/ Language: Español / Genre:thriller

Muere para mí

Karen Rose

La enterraron con las manos unidas como si rezara… Es enero, el suelo está helado y solo una casualidad ha permitido que el cuerpo haya sido descubierto. La policía de Filadelfia recurre entonces a Sophie Johannsen, una joven arqueóloga especialista en excavaciones medievales. Gracias a ella localizan el segundo cadáver: un joven con las manos a la altura del pecho, como si sostuviera una espada. Ya tienen una dama y un caballero, dos asesinatos que imitan ritos funerarios medievales, y algo más cruel todavía: a su alrededor aguardan otras sepulturas, algunas ocupadas, otras vacías, esperando a las próximas víctimas… lo que el detective Vito Ciccotelli debe impedir a toda costa con la ayuda de Sophie. Mientras, una empresa de videojuegos se prepara para el lanzamiento de su nuevo producto estrella: El inquisidor, un juego que lleva el horror y la oscuridad de la Edad Media hasta sus últimas consecuencias.

Karen Rose

Muere para mí

Suspense 07

Título original: Die for Me

© 2009, Laura Rins Calahorra, por la traducción

Dedicado a la memoria del doctor Zoltan J. Kosztolnyik, profesor emérito de historia medieval de la Universidad A &M de Texas.

Aunque no tuve el privilegio de conocerlo en persona, sí que tengo el honor, el privilegio y el placer de conocer a la hija que crió.

Y, como siempre, a mi querido esposo Martin. Todos los días influyes en la vida de tus alumnos al infundir vida a la historia con la misma y excepcional combinación de pasión, inteligencia y humor que veinticinco años atrás hizo que me enamorara de ti.

Tanto si te disfrazas de Cleopatra, como si ilustras la Declaración de Independencia con vídeos de los grupos de rock de los ochenta o explicas la Doctrina Monroe bailando el «Badger-Badger-Mushroom», tienes la garantía de que ningún alumno que pase por tu clase te olvidará jamás.

Me inspiras. Te amo.

Prólogo

Filadelfia,

sábado, 6 de enero

Lo primero que le impactó a Warren Keyes fue el olor. Amoníaco, desinfectante… y algo más. ¿Qué más? «Abre los ojos, Keyes.» Oía el eco de su propia voz en la cabeza y se esforzó por levantar los párpados. «Cómo pesan.» Le pesaban mucho, pero luchó hasta conseguir abrirlos. Estaba oscuro. No, había un poco de luz. Warren parpadeó, y volvió a hacerlo con más fuerza hasta que vio con claridad una luz oscilante.

Era una antorcha, colgada en la pared. El corazón empezó a aporrearle el pecho. La pared era de piedra. «Estoy en una cueva.» Su corazón se aceleró. «¿Qué demonios es todo esto?» Quiso incorporarse, pero un dolor rugiente le recorrió los brazos y la espalda. Soltó un grito ahogado y cayó de espaldas sobre una superficie lisa y dura.

Lo habían atado. «Dios.» Lo habían atado de pies y manos. Y estaba desnudo. «Estoy atrapado.» El miedo empezó a subirle desde el vientre y fue atenazándolo. Se retorció como un animal salvaje y luego volvió a caer de espaldas resollando; notaba el sabor del desinfectante al tomar aire. Desinfectante y…

Se le cortó la respiración al reconocer el olor que tapaba el desinfectante. Olía a muerto. A corrupto. «Alguien ha muerto aquí.» Cerró los ojos, forzándose a no dejarse llevar por el pánico. «Esto no está ocurriendo. Es solo un sueño, una pesadilla. Dentro de un instante me despertaré.»

Pero no estaba soñando. Aquello, fuera lo que fuese, era real. Se encontraba tendido sobre un tablón ligeramente inclinado, con las manos atadas por las muñecas y los brazos estirados por encima de la cabeza. «¿Por qué?» Trató de pensar, de recordar. Le venía algo a la mente… una imagen que no alcanzaba a evocar del todo. Al esforzarse por traerla a la memoria se dio cuenta de que le dolía la cabeza. Se estremeció cuando el dolor hizo danzar ante sus ojos pequeños puntos negros. Santo Dios, menuda resaca. Aunque… no recordaba haber bebido.

«Café.» Recordaba haber tomado café; había rodeado la taza con las manos para entrar en calor. Tenía frío. Estaba al aire libre. «Estaba corriendo.» ¿Por qué corría? Giró las muñecas y sintió un gran escozor en la carne viva. Luego estiró los dedos hasta que notó el tacto de una cuerda.

– Así que al final te has despertado.

La voz procedía de detrás, así que estiró el cuello para mirar. Entonces recordó algo y la opresión que sentía en el pecho disminuyó un poco. Era una película. «Soy actor y estábamos rodando una película.» Un documental histórico, en realidad. Corría, y en la mano llevaba… ¿Qué llevaba? Hizo una mueca al concentrarse. «Una espada; eso es.» Vestía indumentaria medieval; era un caballero con yelmo, escudo… y hasta cota de malla, por el amor de Dios. Ahora lo recordaba todo. Se había cambiado, quitándose incluso la ropa interior, y se había puesto aquel saco de arpillera áspero e informe que le irritaba la entrepierna. Empuñaba una espada mientras corría por el bosque que rodeaba el estudio de Munch gritando a voz en cuello. Se sentía como un perfecto idiota, pero lo había hecho porque así lo indicaba el maldito guión.

«Pero esto… -volvió a tirar de la cuerda sin éxito- esto no aparecía en el guión.»

– Munch. -La voz de Warren sonó ronca y le raspó en la garganta seca-. ¿Qué demonios significa esto?

Ed Munch apareció a su izquierda.

– No creía que llegaras a despertarte.

Warren pestañeó cuando la tenue y oscilante luz de la antorcha iluminó el rostro del hombre. Por un instante, su corazón dejó de latir. Munch había cambiado. Antes era un anciano cargado de espaldas, con el pelo cano y un cuidado bigote. Warren tragó saliva; le costaba respirar. Ahora Munch estaba totalmente erguido, y no tenía bigote. Ni pelo. Llevaba la cabeza afeitada y su calva relucía como una bola de billar.

«Munch no es ningún anciano.» El miedo clavó sus garras en sus entrañas. Le había ofrecido quinientos dólares por el documental, en efectivo si se presentaba ese mismo día. A Warren le extrañó; era mucho dinero por un documental que, con suerte, emitirían por la PBS. No obstante, accedió. Aquel extraño anciano no representaba ninguna amenaza.

«Pero Munch no es ningún anciano.» La cólera aumentaba y le producía una sensación de ahogo. «¿Qué he hecho?» Inmediatamente después de esa pregunta se formuló la siguiente, más aterradora: «¿Qué me hará?»

– ¿Quién eres? -gruñó Warren, y Munch le colocó una botella de agua contra los labios. Warren quiso apartarla, pero Munch le aferró la barbilla con una fuerza inesperada. Sus oscuros ojos se entrecerraron y el miedo paralizó a Warren.

– No es más que agua esta vez -masculló Munch-. Bebe.

Warren escupió el sorbo de agua en el rostro del hombre y se puso rígido al ver que este alzaba el puño. Pero el hombre bajó el brazo y se encogió de hombros.

– Tarde o temprano beberás. Necesito que tengas la garganta húmeda.

Warren se pasó la lengua por los labios.

– ¿Por qué?

Munch volvió a desaparecer tras él y Warren oyó que arrastraba algo. Cuando pasó por su lado, vio que se trataba de una cámara de vídeo. Se detuvo a un metro y medio de distancia y le enfocó directamente el rostro.

– ¿Por qué? -repitió Warren en voz más alta.

Munch miró por el objetivo y luego retrocedió.

– Porque necesito que grites. -Alzó una ceja y su expresión se tornó extrañamente anodina-. Todos los demás gritaron. Tú también lo harás.

Su horror aumentaba, pero Warren se esforzó por mantenerlo a raya. «Conserva la calma. Sé amable y tal vez consigas convencerlo para que te deje marchar.» Logró esbozar una sonrisa.

– Mira, Munch, deja que me vaya y quedamos en paz. Puedes utilizar las escenas de la espada sin pagarme.

Munch se limitó a mirarlo con aquella expresión anodina.

– Tampoco pensaba hacerlo. -Desapareció de nuevo y volvió empujando otra cámara.

Warren se acordó del café, y de lo mucho que había insistido Munch en que se lo tomara. «No es más que agua esta vez.» La rabia brotó con fuerza y eclipsó momentáneamente el miedo.

– Me has drogado -espetó, y llenó los pulmones de aire-. ¡Que alguien me ayude! -gritó tan fuerte como pudo, pero el opaco sonido emitido por su garganta resultó patéticamente inútil.

Munch no dijo nada. Se limitó a colocar una tercera cámara en un soporte de forma que enfocara hacia abajo. Todos sus movimientos eran metódicos, precisos. Pausados. Indiferentes. Decididos.

Entonces Warren supo que nadie podría oírlo. La ardiente ira fue remitiendo y lo dejó solo con el miedo, un miedo glacial y absoluto. Tenía que haber algo… alguna forma de escapar. Algo que pudiera decir, hacer, ofrecer o suplicar. Sí; suplicaría. A Warren empezó a temblarle la voz.

– Por favor, Munch, haré lo que sea… -Sus palabras se fueron apagando a medida que recordaba las de Munch.

«"Todos los demás gritaron". Ed Munch.» Warren notó una opresión en el pecho, la desesperación le impedía respirar.

– Munch no es tu verdadero nombre. Te haces llamar así por Edvard Munch, el pintor.

A su mente acudió el cuadro en el que una figura, presa de angustia, se aprieta el rostro con las manos. «El grito

– En realidad se pronuncia «Munj», no «Munch», pero nadie lo dice bien. Nadie se fija en los detalles -le respondió con voz indignada.

«Los detalles.» El hombre había insistido mucho en cuidar todos los detalles y puso mala cara cuando Warren se resistió a ponerse la ropa interior de arpillera. La espada también era de verdad. «Tendría que haberla usado contra este cabrón cuando tuve la oportunidad.»

– Realismo -musitó Warren, repitiendo lo que en su momento le habían parecido los desvaríos de un viejo que chocheaba.

Munch asintió.

– Ahora lo entiendes.

– ¿Qué piensas hacer? -Su voz sonaba extrañamente tranquila.

Una de las comisuras de los labios de Munch se arqueó.

– Muy pronto lo verás.

Warren luchaba por cada bocanada de aire.

– Por favor, por favor. Haré lo que sea, pero deja que me marche.

Munch no dijo nada. Empujó un carrito con un televisor hasta colocarlo justo detrás de la cámara situada a los pies de Warren y luego comprobó el enfoque de todas las cámaras con calma y precisión.

– No te saldrás con la tuya -soltó Warren, desesperado, mientras volvía a tirar de las cuerdas y se esforzaba por liberarse, hasta que notó la quemazón en las muñecas y los brazos a punto de desencajarse. Las cuerdas eran muy gruesas y los nudos no cedían. No conseguiría liberarse.

– Es lo mismo que dijeron los demás. Pero sí que me salí con la mía, y continuaré haciéndolo.

«Los demás.» Había habido otras personas. El olor a muerto estaba por todas partes, burlándose de él. Otras personas habían muerto allí mismo. Y él también moriría. Hizo acopio de todo el valor que quedaba en lo más recóndito de su ser.

– Mis amigos vendrán a buscarme -dijo alzando la barbilla-. Le he contado a mi novia que había quedado contigo.

Cuando terminó con las cámaras, Munch se volvió. El desprecio de su mirada revelaba que sabía que se trataba de un último y desesperado intento de engañarlo.

– No, no se lo has contado. Le has dicho que ibas a ver a un amigo para ayudarle a aprenderse el papel. Me lo has contado cuando nos hemos encontrado esta tarde. Me has dicho que con ese dinero le comprarías un regalo sorpresa por su cumpleaños, que querías mantenerlo en secreto. Por eso, y por el tatuaje, te he elegido a ti. -Alzó un hombro-. Además, te quedaba bien el traje; no todo el mundo sabe llevar una cota de malla. Así que nadie saldrá a buscarte. Y aunque te busquen, no te encontrarán. Asúmelo: eres mío.

Warren se quedó sumido en un silencio sepulcral. Era cierto; le había dicho a Munch que con el dinero le compraría una sorpresa a Sherry. Nadie sabía dónde estaba. Nadie acudiría a salvarlo. Pensó en Sherry, en sus padres y en todas las personas que le importaban; todos se preguntarían dónde se había metido. De su garganta surgió un sollozo.

– Eres un cabrón -musitó-. Te odio.

Munch esbozó una sonrisa ladeada, pero el regocijo que iluminó sus ojos resultaba más aterrador aún.

– Lo mismo dijeron los demás.

Volvió a empujar la botella de agua contra los labios de Warren y le tapó la nariz con los dedos hasta que este tuvo que abrir la boca para respirar. Warren se resistió con todas sus fuerzas, pero Munch lo obligó a tragar.

– Muy bien, señor Keyes, empecemos. No olvides gritar.

1

Filadelfia,

domingo, 14 de enero, 10:25 horas

Cuando el detective Vito Ciccotelli bajó de su camioneta aún tenía la piel de gallina. Recorrer el pisoteado y polvoriento camino que conducía al escenario del crimen solo había servido para que se le revolviera aún más el estómago. Dio una bocanada de aire pero de inmediato se arrepintió. Aunque llevaba catorce años en el cuerpo, el olor a muerto seguía resultándole igual de repugnante y hediondo.

– Se me han jodido los amortiguadores. -Nick Lawrence cerró con fuerza y mala cara la puerta de su cómodo sedán-. Mierda. -Su acento de Carolina hizo que la palabra sonara más larga.

Dos policías de uniforme observaban el interior de una fosa que se encontraba en medio de un campo cubierto de nieve. Se tapaban el rostro con sendos pañuelos. Dentro de la fosa había una mujer en cuclillas; apenas sobresalía su coronilla.

– Supongo que la científica ya habrá descubierto el cadáver -dijo Vito en tono seco.

– ¿Tú crees? -Nick se agachó e introdujo los bajos de sus pantalones en las botas camperas que siempre llevaba relucientes-. Bueno, Chick, hay que ponerse en marcha.

– Enseguida. -Vito se estiró para alcanzar las botas de nieve de detrás del asiento y dio un respingo al clavarse una espina en el pulgar-. Maldita sea. -Se succionó la minúscula herida durante unos segundos y luego apartó con cuidado el ramo de rosas para coger las botas. Con el rabillo del ojo vio que Nick se ponía serio, aunque no dijo nada-. Hoy hace dos años -añadió Vito con amargura-. Cómo pasa el tiempo.

– El dolor también pasará -respondió Nick en tono quedo.

Tenía razón. Los dos años transcurridos habían disminuido la intensidad de la pena de Vito. En cambio la culpa… era harina de otro costal.

– Esta tarde iré al cementerio.

– ¿Quieres que te acompañe?

– Gracias, pero no hace falta. -Vito se calzó las botas-. Veamos qué han encontrado.

Seis años de detective en homicidios le habían enseñado a Vito que no había crímenes fáciles. Todos eran duros, solo que en distinto grado. En cuanto se detuvo junto a la tumba que la unidad de la policía científica acababa de descubrir en medio del campo cubierto de nieve supo que aquel era de los más duros.

Ni Vito ni Nick pronunciaron una sola palabra mientras observaban a la víctima, que habría permanecido oculta para siempre de no haber sido por un anciano y su detector de metales. Las rosas, el cementerio y todo lo demás quedaron relegados a un segundo plano mientras Vito se fijaba en el cadáver de la fosa. Paseó la mirada desde sus manos hasta lo que quedaba del rostro.

La desconocida era menuda, medía alrededor de un metro sesenta y parecía joven. El pelo corto y moreno enmarcaba un rostro demasiado descompuesto para identificarlo con facilidad. Vito se preguntó cuánto tiempo debía de llevar allí. Se preguntó si alguien la había echado de menos, si alguien seguía esperando que regresara a casa.

Notó que lo invadía el familiar sentimiento de lástima y tristeza, pero lo desterró a un rincón de su mente, junto con las otras cosas que deseaba olvidar. De momento se centraría en el cadáver, en las pruebas. Más tarde Nick y él se ocuparían de la mujer, de quién era y con quién se relacionaba. Así actuarían para atrapar al cabrón morboso que había dejado que su cuerpo desnudo se pudriera en una tumba sin nombre situada en pleno campo, que la había mancillado incluso después de muerta. La lástima se convirtió en indignación cuando la mirada de Vito se detuvo de nuevo en las manos de la víctima.

– La obligó a posar -murmuró Nick a su lado, y en sus quedas palabras Vito notó la misma indignación que él sentía-. El muy asqueroso la obligó a posar.

Era cierto. La víctima tenía las manos entre los senos, con las palmas juntas y los dedos apuntando a la barbilla.

– Rezará para siempre -dijo Vito con gravedad.

– ¿Un maníaco religioso? -musitó Nick.

– Santo Dios, espero que no. -Un ligero escalofrío le recorrió la columna vertebral-. Estos no suelen cometer crímenes aislados. Podría haber más víctimas.

– Es posible. -Nick se agachó para escrutar la tumba de casi un metro de profundidad-. ¿Cómo se las ha ingeniado para que quede con las manos juntas para siempre, Jen?

La oficial de la unidad de la policía científica Jen McFain alzó la mirada; llevaba puestas unas gafas protectoras y una mascarilla le cubría la boca y la nariz.

– Utilizó un alambre -dijo-. Parece de acero, pero muy fino. Le ató con él los dedos. Lo veréis mejor cuando la forense la limpie.

Vito frunció el entrecejo.

– No me parece que un hilo tan fino baste para activar el sensor de un detector de metales, y menos a un metro bajo tierra.

– Tienes razón, el alambre no habría activado el sensor. Eso debemos agradecérselo a las varillas que vuestro sujeto colocó bajo los brazos de la víctima. -Jen recorrió con un dedo enguantado la parte inferior de su propio brazo, hasta la muñeca-. Son delgadas y flexibles, pero tienen suficiente masa para activar un detector de metales. Así es como fijó la posición de sus brazos.

Vito sacudió la cabeza.

– ¿Por qué? -preguntó, y Jen se encogió de hombros.

– A lo mejor deducimos algo más del cadáver. Hasta ahora no he obtenido gran cosa de la tumba. Excepto… -Salió de la fosa con agilidad-. El anciano desenterró un brazo valiéndose de la pala de su jardín. El hombre está en muy buena forma física, pero en esta época del año ni siquiera yo sería capaz de cavar un hoyo tan profundo con una pala.

Nick miró el interior de la tumba.

– La tierra no debía de estar helada.

Jen asintió.

– Exacto. En cuanto encontró el brazo dejó de cavar y llamó al 911. Cuando hemos llegado, nos hemos puesto a remover la tierra para ver qué había. Ha resultado fácil hasta que hemos topado con el lateral de la tumba; allí la tierra estaba dura como una piedra. Mirad los bordes. Parece que los hayan cortado con la ayuda de una escuadra, la tierra está congelada.

Vito sintió una repentina arcada.

– Cavó la tumba antes de que helara. Lo había planeado con mucha antelación.

Nick lo miró con extrañeza.

– ¿Y nadie reparó en el hoyo?

– El tipo debió de cubrirlo con algo -observó Jen-. Además, no creo que la tierra con la que rellenó la fosa proceda de este mismo campo. Os lo diré con más seguridad cuando efectúe las pruebas pertinentes. De momento, eso es todo cuanto sé. No puedo hacer nada más hasta que llegue la forense.

– Gracias, Jen -dijo Vito-. Vayamos a hablar con el propietario del terreno -añadió dirigiéndose a Nick.

Harlan Winchester tenía unos setenta años, pero su vista era clara y perspicaz. Estaba esperando en el asiento trasero del coche patrulla y se bajó del vehículo en cuanto los vio aproximarse.

– Supongo, detectives, que debo contarles lo mismo que ya les he contado a los agentes.

Vito asintió con expresión comprensiva.

– Me temo que sí. Soy el detective Ciccotelli y este es mi compañero, el detective Lawrence. ¿Puede relatarnos lo sucedido?

– Por Dios, yo ni siquiera quería un detector de metales. Fue un regalo de mi esposa. Desde que me jubilé, está preocupada porque no hago suficiente ejercicio.

– Así que esta mañana ha salido a pasear, ¿no? -apuntó Vito, y Winchester frunció el entrecejo.

– «Harlan P. Winchester» -imitó con voz aguda y nasal-, «llevas diez años apoltronado en esa butaca. Haz el favor de mover el culo y salir a pasear.» Y eso he hecho, porque no soportaba seguir escuchándola. Pensaba que a lo mejor encontraba algo lo bastante interesante para que Ginny se callara de una vez. Pero… no podía imaginarme que encontraría a una persona.

– ¿Ha sido el cadáver lo primero que ha captado su detector? -preguntó Nick.

– Sí. -Su boca dibujó un gesto grave-. He ido a por la pala del jardín. Entonces he pensado que la tierra estaría muy dura; no creía que fuera capaz de romper la superficie, y mucho menos de cavar en profundidad. He estado a punto de dejarlo correr antes de empezar, pero solo habían pasado quince minutos y Ginny habría vuelto a echarme la bronca. Así que me he puesto a cavar. -Cerró los ojos y tragó saliva, su tono bravucón se disipó como la neblina-. La pala… ha topado con el brazo. Entonces he dejado de cavar y he llamado al 911.

– ¿Puede contarnos algo más sobre este campo? -preguntó Vito-. ¿Quién tiene acceso al mismo?

– Cualquiera con un todoterreno o un cuatro por cuatro, supongo. Este campo no se ve desde la autopista y el pequeño camino de acceso desde la carretera principal ni siquiera está asfaltado.

Vito asintió, contento de haber tomado la camioneta y haber dejado el Mustang aparcado en el garaje junto a la motocicleta.

– El camino está lleno de baches, de eso no cabe duda. ¿Cómo se las arregla para venir hasta aquí?

– Hoy he venido andando. -Señaló la hilera de árboles junto a la que se distinguía una única hilera de pisadas-. Ha sido la primera vez; solo hace un mes que nos mudamos. El terreno era de mi tía -explicó-. Al morir me lo dejó a mí.

– Y su tía, ¿venía aquí a menudo?

– No lo creo. Nunca salía de casa. Es todo cuanto sé.

– Nos ha sido de gran ayuda, señor -dijo Vito-. Gracias.

Winchester dejó caer los hombros.

– Entonces, ¿ya puedo marcharme a casa?

– Claro. Los agentes lo acompañarán en coche.

Winchester subió al coche patrulla y este se puso en marcha. Al alejarse, se cruzó con un Volvo gris que aparcó junto al sedán de Nick. Una esbelta mujer de cincuenta y tantos años salió de él y empezó a avanzar por el terreno. Acababa de llegar Katherine Bauer, la forense. Era hora de mirar a la cara a la desconocida de la fosa.

Vito se dispuso a acercarse a la tumba, pero Nick no se movió. Observaba el detector de metales que Winchester había dejado en la furgoneta de la policía científica.

– Deberíamos examinar el resto del terreno, Chick.

– ¿Crees que hay más?

– Creo que no podemos marcharnos sin asegurarnos de que no los hay.

Otro escalofrío recorrió la espalda de Vito. En su fuero interno ya sabía qué encontrarían.

– Tienes razón. Veamos qué más hay por ahí.

Domingo, 14 de enero, 10:30 horas

– ¿Todos tenéis los ojos cerrados? -Sophie Johannsen frunció el ceño mientras observaba a sus alumnos de posgrado en la penumbra-. Bruce, estás mirando -lo acusó.

– No estoy mirando -protestó él-. Además, está demasiado oscuro para poder ver nada.

– Vamos -exclamó Marta, impaciente-, encienda las luces.

Sophie accionó el interruptor mientras saboreaba el momento.

– Os presento… la Gran Sala.

Durante unos instantes nadie pronunció palabra. Entonces Spandan soltó un suave silbido que hizo eco en el techo, seis metros por encima de sus cabezas.

En el rostro de Bruce apareció una sonrisa.

– Lo ha hecho. Por fin lo ha terminado.

– Qué bonito -dijo Marta, muy seria.

A Sophie le extrañó el tono seco de la joven, pero antes de que pudiera pronunciar palabra oyó el suave chirrido de la silla de ruedas de John, que acababa de pasar por su lado para observar la pared del fondo.

– ¿Todo esto lo ha hecho usted? -musitó mientras miraba a su alrededor con su habitual serenidad-. Es impresionante.

Sophie sacudió la cabeza.

– No lo he hecho sola. Todos me habéis ayudado a limpiar las espadas y las armaduras, y a decidir la disposición de las espadas. Ha sido un auténtico trabajo en equipo.

Durante el otoño anterior, los quince alumnos del seminario de posgrado sobre armas y artes militares que Sophie impartía habían colaborado con gran entusiasmo como voluntarios en el Museo de Historia Albright, donde ella trabajaba. A esas alturas, solo quedaban los cuatro más leales. Llevaban meses acudiendo todos los domingos y dedicándole su tiempo. Aquella actividad les serviría para obtener créditos académicos, pero sobre todo les ofrecía la oportunidad de tocar los tesoros medievales que sus compañeros solo podían observar a través del cristal.

Sophie comprendía su fascinación. También sabía que la emoción de sostener en las manos una espada del siglo xv en un frío museo no era comparable a la que producía desenterrar esa misma espada, haber apartado la tierra para exponer un tesoro que nadie había podido contemplar en quinientos años. Seis meses atrás, cuando trabajaba como arqueóloga en el sur de Francia, había experimentado esa emoción: todas las mañanas se despertaba preguntándose qué tesoro enterrado encontraría ese día en la excavación. Ahora, como conservadora del museo Albright, solo llegaban a sus manos los tesoros que otros desenterraban. De momento tendría que contentarse con encargarse de su manipulación y conservación.

Aunque le había resultado muy duro alejarse de la excavación francesa de sus sueños, cada vez que se sentaba junto a la cama de su abuela, en la residencia, Sophie sabía que había elegido bien.

Los momentos como ese, en el que veía las expresiones de orgullo de sus alumnos, le hacían más llevadera la decisión. Llena de orgullo también ella, Sophie contempló lo que habían llevado a cabo. La nueva Gran Sala, lo bastante espaciosa para acomodar a grupos de treinta personas o más, era espectacular. En la pared del fondo había tres armaduras montadas bajo una panoplia con un centenar de espadas. En la pared de la izquierda colgaban estandartes militares y en la de la derecha destacaba el tapiz Houarneau, una de las joyas de la colección reunida por Theodore Albright Primero durante su brillante carrera arqueológica.

De pie frente al tapiz, Sophie se tomó un momento para disfrutar contemplándolo. El Houarneau del siglo xii, como todos los demás tesoros de la colección Albright, la dejaba invariablemente sin respiración.

– Uau -musitó.

– ¿Cómo que «uau»? -Bruce sacudió la cabeza, sonriendo-. Doctora J, creo que, entre los doce idiomas que conoce, debería ser capaz de encontrar una palabra más apropiada.

– Son solo diez -lo corrigió, y vio que él alzaba los ojos en señal de exasperación.

Para Sophie estudiar idiomas siempre había sido un placer útil. Dominar lenguas antiguas le permitía investigar; pero más allá de eso, adoraba la cadencia y el sonido de las palabras. Desde que había regresado a su ciudad había tenido muy pocas oportunidades de poner en práctica sus conocimientos, y lo echaba de menos.

Por ello, mientras seguía admirando el tapiz decidió darse un gusto.

– C'est incroyable. -Las palabras en francés fluyeron por su mente como si de una agradable melodía se tratara, lo cual no era de extrañar. Excepto por unas cuantas visitas breves a Filadelfia, Francia había sido el hogar de Sophie durante los últimos quince años. Otros idiomas requerían un esfuerzo más consciente por su parte, pero de todos modos su mente se movía por ellos con facilidad. Griego, alemán, ruso… Fue tomando palabras de aquí y de allá como si recogiera flores en el campo-. Katapliktikos. Hat was. O moy bog.

Marta arqueó una ceja.

– Y todo eso, traducido, ¿qué significa?

Los labios de Sophie se curvaron.

– Fundamentalmente… uau. -Volvió a mirar a su alrededor con satisfacción-. Las visitas guiadas han sido todo un éxito. -Su sonrisa se desvaneció. Pensar en las visitas, o más bien en los guías, bastó para apagar su alegría.

John giró en redondo la silla para observar las espadas.

– Lo ha hecho muy rápido.

Sophie apartó las desagradables visitas guiadas de su mente.

– El truco está en la presentación que Bruce preparó con el ordenador. Mostraba dónde debían colocarse los soportes; una vez hecho eso, fue fácil colgar las espadas. La exposición parece tan real como cualquiera de las que he visto por ahí en los castillos. -Dirigió un gesto de agradecimiento a Bruce-. Gracias.

Bruce sonrió encantado.

– ¿Y los paneles? Creía que había decidido pintar las paredes.

La alegría de Sophie se desvaneció de nuevo.

– No me dieron opción. Ted Albright insistió en que la madera haría que el lugar pareciera una verdadera sala de armas en lugar de un museo.

– Tenía razón -opinó Marta, con los labios muy apretados-. Así queda mejor.

– Sí, tal vez, pero ha agotado el presupuesto de todo el año -repuso Sophie, molesta-. Tenía una lista de piezas que quería adquirir y ahora no podré permitírmelo. Ni siquiera nos alcanzó para que instalaran los dichosos paneles. -Miró sus castigadas manos, llenas de grietas y descamaciones-. Mientras todos regresabais a vuestras casas y os dedicabais a dormir hasta el mediodía y daros un atracón con los restos de pavo, yo me quedé aquí y ayudé todos los días a Ted Albright a colocar esos paneles. Santo Dios, qué pesadilla. ¿Sabéis qué altura tienen estas paredes?

El desastre de los paneles había sido motivo de una nueva discusión con Ted Albright Tercero. Ted era el único nieto del gran arqueólogo, lo que por desgracia lo convertía en el único heredero de la colección Albright. Asimismo era el propietario del museo, lo que por desgracia lo convertía en el jefe de Sophie. Sophie maldecía el día en el que había oído hablar de Ted Albright y su forma de dirigir un museo como si fuera el circo Barnum & Bailey, pero mientras no surgiera una vacante en alguno de los otros museos aquel sería su trabajo.

Marta se volvió hacia ella, su mirada denotaba frialdad y… decepción.

– Pasar dos semanas a solas con Ted Albright no parece una gran carga. Es un hombre atractivo -añadió en tono mordaz-. Lo que me sorprende es que lograran realizar el trabajo.

Un silencio incómodo se instaló en la habitación mientras Sophie permanecía quieta, estupefacta, mirando a la mujer a quien había tutelado profesionalmente durante cuatro meses.

«No es posible que esté pasando lo mismo otra vez.»

Pero sí que era posible.

Los chicos intercambiaron miradas cautelosas y desconcertadas, pero Sophie sabía exactamente a qué se refería Marta, qué era lo que había oído. La decepción que había captado en la mirada de la chica cobraba sentido. La rabia y las ganas de desmentir la acusación se abrieron paso a gritos en la mente de Sophie; no obstante, decidió responder a aquella insinuación y no desvelar el pasado por el momento.

– Ted está casado, Marta. Y para tu información, no estábamos solos. La esposa y los hijos de Ted colaboraron con nosotros todo el tiempo.

Marta mantuvo su mirada glacial, pero no dijo nada. Con torpeza, Bruce resopló.

– Bueno -empezó-, durante el último semestre nos hemos dedicado a reformar la Gran Sala. ¿Qué toca ahora, doctora J?

Haciendo caso omiso de su estómago revuelto, Sophie condujo al grupo hasta la zona de exposiciones que había pasada la Gran Sala.

– El siguiente proyecto consiste en renovar la exposición de armas.

– Por fin. -Spandan blandió el puño en el aire-. Es lo que estaba esperando.

– Pues se acabó la espera.

Sophie se detuvo frente a la vitrina que contenía media docena de espadas medievales muy singulares. El tapiz Houarneau era exquisito, pero esas armas eran sus piezas preferidas de toda la colección Albright.

– Siempre me pregunto a quién pertenecían -dijo Bruce en voz baja-. Quién luchó con ellas.

John se acercó en su silla.

– Y cuántas personas murieron atravesadas por ellas -masculló. Levantó la cabeza; sus ojos quedaban ocultos tras el cabello que siempre le cubría el rostro-. Lo siento.

– No importa -respondió Sophie-. Yo a menudo me pregunto lo mismo.

Un recuerdo trajo una media sonrisa a sus labios.

– En mi primer día como conservadora, un niño trató de arrancar de la pared la espada bastarda del siglo xv para imitar a Braveheart. Casi me dio un infarto.

– ¿No estaban protegidas tras un cristal? -preguntó Bruce, horrorizado. Tanto Spandan como John mostraban un espanto similar.

Marta se quedó atrás, con los brazos cruzados y cara de fastidio. No dijo nada. Sophie decidió que hablaría con ella en privado.

– No, Ted opina que los cristales que separan los objetos de los visitantes desvirtúan la «experiencia recreativa». -Ese había sido su primer desencuentro-. Al final consintió proteger estas espadas con un cristal a cambio de que expusiéramos algunas de las de menor valor en la Gran Sala. -Sophie suspiró-. Y de que las expusiéramos de modo «recreativo». Esta vitrina ha sido una especie de arreglo provisional hasta que consiga acabar la Gran Sala. Así que este será el próximo proyecto.

– ¿A qué se refiere exactamente con «recreativo»? -preguntó Spandan.

Sophie frunció el entrecejo.

– Con maniquíes y trajes -dijo en tono sombrío. Ted era un apasionado de los trajes, y Sophie habría estado dispuesta a seguirle la corriente si su pretensión fuera vestir solo maniquíes. Sin embargo, dos semanas atrás, Ted le había revelado su último plan, que añadía una nueva función a las que ya desempeñaba Sophie. Cuando inauguraran la Gran Sala, ofrecerían visitas guiadas… vestidos con indumentaria de época. Concretamente, Sophie y Theo, el hijo de diecinueve años de Ted, serían quienes guiarían las visitas, y nada de lo que Sophie pudiera decir haría cambiar de idea a Ted. Total, que ella acabó negándose en redondo, y, en un extraño arranque de genio, Ted Albright amenazó con despedirla.

Sophie había estado a punto de dejar el trabajo. Pero esa noche, al llegar a casa, leyó el correo y vio que en la residencia habían subido la cuota de la habitación de Anna. Así que Sophie se tragó su orgullo y ahora se pasaba el día ataviada con el dichoso traje y guiando a las dichosas visitas. De noche, redoblaba sus esfuerzos para encontrar otro empleo.

– Y el niño, ¿estropeó la espada? -preguntó John.

– No, por suerte. Aseguraos de poneros los guantes antes de tocarlas.

Bruce agitó en el aire sus guantes blancos como si ondeara una bandera en son de paz.

– Siempre lo hacemos -dijo en tono jovial.

– Y yo os lo agradezco. -El chico trataba de levantarle el ánimo, por lo que Sophie le estaba agradecida-. Vuestra tarea es la siguiente: cada uno de vosotros preparará una propuesta de exposición, incluidos el espacio y el coste de los materiales necesarios para montarla. La entrega será dentro de tres semanas. Pensad en algo sencillo, no tengo presupuesto para maravillas.

Dejó que los tres chicos se pusieran a trabajar y se dirigió hacia donde estaba Marta, que permanecía inmóvil y con semblante impasible.

– ¿Qué pasa? -preguntó Sophie.

Marta, que era menuda, estiró el cuello para mirar a Sophie a los ojos.

– ¿Cómo dice?

– Marta, es obvio que has oído algo. Y también es obvio que has decidido no solo darle crédito sino acusarme públicamente de ello. A mi modo de ver, tienes dos opciones: o te disculpas por la ofensa y seguimos adelante o mantienes esa actitud.

Marta frunció el entrecejo.

– Y si la mantengo, ¿qué?

– Pues ya sabes dónde está la puerta. Esta práctica es voluntaria, por ambas partes. -El semblante de Sophie se suavizó-. Mira, eres una buena chica y aportas mucho a este museo. Si te marchas, te echaré de menos. De verdad espero que elijas la primera opción.

Marta tragó saliva.

– Estuve de visita en casa de una amiga, una estudiante de posgrado de la Universidad Shelton.

«Shelton.» El recuerdo de los pocos meses que había estado matriculada en la Universidad Shelton aún ponía literalmente enferma a Sophie, más incluso que diez años atrás.

– Era solo cuestión de tiempo.

A Marta le temblaba la barbilla.

– Le estaba hablando a mi amiga de usted, de cómo para mí era un modelo a imitar, una maestra, una mujer que se había hecho un nombre en este mundo por sí misma, utilizando el cerebro. Mi amiga se echó a reír y me dijo que, para abrirse camino, usted también utilizaba otras partes de su cuerpo. Me contó que se había acostado con el doctor Brewster para que la incluyera en su equipo de excavación en Aviñón, que así fue como empezó. Luego, cuando regresó a Francia, se acostó con el doctor Moraux, y por eso ascendió tan rápido, por eso consiguió dirigir un equipo de excavación a pesar de ser tan joven. Yo le dije que no era cierto, que usted nunca haría una cosa así. ¿Lo hizo?

Sophie sabía que tenía todo el derecho de decirle a Marta que nada de eso era asunto suyo. Pero era obvio que la chica se sentía decepcionada. Y resentida. Así que Sophie reabrió la herida que en realidad nunca se había cerrado del todo.

– ¿Acostarme con Brewster? Sí. -Y aún se avergonzaba de ello-. ¿Hacerlo para que me incluyera en su equipo? No.

– Entonces, ¿por qué lo hizo? -susurró Marta-. Está casado.

– Lo sé, pero entonces no lo sabía. Yo era joven. Él era mayor que yo y… me engañó. Cometí un estúpido error, Marta, y aún lo estoy pagando. Te aseguro que estaría exactamente donde estoy sin el doctor Alan Brewster.

El mero hecho de pronunciar su nombre le dejó un horrible sabor de boca; sin embargo, observó que el semblante de Marta cambiaba al darse cuenta de que su maestra también era humana.

– Pero nunca me acosté con Étienne Moraux -prosiguió, tajante-. Y si he llegado donde estoy ha sido porque me he matado trabajando. He publicado más artículos que nadie y me he defendido con uñas y dientes para demostrar mi valía. Tú deberías hacer lo mismo. Ah, Marta, y no quiero más comentarios sobre Ted. Por muy en desacuerdo que estemos respecto al museo, Ted quiere mucho a su esposa. Darla Albright es una de las personas más agradables que he conocido en mi vida. Los rumores pueden llegar a arruinar un matrimonio. ¿Está claro?

Marta asintió; su semblante denotaba alivio y su mirada volvía a expresar respeto.

– Sí. -Ladeó la cabeza, pensativa-. Podría haberse limitado a expulsarme.

– Podría haberlo hecho, pero tengo la impresión de que voy a necesitarte, sobre todo para la nueva exposición. -Sophie miró sus vaqueros raídos-. No tengo gusto para vestirme, ni según la moda del siglo xv ni según la del xxi. Tendrás que ocuparte tú de los dichosos maniquíes.

Marta rió en voz baja.

– Sabré hacerlo. Gracias por contar conmigo, doctora, y por darme explicaciones cuando no tendría por qué hacerlo. La próxima vez que vea a mi amiga, le diré que sigo pensando de usted lo mismo que al principio. -Sus labios se curvaron en un gesto encantador-. De mayor, sigo queriendo ser como usted.

Sophie, abochornada, sacudió la cabeza.

– Créeme, no vale la pena. Ahora ponte a trabajar.

Domingo, 14 de enero, 12:25 horas

Vito había colocado un banderín rojo sobre la nieve en todos los lugares en los que Nick había captado un objeto metálico. Ahora, Nick y Vito se encontraban de pie junto a Jen y observaban, consternados, los cinco banderines.

– En cualquiera de esos lugares, si no en todos, podría haber más víctimas -dijo Jen con un hilo de voz-. Tenemos que averiguarlo.

Nick suspiró.

– Tendremos que registrar todo el terreno.

– Para eso necesitaremos mucho personal -refunfuñó Vito-. ¿Dispone la científica de medios suficientes?

– No, tendré que pedir ayuda. Pero no quiero hablar con mis superiores hasta estar segura de que debajo de esos banderines no hay enterradas flechas o latas de Coca-Cola.

– Podríamos empezar a cavar solo en uno de los lugares -propuso Nick-. A ver qué encontramos.

– Claro que podríamos. -Jen frunció el entrecejo-. Pero antes quiero saber qué terreno pisamos. No quiero perder pruebas por ir demasiado deprisa o por cometer errores.

– ¿Quieres utilizar sabuesos? -propuso Vito.

– Tal vez, pero lo que de verdad me gustaría hacer sería sondear el terreno. Lo vi en un documental; los arqueólogos utilizaban radares de penetración terrestre para localizar las ruinas de una antigua muralla. Es una técnica muy moderna. -Jen suspiró-. Pero nunca conseguiré dinero suficiente para contratar a una empresa. Traigamos a los perros y acabemos con esto.

Nick agitó un dedo en el aire.

– No tan deprisa. En el documental salían arqueólogos, ¿verdad? Bueno, si contáramos con la ayuda de un arqueólogo, él podría utilizar un radar de esos.

Jen aguzó la mirada.

– ¿Conoces a un arqueólogo?

– No -respondió Nick-, pero la ciudad está llena de universidades. Alguien tiene que conocer a alguno.

– Tiene que ser alguien que cobre poco -observó Vito-. Y alguien en quien podamos confiar. -Vito pensó en el cadáver y en la forma en que le habían atado las manos-. Si la noticia se filtra, para la prensa será un verdadero festín.

– Y a nosotros se nos comerán crudos -masculló Nick.

– ¿En quién tenéis que confiar?

Vito se volvió y vio a la forense de pie tras él.

– Hola, Katherine. ¿Has terminado?

Katherine Bauer asintió con desaliento mientras se despojaba de los guantes.

– El cadáver está en la furgoneta.

– ¿Sabes qué causó la muerte? -preguntó Nick.

– Todavía no. Pero creo que al menos lleva muerta dos o tres semanas. No podré ofreceros más información hasta que analice algunas muestras de tejido con el microscopio. Pero, volviendo a lo de antes -prosiguió ladeando la cabeza-, ¿en quién tenéis que confiar?

– Me gustaría sondear la propiedad -explicó Jen-. Pensaba preguntar si alguien conoce a un profesor de arqueología de alguna universidad.

– Yo -respondió Katherine, y los tres se quedaron mirándola. Jen abrió los ojos como platos.

– ¿Tú? ¿Conoces a un arqueólogo de verdad?

– Si fuera de mentira no nos serviría de mucho -espetó Nick, y Jen se sonrojó.

Katherine se rió entre dientes.

– Sí, conozco a un arqueólogo de verdad. En realidad es una arqueóloga. Ha vuelto a casa para… tomarse una especie de año sabático. Se la considera toda una experta en su campo. Estoy segura de que se prestará a ayudarnos.

– ¿Y es discreta? -insistió Nick, y Katherine le propinó una maternal palmadita en el brazo.

– Muy discreta. Hace más de veinticinco años que la conozco. Puedo llamarla ahora mismo si queréis.

Aguardó, con las grises cejas arqueadas.

– Por lo menos sabremos a qué atenernos -dijo Nick-. Yo voto que sí.

Vito asintió.

– Llamémosla.

Domingo, 14 de enero, 12:30 horas

– Santo Dios, es increíble. -Spandan sostuvo la espada bastarda entre sus manos enguantadas, con todo el cuidado y el respeto que merecía un tesoro de quinientos años de antigüedad-. Seguro que te entraron ganas de matar al niño que trató de arrancarla de la pared.

Sophie bajó la mirada al montante que había extraído de la vitrina. Los alumnos estaban tomándose un «descanso creativo», para pensar en la tarea que debían realizar. Sophie sabía que en el fondo solo querían tocar las espadas, pero no podía culparlos por ello. Suponía una gran experiencia sostener en las manos un arma tan antigua como aquella. Y tan mortífera.

– Me enfadé más con la madre, que estaba enfrascada hablando por el móvil y no vigilaba a su hijo. -Rió entre dientes-. Por suerte, aún no estaba mentalmente preparada para volver a hablar en inglés y los insultos me salieron en francés. Aunque hay cosas que se entienden en cualquier idioma.

– ¿Qué hizo ella? -preguntó Marta.

– Le fue con el cuento a Ted. Él le devolvió el dinero de las entradas y luego me echó la bronca. «No puedes andar asustando a los visitantes, Sophie» -imitó-. Aún recuerdo la cara de espanto de la mujer cuando le planté delante al mocoso de su hijo. Yo medía mucho más que él, por lo que casi se rompió el cuello para mirarme a los ojos. Ha sido una de las pocas veces en las que me he alegrado de ser tan alta.

– Necesita más medidas de seguridad -opinó John sin apartar los ojos de la espada vikinga que sostenía en las manos-. Me sorprende que nadie se haya llevado todavía alguna pieza.

Sophie frunció el entrecejo.

– Hay una alarma conectada, pero tienes razón. Antes, casi nadie sabía lo que había aquí, pero ahora, con tantas visitas, es necesario un guardia de seguridad. -Sophie había incluido el sueldo del guardia en el presupuesto del año siguiente, pero ni hablar… Ted se había empeñado en comprar los paneles. Aquello la sacaba de quicio-. Como mínimo hay dos relicarios italianos que han desaparecido. Sigo comprobando si salen anunciados en eBay.

– Le entran a uno ganas de que se haga justicia al estilo de la Edad Media -gruñó Spandan.

– ¿Cuál era el castigo por robar? -preguntó John, mirando a Sophie de reojo.

Ella devolvió con cuidado el montante a la vitrina.

– Depende de si nos referimos a la Alta o a la Baja Edad Media, del objeto robado, de si se había actuado con violencia o se trataba de un simple hurto y de quiénes eran la víctima y el ladrón. Si el delito era grave, se colgaba al ladrón, pero la mayoría de los robos sin importancia se castigaban con una indemnización.

– Yo creía que al ladrón le cortaban la mano o le arrancaban un ojo -dijo Bruce.

– Normalmente no -explicó Sophie, y sus labios se curvaron ante la evidente desilusión del joven-. No tenía mucho sentido que un señor feudal mutilara a la gente que trabajaba en sus tierras. Si les faltaba una mano o un pie no le proporcionaban tanto dinero.

– ¿No se hacían excepciones? -preguntó Bruce, y Sophie lo miró con expresión divertida.

– Veo que estamos sanguinarios hoy, ¿eh? Hum, excepciones… -Lo pensó un momento-. Fuera de Europa sí había culturas que todavía practicaban el «ojo por ojo». A los ladrones se les cortaba una mano y el pie contrario. En las culturas europeas, si nos remontamos al siglo x, encontramos en las leyes anglosajonas un castigo que consistía en cortar la mano con la que se había realizado el delito. Pero para ello el culpable debía ser sorprendido robando en una iglesia.

– En aquella época los relicarios habrían estado en una iglesia -observó Spandan.

Sophie no tuvo más remedio que echarse a reír.

– Sí, habrían estado en una iglesia; por suerte los han robado ahora en vez de entonces. El «descanso creativo» ha terminado. Dejad las espadas y volved al trabajo.

Los chicos exhalaron hondos suspiros pero obedecieron. Primero Spandan, luego Bruce y Marta. Solo quedaba John. Como si se tratara de un ofertorio, el chico alzó la espada con ambas manos y Sophie la recogió del mismo modo. Luego estudió la estilizada empuñadura con cariño.

– Una vez, en una excavación de Dinamarca, encontré una espada como esta. Aunque no era tan bonita ni estaba tan entera. La hoja se había corroído por completo justo en el centro. Pero la sensación de desenterrarla por primera vez fue maravillosa. Daba la impresión de que llevara todos esos años durmiendo y se hubiese despertado expresamente para mí. -Miró al chico, con expresión avergonzada-. Parece que esté loca, lo sé.

La sonrisa de él fue solemne.

– En absoluto. Debe de echar de menos el trabajo de campo.

Sophie recolocó los objetos en la vitrina y la cerró con llave.

– Unos días más que otros. Hoy lo echo mucho de menos.

Y al día siguiente, cuando tuviera que dirigir otra visita guiada vestida de época, sería aún peor.

– Vamos…

La sorprendió el sonido de su teléfono móvil. Incluso Ted respetaba su día de descanso.

– ¿Diga?

– Sophie, soy Katherine. ¿Estás sola?

Sophie dio un respingo al notar el apremio en la voz de Katherine.

– No. ¿Es necesario que lo esté?

– Sí. Tengo que hablar contigo. Es importante.

– No cuelgues. John, tengo que ocuparme de esta llamada. ¿Podéis esperarme en el vestíbulo un momento?

Él asintió y encaró su silla de ruedas hacia la Gran Sala y los demás alumnos. Cuando hubo salido, Sophie cerró la puerta.

– Dime, Katherine, ¿qué ocurre?

– Necesito tu ayuda.

Trisha, la hija de Katherine, era la mejor amiga de Sophie desde el parvulario y Katherine se había convertido en la madre que Sophie nunca tuvo.

– Cuéntame.

– Tenemos que registrar un campo y necesitamos saber dónde debemos excavar.

La mente de Sophie relacionó al instante «forense» con «excavar» y se imaginó una fosa común. A lo largo de los años había excavado docenas de tumbas y sabía exactamente qué había que hacer. Notó que el pulso se le aceleraba ante la perspectiva de volver a realizar un verdadero trabajo de campo.

– ¿Dónde y cuándo me necesitas?

– ¿Dónde? En un terreno que está a una media hora hacia el norte de la ciudad. ¿Cuándo? Ya llegas tarde.

– Escucha, Katherine, tardaré al menos dos horas en llegar con todo el equipo.

– ¿Dos horas? ¿Por qué tanto tiempo?

Sophie oyó de fondo voces contrariadas.

– Porque estoy en el museo y he venido en moto. No puedo atar el equipo al asiento. Antes tengo que volver a casa a por el coche de mi abuela. Además, esta tarde había pensado ir a verla. Por lo menos tengo que pasar por la residencia y ver qué tal está.

– Ya me ocuparé yo de ver cómo está Anna. Tú ve a buscar tu equipo a la universidad. Uno de los detectives se encontrará contigo allí y te acompañará hasta el terreno.

– Dile que nos encontraremos delante del edificio de humanidades de la Universidad Whitman. En la puerta hay una peculiar figura de mono. Estaré allí a la una y media.

Se oyeron murmullos, más fuertes.

– Muy bien -dijo Katherine, exasperada-. El detective Ciccotelli quiere estar seguro de que entiendes que esto debe quedar en el más absoluto secreto. Debes ser muy discreta y no decirle nada a nadie.

– Entendido.

Regresó a la Gran Sala.

– Chicos, tengo que marcharme.

Los alumnos procedieron de inmediato a recoger sus trabajos.

– ¿Está bien su abuela, doctora J? -preguntó Bruce con la frente fruncida de preocupación.

Sophie vaciló.

– No, pero se pondrá bien. -No era exactamente la verdad pero, por el bien de Anna, esperaba que tampoco fuera una mentira-. De momento, esta tarde os dejaré unas horas libres. No os divirtáis en exceso.

Cuando todos se hubieron marchado, Sophie cerró la puerta, conectó la alarma y se dirigió hacia la Universidad Whitman a tanta velocidad como la ley permitía. El corazón le aporreaba el pecho. Llevaba meses echando de menos las excavaciones, pero todo parecía indicar que por fin estaba a punto de volver a trabajar en una.

2

Domingo, 14 de enero, 14:00 horas

Se sentó en la silla y asintió ante la pantalla de su ordenador a la vez que sus labios esbozaban una sonrisa de satisfacción. Aquello estaba muy bien. La mar de bien. «Aunque me esté mal pensarlo.» Pero lo pensaba.

Levantó la cabeza para mirar los fotogramas que había extraído del vídeo de Warren Keyes. Había elegido bien a su víctima: buena estatura, buen peso y buena musculatura. El tatuaje del joven fue lo que acabó de perderle. Warren tenía que ser la víctima. Había estado fantástico en las escenas de sufrimiento, la cámara había captado la intensa agonía de su rostro. Pero los gritos…

Abrió un archivo de sonido. Un grito estremecedor surgió de los altavoces con una nitidez cristalina y un escalofrío de placer le recorrió la espalda. Los gritos de Warren eran sublimes. El tono perfecto, la intensidad perfecta. La inspiración perfecta.

Volvió los ojos hacia los lienzos que había colgado junto a los fotogramas. Probablemente, aquella serie de cuadros constituían su mejor obra hasta el momento. La había titulado La muerte de Warren. Eran óleos, por supuesto. Había descubierto que el óleo era la mejor técnica para captar la intensidad de la expresión, la boca de la víctima abierta al máximo en uno de esos perfectos alaridos de insoportable dolor.

Y los ojos. Había aprendido que la muerte por tortura tenía varias fases, y todas ellas se reflejaban claramente en los ojos de la víctima. La primera era el miedo; le seguían una actitud retadora y luego la desesperación, cuando la víctima se daba cuenta de que no había escapatoria. La cuarta fase, la de la esperanza, dependía por completo de la tolerancia al dolor de la víctima. Si resistía el primer embate, le daba un respiro, el tiempo justo para permitir que aflorara la esperanza. Warren Keyes había tolerado el dolor de forma extraordinaria.

Más tarde, cuando la esperanza se desvanecía por completo, empezaba la quinta fase: la de las súplicas, los gritos lastimeros implorando la muerte, la liberación. Hacia el final, aparecía la sexta fase, el último arrebato desafiante, una primitiva lucha por la supervivencia que precedía al hombre moderno.

Pero la séptima y última fase era la mejor y la más inaprensible: el instante mismo de la muerte. La explosión… La ráfaga de energía cuando lo corpóreo arrojaba su esencia. Era un instante tan breve que incluso con el objetivo de la cámara resultaba imposible captarlo del todo, tan fugaz que el ojo humano se lo perdería si no estuviera prestando extrema atención. Pero él prestaba atención.

Y había valido la pena. Se recreó contemplando el séptimo cuadro. Aunque era el último de la serie, lo había pintado el primero. Se acercó al caballete mientras la energía liberada de Warren aún hacía vibrar cada uno de sus nervios y el perfecto grito final resonaba todavía en sus oídos.

Lo había visto en los ojos de Warren; era algo indefinible que solo él había descubierto en el instante de la muerte. Consiguió captarlo por primera vez con La muerte de Claire, hacía más de un año. ¿De verdad había pasado tanto tiempo? El tiempo volaba cuando uno se divertía, y por fin se estaba divirtiendo. Llevaba toda la vida persiguiendo ese algo indefinible. Pues bien, ya lo había encontrado.

«Un genio.» Así era como lo había llamado Jager Van Zandt. Con Claire consiguió atraer por primera vez la atención del magnate de los videojuegos, y aunque personalmente consideraba que sus series de Zachary y Jared eran mejores, Claire seguía siendo la favorita de VZ.

Claro que Van Zandt nunca había visto sus cuadros, solo las imágenes animadas por ordenador con las que había transformado a Claire en Clothilde, una prostituta de la Francia de Vichy en la Segunda Guerra Mundial estrangulada hasta la muerte por un soldado a quien ella había traicionado. El tráiler, que hacía las delicias del público siempre que se exhibía, se había convertido en la principal atracción de Tras las líneas enemigas, la última aventura de Van Zandt en la industria del ocio.

Casi todo el mundo consideraba que aquello eran simples videojuegos. Pero a Van Zandt le gustaba pensar que estaba construyendo un imperio del ocio. Antes de Tras las líneas enemigas, el imperio de VZ solo existía en sus sueños. Pero sus sueños se habían hecho realidad: Tras las líneas enemigas había volado de las estanterías de las tiendas y se había convertido en un éxito rotundo gracias a Clothilde y al resto de sus personajes de animación. «Gracias a mi arte.»

Van Zandt, que también se había dado cuenta de ello, había elegido a Clothilde, captada en el momento de su muerte, para ilustrar el estuche de Tras las líneas enemigas. Siempre se le aceleraba el pulso al contemplarlo, al saber que las manos que oprimían la garganta de «Clothilde» eran las suyas.

Era obvio que VZ reconocía su genialidad, pero no estaba seguro de que ese hombre fuera capaz de comprender la realidad de su arte. Por eso seguía dejando que VZ creyera lo que quería creer: que Clothilde era un personaje de ficción y que él se llamaba Frasier Lewis. Al fin y al cabo, tanto él como Van Zandt obtenían lo que querían. El empresario había conseguido un gran éxito en la industria del ocio y ganaba millones. «Y yo he conseguido que millones de personas contemplen mi arte.»

Ese era su objetivo último. Tenía un don. El videojuego de VZ no era más que la forma más eficaz de hacer llegar su don al mayor número de personas en el menor tiempo posible. Cuando se hubiera consagrado, no necesitaría las imágenes de animación; la gente solicitaría directamente sus cuadros. No obstante, por el momento necesitaba a Van Zandt, y Van Zandt lo necesitaba a él.

Él estaría muy orgulloso de su último trabajo. Accionó el ratón y de nuevo visionó las imágenes animadas de Warren Keyes. Eran perfectas. Todos y cada uno de sus músculos se crispaban mientras el joven luchaba por librarse de las cadenas, su cuerpo se arqueaba y se retorcía de dolor a medida que le iba desencajando los huesos. La sangre también tenía buen aspecto, no era demasiado roja y se veía auténtica. Haber examinado cuidadosamente la película le había permitido reproducir todos los detalles del cuerpo de Warren, hasta la mínima contracción.

En particular, se había esmerado con el rostro; había captado el miedo y la expresión retadora de Warren al resistirse a la petición de su captor. «Que soy yo.» El inquisidor. Se había plasmado a sí mismo como el anciano que había atraído a Warren hasta la mazmorra.

En definitiva La muerte de Warren estaba lista y había llegado el momento de engatusar a la siguiente víctima. Abrió tupuedessermodelo.com, la sencilla y encantadora página web que le había resultado tan útil para encontrar los rostros perfectos que requería su trabajo. Por una modesta cuota, actores y modelos colgaban sus books en tupuedessermodelo.com con el propósito de que cualquier director de Hollywood pudiera lanzarlos inmediatamente al estrellato con solo accionar el ratón sobre su fotografía.

Tanto actores como modelos eran las víctimas perfectas. Poseían belleza, sabían despertar emociones y sus rostros eran fácilmente trasladables a las imágenes y al lienzo. Además, estaban tan ansiosos por alcanzar la fama y andaban tan necesitados de dinero que aceptaban cualquier trabajo. Atraerlos con la excusa de ofrecerles un papel en un documental funcionaba siempre y le había permitido presentarse como el anciano e inofensivo profesor de historia llamado Ed Munch. Sin embargo, estaba empezando a cansarse de ser Edvard Munch. Quizá la próxima vez se presentaría como Hieronymus Bosch. Por fin era un artista genial.

Examinó con detenimiento los candidatos elegidos en su última búsqueda. Había seleccionado a quince personas de las cuales se había quedado con cinco. El resto no eran lo suficientemente pobres para que tragaran sin más el anzuelo. De las cinco, solo tres estaban en la más absoluta miseria. Sus indagaciones financieras le habían revelado que las tres estaban al borde de la bancarrota.

Había espiado a los tres candidatos durante una semana y había visto que solo uno de ellos era lo bastante solitario y reservado para que no lo echaran en falta. Ese era un requisito importante del plan. Resultaba imprescindible que nadie buscara a sus víctimas. Entre ellas había fugitivos, como la preciosa Brittany de las manos unidas. O tipos como Warren, y antes que él Billy; tan reservados que nadie sabía que habían recibido una oferta de trabajo.

De todos los candidatos actuales, Gregory Sanders era el idóneo. Su familia, que no lo aceptaba, lo había echado de casa, así que estaba solo. Lo había averiguado la noche anterior, tras seguir a Sanders hasta su bar favorito. Se había hecho pasar por un hombre de negocios de fuera de la ciudad, le había invitado a varias rondas y había aguardado a que el hombre le contara entre gimoteos su triste historia. Sanders no tenía a nadie. Era perfecto.

Activó el botón de contacto de Gregory y desplegó el texto de su e-mail estándar, confiando plenamente en los pasos que había dado para ocultar su verdadera identidad, tanto física como electrónica. Al día siguiente, Greg aceptaría su oferta. Y el martes ya contaría con una nueva víctima. Y con un nuevo grito.

Dio impulso a la silla para apartarse del escritorio, se puso en pie con rigidez y se frotó la pierna derecha. Qué odioso era el invierno en Filadelfia. Ese día, el dolor era horrible. Su arte, aparte de ser excitantemente morboso, suponía otra importante ventaja: mientras pintaba se olvidaba de los dolores imaginarios para los que no existía tratamiento alguno, ni cura, ni nada que le proporcionara un poco de alivio.

Estaba a punto de cruzar la puerta de su estudio cuando recordó algo. «El martes.» Los pagos del anciano vencían el martes. Era imprescindible satisfacerlos. Si abonaba con puntualidad la hipoteca y el resto de los gastos, nadie se preguntaría dónde estaban el anciano y su esposa. Nadie los buscaría, precisamente tal como él deseaba. Se acercó de nuevo al ordenador. Como el martes estaría ocupado con su nueva víctima, era mejor efectuar ya los pagos.

Dutton, Georgia,

domingo, 14 de enero, 14:15 horas

– Te agradezco que hayas venido tan rápido, Daniel. -El sheriff Frank Loomis se volvió a mirarlo antes de introducir la llave en la puerta de entrada-. No tenía claro que lo hicieras.

Daniel Vartanian sabía que la observación era pertinente.

– Sigue siendo mi padre, Frank.

– Vaya. -Frank frunció el entrecejo al ver que la cerradura no cedía-. Estaba seguro de que esta era la llave; llevo guardándola desde la última vez que tus padres se tomaron unas largas vacaciones.

Daniel observaba cómo Frank probaba cinco llaves diferentes, el temor que atenazaba su vientre empezó a convertirse en verdadero pánico.

– Yo tengo una llave.

Frank retrocedió con una mirada fulminante.

– ¿Y por qué no lo has dicho antes, chico?

Daniel arqueó una ceja.

– No quería ofenderte -dijo con ironía-. Las competencias son las competencias.

Frank había pronunciado esas mismas palabras la noche anterior, cuando telefoneó a Daniel para informarle de que parecía que sus padres habían desaparecido.

– Escucha, «agente especial» Vartanian, por mucho que trabajes en el GBI, si sigues tan tieso, acabaré por arrebatarte la porra y ablandarte la espalda con ella.

Y no era pura fanfarronería. Frank había molido a palos a Daniel en más de una ocasión por diablillo. Claro que eso era porque se preocupaba por él. No podía decirse lo mismo de su padre. El juez Arthur Vartanian siempre había estado demasiado atareado para ocuparse de su hijo.

– No te burles de las porras del GBI -dijo Daniel en tono liviano, aunque el corazón había empezado a latirle con fuerza-. Incluyen lo último en tecnología, igual que vuestros cachivaches. Incluso a ti te sorprendería su eficacia.

– Mierda de burócratas -masculló Frank-. Siempre hablando de tecnología y experiencia, pero solo las aplican si les dejan llevar la voz cantante. Cédeles un poco de terreno y caerán sobre ti como una plaga.

También esa observación era pertinente, aunque Daniel dudaba que los mandamases del GBI, la Agencia de Investigación de Georgia, opinaran lo mismo. Había encontrado la llave; ahora tenía que concentrarse en que su mano dejara de temblar.

– Yo formo parte de la plaga, Frank -dijo.

Frank, molesto, resopló.

– Mierda, Daniel, ya sabes a qué me refiero. Art y Carol son tus padres. Te he llamado a ti, no al GBI. No quiero ver mi jurisdicción infestada de burócratas.

La llave de Daniel tampoco encajaba en la cerradura. Claro que, con el tiempo que había pasado, aquello no debía ser motivo de alarma.

– ¿Cuándo los viste por última vez?

– En noviembre. Unas dos semanas antes de Acción de Gracias. Tu madre iba camino de Angie's y tu padre estaba en el juzgado.

– O sea que era miércoles -observó Daniel, y Frank asintió. Angie's era el salón de belleza donde su madre tenía cita todos los miércoles sin excepción, desde antes de que él naciera-. ¿Y qué hacía mi padre en el juzgado?

– A tu padre le costaba hacerse a la idea de que estaba retirado. Echaba de menos el trabajo, y a la gente.

«Lo que Arthur Vartanian echaba de menos era el poder que le otorgaba ser juez del tribunal superior de una pequeña localidad de Georgia», se dijo Daniel, pero se guardó el pensamiento para sí.

– Decías que la enfermera de mi madre te llamó.

– Sí. Entonces me di cuenta del tiempo que hacía que no veía a ninguno de los dos. -Frank suspiró-. Lo siento, hijo. Supuse que por lo menos os lo habría contado a Susannah y a ti.

Le había costado aceptar que su madre ocultara algo así a sus propios hijos. Tenía cáncer de mama. La habían operado y le habían administrado quimioterapia, pero no les había dicho ni una palabra.

– Ya, bueno, la verdad es que hace tiempo que las cosas no van bien entre nosotros.

– Tu madre se saltó varias visitas, a la enfermera le extrañó y me telefoneó. Les seguí la pista y me enteré de que en diciembre tu madre había cancelado sus citas en la peluquería y le había dicho a Angie que tu padre y ella irían a Memphis a visitar a tu abuela.

– Pero no fueron.

– No. Según tu abuela, tu madre le contó que pasarían las vacaciones con tu hermana, pero cuando llamé a Susannah me dijo que hacía más de un año que no sabía nada de tus padres. Por eso te llamé a ti.

– Son demasiadas mentiras, Frank -opinó Daniel-. Entremos.

Rompió de un codazo el cristal lateral de la puerta de entrada, introdujo la mano y descorrió el pestillo. En la casa reinaba un silencio sepulcral y olía a cerrado.

Traspasar el umbral lo hizo retroceder en el tiempo. Daniel recordó a su padre al pie de la escalera, con los nudillos pelados y ensangrentados. Su madre se encontraba al lado de su padre y las lágrimas le rodaban por las mejillas. Susannah se mantenía algo apartada, y su rostro traslucía una súplica desesperada para que Daniel abandonara aquel enfrentamiento que ella no comprendía. A Susannah las cosas le resultarían más fáciles si desconocía la verdad, por eso nunca se la había contado.

Él se marchó con intención de no regresar. Claro que una cosa eran las intenciones…

– Ve tú arriba, Frank. Yo me encargaré de esta planta y del sótano.

El primer vistazo le confirmó a Daniel que sus padres habían salido de viaje. La llave del agua estaba cerrada y habían desenchufado todos los electrodomésticos. Recordó el miedo que su madre tenía de que la tostadora pudiera ocasionar un incendio.

Recorrió la planta baja y descendió al sótano con el corazón acelerado. Las imágenes de los cadáveres que había descubierto durante los años pasados en el cuerpo de policía le bombardeaban la mente. Sin embargo, allí no olía a muerto y el sótano parecía tan ordenado como siempre. Subió la escalera y encontró a Frank aguardando en el recibidor, frente a la puerta de entrada.

– Se han llevado mucha ropa -observó Frank-. Y las maletas no están.

– Esto no tiene ningún sentido. -Daniel volvió a entrar en todas las habitaciones y se detuvo en el despacho de su padre-. Fue juez durante veinte años, Frank. Tenía enemigos.

– Ya he pensado en eso. Le he pedido a Wanda que consiga un listado de sus antiguos casos.

Sorprendido y reconfortado, Daniel le dirigió a Frank una sonrisa llena de desánimo.

– Gracias.

Frank se encogió de hombros.

– A Wanda le irá bien hacer horas extras. Vamos, Daniel, cenemos algo por el centro y pensaremos qué más podemos hacer.

– Enseguida. Deja que eche un vistazo a su escritorio.

Tiró de un cajón y se sorprendió de que este se abriera sin más. Dentro había varios folletos del Gran Cañón. Se le formó un nudo en la garganta. Su madre siempre había deseado visitar el Gran Cañón, pero su padre siempre estaba demasiado ocupado y nunca habían llegado a ir. Parecía que por fin había encontrado el momento.

De pronto, la evidencia de que su madre estaba enferma de cáncer lo azotó, convirtiéndose en mucho más que el secreto que le había ocultado. «Mi madre se está muriendo.» Carraspeó con fuerza.

– Mira, Frank. -Sacó los folletos y los esparció sobre el cartapacio.

– El Gran Cañón, el lago Tahoe, el Monte Rushmore… -Frank suspiró-. Parece que por fin tu padre la ha llevado a hacer el viaje que durante tantos años le prometió.

– Pero ¿por qué no lo dijeron y ya está? ¿Por qué tantas mentiras?

Frank le estrechó el hombro.

– Supongo que tu madre no quiere que nadie sepa que está enferma. Para Carol es una cuestión de orgullo. Deja que conserve su dignidad. Vayamos a cenar a algún sitio.

Con el corazón lleno de pesar, Daniel se disponía a levantarse cuando oyó un ruido.

– ¿Qué ha sido eso?

– ¿El qué? -preguntó Frank-. Yo no he oído nada.

Daniel prestó atención y volvió a oírlo: un chirrido estridente.

– Es su ordenador.

– Es imposible, está apagado.

La pantalla estaba oscura, pero cuando Daniel posó la mano sobre el ordenador se quedó sin respiración.

– Está caliente y en marcha. Alguien lo está utilizando en este preciso momento.

Pulsó el botón de la pantalla y juntos vieron cómo aparecía una página de un banco en línea. El cursor se movía con una precisión fantasmagórica sin que ninguno de los dos lo accionara.

– Joder, parece un tablero de la Ouija -masculló Frank.

– Es el sistema de banca en línea de mi padre. Alguien acaba de pagar la hipoteca.

– ¿Será tu padre? -preguntó Frank, con evidente desconcierto.

– No lo sé. -Daniel apretó la mandíbula-. Pero puedes estar seguro de que lo averiguaré.

Filadelfia,

domingo, 14 de enero, 14:15 horas

Vito se quedó mirando la «peculiar figura de mono» con creciente irritación. Llevaba esperando más de media hora y aún no había rastro de la amiga de Katherine. Se sentía decepcionado y tenía frío. Había bajado la ventanilla del coche para respirar aire fresco. El hedor de la desconocida le impregnaba el pelo y las fosas nasales; ni él mismo podía soportarlo.

Había telefoneado a Katherine seis veces, pero no contestaba. Era imposible que no la hubiera visto. Había llegado con tiempo de sobra y la única persona allí presente era una estudiante universitaria sentada en el banco de la parada del autobús, cinco metros detrás de su vehículo.

Era una chica de unos veinte años, con una larga melena rubia que debía de rozarle las nalgas cuando estaba de pie. Llevaba la cabeza cubierta con un pañuelo rojo y junto a las sienes le colgaban sendas trenzas diminutas, mientras que el resto del pelo caía suelto y la cubría como una capa. Llevaba unos enormes aros de oro en las orejas y la mitad de su rostro quedaba oculto tras la montura redonda de sus gafas de sol color morado. Por si todo eso fuera poco, llevaba una vieja chaqueta de camuflaje que le quedaba unas cuatro tallas grande.

«Esta juventud…», pensó Vito, sacudiendo la cabeza. La chica levantó la mirada hacia la calle y volvió a bajarla antes de encoger las piernas y doblarlas bajo la chaqueta, con la gruesa suela de sus botas militares sobre el banco. Debía de estar helada. Al menos él lo estaba, y eso que tenía puesta la calefacción de la camioneta.

Al fin sonó su móvil.

– Mierda, Katherine, ¿Dónde te habías metido?

– En el depósito de cadáveres, estoy preparándolo todo para que la desconocida descanse aquí esta noche. ¿Qué quieres?

– Que me des el teléfono de tu amiga. -Se volvió al oír que alguien llamaba a la puerta del acompañante. Era la universitaria-. Espera un momento, Katherine. -Bajó la ventanilla-. ¿Qué deseas?

Los labios carnosos de la chica temblaban.

– Hum… Estoy esperando a una persona y creo que podría ser usted.

De cerca, la chica era aún más agraciada; se buscaría problemas acercándose a los hombres de ese modo.

– Original manera de ligar. Lo siento, no me interesa. Prueba con alguien de tu misma edad.

– ¡Espere! -gritó la chica, pero él ya había subido la ventanilla.

– ¿Quién era? -preguntó Katherine con voz divertida.

A Vito no le hacía ninguna gracia.

– Una universitaria a quien le gustan maduritos. Tu amiga no ha llegado.

– Si ha dicho que estaría, tiene que estar, Vito. Sophie es muy seria.

– Te digo que… ¡Joder!

Era de nuevo la chica, esta vez por el lado del conductor.

– Escucha -espetó-, te he dicho que no me interesa, o sea que lárgate.

Empezó a cerrar la ventanilla, pero la chica plantó las manos en el borde del cristal y se aferró como si fueran garras, para impedir que lo subiera. Llevaba unos delgados guantes de punto con cada dedo de un color diferente, lo cual se daba de bofetadas con el estampado de camuflaje.

Vito estaba a punto de mostrarle la placa cuando la chica se quitó las gafas y lo miró exasperada, con sus ojos de un verde intenso.

– ¿Conoce a Katherine? -preguntó.

De repente, él se dio cuenta de que no se trataba de ninguna jovencita. Tenía por lo menos treinta años, tal vez más. Apretó los dientes.

– Katherine -dijo despacio-, ¿qué aspecto tiene tu amiga?

– El de la mujer que está junto a tu ventanilla -soltó Katherine entre risas-. Tiene el pelo largo y rubio, ronda los treinta años y le gusta mezclar estilos. Lo siento, Vito.

Él tuvo que tragarse su comentario de sabihondo.

– Esperaba a alguien de tu edad. Me habías dicho que hacía veinticinco años que la conocías.

– En realidad son veintiocho. Desde que iba al parvulario -soltó la mujer de repente, y le tendió la mano multicolor-. Soy Sophie Johannsen. Hola, Katherine -saludó dirigiéndose al teléfono-. Tendrías que habernos dado los números de móvil -añadió en un tono que de entrada sonaba jovial pero que en el fondo denotaba impaciencia.

Katherine suspiró.

– Lo siento, he de dejarte, Vito. Tengo invitados a cenar y de camino a casa debo pasar a ver cómo está la abuela de Sophie.

Vito cerró el móvil y posó la mirada en los verdes ojos entornados de la mujer. Se sentía como un completo idiota.

– Perdone, le ponía veinte años.

Los gruesos labios de ella esbozaron una sonrisa ladeada y a Vito le chocó darse cuenta de que también estaba equivocado con respecto a otra cosa. La chica no era solo agraciada, era una preciosidad. Vito sintió que sus dedos se morían de ganas de tocar aquellos labios. «Una mujer debe de hacer maravillas con unos labios así.» Apretó los dientes con fuerza, tan sorprendido como molesto por la viveza de las imágenes que acudían a su mente. «Haz el favor de controlarte, Chick. Contrólate ahora mismo.»

– Supongo que debo tomarlo como un cumplido. Hacía mucho tiempo que no me confundían con una universitaria. -Señaló el edificio con un dedo azul eléctrico-. El equipo que necesitamos está ahí dentro. Pesa demasiado para llevarlo en un solo viaje y no quería dejar una parte en la calle mientras iba a buscar el resto. Es muy caro. ¿Me echa una mano?

Vito contuvo sus pensamientos no sin dificultad y la siguió hasta el interior del edificio.

– Le agradezco su ayuda, doctora Johannsen -dijo mientras ella abría la puerta cerrada con llave.

– Es un placer. Katherine me ha ayudado tantas veces que he perdido la cuenta. Y, por favor, llámeme Sophie. Nadie me llama doctora Johannsen. Mis alumnos me llaman doctora J, pero supongo que lo hacen por analogía con el baloncesto, porque soy alta.

Pronunció la última frase acompañada de una sonrisa autocrítica y Vito se sintió incapaz de apartar los ojos de su cara. Sin rastro de maquillaje y pese a los pendientes hippies, la ropa militar y los guantes multicolor, su aspecto era natural, saludable. Un vehemente deseo azotó a Vito con tal fuerza que lo dejó casi sin respiración. Lo de antes había sido pura lujuria; en cambio, lo que sentía ahora era distinto. Trató de encontrar palabras para describirlo y tan solo una acudió a su mente: «Hogar». Al mirar su rostro se sentía como si hubiera regresado al hogar.

El rubor tiñó las mejillas de la chica y Vito se dio cuenta de que la estaba mirando fijamente. Ella aguantó la mirada tres segundos; luego se volvió de golpe y tiró con fuerza de la pesada puerta, que al abrirse la obligó a dar un paso atrás tambaleándose. Él la asió por los hombros para sostenerla, y al hacerlo la atrajo hacia sí. «Suéltala», se dijo, pero sus manos no le obedecían. En vez de eso, siguió sosteniéndola y, por un instante, ella pareció relajarse y descansar contra él.

De pronto, como si le hubieran clavado una aguja, se lanzó hacia delante para sujetar la puerta antes de que se cerrara, con lo cual rompió el contacto físico y puso fin a aquel momento.

Vito la había tenido entre sus manos tan solo unos segundos, pero le pareció estar tocando un cable de alta tensión. Decidió retroceder, física y también mentalmente. Se sentía afectado y no le hacía ninguna gracia. Respiró hondo. «Es solo el día que estás teniendo -se dijo-. Domínate, Chick; domínate antes de que hagas el ridículo.» Sin embargo, se quedó perplejo al oír las siguientes palabras que surgieron de su boca.

– Llámeme Vito.

Solía preferir que lo llamaran detective cuando se trataba de asuntos de trabajo; de ese modo las cosas quedaban convenientemente claras. Pero ya era demasiado tarde.

– Muy bien. -Las dos palabras brotaron con un suspiro, como si la chica hubiera estado conteniendo la respiración-. Esto es lo que tenemos que llevarnos.

Junto a la puerta había cuatro maletas. Vito cogió las dos más grandes. Sophie tomó las otras dos y cerró la puerta tras de sí.

– Tengo que devolver el equipo a la universidad esta noche -dijo en tono decidido-. Otro profesor lo ha solicitado para efectuar mañana un trabajo de campo.

Parecía que la chica había decidido obviar lo ocurrido y Vito optó por hacer lo mismo, pero su mirada iba por libre. No podía dejar de observar su rostro; trató de captar su perfil mientras se dirigían hacia la camioneta. A la chica seguían temblándole los labios a causa del frío y Vito se sintió culpable.

– ¿Por qué no me ha avisado antes? -preguntó.

– Me han advertido que fuera discreta -respondió ella, con la mirada fija hacia el frente-. No estaba segura de que usted fuera el policía de quien me había hablado Katherine, ni siquiera ha venido en coche patrulla. He pensado que, si no era la persona adecuada, no les gustaría que anduviera preguntando. Katherine no me ha explicado qué aspecto tenía y tampoco me ha dado ninguna contraseña. Por eso he decidido esperar.

Y congelarse, pensó él mientras recordaba la forma como se había ovillado bajo la chaqueta para entrar en calor. Depositó las dos maletas grandes en la zona de carga de la camioneta y las ató con las correas. Cuando se disponía a cargar las dos maletas más pequeñas, la chica sacudió la cabeza.

– Son delicadas. Dadas las circunstancias, prefiero viajar yo en la zona de carga y que coloque las maletas en mi asiento.

– Creo que dentro hay suficiente espacio para todo. -Vito colocó las maletas en el suelo, entre las dos filas de asientos. Luego abrió la puerta del acompañante-. Usted primero…

Sus pensamientos se desviaron cuando ella pasó por delante de él. Olía igual que las rosas que había depositado detrás de su asiento; su aroma era dulce y penetrante.

Se quedó inmóvil, aspirando su olor. Aquella mujer no se parecía en nada a su Andrea, menuda y de piel morena. Sophie Johannsen era una amazona, alta, rubia… Y estaba viva. «Ella está viva, Chick. Y hoy, eso es suficiente para que te metas en un lío.» Por suerte, al día siguiente volvería a sentirse adormecido.

– Sophie -dijo la chica con recelo-. Me llamo Sophie.

– Lo siento. -«Céntrate, Chick.» Había un cadáver sin identificar, tal vez más. Eso era lo que debía ocupar sus pensamientos y no el perfume de Sophie Johannsen. Señaló el asiento delantero, decidido a reconducir la relación de nuevo hacia el plano profesional-. Por favor.

– Gracias.

Ella subió al vehículo y Vito oyó un sonido metálico procedente de su chaqueta.

– ¿Qué lleva en los bolsillos?

– Ah, de todo. Es mi chaqueta de trabajo.

De un bolsillo extrajo un juego de clavos de señalización.

– Nos servirán para marcar lo que encontremos.

«Espero de corazón que lleve suficientes», pensó Vito al recordar los banderines rojos que Nick retiraría antes de que ellos llegaran. Querían una investigación limpia, sin que nada influyera en el examen de la experta.

– Vamos.

Cuando estuvieron en camino, Sophie acercó sus gélidos dedos a la rejilla de la calefacción. Sin pronunciar palabra, Vito se inclinó hacia delante y accionó un botón para subir la temperatura.

Después de que los dedos de Sophie hubieran entrado en calor, la chica se acomodó en su asiento y examinó a Vito Ciccotelli. Su aspecto la había sorprendido. Llamándose Vito, se imaginaba a una bestia parda con el rostro de alguien que ha resistido demasiados asaltos contra el campeón. No podía haber estado más equivocada. Por eso se lo había quedado mirando, la había pillado desprevenida. «Mentalízate de eso.»

Debía de medir al menos un metro noventa. Había tenido que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos y, con su casi metro ochenta, eso no le sucedía muy a menudo. Sus hombros se adivinaban anchos bajo la chaqueta de piel, pero la esbeltez de su cuerpo macizo hacía pensar más en un felino de gran tamaño que en un bulldog peleón. Tenía el tipo de rostro de facciones marcadas que suele verse en las revistas de moda. Claro que ella no leía revistas de moda; ese era el vicio de su tía Freya.

Sophie supuso que la mayoría de las mujeres considerarían que Vito Ciccotelli estaba como un tren y caerían irremediablemente rendidas a sus pies. Era probable que ese fuera el motivo por el que antes la había despachado con tanta prontitud; seguro que las mujeres siempre trataban de ligar con él. Por suerte, ella no formaba parte de esa mayoría, pensó burlona. Caer rendida a sus pies era lo último que se le pasaría por la cabeza.

Claro que precisamente eso era lo que había estado a punto de ocurrirle. Qué vergüenza. Sin embargo, durante el instante que él la había sostenido contra sí, ella se había sentido cómoda y protegida. Era como si pudiera apoyar la cabeza en su hombro y reposar. «No seas ridícula, Sophie.» Los hombres guapos como Vito estaban acostumbrados a conseguir lo que deseaban con una simple caída de ojos. Sin embargo, por algún motivo, esa afirmación no cuadraba con Vito. Aunque en el fondo daba igual. Él había acudido a ella por el radar de penetración terrestre, nada más. «Haz el favor de centrarte en lo que debes.» Tenía ante sí la oportunidad de volver a realizar un trabajo de campo, algo importante. Sin embargo, no podía apartar los ojos del rostro de aquel hombre.

Él llevaba puestas unas gafas de sol y Sophie solo podía ver la comisura de uno de sus ojos, donde varias líneas blancas diminutas surcaban su piel morena y revelaban su predisposición a sonreír. Pero en ese momento no sonreía. Su expresión denotaba gravedad e inquietud, y Sophie se sintió culpable por experimentar tal entusiasmo y vitalidad.

Por primera vez en meses volvería a realizar un trabajo de campo. Lo que le aceleraba el corazón y le ponía la carne de gallina era la emocionante perspectiva de la búsqueda, no el recuerdo de las manos de Vito aferrándola por los hombros. «Solo lo ha hecho para evitar que te cayeras de culo.» Hacía muchísimo tiempo que ningún hombre la tocaba, por ningún motivo. Sophie frunció el entrecejo y se concentró.

– Bien, Vito, hábleme de la tumba.

– ¿Quién ha dicho nada de ninguna tumba? -preguntó él, en tono despreocupado.

A ella le entraron ganas de hacer una mueca de exasperación pero se contuvo.

– No soy estúpida. ¿Una forense y un policía buscando algo bajo tierra? ¿De cuántas tumbas estamos hablando?

Él se encogió de hombros.

– Tal vez de ninguna.

– Por lo menos han encontrado una.

– ¿Por qué dice eso?

Sophie arrugó la nariz.

– L'odeur de la mort. Se nota bastante.

– ¿Habla francés? Yo lo estudié en el instituto, pero solo recuerdo las palabrotas.

Esa vez sí que hizo una mueca de exasperación. Empezaba a perder la paciencia.

– Hablo diez lenguas, aunque tres de ellas están más muertas que la persona cuyo cadáver acaban de descubrir -espetó, pero inmediatamente se arrepintió al ver que él daba un respingo y un músculo de su tensa mandíbula empezaba a temblar.

– La persona cuyo cadáver acabamos de descubrir tenía padres y tal vez esposo -dijo en voz baja.

Ella se ruborizó; había pasado de estar enfadada a sentirse incómoda y avergonzada.

«Has metido la pata hasta el fondo, con bota incluida.»

– Lo siento -se disculpó ella, también en voz baja-. No era mi intención faltar al respeto a nadie. Los cadáveres que suelo encontrar llevan enterrados varios siglos. Aunque ya sé que no es excusa; me he dejado llevar por el entusiasmo que supone volver a hacer algo interesante. Ha sido una falta de tacto por mi parte.

Él mantuvo la mirada fija hacia el frente.

– No importa.

Sí que importaba, pero Sophie no sabía qué hacer para remediarlo. Se despojó de los guantes y empezó a trenzarse el pelo para que no le molestara cuando llegaran a donde el detective la llevaba. Casi había terminado cuando él la sobresaltó al volver a hablar.

– ¿Así que habla francés? -dijo-. Yo lo estudié en el instituto pero…

La boca de Vito esbozó una sonrisa atribulada y ella le devolvió el gesto. Le estaba echando un cable. Esta vez se aseguraría de no meter la pata.

– Pero solo se acuerda de las palabrotas. Sí, hablo francés y varias leguas más. Resulta útil para traducir textos antiguos y poder conversar con los habitantes de los lugares donde trabajo. -Continuó trenzándose el pelo-. Si quiere, puedo enseñarle unos cuantos tacos en otros idiomas.

Él tuvo que reprimir una carcajada.

– Es un gran ofrecimiento. Katherine me ha contado que se ha tomado un año sabático.

– Más o menos. -Sophie anudó fuertemente la trenza y se hizo un moño en el cogote-. Mi abuela sufrió un derrame cerebral, por eso he venido a Filadelfia, para ayudar a mi tía a cuidar de ella.

– ¿Se está recuperando?

– Hay días en los que parece que sí, pero otros… -Suspiró-. Otros días las cosas no van tan bien.

– Lo siento.

Parecía muy sincero.

– Gracias.

– ¿Y dónde estaba antes de venir aquí?

– En el sur de Francia. Estábamos excavando en un castillo del siglo xiii.

Él pareció impresionado.

– ¿De esos con mazmorras?

Ella se rió entre dientes.

– Seguramente en su día las tuvo, pero nos consideraremos afortunados si encontramos la muralla exterior y los cimientos de la torre del homenaje. Bueno, podrán considerarse afortunados -se corrigió-. Escuche, Vito… Mi comentario ha estado fuera de lugar y lo siento, pero de verdad me ayudaría saber un poco más sobre lo que necesitan de mí antes de empezar a trabajar.

Él se encogió de hombros.

– En realidad no hay mucho que contar. Hemos encontrado un cadáver.

Volvían a estar como al principio.

– Pero cree que puede haber más.

– Es posible.

Sophie se aseguró de no volver a meter la pata; por ello imprimió cierta ligereza a su voz.

– Si descubro algo, sabré tanto como ustedes. Espero que no se trate de una de esas ocasiones en las que hay que matar al protagonista porque sabe demasiado. Eso me arruinaría el día.

Las comisuras de los labios de Vito se curvaron hacia arriba.

– Matarla sería ilegal, doctora Johannsen.

Había vuelto a tratarla con formalidad. Qué pena, porque ella seguía llamándolo Vito.

– Muy bien, Vito. Entonces, a menos que piensen borrarme la memoria, quiere decir que confían en que no me iré de la lengua. Porque usted no tiene uno de esos dispositivos que usan en Hombres de negro, ¿verdad?

Él tuvo que aguantarse de nuevo la risa.

– Me lo he dejado en otro traje.

– Dicen que hombre precavido vale por dos. ¿En qué traje? Le prometo que no se lo contaré a nadie.

De pronto, Vito sonrió abiertamente y en la mejilla derecha se le formó un hoyuelo. «Madre mía, madre mía», pensó Sophie. Una simple sonrisa hacía que Vito Ciccotelli dejara de parecer un modelo para convertirse en todo un galán cinematográfico. Si su tía Freya lo viera se le desbocaría el corazón. «Exactamente como te está pasando a ti», se dijo justo cuando él volvió a hablar.

– La información es confidencial -dijo, y Sophie se puso tensa.

– Veo que hemos entablado una relación de confianza.

La sonrisa de él se desvaneció.

– Doctora Johannsen, no se trata de que no confiemos en usted. Si no fuera así, ahora mismo no estaría aquí. Katherine responde de su honestidad y para mí con eso basta.

– Entonces…

Él negó con la cabeza.

– No quiero darle ningún dato que pueda condicionar su investigación. Es mejor que no sepa nada y nos diga qué encuentra. Eso es cuanto queremos.

Ella se quedó pensativa.

– Supongo que es lógico.

– Gracias a Dios -masculló él, y ella ahogó una risita.

– ¿Puede por lo menos decirme cuánto mide el terreno?

– Debe de medir media hectárea, como mucho una.

Ella puso mala cara.

– Pues me llevará bastante tiempo.

Él arqueó sus cejas morenas.

– ¿Cuánto es «bastante tiempo»?

– Cuatro o cinco horas, puede que más. El radar de la universidad no es muy potente, lo utilizamos solo con fines pedagógicos. Los terrenos que examinamos con los alumnos tienen como máximo diez metros cuadrados. Lo siento -añadió al ver que él fruncía el entrecejo-. Si la superficie es tan grande puedo recomendarles algunas empresas geotécnicas que trabajan muy bien. Ellos disponen de equipos más grandes y tractores para arrastrarlos.

– Pero la cantidad de dinero que cobran es proporcional -se lamentó él-. No podemos permitirnos contratar a ninguna empresa; han recortado mucho el presupuesto del departamento y no tenemos fondos. -Le dirigió una mirada temerosa-. ¿Usted puede dedicarnos cuatro o cinco horas?

Sophie miró el reloj. Empezaba a hacerle ruido el estómago.

– ¿Tienen fondos para invitarme a una pizza? Aún no he comido.

– Para eso sí.

3

Filadelfia,

domingo, 14 de enero, 14:30 horas

Vito detuvo su camioneta detrás del vehículo de la policía científica.

– Este es el lugar.

– Ya lo había adivinado -masculló-. Las primeras pistas han sido la cinta amarilla y la furgoneta de la policía científica.

Antes de que él pudiera pronunciar una palabra abrió la puerta y saltó de la camioneta. A continuación, hizo una mueca de disgusto y tragó saliva.

– Es muy fuerte -dijo él en tono comprensivo-. Eau de… ¿Cómo lo ha llamado?

– L'odeur de la mort -respondió ella con voz queda-. ¿Sigue aquí el cadáver?

– No, pero el olor no siempre desaparece de inmediato. Puedo conseguirle una mascarilla, pero no creo que le sirva de mucho.

Ella negó con la cabeza y los grandes aros que adornaban sus orejas se balancearon.

– Solo me ha pillado desprevenida, no pasa nada. -Con aire resuelto, tomó las dos maletas más pequeñas-. Estoy lista.

Pronunció las últimas palabras con un breve y decidido gesto de asentimiento, más para convencerse a sí misma que a los demás.

Nick se bajó de la furgoneta de la policía científica y Vito tuvo la satisfacción de ver que su compañero se quedaba blanco como el papel. La reacción de Jen McFain fue idéntica. Claro que el efecto no era completo, puesto que Johannsen se había recogido el pelo que antes le colgaba hasta más abajo de las nalgas.

– Jen, Nick, esta es la doctora Johannsen.

Jen se acercó corriendo, sonriente, y estiró el cuello para mirar a Johannsen a la cara. La diferencia de estatura entre las dos mujeres resultaba cómica.

– Soy Jennifer McFain, de la policía científica. Muchas gracias por venir a ayudarnos a pesar de que le hemos avisado con tan poco tiempo, doctora Johannsen.

– No hay de qué. Y, por favor, llámeme Sophie -respondió ella.

– Entonces yo soy Jen.

Jen examinó las dos maletas.

– Siempre he querido tener entre manos uno de esos trastos. Si no le importa, ¿podría quitarse los pendientes?

Johannsen guardó inmediatamente los pendientes en un bolsillo de la chaqueta.

– Lo siento, había olvidado que los llevaba puestos. -Miró a Nick por encima del hombro de Jen-. ¿Y usted es…?

– Soy Nick Lawrence -respondió él-. El compañero de Vito. Gracias por venir.

– Es un placer. Si me dicen por dónde quieren que empiece, lo prepararé todo.

Anduvieron campo a través. Jen y Johannsen iban delante y Vito y Nick guardaron la suficiente distancia para que ellas no pudieran oírlos.

– No es… como esperaba -susurró Nick.

Vito ahogó una risita. Se estaba comportando con calma y serenidad, y así continuaría haciéndolo.

– Por no decir otra cosa, ¿verdad?

– ¿Estás seguro de que es la amiga de Katherine? Parece muy joven.

– Al final he conseguido hablar con Katherine. Es la auténtica doctora Johannsen.

– ¿Y estás seguro de que tendrá la boca cerrada?

Vito se acordó del comentario del dispositivo para borrar la memoria y no pudo evitar sonreír.

– Sí.

Llegaron a la tumba y Vito se puso serio. Por fin sabrían si la desconocida era la única víctima o una de muchas.

Johannsen se quedó mirando la tumba, cabizbaja, y Vito recordó que también había bajado la cabeza al avergonzarse de la crudeza con la que se había referido al cadáver. Vito sabía que no lo había hecho a propósito. El hecho de que se hubiera disculpado tan rápido era digno de tener en cuenta. Sophie se volvió y lo miró a los ojos.

– ¿Aquí es donde encontraron a la mujer?

– Sí.

– El terreno es muy extenso. ¿Por dónde quieren que empiece? ¿Tienen alguna preferencia?

– La doctora Johannsen cree que le llevará cuatro o cinco horas sondear todo el campo -explicó Vito-. Será mejor que primero registremos la zona más cercana a la tumba por ambos lados, a ver qué encontramos.

– Me parece una buena idea -observó Jen-. ¿Cuánto tiempo le llevará prepararlo todo?

– No mucho. -Sophie se arrodilló en la nieve, abrió las maletas y se dispuso a hacer una demostración del montaje del equipo ante Jen, que parecía una niña con zapatos nuevos-. A través de una conexión inalámbrica, la unidad envía datos al portátil, donde quedan almacenados. -Colocó el portátil sobre una de las maletas, lo encendió y se puso en pie con el radar en la mano.

Nick se inclinó para examinarlo.

– Parece una escoba mecánica -observó.

– Sí, una escoba de quince mil dólares -repuso Johannsen, y Vito dio un silbido.

– ¿Este trasto cuesta quince mil dólares? Ha dicho que era uno de los menos potentes.

– Así es. Los más baratos de los grandes valen cincuenta mil. ¿Todos ustedes conocen cómo funciona un radar de penetración terrestre?

– Jen sí -respondió Vito-. Nosotros habíamos pensado en utilizar perros sabuesos.

– No está mal la idea, pero un radar de penetración terrestre ofrece una imagen de lo que hay bajo tierra. No es tan clara como una radiografía, pero define dónde se encuentran los objetos y a qué profundidad. Los colores de la pantalla representan la amplitud del objeto. Cuanto más vivo es el color, mayor es la amplitud.

Jen asintió.

– Cuanto más vivo es el color, mayor es la amplitud y mayor es el objeto.

– O mejor es la calidad de la imagen -prosiguió Sophie-. Los metales suelen reflejarse muy bien, y las bolsas de aire aún mejor. La calidad de la imagen obtenida depende de lo que se está buscando.

– ¿Qué hay de los huesos? -preguntó Nick.

– No se reflejan tan bien, pero por lo menos se ven. Cuanto más antiguos son, más cuesta verlos. Al descomponerse, se mezclan con la tierra y la imagen no destaca tanto.

– ¿Cuánto tiempo tiene que pasar para que no puedan verse? -quiso saber Jen.

– Uno de mis colegas descubrió los restos de un indígena de dos mil quinientos años de antigüedad bajo un túmulo funerario en Kentucky. -Levantó la cabeza-. No creo que tengan que preocuparse por eso. -Se puso en pie y se limpió las manos en la chaqueta. Llevaba los vaqueros empapados pero ni siquiera parecía darse cuenta. Le había confesado a Vito que estaba entusiasmada y él, en efecto, captaba la emoción en sus ojos verde claro-. Vamos allá.

Sophie se puso a trabajar. Empezó examinando la pared vertical de la primera tumba con lentitud y precisión. Vito comprendió por qué hacía falta tanto tiempo para sondear todo el campo. Claro que si encontraban algo, las horas que tendrían que invertir sus hombres serían muchas más.

Jen guardaba silencio.

– Sophie -dijo de pronto con apremio en la voz.

Johannsen se detuvo para examinar la pantalla.

– Es el borde de algo. Hay un cambio repentino en el terreno, el suelo baja unos diez metros. Dejen que sondee un trozo más.

Lo hizo y frunció el entrecejo.

– Aquí hay algo, pero parece que sea de metal. Es parecido a lo que encontramos en los cementerios antiguos, donde los ataúdes están revestidos de plomo. Por la forma no parece un ataúd, pero lo que está claro es que contiene metal. -Levantó la cabeza y los miró con gesto interrogativo-. ¿Tiene sentido?

Vito recordó las manos de la desconocida.

– Sí -respondió con gravedad-. Tiene sentido.

Johannsen asintió al darse cuenta de que esa sería la única respuesta que obtendría.

– Muy bien. -Marcó las esquinas con los clavos de señalización-. Mide ciento noventa y ocho por noventa y un centímetros.

– Igual que la primera -dijo Jen.

– Ojalá estemos equivocados, Vito. -Nick sacudió la cabeza-. Mierda.

Jen se puso en pie.

– Voy a por las herramientas y la cámara, y también les pediré a mis hombres que vuelvan e instalar los focos. Échame una mano con las herramientas, Nick. Vito, tú llama a Katherine.

– Ahora mismo, y también llamaré a Liz.

A la teniente Liz Sawyer no le había gustado en absoluto enterarse de la existencia del primer cadáver. Lo que menos desearía oír era que había más tumbas anónimas.

Nick siguió a Jen y dejó a Vito a solas con Johannsen.

– Lo siento -fue todo cuanto ella dijo con la mirada llena de tristeza.

Él asintió.

– Sí, yo también. Vayamos a examinar el otro lado.

Mientras Johannsen proseguía, Vito marcó en su móvil el número de Liz.

– Liz, soy Vito. Tenemos a una arqueóloga. Hay otro.

– Vaya -se limitó a responder Liz-. ¿Otro u otros?

– Por lo menos uno. Acaba de empezar y le llevará un buen rato. Jen ha ido a avisar a su equipo. Trataremos de avanzar cuanto podamos esta noche.

– Mantenme informada -ordenó-. Llamaré al comisario para alertarlo.

– Muy bien.

Vito guardó el móvil en el bolsillo.

Jen y Nick regresaron con las herramientas para cavar y la cámara justo cuando Johannsen daba con el límite de la siguiente tumba.

– Tiene la misma longitud y profundidad.

Pasaron veinte minutos antes de que levantara la cabeza.

– Otro cadáver, pero en este no hay nada metálico.

– Aquí no habíamos encontrado nada con el detector de metales -dijo Nick.

Vito recorrió el campo con la mirada.

– Ya lo sé. Eso quiere decir que puede que haya incluso más.

Jen estaba colocando una capa de material plástico alrededor de la nueva tumba.

– Coged una pala, chicos.

Así lo hicieron, y durante un rato los cuatro trabajaron en silencio. Johannsen señalizó el segundo recuadro y se desplazó hacia la izquierda para empezar de nuevo. Mientras, Nick, Vito y Jen cavaban. Nick fue el primero en topar con el cadáver. Jen se inclinó hacia delante y con su pincel retiró la tierra que cubría el rostro de la víctima.

Era un hombre, joven y rubio. El cuerpo apenas había empezado a descomponerse. Era guapo.

– No lleva mucho tiempo muerto -observó Nick-. Tal vez una semana.

– Como mucho -dijo Vito-. Deja a la vista sus manos, Jen.

Ella lo hizo y Vito se acercó para ver mejor algo que no comprendía.

– ¿Qué demonios significa esto?

– No está rezando. -Nick frunció el entrecejo-. ¿Qué está haciendo?

– Haga lo que haga, tiene las manos atadas con alambre, igual que la desconocida -observó Jen.

La víctima tenía los puños cerrados; ambos estaban apoyados en su torso desnudo, el derecho por encima del izquierdo. La mano derecha se encontraba a la altura del corazón y los codos, doblados, apuntaban hacia abajo. Las manos formaban sendas «o».

– Estaba sujetando algo -dedujo Vito.

– Una espada. -Las palabras, pronunciadas en un susurro, procedían de Sophie Johannsen, quien permanecía de pie con el rostro de un blanco fantasmal bajo el pañuelo rojo. Miraba fijamente a la víctima, con ojos desorbitados, horrorizada. Vito sintió el repentino impulso de abrazarla y ocultarle el rostro contra su pecho, para protegerla de la imagen del cadáver en descomposición.

Pero en vez de eso se levantó y posó las manos en sus hombros.

– ¿Qué ha dicho?

Sophie permaneció inmóvil, con los ojos aún fijos en el muerto.

Él la agitó ligeramente y la asió por la barbilla obligándola a mirarlo.

– Doctora Johannsen, ¿qué ha dicho?

Ella tragó saliva y luego alzó los ojos, que habían dejado de brillar.

– Parece una efigie.

– ¿Una efigie? -repitió Vito-. ¿Qué es eso, un monigote?

Ella cerró los ojos. Era obvio que trataba de recobrar el ánimo. Vito recordó que los cadáveres que Sophie solía descubrir llevaban muertos cientos de años.

– No -respondió ella con voz afectada-. Es una escultura. En muchas tumbas hay una imagen del muerto esculpida en piedra o mármol, una especie de estatua tumbada de espaldas sobre el sepulcro. Se llama efigie.

Sophie se había tranquilizado; ahora hablaba como una profesora dando una clase. Vito imaginó que esa era su forma de afrontar la situación.

– Las mujeres suelen tener las manos juntas, así. -Sophie unió las manos y las colocó apuntando a su barbilla, en la misma postura que la desconocida.

Vito se volvió bruscamente hacia Nick y este asintió.

– Siga, Sophie -la animó Nick con voz queda-. Lo está haciendo muy bien.

– Pero… a veces tienen los brazos cruzados sobre el pecho.

Volvió a hacer una demostración de la postura, colocando las manos estiradas sobre su pecho.

– En ocasiones los hombres también posan con las manos juntas, como si rezaran, pero otras veces se les representa vestidos con la armadura y sosteniendo su espada. Suelen tenerla a un lado, pero hay efigies que están esculpidas así.

Sophie cerró sus trémulas manos y las colocó sobre el pecho del mismo modo que las de la víctima.

– El hombre sujeta la espada por la empuñadura y la hoja queda plana sobre su torso, justo en el centro y apuntando hacia abajo. No es una postura muy frecuente. Significa que murió en combate. ¿Saben quién es?

Vito negó con la cabeza.

– Todavía no.

– Alguien que tenía padres y tal vez esposa -masculló ella.

– ¿Desea ir a sentarse un rato en mi camioneta? Aquí tiene las llaves.

Ella lo miró, sus ojos aparecían empañados por las lágrimas contenidas.

– No, estoy bien. Solo me había acercado para decirles que no he encontrado nada más hacia la izquierda. Voy a retroceder hacía donde están los árboles. -Se enjugó los ojos con su guante multicolor-. No pasa nada.

Nick se puso en pie.

– Sophie, ahora que lo dice, recuerdo haber visto imágenes parecidas en un viejo libro de historia. Esculpir una efigie en la tumba es una costumbre medieval, ¿verdad?

Ella asintió con el rostro aún muy pálido.

– Sí. Las más antiguas datan del 1100, y siguieron siendo muy frecuentes durante el Renacimiento.

– ¡Chicos! -Jen estaba arrodillada junto a la tumba-. Tenemos problemas más graves que la espada de ese tipo. -Se puso en pie y se sacudió la tierra de los pantalones.

Vito y Nick bajaron la cabeza para mirar en el interior de la tumba pero Johannsen se quedó donde estaba. Vito no podía culparla; lo que vio hizo que le entraran ganas de volver la cabeza, pero no lo hizo. Jen había desenterrado a la víctima hasta las ingles y en su abdomen se observaba un gran agujero.

– Qué hijo de puta -masculló Vito.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Johannsen desde un metro y medio de distancia.

Jen suspiró.

– A este hombre le han arrancado las tripas.

– Lo han destripado -confirmó Johannsen-. Es una tortura que se ha practicado a lo largo de la historia, principalmente se utilizaba en la Edad Media.

– Una tortura -susurró Nick-. Joder, Vito, ¿qué clase de enfermo mental es capaz de hacer una cosa así?

Vito recorrió el campo con la mirada.

– ¿Y a cuántos más habrá enterrado aquí?

Nueva York,

domingo, 14 de enero, 17:00 horas

El corcho que saltó de la botella de champán hizo que el ruido de fondo se redujera a un quedo rumor. Desde el otro extremo de la sala, Derek Harrington observaba cómo Jager Van Zandt sostenía la burbujeante botella alejada de su carísimo traje entre los rostros de aprobación de un gran grupo de jóvenes expectantes.

– Antes solíamos conformarnos con un pack de seis botellas de cerveza, siempre que estuvieran frías.

Derek levantó la cabeza para mirar a Tony England y esbozó una sonrisa melancólica.

– Ah, los viejos tiempos.

Sin embargo, Tony no sonreía.

– Echo de menos esos tiempos, Derek. Echo de menos tu antiguo sótano y las noches en vela, trabajando, y… las camisetas y los vaqueros. La época en la que solo éramos Jager, tú y yo.

– Ya lo sé. Estamos creciendo muy deprisa… Ni siquiera conozco a la mitad de esos chicos.

Pero, por encima de todo, echaba de menos a su amigo. La fama y el ansia de ganar dinero habían convertido a Jager Van Zandt en un hombre a quien ya no estaba seguro de conocer.

– Supongo que el éxito tiene su precio.

Tony guardó silencio un momento.

– Derek, ¿es cierto que habrá una oferta pública de venta?

– He oído rumores.

Tony frunció el entrecejo.

– ¿Rumores? Mierda, Derek, eres el vicepresidente. ¿No crees que deberías disponer de información más fiable que simples rumores?

Debería, pero no disponía de ella. Jager le ahorró tener que responder. Se había puesto en pie sobre una silla y sostenía en alto su esbelta copa de champán.

– Señores, señoras. Estamos aquí para celebrar algo. Sé que después de este largo congreso están todos cansados. No obstante, el congreso ha terminado y todo ha salido bien. Toda nuestra producción de Tras las líneas enemigas está más que vendida. Tenemos encargos para todos y cada uno de los videojuegos que consigamos fabricar. Hemos agotado las existencias. ¡Lo hemos conseguido una vez más!

Los jóvenes lo vitorearon, pero Derek permaneció callado.

– Ha vendido todas las existencias, qué bien -masculló Tony.

– Tony -susurró Derek-. Aquí no. No es ni el lugar ni el momento.

– ¿Cuándo será el momento, Derek? -preguntó Tony-. ¿Cuando nosotros también digamos a todo amén? ¿O es a mí al único que eso le preocupa?

Tony sacudió la cabeza y tras abrirse paso a través de la multitud salió a la calle.

Tony siempre había sido un exagerado y Derek lo sabía. La pasión y la genialidad solían ir de la mano. Sin embargo él ya no estaba seguro de sentir pasión. Ni de ser un genio. Ni siquiera de tener dotes artísticas.

– Por supuesto, todos gozarán de jugosos dividendos por esas ventas -estaba diciendo Jager, y se oyeron más vítores-. Pero de momento vamos a saborear un delicioso pastel.

Dos camareros entraron en la sala con una larga mesa rectangular. Sobre ella había un pastel de casi dos metros de largo por uno de ancho, decorado con el logotipo de oRo: Un dragón dorado con una «R» gigantesca en el pecho. El dragón aferraba dos «o», una con cada pata.

Jager y él habían elegido el logotipo con gran esmero. Derek había diseñado el dragón dorado y Jager había decidido el nombre de la compañía. Las letras «o», «R», «o» tenían un valor simbólico relacionado con el origen holandés de Jager. A Derek nunca le había importado que la «R» fuera cinco veces más grande que las «o». Sin embargo, ahora sí que le importaba. Ahora había muchas cosas que le molestaban. No obstante, al oír que se mencionaban los beneficios de los empleados, se obligó a sonreír y aceptó una copa de champán.

– La expansión de oRo está entrando en una nueva etapa -prosiguió Jager-. Y con ese fin, debemos anunciar algunos cambios. Derek Harrington ha sido ascendido.

Derek, atónito, se puso tieso y se quedó mirando al sonriente Jager. Rápidamente volvió a forzar una sonrisa; no quería que se notara que lo habían pillado por sorpresa.

– Derek pasa a ser el director artístico ejecutivo.

Se oyeron más vítores y Derek asintió; la sonrisa se le heló en el rostro. Ahora comprendía lo que Jager había hecho, y las siguientes palabras de este confirmaron sus sospechas.

– Y, en reconocimiento a su enorme contribución al éxito de Tras las líneas enemigas, Frasier Lewis pasa a ser el director artístico.

Los empleados aplaudieron mientras a Derek se le caía el alma a los pies.

– Frasier no ha podido estar aquí esta noche, pero les envía saludos y sus mejores deseos para la próxima campaña. Me ha pedido que proponga un brindis en su nombre; cito sus palabras textuales: «Tras las líneas enemigas nos ha puesto en órbita. Ojalá El inquisidor haga llegar a oRo hasta la luna.»

Jager alzó su copa.

– ¡Por oRo y por el éxito!

Con las manos temblorosas, Derek se escabulló de la sala. Había tanto jolgorio que nadie notaría que se había marchado. Una vez en el vestíbulo, se apoyó en la pared. Tenía el estómago revuelto. El ascenso era una patraña: a Derek no lo habían ascendido; en realidad lo habían quitado de en medio. Frasier Lewis había aportado riqueza y éxito a oRo, pero sus métodos poco claros asustaban a Derek. Él había tratado de detener a Jager, de mantener a oRo en el buen camino.

Pero ya era demasiado tarde. Jager acababa de sustituirlo por alguien que le decía amén a todo.

Filadelfia,

domingo, 14 de enero, 17:00 horas

Aquello estaba resultando peor de lo que ella nunca habría imaginado. La emoción ante la perspectiva de la búsqueda se había convertido de súbito en un miedo glacial al mirar el rostro del muerto. Y el miedo se intensificaba a medida que caía la tarde. Sophie continuó sondeando el terreno y trató de dejar de pensar en los clavos de señalización que había colocado. Y en el cadáver que habían encontrado. Alguien había torturado y asesinado a aquel hombre, y también a otras personas. ¿Cuántos cadáveres más habría allí enterrados?

Katherine había regresado para examinar a la víctima y ella y Sophie se habían saludado con la cabeza, pero no habían intercambiado palabra alguna. En el lugar reinaba un silencio extraño; el pequeño batallón de policías realizaba su trabajo con eficiencia aunque con sigilo.

Sophie trató de concentrarse en captar los objetos enterrados. Aunque no eran objetos; eran personas. Y estaban muertas. Intentó no pensar en ello y refugiarse en la rutina del sondeo, en situar cada uno de los clavos en el lugar exacto en el que debía estar.

Hasta que introdujo la mano en el bolsillo y lo notó vacío. Había cogido dos paquetes de clavos de la sala de material antes de encontrarse con Vito. «Y cada paquete contiene doce clavos.» En total eran veinticuatro. «Seis tumbas.» Ya habían localizado seis tumbas. Con la que la policía había encontrado antes de que ella llegara sumaban siete. «Y todavía no he terminado. ¡Santo Dios, siete personas!»

Notó que se le nublaba la vista y, enfadada, se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano. Probablemente la policía científica dispondría de algo que pudiera utilizar para señalar las tumbas. Alzó la cabeza en busca de Jen McFain, pero un sonido a su espalda la dejó petrificada. Era el ruido de una cremallera, amplificado en aquel extraño silencio. Poco a poco, levantó la cabeza para mirar a Katherine Bauer por encima de la bolsa en la que acababa de encerrar el cadáver, y de pronto retrocedió dieciséis años. Entonces, Katherine tenía el pelo más oscuro y un poco más largo.

Y la bolsa del cadáver cuya cremallera cerraba era mucho más pequeña.

El silencio se desvaneció. Todo cuanto Sophie podía oír era el golpeteo de su pulso. Katherine abrió los ojos como platos al comprender con horror lo que ocurría. Tenía exactamente el mismo aspecto que entonces.

Sophie había oído su nombre, pero todo cuanto podía ver era el cadáver tendido en la camilla, igual que aquel día. «Era tan pequeña…» Aquel día llegó demasiado tarde; todo cuanto pudo hacer fue observar conmocionada cómo se la llevaban. Una intensa y repentina oleada de dolor la invadió. Y el dolor dio paso a la rabia; una rabia absoluta teñida de amargura. Elle los había dejado y nada podría devolvérsela.

– Sophie.

Sophie pestañeó ante el inesperado pellizco en la barbilla. Se fijó en el rostro de Katherine, en las líneas de expresión que los dieciséis años transcurridos habían trazado en él, y exhaló un trémulo suspiro. Recordó dónde estaba y cerró los ojos, avergonzada.

– Lo siento -masculló.

La presión de la barbilla era cada vez mayor, hasta que abrió los ojos. Katherine la miraba con el entrecejo fruncido.

– Entra en mi coche, Sophie. Estás más blanca que el papel.

Pero Sophie se apartó.

– Estoy bien.

Levantó la cabeza y vio que Vito Ciccotelli, de pie junto a la gran bolsa que contenía el cadáver, la observaba con los ojos entrecerrados. Antes, la había tachado de grosera e insensible. Probablemente ahora la consideraría emocionalmente inestable o, aún peor, una debilucha. Sophie alzó la barbilla, irguió la espalda y respondió a la fija atención de él lanzándole una mirada desafiante. Prefería que la considerara grosera.

Sin embargo, él no apartó la vista, mantuvo sus oscuros ojos fijos en los de ella. Sophie, desconcertada, dejó de mirar a Vito y dio un paso atrás.

– Estoy bien, de verdad.

– No -susurró Katherine-. No estás bien. Ya has hecho bastante por hoy. Le pediré a uno de los agentes que te acompañe a casa.

Sophie tensó la mandíbula.

– Cuando empiezo algo, lo termino. -Se agachó para recoger la barra del radar, que se le había escapado de las manos al dejarse llevar momentáneamente por los recuerdos-. No como otros.

Se dispuso a volverse, pero Katherine la aferró por el brazo.

– Fue un accidente -susurró Katherine. Sophie estaba segura de que la mujer lo creía de veras-. Pensaba que después de tanto tiempo ya lo habrías aceptado.

Sophie negó con la cabeza. Seguía estando furiosa y la rabia le hervía por dentro. Por eso cuando habló, su tono fue frío.

– Siempre fuiste demasiado blanda con ella. Yo no soy tan…

– ¿Benévola? -la atajó Katherine con acritud.

Sophie soltó una risita llena de amargura.

– Ingenua. Ahora tengo que acabar el trabajo que me has pedido que haga.

Se apartó de Katherine e introdujo la mano en el bolsillo. Entonces recordó que le faltaban clavos. Buscó a Jen con la mirada y reparó en que hacía rato que el pequeño batallón de agentes se había quedado mudo, observando con descarada curiosidad la escena entre Katherine y ella.

Le entraron ganas de gritarles que se metieran en sus asuntos, pero se controló. Buscó a Jen con la mirada, pero de nuevo se encontró con los oscuros ojos de Vito Ciccotelli. No los había apartado de ella ni un momento.

– Me he quedado sin clavos. ¿Tienen algo para señalar el terreno?

– Algo encontraré.

Vito le dirigió otra larga mirada interrogativa antes de volverse hacia la furgoneta de la policía científica. Cuando ya no la miraba, Sophie notó que sus pulmones se vaciaban al exhalar un hondo suspiro y reparó en que llevaba mucho rato conteniendo la respiración. Junto con el aire también la ira abandonó su cuerpo. Todo cuanto ahora sentía era pesar y vergüenza.

– Lo siento, Katherine. No tendría que haber perdido los estribos. -Se interrumpió justo antes de decir que estaba equivocada. Nunca le había mentido a Katherine y no tenía sentido empezar a hacerlo en ese momento.

Las comisuras de los labios de Katherine se curvaron en un gesto de aceptación al comprender lo que Sophie había omitido.

– No tiene importancia. Ha sido muy desagradable ver a la víctima, y eso te ha alterado. No creía que llegaras a ver ningún cadáver; pensaba que harías el sondeo y te marcharías. Supongo que no he planeado las cosas con el debido cuidado.

– No te preocupes. Me alegro de que me pidieras ayuda.

Sophie estrechó el brazo de Katherine, segura de que, como siempre, entre ellas no había rencillas. «Es una suerte que Katherine sea más benévola que yo», pensó arrepentida. Claro que era más fácil ser benévolo cuando las desgracias no te tocaban tan de cerca. Elle no era hija de Katherine. «Era hija mía.» Sophie se aclaró la garganta y al hablar su voz sonó áspera.

– Ahora deja que siga trabajando, a ver si de ese modo los policías dejan de mirarnos.

Katherine se volvió para mirar atrás, como si hasta ese momento no hubiera reparado en que estaban montando una escena. Con solo arquear una ceja la menuda mujer puso a todo el mundo en su sitio.

– Los policías son unos chismosos -susurró-. Para que luego digan de las mujeres.

– Eso es mentira.

Sophie levantó la cabeza y vio a Vito tras ellas con un manojo de banderines de colores en la mano como si fuera un ramo de flores.

Katherine le sonrió.

– No, es verdad y lo sabes.

Él esbozó una sonrisa ladeada.

– Cambia «chismosos» por «observadores» y estaré conforme. -Sus palabras iban dirigidas a Katherine, pero miraba a Sophie con la misma fijeza que antes. Le tendió los banderines-. Aquí tiene esto para señalizar el terreno.

Ella vaciló antes de cogerlos, la simple idea de tocarle la mano la ponía nerviosa. Qué ridículo. Era una profesional y acabaría el trabajo que había ido a hacer.

Tomó los banderines y se los guardó en el bolsillo.

– Espero que no me hagan falta tantos.

La débil sonrisa de Vito se desvaneció mientras repasaba el terreno con la mirada.

– Pues ya somos dos.

Katherine suspiró.

– Amén.

Dutton, Georgia,

domingo, 14 de enero, 21:40 horas

Daniel Vartanian estaba sentado en la cama de su habitación del hotel y se masajeaba la frente ante la inminente amenaza de un ataque de migraña.

– Así están las cosas -dijo para acabar, y aguardó a que su jefe se pronunciara.

Chase Wharton suspiró.

– Tu familia es un asco. Lo sabes, ¿verdad?

– Lo sé, créeme. Bueno, ¿puedo tomarme unos días de permiso o no?

– ¿Estás seguro de que se han ido de viaje? ¿Para qué tantas mentiras?

– Mis padres son de los que guardan las apariencias, da igual el motivo. -Sus padres habían ocultado muchos secretos para preservar el buen nombre de la familia. «Si la gente supiera la verdad…»-. El hecho de que no hayan querido que nadie se entere de la enfermedad de mi madre es de lo más normal.

– Pero se trata de cáncer, Daniel, no de un delito de pederastia o algo por el estilo.

«O algo por el estilo», pensó Daniel.

– El cáncer es motivo suficiente para dar que hablar, cosa que mi padre no tolera, y menos ahora que acaba de presentarse a congresista.

– No me habías contado que tu padre se dedicara a la política.

– Mi padre se dedica a la política desde el día en que nació -dijo Daniel con amargura-. Sabía que militaba, pero no creía que fuera a presentar su candidatura para el Congreso. Parece que lo decidió justo antes de marcharse.

Se lo había contado Tawny Howard, que era quien les había tomado nota de la cena a Frank y a él. Y a Tawny se lo había contado la secretaria de Carl Sargent, el hombre a quien su padre había visitado la última vez que había estado en la ciudad.

– Estoy seguro de que cree que el cáncer de mi madre podría ser utilizado por la oposición. Y mi madre siempre hace lo que él dice.

Chase guardó silencio y Daniel imaginó su cara de preocupación.

– Escucha, Chase, solo quiero encontrar a mis padres. Mi madre está enferma. Necesito… -Daniel dio un resoplido-. Necesito verla. Tengo que decirle algo y no quiero que muera sin haberlo hecho. Tuvimos una pelea y le dije cosas horribles. -De hecho, era a su padre a quien se las había dicho, pero la ira y la indignación que sentía… y la vergüenza… incluían a su madre.

– ¿Crees que no tenías razón? -preguntó Chase con voz queda.

– Sí que tenía razón, pero… No tendría que haber dejado que eso se interpusiera entre nosotros durante tantos años.

– Pues tómate unos días de permiso. Pero a la menor sospecha de que no se trata de unas simples vacaciones quiero que vuelvas y pondremos en marcha una investigación en toda regla. No quiero que me den una patada en el culo porque un juez retirado ha desaparecido y me he saltado el procedimiento. -Chase vaciló-. Ten cuidado, Daniel. Y siento lo de tu madre.

– Gracias.

Daniel no sabía muy bien por dónde empezar, pero estaba seguro de que en el ordenador de su padre encontraría algunas pistas. Al día siguiente, un compañero del GBI lo ayudaría a examinar los registros. Daniel rezaba por ser capaz de enfrentarse a lo que encontraran.

Nueva York,

domingo, 14 de enero, 22:00 horas

Sentado a oscuras en el salón de la suite del hotel, Derek observó cómo Jager cruzaba la puerta tambaleándose.

– Estás borracho -dijo Derek con repugnancia.

Jager se incorporó de golpe.

– Joder, Derek. Me has dado un susto de muerte.

– Entonces estamos en paz -respondió Derek con acritud-. ¿Puedes explicarme de qué demonios va todo esto?

– ¿El qué? -Jager formuló la pregunta con desdén y la indignación de Derek aumentó.

– Ya lo sabes. ¿Quién narices te ha autorizado a nombrar a Lewis director artístico?

– No es más que una forma de llamarlo, Derek. -Jager le lanzó una mirada mordaz mientras se despojaba de la corbata-. Si te hubieras quedado en el bar celebrándolo con nosotros en vez de permanecer aquí a oscuras enfurruñado como un niño, habrías oído la noticia de primera mano. Hemos conseguido un stand en Pinnacle.

– ¿En Pinnacle?

Se trataba de una feria anual dedicada a los videojuegos, a escala mundial. Era muy importante. Pinnacle significaba para los diseñadores de videojuegos lo que Cannes para los directores de cine. Era el acontecimiento principal para ver y ser visto, para que el sector en pleno tuviera ocasión de apreciar su arte. El público hacía cola durante días para conseguir una entrada. Los stands se asignaban únicamente por invitación. Pinnacle era… el pináculo. Exhaló un lento suspiro, costaba creer que fuera cierto. Ni siquiera en sus sueños más atrevidos habría ocurrido.

– Estás bromeando.

Jager se echó a reír, pero el sonido resultó inquietante.

– Nunca bromeo con estas cosas.

Se dirigió al mueble bar y se sirvió otra copa.

– Ya está bien, Jager -espetó Derek, pero Jager le lanzó una mirada furibunda.

– Cállate. Cállate de una vez. Estoy hasta los huevos de ti y de tu cantinela: «No hagas esto, no hagas lo otro.» -Echó la cabeza hacia atrás para tomar un trago-. Estaremos en Pinnacle porque yo me he arriesgado, porque yo he tenido cojones para enviar la carta, porque yo tengo lo que hace falta para triunfar.

Derek torció el gesto, furioso por lo que Jager no había acabado de decir.

– Y yo no.

Jager abrió los brazos.

– Tú lo has dicho. -Apartó la mirada y masculló-: Socio.

– Lo soy, y lo sabes -dijo Derek con voz queda.

– ¿El qué?

– Tu socio.

– Pues entonces empieza a comportarte como tal -dijo Jager con rotundidad-. Deja ya de actuar como un fanático religioso. La obra de Frasier Lewis es una forma de ocio, Derek. Y punto.

Derek sacudió la cabeza cuando Jager se dispuso a dirigirse a su habitación.

– Es indecente. Y punto.

Jager se detuvo con la mano en el tirador de la puerta.

– Pero es lo que vende.

– No está bien, Jager.

– No he visto que hicieras ascos a ninguna paga. Actúas como si la violencia fuera contra tus principios éticos pero, a la hora de cobrar, el dinero te va tan bien como a mí. Y si no es así, puedes irte.

– ¿Es una amenaza? -preguntó Derek en tono tranquilo.

– No. Es una realidad. Ponte en contacto con Frasier y pídele que se dé prisa con las escenas de lucha que lleva prometiéndome desde hace un mes. Las quiero el martes a las nueve. Necesito las escenas de lucha de El inquisidor para mostrarlas en Pinnacle, así que ya puede mover el culo.

Derek, anonadado, no podía apartar los ojos de él.

– Le has encargado a él el nuevo juego.

Jager se volvió, su mirada era glacial.

– Esta es una empresa que se dedica al ocio -dijo entre dientes-. Y sí, hace meses que le encargué a Frasier el diseño de El inquisidor. Si te lo hubiera encargado a ti, habríamos acabado con las penosas imágenes desvaídas de todos los años. Él ha estado investigando y trabajando en el diseño durante meses mientras tú te dedicabas a hacer dibujitos.

Pronunció las últimas palabras con desdén.

– Asúmelo, Derek. Yo he colocado a oRo un escalón más arriba de donde estaba. Ponte al nivel o abandona.

Y se marchó dando un portazo.

Derek permaneció un rato inmóvil, mirando la puerta. «Ponte al nivel o abandona.» No podía abandonar así como así. ¿Adónde iría? Había puesto en oRo todo su talento, había puesto el alma. No podía macharse. Le hacía falta el sueldo. El colegio de su hija no era barato. «Soy un hipócrita.» Se había mostrado en desacuerdo con utilizar las escenas de Frasier Lewis, porque los asesinatos resultaban escalofriantes de tan reales como parecían. Pero Jager tenía razón. «Es cierto que acepto el dinero. Me gusta el dinero.»

Tenía que tomar una decisión. Si quería continuar en oRo, debía superar su aversión por «el arte» de Frasier Lewis. «Tanto si va en contra de mis principios éticos como si no.»

Exhaló un suspiro. En otras palabras, tenía que decidir si Jager le había dicho la verdad, por mucho que le costara aceptarlo. «Las penosas imágenes desvaídas de todos los años.» Eso le había dolido. «¿Estoy celoso? ¿Es Lewis mejor artista que yo?» Si era cierto, ¿sería capaz de aceptarlo? Y, lo más importante, ¿sería capaz de trabajar con él?

Derek se levantó, paseó a lo largo de la habitación y se detuvo frente al mueble bar. Se sirvió una bebida y volvió a sentarse en la penumbra para sopesar sus opciones.

4

Filadelfia,

domingo, 14 de enero, 22:30 horas

Vito siguió con la mirada a Katherine, que transportaba en la camilla otro cadáver embolsado; el tercero hasta el momento. También se trataba de un hombre, de una edad parecida a la del Caballero, que era como habían apodado a la víctima anterior. El equipo no pudo evitar bautizarlo así cuando corrió la voz de que la arqueóloga había dicho que tenía las manos colocadas como si sostuviera una espada. La mujer cuyo cadáver habían encontrado por la mañana pasó a ser la Dama.

Se preguntaba cómo llamarían a la tercera víctima, que yacía con los brazos estirados a ambos lados del cuerpo. Bueno, más o menos. Uno de los brazos sí estaba estirado, pero el otro aparecía roto a la altura del hombro, apenas unido al cuerpo por la articulación y vuelto de tal forma que la palma quedaba hacia fuera. La cabeza aún tenía peor aspecto. Lo poco que quedaba de ella resultaba irreconocible.

– Es tarde -dijo Vito-. En el equipo hay agentes que tienen guardia. Me parece que ya está bien por hoy.

– Entonces, ¿nos encontramos aquí mañana a primera hora? -preguntó Nick.

Vito asintió.

– Empezaremos por tratar de identificar a las víctimas. Seguramente por la mañana Katherine tendrá los resultados de las primeras pruebas. Las autopsias podrían llevarle días.

Jen miró alrededor.

– ¿Dónde está Sophie?

Vito señaló hacia su camioneta, donde Johannsen se encontraba sentada de costado en el asiento del acompañante con la puerta completamente abierta. Llevaba allí una media hora. Vito temía que se estuviera congelando, pero trató de apartarla de su mente pensando que si tuviera frío, habría cerrado la puerta. Sin embargo, no logró apartarla ni de su pensamiento ni de su vista. La había estado observando mientras trabajaban. La visión del Caballero había hecho que se estremeciera. Aun así, había seguido trabajando como si tal cosa.

Pero luego había ocurrido algo más. Cuando Katherine cerró la bolsa que contenía el cadáver, Sophie se comportó como si hubiera visto un fantasma. Fuera lo que fuese lo que aquel cadáver le había recordado, tenía la importancia suficiente para que Katherine acudiera a su lado. Y ambas habían intercambiado airadas palabras, eso estaba más claro que el agua.

A partir de ese momento la había observado aún más de cerca, diciéndose que lo que sentía era simple curiosidad. O tal vez fuera un chismoso, tal como afirmaba Katherine. La cuestión era que quería saber qué le había ocurrido a Sophie, tanto ese día como aquel que había recordado.

Sin embargo, lo más probable era que no llegara a descubrirlo jamás. La acompañaría a su casa y ahí acabaría todo. Aunque verla sentada en la camioneta despertaba algo en su interior. Tenía las piernas dobladas y ocultas bajo la chaqueta, como cuando esperaba sentada en el banco. Parecía joven y muy sola.

– ¿Ha terminado su trabajo? -preguntó Vito.

Jen asintió mientras observaba en una hoja impresa el resultado del sondeo que Sophie había llevado a cabo.

– Ha hecho un trabajo magnífico. -Los clavos y los banderines se encontraban dispuestos en cuatro hileras formando cuatro rectángulos, todos exactamente de la misma medida; había distribuido el espacio de las filas y las columnas con una precisión magistral-. No tenemos más que empezar a cavar.

Cuando Vito se acercó a la camioneta, observó que Sophie había cargado y asegurado las dos maletas en el suelo del vehículo sin ayuda. Antes había podido comprobar por sí mismo cuánto pesaban. «Bajo esa chaqueta debe de ocultarse un cuerpo musculoso.» Pensó en la sensación que le había producido notar cómo se apoyaba en él unos segundos y se preguntó qué más escondía aquella chaqueta; claro que lo más probable era que tampoco llegara a descubrir eso.

Cuando Vito se acercó a Sophie, el corazón se le encogió. Por sus mejillas no cesaban de caer lágrimas mientras observaba el campo lleno de clavos y banderines. Había visto cosas que harían que el más veterano de los policías se estremeciera; sin embargo, había aguantado hasta el final. Vito la admiraba por ello.

Carraspeó y ella se volvió a mirarlo. Se enjugó las mejillas con la manga pero no trató de ocultar sus lágrimas ni de disculparse. También eso despertó la admiración de Vito.

– ¿Se encuentra bien? -le preguntó.

Ella asintió y exhaló un trémulo suspiro.

– Sí.

– Hoy se ha comportado de forma admirable.

Ella se sorbió la nariz.

– ¿Le ha mostrado Jen el resultado del sondeo?

– Sí. Gracias. Es un trabajo minucioso y muy bien hecho, pero no me refería a eso. Ha soportado una enorme tensión. Mucha gente no habría sido capaz.

Los labios de Sophie empezaron a temblar y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. Tragó saliva y se volvió a mirar el campo mientras se esforzaba visiblemente por recobrar la compostura. Él aguardó con paciencia; al fin, ella habló con voz queda y ronca.

– Cuando Katherine me ha llamado esta mañana no tenía ni idea de que se tratara de algo así. Nueve personas. Santo Dios. Parece imposible.

– Ha dicho que siete de los recuadros están vacíos. ¿Está segura?

Ella asintió; sus lágrimas se iban espaciando.

– Dentro de esos siete no hay más que aire, pero todos están cubiertos por algo grueso y sólido, probablemente una tabla de madera. -Lo miró llena de horror y de pesar-. Santo Dios, Vito. Planea matar a siete personas más.

– Lo sé.

El sondeo no solo les había permitido penetrar en el terreno sino también en la mente del asesino. Vito sabía que eso le resultaría útil cuando hubiera dormido lo suficiente para poder pensar.

– Estoy derrotado -dijo-. Y usted también debe de estarlo. Deje que la acompañe a casa.

Ella sacudió la cabeza.

– Tengo que ir a la universidad a dejar el equipo y recoger la moto. Además, usted debe de tener cosas que hacer. Su familia le estará esperando.

Vito pensó en las rosas que, a esas alturas, ya estaban completamente marchitas. Compraría otro ramo y lo llevaría al cementerio la semana siguiente. De hecho, sabía que tanto lo de las flores como lo de la visita lo hacía por sí mismo.

– No, no tengo nada que hacer. -Vaciló y acabó por soltarlo-: Y no me espera nadie.

Ella sostuvo la mirada y él se dio cuenta de que había captado el verdadero sentido de sus palabras. Vio que le costaba tragar saliva.

– En ese caso, como quiera. Yo estoy lista.

Sophie se estaba abrochando el cinturón cuando Vito se sentó al volante. Luego introdujo la mano en un bolsillo y sacó algo que en la oscuridad del vehículo parecía un cigarrillo.

– ¿Le apetece?

Él puso en marcha el motor con el entrecejo fruncido.

– No fumo.

– Yo tampoco -dijo ella en tono sombrío-. Ya no. Y si quisiera encenderlo le costaría lo suyo. Es cecina de ternera, de la buena. No se echa a perder fácilmente. Es curioso, pero me ha quitado el mal sabor de boca que llevo notando todo el día. -Se encogió de hombros-. Por lo menos de momento.

Él aceptó una tira.

– Gracias.

Mientras él mascaba, ella volvió a llevarse la mano al bolsillo. Esta vez sacó un tetrabrik individual, igual que el que los sobrinos de Vito se llevaban a la escuela para acompañar la comida. Él lo miró y puso cara de espanto al leer la etiqueta.

– ¿Un batido de chocolate? ¿Con cecina?

Ella introdujo la cañita por el orificio.

– El calcio es bueno para los huesos. ¿Quiere uno?

– No -dijo con decisión-. Parece una mezcla asquerosa, doctora Johannsen.

– No lo diga hasta que no lo pruebe… -Hizo una pausa deliberada-. Vito. -Miró por la ventanilla mientras sorbía la bebida. Cuando terminó, guardó el tetrabrik en una bolsa, la cerró y se la guardó en el bolsillo.

– Así que la chaqueta de trabajo también le sirve para guardar la basura.

Ella lo miró, algo violenta.

– Es la costumbre. Cuando trabajo en una excavación no puedo andar tirando basura al suelo.

– ¿Cuántas chucherías más lleva en los bolsillos?

– Unos cuantos pastelitos de chocolate y crema, pero han quedado un poco aplastados. Aunque siguen estando buenísimos.

– Veo que le gusta mucho el chocolate.

– Vaya, no me diga que a usted no -dijo con cara de desconfianza-. Estaba empezando a caerme bien.

Él soltó una carcajada, y al oírla se sorprendió. No creía que le quedara la energía suficiente para reírse.

– No particularmente. Pero mi hermano Tino es adicto a él. Le gusta con leche, negro, blanco, en forma de tableta o de huevo de pascua. Se lo traga sin masticar.

Ella lo miró con una sonrisa y una vez más Vito se sintió fascinado. Incluso con los ojos enrojecidos le parecía de lo más atractiva.

– ¿De verdad tiene un hermano que se llama Tino?

Trató de concentrarse en conducir.

– Tengo tres hermanos, pero debe prometerme que no se reirá.

Sophie tenía la mirada risueña aunque mantenía los labios cerrados con fuerza.

– Se lo prometo.

– Mi hermano mayor se llama Dino, y los dos menores son Tino y Gino. Nuestra hermana se llama Contessa Maria Teresa, pero la llamamos Tess. Vive en Chicago.

A Sophie le temblaron los labios al aguantarse la risa.

– No me estoy riendo. Ni siquiera pienso hacer un chiste sobre la mafia.

– Gracias -se limitó a responder él-. ¿Y usted? ¿Tiene familia en la zona?

Ella se quedó callada y Vito supo que había tocado un punto delicado.

– Solo a mi abuela y a mi tío Harry. Y a mi tía Freya, claro. -Tuvo que pensarlo dos veces antes de nombrar a su tía-. También tengo algunos primos, pero nunca hemos tenido una relación muy estrecha. -Volvió a sonreír, pero el gesto resultó melancólico-. Parece que usted sí mantiene una estrecha relación con su familia. Debe de ser agradable.

Sophie volvía a parecer perdida y a Vito se le encogió de nuevo el corazón.

– Lo es, aunque a veces también es agotador; se arma mucho alboroto. Mi familia entra y sale continuamente; mi casa parece la estación central. De hecho, Tino tiene alquilado mi sótano, o sea que es un invitado fijo. A veces rezo para tener un rato de silencio.

– Seguro que si tuviera silencio querría alboroto -murmuró ella.

Él le dirigió otra mirada de soslayo. Incluso en la oscuridad del vehículo podía apreciar la soledad marcada en su rostro, pero Sophie, sin darle pie a pronunciar palabra, enderezó la espalda y hurgó en los bolsillos en busca de más cecina.

– ¿Cuánto tiempo pasará antes de que vuelva a notar… ese sabor? -preguntó ella.

– Con suerte, unas horas. Tal vez no vuelva a notarlo hasta mañana.

– ¿Quiere más?

Él hizo una mueca.

– No, gracias. No llevará por casualidad en el bolsillo una hamburguesa con patatas, ¿verdad? -añadió bromeando. Le gustó verla sonreír.

– No. Pero llevo un móvil, una cámara, una brújula, una caja de pinceles, una regla, dos bengalas, una linterna y… una caja de cerillas. Podría sobrevivir en cualquier parte.

Él soltó una risita.

– Lo sorprendente es que pueda andar. Esa chaqueta debe de pesar por lo menos veinte kilos.

– Casi. Hace muchos años que la tengo. Espero poder quitarle este olor. -Su sonrisa se desvaneció y su mirada se tornó de nuevo angustiada-. L'odeur de la mort -dijo con un hilo de voz.

Vito quiso decir algo que la reconfortara pero no encontró las palabras, por lo que permaneció callado.

Domingo, 14 de enero, 23:15 horas

Vito detuvo la camioneta frente a la peculiar figura de mono.

– Doctora Johannsen. -La asió por el hombro y la zarandeó con suavidad-. Sophie.

Ella se despertó de golpe. En su mirada, Vito captó un instante de miedo y desorientación antes de percatarse de dónde estaba.

– Me he quedado dormida. Lo siento.

– No se preocupe, a mí me habría pasado lo mismo.

Sophie se desperezó y se apeó del vehículo antes de que Vito tuviera tiempo de ayudarla. No obstante, se la veía abatida. Él cogió las dos maletas.

– Vaya delante de mí y abra la puerta. Yo llevaré esto.

– Suelo cargar yo misma con el equipo, pero hoy se lo agradezco.

Él la siguió mientras recordaba lo sucedido esa misma tarde, la larga mirada que habían intercambiado. A ella le temblaron las manos al abrir la puerta; él esperó que fuera por el mismo recuerdo. No obstante, la chica abrió sin contratiempos y encendió la luz.

– Puede dejar las maletas ahí. Ya voy yo a por las otras dos.

– Muéstreme dónde debo colocar estas y ya iré yo a por las otras.

De la independencia a la terquedad iba un paso, pensó Vito mientras regresaba al vehículo a por las otras dos maletas. Tenía la impresión de que Sophie Johannsen tendía a lo segundo, aunque sospechaba que se debía al puro agotamiento. Le había permitido llevar las maletas hasta la sala de material, pero estaba empeñada en dejar el equipo limpio esa noche.

Sacó las dos maletas más grandes de la zona de carga de la camioneta y las depositó en la acera. No tenía ni idea de cuánto tiempo se tardaba en limpiar un equipo así, pero el campus se veía desierto y por nada del mundo pensaba dejarla allí sola. Además, había cosas mucho peores que observar a Sophie Johannsen, así que esperaría el tiempo necesario.

Miró sus botas embarradas. Si tenía que esperar, por lo menos se pondría cómodo. Buscó a tientas los zapatos que había dejado detrás de su asiento, pero de nuevo topó con las rosas. Eso lo hizo vacilar. Por lo menos, esta vez no se había pinchado.

Las había comprado para la mujer a quien creía que amaría para siempre y que había muerto dos años atrás. Ese preciso día se cumplía el aniversario de su muerte. No cabía duda de que dos años eran mucho tiempo de espera. Sin embargo…

Vito suspiró. Sophie Johannsen le atraía, como le habría ocurrido a cualquier hombre que tuviera ojos en la cara. Pero no era eso lo que le preocupaba sino el ansia que había sentido todo el día, tanto en el campo como en la camioneta. La había observado mientras trabajaba y la había visto llorar, y había sentido que la deseaba. Tal vez todo se debiera a que era una fecha señalada. Vito no quería pensar en ello, pero era un hombre prudente. Ya había forzado una relación en el pasado y el resultado había sido desastroso. No pensaba cometer otra vez el mismo error.

Lanzó las rosas detrás del asiento del acompañante y se cambió el calzado. Acompañaría a Sophie a casa y al cabo de unas semanas iría a visitarla y vería si seguía deseándola. Si así era, y si ella también lo deseaba a él, nada lo detendría.

– Creía que se había perdido -dijo ella cuando él depositó las dos pesadas maletas en el cuarto del material. Estaba inclinada sobre una mesa de trabajo y frotaba una de las piezas con un cepillo de dientes-. Esto me llevará un rato. Márchese a casa, Vito. Estoy bien.

Vito negó con la cabeza. El motivo por el que había ido a buscarla a la universidad era porque no tenía coche. Según Katherine, se desplazaba en moto. No pensaba dejar que regresara a casa en un pequeño escúter a esas horas de la noche y después de haber trabajado durante todo el día.

– No. Prefiero dejarla en casa sana y salva. Es lo mínimo que puedo hacer -añadió al ver el gesto tozudo de su boca. Decidió plantearlo de otro modo-. Si se tratara de mi hermana, me gustaría que alguien la acompañara a casa.

Ella entornó sus ojos verdes y le dirigió una mirada de reproche, así que él se dio por vencido y exhaló un suspiro.

– Por favor, no discuta conmigo. Estoy muy cansado.

Ella relajó el ceño y se rió entre dientes.

– Habla igual que Katherine.

Vito pensó en las airadas palabras que ambas se habían dirigido esa tarde, y en la delicadeza con la que Katherine había retirado el pelo del rostro de Sophie antes de dejar que volviera a su trabajo. Era obvio que mantenían una relación muy estrecha.

– Así que la conoce desde que era niña.

– Para mí fue la madre que nunca tuve. Aún lo es -se corrigió con una breve sonrisa-. Aún es la madre que nunca tuve.

Tenía la cara sucia y con churretes a causa de las lágrimas. Estaba despeinada; unos cuantos mechones se habían soltado de sus trenzas. Vito sintió ganas de retirarle el pelo de la cara, tal como había hecho Katherine.

Aunque por distinto motivo. Decidió embutir las manos en los bolsillos.

Alta y fuerte, con sus ojos verdes y su rubia melena, Sophie Johannsen era una bella mujer de mente brillante y genio vivo. Y de buen corazón. Lo atraía como ninguna mujer lo había atraído en mucho tiempo. «Dos semanas -se dijo con precaución-. Aguarda dos semanas, Ciccotelli.»

Pero, puesto que ya había reducido mentalmente las dos semanas a una, tuvo que obligarse a cambiar el curso de sus pensamientos. La imagen del cadáver había provocado en ella una reacción desmedida. No hacía falta ser detective para deducir que no era la primera vez que veía uno.

– ¿Cuánto tiempo hace que murió su madre? -le preguntó, y ella dejó de frotar y tensó la mandíbula.

– Mi madre no ha muerto -dijo al fin, y retomó el trabajo.

Vito, sorprendido, frunció el entrecejo.

– Pero… no lo entiendo.

Ella esbozó una breve e inexpresiva sonrisa.

– No se preocupe. Yo tampoco.

Era una elegante manera de decirle que se ocupara de sus asuntos. Vito estaba pensando en cómo ahondar más en la cuestión cuando ella abandonó su tarea y empezó a desabrocharse la chaqueta. Él dejó de darle vueltas a la cabeza y se percató de que se había quedado sin respiración, expectante por ver lo que aquella abultada prenda ocultaba. No se sintió decepcionado. Ella se despojó de la chaqueta y dejó al descubierto un suave jersey de punto que ceñía cada una de sus curvas. Exhaló el aire con tanta discreción como fue capaz. Sophie Johannsen tenía un montón de curvas.

Ella colgó la chaqueta en una percha detrás de la puerta y se volvió hacia la mesa de trabajo haciendo un gesto para desentumecer los hombros. Vito tuvo que embutir más las manos en los bolsillos para evitar tocarla. Ella le dirigió una mirada antes de retomar su tarea.

– De verdad, puede irse. No me importa quedarme aquí sola.

Él notó un amago de irritación que anulaba cualquier sensación agradable que pudiera estar sintiendo.

– Así, si su madre no ha muerto, ¿dónde está?

Ella interrumpió de nuevo la tarea y volvió la cabeza para mirarlo con una mezcla de incredulidad y frialdad teñida de regocijo.

– Katherine tenía razón. Los policías son unos chismosos.

Y, sin decir nada más, se concentró en limpiar la pieza como si estuviera realizando una trepanación.

Su displicencia molestó a Vito.

– ¿Y bien? ¿Dónde está?

Ella le lanzó una mirada de advertencia y dio un resoplido de exasperación.

– Cuénteme cosas de ese hermano suyo que se traga el chocolate sin masticar. Creo que con él sí que me entendería.

Vito se había pasado de la raya, y ni él mismo sabía por qué. No solía ser tan irrespetuoso.

– Lo que traducido significa que me ocupe de mis asuntos -dijo él con tristeza.

Ella esbozó una sonrisa burlona.

– Qué listos son los detectives. -Arqueó una ceja mientras abría las otras dos maletas-. Así que usted y su hermano viven en un modesto pisito de soltero.

– Usted también es una chismosa, solo que más sutil -le recriminó. Ella soltó una afable risita con la que le daba la razón. Hacía mucho tiempo que él no bailaba un paso a dos, pero aún recordaba los movimientos. Ella estaba marcando los límites, lo cual quería decir que también sentía interés por él-. Digamos que Tino se ha tomado una especie de período sabático. Trabajaba de dibujante en una buena agencia publicitaria, pero empezaron a aceptar clientes y proyectos que iban en contra de su moral y lo dejó. Vivía en el centro, pero como ya no podía pagar el alquiler del piso…

– Lo acogió en el suyo -concluyó ella con voz suave-. Es todo un detalle por su parte, Vito.

Su tono lo tranquilizó de tal modo que su enfado se desvaneció.

– Es mi hermano. Y también es mi amigo. -Para Vito ese siempre había sido motivo suficiente.

Ella meditó sus palabras unos instantes y luego asintió.

– Su hermano es un hombre afortunado.

Él no dijo nada más. Captó la calidez del cumplido que ella había expresado con sinceridad y sencillez; de repente, una semana se le antojó mucho tiempo. El deseo que sentía era ahora mucho mayor. Quería acerarse a ella y apropiarse de lo que necesitaba antes de que desapareciera. «Un día, Ciccotelli. Por lo menos consúltalo con la almohada.» Eso sí se sentía capaz de hacerlo.

De momento, Vito se contentó con observar cómo trabajaba. Al final, ella se puso en pie y se limpió las manos en los vaqueros.

– Ya he terminado.

Vito se moría por tocarla, así que mantuvo las manos en los bolsillos sin ni siquiera ofrecerle ayuda para ponerse la chaqueta.

– Vamos a buscar su moto.

Ella arqueó ligeramente las cejas con gesto interrogativo como si hubiera captado el cambio de humor de Vito. Claro que, al parecer, no era tan chismosa como él.

– Está aparcada detrás del edificio.

Domingo, 14 de enero, 23:55 horas

Sophie le dirigió una recelosa mirada a Vito Ciccotelli al cerrar con llave la puerta de la facultad de humanidades y luego lo guió hasta el aparcamiento. La intensidad con que la observaba mientras limpiaba el equipo la había puesto tan nerviosa que el trabajo que habitualmente le llevaba quince minutos había durado el doble de tiempo.

La miraba como si fuera un enorme gato acechando a su presa, con fijeza y cautela. Sophie se preguntaba por qué. Por qué se mostraba cauteloso. El hecho de ser una presa no la sorprendía, estaba acostumbrada a que los hombres la miraran así. Significaba que querían sexo.

A veces lo obtenían, pero solo cuando ella también lo necesitaba.

Y eso no ocurría muy a menudo, y últimamente menos aún. Durante los últimos seis meses solo se había dedicado a trabajar y a hacer compañía a Anna; y antes… Bueno, no resultaba fácil conocer a alguien, y además nunca salía con compañeros de trabajo. Era políticamente incorrecto, una locura, un suicidio profesional. Tendría que haberlo pensado de antemano. Solo había cometido esa locura una vez; una estúpida locura, una idiotez…

Y años después aún se hablaba de ello. Que si era una facilona, que si pasaba hambre, que si estaba desesperada… Había dedicado unos cuantos años a esforzarse por mantener un comportamiento lo más asexual posible hasta que se centró en su carrera. Pero era una mujer de carne y hueso. No obstante tenía que encontrar hombres que nunca hubieran estado en contacto con ninguno de sus colegas, y eso llevaba su tiempo. Así que había pasado los mejores años de su vida sola, maldiciendo el momento en que había dado crédito a las mentiras del embaucador a quien un día consideró su alma gemela.

Claro que no todos los hombres eran unos cerdos. Su tío Harry era un excelente ejemplo de bondad y amabilidad. Algo en su interior ansiaba creer que Vito Ciccotelli también lo era. Resultaba obvio que se preocupaba por la gente, tanto viva como muerta. Y por ello le merecía respeto.

Lo miró mientras se guardaba la llave en el bolsillo. Tenía la mirada fija en la oscuridad de la noche, resultaba evidente que su cabeza estaba en otro sitio. «Solo», pensó Sophie. En ese momento se le veía muy solo.

Dos personas solas podían encontrar la manera de dejar de estarlo. Por lo menos, durante un rato. Merecía la pena tenerlo en cuenta.

– ¿Se encuentra bien? -le preguntó-. Se le ve… triste.

– Lo siento. Estaba distraído. -Miró alrededor-. Recogeremos su moto y la cargaré en la camioneta. Luego la acompañaré a casa.

Sophie arqueó las cejas.

– ¿Mi moto en su camioneta? Ni lo sueñe. -Se echó a andar y él la siguió dando un sonoro resoplido de indignación.

Ella se detuvo junto a la moto, y a la luz de las farolas pudo ver cómo la sorpresa demudaba el semblante de Vito.

– ¿Esta es su moto?

– Sí. -Ella desenganchó el casco del sillín-. ¿Por qué?

Sophie se sintió aliviada al ver que la actitud protectora de Vito cesaba y que, en su lugar, la excitación iluminaba su semblante mientras se paseaba alrededor de su gran motocicleta.

– Katherine me había dicho que tenía una moto, pero pensaba que se refería a un pequeño ciclomotor. Esto… -Acarició el motor con gesto reverente-. Esto es una auténtica maravilla.

– ¿Sabe conducirla?

– Sí. Tengo una Harley Buell.

Veloz y elegante.

– Vaya, menudo Fittipaldi.

Él dejó de examinar la moto y la miró con una sonrisa de oreja a oreja.

– A mi madre se le ponen los pelos de punta.

Su entusiasmo resultaba contagioso, así que ella también sonrió.

– Es un chico malo.

Él dio otra vuelta alrededor de la moto y se detuvo junto a la rueda delantera, de cara a ella.

– Nunca había visto este modelo de BMW.

– Es uno clásico, de 1974. Me la compré cuando trabajaba en Europa. Se pone a doscientos en menos de diez segundos. -Se echó a reír-. Más que correr, vuela.

De pronto Vito se puso serio.

– Soy policía, Sophie. No sobrepasa los límites de velocidad, ¿verdad?

Ella dejó de sonreír. No sabía si Vito hablaba en serio pero pensó que era preferible pecar de cautelosa.

– Lo de doscientos es un decir. No paso de ciento veinte.

Él mantuvo el ceño un segundo más pero enseguida se notó que se le escapaba la risa.

– Buena salida. Tendré que apuntármela.

Ella se rió poco convencida.

– O sea que usted también lo hace.

Se puso el casco con firmeza y al palpar los bolsillos frunció el entrecejo.

– Mierda. -Frenética, rebuscó en ambos bolsillos pero de ellos salió de todo excepto lo que estaba buscando-. No tengo las llaves.

– Acaba de guardárselas.

– Esas son las de la universidad. Las llevo en otro llavero porque solo vengo un día a la semana. -Cerró los ojos-. Si se me han caído en la excavación, quiero decir, en el escenario del crimen…

Vito posó una mano en su hombro y se lo estrechó con suavidad.

– Cálmese, Sophie. Si se le han caído en el escenario del crimen, están a buen recaudo. Vamos a examinar a fondo cada centímetro de ese terreno. Las encontraremos.

Ella se esforzó por tomar aire.

– Eso está muy bien. El problema es que las necesito ahora. En el llavero están las llaves de la moto, las de mi casa… y las del Albright. Joder, Ted Tercero se cagará en todo.

– ¿El Albright?

– El museo en el que trabajo. Ted Tercero es mi jefe. No nos llevamos muy bien.

– ¿Por qué?

– Es un historiador de pacotilla -dijo en tono melodramático-. Se empeña en que ofrezca visitas guiadas… -Frunció el entrecejo-. Vestida de época.

– Y a usted no le apetece disfrazarse.

– Yo no juego a ser historiadora, maldita sea; lo soy. Y no necesito demostrarlo disfrazándome. Por lo menos hasta ahora no lo necesitaba.

– Y ¿por qué aceptó el trabajo?

Ella suspiró, frustrada.

– Necesito el dinero para pagar la residencia de mi abuela. Además, Ted Primero era una auténtica leyenda en el campo de la arqueología.

– ¿Ted Primero era el abuelo de su jefe?

– Sí. Su colección abarca el noventa por ciento de nuestra exposición. -Se encogió de hombros-. Creí que trabajar en la Fundación Albright sería bueno para mi carrera. Ahora estoy a la espera de que surja otra cosa. -Sonrió con tristeza-. No hay muchos castillos medievales en Filadelfia, y mi orgullo no me permite servir hamburguesas en un McDonald's.

– ¿Cuándo ha tenido las llaves en la mano por última vez? -preguntó Vito en tono tranquilo.

Ella cerró los ojos y se imaginó rodeando las llaves con la mano. Cuando levantó la cabeza, encontró a Vito mirándola fijamente otra vez.

– Esto me va muy bien. Evita que sea presa del pánico y me permite pensar con claridad. La última vez que he tenido las llaves en la mano ha sido cuando he subido a su camioneta. Hacían ruido al chocar con los clavos de señalización. A lo mejor se me han caído allí.

Él sacó sus llaves del bolsillo y miró a Sophie con una sonrisa que hizo que su corazón brincara de alegría.

– Vayamos a comprobarlo.

A Sophie se le secó la boca y se le pusieron los nervios de punta; si no se andaba con cuidado, acabaría por darle exactamente lo que él quería. En esos momentos lo sentía más que necesario, por primera vez en mucho tiempo también ella lo deseaba. Tomó las llaves y retrocedió. Le hacía falta poner distancia.

– No, ya voy yo. Usted quédese aquí y vigíleme la moto.

Rodeó corriendo el edificio, pasó frente a la figura de mono y llegó a la camioneta. Palpó el asiento del acompañante y las alfombras pero no encontró ninguna llave. Entonces se acordó de los baches del camino que conducía al terreno donde estaban las tumbas e introdujo la mano bajo el asiento con la esperanza de que se hubieran colado allí. Suspiró aliviada al palparlas. Pero estaban dentro de algo.

Alargó el brazo para tantear la parte trasera del asiento e hizo una mueca de dolor al pincharse la mano. Al descubrir las rosas marchitas puso mala cara. Resultaba evidente que eran para alguien, pues entre las flores se veía una tarjeta blanca. Antes de que pudiera apartar la mirada, su mente registró la frase caligrafiada.

«A.: Te amaré siempre. V.»

Tal vez las rosas fueran para su madre, pensó Sophie. Claro que un hombre nunca le decía a su madre «te amaré siempre», no con esas palabras. Por lo menos no el tipo de hombre que a ella le interesaba.

Así que ya estaba comprometido. Era lógico. Sin embargo, se sintió traicionada. La había estado mirando todo el día y… «¿Y qué, Sophie?» Le había dicho que no lo esperaba nadie en casa. Pero eso no implicaba una invitación. «Haz el favor de dominarte. Has oído lo que querías oír porque te sientes sola y estás falta de cariño. Estás desesperada.» Quería taparse los oídos pero las palabras resonaban en su cabeza. Se obligó a ser razonable. «Se ha mostrado amable conmigo.» En realidad eso era todo cuanto Vito había hecho. No le había hecho ninguna proposición deshonesta. No había hecho más que comportarse como un caballero. Claro que estaba comprometido. Todos los hombres que valían la pena lo estaban.

Cuando regresó junto a él lo encontró subido en la moto con aire de estar de nuevo sumido en sus pensamientos. Al acercársele él la miró perplejo.

– ¿Las ha encontrado?

Ella alzó sus llaves y le lanzó las de la camioneta.

– Estaban debajo del asiento.

– Qué bien. -Se apeó de la moto-. Sophie… gracias. Nos ha ayudado mucho. Me gustaría poder recompensarla por el tiempo que nos ha dedicado. Le había prometido una pizza. -Arqueó una ceja-. Conozco un sitio que está abierto hasta tarde; si le apetece, podemos ir ahora.

Sophie tragó saliva. «Está comprometido.» Aun así, deseaba estar con él. «¿Qué clase de mujer soy?» Forzó una sonrisa.

– Si de verdad su departamento quiere recompensarme, concédanme un indulto la próxima vez que me paren por exceso de velocidad.

Vito frunció el entrecejo.

– No es el departamento quien le ofrece la cena. Se la ofrezco yo. -Dio un hondo suspiro-. La estoy invitando a cenar conmigo.

Ella se ajustó la correa del casco a la barbilla de un fuerte tirón. Acababa de caérsele el alma a los pies. «Por favor, no me digas que es una cita. Por favor, sé un caballero tal como creía que eras.»

– ¿Es… un… una cita? -Santo Dios, estaba tartamudeando.

Él asintió muy serio.

– Sí, es una cita. -Se acercó a ella y le alzó la barbilla para que lo mirara a los ojos-. Hacía mucho tiempo que no conocía a alguien como tú. No quiero dejarlo aquí.

Ella era incapaz de moverse, de respirar. Todo cuanto podía hacer era mirar fijamente sus ojos oscuros, deseaba ardientemente creer en sus palabras, deseaba ardientemente lo que sabía que no podía obtener. Él le acarició el labio inferior con el pulgar y un escalofrío recorrió la espalda de Sophie.

– ¿Qué dices? -musitó él con voz suave y tranquilizadora-. Puedo acompañarte a casa, así me aseguro de que llegas bien. Por el camino podemos encargar una pizza y así hablamos un rato más.

Se acercó un milímetro más y Sophie supo que estaba a punto de besarla. Supo que, probablemente, aquel sería uno de los momentos más trascendentales de su vida.

– ¿Qué te parece? -susurró él, y ella notó su calor en la piel.

«Sí, sí.» Tenía la respuesta en la punta de la lengua cuando al fin su mente arrojó luz al recordar la voz de Alan Brewster pronunciando casi exactamente las mismas palabras. Su cerebro recobró de golpe la lucidez y retrocedió tambaleándose en el preciso momento en que él inclinaba la cabeza para besarla.

– No. -Con la respiración agitada, Sophie retrocedió hasta que sus piernas rozaron la moto. Se subió al vehículo furiosa, sin saber bien con quién lo estaba más, si con él por intentar cazarla o con ella por haber estado a punto de convertirse una vez más en un mero trofeo de cabecera-. No, gracias. Ahora, si me disculpa…

Él se hizo a un lado sin pronunciar palabra. Ella pisó a fondo el pedal de arranque y los ciento diez caballos de la moto cobraron vida. Antes de salir a la calle, Sophie miró por el retrovisor y vio que él no se había movido del sitio. Permanecía quieto como una estatua, observando cómo se marchaba.

5

Domingo, 14 de enero, 23:55 horas

El sonido de su móvil lo despertó de un sueño profundo. Lo asió con un gruñido y echó un vistazo a la pantalla para identificar la llamada. Era Harrington. Aquel mojigato caduco.

– ¿Diga?

– Soy Harrington.

Se sentó.

– Ya lo sé. Pero ¿qué haces llamándome a medianoche?

– Aún no es medianoche. Además, tú sueles pasarte la noche trabajando.

Era verdad, pero no pensaba darle la razón a Harrington. No sentía más que desprecio por aquel hombre que veía el mundo de color de rosa. Tenía ganas de estrangular a aquel cabrón, igual que había estrangulado a Claire Reynolds. Y cada vez que oía su voz quejumbrosa le entraban más ganas aún.

Harrington había tratado de impedir el desarrollo de su obra a cada paso, desde que creara La muerte de Claire un año atrás. La consideraba demasiado oscura, demasiado violenta. «Demasiado real.» Por suerte Van Zandt sabía de negocios y qué era lo que vendía. El estrangulamiento de «Clothilde» siguió formando parte de Tras las líneas enemigas a pesar de que Harrington protestó y lo criticó. No protestaría ni criticaría mucho más.

Van Zandt estaba echando a Harrington a patadas y el muy idiota no se daba ni cuenta.

– Mierda, Harrington, estaba soñando. -Con Gregory Sanders, su próxima víctima-. Dime qué es tan importante y déjame seguir.

Hubo una larga pausa.

– ¿Hola? ¿Sigues ahí? Te juro por Dios que si me has despertado para nada…

– Estoy aquí -dijo Harrington-. Jager quiere que te des prisa con las escenas de lucha.

Así que por fin Van Zandt le había dicho a Harrington que estaba acabado. «Era solo cuestión de tiempo.»

– Las quiere para el martes -añadió Harrington-. A las nueve de la mañana.

El placer se desvaneció como la niebla.

– ¿Para el martes? ¿Qué narices se ha fumado?

– Jager habla muy en serio. -Harrington también se mostraba muy serio, parecía que tuvieran que arrancarle las palabras de la boca-. Dice que llevas un mes de retraso.

– No se puede apremiar a la genialidad.

Hubo otra pausa, y le pareció oír que a Harrington le rechinaban los dientes. Siempre resultaba divertidísimo tirar de la cuerda con aquel hombre.

– Quiere dos escenas de El inquisidor, una de lucha y otra de una herida, para mostrarlas en Pinnacle. -Otra pausa, más ardua-. Nos han ofrecido un stand.

– ¿En Pinnacle? -Un stand en Pinnacle significaba prestigio en el mundo de los videojuegos. Y respeto. En el terreno práctico, significaba distribución a escala nacional, lo cual implicaba que su clientela ascendería a millones de personas. De repente, entrecerró los ojos. Eso cambiaba las cosas. Pinnacle no podía esperar, la entrega era improrrogable-. Mira, Harrington, si me estás tomando el pelo…

– Es cierto. -Harrington casi parecía ofendido-. Jager ha recibido la invitación esta noche. Me ha pedido que te diga que tengas las escenas listas para el martes.

Las tendría, aunque apenas había empezado con las escenas de lucha. Había estado ocupado con las de la mazmorra.

– Pues ya me lo has dicho. Ahora déjame dormir.

– ¿Tendrás listas las escenas para Jager? -lo presionó Harrington.

– Esto es algo entre Van Zandt y yo. Pero puedes decirle que se las entregaré el martes -añadió con el tono más condescendiente que fue capaz de impostar; y colgó. Harrington se merecía una patada en el culo. Estaba anquilosado y se había quedado más que anticuado.

Apartó a Harrington de su mente y dejó colgar la pierna por un lado de la cama. Se frotó el muñón con lubricante; luego asió la pierna y la colocó en su sitio con los movimientos maquinales fruto de muchos años de práctica. La reunión con Van Zandt le complicaba un poco los planes. Tendría que cambiar lo de Greg Sanders del martes por la mañana a última hora del lunes, pero tendría listo su próximo grito para el martes a medianoche.

Se sentó frente al ordenador y escribió un e-mail para Gregory Sanders; cambió la hora y al pie firmó: «Atentamente, E. Munch».

Era consciente de que no podía poner a prueba la paciencia de Van Zandt tratándose de Pinnacle. El hombre reconocía su genio, pero incluso él sería capaz de sacrificar el verdadero arte por un tráiler terminado a tiempo para mostrarlo en Pinnacle. Necesitaba tener algo que enseñarle el martes, aunque estuviera a medias. Van Zandt se sentiría satisfecho porque, aun sin terminar, había un abismo entre las creaciones de Frasier Lewis y cualquier cosa que Harrington hiciera.

Meditó sobre las imágenes que había filmado de Warren Keyes empuñando la espada y las de Bill Melville blandiendo el mangual. Por mucho que asegurara ser un experto en artes marciales, Bill no había conseguido adaptarse al ritmo del mangual, y al final había tenido que hacerle una demostración. El contacto del mangual con una cabeza humana resultaba muy distinto al de la cabeza de cerdo con la que había practicado. El cerdo ya estaba muerto, pero Bill… Tomó el vídeo de la ordenada colección de la estantería con una sonrisa. A Bill le había saltado la tapa de los sesos. Tendría una gran aceptación en el mercado del «ocio».

Comería un poco, desconectaría el teléfono e internet para evitar distracciones y se pondría a trabajar en la escena de lucha que satisfaría a Van Zandt y dejaría a Harrington a la altura del betún, tal como se merecía.

Lunes, 15 de enero, 00:35 horas

Cansadísimo, muerto de hambre y todavía perplejo por la reacción de Sophie en el aparcamiento, Vito cruzó la puerta de entrada de su casa y se encontró en plena zona de guerra. Se quedó plantado unos instantes mirando el aluvión de bolas de papel que inundaba su sala de estar. Un jarrón más bien caro se encontraba peligrosamente cerca del borde de una mesa auxiliar y a punto de caer al suelo a causa de la nueva ubicación del sofá. No necesitaba más pistas para saber que lo habían invadido.

Entonces una de las bolas de papel le golpeó de lleno la sien y Vito pestañeó, perplejo. Tomó el arma ofensiva y frunció el entrecejo al encontrar dentro del rebujo una de sus pesas de pesca. Era obvio que los muchachos habían mejorado sus municiones últimamente.

– Chicos. -Las bolas continuaron volando por la habitación-. ¡Connor! ¡Dante! Haced el favor de parar, ahora mismo.

– ¡Anda! -La exclamación procedía de la cocina, y de ella salió también Connor, su sobrino de once años, que parecía enfadado y algo asustado-. Has vuelto.

– Lo hago casi todas las noches -respondió Vito con ironía, e hizo una mueca de dolor cuando una nebulosa de franela azul se arrojó contra sus piernas-. Ten cuidado. -Era el pequeño Pierce, de cinco años. Se inclinó para arrancarlo de sus rodillas y lo aupó con cara de desconcierto-. ¿Qué tienes en la cara, Pierce?

– Cobertura de chocolate -dijo Pierce con orgullo, y Vito se echó a reír. Gran parte de su cansancio se disipó. Colocó a Pierce sobre su cadera y lo abrazó fuerte.

Connor sacudió la cabeza.

– Le he dicho que no se la comiera pero ya sabes cómo son los niños.

Vito asintió.

– Sí, sé cómo son los niños. Tienes chocolate en la barbilla, Connor.

Connor se sonrojó.

– Hemos hecho un pastel.

– ¿Me habéis guardado un poco?

Pierce hizo una mueca.

– No mucho.

– Pues muy mal; tengo tanta hambre que me comería una vaca entera. -Vito miró a Pierce-. O a un niño. Tienes pinta de estar la mar de rico.

Pierce soltó una risita, estaba acostumbrado a aquel juego.

– Yo soy todo huesos, pero Dante sí que tiene chicha.

Dante apareció de detrás del sofá y mostró sus bíceps.

– Es músculo, nada de chicha.

– Me parece que tiene unos buenos jamones -dijo Vito en voz alta, y Pierce se echó a reír de nuevo-. Se acabó la batalla por hoy, Dante. Tenéis que acostaros, chicos.

– ¿Por qué? -protestó el chico-. Nos lo estábamos pasando bien. -Estaba muy desarrollado para sus nueve años, casi abultaba más que Connor. Se lanzó rodando por encima del respaldo del sofá y Vito se horrorizó al ver que el jarrón se tambaleaba. Dante rodeó corriendo el sofá y aferró el jarrón como si fuera una pelota de fútbol.

– ¡Touchdown de Ciccotelli, y la multitud enloquece! -gritó orgulloso.

– La multitud se va a la cama -saltó Vito-. Y no creas que voy a concederos ninguna prórroga.

Dante depositó el jarrón en el centro de la mesa con una sonrisa que revelaba que justo estaba pensando en eso.

– Relájate, tío Vito -se quejó-. Estás muy tenso.

Pierce lo olfateó.

– Y hueles muy mal. Como nuestro perro cuando se revuelve sobre un animal muerto. Mamá siempre nos hace bañarlo en el jardín cuando pasa eso.

A Vito le vinieron a la cabeza imágenes de los cadáveres y las apartó de sí.

– Pues ahora voy a bañarme yo. Pero lo haré dentro porque fuera hace mucho frío. Por cierto, ¿qué estáis haciendo aquí?

– Papá ha acompañado a mamá al hospital -dijo Connor poniéndose muy serio de repente-. Tino nos ha traído aquí. Tenemos los sacos de dormir.

– Pero… -Vito captó la mirada de advertencia de Connor en dirección a sus hermanos y omitió la pregunta. Tendría que enterarse de los detalles más tarde-. ¿Mañana tenéis colegio?

– No, es festivo, el día de Martin Luther King -le informó Pierce-. El tío Tino nos ha dicho que podemos quedarnos despiertos toda la noche.

– Mmm… No, no podéis. -Vito acarició el moreno cabello del chico-. Mañana tengo que levantarme temprano y necesito dormir. Y vosotros también.

– Tino no ha dicho toda la noche -terció Connor-. Ha dicho hasta medianoche.

– Pues ya es más de medianoche -dijo Vito-. Id a lavaros los dientes y colocad los sacos de dormir en el suelo de la sala. Mañana recoged todas esas balas de cañón y guardad las pesas de pesca en la cesta, ¿de acuerdo?

Dante hizo una mueca.

– De acuerdo, pero piensa que nos han servido para mejorar las balas.

Vito se frotó la sien, que todavía le dolía.

– Ya lo sé. ¿Dónde está Tino?

– Abajo, intentando que Gus se duerma -le informó Connor mientras apremiaba a Pierce para que se limpiara los dientes-. Ha colocado la cuna en su sala de estar. Y Dominic también está abajo, estudiando para un examen de matemáticas. Dice que dormirá en el sofá de Tino para cuidar de Gus.

Dominic era el hijo mayor de Dino, un chico muy responsable. Al menos, lo era mucho más que Vito a su edad.

– Voy a darme una ducha y cuando salga quiero veros a los tres acurrucados en los sacos de dormir, y quiero oíros roncar, ¿queda claro?

– No hablaremos -dijo Dante cabizbajo, haciéndose la víctima-. Te lo prometo.

Vito sabía que lo intentarían, pero había cuidado de sus sobrinos las suficientes veces como para saber que sus buenas intenciones no duraban mucho. Volvió la cabeza hacia su hombro y lo olfateó con mala cara. Olía a rayos. Si no se duchaba el hedor lo mantendría en vela toda la noche.

Y aunque la necesidad de pedirle a Sophie que cenara con él le había quitado por completo las ganas de dormir, debía hacerlo. En menos de siete horas tenía que encontrarse de nuevo junto a las tumbas.

Lunes, 15 de enero, 00:45 horas

Sophie entró en casa de su tío Harry y cerró la puerta sin hacer ruido. El televisor de la sala de estar estaba encendido a bajo volumen, tal como esperaba.

– Hay chocolate caliente en la cocina, Soph.

Sophie se sentó en el brazo del sillón reclinable con una sonrisa, se inclinó y besó la calva de Harry.

– ¿Cómo es que siempre sabes cuándo prepararlo? No te he avisado de que iba a venir.

No lo había planeado. Pensaba darse una ducha, cenar y caer rendida en la cama. Pero en casa de Anna reinaba un silencio excesivo y los fantasmas, tanto del pasado como del presente, la acechaban demasiado para sentirse relajada.

– Podría decirte que tengo telepatía -repuso Harry sin apartar los ojos del parpadeo del televisor-, pero lo cierto es que oigo tu moto en cuanto tomas el desvío de Mulberry.

Sophie se estremeció.

– Seguro que la señorita Sparks está que trina.

– Seguro. Pero me parece que si dejara de quejarse se moriría, así que tómatelo como la buena acción del día.

Sophie se rió discretamente.

– Me gusta tu forma de pensar, tío Harry.

Él ahogó una risita y la miró con el entrecejo fruncido.

– ¿Llevas perfume?

– El de la abuela. Me he puesto demasiado, ¿verdad? -preguntó, y él asintió.

– Además hueles como si tuvieras ochenta años. ¿Por qué usas el perfume de Anna?

– Digamos que he estado en contacto con algo que huele fatal. El pelo me olía incluso después de lavármelo. Y eso que me lo he enjuagado hasta cuatro veces. Estaba desesperada. -Se encogió de hombros-. Lo siento; pero, créeme, es mejor esto.

Él tomó la mata de pelo que Sophie llevaba recogida en la nuca y la estrujó.

– Sophie, aún llevas el pelo chorreando. Vas a pillar una pulmonía triple.

Ella sonrió.

– Puede que yo huela como la abuela pero tú hablas igual que ella.

Harry pareció contrariado, pero de pronto se echó a reír.

– Tienes razón. Dime, ¿por qué has venido hasta aquí con el pelo chorreando, Sophie? ¿No podías dormir?

– Exacto. Tenía la esperanza de encontrarte despierto.

– Aquí estoy, con Bette Davis. La extraña pasajera. Buenísima. Ya no se hacen…

– Películas así. -Sophie terminó la frase en tono cariñoso. La había oído cientos de veces durante su vida. Siendo niña supo que su tío era un insomne crónico que dormitaba en su sillón mientras por el televisor pasaban películas antiguas. Siempre le había resultado muy tranquilizador saber que, si alguna noche lo necesitaba, lo encontraría en su sillón dispuesto a escucharla y ofrecerle consejo. O, a veces, su mera presencia.

Siempre lo había tenido allí; siempre.

– La primera vez que bajé y te encontré aquí sentado estabas viendo una película de Bette Davis. Esa vez era Jezabel. Buenísima -bromeó, pero el semblante de Harry había cambiado, se había puesto serio.

– Ya me acuerdo -dijo en tono quedo-. Tenías cuatro años y habías tenido una pesadilla. Estabas muy graciosa bajando la escalera con los patucos del pijama.

Sophie recordaba muy bien ese sueño, recordaba el terror que le producía despertarse en una cama extraña. En esa etapa de su vida las camas siempre eran extrañas. Harry, la abuela y Katherine habían hecho que las cosas cambiaran. Les debía mucho.

– Me encantaba ese pijama con patucos. -Lo había heredado de su prima Nina, que a su vez lo había heredado de su prima Paula. La prenda de franela había sido lavada cientos de veces, y los patucos llevaban cientos de remiendos, pero Sophie lo consideraba lo más valioso que había tenido jamás-. Era muy suave, nunca he tenido otro tan calentito.

Los ojos de Harry emitieron un destello y su mandíbula se tensó, y Sophie supo que estaba recordando el raído pijama de algodón que llevaba la vez que, sin explicación alguna, la encontró plantada en la puerta de su casa. Era una noche igual de fría que la presente y Harry se puso muy furioso. Años después, Sophie comprendió que con quien estaba furioso era con su madre.

– Al principio ni siquiera me di cuenta de que estabas llorando. No me di cuenta hasta que vi tu cara.

Sophie recordaba la primera noche en que bajó la escalera; estaba aterrorizada y temblando a causa de la pesadilla, pero más le aterrorizaba hacer ruido.

– Tenía miedo de despertar a alguien. -Había aprendido que no debía molestar a su madre por las noches-. Tenía miedo de que te pusieras furioso y me echaras de tu casa. -Frotó la frente de Harry con el pulgar para hacer desaparecer su ceño-. Pero no lo hiciste. Me tomaste en brazos y me sentaste en tu regazo, y juntos vimos Jezabel. -De ese modo Sophie encontró un lugar seguro por primera vez en su vida.

– ¿A qué vienen tantos recuerdos, Sophie? ¿Qué te ha ocurrido hoy?

«¿Por dónde empiezo?»

– He estado todo el día ayudando a Katherine. No puedo contarte gran cosa, pero digamos que he estado en una «excavación».

Sophie dibujó las comillas en el aire.

– Has visto un cadáver. -El tono de Harry se endureció-. Eso explica lo del perfume. Es una irresponsabilidad enorme por parte de Katherine. No me extraña que no puedas dormir.

– Soy adulta, tío Harry. Puedo soportar ver un cadáver. Además, Katherine no creía que fuera a verlo. Se ha sentido fatal. -Sophie se volvió para mirar a Harry a los ojos y dio un hondo suspiro-. Pero se ha sentido mucho peor cuando la he visto cerrar la cremallera de la bolsa.

Harry dejó caer los hombros y sus ojos se llenaron de pesar.

– Vaya. Lo siento mucho, cariño.

Ella forzó una sonrisa.

– Estoy bien, solo que no podía quedarme en esa casa esta noche.

– Pues dormirás aquí, en tu antigua habitación. Mañana tengo el día libre, te prepararé gofres.

Ahora era Harry quien parecía un niño. Sophie esbozó una sonrisa, esta vez auténtica.

– Se me hace la boca agua, tío Harry; lástima que deba marcharme muy temprano. Tengo que volver a casa de la abuela y sacar a las perras, y luego tengo que trabajar en el museo todo el día. ¿Qué tal si quedamos para cenar?

– No deberías cenar con un viejo como yo. Tendrías que salir con algún hombre de tu edad, Sophie. Llevas seis meses aquí, ¿no has conocido a nadie que te guste?

El atractivo rostro de Vito Ciccotelli asaltó su mente y Sophie frunció el entrecejo. Mierda; él le gustaba. Y además de gustarle, lo admiraba. Y lo que era peor aún, lo deseaba, incluso sabiendo que no podía ser suyo. El hecho de pensar en él le dejaba casi tan mal sabor de boca como los cadáveres.

– No. Todos los hombres que he conocido están casados, tienen novia o son unos cerdos. -Entornó los ojos-. A veces se hacen los decentes e incluso a una le da por ofrecerles cecina de ternera.

Él pareció alarmarse.

– Por favor, no me digas que ahora se llama «cecina de ternera» al sexo.

Ella lo miró desconcertada y al momento soltó tal carcajada que estuvo a punto de caerse del brazo del sillón. Se llevó la mano a la boca rápidamente para no despertar a su tía Freya.

– No, tío Harry. Que yo sepa la cecina de ternera es solo eso, cecina de ternera.

– La que habla idiomas eres tú, tú sabrás.

Sophie se puso en pie.

– ¿Qué dices a lo de la cena? Te invito a ir a Lou's.

– ¿A Lou's? -Arqueó los labios, pensativo-. ¿Podré pedir un sándwich de ternera con queso?

– No, solo puedes comer trigo germinado. -Ella alzó los ojos en señal de exasperación-. Pues claro que podrás pedir un sándwich de ternera con queso.

Él la miró con ojos chispeantes.

– ¿Con queso fundido?

Ella lo besó en la coronilla.

– Como siempre. Te espero allí a las siete. Sé puntual.

Estaba a media escalera, camino de su habitación, cuando oyó crujir el sillón.

– Sophie.

Ella se volvió y lo encontró mirándola con expresión triste.

– No todos los hombres son unos cerdos. Encontrarás a alguien que valga la pena. Te mereces lo mejor.

A Sophie se le hizo un nudo en la garganta y tragó saliva con decisión.

– Es demasiado tarde, tío Harry. Lo mejor se lo llevó tía Freya. Las demás tenemos que conformarnos con lo que queda. Nos vemos mañana por la noche.

Lunes, 15 de enero, 00:55 horas

Tino se encontraba sentado ante la mesa de la cocina cuando Vito salió de la ducha. Su hermano señaló un plato lleno de linguini con salsa de pollo de la abuela.

– Lo he calentado en el microondas.

Vito suspiró y se dejó caer en una silla.

– Gracias, no he tenido tiempo de cenar.

Tino entrecerró los ojos, preocupado.

– ¿Has ido al cementerio?

Aparte de Nick, Tino era la única persona que sabía lo que significaba ese día y cómo había muerto Andrea. Nick lo sabía porque estaba presente cuando ocurrió; Tino porque Vito había bebido demasiado y se desahogó con él. Pero su secreto se encontraba a salvo tanto con Tino como con Nick.

– Sí, pero no al que te imaginas.

El terreno plagado de tumbas donde había pasado el día era muy distinto al cuidado cementerio en el que dos años atrás había enterrado a Andrea junto a su hermano de meses.

Tino arqueó las cejas.

– ¿Qué quieres decir? ¿Has encontrado tumbas?

Vito volvió la cabeza hacia el rincón de la sala donde los niños dormían.

– ¡Chis!

Tino hizo una mueca.

– Lo siento. ¿Un caso difícil?

– Sí.

Vito devoró dos raciones sin pronunciar palabra. A continuación se sirvió la tercera.

Tino lo observó algo asombrado.

– ¿Cuánto hace que no comes, tío?

– Desde el desayuno. -Una imagen asaltó su mente: Sophie Johannsen, con el rostro surcado de lágrimas, le ofrecía chocolate con leche, cecina de ternera y pastelitos de crema-. Bueno, no es del todo cierto. Hace una hora más o menos he comido un poco de cecina de ternera.

Tino soltó una carcajada.

– ¿Cecina de ternera? ¿Tú, que eres tan tiquismiquis?

– Tenía hambre.

Además, el hecho de tomar el tentempié de la mano de Sophie lo había convertido en mucho más apetitoso de lo que imaginaba. Se había pasado todo el camino dándole vueltas a la cabeza, pero ahora tenía asuntos más urgentes que tratar. Bajó la voz.

– He llamado a Dino al móvil, pero me salta el buzón de voz. ¿Qué ha ocurrido?

Tino se inclinó hacia él.

– Ha telefoneado sobre las seis -susurró-. Molly llevaba todo el día mareada y acababa de perder el conocimiento. Creen que ha sido un principio de derrame cerebral.

Vito se lo quedó mirando anonadado.

– Solo tiene treinta y siete años.

– Ya lo sé. -Tino se le acercó un poco más-. Dino ha enviado a Dominic y a los niños a casa de unos vecinos para que no vieran cómo se la llevaban en ambulancia. Luego ha llamado para que fuéramos a recogerlos. Estaba aterrorizado. Yo he ido a por ellos.

Vito retiró el plato; se le había pasado el hambre.

– ¿Cómo está Molly?

– Papá ha llamado hace dos horas. Está estable.

– ¿Y papá?

Michael Ciccotelli tenía problemas cardíacos. Esos sustos no le hacían ningún bien.

– Se ha emocionado mucho al saber que Molly está bien y mamá ha procurado que se calmara. -Tino se quedó mirando a Vito un momento-. Así que no te ha dado tiempo de ir al cementerio.

– No, pero estoy bien. Es distinto del año pasado -añadió-. Estoy bien, de verdad.

– Claro que estás bien, por eso llevas una semana entera paseándote de noche por la habitación. -Arqueó una ceja cuando Vito abrió la boca para protestar-. Tu dormitorio está justo encima del mío. Oigo crujir el parquet.

– Pues entonces estamos en paz. Yo oigo todos los gemidos: «Oh, Tino».

Tino tuvo el detalle de fingir que se avergonzaba.

– Hace semanas que no me acuesto con nadie, y no parece que vaya a volver a suceder pronto. Pero en parte es una suerte. Tenía que terminar el retrato que me habían encargado. Gracias a tus paseos nocturnos he acabado el cuadro de la señora Sorrell antes de lo previsto. -Alzó las cejas-. Ya sabes a qué cuadro me refiero.

– Sí -dijo Vito en tono de guasa. La mujer le había encargado a Tino un retrato a partir de una fotografía íntima para regalárselo a su marido-. La que tiene unas bonitas… -Oyó un ruido procedente de la sala-. Camisetas -soltó con decisión, y Tino sonrió con gesto burlón.

– Por cierto, me alegro de haberlo terminado antes de que llegaran los chicos. Ese cuadro no es apto para menores. El señor Sorrell es un hombre afortunado.

Vito sacudió la cabeza, sobre todo para borrar de su mente la imagen de Sophie Johannsen con su ceñida camiseta que acababa de asaltarlo.

– Tino, un día de estos vas a meterte en algún lío por culpa de andar pintando retratos indecentes de mujeres casadas.

Tino se echó a reír.

– Dante tiene razón, estás demasiado tenso. La señora Sorrell tiene una hermana.

Vito volvió a sacudir la cabeza.

– No, gracias.

De repente, Tino se puso serio.

– Hace dos años que murió Andrea -dijo en tono amable.

«Que murió Andrea» era una manera muy diplomática de decirlo, pero esa noche Vito no tenía ánimos para discutir.

– Sé muy bien el tiempo que hace. Cuento los minutos.

Tino se quedó callado un buen rato.

– Entonces sabes que ya has pagado suficiente por ello.

Vito se lo quedó mirando.

– ¿Cuánto tiempo es «suficiente», Tino?

– ¿Para guardar un duelo? No lo sé. Pero para culparte… Cinco minutos eran demasiado tiempo. Déjalo ya, Vito. Ocurrió así, fue un accidente. Claro que no lo aceptarás hasta que no estés preparado para ello. Solo espero que sea pronto, de lo contrario acabarás muy solo.

Vito no tenía nada que objetar y Tino se levantó y sacó un plato de la nevera.

– Te he guardado un trozo del pastel de los chicos. Los he vigilado mientras lo cocían, así que puedes comértelo tranquilo.

Vito se quedó mirando el plato con el entrecejo fruncido.

– Todo es cobertura de chocolate. ¿Dónde está el pastel?

A Tino se le escapaba la risa.

– No cayó mucha masa dentro del molde. -Se encogió de hombros-. Al llegar estaban muy asustados por Molly. No vi que tuviera nada de malo dejarlos cocinar.

Sorprendido de notar que se le empañaban los ojos, Vito bajó la mirada al pastel y se concentró en quitarle el envoltorio de plástico. Se aclaró la garganta.

– Has sido muy amable, Tino.

Tino volvió a encogerse de hombros, azorado ante el cumplido.

– Son nuestros sobrinos. La familia es la familia.

Vito pensó en el sencillo y sincero cumplido que le había dirigido Sophie. Él no se había sentido violento. Al contrario, no se había sentido tan cómodo y complacido en mucho tiempo. Con el rabillo del ojo vio que Tino se ponía en pie.

– Me voy a la cama. Mañana el día será mejor, mucho mejor.

De pronto, Vito sintió una imperiosa necesidad de hablar. Sin apartar la mirada del plato lleno de cobertura de chocolate, se esforzó por hacer salir las palabras.

– He conocido a alguien.

Vito vio que su hermano volvía a sentarse.

– ¿Otra policía?

– No, nada de policías. No quiero saber nada de ninguna en un millón de años. Es arqueóloga.

Tino parpadeó, perplejo.

– ¿Arqueóloga? ¿Como… Indiana Jones?

Vito no pudo evitar soltar una risita al imaginarse a Sophie Johannsen abriéndose paso a machetazos por la selva cubierta con un polvoriento sombrero de lona.

– No. Más bien como… -Se percató de que no resultaba fácil establecer una comparación-. Hasta ahora se dedicaba a desenterrar castillos en Francia. Conoce diez lenguas. -«Y tres están más muertas que la persona cuyo cadáver acaban de descubrir.» Ella se había avergonzado ante su propia falta de sensibilidad, pero luego había demostrado con creces que la tenía. ¿Qué había ocurrido en el último momento?

– O sea que es inteligente. ¿Tiene otras cualidades?

– Mide casi un metro ochenta. Tiene los labios de Angelina Jolie y una melena rubia que le llega hasta el trasero.

– Creo que me estoy enamorando -bromeó Tino-. Y, ¿qué tal las camisetas?

Sus labios esbozaron una discreta sonrisa.

– Le sientan estupendamente. -Vito se puso serio-. Y ella también es estupenda.

– Es curioso lo de la fecha -dijo Tino como quien no quiere la cosa-. Me refiero a que justo has tenido que conocerla hoy.

Vito apartó la mirada.

– Me preocupaba haberme fijado en ella solo por ser el día que es. He tratado de convencerme de que hoy no me convenía precipitarme, que podía tratarse de melancolía, o despecho.

– Vito, nadie hace algo así por despecho después de dos años.

Vito se encogió de hombros.

– He pensado que iría a visitarla dentro de unas semanas para ver si sigo sintiendo lo mismo. Pero luego… -Sacudió la cabeza.

– Luego, ¿qué?

Vito suspiró.

– La he acompañado al aparcamiento. Joder, Tino, tiene una moto enorme. Una BMW que se pone a doscientos en menos de diez segundos.

Tino frunció los labios.

– Una tía buena que va en moto. Ahora sí que me estoy enamorando.

– Ha sido una tontería precipitarme por eso -dijo Vito, enfadado consigo mismo.

Tino abrió los ojos como platos.

– ¿La has invitado a salir contigo? Qué interesante.

Vito frunció el entrecejo.

– Lo he intentado, pero no debo de haberlo hecho muy bien.

– Se ha negado en redondo, ¿no?

– Sí, y luego se ha marchado en su moto como alma que lleva el diablo.

Tino se inclinó sobre la mesa y olió a Vito con una mueca.

– A lo mejor ha sido tu exclusivo perfume. Hueles como si hubieras estado desenterrando cadáveres.

– De hecho, así es. Y mañana me toca el segundo asalto.

Tino dejó los platos en el fregadero.

– Pues entonces deberías irte a dormir.

– Ya me voy. -Pero no hizo el mínimo intento de ponerse en pie-. Enseguida. Antes necesito relajarme un poco. Gracias por calentar la cena.

Cuando Tino se hubo marchado, Vito recostó la cabeza en la pared, cerró los ojos y dejó que su mente repasara los últimos momentos con Sophie. No creía que se le hubiera olvidado cómo se invitaba a cenar a una mujer, y la verdad era que nunca antes le habían dado calabazas. Por lo menos no de ese modo. No tenía más remedio que reconocer que había herido un poco su orgullo.

Resultaba más fácil de aceptar si lo consideraba una rareza femenina, solo que Sophie no parecía el tipo de mujer que cambiaba de humor según de dónde soplaba el viento. Se la veía demasiado sensata para eso. O sea que algo le había hecho cambiar de opinión. Tal vez algo de lo que él había dicho o hecho… En esos momentos se encontraba demasiado cansado para pensar. Al día siguiente se lo preguntaría directamente. Le parecía más acertado que tratar de adivinar lo que pasaba por la mente de una mujer, por muy sensata que pareciera.

Acababa de levantarse para apagar la luz cuando oyó un pequeño ruido, como un gimoteo. Procedía del saco de dormir de Pierce. A Vito se le encogió el corazón. Los niños eran, en realidad, muy pequeños. Debían de haberse asustado mucho al ver que su madre se desmayaba. Se agachó junto a Pierce y le pasó la mano por la espalda.

Cuando Vito abrió el saco de dormir descubrió que Pierce tenía el rostro surcado de churretes.

– ¿Tienes miedo?

Pierce sacudió la cabeza con fuerza en señal negativa, pero Vito aguardó un poco y al cabo de diez segundos el chico asintió.

Connor se incorporó.

– Es solo un niño. Ya sabes cómo son los niños.

Vito asintió sabiamente; Connor también tenía los ojos algo hinchados.

– Sí que lo sé. ¿Dante también está despierto? -Apartó un poco el saco de Dante para mirar dentro y el chico le guiñó el ojo-. Así que nadie duerme, ¿eh? ¿Cómo puedo ayudaros? ¿Queréis un vaso de leche caliente?

Connor puso cara de asco.

– ¿Estás de broma?

– Es lo que siempre hacen en la tele. -Se sentó en el suelo entre Pierce y Dante-. Pues decidme qué queréis que haga porque no puedo pasarme toda la noche despierto haciéndoos compañía. Dentro de pocas horas tengo que marcharme a trabajar y no podré dormir si los tres estáis despiertos. Acabaréis por pelearos y me despertaréis. ¿Cómo lo solucionamos?

– Mamá canta -masculló Dante-. Le canta a Pierce.

Pierce le dirigió a Vito una mirada de asentimiento.

– Nos canta a los tres.

Molly tenía una bonita voz de soprano, limpia y perfecta para cantar nanas.

– ¿Qué os canta?

– La canción de los catorce ángeles -dijo Connor en voz baja, y Vito se percató de que no se trataba de una simple nana. Sería como si Molly estuviera allí.

– De Hansel y Gretel. -Siempre había sido una de sus óperas favoritas, y también de su abuelo-. Bueno, yo no soy vuestra madre pero si os ponéis cómodos lo haré lo mejor que pueda. -Aguardó a que los tres se acurrucaran-. El abuelo Chick solía cantarnos la canción de los catorce ángeles a vuestro padre y a mí cuando teníamos vuestra misma edad -susurró con una mano en la espalda de Dante y la otra en la de Pierce. La canción le traía agradables recuerdos del abuelo a quien tanto cariño profesaba, el abuelo que había fomentado su amor por todo tipo de música desde una edad muy temprana.

Cuando de noche me voy a dormir,

catorce ángeles velan por mí,

dos mi almohada guardan,

dos mis pies encauzan,

dos están a mi derecha,

dos están a mi izquierda,

dos cobijo me dan,

dos me ven despertar,

dos me muestran el camino

hacia el Paraíso.

– Cantas muy bien -musitó Pierce cuando hubo completado la primera estrofa.

Vito sonrió.

– Gracias -musitó a su vez.

– Cantó en la boda de la tía Tess y en tu bautizo -susurró Connor. Tragó saliva-. Hizo llorar a mamá.

– No lo hice tan mal -bromeó Vito, y le alivió ver que los labios de Connor se curvaban ligeramente-. Seguro que en estos momentos vuestra madre está pensando en vosotros y le gustaría que estuvierais durmiendo.

Cantó la segunda estrofa en voz más baja porque Dante ya se había dormido. Cuando terminó, Connor había sucumbido también. Solo quedaba Pierce; se le veía muy pequeño en el gran saco de dormir. Vito suspiró.

– ¿Quieres dormir conmigo?

Pierce asintió sin dilación.

– No daré patadas ni tiraré de las sábanas, te lo prometo.

Vito lo aupó con saco incluido.

– ¿Ni te harás pis?

Pierce vaciló.

– Últimamente no me pasa.

Vito se echó a reír.

– Está bien saberlo.

Lunes, 15 de enero, 7:45 horas

El timbrazo del teléfono junto a su cama hizo que Greg Sanders se despertara de golpe del profundo sueño inducido por el whisky. Aún atontado, no acertó por dos veces a ponérselo en la oreja.

– ¿Diga?

– Señor Sanders. -La voz resultaba inquietante de tan pausada-. ¿Sabe quién soy?

Greg se colocó boca arriba y ahogó un grito cuando todo en la habitación empezó a darle vueltas. Mierda de resaca. Había evitado aquello tanto tiempo como había podido, pero había llegado el momento de saldar su deuda con el diablo. Greg no quería ni pensar en qué consistiría la deuda, pero estaba seguro de que implicaría mucho dolor. Tragó saliva; tenía la boca seca.

– Sí.

– Nos ha estado evitando, señor Sanders.

Greg trató de incorporarse y apoyar en la pared la cabeza, que no paraba de darle vueltas.

– Lo siento, yo…

– ¿Usted qué? -Ahora la voz se burlaba de él-. ¿Tiene el dinero?

– No, no todo.

– Eso no está bien, señor Sanders.

Greg se presionó las palpitantes sienes con los dedos, la desesperación le aceleraba más el pulso.

«Espera.»

– Mire, he encontrado trabajo y mañana me pagarán quinientos dólares. Se lo daré todo.

– Por favor, señor Sanders. No mee fuera del tiesto. Eso es una ridiculez. Es muy poco dinero y demasiado tarde. Lo queremos esta tarde, a las cinco. Nos da igual lo que haga para conseguirlo. Y lo queremos todo. De lo contrario no volverá a mear en ninguna parte porque… digamos que no tendrá lo necesario para hacerlo. ¿Entendido?

A Greg se le revolvió el estómago. Asintió, lleno de repugnancia.

– Sss… Sí. Sí, señor.

– Muy bien. Que tenga un buen día, señor Sanders.

Greg hundió la cabeza en la almohada, luego volvió a incorporarse y estampó el teléfono contra la pared. Se oyó un fuerte ruido metálico, trozos de pintura salieron volando y el cristal de un cuadro se hizo añicos al caer al suelo.

La puerta del dormitorio se abrió de golpe.

– ¿Pero qué…?

– Vete -gruñó Greg contra la almohada. Pero notó un tirón en la espalda y se estremeció cuando una mano golpeó en su mejilla. Se sentía como si le hubiera explotado la cabeza. «Esta tarde, a las cinco. Ojalá pudiera», pensó.

– Abre los ojos, cabrón.

Greg obedeció con esfuerzo. Jill lo miraba con ojos furibundos. Una mano lo aferraba por la camiseta y la otra amenazaba con darle un manotazo.

– No me pegues más. -Las palabras sonaron casi como un lloriqueo.

– Eres… -Jill sacudió la cabeza, indignada y perpleja-. He dejado que te quedaras aquí sabiendo que cometía un error y solo porque un día fui lo bastante estúpida para amarte. Pero ya no eres el mismo de antes. Era él, ¿verdad? El tipo de voz horripilante que no para de llamar preguntando por ti. Le debes dinero, ¿no?

– Sí -respondió con un hilo de voz-. Le debo dinero. Y a ti también. Y a mis padres. -Cerró los ojos-. Debo dinero a varios bancos y oficinas de crédito.

– Antes eras alguien importante. -Jill, indignada, lo soltó con un empujón que hizo que a Greg volviera a darle vueltas la cabeza-. Ahora no eres más que un borracho asqueroso. Llevas un año entero sin trabajar.

Él se tapó los ojos con las manos.

– Eso mismo me dice mi agente.

– No te pases de listo conmigo. Habías hecho carrera. Mierda, Greg, tu rostro se encontraba en prácticamente todos los hogares de la ciudad. Pero lo echaste todo a perder por culpa del juego.

– Qué asco de vida, Greg Sanders -repuso él con desprecio.

Jill soltó algo parecido a un sollozo. Greg abrió los ojos y vio que los de ella estaban llenos de lágrimas.

– Te van a partir las piernas, Greg -musitó.

– Eso solo pasa en las películas. En la vida real es mucho peor.

Ella dio un paso atrás.

– Pues esta vez no pienso quedarme a recoger tus pedazos, y no quiero que vuelvan a destrozarme el piso. -Se dio media vuelta y se alejó, pero se detuvo en la puerta-. Te quiero fuera de aquí antes del viernes, ¿está claro? -Luego desapareció.

«Tendría que estar furioso -pensó Greg. Pero no lo estaba. Jill tenía razón-. Lo tenía todo y lo he echado a perder. Tengo que recuperar mi vida. Tengo que pagar mis deudas y empezar de cero.» No le quedaba un céntimo, pero seguía contando con su rostro. Si una vez le sirvió para ganarse la vida, bien podía volver a servirle.

Se levantó de la cama con cuidado y se deslizó en la silla frente a su ordenador. Al día siguiente le pagarían quinientos dólares. Claro que eso no era ni la décima parte del capital que debía. Si además añadía los intereses… Necesitaba más dinero y rápido. Pero ¿cómo lo conseguiría? ¿De quién? Abrió mecánicamente el correo electrónico y frunció el entrecejo al ver el mensaje de E. Munch.

Por lo menos la oferta seguía en pie, solo habían cambiado el horario. «Podría esconderme hasta entonces.» Pero ¿para qué molestarse? Quinientos dólares eran una ridiculez. Lo mejor que podía hacer era marcharse a Canadá sin perder tiempo, teñirse el pelo y cambiar de identidad.

O… Se le ocurrió otra idea. Munch estaba dispuesto a pagarle quinientos dólares en metálico y en su primer e-mail le había dicho que tenía diez papeles para asignar. Incluso con resaca Greg era capaz de efectuar la operación. En la reseña de Munch ponía que el hombre llevaba más de cuarenta años haciendo películas, o sea que era un anciano. Y los ancianos escondían dinero por todas partes. Además, los ancianos eran fáciles de manejar.

«No.» No podía hacer eso. Entonces pensó en la amenaza de… no volver a mear. Sí, sí que podía. Y si Munch no tenía dinero suficiente… Bueno, ya se lo plantearía cuando llegara el momento.

6

Lunes, 15 de enero, 8:15 horas

La teniente Liz Sawyer se sentó ante su escritorio y examinó el plano que mostraba la tabla de cuatro por cuatro tumbas con la frente surcada de arrugas.

– Parece imposible.

– Lo sabemos -dijo Vito-. Pero la arqueóloga asegura que en ese terreno hay nueve cadáveres, y hasta ahora no ha fallado ni una sola vez.

Liz levantó la cabeza.

– ¿Habéis comprobado que esas siete fosas están vacías?

– Vacías pero forradas de madera, tal como dijo Sophie -puntualizó Nick.

– ¿Cuál es la situación llegados a este punto?

– Hay tres cadáveres en el depósito -explicó Vito-. La Dama, el Caballero y el tipo al que le falta media cabeza. El cuarto cadáver está en camino, y Jen se encuentra examinando el quinto.

Nick prosiguió.

– El cuarto cadáver es de un hombre mayor. Las tres primeras víctimas debían de tener unos veinte años, pero parece que ese tipo estaba más bien sobre los sesenta. A simple vista, no presenta anomalías.

– Quieres decir que no tiene las manos atadas, ni le faltan las tripas, ni le han arrancado los brazos -dijo Liz con sarcasmo.

Vito negó con la cabeza.

– El cuarto cadáver parece una víctima normal y corriente.

Liz se recostó en la silla y esta crujió.

– Así, ¿cuáles son los siguientes pasos?

– Vamos a ir al depósito de cadáveres -explicó Nick-. Katherine nos ha prometido darnos prioridad y necesitamos identificar a esa gente. Tal vez cuando conozcamos los nombres podamos empezar a atar cabos.

– Jen ha pedido que analicen la tierra -añadió Vito-. Espera descubrir de dónde procede. El laboratorio la examinará al detalle para ver si encuentran algo que nos dé una pista sobre el asesino, pero no da la impresión de que el tipo se haya olvidado de nada.

Liz volvió a mirar el mapa.

– ¿Por qué están vacías esas fosas? Es evidente que no ha completado su plan, sea el que sea, pero ¿por qué deja vacías esas dos? -Señaló las dos fosas de un extremo de la segunda fila-. Ha llenado todas las tumbas de la primera fila; después, las dos primeras de la segunda. Y luego va y salta a la tercera fila.

– Debemos suponer que tiene un motivo -dijo Vito-. Lo ha planeado todo hasta el más mínimo detalle, no creo que se salte dos tumbas porque sí. Pero antes de empezar a hacer conjeturas tenemos que desenterrar todos los cadáveres.

Liz señaló la puerta de su despacho.

– Mantenedme informada. Me las arreglaré para tener disponible a otro equipo que pueda trabajar con las pistas que encontréis. Ni que decir tiene que el alcalde no ve la hora de que todo esto se aclare. No me hagáis quedar como una estúpida, chicos.

Vito tomó el plano.

– Te haré una copia. Intenta evitar que el alcalde hable con la prensa antes de tiempo, ¿de acuerdo?

– De momento podemos considerarnos afortunados -opinó Liz-. Los periodistas no han descubierto nuestro jardín secreto, pero es solo cuestión de tiempo. Hay demasiados cadáveres en el depósito y demasiados forenses haciendo horas extras. Algún reportero acabará siguiéndonos el rastro. Insistid en que no tenéis comentarios y dejadme a mí el resto.

Vito rió con tristeza.

– Aceptamos encantados la orden.

Lunes, 15 de enero, 8:15 horas

El museo Albright ocupaba el espacio de una antigua fábrica de chocolate. Para Sophie, ese había sido un factor decisivo al considerar la oferta de Ted Tercero seis meses atrás. Era cosa del destino, pensó. El museo poseía una de las colecciones particulares más importantes de objetos medievales europeos de toda Norteamérica y además se encontraba en una fábrica de chocolate. ¿Cómo era posible que se equivocara si aceptaba el puesto?

La pregunta acabó convirtiéndose en una de las tantas que no tienen respuesta, pensó con amargura al llegar a la puerta principal del museo. Como el secreto de la vida, o como cuántas veces había que lamer un chupa-chups hasta llegar al palo. Nunca se sabría.

Porque era evidente que se había equivocado. Aceptar la oferta de trabajo de Ted Tercero había sido una de las mayores estupideces que cometiera en su vida. «Y mira que he llegado a hacer cosas estúpidas», pensó con más amargura aún. La imagen del atractivo rostro de Vito Ciccotelli asaltó su mente, pero enseguida la apartó. Al menos se había percatado de su treta antes de cometer una estupidez supina como acostarse con él.

– ¿Hola? -llamó.

– Estoy en el despacho. -Darla, la esposa de Ted, estaba sentada tras el gran escritorio atestado de cosas con un lapicero clavado en su pelo cano. Se encargaba de la contabilidad, lo cual significaba que la tarea más importante del museo (de ella dependía su sueldo) estaba en buenas manos-. ¿Qué tal el fin de semana, cariño?

Sophie sacudió la cabeza.

– Más vale que no te lo cuente.

Darla alzó la cabeza y la miró con preocupación.

– ¿Ha sufrido una crisis tu abuela?

Esa era una de las razones por las que a Sophie le agradaba Darla. Era una buena persona que se preocupaba por los demás. Y parecía alguien normal y corriente, lo cual la convertía en un bicho raro entre los Albright. A excepción de Darla, todos estaban… como una auténtica regadera.

Estaban el propio Ted, con su peculiarísima manera de dirigir un museo de historia, y su hijo, quien para Sophie siempre había sido Theo Cuarto. Theo tenía diecinueve años y era un chico ceñudo y airado que faltaba al trabajo más días de los que asistía. La cosa no habría supuesto mayor problema si no fuera porque el nuevo trabajo de Theo consistía en guiar las visitas vestido de caballero, y cuando él faltaba, la responsabilidad recaía en Sophie, la única persona lo bastante alta para ponerse su traje. Darla medía apenas un metro cincuenta y ocho y la hija de los Albright, Patty Ann, era aún más menuda.

Patty salió del vestuario femenino ataviada con un clásico traje chaqueta azul y Sophie la miró con recelo.

– Patty Ann va hoy muy elegante. ¿Cómo es eso?

Darla sonrió sin mirarla.

– Me alegro de que no sea miércoles.

Los miércoles Patty Ann iba de gótica. Los demás días de la semana uno nunca sabía con qué pinta iba a aparecer en el trabajo. La chica luchaba por abrirse camino como actriz y a su edad aún no tenía la personalidad completamente formada, por lo que se dedicaba a imitar a los demás. Pero no solía dársele muy bien.

Sophie dudaba que asignarle el puesto en recepción fuera una decisión acertada y se preguntaba cuántos visitantes, al verla, decidirían cambiar de idea y marcharse al Instituto Franklin o a otro verdadero museo, sobre todo los miércoles. Pero Sophie decidió mantener la boca cerrada porque, si bien detestaba guiar las visitas, aún detestaba más tener que saludar con buena cara a la afluencia de visitantes. «Cuánto echo de menos mi montón de piedras.»

Muy a su pesar, Darla levantó la cabeza y miró a Sophie.

– Theo está resfriado.

Sophie alzó los ojos en señal de exasperación.

– Y hay prevista una visita guiada del caballero. Fantástico. Joder, Darla… Lo siento. Hoy tenía pensado adelantar trabajo.

Darla pareció angustiarse.

– Ganamos mucho dinero con las visitas, Sophie.

– Ya lo sé. -Y se preguntaba hasta qué punto se estaba prostituyendo por ese dinero al participar en una actividad que degradaba la historia. No obstante, mientras Anna viviera necesitaba el dinero-. ¿A qué hora me toca actuar?

– La visita guiada del caballero es a las doce y media. La de la reina vikinga a las tres.

«Qué bien, qué alegría.»

– Allí estaré con toda la parafernalia.

Lunes, 15 de enero, 8:45 horas

– Estáis de suerte, chicos -dijo Katherine mientras sacaba el cadáver del Caballero del frío depósito-. El tipo llevaba un tatuaje, es posible que eso haga más fácil su identificación. -Retiró la sábana y dejó al descubierto uno de los hombros-. ¿Sabéis qué es?

Vito se agachó y aguzó la vista para examinar el tatuaje.

– Es un hombre.

– No es un hombre cualquiera. Si te fijas tanto como ayer te fijabas en Sophie lo entenderás.

A Vito se le encendieron las mejillas. No se había dado cuenta de que se notara tanto que miraba a Sophie Johannsen. Muerto de vergüenza, se volvió hacia el hombro de la víctima, pero al hacerlo captó la mirada burlona de Nick. La cosa no le habría sentado tan mal si Sophie no le hubiera dado calabazas de aquella manera. Aún se sentía dolido.

– Es una figura de color amarillo -dijo sin más.

Nick se asomó por encima del hombro de Vito.

– Es un Oscar. Ya sabes, la estatuilla de los premios cinematográficos.

Vito entrecerró los ojos.

– No es que el tatuaje esté muy bien hecho, pero puede ser. -Se incorporó y miró a Nick-. Puede que el Caballero fuera actor.

Nick se encogió de hombros.

– Servirá para empezar. Reducirá mucho la lista de personas desaparecidas.

Vito tomó la libreta de su bolsillo.

– ¿La causa de la muerte fue el agujero del vientre?

– Parece lo lógico. Hoy empezaré las autopsias. De momento solo he realizado exámenes externos en las tres víctimas de ayer. -Se volvió a mirar al Caballero y suspiró-. Pero este sufrió, de eso estoy segura.

– Debe de doler un poco que te arranquen las tripas -dijo Nick con sarcasmo.

– Solo espero que ya estuviera muerto cuando se lo hicieron, al menos cuando terminaron, aunque sinceramente no lo creo. Estoy bastante segura de que estaba vivo cuando le dislocaron todos los huesos principales.

Vito y Nick se estremecieron.

– Santo Dios -masculló Vito-. ¿Cómo pudieron…? Es un tipo imponente.

– Mide un metro noventa y uno y pesa ciento dos kilos -confirmó Katherine-. Y se resistió mucho. Tiene escoriaciones profundas en las muñecas y en los tobillos, lo habían atado con cuerdas. Ah, y ya he enviado una muestra de la cuerda al laboratorio, pero el resultado tardará, chicos. Aparte de tener los huesos dislocados y la cavidad abdominal vacía, parece estar en perfecto estado. -Levantó la mano-. Ah, y ya he pedido un informe toxicológico de la orina. No veo de qué forma habrían podido con él sin drogarlo. No he observado ningún traumatismo cefálico.

Nick exhaló un suspiro.

– ¿Sabes algo de la mujer?

– Murió desnucada. -Abrió otro cajón, el de la víctima femenina. La sábana formaba un pico sobre sus manos unidas-. Tenéis que verle la espalda. -Katherine levantó la sábana y empujó con cuidado a la mujer por la cadera de modo que la parte posterior del muslo resultara visible-. Tiene una serie de heridas muy profundas que forman un dibujo regular. -Los miró con expresión adusta-. Me parece que son de clavos.

A Vito empezaban a llenársele los ojos de lágrimas. Pestañeó y se fijó en el dibujo que formaban las heridas de la mujer. Todas eran redondas y pequeñas.

– ¿Solo las tiene en las piernas?

– No. -Katherine cerró el cajón-. En los muslos son más profundas, pero se observa el mismo patrón en la espalda, las pantorrillas y la parte posterior de los brazos. Por la profundidad de las de los muslos, diría que el peso de su cuerpo cayó sobre los clavos al sentarse.

El semblante de Nick se tensó de forma extraña.

– ¿Se sentó en una silla de clavos?

– O en algo parecido. Tiene los glúteos abrasados. No le queda nada de piel. -Katherine torció la mandíbula, tenía la mirada llena de rabia-. Y estuvo viva todo el tiempo.

A Vito se le revolvió el estómago al tomar conciencia de la extrema crueldad del asesino.

– Nos las vemos con un sádico particular. Quiero decir, ¿cómo puede alguien imaginar siquiera una silla de clavos?

Nick se sentó ante el ordenador de Katherine.

– Ven, Chick, mira esto.

Vito se fijó en la pantalla. Era una silla igual a la que había imaginado, tapizada de clavos. Tenía unas correas en los brazos y las patas delanteras.

– ¿Qué narices es eso?

– Esta noche no podía dormir, no podía dejar de pensar en la forma en que le había colocado las manos. Al final me he levantado y he buscado efigies medievales en Google. Por cierto, Sophie tenía razón. Las posturas de las víctimas son idénticas a las de las efigies de los sepulcros que he encontrado en internet.

Vito no quería pensar en Sophie en esos momentos. Ya lo había hecho bastante durante toda la noche sin parar de dar vueltas en la cama.

– Está bien. -Frunció el entrecejo para fijarse en la pantalla-. Pero ¿qué hay de la silla? No me digas que se encuentra en eBay.

Nick se volvió hacia la pantalla, turbado.

– Es posible, pero esta página es de un museo de Europa especializado en torturas medievales.

– ¿Un museo de la tortura? -Entonces era real, esa silla pertenecía a un museo. De hecho en Filadelfia mismo había uno-. No puedo imaginarme cuánto sufrió, cuánto sufrieron ambos. Y aún no hemos empezado con los demás. -Se presionó la base del cráneo con los dedos. Empezaba a tener dolor de cabeza-. ¿Cómo has dado con esa página?

– Pensé en lo que Sophie dijo acerca de que en la Edad Media destripaban a la gente como medio de tortura. He buscado en Google «torturas medievales» y este es uno de los primeros resultados. Esa silla tiene más de mil trescientos clavos.

– Lo que explica el dibujo de las heridas de la víctima -añadió Katherine con severidad.

Vito se pasó la mano por el pelo.

– Así que tenemos a víctimas posando igual que las estatuas de las tumbas medievales, una silla de clavos, un hombre destripado y… ¿qué más? ¿Un… potro? Esto no es normal, tíos.

– El asesino sigue una pauta -musitó Nick-. Aunque el cadáver que está de camino es una excepción, no presenta nada así de peculiar.

Katherine se apartó del ordenador.

– Yo creía que ya lo había visto todo en este trabajo, pero no paro de darme cuenta de que estaba equivocada. -Irguió la espalda-. He encontrado dos cosas más. -Le tendió a Vito un tarro de cristal que contenía pequeños trocitos de color blanco-. He rascado el alambre de las manos de la víctima masculina. He encontrado un componente que parece igual al del alambre de la víctima femenina.

Vito sostuvo el tarro a contraluz. Luego se lo pasó a Nick.

– ¿Alguna sugerencia?

Katherine frunció el entrecejo.

– He enviado una muestra al laboratorio. De todos modos, parece silicona o algo similar. Cuando tenga el resultado, os lo haré saber.

– ¿Qué es lo segundo que tenías que contarnos? -preguntó Nick.

– A las dos víctimas las han limpiado a conciencia. Deberían haber estado cubiertas de sangre, pero no se observa ni una gota. Eso me dice que en un principio las dos víctimas debían de presentar mucha más cantidad de esa sustancia del tarro.

– Bueno, trataremos de que el departamento de desaparecidos identifique el tatuaje del Caballero -dijo Vito-. Gracias, Katherine.

– Entonces vamos a llamar a Sophie -dijo Nick cuando hubieron salido al vestíbulo-. Quiero seguir investigando sobre los aparatos de tortura. Si es eso lo que ha utilizado tiene que guardarlo en algún sitio, y tal vez ella pueda darnos una idea de por dónde empezar a buscar. Tendríamos que haberle pedido a Katherine su número de teléfono.

Era una buena idea, Vito tenía que admitirlo. Sophie estaba en lo cierto con respecto a lo de la postura de las manos. Era obvio que conocía bien su trabajo. Además, tal vez así tuviera la oportunidad de descubrir qué había hecho para merecer el fogonazo de ira que observó en sus ojos justo antes de que se alejara en la moto. Pero por encima de todo lo que quería era volver a verla.

– Trabaja en el museo Albright. Podemos ir allí después de hablar con el departamento de desaparecidos.

Dutton, Georgia,

lunes, 15 de enero, 10:10 horas

– Gracias por venir hasta aquí -dijo Daniel-. Sobre todo teniendo en cuenta que hoy libras.

Luke tenía los ojos pegados a la pantalla del ordenador del padre de Daniel.

– Cualquier cosa por un amigo.

– Y si además vive cerca de un lago con lubinas de primera, mejor que mejor -soltó Daniel con ironía, pero Luke se limitó a sonreír-. ¿Has encontrado algo?

Luke se encogió de hombros.

– Depende. Antes de mediados de noviembre, no hay ningún e-mail.

– ¿Qué quiere decir que no hay ningún e-mail? ¿Que no han existido nunca o que los han borrado?

– Que los han borrado. En cambio, a partir de noviembre sí que hay mensajes. Casi todos son acuses de recibo de pagos electrónicos de facturas. Aparte de eso y la basura habitual, la mayoría de los e-mails de tu padre son respuestas a un tal Carl Sargent.

– Sargent dirige el comité de la fábrica de papel que da trabajo a media población. Mi padre se reunió con él antes de marcharse. Ayer supe que pensaba presentar su candidatura al Congreso.

Luke leyó los e-mails restantes.

– Sargent no para de pedirle que haga pública su candidatura, y tu padre no para de darle largas. En este le dice que está muy ocupado. En este otro, que organizará una conferencia de prensa cuando termine unos asuntos urgentes.

– Con mi madre -masculló Daniel-. Tiene cáncer.

Luke hizo una mueca de espanto.

– Lo siento, Daniel.

De nuevo lo atenazaba la necesidad de verla aunque solo fuera una vez más.

– Gracias. ¿Has encontrado algún itinerario? ¿Algo que me dé una pista de dónde pueden estar?

– No. -Luke se puso a teclear y en la pantalla apareció una página de banca en línea-. Cuando encuentres a tu padre dile que no guarde las claves de acceso en un archivo de Word del disco duro. Es como servirles en bandeja las llaves de casa a los ladrones.

– Como si yo pudiera decirle algo -masculló Daniel. Luke torció la boca con gesto comprensivo.

– Mi viejo es igual. No parece que tu padre haya retirado mucho dinero en efectivo, por lo menos durante los últimos noventa días. Estos son todos los registros que constan en la página de banca en línea.

– Lo que no entiendo es por qué accede de forma remota a su ordenador para gestionar los e-mails y las cuentas. Si donde quiera que esté tiene un ordenador, ¿por qué no opera directamente desde allí?

– A lo mejor quería acceder a algún documento de su disco duro. -Luke siguió tecleando-. Qué interesante.

– ¿Qué pasa?

– Han borrado su historial de internet.

– ¿Lo han borrado del todo?

– No, pero lo que han hecho es bastante complejo. -Tecleó durante un minuto más-. Es sorprendente cómo se han esmerado. La mayoría de los informáticos no sabrían buscarlo más allá de ese punto. -Levantó la cabeza, su mirada era seria-. Danny, alguien ha entrado en el sistema de tu padre.

Una nueva oleada de inquietud recorrió su cuerpo.

– Puede, o puede que no. Hace mucho tiempo que mi padre es un loco de la informática. Y también es extremadamente paranoico con la seguridad. Me imagino su enorme preocupación por no dejar rastro.

Luke frunció el entrecejo.

– Si tanto le preocupara la seguridad, no habría guardado las claves de acceso en el disco duro. Además, yo creía que tu padre era juez.

– Y lo era. La electrónica es su hobby; le gustan los emisores y receptores de radio, los aparatos de control remoto, pero sobre todo los ordenadores. Los desmonta y construye sus propios modelos. Si alguien sabe cómo mantener a salvo su sistema, ese es mi padre.

Luke se volvió hacia la pantalla.

– Es curioso que unas cosas se hereden y otras no. A ti no se te da nada bien la informática.

– La verdad es que no -musitó Daniel. Las habilidades en ese aspecto habían pasado a otra rama del árbol genealógico. Pero a Daniel le resultaba desagradable recordarlo y cerró de golpe el acceso a ese reducto de su memoria-. Así, ¿eres capaz de recuperar lo que han borrado?

Luke pareció ofenderse.

– Por supuesto. Qué interesante, con tantos folletos de viajes esperaba encontrar unas cuantas páginas turísticas, pero no hay nada de eso.

– ¿Qué páginas ha visitado?

– La previsión meteorológica de Filadelfia dos semanas antes de Acción de Gracias. Y… una lista de oncólogos en la zona de Filadelfia. ¿Era uno de los destinos de los folletos?

Daniel se inclinó para acercarse más a la pantalla.

– No.

– Pues, si fuera tú, yo empezaría por ahí. Da la impresión de que quieran estar preparados por si tu madre necesita un médico. -Curvó los labios con gesto compasivo-. El lago y las lubinas me esperan. ¿Quieres venir?

– Te lo agradezco pero no. Creo que seguiré dando un vistazo por aquí. Investigaré lo de Filadelfia. Gracias por tu ayuda, Luke.

– Si me necesitas, ya sabes. Buena suerte, tío.

Filadelfia,

lunes, 15 de enero, 10:15 horas

– Santo Dios. -Marilyn Keyes se dejó caer en el borde de un sofá con un deslucido tapizado de cachemir; su rostro había perdido todo el color-. Oh, Warren. -Se presionó el estómago con un brazo mientras se llevaba a la boca la otra mano, trémula, y se balanceaba.

– Entonces, ¿este es su hijo, señora? -preguntó Vito con amabilidad. Habían recibido noticias inmediatas del departamento de desaparecidos. El Caballero era Warren Keyes, de veintiún años. Sus padres y su novia, Sherry, habían denunciado su desaparición ocho días antes.

– Sí -confirmó la mujer casi sin aliento-. Es Warren. Es mi hijo.

Nick se sentó a su lado.

– ¿Podemos llamar a alguien por usted, señora Keyes?

– A mi marido. -Se presionó la sien con los dedos-. Hay una agenda… en mi monedero. -Señaló la mesa del comedor y Nick fue a hacer la llamada.

Vito ocupó el lugar de Nick en el sofá.

– Señora Keyes, lo siento pero tenemos que hacerle unas preguntas. ¿Quiere un vaso de agua o algo?

Ella exhaló un hondo suspiro.

– No, se lo agradezco. Antes de que me lo pregunte, Warren tuvo un problema con las drogas tiempo atrás pero hace casi dos años que lo dejó y se centró.

Vito sacó su cuaderno de notas del bolsillo. No era la pregunta que tenía prevista, sin embargo hacía tiempo que había aprendido cuándo convenía seguir la corriente.

– ¿Qué tipo de drogas, señora Keyes?

– Sobre todo cocaína y alcohol. En el instituto se juntó con gente poco recomendable y empezó a consumir. Pero lo dejó y desde que conoció a Sherry era otro.

– Señora Keyes, ¿cómo se ganaba la vida Warren?

– Es actor. -Tragó saliva-. Era actor.

– Muchos actores tienen trabajos de supervivencia. ¿Warren también?

– Servía mesas en un bar de Center City. A veces hacía de modelo. Puedo traerles su book si les sirve de ayuda.

– Podría servirnos. -Vito la tomó suavemente del brazo cuando se dispuso a levantarse-. Tengo unas cuantas preguntas más. ¿Dónde vivía Warren?

– Aquí. Sherry y él… -Vito permaneció sentado en silencio mientras ella se cubría el rostro con las manos y se echaba a llorar-. ¿Quién ha sido capaz de hacer una cosa así? -preguntó deshecha; las manos amortiguaron el sonido de su voz-. ¿Quién ha sido capaz de matar a mi hijo?

– Eso es lo que tratamos de averiguar, señora -dijo Vito con la misma amabilidad. Nick salió de la cocina con una caja de pañuelos de papel en una mano y una foto enmarcada en la otra.

– El señor Keyes está de camino -susurró.

Vito colocó un pañuelo en la mano de la mujer.

– ¿Señora Keyes? ¿Sherry y él qué?

Ella se enjugó los ojos.

– Estaban ahorrando para casarse. Es una buena chica.

– ¿Tiene idea de si Warren estaba preocupado o tenía miedo de alguien? -preguntó Nick.

– Le preocupaba el dinero. Hacía mucho tiempo que no conseguía trabajo como actor. -Sus labios esbozaron una sonrisa apesadumbrada-. Su agente le dijo que si se trasladaba a Nueva York, le conseguiría muchos trabajos. Pero la familia de Sherry vive aquí. Ella no quería marcharse, y él no quería dejarla.

Nick dio la vuelta a la foto para colocarla de cara a la señora Keyes.

– ¿Este es Warren con Sherry?

De nuevo las lágrimas anegaron los ojos de la mujer.

– Sí -musitó-. En la ceremonia de pedida.

Vito se guardó el cuaderno en el bolsillo.

– Tenemos que registrar su habitación -dijo Vito-. Y tendrá que venir una unidad a tomar las huellas dactilares.

Ella asintió sin ánimo.

– Claro, hagan lo que tengan que hacer.

Vito se puso en pie, consciente de que no había palabras que pudieran confortarla. Antes de lo de Andrea, le habría preguntado si estaba bien. Pero aquella madre afligida no estaba bien. Estaba profundamente apenada y lo estaría durante bastante tiempo. Cuando llegó al final del vestíbulo, se volvió a mirarla. La mujer se encontraba encorvada, con la foto de su hijo apretada contra su pecho, y se mecía mientras lloraba.

– Chick -lo llamó Nick bajito-. Vamos.

Vito exhaló un suspiro.

– Ya lo sé. -Abrió la puerta del dormitorio de Warren-. A trabajar.

Empezaron por echar un vistazo a las cosas de Warren.

– Material deportivo -dijo Nick desde el armario-. Hockey, béisbol. -Se oyó un ruido metálico-. Levantaba pesas importantes.

Vito encontró el book de Warren.

– El tipo era atractivo. -Hojeó las páginas llenas de fotografías y recortes de revistas-. Parece que sobre todo se dedicaba a posar para anuncios de revistas. Esta foto me suena. Es de un gimnasio de la ciudad. Keyes era un tipo alto y fuerte. No creo que fuera fácil reducirlo.

– Mira, Chick. -Nick había encendido el ordenador de Warren-. Ven a ver esto.

Vito se colocó tras él y se quedó mirando la pantalla en blanco.

– ¿Qué? No veo nada.

– Exactamente. No hay nada. Cuando abro la carpeta «Mis documentos», está vacía. El correo también está vacío. Y la papelera de reciclaje. -Nick se volvió a mirar a Vito con expresión perpleja-. Han borrado todo lo del ordenador.

Lunes, 15 de enero, 12:25 horas

– ¿Estás seguro de que Sophie trabaja aquí? -preguntó Nick con el entrecejo fruncido. Se encontraba de pie frente al mostrador de recepción del museo y miraba alrededor con impaciencia-. Aquí no parece que trabaje nadie.

Vito asintió, con la atención puesta en las fotografías del fundador del museo colgadas en la pared del vestíbulo.

– Sí, trabaja aquí. Tiene la moto al final del aparcamiento.

– ¿Esa es la moto de Sophie?

Vito se sintió algo molesto ante el repentino interés que denotaba el semblante de Nick.

– Sí. ¿Qué pasa?

– Nada, solo que es un pedazo de moto, Chick. -A Nick se le escapaba la risa-. Tranquilo, tío.

Vito alzó los ojos en señal de exasperación; por suerte, sonó su móvil y eso le evitó tener que contestar.

Nick se puso serio.

– ¿Es Sherry?

No habían conseguido ponerse en contacto con la novia de Warren Keyes tras marcharse del piso de sus padres. La chica no se encontraba en su casa, ni tampoco estaba previsto que ese día acudiera a la fábrica donde trabajaba hasta las siete.

Vito miró la pantalla del móvil y el pulso se le aceleró un poco.

– No, es mi padre. -Abrió el móvil mientras rezaba porque fueran buenas noticias-. Papá. ¿Cómo está Molly?

– Estable. Ha recuperado un poco la fuerza en las piernas y los temblores no son tan frecuentes. El doctor está tratando de descubrir qué le provocó el ataque.

Vito frunció el entrecejo.

– Creía que le había diagnosticado un principio de derrame.

– Ha cambiado de idea. Le han encontrado gran cantidad de mercurio en la sangre.

– ¿Mercurio? -Vito estaba seguro de haberlo oído mal-. ¿Cómo es posible que haya estado expuesta al mercurio?

– No lo saben. Creen que se ha contaminado en casa.

El corazón de Vito dejó de latir por un instante.

– ¿Y qué hay de los niños?

– No presentan ningún síntoma. De todos modos quieren examinarlos, así que tu madre y Tino los han llevado al hospital. Estaban bastante asustados, sobre todo Pierce.

A Vito se le encogió el corazón.

– Pobrecillo. ¿Cuándo sabremos si están bien?

– Mañana por la mañana. Pero el doctor no quiere que ninguno de los niños vuelva a casa hasta asegurarse de dónde se ha contaminado Molly. Dino me ha pedido que te pregunte si…

– Por el amor de Dios, papá -lo interrumpió Vito-. Ya sabes que los niños pueden quedarse en mi casa el tiempo que haga falta.

– Eso le he dicho, pero Molly tenía miedo de que te molestaran.

– Dile que están bien. Anoche hicieron un pastel y organizaron una guerra de bolas de papel en la sala de estar.

– Tess está de camino para ayudaros a Tino y a ti a cuidarlos -le comunicó su padre, y a Vito le entraron ganas de dar saltos de alegría a pesar de su preocupación. Hacía meses que no veía a su hermana-. Así tu madre y yo podremos hacer compañía a Dino. El vuelo de Tess llega a las siete. Ha alquilado un coche para poder moverse con libertad mientras esté aquí, o sea que no hace falta que vayas a buscarla al aeropuerto.

– ¿Hay alguna otra cosa que yo pueda hacer?

– No. -Michael Ciccotelli dio un hondo suspiro-. Nada excepto rezar, hijo.

Hacía mucho tiempo que no rezaba, pero a su padre le habría dolido saberlo, así que Vito mintió.

– Claro que lo haré.

Se guardó el teléfono en el bolsillo.

– ¿Se pondrá bien Molly? -preguntó Nick con tiento.

– No lo sé. Mi padre me ha pedido que rece. Según mi experiencia, eso no es buena señal.

– Bueno, si tienes que irte… hazlo, ¿de acuerdo?

– Lo haré. Mira. -Vito, que agradecía haber dejado de pensar un rato en el trabajo, señaló la pared del fondo, donde en ese momento se abría una puerta alta. Una mujer entró y avanzó hacia ellos. Era menuda, de treinta y tantos años, y vestía un práctico traje chaqueta azul con una falda por la rodilla. Llevaba el pelo moreno recogido en un pulcro moño que le confería un aspecto profesional y… aburrido, observó Vito. Estaría mejor con unos grandes aros en las orejas y un pañuelo rojo. La chica se situó detrás del mostrador y los examinó sin disimulo.

– ¿Puedo ayudarles, caballeros? -preguntó con tono escueto y acento británico.

Vito le mostró la placa.

– Soy el detective Ciccotelli y este es mi compañero, el detective Lawrence. Hemos venido a ver a la doctora Johannsen.

Los ojos de la mujer adoptaron un brillo especulativo.

– ¿Ha hecho algo malo?

Nick negó con la cabeza.

– No. ¿Podemos verla?

– ¿Ahora?

Vito se mordió la lengua.

– Estaría bien… -miró el nombre de la chica en su placa- señorita Albright. -Al observarla de cerca Vito se dio cuenta de que era mucho más joven de lo que él pensaba, probablemente tenía poco más de veinte años. Por lo visto su mecanismo de cálculo de edades necesitaba una puesta a punto.

La chica frunció los labios.

– Justo ahora está guiando una visita. Pasen por aquí.

Los condujo a través de la alta puerta hasta una amplia sala en la que se encontraba reunido un grupo formado por cinco o seis familias. Las paredes eran de madera oscura y en una había un tapiz deslucido. De otra pared colgaban grandes estandartes. No obstante, la pared opuesta era la más imponente, cubierta por espadas en forma entrecruzada. Debajo de las espadas había tres armaduras que completaban el efecto global.

– Qué pasada -masculló Vito-. A mis sobrinos les encantaría.

A buen seguro les quitaría a Molly de la cabeza. Decidió que los llevaría a visitar el lugar tan pronto como pudiera.

– Mira. -Nick señaló con gesto furtivo la cuarta armadura situada hacia la derecha del vestíbulo. Un niño malcarado de la edad de Dante se encontraba a un paso de la pieza y protestaba con gran alboroto por la espera. Daba patadas en el suelo y soltaba comentarios desdeñosos.

– Qué aburrimiento. Qué porquería de armadura. En la chatarrería las he visto mejores.

Se lió a patadas con la pieza y de repente esta se dobló ligeramente por la cintura con un fuerte ruido metálico. El niño, claramente asustado, abrió los ojos como platos y retrocedió, muy pálido. La multitud se calló y Nick se rió bajito.

– Hace un segundo la he visto moverse. Le está bien empleado al mocoso.

Vito estaba a punto de mostrar su conformidad cuando se oyó un vozarrón procedente del interior de la armadura. Tardó unos instantes en darse cuenta de que el caballero hablaba en francés; claro que no hacía falta conocer el idioma para comprender sus palabras. Estaba noblemente cabreado.

El niño sacudió la cabeza muerto de miedo y retrocedió dos pasos. El caballero desenvainó la espada con gesto teatral y marcó con ella los pasos del muchacho. Luego volvió a pronunciar las mismas palabras en voz más alta y Vito se percató de que quien hablaba no era un hombre sino una mujer. Sus labios esbozaron una sonrisa.

– Es Sophie quien está ahí dentro. Me contó que le hacían disfrazarse.

Nick sonrió.

– Tengo muy olvidado el francés que aprendí en el instituto, pero diría que le ha preguntado: «¿Cómo te llamas, pequeño demonio?»

El chico abrió la boca pero de ella no brotó sonido alguno.

Por una puerta lateral entró un hombre con la complexión de un defensa de fútbol americano y vestido con traje azul marino y corbata. Sacudió la cabeza.

– Vale, vale. ¿Qué ocurre aquí?

El personaje de la armadura señaló con efectismo al niño e hizo un comentario mordaz.

El hombre miró al niño.

– Dice que eres maleducado e irrespetuoso.

El chico se puso rojo de vergüenza y los otros niños se echaron a reír.

El hombre sacudió la cabeza.

– Juana, Juana… ¿Cuántas veces tengo que decirle que no asuste a los niños? Lo siente mucho -le dijo al niño.

Pero la dama con armadura negó enérgicamente con la cabeza.

– Non.

Las carcajadas infantiles aumentaron de volumen y todos los adultos sonrieron. El hombre exhaló un teatral suspiro.

– Sí, sí que lo siente. Ahora siga con la visita, s'il vous plaît.

La dama con armadura le tendió la espada al hombre y se quitó el yelmo. Debajo apareció Sophie, con la larga cabellera rubia trenzada formando una corona sobre su cabeza. Se colocó el yelmo bajo un brazo y con el otro señaló las paredes.

– Bienvenue au musée d'Albright de l'histoire. Je m'appelle Jeanne d'Arc.

– ¡Juana! -la interrumpió el hombre-. ¡Esta gente no sabe francés!

Sophie se quedó perpleja y miró a los niños, que la observaban fascinados. Incluso el maleducado prestaba atención.

– Non? -preguntó con incredulidad.

– No -respondió el hombre, y Sophie formuló otra pregunta ininteligible.

– Quiere saber qué idioma habláis -les dijo el hombre-. ¿Quién quiere responderle?

Una niña de unos cinco años con rizos rubios levantó la mano y Vito vio que la mandíbula de Sophie se tensaba, aunque el movimiento fue tan sutil que a él mismo le habría pasado desapercibido de no haber estado observándola. Sin embargo, su gesto se relajó en cuanto habló la niña.

– Inglés. Hablamos inglés.

Sophie se horrorizó de manera cómica. Era parte de su actuación, pero Vito estaba seguro de que la expresión anterior no formaba parte de aquello y sintió que la chica despertaba de nuevo su curiosidad. Y también le despertaba otras cosas. Nunca había imaginado que una mujer con una espada pudiera resultar tan excitante.

– Anglais? -preguntó Sophie, y aferró la espada con fingida rabia. La pequeña abrió los ojos aún más y el hombre volvió a suspirar.

– Juana, ya hemos hablado de esto otras veces. No asuste a los invitados. Cuando vienen niños americanos, tiene que hablarles en inglés. Y nada de insultos, por favor. Haga el favor de comportarse.

Sophie suspiró.

– Hay que ver qué cosas tengo que hacer -dijo, acentuando mucho las palabras-. Pero… el trabajo es el trabajo. Incluso yo, Juana de Arco, tengo gastos que afrontar. -Miró a los padres-. Saben lo que son los gastos, ¿verdad? El alquiler y la comida. -Se encogió de hombros-. Y la televisión por cable. Cosas imprescindibles, non?

Los padres asintieron sonrientes, y de nuevo Vito se sintió intrigado.

Sophie miró a los niños.

– Es que, bueno, ya sabéis, estamos en guerra con los ingleses. Sabéis lo que es la guerra, ¿verdad, petits enfants?

Los niños asintieron.

– ¿Por qué están en guerra, señora de Arco? -preguntó uno de los padres.

Sophie dirigió una encantadora sonrisa al padre en cuestión.

– S'il vous plaît, llámeme Juana -dijo-. Bueno, la cosa es que…

Fue en ese momento cuando vio a Vito y Nick de pie en un extremo de la sala. La sonrisa permaneció fija en sus labios pero desapareció de sus ojos y Vito notó la frialdad incluso desde la distancia. Sophie se volvió hacia el hombre trajeado.

– Señor Albright, tenemos una visita. ¿Podría atenderla?

– ¿Qué narices le has hecho, Chick? -masculló Nick.

– No tengo ni idea. -Vito siguió con la mirada a Sophie, quien reunió a los niños y los guió hasta la pared de los estandartes, donde empezaba la visita guiada-. Pero lo averiguaré.

El hombre trajeado se les acercó, sonriente.

– Soy Ted Albright. ¿En qué puedo ayudarles?

– Soy el detective Lawrence y este es el detective Ciccotelli. Nos gustaría hablar con la doctora Johannsen en cuanto sea posible. ¿Cuándo está previsto que termine la visita?

Albright pareció preocuparse.

– ¿Hay algún problema?

– No -le aseguró Nick-. No es nada de eso. Estamos trabajando en un caso y tenemos unas cuantas preguntas que hacerle. Preguntas sobre historia -añadió.

– Ah. -Albright se animó-. Puedo responderlas yo.

Vito recordó que Sophie había dicho que Albright era un historiador de pacotilla.

– Se lo agradecemos -dijo-, pero preferimos hablar con la doctora Johannsen. Si la visita dura más de quince minutos, nos iremos a comer y volveremos más tarde.

Albright miró hacia donde Sophie se encontraba mostrándoles a los niños las espadas expuestas en la pared.

– La visita dura una hora. Después estará libre.

Nick se guardó la placa en el bolsillo.

– Pues aquí estaremos. Gracias.

7

Dutton, Georgia,

lunes, 15 de enero, 13:15 horas

Daniel se encontraba sentado en la cama de sus padres. Llevaba una hora mirando al suelo, convenciéndose de que debía levantar la tabla que ocultaba la caja fuerte de su padre. El día anterior no lo había hecho. No quería que Frank descubriera la caja, y mucho menos su contenido.

No sabía muy bien qué encontraría dentro; y, de hecho, no quería saberlo. Pero ya había postergado el asunto durante demasiado tiempo. Su padre creía que ningún miembro de la familia conocía la existencia de aquella caja fuerte. Su esposa, seguro que no; y sus hijos, menos.

No obstante, Daniel sí lo sabía. En una familia como la suya, le había tocado pagar por ser el único que sabía dónde se escondían los secretos. Y dónde se guardaban las pistolas. Su padre tenía muchas vitrinas con pistolas y muchas cajas fuertes, pero esa era la única caja fuerte que contenía pistolas. Era el lugar donde guardaba las armas a las que Daniel sospechaba que había borrado el número de serie. Lo único que tenía claro era que no estaban registradas.

Las pistolas sin registrar de Arthur no tenían nada que ver con el motivo por el cual se habían mudado a Filadelfia o con adónde hubieran ido una vez allí. Sin embargo, Daniel no había encontrado pista alguna en ningún otro lugar donde había buscado, así que allí estaba, sentado en la cama.

«Hazlo y punto.»

Retiró la tabla y miró la caja fuerte. Había encontrado la combinación en la Rolodex de su padre, sabiamente anotada como la fecha de cumpleaños de una tía muerta hacía tiempo. Daniel recordaba a la tía y la verdadera fecha del cumpleaños porque era próxima a la del suyo.

Marcó la combinación y en recompensa oyó saltar la cerradura. Vía libre.

Sin embargo, las pistolas no estaban dentro. El único contenido de la caja era la matriz de un talonario y una memoria USB. El talonario no era del banco que había servido a los Vartanian durante generaciones. Antes de abrirlo, Daniel ya sabía lo que iba a encontrar.

Había una serie de retiradas regulares de dinero, todas del puño y letra de su padre. En todas las operaciones se indicaba «En efectivo» y una cantidad fija de cinco mil dólares.

Lo más probable era que se tratara de un chantaje. Sin embargo, a Daniel no le extrañó.

Se preguntó qué parte del pasado de Arthur era la que había vuelto para perseguirlos a todos. Se preguntó qué era lo que había en la memoria USB y que su padre no quería que nadie más viera. Se preguntó cuándo partiría el siguiente vuelo hacia Filadelfia.

Lunes, 15 de enero, 13:40 horas

Sophie tiró del velcro que mantenía unida la armadura.

– Por tercera vez, Ted: no sé por qué quieren hablar conmigo -le espetó. El abuelo de Ted Albright era un legendario arqueólogo, pero por algún motivo él no había heredado ni uno solo de sus brillantes genes-. Esto es un museo de historia, así que tal vez tengan alguna pregunta relacionada con la historia, ¿no te parece? ¿Puedes dejar el interrogatorio y ayudarme a quitarme esto? Pesa una tonelada, maldita sea.

Ted levantó el pesado peto y lo pasó por la cabeza de Sophie.

– Podrían haberme preguntado a mí.

«Si ni siquiera distingues a Napoleón de Lincoln.»

Pero Sophie guardó las apariencias y respondió tranquilamente:

– Mira, Ted, hablaré con ellos y veré qué es lo que quieren, ¿de acuerdo?

– De acuerdo.

Ted ayudó a Sophie a quitarse las grebas de las canillas y luego ella se sentó para quitarse las botas que llevaba encima de sus zapatos.

Vito Ciccotelli, alias el Cerdo, la esperaba fuera. Sophie tenía menos ganas de hablar con él que con Ted Albright; con eso estaba todo dicho. Y para colmo, la había visto vestida de época. Qué humillación.

– La próxima vez que organices una visita del caballero, asegúrate de que venga Theo. No exagero cuando te digo que esa armadura pesa una tonelada. -Se levantó y se estiró-. Y da mucho calor.

– La verdad es que para ser una amante de la autenticidad te quejas bastante -protestó Ted-. Menuda historiadora.

Sophie se mordió la lengua para no soltar un comentario grosero.

– Volveré después de comer, Ted.

– No tardes mucho -le gritó él-. A las tres te toca hacer de vikinga.

– Por mí puedes coger el disfraz y… -masculló, y alzó los ojos en señal de exasperación al ver a Patty Ann inclinada sobre el mostrador coqueteando descaradamente con los detectives.

Tenía que reconocer que eran dos hombres bien parecidos. Ambos eran altos y anchos de espaldas, y guapos a ojos de cualquiera. Nick Lawrence, con su pelo rojizo y su semblante formal, tenía cierto encanto rural; claro que Vito Ciccotelli… «Admítelo, Sophie. Lo estás pensando.» Soltó un suspiro de hastío. «Vale, está bueno. Está bueno y es un cerdo. Como todos.»

Se detuvo junto al mostrador.

– Caballeros. ¿En qué puedo ayudarles hoy?

Nick le dirigió una mirada de alivio.

– Doctora Johannsen.

La mirada de Patty Ann se tornó mucho más peligrosa cuando la chica arqueó una de sus cejas depiladas en exceso.

– Son detectives, Sophie -dijo, y Sophie ahogó un suspiro. Parecía que Patty Ann había decidido adoptar un aire británico ese día. Ahora entendía la formalidad del traje azul marino-. Detectives de homicidios -añadió en tono amenazador-. Y quieren interrogarte.

Nick sacudió la cabeza.

– Solo queremos hablar con usted, doctora Johannsen.

Como Nick no era un cerdo, Sophie le dirigió una sonrisa.

– Estaba a punto de salir a comer. Puedo dedicarles media hora.

Vito le sujetó la puerta. No había pronunciado palabra pero tampoco había apartado sus penetrantes ojos del rostro de Sophie, quien a su vez le dedicó una mirada que esperaba resultara tan amenazadora como la que Patty Ann le había dirigido a ella. Cuando él frunció el entrecejo, Sophie se dio por satisfecha.

Le resultó muy agradable percibir el contacto del aire libre en el rostro.

– Si acabamos con esto pronto, se lo agradeceré. Ted tiene programada otra visita guiada y tengo que vestirme. -Se detuvo en el borde de la acera-. Así que disparen.

Vito miró hacia ambos lados de la calle. Era mediodía y había mucho movimiento de coches y de peatones.

– ¿Hay algún sitio donde podamos hablar en privado? -El ceño de su rostro le había teñido la voz-. No queremos que nos oigan.

– ¿Qué tal mi coche? -preguntó Nick. Los condujo hasta el vehículo y abrió la puerta del acompañante-. No querría que nadie se confundiera si la ve en el asiento de atrás -dijo con una sonrisa espontánea, y se coló en la parte trasera sin dilación.

Sophie observó que Vito le dirigía a Nick una mirada asesina antes de sentarse junto a ella en el lugar del conductor. En respuesta, Nick se limitó a arquear una ceja y Sophie se dio cuenta de que la estaban manipulando.

Ella, molesta, aferró el tirador de la puerta.

– Lo siento, caballeros, no tengo tiempo para juegos.

Vito la asió por el hombro con un gesto suave pero firme que la mantuvo en su sitio.

– No es ningún juego -dijo en tono grave-. Por favor, Sophie.

Ella soltó el tirador de mala gana y Vito la soltó a ella.

– ¿De qué va todo esto?

– En primer lugar, queremos agradecerle la ayuda de ayer -empezó Nick-. Pero al examinar los cadáveres que hemos desenterrado hasta el momento han surgido más preguntas. -Apoyó un hombro en el asiento del conductor y bajó la voz-. Hemos encontrado una extraña serie de perforaciones en una de las víctimas. Katherine cree que lo que las han producido son clavos o algún tipo de pinchos afilados. Las perforaciones empiezan en el cuello y bajan por la espalda y las piernas hasta media pantorrilla. La parte posterior de los brazos muestra perforaciones similares. Creemos que obligaron a la víctima a sentarse en una silla de clavos.

Ella negó con la cabeza mientras reflexionaba.

– Están de broma, ¿no? Por favor, díganme que es una broma. -Pero el recuerdo del rostro del cadáver destripado y con las manos atadas disipó sus dudas-. Hablan en serio.

Vito asintió una vez.

– Muy en serio.

Un escalofrío sacudió el cuerpo de Sophie.

– La silla inquisitorial -dijo con un hilo de voz.

– Nick encontró una foto en la página web de un museo -explicó Vito-. Por lo visto, esas sillas existían de verdad.

Ella asintió, en su mente se plasmaban imágenes horrendas.

– Ya lo creo que existían.

– Háblenos de ellas -le pidió Vito-. Por favor.

Ella respiró hondo con la esperanza de que su estómago se asentara.

– A ver… Bueno, en primer lugar, la silla era uno de los muchos instrumentos utilizados por los inquisidores.

– Hoy en día nadie espera topar con la Inquisición española -masculló Nick con gravedad.

– El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición es la más conocida, pero hubo muchas inquisiciones. -Resultaba más fácil instruirlos sobre el tema que pensar en las víctimas-. La primera fue la Inquisición medieval. Esa silla existió en los últimos tiempos del Tribunal del Santo Oficio, y tal vez existiera ya durante la Inquisición medieval, pero eso aún es tema de debate entre los historiadores. Si la usaban, no lo hacían tanto como la mayoría de los otros métodos e instrumentos de tortura.

Nick levantó la cabeza del cuaderno en el que estaba tomando notas.

– ¿Por qué no?

– Según las fuentes originales, los inquisidores obtenían mucho provecho con solo mostrarle la silla al acusado. Verla resulta aterrador, y mucho más al natural que en foto.

– ¿Usted ha visto alguna? -quiso saber Nick.

– ¿Dónde? -añadió Vito cuando ella asintió.

– En los museos. En Europa hay muchos con buenos ejemplares.

– ¿Y dónde podría obtenerse una de esas sillas en la actualidad? -la apremió Vito.

– No tiene que ser muy difícil fabricar una sencilla si alguien se lo propone en serio. Claro que las había más sofisticadas, incluso tratándose de la Edad Media. La mayoría tenían simples correas, pero otras contaban con una manivela que servía para tensar las correas y clavar más los pinchos. Y… -suspiró- algunas también tenían una chapa metálica que podía calentarse para quemar al acusado al mismo tiempo que se le clavaban los pinchos. -Vito y Nick intercambiaron una mirada y ella, horrorizada, se llevó la mano a la boca-. No.

– ¿Dónde podría obtenerse una silla así? -repitió Vito-. Por favor, Sophie.

Sophie empezó a hacerse cargo del verdadero significado de la pregunta, y una oleada de pánico apartó el horror que sentía. Dependían de sus conocimientos para atrapar a un asesino. De pronto, se sintió como una completa inepta.

– Miren, señores, mi especialidad son las fortificaciones medievales y las artes militares. Mis conocimientos sobre los instrumentos utilizados por la Inquisición son, en el mejor de los casos, muy básicos. ¿Por qué no me permiten que llame a un experto? El doctor Fournier, de la Sorbona, tiene renombre mundial.

Los dos hombres negaron con la cabeza.

– Tal vez acabemos haciéndolo si es absolutamente necesario, pero de entrada queremos que el asunto quede entre el mínimo número de personas posible -dijo Vito-. De momento nos basta con sus conocimientos. -Clavó sus ojos en los de Sophie, y la agitación que esta sentía en su interior empezó a calmarse-. Díganos lo que sepa.

Ella asintió y se estrujó los sesos para recordar más allá de la información básica que podía extraerse de cualquier página web. Se presionó las sienes con los dedos.

– Muy bien, déjenme pensar. O fabrica él mismo los instrumentos o los compra hechos. Si los compra hechos, podrían ser desde burdas imitaciones hasta los propios instrumentos originales. ¿Qué les parece?

– No lo sabemos -respondió Nick-. Siga hablando.

– ¿La distribución de las heridas es regular?

– Mucho -respondió Vito con tristeza.

– O sea que es meticuloso. Si ha fabricado él la silla, se ha fijado en los detalles. A lo mejor tenía algún dibujo o incluso un proyecto.

El rostro de Nick reflejaba toda la repugnancia que sentía.

– ¿Existen proyectos?

Vito se inclinó hacia delante con las cejas fruncidas.

– ¿De dónde podría haber sacado un proyecto?

Estaba tan cerca que Sophie percibió la fragancia de su aftershave y vio las gruesas pestañas negras que bordeaban sus ojos. Estos se entrecerraron y su mirada se tornó más intensa, y Sophie se dio cuenta de que ella también se le había acercado, como una mariposa nocturna atraída por la luz. Violenta y molesta consigo misma, se echó hacia atrás para dejar más espacio entre ambos.

– Me han pedido que siga hablando, pero no les he asegurado que fuera a decir nada interesante.

– Lo siento -masculló Vito, y se echó hacia atrás-. ¿De dónde podría haber sacado un proyecto?

Sophie se esforzó por respirar.

– De internet, tal vez. No lo he mirado nunca. En los museos donde están las sillas deben de tener algún documento de su diseño. O… supongo que ha podido utilizar textos antiguos. Existen unos cuantos diarios de inquisidores. Es posible que contengan dibujos. Claro que tendría que tener acceso a textos antiguos.

– ¿Y cómo podría acceder a ellos? -preguntó Nick.

– A través de colecciones de libros raros. Y también tendría que saber leerlos. La mayoría están escritos en latín medieval. Hay unos cuantos en francés y occitano.

Nick anotó eso en su cuaderno.

– ¿Usted conoce esos idiomas?

– Sí, claro.

Vito seguía observándola, aún con más intensidad que antes.

– ¿Y si ha comprado los instrumentos?

– Si los ha comprado, puede que sean reproducciones o tal vez se trate de instrumentos originales. Continuamente se ven reproducciones de armaduras y armas a la venta en páginas de recreación. En las ferias medievales suele haber puestos donde se venden armas de diversas calidades. Unas están hechas a mano y otras se fabrican en cadena, pero todas son reproducciones.

– ¿Qué tipo de armas? -quiso saber Nick.

– Dagas, espadas, manguales y hachas. Claro que nunca he visto que vendieran instrumentos de tortura. Si se trata de instrumentos originales… -Se encogió de hombros-. Tendrían que hablar con coleccionistas particulares.

Nick asintió.

– ¿Qué sabe de ellos?

– Como en todo, los hay buenos y malos. Los auténticos coleccionistas compran las piezas en privado a otros coleccionistas o en casas de subastas como Christie's. Alguna vez aparece una pieza antigua en el mercado regular, pero es muy raro.

– ¿Por ejemplo? -la pinchó Nick.

– Por ejemplo, las espadas del Dordoña. En 1977, seis espadas del siglo xv cuya existencia hasta entonces se desconocía fueron subastados en Christie's. Al parecer, provenían de un hallazgo fortuito: a mediados de los setenta aparecieron ochenta espadas de esa época en el fondo del río Dordoña, en Francia. Estaban en una barcaza e iban destinadas a los soldados que luchaban en la guerra de los Cien Años. La barcaza se hundió y las espadas quedaron sepultadas en el limo durante cinco siglos. Pero esto es algo excepcional; por lo general, las piezas catalogadas suelen cambiar de manos. La mayoría de nuestras exposiciones proceden de la colección particular de Theodore Albright Primero.

Nick frunció el entrecejo.

– ¿El padre del chico con el que hemos hablado ahí dentro?

– El abuelo. Ted Primero fue uno de los arqueólogos más famosos del siglo xx. Muchas de sus piezas se las compró a otros coleccionistas, aunque… -Alzó un hombro-. Ted Primero trabajó en excavaciones cuando era adolescente, hasta los veintipocos años. Nadie lo sabe a ciencia cierta, pero yo diría que algunas de las piezas de su colección las descubrió en las excavaciones. Si eso se demostrara, los Albright se verían obligados a devolverlas.

Nick volvió a menear la cabeza.

– Así que no siempre fue un coleccionista legal.

– No. Albright Primero era un buen tipo. Tenéis que entender que así es como se hacían las cosas entonces. Uno llegaba, excavaba y se llevaba a casa el botín. De hecho, si en los museos hay piezas es porque algún día alguien se las llevó a casa… en aquella época.

– ¿Y ahora? -la pinchó Nick.

– Hoy en día la mayoría de los gobiernos toman medidas enérgicas si se sacan piezas del país. Se considera un robo y se inicia una acción judicial.

– O sea que las piezas se venden en el mercado negro -dedujo Vito.

– El mercado negro ha existido siempre, solo que los precios han aumentado desde que empezaron a tomarse medidas. He oído hablar de coleccionistas particulares que han comprado obras de arte, piezas de cerámica y documentos; incluso mosaicos romanos. Pero instrumentos de tortura, no.

– Sin embargo, podría estar pasando -la presionó Vito.

– Claro que podría estar pasando. Yo no me muevo en esos círculos, así que no lo sé. -Pensó en los arqueólogos más sospechosos que conocía-. Ya lo preguntaré.

Vito negó con la cabeza.

– Las preguntas las haremos nosotros -dijo con decisión, y levantó la mano cuando ella irguió la cabeza de golpe-. Son las normas, Sophie -añadió en tono cansino-. Igual que lo de no contarle ayer nada de las tumbas antes de que las descubriera.

– Eso fue para no influenciarme -observó ella-. Ahora ya sé de qué va.

– Esto es para no ponerla en riesgo -repuso Vito-. No estamos haciendo un trabajito para una tesis. Estamos investigando un homicidio múltiple, y el asesino ha cavado siete tumbas que aún están vacías. No me gustaría que una acabara ocupándola usted.

Sophie exhaló un trémulo suspiro.

– Usted gana. Les haré una lista.

Vito esbozó una sonrisa ladeada y sus oscuros ojos adquirieron calidez.

– Gracias.

Ella le devolvió la sonrisa antes de darse cuenta de que había vuelto a caer en el anzuelo. «Menuda besuga estás hecha.» Dejó de sonreír y miró su reloj.

– Tengo que marcharme.

Tras apearse del vehículo introdujo la cabeza por la puerta, aún abierta. Vito la estaba observando otra vez, su mirada era intensa y… denotaba dolor. Notó que le remordía la conciencia pero se hizo fuerte y, expresamente, se volvió hacia Nick.

– Les enviaré por e-mail una lista de todas las personas que se me ocurran. Buena suerte.

Estaba a medio camino de la puerta del museo cuando oyó que la puerta del coche se cerraba de golpe y que Vito la llamaba. Siguió caminando con la esperanza de que hubiera captado la indirecta y la dejara en paz, pero sus pasos se hacían más audibles a medida que se reducía la distancia entre ambos.

– Sophie, espere. -La aferró del brazo y tiró de ella hasta que se detuvo.

– ¿Qué más quiere, detective?

Él siguió tirándole del brazo.

– Quiero que se dé la vuelta y me mire.

Ella lo complació. Su rostro estaba a tan solo unos centímetros y un gesto de perplejidad fruncía sus cejas. Con el rabillo del ojo vio a Nick apoyado en el coche con expresión igualmente perpleja y vaciló un instante. Sin embargo, las palabras escritas en la tarjeta que acompañaba las rosas resonaron en su mente: «A.: Te amaré siempre. V.»

– Suélteme el brazo.

Él la soltó pero no retrocedió, así que lo hizo ella.

– ¿Qué quiere de mí, detective?

– ¿Qué ha ocurrido? Anoche estuvimos hablando, y usted sonreía. De repente, cuando le pregunté si le apetecía una pizza, se puso frenética. Quiero saber por qué.

– Y si no me apetecía cenar con usted, ¿qué?

– No fue por eso. Si las miradas matasen yo habría caído fulminado en el acto. Me gustaría saber por qué. Y también me gustaría saber por qué hoy me llama detective si ayer me llamaba Vito.

Ella forzó una carcajada. Cómo se hacía la víctima.

– Los tíos sois todos iguales, ¿verdad? Mira, Vito, siento haber herido tu ego pero ya es hora de que aprendas que no todas las mujeres van a caer rendidas a tus pies. Os enviaré la información tan pronto como pueda, pero no porque seas tú; más vale que te quede claro desde ahora mismo.

Se dispuso a marcharse pero se detuvo. Él seguía allí plantado, con los oscuros ojos llenos de cólera, y de pronto Sophie sintió que todas las preguntas que se había hecho a sí misma tantas veces exigían una respuesta.

– Dime, Vito. Cuando estás haciéndolo, ¿piensas en la mujer que te espera en casa?

– ¿De qué me estás hablando? -preguntó él con lentitud deliberada.

– Deduzco que la respuesta es «no». Y ¿qué hay de la víctima? ¿Te crees que es estúpida, que nunca descubrirá que es una simple conquista? ¿Te crees que la mujer que te espera en casa nunca descubrirá que la estás engañando?

– No sé de dónde has sacado todo eso, pero a mí no me espera ninguna mujer en casa.

Ella estampó el pie en el suelo.

– Es una forma de hablar. Me refiero a que estás comprometido.

El semblante de él no se alteró.

– No estoy con nadie, Sophie.

Ella le sostuvo la mirada.

– ¿Y las rosas de la camioneta? ¿No son tuyas?

La mirada de él se tornó llameante. Abrió la boca para hablar pero de ella no salió palabra alguna.

Ella sonrió, pero no de forma amable. Se dio media vuelta y siguió su camino hasta el museo sin detenerse. Sin embargo, cuando llegó a la puerta vio la imagen de él reflejada en el cristal. Estaba plantado en el mismo sitio, siguiéndola con la mirada. Exactamente igual que la noche anterior.

Lunes, 15 de enero, 14:15 horas

Vito cerró de golpe la puerta del acompañante e ignoró la mirada de curiosidad de Nick.

– Limítate a conducir.

Nick se incorporó a la circulación.

– ¿Adónde vamos?

– Al depósito de cadáveres. A estas horas Jen ya debe de haber enviado alguno más.

– Viva la alegría -musitó Nick.

Guardó silencio durante unos minutos mientras Vito miraba por la ventanilla y pensaba en caballeros, instrumentos de tortura… y rosas.

– Podemos buscar a otro experto -propuso Nick al fin en tono prudente-. Hay otras universidades que ofrecen estudios de arqueología, estuve buscándolo anoche en internet.

– Muchas cosas buscaste tú ayer en internet -le espetó Vito, y él mismo captó la hostilidad en su voz-. Lo siento.

– No pasa nada. En casa hay demasiada tranquilidad -masculló Nick-. Detestaba que Josie se pasara las noches despierta con la música a tope, pero ahora que se ha ido… lo echo de menos.

Vito volvió la cabeza para examinar a su compañero.

– ¿La echas de menos?

– Sé que me engañaba, y que soy un estúpido por echarla de menos, pero la verdad es que sí.

Vito sabía que Nick estaba dando pie a la conversación. A su compañero no le gustaba hablar de su vida privada y que su esposa lo hubiera estado engañando durante tanto tiempo era un tema especialmente escabroso. Sin embargo, había dado pie a la conversación para que Vito pudiera descargarse.

– Vio las rosas.

Nick hizo una mueca.

– Qué mierda.

– Sí. Supongo que eso lo explica todo.

– ¿Le has explicado para quién eran?

– Habría sido lo lógico. -Vito dio un resoplido de indignación-. No, no lo he hecho. No he podido. Y se ha imaginado lo peor. Supongo que no tiene que ser para mí.

– Deja de decir gilipolleces, Vito. ¿Te gusta?

– ¿A ti no?

– Sí, claro. Incluso aunque hable occitano o como demonios se llame eso. Es divertida y guapa y… -Se encogió de hombros con una sonrisa de arrepentimiento.

– Y está buena -terminó él en tono morboso.

– Más o menos eso es. Pero lo más importante es que puede ayudarnos a resolver el caso. -Nick miró a su compañero; se había puesto serio de nuevo-. Así que aunque no te interese conocerla íntimamente, dile la verdad para que podamos contar con sus «conocimientos básicos».

– No quiero decirle la verdad. -«No quiero decírsela a nadie.»

– Pues ya estás ideando una buena mentira, porque si al final tenemos que contratar a una experta Liz querrá saber por qué. Y yo no pienso sacarte las castañas del fuego, Chick.

Vito apretó los dientes. Nick tenía razón, por supuesto. Un servicio gratuito era demasiado valioso para dejarlo perder por motivos personales.

– Muy bien. Mañana me acercaré al museo.

– Es mejor que te pases esta noche. Mañana tengo que ir al juzgado y estarás solo.

Vito pestañeó, perplejo.

– Yo no sabía nada de eso, ¿no?

– Te lo he dicho dos veces y te he enviado un mensaje para recordártelo. Esta semana estás muy despistado.

Era por Andrea. Vito exhaló un suspiro.

– Lo siento. ¿Por qué tienes que ir al juzgado?

Nick tensó la mandíbula.

– Por Diane Siever.

Vito hizo una mueca de disgusto. Diane era una niña de trece años que vivía en Delaware y que había desaparecido hacía tres. Nick era el desafortunado policía que había descubierto su cadáver durante una redada contra una red de traficantes de heroína, cuando todavía pertenecía a la brigada antivicio.

– ¿Sigues recibiendo cartas de sus padres?

Nick tragó saliva.

– Todas las Navidades. Ojalá no fueran tan cumplidos.

– Tú les permitiste dar el asunto por concluido. Por lo menos ya lo saben. No me imagino qué debe de suponer no saberlo.

– Pues yo no me imagino qué debe de suponer permanecer sentado en una sala contemplando cómo el desgraciado cabrón que asesinó a tu hija sube al estrado pavoneándose. -Los nudillos de Nick blanquearon de la fuerza con que agarró el volante-. A la mierda con los fiscales. Siempre que pienso que están de nuestra parte, van y defienden a un asesino. Me ponen enfermo.

El «desgraciado cabrón», un yonqui más que buscado, había tomado el relevo a su compañero, el jefe de una prometedora red de traficantes. La fiscal había preferido al jefe en lugar de al yonqui y había acordado intercambiarlos.

– ¿Qué fiscal cerró el acuerdo?

– López.

Nick casi escupió el nombre.

Vito frunció el entrecejo.

– ¿Maggy López? ¿Nuestra Maggy López?

– La misma.

Maggy López era el último fichaje de Liz Sawyer para el equipo de homicidios, pero cada vez que trabajaban juntos en algún caso, Nick dejaba que fuera Vito quien se las entendiera con ella. Ahora lo comprendía.

– Nunca me habías dicho ni una palabra al respecto.

Nick se limitó a encogerse de hombros, enojado.

– Tampoco tendría que haberte dicho nada esta vez. Llama al laboratorio, a ver si han encontrado algo en el ordenador de Keyes.

– De acuerdo.

Jeff Rosenburg fue quien respondió a la llamada de Vito.

– ¿Habéis podido echarle un vistazo al ordenador que nos hemos llevado de casa de Warren Keyes esta mañana?

– Tú sueñas despierto, Chick. La fila de ordenadores que tenemos por examinar llega hasta el pasillo.

Jeff siempre decía lo mismo.

– ¿Podéis mirarlo? Es importante.

– Importante, importante… -dijo Jeff con ironía-. ¿Y qué no lo es? No cuelgues. -Un minuto más tarde estaba de vuelta-. Estás de suerte, Chick. -Siempre le decía lo mismo-. Lo hemos investigado, pero solo porque uno de los técnicos está trabajando en un proyecto especial sobre discos borrados.

– ¿Quieres decir que han borrado el disco duro de Keyes?

– No del todo. Se tarda mucho tiempo en borrar un disco entero; pero con los archivos que faltan, la cosa pinta bastante difícil. Han sido muy refinados. -Jeff parecía impresionado-. Lo han hecho mediante un virus enviado por e-mail a la víctima. Pero estaba programado.

– ¿Como un despertador?

– Exacto. El técnico todavía está intentando reconstruir el código para saber cuánto tiempo permaneció latente el virus antes de entrar en actividad y destruir los archivos de la víctima. Si encontramos algo más, os llamaremos.

Vito cerró de golpe el teléfono con aire pensativo.

– Han borrado el disco duro -dijo-. Con refinamiento. -Le explicó a Nick lo que le había contado Jeff-. O sea que nos las vemos con un asesino sádico y obsesivo compulsivo que cava tumbas con precisión militar, siente una pasión enfermiza por la Edad Media y es un genio de la informática.

– O tiene contacto con un genio de la informática -observó Nick-. Incluso puede que se trate de más de un asesino.

– Es posible. A ver qué más descubre Jen.

Lunes, 15 de enero, 15:00 horas

Encontraron a Katherine examinando unas radiografías. Vito se apostó tras ella, no tenía problemas para ver por encima de su cabeza. Andrea también era bajita; había veces en que Vito tenía miedo de hacerle daño. En cambio a Sophie Johannsen… le llevaba pocos centímetros. Al enfrentarse a él por lo de las rosas había observado que los carnosos labios de la chica quedaban a la altura de su barbilla. No era fácil hacerle daño físicamente, pero su vulnerabilidad interna lo conmovía. «Los tíos sois todos iguales.» Alguien la había herido. Y mucho. «Y cree que yo también soy de esos.»

Eso le había molestado. Y mucho. Tenía que hacerle saber que él no era de esos, aunque solo fuera por su propia tranquilidad.

– ¿Quién es ese tipo? -preguntó Nick con mala cara, y Vito centró de golpe su atención en la radiografía que miraba totalmente distraído-. ¿Es más importante que nuestras víctimas?

Vito escrutó el cráneo iluminado por la plancha.

– No es de los nuestros. No hay muestras de tortura. Este recibió un balazo entre los ojos.

– Es cierto, no hay muestras de tortura y recibió un disparo -convino Katherine-. Sin embargo, sí que es una de vuestras víctimas, chicos. -Alargó el brazo-. El cadáver corresponde a la uno-tres.

– ¿Qué?

– ¿Es nuestro? -preguntó Nick al mismo tiempo.

– ¿Qué quiere decir «la uno-tres»? -añadió Vito.

– Sí, es vuestro. La uno-tres es la tercera tumba de la primera fila. Era joven, de unos veinte años. La causa de la muerte fue la bala del cráneo. Lleva muerto un año, más o menos. Sabré más cosas en cuanto le practique unas cuantas pruebas.

Se dirigió al mostrador y tomó una hoja de papel. En ella había dibujado una tabla rectangular de cuatro filas y cuatro columnas, y había incluido anotaciones en todas las casillas excepto en tres.

– Esto es cuanto tenemos por el momento. Siete fosas vacías y nueve ocupadas. Jen ha desenterrado seis de los nueve cadáveres. Está cavando para sacar a la séptima víctima de la cuarta tumba de la primera fila, o sea la uno-cuatro.

– La cuarta fila está vacía -masculló Nick-. El tres-uno es un hombre de raza blanca, de unos veinticinco años, con traumatismos en la cabeza y el torso ocasionados con un objeto contundente. Traumatismos en la cabeza y el brazo derecho ocasionados con un objeto dentado. Brazo derecho casi cercenado. Muerto hace por lo menos dos meses. Contusiones en el torso y la parte superior de los brazos, de forma circular y de un diámetro aproximado de medio centímetro. -Alzó la vista-. Ese es el tercer cadáver desenterrado anoche.

– Exacto. El tres-dos es el de la mujer con las manos atadas juntas.

– Sophie nos ha hablado de la silla inquisitorial -dijo Nick con áspera voz de indignación-. Nuestro hombre utiliza un modelo de gama alta. Con clavos y planchas metálicas que se calientan al fuego.

Katherine suspiró.

– La cosa se pone cada vez mejor. El tres-tres es el Caballero.

– Warren Keyes -aclaró Vito-. Era actor.

– Me lo imaginaba. Por cierto, he terminado la autopsia. -Tendió el informe a Vito-. La causa de la muerte fue un paro cardíaco ocasionado por la pérdida de sangre. Su cavidad abdominal está vacía. No hay signos de heridas en la cabeza, pero tiene todos los huesos de los brazos y las piernas dislocados. La fuerza es vertical, no radial.

– Lo que indica que lo que hicieron fue estirárselos, no retorcérselos -concluyó Vito examinando el informe.

– Sí.

– Lo tumbaron sobre un potro -masculló Nick.

– Me parece una deducción lógica. Sin duda, estaba drogado.

– Según su madre, ya no consumía nada. Había estado en rehabilitación -explicó Vito.

– Eso es completamente plausible. Tiene las membranas nasales dañadas por la coca. Por cierto, he encontrado más sustancia blanca en su cavidad nasal.

– ¿Era grasa de silicona? -preguntó Nick.

– Lubricante de silicona, sí. En el laboratorio tratarán de averiguar la marca. No obstante, con la silicona había mezclada escayola. Le tapaba los senos paranasales.

Nick frunció el entrecejo.

– ¿Lubricante y escayola? ¿Para qué?

Un recuerdo empezó a aflorar en la mente de Vito.

– Una vez por Halloween, cuando era niño, en mi grupo de boy scouts hicimos máscaras de nuestras caras con escayola. Primero nos aplicamos crema hidratante para que la escayola se desprendiera mejor. El asesino hizo máscaras mortuorias de Warren Keyes y la mujer de las manos atadas.

– Luego aplicó la escayola sobre la mayor parte de su cuerpo -añadió Katherine-. Pero ¿por qué?

– Algo tiene que ver con las efigies medievales. -Vito sacudió la cabeza-. Quizá haya construido un sepulcro. No lo sé. Nada de todo esto tiene sentido todavía.

Nick se había vuelto hacia el plano que mostraba las tumbas.

– ¿Qué hay del anciano que han traído esta mañana?

– Ah, ese. -Katherine señaló con el dedo la segunda fila empezando por arriba-. En la segunda fila había dos cadáveres y dos tumbas vacías. Los cadáveres son de dos ancianos, un hombre y una mujer. -Arqueó una ceja-. La mujer está calva.

Vito pestañeó perplejo.

– ¿Le ha afeitado la cabeza? -preguntó, pero Katherine hizo un gesto negativo.

– Se sometió a una mastectomía.

– ¿Ha asesinado a una mujer con cáncer de mama? -Nick sacudió la cabeza-. ¿Qué clase de hijo de puta es capaz de asesinar a una mujer con cáncer?

– El mismo que es capaz de torturar y mutilar a sus otras víctimas -observó Katherine-. Aunque a la anciana no la torturó. Tiene el cuello roto, pero no presenta ninguna agresión más. Sin embargo el hombre es harina de otro costal.

– Está claro que a él sí lo torturó -masculló Vito mientras observaba a contraluz otras tres radiografías.

– El anciano de la dos-dos tiene la mandíbula rota y muchos traumatismos en la cara y el torso. Recibió golpes a mansalva; puñetazos, deduzco. Tiene la mandíbula dislocada y los pómulos machacados. Lo atacaron de forma despiadada, y con muchísima fuerza.

– Unas manos muy grandes -murmuró Vito-. El asesino es un tipo grandote, por fuerza tiene que serlo para mover a Warren Keyes, por muy drogado que estuviera.

– Estoy de acuerdo. El hombre tiene seis costillas rotas. Las fracturas del fémur fueron producidas por algo más grande y más duro. Tiene roto el fémur de las dos piernas. -Se dio media vuelta y los miró con las cejas arqueadas-. Ahora viene el plato fuerte.

– Mierda. -Nick suspiró-. ¿Qué?

– Le han cortado las puntas de los dedos. Por completo.

Vito y Nick se miraron.

– Alguien quiere que el anciano permanezca en el anonimato -concluyó Vito, y Nick asintió.

– Probablemente tuviera algo que ver con la ley. ¿Cuándo se los cortaron? ¿Antes o después de muerto, Katherine?

– Antes.

– Cómo no -masculló Vito-. ¿Cuánto tiempo lleva muerto?

– Diría que dos meses, tal vez más. Los cadáveres de los ancianos están en un estadio de descomposición parecido al de la víctima tres-uno, el hombre al que casi le arrancan un brazo.

– El que tiene los cardenales de forma circular -murmuró Vito-. ¿Alguna idea sobre lo que son?

– Todavía no, aunque no los he examinado con detenimiento. Uno de mis ayudantes descubrió los cardenales y tomó nota.

Nick se frotó la nuca con aire cansino.

– Y ahora tenemos al uno-tres con una bala en la cabeza. Sin duda de la era posmoderna.

– Lleva muerto un año, no unas semanas o pocos meses como los demás -añadió Vito-. Esto no tiene ningún sentido.

– De momento, no -convino Nick-. No conseguiremos encontrárselo hasta que identifiquemos a más víctimas. Hemos tenido suerte con Warren Keyes. ¿Has descubierto algo a simple vista que pueda servir para identificar a los otros?

Katherine negó con la cabeza.

– Mierda -musitó Nick-. O sea que de momento tenemos seis cadáveres y solo hemos identificado a uno. Cuatro son de jóvenes y dos de ancianos. Hay un actor, una enferma de cáncer y uno al que podríamos identificar si le tomáramos las huellas dactilares.

– A quien el asesino odiaba -añadió Vito-. Eso rompe con el perfil.

Nick arqueó una ceja.

– Sigue.

– Cavó las tumbas a la perfección, todas exactamente iguales. Es obsesivo compulsivo. Las víctimas de la tercera fila fueron torturadas, pero con instrumentos, no con las manos. Luego tenemos al chico de la bala; otro instrumento. Las heridas del anciano indican que perdió los estribos por completo. La furia y la pasión no forman parte del modus operandi de un obsesivo compulsivo.

– Era algo personal -convino Nick, pensativo-. Si conocía al anciano, hay bastantes posibilidades de que también conociera a su mujer. Sin embargo con ella sí que utilizó las manos. Le rompió el cuello.

– Pero no le pegó.

Katherine se aclaró la garganta.

– Chicos, todo esto es fascinante pero llevo todo el día de pie y me gustaría salir de aquí antes de medianoche, así que marchaos.

– Nooo, por favooor; nos gusta mucho estar en el depósito -gimoteó Nick, y Katherine lo echó entre risas.

– Si queréis las autopsias tendréis que marcharos. Más tarde os llamaré. Ahora, fuera.

8

Lunes, 15 de enero, 16:05 horas

Sophie frunció el ceño ante el espejo mientras retiraba los restos del exagerado maquillaje que se fijaba a sus mejillas con rebeldía.

– Maldita caracterización -masculló-. Parezco una puta barata. -La puerta de los servicios del personal se abrió y Darla se asomó con expresión exasperada aunque cariñosa.

– No te frotes tan fuerte, Sophie. Vas a arrancarte la piel. -Tomó un bote del mueble de debajo del lavabo-. ¿Cuántas veces te he dicho que te pongas crema hidratante? -Aplicó una gruesa capa al rostro de Sophie y se dispuso a extenderla con suavidad.

– Como un millón -gruñó Sophie con cara de asco al notar la fría sustancia viscosa sobre su piel.

– ¿Y por qué no me haces caso?

– Porque no me acuerdo. -La réplica sonaba infantil y Darla sonrió.

– Pues a ver si haces memoria. Parece que quieras arrancarte la piel para que Ted deje de pedirte que te maquilles. Puedo asegurarte que no va a dejarlo correr. -Extendía la crema mientras hablaba-. Tú sabrás mucho de historia, Sophie, pero Ted sabe llevar el negocio. Sin las visitas guiadas, puede que el museo tuviera que cerrar.

– ¿Adónde quieres ir a parar exactamente?

– Sophie. -Darla le asió la barbilla y tiró de ella hasta que Sophie se inclinó hacia delante-. Estate quieta. Cierra los ojos. -La chica hizo lo que Darla le pedía hasta que la soltó-. Ya hemos terminado.

Sophie se tocó la cara.

– Estoy pringosa.

– Lo que estás es imposible, y llevas así todo el día. ¿Qué te pasa?

«Que un sádico asesino aplica torturas medievales y que un guapo policía me ha robado el alma a pesar de ser un cerdo.»

– Que tengo que hacer de vikinga y de Juana de Arco -dijo en vez de lo que pensaba-. Ted me contrató como conservadora pero no tengo tiempo de ocuparme de las piezas porque siempre estoy con las malditas visitas.

Se oyó vaciarse el depósito de un retrete y de una de las cabinas salió Patty Ann.

– Me parece que tienes mala conciencia -dijo en tono inquietante mientras se disponía a lavarse las manos-. Esta tarde han venido dos policías a interrogar a Sophie. Uno de ellos se la ha llevado casi a rastras al coche patrulla. -Miró a Sophie con malicia con el rabillo del ojo-. Debes de haber sido muy convincente para conseguir que te soltara.

Darla pareció alarmarse.

– ¿Qué es eso de que ha venido la policía? ¿Aquí? ¿Al Albright?

– Tenían preguntas sobre historia, Darla. Eso es todo.

– Y ¿qué pasa con el moreno? -la pinchó Patty Ann, y a Sophie le entraron ganas de estrangularla-. Te ha perseguido cuando volvías al museo.

– No me ha perseguido -protestó Sophie con decisión mientras se deshacía los lazos del canesú. Sin embargo, eso era precisamente lo que había hecho Vito, y su corazón latía con más fuerza cada vez que pensaba en ello. Había algo de Vito Ciccotelli que le atraía y la tentaba, algo que resultaba bochornoso. Tenía que conseguirle la información que le había pedido, de ese modo no estaría obligada a volver a verlo. Fuera tentaciones y asunto zanjado.

Se cambió de ropa y se coló en el pequeño cuarto de almacenamiento donde Ted había ubicado su despacho. Era diminuto y estaba lleno de cajas, pero en él había un escritorio, un ordenador y un teléfono. Habría estado bien que tuviera ventana, pero llegados a aquel punto debía elegir qué batallas presentaba.

Se dejó caer en el viejo sillón y cerró los ojos. Estaba cansada. Supuso que el hecho de no haber parado de dar vueltas durante toda la noche tenía sus consecuencias. «Céntrate, Sophie.» Tenía que pensar en arqueólogos y coleccionistas sospechosos y confeccionar la lista para Ciccotelli.

Pensó en las personas con quienes había trabajado a lo largo de los años. La mayoría eran científicos honrados que trataban las piezas con tanto cuidado como Jen McFain trataba las pruebas en el escenario del crimen. Sin embargo, sin poder evitarlo sus pensamientos se dirigieron hacia él. Alan Brewster. «Mi cruz.» Nunca había prestado atención a las generosas donaciones que financiaban sus excavaciones; claro que Alan conocía a todo el mundo. Sería un buen contacto para los detectives. De no ser porque…

De no ser porque Alan le preguntaría a Vito quién le había dado su nombre. Vito respondería que había sido Sophie, y entonces Alan esbozaría su sonrisa de traidor embustero. Ya oía su voz, melosa, refinada. «Sophie -diría-; una ayudante muy hábil.» Eso era lo que le había dicho cuando… terminaron. De hecho, al principio Sophie pensaba que se lo había dicho con cariño, que para él había sido alguien especial.

Sus mejillas se encendieron a medida que la vergüenza y la humillación renacían, como le ocurría cada vez que lo recordaba. Entonces sabía poco. Ahora sabía muchísimo más.

No obstante, la culpa fue abriéndose paso hasta sumarse a la vergüenza.

– Eres una cobarde -murmuró. Nueve personas habían muerto y Alan podía resultar de ayuda, y ella estaba dejando que su amor propio lo impidiera. Anotó su nombre en el cuaderno, pero el simple hecho de verlo escrito le produjo escalofríos. Lo contaría. Siempre lo contaba. Le divertía hacerlo. Se lo diría a Nick y a Vito y entonces también ellos lo sabrían. «¿Qué más te da lo que piensen de ti?» Sin embargo, le importaba. Siempre le importaba.

«Piensa en otra persona -se dijo-. En alguien igual de válido.» Se estrujó los sesos hasta que a su mente afloró otro rostro, pero no el nombre de la persona. Se trataba de un compañero de estudios que había trabajado en la misma excavación con Alan Brewster. Mientras que ella hacía de «ayudante», el chico se dedicaba a investigar sobre antigüedades robadas para su tesis. Sophie llevó a cabo una búsqueda, pero no encontró la tesis. Sin embargo, el chico tenía un amigo… ¡Claro!

De su nombre sí que se acordaba. Clint Shafer. Dando un suspiro, examinó las páginas blancas y encontró un número de teléfono. Sin darse tiempo a cambiar de idea, Sophie lo marcó.

– Clint, soy Sophie Johannsen. Puede que no te acuerdes de mí pero…

Él la atajó con un silbido.

– Vaya, vaya, Sophie. ¿Cómo estás?

– Voy tirando -respondió. «Nueve tumbas, Sophie.»-. Clint, ¿te acuerdas de aquel amigo tuyo que investigaba sobre antigüedades robadas?

– ¿Te refieres a Lombard?

Lombard. Ahora se acordaba. Kyle Lombard.

– Sí, el mismo. ¿Terminó la tesis?

– No, lo dejó. -Hizo una pausa, luego prosiguió con picardía-. Fue después de que tú abandonaras el proyecto. Alan se quedó deshecho.

Su voz denotaba burla y a Sophie se le encendieron las mejillas mientras se tragaba las palabras que le habría gustado decirle.

– ¿Sabes algo de él?

– ¿De quién? ¿De Alan? Claro. Hablamos a menudo. Te menciona mucho.

Ella se mordió la lengua aún más fuerte.

– No, de Kyle. ¿Dónde está?

– No lo sé. No he vuelto a saber nada de Kyle desde que estuvimos en Aviñón. Dejó el curso y yo me inscribí para formar parte del equipo de Alan en la excavación de Siberia. Así que, ¿estás en Filadelfia?

Sophie maldijo la pantalla de identificación de llamadas.

– Problemas familiares.

– Bueno, yo vivo en Long Island; aunque ya lo sabías. Podríamos… quedar.

«Solo cometí un estúpido error y aún lo estoy pagando.» Con alegría forzada en la voz, le mintió abiertamente.

– Lo siento, Clint. Estoy casada.

Él se echó a reír.

– ¿Y qué? Yo también. Eso antes no suponía ningún impedimento para ti.

Sophie exhaló un lento suspiro. De pronto, dejó de morderse la lengua y le dio rienda suelta.

– Foutre.

Clint volvió a reírse.

– Dime la hora y el sitio, cariño. Alan sigue considerándote una de sus ayudantes más hábiles. Llevo mucho tiempo esperando a comprobarlo por mí mismo.

Con la mano trémula, Sophie colgó el auricular despacio. Luego tomó la hoja de papel en la que había anotado el nombre de Alan Brewster y la arrugó hasta formar una prieta bola dentro de su puño aún más prieto. Tenía que haber alguien más con quien la policía pudiera ponerse en contacto.

Lunes, 15 de enero, 16:45 horas

– Toma. No volváis a decir que nunca os doy nada.

Vito levantó la vista cuando una bolsa de tiras de maíz aterrizó en el listado de personas desaparecidas que estaba examinando. Liz Sawyer se encontraba apoyada en el borde del escritorio, abriendo su propia bolsa. Vito miró el escritorio vacío de Nick, adonde Liz había lanzado otra bolsa.

– Las de Nick son con sabor barbacoa. Yo también las quiero con sabor barbacoa.

Liz se estiró e intercambió las bolsas.

– Dios Santo, sois peor que mis hijos.

Vito sonrió y abrió la bolsa de aperitivo.

– Pero aun así nos quieres.

Ella resopló.

– Sí, claro. ¿Dónde está Nick?

Vito se puso serio.

– Con el fiscal del distrito. Le han avisado para prepararlo para mañana.

Liz suspiró.

– Por desgracia, todos hemos sufrido un caso Siever. -Entornó los ojos-. Tú también tuviste uno, hace un par de años, justo sobre estas fechas.

Vito se comía las tiras de maíz con expresión hierática a pesar del nudo que se le había formado en el estómago. Liz quería sonsacarle información. Estaba seguro de que ella sabía que había algo oscuro en relación con la muerte de Andrea, pero nunca le había preguntado nada directamente.

– Justo.

Ella lo observó unos segundos más, luego se encogió de hombros.

– Ponme al corriente del caso de las tumbas. La noticia ha abierto el informativo este mediodía y desde entonces los teléfonos del departamento de relaciones públicas no han parado de echar humo. De momento estamos salvando la situación sin comentarios, como si la cosa acabara aquí, pero no conseguiremos aguantar así mucho más.

Vito le contó todo lo que sabían, hasta la visita al depósito de cadáveres.

– Ahora estoy examinando los informes de personas desaparecidas para tratar de identificar entre ellas a las víctimas.

– La chica de las manos unidas… Si Keyes era actor puede que ella también lo fuera.

– Nick y yo pensamos lo mismo. Cuando hayamos acabado con los informes de desaparecidos, sondearemos los bares de la zona de los teatros que suelen frecuentar los actores. El problema es que el rostro de la víctima está demasiado descompuesto para andar enseñando fotos.

– Llevad a uno de los retratistas al depósito. Que examine la estructura ósea y que haga lo que pueda.

Vito mascaba el aperitivo con desánimo.

– Ya lo hemos solicitado, pero los dos retratistas que hay en plantilla están con víctimas vivas y pasarán varios días antes de que tengan tiempo de ocuparse de una víctima mortal.

– Estoy harta de los recortes de presupuesto -masculló Liz-. ¿Tú sabes dibujar?

Vito se echó a reír.

– Sí, figuras geométricas y con regla. -Se puso serio y se quedó pensativo-. Mi hermano sí sabe dibujar.

– Creía que era psiquiatra.

– La psiquiatra es mi hermana Tess. El dibujante es Tino. Su especialidad son los retratos.

– ¿Lo hace a buen precio?

– Sí, pero no se lo digas a mi madre. Para ella todos somos unos santos. -Alzó las cejas con gesto cauteloso-. Tanto que incluso podrían ordenarnos sacerdotes.

Liz se echó a reír.

– Conmigo tu secreto está a salvo. ¿Ha hecho tu hermano algo parecido alguna vez?

Vito pensó en Tino.

– No. Pero es bueno. Y pondrá interés en ayudarnos.

– Entonces llámalo. Si le parece bien, tráelo y firma el permiso. Te las arreglas muy bien últimamente para encontrar ayuda gratis, Chick. Una arqueóloga, un retratista…

Vito se forzó a esbozar una sonrisa despreocupada.

– ¿Qué me he ganado por las molestias?

Liz se estiró para alcanzar la bolsa de tiras de maíz de Nick y se la arrojó a Vito.

– Ya lo sabes, no volváis a decir que nunca os doy nada.

Nueva York,

lunes, 15 de enero, 16:55 horas

– Derek, tengo que hablar contigo.

Derek levantó la vista de la pantalla del ordenador. Tony England se encontraba de pie en el vano de la puerta de su despacho, con los dientes apretados y la mirada encendida. Derek se recostó en la silla.

– Me preguntaba cuándo vendrías. Entra y cierra la puerta.

– Me he echado atrás por lo menos veinte veces en lo que va de día. Estaba demasiado enfadado para venir. -Tony alzó un hombro-. Todavía lo estoy.

Derek suspiró.

– ¿Qué quieres que haga, Tony?

– Que te portes como un hombre y le digas a Jager que no por una vez -le espetó, y apartó la mirada-. Lo siento.

– No, no lo sientes. Has trabajado para oRo desde que la empresa se creó. Has supervisado las escenas de lucha de los últimos tres juegos. Suponías que algún día ocuparías mi puesto, no que quedarías relegado a tener que trabajar para un advenedizo.

– Todo eso es cierto, Derek. Tú y yo formábamos un gran equipo. Dile que no a Jager.

– No puedo.

Los labios de Tony se crisparon.

– Porque tienes miedo de que te eche.

Derek dejó que disparara antes de contestar.

– No. Porque tiene razón.

Tony se tensó.

– ¿Qué?

– Que tiene razón. -Señaló la pantalla del ordenador-. He cotejado Tras las líneas enemigas con todos los trabajos anteriores. Es sensacional. En comparación, el último proyecto es de lo más mediocre. Si Frasier Lewis lo consigue…

– Se agotarán las existencias -dijo Tony sin ánimo-. Nunca te he creído… -Alzó la barbilla-. Me marcho.

Eso era lo que Derek esperaba.

– Lo comprendo. Si lo piensas mejor y decides cambiar de idea, no tendré en cuenta esta conversación.

– No cambiaré de idea. No pienso trabajar para Frasier Lewis.

– Pues llámame si necesitas una carta de recomendación; cuenta conmigo para lo que sea.

– Hubo un tiempo en que habría contado contigo para cualquier cosa -respondió Tony con amargura-. Pero ahora… Prefiero arreglármelas solo. Disfruta de tu dinero, Derek; cuando Jager te obligue a dejar el cargo, eso será todo cuanto te quede.

Derek se quedó mirando la puerta que Tony cerró con cuidado tras de sí. Tenía razón, Jager lo estaba obligando a dejar el cargo. Hacía semanas que le llegaban muestras de ello, pero Derek no quería darse cuenta.

– ¿Derek? -lo llamó su secretaria a través del intercomunicador-. Tienes a Lloyd Webber por la línea dos.

No estaba de humor para hablar con más periodistas.

– Dile que no haré más comentarios.

– No es periodista. Es el padre de un cliente y quiere hablar contigo de Tras las líneas enemigas.

Derek tampoco estaba de humor para escuchar a más padres indignados que consideraban que Tras las líneas enemigas era demasiado violenta y podía herir la sensibilidad del consumidor.

– Que te deje el mensaje. Lo llamaré mañana.

Lunes, 15 de enero, 18:00 horas

Había llegado a tiempo, se dijo Vito cuando vio a Sophie salir del museo Albright. «Parece cansada», pensó al verla acercarse a la moto.

Rodeó la camioneta mientras ella desenganchaba el casco del asiento.

– Sophie.

La chica soltó un grito ahogado.

– Me has dado un susto de muerte -dijo entre dientes-. ¿Qué haces aquí?

Vito vaciló, no tenía claras las palabras. Le mostró la rosa blanca que escondía detrás de la espalda y vio que ella entornaba los ojos.

– ¿Es una broma? -preguntó con voz baja y áspera-. Pues no tiene gracia.

– No es ninguna broma. Me molesta que pienses que soy uno de esos tíos que juegan con las mujeres. Quiero que sepas que no es así.

Ella se quedó callada un momento, luego sacudió la cabeza y ató el bolso al asiento.

– Muy bien. Eres un príncipe azul -dijo con sarcasmo-. Un tío estupendo. -Se subió a la moto y se escondió la trenza dentro de la chaqueta antes de colocarse el casco en la cabeza-. Te habría dado la lista de todos modos.

Vito hizo girar la rosa entre sus dedos con nerviosismo. Sophie llevaba una chaqueta de cuero negro y había cambiado los guantes de colorines por unos de piel parecidos a los de Vito. Con su expresión severa y todas esas prendas de cuero, parecía más un motero peligroso que la profesora universitaria de vestimenta peculiar que había conocido el día anterior. Se ajustó el casco a la barbilla y se puso de pie para arrancar la moto. Estaba a punto de marcharse y él no había cumplido su misión.

– Sophie, espera.

Ella se detuvo; estaba en equilibrio para poner el motor en marcha.

– ¿Qué?

– Las flores eran para otra persona. -A Sophie le centelleaban los ojos. De ningún modo esperaba que Vito confesara-. Eran para alguien que me importaba y que murió. Iba a llevarlas a su tumba ayer, pero me enredé en el caso. Y te estoy diciendo la verdad. -Por lo menos, hasta el punto en que estaba dispuesto a divulgarla.

Ella frunció un poco el entrecejo.

– La mayoría de la gente lleva claveles al cementerio en invierno.

Él se encogió de hombros.

– Las rosas eran sus flores preferidas.

A Vito se le formó un nudo en la garganta cuando acudió a su mente la imagen de Andrea ocultando el rostro en un ramo de rosas. Rosas rojas. Contrastaban mucho con su piel aceitunada y su pelo moreno. Los colores se reían de él. El pelo de Andrea se tiñó del rojo de la sangre que manaba del agujero de bala de su sien; la bala que él le había disparado.

Se aclaró la garganta con brusquedad.

– Da igual. He ido a comprar flores para mi cuñada, que está en el hospital. Entonces he visto las rosas blancas y me he acordado de ti.

Ella lo escrutaba con recelo.

– O eres muy bueno o estás diciendo la verdad.

– No soy tan bueno. Pero no he engañado a nadie en mi vida, y no quería que pensaras eso de mí. -Depositó la rosa en el manillar-. Gracias por escucharme.

Ella se quedó mirando la rosa un buen rato. Luego relajó los hombros. Se quitó un guante y del bolsillo de su chaqueta sacó una hoja de papel doblada y un bolígrafo. Desdobló la hoja de papel y escribió algo al pie. Luego tragó saliva y se la entregó a Vito.

– Aquí tienes la lista. No hay gran cosa.

Sus ojos denotaban una frustración que sorprendió a Vito y le atenazó el corazón. La lista contenía veinte nombres mecanografiados, algunos acompañados de una dirección web. Al final Sophie había añadido otro nombre.

– A mí sí que me parece gran cosa -dijo él.

Ella se encogió de hombros.

– Los primeros dieciocho regentan puestos en la feria medieval que se celebra todos los otoños. Venden espadas, cotas de malla y cosas así. La mayoría también vende a través de internet. Si alguien ha estado haciendo preguntas sobre instrumentos de tortura medievales, es posible que en primer lugar se haya dirigido a alguno de esos tipos.

– ¿Y los demás?

– Étienne Moraux es un antiguo profesor mío de la universidad de París. Él fue quien guió mi trabajo de investigación para la licenciatura. Es un buen hombre, y tiene muchos contactos en el mundillo de la arqueología. Si alguien ha encontrado hace poco una silla, seguro que él lo sabe. Y si la han vendido o ha desaparecido de algún museo o de alguna colección particular legítima, también lo sabrá. Lo que no tengo muy claro es que conozca el mercado negro, pero quién sabe si le habrá llegado algún rumor.

– ¿Y Kyle Lombard?

– Es alguien muy lejano. Ni siquiera sé por dónde anda. Hace diez años coincidimos en una excavación en el sur de Francia; él estaba haciendo la tesis doctoral e investigaba sobre objetos robados. No llegó a acabar la tesis, y no lo he encontrado en ninguna lista de antiguos alumnos, pero vosotros tenéis vuestros métodos de espionaje.

– Y nuestros dispositivos para borrar la memoria -respondió él, con la esperanza de arrancarle una sonrisa. Pero en vez de eso, los ojos de Sophie se llenaron de una tristeza tal que conmovió a Vito. Sin embargo, no apartó la mirada.

– A veces tengo la impresión de que sería muy útil disponer de un método para eso -musitó.

– Estoy completamente de acuerdo. ¿Qué hay del último nombre? Alan Brewster.

Por un momento los ojos de Sophie expresaron una furia tan intensa que Vito estuvo a punto de dar un paso atrás. No obstante, su enfado pareció esfumarse con tanta rapidez como había aparecido, y una vez más su mirada adoptó un aire de hastío y frustración.

– Alan es uno de los arqueólogos más importantes del nordeste -dijo en voz baja-. Tiene contacto con personas acaudaladas que financian muchas de las excavaciones, tanto aquí como en Europa. Si alguien ha estado adquiriendo piezas, es posible que él lo sepa.

– ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?

Sophie rompió el tallo de la rosa y se guardó la flor en el bolsillo con cuidado.

– Es el catedrático de estudios medievales de la Universidad Shelton. Está en Nueva Jersey, no muy lejos de Princeton. -Miró al suelo, vacilante. Cuando levantó la cabeza su mirada estaba llena de desesperanza y resignación-. Si puedes evitar nombrarme, te lo agradeceré.

O sea que Brewster y ella habían tenido alguna historia y habían acabado mal.

– ¿De qué lo conoces, Sophie?

La chica se sonrojó y Vito sintió una punzada de celos, irracional pero innegable.

– Guió mi tesis doctoral.

Él se tragó los celos. Fuera lo que fuese lo que había ocurrido entre ambos, ella todavía lo estaba sufriendo. Le habló con amabilidad.

– Creía que era con Moraux con quien te habías doctorado.

– Sí, más tarde. -La desesperanza de su mirada dejó paso a un silencioso anhelo que a Vito le llegó al alma.

– Ya tienes lo que has venido a buscar, detective. Ahora tengo que irme.

Vito tenía lo que había ido a buscar, pero no todo cuanto necesitaba. De la mirada de los ojos de Sophie dedujo que también ella lo necesitaba. Dobló el papel con rapidez y se lo guardó en el bolsillo al mismo tiempo que ella se ponía el guante.

– Sophie, espera. Hay algo más.

Sin darse tiempo a cambiar de idea, Vito se montó sobre la rueda delantera de la moto, rodeó con las manos el casco de Sophie y cubrió sus labios con los propios.

Ella dio un respingo y luego lo asió por las muñecas. Sin embargo, no le retiró las manos, y durante unos preciados instantes ambos se concedieron lo que necesitaban. Qué dulce era, qué labios más suaves; su aroma le hizo bullir la sangre. Necesitaba más. Tanteó la correa que le ajustaba el casco a la barbilla y consiguió desatarla. Sin romper el contacto, le quitó el casco de la cabeza y lo depositó en el suelo tras de sí. Luego le acarició el cabello de la nuca. La atrajo hacia él, y se disponía a tomarle la boca con los labios cuando de pronto el beso dejó de ser lento y dulce para tornarse atrevido y apremiante.

Ella se asió a sus hombros, se puso de puntillas y mordisqueó sus labios con ardientes y ávidos bocaditos mientras de la garganta le brotaba un anhelante gemido. Vito estaba en lo cierto. La idea se abrió paso a través del deseo mientras le separaba los labios con apremio y profundizaba en el beso. Ella lo necesitaba tanto como él. Tal vez más.

Ella tenía los dedos clavados en los hombros de su abrigo y a él el corazón le palpitaba tan fuerte que su sonido era todo cuanto podía oír. Vito sabía que aquello era siquiera el inicio de lo que necesitaba satisfacer. Lo que de verdad necesitaba no iba a ocurrir montados en la moto en mitad de un aparcamiento. Dejó su cálida boca y con los labios le acarició el mentón hasta presionarle la parte inferior, donde el pulso le latía con fuerza y rapidez.

Se retiró lo justo para escrutar su rostro. Tenía los ojos muy abiertos, y en ellos observó avidez, necesidad e incertidumbre, pero no arrepentimiento. Poco a poco ella bajó los talones al suelo y le recorrió los brazos con las manos hasta llegar a sus muñecas. Le retiró las manos del pelo, cerró los ojos, le rodeó las manos con las suyas y permaneció así un rato mientras él sentía latir su corazón. Luego, con delicadeza, lo soltó y abrió los ojos. Su mirada era de nuevo desesperanzada, más incluso, y Vito supo que iba a alejarse de él.

– Sophie -empezó, con voz grave y áspera. Pero ella posó los dedos en sus labios.

– Tengo que irme -susurró, y se aclaró la garganta-. Por favor.

Él le alcanzó el casco que había depositado en el suelo y la observó ajustárselo de nuevo a la barbilla. No quería que se marchara así. No quería que se marchara nunca.

– Sophie, espera. Te debo una pizza.

Ella le dirigió una sonrisa forzada.

– No puedo. Tengo que ir a ver a mi abuela.

– ¿Y mañana?

Pero ella negó con la cabeza.

– Los martes doy clases de posgrado en Whitman. -Alzó la mano y lo detuvo antes de que siguiera insistiendo-. Por favor, no lo hagas, Vito. Ayer, cuando te conocí tenía la esperanza de que fueras un hombre decente y luego me disgusté mucho al pensar que no lo eras. Estoy muy contenta de que lo seas, de veras. Así que… -Sacudió la cabeza; ahora sus ojos sí reflejaban arrepentimiento-. Buena suerte.

Se puso de pie, arrancó la moto y salió zumbando del aparcamiento. Mientras observaba cómo se marchaba, Vito cayó en que era la tercera vez en dos días que lo hacía.

Lunes, 15 de enero, 18:45 horas

Sophie se recostó en la silla y suspiró frustrada.

– Abuela, tienes que comer. El médico dice que no conseguirás salir de aquí si no recuperas fuerzas.

Su abuela miró el plato.

– Yo esto no se lo daría ni a los perros.

– Tú a tus perras les das filete, abuela -la reprendió Sophie-. Ojalá yo comiera tan bien.

– Solo les doy filete una vez al año. -Levantó la barbilla-. Para su cumpleaños.

Sophie alzó los ojos en señal de exasperación.

– Ah, claro, porque es una ocasión especial. -Volvió a suspirar-. Abuela, come, por favor. Quiero que te pongas fuerte y vuelvas a casa.

La mirada desafiante abandonó los ojos de Anna y sus menudos hombros se desplomaron sobre la almohada.

– No volveré a casa, Sophie. Ya va siendo hora de que las dos lo aceptemos.

Sophie notó una opresión en el pecho. Su abuela siempre había tenido una salud de hierro, pero el derrame la había dejado débil e incapacitada de la mitad derecha del cuerpo y al hablar aún arrastraba demasiado las palabras para que las personas que no la conocían la entendieran. Un reciente brote de neumonía la había debilitado más todavía y cada vez que respiraba sentía dolor.

Antes el mundo entero era el hogar de Anna: París, Londres, Milán. Los amantes de la ópera acudían en tropel para oírla cantar Orfeo. Ahora el mundo de Anna era aquella pequeña habitación en una residencia geriátrica.

Aun así, lo último que Anna necesitaba era que la compadecieran y por eso Sophie endureció la voz.

– Mierda.

Anna abrió los ojos como platos.

– ¡Sophie!

– Vamos, te he oído pronunciar esa palabra mil veces.

«Al día», añadió Sophie para sí.

Sendas manchas de rubor riñeron las pálidas mejillas de Anna.

– Eso da igual -gruñó, y bajó la vista al plato-. Sophie, esta comida es repugnante. Es mucho peor de lo habitual. -Arqueó la ceja izquierda, la única que era capaz de mover-. Pruébala tú.

Sophie lo hizo y torció el gesto.

– Tienes razón. Espera. -Se dirigió a la puerta y vio a una de las enfermeras en el mostrador-. ¿Enfermera Marco? ¿Han contratado a un nuevo dietista?

La enfermera levantó la vista de la tablilla sujetapapeles con expresión cautelosa.

– Sí. ¿Por qué?

La mayoría del personal de la residencia era maravilloso, pero la enfermera Marco era una cascarrabias. Decir que Anna y ella no se llevaban bien era quedarse corto, por eso Sophie trataba de que sus visitas coincidieran con el turno de Marco. Así se aseguraba de que la sangre no llegaba al río.

– Porque la comida está malísima. ¿Podría traerle a Anna otra cosa?

Marco frunció los labios.

– Tiene que seguir una dieta controlada, doctora Johannsen.

– Y la sigue, se lo prometo. -Sophie esbozó la sonrisa más encantadora que pudo-. No se lo pediría si no estuviera tan mala. Por favor.

Marco exhaló un suspiro.

– Muy bien. Tardará una media hora.

Sophie volvió a sentarse junto a la cama de Anna.

– Marco te traerá otra cosa de cenar.

– Es mezquina -musitó Anna, y cerró los ojos.

Sophie frunció el entrecejo. Últimamente su abuela decía cosas como aquella cada vez con más frecuencia y no estaba segura de hasta qué punto eran ciertas. Era probable que se debiera a su pésimo humor por estar incapacitada y encontrarse mal; no obstante a Sophie le preocupaba que fuera por algún otro motivo.

A Sophie le preocupaban muchas cosas esos días: Anna, el dinero, la profesión que esperaba poder retomar tarde o temprano. Aquel día una nueva preocupación se había sumado al resto: lo que Vito Ciccotelli pensaría de ella después de entrevistarse con Alan Brewster.

Se llevó los dedos a los labios y se recreó recordando el beso. Su corazón empezó de nuevo a latir con fuerza. Quería más, mucho más. Y durante unos instantes se había permitido albergar la esperanza de que tal vez por una vez lograría obtenerlo.

«Qué tonta eres.» Por fin había conocido a un hombre que podía llegar a ser todo cuanto deseaba, y ella lo había enviado nada menos que a ver a aquel que más probabilidades tenía de acabar describiéndola como una chica fácil obsesionada por el sexo y sin ningún tipo de moralidad. «Tal vez no crea a Alan.» Bah. Todos los hombres creían a Alan, porque por algún motivo todos querían creer que era una facilona y que estaba dispuesta a acostarse con el primero que se lo pidiera.

«Nueve tumbas, Sophie. Has hecho lo correcto.» Pero ¿por qué lo correcto la dejaba siempre hecha una porquería? Con un suspiro, se arrellanó en la silla y contempló a Anna mientras dormitaba.

Lunes, 15 de enero, 18:50 horas

– ¿Qué tal te ha ido con la fiscal? -preguntó Vito en cuanto entró en el sedán de Nick. Se habían encontrado en la puerta de la fábrica donde trabajaba Sherry, la novia de Warren Keyes.

– Bien. -Nick le adelantó información-. López cree que puede pillar al traficante.

– Entonces al menos se hará algo de justicia -dijo Vito mientras desenvolvía el sándwich. El olor a carne impregnó el interior del vehículo-. Es mucho mejor algo de justicia que nada.

El hecho de que Nick se encogiera de hombros indicaba que no estaba de acuerdo, pero no pensaba discutir.

– ¿Qué me he perdido?

– He examinado los listados de personas desaparecidas y he señalado todos los nombres que vagamente podrían corresponder a nuestras víctimas. He conseguido la aprobación de Liz para que un retratista haga un dibujo que podamos mostrarle a la gente.

– ¿Te ha dado dinero?

– No, ojalá. Lo hará Tino.

Nick pareció impresionado.

– Qué buena idea.

– A estas horas debe de estar a punto de encontrarse con Katherine en el depósito de cadáveres. También he ido al hospital a ver a Molly. Está mejor.

– Has estado muy ocupado. ¿Han descubierto cómo se contaminó Molly?

– Sí. Los de la oficina de protección del medio ambiente descubrieron que el contador del gas estaba roto.

– ¿Aún se fabrican contadores de mercurio?

– No, pero Dino vive en una casa antigua y el contador es viejo. A mi padre le han explicado que la compañía ha iniciado una campaña para sustituirlos, pero todavía no han llegado al barrio de Dino. Han encontrado mercurio en la tierra, debajo del contador.

– Un contador no se rompe así como así.

– Creen que recibió un golpe de una pelota, una piedra o algo parecido. Mi padre les ha preguntado a los chicos, pero ninguno sabe nada. Molly dice que el viernes el perro se llenó de barro, ella lo bañó y por eso entró en contacto con el mercurio. El veterinario ha visitado al perro y le ha encontrado niveles bajos de mercurio, no el suficiente para causarle daño. Pero después de bañar al perro, Molly pasó el aspirador y extendió el mercurio por la casa. Tienen que cambiar toda la moqueta si quieren volver a vivir allí, así que tendré compañía por un tiempo.

– Bueno, me alegro de que Molly esté bien. Eso es lo que de verdad importa.

Vito se sacó del bolsillo la lista de Sophie.

– Y… -suspiró- he ido a ver a Sophie.

– Realmente has estado muy ocupado. -Nick examinó la hoja-. Vendedores de objetos medievales, cotas de malla… -Levantó la cabeza, una idea iluminaba su mirada-. Los moretones circulares del chico a quien le falta media cabeza. Puede que llevara puesta una cota de malla.

Vito asintió.

– Tienes razón. Los moretones son de ese tamaño. Bien pensado.

– Un profesor universitario en Francia -prosiguió Nick-. Un tal Lombard de paradero desconocido. Y Alan Brewster. ¿Por qué ha escrito su nombre a mano?

– Lo añadió en el último momento. Creo que entre ellos hubo alguna historia que acabó mal.

Nick levantó un momento la vista del papel.

– ¿Lo de «historia» va con doble sentido?

Vito alzó los ojos en señal de exasperación.

– No. Primero he pensado en llamar a su casa, pero luego me ha parecido mejor ir a verlo personalmente.

Nick se quedó pensativo.

– Así que ese tipo le hizo daño a Sophie, ¿no?

– Eso parece. No quiere que mencione su nombre.

– ¿Qué la habrá hecho cambiar de idea?

– Le he dicho la verdad. Más o menos -añadió al ver que Nick arqueaba una ceja. Pensó en la delicadeza con la que Sophie se había guardado la rosa en el bolsillo, y recordó el beso que seguía ocupando sus pensamientos-. Me ha creído. Luego me ha dado la lista y ha añadido el nombre de Brewster.

– ¿Piensas ir a verlo mañana?

Vito asintió.

– Le he dicho a Tino que empiece por la mujer de las manos unidas. Quiero mostrarles el resultado a los actores que frecuentan el barrio de los teatros, pero no suelen dejarse caer por allí hasta última hora de la tarde. Me dará tiempo de ir a ver a Brewster por la mañana. Puede que él nos oriente en la dirección correcta. Si descubrimos de dónde salen los instrumentos, podremos rastrear el dinero.

– Bueno, cuando acabemos con esto volveré al despacho para obtener información sobre Kyle Lombard. Puedo tratar de localizarlo mañana, mientras espero para declarar. -De repente Nick se puso tenso-. Ahí está. Sherry Devlin. -Señaló a una joven que salía de un Chevette herrumbroso-. Se la ve rendida. Me pregunto dónde habrá estado.

Vito recuperó la lista de Sophie, la dobló y se la guardó en el bolsillo.

– Vamos a averiguarlo -dijo, y los dos salieron del coche de Nick y se acercaron a Sherry Devlin-. ¿Señorita Devlin?

Ella se dio media vuelta y al verlos se quedó paralizada de horror.

– Relájese -dijo Vito-. Somos detectives, del Departamento de Policía de Filadelfia. No queremos hacerle daño.

Ella miró a Vito y luego a Nick; seguía teniendo la mirada algo alterada.

– ¿Es por Warren?

– ¿Dónde ha estado hoy, señorita Devlin? -preguntó Nick, en lugar de contestarle.

Sherry alzó la barbilla.

– En Nueva York. He pensado que tal vez Warren hubiera ido allí a buscar trabajo. Ya que la policía no me ayuda a encontrarlo, he decidido encontrarlo yo misma.

– ¿Y ha descubierto algo? -preguntó Vito en tono amable, y ella negó con la cabeza.

– No. En ninguna de las agencias para las que había trabajado saben nada de él desde hace mucho tiempo. -La postura de la chica denotó cierta tensión y Vito supo que había adivinado por qué estaban allí.

– Señorita Devlin, soy el detective Ciccotelli. Este es mi compañero, el detective Lawrence. Le traemos malas noticias.

El rostro de la chica perdió el color.

– No.

– Hemos encontrado el cadáver de Warren, señorita Devlin -dijo Nick con amabilidad-. Lo sentimos mucho.

– Sabía que le había ocurrido algo horrible. -Levantó la vista, aturdida por el pesar-. Me dijeron que se había marchado, pero yo sabía que él no me dejaría nunca, no por voluntad propia.

– Deje aquí su coche. La acompañaremos a casa. -La ayudó a acomodarse en el asiento de atrás y luego se agachó a su lado-. ¿Cómo sabía dónde buscarlo en Nueva York?

Ella pestañeó despacio.

– Por su book.

– Hemos estado examinando su book, señorita Devlin -dijo Nick-. No hemos visto ninguna lista de agencias de modelos, solo fotos.

– Ese es su book fotográfico -musitó ella-. El que contiene su currículum está colgado en internet.

Vito sintió que un impulso eléctrico le recorría la columna vertebral.

– ¿En internet? ¿Dónde?

– En tupuedessermodelo.com. Tiene una cuenta.

– ¿Qué tipo de cuenta? -preguntó Nick.

La chica parecía desconcertada.

– Una cuenta para modelos. Cuelgan sus fotos y su experiencia profesional y quien quiera contratarlos puede ponerse en contacto con ellos a través de la página.

Vito miró a Nick. «Bingo.»

– ¿Usaba Warren alguna vez su ordenador?

– Claro. Venía más veces a mi casa de las que yo iba a casa de sus padres.

Vito le apretó la mano.

– Nos llevaremos su ordenador al laboratorio.

– Muy bien -musitó ella-. Hagan lo que sea necesario.

Lunes, 15 de enero, 20:15 horas

– Sophie, despiértate.

Sophie pestañeó y fijó la vista en el rostro de Harry. Se había quedado dormida en la silla, junto a la cama de Anna.

– ¿Qué estás haciendo aquí? -Hizo una mueca al recordarlo-. Teníamos que ir a Lou's, a comernos un sándwich de ternera con queso. Se me había olvidado. Dios, yo también tengo hambre.

– Te he traído uno. Lo tengo en el coche.

– Siento haberte dado plantón. El día ha sido muy largo. -Contempló el rostro de Anna, dormida-. La enfermera Marco debe de haberle dado las medicinas. No se despertará en toda la noche, así que lo mejor que puedo hacer es marcharme.

– Entonces ven a comerte tu sándwich y cuéntame por qué ha sido tan largo el día.

Una vez en el coche, Sophie se quedó mirando la residencia de ancianos mientras comía.

– La abuela no para de decir que esa enfermera se porta mal con ella. ¿Se lo dice también a Freya?

– Freya no me ha dicho nada de eso. -Harry frunció el entrecejo-. ¿Crees que Anna sufre malos tratos?

– No lo sé. No me gusta nada tener que dejarla sola por las noches.

– No tenemos más remedio, a menos que contratemos a una enfermera particular, y sale muy caro. Ya lo he mirado.

– Yo también. Si apenas puedo pagar la residencia, y el dinero de Alex pronto se habrá agotado.

Harry apretó la mandíbula.

– No tendrías que gastarte la herencia para cuidar de Anna.

Ella le sonrió.

– ¿Por qué? ¿Para qué otra cosa la quiero? Harry, todo cuanto tengo cabe en esta mochila. -Señaló la bolsa con el pie-. Y me gusta que así sea.

– A mí me parece que solo tratas de convencerte de ello. Alex tendría que haberte dejado mejor situada.

– Alex me dejó bien situada. -Harry siempre había pensado que su padre biológico tendría que haber hecho más por ella-. Me pagó la universidad para que pudiera situarme por mí misma, claro que no es que lo esté haciendo muy bien. -Puso mala cara-. S'il vous plaît.

– Déjame adivinarlo. Has tenido que volver a hacer de Juana de Arco.

– Sí -confirmó ella con tristeza-. Y peor que eso es que algún conocido me vea de esa guisa. -Se había avergonzado de que Vito y Nick la vieran disfrazada. Pero aún le avergonzaba más que Vito descubriera qué tipo de persona era. Alan se encargaría de hincharle la cabeza.

– A mí me parece que haces muy bien de Juana de Arco -opinó Harry-. ¿Quién te ha visto?

– Ese chico. No pasa nada. -Claro que pasaba algo; había pasado algo increíble. Se encogió de hombros-. Pensaba que era un traidor, pero resulta que es un tipo estupendo.

– Entonces, ¿cuál es el problema, Sophie? -le preguntó Harry en tono amable.

– El problema es que está a punto de conocer a Alan Brewster.

La mirada de Harry se ensombreció.

– Esperaba no volver a oír ese nombre jamás.

– Yo también. Pero las cosas no siempre salen como nos gustaría, ¿verdad? No me cabe duda de que cuando Vito hable con Alan, en menos de una hora me considerará una facilona, y lo que es peor, una hipócrita al haberlo reprendido por engañar a su novia cuando ni siquiera la tiene.

– Si de verdad es buena persona no escuchará los comentarios viperinos del asqueroso de Brewster.

– Te entiendo, tío Harry, pero yo sé mejor que tú lo que pasa. En cuanto hablan con Brewster, todos los hombres cambian de opinión sobre mí. No consigo que la gente de aquí olvide.

Harry se puso triste.

– Volverás a Europa cuando Anna muera, ¿verdad?

– No lo sé. Tal vez. En cualquier caso no puedo quedarme en Filadelfia. Y lo más curioso es que ocurrió allí, pero es aquí donde la historia no se olvida. Alan y su esposa no lo permitirán porque a mí, la gran heroína, no se me ocurrió otra cosa que hacer lo que debía; decírselo a su esposa. Merde. La estúpida heroína, más bien -masculló-. La confesión no fortalece el espíritu, y existen buenos motivos para que la esposa sea siempre la última en saberlo.

– Sophie, es la primera vez que no me dices que Anna no va a morir.

Sophie guardó silencio.

– Lo siento. Claro que Anna…

– Sophie. -La reprendió con cariño-. Anna ha vivido una vida plena. No te sientas culpable por pensar que no saldrá adelante, ni por seguir con tu vida una vez que ella muera. Has renunciado a muchas cosas para volver a casa. Ella te lo agradece. Y yo también.

Sophie tragó saliva.

– ¿Qué otra cosa podía hacer, Harry?

– Nada. -Le dio una palmada en la rodilla-. ¿Te has terminado el sándwich? Tengo que eliminar las pruebas. Freya no debe saber que he estado en Lou's. Mi dieta no lo contempla.

– Notará el olor a cebolla. Lo siento, Harry. No tienes escapatoria.

– Bueno, ha valido la pena. Conduciré con las ventanillas abiertas de vuelta a casa. -Y bajó la ventanilla.

Sophie recogió su mochila y la basura y se bajó del coche.

– Ya me encargo yo de deshacerme de las pruebas -dijo con un fuerte susurro-. Ya nos veremos, Harry.

– Sophie, espera. -Ella se volvió y se apoyó en la ventanilla del conductor. El semblante de Harry era serio-. Si Vito es buena persona, nada de lo que Brewster diga le hará menospreciarte.

Ella lo besó en la mejilla.

– Eres un encanto. Ingenuo, pero un encanto.

Él torció el gesto.

– Solo temo que te cruces con el hombre adecuado y estés tan convencida de que tiene mala opinión de ti que no le des siquiera una oportunidad. No quiero ver cómo desaprovechas la ocasión, Sophie. No sé cuántas se nos presentan en la vida.

9

Lunes, 15 de enero, 21:00 horas

– Aquí está.

Vito observó la fotografía de Warren Keyes en tupuedessermodelo.com. Entró en la cuenta con su propio ordenador, desde la comisaría, gracias al nombre de usuario y la contraseña que le había proporcionado Sherry Devlin. El ordenador de Sherry se encontraba dentro de una caja sobre el escritorio de Nick. Estaba previsto que en menos de una hora apareciera uno de los técnicos informáticos del equipo de Jeff a examinarlo.

– Tiene un currículum muy irregular -dijo Nick, de pie tras Vito-. No ha trabajado mucho.

Vito accionó el ratón sobre la sección de la página de Warren que contenía las estadísticas.

– No parece que le salieran muchos papeles últimamente. Seis en los últimos tres meses. Pero mira la última fecha.

– El tres de enero. Es el día anterior al último en que Sherry lo vio con vida. ¿Será casualidad?

– No lo creo. -Vito entró en el apartado fotográfico y accionó unas cuantas imágenes que resumían la carrera de Warren Keyes-. Mira esta. -Eran dos fotos correlativas, dos primeros planos del bíceps de Warren. La primera mostraba con bastante detalle el Oscar que llevaba tatuado, mientras que en la segunda lo habían hecho desaparecer con maquillaje-. Hay algo de ese tatuaje que me inquieta.

– ¿Del Oscar? No me parece raro en un joven que quiere ser actor.

– No se trata de eso. -Vito sacudió la cabeza-. Hace algún tiempo fui a Chicago a visitar a Tess y ella me llevó a un museo en el que se exhibían las estatuillas que la Academia iba a otorgar ese año. -Se volvió a mirar a Nick-. La empresa que las fabrica está en Chicago.

– Muy bien -dijo Nick despacio-. ¿Y?

Vito pensó en la estatuilla y por fin hizo memoria.

– La figura del Oscar representa a un caballero.

– ¿Qué?

– Sí; es un caballero. -Vito, emocionado, buscó en Google y obtuvo un primer plano de la estatuilla-. Mira sus manos. Están en la misma postura que las de Warren.

Nick soltó un quedo silbido.

– ¡Virgen Santa! Mira eso. Lleva nada menos que una espada. Si tumbáramos la estatuilla, sería la viva imagen del chico que está en el depósito de cadáveres.

– No hay casualidad que valga -dijo Vito con convencimiento-. Eligió a Warren por el tatuaje.

– O tal vez eligió la postura de Warren por el tatuaje.

– No. El asesino lo tenía todo planeado. Unas semanas antes había fijado la postura de las manos de la chica. Santo Dios, Nick. Eligió a Warren por el puto tatuaje.

– Mierda. -Nick se sentó-. Me pregunto si también habrá aquí una foto de la chica.

– Y del tipo al que le falta media cabeza. Y el del balazo entre los ojos. -Vito consultó su reloj-. Tino lleva desde las siete en el depósito. Tal vez ya tenga algo que pueda servirnos.

En ese momento, como si de una señal se tratara, se oyó el timbre del ascensor y Tino entró en la oficina. Vito hizo una mueca. Su hermano menor estaba pálido y ojeroso y la mirada de sus oscuros ojos era sombría.

– No tendría que haberle pedido que hiciera una cosa así.

– Sobrevivirá -lo animó Nick, y se puso en pie-. Hola, Tino. -Sacó una silla-. Siéntate.

Tino se dejó caer en el asiento.

– ¿Cómo te las arreglas para ver cosas así todos los días y resistirlo, Vito?

– Es cuestión de experiencia -respondió Nick en su lugar-. ¿Qué nos traes?

Tino le tendió un sobre.

– No tengo ni idea de si guarda algún parecido con la realidad. He hecho lo que he podido.

– Es mejor que lo que teníamos antes -dijo Vito-. Lo siento, Tino. No debería…

– Déjalo -lo interrumpió Tino-. Estoy bien, y sí, has hecho lo que debías. Es solo que ha resultado más fuerte de lo que esperaba. -Forzó una sonrisa-. Sobreviviré.

– Eso mismo le he dicho yo. -Nick sacó el dibujo del sobre. En la hoja se veía un rostro femenino de facciones serias y Vito observó que su hermano había captado la estructura facial de la chica. Pero más que eso se observaba en ella una tristeza conmovedora que Vito sospechaba que se debía a los propios sentimientos de Tino plasmados en el dibujo. Estaba muy bien hecho.

Nick emitió un sonido aprobatorio.

– Uau. ¿Cómo es que tú no sabes dibujar así, Vito?

– Él sabe cantar -respondió Tino con voz cansina-. A Dino se le da bien enseñar, a Gino hacer construcciones y Tess cocina de maravilla. -Exhaló un suspiro-. Por cierto, me voy a casa, Vito. Tess debe de estar allí con los chicos y quiero pedirle que me prepare algo de cenar. -Se pasó la lengua por los labios con desagrado-. Lo que sea con tal de quitarme este mal sabor de boca.

Vito se acordó de la cecina de ternera de Sophie.

– Dile a Tess que le eche especias y guardadme un poco. Ah, y dile que se instale en mi habitación. Yo dormiré en el sofá.

Tino se puso en pie.

– La forense me ha mostrado los otros cadáveres, Vito. No creo que pueda hacer nada por el chico… -Hizo una mueca-. Ya sabes, al que le falta la cabeza. Y el chico de la bala lleva demasiado tiempo muerto, igual que el de la metralla. Os hará falta…

– Espera. -Vito alzó la mano para interrumpirlo-. ¿Qué metralla?

– La forense lo llama el uno-cuatro.

Nick frunció el entrecejo.

– ¿Metralla? ¿De qué va eso?

– Me parece que tenemos que ir al depósito a ponernos al corriente -observó Vito con tristeza-. Lo siento, Tino. Sigue. ¿Qué nos hará falta?

– Iba a decir que os hará falta un antropólogo forense para reconstruir los rostros. Sin embargo, creo que podré plasmar los de los ancianos. Volveré mañana para intentarlo.

Vito sintió una punzada de orgullo.

– Te lo agradecemos.

Tino se abrochó la cremallera del abrigo y esbozó una sonrisa ladeada.

– Espero que me recomendéis. Quién sabe, tal vez descubra una nueva profesión. Bien sabe Dios que con el arte no se gana uno la vida.

– ¿Dónde está la pila de listados de personas desaparecidas? -preguntó Nick cuando Tino se hubo marchado-. Podemos buscar en la página de tupuedessermodelo.com los nombres de las personas desaparecidas que coincidan con el perfil de la chica. Luego podemos comparar las fotos con el dibujo de Tino.

– Parece un buen plan.

Lunes, 15 de enero, 21:55 horas

Nick arrojó el listado de personas desaparecidas sobre el escritorio de Vito con indignación.

– Es el último. -Miró la página de tupuedessermodelo.com que aparecía en la pantalla del ordenador-. La chica no está ahí.

– O no está ahí. -Vito señaló el listado-. Tal vez no denunciaran su desaparición. O tal vez no fuera de aquí. Que Warren fuera de Filadelfia no quiere decir que la chica también tenga que serlo. No pienso darme por vencido todavía.

– Joder -gruñó Nick-. Me habría gustado encontrarla enseguida.

– Vete a casa -dijo Vito-. Yo seguiré buscando mientras espero a que el técnico informático examine el disco duro de Sherry. Si hace falta, comprobaré una a una las fotografías de todas las modelos.

– Debe de haber unos cinco mil nombres ahí dentro. Te llevará toda la noche.

– Puede que no. -Vito pasó el cursor por los menús desplegables-. No creo que los publicistas que buscan modelos abran todas las fotografías una por una. Es posible que puedan hacer una búsqueda de las rubias, las morenas, las bajas, las altas o las que sean.

Nick se incorporó un poco en el asiento.

– O sea que se puede reducir la búsqueda. Sabes que era morena, medía un metro cincuenta y siete, tenía el pelo corto y los ojos azules.

– El color del pelo y de los ojos puede cambiarse. Puede que llevara lentes de contacto o una peluca. Sin embargo la altura no se cambia. -Vito fijó la vista en la pantalla-. Es posible hacer una búsqueda y luego ordenarla según las características físicas. Tenemos que empezar a buscar por un metro cincuenta y siete y ordenar luego la lista según el color del pelo y después de los ojos. -Rellenó los campos y accionó el botón de búsqueda-. Vete a casa. Ya me quedo yo.

– No, por Dios. La cosa vuelve a ponerse interesante. Además, en esta página salen chicas monísimas. Incluso pone la talla de sujetador. ¿Qué más quieres?

– Nick. -Vito alzó los ojos en señal de exasperación y sacudió la cabeza.

– ¿Qué pasa? Vuelvo a estar sin compromiso y no tengo tiempo de salir de noche. -Su expresión se tornó pícara-. Ni tampoco tengo la suerte de gustarle a Sophie Johannsen.

Él le gustaba. Vito tragó saliva. Si se hubiera implicado un poco más, Vito habría necesitado reanimación cardiorrespiratoria. Pero no quería implicarse más. Lo había rechazado, otra vez. La noche anterior había habido un malentendido. Esa noche, sin embargo, Vito sospechaba que Sophie lo había entendido todo a la perfección, aun cuando él no acabara de entenderlo. Hizo caso omiso de Nick y observó la pantalla.

– Solo cien resultados. Es una suerte que fuera bajita. La mayoría de las modelos son altas.

– Como Sophie.

– Nick -dijo Vito entre dientes-. Cállate.

Nick le dirigió una mirada de desconcierto.

– Hablas en serio, ¿verdad? Yo creía que…

– Pues creías mal. Y esta vez no pienso insistir.

Nick pareció darle vueltas al asunto durante unos instantes.

– Muy bien. Volvamos al trabajo.

Vito entró en el book de cada una de las modelos, de pronto se detuvo con expresión perpleja.

– Dios, qué bueno es Tino.

El rostro que los miraba desde la pantalla era exactamente igual al dibujado por Tino.

– Ya me lo parecía a mí. -Nick se inclinó para observar la imagen más de cerca. Estaba muy serio-. Brittany Bellamy. Joder, Chick. No tenía ni veinte años. Haz clic en «contactar».

Vito lo hizo, pero lo que se abrió fue un e-mail en blanco.

– No sale ningún número de teléfono ni información geográfica, y no quiero enviar un e-mail. Si estamos en lo cierto, no obtendremos respuesta.

– Porque está muerta -masculló Nick-. Y si estamos equivocados, revelaríamos detalles sobre el modus operandi del asesino que pueden resultar de vital importancia. Pero puedes contactar con sus antiguos clientes por la mañana. -Se puso en pie-. Me voy a casa. Te llamaré cuando salga del juzgado.

– Buena suerte -le deseó Vito. Luego marcó el número de teléfono de casa de Liz Sawyer-. Hola, soy Vito.

– ¿Qué has descubierto?

– La posible identidad de la chica de las manos unidas. -La puso al corriente-. Mañana te lo confirmaré.

– Buen trabajo, Vito. En serio. Y dale las gracias a tu hermano de mi parte.

Liz no solía deshacerse en elogios. Cuando hacía alguno, resultaba muy agradable.

– Gracias. Se las daré.

– He revisado los turnos y he dejado libres a Riker y a Jenkins. Ellos te ayudarán con las pistas y las identificaciones desde mañana por la mañana.

Liz lo había hecho muy bien. Tim Riker y Beverly Jenkins eran buenos policías.

– ¿Puedo contar con ellos todo el día?

– Unos cuantos días. Lo he arreglado lo mejor que he podido.

– Te lo agradezco. Necesito que consigan información de Brittany Bellamy entre los clientes para quienes trabajó como modelo. Por mi parte, la arqueóloga me ha facilitado los nombres de unas cuantas personas y quiero tratar de localizarlas. Puede que alguna de ellas nos ayude a encontrar la procedencia de los instrumentos que utiliza el asesino. Necesitaré seguir la pista del dinero.

– Siempre hay que ir detrás del dinero -convino Liz-. Convoca una reunión mañana a las ocho en punto.

– Lo haré. Oye, tengo que dejarte. Me parece que ha llegado el técnico informático.

A su escritorio se acercó un joven con un portátil.

– ¿Eres Ciccotelli?

– Sí. ¿Tú eres el ayudante de Jeff?

El chico esbozó una sonrisa ladeada.

– Prefiero que me llamen Brent. -Estrechó la mano a Vito-. Soy Brent Yelton. Y, para tu información, si andas llamándonos «los ayudantes de Jeff» no harás muchos amigos en nuestra planta.

Vito sonrió.

– Lo tendré en cuenta. El ordenador está dentro de la caja. Gracias por venir.

Brent asintió.

– Fui yo quien revisó el ordenador que encontrasteis en la habitación de Keyes. Le dije a Jeff que contara conmigo si surgía algo nuevo sobre el caso.

Vito frunció el entrecejo.

– Jeff me ha dicho que me hacía un favor especial enviándote. Es un cabrón.

Brent se echó a reír mientras conectaba el ordenador de Sherry con su portátil.

– Es un buen motivo para no relacionarse con él.

Se sentó en la silla de Nick y trabajó en silencio durante cinco minutos. Al final levantó la cabeza.

– Bueno, de esta máquina no han borrado información. No hay rastro del virus que dejó limpio el ordenador de la víctima. De todos modos, alguien ha estado borrando cosas del historial.

Vito rodeó la mesa para situarse tras él.

– ¿Qué quieres decir?

– La información del ordenador de la víctima la borró un virus. Esto, sin embargo, lo ha hecho un simple aficionado. Alguien que no quería que se supiera que había visitado ciertas páginas y las ha borrado del historial. Pero eso no las elimina del disco duro. -Levantó la cabeza-. Es un gran error que comete la gente que se conecta a páginas porno desde el trabajo. Borran el historial pero las páginas siguen estando en el disco duro, y cualquier técnico informático que se precie puede encontrarlas.

– Está bien saberlo -dijo Vito con ironía-. ¿Qué páginas ha borrado este aficionado?

Brent tardó un poco en reaccionar.

– Es la primera vez que lo hago. Alguien ha borrado las entradas a medievalworld.com, medievalhistory.com… Aquí hay una de lucha con espada, otra de indumentaria medieval, más de lo mismo, y… Mmm. Una página de cruceros por el Caribe.

Vito suspiró.

– Su viaje de luna de miel. Warren y Sherry iban a casarse. La chica me ha contado que él le había dejado caer algún comentario sobre los cruceros, para averiguar si era eso lo que le apetecía hacer.

– ¿Y lo de la Edad Media?

Vito miró la lista con amargura.

– Todo tiene un sentido, solo que aún no estoy seguro de cuál es.

– Llámame si encuentras algún otro ordenador del que hayan borrado información. Tengo que confesar que estoy intrigado. Ese virus utiliza uno de los códigos más sofisticados que he visto en mi vida. Aquí tienes una tarjeta con mi móvil. -Sonrió mientras recogía el portátil-. Así no tendrás que recurrir a Jeff.

– Gracias, tío. -Vito se guardó la tarjeta de Brent en el bolsillo y marcó el número de móvil de Jen McFain.

– McFain. -No había buena cobertura, pero Vito notó claramente el cansancio en la voz de Jen.

– Jen, soy Vito. ¿Qué ocurre?

– Acabo de enviar el octavo cadáver al depósito. Otra anciana. Sin cosas raras.

– Quieres decir que no tiene balas, ni metralla, ni cáncer, ni marcas extrañas, ni las manos atadas.

– Más o menos. Ahora estamos con la última tumba. Es la primera de la primera fila.

– Bueno, estamos seguros de la identidad del Caballero, y puede que sepamos también la de la Dama.

– Uau. -Jen parecía impresionada-. Qué rapidez.

– Gracias. Tú tampoco lo estás haciendo mal. Has desenterrado seis cadáveres en un día.

– No lo habríamos conseguido sin el plano de Sophie. Lo duro vendrá mañana, cuando empecemos a examinar la tierra que hemos retirado.

– Hablando de mañana, tenemos una reunión a las ocho en punto. ¿Podrás asistir?

– Si te encargas de que haya café y rosquillas de la panadería de tu calle, iré. No cuelgues. Mis ayudantes me están llamando. -Un minuto después estaba de vuelta-. Han desenterrado el último. -Su voz había recobrado la energía-. Es una chica joven, Vito. Y le falta una pierna.

Vito hizo una mueca.

– ¿Quieres decir que el asesino se la ha cortado?

– No. Ya se la habían amputado. Y… Dios mío, Vito, buenas noticias. Tiene una placa en el cráneo. Menudo tesoro.

Vito pestañeó, atónito.

– ¿Tiene una placa incrustada en el cráneo? Y ¿qué pasa? ¿Que es de oro? Jen, eso no tiene ningún sentido.

Ella dio un resoplido de frustración.

– Mierda, Vito, céntrate en lo que estamos haciendo.

– Lo siento, estoy cansado. Dímelo otra vez.

– Para mí tampoco ha sido un día fácil. Presta atención. El cráneo se ha descompuesto y ha dejado al descubierto una placa metálica. Es obvio que se la implantaron tras una lesión o una operación en algún momento de su vida. Ahora, con el cadáver en descomposición, la placa queda a la vista.

– Ya. -Frunció el entrecejo-. Pero sigo sin entender por qué es tan importante.

– Vito, una placa metálica implantada es un dispositivo de clase III. Todos los dispositivos de clase III tienen un número de serie único que permite llegar hasta su origen.

Vito comprendió de pronto lo que Jen quería decir y se incorporó en la silla.

– O sea que podemos identificarla.

– Premio para el caballero que acaba de bajar de las nubes.

Vito sonrió. Era increíble la suerte que habían tenido.

– Llamaré a Katherine y le pediré que empiece con esa víctima a primera hora de la mañana. Tú y yo nos vemos a las ocho.

Lunes, 15 de enero, 22:15 horas

Daniel miraba distraído la CNN en la televisión del hotel cuando sonó su teléfono móvil.

– ¿Luke? ¿Dónde te habías metido?

– Estaba pescando -dijo Luke en tono irónico-. Es lo que normalmente se hace cuando se sale de pesca. No he oído tu mensaje hasta ahora. ¿Qué ocurre? ¿Dónde estás?

– En Filadelfia. Escucha, he encontrado una memoria USB después de que te marcharas esta mañana. La he conectado a mi portátil pero solo contiene una lista de archivos con extensión pst.

– Son archivos de correo electrónico. Seguramente es la copia de seguridad de todo lo que tu padre borró hasta noviembre.

Daniel se sacó la memoria del bolsillo.

– ¿Cómo puedo ver lo que hay aquí?

– Conéctala al portátil. Yo te guiaré. No es difícil.

Daniel hizo lo que Luke le indicaba y enseguida se encontró consultando el correo de su padre.

– Ya lo tengo. -Correo electrónico de varios años, de hecho. Pero Daniel no iba a permitir que Luke supiera lo que contenía la memoria USB de su padre, de la misma manera que no había permitido que Frank Loomis conociera dónde escondía la caja fuerte-. Ya me encargo yo de leerlo. Gracias, Luke.

A Daniel solo le costó unos minutos dar con el mensaje que lo dejó sin respiración. Procedía de «Corredora de fondo» y estaba fechado en julio, dieciocho meses antes. Solo decía: «Sé lo que hizo tu hijo.»

Daniel se esforzó por recobrar el aliento, por pensar. Aquello no pintaba nada bien.

Martes, 16 de enero, 00:45 horas

Era fantástico. En la pantalla del ordenador contemplaba cómo el inquisidor luchaba contra su adversario, el caballero bueno. Los dos personajes llevaban la espada en una mano y el mangual en la otra. Todos y cada uno de los movimientos con que avanzaban eran fluidos, cada golpe de la espada y cada arco descrito por el mangual era una combinación de movimientos musculares de lo más natural. Aquello era una obra de arte.

A Van Zandt le gustaría. Muy pronto cientos de miles de personas de todo el mundo acudirían en tropel a probar aquello. Van Zandt lo consideraba un genio de la animación, pero él no olvidaba que sus películas no eran más que un medio para alcanzar un fin: que sus cuadros se expusieran en las mejores galerías de arte, en aquellas que lo habían rechazado anteriormente.

Posó los ojos en el séptimo retrato de La muerte de Warren, el del momento en que abandonaba su ser. Tal vez en las galerías tuvieran razón. Antes de Claire, Warren y los demás su trabajo era mediocre. Corriente. Pero aquello… Warren, Claire, Brittany, Bill Melville en el momento en que el mangual le segaba la cabeza… Aquello era genial.

Se levantó y se estiró. Necesitaba dormir. A la mañana siguiente le esperaba un largo trayecto en coche. Quería estar en la oficina de Van Zandt a las nueve para poder salir al mediodía. Así le daría tiempo de sobra de encontrarse con el señor Gregory Sanders a las tres. A medianoche ya tendría La muerte de Gregory plasmada en el lienzo y un nuevo grito.

Le costó dar los primeros pasos y se frotó la pierna derecha. En aquella casa vieja había demasiada corriente de aire. La había elegido porque se encontraba apartada y resultaba fácil de… ocupar. Pero cada vez que soplaba el viento se colaba alguna ráfaga. El invierno de Filadelfia era infernal. No veía el momento de que las magnolias y los melocotoneros florecieran. Apretó la mandíbula. Llevaba demasiado tiempo lejos de su hogar, pero pronto volvería. La influencia que el anciano ejercía sobre él había tocado a su fin.

Se rió entre dientes. También la vida del anciano había tocado a su fin.

Se dirigió a la cama, situada al otro extremo del estudio. Se sentó sobre el colchón y observó el cartel que había colgado en la pared contigua de tal modo que siempre pudiera verlo al despertar. El cartel en que había dibujado la tabla. Una tabla de cuatro por cuatro.

Dieciséis huecos, nueve de ellos rellenos con imágenes congeladas de las víctimas en el preciso momento de su muerte. Bueno, en uno había una fotografía de un cuadro. No había llegado a filmar el estrangulamiento de Claire Reynolds; sin embargo, tan solo unos instantes después había creado La muerte de Claire y supo que su vida había cambiado para siempre. En los días subsiguientes había rememorado repetidas veces el momento en que había puesto fin a la vida de Claire.

Durante esos días había soñado con volver a hacerlo, una y otra vez. Y también durante esos días había trazado el plan que avanzaba según lo previsto. Podría pensarse que su éxito se debía a un golpe de suerte, pero solo los tontos creían en los golpes de suerte. La suerte era cosa de holgazanes, no tenía mérito. Él, en cambio, creía en la inteligencia, y en la habilidad. Y en el destino.

No siempre había creído en el destino, en el momento inevitable en que la vida de una persona se cruzaba con la de otra. Sin embargo, ahora sí creía en él. ¿De qué otro modo podía explicarse que un año atrás entrara en el bar favorito de Jager Van Zandt tan solo unas horas después de que el hombre hubiera leído una crítica que dejaba su último juego por los suelos? «Hay que huir de él como de la peste», aseguraba el crítico, y Van Zandt estaba lo bastante borracho para contarle hasta el último detalle, desde su decepción con Derek Harrington hasta el temor de que el juego que estaba a punto de lanzar al mercado, Tras las líneas enemigas, resultara otro desastre.

La inteligencia consistía en ser capaz de encontrar el punto de unión entre el desafortunado final de Claire y el desafortunado presente de Van Zandt para crear un nuevo destino a la medida de sus propias necesidades. Pero nada de todo aquello habría sido posible sin sus aptitudes. Estaba especialmente dotado para darle a Van Zandt exactamente lo que quería y tal como lo quería. Había pocas personas capaces de crear imágenes y mundos tanto con la cámara como con el pincel. Y tan solo otras pocas tenían los conocimientos de informática necesarios para infundir vida a las imágenes.

«Sin embargo, yo sí puedo hacerlo.» Había creado el mundo virtual del malvado inquisidor, un clérigo del siglo xiv que había descubierto en la eliminación de herejes una oportunidad de imponer su autoridad por la fuerza, y en la de las brujas, una magnífica forma de hacerse con el poder. Cuantos más herejes ricos y más brujas auténticas encontrara y eliminara el inquisidor, más poderoso se haría, hasta llegar a convertirse en rey.

Era una historia rocambolesca, pero a los consumidores del juego les encantaría el complot político y las mentiras necesarias para avanzar de nivel. Los puntos se ganaban en función de lo ingenioso que fuera el fraude y lo sofisticada que resultara la perversa tortura. Ya había adjudicado la mayoría de los papeles principales: el de la bruja que sufre en la silla antes de revelar la procedencia de sus grandes poderes; el del caballero bueno a quien derrotan con el mangual; el del propio rey, cuya muerte resulta de lo más deshonroso por no tener… tripas.

Esos mismos actores a su vez también realizaban papeles secundarios. Había planeado las torturas con sumo cuidado para sacar el máximo partido a las actuaciones, grabadas tanto en audio como en vídeo. Con unos ligeros retoques, las torturas adicionales servirían para crear al menos veinte personajes secundarios que los jugadores podrían sumar a su colección.

Gregory Sanders hacía el papel de un honrado clérigo que trataba de detener al malvado inquisidor. Por supuesto, el bueno del clérigo no ganaba y Gregory Sanders se enfrentaba a un amargo y doloroso final tras el cual era enterrado en la última fosa de la tercera fila, que así quedaba completa.

La primera ya lo estaba. En ella yacían las víctimas de Tras las líneas enemigas: Claire, Jared y Zachary. Y la pobre señora Crane. Lo de Crane era… un daño colateral; era una desafortunada víctima del inmueble adquirido. Lo lamentaba, pero no había podido evitarlo.

La cuarta fila estaba vacía de momento. La tenía reservada para hacer limpieza una vez hubiera completado El inquisidor. En la cuarta fila irían quienes le proporcionaban el material para el proyecto, las únicas personas que podían demostrar que las imágenes de su creación medieval no eran tan solo producto de su fantasía. Las únicas personas que sabían que los instrumentos de tortura eran reales, que conocían su gran interés por las armas y el instrumental de guerra de la Edad Media. Era obvio que esas personas supondrían una verdadera amenaza cuando El inquisidor se comercializara, así que tendría que encargarse de ellas antes.

Los tres vendedores ilegales de antigüedades no le darían tregua. Eran unos imbéciles pretenciosos que le habían cobrado dinero de más en demasiadas ocasiones. Dicho claramente, los tres le caían mal. Pero la historiadora… Sería otra pérdida lamentable. No tenía nada en contra de ella. En algunos aspectos, incluso… le gustaba. Era inteligente y tenía experiencia. Era una solitaria. «Como yo.»

No obstante, se había cruzado con él en demasiadas ocasiones. No podía dejarla con vida. Lo haría como con las dos ancianas, del modo menos doloroso posible. No era nada personal. Pero la historiadora moriría y su cadáver yacería en la última fosa de la cuarta fila.

Alzó la vista y se quedó mirando la segunda fila de fosas con resuelta frialdad. Dos estaban ocupadas y quedaban otras dos por ocupar. A diferencia de todas las demás, lo de esas tumbas sí que era personal; muy personal.

Martes, 16 de enero, 1:15 horas

Daniel llevaba horas mirando al techo, posponiendo lo que sabía que no tenía más remedio que hacer. Era probable que fuera demasiado tarde, en más de un sentido. No obstante, ella tenía derecho a saberlo, y en él recaía la responsabilidad de contárselo.

Se enfadaría, y con toda la razón. Con un suspiro, Daniel se incorporó y alcanzó el teléfono. Luego marcó el número que había memorizado hacía mucho tiempo pero al que nunca hasta ese momento había llamado.

Ella respondió a la primera llamada.

– ¿Diga? -Parecía despierta y vigilante.

– ¿Susannah? Soy… yo, Daniel.

Se hizo un largo silencio.

– ¿Qué quieres, Daniel? -El tono de su voz hizo que Daniel se muriera de vergüenza, pero imaginó que lo merecía.

– Estoy en Filadelfia. He venido a buscarlos.

– ¿En Filadelfia? ¿Por qué crees que han ido ahí?

– Susannah, ¿cuándo hablaste con ellos por última vez?

– Llamé a mamá por Navidad, hace un año. Con papá no he vuelto a hablar desde hace cinco años. ¿Por qué?

– Frank me llamó, me dijo que era posible que hubieran desaparecido, pero daba la impresión de que solo se habían marchado de vacaciones. Luego encontré unos e-mails en el ordenador de papá. Decían: «Sé lo que hizo tu hijo.»

De nuevo recibió silencio por respuesta.

– ¿Y qué es lo que hizo su hijo?

Daniel cerró los ojos.

– No lo sé. Lo único que sé es que uno de ellos buscó en internet oncólogos de Filadelfia y que la última persona que de hecho habló con ellos fue la abuela. He venido a buscarlos, y estoy dispuesto a entrar en todos los hoteles de la ciudad, pero sería de gran ayuda saber desde qué número llamaron a la abuela.

– ¿Por qué no le pides a alguien del GBI que lo averigüe? -preguntó ella.

Daniel vaciló.

– Es mejor que no. Mi jefe quería que iniciara una investigación por desaparición, pero yo le dije que prefería esperar a tener pruebas de que se trata de algo más que de unas simples vacaciones.

– Tu jefe tiene razón -repuso ella con frialdad-. Tendrías que hacer esto como es debido.

– Y lo haré, cuando esté convencido de que han desaparecido. ¿Podrías comprobar las llamadas de la abuela?

– Haré lo que pueda. No vuelvas a llamarme. Ya te llamaré yo cuando encuentre algo, si lo encuentro.

Daniel se estremeció al oírla colgar el teléfono. Las cosas habían ido mucho mejor de lo que esperaba.

Martes, 16 de enero, 1:15 horas

Las muertes relacionadas con la segunda fila eran algo totalmente personal. El anciano y su esposa ya estaban bajo tierra. Pronto las fosas vacías quedarían ocupadas por su prole. Qué apropiado que la familia descanse reunida por los siglos de los siglos… «En mi cementerio.» Sus labios se curvaron. Qué apropiado que el único enterrado en el panteón familiar, detrás de la pequeña iglesia baptista, en Dutton, Georgia… «sea yo».

Él no había buscado que la confrontación tuviera lugar en ese momento. Artie y su esposa se la sirvieron en bandeja. Siempre había pensado en librar aquella batalla, pero después de haber dejado huella. Después de alcanzar sus objetivos. Cuando tuviera el éxito suficiente para acallar al viejo. Cuando pudiera soltarle: «Dijiste que siempre sería un don nadie. Te equivocabas.»

Ya era demasiado tarde para eso. Ya nunca podría decirle: «Te equivocabas.» Era Artie quien había empezado la batalla, pero una vez él hubo entrado en acción, la había resuelto de una vez por todas. El anciano había pagado caros sus delitos. Pronto sus descendientes correrían la misma suerte.

La hija de Artie representaría el papel principal del final del juego. Sería la reina, el único personaje que se interponía entre el inquisidor y el trono. Por supuesto, acabaría muriendo. Y su muerte sería dolorosa.

El hijo de Artie interpretaría a un mero campesino que entraba sin permiso en las tierras del rey. Era un personaje secundario. Se detuvo en seco. «Pero su muerte cerrará un capítulo importante de mi vida.» Cruzó el estudio con paso decidido, ya no estaba cansado. Abrió un armario y sacó cuidadosamente el instrumento con que aplicaría su venganza. Llevaba años guardándolo, esperando ese momento. Lo depositó sobre el escritorio, abrió haciendo palanca los dientes de acero y preparó el cepo. Con pulso firme, colocó un lápiz entre los dientes y accionó el dispositivo para que se cerraran. Los dientes se cerraron de golpe y el lápiz saltó de su mano hecho pedazos.

Asintió con gesto decidido. El hijo de Artie experimentaría el dolor; un dolor intenso, atroz, inimaginable. El hijo de Artie gritaría pidiendo socorro, pidiendo que lo liberara, y al fin pidiendo la muerte. Pero nadie lo oiría. Nadie acudiría en su ayuda. «Los habré matado a todos.»

Martes, 16 de enero, 6:00 horas

Vito entró precipitadamente en la cocina, atraído por el olor a café y a beicon recién frito, y sonrió al ver a su hermana Tess sentada frente a la mesa. Gus estaba en su trona y Tess le estaba dando el desayuno. O por lo menos lo intentaba.

Gus apartó el bol de papilla de avena.

– Quiero pastel -dijo con total claridad.

– Todos queremos pastel -respondió Tess en tono burlón-. Pero no siempre nos dan todo lo que queremos y sabes que tu mamá no te da pastel para desayunar.

Gus ladeó la cabeza, retando a Tess con picardía.

– Tino pastel.

A Vito estuvo a punto de escapársele la risa. El pastel había sido la solución de Tino a todos los problemas que se habían presentado desde la llegada de los niños.

– Me parece que no tenemos nada que hacer.

Tess se dio media vuelta, con los ojos como platos. Pero enseguida cambió la mirada de espanto por su espléndida sonrisa al tiempo que se abalanzaba a través de la pequeña cocina hacia Vito, quien la esperaba con los brazos abiertos.

– Vito.

– Hola, pequeña. -Algo iba mal. Su sonrisa no tenía nada de fingida, pero notó su cuerpo tenso al abrazarla.

– ¿Qué pasa? ¿Ha empeorado Molly?

– No, hoy está mejor. Te preocupas demasiado, Vito. Siéntate. Te serviré el desayuno.

Él obedeció sin mucha convicción.

– Gracias por el tentempié que me dejaste ayer en la nevera.

Ella se volvió a mirarlo mientras le llenaba el plato de huevos y beicon.

– No era ningún tentempié, era un buen plato de raviolis. De todas formas, no hay de qué. -Colocó el plato sobre la mesa frente a él y se sentó en la otra silla-. ¿A qué hora llegaste a casa anoche?

– Casi a la una. -De camino se había detenido en el bar donde Warren Keyes trabajaba de camarero. Las preguntas que le hizo a su jefe y a sus compañeros no le revelaron nada nuevo. Nadie había reparado en nada ni en nadie fuera de lo normal-. Espero que no te despertase.

– No me desperté. Los chicos me dejaron agotada. -Le hizo cosquillas en los pies a Gus-. Este corre como un diablo con sus piernecillas regordetas y tú tienes demasiadas cosas que se rompen a su alcance. En cuanto conseguí que todos estuvieran durmiendo, caí rendida.

Vito frunció el entrecejo.

– Cuando llegué, Dante estaba en el porche trasero, llorando.

Tess abrió los ojos como platos.

– ¡En el porche trasero hace un frío de muerte!

Vito tenía el porche acristalado, pero en él no había calefacción y, en efecto, hacía mucho frío.

– Ya lo sé. Se había arropado con el saco de dormir, pero aun así estaba helado. Al verme se asustó. Supongo que no sabía lo que le diría al encontrarlo allí en lugar de en la sala, durmiendo. Me explicó que tenía ganas de estar solo.

– Debe de estar preocupado por Molly -opinó Tess-. Es normal.

Vito tenía sus dudas, pero no le había insistido al chico.

– Puede ser. Le hice entrar y, de todos modos, estuve un rato pendiente de él. -Levantó la cabeza de la taza y miró a Tess-. ¿Qué sucede?

Ella se rió e hizo una mueca.

– Eres un chismoso, ¿sabes?

Vito se acordó de Sophie y notó una punzada en el corazón.

– Eso dicen.

Tess arqueó las cejas.

– Yo te cuento lo mío si tú me cuentas lo tuyo.

– Tendría que habérmelo pensado dos veces antes de interrogar a una psiquiatra. Vale, pero tú me lo cuentas primero.

Ella se encogió de hombros.

– No me resulta fácil cuidar de los niños. Aidan y yo hemos intentado… -Bajó la cabeza-. Los dos formamos parte de familias numerosas y ni siquiera podemos tener un hijo.

– A lo mejor es cuestión de tiempo.

A Vito se le partió el alma cuando Tess levantó la cabeza y vio la tristeza de su mirada.

– Llevamos intentándolo dieciocho meses. Hemos empezado a ir de médicos y a hablar de tratamientos y de adopción.

Él le alcanzó la mano y se la estrechó.

– Lo siento, pequeña.

Los labios de ella se curvaron, aún con tristeza.

– Yo también. Ahora te toca a ti. ¿Cómo se llama?

A él se le escapó una carcajada.

– Sophie. Es muy guapa, muy lista y me gusta, pero no quiere que yo le guste. A su manera me ha pedido que la deje en paz y eso haré.

– Es lo más recomendable si no quieres hacerte pesado, pero no es nada propio de ti. No recuerdo que dejaras de perseguir a una sola mujer que te entrase por los ojos.

Eso era cierto hasta Andrea. La chica al principio lo había rechazado pero él se había encaprichado de ella. Había insistido y había acabado haciéndola cambiar de idea. Al final resultó lo peor que podía haberles pasado a los dos.

– Me parece que he crecido.

– Ya. -Tess asintió, pero era evidente que no estaba en absoluto convencida-. Claro.

Él se puso en pie.

– Lo que está claro es que debo irme ahora mismo. Tengo que pasar por la panadería y por el depósito de cadáveres de camino al trabajo.

Tess torció el gesto.

– Francamente, no sé que tienen que ver la panadería y el depósito de cadáveres, Vito. ¿Vendrás a cenar?

– No lo sé. -La besó en la frente-. En cualquier caso, te llamaré.

– Iré a recoger a los chicos cuando salgan de la escuela. -Dio un vistazo a la cocina-. Creo que después me llevaré a Gus a comprar cortinas. Tus ventanas dan pena.

De hecho, era Tess quien daba pena pero Vito no podía hacer nada por evitarlo, igual que tampoco había podido hacer nada por evitarle a Sophie la pena que había observado en sus ojos la noche anterior.

Martes, 16 de enero, 8:01 horas

– Mmm. -Jen McFain le hincó el diente a una rosquilla azucarada-. Prueba una. -Empujó la caja hacia Beverly Jenkins, una de las detectives a quien Liz había asignado al caso de Vito.

Beverly miró la caja con expresión desdichada.

– ¿Cómo te las arreglas para estar tan delgada, McFain?

– Es cosa del metabolismo. -Jen esbozó una sonrisa burlona-. Pero, si te sirve de consuelo, mi madre dice que ya lloraré cuando mi metabolismo cambie y a los cuarenta años todo lo que coma se me ponga en el culo.

A Beverly se le escapó la risa.

– Entonces Dios existe.

En ese momento entró Liz junto con Katherine y Tim Riker, el compañero de Beverly.

– ¿En qué punto estamos, Vito? -preguntó Liz cuando todos estuvieron sentados y se hubieron pasado la caja de rosquillas.

– Liz os lo explicó casi todo ayer -le dijo Vito a Riker y Jenkins-. Conseguimos identificar con seguridad a un cadáver e hipotéticamente a otros dos -explicó. Se dirigió a la pizarra en la que había copiado la tabla de tumbas dibujada por Katherine. En cada una de las casillas rectangulares había anotado una breve descripción de la víctima y la causa y el momento aproximado de su muerte.

– Hemos identificado a Warren Keyes, y las hipotéticas identidades son las de estas mujeres. -Señaló las fosas tres-dos y uno-uno-. La de las manos unidas podría ser Brittany Bellamy. -Señaló su fotografía colgada al lado de la pizarra-. Brittany era modelo. En los sobres que os he entregado tenéis una fotografía suya y una lista de sus clientes. No sabemos dónde vive. Su nombre no se encuentra en nuestros archivos de personas desaparecidas ni en los del Departamento de Vehículos Motorizados. Puede que no sea de aquí.

– ¿Y qué hay de la otra mujer? -preguntó Liz.

– Se llama Claire Reynolds -explicó Katherine-. Tiene una placa metálica en la cabeza y la pierna derecha amputada por encima de la rodilla. A las seis, cuando he llegado, he llamado al fabricante de la placa. Han podido establecer la correspondencia entre el número de serie de la placa y el nombre de Claire Reynolds. Le colocaron la placa en la cabeza después de un accidente de coche. En aquella época Claire vivía en Georgia y la operaron en Atlanta. Supongo que la pierna la perdió en el mismo accidente. Lo sabré con seguridad cuando consiga su historial médico.

Vito prosiguió con el relato.

– Claire se mudó a Filadelfia hace unos cuatro años. Su último empleo conocido fue en una sección de la biblioteca. Sus padres denunciaron su desaparición hace unos catorce meses. Su descripción coincide con el cadáver que encontramos.

– Y el tiempo transcurrido concuerda con el grado de descomposición -añadió Katherine-. Todavía no he comenzado con la autopsia, pero le he hecho una radiografía mientras esperaba a que buscaran su nombre en el registro. Tiene el cuello roto. No se observan más daños.

Vito señaló su foto en la pizarra, junto al rectángulo que representaba su tumba.

– He obtenido una fotografía suya en los archivos del Departamento de Vehículos Motorizados. Tenemos que notificárselo a sus padres.

Beverly tomaba notas.

– Nosotros nos encargamos. También trataremos de obtener un cabello o alguna otra cosa que nos sirva de muestra para asegurar su identidad mediante una prueba de ADN.

– Encontrasteis a la mujer de las manos unidas en la misma página de modelos en la que aparecía Warren Keyes -dijo Tim-. ¿Claire también era modelo? ¿Hay alguna posibilidad de que encontremos allí a alguna de las otras víctimas?

– No he comprobado si Claire era modelo. Por el aspecto no lo parece, pero eso no quiere decir nada. Más vale asegurarse.

– Dudo que los tres ancianos fueran modelos -opinó Liz-. Es más probable que en la página aparezcan los tres jóvenes, el de la herida en la cabeza, el de la bala y el de la metralla.

Vito frunció el entrecejo.

– Tino dice que los cadáveres de los jóvenes estaban demasiado desfigurados para hacer ningún retrato, y el antropólogo forense está en un congreso hasta la semana que viene.

Beverly arqueó las cejas.

– ¿Tino?

– Mi hermano, alias el retratista que ha hecho el trabajo gratis. Él ha dibujado a la chica de las manos unidas. El retrato nos ha servido para localizar a Brittany Bellamy en la página de modelos. -Vito extrajo el dibujo de Tino de su carpeta y lo deslizó hasta el centro de la mesa-. Cree que será capaz de dibujar a la pareja de ancianos, pero a los demás no.

– Es bueno -opinó Tim al comparar el dibujo con la fotografía de Brittany-. Pero si no puede dibujar a las víctimas, trataremos de casar sus características físicas cotejándolas con las de las personas desaparecidas.

– Vale la pena intentarlo -convino Vito-. Primero tenemos que confirmar que la víctima es en realidad Brittany Bellamy. Después de avisar a los padres de Claire, ¿podréis encargaros de llamar a los clientes de Brittany y tratar de conseguir su dirección?

Jen arqueó una ceja.

– ¿Y mientras tú…?

– Yo me encargaré de seguir la pista a los instrumentos de tortura que el asesino utilizó en los crímenes más recientes. Quiero seguir la pista del dinero. Sophie Johannsen me ha dado una lista de personas que podrían haberle vendido una réplica o que sabrán si alguien le ha vendido una pieza auténtica. Busco una silla, un potro, una espada y una cota de malla. -Miró a Katherine-. Nick cree que las marcas circulares que viste son de una cota de malla.

– Es posible que tenga razón. Alguien tendría que haberle golpeado con mucha fuerza para producirle unas marcas así -dijo con aire pensativo-. Como con un martillo.

– Pero eso no explica los otros daños -observó Liz. Acercó más las fotografías de la víctima tres-uno-. Las heridas de la cabeza y del brazo son de algo duro y puntiagudo. Podría tratarse incluso de un objeto dentado.

– El golpe de la cabeza fue producido desde un ángulo horizontal -añadió Katherine-. Fue lo bastante fuerte para arrancarle la parte superior. En cambio, el golpe del brazo fue producido verticalmente.

– En algún momento Warren llevaba una espada. Tal vez fue eso lo que utilizó -sugirió Jen.

Katherine negó con la cabeza.

– Buscamos algo romo pero contundente.

– Y que sea de la época medieval -dijo Jen con una mueca-. ¿Y una de esas bolas con pinchos que van atadas a una cadena? Si le golpearon con bastante fuerza, podría haberle dejado marcas de ese tipo.

– Un mangual -dedujo Tim, y torció el gesto-. Santo Dios.

– Añadiré un mangual a la lista -dijo Vito-. Muy bien. Sabemos que Warren recibió una oferta de trabajo el día anterior a su desaparición. La página web permite a los posibles contratantes ponerse en contacto con los modelos por e-mail. No sabemos quién le mandó el mensaje porque luego le enviaron un virus que borró su disco duro.

– Tal vez obtengamos información del ordenador de Brittany -sugirió Liz-. Llevadlo al departamento de informática para que lo examinen. Luego entrad en su cuenta de correo y mirad si se han puesto en contacto con ella durante el último mes.

Beverly asintió.

– Yo me encargaré. Vito, hay una cosa que me preocupa.

– ¿Solo una? -preguntó Vito, y ella le dirigió una sonrisa mordaz.

– Lo de los dedos del anciano. En tu informe pone que crees que de todos los crímenes ese es el único verdaderamente visceral, y tiene sentido. Pero ¿por qué le cortó los dedos? Parece que el asesino cree que el hombre podría ser identificado fácilmente por las huellas dactilares, pero eso solo supondría un riesgo si se encontrara el cadáver. Es evidente que no cuenta con que nadie encuentre a las otras víctimas. No hizo el menor esfuerzo por disimular su identidad.

– Formaba parte de la agresión -opinó Katherine-. Le cortó los dedos cuando aún estaba vivo. Fuera quien fuese ese hombre, es evidente que el asesino lo odiaba.

– Dejemos primero que Tino haga los retratos -sugirió Vito-. Luego veremos si se nos ocurre algo. ¿Qué hay de la anciana enterrada en la primera fila?

– Ni siquiera le he echado un vistazo todavía. Hoy le practicaré la autopsia. -Katherine miró a Jen-. ¿Has averiguado algo de la bala que extraje del uno-tres?

– Sí. Es de una pistola Luger alemana -explicó Jen mientras asentía con orgullo-. El tipo de balística cree que es un modelo antiguo, de los años cuarenta. Hoy hará unas cuantas comprobaciones.

Liz se encogió de hombros.

– Es un arma bastante común, incluso los modelos antiguos. Lo más probable es que no consigamos encontrarla.

Sin embargo Tim asentía.

– Sí, pero el dato es importante teniendo en cuenta que está enterrado al lado de otro tío que tiene metralla en las tripas. Será interesante buscar información sobre la granada que le lanzaron. Y si la pistola es antigua, es un dato más que indica que ese tipo busca el máximo de realismo posible.

Tim miró a Vito.

– Hay dos temas históricos en danza, los dos relacionados con la guerra.

– Tienes razón. Solo tenemos que descubrir por qué. Jen, ¿qué sabemos del terreno?

– Aún nada. Hoy empezaremos a analizar la tierra. He enviado una muestra del interior de cada fosa y otra del terreno al laboratorio. Dentro de unos días tendrán los resultados. Al menos sabremos si la tierra con que rellenó las fosas procede del mismo terreno.

– Me gustaría saber por qué ha elegido precisamente ese terreno -musitó Liz-. ¿Qué debió de guiarlo hasta allí?

– Es una buena pregunta. -Vito la anotó-. Investigaremos a la tía de Harlan P. Winchester. Ahora está muerta, pero cuando cavaron la primera fosa las tierras aún le pertenecían. ¿Qué más?

– Esta tarde me llegará un informe del laboratorio sobre el lubricante de silicona -explicó Katherine.

– Muy bien. -Vito se puso en pie-. Eso es todo por el momento. Todos tenemos cosas que hacer. Nos encontraremos de nuevo aquí a las cinco para intercambiar información. Manteneos en contacto y cuidaos.

10

Martes, 16 de enero, 8:35 horas

Patty Ann no se encontraba tras el mostrador de la entrada cuando Sophie entró en el museo. En su lugar estaba Theo Cuarto, y Sophie se alegró de verlo.

– Has vuelto. Ya puedes ponerte la armadura.

El chico negó con la cabeza.

– Hoy no. No estaré aquí para la primera visita.

– Theo, tienes que quedarte. La visita del caballero es un plomazo.

– Pero mi padre te paga bien -repuso Theo en tono glacial.

A Sophie le entraron ganas de pegarle, pero Theo era un joven muy alto y duro como una roca.

– Te diré una cosa, mocoso. Tu padre me paga… -Se interrumpió. Su mísero salario no era un tema para tratar con el hijo del propietario del museo. Se dio media vuelta y se dirigió a su despacho.

– Sophie, te ha llegado un paquete.

Theo señaló una pequeña caja sobre el mostrador.

Molesta consigo misma por haberse enfadado con el chico, Sophie tomó la cajita, se la llevó a su despacho y cerró la puerta tras de sí. Rompió el envoltorio a pequeños tirones y retiró la tapa.

Ahogó un grito con la mano y soltó la caja.

De ella salió rodando una rata muerta. Sin embargo, no tenía cabeza. En el fondo de la caja se encontraba la trampa que había servido para ejecutar al animal.

Con la respiración agitada, se dejó caer en la silla; todavía tenía la mano pegada a la boca. Notó el sabor de la bilis en la garganta y tragó saliva. Sabía perfectamente quién le había enviado la rata y por qué. El paquete era igual al recibido diez años atrás.

Era de la esposa de Alan Brewster. A Amanda Brewster no le gustaba que ninguna otra mujer se acostara con su esposo, aunque la mujer en cuestión lo hubiera hecho engañada. Clint Shafer no debía de haber tardado ni un minuto en telefonear a Alan la noche anterior para explicarle que había recibido una llamada de Sophie. Amanda debía de haber oído la conversación.

«Tendría que llamar a la policía.» Pero no lo haría, como tampoco lo había hecho la vez anterior, porque en el fondo sabía que Amanda Brewster tenía derecho a sentir rabia. Metió la rata en la caja y la tapó. Durante un breve instante pensó en tirarla al contenedor de basura, pero no pudo, como tampoco pudo guardarse para sí el nombre de Alan la noche anterior. Más tarde la enterraría.

Martes, 16 de enero, 9:15 horas

Daniel Vartanian había arrancado las páginas de hoteles del listín telefónico que había en el cajón de su habitación del hotel. Llevaba encima fotografías de sus padres. Pensaba visitar en primer lugar los establecimientos de las cadenas en las que solían hospedarse y luego continuar con los demás.

Se estaba haciendo el nudo de la corbata cuando sonó su móvil. Era Susannah.

– Hola.

– El prefijo era de Atlanta -dijo ella sin saludarlo-. El teléfono era un móvil, contratado por mamá.

Eso tendría que haberlo tranquilizado.

– O sea que llamó a la abuela desde un móvil contratado por ella para decirle que pensaba ir a verte. ¿Sabes en qué lugar se encontraba el móvil cuando efectuaron la llamada?

Susannah guardó silencio un buen rato.

– No, pero trataré de averiguarlo. Adiós.

Él vaciló; luego exhaló un suspiro.

– Suze… Lo siento.

Oyó el lento resoplido de Susannah.

– Estoy segura de que es verdad, Daniel. Pero has tardado nada menos que once años. Mantenme informada.

Y colgó.

Sin duda tenía razón. Daniel había cometido muchos errores. Volvió a intentar anudarse la corbata con las manos temblorosas. A lo mejor esta vez lograba hacer algo bien.

Martes, 16 de enero, 9:30 horas

El despacho del doctor Alan Brewster era un museo en miniatura, pensó Vito cuando el ayudante del arqueólogo lo invitó a entrar. En cambio, la ayudante de Brewster… no era ninguna miniatura. Era una chica alta, rubia, con proporciones de muñeca Barbie, y Vito pensó en Sophie al instante. Era obvio que a Brewster le gustaban jóvenes, altas, rubias y guapas.

La modelo de ese año se llamaba Stephanie y destilaba erotismo a cada paso.

– Alan llegará enseguida. Me ha dicho que se ponga cómodo -añadió con una sonrisa de complicidad que invitaba a Vito a ponerse muy, pero muy cómodo-. ¿Le apetece algo? ¿Café? ¿Té? -La alegre confianza que inspiraban sus ojos dejaba clarísimo el «¿Yo?» que no había llegado a pronunciar.

Vito mantuvo las distancias.

– No, gracias. Estoy bien.

– Bueno, si cambia de idea, estoy ahí fuera.

Prácticamente sola. Vito captó la falsa modestia. El escritorio de caoba de Brewster era enorme y estaba limpio como una patena; tan solo la fotografía enmarcada de una mujer y dos chicos adolescentes alteraba su brillante superficie. Eran la señora Brewster y sus hijos.

Una de las paredes estaba cubierta de estanterías llenas de chismes procedentes del mundo entero. Otra pared estaba tapizada de fotografías. Al fijarse más, Vito observó que en casi todas aparecía el mismo hombre. «El doctor Brewster, supongo.» Entre las fotografías más antiguas y las más recientes había una diferencia de veinte años, pero a Brewster siempre se lo veía bien arreglado, bronceado y sofisticado.

Muchas de las fotografías estaban tomadas en excavaciones y llevaban el nombre del lugar y la fecha. Rusia, Gales, Inglaterra. En todas las imágenes Brewster aparecía junto a una chica alta, rubia y guapa. Vito se detuvo frente a la fotografía que rezaba «Francia», porque en ella la chica era Sophie. Con diez años menos y de pie junto a Brewster, lucía su chaqueta de camuflaje y el pañuelo rojo.

Y una sonrisa que se debía a mucho más que la mera satisfacción por el trabajo. Estaba enamorada.

Y Brewster estaba casado. Vito se preguntó si ella lo sabía, pero enseguida descartó la idea. Claro que no lo sabía, y en aquel momento las palabras que ella había pronunciado el día anterior cobraron sentido. Un pequeño ruido tras de sí hizo que levantara la mirada y en el cristal que protegía la fotografía vio el reflejo de Brewster, apostado tras él, observándolo en silencio.

Vito observó la fotografía de Francia unos segundos más, y luego prosiguió de igual forma con las imágenes de Italia y Grecia, como si verdaderamente creyera que estaba solo. Al final Brewster se aclaró la garganta y Vito se volvió y abrió mucho los ojos.

– ¿Doctor Brewster?

Brewster cerró la puerta tras él.

– Soy Alan Brewster. Por favor, siéntese. -Señaló una silla y luego ocupó su asiento tras el enorme escritorio-. ¿En qué puedo ayudarle?

– En primer lugar tengo que pedirle que mantenga en secreto lo que estoy a punto de preguntarle.

Brewster abrió las manos y luego extendió los dedos.

– Claro, detective.

– Gracias. Tenemos un caso en el que sospechamos que hay cosas robadas que han cambiado de manos -empezó Vito, y Brewster arqueó las cejas.

– ¿Y sospecha de alguno de mis alumnos? ¿Hablamos de televisores o equipos de música? ¿De trabajos de investigación?

– No. Lo que hemos identificado son instrumentos. De hecho, son instrumentos medievales. Hemos buscado en Google catedráticos de historia y de arqueología y su nombre aparece como experto en el campo. He venido a pedirle su opinión como profesional.

– Ya veo. Entonces siga. ¿A qué tipo de objetos se refiere?

Vito sopesó sus opciones. No le gustaba Brewster, pero ya no le gustaba antes de que entrara por la puerta. Tan solo porque el hombre engañara a su esposa no quería decir que no fuera una buena fuente de información.

– Hay varias armas. Espadas y manguales, por ejemplo.

– Imitaciones fáciles, por supuesto. Estaré encantado de comprobar la autenticidad de todo lo que encuentre. Las armas y el instrumental de guerra son mi especialidad.

– Gracias. Le tomamos la palabra. -Vito vaciló. En algún momento tenía que hablarle de la silla, por qué no entonces-. También hemos encontrado una silla.

– Una silla -repitió Brewster con cierto desdén-. ¿Qué tipo de silla?

– Una silla con clavos; muchos clavos -explicó Vito, y observó el semblante de Brewster demudarse debido a lo que podría ser auténtica estupefacción antes de que el color volviera a sus bronceadas mejillas.

El hombre recobró el aplomo enseguida.

– ¿Creen haber encontrado una silla inquisitorial? ¿La tienen en su poder?

– Sí -mintió Vito-. Nos preguntamos cómo pudieron adquirirla.

– Los instrumentos de ese tipo son muy raros. Es muy probable que lo que tienen sea una copia. Tengo que comprobar su autenticidad. Si me la trae, estaré encantado de ayudarle.

«Sí. Cuando las ranas críen pelos», pensó Vito.

– Y si es auténtica, ¿de dónde podría haber salido?

– Proceden de Europa, pero quedan muy pocas. Es muy raro que salgan a la venta, o que se subasten.

– Doctor Brewster, vayamos al grano si le parece. Estoy hablando del mercado negro. Si alguien quisiera comprar un instrumento como esta silla, ¿adónde se dirigiría?

A Brewster le centelleaban los ojos.

– No tengo la menor idea. No conozco a nadie que trate con mercancía ilegal, y si lo descubriera lo denunciaría de inmediato a las autoridades.

– Lo siento -se disculpó Vito, y observó que el centelleo de los ojos de Brewster se apagaba. Si fingía, lo hacía muy bien. Vito pensó en Sophie. Aquel hombre era un magnífico actor-. No he querido decir que esté implicado en nada ilegal. Pero si una de esas sillas saliera a la luz, ¿usted se enteraría?

– Casi seguro que sí, detective. Pero no he oído nada de eso.

– ¿Conoce a algún coleccionista particular que pudiera tener interés en ese tipo de objetos si se vendieran en pública subasta?

Brewster abrió el cajón de su escritorio, sacó un cuaderno y anotó en él unos cuantos nombres.

– Estos hombres son de lo más honesto. Estoy seguro de que no podrán ayudarle más que yo.

Vito se guardó el papel en el bolsillo.

– Y yo estoy seguro de que tiene razón. Gracias por su tiempo, doctor Brewster. Si se entera de algo, por favor, llámeme. Aquí tiene mi tarjeta.

Brewster deslizó la tarjeta en el cajón junto con el cuaderno.

– Stephanie le acompañará hasta la puerta. -Vito estaba a punto de salir del despacho cuando Brewster añadió-: Por favor, salude a Sophie de mi parte.

Vito logró dominar su sorpresa y se volvió con fingida expresión de desconcierto.

– ¿Cómo dice?

– Por favor, detective. Todos tenemos nuestras fuentes de información. Yo tengo las mías y usted tiene… a Sophie Johannsen. -Sonrió y el brillo malicioso que asomó a sus ojos hizo que a Vito le entraran ganas de arrancárselos-. Cuenta con alguien muy especial. Sophie ha sido una de las ayudantes más hábiles que he tenido.

Vito alzó un hombro, apenas se sentía capaz de controlar el fuerte deseo de saltar por encima del escritorio de caoba y romperle la cara a Brewster. Pero en lugar de eso, negó con la cabeza.

– Lo siento, doctor Brewster. De verdad, no sé de qué me habla. A lo mejor esa tal Sophie Johnson…

– Johannsen -lo corrigió Brewster con total tranquilidad.

– Lo que sea. A lo mejor ha hablado con mi jefe, pero… -Se encogió de hombros-. Conmigo no. -Forzó una sonrisa de complicidad-. Aunque tengo la impresión de que me he perdido algo muy especial.

Brewster entornó un poco los ojos.

– Se lo aseguro, detective. Se lo aseguro.

Martes, 16 de enero, 10:30 horas

Vito tenía que reconocer que, profesionalmente hablando, el viaje había resultado poco productivo. Brewster no le había proporcionado nada de verdadera utilidad y tampoco creía que los nombres que le había dado lo fueran. De todos modos, seguiría sus indicaciones, a ver qué más obtenía.

Sonó su móvil y vio el número de Riker en la pantalla.

– Vito, soy Tim. Acabamos de salir de casa de los padres de Claire Reynolds. Tenían todas sus cosas empaquetadas en el sótano. Bev ha tomado un poco de pelo del cepillo de Claire para obtener su ADN. Sus padres dicen que hace un año, justo antes de Acción de Gracias, fueron a verla a su piso porque no les devolvía las llamadas, pero hacía mucho tiempo que la chica ya no vivía allí. Entonces se dirigieron a la biblioteca donde trabajaba y descubrieron que hacía quince meses que habían recibido una carta de dimisión. Su madre insiste en que la firma no es de Claire. Llevaremos la carta a la comisaría.

– Ajá. Alguien no quiere que investiguen su desaparición.

– Es lo mismo que hemos pensado nosotros. Pero eso no es lo mejor. En la caja, con sus pertenencias, había dos piernas ortopédicas, una para correr y otra para deportes acuáticos. Y también… -hizo una pausa para dar más énfasis a la noticia- un bote de lubricante de silicona.

Al oírlo, Vito se incorporó en el asiento.

– ¿De verdad? Qué interesante.

– Sí. -La voz de Riker traslucía su sonrisa triunfal-. Está sin empezar. La madre de Claire nos ha explicado que la chica utilizaba el lubricante para la pierna y que solía guardar botes en su piso, en el coche y en la bolsa de deporte. La familia no ha encontrado el coche ni la bolsa de deporte, así que es posible que Claire llevara encima unos cuantos botes cuando la asesinaron.

– Un recuerdo muy práctico para el asesino.

– Sí. Pediremos que en el laboratorio lo comparen con las muestras que Katherine extrajo de las dos víctimas.

– Estupendo. ¿Qué hay del ordenador de Claire?

– Según sus padres, la chica no tenía ordenador. Cuando salgamos del laboratorio haremos unas cuantas llamadas para ver si localizamos a Brittany Bellamy.

– Si es así, ya tendremos tres víctimas identificadas. Nos quedarán seis. El catedrático a quien he visitado esta mañana me ha proporcionado los nombres de unos cuantos coleccionistas particulares. Me encargaré de localizarlos. Tras saber que la Luger es antigua, cada vez estoy más convencido de que nuestro hombre busca que los instrumentos que utiliza sean lo más auténticos posible. De todos modos, por si acaso iré a ver a unas cuantas personas que venden reproducciones en las ferias medievales. A ver qué encontramos. Nos mantendremos en contacto.

Vito cerró el móvil y, aferrándolo con fuerza, se recostó en el asiento y se quedó mirando el pequeño establecimiento frente al que había aparcado. De la lista de vendedores que le había dado Sophie, solo había uno que tuviera una tienda, Andy's Attic. Todos los demás vendían sus artículos por internet. De momento, Vito solo quería interrogar a personas a quienes pudiera ver, para observar su reacción.

Igual que había observado a Brewster. Menudo cabrón traicionero. Pero ¿cómo había sabido que era Sophie quien le había dado su nombre? Se suponía que la chica no había efectuado ninguna llamada, solo le había proporcionado unos cuantos nombres. Con el entrecejo fruncido, telefoneó a Sophie.

Ella respondió en tono cauteloso.

– Sophie al habla.

– Sophie, soy Vito Ciccotelli. Siento molestarte de nuevo, pero…

Ella suspiró.

– Pero acabas de hablar con Brewster. ¿Te ha aclarado algo?

– Me ha dado los nombres de otros tres coleccionistas. Él insiste en que son personas honestas y con ética. Escucha, Sophie, sabe que tú me has dado su nombre. He tratado de salir del paso lo mejor que he podido pero es evidente que alguien se lo ha soplado antes de que yo llegara. ¿Con quién más has hablado de esto?

Ella guardó silencio un momento.

– Con un tipo que estudiaba conmigo el verano en que trabajé para Brewster. Se llama Clint Shafer. No era mi intención llamar a nadie pero no recordaba el nombre de Kyle Lombard y en aquella época Kyle y Clint eran amigos.

– ¿Has llamado a alguien más?

– Solo a un antiguo profesor mío, el que aparece en la lista. Llamé a Étienne anoche, antes de verte, y le dejé un mensaje en el contestador pidiéndole que te ayude cuando te pongas en contacto con él. Más tarde me devolvió la llamada.

Cambió de programa de doctorado al dejar a Brewster, pensó Vito. Por su tono dedujo que se había puesto a la defensiva, como si esperase que se enfadara con ella, así que le habló con amabilidad.

– ¿Te dijo tu profesor algo que pueda resultarnos útil?

– Sí. -Su tono era un poco menos tenso-. Te lo he explicado en un e-mail.

Para no tener que volver a hablar con él. Sabía lo que Brewster le contaría y aun así le había dado su nombre.

– Aún no he mirado el correo. ¿Qué pone?

– No son más que rumores, Vito. Étienne lo oyó en un cóctel.

Él sacó su cuaderno.

– A veces los rumores resultan ser ciertos. Estoy a punto.

– Dice que oyó que Alberto Berretti, una de las personas que solía hacer donaciones, ha muerto. El tipo vivía en Italia y tenía una gran colección de espadas y armaduras. Sin embargo, hace años que se rumorea que también coleccionaba instrumentos de tortura. Hace poco su familia subastó la colección, pero faltaban más de la mitad de las espadas y todos los instrumentos de tortura. Étienne dice que oyó a algunas personas preguntar por ello con discreción, pero que la familia negó haber encontrado nada que no se ofreciera en la subasta.

– ¿Tu profesor cree a la familia?

– Dice que no los conoce y no quiere hacer conjeturas. Pero lo importante es que hay instrumentos en circulación, en alguna parte. Puede que estén relacionados con este caso, o puede que no. Lo siento Vito; eso es todo cuanto sé.

– Nos has ayudado mucho -respondió-. Sophie, ese Brewster…

– Tengo que irme -dijo con tirantez-. Tengo trabajo. Adiós, Vito.

Vito se quedó mirando el teléfono un minuto entero después de que ella colgara. Tenía que hacerle caso. La última vez que había perseguido a una mujer, el resultado había sido fatal. Y podía repetirse.

O podía salir bien y conseguir lo que siempre había deseado de verdad. Alguien que lo estuviera esperando después de una larga jornada. Alguien con quien encontrarse al volver a casa. Tal vez esa persona fuera Sophie Johannsen, o tal vez no. Pero nunca lo sabría si no lo intentaba. Y esta vez se aseguraría de que todo fuera bien. Marcó en su móvil un número con un claro propósito.

– Hola, Tess, soy Vito. Quiero pedirte un favor.

Nueva York,

martes, 16 de enero, 10:45 horas

– Uau. -Van Zandt no apartó los ojos de la pantalla ni un instante mientras su personaje luchaba contra el caballero bueno, con la espada en una mano y el mangual en la otra. El hombre tenía los nudillos blancos de tanto aferrar el mando del juego, y su cara era todo un poema de tan concentrado como estaba-. Dios Santo, Frasier, esto es alucinante. Situará a oRo al nivel de Sony.

Frasier sonrió. Sony era la empresa a la que debían igualar. Sus juegos estaban presentes en millones de hogares; millones.

– Me imaginaba que te gustaría. Esa es la batalla final. A estas alturas el inquisidor ya es todopoderoso y ha raptado a la reina. El caballero morirá tratando de liberarla puesto que es… ya sabes, un caballero.

– El maravilloso mito del caballero andante. -A VZ le tembló un músculo de la mandíbula al forcejear con el mando-. La inteligencia artificial es impresionante. Hay que ver cómo cuesta matar a este caballero. Muérete ya -masculló entre dientes-. Vamos, muérete ya. Muere para mí.

«Ya.» El caballero cayó de rodillas y luego se desplomó boca abajo cuando VZ le asestó el golpe mortal con el mangual.

VZ puso mala cara.

– Esto… Esto es decepcionante. Me lo esperaba un poco más… -Empezó a hacer aspavientos-. ¡Bah!

Frasier, que preveía una reacción así, sacó una hoja de papel doblada del bolsillo y la deslizó sobre el escritorio de Van Zandt.

– Toma. Prueba con esto.

Con la mirada encandilada de un niño, Van Zandt introdujo el código y el juego alternativo que Frasier había creado se puso en marcha.

– Sí -musitó cuando la cabeza del caballero bueno se partió en dos y trocitos de cráneo y sesos saltaron por los aires-. Esto es precisamente lo que esperaba. -Lo miró con el rabillo del ojo-. Qué idea tan inteligente, parece un huevo de Pascua. Si seis meses después de que el juego salga al mercado los jugadores no han adivinado el código, lo filtraremos. En menos de dos horas correrá por toda la red y nos habremos hecho publicidad de un modo barato y muy efectivo.

– Y luego madres, curas y profesores estallarán en protestas por la cantidad de violencia gratuita que impera en nuestra sociedad. -Esbozó una sonrisa-. Lo que solo sirve para que los niños salgan corriendo a comprar más juegos.

Van Zandt también sonrió.

– Exacto. Podrías incluir también unas cuantas escenas de desnudo. Si la violencia no hace que los chicos salgan corriendo a comprar el juego, seguro que los desnudos sí. El contenido sexual da aún mejores resultados.

Frasier recordó las escenas que había construido a partir de Brittany Bellamy. La chica estaba completamente desnuda. No había sexo, pero la violencia era tan brutal que estaba seguro de que VZ se mostraría encantado. No tenía pensado enseñarle las escenas de la mazmorra ese día, pero todo parecía indicar que el momento era el adecuado. Extrajo un CD del maletín de su portátil.

– ¿Quieres echarle un vistazo a la parte de la mazmorra?

Van Zandt extendió la mano; su semblante dejaba patente la avidez con que lo esperaba.

– Dame.

Frasier se inclinó hacia delante con el CD y VZ se lo arrancó de la mano.

– Así es como quedará más o menos la escena -explicó Frasier mientras VZ introducía el CD-. El inquisidor empieza por acusar a los terratenientes de brujería, se hace con sus bienes al detenerlos y luego los mata con armas convencionales: la espada, la daga, etc… Con ese dinero compra instrumentos de tortura más grandes y mejores.

Al empezar la secuencia, la cámara avanzó entre la niebla y se introdujo en el cementerio de una iglesia, copia perfecta de una abadía francesa de las afueras de Niza.

Van Zandt le dirigió una mirada de sorpresa.

– ¿Has situado la mazmorra en una iglesia?

– Debajo. Es una forma medieval de rechazar las convenciones. En esos tiempos las convenciones las representaba la Iglesia.

A Van Zandt se le escapaba la risa.

– No me gustaría estar a tu lado durante una tormenta eléctrica.

La cámara entró en la iglesia y atravesó la cripta. Van Zandt dio un quedo silbido.

– Qué bueno, Frasier. Me gustan sobre todo las efigies de las tumbas. Parecen reales.

– Gracias. -Las máscaras de escayola le habían proporcionado un buen modelo a partir del cual trabajar. El único problema era que tendría que encargar más lubricante para su pierna. Había terminado con las reservas de Claire y había tenido que empezar a utilizar las propias. La cámara descendió por la escalera y entró en la cueva donde Brittany Bellamy aguardaba su sino-. Esa mujer es Brianna. Está acusada de brujería. El inquisidor sabe que es una verdadera bruja y quiere que le cuente sus secretos. Sin embargo, es una prisionera tremendamente terca.

– Calla. Déjamelo ver.

Y eso hizo. El semblante de Van Zandt pasó de la excitación al horror cuando el inquisidor sentó a la mujer en la silla inquisitorial entre gritos.

– Dios mío -susurró al oír los desgarradores alaridos de Brianna-. Dios mío. -Al igual que Warren, Brittany Bellamy había sufrido lo suyo. El sonido de sus gritos era hermosísimo. Él se había limitado a importar el archivo de sonido hasta su película de animación realizada por ordenador.

Cuando el inquisidor prendió fuego a la silla, Brittany chilló de dolor. Van Zandt palideció. Al término de la escena, con un primer plano de los ojos de Brianna en el momento de la muerte, Van Zandt se dejó caer hacia atrás en la silla; tenía la frente perlada de sudor. Se quedó mirando la pantalla que, con un fundido, mostró la imagen del dragón de oRo.

Después de un minuto entero de silencio, Frasier dio un suspiro y se dispuso a defender su arte.

– No pienso cambiar nada, VZ.

El hombre alzó la mano.

– Calla. Estoy pensando.

Pasaron cinco minutos antes de que Van Zandt se diera la vuelta para enfrentarse a él.

– Corta las escenas.

Frasier empezaba a ponerse furioso.

– No pienso cortar las escenas, VZ.

Van Zandt alzó los ojos en señal de exasperación.

– ¿Es que no tienes paciencia? Incluiremos la escena de la silla en el paquete principal, pero la mantendremos oculta. El código para acceder a las escenas más espantosas del caballero lo comunicaremos de forma gratuita. Y después anunciaremos que el código para la ejecución en la silla está disponible… Pero a su debido precio. Descubrir el acceso a la mazmorra les costará a nuestros clientes 29,99 dólares más.

El paquete básico costaba 49,99 dólares. El plan de Van Zandt suponía aumentar los ingresos sin coste adicional, y los beneficios se dispararían a un cuatrocientos por ciento.

– Menudo capitalista estás hecho -musitó, y Van Zandt lo miró con ojos penetrantes.

– Pues claro. Por eso la «R» es la letra más grande de oRo.

Frasier recordó la pequeña inscripción del logo, justo bajo las garras del dragón.

– ¿Rijkdom?

Van Zandt esbozó una sonrisa más incisiva que una navaja.

– Quiere decir riqueza en holandés. Por eso estoy donde estoy. Y tú deberías estar aquí por lo mismo. -Extendió la mano-. Dame el resto.

Frasier negó con la cabeza; de pronto vacilaba.

– Con lo que te he mostrado tienes suficiente para Pinnacle.

– ¿Derek te ha hablado ya de la oportunidad de Pinnacle?

Sus labios se curvaron con una mueca.

– Sí.

Van Zandt arqueó una ceja.

– ¿No te gusta Pinnacle?

– No me gusta Derek. -Separó bien las palabras, imitando el hablar arrastrado de Van Zandt.

– Derek ha cumplido con su trabajo, pero no subirá con nosotros el siguiente peldaño. Tengo puestas muchas esperanzas en ti, Frasier.

No había movido la mano.

– Dame el resto. Dámelo ya.

Frasier torció la mandíbula y estampó otro CD en la mano de Van Zandt.

– Este es el del rey William. Cuando derrotan al caballero bueno, William intenta rescatar a la reina por última vez. Pero llegados a ese punto el inquisidor es un hechicero muy poderoso. Ni siquiera el propio rey puede vencer su magia negra, y es capturado.

La sonrisa de Van Zandt se tornó aún más incisiva.

– Y ¿qué hace el inquisidor con el rey William?

Pensó en Warren Keyes, en cómo gritaba. Aún se estremecía al recordarlo.

– Primero lo sienta en el potro y luego lo destripa.

Van Zandt se rió por lo bajo.

– Recuérdame que no te haga enfadar nunca, Frasier Lewis.

11

Filadelfia,

martes, 16 de enero, 11:30 horas

– No es exactamente lo que busco -masculló Vito al examinar con los dedos la cota de malla que Andy había dispuesto sobre el mostrador. Era demasiado grande. Andy's Attic era una tienda de vestuario de todo tipo. Vito imaginó que el asesino se burlaría de tan burdas imitaciones.

– Ya le he enseñado todas las cotas de malla que tengo -dijo Andy con frialdad-. ¿Qué es lo que busca?

– Algo con los agujeros un poco más pequeños. De medio centímetro de diámetro aproximadamente.

– Tendría que habérmelo dicho nada más entrar -protestó Andy-. En la tienda no tengo piezas de esa calidad, pero puedo encargársela. -Hojeó un catálogo-. Lo que busca es de una calidad muy superior, pero también es más caro. -Encontró una fotografía de un hombre que llevaba una capucha y un jubón de malla-. Este conjunto de hauberk y casquete cuesta mil ochocientos.

Vito pestañeó.

– ¿Dólares?

Andy pareció ofenderse.

– Sí, claro. Está aprobado por la SCA, ya sabe la Sociedad para el Anacronismo Creativo. No entiende nada de estas cosas, ¿verdad? ¿Es un regalo?

Vitó tosió.

– Sí. Entonces si el conjunto cuesta mil ochocientos dólares, ¿cuánto cuesta solo el jubón?

– El hauberk cuesta mil doscientos cincuenta.

– ¿Vende de vez en cuando cosas así en la tienda?

– Normalmente no. Suelo venderlas por internet.

– ¿Ha vendido alguna pieza últimamente? ¿Antes de Navidad?

– Sí. Antes de Navidad vendí nueve hauberks. Claro que en verano vendí veinticinco, un mes antes de la feria medieval. A los auténticos justadores les gusta acostumbrarse a la malla antes del torneo -Andy cerró el catálogo y se lo tendió a Vito-, detective.

Vito se estremeció. La había pifiado.

– Lo siento.

Andy esbozó una sonrisa atribulada.

– No diré nada. Me lo he imaginado en cuanto le he visto entrar. Mi tío trabajó durante treinta años en el Departamento de Policía de Filadelfia. ¿Qué más anda buscando, detective…?

– Ciccotelli. Una espada, de una longitud así, con una empuñadura así de grande -le indicó gesticulando-. Y un mangual.

Andy abrió mucho los ojos.

– Joder. Veré que encuentro.

Martes, 16 de enero, 11:45 horas

Van Zandt guardó los CD en el cajón de su escritorio y lo cerró con llave.

– Has hecho un buen trabajo, Frasier.

Frasier se puso en pie.

– Ya tienes lo que necesitas para Pinnacle; yo me voy, aún me espera mucho trabajo.

Van Zandt negó con la cabeza.

– Quiero hablar contigo de unas cuantas cosas más. Por favor, siéntate.

Él obedeció con mala cara.

– ¿De qué?

– Tienes que aprender a ser más paciente, Frasier. Todavía eres joven. Tienes mucho tiempo por delante.

¿Por qué los mayores siempre comparaban la juventud con la necesidad de tener paciencia? El hecho de que tuviera mucho tiempo no significaba que quisiera esperar mucho tiempo.

– ¿De qué? -repitió, esta vez apretando los dientes. Tenía que encontrarse con Gregory Sanders a las tres.

Van Zandt suspiró.

– De la reina. ¿Has diseñado su rostro?

Él pensó en la hija del anciano.

– Sí.

– Y ¿cómo es?

Una imagen del rostro de la chica apareció en su mente.

– Guapa. Menuda. Morena. Se parece a Bri… Brianna. -«Mierda.» Había estado a punto de llamarla Brittany. «Céntrate.»

– No, no creo que un personaje así resulte lo bastante espectacular. La reina tiene que ser imponente. Más alta. Brianna no mide mucho más de un metro cincuenta.

Brittany Bellamy medía un metro cincuenta y siete. La había elegido precisamente por su estatura. La silla era más bien pequeña y quería que pareciera grande en comparación con la mujer que la ocupara.

– ¿Quieres que la reina sea diferente?

– Sí. -Van Zandt lo miraba con las cejas arqueadas, como si esperara su disconformidad.

Lo pensó bien. Van Zandt tenía buen ojo para saber qué funcionaba; qué vendía. Tal vez tuviera razón. No obstante, la cosa resultaría complicada. La tercera fila quedaría completa con Gregory Sanders y la cuarta con quienes le proporcionaban el material, y aún tenía que matar a los descendientes del anciano. Si utilizaba más modelos para aquel juego, tendría que cavar otra fila de fosas. Bueno, el terreno era extenso.

– Lo pensaré.

– Lo harás -lo corrigió Van Zandt en tono amable, y Frasier, a pesar de sus ansias por desafiarlo, no se opuso. De momento lo necesitaba-. También quiero hablar de la escena del mangual.

Frasier entornó los ojos.

– ¿Qué pasa? Ya está terminada.

– No, no lo está. La escena que has montado es demasiado tranquila. El interés decae, es decepcionante. ¿Por qué no dejas como escena básica la de la cabeza partida en dos y creas algo más emocionante para la escena oculta? Al caballero podría explotarle la cabeza, o podrían arrancársela de cuajo. Es…

– No. Eso no es lo que sucede en realidad. Ni le explota la cabeza ni lo decapitan. -Se había sentido decepcionado al comprobar la verdad.

Van Zandt lo miraba con los ojos entornados.

– ¿Cómo lo sabes?

«Ten cuidado.»

– Lo he investigado. He hablado con médicos. Es lo que dicen.

Van Zandt se encogió de hombros.

– ¿Y qué? ¿Qué más da lo que pase de verdad? Todo esto no es más que fantasía. Haz que la escena básica resulte más emocionante.

Él contó hasta diez para sus adentros. «Recuerda, esto no es más que un medio para alcanzar un fin. No durará siempre. Pronto podrás seguir tu propio camino y no volver a acordarte jamás de Van Zandt ni de oRo.»

– Muy bien. La haré más emocionante. -Se puso en pie pero Van Zandt lo detuvo.

– Espera. Hay una cosa más. Le estoy dando vueltas a la escena de la mazmorra y echo en falta algo.

– ¿El qué?

– Una doncella de hierro.

«Por el amor de Dios.» Eso era una vulgaridad propia de un simple aficionado. La opinión que tenía de Van Zandt decaía por momentos.

– No.

– Por el amor de Dios, Frasier, ¿por qué no? -preguntó Van Zandt exasperado.

– Porque no corresponde a esa época. De hecho estos instrumentos no aparecen hasta el siglo xvi. No pienso poner una doncella de hierro en mi mazmorra.

– Todos nuestros clientes esperarán encontrar una dama de hierro en su mazmorra.

– ¿Sabes cuánto tiempo tardaré en…? -Exhaló un suspiro. Había estado a punto de decir «construir». No existían doncellas de hierro en el mercado. Si quería una, tendría que construirla él mismo y de ningún modo pensaba hacerlo-. Jager, cambiaré a la reina y haré que la escena del mangual resulte más emocionante, pero no incluiré un elemento anacrónico en mi mazmorra.

Con la mirada ensombrecida, Van Zandt se inclinó hacia un lado y tomó una hoja con membrete de la bandeja del correo.

– Me parece que el nombre del presidente que aparece en este membrete es el mío. No veo tu nombre por ninguna parte, Frasier. -Lanzó la hoja a la bandeja-. Así que hazlo.

Él apretó los dientes y con gesto airado recogió del suelo el maletín que contenía su portátil.

– Muy bien.

Martes, 16 de enero, 11:55 horas

– ¡Disculpe!

Derek se detuvo en la escalera que unía la calle con el edificio donde se encontraban las oficinas de oRo. En la mano llevaba una bolsa con comida preparada. De un taxi se bajó un hombre con una pequeña maleta. A pesar de ir bien vestido, daba la impresión de no haber dormido nada en varios días.

– ¿Sí?

– ¿Es usted Derek Harrington?

– Sí. ¿Por qué?

El hombre se dispuso a subir la escalera; su expresión denotaba cansancio y desesperación.

– Solo quiero hablar con usted. Por favor. Se trata de mi hijo y su videojuego.

– Si le molesta que su hijo juegue a Tras las líneas enemigas, sepa que eso no depende de mí.

– No, no lo entiende. No es que mi hijo juegue con su videojuego, es que creo que aparece en él. -Se sacó del bolsillo una fotografía de tamaño cartera-. Me llamo Lloyd Webber y soy de Richmond, Virginia. Mi hijo Zachary se marchó de casa hace poco más de un año. Dejó una nota donde decía que iba a Nueva York. Nunca más hemos tenido noticias suyas.

– Lo siento, señor Webber, pero no entiendo qué tiene que ver eso conmigo.

– En su videojuego aparece una escena en la que un soldado alemán recibe un disparo en la cabeza. Ese chico tiene idéntico aspecto que mi Zachary. Imaginé que habría posado para los dibujantes de su empresa y busqué la dirección. Por favor, si disponen de una base de datos con los modelos que han trabajado para ustedes, comprueben si él aparece. Tal vez aún esté aquí, en Nueva York.

– No trabajamos con modelos, señor Webber. Lo siento.

Derek se dispuso a alejarse. Sin embargo, Webber lo adelantó y le bloqueó el paso.

– Al menos mire su fotografía. Por favor. He tratado de ponerme en contacto con usted por teléfono, pero no respondía a mis llamadas, así que en cuanto me he levantado esta mañana he comprado un billete de avión. Por favor.

El hombre le tendió la fotografía y Derek la tomó con un suspiro de compasión.

Al instante se quedó sin respiración. Era el mismo chico. «El rostro es idéntico.»

– Es… Es un chico muy atractivo, señor Webber.

Levantó la cabeza y vio que a Webber se le anegaban los ojos de lágrimas.

– ¿Está seguro de que no ha pasado por su estudio? -preguntó con un hilo de voz.

Derek se sintió mareado. Desde el instante en que sus ojos se posaron por primera vez en una obra de Frasier Lewis, supo que aquello contenía un grado de realismo que traspasaba los límites de lo decente. Sin embargo, la idea que en esos momentos pasaba por su cabeza…

– ¿Puedo quedarme la foto de su hijo, señor Webber? Se la mostraré al personal. No trabajamos con modelos pero tal vez alguien lo haya visto en alguna parte; en algún restaurante o en el autobús. Hay muchísimos sitios donde nos inspiramos para crear los personajes.

– Quédesela, por favor. Es una copia. Si quiere, puedo conseguirle más. Enséñesela a todo aquel que crea que puede ser de ayuda.

Con la mano trémula le tendió una tarjeta de visita y Derek la tomó, también tembloroso.

– Ahí tiene mi número de móvil. Por favor, llámeme a cualquier hora del día o de la noche. Me quedaré unos cuantos días en la ciudad, hasta que me dé una respuesta u otra.

Derek miró la fotografía y la tarjeta de visita. Frasier Lewis aún estaba allí dentro, hablando con Jager. Podría preguntárselo a quemarropa, pero no estaba seguro de querer oír la respuesta. «Compórtate como un hombre, Derek. Mójate por una vez en tu vida.»

Levantó la cabeza y asintió.

– Lo llamaré para decirle una cosa u otra. Se lo prometo.

Los ojos de Webber se llenaron de gratitud y esperanza.

– Gracias.

Martes, 16 de enero, 12:05 horas

La furia que hervía en su interior estalló en cuanto vio a Derek Harrington aguardándolo a la salida del edificio. Cerró el puño para asir con fuerza el maletín de su portátil. Con mucho gusto habría preferido apretar el puño para algo más satisfactorio, como romperle la cara a Harrington. Pero para todo había un momento y un lugar apropiado. «No debo hacerlo aquí ni ahora.» Sin palabra ni gesto de saludo alguno, dejó atrás a Harrington y salió por la puerta.

– Lewis, espera. -Harrington lo siguió afuera-. Tengo que hablar contigo.

– Tengo prisa -soltó entre dientes y empezó a bajar los escalones que conducían a la calle-. Ya hablaremos luego.

– No, hablaremos ahora. -Harrington lo aferró por el hombro y él se tambaleó y estuvo a punto de perder el equilibrio y caer por la escalera. Quedó atrapado al apoyarse en el pasamanos metálico, pero en un arrebato de furia apartó a Harrington de un empujón.

– Quítame las manos de encima -dijo con un rugido apenas contenido.

Derek dio un paso atrás y Frasier quedó dos escalones más arriba. Se encontraban frente a frente. En los ojos de Harrington se observaba algo nuevo, retador.

– Y si no, ¿qué? -le preguntó Derek con calma-. ¿Qué harás conmigo, Frasier?

«No debo hacerlo aquí ni ahora.» Ya encontraría el momento.

– Tengo prisa. Me voy.

Se volvió para marcharse, pero Derek lo siguió, lo adelantó y se detuvo a esperarlo al pie de la escalera.

– ¿Qué harás conmigo? -repitió con más énfasis-. ¿Me pegarás? -Subió un escalón y miró hacia arriba de reojo-. ¿Me matarás? -masculló.

– Estás loco. -Él se dispuso a bajar la escalera pero Harrington volvió a aferrarlo por el brazo. Sin embargo, esta vez no lo pilló desprevenido y conservó el equilibrio apoyándose sobre la pierna sana.

– ¿Me matarás, Frasier? -le preguntó Harrington en voz igualmente baja-. ¿Igual que mataste a Zachary Webber? -Sacó una fotografía del bolsillo de su abrigo-. El parecido con tu soldado alemán es asombroso, ¿no crees?

Él miró la fotografía y mantuvo el semblante impasible a pesar de que el corazón empezó a acelerársele. Frente a él había una imagen del rostro de Zachary Webber en la que aparecía igual que el día en que lo recogió en la I-95 en las afueras de Filadelfia, donde hacía autostop. Zachary se dirigía a Nueva York con la intención de convertirse en actor. Su padre le había advertido que era demasiado joven, que primero debía acabar los estudios secundarios. Pero Zachary no le había hecho ningún caso. «Le demostraré quién soy -había asegurado-. Cuando sea famoso, se tragará todo lo que me ha dicho.»

Aquel día esas palabras resonaron en su cabeza. Eran iguales a las que él mismo había pronunciado a la edad de Zachary. Su encuentro era cosa del destino, como lo del tatuaje de Warren Keyes.

– Yo no lo veo -respondió con despreocupación. Cuando llegó a la calle se volvió a mirar a Derek a los ojos una vez más, mientras este seguía plantado en la escalera-. Deberías pensarlo mejor antes de hacer semejantes acusaciones, Harrington. Podrían volverse contra ti.

Martes, 16 de enero, 13:15 horas

Ted Albright frunció el entrecejo.

– Hoy has estado muy floja, «Juana».

Sophie miró a Ted Albright mientras se quitaba las reforzadas botas de los pies.

– Ya te he dicho que le pidieras a Theo que se encargara de la visita del caballero. El dolor de espalda me está matando. -También le dolía la cabeza. Y el amor propio-. Voy a comprarme algo para comer.

Cuando se disponía a marcharse, Ted la asió por el brazo con sorprendente suavidad.

– Espera.

Ella se volvió despacio, preparándose para otra discusión.

– ¿Qué? -le espetó, pero se interrumpió al ver la mirada de Ted. Marta tenía razón, Ted Albright era un hombre muy atractivo, pero en esos momentos sus anchos hombros aparecían alicaídos y su semblante, demacrado-. ¿Qué? -repitió en tono mucho más amable que la primera vez.

– Sophie, ya sé lo que piensas de mí. -Una de las comisuras de sus labios se curvó al ver que ella no respondía-. Y, lo creas o no, te admiro por no negarlo en estos momentos. No llegaste a conocer a mi abuelo, murió antes de que tú nacieras.

– Lo he leído todo sobre su vida como arqueólogo.

– Pero en ningún libro explica cómo era realmente. No era un… simple historiador. -Pronunció las últimas palabras en tono quedo. Luego sonrió-. Mi abuelo era… divertido. Murió cuando yo era niño, pero aún recuerdo cómo le gustaban los dibujos animados. Bugs Bunny era su personaje favorito. Me llevaba a caballito y era un gran fan de los Tres Chiflados. Le encantaba reírse. También amaba el teatro, igual que yo. -Suspiró-. Estoy tratando de que este lugar resulte atractivo para los niños, que puedan venir y… disfrutar de una verdadera experiencia. Sophie, estoy tratando de convertir esto en un lugar que a mi abuelo le habría encantado visitar.

Sophie se quedó parada un momento, sin saber qué decir.

– Ted, creo que ahora entiendo mejor lo que intentas hacer pero… venga ya. Yo sí soy una simple historiadora. Me resulta humillante tener que disfrazarme.

Él negó con la cabeza.

– Tú no eres así, Sophie. Tendrías que ver las caras de los niños al oírte hablar. Les encanta escucharte. -Dio un suspiro-. Tengo programadas varias visitas diarias durante semanas. Necesitamos los ingresos como agua de mayo -añadió en voz baja-. He invertido todo lo que tengo en este museo. Si el negocio no funciona, tendré que vender la colección, y no quiero hacerlo. Es todo cuanto me queda de él. Es su herencia.

Sophie cerró los ojos.

– Déjame pensarlo -musitó-. Me voy a comer.

– No olvides que a las tres te toca hacer de vikinga -gritó Ted tras ella.

– No -masculló, sintiéndose dividida entre la culpa y lo que seguía considerando un enfado más que justificado.

– Eh, Soph. Ven.

Quien le hablaba era Patty Ann, que se encontraba tras el mostrador de la entrada mascando chicle ruidosamente.

Con un suspiro, Sophie cruzó el vestíbulo. Ese día Patty Ann iba de actriz de Brooklyn, pero más bien parecía Stallone haciendo de Rocky. Sophie se apoyó en el mostrador y soltó:

– No me lo digas. Estás ensayando para actuar en Ellos y ellas.

– He recibido una oferta para un papel, y tú has recibido un paquete. -Patty Ann lo empujó hasta el borde del mostrador-. Dos paquetes en un mismo día. Te estás haciendo muy popular.

A Sophie se le pusieron los nervios de punta.

– ¿Sabes quién lo ha dejado?

Patty Ann sonrió con retintín.

– Pues claro. Una tía.

Sophie contuvo las repentinas ganas de estrangularla.

– Y esa tía, ¿tiene nombre?

– Pues claro. -Patty Ann hizo un globo de chicle-. Tiene un nombre muy largo: Ciccotelli-Reagan.

Aliviada y sorprendida al mismo tiempo, Sophie pestañeó.

– ¿No bromeas?

– Te lo juro. -La sonrisa de Patty Ann se tornó pícara-. Le he preguntado si tenía alguna relación con un policía que está como un tren y me ha contado que es su hermano. Luego me ha preguntado si yo era Sophie.

Sophie se horrorizó.

– Por favor, dime que le has dicho que no.

– Claro que le he dicho que no -soltó Patty Ann con un resoplido de indignación-. Yo quiero representar papeles interesantes. No te ofendas, Sophie, pero tú no eres ningún personaje interesante.

– Ah… Gracias, Patty Ann. Acabas de alegrarme el día.

La chica ladeó la cabeza, pensativa.

– Qué curioso. Es lo mismo que me ha dicho ella. Esa tía.

Aun sin conocerla, a Sophie le cayó bien la hermana de Vito.

– Gracias, Patty Ann.

Cuando llegó a su pequeño y oscuro despacho, cerró la puerta y se echó a reír. Patty Ann no era mala chica. Lástima que no le quedara bien la armadura, habría hecho muy bien de Juana de Arco. Aún sonriente, se sentó delante de su escritorio y abrió el paquete. Al verlo, abrió mucho los ojos. «¿Qué narices…?» Era un bolígrafo. No, no era eso.

Su sonrisa se desvaneció en cuanto reparó en qué era exactamente lo que estaba mirando. Sacó el cilindro plateado de la caja y pulsó con el pulgar el diminuto botón lateral. Un extremo se abrió y en él empezó a parpadear una luz azul mientras sonaba una discreta sirena.

Era una reproducción de juguete del dispositivo para borrar la memoria que aparecía en Hombres de negro. Sophie notó sus ojos llenarse de lágrimas al darse cuenta de lo que aquello significaba. Vito Ciccotelli le había ofrecido empezar de nuevo.

En la caja había una nota. La letra era de una mujer pero las palabras no. «Brewster es un imbécil. Olvídalo y rehaz tu vida. V.» Sophie no pudo evitar sonreír al leer la posdata. «No te olvides de quitarte las gafas de sol de color lila antes de utilizarlo; si no, no funcionará.» Una flecha señalaba el otro lado del papel, así que le dio la vuelta. «Todavía te debo una pizza. Dos puertas más abajo del edificio de la Universidad Whitman en el que trabajas las hacen buenísimas. Si te apetece que nos veamos, estaré allí cuando termines las clases esta noche.»

Sophie depositó la nota y el dispositivo de nuevo en la caja y se quedó un rato sentada, muy pensativa. Aceptaría la pizza. Sin embargo, ella le debía a Vito Ciccotelli mucho más que eso. Miró el reloj. Entre la visita de la reina vikinga y el seminario que impartía a última hora de la tarde no le quedaba mucho tiempo, pero haría lo que pudiera.

Vito no había conseguido ninguna información de Alan Brewster. Sophie ya lo sabía de antemano; le había dado su nombre más por tener la conciencia tranquila que por considerar de verdadera utilidad lo que Alan pudiera aportar a la investigación de Vito. No obstante, Étienne Moraux le había proporcionado una buena pista. Las piezas desaparecidas se encontraban en algún rincón del mundo. Era probable que siguieran en Europa. Pero ¿y si no era así? ¿Y si estuvieran en Filadelfia?

Étienne no conocía al hombre que había muerto, ni a ninguna de las figuras más destacadas del mecenazgo en Europa. La riqueza y la influencia le interesaban tan poco como a ella. Sin embargo, Sophie conocía a personas a quienes sí les importaban esas cosas.

Pensó en su padre biológico. Alex tenía muchos contactos en distintos ambientes sociales y políticos. No obstante, a ella siempre le había incomodado utilizar su posición y su influencia. En parte, su reticencia procedía de la evidente aversión que sentía su madrastra por la hija americana de su marido. Pero su vacilación se había enquistado sobre todo debido a la compleja relación entre Anna y Alex, y el resto de su árbol genealógico. Por eso solo recurría a su familia cuando era estrictamente necesario.

Claro que en ese caso lo era. Se trataba de hacer justicia. Volvería a servirse de la influencia de su padre. Quería pensar que a él le habría parecido bien. Tal vez los amigos de Alex conocieran al hombre que había muerto, aquel cuya colección había desaparecido. Tal vez conocieran a la familia y sus contactos. Si algo había aprendido en la vida a fuerza de tropezar era a no subestimar los rumores, fueran buenos o malos.

Abrió su agenda telefónica por la página en la que Alex Arnaud había anotado los números de sus amigos para que Sophie no estuviera sola en Europa cuando él faltara. En esa fase de su enfermedad los trazos de su letra ya eran finos e inseguros, pero aun así Sophie distinguía los nombres y las cifras. Conocía a aquellas personas desde que era niña, y todas le habían ofrecido su ayuda innumerables veces. Había llegado el momento de aceptarla.

Martes, 16 de enero, 13:30 horas

El corazón todavía le palpitaba con fuerza mientras conducía en dirección sur hacia Filadelfia por el mismo tramo de la I-95 donde había recogido a Zachary Webber el año anterior. Estaba nervioso y eso le hacía sentirse enfadado. El día no había ido tal como había planeado.

En primer lugar estaban las peticiones irracionales de Van Zandt. Doncellas de hierro, reinas de rasgos distintos y cabezas que estallaban al golpearlas. Creía que Van Zandt comprendía la importancia del realismo, y al final había resultado que el hombre era como todo el mundo.

Luego estaba Harrington. ¿De dónde demonios habría sacado aquella fotografía? En realidad eso daba igual. Nadie podría demostrar que había conocido a Zachary Webber, y mucho menos que le había apuntado con una Luger de 1943 en la cabeza y había apretado el gatillo. Harrington había tenido suerte con la deducción pero daba palos de ciego.

No obstante, era probable que en ese preciso momento el cabrón quejicoso estuviera en el despacho de VZ, tratando de convencerlo… ¿De qué? «¿De que me despida? ¿De que me denuncie a la policía?» Van Zandt nunca haría ninguna de las dos cosas. Tenía una invitación para Pinnacle y no podía asistir de vacío. «Me necesita.» Por desgracia, él también necesitaba a Van Zandt. De momento.

Por otra parte tenía que ocuparse de Harrington, y enseguida. Por de pronto habría ido a quejarse a Van Zandt y luego iría con el cuento a otro sitio, a alguien que tal vez lo escuchara. Van Zandt afirmaba que Harrington había dejado de resultar útil y que lo suyo duraba demasiado.

Se rió entre dientes. El hombre no tenía ni idea de lo proféticas que resultaban sus palabras. Se ocuparía de Harrington, pero por el momento tenía que acudir a una cita.

Martes, 16 de enero, 13:30 horas

Pasó una hora y media antes de que Derek pudiera entrar al despacho de Jager, tiempo que utilizó para planear cómo exponerle a su socio sus sospechas sobre Frasier Lewis sin parecer un lunático. Para cuando hubo terminado Jager tenía el entrecejo arrugado por completo. Sin embargo, en sus ojos Derek observó aburrimiento e indiferencia.

– Tu acusación, Derek, es muy seria.

– Claro que es seria, Jager. No es posible que te quedes sentado tan tranquilo y me digas que no ves ningún parecido entre el chico desaparecido y el personaje de Lewis.

– No niego que se parecen. Pero de eso a acusar a un empleado de asesinato a sangre fría va mucho trecho.

– Él ni siquiera reconoce el parecido. Es un cabrón insensible.

– ¿Y qué esperabas que dijera? Lo has acusado de asesinato. Tal vez creías que iba a decirte: «Tienes razón, secuestré a Zachary Webber, le apunté con una pistola en la cabeza, le volé los sesos y lo convertí en un personaje de videojuego.» -Ladeó la cabeza con expresión desconcertada-. ¿Te parece normal?

No se lo parecía, por lo menos explicado así. Pero Derek presentía que algo no iba bien.

– Entonces, ¿cómo lo justificas? -Golpeteó con el dedo sobre la fotografía-. El chico desaparece y, de repente, sale en Tras las líneas enemigas. Qué casualidad.

– Lo vio en alguna parte. Joder, Derek, ¿cómo te inspirabas tú?

«Te inspirabas.» En pasado. Derek notó que una creciente sensación de desespero le atenazaba el pecho.

– No sabes nada de Lewis. ¿Cuál era su experiencia antes de que lo contrataras en oRo?

– Sé lo que necesito saber. -Jager deslizó una hoja de papel sobre el escritorio.

En la fotografía Derek observó a Jager con expresión satisfecha bajo un titular que rezaba: oRo da el golpe. La prometedora empresa obtiene un puesto en Pinnacle.

– Así que lo has conseguido -dijo Derek sin entusiasmo.

– Sí, lo he conseguido.

Enfatizó el verbo en primera persona.

– Quieres que me vaya.

Jager arqueó las cejas con una flema exasperante.

– Yo no he dicho eso.

De pronto la desesperación cesó y Derek supo lo que tenía que hacer. Se puso en pie lentamente.

– Lo he dicho yo. -Se detuvo en la puerta y se volvió a mirar al hombre a quien un día había considerado su mejor amigo-. ¿He llegado a conocerte de verdad alguna vez?

Jager seguía tan tranquilo.

– El personal de seguridad te acompañará a tu despacho a recoger las cosas.

– Tendría que desearte buena suerte, pero no sería sincero. Espero que obtengas lo que te mereces.

La mirada de Jager se tornó fría.

– Ahora ya no formas parte de esta empresa. Consideraré cualquier movimiento para desacreditar a mis empleados una calumnia y no pararé hasta llevarte a los tribunales.

– Dicho de otro modo: «Deja en paz a Frasier Lewis» -dijo Derek con amargura.

La sonrisa de Jager resultó una visión espantosa.

– Después de todo, sí que me conoces.

Nueva Jersey,

martes, 16 de enero, 14:30 horas

Vito cruzaba en coche el pequeño y tranquilo barrio de Jersey, siguiendo las indicaciones de Tim Riker. Había dejado a Andy en su tienda, buscando entre los registros de ventas aquellas que correspondían a espadas y manguales, y acudía a reunirse con Tim y Beverly, que lo esperaban frente a una casa.

– ¿Esta es la casa de Brittany Bellamy? -preguntó al salir del coche, y Beverly asintió.

– Sus padres viven aquí. La única dirección que Brittany comunicó en todos sus empleos corresponde a un apartado de correos de Filadelfia. Si no está aquí, supongo que sus padres podrán indicarnos dónde vive.

– ¿Habéis hablado ya con sus padres?

– No -respondió Tim-. Te estábamos esperando. Uno de los fotógrafos que cita en su currículum nos ha explicado que contrató a Brittany para un anuncio de una joyería local la primavera pasada.

– El anuncio era de anillos. -La mirada de Beverly se ensombreció-. La imagen solo mostraba sus manos.

– Nick y yo creemos que el asesino eligió a Warren por el tatuaje. Tal vez lo atrajera el hecho de que Brittany mostrara las manos en el anuncio, puesto que luego le hizo posar con ellas juntas. ¿Denunciaron su desaparición?

– No -dijo Tim con mala cara-. Puede que no sea nuestra víctima.

– Vamos a averiguarlo. -Vito se dirigió el primero hacia la puerta y llamó. Al cabo de un minuto abrió una chica. Debía de tener unos catorce años y era de una estatura parecida a la de la víctima. Tenía el pelo del mismo tono castaño oscuro. En la mano llevaba una caja de pañuelos de papel.

– ¿Sí? -preguntó con la nariz tapada y la voz amortiguada por el cristal de la contrapuerta.

Vito le mostró la placa.

– Soy el detective Ciccotelli. ¿Están tus padres?

– No -dijo sorbiéndose la nariz-. Los dos están trabajando. -Entornó los cargados ojos-. ¿Por qué?

– Estamos buscando a Brittany Bellamy.

La chica alzó la barbilla y volvió a sorberse la nariz.

– Es mi hermana. ¿Qué ha hecho?

– Nada. Solo queremos hablar con ella. ¿Puedes decirnos dónde vive?

– Aquí no. Ya no.

Beverly dio un paso adelante.

– Entonces, ¿podrías decirnos dónde vive?

– No lo sé. Miren, será mejor que hablen con mis padres. Estarán en casa a partir de las seis.

– ¿Puedes darnos los números de teléfono de los trabajos de tus padres? -insistió Beverly.

Su mirada somnolienta se llenó de miedo.

– ¿Qué le ha ocurrido a Brittany?

– No estamos seguros -respondió Vito-. Es necesario que hablemos con tus padres.

– Esperen aquí. -Cerró la puerta y Vito oyó el ruido del cerrojo. Al cabo de dos minutos la puerta volvió a abrirse y la chica apareció con un teléfono inalámbrico. Se lo tendió a Vito-. Mi madre está al aparato.

– ¿Es la señora Bellamy?

– Sí. -La voz de la mujer expresaba desesperación y enfado-. ¿Qué es eso de que son policías? ¿Qué ha hecho Brittany?

– Soy el detective Ciccotelli, del Departamento de Policía de Filadelfia. ¿Cuándo vio a Brittany por última vez?

– Dios mío. Está muerta. -La mujer se estaba poniendo histérica-. Dios mío.

– Señora Bellamy, por favor. ¿Cuándo…? -Pero los sollozos de la mujer eran demasiado fuertes para que lo oyera. Los ojos de la jovencita se llenaron de lágrimas. Le arrancó el teléfono de la mano a Vito.

– Mamá, ven a casa. Llamaré a papá. -Colgó y aferró el teléfono contra su pecho con las dos manos, del mismo modo que Warren Keyes aferraba la espada-. Fue después de Acción de Gracias. Mi padre y ella se pelearon porque había dejado los estudios de odontología para ser actriz. -Pestañeó y las lágrimas le rodaron por las mejillas-. Se marchó de casa, dijo que se las apañaría sola. Esa fue la última vez que la vi. Está muerta, ¿verdad?

Vito exhaló un suspiro.

– ¿Tenéis ordenador?

La chica frunció el entrecejo.

– Sí. Es nuevo.

– ¿Cómo de nuevo, cariño? -preguntó Vito.

– Tiene un mes, más o menos. -La chica titubeó-. Justo después de que Brittany se marchara, el anterior se estropeó. Mi padre se puso frenético. No tenía ninguna copia de seguridad.

– Necesitamos un permiso de tus padres para registrar la habitación de Brittany.

Ella apartó la mirada, le temblaban los labios.

– Llamaré a mi padre.

Vito se volvió hacia Beverly y Tim.

– Yo me quedo aquí. Volved a la comisaría y empezad a buscar a la tercera víctima de la fila en tupuedessermodelo.com.

– Es el tipo del mangual -dijo Tim con gravedad-. No podemos contar con que su nombre aparezca en los informes de desaparecidos. Aunque hubieran denunciado la desaparición de Brittany, es posible que al ser de Jersey no apareciera en los informes de Filadelfia.

– La base de datos permite realizar búsquedas por características físicas. Si no lo conseguís, avisad a Brent Yelton, del departamento de informática. Decidle que lo llamáis de mi parte y pedidle si puede conseguir un listado de las personas con quienes contactaron los mismos días en que consultaron los currículums de Warren y Brittany. Me apuesto cualquier cosa a que ese tipo no tuvo suerte a la primera. Tal vez encontremos a alguien que habló con él y que todavía vive y tiene el ordenador intacto.

Bev y Tim asintieron.

– Eso haremos.

La chica estaba de nuevo en la puerta.

– Mi padre está en camino.

En la pared de la casa había una hornacina.

– ¿Conocéis a algún sacerdote?

La chica asintió con gesto débil.

– Lo llamaré también.

Martes, 16 de enero, 15:20 horas

Munch llegaba tarde. Gregory Sanders miró el reloj por décima vez en el mismo número de minutos. Tenía la impresión de destacar sobremanera sentado en el bar donde Munch le había prometido encontrarse con él. Solo sabía que tenía que buscar a un hombre que caminaba con la ayuda de un bastón.

La camarera se detuvo junto a su mesa.

– No puede quedarse aquí si no pide nada.

– Estoy esperando a una persona. De todos modos, tráigame un gin-tonic.

La chica ladeó la cabeza y lo examinó de cerca.

– Le he visto en alguna parte, estoy segura. -Chascó los dedos-. Servicio de limpieza séptica Sanders. -Sonrió-. Me encantaba ese anuncio.

Él mantuvo una firme sonrisa de cortesía mientras la chica se alejaba. Había realizado anuncios muy sofisticados para campañas nacionales, pero toda persona que hubiera crecido en Filadelfia recordaba aquel estúpido spot en que su padre había obligado a sus seis hijos a aparecer. Nadie que hubiera visto aquel spot lo tomaría en serio jamás, y él necesitaba que lo tomaran en serio. Necesitaba que Ed Munch lo contratara para aquel trabajo.

Greg palpó la navaja que se había guardado en la manga. Lo que en realidad necesitaba era pillar al viejo desprevenido para robarle hasta dejarlo limpio. Sin embargo, no podía permanecer mucho más tiempo allí sentado. Aquellos tipos querían su dinero, sin dilación.

Notó la vibración de su móvil en el bolsillo y dio un rápido vistazo alrededor, preguntándose si lo habrían descubierto. No; llevaba un móvil desechable y solo Jill tenía su número.

– ¿Diga?

Se incorporó en el asiento. Jill estaba llorando.

– ¿Qué pasa?

– Eres un cabrón. Han estado aquí, en mi casa. Lo han revuelto todo para buscarte. Y luego la han tomado conmigo.

Estaba histérica, gritaba tan fuerte que a Greg le dolían los oídos.

– ¿Qué te han hecho? -preguntó. El miedo le atenazaba el vientre-. Mierda, Jill, ¿qué te han hecho esos hijos de puta?

– Me han pegado, y me han roto dos dientes. -Se calló de repente-. Y dicen que mañana será peor, así que tengo que buscar algún sitio donde esconderme. Te advierto que no respondo de mí. Será mejor que te encuentren ya, porque como te encuentre yo primero te mataré con mis propias manos.

– Jill, lo siento.

Ella soltó una áspera carcajada.

– Ya lo creo que lo sientes. Como decía siempre mi padre. Y el tuyo.

Colgó el teléfono y Greg exhaló un largo y fuerte suspiro. Si aquellos hombres lo encontraban, le darían una paliza. Y si por algún milagro sobrevivía, tendría la cara tan desfigurada que le sería imposible trabajar durante semanas enteras. Tenía que conseguir dinero ese mismo día.

Munch se retrasaba casi media hora. Era obvio que el anciano no pensaba acudir a la cita. Greg se puso en pie y salió del restaurante sin saber muy bien adónde dirigirse. Lo único que sabía era que tenía que conseguir el dinero. Mientras se planteaba robar alguna pequeña tienda de las que abrían las veinticuatro horas, llegó a la parada del autobús y decidió tomar el siguiente. No tenía ni idea de adónde iría. Lejos de Filadelfia, lo más probable.

– ¿Señor Sanders?

Greg se dio media vuelta con el corazón desbocado. Por suerte solo se trataba de un anciano con bastón.

– ¿Munch?

– Lo siento, señor Sanders. Se me ha hecho tarde. ¿Sigue interesado en mi documental?

Greg observó al hombre. En sus tiempos había sido un tipo corpulento; en cambio ahora se lo veía frágil y encorvado.

– ¿Me pagará al contado?

– Por supuesto. ¿Tiene coche?

Greg lo había vendido hacía tiempo.

– No.

– Entonces iremos en mi camioneta. La tengo aparcada enfrente del siguiente edificio.

En cuanto tuviera el dinero en mano, le robaría la camioneta al hombre y se daría el piro.

– Vamos.

Martes, 16 de enero, 16:05 horas

El teléfono del despacho de Sophie estaba sonando cuando la chica entró en él después de la visita de la reina vikinga. Corrió a descolgar el auricular. En Europa eran más de las diez, y a esas horas los hombres a quienes había telefoneado estarían terminando de cenar.

– ¿Diga?

– Doctora Johannsen. -Era una voz altiva y refinada que había oído anteriormente.

Sophie exhaló un suspiro. No la llamaban desde Europa. Era Amanda Brewster.

– Sí.

– ¿Sabe quién soy?

Sophie miró la caja con la rata y notó que una ira renovada la embestía como una ola. Había planeado ofrecer al pobre animal un entierro decente cuando saliera del trabajo.

– Una cerda morbosa.

– Veo que le falla la memoria. Ya le dije una vez que se mantuviera alejada de mi marido.

– Y a usted le falla el oído. Ya le dije que no quiero a su marido para nada. Ni siquiera tengo ganas de volver a verlo. No tiene que preocuparse por mí, Amanda. De hecho, si yo fuera usted, me preocuparía más por la rubia que su marido tiene como ayudante du jour.

– Si usted fuera yo, estaría con Alan -dijo con engreimiento, y Sophie alzó los ojos con exasperación.

– Necesita la ayuda de algún especialista.

– Lo que necesito es que todas las putillas dejen en paz a mi marido -soltó Amanda con los dientes apretados-. Ya le dije la última vez que la descubrí que…

– Usted no me descubrió -repuso Sophie, irritada-. Fui yo quien se lo confesé a usted. -Lo cual había sido el segundo gran error de Sophie; el primero fue creer que Alan Brewster la amaba de veras. Cometió la estupidez de pensar que la esposa de un donjuán debía saber qué pie calzaba su marido, pero Amanda Brewster no la había escuchado, y tampoco ahora lo hacía.

– … arruinaría su carrera -prosiguió Amanda como si Sophie no hubiera pronunciado palabra.

A la mujer no le había hecho falta arruinarle la carrera. Ya se encargaron de ello Alan y sus secuaces con sus comentarios llenos de alusiones sexuales. Y estaban volviendo a la carga.

La idea le reventaba. Tomó el juguete que Vito le había enviado. Ojalá funcionara a través del teléfono, ojalá pudiera hacer desaparecer aquel episodio de la faz de la Tierra para siempre. No obstante, era imposible que eso sucediera y ya iba siendo hora de empezar a aceptarlo. Se había apartado de Alan diez años atrás, avergonzada por lo que había hecho y asustada por las amenazas de Amanda para destruir su carrera. Aún estaba avergonzada pero no pensaba volver a huir.

– Busque ayuda, Amanda. A mí ya no me asusta.

– Pues debería. Mírese -gritó Amanda-. Trabaja en un museo de pacotilla para un idiota. Si ahora le parece que su carrera está por los suelos -dijo riéndose sin un ápice de histerismo-, cuando haya terminado con usted se encontrará excavando alcantarillas.

Sophie soltó una risa ahogada. «Excavando alcantarillas» eran las mismas palabras que Amanda había utilizado diez años atrás. Con veintidós años, Sophie le había creído. Con treinta y dos sabía distinguir los disparates pronunciados por una mujer mentalmente desequilibrada. Probablemente Amanda Brewster merecía que la compadeciera. Tal vez dentro de diez años lo hiciera.

– Ya que no piensa creerse nada de lo que le diga sobre Alan, créase esto: si vuelve a enviarme otro paquete como el de esta mañana, llamaré a la policía.

Colgó el teléfono y se quedó mirando el pequeño despacho sin ventanas. Amanda tenía razón en algo; verdaderamente trabajaba en un museo de pacotilla.

Pero no tenía por qué ser así. Amanda se equivocaba en otra cosa; Ted no era ningún idiota. Esa mañana Sophie había reparado en las caras de los visitantes. Se lo estaban pasando bien y al mismo tiempo aprendían. Ted tenía razón. Mantenía con vida el legado de su abuelo de la mejor manera que sabía hacerlo. «Y me ha contratado para que lo ayude.» La verdad era que hasta el momento no le había resultado de gran ayuda.

El motivo era que se había pasado los últimos seis meses compadeciéndose a sí misma. Se consideraba una importante arqueóloga que se había visto obligada a abandonar la excavación de su vida.

– ¿Cuándo me convertí en semejante esnob? -se preguntó en voz alta. El hecho de no estar trabajando en Francia no quería decir que allí no pudiera hacer algo importante.

Miró las cajas que saturaban su despacho, apiladas hasta el techo. La mayoría contenían piezas de la colección de Ted Primero a las que Ted y Darla no habían encontrado sitio en el museo. Ella les buscaría un espacio.

Se miró la mano y reparó en que aún asía el dispositivo para borrar la memoria. Lo depositó en la caja con cuidado. Había retomado su vida personal al aceptar la invitación de Vito para cenar, y pensaba empezar a retomar su vida profesional en ese preciso instante.

Encontró a Ted en su despacho.

– Ted, necesito un poco de tiempo.

Él entornó los ojos.

– Tiempo, ¿para qué? Sophie, ¿piensas marcharte?

Ella abrió mucho los ojos.

– No, no me marcho. Quiero tiempo para preparar una exposición. Tengo unas cuantas ideas. -Sonrió-. Son ideas divertidas. ¿Dónde puedo montarla?

Ted le devolvió la sonrisa.

– Tengo el lugar adecuado. Bueno, falta acabar de adecuarlo pero confío en que en pocos días lo tendrás listo.

Martes, 16 de enero, 16:10 horas

Munch se había pasado la primera media hora de trayecto hablándole a Greg Sanders del documental que estaba realizando. Se trataba de una nueva visión de la vida cotidiana en la Europa medieval.

«Dios Santo -pensó Greg-, menudo plomo.» Aquello resultaría peor para su carrera que el anuncio del servicio de limpieza séptica Sanders.

– ¿Dónde están los otros actores?

– Empezaré a filmarlos la semana que viene.

O sea que estarían a solas. Munch no le había pagado a nadie más, así que tendría un montón de dinero en casa.

– ¿Cuánto falta para llegar a su estudio? -quiso saber Greg-. Debemos de llevar ya ochenta kilómetros.

– No falta mucho -respondió Munch. Sonrió y un escalofrío recorrió la espalda de Greg-. No me gusta molestar a los vecinos, por eso vivo donde nadie pueda oírme.

– ¿Por qué tendría que molestarlos? -preguntó Greg sin estar seguro de querer oír la respuesta.

– De vez en cuando hospedo a grupos de recreación medieval.

– ¿Se refiere a gente que organiza torneos y esas comedias?

Munch volvió a sonreír.

– Exacto, esas comedias. -Abandonó la autopista-. Esa es mi casa.

– Qué bonita -musitó Greg-. De estilo clásico Victoriano.

– Me alegro de que le guste. -Enfiló el camino de entrada-. Entre.

Greg siguió a Munch con impaciencia, el anciano andaba muy lento con el dichoso bastón. Una vez dentro, miró alrededor preguntándose dónde debía de guardar el hombre el dinero.

– Es por aquí -le indicó Munch, y lo condujo hasta una habitación llena de trajes. Algunos estaban colgados en perchas mientras que otros se encontraban colocados en maniquís sin rostro. Parecían unos grandes almacenes medievales-. Póngase esto. -Munch señaló un hábito de fraile.

– Primero págueme.

Munch pareció enfadarse.

– Le pagaré cuando esté conforme con su trabajo. Vístase. -Se volvió para marcharse y Greg supo que si no lo hacía entonces, no lo haría nunca.

«Hazlo.» Rápidamente sacó la navaja, se situó detrás de Munch, le rodeó el cuello con el brazo y le presionó la garganta con el filo.

– Me pagarás ahora mismo, viejo. Ve despacio a donde guardas el dinero y no te haré daño.

Munch se quedó quieto. De repente, con un movimiento rápido aferró el pulgar de Greg y se lo retorció. Greg gritó de dolor y la navaja cayó al suelo. Enseguida tuvo el brazo en la espalda y un segundo más tarde estaba en el suelo, bajo la rodilla de Munch.

– Eres un cabronzuelo -dijo Munch, y su voz no sonó como la de un anciano.

Greg apenas podía oír nada más que el martilleo de su cabeza. Notaba un dolor atroz, en el brazo, en la mano. Era insoportable. ¡Crac! Greg gritó al partírsele la muñeca. Luego soltó un gemido cuando a su codo le ocurrió lo mismo.

– Esto es por intentar robarme -soltó Munch. Agarró a Greg por el pelo y le golpeó la cabeza contra el suelo-. Esto es por llamarme viejo.

Greg sintió que las náuseas lo invadían cuando Munch se puso en pie y se guardó la navaja en el bolsillo. «Busca ayuda.» Rebuscó en su bolsillo y abrió a tientas el móvil con la mano izquierda. Solo tuvo tiempo de pulsar una tecla antes de que Munch le estampara una patada en los riñones.

– Las manos fuera de los bolsillos. -Munch introdujo un pie bajo el estómago de Greg y lo colocó boca arriba. Greg no pudo más que observar horrorizado cómo Munch se despojaba del peluquín gris. No era ningún viejo. No tenía el pelo cano, sino que era totalmente calvo. Munch tiró de su perilla y la depositó junto al peluquín. Por último se quitó las cejas. A Greg se le hizo un nudo en el estómago a medida que el simple miedo dejaba paso al terror, glacial e intensísimo. Munch no tenía cejas. No tenía nada de pelo.

«Me matará.» Greg tosió y notó el sabor de la sangre.

– ¿Qué piensa hacer?

Munch le sonrió.

– Cosas terribles, Greg. Cosas verdaderamente terribles.

«Grita.» Pero cuando lo intentó, lo único que brotó de su garganta fue un patético gruñido.

Munch abrió los brazos.

– Grita cuanto quieras. Nadie puede oírte y nadie te salvará. Los he matado a todos. -Se inclinó hasta que todo cuando Greg pudo ver fueron sus ojos, de mirada fría y violenta-. Todos creyeron sufrir, pero su sufrimiento no fue nada comparado con lo que voy a hacer contigo.

12

Martes, 16 de enero, 17:00 horas

Acudieron a la reunión informativa con caras largas. Vito ocupó un extremo de la mesa, con Liz a su derecha y Jen a su izquierda. Junto a Jen se encontraban Bev y Tim. Katherine se sentó al lado de Liz; se la veía demacrada. Vito pensó en lo duro que debía de resultar realizar las autopsias a todos aquellos cadáveres. Seguramente era la que tenía el peor trabajo de todos.

Claro que tener que comunicarle a una familia que su hija de diecinueve años estaba muerta no era como para ponerse a dar saltos de alegría.

– Nick ya ha salido del juzgado -le dijo a Liz-. Han levantado la sesión.

– ¿Ha llegado a declarar?

– No. La fiscal López cree que le tocará mañana.

– Ojalá. Bueno, démonos prisa para salir cuanto antes.

Vito miró el reloj.

– También estoy esperando a Thomas Scarborough.

Jen McFain arqueó las cejas.

– Qué bien. Scarborough es muy bueno haciendo perfiles. ¿Cómo has conseguido que te atienda tan rápido? Había oído que tenía una lista de espera de varios meses.

– Agradéceselo a Nick Lawrence. -Un hombre alto, con hombros de defensa de fútbol americano y ondulado pelo castaño entró en la sala, y con el rabillo del ojo Vito vio que tanto Beverly como Jen se sentaban un poco más erguidas. El doctor Thomas Scarborough no tenía el atractivo que Vito creía que la mayoría de las mujeres apreciaban en un galán, pero gozaba de un porte que dejaba huella. Se inclinó y le tendió la mano a Vito.

– Tú debes de ser Chick. Yo soy Scarborough.

Vito le estrechó la mano.

– Gracias por venir, doctor Scarborough.

– Thomas -lo corrigió, y tomó asiento-. La fiscal López me ha presentado a su compañero en la puerta del juzgado esta mañana. Estábamos esperando para declarar. Nick me ha preguntado sobre los asesinos que utilizan la tortura y he sentido curiosidad.

Vito le presentó a todo el mundo. Luego se dirigió a la pizarra donde esa mañana había dibujado la tabla de fosas.

– Hemos comprobado que la mujer de las manos unidas es Brittany Bellamy. Comparamos las huellas de su dormitorio con las de la víctima. Son suyas.

– O sea que hemos identificado a tres de los nueve cadáveres -dijo Liz-. ¿Qué tienen en común?

Vito sacudió la cabeza.

– No lo sabemos. Warren y Brittany aparecen en la página web de modelos, pero Claire no. A Warren y a Brittany los torturaron. El asesino le rompió el cuello a Claire, pero no le hizo nada más. Entre los asesinatos transcurrió al menos un año.

– Lo que tienen en común es que todos estaban enterrados en ese campo -observó Jen-. Tenía razón cuando os dije que no creía que la tierra de las tumbas procediera del mismo terreno. Allí casi todo es arcilla. En cambio la tierra que utilizaron para llenar las fosas es más arenosa. Probablemente procede de una cantera.

Tim Riker suspiró.

– Pennsylvania está plagada de canteras.

Liz frunció el entrecejo.

– Pero ¿por qué transporta tierra de otro lugar? ¿Por qué no utiliza la tierra que antes extrajo de la fosa?

– Esa pregunta es muy fácil de responder -dijo Jen-. La tierra del campo se aterrona al mojarse. En cambio la tierra de la cantera es arenosa y no absorbe tanto el agua, esta se filtra. Es más fácil cubrir un cadáver de arena que de tierra compacta.

– ¿Podemos averiguar el lugar exacto del que procede la tierra? -preguntó Beverly.

– He avisado a un geólogo. Su equipo está examinando la composición mineral para darnos una idea de dónde se encuentra naturalmente ese tipo de suelo. Aun así, les llevará unos cuantos días.

– ¿Podemos hacer algo para que vayan más rápido? -preguntó Liz-. ¿Ayudarles a conseguir recursos?

Jen levantó las manos.

– He tratado de ejercer presión, pero hasta el momento todos me han dicho que trabajan lo más rápido que pueden y que cuentan con el máximo de recursos. De todos modos, volveré a intentarlo.

Liz asintió.

– Hazlo. El patrón de las sepulturas indica que el asesino aún no ha terminado. De hecho, ahora mismo podría estar ocupándose de una nueva víctima. Dos días pueden ser mucho tiempo.

– Sobre todo porque hemos alterado su rutina -observó Thomas en tono quedo-. Ese asesino es obsesivo-compulsivo hasta un punto increíble. Ha dejado un espacio abierto al final de la tercera fila, y si sigue el mismo patrón que hasta ahora, en cualquier momento empezará a buscar una nueva víctima. Cuando descubra que habéis encontrado el cementerio que tan cuidadosamente planeó… se quedará desconcertado. Se enfadará, tal vez se sienta desorientado.

– Quizá entonces cometa algún error -dijo Beverly.

Thomas asintió.

– Es probable. Pero también puede que se desmorone, que abandone lo planeado y cambie de estrategia. Casi pasó un año entre los primeros asesinatos y los más recientes. Podría esperar otro año, o más.

– O podría buscar otro terreno y cavar otra serie de tumbas -repuso Jen con voz cansina.

– Eso también es posible -reconoció Thomas-. Lo que haga a continuación depende del motivo último por el que esté haciendo todo esto. Por qué mata a gente. Por qué empezó. Por qué ha dejado pasar un año entre las dos series de asesinatos.

– Esperábamos que tú nos ayudaras a responder a todo eso -dijo Vito en tono seco.

La sonrisa de Thomas también fue seca.

– Haré cuanto pueda. Una de las cosas que necesitamos averiguar es cómo elige a las víctimas. Las dos últimas aparecen en la página web de modelos.

– Puede que sean tres -intervino Tim Riker-. He realizado una búsqueda de todos los modelos masculinos que aparecen en tupuedessermodelo.com y que tienen la misma altura y peso que el chico del mangual.

– Deja de llamarle así -le espetó Katherine, y a continuación frunció los labios con fuerza-. Por favor.

Su voz denotaba una desesperación tal que todos se volvieron a mirarla.

– Lo siento, Katherine -se disculpó Tim-. No pretendía faltarle al respeto.

Ella asintió, vacilante.

– No te preocupes. Es mejor que lo llamemos el tres-uno, por la tumba. Acabo de terminar su autopsia. Brittany Bellamy y Warren Keyes sufrieron muchísimo, pero todo parece indicar que su suplicio duró pocas horas. Al tres-uno, en cambio, lo torturaron durante varios días. Tiene todos los dedos de las manos rotos. También tiene rotos los brazos y las piernas. Le despellejaron la espalda. -Tragó saliva-. Y le quemaron los pies.

– ¿Las plantas de los pies? -preguntó Liz con amabilidad.

– No, los pies enteros. La cicatriz los cubre por completo y está claramente delimitada. Es como un calcetín.

– O una bota -terció Nick con gravedad. Acababa de entrar por la puerta. Le estrechó el hombro a Katherine para tranquilizarla y se sentó junto a Scarborough-. Es uno de los instrumentos de tortura que he encontrado en internet. Los inquisidores llenaban una bota de aceite hirviendo, solían aplicarlo en ambos pies por separado. Era un método muy efectivo para que la gente acabara diciendo todo lo que ellos querían.

– Pero ¿qué debe querer el asesino que digan todas esas personas? -preguntó Beverly con la voz llena de frustración-. Eran modelos, actores.

– Tal vez no quisiera que dijeran nada. Tal vez solo quisiera verlos sufrir -observó Tim en voz baja.

– Pues lo que se dice sufrir, sufrieron -soltó Katherine con amargura.

Vito cerró los ojos y se esforzó por imaginarse la escena, tan horrible como era.

– Pero, Katherine, hay algo que no encaja. La forma en que su cabeza se partió indica que tenía que estar sentado. Si hubiera estado tumbado, el cráneo habría quedado aplastado, no partido. Si ese chico estaba en un estado tan lamentable antes de recibir el golpe del mangual… o lo que sea, ¿cómo es posible que se mantuviera erguido?

Los labios de Katherine dibujaron una fina línea.

– He encontrado restos de cuerda en la piel del torso. Creo que lo ataron para que mantuviera la posición vertical. Las marcas circulares también se aprecian en la cuerda.

Hubo un momento de silencio mientras todos digerían el último horror.

– ¿Qué has obtenido de la búsqueda en la base de datos de tupuedessermodelo.com, Tim?

– Unos cien nombres, más o menos, pero el hecho de que le quemaran los pies es un dato importante. Brittany Bellamy era modelo de manos y el asesino la hizo posar con ellas unidas. Warren llevaba un tatuaje de un Oscar y lo colocó como si sostuviera una espada. -Tim sacó un listado de su carpeta y empezó a examinarlo-. Hay tres que son modelos de pies. -Miró a Katherine-. ¿Qué talla de zapatos utilizaba la víctima?

– Un cuarenta y cuatro.

Tim hojeó las páginas con rapidez. De pronto se detuvo y se fijó en algo.

– Sí. -Volvió a mirar la hoja con expresión triunfante-. Solo hay uno que calce un cuarenta y cuatro. William Melville. Aparece como Bill. El año pasado hizo un anuncio de un espray para pies.

A Vito se le aceleró el pulso.

– Buen trabajo, Tim. Muy buen trabajo.

Tim asintió con seriedad. Luego miró a Katherine.

– Ya tiene nombre.

– Gracias -musitó ella-. Eso significa mucho.

– Tendremos que comprobarlo cuando terminemos la reunión -dijo Vito con denuedo-. Nick y yo nos encargaremos de buscar la dirección de Bill Melville y verificar los datos. Tim, me gustaría que Beverly y tú siguierais investigando la base de datos. Aún me interesa saber a quiénes intentó contratar el asesino sin conseguirlo. También quiero saber con quién se ha puesto en contacto últimamente. Tenemos que encontrarlo y detenerlo antes de que llene la fila.

– Cuando acabemos esto tenemos previsto reunirnos con Brent Yelton, del departamento de informática -explicó Beverly-. Nos ha dicho que intentaría obtener información desde la página de los usuarios pero que probablemente acabaría necesitando la ayuda de los administradores. -Hizo una mueca-. Y para eso nos hará falta una orden judicial.

– Si me proporcionáis toda la información necesaria me encargaré de conseguir la orden -se ofreció Liz.

– O sea que eligió a las tres últimas víctimas por alguna característica física -dijo Thomas con aire pensativo-. Gracias a la base de datos ha podido buscar las características que necesitaba. Lo de las poses implica cierta teatralidad, y los modelos están acostumbrados a posar delante de una cámara.

Nick frunció el entrecejo.

– ¿Es posible que el tipo se dedique a filmar todo eso?

– Es una idea. -Vito lo anotó en la pizarra-. Vamos a dejarlo así de momento. Sigamos. También están los ordenadores. El disco duro de Warren está destrozado, y el de la familia Bellamy también. Sin embargo Claire no tenía ordenador.

– Lo que significa que no se puso en contacto con ella a través de la red -observó Tim-. A menos que hubiera utilizado un ordenador público. Trabajaba en la biblioteca.

Vito suspiró.

– Será muy difícil rastrear una conexión a internet hecha desde un ordenador público quince meses atrás. Estamos en un callejón sin salida.

– ¿Qué has averiguado de la procedencia de los instrumentos que utiliza? -preguntó Nick-. ¿Han resultado de ayuda los contactos de Sophie?

– No mucho. -Vito se recostó en el asiento-. La cota de malla es de buena calidad. Un jubón con los agujeros de ese diámetro cuesta más de mil dólares.

– Joder -exclamó Nick-. Así que el tipo tiene pasta.

– Lo malo es que se puede comprar por internet, y está disponible en varias tiendas virtuales. -Vito se encogió de hombros-. Igual que la espada y el mangual. Será difícil rastrear una compra en particular, pero tenemos que intentarlo. Sophie me ha explicado que uno de sus profesores oyó que ha desaparecido una colección de instrumentos de tortura. Seguiré investigándolo mañana. La procedencia es europea, así que tendré que implicar a la Interpol.

– Eso nos hará perder más tiempo -se quejó Liz-. ¿No puedes pedirle a la arqueóloga que ahonde un poco más?

Jen se estremeció.

– No querrás que busque más tumbas, ¿verdad? -bromeó.

– Se lo preguntaré -se ofreció Vito. «Si cena conmigo esta noche.» Si no… Imaginaba que tendría que retirarse, pero no tenía claro que fuera capaz de hacerlo. Hacía mucho tiempo que ninguna mujer le atraía tanto; tal vez nadie le hubiera atraído así en la vida. «Por favor, Sophie, por favor; acude a la cita»-. Jen, ¿qué más has descubierto en el escenario del crimen?

– Nada. -Arqueó una ceja-. Pero eso ya es significativo. Todavía estamos examinando la tierra del interior de las tumbas, y tenemos para unos días. Sin embargo, echamos en falta una cosa.

– La tierra que extrajo de las fosas -adivinó Beverly, y Jen le dio un toque en la nariz.

– Hemos peinado el bosque entero y no hemos encontrado esa tierra.

– A lo mejor la esparció -apuntó Tim sin demasiado convencimiento.

– A lo mejor, pero eso supone mucho trabajo. Dieciséis tumbas implican una gran cantidad de tierra. Habría sido más fácil apilarla a un lado.

– O llevársela. Tiene un camión -dedujo Vito.

– O se lo han dejado. Es posible que podamos saber el modelo. Hemos encontrado una huella de neumático en el camino de acceso al campo. La están examinando en el laboratorio. -Los labios de Jen se curvaron hacia abajo mientras pensaba-. La carta de dimisión que los padres de Claire le entregaron a Bev y Tim es una copia. Necesitamos el original. ¿Quién lo tiene?

Sonó un móvil y todos miraron sus aparatos al instante. Katherine alzó el suyo.

– Es el mío -anunció-. Perdonadme. -Se puso en pie y se acercó a la ventana.

– La carta está en la biblioteca donde trabajaba Claire -dijo Tim-. Ya la hemos solicitado, pero nos han dicho que tenían que seguir el protocolo. Esperan tenerla allí mañana.

Jen sonrió abiertamente.

– Muy bien. A ver si conseguimos alguna huella decente.

Katherine cerró el móvil de golpe y se volvió hacia el grupo. Los ojos volvían a brillarle.

– ¿Sabéis el lubricante de silicona que encontrasteis con las cosas de Claire?

– El que utilizaba para la pierna ortopédica -dijo Vito con prudencia-. ¿Qué pasa?

– Es igual que el de la muestra que tomé del alambre de las manos de Brittany.

Vito dio una palmada en la mesa.

– Excelente.

– Pero -empezó Katherine con énfasis-… no concuerda con la muestra que tomé de Warren. El lubricante que encontré en las manos de Warren tiene una fórmula muy parecida pero no exacta. Desde el laboratorio han llamado al fabricante, y este les ha explicado que tienen dos fórmulas básicas pero que suelen preparar mezclas especiales para clientes alérgicos.

Vito miró la mesa mientras procesaba la información.

– O sea que el lubricante de las manos de Warren es especial. -Levantó la cabeza-. ¿Claire también compraba una mezcla especial?

Katherine arqueó las cejas.

– Según el registro del fabricante no.

– O sea que es de otra persona -dedujo Beverly.

– Pudo haberlo comprado en otro sitio, o tal vez se lo compró alguien -advirtió Liz-. No deis nada por sentado si no lo sabéis seguro.

Katherine asintió.

– Tienes razón. Según el fabricante, las recetas las firmaba un tal doctor Pfeiffer. Podéis preguntarle a él si Claire utilizaba algún lubricante especial. Si dice que no, o bien utilizó el lubricante de otra persona o bien es del asesino.

Vito se frotó las manos.

– La cosa empieza a ir por buen camino. Thomas: después de lo que has oído, ¿qué piensas del asesino?

– ¿Se trata de una sola persona? -añadió Nick.

– Buena observación. -Thomas se recostó en el asiento y se cruzó de brazos-. Tengo la impresión de que trabaja solo. Casi seguro que es un hombre, más bien joven e inteligente. De una crueldad desapasionada, mecánica. Obsesivo, evidentemente, lo cual también afecta a otros aspectos de su vida: trabajo, relaciones. Su habilidad para crear virus informáticos también cuadra con el perfil. Se siente más cómodo con las máquinas que con las personas. Diría que vive solo. En la adolescencia debió de cometer acciones violentas, desde meterse con los compañeros hasta maltratar animales. Suele seguir un método y es eficiente. Podría haberse limitado a matar a dos personas para convertirlas en efigies, pero antes aprovechó para experimentar con ellas los métodos de tortura.

– O sea que es un tipo obsesivo y solitario, frío como un témpano, que se piensa las cosas dos veces y cuando las hace, acierta a la primera -dijo Jen con acritud, y Thomas se rió entre dientes.

– Bien resumido, sargento. Si a todo eso añades efectista, ya lo tienes.

Vito se puso en pie.

– Bueno, Bev, Tim, Nick y yo tenemos cosas que hacer. Thomas, ¿podemos avisarte siempre que te necesitemos?

– Claro.

– Entonces volveremos a reunirnos mañana a las ocho -concluyó Vito-. Estad alerta y cuidaos.

Martes, 16 de enero, 17:45 horas

Nick se hundió en la silla y colocó los pies sobre el escritorio.

– Te juro que tener que estar esperando en el juzgado me cansa más que un maldito día de trabajo.

– ¿Alguna novedad en cuanto al paradero de Kyle Lombard?

– Ninguna. Podría haber telefoneado a setenta y cinco Kyle Lombard mientras esperaba en la puerta, pero tengo la batería del móvil agotada.

– Puedes intentarlo mañana. -Vito alcanzó una nota del escritorio-. Tino ha venido. Está en el depósito de cadáveres, haciendo un retrato de la pareja de ancianos de la segunda fila.

– Si hay suerte obrará otro milagro -dijo Nick.

– Está claro que con Brittany Bellamy dio en el clavo. -Vito se sentó frente a su ordenador, entró en la página de tupuedessermodelo.com y buscó el currículum y la fotografía de Bill Melville-. Ven a ver al señor Melville.

Nick rodeó los escritorios y se situó de pie tras él.

– Un tipo alto y fornido como Warren.

– Sin embargo, aparte de la corpulencia, no se parecen en nada.

Warren era rubio; Bill, en cambio, era moreno y de aspecto intimidatorio.

– Practicaba artes marciales. -Vito miró a Nick-. ¿Por qué elegiría el asesino a una víctima que bien podría haberlo molido a palos?

– No parece muy inteligente por su parte -convino Nick-. A menos que necesitara a alguien con esas características. Warren consultaba páginas de esgrima y lo colocó como si sostuviera una espada. A Bill lo mató con un mangual. -Nick se sentó en el borde del escritorio de Vito-. Hoy no he comido. Vamos a comprarnos algo antes de buscar dónde vivía Melville.

Vito miró el reloj.

– He quedado para cenar. -«A ver si hay suerte.»

La expresión de Nick cambió por completo al esbozar una lenta sonrisa.

– ¿Para cenar?

Vito notó que le ardían las mejillas.

– Cállate, Nick.

Pero su sonrisa se hizo más amplia.

– De eso ni hablar. Quiero saberlo todo.

Vito levantó la cabeza para mirarlo.

– No hay nada que contar. -«Por lo menos, todavía no.»

– Esto está yendo mejor de lo que esperaba. -Nick soltó una carcajada al ver que Vito alzaba los ojos en señal de exasperación-. No tienes sentido del humor, Chick. Vale, vale. ¿Qué has averiguado de Brewster?

– Que es un cabrón que engaña a su mujer y las prefiere altas y rubias.

– Vaya. Ahora entiendo la reacción de Sophie al ver las flores. Dices que te ha dado los nombres de algunos coleccionistas.

– Todos son baluartes de la sociedad y tienen más de sesenta años. Es casi imposible que ninguno haya sido capaz de cavar dieciséis tumbas y mover a tipos como Keyes y Melville. He investigado sus movimientos bancarios lo que he podido, teniendo en cuenta que no dispongo de ninguna orden judicial, y no he visto nada sospechoso.

– ¿Y el propio Brewster?

– Es lo bastante joven, creo. Su despacho parece un museo, pero todo está a la vista.

– A lo mejor tiene un escondite.

– A lo mejor, pero estaba fuera del país la semana en que Warren desapareció. -Vito miró a Nick con pesadumbre-. Lo he buscado en Google al volver de casa de los Bellamy. Lo primero que me ha salido es la conferencia que dio en Ámsterdam el cuatro de enero. En el registro de la compañía aérea consta que el doctor Alan Brewster y su esposa volaron en primera clase de Filadelfia a Ámsterdam.

– Los billetes de primera clase son caros. Los profesores universitarios no ganan tanto dinero. Igual trafica.

– La mujer está forrada -repuso Vito-. Gramps era un magnate del carbón. También lo he buscado.

Nick hizo una mueca de complicidad.

– Te habría gustado que fuera él.

– No te imaginas cuánto. Pero a menos que tenga un cómplice, Brewster no pasa de ser un hijo de puta. -Vito buscó a través de su ordenador la base de datos del Departamento de Vehículos Motorizados-. Melville tenía veintidós años, la última dirección que consta está al norte de Filadelfia. Yo conduciré.

Martes, 16 de enero, 17:30 horas

Sophie se había puesto manos a la obra y se encontraba rodeada de serrín en el viejo almacén situado por detrás de la nave industrial que habían convertido en la dependencia principal del museo. Ted tenía razón, el almacén no estaba perfectamente adecuado pero tenía posibilidades. Además, si respiraba hondo, aún notaba el olor a chocolate en algunos rincones. Tenía que ser cosa del destino.

Echó un vistazo al futuro emplazamiento de su excavación experimental. Hacía mucho tiempo que no estaba tan satisfecha. Bueno, tal vez «satisfecha» no fuera la palabra más adecuada. Se sentía activa y llena de energía al pensar en las maravillas que podría llevar a cabo en aquel espacio enorme con techos de nueve metros de altura. El cerebro le iba más deprisa que una ametralladora.

También el corazón le latía acelerado. Esa noche cenaría con Vito Ciccotelli. Estaba impaciente, ávida. Sentía muy próximo el final de su autoimpuesto veto sexual. Había decidido no volver a mantener nunca más una relación con un colega, lo que implicaba encontrar un hombre fuera de la excavación, en la ciudad, y por naturaleza, ese tipo de relaciones eran superficiales; no pasaban de ser una simple manera de quitarse la espina cuando se le hacía demasiado duro soportar la situación. Sin embargo luego no podía dejar de sentirse culpable por mantener encuentros efímeros y se aborrecía. Con Vito sería diferente, lo presentía. Tal vez la abstinencia terminara pronto.

Todo a su debido tiempo. De momento, estaba ansiosa por examinar el contenido de las cajas que había transportado desde su despacho. Ya había descubierto tesoros increíbles.

En aquel despacho la rodeaban reliquias medievales y ni siquiera lo sospechaba. Abrió una caja con la ayuda de una palanca y echó el serrín en el suelo a paladas hasta topar con una caja más pequeña.

Oyó unos pasos tras de sí y un instante más tarde, una voz que decía:

– No puede ser.

Sophie ahogó un grito y se dio media vuelta de inmediato, blandiendo la palanca en el aire. Luego exhaló un suspiro.

– Theo, te juro por Dios que uno de estos días voy a hacerte daño.

Theodore Albright Cuarto la miraba plantado en la penumbra con gesto severo. Muy tieso, cruzó los brazos sobre sus anchos pectorales.

– No puedes poner aquí todas esas cosas. Los niños las estropearán.

– No pienso dejar a la vista nada de valor. Haré reproducciones de plástico y las romperé en pedazos. Luego esconderé los pedazos bajo la arena para que la gente los encuentre, igual que encontramos las piezas de cerámica en las excavaciones.

Theo miró el almacén a su alrededor.

– ¿Piensas convertir esto en una excavación?

– Ese es mi plan. Sé que las piezas de tu abuelo son valiosísimas. No pienso dejar que les ocurra nada.

Él relajó los anchos hombros.

– Siento haberte asustado. -Bajó la vista a la mano de Sophie y esta se percató de que aún sostenía en ella la palanca. Se arrodilló y la depositó en el suelo.

– No pasa nada. -El regalito de Amanda Brewster y su llamada telefónica la habían puesto más nerviosa de lo que creía-. Esto… ¿querías algo?

Él asintió.

– Tienes una llamada. Es un hombre de edad, desde París.

«Maurice.»

– ¿Desde París? -Ya asía a Theo del brazo y se dirigía hacia la puerta-. ¿Por qué no me lo has dicho antes? -le preguntó mientras cerraba con llave el almacén.

Una vez en su despacho, cerró la puerta, tomó el teléfono y dejó que su mente se relajara al poder hablar en francés.

– ¿Maurice? Soy Sophie.

– Sophie, querida. ¿Y tu abuela? ¿Cómo está?

Su voz denotaba temor y Sophie se percató de que creía que la llamada se debía a malas noticias sobre Anna.

– Va tirando. De hecho, no te he llamado por eso. Lo siento, tendría que habértelo dicho para que no te preocuparas.

Él exhaló un suspiro.

– Sí, habría sido mejor, pero imagino que no puedo culparte por no darme malas noticias. ¿Por qué has llamado?

– Estoy realizando una investigación y he pensado que podrías proporcionarme información.

– Ah. -Su voz se animó y Sophie esbozó una sonrisa. Maurice siempre había sido uno de los amigos más chismosos de su padre-. ¿Qué tipo de información?

– Bueno, se trata de…

Martes, 16 de enero, 20:10 horas

– Así, ¿la víctima es Bill Melville? -preguntó Liz a través del teléfono mientras Vito giraba el volante de su camioneta para enfilar la calle donde vivía.

– Sus huellas coinciden con las que Latent ha encontrado en su piso. Nadie ha vuelto a verlo desde Halloween. Los niños del vecindario dicen que siempre se disfrazaba y repartía golosinas.

– Qué majo.