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Cuando amar es un riesgo

Liz Fielding

Cuando Bronte Lawrence recibió la carta de una niña que decía ser su hija, supo que allí había habido un error. Sin duda, la carta de la pequeña Lucy Fitzpatrick había llegado a la hermana Lawrence equivocada. Para su hermana, tan centrada como obsesionada en su carrera, aquella pequeña debía suponer poco más que una molesta atadura, ¡pero a Bronte le encantó la idea de conocer a una sobrina que ni siquiera sabía que existía! Pero los errores no se detuvieron ahí: James Fitzpatrick dio por supuesto que ella era la madre de Lucy, y Bronte encontró todo aquello demasiado tentador como para no seguir el juego. Y no sólo por Lucy. Fitz era alto, moreno, atractivo y un gran padre… una combinación perfecta que bien merecía el riesgo. Pero ¿qué sucedería cuando Lucy y Fitz descubrieran que Bronte no era quien parecía?

Liz Fielding

Cuando amar es un riesgo

Cuando amar es un riesgo (2000)

Título Original: And mother makes three (1999)

Capítulo 1

– Fitz, gracias por pasarte. Sé lo ocupado que estás.

James Fitzpatrick tomó la mano pequeña y perfectamente cuidada que le extendían.

– Siempre que quieras, Claire. Ya sabes que nunca estoy suficientemente ocupado para nada que tenga que ver con Lucy.

Pero Claire Graham frunció el ceño. ¿Más problemas?

– ¿Ha roto otra ventana?

– Nada tan sencillo.

– ¿Una ventana y un lavabo?

Lucy, muy grande para su edad, con unos brazos y piernas que parecían tener vida propia, estaba causando el caos desde que descubrió que podía escapar de su litera. No era que quisiera romper cosas, sino más bien que, cualquier cosa que estuviera a menos de metro y medio de ella parecía desintegrarse espontáneamente.

– No ha roto nada. Todo ha estado muy tranquilo. Por favor, siéntate, Fitz.

Por debajo de su seco exterior, Claire Graham era muy dulce y, normalmente, sonreía con facilidad; y después de una reunión del personal del colegio y con una copa de jerez en el cuerpo, incluso podía llegar a ruborizarse. Pero, al parecer, eso no iba a suceder ese día.

– ¿Qué ha hecho? -preguntó Fitz al tiempo que se sentaba en el elegante sillón que había delante de la mesa de Claire-. Su último informe escolar indicaba que iba bastante bien. Así que no creo que esto tenga que ver con sus estudios.

– Lucy es una chica brillante. Tiene una imaginación particularmente vivida, como ya sabes. Has hecho un buen trabajo, Fitz. Nunca antes te he pedido nada como esto, pero dadas las circunstancias, creo que tengo que saber. ¿Hay algún contacto entre tú y la madre de Lucy?

La aprensión que él había sentido desde el principio tomó forma y, a pesar del calor veraniego, él sintió un escalofrío.

– Ninguno.

– ¿Podrías ponerte en contacto con ella si tuvieras que hacerlo?

– No se me ocurre ninguna razón para que nos pongamos en contacto.

– ¿Ni siquiera por Lucy?

– Ella no tiene el menor interés en Lucy, Claire. Si hubiera sido por ella, la habría dado en adopción.

– Entonces esto va a ser muy difícil -dijo Claire mirándolo fijamente-. He de decirte, Fitz, que Lucy ha empezado a fantasear sobre su madre.

– ¿A fantasear?

– Se está inventando historias sobre ella, se imagina que es alguien famoso. El escalofrío se repitió, pero Fitz intentó sonreír.

– Acabas de decirme que tiene una imaginación muy vivida.

– Sí, lo he hecho, pero esto no es habitual. Insiste mucho en ello. ¿No has notado nada en ella?

Él agitó la cabeza y Claire continuó.

– Bajo estas circunstancias, tengo que decirte que ésta es una respuesta muy normal. Es algo por lo que pasan la mayor parte de los niños adoptados.

– Pero Lucy no es adoptada.

– Ya lo sé, pero en la completa ausencia de su madre biológica, la situación se hace muy parecida. Es la misma ansia, la necesidad de creer que la madre desconocida es alguien especial que sólo alguna clase de drama o tragedia ha causado el abandono por su parte. Donde no hay información, los niños rellenan el vacío con la fantasía, creando una situación en la que su madre es alguien excitante, admirado…

– Ya veo.

– ¿Sí? -dijo Claire mirándolo como si no se lo creyera-. No debes enfadarte con ella, Fitz. Su curiosidad, su ansia, es sólo algo natural.

– Si eso es normal, ¿cuál es el problema?

– El problema son las demás chicas. Creen que se está dando aires de grandeza, que está tratando de hacerse la especial. Yo he hablado con Lucy y le he sugerido que sería inteligente por su parte guardarse para ella esas historias, pero tal vez si le hablaras sobre su madre, si le mostraras alguna foto que tengas, si tal vez les organizaras una reunión… Yo ayudaría en todo lo que pudiera. Como parte neutral en esto, podría muy bien hacer de mensajera…

Fitz se levantó. Necesitaba salir de ese caluroso despacho para poder pensar.

– Gracias por hacerme saber lo que está sucediendo, Claire. Veré lo que puedo hacer.

– Fitz, se puede cortar todo contacto, se puede destruir toda memoria física, pero no se puede evitar que una niña quiera saber sobre su madre. Ahí hay una necesidad, un nexo irrompible.

– ¿Tú crees?

– Lo sé. Puede que ella no quiera a Lucy, pero su madre también debe estar preguntándose cómo será, cómo estará creciendo. Tal vez le guste tener la posibilidad de conocerla. Eso sería muy natural.

Claire lo acompañó entonces a la puerta.

– Pronto llegarán las vacaciones. ¿Os vais a ir fuera a pasar el verano?

El deseó decirle que se metiera en sus asuntos, de la misma manera que había querido decírselo a todo el mundo desde que se había llevado a Lucy a casa y se había encontrado con las hordas de médicos, asistentes sociales y ciudadanos preocupados que querían saber quién se estaba ocupando de la pequeña, convencidos de que un hombre solo era incapaz de hacerlo. Pero la expresión de Claire era amable, estaba haciendo lo que creía que era bueno, así que fue educado.

– Sí. Vamos a pasar el verano en Francia.

– Puede que ése sea un buen momento para hablar con ella. Deja que sea ella la que haga las preguntas y trate de ser justo. Un niño necesita a los dos padres, aunque éstos ya no se quieran.

¿Pero y si la madre no quería al hijo? Pensó él.

– Es algo que vas a tener que afrontar, por Lucy, Fitz, por doloroso que te resulte.

«Pero todavía no», pensó él. Lucy tenía ocho años. Era demasiado joven como para que destruyeran su precioso sueño.

– Hablaré con ella… Pronto.

Claire frunció el ceño.

– Sería mejor que se hubiera olvidado de eso antes de que el colegio empiece el otoño que viene.

Luego, como se diera cuenta de que no iba a lograr nada, cambió de conversación.

– ¿Te veremos en el día de los deportes, Fitz?

– ¿Cuándo es?

– El viernes. ¿No recibiste la carta? me sorprende que Lucy no te lo haya dicho. Es la mejor en salto y en los cincuenta metros. Sería una pena que no estuvieras.

– Vendré.

– Muy bien -dijo ella estrechándole la mano-. No me has preguntado a quien ha elegido por madre, Fitz. ¿Es que no sientes curiosidad?

Fitz se dio cuenta entonces de que Claire, como las amigas de Lucy, había cometido el error de creer que estaba mintiendo. Tal vez, teniendo en cuenta las circunstancias, eso era lo mejor. -Yo prefiero elegir mis propias fantasías. Gracias de todas formas, Claire. Te veré el viernes.

– Es una pena que Brooke no haya podido venir a casa a tiempo para el funeral. No la vemos mucho últimamente.

– No he podido hablar con ella para hacerla saber lo de mamá -dijo Bron por lo que parecía la centésima vez de esa tarde. ¿Había ido alguien al funeral simplemente para presentarle los respetos a su madre? ¿O habían ido todos sólo por si su famosa hermana aparecía por allí? Sonrió por centésima vez.

– Está filmando en la selva de Brasil. A mil kilómetros del teléfono más cercano.

Pero estaba segura de que había recibido el mensaje vía satélite. Lo que pasaba era que debía estar demasiado ocupada para ponerse en contacto con ellos.

– Es muy triste -dijo su interlocutor-. Tú te has ocupado de cuidar a tu madre durante todos estos años y ahora has de pasar sola por esto también.

– No se ha podido evitar.

– No, supongo que no. Y ella está haciendo tanto por salvar la tierra que tenemos que excusarla. Me está haciendo pensarme dos veces usar el coche y estoy reciclándolo todo. Cuando necesitemos una puerta nueva, no la vamos a comprar de caoba. Hay que ver como se las arregla ella entre tantas serpientes y arañas, yo me desmayo cuando veo una araña en el baño…

– Oh, a Brooke le pasa lo mismo -la interrumpió Bron-. Grita cuando ve una. Los insectos le dan pesadillas.

– ¿De verdad?

Bron se sintió inmediatamente culpable por reírse de esa manera de la pobre mujer, que no tenía manera de saber cómo era Brooke en realidad.

– Entonces todavía hay esperanzas para los demás -añadió la mujer-. ¿Quieres que me quede y te ayude a limpiar, querida?

Mientras hablaba, la mujer miró con ansiedad la fina porcelana y vasos de cristal que había repartidos por todo el salón.

Bron sonrió. Su incapacidad para limpiar una taza sin que se rompiera era legendaria.

– La señora Marsh se ha ofrecido amablemente a limpiar esto por mí.

Pero mientras hablaba, la señora en cuestión se apresuraba a llenar una bandeja con semejante velocidad y habilidad que Bron se quedó admirada.

– ¿Pero me llamarás si puedo hacer algo?

Bron sonrió.

– Me gustaría que alguien me ayudara con las cosas de mi madre la semana que viene. Estoy segura de que sabrás qué hacer. Eso sería una buena ayuda.

– Por supuesto, sólo llámame. ¿Qué vas a hacer ahora? Supongo que vender la casa. Sé que tu madre nunca habría querido marcharse, pero tú estarías mucho más cómoda en un piso pequeño y bonito.

Un piso pequeño y bonito sin sitio para un gato, y sin jardín. Odiaría un sitio así. -No lo sé. Tengo que hablar con Brooke cuando vuelva a casa.

– Bueno, no hay prisa. Date unas vacaciones antes de decidir nada, has pasado por malos tiempos en estas últimas semanas.

Semanas. Meses. Años…

Una hora más tarde, Bron estaba por fin sola en casa. Se apoyó contra la puerta y cerró los ojos. Su madre había muerto y sólo quedaban ellas dos, ella y Brooke.

Y, en lo más profundo de su corazón sabía que no se alegraba de que Brooke se hubiera apresurado a volver. Su aparición habría transformado la casa en un circo para los medios de información. Se habría limitado a decir que su madre había dejado de sufrir. Eran tan parecidas en lo externo como diferentes en el interior.

Se apartó de la puerta sintiéndose agotada. Vacía. Tal vez todos tuvieran razón y debiera irse unos días para decidir qué iba a hacer con el resto de su vida.

¿El resto de su vida? Aquello era un chiste. Tenía veintisiete años y nunca había tenido una vida. Tal vez no sintiera tanto esa falta si no tuviera la de su hermana para comparar.

No debería haber sido así. Ella y Brooke eran diferentes en carácter, en todo menos en la apariencia y en el cerebro. Estaba a punto de ir a la universidad con su hermana, cuando a su madre le diagnosticaron la enfermedad que luego la mató.

Así que ella no fue a la universidad. ¿Qué más podía haber hecho? Nadie más podía cuidar a su madre, una de ellas se tenía que quedar en casa y, ya que Brooke había empezado ya sus cursos, se había quedado ella, en el supuesto de que, cuando se graduara, volvería y sería el turno de Bron de ir a la universidad.

Pero cuando eso sucedió, le ofrecieron a Brooke la clase de trabajo que sólo aparecía una vez en la vida.

– ¿Ves, Bron? -le dijo entonces sonriendo-. No puedo dejar escapar esto. Y tú eres tan buena con mamá… Yo no podría hacer lo que tú haces por ella. Está cómoda contigo.

Pero su madre quería más a Brooke. Era mucho más fácil querer a alguien hermoso y con éxito. Querer a la hija a la que se veía día a día, luchando contra el dolor, no era tan sencillo.

Así que ella nunca había tenido una vida o, por lo menos, no lo que su hermana llamaría una vida. Nada de estudios, trabajo, vacaciones, relaciones de adulta con un hombre. Y, si no hubiera sido por ese brindis con champán el día en que cumplió los dieciocho, unida a su decisión de no ser la única chica de su edad que no disfrutara de los placeres prohibidos de la carne, probablemente sería lo más triste, una virgen de veintisiete años.

¿Probablemente? ¿A quién estaba engañando? ¿Quién estaba interesado en une mujer cuya vida había estado dedicada a cuidar a una madre inválida?

Y su grupo de amigos se había marchado de la ciudad, así que su vida social se vio reducida a las visitas que recibía su madre, nadie de su edad.

Así que, como no sedujera al lechero en medio de la calle, no tenía la menor posibilidad de conocer a nadie.

Y el reflejo que vio en el espejo del recibidor le indicó que, hasta el lechero se lo pensaría dos veces. Tenía un aspecto horrible y, con el vestido que se había puesto para el funeral, la hacía parecer como si tuviera cuarenta años.

Luego miró el correo, que había dejado sobre la mesa esa mañana. Sobre todo, eran cartas de pésame. Pero entre ellas había una con letra infantil. Señorita B. Lawrence. The Lodge, Bath Road, Maybridge.

La abrió y la leyó. Luego frunció el ceño y se sentó en una de las sillas de la cocina para volver a leerla más lentamente.

Querida señorita Lawrence:

El viernes 18 de junio es el día del deporte en mi colegio y le escribo para que venga, si puede.

Cuando le dije a mi amiga Josie que era usted mi madre, ella no me creyó y ahora todas las niñas de mi clase dicen que me lo inventé…

En ese punto, la carta, tan formal, mostraba la señal de una lágrima. Se le hizo un nudo en la garganta y siguió leyendo.

Que me he inventado lo de tener una madre famosa y todo el mundo se ríe de mí. Incluso la señorita Graham, mi profesora principal, no me cree y eso no es justo porque yo siempre ando rompiendo cosas, pero nunca digo mentiras, así que, venga, por favor, para que todos sepan que estoy diciendo la verdad. Ya sé que está muy ocupada salvando la selva y a los animales, así que no quiero ser una molestia y, si viene, nunca más le pediré nada, se lo prometo.

Y firmaba:

Su amante hija, Lucy Fitzpatrick.

P.S.

No va a tener que ver a papá, ya que él no sabe que le he escrito.

P.P.S.

No sé si sabe que mi colegio está el Bramhill House Lower School y está en Farthing Lane, Bramhill Parva.

P.P.P.S.

Es a las dos de la tarde.

Bron miró de nuevo el sobre por si se había equivocado al leer la dirección.

No. La escritura podía ser de una niña, pero estaba suficientemente clara. ¿Qué demonios…? Entonces cayó en la cuenta. Una madre famosa que estaba salvando la selva… La carta no era para ella, sino para su hermana. Era un error muy normal y que sucedía muy a menudo cuando ambas vivían en casa, pero hacía mucho tiempo que nadie escribía a su hermana a esa dirección.

Pero seguía sin comprender.

Brooke nunca había tenido una hija. Esa carta debía de ser de alguna pobre niña sin madre, que la había visto en televisión y se había enamorado de ella, como todo el mundo.

Volvió a leer la carta. Era tan triste que la hizo sonreír. ¡Y la idea de imaginarse a su hermana como madre era tan divertida!

¿Cómo podía haber tenido Brooke una hija sin que lo supiera nadie? ¿Cómo podía haberlo tenido oculto todos esos años? Unos ocho o nueve, a juzgar por la letra de la niña.

Aunque la posibilidad le resultaba remota, su cerebro estaba haciendo cuentas, pensando en dónde había estado su hermana hacía ese tiempo. Entonces debía estar en la universidad.

Bron leyó el remite. Aquello estaba en la costa sur, a sólo unos kilómetros de la universidad a donde había ido su hermana. Entonces agitó la cabeza. La idea era ridícula. Imposible.

Subió al piso de arriba y se puso unos pantalones cortos y camiseta, sujetándose el cabello con una goma.

Luego siguió estudiando la carta.

Durante su tercer curso, Brooke no había ido a casa después de Semana Santa a pesar de que su madre había pasado una crisis y preguntaba por ella.

Y la Semana Santa no había sido muy alegre tampoco, ya que Brooke se había sentido mal y se había pasado todo el tiempo diciendo que tenía frío y no había comido prácticamente nada.

Bron se sentó en la cama. Después de eso, su hermana no había vuelto, diciendo que tenía mucho trabajo. Luego, después de finalizar el curso, se había ido a España a llevar a cabo un proyecto. No habían recibido ninguna postal. Al parecer también había estado demasiado ocupada.

Y, cuando volvió, no lo hizo bronceada. Luego le ofrecieron ese trabajo en la televisión y cada vez supieron menos de ella.

Esa carta era muy educada para tratarse de una niña en la escuela primaria, pero también parecía muy desesperada. ¿Podría Brooke haber tenido una hija y haberla dado en adopción?

¿Pero cómo habría podido averiguar esa niña quién era su madre?

Pero no debía ser eso, la niña decía en la carta que no iba a tener que ver a su padre.

Aquello era como para romperle el corazón.

Se metió la carta en el bolsillo y bajó a la cocina para hacerse un té.

Allí volvió a sacar la carta. No, debía tratarse de un error. Era imposible. Brooke no era de la clase de chica que se quedara embarazada. Era demasiado lista y egoísta. Siempre había sabido lo que quería y lo había logrado. Cuando se fue a Brasil sabía que su madre estaba muriendo.

Y, si no hubiera querido que le guardaran el coche en el garaje, ni se habría pasado por allí para despedirse. Pero si era tan imposible, ¿por qué no se podía quitar de encima la idea?

Volvió a leer la carta. Esa tal Lucy. Podía ser su sobrina…

No, se negaba a creerlo. ¿O tenía miedo de creerlo? ¿Tenía miedo de que su hermana tuviera tan poco corazón? No, tenía que ser una pequeña sin madre que había elegido a su hermana para el papel. Una niña pequeña que esperaba que una mujer que mostraba tanta compasión por los animales tuviera alguna de sobra para ella.

Fitz se volvió, Lucy estaba pintando algo sobre la mesa de la cocina.

– ¿Vas a tardar mucho? El té está casi listo.

Ella recogió los lápices y la pintura y los metió en su cartera. Luego lo miró con sus grandes ojos azules y brillantes inusualmente tristes.

¿Desde cuándo sabía quién era su madre? ¿Cuándo había encontrado su certificado de nacimiento, la foto de Brooke Lawrence, todas las cosas que él había mantenido guardadas en su escritorio, en lo más profundo de su vida?

Se había dicho que algún día tendría que contarle todo. ¿Pero cuál era el mejor momento para contarle a una niña que su madre no la había querido?

– Ya he terminado -dijo Lucy sonriendo-. ¿Pongo la mesa?

Cuando sonreía así se parecía mucho a Brooke. El cabello castaño y los ojos azules no eran los de ella, pero esa sonrisa…

– Por favor -le dijo y apartó la mirada.

¿Por qué seguía afectándolo de esa manera? Pudiera ser que Brooke tuviera la sonrisa de un ángel, pero sólo eso. En lo más profundo de su ser lo había sabido siempre, incluso cuando la había perseguido con una insistencia que había sido el noventa por ciento las hormonas y el resto, sentido común.

¿Cómo le iba a decir a esa niña a la que tanto quería que su madre nunca la había querido? ¿Que se la había dado a él y luego se había marchado de su lado el día después de que ella naciera?

Pero Claire Graham tenía razón, tenía que decirle algo, y que fuera lo más parecido a la verdad. Cuando fuera lo suficientemente mayor ya le podría preguntar ella en persona a Brooke por qué la dejó así. Y entonces, tal vez se lo pudiera contar a él, ya que nunca lo había entendido.

Tenía que decírselo ahora, antes de que Lucy se inventara una docena de fantasías.

– Lucy…

– ¿Qué vamos a comer?

– Spaghetti carbonara.

– Oh, muy bien. ¿Me puedo tomar un refresco?

La miró y el poco valor que tenía se esfumó.

– Si yo me puedo tomar una cerveza.

– ¡Ecs! La cerveza es desagradable.

– ¿Oh? ¿Y cómo sabes a qué sabe?

Lucy se rió y a él se le agitó el corazón, como siempre. -Vale, ve a por las bebidas mientras yo sirvo.

Más tarde lo intentó de nuevo.

– Lucy, la señorita Graham me pidió que la fuera a ver hoy.

La niña lo miró alarmada.

– ¿Oh? ¿Puedo poner la televisión?

Estaba claro que estaba evitando preguntarle el motivo de la visita.

– Espera un momento.

– Quiero ver una cosa…

– Me dijo…

No pudo hacerlo.

– Me habló del día del deporte -dijo por fin-. ¿Te olvidaste de decírmelo o es que no quieres que vaya?

Ella lo miró asustada.

– ¡No! ¡No debes ir!

– ¿Por qué? ¿Es que vas a llegar la última en todo?

Por un momento la vio luchar con una mentira, con la tentación de decirle que lo iba a hacer muy mal. Pero tal vez se diera cuenta de que a él no le importaba nada lo que hiciera en la carrera y que lo que le importaba era que ella se divirtiera.

– No, pero si vas, se estropeará…

– ¿Qué?

– Yo… Yo he hecho algo que va a hacer que te enfades mucho, papá.

– Deja que sea yo el que decida eso. No creo que sea tan malo como piensas.

– Yo le he escrito a mi…

– ¿A quien le has escrito?

– A mi madre. Le he escrito y le he pedido que venga el día del deporte. Lo he hecho porque todos dicen que estoy mintiendo, porque no me creen, pero es cierto, ¿no? Brooke Lawrence es mi madre.

A él se le hizo un nudo en la garganta, pero aún así, tuvo que decirlo.

– Sí, Lucy. Tu madre es Brooke Lawrence.

– ¡Sí! -exclamó Lucy-. Y vendrá el día del deporte y todo el mundo lo sabrá.

Echó a correr y, por el camino, al entrar al salón, tiró al suelo un perro de porcelana. Fitz la agarró y luego recogió los restos del perro.

– No te preocupes, podemos pegarlo -le dijo.

La niña se había quedado muy quieta y lo miró.

– Tomé la llave de tu escritorio de tu armario -dijo ella de repente-. Estábamos haciendo un trabajo sobre la historia familiar y Josie me enseñó su certificado de nacimiento. En él estaba el nombre de su madre y yo me di cuenta… Lo siento, papá.

No, era él quien tenía que sentirlo. Nunca debía haber permitido que Lucy lo supiera de esa manera.

– ¿Viste las fotos, los papeles de la custodia?

Por supuesto que tenía que haberlos visto. Si no, ¿cómo había encontrado su dirección para escribirle?

– Ella vendrá, ¿no, papá? -dijo desesperadamente-. Le dije que tú no estarías, que no tendría que encontrarse contigo.

– ¿Lo hiciste? -dijo él casi sonriendo-. En ese caso, estoy seguro de que irá. Si puede. Pero puede que esté fuera, haciendo uno de sus reportajes. ¿Has pensado en eso?

El rostro de Lucy se puso pensativo, pero inmediatamente brilló de nuevo.

– No, no puede estar fuera. La vi en televisión la semana pasada.

Sí, él también la había visto, presentando una nueva serie que empezaría el mes siguiente. Pero eran recortes de otros reportajes y no significaban nada.

Pero él se iba a asegurar por todos los medios a su alcance de que esa mujer fuera a ver a su hija el día del deporte.

Capítulo 2

Bron pensó que no lo podía retrasar más, iba a tener que llamar al padre de Lucy para hablarle de la carta, cosa que no le apetecía nada.

Pero estaba claro que Lucy era una niña que necesitaba ayuda y, tal vez ella fuera la única persona en el mundo que lo supiera.

Se había pasado toda la larga y silenciosa noche diciéndose que no tenía que meterse en los problemas domésticos de otras personas, pero no había logrado convencerse.

A primera hora de la mañana, había abandonado sus intentos de dormir y salió al jardín. Ya tenía bastantes problemas con su vida como para preocuparse por los de los demás. Por ejemplo, todavía no sabía qué hacer con su vida. No tenía ninguna preparación para trabajar. Lo único que había sabido hacer era cuidar de su madre.

Ese pensamiento la devolvió a Lucy, a preguntarse quién la estaría cuidando. ¿Un ama de llaves o una niñera quizás? ¿O volvía a una casa vacía después del colegio, mientras que su padre seguía trabajando?

Se dirigió al teléfono y marcó el número de información. Allí le dieron el teléfono de unos Estudios Fitzpatrick.

Se preguntó qué clase de estudios. ¿De cine?

El corazón le dio un salto. Eso podía encajar, había dado por hecho que Lucy había elegido a Brooke por madre porque era famosa. Pero si su padre hacía películas, la coincidencia era demasiado…

¿Pero qué clase de estudios de cine estarían en un pequeño pueblo de Sussex?

De todas formas, después de anotar el número, pensó que el padre de la niña tenía que saber lo que estaba pasando y ella no podía ignorarlo. Si Lucy estaba tan desesperada por amor que necesitaba a Brooke como madre de fantasía… ¿Pero y si no estaba fantaseando?

No importaba. Iba a tener que llamar. Pero después de desayunar, nadie podía afrontar algo como eso con el estómago vacío.

Poco después tomó el teléfono de nuevo. Sonó tres veces y ya pensaba que no iba a haber nadie, lo que la alivió.

– James Fitzpatrick -dijo una voz.

Una voz como el chocolate fundido. Como un chocolate oscuro y caro.

– No puedo atenderle ahora -continuó la voz-, pero si me deja un mensaje, me pondré en contacto con usted.

Bron todavía tenía el auricular en la mano cuando llamaron a la puerta insistentemente. A Fitz le había resultado imposible hablarle a Lucy de su madre. Se dijo a sí mismo que lo otro no sería tan difícil. Pero mientras salía de la casa, todavía no estaba nada seguro de estar haciendo lo correcto.

Podría ser más inteligente dejar que todo se calmara por sí solo. Brooke sabía donde encontrarlo, pero no lo había hecho en casi nueve años; en todo ese tiempo ni se había molestado en llamarlo para preguntar por su hija.

Bueno, ése era el trato al que él había accedido.

Hasta el momento en que se había dado cuenta de que ella dijo en serio lo de que iba a dar en adopción a la niña, Fitz nunca había pensado mucho en lo que eso significaba. Nunca se había tenido por un hombre que quisiera tener hijos, pero entonces esa criatura que habían creado se le hizo tan real, tan preciosa, que lo había inundado el ansia por protegerla. Y, cuando por fin la tuvo en sus brazos, horas después de nacer, supo que no podría soportar separarse de ella.

Le habría prometido a Brooke cualquier cosa en ese momento y nunca había dudado de que se había quedado con la mejor parte del trato. La había soportado durante el embarazo, la había cuidado, en la seguridad de que, una vez que tuviera a su hija en brazos, la amaría. Luego, después de que Lucy naciera, cuando Brooke le dijo tan tranquilamente que la iba a dar en adopción, fue cuando llegaron a ese acuerdo.

Y así estaban… Ahora allí estaba él, delante de una casa que, hasta ese momento, no había sido más que una dirección en el documento que le daba la custodia de Lucy, aunque bien podía estar haciendo una tontería.

Ésa era la casa de la familia de Brooke y, seguramente, ella no había vivido allí desde sus días en la universidad, pero era la única dirección que tenía.

Vio entonces que el cartero se acercaba a la casa con unas cartas y un paquete en la mano, algo que había que firmar.

¿Quién abriría la puerta? ¿La madre? ¿El padre?

– Brooke…

Ese nombre se le escapó sin querer. Era lo último que se habría imaginado. Pero allí estaba ella, había abierto la puerta y estaba hablando con el cartero, dedicándole una de sus famosas sonrisas. Antes de saber lo que estaba haciendo, salió del coche y se dirigió a la casa.

El cartero lo vio llegar y le abrió la puerta de la cerca. Pero él se detuvo en medio del camino.

¿Y si ella se negaba a hablarle? ¿Y si se lo tomaba como un fantasma del pasado que había preferido olvidar?

Tenía todo el derecho a hacerlo. El le había prometido que nunca se pondría en contacto con ella, que nunca traicionaría su secreto. Pero entonces nunca se había imaginado que tendría que mantener esa promesa. Y la felicidad de Lucy era más importante que ninguna promesa. Salió del sendero y se dirigió al jardín trasero de la casa.

Bron dejó sin abrir la carta certificada de la compañía de seguros de su madre sobre la mesa de la cocina. Su madre estaba muerta y nada cambiaría eso, pero Lucy estaba viva y necesitaba ayuda ahora. Tomó de nuevo el teléfono y volvió a marcar. Le dejaría un mensaje al tal James Fitzpatrick para que la llamara. Mientras sonaba el teléfono, una sombra pasó por delante de la ventana. Alguien estaba dirigiéndose a la puerta trasera de la casa. Sin duda la señora Marsh para ver cómo estaba.

– Adelante… -dijo.

Entonces volvió a oír la voz, pero esta vez no venía del teléfono.

– Brooke… -dijo él y ella se dio la vuelta.

Supo inmediatamente quién era él.

– James Fitzpatrick.

Como para confirmarlo, la voz del contestador le repitió el nombre.

Él no se movió por un momento, se quedó en la puerta.

– Eso es un poco formal dadas las circunstancias, Brooke. Sigo llamándome Fitz.

– Fitz -repitió ella mientras trataba de pensar qué estaba sucediendo.

Él, al parecer, se tomó esa pausa como una invitación y entró en la cocina. La voz era perfecta, el hombre era perfecto. Más que perfecto, era hermoso. Alto, con hombros anchos, delgado, con el cabello oscuro y rizado, una boca sensual y unos hermosos ojos azules. Ningún hombre tenía derecho a estar tan bien.

– Estaba tratando de llamarte… -dijo ella.

– Entonces eso responde a mi pregunta. Has recibido la carta de Lucy.

Bron miró entonces el sobre que había dejado también sobre la mesa de la cocina. Desafortunadamente, trató al mismo tiempo de colgar el teléfono. Falló y el auricular dio en la pared. Todo terminó por los suelos.

James Fitzpatrick se acercó y se inclinó para recoger el aparato.

– Se ha roto -dijo.

– Ya lo estaba.

– Ya veo -dijo él mirándola-. Me he preguntado a menudo a quién se parecía Lucy en esto.

¿Lucy era torpe?

– Me has asustado -dijo ella-. ¿Por qué has venido por la puerta trasera?

– Pensé que sería una buena idea tomarte por sorpresa, antes de que tuvieras tiempo de echar la cadena de seguridad.

A Bron le estaba resultando difícil respirar con él tan cerca. ¿Era ése el padre de Lucy? ¿Brooke se había apartado de ese hombre para irse a filmar monos y arañas en unos pantanos infestados de mosquitos? No podía creerse que su hermana fuera tan tonta.

– ¿Y por qué iba a hacer yo eso?

– Hice una promesa. Y el hecho de que esté aquí debe indicarte que estoy a punto de romperla.

¿Qué promesa?

– ¿Por Lucy? ¿Cómo está…?

– Has tenido casi nueve años para hacer esa pregunta -la interrumpió él.

– No he querido decir…

– No tienes que hacer como si te importara, Brooke, no por mí. Ahórratelo para tu hija.

¿La hija de Brooke?

Brooke lo estaba mirando como si estuviera atontada y vio con satisfacción que no era el único al que le estaba costando respirar. Pero seguramente ella lo estaría esperando, si había llegado al punto en que lo iba a llamar, seguramente para que no la fuera a buscar. No le cabía duda de que lo iba a hacer para detenerlo. Como si alguien pudiera hacerlo.

Era curioso. La había visto en televisión docenas de veces y nunca había sentido nada. Había estado tan seguro de que ella era incapaz de hacerle eso de nuevo y, ahora resultaba que era como si todos esos años no hubieran pasado, ella siguiera teniendo veinte años y lo estuviera mirando sentados en un banco del campus de la universidad.

Cuando se conocieron, ella había sido como si a él le entrara una especie de locura. Al parecer, era una locura recurrente, así que iba a tener que hacer un gran esfuerzo de voluntad para recordar la razón que lo había llevado allí.

– Si has recibido su carta -dijo-, ya sabes porqué estoy aquí. Lucy necesita desesperadamente que vayas al día del deporte de su colegio, Brooke.

– No. Yo no…

– Sí, tú -dijo él secamente-. Tú estarás allí a las dos de la tarde, vestida de exploradora.

Como ella fue a decir algo, él se lo impidió levantando la mano y añadiendo:

– Y no voy a aceptar un no por respuesta. Esto no es por mí, es por Lucy.

– Por favor, escúchame…

– No, ya estoy harto de escuchar. Esta vez lo harás a mi manera. Lo harás o yo conseguiré que todo el mundo sepa lo que hiciste con tu hija.

Fitz se quedó horrorizado por lo que acababa de decir, no lo había hecho en serio, no sabía de dónde había salido esa amenaza. Pero al ver la expresión de ella, se dio cuenta de que había dado en el blanco, su imagen significaba más para ella que su propia hija.

– Iré con el cuento a la prensa amarilla, Brooke. ¿Crees que la gente seguirá queriéndote entonces?

Los ojos grises de ella se abrieron mucho en lo que pareció ser un gesto de dolor.

– ¡No puedes hacer eso!

No era dolor, sino miedo. Bueno, eso estaba bien, lo podía utilizar, ella le había enseñado cómo.

– Prueba.

Entonces él la hizo apoyar la espalda en la pared y la besó, apretándola con la boca, la lengua, el cuerpo, deseándola, odiándola, odiándola por desearla tanto. Bron, atrapada contra la pared de la cocina por el duro cuerpo de un hombre que pensaba que era su hermana, atrapada entre sus manos y su cuerpo, se quedó rígida por la sorpresa. Luego empezó a pelear porque tenía que decírselo. Lo agarró por los hombros tratando de apartarlo, pero sus dedos no lograron nada, no sentían nada. Lo único que sentía era la boca de James Fitzpatrick.

Una boca dura y exigente, que la estaba castigando por lo que había hecho su hermana. Pero bajo la ira había un ansia que despertó en ella todo lo que era femenino, todo lo que había estado oculto esos años de perdida juventud, un ansia que se apoderó de ella y, en vez de tratar de apartarlo, sus manos se posaron en el cuello de él, acariciándoselo y entreabrió la boca para que sus lenguas se reunieran.

Fitz había querido castigarla, que sintiera lo que él había sentido, toda la ira, el dolor, el resentimiento, pero después del primero momento de sorprendida resistencia, cuando ella se derritió en sus brazos, él supo que sólo se estaba castigando a sí mismo.

De repente se vio luchando por conservar el control, por resistirse a la atracción del cuerpo de ella, por no volver a caer en la autodestrucción.

Se quedó donde estaba por un momento, con las manos apoyadas en la pared y la boca a escasos centímetros de la de ella. Los labios de ella estaban levemente entreabiertos. Estaba sonriendo, riéndose de él, de nuevo.

– El viernes -dijo secamente mientras retrocedía-. A las dos. Ve o leerás sobre ti cosas que no te van a gustar.

Cuando se alejó de la cocina, sonrió él también. Debería estar suficientemente a salvo en una escuela primaria en un día como ése. A Brooke la mantendrían muy ocupados los profesores, padres, niños y demás. A Lucy le encantaría. Pensó en llamar a Claire Graham para advertirla. Luego recuperó la cordura y decidió no hacerlo.

Se metió en el coche y pensó en cómo podía haber llevado todo eso tan mal. Había pretendido pedirle a Brooke que hiciera eso por Lucy y había estado dispuesto a ofrecerle lo que fuera y, en vez de eso, se había comportado como un mono cargado de hormonas. Entonces sonrió de nuevo, Brooke diría que estaba siendo muy poco amable con los monos, y así era. Pero ella había disfrutado con ello. Lo cierto era que él había pensado que era completamente inmune a sus encantos, pero no era así.

Bronte permaneció muy quieta un largo tiempo después de que James Fitzpatrick, Fitz, se hubiera marchado. En un momento ella estaba utilizando inocentemente el teléfono, pensando en dejarle un mensaje a alguien que no conocía y, al siguiente, era besada como si fuera el fin del mundo. ¿Cómo había sucedido? ¿Cómo lo había permitido? En el momento en que él la tocó, había sabido…

Se tocó los labios con la lengua. Estaban calientes e hinchados. Pero no sólo los labios, todo su cuerpo estaba igual y, por fin entendió como su hermana, su cuidadosa y controlada hermana, había cometido el viejo error de quedarse embarazada.

Si ella fuera joven y alocada podría pensar que ser besada por ese hombre era lo único que necesitaba.

Por fin se movió y se sentó en una de las sillas de la cocina. Luego se rió un poco histéricamente. Había tratado de decirle que ella no era Brooke, pero él no la había escuchado. Bueno, él sólo había tenido una cosa en mente.

No se podía creer que no hubiera visto las diferencias que había entre ellas. Brooke era tan elegante, tan hermosa…

Era cierto que había una semejanza superficial entre ellas. Tenían la misma altura, los mismos rasgos, el mismo color de cabello rubio, pero ahí terminaban las similitudes. Incluso en el colegio, Brooke siempre había sido la elegante, mientras que ella siempre había tenido la falda arrugada y los dedos manchados de tinta, además de las señales de ir dándose siempre golpes con los muebles.

Se miró las rodillas manchadas por la hierba, las manos sucias de haber estado trabajando en el jardín.

Entonces se encogió de hombros. Ese hombre y su hermana llevaban casi nueve años sin verse y, eso era mucho tiempo, el suficiente como para borrar los detalles. Aunque no el suficiente como para embotar la pasión. Se estremeció. Había tratado de decirle… Pero debía haberlo intentado más decididamente.

Miró al teléfono y pensó que debería llamarlo para explicárselo. Pero lo haría más tarde. Por lo menos tardaría un par de horas en llegar a su casa. ¿Cómo iba a poder llamar a un hombre para decirle que había cometido un error como ése?

Dejándole el mensaje en el contestador, así.

Llamó y dijo:

– Señor Fitzpatrick… Fitz…

Pero entonces se le ocurrió que podía ser Lucy la que oyera el mensaje.

Colgó.

Tendría que darle el mensaje directamente.

Así dejó pasar el día. Cuando fueron las siete pensó que sería la hora del baño de Lucy. ¿O estaría haciendo los deberes?

Las ocho. Para Brooke y ella ésa había sido siempre la hora de acostarse. A las ocho tenían que estar en la cama.

Decidió que, lo mejor sería llamar a las nueve.

A las nueve menos cuarto ya no pudo esperar más. Tomó el teléfono y marcó mientras repasaba lo que le tenía que decir.

– Bramhill seis cinco tres siete cuatro nueve -dijo una voz de niña-. Le habla Lucy Fitzpatrick.

– Lucy…

Bron se llevó una mano a la garganta. La niña parecía tan madura…

– ¿Mamá? -dijo Lucy insegura-. ¿Mamá? Eres tú, ¿verdad?

Bron se quedó helada, incapaz de responder. En su deseo por hablar con James Fitzpatrick, acababa de hacer exactamente lo que había tratado de evitar.

– Papá dijo que no recibirías mi carta, que debías estar fuera, pero yo recé…

– ¿Quién es, Lucy? -dijo a lo lejos la voz de James Fitzpatrick.

– Es mi mamá. ¡Mi mamá! Papá, ha llamado, va a venir. Ya te dije que lo haría.

Entonces alguien tapó el auricular. Luego sonó la voz de él.

– ¿Brooke?

Ella no pudo responder, debería haber hecho que la escuchara esa mañana, debería haberlo llamado inmediatamente. De repente todo lo que debió hacer le pareció tan evidente. ¿Por qué no lo habría hecho? ¿Porque no había querido?

– ¿Brooke? ¿Eres tú? ¡Brooke!

– Fitz, lo siento. No he querido…

Pero a él no le interesaban sus disculpas.

– ¿Qué te crees que estás haciendo, llamando aquí cuando Lucy puede contestar al teléfono?

– Debería estar ya en la cama.

– ¿Un consejo maternal? ¿De ti?

– No… Lo siento. Mira, tenía que llamar. Tenía que decirte…

– ¿Qué? ¿Decirme qué? después de lo que acabas de hacer, lo único que estoy dispuesto a oír es que irás a verla el viernes.

Ella permaneció un momento en silencio, maldiciendo a su hermana por ponerla en una situación así. -¿Y bien? -insistió él-. ¿Qué le voy a decir a Lucy?

De repente se le ocurrió que bien podía tomar el papel de su hermana para hacer feliz a esa niña, al fin y al cabo, sólo iba a ser una tarde. Total, Fitz y ella ya creían que lo era…

– Sí -dijo sin pensar-. Dile que iré. Pero necesito que me digas dónde es.

– Yo te recogeré.

– No. No lo hagas.

Una tarde pretendiendo ser su hermana para que una niña fuera feliz ya iba a ser suficientemente difícil; pero un par de horas en un coche con James Fitzpatrick sería algo imposible.

– No es problema.

Entonces se dio cuenta de por qué él se estaba ofreciendo.

– No tienes que preocuparte de que desilusione a Lucy.

– ¿No? ¿Tienes una pluma?

– ¿Qué?

– Que si tienes una pluma. Para tomar nota.

– Oh, sí. Espera.

Luego tomó papel y pluma y añadió:

– Ya está.

Él le dio las indicaciones necesarias y luego la sorprendió diciendo:

– Iré a por Lucy para que se despida de ti.

Un momento después, la niña le dijo:

– ¿Mamá? ¿De verdad que vas a venir el viernes? ¿Se lo puedo decir a la señorita Graham? ¿Y a Josie? Aún atontada por el giro que había tomado la situación, Brooke respiró profundamente y le dijo:

– Allí estaré, Lucy, y se lo puedes decir a quien quieras. Buenas noches, querida, que duermas bien.

Cuando colgó, pensó en lo que acababa de prometer, ¿cómo iba a poder hacerlo?

Capítulo 3

De exploradora elegante. Eso era más fácil de decir que de hacer, pensó Bron a la mañana siguiente mientras repasaba lo poco que tenía de guardarropa. No era necesario ser un crítico de moda para ver que ese guardarropa carecía de toda elegancia. Toda su vida había estado falta de la elegancia que parecía ser la segunda naturaleza de Brooke.

Tomó la foto de su hermana que tenía de uno de los premios que había recibido. El peinado la hacía parecer una niña traviesa, una impresión que acentuaba el vestido que llevaba. O que casi llevaba. Un vestido que mostraba su piel bronceada, a la perfección y que le llegaba casi treinta centímetros por encima de las rodillas y mostraba igual de perfectamente toda la extensión de sus piernas. No mucha ropa para lo que debía haber costado… pero que, efectivamente, servía a su propósito.

Bueno, tal vez ya era hora de ver lo que era ser su hermana.

Primero el cabello, entonces. Y las uñas. Llamó al peluquero de su hermana para ver si podía atender a la señorita Lawrence esa mañana. Se mostraron ansiosos por atenderla y, cuando llegó, fue tratada con semejantes atenciones que le habría divertido si estuviera de humor. No les dijo que era Brooke, sólo lo dieron por hecho. ¿De verdad que se parecía tanto a su hermana?

Poco después, se vio transformada en su hermana delante de sus propios ojos. Pero el parecido debía existir desde siempre, era sólo que la gente las veía de distinta manera.

Los del salón de belleza esperaban a Brooke y nunca consideraron que pudiera ser alguna otra. Fitz se había esperado ver a Brooke y fue a ella a quien vio. De repente se le ocurrió que nadie dudaría de ella, que si contenía los nervios, todo sería fácil. Lo único que necesitaba ahora era algún vestido de su hermana.

Dejó el salón y tomó un taxi, dándole la dirección del piso de su hermana.

El taxista le pidió un autógrafo para su hija y ella lo hizo gustosa. ¿Era eso un fraude? No, ya que no lo estaba haciendo por dinero y la sonrisa del taxista le tranquilizó la conciencia.

Diez minutos más tarde, mientras rebuscaba en el montón de hermosos vestidos de su hermana, pensó que Brooke, para ser una mujer que se pasaba la mitad del año filmando en sitios donde las ropas raramente eran algo más que una tira de tela y algunos adornos, Brooke no andaba falta de ellas. Tenía de lo mejor y más caro.

Pensó que debería ponerse algo con lo que hubiera aparecido en la prensa o la televisión.

A pesar de que todo el mundo la había confundido hasta el momento, sabía que bastaría con que alguien se diera cuenta del engaño para que se viera perdida.

Pero eso no podía suceder. Por Lucy no podía permitir que sucediera. Claro que podía decirle a la niña que tenía una tía y que esa tía estaría con ella cuando ella no pudiera. Luego le escribiría como su tía Bronte y, al cabo de unos meses, con un cambio de peinado y sus ropas normales, volvería a verla como ella misma.

Entonces encontró el vestido que James Fitzpatrick le había pedido. Un traje de safari color caqui claro, con la chaqueta con muchos bolsillos amplios y pantalones estilo militar. Con ese vestido, un pañuelo azul de seda y unas botas de desierto, Brooke estaría increíblemente elegante y sexy. Pero así era Brooke, prestaba su elegancia a los vestidos, no al revés.

Luego eligió un par más y lo metió todo en una de las maletas de su hermana, junto con las botas de desierto y unas sandalias.

Además se llevó un reloj Gucci de acero inoxidable y un collar de ámbar que solía ponerse, además de un frasco del muy caro perfume que usaba.

Fitz le había dicho a Lucy que guardara en secreto la visita de su madre, le explicó que Brooke se enfadaría si los periódicos descubrían que iba a ir al colegio. No le había gustado hacerlo, pero si se anunciaba su llegada todo podría irse al traste. Aún así, el viernes, la excitación de la niña era muy evidente y fue casi un alivio cuando la dejó en el colegio.

Claire Graham estaba, como siempre, esperando a que todos los alumnos estuvieran dentro y se acercó a hablar con él.

– Fitz -le dijo sonriendo.

– Claire -dijo él señalando a su hija con un gesto de la cabeza-. ¿Cómo está ella?

– Sigue rompiendo cosas.

– Oh, vaya…

– No te preocupes. No ha habido ningún daño serio. Me alegro de verla feliz. Parece que sus historias han cesado también. ¿Has hablado con ella?

– Hemos hablado, sí.

Ella asintió.

– Muy bien. ¿Vas a venir esta tarde? Será divertido.

– ¿Quieres que me traiga una cámara de vídeo para grabarlo para la posteridad?

– ¿Lo harías?

Como si no lo hubiera hecho siempre.

– No te preocupes, aquí estaré.

El viernes por la mañana, Bron se levantó temprano y se probó los vestidos de su hermana. Ya lo había hecho el día anterior, y se había decidido por uno verde con las sandalias. Casi.

Se había pasado toda la noche con pesadillas en las que había enormes cantidades de café, mayonesa y ketchup. No había pensado comer nada, ya que estaría demasiado nerviosa para ello. Pero aún así, sabía que, por mucho cuidado que tuviera, algo le iba a pasar al vestido que se pusiera y, si no se podía lavar con facilidad, iba a ser un desastre. Y las sandalias no estaban hechas para andar por el césped. Podía romper un tacón. O ella romperse un tobillo y terminar en el hospital, donde descubrirían que no era Brooke.

Rechazó definitivamente el vestido verde.

Otro de los vestidos, con pantalón y un jersey de seda no estaba mal, incluso era algo que podía ser suyo, pero ése era el problema, lo podía llevar cualquiera y tenía que parecerse a su hermana todo lo que pudiera.

Así que se decidió por el vestido de safari que, a pesar de lo caro de la marca, sugería como si estuviera a punto de salir para cualquier selva del mundo.

Se dejó la chaqueta abierta, revelando un top de seda color dorado, se puso el reloj Gucci y, en vez de pañuelo, se puso el collar de ámbar. Luego se puso un poco del perfume de su hermana, que era mucho más agradable que el repelente para mosquitos.

Sonó el timbre de la puerta y miró su reloj. El de Brooke. La verdad era que nunca había visto el sentido a un reloj sin números, sobre todo a uno cuadrado, dado que cualquier intento de dar la hora con precisión era una tontería. Debía ser el taxi que había llamado.

Pero no lo era. Era James Fitzpatrick. Un James Fitzpatrick que no podía estar más atractivo con una camisa de cuello abierto color azul marino y unas finas rayas blancas y unos vaqueros gastados que parecían haberle sido moldeados encima.

La miró y ella se sintió como acariciada por un pañuelo de seda. Por todo el cuerpo.

Entonces se dio cuenta de por qué él estaba allí y la ira se apoderó de ella.

– ¿Qué estás haciendo aquí? -le preguntó.

– Pasaba…

– De eso nada.

Él estaba tratando de no reírse, lo que la irritó más todavía.

– He tenido una buena idea.

– Has pensado que iba a decepcionar a Lucy. Que no iba a ir.

– Digamos que he decidido asegurarme de que lo hagas.

¿Por qué le dolió tanto eso? Él se creía que era Brooke y, si todo lo que él había dicho cuando hablaron era cierto, tenía todo el derecho a ser cauto.

– Se lo prometí. Y yo nunca rompería una promesa a una niña.

– ¿No? Bueno, ¿estás lista?

– Estoy lista para mi taxi.

– No necesitas un taxi, estoy aquí.

– Preferiría ir en tren.

Él sonrió cínicamente.

– Ni tu puedes haber cambiado tanto, Brooke.

Nunca se creería cuánto había cambiado.

– Pues mira -le dijo ella cuando el taxi se detuvo delante de la puerta. Fue a cerrar la puerta, pero cuando lo hubo hecho, él ya le había pagado al taxista y el hombre se estaba marchando.

Empezó a gritar, pero el coche desapareció. Miró entonces a Fitz, que le estaba abriendo la puerta del jardín con una mirada de satisfacción.

– No me estás escuchando, Fitz. Te he dicho que no necesito que me lleves.

– No es necesario que nos peleemos por esto, Brooke. Yo ya estoy aquí.

A Bron le pareció que no tenía otra opción. Había estado preguntándose por qué Brooke se habría apartado de un hombre tan deseable, pero, de repente, lo supo. Dos personas tan acostumbradas a salirse con la suya sólo podía significar una cosa: Problemas.

Detrás de ella, el llamador de la puerta cayó al suelo.

Fitz miró fascinado como ella lo tomaba y lo escondía detrás de unas flores. Eso era exactamente lo que hubiera hecho Lucy. Pero era curioso, no recordaba que Brooke fuera de la clase de chica a la que las cosas se le rompieran en las manos. Sólo él.

– ¿Te sucede eso a menudo? -le preguntó.

– Ya lo arreglaré más tarde.

¿Arreglarlo? ¿Estaba de broma?

– ¿Con un destornillador?

Ella lo miró, furiosa.

– No, con la lima de uñas.

Fitz no pudo evitar sonreír. Esos enfados rápidos no habían cambiado en ella. -Sólo preguntaba. ¿Nos vamos ya?

Una vez dentro del coche, él le dijo:

– La verdad es que te has vestido para el papel.

Las amigas de Lucy se iban a quedar impresionadas.

Bron pensó que Brooke siempre había preferido a los hombres a los que pudiera controlar. Ese hombre que tenía al lado podía haber cambiado al cabo de ocho años, pero algo en él sugería que Fitz había sido el que lo controlaba todo desde que la primera mujer se asomó sobre su cuna.

Fue a ponerse el cinturón de seguridad, pero como de costumbre, fue todo dedos. Los nervios le estaban jugando una mala pasada.

Fitz se lo abrochó y ella le dijo:

– Parece que estoy un poco nerviosa.

– Entonces va a ser una tarde de lo más excitante.

– ¿Y eso?

– Me sorprendería que Lucy haya pasado la mañana sin causar alguna clase de desastre.

Luego permanecieron en silencio hasta que, veinte minutos más tarde, Fitz le dijo:

– No he venido a buscarte porque pensara que te fueras a echar para atrás. No después de que hablaras con ella. Ni tú puedes ser tan cruel.

– Gracias -dijo ella reconociendo su sarcasmo-. ¿Por qué has venido entonces?

– Pensé que ésta sería una buena oportunidad para explicarte algunas reglas sobre lo de hoy.

– ¿Sí?

– No quiero que entres en la vida de Lucy y lo compliques todo más allá de ir a su colegio. Lucy se ha convencido a sí misma que lo único que quiere es una visita, mostrarte a sus amigas, demostrarles que no les ha mentido.

– ¿Pero tú no estás seguro?

La verdad era que ella tampoco lo estaba, pero tenía un as en la manga. Pudiera ser que a Brooke no le apeteciera nada ser madre, pero Lucy tenía una tía que no podía esperar a conocer a su inesperada sobrina. Una tía que la querría y que haría todo lo que fuera necesario para suavizar su desencanto.

Fitz la miró.

– Eso es lo que cree que quiere, pero no creo que ahora quiera dejarte ir. Vas a tener que ser firme. Hoy vienes al colegio porque ella te lo ha pedido, pero las razones por las que me la dejaste a mí siguen siendo válidas. Tú tienes un trabajo muy serio que hacer, apenas vas a estar en casa y sabes que es mejor que se quede conmigo -le dijo él como si lo habría estado repasando, cosa que, probablemente, hubiera estado haciendo.

Bron se dio cuenta de la firmeza de su voz, pero también de otra cosa. James Fitzpatrick tenía miedo de estar a punto de perder a la niña a la que amaba, la niña a la que había criado, por una mujer que se había transformado en el ídolo de toda esa generación. Él podía ser grande y fuerte, pero bajo esa fachada de control sabía lo fácilmente que Lucy se podía dejar influenciar por su madre.

Bron miró a Fitz. Su indudable atractivo sexual podía haberle afectado, su falta de confianza la había hecho enfadar, pero ese destello de vulnerabilidad estaba llegándole al corazón.

Pero ella conocía a Brooke y su hermana lo haría agitarse un poco antes de soltarlo del anzuelo. Disfrutaba demasiado de esa clase de poder como para evitarlo. Y, por ese día, sólo por ese día, ella tenía que ser Brooke.

– ¿Tienes miedo, Fitz?

La sugerencia de un reto en su voz hizo que él la mirara fijamente por un momento y luego volvió a mirar a la carretera.

– No juegues, Brooke. No con Lucy. Ella no es un juguete que puedas tomar cuando te venga bien para abandonar de nuevo cuando la novedad haya pasado. Hace ya tiempo que elegiste. Los dos lo hicimos. Si tienes remordimientos vas a tener que vivir con ellos.

¿Tendría remordimientos Brooke? ¿Pensaría alguna vez en la niña de la que se había separado? ¿Cómo podía no pensar en ella?

– Tal vez Lucy tenga otras ideas.

– Estoy seguro de que las tendrá. Estoy seguro de que tú eres la madre soñada de cualquier niña. ¿O debo decir pesadilla? Confío en que le digas que estás demasiado ocupada para cualquier cosa que no sea esta visita. Estoy seguro de que hay por lo menos una docena de bichos en peligro de extinción en tu lista ahora mismo y, créeme, ellos te necesitan más que Lucy.

– ¿Es eso cierto? -dijo ella irritada-. ¿Podré mandarle una postal en navidades?

– ¿Por qué ibas a querer hacerlo? No te has acordado de sus cumpleaños ni de las navidades en ocho años. No empieces algo que no pretendas continuar. No puedo permitir que aparezcas cada cinco minutos molestándola, Brooke, jugando a ser madre.

– Si ése es el caso, Fitz, ¿por qué has venido? ¿No habría sido más fácil dejarlo todo como estaba?

– Ya era demasiado tarde para eso. Ella encontró su certificado de nacimiento y las fotos.

– Eso fue muy descuidado por tu parte.

– Mucho. Y éste es mi castigo por ello. Hoy vas a hacer de mi hija una niña muy feliz y luego, a las cuatro, te llevaré a la estación y te pondré en el tren de vuelta a tu casa.

– ¿Quieres decir que, ni siquiera estoy invitada a tomar el té?

– Estás invitada. Pero también demasiado ocupada para aceptar. Una mujer tan importante como tú debe tener docenas de cosas más interesantes que hacer. Contratos que firmar, entrevistas y demás.

– ¿No le parecerá mal a Lucy?

A él se le removieron las entrañas al pensar en lo que podía sentir Lucy. No iba a llorar ni nada parecido, pero él sentiría su dolor como algo propio y, estaba seguro de que, esta vez, en su interior, ella lo culparía a él.

– Por supuesto que le parecerá mal.

– Ya veo.

– Espero que así sea, Brooke, porque no quiero que te muestres demasiado amable y maternal con ella.

Eso lo dijo Fitz sin saber por qué se preocupaba. Con toda esa gente a su alrededor, Brooke se comportaría como la protagonista de siempre.

– ¿Perdón?

– Sólo sigue tu papel de salvadora de la Tierra. Es lo que haces mejor. Puedes sonreír y ganarte a todo el que se te ponga por delante, cuantos más, mejor. De esa forma, Lucy sabrá que eres propiedad del público primero y su madre mucho después.

– Quieres que la trate como a otra admiradora más, ¿no?

Eso lo dijo de tal manera que, por un momento, Fitz se preguntó si no la habría juzgado mal.

Pero paró en seco ese pensamiento.

– Bueno, eso es todo lo que ella es para ti, Brooke. Sé sincera. Puedes actuar en tu papel de madre devota todo lo que quieras para tu público esta tarde, pero no tienes que hacerlo conmigo, te conozco demasiado bien. Esto es sólo una demostración más de tu ego para ti, ¿no?

Capítulo 4

¿Conocerla? ¿James Fitzpatrick se creía que la conocía? Bronte estuvo a punto de echarse a reír por primera vez desde hacía semanas. Seguramente sería la histeria.

Estaba sentada a su lado con la ropa de su hermana, sus joyas y su perfume, además de con su nombre. El incluso la había besado y no había sospechado nada. Eso era todo lo bien que conocía a Brooke.

– ¿Sincera? -repitió ella sin entender lo que le quería decir.

– Sí, sincera, maldita sea. Tú nunca quisiste a Lucy, me la diste a mí y te marchaste sin mirar atrás. Y, dado que estamos siendo sinceros, ¿por qué no me cuentas por qué estás haciendo esto, por qué te estás molestando?

¿Cómo era posible que él no viera las diferencias que había entre Brooke y ella a pesar de las similitudes superficiales que nacían que no fueran idénticas. Brooke era tres centímetros más baja que ella. ¿Es que se creía que había crecido? ¿Y pensaba que seguiría viviendo en esa casa? ¿Que estaría trasteando por la cocina ella misma? Si creía eso era que no conocía nada a Brooke. El corazón le estaba latiendo tan fuertemente que temió que él lo oyera por encima del ruido del motor. Podía haberle dicho la verdad, por supuesto. Y lo haría antes de marcharse del colegio. Se lo diría y disfrutaría de la cara que iba a poner.

Pero de momento haría su papel; le había prometido a Lucy que su madre estaría allí y no iba a traicionar esa promesa.

– Puede que tenga algo que ver con esa amenaza de llamar a la prensa amarilla para contarle mi pasado oculto -dijo ella por fin.

– Bueno, ya lo has dicho, Brooke. La sinceridad siempre es buena.

– ¿De verdad que me odias tanto?

Fitz la miró por un momento sin querer o, tal vez, sin poder responder. Luego los claxons de los coches de detrás hicieron que avanzara.

Siguieron en silencio un rato hasta que los nervios pudieron con ella y lo miró para decir algo.

– ¡Espera! -dijo él-. Pararemos dentro de unos minutos. Entonces podremos hablar.

Un kilómetro más adelante él detuvo el coche delante de un pub.

– Ven, será mejor que comamos algo antes. Va a ser una tarde muy larga.

– Yo no…

¿Cómo iba a poder tener hambre con el nudo de nervios que tenía en el estómago?

Pero Fitz ya había salido del coche y le había abierto la puerta.

– No tengo hambre -dijo.

– No hagas esto, Brooke. No quiero tener una pelea en un aparcamiento público.

– ¿Y tú te crees que yo sí?

Él respiró profundamente.

– No te odio. Debería hacerlo, pero no.

Luego hizo una larga pausa y Bron lo miró sin poder evitarlo.

– Creía que te odiaba, hasta ayer -continuó él-. Como siempre, te has salido con la tuya, Brooke, así que ya puedes brindar y disfrutar a gusto de tu victoria.

Luego la tomó de la mano y la hizo bajar del coche. Pero había un problema, que no se apartó.

Se quedaron allí por un momento, Bron apoyada contra el todo terreno y Fitz demasiado cerca de ella. Era como una reposición de la escena de la cocina, él la iba a volver a besar, pensó ella.

Pero entonces él levantó la mano hasta su rostro y pareció dudar cuando vio una fina cicatriz que ella tenía bajo la ceja izquierda.

– Lucy tiene una cicatriz como ésta -dijo él pensativamente.

– Tal vez sea hereditaria -logró decir ella.

– Ella tenía seis años, me iba a dar una taza para que la lavara y tropezó. Había tanta sangre…

Bron recordó el accidente que le produjo la cicatriz a ella, con un cristal, el pánico de su padre, la tranquilidad de su madre, la forma en que la vendó y la llevó a que la curaran. Pensó que debía ser muy difícil hacer de padre y madre al mismo tiempo.

– ¿Seis años? Definitivamente es hereditaria -dijo ella con la voz llena de emoción-. ¿Vamos?

Eso lo dijo con la misma voz tranquila de su madre mientras miraba hacia el pub como si no quisiera nada más en el mundo que un sandwich y un refresco.

Era pronto y el pub estaba casi vacío. Bronte no había pensado en lo que podía hacer su parecido con su hermana, pero tal vez Fitz sí lo había hecho, ya que la llevó a un rincón tranquilo, bastante lejos del bar antes de ir a pedir unos sándwiches, una copa de vino blanco para ella y un café para él.

Ella habría preferido otro café, pero él no se lo había preguntado. Y, por supuesto, Brooke habría querido un vino.

– ¿Qué estás haciendo ahora, Fitz? -le preguntó para hablar de algo neutral.

– Sigo haciendo películas, pero nada que te pueda interesar a ti, Brooke. Uno no se puede ir por ahí de aventuras cuando se tiene una niña que cuidar. Pero por supuesto que tú sabías eso. Siempre lo has sabido.

– ¿Qué clase de películas?

– ¿No lo sabes? -dijo él y se encogió de hombros-. ¿Por qué ibas a saberlo? de dibujos animados, Brooke. Yo quería… necesitaba trabajar desde casa y, cuando un amigo me vino con la idea de unas series para niños en la televisión… Bueno, era algo que hacer.

¿Hasta que Brooke volviera y él pudiera seguir con su propia vida fuera cual fuera? Pero ella no había vuelto.

– Si sigues haciéndolo es que deben tener éxito. ¿Podría verlos? -dijo ella animadamente. Él pareció como si fuera a sonreír.

– No sé, Brooke. ¿Cuánta televisión para niños sueles ver?

Ella se había hartado a ver televisión mientras cuidaba a su madre.

– Te sorprendería.

Él se encogió de hombros.

– El Ratón Einstein fue el primero, luego siguieron Ginger y Fudge, el Balón de Bellamy.

Ella lo miró fijamente. ¿Ese hombre hacía esos deliciosos dibujos animados?

– ¿No? -le preguntó él malinterpretando su silencio-. Tal vez hayas visto Los Moggles. Son lo último…

– ¿Los Moggles? ¿Son tuyos? Pero son preciosos…

– ¿Te gustan? Bueno, tal vez si tienes suerte, tal vez alguien te ponga uno en el calcetín estas navidades.

– ¿Un Moggle?

– Los estamos fabricando y, seguramente salgan al mercado antes de Navidad junto con el libro.

– ¿Lo estás haciendo tú mismo? ¿Y sigues teniendo tiempo para hacer películas? ¿Tienes tiempo para vivir? -él la miró enfadado.

– Si me estás preguntando si tengo tiempo para Lucy, la respuesta es que lo busco.

– No, no, de verdad -dijo ella poniéndole una mano en el brazo y cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, lo retiró rápidamente-. De verdad que estoy impresionada.

– ¿Lo estás? Bueno, con eso ayudo a la economía local, pero no se puede comparar con salvar la Tierra.

Eso lo dijo con un tono muy amargo. Bueno, había sido él quien se había quedado con la niña. ¿Qué hombre no estaría amargado por eso?

– Pero a Lucy le debe encantar.

Él la miró, sorprendido por su calor y entusiasmo.

– Ella es el perfecto animal de laboratorio para probar los prototipos. Cualquier cosa que sobreviva en sus manos pasa con facilidad todas las pruebas de seguridad de los juguetes.

– Pobre niña. Yo sé muy bien lo que es eso.

– ¿Lo sabes? No recuerdo que fueras torpe. Todo lo contrario, pero claro, como te pasabas la mayor parte del tiempo tumbada de espaldas…

Ella se ruborizó furiosamente y la copa que tenía en la mano empezó a temblar peligrosamente, por lo que la dejó en la mesa rápidamente. Demasiado tarde. Pero Fitz se movió rápidamente para sujetarla, como un hombre acostumbrado a evitar tales desastres.

– Tal vez el embarazo es una cura temporal -dijo él pensativamente.

Como ella no quería entrar en el terreno personal, decidió cambiar de conversación.

– ¿Qué habrá pasado con los sándwiches? -dijo.

– Creía que no tenías hambre.

– Y no la tengo. Pero no me gusta el pensamiento de pasarme la tarde sentada aquí esperando el dudoso placer de verte comer a ti.

Fitz se relajó. Casi había empezado a dudar que esa mujer fuera la misma Brooke Lawrence que había conocido. No recordaba la cicatriz y esa forma de ruborizarse… Oh, se había imaginado que algo habría cambiado. Entonces ella era una estudiante y ahora era una celebridad.

– Háblame de Borneo -le dijo él cuando llegaron los sándwiches-. Estuviste allí durante los incendios forestales, ¿no?

– Prefiero no hablar de ello.

– ¿Fue tan malo?

Lo había sido. Cuando Brooke volvió a casa lloró todo lo que pudo, Bron no la había visto así nunca antes. ¿Habría llorado cuando se separó de Lucy? ¿Se habría encerrado en su habitación para llorar y luego había bajado con esa sonrisa en la cara para que nadie supiera lo que estaba sintiendo? Eso era lo que había hecho después de volver de Borneo.

– Sí, fue muy malo -dijo ella y empezó a comer para no tener que hablar más.

– ¿Qué le has contado? -le preguntó Bronte a Fitz cuando ya estaban llegando.

– ¿A Lucy? ¿Sobre ti? Le dije que su madre era alguien muy especial, que tienes algo importante que necesitas hacer. Le dije que estabas mucho fuera, viviendo en sitios donde no te la puedes llevar. Y, como tú sabes que la estabilidad es algo que una niña como ella necesita, la dejaste conmigo.

Aquello era indudablemente mucho más amable que lo que se merecía Brooke, él había querido proteger a su hija. El amor de una madre es la primera necesidad de una niña.

– ¿No ha querido saber por qué no he venido nunca a verla?

– No. Para cuando fue lo suficientemente mayor como para pensar en ello vio que muchos de sus amigos sólo tenían un padre. Y más tarde… bueno, pensó que eso me podía molestar.

– ¿Nunca le contaste quien…?

– Ese fue el acuerdo, Brooke. Si yo me quedaba con ella, era para siempre. Tú tomaste tu decisión y firmaste los papeles.

¿Qué decisión? Era tan frustrante no saber… No se podía creer que Brooke fuera tan… fría.

– ¿Cómo encontró el certificado de nacimiento?

– Estaban haciendo un trabajo sobre la historia familiar para el colegio y supo que el nombre de su madre debía estar en el certificado. Tomó mis llaves y buscó en mi escritorio.

– Una pena que no me llame Jane Smith.

– Eso habría servido. Había otras cosas también, los papeles de la custodia, unas fotos. Había pensado que, cuando ella fuera lo suficientemente mayor, podría querer ir a buscarte. Pero supongo que se hizo lo suficientemente mayor sin que yo me diera cuenta.

– Fitz…

– Aquí es -dijo él al meterse por una gran puerta-. Pon esa sonrisa profesional, Brooke. Éste no es el lugar para algo emocional.

– No, por supuesto que no.

Bronte se había preguntado por qué Fitz no había sugerido antes una reunión más privada. Ahora entendía por qué prefería que se vieran en el colegio y por qué había ido a recogerla. De esa manera él estaba al mando y no habría lugar para nada emocional.

De repente a ella no le gustó su papel en todo aquello. Fuera lo que fuese lo que hubiera hecho Brooke, ella no se merecía aquello, ni Lucy tampoco.

– No -repitió-. Esto está mal, Fitz. No lo puedo hacer, así no.

– Es un poco tarde para arrepentirte -dijo él al tiempo que aparcaba-. Lucy te está esperando y, a pesar de que le he dicho que no lo contara, estoy seguro de que lo ha hecho con Josie.

Y Josie se lo habría dicho a todo el mundo.

Entonces la vio. Una niña alta con unos pantalones cortos oscuros y camiseta blanca que corría hacia ellos. Tenía los brazos y las piernas largos, además de una sonrisa espectacular: A pesar del cabello castaño, era la viva imagen de Brooke a su edad. Y, antes de que Fitz lo pudiera evitar, ella estaba fuera del todo terreno con los brazos muy abiertos para abrazarla.

– Oh, Lucy. Mi querida Lucy.

Bronte había pensado que era inmune al llanto, después de todo lo que había pasado en la vida, pero ahora tenía un nudo en la garganta que no la dejaba ni hablar.

Pero aquél no era ni el momento ni el lugar para ponerse a llorar, así que se contuvo y sonrió.

– Eres preciosa -le dijo a la niña.

Lucy, tan próxima a las lágrimas como ella, se sorprendió y sonrió.

– ¿Lo soy? -dijo y miró a Fitz-. Tú no me lo dices nunca.

– No, bueno, pensé que se te podía subir a la cabeza -dijo él con voz rara.

Bronte lo miró, pero él ya se estaba dirigiendo a una mujer de unos cincuenta años que se había acercado también.

– Claire, lamento haber llegado tan justo de tiempo. Había obras en la carretera.

– No hay problema, vamos a empezar más tarde. Se ha disparado la alarma de incendios. Falsa alarma -dijo con un tono que indicaba que alguien tendría problemas el siguiente día de clase.

– Claire, ¿puedo presentarte a la madre de Lucy…?

– No es necesario, Fitz -dijo Claire ofreciéndole la mano a Bronte-. Reconozco a la señorita Lawrence por la televisión y, por supuesto, Lucy la ha mencionado. Yo soy Claire Graham, la jefa de profesores de Lucy. Es un gran placer darle la bienvenida esta tarde, aunque ha sido algo inesperado.

Luego se dirigió a Lucy.

– Creo que te necesitan para ayudar a las pequeñas, Lucy. Como la niña no se movió, añadió:

– Por favor.

Bronte le dijo a la niña:

– Tus amigas te están esperando. Ya hablaremos más tarde.

Lucy se volvió y vio a media docena de niñas que la miraban con ojos muy abiertos, entonces sonrió y corrió hacia ellas. No es que estuviera gritando su triunfo, pero a Bron le dio la impresión de que le faltaba poco.

Claire le dijo entonces a Fitz:

– ¿Sabes? Vas a tener que hacer algo para compensarme por no haberme dicho que ibas a traer a una celebridad esta tarde. Esto podría haber salido en el periódico local y eso sería muy beneficioso para el colegio.

– Es por eso por lo que no te lo he dicho, Claire. Es una visita privada. Los dos preferimos que sea así y estoy seguro de que lo entiendes.

Claire asintió.

– Por supuesto. Estamos a punto de empezar, Fitz, ¿quieres filmar el principio?

Luego se dirigió a Bronte mientras él sacaba su equipo del coche.

– Fitz nos va a hacer un vídeo para conseguir algo de dinero y, cuantos más niños saque en él, más copias venderemos a los padres.

– Me lo imagino -respondió Bronte sonriendo.

No lo podía evitar, pero se sentía ridículamente feliz. Apenas había pensado en cómo sería esa tarde y, en lo poco que lo había hecho, se había imaginado que sería algo muy incómodo. Miró a Fitz y pensó que tal vez él había pensado lo mismo.

– Será mejor que vayas, Fitz -dijo-. No querrás perderte a nadie.

– ¿No quieres venir a enseñarme cómo se hace?

Estaba claro que él estaba en plan suspicaz.

– No creo. Mi trabajo es delante de la cámara, no detrás.

Claire los miró pensativamente a los dos.

– ¿Por qué no viene a conocer al resto del personal, señorita Lawrence?

Bron no miró a Fitz, muy segura de la forma en que él la estaría mirando. Bueno, pues ya podía guardarse sus advertencias para sí mismo. Lucy era feliz y ella también. No había ninguna razón para que no disfrutara todo lo que pudiera de la tarde.

– Me encantaría -dijo y se apartó de él.

Sin apenas darse cuenta de toda la gente que la miraba, pensó que, cuanto más lejos estaba de él, más fácil le resultaba respirar.

Fitz la vio alejarse lleno de aprensión. Había planeado ser él quien estuviera al mando ese día. Se había asegurado de que llegarían en el último momento, esperando que, para cuando llegaran, todo el mundo estaría demasiado ocupado como para percatarse de su llegada y que Lucy estaría demasiado absorta por sus actividades, además de que Brooke se mostrara distante, llena de glamour y sin mostrar ninguna emoción.

Había pensado que lo tenía todo controlado. Todo iba a ser muy sencillo. Él conocía a Brooke. Era egoísta y ella sería la primera en admitirlo. Se ponía a sí misma por delante y encima de todo y lo último que ella querría sería tener una relación profunda con una niña necesitada. Podría pasarse un par de horas jugando a ser una gran dama, ganándose el corazón de los padres, los profesores y los niños. Él sabía muy bien que podía ser encantadora cuando quería algo, pero allí no había nada que ella pudiera querer para siempre.

¿O se estaba equivocando en eso también?

Creía que la conocía, pero ahora veía que había algo diferente en ella. Una generosidad en sus rasgos, un calor en el fondo de esos ojos encantadores. Y algo más que no podía definir. Bueno, ella había recorrido mundo e, indudablemente, debía haber visto un montón de cosas horribles, además de las maravillosas. Y eso podía cambiar a una persona. Con veintiún años, ella era preciosa y tenía una práctica sexual muy notable. Era como un tarro de miel y sabía que el mundo estaba lleno de moscas. Todavía tenía todo eso, pero también mucho más. Su rostro tenía carácter, fuerza, compasión.

Pero ella estaba sola y ya tenía casi treinta años, ¿no podría ser que, de repente, se hubiera dado cuenta de que le faltaba algo en la vida? ¿No podría ser que la carta de Lucy coincidiera con alguna crisis o algo parecido?

Brooke ya no era una estudiante atrapada en una pesadilla, sino una mujer triunfadora y, un hijo es el accesorio que toda mujer triunfadora necesita en estos días, preferiblemente sin un hombre que la molestara con sus exigencias y se metiera en su vida.

Una hija ya hecha, con la época de los pañales bien pasada, una niña brillante e inteligente que podía hablar casi de cualquier cosa y que tenía opiniones propias tenía que ser una alternativa atractiva para alguien como Brooke.

La vio alejarse al lado de Claire, riendo con ella, haciéndola sentirse especial. A Brooke eso se le daba muy bien. Ya había hecho que Lucy se sintiera muy especial; su hija era ahora el centro de atención de todas esas niñas que poco antes se lo habían estado haciendo pasar muy mal, y Lucy estaba disfrutando de ello como nunca.

De repente tuvo miedo. Sabía lo fácilmente que Brooke podía robarle el corazón a Lucy. En su momento él había sido el blanco de sus encantos y sabía que no había defensa contra ello, sólo el tiempo. Y Era lista. Si no estaba en guardia, todo se desarrollaría sin que él se diera cuenta siquiera del peligro.

Pudiera ser que, al principio, ella sólo quisiera quedarse con Lucy un fin de semana o en vacaciones. Podía ser que él tuviera la custodia muy claramente escriturada, pero si se oponía a los deseos de ella, lo podría llevar a juicio y ¿qué juez podría negarle algo así a una madre arrepentida y con el corazón roto? Y tampoco tendría que llegar a eso. Si Lucy quería, él tendría que acceder, no podía hacer nada más. Ella era su madre. Pero eso sólo sería el principio. Luego habría que negociar sobre las vacaciones escolares, Navidades y demás. Y él había pensado que tenía todas las cartas en la mano…

Se pasó una mano por la cabeza, sorprendido por su propia estupidez. ¿Es que no iba a aprender nunca?

¿Pero qué podía haber hecho? Una vez que Lucy supo quién era su madre, una vez que Brooke la había visto, el genio estaba fuera de la botella y no había manera de volverlo a meter en ella. Se había engañado a sí mismo al creer que esa tarde sería suficiente para ambos. Se había engañado a sí mismo. Eso se le daba muy bien en todo lo que tenía que ver con Brooke.

Ahora que las había visto juntas sabía que aquello nunca podría ser tan sencillo. Aquello era sólo el principio y, le gustara o no, ella iba a ser parte de sus vidas de ahora en adelante. ¿Pero una parte cómo de grande?

En ese momento recordó la escena de la cocina cuando, por segunda vez en su vida, él había perdido la cabeza por completo y la había besado. La diferencia estaba en que, esa vez, ella le había devuelto el beso.

¡No!

Pero en lo más profundo de su ser podía sentir la cálida necesidad derrotando a su fuerza de voluntad, podía oír el sí susurrado corriéndole por las venas, calentándolo de dentro afuera. Se había creído inmune a Brooke Lawrence, no había tenido sensación de peligro hasta que ella se volvió y lo miró como si lo estuviera viendo por primera vez. No sabía cuáles eran los planes de Brooke con respecto a Lucy y ella no se los había contado, pero mientras la veía con el personal del colegio, la excitación que lo embargaba mientras era presentada, supo que él haría cualquier cosa para asegurarse de que no lo empujaría fuera de la vida de Lucy. Lo que fuera.

Capítulo 5

El director de la escuela le ofreció su silla a Bron, pero ella quería sentarse entre los demás padres en el campo, cerca de Lucy. En semejante dilema, ¿qué haría su hermana?

Exactamente lo que llevaba haciendo desde que fue lo suficientemente mayor como para darse cuenta de que la vida estaba llena de opciones y que, si no dejaba claros sus deseos, alguien lo haría por ella. Y, dado que ella era para todos la famosa Brooke Lawrence y no su hermana desconocida, no había ninguna razón para que no hiciera lo mismo.

Le puso una mano en el brazo al hombre para indicarle que apreciaba su gesto y sonrió.

– Por favor, no se moleste. Voy a reunirme con el resto de los padres, donde pueda animar a Lucy y gritar con ganas sin parecer que me he vuelto loca. ¿Tal vez nos podamos ver durante la merienda?

Todos le sonrieron. Bron apenas se podía creer lo fácil que era hacer que todos la admiraran de esa manera. Debía haberse fijado mucho en Brooke. Esa clase de poder podía subírsele ala cabeza a cualquier chica y, si no tenía mucho cuidado, podía empezar a disfrutar de él. Pero no lo iba a tener ese día. Ahora era Brooke, no ella misma y podía ganarse a quien quisiera con toda naturalidad. Tan naturalmente que podía seguir haciéndolo e, incluso intentarlo con James Fitzpatrick si él no se comportaba. Eso la hizo sonreír mientras se dirigía a donde estaban los padres.

Entonces vio a Fitz al otro lado del campo de deportes con su cámara, apuntándola a ella. Entonces esos alegres pensamientos se detuvieron en seco. Él se movía con tanta gracia… En ese momento ella se sintió tremendamente confundida. A pesar de su deseo de permanecer tan lejos de él como le fuera posible, se encontró deseando estar suficientemente cerca de él como para tocarlo, para…

Paró en seco esos pensamientos. ¿Ganarse a James Fitzpatrick? ¿A quién estaba engañando? se recordó a sí misma que él era de la clase de hombre que representaba un problema para cualquier mujer que no tuviera los pies firmemente plantados en el suelo. Problema y con mayúsculas.

– ¿Está ocupado este asiento? -preguntó volviéndose rápidamente.

No quería que él la viera mirándolo embobada como una adolescente con las hormonas al galope.

La silla era para niños y, cuando se sentó, las rodillas le llegaron a la barbilla. Sus vecinas le pasaron un programa de las carreras y empezaron a charlar entre ellas.

Mientras recorría con la cámara los rostros de los padres, Fitz se encontró de repente con el de Brooke. Su cara risueña llenó toda la pantalla. Se estaba riendo de algo que le decía la mujer que tenía sentada al lado y toda la gente de alrededor lo estaba haciendo también. ¿Qué tenía ella que hacía que la gente creyera que era tan agradable?

¿Qué dirían si les contara cómo era en realidad, que había tenido que convencerla de que tener un hijo no era el fin del mundo?

Mientras la miraba, recordaba lo joven que era y lo asustada que estaba entonces.

Y lo muy vulnerable que parecía y lo mucho que había tenido que cuidarla durante el embarazo.

Para luego, una hora después de dar a luz y con su hija tumbada al lado, Brooke le dijo que la iba a dar en adopción.

El había estado seguro entonces de que se iba a arrepentir de ello. De que, al cabo de semanas, meses, ella querría volverse atrás. Incluso le había suplicado que se casara con él. Lo había hecho casi todo para conservar a su hija. Brooke lo vio y se aprovechó de ello. Bajo ese encantador exterior había la mujer más dura que él había conocido en su vida.

Y, cuando ella había tenido todo lo que había querido y había firmado los papeles que hacían que Lucy fuera de él, le dijo que estaba loco. Tal vez lo estuviera entonces, pero ocho años de amar a Lucy, de verla crecer, lo habían afianzado en sus creencias. Hacía ocho años él no había tenido ni idea de cómo iba a cambiar su vida, de la responsabilidad que estaba aceptando. Ahora lo sabía y no había nada que pudiera hacer para conservar a Lucy. Nada.

– ¿Tú eres la madre de Lucy?

Bronte sostuvo la taza y el plato con una mano mientras sacaba la cartera y, de ella, un billete de diez libras.

– Sí -dijo mientras pagaba el número de la rifa.

Era por eso por lo que Lucy había querido que fuera, para que todo el mundo supiera que no había mentido.

– Pero Fitz y tú no estáis…

– ¿Casados? -dijo Fitz desde detrás de ella, sorprendiéndola-. Brooke considera anticuado el matrimonio. Por lo menos, así era antes. ¿Has cambiado de opinión al respecto, querida?

Decidida a seguir en su papel de Brooke, ella pensó que, lo mejor era una respuesta a su estilo.

– ¿Es eso una propuesta de matrimonio, querido?

Fitz se quedó en silencio por un momento, luego él se encogió de hombros y le dijo:

– La oferta sigue en pie.

¿Le había pedido a Brooke que se casara con él? -¿Mamá?

Bronte se volvió al oír la voz de Lucy. Por supuesto que él se lo había pedido. Tenían una hija. Una a la que él había querido aunque su hermana tuviera otros planes.

– Mamá, ¿puedes venir a saludar a Josie? es mi mejor amiga y quiere conocerte.

Bronte miró hacia donde otra niña estaba esperando tímidamente.

– Por supuesto que voy, querida -dijo pasando entre los boquiabiertos adultos que la rodeaban-. Por favor, discúlpenme.

Tomó la mano de Lucy y la siguió.

Fitz la miró deseando ir con ellas, tirarse con ella en la hierba al lado de las dos niñas, unirse a sus risas. La madrastra embarazada de Josie, junto con su hijo pequeño, sí que se unió a ellas. Brooke tomó en brazos al niño y lo acunó con el rostro brillándole de alegría. Dejó la taza de Brooke y se alejó mientras metía una nueva cinta en la cámara. Los dedos le temblaban. Había tenido que pedirle que se casara con él delante de un montón de desconocidos… ¿Por qué había hecho semejante cosa? Era ridículo. Se estaba buscando problemas. Eso aún suponiendo que a ella le interesara.

¿Y por qué le iba a interesar? Pero por Lucy él no debería haberlo pensando ni por un momento, ni ahora ni entonces.

Pensó que esa mujer debería llevar un cartel de advertencia grabado en la frente, para que los incautos como él se mantuvieran alejados. Junto con esa cicatriz. Ella le había dado a entender que era de un accidente infantil, pero era curioso que él no la recordara. Y creía que lo recordaba todo de ella.

Tomó la cámara y fue filmando por todo el campo, tratando de acallar los sentimientos que lo embargaban, pero sin conseguirlo… La forma en que estaba evitando apuntar la cámara hacia Brooke lo demostraba.

– ¿Fitz?

Se volvió cuando Claire Graham se acercó a él.

– ¿Crees que la señorita Lawrence podría presentar los premios de esta tarde?

Él se encogió de hombros.

– ¿Por qué no se lo preguntas a ella?

– Bueno, tú dijiste que era una visita privada y no quisiera avergonzarla.

El se guardó la respuesta que le iba a salir, que a Brooke no había manera de avergonzarla. Por lo menos eso había pensado siempre, pero aún así, se había ruborizado cuando le recordó las semanas que habían pasado en la cama. Tal vez, sólo tal vez, se sentía un poco culpable después de todo.

– Estoy seguro de que Brooke estará encantada de presentar los premios, Claire, pero creo que deberías pedírselo tú.

Claire lo miró compasivamente.

– ¿Te resulta tan difícil?

– ¿Qué? Lo siento, Claire. ¿Se me nota tanto?

Ella le puso una mano en el brazo.

– Piensa en Lucy, Fitz, en lo feliz que es.

– Espero que esto no sea temporal.

– No tiene que serlo. Sois adultos y podéis hacer algo al respecto si queréis.

– Seguramente tengas razón, Claire.

¿Pero qué? Vio a Brooke ponerse en pie cuando se le acercó Claire.

Bueno, tal vez se estuviera preocupando por nada. Seguramente ella se marcharía pronto y seguiría con sus reportajes y libros sin pensar más en Lucy. Y, si no había pensado en ella en ocho años, ¿por qué iba a empezar a hacerlo ahora?

Porque ahora que había conocido a Lucy podría pensar en ella todo el tiempo. No iba a poder evitarlo.

Entonces empezó la segunda mitad del programa de la tarde y él estuvo demasiado ocupado filmando como para seguir pensando en esas cosas.

Luego, cuando vio en acción a su hija, decidió que, en vez de mantener a distancia a Brooke, debería estar empleando ese tiempo en hacer las paces con ella de alguna manera. Si podían ser amigos, cualquier cosa era posible.

– ¿Brooke?

Por un momento ella no pareció oírle. Repitió su nombre y ella se volvió repentinamente hacia él.

– Fitz, lo siento, estaba muy lejos de aquí -dijo ella sonriendo-. ¿No es maravillosa?

– ¿Lucy? Siempre lo he pensado -dijo él ofreciéndole la mano-. ¿Por qué no vamos los dos a decírselo? Ella dudó por un momento y luego, casi tímidamente, tomó esa mano y él la ayudó a levantarse. Luego no la soltó y siguieron andando de la mano.

– Has hecho un trabajo maravilloso, Fitz. ¿O es que has tenido una niñera fabulosa que haya hecho el trabajo duro?

– No me podía permitir tener una. Hasta que empecé a recibir dinero de las series de televisión tuve que vivir de todos los trabajos como freelance que pude conseguir. Más tarde, bueno, puede contratar a una mujer para que limpiara, para que estuviera en casa cuando yo no pudiera. Nada más.

– Gracias, Fitz.

Él se detuvo y la miró fijamente, entonces ella añadió:

– Gracias por hacerla feliz.

Ella parpadeó rápidamente, pero no lo suficiente como para detener una lágrima. Él la vio formarse en la esquina del ojo. Por un momento pensó que ella la iba a controlar, pero entonces le resbaló por la mejilla y, sin pensarlo, levantó una mano y se la enjugó. Una lágrima. La había visto enfadada, deprimida, dolorida, pero nunca la había visto llorar. Ni una sola vez. Tal vez fuera por eso por lo que la rodeó con un brazo, ofreciéndole un momento de consuelo por todos los años perdidos.

– Lo siento -murmuró ella-. Esto es tan tonto…

– No, no lo es.

Era comprensible. Pero para alguien que no fuera Brooke. La miró y frunció el ceño. -¿Sabes? Si no te conociera, juraría que has crecido.

Ella parpadeó y luego, sonriendo agitadamente, le dijo:

– Eso sí que es tonto. Las chicas suelen dejar de crecer con dieciocho años.

– ¿Es eso cierto?

– Año más o menos. Yo saqué un sobresaliente en biología, ¿sabes? -Lucy se les acercó entonces corriendo y él soltó a Brooke para levantarla en el aire y abrazarla mientras Brooke le daba un beso en la mejilla, dando los tres, por el momento, la imagen de la familia feliz.

– Bien hecho, Lucy. Eres brillante.

Lucy pareció encantada.

– ¿Te ha preguntado papá si te puedes quedar a merendar? -preguntó-. Anoche hice unos pasteles y la señora Lamb está haciendo sándwiches de pepino y salmón ahumado.

– ¿Puedes quedarte?

Bronte miró extrañada a Fitz al oír el inesperado calor de su voz. ¿Qué había pasado con eso de que ella iba a estar muy ocupada? Bueno, tal vez aquello fuera por Lucy.

– Sólo di que estás ocupada y te llevaré a la estación -añadió él cuando vio que dudaba.

Ese era un recordatorio de que se suponía que ella debía poner alguna excusa y marcharse.

– ¿Quién puede estar demasiado ocupada para comer salmón ahumado y bizcochos caseros? -dijo y se quedó desconcertada al ver que él no parecía nada irritado.

– ¡Perfecto! Así podré enseñarte mi habitación. Papá me la ha pintado y es muy bonita. Tal vez te puedas quedar y así te enseñaré lo bien que nado. Papá siempre me lleva a nadar los sábados. ¿Puedes quedarte? -le preguntó Lucy ingenuamente.

– No te pases, Lucy. Pediste una tarde y ya la has tenido. Tu madre es una persona muy ocupada…

– Y no me he traído el cepillo de dientes -dijo ella.

– ¿Pero volverás?

– ¡Lucy! -exclamó Fitz-. ¿No has sido la mejor en la carrera? La señorita Graham te quiere para darte el premio.

– Entonces también querrá a mamá, ¿no es así?

– Sí, así es -dijo ella empezando a seguir a la niña mientras Fitz parecía anonadado. Claramente no estaba acostumbrado a que lo trataran así.

Entonces tomó a Bron por el brazo y la hizo detenerse.

– ¿Te importa? me refiero a eso de venir a tomar el té a casa.

– Por supuesto que no. Sólo me ha sorprendido la calidez de la invitación. Tenía la impresión de que no me querías cerca más tiempo del necesario.

– ¿Y es ésa la única razón por la que has aceptado? ¿Sólo por irritarme?

– Puede ser.

– Entonces lamento decepcionarte, Brooke. Me temo que vas a tener que hacerlo mejor.

– Tal vez pudiéramos parar en algún sitio entonces para comprarme un cepillo de dientes -dijo ella.

– No es necesario, yo siempre tengo de repuesto.

– Eso seguro.

Ella ya se había fijado en la forma en que lo miraban las madres. Un hombre solo con una hija siempre ablandaba los corazones, sobre todo uno como él.

– No vas a volver a alejarte, ¿verdad, Brooke? Eso le rompería el corazón a Lucy.

– Tú lo dijiste, Fitz. Una tarde y no podré volver.

Entonces se libró del agarre de él cuando vio que Claire la llamaba.

– Perdona -le dijo y se apartó de él dirigiéndose a la mesa de Claire.

Parecía muy firme por fuera, pero por dentro era como gelatina. ¿Cómo podía hacerle eso él con sólo un toque?

Sonrió y empezó a dar los premios. Cuando le tocó a Lucy, sus amigas gritaron de alegría. Fue entonces cuando vio a Fitz con la cámara enfocándola directamente a ella. Era como si estuviera profundizando en su mente con ese objetivo, viendo sus secretos y entonces, la copa que le iba a dar a Lucy se le cayó de las manos.

– Sólo está un poco abollada, mamá -le dijo Lucy luego, ya en el coche-. Papá lo arreglará. Es muy bueno con estas cosas.

– Tengo mucho práctica -dijo él resignadamente.

Lucy se rió.

– Me gusta que a ti también se te caigan las cosas. Todo el mundo sabrá ahora que de verdad eres mi madre.

Bronte sonrió.

– Bueno, ésta es la primera vez que le gusta a alguien que sea torpe.

– El té va a ser interesante -dijo Fitz mirándola de reojo.

– Podríamos hacer un picnic en el jardín, con platos y vasos de papel -dijo Lucy-. Así no importará que se nos caigan.

– Y no habrá que fregar los platos.

– Realmente, sería más seguro. Ya es bastante con un par de cicatrices iguales -dijo él dirigiéndose luego a Lucy-. Brooke tiene una cicatriz como la tuya.

Así ella no tuvo más remedio que enseñársela y la niña le mostró una herida reciente que se había hecho, igual a la suya.

Se detuvieron delante de una casa estilo Victoriano, de ladrillos rojos y el porche pintado de blanco. La casa estaba rodeada por un jardín lleno de flores.

– Es preciosa -dijo Bron saliendo del coche antes de que Fitz pudiera abrirle la puerta.

Pero él la estaba mirando a ella en vez de a la casa y frunció el ceño. Entonces ella se dio cuenta de que Brooke debía haber estado allí con él. Habían hecho el amor, habían creado a Lucy… -Lo había olvidado -añadió rápidamente.

– Vamos, mamá -le dijo Lucy tomándola de la mano-. Primero te enseñaré mi habitación. Papá me la pintó con todos sus personajes.

Cuando entró en la casa, ella sonrió al ver que su propia casa había estado organizada de la misma manera, con todo lo que se podía romper lejos de donde ella lo pudiera tirar.

– ¿Dónde vives, mamá? ¿Cómo es tu habitación?

Lucy no paraba de utilizar la palabra mamá como un mantra, como un talismán mágico, como para convencerse a sí misma de que esa nueva persona que había entrado en su vida no iba a desaparecer entre una nube de humo y ella se dio cuenta de que eso de ser su tía iba a ser un pobre consuelo. Tomó aire y se concentró en describirle la habitación de Brooke.

– De todas formas, Lucy, recuerda que yo casi nunca estoy ahí, casi siempre estoy fuera.

– Ya me dijo papá -dijo la niña delante de la puerta de su cuarto-. Me contó también que fue por eso por lo que me dejaste con él. Porque no tienes tiempo para ser una mamá.

– Papá tiene razón.

Lucy le abrió entonces la puerta.

– Ésta es mi habitación.

Pero eso lo dijo como si toda la energía hubiera escapado de ella de repente. Ahora era el momento de contarle que Brooke tenía una hermana que tendría todo el tiempo del mundo para amarla. -Lucy, tengo que decirte algo…

Pero entonces vio la habitación y se interrumpió.

– ¡Lucy! Esto es increíble. ¿De verdad que lo ha hecho todo Fitz?

Lucy se alegró un poco y asintió.

Luego le señaló todos los personajes de las series de Fitz y añadió:

– Tengo un regalo para ti.

Se acercó a un cajón y sacó un regalo muy cuidadosamente envuelto.

– ¿Qué es? ¿Lo puedo abrir ahora?

Lucy asintió y ella sacó de la caja un muñeco que reconoció enseguida como un Moggle.

– Es Proto Moggle. Una especie de prototipo -le explicó-. Es el primer Moggle que se ha hecho. Papá me lo dio para que lo probara.

Luego hizo un gesto para indicar que ya sabía la razón.

– Es precioso, Lucy. Lo guardaré para siempre. La verdad es que yo también tengo un regalo para ti.

Sacó una pequeña caja del bolso y la abrió. Dentro había un delicado colgante de plata. Brooke lo había traído desde el Lejano Oriente como regalo para su madre hacía varios años y ahora le parecía bien que lo tuviera Lucy. La niña lo tocó con mucho cuidado, sólo con un dedo, pero no intentó sacarlo de la caja.

– ¿Quieres ponértelo?

– Podría romperlo.

Bron agitó la cabeza. -No, es más duro de lo que parece. Confía en mí.

Se lo puso en el cuello y añadió:

– Ya está. ¿Tienes un espejo?

Lucy la miró como si pensara que estaba de broma.

– Aquí no -dijo tomándola de la mano-. Ven. Hay uno en la siguiente habitación.

Cuando Bron entró por la puerta, vio la gran cama doble antigua con una colcha verde oscuro. Se detuvo en seco cuando se imaginó allí a Brooke y Fitz juntos.

Pero no, no debió ser allí. Entonces se dio cuenta de la presencia de Fitz y trató de darse la vuelta.

– ¡Hey, tranquila!

Pero ya era demasiado tarde, el bolso salió volando sujeto por el asa y le dio de lleno a una de las lámparas, tirándola al suelo.

– Cielos, Brooke, eres un saco de nervios -dijo él sujetándola.

– Lo siento. Lo siento mucho.

– No importa. Sólo es una lámpara -respondió él al tiempo que se inclinaba para recogerla-. No está rota, ¿ves?

Ella agitó la cabeza. No era eso lo que lamentaba. Todo aquello estaba mal. No debería haber ido. Fitz la tomó por los hombros y la miró preocupado.

– Estás temblando -le dijo.

– Ha pensado que la ibas a gritar -dijo Lucy tomándole la mano-. Está bien, mamá. El no grita nunca.

– ¿Nunca?

– Nunca. Sólo cuenta hasta diez y recoge los trozos.

Ella levantó la mirada y se encontró con la de Fitz. Esos ojos estaban llenos de preguntas.

Capítulo 6

– Mira, papá, mamá me ha hecho un regalo -dijo Lucy inocentemente. Fitz le soltó los hombros a Bron y tomó el colgante para poder admirarlo bien.

– Es muy bonito.

– Era de la abuela de Lucy -dijo Bron sin querer.

– ¿Y eso? -le preguntó él extrañado-. Recuerdo que tu madre era inválida.

¿Era ésa la excusa que Brooke le había dado para no quedarse con Lucy?

– Murió la semana pasada.

Él la miró sorprendido.

– Brooke, lo siento. No tenía ni idea. ¿Era por eso por lo que estabas en casa? Me resultó extraño…

Entonces se dio cuenta de que Lucy los estaba oyendo y añadió:

– Yo ya he hecho el té, querida. ¿Por qué no bajas tú a preparar los bizcochos en una fuente?

Lucy lo hizo de mala gana.

Cuando la niña se hubo marchado, él le dijo a Bron:

– Para serte sincero, no me esperaba encontrarte en casa.

– Debió ser tu día de suerte.

– Brooke…

Ella se dio cuenta entonces de que él se iba a disculpar por su forma de actuar, pero no le gustó la idea de aceptar esas disculpas en nombre de una hermana que no había sentido nada la muerte de su madre.

– Fitz, yo he venido a ver a Lucy. No hay mucho tiempo, mi tren sale a las seis.

– Saldrá otro a las siete. Por favor, Brooke, debes darte cuenta de que no puedes entrar en la vida de Lucy y luego marcharte de nuevo como si nada.

– Lucy dijo…

– En la carta. Ya lo sé. Pero no era eso lo que quería y debes saberlo. Los dos lo sabemos. Dios sabe que yo no quería que volvieras, tenía miedo de que, cuando la vieras, querrías ejercer todo tu poder para recuperarla, bueno, parece que me equivoqué en eso. Pero Lucy no lo superará tan fácilmente. Una tarjeta por Navidad no será suficiente, Brooke. Se merece más de ti.

– Has cambiado de opinión desde esta mañana.

– Estaba equivocado, lo admito. Eres buena con ella, Brooke. Nunca me lo hubiera esperado.

No, eso lo había dejado muy claro. Y ahora le estaba dando una oportunidad, le estaba dando otra oportunidad a Brooke.

– ¿Podría ayudar una tía? -dijo Bron.

– ¿Una tía?

El la miró como si no se creyera lo que acababa de oír y, por un momento, ella pensó que se iba a agarrar a la idea con las dos manos. -Cielo santo, Brooke. Lucy tiene tías para parar un tren. Lo que ella necesita es una madre. Alguien completamente suyo. Te necesita a ti.

La reacción de él fue tan vehemente, tan inesperada, que la idea de Bron de ser la madre sustituía de Lucy se vino rápidamente abajo. Hasta entonces se había imaginado que Lucy no tenía parientes femeninos, sólo a su padre, pero al parecer no era así.

Por supuesto, Fitz debía tener hermanas, primas e, incluso, una madre. La única persona que Lucy necesitaba era a su propia madre. A Brooke. No a una mujer desconocida que podría ser sólo otra pariente femenina.

Tenía que salir de allí tan rápidamente como fuera posible. Y tenía que hablar con su hermana. Una hermana que le iba a tener que explicar bastantes cosas.

– ¿Es pedir tanto? -dijo él entonces-. Seguramente podrías encontrar un poco de tiempo para ella. Es tu hija, Brooke.

¿Qué podía decir ella? ¿Que no era Brooke? ¿Exponerse a su ira y decepción? Porque estaba segura de que él se iba a enfadar de verdad y no lo podía culpar.

Estaba atrapada en su propia trampa.

– Quédate -le dijo él entonces, tomándola de la mano.

Eso la produjo una especie de descarga eléctrica que le recorrió todo el cuerpo. El novio es que había tenido con dieciocho años nunca le había producido nada parecido, y eso que él había tenido todo su cuerpo para jugar con él. Entonces Fitz le acarició la mejilla con la otra mano. ¡Oh, cielos! ¿Había querido ella eso también? ¿Había querido a la hija de Brooke? ¿A su amante?

El recuerdo de su beso la hizo ver que sí.

– Quédate -repitió él y su voz derritió la resistencia de ella.

¿Cómo podía él tentarla tanto con sólo una palabra?

Entonces los labios de él le rozaron la comisura de la boca. Como beso fue algo tan inocente como el contacto de la mano, entonces, ¿por qué hizo que se le derritieran las entrañas?

– ¿Brooke?

Esa simple palabra la hizo volver de repente a la realidad. Fitz no la quería a ella, sino a su hermana.

Tenía que salir de allí inmediatamente. Y tenía que pensar en la manera de persuadir a Brooke para que volviera. Luego podía aclarar todo lo que había hecho y con Brooke allí, bueno, no importaría lo que Fitz pensara de ella.

– ¡Papá! ¡El té se está enfriando! -dijo la voz de Lucy desde abajo.

– Ya vamos, princesa -dijo él sin dejar de mirarla.

Luego añadió:

– ¿Y bien?

Ella luchó contra la tentación entonces.

– No…

Fitz soltó una especie de gruñido y ella se preguntó cómo era posible que ese no le hubiera salido tan dubitativo, tan parecido a un sí.

¿Qué había pasado con su decisión, con su fuerza de voluntad?

Fitz, eso era lo que había pasado.

– No -repitió-. No me puedo quedar.

Pero tampoco debió parecer muy convencida, ya que sus palabras no tuvieron el menor efecto en él.

Seguía mirándola como si pensara comérsela, pero no hubiera decidido por donde empezar. Ella necesitó un supremo esfuerzo de voluntad para apartar la mirada de la de él lo suficiente como para reorganizar sus sentidos y, por fin, logró apartarse de él un poco, pero Fitz no la soltó. Ella se dio cuenta de que lo que quería era que lo siguiera mirando, sabía que, si la volvía a besar, estaría condenada. Así que siguió mirando a la pared hasta que empezó a marearse y pensó que se iba a desmayar.

– Será mejor que bajemos -dijo él, soltándola por fin y apartándose para que ella pudiera bajar sin tocarlo.

No podía hablar por él, pero Bronte supo que ella ya se había metido en un problema. En un gran problema.

Lucy había preparado una bandeja con sándwiches y bizcochos y Bron añadió la tetera.

– Yo llevaré la bandeja, pesa mucho -dijo ella.

– Espera -dijo Fitz sirviéndose una taza de té-. Os dejaré a solas con la merienda. ¿Sigues pensando en tomar el tren de las seis?

Él le estaba ofreciendo una oportunidad más.

– Sí, así es.

Fitz asintió.

– Entonces estate lista para salir a las cinco y media. Puede que haya bastante tráfico en la ciudad.

– Puedo llamar a un taxi…

Pero la mirada de él le indicó que era mejor que no.

– Bueno, a las cinco y media…

Fitz miró la revista que había en la mesa delante de él. Era la última guía de programas de televisión y Brooke aparecía en la portada, presentando su nueva serie. Estaba en alguna selva, sin maquillaje y con el cabello húmedo pegado a la frente. Diez minutos antes él había estado acariciando ese mismo rostro. ¿Por qué entonces se había sentido como si estuviera mirando a alguien completamente diferente?

Miró por la ventana y vio a Lucy y a ella hablando animadamente. La niña debía estar hablándole de Josie, que había sido su amiga desde el primer día de colegio y que tampoco tenía madre. Pero su padre se había vuelto a casar y, no sólo tenía una nueva madre, sino también un hermano y otro de camino.

No estaba seguro de qué le envidiaba más Lucy, a su hermano o al perro. Tal vez después de las vacaciones le compraría uno. No era mucha compensación por no tener una madre, pero eso parecía que no estaba a su alcance.

También vio como Brooke la miraba embobada. ¿Qué era eso que tenía esa mujer que le había llegado tan hondo a él?

Volvió a mirar la revista. Allí estaba tal cual, sin ninguna clase de maquillaje o peinado caro. Era por eso por lo que las mujeres la admiraban tanto o más que los hombres. Ella sabía como estar preciosa, pero no temía parecer cansada, sudorosa, de su propia edad…

Se detuvo en seco. ¿Podría ser eso? ¿Podría ser la diferencia algo tan simple como eso? ¿Es que su belleza juvenil había sido simplemente el blanco de su lujuria y estaba respondiendo a su madurez de una forma enteramente nueva e inesperada?

Agitado, se sentó de nuevo. Había dado por hecho que el aspecto de científica sudorosa era parte de una actuación, pero tal vez no fuera así. ¿Habría ella cambiado tanto? ¿Lo había hecho él?

Iba a hacer un documental y llevaba tiempo buscando a una chica que actuara de presentadora, la vio en el campus y supo inmediatamente que ésa era la cara que necesitaba. Se presentó, le dio su tarjeta y le explicó de qué se trataba.

Más adelante, ella le contó que su padre había muerto y que su madre estaba inválida en la cama, así que ella estaba ganándose el dinero para sus estudios sin que su familia la ayudara. Él le había ofrecido pagarle, pero ella había rechazado el dinero, ya que el documental sería sobre la vida de una universitaria. Entonces se dio cuenta de que ella había encontrado una oportunidad de lucirse y darse a conocer. Entonces fue el momento en que él decidió que esa chica sería suya.

La experiencia le decía que eso sería fácil. Ya llevaba un tiempo trabajando en el mundo mágico de la televisión y el problema no había sido nunca salir con chicas guapas, sino librarse de las aburridas.

Hizo una mueca cuando recordó lo arrogante que era entonces. Ahora la cosa había cambiado y era padre, con una hija a la que proteger. Tal vez si la pusiera a hacer judo…

Entonces sonrió. Los codos de Lucy ya eran armas letales, no necesitaba nada más.

Ni Brooke tampoco lo había necesitado. Lo había llamado y le dijo que no iba a hacer el documental, que estaba demasiado ocupada con los estudios, que era su último año y demás. El no se lo había creído mucho y, cuando su cámara la grabó en más de una fiesta estudiantil, la llamó y quedó con ella en un bar de estudiantes. Pudiera ser que ella no quisiera salir en su documental, pero eso no significaba que no se fuera a acostar con él.

En el bar ella pareció alegrarse de verlo, habían coqueteando un poco, pero él descubrió pronto que hacía lo mismo con todos. Pero eso era lo único que hacía.

Por fin ella había caído en sus brazos en la fiesta de Navidad. Literalmente. Y él pensó que era su noche de suerte. Miró de nuevo la revista y acarició su imagen. ¿Cuánto se puede equivocar un hombre? Y estar en lo cierto a la vez.

Recorrió ese rostro con la mirada hasta que la detuvo junto a las cejas. No había señal alguna de la cicatriz. ¿Habrían retocado la foto? ¿Pero por qué lo iban a hacer, si no era un retrato formal y la cicatriz no se notaba casi nada? Más aún, le daría un aspecto aún más aventurero.

Sus ojos eran también más oscuros. Bueno, eso podía ser la luz o el revelado de la foto.

Sacó la cinta de la cámara y la puso en el vídeo, donde buscó la parte en la que ella estaba dando los premios. Una vez encontrada, miró una y otra vez la revista y la pantalla. La foto no le producía nada, pero la imagen de la pantalla… Bueno, la cinta tenía movimiento, acción, vida. Pero eso también lo tenían sus programas de televisión y nunca había sentido nada al verlos.

No. Era algo más. Se le estaba pasando algo por alto…

Se acercó al escritorio y sacó el sobre que contenía el certificado de nacimiento de Lucy y demás papeles, además de las fotos que le había hecho a Brooke antes de que ella cambiara de opinión sobre lo de salir en el documental. Las dejó sobre la mesa, pero antes de que pudiera hacer nada más, la puerta se abrió de golpe.

– ¡Papá, he tenido una gran idea!

Volvió a meterlo todo en el cajón antes de volverse. Lucy estaba en la puerta con el rostro brillante. Brooke estaba inmediatamente detrás de ella, agitando la cabeza desesperadamente. Volvió a mirar a Lucy.

– Bueno, no me mantengas en el suspense, ¿de qué se trata?

– ¡Mamá se puede venir a Francia con nosotros! Díselo tú. Hay montones de habitaciones en la granja a la que vamos y está cerca de la playa, y… bueno, sería maravilloso. ¿Podría?

Brillante. Miró a Lucy y la oleada de testosterona que lo invadió le sugirió que sería realmente brillante. Pero ella agitó de nuevo la cabeza. Evidentemente, ella no pensaba igual y Fitz vio que tenía que aclararse la garganta antes de volver a hablar.

– Estoy seguro de que tu madre tiene otros planes, para el verano, Lucy.

– No -insistió la niña-. En esa revista hay una entrevista con ella y la he leído. En ella dices que te vas a quedar aquí todo el verano. Que no vas a volver a Pata… Pata… donde sea, hasta dentro de unos meses.

– Seguirá estando ocupada, Lucy -dijo Fitz-. Habrá mucha gente que la quiera conocer y hablar con ella. Y necesita mucho tiempo para organizar sus viajes.

– Puede venir una semana insistió de nuevo Lucy-. Eso no es mucho tiempo.

Fitz miró a Brooke, que lo estaba mirando como suplicándole que la ayudara. Bueno, él también le había suplicado y ella no le había hecho el menor caso.

– Podrías venir una semana -dijo por fin. Bueno, él había hecho todo lo que había podido para que siguieran juntos en su momento. Ahora Lucy iba a tener que hacerse a la idea de que había conseguido exactamente lo que había pedido, ni más, ni menos. Y, cuanto antes lo entendiera, mejor.

Bron los miró a los dos. Un rostro brillando de esperanza y el otro, de ello estaba segura, tentándola. Pero tal vez aquello fuera cierto. No había leído esa entrevista… ni casi ninguna otra desde hacía meses. Pero por lo que decía Lucy, era probable que su hermana volviera pronto. Si así era, tal vez con un poco de suerte ella pudiera aclararlo todo.

– Tengo que mirar mi agenda -dijo-. ¿Cuándo os vais?

– La última semana del mes -le dijo Fitz mirándola sarcásticamente.

– Ya lo veré y os llamaré -dijo ella mirando su reloj-. Creo que ahora será mejor que me marche, Fitz. No quisiera perder el tren.

Todavía no eran las cinco y media, pero él no protestó.

– Por supuesto que no. Estoy seguro de que tienes algo muy importante que hacer esta noche. ¿Cenas con el director general de la cadena? ¿Con alguna celebridad?

– Realmente, tengo que arreglar las cosas de mi madre.

La verdad es que aquello fue un golpe bajo, pensó ella mientras recogía sus cosas, pero se sentía muy triste. Cuando llegó al coche, Lucy ya estaba en la parte de atrás con el cinturón puesto y Fitz le estaba sujetando la puerta del pasajero. Tenía una pose levemente agresiva, pero no fue eso lo que la alarmó, sino sus ojos. Los tenía levemente entornados, como si no se creyera del todo lo que estaba viendo, pero no entendiera por qué. Y tenía razón, Brooke nunca se habría pasado la velada arreglando las cosas de su madre.

– Me sentaré con Lucy -dijo.

Sin decir nada, él se volvió y le abrió la otra puerta. Mientras ella se instalaba, no dejó de mirarla.

Mientras se dirigían al pueblo, Lucy le dijo:

– ¿Puedo escribirte? Tú no tienes que contestarme.

– Eso me encantaría.

La verdad era que no habría nada mejor que una carta de Lucy para mostrarle a Brooke lo que se estaba perdiendo.

– ¿Y te puedo llamar? ¡Por favor!

Bron no tenía nada más para escribir que el sobre de la carta de Lucy. Así que le escribió allí el número y se lo pasó.

– Primero se lo tienes que preguntar a tu padre -le dijo.

– Lo haré.

Una vez en la estación, Bron le dio un beso a Lucy y, una vez fuera, ella le dijo por la ventanilla:

– No te olvides de lo de pasar las vacaciones con nosotros.

– No lo olvidaré.

Fitz la acompañó al interior de la estación.

– Te llamaré para lo de Francia -dijo.

– Dame unos días.

– Te daría toda la eternidad si pensara que iba a servir para algo.

Luego, mientras ella trataba de decir algo, él le enjugó una lágrima que se le había escapado y le corría por la mejilla.

– Esto se está volviendo un hábito -dijo-. Cuídate, Brooke.

Luego le dio un beso en la mejilla.

– Trata de venir con nosotros a Francia si puedes -le dijo él al despedirse.

No esperó su respuesta y se volvió al coche, alejándose antes de que ella pudiera hacer otra cosa que despedirse con la mano.

Por fin, cuando se volvió, le llegó claramente la voz de Lucy:

– ¡Te quiero, mamá!

Se volvió enseguida de nuevo, Fitz se había detenido delante de la puerta de la estación y Lucy se había asomado por la ventanilla mientras gritaba frenéticamente:

– ¡Te quiero!

Bron se quedó helada, incapaz de moverse, de decir nada.

Cuando el coche se alejó por fin, murmuró:

– Yo también te quiero a ti. Os quiero a los dos.

Luego se volvió de nuevo y compró su billete. Desgraciadamente, tuvo que esperar unos diez minutos y la gente no dejaba de mirarla. Respiró profundamente para que no se le escapara de nuevo alguna lágrima y se compró un cuaderno en el kiosco de prensa.

Pensó que no estaría mal escribir al menos algunas ideas de cómo iba a pasar el resto de su vida mientras llegaba a su casa.

Planear su futuro podía evitar que pensara en el hecho de que, probablemente, nunca volvería a ver a Lucy. Pero no tenía ninguna esperanza de quitarse del pensamiento a Fitz.

Capítulo 7

El teléfono estaba sonando cuando Bronte llegó delante de la puerta de su casa. Por fin logró encontrar la llave y corrió al teléfono, pero ya había dejado de sonar. Se encogió de hombros, era demasiado pronto como para que la llamaran Lucy o Fitz.

Dejó el bolso y la chaqueta de su hermana sobre una silla y se dejó caer en uno de los sillones mientras se preguntaba qué iba a hacer con su vida. El cuaderno que había comprado en la estación seguía vacío, ya que sólo había podido pensar en dos cosas durante todo el viaje. En Lucy y en Fitz. Hasta que no solucionara todos los problemas que había causado con esa suplantación, ¿cómo iba a poder pensar en su propia vida?

Mientras tanto, lo que necesitaba era un baño caliente para librarse de Brooke, de su olor y su maquillaje. Ya no era la Bron que se había pasado la primera parte de su vida cuidando de su madre y, no tenía la menor intención de pasarse el resto siendo Brooke Lawrence. Tenía que darle una oportunidad a Bronte Lawrence.

Bostezó ampliamente y entonces el teléfono empezó a sonar de nuevo, haciéndola dar un salto. -¿Brooke?

– ¿Fitz? ¿Pasa algo? -preguntó alarmada.

– No. Sólo llamaba para asegurarme de que habías llegado bien a casa.

Parecía como si a él le importara. Bueno, podría ser, quería algo de ella, algo que no le podía dar.

– Soy muy capaz de tomar un tren sin que nadie me lleve de la mano.

– Ya lo sé. Era sólo…

¿Sólo qué?

– ¿Me has llamado tú hace unos cinco minutos? -le preguntó para que él no se lo dijera.

– No. Brooke, ¿te pensarás por lo menos lo de venir a Francia? Por favor, sólo por Lucy.

Ella rogó en silencio porque se lo pidiera, porque le pidiera que fuera por él.

– Ya te llamaré, Fitz. Buenas noches.

Luego colgó antes de que se le escapara contarle sus sentimientos. Después de todo, él estaba tratando sólo con una imagen de su hermana. Esas palabras de él no estaban dirigidas a ella y se negaba a oír la voz interna que le decía que fuera con ellos, que aceptara todo lo que esa semana le pudiera ofrecer y que él nunca sabría que ella no era Brooke.

Pero ya había cometido bastantes errores en las últimas veinticuatro horas como para cometer ése, además.

Al día siguiente llamaría a la oficina de Brooke, averiguaría cuándo volvería ella y trataría de pensar en cómo le iba a explicar a su hermana lo que había hecho, más aún, cómo la iba a convencer para que siguiera en el punto donde ella lo había dejado todo. Evidentemente, Fitz seguía enamorado de ella, por pocas ganas que él tuviera de admitirlo.

Fitz colgó. No estaba seguro de por qué había llamado, sólo de que no se podía quitar de la cabeza a Brooke. Y eso que le había dicho de que fuera con ellos a Francia tenía menos que ver con los deseos de Lucy que con los suyos.

Se sirvió un whisky con manos temblorosas.

¿Por qué?

No era lujuria lo que sentía. Eso no perduraba. No había durado ni cinco minutos cuando descubrió la verdad. Aquello era algo completamente diferente, algo que ocupaba todo en él. Su mente, su corazón…

Le dio un trago al whisky, pero eso no embotó el dolor de corazón que sentía, no sólo por Lucy, sino por él mismo.

Había visto a Brooke ese día con Lucy y había visto a una mujer nueva, alguien muy distinta a la chica que, en los dolores del parto, le había dejado marcas de las uñas en las manos que le habían durado semanas; esa chica que lo había maldecido a él y a todos los hombres por hacerla pasar por aquella tortura.

Se llevó la copa a su habitación y allí vio que la bombilla del techo se había fundido. Tenía de repuesto, pero se quedó allí donde estaba, muy quieto, en la oscuridad, oliendo el aroma que quedaba de ella. Abrió los ojos y suspiró. Se estaba comportando como un hombre loco de amor, se estaba comportando como un idiota. Debía estar agradecido porque ella se comportara exactamente como había predicho. Pero no del todo. Aquello no había sido una actuación. Ella se había comportado como si realmente amara a Lucy. Y no había visto en su mirada nada de la ironía que se había imaginado, sino algo completamente diferente, algo que le había llegado tan hondo que le dolía.

Detuvo allí mismo sus pensamientos y se dirigió a la habitación de Lucy. La niña estaba dormida y seguía llevando en el cuello el colgante de Brooke.

Se lo quitó y lo mantuvo un momento en la mano para luego llevárselo a la mejilla.

Nada. Bueno, ¿qué se había esperado? ¿Una coral de Bach? ¿Un trueno? ¿Un orgasmo instantáneo?

Enfadado consigo mismo, dejó el colgante en la mesilla de Lucy, al lado del sobre donde ella había escrito su dirección y teléfono.

Se dirigió a su cuarto de baño y, mirándose al espejo, se dijo a sí mismo que, una vez tonto, siempre tonto, antes de que el vaso de whisky, húmedo, se le deslizara entre los dedos y fuera a romperse en la pila.

Lo miró por un momento y luego se echó a reír.

– Debe ser contagioso -dijo.

El teléfono despertó a Brooke, que se había pasado la mitad de la noche despierta pensando en Fitz, Lucy y ella misma. Miró el reloj y, sorprendida, vio que ya eran las diez. Nunca antes se había despertado tan tarde.

Bajó las escaleras corriendo y contestó.

– ¿Señorita Lawrence?

No era Fitz y se sintió decepcionada.

– ¿La señorita Brooke Lawrence?

– No, lo siento. Creo que ha llamado al número equivocado.

– Entonces usted debe ser su hermana, ¿no? -dijo la voz de mujer-. ¿Bronte, no? Vaya unos nombres poco habituales tienen ustedes.

Estaba claro que debía ser una periodista. De vez en cuando llamaban para conseguir una entrevista con la familia de la famosa, cosa que ellas siempre habían rehusado.

– ¿Puede dedicarme un momento? -insistió la voz? Soy Angie Makepeace, del Sentinel.

¿De ese panfleto? De eso nada.

– Lo siento, señorita Makepeace, pero mi hermana no está aquí y no tengo ni idea de cuándo vendrá. Ahora, si me disculpa, llaman a la puerta.

Y, sin esperar más, colgó pensando que iba a tener que pedir que le cambiaran el número para evitarse esas molestias. Llamó a la oficina de Brooke para dejar un mensaje en el contestador, pero respondió la secretaria de Brooke en persona. ¿Un sábado? Luego se encogió de hombros. Tal vez trabajara los sábados, así que le habló de esa llamada.

– Cielos, ¿cómo lo han averiguado?

– ¿Qué?

– Oh, nada… olvídalo. ¿Has sabido algo de ella?

– No, le he dejado mensajes con todo el mundo, pero no me ha llamado. ¿Por qué? ¿Le has perdido la pista?

La chica se rió sin mucha convicción.

– Debo advertirte que puede que no recibas sólo esa llamada de la prensa, Bronte. ¿Le has dicho algo?

Eso la extrañó.

– ¿Sobre qué?

– Nada. Nada. Esta misma semana se anunciará una cosa.

– ¿Es de negocios entonces, nada personal?

– Cuanto menos sepas, mejor, Bronte.

– Entiendo, pero necesito hablar con ella. Urgentemente.

– Se lo diré.

– Cuando la encuentres -dijo y la otra se rió de nuevo-. Mientras tanto, dado que yo estoy más en la ignorancia que ellos, ¿podrías quitarme de encima a la prensa?

Bron colgó y se quedó pensativa por la conversación. ¿Qué estaría pasando? Pero decidió que no era cosa suya, así que se encogió de hombros y se dirigió al cuarto de baño.

Normalmente Fitz disfrutaba de las mañanas de los sábados llevando a Lucy a nadar, ya que, a las demás cosas que la llevaba, al ballet, por ejemplo, solían ir las madres de los demás niños, pero los sábados era cosa de los padres.

– Buenos días, Fitz.

– Mike…

El padre de Josie se reunió con él en la cafetería que daba a la piscina.

– Lo de ayer fue toda una sorpresa. ¿De verdad que tú y Brooke Lawrence…? Bueno, es una pregunta tonta.

Habiendo dejado claro con su actitud que no iba a hablar de eso, Fitz le dijo:

– No te vi allí.

– No estuve, pero Josie nos lo contó todo cuando llegó a casa. Lucy se lo había dicho antes, pero todo el mundo pensaba que se lo había inventado. Ya sabes cómo son los niños…

– Sé cómo es Lucy.

– Sí, bueno… Lucy debió disfrutarlo. Y la gente debió comprar muchos vídeos. Por supuesto, nosotros tenemos el nuestro, ya que Ellie insistió en que nos compráramos una cámara cuando tuvimos a Jacob.

– ¿Cómo está ella? -preguntó Fitz cambiando de conversación.

– Bien. Josie está encantada de que esta vez vayamos a tener una niña. Ya ha decidido que la llamemos Juliet.

– ¿No será un poco complicado tener tantas jotas? No se sabrá quién es la señorita J. Castle.

Algo pareció abrirse como una puerta en el interior de su cabeza.

– Probablemente -dijo Mike interrumpiendo sus pensamientos y haciendo que esa puerta se cerrara-. Pero cuando estábamos esperando a Jacob, le pedimos a Josie que nos ayudara y lo hizo. Además, eso la ayudó a ver que el niño era también suyo, no una amenaza. Ya sabes cómo es esto. Quiso que tuviera la misma inicial que ella. Lo mismo que ahora.

– Es un nombre muy bonito.

Luego empezaron a hablar de negocios, del tiempo y demás, pero lo que Mike había dicho del vídeo siguió preocupándolo.

Se suponía que la visita de Brooke había sido algo estrictamente privado. Nada de publicidad. No habían hablado de ello, pero él le había asegurado que no quería a la prensa por allí más que ella. ¿Sería por eso por lo que Claire le había preguntado si le importaría que Brooke diera los premios? ¿Le habría estado ofreciendo la posibilidad de decir que no y él había estado tan embebido en sus pensamientos como para no darse cuenta?

Aunque tampoco habría tenido importancia. La mayoría de los padres llevaban sus cámaras y, por lo menos, le habrían hecho alguna foto. Y estarían hablando de ello.

Por un momento, la perspectiva de la publicidad le horrorizó. Brooke lo culparía a él y se pondría furiosa; se vería metida en una situación en la que no le quedaría más remedio que hacer de madre amante… Pero entonces empezó a ver las ventajas del asunto.

Con sus admiradores sabiendo que era la madre de una niña de ocho años, podría convencerla para hacer cualquier cosa que salvara su reputación, incluso irse a pasar una semana a Francia haciendo de feliz madre de familia. Eso debería alegrarlo, así que, ¿por qué no era así? ¿Por qué le preocupaba más lo mal que le podía sentar a ella en vez de estar contento por haber conseguido lo que quería Lucy?

No tenía sentido. ¿Por qué de repente le importaban los sentimientos de Brooke? ¿Cuándo le habían importado a ella los suyos?

Ese lapso de sentimentalismo repentino lo irritó. Casi se sintió tentado de mandar una copia de la cinta a la prensa él mismo. Pero no lo haría. No tenía que hacerlo. No pasarían ni cuarenta y ocho horas antes de que lo hiciera cualquier otro de los asistentes. Lo único que tenía que hacer era esperar y dejar que Brooke se pusiera en contacto con él. Una vez que la tuviera en Francia, ya vería lo mucho o poco que ella había cambiado, descubriría por qué ella, de repente, había desarrollado el poder de que a él le importara.

Entonces la monitora subió corriendo y muy agitada las escaleras que daban a la cafetería desde la piscina.

– ¡Señor Fitzpatrick! -exclamó-. ¡Lucy ha tenido un accidente!

El salió corriendo hasta la enfermería, llena de demasiada gente, y se quedó helado cuando vio la sangre de Lucy en el suelo. Miró ansiosamente al enfermero, que le estaba poniendo una gasa en la cabeza a la niña.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó-. ¿Han llamado a una ambulancia?

– Está de camino. Iba corriendo por el borde de la piscina y resbaló. No creo que sea nada serio, sólo un corte, ya sabe lo mucho que sangran las heridas en la cabeza…

Luego se volvió y gritó:

– ¡Fuera todo el mundo!

– ¿Lucy?

Ella estaba muy pálida, pero consciente, y logró sonreír.

– Lo siento, papá. Iba corriendo y…

Y eso que él le había dicho cientos de veces que no lo hiciera…

– Tranquila, querida. Te vamos a curar inmediatamente.

Una hora más tarde, le habían puesto unos puntos y estaba en una cama del hospital local.

– ¿De verdad que tengo que quedarme? Preferiría irme a casa.

– Es sólo por esta noche, princesa. Sólo para asegurarnos de que no tienes una conmoción. Yo me voy a acercar ahora a casa y te traeré el pijama y el cepillo de dientes. ¿Quieres que te traiga algo más? ¿Alguna muñeca?

– ¡Papá! Ya no soy una niña pequeña. Además… Le he regalado Proto a mamá.

– Bueno. Eso está bien.

¿Bien? ¡Cielo santo! ¡Esa niña acababa de separarse de su posesión más querida y a él sólo se le ocurría decir esa bobada!

– ¿Puedo llamarla?

Entonces él recordó el sobre que Lucy tenía junto a la cama. -Si lo haces se preocupará, querida. Ya la llamaremos cuando estés en casa y se lo puedas contar todo.

– ¿Señorita Lawrence? -dijo una voz de mujer desconocida-. Soy la jefa de enfermeras del Hospital General de Bramhill. Lucy me ha pedido que la llame…

– ¿Lucy? -preguntó ella asustada-. Dígame…

– La han traído hace una media hora. Ha sufrido un pequeño accidente…

– ¿Qué clase de accidente? ¿Está malherida? ¿Está Fitz con ella?

– El señor Fitzpatrick se ha ido a casa.

¿Cómo que se había ido a casa dejándola sola en el hospital asustada y herida?

– Creo que no quería que Lucy la preocupara a usted -continuó la enfermera-, pero ella estaba desesperada y me ha pedido que la llame. Además, yo estaba segura de que usted querría saberlo. La vi ayer, ya sabe, en el colegio…

– Por supuesto que quiero saberlo. Voy ahora mismo.

– Está en la sala cinco. En la primera planta.

Bronte corrió a su dormitorio, se puso los pantalones de Brooke que había dejado allí y el jersey de seda. Ni se peinó. Incluso ni se ató las botas. Tomó el bolso de cuero que había usado el día anterior pero que no había vaciado, las llaves de su coche, y salió corriendo hacia el garaje.

Una vez dentro de su viejo Mini, trató de arrancar, pero el coche se negó a hacerlo. Lo intentó tres veces más, pero sin éxito. Entonces miró el precioso e inmaculado Jaguar rojo que su hermana había dejado allí y, sin tener en cuenta lo que Brooke se podía enfadar si se enteraba de que se lo había llevado, volvió a la casa, tomó las llaves del coche y, en un momento de inspiración, después de pisarse los cordones y casi caer al suelo, se los ató y subió a por Proto. Como si eso la hubiera tranquilizado, se cambió de ropa y metió el cepillo de dientes en la bolsa.

Cuando metió la llave y arrancó, el Jaguar respondió inmediatamente con el bronco sonido de sus doce cilindros, lo sacó del garaje y, ya en la calle, aceleró.

Por suerte había poco tráfico, porque aquello no era precisamente su cochecito, así que llegó a Bramhill en menos de una hora, aparcó sin pensárselo en un sitio libre en el hospital y salió corriendo.

Le dijo al guarda de seguridad que iba a la sala cinco.

– Tiene que firmar aquí -dijo el hombre-. Ya sabe, cuestión de seguridad.

– ¿De verdad?

Ella vio entonces la cantidad de gente que entraba y salía sin problemas por la puerta principal. Entonces vio la sonrisa del hombre y cayó en la cuenta. Ése no era el momento más adecuado para andarse con tonterías con los autógrafos.

– ¿Cómo se llama? -Gerry Marshall.

Ella tomó el cuaderno que le ofrecía y escribió:

Para Gerry Marshall, que cuida de la seguridad de Lucy.

Brooke Lawrence.

– Y ahora, ¿me indica el camino, por favor?

El sonrió y lo hizo. Ella se lo agradeció y, siendo consciente de repente de la forma en que todos la miraban, trató de no correr.

– ¡Mamá!

Lucy la vio nada más entrar en la pequeña sala. Se sentó en la cama e hizo un gesto de dolor. Fitz, que estaba de espaldas a la puerta, se giró y, por un momento, sólo por un momento, sus ojos lo traicionaron y se pudo ver que se alegraba de que ella hubiera ido.

Cuando habló lo hizo más controladamente.

– ¡Brooke! ¿Qué estás haciendo tú aquí?

– Yo también me alegro de verte -murmuró ella cuando pasó a su lado.

Luego se inclinó sobre Lucy y le dio un beso en la mejilla antes de apartarle el cabello y ver los puntos que le habían dado.

Durante el camino había pensado de todo.

– Hola, chica. Parece como si hubieras estado en la guerra.

– Resbalé. Iba corriendo por el borde de la piscina… ya lo sé. Papá siempre me está diciendo que no lo haga, pero Josie me dijo que fuéramos a tomar una hamburguesa con ellos y… Bueno, ya sabes… Eso lo dijo como si ambas compartieran una especie de secreto especial.

– Sí, querida, lo sé.

Y era cierto. Tenían las cicatrices que lo probaban. Le tomó la mano y se sentó en la cama a su lado.

– Pero ya ves lo que ha pasado, ¿verdad? Como no has hecho lo que te dice tu padre, te has perdido esa hamburguesa.

Lucy sonrió.

– Que tonta, ¿no?

Fitz pareció atragantarse, pero Bron no se atrevió a mirarlo.

– Sí -dijo-. Mira, te he traído a alguien que quiere verte. Pensó que podrías querer un poco de compañía.

Entonces sacó a Proto de la bolsa y lo dejó sobre la cama.

Lucy lo abrazó y lo dejó a su lado.

Entonces una enfermera se asomó por la puerta.

– ¿Qué es todo esto? ¿Risas? Se supone que deberías estar descansando, jovencita -dijo.

– Ha venido mi mamá.

Bron vio que era la jefa de enfermeras que la había llamado y le hizo una seña para indicarle que se lo agradecía.

– ¿Lo ha hecho? Bueno, he de tomarte la temperatura, así que, mientras lo hago, ¿por qué no dejas que tú mamá y tu papá salgan a tomarse un café? Es en el pasillo. Sírvanse ustedes mismos. Cuando Bron iba a salir, se volvió a Lucy y le dijo:

– Ahora mismo volvemos. No te vayas.

Lucy se rió y Fitz no dijo nada. En el pasillo se sirvieron los cafés de la máquina y ella le dijo.

– Le dio mi número a una de las enfermeras y le pidió que me llamara.

– ¿Sólo eso?

– Me dijeron que tú te habías ido a casa…

– ¿Y tú pensaste que lo mejor era venir corriendo al lado de tu hija abandonada?

– ¡No…! Bueno, sí -respondió ella encogiéndose de hombros y sin mirarlo a la cara.

– Sólo fui a recoger su pijama, Brooke. No estuve fuera más de media hora.

– Lo siento. Debería haberme dado cuenta de ello, pero me entró el pánico. ¿Le han hecho una radiografía?

– Sólo por precaución, pero no tiene nada. Bueno, pero tal vez sí el suelo de la piscina… Sólo quieren tenerla aquí ésta noche para asegurarse. Tal vez esto la enseñará a tener más cuidado en el futuro. ¿Cómo has llegado tan rápidamente? No en tren…

– En coche.

Él miró su reloj y levantó las cejas.

– ¿Y el coche sigue entero?

– Está bien. Ni un arañazo.

Y eso era cierto, pero todavía tenía que devolverlo en el mismo estado. Y cuanto antes volviera a casa, mejor.

– No quiero ser una molestia, Fitz. Voy a despedirme de Lucy y me voy.

– No lo hagas. No he querido estar tan a la defensiva. Ha sido muy amable por tu padre venir aquí. De verdad. Debes tener muchas cosas que arreglar con lo de tu madre…

– No, la verdad…

– No, bueno, supongo que tienes mucha gente que te ayude. ¿Y la familia? ¿Hay alguien más?

Ella lo miró entonces. Fitz también estaba mirando fijamente su café.

«Díselo ahora», pensó.

– Tengo una hermana.

– ¿Sí? No lo sabía.

– Bronte. Se llama Bronte.

– ¿Bronte?

Entonces él la miró tan fijamente que casi le hizo daño. El vaso de papel se desintegró entre sus dedos, derramando todo el café en el suelo, por los bonitos pantalones de Brooke.

El tomó el vaso de su mano, tomó su húmeda y temblorosa mano y le dijo sin soltarla:

– ¿Te has quemado?

Ella agitó la cabeza. Si la estuvieran desollando viva tampoco lo notaría.

– Será mejor que vaya a buscar a alguien… a lavarme…

Pero él no la soltó.

– ¿Vas a quedarte esta noche?

El corazón le dio otro salto a ella. Le resultaba difícil respirar, así que hablar…

– ¿Vas a quedarte para llevar mañana a casa a Lucy?

– Lucy te tiene a ti. No me necesita.

– Sí, te necesita. Por eso le dijo a la enfermera que te llamara. Debe haber memorizado tu número.

¿Porque pensaba que él le podría quitar ese trozo de papel? ¿Porque sabía que él no iba a llamar?

– Yo le dije que mejor esperábamos a que estuviera en casa para que no te preocuparas -añadió.

– Oh.

– Además, tú tienes que quitarte esos pantalones húmedos y, te garantizo que, si no has causado un accidente al venir aquí, cuando vuelvas conduciendo semidesnuda, lo vas a conseguir.

– Estamos en medio de una ola de calor -le recordó ella-. Se secarán enseguida.

Luego deseó haber mantenido la boca cerrada. Su vida había estado penosamente vacía de hombres como James Fitzpatrick animándola a quitarse los pantalones. Bueno, lamentablemente vacía de hombres como él. Punto.

Y, en la primera oportunidad que se le presentaba desde hacía años, ella se estaba deshaciendo en excusas. Pues vaya… perfecto…

Además, Brooke habría coqueteado un poco.

– Por supuesto, si no los meto pronto en agua, se estropearán -dijo por fin.

– Eso sería trágico.

¿Se estaba riendo de ella?

– Bueno, creo que exageras un poco…

– No desde mi punto de vista.

– ¿Qué?

Cuando se dio cuenta de lo que él quería decir, se ruborizó y añadió: -Oh…

– Me alegro de que hayamos llegado a un acuerdo. Lucy estará encantada. ¿Vamos a contárselo?

Mientras se dirigían a la sala, Fitz añadió:

– Y no tienes que preocuparte.

Ella lo miró.

– ¿Por qué?

– Ya encontraré algo con que tapar… tus vergüenzas.

Ella se ruborizó más todavía, si era posible.

– Eso mientras los metemos en la lavadora -añadió Fitz-. Y sigo teniendo ese cepillo de dientes de repuesto.

Capítulo 8

– La verdad, Fitz, tengo mi propio cepillo y ropa en el coche -dijo Bron-. He venido preparada para quedarme en el hospital por si Lucy me necesitaba.

Antes de que él pudiera responder, ella se volvió y, después de disculparse con las enfermeras por haber derramado el café, fue a lavarse las manos.

Para cuando llegó de nuevo a donde estaba Lucy, ya se había controlado.

– Se supone que Lucy tiene que intentar dormir algo -le dijo Fitz-. He pensado ir a comer algo. ¿Tú tienes hambre?

– Un poco -admitió ella débilmente.

– ¿Estás bien? Parece como si te fueras a desmayar.

– De hambre. ¿Hay cafetería en el hospital?

– Sí, pero no está demasiado bien. Será mejor ir al pueblo. Hay un restaurante encantador…

– Será más rápido ir a casa. Estarás bien durante una hora ¿no es así, Lucy?

La niña asintió.

– No os preocupéis.

– ¿Hay algo que quieres que te traigamos de casa? -le preguntó Fitz a Lucy mientras tomaba del brazo a Bron.

– Mi colgante. Y mi walkman.

– Muy bien.

– Y todas mis cintas. Y mi televisión…

– ¿Tiene su propia televisión? -preguntó Bron horrorizada.

– La tienen todos sus amigos.

– Lo siento, no quería criticar.

Fitz se dirigió de nuevo a Lucy.

– Nada de televisión para una sola noche.

– Bueno, entonces traedme unos libros.

– Muy bien.

– Y un albaricoque -dijo Lucy cuando ya estaban en el pasillo-. Y una lata de refresco… Y chocolate…

Fitz y Bron se miraron y se rieron.

– Se va a poner bien, ¿verdad?

– No si le traemos todo eso.

– Mañana te suplicarán que te la lleves a casa.

– Entonces será mejor que nos aprovechemos de ello todo lo que podamos -dijo él-. ¿Dónde está tu coche?

Ya estaban en el aparcamiento y ella buscó con la mirada su viejo Mini, pero entonces vio el coche de su hermana y se acordó de que había ido en él.

– Es ése.

– Cielo santo. Con eso en el garaje, ¿por qué tomaste el tren ayer?

– ¿Por qué?… Bueno, porque… porque estaba en el taller.

– Ah, ya veo.

– ¿No me crees?

– ¿Por qué no te iba a creer? Será mejor que me sigas hasta casa -dijo él mirando preocupado lo estrecho del sitio donde ella había aparcado-. ¿Quieres que te ayude a salir de ahí?

– ¿Lo harías?

Entonces ella usó el mando a distancia para abrir la puerta, que no se abrió.

– Lo acabas de cerrar.

– ¿Sí?

Entonces Bron se dio cuenta de que no debía haberlo cerrado cuando llegó. Fue a abrirlo de nuevo y entonces la alarma empezó a sonar, haciendo que, de repente, ella fuera el centro de atención de todos los que pasaban por allí. Estaba horrorizada. ¿Qué había hecho ahora? ¿Qué había pasado con la mujer fría que se había metido en un espacio tan pequeño sin pensárselo dos veces?

Fitz le quitó el mando, abrió el coche, quitó la alarma y sacó su maletín. Luego volvió a cerrar el coche.

– Vamos -le dijo tomándola del brazo-. No estás en condiciones de conducir ni un coche de pedales.

– Son los nervios, nada más.

– Sí, claro -dijo él mientras se dirigían a su todo terreno.

– El shock -añadió ella mostrándole las manos temblorosas-. ¿Ves?

– Ya veo.

– Estaré bien dentro de un momento.

– Por supuesto.

Bron se detuvo y lo miró.

– ¿Quieres dejar de darme la razón?

Él la miró también.

– ¿Quieres que discuta contigo?

– No…

– ¿Quieres que te diga que sólo con pensar en ti conduciendo ese monstruo en el estado en que estás me produce escalofríos? ¿Que me puede dar pesadillas?

– ¡No. Soy una buena conductora. Llegué aquí en una pieza, ¿no? Sin un arañazo.

– Es la segunda vez que lo dices. Como si fuera algo excepcional. Prométeme que no vas a volver a conducir.

– Pero tengo que…

– ¡Prométemelo! -exclamó él mirándola fijamente.

– Fitz…

Él se acercó entonces y le acarició el cabello, lo que hizo que a ella se le olvidara de qué estaba protestando.

– Prométemelo, querida…

Esta vez sus palabras fueron poco más que un susurro y no esperó a que le contestara. La obligó a que cumpliera la promesa con los labios, besándola cariñosamente y rodeándole la cintura con un brazo.

No era momento para mentiras y ella cedió a ese beso con todo su corazón.

Seguía creyendo que, a quien él estaba besando era a su hermana, pero Brooke bien podía compartir unos pocos besos de ese hombre con su hermana cenicienta, seguramente no los echaría en falta.

Él le había dicho que se lo prometiera y Bron pensó que le podía prometer cualquier cosa con tal de que la siguiera besando. Deseó que ese beso durara para siempre y, cuando terminara, le podría mirar a los ojos y ver allí si él sabía la verdad.

Pero cuando él levantó la cabeza, la miró por un momento con infinito cariño y luego le pasó un brazo sobre los hombros para seguir caminando hasta el coche.

¿Eso era todo? ¿Él no lo había notado? El corazón le latía apresuradamente y no se sentía nada contenta.

Un hombre debería ver la diferencia entre una mujer con la que había tenido una hija y su hermana. Aunque se parecieran físicamente. Ella no se parecía nada a Brooke de cualquier otra manera.

– ¿Fitz?

– ¿Sí?

Ella tragó saliva.

– Nada. Sólo… bueno, que voy a tener que volver conduciendo a mi casa.

– Haré que te lo lleven y yo te llevaré a ti.

– Pero es una tontería…

– ¿Sí? Bueno, la semana ha estado llena de tonterías. Confía en mí. Te prometo que sé lo que estoy haciendo. Vamos, tengo hambre.

Ella se subió al coche.

– Yo sé conducir, ¿sabes? Aprobé a la primera -dijo.

– ¿De verdad?

– Sí, lo hice.

Mientras hablaba se puso el cinturón de seguridad, furiosa porque él dudara de ella. Pero tanto como lo había estado Brooke cuando a ella la suspendieron tres veces. Su examinador había dicho que tenía demasiada confianza. Al parecer había conducido por entre el tráfico como en una carrera de fórmula uno, insultando a la gente y haciendo sonar el claxon insistentemente en cuanto alguien la molestaba.

Una de las razones por las que Brooke había dejado su jaguar en casa era porque sabía que a Bron nunca le entraría la tentación de conducirlo. ¡Demonios!

Fitz no había respondido a sus palabras y parecía pensativo. Lo miró ansiosamente. ¿En qué estaría pensando? ¿es que se había dado cuenta por fin de las diferencias entre Brooke y ella?

Tardaron unos diez minutos en volver al pueblo y, durante ese tiempo, ninguno de los dos habló.

Cuando se detuvieron delante de la casa de él, Fitz le preguntó:

– ¿Sabes cocinar?

¿Había vivido con Brooke y no lo sabía?

– ¿Sólo un beso y ya esperas que te haga la comida?

– Bueno, repito la pregunta: ¿Sabes cocinar mejor que contar?

Se lo había buscado. ¿Qué demonios tenía de malo un simple sí?

– Sí -dijo ella, pero sólo para mantener tranquilo a su subconsciente.

– Tal vez puedas hacer un par de tortillas o algo así. Tengo que comprobar algo en mi estudio.

Fitz encendió el ordenador y el escáner y abrió el cajón del escritorio donde guardaba las fotos y papeles que había metido allí el día anterior. Allí estaban las fotos de Brooke con veintiún años. Las miró por un momento y las metió en el escáner.

Debería haberlo sabido. Desde el primer momento en que la vio debía haberse dado cuenta. Ese deseo que había sentido nada más verla debería haberle advertido de que lo que sentía por ella era sólo lujuria. Nunca la había amado. Ella era demasiado egocéntrica como para eso. Si hubiera sabido que ella tenía una hermana lo habría descubierto antes. ¿A qué demonios estaba jugando ella?

Las palabras de ella diciéndole que Lucy tenía una tía le resonaban en la cabeza. Se lo había dicho; le había dicho que le iba a dar a Lucy ese día especial y luego iba a volver a ser ella misma. Si él hubiera estado pensando con la cabeza en vez de con…

La imagen de ella apareció en la pantalla. La imagen de Brooke. Marcó la parte de debajo de la ceja izquierda y la amplió. No había ninguna cicatriz. Bueno, la verdad era que no habría necesitado mirar. Pudiera ser que su cerebro hubiera estado de vacaciones, pero su cuerpo lo había sabido, había respondido desde el principio.

Bron encontró todo lo necesario para hacer las tortillas y luego buscó un delantal. ¿Un delantal? Se miró los manchados pantalones y pensó que ya era demasiado tarde para eso. Probablemente ya era también demasiado tarde para salvarlos, ni siquiera lavándolos.

Se dirigió al lavadero, puso el tapón de la pila y abrió el agua fría. Luego se quitó las botas y los pantalones y los metió en el agua. Eso, o los arruinaba del todo o los limpiaba. Estaba llegando a un punto en el que ya no le importaba nada la preciosa ropa de su hermana. Había demasiadas de las demás posesiones de Brooke que necesitaban su amor y su cuidado. Tampoco le importaría mucho si Fitz le diera un poco de amor y la cuidara con cariño.

Y, pensando en Fitz, había dicho que no tardaría mucho, así que era mejor que se pusiera los vaqueros antes de que lo hiciera.

Demasiado tarde también. El ruido del agua corriendo debió acelerar su vuelta. Se detuvo en seco en la puerta cuando se encontró con su alta figura apoyada contra la mesa de la cocina con los brazos cruzados, en una actitud que la puso nerviosa súbitamente.

– Los pantalones -dijo como una tonta-. Los he metido en agua.

Ése no era el momento de ponerse en plan virgen tímida porque la viera en bragas un hombre al que apenas conocía. Brooke no lo haría. Y Brooke le había mostrado mucho más que las bragas.

¡Cielos, sus bragas!

Bajo el jersey de seda, cuyo coste probablemente daría de comer a la población de todo un poblado africano durante un año, llevaba sólo unas bragas de algodón con el día de la semana escrito en color rosa en la parte trasera.

Eran parte de un conjunto que se había comprado en el mercadillo del pueblo porque eran baratas, ella no tenía un céntimo ese día y estaba completamente segura de que nadie se las iba a ver nunca.

Brooke se las habría quitado antes de mostrarlas.

Por suerte, Fitz no parecía tener ojos para nada más que para sus piernas. Bueno, eran largas, así que había mucho que mirar; largas y bronceadas. Después de lo que pareció una eternidad, él levantó la mirada.

– Tienes unas rodillas muy interesantes.

¿Ella estaba allí, semidesnuda en su cocina y lo único que se le ocurría decir era que tenía unas rodillas interesantes? Sus rodillas no eran interesantes. Estaban llenas de cicatrices de las veces que se había caído. Ella odiaba sus rodillas. Además, eran visibles cualquier día en que se le ocurriera ponerse una falda. ¿Por qué no le había hecho él un cumplido a sus muslos? No había nada de malo en ellos. Ni en su trasero que, como los muslos, se habían formado con los años de subir y bajar corriendo las escaleras de su casa. Su trasero se merecía una mención. ¡No! Lo tenía escondido tras esas malditas bragas. Tenía que ver cómo podía llegar hasta su bolsa y se ponía los vaqueros sin darse la vuelta.

– ¿Las rodillas? -dijo riéndose-. Ah, mis rodillas…

Aquello no funcionaba, así que dijo tranquilamente mientras retrocedía dentro del lavadero:

– Por favor, ¿podrías pasarme mi bolsa?

Él la siguió, puso la bolsa sobre la tabla de planchar y siguió acercándose.

– ¿No tenías algo importante que hacer?

– Sí. Muy importante -dijo Fitz sin dejar de acercarse.

El lavadero era pequeño y él le bloqueó la luz que entraba por la pequeña ventana, haciendo que su rostro quedara en la sombra y su expresión fuera ilegible.

Estaba lo suficientemente cerca como para que le pusiera una mano en la nuca a ella.

Bron cerró los ojos y no se movió. Debería protestar, debería preguntarle qué estaba haciendo, pero sólo respirar ya le estaba costando mucho. Puede que a ella nunca la hubieran tocado antes con semejante sensibilidad, pero sabía perfectamente lo que Fitz estaba haciendo.

Él avanzó otro paso, acercándose lo suficiente como para que supiera que, fuera lo que fuese lo que estaba sintiendo, no lo estaba sintiendo ella sola.

– Fitz…

– Calla, te voy a besar, Bronte Lawrence. Es el cuarto beso, dado que no sabes contar…

Ella cerró los ojos cuando los labios de Fitz se acercaron a su oreja. Fue perfecto. No, mejor. Los dedos de él se habían movido desde su nuca hasta meterse por debajo del borde del jersey y su boca estaba deslizándose por la mejilla.

¿Bronte? ¿La había llamado Bronte? Abrió los ojos. ¿El lo sabía? ¿Entonces por qué…?

Gimió de placer cuando los dedos de él le acariciaron el hombro, cuando llegaron hasta su columna vertebral.

Bron estaba en guerra consigo misma. El sentido común le decía que parara aquello inmediatamente.

Pero entonces surgió inesperadamente la Bron que casi había olvidado que existía. La parte de ella que había estado pensando con el corazón en vez de con la cabeza desde que abrió la carta de Lucy, la que le decía que hiciera lo que él le estaba diciendo, que se callara y disfrutara de aquello porque podría ser que no tuviera otra oportunidad.

El sentido común se impuso momentáneamente.

– No lo entiendes, Fitz…

Pero entonces la otra Bronte gimió cuando él le mordisqueó el lóbulo de la oreja y dijo:

– Sí, entiendo. Créeme que lo entiendo.

Siguió besándola y acariciándola, haciendo que se apretara contra su cuerpo, contra la dura necesidad que sentía por ella.

Bajo esas circunstancias no era sorprendente que su concentración se esfumara un poco, que el sentido común decidiera irse a paseo y que ella no pudiera recordar qué era lo que le tenía que decir.

– Fitz…

– Y también sé otra cosa -dijo él sin dejar de besarla-. Sé que si no hago el amor contigo ahora mismo, probablemente me muera de frustración y, ¿cómo le vas a explicar eso a Lucy?

– Eso es chantaje.

La sonrisa de él hizo que a ella le temblaran las rodillas.

– Sólo si no quieres jugar. Pero quieres hacerlo, ¿no es así, Bronte?

– Sí… -dijo ella y asintió para asegurarse de que él la había entendido-. Por lo menos… ¿Cómo lo has sabido?

– Brooke no se ruborizaba nunca.

Y, ante esas palabras, Bron se ruborizó inmediatamente.

– Ella tenía unas rodillas exquisitas. Y no tenía esa cicatriz en la ceja. Además de que no aprobó a la primera el examen de conducir. Me lo dijo ella misma.

– Oh -dijo ella respirando con dificultad-. Bueno, por lo menos ahora que los dos sabemos quienes somos…

– ¿Sí?

– ¿Podríamos ir a un lugar más cómodo?

Él sonrió de nuevo.

– ¿A dónde quieres?

Entonces ella pensó en la hermosa cama antigua de él, pero no podía decir eso. Pero no tuvo que decir nada, era como si Fitz le pudiera leer el pensamiento.

– ¿Qué le vamos a decir a Lucy? -dijo Bron de repente mientras volvían al hospital como dos adolescentes sintiéndose culpables por haberse olvidado del tiempo y llegaban tarde a casa.

– Nada. Sigue con tu plan original, Bronte. Pon alguna excusa a lo de Francia y luego vuelve como tú misma. Eso era lo que habías pensado, ¿no?

No había habido tiempo para hablar ni pensar. Ni siquiera para cenar. Sólo había habido la acuciante necesidad de conocerse el uno al otro, de sentir el calor de la piel contra piel. Pero, al parecer, las palabras eran innecesarias.

– Si tú apareces en Francia y le dices que Brooke te ha pedido que vayas en su lugar, ella…

– Se enfadará mucho.

– No por mucho tiempo. Ya la has oído, Bron. Ella te ama. Puedes tener un nombre distinto, pero sigues siendo la misma persona, así que no podrá evitar amarte de nuevo.

– ¿Sabes que llevas la camisa al revés?

Él se soltó el cinturón de seguridad entonces.

– No, pero ya que lo dices, me la colocaré, si me ayudas.

Ella se rió y lo rodeó con los brazos, tiró de la camisa y se la sacó por la cabeza.

– Por Dios, mujer, ¿qué haces? Estamos en un aparcamiento público.

– Si entras ahí con la camisa así, todo el mundo sabrá lo que he estado haciendo -dijo ella dejando de reír-. No podemos empezar con una mentira, Fitz. Tenemos que contarle la verdad.

– No sabes lo que me estás pidiendo. No sabes…

Ella le puso una mano en la boca.

– Sí. Lo sé. Yo hice esto, no tú, y yo se lo contaré. Tú eres el ancla de su vida, debe poder confiar en ti y tú no puedes fallar a esa confianza.

– Yo quiero que ella te ame, que confíe en ti.

– Y yo, pero me lo tengo que ganar, Fitz. Por mí misma.

– ¿Estás segura?

– Nunca he estado más segura de nada en mi vida. Vamos. -Bron se inclinó sobre él, le dio un beso y fue a salir-. Se estará preguntando qué nos ha pasado.

– No es la única -dijo él poniéndose de nuevo la camisa-. Quédate aquí. Yo te ayudaré a bajar.

Ella esperó, no porque necesitara su ayuda, sino por el placer de sentir sus manos alrededor de la cintura.

Al cabo de un momento, él lo hizo y ella se agarró a su cuerpo.

– Todo irá bien, Bronte, lo entenderá -le dijo él cuando ya estuvieron fuera.

– ¿Seguro? -dijo ella tratando de sentir lo que sentiría si fuera Lucy-. Espero que tengas razón.

– Confía en mí. Toma, sujeta esto mientras yo cargo con la televisión.

Ella tomó el carrito en que habían metido todo lo que Lucy les había pedido. -¿Qué ha pasado con eso de nada de televisión por esta noche?

– Me he sentido culpable. No he podido soportar imaginármela en el hospital sin poder ver los dibujos animados de la mañana mientras nosotros estamos en casa divirtiéndonos.

Ella volvió a ruborizarse.

– Yo he venido para quedarme con ella, Fitz.

– ¿Sí? ¿Y quién se está sintiendo culpable ahora?

Bron no quiso responder, así que Fitz añadió:

– Entiendo. En eso soy un experto. Viene con la paternidad. Lo empiezas a sentir desde el principio. No me di cuenta de lo mucho que te afecta hasta que me encontré a mí mismo pensando en cómo podía convencer a tu hermana para que se casara conmigo y así Lucy pudiera tener lo que deseaba…

– Ya le habías pedido antes que se casara contigo -dijo ella de repente, temiendo mirarlo a los ojos.

Pero él le puso un dedo bajo la barbilla y la obligo a mirarlo.

– Se lo pedí por Lucy y ella se rió, pero cuando repetí ayer la oferta, tú no te reíste, sólo pareciste muy sorprendida. Si yo no hubiera estado tan idiota, me habría dado cuenta de que tú no podías ser Brooke. Ella nunca habría ido a la fiesta de un colegio sólo para hacer feliz a una niña. Nunca fue tan amable y generosa.

– Pero tú la amenazaste.

– ¿Fue por eso por lo que tú viniste, Bronte? ¿Para proteger el buen nombre de tu hermana? -dijo él riendo-. ¿De verdad te crees que a ella le hubiera importado cualquier amenaza que yo le hubiera dirigido? Me conoce demasiado bien como para eso.

Por supuesto que así era. Él había sido su amante. Brooke había llevado a su hija e, incluso ahora, seguía afectándole de alguna manera. Él estaba haciendo como si no le importara, pero le importaba. Él simplemente había estado haciendo el amor a la imagen de Brooke, tratando de revivir un pasado imposible, de vivir un futuro imposible.

Fue entonces cuando Bronte se dio cuenta de que si ella estaba viviendo un sueño, no era el suyo, entonces ese brillante mundo nuevo que se había forjado, se rompió en pedazos.

Capítulo 9

Ella era Bronte Lawrence. Bronte, no Brooke. Y, ni siquiera por Fitz iba a vivir una mentira ni permitirle a él que la viviera a través de ella.

– Será mejor que nos movamos antes de que Lucy envíe un equipo de búsqueda a por nosotros -dijo ella volviéndose.

– Bronte, espera…

Ella se alejó cargada con la televisión hacia la entrada del hospital. Fitz la alcanzó en la entrada, le agarró la mano y sonrió como si el mundo fuera maravilloso.

– Espérame -dijo y al verla dejó de sonreír-. ¿Qué pasa?

– Nada. Pero Lucy debe estar esperando.

– ¿Señorita Lawrence?

La voz era conocida y ella se volvió agradeciendo la interrupción.

– Soy Angie Makepeace del Sentinel. Llevo todo el día tratando de ponerme en contacto con usted. En su oficina no parecían saber dónde estaba y su hermana estaba demasiado ocupada como para hablar. O tal vez no quería decírmelo. Eso era lo último que ella necesitaba en ese momento. Luego, tal vez porque supiera que pelearse con esa mujer no sería buena idea, le dijo:

– ¿Qué es tan urgente?

– Bueno, me ha dicho un pajarito que usted estuvo ayer en el colegio local para ver a su hija en el día de los deportes. ¿Lucy? El nombre es correcto, ¿verdad?

Bron abrió la boca, pero no se le ocurrió nada que decir, así que la volvió a cerrar. Lo único que deseó fue darle una bofetada a esa sonriente cara, pero se contuvo sabiendo que eso no serviría de nada.

– Y ahora he oído que ella había sufrido un accidente. ¿Es serio? -continuó la mujer.

Bron pensó que, al fin y al cabo, no estaría mal golpearla un poco, así que avanzó un paso hacia ella, pero Fitz le apretó más fuertemente la mano, conteniéndola. Aquello no le pasó desapercibido a la periodista.

– ¿Querría compartir sus pensamientos con nuestros lectores en estos momentos difíciles, señorita Lawrence?

Fitz se adelantó entonces.

– Estoy seguro de que debe conocer las nuevas leyes sobre el acoso de la prensa, señorita Makepeace. La noticia del accidente de una niña no es del interés público.

– Al contrario, señor Fitzpatrick… Usted es James Fitzpatrick, el padre de la niña, ¿verdad? Estoy segura de que el público estará muy interesado… Por fin, el cerebro de Bronte se puso en marcha y lo hizo a toda velocidad.

– Señorita Makepeace, Angie. Estoy segura de que comprenderá que en estos momentos yo sólo quiera ver a Lucy. Tal vez podamos organizar una entrevista adecuada cuando Lucy esté en casa.

Fitz se quedó anonadado. Luego dijo horrorizado:

– ¿Con un fotógrafo?

– Tengo fotos.

– No de Lucy -dijo Bronte-. Estoy segura de que le gustará conocer toda la historia.

Los ojos se le iluminaron a la periodista. Estaba claro que debía haber oído los rumores, fueran cuales fueran.

– ¿Es cierto entonces? -dijo sin apenas poder contener la excitación.

Bron se obligó a sonreír.

– Bueno, eso depende de lo que haya oído.

No tenía ni idea de lo que estaba pasando, pero estaba muy decidida a utilizar lo que fuera con tal de conseguir un par de días de tiempo.

– ¿Me está ofreciendo una exclusiva?

– A cambio de la completa intimidad mientras Lucy se recupera.

– ¿Me dará toda la historia? ¿Puede llamarme el lunes?

– El martes.

– Muy bien -dijo la periodista sonriendo satisfecha.

Bron tuvo toda la impresión de que su hermana no iba a estar muy satisfecha con su actuación, pero ya había hecho bastante como para hacerla enfadar mucho, así que ¿cómo podía empeorarlo?

– Y se equivoca sobre Lucy. Tengo algunas fotos muy buenas de ella con la copa que ganó y que le dio su muy famosa madre -afirmó Angie.

– Debería tener cuidado -intervino Fitz acercándose a la mujer y esta vez Bronte no trató de detenerlo-. A veces las cosas no son como parecen.

– ¿De verdad? -respondió Angie Makepeace sin parecer intimidada-. Bueno, si no sé nada de la señorita Lawrence el martes, todo esto saldrá el miércoles en primera plana y mis lectores podrán sacar sus propias conclusiones al respecto.

– Hace usted unas amenazas encantadoras, señorita Makepeace -dijo Bron-. ¿Quién podría resistirse?

Luego tomó del brazo a Fitz y le suplicó con los ojos que se marcharan de allí antes de añadir:

– Vamos, querido. Lucy se estará preguntando qué nos ha pasado.

Por un momento ella no estuvo segura de si su querido iba a explotar o no. No lo hizo, pero su mirada le advirtió de que aquello no era más que una tregua.

Una vez dentro del hospital, él le preguntó:

– ¿A qué ha venido todo esto? Y no me refiero a Lucy. Es evidente que alguien la ha llamado. Ya me esperaba…

– ¿Sí? ¿Y estabas dispuesto a usar algo así para hacer que Brooke hiciera lo que tú querías?

– Para que lo hicieras tú…

– Tú creías que yo era Brooke -siseó ella.

– ¡No! Si… Mira, ¿no podríamos hablar de esto más tarde?

– Mucho más tarde. Voy a estar muy ocupada tratando de ponerme en contacto con Brooke para confesarle que voy a contar su vida a un periódico que no vale ni para envolver el bocadillo.

Luego ella se volvió y subió las escaleras con Fitz inmediatamente detrás.

Cuando los vio entrar, Lucy sonrió. Estaba sentada en la cama haciendo un rompecabezas que alguien debía haberle dado.

– Mirad, casi he terminado.

– Buen trabajo -dijo Bron-. Sentimos haber tardado tanto. ¿Has tenido alguna visita mientras estábamos fuera?

– Sólo una señora. Sabía que tú eres mi madre.

La niña fue a poner otra pieza, pero entonces el rompecabezas se descolocó.

– ¡Oh, vaya!

Entonces Fitz puso la televisión sobre la mesa.

– ¡La habéis traído! ¡Ponla, ponla!

– Más tarde. ¿Qué más te preguntó, princesa?

– Oh, dónde vivía, quién me cuidaba. Esa clase de cosas.

– ¿Cómo se llamaba?

Lucy se encogió de hombros y Fitz miró a Bron, que estaba recogiendo las piezas del rompecabezas, luego él añadió: -¿Sabes? Creo que no he debido traer todo esto. Creo que estarías mucho mejor en casa.

– ¿De verdad? ¿Quieres decir que nos vamos ya?

– Cuanto antes, mejor.

– Pero iba a merendar ahora…

– Pediremos una pizza.

– ¿De verdad? ¿Y podré elegirla?

– Lo que quieras. Puedes llamar desde el móvil cuando estemos en el coche.

– ¡Muy bien!

Fitz le dijo entonces a Bronte:

– ¿Puedes quedarte con ella mientras yo voy a hablar con el médico?

– Fitz, ¿te parece una buena idea? La mujer podría ser una asistente social, cualquiera.

– Es ese cualquiera lo que me preocupa. No tardaré mucho.

– ¿Has tenido suerte?

Ella agitó la cabeza.

– No se me ocurre a quién más pudo llamar. Incluso le he dejado un mensaje en el contestador de casa por si pasa por allí.

– Bueno, has estado mucho tiempo al teléfono. Tienes que comer algo y lo único que tengo es pizza fría.

– Con eso bastará. Estoy hambrienta. Nunca antes había visto una pizza con el triple de aceitunas antes.

– A Lucy le gustan. Toma un vaso de vino, te ayudará a tragarla. Él no esperó a su respuesta y se lo pasó. Después dio unos golpecitos en el sofá a su lado para que se sentara allí.

Ella sabía que debía sentarse en un sillón, pero estaba demasiado cansada y preocupada como para ir hasta donde estaba. Además, sería demasiado evidente y quería escapar de allí graciosamente. Algo como darle las gracias por el buen rato y demás.

El problema estaba en que todavía tenía que pensar en Lucy. No podía irse a ninguna parte antes de aclarar el lío que había organizado, hasta que no pusiera en contacto a la niña con su verdadera madre. Por lo menos eso fue lo que se dijo a sí misma mientras se sentaba al lado de Fitz y él le pasaba un brazo sobre los hombros.

– Tenemos que contárselo a Lucy, Fitz. Dijiste que lo haríamos en cuanto estuviera de vuelta en casa.

– Estaba cansada -dijo él dándole un beso en la frente-. Todos lo estamos. Con una notable excepción, ha sido un día terrible. Anda, dame eso.

Tomó su vaso y lo dejó sobre la mesa. Ése era el momento de ofrecerle alguna excusa, decirle que iba a hacer café o algo así. Pero entonces él la hizo sentarse en su regazo y empezó a acunarla hasta que a ella le pareció por fin que lo del café no era buena idea.

Suspiró de placer y, de alguna manera, sin querer llegar tan lejos, los labios de él se pusieron en contacto con los suyos. -Fitz…

– ¿Te ha gustado?

– Sí… No… Fitz, no podemos…

– Lucy está dormida.

– No…

No era eso lo que había querido decir.

– Lo he comprobado -dijo él sin dejar de besarla.

De alguna manera aquello le pareció a ella mucho más importante que unos pocos escrúpulos sobre ceder a las fantasías de él. ¿No iba ella a poder permitirse unas fantasías?

Y entonces sonó el timbre de la puerta.

Fitz gimió y no fue a abrir, esperando que, quien fuera, se marchara. Pero Bronte se incorporó inmediatamente y su cabeza chocó contra la barbilla de él. Oyó el sonido de sus dientes chocando.

– ¡Oh, cielos, lo siento! Iré a por hielo para ponértelo…

Pero cuando se puso en pie chocó contra la mesa, y el mueble cayó al suelo en un tumulto de platos, vasos y pizza. La botella de vino se derramó sobre la alfombra dejando una mancha que Bron sabía por experiencia que no desaparecería nunca.

Entonces se oyó una risa desde la puerta.

– Ya veo que he llegado en un momento inoportuno. Lo siento, queridos. Pero tu mensaje parecía desesperado y, dado que nadie ha respondido al timbre y que la puerta no estaba cerrada, he entrado sola.

– ¡Brooke!

– ¿Qué has hecho con mi coche?

Cuando Bron fue a responder, ella levantó una mano y añadió:

– No, no me lo digas. Si está tirado en alguna parte necesito comer algo antes de que me lo digas. Sólo siéntate ahí, con las rodillas juntas y las manos en el regazo, como mamá te enseñó, mientras yo limpio todo esto. Hola, Fitz -dijo dándole un beso en la mejilla-. Ya veo que has conocido a Juanita Calamidad.

Juanita Calamidad. Nadie excepto Brooke la había llamado así. ¡Cómo lo había odiado!

Tal vez Fitz se dio cuenta de ello porque la tomó de la mano, manteniéndola a su lado.

– Bronte te ha estado dejando mensajes por todas partes -dijo él.

– Ya lo he visto.

Brooke levantó la botella de vino y suspiró:

– Bron y el vino tinto. Una combinación fatal.

Le dio la botella a Fitz y recogió los cubiertos.

– ¿Tienes un sifón? Eso quitará la mancha de vino de la alfombra.

– Olvida la alfombra -dijo él-. Tenemos un verdadero problema. O mejor, lo tienes tú. El Sentinel sabe lo de Lucy.

– ¿Era por eso por lo que Angie Makepeace estaba tratando de hablar conmigo?

– ¿Lo sabes?

Ella se volvió a Bron.

– No sé nada salvo que el taxi me dejó en casa esta tarde, que tú no estabas allí, ni mi coche. Luego oí el mensaje del contestador y reconocí el número de Fitz.

– ¿Y por qué no llamaste?

– La verdad es que estuve tentada de hacerlo, querida. He estado días viajando y luego he tenido una conferencia de prensa en el aeropuerto. Pero algo me advirtió que era mejor que viniera en persona.

Brooke se fijó entonces en la forma en que Fitz sujetaba la mano de Bronte.

– Mi instinto no me falla nunca. Voy a dejar esas cosas en la cocina mientras tú sirves los whiskies, Fitz. Luego me podréis contar exactamente en qué os habéis metido.

Entonces se detuvo en la puerta y añadió:

– O, tal vez sea mejor que me deis la versión censurada.

– Todo ha sido culpa mía, Brooke. Lucy te escribió pidiéndote que fueras al colegio y yo abrí la carta por error.

– ¿Pero no le dijiste a Fitz quién eras?

– No le di la oportunidad de hacerlo -dijo él-. Lucy me habló de la carta y yo me cegué y fui a vuestra casa exigiendo que hicieras lo que ella te pedía.

– ¿O?

– O yo le contaría a todo el mundo lo de Lucy.

Brooke sonrió.

– ¿Y Bron te creyó?

– No tenía ninguna razón para no hacerlo. Yo no estuve realmente… Bueno, digamos que no le di una buena primera impresión.

Brooke se rió.

– ¿Queréis decir que todo esto ha sido para mantener limpio mi nombre ante el público? Por Dios, Bronte, sé un poco real. En estos días aparecen diariamente en la prensa esos emocionantes reportajes sobre padres e hijos. ¿A quién le importa?

– También lo hice por Lucy -dijo Bron mirando a Fitz y ruborizándose-. Y, si te soy sincera, también un poco por mí. El problema es que estropeé las cosas. Para ti. Alguien debe haber hablado con El Sentinel y haberles vendido la historia.

Brooke no pareció particularmente molesta.

– Yo más bien diría que ha habido una estampida de llamadas. Afrontémoslo, no habéis sido precisamente discretos.

– No.

– Entonces, ¿por qué no ha salido ya todo en la prensa?

Bron le contó entonces el encuentro con la periodista.

Cuando terminó, su hermana le dijo:

– Está claro que no habéis visto las noticias de la tarde.

– No hemos tenido tiempo, Brooke.

– Es una pena.

– Hemos estado tratando de ponernos en contacto contigo.

– Entonces, ¿cuánto tiempo tenemos?

– Hasta el martes.

– ¿El martes? ¿La has contenido hasta el martes? Cielo santo, ¿qué le has prometido?

– Todo.

– Oh, vaya. Pobre mujer -dijo Brooke riendo-. Debe ser como tener el Santo Grial en las manos para que luego vaya y desaparezca.

– ¿Te importaría explicarnos de qué estás hablando? -dijo Fitz empezando a perder la paciencia.

Pero Brooke volvió a reírse.

– Piénsalo, querido. Mientras Bron, en mi lugar, le estaba prometiendo a Angie Makepeace revelarle todos mis oscuros secretos, con fotos incluidas, yo estaba dando una conferencia de prensa en Heathrow.

– Pero se pondrá furiosa, pensará que lo hemos hecho deliberadamente. Ella…

– No, no lo hará. No sabrá qué creer y no se atreverá a publicar nada por si hace el ridículo -dijo Brooke encogiéndose de hombros-. Supongo que será mejor llamarla mañana y hacer las paces con ella, dejarla publicar una historia sobre como yo tuve una hija cuando era estudiante y tuve que abandonarla, pero que ahora que nos hemos vuelto a reunir, la llevaré ajuicio si publica cualquier foto de Lucy.

– ¿Se puede hacer eso?

– Es una menor, Bron. Tiene derecho al anonimato.

– ¿Es así de sencillo?

– Probablemente no. Puede que sea una buena idea si desaparecéis un par de meses, hasta que se pase toda la excitación.

– ¿Qué excitación? ¿Sobre qué era la conferencia de prensa?

– He hecho una raya en el suelo, Bron. No me has podido localizar porque he estado ocupada al cien por cien consiguiendo el dinero para comprarle una tierra a ciertos ganaderos en el borde de la selva del Amazonas. Y pienso comprar mucha más. Lo único que necesito es dinero, montones de dinero, así que le estoy ofreciendo a la gente la posibilidad de invertir en el futuro del planeta, de comprar su propio trozo de selva para conservarla.

Luego sonrió y añadió:

– ¿Os apunto a vosotros?

– Que sean tres partes. Lucy querrá su propio pedazo de planeta.

– ¿De verdad?

– Cree que eres impresionante.

– ¿En serio? Entonces, en vez de comprarle el terreno, Fitz, ¿por qué no me dejas que ponga el fondo a su nombre? ¿El fondo de Lucy? ¿El Fondo de Lucy Fitzpatrick? Tú decides.

Se tomó entonces lo que quedaba de whisky en su vaso y se levantó.

– Mirad, llevo mucho tiempo de viaje y luego he tenido que conducir más de lo que debía estar permitido a nadie en el trasto que Bron tiene por coche. Estoy agotada. No os importa si me doy una ducha y luego me acuesto, ¿verdad? Tengo que marcharme realmente temprano mañana…

– Tú misma -dijo Fitz agitando una mano en dirección a las escaleras.

– Ya sabes dónde está todo. Y Brooke, yo también creo que eres bastante impresionante.

Bron sintió como si un volcán fuera a entrar en erupción dentro de su cabeza. Brooke había resuelto la situación y se había sentido como en su casa. Y Fitz se lo estaba permitiendo. ¿Iba a aceptarla de nuevo como si tal cosa? ¿Es que él no había estado escuchando? Brooke no se iba a quedar a jugar a la madre afectuosa. Bueno, pudiera ser que Fitz no supiera lo que era bueno para él, pero ella sí y no estaba dispuesta a dejar que su hermana le fastidiara de nuevo la vida.

Se puso en pie repentinamente.

– Espera -le dijo a su hermana-. Yo te haré la cama de la habitación de invitados mientras te duchas.

– Gracias, Bron. Hacer camas nunca se me ha dado bien.

– Ni quedarte mucho en ellas una vez hechas.

– Perdónanos, Fitz, creo que estoy a punto de recibir una charla sobre responsabilidades.

Tomó a su hermana del brazo y la hizo subir las escaleras, allí Bron le dijo:

– Por Dios, Brooke, esto no es cosa de risa. ¿Es que Lucy no te importa?

– Me importa lo suficiente como para habérsela dejado a Fitz. Él es un hombre cariñoso, querida. Como tú. Se preocupó por mí y sabía que lo haría por mi hija.

– Deberías haberla llevado a casa.

– Tú ya tenías bastante que hacer -dijo Brooke.

– Mira, Brooke, no había nada que impidiera que la cuidaras tú.

– Yo no soy así. Soy la egoísta, ¿recuerdas? No es algo de lo que esté orgullosa, pero sabía que no estaba dispuesta a dejar a un lado mi vida por unas pocas y estúpidas semanas de enamoramiento. Habría abortado si Fitz no me lo hubiera impedido -dijo Brooke haciendo una mueca-. Entonces pensé que, bueno, yo ya había cumplido con mi deber y la daría en adopción, pero Fitz… La vio una vez y… bueno…

Bron vio el brillo de las lágrimas traidoras en los ojos de su hermana a pesar de esas duras palabras y pasó de estar furiosa con ella a sentir tristeza por ella, por todo lo que había dejado a un lado.

– Oh, ven aquí -dijo abriendo los brazos.

Brooke se abrazó a ella y así permanecieron.

– Me gustaría ser como tú, Bron.

– No, no te gustaría. Y yo me alegro. Tú eres especial, diferente. Algunos de nosotros hemos nacido para cambiar pañales y otros lo habéis hecho para cambiar el mundo. Lo comprendo. De verdad.

– ¿En serio?

Brooke se enjugó una lágrima y añadió:

– Tal vez sí lo comprendas. Tú siempre me has comprendido mejor que nadie. Incluso mejor que mamá. Lamento no haber estado allí contigo, Bron. Debería haber estado. Pero estaba buscando el dinero para comprar esas tierras y, sinceramente, pensé que no era más que otro ataque de los que le daban a mamá. Cuando lo supe ya era demasiado tarde. Y además, ¿qué podía hacer yo entonces en casa? Se me necesitaba allí…

– No podías haber hecho nada. No había nada que pudieras hacer, de verdad. Hiciste bien quedándote donde te necesitaban.

– ¿Tú lo crees así?

– Ella lo comprendió, querida. Estaba muy orgullosa de ti.

Miró entonces abajo y vio a Fitz mirándolas. ¿Qué estaría viendo? ¿A su amor perdido volviendo a él? ¿El gran error que había cometido esa tarde yendo a por la hermana?

– Todos estamos orgullosos de ti. Vamos, estás cansada. Date esa ducha.

– ¿Cómo es ella, Bron?

Bronte dudó y luego le dijo:

– Es preciosa. Se te parece mucho. Y tiene los ojos de mamá.

– ¿De verdad?

– Y tiene mi habilidad y delicadeza con las manos.

– ¡No! -exclamó Brooke sonriendo-. ¡Pobre Fitz!

– Juanita Calamidad Dos. Los genes han aparecido de nuevo.

– ¿Y su cabello? ¿Es también rubia?

– No. Lo tiene más oscuro. No tanto como Fitz, más castaño. Y también tiene sus rizos.

– Ah -dijo Brooke mirando a Fitz-. No lo sabe. No se lo has dicho.

– ¿Qué tiene que saber?

Bron se dio cuenta de que iba a saber algo desagradable y miró a su hermana antes de añadir: -¿Qué es lo que él no me ha dicho?

– Que Fitz no es el padre de Lucy, Bron.

Capítulo 10

– ¡Abajo! ¡Ahora mismo!

Fitz había subido los escalones de tres en tres e hizo un gesto airado hacia la puerta de Lucy, que siempre dejaba entreabierta por si lloraba.

Estaba mirando fijamente a Brooke, que se había puesto mortalmente pálida bajo la piel bronceada.

– ¡Oh, cielos!

– ¡Ni una palabra más!

– Ella está ahí -dijo él suplicándole a Bronte con la mirada que apartara a Brooke de la puerta.

– Mi pequeña…

– Ahora no, Brooke.

Entonces él vio horrorizado como Brooke se derrumbaba contra Bron.

– Vamos, querida. Te acostaré.

Lo miró y entonces se dio cuenta de que, al contrario que Brooke, ella no sabía dónde estaba la habitación de invitados.

Él las condujo a la parte trasera de la casa y les abrió la puerta. Sintiéndose inútil, se pasó una mano por la cabeza cuando las dos hermanas se dirigieron al cuarto de baño. -Quédate con ella. Yo haré la cama -dijo.

– Gracias.

Luego Bron cerró la puerta, pero no antes de que él pudiera oír el llanto contenido durante años por Brooke Lawrence.

Hacía todos esos años él había esperado que ella se diera cuenta de su error y volviera a reclamar a la pequeña que él había estado manteniendo por ella. Bueno, ahora Brooke había vuelto y la única sensación de él era un profundo y terrible miedo de que lo que él tanto había deseado se volviera realidad.

Cuando estaba inundado de pañales y deudas, sin poder ir a trabajar, él habría agradecido su vuelta para aliviarlo del problema en que se había metido sin dudarlo ni por un momento.

Ahora Lucy era parte de su vida, tanto que no se la podía imaginar sin ella. Era su hija de todas las maneras, salvo en el pequeño detalle de la concepción.

Siguió mirando a la puerta cerrada del cuarto de baño, de donde salía el sonido amortiguado del llanto. Entonces, incapaz de soportarlo por un momento más, se fue a por las sábanas al armario del pasillo.

De paso miró a la puerta de Lucy, avanzó un paso hacia ella, pero se contuvo. Si se hubiera despertado y oído las voces, habría llamado. Si entraba a mirar, la podía despertar y ese no era el momento para que conociera a su madre de verdad. No con Brooke en ese estado lamentable.

Cuando terminó de hacer la cama, llamó a la puerta del cuarto de baño.

Se abrió la puerta un poco y Bron se asomó.

– Estaré abajo -le dijo-, por si me necesitáis. ¿Quieres que haga té o café?

Fue a marcharse y ya estaba en la puerta cuando Bron lo llamó.

– Fitz…

Él se volvió.

Ella había estado llorando con su hermana y le brillaban los ojos. Estaba preciosa. No como Brooke, no con una belleza tan cuidada. La belleza de Bronte era interior. Verlas juntas había sido una revelación. Ahora no sabía cómo había podido confundirlas. Entonces se dio cuenta de que no lo había hecho, de que, en lo más profundo de su ser, siempre había visto la diferencia. Deseó abrazarla y decírselo, pero ella mantenía la puerta como una barrera entre ellos.

– Ve a ver cómo está Lucy, asegúrate de que está dormida, de que no ha oído… lo que ha dicho Brooke.

Él asintió y Bron volvió a cerrar la puerta.

Deseó echarla abajo y explicarle todo. Debería haberlo hecho esa misma tarde, en vez de acostarse con ella. Ahora todavía había más secretos entre ellos.

Salió de allí y pasó de nuevo por delante de la puerta de Lucy. Sólo se oía su tranquila respiración, pero abrió un poco más la puerta para ver con seguridad que estaba bien.

Se quedó mirándola por un largo momento mientras recordaba toda su vida con ella. Su primera sonrisa, sus primeros pasos, su primer accidente…

– ¿Por qué estás llorando, papá? ¿Te has hecho daño?

Ella había abierto los ojos y lo estaba mirando.

– No -dijo él enjugándose las lágrimas que se le habían saltado.

Luego se sentó a su lado en la cama.

– Sólo estaba recordando cómo eras de pequeña.

– ¿Cosas malas o buenas?

– Todo. Cómo llorabas cuando te salieron los dientes. Lo graciosa que estabas cuando se te empezaron a caer. Cosas como ésas.

Lucy se apartó para dejarle más sitio y él se quitó los zapatos y subió los pies a la cama.

– Josie va a tener una hermanita, ¿lo sabías? He pensado que nosotros podríamos tener otro si mamá se queda con nosotros -le dijo Lucy.

Ya estaba. No más mañanas…

– Lucy…

– Ni siquiera me importaría que fuera un niño.

– Eso está bien, porque te tendrías que conformar con lo que fuera.

– Oh, bueno, siempre podéis tener otro…

– Lucy… Tengo que decirte algo. Es importante, así que quiero que me escuches atentamente. Es acerca de la chica que fue al colegio el día del deporte, de la que ha venido hoy a casa.

– ¿De mamá?

Ya estaba metido en el lío, pensó. Ahora sólo tenía una forma de salir de él. No había forma de suavizar el golpe.

– No es tu madre, Lucy.

Lucy frunció el ceño mientras trataba de entender aquello.

– Pero tú dijiste que Brooke Lawrence era mi madre.

Lucy estaba claramente decepcionada. Él no le había mentido nunca.

– Y lo es, Brooke Lawrence es tu madre, pero la chica que vino al colegio, la que ha venido hoy… bueno, ella no es Brooke. Se llama Bronte. Es la hermana de Brooke y tu tía.

El rostro de Lucy reflejó su sorpresa.

– Oh, mi tía…

– Ella abrió tu carta por error, ya ves; y entonces, bueno, como Brooke estaba fuera y no quería que te sintieras decepcionada, decidió acudir ella en su lugar.

– ¿Son gemelas?

– ¿Qué? Oh, no, sólo hermanas, pero se parecen mucho. Y hacía mucho tiempo que yo no veía a tu madre… Pero eso no es excusa. Debería habértelo dicho en cuanto me di cuenta. Bronte quiso que lo hiciera, pero yo le dije que era mejor esperar a mañana. Pero algo ha sucedido esta noche y ahora no creo que deba esperar a mañana. No ahora que estás despierta.

– Bueno, Bronte es realmente agradable.

– Sí, lo es.

– Se ríe mucho y me gusta cómo me abraza. Pero supongo que también tendrá que irse, si ella no es mi madre.

Estaba muy clara la decepción de Lucy.

– ¿Te gustaría que se quedara, Lucy?

– ¡Oh, sí!

Luego hizo una larga pausa y añadió:

– Quiero decir que Brooke Lawrence no tiene tiempo para ser madre, ¿verdad? Está lejos, tratando de salvar a los animales y a mí me gustaría tener una mamá. Una de verdad. Una que se quede en casa y haga tartas y todo lo demás…

– ¿Me estás sugiriendo que podrían intercambiar los papeles?

Había tanta lógica infantil en esa solución, tanta simplicidad que Fitz no estuvo seguro de querer reír o llorar.

– No seas tonto, papá, no pueden hacerlo. Brooke Lawrence siempre será mi madre. Pero si tú te casas con Bronte, ella puede serlo también. Como ahora Ellie es la madre de Josie. Y luego podríamos tener también una hermanita.

«¡Bien!» pensó él.

– Creo que será mejor que vayas un poco más despacio. Primero hay que preguntarle a Bronte si quiere ser tu madre.

– ¿Cuándo?

– Mañana. Y también podrás conocer a Brooke. Eso es lo que ha sucedido. Lucy. Ha llegado esta noche…

– ¡Brooke Lawrence está aquí!

– Sí, pero tú estás muy cansada. Ya la verás por la mañana. A Lucy se le llenaron los ojos de excitación.

– ¡Es fantástico! ¿Puedo llamar a Josie?

– Estará dormida, y tú también deberías estarlo. Ya la llamarás por la mañana.

– Muy bien. Entonces le diré también a Bronte lo del niño.

Él se aclaró la garganta.

– Creo que tal vez será mejor que me dejes eso a mí.

Era un deber que estaba ansioso por cumplir.

– ¿Es eso cierto?

Bron estaba en la puerta, mirándolo con una intensidad casi desesperada. La respuesta de él importaba mucho y Fitz se levantó y se acercó a ella.

– ¿Qué te ha dicho?

Ella se dirigió entonces a un sillón y se dejó caer en él pesadamente.

– Me ha dicho que se lió con un profesor de la universidad y que, cuando le dijo que estaba embarazada, él le envió un talón para que abortara. Y ella había bebido basante, pensando en hacerlo, cuando cayó en tus brazos el día de la fiesta de Navidad.

– Fue así más o menos. Por supuesto, yo llevaba semanas deseándola. Pensé que era mi noche de suerte cuando cayó en mis brazos. La traje aquí, pero entonces me di cuenta de que no era sólo el alcohol lo que la había hecho desmayarse y llamé al médico. Él la regañó por beber en su estado y, dado que pensó que yo era el responsable, a mí también.

– Oh, cielos.

Bron pareció como si se fuera a reír y añadió:

– Pobre Fitz.

Luego, definitivamente, se rió.

– Cuando él se marchó, ella me lo contó todo. Era evidente que no quería abortar y, animada por mí, volvió a la universidad al día siguiente y le tiró el talón a la cara al tipo ése. Él le dijo que podía hacer lo que quisiera, pero que si decía algo de todo eso, haría que la echaran de la universidad.

– ¿Podía hacerlo?

– Ella no estaba dispuesta a arriesgarse. Y, por lo que a mí se refería, su embarazo ejerció un efecto tranquilizante con mi libido. Y tengo que decirte que, como futura madre, tu hermana fue un auténtico agobio. Era exigente, petulante, insoportable. Pero yo prometí ayudarla si decidía tener su hijo.

– ¿Por qué?

– Primero por sentimiento de culpa. Yo no la habría tratado como ese cerdo, pero quería lo mismo que él, sin ataduras -respondió él-. Luego por fascinación. Ese hijo estaba creciendo prácticamente delante de mis ojos. Un día Brooke me hizo ponerle la mano en el vientre y sentí moverse a Lucy… Fui con ellas a las clases de preparto y todo el mundo dio por hecho que yo era el padre, y estuve con ella cuando nació Lucy. Me dejaron que le cortara el cordón umbilical… Ella es mía, en todo lo que importa.

– Y mi encantadora hermana te dejó que te quedaras con ella a cambio de un trabajo en la televisión.

– Yo creía que volvería.

– Te estabas engañando a ti mismo -dijo ella.

– No, Bron. Yo no había planeado jugar a la familia feliz. Sólo creía que volvería a reclamar a su hija. No entendí cómo se pudo alejar de ella.

– Así es Brooke. Fácil de amar y difícil de entender.

– ¿Cómo está?

– Agotada por el viaje, si no, no se habría derrumbado de esa manera. Ahora está durmiendo y mañana volverá a ser la misma. No es necesario que te preocupes, Fitz. No intentará separarte de Lucy.

El se acercó entonces, la tomó de la mano y la hizo ponerse en pie, luego se sentó con ella en su regazo. Bronte no protestó.

– Hablando de Lucy, he tenido una pequeña charla con ella y ya sabe la verdad.

– ¿Qué?

Bron fue a levantarse rápidamente, pero esta vez Fitz se apartó a tiempo.

– Lo siento -dijo ella acariciándole el golpe de la barbilla de antes-. ¿Te duele?

– Podrías besarlo para que se me pase. Y aquí también me duele. Y aquí…

Ella le tapó la boca con la mano.

– Cuéntame lo que le has dicho.

– La única preocupación de Lucy es que te vayas.

– Pero Brooke está ahora aquí.

– Mi hija no es tonta. Sabe que Brooke no se va a quedar y cree que tú eres muy buena dando abrazos. Así que preferiría tener una madre a tiempo completo antes que una famosa de vez en cuando.

– ¿Y Brooke?

– Puede pasar por aquí siempre que quiera y tenga un momento libre en su misión de salvar la tierra.

– Lucy lo tiene todo claro entonces.

– Casi. Incluso el hecho de que, si tú te quedas, podría tener una hermanita, como Josie. ¿Te vas a quedar, Bron?

– ¿Por Lucy?

– Por mí. Por ti.

– ¿Estás seguro de que sabes a quién se lo estás pidiendo?

– Creo que debo haberlo sabido siempre. Deseé a Brooke, pero contigo siento algo completamente distinto.

Como estaba sentada en su regazo, Bron tuvo sus dudas.

– Pues a mí se me parece mucho a la lujuria.

– Si eso fuera todo no estaría sentado aquí contigo encima, estaría haciendo ya algo al respecto. Pero esta vez creo que será mejor que hablemos antes de los detalles. ¿Te vas a quedar?

– ¿Estás seguro de que quieres que lo haga? ¿Sabes que todo el mundo va a pensar que eres un hombre triste que no pudiendo tener a la hermana brillante, te has conformado con la otra?

– ¿Y tú te crees que a mí me importa algo lo que piensen los demás? Y además -dijo besándole el cuello-. Tu sabes que eso no es cierto, ¿verdad?

Bron se encogió de hombros.

– Tal vez te gustaría demostrármelo.

– ¿Aquí? ¿Ahora?

– Bueno…

Fitz se rió.

– No está nada mal que te pueda leer tan bien el pensamiento.

– ¿Oh? Entonces, ¿cómo es que has tardado tanto en darte cuenta de que yo no era Brooke?

– Yo nunca pude leerle los pensamientos a ella. Fue cuando me di cuenta de que podía leer los tuyos cuando supe que eras otra. Alguien muy diferente -dijo él sonriendo-. Ahora que ya hemos dejado claro que te quedas, sólo hay un problema más.

– ¿Oh?

– ¿Dónde vas a dormir, si Brooke está en la habitación de invitados?

– Ésta es una casa grande, ¿no hay otras habitaciones?

– Sí, las hay. Una era la de Lucy cuando era niña. Otra está llena de trastos y otra solía ser mi estudio antes de que transformara el establo. Hay montones de habitaciones, pero no camas… Eso es tan cierto como que te puedo leer los pensamientos, querida.

– Y yo puedo leer los tuyos y no me estás diciendo la verdad, James Fitzpatrick. Él sonrió de nuevo.

– Puede que no.

Se despertaron al oír unos golpes y una risa en la puerta. Fitz miró el reloj de la mesilla y gimió.

– Bron, querida, nos hemos dormido.

Llamaron otra vez.

– ¿Podemos pasar?

La puerta se abrió un poco y Brooke asomó la cabeza sonriendo. Bron se ruborizó y se tapó con las sábanas.

– Lamento despertaros, pero he de volver a Londres -dijo Brooke dejando pasar a Lucy-. Además quiero deciros que Lucy y yo nos hemos estado conociendo un poco. Me ha dado un auténtico cursillo de maternidad, pero desafortunadamente, no me puedo quedar al curso entero. Ella ya lo ha entendido, tengo mucho trabajo salvando a la jungla y los animales. Así que aquí hay una vacante para una madre a tiempo completo. Pero no por mucho tiempo, por lo que parece.

Bron se olvidó de la vergüenza y tomó la mano de su hermana.

– ¿Te importa?

– ¿Importarme? ¡Cielos, no! Creo que es una idea maravillosa. Yo me quedo con toda la diversión, pero con nada de la responsabilidad. Tú siempre has sido mejor que yo en eso. Pero yo tengo mis utilidades, ¿veis? Os he organizado el desayuno en la cama.

– Es muy amable por tu parte -murmuró Fitz desde alguna parte por debajo de las sábanas.

Brooke levantó una ceja en su dirección.

– Sólo mandadme una invitación para la boda y estaremos en paz. Mientras tanto, tengo una reunión en Londres a las diez, así que necesito saber dónde habéis escondido mi coche. Eso si no está en el desguace, ¿verdad?

– Está perfectamente y sin un arañazo en el aparcamiento del hospital -dijo Fitz sentándose en la cama.

– Si esperas a que nos vistamos, te llevaré allí -dijo Bron.

– No, querida, tú quédate a jugar a la familia feliz. Yo dejaré allí tu Mini con las llaves bajo el asiento. Aunque no creo que nadie se atreva a robarlo.

Brooke ya volvía a ser la misma de siempre, cuando notó a Fitz tensarse bajo las sábanas, le agarró un brazo para que no dijera nada, muy consciente de lo que se avecinaba, Lucy avanzaba hacia ellos con la bandeja del desayuno en las manos y cualquier movimiento súbito podía causar un desastre.

La dejó sobre la mesilla de noche sin derramar ni una gota, la tensión desapareció cuando Bron tomó una taza de té y se la pasó a Fitz.

– Ha sido idea de Brooke -dijo Lucy sentándose al lado de Bron.

– ¿De Brooke? -preguntó Fitz.

– Así es, Fitz -intervino Brooke-. Hemos decidido que lo de mamá no me pega nada.

– Cuando le dije a Brooke que me ibais a dar una hermanita -continuó Lucy tomando una tostada del plato-, ella me dijo que sería mejor que os trajéramos el desayuno a la cama porque, si era eso lo que habíais estado haciendo, estaríais muy cansados.

Y Fitz, por primera vez en su vida, descubrió exactamente cómo era que, de repente, se le desintegrara una taza en las manos.

Liz Fielding

***