrió la espalda de Susannah.

Llevaba matrícula de Georgia, la DRC119. Decidió memorizarla, y se disponía a entrar en el puesto de alquiler de coches cuando cayó en la cuenta. Se dio media vuelta con el corazón aporreándole el pecho, pero el sedán había desaparecido.

DRC. Darcy. Tal vez fuera una simple coincidencia. Pero el número no lo era. Uno diecinueve. El 19 de enero de hacía seis años había encontrado a Darcy muerta y bien muerta. Le habían dado una paliza y estaba cubierta de sangre. Y el 19 de enero de hacía trece años se había despertado en un escondite bañada en whisky, violada y aterrada.

Charles sonrió. Por fin había captado su atención. Susannah siempre se había mostrado circunspecta, distinguida. Al menos eso era lo que creía todo el mundo. Pero él sabía más cosas.

Siempre había sabido que Susannah Vartanian tenía un lado oscuro. Lo notó desde el principio. Lo percibía en su mirada, en su olor, en su aura. Durante todos aquellos años había intentado atraerla, pero ella siempre se apartaba. Se alejaba de él. Al menos eso era lo que se creía. Pero él sabía más cosas.

Lo sabía todo de Susannah Vartanian. Todo.

¿Acaso lo que sabía no conmocionaría al mundo entero? «Oh, oh.» Mala chica. Se echó a reír. Pronto sería suya, de una u otra forma. Pero antes jugaría un poco con ella.

Esperó a que abandonara el aparcamiento con su coche de alquiler, un discreto sedán. Nada de coches llamativos para la buena de Susannah Vartanian. Se situó detrás de ella y se aseguró de que lo viera. La siguió hasta el centro comercial Wal-Mart. Bueno, la mañana anterior había salido de Nueva York sólo con lo puesto, o sea que era normal que fuese de compras.

Se mantuvo alejado lo justo y necesario y esperó a que aparcara el coche y se dirigiera a la tienda para aparecer ante ella una vez más. Soltó una carcajada. La cara de Susannah era para morirse de risa.

Charles tenía pensado aguardar un año más para provocarla con la matrícula, de modo que hiciera siete años de la muerte de Darcy. Pero Susannah se encontraba allí y estaba indefensa, y habría sido una tontería dejar pasar la ocasión. Mientras ella compraba, él aparcó. No temía lo más mínimo que llamara a la policía. No había denunciado lo ocurrido el 19 de enero, ninguna de las dos veces. Abrió su estuche de marfil y de él sacó uno de sus mayores tesoros. Era una simple fotografía pero representaba mucho más. Representaba un momento perpetuado.

En ella se veía a sí mismo en blanco y negro, sonriente, al lado de Pham. Él entonces ya era mayor y sabía que el momento de su muerte se acercaba. «Pero yo estaba tan tranquilo, no tenía ni idea de que estuviera tan enfermo. Solo disfrutaba del momento.» Pham era muy aficionado a disfrutar del momento pero al mismo tiempo predicaba la paciencia. «El pájaro paciente siempre se deleita con el gusano más jugoso.»

Charles, sin embargo, creía en el ideal americano de forjar el metal en caliente, y con el tiempo Pham también reparó en la utilidad de esa práctica. Formaban un equipo increíble. El venerado monje budista y su guardaespaldas occidental recibían invitaciones para entrar en las casas allá por donde iban. Tanto si Pham leía la buenaventura como si ofrecía prácticas curativas o se entregaba al sutil arte del chantaje, las casas en las que se alojaban siempre eran mucho más pobres después de su estancia.

«Te sigo echando de menos, mi amigo. Mi mentor.» Se preguntó qué habría hecho Pham si Charles hubiera muerto antes que él, tal como había sucedido con Toby. Luego se echó a reír. Pham habría adoptado la personalidad y la actividad que más dinero le proporcionaran según el día, como si no se diferenciaran en nada del resto. En Pham todo era frío, puramente calculador.

Charles ya no necesitaba más dinero. Lo de Susannah Vartanian lo hacía por puro placer. A Pham le habría encantado.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 6:15 horas

La doctora Felicity Berg dirigió una breve mirada a Luke cuando este entró. Luego volvió a centrarse en el cadáver que había sobre la mesa.

– Me preguntaba cuándo llegarías. Estaba a punto de llamarte.

– He estado algo ocupado -respondió Luke sin ofenderse por la brusquedad de su tono. Felicity le caía bien, aunque muchos la consideraban fría. Luke imaginó que mucha gente consideraría también fría a Susannah, pero se preguntaba cuántos la conocían de veras-. ¿Qué has averiguado hasta el momento?

– Mucha mierda -soltó, y exhaló un suspiro-. Lo siento, estoy cansada. Y sé que tú también lo estás.

– Sí, pero no he tenido que pasarme la noche entre cadáveres -repuso él con suavidad-. ¿Estás bien, Felicity?

En el silencio le oyó tragar saliva.

– No. -Luego recuperó el tono formal-. Tenéis a cinco mujeres, todas de entre quince y veinte años. Dos sufren desnutrición extrema: las víctimas número dos y la número cinco de la mesa.

– Creemos saber quién es la número cinco -anunció Luke-. Kasey Knight. Sus padres están de camino para identificar el cadáver. Llegarán sobre las dos.

Felicity levantó la cabeza de golpe, horrorizada.

– ¿Quieren verla? No, Luke.

– Sí. -Luke cobró ánimo y se acercó. Tragó la bilis que se le había subido a la garganta-. ¿No podrías…? ¿No podrías hacer que tenga… mejor aspecto?

– ¿Podrías convencerlos tú de que no la vean? Puedo tener listo un análisis de ADN en veinticuatro horas.

– Felicity, llevan dos años esperando. Necesitan verla.

Ella se puso en pie sin dejar de mirarlo. Entonces un sollozo rompió el silencio.

– Joder, Luke. -Retrocedió, llorando y extendiendo hacia delante con rigidez sus manos enguantadas y manchadas de sangre-. Joder.

Luke se puso unos guantes, le retiró las gafas de los ojos y se los enjugó con un pañuelo de papel.

– Ha sido una noche muy larga -dijo con suavidad-. ¿Por qué no te marchas a casa y descansas hasta que lleguen los padres de la chica? Es la última, ¿verdad?

– Sí, y casi he terminado. Vuelve a ponerme las gafas, ¿quieres?

Luke hizo lo que le pedía y se apartó.

– No se lo contaré a nadie -dijo con complicidad, y ella rió con una mezcla de pena y cohibimiento.

– No suelo dejar que me afecte, pero…

– Yo me siento igual. ¿Qué más puedes decirme, aparte de que están desnutridas?

Ella irguió la espalda y cuando habló su tono volvía a ser formal.

– La víctima número cinco, Kasey Knight, tenía gonorrea y sífilis.

– ¿Y el resto no?

– Exacto. La víctima número uno tiene drepanocitosis. Puede que eso nos ayude a identificarla. La víctima número dos se ha roto un brazo en los últimos seis meses y no se ha soldado muy bien. El otro brazo presenta fracturas radiales, y parecen hechas en el mismo período de tiempo. Supongo que se deben a malos tratos. -Volvió a levantar la cabeza y frunció el entrecejo-. Es muy raro. Las dos chicas más flacas presentan niveles altos de electrolitos en sangre. Y he descubierto marcas de pinchazos en el brazo. Es como si les hubieran estado administrando sustancias por vía intravenosa.

– En la nave encontramos bolsas de solución intravenosa, y también jeringuillas y agujas.

– O sea que el médico que ha muerto, Granville, las estaba tratando.

– Me pregunto si lo que les hacía no eran simples apaños para que siguieran trabajando. ¿Algo más?

– Sí. Me he guardado lo mejor para el final. Ven aquí.

Se acercó mientras ella colocaba el cadáver de Kasey Knight de lado con suavidad. Él entornó los ojos y se agachó más para ver la pequeña marca de la cadera derecha. Apretó la mandíbula.

– Una cruz gamada. -Levantó la cabeza-. ¿Es un estigma?

– Todas la tienen en el mismo sitio; en la cadera derecha. Todas son del tamaño de una moneda de diez centavos.

Luke se irguió.

– ¿Neonazis?

– Encima del mostrador hay una bolsa que puede ayudarte.

Luke la sostuvo a contraluz. En ella había un anillo con el símbolo de la Asociación Americana de Medicina, una serpiente.

– ¿Y qué?

– Lo llevaba Granville.

– Muy bien. Era médico, y este es el símbolo de la Asociación Americana de Medicina. No me parece nada raro. ¿Por qué?

Ella arqueó las cejas.

– Tiene una doble plancha. Trey lo ha descubierto por casualidad cuando lo retiraba del dedo del buen doctor. En un lado hay un botoncito.

Luke lo accionó y vio que, dentro de la bolsa, la parte delantera del anillo se abría y dejaba al descubierto la misma cruz gamada.

– Joder. ¿Con eso les hacía las marcas?

– No lo creo. El dibujo queda demasiado hundido y no parece que presente restos de células. De todos modos en el laboratorio nos lo dirán con seguridad.

– Veré si puedo averiguar algo más del símbolo. Felicity, podrías pedirle a otro de los forenses que se encargue de la identificación.

– Lo haré yo. -Levantó con cuidado la sábana hasta cubrir con ella a Kasey Knight-. Te veré a las dos.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 7:45 horas

Susannah se detuvo en la puerta del despacho de Luke. Ojalá no le temblaran las manos. Cuando el sedán negro desapareció, tomó su coche alquilado y se dirigió al centro comercial Wal-Mart para comprar unos cuantos artículos de higiene personal. Luego regresó al hotel, cada vez más alterada porque el vehículo con matrícula DRC119 había aparecido en el aparcamiento del centro comercial, en la autopista e incluso frente al hotel, cuando le entregaba las llaves de su coche al mozo.

Durante una fracción de segundo se preguntó si Al Landers se lo habría dicho a alguien, pero descartó la idea al instante. Además, si Al sabía que todos los años visitaba la tumba de Darcy era posible que también lo supiera alguien más. Tenía que averiguar a quién pertenecía aquella matrícula.

Luke. Confiaba en él. Por eso había interrumpido al mozo, había tomado de nuevo el coche y se había dirigido allí.

Llamó a la puerta y él levantó la cabeza del ordenador. Sus ojos negros llenos de sorpresa pronto pasaron a denotar interés. Por un momento sus miradas se cruzaron, y a Susannah se le secó la boca de golpe. Luego la mirada de él se tornó más distante y formal y la magia del momento se rompió.

– ¿Susannah?

Daba igual que no estuviera segura de cómo reaccionar ante su interés, pensó, porque este desaparecería en cuanto supiera la verdad. «Dejará de desearme. Le pasaría a cualquier hombre decente.»

– Leigh entraba al mismo tiempo que yo y me ha acompañado hasta aquí.

– Pase. -Tomó la pila de carpetas que había sobre una silla y la depositó en el otro extremo de su escritorio-. Tenía un poco de tiempo antes de la reunión de esta mañana y lo estaba dedicando al papeleo que me quedó pendiente ayer. Siéntese. Quería llamarla anoche pero las cosas se complicaron. Llegamos a la cabaña de Borenson pero él no estaba. Parece que hubo una pelea.

Ella levantó la barbilla al tiempo que se sentaba.

– ¿Cree que está muerto?

Él se dejó caer en la silla.

– La pelea tuvo lugar hace unos días como mínimo. Si está herido, la cosa no pinta bien. A estas horas debe de haber perdido mucha sangre.

– Hace unos días aún no se sabía lo de Granville. Entonces aún estaban persiguiendo a O'Brien.

– Ya lo sé, pero no podemos ignorarlo. El hombre guarda relación con lo ocurrido hace trece años; bien podría guardarla con lo que sucede ahora. -Frunció el ceño-. Hablando de relaciones, ¿se ha fijado si la chica desconocida tiene alguna marca o cicatriz?

– ¿Cómo qué?

Él vaciló.

– Una cruz gamada.

Por segunda vez en las últimas dos horas a Susannah se le heló la sangre en las venas.

– No. Cuando la vi en cuidados intensivos llevaba un camisón y estaba tapada con una sábana. -«Bien; sigue así de tranquila»-. Supongo que en el hospital lo habrían comentado.

– Yo también lo creo, pero estuvieron bastante ocupados tratando de salvarle la vida.

– Imagino que sí. ¿Por qué no lo preguntamos?

– Porque… -Vaciló de nuevo-. Porque anoche alguien trató de matar a Beardsley.

– Dios mío. ¿Está seguro?

– Aquí tengo los resultados de los análisis del laboratorio forense. Alguien le inyectó algo en la bolsa intravenosa.

– ¿Está bien?

– Va tirando. Lo ha pasado un poco mal, pero se recupera.

– ¿Qué hay de la chica? ¿Y de Bailey? -«¿Y de Daniel?»

– ¿Y de Daniel? -preguntó él en voz baja, con solo un ligero tono de reproche.

«Me lo merezco.»

– Y de Daniel. ¿Están todos bien?

– Sí, pero no estoy seguro de en quién podemos confiar. Esperaba que hubiera observado la marca en la desconocida.

El corazón le aporreaba el pecho, pero Susannah mantuvo la voz serena.

– ¿Qué significa?

– En el depósito de cadáveres hemos visto que todas las chicas muertas tienen una marca en la cadera.

Ella tragó saliva y se esforzó por apaciguar su corazón. «No es posible. Esto no está sucediendo.» Sin embargo, sí que era posible; sí que estaba sucediendo. «Díselo. Díselo ya.»

«Enseguida. Antes cuéntale lo de la matrícula.»

– O sea que la marca se la hizo Granville.

– Eso parece. Pero es usted quien ha venido a verme. ¿En qué puedo ayudarla?

«Tranquilízate, Susannah.»

– Detesto tener que molestarlo por una cosa así, pero esta mañana me ha seguido un coche.

Él frunció sus cejas morenas.

– ¿Qué quiere decir?

– He ido al aeropuerto a alquilar un coche. Hoy viajaré a Dutton para asistir al funeral de Sheila Cunningham.

– Sheila Cunningham. Me había olvidado del funeral -musitó. Luego volvió a mirarla-. ¿Y qué ha pasado con el coche que la seguía?

– He tomado un taxi para ir del hotel al aeropuerto y un sedán negro nos ha seguido. Después he ido al centro comercial y también me ha seguido hasta allí. Tengo que reconocer… que me ha puesto un poco nerviosa. -«Histérica, más bien»-. ¿Podría comprobar la matrícula?

– ¿Cuál es?

– DRC119. No era como las normales; ya sabe, con el dibujo en el centro. Estaban todos los caracteres juntos.

– Quiere decir que es una matrícula personalizada.

– Supongo que sí. -Susannah contuvo la respiración y aguardó a que él tecleara la matrícula en el portátil.

Siguió aguardando mientras él observaba la pantalla con expresión indescifrable. Al final no pudo resistirlo más.

– ¿Y bien?

Él levantó la cabeza. Su mirada era reservada.

– Susannah, ¿conoce a una tal Darcy Williams?

«Esta vez no te atreverás a huir.»

– Era mi amiga. Está muerta.

– Susannah, el vehículo está registrado a nombre de Darcy Williams, pero en la fotografía del departamento de vehículos motorizados… aparece usted.

A ella se le cerró la garganta. No entraba el aire. No salían palabras.

– ¿Susannah? -Luke se puso en pie y rodeó el escritorio para posarle las manos en los hombros con firmeza-. Respire.

Ella tomó aire y sintió náuseas.

– Tengo que contarle una cosa. -Su voz ya no era serena-. Es sobre la cruz gamada. Yo también la tengo, en la cadera. Es un estigma.

Él exhaló un suspiro cauteloso. Seguía posando las manos en los hombros de ella y empezó a masajearlos.

– Tiene que ver con la agresión de hace trece años. -No era una pregunta y debería haberlo sido.

Ella se apartó con suavidad y se dirigió a la ventana.

– No. Eso ocurrió siete años después. El 19 de enero.

– Uno diecinueve -reconoció él-. Igual que el número de la matrícula. DRC119.

– También fue un 19 de enero el día en que Simon y sus amigos me agredieron.

Vio por el reflejo del cristal que él se relajaba.

– Susannah, ¿quién era Darcy Williams?

Ella apoyó la frente en el frío cristal. La cabeza le ardía pero el resto de su ser estaba más helado que un témpano.

– Tal como le he dicho, era mi amiga. Ahora está muerta.

– ¿Cómo murió? -preguntó él en tono amable.

A través del cristal, ella mantuvo la mirada fija en el aparcamiento.

– Nunca he hablado de esto. Con nadie.

– Pero alguien lo sabe.

– Tres personas por lo menos. Y ahora usted. -Se volvió y lo miró a los ojos-. Quien me ha seguido hoy lo sabe. Anoche descubrí que mi jefe lo ha sabido siempre; al menos en parte. La otra persona es el detective que llevó la investigación.

– ¿La investigación de qué?

– A Darcy la asesinaron en la habitación de un hotel barato, en Hell's Kitchen. Yo estaba en la habitación contigua. -Clavó sus ojos en los de él, se aferró a ellos-. Yo estudiaba derecho en Nueva York. Darcy era un año más joven que yo y trabajaba de camarera en West Village. Nos habíamos conocido en un bar. Esa noche quedamos con unos chicos.

– ¿En Hell's Kitchen? ¿Iba allí a menudo?

Ella vaciló una fracción de segundo.

– Fue cosa de una noche.

«Mentirosa. Mentirosa. Mentirosa.»

«Cállate. Algo tengo que mantener en secreto.»

– Pero algo fue mal -prosiguió él.

– Me desmayé. Creo que me echaron algo en la bebida. Cuando me desperté, estaba sola y… -«Tenía los muslos pegajosos. El tío no había usado condón»-. La cadera me escocía como un demonio.

– El estigma.

– Sí. Me vestí y llamé a la puerta de la habitación contigua, donde se alojaba Darcy. La puerta… se abrió sola. -De repente volvió a encontrarse allí. Había sangre por todas partes. En el espejo, en la cama, en las paredes-. Darcy estaba tendida en el suelo. Estaba desnuda, y muerta. La habían matado de una paliza.

– ¿Y qué hizo usted?

– Salir corriendo hasta una cabina que había a dos manzanas de distancia y llamé al 911. No dije mi nombre.

– ¿Por qué?

– Porque estudiaba derecho. Trabajaba como estudiante en prácticas en la oficina del fiscal del distrito. Si se hubiera sabido que estaba mezclada en un escándalo semejante… -Apartó la mirada-. Hablo igual que mi madre. Ella solía decirle eso a mi padre cuando Simon hacía una de las suyas. «No podemos permitir que se arme un escándalo, Arthur.» Y mi padre iba y lo arreglaba.

– Usted no es como sus padres, Susannah.

– Usted no tiene ni idea de lo que yo soy -le espetó, y se calló de golpe, sorprendida. Era lo mismo que le había respondido a Daniel, palabra por palabra.

«¿Qué es lo que te ha hecho volver?», le había preguntado él.

«Las otras prestarán declaración», había respondido ella. «¿Qué clase de cobarde sería yo si no lo hiciera?» Él insistió en que Susannah no era cobarde y ella casi se había reído en su cara. «Tú no tienes ni idea de lo que yo soy, Daniel.» Y era cierto. Ella habría preferido que siguiera sin tener ni idea, pero los secretos estaban saliendo a la luz, uno detrás de otro.

– ¿Y qué es? -preguntó Luke en tono quedo.

Ella exhaló un suspiro y retomó la conversación sobre el pasado.

– Era una cobarde.

Los ojos de Luke emitieron un centelleo. Había notado que quería eludir la respuesta.

– Llamó al 911. Algo es algo.

– Sí. Luego hice otra llamada anónima al detective a quien le habían asignado el caso. Le describí al tipo que se había marchado con Darcy Williams del bar y le di la dirección del establecimiento. Él dijo que tenía que comprobar unos datos y me pidió que volviera a llamarlo al cabo de cuatro horas. Yo lo hice y él me estaba observando mientras llamaba.

– Utilizó la misma cabina.

– Las tres veces. -Se esforzó por sonreír-. Por eso pillamos tantas veces a los malos, agente Papadopoulos. Porque cometen errores estúpidos.

– Luke -dijo él sin alterarse-. Llámeme Luke.

La sonrisa de Susannah se desvaneció.

– Luke.

– ¿Qué más pasó? -quiso saber él, como si hubiera algún detalle sórdido que ella hubiera omitido.

– El detective Reiser pilló al tipo gracias a mi descripción. Consiguió confirmar los datos por otro lado cuando supo por dónde empezar. No le hizo falta llamarme a declarar, pero se lo contó a mi jefe. Creo que más bien lo hizo para cubrirse las espaldas. Así fue como mi reputación y mi carrera se salvaron.

– Es una buena reputación, y una buena carrera. ¿Por qué se fustiga por ello?

– Porque fui una cobarde. Tendría que haberme enfrentado cara a cara al tipo que mató a Darcy.

– ¿Por eso ahora quiere enfrentarse a Garth Davis? ¿Para compensar lo que hizo entonces?

Ella apretó los labios.

– Parece que eso es lo que debe hacerse.

Él colocó el dedo bajo su barbilla y la alzó hasta que volvió a mirarlo a los ojos.

– ¿Qué pasó con el otro tipo? -preguntó. Su mirada era penetrante-. El que la drogó a usted.

Ella encogió un hombro.

– Se marchó. No volví a verlo nunca más. Lo superé.

– ¿La violó? -preguntó, controlando cuidadosamente el tono.

Ella recordó la sangre, la sensación del semen pegajoso en los muslos.

– Sí. Pero yo fui al hotel por voluntad propia.

– ¿Ha oído lo que acaba de decir? -preguntó él casi gritándole.

– Sí -respondió ella entre dientes-. Lo oigo cada vez que lo pienso, cada vez que le digo a una víctima que no merecía ser violada. Pero esa vez fue distinto, joder. Es distinto.

– ¿Por qué?

– Porque me ocurrió a mí -gritó ella-. Otra vez. Permití que volviera a ocurrirme, y encima mi amiga murió. Mi amiga murió y yo fui una cobarde y salí corriendo.

– ¿Porque merecía que la violaran?

Ella sacudió la cabeza con aire cansino.

– No. Pero tampoco merecía que se hiciera justicia.

– A los Vartanian les jodieron bien la vida -soltó él, con los ojos negros llenos de furia-. Si su padre no estuviera muerto, me sentiría tentado de matarlo con mis propias manos.

Ella se puso de puntillas sin dejar de mirarlo a los ojos.

– Espere. -Ella retrocedió un paso y volvió a controlar sus emociones-. Entonces, ¿qué significa eso? La misma noche en que asesinaron a mi amiga en Nueva York a mí me violaron y me hicieron el estigma. Seis años después encuentran a cinco chicas muertas con el mismo estigma en el bello y pintoresco Dutton. ¿Existe alguna relación? Yo diría que sí.

Ella lo observó apartar de sí la furia, reducirla.

– Quiero verlo.

Ella abrió los ojos como platos.

– ¿Cómo dice?

– Quiero verlo. ¿Cómo sabemos que es la misma marca?

– Enséñeme la de las chicas y yo le diré si son iguales.

– Las chicas están en el depósito de cadáveres -le espetó él-. Por el amor de Dios, Susannah, ayer la vi en sujetador. La reunión ha empezado hace unos minutos. Enséñemelo, por favor.

Tenía razón, por supuesto. No era momento de recato, y de todos modos ella no era quién para tenerlo después de lo que acababa de confesar.

– Cierre los ojos. -Se bajó rápidamente la cremallera de la falda y se retiró las braguitas lo suficiente para mostrarle la marca-. Mire.

Él se agachó y observó el estigma. Luego cerró los ojos.

– Vístase. Es la misma marca, aunque un poco más grande. -Él se puso en pie sin abrir los ojos-. ¿Ya está visible?

– Sí. Y ahora ¿qué? En Atlanta hay alguien que sabe lo de Darcy. En Dutton hay alguien que tiene una esvástica. ¿Es la misma persona que me hizo el estigma y mató a mi amiga? Si es así, ¿quién es y por qué lo hizo?

– No lo sé. Lo único que sé es que tenemos que empezar por buscar en grupos racistas.

– ¿Por lo de la esvástica? Puede, o puede que no.

Él se detuvo con la mano en el pomo de la puerta del despacho.

– ¿Por qué no?

A Susannah le resultaba más fácil centrarse en los detalles que dar vueltas a algo que no podía cambiar.

– Mi cruz no es la de los nazis. La mía tiene las puntas terminadas en ángulo, es un símbolo de muchas religiones orientales. -Arqueó las cejas-. Incluida la budista.

– Y eso vuelve a llevarnos al thích de Granville.

– Puede, o puede que no. Lo buscaré en internet, si quiere.

– Sí. Siéntese aquí y hágalo mientras yo asisto a la reunión. Luego volveré a buscarla.

– No puedo quedarme aquí. Tengo que encontrarme con Chloe Hathaway a las nueve.

– Chloe está aquí, también asistirá a la reunión. Pueden hablar en mi despacho cuando terminemos, así le ahorra el viaje hasta el hotel.

– Pero tengo la declaración en el portátil. Lo he dejado en mi habitación.

– Tenemos a unos cuantos taquígrafos respondiendo llamadas de testigos -repuso él impaciente-. Enviaremos a uno de ellos a por su portátil. Tengo que marcharme.

– Luke, espere. Mi jefe, Al… Pensaba acompañarme durante la reunión con Chloe. -Sus labios esbozaron una sonrisa de autocrítica-. Para darme apoyo moral.

La mirada de Luke se suavizó.

– Pues llámelo y dígale que venga. No quiero que salga sola hasta que sepamos quién es el tipo del sedán negro. Todo encaja. Sólo tenemos que descubrir cómo. -Vaciló-. He intentado que su nombre no aparezca en la investigación, al menos hasta que declare.

– ¿Por qué? -consiguió preguntar, aunque ya sabía la respuesta «Tendré que contarlo. Todo el mundo sabrá lo que hice, y lo que no hice.» Era lo que se merecía.

– Tiene derecho a que se respete su intimidad. Igual que tiene derecho a que se haga justicia.

Ella tragó saliva. La elección de sus palabras le llegó al alma.

– Dígales lo que tenga que decirles. Cuénteles lo que pasó hace trece años, y lo de Hell's Kitchen, Darcy y el estigma. Estoy hasta la coronilla de mi intimidad. Lleva trece años impidiéndome vivir. -Alzó la barbilla-. Cuéntelo todo. Ya no me importa.

Casa Ridgefield,

sábado, 3 de febrero, 8:05 horas

Bobby respondió a la primera llamada del teléfono.

– ¿Ya está?

Paul suspiró.

– Sí, ya está.

– Estupendo. Vete a dormir, Paul. Tienes voz de cansado.

– ¿De verdad? -preguntó Paul con ironía-. Esta noche estaré de servicio, así que no me llames.

– De acuerdo. Que descanses. Y gracias.

Bobby abrió el móvil y miró la foto del chico de ocho años cuya madre estaba a punto de descubrir que nadie desobedecía a Bobby y se iba de rositas. El mensaje decía precisamente eso. «Haz lo que te ordeno o él también morirá.» Bobby le dio a «enviar». Ya estaba.

– Tanner, ¿me traes el desayuno, por favor? Tanner apareció entre la penumbra.

– Lo que usted diga.

Capítulo 10

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 8:10 horas

Luke se detuvo en la puerta de la sala de reuniones. Estaba temblando de tan enfadado.

«Tampoco merecía que se hiciera justicia.» A Luke le entraron ganas de gritarle, de agitarla para hacerle entrar en razón. Sin embargo, no lo había hecho. Solo era capaz de hacer lo correcto, así que allí estaba.

El día anterior le había sorprendido enterarse de que ella era una de las víctimas de la banda. Aún le había sorprendido más saber que habían vuelto a violarla, y encima en la misma fecha.

Se preguntó por qué Susannah no había relacionado los dos hechos. Quería saber qué hacía yendo a hoteles baratos con ligues de una noche. Y también se preguntaba cómo iba a ser capaz él de contar a todo un equipo sus secretos más íntimos.

– ¿Qué pasa? -Ed dobló la esquina. Llevaba una caja-. Se te ve agotado.

– Lo estoy. ¿Qué hay en esa caja?

– Muchas cosas, incluidas las llaves que ayer encontramos en los bolsillos de Granville.

Luke se puso tenso.

– ¿Por qué?

Ed movió las cejas arriba y abajo.

– Abre la puerta y todos lo sabremos.

La mesa de la sala de reuniones estaba abarrotada. Nate Dyer, del ICAC, estaba presente, además de Chloe, Nancy Dykstra y Pete Haywood. Junto a Nate se sentaba Mary McCrady, una de las psicólogas del departamento. Hank Germanio ocupaba un lugar junto a Chloe y levantó la cabeza cuando Luke entró. Estaba mirando por debajo de la mesa, seguramente las piernas de Chloe. La mirada de ella denotaba un desagrado general. Entre ellos dos no había ni una pizca de amor.

Chase parecía algo molesto.

– Los dos llegáis tarde.

– Yo tengo motivos de peso -aseguró Ed.

Chase tamborileó sobre la mesa.

– Ya que estamos todos, empecemos. Le he pedido a Mary McCrady que se uniera a nosotros. Está trabajando en el perfil psicológico del cómplice de Granville. Empezaré yo. -Sostuvo en alto una bolsa de plástico que contenía un cuaderno con las tapas de piel-. El diario de Jared O'Brien.

Luke se quedó atónito.

– ¿De dónde lo habéis sacado?

– De la última víctima de Mack -explicó Ed-. Su coche tenía GPS y pudimos investigar la ruta y encontrar el lugar en que se escondía Mack. El diario estaba con sus cosas.

– Es fascinante leerlo -confesó Chase-. Habla de la cabaña de Borenson, Luke. Parece que todos supieron dónde estaban una vez allí porque Toby Granville no se molestó en descolgar las fotos y las placas que Borenson tenía colgadas en las paredes. Tengo previsto seguir hoy con la lectura, a ver si eso arroja un poco más de luz sobre el mentor de Granville. ¿Más novedades? ¿Luke?

Luke tenía que sacar el tema del estigma de Susannah, pero no se sentía preparado. Todavía no.

– He recibido el informe del laboratorio sobre la sustancia que añadieron a la solución intravenosa de Ryan Beardsley. La concentración del estimulante era suficiente para haberlo matado. Los responsables de seguridad del hospital dicen que un chico llamado Isaac Gamble se movió por la zona cercana a la habitación de Beardsley.

– Tenemos a cuatro agentes buscando a Gamble -anunció Chase.

– Bien. Cuando lo encuentren, haz que lo detengan por intento de asesinato. Si no hubieran reanimado a Beardsley cuando lo hicieron, habría muerto. Por suerte ya está bien. Ha recordado un nombre: Rocky. Creemos que se trata del jefe de Granville.

– «Rocky» no es gran cosa -dijo Nancy poco convencida.

– Es un apodo, podría referirse a la fortaleza de su constitución física, o la falta de ella -observó Mary-. Podría hacer referencia a Rocky Balboa. Es algo para el perfil.

– Es más de lo que teníamos hasta ahora -comentó Chase-. Beardsley también recuerda haber oído a unos hombres cavar en el exterior de su celda. Dijeron un nombre: Becky.

– Dios -musitó Chloe-. ¿También hay cadáveres fuera?

– He pedido a un equipo de la universidad que se traslade a Dutton -dijo Ed-. Van a explorar la zona con un radar de penetración terrestre para encontrar la tumba.

– Haz que tiendan una lona -ordenó Chase-. No quiero que los periodistas vean nada desde las alturas. También hemos identificado a una de las víctimas, Kasey Knight.

– Sus padres llegarán sobre las dos -anunció Luke-. Felicity la preparará…

– ¿Ya ha terminado las autopsias? -preguntó Ed.

– Sí. Una de las chicas tiene drepanocitosis. Aparte de eso, no hay nada que identifique a ninguna en particular. Felicity ha descubierto que las dos chicas más flacas tienen niveles altos de electrolitos en sangre, lo que cuadra con las bolsas para solución intravenosa que encontramos en la nave. Una de las chicas tenía graves enfermedades de transmisión sexual. Aparte de eso, las autopsias no han revelado nada más.

– Pero a una de las víctimas ya la conocíamos. Era Angel -comentó Chase-. ¿Se sabe algo de eso, Nate?

– Me he pasado toda la noche revisando los informes y no he averiguado nada nuevo de Angel ni de las otras dos chicas que aparecían con ella en la página web que clausuramos. He enviado su foto y su descripción a nuestros homólogos. Seguiré buscando…

Nate parecía agotado y Luke comprendía por qué. Había pocas cosas que supusieran mayor desgaste emocional que tener que ver fotografías de seres humanos violados. Y si encima se trataba de niños, la cosa era un millón de veces peor.

– No he podido estar contigo esta noche -dijo Luke en tono de disculpa-. Hoy te ayudaré con la búsqueda.

– Pensaba tomarme el día libre -admitió Nate con desaliento-. Pero seguiré buscando si es lo que necesitáis. No parece que vosotros hayáis estado muy ociosos.

– No hemos parado -dijo Chase-. Pete, ¿qué ha dicho el inspector de incendios?

– Ha descubierto el dispositivo que hizo de detonador en casa de Granville -informó Pete con voz queda, pero bajo la apariencia tranquila su tono resultaba amenazador. Un miembro de su equipo había muerto y Pete estaba enfadadísimo.

Luke frunció el entrecejo.

– Pensaba que se trataba de un cable atado a la puerta de entrada.

– Lo era -dijo Pete-. Pero el tipo quería asegurarse de que la bomba estallaba. Al planificar la explosión por duplicado se equivocó. Según el inspector, los incendiarios cometen ese error a menudo. A veces preparan un detonador de más para asegurar la explosión y uno de los dos mecanismos no se pone en marcha y sirve de pista para la investigación.

– ¿Y esta vez hemos estado de suerte? -aventuró Chase.

– Sí. El tipo preparó dos detonadores, uno con un temporizador y otro conectado a la puerta. El del temporizador no estaba previsto que se disparara hasta al cabo de dos horas.

– ¿El inspector reconoció el temporizador? -preguntó Chase.

Pete asintió.

– Cree que pertenece a un tal Clive Pepper. Tiene dos cargos por incendiario. Dice que suelen llamarlo Chili.

Nancy alzó los ojos en señal de exasperación.

– ¿Chili Pepper? Un nombre muy explosivo. Menudo chiste barato.

Los ojos de Pete emitieron un centelleo.

– Menudo hijo de puta. Más le vale que no lo encuentre yo primero.

– Pete -le advirtió Chase, y él exhaló un suspiro sin abandonar su aire amenazador-. Modérate. -Chase miró a Chloe-. ¿Podemos acusarlo de homicidio?

Ella asintió una sola vez con decisión.

– Ya lo creo.

– Homicidio -repitió Germanio con incredulidad-. ¿Por qué?

Todos, a excepción de Pete y Chloe, aparentaban desconcierto. Chase suspiró.

– Zach Granger ha muerto esta noche. -Alrededor de la mesa se hizo el silencio. Incluso Germanio se había quedado atónito-. La explosión le causó una herida en la cabeza. Parece que se le formó un coágulo y… ha muerto.

Nancy palideció.

– Pete, lo siento. -Extendió los brazos sobre la mesa y posó las manos sobre los puños apretados de él-. No es culpa tuya, chico -susurró en tono resuelto.

Pete no dijo nada. Luke no estaba seguro de que aquel hombre, a pesar de lo fuerte que era, pudiera soportar la pérdida.

– O sea que podemos acusarlo de homicidio -prosiguió Chase-. Lo siento, Pete. -Se aclaró la garganta y cambió de tema-. Nancy, ¿qué habéis encontrado en casa de Mansfield?

– Mucha pornografía -dijo con gravedad-. Látigos y cadenas. Violaciones. Y también pornografía infantil.

Luke irguió la espalda.

– Yo me encargaré de revisar el material.

– Lo haremos los dos -se ofreció Nate-. ¿Dónde está, Nancy?

– Casi todo está en su ordenador. Los informáticos forenses lo están descargando. También hemos encontrado un arsenal bien surtido en un refugio antiaéreo construido en el sótano de la casa. Había pistolas y municiones, y bastante comida para alimentar a la ciudad entera durante un mes. Estoy investigando las facturas y otros archivos. De momento no he encontrado nada, excepto…-Del asiento contiguo tomó una bolsa que contenía pruebas-. He descubierto esto justo antes de venir a la reunión.

– ¿Un mapa de carreteras? -se extrañó Luke.

– Lo has adivinado. -Era grande, tenía las esquinas de las páginas dobladas y se veía muy usado-. Hay señaladas rutas en las páginas de Georgia, las dos Carolinas, Florida y Mississippi. En total son ciento treinta y seis -dijo Nancy-. Exploraré todas las rutas. No sé qué hay en los puntos de destino, pero me temo que no se trata de nada bueno.

– Lo descubriremos -aseguró Chase-. Buen trabajo, Nancy. ¿Hank?

– Tal vez sepa dónde está la esposa de Granville -anunció Germanio-. Helen Granville compró un billete de tren para Savannah.

– ¿Tiene familia allí? -preguntó Luke, y Germanio negó con la cabeza.

– He hablado con los vecinos y nadie parece saber de dónde procede su familia. Dicen que es una mujer callada y que no cuenta muchas cosas. Casi todos se han mostrado estupefactos ante los hechos, a excepción de una vecina que no se ha sorprendido nada de que Granville fuera un depravado. Cree que maltrataba a su esposa.

– ¿Por qué una vecina tiene una opinión distinta de todos los demás? -se extrañó Mary.

– Es abogada y antes de retirarse trabajaba en un gabinete jurídico. Trató mucho tiempo con mujeres maltratadas. Dice que a Helen Granville nunca le vio ninguna marca pero que siempre tenía un aire ausente. Una vez le preguntó si necesitaba ayuda y ella no volvió a dirigirle la palabra. Aquí está su tarjeta, por si quieres hablar con ella.

Mary anotó el nombre y el número de teléfono de la mujer.

– Lo haré. Gracias, Hank.

Germanio le dirigió a Chloe una mirada llena de intención.

– He pedido una orden para rastrear las llamadas del móvil de Helen Granville, ya que ninguna de las que se hicieron desde la casa me dice nada. Y ahora que ya tengo una orden para rastrear las llamadas de Davis, seguiré investigando a Kira Laneer, su amante. Y cuando obtenga otra orden para rastrear las llamadas del móvil de la señora Davis, comprobaré adónde ha ido. Con dos niños debe de ser más difícil desaparecer del mapa. He ido a ver a Kate, la hermana de Davis, pero no estaba en casa. Volveré mañana.

– Antes acércate a Savannah -dispuso Chase-. Quiero aquí a la señora Granville. Ed, te toca ti.

Ed abrió la caja y extrajo una pieza de metal oxidado.

– Es de uno de los somieres que encontramos en las celdas de la nave. La hemos limpiado y la hemos observado con el microscopio. La «O» no está cerrada del todo.

– O sea que el apellido de Ashley no empieza por «O» sino por «C» -observó Luke agitado, y Ed asintió.

– Leigh está buscando nombres en la base de datos del NCMEC y en los departamentos de personas desaparecidas de la zona metropolitana.

– Estupendo -alabó Chase, y miró dentro de la caja-. ¿Qué más?

Ed miró a Pete, que parecía estar más sereno.

– Las llaves de Granville.

Pete colocó sobre la mesa una caja de papel para fotocopiadora.

– Que con suerte entrarán en su caja fuerte.

Pete depositó la caja fuerte ignífuga sobre la mesa. Por fuera se veía chamuscada pero la cerradura estaba intacta.

– El inspector de incendios la encontró entre los restos de lo que antes era el despacho de Granville. -Probó la llave más pequeña y todos los asistentes estiraron el cuello cuando esta giró en la cerradura.

– Esto podría catapultarte a la fama, Pete -bromeó Nancy en tono liviano-. Geraldo lo intentó una vez y mira cómo tiene que verse.

En el rostro de Pete se dibujó un atisbo de sonrisa cuando la tapa se abrió.

– Un pasaporte. -Arqueó las cejas-. Dos pasaportes. -Abrió ambos documentos-. En los dos aparece la foto de Granville, pero con nombres diferentes. Michael Tewes y Toby Ellis.

– Al tipo le gustaba viajar -dijo Ed arrastrando las palabras.

– Eso parece. Certificados de acciones y una llave. -Pete la sostuvo en alto. Era pequeña y plateada-. Puede que sea de una caja de seguridad.

– Simon Vartanian tenía una caja de seguridad en un banco de Dutton -dijo Luke-. Es posible que Granville tuviera otra. Y con suerte la suya no estará vacía. -En la caja de seguridad de Simon no habían encontrado las fotografías de las violaciones cometidas por la banda, tal como esperaban-. Más tarde iré a Dutton, al funeral de Sheila Cunningham. Ya que estoy allí lo comprobaré. ¿La orden de registro incluirá la caja de seguridad, Chloe?

– No, pero no tardaré mucho en conseguir otra, ya que la llave sí que está incluida en la primera. ¿Qué más, Pete?

– Una licencia matrimonial. Por cierto, el apellido de soltera de Helen era Eastman, por si queréis investigar a su familia. Partidas de nacimiento. Y, por último, esto. -Sacó una medalla con una cadena de plata y Luke aguzó la vista. En la medalla aparecía grabada una esvástica. Susannah tenía razón; las puntas terminaban en ángulo. Sobre cada uno de los lados había un punto de gran tamaño. No era la cruz de los nazis.

– Joder -masculló Chase-. Neonazis.

– Creo que no -lo corrigió Luke-. Tengo mucho más que contaros. Ese dibujo es igual al que Felicity Berg ha encontrado en la cadera de todas las víctimas.

Todos los asistentes prestaron atención.

– Esta medalla es demasiado plana para estigmatizar a nadie con ella -comentó Pete mientras examinaba el grabado.

– Felicity también encontró un anillo de Granville con el mismo dibujo, y es probable que tampoco ese fuera el objeto estigmatizador. -Luke exhaló un suspiro-. El símbolo ha aparecido en otro sitio. Lo tiene Susannah Vartanian.

El comentario suscitó miradas de sorpresa de todos los presentes.

– Creo que deberías explicarte mejor -dijo Chase en tono quedo.

Casa Ridgefield,

sábado, 3 de febrero, 8:20 horas

Rocky estacionó el coche en el garaje. Estaba muy cansada. Un accidente ocurrido a las afueras de Atlanta había provocado una caravana durante más de una hora, y ella la había pasado muy intranquila porque temía que alguien oyera los golpes procedentes del maletero. Por suerte hacía frío y todos los coches circulaban con las ventanillas cerradas.

Sin duda le habría resultado muy difícil explicar qué hacía una adolescente atada y amordazada en el maletero de su coche. Y, al igual que en Misión imposible, sabía que si la pillaban Bobby habría negado tener ninguna relación con ella. «Pero no me han pillado.» Tal vez después de eso Bobby volviera a confiar en ella.

Antes de explicárselo todo necesitaba que la enfermera la pusiera al corriente de las últimas noticias. Esperaba que no le hubiera administrado a Monica ninguna otra dosis de paralizante. Cuanto antes sacaran a la chica de la unidad de cuidados intensivos y la trasladaran a planta, antes podrían matarla sin tantas complicaciones. Así la joya que llevaba en el maletero podría pasar a formar parte del stock. Marcó el número mientras visualizaba la mirada de aprobación de los ojos azules de Bobby.

A lo largo de los años había hecho bastantes cosas para ganarse su aprobación. Por suerte, nunca había tenido que asesinar a nadie. Sólo con pensarlo se ponía enferma.

– Eres una cabrona -gritó la enfermera antes de que Rocky pudiera pronunciar palabra-. Habíamos hecho un trato. Eres una puta cabrona.

A Rocky se le revolvió e estómago.

– ¿Qué ha pasado?

– Como si no lo supieras -dijo la enfermera entre dientes-. Bobby ha matado a mi hermana. -La enfermera empezó a sollozar-. La ha matado de una paliza. Dios mío, y todo por mi culpa.

– ¿Cómo sabes que ha sido Bobby? -preguntó Rocky, tratando de conservar la calma.

– Por la foto, imbécil. Me la ha enviado por teléfono. Es mi hijo. Solo tiene ocho años.

– ¿Bobby te ha enviado una foto de tu hijo al móvil? -repitió Rocky.

– Con un mensaje. «Haz lo que te ordeno o él también morirá.» «También» -le espetó-. He venido corriendo y… la he encontrado muerta. Estaba tirada en el callejón como si fuera basura. La han tratado como si fuera basura.

– ¿Qué vas a hacer?

La enfermera rió con histerismo.

– ¿A ti qué te parece? Lo que Bobby quiera.

– ¿Le has administrado a la chica otra dosis de paralizante?

– No. -Rocky oyó que la enfermera respiraba hondo, tratando de calmarse-. Ayer por la noche trasladaron al capellán del ejército a cuidados intensivos y había mucha vigilancia.

– ¿Qué has dicho?

– El capellán. Alguien trató de matarlo anoche, pero no lo logró. -Soltó una carcajada sardónica-. ¿Eso tampoco lo sabías? Se supone que tu superior debe confiar en ti, Rocky.

El comentario resultaba irónico porque Rocky sabía que su superior no confiaba en ella en absoluto. Era lo bastante inteligente para saber en qué lugar se encontraba. Paul, el policía, ocupaba un lugar más elevado que ella en la escala jerárquica. Mucho más elevado. De hecho, Bobby se lo había dejado claro en muchas ocasiones. La furia empezaba a hervir en el interior de Rocky.

– Entonces, ¿has hablado con ella? ¿Con Monica?

– Le he dicho lo que me pediste que le dijera.

Rocky abrió el maletero y tomó una fotografía de Genie Cassidy.

– Voy a enviarte una foto al móvil. Enséñasela a Monica. Eso la mantendrá callada hasta que la mates.

– Si yo caigo, tú caerás conmigo.

– Ve a la policía. No tienes ninguna prueba y pensarán que estás loca.

– Te odio. Y a Bobby también. -Se hizo el silencio cuando la enfermera colgó el teléfono.

Rocky suspiró. «Lo tenía todo controlado. No hacía falta matar a la hermana de la enfermera.» Sólo serviría para llamar más la atención y eso era lo último que necesitaban. Encontró a Tanner en la cocina, preparando el té para Bobby.

– Tengo a otra huésped en el maletero del coche -dijo-. ¿Puedes bañarla y darle algo caliente? ¿Dónde está Bobby?

– En su despacho. -Tanner arqueó una de sus pobladas cejas grises-. Y no está precisamente alegre; últimamente no le das muchas satisfacciones.

– Lo mismo digo -masculló Rocky. Llamó a la puerta del despacho de Bobby y entró sin esperar su permiso.

Bobby levantó la cabeza; la mirada de sus ojos azules era glacial.

– Llegas un poco tarde. Te envié ayer por la noche a hacer un simple recado y has tardado ocho horas en volver.

– Has hecho matar a la hermana de la enfermera.

Bobby arqueó las cejas.

– Claro. La chica sigue viva.

– Sí, está viva. Y Beardsley también.

Bobby se levantó de golpe, rebosante de furia.

– ¿Qué?

Rocky se echó a reír.

– Así que el swanzi no lo sabe todo. -De pronto su cabeza giró de golpe hacia la izquierda cuando Bobby le estampó la mano en la mejilla.

– Eres una zorra. ¿Cómo te atreves?

A Rocky le escocía la mejilla.

– Porque estoy cabreada. Muy cabreada, supongo.

– Cariño, tú no sabes lo que significa esa palabra. Te encargué un trabajo y fallaste.

– Solo cambié un poco los planes. Era imposible que la enfermera matara a Monica Cassidy en la unidad de cuidados intensivos.

– Eso te dijo. Y tú te lo creíste -repuso Bobby con desprecio.

– Y busqué otra forma de cumplir el objetivo, lo cual es más de lo que puedo decir del esbirro que no ha conseguido matar al capellán.

Bobby se dejó caer en la silla despacio. Su cara parecía de granito.

– Beardsley estaba muerto. Su encefalograma era plano.

– Pues se ve que han conseguido reanimarlo -repuso Rocky con frialdad-. Y ahora en la unidad de cuidados intensivos hay más vigilancia que en Fort Knox.

– Dime qué has hecho.

– He ido a Charlotte y he raptado a la hermana pequeña de Monica. La tengo en el maletero del coche.

Bobby palideció y a Rocky se le disparó el pulso.

– ¿Qué dices que has hecho?

– He raptado a su hermana. Llevaba chateando con ella dos meses. Monica ha tenido éxito, así que he pensado que su hermana también lo tendría.

– ¿Te has parado a pensar en las consecuencias? Que una chica se fugue con un tío que ha conocido por internet es creíble. Que lo hagan dos… Ahora la policía se dedicará a investigarlo. La pobre madre saldrá por televisión llorando a moco tendido y pidiendo que le devuelvan a su hija sana y salva. De hecho, podríamos matar a la chica ahora mismo, cuando su rostro aparezca en todos los envases de leche, nadie la querrá.

Rocky se dejó caer en una silla.

– No lo había pensado. Pero no te preocupes. Me he acercado a la estación de autobuses con su sudadera y he comprado un billete para Raleigh, donde vive su padre. Si a la policía le da por investigar, creerán que se ha ido a vivir con él.

– Ya veo -respondió Bobby con frialdad-. Veo que te encargo un trabajo sencillo, como el de asegurarte de que la enfermera cumpla con su deber, y me fallas. Y veo que encima vas y te tomas la libertad de complicarlo con un secuestro no autorizado. Ya me encargaré yo de la chica y de la enfermera. Estás despedida.

Rocky se quedó paralizada en el sitio, tratando de no temblar.

– La chica está aquí. Puedes servirte de ella en cuanto quieras. Es incluso más guapa que su hermana. Puedes mandarla fuera del país, donde no distribuyan su foto. Ganaras mucho dinero con ella.

Bobby tamborileo sobre el escritorio con aire pensativo.

– Puede que lo haga. Ahora márchate.

Rocky no se movió.

– ¿Qué le harás a la enfermera?

– Lo que le he prometido.

– No. Le has prometido que su hijo sería el siguiente, y solo tiene ocho años, como tu…

– Ya está bien. -Bobby se levantó. Con la furia, sus ojos azules habían adquirido la tonalidad del hielo y Rocky no pudo controlar el temblor por más tiempo-. A mí se me obedece. A ver si lo aprendéis la enfermera y tú. Estás despedida.

Bobby aguardó a que Rocky se hubiera marchado y volvió a llamar a Paul.

– Creía haberte dicho que no volvieras a llamarme hoy -le espetó.

«Insolente. Te mataría ahora mismo, pero te necesito.»

– Tienes que ir a Raleigh.

– Esta noche me toca trabajar.

– Llama y di que estás enfermo. Además, yo te pago el triple que la policía de Atlanta.

– Mierda, Bobby. -Paul suspiró frustrado-. ¿Qué más quieres que haga?

– Necesito que arregles una cagada de Rocky.

– Últimamente Rocky la caga mucho.

– Sí, ya lo sé. Cuando acabes con esto ya hablaremos de qué hacer con ella.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 8:40 horas

Luke le explicó al equipo lo que le había contado Susannah sobre el sedán negro, Darcy Williams y lo ocurrido seis años atrás en Hell's Kitchen. Nadie respiró apenas hasta que hubo terminado.

Chase se recostó en la silla, atónito.

– ¿Quieres decir que a Susannah la agredieron dos veces en la misma fecha, con siete años de diferencia? ¿Y a nadie le llamó la atención?

Luke vaciló.

– No denunció las agresiones.

– Por el amor de Dios. ¿Por qué? -bramo Chase.

– Porque era una víctima, Chase -respondió Mary McCrady con su voz de psicóloga.

– Nada de todo esto le está resultando fácil -la defendió Luke-, y encima ahora la andan siguiendo con un sedán negro. Hoy quiere asistir al funeral de Sheila Cunningham y a mí me preocupa su seguridad hasta que descubramos quién es ese hombre.

– O sea que irás al funeral con ella para ver si el tipo se deja caer -terció Ed-. Te hará falta alguna cámara de vigilancia. Yo me encargo.

– Gracias -respondió Luke. No era ese el único motivo por el que había decidido acompañar a Susannah al funeral de Sheila Cunningham, pero sí el principal-. Susannah también me ha contado que esa esvástica con las puntas terminadas en ángulo es un símbolo frecuente en las religiones orientales, como el budismo.

– El thích que estábamos buscando -musitó Pete-. De alguna forma todo encaja.

– Sólo nos falta descubrir cómo -repuso Chase-. Hank, ve a Savannah y busca a Helen Granville. Tenemos que averiguar la verdad sobre su marido. Pete, quiero que te encargues de seguir registrando la casa de Mansfield, y Nancy, tú dedícate a buscar in formación sobre ese tal Chili Pepper. Quiero saber quién le paga. -Pete abrió la boca para protestar pero Chase le lanzó una mirada de advertencia-. Ni se te ocurra, Pete. No te acercarás a menos de un kilómetro y medio de ese tipo.

– Sé controlarme -respondió Pete con tirantez.

– Ya -respondió Chase en tono amable-. Pero prefiero que no tengas que pasar por eso.

– Yo aún estoy analizando la medicación que encontramos en la nave -explicó Ed-. También estamos realizando análisis de los cabellos que hallamos al registrar el despacho de la nave. Puede que alguno encaje con las muestras de ADN que constan en nuestros archivos. Examinaremos la zona exterior de la nave por si hay más víctimas. Y esparciremos talco sobre el mapa de carreteras para descubrir las huellas.

– Bien -aprobó Chase-. ¿Qué más?

– Tengo que hablar con Susannah Vartanian -dijo Mary.

– Yo he quedado con ella en su hotel dentro de un rato -explicó Chloe-. Le pediré que te llame.

– No está en el hotel -dijo Luke-. Está en mi despacho. Ha venido después de que el sedán negro la anduviera siguiendo. Se ha ofrecido a buscar información sobre la esvástica.

Chase señaló la puerta con la mano.

– Marchaos, y buena suerte. Volveremos a encontrarnos a las cinco. Luke, tú quédate. -Cuando se hubieron quedado a solas y la puerta estuvo cerrada, Chase lo miró a los ojos con expresión turbada-. ¿Por qué no denunció Susannah ninguna de las violaciones?

– La primera vez tenía miedo de Simon. Él le dijo que en algún momento tendría que dormir.

Chase apretó la mandíbula.

– Qué hijo de puta. ¿Y la segunda vez?

«Tampoco merecía que se hiciera justicia.»

– Estaba asustada, y siendo hermana de Daniel puedes imaginar que lleva todos estos años culpabilizándose porque su amiga está muerta y ella no.

– Son igualitos, ¿verdad?

– Como dos gotas de agua.

– ¿Está documentada la historia?

– Puede documentarse, supongo. Su jefe hace muchos años que la conoce y ella trabaja en la fiscalía del distrito.

– ¿Cuál es la verdadera razón por la que vas a acompañarla al funeral?

Luke arrugó la frente.

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir que no dispongo de recursos para malgastarlos cuidando de Susannah Vartanian como si fuera un bebé. Además, por lo que parece, es la última persona que espera que lo haga.

– ¿Eso crees? -Luke notó que le subía la presión arterial-. ¿Qué es malgastar recursos?

– Ya me parecía que no lo verías de la misma manera que yo. Mira, yo también lo siento por Susannah, pero…

Luke se esforzó por mantener la compostura. Estaba cansado e irritable. Chase también lo estaba, y ninguno de los dos llevaba bien esa combinación.

– No la cuido como si fuera un bebé. Ahora bien, ¿me preocupa? Sí. Piénsalo un poco. La violaron cuando tenía dieciséis años. Las únicas personas que lo saben están muertas, a excepción de Garth Davis. Se marcha de casa, entra en la universidad. A los veintitrés años vuelven a violarla, en la misma fecha. La estigmatizan y matan a su amiga de una paliza. Ella se siente avergonzada y asustada, y no dice nada. Seis años más tarde aparece la misma marca de su estigma en una medalla de Granville y en las caderas de cinco chicas a quienes él ha matado.

Chase aguzó la vista.

– ¿Y qué?

Luke apretó el puño bajo la mesa.

– Pues que todo está relacionado, mierda. Al hombre que mató a su amiga lo encerraron. Al que la violó a ella la segunda vez no lo han encontrado. ¿Y si se trata de Rocky? ¿Y si Rocky o Granville lo planearon todo? ¿Y si el hombre que cumple condena por matar a su amiga conoce a Rocky? ¿Hace falta que te dibuje un esquema?

Chase se recostó en la silla.

– No. Yo ya lo tengo en mente; sólo quería saber si tú también lo tenías. Ve al funeral. Los periodistas estarán a punto para echar la zarpa después de lo de ayer.

Luke se puso en pie, temblando de furia y molesto con Chase por haberlo tratado como a un principiante.

– Me llevaré el látigo.

Estaba a punto de salir y dar un portazo cuando Chase le hizo detenerse.

– Buen trabajo, Luke.

Él exhaló un suspiro.

– Gracias.

Casa Ridgefield,

sábado, 3 de febrero, 9:00 horas

Ashley Csorka levantó la cabeza y aguzó el oído en la oscuridad del hoyo. Se trataba de un pequeño cubículo construido bajo la casa que ni siquiera tenía la altura suficiente para poder ponerse en pie. Era húmedo y frío. «Tengo mucho frío.»

Le gruñía el estómago. Era la hora de desayunar, notaba el olor de la comida procedente de arriba. «Tengo mucha hambre.» Se esforzó por calcular. Llevaba metida en aquel hueco casi doce horas.

La mujer dijo que la dejarían allí unos días. «Dentro de unos días me habré vuelto loca.» Además, había ratas. Ashley las había oído corretear por las paredes durante la noche.

Detestaba las ratas. El pánico empezó a hacer mella; la sensación era inmensa y aterradora. «Tengo que salir de aquí.»

– Claro -dijo en voz alta, y al oírse el pánico disminuyó un poco-. Pero ¿cómo?

Estaban cerca de un río. Si pudiera llegar hasta él, seguro que sería capaz de cruzarlo a nado. A veces se había entrenado en el mar con su equipo de natación, y las corrientes del mar eran más fuertes que la del río. Además, era mejor ahogarse que lo que le esperaba cuando decidieran sacarla del hoyo.

«¿Cómo puedo salir de aquí?» Solo había una puerta al final de la corta escalera y estaba cerrada con llave. Ya había intentado salir por allí. Por otro lado, aunque consiguiera abrirla, afuera aguardaba el flaco y asqueroso mayordomo, Tanner, con su pistola. En el exterior de la casa también había un vigilante. Lo había visto el día anterior, cuando la llevaron allí. Él tenía una pistola más grande, así que no había nada que hacer. «Moriré aquí. Nunca conseguiré volver a casa.»

«Para. No morirás.» Se puso a cuatro patas y empezó a tantear lo que la rodeaba. Apretó la mandíbula al notar en la mano un dolor punzante debido a la herida causada por un clavo que sobresalía del suelo cuando la tiraron por la escalera. «No hagas caso y busca una salida.»

La primera pared era de hormigón, igual que la segunda y la tercera.

Sin embargo, la cuarta… Los dedos de Ashley palparon algo rugoso. Eran ladrillos. Habían construido una pared de ladrillos. Eso quería decir que al otro lado había algo. ¿Una puerta? ¿Una ventana?

Necesitaba un martillo para derribar la pared o una lima para retirar el cemento. No tenía ni lo uno ni lo otro. Poco a poco, levantó la mano. Al pie de la escalera había un clavo.

«Pero puede que me oigan rascar el cemento.»

«¿Y qué? Si te oyen, lo único que harán será sacarte antes de aquí.» El futuro que le esperaba era el mismo a menos que lograra escapar. «Tienes que intentarlo.»

«Nunca utilices el verbo "intentar".» Recordó la voz de su entrenador. «Márcate un objetivo. Luego lógralo.»

– Vamos, Ashley -susurró-. Lógralo.

Capítulo 11

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 9:20 horas

– ¿Está todo? -preguntó Chloe mientras Susannah revisaba la transcripción del taquígrafo. Al Landers se encontraba sentado a su lado, en silencio. Tenía la mano posada sobre la de ella en señal de apoyo.

– Sí -respondió Susannah-. Deme un bolígrafo, antes de que cambie de opinión.

– No es demasiado tarde, Susannah -musitó Al, y ella le sonrió.

– Ya lo sé, pero esto es mucho más que una cuestión personal, Al. Todo guarda relación con lo ocurrido en la nave. Hay cinco chicas desaparecidas. Tengo que hacerlo.

– Gracias -dijo Chloe-. No puedo ni siquiera imaginar lo difícil que habrá sido.

Susannah soltó una risita llena de ironía.

– Sí, sí. Difícil. Más o menos eso lo expresa todo.

– ¿Cuánto tardará la prensa en saberlo? -preguntó Al.

– Nosotros no lo comunicaremos -explicó Chloe-. Nunca revelamos los nombres de las víctimas de agresión sexual. Claro que acabará por salir a la luz. Una de las otras víctimas, Gretchen French, ha comentado que pensaba convocar una rueda de prensa. Quiere ser ella quien controle la noticia.

– No la conozco -dijo Susannah-. Supongo que no tardaré en saber quién es. -Se levantó y se estiró la minifalda para que le cubriera un centímetro más de muslo-. Tendríamos que devolverle el despacho al agente Papadopoulos, y yo tengo que marcharme al funeral. Ojalá fuera al mediodía. Los centros comerciales no abren hasta las diez y no tendré tiempo de ir a comprar ropa.

Claro que aunque hubiera tenido tiempo, se sentía demasiado alterada.

Chloe frunció el entrecejo.

– Lo que lleva le queda bien.

– Parezco una adolescente, pero ayer se me estropeó la ropa y no he traído nada más. Preferiría llevar algo un poco más discreto tratándose de un funeral. Ir así me parece una falta de respeto.

Chloe la escrutó unos instantes.

– Yo soy mucho más alta, mis trajes no le irán bien. Pero tengo un vestido negro de cóctel que puede que le llegue por debajo de la rodilla. Podría ceñírselo con un cinturón. Vivo sólo a unos minutos de aquí; iré a casa a buscarlo.

Susannah abrió la boca con intención de negarse a pesar de agradecérselo, pero cambió de idea.

– Gracias, se lo agradezco.

Cuando Chloe se hubo marchado, Susannah se volvió hacia Al.

– Gracias por venir.

– Ojalá lo hubiera sabido todo; habría podido apoyarte hace años.

– Perdón. -Luke se asomó por la puerta-. He visto que Chloe se marchaba. ¿Han terminado?

– Sí. -Susannah se puso en pie-. Luke, este es mi jefe, Al Landers. Al, este es el agente especial Luke Papadopoulos. Es amigo de mi hermano Daniel.

– Usted es el chico a quien vi anoche en el hotel -recordó Al cuando se estrecharon las manos-. ¿Qué hará para pillar al tipo del sedán negro?

– Pondremos vigilancia durante el funeral de hoy -explicó Luke-. También queremos hablar con el tipo al que condenaron por el asesinato de Darcy Williams.

– Le concertaré una entrevista. ¿Qué hay del otro tipo, Susannah? -Al tenía el aire sombrío-. El que te agredió. ¿Conoce al asesino de Darcy?

Susannah se sonrojó.

– No. Ellos tampoco se conocían.

– ¿Lo sabe seguro? -preguntó Luke con delicadeza, y Susannah captó su insinuación y se sintió avergonzada.

– Supongo que no -respondió ella-. Qué estúpidas fuimos.

– Mucho -dijo Al con tristeza-. ¿En qué estabas pensando, Susannah?

– No pensaba. -Volvió la cabeza y se cruzó de brazos-. Cuando conocí a Darcy ella trabajaba de camarera en West Village y yo estudiaba en la Universidad de Nueva York. Una noche entré a por comida para llevar y empezamos a charlar, y resultó que teníamos muchas cosas en común. Las dos nos llevábamos fatal con nuestros padres; ellos no nos protegían. Darcy se había escapado de casa con catorce años, había tomado drogas; había hecho de todo.

– ¿De quién fue la idea de quedar con aquellos hombres? -preguntó Al, y ella volvió a sonrojarse.

– De Darcy. Detestaba a los hombres, y yo también. Dijo que quería ser ella quien controlara la situación de una vez. Quería ser ella quien lo dejara a él en plena noche sin siquiera darle las gracias. A mí al principio me horrorizó la idea, pero al final… lo hice. -La segunda vez le había resultado más fácil; la primera casi le dio morbo. Y la tercera… se avergonzaba sólo de recordarla.

Al y Luke se miraron sin dar crédito.

– ¿Qué pasa? -preguntó ella.

– ¿Ha pensado que alguien podría haber incitado a Darcy a llevarla con ella? -preguntó Luke en tono igualmente amable.

Susannah se quedó boquiabierta.

– Dios mío. Nunca… -Dejó caer los brazos-. Qué locura.

– ¿No te extrañó que las dos agresiones tuvieran lugar en la misma fecha? -preguntó Al.

Susannah soltó un bufido.

– Claro que sí. Pero yo fui al hotel por voluntad propia. -Para entonces se había convertido en una obsesión-. Elegí la fecha a propósito. Quería que fuera mi declaración de independencia. Luego me dije a mí misma que había sido un… escarmiento. Un castigo de Dios; llámalo como quieras. Había cometido un error soberano y lo estaba pagando. Lo de la fecha era una advertencia para que me enmendara o algo así. Cuando lo digo en voz alta suena muy estúpido.

– La habían agredido -dijo Luke-. Dos veces. No podía pensar como ayudante del fiscal, pensaba como un ser humano que tenía necesidad de encontrar el sentido a una cosa horrible. Sin embargo, esas cosas no tienen sentido. A veces a las buenas personas les suceden cosas malas. Y ya está.

«Yo no era una buena persona; no lo era.» No obstante, asintió con gravedad.

– Ya lo sé.

Los ojos oscuros de Luke emitieron un centelleo y Susannah comprendió que no se había tragado que aceptara el hecho con tal facilidad.

– ¿Qué sabe del hombre que la agredió? ¿Puede describirlo?

– Claro. Nunca olvidaré su rostro. Pero ¿de qué serviría? Eso ocurrió hace seis años; hace mucho tiempo que debió de desaparecer.

– Aun así avisaremos a un retratista, por si el tío anda cerca y tiene algo que ver con lo del sedán negro. -Se volvió hacia Al-. ¿Qué tengo que hacer para hablar con el asesino de Darcy?

– Michael Ellis -musitó Susannah. Luke arrugó la frente.

– ¿Qué ha dicho?

– Michael Ellis -terció Al-. Es el asesino de Darcy. ¿Por qué?

Luke se pasó las palmas de las manos por la barba incipiente.

– En la caja fuerte de Granville hemos encontrado dos pasaportes. En los dos aparece su foto, pero el nombre no es el suyo. Uno es Michael Tewes. El otro Toby Ellis.

– Qué cabrón -masculló Al-. Granville lo planeó.

– Junto con el tío del sedán negro, o igual a él lo implicó después -confirmó Luke-. Qué cabrón.

Susannah se sentó; tenía el corazón encogido.

– Lo habían ideado todo -dijo con un hilo de voz, y bajó la cabeza-. Yo formaba parte de su plan. Se han estado riendo de mí todo este tiempo.

Luke se agachó frente a ella y rodeó sus manos frías con la calidez de las suyas.

– Granville ya lo ha pagado. El otro tío también lo pagará. ¿Le dice algo el nombre de Rocky?

Ella negó con la cabeza.

– No. ¿Debería?

– Creemos que es el nombre del cómplice de Granville. -Le estrechó las manos.

Ella levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Una idea empezaba a tomar forma en su mente; una idea igual de descabellada que las otras. Pero lo que había ocurrido no era descabellado, era real.

– Simon me siguió hasta Nueva York.

– ¿Qué quiere decir? -preguntó Luke.

– ¿Daniel no se lo ha contado? -preguntó, y él negó con la cabeza-. Cuando estuvimos en Filadelfia, los detectives nos mostraron varios retratos de Simon. Se había vuelto un experto en disfrazarse y uno de los disfraces era de anciano. Así era como engañaba a sus víctimas. Yo reconocí el retrato. A veces veía a ese anciano mientras paseaba a mi perro por el parque. Era Simon. Se sentaba a un metro y medio de mí y charlábamos, y nunca me di cuenta de que era mi hermano.

– Pero Simon no puede ser el cómplice de Granville -se extrañó Luke-. Está muerto.

– Ya lo sé, pero… -Suspiró-. No lo sé.

Luke volvió a estrecharle las manos.

– Trate de relajarse y mantenga los ojos bien abiertos durante el funeral. Yo también estaré allí. -Se volvió a mirar a Al-. ¿Nos acompaña?

– No podría impedírmelo -dijo con ironía.

– Bien. Nos llevaremos a toda la gente que podamos para vigilar el panorama.

Casa Ridgefield,

sábado, 3 de febrero, 9:45 horas

Bobby colgó el teléfono. Sentía tanta euforia como inquietud. El informe de Paul estaba lleno de menoscabos, como siempre, y a Bobby solo le hizo falta un poco de persuasión para contar con un nuevo informante, esta vez dentro del GBI. Era más que evidente que la información que le había proporcionado resultaba algo preocupante. Beardsley no solo había sobrevivido; también había hablado. La policía sabía lo de Rocky. Después de la cara dura que la mujer había demostrado tener, esa era la gota que colmaba el vaso.

– El señor Charles ha venido -anunció Tanner desde la puerta. «Anciano entrometido.»

– Hazle pasar, Tanner. Gracias.

Charles entró, vestido con un traje negro y con el estuche de marfil bajo el brazo.

– Se me ha ocurrido pasar por aquí. -Dio unas palmaditas sobre el estuche-. Tal vez te apetezca jugar una partida de ajedrez.

– No estoy de humor para partidas de ajedrez. -Bobby señaló una silla-. Siéntate, por favor.

Charles esbozó una sonrisa condescendiente.

– ¿Qué es lo que te cabrea tanto?

– DRC119 -soltó Bobby, y tuvo el placer de ver a Charles sorprendido por primera vez en toda su vida.

Sin embargo, el hombre se compuso enseguida y volvió a sonreír.

– ¿Cómo te has enterado?

– Tengo un topo dentro del equipo del GBI encargado de investigar lo ocurrido en la nave.

Bobby sospechaba que el topo en cuestión se estaba resistiendo, pero ya había compartido bastante información como para poder establecer un plan de ataque.

– Siempre has destacado entre mis alumnos -dijo Charles en tono afable.

– No cambies de tema. ¿Eres tú el del sedán negro?

– Claro. No quería perderme su cara.

– ¿Y si te hubieran parado? ¿Y si te hubieran detenido?

– ¿Por qué tendrían que haberme parado? No iba deprisa.

Bobby frunció el entrecejo.

– Es inaceptable que corras esos riesgos.

El semblante cordial de Charles se demudó hasta volverse glacial.

– Te comportas como una viejecita asustada. -Se acercó hasta que sus ojos estuvieron a pocos centímetros de distancia-. No es lo que yo te he enseñado.

A Bobby la reprimenda le recordó a la que se le da a un niño de cinco años y apartó la mirada.

Charles se arrellanó en la silla, satisfecho.

– ¿Qué más te ha dicho el tipo del GBI?

– Beardsley oyó a Granville hablar de Rocky; sabe su nombre -dijo Bobby con más calma. «Te odio, viejo.»

– ¿Le oyó llamarla «Rocky» o por su nombre?

– Rocky, pero incluso eso me parece demasiado.

– Estoy de acuerdo. ¿Qué harás?

«Lo mismo que harías tú; matarla.»

– Aún no lo sé seguro.

Charles asintió. Ahora su semblante traslucía desaprobación.

– He pasado por casa de Randy Mansfield. Sigue en pie.

«Cabrón. No haces más que refregarme las cosas por las narices.»

– Sí, ya lo sé.

– ¿Por qué sigue en pie? -Arqueó las cejas y le dirigió una mirada de reproche-. No es propio de ti descuidar detalles tan importantes como ese.

Bobby quiso desaparecer bajo la tierra.

– No lo he descuidado. Mi hombre no hizo bien las cosas. -Y por ello Chili Pepper iba a morir en cuanto lo localizara. El GBI ya lo estaba buscando. «Tengo que encontrarlo yo primero.» Solo Dios sabía lo que Pepper podía contarles.

– O sea que has fracasado.

Bobby se dispuso a hablar, pero apartó la mirada con desaliento.

– Sí, he fracasado.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Charles con mayor amabilidad, de la misma forma que se le habla a un perro para recompensarlo después de haber castigado su mal comportamiento.

«Te odio.»

– El señor Pepper ha sido demasiado perfeccionista. En las dos casas colocó una bomba incendiaria con un temporizador y luego preparó un cable con un dispositivo para que la casa estallara si la policía entraba antes. La policía tropezó con el cable en casa de Granville y eso les alertó de las bombas en casa de Mansfield. Los artificieros inutilizaron los dos dispositivos de casa de Mansfield antes de que estallaran.

– Cuando he pasado por delante he visto que estaba lleno de policías.

– Ya lo sé, pero todo lo que han encontrado ha sido una colección de armas y su estantería llena de pornografía infantil.

– Su padre era muy listo. Randy me ha decepcionado -se lamentó Charles.

– Ya lo sé. La casa de Granville ha quedado reducida a cenizas. Lo único que han encontrado ha sido su caja fuerte con los pasaportes falsos.

– ¿Por qué ese pirómano tuyo no utilizó un bidón de gasolina y una cerilla?

– No lo sé. Cuando lo vea se lo preguntaré.

– No me dirás que no sabes dónde está el señor Pepper -aventuró Charles.

«No, pero no pienso confesártelo.»

– Claro que lo sé. Igual que sé dónde están las esposas de Garth y de Toby. -Eso, por suerte, sí que era verdad-. La policía cree que las mujeres los guiarán hasta Rocky; creen que es cómplice de Granville y el cerebro de la operación.

– ¿Qué más?

Bobby vaciló.

– ¿Tú sabías que la banda de Granville violó a Susannah Vartanian hace trece años?

Charles encogió un hombro.

– Digamos que fue… una función privada.

– Susannah Vartanian acaba de firmar una declaración acusando a Garth Davis de violación.

– Qué interesante -fue todo cuanto respondió Charles-. ¿Algo más?

– Es evidente que sabías lo que le ocurrió a Darcy Williams.

– Es evidente. ¿Qué más?

– Nada.

Excepto que Susannah iba a asistir al funeral de Sheila Cunningham. Y que probablemente había muchas cosas que su topo en el GBI no le había contado.

«Y que tengo miedo.» Habían sucedido demasiadas cosas imprevistas y desagradables. Tenía la sensación de estar navegando en un mar en el que había oculto un iceberg. La colisión era segura e inminente. Bobby detestaba sentir miedo. Charles tenía un sexto sentido para percibir esa sensación.

El hombre se puso en pie y sus labios dibujaron una mueca de desagrado.

– Tengo que marcharme.

– ¿Adónde?

– Hoy entierran a Cunningham -dijo-. Estaría muy feo no asistir. -Se acercó más y su sombra se cernió sobre la silla de Bobby. Aguardó.

A pesar de sus auténticos esfuerzos por no mirar a Charles a los ojos, Bobby acabó por levantar la cabeza y, como siempre, fue incapaz de desviar la mirada. «Te odio, viejo.»

– Me has decepcionado, Bobby. Tienes miedo. Y eso, por encima de todas las cosas, es lo que te convierte en un fracaso.

Bobby quiso protestar, pero de su boca no brotó ni una palabra y Charles rió con amargura.

– El tipo que enviaste a casa de Mansfield no fracasó, Bobby. El personal del hospital tampoco ha fracasado. Tu ayudante no ha fracasado. Aquí la única persona que ha fracasado eres tú. Tú, en esta casucha rancia creyéndote que mueves los hilos. -Su voz se tiñó de desprecio-. Creyéndote la dueña. Pero no lo eres. Aquí estás, en esta silla, escondiéndote del mundo. Y de tus orígenes.

Charles se acercó más.

– Te gustaría ser la dueña, pero no eres más que la sombra de lo que podrías haber llegado a ser. Lo único que te pertenece son unas cuantas casas de putas para camioneros que se pasan el día viajando de un estado a otro. Te vanaglorias de proveer carne de primera calidad, pero no eres más que una alcahueta con pretensiones. Valías mucho más cuando la prostituta eras tú.

A Bobby el corazón le iba a cien por hora. «Di algo. Defiéndete.» Pero de su boca no brotó palabra alguna y Charles hizo una mueca desdeñosa.

– ¿Has descubierto por qué ha vuelto Susannah? No, claro. Tú la dejaste escapar. Permitiste que volviera a Nueva York, que se marchara muy lejos. -Pronunció las últimas dos palabras en tono quejumbroso, mofándose-. Podrías haber ido a Nueva York en cualquier momento y vengarte, pero es evidente que para ti el asunto no merece semejante esfuerzo.

Charles retrocedió y Bobby lo siguió con la mirada, como un pajarillo aguardando a que le caiga siquiera una migaja en la boca. «Te odio, viejo.» Charles se guardó bajo el brazo el estuche de marfil con las piezas de ajedrez.

– No volveré hasta que me demuestres que mereces que te tenga en consideración.

Charles se marchó y dejó a Bobby allí sentada, consumiéndose. Sin embargo, el hombre tenía razón. «Me he aislado demasiado. He perdido el contacto con la realidad.» El remedio estaba claro.

– Tanner. Te necesito. Voy a salir. Necesito que me ayudes a vestirme.

Tanner frunció el entrecejo.

– ¿Le parece una buena idea?

– Sí. Charles tiene razón. Llevo dos días aquí escondida tirando de unos hilos que no paran de romperse. No tengo mucho tiempo. ¿Dónde está el baúl con la ropa vieja?

– ¿Va a ponerse la ropa de su madre? Bobby, se equivoca de medio a medio.

– Claro que no voy a ponerme la ropa de mi madre. Era demasiado baja.

– Y tenía un gusto espantoso.

– Eso también. Mi abuela era más alta. Su ropa sí que me irá bien. ¿Dónde está Rocky?

– Por ahí, lamiéndose las heridas, supongo.

– Búscala. Vendrá conmigo. Pero antes tendrá que mostrarme a todas las chicas que tiene preparadas. Conque una alcahueta con pretensiones, ¿eh? Y una mierda. Charles se tragará esas palabras. Lo que pasa es que he dejado demasiada responsabilidad en manos de Rocky. De ahora en adelante, yo me encargaré de supervisar las nuevas adquisiciones.

Los ojos de Tanner emitieron un destello.

– Yo sé todos los nombres y las contraseñas para acceder a las pantallas.

Bobby pestañeó.

– ¿Cómo es eso?

Tanner se encogió de hombros.

– Soy y siempre seré un ladrón, pero la tecnología no se me da mal. Le he enviado un troyano que copia todos los movimientos de las teclas de su ordenador. Sé cuáles son las relaciones que ha estado cultivando durante los últimos seis meses y dónde viven.

– Eres muy astuto, viejo. Siempre te he subestimado.

– Sí, siempre lo ha hecho. -Pero lo dijo sonriendo.

Bobby se dispuso a subir la escalera. Entonces se detuvo y se volvió a mirarlo.

– ¿Te gustaba más cuando era una prostituta?

– Muchísimo más. Pero ya no sirve para eso, así que adáptese y muévase.

– Tienes razón. Asegúrate de que las chicas tengan puestos los grilletes. ¿A quién le toca hoy la vigilancia?

– Le tocaba a Jessie Hogan, pero… -Tanner se encogió de hombros.

– Pero Beardsley lo mató. Hogan fue muy estúpido al permitir que un prisionero se abalanzara sobre él. Llama a Bill. Si se queja por las horas, dile que le pagaré el doble. -Bobby siempre pagaba muy bien a los vigilantes-. Tenemos que contratar a otro vigilante para cubrir el puesto de Hogan.

– Yo me encargaré de eso. ¿Algo más?

Bobby miró el recibidor.

– Charles dice que esto es una casucha rancia.

– Tiene razón. Siempre hay corriente de aire y no hay un solo electrodoméstico que funcione bien. Los hornillos de la cocina son un desastre. Es imposible preparar una taza de té en condiciones porque el agua nunca llega a hervir.

– Entonces buscaremos otra casa. Tengo dinero suficiente. Y volaremos esta casucha.

Tanner arqueó sus cejas grises con gesto cauteloso.

– He oído que la vieja casa de los Vartanian está desocupada.

Bobby se echó a reír.

– En su debido momento, Tanner. Por ahora, ayúdame a vestirme para asistir al funeral. Y asegúrate de cargar mi pistola.

Charles miró por el retrovisor en cuanto hubo puesto en marcha el vehículo. Tanner habría querido matarlo con la mirada cuando lo acompañó a la puerta, pero Bobby se había confiado demasiado y necesitaba que le propinara aquella patada en el culo. Pensó en todo lo que habían andado juntos desde que se conocieran. Había visto algo en ella, algo que valía la pena trabajar. El pasado que acarreaba Bobby le había puesto las cosas mucho más fáciles. Tenía un instinto, una necesidad de dominio.

En parte Bobby lo había heredado del hombre que la había criado con mano de hierro. Hacía tiempo que había muerto. Había levantado su mano de hierro demasiadas veces contra Bobby y ella había acabado por volverse y matar de una paliza al hombre y a su esposa. Tanner había tenido algo que ver, lo que Charles nunca había podido descubrir era hasta qué punto. Sabía que habían inculpado al anciano y que Bobby le había ayudado a escapar. Desde entonces eran inseparables.

Pero Tanner era viejo, casi tanto como aquella casucha. Bobby necesitaba avanzar. Tenía que hacer honor a sus orígenes, porque la mayor parte de la necesidad de dominio de Bobby era genética. El hecho resultaba más que evidente para cualquiera que se tomara la molestia de observarlo; lo sorprendente es que nadie lo hubiera hecho, «Nadie excepto yo.» Charles a menudo se preguntaba por qué nadie más había visto lo que a él le pareció tan evidente la primera vez que miró los ojos azules de Bobby.

Era tan indeleble como un estigma.

Hablando de estigmas, Charles tenía que reconocer que Susannah lo había sorprendido un poco. Había acudido a la policía y les había contado lo de Darcy Williams. Eso no se lo esperaba. Sin embargo, estaba seguro de que no contaría más que lo estrictamente necesario. Hacía seis años la había llevado a un lugar que ella ni siquiera concebía que pudiera existir. Le había enseñado los niveles de perversión que ella misma era capaz de alcanzar. No una vez, ni dos, sino una tras otra, hasta que a ella le resultó imposible negar que había sido idea suya, hasta que empezó a despreciarse a sí misma por la obsesión en la que había caído y a la que se aferraba con uñas y dientes.

– En eso Bobby y Susannah son diferentes -musitó. Bobby anhelaba hacer honor a sus orígenes. Susannah los desdeñaba y luchaba por ocultarlos. Y las dos vivían su deseo con igual intensidad.

Los deseos intensos hacían vulnerable a la gente. Él había aprendido la dura lección.

Esa mañana había presionado a Susannah y ella había reaccionado confesando. Pensándolo bien, tendría que haberlo previsto. Después de lo de Darcy se había amparado en su fe. En su fe y en su carrera. Y ambas cosas la habían convencido de que volvía a tener la situación controlada. Sin embargo, Charles sabía que no era así. Pham, su mentor, siempre decía que una vez que se probaba la fruta prohibida, nunca más se olvidaba su sabor. Un sabor de lo más tentador.

Charles podía presionar a Susannah hasta que acabara haciendo lo que él quería. Era un reto.

Ese día lo había hecho con Bobby. Solo tenía que situarse a cierta distancia y ver cómo respondía su mejor alumna. Esperaba sinceramente que se ocupara de Rocky. La elección que había hecho Bobby a la hora de reclutar a un nuevo miembro de la organización le disgustaba más incluso que la de Granville.

Granville decía que Simon Vartanian era muy joven, pero ya a esa edad Charles vio que estaba loco. Entonces el padre de Simon lo dio por muerto. No era cierto, por supuesto. Solo había desaparecido del mapa. Esa era la forma que encontró el juez Arthur Vartanian de neutralizar el impacto que las acciones de Simon podían tener en su carrera. Le dijo a todo el mundo que su hijo había muerto en un accidente de coche. Incluso enterró a un desconocido en lugar de a Simon. Y, ya entonces, en el funeral, Charles se había sentido aliviado. Simon podía resultar útil a veces, pero con el tiempo habría hecho caer a Granville.

En cuanto a Mansfield, Granville había sido muy optimista. Randy Mansfield no era ni la mitad de válido que su padre.

Por lo que respectaba a Rocky, no estaba loca ni era una inútil. Sin embargo, en ella había una blandura, un patetismo que acabaría por resultar una carga. Y ahora conocía sus secretos. «Me ha visto la cara.»

«Si Bobby no la elimina, lo haré yo.»

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 10:15 horas

– Despiértate.

Monica oyó el susurro y se esforzó por obedecer. Consiguió levantar los párpados.

«Puedo volver a mover los ojos.» Movió el brazo, agradecida al notar el tirón de la bolsa intravenosa. «Sigo intubada. No puedo hablar. Pero ya no estoy paralizada.»

Pestañeó y sus ojos enfocaron un rostro. «Una enfermera.» El pánico le desestabilizó el ritmo cardíaco.

– Escúchame -dijo la enfermera con voz ronca, y Monica vio que la mujer tenía los ojos enrojecidos de llorar-. Tienen a tu hermana. Te enseñaré una foto. -Plantó el móvil ante sus ojos y el inestable corazón de Monica se paró de golpe.

«Dios mío. Es cierto.» Era Genie, hecha un ovillo, amordazada y con las manos atadas. Estaba en el maletero de un coche. «Puede que esté muerta. Dios mío.»

– Está viva -aseguró la enfermera-. Pero quieren meterla en el negocio, así que no te equivoques. Yo tenía que matarte, pero fui incapaz de hacerlo. -Sus ojos se arrasaron en lágrimas y ella rápidamente se los enjugó-. Ahora mi hermana está muerta. La han matado de una paliza porque yo no te maté a ti.

Monica, horrorizada, observó cómo la enfermera le inyectaba algo en la bolsa intravenosa y se alejaba.

Capítulo 12

Dutton,

sábado, 3 de febrero, 11:05 horas

– No puedo hacerlo -protestó Rocky-. Me cogerán.

– Tienes miedo -se burló Bobby.

– Sí -confesó Rocky-. Tengo miedo. ¿Quieres que me plante en medio de la ciudad y le dispare a Susannah Vartanian en pleno cementerio? ¿Delante de todo el mundo?

– Con tanta gente no se sabrá quién ha sido -dijo Bobby-. Cuando hayas disparado, tira la pistola al suelo. Habrá mucha confusión y podrás escaparte.

– Es de locos.

Bobby se quedó callada.

– Creía que confiabas en mí.

– Y confío en ti, pero…

– Todas las veces has demostrado tener miedo -observó Bobby con dureza-. Ayer en la nave. Con la enfermera. Si cada vez tienes que esconderte, no me sirves. -Bobby arqueó las cejas-. Y, Rocky, de mí no se aparta nadie así como así.

– Ya lo sé -dijo Rocky. Si se negaba, moriría allí mismo. «No quiero morir.»

Bobby la estaba observando.

– Tienes miedo. Eres una fracasada. No me sirves.

Rocky se quedó mirando la pistola con la que Bobby le apuntaba.

– ¿Me dispararás? ¿Tal cual?

– Tal cual. Si eso es todo cuanto confías en mí, después de lo que he hecho por ti durante toda la vida… Tendrías que estarme agradecida, y sin embargo no haces más que darme disgustos y más disgustos. Los fracasados no me sirven para nada. Tú no me sirves para nada porque has fracasado demasiadas veces. Esta era tu última oportunidad para demostrarme que valía la pena salvarte. Conservarte.

Bobby permanecía sentada, tranquila y confiada. Rocky, en cambio, tenía ganas de gritar. Su interior era una amalgama de inseguridad y miedo. Si Bobby la echaba, ¿adónde iría? Se quedaría sola.

– ¿Puedo al menos usar una pistola con silenciador?

– No. El silenciador es de cobardes, y tú debes demostrarme que tienes el valor suficiente para ser mi protegida. Si hoy sales airosa, nunca más volverás a tener miedo, y así es como necesito a mi ayudante. Es lo que me hace falta. Así que elige. Vivir y servirme, o encogerte de miedo y morir.

Rocky se quedó mirando la pistola que Bobby empuñaba. Cualquiera de las dos opciones era una mierda. Claro que morir lo era más. Además, estaba hasta la coronilla de tener miedo.

– Dame la pistola. Lo haré. -«Pero cuando dispare no será Susannah Vartanian quien caiga. Caerás tú. Y luego les diré quién eres y lo que has hecho, y me dejarán en libertad.»

Dutton,

sábado, 3 de febrero, 11:35 horas

– ¿Se ha quedado alguien en casa? -susurró Luke-. Parece que todos los putos habitantes de la ciudad estén aquí.

– Lo están -musitó Susannah. Se encontraba en el cementerio, detrás de la Primera Iglesia Baptista de Dutton, de pie entre Luke y Al. Chase ocupaba un lugar entre la multitud y vigilaba junto con diez agentes de la policía del estado vestidos de paisano.

– ¿Ha visto a alguien que le resulte familiar? -preguntó Luke en voz baja.

– Las mismas caras entre las que me crié. Si quiere que le vaya contando algo, pregúnteme lo que necesite saber.

– Muy bien. ¿Quién es el pastor que se ha encargado del oficio religioso?

– Es el pastor Wertz -respondió ella en voz baja, y Luke agachó la cabeza para oírla mejor. Volvía a oler a cedro, pensó Susannah; había conseguido quitarse de encima el olor del fuego y de la muerte. Tomó aire y se llenó de su aroma antes de volver a concentrarse en el cementerio, el mismo que hacía apenas dos semanas había visitado junto con Daniel-. Wertz siempre ha sido el pastor, desde antes de que yo naciera. Mi padre lo consideraba un tonto. Eso podía querer decir que no se dejaba sobornar o bien que no era lo bastante inteligente para seguirle el juego. Wertz no ha cambiado mucho, solo que antes sus sermones eran mucho más largos. El de hoy no ha durado ni veinte minutos.

– Ya ha dado muchos -observó Al-. Puede que necesite tomarse las cosas con más calma para no gastar todas las energías de golpe.

Susannah pensó en todas las personas que habían muerto a manos de Mack O'Brien.

– Probablemente tengas razón.

– ¿Quién es ese hombre tan bien vestido, el mayor de los que acompañan el féretro? -preguntó Luke.

– Es el congresista Bob Bowie.

– Su hija fue la primera víctima de Mack O'Brien -musitó Luke, y ella asintió.

– A su lado están su esposa, Rose, y su hijo, Michael.

– ¿Y quién es el anciano delgado que hay al lado del hijo?

– El señor Dinwiddie. Es el mayordomo de la familia Bowie; siempre lo ha sido, desde que yo tengo uso de razón. El servicio de la casa de los Bowie reside con ellos; por eso mi madre les tenía celos. Quería que en casa también tuviéramos un mayordomo, pero mi padre no se lo permitió. «Los criados tienen las orejas muy grandes y la lengua muy suelta», decía. Siempre andaba demasiado ocupado haciendo tratos nocturnos para estar pendiente de un mayordomo.

– ¿Hay alguien más que crea que debo saber quién es?

– ¿Ve a esa anciana con el pelo tan hueco? Está tres filas por detrás. Es Angie Delacroix. Seguro que vale la pena hablar con ella de Granville o de cualquier otra persona. Es la dueña del centro de estética y está al corriente de todo lo que ocurre en Dutton; y lo que no sabe ella, lo sabe el trío de la barbería. Por ahí vienen.

Tres ancianos habían permanecido sentados en sendas sillas plegables junto a la tumba. Los tres se habían levantado al unísono y caminaban a través del césped.

– ¿El trío de la barbería? -preguntó Al mientras los ancianos se acercaban-. ¿Y esos quiénes son?

– Son tres ancianos que se pasan todo el día, de nueve a cinco y de lunes a viernes, sentados en el banco de delante de la barbería viendo pasar a la gente. Siempre se toman una hora para comer en el restaurante que hay justo enfrente. En Dutton son toda una institución. Los viejos de la ciudad tienen que esperar a que un miembro del trío muera para ocupar el espacio libre en el banco.

– Ajá -musitó Luke-. Y yo que creía que mi tío abuelo Yanni era raro porque les pintaba los ojos de azul a las estatuas de su jardín ¿Cuál de ellos era el profesor de inglés de Daniel? Ayer nos ayudó a descubrir a Mack O'Brien. Puede que esté dispuesto a proporcionarnos más información.

– Debe de referirse al señor Grant. Es el de la derecha. Los otros son el doctor Temblor y el doctor Sordid. Los tres me ponen los pelos de punta.

– Llamándose Temblor y Sordid no me extraña -bromeo Luke.

– Hacen honor a sus nombres. El doctor Temblor era mi dentista, y a estas alturas aún no soy capaz de oír una fresa sin echarme a temblar. El señor Grant siempre estaba hablando de poetas muertos. Quería que me dedicara al teatro. El doctor Sordid era mi profesor de biología. Era… diferente.

– ¿Qué quiere decir?

– Hacía que en "Todo en un día" Ben Stein pareciera hiperactivo.

– Pues sí que era animado, si -comento Luke con hilaridad en la voz.

– Sí. -Susannah se irguió cuando los tres hombres se detuvieron frente a ella-. Caballeros, permítanme que les presente al agente especial Papadopoulos y al ayudante del fiscal del distrito Al Landers. Estos son el doctor Temblor, el doctor Sordid y el señor Grant.

Los ancianos inclinaron la cabeza con cortesía.

– Señorita Susannah. -El doctor Temblor le tomó la mano-. No tuve la oportunidad de darle el pésame en el funeral de sus padres.

– Gracias, doctor Temblor -respondió ella en voz baja-. Le agradezco el gesto.

El siguiente hombre le dio un breve beso en la mejilla.

– Tienes muy buen aspecto, cariño.

– Usted también, señor Grant.

– Hemos oído lo que le ha sucedido a Daniel -dijo el señor Grant, preocupado-. ¿Va mejor?

– Sigue en cuidados intensivos, pero el pronóstico es excelente.

El señor Grant sacudió la cabeza.

– No puedo creer que hace tan solo veinticuatro horas me regalara un libro de poesía y en cambio ahora… Por suerte, es joven y fuerte. Saldrá adelante.

– Gracias, señor.

El tercer hombre la observaba con atención.

– Se la ve muy pálida, señorita Vartanian.

– Estoy cansada, doctor Sordid. Las últimas semanas he tenido mucho ajetreo.

– ¿Toma vitamina B12? No se habrá olvidado de la importancia de las vitaminas, ¿verdad?

– Nunca podría olvidarme de eso, señor.

El semblante del doctor Sordid se suavizó.

– Lo sentí mucho cuando me enteré de lo de su madre y su padre.

Susannah reprimió el escalofrío.

– Gracias, señor. Muchas gracias.

– Perdone -terció Luke-. Seguro que han oído que el doctor Granville murió ayer.

Los tres pusieron mala cara.

– Es una noticia terrible -comentó el doctor Temblor-. Antes de retirarme tenía la clínica dental al lado de su consultorio. Todos los días hablaba con él. A veces comíamos juntos. Mi hija llevaba allí a sus hijos para que les pusiera las vacunas. No tenía ni idea…

– Fue alumno mío -dijo el señor Grant con tristeza-. Tenía una mente brillante. Iba muy adelantado y se graduó dos años antes de lo que le tocaba. Qué pérdida. Temblor tiene razón; es una noticia terrible. Nos ha dejado a todos conmocionados.

El doctor Sordid parecía desolado.

– Era mi mejor alumno. Nadie asimilaba la biología como Toby Granville. Nadie imaginaba que en él residiera tal maldad. Es increíble.

– Lo comprendo -musitó Luke-. Ustedes tres ven muchas cosas de las que suceden en Dutton.

– Sí -respondió el doctor Temblor-. En el banco siempre hay al menos uno de los tres.

Susannah arqueó las cejas, sorprendida.

– Yo creía que tenían que estar los tres, de nueve a cinco.

– Bueno, no solemos faltar; a menos que se tenga un buen motivo, claro -explicó el señor Grant-. Como yo, que todas las semanas tengo que ir a rehabilitación por la rodilla, o Temblor, que tiene que hacer diálisis, o Sordid, que…

– Ya está bien -le espetó Sordid-. No nos han preguntado todo lo que hacemos, Grant. ¿Tiene alguna pregunta en concreto, agente Papadopoulos?

– Sí, señor -respondió Luke-. La tengo. ¿Han reparado en que el doctor Granville hablara con alguien en especial?

Los tres hombres fruncieron el entrecejo y se miraron.

– ¿Se refiere a una mujer? -preguntó Temblor-. ¿Quiere saber si tenía una aventura?

– No -lo corrigió Luke-. ¿Creen que la tenía?

– No -respondió Sordid-. Suena ridículo decir que era un buen feligrés, pero nunca lo vi comportarse de forma inapropiada. Era el médico de la ciudad y hablaba con todo el mundo.

– O sea que no se relacionaba con nadie en particular por amistad ni por trabajo.

– Que yo sepa, no -respondió el señor Grant-. ¿Temblor? ¿Sordid?

Los tres hombres negaron con la cabeza. Resultaba curiosa su reticencia a hablar mal de un hombre de quien se había descubierto que era un violador, un asesino y un pederasta. Claro que también podía deberse a la desconfianza que en general inspiraban los forasteros, pensó Susannah.

– Gracias -respondió Luke-. Habría preferido que nos conociéramos en otras circunstancias.

Los tres dirigieron a Susannah una adusta mirada y se encaminaron de nuevo a sus sillas plegables.

Susannah exhaló un suspiro.

– Qué interesante. Esperaba que se mostraran fríos con Al porque es del norte, pero no con usted, Luke.

– ¿Ah sí? Entonces me alegro de no haber abierto la boca -dijo Al un poco molesto.

Los labios de Susannah se curvaron ligeramente.

– Lo siento, Al, pero las viejas generaciones no olvidan así como así.

– Es normal que no les hayan gustado mis preguntas -opinó Luke-. Con lo de Granville se ha montado un buen escándalo y la mala fama repercute en toda la ciudad. ¿Quién es esa de la cámara?

– Marianne Woolf. Su marido es el propietario del Dutton Review.

Luke soltó un quedo silbido.

– Daniel dice que en el instituto hicieron una votación y salió elegida la más dispuesta a hacérselo con cualquiera. Ahora lo entiendo. Joder.

Susannah apartó de sí los celos incipientes. Los hombres siempre reaccionaban así ante Marianne. Además, la edad le sentaba muy bien. Susannah se preguntó si no sería la cirugía plástica lo que le sentaba tan bien, pero descartó la idea por considerarla mezquina.

– Marianne debe de ser la encargada de redactar la noticia para el Review -dijo-. Jim Woolf no está, y sus hermanos tampoco. Ayer enterraron a su hermana Lisa.

– Lisa Woolf es otra de las víctimas de O'Brien -le explicó Luke a Al.

Susannah no quería pensar en las víctimas de Mack. Guardaban demasiada relación con Simon, y este guardaba demasiada relación con ella.

– El hombre que hay junto al pastor Wertz es Corey Presto. El señor Presto es el propietario de la pizzería en la que trabajaba Sheila y donde la mataron.

– Conozco a Presto. Estuve en el escenario junto con Daniel después de que le dispararan a Sheila. -Luke estiró el cuello para escrutar la multitud y Susannah volvió a sentir frío-. Dos terceras partes de la gente que hay aquí son periodistas. Yo pensaba que el funeral de sus padres había sido un festín, pero esto es de locos.

Ella vaciló.

– Por cierto, gracias por asistir al funeral de mis padres. Sé que para Daniel significó mucho contar con usted y con su familia.

Él le estrechó el brazo.

– Mi familia es la familia de Daniel. No podíamos permitir que pasara por todo eso solo.

Ella se estremeció, no sabía si a causa del contacto físico o del sentimiento. Miró la multitud y le extrañó ver a una figura que permanecía apartada del resto.

– Qué raro.

Al Landers se puso tenso al instante.

– ¿El qué?

– Ha venido Kate, la hermana de Garth Davis. No esperaba verla aquí, dadas las circunstancias. Me refiero a que Sheila ha muerto por culpa de Garth. Es esa de ahí, la que está sola.

– Tal vez haya venido sólo a dar el pésame -aventuró Al.

– Tal vez -dijo Susannah poco convencida-. Pero es muy raro.

– Chis -les advirtió Luke-. Están a punto de empezar.

La ceremonia fue corta, y triste. Corey Presto, el propietario de la pizzería, permaneció de pie junto al pastor Wertz, llorando en silencio. Susannah no vio a ningún otro familiar ni amigo. De hecho, se preguntaba cuántos de los presentes conocían a Sheila Cunningham.

Dadas las expresiones de extrema curiosidad de casi todos, no muchos. Habían acudido porque Sheila se había convertido en noticia. En los días venideros muchas conversaciones de cafetería girarían en torno a ella.

«Es lo mismo que pasará conmigo cuando mi declaración salga a la luz.»

El pastor Wertz empezó a leer la Biblia con expresión apesadumbrada. Ya había oficiado dos funerales en dos días y le esperaban muchos más.

Susannah pensó en Daniel cuando Corey Presto depositó una rosa sobre el ataúd de Sheila. El día anterior su hermano había estado a punto de morir. Si Alex no hubiera actuado con rapidez, tal vez al cabo de unos días ella se habría visto allí de nuevo, asistiendo al entierro del último miembro de su familia.

«Y me habría quedado igual de sola que Sheila Cunningham.» Más, de hecho, porque por lo menos Sheila tenía a Corey Presto. «Yo no tengo a nadie.» Susannah tragó saliva y se sorprendió al notar que tenía las mejillas húmedas. Avergonzada, se las enjugó rápidamente con los dedos y dio un respingo cuando la mano de Luke le acarició el pelo y se detuvo sobre su espalda, proporcionándole calidez y seguridad. Por un momento sintió la tentación de recostar la cabeza sobre él.

Y por un momento deseó contar con un hombre como Luke Papadopoulos, decente y amable. Pero no tenía ninguna posibilidad, y menos después de lo que le había contado. Él se mostraba amable porque consideraba a Daniel uno más de la familia, y tal vez incluso le pareciera atractiva. Pero estaba claro que a un hombre cuya madre andaba con un rosario en el bolso no podía gustarle… «Una mujer como yo». Y no podía culparlo por ello. «Ni siquiera yo me gusto.»

El pastor Wertz llegó al último «amén» y Susannah se apartó de Luke física y emocionalmente. Al le puso un pañuelo en la mano.

– Se te ha corrido el rímel.

Ella rápidamente volvió a limpiarse la cara.

– ¿Ya no se nota?

Al la tomó de la barbilla y le levantó la cabeza.

– No. ¿Estás bien?

«No»

– Sí. -Se volvió hacia Luke-. No tiene por qué cuidar de mí. Estoy bien.

Luke no parecía convencido, pero asintió.

– Tengo que regresar. A las dos tengo una reunión. Llámeme si me necesita o si ve a alguien que le resulte familiar. -Miró alrededor-. Quiero hablar con Kate Davis. ¿La ve?

Susannah no la veía.

– Debe de haberse marchado. Puede que le haya resultado muy incómodo estar aquí.

Luke miró a Al.

– Hay policías por todas partes. Grite si es necesario.

Al lo observó marcharse. Luego se volvió hacia Susannah y la miró con expresión divertida.

– Es muy… agradable.

«Demasiado agradable para alguien como yo.»

– Vámonos. Hoy todavía no he pasado a ver a la desconocida.

Acababa de echar a andar cuando una mujer se cruzó en su camino. Era alta, rubia y mostraba una expresión seria.

– Hola -la saludó nerviosa-. Usted es Susannah Vartanian, ¿verdad?

Al la rodeó por el brazo en un gesto protector.

– Sí -respondió Susannah-. ¿La conozco?

– No lo creo. Soy Gretchen French.

La víctima que según Chloe Hathaway pensaba convocar una rueda de prensa. ¿Cómo era posible que lo hubiera descubierto tan pronto?

– ¿Qué puedo hacer por usted, señorita French?

– Hace unos días conocí a su hermano Daniel. He oído que Randy Mansfield le ha disparado.

El nudo que se le había puesto en la garganta desapareció.

– Sí, pero se pondrá bien.

Gretchen sonrió, pero parecía costarle.

– Solo quería que le diera las gracias de mi parte. Tanto él como Talia Scott me hicieron más soportables unos momentos muy difíciles. Es muy amable.

Susannah asintió.

– Se lo diré.

– Ha sido muy amable por su parte venir hoy al funeral de Sheila en lugar de Daniel.

Susannah notó que Al la abrazaba con más fuerza para darle ánimo.

– No es por eso por lo que estoy aquí.

– Entonces, ¿conocía a Sheila?

– No.

«Vamos, dilo. Dilo. Dilo y la segunda vez te costará menos.» Gretchen arrugó la frente.

– Entonces, ¿por qué ha venido?

Susannah respiró hondo.

– Por el mismo motivo que usted. -Soltó el aire en silencio-. A mí también me agredieron.

Gretchen se quedó boquiabierta.

– Pero… Yo… -Se quedó mirándola-. No tenía ni idea.

– Yo tampoco sabía lo de usted, ni lo de las otras. No lo supe hasta que Daniel me lo contó el jueves. Creía que yo era la única.

– Yo también. Dios mío. -Gretchen tomó aire para tranquilizarse-. Todas lo creíamos.

– Hoy le he entregado mi declaración a Chloe Hathaway, la ayudante del fiscal -explicó Susannah-. Daré testimonio en el juicio.

Gretchen seguía atónita.

– Será difícil.

Difícil. Empezaba a odiar la palabra.

– Será un verdadero infierno para todas.

– Supongo que usted lo sabe mejor que ninguna. He leído que ahora es abogada.

– Ahora -repitió Susannah, y Al volvió a estrecharle el brazo. «Pero puede que deje de serlo.» Al tenía razón al afirmar que la defensa haría hincapié en su condición de víctima. Pero ya se ocuparía de eso cuando llegara el momento; ahora debía estar al lado de las demás-. La señora Hathaway me ha explicado que piensa convocar una rueda de prensa. Si me dice dónde y cuándo será, allí estaré.

– Gracias.

– No me dé las gracias, por favor. Tenga mi tarjeta. Llámeme cuando esté todo organizado.

Agachó la cabeza para buscar su monedero en el momento en que un fuerte disparo cortaba el aire.

En un instante Susannah se encontró tendida en el suelo, y sus pulmones se quedaron sin aire cuando Al aterrizó sobre ella. El cementerio era un puro revuelo. La gente pasaba por su lado corriendo y gritando mientras la policía se movilizaba para restaurar el orden entre la multitud.

Aturdida, levantó la cabeza y sus ojos captaron la imagen de una mujer que permanecía impasible en medio del frenesí de actividad que la rodeaba. Iba vestida de negro, desde el velo de su sombrero hasta las puntas de sus dedos enguantados, pasando por el dobladillo de su anticuado vestido. El velo de encaje le llegaba por debajo de la barbilla y le cubría el rostro; sin embargo, de algún modo Susannah supo que la mujer la estaba mirando. «Me mira a mí.»

Y Susannah también la miró, momentáneamente hipnotizada.

Labios rojos. «Tiene los labios rojos; labios rojos.» El color se transparentaba perfectamente a través del encaje negro y creaba un efecto llamativo. Entonces la mujer se mezcló con la multitud y desapareció.

– ¿Estás bien? -gritó Al para vencer el fragor de los chillidos de pánico.

– Más o menos.

– Quédate tendida unos… Mierda. -Al se levantó de un salto y Susannah se puso de rodillas en el momento en que él tendía a Gretchen French en el suelo-. Está herida.

Veinte policías uniformados ocuparon la zona. Era la segunda vez que Susannah tenía que detener la hemorragia de una herida de bala en menos de veinticuatro horas. Gretchen estaba consciente, pero se la veía pálida y temblaba. La bala le había atravesado la parte más gruesa del brazo y de la herida manaba sangre sin cesar.

– Quédese quieta -dijo Susannah-. No se mueva. -Enrolló el pañuelo de bolsillo de Al y presionó con él el brazo de Gretchen-. Al, dame… -Levantó la cabeza y vio que Al miraba fijamente hacia delante con horror, y entonces Susannah notó que el corazón le daba un vuelco-. Joder. Oh, no.

Kate Davis se encontraba tendida en el suelo entre dos sepulcros con la mirada fija en el cielo y su falda blanca teñida del rojo de su sangre. Uno de sus brazos caía flácido hacia un lado. Todavía llevaba la pistola en la mano.

Dos agentes enfundaron sus armas Susannah siguió mirando, estupefacta. No había oído el disparo. Pero Kate Davis estaba muerta.

Al miró al suelo, anonadado.

– Le ha disparado a Gretchen French.

– Hágase a un lado, por favor. -Los paramédicos la apartaban para abrirse paso por segunda vez en veinticuatro horas. Susannah se levantó. Le flaqueaban las piernas.

– Al…

Él la rodeó con los brazos y evitó que cayera al suelo cuando las rodillas le fallaron. La cubrió con su propio cuerpo cuando empezaron a dispararse los flashes de las cámaras.

– Ven conmigo. -Tenía la respiración agitada-. Susannah, esta ciudad es una mierda.

– Sí -respondió Susannah casi sin aliento-. Ya lo sé.

Tanner aminoró la marcha y Bobby se deslizó en el asiento del acompañante.

– En marcha.

Tanner obedeció y tardaron poco más de diez segundos en cruzar las puertas del cementerio.

– ¿Lo ha hecho?

– Claro. -Tal como lo había planeado.

– ¿La ha reconocido alguien?

– No.

Tanner hizo una mueca de disgusto cuando Bobby se quitó el sombrero y el velo.

– El sombrero es espantoso pero el pintalabios lo es más. -Le tendió su pañuelo-. Límpiese la cara.

– Sheila siempre llevaba los labios pintados de este color. He pensado que sería un bonito detalle.

Tanner alzó los ojos en señal de exasperación y Bobby se retiró el pintalabios.

– ¿Dónde tiene la pistola?

– La de Rocky la he tirado al suelo, tal como tenía pensado. La otra aún la llevo en el bolsillo. -Bobby palpó el pequeño agujero en la tela-. Al final las lecciones de Charles me han servido de algo. He alcanzado los dos objetivos, uno con cada mano. Los especialistas en balística pasarán todo el día tratando de establecer correspondencias.

– Entonces, ¿Susannah Vartanian también está muerta?

– Claro que no.

Tanner se volvió de golpe con expresión furibunda.

– Ha dicho que lo había hecho. ¿Es que ha fallado?

Bobby también lo miró con ceño.

– No he fallado. Si hubiera querido darle a Susannah, lo habría hecho. Mi intención nunca ha sido que tuviera una muerte tan dulce. Si Charles puede jugar con ella, yo también.

– Entonces, ¿a quién más le ha disparado?

– No tengo ni idea -respondió Bobby en tono jovial-. A una mujer que ha tenido la desgracia de encontrarse junto a Susannah justo en ese momento. -Soltó una carcajada-. No me había sentido así desde… Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez. Puede que cuando maté al cabrón de Lyle.

– Su padre lo llevaba escrito en la frente -dijo Tanner con decisión.

«No era mi padre.»

– Rocky también. Volvamos a Ridgefield. Tenemos cosas que hacer antes de que salgas hacia Savannah.

Tanner se puso tenso.

– Baje la cabeza. Hay un coche de policía a las doce.

Bobby se agachó y se escondió detrás del salpicadero.

– No he visto ningún coche de policía.

– Iba de incógnito. Pero ya se ha marchado. Vámonos de aquí.

Dutton,

sábado, 3 de febrero, 12:05 horas

Luke salió del coche con el corazón desbocado.

«Se han oído disparos en el cementerio de Dutton.» En cuanto oyó la noticia por la radio, dio media vuelta y regresó a toda pastilla. Susannah ocupaba el asiento del acompañante de su vehículo de alquiler, rodeado de coches patrulla. Dos agentes de la policía del estado se dedicaban a controlar a la multitud y Al Landers, con cara de enojo, caminaba arriba y abajo junto al coche.

– ¿Qué ha pasado? -quiso saber Luke. Al sacudió la cabeza.

– Aún no lo sé, y creo que su jefe tampoco.

Luke asomó la cabeza por la ventanilla del coche. Susannah permanecía quieta, con las manos entrelazadas sobre su regazo. Tenía la cara y la pechera del vestido negro veteadas de barro rojizo.

– ¿Está bien?

Ella le dirigió una mirada llena de hastío.

– Lo único que me ha rozado ha sido Al. Kate Davis ha muerto.

Luke arrugó la frente.

– ¿Kate Davis? Está de broma.

– Ojalá. La policía la ha matado a tiros después de que ella le disparara a Gretchen French.

Luke sacudió la cabeza para aclararse las ideas.

– ¿Kate Davis ha disparado? ¿En el cementerio?

– Sí -respondió Susannah con calma-. A Gretchen French. En el cementerio. Con una pistola.

– ¿A la víctima que Chloe ha mencionado esta mañana? ¿La que quería organizar una rueda de prensa junto con las otras víctimas?

– La misma. Gretchen no está malherida. Los paramédicos la están atendiendo.

Al asomó la cabeza por el otro lado con expresión sombría.

– Lo que no le ha dicho es que en ese momento ella estaba al lado de Gretchen.

A Luke se le puso un nudo en el estómago. Podrían haberla matado.

– Le pediré a la señorita French que me ponga al corriente de lo ocurrido -dijo con brusquedad-. Usted volverá conmigo.

Susannah lo miró sorprendida.

– Kate no me ha disparado a mí, le ha disparado a Gretchen. Además, está muerta; no podrá dispararle a nadie más.

– Hágame caso. Por favor.

Algo cambió en los ojos grises de Susannah.

– Ha sido muy amable, Luke, pero no tiene por qué cuidar d mí. Sé cuidarme sola.

Se había alejado a pesar de no haber movido un solo músculo.

– Hágame caso de todos modos -dijo él con la mandíbula tensa-. Susannah, estoy tan cansado que me cuesta concentrarme. Si encima estoy preocupado por usted, aún me costará más.

Eso cambió las cosas. Ella asintió.

– Muy bien. ¿Lo acompaño ya?

– No. Espere aquí hasta que vuelva. -Al y Luke se pusieron derechos e intercambiaron una mirada por encima del coche-. ¿Puede encargarse del coche de alquiler?

– Sí. Esa mujer, Kate Davis, era la hermana de Garth, el único miembro del club de Simon que queda vivo. ¿Es posible que se haya filtrado información sobre la declaración de Susannah?

– ¿Y que fuera ella el objetivo? -Luke ya se había planteado la posibilidad-. Lo descubriré.

Luke encontró a Chase junto al cadáver de Kate Davis. El hombre lo miró con amargura.

– Llevo un día fatal.

– Kate Davis también -repuso Luke-. ¿Quién le ha disparado?

– No lo sé -respondió Chase, con mayor amargura en la voz. Luke lo miró pensativo.

– ¿Quieres decir que no ha sido el GBI?

– No; quiero decir que no ha sido ningún agente de los que estaban destinados aquí. Ninguno ha disparado el arma, así que no sé quién ha matado a esta mujer -dijo Chase con irritación.

Luke miró alrededor, aguzando la vista.

– ¿Han disparado dos personas distintas?

– Eso parece.

– La bala le ha ido directa al corazón. Ha sido alguien con muy buena puntería.

– Sí, ya lo he notado. Por lo menos Kate no apuntaba tan bien. Gretchen se recuperará.

– Eso dice Susannah. Voy a llevármela a Atlanta conmigo. Entonces, ¿qué ha pasado?

– Kate Davis se encontraba entre un grupo de personas apiñadas junto a la tumba. Había una larga caravana de coches aguardando para salir del cementerio y la gente ha empezado a impacientarse.

– Yo había aparcado en el camino de acceso -dijo Luke-. He tenido que andar un poco pero he podido salir enseguida.

– Pero no has sido el único, y en parte ese ha sido e problema. Cuando se han producido los disparos, la gente ya había empezado a marcharse. Ha sido imposible retenerlos a todos.

Todavía quedaba mucha gente en el cementerio, muchos se alineaban junto a la cinta amarilla que había tendido uno de los agentes con la esperanza de presenciar la acción que se desplegaba en el escenario de un crimen de verdad.

– ¿Hay testigos?

– Los tres ancianos de las sillas plegables lo han visto todo de muy cerca. Dicen que han visto que Kate llevaba una chaqueta doblada en el brazo, y que parecía «inquieta». -Señaló la chaqueta tirada en el suelo, a medio metro del cadáver-. Al instante se ha oído un disparo y la gente ha empezado a chillar. Al Landers se ha echado sobre Susannah y la ha tirado al suelo, pero han herido a Gretchen French. Unos segundos más tarde dos policías habían desenfundado el arma y apuntaban a Kate. Uno le ha ordenado que bajara la pistola. Dicen que parecía atónita. -Chase lo miró a los ojos-. Y que ha dicho: «He fallado.»

A Luke se le heló la sangre en las venas.

– Mierda.

– Sí. Al cabo de un segundo ha caído desplomada. Debe de haber muerto antes de llegar al suelo. Tal como has dicho, quien haya sido tiene una puntería de la hostia.

– Y una pistola con silenciador.

– Eso también.

– Entonces la segunda persona se ha escapado. -Luke no permitió que el pánico que le atenazaba el vientre lo dominara. Habían errado el tiro y Susannah estaba ilesa. La herida de Gretchen no era importante-. Me alegro de que te encargues tú de los jefazos. Una cosa así nos hará quedar a la altura del betún.

– Más o menos esa expresión lo resume todo. No es necesario que te quedes, Luke. Ed se está ocupando del escenario y yo me las arreglaré con la prensa. -Hizo una mueca-. Seguro que todos han conseguido unas imágenes estupendas para los informativos.

– Menos mal que estábamos aquí -dijo Luke sin rodeos, y Chase alzó los ojos al cielo.

– Tenías razón. No era malgastar recursos.

– Gracias. Me marcho. Tengo que encontrarme con los padres de Kasey Knight a las dos; ya sabes, los padres de la primera víctima que hemos identificado. No me apetece nada, la verdad.

– Espera -dijo Chase-. ¿No querías ir a ver si Granville tenía a su nombre una caja de seguridad en algún banco de Dutton?

– He ido antes pero estaba cerrado -explicó Luke-. Hoy entierran en Atlanta al nieto de Rob Davis, el director del banco.

– Porque Rob Davis se la jugó a Mack O'Brien y él, como represalia, mató a su nieto. -Chase suspiró-. Ahora su sobrino, Garth, está en la cárcel, su esposa y sus hijos han desaparecido y Kate ha muerto. No me gustaría pertenecer a esa familia.

– Ni a la familia Vartanian -añadió Luke en voz baja.

– Ni a la familia Vartanian -convino Chase.

– Disculpen.

Luke y Chase se volvieron a mirar al pálido pastor Wertz, apostado tras ellos.

– ¿Sí, pastor? -dijo Chase-. ¿Hay algo qué podamos hacer por usted?

Wertz parecía aturdido.

– Esta tarde tenía previsto celebrar otro funeral. ¿Qué debo hacer?

– ¿A quién entierran? -preguntó Luke.

– A Gemma Martin -respondió el pastor-. Dios mío, esto no pinta bien. Nada bien.

– Es la tercera víctima de Mack O'Brien -musitó Chase-. ¿Se espera que asista mucha gente?

– La familia ha contratado a un equipo de seguridad para que no entre ningún periodista -explicó el pastor-. Aun así, están sobrevolando la zona. Se cuelan por todas partes. Es horrible. Horrible.

– Tenemos que acordonar toda la zona del cementerio -dijo Chase-. Es el escenario del crimen. Tendrán que aplazar el funeral y el entierro.

– Oh, no. Oh, no. -El pastor Wertz se retorcía las manos-. Se lo diré a la señora Martin, la abuela de Gemma. No le gustará nada, nada.

– Yo se lo diré, si cree que es mejor -se ofreció Chase, y el pastor asintió.

– Sí, sí que será mejor -Bajó la cabeza y suspiro-. Pobre Kate. Era la última persona de quien habría esperado una cosa así. Pero supongo que hasta las manos más limpias se manchan en momentos así, habiendo acusado Gretchen a su hermano de violación. Los padres de Kate y Garth se habrían llevado un gran disgusto al ver en qué se han convertido sus hijos. Estarían muy tristes. Muy, muy tristes.

Dutton,

sábado, 3 de febrero, 12:45 horas

Luke echó un vistazo a Susannah antes de volverse de nuevo hacia la carretera. Había mantenido los ojos pegados a la pantalla del ordenador desde que salieran del cementerio.

– ¿Qué está haciendo ahora?

– Buscando a la desconocida en páginas de niños desaparecidos. Anoche le dediqué unas tres horas.

– Ya tenemos a gente buscando en esas páginas. ¿Por qué no se recuesta y duerme un poco?

– Porque es mía -respondió Susannah con tranquilidad-. Además, ustedes solo tienen fotos de ella con la cara llena de golpes y los ojos cerrados. Yo la vi con los ojos abiertos, es posible que capte algo que los demás no captan. Y me volveré loca si no hago nada.

– Eso sí que lo comprendo. ¿Qué ha encontrado esta mañana con respecto a la esvástica?

– Nada emocionante. Usan esa cruz el hinduismo, el jainismo y el budismo. En todos los casos es un símbolo religioso y puede representar muchas cosas, desde la evolución de la vida hasta la buena suerte o la armonía. Significa cosas distintas según esté orientada hacia la derecha o hacia la izquierda. La mía mira hacia la derecha, lo que significa fortaleza e inteligencia. Si mirara hacia la izquierda, significaría amor y misericordia -dijo con mala cara.

Luke se quedó pensativo.

– Ninguna de las cruces mira hacia la izquierda.

– Eso me parece. De todos modos, la cruz gamada de los nazis siempre mira hacia la derecha.

– O sea que podría tener vinculación con algún grupo neonazi.

– Cabe la posibilidad, pero no lo creo. La cruz nazi tiene formas muy rectas y casi siempre está girada cuarenta y cinco grados. Nunca tiene las puntas terminadas en ángulo.

Él se quedó mirándola.

– ¿Por qué no se hizo quitar la suya?

– Como penitencia, supongo. -Vaciló; luego se encogió de hombros-. Tampoco iba a verla nadie, así que daba igual.

Él frunció el entrecejo.

– ¿Qué quiere decir?

– Quiero decir que no pienso volver a enseñársela a nadie.

La frente de Luke se arrugó aún más.

– ¿Se refiere a la playa o a una relación?

– A las dos cosas.

Su tono traslucía determinación.

– ¿Por qué?

Ella emitió un sonido que denotaba un gran enojo.

– Es muy entrometido, agente Papadopoulos.

– Luke -dijo él con más aspereza de la que pretendía, y ella volvió a encogerse de hombros, lo cual molestó a Luke-. Antes era amable; ahora soy un entrometido. -Aguardó, pero ella no dijo nada más-. ¿Es todo lo que piensa decir?

– Sí. Es todo.

Él se alegró de notar que el móvil le vibraba en el bolsillo. Estaba a punto de perder la paciencia, y eso era lo último que ninguno de los dos necesitaba.

– Papadopoulos.

– Luke, soy Leigh. Tengo unos cuantos mensajes para ti. ¿Es un mal momento?

«Sí.»

– No, está bien -respondió-. ¿Qué hay?

– El primero es de los Knight. Tenías que encontrarte con ellos a las dos pero no llegarán hasta las tres y media. El segundo es que tengo un posible apellido para Ashley C. Un tal Jacek Csorka, de Panama City, en Florida, ha denunciado la desaparición de su hija. Lleva desaparecida desde el miércoles pasado. No ha cumplido los dieciocho años.

– ¿Me dices el número? Bueno, díselo a Susannah. -Le tendió el móvil y dijo-: ¿Puede anotar el teléfono que le dará Leigh? -Susannah lo hizo y le devolvió el móvil a Luke-. ¿Qué más?

– Ha llamado Alex. Daniel está despierto.

Él respiró aliviado por primera vez en horas.

– Estupendo. ¿Qué hay de la chica?

– Sigue dormida.

– Supongo que no se puede tener todo. ¿Ha llamado alguien para dar información?

– Tenemos cientos de llamadas, pero no hay ninguna que resulte verosímil.

– Gracias, Leigh. Llámame en cuanto la chica se despierte. La chica sigue igual -dijo dirigiéndose a Susannah después de colgar. Ella continuaba con los ojos pegados a la pantalla-. Puede que la chica no aparezca ahí, Susannah.

– Tiene que estar. Ayer preguntó por su madre. Seguro que ella la quiere, y no puedo imaginarme que una madre no haga todo lo posible por encontrar a su hija.

En su voz se apreciaba cierta añoranza, y Luke se preguntó si ella lo notaba. Le rompía el corazón.

– Tengo que hacerle otra pregunta impertinente.

Ella suspiró.

– ¿Cuál es?

– ¿Ha tenido novio alguna vez?

Ella lo miró con severidad.

– No le veo ninguna gracia.

– No pretendía que fuera gracioso. Cuando iba a la universidad, antes de lo de Darcy, ¿tuvo novio?

– No -respondió ella en tono glacial, pero él no se inmutó.

– ¿Y en el instituto, antes de lo de Simon y Granville?

– No -volvió a responder ella; esta vez airada.

– ¿Y después de lo de Darcy?

– No -respondió ella con voz atronadora-. ¿Parará ya? Si esto es lo que tengo que oír para seguir con vida, por mí puede entregarme al malvado de Rocky y terminar de una vez.

– ¿Por qué? -preguntó él, sin hacer caso de su pataleta-. ¿Por qué no ha tenido novio después de lo de Darcy?

– Porque no -soltó, y entonces dejó caer los hombros-. ¿Usted me querría, agente Papadopoulos? -preguntó en tono cansino, y por una vez él no la contradijo-. Pues ya está. Bien sabe Dios que no me lo merezco. Y, lo más importante, ningún hombre decente se lo merece.

– ¿Yo soy decente? -preguntó él en voz baja.

– Me temo que sí, Luke -respondió ella, con tanta tristeza que a él se le partió el alma.

– O sea que siempre estará sola. ¿Es esa la penitencia que se ha impuesto?

– Sí.

Luke sacudió la cabeza, incapaz de aceptarlo.

– Se equivoca, Susannah. Está pagando por una cosa que no hizo. Usted fue la víctima.

– Usted no sabe lo que yo era -dijo con amargura.

– Pues cuéntemelo. Hábleme.

– ¿Por qué?

– Porque necesito saberlo. Quiero ayudarle. -Tomó aire-. Quiero conocerla, joder. -Sus manos aferraron el volante, y empezó a moverlas con nerviosismo-. La primera vez que la vi… deseé… conocerla. -A Luke, que solía ser muy bueno ligando, se le trababa la lengua-. La deseé -concluyó con un hilo de voz.

Ella estuvo un rato sin decir nada.

– Usted no desea a alguien como yo, Luke. Créame.

– ¿Porque una noche se acostó con un tío a quien no había visto nunca? ¿Y qué, joder?

– No fue una vez -susurró, tan bajito que él casi no lo oyó. Entonces tragó saliva-. No quiero seguir hablando con usted, de verdad. La situación ya es bastante difícil. Por favor.

Fue el temblor de desesperación de su voz lo que hizo que él dejara de presionarla.

– Muy bien. ¿Marca el número que le ha dado Leigh?

Ella lo hizo, y Luke habló con el señor Csorka, quien decidió salir inmediatamente de Florida con muestras de ADN de su hija Ashley. Luke esperaba poder identificar con éxito a la primera de las chicas desaparecidas. El señor Csorka llegaría esa misma tarde, a partir de las seis.

Luke repasó mentalmente todos los detalles que conocía del caso y trató de llenar el silencio que se había hecho en el interior del vehículo, pero cada pocos minutos miraba a Susannah deseando saber qué decirle. Al final hizo caso de su petición y dejó de hablarle. Cuando llegaron al hospital de Atlanta tenía la esperanza de que ella dijera algo, pero se limitó a cerrar el portátil y alejarse sin pronunciar palabra.

Luke, sintiéndose triste e impotente, la dejó marchar.

Aparcó con la intención de entrar a ver a Daniel, pero en ese momento volvió a sonarle el móvil.

– Luke, soy Nate. He estado mirando las fotos del ordenador de Mansfield.

Luke sintió una punzada de culpabilidad.

– Lamento haberte dejado solo con eso, Nate. Tengo un poco de tiempo antes de que lleguen los padres de Kasey Knight. Deja que hable un momento con Daniel e iré a ayudarte.

– De hecho ya he encontrado algo -dijo Nate con la voz llena de energía-. Ven ahora mismo.

Capítulo 13

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 13:25 horas

Susannah tenía la intención de ir directamente a ver a la desconocida, pero sus pies aminoraron la marcha cuando pasó por delante de la habitación de Daniel. Estaba despierto y solo, medio incorporado en la cama.

Sus ojos se cruzaron; los de él eran de un azul intenso. Ella no sabía qué hacer ni qué decir. Entonces él le tendió la mano y todos sus sentimientos contenidos se desbordaron. Avanzó con torpeza y le tomó la mano, y él la atrajo cerca de sí. Ella hundió la cara en el hueco de su hombro y se echó a llorar.

Él, un poco violento, le acarició el pelo, y entonces Susannah vio que también estaba llorando.

– Lo siento mucho, Suze -dijo con voz ronca-. No puedo volver atrás. No puedo cambiar lo que hice.

– Yo tampoco.

– Tú no hiciste nada -soltó él con rabia-. Yo debería haberte protegido.

– Y yo debería habértelo contado -musitó ella, y él se calló.

– ¿Por qué no lo hiciste? -susurró Daniel con voz angustiada-. ¿Por qué no me lo dijiste?

– Simon me advirtió que no lo hiciera. Me dijo que no estabas en casa y que… -Se encogió de hombros-. Simon me dijo muchas cosas. Le gustaban los juegos psicológicos.

– Ya lo sé, igual que a papá. -Él suspiró-. Tendría que habérmelo imaginado. Los dos fueron siempre mucho más crueles contigo. Y si yo me interesaba por ti, aún parecían serlo más.

– Por eso te alejaste -musitó ella.

– No debería haberlo hecho.

«Te perdono. Dilo. Dilo.» Sin embargo, las palabras se aferraban a su garganta.

– Ahora ya está hecho, Daniel -dijo al fin-. Lo comprendo. -Fue todo cuanto pudo pronunciar.

Ella se levantó y desvió la mirada mientras buscaba los pañuelos de papel. Se enjugó el rostro y volvió a sentarse junto a la cama. De repente dio un respingo.

– Joder, las enfermeras se pondrán hechas unos basiliscos.

Él sonrió con debilidad. La bata le había quedado llena de churretes del maquillaje de Susannah y las sábanas estaban manchadas de barro rojizo procedente de su vestido.

– Vas un poco sucia, cariño.

– Me he caído; más o menos. He asistido al funeral de Sheila Cunningham.

Él pestañeó, perplejo.

– ¿Eso has hecho? -preguntó, y ella asintió.

– He conocido a Gretchen French. Me ha dado recuerdos para ti y me ha dicho que te está muy agradecida. -Encogió un hombro-. No me extrañaría que se pasara por aquí cuando la dejen salir de urgencias.

Él abrió los ojos como platos.

– ¿Gretchen está en urgencias?

Ella le explicó lo que había ocurrido y él se quedó atónito.

– Dios mío. Kate Davis nos ayudó a descubrir a Mack O'Brien. Nos dijo que la esposa de Garth se había marchado con los niños porque temía por su vida. Creíamos que, con Mack y los demás muertos, estaba a salvo, pero…

– Supongo que discrepaba de nosotros en la acusación de Garth. Daniel, necesito contarte cosas y es preciso que me escuches. Ayer te dije que no sabías lo que yo era.

– Lo sé. No lo entendí, y sigo sin entenderlo.

– Voy a explicártelo y si luego quieres que me marche, lo haré. Hoy, junto a la tumba de Sheila, me he dado cuenta de que ayer podrías haber muerto y de que entonces me habría quedado sola. No quiero estar sola.

– No te dejaré nunca más -dijo él con voz áspera.

Una de las comisuras de los labios de Susannah se curvó con tristeza.

– Bueno, a ver qué te parece la historia. Luke te lo habría acabado contando en algún momento, pero prefiero que lo sepas por mí.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 13:25 horas

Luke encontró a Nate Dyer en el Cuarto Oscuro, el lugar donde visionaban el horrible material que habría escandalizado a cualquier persona decente. «¿Yo soy decente?», se oyó preguntarle a Susannah.

«Me temo que sí, Luke.» Y ella creía que no lo era porque se había acostado con un hombre a quien no conocía. O con más. Él hizo que confesara, al menos para que oyera a una «persona decente» decirle que no era un caso perdido. Que merecía que la quisieran.

No obstante, Susannah tendría que esperar. Daba igual que hubiera intentado posponer el momento. Luke supo que tendría que volver al Cuarto Oscuro en cuanto reconoció el rostro de Angel el día anterior.

El Cuarto Oscuro no tenía ventanas, solo una puerta. Allí solo admitían a los que tenían la necesidad de ver o saber algo. Luke introdujo el código con deseos de haberlo olvidado. Había pasado demasiadas horas en ese lugar. «Y una parte de tu ser va muriendo poco a poco.»

Sí. Luke cobró ánimo y empujó la puerta.

– Hola, Nate.

Nate lo miró sin sonreír.

– Será mejor que te sientes antes de ver esto.

Luke le hizo caso y se preparó para las náuseas que le entraban cada vez que abría una página web o visionaba una colección de imágenes obscenas. A pesar de la preparación, aquello nunca le resultaba fácil.

– Muy bien. Estoy preparado.

– Solo he empezado a visionar el material del ordenador de Mansfield -dijo Nate-. El tío tenía cinco discos duros externos, Papa. Y cada uno tiene quinientos gigas.

– Eso son cientos de miles de fotos -musitó Luke.

– Estaremos liados con esto meses enteros. Los técnicos informáticos han hecho copias de seguridad de todos los discos y yo las he recogido hace unas horas. Mansfield tiene la información muy bien ordenada. Muchas carpetas tienen nombres largos. Una se titula «Carne americana joven de primera calidad». Dentro había esto.

Luke se sentó frente al ordenador de Nate y fue bajando el cursor por las imágenes. En todas aparecían chicas en posturas provocativas. Todas estaban desnudas y sostenían con una mano la bandera estadounidense y con la otra un símbolo del estado del cual procedían.

Junto a todas las fotografías aparecía un nombre y una descripción, además de un «mensaje personal» de la chica. «Hola, soy Amy -leyó Luke-. Nací y me crié en Idaho.» Amy sostenía una patata que algún cabrón morboso había retocado para que parecieran unos genitales masculinos. Estaba Jasmine, del soleado estado de California; Tawny, de Wisconsin. Todas las chicas esbozaban una seductora sonrisa, y Luke se preguntó qué motivo podría haberlas forzado a sonreír así.

– Al final aparece una lista de precios -dijo Nate.

– Es un catálogo -observó Luke en tono inexpresivo.

– Exacto. Y el logo de la empresa es la esvástica con las puntas terminadas en ángulo.

– Compre carne americana -dijo Luke-. Tenía la sensación de que nos las veíamos con un grupo racista.

– Mira en la página veinticuatro.

Luke lo hizo.

– Es Angel. -Pero allí la llamaban Gabriela.

– Y en la página cincuenta y dos.

A Luke se le disparó el pulso.

– Es la chica desconocida. La llaman Cariño. Yo la llamé así anoche; por eso se puso tan nerviosa. ¿Hay otras ediciones? ¿Anteriores?

– Sí, dos más. Parece que lanzan un catálogo nuevo cada trimestre, y este tiene fecha de hace dos meses. Luke, más adelante aparecen las dos chicas que estaban con Angel en la página web que clausuramos hace ocho meses.

– Les perdimos la pista; no pudimos encontrarlas más en internet.

Nate señaló la pantalla.

– Ahora ya sabemos adónde fueron a parar.

– O sea que o Mansfield tenía algo que ver personalmente con esta página o bien sabía quién la gestionaba. ¿De qué otra forma si no pudo llevarse a las tres chicas?

– No lo sé. Ahora vendrán George y Ernie para que yo pueda dormir un poco. Tal vez ellos encuentren algo que nos lleve hasta el depravado que gestiona esta página. Daría cualquier cosa por echarle el guante. -Nate observó el rostro de Luke-. Tú pareces tan cansado como yo. Vete a dormir un rato.

– No. Me queda una hora antes de encontrarme con los padres de Kasey Knight. Dame uno de esos discos. -Se sentó frente al ordenador y cerró los ojos para prepararse mentalmente.

– ¿Necesitas algo? ¿Quieres un poco de comida? -preguntó Nate, y Luke cayó en la cuenta de que no había comido nada des hacía casi doce horas, cuando su hermano Leo le preparó los huevos.

– Sí. Me he olvidado de comer.

– Siempre te olvidas -dijo Nate, y le dio una fiambrera de la pequeña nevera-. Musaka.

Luke pestañeó.

– ¿Cómo…?

Nate sonrió.

– Tu madre pasó ayer por el despacho a traer comida. Le preocupaba que no comiéramos bien porque tú estabas ocupado ayudando con el caso de Daniel Vartanian.

Luke se enterneció.

«Te quiero, mamá.»

– Mi madre es muy buena mujer.

– Y mejor cocinera. Come, Papa. Luego busca. Tú tienes mejor vista que yo.

Luke, armado con la musaka de su madre, se sentó dispuesto a visionar las imágenes de que estaban hechas sus pesadillas. Buscó en el directorio algún nombre que le dijera algo especial. Algunas carpetas tenían titulares más explícitos que otros. «Látigos y cadenas», «"No" quiere decir "Sí"», «Los chicos siempre serán chicos». Luke se hacía una idea bastante concreta de lo que encontraría en esas carpetas. Entonces sus ojos se paralizaron ante uno de los nombres.

«Arvejilla, imbécil.» Abrió el archivo y el corazón se le subió a la garganta de un brinco y le produjo asfixia. Poco a poco, aparto hacia un lado la fiambrera con la comida.

– Dios mío Nate, ven aquí.

Nate se asomo por encima de su hombro.

– Las fotos son de una calidad horrible.

Se veían granuladas, borrosas y descentradas.

– Mansfield debió de tomarlas con un móvil o con una cámara oculta. Mira, es Granville, con una chica.

– ¿Qué hace? -Nate se acerco más, y luego ahogó un grito-. Ah, joder, Papa.

– Puto cabrón. -Luke bajó el cursor, cada una de las fotografías era más obscena que la anterior. Granville había torturado a las chicas hasta límites incalificables. Y de alguna forma Mansfield lo había fotografiado todo.

– ¿Qué quiere decir «Arvejilla, imbécil»? -preguntó Nate, y acercó una silla.

– Sabes lo del club de los violadores, ¿verdad?

– Sí. Violaron a chicas hace trece años. Simon, el hermano de Daniel, era el cabecilla.

– No exactamente -lo corrigió Luke-. Creemos que el grupo lo dirigía Granville y que Simon le ayudaba. Daniel habló con la viuda de uno de los miembros del club y ella le explicó que todos tenían un mote. El de Mansfield era Arvejilla.

– ¿Y a qué viene lo de «imbécil»?

– No lo sé. Incendiaron la casa y le dispararon a Daniel antes de que pudiera darme más información. Iré a verlo y lo descubriré, pero me huelo que Mansfield debió de tomar las fotos para protegerse, por si en algún momento tenía que mantener a Granville a raya.

Luke siguió bajando por las fotos. De repente paró, y estuvo a punto de devolver lo poco que había comido. Era Angel. Entre todas las viles obscenidades de que Luke había sido testigo, aquellas bien podían ser las peores.

– Hostia, Nate.

Nate cerró los ojos.

– Mierda. -Tragó saliva y apretó los labios-. Mierda.

– Se nos ha escapado algo, Nate -observó Luke, con tanta debilidad en la voz como sentía en su interior-. Nosotros no conseguimos dar con los cabrones que gestionaban la página web, pero está claro que Granville y Mansfield sí. Por eso las tres chicas desaparecieron de la faz de la tierra en un abrir y cerrar de ojos. Granville las tenía aquí. Les estaba haciendo todo eso. ¿Cómo se las arreglaron?

– No lo sé, pero si la respuesta está en uno de esos cinco discos, la encontraremos.

Cinco discos. Dos mil quinientos gigas. Cien mil fotografías.

– Joder.

– Lo descubriremos, Luke.

– ¿Pero a tiempo de salvar a las cinco chicas que el cómplice de Granville ha hecho desaparecer? -preguntó Luke con amargura-. Llevamos veinte horas con esto y no hemos conseguido encajar ninguna pieza. Tenemos un juez desaparecido y estigmas en forma de esvástica. Tenemos un nombre, Rocky, al que no encontramos el puto sentido. Tenemos un homicidio cometido hace seis años en Nueva York y varias violaciones consumadas hace trece años, y sabemos que guardan alguna relación. Y también tenemos a una chica que no sé cuándo va a despertarse y a contarnos qué ha pasado. -Apartó la mirada. Estaba a fracciones de segundo de estallar.

Junto a él, Nate exhaló un cauteloso suspiro.

– Y tenemos a una víctima llamada Angel que murió y a quien deberíamos haber salvado -concluyó con un hilo de voz.

Luke notó que un sollozo ascendía por su garganta y, horrorizado, trató de contenerlo.

– Joder, Nate -exclamó con la voz ahogada-. Mira qué le hizo. Qué les hizo a todas.

Nate le estrechó el hombro con fuerza.

– No te preocupes -musitó-. No es la primera vez que alguno de nosotros pierde el control delante de esto. Por eso la sala está insonorizada.

Luke negó con la cabeza, y luchó por recobrar poco a poco la serenidad.

– Estoy bien.

– No, no estás bien.

– De acuerdo, no estoy bien. Pero haré lo que tengo que hacer. -Miró el reloj-. Aún me da tiempo de ir a ver a Daniel antes de que lleguen los Knight para identificar a su hija. Puede que él sepa algo más.

– Necesitas dormir, Luke.

– Ahora no. No puedo cerrar los ojos. Se me aparecería esto.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 14:30 horas

– Hola, Susannah.

Susannah, sentada en una silla junto a la desconocida, se volvió y se sorprendió de ver a la señora Papadopoulos con una gran bolsa de papel en cada mano.

– Mamá Papa. Hola.

– He pensado que la encontraría aquí, con esa chica.

Susannah sonrió.

– Yo pensaba que ya se habría olvidado de la chica.

Sus oscuros ojos emitieron un centelleo.

– Nunca hago ruido cuando me marcho. Le he traído esto para empezar. Luka le contó a mi hija Demi lo que mi nieta le había comprado. A Demi no le gustó.

– Fue muy amable -dijo Susannah, pero la madre de Luke negó con la cabeza.

– Esta mañana le he pedido a la más joven de mis hijas, Mitra, que saliera a comprarle ropa apropiada. -Le tendió las bolsas-. Si le gusta, se lo queda. Si no, Mitra lo devolverá.

Susannah miró dentro de las bolsas y sonrió.

– Todo es muy bonito. Y, ciertamente, es más apropiado.

– Además, todo estaba de rebajas. -Mamá Papa entornó los ojos-. Ha estado llorando.

– He ido a un funeral. Siempre me hacen llorar. -Era mentira, pero Susannah tenía que conservar de algún modo la dignidad-. Venga, le presentaré a la señorita M.

La madre de Luke cubrió la mano de la chica con la suya.

– Me alegro de conocerla, señorita M -dijo en voz baja-. Espero que se despierte pronto. -Luego se agachó y estampó un beso en la frente de la chica, y Susannah notó que de nuevo sus ojos se arrasaban en lágrimas. Nadie había hecho nunca eso por ella. La madre de Luke se volvió hacia Susannah y la examinó con sus perspicaces ojos negros-. Venga, cámbiese ese vestido tan sucio. Se sentirá mejor.

– De acuerdo. -Susannah apartó el pelo del rostro de la chica-. Enseguida vuelvo.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 14:45 horas

No estaba muerta. Monica no podía moverse, pero no estaba muerta. «Lo que la enfermera me ha puesto antes ha dejado de hacer efecto. Esta vez también dejará de hacer efecto. Tranquila. Dejará de hacer efecto.»

«Y cuando se me pase ¿qué haré? ¿Se lo diré a la policía? Si lo cuento, venderán a Genie.»

«Si no lo cuento, puede que también lo hagan. No le dejaran marcharse. Tengo que contarlo.»

Por lo menos Susannah había regresado después de cambiarse de ropa y había vuelto a sentarse en la silla, junto a su cama. No obstante, allí había algo muy extraño. «Siempre me hacen llorar», había dicho Susannah, refiriéndose a los funerales, a aquella mujer, la que le había llevado la ropa. «La que me ha besado en la frente.»

«¿De quién era el funeral?» No era posible que hubieran enterrado a las otras chicas tan deprisa. Las habían matado el día anterior. «¿Quién ha muerto?» Susannah se había marchado con la mujer y había regresado sola al cabo de unos minutos. Estaba muy callada. Se la veía abatida; muy triste.

Monica se puso tensa. Allí había alguien más.

– ¿Cómo está? -preguntó un hombre.

Era el agente, el de los ojos negros. Luke. Parecía molesto. Enfadado.

– Esta mañana ha estado un rato despierta -respondió Susannah-. Pero ha vuelto a dormirse. Supongo que es la única forma que tiene de evitar momentáneamente el dolor.

Monica le oyó arrastrar una silla y notó el calor de su cuerpo.

– ¿Ha dicho algo mientras estaba despierta?

– Yo no estaba.

– ¿Y ayer? ¿Dijo algo?

– No. Solo me miró como si fuera Dios, o algo parecido.

– Usted la sacó del barranco.

– Yo no hice nada -repuso Susannah, y Luke suspiró.

– Susannah, esto no es culpa suya.

– No estoy de acuerdo.

– Cuéntemelo -dijo, frustrado. Igual de frustrado que antes.

– ¿Por qué?

– Porque… Porque quiero saberlo.

– ¿Qué es lo que quiere saber, agente Papadopoulos? -La voz de Susannah había adquirido frialdad.

– Por qué cree que esto es culpa suya.

– Porque lo sabía -dijo ella en tono inexpresivo-. Lo sabía y no dije nada.

– ¿Qué es lo que sabía? -preguntó él con voz tranquilizadora.

– Sabía que Simon era un violador.

«Simon. ¿Quién es Simon? ¿A quién ha violado?»

– Creía que Simon no había participado en las violaciones, que sólo hacía las fotos.

Hubo unos instantes de silencio.

– Violó como mínimo a una persona.

«Oh, no.» Monica lo comprendió. «Quienquiera que sea Simon, también ha violado a Susannah.»

Luke respiró hondo.

– ¿Se lo ha contado a Daniel?

«¿Quién es Daniel?»

– No -respondió Susannah enfadada-. Y usted tampoco se lo dirá. Lo único que sé es que si lo hubiera contado, todo esto podría haberse evitado. Es posible que esta chica ahora no estuviera aquí.

Durante mucho rato ninguno de los dos dijo nada, pero Monica los oía respirar.

Al final Luke habló.

– Ayer reconocí uno de los cadáveres.

– ¿Cómo es eso? -preguntó Susannah con voz de sorpresa.

– Había visto a la chica en un caso en el que estuve trabajando hace ocho meses. No conseguí protegerla. No conseguí entregar a la justicia a un sádico que abusaba sexualmente de niños. Quiero otra oportunidad.

Estaba muy enfadado. Le temblaba la voz.

– Granville está muerto -dijo Susannah.

«¿Muerto? ¿Está muerto? ¡Aleluya!» No podría hacerle daño a Genie.

– Pero está la otra persona, la que mueve los hilos. Alguien que le enseñó a Granville a hacer muy bien su trabajo -repuso él con amargura-. Quiero pillarla. Quiero arrojarla al infierno y tirar la llave.

La otra persona. La mujer que le había ordenado al médico que las matara. Ella tenía a Genie. La ilusión de Monica se desvaneció.

– ¿Por qué me cuenta esto? -preguntó Susannah. Su voz denotaba cierta impaciencia, como si en realidad quisiera decirle:

«Cuénteme algo que no sepa ya».

– Porque es lo mismo que quiere usted.

Hubo una larga pausa.

– ¿Qué quiere que haga?

– Aún no lo sé. Cuando lo sepa, la llamaré. -Se puso en pie.

– Gracias.

– ¿Por qué?

– Por no contarle a Daniel lo de Simon. Gracias por respetar mi decisión.

Entonces Luke se marchó y Susannah exhaló un hondo suspiro.

«Sí -pensó Monica con impotencia-. Cuéntemelo a mí.»

Daniel parecía dormido, pensó Luke desde la puerta.

– No estoy durmiendo -dijo Daniel, y abrió los ojos. Tenía la voz ronca pero más clara de lo que Luke esperaba-. Me preguntaba cuándo te dejarías caer.

La mirada de Luke se posó en las manchas del hombro de la bata de Daniel.

– Pensaba que con lo que se paga al menos se tenía derecho a una bata limpia.

Una de las comisuras de los labios de Daniel se curvó hacia arriba y Luke observó que el gesto tenía un asombroso parecido con el de Susannah. No se parecían en nada más.

– Ayer todo se fue al garete.

– No sabes hasta qué punto. No tengo mucho tiempo, pero necesito un poco de información.

– Dispara. -Daniel hizo una mueca-. Pensándolo mejor, no lo hagas.

Luke ahogó una risita; se sentía un poco mejor.

– Estoy muy contento de que no te mataran.

– Yo también -dijo Daniel-. Pero temo que, si yo me siento mal, a ti se te ve peor.

– Gracias -respondió Luke en tono irónico, y enseguida se puso serio-. Puede que no hayas oído las noticias. Esta mañana han matado a Kate Davis.

– Suze me lo ha dicho, pero no le encuentro sentido. Kate no parecía el tipo de persona que anda por ahí liándose a tiros con la gente.

– Estoy de acuerdo, pero en este caso nada es lo que parece.

– Alex me ha contado lo de los cadáveres que encontrasteis y lo de las chicas vivas que se llevaron. Dice que Mansfield y Granville estaban implicados en una red de tráfico de humanos.

– Es cierto. En las últimas veinticuatro horas han pasado muchas cosas. Ahora no tengo tiempo de contártelo todo, pero, Daniel, hemos encontrado un archivo en el ordenador de Mansfield con fotos en las que se ve claramente a Granville torturando a esas chicas. El archivo se llama «Arvejilla, imbécil».

– Arvejilla es Mansfield. Granville lo llamaba así y él lo odiaba.

– Eso creía. ¿Qué sabes del juez Borenson?

Daniel pareció sorprenderse de la pregunta.

– Fue quien presidió el juicio de Gary Fulmore. La secretaria de Frank Loomis nos contó que se había retirado y que vivía en la montaña aislado de todo el mundo.

– Esa parte ya me la sé. ¿Qué recuerdas de él? De cuando eras niño.

– A veces venía a cenar a casa. Luego mi padre y él se encerraban en el despacho y hablaban hasta altas horas de la madrugada. ¿Por qué?

– Ha desaparecido. Han entrado en su cabaña, había sangre por todas partes. Lo último que sé es que Talia estaba esperando a que le llevaran sabuesos para buscar el cadáver.

Daniel se estremeció.

– Joder. Han desaparecido todos. El padre de Randy Mansfield fue el abogado de la acusación en el caso de Gary Fulmore y está muerto. El juez de instrucción encargado de la autopsia murió. El primer abogado defensor de Fulmore también murió; en circunstancias poco claras, por cierto: su coche derrapó en pleno día y la carretera estaba seca.

– Y ahora Frank Loomis también está muerto -añadió Luke, y el semblante de Daniel se tornó angustiado.

– Lo sé. No dejo de visualizar su muerte. Trató de advertirme en el último minuto. Hizo algo horrible, Luke. Falsificó pruebas. Gary Fulmore pasó trece años en la cárcel por un crimen que no cometió, y te juro por mi vida que no logro adivinar por qué Frank hizo una cosa así.

– Loomis no era precisamente rico, o sea que no lo hizo por dinero -observó Luke.

Daniel cerró los ojos.

– Él fue en realidad mi único padre.

– Lo siento.

– Gracias. -Todavía con los ojos cerrados, Daniel frunció el ceño-. Cincuenta y dos -dijo. Entonces abrió los ojos y Luke vio que había recobrado la vitalidad-. Estaba pensando en el momento en que murió Frank. Vino a advertirme de que era una trampa. Se produjo un disparo y él resbaló por el cristal de mi ventanilla.

Luke recordaba las manchas de sangre en el cristal.

– ¿Qué quiere decir «cincuenta y dos»?

– El barco. Traté de retroceder, pero Mansfield había bloqueado la carretera y yo choqué y me golpeé la cabeza. Por un momento pensé que Alex había muerto, pero solo estaba desmayada. Mansfield me obligó a trasladarla a la nave, y al rodearla vi pasar el barco. En la proa tenía ese número.

– Debería de llevar las letras «GA», luego cuatro números y dos letras más.

Daniel cerró los ojos para concentrarse. Luego sacudió la cabeza.

– Lo siento. Solo recuerdo el cincuenta y dos. No pude más que echarle un vistazo. Iba muy deprisa.

– Y tú debías de estar aturdido por el golpe. De todos modos, es lo máximo que sabemos.

Daniel volvió a recostarse en las almohadas.

– Bien.

– Te haré una pregunta más y me marcharé. ¿Te dice algo el nombre de Rocky?

Daniel lo pensó. Luego volvió a negar con la cabeza.

– Lo siento pero no. ¿Por qué?

– Creemos que es el nombre del cómplice de Granville.

– ¿No hay fotos de su cómplice en el archivo llamado «Arvejilla»?

– Que yo haya visto, no. Pero tenemos cinco discos duros enteros, o sea que es posible que encontremos alguna. -Luke se puso en pie-. Descansa un poco. La enfermera de la puerta tiene cara de querer cortarme la cabeza.

– Espera. -Daniel tragó saliva-. Necesito saber qué pasa con Susannah.

– ¿Qué quieres decir? -preguntó Luke con cara de preocupación.

– No tienes por qué mirarme así. -Apretó la mandíbula-. A menos que te lo tomes como una aventura, y entonces hablaremos; vaya si hablaremos.

– Tranquilo, Daniel. Susannah me ha dejado muy claro que no siente nada por mí. -Clarísimo, se lo había dejado.

– Pero ¿tú sí?

Luke lo pensó. Al final decidió que Daniel y él llevaban siendo amigos demasiado tiempo para mentirle.

– Sentí algo por ella en el momento en que la vi en el funeral de tus padres, pero no es lo que piensas.

– ¿No es un pasatiempo? -preguntó Daniel, muy serio.

– No. Ha soportado demasiadas cosas.

Daniel tragó saliva.

– Ya lo sé. Me lo ha contado.

Luke abrió los ojos como platos.

– ¿Cuándo?

Daniel señaló la mancha marrón de su bata.

– Antes de que tú llegaras. Me ha contado lo de su amiga Darcy y todo lo demás.

«No, amigo. -pensó Luke con tristeza-. Todo no.» Seguro que Susannah no le había contado a Daniel que Simon le había agredido.

– Es una mujer fuerte, Daniel.

– Nadie lo es tanto como ella. De todas formas, sé que hay más. Más cosas que no me ha contado. -Entornó los ojos-. Ya sabes.

– Se encuentra a salvo. Por el momento, es todo cuanto puedo decirte.

– ¿Porque no sabes más o porque no quieres contármelo?

Luke se puso en pie.

– No me presiones, Daniel, por favor. Solo quiero que sepas que la estoy protegiendo.

– Gracias. -Su mirada se desvió y sus labios esbozaron una sonrisa-. Mamá Papa. Ha venido.

La madre de Luke entró con los brazos abiertos.

– Le he oído decir a la enfermera que estabas despierto. -Miró a Luke y arqueó una ceja-. Hay quien no le cuenta nada a su madre.

Daniel cerró los ojos cuando mamá Papa lo abrazó, y su semblante adquirió la expresión de un hombre que se siente abrigado por primera vez tras meses enteros de invierno. Luke recordó la añoranza que traslucía la voz de Susannah cuando insistió en que la madre de la chica desconocida debía de quererla, y se le encogió el alma.

– ¿Ha venido sola en coche, mamá Papa? -preguntó Daniel fingiendo reñirle.

– No. -Mamá Papa se sentó en la silla y depositó el gran bolso sobre su regazo-. Me ha acompañado Leo. -Miró a Luke con mala cara-. Tenías la nevera hecha una porquería, Luka.

Luke hizo una mueca. Era obvio que Leo había avisado a las Fuerzas Especiales para que limpiaran la cocina.

– Ya lo sé. ¿La has limpiado tú?

– Sí. Y te la he llenado de comida. -Su mala cara dejó paso a una expresión pícara-. Así, si tienes visitas, no te considerarán un cerdo.

La sonrisa de Luke se desvaneció. Sabía lo que insinuaba su madre y también sabía que eso no llegaría a ocurrir.

– Gracias, mamá. -La besó en la coronilla-. Te veré luego.

Atlanta,

sábado, 3 de febrero, 15:30 horas

– Detesto que los padres de esa chica tengan que verla así -dijo Felicity con rabia.

Luke se esforzó por mirar el grotesco rostro de la demacrada Kasey Knight. Tenía los pómulos tan salidos que casi le atravesaban la piel. En medio de la frente se veía un agujero de bala.

– Han insistido. Lleva dos años desaparecida. Necesitan pasar página.

– Entonces terminemos cuanto antes -le espetó ella, pero él no se lo tomó mal porque vio el brillo de las lágrimas incipientes en sus ojos-. Trae a los padres.

Cuando llegó al vestíbulo, los padres se pusieron en pie de un respingo.

– Hemos estado dos años esperando, temiendo esta llamada. -Al señor Knight le costaba tragar saliva y asió la mano de su esposa-. Necesitamos saber qué le ha ocurrido a nuestra hija.

La señora Knight estaba tan pálida que daba miedo.

– Por favor -susurró-, llévenos a verla.

– Es por aquí. -Luke los guió hasta la sala de reconocimiento. Estaba decorada con colores cálidos y cómodos muebles, detalles con los que se pretendía aliviar el suplicio de los apenados familiares de las víctimas-. ¿Necesita un médico su esposa? -susurró al ver que la señora Knight se hundía en el sofá y le temblaba todo el cuerpo. Daba la impresión de que se iba a desmayar de un momento a otro.

El señor Knight negó con la cabeza.

– No -dijo con voz ronca-. Sólo necesitamos que esto termine.

Luke quiso prepararlos, pero sabía que no había preparación posible para la terrible experiencia que estaban a punto de atravesar.

– Esta chica no se parece en nada a la fotografía de Kasey que le entregaron a la policía.

– Era de hace dos años, los jóvenes cambian.

– Es… más que eso. Pesa menos de cuarenta kilos, pero mide un metro setenta y tres, lo mismo que medía su hija cuando desapareció.

La señora Knight se puso tensa.

– Kasey pesaba cincuenta y dos kilos.

– Ya lo sé, señora -respondió Luke con amabilidad, y vio que la mujer lo comprendía.

Al señor Knight se le oyó tragar saliva.

– ¿La han agredido sexualmente? -preguntó el señor Knight, y su voz se quebró.

– Sí. -«Muchas veces.» Pero Luke no lo dijo en voz alta. Los padres ya tenían que soportar bastante dolor.

– Agente Papadopoulos -dijo el señor Knight con su voz ronca-. ¿Qué le han hecho a mi niña?

«Cosas atroces, innombrables.» Pero Luke tampoco dijo eso en voz alta.

– Han expresado su voluntad de verle la cara y la forense se lo permitirá, pero, por favor, céntrense en otras partes de su cuerpo. Las manos, los pies, cualquier marca de nacimiento o cicatriz que recuerden. -Luke sabía que la espera sólo estaba sirviendo para empeorar las cosas, por lo que apretó el botón del intercomunicador-. Estamos preparados, doctora Berg.

Desde el otro lado del cristal, Felicity abrió las cortinas. El señor Knight tenía los ojos cerrados con fuerza.

– Señor Knight -dijo Luke con voz suave-, cuando quiera, nosotros estamos preparados.

Con los dientes apretados, el hombre abrió los ojos, y el grito ahogado que brotó de su garganta le partió el corazón a Luke. Felicity había cubierto el torso de la chica con una sábana más pequeña para permitir que la víctima conservara toda la dignidad posible. Y para evitar a los padres todo el dolor posible.

– Oh, Kasey -musitó Knight-. Niña, ¿por qué no nos hiciste caso?

– ¿Cómo sabe que es su hija, señor?

Knight casi no podía ni respirar.

– Tiene una cicatriz en la rodilla de una vez que se cayó de la bicicleta. Y tiene el tercer dedo del pie más largo que los demás. Y en el pie izquierdo tiene un lunar.

Luke asintió y Felicity corrió las cortinas. El señor Knight se arrodilló delante de su esposa y la miró a los ojos. Por las mejillas de ella rodaban lágrimas.

– Es Kasey. -Pronunció las palabras con un gemido, y la mujer se inclinó hacia delante y lo rodeó con los brazos. Su silencioso llanto se transformó en sollozos y se dejó caer del sofá para arrodillarse al lado de su esposo. A los sollozos de ella se unieron los de él, y se mecieron abrazados el uno con el otro, juntos en su dolor.

– Los espero en el vestíbulo -dijo Luke con torpeza. Los Knight le recordaban a sus padres. Llevaban casados casi cuarenta años; se habían convertido en un baluarte el uno para el otro, capaces de resistir las crisis que se cruzaran en su camino. Luke los quería con locura, y al mismo tiempo los envidiaba. Ahora, al oír los ahogados gritos de dolor procedentes de la sala de reconocimiento, Luke se compadeció de los Knight, pero al mismo tiempo los envidiaba. Él no había encontrado en el mundo una mujer en quien confiara lo suficiente para mostrarse ante ella en un estado así, sin barreras, con el alma desnuda. Nunca había conocido a una mujer que creyera que podía entenderlo.

Hasta que había conocido a Susannah. «Pero ella no quiere estar con nadie.» No; eso no era cierto. Lo que ocurría era que no confiaba en nadie. No; eso tampoco era cierto. Ese día había confiado en él, había acudido en su busca cuando estaba asustada. Se había apoyado en él en el cementerio.

Susannah no confiaba en sí misma. Oyó los sollozos tras de sí y pensó en las manchas marrones de la bata de Daniel. «Son del maquillaje de Susannah.» Era una buena señal.

Los sollozos cesaron y la puerta se abrió, y el señor Knight se aclaró la garganta.

– Ya estamos en condiciones de hablar con usted, agente Papadopoulos.

La señora Knight levantó la cabeza, tenía el semblante transfigurado.

– ¿Han cogido al hombre que ha hecho eso?

– No a todos.

Los Knight se estremecieron.

– ¿Hay más de uno? -preguntó el señor Knight, horrorizado.

Luke pensó en las fotografías del archivo llamado «Arvejilla».

– Conocemos la identidad de dos. Ambos están muertos.

– ¿Han sufrido? -Preguntó la señora Knight con los dientes apretados.

– No lo suficiente -respondió Luke-. Seguimos buscando al tercero.

– ¿Hay muchos agentes encargados de este caso? -quiso saber Knight.

– Más de una docena, sin contar al personal encargado de responder las llamadas telefónicas de toda la gente que quiere dar información. Ahora, si no les importa, me gustaría hacerles unas preguntas.

Los Knight se irguieron en sus asientos.

– Claro -respondió el señor Knight-. Estamos listos.

– ¿Se relacionaba Kasey con alguien que les preocupara? Chicos, compañeros de colegio…

La señora Knight suspiró.

– En su momento la policía nos preguntó lo mismo. Había un grupo de chicas que eran amigas suyas desde cuarto curso. La noche en que desapareció había ido a una fiesta de pijamas. Las chicas explicaron que se habían acostado y que cuando se levantaron ella ya no estaba.

– A la policía le pareció raro -prosiguió el señor Knight con aire cansino-. Pero no consiguieron que ninguna de las chicas contara qué ocurrió.

– Dígame sus nombres.

– ¿Quiere hacerles hablar? -preguntó la señora Knight con voz cada vez más débil.

– Pienso hablar con ellas -dijo Luke-. Aquí tienen mi tarjeta. Si tienen preguntas, no duden en llamarme. Y yo les llamaré a ustedes en cuanto disponga de más información.

El señor Knight se puso en pie. Estaba demacrado.

– Queremos darle las gracias. Por lo menos ahora podremos enterrar a nuestra hija.

Ayudó a su esposa a ponerse en pie y la mujer se apoyó en él.

– Necesitamos confirmar la identidad. ¿Han traído los artículos que les pedí?

La señora Knight asintió, temblorosa.

– Las cosas de Kasey están en el coche.

– Entonces los acompañaré.

Luke lo hizo y esperó a que el señor Knight abriera el maletero.

– Sé que no sirve de nada que se lo diga, pero lo siento muchísimo.

– Sí que sirve -musitó la señora Knight-. Usted se preocupa. Lo encontrará. Encontrará al hombre que le ha hecho eso a nuestra Kasey; el que aún está en libertad. ¿Verdad? -añadió con brusquedad.

– Sí.

Luke introdujo las pertenencias de la hija del matrimonio en la caja de zapatos que sostenía y los observó marcharse. Pensó en los cuatro cadáveres sin identificar que había en el depósito, en las cinco chicas a quienes aún no habían encontrado y en la desconocida que yacía en la cama del hospital.

«Tengo que encontrarlo.»

Capítulo 14

Dutton,

sábado, 3 de febrero, 15:45 horas

Charles se quedó mirando el teléfono cuando este sonó por décima vez en una hora. Asquerosos periodistas. Todos querían una nueva versión de los disparos dirigidos a Kate Davis y Gretchen French. Como si él pensara decirles una sola palabra. No.