/ Language: Español / Genre:love_contemporary,

Amores Olvidados

Liz Fielding

Tenía que luchar por el hijo que hasta hacía poco no había sabido que tenía… Fleur Gilbert y Matt Hanover se habían casado en secreto, creyendo que el amor que sentían el uno por el otro podría acabar con la disputa que enfrentaba a sus familias. Pero se habían equivocado. Seis solitarios años más tarde, Fleur había dejado de soñar con volver a ver a Matt. Sin embargo, Matt no había podido olvidarla… ni perdonarla. Y cuando se enteró de que su matrimonio de una sola noche había dado como resultado un hijo al que no conocía, decidió recuperar al niño… ¿Y a su mujer?

Liz Fielding

Amores Olvidados

Amores Olvidados (02.08.2006)

Título Original: The Five-Year Baby Secret (2006)

Prólogo

Fleur Gilbert vaciló un momento antes de subir los escalones del Registro Civil. No era así como había soñado que sería el día de su boda.

Debería haber pasado la mañana con su madre, riendo y llorando a la vez, recordando todas las tonterías que había hecho en su vida. Sus amigas deberían haber estado con ella, las chicas a las que conocía desde siempre, vestidas de damas de honor.

Deberían sonar campanas en la iglesia del pueblo, donde sus padres se habían casado, como incontables generaciones de Gilbert antes que ellos.

Debería ir vestida de blanco, con su padre apretando su mano y diciéndole lo guapa que estaba; su padre, orgulloso y feliz intentando esconder las lágrimas mientras le entregaba su niña a un hombre que no podía ser suficientemente bueno para ella.

Pero iba a casarse con Matthew Hanover y su boda nunca podría ser así. Matt era el hombre de su vida, pero encerrados en su mundo, aislados por un amor tan intenso, tan perfecto que nada ni nadie más parecía importar, Fleur había olvidado cómo debería ser el día de su boda.

– No estarás pensando echarte atrás, ¿verdad?

Fleur lo miró, esperando por un momento que él viera aquello desde su punto de vista. Que, en el último minuto, se hubiera dado cuenta de que aquélla no era la boda que ella había soñado siempre.

Pero Matt estaba sonriendo, bromeando para ocultar los nervios.

– No, claro que no.

– Me gustaría que lo dijeras con más seguridad.

Fleur sonrió, apoyándose en su pecho.

Lo primero que había pensado al conocer a Matthew Hanover en persona había sido que era el hombre de su vida. Y eso no había cambiado.

– No voy a echarme atrás. Pero es que me da miedo contarle a nuestras familias lo que hemos hecho.

– ¿Qué pueden hacer? Dentro de un mes estaremos muy lejos de Longbourne.

– Sí, ya.

– Pase lo que pase estaremos juntos, Fleur. Seremos marido y mujer -Matt apretó su mano para darle valor-. Nada de lo que hagan nuestras familias podrá cambiar eso.

Capítulo 1

Seis años después

– ¿Ha llegado el correo?

Fleur se inclinó para recoger las facturas, los catálogos de publicidad y el resto de la correspondencia tirada sobre el felpudo del porche y luego levantó la cabeza.

– ¡Tom, si no bajas en dos minutos te llevo al colegio como estés!

– Tranquila, niña. El mundo no se va a parar porque Tom llegue dos minutos tarde al colegio -sonrió su padre.

Fleur dejó el correo sobre la mesa de la cocina.

– Ya lo sé, pero no quiero llegar tarde a mi cita con la nueva directora del banco. La necesitamos de nuestro lado si vamos a acudir a la feria de flores de Chelsea.

Su padre, debió de notar cierto desasosiego en su voz porque dejó de mirar el correo y, con una seguridad que no había mostrado en mucho tiempo, anunció:

– Sí, Fleur, vamos a estar en Chelsea.

Entonces, costase lo que costase, tendría que conseguir que la nueva directora del banco les permitiera ampliar el descubierto. Fleur respiró profundamente.

– Muy bien.

La jubilación del viejo y simpático director no había podido llegar en peor momento. Brian entendía las dificultades de su negocio, había celebrado los éxitos con ellos y soportado pacientemente los problemas durante los últimos seis años, dándoles tiempo para recuperarse.

Y a Fleur le habría gustado poder hacer algo más que llenar las jardineras del banco para agradecer su fe en ellos. Aunque todo saliera bien hasta la feria de Chelsea, iban a correr un gran riesgo. No estaba convencida de que la salud de su padre aguantase la tensión de producir flores para una importante exposición en mayo, pero no sería capaz de disuadirlo. Lo único que podía hacer era intentar ocultarle las dificultades económicas que estaban atravesando.

Desgraciadamente, Delia Johnson, la nueva directora del banco, les había enviado una nota para que se pasaran por su despacho. Y no podía ser para darles una buena noticia.

Y era esa preocupación lo que la tenía tan nerviosa aquella mañana.

Iba a tener que hacer lo imposible por «venderle» su negocio, por convencer a la señora Johnson de que el banco tenía mucho que ganar si los ayudaba a montar un puesto en la feria de flores más importante del país.

– No te preocupes -intentó tranquilizarla su padre-, todo saldrá bien. Puede que hayas heredado mi talento para la horticultura y la belleza de tu madre pero, afortunadamente, no has heredado nuestra mala cabeza para los negocios. Estás preciosa, además.

Fleur sabía bien cuál era su aspecto y no podía hacer nada. Sin tiempo ni dinero para ir a la peluquería o para comprar cosméticos caros, el parecido con su madre era menos evidente de lo que podría ser. Además, había tenido que aprender el negocio a toda prisa cuando no tuvo más remedio. Y seguían con el agua al cuello.

Había sido imposible recuperarse de ese año en el que su mundo, el mundo de todos en su familia, se había derrumbado por completo.

La falta de interés de su padre por la parte administrativa de la empresa y el descubrimiento de que su madre se había gastado casi todo lo que tenían en el banco los había dejado nadando contra corriente.

Su pobre padre se limitaba a decir lo que creía que ella quería oír, para animarla, pero no podía hacer mucho más.

En aquel momento estaba mirando de nuevo el correo y Fleur vio un sobre que, con las prisas, le había pasado desapercibido. Y se le encogió el corazón al ver el membrete de la empresa Hanovers.

– ¿Es que no piensan rendirse nunca? -exclamó.

Cualquier otro día se habría limitado a tirarlo a la basura sin abrirlo siquiera, protegiendo a su padre del odio de una mujer cuya única ambición parecía ser intentar arruinarlos. Echarlos del pueblo, del país si fuera posible.

– Le vendería la finca a cualquier constructor antes que permitir que se la quedara Katherine Hanover.

– Con Katherine en el Ayuntamiento, nadie conseguirá un permiso para construir en esta finca -contestó su padre con toda tranquilidad.

Nunca se enfadaba, nunca se ponía furioso. A Fleur le gustaría que gritase, que expresara sus verdaderos sentimientos, pero él nunca diría nada malo de Katherine Hanover. Y si seguía sintiendo pena por ella, sus sentimientos estaban muy equivocados.

– Porque la quiere para ella sola -dijo Fleur, con amargura.

Dentro de la finca había un viejo granero que no había sido usado más que como almacén durante años. Era muy grande, perfecto para convertirlo en una de esas casas que salen en las revistas. Y venderlo resolvería muchos de sus problemas.

Pero la concejalía de obras del Ayuntamiento, dirigida por Katherine Hanover, había decidido que era un edificio histórico, de modo que no podían venderlo. Además, los habían advertido que si dejaban que se hundiera les pondrían una multa.

– Quizá debería meterme en política -suspiró Fleur-. Así al menos podría cancelar el voto negativo de los Hanover.

– Pues tendrías que hacerlo en tu tiempo libre -dijo su padre.

– Sí, claro. Podría dejar de planchar -bromeó Fleur-. Sería un auténtico sacrificio, pero lo haría con gusto.

– Así me gusta -sonrió Seth Gilbert-. Pensé que estabas flaqueando.

– ¿Quién, yo? Nunca.

Su padre volvió a mirar la carta de Katherine Hanover y la sonrisa desapareció de su rostro, como si se hubiera quedado sin fuerzas. Su salud se había desgastado por las continuas traiciones, por el dolor, por los problemas económicos… dándole razones a Fleur, si necesitaba alguna más, para odiar a los Hanover con toda su alma.

– No la abras. La romperé como he roto las demás.

– ¿Ha habido más?

Fleur se encogió de hombros.

– Unas cuantas. Pero no merece la pena leerlas.

– Ya veo. Bueno, puedes hacer lo que quieras con ésta porque viene dirigida a ti. Parece que la han traído personalmente… no lleva sello.

– ¿Qué? -Fleur tomó la carta y se quedó sorprendida al ver que, efectivamente, estaba dirigida a ella y no a su padre-. ¿Por qué me escribirá a mí?

– A lo mejor piensa que tú puedes convencerme para que no tire las cartas a la basura. Y a lo mejor ha perdido la confianza en el servicio de correos y la ha traído ella misma -su padre parecía encontrar esa idea tremendamente divertida-. Me alegra saber que no se entera de nada.

– Desde luego.

– A lo mejor escribe para ofrecerte un trabajo.

– Sí, seguro.

– Si piensa ampliar el negocio, necesitará más gente.

– No tiene espacio para ampliar el negocio. Ya le gustaría.

Katherine Hanover necesitaba la finca Gilbert, su finca, para ampliar su imperio.

– Además, ¿por qué iba a necesitarme a mí? Yo me dedico a las flores, no vendo cortacéspedes. Los Hanover no han cultivado flores desde que…

Maldición. ¿Por qué había dicho eso?

– Desde que tu madre se escapó con Phillip Hanover -terminó su padre la frase-. Puedes decirlo, Fleur. Eso fue lo que pasó y nada va a cambiarlo.

– No, es verdad.

En realidad, no había sido el recuerdo del adúltero padre sino el del hijo lo que la pilló por sorpresa. El abandono parecía ser algo inherente a la familia Hanover y, por una décima de segundo, se sintió unida a Katherine.

¿Unida a Katherine? Imposible.

Katherine Hanover era una mujer vengativa y mala, algo que, a pesar de todo lo que había pasado, Fleur estaba decidida a no ser nunca.

Pero prefería que su padre pensara que estaba intentando no herir sus sentimientos. Eso era mejor que la verdad.

– Desde que pavimentó la finca familiar y la convirtió en un hipermercado de suministros de jardinería, Katherine Hanover no me necesita para nada, papá.

– Cierto. Pero ha puesto un anuncio en el periódico buscando gente para los fines de semana. A lo mejor piensa que te vendría bien el dinero.

– ¿Y por qué iba a pensar eso?

¿Por el traje gris que llevaba, el que había comprado para el funeral de su madre seis años antes y que empezaba a perder lustre? ¿O quizá por los viejos zapatos negros que sólo habían sobrevivido tanto tiempo porque no se los ponía nunca?

– A lo mejor quiere que sepas cuánto dinero tiene.

– ¿Tú crees?

¿El nuevo Mercedes, la ropa de diseño, los zapatos que provocaban envidia en todas las mujeres del pueblo no eran pruebas más que suficientes de que estaba forrada?

– No, papá, no es tan tonta -sonrió Fleur, tomando la carta-. Imagínate el caos que se organizaría si yo apareciese por allí.

Pero antes de que pudiera abrir el sobre sonó el reloj del salón.

– ¡Tom, baja de una vez!

Un niño de cinco años con la energía de una dinamo apareció entonces en la cocina, con un perro siguiéndolo de cerca.

– ¡Ya estoy! -anunció, sonriendo de oreja a oreja.

A Fleur se le encogió el corazón. Se había mojado el pelo para echárselo hacia atrás, llevaba el nudo de la corbata del uniforme casi en la oreja y las zapatillas de deporte en el pie equivocado.

– Me he vestido yo solo.

– Muy bien, Tom -sonrió Fleur, tomándolo en brazos y achuchándolo hasta que su hijo empezó a protestar. Tom estaba creciendo demasiado deprisa y ya no quería que lo tratase como si fuera un niño pequeño.

– ¡Que se me ha caído la zapatilla, mamá!

Riendo, Fleur la recogió del suelo y lo sentó en la mesa de la cocina para ponerlo un poco presentable.

– ¡No, el pelo no! -protestó el niño cuando ella intentó atusárselo-. No me gustan los rizos.

– Perdona, perdona… ¿Lo llevas todo?

– Los libros, el dinero para el almuerzo, los lápices…

– Eres un genio. ¿Quieres una manzana?

– Bueno.

– Venga, dale un beso al abuelo, que tenemos que irnos.

Matthew Hanover estaba frente a la ventana de su dormitorio, esperando que Fleur apareciese. No la había visto en casi seis años… desde que su noche de bodas fue turbada por el sonido de un móvil.

Había estado a punto de apagarlo, pero en la pantalla vio que era el padre de Fleur. Y una llamada de su padre a esas horas sólo podía significar una cosa.

Problemas.

Serios problemas.

Había visto cómo la alegría desaparecía de los ojos de Fleur al saber que su madre acababa de tener un accidente de tráfico y no había tiempo que perder.

Matt le suplicó que lo dejara llevarla al hospital para estar a su lado. Ahora eran una pareja, estaban casados… pero ella no quiso.

– No, por favor. Mi padre ya tiene suficiente con esto como para… darle otro disgusto.

Y él la había dejado ir porque pensó que no era el momento de lidiar esa batalla. La dejó ir con un beso, intentando no mostrarse dolido cuando ella se quitó la alianza.

– Llámame en cuanto sepas qué ha pasado.

Luego, cuando Fleur desapareció, como si tuviera un presentimiento, se tumbó en su lado de la cama, donde todavía estaba la marca de su cuerpo, su calor, para esperar esa llamada.

Pero cuando sonó el teléfono media hora después, no era Fleur. Era su madre para decirle que su padre había muerto. Que Jennifer Gilbert lo había matado…

La puerta de la casa de los Gilbert se abrió y un perro, un chucho mezcla de collie y alguna otra raza, corrió hacia el Land Rover. Fleur apareció enseguida, con un traje gris, su pelo rojo oscuro sujeto en un moño…

Se quedó parada un momento en la puerta, con un viejo maletín en la mano, los hombros caídos como si estuviera agotada por la carga que llevaba encima.

Y Matt se alegraba. Merecía sufrir, pensó.

Un niño salió corriendo de la casa como una tromba. Instintivamente, Matt apoyó las manos en el cristal de la ventana, como si así pudiera tocarlo…

¿Cómo podía haberle ocultado eso?

¿Cómo podía haberle ocultado a su hijo?

Si alguien, una persona anónima, no le hubiera enviado un recorte del periódico local con una fotografía tomada en una obra del colegio, nunca lo habría sabido.

Y una sola mirada le confirmó que Thomas Gilbert era su hijo. Pero verlo en carne y hueso era tan doloroso, ver cómo ella lo ayudaba a subir al Land Rover, cómo reía de algo que el niño estaba diciendo…

Fleur no podía haber leído su carta o nada en el mundo la habría hecho sonreír.

Si hubiera vuelto por Longbourne alguna vez, si no hubiera cambiado de tema cada vez que su madre empezaba con su larga lista de quejas contra los Gilbert…

Pero no tenía sentido pensar en el pasado. Había tardado en solucionar sus compromisos en Hungría, en transferir el negocio que había fundado allí a su socio en la empresa. Y cada día le había parecido un año.

La tentación de marcharse de inmediato, de tomar el primer avión a Inglaterra, había sido casi insoportable, pero tenía que dejarlo todo bien atado.

Y allí estaba, dispuesto a hacerla pagar por los cinco años de la vida de su hijo que se había perdido.

Fleur cerró la puerta del Land Rover, comprobó que estaba bien segura y abrió la portezuela de atrás para el perro. Luego, cuando iba a subir al coche, se detuvo como si hubiera oído algo y giró la cabeza hacia la verja que dividía la finca de los Gilbert y los Hanover. Y, por un momento, le pareció que podía verlo allí, mirándola.

Pero enseguida se levantó un poco la falda, mostrando gran parte de sus preciosas piernas, para colocarse tras el volante del Land Rover.

– Ahora, Fleur -murmuró Matt-. Ahora.

Fleur dejó a Tom en la puerta del colegio justo cuando sonaba el timbre y el niño salió corriendo con la mochila a cuestas. Luego, cuando llegó a la puerta, se volvió para despedirse de su madre con la mano. A Fleur se le encogió el corazón. Se parecía tanto a su padre… había gestos que… cuando giraba la cabeza, por ejemplo. O cuando levantaba una manita para decirle adiós.

Cada día se parecían más. Y a veces Fleur contenía el aliento cuando alguien del pueblo miraba al niño con el ceño arrugado, como intentando recordar dónde había visto esa cara antes. Afortunadamente, tenía la piel pálida, como los Gilbert, el pelo rojo que se volvería más oscuro con los años y los ojos verdes y no grises como su padre. Por el momento, nadie había adivinado que era hijo de Matthew Hanover, pero el parecido sería más evidente cada día.

Si Katherine Hanover sospechase algo…

Ojalá se fuera de allí. Ojalá se fuera muy lejos.

Fleur miró el cartel azul a la entrada del pueblo: Hanovers, todo para su jardín.

¿Por qué allí? Habría sido más lógico abrir el negocio en Maybridge, donde estaban todas las tiendas, los almacenes y los supermercados. Donde había sitio para ampliar el negocio. Vivir tan cerca de una familia a la que culpaba de todos sus males sólo servía para aumentar la amargura de esa mujer.

Pero el sentido común no tenía nada que ver con aquello.

Cuando dos familias habían sido rivales en los negocios y en el amor durante casi dos siglos, hacerle daño a la competencia era lo único importante. Aunque, en opinión de Fleur, en los últimos años los Hanover le habían hecho daño suficiente a su familia como para satisfacer hasta a la persona más vengativa del mundo.

Afortunadamente, encontró aparcamiento delante del banco, una buena señal, pensó, y después de arreglarse un poco el pelo frente al retrovisor, abrió la puerta del Land Rover y cruzó la calle.

– ¡Fleur! Pero si casi no te reconozco -exclamó la recepcionista.

– ¿Ah, sí? ¿Y eso es bueno o malo?

Normalmente no se ponía más que crema con filtro solar, pero aquel día había hecho un sacrificio para impresionar a la nueva directora del banco y, además del traje gris bien planchado, llevaba brillo en los labios y un pañuelo de seda al cuello.

– Buenísimo. Te veo estupenda.

Nerviosa, Fleur empezó a juguetear con los pendientes de plata y amatista, su piedra favorita. Matt Hanover se los había regalado en lugar de un anillo la primera vez que le pidió que se casara con él. La primera vez que ella dijo: «Espera, todavía no».

Entonces tenía dieciocho años y le quedaban tres para terminar la carrera. Además, iba a marcharse al otro lado del país a trabajar. Esperar era la única opción. Pero había aceptado los pendientes como prueba de su compromiso, como una promesa. Eran unos pendientes baratos, algo que podía ponerse sin que su madre la interrogara sobre su procedencia.

Un día, le había prometido Matt, le regalaría diamantes. Fleur se había reído, claro. Le había dicho que no necesitaba diamantes porque lo tenía a él y se había puesto los pendientes todos los días, segura de su amor.

La cajita, escondida durante años en uno de los cajones de la cómoda, había aparecido cuando buscaba el pañuelo. Y Fleur la abrió sin poder evitarlo. Las piedras iban bien con el color del pañuelo y, en un gesto de desafío, una promesa de que ninguno de los Hanover, ni la madre ni el hijo, podían ya hacerle daño, decidió ponérselos.

Pero ya no estaba tan segura.

– Gracias.

– Estás muy guapa, de verdad -insistió la recepcionista, mientras abría la puerta del despacho-. Ha llegado la señorita Gilbert, señora Johnson.

– ¿La señorita Gilbert? -Delia Johnson levantó la mirada-. ¿Viene usted sola? Creí que vendría con su padre.

Fleur sabía que iba a hablar con una mujer que no conocía a su familia, una mujer que no entendía su negocio. Sabía que tendría que esforzarse para convencerla, para crear una relación de amistad con ella.

Pero la señora Johnson, aparentemente, no estaba por la labor.

– Mi padre no se encarga de la parte administrativa del negocio.

– Pero aparece en la documentación que tenemos aquí como el único propietario.

– Ya no es así -contestó Fleur-. Nuestro administrador nos aconsejó que nos hiciéramos socios, ya que soy yo quien se encarga de todo. Mi padre no está bien desde que mi madre murió en un accidente.

– ¿No está bien? ¿Qué le ocurre?

¿Qué podía decirle, que el mundo de su padre se había venido abajo? ¿Que había sufrido una crisis nerviosa y aún no se había recuperado del todo?

– Sufre una pequeña depresión. Ahora está mejor, pero no le gusta salir de casa. Prefiere concentrarse en las plantas. Brian… el señor Batley, conocía la situación y siempre trataba conmigo.

– Brian Batley se ha retirado -le recordó la señora Johnson, añadiendo algo en voz baja que sonó sospechosamente como «y ya era hora».

Evidentemente, desaprobaba la actitud de su predecesor y parecía decidida a demostrar que a ella se le daba mucho mejor librarse de cuentas que estaban permanentemente en descubierto.

Y la empresa Gilbert debía de ser una de las primeras en su lista.

– Pensé que se lo habría contado. ¿No tiene esa documentación en el archivo? -preguntó Fleur.

– No, parece que no.

– Si quiere hablar con mi padre, puede venir al invernadero cuando quiera. Así podría ver por usted misma lo que estamos haciendo -dijo Fleur, dejando el maletín sobre la silla-. He traído un informe de lo que esperamos conseguir este año y las ventas más importantes se harán en la feria de Chelsea. Hace algún tiempo que no vamos allí, pero este año nos han ofrecido un puesto y…

– Ya me lo contará más tarde, señorita Gilbert -la interrumpió Delia Johnson-. Por favor, siéntese.

Fleur dejó el maletín en el suelo y se sentó, nerviosa.

– Por lo que puedo ver aquí, parece que Brian Batley tenía una actitud… digamos muy relajada con su cuenta.

Fleur asintió con la cabeza. Pero aquella mujer estaba confundiendo la actitud comprensiva de Brian, un hombre que sabía el tiempo que necesitaba una planta para crecer, y su apoyo durante los momentos difíciles, con la inactividad. Pero con decírselo no iba a ganar nada.

– Brian sabía lo difíciles que fueron las cosas para nosotros en los últimos años, pero también sabía que al final lo conseguiríamos. Que, con un poco de tiempo y esfuerzo, podríamos salir adelante.

– ¿Y cómo sabía eso? Su negocio consiste en vender plantas y flores, señorita Gilbert. ¿Cómo piensa su padre hacer eso si no sale nunca de casa?

– Yo no he dicho que no salga nunca de casa -replicó Fleur-. Además, él es un especialista en fucsias, señora Johnson, y como usted sabrá, las fucsias crecen en invernaderos.

Esperaba que esa explicación fuera incontestable.

– Si ése es el caso, ¿por qué se ha hecho usted cargo del negocio?

«Incontestable» era, aparentemente, un término desconocido para la señora Johnson.

– Porque ése ha sido mi destino desde el día que nací. Y porque tengo un título en horticultura.

– Hace falta algo más que un título para no tener la cuenta en descubierto, hace falta experiencia.

Fleur no había sabido que tendría que hacerse cargo de todo tan pronto. El plan era trabajar en otras empresas al principio, ampliar sus conocimientos, como había hecho Matt. Y había estado a punto de trabajar con él en una conocida empresa… Una de las ventajas de que sus padres no se hablaran era precisamente que ninguno de ellos sabrían que trabajaban en el mismo sitio…

Y entonces todo se vino abajo.

Pero así era la vida. No valía de nada hacer planes.

– Tengo veintisiete años y llevo trabajando en esto desde que me enseñaron lo que era un esqueje.

– Entonces, ¿qué es lo que hace su padre exactamente? -preguntó la señora Johnson-. Aquí veo que sigue recibiendo un salario.

– Mi padre se ocupa de crear nuevas variedades de plantas y no suele salir del invernadero. El nuestro lleva usándose desde hace seis generaciones.

Ellos habían sido los primeros en instalar nueva tecnología para mantener la temperatura, algo que antes se hacía con enormes calderas. Y les habían ganado la partida a los Hanover, por cierto.

– ¿Seis generaciones?

– Siete conmigo. Bartholomew Gilbert y James Hanover formaron una sociedad en 1829.

– ¿Ah, sí? No sabía que hubieran sido socios.

– Fue una alianza muy corta. Cuando James pilló a su mujer en flagrante delito con Bart en uno de los invernaderos, se dividió la finca y se levantó una valla. Los Gilbert y los Hanover no han vuelto a hablarse desde entonces.

– ¿Nunca?

«Nunca digas nunca jamás».

– No.

– Pero si viven a unos metros… ¿Cómo se puede mantener ese enfado durante tantos años?

– Yo creo que «enfado» es una palabra demasiado suave. Se pelearon por la división de la finca, cada uno creyendo que el otro se llevaba la mejor parte… Luego Bart produjo un nuevo híbrido ese año, pero James juraba que había sido idea suya.

– Ya veo.

– Los hijos heredaban el odio de sus padres y que tuvieran que enfrentarse cada año por ser los mejores en el cultivo de fucsias no hizo nada para contener la animadversión. Ha habido sabotajes, espionaje industrial…

– ¿Perdón?

– Los empleados recibían dinero por robar bulbos o por introducir alguna mala hierba para arruinar un cultivo…

– ¡Virgen Santa!

Y, por supuesto, lo prohibido siempre tentaba a los más inquietos. ¿Quién dijo que los que no aprendían de la historia estaban destinados a cometer los mismos errores que sus antepasados?

– ¿Alguien ha intentado mediar entre las dos familias? -preguntó la señora Johnson.

– Lo han intentado, pero sin éxito. En la última ocasión la mitad del pueblo acabó en los tribunales.

Sólo el optimismo de la juventud había convencido a Matt y a ella de que por fin podrían unir a ambas familias, curar una herida que duraba ya ciento setenta años con el poder del amor.

Desgraciadamente, su madre y el padre de él les llevaban ventaja.

– Supongo que para una persona de fuera todo esto debe de parecer el guión de una mala película -dijo Fleur.

– Sí, bueno, las peleas entre familias no son asunto mío. Pero el estado de su cuenta es otra historia. Dado que llevan en el mercado ciento setenta años, han tenido tiempo más que suficiente para generar beneficios. Los Hanover, a pesar de las distracciones, parecen llevar su negocio con más éxito.

– Los Hanover dejaron de producir plantas hace seis años, cuando Phillip Hanover murió. Ahora, ese riesgo se lo dejan a los demás.

– Pues quizá deberían ustedes seguir su ejemplo.

– Dudo que haya sitio para dos empresas de suministros de jardinería en Longbourne. Además, si todo el mundo hiciera eso, no habría plantas que vender. Y se perderían puestos de trabajo.

La señora Johnson se encogió de hombros, como si eso no le importara. Pero seguía escuchándola con atención.

– Cualquier negocio que esté a merced del tiempo y de lo que se lleva o no se lleva no es un negocio sencillo. En ese sentido, no somos muy diferentes de una boutique.

– ¿Existe la moda en las plantas?

– Por supuesto. Cada año las televisiones y las revistas de jardinería ofrecen productos diferentes. Desgraciadamente, criar flores es como intentar mover un tanque, se tarda algún tiempo en conseguirlo. Pero, afortunadamente, los que nos dedicamos a esto lo hacemos por pasión.

– Sí, mantener una pelea con los vecinos durante ciento setenta años debe de requerir cierta pasión -asintió la señora Johnson, burlona.

– Y también para luchar durante generaciones, durante siglos, con objeto de producir lo imposible: el tulipán negro perfecto, la rosa azul, el narciso rojo.

– ¿Está diciendo que piensa exhibir algo de eso en la feria de Chelsea?

– No, porque como ya le he dicho, nosotros cultivamos fucsias.

– ¿Y cuál es la fucsia más importante?

– Una fucsia doble de color amarillo perfecto. Se convertiría en portada de todas las revistas de jardinería.

– ¿Y si quieren una flor amarilla, no sería más fácil plantar… no sé, las peonías no son amarillas?

– Estamos hablando de plantas exóticas, señora Johnson. No de simples hierbas.

– ¿Y es en eso en lo que su padre pasa el tiempo?

– Lleva en ello toda su vida.

– ¿Y puedo sugerir que haga algo más práctico, como buscar la forma de reducir el descubierto en su cuenta corriente? Mi predecesor en este banco era muy… afable por lo que veo, pero voy a serle franca, señorita Gilbert: yo no puedo permitir que la situación continúe como hasta ahora.

A Fleur se le encogió el estómago.

– El banco no va a perder dinero. Hemos puesto nuestra finca como aval, de modo que el riesgo es sólo para nosotros.

– Es una finca agrícola, terreno rústico. No se puede construir en ella, señorita Gilbert. Su valor en el mercado no es tan importante. Por eso le he pedido a un perito que haga una evaluación. Se pondrá en contacto con usted esta misma semana.

– Y supongo que añadirá su factura al descubierto -dijo Fleur, intentando disimular su rabia-. Así no vamos a ningún sitio.

– Mi deber es proteger al banco -replicó Delia Johnson, levantándose.

– Necesitamos dos meses -insistió Fleur, sin moverse-. Tenemos que llegar a la feria de Chelsea con la nueva variedad de fucsia.

– ¿Y cuál sería el gasto?

– No nos cobran por el puesto en la feria, pero hay costes, claro. El transporte, el alojamiento, el diseño del catálogo… Todo eso está aquí, en este informe -dijo Fleur, sacando una carpeta del maletín-. Es una pequeña inversión a cambio de la publicidad que conseguiremos en televisión, en la radio y en los periódicos locales.

– Ahora mismo, lo único que me preocupa es reducir los números rojos -insistió la señora Johnson, abriendo la puerta de su despacho-. Necesito algo sobre mi mesa en una semana, señorita Gilbert.

– Pero aquí está el informe…

– Cuando lo haya estudiado iré a su casa para hablar con su padre.

Fleur estuvo a punto de insistir en que era con ella con quien debía hablar, pero se dio cuenta de que no serviría de nada, de modo que tomó su maletín y salió del despacho.

Aquella reunión ya no era sólo para solicitar que mantuviera la cuenta en números rojos hasta mayo, era una pelea para no tener que cerrar su negocio.

Capítulo 2

«Debería haber esperado a los diamantes», pensó Fleur mientras subía al Land Rover. Le habrían resultado de mucha ayuda en aquel momento.

Sonriendo con tristeza, se quitó los pendientes que Matt le había regalado. Cuando se los dio le parecieron la cosa más bonita del mundo, pero no eran más que una baratija. Valían tan poco como las promesas que le hizo el día de la boda.

Fleur los apretó en la mano un momento y luego los guardó en el bolsillo del traje, junto con la carta de su madre.

Estarían en buena compañía, pensó, mientras intentaba contener las lágrimas. Pero no había un solo Hanover en el mundo que mereciera una lágrima suya. Si quería convencerse de eso, sólo debía recordar la última afrenta de Katherine Hanover.

Fleur sacó la carta del bolsillo, decidida a romperla, pero cuando iba a hacerlo algo la detuvo.

Quizá porque iba dirigida a ella y no a su padre, quizá por la conversación con la directora del banco, pero el instinto le dijo que la leyera.

La nota que había dentro del sobre era muy corta: Fleur, empezaba. Casi le dieron ganas de reír. Si había algo que admiraba en Katherine Hanover era su falta total de hipocresía. Nada de «Querida Fleur» o la formalidad de «Señorita Gilbert». No, eso le habría conferido demasiado importancia.

Pero cuando empezó a leer, su inclinación a sonreír desapareció por completo:

Te escribo por simple cortesía para informarte de que le he pedido a mi abogado que solicite un análisis de sangre al Juzgado de Primera Instancia para determinar oficialmente qué yo soy el padre de Thomas Gilbert. Si decides litigar, a pesar de la evidencia, tendrás que hacerte cargo de las costas del juicio.

Una vez que se haya establecido la paternidad, te aseguro que solicitaré la custodia de mi hijo.

Matt

Durante un segundo, ese nombre la hizo olvidar todo lo demás.

¿Matt?

¿Matt estaba de vuelta en casa?

Hubo un segundo de esperanza antes de que la realidad la devolviera a la tierra.

El Juzgado de Primera Instancia. Un análisis de sangre. Custodia…

Fleur tuvo que quitarse el pañuelo del cuello a toda prisa, como si se ahogara. La frialdad de esa nota la había dejado helada.

¿Matt había escrito aquello? ¿Su Matt, el hombre con el que se había casado se dirigía a ella en ese tono?

Fleur miró la carta, que había tirado al suelo del coche, incapaz de creer tal crueldad.

Ni siquiera se había molestado en escribir la nota a mano. Estaba sentado delante de un ordenador cuando escribió esas horribles palabras. Con el impersonal clic de un ratón. Sólo su nombre estaba escrito a mano, con la letra que, una vez, ella había conocido tan bien como la suya propia.

Sólo una palabra, Matt.

No había palabras de amor como las que solía escribirle, ni dibujitos de flores. Ni besos.

Con el membrete de la empresa: Hanovers, todo para su jardín, en azul sobre el papel gris, como para reírse de ella.

Ni se había molestado en usar otro papel.

Y no había esperado el correo, la había llevado a su casa personalmente.

¿Había estado tan cerca y ella no había sentido su presencia? ¿No había sabido que Matt estaba a unos metros?

Fleur se tapó la boca con la mano, como para contener el dolor.

¿Se habría arriesgado a que lo viera su madre? ¿Sabría ella algo?

No, pensó, intentando contener el pánico.

Si Katherine Hanover hubiera sospechado que Tom era su nieto, no habría habido advertencia de ningún tipo; sencillamente habría recibido una carta de su abogado. Ya había recibido más que suficientes durante aquellos años.

Un tramo roto de la verja, la rama de un árbol metiéndose en la finca de los Hanover, la menor excusa para hacerles la vida imposible había hecho que recibieran una carta de su abogado.

No. Katherine no sabía nada sobre el niño.

Pero la fría referencia a un análisis de sangre, el Juzgado, las costas, eso era puro Hanover. Aquel hombre del que se había enamorado a primera vista, por el que había engañado a sus padres, con el que se había casado en secreto, al que había declarado amor eterno, le había escrito una fría nota con la misma compasión que sentiría por un insecto.

Y, de repente, Fleur sintió rabia, más que miedo, corriendo por sus venas.

¿Cómo se atrevía a aparecer en ese momento, después de tantos años, para exigir sus derechos? Él no tenía derechos. Ningún derecho moral, desde luego.

Aunque los derechos morales no le importaban un bledo a la justicia. Y sabía que su abogado obtendría una orden judicial si se negaba a que su hijo se hiciera un análisis de sangre.

Al menos, Matt no la había insultado dudando de su paternidad.

Pero ése era un pequeño consuelo. Cuando el análisis de sangre diera como resultado que él era el padre del niño, seguramente el juez dictaminaría en su contra por haber privado a un hombre de sus derechos de paternidad durante cinco años.

Pero no había sido así.

Fue Matt quien se marchó.

Ella no pudo marcharse. No pudo hacer la maleta, irse del país y empezar una nueva vida porque su madre estaba en la UCI, su padre sufriendo una crisis nerviosa… No hubo manera de esconder que estaba esperando un hijo. Tuvo que quedarse y sufrir el silencio que se hacía cada vez que entraba en una tienda del pueblo. Como si no supiera lo que habían estado diciendo a sus espaldas: que no era mejor que su madre.

Incluso las mujeres a las que pagaba todas las semanas, las empleadas que la conocían de toda la vida, murmuraban a sus espaldas que no decía el nombre del padre porque no lo sabía.

Pero lo sabía. Y ésa era la razón por la que permanecía en silencio.

Sólo había habido un hombre en su vida y había soñado y temido ese momento durante cinco largos años.

Había soñado con Matt entrando en su casa, tomándola a ella y a su hijo en brazos y suplicándole que lo perdonase.

Había temido tener que decirle la verdad a su padre. Confesarle las mentiras que le había contado para encontrarse con Matt a escondidas…

Igual que había hecho su madre.

Fleur abrió la puerta del Land Rover rápidamente para respirar aire fresco porque estaba ahogándose.

El claxon airado de un motorista que había tenido que hacer una maniobra para evitar la puerta obligó a Fleur a cerrarla de nuevo. Se quedó un momento inmóvil, mirando al vacío, intentando contener el miedo, el dolor. No tenía sentido pensar en sí misma.

Tom era lo único que importaba. Su mundo, hasta aquel momento, sólo la incluía a ella, a su padre, el colegio… Pero todo eso estaba a punto de cambiar y tenía que hacer que para el niño fuera lo más fácil posible.

No tenía tiempo para formular una estrategia. Tenía que reaccionar y lo primero era detener lo del análisis de sangre.

Fleur tomó la carta, sacó el móvil del bolso y, sin pensar lo que estaba haciendo, marcó el número que aparecía en el membrete. Sólo sonó dos veces antes de recibir respuesta:

– Matthew Hanover.

Fleur estuvo a punto de soltar el teléfono. Estaba preparada para oír la voz de una recepcionista, una secretaria, incluso la voz de Katherine Hanover. Aunque si hubiera sido Katherine habría colgado de inmediato.

Y descubrió que la voz de Matt, incluso después de tantos años, le llegaba al corazón.

Un segundo después, intentando calmarse, volvió a llevarse el teléfono a la oreja. Al otro lado del hilo no había preguntas, ni confusión, nada de: «¿Sí, quién es?». Matt debía de estar esperando que lo llamara y sabía que era ella.

Fleur intentó romper el silencio, pero… ¿cómo hacerlo? ¿Qué podía decir?: «¿Cómo estás, Matt? ¿Qué has hecho durante los últimos seis años? Te he echado tanto de menos…».

En sus sueños, nada de eso había sido necesario. Pero aquello no era un sueño, era una pesadilla.

– He recibido tu carta -dijo por fin-. No hay necesidad de hacer un análisis. No quiero que Tom tenga que pasar por eso.

– Yo no estoy interesado en lo que tú quieras, Fleur -replicó él-. Sólo quiero saber la verdad.

Directo al grano, como su madre.

– Tú sabes la verdad igual que yo.

– Es posible, pero quiero confirmarlo. Por lo que dicen en el pueblo, no sabes quién es el padre del niño.

– ¿Y tú crees eso de verdad?

– No.

– Tom es tan pequeño… no lo entendería. No quiero que se asuste.

– Pues deberías haberlo pensado antes. Has tenido cinco años. Ahora soy yo quien toma las decisiones.

– Mira, Matt, tenemos que hablar… Haré cualquier cosa, pero no quiero que Tom sufra.

Al otro lado del hilo hubo un silencio.

– ¿Cualquier cosa? Muy bien. Nos vemos esta noche en el viejo granero -dijo él entonces, como si fuera una cita para cerrar un negocio-. Entonces podremos discutir qué significa exactamente «cualquier cosa».

¿El viejo granero? Fleur se cubrió la boca con la mano para contener un gemido. ¿Había elegido el granero, su sitio especial, deliberadamente, para hacerle daño?

Pero, ¿dónde podían encontrarse si no? ¿En el pub? Los cotillas del pueblo lo pasarían en grande. La alternativa era buscar algún sitio a muchos kilómetros de allí, donde no los conociera nadie. Y si Matt había estado investigando, sabría que ella no tenía tiempo para eso.

– No puedo salir hasta después de las nueve.

– Entonces, nada ha cambiado -dijo Matt. Al otro lado del hilo, Fleur creyó percibir un suspiro de resignación-. Ve cuando puedas. Te esperaré.

Matt colgó el teléfono.

Por favor…

Si cerraba los ojos, aún podía verla a los dieciocho años, tumbada en una cama de paja en el viejo granero, los ojos verdes brillantes, la boca suave e invitadora…

Por favor…

Incluso ahora, después de todo lo que había pasado, seguía respondiendo como un adolescente excitado al oír su voz. Tenía que hacer un esfuerzo para recordar lo furioso que estaba.

– ¿He oído el teléfono?

Su madre estaba en la puerta, como si no quisiera invadir su espacio… como si no supiera que escuchar sus conversaciones telefónicas era mucho menos adecuado.

– Sí -dijo él.

Como si ese monosílabo fuera una invitación, Katherine entró en el despacho y dejó el bolso sobre el escritorio.

– ¿Quién era?

– Me han ofrecido una casa en Haughton. La que está al final del pueblo, entre los pinos.

No iba a decirle que acababa de hablar con Fleur Gilbert. Porque nada había cambiado. Fleur y él seguían atrapados por casi dos siglos de odio. Los dos seguían mintiendo a sus padres, encontrándose en secreto… Hacer de Romeo y Julieta era un placer ilícito cuando eran jóvenes, pero él estaba harto de subterfugios.

– ¿No vas a quedarte aquí? -preguntó su madre, intentando disimular su decepción.

– No. He quedado con la propietaria para recoger las llaves esta tarde.

– Alquilar una casa en Haughton costará mucho dinero.

– Afortunadamente, yo he heredado tu cabeza para los negocios.

El halago hizo que Katherine Hanover sonriera, como Matt imaginaba, pero no estaba contenta.

– ¿Por qué vas a gastar dinero cuando aquí tienes todo el espacio que necesitas? Llevas tantos años fuera, hijo… Me gustaría pasar algún tiempo contigo. Cuidarte un poco.

Matt había sido tan cruel con su madre como sólo podían serlo los jóvenes. Lo lamentaba, pero no tanto como para vivir bajo el mismo techo. Sin embargo, para consolarla un poco, apretó su mano.

– No está tan lejos. Y si decido quedarme, compraré una casa cerca de aquí.

– Sí, te comprendo. Es que sigo sin poder verte como… en fin, como un adulto. Y, claro, lo último que un hombre adulto quiere es vivir con su madre. Lo entiendo.

– Me alegro.

– Bueno, ¿y qué pasa con la oficina? ¿Esto te sirve por el momento o necesitas más espacio? -preguntó su madre, demostrando que, a pesar de lo desesperada que estaba por tenerlo cerca, no iba a hacer el ridículo pidiéndole algo que no quería darle.

Matt no le había hablado de sus planes, pero sólo porque aún no estaba seguro de nada. Podría trabajar desde allí, pero una oficina en el almacén le daría una excusa para ir al pueblo todos los días.

– Usaré este despacho hasta que decida qué voy a hacer.

– Puedes quedarte el tiempo que quieras.

– Sólo mientras no intentes meterme en la guerra contra los Gilbert -contestó él.

– Yo no estoy en guerra con ellos, Matt -dijo su madre, riendo, como si la idea fuera ridícula-. Sólo hago lo que puedo para ganarme la vida.

– Y lo haces muy bien -respondió él. Por supuesto era mentira, pero le alegraba cambiar de tema-. La empresa va muy bien. Papá no la reconocería.

– No -dijo Katherine, con tono satisfecho.

Su padre tampoco la reconocería a ella, pensó Matt.

Entonces era una de esas mujeres aburridas, prácticamente invisibles, que no se metían en los negocios del marido. Siempre dispuesta a echar una mano en las actividades que organizaba el Ayuntamiento, pero sin llamar la atención sobre sí misma con la ropa o el maquillaje, algo por lo que Matt siempre se había sentido agradecido de pequeño. Pero ahora que la veía convertida en una mujer de éxito, elegante y guapa, se preguntó si entonces era feliz.

– ¿Por qué cambiaste de opinión? La última vez que hablamos querías vender el negocio y marcharte de aquí.

– Estuve casi un año intentando vender la empresa y la casa, odiando cada minuto que pasaba aquí… Desgraciadamente, los únicos que mostraron interés por comprar fueron los dueños de una constructora y, aunque me habría gustado que construyeran unas casas horribles en la finca Hanover, no conseguí los permisos.

Matt no se molestó en recordarle la verdad: que le había rogado que le dejara llevar el negocio. Ella podría haberse marchado donde quisiera para vivir cómodamente con la pensión de su padre. Aunque estaba seguro de que lo había pensado muchas veces durante los últimos seis años.

– Debías de odiar a papá con toda tu alma.

– Entonces estaba demasiado dolida como para pensar. De haberlo hecho me habría dado cuenta de que yo no era la única persona que estaba sufriendo.

Era la única disculpa que iba a recibir, pensó Matt.

– Me hiciste un favor. Me sacaste de una pelea absurda en la que llevaba metido desde siempre… desde antes de saber que tenía la vida planeada de antemano.

Su madre lo miró con el ceño fruncido.

– Eso es muy generoso por tu parte. Pero la verdad es que yo estaba tocando fondo cuando dos hombres aparecieron llenos de planes para levantar un hipermercado de suministros de jardinería. Hablaban de dinero, de decoración, de medios, de proveedores… como si yo no estuviera allí. Y entonces me di cuenta de que había sido invisible durante toda mi vida.

Matt se sintió incómodo. Quizá porque eso era precisamente lo que él había estado pensando.

– ¿Y entonces decidiste robarles la idea?

– Eran unos pardillos. Este negocio no consiste en ponerlo todo en un almacén y vender lo básico a precio más barato. Hay que vender los mejores suministros de jardinería como uno vendería una cocina de última generación o unos buenos muebles. Es una forma de vida -sonrió su madre-. Y tenía que ir dirigido a las mujeres.

– ¿Les dijiste eso?

– Me habrían mirado como si estuviera loca y habrían seguido sin hacerme ni caso. Pero cuando se marcharon, no podía dejar de pensar en ello.

– ¿No tuviste problemas con los permisos?

– Había aprendido la lección. Así que me hice un buen corte de pelo, me compré un traje de chaqueta y me convertí en una mujer a la que los hombres tendrían que tomarse en serio. No es fácil, no creas. Luego fui al banco y les mostré mi plan, con cifras incluidas.

– ¿Los vecinos no pusieron objeciones? -preguntó Matt, mirando la casa de piedra, el tejado del invernadero de los Gilbert visible por encima de la valla que separaba las dos fincas.

– No.

– ¿Ni siquiera Seth Gilbert?

– Ni siquiera él. A lo mejor pensó que no conseguiría nada.

– Pues se equivocó.

– Desde luego -contestó su madre-. Y no fue la primera vez -añadió, en voz baja.

Incluso un lunes por la mañana, el aparcamiento del hipermercado estaba lleno de gente con bandejas de bulbos y bolsas de tierra.

– Te vendría bien un poco más de espacio.

– Pronto tendré todo el espacio que quiera. Si esperas unos meses podrás quedarte con la casa de los Gilbert. Habrá que hacer reformas, pero es una casa muy bonita.

– ¿Has estado allí alguna vez? ¿Cuándo?

– Hace siglos. La madre de Seth daba unas fiestas estupendas -contestó Katherine, pasándose una mano por la cara, como si quisiera borrar los recuerdos.

– ¿Y te invitaban a esas fiestas? -preguntó Matt sorprendido.

– No he sido siempre una Hanover, hijo.

– Ah, claro, es verdad.

– Piensa en la casa. Es hora de que sientes la cabeza, de que te cases. ¿No has conocido a ninguna chica?

– He conocido a muchas chicas -sonrió Matt.

– Pues yo estoy deseando tener nietos.

Matt creyó que su madre habría recibido también el recorte de periódico y que, como él, habría visto el parecido del niño. Pero no le había dicho nada.

– Prefiero el granero.

– ¿El granero?

– Sería una casa preciosa.

– Lo siento, Matt, pero he pensado convertir el granero en un restaurante.

– ¿Un restaurante?

– Los clientes esperan algo más que un café de máquina en un hipermercado de jardinería -contestó Katherine.

– ¿Seth Gilbert está dispuesto a venderte el granero?

– Le he hecho una oferta estupenda por el granero y la casa. Si tiene un poco de sentido común, aceptará.

– ¿Y si no?

– Aceptará. No tienen un céntimo.

– ¿Estás segura? -preguntó Matt, como si no supiera que los Gilbert estaban en la ruina. Había hecho todo tipo de averiguaciones mientras estaba en Hungría para salirse con la suya.

Y estaba funcionando.

Llevaba en casa menos de veinticuatro horas y Fleur ya lo había llamado. Y, asustada, le había dicho todo lo que necesitaba saber.

Que haría todo lo que él quisiera…

Matt cerró la mano para que su madre no viese que le temblaba e intentó concentrarse en la conversación.

– … aceptarán tarde o temprano. Hay que ofrecer algo que los demás no ofrecen. Pero da igual, si no me lo quiere vender a mí, se lo compraré al banco cuando se quede en la calle.

– Y mientras tanto, ya has conseguido los planos del granero.

Katherine se encogió de hombros.

– Un constructor local envió unos planos al Ayuntamiento porque quería comprarlo para convertirlo en un par de chalecitos. Cuando le dijeron que no, me vendió los planos a mí.

– Ah, ya veo. Ése es el plan A. ¿Cuál es el plan B?

– ¿El plan B?

– Por si falla el primero. Supongo que esa zona rústica tiene mucho atractivo, pero ¿no te parece que sería mejor comprar algo en Maybridge?

– No quiero irme de aquí. Además, tener un plan B querría decir que estoy preparada para perder. Y no lo estoy.

Y acababa de decir que ella no estaba en guerra con los Gilbert…

– ¿Y bien? -su padre levantó la mirada cuando Fleur apareció con una taza de té en el invernadero.

– ¿Qué?

– ¿Qué te ha dicho la nueva directora del banco?

– Pues…

La carta de Matt, la llamada de teléfono, el miedo de que cuando Katherine Hanover se enterase de que tenía un nieto usaría su dinero y su influencia para robarle a su hijo, habían hecho que olvidara su conversación con Delia Johnson.

Ni siquiera recordaba cómo había vuelto a casa.

– Le he dejado los papeles de Chelsea para que los mirase en detalle.

– ¿No hablaste con ella?

– Sí, claro, pero la señora Johnson sólo quería hablar de los números rojos. Quiere que volvamos a vernos la semana que viene. Y quiere que vayas tú también, papá.

– ¿No está dispuesta a esperar hasta después de la feria?

– Sólo quiere que la cuenta no esté en descubierto.

– Dile que tendrá que esperar hasta mayo -contestó su padre, volviendo a concentrarse en su fucsia-. Entonces se solucionará todo.

Fleur miró la flor. Tenía una etiqueta con un número, nada de nombres.

– ¿Es ésta?

– Sí. Ya verás como será un éxito. Medalla de oro, seguro.

– Si nuestro negocio sigue abierto en mayo…

Su padre estaba recortando el tallo de la fucsia con una cuchilla de afeitar, con la precisión de un cirujano.

– Sin duda habrá gente que la desprecie.

– ¿Los que creen que deberías plantar peonías en lugar de crear fucsias de color amarillo? -preguntó Fleur, pensando en la directora del banco.

– Si tuviéramos otro año…

– Pero no tenemos otro año, papá -lo interrumpió ella.

El asunto era que necesitaban una fucsia de color amarillo perfecto, no de color crema, ni de color mantequilla. Eso no valdría de nada. El negocio de las flores era tan absurdamente complejo.

– La señora Johnson ha dicho que se pasaría por aquí para echar un vistazo.

¿Se llevaría una buena impresión?, pensó Fleur, mirando alrededor. ¿O vería sencillamente un invernadero lleno de flores que no le interesaban nada?

– No puede venir por aquí.

– ¿Por qué no?

– ¿Tú has visto a alguien que invite a la prensa antes de una exposición cuando tiene una flor especial que nadie ha creado antes? -exclamó su padre.

– Papá, no te pongas nervioso…

– No me pongo nervioso, es que sé que esta flor será un éxito -sonrió Seth Gilbert-. Y no quiero que me la roben.

Fleur tuvo que sonreír.

– Al menos esto es algo en lo que Katherine Hanover no está interesada.

– Katherine Hanover mataría por tener esta flor.

– ¿Por qué? Nadie creería que ella hubiera logrado crearla.

– La posesión es el noventa por ciento de la propiedad en este juego. Pero esto no tiene nada que ver con el orgullo ni con que nuestro apellido vuelva a estar donde le corresponde en el mundo de la jardinería. Esto es para asegurar el futuro de Tom.

– Papá, no lo entiendes. La señora Johnson necesita ver algo que justifique el apoyo del banco.

– Y luego se lo contará a alguien del banco y algún listo vendrá por aquí y entonces ya no será un secreto para nadie.

– Pero…

– Nada de peros.

– ¿Y que vayamos a la feria de Chelsea después de tantos años no hará que la gente empiece a especular?

– Si alguien pregunta, estamos intentando relanzar el negocio. Y si se ríen, creyendo que soy un viejo loco, déjalos.

Eso era precisamente lo que Fleur empezaba a pensar, lamentablemente. Si le dejara fotografiar la fucsia, si le hubiera hablado del asunto… pero no había dicho nada hasta que les ofrecieron un puesto en la feria.

Una planta era una cosa tan frágil… Un simple golpe de viento podía destruirla. Y el año siguiente sería demasiado tarde.

– En fin, si la señora Johnson decide pasar por aquí al menos pareceremos muy industriosos.

– Que no venga -insistió su padre.

Fleur tragó saliva.

– Papá, esta noche tengo que salir. Prometí ayudar a Sarah Carter con… está pintando su cocina.

La mentira se le quedó atragantada. ¿Habría contado su madre mentiras como ésa para sus encuentros ilícitos con Phillip Hanover? Después de su muerte Fleur intentó recordar, pero ella había estado demasiado ocupada contando mentiras para encontrarse con Matt Hanover.

Además, ¿quién esperaba que sus padres tuvieran una vida aparte de la que todo el mundo conocía? Desde luego, era inimaginable que estuvieran viviendo una pasión ilícita como la que se había convertido en el centro de su universo.

– ¿Puedes cuidar de Tom?

– Por supuesto. No pienso moverme de aquí -contestó su padre, sin levantar la mirada.

¿Qué podía ponerse para encontrarse con un hombre al que había pensado que no volvería a ver nunca más? Un hombre que, cuando tuvo que tomar la decisión de irse o quedarse con ella, no la había amado suficiente.

Un hombre al que quería impresionar, aunque quisiera darle a entender que le importaba un bledo su opinión.

Hacer un esfuerzo para encontrarse con la directora del banco había sido cosa de niños comparado con esto. Un traje de chaqueta, zapatos bien abrillantados, el pelo recogido en un moño…

Fácil.

Pero, ¿qué podía ponerse para suplicarle a un hombre que no destruyera su vida? Lo único que quedaba del futuro que habían planeado era Tom, la única alegría, la única razón para levantarse de la cama todas las mañanas.

Al final, fue el tiempo, la fina lluvia que empezó a caer a partir de las cinco y su destino, un viejo granero al final de un camino lleno de barro, lo que la decidió. Nada de mostrarse atractiva, nada de intentar recordarle que la había amado una vez.

Como si pudiera hacerlo.

Seis duros años de trabajo y de soledad le habían robado el brillo a sus mejillas. Pantalones vaqueros, botas y una camisa debajo de un jersey de lana. Nada de maquillaje y el pelo sujeto en una coleta. Ésa era ella ahora, una madre joven más preocupada por el colegio y por su negocio que por su propia apariencia.

Fleur se ató los cordones de las botas y, al incorporarse, se llevó una mano a los riñones. Había pasado la tarde de rodillas, arreglando la cañería que regaba una parte del invernadero. Le dolía la espalda y tenía los dedos despellejados.

– Me voy, papá -se despidió desde el pasillo, mientras se ponía un chubasquero-. Tom está dormido. No creo que te moleste.

– Tom no me molesta nunca.

Por impulso, Fleur volvió al salón y le dio un beso en la frente.

Seth no levantó la mirada de la revista de jardinería que estaba leyendo.

– No me has dicho lo que quería Katherine Hanover.

– ¿Qué? -preguntó ella, sorprendida.

– La carta de Katherine. ¿Qué quería?

– Ah, pues… lo de siempre.

– Entonces, no tengo por qué preocuparme, ¿verdad?

Lo sabía, pensó. Sabía que estaba mintiendo. Y entonces, de repente, pensó en su madre… en sus manos blancas, en el diamante de su anillo de compromiso brillando bajo la lámpara, en su pelo rubio mientras se inclinaba para darle a su padre el beso de Judas antes de ir a encontrarse con su amante.

– Papá… esa carta…

– No te preocupes, Fleur -la interrumpió él-. Venga, vete, no quiero que llegues tarde. Saluda a Sarah de mi parte.

– Ah, sí, sí, claro.

Su padre no sabía nada. Era sólo su conciencia culpable la que la hacía imaginar cosas. Hacía tanto tiempo que no tenía que inventar excusas para ver a Matt… pedirle un libro a algún compañero de clase, devolverle un CD a alguna amiga, hacer como que iba hacia el pueblo antes de tomar el atajo que llevaba al granero.

– Adiós, Cora -se despidió de su perra-. Mi padre te sacará luego un rato.

Una vez su corazón había latido acelerado, con una mezcla de emoción, de culpa, de alegría, ante la idea de ver a Matt.

Ahora latía acelerado, pero de miedo, mientras sus pasos sonaban primero en el suelo de piedra del porche, luego por el camino de grava y más tarde en el barro, cada paso un retroceso en el tiempo.

Ella conocía cada sonido, recordaba instintivamente el exacto número de pasos que tendría que dar hasta que su padre no pudiera verla desde la ventana.

Una vez fue una cría corriendo para encontrarse con su amante y sólo ese momento, ese encuentro, era importante para ella. El futuro era algo de lo que se preocuparía cuando llegara.

Pero acababa de llegar.

Capítulo 3

Matt no recordaba haberse sentido más impaciente en toda su vida… bueno, quizá cuando era joven. Y quizá fuera la inseguridad lo que lo hacía sentir tan inquieto en aquel momento. Por supuesto, seis años antes siempre estaba seguro de que Fleur acudiría a su encuentro. Aunque tuviera que esperar hasta que todo el mundo estuviera en la cama y tuviera que salir por la ventana para que no saltase la alarma, siempre llegaba, tarde o temprano.

Ahora…

Matt miró su reloj por cuarta vez en cinco minutos. Aún no eran las nueve y ella le había advertido que llegaría tarde pero, harto de pasear por el granero, salió fuera, aguzando el oído por si oía sus pasos en el camino, esperando ver la luz de una linterna como tantas otras veces…

Entonces tuvo que sonreír.

No había olvidado cómo corría para encontrarse con ella en cuanto veía la luz de esa linterna, incapaz de esperar ni un segundo para besarla, para abrazarla. Los dos sin aliento.

Y recordaba las separaciones, cuando ella se fue a la universidad y él estaba trabajando al otro lado del país, adquiriendo experiencia antes de empezar a trabajar con su padre en Hanovers.

Cuando terminó sus estudios, él la convenció para que se casaran sin decírselo a sus padres. Su idea era presentarlo como un fait accompli, seguro de que entonces ya no podrían hacer nada.

Qué ingenuo había sido.

Los lazos de sangre habían sido más poderosos que cualquier emoción que Fleur hubiera sentido por él. Incluso embarazada de su hijo, había elegido enfrentarse a los rumores del pueblo antes que contarle la verdad a su padre: que se había acostado con un Hanover.

Y él estaba usando esa vieja pelea familiar contra ella ahora. Pero Fleur había tenido toda la tarde para recuperarse del susto y, aunque seguía queriendo proteger a su padre del disgusto, seguramente también habría usado esas horas para buscar consejo legal. Aunque no serviría de nada.

No podría hacer nada para quitarle a su hijo, pero un abogado le habría dicho que no era sensato encontrarse con él a solas. Seguramente, le habría sugerido que preparase el encuentro en un bufete…

Por supuesto, también podría haber huido con Tom. Fleur no dejaría solo a su padre por él, pero por su hijo…

En ese momento le pareció ver un rayo de luz por el camino.

Fleur habría sabido donde detenerse aunque no llevara una linterna. Sus pies seguían recordando cada paso, sus manos seguían recordando en qué punto de la valla tenía que sujetarse… como si lo hubiera hecho el día anterior. Sin embargo, le parecía más oscuro que nunca.

¿Siempre había sido así, tan negro, tan tenebroso? ¿O los arbustos habían crecido en esos seis años hasta el punto de ocultar el granero?

Quizá seis años antes, cuando corría hacia Matt, estaba tan loca de amor que llevaba su propia luz interior.

Ahora era mayor, más sabia y, desde luego, más consciente del peligro, de modo que empezó a caminar con un brazo por delante para evitar que las ramas de los arbustos le golpeasen la cara.

Media docena de veces esa tarde había mirado el teléfono, pensando que debería llamar a un abogado para pedirle consejo. No había necesidad de dar nombres, sólo que había aparecido el padre de Tom y exigía su custodia…

Pero no lo hizo. Si involucraba a un abogado no habría posibilidad de convencer a Matt para que fuese razonable, para que la escuchara.

Aunque no confiaba demasiado en eso.

Matt había sido un chico dulce y encantador, pero debía de haber cambiado en aquellos seis años. Y quizá encontrarse con él allí no fuera tan buena idea…

El crujido de una rama le advirtió entonces que no estaba sola. Pero, ¿y si no era él? ¿Y si había alguien merodeando por allí? Asustada, estuvo a punto de gritar, pero Matt le puso una mano en la boca.

Lo supo antes de que dijera nada. Supo que era él.

– Por Dios bendito, Fleur. ¿Qué quieres, que se entere todo el pueblo?

Matt.

Lo conocía tan bien… Y seis años después seguía oliendo igual, su piel era la misma. Matt Hanover había sido el único hombre de su vida y sus sentidos despertaron de repente al estar tan cerca. Por un segundo deseó apoyarse en él, rendirse, que no la soltara nunca.

Matt apartó la mano de su boca y ella se sintió… sola, abandonada.

– ¡Idiota! ¡Qué susto me has dado!

Fue lo primero que se le ocurrió. No sabía qué decir.

– ¿Qué es esto? -preguntó él, quitándole la linterna.

– Una linterna, ¿no lo ves? Pero creo que se están acabando las pilas.

– ¿Y te atreves a llamarme idiota? ¿Cómo se te ocurre venir por el camino casi sin luz?

Fleur llevaba todo el día preguntándose qué podrían decirse cuando se encontraran. A pesar del tono de la carta y la conversación por teléfono, había tenido la esperanza de que, cuando se vieran, todo fuera como antes. Pensó que él había elegido el granero como sitio de encuentro no para hacerle daño, sino para recordar los momentos más felices de su vida…

Pero nunca se le habría ocurrido que iban a empezar la conversación discutiendo.

– Yo también me alegro de verte -dijo por fin.

– Podrías haberte roto una pierna.

– O el cuello, que sería peor. Aunque no creo que te importase mucho.

– Claro que me importaría -replicó él-. Porque me gustaría tener el placer de retorcértelo yo mismo.

Matt no esperó respuesta y, dándose la vuelta, empezó a caminar hacia el granero.

Y ella debería haberse dado la vuelta en dirección contraria, pensó. Pero, ¿para qué? A menos que quisiera llevarse a Tom de allí y estar huyendo toda su vida…

No, imposible. No había podido abandonar a su padre seis años antes, cuando Matt apareció en su puerta con las maletas hechas, exigiendo que se fuera con él y que dejara a su madre moribunda en el hospital, a su padre a punto de perder la cabeza…

Ni lo hizo entonces ni podía hacerlo ahora, cuando todo dependía de ella.

No sabía cuáles eran los planes de Matt, pero sí sabía que estaba a su merced en lo que se refería a Tom.

Él abrió la puerta del granero, pero no sonó como antaño, cuando estar allí con Matt era como estar en el cielo.

No, sonaba como un mal augurio.

– Todo está igual -murmuró, cuando Matt encendió una lamparita de gas.

– La lámpara es nueva. La vieja estaba rota.

– Ah, has venido antes. No pensé…

– Supongo que tenías otras cosas en la cabeza. ¿Dónde se supone que estás esta noche?

Siempre le hacía esa pregunta cuando eran novios y, por un momento, Fleur pensó que todo iba a salir bien. Casi esperaba que se echara a reír, que la abrazara, que maldijera al destino que los había separado, que le pidiera perdón, que le dijera que había sido un estúpido por marcharse y dejarla sola… Que le dijera que nunca había dejado de amarla.

Pero Matt no se movió. Estaba frente a ella, con las manos en los bolsillos del abrigo oscuro.

Parecía un extraño. Y mayor. Sí, los dos eran mayores. Había pasado una vida entera en seis años, desde que se miraron a la cara y descubrieron que el amor no era suficiente.

Pero mientras ella había envejecido en seis años, él… él estaba más atractivo. Tenía algunas canas en las sienes y arruguitas alrededor de los ojos, pero eso le daba carácter. Incluso cuando era el niño al que veía desde su ventana, Matt Hanover hacía que todas las chicas del pueblo volvieran la cabeza.

Iba bien vestido, con un caro abrigo de cachemir y parecía más seguro de sí mismo, incluso arrogante. Quizá no hubiera cambiado tanto, pensó, recordando cómo la había convencido para que se casaran en secreto, cómo la había convencido de que era lo único que podían hacer.

Pero había cambiado. Aquel hombre no era el Matt Hanover con el que ella se había casado. No tenía nada que ver con la imagen que había conservado en su cabeza y en su corazón durante seis largos años. Ahora era un hombre y, por el brillo de sus ojos, parecía un hombre inflexible.

– Supongo que no le habrás dicho a tu padre que habías quedado conmigo.

– No, claro que no. Le he dicho que… había quedado con otra persona.

– ¿Alguien que yo conozca?

– ¿Te acuerdas de Sarah Duncan?

– ¿La chica a la que le gustaban tanto los caballos?

– Sí. Se casó con Sam Carter.

– ¿Y se supone que has quedado con ella?

– Sí. Así que no puedo estar aquí mucho rato -contestó Fleur.

– No tendremos que quedarnos mucho tiempo.

Ella levantó la mirada y Matt cometió el error de mirarla a los ojos. Y descubrió que esos ojos verdes seguían hechizándolo. Que por mucho tiempo que hubiera pasado, por mucho que ella lo odiara, sólo tenía que mirarlo para tocarle el corazón. Y el alma.

Había pensado que sería inmune, que no sentiría nada por Fleur. Debería haberlo dejado todo en manos de los abogados, mantener las distancias…

– ¿Y qué excusa has puesto tú? -preguntó Fleur.

¿Excusa? Le habría gustado decir que ya no tenía que buscar excusas, que hacía lo que le daba la gana con su vida.

Y hasta veinticuatro horas antes eso era verdad, pero volver a casa era como volver atrás en el tiempo. Todo era como antes. Nada había cambiado.

Su madre, el padre de Fleur… los dos eran víctimas. Deberían haber llorado uno sobre el hombro del otro, pero… En lugar de eso, el accidente se había convertido en un veneno que afectaba todo lo que tocaban. Incluso a aquellos tan tontos como para pensar que eran inmunes.

– Fui a buscar las llaves de la casa que he alquilado antes de venir aquí. Supongo que mi madre piensa que voy a pasarme la noche haciendo inventario.

– ¿No vives con tu madre?

– No.

– ¿Y no se ha llevado un disgusto? Llevas muchos años fuera de casa.

– No he venido aquí por mi madre. He venido por mi hijo. Esto es entre nosotros, Fleur.

– Yo soy una Gilbert y tú eres un Hanover, de modo que esto no puede ser sólo entre nosotros, y tú lo sabes -replicó ella.

– Tú también eres una Hanover, te guste o no. Y quiero que sepas que lo de la custodia del niño lo he dicho en serio.

– ¿Piensas pedir la custodia? ¿De verdad crees que un juez te la daría?

– Estoy seguro. Cuando tu padre tenga que declararse en bancarrota y perdáis la casa y el negocio, el juez no tendrá más remedio que darme la custodia del niño.

– No vamos a declararnos en bancarrota. Además, tú me abandonaste, Matt. Nos abandonaste al niño y a mí.

Matt iba a contestar con toda la rabia que llevaba guardada dentro, pero decidió que el silencio jugaría a su favor.

– Puedes ver a Tom, eso sí -siguió diciendo ella-. Pero ningún juez en el mundo daría la custodia de un niño a un padre al que no conoce de nada.

– ¿Estás segura? Entre el hogar que yo puedo ofrecerle y un albergue de la comunidad, ¿qué crees que diría un juez?

– Eso no va a pasar -repitió Fleur, aquella vez con la determinación de una madre protegiendo a su hijo.

Matt pensó que debía tener cuidado. Lo último que deseaba era asustarla.

– Podríamos llegar a un acuerdo. Un divorcio y nuestro hijo a cambio de que yo pague todas tus deudas.

– No estoy interesada en un divorcio y no pienso darte a mi hijo.

A pesar de todo, Matt tuvo que sonreír. Parecía una tigresa defendiendo a su cachorro.

– Deberías pulir un poco tu habilidad como negociadora, Fleur.

– Tu hijo no es negociable.

Su hijo. ¿Se daba cuenta de lo que había dicho? ¿Que había dado el primer paso para darle lo que él quería?

– Vamos a tener que llegar a un compromiso, Fleur. Dime, ¿qué puedes ofrecerme?

– Derechos de visita.

– ¿Dos fines de semana al mes? ¿Puedo llevármelo a Hungría en verano? ¿Qué pasa en su cumpleaños, en Navidad?

Fleur se puso pálida.

– Necesitará tiempo para acostumbrarse a ti. Y eso lo decidirá el niño.

– ¿Con tus consejos?

– ¡Tú te fuiste, Matt! No podías esperar. Pues ahora vas a tener que hacerlo. Tom necesita tiempo…

– Sospecho que eres tú quien necesita tiempo, pero acepto que estas cosas no pueden ir deprisa. La casa que he alquilado es un sitio ideal para conocernos, lejos del pueblo.

Ella arrugó el ceño, pero no dijo que era imposible.

– No era eso lo que decías en tu carta. Ni cuando hablamos esta mañana.

– Quería que supieras que hablo en serio.

– Yo suelo hablar en serio también. Y si te hubieras molestado en escribir o llamar por teléfono durante estos seis años…

– ¿Perdona? Tuviste un hijo mío y no te molestaste en informarme…

– ¿Cuándo? ¿Cómo? Cuando supe que estaba embarazada, tú habías desaparecido de la faz de la tierra.

– Te supliqué que vinieras conmigo.

– ¡Me exigiste que fuera contigo! Mi madre estaba muriéndose, mi padre estaba destrozado… Te pedí que fueras paciente, que esperases.

– Y seguiría esperando, por lo que veo. Y tú seguirías buscando excusas para encontrarte conmigo donde nadie nos viera. ¿Cuántas noches habrías podido hacerlo?

Fleur sacudió la cabeza, tragando saliva, como si estuviera conteniendo las lágrimas.

¿Por quién eran esas lágrimas? ¿Por la chica que había sido en el pasado? ¿Por los sueños rotos? ¿O porque no podía esconderse más? ¿Porque finalmente tendría que enfrentarse al mundo con la verdad?

– Si hubieras estado aquí, le habría contado todo a mi padre. Pero te fuiste y no sabía si pensabas volver algún día… dijiste que no pensabas volver nunca. De modo que, ¿para qué iba a hacerle daño a mi padre después de lo que había pasado?

Matt apretó los labios.

– ¿Cómo está ahora?

– No lo conocerías -suspiró ella-. Es como si… como si hubiera encogido.

– Me han dicho que vais a ir a la feria de Chelsea este año.

– Sí, bueno, no es un secreto.

– ¿Una última posibilidad de salvar la empresa?

Fleur se puso colorada.

– La reputación de la empresa Gilbert sigue siendo importante.

– Pero llevar producto a la feria es mucho trabajo.

– Nos las arreglaremos. No debes creer lo que la gente dice de nosotros cuando están tomando una cerveza en el pub.

– Sólo llevo en Inglaterra un par de días, no he tenido tiempo de pasarme por el pub para enterarme de los últimos cotilleos.

– Pues alguien ha debido de contarte algo, evidentemente -replicó Fleur.

Matt sacó la cartera del bolsillo.

– Me enviaron esto poco después de Navidad -contestó, mostrándole la fotografía del periódico en la que aparecía Tom en la obra de Navidad del colegio-. No sé quién me la envió, era un anónimo.

– ¿Después de Navidad? -repitió ella-. Ah, vaya. Y aquí estamos, en el mes de abril. No te has dado mucha prisa, ¿no?

– No era tan fácil…

– ¿No?

– De haber tomado el primer avión no habría podido quedarme muchos días. Tenía que solucionar cosas, reorganizar mi negocio en Hungría para poder quedarme aquí el tiempo que hiciera falta.

«El tiempo que hiciera falta».

Esas palabras parecían una amenaza.

Pero en sus ojos había algo completamente diferente, algo que parecía el deseo que años atrás la llevaba corriendo al granero…

– ¿Tu negocio en Hungría? De modo que llevaste a cabo tu plan.

– Aquí no había nada para mí y la agricultura está cambiando mucho en Europa del este. Ahora todo el mundo quiere tomar baza, pero yo llegué el primero.

– Pues me alegro por ti -murmuró Fleur, mirando la fotografía-. Tom hacía de pastorcillo en la obra.

– Me habría gustado verlo.

– Lo hizo muy bien.

– Se parece a ti.

– Todo el mundo dice eso -sonrió Fleur. Pero estaba creciendo, su rostro estaba empezando a tomar forma-. Esta mañana, cuando lo dejaba en el colegio, se volvió para decirme adiós y… te vi a ti. Casi se me para el corazón -Fleur carraspeó, nerviosa-. Porque pensé que dentro de nada alguien se daría cuenta -añadió a toda prisa-. Bueno, está claro que alguien se ha dado cuenta ya -dijo entonces, señalando la fotografía del periódico.

– Sí, eso parece.

– Alguien que sabía cómo ponerse en contacto contigo, además.

– No hay muchos candidatos.

– Yo no he sido, desde luego. ¿Crees que ha sido tu madre?

– No lo sé, es posible.

– Yo creo que si tu madre hubiera sospechado la verdad, habría contratado a un ejército de abogados para quitarme al niño.

– O quizá esté esperando que yo dé el primer paso. Para confirmar sus sospechas.

– Estás aquí, eso debe de habérselas confirmado. ¿Te ha dicho algo?

– No.

– Yo esperaba que ella me ayudase a convencerte para que volvieras a casa. Estaba segura de que cuando mi embarazo fuera evidente, sabría que el niño era tuyo y te llamaría por teléfono. Pero no fue así.

Matt asintió con la cabeza, pensativo.

– No, no fue así.

Se quedaron un momento en silencio, pensativos, perdidos en el pasado.

– Yo solía venir aquí por las noches y me sentaba en ese sofá, segura de que en cualquier momento aparecerías por la puerta y viviríamos la vida que habíamos planeado tantas veces. Pero no viniste. Y entonces nació Tom, y ya no tuve tiempo de pensar en ti ni de esperarte. Tuve que seguir adelante con mi vida.

En lugar de la vida que había soñado.

– Mi madre no me dijo nada porque nunca la llamé.

– ¿No llamabas a tu madre?

– Puso la casa y el invernadero en venta veinticuatro horas después de la muerte de mi padre. Yo llevaba toda la vida oyendo que ésa era mi herencia, que un día sería el director de Hanovers… Mi educación, mi título universitario, toda mi vida había estado dirigida a eso. Pero un día después de la muerte de mi padre llegó una mujer de una inmobiliaria para comprarlo todo. La había llamado mi madre.

– No lo entiendo. ¿Por qué hizo eso?

– No lo sé. Yo sentí que estaba castigándome a mí por los pecados de mi padre. Le supliqué que… -Matt no terminó la frase, como si los recuerdos fueran demasiado dolorosos-. Fue una pena que ella no tuviera una crisis nerviosa como tu padre. Entonces yo podría haber dirigido Hanovers y podríamos haber formado una sociedad, Hanover y Gilbert, sobre la tumba de nuestros padres.

– Matt, no digas eso. Suena horrible.

– Sí, claro que lo es. Perdona -suspiró él, sin poder disimular su amargura.

– Yo siempre pensé que tu madre había querido poner Hanovers en venta porque tú te fuiste.

– Te sentías culpable, ¿no?

– ¿Yo? ¿Por qué iba yo a sentirme culpable? Fuiste tú quien me dejó.

– Tú no quisiste venir conmigo, querrás decir.

– Sí, claro, lo más lógico era que me marchase con mi madre en el hospital y mi padre completamente destrozado. ¿Cómo iba a marcharme? ¿Es que no te das cuenta?

– Eras mi mujer.

Fleur hizo un gesto con la mano. No entendía a aquel hombre.

– ¿Nunca llamaste a tu madre? ¿Ni siquiera para saber cómo le iba?

– No podía hablar con ella. Pero le enviaba alguna postal de vez en cuando para que supiera que estaba vivo.

– A mí no me enviaste nada.

Una pena sentir celos de su suegra. Y peligroso. Sentir pena por su suegra empezaba a ser una costumbre.

– No quería pensar en ti. Ni en mi madre, ni en este maldito pueblo.

– Ya, claro. Espero no hacer nada nunca para que mi hijo me odie de esa forma.

– Ya lo has hecho, Fleur. Pero tienes más suerte que mi madre. Yo te estoy dando la oportunidad de arreglar la situación antes de que el niño sea mayor.

– ¿Y se supone que debo darte las gracias?

– No, deberías darle las gracias a quien me envió esta fotografía. Te aseguro que yo he pagado por mi crueldad. No sabía que, al final, mi madre no había vendido Hanovers. No sabía que sería capaz de llevarlo adelante ella sola.

– Parece que, en el fondo, te pareces más a ella que a tu padre.

– Su primer pensamiento fue venderlo todo y marcharse de aquí. Afortunadamente, no le resultó tan fácil.

– No dirías eso si hubieras vivido a su lado todos estos años.

– Te lo ha hecho pasar mal, ¿no?

– Desde luego. Ahora que estás aquí, a lo mejor se suaviza un poco.

– Yo no contaría con eso. Pero desearía no haber sido tan duro con ella -suspiró Matt-. El día que por fin la llamé por teléfono debería haberle dejado hablar, pero la corté en cuanto mencionó el apellido Gilbert. Jamás se me ocurrió pensar que pudieras estar embarazada. Tú siempre eras tan meticulosa con la píldora…

– Sí, es verdad -lo interrumpió Fleur, dolida pero no sorprendida de que la culpase también a ella por eso-. Pero la verdad es que tardé mucho tiempo en darme cuenta de que estaba embarazada… quizá porque mi madre estuvo un mes en el hospital, agonizando. Mi padre estaba destrozado y tenía que llevar el negocio yo sola para poder seguir pagando las facturas…

– Fleur…

– Pensaba que las náuseas eran porque apenas comía, porque me moría de preocupación, porque estaba sola, porque apenas pegaba ojo… perdona, Matt, ¿querías decir algo? -preguntó Fleur, irónica.

– ¿Qué le dijiste a tu padre?

– ¿Sobre el niño?

– Claro. Aunque estuviera desesperado, supongo que querría saber quién era el padre.

– Le dije la verdad.

– ¿La verdad?

– Le dije que mi embarazo era el resultado de un revolcón de una noche -contestó Fleur, recordando la expresión de su padre cuando le dio aquel disgusto-. Una de esas cosas que pasan cuando una bebe demasiado.

– No te creo.

No, bueno, su padre tampoco la había creído, pero eso no era asunto de Matt.

– ¿Por qué no? Eso fue lo que duró nuestro matrimonio. Una noche.

– ¿Perdona? A menos que te hayas divorciado de mí, y estoy seguro de que no lo harías para que nadie supiera que estamos casados, sigues siendo mi mujer.

– Sí, bueno, sobre el papel. Nada más.

– Pero eres mi mujer de todas formas.

– Hace falta algo más que un pedazo de papel para crear un matrimonio, Matt. Como hace falta algo más que una donación de esperma para que un hombre se convierta en padre.

– Tienes razón, pero las cosas van a cambiar. Lleva a Tom a mi casa mañana, después del colegio. Quiero conocerlo.

– ¡Mañana! No, mañana no puedo. Necesito tiempo para hablarle de ti.

– Ya has tenido tiempo. Has tenido cinco años.

– Cinco años en los que no sabía dónde estabas o si volvería a verte algún día -le recordó Fleur.

– Las cosas han sido como han sido, pero ahora estoy aquí. Y quiero conocer a mi hijo. Creo que estoy siendo generoso, Fleur. Podría contratar a un abogado o aparecer en tu casa y exigir mis derechos. Pedirle ayuda a tu padre…

– ¿A mi padre? ¿Crees que mi padre te ayudaría?

– Sospecho que si supiera la verdad, él sería mucho más comprensivo con mis sentimientos.

– Qué curioso que digas eso. No creo que tú hayas sido nunca comprensivo con los míos.

Matt dejó escapar un suspiro.

– Mira, todo esto depende de ti. ¿O creías que ibas a convencerme para que me fuera sin ver al niño?

– Te has ido antes. Y sin que yo te lo pidiera. ¿Cómo sé que no vas a hacerlo otra vez? Estamos hablando de un niño de cinco años.

– Mi hijo.

– Te equivocas de pronombre. El niño no te pertenece y esto no tiene nada que ver contigo, sino con Tom, con la felicidad del niño. Si apareces en su vida, no puedes desaparecer cuando te dé la gana. No puedes pensar en cómo va a afectar a tu vida tener un hijo, sino en cómo va a afectarlo a él. Él es lo primero, ¿lo entiendes?

– Lo entiendo perfectamente.

– Yo no estoy tan segura. Creo que deberías pensar en tus responsabilidades en lugar de en tus supuestos derechos. Unos derechos a los que renunciaste el día que te fuiste de aquí sin mirar atrás -replicó Fleur-. Además, estás acostumbrado a vivir como quieres, libre, sin ataduras, sin lazos de ningún tipo…

– ¿Es eso lo que quieres tú, Fleur? ¿Es con eso con los que sueñas por las noches cuando no puedes dormir porque las facturas te quitan el sueño? ¿Es eso lo que quieres en las largas noches en las que no tienes a nadie que te abrace? ¿Marcharte de aquí, vivir libre, sin ataduras, sin lazos de ningún tipo? Porque si es así, yo te lo ofrezco.

¿Pensaba que era tan fácil? Ella tenía un hijo. No había nada en el mundo más poderoso que eso.

– ¿Qué pasa, tu madre ha instalado una cámara de vídeo en mi habitación? -intentó bromear Fleur, mientras miraba el reloj para dejar claro que su tiempo se estaba acabando.

Matt dio un paso adelante y levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos.

– He trabajado mucho, Fleur. Soy un hombre rico. Yo podría darte esa libertad. Dame lo que quiero y yo haré que tus problemas se acaben para siempre.

Capítulo 4

Fleur se quedó clavada al suelo, incapaz de moverse. Y, como si se hubiera dado cuenta, Matt abrió la mano para ponerla en su mejilla.

El gesto la invitaba a apoyarse, a rendirse a un calor nunca olvidado, como una promesa de que iba a quitarle el peso de los hombros, un peso con el que llevaba seis años cargando.

Y, durante un segundo, sintió la tentación.

El roce de su mano evocaba tantos recuerdos… Todas las promesas, la ilusión de la juventud.

Su proximidad le llevaba el aroma de la paja, de su piel, el olor de su colonia. Pero cuando abrió los ojos, volvió a la realidad. Aquél no era el chico del que se había enamorado, el hombre con el que se había casado seis años atrás sin contárselo a sus padres.

Era el hombre que la había abandonado en el momento más duro de su vida. Un hombre que exudaba poder y dinero.

Y ella no conocía a ese Matt Hanover.

Pero sí conocía el roce de su piel. Y eso era algo de lo que debía alejarse.

Si la hubiera amado de verdad, ni la rabia, ni la vergüenza por la aventura ilícita de sus padres, ni la guerra entre los Hanover y los Gilbert lo habría hecho alejarse de Longbourne.

La única razón por la que estaba allí ahora, en aquel viejo granero, hablando con ella en lugar de hablar con un abogado, era porque creía que podía manipularla.

Era rico, le había dicho. Y podría quitarle de encima todos los problemas, pero tendría que pagar un precio. Siempre había que pagar un precio por los errores, incluso los que se cometían con la mejor intención.

Sobre sus cabezas oyeron un aleteo y vieron una diminuta nube de polvo sobre una de las vigas.

– Me alegra saber que el granero no está totalmente desierto -dijo Matt, apartando la mano de la mejilla de Fleur.

Por un momento, se había olvidado de todo. Era como si el tiempo no hubiera pasado…

Por un momento, cuando ella cerró los ojos, cuando parecía a punto de aceptar el refugio de su mano, que él le ofrecía ciegamente, pensó que Fleur también se había olvidado de todo. Pero sólo había sido un momento.

Y era mejor así.

Después de tantos años trabajando como un loco, durmiendo sólo cuando el cansancio lo rendía porque en sus sueños sólo aparecía ella, después de años de agarrarse a la rabia de su rechazo porque si se olvidaba de eso se quedaba sin nada… allí estaba, con Fleur otra vez. Pero estando tan cerca, recordando cómo había sido una vez, sólo podía sentir remordimientos y pena.

– Tengo que irme, Matt. No me gusta dejar solo a mi padre con Tom. A veces se despierta por la noche.

Lo había puesto en su sitio, desde luego. Ya no era el segundo, era el tercero. Primero su hijo, luego su padre y luego, por último, él.

Además, Fleur no había pasado seis años en una fría cama. El investigador privado que había contratado le habló de un tal Charlie Fletcher. Le dolía en el alma imaginarla con él, pero después de seis años, ¿qué podía esperar?

– Aún no hemos decidido nada.

– ¿Y qué esperabas? ¿Que te dijera que sí, que puedes quedarte con Tom? -replicó Fleur-. Haz lo que quieras, pero si contratas a un abogado habrá que hacerlo todo de acuerdo con la ley.

¿Estaba intentando asustarlo, amenazarlo?

– Lo sé muy bien.

Si sólo hubiera querido derechos de visita, habría contratado a un abogado desde Hungría para que solucionara el asunto. Pero eso no era suficiente. Quería que Fleur pagara por los cinco años de la vida de Tom que le había robado.

– Ya me lo imagino. Tú nunca has podido esperar por nada, ¿verdad, Matt? Quizá lo mejor sea poner esto en manos de un abogado.

– ¿Incluyendo el análisis de sangre?

Fleur hizo una mueca, como él había esperado que hiciera.

Le daban pánico las agujas. Se puso enferma el día que tuvieron que ponerle la inyección del tétanos. Él, para consolarla, le había comprado una caja de bombones, aconsejándole que se metiera un bombón en la boca mientras le ponían la inyección…

Ahora se preguntó si Tom habría heredado ese miedo. ¿O era que Fleur sentía la angustia, el dolor del niño como si fuera suyo?

– A lo mejor podemos hacer algo mañana por la tarde.

– ¿Mañana?

– En el chalé que he alquilado, en Haughton. Vas a llevar a Tom, ¿recuerdas? Es la casa que hay al final del pueblo, girando a la derecha antes de salir a la carretera.

– Me temo que no va a ser posible. Tom tiene que ensayar una obra mañana, después del colegio -contestó Fleur, aliviada al tener una excusa-. Hace más vida social que yo.

– ¿Ah, sí? Pues entonces tendré que conformarme con tu compañía.

– No, Matt. Es el único momento que tengo para…

No terminó la frase.

¿Para qué? ¿Era el único momento que tenía para darse un revolcón?

Pues no, él no pensaba ponerse a la cola.

– Si no haces vida social, supongo que te apetecerá salir a dar un paseo.

– Pensaba ir a Maybridge, al mercado. Es más fácil ir sola que llevar al niño.

– ¿Cómo puedo competir yo con eso? -preguntó Matt, irónico.

– Tienes razón. Tenemos que hablar de esto como dos adultos, no como dos críos escondidos en un granero. Las compras tendrán que esperar.

– No -dijo él entonces-. Sé lo que cuesta llevar una empresa como Gilbert y supongo que estás muy ocupada -añadió, metiendo la mano en el bolsillo del abrigo para sacar una tarjeta-. Mándame un e-mail con una lista de todo lo que necesitas y lo tendrás mañana por la tarde. Así tendremos una excusa para vernos, además.

– ¿Tú vas a hacer las compras por mí? Debes de estar desesperado.

– No tengo intención de hacerlas personalmente. Te aseguro que tengo cosas mejores que hacer con mi tiempo que empujar un carrito en un supermercado. Y te espero en Haughton alrededor de las siete.

Desde luego, eran dos personas diferentes, pensó Fleur. Habían empezado en la vida como iguales. Cada uno, heredero de una familia de personas dedicadas a la jardinería, con la misma historia, el mismo número de acres de terreno, la misma información sobre el negocio familiar, el mismo futuro por delante, la misma tragedia familiar, el mismo amor el uno por el otro.

La diferencia era que ella había optado por quedarse para cuidar de su padre mientras que Matt se había marchado, olvidando los deberes que tenía hacia su madre, para forjarse una vida en otra parte.

Aunque Tom era tanto hijo suyo como de Matt, había sido ella quien se había quedado para cuidar del niño, la que había luchado para mantener su casa cuando su padre se había hundido en la desesperación, cuando había dejado de preocuparse por el negocio.

Matt, incluso ahora, ni siquiera tenía que perder el tiempo haciendo compras. Podía contratar a otra persona para que lo hiciera por él mientras ella tenía que pasar horas haciendo cuentas para llegar a fin de mes…

Fleur miró la tarjeta. Había estado a punto de decirle que podía meterse el favor… donde le cupiera, pero tenía razón. Así tenía un día más hasta que tuviera que contarle a su padre la verdad, hasta que tuviera que ver el dolor en sus ojos, cuando entendiera que no sólo su mujer lo había traicionado.

Matt comparó la lista de productos genéricos con las estanterías que tenía delante. Estaba a punto de comprar lo que le apetecía, productos de primera calidad, pero no por Fleur o por su padre, sino por su hijo. Quería que tuviera lo mejor, que comiera los mejores productos, los más frescos. Desgraciadamente, le había dicho que otra persona haría la compra, de modo que no podría justificarlo. Además, Fleur insistiría en pagar la cuenta y su presupuesto era, como mínimo, económico.

Cuando descubrió que tenía un hijo del que no sabía nada se había sentido excluido, engañado. Pero en aquel supermercado, incapaz de tomar una simple decisión sobre qué lata de judías debía comprar, entendió lo que significaba de verdad esa exclusión de la vida de su hijo.

Una exclusión, y Matt lo sabía bien, de la que él era el responsable.

Su administrador estaba organizando un fideicomiso para el niño porque, ocurriera lo que ocurriera, Matt quería que el futuro de Tom estuviera asegurado.

Pero aquello, eso de ir a comprar al supermercado, era el día a día. Fleur no había querido decirle que tenía un hijo, no había querido pedirle una pensión de manutención. Le había negado a Tom una vida mejor…

Pero todo eso iba a cambiar, decidió, mientras ponía las latas más caras en el carrito. Con un poco de suerte, cuando tuviera que firmar el cheque entraría en razón.

Y si no, estaba seguro de que un buen abogado usaría su falta de fondos contra ella.

La casa de Haughton era un escondite perfecto. A cinco kilómetros de Longbourne, pero a miles de kilómetros de distancia en cuanto al estilo de vida. Las casas eran pintorescas, bien conservadas, y los caminos desaparecían entre los altos árboles. Allí nadie podría ver el Land Rover, pensó Fleur.

Old Cottage, la casa que Matt había alquilado, estaba al final de uno de esos caminos, con dos bancos de madera en el porche, un jardín bien cuidado y un balancín colgando entre dos manzanos. Parecía una casita de ensueño.

Cuando Matt le dijo que era rico no había exagerado, desde luego.

Como no tenía dinero para ir a la peluquería, Fleur se había cepillado el pelo hasta sacarle brillo y el jersey y los pantalones que llevaba, aunque comprados en una tienda de segunda mano, estaban en mejores condiciones que la mayoría de su ropa. Parecía una joven madre normal, como cualquiera de las chicas del pueblo. Y lo era. Al fin y al cabo, llevaba puesta su ropa.

– Llegas tarde -dijo Matt, que estaba esperando en el porche-. Empezaba a pensar que tendría que ir a buscarte.

– Me he retrasado porque tenía que atender una llamada.

– Si hubiera sido Tom quien estuviera esperando, ¿habrías atendido esa llamada? -le preguntó Matt con seriedad.

– No.

– ¿Quién era, un acreedor?

Fleur se preguntó si debería decirle la verdad, que era un cliente, pero dudaba que la creyera, así que no se molestó.

– Pensé que entenderías que los negocios van antes que el placer.

– Pero es que estamos hablando de negocios, Fleur.

– Tom no es un negocio -replicó ella-. La felicidad de mi hijo depende de lo que estamos a punto de decidir.

– Te equivocas de pronombre, Fleur.

– Muy bien, de nuestro hijo. Y nosotros somos sus padres.

Matt tuvo que sonreír.

– Has tenido cinco años para elegir las palabras, así que tendrás que ser paciente conmigo. Entra -dijo, haciendo un gesto con la mano.

– Es muy bonito -comentó Fleur mirando alrededor-. Has tenido suerte de encontrar un sitio así en tan poco tiempo.

– Digamos que más bien me encontró a mí. Vine con la propietaria en el avión. Le dije que estaba buscando un sitio para alquilar y ella me lo ofreció.

– Ah, qué bien -murmuró Fleur. Seguramente sería una mujer guapa y sofisticada con la que habría tomado una copa de champán en primera clase-. ¿Y te lo ofreció así como así? ¿A un completo extraño? ¿Cuántas horas dura el vuelo desde Hungría?

– Dos horas y media.

– ¿Tanto? -preguntó Fleur, intentando disimular el sarcasmo.

– Se puede conocer a la gente en dos horas y media, te lo aseguro. Por lo visto, la casa estaba vacía desde Navidad. Amy me dijo que le haría un favor si la aireaba un poco.

– Pues debiste de impresionarla.

– Además, no era una extraña. Compra las herramientas de jardinería en Hanovers.

– Yo compro la comida en Maybridge Royal, pero no me imagino ofreciéndole mi casa al propietario del supermercado.

– ¿No? Pues entonces supongo que mi cara le inspiró confianza.

– Sí, seguro. ¿Vive por aquí?

– Al otro lado del pueblo.

– Ya.

No, no creía que fuera su cara en lo que la tal Amy estuviera interesada. Y tampoco quería saber qué otros favores pensaba hacerle.

Porque no era asunto suyo.

Habían pasado seis años desde que Matt se marchó y estaba segura de que no había respetado las promesas que se habían hecho tanto tiempo atrás.

Para ella había sido más fácil. Aunque había habido algún interesado, ella nunca lo había estado. La vida era suficientemente complicada como para complicársela más con un hombre.

Pero solo, lejos de casa, era lógico que Matt no hubiera permanecido sin compañía sólo por un matrimonio que había durado menos de veinticuatro horas.

– Vive en la casa blanca que hay a la entrada del pueblo.

– Muy conveniente. Así podrá vigilarte para que no organices fiestas salvajes… sin invitarla.

Matt sonrió. Y esa sonrisa le dijo que había hablado demasiado.

– No haría ninguna fiesta sin invitar a Amy. Éste es un sitio muy agradable. Y ya he tenido una visita.

– ¿Ah, sí?

– Kay Ravenscar, la mujer que solía vivir aquí, me trajo un tarro de mermelada casera.

– ¿No me digas?

– Y me ha invitado a cenar el viernes en su casa.

– Sí, claro, un soltero viviendo solo en esta casa tiene que llamar la atención en el pueblo.

– Pero yo no soy soltero.

– Bueno, como si lo fueras.

– Pero no lo soy. Y como soy un hombre detallista he aceptado la invitación… en nombre de los dos. ¿Quieres un café, un té?

– Té, gracias -murmuró Fleur, sorprendida.

– ¿Por qué no compruebas la lista de la compra mientras yo pongo agua a calentar?

– Seguro que está bien. Voy a pagarte ahora, por cierto.

Estaba segura de que Matt iba a decirle que no se molestara. Después de todo, llevaba cinco años sin pagar la manutención del niño. Ella no quería su dinero, pero estaba segura de que intentaría usarlo para convencerla.

– El recibo está en una de las bolsas -contestó él.

Fleur sacó un par de latas, con expresión perpleja.

– No es cosa mía, pero yo que tú le encargaría las compras a otra persona.

– ¿Por qué? ¿Algún problema?

– Ha comprado productos muy caros. ¿Dónde está la lista que te envié por correo electrónico?

– ¿No está ahí?

Algo en su tono de voz hizo que Fleur sospechara que lo sabía perfectamente.

– No, Matt, no está. Y sugiero que imprimas una copia. La necesitarás cuando llames para pedirle explicaciones. Todo esto es… -Fleur se colocó el bolso al hombro-. Olvídate del té. Tengo que ir al supermercado a comprar como es debido.

– No, espera. No te vayas.

– ¿Por qué?

– No quiero que Tom coma productos de mala calidad.

– Tom no come cosas de mala calidad -replicó ella-. Pero hay que saber comprar.

– Café barato, judías baratas…

– Para tu información, Tom es demasiado pequeño para tomar café y detesta las judías.

– ¿Entonces?

– Entonces, dile a esa persona que devuelva todo lo que ha comprado. Mi hijo come perfectamente, las mejores verduras, la mejor fruta. El resto es para mi padre y para mí. Y para la gente que trabaja para nosotros. Suelen desayunar y hasta comer en casa cuando hay mucho trabajo y, francamente, no les puedo dar caviar.

Matt tragó saliva. Había hecho el ridículo.

– Pero supongo que lo has hecho con buena intención -dijo Fleur entonces.

– Ah, gracias.

– De nada. Y como, claramente, la compra la has hecho tú, dejaremos el tema por el momento.

– Es que no pude encontrar a nadie a última hora -intentó explicar Matt.

– Ya, bueno. Yo sólo puedo pagar los productos genéricos que te pedí en la lista. El resto tendrás que pagarlo tú. Claro que si quieres cambiarlos…

– No, no. Ha sido un error mío, así que yo pagaré la diferencia.

– Muy bien -sonrió Fleur.

Y fue como si la viera por primera vez, entre un montón de gente, en aquella fiesta. Aunque no era exactamente la primera vez que la veía, claro. Fleur había estado ahí casi toda su vida. La ventana de su dormitorio daba al jardín de los Gilbert y la había visto con su pelo rojo jugando en el columpio desde que era pequeña, o subiéndose a algún árbol, o tumbada en la hierba con un libro en la mano… o paseando por el pueblo con sus amigas. Nunca habían hablado durante esos años, pero aquella noche en la fiesta, se había acercado a ella y le había dicho:

– ¿Si yo me olvido de quién eres, tú te olvidarás de quién soy y bailarás conmigo?

Y Fleur contestó, sonriendo:

– Pensé que no ibas a pedírmelo nunca.

Capítulo 5

El pitido de la tetera devolvió a Matt al presente.

– Voy a guardar esto en el coche -dijo Fleur, tomando un par de bolsas.

– Deja, lo haré yo. Tú puedes encargarte del té… Espero que no te parezca un gesto machista.

– ¿Un gesto machista? Si la vida fuera más sencilla te llevaría a casa conmigo para que me ayudaras a colocar cada cosa en su sitio.

– La vida es sencilla. Eres tú quien la hace complicada.

– Si yo hubiera querido una vida sencilla te habría dicho que no cuando me pediste que bailara contigo en aquella fiesta.

– Tú misma -dijo Matt, encogiéndose de hombros, como si no le importara. Pero acababa de entender cómo era su vida, preocupándose por todo, haciéndolo todo, siendo responsable de todo.

¿Qué demonios le pasaba a Seth Gilbert? Su mujer había tenido una aventura. Así era la vida. Su madre también había sufrido mucho, pero lo superó, había seguido adelante.

No sin antes destruir el futuro que él tenía planeado con Fleur, claro. Pero al menos había sido capaz de empezar otra vez. Fleur no había tenido esa oportunidad.

– Pídemelo y estaré allí cuando tú digas.

– Gracias, pero según mis cálculos llegas seis años tarde.

Luego mantuvo su mirada, como retándolo a negarlo. Matt no lo hizo, pero fue ella la primera en parpadear, en apartar la mirada para sacar las llaves del coche.

– Muy bien, ve a hacer músculos mientras yo me encargo del té.

– ¿Sabes una cosa? Nunca he estado en tu casa. Ni siquiera cuando tus padres habían salido.

– Corríamos demasiados riesgos estando juntos.

– ¿Ah, sí?

– Como si no lo supieras.

– ¿Y quieres que sigamos manteniendo esto en secreto, que sigamos viéndonos a escondidas?

– No, pero…

– Ya no somos niños, Fleur.

– Ya lo sé.

Matt se quedó pensativo un momento.

– Shakespeare se equivocaba, ¿sabes?

– ¿En qué sentido?

– No habría habido reconciliación. La muerte de Romeo y Julieta habría lanzado a sus familias a más peleas, a más guerras, a más rencillas.

– No veo la comparación entre nuestras familias y las de Romeo y Julieta.

– ¿No? No sé, a lo mejor estoy exagerando.

– Quizá. Pero afortunadamente nosotros vivimos en un mundo civilizado. Lo más horrible que nos puede pasar es tener que enfrentarnos por permisos de obra. Por el momento.

– Eso depende de ti, Fleur. Yo no pienso arrastrar a Tom a nuestro sórdido mundo de secretos y mentiras.

No tenía que mirarla para saber que había hecho una mueca.

– Nuestro hijo tiene cinco años, Matt. Él no sabe cómo mantener un secreto. No ha aprendido a decir mentiras y yo no pienso darle la primera lección. En cuanto sepa de ti, lo sabrá todo el mundo.

– Entonces, tendremos que decírselo antes a nuestros padres.

– Sí, claro.

– ¿Qué hacemos, los invitamos a tomar el té y jugamos a verdad o atrevimiento?

– No digas tonterías.

– Estoy abierto a cualquier sugerencia.

– No, Matt. Todo esto es nuevo para ti y lo que quieres es exigir lo que es tuyo, olvidándote de los sentimientos de los demás. Yo he vivido con esto desde el día que descubrí que estaba embarazada. Lo único que te estoy pidiendo es que esperes unas semanas.

– Dame una buena razón para esperar.

– Acabo de dártela.

– ¿Qué más da tirar la bomba ahora que dentro de quince días? La sorpresa va a ser la misma.

– Tengo que ir a Chelsea con mi padre. Es la única esperanza que nos queda de mantener el negocio. Después de eso…

– ¿Después de eso qué?

– De una forma o de otra, todo habrá cambiado.

– ¿Por qué? ¿Qué vas a encontrar en Chelsea?

– Vamos a relanzar las fucsias Gilbert -contestó ella-. Si pudiéramos esperar hasta entonces…

– ¿Qué?

Fleur sacudió la cabeza, aparentemente más interesada en sus zapatos que en él. Y Matt tenía la impresión de que si alargaba la mano, si apartaba el flequillo de su cara, si la abrazaba, todos esos años se olvidarían y volvería a ser como el día que bailaron juntos en aquella fiesta.

La Fleur Gilbert de dieciocho años se había echado en sus brazos como si fuera el único sitio en el mundo en el que quisiera estar. Y él la había recibido en ellos como si fuera la única mujer en el mundo. En un segundo, mientras apretaba la mejilla contra su pelo y ella apoyaba la cabeza en su hombro, sus vidas habían cambiado para siempre.

¿Estaba recordando ella ese momento? ¿Esperaría que la tomase en sus brazos? ¿Querría hacer el amor con él para, una vez en la cama, conseguir de él lo que quisiera?

Ése había sido su plan.

Había sido un marido fiel para una esposa ausente durante seis años. Y había querido hacerle pagar por eso. Hacer que rindiera su cuerpo y luego su alma. Y luego se marcharía y sería Fleur quien lo hubiera perdido todo.

Hacer planes a la fría luz del día, empujado por la rabia y la soledad, era muy fácil. La rabia era una emoción que lo había empujado durante muchos años. Luego, cuando volvía a casa, se encontró contándoselo todo a la mujer que estaba sentada a su lado en el avión, mostrándole una fotografía de Fleur, que había guardado a pesar de todo. Recordaba cómo había sido, cuánto la había amado. Cuánto había perdido…

Desde ese momento nada había sido fácil para él.

Escribirle una carta que la hiciera volver corriendo a sus brazos había sido el primer obstáculo.

Había querido escribirla a mano, hacerla personal, pero su mano se negaba a cooperar, sus dedos delataban una emoción que él quería mantener escondida. De modo que se había visto forzado a escribirla en el ordenador.

– Si podemos esperar hasta entonces… ¿qué? -insistió-. ¿Es eso lo que le has pedido a la directora del banco? ¿Tiempo? ¿Que espere hasta finales de mayo?

– ¿Cómo sabes que he estado en el banco? -preguntó Fleur.

– Me lo imagino. Todo el mundo sabe que tenéis problemas económicos y esta mañana, cuando saliste de casa, llevabas un traje de chaqueta y un maletín.

– Ah, o sea, que estabas espiándome.

– No estaba espiándote, estaba mirando por la ventana de mi antiguo dormitorio -suspiró Matt-. Quería ver a Tom, Fleur. Quería ver a mi hijo por primera vez en mi vida.

Ella se tapó la mano con la boca, como si acabara de darse cuenta de lo duro que debía de haber sido ver a su hijo por primera vez con un cristal entre ellos, incapaz de tocar su mano, de acariciarle el pelo, de decirle que lo pasara bien en el colegio. Un espectador distante en la vida de Tom.

– Lo siento. Lo siento mucho, Matt.

– Ya.

– Todo sería mucho más fácil si tu madre nos dejara en paz. ¿Por qué nos odia tanto? Tu padre era tan culpable como mi madre de lo que pasó.

– Tu madre iba conduciendo. Y estaba borracha.

– ¡Los dos estaban borrachos! No la estoy excusando, pero no sólo perdió el permiso de conducir, perdió la vida, igual que tu padre. Y de una manera mucho más horrible. Estuvo un mes en el hospital, sabiendo que si sobrevivía tendría que enfrentarse con la vergüenza, con el dolor, con la discapacidad. Y por muy mal que se portara, eso no explica por qué tu madre parece culpar a mi padre personalmente por lo que pasó.

– No culpa a tu padre. Eso sería ridículo -replicó Matt-. ¿Tu padre puso alguna objeción cuando ella solicitó un permiso de obra para construir en la finca Hanover?

– ¿Qué? Mi padre no hizo nada de eso. Durante mucho tiempo no podía hacer absolutamente nada, no se enteraba de lo que ocurría a su alrededor siquiera.

– ¿Y tú?

– A mí nadie me pidió opinión. No soy la propietaria, o al menos no lo era entonces. Pero nadie me preguntó porque no tenían que hacerlo. Construir unas casas de estilo moderno habría cambiado el paisaje del pueblo y todo el mundo estaba en contra. Incluso hubo una recogida de firmas organizada por el Ayuntamiento.

– Probablemente también yo habría firmado -murmuró Matt-. Pero si te pones en el lugar de mi madre, desesperada por escapar de aquí, es comprensible.

– Debe de saber la verdad sobre Tom, Matt. Si no lo sabía antes, puede que lo sepa ahora.

– No lo creo. No ha vuelto a pensar en nada más que en el negocio.

– Lo sé y la admiro por eso, pero…

– ¿Pero qué?

– Que me gustaría que se concentrara sólo en el negocio, en sus comités y en sus operaciones de cirugía estética y nos dejara en paz.

– ¿Qué operaciones?

– Por favor, Matt, ahora parece más joven que hace diez años. Yo diría que ha recibido una ayudita.

– ¿Qué te ha hecho mi madre, además de ofrecerse a comprar tu negocio?

– Por una cantidad irrisoria. Si quieres que sea sincera, es algo más que las continuas quejas, las continuas cartas de su abogado por una rama que entra en su finca, por una raíz… Pero creo que tienes razón sobre lo del permiso. Nosotros recibimos una oferta para convertir el viejo granero en dos chalés, algo que habría resuelto todos nuestros problemas. Pero, de repente, el comprador se retiró.

– No sé si mi madre tuvo algo que ver con eso.

– Yo tampoco, pero ahora que estás de vuelta en casa, podrías pedirle que fuera un poco más agradable.

– Preséntale a su nieto y seguramente lo será.

– ¿Crees que me recibiría con los brazos abiertos? -rió Fleur-. Si supiera que Tom es su nieto, movería cielo y tierra para destrozarnos. Haría lo que fuera para que tú consiguieras rápidamente la custodia.

Recordando que su madre le había ofrecido la casa Gilbert como si ya fuera suya, Matt sospechó que Fleur tenía razón. Su madre era, después de todo, sólo Hanover por matrimonio. Tenía que haber algo más que la vieja rencilla familiar para que los odiase tanto. ¿Y por qué estaban pasando los Gilbert por tantos problemas económicos? Llevaban mucho tiempo en el negocio y la finca era suya. ¿Qué había sido de su capital?

– Y eso es lo que tú quieres también, ¿verdad, Matt? -preguntó Fleur, interrumpiendo sus pensamientos-. Es lo que decías en la carta, que querías la custodia del niño.

No había furia en su voz, ni rabia. Lo había dicho con toda tranquilidad.

– Es lo que quería, sí.

– Si crees que estas reuniones van a ayudarte a conseguirla, te equivocas. Será mejor que hables con un abogado.

– Lo que yo quiero… Lo que quiero es lo mejor para mi hijo, nada más.

– Bueno, al menos los dos queremos lo mismo. Claro que si mi padre pudiera vender el granero, estaríamos ligeramente más igualados.

– Lo siento, Fleur. En eso no puedo ayudarte. Mi madre tiene planes para ese granero.

– ¿Perdona? ¿Planes, qué planes? El granero es de mi padre.

– Pero ella quiere convertirlo en un restaurante.

– ¿Qué?

– Cuando tengáis que declararos en bancarrota, lo comprará. Y barato, ahora que han calificado el terreno como rústico.

– Antes lo quemo -replicó Fleur.

– Dime cuándo y te prestaré una caja de cerillas. Contigo en la cárcel por pirómana, la custodia de Tom sería para mí una cuestión de días.

– Por favor… cualquiera se daría cuenta de que ese granero ha sido usado como lugar de encuentro para dos amantes. Con ese sofá viejo, la cama de paja… alguien podía haberse dejado la lámpara encendida… una lámpara que caería al suelo en un momento de pasión… Sabes lo que quiero decir, ¿verdad?

– Tengo buena memoria.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que habían hecho el amor en el granero, pero las imágenes eran tan vividas como si hubiera ocurrido el día anterior.

– Toda esa paja seca… se quemaría en un segundo.

– Mi oferta de ayuda sigue en pie si quieres que parezca convincente.

Fleur dejó escapar un suspiro.

– A menos que hayas pensado en otra persona, claro -añadió Matt, y ella arrugó la nariz, como si no lo entendiera-. ¿Está asegurado?

– ¿El granero? No, qué va. ¿Estás pensando de verdad que voy a quemarlo para cobrar el dinero del seguro?

– Creí que lo tenías todo pensado. Pero si no está asegurado…

– No lo está -afirmó Fleur.

– Entonces, evidentemente el fraude no puede ser un móvil. De todas formas, te aconsejo que no hagas nada por ahora. Puede que lo necesitemos un par de veces más.

– ¿Que? No, Matt, una vez planeé mi vida en ese granero y no pienso volver a hacerlo. Anoche fue la última vez. No pienso volver a poner los pies en ese sitio.

– Nunca digas nunca jamás.

– Nuestras conversaciones tendrán lugar a la luz del día. En el bufete de un abogado si es necesario.

– Muy bien. Si eso es lo que quieres, Fleur, lo haremos con la ley en la mano.

– ¿Y si no quisiera?

– ¿Qué?

– Hacerlo con la ley en la mano.

– Sé que no quieres. De ser así no habrías ido al granero anoche y no estarías aquí -dijo Matt-. Necesitas tiempo. Pero no para ti ni para Tom, sino para tu padre. Y no me sorprende. Siempre ha sido lo primero en tu vida.

– Eso no es verdad.

– Miéntete a ti misma si quieres, Fleur, pero no lo intentes conmigo -replicó él, haciendo un gesto con la mano-. Bueno, cuéntame por qué es tan importante ir a la feria de Chelsea.

– No puedo contarte nada.

– Si quieres tiempo, vas a tener que contármelo.

– Le prometí a…

– ¿Tu padre? Qué bien. También me hiciste a mí una promesa una vez, pero la rompiste sin ningún problema.

– Tú sabes cómo es este negocio, Matt. El menor comentario y todo el mundo se enterará.

– Hubo una vez en la que me habrías confiado tu vida.

– Hubo una vez en la que creí que no me dejarías sola en el peor momento de mi vida -replicó ella.

– Yo no te dejé, tú decidiste quedarte.

– ¿Crees que podía elegir?

Estaban mirándose el uno al otro, los dos respirando con más dificultad de la necesaria, considerando que no se habían movido. Entonces, como para dar por terminada la discusión, Matt tomó las bolsas y salió de la cocina.

Ella dejó escapar un suspiro. Luego, como no sabía qué hacer, buscó el té en los armarios para distraerse.

Cuando Matt volvió a la cocina y se apoyó en la encimera, Fleur se volvió.

– Mi padre cree que ha conseguido una fucsia de color amarillo puro.

La única respuesta fue un silencio que le pareció interminable.

– ¿Y tú, Fleur? ¿Tú qué crees?

Le estaba preguntando algo para lo que no tenía respuesta. Pero debía tenerla. Debía tener fe en su padre.

– Creo que ha conseguido una fucsia de color amarillo puro. No sabía que hubiera solicitado un puesto en la feria hasta que llegó la carta de la Sociedad de Horticultura -admitió-. Llevamos años sin ir por allí… desde antes del accidente, ya sabes. Yo he intentado que se interesara en ferias más pequeñas, en cualquier cosa para que saliera de casa, para que se mezclara con la gente, pero nada. Nunca se me habría ocurrido que, al final, elegiría la feria más importante del país. Si no sale bien, tu madre podrá comprar la casa, el granero, abrir un restaurante… lo que quiera. Todo el mundo se reirá de nosotros. Estaremos acabados.

Él asintió, como si estuviera satisfecho.

– Esperaré hasta la feria de Chelsea, Fleur. Tienes hasta finales de mayo, pero después de eso no habrá más tiempo. Mañana hablaré con mi abogado para que escriba una carta a tu padre y a mi madre, que se enviará el treinta de mayo exactamente.

– Matt…

– Espera, aún no he terminado. Tú me has pedido que espere para conocer a mi hijo y quiero algo a cambio.

– Lo que quieras -dijo Fleur, sin pensar.

– ¿Lo que yo quiera? -repitió él, alargando la mano para rozar sus labios con un dedo.

Fleur se quedó parada, con el corazón latiendo a toda velocidad. El roce de su dedo era una sensación tan intensa… Matt se inclinó entonces para buscar su boca, trazando la comisura de los labios con la punta de la lengua…

¿Cuántas veces había soñado eso durante aquellos seis años? ¿Cuántas veces había soñado que hacía el amor con Matt?

No sabía de dónde había sacado fuerzas para decirle que no cuando había ido a buscarla seis años atrás para pedirle que se fuera con él. Quizá si no hubiera estado tan furioso, si hubiera sido razonable, si hubiera esperado un poco…

– ¿Cualquier cosa? -repitió Matt de nuevo.

– Sí, sí…

Y entonces se dio cuenta de que él se había apartado un poco, de que no la estaba tocando.

– ¿Estás sugiriendo que durmamos juntos?

– ¿Dormir? ¿Crees que tendríamos tiempo para dormir? -dijo Matt.

– Sólo quieres sexo, claro.

– Eres mi mujer, Fleur.

Quería castigarla, pensó ella. Quería castigarla por no haberse ido con él, por no haberlo seguido cuando se marchó del pueblo, por no haber dejado a su madre moribunda, a su padre destrozado, un negocio que nadie atendía…

Si siguiera sintiendo algo por ella, si la quisiera un poquito, no sería capaz de hacerle eso.

Y al darse cuenta, algo dentro de ella se rompió. No podía ser su corazón porque su corazón se había ido rompiendo poco a poco con el paso de los años. El día que le dijo a su padre que estaba embarazada, pero no pudo decirle quién era el padre del niño. El día que nació su hijo y Matt no estaba a su lado, el día que fue al Registro Civil y tuvo que ponerle sus apellidos. Cada día desde entonces, viendo crecer a su hijo sin él, cada día que Matt no había vuelto a buscarla, su corazón se había roto un poco más.

Pero aquello era diferente. Durante todos esos años había vivido pensando que algún día volvería. No habría necesidad de explicaciones, de disculpas, sólo estaría allí a su lado, por fin.

Y esa esperanza se había roto para siempre.

De modo que, sin decir una palabra, Fleur tomó su bolso y salió de la casa.

Intentó abrir la puerta del Land Rover, pero estaba cerrada. Las llaves… se las había dejado dentro. Ahora tendría que volver a la cocina y…

– ¿Se encuentra usted bien?

Fleur se volvió, sorprendida al oír una voz de mujer.

– Sí, sí… Es que me he dejado las llaves dentro.

– Hola, soy Amy Hallam. Y tú eres Fleur Gilbert, ¿verdad?

– Sí, soy yo. ¿Nos conocemos?

Amy, la mujer que había viajado con Matt en el avión. Tan elegante y tan sofisticada como había imaginado. Iba vestida con unos pantalones preciosos, una camisa de seda, un jersey de cachemir de color crema… Pero no iba sola. Llevaba una niña en brazos y detrás de ella había tres niños… y un par de perros. Un spaniel que uno de los niños intentaba sujetar tirando de la correa y un labrador que parecía comportarse de forma más educada.

– Me suena tu cara -dijo Fleur. Y era cierto.

– Mucha gente dice eso, pero me temo que te llevo ventaja. Matt me enseñó una fotografía tuya.

– Ah. ¿Una fotografía? Pues debía de ser muy antigua.

– No, era de tu graduación.

Fleur apretó los labios. No iba a llorar. Alguien, uno de los testigos, les había hecho fotografías en los escalones del Registro el día de su boda. Pero nunca habían ido a recogerlas.

La fotografía de su graduación era la única que le había dado a Matt. Él no había ido a la ceremonia porque sus padres estaban allí, la última vez que los vio juntos, pero cuando llegaron las fotos, Fleur le dio una para que la guardase en su cartera. Y, a pesar de todo, la había conservado.

Y se la había enseñado a una extraña en el avión.

Amy sacó un sobre del bolso y le dijo:

– Iba a meter esto por debajo de la puerta. Es una invitación para tu hijo… el lunes organizo una fiesta infantil en casa y espero que vengáis.

Le había mostrado su fotografía, le había hablado de su hijo. ¿Qué más le habría dicho?

– Matt está en la cocina. Puedes dársela personalmente.

– No hace falta, puedes dársela tu -sonrió Amy-. Ah, por cierto, no lleves a Tom de punta en blanco porque seguramente van a ponerse perdidos -sonrió Amy.

¿Sabía el nombre de su hijo?

– Muy bien, gracias.

Fleur la observó alejarse por el camino con su «troupe». Había algo familiar en Amy Hallam, pero no era eso lo que más le llamaba la atención. Era que se la veía feliz, contenta con su vida. Satisfecha.

Cuando miró hacia el porche, vio a Matt apoyado en una de las columnas. Seguramente esperando que volviera… a suplicarle de rodillas.

Pero no lo haría.

– Has vuelto -dijo él, con cara de satisfacción. Pero ese gesto no la enfadó, sino que la hizo sonreír. Porque, de repente, le parecía un niño haciéndose el matón. Y ella sabía que Matt Hanover no era así. Nunca había sido así.

– Marcharse es fácil. Pero hay que tener valor para volver.

– Tú no tenías más remedio. Te has dejado las llaves del Land Rover en la encimera -sonrió él entonces, sacándolas del bolsillo.

– Y el té -asintió ella, entrando en la casa-. Tú, por otra parte, te has olvidado de las buenas maneras.

Matt la miró, pensativo.

– Sí, tienes razón. Perdona.

– Me asusté cuando recibí tu carta, Matt. Supongo que eso era lo que tú querías.

Él no contestó y Fleur, tomando dos tazas, esperó que la llevara al salón. Porque tenían que hablar.

Capítulo 6

Fleur dejó las tazas sobre la mesita y luego, sentándose en la alfombra, tomó el atizador para mover las brasas de la chimenea.

– Estabas furioso conmigo -dijo, sin mirarlo-. Y, evidentemente, sería más fácil para ti conseguir lo que querías si yo estaba asustada…

– No.

– ¿No?

– Sí, bueno, de acuerdo, estaba enfadado.

– Lo entiendo. ¿Crees que yo no estuve enfadada contigo? Pues lo estuve, durante mucho tiempo. Te necesitaba a mi lado, sobre todo cuando supe que estaba embarazada.

La tragedia, en vez de unirlos, los había separado.

– Yo quería estar a tu lado, Fleur. Pero tú tenías miedo de lo que pensara tu padre.

– ¿Crees que anunciar que nos habíamos casado en secreto aliviaría la pena de mi padre y la de tu madre? -suspiró ella-. Además de lo terrible del accidente, mi padre acababa de descubrir que su esposa lo había estado engañando con un Hanover. ¿Cómo iba a decirle que su hija había estado haciendo lo mismo? Cuando acepté que nos casáramos en secreto, tú me prometiste…

– Prometí que serías tú quien decidiera cuándo decírselo a nuestros padres, lo sé. Pero todo cambió a partir del accidente. ¿Cómo iba a quedarme? ¿Cómo pudiste quedarte tú?

No le dijo que la necesitaba. Seguramente, no era así. Sencillamente, no podía aceptar que hubiera elegido el deber antes que el amor.

Hasta entonces, todo había sido una broma maravillosamente traviesa. Encontrarse en el granero de noche, casarse en secreto… y luego, de repente, se habían visto enfrentados con la realidad. Con la más dura y más cruel realidad. Y Matt, a los veinticinco años, no estaba preparado para enfrentarse a esa realidad.

Siempre le había parecido maduro para su edad, muy decidido. Pero eligió el camino más fácil: marcharse. Mientras ella tenía que quedarse para lidiar con las consecuencias de un terrible accidente que, además, había puesto al descubierto un vergonzoso secreto.

– ¿Cómo pudiste marcharte? -repitió Fleur, en un suspiro-. ¿Por qué no te dejas de juegos y me dices lo que quieres?

Matt estaba de pie, con la frente apoyada en la repisa de la chimenea, pensativo.

– No lo sé.

Fleur asintió con la cabeza.

– Pues no nos queda mucho tiempo. Tengo que ir a buscar a Tom a las cinco.

– Estabas hablando con Amy. ¿Qué te ha dicho?

– Me ha dado una invitación para una fiesta infantil. El lunes de Pascua.

– ¿Es sólo para Tom?

– No, supongo que los padres pueden ir también. Eso si te apetece pasar una tarde jugando en el jardín con un montón de niños.

– No suena mal -sonrió Matt-. Pero tengo otros planes para ese día.

– Ah, ¿qué planes? Pensé que ibas a quedarte aquí hasta que solucionásemos el asunto de la custodia de Tom.

– No te preocupes, Fleur. Tú estás incluida en esos planes.

¿Que no se preocupara? Lo diría de broma.

– ¿Ah, sí?

– Claro. No pienso perderte de vista hasta que haya conseguido lo que quiero. Sé que no vas a salir corriendo, por supuesto. Los dos sabemos que estás pegada a tu padre. Pero me prometiste «lo que yo quisiera» a cambio de que esperase y éste es el trato: las vacaciones de Pascua son una ocasión familiar, así que Tom, tú y yo vamos a ir a Eurodisney, a París.

Eso era lo que pasaba cuando una se dejaba llevar por los recuerdos, pensó Fleur. Cuando intentaba ser comprensiva. Porque, por alguna razón, que el pago fuera un inocente fin de semana en un parque temático con su hijo y no en su cama, no mejoraba el asunto.

– Tu padre puede venir también, si le apetece. Yo puedo llevar a mi madre, como una familia unida.

– Ah, ya veo. Estás de broma.

– Hablo muy en serio. Y no me digas que no tienes un fin de semana libre, porque sé que los tienes.

Cuando lo acusó de estar espiándola no parecía haberse equivocado. Estaba claro que Matt sabía lo que hacía los fines de semana. Seguramente, sabría que solía ir a una de las caravanas que Charlie Fletcher tenía en la costa, cuando estaban en temporada bajo, claro. Pero en lugar de pagar alquiler, llenaba las jardineras de todas las caravanas con flores. A Tom le encantaba ir de pesca, hacer castillos en la arena…

Pero eso no podía compararse con un abrazo de Mickey Mouse, ni con encontrarse con piratas, princesas y castillos encantados.

Tom, pensó, con el corazón encogido, se pondría loco de alegría. ¿Podía negarle eso? ¿Podía negarse a sí misma la alegría de compartirlo con él, de ver a Matt con su hijo?

– No te estoy pidiendo que le digas a Tom que soy su padre. Además, seguro que el niño está acostumbrado a verte con tu novio los fines de semana.

– ¿Mi novio?

– Charlie Fletcher. ¿No vas algunos fines de semana a la playa con él?

– ¿Charlie?

Charlie era un buen amigo, desde luego. Y solía hablarle de su mujer, que había muerto trágicamente de cáncer cuando era muy joven.

– Charlie podría ser mi padre, Matt -suspiró ella.

– ¿Tu padre? Sólo si te hubiera tenido a los catorce años.

– No sé qué edad tiene exactamente, pero sé que es un buen hombre. Un amigo. Nada más.

– Yo también podría ser tu amigo.

– Lo siento, Matt, pero los amigos no amenazan, no asustan, no intentan obligarte a hacer algo que tú no quieres hacer.

– Sólo había sugerido que lo pasáramos bien. Nada más. ¿Qué hay de malo en ello?

Todo.

¿Era así como iba a ser su relación a partir de aquel momento?

¿Iba a convertirse en la madre austera, la que siempre estaba diciendo que no, la que insistía en que hiciera los deberes mientras su padre lo llevaba a Eurodisney y le daba todos los caprichos?

– Voy a tener que pedirte que dejemos lo del viaje a París por el momento.

– ¿Prefieres pasar el fin de semana en una caravana?

– Es un sitio muy agradable, pero ahora no podemos ir. Sólo voy fuera de temporada. Y, en cualquier caso, Eurodisney es demasiado… y demasiado pronto. Hay que ganarse esos viajes, Matt.

– ¿Ganármelos? ¿Cómo? ¿Puedo bañar a mi hijo? ¿Puedo ayudarlo con los deberes?

– Matt…

– ¿Puedo leerle cuentos a la hora de dormir?

– Matt, por favor…

– ¡Nada de por favor! Tú me has quitado todo eso, Fleur.

– ¡Yo no te he quitado nada! ¡Ni siquiera sabía dónde estabas!

– Me he perdido cinco años de la vida de mi hijo…

– ¡Porque tú has querido!

– Si yo te robara a Tom, si me lo llevara de aquí durante cinco años…

– ¡Yo no te lo he robado! ¡Yo me quedé aquí, no me he movido de aquí en todo este tiempo!

Se miraron entonces, jadeando, furiosos, cada uno convencido de que tenía razón.

– No sabía que tuviera un hijo, me he perdido cinco años de su vida y aún me niegas el derecho de pasar un fin de semana con él -insistió Matt, intentando bajar la voz-. ¿Qué problema tienes, Fleur? ¿Tienes miedo? ¿Crees que voy a comprar al niño con juguetes y viajes?

– No, no es eso. Eso no me da miedo. Lo que temo es que creas que eso es todo lo que necesita un niño.

– Entonces puedes tranquilizarte. He abierto un fideicomiso para él, para su educación, para su futuro.

– No me refería a eso tampoco.

– ¿Quieres más? ¿Qué quieres, Fleur? ¿El divorcio, manutención, la mitad de lo que tengo?

¿Divorcio? Claro, eso era lo que quería. Un hombre como él, un hombre rico, querría ser libre para buscar una esposa más adecuada… una mujer que no tuviera la carga de su historia familiar.

Quizá incluso tuviera alguna esperándolo en Hungría.

– No quiero tu dinero -dijo por fin, intentando que aquello no le doliera. No debía dolerle. Tom era su única preocupación-. Nuestro hijo ha esperado mucho tiempo para conocer a su padre y…

– ¡Maldita sea, Fleur!

– … y no quiero que te confunda con Santa Claus -terminó Fleur la frase, antes de levantarse. Se sentía enferma, necesitaba aire fresco.

– ¿Dónde vas?

– Fuera.

– No puedes irte. Aún no hemos decidido nada -protestó Matt-. O más bien, yo te estoy dando todo lo que quieres y tú no me das nada a cambio.

– Eso no es verdad. Yo te lo he dado todo.

Le había dado su corazón a los dieciocho años, le había dado su cuerpo poco después y luego su vida. Había sacrificado el día de su boda por una ceremonia de cinco minutos en un Registro Civil lejos del pueblo porque él le había prometido que una vez que estuvieran casados nunca podrían separarse.

– Y lo tiraste todo por la ventana por orgullo -continuó ella-. ¿Por qué no me envías por correo electrónico una relación de peticiones para la próxima reunión? Quizá así vayamos al grano en lugar de darle mil vueltas a lo mismo. Mientras tanto, yo pondré la fiesta de Amy Hallam en la agenda de mi hijo.

– No olvides poner la cena con Kay y Dom Ravenscar en la tuya. El viernes, a las ocho.

– No me presiones, Matt.

– No me presiones tú, Fleur.

– ¡Fleur!

Fleur estaba observando como su hijo entraba en el colegio a la carrera, como todos los días. No quería perderse ni un segundo de su vida mientras fuera sólo suyo. Pronto todo iba a cambiar… y aún no sabía de qué modo iba a afectarlo. Pero sí sabía que pasarían a formar parte de las familias que tenían que repartirse a los hijos los fines de semana, las vacaciones…

Sólo cuando el niño desapareció de su vista se volvió para mirar a Sarah.

– Otra vez llego tarde. Tengo que perder peso -dijo su amiga.

– Ven a pasar una semana guardando plantas en cajas conmigo -rió Fleur-. Ya verás como pierdes peso. Y no te costará un céntimo.

– Estaríamos buenos. Tendrías que pagarme, bonita -sonrió su amiga-. ¿Cómo está tu padre? Cuando te llamé el otro día parecía un poco tristón.

– ¿Cuándo me has llamado? -preguntó Fleur, sorprendida.

– El lunes. Sí, creo que fue el lunes. ¿No te dijo que te había llamado?

No, no se lo había dicho. Y el lunes fue el día que había quedado con Matt en el granero… De modo que sabía que le había mentido y no le había dicho nada. Su padre era así, siempre escondiendo la cabeza en la arena. Por eso el negocio se había hundido.

– Me dijo que habías salido -siguió Sarah-. Por cierto, ¿sabes que Matthew Hanover ha vuelto al pueblo? Todo el mundo está hablando de ello. ¿Tú sabes qué hace aquí?

– ¿Y por qué iba a saberlo?

¿Sospecharía algo su amiga?

– No sé… pero mujer, no te enfades. Pensé que esa vieja rencilla familiar ya no tendría importancia.

– Y no la tiene. Bueno, dime, ¿qué dicen en el pueblo?

– Ayer lo vi en un cochazo negro descapotable… sigue guapísimo, la verdad. ¿Por qué será que los hombres se vuelven más atractivos con la edad y las mujeres no?

– Porque nos necesitan más que nosotros a ellos. Tienen que mantener nuestro interés -contestó Fleur.

– Pues yo podría estar muy interesada.

– Sarah Carter, tú eres una señora casada y respetable.

– Casada, desde luego. Pero, ¿también tengo que ser respetable? ¿Es que estar casada no es castigo suficiente? -bromeó su amiga-. Te lo digo yo, ese hombre va a romper más de un corazón en el pueblo.

– Siempre ha sido así -murmuró Fleur, distraída.

Su padre había estado muy callado esos días. Nunca había sido un hombre hablador y ella estaba demasiado preocupada por sus cosas como para darse cuenta, pero ahora que lo pensaba… apenas había dicho una palabra.

Y ahora entendía por qué.

Debería habérselo dicho. En cuanto leyó la carta de Matt debería haberle contado la verdad. Pero en lugar de eso intentó protegerlo, ahorrarle esa pena durante unos días.

Qué tonta había sido.

– ¿Quieres que tomemos un café? -preguntó Sarah.

– No puedo, tengo que irme a casa ahora mismo.

– ¿Por qué tanta prisa?

Pero Fleur ya había salido corriendo.

– Tengo que hacer algo muy importante.

Capítulo 7

Fleur encontró a su padre tirado en el suelo del invernadero, con un tiesto roto a su lado y tierra por todas partes.

No estaba inconsciente, pero no podía levantarse.

Intentó hablar, pero sólo podía balbucear algo que Fleur no lograba entender.

Un infarto, pensó, mientras marcaba el número de Urgencias con dedos temblorosos. ¿Cuánto tiempo habría estado tirado allí?

No podían ser más de veinte minutos, porque había hablado con él antes de irse con Tom al colegio.

– No digas nada, papá. No intentes hablar, por favor. La ambulancia llegará enseguida. No pasa nada, ya verás -murmuró, nerviosa-. Menos mal que no te has caído en la cocina. Aquí se está más calentito -hablaba sin parar para tranquilizarlo, para tranquilizarse a sí misma, para que supiera que no iba a dejarlo-. Lo siento, papá. No más mentiras, no más mentiras -murmuró, apoyando la cara en la frente de su padre, con el corazón acongojado.

Unos minutos después llegó la ambulancia y Fleur se dedicó a contestar preguntas, mareada, mientras el médico reconocía a su padre.

– ¿Fleur?

Ella se volvió al oír la voz de Matt. En el suelo, su padre intentó decir algo, levantarse…

– Vete, ¿no ves que se está poniendo peor? Vete, por favor, Matt.

– He visto la ambulancia y…

Había pensado que era Tom, que le había ocurrido algo a su hijo.

– ¿Es el corazón?

– Un infarto, creo -contestó ella-. ¿Estás contento?

Fleur se inclinó para intentar entender lo que su padre estaba diciendo…

– ¡Por Dios bendito, cierra la puerta! ¿Qué quieres, cargarte el trabajo de un año?

Había querido decir que la cerrara cuando se fuera, pero Matt permaneció en el invernadero. Y, a pesar de todo, Fleur se alegraba de su presencia. Y cuando tomó su mano, no se apartó.

Por fin, cuando lo hubieron colocado en una camilla, un enfermero le preguntó si iría con ellos en la ambulancia.

– Sí, sí, voy con él -contestó Fleur.

– Yo os sigo con el coche -dijo Matt.

– No hace falta.

– Pero luego tendrás que volver a casa…

– Me las he arreglado sin ti durante seis años y puedo seguir haciéndolo -lo interrumpió ella.

Y después pasó a su lado siguiendo a la camilla, sin mirar atrás.

Matt se había alejado de ella una vez y ése era un error que no pensaba repetir. Pero antes de salir, recogió el tiesto que estaba tirado en el suelo y colocó los pedazos en la estantería. Después, comprobó que todo estuviera en su sitio antes de cerrar la puerta del invernadero y entró en la cocina para comprobar que no se hubieran dejado el gas abierto o la chimenea encendida.

El perro de los Gilbert levantó la cabeza al verlo entrar, pero no hizo nada más. Si era un perro guardián, el pobre no servía de mucho, pensó Matt, acariciándole las orejas. Era una perrita. Y muy cariñosa, además, porque en lugar de lanzarse a su cuello, se dedicó a lamerle la mano.

Cuando iba a salir de la casa se encontró con un hombre en la puerta que parecía a punto de llamar al timbre.

– ¿Señor Gilbert?

– No, no soy el señor Gilbert. Soy Matt Hanover.

– Ah, bien, yo soy Derek Martin, de la empresa de peritaje Martin y Lord. He venido para hacer una evaluación. Para el banco, ya sabe.

Eso, pensó Matt, no sonaba nada bien.

– ¿Ahora mismo?

– La señorita Gilbert me esperaba a las nueve y media.

– ¿Le importa mostrarme su acreditación?

– No, no, claro -contestó el hombre, sacando la cartera.

– La señorita Gilbert ha tenido que salir urgentemente. ¿Tiene que ver el interior de la casa?

– Sólo tengo que echar un vistazo en general y a los cimientos. Si alguien quiere comprar una casa a las afueras del pueblo supongo que querrá tirarla y hacerla nueva.

– Espere un momento, voy a llamar a la señorita Gilbert por teléfono -dijo Matt, sacando el móvil. Lo tenía apagado, pero le dejó un mensaje diciendo que él se encargaría de todo y pensó que así le quitaba un problema de encima. O eso esperaba.

Su madre había tenido razón sobre una cosa: era una casa preciosa. Y sería un sitio estupendo para una familia de tres o cuatro niños como mínimo… y varios perros para aumentar el barullo, algo que como hijo único él siempre había envidiado de pequeño.

La cocina era grande, pero Matt sólo tenía ojos para la puerta de la nevera, llena de dibujos hechos por Tom y fotografías del niño desde que era pequeño… un niño siempre sonriente, de aspecto sano. Tuvo que hacer un esfuerzo para no guardarse una en el bolsillo.

El office era funcional, bien organizado, aunque el ordenador parecía antiguo. El cuarto de estar, con paredes pintadas de color crema y ventanas que daban al jardín, resultaba acogedor.

El salón y el comedor, con las paredes forradas de madera, no parecían usarse en absoluto. Seguramente era allí donde los abuelos de Fleur daban grandes fiestas, pero en aquel momento sólo eran dos salas vacías, con los muebles cubiertos por sábanas.

Matt siguió a Derek Martin al piso de arriba, pero se quedó en el pasillo mientras el hombre metía la cabeza en todas las habitaciones.

– Impresionante.

– ¿Eh?

– En la puerta de la habitación del niño. Un árbol genealógico que se remonta al siglo XIX.

– Fue entonces cuando los Gilbert llegaron aquí -dijo Matt, acercándose para ver el árbol. La última entrada era el nombre de Tom. Estaba escrito con la letra de Fleur; la conocería en cualquier sitio. Pero sólo aparecía la línea materna, la línea paterna estaba en blanco, naturalmente. Quizá debiera escribir su nombre. Fleur Gilbert y Matthew Hanover, aunando las dos ramas familiares.

Thomas Gilbert Hanover.

– ¿Ha terminado?

– Tengo aquí las medidas de un peritaje anterior, pero falta comprobar los cimientos, el invernadero y… ¿hay un granero?

– Está al final de la finca, lindando con la de al lado.

Otro problema para ambas familias. Los Gilbert se habían quedado con el granero, pero los Hanover tenían algunos metros más de terreno y cada generación había discutido sobre quién de los dos se había llevado la mejor parte.

– Puedo revisarlo solo si tiene que ir a algún sitio -dijo Derek Martin, aparentemente percatándose de la impaciencia de Matt.

Pero él no podía hacer nada en el hospital por el momento excepto alterar más a Fleur. Quizá en un par de horas se alegrara de ver a alguien, a cualquiera, y no le importara que fuese él. Por el momento, seguramente estaría mejor allí, comprobando que el perito no se dejaba abierta la puerta del invernadero.

– ¿Cómo está?

– Tranquilo -contestó el médico-. Afortunadamente, hemos podido tratarlo enseguida. Ha sido un pequeño infarto, pero no se preocupe, se pondrá bien, señorita Gilbert.

– ¿Cuánto tiempo tendrá que estar en el hospital?

Su padre, al igual que ella, odiaba los hospitales.

– Vamos a ver cómo se recupera, ¿le parece? En cuanto haya una cama libre lo subiremos a planta, pero mientras tanto puede quedarse con él. O quizá prefiera ir a casa a buscar sus cosas.

– No, antes quiero verlo.

Tenía cosas que decirle, promesas que hacerle.

– ¿Papá?

Seth tenía los ojos cerrados, pero respiraba tranquilamente y las máquinas a las que estaba conectado emitían un pitido rítmico, tranquilizador.

Fleur tomó una silla y se sentó al lado de la cama, apretando su mano. Un segundo después, su padre le devolvió el apretón para demostrarle que estaba consciente.

Ése era el momento. Le había hecho un daño tremendo ocultándole el nombre del padre de Tom y él había tenido que vivir con eso durante seis años. Ahora sólo quedaba decirle la verdad.

– Matt Hanover… Matt es el padre de Tom, papá.

El pitido de la máquina se aceleró durante unos segundos, pero luego volvió a la normalidad para alivio de Fleur. Su padre intentó decir algo, pero no tenía voz y ella se acercó un poco más para ver si lograba entenderlo…

– ¿Que si lo quería? Sí, claro que lo quería.

No sabía cómo explicarle cómo había querido a Matt Hanover. Para ella no había habido nadie más, nada más en su vida. Y nunca hubo nadie más.

Poco a poco, le contó a su padre cómo había empezado su amor desde aquel día que bailaron en la fiesta, cómo quedaban en el granero a escondidas. Le explicó que sus notas habían empeorado desde que lo conoció porque sólo podía pensar en él, que se miraban desde las ventanas, se hacían señas…

– ¿Qué dices, papá…? ¿Romeo y Julieta? -sonrió Fleur-. Sí, papá. Nosotros también pensábamos que éramos Romeo y Julieta. Incluso nos casamos en secreto.

No podía haber estado más equivocada.

Fuera, en el pasillo, Matt escuchaba la conversación, sin moverse, casi sin respirar, sabiendo lo importante que aquello era para Fleur. Tenía que soltar esa carga, pedirle perdón a su padre, redimir tantos años en los que se había sentido culpable.

Él no había entendido eso. No había entendido lo culpable que se sentía. Estaba demasiado furioso, demasiado dolido por la muerte de su propio padre y por la negativa de Fleur como para entender su dolor. Y como para entender que ella estaba cumpliendo con su obligación.

Él se había portado con la madurez de un niño pequeño, tirando su oso de peluche favorito porque no le daba lo que quería.

Incluso cuando su propio rostro se llenó de lágrimas y quiso acercarse a Fleur para abrazarla, para rogarle que lo perdonase, se mantuvo en silencio, levantando una mano para evitar que entrase una enfermera. Las palabras eran fáciles, pero el perdón había que ganárselo.

– Yo aquí hablando cuando debería irme a casa a buscar tu pijama -oyó que le decía, levantándose de la silla-. Te vas a poner bien, papá. Me lo ha dicho el médico. No te preocupes. Volverás con tus fucsias enseguida.

Matt vio que Seth Gilbert intentaba decir algo y luego oyó a Fleur decir:

– No pasa nada. Me las arreglaré.

Matt dio un paso atrás para que entrase la enfermera y luego se dirigió hacia la entrada del hospital para que Fleur no supiera que había estado escuchando la conversación.

Estaba esperando en la puerta cuando ella salió, con el teléfono en la oreja, escuchando los mensajes.

– Te dije que no vinieras -murmuró, a modo de saludo.

– Yo he aprendido de mis errores. Quizá tú también debieras hacerlo.

– Acabo de oír tu mensaje. ¿El perito ha dicho cuándo piensa volver?

– No hace falta. Ya ha hecho el peritaje.

– ¿Qué?

– La puerta de tu casa estaba abierta, así que le dejé entrar. Estuve con él mientras iba de habitación en habitación. He venido para traerte la llave.

– ¿Has estado en mi casa?

– Fleur…

– Bueno, te quejabas de que nunca la habías visto, así que ahora puedes tachar eso de tu lista de quejas.

– No estaba quejándome. Tú tampoco has estado en mi casa.

– No tengo ningún interés.

– ¿Ah, no? ¿En serio? ¿No sientes la menor curiosidad? ¿No te preguntaste nunca cómo sería hacerlo allí cuando mis padres no estuvieran?

Fleur se puso colorada.

– Qué tontería…

– El perito echó un vistazo a la casa y se marchó. No se molestó en comprobar nada.

– ¿Y qué dijo?

– No mucho. Está seguro de que si alguien la compra la tirará para hacer una nueva.

– De eso nada.

– Y también está convencido de que el granero podría convertirse en un bonito chalé.

– Ya, claro

– Dice que conoce a alguien que pagaría mucho dinero por ese terreno.

– Evidentemente, no conoce a tu madre.

– Mi madre puede asustar a un constructor local, pero si alguien tiene interés de verdad y aparece con un buen arquitecto, no podría hacer nada. ¿Por qué no lo llamas?

– No lo sé, es posible.

– Mientras tanto, su evaluación reflejará las posibilidades de la finca y así ganaréis tiempo con el banco. ¿Cómo está tu padre, por cierto?

– Bien, pero no tengo tiempo para quedarme aquí charlando. Tengo que ir a casa a buscar sus cosas.

– Yo te llevaré.

– No hace falta…

– Charlie Fletcher está a muchos kilómetros de distancia y yo estoy aquí, Fleur.

– ¿Sigues intentando decirme lo que tengo que hacer?

– No, sólo intento ayudarte -suspiró él.

Fleur lo miró y Matt vio en sus ojos un brillo que podría ser el preludio de una sonrisa. No una de esas sonrisas forzadas, sino una de verdad, una de esas sonrisas con las que lo había enamorado.

Y sería tan fácil volver a enamorarse de ella… Pero, claro, él nunca había dejado de estarlo.

Lo había intentado, desde luego, enterrando sus sentimientos bajo una capa de rabia, de rencor porque Fleur no había querido irse con él. Pero nunca lo había conseguido.

Ella había hecho lo que debía hacer, sin quejarse. Y él debería haberse quedado en Longbourne para ayudar a su madre, para estar con ella en el peor momento de su vida.

Culpaba a Fleur por haberse perdido cinco años de la vida de Tom, pero el único responsable era él. Y tenía razón: debía ganarse el sitio en la vida de su hijo, no con grandes gestos, no con viajes a Eurodisney, sino estando ahí para él.

– Para que lo sepas, aunque no es asunto tuyo, no iba a llamar a Charlie Fletcher, sino a Sarah Carter.

– Puedes llamarla mientras te llevo a casa.

– Muy bien.

Por fin estaban de acuerdo en algo.

– Pero en cuanto nos vean juntos en el coche empezarán los rumores.

– Que empiecen -dijo Matt.

Fleur asintió con la cabeza.

– Tienes razón. Que empiecen. Estoy tan harta…

Mientras volvían a casa, Fleur llamó a sus empleadas para que se encargaran de todo mientras su padre estaba en el hospital. Pero iba a necesitar más ayuda de la que ella imaginaba.

Matt se preguntó si se daría cuenta.

Seth Gilbert no podría hacer gran cosa cuando saliera del hospital. ¿Quién sabía cuánto tiempo iba a pasar hasta que pudiera volver a trabajar en sus fucsias?

Aunque se recuperase milagrosamente, no podría dedicarse a algo tan complejo como organizar el puesto en la feria de Chelsea.

Para eso haría falta trabajar doce horas diarias.

Pensó en mencionárselo a Fleur, pero al final decidió que ya tenía suficientes preocupaciones por el momento. Además, empezaba a darse cuenta de que lo importante eran los hechos, no las palabras.

Capítulo 8

Mientras Fleur estaba en el piso superior guardando algunas cosas que su padre iba a necesitar durante su estancia en el hospital, Matt preparó un sándwich y puso la tetera al fuego. Cuando ella bajó a la cocina, preparada para volver al hospital sin detenerse ni un segundo para descansar, él apartó una silla, decidido a no dejarla ir hasta que hubiese comido algo.

– Ah, gracias -murmuró Fleur, sorprendida-. Pero no tengo tiempo… déjalo en la nevera, me lo comeré cuando vuelva.

Lo que él había pensado, por supuesto.

– No, cómetelo ahora.

– Matt…

– Si estás agotada no podrás animar a tu padre, ¿no? Y Tom te necesita también.

Matt tuyo que apartar de su cabeza el perverso pensamiento de que si acababa exhausta tendría que admitir que lo necesitaba.

No era cierto. No lo necesitaba. Durante seis años se las había arreglado sin él.

Porque él había salido corriendo en lugar de quedarse. Ahora tenía que ser paciente, estar allí, ayudarla. Fleur le había dicho que tenía que ganarse un sitio en la vida de su hijo y pensaba hacerlo. Pensaba ganarse un sitio para que fueran una familia. Porque eso era lo que quería, lo que deseaba más que nada en el mundo.

No dividir la vida de Tom entre los dos, sino estar juntos.

– ¿Quién va a buscar a Tom al colegio? -preguntó, mientras servía una taza de té.

– Sarah.

– ¿Yo puedo hacer algo?

– No, gracias. Ya has hecho más que suficiente.

En realidad, ni siquiera había empezado a hacer nada, pero no lo dijo.

– En ese caso, y si prometes comerte el sándwich, te dejaré en paz.

Fleur no pudo evitar un gesto de sorpresa, de desilusión. O quizá eso fuera lo que él quería ver.

– Sí, claro. Supongo que tendrás un millón de cosas que hacer.

– No tengo tantas cosas que hacer. Y, en cualquier caso, puedes llamarme cuando me necesites.

– No hace falta, de verdad.

Parecía muy decidida, muy segura.

– Siento haber sido tan antipática antes. La verdad es que te agradezco que estuvieras aquí cuando vino el perito.

– No es nada -sonrió Matt-. Tienes mi número de teléfono. Llámame cuando quieras. Día y noche. Y no olvides llamar a Derek Martin, dile que estás interesada en una oferta seria por el granero.

– ¿Y los planes de tu madre?

«No me importan tanto como los tuyos», pensó él.

– Si tanto desea ese granero, estará dispuesta a pagar lo que le pidas -contestó Matt-. Y a ser amable, además.

Fleur se tomó su tiempo para comerse el sándwich.

Debería ponerse a hacer planes, a solucionar los problemas que presentaba la ausencia de su padre, pero no podía dejar de pensar en Matt. Cuando lo había visto en el invernadero, mientras el médico examinaba a su padre, tuvo que hacerse la fuerte para no echarse en sus brazos. En ese momento necesitaba que la abrazase, apoyarse en alguien, como lo había necesitado años atrás, cuando su madre estaba muriéndose y, su padre, hundido en un estado casi de catatonía.

Matt no había estado ahí en ese momento. Ahora sí estaba, pero por una sola razón: quería a su hijo.

– ¡Matt! -exclamó su madre-. Pensé que no iba a verte por aquí en todo el día.

– Lo siento. No sabía que tuviera que ajustarme a un horario.

Ella rió, nerviosa.

– No, claro que no. Puedes venir cuando quieras. Es que…

– ¿Qué es esto? -la interrumpió Matt, mostrándole una carta que había tomado de la mesa de su secretaria.

– Nada, una cosa del Ayuntamiento.

– Amenazando a Seth Gilbert con una multa si no recorta los arbustos de su finca. ¿Es así como se hacen las cosas en Longbourne?

– Esos arbustos son una amenaza para el tráfico. Los coches no pueden ver bien la curva. Lo discutimos en una reunión el otro día y se decidió que había que enviarle una carta.

– ¿Una carta de amenaza?

– Tú no lo entiendes -replicó su madre-. Seth Gilbert tiene que aprender que no puede saltarse las leyes…

– Para tu información, Seth Gilbert está en el hospital en este momento. Ha sufrido un infarto.

Su madre se puso pálida, pero intentó disimular.

– Eso da igual.

Disgustado, Matt tiró la carta sobre la mesa y bajó a la planta de maquinaria, de la que tomó una sierra mecánica, un par de guantes y unas gafas de metacrilato.

Podría haber llamado a alguien para que lo hiciera, pero quería que su madre viera que lo hacía él mismo. Estaba harto de la guerra contra los Gilbert. No tenía ningún sentido. Nunca lo había tenido y a Fleur y a él les había costado seis años de sus vidas. Mucho más que eso.

Y no quería que fuera sólo su madre quien lo viera cortando los arbustos de los Gilbert, quería que lo viera todo el pueblo.

Katherine Hanover observaba a su hijo desde la ventana de su oficina.

– Tú no lo entiendes, Matt -murmuró, como si él estuviera allí-. Seth tiene que aprender. Tiene que pagar…

– ¿Ha dicho algo, señora Hanover?

Katherine se volvió al oír la voz de Lucy, su secretaria.

– No. No pasa nada, sólo estaba pensando en voz alta.

– ¿Le ocurre algo?

– No, ¿por qué?

Katherine notó algo en la mejilla y se pasó la mano para apartarlo. Sólo entonces se dio cuenta de que era una lágrima.

Hacía tanto tiempo que no lloraba que había olvidado cómo eran las lágrimas. No había derramado ni una sola cuando Phillip murió. Debería haber llorado, y se había sentido culpable por no haberlo hecho, pero no había podido. Phillip, su marido, el padre de su hijo, también se había sentido atrapado en ese matrimonio sin amor y merecía alguna lágrima, pero Katherine no había conseguido derramar una sola.

No había llorado tampoco cuando Matt se marchó. Era fácil entender que su hijo se había marchado del pueblo por su culpa, que ella misma lo había echado de allí. Había pagado por ello con largos años de soledad, pero había vuelto al fin convertido en un hombre de éxito y su negocio, el negocio de los Hanover, prosperaba más de lo que hubiera creído posible.

En Longbourne la trataban con respeto. No tenía por qué llorar.

– No, Lucy -contestó, levantando la cabeza-. No ocurre nada.

Su vida era perfecta. Sencillamente perfecta.

– ¿Por qué estás recortando mis arbustos?

– Si estos son tus arbustos, tú debes de ser Tom Gilbert.

Matt había visto a Tom a distancia, caminando hacia él con Sarah Carter y sus dos hijos, pero no había dejado de trabajar.

No había anticipado que su primer encuentro con su hijo sería así, con él sudando, agotado y con ramas de los arbustos pegadas a la camisa. Pero quizá fuera mejor así.

– Soy Matt Hanover -le dijo, casi esperando que el niño saliera corriendo, despavorido, al oír su nombre.

Pero no lo hizo. Sólo miró a Sarah Carter, que asintió con la cabeza, como diciendo que podía hablar con él.

– Yo me llamo Tom.

Matt tuvo que hacer un tremendo esfuerzo para no soltar la sierra de golpe y tomar al niño en brazos.

– Encantado de conocerte, Tom. Y estoy cortando estos arbustos para que la gente que pasa por aquí en coche pueda ver la curva.

– Mi mamá dijo que había que cortarlos. Recibió una carta en la que hablaban de eso y soltó una palabrota que no puedo repetir -le contó el niño-. Empieza por eme.

– Ah, ya entiendo -sonrió Matt-. Bueno, pues cuando la veas puedes decirle que ya no tiene que preocuparse por eso.

– Bueno.

Matt saludó a Sarah con la cabeza.

– Hace mucho que no nos vemos. ¿Cómo estás?

– Bien, gracias. Chicos, ¿por qué no vais a jugar un rato?

Cuando los niños salieron corriendo por el jardín, Sarah se volvió hacia él.

– Cuánto tiempo.

– Sí, desde luego. ¿Tu hermana trabaja en Hanovers?

– No, trabaja en Londres. Quien trabaja en Hanovers es mi prima Lucy, la secretaria de tu madre.

– Ah, ya.

– ¡Sarah, tengo hambre! -gritó Tom-. Vamos a cenar espaguetis -le dijo luego a Matt.

– Qué suerte.

– Puedes cenar con nosotros, si quieres -sugirió Sarah.

La invitación era muy tentadora, pero eso sería engañar a Fleur. Tenían un acuerdo y no podía saltárselo.

– Gracias, pero voy a tardar un rato en cortar todo esto. Oye, por cierto, ¿a tu prima le gusta trabajar para mi madre?

– Katherine es una buena jefa, tengo entendido. Premia la iniciativa y le gusta la gente que trabaja bien. En Navidad invita a todo el mundo a una copa.

– Ah, me alegro.

– ¿Sabes que tiene una fotografía tuya sobre la mesa? De cuando tenías seis o siete años.

– Ahora no la tiene. A lo mejor ha pensado que me daría vergüenza.

– No sabía que tuvieras el pelo rizado de pequeño -dijo Sarah entonces.

– Sí, era horrible -sonrió Matt, pasándose la mano por la cabeza como para apartar los rizos, aunque ahora llevaba el pelo corto.

Entonces los dos miraron a Tom, distraído por un pavo real que corría por el jardín, haciendo exactamente el mismo gesto.

– ¡Vamos, niños, a cenar! -los llamó Sarah-. Despedíos del señor Hanover.

– Adiós -dijo Tom, antes de echar a correr hacia la casa.

Tardó casi toda la tarde en terminar el trabajo, pero cuando se marchó Fleur no había vuelto a casa. Cuando por fin sonó el teléfono, Matt estaba a punto de irse a la cama, un poco nervioso por la hora.

– Fleur, ¿ocurre algo?

– No, no. Todo está bien. Ay, perdona, no me había dado cuenta de que era tan tarde.

– No pasa nada.

– Sólo quería darte las gracias por cortar los arbustos. Pero no deberías…

– No ha sido nada. Además, me ha venido bien el ejercicio -la interrumpió él-. ¿Cómo está tu padre?

– Mejor, no para de hablar de sus fucsias. Bueno, intenta hablar, pero todavía no puede. Oye, Tom me ha dicho que te ha conocido esta tarde.

– Sí.

No dijo nada más. No podía.

– Va a dormir en casa de Sarah esta noche por si tengo que salir corriendo al hospital. Mi padre está bien, pero por si acaso.

– Claro, lo comprendo.

– Matt… he llamado para decirte que se lo he contado todo a mi padre. Le he contado cómo nos conocimos y que nos casamos en secreto. Y que eres el padre de Tom.

– ¿Y cómo se lo ha tomado?

– Muy bien, mucho mejor de lo que yo esperaba. Pero, claro, estaba sedado.

– Supongo que ha sido una suerte -sonrió Matt.

– Se lo ha tomado bien, de verdad.

– ¿Ha dicho algo?

– Sólo quería saber si te quería.

El corazón de Matt empezó a latir con fuerza.

– ¿Y tú qué le has dicho?

– La verdad. Nada más que la verdad. Le he contado toda la historia, desde el principio. Desde que te sacaba la lengua en el jardín cuando tenía cinco años… Bueno, lo que quería decirte es que puedes contárselo a tu madre.

– Muy bien. ¿Y cuándo vas a contárselo a Tom?

– Me ha hablado de vuestro encuentro esta tarde. Estaba muy impresionado con la sierra mecánica -dijo Fleur-. De hecho, me ha dicho que deberíamos invitarte a merendar para darte las gracias.

– ¿Ha dicho eso de verdad?

– Yo creo que ha sido idea de Sarah. Tengo la impresión de que ahora le ha dado por hacer de casamentera.

– Yo creo que es algo más -dijo Matt entonces.

– No te entiendo.

– Ha ocurrido algo esta tarde… un gesto de Tom, algo de lo que Sarah se ha dado cuenta. No me ha dicho nada, pero sé que ha visto el parecido.

– Pero ella no me ha dicho una palabra.

– Mejor. Dile a Tom que iré a merendar encantado.

– Muy bien. Bueno… ya te diré… cuándo.

Fleur colgó el teléfono y se llevó una mano al corazón. Hablar con Matt todavía conseguía ponerla nerviosa. Y aún quedaba el encuentro entre los tres, Tom, Matt y ella.

Suspirando, subió a su habitación y se tiró sobre la cama, agotada. Había puesto el despertador a las seis de la mañana, pero le pareció que saltaba la alarma en cuanto apoyó la cabeza en la almohada.

Diez minutos más, pensó. Sólo diez minutos…

Cuando volvió a abrir los ojos, sobresaltada, tomó el despertador y comprobó que eran las ocho.

¡Las ocho!

Había perdido dos horas. Dos horas que necesitaba desesperadamente. Los tiestos que iban a llevar a la feria de Chelsea tenían que ser girados al amanecer para asegurarse de que las flores crecían apropiadamente. Había cientos de ellos y se tardaba un siglo…

Tenía que llamar al hospital.

Tenía que comprobar el invernadero, el riego, la calefacción. Todo lo que no había podido hacer el día anterior.

Fleur corrió escaleras abajo, poniéndose el chándal sobre el pijama, sin molestarse en pasarse un cepillo por el pelo, sin desayunar, sin tomar una taza de té. Lo único que quería era llamar al hospital.

– ¿Oiga? ¿Puede ponerme con la habitación 206? Soy Fleur Gilbert y… -Fleur se quedó callada de repente-. ¿Matt?

Matt, que estaba en el invernadero, levantó la mirada, pero siguió trabajando, moviendo cada tiesto, comprobando el estado de cada uno por si las flores tenían algún daño.

– ¿Qué haces aquí?

– Como tu padre está en el hospital, he pensado que alguien tenía que hacer esto.

– ¿Señorita Gilbert? ¿Es usted la señorita Gilbert? -dijeron al otro lado de la línea.

– Sí, sí, soy yo…

Un minuto después, Fleur entraba en el invernadero.

– ¿Todo bien?

– Le están haciendo pruebas. No puedo ir a verlo hasta la tarde.

– Ah, claro. ¿Quieres un café?

– ¿Qué?

Matt señaló un termo que había sobre la mesa.

– No estarás buscando trabajo, ¿verdad?

– Eso depende. ¿Qué incentivos me ofreces?

Fleur estuvo a punto de decir que podía pedirle lo que quisiera, incluido su cuerpo. Pero no era en ella en quien estaba interesado, sino en Tom. Así que, en lugar de hacer el ridículo más completo, levantó el termo y preguntó, con una sonrisa en los labios:

– ¿Un café?

Capítulo 9

– El café me parece muy bien -dijo Matt, sin dejar de mover los tiestos-. Pero no tienes que quedarte. Puedes ir a darle un beso a Tom antes de que se vaya al colegio.

Fleur se apartó el pelo de la cara, confusa. Cuando lo había visto en el invernadero no se había enfadado, todo lo contrario. Había sentido una alegría inmensa. Primero los arbustos, ahora aquello…

Era lo que siempre había soñado, la vida que siempre había soñado, los dos juntos, trabajando juntos, viviendo juntos…

Pero no tenía nada que ver con ella, sólo con Tom. Sólo quería demostrarle que lo necesitaba, que el niño estaría mucho mejor con él.

– Si no te importa que me vaya…

– No, claro que no. Yo me encargo de todo esto.

– Bueno, entonces nos vemos luego, supongo.

A Matt le temblaban las manos. Desde que la había visto en pijama, despeinada, con esos ojos de sueño… La deseaba tanto… Quería abrazarla como lo hacía antes, sin preguntas, sin dudas, sin vacilaciones. Quería sentirla entre sus brazos, sentir la conexión perfecta que había entre ellos trascendiendo la necesidad de palabras.

Había escondido sus sentimientos de tal modo, se había concentrado de tal manera en levantar un imperio que nadie pudiera arrebatarle, que casi se había convencido de que Fleur no le importaba, de que no había nada en Longbourne que pudiera interesarle.

Y entonces había llegado ese recorte de periódico y toda su vida se había puesto patas arriba de nuevo.

Y ahora sabía que sólo el orgullo, el estúpido orgullo, había impedido que viera la verdad, que volviera a casa.

Y daba igual lo que hubiera pasado, lo que Fleur hubiera hecho, porque seguía deseándola como la había deseado cuando era un crío, como la había deseado cuando se casó con ella. Y tenía que demostrárselo como fuera.

– Fleur…

– ¿Sí?

Ella estaba mirándolo, con la espalda apoyada en la puerta del invernadero, sin darse cuenta de que alguien la había abierto. Y, de repente, cayó hacia atrás, a los brazos de… Charlie Fletcher.

– ¡Charlie! ¿Qué haces aquí?

Charlie Fletcher la había tomado por la cintura para evitar que cayera al suelo, pero la sujetó durante mucho más tiempo del necesario, en opinión de Matt.

– Acabo de enterarme de lo de tu padre. ¿Por qué no me has llamado? Habría venido de inmediato si… Ah, vaya -dijo Charlie entonces, mirando a Matt sin poder disimular un gesto de absoluta sorpresa-. ¿Puedo hacer algo por ti, Fleur?

A Matt le entraron ganas de darle un puñetazo, pero una vocecita le decía: «Seis años. Te fuiste y estuviste seis años fuera de aquí, sin escribirle ni una sola vez, sin una sola llamada de teléfono».

Entonces el tiesto que tenía en las manos explotó, enviando tierra, flores, fragmentos de plástico y una fucsia potencialmente ganadora de la medalla de oro al suelo de terracota que se había instalado cuando la reina Victoria estaba todavía en el trono.

Fleur se volvió, sobresaltada.

– ¿Qué ha pasado? ¿Te has cortado?

– No, no, estoy bien -contestó él, sin dejar de mirar a Charlie Fletcher.

Charlie Fletcher, el que le hacía favores a Fleur, con el que Fleur pasaba algunos fines de semana, el que seguramente habría estado en su cama…

– Te has cargado la fucsia -dijo Charlie, con tono acusador.

– No, qué va. La fucsia es una flor muy fuerte -intentó arreglarlo Fleur-. Te acuerdas de Matt Hanover, ¿verdad, Charlie?

– Sí, me acuerdo. Me habían dicho que estabas de vuelta.

– Las noticias vuelan, por lo visto.

Fleur carraspeó, nerviosa.

– Bueno, yo tengo que subir a vestirme.

– Fleur, espera…

Pero ella no esperó.

– Lo siento, Charlie, es que tengo muchas cosas que hacer.

– ¿Ha dormido aquí? -preguntó él, siguiéndola hasta la cocina.

– ¿Cómo?

– Matt Hanover, ¿ha dormido aquí, en esta casa? ¿Con tu padre en el hospital?

Fleur estuvo a punto de negarlo, a punto de hacer lo que llevaba haciendo toda la vida. Pero estaba harta, no podía soportarlo más.

– Me parece que eso no es asunto tuyo, Charlie.

– Claro que es asunto mío. Sé que necesitas tiempo y he sido paciente, he estado a tu lado, esperando. Sólo tenías que levantar un dedo y habría venido de inmediato. Llevo años esperándote, Fleur.

– Charlie… lo siento, yo valoro mucho tu amistad, pero Matt y yo…

– ¿Matt y tú? No puede haber un Matt y tú. Es un Hanover.

– Fleur también, Fletcher -dijo Matt entonces. Había salido del invernadero sin que lo oyeran.

Charlie lo miró sorprendido, sin entender.

– ¿Qué dices?

– Nos casamos hace seis años. Fleur es mi mujer y Tom es mi hijo.

Los tres se quedaron en silencio y entonces, sin mediar palabra, Charlie levantó el puño y lo lanzó contra la cara de Matt. Él no se movió, no intentó defenderse siquiera. Después, Charlie dio media vuelta y salió de la cocina.

– ¡Matt! -gritó Fleur-. Matt, ¿estás bien?

– Estoy perfectamente -contestó él, llevándose una mano a la boca ensangrentada.

– Pero no entiendo… no sé por qué ha hecho esto.

– Los calladitos son los más psicópatas.

– ¿Psicópatas? No digas eso.

– He visto cómo te miraba, está obsesionado contigo.

– Pero si Charlie no me ha dado un beso en la mejilla siquiera. Nunca en estos seis años.

– Porque no tenía competencia. Creía que eras suya por completo.

– Eso no es verdad. Yo nunca lo he animado.

– Le contó al detective que ibas a casarte con él…

– ¿Qué detective?

Matt carraspeó.

– Tenía que saber si había alguien en tu vida, ¿no te parece?

Fleur hizo una mueca, como si estuviera a punto de darle otro puñetazo. Afortunadamente, pareció pensárselo mejor.

– Charlie y yo sólo somos amigos, nunca he pensado casarme con él. Y voy a ponerte un poco de hielo en el labio. Se está hinchando.

No tenía hielo, pero le puso una bolsa de guisantes congelados en la boca. No tenía un aspecto muy digno, pero al menos le bajaría la hinchazón.

– ¿Cómo no me di cuenta? -murmuró luego, como para sí misma-. Nunca pensé que él tuviera esas ideas. Y nunca se me ocurrió pensar que fuera un hombre violento.

– Todos los seres humanos son violentos cuando se sienten heridos. Estás helada, Fleur. Ve a darte una ducha caliente.

– Matt… Le has contado a Charlie lo nuestro.

– Sí, bueno, no creo que vaya por el pueblo contándoselo a todo el mundo. Necesitará tiempo para lamer sus heridas, para acostumbrarse a la idea. Con un poco de suerte, se convencerá a sí mismo de que siempre lo había sabido.

– Ya, pero será un milagro que no se entere todo el pueblo.

– ¿Tanto te importaría?

– No estaba pensando en mí, sino en tu madre. Será mejor que se lo cuentes tú, Matt.

– Sí, tienes razón -suspiró él-. Y gracias por los primeros auxilios.

– De nada.

Matt no quería romper aquella inesperada proximidad, pero no sabía qué decir, de modo que volvió al invernadero y siguió con la tarea que habría que hacer cada día antes de la feria de Chelsea. Con la bolsa de guisantes congelados en la boca.

Con su padre en el hospital, Fleur necesitaría ayuda y eso era algo que él podía ofrecerle. Algo que quería hacer, además.

Entonces pensó en Charlie Fletcher. De modo que entre Fleur y él no había habido nada… Matt tuvo que sonreír. Tampoco ella había querido a nadie más.

Porque sólo juntos serían felices.

– ¿Está mi madre por aquí, Lucy?

– No, ha llamado para decir que canceláramos todas las citas que tuviera hoy.

– ¿Y eso?

– No lo sé. La verdad es que ayer parecía muy disgustada. Y sospecho que tiene algo que ver con que recortases los arbustos de los Gilbert.

– Ah, ya.

– Cuando entré en la oficina estaba hablando consigo misma mientras te miraba por la ventana. Y cuando se volvió vi que… estaba llorando.

– ¿Llorando, mi madre?

– Sí. Estaba diciendo algo… no sé, algo como que Seth Gilbert tendría que pagar por lo que había hecho. Pero no me hagas mucho caso, no estoy segura -suspiró la secretaria.

Fleur corrió hacia el teléfono mientras intentaba no hacerse ilusiones por la oferta que un cliente de Martin y Lord acababa de hacerle por el granero. Era una oferta extraordinaria, inesperada.

– ¿Dígame?

– ¿Fleur?

– Dime, Matt. ¿Ocurre algo?

– ¿Has visto a mi madre?

– ¿A tu madre? No, claro que no. Pero supongo que no ha reaccionado bien cuando le has dado la noticia de que está emparentada con los Gilbert.

– No he podido hablar con ella todavía.

– ¿Ah, no?

– No, pero estoy preocupado. Quédate en casa, voy para allá.

– Pero…

Pero Matt ya había colgado. Unos minutos después, sonó el timbre.

– Entra, la puerta está abierta.

– Cuando te dije que te quedaras en casa, me refería a quedarte en casa con la puerta cerrada.

– ¿Por qué? -preguntó Fleur, sorprendida-. Tu madre es como un grano en el trasero, pero no es violenta. ¿Se puede saber qué ha pasado?

– No lo sé, pero no está en la oficina y ayer Lucy la oyó hablar sola. Por lo visto, decía algo de que tu padre tenía que pagar…

– ¿Pagar por qué?

– No lo sé, pero estaba llorando…

Fleur tomó su bolso de inmediato.

– ¿Dónde vas?

– Al hospital.

– Pero… -Matt la siguió, sorprendido.

– Cuéntame exactamente qué dijo tu madre -lo interrumpió Fleur, subiendo al Land Rover.

– No lo sé. Lucy sólo me dijo eso.

– ¿Y estaba llorando?

– Eso es lo que más me ha extrañado. Yo no he visto llorar a mi madre nunca. Ni siquiera cuando murió mi padre.

– Seguro que no es nada -murmuró Fleur, arrancando a toda velocidad-. Pero su animosidad contra los Gilbert siempre me ha parecido muy extraña… De todas formas, ¿qué puede hacerle a mi padre?

– No creo que se atreva a hacerle nada.

Pero Fleur no podía dejar de pensar en él, tumbado en la cama del hospital, inmóvil, sin poder hablar.

– Matt, llama al hospital y pregunta cómo está mi padre.

Unos minutos después, en el hospital, Fleur estaba discutiendo con una enfermera.

– No puede verlo ahora, señorita…

– Pero tengo que verlo ahora mismo.

– Lo siento, es imposible.

– Mi mujer tiene que ver a su padre para estar segura de que se encuentra bien -intervino Matt.

– El señor Gilbert está perfectamente, pero le han hecho muchas pruebas esta mañana y está descansando…

Fleur aprovechó un descuido de la enfermera para salir corriendo por el pasillo. Y Matt la siguió. Iban corriendo como dos críos y, si la situación no hubiera sido dramática, les habría dado un ataque de risa. Pero cuando entraron en la habitación de Seth Gilbert… se encontraron con Katherine Hanover sentada en una silla, al lado de la cama.

– ¿Mamá?

– Hola, hijo.

– Mamá, ¿qué haces aquí?

– Baja la voz, Seth está durmiendo.

– ¿Qué le ha hecho? -exclamó Fleur, acercándose a su padre para comprobar que estuviera bien-. ¿Cómo ha entrado aquí?

– Como todo el mundo, por la puerta -contestó Katherine Hanover-, Seth y yo hemos estado hablando. Llevábamos tanto tiempo sin hablar…

– Mamá…

– Deberías haberme dicho que estaba en el hospital, hijo.

– ¿Para qué? -preguntó Fleur-. ¿Para que pudiera reírse como se rió de mi madre?

Matt apretó su mano.

– Cariño, por favor…

– Es que fue a ver a mi madre, Matt. Y cuando mi padre la vio se puso enfermo. Pero, ¿sabes lo que me dijo? Que no me enfadase con ella -Fleur se volvió hacia Katherine Hanover-. Incluso entonces fue incapaz de decir algo malo sobre usted.

– Fleur…

– Mi madre había sufrido unas quemaduras terribles, Matt. El coche se incendió y…

– Por favor, no sigas.

– Déjala hablar, Matt.

– Tu madre se quedó allí, mirando a la mía a través del cristal de la UCI. Pensé que había ido para consolar a mi padre, pero sólo dijo: «Espero que viva. Quiero que viva, que sienta el dolor que ella me ha hecho sentir a mí durante todos estos años».

Katherine Hanover se cubrió la boca con la mano.

– Dígale que es verdad -insistió Fleur.

– Sí, es verdad. Que Dios me perdone.

– Fleur, por favor, vámonos…

– ¿Y dejar a mi padre con ella? Si hubieras estado allí, Matt, si la hubieras oído… ¿Cómo podía irme contigo después de eso?

– Lo sé, cariño, lo sé -murmuró él, abriendo los brazos.

Capítulo 10

Matt apretó a Fleur contra su pecho, dejándola llorar, absorbiendo sus sollozos y sintiendo cada uno de ellos como un golpe en el corazón.

Mientras intentaba consolarla, miraba a su madre por encima de su cabeza. Parecía gris, mucho mayor que nunca. No parecía la mujer exquisita que se había encontrado cuando volvió de Hungría.

Y por fin entendió que había sido desgraciada toda su vida. Y le quedó claro por su forma de mirar a Seth que, fuera lo que fuera lo que había hecho, lo había pagado muy caro.

– ¡Fuera! -exclamó la enfermera, que por fin había dado con ellos-. ¡Todo el mundo fuera de aquí!

Seth Gilbert intentó hablar entonces.

– No pasa nada, Seth -dijo la enfermera, estirando la sábana-. Tómese su tiempo.

Fleur se apartó de Matt para apretar la mano de su padre y él tuvo que controlar la desesperación que le producía ese gesto. La había perdido una vez porque su padre la necesitaba. No podía perderla de nuevo.

– ¿Qué quieres decir, papá?

De nuevo, Seth intentó hablar.

– No entiendo… -Fleur se volvió hacia Matt y él se dio cuenta entonces de que aquella vez era diferente. Aquella vez estaba a su lado y lo necesitaba-. No lo entiendo.

– Quiere que me quede -dijo Katherine Hanover-. Quiere que me quede con él.

Fleur miró a su padre, que alargó la mano para tomar la de Katherine.

– Pero… eso es lo que no entiendo.

– Yo tampoco -dijo Matt-. Pero quieren estar juntos y eso es todo lo que importa.

– Cinco minutos -concedió la enfermera, ya que estaba claro que Katherine Hanover no iba a moverse de allí a menos que llamara a Seguridad-. Sólo usted y sólo cinco minutos.

– Estaremos en la cafetería, mamá -dijo Matt. Pero Fleur no quería moverse-. Tienen que hablar, Fleur. Y nosotros también.

Por fin consiguió hacerla salir de allí, pero Fleur iba como mareada.

– Le ha dado la mano. No entiendo nada…

– Yo tampoco, pero mi madre me dijo el otro día que antes de casarse con mi padre solía ir a las fiestas que organizaba tu abuela.

– No me lo habías dicho.

– Sí, bueno, es que en ese momento estaba ofreciéndome vuestra casa como regalo… para que sentara la cabeza.

– ¿Mi casa? Pues siento que os llevéis una desilusión, pero acabo de recibir una oferta por el granero que no puedo rechazar.

– ¿Vas a aceptarla?

– Pues claro. Tengo que hacerlo.

– Me alegro -dijo Matt.

No había nada extraño en su reacción y, sin embargo, Fleur se sintió decepcionada. No sabía por qué. Quizá porque, en el fondo, la entristecía tener que vender un sitio que había sido tan especial para ellos.

Una bobada.

Matt había dicho que tenían que hablar, pero una vez en la cafetería se sentaron a una mesa, en silencio, los dos perdidos en sus pensamientos. Y cinco minutos después llegó Katherine Hanover.

– Mamá.

Katherine permaneció de pie, casi como si esperase permiso para sentarse.

– Por favor siéntese, señora Hanover.

– Gracias.

– ¿Quiere beber algo?

– Un vaso de agua, por favor.

Sin decir nada, Matt se levantó para ir a la barra. Y para dejarlas solas, quizá.

– Seth me ha dicho que Matt y tú… que Tom es mi nieto.

– Sí -contestó Fleur, tragando saliva.

– Lo he visto muchas veces jugando en el jardín, como hacía Matt cuando era pequeño. Es un niño muy guapo.

– Gracias. ¿Qué ha pasado, señora Hanover? ¿Qué hay entre mi padre y usted? ¿Puede contármelo?

– Sí, supongo que tienes derecho a saberlo -suspiró ella.

Matt volvió en ese momento y se sentó al lado de Fleur, apretando su mano. Katherine no pareció darse cuenta. Parecía estar en otro sitio, en otro tiempo. Recordando.

– Jennifer, tu madre, era mi mejor amiga.

– Ah, no lo sabía.

– Íbamos juntas a todas partes, éramos una pandilla. Phillip, Seth, todos nosotros.

Fleur arrugó el ceño.

– ¿Su marido y mi padre?

– Entonces las rencillas entre las dos familias eran poco más que una broma. Para nosotros era agua pasada. Phillip estaba loco por Jennifer y ella lo animaba, aunque yo sabía que no estaba interesada. Un día le pregunté si le gustaba de verdad y me dijo que estaba esperando a su príncipe azul, pero que mientras tanto le divertía salir con un chico guapo que tenía un buen coche.

Fleur reconoció el doloroso retrato de su madre. Tan profunda como una telenovela.

– Yo estaba enamorada de Seth. Lo quería tanto que no podía ni dormir, pero entonces el sexo era algo que no se hacía hasta que una se había casado… y Jennifer me animaba a que mantuviera las distancias. Una noche, durante una fiesta, Seth había bebido un poco de más y se dejó llevar, pero yo me hice la dura porque los hombres como él no se casaban con chicas fáciles. Tu padre se lo tomó muy mal y nos enfadamos. Yo acabé llorando en los brazos de Jennifer y ella me prometió que hablaría con él. Y sí, habló con él… para decirle que yo era una cría, que no tenía ni idea y que un hombre tan guapo como él podía tener a quien quisiera. A ella, por ejemplo.

– Pero… ¿por qué?

– Entonces tu padre era mejor partido que Phillip, Fleur. Y supongo que ella estaba molesta porque Seth prefería a una chica más bien normalita como yo y no a una tan guapa como ella. Por lo visto fueron al granero con una botella de vino… -Fleur y Matt se miraron-. Con decirme eso tuve bastante. El granero era donde iba todo el mundo a hacerlo por aquella época.

Matt apretó la mano de Fleur, como para advertirle que no dijera nada.

– Jennifer me juró que no había querido que pasara, pero que habían bebido mucho, que se les fue la mano… y que estaba esperando un hijo de Seth.

– ¿Qué? ¡No! -exclamó Fleur.

– No, era una mentira, por supuesto. Pero tu padre no lo sabía. Yo me quedé tan desolada que acepté el consuelo de Phillip y cuando descubrí que todo era mentira, que Jennifer no estaba embarazada, que nunca había estado en el granero con Seth, era demasiado tarde. Estaba embarazada de ti, Matt, y en aquella época lo único que se podía hacer cuando una estaba embarazada era casarse.

– Por Dios bendito -murmuró Matt.

– Tuvimos que hacerlo. Y quizá nuestro matrimonio habría funcionado si Jennifer y Seth no se hubieran casado, si no viviéramos tan cerca. Si Jennifer no hubiera descubierto, demasiado tarde, que estaba enamorada de Phillip.

– Mamá…

– Yo acabé odiándola. Y a él. Seth sabía lo que había hecho y nunca entendí por qué se casó con ella. Pero ahora entiendo que también fue culpa mía. Seth me había jurado que no estuvo con Jennifer en el granero y yo no quise creerlo.

– ¿Por que se casó con mi madre entonces? -preguntó Fleur.

– Me lo ha contado hoy. Me ha dicho que había perdido a la mujer de la que estaba enamorado, así que le daba igual con quién se casara. Y Jennifer le juró que sólo había mentido porque lo quería.

De modo que ésa era la historia de los Hanover y los Gilbert.

Katherine Hanover levantó la mirada entonces.

– Y creo que, además de arruinar nuestras vidas, hemos arruinado las vuestras, ¿verdad?

Fleur no sabía qué decir, pero Matt apretó la mano de su madre.

– No, mamá. Eso lo he hecho yo sólito, pero estamos intentando solucionarlo.

– No fuiste sólo tú, Matt -suspiró Fleur.

– Seth necesitará cuidados cuando vuelva a casa y tú tienes que encargarte de todos los preparativos para la feria de Chelsea -dijo Katherine entonces.

– Yo me encargo de eso -anunció Matt.

– ¿Tú? -exclamó Fleur.

– Si me dejas, claro.

– Ah, estupendo, estupendo -sonrió Katherine-. Mira, sé que no tengo derecho a pedirte esto, pero ¿podría cuidar de tu padre? Cuando salga del hospital. Dame una oportunidad para arreglar las cosas, Fleur.

– Todos nos merecemos una oportunidad, señora Hanover.

– Katherine -dijo ella. La mujer segura de sí misma, arrogante, había desaparecido y, en su lugar, había una mujer suplicante, una mujer todavía enamorada quizá después de tantos años-. Por favor, deja que lo haga.

Y, en ese momento, Fleur supo que no podría negarse.

– Muy bien, Katherine.

– Ahora lo entiendo todo -suspiró Fleur después, cuando volvían a casa-. Nunca lo había pensado, pero creo que mis padres no podían soportarse. Él se pasaba todo el día trabajando y ella gastándose su dinero. Era como si intentara arruinarlo. Y mi padre no hacía nada por impedirlo.

– Sí, la verdad es que era para sentir compasión.

– Desde luego. Pero supongo que ha llegado el momento de dejar atrás el pasado y pensar en el futuro.

– Eso digo yo -sonrió Matt-. Así que, ¿cuándo va a invitarme a merendar, señora Hanover?

No hubo ningún drama, ni necesidad de complicadas explicaciones. Fleur fue a buscar a Tom al colegio esa tarde y le dijo:

– Tu padre va a venir a merendar.

– ¿Ah, sí? ¿Y podemos tomar helado?

Así de sencillo. Con los niños todo era muy sencillo porque no tenían rencores, ni malicia, ni sospechas. Ni orgullo.

Cuando llegó Matt, Tom sonrió de oreja a oreja.

– ¿Vas a enseñarme a usar la sierra mecánica?

– No la he traído, hijo. Pero tengo una pelota de fútbol. Está firmada por todo el equipo del Chelsea. ¿Quieres que juguemos con ella?

Salieron al jardín y estuvieron un rato pateando la pelota firmada, volviendo loca a la pobre Cora mientras Fleur gritaba que la merienda estaba lista.

Después, cuando Matt subió con Tom a su habitación para leerle un cuento y arroparlo, el niño arrugó la nariz.

– ¿Vas a venir a vernos otra vez, papá, o tienes que irte a otra aventura?

Matt tuvo que hacer un esfuerzo para controlar las lágrimas.

– Voy a estar aquí todo el tiempo, Tom. No pienso marcharme nunca más.

– Bueno.

– ¿Aventuras? -le preguntó a Fleur después, cuando bajó al salón.

– Cuando me preguntó por su padre, le dije que estabas por todo el mundo viviendo aventuras -contestó ella-. Es que entonces le estaba leyendo Las aventuras de Simbad, el marino. Así que prepárate a inventar monstruos y ballenas asesinas.

– Ah, gracias.

– Eres su héroe. No lo decepciones.

– Eso no me lo pone nada fácil.

– Oye, Matt…

– ¿Sí?

– Lo que le has dicho a Tom de que no ibas a marcharte nunca…

– ¿Sí?

– Pues… que puedes dormir aquí, si quieres -dijo Fleur por fin, poniéndose colorada hasta la raíz del pelo.

– No, es mejor que no -contestó él.

– ¿No?

– No, aún no. ¿Has hablado con Derek Martin sobre la oferta por el granero?

Fleur tragó saliva. La había rechazado. Acababa de hacerle proposiciones a su marido y él la había rechazado.

– Las cosas han cambiado. Puede que mi padre no quiera venderlo.

– No tiene muchas más opciones.

– ¿No?

– Puede que haya encontrado a su verdadero amor, pero sigue estando al borde de la ruina. No dejes que los sentimientos te arruinen un buen negocio.

– Ah, claro, no se puede dejar que los sentimientos dicten nuestras acciones -replicó ella, irónica.

Habían pasado tantas cosas positivas esos días…

¿Se habría equivocado con Matt? ¿Habría oído sólo lo que quería oír?

Por supuesto que sí. Él sólo estaba allí por Tom, pensó. Lo había conseguido y ya no la necesitaba a ella para nada.

– No hay sitio para los sentimientos en los negocios, Fleur. No podéis seguir como hasta ahora. Tienes que hablar con tu padre del futuro, de qué vais a hacer con la empresa.

Eso era fácil de decir, pero cuando uno trabajaba día y noche sólo para pagar facturas, era difícil hacer planes de futuro.

– Yo tengo un par de ideas -añadió Matt al ver que ella permanecía en silencio-. Si quieres hablar, llámame. Estaré aquí mañana a primera hora para darle la vuelta a los tiestos.

Fleur habría querido decirle que no se molestara, que podía hacerlo ella misma, pero la verdad era que lo necesitaba. Aunque tuvo que morderse la lengua para no preguntar por qué estaba portándose tan bien con ella.

Sabía por qué, además. Por el niño.

– Gracias, Matt.

Cuando se marchó, Fleur entró en casa y decidió hacerle caso. De modo que se acercó al teléfono para decirle a Derek Martin que aceptaba la oferta por el granero. Al menos, así el dinero no sería un problema.

Pero antes de que pudiera descolgarlo, el teléfono empezó a sonar.

– ¿Dígame?

– No habrás olvidado que tenemos una cita mañana, ¿verdad, Fleur?

Matt.

– ¿Una cita?

– Nuestra primera cita, si no me equivoco.

– ¿Y las citas en el granero?

– Esas no eran citas, Fleur. Puede que tú no lo sepas, pero para que sea una cita uno tiene que llamar por teléfono a la chica y pedirle que salga con él. Y luego debe ir a buscarla, ser amable, despedirse después con un beso en la puerta y volver a casa pensando que es el hombre más afortunado del mundo.

– Podrías haberte quedado a dormir aquí -le recordó ella.

– Mira, Fleur, yo soy humano. Y me ha costado un esfuerzo increíble decirte que no.

– ¿Pero… por qué?

– Porque te lo debo.

– ¿Perdona?

– Te debo muchas cosas, muchas citas. Quiero que hagamos esto como deberíamos haberlo hecho desde el principio.

Fleur se llevó una mano a la boca para contener un gemido de emoción. Para no decirle que dejara de hacer el tonto y apareciese en su casa de inmediato.

– Muy bien -dijo, en cambio-. ¿Nuestra primera cita? ¿Y qué vamos a hacer?

– Te recuerdo que estamos invitados a cenar en casa de los Ravenscar.

– Ah, es verdad.

– Y creo recordar que te lo pedí de muy malas maneras.

– Sí, es verdad.

Al otro lado del hilo sonó un suspiro.

– En fin, esperaba que se te hubiera olvidado.

– ¿Por qué no vuelves a pedírmelo como si de verdad quisieras ir conmigo, Matt? -sugirió ella.

– ¿Como si de verdad quisiera ir contigo? Siempre he querido estar contigo, Fleur. Pero no lo sabía. O no sabía cómo decírtelo.

Lo dijo con tal sentimiento que Fleur se emocionó. Y no se molestó en disimular.

– Bueno, creo que con eso me vale. Si encuentro una niñera, tenemos una cita.

– Sin problemas. Ya he llamado a Lucy.

– ¿Qué? Oye, que eso tenía que hacerlo yo.

– Por si acaso -rió Matt-. Iré a buscarte a las ocho menos cuarto.

Al día siguiente, Fleur encontró tiempo para comprarse el vestido que había visto en una boutique. No era nada práctico, pero le quedaría perfecto con los pendientes de amatista que debía ponerse para su «primera cita» con Matt.

Y su expresión cuando fue a buscarla le dijo que había acertado de lleno.

Cuando volvieron a casa después de la cena y se despidieron de Lucy, Matt acarició los pendientes con un dedo.

– Te prometí que un día te compraría diamantes, ¿recuerdas?

– Nada podría reemplazar a estos pendientes.

– Es posible, pero me he dado cuenta de que no llevas ningún anillo. Te quitaste la alianza esa noche, cuando te fuiste del hotel. ¿Nunca has vuelto a ponértela… después?

– ¿Después de que tú te quitaras la tuya y la tirases entre los arbustos?

– Nunca he dejado de lamentarlo…

Fleur le tapó la boca con la mano.

– A veces. Algunas noches, cuando volvía al granero para esperarte. La tengo guardada, ¿sabes? Creo que nunca perdí la esperanza de que volvieras. ¿Quieres ponértela?

– ¿Tu alianza?

– No, la tuya. Tardé semanas en encontrarla entre los arbustos…

Matt no contestó. En lugar de eso, sacó una cajita del bolsillo y le mostró un solitario de diamantes montado sobre una banda de platino.

– Lo he visto hoy y me ha parecido perfecto para ti. Pero si no te gusta, puedo cambiarlo.

Lo sacó de la caja y tomó su mano para ponérselo delicadamente en el dedo. Fleur la movió para ver cómo se reflejaba la luz en los diamantes y entonces, como con pena, se lo quitó.

– ¿No te gusta?

– Me encanta, Matt. Es maravilloso.

– ¿Entonces? Ah, ya. Quieres que me ponga de rodillas, ¿no?

– Todo esto ha sido idea tuya. Tú querías hacer las cosas como es debido, ¿no?

– Pero no sabía si lo habías entendido.

– Claro que lo entiendo, Matt.

Entendía que había algunas cosas por las que merecía la pena esperar.

– Entonces, dígame, señora Hanover, ¿va a darme un beso en la primera cita?

– Sólo uno -contestó ella, echándole los brazos al cuello-. Así que será mejor que lo aproveches.

Capítulo 11

Fleur no podía creer que su padre estuviera recuperándose tan rápido. Evidentemente, en parte era gracias a Katherine, que había dejado su negocio en manos de Matt para dedicarse en cuerpo y alma a cuidar a Seth.

Parecía una mujer diferente. Seguía siendo elegante, pero había perdido esa dureza, esa expresión altanera. Ahora parecía más joven incluso. Menos Botox, más sonrisas de verdad.

Y su padre parecía un hombre nuevo. Eso era lo mejor de todo.

– Katherine, sé que estabas interesada en comprar el granero, pero he recibido una oferta muy generosa.

– Ah, sí, Matt me ha comentado algo.

– Sé que tú querías abrir un restaurante…

– Sí, bueno, la verdad es que estaba equivocada -sonrió Katherine-. Será una casa preciosa.

– Además, si lo vendo la directora del banco dejará de darme la lata.

Al menos, por el momento.

– Podría acostumbrarme a esto de salir contigo -estaba diciendo Fleur mientras volvían de la fiesta de Amy Hallam, con Tom medio dormido en el coche.

– Cariño, si crees que esto ha sido una cita es que estoy haciéndolo fatal -rió Matt.

– Lo estás haciendo de maravilla -sonrió ella.

Después de la cena en casa de los Ravenscar habían ido al cine, a cenar y a nadar en el río con Tom. Mientras el niño jugaba ellos lo miraban, con las manos entrelazadas, riendo como una pareja de novios. Incluso habían ido al pub a tomar una cerveza. Su aparición había causado una breve pausa en las conversaciones, pero enseguida alguien le preguntó a Fleur por su padre y un antiguo compañero de colegio de Matt lo retó a una partida de dardos… y pronto se mezclaron con la gente como una pareja normal.

Pasaban mucho tiempo juntos, conociéndose de nuevo, contándose todo lo que habían hecho durante esos seis años, cocinando en casa y disfrutando de Tom, que parecía encantado con su padre.

Una noche Matt la invitó a cenar en Maybridge, en un restaurante muy romántico; pero no hablaron de amor sino del negocio que había creado en Hungría con tanto esfuerzo, de su casa y de sus tierras.

Y, de repente, Fleur supo lo que iba a decir: que tendrían que vivir allí.

– Supongo que estás deseando volver.

– La gente es más importante que cualquier negocio, Fleur. Donde tú estás está mi hogar.

Era el momento de la verdad. El momento de hacer la pregunta que había temido hacer:

– ¿Dónde esté yo o donde esté Tom?

Él no contestó enseguida, se tomó su tiempo, pensativo.

– Subí a ese avión lleno de rabia. Cuando Amy Hallam se sentó a mi lado estaba a punto de explotar. Quería estar solo para rumiar esa ira, para ser cruel contigo cuando te viera…

– Pero hablaste con ella.

– Ella habló conmigo, Fleur. Y sin darme cuenta le mostré tu fotografía y la de Tom en ese recorte de periódico. Y le hablé de cosas de las que no había hablado en mucho tiempo. Y entonces me di cuenta…

– ¿De qué, Matt?

– De que nunca había dejado de amarte. Hemos perdido tanto tiempo, Fleur… Quiero que vivamos juntos, que seamos una familia.

– Matt…

– Yo quería hacer esto con velas, con flores, quería ponerme de rodillas -la interrumpió él, nervioso-. Pero no puedo esperar más.

– No hace falta que te pongas de rodillas. Soy tu mujer -dijo Fleur-. Y si aún tienes el anillo, este sería un buen momento.

– Cásate conmigo, Fleur. En la iglesia del pueblo, de blanco, con damas de honor, con las campanas sonando, con todo lo que tú habías soñado siempre. Como deberíamos haber hecho la primera vez.

– Matt… creo que olvidas algo. Ya estamos casados.

– Pues pediremos el divorcio para casarnos otra vez -dijo él, entusiasmado-. Y será una boda que se recordará en Longbourne hasta que nuestros nietos se casen.

¿Nietos? Fleur se llevó una mano a la boca para contener la emoción.

– No tenemos que divorciarnos. Ni casarnos de nuevo. Sólo tenemos que renovar las promesas que hicimos hace seis años… pero ahora lo haremos acompañados de nuestra familia y de nuestros amigos.

– Eso suena perfecto -dijo Matt.

Y aquella vez, cuando le puso el anillo en el dedo, Fleur no se lo quitó. No iba a quitárselo nunca.

– Fleur…

Estaba poniendo mantequilla en una tostada para Tom cuando Matt apareció en la cocina. Estaba pálido.

– ¿Qué ocurre, es mi padre?

– No… son las fucsias.

– ¿Qué pasa con las fucsias? Anoche estaban perfectamente…

Fleur no terminó la frase. Corrió hacia el invernadero y, al abrir la puerta, comprobó que todos los tiestos estaban tirados en el suelo, destrozados, y las flores pisoteadas.

– ¡Dios mío! ¿Qué ha pasado?

– ¿Quién tiene llave del invernadero?

– Mi padre y yo…

– ¿Y Charlie?

– No, Charlie nos ha echado una mano de vez en cuando, pero no tenía llave… -de nuevo, Fleur no terminó la frase.

– ¿Qué ocurre, qué miras?

Ella se inclinó para recoger un capullo del suelo. Era el único que se había salvado.

– Mira, Matt.

– ¿Qué?

– El color. ¿No lo ves?

Era un capullo de fucsia de un amarillo brillante.

– Lo ha conseguido. Tu padre ha conseguido una fucsia de color amarillo -sonrió Matt-. Una medalla de oro.

– No podremos ir a la feria de Chelsea.

– Este año no, pero iremos el año que viene -intentó animarla él.

– ¿Iremos?

– Claro. Seth, mi madre, Tom, tú y yo. La familia al completo. Pase lo que pase, estaremos juntos. Hemos tardado ciento setenta y cinco años, pero creo que es hora de que los Hanover y los Gilbert vuelvan a ser socios. ¿Qué te parece?

– Me parece maravilloso -contestó Fleur.

Sin embargo, había cierta tristeza en su expresión.

– ¿Qué pasa?

– Nada, estaba pensando en el granero. Ojalá no hubiera tenido que venderlo. Es parte de nuestra historia.

– ¿De verdad te gustaría conservarlo?

Fleur levantó la mirada y comprobó que su marido estaba sonriendo.

– Matt…

– No sabía qué comprarte como regalo de boda y me has resuelto el problema.

– ¿Qué?

– Martin y Lord no tenían un cliente… bueno, sí, el cliente era yo.

– ¡Matt!

– Seth y mi madre quieren vivir juntos y yo creo que lo más lógico es que vivan aquí. Así que nosotros vamos a necesitar nuestra propia casa, ¿no te parece?

– Lo tenías todo planeado, ¿verdad, Hanover?

– Pero aún no has dicho que sí.

Fleur le echó los brazos al cuello.

– ¡Sí, sí, sí!

Todo el pueblo acudió a la ceremonia. A la doble ceremonia: la boda de Fleur y Matt y la de Seth y Katherine.

Todos excepto Charlie Fletcher. Nadie lo había visto desde que destrozaron el invernadero y su casa estaba en venta. Fleur no le preguntó a Matt si él tenía algo que ver con eso. Había cosas que era mejor no saber.

Además, nada ni nadie iba a estropearle aquel día.

Los Gilbert y los Hanover habían montado una carpa en el jardín, con orquesta incluida, y todo el pueblo estaba invitado al banquete. Como Matt había dicho, la fiesta se recordaría en Longbourne durante generaciones.

Tardaron más de un año en convertir el viejo granero en la casa de sus sueños. Una casa que apareció en varias revistas de decoración, como Fleur había predicho.

La enorme estructura de ladrillo y madera quedó irreconocible con todas las reformas, como las vidas de sus ocupantes, los cuatro miembros de la familia Gilbert-Hanover: Fleur, Matt, Tom… y su hija recién nacida.

– ¡Mamá, papá! -Tom iba corriendo por el camino con algo en la mano-. El abuelo me ha dicho que os diera esto.

Fleur puso a la niña en los brazos de Matt y se inclinó para atender a su hijo.

– ¿Qué es, cielo?

El niño abrió la mano. Dentro, un poquito aplastada, había una flor que acababa de abrirse, mostrando el corazón.

Era oro puro.

Liz Fielding

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