/ Language: Español / Genre:love_contemporary,

Una Familia Prestada

Liz Fielding

Cuando Patrick Dalton regresó del extranjero, se encontró su casa ocupada por dos inesperados e inoportunos inquilinos: una hermosa mujer y un bebé adorable, los cuales despertaron en su memoria recuerdos agridulces. A Jessie la habían obligado a ocuparse de su sobrino durante una temporada y, como consecuencia, había sido desalojada de su exclusivo apartamento. ¡No le quedaba más remedio que dejar que Patrick pensara que era madre soltera para que no la hiciera marcharse! Luego descubrió por qué él se mostraba tan cauteloso respecto al amor y los bebés; y para entonces, ¿cómo iba a confesarle la verdad?

Liz Fielding

Una Familia Prestada

Una familia prestada

Título Original: Baby on Loan (2001)

Prólogo

– Es horrible. Parece un mausoleo. No viviría aquí ni aunque me pagaran.

– Es tranquilo, y Jessie necesita mucho silencio para poder trabajar.

– No hay niños, ni animales domésticos. No se oye música. Este sitio no es normal.

– A Jessie no le gustan los gatos; le dan miedo los perros, y no tiene hijos.

Kevin no añadió que por suerte para ella, que era lo que sentía en aquel momento, porque sabía que era la falta de sueño la que estaba desvirtuando su punto de vista.

– Nunca tendrá hijos, si no se quita de delante de ese ordenador y vive la vida.

– ¿Es obligatorio?

– No te hagas el gracioso. Jessie cree que ha tomado la decisión adecuada, pero no podemos dejar que un desgraciado le haga esto. Además el hecho de que trabaje en casa no la ayuda mucho, porque trabajando fuera por lo menos te ves obligado a salir y hablar con la gente -se miraron con desesperanza-. Podrías morirte en Taplow Towers, sin que nadie se diera cuenta.

El bebé, que había permanecido callado durante treinta segundos, mientras recuperaba el aliento, volvió a echarse a llorar como protesta ante la imposición de los dientes en sus tiernas encías.

– No creo que eso suceda aquí.

Faye no hizo caso a su marido y empezó a murmurar palabras consoladoras a su bebé. No sirvió de nada. El niño sufría y pretendía que el resto de la humanidad sufriera con él.

– ¿Te fijaste en cómo miró esa mujer que nos encontramos en el pasillo al pobre Bertie? -continuó como si no la hubieran interrumpido-. Como si fuera contagioso, o algo así -limpió la baba que salía de la boquita de su hijo y continuó-. Creía que Jessie ya habría superado lo de Graeme. Estaba demasiado tranquila. Parecía tenerlo todo demasiado bajo control. Necesita enfadarse, desahogarse…

– ¿Volverse a enamorar?

– ¡Eso es! Y cuanto antes mejor. Lo que no es normal es que se aísle de este modo.

– ¡Esto sí que no es normal! -desistiendo ya de poder dormir, Kevin se levantó, tomó a su hijo en brazos, y empezó a pasearse con él por la habitación, tratando de que se tranquilizara.

– Pasará pronto. Es porque le están saliendo los dientes -le aseguró Faye, antes de caer rendida en la cama.

– Eso dijiste la semana pasada.

– Solo necesitamos dormir bien una noche.

– ¿Dormir bien una noche? ¿Qué es eso? Ya no lo recuerdo.

– Deja de quejarte y piensa mientras te paseas. Tenemos que hacer algo para ayudar a tu hermana. Está a punto de firmar un contrato de alquiler por cinco años en este sitio tan horrible.

– No es horrible. Es un apartamento bonito y, sobre todo seguro.

– Es demasiado joven, para buscar tanta seguridad. Vivir aquí no le hará ningún bien, Kevin.

Kevin se vio reflejado en un espejo, mientras paseaba: ojeras, rostro cansado…

– Necesito dormir. Pero no una noche, sino una semana -se volvió a su esposa, que no tenía mejor aspecto que él-, y tú también.

– Sí, los dos lo necesitamos -de repente sonrió con malicia-. Entonces, ya está. Problema resuelto.

Capítulo 1

– ¡Por favor, Patrick, no habrá ni un alma en Londres en verano! Todo el mundo se marcha.

Patrick Dalton hizo un esfuerzo para no sonreír.

– Te quedarás tú y los otros siete millones de personas que viven aquí.

– ¡No te rías de mí! ¡Te estoy hablando en serio!

– ¡Y yo también, Carenza! -cuando no la llamaba por el diminutivo, normalmente se daba cuenta de que a su tío se le estaba acabando la paciencia-. Prometiste cuidar de la casa en mi ausencia, y yo creí en tu palabra, porque de lo contrario habría llamado a una de las empresas que se dedican a ello, para que me proporcionaran a alguien.

– Creí que me habías dicho que no habían podido encontrar a nadie con tan poca antelación -fue tan incisiva, que lo sorprendente es que no se hubiera cortado con su propia lengua.

– Creo que lo que dije exactamente fue que sería «difícil» que encontraran a alguien con tan poca antelación.

– ¡Vaya, ya te salió la vena de abogado!

– No te quejes tanto, Carrie. Pago las facturas con el dinero que me da mi profesión, y muchas de ellas están a tu nombre.

Carrie no se dio por vencida, y decidió cambiar de táctica.

– ¿No podrías llamar a la empresa y preguntarles si todavía pueden encontrar a alguien?-, le suplicó con tono lastimero.

– ¿Ahora mismo? Corrígeme si me equivoco, pero teniendo en cuenta que aquí es mediodía, imagino que en Londres será medianoche. No creo que la agencia…

– Mañana entonces -insistió, a pesar de la evidente falta de interés de su tío-. Podrías llamar mañana.

– Podría hacerlo, pero, ¿para qué? -respondió tenso a su sobrina de dieciocho años-. De todos modos no creo que tengas bastante dinero para recorrerte Europa con la mochila a cuestas, o de lo contrario no habrías aceptado cuidarme la casa en verano, ni por cierto estarías haciendo llamadas de larga distancia desde mi teléfono.

– Es muy tarde -le recordó-. Tarifa económica. Por cierto, esa era la otra cosa de la que tenía que hablarte.

– ¿De qué?

– De dinero. He pensado que, tal vez me podrías hacer un préstamo hasta que mamá entre en razón.

– ¿Para que recorras Europa como una vagabunda? ¿Estás loca? A tu madre le daría un ataque. Olvídalo -Europa tendría que permanecer como un sueño para ella aquel verano-. Saca buenas notas en tus exámenes de noviembre y te prometo pagarte unas vacaciones de esquí en navidades. Mientras tanto, te sugiero que emplees los meses que te quedan hasta entonces para estudiar sin parar.

– ¿Cómo puedes ser tan tacaño?

– Es cuestión de práctica, cariño -le respondió, pensando que él había tenido mucha, porque algunas mujeres no captaban las indirectas a la primera-. Dime, ¿cómo están mis preciosos ficus? Espero que no se te esté olvidando pulverizarlos. Con agua templada, recuerda.

– Está bien, lo haré ahora mismo. Las pulverizaré con agua templada, y después las sacaré de los maceteros y les cortaré las raíces -le dijo, y después colgó el teléfono.

Patrick se echó a reír. Las plantas no le preocupaban demasiado. Había sido idea de su madre, artífice de sus complicados cuidados. Su hermana le había pedido que dejara a su hija al cuidado de su casa mientras que él se encontraba en el Lejano Oriente, porque según ella, lo que Carenza necesitaba era adquirir alguna responsabilidad, ver que se confiaba en ella y, sobre todo, conseguir que se quedara en Londres para que estudiara. Y, muy a pesar suyo, Patrick había accedido, porque sabía que no podía dejar la casa sola durante todo el tiempo que preveía iba a durar aquel difícil caso; pero, al parecer, dos meses pulverizando las plantas había acabado con las ganas de Carrie de asumir responsabilidades, sobre todo ahora que sabía que sus amigas se marchaban a Europa.

Jessie cerró el grifo de la ducha. Alguien parecía haberse quedado pegado al timbre, y si no era así, tendría que tener una buena razón para montar todo aquel jaleo.

– Muy bien. Ya voy -gritó. Se puso el albornoz, y después se enrolló el pelo con una toalla, antes de dirigirse hacia la puerta.

Mientras descorría el cerrojo, los timbrazos cesaron, aunque para entonces ya deberían haber despertado a la mitad de la vecindad, lo que no la convertiría en la Miss Popularidad de Taplow Towers a las seis y media de la madrugada.

Abrió la puerta unos centímetros, con la cadena aún echada y no vio a nadie. Pero, de repente miró hacia abajo, y se encontró con la mirada de Bertie. Una mirada que hubiera derretido un témpano de hielo.

Era obvio que su sobrino, por muy inteligente que fuera no podía tocar el timbre, así que abrió la puerta del todo y buscó a su hermano y cuñada.

– ¡Faye, Kevin! ¿Ha pasado algo malo? -preguntó.

Los padres del bebé brillaron por su ausencia. Lo único que encontró fue una nota, pegada a la puerta, con la letra de Kevin.

La despegó y se la acercó a los ojos. No podía dar crédito a lo que creía estar leyendo, así que buscó las gafas en el bolsillo del albornoz.

Por favor, cuida de Bertie. Te lo explicaremos todo a nuestro regreso.

Con cariño, Kevin y Faye.

¿Regresar? ¿Regresar de dónde? Algo malo debía de haber pasado.

De repente oyó abrirse la puerta del ascensor, tres pisos más abajo.

– ¡Kevin! -lo llamó desde lo alto de la escalera-. ¡Espera!

Ya había empezado a bajar las escaleras, cuando la voz reprobadora de su vecina de abajo la detuvo.

– ¿Le sucede algo, señorita Hayes?

En el ordenado mundo de Jessie nunca pasaba nada que se saliera de lo normal, porque procuraba resolver los problemas en cuanto se presentaban, y hasta se anticipaba a ellos. Además en aquellos tiempos procuraba evitar a toda costa los emocionales.

A unos centímetros de ella, Bertie gimió y, de repente, se dio cuenta con desesperación de que se le acababa de presentar un serio problema, porque Taplow Towers era un oasis de tranquilidad, donde no se permitían perros, ni niños, excepto para visitas cortas, y durante el día.

Dorothy Aston, presidenta de la comunidad y con una agudeza auditiva propia de un murciélago, levantó la cabeza al oír gemir de nuevo a Bertie, en lo que Jessie se temía que fuera el preludio de algo mucho más escandaloso.

– ¿Qué fue eso? -preguntó.

– Nada -se apresuró a decir Jessie, aclarándose la garganta-. Llevo unos días un poco acatarrada. Siento mucho lo del ruido, pero estaba en la ducha y no pude llegar a la puerta a tiempo -le mostró la nota, para probar lo que decía-. Era mi hermano Kevin. Me ha dejado una nota -acto seguido, para evitar que la mujer tuviera tiempo de seguir preguntando, tosió de nuevo, y tras ajustarse el albornoz al cuerpo, le dijo con una sonrisa-: Perdone, pero creo que he dejado el grifo de la ducha abierto.

Pero a la señora Aston aquella sonrisa inocente no la conmovió.

– Ya sabe que no toleramos los ruidos, señorita Hayes y está usted en período de prueba. Las personas que vinieron a visitarla el domingo hicieron mucho ruido…

– Lo sé y lo lamento mucho, pero a Bertie le están saliendo los dientes. De todos modos, lo saqué a la calle un rato -se había ofrecido a hacerlo para dar un respiro a sus vecinos. Se había encontrado a los pobres Kevin y Faye dormidos en el sofá a su regreso-. No volverá a suceder -se apresuró a decir Jessie-. Se lo prometo.

No estaba dispuesta a que nada acabara con sus posibilidades de vivir en Taplow Towers.

Le encantaba aquel lugar, porque era tranquilo, y nunca iba a suceder nada fuera de lo normal. No era el tipo de sitio en el que hombres guapos llamaran a tu puerta pidiendo un poco de café, porque se les había terminado. Tendría que haberse dado cuenta de que si a Graeme se le daba tan bien flirtear, era porque tenía mucha práctica, y tarde o temprano, se volvería a quedar sin café.

En Taplow Towers podía trabajar día y noche en su ordenador, sin el más mínimo riesgo de ser molestada. Ya la habían molestado bastante…

No le había resultado fácil entrar, porque la comunidad de propietarios prefería a señoras de una cierta edad, pero al parecer el hecho de haberles dicho que había perdido a su prometido y tenía el corazón hecho pedazos les había ablandado y la habían aceptado en período de prueba. Todavía le quedaba un mes. Un movimiento en falso y le darían veinticuatro horas para abandonar el apartamento. Estaba en las normas que aparecían en el documento que había firmado sin dudar.

– Siento mucho haberla molestado, señora Aston.

– Muy bien, señorita Hayes. Lo dejaremos así por esta vez -le dijo, con una sonrisa-. Un fallo lo tiene cualquiera -Jessie notó que su sobrino se estaba impacientando y empezó a toser como si tuviera una grave enfermedad pulmonar, mientras seguía subiendo las escaleras de espaldas.

– Debe cuidarse esa tos, querida. Tome miel con limón.

– Sí -tosió-. De acuerdo -volvió a toser-. Gracias.

En cuanto Dorothy Aston volvió a entrar en su apartamento, Jessie se apresuró a meter a su sobrino en casa, cerrando la puerta tras ella, sin hacer ruido.

Después, se quitó la toalla del pelo y se inclinó sobre el bebé, sintiendo exasperación y ternura al mismo tiempo.

El niño tenía fruncido el ceño, intentando reconocerla, y tratando de tranquilizarlo, Jessie se inclinó más hacia él.

– Bueno, Bertie -le dijo, mientras le acariciaba la sedosa mejilla con el dedo-. En menudo lío me has metido.

En seguida se dio cuenta de que había cometido un tremendo error, porque aunque era igual de alta que la madre del niño, y tenía su mismo color de pelo, Bertie conocía muy bien la voz de su madre, y se dio cuenta de que Jessie no lo era, así que abrió la boca, dispuesto a que toda la humanidad se enterara de cómo se sentía al darse cuenta.

– ¡Shh! -le dijo-. Por favor Bertie, no lo hagas -Jessie se daba cuenta perfectamente de que si no conseguía que el niño estuviera callado, sus días en Taplow Towers estaban contados, así que lo tomó en brazos y lo apoyó contra su hombro-. Voy a encontrar muy pronto a tus padres. Te prometo que todo irá bien -pero Bertie, por alguna razón, no parecía muy convencido.

A Jessie lo único que se le ocurrió fue pasear por la mullida alfombra, como había hecho Faye el domingo anterior. Por un momento recordó el rostro pálido y exhausto de su cuñada. Kevin tampoco tenía mejor aspecto, y además tenía que ir a trabajar al día siguiente…

Además tenía que haberles sucedido algo terrible. Mientras pasaba al lado de su mesa de trabajo, tomó el teléfono. Dudaba de que Faye y Kevin estuvieran en casa, pero les dejaría un mensaje. Seguramente comprobarían los mensajes al regresar, por muy grave que hubiera sido lo que les había pasado.

Pero no tuvo que dejar un mensaje, porque ellos le habían dejado a ella uno.

– Jessie, cariño, necesitamos dormir de verdad, y pensamos que ya que eres la madrina de Bertie, no te importaría…

– No teníamos a nadie más a quién pedírselo… -interrumpía Faye a su marido.

– ¡Pedir! ¡Pedir! -exclamó Jessie, enfadada, como si los tuviera delante-. No me lo habéis pedido porque conocíais cuál iba a ser la respuesta. Sabíais perfectamente que no se permite tener niños en Taplow Towers.

– Me voy a marchar unos días con Faye, para estar sin niños, ni teléfono -continuó diciendo su hermano-. Te prometo que algún día haremos lo mismo por ti.

– No creo que tengáis la posibilidad -gruñó. Después, horrorizada por la gravedad del problema que tenía, miró a Bertie, que la miró también un momento antes de hacer un puchero-. ¡No, Bertie! -le suplicó-. ¡Por favor, cariño! -pero Bertie no estaba escuchando.

Sin embargo, el resto del edificio sí.

– Última llamada para el vuelo de British Airways, con destino a Londres…

Patrick terminó de facturar, y se dirigió hacia la puerta de embarque. Era el día de suerte de Carrie. Gracias al cambio de alegato de su cliente, al que seguramente habían pagado bien por hacerlo, ya que así protegía a gente de las altas esferas, volvía a casa antes de lo previsto. Como no estaba dispuesto a compartir su casa con nadie, y menos con una chica de dieciocho años, le «prestaría» el dinero para que se marchara a Europa con sus amigos, a cambio de que le prometiera estudiar en firme a su regreso.

– Entonces, ¿se va a quedar con ella?

¿Y cómo no iba a quedarse con la casa, si sabía que en menos de una hora la iban a poner en la calle? Jessie se habría conformado con encontrar cualquier sitio caliente, con agua corriente y sin goteras, así que aquella casa era como un sueño. Además estaba disponible de inmediato. Le parecía demasiado bueno para ser cierto.

– ¿Me puedo mudar hoy mismo? -preguntó para asegurarse de que no estaba alucinando. Después de haberse pasado veintinueve horas sin dormir más de veinte minutos, podía estarle ocurriendo.

– ¡Por supuesto! -Carenza Flinch le parecía demasiado joven para poseer una casa como aquella, pero Jessie tenía otras preocupaciones-. No puedo dejar la casa vacía y, además, necesito que alguien alimente a mi pobre Mao, mientras estoy fuera -el gato, que era la única pega de aquella casa, se quedó mirando a Bertie, que desde los brazos de Jessie, dejó por un momento de restregar sus doloridas encías en la camiseta de su tía para mirarlo también-. Estaba desesperada.

– ¿De verdad? -preguntó Jessie, pensando que aquello debía de ser una epidemia.

– Sí. De modo que si le gusta, me paga el alquiler, y es suya durante tres meses -le dio un bolígrafo-. Lo único que tiene que hacer es firmar en la línea de puntos.

Jessie se puso las gafas y miró el contrato con los ojos cansados por la falta de sueño. Parecía ser un contrato estándar de los que tenía la agencia con la que se había puesto en contacto. Lo firmó enseguida, y contó el dinero de la fianza y de los tres meses que iba a pagar por adelantado.

Carenza Flinch firmó también, y le dio las llaves. -Es toda suya -le dijo, tras guardarse el dinero en una carterita que llevaba en el cinturón, escondido bajo la sudadera-. Va a cuidar bien de Mao, ¿verdad? Le gusta el hígado y el bacalao fresco. Tiene que desmenuzarlo con los dedos por si acaso hay espinas. Ah, también la carne de pollo picada. Se lo he dejado todo escrito, por si se le olvida -Jessie reprimió un escalofrío que sintió al pensar que iba a tener que picar carne de pollo por conseguir un techo bajo el que dormir-. Me olvidaba de decirle que todo lo referente al cuidado de las plantas está también escrito en la pizarra de la cocina.

Jessie pensó que trataría de no matarlas, aunque era consciente de que no se le daban bien las plantas. Era una persona muy responsable. ¡Por algo le habían confiado Kevin y Faye a su hijo! De repente pensó que, tal vez debería hacer algo terrible en un futuro próximo para que sus familiares se lo pensaran dos veces antes de volver a hacerle algo así.

– ¿Has dejado el número de teléfono del veterinario? -preguntó a Carenza, mientras la acompañaba hasta la puerta. No le sería fácil convertirse en una irresponsable. Tendría que practicar mucho-. Y, ¿a quién llamo en caso de emergencia? ¿Ha dejado algún número de contacto?

– No voy a tener ninguno en los próximos tres meses -le respondió Carrie, mientras tomaba su pesada mochila-. No se preocupe, que no va a pasar nada malo. La veré dentro de tres meses.

Tres meses. En ese tiempo podría encontrar otro lugar parecido a Taplow Towers. La situación no era tan grave. Al fin y al cabo lo de Bertie era solo temporal. Tanto Kevin como Faye adoraban a su hijo, y estaba segura de que no podrían pasar más de dos o tres días sin él. Además, estaba segura de que sabían lo que le estaba perjudicando todo aquello a ella.

Regresarían, avergonzados de lo que habían hecho, y su vida recobraría la normalidad. Lo único que no podría recuperar sería Taplow Towers.

Si se lo hubieran explicado con antelación, podría haberse trasladado ella a su casa, un par de días, y así no se hubiera visto casi en la calle.

Pero Bertie no tenía la culpa de nada. Suspiró, y le besó en la cabeza. Después lo abrazó y empezó a sentirse mucho mejor.

– Lo siento cariño, te voy a tener que dejar en el cochecito mientras hago una taza de té -Bertie, que no quitaba ojo al gato, no protestó. Mao bostezó, y el niño sonrió encantado.

Asombrada por lo bien que aceptaba el niño la presencia del animal, lo contempló con dulzura, y sintió una punzada en el corazón, al pensar que su sobrino era lo más bonito que había visto en su vida.

No pudo evitar sentir cierto rencor hacia Graeme, pero por suerte el maullido del gato para que lo dejara salir la distrajo y dejó de sentir lástima de sí misma. Bertie lo vio salir al jardín y lloriqueó cuando desapareció detrás de unos arbustos.

– ¡Mao! -gritó al ver la reacción del niño, pero no apareció. De repente, la idea de que no regresara, que hacía dos horas le hubiera resultado indiferente, la horrorizó. Si a Bertie le gustaba hasta picaría carne de pollo para alimentarlo. Tal vez hubiera una fotografía de un gato en algún sitio…

Carenza tomó un periódico para protegerse los ojos del exceso del sol, mientras miraba al mar.

– ¿No es ese el caso de tu tío? -le preguntó Sarah, mientras torcía el cuello para leer el titular JUICIO POR FRAUDE EN EL LEJANO ORIENTE-. Sí, mira, aquí hay una fotografía suya -quitó el periódico a Carrie y sonrió-. ¡Qué guapo es!

– ¡Vamos, pero si es lo bastante viejo como para ser tu padre!

Sarah suspiró.

– Recuerdo haberlo visto hace unos años… Parecía tan perdido. Tan solitario… Me pasé semanas fantaseando con él, imaginando que lo consolaba, que le hacía recuperar las ganas de vivir… -hizo una mueca-. Bueno, ya sabes…

Carenza puso los ojos en blanco.

– Ya sé. Tú y la mitad de las mujeres de Londres, según mi madre. Había perdido al amor de su vida y a su hija, cuando todavía era un bebé. Bueno, no creo que nadie se pueda recuperar por completo de un golpe así. Solo el trabajo lo mantiene vivo. Mamá dice que si sigue a ese ritmo de trabajo terminará siendo juez del tribunal supremo.

– ¡Qué desperdicio! -dijo, y después siguió leyendo-: Acusado cambia su alegato ¿Qué significa eso?

Carenza frunció el ceño, y arrebató el periódico a su amiga, para poder leer la información por sí misma.

– Significa, Sarah, que me he metido en un lío tremendo, porque he alquilado la casa de mi tío a una mujer con un niño llorón… -ambas intercambiaron una mirada horrorizada-. Y debe estar camino a casa en este momento. ¿Cómo demonios puedo haber sido tan estúpida?

– Me parece que has tenido mucha práctica -ironizó su amiga.

Había muchos cuadros en toda la casa, pero ninguno de gatos.

En la habitación más grande predominaban los tonos granates, y estaba decorada con muebles antiguos de nogal. No le pegaba mucho con la imagen que le había dado Carrie, con su pendiente en la nariz y un corte de pelo estrafalario.

La segunda habitación estaba amueblada como estudio, con unas estanterías que llegaban hasta el techo, todas llenas de libros de Derecho. Jessie pensó que, tal vez, su casera hubiera heredado la casa y los libros.

La mesa de trabajo era lo bastante grande como para poder poner encima su ordenador y su escáner. Todavía no había tenido tiempo de conectarlos, pero en cuanto acostara a Bertie, trataría de trabajar un poco.

Todavía no había entrado en la tercera habitación. Carrie le había dicho que era algo así como un trastero para guardar cosas que no se utilizaban desde hacía muchos años. Le costó un poco abrir la puerta, pero cuando lo consiguió vio que estaba decorada en tonos amarillos y blancos, para que pareciera soleada hasta en los días más grises. No había cuadros, solo algunas cajas que parecían no haber sido tocadas desde hacía mucho tiempo.

Volvió a la cocina con la esperanza de que Mao hubiera regresado. No había vuelto todavía, pero Bertie se había quedado dormido en sus brazos.

Hambrienta, pero temerosa de despertar al niño, tomó un paquete de galletas de chocolate que había dejado Carenza y se sentó en un sillón de apariencia cómoda a comerlas.

Se debía de haber quedado dormida comiéndolas, porque cuando los maullidos de Mao, desde la ventana la despertaron, tenía chocolate pegado a la camiseta, y varias galletas se habían caído sobre la alfombra del lado del chocolate.

Dejó entrar al gato, bañó a Bertie, lo dio de cenar, y lo dejó en su cuna. Después metió toda la ropa que llevaba puesta en la lavadora, se puso una camiseta, se lavó los dientes y se acostó.

Poco antes de quedarse dormida recordó que la alfombra persa había quedado manchada de chocolate, y pensó que debía levantarse para limpiarla.

Y conectar la alarma.

Pero el sueño se apoderó de ella.

Patrick dejó la bolsa de viaje en el vestíbulo y fue a desconectar la alarma, pero se dio cuenta de que no estaba conectada. Estaba claro que a Carenza se le había olvidado hacerlo. No pudo evitar pensar que, tal vez, no debería haber hecho caso a su hermana cuando le pidió que dejara a su sobrina cuidar de la casa.

Al día siguiente le firmaría un cheque, se marcharía, y todo volvería a la normalidad.

Bueno, casi, porque como había dormido en el avión, a pesar de que era de madrugada, no tenía sueño. El reloj biológico tardaría en volver a reajustarse. En aquel momento estaba completamente despierto y hambriento.

Deseando encontrar algo comestible en la nevera, encendió la luz de la cocina. Respiró hondo para no alterarse al ver la pila de platos que había en el fregadero, aunque le resultó más difícil no hacer caso de un olor familiar que percibía en la casa, y no conseguía identificar.

De repente, su humor no hizo sino empeorar al notar que estaba pisando una galleta contra la alfombra.

No le daría ningún cheque a su sobrina. Cuando terminara con ella, estaría deseando salir corriendo. Nunca debería haberla dejado al cuidado de la casa.

Cuando se despertó sobresaltada, Jessie tuvo un ataque de pánico. Su primer pensamiento fue para el niño. Tras incorporarse, se puso las gafas y se acercó a la cuna. Otra semana como aquella y acabaría en un psiquiátrico.

Pero a Bertie no le pasaba nada. Gracias a la escasa luz que se colaba por la ventana pudo ver que el niño dormía profundamente. Lo tocó y vio que estaba caliente, pero no demasiado. De hecho, tenía un precioso tono rosado en las mejillas.

El gato también se encontraba perfectamente.

De repente, se estremeció horrorizada, al pensar en lo que diría su cuñada si viera a su hijo durmiendo con Mao, que se había hecho un ovillo a los pies del niño.

Jessie lo sacó de la cuna y el gato protestó. Para que no se despertara Bertie se vio obligada a abrazarlo, a pesar de la grima que le daba el pelo del animal.

Mao la miró con desconfianza, como si supiera lo que estaba pensando mientras se dirigía de puntillas a la puerta.

Estaba casi en el rellano de la escalera, cuando se dio cuenta de lo que le había despertado. Había alguien en la cocina.

Capítulo 2

Jessie pensó en varias posibilidades: llamar a la policía; gritar; esconderse con Bertie y el gato hasta que se marchara el ladrón con su botín; enfrentarse al villano…

La policía. Tenía un teléfono móvil, así que podía llamar a la policía. Se bajó las gafas y miró a su alrededor, preguntándose dónde estaba, cuándo lo había usado por última vez. De repente, se dio cuenta de que lo tenía en el bolso, y se lo había dejado en el salón.

Se sintió tentada a gritar, y así liberarse de toda la tensión que había tenido aquellos días, pero enseguida comprendió que si lo hacía despertaría a Bertie, asustaría a Mao, y tal vez el ladrón no solo no se marchara, sino que además tratara de hacerla callar por la fuerza. Así que decidió no gritar de momento.

Solo le quedaba entonces la opción de esconderse con el niño y el gato y hacer una barricada, pero el problema era que los muebles parecían demasiado pesados para poder moverlos sola contra la puerta.

Decidió entonces buscar algo con lo que defenderse si el ladrón subía, cosa muy probable. De repente le asaltó la idea de que pudieran ser varios, pero no quiso pensar en ello.

Abrió el armario y la molestó ver que estaba lleno de ropa de color negro, que suponía de Carrie. Estaba buscando algo con lo que defenderse, cuando un objeto pesado le cayó sobre el pie. Reprimió un grito de dolor, y se inclinó a recoger el objeto.

Era un bate de cricket. La sorprendió encontrar aquello, porque no se imaginaba a Carenza liderando el equipo de cricket femenino, pero le pareció que era el objeto contundente que estaba buscando para defenderse. Al tomarlo en sus manos, se sintió más segura. Se dirigió hacia la puerta blandiéndolo, y la abrió un poco más para escuchar.

Antes de que pudiera impedírselo, Mao se escapó

Patrick abrió la nevera. En la balda interior de la puerta había un cartón de leche abierto. Lo olió con desconfianza y, tras comprobar que no estaba estropeado, lo volvió a dejar en su sitio. Después sacó un plato y lo destapó. Parecía pescado desmigado. Lo dejó y cuando estaba abriendo un cartón de huevos, algo suave y cálido le rozó los tobillos. Patrick dio un paso atrás y la criatura maulló enfadada cuando le pisó en la cola, y después de enredársele entre las piernas escapó.

Desequilibrado e inseguro de dónde podía poner los pies, Patrick trató de sujetarse a lo primero que tuvo a mano: la estantería de la puerta de la nevera.

Por un momento pensó que aguantaría, pero enseguida cedió y tanto la estantería como la puerta se soltaron y cayeron, seguidas de los huevos, la leche, el pescado sobre Patrick, que antes de tocar el suelo se golpeó contra el borde del mostrador de la cocina.

Jessie seguía escuchando tras la puerta, muerta de miedo, pensando si lo del bate era, después de todo buena idea, porque corría el peligro de proporcionar al ladrón un arma, oyó el maullido de dolor de Mao, seguido de un tremendo estruendo.

¿Habría matado el ladrón a Mao? ¿O tal vez Mao al ladrón? No lo sabía, pero lo que estaba claro era que no podía seguir escondiéndose. Bate de cricket en mano, Jessie bajó las escaleras muy despacio y se acercó a la cocina con precaución.

Aunque no había dejado arreglada la cocina antes de acostarse, porque estaba demasiado cansada, lo que se encontró delante la dejó perpleja: había huevos rotos por todos los sitios, un charco de leche, del que Mao estaba bebiendo plácidamente, y en medio había un hombre tirado, que parecía ocupar todo el espacio disponible, con una herida en la frente de la que salía sangre. Un hombre que estaba vestido de pies a cabeza de negro, como solían ir los ladrones.

Era alto y fuerte. La podía desarmar en un abrir y cerrar de ojos.

Por suerte estaba inconsciente.

O tal vez no, porque, de repente gimió y abrió los ojos. Jessie blandió el bate y le dijo nerviosa:

– ¡No se mueva!

Patrick miró al techo de la cocina. Estaba en el suelo, tumbado sobre un charco muy frío, y le dolía la cabeza como si se le fuera a desprender del cuerpo de un momento a otro. Frente a él una mujer, con el pelo alborotado, medio desnuda y con unas gafas demasiado grandes para ella, lo miraba blandiendo su bate de cricket. ¿Lo habría golpeado con él? Trató de llevarse la mano a la cabeza para comprobar la importancia de la herida.

– ¡No se mueva! -repitió Jessie.

La muchacha trataba de mostrarse amenazadora, pero el temblor de su voz se lo impedía. No había necesidad alguna porque no tenía ni la más mínima intención de moverse. Lo único que quería era cerrar los ojos, y que al abrirlos todo aquello no hubiera sido más que un sueño. Lo intentó.

Al verle cerrar los ojos, Jessie se aventuró a acercarse. Estaba muy pálido y la herida de la frente tenía muy mala pinta. De repente imaginó que moría, y tras culparla a ella de su muerte acababa en la cárcel. Había leído muchas veces en el periódico que un ladrón entraba en una vivienda, moría y una inocente ama de casa acababa en la cárcel.

Kevin y Faye iban a lamentar entonces lo que le habían hecho.

Jessie dio un respingo. ¿En qué demonios estaba pensando? Podía haber entrado a robar, pero estaba claro que en ese momento necesitaba ayuda. Dejó a un lado el bate, y cruzó descalza el charco de leche hasta llegar a él.

Tumbado todo lo largo que era en el suelo se le veía muy grande y amenazador. Hasta inconsciente parecía peligroso, pero no podía dejarlo allí. Tomó un babero limpio del mostrador de la cocina, se arrodilló a su lado y empezó a limpiarle la sangre que le salía de la herida, de la frente, demasiado preocupada por su estado como para sentir miedo.

El desconocido abrió los ojos con tanta rapidez que Jessie pensó que no había estado tan inconsciente como había pensado, y la agarró con fuerza de la muñeca.

– ¿Quién demonios es usted? -le preguntó.

– Jessie -se apresuró a responderle para no irritarlo más-. Me llamo Jessie. ¿Cómo se encuentra? -le dijo lo más dulcemente que pudo, para que se diera cuenta de que no quería hacerle nada malo…

– ¿Qué aspecto tengo? -preguntó él.

Jessie pensó que no demasiado bueno: estaba pálido, tenía barba de tres días y además no dejaba de salirle sangre de la herida. Le puso los dedos contra la garganta para comprobar su pulso, aunque sin saber muy bien por qué, ya que podía ver con sus propios ojos que no estaba muerto.

Notó la calidez de su piel bajo los dedos, y un pulso fuerte, para su tranquilidad.

– ¿Y bien? -le preguntó él, después de un rato-. ¿Voy a sobrevivir?

– Cre… creo que sí.

– Me gustaría que se la notara más convencida de lo que dice.

Jessie pensó que no hablaba como un ladrón, pero enseguida se dijo que no podía fiarse.

– Bueno… -empezó a decir, pero la media sonrisa que observó en su boca le hizo sospechar que no estaba hablando completamente en serio.

– No me voy a rebelar si cree que necesito que me haga la respiración artificial -le dijo, confirmando así las peores sospechas de Jessie.

Por un momento se sintió tentada a besarlo. ¡Era tan atractivo! Pero enseguida recuperó el sentido común, y se reprochó a sí misma aquel momento de debilidad, después de lo que le había hecho sufrir su última experiencia amorosa.

De repente pensó que si se sentía lo bastante bien como para bromear, seguramente en cualquier momento se levantaría y… y tal vez fuera mejor no pensar en lo que podría llegar a hacerle. Sería mejor que dejara de perder el tiempo y llamara a la policía y a una ambulancia enseguida.

– Lo que usted necesita es que lo lleven a urgencias lo antes posible -le dijo, tratando de soltarse. Tal vez estuviera de buen humor, pero no podía arriesgarse a enfadarlo. La siguió sujetando por la muñeca mientras se incorporaba, pero resultó ser demasiado esfuerzo para él, porque enseguida renunció a su intento, y le soltó la muñeca para llevarse la mano a la cabeza.

Jessie pensó que necesitaba su teléfono móvil, y tenía el bolso sobre el mostrador de la cocina. Se levantó para alcanzarlo, y en ese momento el ladrón la agarró por el tobillo.

Entonces Jessie dejó la prudencia a un lado e hizo lo que había estado deseando hacer desde que se dio cuenta de que había entrado alguien en la casa: gritar como una loca.

Patrick que lo único que pretendía era saber quién era aquella mujer que estaba en su casa, y adonde había ido Carenza se dijo a sí mismo que tampoco importaba mucho, después de todo, ya que lo más importante en aquel momento era, sin duda, hacerla callar. Así que le apretó el tobillo con fuerza. Jessie dejó de gritar al momento, pero se cayó encima de él.

Jessie, a pocos centímetros de su cara lo miraba asustada, pero antes de que pudiera hacer o decir nada más la agarró con fuerza.

– No, por favor, no grite más. No sé quién es usted o qué está haciendo aquí, pero usted gana. Me doy por vencido.

– ¿Que yo gano? -dijo Jessie, notando el histerismo de su propia voz, aunque después de todo tenía todo el derecho a estar histérica, ya que estaba tumbada sobre el pecho musculoso de un posible criminal, de un hombre que había entrado por la fuerza en su casa, y que hasta con una herida en la frente podía aprovecharse de la situación, y la situación era que lo único que llevaba encima era una camiseta hasta las rodillas.

Nada más. Le bastaría mover la mano unos centímetros para comprobarlo.

Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no tirar de la camiseta hacia abajo todo lo que pudiera, pero no lo hizo porque sabía que solo conseguiría llamar la atención de aquel hombre sobre lo que quería esconder. Así que lo miró a los ojos y le exigió que la dejara marchar inmediatamente.

Era un rostro interesante. De los que en otras circunstancias le hubiera gustado volver a ver. Fino, pero con rasgos bien definidos y mucho carácter. Tuvo la sensación de que el sufrimiento no le era extraño, y de que aquella boca prometía besos apasionados

– ¿Qué quiere decir con que he ganado? -le preguntó, mientras trataba de recuperar el control de sí misma.

– Que me rindo -le dijo. Jessie no entendió lo que quería decir con que se rendía, y se quedó mirándolo fijamente. Tenía unos ojos preciosos: grises, y con unas pintitas doradas que los dotaban de una calidez especial-. Pero, por favor, no vuelva a gritar.

– ¿Se refiere a eso? -gritó, todo lo amenazadora que pudo porque no se fiaba de él, pero la voz le temblaba tanto que no hubiera asustado a una mosca.

– Oh, olvídelo. Déme un cuchillo y me cortaré el cuello. Sufriré menos que con el castigo que pretende infligirme.

– ¡Yo! -protestó Jessie-. ¡Como si le hubiera pedido que entrara en mi casa y se cayera!

– ¿Qué me cayera? ¿Es esa la historia que piensa contar? -le soltó la mano, y agarró el bate de cricket-. ¿Acaso ha olvidado esto? -le dijo blandiéndolo.

Jessie se apresuró a ponerse de pie, y apartarse de él, antes de que decidiera golpearla hasta hacerla perder el sentido.

– ¡No se mueva de ahí! Voy a llamar una ambulancia -le dijo retrocediendo, sin preocuparse de que la leche que le había empapado la camiseta le corriera por las piernas.

Patrick soltó el bate de cricket.

– Tendrá que sacarme a rastras hasta la calle, si quiere que me pase por encima -la advirtió.

Jessie se reafirmó en la idea de que estaba delirando. Debía llevarlo al hospital lo antes posible. Se apartó lo suficiente como para no estar a su alcance, sacó el móvil del bolso y marcó el número de emergencias para pedir una ambulancia. Querían detalles.

– Lo siento, pero no sé quién es. Entró en mi casa, y está tirado en la cocina…

– ¡No es su casa! -gritó-. ¡Es la mía!

– Sí, se ha hecho una herida en la cabeza -dijo por teléfono al servicio de urgencias. Patrick la estaba escuchando con el ceño fruncido, pero no se movió de su sitio. Desconfiando de su aparente colaboración, Jessie retrocedió aún más, dejando una huella de leche en la moqueta-. Sí, se golpeó la cabeza con el mostrador de la cocina, y se hizo una herida en la frente… Sí, está consciente, pero está diciendo unas cosas muy raras -Patrick gruñó al oírla, pero ella no le hizo caso-. ¿Informará también a la policía? Muchas gracias -colgó, y se quedó en la puerta de la cocina, temerosa de acercarse más a él-. Llegarán enseguida.

– Dígame una cosa -le dijo, tras conseguir sentarse, y apoyar la espalda contra uno de los armarios de la cocina-. ¿Está usted loca, o soy yo el que no anda bien de la cabeza? -le preguntó con tanta seriedad como si realmente lo quisiera saber.

Incapaz de pronunciar palabra, Jessie mantuvo las distancias, aunque le temblaban tanto las piernas que si tardaba mucho en sentarse, estaba segura de que acabaría por caerse otra vez al suelo.

– Quédese quieto. Estoy segura de que no tardarán en venir -dijo, fingiendo una calma y convicción que no tenía.

– ¿Ah, si? Y dígame, ¿de dónde ha salido el gato?

Mao, tras beber toda la leche que había podido, y jugar con las yemas de los huevos, estaba lamiéndose cuidadosamente la cara.

– No lo sé. Pertenece a la dueña de la casa. Es una de las razones por las que estaba desesperada por encontrar un inquilino. Necesitaba que alguien cuidara de él. Debe de haber sido una sorpresa para usted darse cuenta de que la casa no estaba vacía.

– Y que usted lo diga. Sobre todo porque esta es mi casa.

Jessie pensó que aquel hombre se encontraba peor de lo que pensaba. Miró el reloj, impaciente por que llegara la ambulancia.

– Así que esta es su casa, ¿verdad? -le dijo con incredulidad.

– Sí, señora -le respondió Patrick, cortante-. Y le aseguro que odio los gatos, al igual que mi perro. Así que tal vez le gustaría decirme qué está haciendo aquí.

Jessie se puso muy nerviosa al oír hablar de perros, y deseó con todas sus fuerzas que la ambulancia no tardara en llegar, y se llevara a aquel loco de su casa. Decidió que lo mejor sería seguirle la corriente.

– Me encantaría, pero…

– ¿Por qué no empieza por decirme…?

De repente, se oyó llorar a Bertie en la planta de arriba. Jessie pensó que iba a dar un beso muy fuerte al bebé en agradecimiento.

– Me encantaría quedarme a charlar con usted, pero tengo que ir a ver que le pasa al niño.

– ¿Un bebé? -de repente fue como si le hubieran vuelto a golpear-. ¿Tiene un bebé aquí?

– Al pobrecito le están saliendo los dientes -le dijo y se apresuró a marcharse, tropezando con la bolsa que el desconocido había dejado en el vestíbulo. Era negra, de aspecto caro, y sin duda muy pesada. Seguramente estaba llena de objetos de otra casa que acababa de robar-. No se mueva, la ambulancia no tardará en llegar.

Dejó la puerta entreabierta para que pudieran entrar los servicios de emergencia y se marchó escaleras arriba.

Bertie se quejaba y se metía el puño en la boca, de vez en cuando. Jessie se puso lo primero que encontró y lo tomó en brazos. Se dio cuenta de que los pañales estaban abajo, seguramente en la cocina.

– Un bebé -murmuró Patrick, mientras trataba de ponerse de pie, haciendo todo lo posible por no prestar atención al tremendo dolor de cabeza que notaba y a las náuseas que sentía.

De repente se dio cuenta de cuál era el olor que le resultaba tan familiar: una mezcla del olor a leche infantil, polvos de talco, crema hidratante para bebés y aquel producto que Bella utilizaba para esterilizar los biberones. Se preguntó cómo podía haberlo olvidado, si a su regreso del funeral, la casa parecía impregnada de aquel aroma, y le había costado meses deshacerse de él. Hubo un momento en el que pensó que tendría que mudarse, hasta que se dio cuenta de que, en realidad, aquel olor solo existía en su mente, que no era más que el fantasma de la familia que había perdido que lo perseguiría toda la vida, así que de nada le serviría cambiarse de casa.

Mientras se apoyaba en el fregadero porque todo le daba vueltas, se preguntó dónde demonios estaría Carenza. Cuando se sintió con fuerzas para abrir los ojos, se dio cuenta de que un policía lo estaba observando con desconfianza.

– Gracias a Dios, agente -le dijo-. Se ha metido en mi casa una loca, que me golpeó con un bate de cricket.

– ¿Por qué no se sienta, señor? La ambulancia no tardará en llegar -Patrick no esperó a que se lo volvieran a decir, para sentarse en la silla más cercana. Enseguida notó que tenía los pantalones húmedos-. Tal vez mientras esperamos, me podría dar algunos detalles, si le parece. ¿Cómo se llama usted, por favor?

– Dalton. Patrick Dalton.

El hombre tomó nota.

– ¿Y su dirección?

– Calle Cotswold, 29.

– Esa es la dirección en que nos encontramos, señor.

– Exactamente. Me llamo Patrick Dalton y vivo aquí -le dijo lenta y cuidadosamente-. Esta es mi casa.

El policía tomó nota y después se volvió hacia la puerta que se acababa de abrir.

– Ya ha llegado la ambulancia, señor. Continuaremos hablando en el hospital.

Patrick se dio cuenta enseguida de que le estaba hablando en el mismo tono en que se habla a alguien que se cree que ha perdido la razón. Estuvo a punto de decirle que era abogado, pero le dolía demasiado la cabeza. Primero iría al hospital. Ya habría tiempo para las explicaciones.

Después se daría el gusto de poner a aquella mujer, su hijo y el gato en la calle. Por supuesto, después de que le dijera dónde encontrar a Carenza.

– ¿Sería tan amable de decirme lo que ha sucedido, señorita? -le preguntó el policía, mientras Jessie cambiaba a Bertie con las manos tan temblorosas que casi no podía despegar las tiras de los pañales.

El policía, al ver en que estado se encontraba, le echó una mano, mientras ella explicaba nerviosa lo que había sucedido.

– El señor Dalton dice que usted lo golpeó con un bate de cricket.

– ¡Eso es mentira! -dijo, y acto seguido se sonrojó al ver el bate que estaba en el mismo sitio en el que Patrick lo había dejado caer-. ¿Se apellida Dalton?

– Patrick Dalton, según dice. Tiene una herida muy fea en la frente.

– Lo sé. Creo que se la hizo al caerse -tomó a Bertie en brazos, y lo estrechó contra su cuerpo-. Por el ruido supuse que se tropezó con el gato y perdió el equilibrio, mientras buscaba algo en la nevera. Lo que no entiendo es el qué.

– La sorprendería saber que la gente acostumbra a guardar sus objetos valiosos en la nevera o el congelador. De todos modos el caballero dijo que vivía aquí.

– A mí también me lo dijo, pero no es verdad. Le alquilé la casa a la señorita Carenza Flinch. Acabo de mudarme. Tal vez haya sufrido una conmoción cerebral.

– Tal vez. Sin embargo no se ven signos de que haya entrado por la fuerza en la casa. Espero que no le importe que le pregunte si no es un problema doméstico.

– ¿Doméstico?

– Si, una pelea de enamorados que se les ha ido de las manos.

– ¿De enamorados? -repitió Jessie, encontrando dificultad, de repente, para articular palabra-. Agente, no había visto a ese hombre en mi vida. Ya le dije que me he mudado hoy. La dueña se iba de vacaciones al extranjero y necesitaba encontrar a alguien enseguida que cuidara de la casa, el gato y las plantas. ¿Es un barrio con mucha delincuencia?

– No, pero la mayoría de la gente tiene instalada una alarma en casa. Incluso usted. ¿No estaba conectada?

– Bueno… no. Estaba tan cansada por el niño que se me olvidó conectarla. Tal vez hasta se me olvidó cerrar la puerta con llave -el agente asintió comprensivo-. ¿Desea ver el contrato de alquiler? Está sobre la mesa que hay en el vestíbulo. Ah, y ese hombre también dejó una bolsa, ahí. Está claro que ya había cometido otros robos esta noche.

El policía miró el contrato, tomó algunas notas y después agarró la bolsa.

– La voy a dejar en paz, señorita -dijo a Jessie-. Tal vez podría venir a la comisaría a hacer una declaración a lo largo de la mañana.

– Sí, por supuesto -le dijo, aunque en su fuero interno lamentó tener que perder más tiempo con aquel asunto. No entendía por qué aquel hombre había decidido escoger su casa. Acompañó al policía hasta la puerta-. ¿Qué le sucederá al señor Dalton? Si es que ese es su nombre.

El policía leyó una de las etiquetas de avión que colgaban de las asas de la bolsa. Venía el nombre, pero no la dirección.

– Tal vez robó la bolsa -dijo Jessie-. Y el nombre.

Lo dijo muy segura, pero no lo estaba. ¿Y si tuviera razón y aquella fuera su casa. Su mirada no era la de un delincuente, aunque la experiencia le había demostrado que no era muy buen juez, porque la de Graeme le había prometido la luna, y ella lo había creído a pies juntillas.

– Bueno, la dejo tranquila para que pueda acostar al niño. Esta vez no se le olvide conectar la alarma.

– No se me olvidará -le dijo, y tras despedirlo cerró la puerta y la conectó. No estaba dispuesta a pasar otra vez por lo que acababa de vivir.

Como estaba demasiado nerviosa como para quedarse dormida otra vez, decidió ponerse a limpiar la cocina, tratando de no pensar en su guapo ladrón de mirada sincera; o en lo que había sentido al estar encima de él, pero no le resultaba fácil, así que decidió como último recurso concentrarse en el trabajo y puso en funcionamiento el ordenador.

– No sé cuánto tiempo voy a poder seguir con esto, Kevin. Lo echo mucho de menos.

– Yo también. Es extraño, pero este silencio excesivo me hace daño en los oídos.

– ¿Crees que ya habrá funcionado?

– No creo, cariño. Supongo que no la van a poner en la calle de inmediato. Y menos con un bebé.

– ¿Tú crees?

– Dijimos que íbamos a darle una semana, Faye.

– No creo que pueda aguantar sin él tanto tiempo. Supón que no se las arregla bien. Imagina que…

– Jessie es la mujer más competente que conozco. Recuerda lo bien que se le dio cuidar de Bertie el domingo.

– Sí, pero el domingo, yo estaba allí.

– Dejaste suficientes instrucciones como para escribir un libro sobre cuidados infantiles. Además si tiene algún problema…

– Eso, si tiene algún problema, ¿qué?

– Hará lo que hace siempre: recurrirá a Internet. Anda, ven que te dé un abrazo.

– Sí, esto fue el inicio de nuestros problemas.

Cuando Bertie despertó, ella llevaba ya una hora levantada. Tal vez se estuviera empezando a acostumbrar a dormir menos, o fuera la tranquilidad de tener ya un techo, pero se sentía en plena forma. Radiante de felicidad se inclinó sobre la cuna para tomar en brazos al niño.

– ¿Tienes hambre, cariño?

El bebé se metió el puñito en la boca y Jessie se echó a reír.

Conectó la hervidora de agua y después preparó el biberón de Bertie y se hizo un té. Vio una marca en una de las esquinas del mostrador y se preguntó si se habría golpeado allí Patrick Dalton, si es que aquel era su verdadero nombre. ¿Se habría hecho una herida seria? Se estremeció solo de pensarlo, y se dijo que tal vez debería ir a visitarlo al hospital.

Aunque también podía estar ya en una celda. Aquel pensamiento no le produjo ninguna felicidad. No le había parecido un ladrón, ni había hablado como uno, pero tal vez fuera que procedía de una buena familia, pero había equivocado su camino.

– Lo siento, señor Dalton, pero dadas las circunstancias, no nos quedó más remedio que creer en la versión de la señorita Hayes sobre lo sucedido:

– Supongo que ella creyó haber dicho la verdad.

– Entonces, ¿no va a presentar cargos?

– ¿Qué cargos? Sus hombres vieron el contrato de alquiler. Parece ser que mi sobrina ha alquilado mi casa a esa mujer -se tocó la venda de la frente-. Le devolveré su dinero y cuando se marche iré a buscar a mi sobrina, para asegurarme de que este verano no se le olvide en la vida.

– Sí, señor. ¿Es esa su bolsa? -el jefe de policía hizo una seña a uno de sus empleados que se apresuró a ocuparse de ella-. Lo menos que puedo hacer es ofrecerme a llevarlo a su casa.

La cocina estaba limpia y ya había bañado y dormido a Bertie, así que se daría una ducha, se arreglaría, y cuando el niño despertara, lo pondría en la sillita e irían a la comisaría, para declarar y preguntar si el ladrón se había recuperado. No se sentía responsable, porque la había agarrado del tobillo, dándole un susto de muerte, pero cuando estaba encima de él, y la miraba con aquellos ojos grises, nada amenazadores, sino tal vez perplejos, ella se había sentido muy rara, como mareada, y no porque se hubiera dado ningún golpe.

Pero aquello era ridículo. Lo que le hacía falta era dormir una noche entera.

El baño, que se encontraba dentro de la habitación, estaba decorado a juego con ella, en colores cálidos que invitaban al descanso. Jessie cambió de opinión respecto a la ducha y abrió los grifos de la bañera antigua de patas para que se llenara. No le había dado tiempo todavía a deshacer la maleta, pero en el baño había de todo, así que se permitió echar un aromático gel y, tras dejar la puerta abierta para oír a Bertie si se despertaba, se sujetó el pelo para que no se le mojara y se metió entre la espuma.

– ¿Está seguro de que no necesita ayuda? -le dijo el jefe de policía, que estaba abochornado porque sus hombres habían confundido a Patrick Dalton con un ladrón, cuando era uno de los abogados más importantes y conocidos del país. Había sido un error sin ninguna mala intención, pero el señor Dalton tenía fama de no olvidar los errores que cometía la policía.

– Creo que me las puedo arreglar, pero gracias por ofrecerse. Y respecto a lo de anoche, bueno si usted no se lo comenta a nadie, le prometo que yo tampoco lo haré.

– Es muy generoso de su parte, señor Dalton.

– Lo sé.

– Está seguro de que no quiere que le explique yo lo sucedido a la señorita Hayes -le dijo el jefe de policía, desconcertado por tanta franqueza.

– Creo que me las podré arreglar. Además le puedo enseñar el periódico de ayer, si todavía no está convencida -no le gustaba el titular, pero gracias a la fotografía la policía lo había reconocido.

Patrick se puso el periódico bajo el brazo y tomó su bolsa de manos del oficial de policía. Subió las escaleras que daban a la puerta de su casa con ligereza, a pesar de que le dolía un poco la cabeza, pero no tocó el timbre. Sabía que lo más normal hubiera sido hacerlo, pero corría el riesgo de que la chica pusiera la cadena y se negara a dejarlo entrar. Así que esperó a que se alejara el coche de policía y entró.

Esta vez la alarma estaba conectada. Posó la bolsa en el suelo, dejó el periódico en la mesa del vestíbulo, y la desconectó.

– Hola. ¿Hay alguien ahí? -dijo en voz alta.

Como nadie respondió se dirigió a la cocina, que parecía haber recuperado la normalidad.

Enseguida le vino el olor al líquido desinfectante de biberones, y se sintió abrumado por tristes recuerdos que lo remitieron a diez años atrás. El gato se frotó contra sus pantalones, pero no había ni rastro de su inquilina, aparte de una huella de leche en la moqueta del vestíbulo.

Tal vez hubiera salido de paseo con el niño.

De repente se dio cuenta de que llevaba un buen rato conteniendo la respiración e inspiró profundamente tratando de relajarse, mientras recogía la bolsa del suelo y empezaba a subir las escaleras, decidido a darse una buena ducha y a dormir ocho horas seguidas. Se detuvo en seco al ver la cuna al lado de la cama, y se dio la vuelta enseguida, diciéndose que se encargaría de que estuviera plegada al lado de la puerta para cuando ella regresara. Tal vez si se encontrara con una furgoneta y un cheque esperándola se mostraría razonable, aunque le parecía improbable, a juzgar por la determinación con que la había visto blandir el bate de cricket, a pesar de que estaba muerta de miedo. De todos modos merecía la pena intentarlo.

Se quitó los zapatos y después la camisa, mientras cruzaba la puerta del baño, encestándola después con pericia en el cesto de la ropa sucia. Entonces se volvió y se llevó una buena sorpresa porque Jessie estaba en su bañera, con sus rizos castaños cayéndole sobre la frente y las mejillas, y las partes púdicas de su cuerpo escultural apenas cubiertas por islotes de espuma. Sin el bate en la mano y las gafas de búho estaba muy diferente, y no parecía en modo alguno amenazadora. Hasta el más duro de los corazones se ablandaría al verla así.

Desde luego el suyo tenía fama de ser de acero, y así quería que lo siguieran creyendo, pero tenía que reconocer que si un hombre tenía que encontrarse a una mujer en su bañera al llegar a casa, él había tenido suerte de que fuera una tan atractiva.

Sin embargo, podía entender que Jessie no encontrara la situación tan agradable, y estaba seguro de que si no estaba gritando como una loca en aquel momento, era porque estaba profundamente dormida.

Capítulo 3

Patrick dio un paso atrás. Moralmente tenía todo el derecho a estar en su propio baño. Él no había alquilado su casa. Jessie Hayes era quien no tenía derecho a estar allí. Podía haber firmado un contrato, pero le parecía increíble que se hubiera creído que esa casa pertenecía a una chica de dieciocho años, cuya idea de la elegancia era teñirse el pelo de color morado y ponerse un pendiente en la nariz. A cualquiera con dos dedos de frente, le hubiera saltado a la vista con solo mirar un poco a su alrededor.

Por desgracia, la prensa no se pararía a pensar en eso. En cuanto tuvieran el menor indicio de aquella situación, empezarían a hurgar en su pasado, y las conversaciones cesarían en cuanto entrara en cualquier sitio, esta vez no porque no supieran lo qué decir, sino porque tendrían demasiado qué hablar sobre él. Lo más conveniente sería que se marchara en aquel mismo momento, sin hacer el menor ruido, para que ella no se enterara de que había estado allí.

El problema era que había tirado la camiseta en el cesto de la ropa sucia, y en cuanto Jessie fuera a dejar la toalla allí, se daría cuenta de que…

No había apartado los ojos de ella ni un momento, temiendo que hasta un parpadeo pudiera despertarla, pero no se había movido. Sus ojos entre azules y verdes, del mismo tono que tiene el Mediterráneo en un día apacible estaban cerrados, y dormía plácidamente.

De repente, Patrick se preguntó cómo podía haberse dado cuenta de aquello entre tanta confusión y a través de las gafas de búho que llevaba puestas Jessie. Tal vez cuando estaba encima de él, su subconsciente había hecho el trabajo. Entonces, sin quererlo, recordó el calor de su cuerpo y el cosquilleo del cabello femenino contra su mejilla.

Tenía los labios entreabiertos, sin maquillar, y estaba tan relajada que las manos le caían a ambos lados de la bañera.

Patrick sintió resquebrajarse un poco la coraza que le recubría el corazón, y fue entonces cuando las islas de espuma se apartaron un poco, dejando al descubierto el diminuto tatuaje de una mariquita que tenía en el muslo. Patrick notó cómo su cuerpo reaccionaba al estímulo, y empezaba a desear sentir unos labios cálidos contra los suyos, un cuerpo listo para el amor, y de repente se sobresaltó, al darse cuenta de que aquellas sensaciones no las provocaba un recuerdo, sino la mujer que tenía delante de él.

La vio suspirar, y moverse un poco al sentir que el agua se empezaba a enfriar. Patrick seguía mirándola, como hipnotizado, hasta que se dio cuenta de que estaba a punto de despertarse, y si no se marchaba enseguida, le podía dar un susto de muerte. Pero cuando se dirigía al cesto de la ropa sucia, un bebé empezó a lloriquear, y entonces recordó que no había mirado en la cuna por miedo a los recuerdos, y porque de todos modos, si Jessie hubiera salido, habría estado vacía. Había cometido un tremendo error.

El llanto del niño, cada vez más fuerte, siguió rompiendo su coraza, metiéndosele en el cerebro y trayéndole recuerdos que normalmente procuraba alejar de su mente, pero allí, en su casa, donde se sentía seguro, había bajado la guardia.

Jessie volvió a suspirar incomodada por el llanto del niño, y Patrick, renunciando a recuperar la camiseta decidió abandonar la zona de peligro. Cuando se estaba alejando oyó como se movía el agua, mientras ella se sentaba, y procuró no pensar en la Venus de Botticelli que tenía en la bañera. Su cuerpo, desacostumbrado a semejantes estímulos, no sabía cómo manejarlos.

– Espera un poco, Bertie.

Patrick recordó su voz. La noche anterior sonaba tensa y enfadada, pero en aquel momento, mientras salía del baño, era dulce y relajada. Sin embargo, Bertie no se aplacaba.

Patrick trató de no mirar al niño, pero no pudo evitarlo. Vio su carita angustiada y sus manitas tendidas hacia él, pidiendo que lo tomara en brazos, que lo tranquilizara, y no pudo huir. Lo sacó de la cuna, y lo apoyó contra su nombro, tratando de reconfortarlo con un gesto paternal que no olvidaría jamás.

Bertie dejó de llorar, y lo miró. Después le pellizcó las mejillas con sus manitas, y sonrió. La coraza del corazón de Patrick terminó de romperse por completo.

Jessie, que en ese momento estaba secándose, se detuvo un momento al notar que el niño ya no lloraba, y sonrió. Las cosas estaban empezando a ir bien.

– Buen chico. Ahora mismo estoy contigo -le dijo, contenta. Había podido trabajar un poco, se había echado un sueñecito en la bañera, y además Bertie parecía empezar a reaccionar al oír su voz. Tal vez, hasta consiguiera deshacer alguna maleta-. ¿Nos vamos a dar un paseo en cuanto te cambie? -le preguntó, mientras se ponía un albornoz que colgaba de detrás de la puerta. Era demasiado grande cómo para haber pertenecido a Carenza, pero se encontraba tan a gusto dentro de él-. Tengo que ir a la comisaría para prestar declaración, pero luego podemos pasear por el parque… -se frotó la cara contra la suave manga del albornoz-. ¿Tienes sed? ¿O quieres…? -se detuvo en seco en la puerta de la habitación, al ver que no solo el ladrón había vuelto, y sin duda había tenido razón al pensar la noche anterior que era muy grande. De pie desde luego se lo veía enorme.

– No grite -se apresuró a decirle.

Jessie se tapó la boca. Debía obedecerlo, sobre todo porque tenía a Bertie en brazos.

– No le voy a hacer daño -Jessie trató de hablar, pero no fue capaz de articular palabra-. Lo tomé en brazos porque estaba llorando. ¿Quiere que se lo dé?

Jessie asintió, a sabiendas de que en esta ocasión no podía permitirse ningún heroísmo, y debía aparentar que todo era completamente normal. No tenía que hacer nada que aquel hombre pudiera considerar amenazador. Se secó las manos sudorosas por el nerviosismo a ambos lados del albornoz. En aquel momento fue consciente de lo grande que le estaba, y se dijo que si tratara de huir, tropezaría con él, y se caería. Pero no iba a echar a correr a ninguna parte, porque Bertie era más importante que su vida. Mientras trataba de conservar la calma, se preguntó cómo habría entrado allí, y sobre todo, por qué había regresado. Debía de haber algo muy valioso en la casa, si se había arriesgado a volver por ello. Sabía que debía sonreír, pero los músculos de su cara se negaban a cooperar. Estaba petrificada por el miedo. Pero debía hacerlo para no asustar a aquel hombre, y sobre todo no dejarle ver que estaba aterrorizada.

– S… sí -consiguió decir, maldiciendo su tartamudeo.

Patrick lamentó verla tan asustada.

– Estaba llorando -volvió a decir, con suavidad.

– Por favor, démelo -le dijo Jessie, tendiendo las manos hacia su querido sobrino.

– Venga, vete con tu mamá -le puso el niño en los brazos, pero al darse cuenta de cómo temblaba temió que se le cayera, así que siguió sujetándolo-. ¿Lo tiene? -Jessie lo miró con los ojos muy abiertos-. Tal vez necesite que lo cambien.

– Normalmente lo necesita -dijo ella, y después dejó escapar una risita un poco histérica-. ¿Se ha escapado?

– ¿Cómo? -Patrick sintió la suavidad de la bata que llevaba Jessie contra su pecho. Olía a limpio, y deseó no tener que apartarse de ella pero, de repente, se dio cuenta de lo que acababa de decirle; de la visión tan diferente de la situación que debía de tener ella-. Oh… no. Bueno, ¿lo tiene bien sujeto?

– Sí -le dijo, pero el ladrón seguía bloqueándole el camino hacia la puerta-. Sus cosas están abajo.

– ¿Ah, sí? ¿Por qué?

– Porque no he tenido tiempo… -Jessie se detuvo en seco. No iba a ponerse a dar explicaciones a un ladrón-. No creo que sea asunto suyo -el hombre sonrió, y eso la hizo tranquilizarse un poco-. ¿Me deja pasar?

– Sí, claro -le dijo, y se hizo a un lado.

Jessie se dio cuenta entonces de que no llevaba camisa, ni zapatos. Sin duda se había escapado del hospital, aunque a juzgar por los puntos que le habían dado en la frente, por lo menos había esperado a que lo curaran. Seguramente la policía lo estaría buscando en aquel momento. Tenía que llamarla, pero mientras tanto, lo mejor sería que hiciera como si no pasara nada, para no asustarlo.

– ¿Ya le han dado el alta en el hospital?

– Querían que me quedara un poco más, pero les dije que no.

Patrick pensó que Jessie tenía un rostro muy expresivo, donde se podía seguir muy bien el curso de sus pensamientos. Se había dado cuenta perfectamente de que en un momento determinado había decidido comportarse con total normalidad ante el hecho de que hubiera un desconocido, muy raro y con el torso desnudo en su habitación. Aunque, en realidad fuera la habitación de él. Se preguntó dónde estaría el señor Hayes, si es que existía, o si no lo habían matado a golpes con un bate de cricket…

– ¿Y cree haber hecho bien? -preguntó Jessie.

Patrick pensó que estaba muy guapa, y el bebé completaba su belleza, igual que le había pasado a Bella cada vez que tenía al hijo de ambos en brazos.

– No me fío demasiado de los hospitales -le dijo, al tiempo que se hacía a un lado para dejarla pasar. -¿Se las puede arreglar usted sola? -le preguntó con ansiedad, temiendo aún que pudiera dejar caer al niño.

– Por supuesto que me las puedo arreglar sola. No voy a estar esperando a que me venga a echar una mano el primer ladrón que pasa por la calle. ¿Por qué no se lleva lo que… lo que haya venido a buscar, y se marcha? -respiró profundamente, tratando de tranquilizarse-. Le aseguro que fingiré no haberlo visto.

Patrick pensó que le estaba siguiendo la corriente, y estaba dispuesta a que se llevara lo que quisiera con tal de que no hiciera daño al niño. Era una chica lista, porque de haber sido un verdadero delincuente, estaría haciendo lo más conveniente.

– ¿Se está ofreciendo a mirar a otro lado, mientras me llevo la plata? -le preguntó, conteniendo las ganas de reír.

– ¿La plata? -Jessie pensó que no había visto objetos de plata, pero tampoco había mirado mucho-. Sírvase usted mismo. Estoy convencida de que está asegurada -le dijo Jessie, con el tono de voz más tranquilo que pudo, mientras daba otro paso hacia la puerta.

– Gracias, es usted muy amable, pero lo único que estaba pensando tomar era una ducha.

– ¿Una ducha? -Patrick la vio mirarlo al pecho, y se sintió muy desnudo de repente. Tuvo que hacer un tremendo esfuerzo para evitar pensar en ella mientras se estaba bañando; en aquel diminuto tatuaje tan sexy. Desde luego necesitaba una ducha…

– Sí, una ducha. Si es que ha dejado agua caliente.

– Um… sí… Por lo menos… Probablemente sí… -parecía confusa y no le extrañaba, pero no era cuestión de ponerse a darle explicaciones en aquel momento. Estaba seguro de que no lo creería-. Hay muchas toallas, y creo haber visto también una cuchilla de afeitar en el armario, si la necesita… -de repente se calló, arrepentida de haber mencionado la cuchilla.

– Y después -dijo Patrick-, trataré de recuperar todas las horas de sueño que he perdido.

– ¿De sueño? -preguntó Jessie, asombrada, y por un momento Patrick tuvo la sensación de que se iba a ofrecer a cambiarle las sábanas.

– He tenido un día terrible, seguido por una noche atroz.

– Ya -le dijo, y después señaló la cama-. Sírvase usted mismo.

Patrick sabía que lo primero que iba a hacer la muchacha era llamar a la policía, pero no le importó. Le enseñarían la fotografía del periódico, y romperían el contrato de arrendamiento, lo que sabía le iba a costar un montón de dinero.

Una vez que se sintió a salvo al otro lado de la puerta, Jessie se volvió, y le preguntó:

– Escuche, necesito saber una cosa, ¿cómo consiguió entrar esta vez?

– Del mismo modo en que lo hice ayer. Utilicé una llave.

– ¿Una llave? -por un momento pareció muy confusa-. Pero, si conecté la alarma después de marcharse la policía. Estoy segura.

– Sí, pero dejó amablemente el código apuntado en un cuaderno al lado del teléfono. Si fuera un ladrón de verdad, le habría estado muy agradecido. ¿Alguna pregunta más?

Por la expresión de su cara, Patrick se dio cuenta de que tenía muchas, pero que había decidido no formularlas.

– Será mejor que me vaya a cambiar a Bertie.

– Me parece bien. De paso, ya que está tan generosa, ¿por qué no prepara un poco de café?

– ¿No teme que le impida dormir?

– No es para mí, sino para la policía, porque estoy seguro de que lo primero que va a hacer es llamarla, y agradecerán una taza de café decente cuando lleguen. No se puede ni imaginar la porquería que toman en la comisaría…

Jessie se marchó sin saber qué decir, y Patrick pensó que se daría la ducha, pero que lo de echarse a dormir lo dejaría para cuando se hubiera librado de su inquilina. Quería asegurarse de que cuando se despertara la próxima vez, tenía la casa para él solo.

Jessie le oyó abrir la ducha, pero estaba segura de se estaba tirando un farol, porque, en realidad solo pretendía llevarse todo lo que pillara y largarse antes de que la policía llegara.

Dejó a Bertie en la cuna, y fue a marcar el teléfono de la policía, pero entonces vio el periódico, y en él una cara que le resultó muy familiar. No tenía las gafas puestas, pero los titulares hablaban de un juicio por fraude en algún lugar del Lejano Oriente. Debajo de la foto, que no parecía sacada de ningún archivo policial, se podía leer:

PATRICK DALTON QC

El mismo nombre que aparecía en la bolsa con la que se había tropezado la noche anterior. El nombre que su ladrón había dado a la policía.

Se quedó mirando a Bertie, pensativa, hasta que recordó que el niño necesitaba que lo cambiaran. Dejó el periódico en su sitio, y tomó al bebé en brazos.

Lo cambió, lo sentó en su sillita alta, y después hizo café. Sospechaba que estaba metida en un lío. Aquel hombre había dicho que aquella era su casa, y no le había hecho caso porque pensaba que estaba diciendo cosas sin sentido a causa del golpe que se había dado en la cabeza. Sin embargo, empezaba a temerse que dijera la verdad, y Carenza Flinch no fuera la propietaria de la casa. Por si fuera poco era uno de los abogados más importantes del país.

Gimió al recordar que le había dicho que podía llevarse lo que quisiera. Ahora entendía por qué sonreía. La había dejado hablar, que se pusiera en ridículo todo lo que quisiera.

Estaba segura de que aquel hombre no tendría piedad con ella. La comunidad de Taplow Towers le iban a parecer corderitos al lado de él. Por suerte tenía el contrato de alquiler, que algo probaba.

Jessie pensó en Carenza. Le parecía un poco extravagante, pero no tenía pinta de «okupa». Recordó que le había pedido el pago de la renta en efectivo, y se sintió como una idiota.

Mao se frotó contra sus piernas, pidiendo su desayuno, y entonces recordó lo preocupada que se había mostrado la chica por el bienestar del gato. No, no era una «okupa», y desde luego no era a ella a quién había tratado de engañar. A ella la había dejado al cuidado de la casa y las plantas del señor Patrick Dalton, mientras se iba a recorrer Europa con sus amigas. Tal vez si el señor Dalton había dejado a Carenza a cargo de la casa, y ella la había alquilado, no lo tenía todo tan perdido como se había temido. Lo que necesitaba era un abogado. Hizo una mueca al pensar que ya tenía uno, in situ, y de repente vio al hombre en cuestión en la puerta de la cocina.

La taza le tembló en su platillo.

Si estaba impresionante con una camiseta gris, unos pantalones de chándal y el pelo mojado, ¿cómo estaría con la toga y la peluca? Seguro que tendría aterrorizados a sus acusados. Aunque puede que no ejerciera la acusación, sino la defensa. Seguramente defendería a hombres ricos, aunque fueran unos villanos. Se ganaba más dinero que enviándolos a la cárcel. Aquella casa debía de haberle costado una fortuna.

Podía ser que la ley no estuviera de su parte, pero todo llevaba su tiempo, y además siendo un abogado importante, no querría verse envuelto en ningún escándalo. Ese pensamiento le hizo ser capaz de esbozar una sonrisa.

– Siéntese, señor Dalton, y sírvase una taza de café usted mismo.

– Ya veo que le han explicado la situación -le dijo.

– ¿Me han explicado? ¿Quién? -le preguntó, mientras limpiaba la boca de Bertie para evitar mirarlo.

– La policía -le respondió, mientras se servía el café-. Supongo que lo primero que hizo cuando bajó fue llamarlos.

– En realidad, estaba a punto de hacerlo, cuando vi el periódico de ayer, donde aparecía usted en la primera página, pero no por robar en ninguna casa -le dijo esta vez con una sonrisa menos forzada-. Claro, que ya me imagino que el prestigioso abogado Patrick Dalton no pierde a menudo.

Jessie lo vio fruncir el ceño.

– No perdí. Mi cliente decidió en el último momento que le interesaba más declararse culpable.

– No parece muy contento con su decisión. ¿Está enfadado con él por hacer lo que debía?

– Claro que estoy enfadado, porque era inocente de ese cargo en particular. Parece ser que le pagaron bien por su silencio. Si hubiera declarado, habría puesto en una situación muy complicada a mucha gente importante -cortó unas rebanadas del pan que había comprado Jessie, y las puso en el tostador-. Supongo que Carenza le pidió que cuidara de la casa, mientras ella se iba de viaje.

– No, exactamente. Tengo un contrato de arrendamiento en toda regla, y le pagué tres meses por adelantado.

– ¡Vaya, gracias por financiarle las vacaciones! -le dijo con sarcasmo-. Tal vez sea tan amable de decirme qué le hizo a mi hermana.

– ¿A su hermana?

– Sí, a la madre de Carenza. Se suponía que mi sobrina se iba a pasar el verano estudiando para la selectividad.

– Sí tan preocupada está su hermana, no entiendo cómo no está más pendiente de ella -dijo Jessie.

– Me alegra ver que por lo menos hay un tema en el que estamos de acuerdo. En fin, todavía puede dar orden de que no se pague el cheque, y podremos romper el contrato.

Jessie pensó que era un hombre muy arrogante y egoísta, que no se daba cuenta nada más que de sus problemas, y no le importaban nada ni ella, ni Carenza.

– El problema es que le pagué en efectivo -se dio el gusto de decirle.

– ¿En efectivo? ¿Le pagó tres meses de alquiler en efectivo? ¿Y no le pareció un poco extraño? -le preguntó.

Jessie pensó que, aunque no le había gustado mucho esa forma de hacer las cosas, no había estado en unas circunstancias muy propicias como para discutir.

– Dijo que tenía prisa, y no le daba tiempo a cobrar el cheque.

– Apuesto a que sí la tenía. Supongo que ya debe de estar en Francia. Imagino que pensó que no me iba a enterar nunca -añadió.

– Si su cliente hubiera seguido su consejo, seguramente habría sido así.

La tostada saltó, y la sacó del tostador. Después abrió la nevera, y tras examinar el daño que había sufrido la noche anterior, tomó la mantequilla.

– No importa. Le devolveré el dinero.

– No quiero su dinero.

– Es muy generoso de su parte, pero no puedo pretender que usted lo pase mal, porque mi sobrina…

– No me comprende, señor Dalton. No estoy siendo generosa, ni pienso sufrir en absoluto. No voy a aceptar su dinero porque no tengo la más mínima intención de marcharme de esta casa. Tengo un contrato en toda regla que el policía que vino ayer comprobó -Patrick se quedó mirándola de una manera que estaba segura habría intimidado a más de un testigo. Pero en aquel momento no se encontraban en una sala de juicios, y no pensaba dejarse asustar. Por lo menos mucho-. Así que esta será mi casa hasta que termine el contrato -insistió-. Supongo que tendrá a alguien con quién quedarse -de hecho estaba segura de que debía de haber un montón de mujeres haciendo cola por estar con él-, familiares o amigos con quién quedarse los próximos tres meses.

– ¡Tres meses! -exclamó Patrick.

A Jessie la sorprendió que dejara que viera que estaba enfadado. Estaba segura de que durante su trabajo no habría levantado la voz de aquel modo, habría mantenido un tono amistoso, para así confundir al testigo y que confiara en él.

– ¿Y usted qué? ¿No tiene amigos o familia con quién quedarse?

– Si hubiera tenido otro sitio, no estaría aquí ahora. Estaba desesperada cuando la agencia me ofreció esto.

– ¿La agencia? ¿Qué agencia?

– Hablé con ellos por teléfono. Con Sarah, para ser más precisa. Me parecieron muy eficientes. Tal vez podrían encontrar algo para usted. Yo estoy demasiado ocupada cómo para ponerme a buscar otro sitio donde vivir.

– ¿Ocupada? ¿Le llama estar ocupada a dormir?

– ¿A dormir?

– Acaba de darse un baño, por lo menos supongo que era eso lo que estaba haciendo en el cuarto de baño, ya que lleva puesto mi albornoz -añadió rápidamente para que no se diera cuenta dé su metedura de pata.

Jessie se miró el albornoz. Muy a su pesar se dio cuenta de que estaba sonrojándose.

– Ah, ¿es suyo? -le preguntó con inocencia-. Se está muy a gusto con él.

– Lo sé.

Saber que él había sido la última persona en tener aquella prenda en contacto con su piel, no la ayudó a dejar de estar colorada, en realidad, empezaba a tener mucho calor en las mejillas.

– Ha sido un baño a deshora. La llegada de Bertie ha cambiado mi rutina diaria.

– Debería haberlo pensado antes de embarcarse en la maternidad.

– Oh, pero…

– Esta es mi casa, Jessie.

– Oh, pero si recuerda mi nombre.

– Sí, lo recuerdo -le dijo, preguntándose si alguna vez lo podría olvidar.

Jessie sintió las mejillas ardiendo.

– Preferiría que me llamara señorita Hayes.

– Carenza no tiene autoridad alguna para firmar un contrato de arrendamiento, señorita Hayes. Así que no posee ninguna validez.

– Si no le importa, me gustaría consultar a un abogado.

– Haga lo que quiera, pero le aconsejaría que se ahorrara el dinero. Le diré una cosa, si no fuera por el bebé, ya la habría puesto en la calle -Jessie que había estado a punto de explicarle que el niño no era suyo, pensó que, de momento, sería mejor no contarle la verdad-. ¿Quiere que llamemos a su preciosa agencia? -le dijo-. Si son tan eficientes, seguro que no tardan en encontrarle otro alojamiento…

– No se moleste. No me pienso marchar.

– Entonces, tenemos un gran problema, señorita Hayes -dijo Patrick, tras un pequeño silencio-, porque yo tampoco.

Por un momento casi se palpó la tensión. Jessie se negó a dejarse intimidar.

– Bueno, supongo que le podría alquilar la habitación donde tiene las cajas…

– Le devolveré toda la renta y un mes más en compensación por las molestias.

– Por supuesto no está amueblada -siguió diciendo Jessie, como si no le hubiera oído-, y el baño de invitados es un poco básico. Bueno, tal vez tenga una cama plegable en el desván -Patrick no confirmaba, ni negaba nada, parecía haber perdido el habla. Mao se frotó contra su pierna, y él lo apartó, irritado-. Estoy segura de que además podríamos llegar a un acuerdo para compartir los gastos.

Patrick pensó que si lo que buscaba era provocarlo, lo había conseguido.

– No voy a compartir nada con usted -le dijo, tras levantarse de la silla bruscamente. -Señorita Hayes, ya puede ir buscándose un sitio donde vivir. Y llévese el gato con usted.

– ¿Me va a dejar tiempo de ponerme algo encima antes de echarme a la calle?

Patrick se quedó sin habla. La frase de Jessie le había hecho recordar que no llevaba nada debajo de su albornoz.

Capítulo 4

Patrick tragó saliva, nervioso. Su albornoz, demasiado grande para ella, se abría con sensualidad, invitando a ver la nívea piel de su cuello y el inicio de sus senos. Recordó lo que había sentido al verla en la bañera, las hermosas curvas de su cuerpo, la mariquita tatuada en su muslo, y notó cómo su libido despertaba, igual que lo había hecho al verla apenas tapada por islotes de espuma.

Jessie enrojeció, porque se había dado cuenta de que, sin querer, había hecho alusión a su desnudez bajo el albornoz, y se volvió para tomar a Bertie en brazos. Se prometió a sí misma pensar bien las cosas antes de decirlas en el futuro.

De lo que no se arrepentía era de no haberle dicho que Bertie no era hijo suyo. Si le hubiera contado que solo lo iba a tener unos días con ella, no habría dudado en ponerla en la calle. Desde luego era lo bastante fuerte como para tomarla en brazos, y sacarla de la casa. Una vez fuera, sería ella la que lo tendría que denunciar para volver a entrar. El problema sería que no tendría dónde alojarse mientras tanto. O peor aún, tal vez denunciara a Kevin y Faye por anteponer su necesidad de sueño al cuidado de su hijo.

– Me responsabilizo del niño, señor Dalton, pero no tengo nada que ver con el gato. Es de Carenza.

– ¡Lo que faltaba!

Jessie se alegró de que a él tampoco le gustaran los gatos.

– Y parece que tiene hambre. Tal vez le apetezca desmenuzar un poco de pescado para él. Ya está cocido, así que lo único que tiene que hacer es quitarle las espinas con los dedos -no respondió, y Jessie tuvo la sensación de que, por una vez, Patrick Dalton no sabía qué decir. Sacó el plato del pescado de la nevera, y tratando de disimular el asco que le daba aquella tarea, quitó las espinas de un trozo con los dedos, y se lo puso a Mao en el plato-. ¿Ve qué fácil es? -le dijo.

El gato dejó de frotarse contra la pierna de Patrick, y fue a examinar la comida. La olió, miró con gesto de desagrado a Jessie y, con la cola levantada, se dio la vuelta, y se dirigió a la puerta de la cocina, deteniéndose allí, a la espera de que alguien se la abriera.

A Jessie le entraron ganas de aplaudirlo. No lo habría hecho mejor, ni aunque lo hubiera adiestrado para ello. Abrió la puerta de la cocina y dijo:

– Me temo que lo que le apetece hoy es pollo picado -se volvió para ver cómo se lo había tomado Patrick, pero ya estaba subiendo las escaleras-. ¿Señor Dalton? -lo llamó.

– ¿Qué? -le preguntó deteniéndose.

– Si se piensa acostar, me gustaría… me gustaría vestirme primero -de repente se dio cuenta de que había vuelto a hacer alusión a su desnudez, pero por suerte, él no pareció darse cuenta.

– ¡Acostarme! ¿De verdad cree que me puede apetecer dormir? No he estado más despejado en toda mi vida, así que me voy a la calle. Mientras tanto, le aconsejo que busque algún sitio dónde vivir.

– ¿O qué? -le preguntó.

– O… o yo lo haré por usted.

Patrick no esperó para ver la reacción de Jessie, siguió subiendo, y dio un portazo al salir.

– Creo que hemos ganado la partida esta vez -le dijo a Bertie al oído, mientras besaba sus suaves cabellos-, aunque es una pena que se haya enfadado tanto -suspiró-. Pero es comprensible, porque Carenza ha sido una niña muy mala, y ha traicionado su confianza. Aunque la verdad es que no parece muy sorprendido -acarició la tripita del niño, que se echó a reír-. No te creas que es para reírse, jovencito. Espero que no se te ocurra hacerme algo parecido cuando tengas su edad -le dijo, riendo, pero al apoyarlo contra su hombro, y sentir la suavidad de su mejilla se sintió un poco triste de no ser más que su tía.

– Es una pena -murmuró, mientras se dirigía a la puerta principal para echar la cadena y conectar la alarma, para saber así cuando regresaba Patrick Dalton.

– ¡Patrick, cariño! ¿Qué demonios te ha pasado?

– ¿Tal mal aspecto tengo? -preguntó, aun cuando sabía por la cara que estaba poniendo su tía que el aspecto que tenía se correspondía exactamente con el modo en que se sentía. Se fue a pasar los dedos por el pelo, y se encontró con los puntos de sutura-. No hace falta que me respondas. Por cierto, tía Molly, ¿no habré llegado en un mal momento? Ya sé que debería haber llamado antes…

– En absoluto, y Grady se volverá loco de alegría al verte. Está durmiendo en el jardín. ¿Por qué no vas, y le das una sorpresa mientras preparo café?

Patrick la siguió por la cocina; miró por la ventana, y contempló a su viejo perro dormitando a la sombra de un manzano.

– ¿Qué tal se ha portado?

– De maravilla. Como un cordero. Es un perro muy listo, y nos lo hemos pasado de maravilla… -calló un momento al volverse hacia el fregadero-. Vi la noticia en el periódico, pero imaginé que te pasarías el día durmiendo, para recuperarte del desfase horario.

– Dormir ha quedado pendiente, de momento.

– Pues no lo dejes mucho tiempo -lo aconsejó ella-. Bueno, ¿me vas a contar lo que ha sucedido?

– ¿Esto? -preguntó, señalando los puntos de la frente-. No es nada. Tropecé con un gato -respondió, al tiempo que echaba azúcar al café que su tía le acababa de servir.

– ¿Con un gato? -le preguntó con escepticismo-, Creo que no te vendría mal, servirte un poco de whisky, y después echarte un par de horas.

– Es una oferta casi irresistible -le dijo, bostezando-… pero es mejor que trate de mantenerme despierto con el café, porque tengo un problema que requiere toda mi capacidad mental.

– ¿Es un problema legal? ¿Puedo hacer algo por ti?

– Por desgracia no. Carenza decidió que cuidar de mi casa en verano era muy aburrido, así que se la alquiló a una señora, y se embolsó el dinero para irse a recorrer Europa con la mochila a cuestas.

– ¡Qué muchacha! Imagino que estaba convencida de que no te ibas a enterar nunca. De todos modos la consientes demasiado.

– Supongo que sí, pero ya sabes lo ocupados que están siempre sus padres. Esta vez, sin embargo, estaba tratando de ser duro con ella. Craso error, porque si la hubiera vuelto a consentir lo que quería, no me vería en este lío.

– Supongo que tendrás que convencer a la inquilina de Carenza para que se vaya.

– Lo he intentado, pero ella no está dispuesta a marcharse. Me ha sugerido que le alquile a ella la habitación que está en desuso, y me instale allí, si no puedo encontrar otro lugar a dónde ir -a pesar de lo molesto que estaba, no pudo evitar sonreír al recordar la cara tan dura que tenía Jessie. Desde luego, aquella chica era mucho más que un rostro bonito-. Asegura que me cobrará una renta razonable.

– ¡Estás de broma!

– Te aseguro que lo dijo totalmente en serio. ¿Se te ocurre algo?

– Quédate aquí.

– ¡Tía Molly! ¿Estás sugiriendo que me dé por vencido, y acepte mi propia derrota?

Molly se echó a reír.

– No, me imagino que eso sería mucho esperar -se quedó un momento pensativa-. ¿Por qué no esperas a que salga y cambias las cerraduras?

– ¡Qué tentador! -posó la taza y sonrió-. ¿Por qué no había pensado en ello?

– ¿De verdad no habías pensado en ello? Ese golpe en la cabeza debe de haber sido más serio de lo que tú crees. ¿Te sirvo más café?

Patrick negó con la cabeza, y enseguida deseó no haberla movido. Tenía que tumbarse un poco, lo antes posible.

– De todas maneras existe un contrato que, aunque no valga mucho, le hace tener algunos derechos ante la ley.

– ¿Y? -preguntó ella, abruptamente.

Patrick se encogió de hombros.

– Y tiene un bebé de unos seis meses.

Su tía lo tocó en el brazo con cariño.

– ¿No está casada?

– En apariencia no. No lleva puesta ninguna alianza, aunque bueno, hoy en día el matrimonio parece estar pasado de moda. De todos modos, la señorita Hayes no me parece que sea de las que necesita que la lleve de la mano ningún hombre.

– Bueno, pues me da la sensación de que te va a tocar dormir en la habitación de invitados.

– Hay un problema: no tiene cama -le dijo, pensando además en los recuerdos que le traían todas las cajas que había allí, pero que era incapaz de tirar.

Molly sonrió con picardía.

– ¿Y a eso lo llamas un problema? La mayoría de los hombres lo considerarían una oportunidad. Patrick -le dijo con dulzura-… han pasado ya diez años. No creo que a Bella le hubiera gustado que te quedaras solo.

– Lo sé, pero desde que la perdí… desde que las perdí a las dos, no consigo… -se detuvo un momento, buscando las palabras-. Veo a una mujer, y pienso… ¿para qué? No es Bella -dijo, aunque recordó que no le había pasado al ver a su hermosa inquilina desnuda en la bañera-. No es justo cargar a ninguna mujer con todos mis recuerdos -dijo, y se puso de pie-. Será mejor que me vaya.

– Sí, vete, no sea que a tu inquilina le dé por cambiar los cerrojos.

– No sería capaz -dijo Patrick, pero enseguida pensó que sí que lo era.

Jessie hizo la cama, limpió el baño, y separó su ropa sucia de la de Patrick, tras sacarla del cesto. No estaba dispuesta a lavar para ningún huésped, por muy atractivo que fuera, y Patrick lo era. Casi tan atractivo como Graeme, para su desgracia.

Entre las toallas había una camisa, manchada de huevo seco y leche, comprada en una de las mejores tiendas de Londres, que sin duda pertenecía a él, aunque no recordaba habérsela visto puesta. De repente, se dio cuenta de que, de hecho, cuando lo había visto en la habitación iba con el torso descubierto. Hubiera sido difícil olvidar aquel cuerpo musculoso, ligeramente bronceado. Estaba claro que no se había pasado todo el tiempo en el juzgado durante su estancia en el Lejano Oriente.

– ¡Qué extraño! -murmuró-. Estaba vestido al volver del hospital. ¿Por qué he encontrado su camisa, entonces, debajo de mi toalla? -se preguntó con el ceño fruncido, y la casi total certeza de que se le estaba escapando algo importante.

Sus reflexiones fueron interrumpidas por la alarma. El señor Dalton debía de haber regresado.

Bertie se despertó también en ese momento, y se echó a llorar. Jessie lo tomó en brazos, y bajó las escaleras pensando que aquella semana no haría falta que fuera tantos días al gimnasio, porque bastante deporte estaba ya haciendo subiendo y bajando escaleras. Y además, como no tenía tiempo de comer…

La puerta principal estaba abierta solo lo que permitía la cadena. Miró fuera, dispuesta a ser amable con él, siempre que no siguiera insistiendo en no compartir la casa, pero no había nadie. Le extrañó que se hubiera dado por vencido tan pronto, y se empezó a poner nerviosa. Cerró la puerta, y después buscó el cuaderno en que Carenza le había apuntado el código de la alarma, pero había desaparecido. Cerró los ojos tratando de visualizar los números, pero el ruido cesó de repente, y cuando los volvió a abrir, Patrick Dalton estaba a su lado. Cuando se volvió hacia ella desde el cuadro del sistema de alarma, Jessie se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración. No entendía por qué aquel hombre le producía ese efecto. Lo que tenía que hacer era enfadarse. Había entrado en su casa por la fuerza…

– Buen truco, señorita Hayes -le dijo Patrick, antes de que tuviera tiempo de representar su papel de señora de la casa ultrajada-. Pero no le sirve de nada echar la cadena en la puerta principal, si luego no cierra bien la de atrás.

Patrick no esperó a que le respondiera, y se dirigió a la cocina. Jessie se quedó un momento sin saber qué hacer, y después lo siguió, dispuesta a echarle la bronca. Lo encontró llenando un tazón de agua.

– Ha entrado por el garaje -le dijo.

– Sí, he entrado por «mi» garaje, y me gustaría que sacara sus trastos de allí.

– No es su garaje, sino el mío -le dijo con firmeza, pero sin enfadarse. Había decidido que obtendría mejores resultados siendo amable-. Tengo un contrato. Por cierto, mis cosas no son trastos -afirmó, aunque sabía que debía de ser lo que parecían, porque había metido sus pertenencias a toda prisa en cajas de cualquier manera, y las había amontonado en el garaje, hasta que tuviera tiempo de ponerse a colocarlas en la casa. No había ni imaginado que un airado abogado fuese a querer guardar su coche allí. Sin embargo, no quiso discutir con él. Ya tenían bastante como para encima pelearse por unas cuantas cajas.

También él parecía estar dispuesto a comportarse de manera civilizada, porque tras el estallido inicial, se dio la vuelta desde el fregadero, y le dijo:

– Por favor… No sea testaruda.

Jessie se indignó al oír que la llamaba testaruda.

– Dadas las circunstancias creo que estoy siendo bastante razonable -le contestó, sin alterarse.

– ¿Ah, sí? Entonces, dadas las circunstancias, yo considero razonable que si me lleva el coche la grúa, porque lo tengo mal aparcado, usted pague la multa -miró su reloj-. Tiene veinte minutos a partir de ahora para hacer algo al respecto.

Jessie tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no decirle dónde se podía meter sus veinte minutos, pero había decidido mantener la calma, así que contó hasta diez antes de hablar.

– ¿Y dónde sugiere que meta mis cosas?

– Ese, señorita Hayes, es su problema.

– Ya. ¿Y quiere que saque las cajas ahora? -le preguntó, tratando de mantener la calma,

– Ya ha desperdiciado veinte minutos.

– Muy bien -dejó a Bertie en su sillita, y aunque en un primer momento pensó darle una galleta, cambió de opinión. No quería que estuviera contento, precisamente.

– Procuraré ser lo más rápida que pueda -le dijo, y, bolso en mano, se dirigió a la puerta principal, escaleras arriba-, pero es probable que me lleve un buen rato.

– ¡Señorita Hayes! -la llamó, cuando aún no había subido ni tres peldaños.

– ¿Sí?

– ¿No ha olvidado algo?

Jessie se detuvo, y comprobó el contenido de su bolso.

– Vamos a ver, llaves, tarjetas de crédito, teléfono móvil. Creo que lo llevo todo.

– ¿Y el bebé? -le preguntó tenso.

– ¿Bertie? -Jessie se volvió, y la sorprendió ver lo nervioso y pálido que estaba. Le dio tanta pena que le hubiera gustado abrazarlo para que se tranquilizara, y decirle que se acostara y descansara, que no se preocupara de nada, porque estaba dispuesta a marcharse.

– No puedo sacar las cajas, y tener en brazos al bebé al mismo tiempo, señor Dalton -le dijo, sin embargo-, pero no se preocupe, usted le gusta, y no le dará ningún problema. Tal vez más tarde podría sacarlo a dar un paseo…

– ¿Más tarde? ¡Pero, no puede dejarlo aquí!

– Sí, más tarde. Después de que le dé de comer.

– Tengo que llevar mis cosas a un guardamuebles, señor Dalton, así que a lo mejor tardo una o dos horas. Mientras tanto, si pudiera prepararle un biberón… Las instrucciones vienen en el envase. Los pañales están en el armario que hay al lado del fregadero. ¿Sabe cómo cambiar un pañal?

– ¿Está hablando en serio?

– Completamente en serio -le dijo, manteniéndole la mirada, a pesar del efecto que aquellos ojos tenían en lo más íntimo de su ser-. ¿Y usted?

Patrick levantó las manos, en señal de rendición.

– De acuerdo. Yo moveré las cajas. Creo que si las apilo bien, habrá sitio para ellas al fondo del garaje.

– Oh, pero…

– ¿Qué?

– Nada -respondió Jessie, pero Patrick no se creyó que fuera a quedarse sin decir lo que pensaba-. Tenga mucho cuidado con las cajas donde tengo la vajilla de porcelana.

– ¿Están marcadas con la palabra «frágil»? -le preguntó con impaciencia.

– Me temo que no, y tampoco embalé demasiado bien las cosas. Me marché muy deprisa de mi anterior casa.

– No me sorprende, teniendo en cuenta lo extraña que es como compañera de casa.

Jessie no se molestó siquiera en contestarle.

– Estoy segura de que si echa un vistazo en cada caja, antes de moverla, para ver si en ella va mi preciada vajilla, no habrá ningún problema.

– ¡De acuerdo! -Jessie se dio cuenta de que Patrick empezaba a perder aquella arrogancia machista de la que había hecho gala-, tendré cuidado con su vajilla, pero no quiero más juegos con la cadena de la puerta, ni con la alarma.

– Se lo prometo -le dijo.

– Espero que se dé cuenta de que Carenza no tiene autoridad legal para firmar ningún contrato de arrendamiento para esta casa, señorita Hayes -le dijo, como si no se fiara de su palabra-. Estoy seguro de que un abogado competente no tardaría en anularlo, si se lo propusiera.

– No habrá más juegos con la cadena -le dijo, con firmeza, porque sabía que tenía razón en lo que decía-. Hasta le haré una taza de té por las molestias que le voy a causar, antes de que se vaya.

– Gracias. Me vendrá bien.

Jessie se sintió un poco culpable. Al fin y al cabo aquella era su casa, y lo único que deseaba era un poco de paz. Un lugar donde poder dormir. Igual que ella.

– Señor Dalton…

– Por favor, ya está bien de formalidades. Será mejor que nos tuteemos -no esperó a que le respondiera, sino que se limitó a poner el tazón de agua a la puerta de la cocina-. Aquí, Grady -de repente apareció un perro que se puso a beber del tazón. Era un perro grande y peludo, que le llegaba a la altura del muslo.

Jessie se estremeció. Recordó haberle oído decir, tirado en el suelo de la cocina entre los huevos rotos y la leche que no le gustaban los gatos, ni a su perro tampoco. En aquel momento no le había prestado atención porque pensaba que era un ladrón, pero no lo era, después de todo.

Estaba en su casa.

Y aquel era su perro.

De repente comprendió que no había tenido la suficiente confianza en su sobrina como para dejarla al cuidado de su perro o su coche, y los había dejado a cargo de otra persona.

Había pensado que Mao era una molestia, y confiaba en que con ayuda de los llantos de Bertie, Patrick Dalton se acabaría por marchar, pero se estaba dando cuenta, horrorizada, de que la situación se había vuelto en contra suya.

Jessie gimió, y se apretó contra la pared. Los gatos no le gustaban, aunque los podía tolerar, pero en cuanto a los perros… Los perros eran otra cosa…

Patrick se volvió al oír su grito ahogado, y se dio cuenta de que había descubierto el punto débil de su inquilina.

– ¿Qué ocurre? -le preguntó, aunque se había dado cuenta de que el perro le producía pavor. Había ganado.

Y perdido.

La vio apretarse contra la pared, como si quisiera desaparecer a través de ella, gimiendo de miedo. Podía querer que se marchara, pero no era tan cruel como para prolongar la agonía a Jessie.

– No pasa nada -le dijo, en tono tranquilizador-. No te hará daño -tomó el tazón de agua y lo sacó a la calle. Grady lo miró extrañado-. Lo siento, muchacho. Es solo algo temporal -le dijo, y lo empujó hacia la calle, cerrando después la puerta.

Cuando regresó, Jessie seguía pegada a la pared y, sin pensárselo dos veces, se acercó a ella y la abrazó.

– Tranquila, Jessie, que no pasa nada -Jessie lo apretaba con fuerza contra su cuerpo, muerta aún de miedo, y Patrick podía oler el aroma a jabón que desprendía su piel-. De verdad que estás a salvo. Lo he sacado a la calle -perdida en su propio universo de terror no parecía oírlo, pero Patrick continuaba de todos modos diciéndole palabras tranquilizadoras al oído, igual que hubiera hecho con un niño. Lo que de verdad estaba valorando Jessie, por encima de las palabras, era el calor humano que le estaba dando mientras la tenía abrazada.

Mientras la abrazaba, y le rozaba los cabellos con los labios, Patrick se dio cuenta de que Jessie, con su voz, con su sonrisa, y en aquel momento con su necesidad de ser abrazada, estaba rompiendo la coraza de hielo que envolvía su corazón desde hacía muchos años. Así que cuando por fin dejó de temblar y lo miró con sus enormes ojos azules, Patrick se olvidó de por qué la estaba abrazando; se olvidó de todo…

Jessie se dio cuenta de que había hecho el ridículo, pero se sintió agradecida por la calidez de Patrick que la había ayudado a pasar el susto. Lo miró para tratar de explicarse, pero se encontró con aquellos ojos grises, que la miraban con cariño y preocupación, con aquella boca hecha para la pasión, pero también para la ternura.

Hubo un momento de quietud, en el que todo podía haber pasado.

Y entonces, la besó.

Había pasado tanto tiempo desde la última vez que besara a una mujer… Había apartado de su mente el sabor salado de una boca femenina, esas caricias que te podían hacer enloquecer.

La boca de Jessie le insufló vida, y derritió el hielo que quedaba alrededor de su corazón, reviviendo deseos, reprimidos durante mucho tiempo.

Jessie olvidó por qué se había asustado tanto; olvidó todas las promesas que se había hecho a sí misma de no rendirse pronto a una atracción. En su cabeza no había nada más que el sabor de la boca de Patrick, del aroma de su piel, y por un momento maravilloso, se limitó a dejarse llevar por el placer de lo que sentía.

– Jessie… -lo miró, y su expresión perdida, desesperada, hizo que regresara enseguida al mundo real. Era abogado, y tal vez estuviera pensando que lo podía denunciar-. Jessie… -Patrick estaba aterrorizado, no quería volver a amar, para no volver a sufrir, sin embargo, ella pensó que se estaba queriendo disculpar por haberla besado, y no quiso permitírselo.

– ¿Por qué lo hiciste? -le preguntó.

– Estabas histérica. Ibas a asustar al bebé -Bertie, al notar la brusquedad de su voz, empezó a gemir.

Jessie se puso la mano en la frente, y se preguntó si habría hecho el ridículo poniéndose histérica.

– Pues, parece que ha funcionado -le dijo, tratando de quitarle importancia al asunto, mediante el humor.

– Por lo menos resulta menos brutal que una bofetada -respondió él, en el mismo tono de broma, y cuando volvió a abrir los ojos, Jessie se dio cuenta de que los de Patrick solo la miraban preocupados, y pensó que debía de haberse imaginado la pasión y el deseo que había visto en ellos.

– Fue la impresión. Si no me pilla por sorpresa reacciono de un modo diferente -sabía que debía apoyarse en sus propios pies y no en Patrick Dalton, como si fuera una criatura patética sin huesos en las piernas. Sabía que si seguía apretada a él, pensaría que deseaba que la besara de nuevo-. Es tan grande…

Patrick suspiró aliviado, al ver que estaba más tranquila, y ambos pasaban a comportarse otra vez como dos extraños.

– Cuánto más grandes, más inofensivos -dijo Patrick.

– Sí, y más grandes tienen los dientes.

– Lo siento Jessie, debería haberte avisado. Siempre se me olvida lo que Grady puede llegar a impresionar la primera vez que se le ve, pero te prometo que es manso como un cordero.

– Bueno, los dueños siempre dicen eso de sus perros, ¿no te parece? Poco antes de que su inofensivo perro te clave los dientes en el tobillo.

Patrick pensó que parecía hablar por experiencia.

– En el caso de Grady es verdad, toda la verdad y nada más que la verdad -le dijo, esperando arrancarle otra sonrisa.

– Si no te importa, me gustaría que fuera él quien prestara juramento.

– Mira, tiene once años -le dijo para tranquilizarla-, que en cuanto a perros se refiere es una edad muy avanzada -pensó que debería traerle una silla, hacerle una taza de té, pero no quería dejarla marchar. Estaba tan a gusto abrazado a ella, olía tan bien: como un paseo por el campo-. Perteneció a mi esposa… -le dijo, y recordó que hacía mucho que no la mencionaba-. Se lo regalaron por Navidad cuando era un cachorro.

– Lo dejó a tu cargo -le dijo, como si fuera una cruz con la que tuviera que cargar, y en cierto modo así había sido porque le había hecho recordarla cada vez que lo veía, desde que lo dejara con él antes de ir al médico con la niña, y tener el accidente que les había costado la vida- ¿Cuánto tiempo hace que se marchó?

– ¿Cómo? -le preguntó Patrick, como si regresara de muchos kilómetros de distancia-. Oh -cerró los ojos un momento. Tuvo la sensación de que pensaba que Bella y él estaban divorciados, pero no se molestó en aclararle nada-. Diez años. Casi diez años.

Jessie no pudo reprimir el deseo que sintió de acariciarle la mejilla, para hacerlo volver a ella.

– ¿No crees que el perro fue un error? -le dijo, arrepintiéndose de inmediato de haberlo hecho-. Por favor, olvida lo que acabo de decir -le dijo y se separó de él, tratando de alejarse antes de que pudiera impedírselo, pero Patrick le tomó la mano, y la apretó, mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa.

– No pasa nada, no te preocupes. ¿Puedes llegar hasta aquella silla?

– Creo…creo que sí.

Patrick no se podía creer que hubiera sonreído, a pesar de lo que Jessie le había dicho, pero sabía que no había tenido la intención de herirlo. Había sufrido una impresión muy grande, y no podía pensar como era debido. Sabía que él tenía la culpa de ello, en parte por no haberle advertido lo del perro. Le debía aquella sonrisa. Sabía que Bella lo hubiera aprobado.

– Siéntate aquí. Te traeré un poco de brandy.

– No. Yo…

– ¿No bebes?

– No me gusta el brandy -Jessie no se atrevía a mirarlo, por si acaso se hubiera imaginado lo de la sonrisa, y estuviera enfadado-. ¿Seguro que no puede entrar? -le preguntó, mirando hacia la puerta.

– No, a no ser que haya aprendido a abrir puertas mientras he estado fuera -le respondió él-. ¿Tienes miedo de todos los perros, o solo de los grandes? -le preguntó, poniéndose en cuclillas a su lado.

– Um… De todos los pe… perros -se veía con claridad que se asustaba con solo mencionarlos-. Aunque creo que los pequeños son los peores -se agachó para frotarse la cicatriz que tenía encima del hueso del tobillo. Patrick pensó que debía de haber sido un terrier, porque era el tipo de perros que si te hincaban el diente, no había manera de que te soltaran.

– Bueno, te prometo que Grady no muerde, pero cerraré la puerta principal antes de marcharme.

– ¿Irte? -le preguntó Jessie. Había evitado mirarlo hasta entonces, consciente de que aquel beso que se habían dado, había ido más allá de lo que se solía hacer normalmente para calmar los nervios de alguien, y además era consciente de haber dicho algo inconveniente, pero al oírle decir que se marchaba levantó la cabeza-. ¿Irte? ¿Adonde?

– Solamente a cambiar tus cajas de sitio, y a quitar el coche de donde está, antes de que se lo lleve la grúa -se levantó, y cerró con llave la puerta que daba al jardín. Por el momento Grady estaría bien tumbado a la sombra, debajo del banco. Después, por si le daba a Jessie por volver a poner la cadena en la puerta principal, se guardó la llave en el bolsillo. Una mujer haría cualquier cosa por proteger a su hijo-. Tardaré lo menos posible -le dijo, al ver lo asustada que estaba todavía.

Ella no le volvió a recordar que tuviera cuidado con su vajilla, ni él que no pusiera la cadena a la puerta. De repente, Bertie, que estaba harto de que no le hicieran caso, se echó a llorar.

– Oh, cariño, ¿tienes hambre?

Patrick la observó, mientras se levantaba para tomar en brazos a su bebé. De repente, parecía haber dejado de tener miedo.

La imagen de una madre con su hijo, le trajo demasiados recuerdos dolorosos, y se apresuró a salir de la cocina. Mientras cargaba las cajas, pensó en Jessie y su hijo. Ella no debía de estar casada porque no llevaba alianza. Entonces, ¿dónde estaba el padre del niño? ¿Todavía sentiría algo por él? De repente, pensó que aquello no era de su incumbencia. Al fin y al cabo, un beso no significaba nada.

– Nada -dijo en voz alta, como para tratar de convencerse. Aquella mujer le estaba complicando la vida, y el bebé hacía aún las cosas más difíciles. Tendría que marcharse.

Jessie temblaba todavía mientras Bertie se terminaba el biberón, pero no estaba segura de si era el perro, o el beso que le había dado su amo, lo que le había dejado en aquel estado.

El perro que le había mordido de niña, solo le había dejado una cicatriz física de las que desaparecían enseguida. Las peores eran las cicatrices emocionales, como la que le había dejado Graeme. Jessie se preguntó si su reacción al beso de Patrick Dalton significaría que también esas estaban desapareciendo.

– Debo de haberme puesto histérica -murmuró-. ¿Tú qué crees, cariño? -preguntó a Bertie, usando la misma voz melosa que empleaba su cuñada cuando se sentía especialmente feliz con su hijo. Debía de haber aprendido mucho en aquellos tres días de maternidad, porque Bertie se echó a reír-. Así que te parece gracioso, pillín -le hizo cosquillas en la tripita, y el niño soltó una carcajada. Entonces, se dio cuenta de por qué estaba tan contento: le había salido un diente.

– ¡Bertie, cariño, te ha salido un diente! -se volvió al oír entrar a Patrick Dalton, que puso una caja sobre la mesa.

– Esta -le dijo molesto-, no cabe.

– ¿Ah, no? Bueno, entonces tal vez la podrías dejar en la habitación pequeña con el resto de los trastos que hay allí. ¡Mira! -le dijo, porque necesitaba compartirlo con alguien-. ¡Le ha salido su primer diente!

Patrick pareció no impresionarse, y no se movió de donde estaba.

– ¿No deberías compartir este tipo de cosas con su padre?

– ¿Su padre? -preguntó Jessie, furiosa por el modo en que Patrick le estaba hablando.

– Sí, porque imagino que tendrá uno.

– Por supuesto que tiene padre -le dijo. Por un momento se sintió tentada a decirle la verdad, sobre todo porque Kevin y Faye podían volver de un momento a otro, y ponerse a su merced-. Patrick…

– Si fuera mi hijo, me gustaría saberlo -le dijo, sin dejarlo continuar-. De hecho, no permitiría que estuviera lejos de mí -Jessie se dio cuenta de que hablaba de corazón, y pensó que tal vez tuviera un hijo, y su mujer le estuviera poniendo difíciles las cosas para verlo. Sin embargo, Patrick no le dio más explicaciones, y volvió a cargar la caja-. La llevaré arriba -dijo. -Gracias. ¿Quieres que te haga un sándwich? -le ofreció, dejando en el aire el «antes de que te vayas».

Capítulo 5

Patrick dudó un momento, pero después asintió y dijo: -Muchas gracias. Es muy amable de tu parte -le dijo con ironía.

– De nada. Me iba a hacer uno para mí -le dijo, para que no se pensara que estaba intentando que se sintiese como en casa -¿Lo quieres de algo en particular?

Patrick se arrepintió enseguida de haber utilizado aquel tono de voz tan sarcástico. No conocía su situación, y por lo tanto, no tenía derecho a juzgarla. Si estaba en su casa era por culpa de Carenza.

– Da igual. De cualquier cosa, excepto de pescado desmenuzado o carne de pollo picada.

Jessie se quedó un momento pensativa, sin estar segura de que hubiera hecho una broma. Lo miró, y le pareció verle esbozar una sonrisa, pero antes de que pudiera reaccionar, Patrick ya había desaparecido escaleras arriba.

Mientras cambiaba a Bertie se dijo que, tal vez, fuese mejor así, y se esforzó en alejar de su mente aquellos inquietantes ojos grises. Tenía muchas cosas que hacer cómo para pensar en tonterías, entre otras una lista de clientes potenciales a los que llamar por teléfono, si no quería perderlos. Encima, se había comprometido a hacer un sándwich a su casero. Tendría que aprender a tener la boca cerrada.

Hizo unos cuantos sándwiches de queso; apartó dos para ella, y con Bertie apoyado en la cadera, se dirigió a la planta de arriba.

– ¿Señor Dalton?

Le había pedido que lo llamara Patrick, pero tenía la impresión de que las cosas serían más sencillas si no volvían a tutearse. El modo en que se había sentido cuando la abrazó para tranquilizarla tras el incidente con el perro, le había mostrado claramente lo complicadas que podían llegar a ser. ¿Cuándo habría descubierto él que besar era mejor tratamiento para la histeria que una bofetada? Aunque no se quejaba, porque sus besos…

Desde luego, no le quedaba la menor duda de que las cosas podían llegar a complicarse mucho.

Había dejado la caja en el estudio, en vez de en la habitación pequeña, pero no se le veía por ninguna parte. Posó el plato y se fue en su busca.

– ¿Señor Dalton? Sus sándwiches están en… -Jessie se detuvo en seco a la puerta del dormitorio, porque Patrick Dalton, abogado de prestigio, estaba tumbado en su cama, y parecía haberse quedado profundamente dormido-, la cocina -terminó de decir con un suspiro.

Acostó a Bertie en la cuna, puso en funcionamiento el aparato musical que hacía sonar una nana de Brahms, y se quedó a su lado acariciándole la mejilla, tratando de olvidarse del hombre que estaba tumbado en la cama detrás de ella.

Tapó al bebé, mientras pensaba que, tal vez, ahora que ya le había salido el diente se tranquilizaría, y se volvió hacia Patrick. A pesar de que estaba decidida a hacerlo salir de su vida, no podía enfadarse con él, porque debía de estar al borde de la extenuación, y ella sabía muy bien lo que era eso. Lo miró con cierta envidia, luchando contra las ganas que sentía de tumbarse a su lado.

¿Pero era la cama o el hombre lo que le tentaba tanto? Después saber por experiencia lo poco que significaba un beso para los hombres, y de haber sufrido tanto por el último no comprendía cómo se lo planteaba siquiera.

Reprimió un bostezo, y se marchó hacia la puerta de puntillas, alejándose de la cama o del hombre que tanto la atraían.

Pero en cuanto salió del campo de visión de Bertie, el niño se echó a llorar.

– Shh -susurró Jessie-. Deja dormir al pobre hombre.

Pero lejos de hacerle caso, el bebé empezó a llorar con más ganas. Jessie lamentó que Patrick no le hubiera advertido de que pensaba echarse la siesta, porque de haberlo sabido, habría cambiado la cuna de habitación. Pero, seguramente, ni siquiera él pensaba que se iba a quedar dormido, porque, de lo contrario, no habría aceptado el sándwich, y se hubiera desvestido y metido en la cama.

Vio una caja de calmantes encima de la mesita, y asumió que se los habían dado en el hospital. Tal vez se había tomado un par de ellos, y por eso se había quedado dormido. Teniendo en cuenta el desfase horario que había sufrido por el vuelo, y el modo en que había pasado las últimas veinticuatro horas, posiblemente no se despertara hasta el día siguiente.

Jessie bostezó, y se sentó con cuidado en el borde de la cama. El niño dejó de llorar de inmediato. También ella había pasado dos días terribles, y el sonido de la nana era tan agradable. Reprimió otro bostezo, y se puso de pie. Tenía demasiado trabajo cómo para echarse a dormir. Cuando se dirigía a la puerta, Bertie se echó a llorar otra vez, y Jessie se detuvo sin saber qué hacer.

– Jessie, si te sientas en algún sitio desde donde te pueda ver, se quedará dormido.

Jessie se volvió. Patrick seguía con los ojos cerrados, y no se había movido de sitio.

– Pensé que estaba dormido.

– Yo también, pero entre la nana, el llanto del niño y tú, que no has parado de moverte un momento, me ha resultado bastante difícil seguir dormido.

– Lo siento. Me llevaré la cuna…

Patrick entreabrió los ojos. Los párpados le pesaban como hierro. Se dio cuenta de que Jessie parecía exhausta, lo que no lo sorprendía teniendo en cuenta la noche que había pasado.

– No vas a llevarte la cuna, sino a echarte sobre la cama diez minutos, que va a ser el tiempo que Bertie y yo tardaremos en quedarnos dormidos -le dijo, pensando que con un poco de suerte ella también se quedaría dormida-. Después puedes levantarte y hacer eso que parece ser tan importante.

– Usted no comprende…

Patrick pensó enseguida que lo que ocurría era que no tenía a nadie que le pasara una pensión por el niño, y debía arreglárselas ella sola.

– Diez minutos más o menos de trabajo no tienen mucha importancia, y Bertie se quedará dormido.

– Posiblemente tenga razón.

– Siempre tengo razón -le dijo, mientras Jessie se echaba con cuidado sobre la cama, sin que Bertie le quitara ojo, listo para romper a llorar en el momento en que desapareciera de su campo de visión-. Quítate los zapatos y túmbate. Este niño es listo como un rayo, no lo vas a engañar.

– Señor Dalton…

– Patrick. Si vamos a compartir la cama, lo más normal será que nos tuteemos, ¿no te parece, Jessie?

– No vamos a compartir ninguna cama -dio una palmada sobre el espacio de cama que había dejado entre ellos-. Patrick, no pienso que esto sea…

– No pienses. O por lo menos no pienses en voz alta. Limítate a tumbarte y estar callada, por favor.

Patrick cerró los ojos y Jessie, sintiéndose culpable por haberlo despertado, y bastante estúpida por no querer echarse al lado de un hombre cuyo único deseo era dormir, se quitó los zapatos, y se acostó al lado de él, sin que se rozaran, pero consciente de la presencia de su cuerpo musculoso, y de la fragancia de su piel, mezclada con el olor a limpio de las sábanas.

La nana seguía sonando, y podía ver a Bertie cerrando poco a poco los ojos. No harían falta diez minutos, en cinco podría levantarse y dejarlos a los dos dormidos. Cerró los ojos, y se dejó invadir por el aroma a lavanda de las sábanas.

Patrick, a su lado, sonrió en cuanto oyó su respiración acompasada, señal de que se había quedado dormida.

Abrió los ojos, y se preguntó dónde estaba. Se encontraba muy cómodo y caliente, apoyado sobre los pechos de una mujer…

Los pechos de una mujer.

Incluso atontado por los tranquilizantes, presentía que no era un sueño, que algo no iba bien, pero aquellos pechos sobre los que descansaba su cabeza eran como los de sus sueños, aunque mucho más cálidos. Sabía que debía moverse, comprobar si aquello era una fantasía, pero la verdad era que no le apetecía nada. Apartó el pelo que le hacía cosquillas en la cara, y lo sintió como seda entre los dedos. Era de verdad. Luchó por hacer funcionar su cerebro a pleno rendimiento, porque se daba cuenta de que ningún sueño podía ser tan real. Esta vez, cuando abrió los ojos, ya no los volvió a cerrar.

Jessie.

No era un sueño, y los pantalones de chándal y la camiseta amplia no lo engañaban. Sabía muy bien lo que ocultaban. Sonreía. La verdad era que le resultaba muy difícil poner cara de enfado, incluso cuando estaba furiosa. Tenía los labios entreabiertos, como si quisiera que la besaran, y por un momento la tentación fue demasiado fuerte. Le había gustado desde el momento en que, después de caerse encima de él, sus ojos se habían encontrado.

Jessie se movió, y se apretó más a él. Entonces ella también debió de intuir que algo no iba como tenía que ir, y abrió los ojos de repente.

Por un momento no ocurrió nada. Era como si, en la penumbra, estuviera tratando de separar lo que estaba viendo de lo que había esperado encontrarse.

– ¿Graeme? -preguntó con el ceño un poco fruncido.

Patrick sintió de repente una punzada de celos.

– ¿Quién es Graeme? -preguntó, sin poder evitarlo.

– ¿Qué?

– ¿Es el padre de Bertie?

De repente Jessie se dio cuenta de dónde y con quién estaba.

– ¡Oh, no me lo puedo creer! ¡Pero si me he quedado dormida!

– Necesitabas dormir.

Jessie pensó que parecía haberse convertido en un hábito caer en los brazos de aquel hombre. Primero en el suelo de la cocina, después por culpa del perro… ¿Qué demonios podía decir? ¿Qué estaría pensando de ella?

– De verdad tenemos que dejar de encontrarnos de esta manera -tenía que moverse. Necesitaba moverse. Dio la orden a su cerebro, pero tal vez estaba todavía adormecido, porque no pasó nada-. Debería levantarme -dijo, como para hacerle ver que lo creía de verdad.

– No te preocupes, Bertie está todavía dormido.

– ¡No te preocupes! ¡No te preocupes! -repitió, hasta que, de repente, se dio cuenta de que tenía razón. No había nada de qué preocuparse, porque ambos estaban completamente vestidos, así que no había sucedido nada.

Al tenerlo tan cerca, pudo apreciar mejor su atractivo. Se dio cuenta de que ya tenía algunos cabellos plateados en las sienes, observó su nariz aquilina, el corte de cara perfecto. Era un rostro de los que mejoraban con los años. No le cabía la menor duda de que debía de hacer estragos entre las mujeres en los juzgados. Tal vez por eso su esposa lo había abandonado. Lástima que no se hubiera llevado con ella al perro.

– ¿Quién es Graeme? -repitió Patrick.

– ¿Cómo? -Jessie no quería hablar de él-. Nadie. Un hombre con el que viví cierto tiempo… Tengo que levantarme -dijo. Patrick tenía una mano puesta sobre su muslo, y la apretó ligeramente-. De verdad -insistió, tratando que su voz sonara firme, pero sonriendo.

– Deberías aprovechar cualquier oportunidad para dormir, Jessie. Cuando se tiene un bebé, el trabajo debe ocupar un segundo plano.

– Es muy fácil para ti decirlo, pero tengo que ganarme la vida.

– Ya entiendo -Patrick pensó que el tal Graeme debía de ser uno de esos padres que no colaboraban en la manutención de su hijo o de ella, lo que le hizo muy feliz, aunque fuera duro para Jessie, porque eso significaba que, probablemente, no tenía ataduras emocionales con él.

– Lo dudo mucho, aunque tenías razón al decir que necesitaba dormir un poco, pero ahora…

Tenía la cara oculta en su cuello y podía sentir los latidos de su pulso contra la mejilla, el cosquilleo de su barba reciente en la frente, el peso sinuoso de su mano contra las caderas, apretándola contra él. La tentación de olvidarse del trabajo y quedarse allí era demasiado fuerte. Tenía una pequeña cicatriz en la barbilla. Una cicatriz de la niñez, probablemente, como la que se había hecho su hermano Kevin jugando al rugby en el colegio. ¿Jugaría Patrick también?

Se dio cuenta de que había vuelto a cerrar los ojos, y se preguntó si sería mejor permanecer tumbada para no molestarlo, esperar hasta que se despertara Bertie, y así aprovechar unos minutos más de sueño…

Pero le resultaba muy difícil volverse a quedar dormida junto a aquel hombre, que había despertado sus hormonas, sus más íntimos deseos acallados desde hacía tiempo.

El dulce Bertie se encargó de rescatarla con sus sollozos.

– Era demasiado bueno para que durara -Patrick movió el brazo para dejarla marchar, y después observó cómo se levantaba, se estiraba la camiseta y tomaba en brazos al bebé. Al bebé de Graeme. Se preguntó cómo podría ser capaz aquel hombre de desentenderse de él-. ¿Sabes que tienes comida de bebé en el pelo? -le dijo.

– Vaya, muchas gracias -respondió Jessie-. Necesitaba saberlo.

– De nada -le dijo, al tiempo que se levantaba de la cama. Tal vez un poco de aire fresco le aclarara las ideas. Lo que estaba claro era que si se quedaba allí un poco más, lo único que le iba a funcionar a la perfección no tenía nada que ver con su cerebro-. Voy a sacar a Grady a dar un paseo -le dijo desde la puerta-. ¿Vas a cocinar, o traigo algo de fuera?

– ¿Cocinar? -preguntó Jessie con el ceño fruncido.

Patrick se dio cuenta enseguida de que lo había malinterpretado, que había pensado que quería que cocinara para él, pero decidió seguirle la corriente, pensando que tal vez hubiera más de una forma de echar a un inquilino.

– ¿No es esa la razón por la que la mayoría de los hombres prefieren compartir casa con mujeres? Están domesticadas.

– Entonces, tendrás que encontrar una mujer que sepa cocinar, y esperar que te invite -la oyó gritar Patrick mientras bajaba las escaleras. El llanto de Bertie se unió a sus gritos.

– Bueno, chico -dijo a Grady, mientras el perro lo seguía moviendo la cola de alegría a través del jardín, en dirección al garaje-, ha sido muy fácil hacerla enfadar.

Lo que no entendía era por qué no estaba contento.

Jessie se lavó la cara con agua fría, y contempló su imagen en el espejo, pensando que Patrick era tan aprovechado como Graeme. Como no podía echarla, pretendía sacar el mayor provecho de ella.

El espejo le reveló que, además de comida de bebé en el pelo, tenía manchas en la camiseta, y ni un solo resto de pintalabios que mejorara un poco su aspecto. En realidad su boca no lo necesitaba porque tenía unos labios muy sensuales, que parecían estar suplicando ser besados… Todavía podía sentir la respiración de Patrick contra la mejilla. Se tocó los labios, como esperando encontrar en ellos algún rastro dejado por su boca.

De repente se sintió idiota, y dejó caer la mano.

– ¿Quién te crees que eres? -preguntó a su imagen en el espejo-. ¿La Bella Durmiente? Incluso si lo fueras no te habría vuelto a besar. Es abogado, y no puede ser tan estúpido dos veces.

Una parte de ella deseó que sí lo fuera. Necesitaba tiempo a solas antes de volverlo a ver. Por eso, en vez de bajar a la cocina, se fue al estudio, y conectó el teléfono móvil. Casi se sintió aliviada al ver la cantidad de mensajes que tenía que responder. Dejó a Bertie en el suelo, y mientras le mordisqueaba feliz el bajo de los pantalones, se puso a devolver las llamadas, y se hizo promesas que esperó cumplir. Después, llamó a Kevin y Faye.

– Espero que por lo menos vosotros os lo estéis pasando bien -les dejó en el contestador-. Por cierto, a Bertie le ha salido un diente.

– ¡Un diente! ¡Le ha salido su primer diente, y yo no estaba con él! -se lamentó Faye en el hombro de Kevin.

– Tranquila, cariño, que ya le saldrán otros.

– ¡Pero no serán el primero!

– Recuerda que fue idea tuya.

– Lo recuerdo, y supongo que merecerá la pena, si así conseguimos sacar a Jessie de aquella horrible comunidad. Lo malo es que parecía estar muy harta, ¿verdad?

– Bueno, eso es buena señal.

– ¿Tú crees?

– ¿Tú estarías contenta, si te acabaran de echar de tu casa?

Una vez hechas las llamadas, Jessie se puso a pensar en la cena.

– ¿Así que quiere una mujercita que le tenga hecha la cena cuando regrese de correr? -murmuró-. Pues lo tiene claro, porque nunca se me ha dado bien la cocina, y aunque así fuera, no le iba a hacer a él ninguna demostración de mis dotes culinarias. Cuanto más incómodo esté, menos tardará en marcharse.

Se puso a hacer la cama, mientras se decía que, para empezar, ya no se volverían a echar la siesta juntos. Después, se limpió la comida de bebé del pelo, y apagó el calentador. Si estaba esperando darse una ducha caliente al llegar, estaba listo. Al fin y al cabo, según el contrato de arrendamiento, era ella la que pagaba el gas. Se cambió de camiseta, y puso una lavadora. Ya no recordaba la cantidad de lavadoras que había puesto desde que tenía a Bertie. Después se puso a inspeccionar los armarios de la cocina, donde encontró un paquete de cereales, una lata de judías y otra de lentejas. En el congelador solo había una chuleta, así que si Patrick se quedaba a cenar, tendría que escoger entre entretener a Bertie, o ir al supermercado más cercano. Ya tratarían el humillante tema de quién cocinaba cuando tuvieran algo que guisar.

Patrick se dio cuenta de que había sido un iluso al pensar que ya estaba bien para correr. Además, ¿durante cuánto tiempo podía huir un hombre de los recuerdos que lo perseguían? Tiró un palo a Grady para que corriera tras él, y se puso a pasear por el parque, intentando comprender el torbellino de emociones dispares que lo embargaban desde que había conocido a la inquietante Jessica Hayes.

Al llegar a su casa en mitad de la noche, cansado del viaje, y con el solo pensamiento en su mente de que su sobrina se marchara lo antes posible, aquella ladrona amazona lo había pillado con la guardia bajada, y por eso había tenido aquella reacción.

Tal vez.

La mayoría de los hombres reaccionarían del mismo modo ante una mujer hermosa, sobre todo después de haberla visto desnuda en la bañera, y no tenía por qué significar nada. El problema era que el deseo permanecía. La sonrisa de Jessica era como el sol que calentaba su cuerpo, y cuando fruncía el ceño le daban ganas de estrecharla entre sus brazos, y borrar el gesto con un beso. Y cuando se enfadaba… Bueno tal vez fuera mejor que no pensara demasiado en el efecto que le producía.

El bebé complicaba las cosas. Los dos juntos resultaban demasiado tentadores. Bella y la hija de ambos, Mary Louise, habían muerto, así que Jessica y Bertie encajaban en el hueco que habían dejado en su vida, como un tapón en una botella.

Cuando regresó no se oía nada, excepto la lavadora. Dio de beber a Grady, y tras sacarlo al jardín, subió a la planta de arriba. Jessica estaba sentada en el sofá del salón, tomando notas, y no pareció darse cuenta de su presencia. Bueno, ¿qué había esperado?, ¿que se le tirara al cuello, y le diera la bienvenida con un beso?

– ¿Eres consciente de que tu bebé está babeando sobre una alfombra muy cara, y de que tu gato está dejando perdida de pelos la tapicería?

Jessie lo miró por encima de las gafas.

– Mao no es mi gato. No me gustan los gatos, y nunca viviría con uno. Pero si me dieran a elegir entre un hombre y un gato, sin duda me quedaría con el gato.

– Más o menos lo mismo me pasa a mí, entonces-le dijo, esperando sonar convincente. Cuando se marcharan tendría la casa para él solo. Se libraría de aquel olor a bebé que lo estaba destrozando, y del aroma perturbador de la piel de Jessica Hayes, antes de que invadiera su alma por completo. Volvería a la normalidad-. No te olvides de limpiar la alfombra antes de irte.

Jessica lo miró.

– Si es tan cara, la debería limpiar un profesional. De hecho, cuando limpié un poco de chocolate…

– ¡Chocolate!

– …me di cuenta de que había otras manchas. Hay una ahí… al lado de tu pie derecho. Parece vino tinto.

– Te creeré, si tú lo dices, y seguiré tu consejo, pero dime dónde tengo que enviar la cuenta luego.

– No vas a ser uno de «esos» caseros, ¿verdad, Patrick?

Patrick pensó que su nombre sonaba perfecto en sus labios…

– No voy a ser ningún tipo de casero -se apresuró a decir. Después, sin poderse contener, preguntó-: ¿Qué tipo de casero?

– El tipo de casero que pone todas las pegas posibles para no devolver la fianza cuando finaliza el contrato.

– A mí no me has dado ninguna fianza.

– El tipo de casero que te lleva a juicio, sin pensárselo dos veces.

– Muy graciosa -le respondió. Como se había reafirmado en su idea de que Jessie debía marcharse, o al menos eso pensaba, cambió de tema-. Te veo muy ocupada. ¿Estás haciendo una lista de las agencias inmobiliarias que vas a visitar?

– No -le respondió-. Estoy haciendo una lista para la compra. Los armarios de la cocina están vacíos.

– ¿Ah, sí? Pues que te lo pases bien apuntando todas las verduras que vas a comprar. Yo me voy a dar una ducha.

Jessie se quitó las gafas. Estaba sudoroso y muy pálido.

– ¿Te encuentras bien? -le preguntó, preocupada-. No creo que debieras haber salido a correr tan pronto, después del golpe.

– Te agradezco tu preocupación, pero el que más corrió fue Grady.

– Me alegro de oírlo -después, sintiéndose culpable por haberlo dejado sin agua caliente, añadió-: Me temo que el agua no esté muy caliente. He puesto varias lavadoras. Cuando se tiene un niño, no se para de lavar.

Patrick se encogió de hombros.

– Bueno, pero el calentador está puesto, ¿verdad?

– Me temo que no. Mientras sea yo la que pague las facturas, solo se pondrá una hora por la mañana y otra por la tarde.

Patrick respiró profundamente.

– No te preocupes por la factura. Yo la pagaré, así que no lo vuelvas a apagar.

Jessie se llamó tacaña mil veces en silencio.

– ¿Me lo puedes dar por escrito?

– De acuerdo.

– Gracias -le iba a resultar difícil deshacerse de él, pero no podía arriesgarse a tenerlo a su alrededor recordándole constantemente a lo que había renunciado-. Dejaré la lista en la cocina -le dijo, para fastidiarlo más.

– ¿Qué lista?

– Si quieres comer, tendrás que ir al supermercado. Yo tengo que dar de comer a Bertie, bañarlo y acostarlo.

– ¿Es que tú no vas a comer?

– Bueno, cuando dije que los armarios estaban vacíos quería decir para ti. Yo tengo una lata de judías y una chuleta de ternera.

– ¿Solo una?

Jessie se quedó mirándolo, y preguntándose si habría estado alguna vez en un supermercado. Debía de tener a alguien que se ocupaba de él, o por lo menos de la casa. Aunque dudaba que cocinara mucho, porque los hombres guapos estaban constantemente recibiendo invitaciones para cenar. Estaba segura de que, si quisiera, no tardaría en encontrar a alguien. Pero, ¿y si se equivocara y fuera al supermercado? Ya se ocuparía de resolverlo, en el improbable caso de que sucediera.

– Solo una, pero estás invitado a compartirla, por supuesto.

– Gracias, Jessica. Es muy amable de tu parte.

Detestaba que la llamaran Jessica, y estaba segura de que él se había dado ya cuenta, pero permaneció imperturbable, como él. Hubiera deseado que se marchara, mandándola antes al infierno. Verlo perder los nervios. Saber que lo estaba sacando de quicio, pero no lo había conseguido, y ahora se veía ante la perspectiva de tener que cocinar aquella chuleta de ternera tan poco apetitosa, y además compartirla con él. Debía haber mencionado solo las judías enlatadas.

Capítulo 6

Mientras se duchaba con agua helada, Patrick pensó que Jessie iba a pagar caro hacerle pasar por aquello. El hecho de que estuviera el agua tan fría, solo podía deberse a que hubiera dejado los grifos abiertos hasta que se gastara todo el agua caliente.

Si quería pelea la tendría. Sin duda pensaba que le estaba ganando fácilmente, pero se equivocaba. Compartiría con ella la chuleta de ternera, por muy pequeña que fuera. No le importaba sufrir, si sabía que ella también sufría.

Al pasar al lado del estudio, vio que Jessie estaba trabajando. Intrigado por la ocupación de su inquilina, fue a investigar. Pero no estaba trabajando. Comía un sándwich, mientras navegaba por la red.

– ¿Están buenos? -le preguntó cuando Jessie estaba a punto de dar un bocado a su sándwich.

– Un poco secos. Los tuyos están en la cocina.

– Gracias. ¿Qué estás buscando?

– Un sitio donde vivir -con un clic de ratón se salió de Internet-. He dejado mi nombre en algunas agencias inmobiliarias.

– ¿Te has decidido a alquilar otra casa? -le dijo, sin poder disimular el alivio en su voz.

– No, ya estoy harta de caseros difíciles -le sonrió, mientras tomaba en brazos a Bertie, y se dirigía a las escaleras. Patrick hizo caso omiso de la evidente provocación, pero sin embargo no pudo evitar darse cuenta de que había utilizado el plural. ¿Qué problemas habría tenido en su anterior alojamiento? El contrato de arrendamiento que había firmado estaba todavía sobre la mesa del vestíbulo. Patrick vio cómo lo recogía, mientras la seguía hasta la cocina-. He decidido que ya es hora de que me compre una casa. Pero, al parecer, el dinero que tengo solo me da para comprar un cuarto trastero…

– ¿Comprar? ¡Pero eso te llevará meses!

– ¿Tú crees? ¿Más de tres? -le preguntó, mirando el contrato que tenía en la mano.

– Seguramente. A no ser que tengas la suerte de encontrar algo de inmediato -le dijo, consciente de la indirecta que le estaba lanzando.-¿Tu contrato admite renovación?

Jessie sonrió.

– No. Carenza fue muy firme, y ahora comprendo por qué. ¿Puedes esperar un poco para cenar? Tengo que dar de comer a Bertie.

– Creo que los sándwiches me ayudarán a aguantar.

– Bien -dijo Jessie, mientras lamentaba en silencio no habérselos dado a los pájaros. Debía de haber estado loca cuando se ofreció a hacérselos. Era demasiado impulsiva. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no se tenía que haber preocupado, porque el plato que contenía los sándwiches estaba roto en el suelo, y no había ni rastro del pan o el queso, solo se veía a Grady, tumbado en el escalón, con la expresión de quien sabe que ha sido muy malo. Jessie sintió ganas de abrazarlo-. Vaya -dijo Jessie, mientras Patrick se apresuraba a cerrar la puerta de la cocina, para que el perro se quedara en el vestíbulo-. Me temo que eran los últimos trozos de queso que quedaban. Y anoche rompiste los huevos…

– Pero, si dejé a Grady en el jardín, y cerré la puerta…

– Te prometo que yo no lo dejé entrar.

Patrick la creía.

– A lo mejor no la cerré bien.

– A lo mejor Grady es más listo de lo que tú te crees.

– Es un perro obediente que haría cualquier cosa por mí, pero de ahí a abrir puertas… -tendió la mano-. Será mejor que me des la lista.

– ¿La lista?

– Sí, la lista de la compra. Ese era el plan. Tú cocinabas, y yo hacía la compra.

– ¿No te apetece la chuleta de ternera, entonces? -le preguntó, sin esperar respuesta, porque arrancó la lista de su cuaderno, y se la dio.

A Patrick le bastó echar un vistazo a la lista para darse cuenta de que contenía el tipo de comida que daba mala fama a la dieta vegetariana.

– ¿Esto es lo único que quieres? -la miró inquisidor-. ¿Nada de chuletas de ternera?

– ¡Ah, sí! Gracias por recordármelo -le dijo, sin hacer caso de su sarcasmo-. Y ya que vas -tomó la lista y añadió una docena de cosas-. Será mejor que te dé dinero -le dijo, buscando el bolso con la mirada.

– No te preocupes -a Patrick le extrañó que, aun habiéndose salido con la suya, no pareciera muy feliz. Quizás pensara que no era capaz de empujar un carro de supermercado, o tal vez estuviera preocupada por algo. Por su poco fiable contrato de arrendamiento, por ejemplo. Tomó en la mano un tarrito de comida para bebé vacío y listo para el reciclado, y encontró en la etiqueta una información muy útil-. Después haremos cuentas.

– Muy bien. Gracias.

– Anímate. Por lo menos no tendrás que compartir la chuleta de ternera.

Jessie sonrió.

– No me hubiera importado.

– Eres una santa -le dijo con sarcasmo-. ¿Hace mucho que eres vegetariana?

– ¿Cómo? -Jessie enrojeció, sin saber qué decir-. Bueno… empecé cuando tenía… quince años.

– ¿Ah, sí? Al haberle dado a Bertie un tarro de cordero con zanahorias para comer, pensaba que lo habías dicho por decir -le comentó, al tiempo que le enseñaba el tarro vacío, de modo que pudiera ver la etiqueta.

Sin darle oportunidad de réplica, Patrick se marchó de la cocina, dejando a Jessie con la boca abierta,

Jessie se preguntó por qué se estaba comportando de una manera tan estúpida, diciendo lo primero que se le pasaba por la cabeza, y jugando como una niña. Tenía sus derechos. Había firmado un contrato con la sobrina de Patrick, así que era a ella a quién él tenía que dirigir sus quejas. Cuando regresara se lo diría, con tranquilidad y firmeza a la vez. Así cómo que debería buscarse otro alojamiento para los próximos tres meses. Patrick era un hombre inteligente y, aunque no le gustara, admitiría que ella tenía razón.

Jessie suspiró. Se daba cuenta de que en teoría las cosas eran así, pero que en la práctica aquel hombre estaba en su casa, y pretendería seguir en ella, a pesar de lo que su sobrina hubiera hecho en su nombre.

Gimió, se sentó, y apoyó la cabeza en la mesa de la cocina. Trabajaba muy duro, pagaba sus impuestos, y lo único que pedía a cambio era un poco de tranquilidad. ¿Qué había hecho ella para merecer lo que le estaba ocurriendo?

Patrick se paró delante de la sección de carnes, y escogió un buen chuletón de buey. Lo prepararía a la parrilla, y lo serviría poco hecho. Si de verdad era vegetariana, cosa que dudaba, sentiría náuseas al verlo, y si no lo era, se moriría de envidia viéndosela comer, mientras ella se tenía que conformar con su chuletita de ternera.

Cualquiera de las dos posibilidades le parecían igual de gratificantes. Se daba cuenta de que no estaba siendo una buena persona, pero tampoco lo había sido ella al pretender someterlo a base de cereales y judías enlatadas.

Echó la carne en el carro, y por si acaso no bastaba con ella, metió también salchichas y beicon para el desayuno, aunque solo pensar en comerse aquello, le hiciera sentir una ligera náusea.

En el hospital no le habían dicho que se acostara al llegar a casa, pero sí había pensado pasarse un día entero en la cama, solo, descansando. Sin duda, estaba teniendo un día demasiado intenso para alguien que había sufrido un fuerte golpe en la cabeza.

Respiró profundamente un par de veces, y después buscó los huevos, las cebollas y las zanahorias en la sección de productos ecológicos, tal y como le había pedido Jessie, y por último el arroz y las judías. Lo que había apuntado en el último momento, habían sido cosas para Bertie, como polvos de talco y pañales.

De repente, se dio cuenta de que el malestar se intensificaba.

Se quedó frente a la estantería, con la mirada perdida, sumergido en sus recuerdos, hasta que una señora que pasó a su lado, con un niño dentro del carro de la compra, se paró a su lado, y le preguntó si le podía bajar un paquete de pañales de la estantería superior. Patrick regresó a la realidad, y se lo dio.

– ¿Necesita ayuda? -le preguntó, mientras dejaba los pañales el carro.

– ¿Ayuda?

– Sí, parece un poco perdido. Acaba de ser padre, ¿verdad? -afirmó, sin dar tiempo a Patrick de decir nada. Me parece precioso ver a un hombre comprometido de verdad con su paternidad -le quitó la lista de las manos-. Vamos a ver -dijo, mientras tomaba de las estanterías las cosas que Jessie había apuntado en la lista.

Nada más nacer, había puesto a su hija Mary Louise en los brazos de Bella…

– Es para Bertie -se apresuró a decir.

– ¿Bertie? ¡Qué monada de nombre! ¿De qué es diminutivo? ¿De Albert? ¿de Robert?

– Simplemente se llama Bertie -respondió Patrick para salir del paso, cuando se dio cuenta de que la señora se había quedado callada, esperando su respuesta.

– Bien, me alegro de que usted colabore en la crianza de su hijo. Es muy duro cuando lo tiene que hacer uno solo. Lo sé por experiencia.

– Supongo que sí. Gracias por su ayuda.

Siguió avanzando por el pasillo, y encontró la sección dedicada a los juguetes infantiles. No había cambiado nada. Seguían teniendo los mismos colores alegres de siempre. Tomó uno, y lo echó al carro.

En cuanto llegó a la caja, se dio cuenta de que había cometido un error.

Tomó el alegre juguete en la mano y se quedó mirándolo, mientras la cajera iba haciendo la cuenta del resto de su compra. Siempre se había caracterizado por ser defensor de causas perdidas, y si Jessica Hayes hubiera sido cliente suya, no habría permitido que nadie la echara de una casa que había alquilado con un contrato que había creído totalmente legal. Quién sabía por lo que habría pasado, y él estaba haciendo todo lo posible por hacerle la vida más difícil, para evitarse sufrir por los recuerdos que ella y su bebé le traían a la cabeza.

Tal vez podrían volver a empezar. No creía que les resultara tan difícil a dos adultos civilizados compartir una casa durante unos días, hasta que ella encontrara otro sitio. Sería solo cuestión de poner cada uno un poco de su parte. Y si él ponía más de lo que ella sabía… Bueno pues era solo asunto suyo.

– ¿Quiere eso también? -le preguntó la cajera.

– ¿Qué? Ah, sí, perdone -pagó todo, y llevó la compra hasta el coche.

No se fue a casa de inmediato. Si Jessica se iba a quedar, pondría él las condiciones. No ella.

En la agencia inmobiliaria, una mujer de mediana edad le pidió que se sentara con una sonrisa.

– Buenas tardes, señor. ¿En qué puedo ayudarlo?

– Necesito hablar con la persona que hizo el contrato de arrendamiento de la casa de la calle Cotsworld número veintisiete -la mujer frunció el ceño-. Se la alquilaron a la señorita Jessica Hayes a principios de semana.

– Recuerdo a la señorita Hayes. Cuando nos llamó estaba muy nerviosa. Sarah trató de ayudarla, pero quería algo de inmediato, y no tenemos costumbre de alquilar nada sin comprobar antes las referencias que nos dan.

– Pues alguien lo hizo.

– Nosotros no -dijo tajante-. Además no tenemos ninguna propiedad en la calle que ha mencionado. Ojalá las tuviéramos.

– Entonces, será mejor que le pida a Sarah algún tipo de explicaciones.

– Sarah ya no trabaja aquí. Solo estuvo un tiempo para obtener algún dinero que le permitiera hacer un viaje por Europa con su mochila. ¡Vaya gustos! -tomó el contrato de las manos de Patrick, y se puso a mirarlo. Cuando terminó de leerlo, la sonrisa se desvaneció de su rostro, y murmuró una palabra muy poco profesional.

Jessica decidió comportarse como una mujer adulta.

No le gustaba demasiado la carne, pero no era vegetariana.

Era verdad que a los quince años había decidido hacerse vegetariana, pero cambió de idea cuando el chico que le gustaba la invitó a una barbacoa.

No era propio de ella comportarse de aquella manera, así que compensaría a Patrick pidiendo que le trajeran a casa comida de su restaurante italiano favorito. Estaba segura que sería un buen modo de firmar las paces.

Acababa de llamar por teléfono al restaurante, pidiendo que le trajeran la comida para las siete y media, cuando oyó cómo se abría la puerta, y sintió una ráfaga de aire frío en la espalda.

– ¡Pues sí que has sido rápido! -dijo con una sonrisa.

Pero al volverse, se dio cuenta de que no era Patrick, sino Grady, quien la miraba desde la puerta con ojos de querer jugar.

Aquello era malo.

Pero lo que se avecinaba iba a ser peor.

Mao, que se estaba terminando su comida, miró hacia la puerta, y se estremeció.

Por un momento no sucedió nada.

Después, Grady meneó su cabeza peluda, y se acercó a oler al gato con curiosidad.

– Pobre Jessie -murmuró Patrick, mientras conducía camino de casa-, se ha aferrado a su contrato como si fuera su tabla de salvación, y no vale ni el papel en que está escrito.

Una de las amigas de Carenza se había limitado a hacer una copia del documento estándar, pero carecía de legalidad. Estaba seguro de que Jessie no lo sabía, y se daba cuenta de que se encontraba en desventaja respecto a él. Lo más decente sería olvidarse de la chuleta, y comprar en un restaurante comida para dos. Así nadie tendría que cocinar. Después de todo, ambos habían tenido un día muy duro.

Si era vegetariana, lo mejor sería decantarse por la comida china o india. Con un poco de buena voluntad y un buen vino, solucionarían el problema. Pero bajo sus condiciones. Le dejaría la habitación pequeña y el estudio.

Sonrió mientras entraba en el garaje. Había llamado por teléfono al restaurante más cercano desde su móvil, y pedido comida para dos. Cuando cruzaba el jardín, con las bolsas de la compra, se dio cuenta de que la puerta de la cocina estaba abierta, y no se veía a Grady por ningún sitio.

Dejó caer las bolsas de la compra, sin preocuparse de que se le rompieran los huevos, como tampoco tuvo tiempo de preocuparse de que su valiosa vajilla antigua de porcelana, que antes había estado en un aparador de la cocina, estuviera ahora hecha pedazos por los suelos. De repente, no fue preocupación, sino miedo lo que sintió al ver las sillas caídas y las manchas de sangre en el suelo de la cocina.

– ¡Jessie! -gritó-. ¿Dónde estás?

El vestíbulo estaba hecho una pena. Los cuadros estaban ladeados; la mesa dada la vuelta; el teléfono arrancado de la pared y roto. Una planta enorme yacía moribunda en el suelo, y en la tierra que había por todas partes, procedente del tiesto, se veían huellas de patas grandes y pequeñas. No hacía falta traer a un forense para descifrar las pruebas.

– ¡Jessie! -volvió a gritar, y se dirigió al salón, esperando encontrársela allí, encogida de miedo, pero casi se le paró el corazón al ver que estaba intacto, y vacío-. ¡Jessie! -el miedo se le empezaba a notar en la voz-. ¡Jessie, contéstame! ¿Dónde diablos te has metido?

El caos continuaba por toda la escalera, y subió los peldaños de tres en tres hasta pararse al llegar al dormitorio principal. Grady estaba subido encima de la cama, enseñando los dientes, y con la nariz ensangrentada, a causa de su pelea con el gato.

– ¡Túmbate, Grady! -el perro cayó como una piedra sobre la cama con la cabeza baja, mientras se oía al gato maullar burlón detrás de las cortinas, sintiéndose ya a salvo. Patrick abrió la puerta del baño, pero no vio a nadie. Aquello era una pesadilla. No la debía haber dejado sola. Sujetando firmemente a Grady por el collar, se dispuso a bajar las escaleras, abriendo a su paso todas las puertas que encontraba. Se detuvo en el vestíbulo, pensando que tal vez Jessie hubiera salido corriendo de la casa por la puerta principal cuando, de repente, oyó que alguien pronunciaba su nombre con voz ahogada, y daba golpes. Escuchó atentamente, y se dio cuenta de que los sonidos procedían del armario para guardar los cepillos de limpieza que había debajo de la escalera. Abrió la puerta, y Jessie en posición fetal, con Bertie apretado contra su pecho, salió del armario seguida de un montón de escobas.

– Creí que no ibas a venir nunca -se lamentó. -¿No me oíste gritar?

El alivio que sintió al ver que no les había pasado nada a ninguno de los dos, se transformó de repente en enfado.

– ¡Oírte! ¿Acaso crees que me hubiera pasado cinco minutos llamándote, e imaginando lo peor, si te hubiera oído?

– Pues grité con todas mis fuerzas -Jessie se limpió la pelusa que tenía en la cara, y estornudó. Después, mirando nerviosa a Grady, preguntó-: ¿Qué ha pasado?

– Es como si hubiera pasado una manada de elefantes -le dijo, señalando los destrozos del vestíbulo. Después sacó a Grady al jardín, y cerró la puerta-. Espero que se te ocurra alguna explicación convincente para la aseguradora.

Jessie no podía dar crédito a lo que acababa de oír. Se quedó mirándolo con incredulidad.

– ¿Eso es lo único que te preocupa? ¿Unas cuantas plantas? ¿El desorden que se ha organizado? Te puedo asegurar que tendré algo convincente que decirle a tu compañía de seguros -la voz se le quebró en un sollozo-. A la mierda tu compañía de seguros -le dijo, mientras estrechaba a Bertie, y le daba besos en la cabeza-, y tus platos. ¿Qué habría hecho yo si le hubiera sucedido algo a Bertie?

– No sigas… -le dijo tendiendo la mano, pero sin tocarla. Sabía que si lo hacía, se disiparían sus últimas defensas, y traicionaría sus queridos recuerdos-… por favor, no…

– Si le hubiera sucedido algo a Bertie por haber sido demasiado estúpida, por haber tenido demasiado miedo… -una lágrima descendió por sus mejillas, y después otra.

– Pero no ha sucedido nada -Patrick ya no pudo contenerse más, se arrodilló a su lado y la abrazó. Los abrazó a los dos-. No ha sucedido nada, ni sucederá. No ha sido nada -besó la cabeza de Bertie-. Solo un poco de polvo.

Jessie levantó la mirada. Las lágrimas habían dejado cercos en sus mejillas polvorientas.

– Lo siento -se disculpó.

– No, el que lo siento soy yo. No quería gritarte, pero estaba tan asustado… No te lo puedes ni imaginar -se estremeció-. No debería haberte dejado sola, sabiendo el miedo que te dan los perros. Lo… lo siento, Jessie. Por favor, no llores.

Jessie se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, y lo miró.

– Tú también estás llorando -le rozó la mejilla con la mano, cómo para cerciorarse de que estaba húmeda-. Patrick, estás temblando -de repente, era ella la que estaba tranquilizándolo a él, abrazada a su cuello, mejilla contra mejilla-. Estamos bien, ¿ves? No nos ha sucedido nada. Tienes razón, si no me hubiera quedado clavada al suelo como una idiota, no habría pasado nada de esto. En realidad no ha sido culpa de Grady, sino mía -lo besó en la mejilla, y le supo salada-. Mira -le dijo, obligándolo a mirarla, para que viera que era verdad.

Cuando la miró, Jessie rozó los labios de Patrick con los suyos. Por un momento se quedaron muy quietos, casi sin respirar. Después, él los abrió, y la besó como si quisiera absorber todo el oxígeno de su cuerpo.

Durante diez años había sido un muerto viviente y, de repente, aquella mujer que se había apoderado de su casa, se estaba apoderando de su corazón, y lo estaba devolviendo a la vida, haciéndole sentir, pero también sufrir. No era eso lo que quería. Deseaba que lo dejaran a solas con sus recuerdos, que era lo único que le quedaba. Temía que si no se concentraba en ellos, se le escaparían. Sin embargo, necesitaba imperiosamente sentir la piel de Jessie bajo sus manos, saborear la esencia de su boca sensual. Su beso lo estaba devolviendo a la vida.

– Jessie… no, por favor… -se separó de ella, y se puso en pie, antes de que ella se lo pudiera impedir-. Por cierto, ¿qué hacías en el cuarto de las escobas? -le dijo, bruscamente, distanciándose de ella y de lo que sentía.

– ¿Qué demonios crees que estaba haciendo? -mientras trataba de ponerse de pie, con Bertie en los brazos, porque él no se atrevía a tocarla, herida por su súbito cambio de actitud-. Estaba huyendo del perro de los Baskerville…

– Grady no es… -se detuvo. Ponerse a discutir sobre el carácter del perro no les llevaría a ninguna parte. Se pasó los dedos por el pelo-. ¿No se te ocurrió salir al vestíbulo, y cerrar la puerta tras de ti?

– La verdad es que no me dio tiempo a pararme a pensar, y decidir qué era lo mejor que podía hacer -le respondió altiva, comportándose como si no hubiera sucedido nada-. Te aseguro que el cuarto de las escobas no habría sido mi elección favorita. Abrí la primera puerta que tenía a mano, y me oculté -estornudó, y Patrick le tendió un pañuelo. Jessie lo aceptó y volvió a estornudar-. Además -le dijo con los ojos llorosos-, tu perro sabe abrir puertas.

– ¡No digas tonterías!

– Así que tonterías. ¿Cómo te crees entonces que entró?

– El pestillo debe de estar suelto… -se fue a comprobarlo, contento de poner así distancia entre ellos, aunque deseando de inmediato volver a estar de nuevo con ella. Movió el picaporte, y comprobó que iba bien-. A lo mejor no estaba bien cerrada. De todos modos, nada de esto habría pasado, si tu gato no hubiera estado aquí.

– Mao no es mío.

– ¡Pues si tú no hubieras estado aquí, entonces!

– Te equivocas. ¡Nada de esto habría pasado si tú hubieras respetado el contrato, y no estuvieras aquí!

– En cuanto a ese contrato… -empezó a decir, pero ella no lo escuchaba.

– Acababa de hacer una llamada, y me disponía a salir a dar un paseo con Bertie, cuando oí que se abría la… la puerta -estaba temblando de nuevo, pero no solo por el recuerdo de Grady, sino también porque Patrick la había besado, y no había sido un beso cualquiera, sino el mejor que le habían dado. Uno de esos besos que te pueden cambiar la vida. Y había sido él quién había dejado de besarla. Se había levantado, y apartado de su lado-. Pensé que eras tú, me volví, y…

– Cuidado -Patrick la sujetó al ver cómo le temblaban las piernas, y la llevó hasta el salón. Una vez que la hubo sentado en una silla, dejó a Bertie en el suelo, y sirvió a Jessie una copa de brandy-. Toma -le dijo, tendiéndole la copa. Jessie hizo un gesto de desagrado al olerlo, pero Patrick no estaba dispuesto a admitir una negativa, y le acercó la copa a los labios-. Es buena medicina-le dijo-. Bébetelo -Jessie bebió un poco y tosió, pero el calor del brandy pareció reanimarla.

– Dios mío, esto sabe fatal.

– Cuanto peor sabe, más efecto hace el medicamento -volvió a repetir la dosis, causando el mismo efecto en ella-. Yo no te oí llamarme, pero tú si has debido oírme a mí. ¿Por qué no saliste al darte cuenta de que había llegado a casa?

– No pude. No había picaporte dentro. Grité y golpeé con todas mis fuerzas… -se encogió de hombros.

– ¿No había picaporte? -Patrick se imaginó su desesperación, y tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír.

– Te busqué por toda la casa… Tenía tanto miedo de que pudieras estar herida.

– ¿Ah, sí? Pues yo pensaba que el récord de miedo lo había conseguido yo.

– De eso nada. Jessie, de verdad -puso una mano sobre la suya-, lo siento. De verdad siento que hayas pasado tanto miedo.

Jessie se preguntó, de repente, si también lamentaría el beso que le había dado.

– Yo también lo siento -le dijo, sin estar segura de cuál de las dos cosas exactamente.

– No te preocupes. Todo tiene solución -le dijo Patrick, pensando que se refería al estropicio causado por los animales-. Bueno, tal vez excepto lo de la vajilla. Iré a recoger los restos.

– Debería ir yo. Al fin y al cabo ha sido culpa mía…

– ¡No! Nada de esto ha sido culpa tuya. Déjame hacerlo a mí.

En la cocina, Patrick levantó la silla alta del bebé, y Jessie, que había desobedecido sus instrucciones de quedarse en el salón y lo había seguido, sentó allí a Bertie.

– Tardaremos menos entre los dos. ¿Era muy valiosa la vajilla? -le preguntó con un trozo de loza en la mano.

– ¿Valiosa? -en la mano sostenía un plato que había sobrevivido al estropicio, y lo daba vueltas, como tratando de encontrar en él una respuesta-. Depende de lo que entiendas por valioso. Esta vajilla la compré para Bella en una tienda de antigüedades, poco después de casarnos.

– ¿Tu esposa?

– Sí. Cumplía veintiséis años. La vimos en una tienda, cuando íbamos camino de un restaurante. Ya no recuerdo cuál. Uno piensa que nunca va a olvidar ese tipo de cosas, pero el tiempo todo lo borra.

– ¿Estáis divorciados? -le preguntó para hacerle regresar de ese viaje al pasado que parecía hacerle tan infeliz. Además, ya que había sido él quien la había besado primero, tenía derecho a saberlo.

– ¿Divorciados? -preguntó distraído-. Oh, no.

– Mira -se apresuró a decir Jessie con uno de los platos deteriorados en la mano, para ocultar su consternación-, si lo colocas así no se nota que está roto -le aseguró, colocando el plato en el expositor, con la parte estropeada para abajo, oculta tras la barra.

– No, los platos dentados solo sirven para acumular microbios. Bella solo coleccionaba piezas perfectas -le dijo, y dejó caer el plato en la caja.

Jessie parpadeó asustada, ante la furia con que lo había hecho.

De repente, se dio cuenta de que no lo había abandonado. Podía haberle dejado a su perro, pero no su colección de platos. No estaban divorciados. Su mujer había fallecido.

– Bueno -dijo, insegura-. Si estaban asegurados…

– ¿Asegurados? -Patrick se quedó mirando el interior de la caja donde había tirado la cerámica rota-. ¿Qué valor le puedes dar al recuerdo de un día pasado junto a la persona que has amado, Jessie? Un momento que nunca se podrá repetir. Dime dónde puedes asegurar los recuerdos para que no se pierdan nunca, o amarilleen como una vieja fotografía.

Jessie tragó saliva, y pensó que debía haberse quedado donde le habían dicho. Pero ahora estaba metida en aquello hasta el fondo. Había sacado a la luz recuerdos muy dolorosos para Patrick, y no podía huir.

– ¿Qué le sucedió?

Patrick se volvió hacia ella, y la miró como si fuera la primera vez que alguien se hubiera atrevido a preguntárselo.

– Un conductor ebrio la atropello. Iba a tanta velocidad, que incluso si hubiera visto el semáforo en rojo, no le habría dado tiempo a parar.

– ¿Hace diez años? -Patrick asintió-. Lo siento mucho -le hubiera gustado acercarse a él, abrazarlo, reconfortarlo, igual que había hecho él con ella poco antes, pero había una cierta rigidez en Patrick que marcaba las distancias, y se lo impedía-. Lo siento de verdad.

– En la escala de los desastres de la vida, supongo que unos pocos platos rotos no tienen demasiada importancia -afirmó-. Unos cuantos recuerdos rotos…

– Los recuerdos no se rompen, Patrick -él la miró, y frunció el ceño-. No, si quieres conservarlos -recogió del suelo un trozo de plato que él no había visto-. Estos son simples accesorios, como las fotografías. Te ayudan a recordar, pero si se te pierden unas cuantas fotos, lo único que pierdes son trozos de papel, porque los recuerdos están en tu cabeza, en tu corazón. Solo el dolor se va mitigando, si tú se lo permites, si no te regodeas en él, si empiezas a acumular recuerdos nuevos -le dio el trozo de cerámica-. Por eso el sol siempre brillaba en los veranos de nuestra infancia, y los helados nos sabían mejor.

– ¿Crees que es así?

– Espero que sí. Será mejor que acueste a Bertie -se apresuró a decirle, mientras, nerviosa, peleaba con las correas que sujetaban al niño a la silla-. Iba a… bueno estaba a punto de… cuando… -no terminó la frase-. ¿Estarás bien?

– Sí, Jessie. Estaré bien -se levantó, terminó de desatar a Bertie, y lo tomó en brazos-. Es un niño precioso.

– Sí que lo es. Espero que no me dé tantos problemas como te está dando a ti Carenza.

– Ojalá. De todos modos me consuelo pensando que siempre me queda el recurso de llamar a su padre -le puso en brazos al niño, y se apresuró a marcharse.

– Patrick, en cuanto a la cena…

– No te preocupes por eso -le dijo.

– No… -empezó a decir ella.

– Ni por cambiarte de casa. Tres meses pasan rápidos. Saldremos adelante.

Nada más decirlo, Patrick se preguntó cómo podía haber cambiado tanto de idea, si hacía unas horas quería desembarazarse de ella lo antes posible.

El corazón le latía muy deprisa, mientras levantaba la caja del suelo. Estaba seguro de que la compañía de seguros querría ver las pruebas. No sabía cómo reaccionaría. Se apoyó contra la puerta. Temblaba demasiado cómo para seguir adelante. Se había aferrado demasiado a sus amargos recuerdos. Los había usado como excusa para seguir viviendo, temiendo que si los dejaba marchar, no le quedaría nada…

– Patrick…

– ¿Qué? -miró a Jessie y al bebé que tenía en sus brazos, y detestó detectar cierta compasión en su voz. Jessie pareció darse cuenta, como si su rabia fuera algo físico, porque dio un paso atrás.

– Yo… Parecía como si te fueses a desmayar…

– Estoy bien. Lo siento, no pretendía hablarte con tanta brusquedad -en realidad no era con ella con quien estaba enfadado-. Acuesta a Bertie, y después hablaremos de cómo podemos repartirnos la casa entre los dos.

Jessie dudó un momento, y después dijo:

– Ya sé que pretendes ser amable, Patrick, pero los dos sabemos que no funcionará.

Capítulo 7

– ¿Que no funcionará? -Patrick casi no podía dar crédito a sus oídos-. ¿Qué quieres decir con que no funcionará?

– Podría compartir una casa contigo, Patrick. Pero nunca con tu perro.

– ¿Podrías, podrías compartir conmigo? ¡Serás ingrata! -empezó a decir, pero enseguida se detuvo. No tenía ningún derecho a ponerse así con ella. No tenía por qué estarle agradecida, porque ni siquiera sabía que su contrato no era legal. El problema además no era él, sino Grady. Dejó la caja en el suelo, y se acercó al teléfono de la cocina. No había línea, y soltó un juramento. ¿Tienes a mano el móvil? -Jessie tomó el bolso que estaba sobre la mesa de la cocina, sacó el teléfono, y se lo pasó sin decir palabra, observándolo después mientras marcaba el teléfono de su tía-. ¿Molly?

– Patrick, ¿qué tal vas con tu guapa inquilina?

– ¿Quieres la versión corta o puedes esperar al libro?

Molly se echó a reír.

– Suena muy interesante. Ojalá tuviera tiempo para la versión sin censurar, pero en este momento estoy hasta arriba de trabajo.

– Bueno, no te entretendré. Te llamaba para ver si puedo volverte a llevar a Grady…

– ¡Oh, Patrick! Lo siento mucho -escuchó las razones que tenía para no poder hacerle el favor. Le dio la enhorabuena, y devolvió el teléfono a Jessie.

– ¿No puede?

– No.

– He oído que es tan difícil encontrar a una persona de confianza que te cuide el perro, como niñera para tus hijos.

– No es cuestión de confianza en este caso, sino de tiempo. Molly acaba de llegar de Downing Street donde el Primer Ministro le acaba de encomendar hacerse cargo de la Comisión Real para la lucha contra el crimen juvenil.

– Ya, o sea que es juez de la Corte Suprema -Patrick asintió-. Entonces, tal vez esté demasiado cualificada para hacerse cargo del cuidado de un perro.

– Además es mi tía.

– Bueno, bien pensado, si tu perro es un delincuente, dejarlo con ella parece lo más apropiado.

– Muy graciosa.

– Me alegro de parecértelo -le dijo, deseando volver a verlo sonreír-. ¿Qué habría hecho si no hubieras regresado aún del Lejano Oriente?

– Se las habría arreglado, y supongo que también lo haría ahora, a poco que le insistiera, pero no me parece justo pedírselo -se pasó los dedos por el pelo-. No te preocupes, ya encontraremos una solución-. A propósito, aquí tienes tu compra -le dijo, señalando las bolsas.

– Gracias -Jessie levantó un poco las cejas, al verlo todo desparramado por el suelo-. ¿Cuánto te debo?

– No te cobraría nada, si te mudaras -le dijo, tratando por última vez de comportarse con sentido común.

– Bueno, lo has intentado, pero te advierto que te va a costar más que medio kilo de cebollas y un paquete de garbanzos… -inspeccionó una de las bolsas-. ¿Qué es esto? -le dijo, al tiempo que le mostraba el juguete que había comprado para Bertie en un momento de debilidad.

– No hace falta romperse mucho la cabeza. Es un juguete para Bertie.

Jessie se quedó mirándolo.

– ¡Desde luego me sacas de quicio, Patrick Dalton! Me gustaría saber a qué estás jugando.

Patrick pensó que ya eran dos. No entendía por qué se había puesto así, porque le hubiera comprado un juguete al niño.

– Es un bebé, y le he comprado un juguete. Él es quien va a jugar.

– ¿Por qué?

– ¿Sabes que haces demasiadas preguntas? Lo compré porque una señora en el supermercado pensó que yo era un padre recién estrenado, que estaba haciendo la compra para su esposa y su hijo… -se detuvo y respiró profundamente.

– Patrick…

– Probablemente estaba solo tratando de impresionarla -le dijo, cortando en seco aquel tierno Patrick…-. No hace falta que me des las gracias.

– Eres imposible. De verdad lo he intentado…

– Yo también, pero acabarías con la paciencia de un santo.

– ¿Cómo demonios puedes saberlo? -le preguntó, pero sin esperar respuesta, tomó la bolsa con los productos para bebé, y se apresuró a abandonar la cocina.

Jessie echó a Mao de la cuna, cambió las sábanas, y acostó a Bertie, que se puso a lloriquear.

La cama estaba llena de huellas de patas de perro, que la habían dejado muy sucia. Mientras la volvía a hacer con ropa limpia, el llanto del niño se intensificó. Le resultaba difícil no prestarle atención, pero sabía que estaba cansado y, seguramente, pronto se quedaría dormido. Aunque no se marcharía de su lado hasta que eso sucediera, por más que estuviera deseando bajar junto a Patrick. Sabía que había puesto en marcha el calentador, así que decidió darse una ducha rápida, que la librara de una pringosa mezcla de polvo del cuarto de las escobas y comida de bebé. Cuando terminó, se dio cuenta de que Bertie había dejado de llorar. Sonrió, mientras se tapaba el cuerpo con una toalla. Estaba empezando a saber cómo actuar con un bebé. Si aprendiera también cómo actuar con Patrick Dalton, su vida retomaría su curso normal.

Abrió la puerta con cuidado para no despertar a Bertie, pero enseguida se dio cuenta de que no hacía falta adoptar tantas precauciones, porque Patrick lo había tomado en brazos, y lo estaba paseando de un lado a otro de la habitación, mientras que el bebé mordisqueaba su nuevo juguete de goma.

– ¿Qué demonios te crees que estás haciendo? -le preguntó, airada.

Patrick se volvió, y la miró un momento. Después dijo:

– Estaba llorando.

– Claro que estaba llorando. Es lo que suelen hacer los bebés cuando los acuestas. Pero si no les haces caso un rato, dejan de llorar.

– Pero, ¿por qué dejar que sufra, si tomándolo en brazos puedo hacerlo feliz? Es solo un bebé, Jess. Le han sacado de su ambiente habitual, y necesita que le den cariño. Vamos, Bertie. Es hora de acostarse -se acercó a la cuna, y lo acostó. Bertie siguió mordiendo su juguete, tranquilamente.

– Espero que hayas lavado eso antes de dárselo.

– Sí, Jessie. Lo he lavado. Y ahora, ¿crees que podemos firmar una tregua? Me he encargado de la cena.

– No. Yo me he encargado de la cena -dijo ella.

– Paso de las judías de lata. Gracias de todos modos.

– No, me refiero a… -sonó el timbre, y Jessie pensó que sería mejor que lo viera él mismo-. ¿Te importa abrir la puerta, mientras me visto?

– Por mí no te preocupes. Me gusta la toalla -sus ojos descendieron hasta los muslos de Jessie-. Y me encanta la mariquita.

Jessie enrojeció, y trató de taparse el tatuaje con la toalla, sin dejar al descubierto otras partes de su cuerpo.

– ¡Ese comentario es demasiado personal!

– ¿Ah, sí? -sonrió abiertamente-. Bueno, pues añádelo a tu lista de quejas, y demándame.

Patrick no se podía creer que hubiera sido capaz de hacer un comentario semejante, pero la verdad era, que una semana antes se habría reído de cualquiera que le hubiera sugerido que iba a compartir su casa con una mujer. Sobre todo con una mujer que tenía un hijo. Llevaba pegado a la piel el persistente olor del cálido cuerpo de Bertie. Su aliento a leche. Se lo había perdido. Se lo había perdido todo: el primer diente, los primeros pasos y su primer día de colegio.

Se pasó las manos por la cara. No debía pagarla con Jessie. No era culpa suya que todos aquellos recuerdos acudieran a él. Parecía cansada, y no lo extrañaba. Había tenido un día de los que no le desearía ni a su peor enemigo.

Y él lo había tenido aún peor. El tipo de días que no habría deseado nunca vivir, pero tal vez era el comienzo de algo. Los dos estaban teniendo un mal día. Tal vez juntos pudieran hacer que terminara bien.

Abrió la puerta, y vio que traían la comida que había encargado él. Era un poco pronto, pero tal vez no importara. Dio una propina al repartidor, y puso en funcionamiento el horno para que no se enfriara. Estaba abriendo la primera caja de cartón, cuando la puerta de la cocina se abrió detrás de él. Allí estaba Grady, gimiendo lastimero, hasta que olió la comida, y empezó a mover la cola, alegremente.

Volvió a sonar el timbre, y esta vez nadie respondía, así que Jessie suspiró, apagó el aspirador, y bajó a atender ella la llamada. Era el pedido que había hecho al restaurante italiano. Dio una propina al repartidor, y cerró la puerta. Se dirigió a la cocina, pero no vio a Patrick por ninguna parte. Se encogió de hombros, abrió la bolsa de plástico, y comprobó el contenido de las cajas de cartón.

– ¡Vaya! ¿De dónde ha salido esto? -oyó cómo se abría una puerta detrás de ella, y se volvió. Grady estaba allí, mirándola con cara de satisfacción, y detrás de él Patrick, parecía simplemente confuso.

– Tenías razón, Jessie.

– ¿No sé de qué te extrañas? Pasa muy a menudo -le dijo, mirando al perro, con nerviosismo-. ¿A qué te refieres?

– Sal fuera, y te lo mostraré.

Lo primero que se le ocurrió pensar era que se trataba de una estratagema, para dejarla en la calle con el perro.

– Te juro que si me dejas en la calle, llamaré a toda la prensa -señaló su móvil, para mostrarle que no bromeaba. Tenía la batería baja, pero tal vez no se diera cuenta.

– Casi no te queda batería, pero no te preocupes que estás a salvo. Si te dejara fuera, acudirías a alguna asociación feminista que organizaría una sentada, y mientras yo tendría que encargarme del bebé. Vamos -sujetó a Grady por el collar, mientras ella pasaba a su lado con precaución, y después cerró la puerta.

– ¿Y ahora qué?

– Ahora Grady te va a enseñar lo que es capaz de hacer. Abre la puerta, Grady -el enorme perro levantó una pata, y apretó el picaporte hacia abajo. La puerta se abrió al momento-. Molly me dijo algo sobre enseñar trucos nuevos a perros viejos, pero no le presté mucha atención -mandó al perro que se sentara, y después se agachó a su altura-. Grady, esta es Jessie. La pones muy nerviosa, así que quiero que le demuestres lo bien que te sabes portar -Patrick se volvió hacia ella, y le tendió la mano-. Ven que te presente como es debido.

Jessie retrocedió.

– No, gracias. Paso.

– Si te vas a quedar aquí…

– Y así va a ser…

– … hasta que puedas encontrar tu propia casa, tendréis que ser amigos.

– No, si tú te marchas, y te lo llevas contigo.

– Pero eso no va a suceder, así que dame la mano.

– Por favor, no me hagas esto… -le suplicó. Patrick esperó. En el fondo, Jessie sabía que él tenía razón, y que el problema era de ella, no del perro. Aun así, era consciente de que le estaba pidiendo mucho.

– Jessie, no voy a dejar que te pase nada malo. Te lo prometo.

Era tan convincente. Estaba segura que de haberse encontrado declarando como acusada, hubiera reconocido haber cometido un asesinato sangriento, por una promesa como aquella. Sin embargo, tocar a Grady era otra cosa.

– No puedo.

– Es hora de que superes lo de aquel perro que te mordió. Estoy seguro de que Grady te puede ayudar, si tu lo dejas -Jessie no se movió todavía-. Si Bertie estuviera en peligro irías hasta el mismo infierno por ayudarlo, ¿verdad?

– Sí -susurró Jessie.

– Bueno, pues tocar a Grady no supone tanto sacrificio. Es un buenazo que no mataría ni a una mosca.

– Eso cuéntaselo a tus platos.

– Fue tu gato el que los tiró, cuando se subió al aparador -Jessie se dio cuenta de que tenía los dedos de Patrick muy cerca. Eran unos dedos largos y elegantes. Tocarlos sería tan peligroso como tocar a Grady-. Tu gato dominó a Grady sin el más mínimo esfuerzo. Tú también puedes conseguirlo.

– No es mi gato -le dijo, mientras ponía su mano en la de Patrick, que se la apretó un poco.

– Después discutiremos eso -se dio cuenta de que Jessie temblaba, y se sintió tentado a apretarle más la mano para tranquilizarla, pero se contuvo porque sabía que solo conseguiría asustarla más. Se puso de pie, le besó la mano, y le dijo-: así tu mano tendrá también mi olor -le explicó, cuando lo miró asustada-. Ahora somos uno. Deja que te huela los dedos -le dijo con suavidad. Jessie emitió un gemido de angustia-. No te preocupes te tengo agarrada la mano. No te va a pasar nada.

– ¿Y si le da por aparecer al gato?

– Si apareciera el gato, te aseguro que tú serás lo último en que piense Grady. Deja que te huela los dedos -Jessie dejó asustada que Grady la oliera, sin rozarla-. Muy bien. Ya es suficiente. Échate Grady -se volvió hacia Jessie-. Ahora dilo tú.

– ¿Échate Grady?

– Pero en tono de orden -Jessie se aclaró la garganta, y lo repitió con más energía, aunque con la voz aún temblorosa. Grady no pareció impresionarse, pero Patrick no insistió.

– Muy bien. Díselo cada vez que se te acerque demasiado, o te ponga nerviosa.

Patrick volvió a entrar en la cocina, seguido de Jessie, que cerró bien la puerta tras ella.

– ¿Ya está? -le preguntó, sorprendida.

– ¿Qué pensabas que iba a hacer? ¿Meter tu mano en su boca?

– Pensé que tendría que acariciarlo, o algo así.

– Primero lo saludas, y después lo tocas, si te apetece. No es obligatorio. Y ahora, ¿podemos cenar?

– Ah, sí -casi se desmaya de lo aliviada que se sentía-. Te quería decir…

Patrick pensó en lo asustada que estaba y lo valiente que había sido, y sintió deseos de abrazarla. Pero en cambio se limitó a decir:

– ¿Decirme qué?

– Encargué la cena en Giovanni, y ya ha llegado. Al menos algo ha llegado…

– Eso lo explica todo.

– ¿Explica el qué?

– Había encargado comida india vegetariana para las ocho. Cuando Grady abrió la puerta, estaba tratando de averiguar por qué me habían traído comida italiana a las siete y media.

– Oh, iba a hablarte de eso, mientras nos tomábamos una copa de vino -Jessie miró a su alrededor, evitando mirarlo a él-. ¿Te queda algún plato sano? -preguntó, para retrasar las explicaciones, pero no funcionó.

– ¿Hablarme de qué? -Jessie abrió un armario, y fingió estar buscando algo-. Ya he metido los platos en el horno para que se calienten, junto con la comida italiana-. ¿Qué es lo que me tenías que contar, mientras nos tomábamos una copa de vino? -insistió él.

Jessie se volvió, pero no se atrevió a mirarlo.

– Es sobre lo de ser vegetariana.

– Te escucho.

Estuvo tentada a contarle su vida, incluido el episodio de Graeme, pero se encontraba cansada, y tenía hambre. Además, a lo mejor a él no le interesaba en absoluto-. Es una larga historia -le dijo, atreviéndose por fin a mirarlo-. ¿Puedo decir simplemente que lo siento?

– Por el momento bastará. ¿Por qué no metes la comida vegetariana en la nevera para mañana, mientras yo abro la botella de vino? -Jessie estuvo a punto de decir que aquella división de tareas le parecía un poco sexista, pero no tenía fuerzas para discutir, así que sirvió la comida, y después se dejó caer en una silla, agotada-. ¿Cuál fue la última noche que dormiste lo suficiente? -le preguntó él, tras poner una copa en su mano. De repente, Jessie recordó lo que había sentido, cuando al despertar, lo encontró mirándola. La sensación tan abrumadora que había experimentado cuando la besó. Y cuánto deseaba en aquel momento que la volviera a besar.

– La del sábado -le dijo.

– En ese caso, quédate esta noche con la cama. Yo dormiré en el sofá.

– No… -empezó a decir guiada por su educación británica, que la llevaba a decirle que no podía permitir que hiciera aquello por ella.

– A no ser que no te importe volver a compartir la cama.

Jessie enrojeció al recordarlo. Se acostaría ella en la cama. Al fin y al cabo había pagado una fortuna para dormir en ella… Sola, que era lo que deseaba. No quería complicaciones. Y si él no estaba conforme, podía marcharse a un hotel. De repente, recordó que había dicho «esta noche».

– ¿Qué quieres decir con «esta noche»? Si se te ha ocurrido…

– Mañana arreglaré la habitación pequeña para ti.

– ¿Y por qué me tengo que quedar yo con esa habitación?

– Sería lo más sencillo, ¿no te parece? Yo tendría que cambiar allí todas mis cosas, mientras que tú ni siquiera has deshecho todavía las maletas. Por lo menos esa es la explicación que le encuentro a que llevaras puesto mi albornoz.

Jessie sabía que tenía razón, pero no iba a dar su brazo a torcer sin obtener algo a cambio.

– De acuerdo, pero si el estudio lo uso solo yo…

– He estado muchas veces a punto de preguntarte a qué te dedicabas -le dijo Patrick, mientras alcanzaba la botella de vino.

– Soy diseñadora de páginas web.

– ¿De verdad? -Jessie no comprendía por qué los hombres siempre se mostraban tan sorprendidos cuando les decía a qué se dedicaba. Debían de creer que los ordenadores eran de incumbencia exclusivamente masculina-. Pensaba que eso era algo que los adolescentes hacían en su tiempo libre.

– Y así es, pero no ganan dinero con ello -dijo Jessie.

– ¿Y tú sí?

– Soy organizada y de confianza. Siempre entrego los pedidos a tiempo.

– No, si no me arreglan el teléfono.

Jessie no entendía a qué se debía tanta amabilidad repentina, y no se fiaba. A lo mejor pretendía desembarazarse de ella, cortando su comunicación con el mundo exterior.

– No hace falta que te molestes por mí. Me las arreglaré con mi móvil. En cuanto lo recargue.

Patrick se encogió de hombros.

– Puedes utilizar el estudio. De todos modos, mañana tengo que acercarme a mi despacho.

– Exclusivo uso del estudio -repitió-, y una reducción del alquiler.

– No has pagado ningún alquiler -chocó su copa con la de Jessie-. A mí no.

– Ese es problema tuyo.

– Eso me temía yo -se limitó a decir, con una de esas sonrisas suyas tan peligrosas. Una sonrisa de las que conseguían que una mujer hiciera cosas que después lamentaba, cuando se paraba a pensar un poco en ellas -de acuerdo -le dijo, mientras Jessie trataba de recuperarse de aquella alteración que habían sufrido sus hormonas-, pero te toca a ti pulverizar las plantas. O lo que ha quedado de ellas.

– Te sugiero que las metas en el cubo de la basura, y así ahorraremos tiempo -dijo Jessie-. Se me dan fatal. Había pensado comprarte otras nuevas antes de marcharme, porque estaba segura de que conmigo no sobrevivirían.

– Eres un poco desastrosa, ¿verdad?

– La vida es demasiado corta, como para pasársela pulverizando las plantas.

– Me parece que Carenza y tú tenéis muchas cosas en común -Jessie sospechó que aquello no era un cumplido, pero también pensaba que la vida era demasiado corta como para pasársela discutiendo. Estaba a punto de compartir con él aquella repentina revelación cuando Patrick le dijo-: este pollo está buenísimo. Tenía entendido que Giovanni era un buen restaurante.

– Así es. Solía frecuentarlo mucho.

– ¿Con Graeme?

Jessie asintió.

– Disfrútalo, porque no volveré a encargar más comida allí en mucho tiempo. Tengo que ahorrar para tener mi propio cuarto de las escobas.

– Tal vez debieras presionar un poco al padre de Bertie, para que por lo menos te ayudara con la manutención del niño.

A Jessie no le gustaba estar engañando a Patrick, pero pensó que tal vez estuviera indagando, con el fin de encontrar una razón para echarla.

– Come, Patrick -le dijo, sin hacer caso de lo que le acababa de sugerir-. Hay zabaglioni de postre.

– Yo no tomo postre.

– ¿Ah, no? Pues entonces me tomaré el mío arriba, si no te importa. Necesito sacar un par de horas de trabajo antes de acostarme -le dijo, aunque en realidad lo que necesitaba era poner un poco de distancia entre ella y su atractivo casero. Se detuvo en la puerta-. ¿No te importa encargarte de fregar los platos? -no esperó su respuesta-. Ah, y si necesitas ropa de cama, ¿podrías recogerla lo antes posible?

Patrick pensó que, tal vez, debería echar una mano a Jessie para que el padre del niño le pasara una pensión, y así acelerar un poco la solución a su problema de compartir casa. Era increíble lo que podía hacer una carta de un abogado influyente. Lo malo era que no sabía nada del padre de Bertie, excepto su nombre, Graeme, y que ella no quería hablar de él. Tal vez todavía viviera en la anterior casa de Jessie, cuya dirección se encontraba en el contrato de alquiler. De no ser así, seguramente habría dejado dicho dónde quería que le enviaran el correo.

Puso unos cuantos cojines en el sofá. Era más grande de lo normal, pero no lo suficiente como para dormir cómodamente en él. Tendría que hacer algo al respecto. Despejar de cajas la habitación pequeña, comprar una cama…

Lo que parecía equivalente a invitarla a quedarse para siempre.

– Y, ¿por qué no? -murmuró.

La idea de tenerla en casa permanentemente le resultó tan tentadora que se asustó de sí mismo.

Bertie y Patrick estaban durmiendo. El sentido común le decía que debería seguir su ejemplo, y descansar un poco, pero todo estaba muy tranquilo, y pensó que podría trabajar unas horas. Al día siguiente se echaría unos sueñecitos coincidiendo con los de Bertie, como le había aconsejado Patrick.

Trabajó hasta que los ojos se le empezaron a cerrar. Después apagó el ordenador, y tras echar un vistazo a Bertie, se lavó los dientes y se metió en la cama, cayendo enseguida en brazos de Morfeo.

A Patrick lo despertó el llanto de un niño, y al ir a darse la vuelta se cayó del sofá. Murmuró un juramento, se levantó, y estiró sus músculos doloridos. Todavía no había amanecido. Jessie tenía razón al decir que los recuerdos eran más que un trozo de papel. Nunca olvidaría el sonido de un llanto de bebé, llamándolo para que lo tranquilizara.

Se detuvo en el umbral de la habitación. Jessie, de espaldas a él, paseaba de un lado a otro, acunando a Bertie. Los cabellos le caían sobre la espalda, y la luz procedente del vestíbulo los hacían brillar.

– Shh, cariño. Jessie está aquí -le decía con dulzura-. No querrás despertar a Patrick… -entonces se volvió y lo vio-. ¡Oh!

Al notar que había dejado de pasear, Bertie empezó a llorar más fuerte. Patrick tendió las manos hacia él.

– ¿Quieres que te releve?

– Oh, pero…

– Ya no me voy a volver a quedar dormido.

– Podría irme abajo con él, y tú quedarte aquí -al oírla decir eso, Patrick miró la cama deshecha, y pensó en lo agradable que sería meterse en ella, sentir el calor que había dejado el cuerpo femenino; aspirar el aroma de Jessie en las sábanas, pero en realidad quería más que eso. Deseaba tenerla a ella en carne y hueso. Lo sabía. Lo que no entendía era por qué-. Pareces exhausta, Jessie. Vuelve a la cama -tomó al niño en brazos, y lo apoyó contra el hombro-. Estaremos bien -le dijo. Al ver que ella todavía dudaba, se puso a pasear con Bertie por la habitación-. Vamos Bertie, que tu mamá es una señora muy ocupada, y si no duerme un poco, no tendrá fuerzas para buscar casa, mañana por la mañana.

La oyó meterse en la cama, y cuando se volvió hacia ella se había tapado con las sábanas hasta las orejas, y estaba de espaldas a él. Sonrió, besó los cabellos de Bertie, y bajó las escaleras, con cuidado. Una vez en el salón, se echó en el sofá con el niño en brazos.

Era un niño muy guapo, de ojos grandes, piel de melocotón y una sonrisa capaz de romperle el corazón a cualquiera. Lo que resultaba sorprendente, porque había pensado que su corazón estaba ya roto en mil pedazos.

Jessie se despertó poco después de amanecer, y bajó las escaleras asustada, en busca de Bertie. Su ataque de pánico le pareció ridículo, al contemplar la hermosa escena que tenía ante los ojos: Patrick estaba estirado en el sofá, y Bertie echado sobre su pecho desnudo. Se los veía tan a gusto juntos, que daba pena despertarlos. Pero Bertie, que la había oído llegar, levantó la cabecita, y la miró. Jessie se puso un dedo en los labios, y lo tomó en brazos con cuidado para no despertar a Patrick. No se movió, así que lo dejó en el sofá, y se fue con el niño a la cocina.

Patrick se despertó sobresaltado, con la sensación de que le faltaba algo. Se sentó tembloroso y sudoroso un momento, y después se dirigió a la cocina a toda prisa.

– ¿Va todo bien? -Jessie, sobresaltada, se volvió al oírlo-. Deberías haberme despertado.

– No quería despertarte -por la manera en que lo miraba, Patrick se dio cuenta de que estaba comportándose de una manera exagerada-. Siento haberte molestado anoche.

– No fue nada -dijo, quitándole importancia al asunto.

– Por supuesto que sí. Fue muy amable de tu parte llevártelo. Debería haberme ido pronto a la cama, en vez de quedarme trabajando.

– ¿Estuviste trabajando? -le preguntó, furioso con ella, y con el hombre que le obligaba a tener que trabajar tanto-. Lo siento, ya sé que no es asunto mío -le dijo, al darse cuenta del tono tan autoritario que había empleado-, pero cuidar de un niño es un trabajo a tiempo completo. Tienes que cuidarte.

Jessie reprimió un bostezo.

– Supongo que tienes razón. De todos modos has ejercido muy bien el papel de padre por una noche.

A Patrick aquel comentario le llegó muy dentro.

– Bueno, pues hoy te las vas a tener que arreglar sin mí, porque tengo mucho trabajo en la oficina.

– ¿Te preparo el desayuno antes de que te marches?

Patrick se dio cuenta de lo tentador que le resultaba decir que sí, sentarse con ellos, y jugar a las familias felices, pero resistió la tentación.

– No, gracias. Tomaré algo por el camino.

– Vale. ¿Y Grady? ¿Qué hiciste con él anoche?

– Le he puesto la cesta en el garaje, y me lo llevaré conmigo hoy -tras decir esto, desapareció. Jessie se encogió de hombros, y poco después oyó cómo se cerraba la puerta principal.

– Pasa tú también un buen día -murmuró.

– ¿La señorita Hayes? -el portero de Taplow Towers miró a Patrick pensativo, y al no ver nada en él que le hiciera desconfiar, asintió-. Se marchó hace unos días. Una chica muy simpática. Me dio pena que se fuera -se encogió de hombros-. Le aseguro que era un soplo de aire fresco en este sitio.

– ¿Por qué se marchó?

– Por el bebé. El contrato dice muy claro que no se pueden tener niños, ni animales domésticos aquí. ¿Le interesa alquilar el piso a usted?

– Lo que me interesa es el padre del niño. ¿Dónde está? -Patrick sacó un billete del bolsillo, y el portero se lo guardó con todo disimulo.

– Su esposa y él se marcharon de viaje -se encogió de hombros-. Al menos eso oí -Patrick lo miró asombrado. No se podía creer que el padre de Bertie estuviera casado-. Fue de repente, y la señorita Hayes se llevó una desagradable sorpresa.

Capítulo 8

Jessie llamó por teléfono a su servidor para descargar el trabajo que había terminado la noche anterior, y se quedó pensativa.

Internet era una fuente de información inagotable. Todo estaba en la red, si sabías dónde mirar. Lo único que tenía que hacer era teclear unas palabras clave, y lo sabría todo sobre Patrick Dalton. No solo sobre los casos en que había trabajado, sino también sobre su esposa.

Pero, ¿por qué sentía tanta curiosidad?

Si hubiera pensado en él como en un posible amante, su curiosidad estaría justificada, pero no era el caso, ¿O sí lo era?

No se podía quitar de la cabeza el modo en que la había besado. Aún podía sentir el sabor salado de sus lágrimas, su lengua sedosa en la suya; sentir cómo la abrazaba y la apretaba contra su cuerpo, como si de verdad le aliviara ver que ella estaba a salvo. Que los dos estaban a salvo.

Su dedo revoloteó por el teclado un momento, pero se contuvo. Estaba trabajando, y la vida privada de Patrick Dalton no era de su incumbencia.

De repente, levantó la vista del teclado un momento, y se sobresaltó al darse cuenta de que Patrick, vestido con un traje gris, la contemplaba desde la puerta.

– ¿Cuánto tiempo llevas ahí? -le preguntó, asustada de pensar que podía haberla pillado cotilleando en su vida privada

Patnck se puso detrás de ella, y observó la página web en la que estaba trabajando

– Un minuto, más o menos ¿Siempre estás tan concentrada mientras trabajas?

– ¿Y tú no? -le preguntó, bruscamente- Pensé que estabas en tu despacho.

– Y estaba, pero, de repente me di cuenta de que no había hecho nada respecto a la habitación pequeña

– ¿Seguro que no esperabas que me hubiera ido cuando llegaras?

– He comprado una cama, y tengo que quitar las cajas antes de que la traigan -dijo, sin confirmar ni negar lo que había dicho Jessie Tomó el ratón, y empezó a visualizar la página en la que estaba trabajando ella-¿Es una de las tuyas?

Jessie se volvió, y miró a la pantalla. Era más fácil que mirar a Patnck Dalton

– Sí. Fue mi primer trabajo importante. Un vivero de plantas y flores que hay en Maybndge Stacey obtiene casi todos sus clientes a través de Internet

– ¿Y tiene muchos? -le preguntó, mientras seguía explorando la página, y al hacerlo le rozaba el hombro. Jessie sintió el aliento masculino en sus cabellos, y un irrefrenable deseo de echarse hacia atrás en la silla, y sentir la fuerza de sus brazos

– Imagino que sí, porque se está expandiendo por todo el país

– ¿Pagan bien?-preguntó Patrick

– ¿Las flores y plantas?-le preguntó Jessie, perturbada por la proximidad masculina

– No. El diseño de páginas web -le corrigió Patrick, y cuando levantó la mirada, vio que no estaba observando la pantalla, sino a ella Jessie sintió un tremendo deseo de besarlo, y decirle que haría cualquier cosa, aun a riesgo de destrozarse el corazón, si con ello pudiera hacer que él dejara de sufrir, pero en cambio dijo:

– Encárgame una, y te daré un presupuesto

– En otras palabras, me estás diciendo que me meta en mis asuntos -sonrió- ¿Vas a estar ocupada todo el día?

– ¿Por qué? ¿Necesitas que te eche una mano con las cajas?

– No. Había pensado que cuando terminara de sacarlas, podríamos ir a dar un paseo con Bertie al parque, y comer allí unos sándwiches. Los muebles no llegarán hasta la tarde

Jessie se quedó pensativa, al oír lo de los muebles. Pensaba que solo iba a comprar una cama.

– ¿Salir a comer con el bebé?

– Sí, algo sencillo. Unos sándwiches.

A Jessie le resultó tentador, pero no se fiaba. Estaba segura de que implicaría muchas cosas más.

– Me temo que tendrá que ser un paseo por el jardín y unos sándwiches sentados en el banco. Tengo prisa por entregar un trabajo

– El trabajo no lo es todo, Jessie, y me da la sensación de que necesitas tomar un poco el sol -se incorporó, y ella se dio cuenta entonces de que había estado conteniendo la respiración- Vale, me conformare con el jardín Yo haré los sándwiches.

Sin esperar respuesta, Patrick abandono la estancia Jessie trató de volver a trabajar, pero le resulto muy difícil concentrarse, viéndolo pasar continuamente cargado con cajas, vestido con una camiseta vieja y unos vaqueros. Se cuestiono qué habría en esas cajas. No le parecía el tipo de hombre que acumulara trastos porque sí.

– ¿Necesitas ayuda? -le preguntó.

– No, gracias. Casi he terminado ya -después, como si intuyera su curiosidad, añadió-: debería haberme deshecho de estas cosas, hace mucho tiempo.

– ¿Qué vas a hacer con ellas?

– Bella asesoraba jurídicamente a un grupo de mujeres refugiadas. Cuando murió, yo empecé a encargarme de ellas. Estoy seguro de que Bella querría que sus cosas le sirvieran a alguien.

– Yo también lo creo así -miró a su alrededor, y vio una aspiradora-. Puedo pasar la aspiradora, si te parece bien.

– ¿Por el mismo alquiler que estás pagando?

– Me lo puedes bajar, si quieres. No soy orgullosa.

Patrick sonrió.

– Bueno, lo pensaré. De todos modos la limpieza se empezará a hacer el lunes, cuando la señora Jacobs vuelva de vacaciones.

– ¿La señora Jacobs?

– Viene todas las mañanas a limpiar un par de horas.

– ¿Ah, sí? Carenza no la mencionó.

– Carenza probablemente pensaba que limpiaban las hadas mientras ella dormía -ironizó-. Pero esta habitación no se ha tocado durante mucho tiempo.

– ¿Por qué? -dijo, antes de pensárselo dos veces, y arrepintiéndose en el mismo momento de haberlo hecho.

¿Por qué? Cuántas veces se había preguntado Patrick eso mismo. ¿Por qué Bella? ¿Por qué Mary Louise? ¿Por qué él? Pero no había encontrado respuestas.

Se quedó mirando pensativo el jardín, en cuyo árbol había pensado poner un columpio. Bueno, tal vez a Bertie le gustara tener uno. Podía haberle dicho que había sido la habitación de su hija, pero en cambio se puso a descolgar las descoloridas cortinas de las ventanas.

– No ha habido necesidad. Debería cambiarle la decoración.

– Si estás pensando en salir corriendo a buscar un bote de pintura. ¡No lo hagas, por favor!

– Si cambias de opinión, dímelo -le dijo, y Jessie se dio cuenta de que sonreía-. Te dejaré escoger el color. Tal vez prefieras que se empapele…

– ¡Patrick! Me gusta el amarillo. Es un color muy alegre. Por cierto, ayer estabas deseando librarte de mí, y hoy me agasajas. ¿A qué se debe este cambio de actitud?

– Estoy celebrando tu nuevo contrato de alquiler.

– Pero yo no necesito…

– Que tiene la ventaja de ser legal.

– ¡Legal! El otro también era legal. Al menos… -calló porque la mirada de Patrick le estaba advirtiendo de que se estaba metiendo en arenas movedizas-. ¿Qué has querido decir?

– Sarah, la chica que te atendió en la agencia es amiga de Carenza. No te podía conseguir nada tan deprisa, porque tardan un tiempo en comprobar las referencias de sus clientes, así que Sarah, compadeciéndose de ti, al verte tan desesperada, y tratando también de ayudar a su vieja amiga, te puso en contacto con Carenza, y hasta utilizó el modelo oficial de contrato para que todo pareciera legal.

– ¿Y en la agencia no lo sabían?

– No tenían ni idea, y estaban bastante enfadados. Por eso decidí pagarles su tarifa, y hacerte un contrato nuevo. Lo tienes encima de la mesa del vestíbulo. Solo tienes que firmarlo.

– Pero… Podías haberte desembarazado de mí.

– Sí, supongo.

– ¿Dónde está la trampa, entonces?

– No hay ningún tipo de trampa. No todos los hombres son… bueno… -se encogió de hombros, para no emplear la palabra que le hubiera gustado-. Llena el hueco con la palabra que te parezca. Necesitas un sitio para vivir, y yo tengo más del que me hace falta.

– Yo… -iba a preguntarle qué iba a hacer con Grady, pero se calló. Después de todo lo que estaba haciendo por ella, no podía pedirle que viviera sin su perro-. Gracias, Patrick.

– Bajaré a Bertie conmigo -sin esperar su respuesta, sacó al niño de su sillita, y empezó a bajar las escaleras-. Comeremos dentro de quince minutos.

– Va… Vale.

Normalmente Jessie podía hacer muchas cosas en quince minutos, pero tras pasar la aspiradora, no conseguía concentrarse en su trabajo, así que decidió llamar a su hermano.

Suspiró, al oír el contestador automático.

– Kevin, Faye, si ya habéis despertado, y os interesa saberlo, me he mudado de Taplow Towers -dijo, y pensó que no solo con el cuerpo, sino también con el alma. Con el paso del tiempo se había dado cuenta de que hubiera sido un error quedarse allí. Era demasiado fácil esconderse a lamer sus heridas. Además Patrick tenía razón: no todos los hombres tenían que ser como Graeme. Pero no se lo iba a decir de momento a su hermano-. Estoy viviendo en el número veintisiete de la calle Cotswold. Ya te pasaré la factura por la mudanza. Por cierto, Bertie está bien, pero si ya habéis dormido bastante, a lo mejor podríais pasar a recogerlo cuanto antes. Por si no lo recordáis yo también tengo una vida. Ah, y la próxima vez que tengáis ganas de tomaros un descanso, pedidme que me quede con Bertie. Os prometo que no os diré que no.

– ¿Una vida? ¿Ha dicho que ella también tiene una vida?

– Desde luego parece otra.

– Sí, ha vuelto a ser la que era.

– ¿Antes de Bertie?

– Antes de Graeme. Dios, cómo me gustaría retorcerle el cuello a ese hombre, pero me contentaré con besarte a ti por haber tenido una idea tan buena. Has estado brillante, y ya sé lo duro que ha sido para ti pasarte una semana entera sin el niño.

– Bueno, no tan duro. No habíamos estado tanto tiempo en la cama desde nuestra luna de miel.

– Todo lo bueno llega a su fin.

– Es verdad, pero ya que Bertie está en tan buenas manos, podríamos dejarlo con Jessie un par de horas más.

– ¿Qué estás haciendo? -le preguntó Jessie.

– Dando de comer a Bertie -le contestó Patrick, con suavidad-. Tenía hambre, así que le he dado pasta con queso. ¿Te parece bien?

– Sí… pero ¿cómo sabías que le tenías que dar eso?

– He encontrado una lista con el menú semanal. No sé si es que eres muy organizada, o que tienes muy mala memoria. Según lo escrito, hoy tocaba pasta -dio a Bertie otra cucharada, que se tomó sin protestar. Jessie tuvo que reconocer que a Patrick se le daba mucho mejor que a ella alimentarlo-. Siéntate, y ponte los sándwiches en el plato -le dijo, mientras le servía una copa de vino.

– De acuerdo.

Patrick salió al jardín, pero cuando Jessie lo iba a seguir, vio a Grady debajo de la mesa. El perro abrió los ojos, la miró, suspiró y los volvió a cerrar.

– Yo me sentaré del lado de su cabeza y tú del de la cola -le dijo Patrick, al verla dudar.

– Gracias -se sentó con cuidado en la esquina del banco, y dio un sorbo a su vino-. Desde luego eres mejor casero que Carenza.

– ¿A pesar del perro?

– El perro… el gato -Jessie dio otro sorbo a su copa-. ¿Quieres que siga yo dándole de comer?

– No, casi he terminado -respondió, mientras daba otra cucharada a Bertie-. ¿Qué tiempo tiene?

– Eh… -de repente Jessie sintió la cola de Grady contra las piernas, y se asustó, dejando caer vino en el vestido. Patrick le pasó un pañuelo, y Jessie tuvo que obligarse a recordar que las colas no mordían-. Unos seis meses -tomó un sándwich-. ¡Vaya, están muy bien hechos! Eres todo un amo de tu casa.

– Bueno, llevo viviendo solo mucho tiempo.

– ¿No tienes familia? ¿Hermanos o hermanas? -le preguntó, para apartar su pensamiento de su esposa fallecida.

– Una hermana: Eleonora, la madre de Carenza, que está divorciada. Mi madre está ya jubilada, y vive en Francia. Mi padre murió.

– ¿Era abogado también?

– Todos lo somos. También mi padre cuando vivía. Y mi tía Molly -calló un momento, y Jessie se dio cuenta de que su esposa también debía de haberlo sido-. Seguramente Carenza lo será también, si se decide a estudiar en serio, y saca buenas notas en selectividad -continuó, al tiempo que daba la última cucharada a Bertie-. ¿Y tú? ¿Dónde están tus padres?

– Dando la vuelta al mundo. Mi padre vendió su negocio hace unos meses, y se fueron directamente al aeropuerto desde la fiesta que les dimos por su jubilación. Ahora deben de estar en China -hizo ademán de ponerse en pie-. Iré a buscar el biberón de Bertie.

– Déjalo. Iré yo, dentro de un momento -le dijo Patrick, apoyando la mano en su hombro, para mantenerla a su lado. Jessie sintió el calor de sus dedos a través del fino tejido de la blusa, y unas tremendas ganas de inclinar la cabeza, y rozar la mejilla contra ellos. El repentino deseo que sintió de él la asustó. Tal vez fuera ya hora de que volviera a dejarse llevar, pero necesitaba todavía un poco más de tiempo, para confiar en sus instintos.

– No -dijo con brusquedad, apartándose de su lado-. Ya has hecho bastante -dejó la copa en la mesa y se puso de pie. Necesitaba poner distancia entre ellos.

Grady empezó a ladrar y a mover la cola, hasta que Patrick lo mandó echarse de inmediato, al oír el grito de Jessie.

– Lo siento… No quería hacerlo… Me lo había prometido a mí misma… Debes de pensar que soy tan débil.

– No creo que seas débil, lo que creo es que te han hecho mucho daño. Te ha engañado el hombre en quien confiabas; te han echado de tu casa, por una estúpida cláusula en el contrato; estás muy cansada y además tratas por todos los medios de vencer el miedo que te causa Grady.

De repente, Jessie se olvidó del perro.

– ¿Cómo sabes que me tuve que ir?

– Esta mañana estuve en Taplow Towers, y por una pequeña propina el portero me lo contó.

– ¡Has estado haciendo averiguaciones sobre mí! -exclamó, sin poder dar crédito a lo que había oído.

– No pretendía disgustarte -trató de tocarle la mano, pero ella la apartó-. Lo único que pretendía era saber algo del padre de Bertie, para poder presionarlo, y conseguir que te ayudara a comprarte una casa. No te puedes ni imaginar lo que puede lograr la carta de un abogado.

Jessie comprendió, de repente, que lo que quería era que se fuera lo antes posible.

– Siento que hayas perdido la mañana -le dijo, enfadada.

– No la he perdido. Me he enterado de muchas cosas.

– Apuesto a que sí, pero no habría hecho falta que pagaras por esa información. Si me hubieras preguntado, te lo habría dicho yo misma. Además, lo habrías averiguado por ti mismo muy pronto -añadió, pensando que Kevin y Faye no tardarían en aparecer.

– No importa, Jessie. Tú vives aquí, y te puedes quedar el tiempo que desees.

– El contrato dice tres meses.

– En el nuevo existe la posibilidad de renovación, en el caso de que no hayas encontrado para entonces nada interesante que comprar. No es fácil -levantó una ceja, invitándola a sonreír-. ¿No me digas que no lees los contratos antes de firmarlos?

– No todo lo que pone -admitió Jessie, confusa. Si el portero se lo había contado todo, no entendía por qué no estaba enfadado con ella por haberle ocultado que no era la madre de Bertie-. ¿No estás enfadado?

– ¿Enfadado? ¿Por qué habría de estarlo? Es a ti a quién han echado de tu casa, y dejado sola con un bebé.

– Lo sé, pero te lo debería haber explicado todo, solo que tuve miedo de que si sabías la verdad, insistieras en que me marchara.

– Pero, ¿por quién me tomas? -le preguntó, ofendido-. Desde luego, ese hombre te ha dejado marcada.

Jessie enrojeció. No solo había averiguado que le había mentido por omisión respecto a Bertie, sino que además sabía todo lo de Graeme. Se puso las manos en sus acaloradas mejillas, y se preguntó qué más habría averiguado en su anterior dirección. Y ella que había sido tan considerada, como para no querer obtener información sobre él en Internet…

– Perdona -le dijo secamente, tomando a Bertie de sus brazos-. Si no te importa, me voy a llevar a Bertie.

– Vamos, Jessie, no seas así -Patrick se puso de pie, y la agarró por el brazo-. Por favor, quédate y termina de comer.

– Me atragantaría. Por cierto, preferiría que dejáramos de tutearnos -le dijo, mirando la mano que le sujetaba el brazo, hasta que la soltó.

– Te aseguro que solo estaba tratando de ayudarte -le dijo.

– ¿Ah, sí? ¿No estarías tratando de hacerme sentir tan mal que llegara a decirte dónde te podías meter tu flamante contrato nuevo; opción de renovación incluida?

– ¿Y por qué iba a querer hacer eso?

– Porque entonces te librarías de mí, y si me quejaba, siempre podrías referirte al nuevo contrato que acabo de firmar, a la reducción de la renta o a los muebles nuevos, y hacerme quedar como una pobre mujer histérica, que no sabe lo que quiere -al darse cuenta de que estaba a punto de echarse a llorar, salió corriendo hacia la casa. Al verla, Grady fue detrás de ella-. Échate -le dijo con firmeza, y el perro obedeció. Estaba todavía sobreponiéndose de la impresión, cuando oyó a Patrick:

– ¿Y se va a marchar, señorita Hayes?

Jessie se quedó mirándolo.

– Ni lo sueñe, señor Dalton. Ni lo sueñe.

– Pensé que se lo debía preguntar. Por si tenía que anular el pedido de la cama -le dijo con suavidad.

Jessie lo miró, y para su sorpresa él se echó a reír.

– Si cancela el pedido, señor Dalton, le aseguro que se pasará mucho tiempo durmiendo en el sofá.

– Sí, señora.

Entró en la cocina, tomó el biberón de Bertie, y subió escaleras arriba. Las risas de Patrick la acompañaron hasta el piso superior.

Jessie estaba trabajando cuando llegaron los muebles, pero no salió en ningún momento para ver lo que habían traído, ni ofrecerse a ayudar. Ni siquiera movida por la curiosidad de oír una voz femenina.

– Jessie, ya han terminado -le dijo Patrick-. ¿Quieres ver cómo ha quedado?

– Estoy segura de que estará bien -le respondió, sin mirarlo.

– Creo que deberías comprobar si el colchón es de tu agrado.

– Si no lo es, puedes dormir tú en él.

– Resistiré la tentación de preguntarte si me estás sugiriendo algo -Jessie lo miró-, y me limitaré a repetirte que todavía estás a tiempo para cambiar el colchón, si no te gusta. Así que compruébalo o tendrás que conformarte con él después, de todos modos.

Jessie suspiró.

– Está bien, si insistes -entró en la habitación, y se detuvo en seco. Había sufrido una verdadera transformación: cortinas verdes en las ventanas y una cama, con la mesita y el tocador a juego de madera provenzal. Las sábanas y la colcha también eran nuevas. Los operarios que habían traído los muebles esperaban su aprobación, así como la señora que parecía haberse encargado de las cortinas y la ropa de cama-. Patrick, no sé qué decir.

– Eso significa que le gusta -dijo el jefe de los operarios, en tono confidencial.

– Prefiero oírselo decir a la señora -afirmó Patrick, señalando la cama.

Jessie probó los muelles.

– Parece que está bien -dijo.

– ¿No crees que deberías echarte para asegurarte?

Sabía que estaba bromeando. Tal vez había sido demasiado dura con él. Decidió seguirle la broma, se quitó los zapatos, y se echó sobre la cama.

– Es fantástica -afirmó, e incluso puso los brazos detrás de la cabeza-. Te invitaría a probarla, pero a lo mejor luego me la quieres cambiar.

– ¿Tan buena es? -primero se sentó en el borde, y después se tumbó al lado de Jessie, que sintió que le daba un vuelco el corazón-. Nos la quedamos -dijo Patrick, y sin moverse firmó la nota que le acercaba el repartidor, y le dio una propina-. Cierren la puerta cuando salgan, por favor.

Ninguno de los dos habló. Minutos después oyeron cerrarse la puerta, y dedujeron que los trabajadores ya se habían marchado. El silencio se volvió a apoderar de la habitación, hasta que Jessie solo llegó a oír su propio pulso martilleándole los oídos. Cuando ya no lo pudo soportar más, dijo:

– No tenías que haberte molestado tanto, Patrick. Para las pocas semanas que me voy a quedar, solo necesitaba una cama…

– Supongo que no pensarías tener la ropa en las maletas.

– Bueno… no.

Continuaron mirando el techo, con la misma atención que si estuvieran contemplando la Capilla Sixtina.

– Si te vas a quedar, debes estar cómoda.

Jessie se preguntó cómo podría haber pensado alguna vez que Graeme era guapo. Comparado con el hombre que tenía a su lado, no valía nada. Apretó la ropa de cama con las manos, para no tocarle la cara, ni morderle los labios, saborearlos, poseerlos…

– Así nunca te vas a librar de mí, ¿sabes?

– ¿Ah, no? Bueno, a lo mejor lo que sucede es que estoy acostumbrándome a tenerte cerca -se puso de lado, y la miró-. Tal vez no quiera librarme de ti.

A Jessie casi se le para el corazón al oírlo.

– Pero, ya sabes que no soy una buena ama de casa. No sé cocinar…

– ¿Ni siquiera freír unas chuletas de ternera? -su voz le produjo el mismo efecto que la seda contra la piel, y Jessie pensó que lo mejor sería que se levantara lo antes posible.

– Eso, precisamente, es lo que me… menos sé ha… hacer -tartamudeó, sin ser capaz de moverse.

– ¿Por qué no sabes cocinar? Te gusta comer, ¿no? -bromeó.

– Sí, pero… cuando se cocina para uno -tomó aliento-, bueno, normalmente para uno, no apetece hacer cosas elaboradas.

– ¿Entonces comíais fuera cuando estabais juntos Graeme y tú? -preguntó sorprendido.

Al darse cuenta de que parecía querer saber todos los detalles escabrosos de su relación, Jessie se sintió decepcionada, y le empezó a costar menos respirar.

– No. Solíamos pedir la comida por teléfono. Yo estaba muy ocupada, y él no sabía… bueno más bien no quería hacer el esfuerzo de cocinar.

– Mi madre siempre dice que no se puede confiar en un hombre que no sabe cuidar de sí mismo -le dijo Patrick-. Nunca se puede estar seguro de por qué está contigo.

– Pues la mía dice que se puede saber cómo es un hombre por el modo en que sabe desenvolverse cuando se te pierde el equipaje, si llueve durante una excursión campestre, o tiene que poner las luces al árbol de Navidad -respondió Jessie-. Por desgracia, no te encuentras con frecuencia con las circunstancias de las luces o el equipaje, y nosotros no salíamos al campo -se volvió hacia él-. La autosuficiencia dice mucho más de una persona. Tu madre es una mujer inteligente.

– Sí, y a ella le encanta decírmelo. La verdad es que siempre pensé que era su estrategia para hacerme cocinar y ser ordenado. ¿Cómo lo conociste?

Jessie se sorprendió de lo poco que le costaba hablar de Graeme. Del poco daño que le hacía ya.

– Llamó a mi puerta para pedirme café, como en ese estúpido anuncio de la tele. Bueno, era actor, o al menos eso decía él. A lo mejor se había presentado a la selección de actores para ese papel. En fin, que me dejé engañar por aquella sonrisa deslumbrante y su mirada de hombre desamparado. Con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que seguramente las había ensayado frente al espejo.

– Entonces, ¿era vecino tuyo? -le preguntó Patrick sorprendido.

Jessie frunció el ceño.

– No. Estaba en casa de unos amigos que compartían piso una planta más arriba de la mía. Dormía en el sofá. De nuevo, con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que lo debía de hacer muy a menudo.

– Ya entiendo.

– Pues, por desgracia, yo, entonces, no entendí nada. Sospecho que sus amigos estaban hartos de tenerlo durmiendo en el salón, y decidieron colocármelo a mí que tenía una cama de matrimonio que no compartía con nadie.

– ¡Qué buena gente!

– Probablemente lo fueran, pero estaban desesperados por deshacerse de aquel huésped molesto -sonrió-. Lo mismo que tú.

– ¡Vaya golpe bajo!

– Tienes razón. Lo siento -instintivamente puso una mano sobre la de Patrick-. Tú no te pareces en nada a ellos. Absolutamente en nada.

– Eres demasiado generosa, por la cuenta que te tiene.

– Sí, debo de serlo, porque me pedía dinero continuamente, y yo se lo daba. Cincuenta libras un día, porque tenía que cortarse el pelo para una selección de actores. Cien otro, para llevar a comer a su agente. No me di cuenta de cuánto dinero le llevaba prestando hasta que no me llegaron los extractos del banco, y parecí recuperar el sentido común. Le propuse que contribuyera con los gastos de la casa, y no le hizo ninguna gracia. Mientras tanto, me hacía creer que me había regalado el anillo de compromiso de su madre, para que pensara que lo nuestro iba en serio, cuando en realidad seguramente había utilizado aquel anillo montones de veces más, y se lo habrían terminado tirando a la cara. Lo que tenía que haber hecho era haberlo metido en el cubo de la basura.

– ¿Y tus vecinos nunca te advirtieron?

– ¿De que hacía con todas lo mismo? ¿Por qué iban a hacerlo? Eran amigos suyos. Por eso no me pude quedar allí luego. Cuando me di cuenta de todo, no podía soportar encontrármelos en el portal. Me sentía estúpida. Por eso decidí mudarme.

– Pero, pensé que te habías mudado porque… -Patrick se encogió de hombros-. Bueno, no importa.

– Tienes razón, ya no importa, porque todo ha terminado. Es algo olvidado.

– Te lo has tomado muy bien. Conozco a gente que ha asesinado por menos.

– Porque eres abogado, y has conocido a gente que después de haber aguantado demasiado, llega un momento en que no puede más. En mi caso solo me dejé tomar el pelo -se estiró-. Tengo que admitir que estuve una temporada con la autoestima por los suelos, y decidida a no volverme a implicar emocionalmente con un hombre en mi vida.

– ¿Pero? -le preguntó con dulzura, acercándose más a ella, sin soltarle la mano.

– ¿Por qué dices «pero»?

– Pensé que lo ibas a decir tú.

– ¿Ah, sí? -tragó saliva-, bueno supongo que hay que salir adelante, continuar viviendo dejando atrás las malas experiencias…

Calló al sentir la mano de Patrick en su mejilla, bajar después hasta sus labios, y acariciárselos con el pulgar, para más tarde enredar los dedos en sus cabellos, y atraer su rostro para, seguramente, darle el tipo de beso que solo podía llevarlos después a otra cosa.

– Quédate -le pidió-. Quiero que te quedes.

Cada célula de su cuerpo le pedía a gritos que se quedara, que se dejara llevar, y volviera a sumergirse en las peligrosas aguas de la vida en pareja. Pero no podía hacerlo de aquella manera. Necesitaba tener más control de sí misma. Su decisión no debía estar motivada por su desesperada necesidad de ser abrazada y amada. Esta vez lo tenía que hacer bien.

– Patrick…

La besó, pero no en los labios, sino en la frente, y se levantó de la cama, poniendo distancia entre ellos antes de que Jessie pudiera protestar, o lamentarlo.

– ¡Patrick! -él se volvió ya en la puerta. Jessie se levantó, y le puso la mano en el brazo-. Gracias, por todo esto.

– De nada.

– En cuanto a quedarme…

– Todo el tiempo que necesites -la interrumpió-. Si puedo hacer algo para ayudarte con la búsqueda de piso, o si necesitas un abogado, házmelo saber.

A Jessie le pareció distante, y dejó caer la mano.

– Tardaré bastante en encontrar algo como esto -le dijo, dándose la vuelta bruscamente para mirar hacia el jardín. Después, sin mirarlo todavía a los ojos, dijo-: Será mejor que traslade aquí la cuna, para que puedas tener tu habitación para ti solo otra vez.

Patrick pensó que no le importaba mucho la habitación, que lo importante era con quién la compartieras, pero no dijo nada. Tenía mucho tiempo. Tal vez el cuerpo le estuviera pidiendo a gritos que recuperara el tiempo perdido durante aquellos diez años que se había pasado sumido en los recuerdos, pero tenía que hacerla sentirse segura de él, de sus buenas intenciones.

– Déjala donde se encuentra. Bertie está todavía dormido, y tú tienes mucho trabajo. O al menos es lo que me dices constantemente. Ya me ocuparé de eso luego.

Capítulo 9

Jessie entró en el estudio, y cerró la puerta para que no distraerse cada vez que viera pasar a Patrick, pero no le resultó fácil concentrarse. Lo oía moverse por la planta de arriba, por el trastero; cambiar objetos de lugar. Bajó varias veces a la planta en que se encontraba ella, y no pudo evitar pensar que si había decidido ponerse a limpiar, podía haber escogido otro momento.

Al final se dio por vencida, y dejó de trabajar. Pero para no salir a ver qué estaba haciendo Patrick, para dejar de pensar en él, se puso a llamar por teléfono.

Patrick se frotó la barbilla contra el hombro, y trató de analizar lo que sentía en aquel momento. Sobre todo era pena por una vida no vivida.

Pasó la mano por la cuna pintada de blanco, y trató de recordar lo que había sentido al traer a Bella y la hija de ambos del hospital: estaba tan orgulloso que se sentía invencible.

Sonó el timbre de la puerta.

Si hubiera ido con ella aquel día, en vez de quedarse trabajando en aquel informe nuevo. Si se hubiera llevado a Grady con ella…

El timbre volvió a sonar, y Patrick dejó que los recuerdos se desvanecieran. No podía hacer nada para cambiar las cosas. Lo único que podía hacer por Bella y Mary Louise era vivir su propia vida bien. Volver a empezar, sin lamentar nada.

Jessie abrió la puerta del estudio cuando él pasaba delante.

– Oh, oí el timbre -dijo ella. Enrojeció un poco, como si la hubieran pillado esperando a su amante secreto, y Patrick sintió un repentino ataque de celos-, y no estaba segura de que lo hubieras oído tú.

– ¿Estás esperando a alguien?

– No, solo que pensé que no lo habías oído. Cómo estabas trabajando…

– Ya he terminado. Iré yo. ¿No estabas muy ocupada?

– Sí, bueno. Además será para ti…

Los timbrazos se hicieron más insistentes.

– ¡Vaya prisas! ¡Ya voy! -gritó, y bajó corriendo las escaleras-. ¿Qué desea? -preguntó, tras abrir la puerta.

– Eh, nada. Es… estaba buscando a Jessie.

– ¿A Jessie?

La sorpresa le hizo dar un paso atrás, y el recién llegado lo tomó como una invitación a pasar. Entró en el vestíbulo, y miró a su alrededor cómo buscándola.

– En el mensaje que dejó en mi contestador decía que se había mudado aquí. Hemos estado fuera, ¿sabe? Soy el padre de Bertie. Supongo que Jessie está un poco enfadada conmigo.

Patrick no era un hombre violento. Ejerciendo su profesión, había visto demasiadas veces el dolor que causaba tal actitud, pero aun así, sin hacer caso de la mano que le tendía Kevin, lo tomó por las solapas de la chaqueta, y lo levantó del suelo, poniéndolo después contra la pared.

– ¿Un poco enfadada dice? ¿Usted cree que después de lo que le ha hecho está solo un poco enfadada? ¿Qué tipo de hombre es usted? -la pregunta era solo retórica, porque a Patrick no le interesaban las excusas de Kevin-. No es más que un aprovechado y un mentiroso, pero no se crea que va a poder volver a entrar en la vida de Jessie como si nada, y hacerla daño de nuevo. Ahora vive en mi casa, y nadie… nadie… ¿Me ha oído? -su víctima se limitó a asentir con rapidez-. Ahora está viviendo en mi casa, y nadie va a aprovecharse de su bondad, o volver a abusar de su cariño.

– Perdone, pero creo…

– No me interesan sus disculpas. Lo que quiero es que salga de la vida de Jessie para siempre.

– ¡Patrick! -gritó Jessie antes de echar a correr escaleras abajo hacia ellos. Al notar tanta angustia en su voz, a Patrick le dio un vuelco el corazón-. ¡Déjalo en el suelo! ¿Qué demonios te crees que estás haciendo?

Patrick miró al hombre que tenía contra la pared, y después a Jessie. Podía querer hacerle creer que ya no lo quería, pero la angustia que se veía reflejada en su rostro la delataba. Por muy mal que se hubiera portado Graeme con ella, nunca lo olvidaría.

– ¿El ridículo? -sugirió con amargura. Después soltó a Kevin, y dio un paso atrás, golpeándose contra la mesa del vestíbulo. Al irse a sujetar en ella, se encontró con el contrato que con tanta ilusión había hecho para Jessie, y lo rompió-. No se admiten parejas -dijo, mientras Jessie lo miraba boquiabierta.

– ¿Te has vuelto loco, o qué?

– Ya veo que vas a recibir al hijo pródigo con los brazos abiertos.

– Por supuesto que lo voy a recibir con los brazos abiertos. Lo he estado llamando toda la semana. Ha venido a recoger a Bertie, Patrick -le dijo, cautelosa-, para llevárselo a casa -después, volviéndose hacia su hermano, le dijo-. ¿No está Faye contigo?

Kevin se aclaró la garganta.

– Está buscando aparcamiento. Además, se está tomando su tiempo, porque no estábamos muy seguros de cómo nos ibas a recibir.

– ¡Ven aquí, idiota! -le dijo Jessie, abrazándolo-. ¿Habéis descansado bien?

– No hemos salido de la cama en tres días. ¿Quién es ese gorila? -le preguntó casi al oído.

– ¿Gorila? -de repente le vino a la cabeza la imagen de un gorila con toga, y sonrió-. El gorila es Patrick, Patrick Dalton. Me mudé con él, cuando me echaron de mi apartamento -Jessie se dio cuenta de que debía haber sonado un poco raro lo que acababa de decir, pero ya habría tiempo para las explicaciones. -¿Patrick? -estaba pálido, y todavía miraba a Kevin cómo si lo quisiera destrozar con sus propias manos-. Patrick, este es Kevin -Patrick no se movió-. Mi hermano Kevin.

– ¿Tu hermano? -ahora que se lo había dicho, se daba cuenta del parecido. -Pero… dijo que era el padre de Bertie.

– Bueno, sí. El portero te lo dijo… -Jessie titubeó-. Dijiste que te lo había dicho.

– Me dijo que habías tenido que irte de Taplow Towers, cuando llegó el bebé. Que el padre del niño había tenido que irse de repente, con su esposa.

– Sí, Kevin y Faye… -miró a Kevin-. Será mejor que salgas a decirle que puede entrar.

– ¿Estás segura? -dijo, mirando a Patrick.

– No seas tonto. Ha habido un malentendido, eso es todo. Lo aclararemos mientras nos tomamos una taza de té.

Kevin se quedó mirando a Patrick, esperando que corroborara las palabras de Jessie. Como permanecía en silencio, Jessie se quitó las gafas y lo miró, inquisidora, con las cejas levantadas. Patrick levantó las manos.

– Por supuesto. Pasa. Trae a tu esposa. Invita a la familia. Pero olvidaos del té. Lo que necesito en este momento es una copa.

– ¿Se puede entrar? -dijo, en aquel momento Faye desde la puerta, moviendo un pañuelo blanco en señal de paz.

– ¡Faye! -Jessie corrió a abrazarla, y después se apartó de ella, y la contempló-. Estás fenomenal. Está claro que la cura de sueño ha dado sus resultados.

– ¿No estás enfadada?

– Bueno, hubiera preferido que me lo pidierais. Habría sido más sencillo que me quedara en vuestra casa, y no me hubieran echado de la mía.

Tanto Kevin como Faye miraron al suelo, sin atreverse a mirar a Jessie a la cara.

– Teníamos que sacarte de allí, Jessie, porque si no hubieras acabando marchitándote con tanta quietud y respetabilidad -le dijo Faye-. Sin embargo, este sitio es agradable -le dijo, mirando a su alrededor.

– Sí que lo es. Además el alquiler es razonable, y al casero se le dan muy bien los niños… -miró a Patrick, y no le gustó la expresión de su rostro-. Ven a ver a Bertie. Ya verás que diente le ha salido…

– Jessie… -dijo Patrick, con la misma voz que usaba seguramente para interrogar a algún testigo hostil-. ¿Me puedes decir qué demonios está pasando aquí?

Jessie se limitó a tomar a Faye por el brazo.

– Ya sabes lo que tienes qué hacer, hermano -dijo a Kevin, antes de empezar a subir las escaleras con su cuñada-. Cuéntale a Patrick lo que me hiciste y por qué. Ya puedes hacerlo bien, porque espero darle pena, y que pegue el contrato -miró a Patrick-. Me gusta estar aquí.

Kevin los miró a los dos, y sonrió.

– Si las cosas son como parecen, lo mejor será que seas tú la que des las explicaciones, hermanita.

– Estoy de acuerdo contigo -dijo Faye, bajando para tomar a su marido del brazo.

– No os preocupéis por nosotros, nos las arreglaremos para encontrar la tetera…

– Olvídate del té -dijo Jessie-. Estoy de acuerdo con Patrick en que todos necesitamos una copa -lo miró, pero no recibió ningún apoyo por su parte-. Tal vez este sea el momento de tomar ese brandy que estás empeñado en meterme por la boca a la menor ocasión -se volvió a Kevin y Faye-. Encontraréis a Bertie en la habitación de la derecha del primer piso…

– Y la cocina está en la planta baja -añadió Patrick. Estáis en vuestra casa -dijo, y entró con Jessie en el salón, cerrando la puerta tras de sí.

– Brandy -dijo Jessie, después de un momento.

La voz de Patrick la detuvo, cuando iba a buscar la bebida al aparador.

– Bertie no es hijo tuyo.

Jessie se volvió bruscamente.

– Pero, pensé…

– Graeme no es su padre.

– ¡No! Patrick…

– Entonces, solo tengo una pregunta.

– ¿Una solo?

– ¿A qué demonios has estado jugando?

– ¿Jugando?

– Sí, o fingiendo. Llámalo como quieras. Haciéndote pasar por una desgraciada madre a la que han echado a la calle.

– Pero tú sabías que Bertie no era mi hijo. Te lo dijeron en Taplow Towers…

– Allí lo que me dijeron fue que te habías tenido que ir a causa del bebé, y que el padre se había marchado con su esposa…

– ¿Cómo has podido pensar que había tenido un lío amoroso con un hombre casado? -Jessie sirvió dos copas de brandy, y tomó un buen trago de una de ellas. Le entró la tos, pero Patrick no hizo nada para aliviarla, se limitó a esperar a que se le pasara.

– Para empezar, nunca pensé que supieras que estaba casado. Pero, ¿por qué no me dijiste desde el primer momento que Bertie no era hijo tuyo?

– Iba a hacerlo -titubeó, y miró a su copa para evitar mirarlo a él.

– ¿Pero?

– Lo iba a hacer a primera hora de mañana.

– ¿Y por qué no lo hiciste?

– Porque dijiste que si no me echabas a la calle, era por Bertie.

– Me había dado un golpe, no había dormido la noche anterior, y además me había encontrado con una inquilina no deseada. ¿Cómo querías que me mostrara razonable?

– Lo único que sabía era que no estabas siendo razonable…

– Pero no te iba a echar así. ¿Acaso me tomas por un monstruo?

– Cómo tú bien dices, te habías dado un golpe, no habías dormido, y además, estabas enfadado porque tu sobrina te había engañado. Cómo iba a saber yo que bajo aquella piel de tigre se escondía un dulce corderito.

– Deberías habérmelo dicho…

– Lo sé. Iba a hacerlo, pero entonces fuiste a Taplow Towers, y hablaste con el portero que lo sabía todo. Por el amor de Dios, ¿no te diste cuenta de lo sorprendida que estaba de que te lo hubieras tomado con tanta tranquilidad?

– ¿Con tranquilidad? Sería lo que aparentaba. ¿Cómo me lo iba a tomar con tranquilidad, si pensaba que te habían abandonado?

– No. Al que abandonaron fue a Bertie. Me lo dejaron a la puerta, con una pequeña nota donde decían que necesitaban dormir urgentemente.

– Bueno, pues supongo que ya se habrán recuperado -dijo Patrick, con una sonrisa.

– ¿No te das cuenta de lo duro que tiene que haber sido para Faye estar separada de su hijo? Lo hicieron por mí.

– ¿Por ti?

– Para que me viera obligada a marcharme de Taplow Towers. Allí me sentía a salvo, porque sabía que ningún otro hombre iba a llamar a mi puerta para pedirme café, y después romperme el corazón.

– ¿Eso fue lo que hizo? ¿Romperte el corazón? -lo dijo con tanta intensidad, que Jessie se mantuvo alejada de él, cuando lo que más deseaba en ese momento era abrazarlo y tranquilizarlo.

– En aquel momento fue lo que creí. Lo peor fue que me hizo perder la fe en mi capacidad de juzgar a la gente, y me encerré en mí misma, olvidándome de que solo se vive una vez, y que en esta vida hay que arriesgar, si se quiere ganar. ¿No te parece?

Patrick se acercó a ella a toda prisa, y le tomó las manos.

– Jessie…

Llamaron a la puerta, y Faye asomó la cabeza.

– Siento interrumpiros, pero Bertie tiene sed, y hay un enorme perro a la puerta de la cocina, que parece no querer dejarme entrar.

– Ah, vaya. Yo me ocuparé -dijo Patrick.

Jessie lo detuvo.

– No. Lo haré yo. Tú, quédate a hablar con Kevin.

– ¿Estás segura?

Jessie sonrió.

– Si me voy a quedar, Grady y yo tendremos que hacernos amigos. Vamos, Faye.

– Pero, Jessie…

– Grady es un pedazo de pan -aseguró, con solo un ligero temblor en la voz que la pudiera traicionar.

Su hermano hizo ademán de seguirla, pero Patrick lo detuvo.

– A mi hermana le aterran los perros -dijo, preocupado.

– Sí, pero creo que preferiría que no fuera así. ¿Le damos una oportunidad?

Desde las escaleras la vieron acercarse a Grady, que estaba guardando la puerta de la cocina.

– Túmbate -lo dijo con aparente firmeza. Solo alguien que la conociera bien, podía detectar la inseguridad en su voz. Grady le hizo caso, y se echó en el suelo, con la cabeza entre las patas-. Buen perro -le dijo, y le dio una palmada en la cabeza-. Buen perro.

Los dos hombres respiraron aliviados, y después intercambiaron una sonrisa.

– ¿Os quedáis a cenar? -preguntó Patrick-. No hay gran cosa, pero nos gustaría compartirlo con vosotros.

– Nos encantaría.

– Lo siento -se disculpó Jessie, mientras calentaban la comida india del día anterior, y freían la chuleta que había comprado Patrick. Mientras tanto, en el salón, Kevin y Faye hacían carantoñas a su hijo-. Debía haberte dicho la verdad desde el principio, pero temí que me pusieras en la calle.

– Lo cierto es que ese fue mi primer pensamiento.

– ¿Y qué te hizo cambiar de opinión?

– Un beso.

– ¿Podemos ayudar? -preguntó Faye, desde la puerta. Detrás de ella apareció Kevin con Bertie en brazos-. ¡Qué gato más bonito! -dijo refiriéndose a Mao.

– ¿Te gustan los gatos? -preguntó Patrick.

– Me encantan -se acercó a acariciar a Mao, que recibió encantado el homenaje-. Por desgracia…

– Bertie lo adora -apuntó Jessie, y miró a Patrick. Podía notar que le estaba leyendo el pensamiento. Era como ser tocada íntimamente. Poseída. Conocida.

– Sí, Bertie lo adora… -Patrick le sostuvo la mirada, y ella supo exactamente lo que iba a decir-. Bertie lo debería tener.

– Pero… -empezó a objetar Kevin, cómo Jessie sabía que haría. A nadie en su familia le gustaban los gatos.

– Insisto, Kevin -dijo Jessie, sin que ella y Patrick dejaran de mirarse.

Su hermano se dio cuenta de que no le quedaba más remedio que tragar.

– Gracias. Siempre que no me tenga que llevar también al perro.

– No -dijo Jessie con firmeza-. Mao tiene un contrato de alquiler limitado, y para alivio tuyo lo vendrá a recoger su dueña en septiembre, sin embargo Grady vive aquí -dicho esto, pasó a su hermano un plato de ensalada-. ¿Comemos en el jardín?

Patrick cerró la puerta tras Kevin y Faye.

– Bueno, ya estamos solos tú, Grady y yo.

– Ahora que ya se han marchado dos de tus huéspedes molestos, será mejor que me ponga yo a buscar casa, mañana mismo -Patrick no dijo nada-. Por lo menos ahora, como no está Mao, puedes volver a trasladar a casa la cesta de Grady.

– Tú todavía estás aquí. No quiero más ataques de histeria en medio de la noche.

Jessie levantó las cejas.

– ¿De histeria?

– Podrías querer levantarte a media noche a tomar una taza de té. Hoy te has portado como una valiente, pero a lo mejor sola, en plena noche…

– Lo puedo sobrellevar. Faye estaba asustada, y pensé: no seas tonta. Grady no te va a hacer ningún daño. Y así fue.

– Si estás segura…

– Lo estoy. Buenas noches, Patrick.

Patrick se sintió cómo perdido en un vasto océano, convencido de que era demasiado pronto para decirle a Jessie cuáles eran sus sentimientos. Estaba seguro de ellos como nunca lo había estado en su vida. Al principio Bertie lo había confundido, pero ahora que se había ido, se daba cuenta de que sus sentimientos por ella eran los mismos.

El problema era que había tenido una mala experiencia amorosa, y necesitaba tiempo. Estaba dispuesto a dárselo: tiempo y espacio. Se alegraba de haber hecho el esfuerzo de arreglar la habitación pequeña. Ahora tenía en ella lo que necesitaba para pasar allí todo el tiempo que deseara, incluso…

– ¡Dios mío, la cuna! -exclamó, consciente de que si la veía Jessie allí, pensaría…

Subió las escaleras de dos en dos, pero cuando llegó a la habitación pequeña, Jessie estaba acariciando la cuna.

– ¿De dónde ha salido esto? -le preguntó, muy seria.

– Del desván. Pensé que sería más cómoda que la cuna de viaje que usaba Bertie para dormir -se hizo un incómodo silencio entre los dos-. Era la cuna de mi hija Mary Louise. Iba con su madre, cuando… -hizo un gesto con la mano que indicaba que no deseaba seguir hablando de aquello-. Tenía cinco meses.

– Patrick, lo siento mucho. No lo sabía…

– Alguien que vio el accidente me contó que Bella podría haber salido ilesa, pero se tiró encima del cochecito para proteger a nuestra hija.

– ¿Por qué no me lo habías contado hasta ahora?

– No podía. Me hacía sufrir demasiado -Jessie notó que se le quebraba la voz y lo abrazó con fuerza-. Ves las caras de la gente; la compasión que sienten por ti; lo que les gustaría que se les tragara la tierra por haber preguntado…

Jessie siguió abrazándolo, dejando que se desahogara, tratando de no pensar lo que todo aquello significaba: La habitación vacía, las cajas apiladas. Tratando de no imaginárselo quitando todas aquellas cosas que habían pertenecido a su querida esposa de aquella habitación por ella. Y por último había traído la cuna, y se temía que sabía por qué.

– Vámonos -le dijo-. Salgamos de aquí.

– No, quitaré la…

– Mañana -le dijo Jessie, mientras lo llevaba a la otra habitación.

– Esta noche, me quedaré contigo -le dijo, porque no podía soportar dejarlo solo con sus recuerdos.

Patrick se quedó mirándola, y bromeó.

– Esto se está convirtiendo en una costumbre.

– No todas las costumbres son malas -apuntó Jessie-. Sin sexo, ¿vale? Solo cariño. ¿Podrás hacerlo?

Patrick la abrazó. Había esperado diez años para empezar una nueva vida, así que bien podía esperar sin problema hasta que Jessie confiara en él.

Patrick no podía dormir. Durante mucho tiempo habían estado hablando muy abrazados sobre Bella, Mary Louise, y lo difícil que era estar solo. Jessie había esperado hasta darse cuenta de que se había desahogado por completo. Ella no le habló de Graeme, pero Patrick ya se conocía esa historia porque Kevin le había puesto al día. Jessie se apretó más a él. También ella necesitaba cariño y un hombre en quién confiar. Esperaría lo que fuera: un mes, un año, le besó los cabellos con cariño, y deseó con toda su alma que no fuera un año.

Todavía era de noche cuando, al despertarse, vio que Patrick, apoyado en un codo, la estaba contemplando. En algún momento de la noche debía de haber sentido calor, porque estaba sin camiseta. Trató de no preocuparse por las otras prendas que podía haberse quitado también. Que ella recordara, al meterse en la cama solo llevaba la camiseta y los calzoncillos.

– Te equivocas, ¿sabes?

Jessie se sobresaltó. Temió que le hubiera leído el pensamiento, y le estuviera diciendo que no se había quitado los calzoncillos.

– ¿A qué te refieres?

– Te equivocaste si pensaste que os estaba utilizando a Bertie y a ti como sustitutos de Bella y Mary Louise.

– Patrick, no pasa nada. Comprendo…

Patrick le puso un dedo en los labios.

– Déjame terminar. No quiero más malentendidos entre nosotros. Por un momento yo también pensé estar haciéndolo, pero me equivoqué.

– ¿Cómo puedes saberlo?

– Porque se han llevado al bebé a su casa, pero tú te has quedado. Y eso es lo más importante -le retiró un mechón de la mejilla, y dejó allí la mano. Se sentía muy a gusto con ella, y quería besarla, mostrarle lo que sentía por ella, pero se daba cuenta de que era demasiado pronto. Tenía que ser decisión de Jessie-. ¿Y qué pasa con Graeme? ¿Te queda algún fantasma por espantar?

A Jessie se le hizo un nudo en el estómago. Por un momento pensó que la iba a besar, pero sin embargo, seguía insistiendo en hacerla recordar.

– Comparado con lo que has pasado tú, no merece la pena siquiera hablar de ello. ¿Por qué sigues insistiendo en que lo recuerde?

– Bueno, yo he estado quitando las telarañas de mi vida, y pensé que tal vez tú quisieras hacer lo mismo.

– Ya está hecho. ¿O es que quieres que te cuente la historia de toda mi vida?

– Solo si tú lo deseas, pero no ahora -Patrick se dio cuenta de que tenía que poner distancias entre ellos en aquel momento. Retiró las sábanas, y se levantó-. A no ser que quieras decirme por qué tienes tatuada una mariquita en el muslo derecho.

Jessie suspiró un poco irritada.

– ¿Pero cómo os dan tanto morbo a los hombres los tatuajes?

– No lo sé, pero cuando entré y te vi… -se detuvo, al darse cuenta de que se acababa de descubrir.

– ¿Entraste? -de repente, Jessie se dio cuenta de cuándo exactamente había sido la primera vez que le había visto el tatuaje-. ¡Maldita sea, Patrick! Ahora entiendo por qué ibas sin camisa -trató de levantarse, pero Patrick la detuvo-. La encontré en la cesta de la ropa sucia, y me di cuenta de que algo se me estaba escapando.

Patrick rozó los labios de Jessie con los suyos, y empezó a besarla con dulzura. Jessie se preguntó cómo podía desear tanto a aquel hombre, si apenas lo conocía.

– Bonito modo de cambiar de tema -dijo ella.

– Bueno, ¿me vas a contar lo de la mariquita?

– Fue idea de Faye.

– ¿Ah, sí? ¿Era la insignia de algún tipo de asociación secreta feminista?

– No, formábamos parte del equipo de baloncesto, y Faye pensó que teníamos que buscarnos algún truco para hacernos populares. No te puedes ni imaginar la cantidad de seguidores que teníamos.

– ¿Quieres decir que saltabais con esas falditas tan cortas, y…? ¡Qué sexy!

– Bueno, teníamos dieciocho años, y no se nos ocurrió nada mejor. Pero el sexo no lo es todo, Patrick.

– Jessie, si yo te hubiera hablado de amor, ¿me habrías creído?

– Hace una semana no.

– ¿Y ahora?

– Ahora creería cualquier cosa que me dijeras. Incluso que el cielo es verde. Bésame, Patrick.

La besó con suavidad, con dulzura. Jessie quería más. Sus labios se abrieron bajo los de él, y empezó a morderle el labio, juguetona, succionándoselo como si pretendiera absorberle la vida, la fuerza, la valentía.

– ¿Jessie? -murmuró Patrick con voz ronca.

– Una vez más. Para estar segura.

Esta vez el beso fue más largo. Estaba determinado a hacerla sentir a salvo en sus brazos. Después de un rato, levantó la cabeza, y preguntó a Jessie:

– ¿Y bien?

– Vuélvemelo a preguntar por la mañana.

Epílogo

– Estás completamente loca, ¿lo sabes? No ha amanecido todavía, y si él se encuentra en casa, estará durmiendo. Si está ella, le darás un susto de muerte.

– No puedo más, Sarah. Cada vez que me doy la vuelta, espero encontrarme a Patrick detrás. O a mi madre. No tenías por qué haber regresado conmigo.

– Pues claro que sí. Imagina que te encierra en la bodega para el resto del verano. ¿Quién se enteraría?

– No seas estúpida. Patrick no haría una cosa así.

Carenza abrió la puerta, y desconectó la alarma.

– Bueno, pensándolo mejor, sería conveniente que te quedaras en el coche con el motor en marcha, por si tengo que salir corriendo -corrió escaleras arriba, y llamó a la habitación de Patrick.

– ¿Patrick?

No respondió nadie, así que la entreabrió y miró. Le costó un momento adivinar quiénes eran aquellas dos figuras abrazadas, pero cuando lo consiguió, sonrió, cerró la puerta, y bajó las escaleras con cuidado.

– ¿Y bien? -le preguntó su amiga al verla entrar en el coche.

– Nada. Estaba dormido.

– ¿Y para ver eso hemos venido desde Francia en un coche de alquiler?

– Ha merecido la pena, créeme. Vamos, llegaremos a tiempo para tomar el primer ferry, si nos damos prisa.

– ¡Un tipo horrible! Pero, ¿en qué está pensando Carenza?

– Está enamorada, y es incapaz de pensar -dijo Patrick, indignado, dejando de pasear un momento a su hijita, que se echó a llorar.

– ¡ Patrick!

– Perdona cariño -dijo, besando la cabecita de su niña-. Tenemos que hacer algo, Jessie. No se da cuenta, pero ese hombre se está aprovechando de ella.

– Es muy guapo.

– Como si no lo supiera él. Apuesto a que besa a su imagen en el espejo.

– Bueno Patrick, ser guapo no es un pecado.

– No, pero no solo es eso. Está viviendo a costa de Carenza.

Jessie se despertó por completo, de repente.

– ¿Te lo ha dicho ella?

– Su padre me llamó. Le ha pedido dinero. No me ha llamado a mí, porque sabe muy bien lo que le voy a decir.

– En ese caso tienes razón. Debemos hacer algo -Jessie se levantó y relevó a Patrick con la niña-. Pobrecita, esos dientes te lo están haciendo pasar muy mal.

– Cariño -intervino Patrick-. Nos lo están haciendo pasar mal a los dos.

– Sí-respondió Jessie, pensativa-. Tal vez esa sea la respuesta.

Liz Fielding

***