/ Language: Español / Genre:sf

Marte rojo

Kim Robinson

Siglo XXI. Durante eones, las tormentas de arena han barrido el estéril y desolado paisaje del planeta rojo. Ahora, en el año 2026, cien colonos, cincuenta mujeres y cincuenta hombres, viajan a Marte para dominar ese clima hostil. Tienen como misión la terraformación de Marte, y como lema: “Si el hombre no se puede adaptar a Marte, hay que adaptar Marte al hombre”. Espejos en órbita reflejarán la luz sobre la superficie del planeta. En las capas polares se esparcirá un polvo negro que fundirá el hielo. Y grandes túneles, de kilómetros de profundidad, atravesarán el manto marciano para dar salida a gases calientes. En este escenario épico, habrá amores y amistades y rivalidades, pues algunos lucharán hasta la muerte para evitar que el planeta rojo cambie.

Kim Stanley Robinson

Marte Rojo

para Lisa

PRIMERA PARTE

Noche de fiesta

Marte estaba vacío antes de que llegáramos. Esto no significa que nunca hubiera sucedido nada. El planeta había conocido dilataciones, fusiones, perturbaciones, y al fin se había enfriado, dejando una superficie marcada por inmensas cicatrices geológicas: cráteres, cañones, volcanes. Pero todo eso ocurrió en la inconsciencia mineral, sin que nadie lo observara. No hubo testigos, excepto nosotros, que mirábamos desde el planeta vecino, y eso sólo en el último momento de una larga historia. Marte no ha tenido nunca otra conciencia que nosotros.

Ahora todo el mundo conoce la influencia de Marte en la cultura humana: para las generaciones de la prehistoria era una de las luces principales del cielo, a causa de su color rojo y de las fluctuaciones de su luz, y por cómo retrasaba su curso errante entre las estrellas, y a veces incluso lo invertía. Parecía que con todo aquello quisiera decir algo. Así pues, no sorprende que los nombres más antiguos de Marte pesen de un modo peculiar en la lengua: Nirgal, Mángala, Auqakuh, Harmakis. Suenan como si fueran aún más viejos que las lenguas antiguas en las que los encontramos, como si fueran palabras fósiles de la Edad de Hielo o anteriores. Sí, durante miles de años Marte tuvo un poder sagrado para los humanos; y su color lo convirtió en un poder amenazante, ya que representaba la ira, la sangre, la guerra y el corazón.

Luego los primeros telescopios nos dieron una imagen más próxima, y vimos el pequeño disco anaranjado de polos blancos y manchas oscuras, que se expandían y se contraían junto con las largas estaciones. Ningún avance en la tecnología del telescopio nos dio mucho más: pero las imágenes captadas desde la Tierra bastaron a Lowell para inspirarle una historia, la historia que todos conocemos, la de un mundo agonizante y un pueblo heroico, que construía canales desesperadamente para contener la última y mortal invasión del desierto.

Era una gran historia. Pero luego las sondas Mariner y Viking enviaron sus fotografías, y todo cambió. Nuestro conocimiento de Marte se multiplicó, literalmente supimos millones de veces más sobre este planeta. Y ahí ante nosotros apareció un mundo nuevo, un mundo insospechado.

Sin embargo, parecía un mundo sin vida. Se buscaron señales de vida marciana pasada o presente, desde microbios hasta constructores de canales, o incluso visitantes alienígenas. Como todos saben, nunca se ha encontrado una sola prueba. Y, así, las historias han florecido de manera natural para llenar el vacío, igual que en el tiempo de Lowell, o de Homero, o como en las cuevas o en la sabana… historias de microfósiles destruidos por nuestros biorganismos, de ruinas encontradas en medio de las tormentas de polvo y luego perdidas para siempre, de un gigante y sus aventuras, de un pueblo de pequeños y esquivos seres rojos, siempre vislumbrados fugazmente de soslayo. Y todas esas historias se hilvanan en un intento por dar vida a Marte, o por traerlo a la vida. Porque todavía somos esos animales que sobrevivieron a la Edad de Hielo, y contemplaban el cielo nocturno maravillados, y contaban historias. Y Marte jamás ha dejado de ser aquello que fue para nosotros desde el principio mismo: una gran señal, un gran símbolo, un gran poder.

Y entonces llegamos aquí. Había sido un poder; ahora se convirtió en un lugar.

—…Y entonces llegamos aquí. Pero lo que no comprendieron fue que cuando llegáramos a Marte estaríamos tan cambiados por el viaje que ya nada importaría de todo lo que nos habían dicho que hiciéramos. No era lo mismo que navegar en un submarino o colonizar el Salvaje Oeste… era una experiencia completamente nueva, y a medida que el vuelo del Ares proseguía, la Tierra se convirtió al fin en algo tan distante que no fue más que una estrella azul entre otras estrellas, las voces terrestres llegaban con tanta demora que parecían venir de un siglo pasado. Estábamos solos; y así nos convertimos en seres fundamentalmente diferentes…

Todo mentiras, pensó con irritación Frank Chalmers. Estaba sentado en una hilera de dignatarios, observando a su viejo amigo John Boone que pronunciaba su habitual Discurso Inspirado. Chalmers estaba cansado de oírlo. La verdad era que el viaje a Marte había sido el equivalente funcional de un largo recorrido en tren. No sólo no se habían convertido en seres fundamentalmente diferentes, sino que en realidad se habían convertido más en ellos mismos que nunca, despojados de hábitos hasta que no quedó nada más que una desnuda materia prima. Pero John estaba allí arriba de pie, agitando un dedo índice hacia la multitud, diciendo «¡Vinimos aquí para hacer algo nuevo, y cuando llegamos nuestras diferencias terrestres, irrelevantes en este mundo nuevo, desaparecieron del todo!». Sí, él realmente lo creía así. Su visión de Marte era una lente que distorsionaba todo lo que veía, una especie de religión.

Chalmers dejó de escuchar y miró el panorama de la ciudad. Iban a llamarla Nicosia. Era la primera ciudad de cualquier tamaño construida sobre la superficie marciana; todos los edificios estaban dentro de lo que era en realidad una tienda inmensa y transparente, sostenida por una estructura casi invisible y levantada en las alturas de Tharsis, al oeste de Noctis Labyrinthus. Ese emplazamiento le permitía ver el horizonte occidental interrumpido por la ancha cumbre del Monte Pavonis. A los veteranos les daba vértigo: ¡estaban en la superficie, estaban fuera de los canales, mesas y cráteres, y podrían verlos siempre! ¡Hurra!

La risa del público atrajo de vuelta la atención de Frank. John Boone tenía una voz ligeramente ronca y un afable acento del Medio Oeste; se mostraba por turnos (y, de algún modo, aun a la vez) tranquilo, apasionado, sincero, modesto, seguro, serio y gracioso. En resumen, el perfecto orador público. Y la audiencia escuchaba arrobada; quien les hablaba era el Primer Hombre en Marte, y a juzgar por las expresiones de todos bien podrían haber estado mirando a Jesús que repartía panes y pescados. En verdad, admiraba a John por llevar a cabo un milagro similar en otra dimensión, transformando una existencia enlatada en un asombroso viaje espiritual.

—En Marte llegaremos a preocuparnos por los demás como nunca antes lo hicimos —decía John, lo que en realidad significaba, pensó Chalmers, una repetición alarmante del comportamiento de las ratas en experimentos de superpoblación—. Marte es un lugar sublime, exótico y peligroso —afirmó John, lo que quería decir que era una bola congelada de roca oxidada en la que estaban expuestos a unos quince rem al año—. Y con nuestro trabajo —continuó John—, estamos preparando un nuevo orden social y el siguiente paso en la historia humana… —es decir, la última variante sobre el tema de la dinámica del poder entre los primates.

John terminó con esa filigrana retórica y hubo, desde luego, una salva de aplausos. Entonces Maya Toitovna se encaminó al estrado para presentar a Chalmers. Frank le lanzó una mirada secreta que le indicaba que no estaba de humor para bromas; ella entendió y dijo:

—Nuestro siguiente orador ha sido el combustible de nuestra pequeña nave —comentario que, de algún modo, fue recibido con una carcajada—. Para empezar, su decisión y energía son lo que nos ha traído a Marte, así que guarden las quejas que puedan tener para nuestro siguiente orador, mi viejo amigo Frank Chalmers.

En el estrado le sorprendió lo grande que parecía la ciudad. Abarcaba un largo triángulo, y se habían reunido en el punto más elevado, un parque que ocupaba el vértice occidental. Siete senderos partían de allí y descendían a través del parque y se convertían en amplios bulevares, bordeados de árboles y cubiertos de hierba. Entre los bulevares asomaban edificios bajos y trapezoidales, cada uno revestido de piedra pulida de diferentes colores. El tamaño y la arquitectura de los edificios daban a la escena un leve aire parisino, París vista por un fauvista ebrio en primavera, con cafés al aire libre y todo lo demás. Cuatro o cinco kilómetros más abajo, tres esbeltos rascacielos marcaban el límite de la ciudad y detrás se extendía el verdor de la granja. Los rascacielos eran parte del armazón de la tienda, que se desplegaba sobre ellos como un entramado abovedado de hilos celestes. El tejido invisible de la tienda les daba la impresión de que estaban al aire libre. Eso era oro. Nicosia iba a ser una ciudad popular.

Chalmers así se lo dijo al público, y éste mostró su acuerdo con entusiasmo. En apariencia dominaba a la multitud, almas inconstantes que eran, casi con la misma seguridad que John. Chalmers, corpulento y sombrío, sabía que contrastaba bastante con el seductor aspecto rubio de John; pero también sabía que tenía su propio carisma hosco, y a medida que entraba en calor recurrió a él, con una selección de sus propias frases hechas.

Entonces un rayo de luz atravesó las nubes y cayó sobre los rostros alzados de la multitud, y Chalmers sintió una punzada en el estómago.

¡Había tanta gente allí, tantos extraños! Una multitud aterradora: esos ojos de cerámica húmeda, encerrados en glóbulos de color rosa, todos clavados en él… casi fue demasiado. Cinco mil individuos en una sola ciudad. Después de los años pasados en la Colina Subterránea era difícil acostumbrarse.

Estúpidamente intentó decir algo de lo que sentía.

—Mirando —dijo—, mirando alrededor… la extrañeza de nuestra presencia aquí es… se ve acentuada.

Estaba perdiendo a la multitud. ¿Cómo expresarlo? ¿Cómo decir que sólo ellos en todo ese mundo rocoso, con caras que brillaban como lámparas de papel a la luz, estaban vivos? ¿Cómo decir que incluso si las criaturas no fueran más que portadoras de genes despiadados, eso todavía era, de algún modo, mejor que la nada del mineral vacío o cualquier otra cosa?

Por supuesto, jamás podría expresarlo. Al menos no en un discurso. Así que se serenó.

—En la desolación de Marte —prosiguió— la presencia humana es, bueno, algo extraordinario. —Se preocuparían por los demás como nunca antes lo habían hecho, repitió con sarcasmo una voz dentro de su cabeza—. Marte, por sí mismo, es una pesadilla gélida y muerta —por lo tanto exótica y sublime— y, abandonados a nosotros mismos, descubrimos la necesidad de… reorganizarnos —o de fundar un nuevo orden social. ¡De modo que sí, sí, sí, se encontró proclamando exactamente las mismas mentiras que acababan de oír de John!

Por tanto, al final del discurso también él recibió una salva de aplausos. Irritado, anunció que era hora de comer, privando a Maya de la oportunidad de decir algo nuevo. Aunque era probable que ella no se hubiera molestado en preparar una réplica. Sabía que a Frank Chalmers le gustaba tener la última palabra.

La gente se apiñó en la plataforma para mezclarse con las celebridades. Ya era raro reunir a tantos de los primeros cien en un solo lugar, y las personas se arracimaban en torno a John y Maya, Samantha Hoyle, Sax Russell y Chalmers.

Frank miró por encima del gentío a John y Maya. No reconoció al grupo de terranos de alrededor, lo que despenó su curiosidad. Avanzó por la plataforma, y al acercarse vio que Maya y John intercambiaban una mirada.

—No hay ninguna razón por la que en este sitio no pueda regir la ley normal —decía uno de los terranos.

—¿De verdad el Monte Olimpo le recordó al Mauna Loa? —le preguntó Maya.

—Claro —repuso el hombre—. Todos los volcanes de cúpula son iguales.

Frank buscó la mirada de Maya por encima de la cabeza de aquel cretino. Ella no se la devolvió. John fingía no haberse enterado de la llegada de Frank. Samantha Hoyle hablaba con otro hombre en voz baja, explicándole algo; el hombre asintió y luego, casualmente, miró a Frank. Samantha siguió dándole la espalda. Pero era John quien importaba, John y Maya. Y los dos actuaban como si no ocurriera nada anormal; aunque el tema de conversación, cualquiera que hubiera sido, había cambiado.

Chalmers dejó la plataforma. Todavía había gente bajando en grupos por el parque hacia las mesas dispuestas en lo alto de los siete bulevares. Chalmers los siguió, caminando bajo los jóvenes sicómoros. Las hojas de color caqui teñían la luz de la tarde y hacían que el parque pareciera el fondo de un acuario.

A las mesas del banquete los obreros de la construcción bebían vodka y hacían ruido, pensando oscuramente que acabada la construcción terminaba la edad heroica de Nicosia. Quizá eso fuera cierto para todo Marte.

El aire se llenó de conversaciones que se superponían. Frank se hundió bajo la turbulencia, y caminó hasta el perímetro norte. Se detuvo ante un remate de hormigón que le llegaba a la cintura: el muro de la ciudad. Del encofrado de metal se elevaban cuatro capas de plástico transparente. Un suizo daba explicaciones a un grupo de visitantes, señalando con aire satisfecho:

—Una membrana exterior piezoeléctrica genera electricidad a partir del viento. Luego hay otras dos láminas: una capa aislante de airgel y una membrana antirradiación que con el tiempo enrojece y tiene que ser sustituida. Es más transparente que una ventana, ¿no?

Los visitantes asintieron. Frank alargó el brazo y empujó la membrana interior. Los dedos se le hundieron hasta los nudillos. Ligeramente fría. Había una tenue inscripción en el plástico: POLÍMEROS ISIDIS PLANITIA. A través de los sicómoros, por encima del hombro, aún podía ver la plataforma en el vértice. John y Maya y la multitud de admiradores terranos todavía seguían allí, hablando con animación. Discutiendo los asuntos del planeta. Decidiendo el destino de Marte.

Dejó de respirar. Apretó las mandíbulas. Golpeó la pared de la tienda con tanta fuerza que alcanzó la membrana exterior: parte de esta ira sería captada y almacenada como electricidad en la red ciudadana. En ese sentido, aquél era un polímero especial: los átomos de carbono se unían a átomos de hidrógeno y de flúor, de tal modo que la sustancia resultante era más piezoeléctrica que el cuarzo. Sin embargo, si se modificaba uno de los tres elementos todo era distinto; sustituyendo el flúor por el cloro, por ejemplo, se obtenía un envoltorio de resina termoplástica.

Frank se miró la mano envuelta, y luego observó un rato las dos membranas. No eran nada sin él.

Furioso, se internó en las estrechas calles de la ciudad.

Apiñados en una plaza como mejillones en una roca, un grupo de árabes bebía café. Los árabes habían llegado a Marte hacía sólo diez años, pero ya eran una auténtica comunidad. Tenían un montón de dinero, y se habían asociado a los suizos para construir un cierto número de ciudades, incluyendo esta última. Y les gustaba Marte. «Es como un día frío en el Distrito Vacío», como decían los saudíes. Las palabras árabes estaban infiltrándose rápidamente en el inglés, pues el vocabulario árabe es mucho más rico para este tipo de escenario: akaba para las abruptas pendientes de las faldas de los volcanes, badia para las grandes dunas, nefuds para la arena profunda, seyl para los lechos de ríos secos desde hacía millones de años… La gente decía que bien podían ponerse a hablar en árabe y terminar de una vez.

Frank había pasado bastante tiempo con los árabes y a los hombres de la plaza les complació verlo.

—¡Salaam akyk! —Lo saludaron, y él contestó:

—¡Marhabba!—. Dientes blancos brillaron bajo bigotes oscuros. Sólo había hombres, como de costumbre. Algunos jóvenes lo condujeron hasta una mesa central a la que se sentaban los mayores, entre ellos su amigo Zeyk.

—Vamos a llamar a esta plaza Hajr el-kra Meshab, la plaza de granito rojo de la ciudad —dijo Zeyk. Señaló las baldosas de color de orín.

Frank asintió y preguntó qué clase de piedra era. Habló en árabe hasta donde pudo, y algo más, provocando algunas carcajadas. Luego se sentó a la mesa central y se relajó, con la sensación de que hubiera podido encontrarse en una calle de Damasco o El Cairo, envuelto en la fragancia de un refinado perfume árabe.

Estudió las caras de los hombres mientras hablaban. Una cultura extranjera, no cabía la menor duda. No iban a cambiar sólo porque estuvieran en Marte; ellos demostraban la falsedad de la visión de John. No aceptaban, por ejemplo, la separación de Iglesia y Estado, y no estaban de acuerdo con los occidentales sobre la estructura y límites de los gobiernos. Y parecían tan patriarcales que se decía que algunas de sus mujeres eran analfabetas… ¡analfabetos en Marte! Esa era una señal. Y en verdad estos hombres tenían la expresión dura que Frank asociaba con el machismo, el aire de hombres que oprimían a las mujeres con tanta crueldad que naturalmente las mujeres devolvían el golpe cómo y dónde podían, aterrorizando a los hijos que a su vez aterrorizaban a las esposas que aterrorizaban a los hijos, y así sucesivamente, en una interminable espiral de muerte y amor y odio sexual entrelazados. De modo que, en ese sentido, todos ellos estaban locos.

Por eso le gustaban a Frank. Y ciertamente le serían útiles, pues actuarían como un nuevo centro de poder. Defiende a un vecino nuevo y débil para debilitar a los viejos vecinos poderosos, como había dicho Maquiavelo. Así que bebió café, y poco a poco, cortésmente, ellos pasaron a hablar en inglés.

—¿Qué les parecieron los discursos? —preguntó, mirando la borra en el fondo de la taza.

—John Boone es el mismo de siempre —contestó el viejo Zeyk. Los otros rieron de mala gana—. Cuando habla de una cultura indígena, lo que quiere decir es que algunas de las culturas terranas serán promovidas aquí y que otras serán rechazadas. Aquellas que parezcan regresivas serán aisladas y destruidas más tarde. Es una forma de ataturkismo.

—Él cree que todo el mundo en Marte debería convenirse en norteamericano —dijo un hombre llamado Nejm.

—¿Por qué no? —preguntó Zeyk, sonriendo—. Ya ha sucedido en la Tierra.

—No —dijo Frank—. No tienen que malinterpretar a Boone. La gente dice que sólo piensa en sí mismo, pero…

—¡Tienen razón! —exclamó Nejm—. ¡Vive en una galería de espejos!

¡Cree que no hemos venido a Marte más que para establecer aquí una buena y vieja supercultura norteamericana, y que todo el mundo estará de acuerdo porque ése es el plan de John Boone!

—No entiende que otros pueblos puedan tener otras opiniones —dijo Zeyk.

—No es eso —repuso Frank—. Lo que pasa es que sabe que no son tan sensatas como la suya.

El comentario provocó algunas risas, pero entre los más jóvenes tuvieron un cierto tono de amargura. Todos creían que antes de que llegaran, Boone había abogado en secreto contra la aprobación de la UN a los asentamientos árabes. Frank fomentaba dicha creencia, que casi era verdad: a John le desagradaba cualquier ideología que pudiera cerrarle el paso. Quería que la pizarra de todos aquellos que vinieran estuviera tan en blanco como fuera posible.

Sin embargo, los árabes creían que John los detestaba. El joven Selim el-Hayil abrió la boca y Frank le echó una rápida mirada de advertencia. Selim no se movió y apretó los labios.

—Bueno, no es tan malo como parece —dijo Frank—. Aunque, a decir verdad, le oí decir que habría sido mejor que los norteamericanos y los rusos hubiesen reclamado el planeta cuando llegaron, igual que los exploradores de otro tiempo.

La risa fue breve y torva. Los hombros de Selim se encorvaron como si hubiera recibido un golpe. Frank se encogió de hombros, sonrió y extendió las manos, abriéndolas.

—¡Pero es inútil! Quiero decir, ¿qué puede hacer? El viejo Zeyk enarcó las cejas.

—Las opiniones cambian.

Chalmers se puso de pie y sostuvo durante un rato la mirada insistente de Selim. Luego se metió por una calle lateral, una de las estrechas callejuelas que conectaban los siete bulevares principales. Casi todas estaban pavimentadas con adoquines o astrocésped, pero en esa calle el suelo era de un basto hormigón claro. Se detuvo ante un portal y miró el escaparate de un taller de botas. Vio su propio y débil reflejo entre un par de pesadas botas de marcha.

Las opiniones cambian. Sí, un montón de gente había subestimado a John Boone… el mismo Chalmers, muchas veces. Recordó la imagen de John en la Casa Blanca, rebosante de convicción, los rebeldes cabellos rubios en desorden, el sol entrando a raudales por las ventanas del Despacho Oval e iluminándolo mientras él agitaba las manos y recorría la estancia y hablaba sin parar y el presidente asentía y sus ayudantes observaban, meditando sobre la mejor manera de ganarse a ese hombre de carisma electrizante. Oh, habían sido noticia en aquellos días, Chalmers y Boone; Frank con las ideas y John con la fachada y un impulso que era prácticamente irresistible. Intentar detenerlo hubiera provocado un auténtico descarrilamiento.

El reflejo de Selim el-Hayil apareció entre las botas.

—¿Es verdad? —inquirió.

—¿Es verdad qué? —preguntó Frank, malhumorado.

—¿Es Boone antiárabe?

—¿Tú qué crees?

—¿No fue uno de los que se opusieron a construir la mezquita en Pobos?

—Es un hombre poderoso.

La cara del joven saudí se descompuso.

—¡El hombre más poderoso de Marte y todavía quiere más! ¡Quiere ser rey! —Selim cerró la mano en un puño y la golpeó contra la otra. Era más delgado que los otros árabes, de barbilla débil, y el bigote le cubría una boca pequeña.

—Pronto se propondrá la renovación del tratado —dijo Frank—. Y la coalición de Boone me mantiene al margen. —Apretó los dientes—. No sé qué planes tienen, pero esta noche voy a averiguarlo. En cualquier caso, ya puedes imaginarte lo que serán. Prejuicios occidentales, sin duda. Tal vez rehusé aprobar el nuevo tratado a menos que garantice que sólo los firmantes del tratado original podrán fundar los asentamientos. —Selim se estremeció y Frank siguió presionando:— Es lo que él quiere, y es muy posible que lo consiga, porque la nueva coalición lo hace aún más poderoso. Podría significar el fin de los asentamientos para los no firmantes. Ustedes pasarían a ser científicos invitados. O los enviarían de vuelta a casa.

En la ventana, el reflejo de la cara de Selim se convirtió en una máscara de furia. —Batial, batial—, musitaba. Muy malo, muy malo. Las manos se le retorcieron y murmuró algo del Corán o de Camus, Persépolis o el Trono del Pavo Real, referencias diseminadas nerviosamente entre conclusiones erróneas. Balbuceos.

—Las palabras no significan nada —dijo con aspereza Chalmers—. Cuando se llega a cierto punto, lo único que cuenta son los hechos.

El joven árabe vaciló.

—No puedo estar seguro —dijo al fin.

Frank le dio un golpe en el brazo, que se sacudió de abajo arriba.

—Estamos hablando de tu gente. Estamos hablando de este planeta. La boca de Selim desapareció bajo su bigote. Después de un rato dijo:

—Es verdad.

Frank no replicó. Permanecieron en silencio, mirando el escaparate, como si estuvieran evaluando las botas. Finalmente Frank alzó una mano.

—Hablaré con Boone otra vez —dijo con calma—. Esta noche. Se va mañana. Intentaré hablar con él, razonar con él. Dudo que sirva de nada. Nunca ha servido de nada. Pero lo intentaré. Más tarde… deberíamos encontrarnos.

—Sí.

—En el parque, entonces, en el sendero más meridional. Alrededor de las once.

Selim asintió.

Chalmers lo traspasó con una mirada.

—Las palabras nada significan —dijo con brusquedad, y se alejó deprisa.

El siguiente bulevar al que fue Chalmers estaba atestado de gente que se amontonaba en las terrazas de los bares o ante quioscos que vendían cuscús y salchichas. Árabes y suizos. Parecía una combinación extraña, pero funcionaba bien.

Esa noche algunos de los suizos distribuían máscaras desde la puerta de un apartamento. Parecía que estaban celebrando una especie de Mardi Gras, o Fassnacht como lo llamaban ellos, con máscaras y música y saltándose todas las convenciones sociales, tal como sucedía en casa en aquellas salvajes noches de febrero en Basel y Zurich y Lucerna… Obedeciendo a un impulso, Frank se unió a la fila.

—Alrededor de todo espíritu profundo siempre crece una máscara — les dijo a dos mujeres jóvenes que tenía delante.

Éstas asintieron con educación y luego continuaron su conversación en un gutural schwyzerdüütsch, un dialecto jamás puesto por escrito, un código privado, incomprensible incluso para los alemanes. Era otra cultura impenetrable la suiza, en algunos aspectos aún más que la arábiga. Sí, pensó Frank; funcionaban bien juntos porque ambos estaban tan aislados que nunca tuvieron un contacto real. Se echó a reír cuando escogió la máscara, una cara negra tachonada con gemas rojas de vidrio. Se la puso.

Una fila de celebrantes enmascarados serpenteaba bulevar abajo, borrachos, excitados, casi descontrolados. En un cruce el bulevar se abría a una plaza pequeña, donde una fuente proyectaba al aire un agua del color del sol. Alrededor de la fuente una banda de percusión aporreaba un calipso. La gente se agrupó, bailando o saltando al ritmo del grave bong del bombo. Cien metros por encima de ellos un respiradero en la estructura de la tienda derramaba aire en la plaza, un aire gélido en el que flotaban pequeños copos de nieve, centelleando a la luz como diminutas lascas de mica. Entonces unos fuegos artificiales estallaron justo debajo del entoldado y las chispas de colores cayeron mezclándose con los copos de nieve.

El ocaso, más que cualquier otro momento del día, les recordaba que se encontraban en un planeta alienígena; algo en la inclinación y el color rojizo de la luz era fundamentalmente erróneo, y trastornaba las nociones adquiridas por el cerebro de la sabana a lo largo de millones de años. Esa noche era un ejemplo particularmente llamativo e inquietante. Frank deambuló bajo la luz, de regreso hacia el muro de la ciudad. La planicie del sur estaba cubierta de rocas, todas acompañadas por una sombra larga y negra. Se detuvo bajo el arco de hormigón de la puerta sur. No había nadie. Las puertas se cerraban durante las fiestas para evitar que los borrachos salieran y se hicieran daño. Pero la red informática del departamento de bomberos le había proporcionado esa mañana el código de emergencia, y cuando estuvo seguro de que nadie miraba introdujo el código y entró deprisa en la antecámara. Se puso un traje, botas y casco, y atravesó las puertas intermedia y exterior.

Fuera hacía un frío intenso, como siempre, y el revestimiento térmico, distribuido siguiendo la estructura del diamante, lo calentó a través de la ropa. El hormigón crujió bajo sus pies, y luego la costradura. Una pequeña nube de arena suelta voló hacia el este, empujada por el viento.

Miró con aire sombrío a su alrededor. Rocas por todas partes. Un planeta machacado billones de veces. Y los meteoritos todavía caían. Algún día una de las ciudades recibiría un impacto. Se volvió y miró hacia atrás. Parecía un acuario brillando en el crepúsculo. No habría aviso previo: de pronto todo volaría por doquier: muros, vehículos, árboles, cuerpos. Los aztecas creían que el mundo terminaría de cuatro maneras: terremoto, fuego, diluvio o jaguares cayendo desde lo alto. Aquí no habría fuego. Y, ahora que lo pensaba, ni terremoto ni diluvio. Sólo quedaban los jaguares.

El cielo crepuscular era de un rosa oscuro sobre el Monte Pavonis. Al este se extendía la granja de Kicosia, un invernadero largo y bajo que descendía en pendiente desde la ciudad; más allá se alcanzaba a ver la granja toda verde y más grande que la ciudad propiamente dicha. Frank caminó con torpeza hacia una de sus antecámaras exteriores y entró.

Dentro de la granja hacía calor, quince grados más que afuera y cuatro más que en la ciudad. No se quitó el casco, ya que el aire de la granja estaba preparado para las plantas, cargado de CO2, y pobre en oxígeno. Se detuvo y hurgó en los cajones de herramientas pequeñas y parches de pesticida, guantes y bolsas. Eligió tres parches diminutos y los metió en una bolsa de plástico; luego se los guardó con cuidado en el bolsillo del traje. Los parches eran pesticidas inteligentes, biosaboteadores diseñados para proporcionar a las plantas defensas sistémicas; había estado informándose y conocía una combinación que sería mortífera para un organismo animal…

Guardó unas cizallas en el otro bolsillo del traje. Unos estrechos senderos de grava lo llevaron por entre largos bancales de cebada y trigo de regreso a la ciudad. Entró en la antecámara, se soltó el casco, se quitó a tirones el traje y las botas y pasó el contenido de los bolsillos del traje a la chaqueta. Luego volvió a la parte baja de la ciudad.

Allí los árabes habían construido una medina, diciendo que un barrio así era crucial para la salud de los ciudadanos; los bulevares se estrechaban y entre ellos se extendía un laberinto de tortuosas callejuelas copiadas directamente de los mapas de Túnez o Argel, o generadas al azar. No era posible allí ver un bulevar desde otro, y arriba el cielo sólo asomaba en franjas moradas entre los edificios inclinados.

La mayoría de los callejones estaban ahora vacíos, ya que la fiesta se celebraba en la parte alta de la ciudad. Una pareja de gatos avanzaba furtivamente entre los edificios, explorando. Frank se sacó las cizallas del bolsillo y arañó en algunas ventanas de plástico, en árabe, Judío, Judío, Judío. Siguió caminando, silbando entre dientes. Los cafés de las esquinas eran pequeñas cuevas de luz. Las botellas tintineaban como los martillos de los prospectores de minas. Un árabe estaba sentado sobre un altavoz bajo y negro tocando una guitarra eléctrica.

Llegó al bulevar central y subió. Sentados en las ramas de los tilos y los sicómoros, los niños se gritaban unos a otros canciones en inglés o en schwyzerdüütsch. Una de ellas decía:

John Boone
fue a la luna,
como no había
coches rápidos
se marchó a Marte.

Pequeñas y desorganizadas bandas de música se movían entre la creciente multitud. Algunos hombres con bigote, vestidos como animadoras norteamericanas, se contoneaban con habilidad en un complicado número de cancán. Los niños aporreaban pequeños tambores de plástico. Había mucho ruido; aunque las paredes de la tienda absorbían el sonido y no se oía ningún eco, como bajo la bóveda de un cráter.

Allí arriba, donde el bulevar se abría al parque de sicómoros, estaba John en persona, rodeado por una pequeña multitud. Vio acercarse a Chalmers y lo saludó con la mano, identificándolo a pesar de la máscara. Hasta ese extremo habían llegado a conocerse los primeros cien…

—Eh, Frank —dijo—. Parece que te diviertes.

—Así es —repuso Frank a través de la máscara—. Me encantan las ciudades como ésta, ¿a ti no? Un rebaño de especies mezcladas. Marte es una colección de culturas. —La sonrisa de John fue relajada. Miró a lo largo del bulevar. Bruscamente, Frank dijo:— Un lugar así es un estorbo para tus planes, ¿no?

La mirada de Boone volvió a posarse en él. La multitud se apartó, advirtiendo la naturaleza antagónica del intercambio.

—No tengo ningún plan —respondió Boone.

—¡Oh, vamos! ¿Qué me dices de tu discurso? John se encogió de hombros.

—Lo escribió Maya.

Una mentira doble: que lo escribiera Maya, que John no creyera en él. Aun después de tanto tiempo era casi como hablar con un extraño.

Con un político en campaña.

—Vamos, John —dijo Frank—. Crees en todo eso y lo sabes bien. Pero ¿qué vas a hacer con las diferentes nacionalidades? ¿Con todos los odios étnicos, los fanatismos religiosos? Es imposible que tu coalición lo controle todo. Marte ya no es una estación científica, y no van a conseguir un tratado que cambie eso de la noche a la mañana.

—No lo pretendemos.

—¿Entonces por qué me mantienes fuera de las discusiones?

—¡No es verdad! —John pareció ofendido—. Tranquilízate, Frank. Seguiremos trabajando juntos, como siempre. Tranquilízate.

Desconcertado, Frank miró a su viejo amigo. ¿Qué creer? Nunca había sabido qué pensar de John… Se mostraba tan cordial y sin embargo un día lo había utilizado como trampolín… Pero ¿no habían comenzado como aliados, como amigos?

Se le ocurrió que John estaba buscando a Maya.

—¿Dónde está Maya?

—Por ahí —dijo Boone con brusquedad.

Hacía años que eran incapaces de hablar de Maya. Boone le echó una mirada penetrante, como si le dijera que no era asunto suyo. Como si todo lo que tuviera importancia para Boone se hubiera convertido a lo largo de los años en algo que no era asunto de Frank.

Frank lo dejó sin decir una palabra.

El cielo era ahora de un violeta intenso, rasgado por cirros amarillos. Frank pasó junto a dos figuras que llevaban máscaras de cerámica blanca, los antiguos personajes de la Comedia y la Tragedia, esposados juntos. Las calles de la ciudad se habían oscurecido y las ventanas resplandecían, revelando dentro siluetas que estaban de fiesta. Unos ojos grandes se movían inquietos en cada máscara desdibujada, buscando la fuente de la tensión que había en el aire. Bajo el chapoteo de la marea de la multitud había un sonido grave y perturbador.

No debería haberse sorprendido, no debería. Conocía a John todo lo bien que se puede conocer a otra persona, quizás. Avanzó entre los árboles del parque, bajo las hojas del tamaño de manos de los sicómoros. ¿Cuándo había sido distinto? Todo ese tiempo juntos, esos años de amistad; pero nada de todo eso importaba ahora. Otra clase de diplomacia.

Miró su reloj. Casi las once. Tenía una cita con Selim. Otra cita. Una vida de días divididos en cuartos de hora lo había acostumbrado a correr de una cita a la siguiente, cambiando de máscara, abordando crisis tras crisis, dirigiendo, manipulando, haciendo negocios con una agitación febril que no terminaba nunca; y aquí había una celebración, Mardi Gras, Fassnacht, y él seguía como de costumbre. No era capaz de recordar ninguna otra manera.

Llegó al emplazamiento de una obra, un armazón esquelético de magnesio rodeado de pilas de ladrillos y arena y adoquines. Un descuido haber dejado esas cosas ahí. Se llenó los bolsillos de la chaqueta con trozos de ladrillo. Al incorporarse, vio a alguien que lo observaba desde el otro lado del emplazamiento: un hombrecito de cara delgada bajo unas trenzas negras y rígidas. Algo en su expresión era desconcertante, como si el extraño viera a través de las máscaras de Chalmers y estuviera mirándolo con tanta atención porque se daba cuenta de lo que pensaba, de lo que estaba planeando.

Asustado, Chalmers se retiró rápidamente hacia el fondo del parque. Cuando estuvo seguro de que había perdido al hombre y de que nadie más lo vigilaba, empezó a arrojar con fuerza piedras y ladrillos hacia la parte baja de la ciudad. ¡Y también una para ese extraño, en plena cara! Arriba, la estructura de la tienda no era más que una trama difusa de estrellas ocultas; parecía que estuvieran al aire libre en un frío viento nocturno. Habían puesto al máximo la circulación del aire aquella noche, por supuesto. Cristales rotos, gritos, alguien que chillaba. Ciertamente había mucho ruido, la gente se estaba desmandando. Tiró un último adoquín a una ventana grande e iluminada al otro lado de la hierba. Erró el blanco. Se escabulló entre los árboles.

Cerca del muro meridional vio a alguien bajo un sicómoro… Selim, que daba vueltas, inquieto.

—Selim —llamó en voz baja, sudando.

Metió la mano en el bolsillo, tanteó con cautela la bolsa y palpó el trío de parches que había obtenido en la granja. La sinergia podía ser muy poderosa, para bien o para mal. Avanzó y abrazó toscamente al joven árabe. El contenido de los parches atravesó la camisa de algodón de Selim. Frank se apartó.

Ahora Selim disponía de unas seis horas.

—¿Hablaste con Boone?

—Lo intenté —dijo Chalmers—. No escuchó. Me mintió. —Era tan fácil fingir aflicción…— ¡Veinticinco años de amistad y me mintió! — Golpeó el tronco de un árbol con la palma de la mano y los parches se perdieron volando en la oscuridad. Se dominó—. La coalición va a recomendar para todos los asentamientos a los países que firmaron el primer tratado. —Era posible; y ciertamente era plausible.

—¡Nos odia! —gritó Selim.

—Odia todo lo que se le interpone en el camino. Y puede ver que el islam aún es una fuerza real en las vidas de las gentes. Les moldea la forma en que piensan y eso no lo soporta.

Selim se estremeció. Los ojos le brillaban en la oscuridad.

—Hay que detenerlo.

Frank se hizo a un lado y se apoyó en un árbol.

—Yo… no sé.

—Tú mismo lo dijiste. Las palabras no significan nada.

Frank se abrazó al árbol, sintiéndose mareado. Idiota, pensó, las palabras significan todo. ¡No somos más que un intercambio de información, las palabras son todo lo que tenemos!

De nuevo se acercó a Selim y preguntó:

—¿Cómo?

—El planeta. Es nuestra única posibilidad.

—Esta noche las puertas de la ciudad están cerradas. —Eso detuvo a Selim. Empezó a retorcerse las manos. Frank añadió:— Aunque la puerta que da a la granja aún está abierta.

—Pero las puertas exteriores estarán cerradas.

Frank se encogió de hombros, y dejó que Selim pensara en la solución.

Y casi en el acto Selim parpadeó y dijo:

—Ah. —Y de pronto ya no estaba allí.

Frank se sentó en el suelo, entre los árboles. Era una tierra arenosa, marrón y húmeda, producto de mucha ingeniería. Nada en la ciudad era natural, nada.

Después de un rato se levantó. Caminó por el parque, mirando a la gente. Si encuentro una persona buena, ciudad, salvaré a ese hombre. Pero, en un espacio abierto, unas figuras enmascaradas se estaban enzarzando en una pelea, rodeadas por espectadores que olían la sangre. Frank regresó al emplazamiento de la obra en busca de más ladrillos. Los tiró y algunas personas lo vieron, y corrió a esconderse entre los árboles, en la pequeña selva cubierta por la tienda, escapando de los predadores mientras se sentía intoxicado de adrenalina, la mejor droga de todas. Rió salvajemente.

De pronto descubrió a Maya, sola de pie junto a la plataforma provisional del vértice. Llevaba una máscara blanca, pero sin duda era ella: las proporciones, el cabello, el mismo porte, todo inequívocamente Maya Toitovna. Los primeros cien, el pequeño grupo; ya eran los únicos que para él estaban realmente vivos, los demás eran fantasmas. Frank corrió hacia ella, tropezando en el terreno irregular. Apretó con fuerza una piedra enterrada en uno de los bolsillos de la chaqueta, pensando:

«Vamos, zorra. Di algo para salvarlo. ¡Di algo que me haga recorrer toda la ciudad para salvarlo!».

Ella lo oyó acercarse y se volvió. Lucía una máscara blanca fosforescente con lentejuelas metálicas de color azul. Era difícil verle los ojos.

—Hola, Frank —dijo, como si él no llevara máscara.

Estuvo a punto de girar en redondo y huir. El reconocimiento era más que suficiente. Pero se quedó.

—Hola, Maya. Fue una bonita puesta de sol, ¿no?

—Espectacular. La naturaleza no tiene medida. Sólo era la inauguración de una ciudad, pero me pareció el Día del Juicio Final. Estaban bajo una farola, de pie sobre sus sombras.

—¿Lo has pasado bien? —preguntó ella.

—Mucho. ¿Y tú?

—Se está descontrolando un poco.

—Es comprensible, ¿no crees? Hemos salido de nuestros agujeros, Maya, ¡por fin estamos en la superficie! ¡Y qué superficie! Sólo consigues estas vistas inmensas en Tharsis.

—Es un buen sitio —concedió ella.

—Será una gran ciudad —predijo Frank—. Pero ¿dónde vives últimamente, Maya?

—En la Colina Subterránea, Frank, como siempre. Tendrías que saberlo.

—Pero nunca estás allí, ¿no? Hacía un año o más que no te veía.

—¿Ha pasado tanto? Bueno, he estado en Hellas. ¿No te enteraste?

—¿Quién me lo iba a decir?

Ella sacudió la cabeza y las lentejuelas azules rutilaron.

—Frank. —Se hizo a un lado, como para alejarse de las implicaciones de la pregunta.

Enojado, Frank la rodeó y le cerró el paso.

—Aquella vez en el Ares —dijo. Tenía la voz tensa, y movió el cuello para aflojar la garganta—. ¿Qué pasó, Maya? ¿Qué pasó?

Ella se encogió de hombros y esquivó los ojos de Frank. Durante largo rato no habló. Al fin lo miró.

—El impulso del momento —dijo.

Y entonces tocaron la medianoche, y entraron en el lapso marciano, el intervalo de treinta y nueve minutos y medio entre las 00:00:00 y las 00:00:01, cuando las cifras desaparecían o las agujas dejaban de moverse. Así fue como los primeros cien habían decidido reconciliar el día un poco más largo de Marte con el reloj de veinticuatro horas, y la solución había resultado extrañamente satisfactoria. Salir cada noche durante un rato de la oscilación de los números, del despiadado barrido del segundero…

Y esa noche, mientras las campanadas daban la medianoche, toda la ciudad enloqueció. Casi cuarenta minutos fuera del tiempo: el punto culminante de la celebración, todo el mundo lo sabía de manera instintiva. Los fuegos artificiales estallaron, la gente vitoreó; las sirenas desgarraron el aire, y los vítores se redoblaron. Frank y Maya observaron los fuegos artificiales, escucharon el ruido.

Entonces se oyó un ruido que sonó diferente: gritos desesperados, chillidos serios.

—¿Qué es eso? —preguntó Maya.

—Una pelea —replicó Frank, aguzando el oído—. Quizás algo que nació del impulso del momento. —Ella lo miró y él se apresuró a añadir:— Tal vez deberíamos ir y mirar.

Los gritos crecieron. Problemas en alguna parte. Emprendieron la marcha por el parque, con pasos cada vez más largos, hasta que alcanzaron la zancada marciana. El parque le pareció más grande a Frank, y durante un momento tuvo miedo.

El bulevar central estaba cubierto de basura. La gente se movía en la oscuridad en grupos predadores. Sonó una sirena ululante, la alarma que indicaba una rotura en la tienda. Las ventanas estallaban en añicos por todo el bulevar. Allí, sobre el astrocésped manchado de rayas negras, había un hombre tendido boca arriba. Chalmers agarró el brazo de una mujer acuclillada.

—¿Qué ha pasado? —gritó. Ella lloraba.

—¡Se pelearon! ¡Están peleando!

—¿Quiénes? ¿Suizos, árabes?

—Extranjeros —le dijo ella—. Auslander. —Miró ciegamente a Frank.

— ¡Consiga ayuda!

Frank se acercó a Maya, que estaba hablando con un grupo junto a otra figura caída.

—¿Qué demonios está pasando? —le preguntó cuando pusieron rumbo al hospital de la ciudad.

—Es un disturbio —dijo ella—. No sé por qué. —Su boca era un corte recto en una piel tan blanca como la máscara que aún le cubría los ojos. Frank se quitó la máscara y la tiró lejos. Había cristales rotos por toda la calle. Un hombre corrió hacia ellos, llamándolos:

—¡Frank! ¡Maya!

Era Sax Russell; Frank jamás había visto al hombrecito tan agitado.

—Se trata de John… ¡lo han atacado!

—¿Qué? —exclamaron al unísono.

—Trató de detener una pelea, y tres o cuatro hombres saltaron sobre él. ¡Lo derribaron y se lo llevaron a rastras!

—¿No los detuvieron? —gritó Maya.

—Lo intentamos… un montón de nosotros los perseguimos. Pero nos despistaron en la medina. Maya miró a Frank.

—¿Qué está pasando? —gritó Chalmers—. ¿Adónde lo llevarían?

—A las puertas —dijo ella.

—Pero esta noche están cerradas, ¿no?

—Quizá no para todo el mundo.

La siguieron a la medina. Las farolas estaban rotas, había cristales en la calle. Encontraron al jefe de bomberos y se encaminaron a la Puerta Turca. El jefe la abrió y un grupo de bomberos entró deprisa, poniéndose los trajes. Luego salieron a la noche helada a examinar los terrenos de alrededor, iluminados por la batisfera de la ciudad. A Frank le dolían los tobillos y pudo sentir la configuración precisa de sus pulmones, como si le hubieran insertado dos globos de hielo en el pecho para enfriarle el rápido latido del corazón.

No había nada allí fuera. De vuelta adentro. Hacia el muro norte y la Puerta Siria, y otra vez al exterior bajo las estrellas. Nada.

Tardaron bastante en pensar en la granja. Para ese entonces había treinta de ellos enfundados en trajes; atravesaron a la carrera la antecámara e inundaron los pasillos de la granja, dispersándose, corriendo entre los cultivos.

Lo encontraron entre los rábanos. La chaqueta le cubría la cabeza en la posición de emergencia atmosférica; tenía que haberlo hecho inconscientemente, pues cuando lo pusieron de lado le vieron un hematoma detrás de la oreja.

—Llevadlo dentro —dijo Maya, con un graznido amargo—. ¡Rápido, dentro!

Cuatro de ellos lo levantaron. Chalmers sostuvo la cabeza de John, y entrelazó los dedos con los de Maya. Trotaron de regreso por los escalones bajos. Se tambalearon a través de la puerta de la granja, de vuelta a la ciudad. Uno de los suizos los condujo al centro médico más próximo, ya atestado de gente desesperada. Pusieron a John sobre un banco vacío. El rostro inconsciente tenía una expresión de cansancio, de decisión. Frank se quitó el casco y fue en busca de ayuda, entrando a la fuerza en las salas de emergencia y gritándoles a los médicos y enfermeras. Lo ignoraron hasta que una doctora dijo:

—Cállese. Ya voy.

Salió al pasillo y con la ayuda de una enfermera conectó a John a un monitor, luego lo examinó con la expresión abstraída y ausente que tienen los médicos mientras trabajan: las manos en el cuello, la cara, la cabeza y el pecho, el estetoscopio…

Maya explicó lo que sabían. La doctora tomó una unidad de oxígeno de la pared sin quitar la vista del monitor. Tenía la boca fruncida en un pequeño nudo de disgusto. Maya se sentó en el extremo del banco, la cara súbitamente enajenada. Hacía rato que la máscara había desaparecido.

Frank se agachó a su lado.

—Podemos seguir insistiendo —dijo la doctora—, pero me temo que no sirva de nada. Ha estado demasiado tiempo sin oxígeno.

—Sigan insistiendo —dijo Maya.

Lo hicieron, por supuesto. Al rato llegaron otros médicos, y se lo llevaron a una sala de emergencia. Frank, Maya, Sax, Samantha y alguna de la gente de allí esperaron sentados fuera, en el pasillo. Los médicos iban y venían; sus rostros tenían esa expresión vacía con que se enfrentaban a la muerte. Máscaras protectoras. Uno salió y sacudió la cabeza.

—Ha muerto. Estuvo demasiado tiempo ahí afuera. Frank apoyó la cabeza contra la pared.

Cuando Reinhold Messner regresó de la primera ascensión en solitario al Everest, estaba gravemente deshidratado y del todo exhausto; cayó la mayor parte del descenso, y se derrumbó en el glaciar Rongbuk, y marchaba arrastrándose sobre manos y rodillas cuando la mujer que era todo su equipo de apoyo llegó hasta él; y él, en su delirio, la miró y dijo: «¿Dónde están todos mis amigos?».

No se oía ni un ruido salvo los murmullos y silbidos bajos de los que uno jamás escapaba en Marte.

Maya apoyó una mano en el hombro de Frank, y éste casi retrocedió; la garganta se le cerró en un nudo de dolor.

—Lo siento —consiguió decir.

Ella apartó el comentario con un encogimiento de hombros. Tenía el mismo aire de los médicos.

—Bueno —dijo—, de todos modos, nunca te gustó demasiado.

—Es cierto —dijo él, pensando que sería diplomático parecer honesto con ella en ese momento. Pero entonces tuvo un escalofrío y dijo con amargura—: ¿Qué sabes tú sobre lo que me gusta y lo que no me gusta? Con un ademán apartó la mano de ella y se puso trabajosamente de pie. Ella no lo sabía; ninguno de ellos lo sabía. Avanzó hacia la sala de urgencias pero cambió de parecer. Habría suficiente tiempo para eso en el funeral. Se sentía vacío; y de repente le pareció que ya no había nada bueno en Marte.

Abandonó el centro médico. Era imposible no sentirse sentimental en momentos semejantes. Caminó por la oscuridad extrañamente silenciosa de la ciudad, adentrándose en un mundo de ensoñaciones. Las calles centelleaban como si las estrellas hubieran caído al pavimento. La gente se había juntado en grupos, silenciosa, aturdida por las noticias. Frank Chalmers se abrió pasó sintiendo sus miradas, moviéndose sin pensarlo hacia la plataforma que había en el extremo alto de la ciudad; y mientras andaba, se dijo a sí mismo: Ahora veremos qué puedo hacer con este planeta.

SEGUNDA PARTE

El viaje

—Ya que de todas formas van a volverse locos, ¿por qué no enviar directamente a personas locas y ahorrarles el problema? —dijo Michel Duval.

Bromeaba sólo a medias; desde el principio había pensado que los criterios para la selección de colonos eran una retahíla aberrante de contradicciones.

Sus compañeros psiquiatras lo miraron.

—¿Puedes sugerir algún cambio específico? —preguntó el presidente, Charles York.

—Quizá todos deberíamos ir a la Antártida con ellos y observarlos en este primer período que van a pasar juntos. Nos enseñaría mucho.

—Pero nuestra presencia sería inhibidora. Creo que bastaría con uno de nosotros.

Así que enviaron a Michel Duval. Se unió a los ciento cincuenta y tantos finalistas en la Estación McMurdo. La reunión inicial fue como cualquier otra conferencia científica internacional, con las que todos estaban familiarizados en sus diversas disciplinas. Pero había una diferencia: ésta era la continuación de un proceso de selección que había durado años y que aún duraría uno más. Y aquellos que fueran elegidos irían a Marte.

De modo que vivieron juntos en la Antártida durante más de un año, familiarizándose con los refugios y el equipo que ya estaban desembarcando en Marte en vehículos robot; familiarizándose con un paisaje que era casi tan frío y hostil como el mismo Marte; familiarizándose unos con otros. Vivían en un grupo de habitats situado en el Valle Wright, el más grande de los Valles Secos de la Antártida. Pusieron en marcha una granja de biosfera, y luego permanecieron en los habitats durante un oscuro invierno austral y estudiaron profesiones secundarías o terciarias, o ensayaron las diversas tareas que los ocuparían en la nave espacial Ares, o más adelante en el propio planeta rojo; y siempre, siempre conscientes de que estaban siendo observados, evaluados, juzgados.

En modo alguno eran todos astronautas o cosmonautas, aunque había más o menos una docena de cada categoría, y muchos más en el norte, clamando por ser incluidos. Pero la mayoría de los colonos necesitaría tener experiencia en ciertos asuntos que se presentarían después del descenso: experiencia en medicina, en informática, robótica, diseño de sistemas, arquitectura, geología, diseño de biosfera, ingeniería genética, biología, y en las diversas ramas de la ingeniería y la construcción. Aquellos que habían conseguido llegar a la Antártida eran expertos en las ciencias y profesiones más relevantes, y pasaban buena parte de su tiempo entrenándose para sobresalir en campos secundarios y aun terciarios.

Y toda esa actividad se desarrolló bajo la presión constante de la observación, la evaluación, el juicio. Fue un proceso enervante por necesidad, aunque a Michel Duval le parecía un error, ya que tendía a afianzar la reserva y la desconfianza en los colonos, impidiendo la compatibilidad que el comité de selección supuestamente buscaba. En verdad, ésa era otra de las contradicciones del proceso. Los candidatos no comentaban esta situación, y él no los culpaba; no había estrategia mejor, ésa era otra contradicción cálida para todos: garantizaba el silencio. No podían permitirse el lujo de ofender a nadie, o de quejarse demasiado; no podían correr el riesgo de aislarse en exceso; no podían hacerse enemigos.

Así que continuaron siendo brillantes y consiguieron lo suficiente como para sobresalir, pero al mismo tiempo actuaron como gente normal y se relacionaron entre ellos. Eran suficientemente mayores como para haber aprendido mucho, pero bastante jóvenes como para resistir los rigores físicos del trabajo. Y estaban suficientemente locos como para querer dejar la Tierra para siempre, aunque bastante cuerdos para ocultar esa locura fundamental, de hecho para defenderla como pura racionalidad, curiosidad científica o algo por el estilo… lo que, en suma, parecía ser la única razón aceptable para que desearan irse, y así, con toda naturalidad, ¡declararon ser las personas científicamente más curiosas de la historia! Pero, por supuesto, tenía que haber algo más. De algún modo tenían que estar alienados, lo suficientemente alienados y solos como para que no les importara dejar para siempre a toda la gente que habían conocido… y, sin embargo, debían conservar los suficientes contactos y ser lo suficientemente sociables como para congeniar con sus nuevos conocidos en el Valle Wright, con todos los miembros de la diminuta aldea en que se convertiría la colonia. ¡Oh, las contradicciones eran interminables! Tenían que ser tanto extraordinarios como ordinarios, a la vez y al mismo tiempo. Una empresa imposible, y no obstante, una empresa que era un obstáculo para lo que más anhelaban, y el material que provocaba ansiedad, miedo, resentimiento, cólera. Tenían que dominar todas esas emociones…

Pero eso también era parte del examen. Michel no pudo evitar observarlos con gran interés. Algunos fracasaron, se derrumbaron de un modo u otro. Un ingeniero térmico norteamericano se volvió cada vez más introvertido, luego destruyó varios de sus rovers y tuvo que ser reducido por la fuerza. Una pareja de rusos se hicieron amantes y luego rompieron con tal violencia que no soportaban estar juntos, y dos tuvieron que ser descartados. Este melodrama ilustró los peligros de los amoríos que iban mal, e hizo que los demás se volvieran muy cautos al respecto. Pero las relaciones continuaron, y cuando dejaron la Antártida, ya habían celebrado tres matrimonios, y esos seis afortunados en cierto modo podían considerarse «seguros»; pero la mayoría estaba tan concentrada en ir a Marte que dejaron todo esto de lado, o mantuvieron relaciones siempre discretas, en algunos casos a escondidas de casi todo el mundo, en otros simplemente fuera de la vista de los comités de selección.

Y Michel sabía que sólo veía la punta del iceberg. Sabía que en la Antártida se sucedían las situaciones criticas. Las relaciones se estaban iniciando; y a veces el comienzo de una relación determina cómo irá el resto. En las breves horas de luz solar tal vez alguno salía del campamento y caminaba hasta el Mirador; y otro lo seguía; y lo que pasaba ahí podía dejar una huella perdurable. Pero Michel no lo sabría jamás.

Y entonces dejaron la Antártida, y el equipo fue elegido. Había cincuenta hombres y cincuenta mujeres: treinta y cinco norteamericanos, treinta y cinco rusos, y una miscelánea de treinta afiliados internacionales, quince invitados por cada uno de los dos grandes socios. Mantener esas simetrías perfectas había sido difícil, pero el comité de selección había perseverado.

Los afortunados volaron a Cabo Cañaveral o Baikonur para ponerse en órbita. A esas alturas todos se conocían muy bien, y al mismo tiempo, no se conocían en absoluto. Eran un equipo, pensó Michel, con amistades establecidas y ciertas ceremonias, rituales, hábitos y tendencias de grupo; y entre esas tendencias estaba el instinto de esconderse, de interpretar un papel y ocultar la verdad. Quizá, sencillamente, ésa era la definición de la vida de un pueblo, de la vida social de un pueblo. Pero a Michel le parecía que era algo peor; nadie hasta entonces había tenido que competir de forma tan tenaz para integrarse en un pueblo, y la división radical entre vida pública y vida privada resultante era nueva, y extraña. Había ahora en ellos una cierta corriente oculta de competitividad, profundamente arraigada, el sentimiento constante y sutil de que todos estaban solos, y de que en caso de problemas estaban expuestos a ser abandonados por el resto.

De ese modo, el comité de selección había creado parte de los mismos problemas que había esperado evitar. Algunos de sus miembros lo sabían; y naturalmente, se cuidaron de incluir entre los colonos al psiquiatra que les pareció más cualificado.

Así que enviaron a Michel Duval.

Al principio sintieron como un empujón en el pecho. Luego volvieron a hundirse en sus sillones, y durante un segundo la presión fue muy familiar: una g, la gravedad en la que nunca más vivirían. El Ares había estado en órbita alrededor de la Tierra a 28.000 kilómetros por hora. Durante varios minutos aceleraron, y el impulso de los cohetes fue tan poderoso que las córneas se les aplanaron, y se les nubló la vista, y les costaba respirar. A 40.000 kilómetros por hora los cohetes se apagaron. Libre de la atracción de la Tierra, la nave se movía ahora alrededor del Sol.

Los colonos estaban sentados en los sillones y delta parpadeando, con la piel sonrojada, los corazones latiendo con fuerza. Maya Katarina Toitovna, la líder oficial del contingente ruso, miró alrededor. La gente parecía aturdida. Cuando a los obsesivos se les da el objeto de su deseo, ¿qué sienten? Verdaderamente, era difícil saberlo. En cierto modo, sus vidas estaban llegando al fin; sin embargo, algo más, otra vida, al fin había comenzado… Embargados por tantas emociones al mismo tiempo, era imposible no sentirse confundido; era como un patrón de interferencia: algunos sentimientos se cancelaban y otros se reforzaban. Quitándose las correas de su sillón, Maya sintió que una sonrisa le deformaba la cara, y en los rostros de alrededor vio la misma sonrisa indefensa… en todos menos en Sax Russell, que estaba tan impasible como un búho, parpadeando mientras miraba las lecturas de las pantallas.

Flotaban ingrávidos alrededor de la sala. 21 de diciembre de 2026: avanzaban más de prisa que nadie en la historia. Estaban en camino. Era el comienzo de un viaje de nueve meses… o de un viaje que duraría toda la vida. Estaban solos.

Los responsables del pilotaje del Ares se situaron ante las consolas y encendieron los cohetes laterales. El Ares empezó a dar vueltas, estabilizándose en cuatro r/m. Los colonos descendieron hasta el suelo y se mantuvieron de píe en una pseudogravedad de 0,38 g, muy cercana ala que sentirían en Marte. Muchos años de pruebas habían indicado que sería una g bastante saludable, mucho más que la ingravidez. Valía la pena, pensaron, que la nave rotase. Y era una sensación estupenda, pensó Maya. Había suficiente atracción como para que pudieran mantener el equilibrio con relativa facilidad, pero apenas si notaban alguna sensación de peso, de resistencia. Era el equivalente perfecto del estado de ánimo común; bajaron tambaleándose por los corredores hasta el gran comedor de Toro D, mareados, alegres, animados.

En el comedor de Toro D se mezclaron en una especie de cóctel, celebrando la partida. Maya deambuló por la sala, bebiendo copiosamente de una jarra de champán, sintiéndose un poco irreal y extremadamente feliz, una combinación que le recordó su banquete de bodas muchos años atrás. Con un poco de suerte, este matrimonio iría mejor que aquél, pensó, pues era para siempre. La sala estaba inundada de charla. «Es una simetría no tanto sociológica como matemática. Una especie de equilibrio estético.» «Esperamos tener una extensión de mil millones de hectáreas para repartir, pero no será fácil.» Maya rechazó que le sirvieran más champán, sintiéndose ya bastante mareada. Además, eso era trabajo. Ella era co-alcaldesa de ese pueblo, por decirlo así, responsable de la dinámica de grupo, destinada a complicarse. Los hábitos de la Antártida se abrían paso a puntapiés incluso en ese momento de triunfo, y ella escuchó y observó como una antropóloga, o una espía.

—Los psiquiatras tienen sus motivos. Terminaremos siendo cincuenta parejas felices.

—Y ellos ya conocen los emparejamientos.

Los observó reír. Inteligentes, sanos, bien preparados… ¿era ésta por fin la sociedad racional, la comunidad científicamente diseñada que había sido el sueño del Siglo de las Luces? Pero ahí estaban Arkadi, Nadia, Vlad, Ivana. Conocía demasiado bien al contingente ruso como para hacerse ilusiones. Tenían las mismas posibilidades de terminar como un dormitorio de estudiantes en una universidad técnica, lleno de bromas excéntricas y sonados líos amorosos. Salvo que parecían un poco mayores para ese tipo de cosas; varios hombres se estaban quedando calvos, y muchos de uno y otro sexo tenían mechones grises en el pelo. Había sido un largo camino: la edad media era de cuarenta y seis años, con extremos que iban desde los treinta y tres (la japonesa Hiroko Ai, maestra en diseños de biosfera) a los cincuenta y ocho (Vlad Taneev, ganador del Premio Nobel de Medicina).

No obstante, el ardor de la juventud asomaba ahora en todas las caras. Arkadi Bogdanov era un retrato en rojo: pelo, barba, piel. En medio de todo ese rojo, los ojos de un azul eléctrico, desorbitados de felicidad mientras exclamaba:

—¡Al fin libres! ¡Al fin libres! ¡Nosotros y nuestros niños al fin libres! Habían apagado las cámaras de vídeo después de que Janet Blyleven grabara una serie de entrevistas para las cadenas de televisión de la Tierra; estaban desconectados de la Tierra, por lo menos en el comedor, y Arkadi cantaba, y la gente de más cerca coreaba la canción. Maya se detuvo para unirse a ellos. Al fin libres; era difícil de creer… ¡ya estaban en camino a Marte! Grupos de gente hablando, muchas de ellas de primer orden mundial en sus respectivos campos de trabajo; Ivana había compartido un Premio Nobel en química, Vlad era un famoso biólogo médico, Sax era parte del panteón de los grandes pilares de la teoría subatómica, Hiroko no tenía igual en el diseño de sistemas biológicos cerrados, y así por toda la sala; ¡una brillante multitud!

Y Maya era uno de los líderes, y se sentía algo intimidada. Su experiencia en ingeniería y cosmonáutica era bastante modesta; presumiblemente había sido su habilidad diplomática lo que la había llevado a bordo. Elegida para encabezar el dispar y temperamental equipo ruso, incluidos los diversos miembros de la comunidad de estados independientes… bueno, no estaba nada mal. Era un trabajo interesante al que ella estaba habituada. Y bien pudiera ocurrir que sus habilidades fuesen las más importantes a bordo. Después de todo, tenían que llevarse bien. Y eso era una cuestión de astucia, ingenio y voluntad.

¡Inducir a otros a que cumplan tus órdenes! Miró a la multitud de caras brillantes, y se rió. Todos los que iban a bordo eran buenos especialistas, pero algunos poseían un don especial. Tenía que identificarlos, seleccionarlos, cultivarlos. Su capacidad para funcionar como líder dependía de ello, pues al final, pensó, seguramente llegarían a constituir una especie de meritocracia científica disgregada. Y en una sociedad tal, los poderosos eran siempre los muy dotados. Cuando el impulso se convirtiera en apremio, ellos serían los verdaderos líderes de la colonia… ellos, o quienes tuvieran influencia sobre ellos.

Miró alrededor y localizó a su colega, Frank Chalmers. En la Antártida no había llegado a conocerlo demasiado bien. Era un hombre alto, grande, moreno; bastante locuaz e increíblemente enérgico, pero difícil de descifrar. Lo encontraba atractivo. ¿Veía las cosas como ella? No había podido descubrirlo. Estaba hablando con un grupo en el otro extremo de la sala, escuchando de esa manera intensa e inescrutable tan suya, la cabeza ladeada, preparado para saltar con un comentario ingenioso. Tendría que averiguar algo más sobre él. Más aún, tendría que llevarse bien con él.

Atravesó la sala y se detuvo rozándolo con el brazo. Lo saludó con una inclinación de cabeza. Un gesto fugaz a sus camaradas.

—Esto va a ser divertido, ¿no crees? Chalmers la miró.

—Si va bien —dijo.

Después de la celebración y la cena, incapaz de dormir, Maya se paseó por el Ares. Todos ellos habían estado antes en el espacio, pero nunca en nada parecido al Ares, que era enorme. Había una especie de ático en el extremo frontal de la nave, un único tanque parecido a un bauprés, que rotaba en dirección contraria a la del casco, manteniéndose estable. En ese tanque estaban emplazados los instrumentos solares de vigilancia, las antenas de radio y el equipo que funcionaba mejor sin rotación; en la parte superior había un cuarto bulboso de plástico transparente: una cámara que fue pronto bautizada como la cúpula burbuja, y que proporcionaba a la tripulación un inmóvil panorama de estrellas y una vista parcial de la gran nave de detrás.

Maya flotó cerca del muro ventana de esa cúpula burbuja, volviéndose con curiosidad hacia la imagen de la nave. Se había construido recurriendo a los tanques de combustible de las lanzaderas; a finales de siglo la NASA y Glavkosmos habían añadido pequeños cohetes de propulsión a los tanques y los había puesto en órbita. Multitud de tanques fueron lanzados de ese modo y luego remolcados a los emplazamientos de trabajo: con ellos se construyeron dos grandes estaciones espaciales, una estación L5, una estación orbital lunar, el primer vehículo tripulado a Marte, y numerosos cargueros no tripulados enviados a Marte. De manera que cuando las dos agencias acordaron construir el Ares, el uso de los tanques se había convenido en rutina, y se disponía de unidades de acoplamiento estándar, cámaras interiores, sistemas de propulsión; la construcción de la gran nave había requerido menos de dos años.

Parecía como si la hubieran hecho con las piezas de un modelo para armar, con cilindros que se ensamblaban por los extremos… en este caso, ocho hexágonos de cilindros, que ellos llamaban toros, alineados y unidos en el centro por un eje central hueco, un haz de cinco ramales de cilindros ensamblados. Unos delgados radios de tracción conectaban los toros al eje central, y el objeto resultante tenía cierto parecido con un accesorio de maquinaria agrícola, como el brazo de una segadora trilladora o de una unidad aspersora móvil. O como ocho donuts llenos de bultos, pensó Maya, ensartados en un palo. Justo el tipo de cosa que apreciaría un niño.

Los ocho toros se habían construido con tanques norteamericanos, y los cinco ramales de cilindros del eje central eran rusos. Los tanques tenían unos cincuenta metros de largo y unos diez de diámetro. Maya flotó a la deriva a lo largo del eje central; le llevó un buen rato, pero no tenía prisa. Entró en el Toro G. Había cuartos de todas las formas y tamaños; los más grandes ocupaban un tanque entero. El suelo corría justo por debajo del punto medio del cilindro, de modo que el interior se parecía a una larga cabaña Quonset. Pero la mayoría de los tanques habían sido divididos en más de quinientos cuartos pequeños. En total, el espacio interior equivalía casi al de un gran hotel de ciudad.

Pero ¿seria suficiente? Quizá sí.

Después de la Antártida, la vida en el Ares parecía una experiencia expansiva, laberíntica, fresca. Cada mañana, alrededor de las seis, la oscuridad en los toros residenciales empezaba a aclararse poco a poco hasta convertirse en un amanecer gris, y a eso de las seis y treinta una súbita claridad marcaba la «salida del sol». Maya despertaba con ella como lo había hecho toda la vida. Después de ducharse se encaminaba a la cocina del Toro D, se calentaba una comida y se la llevaba al gran comedor. Allí se sentaba a una mesa flanqueada por limoneros plantados en macetas. Colibríes, pinzones, tanagras, gorriones y loros picoteaban a sus pies y volaban rápidamente sobre ella para esconderse entre las parras trepadoras que colgaban de la larga bóveda del techo gris azulado, que le recordaba el cielo invernal de San Petersburgo. Comía despacio, observaba a los pájaros, se estiraba en la silla, escuchaba la charla de alrededor. ¡Un desayuno tranquilo!

Después de toda una vida de penoso trabajo, al principio se sintió algo incómoda, incluso alarmada, como si fuera un lujo robado. Como si todos los días fueran domingo por la mañana, como decía Nadia. Pero las mañanas de los domingos de Maya no habían sido nunca particularmente tranquilas. Durante su infancia aquél había sido el momento de limpiar el cuarto que compartía con su madre. Su madre era una doctora, y como la mayoría de las mujeres de su generación, tuvo que trabajar con ferocidad para salir adelante, conseguir comida, criar a una hija, mantener una casa, hacer una carrera; era demasiado para una sola persona, y se había unido a las muchas mujeres que exigían un trato mejor que el que habían recibido en los años del Soviet, que les daba la mitad de un sueldo y además les encomendaba todas las tareas del hogar. Basta de esperar, basta de resistencia muda; tenían que aprovechar mientras durara la inestabilidad. «¡Todo está en la mesa», exclamaba la madre de Maya mientras preparaba una cena escasa, «todo menos la comida!».

Y tal vez se habían aprovechado. En la era del Soviet, las mujeres habían aprendido a ayudarse entre ellas, había aparecido un mundo casi autónomo de madres, hermanas, hijas, babushkas, amigas, colegas, incluso desconocidas. En la comunidad de estados independientes, ese mundo se había consolidado y se había introducido aún más en las estructuras de poder, en las cerradas oligarquías masculinas del gobierno ruso.

Uno de los campos más afectados había sido el programa espacial. La madre de Maya, ligeramente involucrada en la investigación médica, siempre juró que la cosmonáutica necesitaría de la entrada de mujeres, aunque no fuera más que para proporcionar datos femeninos a la experimentación. «¡No pueden salirnos siempre con Valentina Tereshkova!», exclamaba. Y, al parecer, tenía razón, porque después de estudiar ingeniería aeronáutica en la Universidad de Moscú, Maya fue aceptada en un programa en Baikonur, y luego la destinaron a la Novy Mir. Mientras estuvo allá arriba rediseñó los interiores para mejorar la eficiencia ergonómica, y más tarde pasó un año al mando; un par de reparaciones de emergencia reforzaron su buena reputación. Luego siguieron puestos administrativos en Baikonur y Moscú, y con el tiempo se las arregló para introducirse en el pequeño politburó de Glavkosmos, consiguiendo sutilmente que los hombres se enfrentaran entre sí, casándose con uno de ellos, divorciándose, elevándose después como agente libre de Glavkosmos, convirtiéndose en parte del máximo círculo interior, el doble triunvirato.

Y allí estaba, tomando un tranquilo desayuno. «Tan civilizado», se burlaba Nadia. Era la mejor amiga de Maya en el Ares, una mujer baja y redonda como una piedra, de cara cuadrada y pelo corto y entrecano. Más fea imposible. Maya, que se sabía atractiva y que eso la había ayudado muchas veces, amaba la fealdad de Nadia, que de algún modo acentuaba su competencia. Nadia era ingeniera y muy pragmática, una experta en construcción en climas fríos. Se habían conocido en Baikonur hacía veinte años, y una vez vivieron juntas en la Novy Mir durante varios meses; con los años habían llegado a ser como hermanas, que no se parecían mucho y que a menudo no se llevaban bien.

En ese momento Nadia miró alrededor y dijo:

—Instalar los alojamientos rusos y los norteamericanos en toros distintos fue una idea horrible. Trabajamos juntos durante el día, pero pasamos la mayor parte del tiempo aquí entre las mismas caras de siempre. Esto sólo acrecienta las otras divisiones que hay entre nosotros.

—Quizá deberíamos proponer que intercambiemos la mitad de las cabinas.

Arkadi, que estaba devorando bollos de café, se inclinó desde la mesa vecina.

—Eso no basta —dijo, como si hubiera participado todo el tiempo en la conversación. Tenía la barba roja, cada día más salvaje, salpicada de migas—. Los domingos tendrían que ser día de mudanza y ese día todos cambiarían de alojamiento al azar. La gente llegaría a conocerse y habría menos camarillas. Y se reduciría la idea de propiedad sobre los cuartos.

—Pero a mí me gusta ser dueña de una cabina —dijo Nadia.

Arkadi engulló otro bollo y le sonrió mientras masticaba. Era un milagro que hubiera pasado el comité de selección.

Pero Maya planteó el tema a los norteamericanos, y aunque nadie aprobó el plan de Arkadi, les pareció una buena idea intercambiar la mitad de las cabinas. Después de ciertas consultas y discusiones, se dispuso la mudanza. La llevaron a cabo en la mañana de un domingo, y en adelante el desayuno fue un poco más cosmopolita. Las mañanas en el comedor D ahora incluían a Frank Chalmers y a John Boone, y también a Sax Russell, Mary Dunkel, Janet Blyleven, Rya Jiménez, Michel Duval y Úrsula Kohl.

John Boone resultó ser un madrugador, llegando al comedor incluso antes que Maya.

—Esta sala es tan espaciosa y aireada que se tiene la sensación de estar fuera —dijo desde su mesa cuando entró Maya—. Mucho mejor que la sala B.

—El truco está en quitar todo el cromado y el plástico blanco — repuso Maya. Hablaba un inglés bastante bueno, que mejoraba rápidamente—. Y luego pintar el techo como un cielo de verdad.

—¿Quieres decir no sólo de azul y punto?

—Sí.

Era, pensó, un norteamericano típico: sencillo, abierto, directo, tranquilo, y a la vez un héroe famoso. Esto parecía un hecho inevitable, de peso, pero Boone lo esquivaba. Concentrado en el sabor de un bollo, o en algunas noticias que aparecían en la pantalla de la mesa, nunca se refería a su expedición anterior, y si alguien sacaba el tema hablaba de ella como si no fuera distinta de cualquier otro vuelo. Pero no era así, y sólo su naturalidad mantenía esa ilusión: a la misma mesa cada mañana, riéndose de los malos chistes de ingeniería de Nadia, tomando parte en las conversaciones. Al cabo de un rato, no era fácil ver el aura que lo rodeaba.

Frank Chalmers parecía más interesante. Siempre llegaba tarde y se sentaba solo, atento únicamente a su café y a la pantalla de la mesa. Después de un par de tazas empezaba a hablar con la gente que tenía cerca en un ruso horroroso pero práctico. En la sala D ahora se conversaba casi siempre en inglés para incluir a los norteamericanos. La situación lingüística era como un juego de muñecas chinas: el inglés los contenía a todos, dentro de él estaba el ruso, y dentro de éste los idiomas de la comunidad de estados independientes, y luego los internacionales. Ocho de los tripulantes eran idiolingüistas, una triste especie de orfandad, en opinión de Maya; tenía la impresión de que estaban más atados a la Tierra que el resto, y en frecuente comunicación con la gente de allá. Era un poco extraño que el psiquiatra estuviera dentro de esa categoría.

En cualquier caso, el inglés era la lengua franca de la nave, y al principio Maya pensó que eso les daba ventaja a los norteamericanos. Pero luego se dio cuenta de que cuando hablaban siempre estaban en escena ante todo el mundo, mientras que el resto tenía idiomas más privados a los que podían recurrir en cualquier momento.

Sin embargo, Frank Chalmers era la excepción. Hablaba cinco idiomas, más que ningún otro a bordo. Y no temía usar su ruso, a pesar de que era muy malo; se dedicaba a soltar preguntas y luego a escuchar las respuestas, con auténtico interés y una risa asombrosa y rápida. En muchos sentidos era un norteamericano inusual, pensó Maya. Al principio parecía tener las habituales características: grande, ruidoso, de maniática energía, seguro de sí mismo, inquieto; bastante locuaz y amistoso después del primer café. Llevaba un tiempo notar cómo encendía y apagaba esa cordialidad y lo poco que revelaba su charla. Por ejemplo, Maya no pudo descubrir nada sobre su pasado, a pesar de que intentó hacerle hablar. Era un hombre raro. Tenía pelo negro, cara morena, ojos claros de color avellana —atractivo al estilo tipo duro—, sonrisa fugaz, risa profunda, como la madre de ella. Tenía una mirada demasiado penetrante, en especial cuando observaba a Maya; ella supuso que se trataba de evaluar a otro líder. Actuaba con ella como sí hubiesen tenido en la Antártida una larga relación; la presunción la incomodaba, dado lo poco que habían hablado allí. Estaba acostumbrada a pensar en las mujeres como sus aliadas y en los hombres como atractivos pero peligrosos problemas. De modo que un hombre que presumía de ser un aliado sólo era algo mucho más problemático. Y peligroso. Y… algo más.

Recordó sólo un momento en que le había visto algo más que la piel. Había ocurrido en la Antártida. Después de que el ingeniero térmico se viniera abajo y lo enviaran al norte, habían llegado noticias sobre el reemplazo, y todo el mundo se sintió enormemente sorprendido y entusiasmado al oír que iba a ser John Boone en persona, a pesar de que había recibido bastante más de la dosis máxima de radiación en la expedición anterior. La sala era un hervidero cuando Maya vio entrar a Chalmers y a alguien que le daba las noticias, y él había movido bruscamente la cabeza para mirar a su informante; entonces, durante una fracción de segundo, ella había visto un destello de furia, un destello tan breve que casi fue algo subliminal.

Pero hizo que desde entonces lo observara con atención. Y no cabía duda de que él y John Boone tenían una relación extraña. Para Chalmers resultaba difícil, por supuesto; era el líder oficial de los norteamericanos, e incluso tenía el título de «Capitán», pero Boone, con su atractivo pelo rubio y su extraña aureola de héroe, parecía ciertamente la autoridad natural… parecía el verdadero líder, y Frank Chalmers una especie de oficial demasiado activo, que cumplía las órdenes tácitas de Boone. Eso no podía ser cómodo.

Eran viejos amigos, le contaron a Maya cuando lo preguntó. Pero vio pocas señales de esa amistad, aun observándolos de cerca. Rara vez se hablaban en público, y no parecía que se visitaran en privado. Así pues, cuando estaban juntos ella los observaba, sin preguntarse conscientemente por qué… la lógica natural de la situación parecía exigirlo. Si hubieran estado en Glavkosmos, habría tenido sentido, quizá, meter una cuña entre ellos, pero no aquí. Había un montón de cosas en las que Maya no pensaba de manera consciente.

No obstante, los vigiló. Y una mañana Janet Blyleven entró a desayunar en la sala D con sus gafas de vídeo. Era una reportera importante de la televisión norteamericana, y a menudo iba por la nave con las videogafas puestas, mirando alrededor y haciendo comentarios, recogiendo historias y transmitiéndolas a casa, donde serían, según lo definió Arkadi, «predigeridas y vomitadas para el consenso de los imbéciles».

No era nada nuevo, desde luego. La atención de los medios era una parte familiar de la vida de todos los astronautas, y durante el proceso de selección habían sido escrutados más que nunca. No obstante, ahora eran la materia prima de programas miles de veces más populares que cualquier otro programa espacial anterior. Millones los observaban como el culebrón definitivo, y eso molestaba a algunos. De modo que cuando Janet se sentó al extremo de la mesa con esas gafas estilizadas de fibras ópticas en la montura, hubo algunos gruñidos. Y en el otro extremo de la mesa Ann Clayborne y Sax Russell estaban discutiendo, ajenos a todos los demás.

—Llevará años averiguar qué tenemos allá, Sax. Décadas. En Marte hay tanto suelo como en la Tierra, con una geología y química únicas. Hay que estudiarlo exhaustivamente antes de que podamos empezar a cambiarlo.

—Lo cambiaremos con nuestro primer paseo. —Russell hizo a un lado las objeciones de Ann como si fueran telarañas.

—Haber decidido ir a Marte es como la primera frase de una oración, y la oración completa dice…

—Veni, vidi, vid.

Russell se encogió de hombros.

—Si lo prefieres así…

—Tú eres el chiquillo, Sax —dijo Ann con una mueca de irritación y desprecio. Era una mujer de hombros anchos y pelo castaño alborotado, una geóloga de fuertes convicciones, un rival difícil en la discusión—. Mira, Marte es lo que es. Puedes hacer tus juegos de cambio de clima en la Tierra si quieres, lo necesitan. O inténtalo en Venus. Pero no puedes borrar una superficie planetaria de tres mil millones de años.

Russell apartó más telarañas.

—Está muerta —dijo simplemente—. Además, en realidad no es una decisión que nos corresponda. Nos la quitarán de las manos.

—No nos quitarán de las manos ninguna de esas decisiones —intervino Arkadi vivamente.

Janet miraba a los oradores cuando hablaban, escuchando. Ann empezaba a ponerse nerviosa, a levantar la voz. Maya miró alrededor y vio que Frank estaba incómodo. Pero si interrumpía, confesaría a millones de televidentes que no quería que los colonos discutieran delante de ellos. Alzó la vista por encima de la mesa y encontró la mirada de Boone. Entre los dos hubo un intercambio de expresiones tan rápido que Maya parpadeó.

—Cuando yo estuve allí —dijo Boone—, tuve la impresión de que ya era parecido a la Tierra.

—Con la excepción de doscientos grados Kelvin —le indicó Russell.

—Claro, pero se parecía al Mojave o a los Valles Secos. La primera vez que le eché un vistazo al paisaje de Marte, me descubrí buscando una de esas focas momificadas que vimos en los Valles Secos.

Y continuó así. Janet se volvió hacia él, y Ann, que parecía asqueada, recogió su café y se marchó.

Más tarde, Maya trató de recordar las expresiones que habían intercambiado Boone y Chalmers. Había sido como parte de un código o de esos idiomas privados que los hermanos gemelos se inventan.

Transcurrieron las semanas, y todos los días comenzaban con un desayuno tranquilo. Las primeras horas de la mañana eran mucho más ajetreadas. Todo el mundo tenía un programa, aunque algunos eran más apretados que otros. El de Frank estaba siempre atestado, tal como a él le gustaba, una ráfaga maníaca de actividad. Pero el trabajo realmente necesario no era tanto: tenían que conservarse vivos y en forma, y mantener la nave en funcionamiento, y seguir preparándose para Marte.

El mantenimiento de la nave abarcaba desde la complejidad de la programación o las reparaciones a la sencillez de sacar suministros del almacén o reciclar basura. El equipo de biosfera pasaba la mayor parte del día en la granja, que ocupaba grandes áreas de los toros C, E y F; y todo el mundo a bordo tenía trabajos de granja. Casi todos disfrutaban de él, y algunos incluso regresaban en sus horas libres.

La tripulación tenía órdenes médicas de pasar tres horas al día en las cintas móviles, en las escaleras mecánicas, en las bicicletas o en las máquinas de pesas. Esas horas se disfrutaban, o se soportaban o se despreciaban, dependiendo de los temperamentos, pero aun quienes las despreciaban terminaban sus ejercicios con un perceptible (incluso mensurable) mejor humor.

—Las betaendorfinas son la mejor droga —decía Michel Duval.

—Lo cual es una suerte, ya que no tenemos ninguna otra —replicaba John Boone.

—Oh, está la cafeína…

—Me hace dormir.

—El alcohol…

—Me da dolor de cabeza.

—La procaína, el Darvon, la morfina…

—¿Morfina?

—En los suministros médicos. No para uso común. Arkadi sonrió.

—Quizá sea mejor que me ponga enfermo.

Los ingenieros, incluyendo a Maya, pasaban muchas mañanas en simulaciones de entrenamiento. Tenían lugar en el puente de popa, en el Toro B, que guardaba lo último en sintetizadores de imagen: las simulaciones eran tan sofisticadas que había muy poca diferencia visible entre ellas y el hecho en sí. Eso no las hacía necesariamente interesantes: la aproximación de inserción orbital estándar, simulada una vez por semana, fue apodada «El Vuelo Mantra», y se convirtió en un aburrimiento para todos los tripulantes.

Pero a veces hasta el aburrimiento era preferible a las alternativas. Arkadi era el especialista de entrenamiento, y tenía una habilidad perversa para diseñar problemas de vuelo tan duros que a menudo «mataban» a todo el mundo. Esos vuelos eran experiencias extrañamente desagradables, y no hicieron popular a Arkadi. Mezclaba problemas de vuelo con Vuelos Mantra al azar, pero más y más a menudo eran sólo problemas de vuelo; se «aproximaban a Marte» y las luces rojas empezaban a centellear, acompañadas de sirenas a veces, y de nuevo tenían problemas. En una ocasión golpearon un objeto planetesimal de unos quince gramos de peso que abrió una gran brecha en el escudo de calor. Sax Russell había calculado que sus posibilidades de impactar con algo mayor que un garbanzo eran de una en cada siete mil años de viaje, pero, no obstante, ahí estaban, ¡emergencia!, con la adrenalina corriéndoles por el cuerpo al mismo tiempo que descartaban la idea misma de que tal cosa sucediese, subiendo a la carrera hasta el eje y metiéndose en los trajes de emergencia, saliendo para cerrar el agujero antes de entrar en la atmósfera marciana y quedar achicharrados; y a medio camino la voz de Arkadi surgió de los intercomunicadores:

—¡No ha sido bástame rápido! Todos estamos muertos.

Pero ése era un problema simple. Otros… La nave, por ejemplo, seguía un curso programado. Esto quería decir que los pilotos introducían datos en las computadoras de vuelo y que éstas los convertían en fuerza propulsora. Así es como tenía que ser, pero cuando uno se aproximaba velozmente a una masa gravitatoria como la de Marte, sencillamente no se podía saber o intuir qué impulso conseguiría los efectos deseados. Por lo tanto, ninguno de ellos era un aviador en el sentido de un piloto que maneja un avión. No obstante, con frecuencia Arkadi desactivaba todo el sistema justo en el momento en que estaban alcanzando un momento crítico (avería, decía Russell, de una posibilidad entre diez mil millones) y era necesario tomar la dirección y manejar los cohetes con medios mecánicos, observando los monitores y una imagen visual naranja en fondo negro —Marte— que se les venía encima; y las alternativas eran o excederse y saltar al espacio profundo y sufrir una muerte lenta, o quedarse cortos y estrellarse contra el planeta y morir al instante, y si sucedía esto último, tenían que verlo cayendo a ciento veinte kilómetros por segundo hasta el impacto final simulado.

O podía tratarse de un fallo mecánico: los cohetes principales, los cohetes estabilizadores, el hardware o el software de las computadoras, o el despliegue del escudo de calor; todo eso tenía que funcionar correctamente durante toda la aproximación. Y los fallos de esos sistemas eran los más probables… en la escala, decía Sax (aunque otros ponían en tela de juicio sus métodos de evaluación de riesgos), de una de cada diez mil aproximaciones. De modo que volvían a hacerlo y las luces rojas destellaban, y ellos se quejaban y suplicaban un Vuelo Mantra, a pesar de que en parte daban la bienvenida al nuevo desafío. Cuando conseguían sobrevivir a un fallo mecánico, se sentían enormemente satisfechos; podía ser el punto culminante de una semana. En una ocasión John Boone aerofrenó con éxito a mano, con un solo cohete principal en funcionamiento, acertando en un milisegundo de arco la única velocidad posible. Nadie podía creérselo.

—Fue pura suerte —dijo Boone con una amplia sonrisa mientas se hablaba de la hazaña en la cena.

Sin embargo, la mayoría de los problemas de vuelo de Arkadi terminaban en fracaso, lo que significaba la muerte de todos. Simulados o no, era difícil no ponerse serios con esas experiencias, y después no irritarse con Arkadi por haberlas inventado. Una vez repararon todos los monitores del puente justo a tiempo para ver que las pantallas registraban el impacto de un asteroide pequeño, que atravesó el eje y los mató a todos. En otra ocasión Arkadi, como parte del equipo de navegación, cometió un «error» y dio instrucciones a las computadoras para que aumentaran la rotación de la nave en vez de disminuirla.

—¡Sujetos al suelo por seis g! —gritó con terror simulado, y se vieron obligados a arrastrarse por el suelo durante media hora, fingiendo rectificar el error mientras cada uno pesaba media tonelada.

Cuando concluyeron, Arkadi se levantó de un salto y los empujó apartándolos del monitor de control.

—¿Qué demonios estás haciendo? —aulló Maya.

—Se ha vuelto loco —dijo Janet.

—Ha simulado volverse loco —corrigió Nadia—. Tenemos que resolver… —añadió, intentando rodear a Arkadi-…¡cómo tratar con alguien que se ha vuelto loco en el puente!

Lo que sin duda era cierto. Pero podían ver todo el blanco de los ojos de Arkadi, y no había ni rastro de reconocimiento en él mientras los atacaba en silencio. Para reducirlo hicieron falta los cinco. Los puntiagudos codos de Arkadi lastimaron a Janet y Phyllis Boyle.

—¿Y bien? —comentó más tarde en la cena con una sonrisa ladeada, ya que se le empezaba a hinchar un labio—. ¿Qué pasa si sucede? Aquí arriba estamos sometidos a presión, y la aproximación será el peor momento de todos. ¿Y si alguien se viene abajo? —Se volvió hacia Russell y la sonrisa se hizo más amplia.

— ¿Cuáles son las posibilidades de que eso suceda, eh? —Comenzó a cantar una canción jamaicana con un acento eslavo-caribeño.— ¡Caída de presión, oh caída de presión, oh-o, la presión te va a caer encima oo-oo!

Y así siguieron intentándolo, manejando los problemas de vuelo con toda la seriedad de que eran capaces, incluso el ataque de nativos marcianos o el desacoplamiento del Toro H causado por «pernos explosivos instalados erróneamente cuando se construyó la nave», o la necesidad de esquivar a Fobos en el último minuto. Todo esto parecía a veces una especie de humor negro surrealista, y Arkadi volvía a pasar algunas de sus cintas de vídeo como entretenimiento de sobremesa, lo que a veces lanzaba a la gente al aire muerta de risa.

Pero los verdaderos problemas de vuelo… no dejaban de aparecer, una mañana tras otra. Y a pesar de las soluciones, a pesar de los protocolos para encontrar soluciones, ahí estaba esa visión, una y otra vez: el planeta rojo cargando contra ellos a unos inimaginables 40.000 kilómetros por hora, hasta que llenaba la pantalla y la pantalla se ponía blanca, y en ella aparecían de pronto unas letras pequeñas y negras: Colisión.

Viajaban a Marte en una elipse Hohmann tipo II, un curso lento pero eficiente, elegido entre las demás alternativas porque los dos planetas estaban en una posición adecuada cuando por fin estuvo lista la nave, con Marte unos cuarenta y cinco grados delante de la Tierra en el plano de la eclíptica. Poco más de la mitad del viaje lo harían alrededor del Sol, estableciendo el punto de encuentro con Marte unos trescientos días después. El tiempo en el útero, como lo llamaba Hiroko.

Los psicólogos de la Tierra habían considerado que valía la pena alterar las cosas de vez en cuando, sugerir el paso de las estaciones en el Ares. Por tanto se varió la duración de los días y las noches, el clima y los colores ambientales. Algunos habían mantenido que el descenso debería ser una cosecha, otros que debería ser una nueva primavera; después de un breve debate, se había decidido por el voto de los mismos viajeros empezar con el comienzo de la primavera, de modo que viajaran durante un verano en vez de un invierno; y a medida que se aproximaran a Marte, los colores de la nave adquirirían los tonos otoñales del planeta en vez de los verdes claros y los tonos pastel de la floración que habían dejado tan atrás.

Así que durante esos primeros meses, al acabar las tareas de la mañana, saliendo de la granja o del puente, o tambaleándose fuera de las sádicas simulaciones de Arkadi, entraban en la primavera. De las paredes colgaban paneles de un verde pálido, o murales fotográficos de azaleas y jacarandaes y cerezos ornamentales. La cebada y la mostaza de las grandes salas de la granja lucían un vivo amarillo con las flores nuevas, y el bosque bioma y los siete parques de la nave habían sido poblados con árboles y arbustos. A Maya le encantaban esos coloridos brotes primaverales, y después del trabajo matinal cumplía parte de su régimen de ejercicios paseando por el bosque bioma, que tenía un suelo accidentado y tal densidad de árboles que no se podía ver desde un extremo de la cámara al otro. De entre toda la gente posible, a menudo encontraba allí a Frank Chalmers disfrutando de uno de sus cortos descansos. Decía que le gustaba el follaje primaveral, aunque nunca parecía mirarlo. Caminaban juntos, y hablaban o no, según el día. Si hablaban, nunca era sobre algo importante; a Frank no le interesaba discutir el trabajo de ambos como líderes de la expedición. A Maya eso le parecía curioso, aunque nunca se lo dijo. Pero no tenían los mismos trabajos, lo que podía explicar la renuencia de Frank. La posición de Maya era bastante informal y no jerárquica: los cosmonautas siempre habían sido relativamente iguales entre ellos, tradición que se remontaba a la época de Koroliov. El programa norteamericano tenía una tradición más militar, indicada incluso en los títulos: mientras que Maya era sólo la Coordinadora del Contingente Ruso, Frank era el Capitán Chalmers.

Si esa autoridad le hacía la vida más o menos difícil, no lo decía. A veces hablaba del bionia o de pequeños problemas técnicos, o de las noticias de casa; más a menudo, parecía que simplemente quería caminar con ella. Paseos silenciosos, subiendo y bajando por senderos estrechos, a través de densas arboledas de pinos, álamos y abedules. Y siempre esa presunción de intimidad, como si fueran viejos amigos, o como si él estuviera, tímidamente (o sutilmente), cortejándola.

Pensando en esto un día, a Maya se le ocurrió que haber empezado el viaje en la primavera podía haber creado un problema en el Ares. Ahí estaban en su mesocosmos, navegando por la primavera, y todo era fértil y florecía, exuberante y verde, el aire perfumado por las flores, la brisa fresca, los días haciéndose más largos y cálidos, y todo el mundo en camiseta y pantalón corto, cien animales sanos, comiendo, haciendo ejercicio, duchándose, durmiendo cerca unos de otros. Por supuesto que tenía que haber sexo.

Bueno, no era nada nuevo. La misma Maya lo había disfrutado en el espacio, más significativamente durante su segunda estancia en la Novy Mir, cuando ella y Georgi y Yeli e Irina habían probado todas las variantes imaginables en la ingravidez, que eran muchas. Pero ahora era distinto. Eran mayores, estaban ligados los unos a los otros para siempre: «Todo es distinto en un sistema cerrado», como decía a menudo Hiroko en otros contextos. La idea de que se mantendrían en los límites de una relación intima estaba bastante aceptada en la NASA: de las 1.348 páginas del tomo que la NASA había compilado y llamado Relaciones humanas en tránsito a Marte, sólo había una dedicada al tema del sexo; y esa página aconsejaba que no se practicara. El tomo sugería que eran una especie de tribu, con un tabú sensato contra el aparcamiento intertribal. Los rusos se rieron a carcajadas de todo eso. Realmente los norteamericanos eran muy mojigatos.

—No somos una tribu —dijo Arkadi—. Somos el mundo.

Y era primavera. Y a bordo estaban las parejas casadas, algunas de las cuales eran bastante expansivas; y estaba la piscina del Toro E, y la sauna y el baño de hidromasaje. Los trajes de baño se usaban en compañía mixta, y esto de nuevo debido a los norteamericanos, pero los trajes de baño no eran nada. Naturalmente, empezó a suceder. Se enteró por Nadia e Ivana de que la cúpula burbuja era un lugar de citas en las horas tranquilas de la noche; bastantes cosmonautas y astronautas resultaron ser aficionados a la ingravidez. Y los muchos rincones en los parques y el bosque bioma servían como escondrijos para aquellos con menos experiencia; los parques habían sido diseñados para dar a la gente la sensación de que podía evadirse. Y todos tenían un cuarto privado insonorizado. Con todo eso, si una pareja quería iniciar una relación sin convertirse en material de chismes, era posible ser muy discreto. Maya estaba segura de que había más asuntos en marcha de los que ella podía saber.

Lo sentía. Sin duda a otros les pasaba lo mismo. Conversaciones en voz baja entre parejas, cambios de compañeros en el comedor, miradas rápidas, sonrisas fugaces, manos que rozaban hombros o codos al pasar… oh, sí, estaban sucediendo cosas. Contribuía a crear una cierta tensión, una tensión que sólo en parte era agradable. Los miedos de la Antártida volvieron a entrar en juego; y además sólo había un número pequeño de participantes potenciales, lo que tendía a darles la sensación de que jugaban al juego de las sillas vacías.

Y para Maya hubo problemas adicionales. Era aún más cautelosa que de costumbre con los hombres rusos, pues en este caso significaría dormir con el jefe. Se mostraba muy suspicaz al respecto, ya que sabía cómo se había sentido ella en circunstancias parecidas. Además, ninguno de ellos… bueno, Arkadi la atraía, pero él no parecía interesado. A Yeli lo conocía de antes, sólo era un amigo; Dmitri no le gustaba; Vlad era más viejo, Yuri no era su tipo; Alex era un seguidor de Arkadi… y así con todos.

En cuanto a los norteamericanos, o los internacionales… bien, eran una especie distinta de problema. Choque de culturas, ¿quién lo sabía? Así que se mantuvo al margen. Pero en ocasiones, al despertar por la mañana o al acabar un ejercicio, se sentía flotar en una ola de deseo que la dejaba encallada y sola en la playa de la cama o de la ducha.

Fue así que a última hora de una mañana, después de un problema de vuelo particularmente angustioso, pues fracasaron a último momento, se topó con Frank Chalmers en el bosque bioma y le devolvió el saludo; caminaron unos diez metros entre los árboles y se detuvieron. Ella llevaba pantalones cortos y la parte de arriba de un traje de baño, estaba descalza, sudorosa y acalorada por la disparatada simulación. Él iba en bermudas y camiseta, descalzo, sudoroso y manchado por el polvo de la granja. De pronto emitió su risa profunda, alargó el brazo, y rozó la parte superior del brazo de ella con las yemas de dos dedos.

—Hoy pareces feliz —dijo, esbozando una rápida sonrisa.

Los líderes de las dos mitades de la expedición. Iguales. Ella alzó la mano para tocar la de él, y eso fue todo lo que hizo falta.

Dejaron el sendero y se metieron en una espesa arboleda de pinos. Se detuvieron para besarse; ella ya no lo sentía como un extraño. Frank tropezó con una raíz y rió en voz baja, esa risa breve y reservada que a Maya le daba escalofríos, casi de miedo. Se sentaron sobre agujas de pino, rodaron juntos como estudiantes besuqueándose en los bosques. Ella rió; siempre le había gustado el abordaje rápido, el modo en que podía desarmar a un hombre cuando ella quería.

Y así hicieron el amor, y durante un tiempo la pasión la transportó. Al fin se tendió en el suelo, disfrutando del resplandor crepuscular. Pero luego, de algún modo, la situación se volvió un poco incómoda; no sabía qué decir. Aún había algo oculto en él, como si se escondiera incluso al hacer el amor. Peor todavía, lo que alcanzaba a ver detrás de su reserva era una especie de triunfo, como si él hubiera ganado algo y ella hubiera perdido. Esa vena puritana de los norteamericanos, esa sensación de que el sexo estaba mal y que los hombres tenían que engañar a las mujeres para que aceptaran. Ella misma se cerró un poco, irritada por esa sonrisa de afectación oculta. Ganar y perder, qué infantil.

Y sin embargo eran co-alcaldes, por decirlo así. De modo que si partían de una base cero…

Hablaron un rato en un tono bastante jovial, e incluso hicieron el amor otra vez antes de marcharse. Pero no fue lo mismo que la primera vez, ella estaba distraída. Había tanto en el sexo que escapaba a cualquier análisis racional… Maya siempre veía cosas en los hombres que no era capaz de analizar, ni siquiera de expresar; pero en todos los casos le gustaba lo que veía o no le gustaba, no había término medio. Y, al mirar ahora la cara de Frank Chalmers, había tenido la certeza de que algo no andaba bien. Se sintió incómoda.

Pero estuvo amable, afectuosa. No serviría de nada despacharlo en un momento así, nadie lo perdonaría. Se levantaron, se vistieron y regresaron al Toro D, y cenaron en la misma mesa con algunos otros, y fue aquél el momento adecuado para mostrarse más distante. Pero después, en los días siguientes, ella se sintió sorprendida y disgustada al descubrir que estaba poniendo cierta distancia entre ellos y que inventaba excusas para no encontrarse a solas con él. Era embarazoso, de ningún modo lo que había querido. Habría preferido no sentirse como se sentía, y una o dos veces después habían salido solos de nuevo, y cuando él tomó la iniciativa volvieron a hacer el amor, ella deseando que funcionara, creyendo que, de algún modo, había cometido un error o quizá no estaba de buen ánimo. Pero siempre pasaba lo mismo, siempre aparecía esa sonrisita afectada de triunfo, ese «te-pillé» que ella detestaba tanto, esa mezquina doble moral puritana.

De modo que en adelante lo evitó todavía más, y él no tardó en darse cuenta. Una tarde le preguntó si quería ir a dar un paseo por el bioma, y cuando ella se negó, aduciendo cansancio, vio una súbita expresión de sorpresa en la cara de él, que al instante volvió a cerrarse como una máscara. Ella se sintió mal, porque ni siquiera era capaz de explicárselo a sí misma.

Para tratar de compensar una separación tan irracional, se mostró desde entonces afable y franca con él, siempre que fuera una situación segura. Y una o dos veces sugirió, de manera indirecta, que para ella aquellos encuentros sólo habían sido una manera de sellar una amistad, algo que también había hecho con otros. No obstante, tuvo que darlo a entender entre líneas, y es posible que él lo malinterpretara. Después de aquel primer arrebato de comprensión, él sólo pareció desconcertado. En una ocasión, cuando ella abandonó un grupo justo antes de que la reunión se disolviera, vio que él le echaba una mirada penetrante. Desde entonces, sólo distancia y reserva. Pero en realidad Frank nunca se había enfadado, y nunca insistió en el tema o se acercó a ella para hablar del asunto. Pero eso era parte del problema, ¿no? Parecía que él no quería que hablaran de ese tipo de cosas.

Bueno, quizá tenía relaciones con otras mujeres, con algunas de las norteamericanas, era difícil saberlo. Él no le dijo nada. Pero era… embarazoso.

Maya decidió abandonar la seducción arrolladora; el placer que perdía no le importaba mucho. Hiroko tenía razón: todo era distinto en un sistema cerrado. Era una pena por Frank (si es que le importaba), ya que le había servido de maestro en ese tema. Finalmente, resolvió compensárselo siendo una buena amiga. En una ocasión, un mes más tarde, se esforzó tanto que calculó mal y fue demasiado lejos, hasta el punto de que él creyó que estaba seduciéndolo otra vez. Habían estado con un grupo, charlando hasta tarde, y ella se había sentado a su lado, y después fue muy evidente que él había recibido una impresión equivocada, y caminó con ella por el Toro D hacia los baños, hablando de ese modo encantador y afable que tenía en esa fase del proceso. Maya estaba enfadada consigo misma; no quería parecer completamente veleidosa, aunque hiciera lo que hiciese en ese momento era muy probable que lo pareciera. Entonces fue con él, sólo porque era lo más fácil, y porque había una parte de ella que quería hacer el amor. Y lo hizo, irritada consigo misma y decidida a que aquélla fuera la última vez, una especie de regalo final que con un poco de suerte haría que todo el incidente quedara como un buen recuerdo para él. Se mostró más apasionada que nunca, realmente quería complacerlo. Y entonces, justo antes del orgasmo, alzó la vista hacia su cara, y fue como mirar las ventanas de una casa vacía.

Ésa fue la última vez.

Av, v para velocidad, delta para cambio. En el espacio, ésa es la medida del cambio de velocidad que se requiere para ir de un lugar a otro… es decir, la medida de energía útil.

Todo está en movimiento. Pero poner algo en órbita alrededor de la Tierra desde la superficie (en movimiento), requiere una mínima Av de 10 kilómetros por segundo; abandonar la órbita de la Tierra y volar hacia Marte requiere una mínima Av de 3,6 kilómetros por segundo; y orbitar alrededor de Marte y posarse en él requiere una Av de aproximadamente un kilómetro por segundo. La parte mas difícil es dejar la Tierra atrás, la atracción gravitatoria más elevada. Para subir a esa increíble curva de espacio-tiempo hace falta mucha fuerza, cambiar la dirección de una inercia enorme.

La historia también tiene una inercia. En las cuatro dimensiones del espacio-tiempo, las partículas (o los sucesos) tienen dirección; los matemáticos, tratando de demostrarlo, trazan lo que ellos llaman «líneas mundiales» en los gráficos… En los asuntos humanos, las líneas mundiales individuales forman una maraña gruesa, surgiendo de la oscuridad de la prehistoria y extendiéndose a través del tiempo: un cable del tamaño de la misma Tierra, que gira alrededor del Sol en un curso largo y curvo. Ese cable de líneas mundiales enmarañadas es la historia. Viendo dónde ha estado, es evidente hacia dónde va; basta una mera extrapolación. ¿Qué clase de Av hará falta para escapar de la historia, escapar de una inercia tan poderosa, y trazar un nuevo curso?

La parte más difícil es dejar la Tierra atrás.

La forma del Ares daba una estructura a la realidad; el vacío entre la Tierra y Marte empezó a parecerle a Maya una larga sucesión de cilindros ensamblados en ángulos de cuarenta y cinco grados. Había una pista para correr, una especie de carrera de obstáculos, alrededor del Toro C, y en cada juntura aminoraba el paso preparada para afrontar el incremento de presión que generaban los dos codos de 22,5 grados, y de pronto podía ver arriba la extensión del siguiente cilindro. Comenzaba a parecerle un mundo más bien estrecho.

Quizá como compensación la gente empezó a parecer más grande. Las máscaras que habían llevado en la Antártida continuaban cayendo, y aquellos que descubrían alguna característica nueva en éste o en aquél se sentían mucho más libres, lo que provocaba la aparición de otros rasgos ocultos. Un domingo por la mañana los cristianos que había a bordo, una docena o algo así, celebraron la Pascua en la cúpula burbuja. En casa era abril, aunque en el Ares estaban en pleno verano. Después del oficio bajaron a desayunar a la sala del comedor D. Maya, Frank, John, Arkadi y Sax estaban sentados a una mesa, bebiendo tazas de café y té. Las conversaciones entre ellos se habían mezclado con las de otras mesas, y al principio sólo Maya y Frank oyeron lo que le decía John a Phyllis Boyle, la geóloga que había dirigido el oficio de Pascua.

—Entiendo la idea del universo como un superser, y que las fuerzas cósmicas sean los pensamientos de ese ser. Es un concepto amable. Pero la historia de Cristo… —John sacudió la cabeza.

—¿La conoces de verdad? —preguntó Phyllis.

—Me eduqué en el luteranismo en Minnesota —fue la respuesta escueta de John—. Fui a las clases de confirmación, y me la introdujeron a la fuerza en el cráneo.

Razón por la que, probablemente, se molestaba en meterse en una discusión como aquélla, pensó Maya. Tenía una expresión de disgusto que nunca antes le había visto y ella se adelantó un poco, concentrándose de pronto. Miró a Frank; éste observaba el interior de su taza de café como si estuviera perdido en alguna ensoñación, pero ella estaba segura de que él también estaba escuchando.

—Debes saber que los Evangelios fueron escritos décadas después de la muerte de Cristo por gente que jamás lo conoció —dijo John—. Y que hay otros evangelios que muestran a un Cristo distinto, evangelios que fueron excluidos de la Biblia por un proceso político en el siglo tercero. De modo que, en realidad, Cristo es una especie de figura literaria, una invención política. No sabemos nada sobre el hombre real.

Phyllis sacudió la cabeza.

—Eso no es cierto.

—Claro que lo es —replicó John. Eso hizo que Sax y Arkadi alzaran la cabeza en la mesa de al lado—. Mira, todo tiene una explicación. El monoteísmo es un sistema de creencias que aparece en las primitivas sociedades ganaderas. Cuanto más dependan de los rebaños de ovejas, más posible es que crean en un dios pastor. Es una correlación exacta, puedes trazar un gráfico y comprobarlo. Y el dios siempre es varón, porque esas sociedades eran patriarcales. Hay una especie de arqueología, una antropología… una sociología de la religión, que aclara todo esto: cómo surgió, qué necesidades satisfizo.

Phyllis lo observó con una sonrisa ligeramente desdeñosa.

—No sé qué decirte, John. Al fin y al cabo no es una cuestión de historia. Es una cuestión de fe.

—¿Crees en los milagros de Cristo?

—Los milagros no son lo importante. No es la Iglesia o el dogma lo que importa. Es el mismo Jesús quien importa.

—Pero es sólo una invención literaria —repitió John con obstinación—. Como Sherlock Holmes o El Llanero Solitario. Y no contestaste a mi pregunta.

Phyllis se encogió de hombros.

—Considero la presencia del universo como un milagro. El universo y todo lo que hay en él. ¿Puedes negarlo?

—Desde luego —dijo John—. El universo simplemente es. Yo defino un milagro como un acto que viola claramente una ley física conocida.

¿Cómo viajar a otros planetas?

—No. Como resucitar a los muertos.

—Los médicos lo hacen todos los días.

—Los médicos jamás lo han hecho. Phyllis se mostró confundida.

—No sé qué decirte, John. Estoy sorprendida. No lo conocemos todo, y pretender que sí es arrogancia. La creación es misteriosa. Darle a algo un nombre como «el Big Bang» y luego creer que tienes una explicación… eso es lógica mediocre, pensamiento mediocre. Fuera de tu pensamiento racional y científico hay toda una zona de la conciencia que el pensamiento científico no puede explicar. La fe en Dios es una parte. Y supongo que o la tienes o no la tienes. —Se levantó—. Espero que te llegue algún día. —Y salió de la sala.

Después de un silencio, John suspiró.

—Lo siento, amigos. Aún me afecta a veces.

—Siempre que un científico dice que es cristiano —comentó Sax—, lo tomo como una declaración estética.

—La iglesia de no-sería-bonito-creerlo-así —dijo Frank sin alzar la vista de la taza.

—Creen que nos falta una dimensión espiritual que las generaciones anteriores tenían —dijo Sax—, y tratan de recuperarla utilizando los mismos medios. —Parpadeó con su seriedad de búho, como si el problema quedara despachado una vez definido.

—¡Pero eso introduce tantos absurdos! —exclamó John.

—Lo que pasa es que tú no tienes fe —dijo Frank, incitándolo. John no le prestó atención.

—Gente que en el laboratorio es realista como nadie… ¡Hay que ver a Phyllis poniendo en tela de juicio las conclusiones de sus colegas! Y entonces, de repente, empiezan a usar trucos, evasivas, ambigüedades. Como si cada uno fuera dos personas diferentes.

—Lo que pasa es que tú no tienes fe —repitió Frank.

—¡Bueno, espero no tenerla jamás! ¡Es como si te dieran un martillazo en la cabeza!

John se puso de pie y llevó su bandeja a la cocina. Los demás se miraron en silencio. Tenía que haber sido una educación religiosa realmente mala, pensó Maya. Era evidente que los otros no conocían esa faceta de aquel plácido héroe. ¿Quién sabía lo que averiguarían la próxima vez, de él o de cualquiera de ellos?

La noticia de la discusión entre John y Phyllis se propagó entre la tripulación. Maya no sabía con seguridad quién la estaba difundiendo; ni John ni Phyllis parecían muy inclinados a hablar del tema. Entonces vio a Frank con Hiroko; ella se reía de algo que él le estaba contando. Al pasar junto a ellos oyó que Hiroko decía:

—Debes reconocer que Phyllis tiene razón en eso, no entendemos en absoluto el porqué de las cosas.

Era Frank, entonces. Sembrando la discordia entre Phyllis y John. Y el cristianismo (detalle importante) era aún una fuerza poderosa en Norteamérica, y en todo el mundo. Si la noticia de que John Boone era anticristiano llegaba a casa, podría tener problemas. Y eso no le vendría nada mal a Frank. Los medios de comunicación en la Tierra hablaban de todos ellos, pero si uno examinaba las noticias y artículos era evidente que se hablaba más de unos que de otros, y eso hacía parecer que tenían más poder, y al fin, y por asociación, realmente lo tenían. Entre los de ese grupo se encontraban Vlad y Úrsula (de quienes sospechaba que ahora eran más que amigos), Frank, Sax —toda la gente que ya era conocida antes de que la seleccionaran—; pero nadie recibía tanta atención como John. De modo que cualquier disminución en la estima de la Tierra por uno de ellos podía tener un efecto correspondiente en la posición del mismo dentro del Ares. En cualquier caso, ése parecía ser el principio que gobernaba a Frank.

Se sentían como si estuvieran confinados en el interior de un hotel sin salidas, sin siquiera un balcón. La opresión de la vida de hotel crecía; ya llevaban dentro cuatro largos meses, pero aún estaban a medio camino. Y ningún entorno físico o rutina diaria cuidadosamente diseñados podían acelerar el viaje.

Entonces, una mañana, el segundo equipo de vuelo estaba resolviendo otro de los problemas de Arkadi cuando, de pronto, unas luces rojas se encendieron en varias pantallas.

—El equipo de monitorización solar ha detectado una llamarada solar —informó Rya.

Arkadi se puso de pie en el acto.

—¡No es invento mío! —exclamó, y se inclinó hacia adelante para leer la pantalla más próxima. Alzó la vista, se encontró con las miradas escépticas de los otros y sonrió—. Lo siento, amigos. Este es el lobo de verdad.

Un mensaje de emergencia de Houston confirmó la noticia. Arkadi la podía haber falsificado, pero él ya iba hacia el radio más próximo y no había nada que pudieran hacer: falso o no, tenían que seguirlo.

De hecho, una gran llamarada solar era una situación que habían simulado muchas veces. Cada uno tenía una tarea que desempeñar, muchos de ellos en muy poco tiempo, de modo que corrieron por los toros, maldiciendo su suerte y tratando de no interponerse en el camino de los demás. Había un montón de cosas que hacer; asegurar la nave era una tarea compleja y que no estaba muy automatizada.

—¿Es otra de las pruebas de Arkadi? —gritó Janet mientras arrastraba cajones de cultivos al refugio de plantas.

—¡Él dice que no!

—Mierda.

Habían salido de la Tierra durante el punto bajo del ciclo de once años, específicamente para reducir el riesgo de encontrarse con una deflagración solar. Y de todos modos aquí la tenían. Disponían apenas de una media hora antes de que llegara la primera andanada, y de una hora para protegerse de la radiación más peligrosa.

Las emergencias en el espacio pueden ser tan obvias como una explosión o tan intangibles como una ecuación, pero el riesgo no tenía ninguna relación en este caso con la evidencia o la intangibilidad. Los sentidos de los tripulantes jamás percibirían el viento subatómico que se les acercaba, y sin embargo era una de las peores cosas que podrían haber ocurrido. Y todo el mundo lo sabía. Corrieron por los toros para cubrir las plantas o trasladarlas a zonas protegidas, y agrupar los pollos y los cerdos, las vacas pigmeas y el resto de los animales y pájaros en sus propios refugios; tenían que recoger y llevar consigo las semillas y los embriones congelados, había que guardar en cajas los componentes electrónicos delicados y a veces desmontarlos. Cuando acabaron esas tareas, se impulsaron por los radios hasta el eje central tan deprisa como pudieron, y luego bajaron volando por el tubo del eje hasta el refugio para las tormentas, exactamente detrás de la popa del tubo.

Hiroko y su equipo de biosfera fueron los últimos en entrar, precipitándose por la compuerta veintisiete minutos después de la alarma. Se lanzaron al espacio ingrávido acalorados y sin aliento.

—¿Ha empezado ya?

—Todavía no.

Arrancaron dosímetros de un estante de velero y se los prendieron a la ropa. El resto de la tripulación ya flotaba en la cámara cilíndrica, respirando con dificultad y atendiéndose magulladuras y torceduras. Maya les ordenó que se separaran a medida que iban contándose y se sintió aliviada al oír que se llegaba a cien sin ningún hueco.

La sala parecía atestada. Los cien no se habían reunido en un solo lugar desde hacía muchas semanas, e incluso la sala más grande no habría sido suficiente. El refugio ocupaba medio tanque en el ramal del eje, y la otra mitad era un depósito de metales pesados. Los cuatro tanques de alrededor estaban llenos de agua. El lado plano de este semicilindro era el «suelo» del refugio, y estaba encajado dentro del tanque sobre carriles circulares, que giraban para contrarrestar la rotación de la nave y mantener la barrera de metales entre la tripulación y el sol.

Así que flotaban en un espacio estable, mientras el techo curvo del tanque giraba sobre ellos a las habituales cuatro r/m. Era una vista peculiar, que junto con la ingravidez hizo que algunos parecieran inquietos, a punto de marearse. Esos desafortunados se congregaron en el extremo del refugio donde estaban los lavabos, y para ayudarlos visualmente todo el mundo apoyó los pies en el suelo. Por lo tanto, la radiación subía a través de sus pies, en su mayoría rayos gamma que se propagaban a través de los metales pesados. Maya sintió el impulso de mantener las rodillas juntas. La gente notaba; algunos se ponían zapatillas de velero para andar por el suelo. Hablaban en voz baja, encontrando de manera instintiva a sus vecinos, sus compañeros de trabajo, sus amigos. Las conversaciones eran apagadas, como si en medio de una fiesta alguien hubiera dicho que los canapés estaban en mal estado.

John Boone se abrió camino a toda prisa hasta los terminales de la computadora en el extremo de proa de la sala, donde Arkadi y Alex controlaban la nave. Tecleó un comando y los datos de radiación exterior aparecieron de pronto en la pantalla grande.

—Veamos cuánta radiación está golpeando la nave —dijo alegremente. Gemidos.

—¿Es necesario? —preguntó Úrsula.

—Más nos valdría saberlo —dijo John—. Y quiero ver cómo funciona este refugio. El del Águila Roja no era más resistente que un babero de dentista.

Maya sonrió. Era un recordatorio, raro en John, de que él había estado expuesto a mucha más radiación que cualquiera de ellos: unos 160 rem, tal como en ese momento explicaba a alguien. En la Tierra uno recibía una quinta parte de un roentgen equivalent man por año, y orbitando alrededor de la Tierra, aun con la protección de la magnetosfera, se absorbían alrededor de treinta y cinco por año. Por lo tanto, John había recibido un montón de calor, y de algún modo eso le daba derecho a examinar los datos exteriores si así lo quería.

Aquellos que estuvieron interesados —unas sesenta personas— se amontonaron detrás para observar la pantalla. El resto se distribuyó en el otro extremo del tanque junto con la gente mareada, un grupo que definitivamente no quería saber cuánta radiación estaba recibiendo. Sólo pensarlo bastaba para que algunos corrieran al retrete.

De pronto la fuerza de la deflagración golpeó la nave. El contador de radiación exterior saltó muy por encima del nivel habitual del viento solar, y luego subió vertiginosamente. Varios observadores soltaron un silbido de asombro, y hubo algunas exclamaciones de sobresalto.

—Pero miren cuánta está frenando el refugio —dijo John, comprobando el dosímetro prendido a su camisa—. ¡Yo sigo sólo en punto tres rem!

Eso era varias vidas bajo los rayos X del dentista, desde luego, pero la radiación fuera del refugio ya había alcanzado los 70 rem, y pronto alcanzaría una dosis letal. Pensaron en la cantidad que debía de estar golpeando el resto de la nave. Miles de millones de partículas atravesaban las paredes y colisionaban con los átomos de agua y de metal; cientos de millones volaban entre esos átomos y luego a través de los átomos de los cuerpos humanos, sin tocar nada, como si no fueran más que fantasmas. Sin embargo, miles golpeaban átomos de carne y de hueso. La mayoría de esas colisiones eran inofensivas… pero, en todos esos miles, con toda probabilidad había una o dos (¿o tres?) en las que una cadena de cromosomas recibía un impacto, y se enroscaba del modo erróneo: y ahí estaba. Inicio de tumor, que comenzaba sólo con ese error tipográfico en el libro de uno mismo. Y años más tarde, a menos que el ADN de la víctima hubiera tenido la suerte de repararse, el crecimiento del tumor, que era una parte más o menos inevitable de la vida, tendría su efecto, y aparecería dentro el florecimiento de otra cosa: cáncer, leucemia, quizá, y muerte, tarde o temprano.

De modo que era difícil no observar las cifras con desconsuelo.

1,4658 rem, 1,7861, 1,9004.

—Es como un odómetro —dijo Boone con calma mientras miraba su dosímetro. Estaba agarrado a una barandilla y se impulsaba hacia adelante y hacia atrás, como si estuviera haciendo ejercicios isométricos.

Frank lo vio y preguntó:

—John, ¿qué demonios haces?

—Esquivando —repuso John. Sonrió ante el ceño fruncido de Frank—. Ya sabes… ¡un blanco móvil!

La gente se rió. Con el alcance del peligro proyectado con precisión en pantallas y gráficos, empezaban a sentirse menos desvalidos. Era ilógico, pero ponerle un nombre a las cosas era el poder que convertía a todo humano en una especie de científico. Y éstos eran científicos de profesión, y había también muchos astronautas entre ellos, entrenados para aceptar la posibilidad de semejante tormenta. Todos esos hábitos mentales empezaron a canalizarse en pensamientos, y el impacto del accidente disminuyó. Estaban llegando a un acuerdo con él.

Arkadi fue hasta un terminal y solicitó la Sinfonía Pastoral de Beethoven, poniéndola en el tercer movimiento, cuando el baile aldeano es interrumpido por la tormenta. Subió el volumen, y todos flotaron juntos en el largo semicilindro, escuchando la feroz tormenta de Beethoven, que de pronto pareció enunciar a la perfección los latigazos del viento silencioso que caía sobre ellos. ¡Sonaba igual que la sinfonía! Instrumentos de cuerda y de viento aullando en ráfagas salvajes, fuera de control y sin embargo hermosamente melódicos al mismo tiempo… un escalofrío recorrió la espina dorsal de Maya. Nunca antes la había escuchado con tanta atención, y observó admirada (y con un poco de miedo) a Arkadi, que sonreía extasiado bajo los efectos de su inspirada elección, y bailaba como si fuera una especie de nudo de lana rojo al viento. Cuando la tormenta de la sinfonía alcanzó su punto máximo, fue difícil creer que el contador de radiación no siguiera subiendo; y cuando la tormenta musical amainó, pareció que el viento de partículas también había cesado. El trueno murmuró, las últimas ráfagas sisearon. El como francés entonó la serena señal de que había pasado el peligro.

La gente empezó a hablar de otras cosas, discutiendo los diversos asuntos del día que con tanta brusquedad se habían visto interrumpidos, o aprovechó la oportunidad para hablar de otras cosas. Después de media hora o más, una de esas conversaciones se hizo más estridente. Maya no oyó cómo empezó, pero de pronto Arkadi dijo, muy alto y en inglés:

—¡No hay por qué tener en cuenta esos planes terranos!

Las otras conversaciones murieron, y la gente se volvió hacia Arkadi. Se había elevado de un salto y flotaba bajo el techo rotatorio de la cámara, desde donde podía contemplarlos a todos y hablar como un espíritu volador y loco.

—Creo que deberíamos hacer nuevos planes —dijo—. Creo que ya deberíamos estar haciéndolos. Habría que rediseñarlo todo desde el principio. Debería extenderse a todas partes, incluso a los primeros refugios.

—¿Por qué molestarse? —preguntó Maya, molesta por una actuación que parecía destinada a impresionarlos—. Son buenos diseños. Era irritante; Arkadi a menudo se ponía en la palestra, y la gente siempre la culpaba a ella, como si debiera evitar que los importunara.

—Los edificios son el modelo de una sociedad —dijo Arkadi.

—Son alojamientos —indicó Sax Russell.

—Pero los alojamientos reflejan la organización social. —Arkadi miró en torno, atrayendo a la gente a la discusión—. La distribución de un edificio muestra lo que el diseñador considera que debería suceder dentro. Lo vimos al principio del viaje, cuando los rusos y los norteamericanos fuimos segregados a los Toros D y B. Se suponía que teníamos que seguir siendo dos entidades distintas. Ocurrirá lo mismo en Marte. Los edificios expresan valores, tienen una especie de gramática, y las habitaciones son las oraciones. No quiero que gente en Washington y en Moscú me diga cómo tengo que vivir mi vida, ya estoy harto.

—¿Qué es lo que no te gusta del diseño de esos refugios? —preguntó John, con interés.

—Son rectangulares —repuso Arkadi. Eso provocó una carcajada general, pero él insistió—: ¡Rectangulares, la forma convencional! Con el espacio de trabajo separado de las residencias, como si el trabajo no fuera parte de la vida. Y las residencias están ocupadas en su mayor parte por las habitaciones privadas, con jerarquías manifiestas. Así los líderes tienen asignados espacios más grandes.

—¿No es sólo para facilitar el trabajo? —preguntó Sax.

—No. En realidad no es necesario. Es una cuestión de prestigio. Un ejemplo muy típico de la mentalidad capitalista norteamericana, si se me permite decirlo.

Se oyó un gruñido, y Phyllis dijo:

—¿Tenemos que entrar en política, Arkadi?

Bastó esta palabra para que la nube de oyentes se disipase.

Mary Dunkel y un par más se abrieron paso a empujones y se encaminaron al otro extremo de la sala.

—Todo es política —dijo Arkadi detrás de ellas—. Y nada lo es más que este viaje. Estamos fundando una nueva sociedad, ¿cómo podría evitar ser política?

—Somos una estación científica —dijo Sax—. No necesariamente tiene que haber política.

—Ciertamente no la tenía la última vez que estuve allí —dijo John, mirando pensativo a Arkadi.

—Sí que la tenía —afirmó Arkadi—, pero parecía algo más sencillo Toda la tripulación era norteamericana, en misión temporal, haciendo lo que los superiores habían ordenado. Pero ahora somos una tripulación internacional que va a establecer una colonia permanente. Es del todo distinto.

La gente empezó a deslizarse por el aire hacia la conversación para oír mejor lo que se decía. Rya Jiménez comentó:

—No me interesa la política —y Mary Dunkel estuvo de acuerdo desde el otro extremo de la sala:

—¡Una de las razones por las que estoy aquí es para alejarme de eso!

Varios rusos replicaron al unísono:

—¡Eso en sí mismo es una posición política! —y cosas semejantes. Alex exclamó:

—¡A vosotros, los norteamericanos, os gustaría acabar con la política y la historia para así poder dominar el mundo! —Un par de norteamericanos trataron de protestar, pero Alex continuó: —¡Es verdad! El mundo entero ha cambiado en los últimos treinta años, todos los países han reconsiderado el papel que desempeñan y han hecho cambios enormes para resolver los problemas… todos menos Estados Unidos. Se ha convertido en el país más reaccionario del mundo.

—Los países que cambiaron no tenían otra salida, porque antes eran rígidos, y casi se hicieron pedazos —dijo Sax—. Estados Unidos ya tenía un sistema fluido, y no necesitó cambiar de manera tan drástica. Afirmo que el modelo norteamericano es superior porque es más flexible. Está mejor construido.

Esa analogía hizo vacilar a Alex, y mientras, John Boone, que había estado observando a Arkadi con gran interés, dijo:

—Volviendo a los refugios, ¿qué cambiarías?

—No estoy seguro —contestó Arkadi—. Necesitamos ver los emplazamientos donde vamos a construir, caminar por esos lugares, discutirlo. Pero, en general, creo que el espacio de trabajo y el espacio de vivienda deberían mezclarse hasta donde sea práctico, nuestro trabajo no será sólo ganarse un jornal… será nuestro arte, nuestra vida. Nos lo daremos a nosotros mismos, no lo compraremos. Tampoco debería haber símbolos de jerarquía. Ni siquiera creo en el sistema de líderes que tenemos ahora. —Saludó educadamente a Maya con una inclinación de cabeza.— Ahora todos somos responsables por igual, y nuestros edificios deberían mostrarlo así. Un círculo es lo mejor… difícil de construir, pero apropiado para la conservación de calor. Una cúpula geodésica sería un buen compromiso, e indicaría nuestra igualdad. En cuanto a los inferiores, quizá sobre todo espacios abiertos. Todo el mundo debería tener un cuarto propio, claro, pero pequeño. Tal vez ubicados en el borde y dando a espacios comunales más amplios… —Sacó el ratón de un terminal y comenzó a dibujar en la pantalla.— Esto: una gramática arquitectónica que diría «Todos iguales». ¿Sí?

—Ya hay allí un montón de unidades prefabricadas —dijo John—. No estoy seguro de que se puedan adaptar.

—Se podría si lo quisiéramos.

—Pero ¿es realmente necesario? Quiero decir, es obvio que ya somos un equipo de iguales.

—¿Es obvio? —preguntó Arkadi incisivamente, mirando alrededor—. Si Frank y Maya o Houston o Baikonur nos dicen que hagamos algo, ¿tenemos libertad para no hacerles caso?

—Creo que sí —replicó John con suavidad.

Esa declaración hizo que Frank le lanzara una mirada penetrante. La conversación empezó a disgregarse en varias discusiones, ya que mucha gente tenía cosas que decir, pero Arkadi volvió a imponerse.

—Nos han enviado aquí nuestros gobiernos, y todos nuestros gobiernos son imperfectos, la mayoría desastrosos. Por eso mismo la historia es un revoltijo tan sangriento. Ahora estamos solos, y por lo menos yo no tengo intención de repetir todos los errores de la Tierra sólo por pensar de manera convencional. ¡Somos los primeros colonos marcianos! ¡Somos científicos! ¡Nuestro trabajo es pensar las cosas de nuevo, hacerlas nuevas!

Las discusiones brotaron otra vez, más ruidosas que nunca. Maya dio media vuelta y maldijo a Arkadi en voz baja, consternada por la cólera creciente del grupo. Vio que John Boone sonreía. Se impulsó desde el suelo hasta la posición de Arkadi, se detuvo chocando con él, y luego le estrechó la mano, y los dos giraron en el aire en una especie de baile torpe. Ese gesto de apoyo hizo que de inmediato la gente empezara a pensar de nuevo, Maya pudo verlo en las caras sorprendidas; además de fama, John tenía la reputación de ser moderado, y si él aprobaba las ideas de Arkadi, entonces todo era distinto.

—Maldita sea, Ark —dijo John—. Primero esos disparatados problemas de vuelo, y ahora… ¡estás loco, de verdad que lo estás! ¿Cómo demonios conseguiste que te metieran a bordo?

Justo mi pregunta, pensó Maya.

—Mentí —dijo Arkadi. Todo el mundo se rió. Hasta Frank, que parecía sorprendido—. ¡Claro que mentí! —gritó Arkadi, con una enorme y extraña sonrisa que le hendía la barba roja—. ¿De qué otro modo podía entrar aquí? Quiero ir a Marte para hacer lo que yo quiera, y el comité de selección quería que fuera gente para hacer lo que se le ordenara. —Los señaló con un dedo y gritó:— ¡Todos mintieron y saben que es así!

Frank se reía todavía más. Sax exhibía su habitual expresión a lo Buster Keaton, pero levantó un dedo y dijo:

—El Cuestionario Revisado de Personalidad Multifásica de Minnesota. Se levantó un sonoro abucheo. Todos habían tenido que pasar ese examen; era el test psicológico más usado en el mundo, y bien considerado por los expertos. Los examinados estaban de acuerdo o no lo estaban con 556 afirmaciones, y con las respuestas se elaboraba un perfil; pero la interpretación del significado de las respuestas se basaba en las respuestas dadas por un grupo tipo integrado por 2.600 granjeros blancos, casados, de clase media de Minnesota en la tercera década del siglo anterior. A pesar de todas las revisiones posteriores, los profundos prejuicios creados por la naturaleza de aquel primer grupo de prueba aún estaban profundamente arraigados en el test… o por lo menos eso es lo que pensaban algunos.

—¡Minnesota! —gritó Arkadi, poniendo los ojos en blanco—.

¡Granjeros! ¡Granjeros de Minnesota! ¡Lo confieso, mentí en todas y cada una de las preguntas! ¡Contesté exactamente lo opuesto a lo que realmente creía, y eso es lo que me permitió puntuar como normal!

Unos vítores salvajes saludaron ese anuncio.

—Demonios —dijo John—, yo soy de Minnesota y tuve que mentir.

Más vítores. Maya notó que Frank estaba rojo de risa, sin poder hablar, las manos agarrándose el estómago, sacudiendo la cabeza, riendo, incapaz de detenerse. Nunca lo había visto reír de ese modo.

—El test te obligó a mentir —dijo Sax.

—¿Qué, tú no lo hiciste? —preguntó Arkadi—. ¿Es que acaso tú no mentiste también?

—Bueno, no —repuso Sax, parpadeando, como si nunca antes se le hubiera ocurrido pensarlo—. Dije la verdad en cada una de las preguntas.

Se rieron aún más estrepitosamente. Sax se mostró sorprendido, pero eso hizo que pareciera más divertido aún. Alguien gritó:

—¿Qué dices tú, Michel? ¿Cómo respondiste? Michel Duval alargó las manos.

—Puede que estéis subestimando la sofisticación del CRPMM. Hay preguntas que comprueban si estás siendo sincero.

Esa declaración lanzó una lluvia de interrogantes, una inquisición metodológica. ¿Qué controles había? ¿Cómo se falsificaba una hipótesis?

¿Cómo se eliminaban las explicaciones alternativas? ¿Cómo podían afirmar ser científicos en cualquier acepción de la palabra? Por supuesto, muchos de ellos consideraban la psicología como una pseudociencia, y muchos estaban bastante resentidos por los aros que habían tenido que atravesar para subir a bordo. Los años de competencia se habían cobrado su precio. Y el descubrimiento de ese sentimiento compartido encendió una veintena de animadas conversaciones. La tensión levantada por la cháchara política de Arkadi desapareció.

Tal vez, pensó Maya, Arkadi había cambiado de sitio la carga explosiva. Si así era, lo había hecho con mucha inteligencia, pero Arkadi era un hombre inteligente. Repasó la escena. En realidad, había sido John Boone quien había cambiado el tema. En verdad había volado hasta el techo al rescate de Arkadi, y éste había aprovechado la oportunidad. Los dos eran inteligentes. Y parecía posible que estuvieran en una especie de connivencia, quizá construyendo mandos alternativos, uno norteamericano y el otro ruso. Habría que examinar el caso más de cerca.

—¿Crees que es una mala señal que todos nos consideremos tan mentirosos? —le preguntó a Michel. Éste se encogió de hombros.

—Ha sido saludable discutirlo. Ahora nos damos cuenta de que somos más parecidos de lo que creíamos. Nadie debe sentir que fue excepcionalmente deshonesto para subir a bordo.

—¿Y tú? —preguntó Arkadi—. ¿Te presentaste a ti mismo como un psicólogo perfectamente racional y equilibrado, ocultando la mente extraña que hemos llegado a conocer y querer?

Michel esbozó una ligera sonrisa.

—Tú eres el experto en mentes extrañas, Arkadi.

En ese momento, los pocos que aún observaban las pantallas les llamaron la atención. El recuento de radiación había empezado a descender. Después de un rato fue bajando hasta un poco por encima del nivel normal.

Alguien volvió a poner la Pastoral en el momento en que sonaba el corno. El último movimiento de la sinfonía, «Sentimientos de alegría y agradecimiento después de la tormenta», se derramó por el sistema de altavoces, y mientras abandonaban el refugio y se dispersaban por la nave como semillas de diente de león en la brisa, la hermosa y vieja melodía se difundió por todo el Ares. Mientras, descubrieron que los reforzados sistemas de la nave habían sobrevivido intactos. Las gruesas paredes de la granja y del bosque bioma habían proporcionado a las plantas una cierta protección, y aunque algunas morirían y se perdería toda una cosecha, las reservas de semillas no estaban dañadas. Tampoco podrían comerse a los animales, pero probablemente éstos darían a luz una nueva generación. Las únicas bajas fueron algunos pájaros cantores que no lograron capturar en el comedor del Toro D; encontraron un puñado de ellos muertos en el suelo.

En cuanto a la tripulación, la protección del refugio los había resguardado de todo menos de unos 6 rem. Eso era grave para sólo tres horas, pero podría haber sido peor. El exterior de la nave había recibido más de 140 rem, una dosis letal.

Seis meses dentro de un hotel, y nunca podían pasear por el exterior. Dentro estaban a finales del verano, y los días eran largos. El verde dominaba las paredes y los techos, y la gente caminaba descalza. Las conversaciones en voz baja eran casi inaudibles entre el zumbido de la maquinaria y la respiración sibilante de los ventiladores. De algún modo, la nave parecía vacía, secciones enteras fueron abandonadas mientras la tripulación se preparaba para la espera. Pequeños grupos de gente se sentaban en las salas de los toros B y D y charlaban. Algunos interrumpían sus conversaciones cuando pasaba Maya, algo que la irritaba profundamente. Estaba teniendo problemas para dormir, problemas para despertar. El trabajo la desasosegaba; después de todo, los ingenieros sólo estaban esperando, y las simulaciones se habían vuelto casi intolerables. Tenía problemas para medir el paso del tiempo. Tropezaba más de lo acostumbrado. Había ido a ver a Vlad, y él le recomendó una sobrehidratación, más carreras, más natación. Hiroko le dijo que dedicara más tiempo a la granja. Lo intentó, y pasó horas escardando, cosechando, podando, fertilizando, regando, hablando, sentada en un banco, mirando las hojas. Evadiéndose. Las cámaras de la granja eran muy grandes y unos relucientes flejes dorados revestían las bóvedas. Los diferentes niveles estaban atestados de plantas, muchas de ellas nuevas a causa de la tormenta. No había suficiente espacio para alimentar a la tripulación con productos de la granja, pero Hiroko luchaba contra eso, conviniendo salas de almacenaje a medida que iban vaciándose. Cepas enanas de trigo, arroz, soja y cebada crecían en bandejas apiladas; por encima de las bandejas colgaban hileras de verduras hidropónicas, y enormes tinajas transparentes con algas verdes y amarillas, que ayudaban a regular el intercambio gaseoso.

Algunos días Maya no hacía nada salvo observar al equipo que trabajaba en la granja, Hiroko y su asistente Iwao siempre enredados en el proyecto sin fin de maximizar el cierre del sistema biológico, y tenían allí toda una dotación trabajando: Raúl, Rya, Gene, Eugenia, Andrea, Roger, Ellen, Bob y Tasha. El éxito en el intento se medía en valores K, representando K el cierre mismo. Así pues, para cada sustancia que reciclaban:

K = I — e/E

donde E era la proporción de consumo del sistema, e el porcentaje (incompleto) de cierre, era una constante para la que Hiroko, al principio de su carrera, había establecido un valor exacto. El objetivo, K — I — 1, era inalcanzable, pero abordarlo asintóticamente era el juego favorito de los biólogos de la granja, y más que eso, era crítico para una eventual existencia en Marte. De modo que las discusiones podían durar días enteros, complicándose hasta llegar a complejidades que nadie entendía. En esencia, el equipo de la granja ya estaba dedicado a su trabajo real, algo que Maya envidiaba. ¡Estaba tan harta de las simulaciones!

Hiroko era un enigma para Maya. Reservada y seria, parecía absorta en el trabajo, y su equipo siempre estaba alrededor, como si ella fuera la reina de un dominio que no tenía relación con el resto de la nave. A Maya eso no le gustaba, pero no podía intervenir. Y algo en la actitud de Hiroko conseguía que no fuera tan amenazador; sólo era un hecho, la granja era un lugar aparte, su equipo una sociedad aparte. Y era posible que Maya, de algún modo, pudiera usarlos para contrarrestar la influencia de Arkadi y John; así que no se preocupó por ese reino separado. En realidad veía a Hiroko más que antes. A veces subía con ellos hasta el eje central al final de una sesión de trabajo, a practicar un juego que se habían inventado, llamado salto por el túnel. Había un tubo que bajaba por el eje central donde todas las junturas entre los cilindros habían sido ensanchadas, convirtiéndolo en un tubo liso y único. Había barandillas para facilitar un movimiento rápido en ambas direcciones, pero en el juego los saltadores se paraban en la compuerta del refugio para tormentas y trataban de saltar tubo arriba hasta la compuerta de la cúpula burbuja, a quinientos metros de distancia, sin chocar contra las paredes o las barandillas. Las fuerzas cinéticas de Coriolis hacían que esto fuera efectivamente imposible, y por lo general quien volaba hasta la mitad ganaba el juego. Pero un día Hiroko pasó por allí de camino a examinar un cultivo experimental en la cúpula burbuja, y después de saludarlos se agachó en la compuerta del refugio y saltó, recorrió flotando lentamente toda la extensión del túnel, rotando mientras volaba, y al fin se posó en la compuerta de la cúpula burbuja extendiendo una mano.

Los jugadores miraron túnel arriba en medio de un silencio estupefacto.

—¡Eh! —le gritó Rya a Hiroko—. ¿Cómo lo has hecho?

—¿Hacer qué?

Le explicaron el juego. Ella sonrió, y Maya de pronto tuvo la certeza de que ya conocía las reglas.

—Así que, ¿cómo lo has hecho? —repitió Rya.

—¡Saltas en línea recta! —explicó Hiroko, y desapareció en la cúpula burbuja.

Aquella noche, en la cena, la historia se divulgó. Frank le dijo a Hiroko:

—Quizá sólo tuviste suerte. Hiroko sonrió.

—Quizá tú y yo deberíamos sumar veinte saltos y ver quién gana.

—Me parece bien.

—¿Qué apostamos?

—Dinero, por supuesto. Hiroko sacudió la cabeza.

—¿De verdad crees que el dinero sigue importando?

Unos días después, Maya flotaba bajo la curva de la cúpula burbuja con Frank y John, mirando a Marte, que ahora era una estera convexa del tamaño de una moneda de diez centavos.

—Hay muchas discusiones últimamente —dijo John como sin darle importancia—. Oí que Alex y Mary hasta llegaron a las manos. Michel dice que era de esperar, pero aun así…

—Quizá trajimos demasiados líderes —dijo Maya.

—Quizá tú debiste ser la única —se mofó Frank.

—¿Demasiados jefes? —aventuró John. Frank sacudió la cabeza.

—No es eso.

—¿No? Hay un montón de estrellas a bordo.

—El impulso por sobresalir y el impulso de liderar no son lo mismo. A veces creo que quizá sean opuestos.

—Es usted quien dictamina, capitán. —John respondió con una sonrisa a la expresión ceñuda de Frank.

Era la única persona relajada que había en la nave, pensó Maya.

—Los psiquiatras previeron el problema —continuó Frank—. Era bastante obvio incluso para ellos. Emplearon la solución Harvard.

—La solución Harvard —repitió John, saboreando la frase.

—Hace mucho, los administradores de Harvard se dieron cuenta de que si aceptaban a estudiantes de bachillerato sobresalientes, y luego divulgaban esas notas entre los estudiantes de primer año, un alarmante número de ellos se sentían desdichados y deficientes y ensuciaban el patio volándose los sesos.

—Eso les parecía intolerable —comentó John. Maya puso los ojos en blanco.

—Los dos estudiaron en una escuela de artes y oficios, ¿no?

—Descubrieron que el truco para evitar esa situación engorrosa era aceptar a un cierto porcentaje de estudiantes que estuvieran acostumbrados a recibir notas mediocres, pero que se hubieran distinguido de algún otro modo…

—Como tener la insolencia de solicitar el ingreso en Harvard con notas mediocres…

—…acostumbrados a estar en la parte baja de la curva de notas y contentos sólo con haber entrado en Harvard.

—¿Cómo te enteraste? —preguntó Maya.

Frank sonrió.

—Yo fui uno de ellos.

—No tenemos mediocridades en esta nave —dijo John. Frank parecía dudarlo.

—Tenemos un montón de científicos inteligentes que no tienen ningún interés en dirigir las cosas. Muchos de ellos lo consideran aburrido. Ya sabes, burocracia. Les encanta delegarlo en personas como nosotros.

—Machos beta —dijo John, burlándose de Frank y de su interés por la sociobiología—. Ovejas brillantes.

El modo en que se burlaban el uno del otro…

—Estás equivocado —le dijo Maya a Frank.

—Tal vez sí. En cualquier caso, son el órgano político. Por lo menos tienen el poder de seguir a alguien. —Lo dijo como si la idea lo deprimiera.

John, que debía presentarse a un relevo en el puente, se despidió y se fue.

Frank se acercó flotando a Maya, y ella se movió nerviosa. Nunca habían tenido la oportunidad de hablar de su breve relación, ni siquiera de forma indirecta. Había pensado en lo que diría si alguna vez la oportunidad se presentaba: diría que esporádicamente se lo pasaba bien con hombres agradables. Que lo había hecho siempre en el impulso del momento.

Pero él se limitó a señalar el punto rojo en el cielo.

—Me pregunto por qué vamos.

Maya se encogió de hombros. Con toda probabilidad no quería decir vamos, sino voy.

—Todo el mundo tiene sus motivos —dijo. Él la miró.

—Eso es muy cierto.

Ella no tuvo en cuenta el tono de su voz.

—Quizá son nuestros genes —dijo—. Quizá se dieron cuenta de que las cosas iban mal en la Tierra. Sintieron un incremento en la velocidad de mutación, o algo por el estilo.

—Así que se pusieron en camino hacia un nuevo comienzo.

—Sí.

—La teoría del gen egoísta. La inteligencia sólo es una herramienta para ayudar a la reproducción.

—Supongo.

—Pero este viaje pone en peligro la reproducción —dijo Frank—. No es seguro ahí afuera.

—Pero tampoco es seguro en la Tierra. Residuos tóxicos, radiación, otras gentes…

Frank sacudió la cabeza.

—No. No creo que el egoísmo esté en los genes. Creo que está en otro lugar. —Adelantó el dedo índice y la tocó entre los pechos, un golpe firme en el esternón, que lo hizo descender de vuelta al suelo. Sin dejar de mirarla, él se tocó en el mismo sitio.— Buenas noches, Maya.

Una o dos semanas más tarde, Maya estaba en la granja recogiendo repollos, caminando por un pasillo entre largas bandejas. Tenía la sala para ella sola. Los repollos parecían hileras de cerebros, con pensamientos que palpitaban a la brillante luz de la tarde.

Entonces advirtió un movimiento y miró a un lado. En el otro extremo de la sala, a través de una tinaja de algas, asomó un rostro. El vidrio de la tinaja distorsionaba la imagen: era la cara de un hombre de piel cobriza. El hombre miraba a un costado y no la vio. Parecía que estaba hablando con alguien que ella no podía ver. Cambió de posición, y la imagen aclaró, ampliada en el centro de la tinaja. Maya comprendió por qué observaba con tanta atención, por qué tenía encogido el estómago: nunca antes lo había visto.

El hombre se volvió y la miró. Los ojos de ambos se encontraron a través de dos curvas de vidrio. Era un desconocido de rostro delgado y ojos grandes.

Desapareció como una rápida mancha marrón. Durante un segundo Maya titubeó; luego se obligó a atravesar a la carrera toda la sala y a subir los dos codos de la juntura hasta el cilindro próximo. Estaba vacío. Atravesó tres cilindros más antes de detenerse. Entonces se quedó quieta, mirando las tomateras, con la respiración irritándole la garganta. Sudaba pero tenía frío. Un desconocido. Era imposible. ¡Pero lo había visto! Se concentró en el recuerdo, trató de ver de nuevo la cara. Quizá había sido… pero no. No era ninguno de los cien, estaba segura. El reconocimiento facial era una de las mayores capacidades de la mente, de una asombrosa precisión. Y él había huido al verla.

Un polizón. ¡Pero eso también era imposible! ¿Dónde se escondería, como viviría? ¿Qué habría hecho en la tormenta solar?

¿Estaba empezando a alucinar, entonces? ¿Había llegado a ese extremo?

Volvió a su cabina, con el estómago revuelto. Los corredores del Toro D le parecieron más oscuros a pesar de la brillante iluminación; se le erizaron los pelos de la nuca. Cuando apareció la puerta se zambulló en el refugio de la habitación. Pero ésta sólo era una cama y una mesita de noche, una silla y un armario, algunas estanterías con cosas. Permaneció allí sentada durante una hora, luego dos. Pero allí no había nada que ella pudiera hacer, ninguna respuesta, ninguna distracción. Ninguna escapatoria.

Maya se sintió incapaz de mencionar lo que había visto, y en cierto sentido eso era aún más aterrador que el incidente, como si acentuara su imposibilidad. La gente pensaría que se había vuelto loca. ¿Qué otra conclusión había? ¿Cómo se alimentaba el hombre, dónde podía esconderse? No. Tendrían que saberlo demasiadas personas, realmente no era posible. ¡Pero esa cara!

Una noche volvió a verla en un sueño, y se despertó sudando. Las alucinaciones eran uno de los síntomas del colapso espacial, como ella bien sabía. Sucedía con bastante frecuencia durante las estancias largas en la órbita de la Tierra; se habían registrado un par de docenas de casos. Por lo general la gente empezaba a oír voces en el omnipresente ruido de fondo de la ventilación y la maquinaria, pero una variante muy corriente era ver a un compañero de trabajo que no estaba allí, o peor aún, a un doble fantasmal de uno mismo, como si el espacio vacío hubiera comenzado a llenarse de espejos. Se creía que la causa de estos fenómenos era la falta de estímulos sensoriales, y el Ares, con un largo viaje por delante y sin ninguna Tierra a la que mirar y una brillante (y algunos dirían loca) tripulación, había sido considerado un peligro potencial. Ésa era una de las razones por las que habían dado a las salas de la nave tanta variedad de colores y texturas, además del cambio diario y estacional del tiempo. Y, sin embargo, ella había visto algo que no podía estar ahí.

Y ahora, cuando iba por la nave, le parecía que la tripulación empezaba a disgregarse en grupos pequeños y privados, grupos que se mezclaban rara vez. El equipo de la granja pasaba casi todo su tiempo en las granjas, hasta comía allí, sentados en el suelo, y dormían (juntos, según los rumores) entre las hileras de plantas.

El equipo médico tenía su propio grupo de habitaciones, oficinas y laboratorios en el Toro B, y allí pasaba las horas, absortos en experimentos, observaciones y consultas con la Tierra. El equipo de vuelo se estaba preparando para la inserción en la órbita de Marte, la MOI, y llevaban a cabo varias simulaciones al día. Y los demás estaban… dispersos. Difíciles de encontrar. Cuando caminaba por los toros, las salas parecían más vacías que nunca. El comedor D ya no se llenaba. Y además en los grupos separados que había allí, notó que las discusiones estallaban con bastante frecuencia y eran silenciadas con peculiar rapidez. Riñas privadas, pero ¿sobre qué?

La misma Maya hablaba menos en la mesa, y escuchaba más. Se podía descubrir mucho acerca de una sociedad por los temas de conversación. En este grupo la charla era casi siempre científica, profesional: biología, ingeniería, geología, medicina, cualquier cosa. Se podía hablar sin descanso sobre esos temas.

Pero se dio cuenta de que cuando el número de personas en una conversación caía por debajo de cuatro, los lemas tendían a cambiar. En las horas de trabajo, la conversación crecía (o era sustituida por completo) con los chismes; y los temas de los chismes eran siempre esas dos grandes formas de la dinámica social: el sexo y la política. Las voces bajaban, las cabezas se juntaban, y se corría la voz. Los rumores sobre relaciones sexuales se estaban volviendo más corrientes y más disimulados, más cáusticos y más complejos. En unos pocos casos, como en el desafortunado triángulo de Janet Blyleven, Mary Dunkel y Alex Zhalin, se hicieron públicos y se convirtieron en la comidilla de la nave; en otros se mantenían tan ocultos que la conversación era un mero susurro, acompañado de miradas penetrantes e inquisitivas. Janet Blyleven entraba en el comedor con Roger Calkins, y Frank le comentaba a John, en un murmullo destinado a los oídos de Maya, «Janet cree que somos una panmixia». Maya no lo tuvo en cuenta, como hacía siempre que él hablaba con ese tono despectivo, pero más tarde buscó la palabra en un diccionario de sociobiología, y se enteró de que una panmixia era un grupo donde todos los hombres copulaban con todas las mujeres.

Al día siguiente miró a Janet con curiosidad; no había tenido ni idea. Janet era amistosa, se inclinaba hacia ti cuando hablabas, y te prestaba atención. Y tenía una sonrisa fácil. Pero… bueno, la nave había sido construida para garantizar un montón de intimidad. No había duda de que estaban ocurriendo muchas más cosas de las que nadie podía saber.

Y entre todas esas vidas secretas, ¿no podía haber otra vida llevada en soledad, o en un equipo de trabajo con algunos de ellos, una pequeña camarilla o quizá una facción de conspiradores?

—¿Has notado algo raro últimamente? —le preguntó a Nadia un día al finalizar la acostumbrada charla del desayuno. Nadia se encogió de hombros.

—La gente se aburre. Creo que ya es hora de que lleguemos. Quizás eso lo explica todo. Nadia dijo:

—¿Te has enterado de lo de Hiroko y Arkadi?

Los rumores remolineaban constantemente alrededor de Hiroko. A Maya le parecía desagradable y molesto que la única mujer asiática que había entre ellos fuera el centro de ese tipo de cosas: la dama dragón, el Oriente misterioso… Bajo las racionales superficies científicas de sus mentes, había tantas supersticiones profundas y poderosas… Cualquier cosa podía pasar, cualquier cosa era posible.

Como una cara vista a través de un cristal.

Y así escuchó con una sensación asfixiante en el estómago cuando Sasha Yefremov se inclinó hacia ellas desde la otra mesa y respondió a la pregunta de Nadia sobre si Hiroko no estaría formando un harén masculino. Eso era una tontería; aunque una alianza de cualquier tipo entre Hiroko y Arkadi tenía una cierta lógica inquietante para Maya, ella no estaba segura de por qué. Arkadi defendía la necesidad de independizarse del Control de Misión, Hiroko jamás hablaba de eso, pero en sus actos, ¿no había guiado ya a todo el equipo de la granja a un toro mental en que los demás nunca entrarían?

Entonces, cuando Sasha afirmó en voz baja que Hiroko tenía planeado fertilizar varios de sus óvulos con esperma de todos los hombres del Ares, y almacenarlos criónicamente para que luego se desarrollaran en Marte, Maya sólo fue capaz de recoger su bandeja y dirigirse a los lavavajillas, sintiendo una especie de vértigo. Se estaban volviendo extraños.

La media luna roja creció hasta alcanzar el tamaño de una moneda de cuarto de dólar, y la sensación de tensión también creció, como en el momento que precede a una tormenta, y el aire está cargado de polvo, creosota y electricidad estática. Como si el dios de la guerra estuviera de verdad ahí arriba, en ese punto de sangre, esperándolos. Los paneles verdes de las paredes del Ares se veían ahora salpicados de amarillos y marrones, y en la luz de la tarde flotaba el pálido bronce del vapor de sodio.

La gente pasaba horas en la cúpula burbuja, observando lo que ninguno de ellos salvo John había visto antes. Los aparatos de ejercicio no se detenían, las simulaciones se llevaban a cabo con un entusiasmo renovado. Janet se paseó por los toros, retransmitiendo imágenes de vídeo de todos los cambios acaecidos en su pequeño mundo. Luego tiró sus gafas sobre una mesa y dimitió de su puesto como reportera.

—Mirad, estoy cansada de ser una intrusa —dijo—. Cada vez que entro en una sala todo el mundo se calla o empieza a preparar su comentario oficial. ¡Es como si fuera la espía de un enemigo!

—Lo eras —dijo Arkadi, y le dio un fuerte abrazo.

Al principio nadie se ofreció como voluntario para hacer el trabajo de Janet. Houston envió mensajes de preocupación, luego reprimendas, luego amenazas veladas. Ahora que estaban a punto de llegar a Marte, la televisión dedicaba mucho más tiempo a los expedicionarios y la situación estaba a punto de «volverse nova», como lo expresó el Control de Misión. Les recordaron a los colonos que ese estallido de publicidad haría que con el tiempo el programa espacial cosechara beneficios de todo tipo; los colonos tenían que filmar y transmitir lo que estaban haciendo, para estimular el apoyo público a las misiones posteriores a Marte, de las que ellos dependerían. ¡Tenían él deber de transmitir sus historias!

Frank se puso en pantalla y opinó que Control de Misión podría armar sus informes de vídeo con los metrajes obtenidos por las cámaras robot. Hastings, jefe del Control de Misión en Houston, se enfureció visiblemente ante esa respuesta. Pero como dijo Arkadi con una sonrisa que extendía la esfera de la pregunta a todo:

—¿Qué pueden hacer?

Maya sacudió la cabeza. Estaban enviando una mala señal, y revelando lo que los informes de vídeo habían ocultado hasta ese momento, que el grupo empezaba a escindirse en camarillas rivales. Lo que indicaba la falta de control de la propia Maya sobre la mitad rusa de la expedición. Estaba a punto de pedirle a Nadia que se encargara del trabajo de información como un favor personal cuando Phyllis y algunos de sus amigos del Toro B se presentaron voluntarios para la tarea. Maya, riéndose ante la expresión de la cara de Arkadi, le concedió ese favor. Arkadi fingió que no le importaba. Irritada, Maya exclamó en ruso:

—¡Sabes que has perdido una buena ocasión! ¡Una ocasión que daría forma a nuestra realidad!

—No nuestra realidad, Maya. La realidad de ellos. Y no me importa lo que piensen.

Maya y Frank comenzaron a hablar sobre las asignaciones de trabajo después del descenso. Hasta cierto punto estaban predeterminadas por las áreas de competencia de los miembros de la tripulación, pero debido a todas las redundancias de conocimientos, aún quedaban por hacer algunas elecciones. Y las provocaciones de Arkadi por lo menos habían tenido este efecto: los planes del Control de Misión anteriores al vuelo ahora se consideraban sólo provisionales. En verdad, nadie parecía muy inclinado a reconocer la autoridad de Maya o de Frank, lo que hizo que las cosas se pusieran tensas cuando se supo en qué estaban trabajando.

El plan del Control de Misión anterior al vuelo exigía el establecimiento de una colonia en las planicies al norte de Ophir Chasma, el enorme brazo septentrional del Valle Marineris. Todo el equipo de la granja fue asignado a la base, y la mayoría de los ingenieros y los médicos… en total unos sesenta de los cien. El resto se repartiría entre las misiones secundarias, regresando al campamento base de vez en cuando. La misión secundaria más grande era la de acoplar una parte del desmontado Ares en Fobos, y comenzar a transformar esa luna en una estación espacial. Otra misión más pequeña partiría del campamento base y viajaría al norte hacia el casquete polar para establecer allí una red de minería que transportaría bloques de hielo a la base. Una tercera misión llevaría a cabo una serie de estudios geológicos, recorriendo todo el planeta… sin duda una misión fascinante. Todos los grupos pequeños serían semiautónomos durante períodos que podían llegar a durar un año, de modo que elegirlos no era un asunto trivial; ahora todos sabían ya lo largo que podía hacerse un año.

Arkadi y un grupo de sus amigos —Alex, Roger, Samantha, Edvard, Janet, Tatiana, Elena— solicitaron trabajar en Fobos. Cuando Phyllis y Mary se enteraron, fueron a ver a Maya y a Frank para protestar.

—¡Es evidente que tratan de apoderarse de Fobos, y quién sabe lo que harán con él!

Maya asintió, y pudo ver que a Frank tampoco le gustaba. El problema radicaba en que nadie más quería quedarse en Fobos. Ni siquiera Phyllis y Mary clamaban por sustituir al equipo de Arkadi, de modo que nada estaba muy claro.

Hubo discusiones más fuertes cuando Ann Clayborne entregó la lista del equipo de geólogos. Un montón de gente quería participar, y varios de los que no entraban en la lista dijeron que harían las investigaciones sin importarles si Ann los quería o no.

Las discusiones se hicieron frecuentes y vehementes. Casi todo el mundo a bordo se designó a sí mismo para una misión u otra, autorizándose a tomar las decisiones finales. Maya sintió que estaba perdiendo el control del contingente ruso; empezaba a enfadarse con Arkadi. En una reunión general sugirió con sarcasmo que dejaran que la computadora hiciera las asignaciones. La idea se rechazó sin ninguna consideración a la autoridad de Maya. Alzó las manos.

—Entonces, ¿qué hacemos? Nadie lo sabía.

Ella y Frank conferenciaron en privado.

—Tratemos de darles la ilusión de que ellos deciden —dijo él, con una sonrisa fugaz; ella se dio cuenta de que no le desagradaba haberla visto fracasar en la reunión.

La relación con Frank volvía a acosarla, y se maldijo por estúpida. Los pequeños politburós eran peligrosos…

Frank sondeó la opinión de todos, y luego expuso los resultados en el puente, enumerando la primera, segunda y tercera elección de cada uno. Los estudios geológicos eran populares, mientras que quedarse en Fobos no. Todos lo sabían ya, y las listas expuestas demostraron que había menos conflictos de lo que parecía.

—Hay quejas respecto a que Arkadi se haga cargo de Fobos —dijo Frank en la siguiente reunión pública—. Pero nadie salvo él y sus compañeros quiere el trabajo. Los demás desean bajar a la superficie.

—Pienso que tendríamos que recibir una indemnización, por las dificultades-dijo Arkadi.

—No es propio de ti hablar de indemnizaciones, Arkadi —dijo Frank con aire conciliador.

Arkadi sonrió y volvió a sentarse.

A Phyllis no le hizo ninguna gracia.

—Fobos será un enlace entre la Tierra y Marte, como las estaciones espaciales en la órbita terrestre. No puedes ir de un planeta a otro sin ellas, son lo que los estrategas navales llaman puntos de estrangulación.

—Prometo mantener mis manos lejos de tu cuello —le dijo Arkadi.

—¡Todos seremos parte del mismo pueblo! —exclamó Frank—.

¡Cualquier cosa que hagamos nos afecta a todos! Y a juzgar por el modo en que estamos comportándonos, separarnos de vez en cuando será bueno para nosotros. A mí, por ejemplo, no me importaría perder de vista a Arkadi durante unos meses.

Arkadi hizo una reverencia.

—¡Fobos, allá vamos!

Pero Phyllis y Mary y su grupo seguían descontentos. Pasaron un montón de tiempo conferenciando con Houston, y cada vez que Maya iba al Toro B las conversaciones parecían interrumpirse, los ojos la seguían con suspicacia… ¡como si ser rusa la colocara automáticamente en el bando de Arkadi! Los maldijo por estúpidos, y maldijo a Arkadi todavía más. Él había iniciado todo aquello.

Pero al final resultó difícil saber qué estaba pasando, con cien personas diseminadas en lo que de repente parecía una nave tan grande. Grupos de interés, micropolítica… ciertamente se estaban fragmentando.

¡Sólo cien personas, y aun así eran una comunidad demasiado grande para cohesionarse! Y no había nada que ella o Frank pudieran hacer.

Una noche volvió a soñar con la cara de la granja. Se despertó temblando y fue incapaz de dormirse de nuevo; y de pronto le pareció que todo estaba fuera de control. ¡Volaban a través del vacío dentro de una pequeña maraña de latas unidas y se suponía que ella estaba al mando de todo aquel carguero de locos! ¡Era absurdo!

Salió de la cabina, subió por el radio del túnel D hasta el eje central. Se empujó hasta la cúpula burbuja, olvidándose del juego del salto del túnel.

Eran las cuatro de la madrugada. El interior de la cúpula burbuja parecía un planetario después de que el público se hubiera ido: silencioso, vacío, con miles de estrellas apiñadas en el oscuro hemisferio de la bóveda. Marte colgaba justo encima, convexo y nítidamente esférico, como si hubieran arrojado una naranja de Piedra entre los astros. Los cuatro volcanes grandes eran visibles marcas de viruela, y era posible divisar las largas fisuras de Marineris. Flotó bajo el planeta, con los miembros extendidos y girando muy ligeramente, tratando de comprenderlo, tratando de sentir algo específico en el confuso patrón de interferencia de sus emociones. Al parpadear, pequeñas lágrimas esféricas flotaron y se perdieron entre las estrellas.

La puerta de la antecámara se abrió. John Boone entró flotando, la vio y se agarró al picaporte de la puerta.

—Oh, lo siento. ¿Te importa si me uno a ti?

—No. —Maya se sorbió la nariz y se frotó los ojos.— ¿Qué hace que te levantes a estas horas?

—Suelo madrugar. ¿Y tú?

—Pesadillas.

—¿Sobre qué?

—No lo recuerdo —contestó, viendo la cara mentalmente. Él pasó flotando a su lado hacía la cúpula.

—Yo nunca puedo recordar mis sueños.

—¿Nunca?

—Bueno, casi nunca. Si algo me despierta en medio de uno, y dispongo de tiempo para pensar en él, entonces quizá lo recuerde, por lo menos durante un rato.

—Eso es normal. Pero es una mala señal si nunca eres capaz de recordar tus sueños.

—¿De verdad? ¿De qué es síntoma?

—Me parece recordar que de una represión extrema. —Ella había ido a la deriva hasta un costado de la cúpula; se impulsó en el aire y se detuvo cerca de él.— Pero eso tal vez sea freudianismo.

—En otras palabras, algo como la teoría de la flogosis. Ella rió.

—Exactamente.

Miraron a Marte, se señalaron lugares el uno al otro. Charlaron. Maya lo miró mientras hablaba. Tenía un aspecto tan afable y alegre…; en realidad no era el tipo de ella. Al principio su alegría le había parecido una especie de estupidez. Pero a lo largo del viaje había comprobado que no era estúpido.

—¿Qué piensas de todas las discusiones sobre lo que deberíamos hacer ahí arriba? —preguntó ella, señalando la piedra roja que tenían delante.

—No lo sé.

—Creo que Phyllis tiene razón en bastantes cosas. Él se encogió de hombros.

—No creo que eso importe.

—¿Qué quieres decir?

—La única parte de una discusión que de verdad importa es lo que pensamos de las personas que discuten. X afirma a, Y afirma b. Exponen argumentos para apoyar sus afirmaciones, con un cierto número de puntos razonables. Pero cuando sus oyentes recuerdan la discusión, lo que importa sólo es que X cree a mientras que Y cree b. La gente entonces forma un juicio sobre lo que piensa de X y de Y.

—¡Pero nosotros somos científicos! Estamos entrenados para sopesar las evidencias. John asintió.

—Cierto. Y como me caes bien, te concedo el punto.

Ella se rió y lo empujó, y cayeron dando vueltas por los costados de la cúpula, alejándose el uno del otro.

Maya, sorprendida de sí misma, frenó el movimiento contra el suelo. Se volvió y vio a John que descendía y se detenía en el extremo más lejano. La miró con una sonrisa en la cara, se agarró a una barandilla y se impulsó al aire, a través del espacio abovedado, en una trayectoria que lo llevaba hacia ella.

Maya lo comprendió al instante, y olvidando por completo la resolución de evitar ese tipo de cosas, se impulsó para interceptarlo. Volaron directamente el uno hacia el otro, y para evitar una colisión dolorosa tuvieron que agarrarse y girar en medio del aire, como si bailaran. Rotaron, las manos aferradas, subiendo despacio en espiral hacia la cúpula. Era un baile, con una finalidad clara y evidente, que estaba ahí a su alcance para cuando ellos lo quisieran: ¡Guau! El pulso de Maya se aceleró, y la respiración se hizo entrecortada. Al fin se juntaron mientras giraban; se unieron tan lentamente como en el acoplamiento de una nave espacial, y se besaron.

Con una sonrisa John se separó de ella empujándola, enviándola hacia la cúpula mientras él descendía al suelo, donde se agarró y arrastró hasta la compuerta de la antecámara. La cerró.

Maya se soltó el pelo y lo agitó para que te flotara alrededor de la cabeza, sobre la cara. Lo agitó con violencia y se rió. No era como si se sintiera al borde de algún amor grande o subyugador; simplemente iba a ser divertido, y esa sensación de sencillez era… Experimentó una gran oleada de deseo, y se empujó desde la cúpula hacia John. Se dobló en un lento salto mortal, bajándose la cremallera del mono mientras giraba, con el corazón latiéndole como timbales, toda la sangre afluyéndole a la piel, que le hormigueaba como si estuviera descongelándose mientras se desvestía; chocó con John, se alejó volando de el después de un brusco tirón a una manga; rebotaron alrededor de la cámara a medida que se Quitaban las ropas, calculando mal los ángulos y los impulsos hasta que, apoyándose apenas en los dedos de los pies, volaron hasta encontrarse en un abrazo giratorio y flotaron besándose entre las ropas flotantes.

En los días que siguieron volvieron a encontrarse. No hicieron ningún esfuerzo por esconder la relación, por lo que en poco tiempo se convirtieron en noticia, una pareja pública. Muchos a bordo parecieron desconcertados por el acontecimiento, y una mañana Maya entró en el comedor, captó una rápida mirada de Frank, sentado en un rincón de la sala, y se estremeció; le recordó algún otro momento, algún incidente, alguna expresión que no fue del todo capaz de evocar.

Pero la mayoría de los que estaban a bordo parecieron complacidos. Después de todo, era una especie de pareja real, una alianza de los dos poderes que había detrás de la colonia, lo que significaba armonía. En efecto, la unión pareció catalizar otras, que o bien salieron del escondite, o cobraron vida en el medio de nuevo supersaturado. Vlad y Úrsula, Dmitri y Elena, Raúl y Marina… por doquier había parejas nuevas, hasta el punto de que los que estaban solos comenzaron a hacer chistes nerviosos sobre ellos. Pero Maya creyó notar menos tensión en las voces, menos discusiones, más risas.

Una noche, tumbada en la cama pensando (pensando en ir a la cabina de John), se preguntó si ésa era la causa por la que se habían unido: no por amor, ella todavía no lo amaba, no era mas que una amiga, espoleada por un deseo fuerte pero impersonal… En realidad era una unión muy útil. Útil para ella… pero apartó ese pensamiento, se concentró en la utilidad de la unión para el conjunto de la expedición. Sí, era política. Como la política feudal, o los antiguos ritos de primavera y regeneración. Y tenía que reconocer que se sentía así, como si estuviera actuando en respuesta a imperativos más poderosos que sus propios deseos, actuando en representación de los deseos de alguna fuerza más grande. Tal vez del mismo Marte.

En cuanto a la idea de que podría haber ganado influencia sobre Arkadi, o Frank, o Hiroko… Bueno, no lo pensó más. Era una de las habilidades de Maya.

Flores amarillas, rojas y anaranjadas se extendieron por las paredes. Marte ahora era del tamaño de la Luna en el ciclo de la Tierra. Era el momento de recoger el fruto de tanto esfuerzo; sólo una semana más y habrían llegado.

Aún había tensión por los problemas no resueltos de las asignaciones para después del descenso. Ahora a Maya le resultaba más difícil que nunca trabajar con Frank; no era nada evidente, pero se le ocurrió que a él no le desagradaba en absoluto la incapacidad que tenían para controlar la situación, porque las divisiones eran causadas más por Arkadi que por ningún otro, y así daba la impresión de que era más culpa de ella que de él. En varias ocasiones abandonó una reunión con Frank y fue a ver a John, con la esperanza de obtener alguna ayuda. Pero John se mantenía al margen de los debates, y apoyaba todo lo que proponía Frank. Los consejos que le daba a Maya en privado eran muy acertados, pero había otro problema: a él le caía bien Arkadi y le desagradaba Phyllis; por lo que a menudo le recomendaba que apoyara a Arkadi, al parecer ajeno al modo en que eso socavaría su autoridad entre los otros rusos. Sin embargo, ella jamás se lo mencionó. Amantes o no, todavía había cosas que no quería discutir, ni con él ni con ningún otro.

Pero una noche que estaba en la cabina de él, Maya, con los nervios de punta y echada en la cama sin poder dormir, preocupada primero por esto y luego por aquello, dijo:

—¿Crees que sería posible ocultar un polizón en la nave?

—Bueno, no lo sé —repuso él sorprendido—. ¿Por qué lo preguntas? Con un nudo en la garganta le contó lo de la cara a través de la tinaja de algas.

John se incorporó en la cama y se quedó mirándola fijamente.

—¿Estás segura de que no era…?

—Ninguno de nosotros. El se frotó la mandíbula.

—Bueno… Supongo que si alguien de la tripulación lo estuviera ayudando…

—Hiroko —sugirió Maya—. Vaya, no sólo porque sea Hiroko, sino por la granja y todo eso. Solucionaría la cuestión de la alimentación y hay un montón de sitios para ocultarse allí. Y podría haberse refugiado con los animales durante la tormenta.

—¡Recibieron un montón de rem!

—Pero él podría haberse escondido detrás del suministro de agua. No sería difícil montar un pequeño refugio para un solo hombre.

John no podía meterse la idea en la cabeza.

—¡Nueve meses escondiéndose!

—Es una nave grande. Se podría hacer, ¿no?

—Bueno, supongo que sí. Sí, creo que se podría. Pero ¿por qué? — Maya se encogió de hombros.

—No tengo ni idea. Quizá alguien que quería venir y no consiguió pasar la selección. Alguien que tuviera un amigo dentro, o amigos…

—¡Aun así! Quiero decir que muchos de nosotros tenemos amigos que querían venir. Eso no significa que…

—Lo sé, lo sé.

Hablaron durante casi una hora, discutiendo los posibles motivos, los métodos que se podrían haber empleado para colar un pasajero a bordo, para ocultarlo, y así sucesivamente. Y entonces Maya se dio cuenta de pronto de que se sentía mucho mejor, de que en verdad se hallaba de un humor inmejorable. ¡John la creía! ¡No pensaba que se había vuelto loca! Sintió un torrente de alivio y felicidad y lo abrazó.

—¡Es tan maravilloso poder hablar contigo! Él sonrió.

—Somos amigos, Maya. Deberías haberlo mencionado antes.

—Sí.

La cúpula burbuja habría sido un lugar estupendo para ver la aproximación final a Marte, pero iban a estar aerofrenando con el fin de reducir velocidad, y la cúpula se encontraría detrás del escudo de calor que ya habían desplegado. No habría vista alguna.

Aerofrenar les ahorraba la necesidad de llevar una enorme cantidad de combustible, aunque se trataba de una operación extremadamente precisa, y por tanto peligrosa. Tenían un ángulo de deriva de menos de un milisegundo de arco y así, varios días antes de la MOI, el equipo de navegación comenzó a modificar poco a poco su curso con pequeños impulsos de los cohetes y una frecuencia casi horaria, sintonizando minuciosamente la aproximación. Luego, a medida que se acercaban, detuvieron la rotación de la nave. El regreso a la ingravidez, aun en los toros, fue una conmoción. De pronto Maya se dio cuenta de que no se trataba de otra simulación. Se elevó a través del aire tempestuoso de los corredores, viéndolo todo desde una nueva y extraña perspectiva elevada, y de repente lo sintió real.

Durmió a ratos, una hora aquí, tres horas allá. Cada vez que despertaba, flotando en el saco de dormir, tenía un momento de desorientación y creía que se encontraba de nuevo en la Novy Mir. Entonces recordaba, y la adrenalina la despertaba de golpe.

Se impulsaba a través de las salas de los toros, empujando los paneles marrones, dorados y broncíneos de la pared. En el puente consultaba con Mary, o Raúl, o Marina, o cualquiera de los que hubiera en navegación. Todo tranquilo en la trayectoria. Se estaban aproximando a Marte tan rápidamente que daba la impresión de que podían ver cómo se expandía en las pantallas.

Tenían que evitar por treinta kilómetros a Marte, o alrededor de una diez millonésima parte de la distancia que habían recorrido. No era difícil, dijo Mary, lanzándole una rápida mirada a Arkadi. Hasta ahora estaban en el Vuelo Mantra, y con suerte no los enfrentaría con ningún problema delirante.

Los miembros de la tripulación que no estaban comprometidos en la navegación trabajaron para asegurar la nave, preparándolo todo para los virajes y sacudidas que seguramente provocarían dos gravedades y media. Algunos tuvieron que salir en los vehículos de emergencia para desplegar escudos de calor auxiliares y así por el estilo. Había mucho que hacer, y sin embargo los días aún parecían largos.

Iba a ocurrir en plena noche, y por eso dejaron encendidas todas las luces, y nadie se fue a dormir. Todo el mundo tenía un puesto: algunos de guardia, la mayoría sencillamente esperando que terminase. Maya se sentó en su sillón en el puente y observó las pantallas y los monitores, pensando que mostraban el aspecto de una simulación en Baikonur. ¿De verdad iban a entrar en órbita alrededor de Marte?

Desde luego que sí. El Ares golpeó la tenue atmósfera superior de Marte a 40.000 kilómetros por hora, y al instante la nave empezó a vibrar intensamente, el sillón de Maya se sacudió con violencia y se oyó un fragor lejano y profundo, como si volaran a través de un alto horno… y lo parecía, ya que las pantallas ardían con un intenso resplandor rosa anaranjado. El aire comprimido rebotaba en los escudos de calor y crepitaba mientras pasaba ante las cámaras exteriores, de modo que todo el puente estaba teñido del color de Marte. Entonces la gravedad regresó como una venganza; las costillas de Maya fueron estrujadas con tanta fuerza que tuvo problemas para respirar y la visión se le nubló.

¡Dolía!

Surcaban el delgado aire a una velocidad y altitud calculadas. Para situarlos en lo que los aerodinamistas llaman recorrido de transición, un estado intermedio entre el recorrido libre molecular y el recorrido continuo. El recorrido libre molecular habría sido el modo de viaje preferido, porque en él, el aire que golpea los escudos de calor es desviado hacia los costados, y el vacío resultante rellenado casi en su totalidad por difusión molecular; pero avanzaban a demasiada velocidad para eso, y apenas habrían podido evitar el tremendo calor del recorrido continuo, en el que el aire habría pasado por encima del escudo y de la nave como parte de la acción de la oleada. Lo mejor que podían hacer era elegir la trayectoria más alta posible que los frenara lo suficiente, y esto los situaba en un recorrido de transición, que fluctuaba entre el recorrido molecular libre y el recorrido continuo, contribuyendo a que fuera un viaje agitado. Y ahí radicaba el peligro. Si llegaban a impactar con una bolsa de altas presiones en la atmósfera marciana, donde el calor, la vibración o las fuerzas de la g hicieran que algún mecanismo sensible se averiase, entonces se verían arrojados a una de las pesadillas de Arkadi en el mismo instante en que quedarían aplastados en los sillones, «pesando» doscientos kilos cada uno, lo cual era algo que Arkadi nunca había sido capaz de simular muy bien. En el mundo real, pensó lúgubremente Maya, en el momento en que más vulnerables eran al peligro, tanto más impotentes se veían para enfrentarlo.

Pero tal como lo quiso el destino, el clima estratosférico marciano era estable, y permanecieron en Vuelo Mantra: que en realidad resultó ser una experiencia de ocho minutos estruendosos y estremecedores que cortaban la respiración. Ninguna hora que Maya pudiera recordar se había hecho tan larga. Los sensores mostraron que la temperatura en el escudo de calor principal se había elevado a 600 grados Kelvin…

Y entonces la vibración cesó. El estruendo calló. Habían escapado de la atmósfera después de deslizarse alrededor de una cuarta parte del planeta. Habían desacelerado unos 20.000 kilómetros por hora, y la temperatura del escudo de calor había subido hasta los 710 grados Kelvin, muy cerca del límite. Pero el método había funcionado. Todo estaba en calma. Flotaban, ingrávidos de nuevo, sujetos por las correas de los sillones. Parecía como si hubieran dejado de moverse por completo, como si flotaran en un silencio absoluto.

Inseguros, se desabrocharon las correas y flotaron como fantasmas en el aire frío de las salas, un rumor débil etéreo que sonaba en sus oídos, acentuando el silencio. Hablaban en un tono demasiado alto, estrechándose las manos. Maya se sentía atontada, y no podía entender lo que le decía la gente, no porque no fuera capaz de oírla, sino porque no prestaba atención.

Doce horas de ingravidez más tarde, la nueva trayectoria los llevó una periapsis a 35.000 kilómetros de Marte. Allí encendieron los cohetes principales para conseguir una breve impulsión, aumentando la velocidad alrededor de cien kilómetros por hora; después de eso, de nuevo se vieron atraídos hacia Marte, describiendo una elipse que los llevaría a quinientos kilómetros de la superficie. Se encontraban en órbita marciana.

Cada órbita elíptica alrededor del planeta tomaba casi un día. Durante los próximos dos meses, las computadoras controlarían los impulsos de los cohetes que gradualmente darían forma circular al curso, justo dentro de la órbita de Fobos. Pero los grupos de descenso iban a bajar a la superficie mucho antes, mientras el perigeo se hallara tan cercano.

Trasladaron los escudos de calor de vuelta a sus posiciones de almacenamiento, y entraron en la cúpula burbuja para echar una ojeada. Durante el perigeo Marte llenaba la mayor parte del cielo, como si volaran sobre él en un avión de reacción. La profundidad del Valle Marineris era perceptible; las anchas cimas de los cuatro grandes volcanes aparecieron en el horizonte mucho antes de que vieran las tierras circundantes. Había cráteres por doquier en la superficie. El redondo interior era de un intenso naranja arenoso, un color un poco más claro que el de las planicies que los rodeaban. Polvo, probablemente. Las cordilleras montañosas bajas, escarpadas y curvas eran más oscuras que el entorno, de un color rojizo quebrado por sombras negras. Pero tanto los colores claros como los oscuros apenas se distinguían del omnipresente rojo anaranjado herrumbroso de todas las cumbres, cráteres, cañones y dunas, e incluso del halo curvo de la atmósfera llena de polvo, visible por encima de la brillante curvatura del planeta. ¡Marte rojo! Era paralizante, hipnotizante. Todo el mundo lo sintió.

Pasaron largas horas trabajando, y al fin era trabajo de verdad. Había que desmontar parcialmente la nave. Con el tiempo el cuerpo principal se pondría en órbita cerca de Fobos y se utilizaba como vehículo de regreso de emergencia. Pero veinte tanques en los tramos exteriores del eje central sólo tenían que ser desconectados del Ares y preparados para convertirse en vehículos de aterrizaje planetario, que bajarían a los colonos en grupos de cinco. Estaba previsto soltar el primer transbordador tan pronto como fuera desacoplado y aprestado, de modo que trabajaron en turnos las veinticuatro horas, pasando un montón de tiempo en los vehículos de emergencia. Llegaban a los comedores cansados y hambrientos, y las conversaciones eran ruidosas; el aburrimiento del viaje parecía olvidado. Una noche Maya entró flotando en el baño preparándose para ir a dormir, sintiendo una rigidez en los músculos que no había notado durante meses. A su alrededor Nadia, Sasha y Yeli Zudov charlaban, y en aquel cálido aluvión de ruso fluido de pronto se le ocurrió que todo el mundo se sentía feliz… se encontraban en el último momento de su esperanza, una esperanza que había anidado en sus corazones durante la mitad de sus vidas, o desde la niñez… y ahora, de repente, había florecido bajo ellos como el dibujo de Marte hecho por un niño con lápices de cera, creciendo y luego haciéndose pequeño, creciendo y haciéndose pequeño, y a medida que subía y bajaba se aparecía ante ellos en todo su inmenso potencial: tabla rasa, pizarra vacía. Una pizarra vacía roja. Todo era posible, todo podía suceder… en ese sentido eran, sólo en esos últimos días, perfectamente libres. Libres del pasado, libres del futuro, ingrávidos en su propio aliento, flotando como espíritus a punto de encarnar un mundo material… En el espejo Maya vio una sonrisa distorsionada por el cepillo de dientes, y se aferró a una barandilla para mantenerse en equilibrio. Se le ocurrió que quizá nunca volviera a ser tan feliz. La belleza era la promesa de felicidad, no la felicidad en sí misma; y el mundo anticipado era a menudo más magnifico que el mundo real. Pero ahora, ¿quién podía saberlo? Tal vez ésta fuera por fin la ocasión dorada.

Soltó la barandilla y escupió la pasta dentífrica en una bolsa de desperdicios líquidos; luego flotó hacia el corredor. Viniera lo que viniese, habían llegado a la meta. Por lo menos se habían ganado la oportunidad de intentarlo.

Desmontar el Ares hizo que muchos de ellos se sintieran un poco extraños. Era, como John dijo, como desmantelar un pueblo y arrojar las casas en distintas direcciones. Y era el único pueblo que tenían. Bajo el gigantesco ojo de Marte, todas sus diferencias se acentuaron; estaba claro que ése era el punto crítico, quedaba poco tiempo. La gente discutió, de forma abierta o soterrada. Había tantos pequeños grupos que ahora celebraban sus propios consejos… ¿Qué había ocurrido con ese breve momento de felicidad? Maya echaba casi toda la culpa a Arkadi. Él había abierto la caja de Pandora; si no hubiera sido por él y sus palabras, ¿se habría apiñado tanto el grupo de la granja en torno a Hiroko?, ¿habría mantenido consultas tan secretas el equipo médico? No lo creía.

Frank y ella trabajaron duro para reconciliar las diferencias y alcanzar un consenso, para darles la sensación de que aún formaban un solo equipo. Esto requirió largas conferencias con Phyllis y Arkadi, Ann y Sax, Houston y Baikonur. En el proceso se desarrolló entre los dos líderes una relación que todavía era más compleja que sus primeros encuentros en el parque, aunque éstos eran parte de esa misma relación; Maya ahora comprendía, por los esporádicos destellos de sarcasmo y de resentimiento de Frank, que el incidente lo había perturbado más de lo que ella había creído entonces. Pero ahora ya no se podía hacer nada.

Finalmente, se encomendó a Arkadi y sus amigos la misión de Fobos, principalmente porque nadie más la quiso. A todo el mundo se le prometió una plaza en un estudio geológico si la deseaba, y Phyllis, Mary y el resto del «grupo de Houston» recibieron garantías de que la construcción del campamento base se haría de acuerdo con los planes concebidos en Houston. Tenían la intención de trabajar en la base para verificarlo.

—De acuerdo, de acuerdo —gruñó Frank al final de una de esas reuniones—. Todos vamos a estar en Marte, ¿es realmente necesario, — pregunto—, que nos peleemos de esta manera por lo que vamos a hacer allí?

—Así es la vida —dijo Arkadi alegremente—. Estemos o no en Marte, la vida continúa.

Frank apretó las mandíbulas.

—¡Vine aquí para alejarme de ese tipo de cosas! Arkadi sacudió la cabeza.

—¡Pero no, desde luego que no! Ésta es tu vida, Frank. ¿Qué harías sin ella?

Una noche, poco antes del descenso, todos los cien se reunieron y celebraron una cena formal. La mayor parte de la comida había crecido en la granja: pasta, ensalada y pan, y vino tinto del almacén, reservado para una ocasión especial.

Mientras comían un postre de fresas, Arkadi se levantó flotando para proponer un brindis.

—¡Por el nuevo mundo que ahora creamos!

Un coro de gruñidos y vítores; para entonces todos sabían ya lo que quería dar a entender. Phyllis tomó una fresa y dijo:

—Mira, Arkadi, este asentamiento es una estación científica. Tus ideas son irrelevantes ahora. Quizá todo cambie dentro de cincuenta o cien años. Pero por el momento va a ser como las estaciones de la Antártida.

—Eso es verdad —dijo Arkadi—. Pero, en realidad, las estaciones de la Antártida son muy políticas. La mayoría se construyeron para que los países que las levantaron tuvieran la última palabra en la revisión del tratado de la Antártida. Y ahora las estaciones se rigen por las leyes fijadas en ese tratado, ¡que se firmó por medio de negociaciones muy políticas! Por lo tanto, no puedes enterrar la cabeza en la arena gritando «¡Soy un científico, soy un científico!». —Apoyó una mano en la frente, en el gesto universal de burla a la prima donna.— No. Cuando dices eso, sólo estás diciendo: «¡No quiero pensar en sistemas complejos!». Lo cual no es muy digno de los verdaderos científicos, ¿no es así?

—La Antártida está gobernada por un tratado porque nadie vive allá salvo en las estaciones científicas —dijo Maya con irritación. ¡Que su última cena, su último momento de libertad, se viera estropeado de aquella manera!

—Cierto —concedió Arkadi—. Pero piensa en el resultado. En la Antártida nadie puede ser propietario de tierras. Ningún país u organización puede explotar los recursos naturales del continente sin el consentimiento del resto de los países. Nadie puede proclamarse dueño de esos recursos, o llevárselos y vendérselos a terceros para obtener algún beneficio mientras otros pagan por usarlos. ¿No ves lo radicalmente distinto que es eso de lo que pasa en el resto del mundo? Y ésa es la última zona de la Tierra que ha sido organizada, que ha recibido una jurisprudencia. Representa lo que todos los gobiernos que trabajan juntos sienten de forma instintiva que es justo, manifestado en una tierra libre de reivindicaciones de soberanía o, en realidad, del peso de la historia. ¡Es, para decirlo llanamente, el mejor intento de la Tierra por crear leyes de propiedad justas! ¿Lo ves? ¡Así es como debería organizarse todo el planeta si fuéramos capaces de liberarlo de la camisa de fuerza de la historia!

Sax Russell parpadeó con suavidad y dijo:

—Pero Arkadi, ya que Marte va a ser gobernado por un tratado basado en el viejo de la Antártida, ¿qué es lo que desapruebas? El Tratado del Espacio Exterior declara que ningún país puede reclamar tierra en Marte, que no se permitirán actividades militares, y que todas las bases están abiertas a la inspección de cualquier país. Ningún recurso marciano puede convertirse en propiedad de una única nación. Se supone que la UN va a establecer un régimen internacional para supervisar cualquier explotación minera o de otra clase. Si se llegara a hacer algo así, lo que me parece dudoso, entonces será compartido entre todas las naciones del mundo. —Volvió la palma de la mano hacia arriba.— ¿No es eso lo que pretendes y que ya se ha conseguido?

—Es un comienzo —dijo Arkadi—. Pero hay ciertos aspectos que no has mencionado. Por ejemplo, las bases construidas en Marte pertenecerán a los países que las construyan. Nosotros estaremos levantando bases norteamericanas y rusas, de acuerdo con lo que dispone la ley. Y eso nos devuelve a las pesadillas de la legislación y la historia terranas. Las empresas norteamericanas y rusas tendrán el derecho de explotar Marte, mientras los beneficios se compartan con todas las naciones que son del tratado. Puede que esto sólo implique una especie de porcentaje pagado a la UN, aunque en realidad no será otra cosa que un soborno. ¡No creo que debamos aceptarlo ni siquiera por un momento!

Siguió un paréntesis de silencio y Ann Clayborne dijo:

—El tratado nos obliga también a que evitemos la destrucción del medio ambiente. Así decía, creo. Está en el Artículo Siete. Me parece que eso prohíbe de manera expresa la terraformación de la que tanto se habla.

—Yo diría que deberíamos desatender también esa disposición —se apresuró a intervenir Arkadi—. Nuestro propio bienestar depende de eso. Ese punto de vista era más popular que otros del mismo Arkadi, y así se lo dijeron.

—Pero si están dispuestos a pasar por alto un artículo —señaló Arkadi—, deberían estar dispuestos a hacerlo con el resto. ¿Correcto?

Hubo una pausa incómoda.

—La evolución será inevitable —dijo Sax Russell, encogiéndose de hombros—. Estar en Marte nos cambiará.

Arkadi sacudió la cabeza de costado, lo que hizo que girara un poco en el aire por encima de la mesa.

—¡No, no, no, no! ¡La historia no es evolución! ¡La analogía es falsa! La evolución es una cuestión de entorno y suerte, que actúa a lo largo de millones de años. ¡Pero la historia es una cuestión de entorno y elección, que actúa en el tiempo de una vida, y a veces durante años, meses, horas! ¡La historia es moldeable! ¡De modo que si elegimos establecer ciertas instituciones en Marte, estarán ahí! ¡Y si elegimos otras, entonces ésas estarán ahí! —con un movimiento de la mano los abarcó a todos, a la gente sentada a las mesas y a la gente que flotaba entre las parras.— Decidamos nosotros mismos en vez de dejar que decida por nosotros esa gente de la Tierra. En realidad, gentes muertas desde hace tiempo.

—Tú quieres una especie de utopía comunal, y eso no es posible — dijo con acritud Phyllis—. Pensé que la historia rusa te había enseñado algo.

—Y así ha sido —dijo Arkadi—. Y ahora llevo a la práctica lo que me ha enseñado.

—¿Defendiendo una revolución mal definida? ¿Fomentando una situación de crisis? ¿Irritando y enemistando a todos?

Muchos asintieron, pero Arkadi los desechó con un ademán.

—Me niego a aceptar la responsabilidad de los problemas de todo el mundo en este punto del viaje. Sólo he dicho lo que pensaba, a lo cual tengo derecho. Si alguno de vosotros se siente incómodo, no es mi problema. Las implicaciones de lo que digo no gustan a nadie, pero no son capaces de rebatirlas.

—Algunos de nosotros no somos capaces de entenderte —exclamó Mary.

—¡Lo único que digo es que hemos venido a Marte para siempre! — exclamó Arkadi, mirándola con ojos desorbitados—. Vamos a hacer no sólo nuestros hogares y nuestra comida, sino también nuestra agua y el aire mismo que respiramos… todo en un planeta donde fallan esas cosas. Podemos hacerlo; tenemos una tecnología que manipula la materia hasta el nivel molecular. ¡Una capacidad en verdad extraordinaria! Y, sin embargo, algunos de los que están aquí pueden aceptar transformar la total realidad física de este planeta sin intentar cambiarnos a nosotros mismos o nuestra manera de vivir. Somos científicos del siglo veintiuno en Marte pero, al mismo tiempo, vivimos dentro de un sistema social del siglo diecinueve, basado en las ideologías del siglo diecisiete. Es absurdo, es disparatado, es… es… —Se agarró la cabeza con las manos, rugió:— ¡No es científico! Y digo que entre todas las cosas que transformaremos en Marte, tendríamos que estar nosotros y nuestra realidad social. No sólo hemos de terraformar Marte: tenemos que terraformarnos nosotros mismos.

Nadie se aventuró a rebatirlo; en estas ocasiones Arkadi prácticamente no tenía oposición, y muchos se sentían genuinamente estimulados y sólo necesitaban tiempo para pensar. Otros estaban contrariados, pero no querían alborotar demasiado en esta cena en particular, que se suponía era una celebración. Parecía más fácil poner los ojos en blanco y beber acompañando el brindis.

—¡Por Marte! ¡Por Marte!

Pero mientras flotaban después del postre, Phyllis se mostró desdeñosa.

—Primero tenemos que sobrevivir —dijo—. Con tantas disensiones, ¿qué posibilidades podemos tener? Michel Duval trató de tranquilizarla.

—Muchos de estos desacuerdos son síntomas del vuelo. Una vez en Marte, trabajaremos juntos. Y tenemos más de lo que hemos traído a bordo del Ares… dispondremos de lo que los transbordadores no tripulados ya han traído: cargamentos de equipo y comida por toda la superficie y en las lunas. Todo está ahí para nosotros. El único límite será nuestra propia resistencia. Y este viaje es parte de lo mismo… una especie de preparación, de prueba anticipada. Si fallamos aquí, ni siquiera podremos intentarlo en Marte.

—¡Exactamente lo que yo quería decir! —dijo Phyllis—. Estamos fallando aquí.

Sax se levantó con expresión de aburrimiento, y se impulsó hacia la cocina. En la sala había un rumor de caracolas: muchas discusiones pequeñas, algunas de tono cáustico. Era evidente que muchos estaban furiosos con Arkadi; y otros estaban furiosos con ellos por haberse enfadado.

Maya siguió a Sax a la cocina. Mientras limpiaba la bandeja él suspiró.

—La gente es tan emocional… A veces tengo la sensación de que estoy atrapado en una representación interminable de la Puerta Cerrada.

—¿Es esa obra en la que los personajes no pueden salir de un cuarto pequeño?

Sax asintió.

—Esa en la que el infierno son los otros. Espero que no demostremos esa hipótesis.

Unos días más tarde las naves de descenso estuvieron preparadas. Estarían descendiendo durante un período de cinco días; sólo el equipo de Fobos permanecería en lo que quedaba del Ares, guiándolo hasta acoplarlo casi con la pequeña luna. Arkadi, Alex, Dmitri, Roger, Samantha, Edvard, Janet, Raúl, Marina, Tatiana y Elena se despidieron, absortos ya en la tarea inminente, prometiendo descender tan pronto como construyeran la estación de Fobos.

La noche anterior al descenso Maya no pudo dormir. Al fin, dejó de intentarlo y se impulsó por las salas y los corredores hasta el eje central. Los objetos parecían más nítidos por el insomnio y la adrenalina, y las familiaridades de la nave estaban deformadas o aplastadas por alguna alteración: un montón de cajas atadas o un tubo sin salida. Era como si ya hubieran abandonado el Ares. Lo inspeccionó por última vez, vacía de emoción. Luego se impulsó a través de las antecámaras herméticas hacia el vehículo de desembarco al que había sido asignada. Bien podía esperar ahí. Se metió dentro del traje espacial, sintiendo, como tan a menudo le sucedía cuando llegaba el momento de la verdad, que sólo iba a pasar por otra simulación. Se preguntó si alguna vez escaparía a eso, si estar en Marte bastaría para eliminarlo. Merecería la pena: ¡sentirse real por una vez! Se acomodó en el sillón.

Algunas horas más tarde sin dormir, se le unieron Sax, Vlad, Nadia y Ann. Se sujetaron con las correas y juntos lo verificaron todo. Soltaron los interruptores y se inició la cuenta atrás. Se encendieron los cohetes. El transbordador se alejó del Ares. De nuevo encendieron los cohetes. Cayeron hacia el planeta. Golpearon la atmósfera exterior y la ventana trapezoidal se convirtió en una llamarada de aire del color de Marte. Maya, vibrando con el vehículo, alzó los ojos para mirarla. Se sentía tensa y desgraciada, preocupada por el pasado más que por el futuro, pensando en todos los que aún quedaban en el Ares, y le pareció que habían fracasado, que los cinco que iban en el transbordador dejaban atrás a un grupo en desbandada. La mejor oportunidad que habían tenido para crear algún tipo de concordia había pasado, y no lo habían conseguido; el momentáneo destello de felicidad que había sentido mientras se cepillaba los dientes sólo había sido eso, un destello. Ella había fracasado. Todos seguían sus propios caminos, divididos por sus creencias, y aun después de dos años de aislamiento y obligada promiscuidad, lo mismo que cualquier otro grupo de hombres y mujeres, no eran más que una colección de extraños. La suerte estaba echada.

TERCERA PARTE

El crisol

Se formó con el resto del sistema solar, hace unos cinco mil millones de años. Eso significa quince millones de generaciones humanas. Las rocas chocaron violentamente en el espacio, para luego volver y juntarse, todo debido a esa fuerza misteriosa que llamamos gravedad. Esa misma urdimbre hizo que el montón de rocas, cuando fue lo suficientemente grande, se comprimiera, hasta que el calor las fundió. Marte es pequeño pero pesado, y tiene un núcleo de níquel y hierro. Es bastante pequeño como para que se haya enfriado más rápidamente que la Tierra; el núcleo ya no gira dentro de la corteza a una velocidad distinta, y por eso Marte casi no tiene campo magnético. Pero uno de los últimos flujos internos del núcleo y del manto en fusión trajo como consecuencia una enorme y anómala promisión hacia un lado, un empujón contra la pared de la corteza que originó una protuberancia del tamaño de un continente y de once kilómetros de altitud, tres veces más alta que el altiplano tibetano, por encima de las tierras que lo circundan. Esa protuberancia hizo que aparecieran muchos otros accidentes: un sistema de hendiduras radiales que ocupaba todo un hemisferio, incluyendo las grietas más grandes, el Valle Marineris, una cadena de cañones que cubriría Estados Unidos de costa a costa. Ese abultamiento también originó una serie de volcanes, incluyendo los tres que tenía a horcajadas sobre el lomo, los Montes Ascraeus, Pavonis y Arsia; y a lo lejos, en las crestas noroccidentales, el Monte Olimpo, la Montaña más alta del sistema solar, tres veces la altura del Everest y cien veces la masa del Mauna Loa, el volcán más grande de la Tierra. De modo que la Protuberancia Tharsis fue el factor más importante en la modelación de la superficie marciana. Otro factor fue la caída de meteoritos. En la antigüedad, hace unos tres mil o cuatro mil millones de años, los meteoritos caían sobre Marte en una proporción enorme, millones de ellos, y miles eran planetesimales, rocas tan grandes, como Vega o Fabos. Uno de los impactos abrió la Cuenca de Hellas, 2.000 kilómetros de diámetro, el cráter visible más grande del sistema solar, aunque Daedalia parece ser lo que queda de una cuenca de impacto de 4.500 kilómetros. Estos cráteres son grandes; pero algunos areólogos opinan que todo el hemisferio norte es una antigua cuenca de impacto.

Esos enormes impactos fueron tan cataclismicos que es difícil imaginarlos; algunas de sus deyecciones terminaron en la Tierra y la Luna, y como asteroides en órbitas troyanas. Algunos areólogos creen que la Protuberancia Tharsis nació de un impacto en Hellas; otros creen que Fobos y Deimos son deyecciones. Y éstos sólo fueron los impactos más grandes. Rocas más pequeñas caían a diario, de modo que las superficies más viejas de Marte están saturadas de cráteres, siendo el paisaje un palimpsesto de anillos más recientes que ocultan otros anteriores, sin que haya quedado intacto ningún trozo de tierra. Y cada uno de esos impactos liberó explosiones de calor que fundieron la roca; los elementos escaparon y fueron proyectados como gases calientes, líquidos y minerales nuevos. Esto y la liberación de los gases del núcleo produjeron una atmósfera y muchísima agua; hubo nubes, tormentas, lluvia y nieve, glaciares, corrientes, ríos, lagos, todos erosionando la superficie, dejando inequívocas huellas: canales de inundación, lechos de ríos, líneas de costa, jeroglíficos hidrológicos.

Pero todo eso pasó. El planeta era demasiado pequeño, estaba demasiado lejos del Sol. La atmósfera se congeló y cayó. El dióxido de carbono se sublimó y formó una atmósfera nueva y tenue, mientras que el oxigeno se unió a la roca y la enrojeció. El agua se congeló, y a lo largo de las edades se filtró a través de los kilómetros de roca quebrada por los meteoritos. Con el tiempo, ese estrato de regolito se impregnó de hielo, y las capas calientes mas profundas alcanzaron a derretirlo; de modo que hubo mares subterráneos en Marte. El agua siempre fluye cuesta abajo, así que esos acuíferos migraron descendiendo, filtrándose despacio, hasta que se estancaron en algún obstáculo: una nervadura de roca o una barrera de tierra congelada. Algunas veces había fuertes presiones artesianas en esos diques; y algunas veces impactaba un meteorito, o aparecía un volcán, y el dique estallaba con violencia y vomitaba sobre el paisaje todo un mar subterráneo en torrentes enormes, torrentes diez mil veces superiores al caudal del Mississippi. Sin embargo, con el tiempo el agua en la superficie se congelaba y se sublimaba, alejándose en los vientos incesantes y secos, y caía sobre los polos en un manto de niebla invernal. Los casquetes polares se engrosaron, y el peso empujó el hielo bajo tierra, hasta que el hielo visible sólo fue la punta de dos lentes de permafrost subterráneo que cubrían el mundo, lentes primero diez y luego cien veces el volumen visible de los etes. Mientras en el ecuador se llenaban nuevos acuíferos debido a la condensación de los gases del núcleo. Y algunos de los viejos acuíferos se estaban llenando otra vez.

Y así, el más lento de los ciclos se aproximó a su segunda vuelta, pero a medida que el planeta se iba enfriando, todo fue sucediendo más y mas lentamente, en un prolongado ritardando, como un reloj que se va quedando sin cuerda. Pero el cambio nunca se detiene: los vientos incesantes tallaron el suelo, con un polvo cada vez más fino; y las excentricidades de la órbita de Marte hicieron que el hemisferio norte y el hemisferio sur intercambiaran los inviernos fríos y cálidos en un ciclo de 51.000 años, de modo que el casquete de hielo seco y el de hielo de agua, cambiaban de polo. Cada oscilación de ese péndulo echaba los cimientos de otro estrato de arena, y las depresiones de las nuevas dunas atravesaron los viejos estratos hasta que la arena que rodeaba los polos quedó dispuesta en líneas punteadas que se entrecruzaban, en diseños geométricos, como las pinturas de arena de los navajos, que envolvían toda la superficie del mundo.

Las arenas de colores formando dibujos, los muros estriados y festoneados de los cañones, los volcanes elevándose hasta el cielo, los cascotes de roca del terreno caótico, la infinidad de cráteres, emblemas anulares de los orígenes del planeta… Hermosos, o más que eso: parcos, austeros, desnudos, silenciosos, estoicos, rocosos, inmutables. Sublimes. El lenguaje visible de la existencia mineral de la naturaleza.

Mineral; no animal, ni vegetal, ni viral. Podría haber ocurrido, pero no. Nunca apareció una generación espontánea en el baño o en los calientes manantiales sulfúricos; ninguna espora cayó del espacio, no hubo ningún toque divino; sea lo que sea lo que inicia la vida (pues no sabemos qué es), no tuvo lugar en Marte. Marte giró, prueba de la variedad del mundo, de su vitalidad rocosa.

Y entonces, un dia…

Pisó el suelo con pie firme, sin dificultad, bajo una g casi familiar después de nueve meses en el Ares; y el peso del traje hacía que no fuera muy diferente a caminar en la Tierra, por lo que podía recordar. El cielo era de color rosa, surcado de tonalidades de tostado arenoso, un color más rico y más sutil que cualquiera de los que había visto en las fotografías.

—Miren el cielo —decía Ann—, miren el cielo.

Maya charlaba a cierta distancia, mientras Sax y Vlad giraban como estatuas rotatorias. Nadejda Francine Cherneshevski dio unos pasos más y sintió como la superficie crujía bajo sus pies. Era una capa de arena endurecida por la sal, de un par de centímetros de espesor, que se resquebrajaba cuando se caminaba sobre ella; los geólogos la llamaban costradura o caliche. Unos pequeños sistemas de hendiduras radiales rodearon las huellas de las botas.

Se había apartado del vehículo de descenso. El suelo era de un naranja herrumbroso oscuro y estaba cubierto por un mantillo regular de rocas del mismo color, aunque en algunas había matices de rojo, negro o amarillo. Hacia el este advirtió numerosos vehículos de desembarque, todos de diferentes formas y tamaños, los más lejanos recortándose en el horizonte oriental. Todos estaban recubiertos de una costra del mismo rojo anaranjado del suelo: era una escena extraña, estremecedora, como si hubieran encontrado por casualidad un puerto espacial alienígena largo tiempo abandonado. Dentro de un millón de años, algunas zonas de Baikonur tendrían este aspecto.

Se encaminó hacia uno de los vehículos de desembarco más cercanos, un contenedor de carga del tamaño de una casa pequeña posado sobre la estructura esquelética de los cohetes de cuatro patas. Daba la impresión de que llevaba allí décadas. El sol estaba alto, demasiado brillante para mirarlo incluso a través del visor del casco. Era difícil saberlo a causa de la polarización y de los otros filtros, pero le pareció que la luz del día se parecía a la de la Tierra, hasta donde era capaz de recordar. Un luminoso día de invierno.

Miró de nuevo alrededor. Se encontraban en una planicie ligeramente irregular, cubierta de pequeñas piedras de bordes afilados, todas medio enterradas en el polvo. Detrás, hacia el oeste, una pequeña colina de cumbre plana se recortaba en el horizonte. Quizá fuera el borde de un cráter, era difícil decirlo. Ann ya había recorrido la mitad del camino y sin embargo la figura aún parecía bastante grande; el horizonte estaba demasiado cerca, y Nadia se detuvo a anotarlo, sospechando quizá que pronto se acostumbraría y nunca más le llamaría la atención. Pero en ese momento vio con claridad que ese horizonte extrañamente próximo no era terrestre. Se encontraban en un planeta más pequeño.

Trató de recordar la gravedad de la Tierra. Había caminado por el bosque, por la tundra, sobre el hielo del río en invierno… y ahora: un paso, otro paso. El terreno era llano, pero había que abrirse camino entre los montones de rocas; no había ningún sitio en la Tierra que ella conociera donde las piedras estuvieran distribuidas con tanta abundancia y regularidad. ¡Da un salto!, se dijo. Lo hizo, y rió; aun con el traje puesto se notaba más ligera. ¡Era tan fuerte como siempre, pero sólo pesaba treinta kilos! Y los cuarenta kilos del traje… bueno, la desequilibraban un poco, eso era cierto. Hacía que se sintiese como si se hubiese quedado hueca. Eso era, su centro de gravedad había desaparecido, el peso se le había desplazado a la piel, hacia el exterior de los músculos más que al interior. Ése era el efecto del traje, por supuesto. Dentro de los habitats sería lo mismo que en el Ares. Pero ahí en el exterior, con un traje, era la mujer hueca. Con la ayuda de esa imagen de pronto pudo moverse con más facilidad, brincar por encima de una roca, bajar y dar una voltereta, ¡bailar! Simplemente, salta en el aire, baila, apóyate en esa roca plana… cuidado…

Trastabilló y cayó sobre una rodilla y las dos manos. Los guantes se le hundieron en la costradura. Parecía una capa de arena de playa aterronada, sólo que más dura y quebradiza. Como barro endurecido. ¡Y frío! Los guantes no recibían tanto calor como las suelas de las botas, y el aislamiento no era suficiente cuando tocaba el suelo. ¡Uau, era como tocar hielo con los dedos desnudos! Recordó que estaban a unos 215 grados Kelvin, o 90 grados centígrados bajo cero; más frío que en la Antártida o que en los peores inviernos de Siberia. Tenía las puntas de los dedos entumecidas. Necesitarían guantes mejores para poder trabajar, guantes equipados con calefacción, como las suelas de las botas. Eso los haría más gruesos y menos flexibles. Tendría que volver a ejercitar los músculos de los dedos.

Había estado riéndose. Se levantó y caminó hacia otro de los cargamentos, tarareando Royal Carden Blues. Trepó por la pata del vehículo más próximo y quitó la costra de polvo; el distintivo apareció en el costado del gran embalaje de metal. Un bulldozer John Deere/Volvo Marciano, alimentado con hidrazina, térmicamente aislado, semiautónomo, completamente programable. Accesorios y repuestos incluidos.

Sintió que la cara se le distendía en una amplia sonrisa.

Retroexcavadoras, cargadoras frontales, bulldozers, tractores, niveladoras, camiones basculantes, materiales de construcción y de todo tipo; extractores de aire para filtrar y recoger productos químicos de la atmósfera; pequeñas factorías para convertir esos productos en otros; más factorías para combinarlos; un economato entero, todo lo que iban a necesitar, todo a mano en la multitud de embalajes diseminados por la planicie. Empezó a brincar de un vehículo de transporte al siguiente, haciendo inventario. Era indudable que algunos habían chocado violentamente contra el suelo; otros tenían las patas de araña hundidas, o los cascos agrietados, uno incluso se había aplastado contra una pila de cajas también aplastadas, medio enterradas en el polvo; pero esto implicaba otro tipo de oportunidades, el juego de recuperar y reparar, ¡uno de sus favoritos! Se rió en voz alta, un poco mareada, y advirtió entonces un parpadeo en la luz del comunicador de muñeca; cambió a la frecuencia común y se sobresaltó al oír que Maya, Vlad y Sax hablaban al mismo tiempo: «¿Dónde está Ann? ¡Que las mujeres regresen aquí! ¡Eh, Nadia, ven a ayudarnos con este maldito habitat, ni siquiera podemos abrir la puerta!».

Se rió.

Los habitats estaban diseminados como todo lo demás, pero ellos habían descendido cerca de uno que habían activado desde la órbita unos días antes, después de un chequeo completo. Desgraciadamente, la puerta de la antecámara exterior no se pudo incluir en la comprobación, y estaba atascada. Nadia se puso a trabajar en ella, sonriendo; era curioso ver lo que parecía ser una casa remolque abandonada luciendo la puerta de antecámara de una estación espacial. Sólo le llevó un minuto abrirla; metió el código de apertura al tiempo que tiraba de la puerta. Atascada por el frío, contracción diferencial, quizás. Iban a tener un montón de pequeños problemas de ese tipo.

Luego Vlad y ella entraron en la antecámara, y después en el habitat. Todavía parecía una casa-remolque, pero con accesorios de cocina más modernos. Todas las luces estaban encendidas. La circulación del aire era buena y la temperatura, cálida. El panel de control parecía el de una central nuclear.

Mientras los demás entraban, Nadia recorrió una hilera de pequeñas habitaciones, puerta tras puerta, y de pronto tuvo una sensación extraña: todo parecía fuera de lugar. Las luces estaban encendidas, algunas parpadeaban; y en el otro extremo del pasillo una puerta oscilaba levemente hacia adelante y atrás sobre sus goznes.

La causa era sin duda la ventilación. Y el impacto del habitat contra el suelo probablemente había desordenado las cosas. Se libró de esa sensación y regresó para recibir a los otros.

En el tiempo en que todos descendieron y atravesaron la planicie pedregosa (deteniéndose, trastabillando, corriendo, mirando el horizonte, girando despacio, volviendo a caminar), y cuando entraron en los tres habitats operativos y se quitaron los trajes de emergencia y los guardaron e inspeccionaron las cámaras y comieron un poco, hablando de la experiencia todo el tiempo, ya había caído la noche. Siguieron trabajando y hablando, demasiado excitados para dormir; luego durmieron a ratos hasta el amanecer, momento en que se despabilaron, se pusieron los trajes y salieron de nuevo, mirando alrededor, verificando las placas de identificación, probando las máquinas. Por fin se dieron cuenta de que estaban hambrientos y regresaron para tomar una rápida comida… ¡y ya era de noche otra vez!

Y así fue como transcurrió todo durante varios días: un remolino frenético de tiempo que pasaba. Nadia se despertaba con el bip de la consola de muñeca y tomaba un desayuno rápido girando por el ventanuco este del habitat. El amanecer teñía el cielo de ricos colores cereza durante unos pocos minutos, antes de cambiar rápidamente, a través de una serie de tonalidades rosadas, al intenso rosa anaranjado del día. Todos dormían en el suelo del habitat, en colchones que durante el día se plegaban contra la pared. Las paredes eran de color beige, teñidas de naranja en el alba. La cocina y el salón eran diminutos, los cuatro lavabos no más grandes que armarios. Ann despertaba a medida que el cuarto se iluminaba e iba a uno de los lavabos. John ya estaba en la cocina, moviéndose en silencio. La vida cotidiana era ahora mucho más pública que en el Ares, tanto que algunos no conseguían adaptarse; cada noche Maya se quejaba de que no podía dormir con semejante multitud, pero ahí estaba, con la boca abierta como una niña. En realidad era la última en levantarse, dormitando en medio del ruido y las idas y venidas de las rutinas matinales de los otros.

Entonces el sol rompía en el horizonte y Nadia ya había acabado los cereales con leche (leche en polvo mezclada con agua extraída de la atmósfera, y que sabía realmente a leche), y era hora de meterse en el traje y salir a trabajar.

Los trajes habían sido diseñados para la superficie de Marte y no estaban presurizados como los trajes espaciales; un tejido elástico mantenía el cuerpo más o menos a la presión de la atmósfera terrestre. Esto evitaba la extensión peligrosa de los moretones que aparecerían en la piel si estuviese expuesta a la tenue atmósfera de Marte, pero daba al portador una libertad de movimiento que no hubiera sido posible con un traje espacial presurizado. Esos trajes también tenían la muy importante ventaja de ser operativos durante los fallos; sólo el casco duro era hermético, de modo que sí uno se hacía un agujero en la rodilla o en un codo tendría un trozo de piel severamente amoratado y congelado, pero no se asfixiaría y moriría en cuestión de minutos.

Sin embargo, meterse en uno de esos trajes era todo un ejercicio. Nadia se contoneó para subirse los pantalones por encima de la ropa interior, se enfundó la chaqueta, y cerró la cremallera de las dos secciones del traje. Después se calzó unas grandes botas térmicas y unió las anillas superiores a las de los tobillos; se puso los guantes y unió las anillas a las de las muñecas; se puso un casco duro corriente y lo sujetó a la anilla del cuello del traje; luego se acomodó un tanque de aire a la espalda y conectó los tubos de respiración al casco. Respiró hondo varias veces, sintiendo el frío oxígeno-nitrógeno en el rostro. La consola de la muñeca le indicó que todos los sellos eran correctos, y siguió a John y a Samantha a la antecámara. Cerraron la puerta interior; el aire fue succionado de vuelta a los contenedores, y John abrió la puerta de fuera. Salieron.

Cada mañana era emocionante salir a la planicie rocosa; el primer sol proyectaba largas sombras negras hacia el oeste, revelando con nitidez las lomas y hondonadas. Por lo habitual soplaba viento del sur, y el polvo suelto se deslizaba por el suelo en una corriente sinuosa, de modo que a veces las rocas parecían reptar lentamente. Incluso los más fuertes de esos vientos eran apenas perceptibles contra la mano extendida, aunque aún no habían conocido ninguna tormenta de viento; a quinientos kilómetros por hora tenían la certeza de que sentirían algo. A veinte, casi nada.

Nadia y Samantha se alejaron y treparon a uno de los pequeños rovers ya desembalados. Nadia lo condujo por la planicie hasta un tractor que habían encontrado el día anterior a casi un kilómetro en dirección oeste. El frío de la mañana penetraba en su traje siguiendo la estructura del diamante, como resultado de la disposición en X de los filamentos térmicos. Una sensación extraña, pero a menudo había pasado más frío en Siberia.

Llegaron junto al gran transbordador y se apearon. Nadia recogió un taladro con una broca destornilladora y se puso a desmantelar el embalaje superior del vehículo. El tractor que había dentro era un Mercedes Benz. Metió la broca en la cabeza de un tornillo, apretó el gatillo del taladro, y observó cómo el tornillo giraba y salía. Lo sacó y se ocupó del siguiente, sonriendo. En su juventud había trabajado muchas veces con un frío semejante, las manos blancas entumecidas y cortadas, y había librado batallas titánicas para sacar tornillos congelados… pero aquí bastaba un ziiip, y otro que salía. Y en realidad con el traje estaba más caliente que en Siberia, y con más libertad que en el espacio, ya que no era más apretado que un traje de submarinista delgado y rígido. Había rocas rojas diseminadas por doquier con aquella misteriosa regularidad; las voces parloteaban en la frecuencia común: «¡Eh, encontré esos paneles solares!» «¿Crees que eso importa? Yo acabo de encontrar el maldito reactor nuclear.» Sí, era una mañana estupenda en Marte.

Las tablas del embalaje sirvieron de rampa para sacar el tractor. No parecían demasiado sólidas, pero la cuestión era de nuevo la gravedad. Nadia había encendido el sistema de calefacción del tractor, y metiéndose en la cabina, tecleó una orden en el piloto automático, pensando que sería mejor dejar que el aparato descendiera la rampa por sí solo. Mientras, Samantha y ella observaban a un lado, por si la rampa no resistía el frío, o por si era inestable. Aún le resultaba difícil pensar en términos de g marciana, confiar en los diseños que la tomaban en cuenta. ¡La rampa parecía demasiado endeble!

Pero el tractor descendió sin incidentes, y se detuvo en el suelo, ocho metros de largo, azul añil, con altas ruedas de tela metálica. Para llegar a la cabina tuvieron que subir por una escalerilla corta. El brazo de la grúa ya estaba fijado a la montura de la parte delantera, y esto los ayudó a cargar el montacargas en el tractor y luego el apilador de bolsas de arena, las cajas de repuestos y por último las tablas del embalaje. Cuando acabaron, el tractor parecía sobrecargado, y demasiado pesado en la parte de arriba como un órgano de vapor; pero la gravedad hizo que sólo se tratara de una cuestión de equilibrio. El tractor en sí mismo era un bruto de metal, con seiscientos caballos de potencia, una amplia distancia entre los ejes y ruedas grandes como orugas. El motor de hidrazina no aceleraba tan bien como un diesel, pero la primera marcha era como definitiva, del todo inexorable. Partieron y rodaron despacio hacia el parque de remolques… ¡y allí estaba ella, Nadejda Cherneshevski, conduciendo un Mercedes Benz por Marte! Siguió a Samantha sintiéndose como una reina.

Y ésa fue la mañana. De regreso al habitat, se quitaron los cascos y los tanques de aire, y tomaron una comida rápida con el traje y las botas puestas… Con todo ese ir y venir de un lado a otro estaban hambrientas.

Después del almuerzo volvieron a salir con el Mercedes Benz y lo usaron para transportar un extractor de aire Boeing a una zona al este de los hábitats, donde iban a concentrar todas las factorías. Los extractores de aire eran cilindros grandes de metal, que se parecían un poco al fuselaje del 737 excepto que tenían ocho imponentes baterías de aterrizaje, cohetes de descenso sujetos verticalmente a los lados, y dos motores de reacción montados por encima del fuselaje a proa y popa. Cinco de esos extractores habían sido soltados en la zona hacía unos dos años. Desde ese momento, los motores de reacción habían estado succionando el aire tenue y pasándolo a la fuerza por una secuencia de mecanismos de separación, dividiéndolo en los gases que lo componían. Éstos habían sido comprimidos y almacenados en tanques grandes. Así que cada uno de los Boeing contenía 5.000 litros de hielo de agua, 3.000 litros de oxígeno líquido, 3.000 litros de nitrógeno líquido, 500 litros de argón y 400 litros de dióxido de carbono.

No era tarea fácil remolcar esos gigantes a través de las piedras hasta los grandes tanques contenedores próximos a los hábitats, pero tenían que hacerlo, ya que después de vaciarlos en los contenedores podían volver a activarse. Justo esa tarde otro grupo había vaciado uno y habían vuelto a activarlo, y el zumbido bajo de los motores de reacción podía oírse por doquier, aun con el casco o dentro de un habitat.

El extractor de Nadia y Samantha fue más terco. En toda la tarde sólo consiguieron moverlo cien metros, y tuvieron que recurrir al accesorio del bulldozer para que les arañara un camino. Poco antes de la puesta de sol atravesaron la antecámara y entraron en el habitat, sintiendo las manos frías y doloridas. Se desnudaron, y vestidas sólo con la ropa interior apelmazada por el polvo, fueron directamente a la cocina, una vez más famélicas; Vlad estimaba que cada uno estaba quemando unas 6.000 calorías diarias. Cocinaron y engulleron pasta rehidratada, casi escaldándose los dedos parcialmente descongelados al tocar las bandejas. Terminaron de comer, fueron al vestuario de las mujeres y sólo entonces empezaron a tratar de limpiarse, lavándose con una esponja y agua caliente y enfundándose en monos limpios. «Va a resultar difícil mantener la ropa limpia, este polvo se mete hasta por los cierres de las muñecas, y las cremalleras de la cintura son como agujeros abiertos.»

«¡Sí, ese polvo está micronizado! Nos va a dar más problemas que la ropa sucia, te lo aseguro. Va a meterse en todo, en nuestros pulmones, en nuestra sangre, en nuestros cerebros…»

«Así es la vida en Marte.» Éste era ya un refrán popular que se decía cada vez que se presentaba un problema, en especial cuando era insoluble.

Algunos días aún quedaban después de la cena un par de horas de luz solar, y Nadia, inquieta, a veces salía al exterior. A menudo pasaba ese rato vagando alrededor de los embalajes que habían sido trasladados a la base ese día, y con el tiempo reunió un juego de herramientas, sintiéndose como una niña en una tienda de caramelos. Años en la industria eléctrica de Siberia habían hecho que reverenciase las buenas herramientas; no tenerlas era una pesadilla. Todo en Yakut norte había sido construido sobre permafrost, y las plataformas se hundían desigualmente en verano, y quedaban enterradas en hielo en invierno; y las piezas para la construcción habían venido de todo el mundo, la maquinaria pesada de Suiza y Suecia, las perforadoras de Estados Unidos, los reactores de Ucrania, más un montón de viejo material soviético recogido de la basura, alguno bueno, otro de una indescriptible mala calidad, pero desde luego un conjunto desigual de partes fabricadas incluso en pulgadas, de modo que habían tenido que improvisar de continuo, levantando pozos de petróleo con hielo y cuerdas, construyendo deprisa y activando reactores nucleares que hacían que Chernobil pareciera un reloj suizo. Y el desesperado trabajo de cada día se conseguía con una colección de herramientas que habría hecho llorar a un chapucero.

Ahora podía vagar bajo la menguante luz rubí del crepúsculo, escuchando sus viejos discos de jazz, transmitidos desde el estéreo del habitat a los auriculares del casco, mientras hurgaba en las cajas de suministros y tomaba todas las herramientas que quería. Se las llevaba hasta un cuarto pequeño que había encontrado en uno de los depósitos de almacenaje, silbando todo el tiempo como acompañamiento de la King Oliver’s Creóle Jazz Band. Estaba ampliando una colección que incluía, entre otros artículos, un juego de llaves Allen, algunos alicates, un taladro mecánico, varias abrazaderas, algunas sierras para cortar metal, una brazada de cuerdas de salto resistentes al frío, un surtido de limas, escofinas y cepillos de carpintero, un juego de llaves inglesas, un plegador, cinco martillos, algunos hemostáticos, tres gatos hidráulicos, un fuelle, varios juegos de destornilladores, taladros y brocas, un cilindro portátil de gas comprimido, una caja de explosivos plásticos y sus detonadores, una cinta métrica, un cuchillo gigante del ejército suizo, tijeras de hojalata, tenazas, pinzas, tres tornos de banco, un pelacables, cuchillos, un pico, un puñado de mazos, un juego de aprietatuercas, unas abrazaderas para mangueras, un juego de fresadoras de espiga, un juego de destornilladores de joyero, una lupa, todo tipo de cintas, un escariador y una plomada de albañil, un equipo de costura, tijeras, cedazos, un torno, niveles de todos los tamaños, alicates largos, alicates de torno, un juego de matrices y terrajas, tres palas, un compresor, un generador, un equipo de soldar y cortar, una carretilla…

…y así sucesivamente. Y eso sólo era el equipo mecánico, sus herramientas de carpintero. En otros sectores del depósito estaban almacenando equipos de investigación y laboratorio, herramientas de exploración geológica, y un montón de computadoras, radios, telescopios y cámaras de vídeo; y el equipo de biosfera tenía depósitos abarrotados de material para la granja, los recicladores de desperdicios, el mecanismo de intercambio gaseoso, en resumen, toda la infraestructura; y el equipo médico tenía almacenado el material destinado a la clínica, y los laboratorios de investigación e ingeniería genética.

—¿Sabes lo que es esto? —le dijo Nadia a Sax Russell una noche mientras visitaban juntos su almacén—. Es una ciudad entera, desmantelada y distribuida en piezas.

—Y una ciudad próspera, además.

—Sí, una ciudad universitaria. Con departamentos de primer orden en diversas disciplinas.

—Pero aún sólo en piezas sueltas.

—Sí. Aunque me gusta bastante así.

La puesta de sol era el momento obligatorio de volver al habitat, y en el crepúsculo ella entraba trastabillando en la antecámara, y tomaba otra cena frugal y fría sentada en la cama, escuchando la charla a su alrededor. En su mayor parte se refería al trabajo del día y la distribución de las tareas para el día siguiente. Se suponía que eran Frank y Maya quienes la preparaban, pero de hecho sucedía de un modo espontáneo, en una especie de sistema de cambalache. Hiroko era particularmente buena en esa actividad, lo cual resultaba sorprendente dado lo reservada que había sido durante todo el viaje; pero ahora que necesitaba ayuda, se pasaba la mayor parte de las noches yendo de persona en persona, tan perseverante y persuasiva que por lo general tenía a su disposición un equipo considerable trabajando en la granja todas las mañanas. Nadia no era capaz de comprenderlo; tenían a mano cinco años de comida deshidratada y enlatada, un alimento que a ella le parecía perfecto, porque casi siempre había comido peor y ya no prestaba atención a la comida; bien podía haber estado comiendo heno o repostando como uno de los tractores. Pero necesitaban la granja para cultivar bambú, que Nadia quería usar como material de construcción en el habitat permanente que esperaba edificar muy pronto. Todo se interrelacionaba; todas las tareas se entremezclaban, eran complementarias. De modo que cuando Hiroko se dejó caer a su lado, dijo:

—Sí, sí, estaré allí a las ocho. Pero no puedes construir la granja permanente hasta que no se haya construido el habitat base. Por tanto, mañana tendrías que ayudarme tú a mí.

—No, no —dijo Hiroko riéndose—. Esperaremos a pasado mañana, ¿de acuerdo?

La principal competencia de Hiroko en busca de mano de obra venía de Sax Russell y su gente, que trabajaban para poner en funcionamiento todas las factorías. Vlad y Úrsula y el grupo de biomedicina también estaban ansiosos por instalar sus laboratorios. Esos tres equipos parecían dispuestos a vivir en el parque de remolques por un tiempo indefinido, siempre y cuando sus propios proyectos progresaran; por suerte había un montón de gente que no estaba tan obsesionada con su trabajo, gente como Maya y John y el resto de los cosmonautas, que tenían interés en mudarse a una residencia más grande y mejor protegida tan pronto como fuera posible. Así que ellos ayudarían en el proyecto de Nadia.

Cuando terminó de comer, llevó la bandeja a la cocina y la limpió con un pequeño estropajo; luego fue a sentarse junto a Ann Clayborne y Simón Frazier y el resto de los geólogos. Ann parecía casi dormida; pasaba las mañanas haciendo largos viajes en rover y a pie, y después trabajaba duramente en la base toda la tarde, tratando de compensar sus excursiones. A Nadia le parecía extrañamente tensa, menos feliz de estar en Marte de lo que se habría podido esperar. Parecía reacia a trabajar en las factorías, o para Hiroko; en verdad casi siempre iba a trabajar para Nadia. Como Nadia sólo intentaba construir viviendas, podía decirse que tenía un impacto menor en el planeta que los equipos más ambiciosos. Quizá fuera por eso, quizá no; Ann no lo decía. Era una mujer difícil, taciturna… no al estilo estrafalario y ruso de Maya, sino de un modo más sutil, y de un registro más sombrío, pensó Nadia. Tenía un algo de Bessie Smith.

Alrededor de ellos la gente recogía los restos de la cena y hablaba, repasaba instrucciones y hablaba, se arracimaba en torno a terminales de ordenador y hablaba, lavaba la ropa y hablaba, hasta que todos se acostaban, hablando en un tono cada vez más bajo, y se quedaban dormidos.

—Es como el primer segundo del universo —observó Sax Russell, frotándose la cara con gesto cansado—. Todos amontonados juntos y sin ninguna forma. Sólo un puñado de partículas calientes que corren de un lado para otro.

Y eso sólo era un día; y así es como transcurrían todos los días, día tras día tras día. Ningún cambio de tiempo que pudiera mencionarse, excepto un ocasional jirón de nube, o una tarde un poco más ventosa. Los días se sucedían siempre iguales. Todo tomaba demasiado tiempo. Sólo meterse en los trajes y salir de los habitats era una proeza, y luego había que calentar todo el equipo; y aunque se había construido según unos estándares uniformes, procedían de distintos países, y las desigualdades de tamaño y función eran inevitables. Y el polvo («¡No lo llames polvo!», se quejaba Ann. «¡Es como llamar grava al polvo! ¡Llámalo arena, es arena menuda!») se metía en todas partes y el trabajo físico bajo el frío penetrante era agotador, de modo que iban más despacio de lo que habían pensado, y comenzaron a coleccionar un buen número de heridas menores. Y, por último, había una cantidad asombrosa de cosas por hacer, algunas de las cuales nunca se les habían ocurrido. Por ejemplo, tardaron casi un mes (habían previsto diez días) en abrir todos los embalajes, verificar el contenido, trasladarlo a los depósitos apropiados… y llegar al punto en el que de verdad podían empezar a trabajar.

Después de eso, empezaron a construir con seriedad. Y ahí es donde Nadia entraba en terreno propio. No había tenido nada que hacer en el Ares, para ella había sido una especie de hibernación. Pero tenía la habilidad de saber construir cosas, un talento entrenado en la amarga escuela de Siberia. En poco tiempo se convirtió en la principal reparadora de la colonia, el solvente universal, como la llamaba John. Había ayudado en casi todos los trabajos que tenían entre manos, y el andar todo el día por ahí contestando preguntas y dando consejos, floreció en una especie de paraíso intemporal de tareas. ¡Había tanto que hacer! ¡Tanto! Cada noche en las sesiones de planificación la astucia de Hiroko se ponía en marcha, y la granja creció: tres filas paralelas de invernaderos, que se parecían a los invernaderos comerciales terranos, salvo que eran más pequeños y de muros muy gruesos, para evitar que explotaran como globos de fiesta. Incluso con presiones interiores de sólo 300 milibares, que apenas eran aptas para el cultivo, la diferencia con el exterior era drástica; un sello mal hecho o un punto débil, y todo volaría en pedazos. Pero Nadia era particularmente buena para sellar en climas fríos, y por ello una aterrorizada Hiroko la llamaba cada dos por tres.

Luego estaban los materiales reclamados por los científicos para las factorías, y el equipo que montaba el reactor quería que ella supervisase cada paso que daban; temían cometer algún error, y los mensajes por radio de Arkadi desde Fobos, insistiendo en que no necesitaban una tecnología tan peligrosa y en que podrían obtener toda la energía que les hiciera falta por generación eólica, no alcanzaban a tranquilizarlos. Phyllis y él tuvieron discusiones amargas sobre este asunto. Fue Hiroko quien acabó con la polémica de Arkadi, citando un refrán popular japonés: Shikata ga nai, que significaba no hay elección. Los molinos de viento podrían haber generado suficiente energía, tal como mantenía Arkadi, pero no tenían molinos de viento. En cambio les habían suministrado un reactor nuclear Rickover, construido por la Marina de Estados Unidos y que era una obra de arte; y nadie quería esforzarse en crear un sistema de energía eólica, tenían demasiada prisa. Shikata ga nai. Pronto se convirtió en una máxima muy repetida.

Y así cada mañana el equipo de construcción de Chernobil (nombre dado por Arkadi, naturalmente) le suplicaba a Nadia que fuera con ellos para supervisarlos. Los habían exiliado lejos, al este del asentamiento, por lo que tenía sentido quedarse con ellos todo un día. Pero entonces el equipo médico la llamó para que ayudase en la construcción de una clínica con algunos laboratorios, usando algunos embalajes de carga desechados que estaban convirtiendo en refugios. Y en vez de quedarse en Chernobil, regresaba al mediodía para comer y después ayudaba al equipo médico. Todas las noches se dormía exhausta.

Algunas noches antes de desplomarse, mantenía largas conversaciones con Arkadi, arriba en Fobos. El equipo de Arkadi estaba teniendo problemas con la microgravedad de la Luna, y también él quería que ella lo aconsejara.

—¡Si pudiéramos conseguir un poco de g sólo para vivir, para dormir! —dijo Arkadi.

—Construye una vía férrea circular alrededor de la superficie — sugirió Nadia, adormilada—. Transforma un tanque del Ares en un tren y que recorra la vía. Sube a bordo y hazlo correr. Obtendrás un poco de g junto al techo.

Estática; luego, el cloqueo salvaje de la risa de Arkadi:

—¡Nadejda Francine, te amo, te amo!

—Amas la gravedad.

Con todas esas continuas consultas, la construcción del habitat permanente iba muy despacio. Una vez a la semana se subía a la cabina abierta del Mercedes y avanzaba con estrépito por el terreno desgarrado hasta el final de la zanja que había comenzado a cavar. En ese punto tenía diez metros de ancho, cincuenta de largo y cuatro de profundidad, que era toda la profundidad que ella deseaba. El fondo de la zanja era igual que la superficie: arcilla, arena, rocas de todos los tamaños. regolito. Mientras trabajaba con el bulldozer, los geólogos entraban de un salto en el agujero y salían con muestras y mirando alrededor, incluso a Ann, a quien no le gustaba el modo en que estaban destrozando el suelo, pero el geólogo que fuera capaz de mantenerse lejos de una tierra abierta no había nacido aún. Nadia trabajaba y escuchaba en la radio las conversaciones. Era probable que el regolito continuara hasta el mismo lecho rocoso, lo cual era una pena; el regolito no era la idea que tenía Nadia de un buen terreno. Por lo menos su contenido de agua era bajo, menos de un diez por ciento, lo que significaba que el suelo no se hundiría, una de las pesadillas constantes de la construcción siberiana.

Cuando hubiera abierto el regolito, iba a poner unos cimientos de cemento Portland, el mejor material de que disponían. Si la capa no alcanzaba los dos metros de espesor, se resquebrajaría, pero shikata ga nai. Los dos metros bastarían como aislamiento. Pero tendría que calentar la pasta y encofrarla para que fraguara; no lo haría por debajo de los 13 grados centígrados, de modo que necesitaría algo que proporcionara calor… Despacio, despacio, todo iba despacio.

Avanzó con el bulldozer a lo largo de la zanja, y la pala mordió el terreno y se sacudió. Luego el peso del aparato se impuso, y la pala atravesó el regolito y siguió excavando.

—Qué bestia —le dijo Nadia con cariño al vehículo.

—Nadia está enamorada de un bulldozer —dijo Maya por la frecuencia común.

Por lo menos yo sé de quién estoy enamorada, articuló Nadia en silencio. Había pasado muchas de las noches de la semana anterior en el almacén de herramientas, escuchando a Maya parlotear sobre sus problemas con John, que si en la mayoría de los casos en realidad se llevaba mejor con Frank, que si era incapaz de decidir qué sentía, y ahora estaba segura de que Frank la odiaba, etc, etc, etc. Mientras limpiaba herramientas, Nadia no había dejado de repetir Da, da, da, tratando de ocultar su falta de interés. La verdad era que estaba cansada de los problemas de Maya, y habría preferido hablar de materiales de construcción o de casi cualquier otra cosa.

Una llamada del equipo de Chernobil interrumpió el trabajo de excavación.

—Nadia, ¿cómo podemos conseguir que un cemento de este espesor se fragüe con este frío?

—Calentándolo.

—¡Ya lo hacemos!

—Calentándolo más.

—¡Oh!

Casi habían acabado allí, juzgó Nadia; el Rickover había sido preensamblado en su mayor parte, era cuestión de soldar las piezas, empotrar el tanque, llenar las tuberías de agua (lo que redujo el suministro casi a cero), tender los cables eléctricos, rodearlo con pilas de sacos de arena e introducir las varillas de control. Entonces, dispondrían de 300 kilovatios, lo que pondría fin a las discusiones nocturnas sobre quién recibiría la mayor parte de la energía al día siguiente.

Recibió una llamada de Sax. Uno de los procesadores Sabatier se había atascado y no podían quitarle la carcasa. Así que Nadia les dejó la excavación a John y a Maya y tomó un rover para ir al complejo de las factorías y echar un vistazo.

—Voy a ver a los alquimistas —dijo.

—¿Te has dado cuenta de cómo esta maquinaria refleja el carácter de la industria constructora? —le comentó Sax cuando llegó y se puso a trabajar en el Sabatier—. Si la construyeron compañías automovilísticas, es de baja potencia pero segura. Si la construyó la industria aeroespacial, tiene demasiada potencia pero se estropea dos veces al día.

—Y los productos hechos entre compañías asociadas tienen un diseño horroroso —dijo Nadia.

—Correcto.

—Y el equipo químico es poco activo —añadió Spencer Jackson.— Vaya si lo es. En especial con este polvo.

Los extractores de aire Boeing habían sido sólo el comienzo del complejo industrial; los gases se introducían en remolques grandes y cuadrados y luego eran comprimidos, dilatados, transformados y recombinados, mediante operaciones de ingeniería química como la deshumidificación, la licuefacción, la destilación fraccional, la electrólisis, la electrosíntesis, el proceso Sabatier, el proceso Raschig, el proceso Oswald… Poco a poco elaboraron productos químicos más y más complejos, que pasaban de una factoría a la siguiente a través de un laberinto de estructuras que parecían casas ambulantes atrapadas en una red de depósitos, tuberías, tubos y cables con códigos de colores.

En ese momento el producto favorito de Spencer era el magnesio, que abundaba; dijo que estaban extrayendo veinticinco kilos de cada metro cúbico de regolito, y era tan ligero en la g marciana que una barra grande de magnesio no pesaba más que una pieza de plástico.

—Es demasiado quebradizo cuando es puro —dijo Spencer—, pero si lo aleásemos tendríamos un metal muy ligero y resistente.

—Acero marciano —dijo Nadia.

—Mejor que eso.

Así pues, alquimia; pero con máquinas melindrosas. Nadia descubrió el problema en el Sabatier y se puso a trabajar en la reparación de una bomba neumática estropeada. Asombraba ver la cantidad de bombas que había, a veces no parecía otra cosa que una colección de bombas combinadas sin orden ni concierto, y por naturaleza tendían a atascarse con la arena y a estropearse.

Dos horas después el Sabatier estaba arreglado. Mientras regresaba al parque de remolques, Nadia echó una ojeada al interior del primer invernadero. Las plantas ya estaban floreciendo, las nuevas cosechas asomaban en los bancales de tierra negra. El verde brillaba con intensidad entre los rojos; era un placer mirarlo. Le habían dicho que el bambú crecía varios centímetros al día, y la cosecha ya tenía casi cinco metros de altura. Era fácil ver que iban a necesitar más tierra. Los alquimistas estaban utilizando el nitrógeno de los Boeing para sintetizar fertilizantes de amoníaco; Hiroko los necesitaba porque el regolito era una pesadilla agrícola, increíblemente salado, fulminante por su contenido de Peróxidos, extremadamente árido y totalmente desprovisto de biomasa. Iban a tener que fabricar tierra tal como habían fabricado las barras de magnesio.

Nadia entró en el habitat del parque de remolques y almorzó de pie. Luego volvió al emplazamiento del habitat permanente. Ya casi habían nivelado el suelo de la zanja durante su ausencia. Se plantó en el borde del agujero y lo miró. Iban a construir sobre un diseño que le gustaba mucho, con el que ella había trabajado en la Antártida y en el Ares: una hilera sencilla de cámaras abovedadas que compartían paredes adyacentes. Al meterlas en el surco, al principio las cámaras estarían medio enterradas; luego, una vez que se terminasen, quedarían cubiertas por una capa de diez metros de sacos de regolito que detendrían la radiación; planeaban presurizar a 450 milibares y evitar así que los edificios explotaran. Lo único que necesitaban para los exteriores eran materiales disponibles, básicamente cemento Portland y ladrillos, con un revestimiento de plástico en algunos sitios para garantizar el sellado.

Desgraciadamente, los hombres de los ladrillos tenían algunos problemas, por lo que llamaron a Nadia. La paciencia de ésta se estaba agotando, y gruñó:

—¿Hicimos todo el viaje a Marte y no pueden fabricar ladrillos?

—No es que no podamos fabricarlos —dijo Gene—. Lo que pasa es que no me gustan. —La factoría de ladrillos mezclaba arcillas y sulfuro extraídos del regolito. y ese preparado se vertía en moldes de ladrillos y se cocían hasta que el sulfuro comenzaba a polimerizarse, y luego, mientras los ladrillos se enfriaban, se los comprimía ligeramente en otra sección de la maquina. Los ladrillos rojo negruzcos resultantes tenían una fuerza tensora que técnicamente era adecuada para las bóvedas de los cañones, pero Gene no estaba satisfecho.— No podemos correr el riesgo de tener techos demasiado pesados sobre nuestras cabezas. No podemos conformarnos con valores mínimos. ¿Qué pasa si apilamos demasiados sacos de arena, o si se produce un pequeño aremoto? No me gusta.

Después de pensarlo un rato, Nadia dijo:

—Añadan nailon.

—¿Qué?

—Busquen los paracaídas con que soltaron los cargamentos, y córtenlos en tiras muy finas, luego añadan la arcilla. Eso reforzará la fuerza tensora.

—Muy cierto —dijo Gene después de una pausa—. ¡Buena idea!

¿Crees que podremos localizarlos?

—Tienen que estar en alguna parte al este de aquí.

Así que por fin habían encontrado un trabajo para los geólogos que ayudaba a los constructores. Ann y Simón, Phyllis, Sasha e Igor fueron en unos rovers de larga distancia hasta el otro lado del horizonte al este de la base, buscando y reconociendo el terreno mucho más allá de Chernobil; durante la siguiente semana dieron casi con cuarenta paracaídas. En cada uno había cientos de kilos de nailon útil.

Un día regresaron entusiasmados después de haber llegado hasta Ganges Caleña, un grupo de pozos en la planicie a cien kilómetros al sudeste.

—Fue algo extraño —dijo Igor—, porque no puedes verlos hasta último momento, y entonces son como embudos enormes, de unos diez kilómetros de ancho y unos dos de profundidad, ocho o nueve en fila, cada uno más pequeño y menos profundo. Fantástico. Probablemente sean termokarsts, aunque tan grandes que cuesta creerlo.

—Es agradable ver a semejante distancia —dijo Sasha—, después de vivir con un horizonte tan próximo.

—Son termokarsts —afirmó Ann.

Pero habían perforado sin encontrar agua. Ya empezaba a ser una preocupación; no habían localizado ni una gota de agua, por mucho que hubieran buscado. Eso los obligaba a depender de los extractores de aire. Nadia se encogió de hombros. Los extractores de aire eran bastante fuertes. Ella tenía que pensar ante todo en las cámaras subterráneas. Los nuevos ladrillos mejorados empezaban a salir, y habían puesto en marcha a los robots para que construyeran las paredes y los techos. La factoría de ladrillos llenaba pequeños vagones robot, que avanzaban como rovers de juguete a través de la planicie hasta las grúas en el emplazamiento; éstas sacaban los ladrillos uno a uno y los ponían sobre el mortero frío extendido por otro equipo de robots. El sistema funcionaba tan bien que pronto se convirtió en producción de ladrillos. Nadia se habría sentido complacida si hubiera tenido más fe en los robots. Parecían ir bien, pero sus experiencias en los años en la Novy Mir la habían vuelto precavida. Eran fantásticos si todo marchaba a la perfección, pero nunca nada salía a la perfección, y resultaba difícil programarlos; los algoritmos de decisión los hacían titubear, hasta el punto de que se detenían a cada momento, y a veces eran tan independientes que llegaban a actuar con una increíble estupidez, repitiendo un error mil veces y aumentando una pequeña equivocación hasta convertirla en una pifia gigantesca, como sucedía en la vida emocional de Maya. Obtenías lo que introducías en los robots, pero hasta los mejores eran idiotas absolutos.

Una noche Maya la importunó en el almacén de herramientas y le pidió que pasara a una frecuencia privada.

—Michel es un inútil —se quejó—. Me siento realmente mal y él sólo me mira como si quisiera lamerme la piel. Tú eres la única persona en que confío, Nadia. Ayer le dije a Frank que creía que John intentaba quitarle autoridad en Houston, pero que no le contara a nadie que yo así lo creía, y justo al día siguiente John me pregunta por qué creía que él estaba amenazando a Frank. ¡No hay nadie que escuche y tenga la boca cerrada!

Nadia asintió, poniendo los ojos en blanco. Por último dijo:

—Lo siento, Maya, tengo que ir a hablar con Hiroko sobre una filtración que no pueden localizar.

Golpeó ligeramente el visor del casco contra el de Maya —a modo de beso en la mejilla—, pasó a la frecuencia común y se retiró. Ya estaba harta. Era mucho más interesante hablar con Hiroko: conversaciones reales sobre problemas reales en el mundo real. Hiroko solicitaba ayuda casi todos los días, y a Nadia eso le gustaba, porque Hiroko era brillante, y desde el descenso parecía evidente que estimaba cada día más las habilidades de Nadia. Un respeto profesional mutuo, gran hacedor de amigos. Y era muy agradable hablar sólo de trabajo. Sellos herméticos, mecanismos de cierre, ingeniería térmica, polarización del vidrio, interfases granja-humanos (la charla de Hiroko siempre estaba unos pasos por delante del juego). Esos temas eran un gran alivio después de todas las conferencias emocionales de Maya, sesiones interminables acerca de quién le gustaba a Maya y quién no le gustaba a Maya, acerca de lo que Maya sentía por esto o aquello, y quién había herido sus sentimientos ese día… ¡Bah! Hiroko nunca parecía una extraña, excepto cuando decía algo que Nadia no sabía cómo interpretar: «Marte nos dirá qué quiere y luego nosotros tendremos que hacerlo». ¿Qué podías responder a algo así? Pero entonces Hiroko esbozaba una amplia sonrisa y se reía ante el encogimiento de hombros de Nadia.

Por la noche abundaban las charlas, vehementes, absorbentes, abiertas. Dmitri y Samantha estaban seguros de que pronto podrían introducir en el regolito microorganismos genéticamente diseñados, que sobrevivirían, pero primero tendrían que obtener la autorización de la UN. A la misma Nadia la idea le parecía alarmante; hacía que la ingeniería química de las factorías pareciera relativamente honesta. Más valía fabricar ladrillos que esos actos de creación peligrosos que proponía Samantha. Aunque los alquimistas también estaban haciendo algunas cosas bastante creativas. Casi a diario regresaban al parque de remolques con muestras de nuevos materiales: ácido sulfúrico, cementos de sorel para el mortero de las cámaras subterráneas, explosivos de nitrato de amonio, combustible de cianamida de calcio para los rovers, caucho de polisulfuro, hiperácidos basados en siliconas, agentes emulsionantes, una selección de probetas que contenían microelementos extraídos de las sales, y lo más nuevo: vidrio transparente. Esto último era un golpe maestro, ya que los intentos anteriores de fabricar vidrio sólo habían producido vidrio negro. Pero el truco había sido quitar el contenido de hierro a los extractos de silicato, y así una noche se sentaron en el remolque pasando de mano en mano pequeñas láminas ondulantes de vidrio, un vidrio de burbujas e irregularidades, como algo salido del siglo XVII.

Cuando la primera cámara estuvo enterrada y presurizada, Nadia la recorrió por dentro sin el casco, oliendo el aire. Se había presurizado a 450 milibares, igual que los cascos y el parque de remolques, con una mezcla de oxígeno-nitrógeno-argón, y con una temperatura de unos 15 grados centígrados. Era estupendo.

La cámara había sido dividida en dos pisos con un suelo de troncos de bambú empotrados en la pared de ladrillos, a dos metros y medio de altura. Los cilindros segmentados formaban un agradable techo verde, iluminado por unos tubos de neón que colgaban debajo. Junto a una de las paredes había una escalera de magnesio y bambú que conducía a través de un agujero a la planta de arriba. Subió para echar una ojeada. El bambú partido sobre los troncos formaba un suelo verde bastante liso. El techo era de ladrillos, abovedado y bajo. Aquí arriba colocarían los dormitorios y el cuarto de baño; en la planta baja estarían el salón y la cocina. Maya y Simón ya habían puesto unas cortinas de pared, fabricadas con el nailon de los paracaídas recuperados. No había ventanas; la iluminación sólo procedía de las luces de neón. A Nadia le disgustaba esto, y en el habitat más grande que ya estaba planificando habría ventanas en casi todos los cuartos. Pero lo primero era lo primero. De momento, esas cámaras sin ventanas eran lo mejor que podían hacer. Y al fin y al cabo un gran adelanto después del parque de remolques.

Al bajar por la escalera pasó los dedos por los ladrillos y el mortero. Eran ásperos, pero tibios al tacto, calentados por elementos instalados detrás. También había elementos de calefacción bajo el suelo. Se quitó los zapatos y los calcetines, deleitándose con el tacto de los ladrillos tibios y ásperos bajo los pies. Un cuarto maravilloso; y era también agradable pensar que habían venido a Marte y que allí habían construido hogares de ladrillos y bambú. Recordó las ruinas abovedadas que había visto años atrás en Creta, en un emplazamiento romano llamado Áptera: cisternas subterráneas de ladrillo, con bóvedas de cañón, enterradas en la ladera de una colina. Tenían casi el mismo tamaño que estas cámaras. Se desconocía su propósito exacto… almacenar aceite de oliva, decían algunos, pero habría sido una cantidad enorme de aceite. Aquellas cámaras subterráneas estaban intactas después de dos mil años, y en un país de terremotos. Mientras se calzaba de nuevo las botas, Nadia sonrió al pensarlo. Dentro de dos mil años, sus descendientes podrían caminar por esa cámara, sin duda un museo entonces, si es que aún existía… ¡la primera morada humana levantada en Marte! Y ella la había concebido. De pronto sintió los ojos de ese futuro sobre ella, y se estremeció. Eran como cromañones en una cueva y llevaban una vida que sin duda sería estudiada por los arqueólogos de generaciones venideras; gente como ella, que se haría preguntas y más preguntas y nunca llegaría a entenderlo del todo.

Transcurrió más tiempo y hubo más trabajo. Para Nadia fue como una ráfaga borrosa, siempre estaba ocupada. La construcción del interior de las bóvedas era difícil, y los robots no podían ayudar mucho con las cañerías, la calefacción, el intercambio gaseoso, las cocinas y las antecámaras. El equipo de Nadia disponía de todos los accesorios y herramientas, y podía trabajar en camiseta y pantalones cortos, pero aún así consumía una asombrosa cantidad de tiempo. ¡Trabajo, trabajo, trabajo, día tras día!

Una noche, justo antes de la puesta de sol, Nadia caminaba pesadamente por la tierra levantada hacia el parque de remolques, hambrienta, exhausta y totalmente relajada y tranquila. Aunque no podía descuidarse. La noche anterior se había hecho un desgarrón de un centímetro en el dorso de un guante; el frío en realidad no había sido demasiado intenso, unos 50 grados centígrados bajo cero, nada comparado con algunos días de invierno en Siberia… pero la baja presión del aire le había provocado un moretón en la piel, que luego había empezado a congelarse, lo que sin duda hizo que el moretón fuera más pequeño, pero también que curase más lentamente. En cualquier caso, había que cuidarse, pero era tan agradable tener los músculos cansados al final de un día de trabajo de construcción, con la luz rojiza del sol baja, cayendo oblicuamente sobre la planicie rocosa… y de pronto se dio cuenta de que era feliz. Justo en ese momento Arkadi llamó desde Fobos, y ella lo saludó con alegría.

—Me siento como un solo de Louis Armstrong de mil novecientos cuarenta y siete.

—¿Por qué mil novecientos cuarenta y siete? —preguntó él.

—Bueno, ése fue el año en que sonó más feliz. La mayor parte de su vida tuvo un tono de bordes ásperos, realmente hermoso, pero en mil novecientos cuarenta y siete fue aún más hermoso porque había en él esa alegría relajada y fluida que nunca antes se le había oído y nunca más se le oyó después.

—¿He de entender que ése fue para él un buen año?

—¡Oh, sí! ¡Un año increíble! Verás, después de veinte años de horribles grandes bandas, regresó a un pequeño grupo como los Hot Five, el grupo que dirigía de joven, y ahí estaban, las viejas canciones, incluso algunas de las viejas caras… y todo mejor que la primera vez, ya sabes, la tecnología de grabación, el dinero, el público, la banda, él mismo… Tuvo que ser como una fuente de la juventud, te lo aseguro.

—Tendrás que enviarme algunas grabaciones —dijo Arkadi. Trató de cantar—: I can’t give you anything but love, baby! —Fobos estaba subiendo en el horizonte, y él sólo había llamado para decir hola.— Así que éste es tu mil novecientos cuarenta y siete —comentó antes de cortar.

Nadia dejó a un lado las herramientas, cantando correctamente la canción. Y comprendió que Arkadi había dicho la verdad; le había pasado algo parecido a lo que le había pasado a Armstrong en 1947… porque a pesar de las condiciones de vida miserables, sus años de juventud en Siberia habían sido los más felices, de verdad. Y luego había soportado veinte años de cosmonáutica, burocracia, simulaciones y vida bajo el techo de unas grandes bandas… todo para llegar aquí. Y ahora, de pronto, de nuevo estaba al aire libre, construyendo cosas con las manos, operando maquinaria pesada, resolviendo problemas cien veces al día, igual que en Siberia pero mejor. ¡Era como el regreso de Satchmo!

Así que, cuando Hiroko vino y dijo: —Nadia, esta llave inglesa está absolutamente congelada en esta posición—. Nadia le cantó: That’s the only thing I’m thinking of… baby!, y agarró la llave inglesa, la golpeó contra la mesa como si fuera un martillo, hizo girar el tambor de regulación para mostrar que estaba desbloqueado, y se rió de la expresión de Hiroko.

—Es la solución del ingeniero —explicó, y se fue tarareando hasta la antecámara, pensando en lo graciosa que era Hiroko, una mujer que mantenía en la cabeza todo el ecosistema del grupo pero era incapaz de clavar un clavo.

Y aquella noche habló con Sax del trabajo del día, y habló con Spencer del vidrio, y en medio de esa conversación se desplomó en la litera y acomodó la cabeza sobre la almohada, sintiéndose totalmente voluptuosa, con el glorioso coro final de Ain’t Misbehavin, persiguiéndola hasta que se quedó dormida.

Pero las cosas cambian a medida que pasa el tiempo; nada dura, ni siquiera la piedra, ni siquiera la felicidad.

—¿Te das cuenta de que ya es ele ese uno setenta? —dijo Phyllis una noche—. ¿No aterrizamos en ele ese siete?

Así que ya llevaban en Marte medio año marciano. Phyllis estaba usando el calendario creado por los científicos; entre los colonos se estaba haciendo más popular que el sistema terrano. El año de Marte era de 668,6 días locales, y para saber en qué momento estaban en ese año largo hacía falta el calendario Ls. Según este sistema, la línea entre el Sol y Marte en su equinoccio septentrional de primavera era de 0°, y luego el año se dividía en 360°, de modo que Ls = 0°–90° era la primavera septentrional, 90°–180° el verano septentrional, 180°–270° el otoño, y 270°–360° (o 0° de nuevo) el invierno.

Esta situación tan sencilla se complicaba por la excentricidad de la órbita marciana, que es extrema según los estándares terranos, pues en el perihelio Marte se encuentra unos cuarenta y tres millones de kilómetros más cerca del Sol que en el afelio, y recibe entonces alrededor de cuarenta y cinco por ciento más de luz solar. Esta fluctuación hace que las estaciones meridionales y septentrionales sean bastante diferentes. El perihelio llega cada año en Ls=250°, a finales de la primavera meridional; de modo que las primaveras y veranos meridionales son mucho más calurosos que los septentrionales, con unas temperaturas máximas treinta grados más altas. Sin embargo, los otoños e inviernos meridionales son más fríos, ya que tienen lugar cerca del afelio… tanto más fríos porque el casquete polar meridional está compuesto en su mayor parte de dióxido de carbono, mientras que el septentrional es principalmente hielo de agua.

De modo que el sur era el hemisferio de los extremos, el norte el de la moderación. Y la excentricidad orbital provocaba otra particularidad notable: los planetas se mueven más rápido cuanto más cerca están del Sol, por lo que las estaciones en la proximidad del perihelio son más cortas que las próximas al afelio. Por ejemplo, el otoño septentrional de Marte dura 143 días, mientras que la primavera septentrional dura 194. ¡La primavera 51 días más larga que el otoño! Algunos afirmaron que sólo por eso valía la pena asentarse en el norte.

De cualquier manera, estaban en el norte, y había llegado el verano. Los días estaban alargándose y el trabajo progresaba. Alrededor de la base, las rodadas de los vehículos eran una red enmarañada. Habían pavimentado una carretera de cemento que iba a Chernobil, y la base misma era ya tan grande que se extendía desde el parque de remolques hacia el horizonte en todas direcciones: el cuartel de los alquimistas y la carretera a Chernobil hacia el este, el habitat permanente hacía el norte, la zona de almacenamiento y la granja al oeste y el centro biomédico hacia el sur.

Con el tiempo todo el mundo se mudó a las cámaras acabadas del habitat permanente. Las conferencias nocturnas allí se hicieron más breves y más rutinarias que en el parque de remolques, y hubo días en los que Nadia no recibió ningún pedido de ayuda. Había algunas personas a las que sólo veía de vez en cuando: el equipo de biomedicina en sus laboratorios, la unidad de prospección de Phyllis, incluso Ann. Una noche Ann se dejó caer en su cama, junto a la de Nadia, y la invitó a acompañarla en una expedición a Helles Chasma, a unos ciento treinta kilómetros al sudoeste. Era obvio que Ann quería mostrarle algo fuera del área de la base, pero Nadia declinó la invitación.

—Tengo mucho trabajo, ya sabes. —Al ver la decepción de Ann, añadió:— Quizá en el siguiente viaje.

Y entonces hubo que volver al trabajo en el interior de las cámaras, y en los exteriores de un ala nueva. Arkadi había sugerido que la línea de cámaras fuera la primera de cuatro más, distribuidas en un cuadrado, y Nadia iba a hacerlo; tal como señaló Arkadi, luego sería posible techar el espacio delimitado por el cuadrado.

—Ahí es donde serán realmente útiles las vigas de magnesio —dijo Nadia—. Si pudiéramos fabricar láminas de vidrio todavía más fuertes…

Habían acabado dos lados del cuadrado, doce cámaras totalmente terminadas, cuando Ann y su equipo regresaron de Helles. Todos pasaron aquella noche viendo las cintas de vídeo que mostraban a los rovers de la expedición avanzando por planicies rocosas; después, delante, apareció una abertura que ocupaba toda la pantalla, como si se estuvieran acercando al borde del mundo. Por último, unos pequeños riscos extraños de un metro de altura cerraron el paso a los rovers, y las imágenes empezaron a saltar cuando un explorador bajó del vehículo y caminó con la cámara del casco encendida.

Entonces, bruscamente, pasaron a una imagen tomada desde el borde, una toma panorámica de ciento ochenta grados de un cañón; parecía mucho más grande que los hoyos de Ganges Catena, lo que era difícil de creer. Los muros del extremo más alejado del abismo apenas se divisaban en el lejano horizonte. De hecho, podían ver muros todo alrededor, pues Helles era un abismo casi cerrado, una elipse hundida de unos doscientos kilómetros de largo y cien de ancho. El grupo de Ann había llegado al borde norte a última hora de la tarde, y la curva oriental de la pared era claramente visible, inundada por la luz crepuscular; lejos, hacia el oeste, el muro se extendía como una marca oscura y baja. El fondo del abismo era casi todo llano, con una depresión en el centro.

—Si pudiéramos hacer flotar una cúpula sobre la sima —dijo Ann—, tendríamos un hermoso y gran recinto cerrado.

—Estás hablando de cúpulas milagrosas, Ann —comentó Sax—. Eso tiene unos diez mil kilómetros cuadrados.

—Bueno, sería un recinto cerrado bien grande. Y entonces podrías dejar en paz el resto del planeta.

—El peso de una cúpula haría que los muros del cañón se desplomaran.

—Por eso dije que tendríamos que hacerla flotar. Sax sacudió la cabeza.

—No es más exótico que ese ascensor espacial del que hablas.

—Quiero vivir en una casa justo donde grabaron este vídeo —interrumpió Nadia—. ¡Qué vista!

—Espera a que subas a uno de los volcanes de Tharsis —dijo Ann, irritada—. Entonces sí que tendrás una buena vista.

Últimamente menudeaban las pequeñas disputas de este género. A Nadia le recordaban los últimos meses en el Ares. Otro ejemplo: Arkadi y su equipo enviaron vídeos de Fobos, con el comentario de Arkadi. «El impacto Stickney casi desintegró esta roca, y es condrítica, casi veinte por ciento agua, así que un montón de agua se sublimó en el momento del impacto y llenó el sistema de grietas y se congeló en todo un sistema de venas de hielo.» Un material fascinante, pero lo único que consiguió fue que Ann y Phyllis, sus dos brillantes geólogas, discutieran sobre si eso explicaba realmente la presencia de hielo en Fobos. Phyllis incluso sugirió que bajaran agua desde Fobos, lo que era una tontería, aun cuando los suministros escasearan y la demanda aumentase. Chernobil consumía un montón de agua, y los granjeros querían instalar un pequeño pantano bioesférico, y Nadia quería construir un complejo de natación en una de las bóvedas, incluyendo una piscina con olas artificiales, tres baños de hidromasaje y una sauna. Cada noche la gente le preguntaba cómo marchaba el proyecto, ya que todo el mundo estaba harto de lavarse con esponjas y de no poder librarse del polvo, y de no llegar nunca a entrar en calor. Querían un baño… en sus viejos y acuáticos intelectos de delfines, por debajo de sus cerebros, allí donde los deseos eran primarios y feroces, querían volver al agua.

Así que necesitaban más agua, pero las exploraciones sísmicas no habían encontrado ninguna señal de acuíferos subterráneos, y Ann creía que no había ninguno en aquella región. Tenían que seguir dependiendo de los extractores de aire, o arañar regolito y cargarlo en las destilerías de tierra-agua. Pero a Nadia no le gustaba hacer trabajar en exceso a las destilerías, ya que habían sido fabricadas por un consorcio francés— húngaro-chino, y era seguro que se agotarían si se las empleaba para el trabajo pesado.

Pero así transcurría la vida en Marte; era un lugar seco. Shikata ga nai.

—Siempre hay opciones —replicó Phyllis.

Había sugerido que llenaran vehículos de descenso con hielo de Fobos y los bajaran a Marte. Pero Ann consideraba que era un despilfarro ridículo de energía, y la discusión empezó de nuevo.

Resultaba especialmente irritante para Nadia porque ella misma estaba de tan buen humor. No veía ninguna razón para pelearse, y le preocupaba que los otros no sintieran lo mismo. ¿Por qué la dinámica de un grupo fluctuaba tanto? Allí estaba, en Marte, donde las estaciones eran el doble de largas que las de la Tierra y cada día cuarenta minutos más largo: ¿por qué la gente no podía relajarse? Nadia tenía la sensación de que había tiempo de sobra para hacer las cosas, aunque ella siempre estuviera ocupada, y los treinta y nueve minutos y medio adicionales eran con toda probabilidad el componente más importante de esa sensación; los biorritmos circadianos humanos habían sido establecidos a lo largo de millones de años, y ahora, de pronto, disponer de minutos extra de día y de noche, día tras día, noche tras noche… no cabía duda de que tenía sus efectos. Nadia estaba segura, porque a pesar del ritmo febril del trabajo cotidiano y que por las noches estaba tan fatigada que perdía el conocimiento, siempre se despertaba descansada. Esa extraña pausa en los relojes digitales, cuando a medianoche los números llegaban a las 00:00:00 y de repente se detenían, y el tiempo no marcado pasaba, pasaba, pasaba, a veces en verdad parecía que durante un tiempo muy largo; y entonces saltaban a las 00:00:01, y comenzaban el habitual e inexorable parpadeo… bueno, el lapso marciano era algo especial. A menudo Nadia lo experimentaba durmiendo, como la mayoría. Pero Hiroko cantaba un salmo durante ese intervalo cuando estaba despierta, y ella y el equipo de granja, y muchos de los demás, y en las fiestas nocturnas de los sábados lo cantaban durante el lapso… algo en japonés, Nadia nunca averiguó qué era, aunque a veces también ella lo tarareaba, sentada mientras disfrutaba de la cámara subterránea y de sus amigos.

Pero una noche de sábado mientras estaba sentada allí, casi comatosa, se le acercó Maya y se sentó muy cerca de ella para charlar. Maya con su hermoso rostro, siempre bien acicalado, siempre a la última moda en chicamost, incluso con sus monos de trabajo de cada día; y ahora parecía angustiada.

—Nadia, por favor, por favor, tienes que ayudarme.

—¿Qué?

—Necesito que le digas algo a Frank.

—¿Por qué no se lo dices tú?

—¡No puedo dejar que John nos vea hablando! He de hacerle llegar un mensaje, y por favor, Nadejda Francine, tú eres mi único medio. — Nadia emitió un sonido de disgusto.— Por favor.

Era sorprendente lo mucho que Nadia habría preferido estar charlando con Ann, o Samantha, o Arkadi. ¡Ojalá Arkadi bajara de Fobos! Pero Maya era su amiga. Y tenía una expresión desesperada en la cara. Nadia no podía soportarlo.

—¿Qué mensaje?

—Dile que me encontraré con él esta noche en la zona de almacenaje —dijo Maya imperiosamente—. A medianoche. Para hablar. Nadia suspiró. Pero luego se acercó a Frank y le transmitió el mensaje. Él asintió sin mirarla a los ojos, avergonzado, desdichado, sombrío.

Unos días más tarde, Nadia y Maya estaban limpiando el suelo de ladrillo de la cámara que aún no habían presurizado, y la curiosidad dominó a Nadia; rompió el silencio habitual y le preguntó a Maya qué estaba pasando.

—Bueno, se trata de John y de Frank —contestó Maya con tono quejumbroso—. Son muy competitivos. Son como hermanos, y hay celos entre ellos. John vino antes a Marte, y después le permitieron volver, y Frank no cree que fuera justo. Frank trabajó mucho en Washington buscando fondos para la colonia, y piensa que John siempre se ha aprovechado, y ahora… bueno. John y yo estamos bien juntos, me gusta. Con él es fácil. Fácil, pero quizá un poco… no lo sé. No aburrido. Pero no excitante. Le gusta pasear, estar con el equipo de la granja. ¡No le gusta hablar! Pero con Frank podríamos hablar toda una eternidad. Discutir una eternidad, tal vez, ¡pero por lo menos estaríamos hablando! Ya sabes, tuvimos una breve relación en el Ares, al principio, y no funcionó, aunque él aún piensa que podría salir bien.

¿Por qué iba a pensarlo?, articuló Nadia en silencio.

—Así que sigue intentando convencerme de que deje a John y me quede con él, y John sospecha que es eso lo que hace, y los dos están muy celosos. Yo sólo intento evitar que se agarren por el cuello, nada más.

Nadia había decidido no volver a preguntar sobre el tema. Pero ahora a pesar de sí misma se encontraba involucrada. Maya se le acercaba continuamente y le pedía que le transmitiera mensajes a Frank.

«¡No soy una mensajera!», protestaba Nadia, pero no dejaba de hacerlo, y en una o dos ocasiones mantuvo largas conversaciones con Frank, sobre Maya, por supuesto; quién era, cómo era, por qué actuaba cómo lo hacía.

—Mira —le dijo—, no puedo hablar por Maya. No sé por qué hace lo que hace, tendrás que preguntárselo tú mismo. Pero puedo decirte que viene de la vieja cultura del Soviet de Moscú, universidad y Partido Comunista tanto por su madre como por su abuela. Y los hombres eran los enemigos para la babushka de Maya, y también para su madre, que era una matrioshka. La madre de Maya solía decirle: «Las mujeres son las raíces, los hombres sólo son las hojas». Hubo toda una cultura de desconfianza, manipulación, miedo. De ahí es de donde viene Maya. Y al mismo tiempo tenemos esa tradición de amicochonstuo, una especie de amistad profunda en la que te enteras de los detalles más insignificantes de la vida de tu amigo, en cierto modo cada uno invade la vida del otro, y desde luego eso es insostenible y tiene que terminar, casi siempre mal.

—Frank asentía ante esa descripción, reconociendo algunas verdades. Nadia suspiró y continuó:— Ésas son las amistades que conducen al amor, y luego el amor tiene el mismo problema, sólo que aumentado, en especial con todo ese miedo que yace en el fondo.

Y Frank, alto, oscuro, y de algún modo atractivo, cargado de poder, girando movido por su propia dinamo, el político norteamericano, colgado ahora del dedo de una neurótica beldad rusa. Frank asintió con humildad y le dio las gracias, con expresión de desaliento. Y bien que podía tenerla.

Nadia hizo lo posible para dejar de lado esas cosas. Pero parecía que también todo lo demás se había vuelto problemático. Vlad nunca había aprobado el tiempo que pasaban en la superficie, y un día dijo:

—Tenemos que pasar la mayor parte del tiempo bajo la colina, y también enterrar la mayoría de los laboratorios. Él trabajo en el exterior tendría que restringirse a una hora temprano por la mañana y otra a la caída de la tarde, cuando el sol está bajo.

—Que me cuelguen si voy a quedarme encerrada todo el día —dijo Ann, y muchos estuvieron de acuerdo.

—Tenemos mucho trabajo pendiente —señaló Frank.

—Pero la mayor parte puede hacerse por teleoperación —repuso Vlad—. Y así debería ser. Lo que estamos haciendo equivale a quedarse a diez kilómetros de una explosión atómica…

—¿Y? —preguntó Ann—. Los soldados lo hacían…

—…cada seis meses —Vlad terminó la frase por ella, y la miró fijamente.— ¿Lo harías tú?

Hasta Ann se mostró apaciguada. No había capa de ozono, ningún campo magnético del que valiera la pena hablar; la radiación los freía casi con tanta severidad como si estuvieran en el espacio interplanetario, a un ritmo anual de 10 rem.

Y así Frank y Maya les ordenaron que racionaran el tiempo que pasaban fuera. Había un montón de trabajo interior que hacer bajo la colina para acabar la última hilera de cámaras; y era posible excavar algunos sótanos debajo, lo que les proporcionaría un poco más de espacio protegido de la radiación. Muchos de los tractores estaban equipados para ser teleoperados desde puestos interiores; los algoritmos de decisión se ocupaban de los detalles mientras los operadores humanos observaban abajo las pantallas. Así que podía hacerse; pero nadie quería esa vida. Hasta Sax Russell, a quien le gustaba trabajar en el interior, se mostró un poco perplejo. Por las noches algunos empezaron a argumentar a favor de una terraformación inmediata y plantearon la cuestión con renovada intensidad.

—Ésa no es una decisión que podamos tomar nosotros —dijo Frank con aspereza—. Depende de la UN. Además, se trata de una solución a largo plazo, en el mejor de los casos en un margen de siglos. ¡No perdamos el tiempo!

—Es verdad —dijo Ann—, pero yo tampoco quiero perder mi tiempo aquí abajo en estas cuevas. Tendríamos que llevar nuestras vidas como quisiéramos. Somos demasiado viejos para preocuparnos por la radiación.

Otra vez discusiones, discusiones que hicieron que Nadia se sintiera como si hubiera salido flotando de una buena y sólida roca terrestre y hubiera vuelto a la tensa realidad ingrávida del Ares. Críticas, quejas, disputas… hasta que la gente se aburría, o se cansaba, y se iba a dormir. Siempre que se iniciaba una discusión, Nadia se iba de la sala en busca de Hiroko y la oportunidad de debatir algo concreto. Pero era difícil eludir esas cuestiones, dejar de pensar en ellas.

Una noche Maya fue a verla llorando. Había espacio en el habitat permanente para tener una conversación privada, y Nadia la acompañó a la esquina nordeste, donde aún trabajaban en las cámaras subterráneas, y se sentó junto a ella, temblando de frío y escuchándola, y en ocasiones pasándole un brazo por los hombros.

—Mira —dijo Nadia en cierto momento—, ¿por qué no decides de una vez? ¿Por qué permites que se enfrenten entre ellos?

—¡Pero si lo he decidido! Es a John a quien amo, siempre ha sido John. Pero él me ha visto hablar con Frank y cree que lo he traicionado.

¡Realmente una reacción muy mezquina! Son como hermanos, compiten en todo, ¡y esta vez se trata de un error!

Y entonces John se plantó delante de ellas. Nadia se levantó para irse, pero él no pareció notarlo.

—Mira —le dijo a Maya—, lo siento, pero es inevitable. Hemos terminado.

—No hemos terminado —dijo Maya, recobrando al instante la serenidad—. Te quiero.

La sonrisa de John fue triste.

—Sí. Y yo te quiero a ti. Pero me gustan las cosas sencillas.

—¡Son sencillas!

—No, no lo son. Quiero decir, puedes estar enamorada de más de una persona al mismo tiempo. Cualquiera puede, así es la vida. Pero sólo puedes ser leal a una. Y yo quiero… quiero ser leal. A alguien que me sea leal. Es sencillo, pero…

Sacudió la cabeza; no fue capaz de terminar la frase. Regresó a la fila oriental de cámaras y desapareció por una puerta.

—Norteamericanos —dijo Maya con rabia—. ¡Jodidos niños! Atravesó la puerta detrás de él.

Pero volvió pronto. Él se había refugiado con un grupo en una de las salas, y no salió.

—Estoy cansada —intentó decir Nadia, pero Maya hizo oídos sordos:

se sentía cada vez más perturbada.

Hablaron durante más de una hora, una y otra vez. Por fin Nadia aceptó ir a ver a John y pedirle que viniera a ver a Maya para discutirlo. Atravesó lúgubremente las cámaras, sin prestar atención a los ladrillos ni a las coloridas cortinas de nailon. La mensajera en la que nadie reparaba.

¿No podían conseguir robots para todo esto? Localizó a John, que se disculpó por no haberla atendido antes.

—Estaba muy alterado, lo siento. Imaginé que de todos modos te enterarías de todo más tarde. Nadia se encogió de hombros.

—No importa. Pero, mira, tienes que hablarle. Así es como funcionan las cosas con Maya. Hablamos, hablamos, hablamos; si haces un trato para iniciar una relación, entras en ella hablando y sales de ella hablando. Si no, a la larga será peor para ti, créeme.

Eso lo convenció. Tranquilizado, fue en busca de Maya. Nadia se fue a dormir.

Al día siguiente estaba fuera, trabajando tarde en una zanjadora. Era el tercer trabajo del día, y el segundo había sido problemático; Samantha había intentado cargar la pala de una excavadora mientras giraba, y el aparato había caído hacia adelante, doblando las bielas de los elevadores de la pala, sacándolas de las cajas y derramando fluido hidráulico por el suelo, donde se congeló aun antes de haberse extendido. Se habían visto obligados a meter unos gatos bajo la parte trasera del tractor, y luego a desacoplar todo el accesorio de la pala y bajar el vehículo sobre los gatos, y cada paso de la operación había sido trabajoso.

Luego, tan pronto como terminaron, habían llamado a Nadia para que ayudara con una máquina perforadora Sandvik Tubex, que usaban para abrir agujeros revestidos a través de unas piedras grandes; se habían topado con el problema mientras tendían una tubería de agua desde el habitat de los alquimistas al permanente. Al parecer el martillo neumático de perforación se había congelado, de una punta a otra, y estaba tan atascado como una flecha clavada profundamente en el tronco de un árbol. Nadia se quedó mirando el brazo del martillo.

—¿Tienes alguna sugerencia para liberar el martillo sin romperlo? —preguntó Spencer.

—Romped la piedra —dijo Nadia fatigada, y fue a subirse a un tractor acoplado a una retroexcavadora.

Se acercó, excavó hasta llegar a la parte superior de la piedra y se agachó para fijar a la retroexcavadora un martillo hidráulico Allied. Acababa de ponerlo justo encima de la piedra cuando, de pronto, el martillo de perforación echó hacia atrás el taladro con un movimiento brusco, arrastrando consigo la piedra y atrapándole el costado de la mano izquierda contra la parte baja del Allied Hy-Ram.

Instintivamente ella tiró hacia atrás, y el dolor lacerante le subió por el brazo y le entró en el pecho. El fuego le corrió por el costado y lo vio todo blanco. Oyó unos gritos.

—¿Qué va mal? ¿Qué ha sucedido? Quizá había gritado.

—Socorro —rechinó.

Estaba sentada, la mano aplastada aún sujeta entre la roca y el martillo. Empujó la rueda frontal del tractor con el pie, empujó con todas sus fuerzas y sintió que el martillo le raspaba los huesos sobre la roca. Luego cayó de espaldas, la mano libre. El dolor la cegaba, sintió el estómago revuelto y pensó que se desmayaría. Ayudándose con la mano sana, se puso de rodillas y vio la mano aplastada cubierta de sangre; el guante estaba desgarrado, el dedo meñique en apariencia perdido. Gimió y se encorvó sobre la mano, la apretó contra ella, y después la apoyó con fuerza en el suelo, sin hacer caso del relámpago de dolor. A pesar de lo que sangraba, la mano se congelaría en… ¿cuánto tiempo?

—Congélate, maldita sea, congélate —gritó.

Se sacudió las lágrimas de los ojos y se obligó a mirar. La sangre cubría la herida, humeando. Empujó la mano contra el suelo todo lo que fue capaz de soportar. Ya dolía menos. Pronto se entumecería, ¡tendría que cuidar que no se le congelara toda! Asustada, recogió la mano; en ese momento todos la rodearon, alzándola, y ella se desmayó.

Después de ese incidente quedó mutilada, Nadia Nuevededos, la llamó Arkadi por teléfono. Le envió versos de Yevtushenko, escritos para llorar la muerte de Louis Armstrong: «Haz como hiciste en el pasado, y toca».

—¿Cómo los encontraste? —le preguntó Nadia—. No te imagino leyendo a Yevtushenko.

—¡Por supuesto que lo leo, es mejor que McGonagall! No, estos versos aparecían en un libro sobre Armstrong. He seguido tu consejo y lo he estado escuchando mientras trabajaba, y últimamente he leído algunos libros sobre él por la noche.

—Me gustaría que bajaras aquí —dijo Nadia.

Vlad la había operado. Le dijo que se pondría bien.

—Fue un corte limpio. El dedo anular está un poco dañado, y es probable que se comporte un poco como antes el meñique. Pero, en cualquier caso, los dedos anulares nunca hacen gran cosa. Los dos dedos mayores seguirán tan fuertes como siempre.

Todos fueron a visitarla. No obstante, habló con Arkadi más que con nadie, en las horas nocturnas cuando estaba sola, en las cuatro horas y media entre la salida de Fobos por el oeste y su puesta por el este. Al principio, él llamaba casi todas las noches, y después lo hizo a menudo.

Muy pronto ella estuvo de nuevo en pie, la mano en una escayola sospechosamente ligera. Salía a localizar averías y a dar consejos, con la esperanza de mantener la mente ocupada. Michel Duvat nunca fue a verla, lo que le pareció extraño. ¿No era para eso para lo que estaban los psicólogos? No podía evitar sentirse deprimida; necesitaba las manos para su trabajo, era una trabajadora manual. La escayola le estorbaba y cortó la parte alrededor de la muñeca con unas cizallas. Pero cuando salía tenía que mantener en una caja la mano y la escayola, y no había mucho que pudiera hacer. Era en verdad deprimente.

Llegó la noche del sábado y se sentó en el recién preparado baño de hidromasaje, bebiendo una copa de mal vino y mirando a sus compañeros de alrededor, que chapoteaban y se remojaban en trajes de baño. Ella no era la única que había resultado herida, en absoluto; ahora todos estaban un poco estropeados, después de tantos meses de trabajo físico. Casi todo el mundo tenía marcas de quemaduras por congelación, trozos de piel negra que con el tiempo se caían y dejaban al descubierto una piel nueva y rosada, chillona y fea por el calor de las piscinas. Y varios llevaban escayolas: en las manos, las muñecas, los brazos, incluso en las piernas; todos por roturas o luxaciones. En realidad tenían suerte de que aún no se hubiera matado nadie.

Todos esos cuerpos, y ninguno para ella. Se conocían como si fueran una familia, pensó; todos eran médicos de todos, dormían en los mismos cuartos, se vestían en las mismas antecámaras, se bañaban juntos; un grupo corriente de animales humanos, que llamaba la atención en el mundo inerte que ocupaban, aunque eran más reconfortantes que excitantes, por lo menos la mayor parte del tiempo. Cuerpos de mediana edad. La misma Nadia era tan redonda como una calabaza, una mujer rolliza y baja. Y sola. No tenía ahora otro amigo íntimo que esa voz que le hablaba al oído, una cara en la pantalla. Cuando bajara desde Fobos… bueno, era difícil de decir. Él había tenido un montón de amantes en el Ares, y Janet Blyleven había ido a Fobos para estar con él…

La gente estaba discutiendo de nuevo, allí en el agua poco profunda de la piscina de olas artificiales. Ann, alta y angulosa, se agachaba para espetarle algo a Sax Russell, bajo y fofo. Como de costumbre, él no parecía estar escuchando. Si no se andaba con cuidado, algún día ella le daría una bofetada. Era extraño cómo el grupo volvía a cambiar, cómo cambiaba la sensación que transmitía. Ella nunca podría comprenderlo; la naturaleza real del grupo era una cosa aparte, con una vida propia, de algún modo diferenciada de las personalidades de los individuos. El trabajo de Michel como psiquiatra era por lo tanto casi imposible. No es que uno pudiera deducirlo por Michel mismo; era el psiquiatra más silencioso y discreto que había conocido nunca. Sin duda una ventaja entre esa multitud de ateos de la psiquiatría. Pero ella todavía consideraba extraño que no hubiera ido a verla después del accidente.

Una noche abandonó la sala del comedor y caminó hasta el túnel que uniría las cámaras subterráneas con el complejo de la granja, y allí al final del túnel estaban Maya y Frank, discutiendo en un tono bajo y feroz; no se oía lo que decían, pero los sentimientos de ambos eran claros: la cara de Frank estaba contraída de furia, y la de Maya, que se volvía en ese momento, estaba angustiada, lloraba; se volvió hacia él de nuevo y le gritó: «Nunca fue así», y luego corrió ciegamente hacia Nadia, la boca torcida en una mueca de ira, el rostro de Frank una máscara de dolor.

Maya la vio allí de pie y pasó corriendo a su lado.

Sobresaltada, Nadia dio media vuelta y regresó a las salas de residencia. Subió por las escaleras de magnesio al salón de la cámara dos y encendió el televisor para ver un programa de veinticuatro horas de noticias terranas, algo que rara vez hacía. Después de un rato cortó el sonido y se quedó mirando la disposición de los ladrillos en el techo abovedado. Maya entró y empezó a explicarle cosas: no había nada entre ella y Frank, sólo eran imaginaciones de él, ni siquiera reconocía que desde el principio no había sido nada; ella sólo quería a John, y no era culpa suya que John y Frank ahora se llevaran tan mal; todo era obra del deseo irracional de Frank, pero ella se sentía muy culpable porque en una ocasión los dos habían sido íntimos amigos, como hermanos.

Y Nadia escuchó con una cuidada exhibición de paciencia, diciendo: Da, da, da, y «Comprendo», y cosas por el estilo de vez en cuando, hasta que Maya se encontró de espaldas en el suelo, llorando, y Nadia se quedó sentada en el borde de una silla, mirándola fijamente, preguntándose cuánto de aquello era verdad. Y sobre qué había tratado en realidad la discusión. Y si era una mala amiga por desconfiar hasta ese punto de la historia de su vieja compañera. Pero, de algún modo, sintió que toda la escena no era más que Maya cubriendo su propio rastro, manipulando de nuevo. Sólo era eso: aquellas dos caras angustiadas que había visto al final del túnel habían sido la prueba más clara posible de una pelea entre enamorados. Así que la explicación de Maya no era otra cosa que una mentira. Nadia le dijo algo tranquilizador y se fue a la cama, pensando: ya me has quitado demasiado de mi tiempo, energía y concentración con estos juegos, tus juegos me han costado un dedo, ¡zorra!

Era un año nuevo, que se acercaba al final de la larga primavera septentrional, y aún no habían conseguido un buen suministro de agua, así que Ann propuso ir en expedición hasta el casquete e instalar una destilería robot, al tiempo que establecían una ruta que los rovers pudieran seguir en piloto automático.

—Ven con nosotros —le dijo a Nadia—. Aún no has visto nada del planeta, sólo la extensión que va de aquí a Ganges, y ahora no haces nada nuevo. De verdad, Nadia, no puedo creerme lo esclavizada que has estado. Quiero decir, después de todo ¿por qué viniste a Marte?

—¿Por qué?

—Sí, ¿por qué? Aquí hay dos clases de actividad: la exploración de Marte y el soporte vital para esa exploración. ¡Y tú has estado completamente inmersa en el soporte vital, sin prestar la menor atención al principal motivo que nos trajo aquí!

—Bueno, es lo que me gusta hacer —repuso Nadia, incómoda.

—Perfecto, ¡pero trata de mantener cierta perspectiva! ¡Qué demonios, podrías haberte quedado en la Tierra! ¡No tenías que recorrer esta distancia para manejar un maldito bulldozer! ¿Cuánto tiempo vas a seguir afanándote aquí, instalando cuartos de baño, programando tractores?

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Nadia, pensando en Maya y en todos los demás. Al fin y al cabo, el cuadrado de cámaras subterráneas estaba casi concluido—. Me vendrían muy bien unas vacaciones.

Partieron en tres grandes rovers de larga distancia: Nadia y cinco de los geólogos, Ann, Simón Frazier, George Berkovic, Phyllis Boyle y Edvard Perrin. George y Edvard habían sido amigos de Phyllis en la época en la NASA, y apoyaban los «estudios geológicos aplicados» que ella defendía, lo que significaba prospección de metales raros. Simón en cambio era un silencioso aliado de Ann, entregado a la investigación pura y a la política de no intervención. Nadia lo sabía a pesar de que no había pasado con ellos mucho tiempo a solas. Pero los chismes eran los chismes: si hubiera tenido que hacerlo, podría haber nombrado todas las alianzas de cada uno en la base.

Los rovers de la expedición estaban compuestos de dos módulos de cuatro ruedas, acoplados por una estructura flexible; se parecían un poco a hormigas gigantes. Los había construido Rolls-Royce y un consorcio aeroespacial multinacional, y tenían un hermoso acabado de color verde. Los módulos delanteros albergaban los alojamientos y tenían ventanillas entintadas en los cuatro lados; los de popa albergaban los depósitos de combustible y varios paneles solares negros rotatorios. Las ocho ruedas de tela metálica tenían dos metros y medio de altura y eran muy anchas.

Mientras avanzaban hacia el norte a través de Lunae Planum marcaron la ruta con pequeños radiofaros verdes, dejando caer uno cada pocos kilómetros. También despejaron el sendero de rocas que pudieran estorbar a un rover robotizado, usando el quitanieves o la pequeña grúa que el primer rover llevaba delante. De modo que, en realidad, estaban construyendo una carretera. Pero en Lunae apenas tuvieron que emplear el equipo; viajaron hacia el nordeste casi a la velocidad máxima, que eran treinta kilómetros por hora, durante varios días seguidos. Se dirigían al nordeste para evitar el sistema de cañones de Tempe y Mareotis, y esa ruta los llevó cuesta abajo por Lunae hasta la larga pendiente de Chryse Planitia. Ambas regiones se parecían mucho al terreno que rodeaba el campamento base, plagadas de baches y salpicadas de rocas pequeñas; pero como iban pendiente abajo a menudo disfrutaban de un panorama mucho más extenso que el de la colonia. Era un placer nuevo para Nadia, marchar y marchar y ver nuevos paisajes apareciendo inesperadamente sobre el horizonte: montes, declives, piedras enormes y aisladas, la ocasional mesa redonda y baja que era el exterior de un cráter.

Cuando hubieron descendido a las tierras bajas del hemisferio septentrional, dieron media vuelta y fueron hacia el norte a través de la inmensa Acidalia Planitia, y de nuevo marcharon durante varios días seguidos. Las marcas de las ruedas se extendían tras ellos como las huellas de una cortadora de césped, y los radiofaros centelleaban brillantes e incongruentes entre las rocas. Phyllis, Edvard y George hablaron de hacer algunos otros viajes para investigar lo que se había visto en unas fotografías de satélite: indicios de inusuales afloramientos minerales cerca del Cráter Perepelkin. Ann les recordó con irritación la misión que se les había encomendado. Entristeció a Nadia ver que Ann estaba casi tan distante y tensa allí fuera como en la base; siempre que los rovers se detenían ella se apeaba y caminaba sola por los alrededores, y se mostraba taciturna cuando se sentaban a cenar juntos en el Rover Uno. En ocasiones Nadia intentaba sacarla de su estado.

—Ann, ¿cómo llegaron a diseminarse de ese modo todas esas rocas?

—Meteoritos.

—Pero ¿dónde están los cráteres?

—La mayoría en el sur.

—Entonces, ¿cómo llegaron las rocas hasta aquí?

—Volaron. Ésa es la razón por la que son tan pequeñas. Sólo las rocas pequeñas podrían ser arrojadas tan lejos.

—Pero me habías dicho que estas planicies septentrionales eran relativamente nuevas, mientras que la formación de cráteres era relativamente antigua.

—Así es. Las rocas que ves aquí proceden de meteoritos tardíos. La acumulación total de rocas sueltas procedentes de impactos de meteoritos es mucho mayor de lo que aquí vemos, y eso es lo que constituye el regolito corriente. Y el regolito alcanza un kilómetro de profundidad.

—Es difícil de creer —dijo Nadia—. Quiero decir, significa muchísimos meteoritos.

Ann asintió.

—Son miles de millones de años. Ésa es la diferencia entre aquí y la Tierra, la edad del suelo va de millones de años a miles de millones. Es una diferencia que es difícil de imaginar. Pero ver cosas como ésta ayuda.

A mitad de camino del cruce de Acidalia empezaron a encontrarse con cañones largos, rectos, de muros verticales y fondos llanos. Parecían, tal como apuntó George en más de una ocasión, los lechos secos de los legendarios canales. El nombre geológico trafossae, y aparecían en grupos. Hasta los más pequeños eran infranqueables para los rovers, y cuando llegaban a uno tenían que desviarse y marchar a lo largo del borde, hasta que el suelo se elevaba o los muros se unían y de nuevo podían continuar hacia el norte por la planicie llana.

El horizonte que se extendía delante se encontraba a veces a veinte kilómetros, a veces a tres. Los cráteres empezaron a ser raros, y aquellos por los que pasaban estaban rodeados de montículos bajos que descendían desde los bordes: cráteres líquidos, donde los meteoritos habían caído sobre el permafrost, convirtiéndolo en barro caliente. Los compañeros de Nadia se quedaron un día vagando afanosamente por los montículos desperdigados alrededor de uno de los cráteres. Las laderas redondeadas, dijo Phyllis, indicaban agua antigua con tanta claridad como las fibras de la madera petrificada indicaban el árbol original. Por el modo en que hablaba, Nadia comprendió que ésta era otra de sus discrepancias con Ann; Phyllis creía en el modelo del pasado remoto húmedo, Ann en el pasado reciente húmedo. O algo semejante. La ciencia era muchas cosas, pensó Nadia, incluyendo un arma con la que golpear a otros científicos.

Más al norte, alrededor de la latitud 54o, entraron en la extraña zona de los termokarsts, un terreno de montes salpicado por abismos ovales y escarpados llamados dolinas. Estos dolinas eran cien veces más grandes que sus análogos terranos, la mayoría de dos o tres kilómetros de ancho y de unos sesenta de profundidad. Un claro vestigio de permafrost, acordaron todos los geólogos; la congelación y descongelación estacional del suelo hizo que se hundiera según este patrón. Unos abismos tan grandes indicaban que el contenido de agua debía de haber sido alto, dijo Phyllis. A menos que fuera otra manifestación de las escalas de tiempo marcianas, repuso Ann. Un suelo ligeramente helado que se iba hundiendo muy poco a poco, durante eones.

Irritada, Phyllis sugirió que intentaran recoger agua del suelo, e irritada Ann aceptó. Encontraron una pendiente suave entre unas depresiones y se detuvieron para instalar un colector de agua. Nadia se encargó de la operación con una sensación de alivio; la falta de trabajo en el viaje había empezado a afectarla. Trabajó un día entero: excavó una zanja de diez metros de largo con la pequeña retroexcavadora del rover de cabeza; tendió la galería recolectora lateral, una tubería de acero inoxidable perforada y rellenada con grava; comprobó los elementos eléctricos de calor que corrían en franjas a lo largo de la tubería y los filtros; luego rellenó la zanja con la arcilla y las rocas que habían extraído antes.

En el extremo inferior de la galería había un colector y una bomba de agua; una cañería de transporte conducía a un tanque pequeño. Las baterías darían energía a los elementos térmicos, y los paneles solares cargarían las baterías. Cuando el tanque estuviera lleno, si había suficiente agua para llenarlo, la bomba se cerraría, y se abriría una válvula solenoide, permitiendo que el agua de la cañería de transporte volviera a la galería; después se desconectarían los termoelementos.

—Casi listo —declaró Nadia a última hora del día, mientras fijaba la cañería en el último poste de magnesio. Tenía las manos peligrosamente frías, y la mano mutilada le palpitaba—. Quizá alguien podría preparar la cena —concluyó.

La cañería de transporte tenía que ser metida en un cilindro grueso de espuma de poliuretano y luego empotrada en una tubería protectora mayor. Era asombroso cómo el aislamiento complicaba la simple operación de instalar unos tubos.

Tuerca hexagonal, arandela, pasador de chaveta, un firme tirón de la llave. Nadia recorrió la tubería, comprobando las abrazaderas de unión de los empalmes. Todo seguro. Llevó sus herramientas al Rover Uno, miró atrás el resultado del trabajo del día: un tanque, una cañería corta apoyada sobre postes, una caja en el suelo, un montículo largo y bajo de tierra removida que subía colina arriba, un suelo accidentado, aunque por lo demás nada inusual en este mundo de montones de rocas.

—Beberemos un poco de agua fresca cuando volvamos —dijo.

Habían conducido hacia el norte más de dos mil kilómetros, y por fin llegaron a Vastitas Borealis, una antigua planicie de lava cubierta de cráteres que rodeaba el hemisferio septentrional entre los 60o y 70o de latitud. Por la mañana, Ann y los otros se pasaban fuera un par de horas, en la roca desnuda y oscura de la planicie, recogiendo muestras, y después viajaban con rumbo norte el resto del día, discutiendo sobre la que habían encontrado. Ann parecía más absorta en el trabajo, más feliz. Una noche Simón indicó que Fobos estaba pasando justo por encima de las colinas del sur; la marcha del día siguiente lo colocaría bajo el horizonte. Era una notable demostración de lo baja que era la órbita de la pequeña luna: ¡sólo se encontraban en la latitud 69o! Pero Fobos estaba a sólo unos cinco mil kilómetros sobre el ecuador del planeta. Nadia lo despidió con un movimiento de la mano y una sonrisa, sabiendo que todavía podría hablar con Arkadi utilizando los recién llegados radiosatélites areosincrónicos.

Tres días más tarde la roca desnuda desapareció, cubierta ahora por olas de arena negra. Fue como llegar a una playa de mar. Habían alcanzado las grandes dunas septentrionales, que envolvían el mundo en una franja entre el casquete polar y Vastitas. En el sitio en que ellos la cruzarían, la franja tenía unos ochocientos kilómetros de ancho. La arena de color carbón, teñida de púrpura y rosa, era un gran alivio para la vista después de todos los escombros rojos del sur. Las dunas se alargaban hacia el sur y el norte, en crestas paralelas que en ocasiones se quebraban o se fundían. Conducir sobre ellas era fácil; la arena era muy prieta, y sólo tenían que elegir una duna grande y avanzar por la joroba del lado occidental.

Sin embargo, después de unos días así, las dunas se hicieron más grandes y se convirtieron en lo que Ann llamó barjanes. Parecían olas enormes y congeladas, con paredes de cien metros de altura y lomos de un kilómetro de ancho, separadas por largos semicírculos. Como muchos otros accidentes del paisaje de Marte, eran cien veces más grandes que sus análogos terranos en el Sahara y el Gobi. La expedición mantuvo un curso recto sobre los lomos de aquellas grandes olas, pasando del lomo de una ola al siguiente; los rovers eran como barcos diminutos que avanzaban con ruedas de paletas por un mar ondulado y negro, congelado en el punto culminante de una tormenta titánica.

Un día el Rover Dos se paró en ese mar petrificado. Una luz en el panel indicó que había un problema en la estructura flexible entre los módulos; y en verdad el módulo posterior se había torcido hacia la izquierda y hundía en la arena las ruedas de ese lado. Nadia se metió en un traje y fue a la parte de atrás. Quitó la cubierta contra el polvo de la juntura del módulo con el chasis, y descubrió que los pernos que los mantenían juntos estaban todos rotos.

—Esto va a llevar un rato —dijo—. Si quieren, echen una mirada por los alrededores.

Al rato emergieron las figuras de Phyllis y George enfundadas en trajes, seguidas de Simón, Ann y Edvard. Phyllis y George tomaron un radiofaro del Rover Tres y lo instalaron tres metros a la derecha de la «carretera». Nadia se puso a trabajar en la estructura rota, tocando las cosas lo menos posible; era una tarde fría, quizá de setenta bajo cero; podía sentir en los huesos el frío de diamante.

Los extremos de los pernos no saldrían del costado del módulo, así que sacó un taladro y abrió otros agujeros. Empezó a cantar The Sheik of Araby. Ann, Edvard y Simón estaban discutiendo acerca de la arena. Era tan agradable, pensó Nadia, ver un terreno que no era rojo… Oír a Ann absorta en su trabajo. Tener algo de trabajo que hacer.

Casi habían llegado al círculo ártico, y era Ls=84, con el solsticio del verano septentrional a sólo dos semanas; los días se hacían más largos. Nadia y George trabajaron durante el atardecer mientras Phyllis calentaba la cena, y después de comer Nadia salió para acabar la reparación. El sol estaba rojo en medio de una neblina marrón, pequeño y redondo aun a punto de ponerse; no había suficiente atmósfera para que pareciera más achatado y grande. Terminó, guardó las herramientas y había abierto la antecámara exterior del Rover Uno cuando la voz de Ann le sonó en el oído.

—Oh, Nadia, ¿ya vas a entrar?

Alzó los ojos. Ann estaba de pie sobre la cresta de la duna al oeste, haciéndole señas con las manos, una silueta negra contra un cielo color sangre.

—Ésa era la idea —dijo.

—Ven aquí arriba un segundo. Quiero que veas esta puesta de sol, va a ser buena. Ven, sólo llevará un minuto, y te alegrará. Hay nubes en el oeste.

Nadia suspiró y cerró la puerta de la antecámara.

La cara este de la duna era escarpada. Caminó con cautela sobre las huellas que había dejado Ann. La arena allí era muy compacta y firme casi todo el tiempo. Cerca de la cima, la cresta se hizo más empinada, y ella tuvo que inclinarse hacia adelante y ayudarse con los dedos. Luego trepó a la cima ancha y redonda y pudo erguirse y mirar alrededor.

La luz del sol sólo alumbraba las crestas de las dunas más altas; el mundo era una superficie negra, herida por pequeñas curvas, como cimitarras de un gris acerado. El horizonte se alzaba a unos cinco kilómetros. Ann estaba acuclillada, con un puñado de arena en la palma de la mano.

—¿De qué está hecha? —preguntó Nadia.

—Partículas oscuras de minerales sólidos. Nadia bufó.

—Eso podría habértelo dicho yo.

—No, antes de que llegáramos aquí no habrías podido. Podía haber sido arena agregada a sales. Pero, en cambio, son ápices de roca.

—¿Por qué tan oscuras?

—Volcánicas. Verás, en la Tierra, la arena es casi toda cuarzo, porque allá hay mucho granito. Pero no en Marte. Probablemente estos granos son silicatos volcánicos. Obsidiana, pedernal, un poco de granate. Hermosa, ¿verdad?

Extendió la mano para que Nadia la inspeccionara. Muy seria, por supuesto. Nadia escudriñó las partículas negras a través del visor del casco.

—Hermosa —dijo.

Se incorporaron y contemplaron la puesta de sol. Sus sombras se extendían hasta el mismo horizonte oriental. El cielo era de un rojo oscuro, lóbrego y opaco, sólo un poco más claro en el oeste. Las nubes que había mencionado Ann eran vetas de un amarillo brillante, muy altas en el cielo. Algo en la arena capturaba la luz, y las dunas tenían un nítido color púrpura. El sol era un pequeño botón dorado, y encima de él brillaban dos astros vespertinos: Venus y la Tierra.

—Últimamente se han estado acercando más cada noche —dijo Ann en voz baja—. La conjunción será de verdad brillante.

El sol tocó el horizonte, y las crestas de las dunas se desvanecieron en la sombra. El pequeño botón del sol se hundió bajo la línea negra en el oeste. Ahora el cielo era una cúpula de color castaño, las nubes altas parecían un musgo amarillento. Las estrellas empezaron a salir de repente por doquier, y el cielo castaño cambió a un intenso violeta oscuro, un color eléctrico que se contagió a las crestas de las dunas, de modo que parecía que por la planicie se extendían medialunas de luz crepuscular líquida. Nadia sintió que una brisa le remolineaba en el sistema nervioso, le subía por la columna y le salía por la piel; las mejillas le hormigueaban y podía sentir un temblor en la médula espinal. ¡La belleza podía hacerte temblar! Era una conmoción sentir semejante respuesta física a la belleza, una excitación parecida en cierta manera al sexo. Y esa belleza era tan extraña, tan alienígena… En ese momento se dio cuenta de que nunca la había visto antes de la forma adecuada, o que nunca la había sentido de verdad; había estado disfrutando de la vida como si fuera una Siberia bien hecha, de modo que en realidad había estado viviendo en una vasta analogía, comprendiéndolo todo en términos de pasado. Pero ahora estaba bajo un cielo alto y violeta en la superficie de un océano negro petrificado, todo nuevo, todo extraño; era imposible compararlo con nada que hubiera visto antes; y de repente el pasado se le fue de la cabeza y ella dio vueltas en círculo como una niña pequeña que intentara marearse, sin un solo pensamiento. Un peso le penetró en la carne desde la piel y ya no se sintió hueca; por el contrario, se sintió extremadamente sólida, compacta, equilibrada. Una pequeña roca pensante, girando como una peonza.

Bajaron deslizándose por la escarpada cara de la duna sobre los talones de las botas. Al llegar abajo Nadia le dio un impulsivo abrazo a Ann.

—Oh, Ann, no sé cómo agradecértelo.

Aun a través de los visores entintados del casco pudo ver que Ann sonreía. Una visión rara.

Desde entonces las cosas le parecieron diferentes a Nadia. Oh, sabía que dependía de ella, que se trataba de prestar atención de un modo nuevo, de mirar. Pero el paisaje la ayudaba a alimentar esa nueva atención. Al día siguiente dejaron las dunas negras y prosiguieron la marcha hacia lo que llamaban terreno estratificado o laminado. Ésa era la región de arena llana que en el invierno quedaría bajo la falda de CO2 del casquete polar. Ahora, en pleno verano, era un paisaje conformado en su totalidad por arenosos diseños curvilíneos. Subieron por anchas estelas llanas de arena amarilla, confinadas entre extensas y sinuosas mesas. Las vertientes de las mesas se escalonaban, laminadas exquisita y burdamente a la vez, como madera que hubiera sido cortada y pulida para que mostrara una hermosa fibra. Ninguno de ellos había visto jamás una tierra como aquélla; se pasaban las mañanas recogiendo muestras y perforando, y paseando por los alrededores en un ballet a la zancada marciana, hablando hasta por los codos, Nadia tan excitada como cualquiera de ellos. Ann le explicó que la helada de cada invierno atrapaba una lámina en la superficie. Luego, el viento había cortado los cauces secos y había erosionado los bordes, y cada estrato era más desnudo que el de abajo, de modo que las paredes de los cauces secos se alzaban en cientos de terrazas estrechas.

—Es como si el suelo fuera un plano topográfico de sí mismo —dijo Simón.

Conducían durante el día y salían al anochecer, en crepúsculos purpúreos que duraban hasta justo antes de la medianoche. Perforaban y alcanzaron núcleos arenosos que tenían hielo, laminados hasta donde fueron capaces de bajar. Una noche Nadia estaba subiendo con Ann por una serie de terrazas paralelas, escuchando a medias la explicación de la precesión del afelio y el perihelio, cuando miró hacia atrás al cauce seco y vio que brillaba como limones y albaricoques bajo la luz vespertina y que encima había nubes lenticulares de color verde pálido, imitando a la perfección las curvas del terreno.

—¡Mira! —exclamó.

Ann se volvió y lo vio y se quedó quieta. Observaron las franjas de nubes bajas que flotaban en el cielo.

Al fin la llamada para cenar desde uno de los rovers las trajo de vuelta. Y bajando por las terrazas de arena escalonadas Nadia supo que había cambiado… eso, o el planeta se volvía cada vez más extraño y hermoso a medida que viajaban hacia el norte. O las dos cosas.

Avanzaban sobre terrazas llanas de arena amarilla, arena tan fina y dura y limpia de rocas que podían marchar a velocidad máxima, aminorando sólo para subir o bajar de un escalón a otro. De vez en cuando las pendientes curvas entre las terrazas les creaban algunos problemas, y en una o dos ocasiones tuvieron que volverse atrás y buscar otro camino. Pero, por lo general, encontraban una ruta hacia el norte sin dificultad.

En el cuarto día de terreno laminado, las paredes de la meseta que flanqueaban el lecho plano por el que iban se curvaron y se unieron. Los rovers subieron por la hendidura hacia un llano más alto; y allí, ante ellos, en el nuevo horizonte, había una colina blanca, una gran elevación redondeada, como un Ayers Rock blanco. Una colina blanca… ¡era hielo! Una colina de hielo, de cien metros de altura y un kilómetro de ancho… y cuando la rodearon vieron que se prolongaba hacia el norte. Era la punta de un glaciar, quizá una lengua del casquete del polo. En los otros vehículos todos gritaban, y en medio del ruido y la confusión Nadia sólo pudo oír a Phyllis gritando:

—¡Agua! ¡Agua!

Agua, desde luego. Aunque siempre supieron que la encontrarían, todavía era muy sorprendente toparse con toda una colina grande y blanca de agua, la más alta que habían visto en los 5.000 kilómetros de viaje. Les llevó todo aquel primer día acostumbrarse a ella: detuvieron los rovers, la señalaron, charlaron, salieron a mirarla, tomaron muestras de la superficie y perforaron; la tocaron, treparon unos metros. Igual que la arena de alrededor, la colina de hielo estaba horizontalmente laminada, con líneas de polvo separadas por líneas de hielo. El hielo entre las líneas parecía picado y granulado; en aquella presión atmosférica se sublimaba casi a cualquier temperatura, dejando las paredes laterales picadas y carcomidas hasta una profundidad de unos pocos centímetros; debajo era sólido y duro.

—Esto es un montón de agua —dijeron todos en algún momento. Agua, en la superficie de Marte…

A la mañana siguiente, la colina glaciar ocultó el horizonte: un muro que los acompañó todo el día. Entonces sí que empezó a parecer un montón de agua, en especial cuando se elevó hasta una altura de unos trescientos metros. En realidad, era una especie de cordillera montañosa que dividía el valle de la cara este. Y luego, en el horizonte del noroeste, apareció otra colina blanca, la cima de otra cordillera que asomaba encima del horizonte, con una base oculta por debajo de el. Otra colina glaciar, una muralla que los obligaba a ir hacia el oeste, se alzaba a unos treinta kilómetros de distancia.

De modo que se encontraban en Chasma Borealis, un valle excavado por el viento que penetraba hacia el norte en el casquete de hielo a lo largo de unos quinientos kilómetros, más de la mitad de la distancia hasta el polo mismo. El suelo era una planicie de arena, dura como cemento, y a menudo con una crujiente capa de escarcha de CO2. Las paredes de hielo de la grieta eran altas, pero no verticales; se inclinaban hacia atrás en un ángulo de menos de 45°, y como las laderas del terreno laminado, se escalonaban en terrazas, terrazas gastadas por la erosión del viento y la sublimación, las dos fuerzas que a lo largo de decenas de miles de años habían abierto todo ese abismo.

En vez de subir hasta la cabecera del valle, los exploradores se acercaron a la pared occidental, buscando un radiofaro que habían soltado en paracaídas junto con un equipo de minería de hielo. Las dunas de arena en medio de la grieta eran bajas y regulares, y los rovers marcharon por la tierra ondulada, arriba y abajo, arriba y abajo. Entonces, al alcanzar la cresta de una ola de arena, divisaron el cargamento, a no más de dos kilómetros de la pared de hielo noroeste: voluminosos contenedores verde lima sobre esqueléticos módulos de descenso, una visión extraña en aquel mundo blanco, tostado y rosa.

—¡Qué ofensa para la vista! —exclamó Ann, pero Phyllis y George aplaudieron.

Durante la larga tarde, el umbrío lado occidental del hielo pasó por una variada gama de colores pálidos: el hielo de agua más pura era claro y azul, pero la mayor parte de la ladera tenía color de marfil translúcido, teñido de polvo rosa y amarillo. Algunas manchas irregulares de hielo de CO2, eran de un blanco puro y brillante; había mucho contraste entre el hielo seco y el hielo de agua y delimitar los perfiles reales de la ladera parecía imposible. Y el perfil en escorzo hacía difícil calcular a ciencia cierta la altura real de la colina; parecía subir eternamente, y era probable que se encontrara entre los trescientos y quinientos metros por encima del suelo de Borealis.

—¡Esto es un montón de agua! —exclamó Nadia.

—Y hay más bajo tierra —dijo Phyllis—. Nuestras perforaciones muestran que el casquete en realidad se extiende muchos grados de latitud más hacia el sur de lo que vemos, enterrado bajo el terreno estratificado.

—¡Así que tenemos aquí más agua de la que nunca vamos a necesitar!

Ann frunció los labios con tristeza.

El descenso del equipo de minería había determinado el sitio que ocuparía el campamento para la minería de hielo: la pared oeste de Chasma Borealis, en los 41° de longitud y 83o de latitud norte. Deimos acababa de seguir a Fobos bajo el horizonte; no volverían a verlo hasta que regresaran al sur del grado 82. Las noches de verano eran una hora de crepúsculo púrpura; el resto del tiempo el Sol daba vueltas, nunca más de veinte grados sobre el horizonte. Los seis pasaron largas horas en el exterior, trasladando el extractor de hielo al muro y luego montándolo. El componente principal era una perforadora de túneles robótica, más o menos del tamaño de uno de los rovers. La perforadora entraba en el hielo y enviaba de vuelta tambores cilíndricos de un metro y medio de diámetro. Cuando la pusieron en marcha, emitió un zumbido sonoro y grave, que aún era más alto si apoyaban los cascos contra el hielo o incluso si lo tocaban con las manos. Después de un rato, unos tambores blancos de hielo cayeron pesadamente en un vagón y luego una pequeña carretilla elevadora robot se los llevó a la destilería, que lo derretiría y le quitaría el considerable contenido de polvo, para después volver a congelar el agua en cubos de un metro, más adecuados para las cabinas de carga de los rovers. Más tarde los rovers de transporte serían perfectamente capaces de venir al emplazamiento, cargar y regresar solos a la base, y la base dispondría entonces de un suministro regular de agua. Había alrededor de cuatro o cinco millones de kilómetros cúbicos en el casquete polar visible, estimó Edvard, aunque el cálculo era bastante conjetural.

Pasaron varios días probando el extractor y desplegando una serie de paneles solares. En los largos atardeceres, después de cenar, Ann escalaba la pared de hielo, decía que para tomar más muestras, pero Nadia sabía que sólo quería alejarse de Phyllis, Edvard y George. Y naturalmente quería subir hasta la cima para encontrarse sobre el casquete polar y mirar alrededor, y tomar muestras de los estratos más recientes del hielo. Así que un día, cuando el extractor hubo pasado todas las pruebas de rutina, Nadia, Simón y ella se levantaron al amanecer, justo después de las 2, salieron al aire superfrío de la mañana y treparon, con sombras como de grandes arañas que subían delante. La inclinación del hielo era de unos treinta grados, escarpándose de vez en cuando, a medida que ascendían los toscos escalones del costado estratificado de la colina.

Eran las 7 cuando la pendiente se inclinó hacia atrás y caminaron sobre la superficie del casquete. Al norte había una planicie de hielo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista: un horizonte elevado a unos treinta kilómetros. Mirando hacia el sur pudieron ver muy a lo lejos los remolinos geométricos del terreno estratificado; era el panorama más extenso que Nadia hubiera visto nunca en Marte.

El hielo de la meseta se extendía en capas, como la arena laminada de debajo de ellos, con anchas franjas de sucio polvo rosado. La otra pared de Chasma Borealis se extendía hacia el este, y desde donde ella estaba parecía casi vertical, larga, alta, maciza.

—¡Tanta agua! —repitió Nadia—. Es más de la que jamás necesitaremos.

—Depende —dijo Ann con voz ausente, atornillando en el hielo la estructura de la pequeña perforadora. El visor oscurecido se alzó hacia Nadia—. Si los terraformadores se salen con la suya, todo esto se evaporará como rocío en una mañana calurosa. Subirá al aire para formar bonitas nubes.

—¿Sería eso tan malo? —preguntó Nadia.

Ann le clavó la mirada. A través del visor entintado sus ojos parecían cojinetes de bolas.

Aquella noche durante la cena dijo:

—Realmente tendríamos que hacer una escapada hasta el polo. Phyllis sacudió la cabeza.

—No tenemos ni la comida ni el aire.

—Pide que nos dejen caer un cargamento. Esta vez fue Edvard quien negó con la cabeza.

—¡El casquete polar está atravesado por valles casi tan profundos como Borealis!

—No tanto —dijo Ann—. Podrías ir en línea recta. Los valles de remolinos parecen tremendos desde el espacio, pero sólo por la diferencia de albedo entre el agua y el CO2. Las pendientes reales nunca están a más de seis grados de la horizontal. En realidad sólo es más terreno estratificado.

—Pero, para empezar, ¿qué me dices de la subida al casquete?

—Nos desviaríamos hacia una de las lenguas de hielo que bajan a la arena. Son como rampas que suben hasta el macizo central, y una vez allí, ¡derecho hasta el polo!

—No hay motivo para ir —dijo Phyllis—. Simplemente será un poco más de lo mismo. Y significa más exposición a las radiaciones.

—Y —añadió George—, podríamos usar la comida y el aire que tenemos para examinar los lugares por los que pasamos. Así que eso era lo que pretendían. Ann frunció el ceño.

—Yo soy la directora de estudios geológicos —replicó con brusquedad.

Lo cual bien podía ser cierto, pero como política dejaba mucho que desear, en especial si la comparábamos con Phyllis, que tenía muchos amigos en Houston y Washington.

—Pero no hay ningún motivo geológico para ir al polo —dijo entonces Phyllis con una sonrisa—. Será el mismo hielo. Tú sólo quieres ir.

—¿Y qué? —preguntó Ann—. Todavía hay preguntas científicas que están por contestar allá arriba. ¿Tiene el hielo la misma composición, cuánto polvo…? En cualquier sitio al que vamos por aquí recogemos datos importantes.

—Pero estamos aquí para conseguir agua. No para perder tiempo en tonterías.

—¡No es perder tiempo en tonterías! —dijo Ann—. ¡Obtenemos agua para poder explorar, no exploramos sólo para obtener agua! ¡Lo has entendido al revés! ¡No me cabe en la cabeza a cuántos en esta colonia les pasa lo mismo!

—Veamos qué dice la base —dijo Nadia—. Quizá necesiten nuestra ayuda allí, o tal vez no puedan enviarnos un cargamento, nunca se sabe.

—Apuesto a que terminaremos pidiendo permiso a la UN. —gruñó Ann.

Tenía razón. Frank y Maya no aprobaban la idea, John se mostró interesado pero sin comprometerse. Cuando Arkadi se enteró, la apoyó y declaró que si era necesario enviaría un cargamento de suministros desde Fobos, lo cual, dada la órbita del satélite, era por lo menos poco práctico. Pero entonces Maya se comunicó con Control de Misión en Houston y Baikonur, y la discusión se extendió. Hastings se opuso al plan, pero en cambio les gustó a Baikonur y a muchos de la comunidad científica.

Por último Ann se puso al teléfono, y habló con una voz seca y arrogante, aunque parecía asustada.

—Soy la directora geológica, y digo que es necesario. No habrá oportunidad mejor para conseguir datos in situ sobre el estado original del casquete. Es un sistema delicado, sensible a cualquier cambio en la atmósfera. Y hay planes para llevarlo a cabo, ¿no es verdad? Sax, ¿sigues trabajando en esos molinos de viento?

Sax no había tomado parte en la discusión y tuvieron que llamarlo para que se pusiera al teléfono.

—Sí —dijo cuando se le repitió la pregunta. A Hiroko y a él se les había ocurrido la idea de manufacturar pequeños molinos de viento, que se soltarían desde dirigibles por todo el planeta. Los constantes vientos del oeste los harían girar, y la rotación se convertiría en calor en unas bobinas de la base de los molinos, y ese calor sencillamente se liberaría a la atmósfera. Sax ya había diseñado una factoría automatizada para que los fabricase; confiaba en hacerlos a miles. Vlad señaló que el calor obtenido sería al precio de la disminución de los vientos… no se podía conseguir algo a cambio de nada. En el acto Sax afirmó que ése sería un beneficio secundario, dada la severidad de las tormentas de polvo que a veces provocaba el viento. Un poco de calor por un poco de viento era un gran negocio.

—Por lo tanto, un millón de molinos de viento —dijo en ese momento Ann—. Y es sólo el comienzo. Hablaste de diseminar polvo negro sobre los casquetes polares, ¿no es así, Sax?

—Espesaría la atmósfera más rápidamente que cualquier otra cosa.

—De modo que si te sales con la tuya —dijo Ann—, los casquetes están condenados. Se evaporarán y luego diremos: «Me pregunto cómo eran». Y nunca lo sabremos.

—¿Disponen de suficientes provisiones, de suficiente tiempo? —preguntó John.

—Nosotros les lanzaremos suministros —repitió Arkadi.

—Quedan cuatro meses de verano —dijo Ann.

—¡Tú lo único que quieres es ir al polo! —exclamó Frank, como un eco de Phyllis.

—¿Y qué? —repuso Ann—. Puede que tú hayas venido aquí a jugar a política de despachos, pero yo pretendo ver un poco el lugar.

Nadia hizo una mueca. Eso acabó con aquella línea de conversación, y Frank estaría furioso. Lo que nunca era una buena idea. Ann, Ann…

Al día siguiente las oficinas terranas nivelaron la balanza con la opinión de que deberían sacarse muestras del casquete polar en su estado primigenio. No hubo ninguna objeción desde la base, aunque Frank no volvió a intervenir. Simón y Nadia vitorearon:

—¡Al norte hacia el polo! Phyllis sólo sacudió la cabeza.

—No veo la necesidad. George, Edvard y yo nos quedaremos aquí como equipo de apoyo, y nos aseguraremos de que el extractor de hielo funcione bien.

De modo que Ann, Nadia y Simón tomaron el Rover Tres y retrocedieron por Chasma Borealis, dando un rodeo para poner rumbo al oeste, donde uno de los glaciares que se alejaba serpenteando del casquete era una rampa perfecta. La malla de las grandes ruedas mordía el suelo, y el rover rodaba sobre las diversas superficies del casquete, sobre manchas de polvo granulado al descubierto, colinas bajas de hielo duro, campos de cegadora escarcha blanca de CO2, y el habitual cordón de hielo de agua sublimada. Desde el polo, partían hacia el exterior unos valles poco profundos que parecían remolinos y seguían el sentido de las agujas del reloj; algunos de ellos eran muy anchos. Al atravesarlos bajaron por una cuesta irregular que se perdía en una curva a derecha e izquierda en ambos horizontes, toda ella cubierta por un hielo seco brillante; eso podía durar veinte kilómetros, hasta que todo el mundo visible era blanco. Luego, aparecía ante ellos una cuesta ascendente del hielo más familiar, sucio, de agua roja, estriado por líneas de nivel. Mientras cruzaban el fondo de la hondonada el mundo parecía dividido en dos, blanco detrás, rosa sucio delante. Subiendo por las pendientes que daban al sur encontraron el hielo de agua más carcomido que en ningún otro sitio, pero, tal como señaló Ann, un metro de hielo seco se aposentaba en los inviernos sobre el casquete permanente, destruyendo la frágil filigrana del verano anterior, por lo que los pozos se llenaban todos los años; las grandes ruedas del rover aplastaron limpiamente el hielo.

Más allá de los valles remolino se encontraron en una planicie que se extendía hasta el horizonte en todas direcciones. Detrás del vidrio polarizado y entintado de las ventanillas del rover, el llano era de una blancura inmaculada. En una ocasión pasaron jumo a una colina baja y circular, la marca de algún impacto bastante reciente y cubierta de hielo. Se detuvieron a perforar y tomar muestras. Nadia tuvo que limitar a Ann y a Simón a cuatro perforaciones al día, con el fin de ahorrar tiempo y evitar que los tanques del rover se sobrecargaran. Y no sólo se trataba de las perforaciones: a menudo pasaban junto a rocas negras aisladas, que descansaban en el hielo como esculturas de Magritte… meteoritos. Recogieron los más pequeños y tomaron muestras de los grandes, y una vez encontraron uno tan grande como el rover. Estaban compuestos de níquel y hierro, o eran condritos rocosos. Mientras sacaba astillas de uno de los condritos con un cincel, Ann le dijo a Nadia:

—¿Sabes que en la Tierra han encontrado meteoritos procedentes de Marte? También sucede al revés, aunque es menos frecuente. Haría falta un impacto realmente grande para arrancar rocas del campo gravitatorio de la Tierra con la velocidad suficiente para que lleguen aquí. Una delta y de quince kilómetros por segundo, como mínimo. He oído decir que alrededor del dos por ciento del material proyectado fuera del campo de la Tierra terminaría en Marte. Pero sólo los más grandes, como el impacto límite C/T. Resultaría extraño encontrar aquí un pedazo del Yucatán, ¿no?

—Pero eso ocurrió hace sesenta millones de años —dijo Nadia—. Estaría enterrado bajo el hielo.

Más tarde, caminando de regreso al rover, Ann dijo:

—Bueno, si derriten el hielo encontraremos algunos. Tendremos un museo entero de meteoritos, posados alrededor en la arena.

Cruzaron más valles remolino, volviendo de nuevo a la rutina del arriba-y-abajo, como barcos sobre las olas, aunque esta vez eran las olas más grandes con que habían topado, cuarenta kilómetros de cresta a cresta. Desde las veintidós horas hasta las cinco de la madrugada se detenían en montes o en bordes de cráteres sepultados y disfrutaban de un buen panorama; y oscurecieron las ventanas con una doble polarización para dormir algo por la noche.

Entonces, una mañana, mientras avanzaban haciendo crujir el terreno, Ann encendió la radio y se puso a trabajar con los satélites areosincrónicos.

—No es fácil encontrar el polo —dijo—. Los primeros exploradores terranos pasaron un infierno en el norte, estuvieron todo el tiempo allí arriba en pleno verano y no podían ver las estrellas y no había satélites que los orientasen.

—¿Y cómo lo hicieron? —preguntó Nadia, con repentina curiosidad. Ann lo pensó y sonrió.

—No lo sé. Sospecho que no muy bien. Probablemente navegación a ojo.

Nadia se sintió intrigada por el problema y comenzó a trabajar sobre él en un cuaderno de notas. La geometría nunca había sido su fuerte, pero probablemente, en el polo norte, en un día de pleno verano, el sol describiría un círculo perfecto alrededor del horizonte, siempre a la misma altura. Entonces, si estuvieras cerca del polo y se acercara el solsticio de verano, podrías utilizar un sextante para verificar una y otra vez la altura del sol sobre el horizonte… ¿Era correcto eso?

—Ya lo tengo —dijo Ann.

—¿Qué?

Detuvieron el rover, miraron en derredor. La planicie blanca ondulaba hasta el horizonte próximo, monótona salvo por un par de anchas líneas de nivel de color rojo. Las líneas no se ondulaban en círculos alrededor de ellos y no parecía que se encontraran en la cima de nada.

—¿Dónde exactamente? —preguntó Nadia.

—Bueno, en alguna parte un poco más al norte. —Ann volvió a sonreír.— Algo así como un kilómetro. Quizá por ahí. —Señaló hacia la derecha.— Tendremos que acercarnos un poco y verificarlo de nuevo con el satélite. Un poco de triangulación y seremos capaces de dar con el lugar exacto. Bueno, con un margen aproximado de cien metros.

—¡Si nos empeñásemos, podríamos conseguirlo con un margen de un metro! —dijo Simón entusiasmado—. ¡Precisemos la posición!

De modo que condujeron durante un minuto, consultaron la radio, giraron en ángulo recto, partieron de nuevo e hicieron otra consulta. Por último Ann declaró que ya estaban allí, o bastante cerca. Simón dio instrucciones a la computadora para que siguiera trabajando; se pusieron los trajes, salieron fuera y vagaron un poco por los alrededores, como para cerciorarse de que habían llegado. Ann y Simón hicieron una perforación. Nadia siguió caminando, en una espiral que se expandía y se alejaba del coche. Una planicie blanca rojiza, el horizonte a unos cuatro kilómetros de distancia; demasiado cerca; se le ocurrió de pronto, igual que durante la puesta de sol en la duna negra, que aquello era alienígena: una aguda conciencia del horizonte estrecho, la gravedad vaga, un mundo tan grande y sin embargo no mayor… y ahora se hallaba de pie justo en el polo norte. Era Ls=92, tan cerca del solsticio de verano como se podía pedir, de modo que si se ponía de cara al sol y dejaba de moverse, el sol permanecería horizontal y giraría alrededor de ella el resto del día, ¡o el resto de la semana! Era extraño. Estaba dando vueltas como una peonza. Si se quedaba quieta el tiempo suficiente, ¿lo sentiría?

El visor polarizado reducía el resplandor del sol sobre el hielo a un arco iris de puntos cristalinos. No hacía mucho frío. Podía sentir una brisa ligera contra la palma levantada de la mano. Una bonita veta roja de laminas sedimentarias cruzaba el horizonte como una línea de longitud. Se rió de la idea. Había un anillo de hielo muy débil alrededor del Sol, lo suficientemente grande como para que el arco bajo rozara el horizonte. El hielo estaba sublimándose en el casquete polar y centelleaba arriba en los cristales del anillo. Sonriendo, estampó las huellas de sus botas en el polo norte de Marte.

Aquella noche alinearon los polarizadores de modo que en las ventanas del módulo apareció una imagen muy difuminada del desierto blanco. Nadia se reclinó con una bandeja de comida vacía en el regazo, sorbiendo una taza de café. El reloj digital saltó de las 23:59:59 a las 00:00:00, y se detuvo. Su inmovilidad acentuó la quietud en el coche. Simón estaba dormido; Ann se encontraba en el asiento del conductor, contemplando el paisaje, la cena a medio comer. Ningún sonido excepto la respiración del ventilador.

—Me alegro de que nos trajeras hasta aquí —dijo Nadia—. Ha sido maravilloso.

—Alguien tenía que disfrutarlo —dijo Ann. Cuando estaba enfadada o resentida la voz se le volvía apagada y distante, casi neutra—. No durará mucho aquí.

—¿Estás segura, Ann? Aquí tiene cinco kilómetros de profundidad, ¿no es lo que tú dijiste? ¿De verdad crees que desaparecerá sólo porque lo cubra el polvo negro?

Ann se encogió de hombros.

—Dependerá de hasta qué punto lo calentemos. Y de la cantidad de agua que haya en el planeta, y de la que salga del regolito a la superficie cuando calentemos la atmósfera. No sabremos nada hasta que ocurra. Pero sospecho que este casquete es el principal cuerpo de agua expuesto al aire, y será el más sensible. Podría sublimarse casi por completo antes de que una parte importante del permafrost se acerque a los cincuenta grados del punto de fusión.

—¿Por completo?

—Oh, se depositará un poco cada invierno, seguro. Pero en una perspectiva global, no hay tanta agua. Éste es un mundo seco, la atmósfera es superárida, hace que la Antártida parezca una jungla, ¿y recuerdas cómo nos resecaba aquel lugar? De modo que si la temperatura subiera lo suficiente, el hielo se sublimaría a un ritmo increíblemente rápido. Todo este casquete pasaría a la atmósfera y se desplazaría hacia el sur, donde se helaría por las noches. Así que, en realidad, sería redistribuido de una forma más o menos regular sobre todo el planeta, como escarcha de un centímetro de espesor. —Esbozó una sonrisa torva.— Más delgada, por supuesto, pues la mayor parte permanecería en el aire.

—Pero, entonces, si hace aún más calor, la escarcha se derretirá, y lloverá. De ese modo tendremos ríos y lagos, ¿no?

—Si la presión atmosférica es lo bastante alta. El agua líquida en superficie depende tanto de la presión del aire como de la temperatura. Si las dos suben, en cuestión de décadas podríamos estar caminando sobre arena aquí mismo.

—Menuda colección de meteoritos tendríamos entonces —dijo Nadia, tratando de aligerar el ánimo de Ann.

No funcionó. Ann frunció los labios, miró por la ventana, y sacudió la cabeza. Podía llegar a sentirse muy intranquila; era imposible explicarlo sólo por Marte, tenía que haber algo más, algo que explicara ese intenso torbellino interno, esa cólera. La tierra de Bessie Smith. Era duro verlo. Cuando Maya se sentía triste se parecía a Ella Fitzgerald cantando un blues, sabías que se trataba de un espectáculo, la emoción simplemente se derramaba a través de la puesta en escena. Pero cuando Ann se sentía desdichada, dolía verlo.

En ese momento levantó el plato de lasaña y se echó hacia atrás para meterlo en el microondas. Detrás de ella, el yermo blanco centelleaba bajo un cielo negro, como si el mundo exterior fuera el negativo de una fotografía. De pronto, la pantalla del reloj marcó las 00:00:01.

Cuatro días más tarde estaban lejos del hielo. Mientras desandaban la ruta de vuelta adonde esperaban Phyllis, George y Edvard, los tres viajeros subieron por una pendiente y se detuvieron. Había una estructura en el horizonte. En el sedimento llano del fondo de la sima se levantaba un templo griego clásico, seis columnas dóricas de mármol blanco, coronadas por un tejado circular y plano.

—¿Qué demonios es eso?

Cuando se acercaron vieron que las columnas estaban hechas de tambores de hielo sacados del extractor, apilados uno sobre otro. El disco que servía como techo estaba toscamente tallado.

—Fue idea de George —dijo Phyllis por radio.

—Me di cuenta de que los cilindros de hielo eran del mismo diámetro que las columnas de los griegos —dijo George, todavía satisfecho consigo mismo—. Después todo resultó obvio. Y el extractor funciona a la perfección, así que dispusimos de algún tiempo libre.

—Queda muy bien —dijo Simón. Y era verdad: monumento alienígena, visita de los sueños, brillaba como carne en el largo crepúsculo, como si la sangre corriera bajo el hielo—. Un templo a Ares.

—A Neptuno —corrigió George—. No creo que deseemos invocar muy a menudo a Ares.

—En especial con el grupo que hay en el campamento —dijo Ann.

Mientras conducían hacia el sur, la carretera de huellas y radiofaros corría delante de ellos, tan nítida como cualquier autopista asfaltada. No fue necesario que Ann les hiciera notar hasta qué punto esto cambiaba las sensaciones del viaje; ya no estaban explorando tierra virgen, y la naturaleza del paisaje era distinta, hendida a izquierda y derecha por las líneas paralelas de rodadas entrecruzadas y por las latas verdes, ligeramente oscurecidas con polvo escarchado, que marcaban «el camino». Ya no era un yermo… después de todo, ése era el propósito: abrir carreteras. Podían encomendar la conducción al piloto automático del Rover Tres, y a menudo lo hacían.

Rodaban a treinta km/h, mirando el paisaje dividido en dos, o hablando, lo que era poco frecuente, excepto la mañana en que se enzarzaron en una discusión sobre Frank Chalmers: Ann mantenía que era completamente maquiavélico, Phyllis insistía en que no era peor que cualquier otro en el poder, y Nadia, que recordó las charlas con él acerca de Maya, sabía que era un hombre muy complicado. Pero la falta de discreción de Ann la consternó, y mientras Phyllis se embarcaba en la historia de cómo Frank los había mantenido unidos en los últimos meses del viaje, Nadia le echó una mirada feroz a Ann, tratando de darle a entender que estaba hablando en el grupo equivocado. Más adelante, Phyllis usaría esas indiscreciones contra ella, evidente. Pero Ann era muy mala interpretando miradas.

Entonces, de pronto, el rover frenó y aminoró la velocidad hasta detenerse. Nadie había estado mirando afuera, y de un salto todos se plantaron ante la ventana.

Allí, delante de ellos, había una lámina blanca y plana de unos cien metros que cubría el camino.

—¿Qué es eso? —gritó George.

—Nuestra bomba de permafrost —dijo Nadia, señalando—. Tiene que haberse roto.

—¡O ha funcionado demasiado bien! —exclamó Simón—. ¡Es hielo de agua!

Pasaron el rover a manual y se acercaron. El vertido cubría el camino como un flujo de lava blanca. Lucharon para ponerse los trajes, salieron del módulo, y caminaron hasta el borde del líquido congelado.

—Nuestra propia pista de hielo —dijo Nadia, y fue hacia la bomba. Abrió el almohadillado aislante y miró—. Aja… un agujero en el aislamiento… el agua se congeló justo aquí, y atascó la llave de paso, que estaba abierta. Bastante presión, yo diría. Al fin el agua se congeló.

Un martillazo y quizá tengamos nuestro propio geiser en miniatura.

Fue hasta el armario de herramientas, en la parte inferior del módulo, y sacó un pico.

—¡Cuidado!

Le dio un único golpe a la masa blanca de hielo, en el punto donde la bomba se unía con el tubo de alimentación. Un chorro grueso de agua subió un metro en el aire, y todos gritaron. El agua cayó salpicando la lámina blanca de hielo. Humeaba aún cuando se congeló a los pocos segundos, formando una hoja blanca lobulada sobre el hielo ya existente.

—¡Miren!

También el agujero se congeló, el chorro de agua se interrumpió y el vapor se dispersó.

—¡Miren a qué velocidad se ha congelado!

—Parece como uno de esos cráteres líquidos —comentó Nadia con una sonrisa.

Había sido un espectáculo hermoso, con el agua derramándose y soltando vapor frenéticamente mientras se congelaba.

Nadia picó el hielo alrededor de la válvula de cierre mientras Ann y Phyllis discutían sobre la migración del permafrost y las cantidades de agua en aquella latitud, etc. Uno pensaría que ya estarían hartas. Pero se caían realmente mal y eran incapaces de dominarse. No harían juntas otro viaje, no cabía duda. La misma Nadia se resistiría a viajar de nuevo con Phyllis, George y Edvard, eran demasiado pagados de sí mismos, un grupo en exceso cerrado. Pero Ann también estaba demasiado alejada de los demás; si no se andaba con cuidado se quedaría sin nadie que la acompañara en sus expediciones. Por ejemplo, Frank… ese comentario la otra noche, y luego elegir a Phyllis para decirle lo horrible que era él… increíble.

Y si apartaba a todo el mundo menos a Simón, se moriría por tener una charla, pues Simón Frazier era el más silencioso de los cien. Apenas si había dicho veinte frases en todo el viaje: era extraño, como ir con un sordomudo. Salvo, quizá, que hablara con Ann cuando estaban solos, ¿quién podía saberlo?

Nadia cerró la válvula y luego cubrió toda la bomba.

—Tan al norte necesitaremos un aislamiento todavía más grueso —dijo para nadie en particular mientras llevaba las herramientas al rover. Estaba cansada de tanto tiroteo verbal, ansiosa por regresar al campamento y a su trabajo. Tenía ganas de hablar con Arkadi; ella haría reír. Y sin intentarlo, sin siquiera saber exactamente cómo, también ella lo haría reír.

Guardaron algunos trozos del vertido de hielo con el resto de las muestras, y dispusieron cuatro radiofaros para guiar a los pilotos robot.

—Aunque quizá se sublime, ¿no? —dijo Nadia. Ann, ensimismada, no oyó la pregunta.

—Hay un montón de agua aquí arriba —musitó para sí misma, como preocupada.

—Tienes toda la maldita razón —exclamó Phyllis—. ¿Y ahora por qué no echamos un vistazo a esos depósitos que vimos en el extremo norte de Mareotis?

A medida que se acercaban a la base, Ann se volvió más solitaria y lacónica, la cara tensa como una máscara.

—¿Qué sucede? —le preguntó Nadia una noche, cuando estaban fuera juntas arreglando un radiofaro defectuoso.

—No quiero volver —repuso Ann. Estaba arrodillada junto a una roca, astillando una lasca—. No quiero que este viaje termine. Me gustaría seguir viajando todo el tiempo, bajar a los cañones, subir al borde de los volcanes, entrar en el caos y las montañas que rodean Hellas. No quiero parar nunca. —Suspiró.— Pero… soy parte del equipo. Así que tengo que bajar de nuevo al cuchitril con todos los demás.

—¿De verdad es tan malo? —preguntó Nadia, pensando en las hermosas cámaras abovedadas, en el humeante baño de hidromasaje, en un vaso de vodka helado.

—¡Tú sabes que sí! Veinticuatro horas y media al día, bajo tierra en esos cuartos pequeños, con Maya y Frank y sus intrigas políticas, Arkadi y Phyllis discutiéndolo todo, ahora entiendo por qué, créeme… y George quejándose y John flotando en una nube e Hiroko obsesionada con su pequeño imperio… también Vlad, también Sax… quiero decir, ¡vaya grupo!

—No es peor que cualquier otro. Ni peor ni mejor. Tienes que aceptarlo. No podrías estar aquí sola.

—No. Pero, en cualquier caso, cuando estoy es como si no estuviera.

¡Es como estar de vuelta en la nave!

—No, no —dijo Nadia—. Has olvidado cómo era. —Le dio un puntapié a la roca en la que trabajaba Ann, y ésta alzó la vista, sorprendida.— Puedes patear las piedras, ¿ves? Estamos aquí, Ann. Aquí en Marte, de pie en su superficie. Y todos los días puedes salir e ir de aquí para allá. Y con el puesto que ocupas, harás más viajes que nadie.

Ann apartó la vista.

—Lo que pasa es que a veces no parece suficiente. Nadia la miró.

—Oye, Ann, lo que nos mantiene bajo tierra es la radiación más que cualquier otra cosa. Lo que estás diciendo en realidad es que quieres que la radiación desaparezca. Lo que significa espesar la atmósfera, lo que significa terraformar.

—Lo sé. —Habló con una voz tensa, tan tensa que de pronto el cuidado tono neutro se perdió y se olvidó.— ¿Es que crees que no lo sé?

—Se levantó y sacudió el martillo.— ¡Pero no es justo! Quiero decir, miro esta tierra y… y la amo. Quiero estar fuera y recorrerla siempre, estudiarla, vivir en ella, conocerla. Pero cuando lo hago, la altero… destruyo lo que es, lo que amo. Esta carretera que hemos hecho, ¡me duele verla! Y el campamento base es como el pozo abierto de una mina, en medio de un desierto que no ha sido tocado nunca desde el comienzo del tiempo. Es tan feo, tan… No quiero hacerle eso a todo Marte, Nadia, no quiero. Preferiría morir. Dejemos el planeta en paz, dejemos su soledad y que la radiación haga lo que quiera. Es sólo una cuestión de estadística, de todas maneras, quiero decir que si eleva mi probabilidad de desarrollar cáncer a una de diez, ¡entonces nueve veces de cada diez estoy bien!

—Perfecto para ti —dijo Nadia—. O para cualquier individuo. Pero para el grupo, para todas las cosas vivas que hay aquí… ya sabes, el daño genético. Con el tiempo nos dañará. No puedes pensar sólo en ti.

—Parte de un equipo —dijo Ann con voz apagada.

—Bueno, lo eres.

—Lo sé. —Suspiró.— Todos lo diremos. Todos seguiremos adelante y haremos que el lugar sea seguro. Carreteras, ciudades. Cielo nuevo, tierra nueva. Hasta que sea una especie de Siberia o de Territorios del Noroeste, y Marte ya no exista, y nosotros estaremos aquí, y nos preguntaremos por qué nos sentimos tan vacíos. Por qué cuando miramos este mundo no somos capaces de ver nada más que nuestras propias caras.

En el sexagésimo segundo día de la expedición vieron penachos de humo sobre el horizonte meridional, hebras marrones, grises, blancas y negras que se elevaban y se mezclaban y se hinchaban hasta convertirse en una nube, un hongo chato, cuyas volutas se alejaron hacia el este.

—De nuevo en casa, de nuevo en casa —dijo Phyllis con alegría.

Las rodadas dejadas en el viaje de ida, cubiertas a medias por el polvo, los guiaron de vuelta al humo: a través de la zona de carga, a través de un terreno surcado por marcas de ruedas, a través de tierra pisoteada hasta convertirse en arena rojiza, más allá de zanjas y montículos, pozos y cosas apiladas, y finalmente hasta la gran loma desnuda del habitat permanente, un reducto cuadrado de tierra, ahora coronado por una red plateada de vigas de magnesio. Ese cuadro despertó el interés de Nadia pero, a medida que avanzaban hacia el interior, no pudo evitar ver el desorden de estructuras, embalajes, tractores, grúas, depósitos de repuestos, depósitos de basura, molinos de viento, paneles solares, depósitos elevados de agua, carreteras de hormigón que iban hacia el este, el oeste y el sur, extractores de aire, los edificios bajos del cuartel de los alquimistas, sus chimeneas emitiendo los penachos de humo que habían visto; las pilas de vidrio, los conos redondeados de grava gris, los grandes montículos de regolito en bruto junto a la factoría de cemento, los pequeños montículos de regolito diseminados por todas partes. Tenía el aspecto desordenado, funcional, feo, de Vanino, o Usman o de cualquiera de las ciudades estalinistas de industria pesada en los Urales, o de los campos petrolíferos de Yakut. Atravesaron cinco kilómetros de esa devastación, y Nadia no se atrevió a mirar a Ann, sentada en silencio junto a ella, irradiando disgusto y repugnancia. También Nadia estaba aturdida, y sorprendida por el cambio en su propia actitud; todo esto le había parecido muy normal antes del viaje, de hecho la había complacido enormemente. Ahora se sentía un poco asqueada, y temerosa de que Ann pudiera hacer algo violento, en especial si Phyllis decía algo más. Pero Phyllis mantuvo la boca cerrada y entraron en el solar de los tractores fuera del garaje norte y se detuvieron. La expedición había terminado.

Uno a uno acoplaron los rovers a la pared del garaje y salieron a gatas por las puertas. Rostros familiares se apiñaron alrededor, Maya, Frank, Michel, Sax, John, Úrsula, Spencer, Hiroko y el resto, como hermanos y hermanas de verdad, pero tantos que Nadia se sintió abrumada, se encogió como una anémona, y le fue difícil hablar. Quiso retener algo que sintió que se le escapaba, y miró alrededor en busca de Ann y de Simón, pero estaban atrapados por otro grupo y parecían aturdidos, Ann estoica, una máscara de sí misma.

Phyllis contó la historia por ellos.

—Fue hermoso, realmente espectacular, el sol brillaba todo el tiempo, y el hielo está allí de verdad, tenemos acceso a un montón de agua, cuando estás en ese casquete polar es como si estuvieras en el Ártico…

—¿Encontraron algo de fósforo? —preguntó Hiroko.

Era increíble ver la cara de Hiroko, preocupada por sus plantas y la escasez de fósforo. Ann le contó que había encontrado montones de sulfatos en los cráteres de Acidalia, así que se fueron juntas a examinar las muestras. Nadia siguió a los otros por el corredor subterráneo de paredes de hormigón hacia el habitat permanente, pensando en una ducha de verdad y en verduras frescas, escuchando a medias a Maya que le daba las últimas noticias. Estaba en casa.

De vuelta al trabajo; y, como antes, era implacable y de múltiples facetas, una lista interminable de cosas por hacer, y siempre sin disponer de suficiente tiempo, porque aunque algunas tareas ocupaban poco tiempo humano, no como Nadia había temido, siendo adecuadas para los robots, todo lo demás requería en verdad una larga dedicación. Y ninguna de esas tareas le dio la alegría que había tenido construyendo las cámaras abovedadas, aunque fueran interesantes como problema técnico.

Si querían que la plaza central bajo la cúpula tuviese alguna utilidad, había que poner unos cimientos que desde el fondo hasta la superficie estuvieran compuestos de grava, hormigón, grava, fibra de vidrio, regolito y, por último, tierra tratada. La misma cúpula se haría de láminas dobles de vidrio grueso tratado, para mantener la presión, reducir los rayos ultravioletas y un cierto porcentaje de radiación cósmica. Cuando todo esto estuviera hecho, tendrían un atrio central ajardinado de 10.000 metros cuadrados, un plan en verdad elegante y satisfactorio. Pero a medida que Nadia trabajaba en los diversos aspectos de la estructura, descubrió que se distraía, que tenía el estómago tenso. Maya y Frank ya no se hablaban en sus papeles oficiales, lo que indicaba que su relación privada marchaba muy mal; y Frank tampoco parecía querer hablar con John, lo que era una pena. La relación rota entre Sasha y Yeli se había convertido en una especie de guerra civil entre sus amigos, y el grupo de Hiroko, Iwao, Paul, Ellen, Rya, Gene y Evgenia y los demás, quizá como reacción a todo eso, pasaba los días en el patio interior o en los invernaderos, viviendo juntos allí, más reservados que nunca. Vlad y Úrsula y los demás del equipo médico estaban absortos en la investigación, casi hasta el punto de excluir el trabajo clínico con los colonos, lo que enfurecía a Frank; y los ingenieros genéticos se pasaban todo el tiempo en el parque de remolques reconvertido, en los laboratorios.

Y, sin embargo, Michel Duval se comportaba como si nada fuera anormal, como si él no fuera el psicólogo de la colonia. Pasaba un montón de tiempo viendo la televisión francesa. Cuando Nadia le preguntó por Frank y John, le respondió con una mirada vacía.

Llevaban en Marte 420 días, y los primeros segundos del nuevo universo habían desaparecido. Ya no se reunían para planificar el trabajo del día siguiente o hablar de lo que hacían. «Estamos demasiado ocupados», contestaban todos a Nadia. «Bueno, es muy complicado explicarlo, ya sabes, te dormirías de aburrimiento. Me sucede a mí.» Y así sucesivamente.

Y entonces, en sus ratos de ocio, veía mentalmente las dunas negras, el hielo blanco, las figuras recortadas contra un cielo crepuscular. Se estremecía y volvía a la realidad con un suspiro. Ann ya había preparado otra expedición y se había marchado, en esta ocasión al sur, a los brazos más septentrionales del gran Valle Marineris, para ver otras maravillas inimaginables. Pero a Nadia la necesitaban en el campamento, sin importar si quería o no estar con Ann en los cañones. Maya se quejó del tiempo que Ann pasaba fuera. «Es evidente que ella y Simón han iniciado algo y disfrutan de una luna de miel mientras nosotros trabajamos aquí como esclavos.» Así era como Maya veía las cosas. Pero Ann estaba en los cañones, y eso era todo lo que hacía falta para que fuera feliz. Si ella y Simón habían comenzado algo personal, sería una extensión natural de todo aquello, y Nadia esperó que fuera verdad, sabía que Simón amaba a Ann, y ella había sentido la presencia de una soledad inmensa en Ann, algo que necesitaba un contacto humano. ¡Ojalá pudiera unirse a ellos otra vez!

Pero tenía que trabajar. Y trabajó, supervisó a la gente en los emplazamientos de construcción, se paseó por las obras y se irritó por el trabajo chapucero de sus amigos. La mano dañada había recuperado parte de su fuerza durante el viaje, de modo que otra vez podía conducir tractores y bulldozers; pasó largos días haciéndolo, pero ya no era lo mismo.

En Ls=208° Arkadi bajó a Marte por primera vez. Nadia fue al nuevo espaciopuerto y esperó de pie al borde de la ancha extensión de cemento y polvo, saltando de un pie a otro para calentarse. El cemento de tierra de siena quemado ya estaba marcado por las manchas amarillas y negras de descensos anteriores. La burbuja de Arkadi apareció en el cielo rosa, un punto blanco y luego una llama amarillenta, como el escape de gases de una chimenea invertida. Por último se transformó en una semiesfera geodésica con cohetes y patas en la parte inferior, que bajaba a la deriva sobre una columna de fuego, y aterrizó con asombrosa delicadeza justo en el punto central. Arkadi había estado trabajando en el programa de descenso, al parecer con buenos resultados.

Salió por la compuerta del transbordador unos veinte minutos después, y se irguió en el escalón, mirando en torno. Bajó con seguridad por la escalera, y ya en el suelo dio unos saltos experimentales sobre las puntas de los pies, avanzó unos pasos, luego dio unas vueltas, con los brazos abiertos. Nadia tuvo un súbito y punzante recuerdo de cómo había sido, de aquella sensación de estar hueca. En ese momento él se cayó. Ella corrió hacia Arkadi, él la vio, se levantó y avanzó directamente hacia ella y volvió a tropezar y caer sobre el áspero cemento Portland. Lo ayudó a ponerse de pie y se fundieron en un abrazo y se tambalearon, él con su enorme traje presurizado, ella con el traje elástico. La cara peluda de él parecía escandalosamente real a través de los visores; el vídeo le había hecho olvidar la tercera dimensión y esas otras cosas que hacían que la realidad fuera tan vivida, tan real. Arkadi golpeó despacio el visor del casco contra el de ella, esbozando una sonrisa de loco. Ella sintió que la cara se le distendía en una sonrisa parecida.

Él señaló su consola de muñeca y pasó a la frecuencia privada, 4224; ella hizo lo mismo.

—Bienvenido a Marte.

Alex, Janet y Roger habían acompañado a Arkadi, y cuando todos salieron del transbordador subieron al modelo Ts abierto y Nadia los llevó de vuelta a la base. Fueron primero por el camino pavimentado, luego dieron un rodeo y pasaron por el Cuartel de los Alquimistas. Les habló de cada edificio, y de pronto se sintió nerviosa, recordando la impresión que había tenido después del viaje al polo. Se detuvieron delante de la antecámara del garaje y ella los condujo dentro. Allí hubo otra reunión de familia.

Más tarde aquel mismo día Nadia guió a Arkadi por el cuadrado de cámaras subterráneas, una puerta tras otra, un cuarto amueblado tras otro, por todos y cada uno de los veinticuatro que había, y después al atrio. El cielo tenía un color rubí a través de los paneles de vidrio, y los puntales de magnesio brillaban como plata pulida.

—¿Y bien? —dijo al fin Nadia, incapaz de contenerse más—. ¿Qué te parece?

Arkadi rió y le dio un abrazo. Aún seguía enfundado en el traje espacial, y la cabeza le asomaba sobre el hueco abierto del cuello; lo sintió acolchado y voluminoso en el traje, y deseó que no lo tuviera puesto.

—Bueno, hay cosas que están bien y otras que están mal. Pero ¿por qué es tan feo? ¿Por qué tan triste?

Nadia se encogió de hombros, irritada.

—Hemos estado ocupados.

—También nosotros en Fobos, ¡pero tendrías que verlo! Hemos recubierto las paredes de todas las galerías con paneles de níquel y bandas de platino, y hemos decorado las superficies de los paneles con diseños iterados que los robots activan por la noche, reproducciones de Escher, espejos desviados que dan imágenes infinitas, paisajes de la Tierra, ¡tendrías que verlo! Puedes poner una vela encendida en algunas de las cámaras y parece las estrellas en el cielo, o un cuarto en llamas. Cada cuarto es una obra de arte, ¡espera a verlo!

—Estoy ansiosa. —Nadia sacudió la cabeza y le sonrió.

Aquella noche celebraron una gran cena comunal en las cuatro cámaras conectadas que formaban la estancia más grande del complejo. Comieron pollo, hamburguesas de soja y enormes ensaladas, y todo el mundo hablaba al mismo tiempo, por lo que parecía una reminiscencia de los mejores meses en el Ares, o incluso en la Antártida. Arkadi se levantó para hablarles del trabajo en Fobos.

—Me alegro de estar por fin en la Colina Subterránea. —Les dijo que ya casi habían acabado de cerrar la cúpula de Stickney, y debajo de ella habían excavado largas galerías en la roca fracturada, siguiendo las vetas de hielo hasta el mismo interior de la luna.— Si no fuera por la falta de gravedad, sería un lugar maravilloso —concluyó—. Pero eso es algo que no podemos solucionar. Pasamos la mayor parte del tiempo libre en el tren de gravedad de Nadia, pero es muy estrecho, y mientras tanto todo el trabajo se desarrolla en Stickney, o debajo. Así que pasamos mucho tiempo en la ingravidez o haciendo ejercicio, y aun así hemos perdido fuerza. Hasta la g marciana me agota, ahora mismo estoy mareado.

—¡Tú siempre estás mareado!

—Así que debemos turnar los equipos allá arriba, o dirigir la estación por robot. Estamos pensando en bajar todos para siempre. Ya hemos hecho nuestro trabajo allá, y ahora hay una estación espacial terminada para aquellos que nos sigan. ¡Ahora queremos nuestra recompensa aquí abajo! —Levantó su copa.

Frank y Maya fruncieron el ceño. Nadie desearía subir a Fobos, pero Houston y Baikonur querían que estuviera siempre tripulada. Maya exhibía aquella expresión que todos le habían visto en el Ares, la que indicaba que todo era culpa de Arkadi; cuando él la vio estalló en una carcajada.

Al día siguiente, Nadia y varios otros lo guiaron en un recorrido más detallado por la Colina Subterránea y las instalaciones circundantes, y él se pasó todo el tiempo sacudiendo la cabeza con esa mirada suya de ojos saltones que hacía que uno deseara sacudir también la cabeza mientras él decía: «sí pero, sí, pero», y se lanzaba a una crítica pormenorizada tras otra; incluso Nadia empezó a irritarse con él. Aunque era difícil negar que la zona de la Colina Subterránea estaba destrozada, machacada hasta el horizonte en todas direcciones, dando la impresión de que continuaba así por todo el planeta.

—Es fácil dar color a los ladrillos —dijo Arkadi—. Añadan óxido de manganeso de la fundición del magnesio y tendrán ladrillos de un blanco puro. Para el negro empleen el carbono sobrante del proceso Bosch. Puede conseguirse cualquier tonalidad de rojo variando la cantidad de óxidos férricos, incluyendo algunos escarlatas extraordinarios. Azufre para los amarillos. Y debe de haber algo para los verdes y azules, no sé qué, pero quizá lo sepa Spencer, tal vez algún polímero obtenido a partir del azufre, no lo sé. Pero un verde brillante quedaría maravilloso en un lugar tan rojo. El cielo le dará una tonalidad negruzca, pero aun así seguirá siendo verde y el ojo se siente atraído por el verde.

»Y luego, con esos ladrillos de colores, se levantan paredes como mosaicos. Es hermoso. Cada uno puede tener su propia pared o edificio, lo que quiera. Todas las factorías del Cuartel de los Alquimistas parecen retretes o latas de sardinas desechadas. Los ladrillos ayudarán a aislarlas, así que hay una buena razón científica, pero, sinceramente, es aún más importante que tengan buen aspecto, que esto parezca nuestro hogar. Ya he vivido demasiado tiempo en un país que sólo pensaba en lo que es útil. Hemos de demostrar que aquí valoramos algo más, ¿sí?

—No importa lo que hagamos con los edificios —señaló Maya bruscamente—, la superficie de alrededor seguirá estropeada como ahora.

—¡No necesariamente! Mira, cuando se acabe la construcción, será posible nivelar el terreno y devolverlo a su configuración original, y luego soltar unas rocas sobre la superficie para que imite la planicie aborigen. Las tormentas depositarán la arena necesaria en poco tiempo, y luego, si la gente camina por senderos, y los vehículos marchan por carreteras o caminos, pronto tendrá el aspecto del terreno original, ocupado aquí y allá por coloridos edificios con mosaicos, y cúpulas de vidrio llenas de verde, y caminos de ladrillo amarillo o qué sé yo. ¡Por supuesto que tenemos que hacerlo! ¡Es una cuestión de espíritu! Y con eso no quiero decir que se podía haber hecho antes, había que instalar la infraestructura y eso siempre trae complicaciones, pero ahora estamos preparados para el arte de la arquitectura. —Agitó las manos, se detuvo de repente y abrió mucho los ojos ante las expresiones dubitativas enmarcadas en los visores que lo rodeaban.— Bueno, es sólo una idea, ¿no?

Sí, pensó Nadia, mirando alrededor con interés, tratando de imaginarlo. Quizá ella pudiera volver a trabajar con el gusto de antes. Quizá entonces le parecería distinto a Ann…

—Arkadi y sus ideas —comentó Maya en la piscina aquella noche en tono agrio—. Justo lo que nos hace falta.

—Pero son buenas ideas —dijo Nadia. Salió del agua, tomó una ducha y se puso un mono.

Algo más tarde aquella noche volvió a encontrarse con Arkadi y lo condujo a ver las cámaras del noroeste en la Colina Subterránea; las había dejado sin paredes para mostrarle los detalles estructurales.

—Es muy elegante —dijo él, pasando una mano sobre los ladrillos—. En serio, Nadia, la Colina Subterránea es magnífica. Puedo ver tu mano en todo.

Complacida, Nadia se acercó a una pantalla y pidió los planos para un habitat más grande que ella había proyectado. Tres filas de cámaras abovedadas subterráneas, una encima de la otra, en una de las paredes de una zanja muy profunda; espejos en la pared opuesta para orientar la luz solar hacia los cuartos… Arkadi asintió, sonrió y señaló la pantalla, haciendo preguntas y proponiendo sugerencias.

—Una arcada entre los cuartos y la pared de la zanja para tener más espacio. Y cada planta de arriba un poco más atrás, de modo que todas tengan un balcón que de a la arcada…

—Sí, sería posible…

Introdujeron unos cambios en la pantalla de la computadora, alterando el plano arquitectónico a medida que hablaban.

Luego pasearon por el jardín abovedado, silencioso y oscuro. Se detuvieron bajo los altos bambúes, con hojas negras que se arracimaban en las alturas, las plantas aún en maceteros mientras se preparaba la tierra.

—Quizá podríamos bajar esta zona —dijo Arkadi—. Abrir ventanas y puertas en las cámaras y darles un poco de luz. Nadia asintió.

—Ya lo habíamos pensado, y vamos a hacerlo, pero es muy lento sacar tanta tierra por las antecámaras. —Lo miró—. Pero ¿qué hay de nosotros, Arkadi? Hasta ahora sólo has hablado de la infraestructura. Yo habría creído que embellecer los edificios estaría muy abajo en tu lista de cosas pendientes.

Arkadi sonrió.

—Bueno, tal vez las cosas que están más arriba en la lista ya están todas hechas.

—¿Qué? ¿He oído a Arkadi Nikeliovich?

—Bueno, ya sabes… no me quejo sólo por quejarme, señorita Nuevededos. Y el modo en que han ido las cosas aquí abajo se parece mucho a lo que yo pedí durante el viaje en el Ares. Tan parecido que sería estúpido si me quejara.

—Debo reconocer que me sorprendes.

—¿Sí? Pero piensa cómo han trabajado todos juntos aquí este último año.

—Medio año. Él se rió.

—Medio año. Y durante todo ese tiempo en realidad no hemos tenido líderes. Esas reuniones nocturnas en las que todos dicen lo que piensan y el grupo decide lo que es necesario hacer; así tendría que ser siempre. Y nadie pierde el tiempo comprando o vendiendo, porque no hay mercado. Todo aquí pertenece a todos por igual. Y, sin embargo, ninguno puede explotar nada que le pertenezca, pues no hay nadie fuera a quien vendérselo. Ha sido una sociedad comunal, un grupo democrático. Todos para uno y uno para todos. Nadia suspiró.

—Las cosas han cambiado, Arkadi. Ya no es así. Y cada vez cambian más. De modo que no durará.

—¿Por qué lo dices? —gritó él—. Durará si nosotros decidirnos que dure.

Ella lo miró, escéptica.

—Sabes que no es tan sencillo.

—Bueno, no. No es sencillo. ¡Pero está a nuestro alcance!

—Quizá. —Suspiró de nuevo, pensando en Maya y Frank, en Phyllis, Sax y Ann.— Hay un montón de enfrentamientos aquí.

—Eso está bien, mientras nos pongamos de acuerdo en ciertas cosas esenciales.

Ella sacudió la cabeza mientras se frotaba la cicatriz con los dedos de la otra mano. Le picaba el dedo ausente, y de pronto se sintió deprimida. Arriba, las largas hojas de bambú asomaban definidas por estrellas ocultas; parecían redes de bacilos gigantes. Caminaron por el sendero entre bandejas de cultivos. Arkadi tomó la mano mutilada de ella y la escrutó un rato; al fin Nadia se sintió incómoda e intentó retirarla. Él la retuvo y le besó el nudillo recientemente expuesto en la base del dedo anular.

—Tienes manos fuertes, señorita Nuevededos.

—Las tenía antes —dijo ella, cerrando la mano en un puño y levantándolo.

—Algún día Vlad te hará crecer un dedo nuevo —dijo él, y tomó el puño y lo abrió; luego, le tomó la mano y siguieron andando—. Esto me recuerda al jardín botánico de Sebastopol —comentó.

—Mmm —musitó Nadia, sin escuchar en realidad, concentrada en el peso cálido de la mano de él en la suya, los dedos entrelazados con fuerza.

También las manos de él eran fuertes. Ella tenía cincuenta y un años, una rusa pequeña y redonda de pelo cano, una trabajadora de la construcción a la que le faltaba un dedo. Era tan agradable sentir el calor de otro cuerpo; habían pasado muchos años, y su mano absorbió la sensación como una esponja, colmada y cálida, hasta que sintió un hormigueo. Tiene que parecerle extraño, pensó Nadia, y se abandonó a lo que sentía.

—Me alegro de que estés aquí —dijo.

Tener a Arkadi en la Colina Subterránea hizo que la atmósfera se pareciera a la hora que precede a una tormenta. Consiguió que la gente pensara en lo que estaba haciendo; los hábitos en los que habían caído sin darse cuenta fueron sometidos a análisis, y bajo esa nueva presión algunos se defendieron, otros se volvieron agresivos. Las discusiones de siempre se hicieron un poco más intensas. Naturalmente, eso incluyó el debate sobre la terraformación.

Ahora bien, este debate no era un acontecimiento aislado, sino más bien un proceso en curso, un tema que no dejaba de asomar, una cuestión de intercambios casuales entre individuos en el trabajo, las comidas, los momentos antes de irse a dormir. Cualquier cosa podía hacer que apareciera: la visión del penacho de escarcha blanca sobre Chernobil, la llegada de un rover robot cargado con hielo de la estación polar, nubes en el cielo del crepúsculo. Al ver esos u otros muchos fenómenos alguien decía: «Eso añadirá algunas unidades británicas al sistema de calor», o «¿No es ese hexafluoretano un buen gas de invernadero?», y quizá se iniciaba una discusión sobre los aspectos técnicos del problema. A veces el tema surgía de nuevo por la noche, de regreso en la Colina Subterránea, y se pasaba de lo técnico a lo filosófico, y en ocasiones esto conducía a discusiones largas y acaloradas.

Evidentemente, el debate no se limitaba a Marte. Innumerables artículos sobre las distintas posiciones eran redactados y discutidos en los centros de estrategia de Houston, Baikonur, Moscú, Washington y la Oficina de la UN para Asuntos Marcianos en Nueva York, al igual que en los despachos gubernamentales, las oficinas de los periódicos, las salas de reunión de las juntas directivas de las corporaciones, los campus universitarios, los bares y los hogares de todo el mundo. Mucha gente de la Tierra empezó a emplear los nombres de los colonos como una especie de taquigrafía para las diferentes posiciones, de modo que al mirar las noticias terranas los mismos colonos veían a algunos diciendo que apoyaban la posición Clayborne o estaban a favor del programa Russell. Este recordatorio de la enorme fama que tenían en la Tierra, como personajes de dramas televisivos, siempre era extraño y perturbador. Después del torbellino de especiales de televisión y de las entrevistas que siguieron al descenso, habían tendido a olvidar las constantes videotransmisiones, absortos en la realidad cotidiana. Pero las cámaras de vídeo aún seguían grabando metraje para enviarlo a casa, y había un montón de gente en la Tierra aficionada a ese espectáculo.

De modo que casi todo el mundo tenía una opinión. Las encuestas revelaban que la mayoría apoyaba el programa Russell, un nombre no oficial para los planes de Sax de terraformar el planeta por todos los medios y tan rápidamente como fuera posible. Pero la minoría que respaldaba la postura de Ann de no intervención tenía convicciones más vehementes, insistiendo en las graves repercusiones inmediatas, en la política sobre la Antártida y en verdad en toda la política medioambiental terrana. Mientras tanto, distintas encuestas dejaron claro que muchas personas estaban fascinadas con Hiroko y su proyecto agrícola, mientras que otras se llamaban a sí mismas bogdanovistas; Arkadi había estado transmitiendo montones de vídeos desde Fobos, y la Luna era buen material, un auténtico espectáculo de arquitectura e ingeniería. Nuevos hoteles terranos y complejos comerciales ya imitaban algunos de estos edificios. Había un movimiento arquitectónico llamado bogdanovismo, y otros movimientos interesados en él, pero más preocupados por las reformas sociales y económicas del orden mundial.

Pero la terraformación estaba muy cerca del centro de todos esos debates, y las discrepancias de los colonos se exhibían en el escenario público más grande posible. Algunos reaccionaron evitando las cámaras y las peticiones de entrevistas; «Es justo de lo que quería escapar al venir aquí», dijo el ayudante de Hiroko, Iwao, y unos cuantos estuvieron de acuerdo. A casi todos los demás les era indiferente; unos pocos parecían disfrutar de la situación. Por ejemplo, el programa semanal de Phyllis era emitido tanto en las televisiones cristianas por cable como en los programas de análisis comercial de todo el mundo. Pero, sin importar cómo lo enfocaran, era evidente que la mayoría de las personas en la Tierra y en Marte daban por hecho que la terraformación tendría lugar. No se trataba de una cuestión de si sino de cuándo, y de cuánto costaría. Entre los mismos colonos éste era casi el punto de vista común. Muy pocos se alinearon con Ann: Simón, desde luego; quizá Úrsula y Sasha; tal vez Hiroko; a su manera, John; y ahora, a su manera, Nadia. Había más de esos «rojos» en la Tierra, pero por necesidad defendían su postura como una teoría, un juicio estético. El argumento más poderoso en favor de esta posición, y por lo mismo el que Ann señalaba más a menudo en sus comunicados a la Tierra, era la posibilidad de que hubiera vida indígena.

—Si hay vida en Marte —decía Ann—, la alteración radical del clima podría exterminarla. No podemos inmiscuirnos mientras el estatus de la vida marciana siga siendo desconocido; no es científico, y peor aún, es inmoral.

Muchos estaban de acuerdo, incluyendo gentes de la comunidad científica terrana; esto influyó en el comité de la UNOMA encargado de supervisar la colonia. Pero cada vez que Sax oía ese argumento, empezaba a parpadear.

—No hay rastro de vida en la superficie, pasado o presente —decía—. Si existe ha de estar bajo tierra, supongo que cerca de las chimeneas volcánicas. Pero aunque haya vida ahí abajo, podríamos buscar durante diez mil años y no encontrarla nunca, ni eliminar la posibilidad de que exista en algún otro lugar, en algún sitio en donde no hemos mirado. De modo que esperar hasta que sepamos con seguridad que no hay vida… una postura bastante corriente entre los moderados… en realidad significa esperar para siempre. Y esto por una posibilidad remota que la terraformación, en cualquier caso, no amenazaría de forma inmediata.

—Por supuesto que sí —replicaba Ann—. Quizá no de inmediato, pero con el tiempo el permafrost se derretiría, habría movimientos en toda la hidrosfera, que sería contaminada por el agua más caliente y las formas de vida terranas: bacterias, virus, algas. Puede que tarde un poco, pero sucederá con absoluta seguridad. Y no podemos correr ese riesgo.

Sax se encogía de hombros.

—En primer lugar, se trata de una suposición de vida, una probabilidad muy baja. En segundo lugar, no estaría en peligro durante siglos. En todo ese tiempo sería posible encontrarla y protegerla.

—Pero tal vez no la encontremos.

—¿Así que nos detenemos por la remota posibilidad de que haya una vida que nunca podremos encontrar? Ann se encogió de hombros.

—Tenemos que hacerlo, a menos que digas que está bien destruir vida en otros planetas mientras no podamos dar con ella. Y no olvides que la vida indígena en Marte sería la historia más grande de todos los tiempos. Tendría unas repercusiones en la cuestión de la frecuencia de vida galáctica de incalculables consecuencias. ¡La búsqueda de vida es uno de los principales motivos por los que estamos aquí!

—Bueno —decía Sax—, mientras tanto, la vida que ciertamente existe está expuesta a una cantidad muy alta de radiación. Si no la reducimos, tal vez no podamos quedarnos. Necesitamos una atmósfera más densa.

Ésa no era una respuesta a la posición de Ann, sino una alternativa, un argumento de gran influencia. Millones de personas en la Tierra querían venir a Marte, a la «nueva frontera», donde la vida de nuevo era una aventura; las listas de espera para la emigración, tanto reales como falsas, estaban desbordadas. Pero nadie quería vivir en un baño de radiación mutágeno, y el deseo práctico de hacer que el planeta fuera seguro para los humanos era más fuerte en la mayoría de la gente que el deseo de preservar el paisaje sin vida que ya estaba allí, o el de proteger una supuesta vida indígena que para muchos científicos no existía.

De modo que se tenía la impresión, incluso entre aquellos que instaban a la prudencia, de que la terraformación iba a ocurrir. Un subcomité de la UNOMA se había reunido para estudiar el asunto, y en la Tierra lo habían convertido en una etapa determinada e inevitable del progreso humano, una parte natural del orden de las cosas. Un destino manifiesto.

Sin embargo, en Marte el tema era al mismo tiempo más abierto y más apremiante, no tanto una cuestión filosófica como un problema cotidiano: el aire gélido y venenoso, y la radiación; y entre aquellos a favor de la terraformación un grupo importante apoyaba a Sax, un grupo que no sólo quería hacerlo, sino hacerlo lo más rápidamente posible. Nadie estaba muy seguro de lo que eso significaba en la práctica; las estimaciones del tiempo que requeriría obtener una «superficie viable para los humanos» iban desde un siglo a 10.000 años, con opiniones extremas en ambas posiciones, desde los treinta años (Phyllis) hasta los 100.000 años (Iwao). Phyllis decía: «Dios nos dio este planeta para hacerlo a nuestra imagen, para crear un nuevo Edén». Simón decía: «Si el permafrost se derritiera, estaríamos viviendo en un paisaje colapsado, y muchos de nosotros moriríamos». Las discusiones abarcaban un amplio espectro de temas: niveles salinos, niveles de peróxido, niveles de radiación, el aspecto de la tierra, mutaciones posiblemente letales de microorganismos creados por la ingeniería genética, y así sucesivamente.

—Podemos intentar modelarlo —dijo Sax—, aunque la verdad es que nunca lo haremos bien. Es muy grande y hay demasiados factores, muchos de ellos desconocidos. Pero lo que aprendamos será útil para controlar el clima terrestre, para evitar el calentamiento global o una edad de hielo futura. Es un experimento de gran magnitud, y siempre será un experimento en curso, sin nada garantizado o conocido con certeza. Pero eso es la ciencia.

La gente estaba de acuerdo.

Como siempre, Arkadi pensaba en el enfoque político.

—Jamás podremos ser autosuficientes sin la terraformación —señaló—. Necesitamos terraformar para que este planeta sea realmente nuestro; sólo así dispondremos de una base material para la independencia.

La gente escuchaba y ponía los ojos en blanco. Pero esto significaba que Sax y Arkadi eran aliados en cierto modo, lo que constituía una combinación poderosa. Y así las discusiones continuaban, una y otra y otra vez, interminablemente.

La Colina Subterránea estaba casi acabada, un pueblo en funcionamiento y en muchos aspectos autosuficiente. Ya era posible seguir adelante; ahora tenían que decidir qué harían a continuación. Y la mayoría de ellos quería terraformar. Se habían propuesto muchos proyectos, todos defendidos por alguien, por lo general aquellos que serían responsables de ejecutarlos. Ésa era una parte importante del atractivo de la terraformación; cada disciplina podía contribuir a la empresa de un modo u otro, por lo que disponía de un amplio apoyo. Los alquimistas proponían medios físicos y mecánicos para añadir calor al sistema; los climatólogos consideraban influir sobre el clima; el equipo de biosfera hablaba de verificar distintas teorías sobre sistemas ecológicos. Los bioingenieros ya estaban trabajando en nuevos microorganismos: cambiando, cortando y recombinando genes de algas, metanogenes, cianobacterias y líquenes, tratando de conseguir organismos que sobrevivieran en la actual superficie marciana, o debajo de ella. Un día invitaron a Arkadi a echar un vistazo a lo que estaban haciendo, y Nadia lo acompañó.

Tenían algunos prototipos GEM en tinajas de Marte: la más grande era uno de los viejos habitats del parque de remolques. Lo habían abierto, habían recubierto el suelo de regolito y lo habían vuelto a sellar. Trabajaban en el interior por teleoperación, y comprobaban los resultados desde el remolque próximo, observando los instrumentos de medición y las pantallas de vídeo que mostraban los productos de las diversas cubetas. Arkadi miró las pantallas con mucha atención, pero no había gran cosa que ver: los viejos cuarteles, cubiertos de cubículos de plástico llenos de tierra roja y brazos robot que se extendían desde las bases instaladas en los muros. Había cultivos visibles en parte de la tierra, una plaga azulada.

—Hasta ahora ése es nuestro campeón —dijo Vlad—. Pero aún es poco areofílico. —Estaban seleccionando unas ciertas características extremas, incluyendo la resistencia al frío, a la deshidratación y a la radiación ultravioleta, tolerancia a las sales, baja necesidad de oxígeno, un habitat rocoso. Ningún organismo terrano tenía todas esas virtudes, y aquellos que las tenían crecían por lo general muy lentamente; pero los ingenieros habían comenzado lo que Vlad llamaba un programa de mezclar y casar, y recientemente habían dado con una variante del cianofíceo que a veces llamaban alga azul.— No es que esté lo que se llama lozano precisamente, pero no muere tan deprisa, digámoslo así. — Lo habían bautizado Aeophyte primares, y el nombre corriente pasó a ser alga de la Colina Subterránea. Querían hacer una prueba de campo con él, y habían preparado una propuesta para enviarla a la UNOMA.

Nadia pudo ver que Arkadi abandonó el parque de remolques excitado por la visita, y aquella noche le dijo al grupo en la cena:

—Tendríamos que decidirlo nosotros mismos, y si nos pronunciamos a favor, actuar.

Maya y Frank se sintieron ultrajados; casi todos los demás parecieron incómodos. Maya insistió en que dejaran el tema, y con algunas dificultades la conversación cambió. A la mañana siguiente Maya y Frank fueron a ver a Nadia para hablar de Arkadi. Los dos líderes habían intentado verlo ya bien avanzada la noche anterior.

—¡Se ríe en nuestra propia cara! —exclamó Maya—. ¡Es imposible razonar con él!

—Lo que propone podría ser muy peligroso —dijo Frank—. Si hacemos caso omiso de una directiva de la UN, es muy factible que vengan aquí y nos manden de vuelta a casa, y nos sustituyan con gente que cumplirá la ley. Quiero decir, la contaminación biológica de este entorno en este momento es ilegal y no podemos no tenerlo en cuenta. Es un tratado internacional lo que se ha firmado. La humanidad en general desea tratar así al planeta en este momento.

—¿No puedes hablar tú con él? —preguntó Maya.

—Puedo hacerlo —repuso Nadia—. Pero no puedo asegurar que sirva de algo.

—Por favor, Nadia. Sólo inténtalo. Ya tenemos suficientes problemas tal como están las cosas.

—Lo intentaré, claro.

De modo que aquella tarde habló con Arkadi. Estaban fuera, en la Carretera de Chernobil, paseando de regreso a la Colina Subterránea. Ella sacó el tema, e insinuó que hacía falta mucha paciencia.

—Además, sólo es cuestión de tiempo. Al fin la UN. te dará la razón. Él se detuvo y alzó la mano mutilada de ella.

—¿De cuánto tiempo crees que disponemos? —preguntó. Señaló el sol poniente.— ¿Cuánto tiempo esperaríamos? ¿Hasta nuestros nietos?

¿Hasta nuestros biznietos? ¿Hasta nuestros tataranietos, que estarán ciegos como peces de las cavernas?

—Vamos, hombre —dijo Nadia, retirando la mano—. Peces de las cavernas. Arkadi rió.

—No obstante, el problema es serio. No disponemos de toda la eternidad, y sería agradable ver que las cosas cambian.

—Aun así, ¿por qué no esperas un año?

—¿Un año terrano o un año marciano?

—Un año marciano. Toma lecturas de todas las estaciones, dale tiempo a la UN para que ceda.

—No necesitamos lecturas, ya llevan años tomándolas.

—¿Has hablado con Ann?

—No. Bueno, algo. Pero no está de acuerdo.

—Mucha gente no está de acuerdo. Quiero decir, quizá con el tiempo lo estarán, pero hay que convencerlos antes. No puedes desconocer las opiniones de los demás; serías tan indecente como esas gentes de la Tierra que tanto criticas.

Arkadi suspiró.

—Sí, sí.

—Bueno, ¿y no lo estás haciendo?

—Malditos liberales.

—No sé qué quieres decir.

—Quiero decir que vuestro corazón es demasiado blando para llegar a hacer algo alguna vez.

Ya tenían a la vista el montículo bajo de la Colina Subterránea, que parecía un cráter cuadrado reciente, con deyecciones diseminadas alrededor. Nadia lo señaló.

—Yo hice eso. Malditos radicales… —dio un fuerte codazo a Arkadi en las costillas-…odian el liberalismo porque funciona. —Él soltó un bufido.— ¡Funciona! Lo hice poco a poco, después de muchos esfuerzos, sin fuegos de artificio ni dramatismos baratos ni gente lastimada. Sin provocativas revoluciones y todo el dolor y el odio que traen. Sólo funciona.

—Ah, Nadia. —Le rodeó los hombros con un brazo, y reanudaron la marcha hacia la base.— La Tierra es un mundo perfectamente liberal. Pero la mitad de la población se muere de hambre, y siempre ha sido así, y siempre lo será. Muy liberalmente.

No obstante, Nadia parecía haber cambiado algo. Arkadi dejó de exigir a gritos una decisión unilateral para soltar los nuevos GEM en la superficie, y limitó la propaganda subversiva a un programa de embellecimiento, pasando la mayor parte del día en el Cuartel, tratando de fabricar ladrillos y vidrio de colores. Casi todos los días Nadia se reunía con él para nadar antes de desayunar, y en compañía de John y Maya se apoderaban de una calle de la piscina poco profunda que llenaba la totalidad de una cámara subterránea, y hacían un enérgico ejercicio de mil o dos mil metros. John encabezaba los de velocidad, Maya los de distancia, Nadia se apuntaba a todos, entorpecida por la mano mala, y avanzaban agitando el agua como una fila de delfines, mirando a través de las gafas el hormigón azul cielo del fondo de la piscina.

—El estilo mariposa está hecho para esta g —decía John, sonriendo; prácticamente volaban fuera del agua.

El desayuno posterior era agradable aunque breve, y el resto del día estaba ocupado por la habitual ronda de trabajo; Nadia rara vez volvía a ver a Arkadi hasta la cena, o después.

Entonces Sax, Spencer y Rya terminaron de montar la factoría robot que fabricaría los molinos de viento de Sax y pidieron permiso a la UNOMA para distribuir unos mil en las regiones ecuatoriales y probar cómo calentaban el aire. Se esperaba que entre todos juntos no añadirían a la atmósfera ni el doble del calor que aportaba Chernobil, e incluso se cuestionaba si serían capaces de distinguir ese calor añadido de las fluctuaciones estacionales medioambientales… pero, como dijo Sax, no lo sabrían hasta que lo probaran.

Y así las discusiones sobre la terraformación volvieron a inflamarse. Y de pronto Ann se lanzó a la acción violenta, grabando largos mensajes que envió a los miembros del comité ejecutivo de la UNOMA, a las delegaciones nacionales para asuntos marcianos de todos los países que en ese momento eran parte del comité, y por último a la Asamblea General de la UN. Esos mensajes recibieron una enorme atención, desde los niveles políticos más serios hasta la televisión y la prensa sensacionalista, que lo presentaron como el episodio más reciente del culebrón rojo. Ann había grabado y enviado los mensajes en privado, de modo que los colonos supieron de ellos cuando se pasaron resúmenes en la televisión terrana. Las reacciones en los días que siguieron incluyeron debates en el gobierno, una manifestación en Washington que reunió a 20.000 personas, interminables espacios editoriales y comentarios en las cadenas científicas. Fue un poco chocante ver la fuerza de esas respuestas, y algunos colonos consideraron que Ann había actuado a espaldas de ellos. Phyllis estaba indignada.

—Además, no tiene sentido —dijo Sax, parpadeando rápidamente—. Chernobil ya está liberando casi tanto calor como esos molinos de viento, y Ann nunca se ha quejado.

—Sí que lo hizo —dijo Nadia—. Lo que pasa es que perdió la votación. En la UNOMA se celebraron audiencias consultivas, y mientras, un grupo de los científicos de materiales se enfrentó a Ann después de la cena. Muchos de los otros estaban allí para ser testigos de la confrontación; el comedor principal de la Colina Subterránea abarcaba cuatro cámaras; habían quitado las paredes divisorias y habían puesto unas columnas de soporte de carga; era una sala grande, llena de sillas, plantas en macetas, y los descendientes de los pájaros del Ares; unas ventanas recientes, en toda la parte alta de la pared norte, permitían ver los cultivos del jardín cerrado. Un espacio grande; y por lo menos la mitad de los colonos estaba comiendo allí cuando empezó la reunión.

—¿Por qué no lo discutiste con nosotros? —preguntó Spencer. La mirada airada de Ann lo obligó a apartar los ojos.

—¿Por qué debería discutirlo? —dijo, volviéndose a mirar a Sax—. Está claro lo que todos piensan, lo hemos discutido muchas veces, y nada de lo que yo he dicho ha importado mucho. Aquí estamos, sentados en pequeños agujeros haciendo pequeños experimentos, haciendo cosas de niños con un equipo de química en un sótano, mientras todo el tiempo hay un mundo entero del otro lado de la puerta. Un mundo donde los accidentes son cien veces más grandes que sus equivalentes terranos, y mil veces más antiguos, con muestras del comienzo del sistema solar diseminadas por todo el planeta, y registros de la historia del planeta, apenas alterado en los últimos mil millones de años. Y van a destruirlo todo. Y sin siquiera admitir honestamente lo que están haciendo. Porque podríamos vivir aquí y estudiar el planeta sin cambiarlo… podríamos hacerlo causando muy poco daño e incluso sin inconvenientes para nosotros. Toda esa charla sobre la radiación es una mierda y todos lo saben. Sencillamente, no hay un nivel bastante alto para justificar esta alteración masiva del entorno. Quieren hacerlo porque piensan que pueden. Quieren probarlo y ver… como si éste fuera el enorme cuadrado de arena de un patio de juego donde nos divertimos construyendo castillos. ¡Una gran tinaja de Marte! Cualquier cosa justifica cualquier cosa, pero eso es mala fe, y no es ciencia.

Durante la diatriba se le había enrojecido la cara. Nadia jamás la había visto tan enfadada como entonces. La habitual fachada neutra con que ocultaba su amarga ira se había hecho añicos; estaba casi muda de furia, temblaba. En la sala había un silencio mortal.

—¡Repito, no es ciencia! Es puro juego. Y por ese juego van a destrozar el registro histórico, los casquetes polares y los canales de inundación, y los fondos de los cañones… van a destruir un paisaje puro y hermoso, y todo por nada.

La sala estaba tan inmóvil como un cuadro; todos eran como estatuas de piedra de sí mismos. Los ventiladores zumbaban. La gente empezó a observarse con cautela. Simón dio un paso hacia Ann, la mano extendida; ella lo paró en seco con una mirada: era como si hubiera salido al exterior en ropa interior y se hubiera congelado. Enrojeció, se estremeció y volvió a sentarse.

Sax Russell se puso de pie. Parecía el mismo de siempre, quizá un poco más sonrojado, pero manso, pequeño, parpadeando como un búho, la voz tranquila y aburrida, como si disertara sobre termodinámica o enumerara la tabla periódica.

—La belleza de Marte existe en el espíritu humano —dijo con un tono de voz monótono y objetivo, y todo el mundo lo miró con asombro—. Sin la presencia humana es sólo una acumulación de átomos, en nada distinta a cualquier otra partícula fortuita de materia. Somos nosotros quienes lo entendemos, y nosotros quienes le damos sentido. Todos nuestros siglos de mirar el cielo nocturno y observarlo vagar entre las estrellas. Todas esas noches de observarlo por los telescopios, mirando un disco diminuto tratando de ver canales en los cambios de albedo. Todas esas estúpidas novelas de ciencia ficción con sus monstruos, doncellas y civilizaciones agonizantes. Y todos los científicos que estudiaron los datos o que nos hicieron llegar aquí. Eso es lo que hace que Marte sea hermoso. No el basalto y los óxidos.

Hizo una pausa y miró alrededor. Nadia tragó saliva; era demasiado extraño oír esas palabras saliendo de la boca de Sax Russell, con el mismo tono de voz que emplearía para analizar un gráfico. ¡Demasiado extraño!

—Ahora que estamos aquí —continuó—, no basta con ocultarnos bajo diez metros de tierra y estudiar la roca. Eso es ciencia, sí, y ciencia necesaria. Pero la ciencia es algo más. Es parte de una empresa humana más grande, y esa empresa incluye viajar a las estrellas, adaptarse a otros mundos, adaptarlos a nosotros. La ciencia es creación. La ausencia de vida aquí, y la ausencia de un solo hallazgo en cincuenta años del programa SETI indican que la vida es excepcional, y la vida inteligente aún más excepcional. Y, sin embargo, el significado completo del universo, su belleza, están contenidos en la conciencia de la vida inteligente. Nosotros somos la conciencia del universo, y nuestra tarea es extenderla, ir a mirar las cosas, vivir allá donde podamos. Es demasiado peligroso mantener la conciencia del universo en un solo planeta, podría ser aniquilada. Y ahora nos encontramos en dos, tres, si incluimos la Luna. Y podemos cambiar este planeta y transformarlo en un lugar más seguro. Cambiarlo no lo destruirá. Leer su pasado quizá resulte más difícil, pero su belleza no desaparecerá. Si hay lagos, o bosques, o glaciares, ¿cómo disminuye eso la belleza de Marte? Al contrario, pienso que la acrecienta. Añade vida, el sistema más hermoso de todos. Pero nada que haga la vida podrá echar abajo Tharsis o llenar Marineris. Marte siempre seguirá siendo Marte, distinto de la Tierra, más frío y agreste. Pero puede ser Marte y nuestro al mismo tiempo. Y lo será. Hay algo que caracteriza al espíritu humano: si puede hacerse, se hará. Podemos transformar Marte y construirlo como si levantáramos una catedral, un monumento tanto a la humanidad como al universo. Podemos hacerlo, así que lo haremos. De modo que… —alzó la palma de una mano, como si estuviera satisfecho de que el análisis hubiera sido apoyado por los datos del gráfico… como si hubiera examinado la tabla periódica y viera que continuaba siendo válida-…bien podemos empezar.

Miró a Ann, y todos los ojos la siguieron. Tenía la boca tensa, los hombros encorvados. Sabía que estaba derrotada.

Se encogió de hombros, como si se acomodara una capa con capucha sobre la cabeza y el cuerpo, un caparazón pesado que la abrumaba y la ocultaba. Con ese tono de voz apagado que empleaba por lo general cuando estaba alterada dijo al fin:

—Creo que valoras demasiado la conciencia y muy poco la roca. No somos los señores del universo. Sólo somos una pequeña parte. Quizá seamos su conciencia, pero ser la conciencia del universo no significa transformarlo en una imagen exacta de nosotros. Significa sobre todo aceptarlo tal como es, y adorarlo con nuestra atención. —Sostuvo la apacible mirada de Sax, y de pronto estalló en una última llamarada de ira.— Ni siquiera has visto Marte una vez.

Y abandonó la sala.

Janet había tenido las videogafas encendidas y grabó el intercambio. Phyllis envío una copia a la Tierra. Una semana más tarde, el comité de la UNOMA para alteraciones medioambientales aprobó la diseminación de los molinos de viento calefactores.

El plan era soltarlos desde dirigibles. De inmediato Arkadi reclamó el derecho a pilotar uno, como una especie de recompensa por su trabajo en Fobos. Maya y Frank no se entristecieron ante la idea de que Arkadi desapareciera de la Colina Subterránea durante uno o dos meses, de modo que le asignaron en seguida una de las naves. Flotaría a la deriva hacia el este, descendiendo para poner los molinos en los lechos de los canales y en los flancos exteriores de los cráteres, donde soplaba el viento. Nadia supo de la expedición cuando Arkadi atravesó las cámaras a saltos para ir a verla y contárselo.

—Suena bien —dijo ella.

—¿Quieres venir? —preguntó él.

—Vaya, pues sí —repuso ella. Sintió un hormigueo en el dedo fantasma.

El dirigible era el más grande que se hubiera construido nunca, un modelo planetario fabricado en Alemania por Friedrichshafen Nach Einmal, y enviado a Marte en el 2029, de modo que acababa de llegar. Se llamaba Punta de Flecha y medía ciento veinte metros de un ala a la otra, cien metros de proa a popa y cuarenta de alto. Tenía un armazón interno ultraligero y turbopropulsores en los extremos de ambas alas y bajo la góndola; éstos eran impulsados por pequeños motores de plástico, con baterías alimentadas por células solares en la superficie superior de la cubierta. La góndola con forma de lápiz se extendía casi todo a lo largo de la parte inferior, pero el interior era más pequeño de lo que Nadia había imaginado, porque la mayor parte estaba llena ahora con el cargamento de molinos de viento; el espacio libre comprendía la cabina del piloto, dos camas estrechas, una cocina diminuta, un lavabo aún más pequeño y el espacio angosto necesario para moverse entre todas esas cosas. Estaban bastante apretados, pero por fortuna los dos lados de la góndola tenían ventanas como paredes, y aunque los molinos de viento las bloqueaban en parte, todavía proporcionaban mucha luz y buena visibilidad.

El despegue fue lento. Arkadi soltó los cabos que se extendían desde las tres torres de amarre con un golpe de palanca; los turbopropulsores giraron con fuerza, pero el aire sólo tenía una densidad de doce milibares. La cabina brincó arriba y abajo a cámara lenta, doblándose junto con el armazón; y cada salto hacia arriba la elevaba un poco más. Para alguien acostumbrado a los lanzamientos de cohetes era bastante cómico.

—Hagamos un tres-sesenta y veamos la Colina Subterránea antes de irnos —dijo Arkadi cuando estaban a cincuenta metros de altura.

Inclinó la nave y giraron en un círculo lento y amplio, mirando por la ventana de Nadia. Rodadas, hoyos, montículos de regolito, todo rojo oscuro contra la polvorienta superficie anaranjada de la planicie: parecía como si un dragón hubiera alargado una gran garra y hubiera hendido el suelo hasta hacerlo sangrar. La Colina Subterránea estaba situada en el centro de las heridas y era en sí misma una vista hermosa, un engaste cuadrado de color rojo oscuro para una resplandeciente joya de cristal y plata, con algo de verde apenas visible bajo la cúpula. De allí salían los caminos que llevaban al este a Chernobil y al norte a las plataformas espaciales. Y allá se veían los largos bulbos de los invernaderos, y el parque de remolques…

—El Cuartel de los Alquimistas aún parece un engendro salido de los Urales —dijo Arkadi—. Tendríamos que hacer algo, de verdad. —Enderezó el dirigible y puso rumbo al este, avanzando con el viento.— ¿Nos situamos sobre Chernobil para aprovechar la corriente ascendente?

—¿Por qué no vemos qué hace este cacharro sin ayuda? —contestó Nadia. Se sentía ligera, como sí hubiese respirado el hidrógeno de los globos estabilizadores. El panorama era extraordinario, el horizonte nebuloso se alzaba a unos cien kilómetros, los contornos del terreno eran claramente visibles: las leves protuberancias y cavidades de Lunae, las colinas más prominentes, y al este el terreno de cañones—. ¡Oh, esto va a ser maravilloso!

—Sí.

En verdad, era curioso que no hubieran hecho antes algo parecido. Pero volar en la atmósfera tenue de Marte no era nada fácil. Iban en la mejor de las soluciones: un dirigible grande y liviano lleno de hidrógeno, que en el aire marciano no sólo no era inflamable, sino que además y en relación con el entorno era más ligero de lo que habría sido en la Tierra. El hidrógeno y lo último en materiales superligeros les proporcionaban lo necesario para elevarse llevando una carga de molinos de viento, aunque con semejante peso a bordo viajaban a una velocidad ridícula.

Y así fueron a la deriva. A lo largo de aquel día cruzaron la planicie ondulante de Lunae Planum, empujados hacia el sudeste por el viento. Durante una o dos horas pudieron ver Juventa Chasm en el horizonte meridional, un cañón largo que parecía el pozo gigantesco de una mina. Más al este, la tierra se volvía amarillenta; había menos piedras en la superficie y el lecho rocoso subyacente tenía más pliegues. También había muchos más cráteres, grandes y pequeños, de bordes bien definidos o casi enterrados. Se trataba de Xanthe Terra, una región alta topográficamente similar a las tierras elevadas del sur, aquí clavándose en el norte entre las llanuras bajas de Chryse e Isidis. Estarían sobre Xanthe durante algunos días si los vientos seguían soplando del oeste.

Progresaban a unos tranquilos diez kilómetros por hora. Casi siempre volaban a una altitud de unos cien metros, lo que situaba los horizontes a unos cincuenta kilómetros de distancia. Tenían tiempo para mirar detenidamente cualquier cosa, aunque Xanthe parecía poco más que una sucesión regular de cráteres.

A última hora de aquella tarde Nadia inclinó el morro del dirigible, viró de cara al viento, descendió hasta que se encontraron a diez metros de altura, y soltó el ancla. La nave se elevó, se sacudió bruscamente y quedó anclada en el viento, tirando como si fuera una cometa gorda. Nadia y Arkadi serpentearon hasta lo que Arkadi llamaba el compartimiento de las bombas. Nadia enganchó un molino de viento en el montacargas. El molino era pequeño, una caja de magnesio con cuatro aspas verticales sobre un mástil que sobresalía de la parte superior. Pesaba unos cinco kilos. Cerraron la puerta del compartimiento, aislándolo, aspiraron el aire y abrieron las puertas de descarga. Arkadi operó el montacargas mirando a través de una ventana baja. El molino de viento cayó como un plomo y chocó contra la arena endurecida, en el flanco meridional de un pequeño cráter sin nombre. Arkadi desprendió el gancho del montacargas, lo enrolló de vuelta al interior del compartimiento y cerró las puertas.

Regresaron a la cabina y de nuevo miraron para ver si el molino de viento funcionaba. Ahí estaba, una caja pequeña en la ladera exterior de un cráter, algo ladeada, las cuatro aspas anchas verticales dando vueltas alegremente. Parecía el anemómetro de una caja de meteorología para niños. El termoelemento, una bobina de metal expuesta que irradiaría como el hornillo de una cocina, estaba en un costado de la base. Con un buen viento, el calor de la bobina podría subir hasta los 200 grados centígrados, lo que era bastante, en especial con aquella temperatura ambiente. Sin embargo…

—Van a hacer falta muchos molinos para que se note —señaló Nadia.

—Claro, pero cada cosita ayuda, y en cierto sentido es calor gratis. No sólo el viento dándole energía a los calefactores, sino el sol dando energía a las factorías que fabrican los molinos. Creo que son una buena idea.

Aquella tarde se detuvieron una vez más para emplazar otro molino y luego echaron el ancla y pasaron la noche al abrigo de un cráter. Prepararon la cena en el microondas de la cocina diminuta y luego se retiraron a las estrechas literas. Era extraño mecerse en el viento, como un barco amarrado a un muelle: tirando y flotando, tirando y flotando. Nadia pronto se quedó dormida.

A la mañana siguiente despertaron antes del amanecer, soltaron amarras y con la ayuda de los motores subieron hacia la luz del sol. Desde una altura de cien metros pudieron contemplar cómo el oscurecido paisaje de abajo cambiaba de color, bronce primero y luego claro a la luz del día, mostrando una fantástica mescolanza de rocas brillantes y sombras alargadas. El viento de la mañana soplaba de derecha a izquierda por la proa, de modo que se vieron empujados hacía el nordeste en dirección a Chryse, zumbando con los propulsores a plena potencia. Luego la tierra descendió y se encontraron encima del primero de los canales de inundación por el que pasarían, un valle sinuoso y sin nombre al oeste de Shalbatana Vallis. La forma de S del pequeño cauce había sido inequívocamente tallada por el agua. Más avanzado el día se elevaron sobre el cañón más profundo y ancho de Shalbatana, y las señales fueron aun más evidentes: islas con forma de lágrima, canales que describían curvas, llanuras aluviales, tierras resecas; había signos por doquier de una corriente masiva que había excavado un cañón tan inmenso que el Puma de Flecha de repente pareció una mariposa.

Los cañones y la tierra alta que había entre ellos le recordaron a Nadia el paisaje de las películas de vaqueros, con erosiones, mesas y rocas aisladas, igual que en el Valle de la Muerte… excepto que aquí les llevó cuatro días pasar por encima del canal sin nombre, Shalbatana, Simud, Tiu y luego Ares. Y todos ellos habían sido creados por inundaciones gigantescas que habían aflorado con violencia a la superficie y habían manado durante meses en un caudal 10.000 veces superior al del Mississippi. Nadia y Arkadi lo comentaron mientras miraban los cañones, pero era difícil imaginar inundaciones tan inmensas. Ahora los cañones grandes y vacíos no encauzaban nada excepto el viento. Sin embargo, eso lo hacían muy bien, por lo que descendieron varias veces al día para soltar más molinos.

Luego, al este de Ares Vallis, flotaron de vuelta al terreno de cráteres de Xanthes. Había cráteres en todas partes, que desfiguraban la tierra: grandes, pequeños, viejos, con bordes destruidos por otros más recientes, con suelos agujereados por tres o cinco cráteres más pequeños; otros tan nuevos como si se hubieran abierto el día anterior, algunos que sólo se veían al amanecer y en el crepúsculo, como arcos enterrados en la antigua meseta. Pasaron sobre Schiaparelli, un antiguo cráter gigante de cien kilómetros de ancho. Cuando flotaron por encima de la enhiesta loma central, las paredes del cráter se alzaron como un horizonte, un anillo perfecto de colinas alrededor del borde del mundo.

Después los vientos soplaron desde el sur durante varios días. Vislumbraron fugazmente Cassini, otro gran cráter antiguo, y volaron sobre cientos de otros más pequeños. Soltaron varios molinos de viento al día, pero el vuelo estaba dándoles una idea más acertada del tamaño del planeta, y el proyecto empezó a parecer una broma, como si volaran sobre la Antártida y trataran de derretir el hielo instalando hornillos de picnic.

—Habría que lanzar millones para que sirviera de algo —dijo Nadia mientras subían después de soltar otro molino.

—Cierto —dijo Arkadi—. Pero a Sax le gustaría lanzar millones. Tiene una cadena de montaje que no parará de producirlos; la distribución es el único problema. Además, sólo es una parte de la campaña que tiene en mente. —Señaló con el brazo hacia atrás, en dirección al último arco de Cassini, abarcando todo el noroeste.— A Sax le gustaría abrir unos pocos agujeros más. Capturar algunos pequeños satélites helados de Saturno, o del cinturón de asteroides si puede dar con ellos, arrastrarlos hasta aquí y estrellarlos contra Marte. Crear cráteres calientes, derretir el permafrost… serían como oasis.

—¿No serían oasis secos? Perderías la mayor parte del hielo en el momento de entrar en la atmósfera y el resto desaparecería al tocar la superficie.

—Sí, pero nos convendría más vapor de agua en el aire.

—No sólo se vaporizaría, sino que se descompondría.

—En parte. Pero el hidrógeno y el oxígeno… nos convendría tener un poco más.

—¿Así que vas a traer hidrógeno y oxígeno de Saturno? ¡Vamos, hombre, ya hay muchísimo aquí! Podrías descomponer parte del hielo.

—Bueno, sólo es una idea.

—Estoy impaciente por oír lo que opina Ann. —Suspiró, y pensó en el problema.— Supongo que bastaría que un asteroide de hielo rozase contra la atmósfera, como si intentaras aerofrenarlo. Eso lo consumiría sin destrozar las moléculas. Conseguirías vapor de agua en la atmósfera, lo cual ayudaría, pero no bombardearías la superficie con explosiones tan brutales como cien bombas de hidrógeno estallando al mismo tiempo.

Arkadi asintió.

—¡Buena idea! Deberías contársela a Sax.

—Hazlo tú.

Al este de Cassini el terreno se volvió más accidentado que nunca; era parte de la superficie más vieja del planeta, saturada de cráteres durante los primeros años del bombardeo torrencial. La antigüedad tenía que haber sido un auténtico infierno, se podía ver en el paisaje. La tierra de nadie de una titánica guerra de trincheras. Al rato de mirarlo uno se sentía aturdido, invadido por una neurosis de guerra cosmológica.

Siguieron flotando: al este, nordeste, sudeste, sur, nordeste, oeste, este, este. Por último llegaron al final de Xanthe y descendieron la larga cuesta de Syrtis Major Plañida. Era una planicie de lava, con menos cráteres que Xanthe. La tierra bajó y bajó, de forma gradual, hasta que al fin avanzaron a la deriva por encima de una cuenca de suelo liso: Isidis Plañida, uno de los puntos más bajos de Marte. Era la esencia del hemisferio norte, y después de las tierras altas meridionales parecía regular y llana. Y también era una región muy extensa. Ciertamente había un montón de tierra en Marte.

Entonces, una mañana, cuando volaban a altitud de crucero, un trío de cumbres se alzó sobre el horizonte oriental. Habían llegado a Elysium, el otro «continente» tipo Tharsis que había en el planeta. Elysium era una protuberancia mucho más pequeña que Tharsis, pero seguía siendo grande, un continente elevado, 1.000 kilómetros de largo y diez kilómetros más alto que el terreno circundante. Al igual que Tharsis, estaba rodeado por tierra fracturada, sistemas de grietas causados por el levantamiento. Volaron sobre el más occidental de esos sistemas, Hephaestus Fossae, y encontraron un paisaje extraño: cinco profundos cañones paralelos, como marcas de garras en el lecho rocoso. Elysium asomaba a lo lejos como un tejado a dos aguas, el Elysium Mons y Hecates Tholus elevándose en cada extremo de una larga cordillera, 5.000 metros más alta que la protuberancia que flanqueaban: una vista imponente. A medida que el dirigible flotaba hacia la cordillera, todo en Elysium se hacía mucho más grande que cualquier cosa que Nadia y Arkadi hubieran visto hasta entonces; en ocasiones los dos se quedaban mudos durante minutos, y observaban cómo todo flotaba lentamente hacia ellos. Cuando hablaban, simplemente estaban pensando en voz alta.

—Se parece al Karakorum —dijo Arkadi—. Un Himalaya desértico. Salvo que éstos son tan sencillos… Aquellos volcanes se parecen al Fuji. Quizás algún día la gente suba a ellos en peregrinaje.

—Son muy grandes —dijo Nadia—, resulta difícil imaginar qué aspecto tendrán los volcanes de Tharsis. ¿No son dos veces más grandes que éstos?

—Como mínimo. Se parece al Fuji, ¿no crees?

—No, es mucho menos escarpado. ¿Has visto alguna vez el Fuji?

—No. —Después de un rato:— Bueno, será mejor que tratemos de rodear toda la maldita cosa. No estoy seguro de que podamos elevarnos por encima de esas montañas.

Invirtieron los propulsores y se impulsaron hacia el sur a toda potencia, y naturalmente los vientos cooperaron, ya que también viraban alrededor del continente. Así que el Punta de Flecha flotó con rumbo sudoeste y se adentró en una abrupta región montañosa llamada Cerberus, y todo el día siguiente bordearon Elysium, que pasaba lentamente a la izquierda. Transcurrieron horas, el macizo se desplazaba en las ventanas laterales; la lentitud del cambio mostró lo grande que era aquel mundo. Marte tiene tanta superficie no sumergida como la Tierra… todo el mundo lo decía siempre, pero hasta ahora sólo había sido una frase. Ese lento viaje alrededor de Elysium fue la prueba experimental.

Pasaron los días: arriba en el aire gélido de la mañana, sobre el revuelto suelo rojo, abajo con la puesta de sol, descansando en algún fondeadero ventoso. Un anochecer, cuando el suministro de molinos de viento había disminuido, redistribuyeron los que quedaban y pusieron las dos literas juntas bajo las ventanas de estribor. Lo hicieron sin discutirlo, como si ya hubieran acordado hacerlo mucho antes. Y mientras se movían por la góndola atestada redistribuyendo las cosas, iban chocando entre ellos tal como había sucedido durante todo el viaje, pero ahora intencionadamente, y con una fricción sensual que acentuó lo que se habían propuesto todo el tiempo, los accidentes se trocaron en un juego erótico; y al fin, Arkadi estalló en una carcajada y la alzó en un fuerte abrazo de oso, y Nadia lo empujó con los hombros hacia atrás, a su nueva cama doble, y se besaron como adolescentes, e hicieron el amor toda la noche. Y después de eso durmieron juntos, y con frecuencia hicieron el amor bajo el resplandor rojizo del amanecer y el oscuro cielo estrellado, con la nave sacudiéndose ligeramente en sus amarras. Y permanecían echados hablando, y la sensación de flotar mientras se abrazaban era tangible, más romántica que en un tren o en un barco.

—Primero nos hicimos amigos —dijo Arkadi una vez—, eso es lo que hace que esto sea diferente, ¿no crees? —La tocó con la punta de un dedo.— Te amo.

Era como si estuviera probando las palabras. A Nadia le resultó evidente que no las había dicho con frecuencia; estaba claro que para él significaban mucho, una especie de compromiso. ¡Las ideas le parecían tan importantes!

—Y yo te amo —dijo ella.

Y por las mañanas, Arkadi se paseaba de un lado a otro por la góndola, desnudo, el pelo rojo y broncíneo como todo lo demás a la luz horizontal de la mañana, y Nadia lo miraba desde las literas, sintiéndose tan serena y feliz que tenía que recordarse que la sensación de flotar quizá sólo se debía a la g marciana. Pero era algo jubiloso.

Una noche, cuando se estaban quedando dormidos, Nadia preguntó con curiosidad:

—¿Por qué yo?

—¿Mmm? —Él casi estaba dormido.

—He dicho: ¿por qué yo? Quiero decir, Arkadi Nikeliovkh, podrías haber amado a cualquiera de las mujeres que hay aquí, y ellas también te habrían amado. Si hubieras querido podrías haber tenido a Maya.

Él soltó un bufido.

—¡Podría haber tenido a Maya! ¡Santo cielo! ¡Podría haberme deleitado con Maya Katarina! ¡Igual que Frank y John! —Bufó, y los dos se rieron a carcajadas.— ¡Cómo pude perderme esa felicidad! ¡Tonto de mí! —Siguió riéndose entre dientes hasta que ella lo golpeó.

—De acuerdo, de acuerdo. Entonces una de las otras, las hermosas, Janet, o Úrsula, o Samantha.

—Por favor —dijo Arkadi. Se incorporó y se apoyó sobre un codo para mirarla—. Realmente no entiendes lo que es la belleza, ¿verdad?

—Por supuesto que sí —repuso Nadia, enfurruñada.

—La belleza es poder y elegancia, acción correcta —continuó Arkadi—, la forma en armonía con la función, inteligencia y sensatez. Y muy a menudo… —sonrió y le apretó el vientre-…expresado en curvas.

—Curvas sí que tengo —dijo Nadia, apartándole la mano.

Él se inclinó hacia adelante y trató de morderle el pecho, pero ella lo esquivó.

—La belleza es lo que tú eres, Nadejda Francine. De acuerdo con estos criterios eres la reina de Marte.

—La princesa de Marte —corrigió ella distraída, pensando en lo que él había dicho.

—Sí, correcto. Nadejda Francine Cherneshevski, la princesa nuevededos de Marte.

—Tú no eres un hombre convencional.

—¡No! —Silbó.— ¡Nunca afirmé serlo! Excepto ante cierto comité de selección, por supuesto. ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! Los hombres convencionales consiguen a Maya. Esa es su recompensa. —Y se rió como un salvaje.

Una mañana cruzaron las últimas colinas rotas de Cerberus y flotaron sobre los llanos polvorientos de Amazonis Plañida. Arkadi bajó el dirigible para poner un molino de viento entre las dos últimas lomas del viejo Cerberus. Sin embargo, algo falló en el cierre del gancho del montacargas y se abrió de golpe cuando el molino estaba sólo a medio camino. Cayó de pie golpeando contra el suelo. Desde la nave parecía intacto, pero cuando Nadia se enfundó el traje y descendió por el cable, descubrió que la placa de calor se había resquebrajado y estaba suelta.

Y ahí, detrás de la placa, había una masa de algo. Un algo de un verde apagado con un toque de azul oscuro, dentro de la caja. Metió un destornillador y lo tocó con cautela.

—Mierda —dijo.

—¿Qué? —dijo Arkadi desde arriba.

Ella no le hizo caso, sacó con el destornillador un poco de la sustancia y la guardó en la bolsa de los tornillos y tuercas. Se enganchó al cable.

—Súbeme —ordenó.

—¿Qué pasa? —preguntó Arkadi.

—Tú súbeme.

Arkadi cerró las puertas del compartimiento de bombas detrás de Nadia y se le acercó mientras ella se desenganchaba del cable.

—¿Qué sucede?

Nadia se quitó el casco.

—¡Sabes lo que sucede, bastardo! —Le atizó un puñetazo y él voló hacia atrás, chocando contra un muro de molinos de viento.

—¡Ay! —gritó él; un aspa le había lastimado la espalda—. ¡Eh! ¿Cuál es el problema? ¡Nadia!

Ella sacó la bolsa del bolsillo del traje y la agitó ante él.

—¡Éste es el problema! ¿Como pudiste hacerlo? ¿Cómo pudiste mentirme? Bastardo, ¿tienes alguna idea de la clase de dificultades en que vamos a meternos? ¡Vendrán hasta aquí y nos enviarán a todos de vuelta a la Tierra!

Con los ojos muy abiertos, Arkadi se frotó la mandíbula.

—Yo no te mentiría, Nadia —dijo con seriedad—. No le miento a mis amigos. Déjame ver eso.

Ella lo miró y él le devolvió la mirada, la mano extendida esperando la bolsa, el blanco de los ojos visible alrededor de los iris. Se encogió de hombros y ella frunció el ceño.

—¿De verdad que no lo sabes? —preguntó.

—¿Saber qué?

No podía creer que él fingiera ignorancia; sencillamente, no era su estilo. Lo cual hizo que, de pronto, todo pareciera muy extraño.

—Por lo menos algunos de nuestros molinos de viento son pequeñas granjas de algas.

—¿Qué?

—Los jodidos molinos de viento que hemos estado soltando por todas partes —dijo ella—. Están llenos de las algas nuevas, o los líquenes de Vlad, o lo que sea. Mira.

Depositó la bolsita en la diminuta mesa de cocina, la abrió y sacó algo con la punta del destornillador. Fragmentos nudosos de un liquen azulado. Igual que las formas de vida marcianas de las viejas novelas.

Se quedaron mirándolo.

—Caramba —dijo Arkadi.

Se inclinó hasta acercar los ojos a un centímetro de la sustancia sobre la mesa.

—¿Me juras que no lo sabías? —insistió Nadia.

—Te lo juro. No te haría eso, Nadia. Tú lo sabes. Ella soltó un largo suspiro.

—Bueno… por lo visto, nuestros amigos nos lo harían a nosotros. Él se irguió y asintió.

—Así es. —Estaba distraído, preocupado. Se acercó a uno de los molinos de viento y lo separó del resto.— ¿Dónde estaba la cosa?

—Detrás de la placa térmica. —Se pusieron a trabajar con las herramientas de Nadia y abrieron el molino. Detrás de la placa había otra colonia de algas de la Colina Subterránea. Nadia tanteó alrededor de los bordes de la placa y descubrió un par de goznes pequeños donde la parte superior se unía con el interior del contenedor.— Mira, está hecho para que se abra.

—Pero ¿quién la abre? —dijo Arkadi.

—¿Por radio?

—Maldición. —Arkadi se levantó y paseó de arriba abajo por el estrecho corredor.— Quiero decir…

—¿Cuántos viajes en dirigible se han hecho ya? ¿Diez, veinte? ¿Y todos soltaron estas cosas?

Arkadi empezó a reír. Echó la cabeza hacia atrás y su enorme sonrisa de loco le hendió en dos la barba roja, y siguió riéndose hasta que tuvo que agarrarse los costados.

—¡Ja, ja, ja, ja, ja, ¡a, ja!

Nadia, que no lo consideraba nada gracioso, sintió no obstante que ver la cara de Arkadi la hacía sonreír.

—¡No es gracioso! —protestó—. ¡Estamos metidos en un problema muy serio!

—Quizá —dijo él.

—¡Pero sí, de veras! ¡Y todo por tu culpa! ¡Algunos de esos estúpidos biólogos se tomaron en serio tus desvaríos anarquistas!

—Bueno —dijo él—, por lo menos es un punto a favor de esos bastardos. Quiero decir… —Regresó a la cocina para observar la masa de sustancia azul—. En cualquier caso, ¿de quién crees que estamos hablando exactamente? ¿Cuántos de nuestros amigos están metidos en esto? ¿Y por qué demonios no me lo contaron?

Nadia se dio cuenta de que era eso lo que más le dolía. En realidad, cuanto más lo pensaba, más se preocupaba; era evidente que había un subgrupo dentro del grupo que actuaba fuera de la supervisión de la UNOMA, pero que no incluía a Arkadi, a pesar de que había sido el primer y más clamoroso defensor de esa subversión. ¿Qué significaba? ¿Había gente que lo apoyaba pero no confiaba en él? ¿Había disidentes que llevaban a cabo otros programas?

No tenían forma de saberlo. Pasado un rato levaron anclas y continuaron la marcha sobre Amazonis. Sobrevolaron un cráter de tamaño medio llamado Pettit, y Arkadi comentó que sería un buen sitio para un molino de viento, pero Nadia respondió con un gruñido. Siguieron volando y discutieron la situación. No había duda de que alguien de los laboratorios de bioingeniería tenía que estar metido en el asunto; probablemente la mayoría; quizá todos. Y luego Sax, el diseñador de los molinos de viento, seguro que estaba complicado. E Hiroko había sido una defensora de los molinos, aunque ninguno sabía con certeza por qué… y no podían asegurar que ella aprobaría algo así o no, ya que era demasiado reservada. Pero no parecía imposible.

Mientras lo discutían, desmontaron por completo el molino de viento roto. La placa térmica cerraba como una puerta el compartimiento que contenía las algas; cuando la placa se abriera, las algas serían liberadas en una zona que estaría un poco más caliente a causa de la misma placa térmica. Así pues, cada molino de viento funcionaba como un microoasis, y si las algas conseguían sobrevivir y luego crecer más allá de la pequeña zona calentada por la placa, perfecto. Si no, estaba claro que no les iría demasiado bien en Marte. La placa de calor les daría un buen empujón, nada más. O eso es lo que sus creadores debieron de haber pensado.

—Nos han convertido en Johnny Appleseed —dijo Arkadi.

—¿Johnny qué?

—Un cuento popular norteamericano. —Le explicó de qué trataba.

—Sí, cierto. Y ahora Paul Bunyan va a venir a darnos una patada en el culo.

—Ja. Nunca. El Gran Hombre es mucho más grande que Paul Bunyan, créeme.

—¿El Gran Hombre?

—Ya sabes, todos esos nombres para los accidentes del paisaje. Las Huellas del Gran Hombre, la Bañera del Gran Hombre, el Curso de Golf del Gran Hombre, cosas así.

—Ah, ya sé.

—En cualquier caso, no veo cómo nos vamos a meter en problemas. No sabíamos nada.

—¿Y quién va a creérselo?

—Es verdad. Esos bastardos, con esto sí que me han fastidiado.

Era evidente que eso era lo que más molestaba a Arkadi. No que hubieran contaminado Marte con flora y fauna alienígenas, sino que no se lo hubieran dicho. Y Arkadi tenía su propio grupo, quizás más que eso: gente que estaba de acuerdo con él, una especie de seguidores. Todo el grupo de Fobos, un montón de los programadores de la Colina Subterránea. Y si algunos de los suyos le ocultaban cosas, eso era malo; pero si otro grupo tenía planes secretos propios, al parecer eso era peor, pues como mínimo representaba una interferencia, y quizá una competencia.

O es lo que él parecía pensar. No lo dijo de manera muy explícita, pero sus rezongos y sus súbitos juramentos mordaces eran obviamente genuinos aunque se alternaran con estallidos de hilaridad. Daba la impresión de que no era capaz de decidir si se sentía complacido o molesto, y Nadia llegó por último a la conclusión de que ambas cosas a la vez. Así era Arkadi; sentía todo sin reservas y sin medida, y no le preocupaba mucho la coherencia. Pero Nadia no estaba muy segura de que en esta ocasión le gustaran los motivos de Arkadi, tanto los de su cólera como los de su risa, y así se lo dijo con considerable irritación.

—¡Vamos! —exclamó él—. ¿Por qué ocultármelo cuando desde el principio había sido mi idea?

—Porque sabían que tal vez yo te acompañaría. Si te lo contaban, tó te verías obligado a contármelo. Y entonces, ¡yo lo habría impedido! Arkadi soltó una gran carcajada.

—¡De modo que después de todo fueron muy considerados!

—A la mierda.

Los bioingenieros, Sax, la gente del Cuartel que en realidad había construido los aparatos. Probablemente alguien en comunicaciones… había unos cuantos que tenían que saberlo.

—¿Qué me dices de Hiroko? —preguntó Arkadi.

No fueron capaces de decidirse. No sabían lo suficiente sobre ella como para poder adivinar qué pensaba. Nadia tenía la convicción de que estaba metida en el asunto, pero no supo explicar por qué.

—Supongo —dijo, pensándolo—, supongo que hay un grupo en torno a Hiroko, todo el equipo de la granja y unos cuantos de los otros, que la respetan y… y la siguen. En cierto modo, incluso Ann. ¡Aunque Ann la detestará cuando se entere! ¡Vaya! De todos modos, me da la impresión de que Hiroko estaría siempre al corriente de cualquier posible secreto. En especial de algo relacionado con los sistemas ecológicos. Después de todo, el grupo de bioingeniería trabaja con ella la mayor parte del tiempo, y para algunos es una especie de gurú, casi la adoran. ¡Es probable que ella los aconsejase cuando estaban poniendo esas algas!

—Hummm…

—Es probable que ella aprobara la idea, o aun que llegara a autorizarla.

Arkadi asintió.

—Comprendo lo que quieres decir.

Siguieron hablando, desmenuzando cada detalle. La tierra que sobrevolaban, llana e inmóvil, ahora le parecía distinta a Nadia. Había sido sembrada, fertilizada; iba a cambiar, de forma inevitable. Charlaron del resto de los planes de terraformación de Sax: los espejos gigantes en órbita, reflejando la luz del sol en los crepúsculos, carbono distribuido sobre los casquetes polares, calor areotermal, los asteroides de hielo. Parecía que todo iba a suceder de verdad. El debate había sido evitado; iban a cambiar la faz de Marte.

La segunda noche después del sorprendente descubrimiento, mientras preparaban la cena anclados al abrigo de un cráter, recibieron una llamada de la Colina Subterránea, transmitida a través de los satélites de comunicación.

—¡Eh, vosotros dos! —dijo John Boone a modo de saludo—.

¡Tenemos un problema!

—Vosotros tenéis un problema —replicó Nadia.

—Vaya. ¿Sucede algo ahí?

—No, no.

—Bueno, estupendo, porque en realidad sois vosotros los que tenéis el problema, ¡y no me gustaría que tuvierais más de uno! Se ha desencadenado una tormenta de polvo en la región de Garitas Fossae, y está creciendo y yendo hacia el norte a gran velocidad. Creemos que os alcanzará en un par de días.

—¿No es pronto para las tormentas de polvo? —preguntó Arkadi.

— Bueno, no, estamos en Ls=240, que es una estación de tormentas. La primavera septentrional. En cualquier caso, ahí está, y va hacia vosotros.

Les envió una fotografía de satélite y ellos la estudiaron con atención en la pantalla. Una nube amarilla y amorfa cubría la región al sur de Tharsis.

—Será mejor que regresemos ahora mismo —dijo Nadia después de examinar la fotografía.

—¿De noche?

—Podemos activar los propulsores con baterías esta noche, y recargarlas mañana a primera hora. Luego quizá no tengamos mucha luz solar, a menos que seamos capaces de elevarnos por encima del polvo.

Después de discutir el asunto un poco más con John, y luego con Ann, dejaron que el viento los empujara en dirección este-nordeste; con ese rumbo pasarían justo al sur del Monte Olimpo. Luego esperaban poder rodear el lado norte de Tharsis, que los protegería de la tormenta de polvo al menos durante un cierto tiempo.

Parecía más ruidoso volar de noche. La embestida del viento sobre el material de la cubierta era un gemido vacilante, el sonido de los motores un zumbido grave y lastimero. Se sentaron en la cabina, iluminada sólo por las débiles luces verdes de los instrumentos, y conversaron en voz baja mientras sobrevolaban la tierra negra. Les quedaban unos 3.000 kilómetros por recorrer antes de llegar a la Colina Subterránea; eran unas trescientas horas de vuelo; si cubrían el trayecto sin paradas, tardarían doce días. Pero la tormenta, si crecía como era habitual, los alcanzaría mucho antes. Después… era difícil saberlo. Sin la luz del sol, los propulsores agotarían las baterías, y entonces…

—¿No podemos dejarnos llevar por el viento? —preguntó Nadia—.

¿Utilizar los propulsores sólo para impulsos esporádicos?

—Tal vez. Pero en estos aparatos los propulsores ayudan a que nos elevemos, ya sabes.

—Sí. —Nadia preparó café y llevó las tazas hasta la cabina. Se sentaron y bebieron, y observaron el paisaje negro o la curva verde de la pequeña pantalla de radar.— Es probable que tengamos que tirar todo lo innecesario. En especial esos malditos molinos de viento.

—Todo es lastre, así que guardémoslo para cuando nos haga falta subir.

Las horas de la noche fueron transcurriendo. Se turnaron al timón, y Nadia dormitó intranquila una hora. Cuando regresó a la cabina, vio que la masa negra de Tharsis se había desplazado hacía el horizonte: los dos volcanes más occidentales de los tres príncipes, el Monte Ascraeus y el Monte Pavonis, eran visibles como jorobas de estrellas ocultas allá lejos, en el borde del mundo. A la izquierda, el Monte Olimpo todavía era una masa imponente sobre el horizonte, y junto con los otros dos volcanes daba la impresión de que volaran a baja altura en algún cañón realmente gigantesco. La pantalla del radar reproducía la escena en líneas verdes sobre la cuadrícula de la pantalla.

Luego, en la hora que precede al amanecer, pareció como si otro volcán inmenso estuviera elevándose detrás de ellos. Todo el horizonte meridional subía, y las estrellas bajas desaparecían mientras ellos miraban. Orión se hundió en la oscuridad. La tormenta estaba cerca.

Cayó sobre ellos justo al amanecer, sofocando el rojo en el cielo oriental, pasando sobre ellos, devolviendo el mundo a una oscuridad rojiza. El viento aumentó hasta que barrió las ventanas de la góndola con un rugido mudo y después con un sonoro aullido. El polvo los dejaba atrás a una velocidad aterradora, superreal. Entonces el viento sopló todavía más y la góndola salió arriba y abajo mientras el armazón del dirigible se contorsionaba.

En cierto momento Arkadi dijo:

—Con un poco de suerte el viento girará por el saliente norte de Tharsis.

Nadia asintió en silencio. No habían podido recargar las baterías después del vuelo nocturno, y sin luz solar los motores no funcionarían muchas horas más.

—Hiroko me contó que durante una tormenta la luz del sol es un quince por ciento de la normal —dijo ella—. A más altura debería haber más luz. Así que podríamos recargarlas, aunque será lento. Los propulsores los utilizaríamos de noche.

Tecleó en una computadora. Algo en la expresión de la cara de Arkadi —no miedo, ni siquiera ansiedad, sino una curiosa y leve sonrisa— la hizo consciente del gran peligro en que estaban. Si no podían utilizar los propulsores, no podrían gobernar la nave y quizá ni siquiera permanecer en vuelo. Es cierto que podrían descender y tratar de asegurarse con las anclas, pero sólo disponían de comida para unas pocas semanas, y estas tormentas duraban a menudo dos meses, a veces tres.

—Ahí está el Monte Ascraeus —dijo Arkadi, señalando la pantalla del radar—. Una buena imagen. —Se rió.— Me temo que es la mejor vista que conseguiremos por ahora. Es una pena, realmente deseaba verlo.

¿Recuerdas Elysium?

—Sí, sí —dijo Nadia, ocupada en llevar a cabo simulaciones sobre la eficacia de las baterías.

La luz diaria del sol se encontraba cerca del máximo del perihelio, circunstancia que había iniciado la tormenta; y los instrumentos indicaban que alrededor del veinte por ciento de la luz solar total penetraba hasta ese nivel (a los ojos de Nadia parecía más un treinta o un cuarenta); por tanto quizá fuera posible mantener los propulsores encendidos la mitad del tiempo, algo que los ayudaría mucho. Sin ellos avanzaban a unos doce kilómetros por hora, y también perdían altitud, aunque quizá sólo fuese que el suelo se elevaba. Los propulsores les permitirían mantener una altitud regular e influir en el curso en uno o dos grados.

—¿Tienes idea de lo espeso que es este polvo?

—¿Lo espeso que es?

—Ya sabes, gramos por metro cúbico. Intenta ponerte en contacto con Ann o Hiroko y averígualo, ¿quieres?

Ella se fue a ver qué llevaban a bordo que pudiera alimentar a los propulsores. Hidrazina, para las bombas de vacío del compartimiento de descarga; probablemente se podrían conectar los motores de las bombas a los propulsores… Estaba apartando con el pie uno de los malditos molinos de viento cuando se quedó mirándolo con fijeza. Las placas térmicas se calentaban mediante una descarga eléctrica generada por la rotación de los molinos. De modo que si conseguía llevar esa descarga a las baterías de propulsión e instalar los molinos en el exterior de la góndola, el viento los haría girar como peonzas y la electricidad ayudaría a alimentar a los propulsores. Mientras hurgaba en el armario del equipo en busca de cables, transformadores y herramientas, le contó la idea a Arkadi y él soltó su risa de loco.

—¡Buena idea, Nadia! ¡Gran idea!

—Si funciona.

Revolvió en el equipo de herramientas, desgraciadamente más pequeño que el suyo. La luz en la góndola era espectral, un débil resplandor amarillo que titilaba con cada ráfaga de viento. En las ventanas laterales se alternaban momentos de luz con densas nubes amarillas parecidas a cúmulos que pasaban velozmente junto a ellos, y otros de una total oscuridad. Un torrente de polvo que volaba a más de 300 kilómetros por hora barría las superficies de las ventanas. Incluso a doce milibares las ráfagas del viento sacudían el dirigible de un lado a otro; arriba en la cabina, Arkadi maldecía la insuficiencia del piloto automático.

—Reprográmalo —gritó Nadia, y entonces recordó todas aquellas sádicas simulaciones a bordo del Ares y se rió en voz alta—. ¡Problema de vuelo! ¡Problema de vuelo!

Volvió a reírse de los juramentos de Arkadi y regresó al trabajo. Por lo menos el viento los haría avanzar más deprisa. Arkadi le gritó la información que Ann acababa de transmitirle. El polvo era extremadamente fino, la partícula media de unos 2,5 micrones; la masa total de la columna de unos 10-3 gramos por cm2, distribuida con bastante regularidad desde la parte superior a la inferior de la columna. No estaba tan mal; déjalo caer a tierra y será una capa bien fina, todo concordaba con lo que habían visto en los cargamentos que habían soltado tiempo atrás en el emplazamiento de la Colina Subterránea.

Cuando instaló los cables para unos cuantos molinos, se precipitó por el corredor hasta la cabina.

—Ann dice que los vientos serán más flojos cerca del suelo —informó Arkadi.

—Bien. Necesitamos descender para sacar fuera esos molinos.

De modo que aquella tarde bajaron a ciegas, y dejaron que el ancla se arrastrara hasta que al fin se enganchó. El viento allí era más flojo, pero aun así el descenso por el cable le pareció horrible a Nadia. Abajo y abajo, entre las embestidas de nubes de polvo amarillo, oscilando de un lado a otro… ¡y por fin alcanzó a pisar el suelo! Se arrastró hasta detenerse. Una vez que se soltó del cable, inclinó el cuerpo contra el viento; las ráfagas parecían golpes y volvió a sentirse hueca, más que otras veces. La visibilidad iba y venía en oleadas, y el polvo pasaba volando a una velocidad inquietante. En la Tierra un viento tan rápido sencillamente lo levantaría a uno y se lo llevaría como un tornado se lleva una escoba.

Pero aquí uno podía mantenerse en el suelo, aunque a duras penas. Arkadi había estado haciendo bajar el dirigible por el cable del ancla, y en ese momento se cernió sobre ella como un techo verde. Bajo la nave la oscuridad era fantasmagórica. Nadia desenrolló los cables hasta los turbopropulsores de los extremos de las alas, y los empalmó a los contactos interiores, trabajando a toda marcha para tratar de reducir la exposición al viento y salir de debajo del corcoveante Punta de Flecha. Taladró con dificultad unos agujeros en la base del fuselaje y atornilló diez molinos. Mientras conectaba los cables al fuselaje de plástico, el dirigible entero se desplomó tan rápidamente que tuvo que echarse de bruces, el cuerpo extendido sobre el suelo frío, el taladro un bulto duro bajo el estómago.

—¡Mierda! —gritó.

—¿Qué pasa? —preguntó Arkadi por el intercomunicador.

—Nada —dijo ella, poniéndose en pie de un salto y conectando los cables todavía más deprisa—. Jodida situación… es como trabajar en un trampolín… —Entonces, justo al acabar, el viento volvió a soplar con fuerza y ella tuvo que regresar a gatas al compartimiento de bombas.

— ¡El maldito cacharro casi me aplasta! —le gritó a Arkadi roncamente cuando se quitó el casco.

Mientras él trabajaba para soltar el ancla, Nadia fue trastabillando por el interior, recogiendo cosas que no necesitarían y llevándolas al compartimiento de bombas: una lámpara, uno de los colchones, la mayoría de los utensilios de cocina y el servicio de mesa, algunos libros, todas las muestras de rocas. Una vez dentro, las expulsó con felicidad. Si alguna vez algún viajero se encontraba con ese montón de cosas, pensó, seguramente se preguntaría qué demonios habría sucedido.

Tuvieron que acelerar los dos propulsores al máximo para desenganchar el ancla, y empezaron a volar como una hoja en noviembre. Mantuvieron los propulsores al máximo y ganaron altura lo más rápidamente posible; había unos volcanes pequeños entre Olimpo y Tharsis, y Arkadi quería pasar a varios cientos de metros por encima. La pantalla del radar les mostró que el Monte Ascraeus iba quedando atrás. Cuando estuvieran bien al norte, podrían virar hacia el este y bordear el flanco septentrional de Tharsis, y luego descender hasta la Colina Subterránea.

Pero, a medida que transcurrían las largas horas, se dieron cuenta de que el viento bajaba por la vertiente norte de Tharsis y soplaba de proa, de modo que incluso yendo a máxima potencia hacia el sudeste, sólo avanzaban hacia el nordeste. Intentando avanzar con el viento de través, el pobre Punta de Flecha se balanceaba como un columpio, lanzándolos arriba y abajo.

La oscuridad cayó de nuevo. Fueron impulsados más al nordeste. Con ese rumbo, iban a pasar a varios cientos de kilómetros de la Colina Subterránea. Después, nada; ningún emplazamiento, ningún refugio. Serían empujados sobre Acidalia, hacia Vastitas Borealis, hacia el mar petrificado y vacío de las dunas negras. Y no tenían ni comida ni agua suficientes para circunnavegar el planeta otra vez y volver a intentarlo.

Sintiendo el polvo en la boca y los ojos, Nadia regresó a la cocina y calentó una comida para los dos. Estaba exhausta, y cuando el olor de la comida llenó el aire, se dio cuenta de que también tenía mucha hambre. Sed también, y el reciclador de agua funcionaba con hidrazina.

Al pensar en el agua, le vino a la mente una imagen del viaje al polo norte: aquella galería rota de permafrost, con un vertido blanco de hielo de agua. ¿Por qué lo recordaba ahora?

Volvió trabajosamente a la cabina, agarrándose a la pared. Tomó una comida polvorienta con Arkadi, intentando resolver el enigma. Arkadi miraba la pantalla del radar, en silencio, aunque parecía preocupado.

—Mira —dijo ella—, si llegáramos a captar las señales de los radiofaros en nuestro camino hacia Chasma Borealis, nos ayudarían a descender. Un rover robot vendría luego a recogernos. La tormenta no los afectará, ya que no dependen de lo que ven. Podríamos dejar el Punta de Flecha bien amarrado y volver a casa en un vehículo terrestre.

Arkadi la miró y terminó de tragar un bocado.

—Buena idea —dijo.

Pero sólo si eran capaces de captar las señales de los radiofaros. Arkadi encendió la radio y llamó a la Colina Subterránea. La conexión crepitó en una tormenta de estática casi tan densa como el polvo, pero aun así pudieron entenderse. Toda aquella noche conferenciaron con la gente de la base, discutiendo frecuencias, amplitudes de banda, el polvo y las señales bastante débiles de los radiofaros. Como habían sido diseñados sólo para comunicarse con los rovers próximos, iba a ser difícil oírlos. La Colina Subterránea quizá pudiera precisar la posición en que estaban e indicarles un punto adecuado de descenso, y el radar también los ayudaría a localizar el camino; pero ninguno de esos métodos sería muy exacto; nunca encontrarían el camino en la tormenta sí no descendían justo encima de él. Diez kilómetros a un lado u otro y el camino pasaría más allá del horizonte y ellos estarían en un aprieto. Sería mucho más seguro si pudieran sintonizar un radiofaro y bajar siguiendo la señal.

En cualquier caso, la Colina Subterránea despachó un rover robot por el camino del norte. Llegaría en unos cinco días a la zona que se esperaba que ellos cruzaran; a la velocidad actual, ahora de casi treinta kilómetros por hora, la atravesarían en unos cuatro días.

Cuando todo estuvo dispuesto, se turnaron las guardias el resto de la noche. Nadia durmió inquieta en sus momentos libres y pasó la mayor parte del tiempo tumbada en la cama, sintiendo las sacudidas del viento. Las ventanas estaban tan oscuras como si hubieran corrido unas cortinas. El aullido del viento era como un horno de gas, y en ocasiones como el gemido de los banshees; una vez soñó que se encontraban dentro de un gran horno lleno de demonios ígneos: despertó transpirando y fue a relevar a Arkadi. Toda la góndola olía a sudor, a polvo y a hidrazina quemada. A pesar del microsellado de las junturas, había una capa blancuzca visible en el interior de la góndola. Se limpió las manos sobre un tabique de plástico de color azul claro y se quedó mirando las marcas de los dedos. Increíble.

Avanzaron dando sacudidas entre la penumbra de los días, entre la oscuridad sin estrellas de las noches. El radar mostró lo que les pareció el Cráter Fesenkov extendiéndose debajo de ellos; aún eran empujados hacia el nordeste y no había ninguna posibilidad de que pudieran oponerse a la tormenta y dirigirse al sur hacia la Colina Subterránea. No tenían otra esperanza que el camino polar. Nadia ocupó su tiempo fuera de las guardias buscando cosas que tirar por la borda y quitando las partes de la góndola que no consideró esenciales; hasta los mismos ingenieros de Friedrichshafen se hubieran estremecido. Pero los alemanes siempre se exceden en el diseño de las cosas, y además nadie en la Tierra llegaría a entender alguna vez lo que era la g marciana. Así que aserró y martilleó hasta que todo en el interior de la góndola quedó reducido a lo mínimo. Cada vez que usaba el compartimiento de bombas, se introducía otra pequeña nube de polvo, aunque consideró que valía la pena; necesitaban la elevación, el remiendo con los molinos no estaba dando suficiente energía a las baterías y hacía tiempo que había tirado el resto por la borda. Aunque los hubiera tenido, no habría vuelto a instalarlos debajo del dirigible; el recuerdo del incidente aún le daba escalofríos. En cambio, seguía sacando cosas. Si hubiera podido meterse en los globos compensadores, habría tirado también algunas piezas del armazón del dirigible.

Mientras ella trabajaba, Arkadi daba vueltas alrededor de la góndola animándola a seguir, desnudo y rebozado con una capa de polvo, el hombre rojo en persona, entonando canciones y mirando la pantalla del radar, engullendo comidas rápidas, planificando el curso. Era difícil no contagiarse de un poco de su alegría, no maravillarse con él ante los embates más fuertes del viento, no sentir el polvo salvaje que ahora le volaba en la sangre.

Y así pasaron tres días largos e intensos, en la frenética garra del viento anaranjado oscuro. Y al cuarto, poco después del mediodía, subieron al máximo el volumen del receptor y escucharon el crepitante rugido de la estática en la frecuencia de los radiofaros. Nadia se concentró en el ruido y se adormeció, pues había descansado muy poco; casi estaba inconsciente cuando Arkadi dijo algo; se incorporó bruscamente en la silla.

—¿Lo oyes? —preguntó él de nuevo. Ella escuchó, y negó con la cabeza—. Ahí, es una especie de pim… Ella oyó un pequeño bip.

—¿Es eso?

—Me parece que sí. Voy a bajar tan rápidamente como pueda; tendré que vaciar algunos de los globos.

Escribió en el teclado del tablero; el dirigible se inclinó hacia adelante y empezaron a descender a velocidad de emergencia. Los números del altímetro bajaron titilando. La pantalla del radar mostró que el terreno era básicamente una planicie. El pim se hizo más claro… Sin receptor direccional, no tenían otra manera de saber si aún seguían aproximándose o alejándose. Pim… pim… pim… Nadia se sentía agotada y no podía decir sí el ruido se volvía más fuerte o más débil; le parecía que cada señal tenía un volumen distinto, dependiendo de la atención que pudiera prestarle.

—Se está debilitando —dijo de pronto Arkadi—. ¿No crees?

—No lo sé.

—Sí.

Encendió los propulsores y el zumbido debilitó definitivamente la señal. Viró contra el viento y el dirigible se sacudió con violencia; luchó por estabilizar el descenso, pero pasaban unos segundos entre cada cambio de los alerones y las sacudidas del dirigible; en realidad estaban en poco más que en caída controlada. Los intervalos entre los pim parecían alargarse.

Cuando el altímetro indicó que habían bajado lo suficiente, echaron el ancla. Después de un momento de ansiedad en que flotaron a la deriva, se enganchó y resistió. Soltaron todas las otras anclas e hicieron descender la nave tirando de los cabos. Luego Nadia se enfundó un traje, se sujetó al cable del montacargas y bajó. Una vez en la superficie comenzó a deambular en un amanecer color chocolate, encorvándose para resistir la corriente irregular del viento. Se dio cuenta de que en la Tierra nunca se había sentido físicamente más exhausta, y que en verdad le era imposible avanzar contra el viento, tenía que cambiar de dirección. La aguda señal del radiofaro sonó en el intercomunicador, y el suelo pareció sacudirse debajo de ella; era difícil mantener el equilibrio. El pim sonaba con bastante nitidez.

—Teníamos que haber escuchado todo el tiempo por los intercomunicadores de los cascos —le dijo a Arkadi—. Se oye mejor.

Una ráfaga la derribó. Se levantó y siguió arrastrando los pies, despacio, soltando un cabo de nailon detrás de ella, cambiando de dirección mientras seguía el volumen de los pims. El suelo ondulaba bajo sus pies, siempre que podía verlo; la visibilidad en realidad era de un metro, menos cuando soplaban las ráfagas más densas. Luego se aclararon un poco y unos chorros marrones de polvo pasaron como un relámpago, cortina tras cortina, a una velocidad pasmosa. El viento la golpeaba con tanta fuerza como cualquier golpe que hubiera recibido alguna vez en la Tierra, o más duramente; era un trabajo doloroso mantener el equilibrio, un esfuerzo físico constante.

Mientras avanzaba dentro de una nube espesa y cegadora, casi se dio de bruces con uno de los radiofaros, que se erguía allí como el poste gordo de una valla.

—¡Eh! —gritó.

—¿Qué sucede?

—¡Nada! Me he dado un susto al toparme con la señal del camino.

—¡Lo has encontrado!

—Sí.

Sintió que el agotamiento le bajaba a las manos y pies. Se sentó en el suelo un minuto, luego volvió a levantarse; estaba demasiado frío para quedarse sentada. El dedo fantasma le dolía.

Aferró el cabo de nailon y regresó a ciegas al dirigible, sintiendo que había entrado en el mito milenario y que seguía el único hilo que la sacaría del laberinto.

Durante su viaje en rover hacia el sur, ciegos en el polvo volador, crepitó por la radio la noticia de que la UNOMA acababa de aprobar y conceder los fondos para el establecimiento de tres nuevas colonias. En cada una habría unos quinientos colonos, todos procedentes de países que no estaban representados en los primeros cien.

Y el subcomité de terraformación había recomendado, y la Asamblea General aprobado, todo un paquete de trabajos de terraformación en Marte, entre ellos la distribución en la superficie del planeta de microorganismos creados por ingeniería genética y fabricados de una materia prima sacada de algas, bacterias o líquenes.

Arkadi se rió durante medio minuto.

—¡Esos bastardos, esos bastardos con suerte! Les perdonarán lo que hicieron.

CUARTA PARTE

Nostalgia

Una mañana de invierno el sol brilla sobre el Valle Marineris, iluminando los muros de la zona norte de esa gran concatenación de cañones. Y bajo esa luz intensa se puede ver que aquí y allá un filón o afloramiento está tocado de una verrugosa mota de liquen negro.

Y es que la vida se adapta. No tiene sino unas pocas necesidades: un poco de combustible, un poco de energía, y es fantásticamente ingeniosa en extraer lo que necesita de un amplio abanico de entornos. Algunos organismos viven siempre por debajo del punto de congelación del agua, otros por encima del punto de ebullición; algunos viven en zonas radiactivas, otros en regiones altamente salobres, o dentro de roca sólida, o en la oscuridad total, o en deshidratación extrema, o sin oxígeno. Se acomodan a toda suerte de entornos gracias a medidas de adaptación extrañas y maravillosas, inimaginables; y así desde el lecho rocoso hasta la atmósfera, la vida ha impregnado la Tierra con el tejido completo de una gran biosfera.

Todas estas capacidades de adaptación están codificadas y se transmiten genéticamente. Si hay una mutación en los genes, los organismos cambian. Si los genes son alterados, los organismos cambian. Los bioingenieros emplean esos dos métodos de modificación, no sólo la recombinación génica, sino también el arte más antiguo de la reproducción selectiva. Los microorganismos son puestos en cultivo, y los que crecen más deprisa (o aquellos que presentan las características deseadas) son seleccionados y vueltos a poner en cultivo; se añaden mutágenos que aceleran el ritmo de mutación; y con la rápida sucesión de generaciones microbianas (digamos diez al día), se puede repetir ese proceso hasta obtener algo satisfactorio. La reproducción selectiva es una de las más poderosas técnicas de bioingeniería clásica.

Pero son las técnicas más modernas las que atraen la atención. Los microorganismos creados por la ingeniería genética, o GEM, llevaban en escena sólo alrededor de medio siglo desde que los primeros cien llegaron a Marte. Pero medio siglo en la ciencia moderna es mucho tiempo. La conjugación de plátmidos se había convertido en una herramienta muy sofisticada en esos años. El repertorio de enzimas inhibidoras para las divisiones y de enzimas ligasas para las uniones, era amplio y versátil; la capacidad para trazar con precisión largas cadenas de ADN estaba ahí; el conocimiento acumulado sobre los genomas era inmenso, y aumentaba de forma exponencial: y usada en conjunto, esta nueva biotecnología estaba permitiendo todo tipo de modificación de características, promoción, replicación, suicidio provocado (para frenar el exceso de éxito), y así sucesivamente. Era posible aislar las secuencias de ADN de un cierto organismos luego sintetizar esos mensajes de ADN, separarlos y unirlos a cadenas de plásmidos; después se lavaban las células y se las ponía en una suspensión de glicerol con los nuevos plasmidos, y el glicerol era suspendido entre dos electrodos y recibía una breve e intensa descarga de unos 2.000 voltios, y los plásmidos en el glicerol eran proyectados al interior de las células, y ¡voilá! Ahí, arrojado a la vida como el monstruo de Frankenstein, había un organismo nuevo. Con nuevas capacidades.

Y así: líquenes de crecimiento rápido. Algas resistentes a la radiación. Hongos resistentes al frío extremo. Bacterias halófilas Archae, que ingerían sal y excretaban oxígeno. Moho suránico. Una taxonomía completa de nuevas formas de vida, todas parcialmente adaptadas a la superficie de Marte, todas ahí fuera intentándolo. Algunas especies se extinguieron: selección natural. Algunas prosperaron: supervivencia del más adaptado. Algunas prosperaron violentamente, a expensas de otros organismos, y luego excretaron ciertos productos químicos que activaron unos genes suicidas, y fueron muriendo hasta que los niveles de esos productos químicos volvieron a bajar.

Así que la vida se adapta a las condiciones. Y al mismo tiempo, las condiciones son modificadas por la vida. Ésa es una de las definiciones de la vida: el organismo y el entorno se transforman juntos según un acuerdo recíproco, ya que son dos manifestaciones de una misma ecología, dos partes de un todo.

Y por tanto: más oxígeno y nitrógeno en el aire. Pelusa negra sobre los suelos de los polos. Pelusa negra sobre las ásperas superficies de las rocas. Manchas de un verde pálido cubriendo el suelo. Granos más grandes de escarcha en el aire. Animáculos que se abren paso en las profundidades del regolito, como billones de topos diminutos, convirtiendo los nitritos en nitrógeno, los óxidos en oxígeno.

Al principio el proceso era casi invisible, y muy lento. Un golpe de frío o una tormenta solar y especies enteras se extinguían en una noche. Pero los restos alimentaban a las otras criaturas, y de ese modo éstas tenían una vida más fácil y el proceso se reanudaba. Las bacterias se reproducen rápidamente, duplicando su volumen muchas veces al día en condiciones favorables; las posibilidades matemáticas de su velocidad de crecimiento son asombrosas, y aunque los imperativos medio ambientales —en especial en Marte— mantienen todo crecimiento real lejos de sus límites matemáticos, no obstante, los nuevos organismos, los areofitos, se reprodujeron con rapidez, a veces mutaron, murieron, y la vida nueva se alimentó con el abono de sus antepasados, y volvió a reproducirse. Vivían y morían; y la tierra y el aire que dejaron atrás fueron diferentes a lo que habían sido antes de la aparición de esos millones de breves generaciones.

Y así una mañana sale el sol, y sus largos rayos atraviesan la cubierta de jirones de nubes que se extiende sobre el Valle Marineris. Sobre los muros del norte hay diminutos trozos de negro, amarillo, verde oliva, gris y verde. Motas de liquen salpican las caras verticales de la piedra, que se yerguen como siempre, frías, agrietadas y rojas; pero moteadas ahora, como enmohecidas.

Michel Duval soñaba que estaba otra vez en casa. Nadaba en el oleaje del cabo de Villefranche-sur-Mer, mecido por las cálidas aguas de agosto. Soplaba el viento y se acercaba la puesta de sol y el agua tenía un turbio color blanco broncíneo; los rayos del sol rebotaban en la superficie. Las olas eran grandes para el Mediterráneo, rápidas rompientes que se alzaban hendidas por el viento y batían en rápidas e irregulares líneas, permitiéndole cabalgar un momento sobre ellas. Luego se sumergía, en un revoltijo de burbujas y arena, y volvía a emerger a un estallido de luz dorada, con el sabor de la sal en la boca, los ojos escociéndole voluptuosamente. Grandes pelícanos negros se dejaban llevar sobre cojines de aire justo por encima del oleaje, remontaban vuelo con torpes movimientos, planeaban y se dejaban caer alrededor. Replegaban a medias las alas cuando se zambullían, ajustándolas hasta el momento del brusco choque con las aguas. A menudo emergían engullendo algún pez pequeño. A sólo unos metros de él chapoteaba uno de esos pelícanos, recortándose contra el sol como un Stuka o un pterodáctilo. Fresco y cálido a la vez, inmerso en sal, se agitó con el oleaje y parpadeó, cegado por la luz salina. Una ola de diamantes batió contra la orilla y se transformó en espuma.

Sonó el teléfono.

Sonó el teléfono. Eran Úrsula y Phyllis, que lo llamaban para decirle que Maya tenía otro de sus ataques y estaba desconsolada. Se levantó, se puso unos calzoncillos y fue al cuarto de baño. Las olas saltaron sobre una línea de resaca. Maya, deprimida otra vez. La última vez que la había visto estaba de buen humor, casi eufórica, y eso fue hacía… ¿una semana? Pero así era Maya. Estaba loca. Aunque loca al estilo ruso, lo que significaba que era un poder a tener en cuenta. ¡Madre Rusia! Tanto la Iglesia como los comunistas habían intentado erradicar el matriarcado, y lo único que consiguieron fue un torrente de amargo desdén castrador, toda una nación de despectivas russalkas y babayagas y que actuaban como supermujeres las veinticuatro horas del día, que vivían en una cultura casi partenogénica de madres, hijas, babushkas y nietas. Y, sin embargo, aún enfrascadas por necesidad en sus relaciones con los hombres, tratando desesperadamente de encontrar al padre perdido, a la pareja perfecta. O simplemente a un hombre que aceptara soportar una parte de la carga. Encontrar el amor perfecto, para luego acabar destruyéndolo casi siempre. Locas.

Bien, era peligroso generalizar. Pero Maya parecía un caso típico. Melancólica, airada, coqueta, brillante, encantadora, manipuladora, exaltada… y ahora ocupando la oficina como una enorme losa de abatimiento, los ojos enrojecidos e inyectados en sangre, la boca entreabierta. Úrsula y Phyllis agradecieron en susurros a Michel que se hubiera levantado tan temprano, y se fueron. Michel se acercó a las ventanas venecianas y las abrió, y la luz de la cúpula central inundó el cuarto. Volvió a reconocer que Maya era una mujer hermosa, con ese pelo reluciente y exuberante y esa mirada oscura y carismática, inmediata y directa. Nunca se acostumbraría, era desolador verla así de trastornada, tan alejada de su habitual vivacidad, del modo en que le apoyaba a uno un dedo en el brazo mientras parloteaba con tono confiado sobre esta o aquella cosa fascinante…

Todo eso extrañamente imitado por esta criatura desesperada, que se inclinaba sobre el escritorio y empezaba a contarle con voz ronca la última escena del eterno drama que interpretaban ella y John, y por supuesto Frank. Al parecer se había enfadado con John por negarse a conseguir que unas multinacionales radicadas en Rusia apoyaran el desarrollo de asentamientos en la Cuenca de Hellas; siendo el punto más bajo de Marte sería el primero en beneficiarse de los nuevos cambios atmosféricos. La presión del aire en Punto Bajo, cuatro kilómetros por debajo del plano de referencia, sería siempre diez veces mayor que en la cumbre de los grandes volcanes, y tres veces mayor que en el plano de referencia. Iba a ser el primer lugar adecuado para los humanos, perfecto para el desarrollo de las colonias.

Pero, al parecer, John prefería trabajar a través de la UNOMA y los gobiernos. Y ése era uno de los muchos desacuerdos políticos que estaban trastornándolos, hasta el punto de que peleaban con bastante frecuencia por otras cosas, de poca importancia, cosas sobre las que no habían peleado nunca.

Observándola, Michel casi dijo: John quiere que estés irritada con él. No estaba seguro de lo que contestaría John a eso. Maya se frotó los ojos y apoyó la frente en la mesa, dejando al descubierto la nuca y los hombros anchos y esbeltos. Ella jamás se mostraría tan angustiada delante de cualquiera de la Colina; era una intimidad que había entre ellos, algo que sólo hacía con él. Era como sí ella se hubiera quitado la ropa. La gente no comprendía que la verdadera intimidad no tenía por qué ser necesariamente una relación sexual, que se podía tener con desconocidos y en un estado de absoluta alienación; la intimidad consistía en hablar durante horas sobre lo más importante en la vida de uno. Aunque era verdad que desnuda ella estaría hermosa. La recordó en la piscina, nadando estilo espalda con un bañador azul abierto muy por encima de las caderas. Una imagen mediterránea: él flotaba en el agua en Villefranche, todo inundado con la luz ambarina del crepúsculo, y miraba hacia la playa, donde hombres y mujeres paseaban desnudos, salvo por los triángulos de neón de los bañadores cache-sexe —mujeres con los pechos desnudos y la piel tostada, caminando en parejas como bailarinas a la luz del sol— y entonces los delfines aparecían entre las olas, surcando la superficie entre él y la playa, con lustrosos cuerpos negros redondeados como los cuerpos de las mujeres…

Pero ahora Maya hablaba de Frank. Frank, quien parecía tener un sexto sentido para entender los problemas entre John y Maya, y que acudía raudo al lado de Maya cada vez que captaba las señales, para pasear con ella y hablar de una visión de Marte progresista, estimulante, ambiciosa, todo lo que no era la de John.

—Frank es mucho más dinámico que John estos días, no sé por qué.

—Porque está de acuerdo contigo —dijo Michel. Maya se encogió de hombros.

—Sí, supongo que es eso lo que quiero decir. Pero tenemos la oportunidad de desarrollar aquí toda una civilización, la tenemos. Y John es tan… —Un suspiro hondo.— Y sin embargo lo amo, de verdad. Pero…

Habló durante un rato del pasado, de cómo la relación que habían tenido en el viaje la salvó de la anarquía (o por lo menos del tedio), de lo bueno que había sido para ella el carácter estable y tranquilo de John. De que se podía contar con él. De cuánto la había impresionado la fama de John, hasta el punto de que había creído que con esa relación ella sería parte de la historia del mundo. Pero ahora comprendía que de todas maneras sería parte de la historia del mundo, los cien primeros lo serían. Habló con una voz más rápida y vehemente:

—Ahora no necesito a John en ese aspecto, sólo por los sentimientos que despierta en mí, pero ya no estamos de acuerdo en nada y no tenemos mucho en común, y con Frank, que ha tenido la cautela de contenerse siempre en cualquier ocasión, coincidimos en casi todo, y yo mostré tanto entusiasmo que de nuevo le he transmitido la señal equivocada, así que volvió a hacerlo, ayer en la piscina él… él me abrazó, ya sabes, me tomó por los brazos… —cruzó los brazos sobre el pecho-… y me pidió que dejara a John para irme con él, algo que yo nunca haría, y él estaba temblando, y le dije que no podía, pero yo también temblaba.

—Y por eso luego estaba muy nerviosa, y había provocado una pelea con John, la había provocado de una forma tan descarada que él se había puesto furioso y se había marchado en rover a la galería de Nadia y había pasado la noche allí con el equipo de construcción; y Frank había bajado para hablar de nuevo con ella, y cuando ella (apenas) consiguió rechazarlo, Frank declaró que se iba a vivir al asentamiento europeo del otro lado del planeta, ¡él, que era la fuerza motriz de la colonia!— Y lo va a hacer de verdad, no es de los que hablan porque sí. Ha aprendido alemán con esa facilidad que tiene, los idiomas no son un problema para Frank.

Michel trató de concentrarse en lo que decía Maya. No era fácil, porque sabía bien que dentro de una semana todo cambiaría, toda la dinámica de ese pequeño trío se alteraría hasta parecer irreconocible. Por lo que le era difícil sentirse implicado. ¿Qué había de sus propios problemas? Eran más, mucho más graves, pero a él nadie lo escuchaba. Se paseó ante la ventana, arriba y abajo, tranquilizándola con las preguntas y comentarios de costumbre. El verdor del jardín interior era refrescante, hubiera podido ser un patio en Arles o Villefranche; recordó de pronto la estrecha plaza con la arcada de cipreses, cerca del palacio del Papa, en Aviñón, la plaza y los cafés terraza en el verano, justo después de la puesta de sol, tenían el color de Marte. Sabor a aceite de oliva y a vino tinto…

—Vayamos a dar un paseo —dijo de pronto. Era parte de la sesión de terapia.

Cruzaron el jardín y fueron a las cocinas, de modo que Michel pudo tomar un desayuno que en seguida olvidó; comidas, olvido, se dijo mientras iban a las antecámaras. Se enfundaron unos trajes, los probaron, pasaron a la antecámara, la despresurizaron, y abrieron la gran puerta exterior y salieron.

El frío de diamantes. Durante un rato se quedaron en las aceras que circundaban la Colina Subterránea, paseando por el depósito y las grandes pirámides de sal.

—¿Crees que alguna vez servirá de algo toda esta sal? —preguntó él.

—Sax aún está trabajando en el problema.

De vez en cuando Maya volvía a hablar de John y Frank. Michel hizo las preguntas que un programa psiquiatra habría hecho, Maya contestó como habría contestado un programa Maya. Las voces les sonaban justo en los oídos, la intimidad del intercomunicador.

Llegaron a la granja de líquenes, y Michel se detuvo a mirar las bandejas, a empaparse con su color intenso y vivo. Algas negras de nieve, y luego gruesas alfombras de liquen, en las que el alga simbiótica era una cepa verde azulada que Vlad había conseguido cultivar en solitario; liquen rojo, al que no parecía irle muy bien. Superfluo, en cualquier caso. Liquen amarillo, liquen verde oliva, uno que reproducía con exactitud la pintura de un acorazado. Un liquen escamoso blanco y verde lima… ¡verde viviente! Palpitaba en el ojo, una improbable y exuberante flor del desierto. Había oído que Hiroko decía, observando el cultivo: «Esto es viridilas», que era el latín para «capacidad de volver verde». La palabra había sido acuñada por una mística cristiana de la Edad Media, una mujer llamada Hildegarda. Vinditas, que ahora se adaptaba a las condiciones ambientales de Marte y se extendía lentamente sobre las tierras bajas del hemisferio septentrional. En los veranos meridionales lo hizo aún mejor; un día había llegado a soportar los 285 grados Kelvin, superando el récord anterior en doce grados. El mundo estaba cambiando, comentó Maya mientras caminaban por la planicie.

—Sí —dijo Michel, y no pudo evitar añadir—: Dentro de trescientos años tendremos temperaturas soportables.

Maya se rió. Se sentía mejor. Pronto volvería a estar serena, o por lo menos en camino hacia la euforia. Maya era lábil. La estabilidad-labilidad era la característica que Michel había estado estudiando últimamente entre los primeros cien; Maya representaba la labilidad extrema.

—Vayamos a ver la galería —dijo.

Michel aceptó, preguntándose qué podría suceder si tropezaban con John. Salieron en un todoterreno. Michel conducía el pequeño jeep y escuchaba a Maya. ¿Cambiaba la conversación cuando las voces estaban separadas de los cuerpos, plantadas justo en el oído de los oyentes a través de los micrófonos de los cascos? Era como si uno estuviera siempre al teléfono, incluso cuando estabas sentado junto a tu interlocutor, como si todo el tiempo estuvieras enviando un mensaje telepático.

El camino de cemento era llano, y Michel condujo el todoterreno a velocidad máxima, sesenta k/h. El aire tenue embestía contra el visor del casco. Todo ese CO2 que Sax quería sacar de la atmósfera. Necesitaría depuradoras potentes, más eficaces que los líquenes; necesitaría selvas, enormes selvas tropicales multihalofílicas, que capturaran inmensas cargas de carbono en los troncos, las hojas, la materia orgánica, la turba. Necesitaría ciénagas de turba de cien metros de profundidad, selvas tropicales de cien metros de altura. Eso es lo que había dicho. Bastaba que él abriese la boca para que la cara de Ann se crispara.

Quince minutos de viaje y llegaron a la galería de Nadia. El lugar aún estaba en construcción y tenía un aspecto tosco y desordenado, igual que la Colina Subterránea al principio, salvo que en mayor escala. Un largo montículo de tierra de color borgoña había sido extraída de la zanja que corría de este a oeste como la tumba del Gran Hombre.

Se quedaron en un extremo de la enorme zanja. Treinta metros de profundidad, treinta de ancho, un kilómetro de largo. La cara sur era ahora una pared de vidrio, y la cara norte estaba cubierta por un conjunto de espejos filtrantes, que se alternaban con mesocosmos de pared, tinajas de Marte o terrarios, todos unidos en una mezcla llamativa, como un tapiz del pasado y del futuro. La mayoría de los terrarios estaban poblados de abetos y alguna otra flora, y se parecían al gran bosque terrano de la decimosexta latitud. En otras palabras, al viejo hogar de Nadia Cherneshevski en Siberia. Michel se preguntó si ésta era quizá una señal de que ella tenía la misma enfermedad. ¿Se atrevería a pedirle que le construyera un Mediterráneo?

Nadia estaba trabajando en un bulldozer. Era una mujer con su propia clase de viriditas. Se detuvo y se acercó a hablar brevemente con ellos. El proyecto progresaba, les informó. Era sorprendente lo que se podía hacer con los vehículos robot que la Tierra todavía enviaba. El bulevar ya estaba terminado y habían plantado una gran variedad de árboles, incluyendo una cepa de secoya enana que ya tenía treinta metros de altura, casi tanto como la galería. Ya habían construido y aislado los tres niveles de cámaras abovedadas al estilo de la Colina Subterránea. Hacía muy poco que habían sellado el asentamiento y lo habían calentado y presurizado, de modo que era posible trabajar dentro sin trajes. Los tres pisos estaban construidos uno encima de otro sobre arcadas cada vez más pequeñas, que le recordaban a Michel el Pont du Gard; por supuesto, aquí toda la arquitectura era de inspiración romana, por lo que no tendría que sorprenderse. Sin embargo, los arcos eran más amplios y ligeros. Más delicados gracias a la g marciana.

Nadia volvió al trabajo. Una persona muy sosegada. Estable, todo lo opuesto a lábil. Moderada, reservada, introvertida. No podría parecerse menos a su vieja amiga Maya, y era bueno para Maya estar cerca de ella. El extremo opuesto de la escala le impedía salir volando. Le servia como ejemplo. Y en este encuentro Maya copiaba el tono de voz tranquilo de Nadia. Y cuando Nadia regresó al trabajo, Maya conservó algo de esa serenidad.

—Echaré de menos la Colina Subterránea cuando nos mudemos aquí —dijo ella—. ¿Tú no?

—No creo —repuso Michel—. Este lugar será mucho más soleado. — Los tres niveles del nuevo habitat se abrirían sobre el alto bulevar y tendrían balcones amplios y escalonados en el lado por donde entraría el sol, de modo que aunque toda la estructura daría al norte y sería más profunda que la Colina Subterránea, los espejos heliotrópicos filtrantes del otro lado de la zanja derramarían luz sobre ellos desde el amanecer hasta el crepúsculo.— Me alegrará mudarme, de veras. Hemos necesitado este espacio desde el principio.

—Pero no lo tendremos todo para nosotros. Habrá gente nueva aquí.

—Sí. Pero eso nos dará un espacio de otra clase. Ella dijo con aire pensativo:

—Igual que la marcha de John y Frank.

—Sí. Pero ni siquiera eso tiene que ser malo. —En una sociedad mayor, le dijo, la atmósfera claustrofóbica y aldeana de la Colina comenzaría a disiparse; esto daría una mejor perspectiva de ciertas cosas. Michel titubeó antes de continuar, no sabiendo muy bien cómo decirlo. La sutileza era peligrosa cuando los dos se expresaban en un segundo idioma y tenían lenguas nativas diferentes; las posibilidades para el malentendido eran demasiado reales.— Tienes que aceptar la idea de que quizá no quieres elegir entre John y Frank. De que en realidad los quieres a los dos. En el contexto de esta sociedad de los primeros cien eso parece escandaloso. Pero en un mundo más grande, con el tiempo…

—¡Hiroko mantiene a diez hombres! —exclamó Maya con furia.

—Sí, y tú también. Tú también. Y en un mundo más grande, nadie lo sabrá ni a nadie le importará.

Siguió dándole ánimo, diciéndole que era poderosa, que (empleando los términos de Frank) era la mujer alfa del equipo. Ella rechazó sus argumentos y lo obligó a continuar con las alabanzas hasta que al fin pareció satisfecha, y él pudo sugerir que volvieran a casa.

—¿No crees que será una verdadera conmoción tener gente nueva por aquí? Gente distinta. —Conducía ella, y cuando se volvió a preguntárselo, casi se salió de la carretera.

—Supongo. —Ya había grupos en Borealis y Acidalia, y las cintas de vídeo en que aparecían habían conmocionado la Colina, podías verlo en la cara de la gente. Como si hubieran descendido alienígenas del espacio. Pero hasta ahora sólo Ann y Simón habían conocido a algunos; se habían encontrado con una expedición de rovers al norte de Noctis Labyrinthus.— Ann dijo que era como si alguien hubiera salido del televisor.

—Mi vida es algo así —comentó Maya con tristeza.

Michel enarcó las cejas, sorprendido. El programa Maya no habría dicho eso.

—¿Qué quieres decir?

—Oh, ya sabes. La mitad del tiempo todo esto parece una gran simulación, ¿no crees?

—No. —Michel reflexionó un instante.— No lo creo.

En verdad, era demasiado real: el frío subiendo a través del asiento del rover hasta penetrar en lo más hondo de la carne, ineludiblemente real, ineludiblemente frío. Quizá ella como rusa no lo apreciara. Pero siempre, siempre hacía frío. Incluso en pleno día en el solsticio de verano, con el sol en lo alto como la puerta abierta de un horno llameando en el cielo color arena, la temperatura no pasaba de los 260 grados Kelvin, 15 grados centígrados bajo cero, lo suficientemente frío como para atravesar el tejido de un traje y convertir cada movimiento en pequeñas punzadas de dolor. Al acercarse a la Colina Subterránea, Michel sintió que el frío atravesaba la tela y le entraba en el cuerpo, y sintió el aire oxigenado demasiado frío que salía de la boquilla y le penetraba en los pulmones; alzó la vista al horizonte de arena y al cielo de arena y dijo para sus adentros: Soy una serpiente de cascabel de lomo de diamantes arrastrándome por un desierto rojo de piedrafría y polvo seco. Algún día mudaré mi piel como un Ave Fénix en llamas para convertirme en una nueva criatura solar, para andar desnudo por la playa y chapotear en el agua salada y tibia…

De vuelta en la Colina Subterránea, activó el programa psiquiatra y le preguntó a Maya si se sentía mejor, y ella pegó su visor al de él, echándole una mirada que era como un beso.

—Sabes que sí —le dijo la voz de ella en el oído. Él asintió.

—Entonces creo que iré a dar otro paseo —dijo él, pero no preguntó:

¿Y qué hay de mí? ¿Qué hará que me sienta mejor?

Ordenó a sus piernas que se movieran y se fue. La desolada planicie que rodeaba la base parecía una visión salida de alguna devastación postholocausto, un mundo de pesadilla; no obstante, no quería regresar a su pequeña madriguera de luz artificial y aire calentado y colores cuidadosamente desplegados, colores que en su mayor parte había elegido él mismo, de acuerdo con los últimos avances en la teoría del estado de ánimo y el color, teoría que, ahora comprendía, estaba basada en ciertos supuestos elementales que de hecho no se aplicaban aquí. Los colores estaban todos mal o, peor, eran irrelevantes. Empapelado para las paredes del infierno.

La frase se abrió paso hasta sus labios. Empapelado para las paredes del infierno. Empapelado para las paredes del infierno. Como de todos modos iban a volverse locos… Sin duda había sido un error enviar a un solo psiquiatra. Los terapeutas de la Tierra también seguían una terapia, era parte necesaria del trabajo. Pero su terapeuta estaba en Niza, a una distancia de no más de quince minutos, y Michel hablaba con él, y él no podía ayudarlo. Él no comprendía, no podía; vivía donde todo era cálido y azul, tenía libertad de salir al exterior, y (suponía Michel) una salud mental razonable. Mientras que Michel era el médico del hospicio en una prisión infernal, y el médico estaba enfermo.

No había podido adaptarse. La gente difería en ese sentido, era una cuestión de temperamento. Maya, que caminaba hacia la puerta de la antecámara, tenía un temperamento muy distinto, lo que de algún modo la ayudaba a que allí se sintiera realmente en casa. No creía que ella reparara mucho en su entorno. Y, sin embargo, en otros aspectos, él y ella eran parecidos, como podía verse en el índice de labilidad-estabilidad y la emotividad de cada uno; los dos eran lábiles, pero no obstante, tenían personalidades básicas muy diferentes; el índice de labilidad— estabilidad tenía que ser estudiado junto con una serie muy distinta de características: las agrupadas bajo las etiquetas extraversión e introversión, una estructura que ahora tenía siempre en cuenta.

Mientras caminaba hacia el Cuartel de los Alquimistas, acomodó los acontecimientos de la mañana en la cuadrícula de este nuevo sistema carácter lógico. La extraversión-introversión era una de las cuestiones psicológicas más estudiadas, con abundante cantidad de testimonios, de distintas culturas que confirmaban la realidad objetiva del concepto. No como una dualidad simple, claro está; uno no etiquetaba a una persona simplemente como esto o aquello; la situaba en una escala, clasificándola según ciertas características, como sociabilidad, impulsividad, inconstancia, locuacidad, expansividad, actividad, vivacidad, excitabilidad, optimismo, y así sucesivamente. Las investigaciones fisiológicas habían revelado que la extraversión estaba vinculada a estados de reposo de baja excitación cortical; al principio a Michel le había sonado como una conclusión reaccionaria, pero luego recordó que el córtex inhibe los centros inferiores del cerebro, de modo que la baja excitación cortical permite el comportamiento más desinhibido del extravertido, mientras que la alta excitación cortical es inhibidora y conduce a la introversión. Esto explicaba por qué beber alcohol, un sedante que reduce la excitación cortical, puede llevar a un comportamiento más exaltado y desinhibido.

De modo que el origen de todas las características del extravertido— introvertido, y de todo lo que se llama carácter, se encontraba en un grupo de células del tronco cerebral llamado sistema reticular ascendente de activación, la zona que en última instancia determinaba los niveles de excitación cortical. Así pues, éramos llevados a rastras por la biología. No tendría que haber una cosa como el destino: Ralph Waldo Emerson, un año después de que muriera su hijo de seis años. Pero biología era destino.

Y en el sistema de Michel había más; el destino, después de todo, no era un simple esto o aquello. Recientemente había empezado a considerar el índice Wenger de equilibrio autónomo, que empleaba siete variables distintas para determinar si un individuo estaba dominado por las ramas simpática o parasimpática del sistema nervioso autónomo. La rama simpática responde a los estímulos exteriores y alerta al organismo para que entre en acción, de modo que los individuos dominados por esta rama eran excitables; la parasimpática, por otra parte, habitúa el organismo alertado a los estímulos, y lo restituye a su equilibrio homeostático; los individuos dominados por esta rama eran tranquilos. Duffy había sugerido llamar a esas dos clases de individuos lábiles y estables, y esa clasificación, aunque no tan famosa como la de extraversión e introversión, tenía el mismo respaldo sólido de la evidencia empírica, y era igualmente útil para comprender la diversidad de temperamentos.

Pues bien, ningún sistema de clasificación revelaba al investigador la naturaleza de la personalidad estudiada. Los términos, tan generales, recopilaciones de tantas características, no parecían muy útiles para el diagnóstico, en especial si se tenía en cuenta que ambos eran curvas gaussianas de la población actual.

Pero si se combinaban los dos sistemas, la cosa empezaba en verdad a ser interesante.

No era un problema fácil, y Michel había pasado una buena cantidad de tiempo ante la pantalla de su computadora bosquejando una combinación tras otra, usando los dos sistemas distintos como los ejes x e y de diversos gráficos, que no le habían revelado mucho. Pero luego comenzó a mover los cuatro términos alrededor de los puntos iniciales de un rectángulo semántico de Greimas, un esquema estructuralista de linaje alquímico que proponía que la mera dialéctica no bastaba para descubrir la verdadera complejidad de cualquier grupo de conceptos relacionados; el concepto «no-X» no era en absoluto igual que «anti-X», tal como se veía en seguida. Así que la primera fase se indicaba por lo habitual con los cuatro términos, S, —S, S y —S., en un sencillo rectángulo:

Así pues —S era una simple no-S, y S era la más fuerte anti-S; mientras que —S era para Michel la enloquecida negación de una negación, o bien la neutralización de una oposición inicial o la unión de las dos negaciones; en la práctica, esto seguía siendo misterioso, pero a veces se volvía diáfano, como una idea que completaba a la perfección la unidad conceptual, como en uno de los ejemplos de Greimas:

El siguiente paso en la complicación del diseño, el paso en el que a menudo combinaciones nuevas revelaban relaciones estructurales nada obvias a primera vista, era trazar otro rectángulo que encerrara al primero en ángulos rectos, así:

Y Michel había mirado con asombro ese esquema, poniendo extraversión, introversión, labilidad y estabilidad en las cuatro primeras esquinas, y estudiando las posibles combinaciones. De pronto todo se aclaró, como si un caleidoscopio hubiera mostrado por accidente la representación de una rosa. Porque tenía perfecto sentido: había extravertidos que eran excitables y extravertidos que eran equilibrados; había introvertidos que eran muy emocionales, y otros que no lo eran. De inmediato fue capaz de pensar en ejemplos de los cuatro tipos entre los colonos.

Al pensar en los nombres que daría a esas categorías combinadas, tuvo que reírse. ¡Increíble! En el mejor de los casos, era irónico descubrir que había usado los resultados del pensamiento psicológico de un siglo y algunas de las más recientes investigaciones de laboratorio en psicofisiología, por no mencionar un conjunto complicado del aparato de la alquimia estructuralista, todo para acabar reinventando el antiguo sistema de los humores. Pero ahí estaba; a eso se reducía. Era evidente que a la combinación del norte, extravertida y estable, Hipócrates, Galeno, Aristóteles, Trismegisto, Wundt y Jung la habrían llamado sanguínea; el punto oeste, extravertido y lábil, era colérico; el del este, introvertido y estable, era flemático; y en el sur, introvertido y lábil, ¡por supuesto, la definición misma del melancólico! ¡Sí, todos encajaban a la perfección! La explicación fisiológica de Galeno para los cuatro temperamentos era errónea, desde luego, y la bilis, la cólera, la sangre y la flema ahora habían sido sustituidas como agentes causales por el sistema reticular ascendente de activación y el sistema nervioso autónomo; ¡pero las verdades de la naturaleza humana se habían mantenido firmes! Y los poderes de la perspicacia psicológica y de la lógica analítica de los primeros médicos griegos habían sido igual de fuertes, o más bien, mucho más fuertes que aquellos de cualquiera de las generaciones que vinieron después, cegadas por una acumulación a menudo inútil de conocimientos; y así las categorías habían perdurado y eran reafirmadas, época tras época.

Michel se encontró en el Cuartel de los Alquimistas. Se esforzó en prestarle atención. Aquí los hombres usaban del conocimiento arcano para hacer diamantes del carbono, y lo hacían con tanta facilidad y precisión que todos los vidrios de sus ventanas estaban revestidos con una capa molecular de diamante que los protegía del polvo corrosivo. Las grandes pirámides blancas de sal (la pirámide, una de las grandes formas del conocimiento antiguo) estaban cubiertas de capas de diamante puro. Y el proceso de revestimiento monomolecular de diamante era sólo una de los miles de operaciones alquímicas que se llevaban a cabo en aquellos edificios bajos.

En años recientes los edificios habían adquirido un cierto aire musulmán, las paredes de ladrillos blancos exhibiendo ecuación tras ecuación, todas representadas en una fluida caligrafía negra de mosaicos. Michel se encontró con Sax, que estaba cerca de la ecuación de velocidad exhibida en la pared de la factoría de ladrillos, y pasó a la frecuencia común.

—¿Puedes convertir el plomo en oro?

El casco de Sax se ladeó con curiosidad.

—Vaya, pues no —dijo—. Son elementos. Sería difícil. Deja que lo piense.

Saxifrage Russell. El flemático perfecto.

La ubicación de los cuatro temperamentos en el rectángulo semántico mostraba de inmediato algunas de las relaciones estructurales básicas, lo que luego ayudaba a Michel a ver atracciones y antagonismos bajo una nueva luz. Maya era lábil y extravertida, claramente colérica, y también Frank; y ambos eran líderes, y ambos sentían una mutua atracción. Sin embargo, al ser los dos coléricos, la relación también tenía una vertiente volátil, y esencialmente de repulsión, como si reconocieran en el otro exactamente lo que no les gustaba de sí mismos.

Y de ahí el amor de Maya por John, quien claramente era sanguíneo, con una extraversión similar a la de Maya, pero mucho más estable emocionalmente, hasta el punto de la placidez. De modo que la mayor parte del tiempo él le daba a ella una gran paz, como un ancla en la realidad… que en ocasiones hacía que se sintiera rencorosa. ¿Y la atracción de John por Maya? Tal vez la atracción de lo impredecible; la pimienta en una felicidad cordial y suave. Claro, ¿por qué no? No puedes hacer el amor con tu fama. Aunque algunas personas lo intentan.

Sí, había un montón de sanguíneos entre los primeros cien. Probablemente los criterios psicológicos para la selección de la colonia apuntaban a este tipo. Arkadi, Úrsula, Phyllis, Spencer, Yeli… Sí. Y siendo la estabilidad la cualidad más apreciada, era natural que también hubiera un montón de flemáticos entre ellos: Nadia, Sax, Simón Frazier, quizá Hiroko —el hecho de que con ella uno nunca pudiera estar seguro, apoyaba esa conjetura—, Vlad, George, Alex.

Era obvio que los flemáticos y los melancólicos no congeniarían, siendo los dos introvertidos y amigos de la soledad, y el lábil impredecible desconcertaría al estable, de modo que se apartarían, como Sax y Ann.

No había muchos melancólicos entre ellos. Ann, sí; y tal vez por su misma estructura cerebral, aunque no había que olvidar que la habían maltratado de niña. Se había enamorado de Marte por la misma razón por la que Michel lo odiaba: porque estaba muerto. Y Ann estaba enamorada de la muerte.

Algunos de los alquimistas también eran melancólicos. Y por desgracia, el mismo Michel. Tal vez cinco en total. Y a pesar de la posición que ocupaban en cualquiera de los dos ejes, habían sido seleccionados contra todo pronóstico, ya que el comité de selección no consideraba deseables ni la labilidad ni la introversión. Sólo gente inteligente, capaz de ocultar al comité su naturaleza real, podría haber pasado esas pruebas, gente con un gran control sobre su persona, esas máscaras más grandes que la vida que ocultan todas las feroces contradicciones internas. Tal vez sólo un cierto tipo había sido seleccionado para la colonia, con una amplia variedad de personajes detrás. ¿Era cierto? Los comités de selección habían exigido imposibles, era importante recordarlo. Habían querido gente estable y que al mismo tiempo desearan ir a Marte con tanta pasión y monomanía que estaban dispuestos a esforzarse durante años para alcanzar esa meta. ¿Era eso coherente? Querían extravertidos y científicos brillantes que habían tenido que dedicarse a los estudios solitarios durante años y años. ¿Era eso coherente? ¡No! Jamás. Y la lista era larga. Habían creado una contradicción tras otra, ¡y no era de extrañar que los primeros cien se hubieran escondido de ellos, los hubieran odiado! Recordó con un escalofrío aquel momento de la gran tormenta solar en el Ares, cuando todos se habían dado cuenta de las mentiras y ocultaciones a las que habían recurrido, cuando todos se habían vuelto y lo habían mirado con una furia contenida, como si todo fuera culpa suya, como si él representara a toda la psicología y hubiera maquinado los criterios y supervisado las pruebas. ¡Cómo se había encogido en ese momento, qué solo se había sentido! Se había sobresaltado, se había asustado tanto que no había sido capaz de pensar con suficiente rapidez y confesar que también él había mentido, ¡por supuesto que sí, más que cualquiera!

Pero ¿por qué había mentido?, ¿por qué?

No conseguía recordarlo. La melancolía como un fallo de la memoria, una aguda percepción de la irrealidad de un pasado inexistente… Era un melancólico: retraído, incapaz de dominar sus sentimientos, con tendencia a la depresión. No tendrían que haberlo elegido, y ahora no podía recordar por qué había luchado tanto para que lo eligieran. El recuerdo había desaparecido, abrumado quizá por las imágenes intensas, dolorosas, fragmentadas de la vida que había llevado mientras esperaba poder ir a Marte. Tan minúsculas y tan preciosas; los atardeceres en los parques, los días de verano en las playas, las noches en las camas de las mujeres. Los olivos de Aviñón. La llama verde del ciprés.

Se dio cuenta de que había salido del Cuartel de los Alquimistas y estaba ahora al pie de la Gran Pirámide de Sal. Subió despacio los cuatrocientos escalones, apoyando con cuidado los pies en las almohadillas azules antideslizantes. Cada escalón le daba una vista más amplia de la Planicie de la Colina, que era siempre el mismo montón de rocas agostadas y áridas. Desde el blanco pabellón de la plaza en la cima de la pirámide sólo se podía ver Chernobil, y el espaciopuerto. Aparte de eso, nada. ¿Por qué había venido aquí? ¿Por qué había trabajado con tanto ahínco para llegar a Marte, sacrificando tantos placeres de la vida, la familia, el hogar, el ocio, el juego…? Sacudió la cabeza. Hasta donde podía recordar, eso era sencillamente lo que había querido hacer, la definición de su vida. Una compulsión, una vida con un objetivo, ¿cómo podía distinguirse la diferencia? Noches iluminadas por la luna en la aromática arboleda de olivos, la tierra salpicada de pequeños círculos negros y el roce electrizante y cálido del mistral agitando las hojas en veloces y suaves ráfagas, echado de espaldas, con los brazos en cruz, las hojas titilando en plata y gris bajo el negro cuenco de estrellas; y una de esas estrellas siempre estaba presente, débil, roja, y él la buscaba y la contemplaba, allí entre las hojas de los olivos barridas por el viento; ¡y sólo tenía ocho años! Dios mío, ¿quiénes eran? ¿Qué eran? ¡Nada lo explicaba, nada explicaba por qué habían venido! Habría sido como intentar explicar por qué habían pintado en Lascaux, por qué habían levantado catedrales de piedra. Por qué los pólipos coralinos construían arrecifes.

Había tenido una juventud corriente, se mudaba a menudo, perdió los amigos que hizo, fue a la Universidad de París a estudiar psicología, se doctoró con un trabajo sobre la depresión en las estaciones espaciales y se puso a trabajar para Ariane, y luego para Glavkosmos. Por el camino se casó y se divorció: Francoise había dicho que él «no estaba allí». Todas aquellas noches con ella en Aviñón, todos aquellos días en Villefranche-sur-Mer, viviendo en el lugar más hermoso de la Tierra, ¡y él deambulando siempre en una neblina de deseo por estar en Marte! ¡Era absurdo! Peor aún, era estúpido. Un fallo de la imaginación, del recuerdo, en última instancia de la misma inteligencia: no había sido capaz de ver lo que tenía, o de imaginar lo que iba a recibir. Y ahora estaba pagándolo, atrapado en un campo de hielo en la noche ártica con noventa y nueve extranjeros, ninguno de los cuales hablaba un mediano francés. Había sólo tres que podían intentarlo, y el francés de Frank era peor que no saber ninguno, como escuchar a alguien que atacara la lengua con un hacha.

La ausencia de la lengua propia de su pensamiento lo había empujado a ver programas de la televisión francesa, lo que sólo exacerbaba su dolor. Todavía grababa monólogos en vídeo y se los enviaba a su madre y a su hermana para que ellas contestaran de la misma manera; los veía a menudo, más atento al telón de fondo que a sus parientes. Incluso mantuvo algunas conversaciones en vivo con periodistas, aguardando con impaciencia entre los intercambios. Esas entrevistas dejaban bien claro que era una celebridad en Francia, un nombre conocido, y que se empeñaba en dar siempre respuestas convencionales, interpretando el personaje de Michel Duval, ejecutando el programa Michel Duval. A veces cancelaba consultas con los colonos cuando su estado de ánimo era el de escuchar francés; ¡que coman inglés! Pero esos incidentes le acarrearon una reprimenda severa de Frank, y una conferencia de Maya. ¿Tenía exceso de trabajo? Por supuesto que no; sólo noventa y nueve personas a las que mantener cuerdas, mientras al mismo tiempo se paseaba por una Provenza mental, por escarpadas laderas de colinas cubiertas de árboles, con viñedos, granjas, torres y monasterios en ruinas, en un paisaje vivo, un paisaje mucho más hermoso y humano que el yermo pedregoso de esta realidad…

Estaba en la sala de televisión. Al parecer, había regresado al interior de la Colina, aún perdido en sus pensamientos. Pero no podía recordarlo; se imaginaba aún en la cima de la Gran Pirámide; y de pronto había parpadeado y estaba en la sala de televisión (todos los asilos las tienen), observando la imagen de vídeo de una pared del cañón Marineris, cubierto de líquenes.

Tuvo un escalofrío. Había vuelto a ocurrir. Había perdido contacto con el mundo, se había ido, y había vuelto más tarde. Ya le había pasado una docena de veces. Y no se trataba sólo de que estuviese perdido en sus pensamientos; estaba enterrado en ellos, muerto para el mundo. Miró alrededor del cuarto, temblando convulsivamente. Ya estaban en Ls=5, el comienzo de la primavera septentrional, y el sol bañaba las paredes occidentales de los grandes cañones. Como al fin y al cabo todos iban a volverse locos…

Luego ya estaban en Ls=157, y 152 grados habían pasado en un borrón de tele-existencia. Disfrutaba del sol en el patio de la villa junto al mar que tenía Francoise en Villefranche-sur-Mer, mirando los techos de tejas y las columnas de terracota y una pequeña piscina turquesa, todo sobre el fondo de cobalto del Mediterráneo. Un ciprés se erguía como una llama verde al borde de la piscina, oscilando bajo la brisa y envolviéndolo en su perfume. A lo lejos, el promontorio verde de una península…

Salvo que en realidad estaba en la Primera Colina, por lo general llamada la trinchera, o la galería de Nadia, sentado en un balcón. Detrás de él la pared de vidrio y los espejos refractarios guiaban hasta el vestíbulo la luz que venía de la Cote D’Or. Tatiana Durova había muerto en un accidente en el que un robot volcó una grúa, y Nadia estaba desconsolada. Pero el dolor resbala sobre nosotros, pensó Michel sentado junto a ella, como la lluvia sobre las alas de un pato. Con el tiempo Nadia mejoraría. Mientras tanto, no había nada que hacer. ¿Es que creían que era un hechicero? ¿Un sacerdote? Si eso fuera verdad, ya se habría curado a sí mismo, habría curado a todo ese mundo, o mejor aún, habría atravesado el espacio volando a casa. ¿No sería todo un acontecimiento, presentarse en la playa de Antibes y decir: «Bon-jour, soy Michel, he vuelto a casa»?

Ahora estaban en Ls=190, y él era un lagarto en la cima del Pont du Gard, echado sobre las láminas de roca estrecha y rectangular del acueducto, que corría en línea recta muy por encima del desfiladero. Había mudado la piel de diamante del lomo, que le había resbalado por la cola, y el sol caliente le quemaba la piel nueva en franjas entrecruzadas. Pero en realidad estaba en la Colina Subterránea, en el jardín interior, y Frank se había marchado a vivir con los japoneses que habían aterrizado en Argvre, y Maya y John se peleaban por sus cuartos y por el lugar que albergaría el cuartel general de la UNOMA; y Maya, más hermosa que nunca, lo perseguía por el jardín, implorándole ayuda. Él y Marina Tokareva habían dejado de vivir juntos hacía casi un año marciano —ella había dicho que él no estaba allí—, y mirando a Maya, Michel se descubrió imaginándola como amante, pero por supuesto eso era una locura, ella era una russalka, había dormido con jefes y cosmonautas de Glavkosmos para abrirse camino en el sistema y se había vuelto amargada e impredecible; ahora usaba el sexo para hacer daño; para ella el sexo sólo era otro tipo de diplomacia, sería una locura complicarse con ella en ese aspecto, verse arrastrado al vórtice de su sistema límbico.

¿Por qué no enviar directamente a gente loca…?

Pero ahora estaban en Ls=241. Paseaba por el parapeto de piedra caliza de Les Baux, inspeccionando las cámaras ruinosas de la ermita medieval. Caía el crepúsculo y la luz tenía un curioso tono anaranjado marciano; la piedra caliza brillaba y todo el pueblo y la brumosa planicie que concluía en la franja de acero y bronce del Mediterráneo parecían tan inverosímiles como un sueño… Salvo que era un sueño, y despertó, y se encontró de regreso en la Colina Subterránea. Phyllis y Edvard acababan de volver de una expedición, y Phyllis se reía y les mostraba un terrón amarillento.

—Estaban diseminadas por todo el cañón —dijo riéndose—, pepitas de oro del tamaño de un puño.

Luego se encontró caminando por los túneles hacia el garaje. El psiquiatra de la colonia, teniendo visiones, cayendo en lagunas de conciencia, lagunas de memoria. ¡Médico, cúrate a ti mismo! Pero no podía. Se había vuelto loco de nostalgia. Nostalgia: tenía que haber un término más apropiado, una etiqueta científica que lo legitimase, que lo hiciera real para otros. Pero él ya sabía que era real. Extrañaba tanto la Provenza que a veces sentía que le faltaba el aire. Era en verdad como el dedo de Nadia, una parte de ella que habían arrancado, los nervios fantasmas aún palpitando de dolor.

¿…Y así ahorrarles el problema? Él tiempo pasaba. El programa Michel iba de un lado a otro, una persona hueca, vacía por dentro, sólo una especie de homúnculo diminuto que desde el cerebelo teleoperaba la cosa.

La noche del segundo día de Ls=266 se fue a la cama. Estaba muerto de cansancio aunque no había hecho nada, completamente exhausto y consumido; acostado en la oscuridad de su cuarto, no fue capaz de dormir. La cabeza le daba vueltas; era muy consciente de lo enfermo que estaba. Deseó poder dejar de fingir y reconocer que había perdido, encerrarse en una institución mental. Volver a casa. No podía recordar casi nada de las semanas previas más recientes… ¿o quizá se trataba de mucho más tiempo? No estaba seguro. Se echó a llorar.

La puerta se abrió con un leve ruido metálico y desde el corredor entró un haz de luz, sin nada que la bloqueara. No había nadie allí.

—¿Hola? —dijo, tratando de que las lágrimas no se le notaran en la voz—. ¿Quién es?

La respuesta le sonó justo en el oído, como si procediera del intercomunicador de un casco:

—Ven conmigo —dijo la voz de un hombre.

Michel se echó bruscamente hacia atrás y chocó con la pared. Alzó los ojos y distinguió entonces una silueta negra.

—Necesitamos que nos ayudes —le susurró la figura. Una mano le agarró el brazo mientras él se pegaba más a la pared.— Y tú necesitas que nosotros te ayudemos. —Una sonrisa se insinuó en aquella voz, que Michel no reconocía.

El miedo lo lanzó a un mundo nuevo. De pronto veía mucho mejor; se le ocurrió que el visitante le había abierto de golpe las pupilas como el diafragma de una cámara. Era un hombre delgado y de piel oscura. Un desconocido. El asombro superó al miedo, y se levantó y se movió entre las sombras con una rara precisión, se puso unas zapatillas y luego, ante la insistencia del hombre, lo siguió al pasillo, sintiendo la ligereza de la g marciana por primera vez en años. El pasillo rebosaba de luz gris, aunque sólo estaban encendidas las líneas nocturnas del suelo. El hombre lucía unas trenzas cortas, negras y tiesas, que le daban un aire de erizo. Era bajo, delgado, de cara estrecha. Un desconocido, no cabía duda. Un intruso de una de las nuevas colonias del hemisferio meridional, pensó. Pero el hombre lo conducía por la Colina Subterránea como si fuera un lugar conocido, moviéndose en completo silencio. En verdad no había un solo sonido en toda la Colina Subterránea, como si fuera una película muda. Miró su pantalla de muñeca; estaba en blanco. El lapso marciano. Quiso decir: «¿Quién eres?», pero el silencio era demasiado profundo. Articuló las palabras en silencio y el hombre se volvió y lo miró con ojos de un blanco luminoso; las fosas de la nariz eran como anchos y negros agujeros. «Soy el polizón», articuló en silencio, y sonrió. Michel vio entonces que tenía unos colmillos descoloridos; eran de piedra. Dientes de piedra marciana. Agarró a Michel por el brazo. Iban hacia la antecámara de la granja.

—Necesitamos cascos ahí afuera —susurró Michel de pronto, deteniéndose.

—Esta noche no.

El hombre abrió la puerta de la antecámara, pero Michel no sintió ni una brizna de aire a pesar de que el otro lado también estaba abierto. Pasaron y caminaron entre las hileras de follaje oscuras y densas, y el aire era cálido. Hiroko se pondrá furiosa, pensó Michel.

El guía había desaparecido. Michel vislumbró cierto movimiento delante y oyó una risa cristalina, como la de un niño. De pronto se le ocurrió que la ausencia de niños explicaba la sensación de esterilidad que pesaba sobre la colonia; eran capaces de construir edificios, de cultivar plantas pero, no obstante, sin niños esa sensación estéril lo impregnaba todo. Muy asustado, siguió caminando hacia el centro de la granja. El aire era cálido y húmedo y olía a tierra mojada, fertilizantes y follaje. La luz centelleaba sobre miles de superficies de hojas, como si las estrellas hubieran atravesado el techo y se amontonaran alrededor. Hileras de maíz crepitaban, y el aire se le subía a la cabeza como si fuera brandy. Pies pequeños corrían detrás de los estrechos arrozales: aun en la oscuridad el arroz era de un intenso verde negruzco, y ahí entre los arrozales había caras menudas, sonrientes, que desaparecían cuando se volvía a mirarlas. La sangre le afluyó a la cara y las manos, se le convirtió en fuego. Retrocedió tres pasos, y se volvió. Dos niñas pequeñas y desnudas bajaban por el sendero hacia él: cabellos negros, piel oscura, de unos tres años. Los ojos orientales brillaban en la penumbra; lo miraron con caras solemnes. Lo tomaron de las manos y él dejó que lo llevaran por el sendero, bajando la cabeza y mirando primero a una y luego a la otra. Alguien había decidido actuar contra la esterilidad. Mientras marchaban, otros niños desnudos salieron de entre los arbustos y se apiñaron en torno, niños de uno y otro sexo, algunos un poco más oscuros o claros que las primeras dos, la mayoría del mismo color, todos de la misma edad. Nueve o diez escoltaron a Michel hasta el centro de la granja, corriendo a su alrededor con un rápido trote. Y allá en el centro del laberinto había un claro pequeño, en ese momento ocupado por cerca de una docena de adultos, todos desnudos, sentados en un círculo desigual. Los niños corrieron hacia los adultos, los abrazaron y se sentaron en sus rodillas. Las pupilas de Michel se dilataron aún más bajo el nimbo de la luz de las estrellas y el destello de las hojas, y reconoció a miembros del equipo de la granja: Iwao, Raúl, Ellen, Rya, Gene, Evgenia, todo el equipo excepto Hiroko.

Al cabo de un rato, vacilando, Michel se quitó las zapatillas, se desnudó, puso las ropas sobre las zapatillas, y se sentó en el círculo. No sabía en qué estaba participando, pero no importaba. Algunas de las figuras lo saludaron con un movimiento de cabeza, y Ellen y Evgenia, sentadas una a cada lado, le tocaron los brazos. De repente los niños se pusieron de pie y corrieron juntos por uno de los pasillos, chillando y riéndose. Regresaron apiñados alrededor de Hiroko, quien entonces penetró en el círculo como una forma desnuda recortada en la oscuridad. Seguida por los niños, lentamente recorrió el círculo, vertiendo de sus puños extendidos un poco de tierra en las manos tendidas de cada uno. Michel clavaba los ojos en la piel lustrosa de Hiroko y alzó las palmas con Ellen y Evgenia cuando ella se acercó. Una noche en la playa de Villefranche había pasado junto a un grupo de mujeres africanas que chapoteaban en las olas fosforescentes, agua blanca contra piel negra centelleante…

La tierra que tenía en las manos estaba tibia y olía a moho.

—Este es nuestro cuerpo —dijo Hiroko.

Se encaminó al otro lado del círculo, le dio a cada niño un puñado de tierra y los envió a sentarse con los adultos. Ella se sentó delante de Michel y se puso a cantar en japonés. Evgenia se inclinó y le susurró una traducción o una explicación al oído. Estaban celebrando la areofanía, una ceremonia que habían creado juntos bajo la guía e inspiración de Hiroko. Era una especie de religión del paisaje, una toma de conciencia de Marte como espacio físico impregnado de kami, que era la energía espiritual presente en la tierra. El kami se manifestaba con más claridad en ciertos objetos extraordinarios del paisaje: columnas de piedra, deyecciones aisladas, riscos escarpados, el interior de cráteres extrañamente lisos, las anchas y circulares cimas de los grandes volcanes. Esas expresiones intensificadas del kami de Marte tenían un análogo terrano en los mismos colonos, la fuerza que Hiroko llamaba viuditas, esa fuerza interior fructífera que tiene la capacidad de volver verde y que sabe que el mundo salvaje es sagrado. Kami, viriditas; era la combinación de esas fuerzas sagradas lo que permitiría que la existencia de los humanos tuviera allí sentido.

Cuando Michel oyó que Evgenia susurraba la palabra «combinación», todos los términos encajaron de pronto en el rectángulo semántico: kami y viriditas, Marte y Tierra, odio y amor, ausencia y anhelo. Y entonces el caleidoscopio se activó y todos los rectángulos se plegaron y se le ordenaron en la mente, todos los antinomios se colapsaron hasta formar una única y magnífica rosa, el corazón de la areofanía, kami lleno de viriditas, los dos enteramente rojos y enteramente verdes en un mismo momento. Tenía la boca entreabierta, le ardía la piel, no era capaz de explicarlo y no quería explicarlo. Sentía la sangre como fuego en las venas.

Hiroko dejó de cantar, se llevó la mano a la boca y empezó a comer la tierra que tenía en la palma. Los otros hicieron lo mismo. Michel alzó la mano: era mucha tierra para comer, pero sacó la lengua y lamió la tierra y sintió un fugaz estremecimiento eléctrico mientras la frotaba contra el paladar, deslizando la materia arenosa atrás y adelante hasta que se hizo barro. Era salada y mohosa, con un leve sabor a huevos podridos y productos químicos. La engulló toda con dificultad y tuvo una ligera arcada. Se tragó lo que le quedaba en la mano. Un murmullo irregular se elevaba del círculo de celebrantes mientras comían, sonidos de vocales, que pasaban de una a otra: aaaay, ooooo, ahhhh, iiiiiii, eeee, uuuuuu. demorándose en cada vocal lo que parecía un minuto, el sonido extendiéndose en dos y hasta tres cuerpos, creando armonías extrañas. Hiroko empezó a recitar por encima de esa canción. Todo el mundo se puso de pie y Michel se incorporó con ellos. Avanzaron juntos hacia el centro del círculo, Evgenia y Ellen agarrando a Michel de los brazos y tirando de él. Entonces todos se apretaron contra Hiroko en una masa de cuerpos apiñados, rodeando a Michel, que sentía el contacto de todas aquellas pieles tibias contra el cuerpo. Éste es nuestro cuerpo. Muchos de ellos se estaban besando, los ojos cerrados. Se movían lentamente, contorsionándose para mantenerse en contacto mientras pasaban a nuevas configuraciones cinéticas. Un tieso vello púbico le hizo cosquillas en el trasero, y notó lo que tenía que haber sido un pene erecto contra la cadera. La tierra le pesaba en el estómago, y se sintió mareado, la sangre como llamas, la piel como un globo tenso que contenía un incendio. Las estrellas colmaban el cielo en cantidades asombrosas, y cada una tenía su propio color: verde, rojo, azul o amarillo; parecían chispas.

Él era un Ave Fénix. Hiroko se apretó contra él, y él se elevó en el centro del fuego, preparado para renacer. Ella le sostuvo el cuerpo nuevo en un abrazo total, lo estrujó; era alta, y parecía toda hecha de músculos. Lo miró a los ojos. Él sintió los pechos de ella contra las costillas, el hueso púbico que le apretaba el muslo. Ella lo besó, la lengua rozándole los dientes; él sintió el sabor de la tierra, y entonces, de pronto, sintió también el cuerpo de ella todo entero y a la vez. Supo que, de allí en adelante, el recuerdo involuntario de ese momento bastaría para provocar una erección, pero entonces estaba demasiado abrumado, completamente en llamas.

Hiroko echó la cabeza hacia atrás y volvió a mirarlo. El aire que Michel respiraba le quemaba los pulmones. En inglés, en un tono neutro pero amable, ella dijo:

—Ésta es tu iniciación a la areofanía, la celebración del cuerpo de Marte. Bienvenido. Nosotros adoramos este mundo. Intentamos tener aquí un lugar para nosotros, un lugar que sea hermoso al estilo marciano, un estilo que no se haya conocido jamás en la Tierra. Hemos construido un refugio oculto en el sur, y partimos hacia allá.

»Te conocemos, te amamos. Sabemos que tu ayuda puede sernos útil. Sabemos que tú puedes necesitar la nuestra. Queremos construir justo lo que tú quieres, justo lo que has echado de menos aquí. Pero todo con formas nuevas. Pues nunca podremos regresar. Hemos de seguir adelante. Tenemos que encontrar nuestro propio camino. Partimos esta noche. Queremos que vengas con nosotros.

Y Michel dijo:

—Iré.

QUINTA PARTE

Entrando en la historia

El laboratorio zumbaba quedamente. Escritorios, mesas y bancos estaban atestados de cosas, las paredes blancas cubiertas de gráficos, carteles y tiras cómicas recortadas, todo vibrando bajo la brillante luz artificial. Igual que cualquier laboratorio en cualquier parte: un poco limpio, un poco desordenado. En el rincón había una ventana oscura que reflejaba el interior; fuera era de noche. El edificio estaba casi vacío.

Pero había dos hombres de pie en batas de laboratorio ante uno de los bancos, observando una pantalla de ordenador. El más bajo de los dos tecleó con el dedo índice en el tablero de debajo, y la imagen cambió. Sacacorchos verdes sobre fondo negro, retorciéndose de tal modo que parecían tridimensionales, como si la pantalla fuera una caja. Una imagen obtenida con un microscopio electrónico; el campo sólo tenía unas pocas micras de ancho.

—Puedes ver que es una especie de reparación plásmida de la secuencia genética —dijo el científico bajo—. Se identifican las rupturas en las cadenas originales. Se sintetizan secuencias de sustitución, y cuando las masas de estas secuencias se introducen en la célula, las roturas se convienen en puntos de fijación, y las sustituciones se unen a los originales.

—¿Las introduces por transformación? ¿Electroporación?

—Transformación. Las células tratadas se inyectan, y las cadenas de reparación llevan a cabo una transferencia conyugal.

—¿In vivo?

—In vivo.

Un silbido bajo.

—¿Así que puedes reparar cualquier cosa pequeña? ¿Un error en la división celular?

—Así es.

Los dos hombres miraron los sacacorchos de la pantalla, ondeando como los brotes nuevos de las parras en la brisa.

—¿Hay pruebas?

—¿Te mostró Vlad esos ratones en la sala de al lado.

—Sí.

—Tienen quince años.

Otro silbido.

Entraron en la habitación contigua, donde estaban los ratones, intercambiando murmullos bajo el zumbido de la maquinaria. El alto miró con curiosidad el interior de una jaula, donde bolas de piel respiraban debajo de virutas de madera. Cuando volvieron a salir, apagaron todas las luces. El parpadeo de la pantalla del microscopio electrónico iluminaba el primer laboratorio, dándole un tinte verdoso. Los científicos se dirigieron a la ventana, hablando en voz baja. Miraron afuera. El cielo estaba púrpura por la inminencia del amanecer; las estrellas desaparecían. En el horizonte se erguía la enorme mole de un volcán de cima chata. El Monte Olimpo, la montaña más alta del sistema solar.

El científico alto sacudió la cabeza.

—Esto lo cambia todo, ¿sabes?

—Lo sé.

Desde el fondo del pozo el cielo parecía una moneda brillante y rosada. El pozo era redondo, un kilómetro de diámetro, siete kilómetros de profundidad. Pero desde el fondo daba la impresión de ser más estrecho y más profundo. La perspectiva engaña a menudo al ojo humano.

Como ese pájaro, que bajaba volando desde el punto redondo y rosado del cielo y parecía tan grande. Sólo que no era un pájaro.

—Eh —dijo John.

El director del pozo, un japonés de cara redonda llamado Etsu Okakura, lo miró, y John pudo ver a través de los visores una sonrisa nerviosa; tenía un diente descolorido.

Okakura alzó la cabeza.

—¡Cae algo! —exclamó rápidamente; y luego—: ¡Corramos!

Dieron media vuelta y corrieron por el suelo del pozo. John no tardó en descubrir que aunque la mayor parte de las rocas sueltas habían sido retiradas del brillante basalto, no se había hecho nada para nivelar el terreno. Los cráteres y escarpas diminutos se volvieron cada vez más difíciles de sortear a medida que ganaba velocidad; en aquella fuga de primate, los instintos desarrollados en la infancia se reafirmaron y continuó a paso vivo, trastabilló con una sacudida y reanudó la carrera frenéticamente; por último tropezó, perdió el equilibrio y cayó de bruces sobre las rocas melladas, los brazos por delante para salvar el visor del casco. De poco consuelo le fue ver que también Okakura había caído. Por fortuna, la misma gravedad que los había hecho caer les estaba dando más tiempo para escapar; el objeto descendente aún no había llegado al fondo. Se levantaron y corrieron de nuevo, y una vez más Okakura cayó. John miró atrás y vio un brillante borrón metálico que chocaba contra la roca y luego oyó el sonido del impacto, como un golpe en los tímpanos. Fragmentos plateados salieron disparados en todas direcciones, algunos hacia ellos; dejó de correr y escudriñó el aire en busca de deyecciones que se les vinieran encima. Ni un sonido.

Un gran cilindro hidráulico voló por los aires y se estrelló ruidosamente a la izquierda, y los dos se sobresaltaron. No lo habían visto venir.

Después, la quietud. Permanecieron inmóviles casi un minuto, y luego Boone se sacudió. Estaba sudando; tenían puestos trajes presurizados, pero a 49 grados centígrados el fondo del pozo era el lugar más caliente de Marte, y el aislamiento del traje estaba pensado para el frío. Esbozó un gesto para ayudar a levantarse a Okakura, pero se detuvo. Era probable que el hombre prefiriese ponerse de pie por sí solo antes que deberle giri a Boone. Eso si Boone entendía el concepto correctamente.

—Echemos un vistazo —dijo.

Okakura se levantó y regresaron por el denso basalto negro. Hacía ya mucho que el pozo había penetrado en el sólido lecho rocoso, en verdad ya se habían adentrado un veinte por ciento en la litosfera. Hacía un calor sofocante en el fondo, como si los trajes no tuvieran ningún aislamiento. El suministro de aire de Boone era un bienvenido frescor en la cara y los pulmones. Enmarcado por las oscuras paredes del pozo, el cielo rosa brillaba arriba con intensidad, y el sol iluminaba una corta sección cónica de la pared. En pleno verano quizá la luz llegara al fondo… no, estaban al sur del Trópico de Capricornio. Para siempre en sombras allí abajo.

Se acercaron a los restos. Había sido un volquete robot que transportaba roca subiendo por el camino en espiral de la pared del pozo. Las piezas del camión se mezclaban con grandes pedruscos, algunos diseminados hasta a cien metros del punto de impacto. Más allá de los cien metros, los detritos escaseaban; el cilindro que había pasado volando junto a ellos tenía que haber sido proyectado por algún tipo de presión.

Una pila de magnesio, aluminio y acero, todo terriblemente retorcido. El magnesio y el aluminio se habían fundido en parte.

—¿Cree que ha caído desde arriba? —preguntó Boone. Okakura no respondió. Boone lo observó; el hombre evitaba mirarlo. Quizá tenía miedo—. Tienen que haber pasado unos treinta segundos entre el momento en que lo vi y el impacto —dijo.

A unos tres metros por segundo al cuadrado, eso era tiempo más que suficiente para caer a unos doscientos kilómetros por hora. Realmente no estaba nada mal. En la Tierra habría descendido en menos de la mitad del tiempo. Demonios, si no hubiera levantado los ojos cuando lo hizo, quizá los habría atrapado. Hizo un cálculo rápido. Era probable que se encontrara a mitad del pozo cuando lo vio. Pero quizá entonces ya llevaba un buen rato cayendo.

Boone rodeó el espacio que había entre la pared del pozo y la pila de chatarra. El camión había caído sobre el costado derecho, y el izquierdo estaba deformado pero era reconocible. Okakura trepó por los restos y señaló una zona ennegrecida detrás de la rueda izquierda delantera. John lo siguió, arañó el metal con la garra del índice del guante derecho. La capa negra se desprendió como si fuera hollín. Una explosión de nitrato de amonio. La carrocería del camión se había doblado como si la hubieran golpeado con un martillo.

—Una carga de buen tamaño —observó John.

—Sí —dijo Okakura, y carraspeó. Estaba asustado, no cabía duda. Bueno, el primer hombre en Marte casi había sido asesinado, y también él, por supuesto, aunque, ¿quién sabía qué lo asustaba más?—. Suficiente para sacar el camión del camino.

—Bueno, como ya he dicho, se ha informado de algunos sabotajes. Okakura tenía el ceño fruncido detrás del visor.

—Pero ¿quién? ¿Y por qué?

—No lo sé. ¿Hay alguien en tu equipo que tenga trastornos psicológicos?

—No.

La cara de Okakura se mostró cuidadosamente inexpresiva. En todo grupo de más de cinco personas siempre había algún trastornado, y la pequeña ciudad industrial de Okakura tenía una población de quinientos.

—Éste es el sexto caso que he visto —dijo John—. Aunque ninguno tan de cerca. —Rió. Volvió a recordar la imagen del punto parecido a un pájaro en el cielo rosa.— Habría sido fácil para cualquiera poner una bomba antes de que bajaran el camión. Y hacerla detonar con un reloj o un altímetro.

—Te refieres a los rojos. —Okakura parecía aliviado.— Hemos oído hablar de ellos. Pero es… —se encogió de hombros— una verdadera locura.

—Sí.

John bajó con cautela de los restos destrozados. Caminaron por el suelo del pozo de vuelta al coche en que habían descendido. Okakura había sintonizado otra banda y hablaba con la gente de arriba.

John se detuvo junto al foso central y miró alrededor. No alcanzaba a precisar el verdadero tamaño del pozo; la luz amortiguada y las líneas verticales le recordaban a una catedral, pero cualquier catedral habría parecido una casa de muñecas en el fondo de aquel gran agujero. La surrealidad de la escala hizo que John parpadease, y llegó a la conclusión de que llevaba mucho tiempo con la cabeza inclinada hacia atrás.

Condujeron subiendo por el camino inscrito en el muro lateral hacia el primer ascensor, dejaron el coche y se metieron en la jaula. Subieron. Siete veces tuvieron que salir y cruzar el camino del muro hasta la puerta del siguiente ascensor. La luz ambiental se fue haciendo cada vez más parecida a la luz diurna común. Alcanzó a ver la doble espiral de los caminos en el muro del otro lado: filigranas en un enorme agujero de tornillo. El fondo del pozo había desaparecido en la oscuridad, ni siquiera era capaz de ver el camión.

En los dos últimos ascensores subieron a través del regolito; primero el megarregolito, que parecía lecho rocoso agrietado, y luego el regolito propiamente dicho: roca, grava y hielo ocultos detrás de un muro de hormigón, una lisa pared curva que se parecía a un dique, y que retrocedía en pendiente, tanto que en realidad el último ascensor era un tren cremallera. Subieron por el costado de ese enorme embudo, el desagüe de la bañera del Gran Hombre, había dicho Okakura cuando bajaban, y por fin salieron a la superficie, al sol.

Boone salió del vagón y miró túnel abajo. El muro de contención del regolito parecía la lisa pared de un cráter, con una carretera de dos carriles que descendía en espiral, pero el cráter no tenía fondo. Era un agujero de transición entre la corteza y el manto. Podía ver abajo parte del pozo, pero la pared estaba en sombras y sólo el camino que descendía en espiral recogía algo de luz, de modo que parecía una especie de escalera colgada de la nada que bajaba a través del espacio vacío hacia el núcleo del planeta.

Tres de los gigantescos volquetes se arrastraban por el último trecho del camino, cargados de enormes piedras negras. Últimamente tardaban cinco horas en hacer el viaje desde el fondo del pozo, dijo Okakura. Había muy poca supervisión, como en la mayor parte del proyecto, tanto en la fabricación como en las obras. Los habitantes de la ciudad sólo tenían que ocuparse de la programación, del despliegue, del mantenimiento y de las averías. Y, ahora, de la seguridad.

La ciudad, llamada Senzeni Na, se desparramaba sobre el fondo del cañón más profundo de Thaumasia Fossae. Muy cerca del agujero estaba el parque industrial; allí es donde se fabricaba la mayoría del equipo de excavación y donde se procesaba la roca extraída en busca de vestigios de metales valiosos. Boone y Okakura entraron en la estación del borde, se quitaron los trajes presurizados, se enfundaron los monos cobrizos y se metieron en uno de los tubos transparentes que conectaban todos los edificios de la ciudad. Hacía frío y el sol relucía en los tubos, y todos llevaban ropas con una capa exterior de lámina de color cobre, el último avance japonés en protección contra la radiactividad. Criaturas de cobre moviéndose por tubos transparentes; a Boone le parecía un hormiguero gigantesco. Arriba, la nube termal se congeló, cobrando entidad, y salió disparada como vapor de una válvula, hasta que unos vientos altos la atraparon y se desvaneció como una larga estela que se desinfla.

Las residencias de la ciudad estaban empotradas en el muro sudeste del cañón. Una gran sección rectangular del risco había sido sustituida por vidrio; detrás había un bulevar alto y abierto y cinco plantas de apartamentos dispuestos en terrazas.

Avanzaron por el bulevar y Okakura lo condujo hasta las oficinas de la ciudad, en la quinta planta. Una pequeña multitud de aspecto preocupado los acompañó charlando con Okakura y entre ellos. Todos atravesaron la oficina y salieron al balcón. John observó con atención mientras Okakura describía en japonés lo que había sucedido. Algunos de entre la concurrencia parecían nerviosos y la mayoría evitaba la mirada de John. ¿Había bastado el casi accidente para incurrir en gm? Era importante asegurarse de que no se sentían puestos en evidencia, o nada que se le pareciese. La vergüenza era un asunto serio para los japoneses y Okakura empezaba a mostrarse desesperadamente desdichado, como si estuviera llegando a la conclusión de que él era el único culpable.

—Miren, lo mismo pudo hacerlo alguien de fuera como alguien de aquí —dijo John resueltamente. Hizo algunas sugerencias para la seguridad futura—. El borde del pozo es una barrera perfecta. Pongan un sistema de alarma, y la estación podría vigilar el sistema y los ascensores. Una pérdida de tiempo, pero inevitable.

Tímidamente Okakura le preguntó si sabía quién podía ser el responsable del sabotaje. John se encogió de hombros:

—No tengo idea, lo siento. Supongo que gente contraria a los agujeros entre la corteza y el manto.

—Pero ya están excavados —dijo uno de ellos.

—Lo sé. Imagino que es algo simbólico. —Sonrió.— Pero si un camión cae encima de alguien, mal símbolo sería.

Asintieron con gravedad. Deseó tener la facilidad de Frank para los idiomas… se habría comunicado mejor con esa gente. Eran difíciles de estudiar, inescrutables y todo eso.

Le preguntaron si quería descansar.

—Estoy bien —dijo—. No nos alcanzó. Tendremos que inspeccionarlo, pero por hoy sigamos con el mismo programa.

De modo que Okakura y algunos hombres y mujeres lo llevaron en un recorrido por la ciudad, y con buen ánimo visitó laboratorios y salas de reunión, salones sociales y comedores. Asintió y estrechó manos y dijo «Hola» hasta que tuvo la certeza de que había conocido a más del cincuenta por ciento de los habitantes de Senzeni Na. La mayoría aún no se había enterado del incidente en el pozo y todos estaban encantados de conocerlo, contentos de estrecharle la mano, de hablar con él, de mostrarle algo, de mirarlo. Le pasaba allá donde fuera, recordándole desagradablemente los años de vitrina que habían transcurrido entre su primer y su segundo viaje.

Pero cumplió con su deber. Una hora de trabajo, luego cuatro horas como El Primer Hombre en Marte: la proporción habitual. Y a medida que la tarde entraba en el anochecer y toda la ciudad se reunía para un banquete en su honor, se fue tranquilizando e interpretó su papel con paciencia. Eso significaba cambiar de estado de ánimo, algo que no era nada fácil esa noche. Al fin, se tomó un descanso y fue al cuarto de baño para tragarse una cápsula fabricada por el equipo de Vlad en Acheron. Era una droga que habían bautizado con el nombre de omegendorfo, una mezcla sintética de todas las endorfinas y opiáceos que habían descubierto en la química natural del cerebro, una droga que Boone nunca había probado.

Regresó al banquete mucho más relajado, con una leve euforia. Después de todo, había escapado a la muerte, ¡gracias a que había corrido como un loco! Unas pocas endorfinas no estaban de más. Se movió con soltura de mesa en mesa, haciendo preguntas a unos y otros, con el aire de fiesta apropiado. A John le gustaba ser capaz de conseguirlo; ayudaba a que la celebridad le resultara tolerable; porque cuando hacía preguntas, la gente saltaba para responderlas, como salmones en la corriente. Era realmente curioso, como si la gente buscara corregir el desequilibrio que advertía en la situación, en la que ellos conocían tanto de él, mientras que él sabía tan poco de ellos. De modo que con el incentivo adecuado, a menudo una única y cuidadosamente evaluada réplica brotaban de ellos los más asombrosos desahogos personales: atestiguando, revelando, confesando.

Pasó la velada aprendiendo cosas de la vida en Senzeni Na.

(«Medios… ¿qué hemos hecho?» Una rápida sonrisa.) Y después lo llevaron a la gran suite de los invitados, las habitaciones pobladas de bambú, la cama aparentemente tallada en un pedestal también de bambú. Cuando estuvo solo conectó la caja codificadora con el teléfono y llamó a Sax Russell.

Russell se encontraba en el nuevo cuartel general de Vlad, un complejo de investigación excavado en una impresionante cresta de las Acheron Fossae, al norte del Monte Olimpo. Se pasaba ahora todo el tiempo allí, estudiando ingeniería genética como si fuera un colegial. Estaba convencido de que la biotecnología era la clave para la terraformación y había decidido participar en el proyecto, a pesar de que no conocía otra cosa que el campo de la física. La biología moderna era notablemente oscura, y muchos físicos la odiaban, pero la gente de Acheron decía que Sax aprendía deprisa, y John lo creía. El mismo Sax había soltado risitas disimuladas ante su propio progreso, pero no cabía duda de que estaba muy metido en el asunto. Hablaba de eso todo el tiempo:

—Es el punto crucial —decía—, necesitamos el agua y el nitrógeno fuera del suelo y el dióxido de carbono fuera del aire, y necesitaremos biomasa para conseguir las dos cosas.

Y se afanaba como un esclavo ante las pantallas y en tos laboratorios.

Escuchó el informe de Boone con la flema habitual. Era la parodia del científico, pensó John. Incluso llevaba una bata de laboratorio. Mirándolo parpadear, recordó una historia que había oído a uno de los ayudantes de Sax ante un risueño público en una fiesta: en un experimento secreto que se había torcido, cien ratas de laboratorio que habían sido inyectadas con un potenciador de la inteligencia se habían vuelto genios. Se rebelaron, escaparon de sus jaulas, capturaron al principal investigador, lo ataron con correas y le retroinyectaron todo lo que ellas sabían, utilizando un método que inventaron en el acto… y ese científico era Saxifrage Russell, de bata blanca, parpadeante, espasmódico, inquisitivo, esclavo del laboratorio. Tenía un cerebro que era la suma de cien ratas hiperinteligentes, «y la pequeña broma es que ellas lo bautizaron con el nombre de una flor como sucede con las ratas de laboratorio, ¿lo entiendes?».

Eso explicaba muchas cosas. John sonrió mientras terminaba su informe y Sax inclinó la cabeza y lo miró con curiosidad.

—¿Crees que ese camión pretendía mataros?

—No lo sé.

—¿Cómo parece estar la gente allí?

—Asustada.

—¿Crees que están involucrados? John se encogió de hombros.

—Lo dudo. Probablemente están preocupados por lo que pueda seguir.

Sax hizo un rápido ademán.

—Un sabotaje de ese tipo no causará el más mínimo impacto en el proyecto —dijo con suavidad.

—Lo sé.

—¿Quién está haciéndolo, John?

—No lo sé.

—¿Crees que podría ser Ann? ¿Se ha convertido en otra profeta, como Hiroko o Arkadi, con seguidores y un programa y cosas por el estilo?

—Tú también tienes seguidores y un programa —le recordó John.

—Pero yo no les digo a mis seguidores que destruyan las cosas e intenten matar gente.

—Algunos piensan que estás destruyendo Marte. Y ciertamente la gente va a morir como resultado de la terraformación.

—¿Qué insinúas?

—Sólo te lo recuerdo. Intento hacerte ver por qué alguien podría hacer estas cosas.

—Así que piensas que se trata de Ann.

—O de Arkadi, o de Hiroko, o de alguien de las nuevas colonias de quien jamás hemos oído hablar. Ahora hay un montón de gente aquí. Un montón de facciones.

—Lo sé. —Sax fue hasta un mostrador y vació la vieja taza de café. Por último dijo:— Me gustaría que intentaras averiguar quién es. Ve adonde tengas que ir. Ve a hablar con Ann. Razona con ella. —Había un tono quejumbroso en su voz.— Yo ya ni siquiera puedo hablarle. —John se lo quedó mirando, sorprendido ante aquella exhibición emocional. Sax tomó ese silencio como renuencia, y prosiguió:— Sé que no se trata exactamente de lo tuyo, pero todo el mundo hablará contigo. Prácticamente eres el único con quien podemos hablar. Sé que estás ocupado con lo del agujero entre el manto y la corteza, pero puedes conseguir que tu equipo haga el trabajo y seguir visitando los agujeros como parte de la investigación. En realidad no hay nadie más que pueda hacerlo. No hay una verdadera policía a la que acudir. Aunque, si siguen ocurriendo cosas raras, la UNOMA nos enviará toda una tropa.

—O las transnacionales. —Boone reflexionó. La visión de aquel camión, cayendo desde el cielo…— De acuerdo. En cualquier caso, iré a hablar con Ann. Después sería bueno que nos reuniéramos y discutiéramos el tema de la seguridad en los proyectos de terraformación. Si conseguimos evitar que pase algo más, eso mantendrá fuera a la UNOMA.

—Gracias, John.

Boone se marchó y salió al balcón de la suite. El bulevar estaba lleno de pinos de Hokkaido, el aire frío cargado de resina. Abajo, figuras cobrizas caminaban entre los troncos de los árboles. Boone consideró la nueva situación. Durante diez años había estado trabajando para Russell, terraformando, abriendo agujeros entre el manto y la corteza y haciendo de experto en relaciones públicas y cosas por el estilo, y disfrutaba del trabajo, pero no estaba a la vanguardia de ninguna de las ciencias implicadas, y por tanto fuera del círculo que tomaba las decisiones. Sabía que mucha gente lo consideraba un mero mascarón de proa, una celebridad para consumo en la Tierra, un jinete espacial tonto que había tenido suerte y vivía de rentas. Eso no molestaba a John; siempre había enanos dando hachazos, tratando de reducir a todo el mundo a un tamaño mínimo. Estaba bien, en especial porque en este caso se equivocaban. Tenía un considerable poder, aunque tal vez sólo él apreciara su verdadero alcance, ya que consistía en una interminable sucesión de reuniones cara a cara, en la influencia que tenía sobre lo que la gente elegía hacer. Después de todo, el poder no era una cuestión de títulos profesionales. El poder era una cuestión de visión, persuasión, libertad de movimiento, fama, influencia. Además, el mascarón de proa va delante, señalando el camino.

No obstante, esa nueva tarea tenía inconvenientes. Podía sentirlo ya. Sería problemática, difícil, quizás arriesgada… un desafío, por encima de todo. Un nuevo desafío; eso le gustaba. Al entrar de nuevo en la suite y meterse en la cama (¡John Boone durmió aquí!) se le ocurrió que ahora no sólo iba a ser el primer hombre en Marte, sino el primer detective. Sonrió ante la ocurrencia y el último efecto del omegendorfo le encendió los nervios.

Ann Clayborne estaba haciendo un estudio en las montañas de la Cuenca de Argyre, lo que significaba que John podía volar en planeador desde Senzeni Na hasta donde ella estaba. Así que, a la mañana siguiente, tomó el globo ascensor de la torre de amarre y subió al dirigible estacionario que flotaba sobre la ciudad, exultante a medida que se elevaba sobre el panorama cada vez más amplio de los grandes cañones Thaumasia. Desde el dirigible descendió hasta la cabina de uno de los planeadores, sujetos en la parte inferior del casco. Después de asegurarse se soltó y el planeador cayó como una piedra hasta que lo introdujo en la onda termal del agujero entre el manto y la corteza; la onda lanzó la nave de seda hacia arriba, y la metió en un pronunciado remolino ascendente. John gritaba mientras luchaba con el zarandeo; ¡era como montar en una burbuja de jabón sobre una hoguera!

A 5.000 metros el penacho de nube se aplanó y se extendió hacia el este. John salió de la espiral y enfiló hacia el sudeste, jugando con el planeador a medida que avanzaba, aprendiendo a dominarlo. Tendría que cabalgar los vientos con cuidado para llegar hasta Argyre.

Apuntó hacia el manchado resplandor amarillo del sol. El viento lloraba sobre las alas. La tierra debajo era de un desigual naranja oscuro, que cambiaba gradualmente a un naranja claro en el horizonte. Las tierras altas del sur estaban salpicadas de hoyos, y tenían el aspecto salvaje, primordial, lunar de la saturación de cráteres. A John le encantaba volar sobre ellas, y pilotó de manera automática, concentrándose en la tierra de abajo. Le agradaba mucho relajarse y volar, sintiendo el viento cerca, contemplando la tierra y sin pensar en nada. Tenía sesenta y cuatro años en este año 2047 (o «año-M 10», como él solía decir), y había sido el hombre vivo más famoso durante casi treinta de esos años; y ahora era más feliz cuando estaba solo y volaba.

Al cabo de una hora, se puso a pensar en su nueva tarea. Era importante no caer en fantasías de lupas y ceniza de cigarro, o de sabuesos con pistola; había trabajo que hacer, incluso mientras volaba. Llamó a Sax y le preguntó si podía conectar su la a los registros de emigración y viajes planetarios sin que la UNOMA advirtiera la conexión. Después de un rato Sax lo llamó y le dijo que podía conseguirlo, y entonces John transmitió una secuencia de preguntas y continuó volando. Una hora y muchos cráteres más tarde, la luz roja de Pauline parpadeó con rapidez, indicando una transferencia de datos sin procesar. John le pidió a la IA que analizara los datos, y después estudió los resultados en la pantalla. Las pautas de movimiento eran desconcertantes, pero esperaba que cuando las comparase con los incidentes de sabotaje encontraría algo. Desde luego había gente que se movía fuera de los registros, incluyendo la colonia oculta; ¿y quién sabía qué pensaban Hiroko y los otros sobre los proyectos de terraformación? No obstante, valia la pena echar un vistazo.

Los Montes Nereidium aparecieron inesperadamente delante de él sobre el horizonte. Marte nunca había tenido mucho movimiento tectónico, y las cadenas montañosas escaseaban. Las que había eran casi siempre bordes de cráteres, anillos de deyecciones expulsados por impactos tan grandes que los detritos cayeron formando dos o tres cadenas concéntricas, cada una de muchos kilómetros de ancho, y extremadamente escarpadas. Hellas y Argyre, siendo las cuencas más grandes, tenían por tanto las cadenas mayores; y la única cadena montañosa importante aparte de ellas, los Montes Phlegra, en la pendiente de Elysium, era probablemente los restos fragmentarios de una cuenca de impacto inundada más tarde por los volcanes de Elysium o por un antiguo Océano Borealis. La discusión sobre esa cuestión era vehemente, y Ann, la autoridad final de John en tales asuntos, nunca había dicho qué opinaba.

Los Montes Nereidium componían el borde occidental alrededor de Argyre, pero en aquellos momentos Ann y su equipo estaban estudiando el borde oriental, los Montes Charitum. Boone corrigió el curso hacia el sur y a primeras horas de la tarde planeó sobre la ancha y plana llanura de la Cuenca Argyre. Después de la profusión de cráteres de las tierras altas, el suelo de la cuenca parecía liso, una llanura amarillenta limitada por la gran curva de las cordilleras del borde. Desde la posición ventajosa en que estaba podía ver unos noventa grados del arco del contorno, lo suficiente para tener una idea del tamaño del impacto que había formado Argyre; era una vista asombrosa. Boone había volado por encima de miles de cráteres marcianos, y ya sabía qué tamaños solían tener y, sencillamente, Argyre se salía de la escala. ¡Un cráter bastante grande llamado Galle no era más que una marca de viruela en el borde de Argyre! ¡Aquí tenía que haber impactado un mundo entero! O, como mínimo, un asteroide condenadamente grande.

Dentro de la curva sudeste del borde, en el suelo de la cuenca junto a los pies de las colinas del Charitum, divisó la delgada línea blanca de una pista de aterrizaje. Era fácil avistar construcciones humanas en semejante desolación; la regularidad destacaba como una baliza. Las ondas termales subían con fuerza a gran distancia de las colinas calentadas por el sol, y él descendió y viró para meterse en una, cayendo con un zumbido vibratorio, como una roca, como aquel asteroide, pensó John con una sonrisa, e hizo una cabriola, una última y dramática floritura, posándose con toda la precisión de que fue capaz, consciente de su reputación de gran piloto que, desde luego, tenía que revalidar en cada ocasión. Era parte del trabajo…

Pero resultó que sólo había dos personas en las caravanas junto a la pista, y nadie lo había visto descender. Estaban dentro viendo las noticias de televisión de la Tierra. Alzaron los ojos cuando cruzó la puerta de la antecámara interior y se levantaron de un salto para saludarlo. Ann había subido con un equipo a uno de los cañones de la montaña, le dijeron, seguramente a no más de dos horas en coche. John almorzó con ellas, dos británicas con acento del norte, muy curtidas y encantadoras. Luego subió a un rover y siguió las rodadas que cruzaban una hendidura y llegó al Charitum. Una hora de sinuoso ascenso por un arroyo de lecho llano lo llevó hasta una caravana móvil con tres rovers estacionados fuera. El conjunto tenía el aire de un café en el Mojave.

La caravana estaba desocupada. Las huellas de pisadas se alejaban del campamento en muchas direcciones. Después de pensarlo, trepó a una loma al oeste del campamento y se sentó en la cima. Se tumbó sobre la roca y durmió hasta que el frío le entró en el traje ligero y flexible. Luego se sentó y tomó una cápsula de omegendorfo, y contempló las sombras negras de las colinas que se arrastraban hacia el este. Reflexionó en lo que había ocurrido en Senzeni Na, repasando sus recuerdos de las horas anteriores y posteriores, las expresiones en las caras de la gente, lo que habían dicho. La imagen del camión cayendo le aceleró un poco el pulso.

En una hendidura entre las colinas del oeste asomaron unas figuras cobrizas. Se puso de pie y descendió la loma, y se reunió con ellas en la caravana.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Ann por la frecuencia de los primeros cien.

—Quiero hablar.

Ella gruñó y cortó la comunicación.

La caravana habría estado un poco atestada incluso sin él. Se sentaron en el cuarto principal rodilla con rodilla, mientras Simón Frazier calentaba una salsa y hervía agua para los espaguetis en el pequeño rincón de la cocina. La única ventana del remolque daba al este y mientras comían contemplaron la sombra de las montañas que se extendía por el suelo de la gran cuenca. John había traído una botella de medio litro de coñac Utopía, y después de la cena la sacó en medio de murmullos de aprobación. Mientras los areólogos bebían lavó los platos («quiero hacerlo») y preguntó cómo iba el trabajo. Estaban buscando pruebas de antiguos episodios glaciares, que, si se encontraban, apoyarían un modelo de la temprana historia del planeta que incluía océanos en los terrenos bajos.

Menos Ann, pensó John mientras los escuchaba; ¿querría ella encontrar evidencias de un pasado oceánico? Era un modelo que justificaba moralmente el proyecto de terraformación, pues implicaba que sólo estaban restaurando un antiguo estado de cosas. De modo que era probable que ella no quisiera localizar semejante prueba. ¿Influiría esa renuencia en su trabajo? Bueno, seguro. Si no de forma consciente, sí en su interior. Después de todo, la conciencia sólo era una delgada litosfera sobre un núcleo grande y caliente. Los detectives no debían olvidarlo.

Pero todo el mundo en la caravana parecía coincidir en que no estaban encontrando ninguna evidencia de glaciación, y todos eran buenos areólogos. Había cuencas altas que parecían circos y valles altos con la clásica forma de U de los valles glaciares, y algunas configuraciones con grietas y rocas aborregadas que podrían ser resultado de la erosión glaciar. Todo eso se había visto en fotografías de satélite, además de una o dos zonas brillantes que según algunos podían ser reflejos de un rozamiento glaciar. Pero sobre el terreno nada de eso se sostenía. No habían localizado ningún rozamiento glaciar, ni siquiera en las partes más protegidas del viento de los valles con forma de U; ninguna morrena, lateral o terminal; ninguna señal de algo que hubiera sido arrastrado, o de líneas de transición donde los nanatuks habrían sobresalido incluso por encima de los niveles más altos de los hielos antiguos. Nada. Se trataba de otro caso de lo que ellos llamaban areología del cielo, con una historia que se remontaba a las primeras fotografías de satélite, y aun hasta los telescopios. Los canales habían sido areología del cielo, y muchas otras malas hipótesis se habían formulado de manera parecida, hipótesis que sólo ahora eran puestas a prueba con el rigor de la areología de campo. La mayoría se derrumbaba bajo el peso de los datos de la superficie, eran arrojadas al canal, como decían ellos.

Sin embargo, la teoría glaciar, y el modelo oceánico del que era parte, había persistido más que ninguna otra. Primero, porque prácticamente todos los modelos de la formación del planeta indicaban que tenía que haber habido un montón de agua y que había ido a parar a alguna parte. Y segundo, pensó John, porque había un montón de gente que se sentiría reconfortada si el modelo oceánico fuera verdad; se sentiría menos incómoda respecto de la moralidad de la terraformación. Por lo tanto, los opositores de la terraformación… No, no le sorprendía que el equipo de Ann no estuviera encontrando nada. Sintiendo un poco el coñac e irritado por la animosidad de ella, dijo desde la cocina:

—Pero si hubiera habido glaciares, los más recientes tendrían…

¿digamos mil millones de años? Yo diría que ese tiempo habría eliminado cualquier signo superficial, rozamientos glaciares, morrenas o nanatuks. Sin dejar nada más que los grandes accidentes geográficos, que es lo que hay. ¿Correcto?

Ann había permanecido en silencio, pero entonces dijo:

—Los accidentes geográficos no son exclusivos de la glaciación. Todos son comunes en las cordilleras marcianas; no hay una sola que no se haya formado por rocas que cayeron del cielo. Cualquier tipo de formación que se te ocurra está en alguna parte de la superficie, formas extrañas limitadas únicamente por el ángulo de apoyo.

No había aceptado el coñac, lo que sorprendió a John, y ahora miraba al suelo con expresión de disgusto.

—Pero seguro que no los valles en U —dijo John.

—Sí, también los valles en U.

—El problema es que el modelo oceánico no se falsifica fácilmente —indicó Simón en voz baja—. Puede que nunca encuentres evidencias sólidas, como nos sucede a nosotros, pero eso no lo refuta.

La cocina ya limpia, John le pidió a Ann que salieran a dar un paseo crepuscular. Ella vaciló, poco dispuesta; pero era parte de un ritual, y todo el mundo lo sabía, y con una rápida mueca y una mirada dura, aceptó.

Una vez fuera, él la condujo hasta la misma cima en la que había dormitado. El cielo era un arco color ciruela sobre las negras y estriadas lomas que los rodeaban, y las estrellas aparecían como en un torrente, cientos con cada parpadeo. Se detuvo, ella no lo miró. El irregular horizonte podría haber sido una escena de la Tierra. Ann era un poco más alta que él, una silueta enjuta, angulosa. A John le caía bien, sin importar la posible atracción recíproca que ella pudiera haber sentido; y habían mantenido muy buenas conversaciones en años ya lejanos. La atracción se había disipado cuando él eligió trabajar con Sax. Podría haber hecho cualquier cosa, indicaban las dolidas miradas de ella, y sin embargo se había decidido por la terraformación.

Bueno, era verdad. Puso la mano delante de ella, el dedo índice levantado. Ella tocó unos botones en el teclado de muñeca y de repente una voz susurró en el oído de John.

—¿Qué? —dijo Ann sin mirarlo.

—Es sobre los incidentes de sabotaje —dijo él.

—Eso pensé. Supongo que Russell cree que yo estoy detrás.

—No se trata tanto de…

—¿Cree que soy estúpida? ¿Imagina que pienso que con un poco de vandalismo detendré vuestros juegos de niños?

—Bueno, es algo más que un poco. Ya ha habido seis incidentes, y cualquiera de ellos podría haber matado a alguien.

—¿Desviar espejos de la órbita puede matar a alguien?

—Sí si en ese momento se están cumpliendo allí tareas de mantenimiento.

Ella soltó un ¡bah! y dijo:

—¿Qué más ha pasado?

—Ayer despeñaron un camión en el agujero entre el manto y la corteza, y casi me aplastó. —Oyó que Ann retenía el aliento.— Es el tercer camión que cae. Y a aquel espejo lo sacaron de órbita con una trabajadora de mantenimiento encima, y ella tuvo que flotar en caída libre hasta llegar a una estación. Le llevó más de una hora conseguirlo, y estuvo a punto de fracasar. Y luego un depósito de explosivos estalló por accidente en el agujero de Elysian, un minuto después de que se hubiera marchado todo el equipo. Y los líquenes de la Colina Subterránea murieron por un virus que obligó a clausurar el laboratorio.

Ann se encogió de hombros.

—¿Qué esperas de los GEM? Podría haber sido un accidente, me sorprende que no suceda más a menudo.

—No fue un accidente.

—Todo eso son naderías. ¿Cree Russell que soy estúpida?

—Sabes que no. Pero se trata de no interferir. En el proyecto se esta invirtiendo un montón de dinero terrano, pero no haría falta mucha mala publicidad para conseguir que lo retiraran.

—Es posible —dijo Ann—. Pero deberías escucharte cuando dices esas cosas. Tú y Arkadi sois los mayores defensores de una especie de nueva sociedad marciana, vosotros más Hiroko, tal vez. Sin embargo, el modo en que Russell, Frank y Phyllis están trayendo capital terrano… nadie podrá oponerse. Los negocios seguirán siendo negocios y vuestras ideas desaparecerán.

—Quiero pensar que todos aquí queremos algo parecido —dijo John—. Queremos hacer un buen trabajo en el lugar adecuado. Sólo ponemos énfasis en partes diferentes para poder conseguirlo, eso es todo. Si trabajáramos en equipo coordinando nuestros esfuerzos…

—¡No perseguimos lo mismo! —exclamó Ann—. Vosotros queréis cambiar Marte y yo no. Es así de fácil.

—Bueno… —John titubeó ante la amargura de Ann. Avanzaban despacio alrededor de la colina, en una complicada danza que imitaba la conversación, a veces cara a cara, otras espalda con espalda; y siempre la voz de ella sonándole en el oído, y la suya en el de ella. Le gustaba eso de las conversaciones con un traje puesto: esa insidiosa voz en el oído, que podía ser tan persuasiva, acariciadora, hipnótica.— No es tan fácil, ni siquiera así. Quiero decir, deberías ayudar a aquellos de nosotros que están más cerca de tus ideas, y oponerte a los más alejados.

—Ya lo hago.

—Razón por la que vine a preguntarte qué sabes de esos saboteadores. Tiene sentido, ¿verdad?

—No sé nada de ellos. Les deseo suerte.

—¿En persona?

—¿Qué?

—He rastreado tus movimientos de los últimos dos años, y siempre has estado cerca de cada incidente, menos de un mes antes de que ocurrieran. Estuviste en Senzeni Na pocas semanas atrás, de camino hacia aquí, ¿cierto?

La oyó respirar. Estaba enfadada.

—Me usan como una tapadera —musitó, y algo más que él no llegó a entender.

—¿Quiénes?

Ann le dio la espalda.

—Eso tendrías que preguntárselo al Coyote, John.

—¿El Coyote?

Ella emitió una risa breve.

—¿No has oído hablar de él? La gente dice que anda por la superficie sin traje. Aparece de golpe aquí y allá, a veces en los dos extremos del mundo en una sola noche. Conoció al Gran Hombre en persona, allá en los buenos y viejos tiempos. Y es un gran amigo de Hiroko. Y un gran enemigo de la terraformación.

—¿Tú lo has conocido? —ella no contestó.— Mira —prosiguió él después de un momento de respiración compartida—, morirán muchos. Espectadores inocentes.

—Morirán espectadores inocentes cuando el permafrost se derrita y el suelo se colapse. Tampoco tengo nada que ver con eso. Sólo hago mi trabajo. Tratar de catalogar lo que había aquí antes de que viniésemos.

—Sí. Pero eres la roja más famosa de todos, Ann. Esa gente tiene que haber contactado contigo, y me gustaría que los desalentaras. Quizá salvara algunas vidas.

Ella se volvió a mirarlo. El visor de su casco reflejó el horizonte occidental, púrpura arriba, negro abajo, la frontera entre los dos colores mellada y desnuda.

—Se salvarían vidas si dejaran el planeta en paz. Eso es lo que yo quiero. Yo misma te mataría si fuera necesario.

Después de eso quedaba poco por decir. Mientras bajaban de vuelta hacia la caravana, probó con otro tema.

—¿Qué crees que ha pasado con Hiroko y los demás?

—Desaparecieron.

John alzó los ojos exasperado.

—¿No te dijo nada?

—No. ¿No te dijo nada a ti?

—No. No creo que hablara con nadie salvo con su grupo. ¿Sabes adonde fueron?

—No.

—¿Tienes alguna idea de por qué se fueron?

—Probablemente querían librarse de nosotros. Hacer algo nuevo. Lo que tú y Arkadi decís que queréis, ellos lo querían de verdad.

John sacudió la cabeza.

—Si lo hacen, será para veinte personas. Mi intención es conseguirlo para todos.

—Quizá son más realistas que tú.

—Quizá. Lo averiguaremos. Hay más que una manera, Ann. Tienes que entenderlo.

Ella no contestó.

Los otros los miraron cuando entraron en la caravana y Ann, tomando por asalto el rincón de la cocina, no fue de ninguna ayuda. John se sentó en el apoyabrazos del único sofá y les preguntó por el trabajo y los niveles de agua subterránea en Argyre y en general en el hemisferio sur. Las grandes cuencas eran bajas, pero habían sido deshidratadas por los mismos impactos que las habían formado, y en general parecía que casi todas las aguas del planeta se habían filtrado hacia el norte. Otra parte del misterio: nadie había explicado jamás por qué los hemisferios norte y sur eran tan distintos, ése era el problema de la areología, cuya solución podría ser la clave para explicar todos los otros enigmas del paisaje marciano, igual que la teoría de la placa tectónica había explicado una vez tantos problemas geológicos diferentes. En realidad, algunos querían volver a usar la explicación tectónica, postulando que una vieja corteza se había deslizado sobre sí misma en la mitad oriental, y que en el norte se formó una nueva corteza; luego, cuando el enfriamiento del planeta detuvo los movimientos tectónicos, todo se había congelado. Ann consideraba que eso era ridículo; en su opinión, el hemisferio norte era, sencillamente, la mayor cuenca de impacto, la última gran explosión en tiempos remotos. Un choque similar había arrancado a la Luna de la Tierra, seguramente en la misma época. Los areólogos discutieron el problema durante un rato, y John escuchó, haciendo ocasionalmente alguna pregunta neutral.

Encendieron el televisor para las noticias de la Tierra y vieron un programa corto sobre la minería y las perforaciones petrolíferas que se iniciaban en la Antártida.

—Eso es por nuestra culpa, ¿sabes? —dijo Ann desde la cocina—. Mantuvieron la minería y el petróleo fuera de la Antártida durante casi cien años, desde el primer tratado. Pero cuando aquí comenzó la terraformación, todo se derrumbó. Ahí abajo se están quedando sin petróleo, y el Club del Sur es pobre, y justo al lado hay un continente entero de petróleo, gas y minerales que los países ricos del norte tratan como un parque nacional. Y entonces el Sur vio cómo esos mismos países ricos del norte comenzaron a despedazar Marte por completo, y dijeron: Qué demonios, ¿ustedes pueden destrozar todo un planeta y se supone que nosotros debemos proteger este iceberg próximo y todos esos recursos que necesitamos tan desesperadamente? ¡Olvídenlo! Así que rompieron el Tratado de la Antártida, y ahí los tienes, perforando sin que nadie se haya opuesto. Y ahora también ha desaparecido de la Tierra el último lugar limpio. —Se acercó a ellos y se sentó frente a la pantalla, con la cara metida en una taza humeante de chocolate.— Si quieres, hay más —le dijo a John con rudeza.

Simón le echó una mirada de simpatía y los otros se quedaron observándolos con ojos muy abiertos. No podían creer que estaban presenciando una pelea entre dos de los primeros cien: ¡eso sí que era una broma! John casi se rió, y cuando se levantó para servirse una taza de chocolate, se inclinó impulsivamente y besó a Ann en la cabeza. Ella se puso rígida y él se encaminó a la cocina.

—Todos queremos cosas distintas de Marte —comentó, olvidando que le había dicho lo contrario a Ann—. Pero aquí estamos, y no somos tantos, y éste es nuestro sitio. Hacemos aquí lo que queremos, como dice Arkadi. Ahora bien, a ti no te gusta lo que quieren Sax o Phyllis, y a ellos no les gusta lo que tú quieres, y a Frank no le gusta lo que los otros quieren, y cada año viene más gente que apoya una postura distinta, aunque no sepan nada. De modo que la cosa podría ponerse fea. En realidad, ya ha empezado a ponerse fea, con esos ataques a la maquinaria. ¿Puedes imaginarte eso sucediendo en la Colina?

—El grupo de Hiroko hizo pedazos la Colina Subterránea durante el tiempo que estuvo allí —dijo Ann—. No es raro que se largaran de ese modo.

—Sí, tal vez. Pero no ponían en peligro otras vidas. —Vio de nuevo la imagen del camión cayendo por el pozo, rápido y vivido. Sorbió el chocolate y se quemó la boca.— ¡Maldición! En cualquier caso, siempre que esto me desanima, trato de recordar que es algo natural. Es inevitable que la gente se pelee, pero ahora nos estamos peleando por cosas marcianas. Quiero decir, la gente no se pelea porque es norteamericana, japonesa, rusa o árabe, o por cuestiones de religión, raza, sexo, o lo que sea. Se pelea porque quiere una u otra realidad marciana. Ahora eso es lo único que importa. De modo que ya hemos recorrido la mitad del camino. —Miró a Ann, que no alzaba la vista del suelo, frunciendo el ceño.— ¿Entiendes lo que quiero decir?

Ella lo miró.

—Es la segunda mitad lo que importa.

—De acuerdo, quizá. Das mucho por sentado, aunque así es la gente. Pero has de reconocer que tu postura nos está afectando, Ann. Demonios, Sax y muchos otros hablaban de hacer cualquier cosa para terraformar con tanta rapidez como fuera posible: hacer que un grupo de asteroides impactara directamente contra el planeta, usar bombas de hidrógeno para reactivar volcanes… ¡cualquier cosa! Ahora todos esos planes se han descartado debido a ti y a tus partidarios. La visión sobre cómo terraformar y hasta donde llegar ya no es la misma. Y creo que con el tiempo alcanzaremos un compromiso que nos proteja de la radiación, una biosfera y tal vez aire que podamos respirar, o por lo menos en el que no caigamos muertos de inmediato… y todavía dejar el planeta bastante parecido a como era antes de que viniésemos. —Ante esto Ann levantó los ojos, exasperada, pero él prosiguió con firmeza:— ¡Nadie está hablando de transformarlo en un planeta tropical, aunque pudieran hacerlo! Siempre será frío, y la protuberancia de Tharsis siempre se elevará en el espacio, así que una parte enorme del planeta jamás se tocará. Y eso en parte se deberá a ti.

—Pero ¿quién puede garantizar que no querrán más?

—Tal vez algunos quieran más. Pero yo, por lo menos, intentaré detenerlos. ¡Lo haré! Puede que no esté de tu lado, pero te comprendo. Y cuando uno vuela por encima de las tierras altas como hice hoy, uno no puede evitar amarlas. Quizá algunos traten de cambiar el planeta, pero mientras tanto el planeta los estará cambiando a ellos. Un sentido del lugar, una estética del paisaje… con el tiempo todas esas cosas cambian. Sabes que los primeros que vieron el Gran Cañón pensaron que era feo como mil demonios porque no se parecía a los Alpes. Tardaron mucho tiempo en apreciarlo.

—De todas maneras, anegaron casi todo —dijo Ann sobriamente.

—Sí, sí. Pero ¿quién sabe lo que opinarán nuestros hijos? Será algo basado en lo que conozcan, y éste será el único lugar que conocerán. Así que terraformamos el planeta; pero al mismo tiempo el planeta nos areoforma a nosotros.

—Areoformación —musitó Ann, y una sonrisa leve y excepcional le iluminó la cara. John se ruborizó; no la había visto sonreír de esa manera desde hacía años, y quería a Ann, le encantaba verla sonreír—. Me gusta esa palabra —dijo ella entonces. Lo señaló con un dedo—: ¡No dejaré que lo olvides, John Boone! ¡Recordaré lo que has dicho esta noche!

—Yo también —dijo él.

El resto de la velada fue más relajada. Y al día siguiente Simón lo acompañó a la pista de aterrizaje, hasta el rover que conduciría hacia el norte; y Simón, que normalmente lo habría despedido con una sonrisa y un apretón de manos, o aun con un «me alegro de haberte visto», de pronto le dijo:

—De verdad te agradezco lo que dijiste anoche. Creo que la animó. En especial lo que dijiste sobre los niños. Está embarazada, ¿sabes?

—¿Qué? —John sacudió la cabeza.— No me lo dijo. ¿Eres tú el… el padre?

—Sí. —Simón sonrió.

—¿Cuántos años tiene ella ahora, sesenta?

—Sí. Es forzar un poco las cosas, por decirlo de alguna manera, pero ya se ha hecho antes. Tomaron un óvulo congelado hace quince años, lo fertilizaron y se lo implantaron. Veremos como marcha. Dicen que ahora Hiroko está embarazada todo el tiempo, que no para, como una incubadora.

—Cuentan muchas cosas sobre Hiroko, pero sólo son historias.

—Bueno, pero ésta la oímos de alguien que puede saberlo.

—¿El Coyote? —preguntó John con brusquedad. Simón enarcó las cejas.

—Me sorprende que te haya hablado de él.

John gruñó, oscuramente irritado. No había duda de que la fama lo privaba de un montón de chismes.

—Me alegro de que lo hiciera. Bueno, de todas formas… —Extendió la mano derecha y entrelazaron los dedos en el firme apretón que era un saludo ritual desde los primeros años de la astronáutica.— Felicitaciones. Cuida de ella.

Simón se encogió de hombros.

—Ya conoces a Ann. Hace lo que quiere.

Boone condujo hacia el norte desde Argyre durante tres días, disfrutando del paisaje y la soledad y dedicando unas pocas horas cada tarde a rastrear los movimientos de la gente en los registros planetarios, buscando correlaciones con los incidentes de sabotaje. Temprano en la cuarta mañana llegó a los cañones de Marineris, que se encontraban a unos 1.500 kilómetros al norte de Argyre. Se topó con un camino de radiofaros de respuesta que iba en dirección norte-sur y lo siguió hasta una breve pendiente en el borde austral de Melas Chasma; después salió del rover para mirar alrededor.

Nunca había estado en ese sector de los grandes cañones; antes de que terminaran la Autopista Transversal Marineris les costaba mucho llegar hasta allí. Era impresionante, no cabía duda; el acantilado de Melas tenía una caída de unos 3.000 metros y desde allí se veía todo el norte como desde un planeador. La otra pared del cañón era apenas visible, el borde asomaba sobre el horizonte; y entre los dos precipicios se extendía el vasto espacio de Melas Chasma, el corazón de todo el complejo Marineris. Sólo alcanzaba a ver los desfiladeros en los acantilados distantes que marcaban la entrada a otros cañones: los Chasma al oeste. Candor al norte, Coprates al este.

John caminó por la cima durante más de una hora, poniéndose las lentes binoculares del casco sobre el visor durante largos períodos, mirando todo lo que podía del mayor cañón de Marte, sintiendo la euforia de la tierra roja. Tiró piedras por el precipicio y observó cómo desaparecían, habló y cantó y saltó sobre las puntas de los pies en una desgarbada danza. Luego regresó al rover, se refrescó y condujo a lo largo del borde hasta el comienzo de la carretera del risco.

Allí la Autopista Transversal se convertía en un único carril de hormigón, y zigzagueaba bajando por el espinazo de una enorme rampa rocosa que se extendía desde el reborde sur hasta el fondo. Este accidente extraño, llamado el Espolón de Ginebra, apuntaba al norte desde el acantilado, en línea recta hacia Candor Chasma; se alzaba en un sitio tan adecuado que con la ruta que tenía encima parecía una rampa construida por los ingenieros de caminos.

Sin embargo, era un espolón escarpado, y el camino bajaba dando vueltas todo el trayecto en una pendiente no demasiado abrupta. Allí curvas serpenteaban sobre el espinazo, como un hilo amarillo que se retorcía sobre una manchada alfombra de color naranja.

Boone descendió con cuidado, doblando a la izquierda, luego a la derecha, luego a la izquierda, una y otra vez hasta que tuvo que detenerse a descansar los brazos. Miró atrás y arriba la pared sur era ciertamente escarpada, estriada con fracturas de barrancos profundamente erosionados. Después condujo de nuevo otra media hora, hasta que por fin el camino bajó en línea recta por la cresta del espolón cada vez más llano, que al fin se ensanchó y se fundió con el suelo del cañón. Y allí abajo había un pequeño grupo de vehículos.

Era el equipo suizo, que acababa de finalizar la construcción del camino, y Boone terminó pasando la noche con ellos. El grupo de unas ochenta personas, casi todas jóvenes, la mayoría casadas, hablaba en alemán, italiano, francés, y en honor suyo en un inglés con diversos acentos. En el campamento había niños y gatos, y un invernadero portátil atestado de hierbas y verduras de huerto. Pronto se marcharían de allí como gitanos, en una caravana compuesta casi exclusivamente por excavadoras, y viajarían hasta el extremo oeste del cañón para abrir un camino por Noctis Labyrinthus hacia el flanco este de Tharsis. Después habría otros caminos; quizá uno por encima de la Protuberancia de Tharsis entre el Monte Arsia y el Monte Pavonis, quizá uno al norte hacia el Mirador de Echus. Aún no estaban seguros, y Boone tuvo la impresión de que en realidad no les importaba; pensaban pasarse el resto de la vida viajando y construyendo caminos, de modo que el destino siguiente no importaba mucho. Gitanos errantes para siempre.

Se cercioraron de que todos sus hijos estrecharan la mano de John, y después de cenar él dio una breve conferencia, divagando como siempre sobre la nueva vida en Marte.

—Cuando veo a gente como ustedes aquí afuera, me siento feliz, porque son parte de una nueva vida, de una nueva sociedad; todo está cambiando en el plano técnico y en el plano humano. No estoy muy seguro de cómo tendría que ser esa nueva sociedad, a qué tendría que parecerse. Pero pienso que ustedes y todos los grupos pequeños que hay en la superficie están resolviendo empíricamente esos problemas. Y verlos a ustedes me ayuda a pensar.

Lo cual era cierto, aunque no estaba acostumbrado a pensar de pie; de modo que se dejó llevar en un vuelo de asociaciones libres, atrapando al paso cualquier pensamiento fugaz. Y los ojos de ellos brillaron a la luz de las lámparas mientras lo escuchaban.

Más tarde, se sentó con algunos de ellos en un círculo alrededor de una única lámpara encendida, y se quedaron despiertos toda la noche, hablando. Los suizos jóvenes le hicieron preguntas sobre el primer viaje y los primeros años en la Colina Subterránea, temas ambos que obviamente tenían una dimensión mítica para ellos, y él les contó algo parecido a la historia verdadera, y los hizo reír; y les preguntó sobre Suiza, cómo funcionaba, qué pensaban de ella, por qué estaban aquí en vez de allí. Una mujer rubia se rió cuando hizo esa pregunta.

—¿Conoce al Boogen? —dijo, y él negó con la cabeza—. Es parte de nuestras Navidades. Verá, Sami Claus va a todas las casas una por una y tiene un ayudante, el Boogen, que lleva una capa y una capucha y carga un gran saco. Sami Claus le pregunta a los padres cómo se han portado los niños ese año y los padres le muestran el libro mayor, ya sabe, el registro. Y si los niños han sido buenos, Sami Claus les da regalos. Pero si los padres dicen que los niños han sido malos, el Boogen los mete en el saco y se los lleva, y jamás se los vuelve a ver.

—¿Qué? —exclamó John.

—Eso es lo que te cuentan. Ésa es Suiza. Y por ese mismo motivo estoy en Marte.

—¿El Boogen la trajo hasta aquí? Se rieron, también la mujer.

—Sí. Yo siempre era mala. —Habló más seriamente.— Pero aquí no tendremos ningún Boogen.

Le preguntaron qué pensaba del debate entre los rojos y los verdes, y él se encogió de hombros y resumió lo que pudo de las posturas de Ann y de Sax.

—No creo que ninguno tenga razón —comentó uno de ellos. Se llamaba Jürgen y era uno de los líderes, un ingeniero que parecía una especie de cruce entre un burgomaestre y un rey gitano, pelo oscuro, rostro anguloso y serio—. Los dos bandos dicen que están favor de la naturaleza. Tienen que decirlo. Los rojos afirman que el Marte que ya está aquí es la naturaleza. Pero no es la naturaleza, porque está muerto. Sólo es roca. Los verdes dicen que traerán la naturaleza a Marte con la terraformación. Pero eso tampoco es naturaleza, sólo es cultura. Ya sabe, un jardín. Una obra de arte. De modo que ninguno de los dos tiene lo que quiere. No hay naturaleza en Marte.

—¡Interesante! —exclamó John—. Tendré que contárselo a Ann y ver qué dice. Pero… —Reflexionó en lo que acababa de escuchar.— Entonces, ¿cómo llaman a esto? ¿Cómo llaman a lo que hacen?

Jürgen se encogió de hombros y sonrió.

—No le damos ningún nombre. Simplemente es Marte.

Quizá eso era ser suizo, pensó John. En sus viajes se los había estado encontrando cada vez más, y todos parecían ser así. Haz las cosas y no te preocupes demasiado por la teoría. Haz cualquier cosa que parezca correcta.

Más tarde aún, después de haber bebido algunas botellas mas de vino, les preguntó si habían oído hablar del Coyote. Se rieron y uno dijo:

—Es el que vino antes que usted, ¿verdad?

John se quedó mirándolos y los otros volvieron a reírse.

—Es sólo una historia —explicó uno—. Como los canales, o el Gran Hombre. O Sami Claus.

Marchando hacia el norte al día siguiente a través de Melas Chasma, John deseó (como había deseado antes) que todo el mundo en el planeta fuera suizo, o por lo menos como los suizos. O más como los suizos en ciertos aspectos, en cualquier caso. El amor a la patria parecía manifestarse en ellos mediante una cierta clase de vida: racional, justa, próspera, científica. Por esa vida trabajarían en cualquier parte, porque para ellos lo que importaba era la vida, no una bandera o un credo o un conjunto de palabras, ni siquiera ese pedazo de tierra rocosa de la que eran propietarios en la Tierra. Ese equipo suizo de construcción de caminos era ya marciano; había traído consigo la vida y había dejado atrás el equipaje.

Suspiró y almorzó mientras el rover pasaba junto a los radiofaros y enfilaba hacia el norte. No era tan simple, por supuesto. Los constructores de caminos eran suizos viajeros, el tipo de suizo que pasa la mayor parte del tiempo fuera de Suiza. Había muchos de ésos; se los escogía porque eran diferentes. Los suizos que se quedaban en casa defendían con pasión su condición de suizos; aún estaban armados hasta los dientes, dispuestos a ser banqueros de cualquiera que les trajera dinero en efectivo, aún no pertenecían a la UN. Aunque esto, dado el poder que tenía hoy la UNOMA, los hacía aún más interesantes para John, le parecían un modelo. Esa capacidad de ser parte del mundo al tiempo que se apartaban de él, de usarlo pero mantenerlo a distancia, de ser pequeños pero eficaces, de estar bien armados pero sin entrar jamás en una guerra… ¿no era eso una manera de definir lo que él deseaba de Marte? Le pareció que ahí había algunas lecciones que aprender, en beneficio de cualquier hipotético estado marciano.

Pasaba una buena parte del día sólo pensando en ese estado hipotético; era una especie de obsesión y le molestaba no pensar más que vaguedades. Pensó detenidamente en Suiza y en estudiar la cuestión paso a paso:

—Pauline, recupera por favor el artículo de enciclopedia sobre el gobierno suizo.

El rover fue pasando radiofaro tras radiofaro mientras leía el artículo en la pantalla. Le decepcionó descubrir que no había nada obviamente específico en el sistema de gobierno suizo. El poder ejecutivo residía en un consejo de siete, elegido por la asamblea. No había un presidente carismático, lo que a una parte de Boone no le hizo mucha gracia. Aparte de elegir al consejo federal, la asamblea no parecía hacer gran cosa; estaba atrapado entre el poder del consejo ejecutivo y el poder del pueblo, que se ejercitaba en referendums e iniciativas directas, una idea que, de todos los sitios posibles, habían sacado de la California del S XIX. Y luego estaba el sistema federal; se suponía que los cantones, en toda su diversidad, eran muy independientes, lo que también debilitaba a la asamblea. Pero el poder cantonal se había estado desgastando durante generaciones, mientras el gobierno federal se reforzaba. ¿Cuál era el resultado?

—Pauline, por favor recupera mi archivo de la constitución. — Añadió unas pocas líneas al archivo que había abierto hacia poco: Consejo federal, iniciativas directas, asamblea débil, intendencia local, en particular en cuestiones culturales. En cualquier caso, tendría que volver a pensarlo. Más datos que añadir a todo un hervidero de ideas.

Siguió conduciendo. Recordó la calma de los constructores de caminos, una extraña mezcla de misticismo e ingeniería. La cálida hospitalidad, algo que Boone no solía dar por sentado, no era frecuente. En los asentamientos árabes e israelíes, por ejemplo, lo recibía con mucha frialdad, quizá porque se lo tenía por ateo, quizá porque Frank había estado contando historias. Lo había sorprendido descubrir una caravana árabe cuyos miembros creían que Boone había prohibido la construcción de una mezquita en Fobos, y se limitaron a mirarlo fijamente cuando dijo que nunca había oído hablar de ese proyecto. Tenía le certeza de que era obra de Frank; por Janet y otros se había enterado de que Frank se dedicaba a denigrarlo. Sí, había grupos que lo recibían con frialdad: los árabes, los israelíes, los equipos del reactor, algunos de los ejecutivos de las transnacionales… grupos con bien definidos y provincianos programas propios, gente que se oponía a una perspectiva más amplia. Por desgracia, eran muchos.

Salió de su ensoñación y miró alrededor, y lo sorprendió descubrir que el centro de Alelas era idéntico a algún lugar de las llanuras del norte. En ese punto el gran cañón tenía 200 kilómetros de ancho, y la curvatura del planeta era tan pronunciada que las paredes norte y sur del cañón, sus tres kilómetros verticales, se perdían por completo bajo los horizontes. Pero a la mañana siguiente el horizonte norte se duplicó y luego se dividió en el sucio del cañón y la gran pared norte, cortada en dos por la quebrada de un cañón que iba de norte a sur y conectaba Alelas y Candor. Entró en la ancha abertura y unas paredes gigantescas lo flanquearon a ambos lados, bloques fracturados por infinidad de barrancos y crestas. Al pie de las paredes yacían los restos de antiguos desprendimientos o las agrietadas terrazas de unas playas fósiles.

En ese desfiladero el camino suizo era una línea de radiofaros verdes, que serpenteaba entre mesas y cauces, de modo que daba la impresión de que el Valle de la Muerte había sido recolocado en el fondo de un cañón dos veces más profundo y cinco veces más ancho que el Gran Cañón. El panorama era demasiado asombroso para que John fuera capaz de concentrarse en algo más, y por primera vez en todo el viaje condujo el día entero con Pauline desconectada.

Al norte del desfiladero transversal entró en la enorme depresión de Candor Chasma, y fue como sí se encontrase ante una réplica gigantesca del Desierto Pintado, con grandes estratos de sedimentos por doquier, franjas de sedimentos color púrpura y amarillo, dunas anaranjadas, bloques erráticos rojos, arenas rosadas, barrancos índigos: en verdad un paisaje fantástico, extravagante, engañoso, pues la profusión de colores hacía difícil saber qué eran esas formas, y qué tamaño tenían y a qué distancia se encontraban. Gigantescos altiplanos que parecían bloquear el camino no eran más que estratos que se curvaban en un acantilado lejano; rocas pequeñas junto a los radiofaros eran mesas enormes a medio día de marcha de distancia. Y a la luz del crepúsculo brillaban todos los colores, todo el espectro marciano centelleaba como si el color brotase de las rocas mismas, desde el amarillo pálido hasta el púrpura amoratado. ¡Candor Chasma! Algún día tendría que volver y explorarlo a fondo.

El día después, subió por la pendiente del camino norte de Ophir, que el equipo suizo había terminado el año anterior. Arriba y arriba y arriba, y luego, sin ver jamás el borde de un cráter, se encontró fuera de los cañones, marchando más allá de los agujeros abovedados de Ganges Caleña, y después por la vieja y conocida llanura. La ruta se alargaba sobre el estrecho horizonte más allá de Chernobil y la Colina Subterránea; luego durante otro día viajó hacia el oeste hasta el Mirador de Echus, el nuevo cuartel general de terraformación de Sax. El viaje le había llevado una semana, y había recorrido 2.500 kilómetros.

Sax Russell había regresado de Acheron. Ahora era una autoridad indiscutible, ya que había sido nombrado por la UNOMA una década atrás jefe científico del esfuerzo de terraformación. Y, por supuesto, esa década de poder lo había afectado. Había pedido ayuda a las transnacionales y a la UN. para construir toda una ciudad para el equipo de terraformación, y había ubicado esta ciudad a unos quinientos kilómetros al oeste de la Colina Subterránea, al borde de los riscos orientales de Echus Chasma. Echus era uno de los cañones más estrechos y profundos del planeta, y la pared oriental era aún más alta que la de Metas sur; la sección que habían elegido para construir la ciudad era un acantilado vertical de basalto de cuatro mil metros de altura.

En la cumbre del acantilado había muy pocas señales de la nueva ciudad; la tierra detrás del borde estaba casi intacta, sólo algún nido de cemento aquí y allá, y al norte el penacho de humo de una central Rickover. Pero cuando John dejó el vehículo y entró en una casamata y se metió en uno de los grandes ascensores, la extensión de la ciudad empezó a hacerse evidente; los ascensores bajaban cincuenta plantas. Y cuando descendió, salió y encontró otros ascensores, que lo llevarían aun más abajo, hasta el suelo mismo de Echus Chasma. Suponiendo que cada planta tuviera diez metros, eso significaba que en el acantilado había espacio para cuatrocientas. En realidad mucho de ese espacio aún no se había utilizado, y la mayoría de los cuartos se agrupaban en las veinte plantas más altas. Las oficinas de Sax, por ejemplo, estaban cerca de la cima.

La sala de reuniones era una cámara grande y abierta, con una ventana que iba desde el suelo hasta el techo en la pared occidental Cuando John entró en la sala en busca de Sax, aún era media mañana y la ventana era casi transparente; abajo, lejos, muy lejos, se extendía el suelo de la sima, todavía medio en sombras, y allí fuera, bajo la luz del sol, se erguía la pared occidental mucho más baja de Echus, y detrás la gran pendiente de la Protuberancia de Tharsis, que se elevaba más y más alta hacia el sur. A media distancia asomaba la loma de Tharsis Tholus y a la izquierda, por encima del horizonte, se extendía el cono purpúreo y chato del Monte Ascraeus, el más septentrional de los grandes volcanes.

Pero Sax no se encontraba en la sala de reuniones, y sabía que jamás se acercaba a esa ventana. Estaba en la habitación contigua, un laboratorio, más rata de laboratorio que nunca, con los hombros encorvados, las patillas crispadas, mirando el suelo alrededor, hablando con una voz que sonaba como la de una IA. Guió a John por toda una serie de laboratorios, inclinándose para escudriñar las pantallas o los gráficos que iban saliendo, hablando con John por encima del hombro, distraídamente. Los cuartos por los que pasaron estaban atestados de computadoras, impresoras, pantallas, libros, rollos y pilas de papel, discos, especificaciones de masas y códigos, incubadoras, campanas de vapor, largas mesas de laboratorio repletas de aparatos largos, bibliotecas enteras; y en la precaria superficie había macetas con plantas, la mayoría bultos irreconocibles, plantas carnosas con caparazón y cosas parecidas, de modo que a primera vista parecía que un moho virulento había brotado y lo había cubierto todo.

—Tus laboratorios se están volviendo desordenados —le dijo John.

—El planeta es el laboratorio —replicó Sax.

John rió, apartó un cactus surártico de color amarillo brillante, y se sentó. Se decía que Sax ya no dejaba nunca esas cámaras.

—¿Qué estás cociendo hoy?

—Atmósferas.

Desde luego. Un problema difícil. Todo el calor que estaban liberando o aplicándole al planeta había espesado la atmósfera. Pero en cambio todas las estrategias de fijación del CO2, la estaban diluyendo; y a medida que la composición química iba variando lentamente hacía algo menos venenoso, la atmósfera perdía calor y el proceso se volvía más lento. La reacción negativa respondía a la reacción positiva, por todas partes. Hacer malabarismos con todos esos factores e introducirlos en un programa de extrapolación eficaz era algo que nadie había conseguido hasta entonces, al menos de acuerdo con los criterios de Sax, de manera que había recurrido a la solución de costumbre: intentarlo él mismo.

Recorrió los estrechos pasillos entre el equipo, apartando las sillas.

—Lo que pasa es que hay demasiado dióxido de carbono. En los viejos días los modeladores lo barrían debajo de la alfombra. Me parece que los robots tendrían que alimentar factorías Sabatier en el casquete polar sur. Lo que procesemos no se sublimará, y así podríamos liberar el oxígeno y fabricar ladrillos de carbono. Habrá bloques de carbono de sobra. Pirámides negras que acompañen a las blancas.

—Precioso.

—Mmm.

Las Cray y las dos nuevas Schiller zumbaban detrás de él, proporcionando a su monótona exposición un fondo de bajo. Esas computadoras pasaban todo el tiempo elaborando conjuntos de condiciones, uno tras otro, dijo Sax; pero los resultados, nunca los mismos, rara vez eran promisorios. El aire seguiría siendo frío y venenoso durante mucho tiempo.

Sax bajó por el pasillo, y John lo siguió hacia lo que parecía otro laboratorio, aunque había una cama y una refrigeradora en un rincón. Los libros se amontonaban en desorden y cubiertos de macetas con plantas, extraña vegetación del pleistoceno que parecía tan mortífera como el aire exterior. John se sentó en la única silla vacía. Sax se levantó y se agachó para mirar unas plantas mientras John le hablaba del encuentro con Ann.

—¿Piensas que está involucrada? —preguntó Sax.

—Pienso que quizá sepa quién está detrás. Mencionó a alguien llamado el Coyote.

—Ah, sí. —Sax miró brevemente a John… le miró los pies, para ser precisos.— Nos está desviando a un personaje legendario. ¿Sabes?, se supone que estuvo en el Ares con nosotros. Hiroko lo escondió.

John estaba tan sorprendido que tardó en entender lo que había dicho Sax. Y entonces lo recordó. Una noche Maya le había contado que había visto una cara, la cara de un extraño. El viaje a Marte había sido duro para Maya, y él había descartado la historia. Pero ahora… Sax iba de un lado a otro encendiendo luces, escudriñando pantallas, musitando cosas sobre medidas de seguridad. Abrió brevemente la puerta de la refrigeradora y John vislumbró más plantas erizadas; o conservaba allí los experimentos, o bien su comida padecía una virulenta erupción de moho.

—Puedes comprender por qué atacaron sobre todo los agujeros entre la corteza y el manto —dijo John—. Son sin duda el proyecto más accesible.

Sax ladeó la cabeza.

—¿Lo son?

—Piénsalo un rato. Tus pequeños molinos de viento están por todas partes, no hay nada que hacer.

—Hemos sabido que están eliminándolos.

—¿Cuántos… una docena? ¿Y cuántos hay ahí afuera… cien mil? Son chatarra, Sax. Basura. Tu peor idea.

Y en verdad casi fatal para las cubetas de algas que Sax había ocultado en algunos. Todas esas algas habían muerto al parecer… pero de no haber sido así, y si hubieran podido probar que era Sax quien las había diseminado, habría perdido el puesto. Otra indicación más de que la lógica de Sax era pura fachada.

En ese momento fruncía la nariz.

—Añaden un teravatio al año.

—Y destrozar unos pocos no cambiará eso. En cuanto a las otras operaciones físicas, no es posible eliminar las algas negras que han invadido el casquete polar boreal. Los espejos del amanecer y del crepúsculo están en órbita, y no es fácil derribarlos.

—Alguien lo consiguió con Pitágoras.

—Cierto, pero sabemos quién fue y hay un equipo de seguridad que la tiene vigilada.

—Quizá ella se mantenga apartada un tiempo. Quizá puedan permitirse prescindir de una persona por cada acto de sabotaje, no me sorprendería.

—Sí, pero unos pocos cambios en el control del personal haría imposible que trajeran a bordo herramientas de contrabando.

—Podrían usar las que ya tienen. —Sax sacudió la cabeza.— Los espejos son vulnerables.

—De acuerdo. En cualquier caso, más que algunos proyectos.

—Esos espejos añaden treinta calorías por centímetro cuadrado —dijo Sax—. Y cada vez más.

Ahora casi todas las naves de carga de la Tierra navegaban con paneles solares, y cuando llegaban al sistema marciano se conectaban al gran grupo de las que habían arribado antes, estacionadas todas en órbita areosincrónica, programadas para que giraran reflejando la luz sobre los terminadores, y añadieran un poco de energía a las horas del amanecer y el atardecer. Toda la operación había sido coordinada por la oficina de Sax.

—Aumentaremos la seguridad en los equipos de mantenimiento —dijo John.

—Bien. Mayor seguridad en los espejos y en los agujeros entre la corteza y el manto.

—Sí. Pero eso no es todo. Sax arrugó la nariz.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, el problema es que no sólo los proyectos de terraformación son blancos potenciales. Quiero decir que los reactores nucleares proporcionan un montón de energía y están bombeando calor como hornos que son. Si destruyeran uno solo, provocarían lluvias radiactivas de todo tipo, más políticas incluso que físicas. —Las arrugas verticales entre los ojos de Sax le llegaron casi hasta la línea de nacimiento del pelo. John mostró las palmas de las manos.— No es mi culpa. Así son las cosas.

—IA, toma nota —dijo Sax—. Inspeccionar la seguridad de los reactores.

—Nota tomada —dijo una de las Schiller, con una voz que parecía la de Sax.

—Y eso no es lo peor —añadió John. La expresión de Sax se crispó y miró con furia al suelo—. Los laboratorios de bioingeniería. —La boca de Sax se convirtió en una línea delgada.— Se están creando organismos nuevos cada día —continuó John—, y podría aparecer algo que matara todo en el planeta.

Sax parpadeó.

—Esperemos que nadie de ese grupo piense como tú.

—Sólo estoy intentando pensar como ellos.

—IA, toma nota. Seguridad del biolaboratorio.

—Por supuesto, Vlad y Úrsula y su grupo han introducido genes suicidas en todo lo que han creado —dijo John—. Pero sólo para frenar el exceso de éxito o las mutaciones accidentales. Si alguien consiguiera burlarlos y fraguara algo que se alimentara con el exceso de éxito, tendríamos problemas.

—Me doy cuenta.

—Bien. Los laboratorios, los reactores, los agujeros de transición, los espejos. Podría ser peor.

Sax alzó la vista al techo, impaciente.

—Me alegra que pienses así. Hablaré con Helmut. En cualquier caso, tengo que verlo pronto. Parece que van a aprobar el ascensor de Phyllis en la próxima sesión de la UNOMA. Eso recortará los costes de la terraformación.

—Lo hará con el tiempo, pero la inversión inicial tiene que ser enorme.

Sax se encogió de hombros.

—Arrastra un asteroide Amor a órbita, instala una factoría robot, deja que se ponga a trabajar. No es tan caro como podría pensarse. John también miró al techo.

—Sax, pero ¿quién lo paga?

Sax ladeó la cabeza y parpadeó.

—El sol.

John se levantó: de pronto tenía hambre.

—Entonces el sol es el que manda. Recuérdalo.

Mangalavid emitía seis horas de vídeo aficionado local cada noche, un extraño paquete que John veía siempre que podía. De modo que después de prepararse en la cocina una gran ensalada verde, se encaminó a la sala del ventanal en la planta de los dormitorios y vio el programa mientras cenaba, mirando de vez en cuando la roja puesta de sol sobre Ascraeus. Los primeros diez minutos de la emisión de aquella noche habían sido grabar la ingeniera de una planta de procesamiento de basura en Chasma Borealis. Su voz en off era entusiasta pero cansadora:

«Lo bueno es que podemos contaminar todo lo que queramos con ciertos materiales, oxígeno, ozono, nitrógeno, argón, vapor… lo que implica un margen del que no disponíamos allá en casa. Trituramos lo que nos dan hasta que podemos soltarlo». Allá en casa, se dijo John. Una recién llegada. Después de la ingeniera hubo un intento de combate de karate, hilarante y hermoso al mismo tiempo; y luego veinte minutos de unos rusos representando Hamlet enfundados en trajes presurizados en el fondo del agujero de Tyrrhena Patera; la producción le pareció a John delirante hasta que Hamlet ve a Claudio arrodillado, momento en que la cámara se volvió hacia arriba y mostró el agujero como las paredes de una catedral; se elevaban por encima de Claudio hacia un rayo de luz del sol infinitamente distante, como el perdón que jamás recibiría.

John apagó el televisor, tomó el ascensor y bajó hasta el dormitorio. Se metió en cama y se relajó. Karate como ballet. Los recién llegados seguían siendo ingenieros, trabajadores de la construcción, científicos de todas las disciplinas. Pero no parecían tan dedicados a un solo objetivo como los primeros cien, y probablemente eso era bueno. Gente resuelta y amplia de miras, práctica, empírica, racional; uno podía esperar que el proceso de selección en la Tierra dejara de lado a los fanáticos y enviara gente con sensibilidad de suizo viajero, práctica pero abierta a nuevas posibilidades, capaz de nuevas lealtades y creencias. O eso esperaba. Ya sabía que esto era bastante ingenuo. Sólo había que mirar a los primeros cien para darse cuenta de que los científicos podían ser tan fanáticos como cualquiera, quizá todavía más; tal vez habían tenido una educación de miras estrechas. La desaparición del equipo de Hiroko… Ahí afuera, en alguna parte del yermo rocoso, bastardos afortunados… Se quedó dormido.

Trabajó en el Mirador de Echus unos días más y luego recibió una llamada de Helmut Bronski desde Burroughs, que quería hablarle de los recién llegados. John decidió tomar el tren a Burroughs y ver a Helmut.

La noche anterior había visitado a Sax en el laboratorio. Cuando entraba, Sax dijo con su voz monótona:

—Hemos encontrado un asteroide Amor compuesto en un noventa por ciento de hielo: la órbita lo acercará a Marte dentro de tres años. Justo lo que estaba buscando. —El plan era colocar un conductor de masa robotizado en un asteroide de hielo y empujarlo a una órbita de aerofrenado alrededor de Marte, consumiéndolo de ese modo en la atmósfera. Esto satisfaría los protocolos de la UNOMA, que prohibían el tipo de destrucción en masa de un impacto directo, y sin embargo añadiría a la atmósfera grandes cantidades de agua, hidrógeno y oxígeno, exactamente los gases que más necesitaban.— Eso podría elevar la presión atmosférica en unos cincuenta milibares.

—¡Bromeas! —La media anterior a la llegada había sido, decían, de entre siete y diez milibares (la media de la Tierra al nivel del mar es de 1.013), y hasta ahora sólo habían elevado la media a unos cincuenta milibares.— ¿Una bola de hielo va a duplicar la presión atmosférica?

—Eso es lo que indican las simulaciones. Por supuesto, con un nivel inicial tan bajo, duplicarla no es tan impresionante.

—Sin embargo, parece estupendo, Sax. Y será muy difícil sabotearlo. Pero Sax no quería que le recordaran eso. Frunció levemente el ceño y se escurrió fuera.

John se rió de los miedos de Sax y fue hacia la salida. De pronto se detuvo pensativo y miró pasillo arriba y abajo. Vacío. Y no había monitores de vídeo en las oficinas de Sax. Volvió a entrar, riéndose de sus propios pasos furtivos, y observó el caos de papel que había sobre el escritorio de Sax. ¿Por dónde empezar? Podía suponerse que la IA fuera la depositaria de cualquier cosa interesante, pero era probable que sólo respondiese a la voz de Sax y seguro que registraría cualquier otra petición. Abrió sigilosamente un cajón del escritorio. Vacío. Todos los cajones estaban vacíos; casi se rió en voz alta, pero se contuvo. Había una pila de correspondencia en un banco de laboratorio y la examinó. La mayoría eran notas de los biólogos de Acheron. Debajo de la pila había una única hoja sin firma, sin remitente o código de origen. La impresora de Sax la había escupido sin ninguna identificación que John pudiera ver. El mensaje era breve:

1. Utilizamos genes suicidas para controlar la proliferación.

2. Hay tantas fuentes de calor ahora en la superficie que no creemos que nadie pueda distinguir nuestros escapes de gas del resto.

3. Sencillamente acordamos que queríamos librarnos de los demás y trabajar por nuestra cuenta, sin interferencias. Estoy segura de que ahora lo comprendes.

Después de un minuto con la vista clavada en la hoja, John alzó bruscamente la cabeza y miró alrededor. Todavía estaba solo. Observó de nuevo la nota, la dejó donde la había encontrado y en silencio salió de las oficinas de Sax, de vuelta a las habitaciones de los huéspedes.

—Sax —dijo con admiración—, ¡tramposo congreso de ratas!

El tren a Burroughs, treinta vagones estrechos de carga y dos de pasajeros en la parte delantera, circulaba sobre una pista magnética superconductora tan veloz y suavemente que era difícil creer en la realidad del paisaje; después de los interminables y laboriosos viajes de John en rover por la superficie, era casi aterrador. No podían hacer otra cosa que inundar los centros de placer del viejo cerebro con omegendorfos y relajarse y disfrutarlo, contemplando en el exterior lo que parecía ser una especie de vuelo supersónico sobre las evoluciones del terreno.

La pista corría casi paralela a los diez grados de latitud norte; el plan era que, con el tiempo, circundara el planeta, pero hasta ahora sólo habían terminado el cuadrante entre Echus y Burroughs. Burroughs se había convertido en la ciudad más grande del hemisferio; el asentamiento original lo había construido un consorcio radicado en Norteamérica que utilizó un diseño de la Comunidad Europea ideado en Francia, y estaba enclavado en el extremo superior de Isidis Planitia, que de hecho era una enorme depresión donde las llanuras del norte abrían una muesca profunda en las tierras altas del sur. Las paredes y la cabeza de la depresión contrarrestaban la curvatura del planeta de tal modo que el paisaje alrededor de la ciudad tenía algo de terrario, y mientras el tren surcaba la gran depresión, Boone pudo ver el horizonte, a través de llanuras oscuras salpicadas de mesas, a unos sesenta kilómetros de distancia.

Los edificios de Burroughs eran casi todos moradas en los riscos, abiertos en las paredes de cinco mesas bajas, agrupadas en una elevación en el recodo de un antiguo canal curvo. Grandes secciones de las paredes verticales habían sido cubiertas con rectángulos de cristal, como si hubieran empotrado en las colinas rascacielos postmodernos tumbados de costado. Era una visión sorprendente, y mucho más impresionante que la Colina Subterránea o incluso el Mirador de Echus. No, las mesas de paredes de cristal de Burroughs, elevándose sobre un canal que parecía suplicar agua, con vistas a las lejanas colinas… estos rasgos combinados daban a la nueva ciudad la creciente fama de ser la más hermosa de Marte.

La estación de tren occidental se encontraba en el interior de una de las mesas excavadas, una sala de paredes de cristal de sesenta metros de altura. John entró y se abrió paso entre la multitud, con la cabeza echada hacia atrás como un palurdo en Manhattan. El personal de los trenes iba vestido con monos azules, los equipos de prospección con trajes verdes, los burócratas de la UNOMA con trajes clásicos, los trabajadores de la construcción con monos de faena de colores irisados, como ropa deportiva. El cuartel general de la UNOMA se había establecido en Burroughs tres años atrás, provocando la aparición de muchos nuevos edificios; no era fácil distinguir si en la estación había más burócratas de la UNOMA o trabajadores de la construcción.

En el extremo más alejado de la gran sala, John localizó el morro de un tren subterráneo, y subió a un pequeño convoy que llevaba al cuartel general de la UNOMA. En el vagón estrechó las manos de unos pocos que lo reconocieron y se le acercaron, sintiéndose raro otra vez, como en aquellos años de vitrina. Estaba de nuevo entre extraños. En una ciudad. Aquella noche cenó con Helmut Bronski. Se habían visto otras veces, y John estaba impresionado: un millonario alemán que se había metido en política; alto, rollizo, rubio y de cara rubicunda, acicalado de manera impecable, vestido con un caro traje gris. Era ministro de Finanzas de la CE cuando ocupó el cargo en la UNOMA. En ese momento le contaba a John las últimas noticias, en un inglés británico muy educado, comiendo con rapidez rosbif y patatas entre andanadas de frases, sosteniendo los cubiertos con el concienzudo estilo alemán.

—Vamos a adjudicarle un contrato de prospección en Elysium al consorcio transnacional Armscor. Traerán su propio equipo.

—Pero Helmut —le dijo John—, ¿eso no violará el tratado de Marte? Helmut hizo un amplio ademán con la mano que sostenía el tenedor; ellos eran hombres de mundo, parecía decir, entendían ese tipo de cosas.

—El tratado está anticuado, resulta obvio para cualquiera que deba tenerlo en cuenta. Pero su revisión está programada para dentro de diez años. Mientras tanto, tenemos que tratar de anticipar ciertos aspectos de esa revisión. Ése es el motivo por el que ahora otorgamos concesiones. No hay motivo racional para el retraso, y si lo intentáramos habría problemas en la Asamblea General.

—¡Pero a la Asamblea General no le entusiasmará que hayas adjudicado la primera concesión a un sudafricano fabricante de armas! Helmut se encogió de hombros.

—Armscor tiene muy poca relación con sus orígenes. Sólo es un nombre. Cuando Sudáfrica se convirtió en Azania, la compañía trasladó sus oficinas centrales a Australia, y luego a Singapur. Y ahora, por supuesto, se ha convertido en mucho más que una empresa aeroespacial. Es una verdadera transnacional, uno de los nuevos tigres, con bancos propios, que controla los intereses de unas cincuenta de las viejas quinientas fortunas.

—¿Cincuenta? —preguntó John.

—Sí. Y Armscor es una de las transnacionales más pequeñas, y por eso la escogimos. No obstante, aún tiene un poder económico mayor que cualquier país, salvo los veinte más grandes. Verás, a medida que las viejas multinacionales se transforman en transnacionales, acumulan mucho poder e influyen en la Asamblea General. Cuando les otorgamos una concesión, unos veinte o treinta países se benefician, y consiguen su oportunidad en Marte. Y para el resto de los países, eso sirve como precedente. Y así se reduce la presión sobre nosotros.

—Hmm, hmm. —John reflexionó.— Dime, ¿quién negoció este acuerdo?

—Bueno, ya sabes, varios de nosotros.

John apretó los labios y apartó la vista. De pronto comprendió que estaba hablando con un nombre que aunque era un funcionario, se consideraba a sí mismo mucho más importante en el planeta que John Boone. Afable, con la cara bien rasurada (¿y quién le cortaba el pelo?), Bronski se reclinó en el asiento y pidió unas copas para la sobremesa. La ayudante, camarera durante la cena, se apresuró a complacerlo.

—Creo que nunca antes me habían servido en Marte —observó John. Helmut mantuvo su mirada con calma, pero el color rubicundo se le había acentuado. John casi sonrió. El comisionado de la UNOMA quería parecer amenazador, representante de poderes tan sofisticados que la pequeña mentalidad de estación meteorológica de John nunca podría comprender. Pero John había descubierto en el pasado que unos pocos minutos en el papel de Primer Hombre en Marte bastaban por lo habitual para aplastar ese tipo de actitud; así que rió y bebió y contó historias y aludió a secretos de los que sólo los primeros cien tenían conocimiento; y le dejó claro a la ayudante-camarera que quien estaba al mando en la mesa era él —comportándose en general de un modo despreocupado, astuto, arrogante—, y cuando hubieron acabado con el sorbete y el brandy, ya el mismo Bronski se mostraba estentóreo y fanfarrón, evidentemente nervioso y a la defensiva. Funcionarios. John tuvo que reírse.

Pero se preguntaba cuál sería en verdad el objetivo último de aquella reunión, que aún no acababa de entender. Quizá Bronski había querido ver en persona cómo las noticias de la nueva concesión afectarían a uno de los primeros cien… ¿tal vez para calibrar la reacción de los demás? Eso sería estúpido, pues para obtener una buena medida sobre los primeros cien haría falta recoger por lo menos la opinión de ochenta de ellos; pero eso no significaba que no fuera verdad. John estaba acostumbrado a ser tomado como un representante, como un símbolo. De nuevo el mascarón de proa. Definitivamente una pérdida de tiempo.

Se preguntó si podría sacar algo de valor de la velada, y mientras caminaban de regreso a la suite de invitados preguntó:

—¿Has oído hablar del Coyote?

—¿Un animal?

John sonrió y dejó el tema. Ya en su cuarto se echó en la cama, con Mangalavid en el televisor, y reflexionó. Mientras se cepillaba los dientes antes de irse a dormir, miró a los ojos a su imagen en el espejo y frunció el ceño. Agitó el cepillo de dientes imitando el ademán efusivo:

—Bueno, zon negozioz —dijo en una injusta parodia del ligero acento de Helmut—. ¡Ya zabe! ¡Zólo negozioz!

A la mañana siguiente disponía de unas pocas horas antes de la primera reunión, y pasó el tiempo con Pauline, examinando lo que pudo encontrar sobre los movimientos de Helmut Bronski en los últimos seis meses. ¿Podía Pauline introducirse en la valija diplomática de la UNOMA?

¿Había estado Helmut alguna vez en Senzeni Na o en cualquiera de los otros emplazamientos saboteados? Mientras Pauline introducía los algoritmos de búsqueda, John tragó un omegendorfo para quitarse la resaca y pensó en lo que habría detrás de esa súbita idea de inspeccionar los registros de Helmut. En aquellos días la UNOMA era la autoridad última en Marte, por lo menos según la letra de la ley. En la práctica, como la noche anterior había dejado claro, era tan inoperante como la UN ante los ejércitos nacionales y el dinero transnacional. A menos que éstos la obedecieran, era impotente; no intentaba oponerse y probablemente jamás lo intentaría, ya que era para ellos un mero instrumento. Entonces, ¿qué querían los gobiernos nacionales y las juntas directivas transnacionales? Si había suficientes sabotajes, ¿traerían más agentes de seguridad? ¿Incrementarían las medidas de control?

La cuestión era desagradable. Al parecer, hasta ahora y como único resultado de la investigación, la lista de sospechosos se había triplicado. Pauline dijo: «Lo siento, John», y la información apareció en pantalla. Había averiguado que la valija diplomática estaba codificada con una clave inviolable. Por otro lado, los movimientos de Helmut no eran un secreto. Había estado en Pitágoras, la estación del espejo que había sido arrancada de su órbita, diez semanas atrás. Y en Senzeni Na dos semanas antes que John. Y, sin embargo, nadie en Senzeni Na había mencionado su visita.

No hacía mucho, había regresado del complejo minero que estaba levantándose en un lugar llamado Punto Bradbury. Dos días después John fue a visitarlo.

Punto Bradbury se alzaba a unos ochocientos kilómetros al norte de Burroughs, en la prolongación más oriental de Nilosyrtis Mensae. Las mensae eran una serie de largas mesas, como islas de las tierras altas del sur que sobresalían en los llanos del norte. Hacía poco se había descubierto que las mesas-islas de Nilosyrtis eran una rica región metalogénica, con depósitos de cobre, plata, zinc, oro, platino y otros metales. Concentraciones minerales de este tipo habían sido descubiertas también en el llamado Gran Acantilado, donde las tierras altas del sur descendían a las tierras bajas del norte. Algunos areólogos llegaban al extremo de llamar provincia metalogénica a toda la región de acantilados que marcaba el planeta como las costuras de una pelota de béisbol. Ése era otro factor extraño que añadir al gran misterio del norte-sur, factor que en la práctica estaba recibiendo una atención desmedida. Científicos que trabajaban para la UNOMA excavaban y al mismo tiempo llevaban a cabo estudios areológicos, y como John averiguó mientras comprobaba los registros de empleo de las nuevas llegadas, éstos incluían las transnacionales: todos buscaban pistas que ayudaran a localizar más depósitos. Pero aun en la Tierra la geología de la formación mineral no se entendía muy bien; la prospección aún dependía en gran medida del azar, y en Marte era todavía más misteriosa. Los recientes hallazgos en el Gran Acantilado habían sido fortuitos en su mayor parte, pero ahora el sitio estaba convirtiéndose en un verdadero centro de prospección.

El descubrimiento de Punto Bradbury había acelerado esta cacería. Punto Bradbury parecía tan grande como los más extensos complejos terranos, quizá equivalente al complejo estepario de Azania. La fiebre del oro había invadido Nilosyrtis. Y Helmut Bronski visitó el complejo.

Que resultó ser pequeño y utilitario, un mero principio: una Rickover y algunas refinerías junto a una mesa vaciada y rellenada con un habitat. Las minas estaban diseminadas por las tierras bajas entre las mesas. Boone condujo hasta el habitat, acopló el rover al garaje, y luego atravesó agachado las antecámaras. Dentro lo recibió un comité de bienvenida, que lo llevó a una sala de conferencias con ventanales de pared a pared.

Había, dijeron, unas trescientas personas en Bradbury, todas empleadas de la UNOMA y preparadas por la transnacional Shellalco. Cuando hicieron un breve recorrido por el lugar, John descubrió que eran una mezcla de gentes de Sudáfrica, Australia y Norteamérica, todos contentos de estrecharle la mano; más hombres que mujeres, en unas tres cuartas partes, pálidos y limpios, mas parecidos a técnicos de laboratorio que a los ennegrecidos trolls que John había imaginado cuando oyó la palabra minero. La Mayoría trabajaba bajo contratos de dos años, le dijeron, y llevaban la cuenta del tiempo que les quedaba, hasta las semanas e incluso los días. Dirigían las minas básicamente por teleoperación, y se sobresaltaron cuando John pidió bajar a una para echar un vistazo.

—Sólo es un agujero —dijo uno de ellos. Boone se quedó mirándolos con aire inocente, y después de un momento de vacilación, se apresuraron a reunir una escolla.

Les llevó dos horas meterse en los trajes y salir por la antecámara. Condujeron hasta el borde de una mina y luego descendieron por una rampa hasta un pozo oval escalonado de unos dos kilómetros de largo. Una vez allí salieron del vehículo y siguieron a John mientras éste se paseaba entre grandes niveladores robóticos, volquetes y excavadoras. Los visores de los cuatro escoltas eran todo ojos: atentos a una posible máquina descontrolada, supuso John. Los miró, extrañado por la reserva que mostraban; y eso le hizo comprender de pronto que Marte podía ser otra versión de un puesto de trabajo duro, una combinación infernal de Siberia, el interior de Arabia Saudita, el Polo Sur en invierno, y Novy Mir.

O bien lo consideraban un hombre peligroso para tenerlo cerca. Pensamiento que lo sobresaltó. Sin duda todo el mundo había oído hablar de la caída del volquete; quizá sólo fuera eso. Pero ¿podría haber algo más? ¿Sabría esta gente algo que él desconocía? Después de pensarlo un rato, se dio cuenta de que él mismo estaba pegando los ojos al cristal. Había estado pensando en la caída del camión como en un accidente, o por lo menos como en algo que sólo podía suceder una vez. Pero sus movimientos eran fáciles de seguir, todo el mundo sabía dónde encontrarlo. Y cada vez que uno salía al exterior sólo estaban separados por un traje, como solían decir. Y en el pozo de una mina había mucha maquinaria pesada…

Pero volvieron a entrar sin incidentes. Y aquella noche celebraron la habitual cena y fiesta en su honor, una fiesta donde hubo mucha bebida y omegendorfos y charla ronca y estridente; un grupo de ingenieros jóvenes y duros había descubierto que John en realidad era un tipo divertido. Una reacción bastante corriente entre los recién llegados, en especial los hombres jóvenes. John charló con ellos y pasó un buen rato, y deslizó sus preguntas en la corriente de la conversación de manera imperceptible, pensó. No habían oído hablar del Coyote, lo cual era interesante, ya que en cambio sabían del Gran Hombre y de la colonia oculta. Al parecer el Coyote no tenía categoría mítica; era una especie de asunto interno, conocido, hasta donde John sabía, sólo por algunos de los primeros cien. No obstante, los mineros habían recibido una visita reciente e inusual; una caravana árabe, que viajaba bordeando Vastitas Borealis, había pasado por allí. Y, dijeron, los árabes afirmaron haber hablado con algunos de «los colonos perdidos», tal como los llamaron.

—Interesante —comentó John.

Le pareció improbable que Hiroko o alguien de su equipo se dejara ver, pero ¿quién podía saberlo? Valía la pena verificarlo; después de todo, no había mucho que pudiera hacer en Punto Bradbury. Ya empezaba a darse cuenta de que un detective no podía ponerse a trabajar antes de que ocurriera un crimen. De modo que pasó un par de días observando las obras de minería, cada vez más perturbado por la escala de la operación y por lo que eran capaces de arrancar las excavadoras.

—¿Qué van a hacer con todo ese metal? —preguntó, después de examinar otro gran pozo a cielo abierto, a veinticinco kilómetros al oeste del habitat—. Transportarlo a la Tierra costará más de lo que vale, ¿no es así?

El jefe de operaciones, un hombre de pelo negro y cara enjuta, sonrió.

—Lo guardaremos hasta que valga mucho más. O hasta que construyan ese ascensor.

—¿Creen en eso?

—¡Oh, sí, los materiales están ahí! Hebras de grafito reforzadas con espirales de diamante; hasta podrían construir uno en la Tierra. Aquí será fácil.

John sacudió la cabeza. Aquella tarde condujeron durante una hora de regreso al habitat, pasando junto a pozos nuevos y montículos de escoria, hacia el lejano penacho de humo de las refinerías del otro lado de la mesa. Estaba acostumbrado a ver la tierra desgarrada en trabajos de construcción, pero esto… Era sorprendente lo que podían hacer unos pocos cientos de personas. Por supuesto, se trataba de la misma tecnología que le estaba permitiendo a Sax erigir una ciudad vertical de la altura del Mirador de Echus, la misma tecnología que permitía que las ciudades se construyeran tan rápidamente; pero, no obstante, causar semejantes estragos sólo para arrancar metales, destinados a la insaciable demanda de la Tierra…

Al día siguiente le entregó al jefe de operaciones un régimen de seguridad perversamente severo que debía cumplir a rajatabla durante los dos meses siguientes. Luego marchó hacia el norte y el este tras la caravana árabe, siguiendo las huellas erosionadas por el viento.

Resultó que Frank Chalmers viajaba con esa caravana árabe. Pero él no había visto ni oído de ninguna visita de la gente de Hiroko, y ninguno de los árabes admitiría haber contado esa historia en Punto Bradbury. Una pista falsa, entonces. O bien una que Frank ayudaba a los árabes a eliminar; y, de ser así, ¿cómo iba a averiguarlo John? Aunque los árabes habían llegado hacía poco a Marte, ya eran aliados de Frank; vivía con ellos, hablaba su idioma y, ahora, naturalmente, era el constante mediador entre ellos y John. No tenía ninguna posibilidad de investigar por cuenta propia, salvo lo que pudiera averiguar Pauline en los registros, algo que podía hacer tanto lejos de la caravana como en ella.

No obstante, John viajó con ellos mientras erraban por el gran mar de dunas, dedicados a la areología y a las prospecciones. El mismo Frank iba a quedarse poco tiempo allí, el suficiente para hablar con un amigo egipcio; estaba demasiado ocupado. Trabajaba como Secretario de Estados Unidos y esto lo convertía en un trotamundos como John, y con bastante frecuencia sus caminos se cruzaban. Frank había logrado mantener su puesto como jefe del departamento norteamericano a lo largo de tres administraciones, aun cuando se trataba de un puesto ministerial: una proeza notable, incluso sin tomar en consideración la distancia que lo separaba de Washington. Y ahora estaba estudiando la introducción de inversiones de las transnacionales radicadas en América, una responsabilidad que lo volvía un maníaco con exceso de trabajo e hinchado de poder, lo que John consideraba la versión empresarial de Sax, siempre en movimiento, siempre gesticulando como si dirigiera la música de sus propios discursos, que con el paso de los años había adquirido el estilo superdirecto de la Cámara de Comercio.

—Tengo que presentar una reclamación sobre el Acantilado antes de que las transnac y los alemanes le echen la zarpa a todo, ¡hay mucho trabajo pendiente! —Esto era una constante muletilla, a menudo dicha mientras señalaba a modo de ilustración el pequeño globo marciano que llevaba consigo en el ordenador portátil.— Mira tus agujeros de transición entre la corteza y el manto, los introduje en la base de datos la semana pasada, uno cerca del Polo Norte, tres en los sesenta grados, latitud norte y sur, cuatro a lo largo del ecuador, cuatro punteando el Polo Sur, todos primorosamente situados al oeste de elevaciones volcánicas para aprovechar las corrientes ascendentes; es hermoso. —Hizo girar el globo marciano y los puntos azules que marcaban los agujeros de transición se desdibujaron durante un momento y se transformaron en líneas.— Es estupendo ver que por fin haces algo útil.

—Por fin.

—Mira, aquí tienes la nueva factoría de habitats en Hellas. Están fabricando tantas unidades para el primer asentamiento que les permitirá albergar a unos tres mil emigrantes por ele ese noventa, y dada la nueva flota de transbordadores que hace el viaje de ida y vuelta, con eso apenas basta. —Vio la expresión de John y se apresuró a añadir:— Al final todo es calor, John, de modo que ayuda a la terraformación con algo más que dinero y trabajo, piénsalo.

—Pero ¿te preguntas alguna vez en qué irá a parar todo esto? —inquirió John.

—¿A qué te refieres?

—Ya sabes, a este diluvio de gente y equipo, mientras las cosas se desmoronan en la Tierra.

—Las cosas de la Tierra seguirán desmoronándose, ya podrías ir haciéndote a la idea.

—Sí, pero aquí, ¿quién va a ser dueño de qué? ¿Quién va a mandar?

—Frank sólo hizo una mueca ante la ingenuidad de John, ante la misma naturaleza de la pregunta. Una sola mirada a esa mueca y John pudo leerlo todo: la mezcla de disgusto e impaciencia y diversión. Una parte de John se sintió complacida por ese entendimiento instantáneo; conocía a su viejo amigo mejor que a cualquiera de su propia familia, de modo que la cetrina cara que lo miraba con el ceño fruncido era como la de un hermano, un gemelo, no tenía memoria de un tiempo en que no lo hubiera conocido. Por otro lado, se sentía irritado con Frank por su condescendencia.— Toda la gente se lo está preguntando, Frank. No sólo soy yo, ni Arkadi. No puedes descartarlo con un encogimiento de hombros y actuar como si fuera una pregunta estúpida, como si no hubiera nada que decidir.

—Decide la UN —dijo Frank con brusquedad—. Ellos son diez mil millones y nosotros diez mil. Es decir, un millón contra uno. Si quieres influir en ese tipo de desigualdades, deberías haberte convertido en un comisionado de la UNOMA, como te aconsejé cuando crearon el puesto. Pero tú no me escuchaste. Te lo quitaste de encima. Habrías podido hacer algo, pero ahora, ¿qué eres? El ayudante de Sax a cargo de la publicidad.

—Y del desarrollo y de la seguridad y de los asuntos terranos y de los agujeros de transición.

—¡Un avestruz! —exclamó Frank—. ¡Con la cabeza en la tierra! Venga, vamos a comer algo.

John aceptó y fueron a cenar al rover más grande de los árabes, un plato de cordero en salsa y luego yogur natural sazonado con eneldo, delicioso y exótico. Pero John aún estaba irritado por el desdén de Frank, que nunca cedía. La vieja rivalidad, afilada como siempre; y ningún papel de Primer Hombre en Marte haría mella en la despectiva arrogancia de Frank.

Así pues, cuando se encontró con Maya Toitovna al día siguiente, viajando al oeste de camino a Acheron, John le dio un abrazo más prolongado que de costumbre, y cuando acabaron de cenar, ya se había asegurado de que ella pasaría la noche en el rover: un momento de particular atención, una cierta risa, una cierta mirada, el roce casi accidental mientras estaban juntos de pie tomando unos helados, hablando con los hombres felices de la caravana, que a todas luces la encontraban fascinante… Todo el viejo código de reconciliación y seducción, establecido a lo largo de los años. Y Frank no podía hacer otra cosa que observar, morosamente, conversando en árabe con sus amigos egipcios.

Y esa noche, mientras hacían el amor en la cama del rover, John se incorporó brevemente y contempló el cuerpo blanco de Maya, y pensó: ¡Ahí tienes poder político, Frank, muchacho! Aquel semblante inexpresivo lo había dicho todo, el intenso deseo por Maya todavía presente, todavía ardiendo. A Frank, igual que a casi todos los hombres de la caravana esa noche, le habría encantado estar en el lugar de John; Frank lo había estado sin duda una o dos veces en el pasado; pero no con John rondando por los alrededores. No, esta noche Frank recordaría de qué estaba hecho el verdadero poder.

Distraído por esas maldades, a John le llevó un rato prestar atención a Maya. Habían pasado casi cinco años desde que durmieran juntos, y en el tiempo intermedio él había tenido otras varias parejas, y sabía que ella había vivido una temporada con un ingeniero en Hellas. Resultaba extraño empezar otra vez, ya que se conocían íntimamente y a la vez se desconocían. El rostro oscilante de ella apagándose y encendiéndose debajo a la débil luz, hermana y luego extraña, hermana y luego extraña… Entonces sucedió algo, algo cambió en él, todos los problemas de fuera, todos esos juegos desaparecieron de repente. Había algo en la cara de ella, en la manera en que estaba allí toda entera, el modo en que se le entregaba cuando hacían el amor. No conocía a nadie más que fuera así.

Y entonces la vieja llama se encendió de nuevo, al principio vacilante, como tampoco había estado allí cuando hicieron el amor por primera vez. Pero luego, después de una hora de charla en voz baja, habían empezado a besarse y rodaron abrazados, y de repente la llama ardió y ellos estaban dentro. Tuvo que reconocer que encendida por Maya, como de costumbre. Ella hizo que él prestara atención. Para ella el sexo no era (como a menudo para John) algo así como la extensión de un deporte; para ella era una pasión grandiosa, un estado trascendente, tan intenso que siempre lo sorprendía, lo despertaba, lo elevaba al nivel de ella, le recordaba lo que podía ser el sexo. Y era maravilloso que se lo recordaran otra vez, volver a aprenderlo. El omegendorfo no tenía nada que ver; ¿cómo podía haberlo olvidado, por qué seguía alejándose de ella como si ella no fuera, de algún modo, irremplazable? La estrujó en un abrazo y juntos se contorsionaron, se mordieron, jadearon y gimieron; juntos, como tan a menudo había ocurrido antes. Maya empujándolo hasta el abismo junto con ella. El ritual.

E incluso después, sólo hablando, se sintió mucho más cerca de ella. Había provocado la situación sólo para fastidiar a Frank, cierto; había sido muy desconsiderado. Pero ahora, tumbado junto a ella, pudo sentir como la había echado de menos en los cinco años previos, qué insípida le había parecido la vida. ¡Cuánto la había extrañado! Nuevos sentimientos… siempre lo sorprendían, pues no dejaba de pensar que era demasiado viejo, que en muchos sentidos ya había dejado de cambiar. Y entonces ocurría algo. Y tan a menudo ese algo (recordando los años pasados) era un encuentro con Maya…

Sin embargo, seguía siendo la misma Maya Toitovna: mercurial, ocupada con sus propios pensamientos y planes, ocupada con ella misma. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo John allí en las dunas, y jamás se le ocurriría preguntarlo. Y lo haría pedazos si él la contrariaba por accidente; pudo verlo en la voluptuosa posición de sus hombros, en el modo en que caminó pesadamente hasta el cuarto de baño. Pero eso ya lo sabía, eran noticias viejas, algo aprendido durante los primeros años en la Colina Subterránea, hacía ya mucho tiempo; y ese mero conocimiento resultaba agradable… ¡hasta la irritabilidad de ella era agradable! Como el desprecio de Frank. Bueno, se estaba haciendo viejo y eran una familia. Casi se echó a reír, estuvo a punto de decir algo para provocarla, pero luego lo pensó mejor. ¡Señor, bastaba con saberlo, no hacía falta otra demostración! Y ese pensamiento lo hizo reír, y ella sonrió al oírlo, y volvió a la cama y le dio un empujón en el pecho.

—¡Veo que te ríes de nuevo de mí! ¿Es por mis nalgas gordas?

—Sabes que tienes unas nalgas perfectas.

Lo empujó otra vez, ofendida por lo que consideraba una obvia mentira, y el forcejeo los trajo de vuelta a la realidad de la piel y la sal, al mundo del sexo. En algún momento durante la prolongada sesión él se descubrió pensando: te amo, Maya, de verdad. Fue un pensamiento desconcertante, peligroso. Algo que no se arriesgaría a decir. Pero sintió que era verdadero.

De modo que un par de días después, cuando ella se marchó a visitar al grupo de Acheron y le pidió que se reuniera allí con ella, él se sintió complacido.

—Quizá dentro de un par de meses.

—No, no —dijo ella con aire serio—. Ven antes, te quiero allí conmigo antes. —Y cuando él aceptó, ella sonrió como una niña que guarda un secreto.— No lo lamentarás.

Y dándole un beso se fue, conduciendo hacia Burroughs para tomar el tren al oeste.

Después de eso, hubo menos posibilidades que nunca de sacar algo de los árabes. Había ofendido a Frank y los árabes lo defendieron cerrando filas, lo cual estaba bien. ¿Colonia oculta?, dijeron. ¿Qué era eso?

Suspiró y se rindió, y decidió marcharse. Mientras aprovisionaba el rover la noche anterior (los árabes se mostraron muy protocolarios en cuanto a llenarle la despensa con suministros), pensó en los sabotajes y lo que había averiguado hasta ahora. De momento Sherlock Holmes no corría peligro, eso era cierto. Peor aún: había ahora toda una sociedad en Marte que básicamente era impenetrable para él. Los musulmanes, ¿qué eran en verdad? Aquella tarde, después de acabar las tareas de aprovisionamiento, leyó la pantalla de Pauline y luego se reunió con sus anfitriones y los observó con atención e hizo preguntas durante toda la noche… Sabía que las preguntas eran la llave para entrar en el alma de la gente, algo infinitamente más útil que el ingenio; pero en este caso no pareció servir de mucho. ¿El Coyote? Era una especie de perro salvaje, ¿no?

Frustrado, abandonó la caravana a la mañana siguiente y marchó al oeste por el linde sur del mar de dunas. Sería un largo viaje hasta Acheron para reunirse con Maya, 5.000 kilómetros de duna tras duna; pero prefería conducir antes que bajar a Burroughs y tomar el tren. Necesitaba tiempo para pensar. Y en realidad ahora ya era un hábito conducir por el planeta, o volar en planeador: alejarse, viajar despacio. Llevaba años viajando, recorriendo el hemisferio norte y haciendo largas excursiones al sur, inspeccionando agujeros de transición o ayudando a Sax o a Helmut o a Frank, o investigando cosas para Arkadi, o cortando cintas en la inauguración de una cosa u otra —una ciudad, un pozo de agua, una estación meteorológica, una mina, un agujero de transición—, y siempre hablando, hablando en discursos públicos o en conversaciones privadas, hablando con extraños, con viejos amigos, con nuevos conocidos, hablando casi tan deprisa como Frank, y todo en un intento por incitar a la gente del planeta a descubrir un modo de olvidar la historia, de construir una sociedad que funcionara. A inventar un sistema científico diseñado para Marte, para sus características, armonioso, justo y racional, y todas esas cosas buenas. la señalar el camino hacia un nuevo Marte!

Y, sin embargo, pasaban los años y parecía cada vez menos probable que Marte llegara a ser tal como él lo había imaginado. Un lugar como Punto Bradbury mostraba qué rápido estaban cambiando las cosas, y gente como los árabes confirmaba esa impresión; la situación se le había escapado de las manos, y más aún, nadie la controlaba. No había ningún plan. Rodó hacia el oeste en piloto automático, subiendo y bajando duna tras duna, sin ver nada, inmerso en el intento de entender qué era exactamente la historia. Y tuvo la impresión, mientras continuaba viajando un día tras otro, de que la historia era como esa vastedad fue siempre estaba detrás del estrecho horizonte, invisible excepto en sus efectos. Era lo que ocurría cuando no estabas mirando: una desconocida infinidad de sucesos descontrolados que lo controlaban todo. Al fin y al cabo, ¡él había estado aquí desde el mismo principio! ¡El había sido el principio, la primera persona en pisar este mundo, y luego había retornado, contra todo pronóstico, y había ayudado a levantarlo de la nada! Y no obstante, ahora se alejaba de él. Cuando lo pensaba se resistía a creerlo, y a veces lo dominaba una súbita y furiosa frustración; pensar que todo no sólo estaba acelerándose y escapándosele de las manos, sino que además parecía incomprensible… ¡no era justo, tenía que luchar contra eso!

Y, no obstante, ¿cómo? Algún tipo de planificación social… estaba claro que la necesitaban. Ese trabajo afanoso sin ningún plan, y que violaba el tratado de Marte… bueno, sociedades sin planes, ésa era la historia; pero la historia hasta ahora había sido una pesadilla, un enorme compendio de ejemplos que convenía evitar. No. Necesitaban un plan. Tenían aquí la oportunidad para un nuevo comienzo, necesitaban ahora imaginar el futuro. Helmut el funcionario aceitoso, Frank que aceptaba cínicamente el status quo y la ruptura del tratado, como si vivieran en una especie de fiebre del oro… Frank estaba equivocado. ¡Equivocado como de costumbre!

Pero deambular de un lado a otro probablemente también era un error. Había estado trabajando sobre la teoría no articulada de que sí recorría el planeta, si visitaba un asentamiento más, si hablaba con una persona más, entonces, de algún modo él cedería… y esa comprensión holística emanaría de él hacia el mundo, extendiéndose por los nuevos colonizadores y cambiando las cosas. Ahora sabía que esa teoría era ingenua; en esos días había mucha gente en Marte, no podía esperar conectarse con ellos, convertirse en el articulador de las esperanzas y deseos de todos. Y no sólo eso; los motivos que habían impulsado a los recién llegados se parecían muy poco a los de los primeros cien, eso no era del todo cierto; todavía llegaban científicos y gente como los gitanos suizos constructores de caminos. Pero no los conocía como a los primeros cien. Realmente, ese pequeño grupo le había enseñado muchas cosas, perspectivas e ideas nuevas: eran su familia, confiaba en ellos. Y quería que lo ayudaran, ahora que los necesitaba más que nunca. Quizá eso explicaba la súbita y nueva intensidad de lo que sentía por Maya. Y quizá era eso lo que hacía que estuviera tan enfadado con Hiroko… quería hablar con ella, ¡necesitaba que lo ayudase! Y ella los había abandonado.

Vlad y Úrsula habían vuelto a instalar su complejo biotecnológico en un saliente de la Acheron Fossae, una estrecha protuberancia que parecía la torreta de un enorme submarino. Habían acribillado la parte superior con excavaciones que se extendían de risco a risco; algunas de las habitaciones medían un kilómetro de ancho, y los muros laterales eran de cristal. Las ventanas de la cara sur miraban al Monte Olimpo, a unos seiscientos kilómetros de distancia; las ventanas que daban al norte dominaban las pálidas arenas tostadas de Arcadia Planitia.

John subió por una ancha cornisa hasta la base de la aleta, y se conectó a la puerta de la antecámara del garaje, advirtiendo entretanto que en el suelo del estrecho cañón al sur del asentamiento había montones de lo que parecía ser azúcar morena fundida.

—Se trata de un nuevo tipo de corteza criptogámica —dijo Vlad cuando John le preguntó qué era aquello—. Una simbiosis de cianobacterias y bacterias de la plataforma de Florida. Las bacterias de la plataforma penetran profundamente en el suelo, y convierten los sulfatos que hay en la roca en sulfures, que luego alimentan a una variante de Microcoleus. Los estratos superiores crecen en filamentos, que se unen a la arena y a la arcilla en grandes formaciones dendríticas, de modo que son como pequeños silvanos de los bosques con sistemas bacterianos radiculares. Parece que estos sistemas de raíces siguen descendiendo a través del regolito hasta que llegan al lecho rocoso, fundiendo el permafrost a medida que avanzan.

—¿Y han soltado esa cosa? —preguntó John.

—Sí. Necesitamos algo que reviente el permafrost, ¿no es así?

—¿Hay algo que le impida crecer por todo el planeta?

—Bueno, tiene la habitual batería de genes suicidas para el caso de que comience a desalojar al resto de la biomasa, pero si se queda en su agujero…

—Vaya.

—Creemos que no es tan distinto de las primeras formas de vida en los continentes terranos. Sólo hemos potenciado el ritmo de crecimiento y los sistemas de raíces. Lo gracioso es que me parece que al principio va a enfriar la atmósfera, aunque bajo tierra está calentándolo todo. Porque en realidad aumentará el desgaste químico de las rocas y todas esas reacciones absorben CO2 del aire, de modo que la presión atmosférica va a bajar.

Maya había aparecido y se había unido a ellos, dándole un fuerte abrazo a John, y en ese momento dijo:

—Pero ¿las reacciones no liberarán oxígeno a la misma velocidad que absorben CO2, manteniendo así la presión del aire? Vlad se encogió de hombros.

—Tal vez. Ya lo veremos. John rió.

—Sax es un pensador a largo plazo. Probablemente se sentirá muy complacido.

—Oh, sí. Él autorizó el procedimiento. Y cuando llegue la primavera volverá aquí a estudiar.

Cenaron en una sala en lo alto del saliente, justo bajo la cresta. Las claraboyas se abrían a un invernadero que había en la misma cima, y las ventanas ocupaban toda la extensión de las paredes del norte y del sur; bosques de bambú cubrían las paredes del este y el oeste. Todos los residentes de Acheron estaban presentes en la comida, siguiendo las costumbres de la Colina Subterránea. En la mesa de John y Maya se discutieron muchos temas, pero una y otra vez volvían a hablar del trabajo actual, de los problemáticos dispositivos de seguridad que habían puesto en todos los GEM. Los genes suicidas dobles en cada GEM eran una práctica que el grupo de Acheron había adoptado por decisión propia, y ahora iba a ser regulada como una ley de la UN.

—Eso está muy bien para los GEM legales —dijo Vlad—. Pero si algunos idiotas intentan algo por su cuenta y fracasan, podríamos vernos metidos en problemas muy serios.

Después de la cena, Úrsula les dijo a John y Maya:

—Ya que están aquí, tendrían que hacerse un reconocimiento médico. Ya ha pasado un tiempo desde la última vez.

John, quien odiaba los reconocimientos, y a decir verdad la atención médica de cualquier tipo, puso algunos reparos. Pero Úrsula insistió, y él cedió al fin y visitó la clínica un par de días después. Allí lo sometieron a unas pruebas de diagnóstico que le parecieron aún más exhaustivas que de costumbre, la mayoría ejecutadas por aparatos ópticos y computadoras con voces demasiado relajantes, que le decían que se pusiera de este modo y luego del otro. John hacía lo que le ordenaban sin saber para qué. Medicina moderna. Pero después lo hurgaron y pincharon y la misma Úrsula lo palmeó al estilo tradicional. Y cuando terminaron, yació de espaldas cubierto con una sábana blanca, mientras ella permanecía junto a él, mirando lecturas y tarareando con aire ausente.

—Estás en buen estado —le dijo después de pasar varios minutos estudiando los gráficos—. Tienes los habituales problemas relacionados con la gravedad, pero nada que no pueda tratarse.

—Estupendo —dijo John, sintiéndose aliviado. Eso era lo malo de los exámenes médicos; cualquier noticia era una mala noticia, y uno deseaba la ausencia de noticias. Entonces era como una especie de victoria, y más aún si ocurría con cada nuevo examen; no obstante, era un triunfo negativo. ¡Nada le había pasado, estupendo!

—Entonces, ¿quieres el tratamiento? —preguntó Úrsula, dándole la espalda, la voz indiferente.

—¿El tratamiento?

—Es una especie de terapia gerontológica. Un procedimiento experimental. Algo así como una inoculación, pero con un reforzador del ADN. Repara cadenas rotas y restaura la precisión de la división celular.

John suspiró.

—¿Y qué significa eso?

—Bueno, ya sabes. El envejecimiento ordinario se debe principalmente a errores en la división celular. Después de cierto número de generaciones, desde unos cientos hasta decenas de millares, dependiendo del tipo de células, los errores en la reproducción empiezan a aumentar y todo se debilita. El sistema inmunitario es uno de los primeros en debilitarse, y después otros tejidos, y por último algo sale mal, o una enfermedad supera al sistema inmunitario, y así termina todo.

—¿Estás diciendo que puedes frenar esos errores?

—En cualquier caso retardarlos, y arreglar las cadenas que ya están rotas. En realidad, es una mezcla de las dos cosas. Los errores de división son causados por roturas en las cadenas de ADN, de modo que conviene reforzarlas. Leeremos primero tu genoma y luego construiremos una librería genómica de autorreparación, pequeños segmentos que sustituirán a las cadenas rotas…

—¿Autorreparación? Ella suspiró.

—Todos los norteamericanos piensan que es gracioso. Bueno, introducimos esa librería de autorreparación en las células, donde se une al ADN original y ayuda a evitar que se rompa.

Comenzó a dibujar hélices dobles y cuádruples mientras hablaba, pasando de modo inexorable a la jerga biotecnológica, hasta que John casi dejó de entender. La teoría en apariencia tenía sus orígenes en el proyecto del genoma y en el campo de la corrección de anomalías genéticas, con métodos sacados de la terapia contra el cáncer y la técnica de los GEM. El grupo de Acheron las había combinado junto con muchas otras tecnologías, explicó Úrsula. Y como resultado parecía que podían infectarlo con fragmentos de su propio genoma, una infección que le invadiría todas las células, excepto algunas partes de los dientes, la piel, los huesos y el pelo; y luego tendría unas cadenas de ADN casi perfectas, cadenas reparadas y reforzadas que harían más precisas las divisiones subsiguientes.

—¿Cómo de precisas? —preguntó entonces John tratando de comprender.

—Bueno, como si tuvieras diez años.

—Bromeas.

—No, no. Nosotros mismos nos hemos sometido al tratamiento, allá por el diez de este año, y hasta donde podemos ver, funciona.

—¿Dura para siempre?

—Nada dura para siempre, John.

—Entonces, ¿cuánto?

—No lo sabemos. Nosotros somos el experimento, suponemos que lo averiguaremos sobre la marcha. Parece posible que podamos someternos de nuevo a la terapia cuando la proporción de errores vuelva a aumentar. Si eso tiene éxito, podría significar que aún durarás bastante.

—¿Como cuánto? —insistió.

—Bueno, no lo sabemos. Más de lo que vivimos ahora, eso es casi seguro. Quizá mucho más.

John se quedó mirándola fijamente, con la boca abierta. Ella le sonrió, pero, ¿qué esperaba? Era… era…

Trató de seguir el hilo de sus propios pensamientos, que iban de un lado a otro.

—¿Quiénes están al corriente? —preguntó.

—Bueno, se lo hemos propuesto a todos los primeros cien cuando han venido a examinarse. Y todos aquí en Acheron lo han probado. Pero sólo hemos combinado métodos que todo el mundo conoce, de modo que no pasará mucho tiempo antes de que otros intenten también combinarlos. Así que estamos redactando un informe, pero primero vamos a mandarlo a la Organización Mundial de la Salud. Ya sabes, exposición a la política.

—Umm —musitó John. Noticias de un medicamento para la longevidad en Marte, allá entre los atestados miles de millones. Dios mío…—. ¿Es caro?

—No demasiado. Lo más caro es la lectura del genoma, y requiere tiempo. Pero no es más que un procedimiento, ya sabes, sólo tiempo de computadora. Es muy posible que se pudiera inocular a todo el mundo en la Tierra. Pero el problema demográfico allí ya es crítico. Tendrán que instaurar un control de población bastante drástico, o de lo contrario se volverán todos malthusianos muy pronto. Pensamos que lo mejor era dejar que las autoridades terranas decidieran.

—Pero seguro que la noticia se filtrará.

—¿Tú crees? Tal vez intenten mantenerla en secreto. Quizá sea un secreto justificado, no lo sé.

—Vaya. Pero aquí… ¿simplemente siguieron adelante y lo hicieron?

—Lo hicimos. —Se encogió de hombros.— Entonces, ¿qué dices?

¿Quieres el tratamiento?

—Deja que lo piense.

Salió a dar un paseo por la cresta de la aleta, yendo de un lado a otro entre los bambúes y cultivos del invernadero. Cuando caminaba hacia el oeste tenía que protegerse los ojos del resplandor del sol, incluso a través del filtro de cristal; cuando se volvía hacia el este, podía contemplar las quebradas pendientes de lava que subían hasta el Monte Olimpo. Era difícil pensar. Tenía sesenta y seis años, había nacido en 1982, ¿y qué año era ahora en la Tierra, el 2048? M-11, once largos años marcianos de alta radiación. Y había pasado treinta y cinco meses en el espacio, incluyendo tres viajes entre la Tierra y Marte, que aún eran un récord. Sólo en esos viajes había recibido 195 rem, y tenía la presión arterial baja y una mala relación HDL-LDL, y le dolían los hombros cuando nadaba y muchas veces se sentía cansado. Se estaba haciendo viejo. No le quedaban tantos años, por extraño que le pareciera; y tenía mucha fe en el grupo de Acheron; ahora que lo pensaba, estaban en aquel nido de águilas trabajando y comiendo y jugando al fútbol y nadando y viviendo con sonrisitas de concentración absorta, entonando una especie de canturreo. No como niños de diez años, desde luego; pero sí con un aura de felicidad plena y profunda. De salud y de algo más que salud. Se rió en voz alta y entró en Acheron en busca de Ursula. Cuando ella lo vio se echó a reír.

—No era una elección tan difícil, ¿verdad?

—No. —Rió con ella.— Quiero decir, ¿qué puedo perder?

De modo que aceptó. Tenían su genoma en los registros, aunque llevaría unos días sintetizar la serie de cadenas de reparación, unirla a los plásmidos y clonar unos millones más. Úrsula le dijo que regresara al cabo de tres días.

Cuando volvió a las habitaciones de invitados, Maya ya estaba allí, al parecer tan emocionada como él, yendo nerviosamente de la cómoda al baño y del baño a la ventana, tocando cosas y mirando alrededor como si nunca hubiera visto ese cuarto. Vlad se lo había propuesto después del examen médico, tal como hiciera Úrsula con John.

—¡Plaga de inmortalidad! —exclamó Maya, y rió de forma extraña—.

¿Puedes creerlo?

—Plaga de longevidad —corrigió él—. Y no, no puedo. En realidad no.

Calentaron sopa y comieron, aturdidos. Por eso Vlad le había pedido a Maya que viniera a Acheron, por eso había insistido en que John la visitara cuanto antes. De pie junto a Maya, mientras lavaba los platos, observándole las manos temblorosas, más cerca de ella que nunca; era como si cada uno conociera los pensamientos del otro, como si después de todos esos años, ante ese extraño acontecimiento, no necesitaran palabras, sino sólo la presencia del otro. Esa noche, en la cálida oscuridad de la cama, ella susurro con voz ronca: —Será mejor que esta noche lo hagamos dos veces. Mientras todavía somos nosotros.

Tres días después, recibieron el tratamiento. John yacía sobre una camilla en un cuarto pequeño y observaba la aguja intravenosa en el dorso de su mano. Era una inyección de goteo, igual que todas las que había recibido antes. Salvo que en esta ocasión sentía un calor extraño que le subía por el brazo, inundándole el pecho, bajándole a borbotones por las piernas. ¿Era real? ¿Se lo imaginaba? Durante un segundo se sintió muy raro, como invadido por su propio espectro. Luego sólo se sintió muy caliente.

—¿Es normal que esté tan caliente? —le preguntó a Úrsula con ansiedad.

—Al principio es como una fiebre —repuso ella—. Luego te sometemos a un pequeño shock para introducir los plásmidos en tus células. Después tendrás más escalofríos que fiebre, mientras las cadenas nuevas se unen a las viejas. En realidad, la gente suele sentir mucho frío.

Una hora más tarde, la gran bolsa de goteo se había vaciado. John todavía tenía calor y sentía la vejiga llena. Lo dejaron levantarse e ir al baño, y luego, cuando regresó, lo sujetaron con correas a lo que parecía un cruce de sofá y silla eléctrica. Eso no le molestó; el entrenamiento de astronauta lo había habituado a todos los aparatos. El shock duró unos diez segundos y fue como un hormigueo desagradable en todo el cuerpo. Úrsula y los demás lo separaron del aparato; Úrsula, con los ojos brillantes, le dio un beso en la boca. Le advirtió otra vez que en poco tiempo empezaría a sentir frío, y que eso duraría un par de días. No había problema en tomar saunas o hidromasajes; en realidad se lo recomendaban.

De modo que Maya y él se sentaron juntos en un rincón de la sauna, acurrucados en el penetrante calor, contemplando los cuerpos de los otros visitantes, que entraban blancos y salían rosados. A John le pareció una imagen de lo que les estaba ocurriendo a los dos: entrabas con sesenta y cinco años y salías con diez. No podía creerlo. Aún le costaba mucho pensar, sencillamente estaba en blanco, tenía la mente atontada. También le reforzaban las células cerebrales, ¿es que las suyas se le habían atascado de pronto? Siempre había sido un pensador irregular y lento. Era muy probable que esto no fuera más que la torpeza de siempre, que en ese momento le llamaba la atención porque intentaba con tanto esfuerzo entender lo que ocurría, saber qué significaba. ¿Podía ser cierto? ¿De verdad evitarían la muerte durante algunos años, tal vez algunas décadas?…

Dejaron la sauna para ir a comer y después pasearon un rato por el invernadero de la cumbre, mirando las dunas al norte, la caótica lava al sur. El paisaje del norte le recordaba a Maya la primera época en la Colina, el desorden fortuito de piedras de Lunae sustituido por las ventosas dunas de Arcadia, como si la memoria le hubiera limpiado los recuerdos de aquella época, dándoles una forma más definida, tiñendo los deslucidos ocres y rojos con un intenso amarillo limón. La página del pasado. John miró a Maya con curiosidad. Habían transcurrido M-11 años desde aquellos primeros días en el parque de remolques, y durante la mayoría de esos años habían sido amantes, con varias (benditas) interrupciones y separaciones, desde luego, provocadas por las circunstancias, o más comúnmente por una incapacidad mutua. Pero siempre habían empezado de nuevo cuando se había presentado la ocasión, y el resultado era que ahora se conocían casi tan bien como cualquier pareja casada con una historia menos interrumpida; quizá incluso mejor, pues en cualquier pareja estable no era difícil que hubieran dejado de prestarse atención en un momento dado, mientras que ellos dos, con tantas separaciones y reencuentros, peleas y reconciliaciones, habían tenido que volver a conocerse en incontables ocasiones. John le expresó algo de esa idea y lo hablaron… Fue un placer hablar.

—Hemos tenido que seguir estando atentos —dijo Maya con vehemencia, asintiendo con un aire de solemne satisfacción, convencida de que el mérito era suyo.

Sí, habían estado atemos, jamás habían caído en la estúpida rutina del hábito. Sin duda, coincidían los dos, sentados en los baños o paseando por la cumbre, esto compensaba el tiempo en que no habían estado juntos. Sí; no cabía duda de que se conocían mejor que cualquier vieja pareja casada.

Y así hablaron, tratando de unir el pasado a este extraño y nuevo futuro, con la esperanza de que esto no fuera un escollo insalvable. Y ya tarde en la noche siguiente, dos días después de la inoculación, sentados desnudos y solos en la sauna, con la carne todavía fría y la piel rosada por el sudor, John miró el cuerpo de Maya allí junto a él, tan real como una roca, y sintió otra vez el ardor que había sentido en el laboratorio. No había comido mucho desde entonces, y los azulejos pardos y amarillos sobre los que estaban sentados habían empezado a palpitar, como si estuvieran iluminados desde dentro; la luz centelleaba en cada gota de agua, como diminutos fragmentos de relámpago diseminados por doquier, y el cuerpo de Maya estaba tendido sobre esos rutilantes azulejos parpadeando ante él como una vela rosada. Esa intensa «hecceidad», la había llamado Sax en una ocasión, cuando John le había preguntado algo acerca de sus creencias religiosas: creo en la hecceidad, había dicho Sax, en esto, en el aquí y el ahora, en la individualidad particular de cada momento.

¿Ésa es la razón por la que deseo saber qué es esto? Y ahora, recordando la extraña palabra y la extraña religión de Sax, John por fin entendió a Sax; porque sentía la presencia del momento como una roca en la mano, y sentía que toda su vida había sido vivida sólo para traerlo a ese momento. Los azulejos y el denso aire caliente palpitaban a su alrededor como si estuviera muriendo y renaciendo, y en realidad ése era el caso si Úrsula y Vlad decían la verdad.

Y ahí a su lado, en el proceso de renacer, se encontraba el cuerpo rosado de Maya Toitovna, el cuerpo de Maya, que conocía mejor que el suyo propio. Y no sólo ahora, sino a través del tiempo; podía recordar vividamente la primera vez que la había visto desnuda, flotando hacia él en la cámara burbuja del Ares, rodeada por un nimbo de estrellas y el terciopelo negro del espacio. Y los cambios que había habido en ella le parecían a él perfectamente visibles, la sustitución de la imagen recordada por el cuerpo que tenía al lado era una disolución temporal alucinatoria, la carne y la piel transmutándose, desprendiéndose, arrugándose… envejeciendo. Los dos eran más viejos, más decrépitos, más pesados…

Pero en realidad, lo sorprendente era cuánto había permanecido, cuánto seguían siendo ellos mismos.

Recordó los versos de un poema, el epitafio de la expedición de Scott cerca de la Estación Ross en la Antártida, todos habían trepado a la colina para ver juntos la gran cruz de madera, y allí vieron unos versos tallados: mucho ha desaparecido, sin embargo mucho permanece… algo así. No podía recordarlo… mucho había desaparecido; después de todo, había ocurrido hacía tanto tiempo…

Pero habían trabajado duramente, y habían comido bien, y tal vez la gravedad de Marte había sido más amable que la de la Tierra, porque Maya Toitovna aún era ciertamente una mujer fuerte y hermosa; el rostro imperial y el húmedo cabello gris todavía lo atraían. No podía dejar de mirarle los pechos, que si ella movía un codo cambiaban de forma, y sin embargo todas las posturas le resultaban familiares… eran los pechos, los brazos, las costillas, los costados de él.

Ella era, para bien o para mal, la criatura a la que estaba mas unido, un animal hermoso y rosado y también un avatar, para él, del sexo y de la vida misma en aquel mundo desnudo y rocoso. Si así eran con sesenta y cinco años, y si el tratamiento simplemente los mantenía en ese punto, aunque no fuera más que durante unos pocos años, o (aún persistía la conmoción) ¿durante décadas? ¿Durante décadas? Bueno, era asombroso. Demasiado para comprenderlo, tenía que olvidarlo o perdería la cabeza. Pero, ¿podía ser? ¿De verdad podía ser? El doliente deseo de todos los verdaderos amantes a lo largo de todas las épocas, tener un poco más de tiempo juntos, ser capaces de alargar la existencia y vivir plenamente…

Parecía que Maya tenía sensaciones similares. Estaba de estupendo humor, lo miró a través de unos ojos entornados, con esa sonrisa de ven-aquí que él tan bien conocía, una rodilla levantada y encogida bajo el brazo, no haciendo ostentación de su sexo sino en una postura sencillamente cómoda, relajándose como sí él no estuviera allí… Sí, no había nada como Maya de buen humor, nadie podía contagiar ese humor de modo tan certero y seguro. Sintió una oleada de ternura, un goteo de emoción, y apoyó una mano en el hombro de ella y se lo apretó. Eros, sólo una especia en un banquete, un ágape, y de pronto, como de costumbre, las palabras le brotaron como un torrente y dijo cosas que nunca antes le había dicho.

—¡Casémonos! —dijo, y cuando ella se rió él también lo hizo, y añadió—: No, no, hablo en serio, casémonos.

Podían casarse y crecer de verdad, envejecer juntos de verdad, aprovechar esos años de regalo y convertirlos en una aventura compartida, tener hijos, ver cómo los hijos tenían hijos, ver cómo los nietos tenían hijos, ver como los bisnietos tenían hijos, Dios mío, ¿quién sabía cuánto podía durar? Quizá vieran florecer a toda una nación de descendientes, quizá se convirtieran en patriarca y matriarca, ¡en una especie de Adán y Eva marcianos! Y Maya reía, los ojos brillantes, ventanas de un alma que estaba de muy, muy buen humor, mirándolo y empapándose de él; John pudo sentir el tirón de papel secante de la mirada de ella contemplándolo y riéndose encantada de cada una de las nuevas y absurdas frases que él decía, y comentando: —Algo así, sí, algo así—, y luego abrazándolo con fuerza.

—Oh, John —dijo—. Sabes cómo hacerme feliz. Eres el mejor hombre que he tenido jamás.

Lo besó y él descubrió que a pesar del calor de la sauna iba a ser fácil trasladar el énfasis del ágape al eros; pero ahora los dos eran uno, indistinguibles, una gran corriente de amor unido.

—Entonces, ¿te casarás conmigo y todo lo demás? —preguntó mientras cerraba la puerta de la sauna.

—Algo así —repuso ella, los ojos centelleantes, la cara encendida y una sonrisa arrebatadora.

Cuando esperas vivir otros doscientos años, no te comportas como si esperaras vivir sólo veinte.

Lo descubrieron casi de inmediato. John pasó el invierno allí en Acheron, en el límite del manto de niebla de CO2, que todavía descendía sobre el Polo Norte en los inviernos, estudiando areobotánica con Marina Tokareva y el equipo de laboratorio. Seguía las instrucciones de Sax y tenía prisa en marcharse. Sax parecía haber olvidado la investigación sobre la identidad de los saboteadores, lo que hizo que John sospechara. En las horas libres aún intentaba descubrirlos a través de Pauline, y se concentraba en las líneas de investigación en las que había trabajado antes de llegar a Acheron, principalmente los registros de viajes y los expedientes de todos aquellos que habían viajado a las zonas de los sabotajes. Era probable que hubiera mucha gente involucrada, y los registros de viaje tal vez no le revelaran mucho. Pero todo el mundo en Marte había sido enviado por una organización, y examinando las organizaciones que tenían gente en los lugares indicados, esperaba encontrar alguna pista. Era bastante engorroso, y tenía que depender de Pauline no sólo para las estadísticas sino también para los consejos.

El resto del tiempo se dedicó a estudiar una rama de la areobotánica cuyos posibles resultados tardarían décadas en verse. ¿Por qué no? Disponía de tiempo. De modo que observó con interés cómo el equipo de Marina diseñaba un nuevo árbol, mientras estudiaba con ellos y trabajaba en el laboratorio lavando los utensilios de cristal y cosas por el estilo. El árbol fue diseñado como la bóveda de un bosque de múltiples estratos, que crecería en las dunas de Vastitas Borealis. Partían del genoma de la secoya, pero querían árboles todavía más grandes que las secoyas, quizá de unos doscientos metros de alto, con un tronco de unos cincuenta metros de diámetro en la base. La corteza estaría congelada casi todo el tiempo, y las hojas anchas, que parecerían tener la enfermedad de la hoja del tabaco, serían capaces de absorber la dosis corriente de radiación ultravioleta sin perjuicio para los enveses purpúreos. Al principio John pensaba que la talla de los árboles era excesiva, pero Marina señaló que absorberían grandes cantidades de dióxido de carbono, fijando el carbono y transpirando el oxígeno de vuelta al aire. Además, iban a ser todo un espectáculo, o eso suponían; los vástagos actuales de los prototipos que competían en la prueba sólo alcanzaban los diez metros, y transcurrirían veinte años antes de que los mejores alcanzaran la madurez. Y ahora mismo todos los prototipos seguían muriendo en las tinajas de Marte; las condiciones atmosféricas tendrían que cambiar mucho antes de que pudieran sobrevivir. El laboratorio de Marina se estaba adelantando al juego.

Pero eso mismo les sucedía a todos los demás. Parecía ser una consecuencia del tratamiento y tenía sentido. Experimentos más largos. Investigaciones (gimió John) más largas. Pensamientos más largos.

Sin embargo, en muchos aspectos nada había cambiado. John se sentía casi igual que antes, con la excepción de que ya no hacía falta un omegendorfo para que de vez en cuando se sintiera recorrido por una vibración eléctrica, como si acabase de nadar un par de kilómetros o hubiera esquiado toda una tarde, o como si se hubiera tomado una dosis de omegendorfo. Algo que ahora habría sido como echar agua al mar. Porque las cosas resplandecían. Cuando tomó el camino de la cresta, todo el mundo visible resplandecía: los bulldozers silenciosos, una grúa como una horca; podía quedarse mirando cualquier cosa un largo rato. Maya se marchó a Hellas, y no le importó; la relación entre ellos había vuelto a la vieja dinámica de la montaña rusa, un montón de peleas y rabietas provocadas, pero poco importantes; ellos flotaban en el interior del resplandor, sin alterar lo que él sentía por ella, o el modo en que ella, de vez en cuando, lo miraba. La vería dentro de unos meses y hablaría con ella en la pantalla; mientras tanto, ésta era una separación que no lo entristecía.

Fue un buen invierno. Aprendió mucho sobre areobotánica y bioingeniería, y muchas de aquellas noches, después de cenar, se dedicó a preguntar a la gente de Acheron qué pensaba de una posible sociedad marciana y cómo había que gobernarla. Por lo general, en Acheron eso llevaba directamente a cuestiones de ecología y a torcidas consecuencias económicas; estos temas eran mucho más cruciales que la política, o lo que Marina llamaba «el supuesto aparato de toma de decisiones». Marina y Vlad eran especialmente interesantes en este tema, ya que habían desarrollado un sistema de ecuaciones para lo que llamaban «eco— economía», que a John siempre le sonó como «economía del eco». Le gustaba escuchar como explicaban las ecuaciones, y les hacía un montón de preguntas, y aprendía conceptos como capacidad de carga, coexistencia, adaptación recíproca, mecanismos de legitimidad y eficacia ecológica.

—Ésa es la única medida real de nuestra contribución al sistema — decía Vlad—. Sí quemaras nuestros cuerpos en un calorímetro de microbomba, descubrirías que tenemos unas seis o siete kilocalorías por gramo de peso, y obviamente absorbemos un montón de calorías para mantener ese nivel. Nuestro rendimiento es más difícil de medir, pues no se trata de una cuestión de depredadores que se alimentan de nosotros, como en las clásicas ecuaciones de eficacia… es más una cuestión de cuántas calorías creamos con nuestro esfuerzo, o qué transmitimos a las futuras generaciones, algo por el estilo. Y, naturalmente, casi todo eso es muy relativo e incluye muchas especulaciones y opiniones subjetivas. Si no sigues adelante y le asignas valores a una cierta cantidad de cosas que no son físicas, entonces los electricistas, los mecánicos, los constructores de reactores y otros trabajadores de infraestructura siempre serán considerados los miembros más productivos de la sociedad, mientras que de los artistas y de otros grupos se pensará que es gente que no contribuye.

—A mí me parece correcto —bromeó John, pero Vlad y Marina no le hicieron caso.

—De cualquier manera, eso es parte importante de la economía: gente que, arbitrariamente o por una cuestión de gusto, asigna valores numéricos a cosas que no son numéricas. Y luego pretende que no ha inventado los números, cosa que ha hecho. En ese sentido la economía es como la astrología, pero además sirve para justificar la estructura del poder, y por eso cuenta con un montón de apasionados creyentes entre los poderosos.

—Será mejor que nos concentremos en lo que estamos haciendo aquí —intervino Marina—. La ecuación básica es simple, la eficacia es igual a las calorías que expulsas, divididas por las calorías que absorbes, multiplicadas por cien para entenderlo como porcentaje. De acuerdo con la idea clásica de que le pasas las calorías a tu depredador, el diez por ciento era la inedia, y el veinte por ciento significaba que te iba francamente bien. La mayoría de los depredadores en el extremo superior de las cadenas alimentarias se quedaron en un cinco por ciento.

—Ésa es la razón por la que los tigres tienen territorios de cientos de kilómetros cuadrados —dijo Vlad—. Los señores feudales en realidad no son muy eficientes.

—Así que los tigres no tienen depredadores no porque sean tan fuertes, sino porque el esfuerzo no vale la pena —dijo John.

—¡Exacto!

—El problema es el cálculo de los valores —indicó Marina—. Sólo hemos tenido que asignar valores numéricos calóricos a todas las actividades, y luego continuar desde ahí.

—¿No hablábamos de economía? —preguntó John.

—Pero esto es economía, ¿no lo ves? ¡Ésta es nuestra eco-economía! Todo el mundo tendría que ganarse el pan, por decirlo de algún modo, de acuerdo con su contribución a la ecología humana. Cualquiera puede acrecentar su eficacia ecológica sí reduce las kilocalorías que emplea: éste es el viejo argumento del Sur contra el consumo de energía de las naciones industrializadas del Norte. En esa objeción había una base ecológica real, ya que sin importar cuánto produjeran las naciones industrializadas, en la ecuación más amplia no podían ser tan eficientes como las del Sur.

—Eran depredadores del Sur —dijo John.

—Sí, y también se convertirán en nuestros depredadores si lo permitimos. Y como sucede con todos los depredadores, la eficiencia es baja. Pero aquí, verás… en este teórico estado de independencia del que hablas tanto… —sonrió ante la expresión consternada de John-…lo haces, tienes que reconocer que en última instancia hablas de eso todo el tiempo, John… bueno, debería haber una ley por la que se retribuyera a la gente de acuerdo con su contribución al sist