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El Milagro del Amor

Liz Fielding

Sabía que podía hacer que aquella valiente mujer volviera a creer en el amor… y se casara con él A Matilda Lang la aterró darse cuenta de que se estaba enamorando del banquero neoyorquino Sebastian Wolseley. Hacía tres años que un accidente la había dejado en silla de ruedas y Sebastian era el hombre perfecto para romperle el corazón… Sebastian era compasivo, sexy y, lo más importante, la trataba como si fuera una mujer deseable. Pero haría falta un milagro para que Matty pusiera en peligro su corazón después de todo lo que había pasado…

Liz Fielding

El Milagro del Amor

El Milagro del Amor

Título Original: The Marriage Miracle (2005)

Capítulo 1

FUNERALES y bodas. Sebastian Wolseley los odiaba por igual. Al menos el primero lo había salvado de asistir a la parte más tediosa de la segunda. Y además, le proporcionaba una buena excusa para marcharse una vez cumplido su deber con uno de sus antiguos amigos.

Mientras contemplaba con pesadumbre la copa casi intacta que sostenía en la mano, pensó que lo último que le apetecía era participar en un festejo.

– Estás pensando en que te atreverías con algo más fuerte, ¿verdad?

Sólo en ese momento fue consciente de la presencia de la mujer que lo había arrancado de sus pensamientos.

Era la única ocupante de una mesa en la terraza, todavía con los restos de un exquisito bufé. La única que no se encontraba en la pista de baile en el jardín, bajo el toldo. Por su mirada directa e imperturbable, Sebastian tuvo la inquietante sensación de que hacía rato que lo observaba.

No era el tipo de mujer que llamara la atención. Su colorido era indefinido, pardusco. Era demasiado delgada para ser hermosa, y su técnica para ligar, demasiado trillada como para atraer su interés. Sin embargo, sus rasgos eran marcados y sus ojos brillaban de inteligencia; y fue algo más que la cortesía lo que le impidió dejar el vaso y marcharse de allí.

– ¿Y después de tu número le regalas al público un baile de claque?

Ella alzó las cejas, sin sonreír.

– ¿Bailar? -preguntó con seriedad.

– ¿No actúas en un cabaret? Entonces, tal vez tu número consista en adivinar los pensamientos del público.

Al notar el mordiente sarcasmo de sus palabras, Sebastian se culpó por no haberse marchado antes. No tenía por qué dejar caer su mal humor sobre los inocentes invitados que andaban por ahí. O que permanecían sentados, como ella.

– No se necesita ser adivina para darse cuenta de que no estás disfrutando de esta velada «hasta-que-la-muerte-nos-separe» -la mujer devolvió el golpe sin alterarse, pero sin sonreír-. Has estado tanto rato con ese vaso en la mano que seguramente su contenido ya se ha calentado. De hecho, me atrevería a pensar que te sentirías más a gusto en un velatorio que celebrando la bendición de una boda.

– Definitivamente adivinas los pensamientos -observó al tiempo que colocaba el vaso en la mesa de ella-. Aunque tengo la sensación de que el velatorio que acabo de dejar hará que esta fiesta parezca bastante más sosegada.

Y entonces se sintió verdaderamente culpable.

Primero, había sido grosero con la mujer, y al ver que permanecía inmutable, intentó molestarla, sin el menor éxito al parecer. Ella se limitó a ladear ligeramente la cabeza, un gesto semejante al de un pájaro curioso.

– ¿Era un familiar? -inquirió con naturalidad, evitando el típico tono reverente en circunstancias tan penosas.

Esa naturalidad fue como un extraño respiro a la locura que se había apoderado de su vida durante la última semana, y por primera vez sintió que desaparecía parte de su tensión.

– Sí, mi loco y malvado tío George, un primo lejano realmente, aunque mucho mayor que yo.

Ella apoyó la barbilla en las manos, con los codos sobre la mesa.

– ¿De qué modo era loco y malvado?

– Del mismo modo en que lo era su homónimo, lord Byron.

– Comprendo.

Incluso a la tenue luz del atardecer de un día de verano, con una cuantas velas encendidas en la mesa redonda, y el reflejo de la iluminación que habían puesto en los árboles, su rostro no era suave ni poseía una belleza convencional, pero la fina piel cubría unos huesos elegantes. Sebastian concluyó que la fuerza que emanaba de ella provenía de su interior. No, no estaba coqueteando con él. Sólo mostraba interés.

– Loco, malvado y peligroso. Una tentación para mujeres estúpidas. Así que, ¿el bullicioso funeral fue una expresión de alivio o la celebración de una vida vivida en plenitud? -preguntó, con la mayor seriedad.

Sebastian se dio cuenta de que, aunque lo hubiera deseado, ya era demasiado tarde para marcharse, así que optó por sentarse frente a ella.

– Eso depende del punto de vista de cada cual. La familia se inclinó por lo primero y los amigos por lo último.

– ¿Y tú?

– Todavía no lo tengo claro pero, ¿cuántas personas, conscientes de su inminente final, se tomarían la molestia de disponer un funeral a lo grande para alegría de los amigos y escándalo de la familia? Como te digo, un suceso que dará que hablar durante años.

– A mí me parece muy bien.

– Tío George dejó instrucciones para que todo el mundo se divirtiera. En el velatorio no se sirvió más que excelente champán, salmón ahumado y caviar. Unas instrucciones que sus amigos se están tomando muy a pecho.

– ¿Y por qué tú no? Eso es maravilloso.

– Quizá porque llevo luto por mi propia vida -comentó. Ella esperó. Era la perfecta interlocutora, consciente de su necesidad de hablar, aunque fuera con una desconocida como ella-. Verás, metafóricamente hablando, me han encargado poner todo en orden cuando se acabe la fiesta.

– ¿De veras? ¿Eres abogado?

– No, banquero.

– Han hecho una elección acertada.

– No, si uno es el banquero en cuestión.

Ella hizo una mueca.

– Evidentemente se trata de algo más que pagar unas cuantas cajas de champán.

– Me temo que sí. Pero tienes razón, es de mala educación traer mis problemas a una boda. A decir verdad, mis intenciones eran hacer acto de presencia y brindar con la feliz pareja. Y como eso ya está hecho, debería llamar un taxi.

Pero no se movió.

– ¿Crees que un whisky podría contribuir a aplacar tus fantasmas?

En ese momento, Sebastian concluyó qué no había nada pardusco en sus ojos. Eran de un raro color, más ámbar que marrones, bordeados de espesas pestañas, y su boca era amplia, de labios abultados.

– Podría ser, sólo si bebes tú también -dijo al tiempo que miraba hacia el sector entoldado, y de inmediato deseó haberse callado la boca. Lo último que deseaba era abrirse paso entre los alegres invitados para llegar al bar.

– No hace falta que libres una batalla entre la horda de bailarines. Cruzando ese ventanal encontrarás un frasco en la mesa junto al sofá -dijo mientras señalaba hacia la casa.

– ¿No sería abusar de la hospitalidad de nuestro anfitrión? -preguntó mirándola con más detenimiento, y se sintió vagamente sorprendido al ver que ella sonreía.

– No pondrá objeciones. En este caso, la hospitalidad corre por mi cuenta. Vivo ahí, en el apartamento del jardín -dijo al tiempo que le tendía la mano-. Soy Matty Lang, prima de la novia y su madrina de boda.

– Sebastian Wolseley -saludó al tiempo que le estrechaba la mano que, aunque pequeña, respondió con firmeza.

– ¿El pez gordo de la banca de Nueva York? Me preguntaba cómo serías cuando escribí las invitaciones.

– ¿Tú las hiciste? -preguntó en tanto recordaba la exquisita escritura en letra caligrafiada que adornaba la tarjeta de invitación a la boda de Francesca y Guy Dymoke y la recepción que celebrarían en el jardín de la casa-. ¿No es tarea de la novia escribir las invitaciones?

– No tengo ni idea, pero la novia estaba muy atareada en esos días sufriendo todas las molestias de un parto.

– Ésa sí que es una excusa legítima. Hiciste un hermoso trabajo. Espero que te lo haya agradecido debidamente.

– La gratitud no cuenta aquí. ¿Eres amigo de Guy? ¿O ésta es una visita obligada para paliar un pésimo día?

– Nunca he dicho que sea una visita obligada. Dije que no era mi intención quedarme demasiado tiempo. Y en cuanto a la primera pregunta, somos amigos desde los tiempos de la universidad en que compartimos nuestro mutuo interés por la cerveza y las mujeres -afirmó, y de inmediato decidió no seguir por ahí-. Pero no nos veíamos desde hace años. Yo vivo en Nueva York, y Guy nunca permanecía estable en un lugar el tiempo suficiente como para alcanzar a saludarlo.

– Te aseguro que últimamente está muy hogareño.

– Basta mirar a su mujer para comprender la razón.

– Cuando escribí tu invitación le pregunté a Guy cómo eras y ni siquiera supo decirme cuál era el color de tus ojos.

– Bueno, para ser sincero yo tampoco sabría decirte cuál es el color de los suyos. Como te decía, hace mucho tiempo que no hemos coincidido en el mismo país.

– Su excusa fue que había dejado de mirarte a los ojos para concentrar la atención en las incontables mujeres que siempre te rodeaban. Aunque, si lo hubiera hecho, creo que bien podría comprender su dificultad.

– ¿Por qué mis ojos son difíciles?

– No son difíciles, son cambiantes. A primera vista habría dicho que eran grises. Pero ahora no estoy tan segura. Bueno, ¿una copa? Por favor, añade un poco de agua mineral a la mía.

– ¿Y qué pasó con el padrino de bodas?

– ¿Podrás creer que está casado? Con una pelirroja sensacional. ¿De qué sirve un padrino que no está disponible para satisfacer los caprichos de la madrina? No puedo creer que un hombre tan listo como Guy haya hecho tan mala elección.

– ¡Espantoso! -exclamó, no del todo seguro de que ella estuviera bromeando. En ese momento, Sebastian cambió de opinión. La mujer sí que estaba coqueteando con él, pero no lo hacía como el resto de las féminas. No sonreía ni batía las pestañas. No sabía exactamente qué hacía, pero había logrado captar toda su atención-. Ahora sí que voy a buscar esas copas. A menos que me ofrezca como sustituto.

– ¿Del padrino de bodas?

– Sí, ya que te dejó plantada -dijo mientras recordaba que Guy se lo había pedido, pero él no pudo asegurarle que llegaría a tiempo a Londres.

– Señor Wolseley, ¿intenta sugerir que podríamos desaparecer entre los arbustos y hacer el tonto un rato? -inquirió mirándolo con fijeza y una mueca de su boca generosa.

– Bueno, la verdad es que no me gusta precipitarme, señorita Lang. Antes de quitarle la ropa, debo conocer a la chica. Y prefiero hacerlo en un ambiente cómodo.

– Pero eso no es divertido.

– Bueno, tampoco tengo que conocerla demasiado. ¿Una cena, un par de invitaciones a bailar, tal vez? Cuando ese obstáculo queda salvado y se llega a una mayor intimidad, me siento perfectamente dispuesto a dejarme llevar por el mal camino.

– Pero en un ambiente confortable.

– Me gusta tomarme mi tiempo.

– ¿Te gusta bailar? -preguntó con una sonrisa que a él le alegró el día.

Sebastian tuvo la impresión que de alguna manera lo estaba sometiendo a un examen.

– Sí. Pero si tienes hambre podemos dejarlo e ir directamente a cenar.

– ¿Y lo haces bien?

– ¿Bailar?

– De eso estábamos hablando. Y sin falsas modestias, por favor. ¿Qué me dices de un tango?

– No puedo asegurarte que no vaya a darte un pisotón. Pero ponme una rosa de tallo largo entre los dientes y estoy dispuesto a intentarlo.

Matty rió de buena gana.

– Creo que es la mejor oferta que he recibido en mucho tiempo, pero no te asustes. Nada me va a sacar de esta silla durante el resto de la velada.

– Estás cansada. ¿Es muy duro el papel de madrina de una boda?

– No sabes cuánto. La organización de la fiesta no fue fácil y tuve que asegurarme de que la novia estuviera perfecta en su gran día.

Sebastian siguió su mirada hacia la pareja de novios que, tomados del brazo, conversaba con unos amigos.

– Hiciste un trabajo estupendo. Guy es un tipo con suerte.

– La merece. Y Fran lo merece a él.

– ¿Estáis muy unidas?

– Somos más hermanas que primas. Ambas somos hijas únicas de matrimonios mal avenidos.

– Si tuvieras una familia como la mía, pensarías que lo tuyo no fue tan malo, créeme. Bueno, iré a buscar ese whisky.

Matty no apartó los ojos de la figura de Sebastian Wolseley mientras se alejaba. Alto, de anchos hombros, con un cabello oscuro cuidadosamente cortado y ligeramente alborotado por la brisa, sin duda tendría que ser el sueño de cualquier mujer. Y el color de sus ojos al sonreír pasaba de un gris pizarra a un verde profundo, como el mar iluminado por el sol.

Era un placer contemplarlo y ella lo había estado observando desde que había llegado con retraso a la recepción. También notó la calidez con que Guy lo había saludado. Sin embargo, aunque su cuerpo se encontraba allí, su espíritu vagaba por otros lados.

– Matty… -llamó una voz infantil. Toby, el hijo de tres años de su prima, se escurrió entre ella y la mesa redonda llevándose parte del mantel-. Escóndeme.

– ¿De qué?

– De Connie. Dice que tengo que irme a la cama.

– ¿Lo has pasado bien?

– Sí -murmuró con un bostezo.

Al ver que estaba medio dormido, Matty lo acomodó en sus rodillas con la esperanza de ver a Connie, el ama de llaves de Fran.

– Verás, hiciste un buen trabajo en la ceremonia al cuidar de los anillos. Estoy muy orgullosa de ti.

El niño se acurrucó contra su cuerpo.

– Y no se me cayeron.

– No -contestó mientras lo abrazaba, pensando que desde la llegada de su hermanito, Toby había dejado de ser el centro de atención y entonces se había acercado más a ella.

Sebastian subió por una rampa baja hasta llegar a una acogedora sala, suavemente iluminada por una sola lámpara. A la izquierda había un tablero de dibujo y un ordenador; en suma, un pequeño estudio junto a una ventana con vistas al jardín que cubría toda la pared.

¿Matty Lang era artista? Sin embargo, ni en el tablero ni en las paredes adornadas con unos tejidos artesanales había nada que pudiera darle una pista.

Aunque había algo desconcertante en la distribución de los muebles, pero en ese momento carecía de agudeza mental para descubrir de qué se trataba. Después de todo, estaba bajo los efectos del desfase horario tras el vuelo intercontinental y con el agobio de un exceso de desaprobación familiar durante el funeral.

No cabía duda de que mezclar whisky con la única copa de champán que había bebido en honor a la memoria de su tío no era lo más sensato, pero no sería la primera vez que hacía una tontería.

A su derecha había un gran sofá orientado hacia el jardín y flanqueado por dos mesas, una llena de libros y la otra con los mandos de un pequeño televisor y un equipo de música.

Sebastian resistió la tentación de acomodarse en el sofá con los ojos cerrados en ese ambiente tan acogedor. Así que vertió una pequeña cantidad de whisky en cada vaso y fue a la cocina en busca de agua mineral, que añadió a las bebidas antes de salir al jardín.

De inmediato, percibió lo que debería haber notado desde el principio si no hubiera estado tan ensimismado en sus propios problemas. La rampa, en lugar de una escalera, debió haberlo alertado.

La razón por la que Matty Lang no bailaba no tenía nada que ver con el cansancio de sus obligaciones como madrina de la novia.

La razón era que estaba sujeta a una silla de ruedas. Y el mantel que se había corrido de la mesa, había ocultado las ruedas de la vista de cualquier observador.

Sebastian vaciló un instante, muy confundido al recordar que le había preguntado si bailaba claque. También había disfrutado del sentido del humor de la mujer, que indicaba una carencia total de autocompasión.

Matty alzó la vista y lo sorprendió observándola. Entonces se limitó a hacer un pequeño gesto con la boca, como reconociendo la verdad de su condición.

– Tal vez no deberías beber. No quisiera que te multaran por exceso de alcohol, especialmente si vas con un pasajero a bordo -dijo cuando llegó junto a ella al tiempo que le tendía la copa.

Tras beber un sorbo, Matty se la devolvió.

– ¿Quieres dejarla sobre la mesa, por favor? ¿Conoces a Toby?

– No, no he tenido el placer -dijo arrodillándose tras dejar las copas en la mesa-. Aunque he oído hablar mucho de ti. Encantado de conocerte -dijo al tiempo que le tendía la mano-. Soy Sebastian.

El niño se la estrechó con formalidad.

– Yo me llamo Toby Dymoke. Tengo el mismo nombre de mi padre y también el mismo apellido de mi nuevo papá. ¿Sabes?, ellos son hermanos. Y yo también tengo una hermana.

– ¿De veras? Yo tengo tres hermanas, aunque ya no son pequeñas. Las tres son mayores que yo y me hicieron pasar muchos malos ratos.

Cuando Toby se escurrió de la falda de Matty para alejarse rápidamente hacia el jardín, se produjo un silencio.

– ¿Tres hermanas? ¿Y te hicieron pasar malos ratos? -repitió Matty, finalmente.

– Hasta el día de hoy. Deberías haberlas visto en el funeral de George. Sólo porque soy su albacea testamentario me culparon por esa «comedia de absoluto mal gusto». Lo digo literalmente. Y además porque no había jerez.

Matty intentó ocultar la risa, aunque sin éxito.

– Lo siento, la situación no es para reírse. ¿Y tus padres?

– Bueno, recuerdo que mi madre bebió su copa de champán con cara de tragedia y mi padre se limitó a carraspear antes de decir que aquello era un despropósito.

– Así que tus hermanas fueron una molestia y tú el hermano perfecto. ¿Nunca pusiste huevas de rana en su crema para la cara?

– ¿Huevas de rana?

– Olvida lo que he dicho. Eso es para las madrastras malvadas.

– ¿Le hiciste eso a tu madrastra?

– Le hice de todo. No soy una chica buena.

– Eso depende de las razones que te incitaron a ello.

– Mi padre se casó con ella, pobre mujer. Y con eso es suficiente. Ya te lo he dicho, no soy buena.

Él movió la cabeza de un lado a otro.

– No pensaba en tu carácter. Pensaba en que si pudiste pescar unas ranas es que no siempre has estado en una silla de ruedas.

– ¿Crees que eso habría podido detenerme? Se lo hubiera pedido a otra persona.

– ¿A Fran, por ejemplo?

– No le habría podido decir para qué quería las ranas. Ella es mucho más simpática y amable que yo. Pero no fue necesario. La silla de ruedas se ha transformado en parte de mi vida desde que me estrellé contra una pared a causa de mi imprudencia, excesiva velocidad, falta de atención y una capa de hielo invisible en la carretera.

En sus palabras no había autocompasión. Hablaba como si no le diera importancia al asunto, con una sonrisa que él adivinó como una defensa contra la simpatía no deseada.

– ¿Desde hace cuánto tiempo?

– Tres años -informó. Durante un instante, Sebastian vislumbró algo de lo que esa sonrisa intentaba ocultar. No eran los tres años pasados, sino la vida que la esperaba en el futuro-. Pero no nos pongamos trágicos. Pudo haber sido mucho peor. Por lo demás, la parte baja de la espina dorsal no quedó totalmente dañada, así que al menos puedo utilizar el inodoro como cualquier persona normal -dijo entre risas.

– Sí, eso es una ventaja, aunque te verías en dificultades si fueras un hombre.

Ella estalló en carcajadas.

– Me gustas, pez gordo de la banca. La mayoría de las personas que se encuentran aquí, a esta hora ya habrían puesto pies en polvorosa.

– ¿Por eso sometes a examen a los que se acercan a ti?

– Sólo a los paternalistas que hablan sobre mi cabeza. Los le que preguntan a Fran si me conviene tomar una copa, los que me hablan como si fuera sorda, en fin. Creo que la conversación es más relajante si se habla abierta y directamente.

– Mentirosa. Lo único que intentas es incomodarlos.

– ¿Te sientes incómodo?

– ¿Tú qué crees? Entonces, ¿qué me dices del sexo?

– ¿Ahora? -preguntó como si él se lo hubiera propuesto-. Creí que eras un hombre que primero prefería conocer a una mujer -comentó, con sorna.

– Estoy abierto a la persuasión. Así que, ¿es un problema?

– Nada es un problema si algo se desea de verdad, Sebastian -manifestó, y al instante sonrió con la misma ironía de antes-. ¿Para qué seguir hablando sobre el tema si no sabes bailar un tango?

– Bueno, vamos a postergarlo hasta que decidas que valgo la pena como bailarín. Mientras tanto, llamaré un taxi e iremos a cenar a un sitio más tranquilo.

Sólo cuando sacó el móvil del bolsillo se le ocurrió pensar que ignoraba si ella podía manejarse en un taxi o si los restaurantes que conocía tenían una rampa de acceso. Mientras vacilaba, confrontado a una realidad totalmente nueva para él, Guy llegó en su rescate.

– Matty, Fran quiere que te acerques al toldo. Parece que hay una periodista babeando por echar una mirada al abecedario que hiciste para Toby.

– ¿Qué? ¡Una periodista en la fiesta de su boda, por amor de Dios!

– Oye, no me culpes a mí. Sólo soy el mensajero.

Cuando Sebastian se dispuso a acompañarla, Guy lo detuvo poniéndole una mano en el hombro.

– Oh, no. Mi amada esposa tiene planes para ti también. ¿No te importa si me lo llevo un momento, Matty?

– Puedes quedarte con él, querido. He descuidado mis obligaciones demasiado tiempo -declaró al tiempo que extendía la mano en un claro gesto de despedida-. Ha sido un placer conocerte, Sebastian.

En lugar de estrecharla, él le sostuvo la mano.

– Creí que íbamos a cenar juntos.

– Gracias, pero ha sido un largo día. Tal vez la próxima vez que vengas a Londres -replicó al tiempo que liberaba la mano-. Mis recuerdos a Nueva York. Ah, y sé bueno con tus hermanas.

Y sin esperar respuesta, giró rápidamente la moderna silla de ruedas y se alejó por el sendero del jardín.

Sebastian no le quitó los ojos de encima hasta que la vio perderse entre la multitud y luego se volvió a Guy.

– Una mujer extraordinaria.

– Sí lo es. Si he interrumpido algo, lo siento.

– Ya oíste lo que dijo. Cenaremos la próxima vez que vuelva a Londres.

– ¿No sabe que has venido para quedarte?

– No creo haberlo mencionado.

Capítulo 2

HADAS del Bosque?

Sebastian cerró los ojos. Quizá todo fuera un mal sueño. Si se concentraba mucho, tal vez despertara en la zona color pastel de su apartamento de Nueva York. Pero no sucedió nada.

Cuando volvió a abrir los ojos, el despliegue de brillantes tarjetas de cumpleaños decoradas con motivos mágicos, como hadas del bosque, todavía estaban allí.

Una semana atrás, se encontraba en su oficina de Wall Street, con el destino de grandes corporaciones en sus manos. Y una sola llamada telefónica había cambiado su vida. Había pasado del sueño americano a la tontería británica.

Lo único que deseaba era que Matty Lang estuviera allí para que viera en qué se había convertido el «pez gordo de la banca de Nueva York». Estaba seguro de que ella habría disfrutado de la broma.

– Las Hadas del Bosque era nuestra línea de productos más rentable.

Blanche Appleby, secretaria de su tío George desde tiempos inmemoriales, vaciló un instante sin saber cómo dirigirse a ese hombre que le sacaba una cabeza y además era vicepresidente de un banco internacional.

– Todavía me llamo Sebastian, Blanche.

Ella se relajó un tanto.

– Hacía muchos años que no te llamaba así, Sebastian.

– Lo sé, pero no tienes que darme un tratamiento formal sólo porque he crecido y ahora soy más alto que tú. Todavía voy a necesitar que me eches una mano en esto. No sé nada acerca del negocio de tarjetas de felicitación.

No sabía nada y le importaba menos.

– ¿Y los otros miembros del personal?

– Hablaré con ellos más tarde, cuando me haga una idea…

– No me refiero a eso. ¿Cómo quieres que te llamen?

Sebastian ocultó un gemido. La vida era mucho más sencilla en Estados Unidos. Allí simplemente era Sebastian Wolseley, un hombre que destacaba por lo que hacía y cómo lo hacía más que por el hecho de ser descendiente de la amante de un alegre monarca británico.

El título de vizconde Grafton era una cortesía de su padre. Cuando nació le había donado uno de los títulos que le sobraban y del que podría disfrutar a la espera del más importante. De todos modos, Sebastian se había asegurado de que nadie en Nueva York lo supiera.

El acoso a la aristocracia de rango menor era un cruel deporte al que los medios de comunicación británicos eran muy aficionados. Si se enteraban de su implicación en la empresa Coronet Cards se convertiría en el blanco de sus burlas. Mientras se burlaran del vizconde bien podría ser que los socios de Nueva York no lo relacionaran con él.

En todo caso, unas cuantas burlas valdrían la pena si eso significaba que nadie en esa ciudad se enteraría de que había suspendido temporalmente su brillante carrera en el banco para rescatar a las Hadas del Bosque del desastre fiscal.

– ¿Cómo se dirigían a George en la empresa?

– Como señor George, todos menos los miembros más antiguos del personal.

– Por ahora preferiría que me llamaran Sebastian -dijo él.

– ¿Todo el mundo?

– Sí.

– Bueno, si es eso lo quieres…

– Eso es lo que quiero -aseguró al tiempo que indicaba el despliegue de tarjetas de cumpleaños, platos de papel, servilletas y globos desparramados sobre la mesa de conferencias situada en un extremo del despacho-. ¿Y dices que este montón de cosas era la línea más rentable de Coronet? -preguntó, intentando ocultar su incredulidad.

– ¿Nunca has visto el programa de televisión? -preguntó, sorprendida.

– No lo creo.

– Claro, seguramente no lo transmiten en la televisión estadounidense. Los personajes de las Hadas del Bosque fueron muy populares aquí, por eso George compró una licencia por un plazo de veinticinco años con el fin de utilizar los personajes en tarjetas y artículos para fiestas infantiles.

– ¿Has dicho veinticinco años?

– Las Hadas del Bosque han sido muy populares entre los niños de tres a seis años.

– ¿Y cuánto pagó la empresa por la licencia?

– Fue un buen negocio -respondió ella, a la defensiva-. Esa línea de productos fue el principal sostén de la empresa durante muchos años.

– ¿Fue?

– Las ventas han disminuido desde que la televisión ya no emite el programa.

Distraída por un sentimiento de frustración, Matty renunció a continuar con su trabajo. Toda la mañana había estado intentando no pensar en Sebastian Wolseley, en los sensuales pliegues que se le formaban junto a los ojos cuando sonreía, en el modo en que éstos cambiaban de color.

Seguramente, a esa hora todavía estaría durmiendo en Nueva York. Lo visualizó con la cara contra la almohada y las largas piernas despatarradas en la cama de uno de esos amplios apartamentos con grandes ventanales del suelo al techo que dejaban pasar la luz a raudales.

Matty sonrió al recordar que pocas personas eran capaces de enfrentarse a una silla de ruedas sin sentirse incómodas, pero él había superado la prueba con un sobresaliente.

La periodista tan ansiosa por entrevistarla, sin poder ocultar su incomodidad, se había marchado cuanto antes prometiéndole una llamada telefónica. Y tal vez lo haría. «Valerosa mujer atada a una silla de ruedas se dedica a ilustrar hermosos libros…» Era una historia más atractiva que escribir sobre una fémina sana dedicada al mismo oficio.

Matty recordó que, durante unos minutos, Sebastian le habló como si no fuera una inválida, diciendo cosas que nadie habría soñado decir, incluso preguntándole si bailaba.

Y cuando se había dado cuenta de que el baile nunca formaría parte de su repertorio, no había cambiado de actitud, no se había dirigido a ella como si fuera una estúpida. Cenar con él habría sido un placer nada frecuente en su vida.

Sentada a una mesa iluminada con velas, podría haber fingido durante unas cuantas horas de arrebato que su exterior era igual al de cualquier mujer común y corriente. Con los mismos anhelos, con el mismo deseo de ser amada, de tener un hombre que la apoyara, que le hiciera el amor.

Matty cerró los ojos un instante negándose a admitir que no era y nunca sería como las demás mujeres. ¿Cómo se había atrevido Sebastian a bromear con ella, a hablarle como si pudiera levantarse de la silla y ponerse a bailar en cuanto le apeteciera?

Ya con los ojos abiertos, pensó que no era justo culparlo. Lo había visto contemplar el fondo de la copa como si fuese un abismo y no había sido capaz de mantener la boca cerrada. Ella era la única culpable de sus noches de insomnio. Porque él ocupaba su mente desde que le había tomado la mano manteniéndola entre las suyas durante un instante demasiado largo.

Sin embargo, el lunes era un día laborable. No podía darse el lujo de entregarse a sus pensamientos cuando tenía fijada una estricta fecha tope para entregar el trabajo que le habían encargado. Así que eligió una pintura al pastel y se concentró en la ilustración que tenía ante ella.

– ¡Vamos, Toby, puedes hacerlo!

Matty alzó la vista justo cuando Toby intentaba escalar una estructura de brillantes colores colocada en el jardín. Era demasiado alta para él, y el niño, muy frustrado, se esforzaba por llegar a la cumbre.

Matty se inclinó hacia delante, anhelando estar fuera para darle el empujón que necesitaba. Entonces dejó escapar su propia frustración en el papel que tenía ante sus ojos. Con unos cuantos trazos de color Hattie Hot Wheels, su otro yo, salía disparada de la silla de ruedas con los brazos abiertos, volaba hacia Toby y lo alzaba por los aires hasta subirlo a lo alto.

Otro triunfo de su superheroína cuyos poderes especiales le permitían convertir la impotencia en acción.

Entonces Fran, con una sonrisa de estímulo, ayudó a subir al pequeño sujetándole la espalda con una mano.

¿Para qué iba a necesitar Toby una superheroína cuando tenía una madre con dos buenos brazos y piernas?

– ¡Matty! -gritó Toby haciendo señas con los brazos desde lo alto de la estructura-. ¡Mírame!

– ¡Bravo, Toby! -respondió su madrina a voces desde la silla de ruedas.

Pero su sonrisa se esfumó al instante al ver la ilustración casi concluida que acababa de arruinar por culpa de su personaje dibujado en la parte superior del papel.

¿Vandalismo deliberado?

Había ilustrado decenas de historias para revistas femeninas y sabía desde el principio que ésa en particular le iba a resultar dura, pero ella era una profesional. La escena en cuestión representaba una amplia {¿aya desierta con las siluetas de una pareja de amantes contra el sol poniente. Así se ganaba la vida y no podía rechazar los encargos sólo porque cargaran su memoria de recuerdos penosos.

– Ven con nosotros, Matty -la llamó Fran-. Mañana va a llover.

No era fácil resistirse a esa llamada de sirenas, pero cada minuto que pasaba junto a Toby era un recordatorio desgarrador de lo que había perdido en aquellos segundos que le arrebataron su futuro, incluida la maternidad. Y el bebé recién nacido, con toda la alegría que le proporcionaba, empeoraba las cosas.

Matty empezaba a sentirse atrapada al otro lado del cristal, como si fuera una espectadora de la vida que se le negaba. Si sólo pudiera permitirse una nueva existencia en una casa propia, lejos de Londres…

– ¡Tal vez más tarde! -gritó a Fran justo antes de atender el teléfono, que había empezado a sonar-. Matty Lang -dijo, y por un instante sintió que se le paralizaba el corazón-. Hola, Sebastian Wolseley. Eres madrugador. ¿No es una hora intempestiva allá en Nueva York?

– Es cierto. Aunque aquí en Londres son casi las once de la mañana. Dijiste que cenarías conmigo cuando estuviera de vuelta, pero me preguntaba si podríamos cambiarlo por una comida. He reservado una mesa en Giovanni's.

Era un restaurante tan famoso que ni siquiera tenía que molestarse en algo tan funcional como disponer de una dirección. Un tipo de local donde los ricos y famosos acudían para ser vistos y lucirse. Y casi eran las once.

Tenía dos horas para ducharse, cambiarse, encontrar un estacionamiento… ¡Y el peinado!

Además, nunca iba a ningún sitio sin antes examinarlo. Tenía que asegurarse de que habría una rampa para la silla de ruedas, que el tocador de señoras no estuviera en una primera planta. Incluso, si estaba en la planta baja, evitar quedarse atrapada en la puerta del lavabo.

De acuerdo, podía con todo eso; pero no lo haría.

– Dije que tal vez nos veríamos cuando volvieras. Pero no has ido a ninguna parte -le recordó.

– Al contrario, ayer fui a Sussex -afirmó, y ella visualizó el brillo de sus ojos y el leve pliegue en la comisura de la boca, que era el inicio de una sonrisa-. Una invitación forzosa a comer con la familia.

– ¿Por qué será que se me hace difícil creer que obedezcas órdenes de nadie?

– Bueno, necesitaba pedir un coche.

– ¿A tu familia le sobran los coches?

– Es uno viejo que sólo ocupa espacio en el garaje. Me habría gustado que me acompañaras.

– Me alegro de que no me hayas invitado.

– Tienes razón. Es un aburrimiento. Bueno, como ves, he estado en alguna parte y ahora he vuelto.

– Bien sabes que no me refería a eso.

– No recuerdo que hayas estipulado un lugar preciso. ¿Es que Sussex no cuenta?

Sí que contaba. Ése era el problema, porque Matty deseaba comer con él. Ya había soñado con esa escena. Ambos estaban sentados a la mesa de un restaurante elegante y simulaban ser sólo dos personas que compartían una comida. Pero luego él se levantaría de la mesa y se marcharía andando.

Sí, un sueño del que había despertado.

– De veras que lo siento, Sebastian, pero debo entregar un trabajo que tiene fecha tope y casi se me ha agotado el tiempo. Temo que mi almuerzo se limitará a un bocadillo. Pero gracias por la invitación -Matty cortó la comunicación sin darle oportunidad para replicar.

Reclinado en el sillón de piel tras la mesa del despacho, Sebastian reconoció que podría haber manejado mejor las cosas. Giovanni's había sido su primer error.

Realmente había deseado verla, conversar con ella, pero en lugar de decírselo había arrojado una invitación a comer en el restaurante más lujoso que se le ocurrió, a sabiendas de que pocas mujeres se resistían.

Pero ella no era como otras mujeres y él no le había dado oportunidad de decidir dónde le gustaría ir. Tampoco se le había ocurrido pensar que su vida estuviera tan ocupada como para no disponer de un momento para él.

Nada nuevo. Durante años había tratado a las mujeres de un modo casual, al estilo de «o lo tomas o lo dejas».

Las mujeres decentes habían optado por lo último cuando se daban cuenta de que no ofrecía nada más.

Sólo las interesadas en acudir a restaurantes caros y mezclarse con gente famosa aceptaban sus invitaciones. Y no había estado mal. Cada uno conseguía lo que deseaba sin molestarse en disimular algo más que la más superficial de las relaciones.

Nada que fuera a interferir en lo único que realmente le importaba: su carrera.

– Sebastian, ¿has descolgado el teléfono? -preguntó Blanche al verlo con el auricular en la mano-. Oh, perdona, estás hablando.

Él alzó la vista.

– He terminado -dijo al tiempo que colocaba el auricular en su sitio-. ¿Qué deseabas?

– Nuestro cliente más importante quiere reunirse contigo. George solía invitarlo a comer y lo trataba muy bien.

– ¿Y de qué hay que hablar?

– De la gama de artículos para el próximo año.

– ¿Y tenemos algo? ¿Por qué no lo he visto? El modo en que ella se encogió de hombros fue muy elocuente.

– Al final de su vida George no prestaba demasiada atención a sus negocios -explicó al tiempo que se sentaba con cierta brusquedad en la silla frente a él-. Todavía no me puedo acostumbrar a su ausencia -balbuceó al tiempo que buscaba un pañuelo en el bolsillo.

– Lo siento, Blanche. Trabajaste mucho tiempo para él. Esto debe de ser duro para ti.

– Le tenía mucho afecto. Era un caballero -declaró con manifiesta emoción.

Sebastian se preguntó si sentiría el mismo afecto por él si se enteraba del agujero que había dejado en los fondos de pensiones. Deseó fervientemente que ella nunca tuviera que descubrirlo.

– No sabes cuánto agradecemos que la familia haya decidido mantener la empresa. Porque realmente nunca les entusiasmó, ¿no es así?

– Así es. Aunque la verdad es que tampoco se sentían exactamente entusiasmados con George.

George nunca había tenido necesidad de trabajar, pero nunca le había gustado el papel que le había tocado representar en la vida al nacer. No lo atraía ir de caza, ni la práctica de tiro, ni la pesca. Aparte de muchas otras cosas, ambos compartían esa falta de entusiasmo por los deportes favoritos de la aristocracia británica.

– Todos creímos que la compañía se iba a liquidar -continuó Blanche-. Y por supuesto que lo comprendimos. Los negocios no han prosperado en los últimos años. Eso habría significado una jubilación anticipada para todos nosotros. Pero, ¿qué diablos haría yo entonces?

– Comprendo.

Había cosas peores que una jubilación anticipada como, por ejemplo, no poder disfrutar de ella, pensó Sebastian. Pero si la empresa pudiera remontar hasta el punto de encontrar un comprador e invertir el dinero en una pensión vitalicia para los empleados, ella y todo el resto del personal nunca se verían en esa situación.

– No puedes imaginar el alivio que sentimos al enterarnos de que te harías cargo de la compañía.

– Sí, pero no podremos negociar hasta que hagamos algo respecto a la gama de productos para el próximo año. Así que, ¿por dónde empezamos?

– Ya es un poco tarde. El plazo de entrega de los pedidos…

– Blanche, si voy a pagarle a ese hombre una comida cara, me gustaría tener algo que venderle mientras él se sienta satisfecho. ¿De dónde salen los nuevos diseños? ¿Alguna vez George encargó a un artista un diseño conceptual que pudiera transformarse en un patrón para aplicar en una gama de productos?

– Últimamente no había hecho ningún encargo, pero George tenía muchos contactos. Siempre se las ingeniaba para salir con algo nuevo.

– Eso no me ayuda mucho.

– No, lo siento. Aunque podrías mirar en su bargueño -sugirió en tanto indicaba el mueble en un rincón del despacho-. A veces compraba cosas que pensaba que podrían ser útiles y las guardaba allí -dijo, otra vez con los ojos llenos de lágrimas.

– ¿Por qué no vas a almorzar mientras yo busco entre sus cosas? -sugirió al tiempo que la tomaba de la mano y la guiaba a la puerta, incapaz de hacer nada más para mitigar su pena.

– Lo siento.

– No te preocupes, te comprendo.

Cuando la secretaria se hubo marchado, Sebastian se apoyó contra la puerta. Hasta ese momento no se había dado cuenta de que también Blanche había estado enamorada de George. Y no le cabía duda de que el viejo pillo lo sabía y había sacado ventaja de la situación.

Entonces, se puso a revisar el contenido del bargueño sin el menor interés. Ni siquiera deseaba estar en ese país, pero era inútil postergar lo inevitable.

El primer cajón contenía una cantidad de antiguos dibujos botánicos, manchados y algo deteriorados en los bordes. Lo único favorable era que se trataba de ilustraciones cuyos derechos de reproducción habían caducado hacía uno o dos siglos atrás. El segundo cajón contenía una serie de personajes de canciones infantiles.

Después de hacer una revisión a fondo, llegó a la conclusión de que Coronel era una empresa en decadencia. Hacía unos tres años que funcionaba a ritmo lento.

Si le hubieran pedido su opinión, habría sugerido buscar un comprador preparado para hacerse cargo de la empresa a fin de añadir la marca comercial Coronel a la lista de sus posesiones. O liquidarla antes de que empezara arrojar pérdidas demasiado graves.

Por el momento no tenía abierta ninguna de esas posibilidades, así que no le quedaba más alternativa que cambiar la política de la empresa.

– ¿Te encuentras bien?

Matty alzó la vista de su segundo intento por dibujar la escena de la playa y descubrió a Fran en el umbral de la puerta con el bebé en un hombro y una mirada de preocupación.

– Muy bien -mintió-. O lo estaría si pudiera recordar cómo es una playa para poder pintarla.

– ¿Por qué no vamos todos a la costa mañana y así refrescas la memoria?

– Creí oírte decir que mañana llovería.

– Eso fue cuando intentaba hacerte salir al jardín. Estás un poco pálida. Te esforzaste mucho para hacer de la celebración un día especial. Me parece que fue demasiado.

– ¡Tonterías! Deberías estar en alguna parte disfrutando de tu luna de miel, señora Dymoke, en lugar de preocuparte por mí.

– Bien sabes que hemos estado casados casi un año antes de planear la recepción. A este paso nos habremos jubilado del amor antes de poder ir de luna de miel.

– Deberías sacar tiempo para disfrutar de unas vacaciones con Guy, Fran.

– Es mala época para salir. Por lo demás, ¿por qué desperdiciar este tiempo maravilloso cuando tenemos la excusa perfecta para escaparnos en busca del sol en enero? -comentó al tiempo que besaba la frente del bebé dormido-. Y entonces esta pequeña dará menos trabajo.

– ¿Va a ser una luna de miel familiar?

– Claro que sí. Nos alojaremos en la casa de un amigo de Guy. Y me han dicho que cuenta con personal de servicio para todo. Así que ni siquiera tendré que cambiar pañales. Aunque me gustaría…

– Tienes todo lo que podrías soñar, Fran -Matty intervino antes de que su prima le dijera que se sentía culpable por dejarla sola-. Y por una vez podré trabajar sin que me interrumpan a cada rato -dijo. Justo en ese momento sonó el timbre-. ¿Y ahora qué?

– Tienes visita -dijo Fran.

– ¿Sí? -preguntó Matty a través del portero automático.

– Servicio de Comida sobre Ruedas, señora. Como no puede comer conmigo, le he traído el almuerzo.

Los ojos de Fran se agrandaron.

– ¿Es Sebastian Wolseley? -cuchicheó.

– Tiene que ser él. Es el único con quien me he negado a comer hoy.

– ¿Qué hiciste?

– Hay que tratarlos mal para que se porten bien -declaró intentando reír, aunque sabía que no podía engañar a Fran con su aparente despreocupación.

No debería preocuparse, pero hacía mucho tiempo que no pensaba en un hombre más de cinco minutos seguidos. Y había desperdiciado mucho más de cinco minutos pensando en Sebastian Wolseley; por tanto, sí que le preocupaba el asunto.

– Y al parecer la regla funciona -replicó su prima, aparentemente divertida-. ¿Y dejarlo en la puerta también forma parte del plan?

Estuvo tentada de hacerlo. Le había dicho que estaba ocupada y él no le había hecho caso. Eso demostraba falta de respeto… o algo.

– ¿Adonde vas? -preguntó tras presionar el botón del portero automático y ver que Fran se dirigía a la puerta.

– ¿Piensas que me voy a quedar y hacer de dama de compañía? -preguntó Fran justo cuando Sebastian aparecía en la sala desde el vestíbulo. Entonces, extendió una mano graciosamente mientras aceptaba un beso en la mejilla-. Hola, Sebastian. ¿Cómo te encuentras en el piso? ¿Necesitas algo?

– Todo está bien, Francesca. Os estoy muy agradecido. Incluso el hotel más cómodo pierde su encanto después de una semana -comentó al tiempo que miraba al bebé-. Así que ésta es la hermana de Toby, ¿verdad? -dijo al tiempo que extendía un dedo para que la pequeña lo apretara.

– Saluda, Stephanie. Bueno, ahora nos despedimos. Guy se pondrá en contacto contigo más tarde para organizar una cena.

– Encantado.

– Matty, si cambias de opinión sobre lo de mañana, házmelo saber -dijo antes de dejarla a solas con Sebastian.

– ¿Mañana? -preguntó él al tiempo que apartaba la vista de la madre con su pequeña para mirar directamente a Matty.

Ella se encogió de hombros.

– Fran quiere que pasemos un día en la costa. Pero le he dicho que estaba demasiado ocupada. Y ella sí me ha escuchado.

– Yo también. Dijiste que pensabas tomar un bocadillo -replicó al tiempo que le entregaba una bolsa con la etiqueta de una pastelería muy cara-. Quise ahorrarte el trabajo de prepararlo.

Ella tomó la bolsa con la vista fija en él.

– ¿Es idea mía o los bocadillos pesan más que de costumbre? -preguntó al tiempo que examinaba el contenido.

– Como no sabía si eres vegetariana, o alérgica a los mariscos o si odias el queso, pensé que sería mejor traer una variedad.

Había más bocadillos de los que una persona podría comer en una semana. Matty eligió uno al azar. Era de salmón ahumado con crema de queso en pan de centeno. Sí, había que reconocer que el hombre tenía buen gusto.

– Sólo para futura referencia, Sebastian: en la improbable ocasión de que sientas la tentación de volver a hacer esto, te advierto que no soy vegetariana, me encantan los mariscos y creo que el queso es alimento de los dioses -declaró en tanto le tendía la bolsa-. Gracias por el detalle. Lo disfrutaré más tarde, cuando acabe mi trabajo.

– Mmm.

Entonces, con el bocadillo en la mano, se alejó rápidamente hacia el tablero con la esperanza de que él interpretara el gesto como una despedida. Con la esperanza de que desapareciera de su vida.

Al ver que no se daba por enterado, aunque no esperaba que lo hiciera y, si hubiera sido sincera consigo misma, habría reconocido que tampoco lo deseaba, intentó expresarse con más dureza.

– Conoces el camino de salida, ¿verdad?

Capítulo 3

SEBASTIAN movió la cabeza de un lado a otro, no porque no pudiera encontrar la salida, sino por el desinterés que demostraba ella. Parecía que sus intentos por cautivarla no daban resultado.

– Eres única.

Al menos se dignó a obsequiarlo con una sonrisa.

– Gracias.

– No me des las gracias. No es un cumplido -dijo, aunque ambos sabían que sí lo era.

Él admiraba ese talento para mostrarse imperturbable. Admiraba la capacidad de Matty para no dejarse impresionar por la muestra de humildad de un hombre bastante poco inclinado a tales demostraciones, O tal vez hubiera adivinado que él no estaba habituado a recibir un «no» por respuesta.

– No te molesta que llame un taxi antes de que me eches a patadas, ¿verdad?

– ¿Has venido en taxi?

– No. ¿Por qué?

– Sólo me preguntaba por qué no has venido en tu coche después de la agonía que has tenido que sufrir para conseguirlo -dijo intentando controlar una sonrisa y el deseo de pedirle que se quedara.

– Porque preferí venir andando. ¡Maldición! No…

– Bien hecho. ¿Y por qué no te vuelves andando?

Sebastian notó que ella disfrutaba con su incomodidad. No podía hacer el idiota intentando evitar palabras tan delicadas como «andar» como si fueran minas enterradas.

– Porque me desmayaría por desnutrición. Pero no te preocupes, si lo prefieres esperaré el taxi en la calle.

– ¿Después de toda la molestia que te has tomado para traerme el almuerzo? ¿Crees que podría ser tan descortés?

– Al parecer, sí. Si me lo agradecieras siquiera un poco, me habrías invitado a compartir tu almuerzo.

Ella se llevó una mano al corazón.

– No sabes cómo lo siento. ¿Querías quedarte?

– Bruja -exclamó Sebastian, sin poder evitar la risa.

Por eso estaba allí. Porque desanimado como se encontraba, ella era capaz de arrancarle una sonrisa.

– Eso está mejor.

– ¿Prefieres que te insulten a que te cautiven?

– Desde luego. La seducción es… fácil. En cambio el insulto es más recio y mucho más sincero. Siéntate y haz tu llamada.

Sebastian se acomodó en el sofá y fingió buscar el número de una compañía de taxis en la agenda telefónica de su móvil.

– ¿Así que ése es el secreto? -preguntó como si estuviera más interesado en encontrar el número que en su respuesta-. ¿Tengo que insultarte para poder pasar un breve rato contigo?

– Tienes que hacer una llamada. La conversación no está incluida en el trato.

Matty no se dejó engañar. Sebastian Wolseley no tenía intención de llamar un taxi, sólo se tomaba su tiempo con la esperanza de que ella le pidiera que se quedara.

¿Por qué? ¿Qué quería de ella?

Una invitación a comer, después los bocadillos… No insistiría tanto si no quisiera algo.

– El teléfono está ocupado. Oye, el sábado te pedí que cenaras conmigo y tú me rechazaste por charlar con una periodista. Hoy te he invitado a comer al restaurante más romántico de la ciudad y has alegado que estabas muy ocupada. Y ahora ni siquiera piensas invitarme a compartir tu almuerzo, aunque yo lo haya traído.

– Tú lo has dicho: soy una bruja. Y el próximo truco mágico es que te voy a convertir en un sapo si no te marchas en treinta segundos.

– ¿Estás segura? -preguntó. No la había engañado con la freta del teléfono, así que decidió marcar el número antes de llevárselo al oído. Aunque esa vez sí que estaba ocupado-. ¿No tendrías que besarme para deshacer el hechizo?

Matty deseó que la sugerencia no fuese tan atractiva. Ya le resultaba bastante difícil desviar la mirada de su boca para que él le diera más ideas…

– Por el amor de Dios -dijo bruscamente, desesperada por borrar la imagen de esos labios de su mente-. Ya puedes dejar de fingir que estás llamando un taxi.

– ¿Fingir? -exclamó con exagerado horror, aunque sin lograr impresionarla.

– Sí, fingir. Como no he tenido nada más que interrupciones durante toda la mañana, bien puedes quedarte a comer uno de esos bocadillos. Luego, cuando me cuentes qué deseas, te echaré, tengas o no un medio de transporte.

– ¿Qué te hace pensar que quiero algo más que tu compañía?

– No olvides que puedo leer los pensamientos. Iré a buscar unos platos. ¿Quieres beber algo? -preguntó al tiempo que maniobraba la silla de ruedas en dirección a la cocina.

– Encontrarás una botella de Sancerre fría en la encimera.

– ¿Sancerre? -comentó al tiempo que se volvía a mirarlo con severidad, como si fuera un pillo que algo se traía entre manos.

Él se limitó a sonreír.

– Sé lo que significa esa mirada. Me ofrecería a descorchar la botella, pero estoy muy cómodo aquí.

– No tenías intención de marcharte, ¿verdad? -preguntó intentando evitar una sonrisa.

– No, pero ambos sabemos que realmente no ibas a echarme.

– Mi error ha sido dejarte entrar.

– No tenías más opciones desde el momento en que atendiste al timbre de la puerta -replicó. Al darse cuenta de que no le convenía mostrarse presuntuoso, se apresuró a añadir-: Tú nunca serías capaz de una grosería semejante.

– Claro que sí -le aseguró-. No te imaginas cómo puedo deshacerme de los visitantes cuando no quiero que me perturben. Soy capaz de imitar perfectamente el inglés de Connie, el ama de llaves griega de Eran. Aunque en este caso no lo habría hecho.

– Gracias.

Antes de reunirse con él, Matty abrió la botella y sacó un par de platos del armario de la cocina.

– Los vasos están en el aparador, si no es mucho trabajo para ti. ¿Y qué pasó con el piso?

– ¿El piso? -repitió Sebastian mientras sacaba los vasos y luego tomaba la botella que ella le tendía.

– Fran te preguntó cómo te encontrabas en el piso.

– Ah, sí. Guy me lo ofreció hasta que encuentre algo propio. Por eso me arrancó de la fiesta del sábado, para entregarme las llaves.

– Verdaderamente sois buenos amigos, ¿no es así? -observó tras llevar su bocadillo de salmón a la mesa mientras él elegía uno de la bolsa.

– Así es.

– ¿Puedes sacar de ese cajón un par de cuchillos y unas servilletas? -le pidió. Sebastian le tendió ambas cosas-. Gracias. Pero dijiste que volvías a Nueva York.

– Estoy seguro de no haberlo dicho. No voy a ir a ninguna parte hasta que deje solucionado el desastre que George me legó.

– ¿Y eso te tomará una semana? ¿Dos? -Matty se paró en seco. No quería demostrar demasiado interés, así que se concentró en abrir el envoltorio del bocadillo con dedos repentinamente torpes.

– No sé a ciencia cierta cuánto tiempo me va a llevar este asunto. El banco ha tenido a bien concederme seis meses de permiso. Si me quedo aquí más tiempo, sospecho que tendré que buscarme otro trabajo. Matty renunció a abrir el envoltorio y le dirigió una mirada.

– ¿Seis meses? Vaya por Dios, sí que debes de tener un buen lío.

Sebastian le quitó el bocadillo de las manos, abrió el envoltorio y se lo tendió.

– Ésa es una de las razones por las que he venido a tu casa sin invitación. Necesito un consejo.

– ¿Un consejo? -preguntó. «Bueno, Matty Lang, tú sabías que quería algo más que compartir contigo un almuerzo en grata charla», pensó-. ¿Qué clase de consejo? -repitió, con la desilusión pesando como plomo en la boca del estómago. Luego mordió un trozo del bocadillo que no le supo a nada.

Sebastian llenó de vino las copas.

– Guy me dijo que eres ilustradora. ¿Sabes algo del negocio de tarjetas de felicitación?

– ¿De felicitación? -preguntó, con un pliegue burlón en el ceño.

– Sí, Feliz Cumpleaños, Feliz Día de la Madre, etc, etc.

– ¿Ése era el negocio de tu tío?

– George fundó Coronet Cards cuando estudiaba en la Escuela de Arte. Fabricaba pequeñas cantidades de tarjetas de vanguardia basadas en temas propios y de sus amigos. Y lo hacía para ayudarlos económicamente, más que otra cosa.

Matty dejó a un lado su desilusión.

– ¿Coronel? Conozco esa marca. ¿No son sus primeras tarjetas objetos de colección hoy en día?

– Creo que sí. Es una pena que no hiciese contratos a sus compañeros de estudio, porque ahora podríamos reeditarlas. Nunca fue un auténtico hombre de negocios. Tal vez debería haber continuado con la pintura.

– ¿Pintaba bien?

– No -contestó con una sonrisa.

– ¿Y ahora Coronel tiene dificultades?

– Es más complicado que eso. En los últimos años, George empezó a armarse un lío con las finanzas.

– ¿Así que has suspendido temporalmente tu carrera para sacar adelante la empresa? -preguntó con los codos en la mesa y la barbilla en los nudillos-. Si me lo permites, te diré que Coronet tiene clase, pero no es exactamente la empresa más importante del ramo. Apenas merece que un banquero de Wall Street le dedique seis meses de su tiempo -puntualizó. Sebastian se limitó a morder su bocadillo de carne-. Si la compañía tiene tales problemas, ¿no habría sido más aconsejable dejar el asunto en manos de un contable competente que se encargue de su liquidación?

Sebastian se encogió de hombros.

– Tienes razón, pero liquidar la empresa no es una opción, desgraciadamente -observó. No había pensado copiarle la verdad, pero necesitaba un interlocutor apropiado. Un aliado. Y el instinto le decía que ella lo era-. La verdad, Matty, es que la compañía tiene un agujero tan grande en sus finanzas que incluso aféela a los fondos de pensión de los empleados. Verás, si los periódicos se enteran de esto se divertirán muchísimo a costa de mi familia, habrá que liquidar la compañía y muchas buenas personas que han trabajado para George durante largos años se quedarán literalmente sin dinero para su jubilación. Esto último es lo que más me preocupa.

– Ahora comprendo que dijeras que George era malo.

– Me refería a sus numerosas esposas y numerosísimas amantes.

– Un hábito caro.

– Con todo, él nunca habría robado a su personal. Me temo que fue su última esposa la causante del daño. Era una enfermera que lo cuidó cuando le pusieron el bypass en el corazón. La encarnación de Florence Nightingale, hasta que él le puso el anillo en el dedo. Parece que el inmenso agujero en los fondos de pensión y su partida ocurrieron al mismo tiempo. No puedo probar nada y, si pudiera, nunca lograríamos recuperar el dinero; al menos no a tiempo para que sea de alguna utilidad. No ganamos nada con perseguirla, sólo escándalo, y no quiero que recuerden a George como a un viejo tonto.

– No, desde luego que no -repuso ella dejando reposar la mano un segundo sobre la de él-. ¿Pero cuán-tos años se lardaría en conseguir esa cantidad de dinero? -preguntó tras retirarla y llevarse los dedos al pelo.

– Mi propósito es volver a levantar la empresa. Pienso deshacerme de lo que no sirve, introducir nuevos diseños de calidad y luego venderla a una de las grandes compañías. Utilizaría el dinero de la transacción para pagar indemnizaciones y una jubilación anticipada para el personal más antiguo.

– Me temo que le llevarás una desilusión si me has invitado a comer con la esperanza de conseguir unos cuantos diseños de calidad.

Sebastian se dio cuenta de que realmente la había ofendido. Implicarla en el negocio tampoco iba a funcionar, así que lo mejor sería decirle la verdad.

– No se trata de eso, Matty. La verdad es que no busco un consejo solamente. He pasado una mañana surrealista discutiendo el futuro de las Hadas del Bosque y quería contártelo. Sabía que podrías ver el aspecto divertido del asunto -dijo con la mirada fija en los ojos de ella-. Y esperaba que me ayudaras a verlo a mí también.

– ¿Y por qué no lo has dicho desde el principio?

– Normalmente, no suelo dar razones cuando invito a comer a una mujer. Nunca he tenido que esforzarme tanto para conseguir una cita.

– Estoy segura de eso -replicó ella con cierta ironía-. Hadas del Bosque. ¿No son esos ridículos personajes de la televisión vestidos con ropas fosforescentes?

Sebastian se echó a reír.

– ¿Ves? Sabía que tú podrías lograrlo.

Los rasgos de Matty se suavizaron.

– Deberías reír más a menudo, Sebastian, hace bien al espíritu.

– La próxima vez que te invite a salir te lo voy a recordar.

Se miraron durante unos segundos. Sebastian sintió el agudo deseo de tocar la fresca suavidad de su mejilla y sentir que ella la apoyaba en la palma de su mano. Nada más que eso.

Sin embargo, de pronto se sintió vulnerable y un tanto desamparado. Normalmente, salía con mujeres despampanantes, de largos y brillantes cabellos, suaves curvas y altísimos tacones. Mujeres fugaces que se lucían colgadas de su brazo y que, cuando las dejaba sin dedicarles un segundo pensamiento, pasaban a engrosar la lista con la que se había ganado su reputación de hombre despiadado.

Sebastian sospechaba que Matty lo sabía. Y no deseaba que ella se habituara a rechazarlo. Era mejor volver a los negocios.

– Dime, ¿cuál es el problema de las Hadas del Bosque? -se adelantó ella.

– George pagó una fortuna por una licencia de veinticinco años a fin de incluirlas en tarjetas de cumpleaños, papel de regalo, artículos para fiestas infantiles y cosas por el estilo. Desgraciadamente la televisión es un medio inestable y las Hadas han sido sustituidas por otras criaturas.

– ¿Y necesitas algo excitante para sustituirlas?

– Antes de la próxima semana.

– ¡Estás bromeando! -exclamó, pero al ver que no movía un músculo, añadió-: No, no bromeas. ¿Qué sucederá la próxima semana?

– Tengo que comer con nuestro cliente más importante y he de mostrarle las ofertas de la nueva temporada. Seguramente pedirá lo de siempre. Pero debo tener algo nuevo para el mercado infantil.

– Sí que estás en un lío, chico -dijo al tiempo que le llenaba la copa-. Sírvete otro de estos excelentes bocadillos ¿Y cómo piensas que puedo ayudarte?

– No lo sé. Necesitaba hablar con alguien que no es-tuviera implicado en el asunto. Los empleados de Coronet están muy inquietos porque temen perder su puesto de trabajo, y a la familia le aterroriza un escándalo.

– ¿Y todos esperan que tú los salves del naufragio?

– No soy ningún héroe. También tengo que pensar en mi reputación.

– Por no mencionar el apellido familiar -insinuó con ironía-. Eso es mucha presión.

– Una presión que puedo manejar. Pero se necesita algo más. Algo que no poseo. ¿Tú no te dedicas a hacer ilustraciones para niños?

– Pero no diseños conceptuales de la calidad que tú necesitas. ¿No podrías negociar con la televisión la licencia de sus novedades infantiles?

– Ya lo han hecho compañías más grandes que Coronet y con más dinero, claro está. No, debo empezar con mis propios diseños.

– ¿En una semana?

– Sé que es ridículo, pero tengo que intentarlo. ¿Estás segura de que no tienes nada en el fondo de un cajón?

– Totalmente segura. Si me ofreces una comisión haría lo imposible por crear algo, pero no puedo garantizarte el impacto inmediato que necesitas.

– ¿Y qué pasa con tu libro? ¿No te llevó Fran a hablar con una periodista sobre un libro que has ilustrado?

– Ya veo dónde conduce esto -dijo al tiempo que se ponía rígida y alejaba un poco la silla de la mesa. Unos centímetros que a ella le parecieron muchos metros-. Siento desilusionarte, pero no es lo que buscas. Los niños todavía no se han enamorado de mis personajes. Por lo demás, se trataba de un abecedario especial que diseñé como regalo de cumpleaños para Toby.

– Entiendo. ¿Y le gustó?

– Por supuesto. Todos los dibujos se han convertido en sus amigos favoritos.

– ¿Y tienes por ahí un ejemplar? Me gustaría echarle un vistazo.

Ella se acercó a un armario y sacó un libro. Las ilustraciones estaban impresas en un papel de gran calidad y las cubiertas eran de madera azul. Estaba claro que el ejemplar era un fino trabajo artesanal que no parecía hecho en casa.

– No te va a ser de utilidad. ¿Quién va a comprar una tarjeta de cumpleaños con un dibujo que indica que la letra G se utiliza para nombrar un globo?

Las ilustraciones eran vivas, brillantes, frescas y atractivas.

Sebastian pensó que ella tenía razón. En un papel de regalo parecían maravillosas, pero no ocurriría lo mismo con una tarjeta de felicitación.

– Los globos son muy coloridos.

– Pero no exactamente personales.

– Siento no poder utilizar tus ilustraciones.

– A mí también me desilusiona. Los derechos por la venta de tarjetas me vendrían muy bien. Mientras tanto, tengo un encargo que terminar cuanto antes si quiero comer el próximo mes -dijo al tiempo que instalaba la silla ante el tablero de dibujo-. Gracias por el almuerzo. Siento que tu visita haya sido inútil.

– No ha sido inútil. He aprendido mucho. Si se me ocurre otra idea brillante, ¿puedo comunicártela para que me la destroces?

– Me hace feliz poner a un hombre en su sitio. La próxima vez trae un bocadillo de aguacate.

«Casi una invitación», pensó Sebastian con una sonrisa que guardó para sí al tiempo que miraba por encima del hombro de Matty hacia la ilustración que pintaba.

Se trataba de la silueta de una pareja reflejada en el agua a la orilla del mar durante una puesta de sol. El color al pastel y el estilo eran muy diferentes a las ilustraciones del abecedario.

No era su primer intento, al parecer. Sebastian se inclinó a recoger una ilustración que ella había descartado. Era casi idéntica a la otra, pero había dibujado algo en la parte superior.

– ¿Qué es esto?

Ella se volvió a mirar lo que sostenía en la mano y se sonrojó.

– Nada. Una idea para una tira cómica, eso es todo.

– Una superheroína en una silla de ruedas. ¿Tiene nombre?

– Sí, Hattie Hot Wheels. ¡Y no te atrevas a reír!

– Como si fuera a hacerlo. Verdaderamente tienes mucho talento, Matty.

Ella le dirigió una mirada fugaz.

– No puedes quedarte con la ilustración de la pareja. Es un encargo para la historia de una revista.

– No, no era mi intención. Has captado muy bien la melancolía de una tarde de fines de verano.

Algo en la mirada de ella le hizo pensar que la historia era el fin de algo, no el principio.

– No está acabado. ¿Algo más? Entonces, vete ahora.

– Lo siento. He abusado de tu tiempo. ¿Puedo llevarme esto? -preguntó con el abecedario en la mano.

– Claro que sí. Y enséñalo a cualquier editor o periodista que conozcas.

– Lo haré si prometes comer conmigo la próxima vez que te llame.

– No te das por vencido, ¿verdad, Sebastian? -preguntó al tiempo que se volvía a mirarlo-. Lo de los editores no iba en serio. Llévate el libro, pero sin ningún compromiso.

Capítulo 4

EN LUGAR de tomar un taxi, Sebastian resolvió volver a pie a la oficina.

– Blanche, creo que tengo la solución -anunció mientras ella lo seguía con un puñado de mensajes-. Mira esto.

Blanche hojeó el libro con una sonrisa al contemplar las ilustraciones. Luego lo miró, ligeramente desconcertada.

– Son unos dibujos encantadores, pero no sé cómo podríamos utilizarlos.

– No como aparecen aquí, desde luego -observó él mientras se acomodaba en el inmenso sillón giratorio de George-. Pero vamos a suponer que fabricamos series de tarjetas con los nombres infantiles más conocidos. Por ejemplo, la tarjeta que representa el globo podría decir «G es la primera letra de…» -Sebastian hizo un ademán para que ella le diera algunos nombres.

– ¿George o Grace? -sugirió Blanche en un tono que no revelaba mayor entusiasmo.

– No te gusta la idea, ¿verdad?

– La idea no está mal. Generalmente las ideas sencillas son las mejores.

– ¿Pero…?

– Pensaba en la logística, simplemente. ¿Cuántos nombres crees que hay?

– Miles. Pero obviamente utilizaríamos los más conocidos. Como los que pintan en jarritas, llaveros y en placas de cerámica para colgar en las puertas, como el tipo de artículos que se vende en las gasolineras, por ejemplo. Hay por ahí una lista anual de los nombres más populares de niños, ¿no es verdad?

– Supongo que sí.

– ¿Pero…?

Ella se dejó caer en la silla frente a él.

– No digo que sea imposible, Sebastian, pero tienes que verlo desde el punto de vista del comerciante detallista. Sólo con un nombre de niño y de niña por cada letra del abecedario, ya tienes cincuenta y dos tarjetas. Ésa es una gran inversión en una sola gama de productos. Y naturalmente que sólo una tarjeta es la adecuada para cada cliente. Si no quedan tarjetas con el nombre de «Peter», el cliente no comprará una que diga «Paul» y se irá a buscar otra cosa en otra tienda.

– ¡Diablos! Sí que es cierto. Y yo que pensé que había dado con la solución… -dijo al tiempo que giraba el sillón de piel hacia la ventana que quedaba a sus espaldas y se pasaba los dedos por los cabellos.

De inmediato recordó que Matty había hecho el mismo gesto dejando un pequeño rizo levantado que él deseó alisar con sus dedos.

– Bueno, mientras estabas ausente llamé a un par de antiguos clientes que en el pasado nos encargaron trabajos publicitarios. Quedaron de contestarme.

Tras respirar hondo, Sebastian se volvió hacia ella.

– Gracias, Blanche. Sospecho que sin ti esta empresa habría desaparecido hace mucho tiempo.

– Es posible -convino antes de cambiar de tema y concentrarse en el libro de Matty-. Esta obra es única por su originalidad.

Una descripción que calzaba tanto con la artista como con su trabajo.

– Matty también lo es.

– Tal vez deberías considerar la posibilidad de ofrecerle un encargo y hacerle un contrato antes de que alguien más la descubra, ¿no te parece?

– Puede que tengas razón, pero dudo ser la persona más adecuada para negociar con ella. Por alguna razón se niega a tomarme en serio.

– ¿Quieres decir que además de talentosa es una mujer inteligente? -preguntó, y al instante se puso roja-. Lo siento, eso no ha estado bien.

– No lo creas, Blanche.

Incómoda, ella se encogió levemente de hombros.

– A veces George hablaba de ti.

– Nada bueno, naturalmente.

– Te equivocas, él te quería mucho. Pero también se preocupaba por ti. Solía decir que te habías apartado de todo, menos de tu trabajo, y que cuando despertaras y te dieras cuenta de lo que te habías perdido, sería demasiado tarde.

– Nadie podría acusarlo de haber desperdiciado su tiempo.

– No.

– ¿Era feliz?

– A veces. Durante breves períodos. Pero nunca dejó de buscar y de tener esperanzas.

– Tal vez debió apartar los ojos del horizonte por un momento y fijarse en lo que tenía más cerca -comentó pensando en las mujeres frívolas y glamurosas a las que su tío había dedicado tiempo y dinero a cambio del placer de ir del brazo de una beldad encantadora. Era una inclinación que habían compartido excepto que, a la inversa de George, él había aprendido a no entregar el corazón.

– Es cierto.

– Volviendo a la señorita Lang, ¿por qué no la llamas? Dile que te han nombrado coordinadora de compras de la empresa Coronet Cards.

– ¿Coordinadora de compras? -preguntó, muy sorprendida.

– Si no te gusta puedes cambiarle el nombre. Hablaremos de un sueldo más apropiado posteriormente, ¿qué me dices?

– No, no creo que yo… Realmente… ¿Estás seguro? -inquirió con ansia tras unos segundos de vacilación.

– No te subestimes, Blanche. Sabes más de este negocio que cualquiera de nosotros y como voy a depender bastante de ti, es justo que seas recompensada.

Ella lo pensó unos segundos y luego se volvió hacia él, aparentemente convencida.

– ¿Y qué quieres que le diga a la señorita Lang?

– Primero, quiero que le ofrezcas una opción de compra por estas ilustraciones antes de que algún editor inteligente decida adquirir el libro.

– ¿Una opción de cuánto tiempo?

– De seis meses -decidió. No valía la pena prolongarla más. Si en ese plazo no habían utilizado las ilustraciones, estaba claro que ya no lo harían. Entonces volverían a manos de Matty, dejándola en libertad para venderlas a quien quisiera-. Y te autorizo para que negocies un precio razonable.

Sebastian pensó que tal vez era egoísta, pero recordó que ella misma le había dicho que las posibilidades de encontrar un editor eran bastante escasas. Además, si Matty no quería venderle la opción, nadie lograría persuadirla.

– ¿Y qué más?

– Bueno, nada específico. Háblale del mercado por si se le ocurre alguna idea y, si la tiene, ofrécele una comisión por el material gráfico.

– Veo que no pides mucho -Blanche comentó con ironía.

– Nada que no puedas manejar, estoy seguro. Pero si decides llevarla a comer, elije el restaurante antes con ella.

– Veamos hasta dónde podemos llegar con una llamada telefónica. Tienes su número, ¿verdad?

Sebastian lo había visto escrito en el teléfono de Matty el día de la fiesta, cuando había ido a buscar el whisky.

– Llámala a este número -dijo al tiempo que lo anotaba en un bloc de notas.

– De acuerdo, lo haré de inmediato. ¿Dónde vas? -preguntó al verlo camino de la puerta.

– No te preocupes, Blanche. No me voy a escapar. He de hacer una pequeña investigación básica, como por ejemplo, mirar las ofertas de la competencia, ir a las tiendas, hablar con los comerciantes minoristas… Esas cosas. Para cuando tengas algo interesante, tal vez me habré hecho una idea de este negocio.

– De acuerdo. ¿Cuándo estarás de vuelta? En caso de que la señorita Lang lo pregunte.

– No lo hará.

Durante las últimas semanas se había sentido paralizado de rabia por la manera en que su carrera tan prometedora se había visto suspendida y por tener que dejar de lado una vida tan satisfactoria.

¿Matty habría sentido lo mismo tras el accidente? Ni siquiera podía imaginar el cambio brutal de su vida. Un cambio permanente, como volver a aprender incluso las cosas más sencillas de la vida cotidiana, cosas que una vez había dado por descontadas.

Él no había perdido nada. Dentro de seis meses volvería a retomar una vida que lo estaba esperando. Y si no la retomaba exactamente donde la había dejado, sería un poco más lejos.

En esos momentos era necesario dejar de sentir autocompasión y hacer lo posible para convertir a Coronel en una empresa que los principales competidores se pelearan por comprar. Y tras esos seis meses de experiencia, sería un profesional mucho más eficaz en su trabajo.

Y su trabajo era lo único que le importaba.

– A mí también me interesa saberlo. Así que dime cuándo volverás a la oficina.

– El jueves por la mañana. Podrás defender el fuerte hasta entonces, ¿verdad?

– No sería la primera vez -observó Blanche, con suavidad.

Matty dio un brinco al oír el sonido del teléfono. No podía ser él. No quería que fuese él… Y odió la expectación que la dejaba sin aliento, el salto del corazón anticipando aquella voz que anhelaba oír, el hecho de delegar en otro toda perspectiva de alegría.

Había renunciado al derecho a la autoindulgencia. Esos sentimientos eran para otras personas.

Dejó pasar unos cuantos timbrazos antes de levantar el auricular con el corazón galopante. Entonces respiró lentamente.

– Matty Lang. ¿Diga? -dijo con voz clara, imperturbable.

Una voz que no la traicionaba. Una lección duramente aprendida.

– Señorita Lang, me llamo Blanche Appleby. Soy… soy la coordinadora de compras de la empresa Coronet Cards -la saludó. «No es él», pensó Matty con el corazón más tranquilo, aunque se debatía entre la desilusión y el alivio-. Señorita Lang, ¿está ahí?

– Lo siento, sí…

– Espero no importunarla, pero me gustaría hablar con usted respecto a la compra por parte de Coronet Cards de una opción por seis meses de las ilustraciones de su abecedario.

– Vaya…

¿Coronet Cards? ¿Sebastian quería sus dibujos y le había pedido a otra persona que la llamara para hacerle una oferta?

Desilusionada, Matty tragó saliva. ¿Qué había esperado? Aquello no era nada más que un asunto de negocios. Los bocadillos y el vino habían sido su modo de ganarse las ilustraciones. Y en ese momento las tenía. ¿Así que para qué perder más tiempo con ella?

Aunque también había dicho que había ido a verla porque ella lo hacía reír.

«Baja a la tierra, Matty», se dijo con firmeza. «Él sabía que tú tenías algo que podía serle útil y fue lo suficientemente listo como para que pareciera una ocurrencia tardía».

– ¿Señorita Lang?

– Lo siento. Estaba… atendiendo a alguien. Ahora sí que la escucho.

– Decía que tal vez podríamos reunimos para discutir los detalles. ¿Le viene bien aquí en la oficina? -sugirió. Blanche Appleby no era tan sutil como Sebastian Wolseley. Él no habría hecho una petición tan abierta y con ello darle una oportunidad para negarse. Habría ofrecido dos alternativas, obligándola a elegir una-. O si lo prefiere, podríamos comer en algún lugar de su gusto. Lo que sea más conveniente para usted.

– Realmente, señora Appleby…

– Blanche, por favor.

– Blanche, no me interesa vender una opción. Tal vez Sebastian no le dijo que estoy buscando un editor -puntualizó. Desde luego, hablaba por puro orgullo. Sebastian Wolseley estaba dispuesto a pagarle bien simplemente por conservar sus ilustraciones durante seis meses. No había ilustradores en el país que no tuvieran un abecedario que ofrecer a los editores, y la mayoría habría brincado ante tamaña oferta. Era un dinero que ganaría sin tener que trabajar y que podría destinar al fondo para su futura casa campestre. Además, en seis meses el libro volvería a sus manos y tal vez pudiera encontrara un editor interesado en publicarlo-. ¿Eso es todo?

– ¡No! -exclamó Blanche precipitadamente-. Sebastian quería que conversara con usted sobre el mercado en general. Quedó realmente impresionado con su trabajo. Volvió a la oficina lleno de planes respecto a una serie alfabética. Desgraciadamente nada utilizable, pero me autorizó para que le ofreciera una comisión por cualquier idea que a usted se le ocurriera.

– ¿Y de eso quiere hablar conmigo?

– Sí -contestó, claramente aliviada.

Bueno, aquello era diferente. Tal vez se mostrara un tanto dura. Ya había echado a Sebastian una vez y quizá por eso enviara un delegado en aquella ocasión.

Una demostración de su interés por los negocios. Tal vez fuera hora de dejar de soñar y de adoptar un criterio más mercantil.

– ¿Está ahí? ¿Puedo hablar con él?

– Me temo que no es posible. No vendrá a la oficina hasta el jueves -la informó. De acuerdo, él se estaba tomando el asunto verdaderamente en serio-. Me haría un gran favor personal si al menos considerase la opción, señorita Lang. Ésta es una promoción para mí, y cuando Sebastian vuelva a Estados Unidos va a necesitar a alguien que se haga cargo de la empresa y…

Blanche se paró en seco, pero el mensaje estaba claro.

– Y usted necesita ese cargo, ¿no es así?

Matty se dio cuenta de que Blanche Appleby ignoraba lo que estaba sucediendo en la empresa. Sebastian le había dado un cargo de adorno y ella había pensado que tendría la oportunidad de probarse a sí misma. Pero la triste la verdad era que, con o sin comprador, la iban a echar. ¡Qué bastardo!

– Durante los últimos tres años he tenido que encargarme casi totalmente de la empresa. He hecho de todo, menos la elección final del material gráfico. Para serle sincera, George… George Wolseley… el fundador de la compañía…

– Sebastian me habló del señor Wolseley -Matty fue en su rescate cuando le pareció que la voz de Blanche Appleby se quebraba-. ¿Trabajaste para él durante mucho tiempo? -preguntó amistosamente.

– Fui la primera persona que contrató. Yo acababa de terminar mi carrera de Secretariado. Él era muy fino, muy apuesto.

Venía de familia. Estaba claro que George Wolseley había robado el corazón de su joven secretaria y nunca se lo había devuelto.

– No lo dudo.

– A pesar del triple bypass se recuperó muy bien, pero nunca volvió a ser el mismo. Probablemente debió de haberse retirado, tomarse las cosas con más calma, pero realmente disfrutaba viniendo a la oficina. Si puedo demostrarle a Sebastian que soy capaz de manejar el material gráfico y encontrar nuevos diseños, tendrá que darme una oportunidad, ¿no crees? Porque a mi edad nunca volveré a tenerla.

– Blanche…

– Pero qué digo. Seguramente querrá a alguien más joven. Así que es mejor olvidar lo de las oportunidades. Tendré suerte si consigo otro…

– ¡Blanche!

La secretaria se detuvo en seco.

– Cielo santo, lo siento mucho. No sé qué me ha pasado -dijo muy turbada.

– De acuerdo, Blanche. Sí, acepto la opción -declaró. No lo hacía por Sebastian, ni siquiera por sí misma, sino por otra mujer que estaba en apuros. Haría lo posible por contribuir a la venta de la empresa para que Blanche no lo perdiera todo-. La opción sobre el abecedario es tuya y será un placer conversar contigo.

Sebastian pasó la tarde del martes y la mayor parte del miércoles hablando con los comerciantes al por menor y, aparte de examinar una creciente colección de artículos de gran salida, todos producidos por la competencia, no aprendió nada útil, salvo que el público de cualquier edad parecía mostrar un apetito insaciable por las tarjetas con ositos y erizos.

También tuvo oportunidad de enterarse de que cualquier persona con acceso a un ordenador podría hacer lo que él había deseado: una tarjeta personalizada con el nombre de un niño. De hecho, tenían una inmensa ventaja sobre él, ya que podían utilizar el nombre que quisieran, por muy especial que fuera.

Fue en ese momento cuando se hizo una luz en su cerebro que brilló como un faro luminoso. Y había una sola persona con la que quería compartir su descubrimiento.

Una hora más tarde, Sebastian aparcó ante la casa de Matty sin hacer caso del cartel que indicaba «Sólo para Residentes». Bajó la escalera que conducía al sótano y tocó el timbre.

– ¿Quién es? -preguntó una voz con acento claramente extranjero.

Bueno, Matty ya le había advertido que podía recurrir a esos trucos cuando no quería recibir a nadie.

– Matty, soy Sebastian -dijo, con una sonrisa. Se produjo una pausa.

– Matty no está aquí.

– Muy divertido. Déjate de bromas y abre la puerta. Tengo algo importante que decirte.

– Ya le he dicho que Matty no está aquí -repitió la voz lenta y claramente.

Sebastian volvió a llamar. Luego golpeó con los nudillos, y luego la llamó a voces.

– Matty, no me hagas esto. ¡Ya sé cómo utilizar tus ilustraciones! ¡Mi idea es brillante!

El portero automático hizo un ruido y oyó la misma voz de antes.

– Márchese.

– De acuerdo. Mensaje recibido. Estás ocupada, llámame cuando tengas un momento libre.

Sebastian subió la escalera con la esperanza de que en cualquier momento se abriera la puerta. Sólo cuando llegó a la calle aceptó el hecho de que eso no iba a suceder, y observó que una agente del tráfico le dejaba la papeleta de una multa en el parabrisas.

– ¿Os dedicáis a la producción de papel de envolver?

– Sí, pero… ¿Qué piensas? -Blanche la miró desconcertada.

– Pensaba que si se pudiera aplicar la imagen ampliada sobre papel de tamaño estándar… -Matty negó con la cabeza-. No, la imagen aumentaría demasiado y aparecería punteada. Tendré que pensar en eso. Pero no veo ninguna razón para no ofrecer reproducciones, en cambio. La mayoría de las tiendas de tarjetas también venden regalos, y una tarjeta de cumpleaños con su correspondiente etiqueta, que haga juego con el regalo, podría ser muy sugerente. Valdría la pena probar con compradores importantes y…

En ese instante se dio cuenta de que Blanche ya no le prestaba atención. Miraba fijamente a la puerta.

– Así da gusto verlas. Tienen buen aspecto -comentó Matty, examinando las maquetas que el departamento de producción había hecho de los impresos botánicos.

– Creo que ésa es la diferencia entre nosotras. Donde yo sólo veo deterioro, tú ves antigüedad. Impresas sobre una tarjeta a juego tienen un aspecto fino y de gran calidad.

Capítulo 5

SEBASTIAN se detuvo un minuto en el umbral de la puerta antes de que las mujeres se dieran cuenta de su presencia, absortas como estaban en lo que hacían.

Se concedió un minuto entero de gracia para observar a Matty llevarse los dedos a los cabellos, desordenando algunos rizos, mientras examinaba con atención los impresos desplegados ante sus ojos.

Un minuto para observar el ceño que se fruncía y luego se alisaba cuando una idea la complacía.

Un minuto para sentir el agrado de verla en su terreno y para reconocer otra emoción: algo más oscuro, celos de que hubiera respondido a la llamada de Blanche cuando parecía que su propia llamada había caído en oídos sordos.

Era ridículo. ¿Celoso? En absoluto. Había que estar emocionalmente comprometido para sentir algo tan inútil, una pura pérdida de tiempo, en todo caso.

El brillo de los aretes de oro en las orejas y una camisa de seda de color ámbar, que sabía que combinaba perfectamente con el color de sus ojos, atrajeron su atención hacia la parte superior del cuerpo. Los hombros eran fuertes y los brazos, largos y ágiles. Un vaquero de color verde enfundaba las piernas que terminaban en unas botas de ante de color chocolate.

¿Cómo pudo haber pensado que era una mujer común y corriente? Estaba claro que aquella mujer irradiaba fuerza y poder.

Sebastian no se movió, ni siquiera hizo ruido; pero de pronto ella se volvió bruscamente, como si instintivamente hubiera sentido su presencia. Y tuvo otro instante de gracia cuando por un segundo ese rostro fue enteramente suyo antes de ocultarlo tras la máscara protectora, cálida e inteligente que hasta entonces él ignoraba que llevara habitualmente.

Un instante que le hizo creer que ella estaba tan contenta de verlo como él de encontrarla allí.

– Sebastian, creí que no vendrías hasta mañana.

¿Por eso había ido a la oficina? ¿Porque estaba segura de que él no estaría allí? ¿Intentaba evitarlo deliberadamente?

– Hola, Matty -saludó, más intrigado que ofendido.

– Hola -respondió ella.

En lugar de besarla en la mejilla como hubiera sido su deseo, se acercó a la mesa, a sabiendas de que un gesto tan casual como ése no tenía lugar en su relación con Matty.

– ¿Blanche te ha traído en calidad de asesora? -preguntó en tono fingidamente ligero al tiempo que tomaba una de las maquetas.

– Sí -Blanche intervino rápidamente antes de que ella pudiera negarlo. Matty se encontró atrapada entre exponer a Blanche o participar en la mentira-. Al menos he hecho la oferta. Aunque voy a necesitar un poco de ayuda para convencerla.

– Encantado de ayudarte, Blanche -dijo mirando fija-mente a Matty-. Estas ilustraciones tienen clase -comentó al tiempo que pensaba: «Igual que la mujer»-. También me gusta tu idea de imprimirlas en tarjetas, Matty.

– Gracias.

Sebastian no había apartado los ojos de ella, y ella le devolvió la mirada. Una mirada directa, desafiante. Tuvo la clara impresión de que estaba enfadada con él, aunque no podía imaginar cuál era la razón.

– Blanche, ¿por qué no consigues muestras de marcos y evalúas los costes?

– Voy de inmediato -dijo la secretaria antes de salir y cerrar la puerta.

Todavía con los ojos fijos en Matty, él volvió la tarjeta de modo que quedó frente a ella.

– Cuando encontré estas ilustraciones botánicas pensé que no eran más que basura.

– Estaban un poco manchadas solamente. Utilicé tu ordenador para hacerles un escáner y limpiarlas. El truco consiste en no limpiarlas demasiado para que no pierdan su pátina, sólo quitarles el aspecto raído.

– Un buen trabajo -aseguró, y al darse cuenta de que Matty tenía que esforzarse para mirarlo, se sentó junto a ella-. ¿He hecho algo que pudiera haberte contrariado, Matty?

Ella sintió una sacudida eléctrica cuando el hombro de Sebastian rozó el suyo. Desde el principio, se había dado cuenta de que había sido un error mirarlo con enfado, aunque se suponía que ese día no iría a la oficina. Blanche se lo había asegurado.

– ¿Qué te hace pensar que estoy enfadada? -preguntó. Pero él permaneció en silencio-. ¿Qué cosa podrías hacer que tuviera el más mínimo efecto sobre mí?

– No lo sé, Matty. Tu mirada fue elocuente. Pensé que éramos amigos.

– ¿Sí? ¿Y Blanche? ¿También es tu amiga?

– ¿Es por Blanche?

– La has ascendido, Sebastián. Está loca de contento, ansiosa por demostrarte su eficacia. Pero todo es una mentira. Vas a quitarle el puesto en unos meses y dejarla en la calle…

– Cuando me hice cargo de la empresa me encontré con esta situación. No podía… no puedo hacer otra cosa -le recordó.

– ¡Sí que puedes! -exclamó, consciente de su propia actitud poco razonable-. ¿Sabías que durante años había estado enamorada de George?

– ¿Te lo dijo?

– Claro que no. Pero se le nota en la voz, y en todo lo que dice de él. Y los hombres siempre lo saben. Él la utilizó, y ahora tú haces lo mismo.

– Al menos reconozco su eficacia, aunque sea demasiado tarde para poder hacer algo. ¿Preferirías que me hubiera marchado sin intentarlo?

– Preferiría que fueras sincero con ella, que le digas la verdad.

– No debí haberte contado los problemas de la empresa.

– No, no debiste. Aunque estás jugando con su futuro, no con el mío -puntualizó, y porque sabía que él estaba haciendo lo que creía correcto, dejó pasar el tema-. Pero no me hagas caso. Por lo demás, ¿qué sé yo? Estoy segura de que haces lo que crees que es mejor para todos. Bueno, pasando a otra cosa, parece que has conseguido algo, ¿no es verdad? Por eso has vuelto antes. ¡Cuéntame!

– ¿Antes de que se lo diga a Blanche? ¿Sería correcto? -preguntó, con una sonrisa.

– Probablemente, no -admitió, irritada al descubrir que también sonreía.

– ¿Blanche te contó lo que he estado haciendo? -preguntó Sebastian.

– Mencionó que habías ido a investigar un poco. Supongo que es lo básico cuando se emprende una nueva aventura.

– La investigación me ha abierto los ojos en cuanto a nuestro potencial. Por ejemplo, he descubierto que nuestro comprador más importante surte casi a ochocientas tiendas.

– Eso implica la producción de un tremendo montón de tarjetas.

– Pero no sólo tarjetas. Podríamos sacar al mercado cuadernos, libretas, agendas de direcciones, incluso bolsas de regalos o frascos de esencias con diseños como éste -dijo con entusiasmo al tiempo que indicaba las ilustraciones botánicas.

– Si ésa es tu gran idea, debo decirte que Blanche ya está en ello. Incluso tenemos un nombre para la colección: «Botanicals», ¿qué te parece? Es un nombre sencillo, de fácil memorización.

– Adjudicado- aprobó Sebastian al tiempo que le tomaba la mano y se la apretaba con firmeza, como si formaran un equipo.

Matty tuvo que hacer un gran esfuerzo para no caer en la trampa. Ellos no formaban un equipo. En Coronet Cards cada cual trabajaba para conseguir sus propios fines.

– Bueno, trabajo hecho. Blanche se puede encargar del resto.

– Ese trabajo está hecho. ¿Pero, qué pasa con los niños de tres a seis años? -preguntó Sebastian cuando Matty retiró la mano con suavidad-. ¿Habéis llegado a algo?

– Nada todavía, pero lo estoy pensando. Bueno, será mejor que vuelva a mi tablero de dibujo -dijo al tiempo que dirigía la silla hacia la puerta.

– Fui a tu casa antes de venir a la oficina.

– ¿Sí? ¿Por qué? -preguntó al tiempo que giraba hacia él, lo que hacía pensar que para ella era tan difícil marcharse como para él dejarla partir.

– Porque quería hablar contigo. Pero una mujer medio loca me dijo a través del portero automático «Matty no está aquí» -dijo dijo con un fuerte acento.

Matty se echó a reír.

– Connie no está loca, sólo es griega. Es el ama de llaves de Fran. Fue abandonada por un hombre que la trataba un poco mejor que a una esclava. Fran la llevó a su casa cuando la encontró desmayada de hambre en el parque. Tiene un corazón de oro y es maravillosa con los niños, y conmigo también. Así que ambas tenemos en común el haber sido rescatadas.

– ¿Fran te llevó a su casa tras el accidente?

– En cuanto terminé la rehabilitación, aunque lo hizo parecer como si yo le estuviera haciendo el favor de obligarla a enfrentarse al sótano de una vez por todas. Así que tras sacar los trastos viejos, se dedicó a ampliarlo y convertirlo en un apartamento con jardín. Y Connie todavía se comporta como si yo no pudiera hacer frente a las tareas domésticas. En cuanto salgo del piso, ya baja ella con la aspiradora en mano. Bueno, ¿así que pensaste que fui yo la que atendió tu llamada? -preguntó. Al ver que Sebastian ni lo confirmaba ni lo negaba, exclamó entre risas-: ¡Sí, lo pensaste!

Matty deseó no haberse precipitado en marcharse. Si hubiese sido más valiente estaría junto a él, con la mano en la suya mientras él le explicaba sus ideas respecto a un tipo de tarjetas personalizadas que se imprimirían en el acto. No le era fácil concentrarse, ni siquiera amparada en la seguridad de la distancia que los separaba. El solo hecho de mirarlo le impedía pensar con claridad.

Se preguntaba cómo sería sentir sus cabellos entre los dedos, cómo olería su piel al salir de la ducha, cómo sería sentir sus largos dedos acariciándola.

El esfuerzo por volver a la realidad la hizo estremecerse.

Sebastian dejó de hablar y la miró con preocupación.

– Matty, ¿te encuentras bien?

Ella tragó saliva y luego asintió.

– Lo siento. Es el aire acondicionado -mintió.

– Vaya.

La única molestia con la temperatura radicaba en su interior. Era el calor y no el frío lo que le causaba problemas.

Acostumbrada como estaba a salir completamente ilesa de cualquier coqueteo, siempre se había sentido a salvo, y nunca se le había ocurrido pensar en los riesgos que podría correr cuando abordó a Sebastian aquella noche en la recepción de Fran y Guy, irrumpiendo en su oscuro ensimismamiento.

– Volviendo a la impresión de tarjetas, ¿no será muy costosa la producción? ¿Qué me dices del entrenamiento del personal? -preguntó haciendo un gran esfuerzo por concentrarse.

– Me han dicho que no hará falta más que una fotocopiadora. Podrás comprobarlo por ti misma cuando el prototipo esté preparado.

– ¿Ya has pensado en eso?

– Tengo un cuñado experto en estas materias. Dice que dispone de un equipo informático capaz de realizar el trabajo con un mínimo de adaptación. Todo lo que necesitamos es alguien que se encargue de preparar la programación y ya lo tendremos resuelto. Además, mi cuñado conoce a esa persona -declaró entusiasmado, pero al ver su expresión dudosa, añadió-: No se trata de nueva tecnología, Matty. Tú misma puedes imprimir tarjetas de negocios personalizadas en cualquier gasolinera.

– Sí, pero…

– Esto no es tan diferente. Los diseños son fijos. El comprador sólo tiene que programar cada nombre. Aunque hay un pequeño problema.

– ¿De veras? ¿Sólo uno?

– No sólo necesito tus dibujos, también tendré que pedirte que los adaptes un poco.

– ¿Y si no quiero?

– Bueno, hay otros abecedarios -replicó inexpresivamente, pero sus ojos, del color del mar en un día de sol, le aseguraron que sabía que no se iba a negar-. No me cabe duda de que hay muchos editores que estarían contentos de llevarse mi dinero.

– Es verdad. Tal vez deberías preguntarle a tu asesora qué es lo que sugiere.

– Como asesora de la empresa, ¿qué sugieres, Matty?

– Te aconsejaría que ahorraras tu dinero y utilizaras la opción por la que ya has pagado.

– ¿Estás de acuerdo, entonces? -dijo mientras se acercaba y le tomaba la mano que, esa vez, ella no retiró-. Gracias.

– Agradéceselo a Blanche. Desde ayer guarda un talón para mí. Tengo entendido que tiene fondos.

– Cuentas con mi garantía personal -afirmó al tiempo que le apretaba la mano-. Tienes la mano fría. Tal vez podríamos continuar la conversación en un sitio más abrigado. ¿Tienes hambre?

– Parece que alimentarme se ha convertido en el trabajo de tu vida, ¿no es así? No, no contestes esa pregunta. Sí, tengo hambre. ¿Podrás conseguir una mesa en Giovanni's a esta hora? -preguntó bromeando.

– Te sorprenderías de todo lo que puedo hacer, pero he pensado en algo menos formal. Podríamos aprovechar este día de sol y comer al aire libre.

– ¿Un picnic en el parque? De acuerdo, pero para hacer un picnic se requiere algo de comida.

– ¿Crees que invitaría a una dama con las manos vacías? Quiero que sepas que llegué a tu casa armado de un bocadillo de aguacate, exactamente como lo pediste -declaró antes de indicar la mesa detrás de ella.

Matty miró por encima del hombro y vio una bolsa con el nombre de una elegante pastelería. Debió de haberla dejado allí cuando llegó.

Matty se preguntó cuánto tiempo habría estado en el umbral de la puerta antes de que ella sintiera el hormigueo de advertencia en la nuca.

– Lo del bocadillo era una broma. Ahora sí que me siento incómoda.

– Como sé que ahora no me vas a rechazar, te perdono.

– ¿No será una excusa para no trabajar? ¿No deberías estar organizando tu plan maestro para salvar a Coronet?

– Tú eres mi plan maestro.

Eso era bueno. A Matty la hacía feliz ser su plan maestro. El problema era lo de tomarse de la mano continuamente y el picnic en el parque.

Finalmente reunió la fuerza suficiente para librar su mano de la de Sebastian.

– Una buena razón para volver a mi tablero de dibujo y empezar la adaptación de las ilustraciones para ti.

– Esto será una comida de trabajo. Primero tenemos que negociar tus honorarios por todo el trabajo extra que tendrás que hacer. Luego tendremos que discutir sobre la gama de productos basados en tu abecedario. Me preguntaba si has hecho algo más para Toby. Tengo algunas ideas, pero…

– ¿Estás planeando una gama completa de artículos basados en el abecedario? -preguntó, en tono dudoso.

– Sí que sabes cómo desinflar el ego de un hombre -comentó Sebastian, con una sonrisa.

– ¿Qué tiene que ver tu ego con esto? Como asesora de Coronet es mi deber sacar el máximo partido de las inversiones de la empresa. Y como diseñadora de la nueva gama que me propones, tengo que velar por mis propios intereses.

– ¿Entonces aceptas hacerte cargo de ambas cosas?

– Sí.

– ¿Nos vamos entonces?

Sebastian iba junto a la silla de Matty cuando cruzaron la calle y entraron en el parque.

– Así está mejor -dijo ella antes de detener su silla junto a un banco a la sombra de los árboles.

– ¿Qué? -preguntó Sebastian mientras se sentaba a su lado.

– Que por fin te has tranquilizado.

– Nunca he estado intranquilo -se defendió, pero al ver que ella se limitaba a sonreír, añadió-: De acuerdo, tal vez me puso ansioso ver que lo peatones ni siquiera se apartan para dejarte pasar.

– ¿Y por qué deberían hacerlo?

– Bueno, ese chico de los patines casi chocó contigo.

– ¿Piensas que debería ir con una campanilla para pedir a los peatones que me cedan el paso?

Sebastian se dio cuenta de que se había metido en un problema.

– La verdad es que no pienso nada -optó por decir.

– ¿Quieres que cambiemos de tema? -sugirió ella, con una sonrisa.

– ¿Estaba bueno el bocadillo? -preguntó Sebastian un poco más tarde, cuando Matty terminó de comer y retiró las migas de las piernas antes de arrojárselas a los gorriones, que rondaban expectantes.

– Estaba delicioso. Gracias. Decididamente podría acostumbrarme a esto.

– Todavía queda uno de queso con pepinillos en vinagre ¿O prefieres un postre?

– ¿Postre? -preguntó. Cuado se inclinó a examinar la bolsa, uno de sus rizos tocó la mejilla de Sebastian y él sintió que todas las células de su cuerpo respondían a su cercanía-. ¿Qué postre? -inquirió alzando la vista, con los ojos más oscuros que el ámbar a la tenue luz bajo los árboles-. Aquí no hay más que una manzana.

– ¿Nunca me vas a conceder el beneficio de la duda? -preguntó al tiempo que le tomaba la cara cuando ella, un tanto confundida, intentó echarse hacia atrás-. ¿Cuándo piensas confiar en mí, Matty?

– Bueno… -empezó a decir y se quedó sin palabras.

– No importa -murmuró Sebastian mientras inclinaba la cabeza hasta sentir la suavidad de los generosos labios de Matty bajo los suyos.

Capítulo 6

MATTY apenas tuvo tiempo de darse cuenta de que la había besado antes de que él se levantara, sin duda arrepentido del impulso y ansioso por alejarse de ella.

– Vamos, hay un carrito de helados junto al estanque.

«Es demasiado tarde para arrepentirse», pensó Matty. Todo lo que podía hacer era ignorar su pulso acelerado y actuar como si nada hubiera ocurrido.

– Realmente sabe cómo llegar al corazón de una mujer, señor Wolseley -dijo con la esperanza de que su voz fingidamente radiante y despreocupada lograse convencerlo.

– ¿Tú crees? -respondió en un tono extrañamente neutro mientras miraba hacia el estanque, sin que ella lograra ver su expresión-. Tal vez tengas razón pero, según mi experiencia, se necesita algo más que un helado para conseguirlo.

– No me cabe duda de que tú puedes hacerlo.

Nadie la había besado de ese modo desde el día en que su coche se deslizó por una capa de hielo y fue a estrellarse contra un muro. Y su pobre cuerpo traidor se había encendido de tal modo que con toda seguridad él lo había notado.

Se había encendido de una manera que Matty no creyó que todavía fuera posible. No se trataba sólo del ramalazo sexual, sino de algo más profundo. Y deseó quedarse quieta, reviviendo ese instante una y otra vez.

Sin embargo, Sebastian había empezado a recoger los desperdicios para arrojarlos a un basurero no lejos de allí, ansioso por moverse y sin duda preguntándose qué le había sucedido.

Ambos se sentirían tal vez más cómodos si ella se marchara con una excusa. Aunque el negocio que se traían entre manos era demasiado importante como para permitir que una momentánea insensatez por ambas partes lo arruinara todo.

Si él podía sacarlo adelante y vender la idea a un mayorista, posiblemente el dinero por derechos de autor le proporcionaría a ella unos ingresos regulares con los que podría ahorrar para comprarse una casa.

Eso era más importante que una incomodidad momentánea. Eso y asegurar las pensiones de jubilación de Blanche y del resto del personal de la empresa.

Esas cosas perdurarían aun después de que Sebastian hubiera regresado a Nueva York y olvidado todo lo sucedido entre ellos.

Tenía que comportarse como si nada hubiera ocurrido. Como si el beso de un hombre tan apuesto fuese algo normal, algo que no merecía un segundo pensamiento.

Así que Matty escondió sus sentimientos y toda la magia de lo ocurrido tras una radiante sonrisa.

– El que llegue el último paga los helados.

– ¿Quieres echar una carrera conmigo?

– ¿Crees que podrías ganarme? Oye, sería una pena desperdiciar ese bocadillo. Estoy segura de que los patos te lo agradecerían.

– ¿Los patos? -preguntó Sebastian, que todavía intentaba recuperarse de la caricia que lo había dejado tembloroso-. De acuerdo -dijo al tiempo que volvía sobre sus pasos para recuperar el bocadillo de la basura.

No había tenido intención de besar a Matty. Había sido un gesto espontáneo que le sirvió para darse cuenta de que en los últimos años había controlado excesivamente sus emociones.

No había habido el menor artificio en la caricia, el menor cálculo. Había sucedido tan repentinamente que sintió que era algo bueno.

Y todavía le parecía bueno al recordar el modo en que los labios femeninos habían buscado los suyos, el aroma de su piel. Sí, perfecto.

Si por primera vez en muchos años se dejaba llevar por el corazón más que por la cabeza, tenía que reconocer que la experiencia había sido algo más que un susto. Aunque en ese instante no habría sabido decir si su corazón latía de deseo o de terror.

– ¿Estás segura de que los pepinillos no le harán daño a los patos? -preguntó, y al no tener respuesta, se volvió hacia ella; pero Matty se había alejado aceleradamente.

Por un segundo temió que hubiera aprovechado su distracción para escapar de él, pero al ver que se detenía junto al carrito de los helados y hablaba con el hombre, no pudo menos que reír.

Era posible que el beso la hubiera tomado por sorpresa, lo mismo que le había ocurrido a él, pero no la había escandalizado aquella descarada libertad. De hecho, Sebastian estaba seguro de que, tras la sorpresa, ella le había devuelto la caricia.

Aunque no podía negar su terror, reconoció que es-taba preparado para correr el riesgo por esa mujer. Así que, sonriendo, se reunió con ella.

Matty ya había hecho el pedido y en ese momento le tendía unas monedas al heladero.

– Buena jugada, Matty, aunque creí que el perdedor tenía que pagar.

Ella recogió el cambio y Sebastian los helados.

– Olvidé lo del perdedor, desgraciadamente -comentó encogiéndose de hombros en un gesto casual.

– Eres una mujer. Y las mujeres siempre llevan ventaja -rebatió al tiempo que desviaba la vista hacia los patos para no mirar la boca de Matty, que saboreaba su helado. Sebastian no pudo dejar de pensar cómo sentiría esa boca, fría por el helado y cálida bajo su lengua.

Matty dejó escapar un pequeño suspiro de alivio. Habían pasado la escena del beso sin incomodidad, dispuestos a reanudar la conversación.

Seguro que, al ser hombre, Sebastian olvidaría lo sucedido y ambos continuarían con su relación profesional. Porque ella en ningún momento pensó que el beso hubiera sido algo especial para él. Había sido uno de esos besos oportunos. Los labios de ella habían estado a mano y él… bueno, no sabía a ciencia cierta en qué había pensado. Sin embargo, podría haber habido un mensaje como «eres una mujer… y te deseo».

Había sido un beso que podría conducir a algo más, o tal vez no. En todo caso había sido memorable y lo único que tenía que hacer era evitar que Sebastian se sintiera culpable por haberla invitado a dar un paseo. No quería que pensara que ella podría tomar la caricia como una declaración de… cualquier cosa.

Como gesto de independencia, Matty se alejó de él y acercó la silla a la orilla del estanque.

– Verás, estaba pensando en hacer un friso para la habitación de Toby -comentó con naturalidad, entre dos bocados de helado. Fue fácil. Hacía mucho tiempo que gobernaba el arte de ocultar sus sentimientos-. Utilizando el alfabeto -añadió y, al ver que no contestaba, se volvió a mirarlo. Parecía más interesado en los patos que en sus palabras-. Si quieres, podría hacer una maqueta para tu reunión de la próxima semana -insistió.

– Agradezco todas las ideas -dijo él finalmente, acomodándose en el césped junto a ella-. Pero Blanche pedirá al departamento de producción que se encargue o*e todos los diseños de maquetas.

Lo que significaba que no quería implicarla en su empresa más de lo necesario, pensó Matty.

– Si eso es lo que prefieres… -accedió con un tono que intentaba ocultar cualquier sugerencia de sentirse rechazada.

¿No era eso lo que ella misma quería?

– Para eso se les paga, Matty -declaró, al parecer consciente de su desilusión.

– No te preocupes -replicó despreocupadamente, esforzándose por recuperar el respeto a sí misma-. Te cobraré cada minuto de mi tiempo.

– Eso está muy bien -dijo al tiempo que la miraba-. Si pago por tus servicios me corresponde a mí decidir lo que hagas -agregó con suavidad, pero con firmeza.

Una advertencia para que no lo pusiera a prueba de esa manera, pensó Matty.

– ¿Qué tienes pensado?

Durante un instante sus ojos se encontraron y la atmósfera entre ellos se tornó tan cálida y peligrosa que si Matty hubiera estado de pie, habría retrocedido.

Entonces, Sebastian permaneció con los ojos cerrados un segundo, como si cerrara una puerta. Cuando los volvió a abrir estaban serenos, ligeramente distantes.

– Primero, quiero que me acompañes a echarle una mirada al equipo informático.

– ¿Sí? -preguntó. Naturalmente que le interesaba acompañarlo, porque podría hacer sugerencias sobre la composición. Pero estaba claro que demasiado tiempo junto al inquietante Sebastian Wolseley no era prudente. Ni siquiera debió haber ido al picnic en el parque. Lo más sensato sería interponer a Blanche entre ellos. Y Matty intentó actuar con sensatez-. No sé casi nada sobre equipos informáticos.

– No quiero que me acompañes por eso. Es posible que me equivoque, pero mis investigaciones me han hecho concluir que son las mujeres quienes compran la mayoría de las tarjetas de felicitación.

– ¿Y pie necesitas para eso? Se me ocurre que lo único que necesitas es hacerlas en tono rosa -sugirió con inocencia.

– ¿He tocado algún punto sensible? ¿Voy a tener que oír una conferencia basada en el manual de las feministas? -preguntó sonriendo.

– ¿Estás familiarizado con el tema?

– Como todos los hombres de mi generación, Matty -comentó al tiempo que moldeaba el helado con la lengua, excitando zonas del cuerpo femenino que Matty había olvidado que existían-. ¿Es en este momento cuando tengo que decir que me avergüenzo profundamente de lo que he dicho?

Matty sabía que le estaba tomando el pelo, pero se sentía tan aliviada de dar rienda suelta a una emoción que no tenía que esconder, que lo miró con exagerado enfado.

– No te creería, incluso aunque lo hicieras.

– Sí, señora -replicó con sorna.

Matty tuvo la certeza de que él disfrutaba de la situación. Y eso era bueno. Volvían a los antiguos pinchazos bien intencionados.

– Lo que necesitas es un amable comerciante detallista dispuesto a poner en funcionamiento el equipo y así sondear el mercado -sugirió.

– Aunque podría ser complicado. Verás, tendría que ser un comerciante independiente, porque si logro interesar al comprador mayorista que veré la próxima semana, querrá un contrato en exclusiva para su cadena de tiendas.

– Nada menos que ochocientas tiendas.

– Como dijiste, es un buen montón de tarjetas -convino Sebastian.

– Puede ser, aunque los comerciantes independientes también tienen derecho a ganarse la vida -rebatió Matty.

– Estoy de acuerdo. Pero desgraciadamente son ven: tas al por menor. Las cadenas comerciales son las únicas que pueden comprar grandes cantidades. Y cuantas más ventas haya, más dinero ganarás.

– ¿Crees que voy a comprometer mis ideales en beneficio propio?

– ¿No es ésa la razón que te ha traído a compartir tu almuerzo conmigo?

Era cierto que había dicho algo por el estilo, no podía negarlo.

– Una de las razones. Bueno, voy a pensarlo. Por lo demás, si el público compra las tarjetas, también comprará el abecedario a juego.

– De acuerdo entonces, pero no olvides que necesito que le eches una mirada al prototipo. Sé que puedo confiar en ti para que me digas lo que piensas. Estoy seguro de que nunca te dejarías llevar por mi opinión si detectas imperfecciones en el sistema.

– Ni por un segundo. Cuenta con ello.

– ¿Dispones de tiempo libre el sábado por la mañana? ¿O tienes un encargo que necesita toda tu atención?

Nada importante. Pero en la batalla de su propia conservación se negaba a entregarle una invitación abierta para disponer de su tiempo o de su corazón.

– Puedo disponer de un par de horas para ti. ¿Te viene bien?

– No, quiero que estés conmigo el sábado y también en la reunión que tendré con el comprador próxima-mente. No necesito decirte cuánto nos jugamos en ello.

– No me quieres allí, Sebastian.

– ¿No?

Sebastian no se mostró particularmente sorprendido ante su reticencia. Desde su primera llamada, había hecho lo imposible para mantenerlo a distancia. Era más fácil coquetear con un hombre al que nunca se volvería a ver. Despedirlo con unas palabras cortantes para no tener que esperar una llamada telefónica. Rechazar para evitar el dolor de sentirse rechazada.

Sebastian se dio cuenta de que era muy fácil herirla. Se preguntó cuántas personas que le encargaban trabajos sabían que estaba postrada en una silla de ruedas.

El teléfono e Internet eran instrumentos útiles para mantener una distancia segura entre ella y sus clientes. Para protegerlos de la realidad y a ella de los prejuicios.

Sin embargo, su incapacidad física no disminuía su valor como persona, sino todo lo contrario. El hecho de enfrentarse con buen talante a los problemas que la vida le arrojaba diariamente, hacía de Matty una mujer muy especial.

Sebastian acabó de tomar su helado y, tras chuparse un pulgar, se volvió a ella.

– Me alegra oír que tengas en consideración lo que no quiero, Matty. Aquí estoy, sentado en el parque, en un día muy hermoso, junto a una mujer que me inspira pensamientos muy eróticos y lo único que realmente no quiero es hablar de negocios -declaró al tiempo que volvía la cabeza para mirarla.

– Mentiste -murmuró, sonrojada.

– Todo el mundo miente, Matty -declaró. Luego esperó a que ella le dijera que estaba equivocado, que era un cínico. Pero no lo hizo. No era tan ingenua-. Al menos lo he confesado. Pudiste haber dejado que comiera solo. Al ver que no lo hacías, pensé que te alegraba mi compañía. Desgraciadamente, eres una mujer tenaz y no vas a renunciar…

– ¿Cuál es el punto en cuestión? -lo cortó bruscamente.

– El punto en cuestión es que preferiría no estropear este momento hablando de negocios. Pero, como soy un chico bueno, te dejaré…

– Son tus negocios -volvió a interrumpirlo.

– No quieres acompañarme a comer con el posible comprador la próxima semana porque… -Sebastian hizo un ademán para que ella completara la frase.

Pero ella señaló al estanque con lo que le quedaba del cono de helado.

– Voy a dar de comer a los patos.

– Mejor -repuso con una sonrisa mientras partía el bocadillo y arrojaba pedacitos al agua-. Mucho mejor.

– ¿No ha venido Matty contigo? -preguntó Blanche mientras lo seguía al despacho.

– No, pero he estado pensando cómo podemos utilizar sus ilustraciones -contestó, y acto seguido le explicó brevemente lo que tenía en mente-. Habrá que modificar ligeramente el material gráfico y, como no disponemos de mucho tiempo, Matty ha ido directamente a su casa a trabajar en ello.

– Matty es una mujer encantadora -Blanche se limitó a comentar.

– Yo también lo creo.

– Pero vulnerable.

– ¿Cuál es el punto en cuestión?

– No se me ha pasado por alto la forma en que te mira, Sebastian. Sé que sus sentimientos no son asunto tuyo, pero no deberías estimularla. No es justo.

– Ella no es Blanche Appleby y yo no soy George.

– Puede que no -rebatió sonrojándose ligeramente-. Pero sería un gesto bondadoso por tu parte atenerte estrictamente a los negocios.

– Espero que simpatices un poco conmigo, Blanche. Si hubieras mirado en la otra dirección, habrías visto cómo la miraba yo y, créeme, sean cuales sean sus sentimientos, Matty hace muy bien en mantenerme a distancia.

Blanche lo miró fijamente unos segundos.

– No le hagas daño, Sebastian -dijo finalmente y, sin esperar respuesta, salió del despacho.

Capítulo 7

MATTY no durmió nada bien aquella noche. Había trabajado hasta muy tarde en el ordenador, adaptando las ilustraciones a fin de dejar espacio suficiente para el nombre de un niño. También había añadido pequeños detalles a modo de marco para darles un aspecto un poco más acabado.

Se había entregado al trabajo con absoluta concentración, en gran parte para evitar que Sebastian Wolseley irrumpiera en sus pensamientos.

Estuvo muy bien hasta que llegó a la letra X, y entonces el vivido recuerdo de Sebastian en el parque confesándole sus pensamientos eróticos y el beso que a ella le provocó los mismos pensamientos, se apoderaron de su mente.

Matty revivió la escena, hasta el momento en que se dedicaron a alimentar a los patos sin volver a hablar de lo ocurrido. Más tarde, pasearon lentamente por el parque camino a la oficina.

Hablaron de música, de arte en general buscando gustos e intereses comunes. Descubrieron que a ambos les encantaba Mozart, el jazz moderno y Frank Sinatra. Y que sus gustos en arte moderno coincidían plenamente.

Justo cuando se acercaban al coche de ella, Matty le preguntó por qué se había trasladado a Nueva York. En lugar de satisfacer su curiosidad, él preguntó:

– ¿Puedo ayudarte?

– No, gracias. Puedo manejarme sola -respondió intentando no hacer torpezas al acometer la complicada tarea de instalarse ante el volante.

Era algo que hacía automáticamente, casi sin pensar. Pero con Sebastian observando la maniobra se sintió incómoda, consciente de sí misma.

Minusválida.

Por fin aferrada al volante, volvió la cabeza para despedirse de él. Había anticipado que le daría un fraternal beso de despedida en la mejilla, como cuando besaba a Fran.

Pero ni siquiera hizo eso. Se limitó a cubrirle una mano con la suya.

– ¿Llevarás el disco a la oficina cuando hagas los cambios?

– Estaré muy ocupada, pero lo mandaré con un mensajero.

Matty pensó que iba a protestar, pero no lo hizo.

– Llama a Blanche. Ella se encargará de todo -dijo en cambio.

Matty tragó saliva al tiempo que se decía que era estúpido sentirse desilusionada. A fin de cuentas, era eso lo que ella quería.

– Lo haré.

– Hasta el sábado, entonces. ¿Te parece bien a las ocho, o es demasiado pronto para ti?

Ella negó con la cabeza.

– Las ocho es buena hora.

Con un último toque a su mano, Sebastian se alejó.

Ella lo miró por el espejo retrovisor hasta que desapareció de su vista. Entonces puso en marcha el motor y, completamente decidida a no permitirle entrar en su mente, se concentró en la carretera.

A partir de la X tuvo que esforzarse para acabar con las dos últimas letras antes de copiar todo el trabajo en un disco.

Cuando finalmente reposó la cabeza en las almohadas, dispuesta a dormir cómodamente, los sueños no la dejaron en paz.

Y muy temprano en la mañana, se había puesto a hacer su programa de ejercicios con más energía de lo habitual. Trabajó con las piernas, brazos y hombros hasta sentir que le quemaban.

Cuando hubo acabado, llamó a Blanche para decirle que el disco estaba listo para que pasaran a buscarlo.

Estaba ordenando los papeles para empezar a hacer la declaración de la renta cuando sonó el timbre de la puerta de calle.

– ¿Sí? -preguntó a través del portero automático.

– Mensajero. ¿Un paquete para Coronet?

Casi había esperado que fuese Sebastian, pero el tono de voz era decididamente escocés. Tras abrir la puerta, fue a su mesa para recoger el paquete con el disco.

– Deberías instalar una videocámara en la puerta de la calle -sugirió Sebastian minutos más tarde, todavía con acento escocés-. Podía haber sido cualquier otro.

– Eres cualquier otro -replicó, furiosa al verse engañada, pero momentáneamente distraída al notar lo bien que le quedaban los gastados vaqueros ajustados. Luego, tras un gran esfuerzo, apartó la mirada de las caderas masculinas y la fijó en su rostro-. ¿No tienes nada mejor que hacer que jugar a los mensajeros?

– Voy a llevar el disco directamente a mi cuñado, que me espera con el ingeniero de programación. ¿Es éste?

– Sí -dijo ella arrepentida de su explosión y sintiéndose muy estúpida cuando le tendió el paquete-. Lo siento.

– No te preocupes. Me encanta verte sonrojada. ¿Por qué no vienes conmigo? Josh va a trabajar en su taller privado. La casa está muy cerca de la costa. Podríamos entregarle el disco y luego ir a comer algo…

– ¡No! -saltó Matty-. Gracias, pero tengo un programa muy apretado para el resto de la semana -añadió con más suavidad.

– ¿De veras? Blanche me dijo que estabas ocupada con tus cuentas.

– Sí, con el libro de cuentas. La declaración de la renta es un trabajo pesado para mí.

– Yo te la hago a cambio de una cena.

– No sé cocinar -mintió.

– ¿Quién dijo que ibas a prepararla tú? Pero no te voy a presionar. Me hago cargo de que prefieres pasar el día ordenando tus facturas que paseando conmigo.

– Yo no paseo -puntualizó. Él se encogió de hombros.

– Es una forma de hablar. Yo paseo y tú ruedas.

– Eso es lo que hago. Una invitación demasiado tentadora como para perdérsela, pero de alguna manera voy a superar mi desilusión.

– Sólo hasta el próximo sábado -replicó con una sonrisa.

– Asegúrate de cerrar la puerta cuando salgas.

Una hora después, apareció Fran con un técnico que iba a conectar el portero automático a una videocámara.

– Guy piensa que te sentirás más segura si puedes ver quién llama a la puerta -explicó Fran. Matty se las arregló para no echarse a reír.

– ¿Eso dijo Guy? ¿Cuándo?

– Llamó desde su oficina. Al parecer estaba hablando con alguien acerca, de una amiga que había abierto la puerta a un falso mensajero.

– Terrible. ¿Y qué quería el falso mensajero?

– No lo sé. Guy no me lo dijo -informó Fran con absoluta naturalidad e inocencia.

Estaba claro que pensaba que había sido idea de su adorable marido.

Sí, Sebastian era muy listo. Aunque no demasiado, porque la próxima vez no se dejaría engañar por ningún falso mensajero.

– Dile a Guy que se lo agradezco, pero que insisto en pagar la cuenta de la instalación.

– ¿Por qué no vienes a cenar esta noche y se lo dices personalmente?

– ¿Cenar? -preguntó antes de echarse a reír abiertamente.

– ¿Qué te parece tan gracioso?

– Dime, Fran, ¿tengo aspecto de estar desnutrida? -le preguntó Matty.

– No, ¿por qué lo preguntas?

Matty negó con la cabeza.

– Por nada. Lo que pasa es que últimamente todo el mundo quiere alimentarme.

– Qué suerte la tuya. ¿Alguien en particular?

– No, sólo relaciones profesionales.

– Es una pena, aunque yo aceptaría las invitaciones. Mientras tanto ven a cenar con nosotros esta noche. No he pensado en nada especial, pero podemos disfrutar de la terraza con un plato de pasta y una botella de vino para alegrar el ánimo. Apenas te he visto después de la recepción.

– Ambas hemos estado muy ocupadas.

La vida en la planta superior había cambiado totalmente desde que Guy estaba en casa y desde la llegada de la pequeña Stephanie.

Demasiados recordatorios de lo que ella nunca podría tener.

Pero debía superarlo y empezar a contar sus bendiciones. Tenía amigos, una familia que la quería y se ocupaba de ella y el talento que Dios le había dado para ganarse la vida por sí misma.

¿Y Sebastian? ¿Qué había de él?

– Ven sobre las siete y me hablarás de todos los que quieren alimentarte.

Cuando Fran se hubo marchado, Matty se preguntó si Sebastian también iría. «No seas paranoica» se riñó.

Aunque eso no le impidió maquillarse con más cuidado de lo habitual. Luego se quedó mirando su pelo. Lo había dejado crecer para verse más femenina en la boda de Fran. Una estilista la había peinado cuidadosamente, pero eso había durado un día.

Matty intentó poner en su sitio un rizo que parecía tener vida propia. Era indomable y constantemente lo enrollaba en el dedo para apartarlo de la cara cuando estaba pensando, o como una distracción cuando intentaba no pensar.

Desesperada, Matty recurrió al gel fijador para domarlo, pero al cabo de cinco minutos estaba otra vez donde siempre, pero más tieso. La verdad era que el espejo le devolvía la imagen de una gallina asustada.

– Ponte a cloquear -dijo riéndose de sí misma.

¿Qué diablos estaba haciendo? ¿Maquillándose con la improbable esperanza de que Sebastian fuera a cenar a casa de Fran?

¿Por un momento se había parado a pensar que por más carmín que se pusiera en los labios, por más que el pelo estuviera arreglado él se olvidaría de que no podía andar?

Entonces tomó las tijeras que estaban en la cómoda y, todavía riendo aunque con los ojos empañados, cortó el rizo rebelde.

A continuación, con las lágrimas corriendo por las mejillas, impulsivamente arremetió contra sus cabellos.

– ¡Cloquea, cloquea! -se ordenaba a sí misma mientras los rizos caían uno tras otro hasta dejar el suelo sembrado de cabellos oscuros.

Hacía tiempo que la risa se había agotado cuando oyó el sonido del timbre de la puerta de calle.

El sonido la devolvió a la realidad y se vio con las tijeras en la mano. Entonces miró su rostro en el espejo. Estaba muy pálida, con los labios rojos y el pelo…

Matty cerró los ojos un instante para borrar su propia imagen y para retener las lágrimas. Era inútil llorar, ya estaba hecho.

Tras dejar caer las tijeras, se acercó al portero con la videocámara recién instalada. Y allí estaba Sebastian, mirando a la cámara como si supiera que ella estaba allí, observándolo.

– Vete -imploró mientras se secaba las mejillas con la palma de la mano-. Por favor, vete -insistió al tiempo que apagaba el vídeo, incapaz de soportar el dolor de verlo allí.

Tras una larga pausa, oyó que insertaban algo en el buzón.

¿Así que se rendía tan fácilmente?

Era irracional sentirse enfadada. Si no había abierto la puerta era porque sencillamente no había querido abrirla.

Sebastian no se había rendido, sólo había aceptado su decisión.

No, él no la quería, no la deseaba. No debía hacerlo. Había otros hombres buenos, más sencillos, más corrientes que podrían vivir con las limitaciones de su incapacidad, pero al igual que Sebastian, ella necesitaba algo más. Por eso Matty sabía que él necesitaba alguien afín a él, tanto física como mentalmente.

Sebastian confundía la compasión con algo más profundo, y ella no quería ser responsable de sus sentimientos cuando se diera cuenta de ello. No quería ser testigo de su intento por librarse de la relación sin herirla a ella, ni odiarse a sí mismo.

No, no necesitaba para nada volver a verlo.

Ya había hecho todo lo posible por Coronet. De ahí en adelante, se limitaría a llamadas casuales y dejaría puesto el contestador automático para no tener que verse sorprendida por su voz. Además, estaría demasiado ocupada con otra «asesoría». Y si la necesitaba para trabajar en las ilustraciones, tendría que limitarse al correo electrónico.

Matty recogió el sobre que él había echado al buzón.

Era grande y de color marrón. Al abrirlo vio que contenía tarjetas de felicitación. Entonces las desplegó sobre su falda. Era sus tarjetas, su trabajo acabado. «J de Josh» «B de Beatrice», «D de Danny», «S de Sebastian».

Josh era el cuñado de Sebastian. ¿Pero quién era Beatrice? ¿Y Danny?

Había una breve nota en la tarjeta con la letra S.

Matty, me habría encantado «construir ante vuestra puerta un cabaña de sauce», pero tengo planes para esta noche que no puedo cancelar. Mientras tanto, aquí está lo que hemos logrado hasta el momento.

Sebastian.

¿Planes? ¿Para qué? Si hubiera ido a cenar con Fran y Guy, le habría bastado cruzar el jardín y entregarle las tarjetas personalmente. No era un hombre que comprendiera el significado de la palabra «No».

«Bueno, lo que él haga no es cosa tuya», se dijo intentando no sentir celos, ni pensar que ya había encontrado a otra chica a quien pudiera mirar a los ojos sin tener que arrodillarse.

Luego volvió a leer la nota. ¿Una cabaña de sauce?

Vagamente la reconoció como una cita de algo que había estudiado en el colegio. Fran tendría que saber de qué se trataba, siempre se le habían dado bien esas cosas.

Al mirarse en el espejo del vestíbulo, dejó escapar un grito ahogado. Con ese aspecto de ninguna manera podía subir a cenar con ellos.

Tendría que llamar a Fran y decirle que había recibido un encargo muy urgente. Si alegaba cansancio no pasaría ni un minuto y ya la tendría a su lado, y no quería que nadie la viera con ese pelo, especialmente Fran. Le bastaría una mirada para darse cuenta de todo.

– ¿Una cabaña de sauce? -repitió Fran, minutos más tarde-. Es de Shakespeare. Noche de Epifanía, ¿no te acuerdas? Verás, Olivia pregunta a Viola qué haría si amara a alguien que no le correspondiera y… Espera, no cuelgues… -se produjo un sonido como si una mano hubiese tapado el auricular-. Lo buscaré y podrás verlo cuando subas.

– No, por eso te llamaba. Acabo de recibir un fax relacionado con las ilustraciones que he estado haciendo esta semana. Quieren que las modifique un poco y debo entregarlas a primera hora de la mañana.

– De acuerdo, si tienes que trabajar lo dejaremos para otra ocasión.

– Desde luego. ¿Y qué hay de la cita de Shakespeare? -insistió Matty.

– Me parece que dice así: «Me haría una cabaña de sauce ante vuestra puerta…»

– «Me haría una cabaña de sauce ante vuestra puerta e invocaría a mi alma dentro de vuestra casa. Escribiría sentidos versos de despreciado amor y los cantaría a toda voz…»

Matty dejó caer el auricular y se giró. Ahí estaba Sebastian, apoyado en el marco de la puerta, con un esmoquin que le sentaba maravillosamente recitando los versos de Shakespeare.

– ¡Para ya! -gritó, desesperada.

– «En la profundidad de la noche…»

– ¡No! No sigas. Por favor, Sebastian, no me hagas esto. No puedo soportarlo -imploró traicionando todos los sentimientos que había ocultado con tanto dolor.

Sebastián cruzó la habitación y tomó el auricular.

– Está bien, Fran. Gracias -dijo antes de cortar la comunicación.

– ¡No está bien!

– ¿Quieres decirme qué ha sucedido? -preguntó Sebastian suavemente sin hacer caso de sus palabras al tiempo que deslizaba la mano por sus cabellos hasta dejarla reposar en la nuca-. ¿Un mal día para tu pelo?

– El rizo no quería acomodarse.

– ¿Y decidiste matarlo?

– Eso es -afirmó. Si lograba hacerlo reír, él olvidaría su grito desesperado-. Ahora ya sabes la verdad. Soy una asesina de rizos.

Él se limitó a sonreír con una ternura conmovedora y, aunque su mano abandonó la nuca, sólo fue para tomarle ambas manos mientras se arrodillaba ante ella.

– No me refiero a lo de hoy, Matty. Lo has hecho antes, ¿verdad?

¿Qué diablos le había contado Fran? ¿Cómo se había atrevido?

– ¿Qué…?

– Arriba -Sebastian la interrumpió-, en el despacho de Fran, hay una fotografía de vosotras. Me imagino que fue hecha cuando erais estudiantes.

Matty recordaba la fotografía. Estaba en un tablero donde Fran había pegado varias fotos. La mayoría eran nuevas, pero había una que les habían hecho tras la graduación, cuando fueron de gira por Europa con las mochilas a la espalda, en esos últimos meses antes de empezar a tomarse la vida en serio. Dos jovencitas sonrientes con toda la vida por delante.

– ¿Qué hacías en el despacho de Fran?

– La llave del apartamento de Guy estaba en la caja fuerte. Nos sentamos a conversar un rato y, mientras nos tomábamos una copa, intentamos sacar conclusiones de lo que había sido nuestra vida en los últimos diez años. Entonces llevabas el cabello largo, casi hasta la cintura.

– ¿Y desde cuándo es un crimen cortarse el pelo? -preguntó, y de inmediato se dio cuenta de que había reaccionado exageradamente-. No es nada importante, Sebastian. Simplemente no podía arreglarme una melena tan larga tras el accidente. Eso es todo.

– ¿Así que te la cortaste sola ante un espejo? ¿Adivinaba lo ocurrido? ¿O tal vez Fran le hubiera contado a Guy los detalles de esa triste historia?

– Bueno…

– ¿Eso fue lo que sucedió?

Tenía un nudo en la garganta y, a pesar de que deseaba decirle que la dejara sola, que dejara de perturbarla, que dejara de obligarla a pensar en lo que había sucedido, su lengua se negó a responderle.

– Confía en mí, Matty.

¿Confiar en él? ¿Para qué? ¿Para que escuchara con atención lo que había hecho y quedarse mirándola como si de verdad le importara?

Y de pronto sintió que sí, que eso era lo que tenía que hacer. Contárselo todo.

– Estaba embarazada -murmuró, con voz apagada. Las palabras lograron atravesar la barrera del nudo en la garganta y de la lengua inerte-. Cuando me estrellé contra el muro estaba embarazada. No sólo perdí las piernas. También maté a mi bebé.

Capítulo 8

SEBASTIAN le soltó las manos, se puso de pie y se alejó. Ella cerró los ojos para no ver cómo se marchaba. Era lo que había deseado, aunque se sentía como si fuera a la deriva en las frías aguas de un mar oscuro.

– Matty, toma.

Sorprendida, alzó la vista.

– Pensé que te habías marchado.

Sebastian le tomó la mano y se la puso alrededor del vaso que le tendía.

– Bebe esto.

– Yo no…

– Ahora sí que beberás -dijo con suave firmeza-. Te lo prescribo como una medicina.

– No eres médico.

– No, pero de todos modos te pido que confíes en mí -declaró-. Con calma. Sorbo a sorbo -le advirtió al ver que apuraba la copa. Entonces, sacó el móvil de un bolsillo-. ¿James? Soy Sebastian Wolseley. ¿Podrías hacerme el favor de decirle al presidente que no podré ir a la cena esta noche…?

– No hagas eso -pidió Matty, con la voz ahogada.

– Sí -continuó él, sin hacerle caso-. Una emergencia familiar.

– ¿Qué has hecho? -preguntó cuando él hubo cortado la comunicación.

– Me he escapado de una tediosa cena con un grupo de tediosos hombres de negocios.

– ¿No ibas a cenar con Fran y Guy?

– Voy demasiado bien vestido para eso, ¿no te parece? ¿Te sientes mejor ahora?

– No deberías estar aquí.

– ¿Crees que me voy a marchar sólo con la mitad de la historia? -preguntó al tiempo que se inclinaba y le ponía las manos en la cintura.

– ¿Qué haces?

– Te voy a llevar al sofá y te mantendré abrazada hasta que termines lo que empezaste.

– No soy una inútil, puedes guardarte tu abrazo -replicó, alejándolo de ella.

Luego, con mucho esfuerzo, se acomodó en el sofá.

– ¿Has comido? -preguntó Sebastian al tiempo que colocaba la silla de ruedas muy cerca de ella.

– ¿Qué? No. No me mimes, Sebastian. No me lo merezco.

Él ignoró sus palabras y se quitó la chaqueta. Entonces, sin previo aviso, se sentó junto a ella y la acomodó contra su cuerpo con el brazo en torno a su cintura.

– Siento mucho que hayas perdido a tu bebé, Matty.

– No lo perdí, Sebastian, lo maté.

– Tuviste un accidente. Tu coche patinó en el hielo.

– Fue por mi culpa. No presté atención a la carretera…

– Has pagado un precio muy alto, Matty. Creo que no mereces seguir culpándote.

– ¿De veras? -preguntó, mordaz. Sebastian la miró con tanta compasión que estuvo a punto de echarse a llorar-. Creo saber mejor que tú lo que merezco. Y ahora es cuando me preguntas por el padre, ¿no?

– ¿Dónde diablos se encuentra?

– Felizmente casado con una mujer muy agradable. Esperan el nacimiento de su bebé de un momento a otro.

– ¿Y pensó que querrías enterarte de la noticia?

– Su madre me escribió en Navidad. No quiso que lo supiera por otras personas.

La verdad era que deseaba darle las gracias a Matty, pero ella no se lo dijo a Sebastian.

– Dime, ¿fue muy difícil convencerlo de que se alejara de ti?

Matty empezó a temblar, a pesar de la tibieza del cuerpo de Sebastian junto al suyo. Pero no temblaba de frío. Temblaba de miedo.

Le asustaba la capacidad de comprensión que tenía ese hombre.

– No tan difícil como deshacerse de ti. Escúchame, Sebastian. El accidente fue por mi culpa. Una negligencia criminal.

– ¿Exceso de velocidad? ¿Exceso de alcohol?

– Ninguna de las dos cosas. Eran las ocho de la mañana. Iba camino al trabajo con el móvil en la mano. Intentaba llamar a Michael para contarle las novedades, no podía esperar un minuto más para decirle que iba a ser padre -explicó. Él no dijo nada, pero apoyó los labios en la sien de Matty. Un beso de consuelo-. No se me había ocurrido que podía estar embarazada. No tenía náuseas ni ningún síntoma especial, y la falta del período la achaqué a mi disgusto por la partida de Michael. Su empresa lo había enviado a Chile para trabajar en el proyecto de un puente -dijo antes de hacer una pausa.

– ¿Y entonces?

– Antes de su partida, pasamos unas breves vacaciones en una casa rústica junto al mar. Fue a fines de otoño. Hacía demasiado frío para nadar, pero los días eran luminosos y las laderas de las colinas lucían un tono púrpura, cubiertas de brezo -continuó; perdida en los recuerdos.

Luego las palabras salieron con más fluidez. Le contó que habían paseado, hecho planes para el futuro y que ahí concibieron al bebé. Le contó cómo se habían conocido en una fiesta y que a ella le había parecido que de pronto todas las piezas de su mundo encajaban.

– Así es como uno se siente cuando encuentra a la persona adecuada. Es como si pasaras toda tu vida intentando meter algo donde no cabe, y de repente lo consigues -observó Sebastian con gravedad.

Ella se volvió a mirarlo. Él lo comprendía, desde luego que sí. Ningún hombre llegaba a la mitad de los treinta sin haber entregado el corazón al menos una vez.

– Eso es. Y cuando amas a una persona no te aferras a ella como si te estuvieras ahogando, no la hundes contigo en el agua simplemente porque estás muerto de miedo. El caso es que en ese tiempo me sentía cansada y ese día decidí pasar por una farmacia a comprar unas vitaminas antes de dirigirme al trabajo. Y de pronto me encontré mirando fijamente una caja que contenía un test de embarazo. Fue como si hubiese despertado repentinamente de un sueño. La compré, me encerré en un lavabo y descubrí que ahí estaba nuestro bebé.

El brazo de Sebastian la apretó imperceptiblemente, como si supiera lo mucho que dolían aquellos recuerdos.

– ¿Y qué hiciste?

– Estaba tan emocionada que lo único que quería era compartir con Michael lo que estaba sintiendo. Entonces lo llamé desde el aparcamiento.

– Seguramente en Chile era de madrugada.

– Pensé que podría despertarlo. Pero el teléfono estaba desconectado y no era un tipo de mensaje de los que se pueden dejar en un contestador. Era un día tan hermoso, Sebastian… Muy frío, pero cristalino. El color del cielo era de un tono entre azul y rosa, ¿sabes? Ese matiz de luz que se aprecia antes de que el sol se eleve sobre el horizonte. Vi como mi aliento se condensaba en el aire frío, por todas partes aparecían manchitas de hielo y sentí que era un momento mágico. Estaba tan feliz que decidí llamarlo de nuevo y dejarle un mensaje para que la primera voz que escuchara en la mañana fuera la mía… -murmuró mientras sus lágrimas empapaban la camisa de Sebastian-. La carretera estaba despejada y el móvil en el asiento de al lado, sólo desvié la mirada un segundo…

Entonces, el ruido sordo de las ruedas sobre el pavimento se transformó en un siseo y Matty de pronto no pudo controlar la dirección del vehículo, que fue a estrellarse contra un muro de ladrillos.

– ¿Y luego?

– Cuando recuperé la conciencia en el hospital, mi bebé había desaparecido y Michael estaba sentado junto a la cama. Y lloraba. De alguna manera supe que sus lágrimas no eran sólo por mí o por el bebé perdido, sino también por sí mismo.

– Se me parte el corazón -observó Sebastian, con rabia contenida.

– Yo lo comprendí. Realmente me apoyó muchísimo, incluso quiso dejar su puesto en Chile y venirse a Inglaterra para ayudarme en la rehabilitación.

– ¿Pero…?

– El tenía un trabajo fabuloso. ¿Y qué más podía hacer por mí sino sentarse a mi lado con los brazos cruzados?

– Así que lo enviaste de vuelta a su trabajo -adivinó Sebastian.

– Te he dicho que no podía hacer nada por mí. Si el bebé hubiera sobrevivido, tal vez las cosas habrían sido diferentes. Tras un par de meses, le escribí para decirle que había conocido a un terapeuta en el centro de rehabilitación.

– ¿Y te creyó? ¿Se limitó a aceptarlo? ¿Es que no te conocía en absoluto?

– Debió de haberlo dudado, porque le pidió a su madre que viniera a verme. A ella le bastó una mirada para saber que mentía. Entonces me abrazó llorando y me dio las gracias.

– Oh, Dios…

– ¿Es que no lo ves? Más tarde, Michael se enamoró de una chica que, afortunadamente, amaba todas las cosas que a él le hacían disfrutar. Escalar, salir a navegar, dar largas caminatas… Él no cambió. Yo sí. Era un buen hombre, pero no quise que se sacrificara por mí, Sebastian.

– ¿Piensas que su vida a tu lado de algún modo se habría desvalorizado?

– Tiene una esposa, un bebé en camino. Una vida entera por delante…

– ¿Hay alguna razón que te impida tener hijos? Sé de atletas olímpicos en silla de ruedas que ganan medallas de oro y además tienen hijos.

– Ésa no es la cuestión, Sebastian. Yo tuve mi oportunidad y la perdí en un momento de descuido.

– Si tuviéramos sólo una oportunidad en la vida, la raza humana no habría podido progresar.

Aunque la conversación era muy penosa, al menos Sebastian parecía haber olvidado la razón que la había llevado a cometer aquella barbaridad con sus cabellos. Porque estaba claro que no tardaría demasiado en relacionarla con el mismo hecho que ocurrió en el cuarto de baño del centro de rehabilitación, del cual Fran había sido testigo. Matty había querido acabar con todo lo que quedaba de femenino en su aspecto. Había querido negar su propia esencia de mujer. No sería difícil que él adivinara la razón por la que había vuelto a hacerlo esa misma tarde.

– Tienes razón. Seguramente te mueres de hambre. Voy a limpiar esto y luego comeremos algo -dijo ella al tiempo que se secaba las lágrimas con la palma de la mano y sonreía con decisión.

Sebastian no quería moverse. Estaba muy bien así, con ella en el sofá. Entonces besó su cabeza, sobre los lamentables cabellos.

– Debo admitir que no he comido nada desde el almuerzo. Aunque me pareció oírte decir que no cocinabas.

– ¿Y quién ha hablado de cocinar? Voy a encargar una pizza.

Lo que Matty había hecho no hizo que se sintiera rechazado, más bien se sentía más fuerte, más seguro de ganarla, porque ella no lo habría hecho si él no le importara. Había intentado ahuyentarlo, pero él todavía se encontraba allí. Incluso le ofrecía comida.

– No, cariño, con un teléfono y una tarjeta de crédito cualquier tonto puede encargar una pizza. La verdad es que necesito con urgencia demostrarte que no todos los hombres somos unos inútiles y…

– ¿Me has llamado tonta?

– Y si tienes suerte dejaré que me ayudes en la cocina -continuó como si no la hubiera oído.

– ¿Dónde vamos exactamente? -preguntó Matty bruscamente el sábado por la mañana.

No lo había visto ni hablado con él desde la noche en que intentó ahuyentarlo y en cambio terminaron cenando un sorprendente plato de espaguetis a la carbonara que Sebastian preparó para ella. Más tarde, se despidió con un beso en la frente, como si ella hubiera sido una niña de seis años.

A partir de entonces, a falta de invitaciones para comer, cenar u otros compromisos relacionados con la alimentación, le pareció que él se había arrepentido de haberla alentado a dar rienda suelta a sus emociones sobre su camisa de etiqueta.

La única razón que lo había hecho volver esa mañana era porque la necesitaba para dar los últimos retoques a las tarjetas. Negocios, simplemente.

– Te seguiré, pero prefiero que me des la dirección por si te pierdo de vista.

– ¿Seguirme? ¿Y para qué querrías seguirme?

Estaba claro. Sería una soberana estupidez compartir con él durante largo rato el estrecho espacio de un coche. Aquella noche, con la cara apoyada en su pecho, había oído los violentos latidos del corazón bajo su mejilla, así que no ignoraba el peligro.

El único motivo para acompañarlo era Blanche y el resto del personal de Coronet. Y quizá también lo hiciera un poco por ella. Tenía que pensar en su propio futuro. Un futuro que no incluía a Sebastian Wolseley.

– Por supuesto que me agradaría que viajaras conmigo si quieres, pero sé que muchos hombres odian que los lleve una mujer.

– No es el sexo del conductor lo que podría objetar, sólo su forma de conducir. En todo caso, había pensado que vinieras en mi coche.

– Desgraciadamente, no es tan sencillo, Sebastian. Para empezar, algunos coches son más cómodos que otros para entrar y salir. Por otra parte, mi silla de ruedas ocupa mucho espacio. ¿No dijiste que el coche que te habían prestado era viejo?

– Y lo es. Pero no dije que fuera pequeño. Si puedo meter tu silla sin dificultad, ¿vendrás conmigo?

– De acuerdo, trato hecho -accedió antes de empezar a moverse.

– Espera un poco. ¿No sería mejor comenzar con la silla de ruedas? Así que lo primero que haremos será esto -decidió al tiempo que se inclinaba y ponía las manos bajo los brazos de Matty-. Sería mucho más fácil si me rodearas el cuello con los brazos.

– ¿Qué? No hace falta… Yo…

– Confía en mí, Matty, sé lo que hago -aseguró al tiempo que la ¿Izaba de la silla.

Entonces, sin poderlo evitar, los brazos de Matty volaron alrededor de su cuello y, antes de darse cuenta, estaba en posición vertical, con los brazos de Sebastian sosteniéndola con firmeza contra su pecho.

– Tú no puedes… yo no debería… -empezó a decir.

– Podemos hacer todo lo que deseemos, Matty. No es tan malo, ¿verdad?

¿Malo? ¿Cómo iba a ser malo sentir el cálido aliento en la mejilla y su rostro a unos centímetros del suyo?

Aunque sí, era malo.

La mano en torno a la cintura la ceñía contra su cuerpo de tal modo que entre su piel y la de Sebastian no hubo nada más que seda y algodón. De pronto, sintió que sus pechos se excitaban mientras su instinto femenino, tan antiguo como el tiempo, la urgía a besarlo, a atraerlo hacia sí y nunca dejarlo marchar.

Era demasiado para sus buenas intenciones. ¿Podía sentir Sebastian la respuesta de su cuerpo? ¿Sabía el efecto que ejercía en ella?

Una sonrisa que nació en los ojos de él, y lentamente invadió todo su rostro, fue la respuesta que ella necesitaba.

– Mi dama, ¿quiere bailar conmigo? -murmuró.

Como no fue capaz de responder ni de mirarlo, Matty optó por ocultar la cara en su cuello. Y cuando pudo reunir fuerzas para decirle que no hiciera tonterías, Sebastian ya canturreaba un vals como para sí mismo.

– ¡No! -exclamó al darse cuenta de que iba en serio.

Pero ya era tarde. Con un brazo en torno a la cintura y el otro bajo sus brazos, la ciñó contra su cuerpo y, cantando, empezó a moverse lentamente en grandes círculos, aproximándose cada vez más a la puerta.

Matty no estaba bailando exactamente, pero cada partícula de su cuerpo revivió repentinamente y deseó echarse a reír.

Al llegar a la puerta, la tomó en brazos.

– Es una bailarina sorprendente, señorita Lang, y estoy impaciente por bailar un tango con usted.

– No sin que lleves una rosa entre los dientes.

– Tienes razón. Y ahora sujétate bien -dijo al tiempo que la llevaba a la puerta totalmente abierta y a la luz del sol.

Cuando empezaron a subir la escalera, Matty deseó que no se hubiera cansado mucho con el baile. Como para confirmar sus pensamientos, los músculos del cuello de Sebastian se tensaron y ella sintió en la mejilla su pulso acelerado.

Y al llegar al nivel de la calle, vio a una agente de tráfico que abría la puerta de un Bentley de época cuyas curvas voluptuosas e inmensos faros plateados brillaban a la luz del sol. Mientras Matty continuaba con la boca abierta, Sebastian cruzó la calle.

– Cuidado con la cabeza -dijo mientras la colocaba con todo cuidado en el asiento delantero-. ¿Todo bien? ¿Necesitas cojines? -preguntó sin soltarla mientras ella se acomodaba.

Sin esperar respuesta, Sebastian se inclinó hacia los asientos traseros y, tras sacar unos cojines pequeños, los acomodó en torno a ella.

Matty deslizó las manos sobre la suave piel de la tapicería.

– ¿Ésta es tu idea de un coche viejo?

– Siempre ha estado en la casa familiar, desde que mi abuelo lo adquirió en tiempos inmemoriales. Desde luego, es más viejo que yo.

– Y desde luego que tú eres un anciano.

– Estoy en la plenitud de mi vida -respondió, con los labios muy cerca del rostro de ella.

Ya no podría huir de su cercanía, pensó Matty sin respirar, con la secreta esperanza de recibir otro beso robado.

– Cuando dijiste que lo habías pedido prestado a tu familia me imaginé algo menos… fastuoso.

– ¿No me digas que por primera vez te he dejado impresionada? -preguntó con una sonrisa irónica.

– El coche es lo que me ha impresionado. Por Dios, Sebastian, puedo abrocharme el cinturón sola, no estoy completamente impedida -rezongó y, antes de que se diera cuenta, Sebastian volvió a besarla.

Capítulo 9

FUE UNA caricia breve, como el fogonazo de un relámpago. El beso fue leve, pero su energía la dejó clavada en el asiento. La había tomado por sorpresa, eso era todo.

– ¿Así está bien, señor?

– No podría estar mejor -respondió Sebastian mientras se enderezaba para volverse a la agente de tráfico, que aún sostenía la puerta-. Sólo un minuto mientras voy a buscar la silla de Matty.

– No hay problema, señor.

Para él no había ningún problema. Estaba claro que Sebastian la tenía en la palma de su mano.

– No te olvides de mi bolso. Está en el sofá. ¡Y cuando salgas, cierra la puerta con llave! -dijo a voces.

Y cuando se dio cuenta de que parecía una esposa mandona, optó por cerrar la boca.

– Lamento mucho haberle puesto una multa el otro día. Si hubiera sabido que era tu amigo, habría llamado a tu puerta.

– No te preocupes, Sue.

Tras saludar a Sebastian con la cabeza cuando se acercaba a ellas, la agente se alejó.

– ¿Es éste? -le preguntó a Matty al tiempo que le entregaba el bolso. Entonces acomodó la silla en la parte trasera del coche y luego se sentó ante el volante-. Y no olvidé cerrar la puerta con llave -añadió al tiempo que le alborotaba el pelo-. Bonito corte de pelo a lo garçon.

El día anterior, Matty se había apresurado a ir a la peluquería antes de que Fran se diese cuenta del desastre que había hecho con su pelo.

– Se supone que estas cosas a los hombres les pasan inadvertidas.

– ¿De veras? ¿Y ahora qué vas a hacer con las manos? Siempre estás jugando con tu pelo.

– Entonces tendré que pensar en otra cosa.

– ¿Por qué no pones música? Los discos compactos están en la guantera -Sebastian se volvió a ella con una sonrisa antes de concentrarse en la carretera.;

Al verse sin su silla de ruedas, de pronto Matty se dio cuenta de que se había entregado totalmente en manos de Sebastian.

No había tenido intenciones de acompañarlo, incluso le había dicho que no era necesario. Pero Blanche la había llamado por teléfono con un montón de preguntas de parte del ingeniero de programación. Sebastian no se encontraba en la oficina y nadie sabía dónde se había metido. Entonces, Matty empezó a temer que todo el proyecto fracasara. Después había tenido que preocuparse del material gráfico para el resto de los artículos de la gama del abecedario. Luego, del papel de envolver, del friso y de otras iniciativas que finalmente tuvo que llevar ella misma a la oficina para asegurarse de que Blanche lograra tenerlo todo a tiempo.

Empezaba a quedarle claro que Sebastian se había arrepentido de su intento por sacar a flote la compañía y, a pesar de que le había pedido que dejara el sábado libre para él, fue ella la que tuvo que llamarlo finalmente y verificar a qué hora partirían.

Después de haber hablado con él empezó a sospechar que, tal vez, le hubiera permitido deliberadamente tomar la iniciativa. Aunque aquello era ridículo; todo saldría bien. Podría conducir su propio coche y de ese modo marcharse cuando quisiera, sin Sebastian.

Sin embargo, a pesar de sus intenciones, la intoxicación sensorial producida por él había hecho que olvidara todo lo relacionado con el sentido común.

Repentinamente, una ola de pánico se apoderó de ella y por más que intentó ocultarlo, debió de hacer algún ruido, porque Sebastian se volvió hacia ella.

– ¿Pasa algo?

– No -dijo, pero de inmediato se arrepintió porque no era verdad-. Sí.

Sebastian se detuvo en el bordillo sin hacer caso del cartel que lo prohibía.

– Dime qué sucede. ¿No te acostumbras a mi modo de conducir? -preguntó, preocupado.

– ¡No! No se trata de ti. Soy yo, Sebastian. No me acostumbro a estar sin mi silla. No tengo control sobre lo que pueda ocurrirme -explicó con ansia, intentando hacerle comprender lo que sentía-. Para todo lo que quiera o necesite tendré que depender de ti, y no te conozco lo suficiente como para hacerlo.

– Es cierto. Pero hago lo imposible para remediarlo. Pensé que empezábamos a hacer progresos en ese sentido.

Ella negó con la cabeza.

– Por favor, no me lo pongas más difícil. Sabes que nunca podrá ser así.

– ¿Tienes miedo?

– Sí. Realmente tengo mucho miedo -Matty optó por decir la verdad, porque era importante que él la comprendiera-. Sé que nunca harías nada para hacerme daño deliberadamente, Sebastian. Sólo que no lo has pensado a fondo.

– Durante los últimos dos días he pensado mucho, Matty. Sea lo que sea lo que desees, lo que necesites, tú marcarás el ritmo. ¿Te sentirías mejor si te llevo a casa? -preguntó-. Cuando te presioné para que me acompañaras, sólo pensaba en mí y lo siento. No volveré a hacerlo. Si prefieres que utilicemos tu coche para que te sientas más segura, lo haremos.

– ¿Estás preparado para llevarme de vuelta a casa y cambiar el coche?

– No quiero que te sientas incómoda. Esperaba que hoy nos divirtiéramos. Algo así como un nuevo comienzo para ambos, pero al parecer no he empezado con buen pie -confesó. Matty se dijo que no debía olvidar que se trataba de un nuevo comienzo… en los negocios-. Tú decides, Matty. ¿Qué dirección tomamos? ¿Adelante o hacia atrás?

– Adelante. La vida es demasiado corta para volver sobre nuestros pasos -declaró dando la conversación por terminada. Luego abrió la guantera para sacar un disco.

Durante un segundo Sebastian no se movió, con la vista fija en ella; pero al verla concentrada en los discos, puso el coche en marcha y continuaron el trayecto.

Ella había intentado protegerlo. Ser su amiga. Enviarlo lejos antes de que la novedad dejara de serlo y él recordara que su verdadera vida estaba en Nueva York. ¿Podría amarrarse a una mujer necesitada, pegajosa y exigente?

Con manos temblorosas, puso uno de sus discos favoritos y cuando la voz de Sinatra la invitaba a volar hacia la luna, se volvió hacia Sebastian.

– Háblame de Nueva York -le pidió con una sonrisa mientras sentía que de pronto su tensión se evaporaba tras haber decidido dejar de proteger a ambos del futuro.

Era mejor disfrutar del presente. Disfrutar de un viaje en un coche como aquél. Disfrutar del hecho de que, para variar, la miraran con envidia y no con piedad.

Cualquier cosa que sucediera ese día, o en el resto de su vida, tendría que agradecérsela a Sebastian.

– ¿Nunca has estado allí? -preguntó, mirándola más aliviado.

– No, pero había hecho planes… -alcanzó a decir antes de que desapareciera su sonrisa.

– No hay nada que te impida ir cuando quieras -afirmó en un intento por recuperar la sensación de que estaban juntos, de que eran dos personas viviendo una aventura-. Los planes se pueden volver a hacer. Todo lo que se necesita es un poco de organización.

Sabía muchas cosas de ella, pero todavía había campos minados que podían explotarle en la cara al primer descuido.

Necesitaba que Matty confiara de él, que le contara cuáles habían sido sus sueños antes del accidente para demostrarle que la mayoría de ellos todavía podían convertirse en realidad.

– Lo sé. Y lo haré algún día. Muy pronto, si tu treta con las tarjetas me convierte en una mujer rica.

– Te encantará -comentó callándose el ofrecimiento de llevarla-. Es una ciudad llena de vida y de energía.

No quería que se ocultara tras esa máscara protectora que utilizaba como un escudo. La próxima vez que le preguntara si quería tontear con ella en los arbustos no lo diría bromeando. Quería que lo dijese porque verdaderamente lo sentía.

– ¿Dónde vives? -preguntó.

Sebastian reconoció el truco. Hacerle hablar para permanecer en silencio. Muy bien, al menos era un comienzo, pensó.

Le habló de su amplio apartamento, de su trabajo, de su vida, de los fines de semana en la playa y de los veranos en Cape Cod Matty lo escuchaba con atención y era tan fácil conversar con ella que llegó a olvidar que era él quien tenía que hacerle hablar.

– ¿Con quién sueles viajar? No creo que te falte compañía.

De pronto, Sebastian pensó que hacía mucho tiempo que le faltaba. No se trataba de citas, sino de la auténtica compañía de una mujer con la que un hombre pudiera conversar.

– Suelo viajar con la última mujer con la que esté saliendo. Para ser sincero, no me importa mucho quién sea.

– No es una manera muy amable de referirte a ella.

– Prefiero salir con mujeres que no esperen amabilidad por mi parte. Es menos complicado.

– Todos esperamos consideración, Sebastian -observó, y él tuvo la sensación que acababa de abrir la puerta a su mundo y que, a pesar de su brillante carrera y su alto estilo de vida, ese mundo estaba vacío-. ¿No hay nadie especial?

– No, Matty.

Hacía rato que habían abandonado la carretera principal y ya se internaban por una estatal.

En ese momento, Sebastian vislumbró la casa solariega de sus padres a través de los árboles, pero antes de llegar a ella, cruzó una verja y se internó por un patio pavimentado donde se encontraban las caballerizas que Josh utilizaba como taller.

Tras apagar el motor, se quedó sentado un instante en silencio, pensando en que tenía que hablarle de Helena.

– Una vez tuve alguien especial, pero no funcionó.

Matty sintió una mezcla de celos y de compasión.

– ¿Estuviste casado? -preguntó, con la esperanza de que su interés pareciera simple cortesía.

Después de todo, ya se había dado cuenta de que un hombre de esa edad tenía que haber estado enamorado una o dos veces en su vida.

– La iglesia ya estaba reservada, la encantadora novia había pasado horas escribiendo las invitaciones y las amonestaciones estaban hechas -le informó. Eso explicaba su conocimiento sobre el tema, pensó Matty-. En suma, un desastre, porque no llegamos al altar.

Ella no pensó en el problema de cancelar todo lo que se había organizado, sino en que la mujer que él amaba hubiera cambiado de parecer a última hora. Sin pensarlo, cubrió la mano de Sebastian con la suya.

– Lo siento -murmuró.

Él la miró con una sonrisa irónica.

– No malgastes tu piedad en mí, Matty. Temo no haber sido el hombre que Helena quería que fuera.

Matty se la imaginó alta, con cabellos de un tono rubio oscuro, con todos los atributos que Sebastian buscaría en una esposa.

– ¿Eso fue cuando te marchaste de Londres para ir a América?

– Sí, pero ya me habían ofrecido el empleo. Fue cuando le dije lo que quería hacer, cómo veía mi futuro. Y quedó bastante claro que nuestras aspiraciones eran muy diferentes. Pensé que me conocía bien y que yo la conocía a ella. Parece que ambos nos equivocamos.

– Ella canceló la boda.

– No, Matty. Lo hice yo.

A pesar de la tibieza del sol, Matty sintió un escalofrío.

– ¿El trabajo significaba mucho para ti?

– No tuvo nada que ver con el trabajo.

– Entonces, no…

– ¡Seb! -la puerta del establo se abrió de par en par y un hombretón se acercó a ellos.

«No comprendo», pensó Matty. O tal vez sí comprendiera…

– ¿Os, vais a quedar ahí sentados todo el día? -preguntó el hombre, y al ver que ninguno de los dos se movía, añadió-: Vamos, todo está preparado para vosotros. Tú debes de ser la talentosa Matty. Bea se sentirá muy aliviada de poder conversar con alguien juicioso a la hora de comer -dijo con una amplia sonrisa.

– ¿Comer? -intervino Sebastian rápidamente-. No, Josh, tengo otros planes.

– Ella insistió, querido muchacho. Ha estado trabajando al calor de los fogones toda la mañana. No apuesto un centavo por mi vida si os dejo marchar sin haberos alimentado.

– Debe de ser cosa de familia -observó Matty al tiempo que le estrechaba la mano-. Sebastian también tiene la obsesión de alimentar a la gente.

– Matty, éste es Josh. Sé buena con él, el pobre diablo está casado con mi hermana.

¿Qué planes tenía Sebastian? A Matty no se le había escapado el hecho de que él no le había consultado si quería comer con su familia. Probablemente no quería que ellos se enteraran de su atracción hacia una mujer en silla de ruedas. Matty deseó que el detalle no le causara tanto dolor.

– Eso ya lo sé. Lo que ignoro es con cuál de ellas -replicó con ese tono despreocupado que le era tan útil para evitar que la gente tuviera piedad de ella.

– Con Beatrice. Cuando tiene un buen día prefiere que la llamen Bea -la informó Josh.

– Intentaré recordarlo. ¿Hoy es un buen día?

Josh se echó a reír sin soltarle la mano, esperando que ella se apoyara en él para salir del coche.

Pero antes de que Matty pudiera dar explicaciones, Sebastian se adelantó.

– Déjamelo a mí, Josh. Matty necesita su silla.

– ¿Silla?

– Silla de ruedas -aclaró Matty al tiempo que buscaba en su bolso-. Sebastian no tiene mucha experiencia, así que nos llevará algún tiempo. Mientras tanto, ¿quieres ver el disco que hemos actualizado? -sugirió al tiempo que se lo tendía.

– De acuerdo, se lo entregaré al chico maravillas.

Finalmente, Sebastian se acercó con la silla de ruedas y la puso junto al coche.

– Veamos, chica lista, ¿quieres que te ayude a instalarte en la silla o quieres presumir? Tienes un minuto para decidirte.

– Cuando estoy en mi coche lo único que tengo que hacer es utilizar el elevador.

– Pero como eso no va a suceder, ¿por qué no me rodeas el cuello con los brazos y yo hago el resto? Porque la tentación podría transformarse en hábito.

– Porque no necesito que me lleves en brazos como si fuera un bebé. Y porque deberías cuidar tu espalda. Mira, toma mi bolso y deja la silla muy cerca de mí -ordenó al tiempo que le daba un pequeño empujón.

– ¿Necesitas que me quede?

– No, gracias -replicó, aun sabiendo que no era del todo cierto.

La verdad era que necesitaba un buen par de manos a una distancia segura.

Sebastian se limitó a asentir y luego se volvió con la intención de seguir a Josh, que se encaminaba al establo.

Había sido su orgullo el que había rechazado la ayuda que le ofrecía. Y el orgullo quedaría muy herido si se cayera y tuviera que llamarlo para que la ayudaran a levantarse del suelo.

Con un gran esfuerzo, finalmente logró acomodarse en la silla y luego maniobró para poder cerrar la puerta del coche.

Cuando lo hubo hecho, se dio cuenta de que Sebastian no se había marchado. Se había quedado muy cerca por si necesitaba ayuda.

– Eres asombrosa.

Matty sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas al pensar que no merecía su bondad.

– No ha sido nada -replicó con brusquedad.

– Si tú lo dices… Ven a ver lo que Danny y Josh han hecho.

Capítulo 10

MATTY pasó la hora siguiente trabajando con Danny, el pálido y magro joven que había hecho maravillas con la programación sin tardar casi nada. Juntos suprimieron las últimas imperfecciones mientras Sebastian y Josh trabajaban en los costos.

– Te manejas muy bien con el ordenador-la elogió Danny-. Si hubieras venido antes, lo habríamos terminado durante la semana.

– Matty tenía cosas más importantes que hacer, Danny -intervino Sebastian. Ella se sintió culpable. Le había pedido que lo acompañara, pero había estado más interesada en protegerse de él que en ocuparse del sistema informático-. ¿Cuánto más vais a tardar? Bea acaba de avisar de que la comida está lista.

Danny negó con la cabeza.

– Id vosotros. Necesito revisar el sistema a fondo si queréis llevároslo esta misma tarde.

– ¿Te traemos algo de comida? -preguntó Matty, que en el fondo deseaba quedarse con él para no tener que enfrentarse a la terrible hermana de Sebastian.

Danny negó con la cabeza, absorto en lo que hacía, así que lo dejaron trabajando y fueron a la cocina, donde Bea los esperaba con los platos en la mesa.

Josh y ella vivían en una gran casa campestre detrás de las caballerizas, con sus dos hijas adolescentes y muchos perros.

Lejos de mostrarse aterradora, Bea la recibió con simpatía y, a diferencia de Josh, no demostró la menor sorpresa al ver la silla de ruedas.

– ¿Necesitas ayuda? -preguntó con toda naturalidad.

– No, puedo manejarme sola, gracias.

Más tarde, mientras las mujeres cargaban el lavavajillas y los hombres se disponían a volver al taller, Bea sugirió que tomaran el café en la terraza para disfrutar del paisaje marino.

– Éste es un lugar encantador -comentó Matty.

– Nos gusta, y mis padres viven un poco más lejos de modo que podemos estar pendientes de ellos, les guste o no -dijo mientras señalaba hacia la gran mansión entre los árboles que Matty había vislumbrado al llegar-. Ahí está. Le habría pedido a Sebastian que te llevara a ver los jardines, pero habría sido un esfuerzo inútil.

Matty observó que era una imponente casa solariega.

– Hermosa mansión…

Bea le tendió un plato con dulces.

– ¿Quieres ayudarme con esto? Las niñas han estado experimentando con recetas para el puesto de bizcochos que van a instalar en la fiesta del verano. ¿Tú también vives en Londres?

– ¿También? Ah, te refieres a Sebastian. Sí -respondió, y al ver que Bea hacía una mueca, añadió-: Vivo en un lugar encantador. Es un apartamento en el jardín de la casa de mi prima Fran y su marido Guy. Ellos viven en las plantas superiores. Aunque debo admitir que me muero por trasladarme al campo.

– A la mayoría de las personas que viven en la ciudad les sucede lo mismo, porque suelen venir en días de sol. Aunque no es tan bonito en pleno invierno con el barro, la nieve y el viento.

– Viví en el campo hasta que fui a la universidad.

– ¿Sabes conducir?

– Sí, tengo un coche especialmente adaptado. Intenté venir en él, pero Sebastian me raptó.

– Es inútil vivir en el campo si uno no sabe conducir. Especialmente cuando se tienen necesidades especiales.

– No es divertido vivir en ninguna parte cuando se tienen necesidades especiales.

– ¿Cómo os conocisteis?

Matty se dio cuenta de que aquello no era tanto una conversación como un interrogatorio. Y decidió que ésa sería la última pregunta. Tenía deseos de decirle que no era asunto suyo, pero seguramente Bea pensaba que sí era asunto suyo si su hermanito se liaba con una mujer parapléjica que no le causaría más que sufrimientos.

– El año pasado mi prima Fran se casó con Guy. Hace poco celebraron la recepción de la boda y Sebastian fue a la fiesta.

– ¿Guy Dymoke? ¿Está casado con tu prima?

– Sí. ¿Lo conoces?

– No mucho, pero venía a ocasionalmente a la casa familiar a ver a Sebastian.

– Bueno, ya que lo conoces, no hace falta que continúes con la entrevista. Estoy segura de que te daría buenas referencias sobre mí.

Bea la miró un instante y luego se echó a reír.

– No hace falta, querida. No hace falta. Es bueno ver a mi hermano con alguien que lo hace sonreír. Desde Helena… -Bea se paró en seco.

– Me habló de Helena.

– Ah, entonces lo comprendes. Sebastian cambió totalmente. Antes era muy divertido, pero tras la ruptura se volvió insensible a cualquier emoción. Como si sólo quisiera ponerse fuera del alcance de cualquier persona -dijo. Matty comprendió su temor al compromiso, el temor a la cercanía del otro. Y al parecer lo había extendido a su familia-. Cuando Louise me llamó para hablarme de ti…

– ¿Louise?

– Es la mayor, la hermana sesuda. Somos tres hermanas. Louise, Penny, que vive en Francia, y yo. Aunque de pequeño Sebastian era molesto como un grano en el trasero, ninguna de nosotras quiere volver a verlo tan herido, Matty.

– No voy a hacerle daño. La nuestra es una relación de negocios. La empresa requirió mis servicios como asesora -aseguró, más para convencerse a sí misma que a Bea. De acuerdo. ¿Y el beso en el parque? ¿Y ese vals tan íntimo antes de salir de casa? Ella sabía cómo se había sentido. Pero, ¿y él? Matty decidió que, fuera como fuese, eso tenía que acabar-. Intento colaborar para que Coronet salga adelante y Sebastian pueda reanudar su vida en Nueva York lo más pronto posible.

– Está haciendo un trabajo excelente -se oyó la voz de Sebastian, que se acercó a la mesa y tomó un trozo de bizcocho-. Danny está imprimiendo montones de tarjetas. ¿Quieres ir a verlo?

Oh, Dios. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¿Qué había oído?

– Yo también voy – dijo Bea, con naturalidad. Estaba claro que el hecho de que su hermano la hubiese sorprendido hablando de su bienestar no la incomodaba en absoluto-. Sebastian, lleva el plato con el bizcocho. Estoy segura de que ese chico no come. No me extrañaría que se alimentase de la luz que arroja la pantalla del ordenador -añadió antes de echar a andar delante de ellos.

Cuando se quedaron solos, Sebastian se volvió hacia Matty.

– ¿Te ha sometido al tercer grado?

– No sé de qué hablas.

– Te lo advertí.

– Para tu información, Bea no es nada mandona. Al contrario, me parece encantadora.

– ¿Y de qué habéis hablado?

– De la vida en el campo, de los problemas del transporte público y de tus otras hermanas. Por ejemplo, ahora sé que Louise es la sesuda de la familia.

– Así es. Tiene una cátedra en la universidad.

– También hablamos de Guy. No me dijiste que Bea lo conocía.

– No, sólo lo vio un par de veces cuando vino a casa conmigo. No se puede decir que lo conozca.

– Es cierto. A mí me has visto un par de veces y no me conoces en absoluto.

– No es lo mismo. Puedo apostar a que sé más de ti que la mayoría de la gente. Eres una mujer muy especial.

Matty había pensado que podía controlar sus sentimientos. Tarde o temprano Sebastian se marcharía. Tenía que concentrarse en Blanche, en Coronet, en su propio futuro. Todo el resto nada tenía que ver con la realidad. Sabía que iba a sufrir. Era inevitable. Lo había sido desde el primer momento en que lo había visto ensimismado con su copa de champán.

Pero ella no iba a hacerle daño.

– No soy especial, Sebastian. Soy una mujer común y corriente que tiene un problema con las piernas -dijo antes de acelerar la silla de ruedas dejándolo atrás-. Y ahora vámonos, porque tengo que volver para acabar mi declaración de la renta.

En lugar de rebatir, Sebastian ayudó a Josh a embalar el equipo informático y, tras pedirle a Danny que estuviera de guardia en la oficina en caso de que surgiera algo imprevisto el día del encuentro con el comprador, puso todo en el asiento trasero del Bentley.

– ¿Lista para ponerte en marcha? -preguntó Sebastian cuando Matty apareció junto a ellos acompañada de Bea.

– Totalmente.

Sebastian deliberadamente se volvió a estrechar la mano de Josh, dejando que Matty entrara sola en el coche.

– No sabes cuánto agradezco el tiempo y las molestias que te has tomado, Josh.

– Lo hago por la familia. A nadie le interesa meterse en un lío económico que saque a relucir viejas historias familiares. Por lo demás, hemos disfrutado con el trabajo. Y si todo sale bien, hasta podremos ganar dinero.

– Espero que Matty y yo seamos capaces de estar a la altura de las circunstancias.

Sebastian guardó la silla en el coche y se sentó tras el volante.

– Ven a vernos pronto, Matty. Deberías traerla a la fiesta del verano la próxima semana, Sebastian -dijo Bea.

– ¿Por qué tendría que romper la costumbre de haberme negado toda una vida?

– Si él no quiere, ven tú sola, Matty. Así conocerás al resto de la familia.

– La familia es como Bea, pero multiplicada por tres -advirtió el hermano.

– Gracias, Bea -intervino Matty, ignorando las palabras de Sebastian-. Si tengo tiempo, me encantaría venir.

– No hacía falta tanta diplomacia -dijo él cuando se dirigían a la carretera.

– No es eso, verdaderamente lo pensaba así.

– ¿De verdad?

– No te preocupes. Encontraré algo que me mantenga ocupada el próximo fin de semana -anunció Matty al tiempo que miraba por la ventanilla-. ¿No deberíamos ir en dirección contraria? -preguntó al ver que enfilaba hacia el sur.

– Sólo si queremos volver a Londres. Debí haber aclarado que la única razón por la que no quería almorzar con Bea y Josh era porque había planeado algo más interesante.

Matty esbozó una sonrisa de alivio. No se trataba de que él no deseara que conociera a su familia.

– ¿Por qué no le dijiste a Bea que tenías otros planes?

– Porque Josh y ella normalmente comen un bocadillo a la hora de almuerzo. Josh está ocupado en su taller o en el parque empresarial que es su verdadero trabajo, y ella tiene más de diez comités que mantener a raya. Créeme, cuando vine a comienzos de semana no me recibieron con un banquete.

– ¿Cocinó especialmente para mí?

– Quería que te sintieras como en casa -dijo antes de encogerse de hombros-. Y desde luego quería someterte al tercer grado. Habría sido una crueldad desilusionaría. Por lo demás, tú misma dijiste que fuera más amable con mis hermanas.

– Debiste haberme advertido que iba a ser víctima de la Inquisición -dijo Matty, con una sonrisa.

– Lo hice, pero tú no me escuchaste.

– Hablaste con Louise acerca de mí, ¿verdad? ¿Cuál es su especialidad en la universidad?

Sebastian se tomó un tiempo antes de responder.

– Medicina.

Bajo la luz del sol de la tarde, el coche se internó hacia el mar, que se mezclaba tan perfectamente con el cielo que era difícil saber dónde terminaba uno y empezaba el otro.

Cuando Sebastian entró en un camino vecinal, había un letrero que advertía que era propiedad privada, pero Matty ni siquiera se molestó en decírselo, concentrada en averiguar cómo le sentaba que Sebastian hubiese hablado sobre ella con su sesuda hermana. ¿Qué quería saber? ¿Qué le había dicho Louise?

El coche se detuvo en una pequeña cala rodeada de acantilados. Había una casita de piedra construida al abrigo de uno de ellos con un muelle de madera y un cobertizo para botes con una rampa para botar al agua una lancha neumática.

La marea estaba baja y se veían charcos en las rocas. Seguramente ahí el agua estaría tibia en un día como aquél. El lugar perfecto para sentarse y chapotear con los pies.

– Ahora tengo que limitarme a contemplar el paisaje -dijo ella.

– No tienes por qué hacerlo. La vida no se ha detenido, Matty.

– No -convino en tanto recordaba la última vez que había estado en la playa, paseando a la orilla del mar de la mano del hombre que con el que pensaba compartir toda su vida-. No se ha detenido, pero ha cambiado -observó mientras se volvía a mirarlo-. Estoy segura de que Louise te dijo lo que tenía que hacer. Te habló de la rutina diaria de ejercicios para mantener los músculos en forma, y cosas por el estilo.

– ¿Y qué problema tiene hacer ejercicio diariamente? Josh es diabético, tiene que inyectarse insulina todos los días y no anda gimoteando -declaró. Ella exhaló con fuerza como para demostrar su indignación. ¿Cómo se atrevía a sugerir que se quejaba?-. Para tu información -continuó él tranquilamente-, me limité a preguntarle dónde podría encontrar más información y ella me dio el nombre de un par de sitios en Internet.

– ¿Por qué? – preguntó, pero le bastó una mirada a Sebastian para comprender-. De acuerdo. Hemos bailado y me has alimentado más de una vez, así que ahora piensas que es hora de que nos dediquemos a tontear entre los arbustos. ¿Estoy en lo cierto? ¿Es que la silla de ruedas te excita, Sebastian? No serías el único. A algunos hombres les encantan las mujeres imposibilitadas.

Sus palabras eran odiosas, pero no quería estar con él en ese hermoso paraje fingiendo que todo era normal. No, no lo era. Hiriéndolo y burlándose de él lograría impedir que continuara con lo que había planeado, fuese lo que fuese.

Pero Sebastian no parecía herido. Una emoción diferente ensombrecía sus ojos cuando se inclinó hacia ella y le besó la palma de la mano.

– No es la silla de ruedas lo que me enciende. Eres tú, Matty -dijo al tiempo que llevaba la mano de ella hasta su ingle. Matty dejó escapar un grito sofocado al notar su excitada virilidad. Luego abrió la boca para decir algo y volvió a cerrarla, porque no se le ocurría nada que pensar ni que decir-. Parece que por primera vez te he dejado sin habla, ¿eh? -comentó él con una sonrisa.

– Yo… tú…

– ¿Por qué no utilizas la palabra «nosotros»? -sugirió mientras le tomaba la mano-. ¿La natación forma parte de tus ejercicios rutinarios?

Ella se volvió hacia el mar.

– Voy a nadar a la piscina local un par de veces a la semana.

– ¿Entonces nadas?

– No es lo mismo.

– No, la piscina es segura. ¿No te apetece una escapada? ¿Arriesgarte un poco?

– No he nadado en el mar desde el accidente.

– No has venido al mar desde el accidente, ¿verdad?

– No… no podía soportarlo -confesó Matty finalmente.

Sebastian sacó de la guantera el dibujo descartado que había recogido del suelo en el estudio de Matty.

– Mira, ya lo has hecho. Es hora de que dejes de castigarte, Matty.

– No me estoy castigando.

– Entonces déjate crecer el pelo, deja de negar que eres toda una mujer.

– Si sabías por qué me corté el pelo, ¿por qué lo preguntaste?

– Quería asegurarme de que tú también lo sabías. Y ahora iremos a nadar.

– ¿Cómo podría?

Sebastian le tocó la mejilla volviendo su rostro hacia él.

– Porque lo deseas más que nada en el mundo -afirmó con seriedad-. ¿Me equivoco?

Tenía razón. Siempre le había encantado nadar en el mar, aunque estar con él en el agua era lo que lo convertía en algo especial. Lo hacía completamente irresistible.

Aparentemente satisfecho con su silencio, Sebastian salió del coche, sacó la silla de ruedas y, sin molestarse en preguntar, la tomó en brazos antes de acomodarla en la silla.

– Esto es ridículo, Sebastian. Ni siquiera tengo bañador.

– Muy bien -dijo en tono de broma-. Yo tampoco. Pero no te aflijas. Puedes bañarte en ropa interior si te sientes tímida. Desde luego, sólo será postergar lo inevitable. No me haré responsable si te quedas con la ropa mojada, así que tendrás que quitártela cuando salgas del agua.

Matty tragó saliva. Había muchas razones para pensar que era una mala idea, pero de alguna manera no podía empezar a preocuparse por lo que sucedería después, cuando en ese momento se sentía tan llena de vida.

– ¿Y qué dirá la gente que vive en esa casa? ¿No pondrán objeciones a una pareja de extraños que se bañan desnudos en su playa privada?

– La casa está vacía -respondió Sebastian con un ademán que abarcaba todo el terreno-. Todo es nuestro.

– De acuerdo, ¿y cómo vamos a hacerlo?

– Iremos al cobertizo de los botes. Una vez allí, yo me haré cargo del resto.

Cuando maniobraba la silla de ruedas, Matty fue consciente de lo que iba a hacer y sintió que le fallaba la confianza en sí misma.

Iba a quitarse la ropa delante de Sebastian a plena luz del sol de julio, sin un lugar donde ocultarse.

Al parecer, las dudas se reflejaron en su cara, porque él le acarició la mejilla.

– Confía en mí, Matty.

«¿Por qué no?», Matty pensó de pronto. ¿Qué era lo peor que podía suceder? ¿Que tras una mirada a su cuerpo, Sebastian deseara haber pasado la tarde de otro modo? ¿Sería problema de ella o de él?

– ¡Esto va a ser divertido! -exclamó Sebastian al tiempo que se quitaba la camisa.

– Desde luego que sí -convino ella mientras contemplaba los fornidos hombros masculinos.

Si hubiera sabido que Sebastian la iba a llevar al mar, no habría olvidado meter la cámara fotográfica en el bolso.

Sin embargo, si hubiera sabido que iba a llevarla al mar, se habría encerrado en su apartamento y por nada del mundo habría subido a su coche.

Capítulo 11

SEBASTIAN se quitó los zapatos y los calcetines y los arrojó sobre la camisa, que ya estaba sobre la arena. Luego, como si fuese lo más natural del mundo, hizo lo mismo con los vaqueros. Matty notó en ese preciso instante que hacía mucho rato que había dejado de respirar.

Sebastian se volvió hacia ella, con los bóxers de color perla muy ajustados en la las caderas, dejando poco espacio a la imaginación. Finalmente había dado con un hombre que la desafiaba a ser tan audaz en los hechos como en las palabras.

– ¿Necesitas ayuda? -preguntó Sebastian.

– Mmm…

Como le pareció que la respuesta era afirmativa, se inclinó ante ella y le quitó los zapatos.

– Te has pintado las uñas de los pies en un tono púrpura -comentó.

– Solía combinar el color de las uñas con las mechas de mi pelo.

– ¿Y por qué no lo haces ahora? Me parece que eres una mujer a la que le gusta causar impacto.

– Todos tenemos que madurar alguna vez.

– Aunque no es una excusa para convertirse en una aburrida.

– ¡Aburrida! -exclamó con las manos en las caderas-. ¿Crees que una aburrida se quitaría la ropa como si nada para bañarse desnuda en el mar?

– ¿Es eso lo que estás haciendo en este momento? Pensé que estabas sentada mirando el panorama.

– Hay mucho que admirar -comentó ella, sonrojada.

– ¿En todo caso por qué no disfrutas y me dejas el trabajo a mí?

Sin esperar respuesta, empezó a desabotonarle la blusa de manga corta que llevaba sobre una falda larga.

¿Iba a desvestirla?

– ¿Qué estás haciendo?

– Te dije que me encargaría de los detalles -dijo antes de detenerse, con las manos tocando ligeramente sus pechos-. ¿Te causa problemas?

– No, continúa -repuso sin mirarlo, con fingida despreocupación.

Sebastian lo hizo con tal eficacia que ella no pudo dejar de pensar que tenía mucha experiencia en la materia.

– Ah, llevas un sujetador que se abre por delante -comentó, con una mirada apreciativa.

Matty pensó con alivio que al menos se había puesto una prenda muy sensual, a la altura de las circunstancias.

– ¿Te gusta?

– Es demasiado bonito para arruinarlo en el agua -dijo mientras se lo quitaba con dedos algo temblorosos, detalle que a Matty no se le escapó-. Quiero que sepas que tus ejercicios rutinarios realmente valen la pena -comentó con la voz enronquecida a la vista de los pechos desnudos.

Entonces se puso de pie, se inclinó y ella de inmediato le pasó los brazos por el cuello de modo que él pudo quitarle la falda y las braguitas con gran rapidez.

Durante un segundo, los pechos de Matty rozaron el suave vello del torso de Sebastian y sintió que se estremecía. Luego, se vio otra vez en la silla, pero totalmente desnuda.

– ¿Todo bien?

– Estoy aterrorizada.

– El terror es bueno. El aburrimiento es fatal -declaró Sebastian mientras se quitaba los bóxers.

Matty captó fugazmente los estragos que causaba en el hombre antes de que él echara a andar hacia la playa con ella en brazos.

El agua estaba mucho más fría que la de la piscina y el impacto de la inmersión la obligó a actuar de inmediato. Tras liberarse de los brazos de Sebastian, se puso a nadar con rapidez. La fuerza de los brazos y hombros hacía el trabajo de las piernas inútiles.

Sebastian nadaba a su lado, atento a sus movimientos.

En un momento dado, ella se tendió de espaldas, contemplando las gaviotas que se elevaban sobre los acantilados, totalmente relajada en el agua.

– Es una lástima que te hayas cortado el pelo -comentó Sebastian, con la mano asida a la de ella para evitar que se alejara de su lado-. Si no lo hubieras hecho, podrías haberte sentado en una roca fingiendo ser una sirena.

– ¿Fingir? -preguntó, y bruscamente se hundió en el agua, arrastrándolo con ella.

Bajo el agua ambos eran ingrávidos, iguales.

Entonces ella lo besó en la boca, en el cuello y luego se deslizó a lo largo del cuerpo hasta posar los labios en su excitada virilidad, seduciéndolo como si realmente fuera una sirena perversa.

Cuando emergieron a la superficie, Sebastian tenía los brazos bajo los de ella mientras la besaba intensamente, como si deseara insuflarle toda su energía vital.

Luego, como si Matty supiera que era ella quien marcaba las pautas, lo miró a los ojos.

– ¿Por qué no me llevas a los asientos traseros del Bentley y acabamos lo que hemos empezado?

– Dejaremos el Bentley para otra ocasión. En este momento pienso en algo más cómodo -dijo mientras nadaban hacia la orilla.

En la playa la tomó en brazos y se dirigió a la casa.

– Abre la puerta, por favor.

– ¡Sebastian! No podemos hacer esto.

– Relájate, no estamos invadiendo ninguna propiedad privada. La casa también pertenece a la familia.

Matty abrió la puerta, que estaba sin llave, y Sebastian la condujo por las escaleras de madera hasta la primera planta. Luego cruzaron una amplia sala de estar hasta llegar a un dormitorio.

La cama estaba recién hecha, con el cubrecama doblado hacia atrás.

– Viniste aquí durante la semana. Lo planeaste todo.

– Me declaro culpable, mi amor -confesó en tanto la acomodaba en la cama y se tendía sobre ella.

Entonces, Matty no vio nada más que sus ojos del color del mar, su mirada ardiente e intencionada.

Sebastian se tomó su tiempo para besarla en la boca, en los ojos y para acariciar su cuerpo con las manos, los dedos y la lengua, buscando todos los lugares dormidos hacía tanto tiempo. Luego le besó los pechos, al principio con suavidad y más tarde con urgencia, hasta que ella pidió más y más.

– ¡Ahora! -imploró-. Te necesito ahora.

– ¿Estás segura?

Durante un odioso segundo, ella pensó que Sebastian dudaba, que sus extremidades inferiores, totalmente inertes, habían apagado su deseo.

– ¿Y tú?

Por toda respuesta la besó en la boca y luego le puso en la mano un preservativo que ya tenía preparado.

– ¿Por qué no me lo pones y así lo descubres por ti misma?

Sebastian esperó hasta que al fin ella pudo alcanzar un éxtasis que ya había dado por imposible. Y fue aquella sensación de plenitud la que le devolvió su feminidad, la que la hizo volver a sentirse mujer por primera vez en tres años.

Más tarde, Sebastian, apoyado en un codo, veló su sueño mientras recordaba que al conocerla había pensado que era una mujer de un tono indeterminado. Pardusco.

Ella abrió los ojos. Sus adorables ojos de color ámbar.

– Eres hermosa, Matty -murmuró antes de besarla.

Y entonces, ella le sonrió. Con una sonrisa auténtica. Atrás había quedado aquella sonrisa defensiva que utilizaba para ocultar sus auténticos sentimientos.

– No quiero dejarte -dijo Sebastian ante la puerta de la casa de Matty. Tras besarla, apoyó la frente en la de ella-. Ven conmigo.

Se habían quedado en la casa de campo hasta el domingo por la tarde. Habían conversado, comido lo que Sebastian había llevado, habían nadado y habían hecho el amor. La verdad era que Matty había llevado casi todo el peso de la conversación; sin embargo, él le había preguntado lo que necesitaba saber, de modo que al marcharse sabía lo esencial respecto a ella. Sus padres mal avenidos y separados, el colegio, la universidad…

Pero Matty se negó a acompañarlo a su casa porque necesitaba reflexionar sobre lo que había sucedido, ponerlo en un contexto, volver un poco a su antigua vida. Y Sebastian necesitaba concentrarse en su estrategia para convencer al comprador mayorista de que, incluso sin George al mando de la empresa, Coronel todavía era una marca pujante.

Blanche había organizado una exposición en el vestíbulo de la oficina con un despliegue de todos los artículos de la nueva gama. Mientras seguía a Sebastian a un paso de distancia, él se movía de un puesto a otro tocando los artículos, en otro puesto desplazó unos que tapaban parte del friso con el abecedario y luego quitó una imaginaria mancha de polvo del equipo informático instalado para producir tarjetas personalizadas con las letras del alfabeto.

– La gama Botanicals tiene muy buen aspecto -comentó en tono de aprobación, y luego dirigió una mirada ceñuda a Las Hadas del Bosque, que todavía estaban allí, aunque ya no en primera fila.

Luego se paró en seco al ver una reimpresión de las primeras tarjetas que fabricó la empresa para ayudar a los compañeros de George en la Escuela de Arte.

– ¿Qué hacen estas tarjetas aquí?

– No quise decírtelo hasta tener todos los permisos por escrito. Me puse en contacto con todos los artistas. Eran amigos de George y todos saben lo que le deben -explicó, con una amplia sonrisa-. Hemos acordado hacer una tirada limitada, porque así estimulamos la demanda; El veinticinco por ciento se venderá en tiendas independientes. Ya hemos colocado la mitad de esta tirada.

– Sí que te has movido. ¿Hubo más acuerdos?

– Sí. Se va a crear un fondo para jóvenes promesas de la Escuela de Arte en nombre de George. Confieso que fue idea mía. Y, sin excepción, los artistas acordaron que podríamos utilizar las ganancias de las ventas para el fondo.

– Eso está muy bien, Blanche. ¿Y nosotros ganaremos algún dinero?

– No tanto como con el resto de la gama -admitió-. En cambio, conseguiremos una publicidad que el dinero no puede comprar, especialmente ahora que la Universidad está de acuerdo en cooperar. El próximo año sacaremos al mercado una gama de productos hechos por artistas noveles. Para el próximo otoño, me han prometido un amplio reportaje en uno de los suplementos dominicales. Artículos sobre George, sobre la empresa, sobre los artistas de vanguardia de entonces…

– ¿El próximo otoño? Bueno, es fantástico. ¿Qué puedo decir? Has hecho un trabajo sorprendente, Blanche.

– El mérito hay que dárselo a quien le corresponde. Matty, detrás de ellos, negó con la cabeza y Sebastian se volvió a mirarla, como si hubiera percibido algo.

– Bueno, creo que lo que Blanche quiere decir es que todo se debe a ti, Sebastian. Si no te hubieras tomado el tiempo y la molestia de sanear la empresa, no habría ocurrido nada de esto. Y ahora te toca ir a la batalla. Ofrécele al comprador un almuerzo suculento para que se anime a hacer una gran compra.

Sebastian sonrió.

– Nos toca ir a nosotros, señora.

– Todavía no puedo creerlo -dijo Sebastian más tarde, acomodados en el sofá de Matty-. Toda la tensión que hemos pasado para que el tipo nos dijera que redoblaría el pedido del año pasado de la gama completa de Las Hadas del Bosque. Me habría gustado verlo más positivo respecto a las tarjetas personalizadas basadas en tu abecedario.

– En todo caso, me pareció muy prometedor que preguntara si era posible hacer una línea diversa de artículos de producción programada.

– Tienes razón, solamente lo deseaba por ti -dijo al tiempo que le acariciaba la cabeza, apoyada en su hombro.

– Es posible que en sus grandes tiendas primero exhiban los artículos de producción programada a modo de tanteo. Por otra parte, la reproducción de las tarjetas originales fue una estupenda idea de Blanche. Hizo un buen trabajo, Sebastian.

– Con tu ayuda.

– No te preocupes, te mandaré una nota con mis honorarios -dijo sonriendo-. A este paso estarás en Nueva York antes de que te des cuenta -añadió, a sabiendas de que era un tema que debían encarar.

– No tengo prisa.

– Tu vida está allí, Sebastian. El rescate de Coronet siempre fue una diversión menor.

– Todavía he de encontrar un comprador para la empresa. No será tan fácil. Pero está bien; me da tiempo para convencerte de que deberías ir a Nueva York conmigo. Mi piso está bien adaptado para una silla de ruedas.

Matty frunció el ceño mientras intentaba recordar lo que él le había contado de su casa.

– ¿Y qué hay de la escalera en espiral para subir al dormitorio?

– Pondremos un ascensor.

– Pero…

Él la hizo callar con un beso tan prolongado que ella olvidó lo que iba a decir. Y cuando lo recordó, su blusa ya estaba en el suelo

– No…

– ¿No quieres que te quite la ropa?

– Sí, pero…

– Entonces todo lo demás puede esperar. Tienes meses para descubrir todas las razones que te impiden marcharte de Londres. Y yo dispongo de meses para descartarlas.

– No, Sebastian, tienes que escuchar.

– Y lo haré. Pero no ahora. Todo lo que quiero es oírte decir «Sí» -dijo mientras la besaba apasionadamente.

Mientras Sebastian observaba a Guy jugar con su hijastro en el jardín, intentó analizar lo que sentía. Lo único que nunca había deseado era un hijo. Pero en ese momento supo que eso era irrelevante. Lo que más importaba era la mujer. Todo el resto quedaba en manos de Dios.

Tendría que hablar con Matty al respecto, pero primero había tenido que aclarar sus propios sentimientos. Ya era tiempo de decirle muchas cosas. Pero ella no estaba allí.

Toby lo vio primero y luego Guy alzó la vista.

– ¡Seb! Si buscas a Matty, has llegado con una hora de retraso.

– ¿Sabes cuándo volverá?

– Me atrevería a decir que llegará bastante tarde. Cuando la vi cargar el coche me dijo que pasarías la jornada reunido con un posible comprador. ¿Cómo te ha ido?

– No ha habido reunión. Decidí que prefería pasar junto a mi chica este sábado tan bonito. ¿Dices que ha cargado el coche?

– Sí, con el material de dibujo. Sabes que hace pequeños retratos de niños, como el de Toby que viste en mi oficina. Realmente buenos. Parece que Bea la llamó para pedirle que los hiciera durante la fiesta.

A Sebastian se le heló la sangre. Matty había ido a la fiesta del verano en la casa familiar. Era un evento anual con el fin de recaudar fondos para cubrir las necesidades de la localidad.

– Pídele a Fran que la localice en su móvil, por favor. Y dile que intente hacerla volver.

– No hay la menor posibilidad. Incluso antes de que fuera ilegal, ella nunca conecta el teléfono móvil cuando va en su coche.

No. Desde luego que no.

Capítulo 12

LOUISE y Penny están en la casa con nuestros padres. Llévame hasta la entrada y cumpliremos con las formalidades.

– ¿Formalidades?

– Penny y Louise quieren conocerte -dijo Bea, y al ver la expresión de Matty, le dirigió una sonrisa tranquilizadora-. No te asustes. Te prometo que no son tan malas como Sebastian las pinta. Luego te mostraré dónde te hemos instalado. Ha sido una amabilidad por tu parte, no sabes lo difícil que es encontrar nuevas atracciones para los niños todos los años. Sé que vas a tener mucho éxito, aunque no tienes que trabajar todo el tiempo. Llámame por el móvil si necesitas algo o si hace falta que te rescate de los curiosos.

– ¿Curiosos?

– Todo el mundo quiere conocerte. Quieren echar una mirada a la chica del hijo y heredero.

– Pero ellos ignoran mi existencia.

– Has estado aquí con Sebastian. En el campo, los forasteros no pasan inadvertidos, y la gente de la localidad no tarda en sacar conclusiones. ¡Papá! -gritó Bea de pronto al tiempo que se asomaba por la ventanilla.

El hombre que se acercaba desde la casa solariega era alto y distinguido, sorprendentemente parecido a Sebastian. Estaba claro que era el padre.

– Papá, ésta es Matty, una amiga de Sebastian.

– Encantado de conocerte, querida. ¿Ha venido Grafton contigo?

– No -respondió Bea-. Matty ha venido sola. En este momento la iba a llevar a conocer al resto de la familia.

– Penny ha bajado al lago a hacer la guardia -informó el padre-. Siempre algún idiota se cae al agua. Louise se encuentra en el puesto de primeros auxilios y tu madre está con el actor que va a inaugurar la fiesta.

Cuando se hubo marchado, Matty miró a Bea.

– ¿Quién es Grafton?

Bea se encogió de hombros.

– Papá es un tanto anticuado. Siempre llama a Seb por su título y mi hermanito se sube por las paredes.

– ¿Has hablado de un título?

– ¿No te lo ha dicho?

– Parece que no. Pero no te preocupes, lo hará -respondió Matty, con una de sus características sonrisas.

La carretera estaba atestada de vehículos con gente que intentaba escapar a la playa durante el fin de semana.

Cuando Sebastian finalmente llegó a la fiesta supo que sería demasiado tarde para hacer algo más que recoger los fragmentos. Había que intentar convencer a Matty de que el asunto no tenía importancia.

Ya había perdido a una mujer a causa de un título nobiliario que él no deseaba. Debió habérselo contado cuando le habló de Helena. Había tenido la intención de contárselo, pero cuando estaba a punto de hacerlo ese día, apareció Josh junto al coche.

Sabía que con Matty las cosas funcionaban diciendo la verdad. Toda la verdad.

Sebastian la vio mucho antes de que ella lo viera a él. Matty estaba haciendo el boceto de una niña rubia. Mientras su mano trabajaba rápidamente, no dejaba de charlar con ella y la pequeña reía encantada. Y al entregar la pintura acabada a la feliz madre fue cuando lo vio.

– En media hora más voy a tomar un descanso -le dijo mientras otro pequeño se sentaba en el taburete-. ¿Por qué no consigues unos bocadillos y hacemos un pequeño picnic? -sugirió con una suave sonrisa que engañó a los curiosos, pero no a Sebastian.

– Estaré en el lago.

Sebastian se sentó en un banco no lejos de un par de niños que jugaban a la orilla del agua.

Tras lo que le pareció una eternidad, Matty detuvo la silla junto a él.

– Te he contado todo -empezó de inmediato, con suma frialdad-. Cosas mías que ni siquiera Fran las sabe. A nadie le conté el detalle del teléfono móvil en el momento del accidente… -Matty se detuvo y lo miró con los ojos cargados de lágrimas iracundas.

– Matty…

– Te abrí mi corazón.

De repente, Sebastian supo cómo hacer para que lo escuchara.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué, qué?

– ¿Por qué me lo contaste? -preguntó secamente, porque sabía que la amabilidad no daría resultado en ese momento-. ¿Qué había en mí que te impulsó a desnudarme tu alma? Dímelo.

– ¿Y eso importa?

– Claro que importa, porque de lo contrario no lo habrías mencionado. Me contaste cómo ocurrió el accidente con la esperanza de que me alejara de ti.

– ¡No!

– ¡Admítelo! Querías que pensara mal de ti, igual que tú haces.

– ¡Bastardo! No me dijiste nada. Antes de conocerte, sólo sabía que eras un pez gordo de la banca de Nueva York. Y eso es todo lo que sé ahora.

– ¿De veras? -preguntó mientras le tomaba la mano, que ella trató de liberar sin éxito-. Sabes que no es cierto. No, Matty, así no funcionan las cosas entre nosotros, ahora ni nunca. Por tanto, te ruego que no conviertas esto en un gran drama para evitar enfrentarte a la aterradora decisión acerca de nuestro futuro culpándome por algo que no es tan importante.

– Yo…

– ¿O quieres volver a la seguridad de tu pequeño apartamento en el jardín viajando dos veces por semana a la piscina local? -la interrumpió, sin misericordia-. ¿Quieres pasar el resto de tu vida echando un tiento verbal a los hombres que rondan cerca de tu silla de ruedas? Son lances que te asustan demasiado como para pasar a la etapa siguiente, ¿verdad? ¿Eres una sirena o un ratón?

Matty intentó hablar, pero su boca se negaba a hacerlo.

– Yo… -alcanzó a murmurar finalmente, antes de que Sebastian volviera a interrumpirla.

– Te amo, Matty. Eres una mujer maravillosa y fuerte y quiero pasar el resto de mi vida descubriéndote. Quiero que seas mi esposa.

– No puedes -replicó, con las lágrimas corriendo por sus mejillas-. Vas a ser conde. Vas a desear tener hijos.

– No. Puedo hacer cualquier cosa con un título nobiliario, menos rechazarlo. Pero puedo rechazar el condado. No quiero tener hijos obligados a perpetuar un sistema jerárquico anticuado, Matty -dijo de rodillas ante ella-. Escúchame. Sólo te quiero a ti.

– ¿Por qué no me dijiste lo de tu título nobiliario? -le preguntó Matty.

– Vete, Sebastian -se oyó una voz junto a ellos. Al levantar la vista, Sebastian descubrió que era su madre-. Quiero hablar con Matty.

– Puedo arreglármelas solo -replicó el hijo, fríamente.

– Lo sé, pero esto te lo debo. Déjame ayudarte. Por favor -urgió con una mirada implorante.

Sebastian llevó la mano de Matty a sus labios y, tras vocalizar un silencioso «Te quiero», se puso de pie y se alejó.

– ¿Puedo sentarme, Matty? -preguntó ella. A Matty no le pareció cortés recordarle que era su banco y que podía hacer todo lo que quisiera en su propiedad, así que se limitó a asentir-. Gracias -dijo la madre antes de guardar silencio un instante-. El mismo Sebastian debería haberte dicho esto, pero sé que no lo hará -prosiguió, finalmente-. Me desprecia, pero nunca me traicionaría. Esa cualidad la heredó de mi marido. El honor, el deber.

– Es cierto -convino Matty, sin saber de qué hablaba la mujer.

– Ya que Sebastian no me habla si puede evitarlo, me he enterado por mis hijas que está enamorado de ti. De hecho, acabo de ver que sus labios te lo decían. Ésa es la razón que me lleva a confiarte lo que él no hará. Sebastian no es el legítimo heredero de mi marido. En el pasado tuve una aventura sentimental. Mi matrimonio pasaba por malos momentos y busqué alivio en alguien que conocía desde mucho tiempo atrás. No me estoy justificando, pero quiero que sepas que me desprecio a mí misma por haber sido tan débil. Mi único consuelo fue Sebastian.

– Él es… -balbuceó Matty, aturdida-. Pero se parecen tanto… George. George era el padre de Sebastian, ¿verdad?

– Veo que has oído hablar de él. Era primo de mi marido y eran tan parecidos que parecían mellizos. Y en cuanto al temperamento, absolutamente diferentes.

– ¿Su marido lo sabe?

– Sí. Una de las niñas enfermó de paperas y se la contagió al padre. Así fue como acabaron sus sueños de tener un heredero, muchos años antes de que Sebastian viniera al mundo. Tal era su deseo de un hijo varón que estuvo muy agradecido a George por el favor que le había hecho. Por lo demás, es un secreto que se ha mantenido dentro de la familia. Parece que Sebastian ha heredado lo mejor de ambos. El encanto y temperamento artístico de George y, del hombre que lo educó como un hijo propio, el sentido del honor y lealtad hasta la muerte.

– ¿Y Helena?

– ¿Esa ramera? Cuando se enteró de que Sebastian verdaderamente no quería aceptar el título nobiliario, se mostró tal como realmente era. Mi hijo me pidió que le dijera por qué se negaba a aceptarlo.

– ¿Y usted rehusó hacerlo?

– Si un título importa más que un hombre… -dijo mientras movía la cabeza de un lado a otro-. Naturalmente que Sebastian no lo vio de esa manera. El amor es ciego -declaró al tiempo que tomaba la mano de Matty entre las suyas-. Ve con él, Matty. Hazlo feliz. Lo merece -dijo antes de levantarse y besarla en la mejilla-. Intenta persuadirlo para que venga a casa en Navidad. Lo echo mucho de menos. ¿Quieres que le diga que se acerque?

– No, gracias, necesito estar un rato a solas.

Pero el caso fue que no tuvo tiempo para reflexionar.

Uno de los niños que jugaba a la orilla del lago perdió el equilibrio y se hundió en el agua. Sin detenerse a pensar, Matty quitó el freno a la silla, que se precipitó a la orilla, y entonces se lanzó al agua. Alcanzó a agarrar al pequeño cuando se hundía en las turbias ciénagas del fondo y lo sacó a la superficie.

– Diles que no armen tanto escándalo. Y no permitas que ese fotógrafo… -alcanzó a exclamar antes de sentir el fogonazo en la cara-. ¡No! Estoy cubierta de barro. No quiero fotografías en los periódicos locales.

– ¿Sólo locales? Ya verás los titulares, Matty: «La amante de un vizconde se lanza al rescate de un niño». Estuviste magnífica -dijo Sebastian antes de besarla. Entonces sintieron otro fogonazo de luz-. Cásate conmigo.

– Deberías pensarlo antes de proponer a una chica algo como eso cuando todavía está bajo los efectos de una conmoción. Porque puede que lo acepte -observó, todavía temblorosa.

– Dame tu mano -pidió él. Ella alzó la mano derecha-. No, la otra -Sebastian sacó una sortija del bolsillo sin hacer caso de la dotación sanitaria, los aliviados padres del niño y la mitad del público que había ido a la fiesta y que los giraba con curiosidad-. Llévalo mientras piensas en la respuesta.

La piedra era un diamante amarillo rodeado de pequeños diamantes blancos. Matty alzó los ojos.

– Sebastian, es hermoso.

– No tanto como tú.

Y alguien, tal vez el fotógrafo, gritó:

– ¡Vamos, lady, béselo!

– No soy lady -murmuró antes de besar a Sebastian.

El domingo por la mañana, Sebastian preparó té y un montón de tostadas. Luego puso todo en una bandeja junto con los periódicos y fue a la cama.

Ambos aparecían en la portada de al menos dos de los periódicos.

– ¿Qué hacías en la fiesta? -preguntó Matty después de tirar los periódicos al suelo-. Se suponía que debías estar en una reunión con algunas personas interesadas en comprar la empresa Coronet.

– Cancelé la reunión. Verás, de pronto me di cuenta de que la empresa no es mía y de que no me corresponde tomar esa iniciativa.

En ese instante, Matty supo que la decisión de Sebastian tenía sentido. Coronet pertenecía a Blanche y al personal que había trabajado largos años para George.

– ¿Y que va a pasar entonces?

– Voy a organizar las cosas de modo que el personal pueda adquirir la empresa. Cada uno podrá comprar una cantidad de acciones de acuerdo a los años trabajados en la compañía, de modo que el control quedará en manos de Blanche. En las dos últimas semanas ha rejuvenecido, ¿no te parece?

– Al parecer, ése es tu efecto sobre las mujeres. ¿Cómo te enteraste de que eras hijo de George?

– Louise me lo dijo sin quererlo. Cuando era niño, un día me mandaron de vuelta a casa porque había un brote de paperas en el colegio. Bea dijo que años atrás había contagiado las paperas a mi padre y entonces Louise, comentó que era imposible, porque de haber sido así, nunca habrían tenido que cargar con un hermano como yo, un mocoso pesado. La verdad es que entonces no entendí bien de qué hablaban; pero cuando fui mayor todo cobró sentido. Comprendí por qué mi madre solía dejarme en la oficina con George cuando iba de compras a la ciudad. Por qué él se interesaba tanto por mí. Por qué quiso que yo solucionara los problemas de la empresa.

– Al menos en eso acertó.

– ¿Crees que habría aprobado mi gestión?

– A decir verdad, no creo que se preocupara demasiado por nada más que de sí mismo. Pero si cuenta para algo, tienes mi aprobación.

– Cuenta para todo -dijo al tiempo que atraía su cabeza hacia sí-. Tú eres todo mi mundo y nada más importa. Verás, pienso mantenerme como consejero provisional de Coronel mientras el personal me necesite. Además, te tendrán a ti como asesora. Creo que estarán bien.

– Tú eres el que está muy bien.

– ¿Lo suficiente como para que respondas la gran pregunta?

Matty miró su anillo y luego a él.

– ¿Cuánto tiempo puedes esperar?

– Lo que haga falta. ¿Cuánto más? -le preguntó Sebastian.

– Espera hasta Navidad. Y entonces pregúntamelo en la capilla junto a la casa solariega. Pregúntamelo ante tus padres, tus hermanas, sus maridos, sus hijos, y Guy y Fran sentados en esos bancos antiguos. Pregúntame allí si quiero aceptarte como mi legítimo esposo, con todas las personas que conocemos y amamos como testigos. Entonces te daré mi respuesta, Sebastian.

– ¿Ése es el trato?

– Ése es el trato.

– ¿Y mientras tanto?

– Mientras tanto iremos a Nueva York, señor pez gordo de la banca.

No nevaba, pero todo estaba blanco, cubierto de escarcha. Los colores eran brillantes, claros y centelleantes. Las campanas repicaban alegremente y las voces del coro elevaban al cielo un canto de esperanza, de un nuevo comienzo.

Matty llegó en la silla de ruedas hasta la puerta de la iglesia, pero en el atrio tomó las muletas de manos de Fran y se alzó sobre sus pies. Había estado practicando durante semanas, cuando Sebastian se encontraba en la oficina. Y la noche anterior había practicado en la iglesia, acompañada de Fran.

Por él, más que por ella, en ese día tan especial iba a demostrar todo lo que era capaz de hacer.

Fran acomodó la pesada túnica de terciopelo crema que le caía desde lo hombros y cubría los aparatos ortopédicos de las piernas.

En cuanto al cabello… Había pensado en extensiones de modo que pareciera largo; pero ya no era la chica de entonces. En cambio, su pelo muy corto estaba adornado con mechas doradas, púrpuras y rosa, tal como lo exigía la ocasión.

– ¿Lista? -preguntó Fran, siempre a su lado. Su amiga, su apoyo.

– Lista -afirmó al tiempo que asentía ligeramente con la cabeza en dirección al sacristán, que hizo una seña a alguien invisible.

Y la música empezó a sonar. Lenta y majestuosamente, triunfante, paso a paso, Matty empezó a avanzar utilizando las caderas para mover las piernas una después de la otra, balanceando su peso en ellas, haciendo una pausa, reanudando los pasos. Seguramente sería la marcha nupcial más lenta de la Historia, pero Sebastian era el más paciente de los novios. Su sonrisa estimulaba cada uno de sus pasos por la nave y su premio fue que pudo permanecer sobre sus pies y mirarlo a la cara mientras pronunciaba los votos de amor y lealtad hacia él durante el resto de su vida.

Liz Fielding

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