/ Language: Español / Genre:antique / Series: Tessa Leoni

Tocado y hundido

Lisa Gardner


1

Yo morí una vez.

Ahora lo recuerdo, en la medida en que soy capaz de recordar algo, la sensación de dolor, lacerante y agudo, y a continuación el agotamiento, demoledor y profundo. Quería permanecer tumbada; lo recuerdo con nitidez. Necesitaba poner fin a aquello. Pero no lo hice. Hice frente al dolor, al agotamiento, a la jodida luz blanca. Me arrastré para volver al mundo de los vivos.

Por Vero. Me necesitaba.

¿Qué has hecho?

Ahora soy ingrávida. Entiendo, distraídamente, que algo va mal. Los coches no deberían ser ingrávidos. Los todoterrenos urbanos de alta gama no fueron diseñados para volar. Y percibo un olor penetrante y acre. A alcohol. Más concretamente, a whisky. Glenlivet. Siempre me he enorgullecido de beber, de lo bueno, lo mejor.

¿Qué has hecho?

Quiero gritar. Mientras planeo por los aires, a punto de morir por segunda vez, al menos debería poder chillar. Pero de mi garganta no sale sonido alguno.

En vez de eso, me quedo mirando por el parabrisas, precipitándome en la noche oscura como boca de lobo, y curiosamente me da por fijarme en que está lloviendo.

Como aquella noche. Antes de…

¿Qué has hecho?

No está tan mal volar. La sensación es agradable, incluso emocionante. Se desafían los límites de la gravedad, se deja muy atrás la fuerza gravitatoria de la tierra. Debería extender los brazos y abrazar la segunda muerte que se cierne ante mí.

Vero.

La pequeña y hermosa Vero.

Y entonces…

La gravedad se cobra su venganza. Mi automóvil deja de ser ingrávido en cuanto vuelve a tomar contacto violentamente con la tierra. Una colisión estremecedora. Un estruendo atronador. Mi cuerpo, antes en vuelo, ahora se estampa como una muñeca de trapo contra el volante, el salpicadero, la palanca de cambios. El chasquido del cristal haciéndose añicos. Mi cara aplastada.

Dolor, lacerante y agudo. A continuación agotamiento, demoledor y profundo. Quiero tumbarme. Necesito poner fin a esto.

Pienso en Vero.

Y entonces: oh, Dios mío, ¿qué he hecho?

Tengo la cara húmeda. Me lamo los labios y saben a agua, a sal, a sangre. En cuanto levanto la cabeza lentamente, me atenaza un dolor agudo en la sien. Me doblo de dolor, pego la barbilla al pecho instintivamente y a continuación apoyo mi dolorida frente contra el duro plástico. Me doy cuenta de que tengo el volante del coche clavado en el pecho, la pierna retorcida en un ángulo casi imposible y la rodilla embutida en algún lugar bajo el amasijo del salpicadero. He caído, pienso, y no puedo levantarme.

Oigo un sonido. Risa. O tal vez sea un plañido. Es un sonido extraño. Estridente, continuo y no del todo cuerdo.

Procede de mí.

Más agua. La lluvia se ha abierto paso en el interior de mi coche. O yo me he abierto paso fuera. No estoy segura. Whisky. El hedor a alcohol es tan fuerte que me dan ganas de vomitar. Me doy cuenta de que tengo el jersey empapado. Después, todavía aguzando la mirada para distinguir lo que me rodea, vislumbro trozos de cristal desperdigados alrededor; los restos de una botella.

Debería moverme. Salir. Llamar a alguien. Hacer algo.

La puñetera cabeza me va a estallar y, en vez de un cielo negro de terciopelo, veo luces blancas que estallan en mi campo de visión.

Vero.

Una palabra. Se me mete entre ceja y ceja. Se asienta. Guiándome. Instándome a moverme. Vero, Vero, Vero.

Me muevo. El plañido da paso a un alarido desgarrador al intentar salir trabajosamente del asiento del conductor. Da la impresión de que mi coche ha aterrizado de morro; el salpicadero está prácticamente empotrado contra mí. No estoy derecha, sino inclinada hacia delante, como si mi Audi, una vez hundido el morro contra el suelo, no pudiera recuperar el equilibrio. Eso significa que tengo que realizar un doble esfuerzo para deslizarme por el espacio plegado como un acordeón que queda entre mi asiento y el volante y el salpicadero hundido.

El airbag. La desmesurada masa me cubre los brazos, me enreda las manos, y lo maldigo. Vuelvo a chillar, a forcejear y a vociferar sonidos sin sentido, pero la rabia ciega me dispara la adrenalina hasta que al menos el demoledor agotamiento se mitiga y solo deja dolor, un dolor infinito y espantoso que enseguida asumo que no puedo permitirme el lujo de contemplar, mientras por fin me retuerzo para colarme de costado entre el asiento del conductor y el salpicadero. Me desplomo, sin resuello, sobre el compartimento central. Las piernas me responden. Los brazos, también.

Me estalla la cabeza.

Vero.

Humo. ¿Huele a humo? Inmediatamente soy presa del pánico. Humo, gritos, fuego. Humo, gritos, fuego.

Vero, Vero, Vero.

¡Corre!

No. Me paro a pensar. No hay humo. Eso fue la primera vez. ¿Cuántas veces puede morir una mujer? No estoy segura. Es una imagen borrosa en mi mente, desde el olor a tierra mojada hasta el calor de las llamas. Todo separado y a la vez junto. Me estoy muriendo. Estoy muerta. No, simplemente me estoy muriendo. No, un momento, estoy muerta. La primera vez, la segunda, ¿la tercera?

No logro discernirlo.

Solo una cosa importa, lo que siempre ha importado. Vero. Debo salvar a Vero.

El asiento trasero. Me giro. Primero me doy un golpe en la rodilla izquierda, luego en la derecha, y vuelvo a gritar. Joder. Me da igual. Asiento trasero. Tengo que llegar al asiento trasero.

Me muevo a tientas en la oscuridad, lamiéndome la lluvia y el barro de los labios mientras comienzo a percibir otras impresiones. El parabrisas está destrozado, pero también el techo corredizo, de ahí la lluvia. Mi precioso, lujoso y relativamente nuevo SUV Audi Q5 ha encogido como mínimo treinta centímetros, si no sesenta; el morro ha sufrido lo peor del impacto y las puertas delanteras casi con toda seguridad están demasiado abolladas para abrirlas. Pero la parte trasera parece prácticamente intacta.

—Vero, Vero, Vero.

En ese preciso instante me doy cuenta de que llevo guantes. O de que llevaba guantes. El cristal los ha rajado hasta dejarlos como grandes andrajos sangrientos que entorpecen mis movimientos. Forcejeo para quitarme uno, luego el otro, y a continuación los meto deliberadamente en el bolsillo de mis pantalones. No puedo tirarlos al suelo. Eso sería dejar porquerías y yo no trato así de mal a mi coche. O no solía hacerlo.

La puñetera cabeza me va a estallar. Tengo ganas de enroscarme en un ovillo y dormir, dormir y dormir.

No. No puedo. Vero.

Haciendo un sumo esfuerzo por moverme una vez más, tanteo a la derecha, luego a la izquierda, palpando con los dedos en la oscuridad. Pero no encuentro nada. A nadie. Busco y busco, primero en el asiento trasero; luego, con manos más temblorosas, en el suelo. Pero ningún cuerpo menudo aparece por arte de magia.

¿Y si…? Puede que haya salido despedida, lanzada al vacío en la brusca caída del vehículo. El coche había intentado volar, y tal vez Vero también.

«Mami, mira, soy un avión».

¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho? ¿Qué he hecho?

Tengo que salir del vehículo. Es lo único que importa. Ahí fuera, algo en las tinieblas, la lluvia, el barro. Vero. Tengo que salvarla.

Me arrastro con los codos desde la parte de delante a la de atrás de mi coche abollado. Entonces, me vuelvo bruscamente hacia la puerta trasera de la derecha. Pero no se abre. Tiro de la manija, embadurnándola de sangre. La emprendo a empellones con la puerta. Lloro, suplico e imploro, pero nada. No cede. Los daños, el cierre de seguridad. ¡Mierda!

Otra salida. La parte de atrás, el maletero. Me pongo en movimiento de nuevo penosamente despacio, pues el lacerante dolor de cabeza me provoca náuseas, y sé que voy a vomitar, pero me da igual. Tengo que salir del coche. Tengo que encontrar a Vero.

El vómito, cuando sale a borbotones, es un líquido de poca densidad que huele a whisky de malta caro sin mezclar y a una larga noche de lamentos.

Me arrastro por el infecto charco y sigo avanzando. Mi suerte cambia por primera vez: el maletero ha quedado entreabierto por el impacto de la colisión.

Empujo para abrirlo de par en par. A continuación, cuando me resulta insoportable seguir arrastrándome debido a las magulladuras —¿o fracturas?— de mis costillas, consigo salir apoyándome con los brazos y caigo de bruces al suelo. El barro, blando y rezumante, amortigua el golpe. Me pongo de costado, sin resuello por el dolor, por el esfuerzo, por la desesperación de mi situación.

Lluvia, lluvia, vete ya, otro día volverás.

«Mami, mira, soy un avión».

Me invade de nuevo el cansancio. El agotamiento, demoledor y profundo. De buena gana me quedaría tendida aquí. Vendrán a socorrerme. Alguien que haya presenciado el accidente, que haya oído el golpe. Un conductor que pase. O tal vez alguien me eche en falta. Alguien a quien le importe.

Me viene a la cabeza la imagen del rostro de un hombre, pero desaparece antes de poder procesarla.

—Vero —susurro. A la lluvia que cae, al barro rezumante, a la noche sin estrellas.

El olor a humo, pienso inconscientemente. El calor del fuego. No, esa fue la primera vez. Maldita sea, céntrate. ¡Céntrate!

Parece que la carretera está muy por encima de mí. Hay fango, hierba, arbustos desaliñados y peñascos picudos de por medio. Oigo sonidos lejanos, el zumbido de coches a toda velocidad por arriba, como pájaros exóticos, y caigo en la cuenta, a medida que me arrastro boca abajo milímetro a milímetro, que los vehículos se encuentran demasiado lejos. Están arriba; yo, abajo. Jamás me verán. Jamás se detendrán ni me ayudarán a buscar a Vero.

Otro milímetro, dos, tres, cuatro. Doy un grito ahogado al golpearme con una piedra. Maldigo al enredarme en un matorral. Mis dedos trémulos avanzan, tanteando, tanteando, tanteando, mientras la cabeza me aguijonea agónicamente y hago una pausa, de tanto en tanto, dando arcadas patéticamente para arrojar escupitajos de bilis.

Vero.

Y acto seguido: ¡Oh, Nicky, qué has hecho!

Oigo ese plañido de nuevo, pero no me detengo. Me niego a reconocer que el animal lastimero que emite todos esos sonidos en realidad soy yo.

No sé cuánto tiempo llevo arrastrándome por el resbaladizo barro, pero cuando remonto la pendiente estoy cubierta de lodo negro de pies a cabeza, y, lejos de molestarme, me hace gracia. Encaja, pienso. Tengo el aspecto que debería tener.

El de una mujer que ha salido de la tumba.

Luces. Dos puntos idénticos, aproximándose. Entonces me pongo a cuatro patas. No tengo más remedio si pretendo que el conductor me vea. Y no pasa nada, porque ya no me duelen las costillas. Se me ha entumecido el cuerpo, el dolor punzante de mi cabeza ha sobrecargado todos los circuitos y curiosamente ha anulado todo lo demás.

Quizá ya esté muerta. Quizá sea este el aspecto de los muertos, mientras adelanto un pie y, sin prisa pero sin pausa, me incorporo.

Un chirrido de frenos. El coche que se aproxima derrapa brevemente cuando el conductor pisa el freno sobre la calzada mojada. Entonces, milagrosamente, se detiene, justo delante de mi mano levantada y mi rostro pálido y empapado.

—Por el amor de… —Un hombre mayor, obviamente conmocionado, queda fugazmente iluminado por la luz del interior del coche al abrir la puerta del conductor. Sale del coche con aire vacilante, se endereza—. Señora, ¿se encuentra usted bien?

No digo una palabra.

—¿Ha tenido un accidente? ¿Dónde está su coche? Señora, ¿quiere que llame al 911?

No digo una palabra.

Solamente pienso: Vero.

Y, de repente, recuerdo. Recuerdo todo. Un tremendo estallido de luz, terror y rabia. Un dolor me aguijonea no solo la cabeza, sino también el corazón. Y en ese instante recuerdo con toda nitidez quién soy. El monstruo de debajo de la cama.

Enfrente de mí, como si me leyera el pensamiento, el anciano retrocede, da un pequeño paso atrás.

—Hum… Quédese aquí, señora. Voy a…, hum…, a llamar para buscar ayuda.

El hombre desaparece en la penumbra del interior de su coche. No digo nada. Me quedo bajo la lluvia, tambaleándome.

Pienso, por última vez: Vero.

Entonces el instante se desvanece, el recuerdo se disipa.

Y no soy absolutamente nadie, solo una mujer que ha vuelto dos veces de entre los muertos.

2

La llamada se realizó poco después de las cinco de la madrugada: accidente de tráfico de un único vehículo de motor, desplazado fuera de la carretera, daños desconocidos. Dado que la localidad en cuestión no disponía de agentes para el servicio nocturno —bienvenidos al agreste New Hampshire—, una patrulla del condado se desplazó a ocuparse del siniestro. El agente, Todd Reynes, llegó quince minutos tarde —de nuevo, bienvenidos al agreste New Hampshire, o, más concretamente, a las largas carreteras azotadas por el viento que nunca conducen directamente de un punto a otro—, justo cuando los técnicos de emergencias sanitarias se afanaban en inmovilizar a una mujer embadurnada de barro y sangre en una camilla. La conductora, le comunicaron, sin duda presentaba numerosas heridas y hedía a alcohol hasta el punto de que acercarse a ella suponía un alto riesgo de embriaguez por contacto.

A escasa distancia había otro conductor, el tipo mayor que había encontrado a la mujer y había realizado la llamada. Se mantenía alejado de la escena, pero saludó al agente Reynes con un ligero asentimiento de cabeza, obviamente dispuesto a prestar declaración, a firmar sobre la línea de puntos o a hacer lo que fuera que hubiera que hacer para zanjar oficialmente su intervención en algo en lo que, de entrada, en ningún momento había querido involucrarse.

El agente Reynes asintió a su vez, pensando que la situación estaba bastante clara. Una conductora ebria a punto de ser evacuada por los técnicos de emergencias sanitarias. Un coche destrozado que en breve sería remolcado por la siguiente grúa disponible. Listo.

En ese preciso instante, la mujer, empapada por la lluvia, embadurnada de barro y cubierta de sangre, echó mano del primer cierre de velcro, tiró de él con un sonido que no auguraba nada bueno, y acto seguido se incorporó de un respingo y exclamó histérica:

—¡Vero! No la encuentro. Solo es una cría. Socorro. Por favor, que alguien… Dios, ¡socorro!

Así fue como el sargento Wyatt Foster, de la Brigada de Investigación Criminal del sheriff de North Country, se apostó en el arcén poco después de las siete de la mañana, con la calzada secándose por fin, pero ahora cubierta por todas las unidades de los cuerpos de seguridad disponibles entre Concord y Canadá. Bueno, tal vez eso fuera una exageración, pensó, pero no por mucho.

Wyatt se apeó del vehículo y se estremeció al recibir la cruda dentellada del frío de una mañana de finales de otoño que justo en ese momento despuntaba. Hacía días que llovía a cántaros, lo bastante como para emitir alertas de riadas y al mismo tiempo alentar la construcción de arcas a diestro y siniestro. La buena noticia era que por fin estaba escampando. La mala noticia era que la fuerte tormenta, que había arreciado a lo largo de casi toda la noche, probablemente había borrado la mayor parte de las pistas que habrían podido ayudarles a localizar a una niña desaparecida.

Perros, pensó. Esta tarea exigía algo más que meros hombres; necesitaban perros.

A unos quince metros vio a uno de sus detectives, Kevin Santos, asomado al borde de la carretera. Pese a que aún no era invierno, Kevin llevaba puesto su chaquetón más grueso; tenía una mano metida en un bolsillo y en la otra un café con leche de tamaño grande de Dunkin’ Donuts. Wyatt fue a su encuentro.

—¿No tendrás por casualidad otro? —Señaló hacia el café.

Kevin enarcó una ceja. Era diez años menor que Wyatt y tenía una memoria casi enciclopédica que le había hecho ganarse un apodo: el Cerebro. En ese momento hizo gala una vez más de su valía.

—He comprado cuatro. En situaciones como esta todo café es poco.

Hizo un gesto hacia el capó de su vehículo, donde, cómo no, estaba posada una bandeja de cartón con tres vasos de café. Wyatt no preguntó dos veces.

—¿Me pones al día? —dijo cuando empezó a entrar en calor con el segundo trago.

Kevin señaló hacia delante, o en realidad hacia abajo, pues el arcén daba paso a un barranco de bastante envergadura. No demasiado poblado de árboles, tan solo arbustos, troncos desplomados, peñascos y otros residuos propios de zonas boscosas, que, a unos treinta o sesenta metros de profundidad, parecían dar paso a lo que normalmente era un riachuelo espumoso, pero que, esa mañana, gracias a la prodigalidad de la madre naturaleza, se había convertido en un poderoso torrente.

Justo delante del riachuelo/torrente, Wyatt a duras penas vislumbró el maletero de un todoterreno oscuro inclinado en un curioso ángulo, con la puerta del maletero abierta de par en par.

—Un Audi Q5 —informó Kevin.

Wyatt, debidamente impresionado, arqueó una ceja. Un coche de alta gama recién salido al mercado. Ya con eso extrajo numerosos datos, ninguno de los cuales le despertaba un especial interés. En los viejos tiempos podías contar con que las personas que conducían bajo los efectos del alcohol o las drogas eran hombres entrados en años o chavales descerebrados. Ahora por lo visto eran supermamás pudientes que iban hasta arriba de distintos medicamentos con receta y que lo negaban tajantemente. En otras palabras, del tipo de las que no se doblegaban sin oponer resistencia.

—Al parecer el vehículo se ha salido de la carretera justo por aquí —explicó Kevin, señalando hacia el suelo con el café en la mano.

Wyatt bajó la vista. Efectivamente, justo donde la calzada daba paso al barrizal, se apreciaban claramente huellas de neumáticos parcialmente borradas por la lluvia, pero lo bastante profundas como para quedar visibles.

—Da la impresión de que ha caído en picado —murmuró Wyatt, observando el destino final del Q5.

—La hipótesis que se baraja es que se saltó la curva.

Esta vez, Kevin señaló hacia la carretera, donde el piso se curvaba hacia la izquierda, mientras que el Audi claramente había girado a la derecha.

—Seguramente ya había perdido el rumbo —dijo Wyatt, volviéndose para observar el ángulo de la calzada detrás de él e inspeccionar de nuevo la zona de delante—. Si no, el coche habría avanzado más antes de salirse.

—Igual ya se había dormido. O había perdido el conocimiento. Algo así. Todd controla estos casos de embriaguez.

Wyatt asintió. El agente Todd Reynes era un curtido policía que había pasado tiempo en la unidad de operaciones del Programa de Formación Contra el Consumo de Estupefacientes. Tenía olfato para los conductores borrachos, solía decir que podía localizarlos a kilómetros de distancia. También era un jugador de hockey extraordinario. Dos valiosas habilidades en las montañas de New Hampshire.

—Todd ha comentado que nunca había olido a nadie en semejante estado. La conductora debía de llevar en el vehículo un recipiente abierto que se hizo añicos en el impacto, porque llevaba la ropa empapada en whisky.

—¿Whisky?

—De hecho, resulta que era escocés de malta: Glenlivet. De dieciocho años. Del bueno. Pero estoy haciendo trampa: he visto los restos de la botella.

Wyatt hizo un gesto con los ojos.

—De modo que nuestra conductora bebe un poco de whisky escocés, se le derrama otro tanto y se sale en la curva. Puede que estuviera demasiado borracha para verla. Puede que estuviera traspuesta. En cualquier caso, sale despedida al vacío.

—Eso parece. —El equipo técnico de reconstrucción de accidentes de tráfico, por supuesto, se ocuparía de ello. Examinaría la escena con una estación total, un aparato muy similar a los usados en topografía que utilizan las cuadrillas de mantenimiento de caminos para determinar ángulos, trayectorias, el punto A y el punto B. Después el ordenador proporcionaría una guía completa del qué, del dónde, del porqué y del cómo. Por ejemplo, un conductor inconsciente se habría podido salir de la calzada a bajas revoluciones por minuto o incluso a ninguna, con el pie apartado del acelerador, mientras que alguien conduciendo de manera errática, derrapando un momento, pisando a fondo el freno al siguiente, dejaría otras evidencias diferentes a su paso. Tanto Wyatt como Kevin eran miembros cualificados del equipo de reconstrucción de accidentes de tráfico. Lo habían hecho antes. Lo harían de nuevo.

No obstante, ese no era el cometido de esa mañana. Esa mañana, junto a docenas de agentes uniformados locales, del condado y del estado, se arremolinaban en el frío y embarrado escenario del accidente con un objetivo en mente: localizar a una niña desaparecida.

—Bien —dijo Wyatt en tono enérgico—, suponiendo que el vehículo hubiera salido despedido de la carretera aquí hasta ir a parar allí…

—Los agentes de la primera patrulla iniciaron la búsqueda en un radio de quince metros alrededor del vehículo. Ahora, como es lógico, estamos rastreando barranco arriba hasta la carretera. El terreno es escarpado, pero no demasiado denso, y, sin embargo, como puedes comprobar…

Desde ese emplazamiento elevado prácticamente tenían una vista aérea. Por descontado, unas horas antes, en plena noche, en medio de una tormenta, debía de haber sido un revoltijo oscuro. En cambio, ahora —Wyatt miró la hora—, a las siete y veinticinco de la mañana, con el alba despuntando y la húmeda y gris luz del día ocupando el emplazamiento cubierto de barro y arbustos…

Podían realizar un reconocimiento visual de una parte significativa del barranco sin necesidad de dar un solo paso. Y dondequiera que Wyatt mirara…, no veía nada salvo barro.

—Perros —dijo.

Kevin sonrió.

—Ya los he llamado.

Salieron de la calzada y comenzaron a descender por el lodazal.

—¿Qué sabemos de la niña? —preguntó Wyatt mientras bajaban trabajosamente hacia el siniestro. El barro aún estaba muy blando y dificultaba el descenso. Mantenía la vista clavada en el suelo, en parte para evitar descalabrarse y en parte para evitar destruir cualquier cosa que pudiera resultar de utilidad. Se le derramó café por el agujerito de la tapa del vaso y se deslizó por su mano. Lástima desperdiciar una bebida tan imprescindible.

—Nada.

—¿Cómo que nada? ¿Cómo es posible?

—La conductora estaba enajenada. El alcohol, las heridas, a saber. Todd dice que pasó de la conmoción más absoluta a prácticamente la histeria en cuestión de segundos. Los técnicos de emergencias sanitarias finalmente la inmovilizaron y se la llevaron antes de que alguien resultara herido.

—Pero ¿mencionó a una hija?

—Vero. Que no podía encontrarla. Que solo era una niña. Que por favor la socorriesen.

Wyatt frunció el ceño; le daba mala espina.

—¿Edad aproximada?

—No hemos encontrado ni sillitas portabebés ni elevadores en el asiento trasero del vehículo. Tampoco se había activado el airbag del asiento del pasajero. En resumidas cuentas, hablamos de una niña demasiado mayor para llevar asiento de seguridad, pero demasiado pequeña para poder viajar en el asiento delantero.

—De modo que es probable que ronde entre los nueve y trece años. Lo que viene a llamarse preadolescente.

—Seguramente sepas más de eso que yo, amigo.

Wyatt puso los ojos en blanco, no mordió el anzuelo.

—¿Algún rastro de sangre? —preguntó.

—Por favor. El interior del vehículo parece un matadero. La conductora presentaba diversos cortes de antes o después del accidente, quién sabe. Pero tras conseguir salir del amasijo y arrastrarse sobre los trozos de cristal hasta la parte trasera del vehículo…, es un milagro que le quedaran fuerzas para remontar el barranco y, ni que decir tiene, para dar el alto a un conductor que pasaba…

—¿Remontar el barranco? —Wyatt se detuvo.

Kevin hizo lo propio. Ambos levantaron la vista hacia la calzada, que ya quedaba muy por encima de ellos.

—¿Cómo si no iban a encontrarla? —preguntó Kevin con tono indulgente—. Nadie repararía en un coche estrellado en un barranco en plena noche. Qué demonios, si tú y yo apenas podíamos distinguir el vehículo a la luz del día asomados desde arriba.

—Mierda —masculló Wyatt, porque… Bueno, porque era un hombre sano y fuerte, con una condición física razonablemente buena, le gustaba pensar, y no solo porque fuera un policía, sino porque su otra pasión era la carpintería y no había nada como pasar unas horas a la semana con un martillo para mantener los bíceps y los tríceps macizos. Pero, a pesar de todo eso, le estaba costando lo suyo descender por el barranco abriéndose paso en el pegajoso barro y a la vez lidiando con los densos arbustos espinosos. No podía imaginar lo que supondría remontar todo ese trecho, y mucho menos lloviendo a mares, y mucho menos al acabar de sobrevivir a lo que a todas luces era un grave accidente.

—Paró a un hombre llamado Daniel Ledo —continuó Kevin—. El tipo comentó que ella no abrió la boca. Es veterano del ejército, pasó un tiempo en Corea. Según él, parecía conmocionada como si literalmente sufriera neurosis de guerra. En realidad no reaccionó hasta que los sanitarios la metieron en la ambulancia. Entonces vio a Todd y…, pum, empezó dale que te pego con esa niña, Vero, que no encontraba a Vero, que había que ayudar a Vero…

—Que no encontraba a Vero parece dar a entender que la había estado buscando.

—Claro —convino Kevin.

—Abriéndose paso entre el barro y el lodo. Por eso se las ingenió para salir del coche. Por eso consiguió subir hasta la carretera. Porque intentaba buscar ayuda para encontrar a su hija.

—Es muy posible.

—¿Y…?

—Todavía no tenemos nada. Después de dos horas de intensa búsqueda por parte de una docena de agentes uniformados, sin olvidar a los colegas de Pesca y Caza, más cualificados si cabe. He llegado treinta minutos antes que tú, Wyatt. Los chicos ya se habían desplazado aquí, estaban metidos en faena. Comenzaron rastreando un radio de quince metros alrededor del siniestro. Ahora están trabajando en un radio de siete kilómetros. De momento no tengo nada que objetar a nuestra búsqueda.

Wyatt entendió lo que su detective le trataba de decir. Debería ser fácil recuperar un cuerpo que había salido despedido del vehículo. Una niña asustada acurrucada para pasar la noche, a la espera de ayuda, debería haber respondido a las insistentes llamadas. Con lo cual les quedaba…

Wyatt se quedó mirando la maraña de matorrales entre los que una cría herida y desorientada podía pasar horas vagando. Miró al frente, hacia el antiguo riachuelo, que discurría ahora rápido y caudaloso y que podría arrastrar un cuerpo inconsciente.

—Perros —repitió.

Avanzaron hacia el coche.

El Audi Q5 Premium debía de haber sido una preciosidad: pintura exterior gris marengo con acabado negro y plata a partes iguales. Interior en dos tonalidades, con asientos de piel gris plateado, detalles negro azabache y acabados en cromo. Uno de esos vehículos diseñados para llenarlo hasta arriba con la compra del supermercado, transportar a medio equipo de fútbol además de al perro y lucir de maravilla mientras hacía todo eso.

Ahora yacía, con la parte trasera hacia arriba, el morro totalmente hundido en el lodazal y la puerta del maletero abierta de par en par. Parecía un reluciente misil urbano que se había desviado de su trayectoria y había quedado atrapado en el boscoso New Hampshire.

—Llantas de veinte pulgadas con acabados de titanio —dijo Kevin entre dientes en un tono a medio camino entre el asombro y el anhelo—. Volante deportivo. Transmisión automática Tiptronic de ocho velocidades. Esta es la versión 3.0, o sea, que tiene un motor de seis litros que puede pasar de cero a cien kilómetros en menos de seis segundos. ¡Toda esa potencia y además con cabida para llevar los palos de golf!

Wyatt no compartía la afición de Kevin por los automóviles o las estadísticas.

—Pero ¿tiene tracción en las cuatro ruedas? —Era lo único que le interesaba saber.

—Viene de serie en todos los Audis.

—¿Y control de estabilidad? ¿Sistema antibloqueo de frenos? ¿Cualquier cosa que hubiera podido ayudar a un conductor en una noche lluviosa?

—Claro. Por no mencionar los faros delanteros de xenón, las luces traseras de tecnología LED y media docena de airbags.

—O sea, ¿que el vehículo debería haber respondido bien en una noche oscura y tormentosa?

—Desde luego, a menos que se produjera inesperadamente algún fallo mecánico o electrónico…

Wyatt resopló; no le extrañaba. En los tiempos que corrían los coches eran, más que un medio de transporte, un ordenador sobre ruedas. Y un Audi con una pinta tan sofisticada…

Qué demonios, el coche estaba equipado con un montón de controles diseñados para su propia seguridad, por no hablar de la seguridad del conductor. De modo que, para que hubiera acabado en esas condiciones…

La mejor manera de reconstruir un accidente era hacia atrás, o sea, comenzando por el final —el siniestro— y retrocediendo para determinar la causa: el frenazo que no se dio o el derrape que provocó el volantazo hacia el quitamiedos. En este caso, daba la impresión de que el vehículo había caído en un ángulo de cuarenta y cinco grados, de morro, por así decir, a consecuencia de lo cual el daño se había distribuido de un extremo al otro: el capó abollado, las lunas frontales y laterales hechas añicos y otros destrozos propios de un tremendo impacto frontal.

No apreció indicios de desconchones ni arañazos en la pintura de los laterales, lo cual significaba que el Audi no había rodado por la pendiente entre la maraña de arbustos, sino que más bien se había precipitado al vacío. A suficiente velocidad, por lo tanto, para la típica caída en picado al abismo. En un ángulo de ciento ochenta grados, al menos según su cálculo a ojo; la medición con la estación total sin duda les aportaría más datos. Sin embargo, daba la impresión de que el vehículo se había salido de la carretera en el punto donde habían estado tomando café y había volado un breve instante hasta tocar tierra abruptamente, estampándose de morro en el lodazal.

Primera pregunta: ¿por qué se había salido de la carretera el vehículo? ¿Por un fallo de la conductora, especialmente dado su aparente estado de embriaguez, o por otro motivo? Segunda pregunta: ¿a qué velocidad y a cuántas revoluciones? En otras palabras, ¿la mujer se había precipitado al barranco, a todo trapo, con un propósito, o el vehículo había acabado cayendo al vacío y la conductora había recuperado el conocimiento demasiado tarde para intentar nada?

Buenas noticias para Wyatt. Todos esos modernos ordenadores con ruedas estaban equipados con sistemas de registro de datos electrónicos que grababan los instantes finales de un coche de manera similar a las pequeñas cajas negras de los aviones. El departamento del sheriff del condado no gozaba de la suficiente consideración como para dotarlo de su propio sistema de recuperación de datos, pero las autoridades estatales descargarían los datos del coche en su ordenador y…, tatatachán, encontrarían respuestas a muchas de sus preguntas.

De momento, Wyatt siguió enfrascado en la tarea que tenía entre manos. La desaparición de una niña cuya edad oscilaba entre los nueve y trece años.

A esas alturas había huellas alrededor del siniestro, pero, en vista de la cantidad y el tamaño, Wyatt enseguida dedujo que pertenecían a los primeros servicios de emergencia que se habían aproximado en busca de la niña más que a los ocupantes del vehículo que habían salido por la puerta del pasajero. Solo para cerciorarse, Wyatt se puso un guante de látex, dio un paso al frente e intentó tirar de la puerta. Como era de esperar, estaba atascada. Comprobó la del asiento trasero y tampoco cedía; la fuerza del impacto había combado demasiado los marcos como para que las puertas funcionaran.

Con lo cual le quedaba la puerta del maletero, abierta. Se dirigió hacia allí e inspeccionó el suelo buscando más huellas. Prácticamente solo vio pisadas de botas que encajaban con las que llevaban la mayoría de los agentes de las fuerzas de seguridad.

—¿Inspeccionan primero el suelo? —preguntó a Kevin—. ¿Todd o alguien del equipo de primera intervención ha comprobado las huellas?

—Todd dijo que enfocó con la linterna. Dadas las circunstancias, no vio nada. Pero, a pesar de no hallar huellas, se figuró que la conductora debió de salir del Audi por la parte trasera; es la única puerta que funciona.

—Así que, suponiendo que la niña estuviera consciente, no tuvo más remedio que haber salido también por aquí —apostilló Wyatt—. Me pregunto… La madre probablemente se diera cuenta de que acababa de tener un accidente, ¿no? Recobró el conocimiento, buscó a su hija, le invadió el pánico al no localizarla y a continuación emprendió su heroica marcha en busca de ayuda. Pero tal vez, teniendo en cuenta su estado de embriaguez, la fuerza del impacto frontal…, tal vez la madre se quedara noqueada un rato. De hecho, tal vez no recuperara la consciencia hasta quince, veinte, treinta minutos después del siniestro. En ese intervalo, la hija intentó espabilarla, le entró el pánico porque no reaccionaba y emprendió el rumbo sola.

Kevin no tenía respuestas. Al fin y al cabo, todo eran hipótesis, y el Cerebro prefería las estadísticas.

—¿Móvil? —preguntó Wyatt.

Ahí sí salió airoso Kevin.

—Hemos recuperado uno de debajo del salpicadero, registrado a nombre de la conductora. Eso es todo.

Wyatt sopesó la situación.

—¿Conoces a algún niño que no tenga móvil? —preguntó a Kevin.

—¿Yo? Estás dando por sentado que conozco niños.

—Tus sobrinas, sobrinos…

—Claro, todos tienen iPods, smartphones, lo que sea. En términos generales, lo más conveniente para nosotros es que tengan en las manos algún tipo de dispositivo electrónico; si no, podrían hablarnos.

—Entonces, suponiendo que la menor sea una niña de entre nueve y trece años, es probable que también tenga teléfono, en cuyo caso… —Buscó la mejor manera de expresarlo—. ¿Por qué no lo usó? ¿Por qué no se quedó dentro del coche sin más, donde al menos estaría más o menos resguardada de la lluvia, y llamó en busca de ayuda, para ella, para su madre, en vez de ponerse en marcha en una tormenta? ¿Hay cobertura?

Kevin asintió.

—El teléfono de la conductora indica que la compañía proveedora del servicio es Verizon. La misma que uso yo, y yo tengo cuatro barras.

—Entonces, queda descartado que no pudiera llamar. Pero a lo mejor…

Estaba tratando de analizarlo detenidamente, de ponerse en la piel de una niña asustada. Los críos podían ser resolutivos, más duros de lo que uno pensaba. Le constaba tanto por experiencia profesional como personal.

—La niña debió de sufrir una descarga de adrenalina que la empujara a luchar o huir —sugirió Kevin—. A lo mejor optó por huir.

—O a lo mejor también está herida. Con un golpe en la cabeza, desorientada. —Francamente, las posibilidades eran infinitas, lo cual le disgustaba. No podía evitar imaginarse a Sophie, de nueve años, que ya había pasado por un infierno, con su impenetrable mirada. En esa situación, ¿qué habría hecho ella? Dada su reputación, probablemente rescatar a su madre del asiento delantero y cargar con ella a rastras por el embarrado despeñadero con sus propias manos. Era de esa clase de crías.

Y no lo odiaba. Sencillamente no le sonreía. Ni le dirigía la palabra. Ni reconocía su existencia de ninguna manera significativa. Pero no pasaba nada. La batalla no había hecho más que empezar y él guardaba muchos ases en la manga. Quizá.

—Investiguemos si cabe la posibilidad de que haya un teléfono móvil —dijo Wyatt—. Ponte en contacto con la compañía a ver si hay otros nombres abonados, ya sabes, un plan familiar o algo así. Porque si tiene teléfono…

—Podemos rastrearlo —apostilló Kevin.

—Y donde hay un móvil…

—Hay un adolescente pegado a él.

—Exacto.

Contento de haber aportado algo de provecho, Wyatt continuó realizando un reconocimiento superficial del siniestro. Se acercó a la puerta del conductor, cuyo cristal, totalmente resquebrajado, se había hecho añicos en el suelo. Tal vez al ser golpeado por el codo de la conductora desde el interior. O tal vez lo aporreara con el puño en su desesperación por intentar escapar.

Escudriñó el interior. Como era habitual en la mayoría de las colisiones frontales, el salpicadero estaba dañado y la columna de dirección empotrada contra el asiento del conductor. Se fijó en que el cinturón de seguridad estaba enredado, lo cual indicaba que la conductora lo llevaba puesto en el momento del impacto y que se lo había quitado con el fin de escapar. A la conductora debía de haberle costado horrores zafarse de semejante maraña, pensó. Especialmente teniendo en cuenta sus posibles heridas: fracturas en el pie o en el tobillo por pisar a fondo el freno en un vano intento de evitar despeñarse, contusiones en las rodillas al chocar contra el salpicadero, o incluso magulladuras en el abdomen, costillas, hombros, del cinturón de seguridad. Había visto a conductores con las manos abrasadas al activarse el airbag, con los pulgares partidos por el volante, con el esternón aplastado contra la columna de dirección.

Y este accidente había sido de los graves. Le constaba por otra pista característica: la sangre. A raudales. El volante estaba manchado, el salpicadero embadurnado, estaba estampada en el respaldo del asiento plateado, en la parte superior de la puerta. La conductora había sangrado; probablemente se hubiera lacerado en varias partes en vista de los grandes trozos de cristal claro —de la botella de whisky— y fragmentos más pequeños de las lunas de seguridad tintadas. Distinguía huellas dactilares de sangre totalmente definidas donde obviamente la conductora había intentado hacer palanca agarrándose al salpicadero, al borde del asiento, a lo que fuera con tal de salir.

Se preguntaba si habría permanecido inconsciente en el transcurso del accidente, si habría perdido el conocimiento durante unos instantes mientras conducía y habría vuelto en sí ya destrozada a los pocos minutos. ¿O habría sido peor aún? ¿Habría recuperado la consciencia justo cuando el vehículo salía despedido por los aires? ¿Habría gritado? ¿Habría tratado desesperadamente de pisar el freno? ¿O se habría vuelto por instinto hacia su hija, como si a esas alturas pudiera reparar el terrible error que obviamente había cometido?

Wyatt tenía sus dudas. Puede que respetara el esfuerzo de la conductora por salir del coche siniestrado y arrastrarse a gatas hasta la carretera con el fin de buscar ayuda para su hija. Pero, de nuevo, ¿no era eso como respetar al pirómano por escapar del edificio en llamas?

Frunció el ceño y se fijó en la palanca de cambios, que curiosamente estaba en punto muerto. Volvió la vista hacia Kevin.

—¿Ha estado alguien dentro del coche?

—No.

—¿Han apagado el motor?

—Qué va, se habrá ahogado. No sé. Todd fue el primero en llegar al escenario. En cuanto se enteró de lo de la cría, nos centramos en eso.

Wyatt asintió con la cabeza; proteger vidas siempre era prioritario.

—Está en punto muerto —comentó.

Le tocaba pensar a Kevin.

—¿Y si la palanca de cambios recibió un golpe? Durante el impacto reciben sacudidas montones de cosas: objetos sueltos, bolsos, codos. O puede que la conductora, mientras se retorcía para salir, lo golpeara sin querer y lo dejase en punto muerto.

—Puede. —Wyatt se enderezó, no del todo convencido, pero no era el momento. Más tarde, una vez que la grúa remolcara el vehículo del emplazamiento, cuando retiraran concienzudamente todas las puertas y los asientos y los enviaran al laboratorio estatal para analizarlos, se ocuparían de ello. La posición del asiento del conductor. Los espejos. Huella de la mano derecha aquí; huella de la mano izquierda allí, por no mencionar el análisis de la estación total así como los datos recuperados con el sistema de registro electrónico. Un accidente de ese calibre no se reconstruía en cuestión de horas, sino de días, e incluso semanas.

No obstante, lo harían. Rigurosamente. Meticulosamente. Para que el mundo entero supiera lo que una madre hasta arriba de Glenlivet se había hecho a sí misma y a su hija una oscura noche de tormenta.

Justo en ese momento, Wyatt oyó ladridos procedentes de la carretera. Había llegado la unidad canina.

Se enderezó, se apartó del vehículo y miró la hora.

Las ocho y veintidós de la mañana. Habían pasado aproximadamente tres horas y quince minutos desde el aviso; todavía tenían que investigar un accidente y, por encima de todo, encontrar a una niña.

Al final, concluyó, todos los caminos conducen a Roma. De vuelta desde el embarrado barranco al sinuoso y grisáceo tramo de carretera donde había comenzado esta tragedia y donde ahora esperaba el perro rastreador.

Kevin y él emprendieron la subida.

3

Mira, mamá! ¡Mira! Puedo volar.

Echa a correr, con los brazos extendidos a los lados, emitiendo con su preciosa boquita los sonidos propios de un avión. Contemplo con admiración su larga melena oscura ondeando, al tiempo que corretea con sus piernecillas por el reducido espacio.

Me pregunto si yo tenía tanta energía a su edad. O tanto valor, mientras la contemplo salvar un obstáculo y sortear con suma destreza el siguiente.

Creo que en algún punto en el fondo de mi mente ya sé la respuesta a esta pregunta y será mejor no remover el tema.

Disfruta de este momento. Vero, con cuatro años, aprendiendo a volar.

Se ríe tontamente y acelera, con más ímpetu. Y el sonido de su alegría alivia la congoja de mi pecho. Dobla una esquina, rodea el andrajoso sofá marrón —el relleno asoma por un desgarrón, alguien debería arreglarlo, ¿debería arreglarlo yo?— y le veo la cara, los rosetones de sus mejillas regordetas, el brillo de sus ojos grises bajo las tupidas pestañas, mientras apunta directamente a su objetivo y viene derecha hacia mí.

—¡Mami! Puedo volar, puedo volar, puedo volar.

Te quiero, pienso. Pero no lo digo. No me salen las palabras. Me quedo ahí de pie, apuntalada para recibir el impacto mientras se lanza hacia mí como un bólido.

No corras tanto. Tranquila. Es casi como si yo supiera lo que va a ocurrir a continuación.

En el último segundo, tropieza con su piececillo contra la pata de la mesa de centro y, por un momento, realmente está volando, con el cuerpo estirado, las manos y los pies sacudiéndose en el vacío.

Los ojos de Vero, abiertos como platos.

Su boca, formando una «O» de asombro perfecta.

—¡Mami! —exclama a voz en grito.

Chsss, trato de susurrar. No hagas ruido. Que no te oiga.

Aterriza con un golpe. Zas. Crac.

Entonces empieza de verdad el llanto.

Chsss, trato de susurrar de nuevo.

Mientras esos ojos grises se llenan de lágrimas, se clavan en los míos.

El bramido de un hombre desde el dormitorio del apartamento. A continuación, pasos, sonoros y de mal augurio.

—Mami, puedo volar —dice Vero, y ha dejado de llorar. Me comunica un hecho.

Lo sé, quiero decirle. Lo entiendo.

Ojalá pudiera alargar la mano, tocarle el pelo, acariciarle la mejilla.

En vez de eso, cierro los ojos, porque en algún punto en el fondo de mi mente sé lo que va a ocurrir a continuación.

Me despierto con pitidos de máquinas. Luces brillantes, lo bastante potentes como para deslumbrarme. Hago una mueca en un acto reflejo, giro la cabeza y al instante desearía no haberlo hecho, pues un nuevo dolor me estalla en la frente.

Estoy en la cama de un hospital. Tendida boca arriba, con las manos a los lados, atrapadas bajo ásperas sábanas blancas cubiertas con una fina manta azul. Examino las barras metálicas de ambos lados de la cama y a continuación los cables que salen de un accesorio en mi dedo y que conectan con todo tipo de monitores. Tengo la boca seca, la garganta reseca. Gemiría, pero no tengo ganas de hacer el esfuerzo.

Me duele… todo. De la cabeza a la punta de los pies, de las rodillas a los codos. Lo primero que pienso es que debo de haberme caído de un edificio de veinte plantas y haberme roto hasta el último hueso debido al impacto. Lo segundo que pienso es: ¿por qué se han molestado en recomponerme? Si por fin hice acopio de valor para saltar, ¿no podían haberme dejado en paz?

Entonces lo veo, con la cabeza caída hacia delante, sentado en la silla que hay a los pies de mi cama.

Se me encoge el corazón. Pienso: te quiero.

Me estalla la cabeza. Pienso: ¡aléjate de mí, joder!

Y acto seguido: ¿cómo demonios se llama?

El hombre tiene el rostro curtido, surcado de arrugas por la preocupación y el estrés, aun estando dormido. No obstante, le da un aire de haber vivido bastante atractivo. Más cerca de los cuarenta y pocos que de los treinta y largos, pelo oscuro entreverado con algún que otro mechón canoso, el cuerpo aún fibroso a pesar del paso de los años. Me gusta ese cuerpo; lo sé a ciencia cierta.

Y, sin embargo, no quiero que se despierte. Más que nada, ojalá no me hubiera encontrado aquí.

«Mami, puedo volar», susurra Vero en el fondo de mi mente.

Pienso en ese chascarrillo de los pilotos: lo difícil no es volar, sino aterrizar.

El hombre abre los ojos.

No me extraña que sean castaños, sombríos y de mirada penetrante.

—¿Nicky? —susurra, al tiempo que extiende los brazos, con el cuerpo totalmente alerta.

—¿Vero? —pregunto con voz ronca—. Por favor… ¿Dónde está Vero?

El hombre no responde. Se hunde en el asiento; mis primeras palabras lo desarman. Se lleva la mano a los ojos, tal vez para que yo no perciba las respuestas que ahí acechan.

Entonces este hombre al que amo, este hombre al que odio —¿cómo demonios se llama?— dice con un fuerte suspiro:

—Oh, cariño. Otra vez no.

4

Se llama Annie. Es buena chica. Tiene cuatro años, es un pelín bravucona, pero tiene instinto. No va a encontrar a otra que trabaje como ella; eso garantizado.

El adiestrador, Don Frechette, alargó la mano para acariciar cariñosamente a su perra detrás de las orejas. Annie, una vivaracha labradora de pelaje amarillento, respondió moviendo la cola con tanto ahínco que a punto estuvo de azotarse su propio hocico.

A Wyatt le gustaban los perros. En el último caso sin resolver en el que había trabajado, el perro rastreador de cadáveres encontró un hueso de cincuenta años en el lecho de un arroyo seco. El hueso parecía una ramita seca y olía a cieno. Uno de los agentes más jóvenes hizo amago de desecharlo cuando la antropóloga forense que lo acompañaba lo agarró del brazo. «¿Esta reliquia? —preguntó el agente—. Pero si no es más que un palo».

A la antropóloga forense le pareció gracioso. Más tarde le confesaría a Wyatt que la historia le había resultado además increíble. Hacía tiempo que el hueso había perdido todo resto de materia orgánica, explicó. ¿Qué pudo oler el perro? Pero los perros saben lo que se hacen, reflexionó. Nada de dispositivos de última generación de localización por GPS ni análisis forenses; cada vez que hacía un trabajo de campo, lo único que ella necesitaba era el olfato de un perro.

Tessa había mostrado interés en tener un perro. Tal vez podría acompañarlas a ella y a Sophie a comprar un cachorro ese fin de semana. O ir a la perrera municipal para llevar a casa a un nuevo miembro de la familia. Seguramente con eso se apuntaría unos tantos con la cría.

¿O sería ponerle demasiado empeño? Tessa le había dejado muy claro que lo peor que podía hacer era ponerle demasiado empeño.

No era que Sophie lo odiara, se recordó para sus adentros. Quizá.

—¿Y el tiempo? —preguntó a Frechette, señalando hacia el fino chubasquero del hombre y luego al fino abrigo de la perra, teniendo en cuenta el frío que hacía a unos cinco grados.

—No hay problema. Entraremos en calor enseguida. No me importa el frío. Conserva el olor, lo mantiene a un nivel bajo, más fácil para que la perra lo rastree. Y Annie se fatiga antes con calor. En una mañana como esta, de cielos despejados y bajas temperaturas, estará deseando ponerse manos a la obra. Bueno, ha dicho que se trata de un accidente de coche.

—Sí.

—¿Hay cristales?

—Bastantes, alrededor del vehículo.

—Entonces Annie va a necesitar sus botas. ¿Y el terreno?

—En su mayor parte barro, un torrente caudaloso. Hay algunos arbustos espinosos, el batiburrillo habitual de piedras y ramas caídas. El descenso es un poco complicado debido a la pendiente. Pero una vez que llegas al barranco… Realmente se camina bien. Es probable que los agentes de Pesca y Caza ya hayan llegado a Maine y estén de vuelta.

—¿Los de Pesca y Caza? ¿Quiénes están de servicio?

—Barbara y Peter.

—Ah, me caen bien. Buena gente. ¿Y han vuelto con las manos vacías?

—Todos hemos vuelto con las manos vacías. —A Wyatt no le extrañaba que el adiestrador de perros conociera a los agentes de Pesca y Caza. New Hampshire andaba sobrado de bosques y escaso de gente. Tarde o temprano, daba la sensación de que conocías a todo el mundo que te encontrabas y de que te encontrabas con todo el mundo que conocías.

—¿Necesita más información sobre la niña? —preguntó Kevin—. Creemos que ronda entre los nueve y trece años.

Frechette miró a Kevin con gesto burlón, y acto seguido bajó la vista hacia Annie, que prácticamente estaba dando brincos de anticipación.

—Eh, chica, ¿necesitas la descripción? ¿Tienes previsto llamar a la niña por su nombre? ¿O igual vas a usar tus ojos daltónicos para localizar un abrigo rosa?

Kevin se sonrojó.

—No necesitamos partes, detective. Lo único que necesitamos es el olfato de Annie. Confíe en mí, si ahí fuera hay una niña, Annie la rescatará.

Tras un cierto tira y afloja, acordaron una estrategia de búsqueda. Al haber estado con varios perros en distintas situaciones, Wyatt ya sabía que casi todos los adiestradores tenían su propio criterio sobre la mejor manera de proceder. Dado que la zona de búsqueda era relativamente reducida y que el olor estaría contaminado por las docenas de agentes que habían estado pululando por el escenario, Frechette quería abordarlo como un rastreo: que Annie comenzara por la parte trasera del coche, supuestamente la última ubicación de la niña, y ver si a partir de ahí podía seguir el rastro. Una estrategia más propia de un sabueso que de un labrador, confesó Frechette, pero confiaba a pies juntillas en las dotes de su chica. Su perra estaba entrenada; tenía instinto; encontraría a la niña desaparecida.

Un cachorrito de labrador de pelaje amarillento, pensó Wyatt. Con un lazo rojo alrededor del cuello. Toma, Sophie. Es para ti.

Lo más probable era que Sophie aceptara el cachorro y continuara mirándolo con gesto impasible.

Wyatt estaba en apuros. Lo veía venir desde hacía seis meses. No solo se había quedado prendado de una mujer increíble, Tessa Leoni; también se había quedado prendado de su hija. Y, mientras que a los veinte años lo único importante al salir con alguien era caer bien a los suegros, a los cuarenta lo único importante era ganarse a sus hijos. En ese sentido, Sophie, de nueve años, estaba resultando ser un hueso duro de roer.

No es que lo odiara. Quizá.

Se dirigieron al barranco.

Los demás agentes se estaban retirando a petición del adiestrador. Wyatt había comunicado la orden por radio. Le costó dar la orden, replegar a los investigadores de carne y hueso para reemplazarlos por un can. Pero, por regla general, el valor de un perro equivalía al de ciento cincuenta voluntarios. O sea, que Annie era la mayor baza con la que contaban y, para que hiciera su trabajo, era necesario apartar de su camino a todos los agentes y sus respectivos matices de olores.

Ya se habían cruzado con algunos agentes estatales y locales que subían mientras ellos bajaban. Barbara y Peter, de Pesca y Caza, se pararon para acariciarle el hocico a Annie. Como todavía no le habían dado la orden con la tarea, Annie respondió esponjándose alegremente.

Todos los miembros del equipo de búsqueda parecían cansados, pensó Wyatt, pero no desanimados. Aunque la búsqueda no había durado lo suficiente como para considerarla un fracaso, tras el intervalo de cuatro horas comenzaba a resultar preocupante. ¿Qué distancia podría haber recorrido realmente una niña a altas horas de la madrugada? ¿Y por qué no había retrocedido al oír sus voces?

Habían pasado de una búsqueda sencilla a un terreno más preocupante. Estos agentes, especialmente Barbara y Peter, tenían sobrada experiencia para saberlo.

Llegaron al Audi siniestrado. Frechette dio un suave silbido al observarlo.

—Caramba, hablamos de una caída en picado. Es como si el trasto se hubiera despeñado por un precipicio o algo así.

Wyatt no hizo ningún comentario. Sin los resultados de la estación total no estaba seguro del «o algo así».

Annie también observó el siniestro y emitió un aullido desde el fondo de su garganta. Había dejado de moverse de un lado a otro y tenía la mirada clavada en su adiestrador. Estaba lista, pensó Wyatt. Con el instinto infalible de un perro, entendía que había llegado el momento de trabajar.

Frechette le ordenó a la perra que permaneciera quieta. Ella volvió a aullar, pero obedeció. El adiestrador caminó por el escenario, fijándose en los cristales rotos, en las manchas de sangre, en los trozos de metal retorcidos. Wyatt se dio cuenta de que estaba atento a su perra, pues era su trabajo.

El adiestrador rodeó el coche y se asomó por la ventanilla del asiento trasero.

—¿Creen que la niña iba sentada aquí?

—Eso suponemos —respondió Kevin.

—Está limpio —comentó Frechette.

Wyatt frunció el ceño.

—¿A qué se refiere?

—A ver, la mayoría llevamos un montón de porquería en los coches. Algo de abrigo para esta época del año, tentempiés, botellas de agua, no sé. Correspondencia que todavía no hemos llevado a casa, correas de perros, cachivaches de todo tipo. Por lo menos yo llevo en mi coche casi todos esos chismes. Seguro que ustedes también.

Wyatt no pudo negarlo. Se acercó un poco más. En el primer reconocimiento se había centrado en los daños producidos en el morro. Esta vez vio a lo que se refería Frechette. En el suelo de la parte trasera del vehículo había trozos de cristal, la mayoría posiblemente de la botella de whisky o que se habían desplazado al arrastrarse la conductora desde la parte delantera. Pero, efectivamente, los típicos desperdicios de la vida cotidiana, como vasos de café usados, botellas de agua, tentempiés para la niña, iPad para entretenerse en el coche… Nada. Ni en los asientos traseros ni en la zona del maletero había absolutamente nada.

Por lo visto, lo único que la conductora consideraba necesario para un trayecto en coche era una botella de Glenlivet.

—¿Supone un problema? —preguntó Wyatt al adiestrador.

—Ni mucho menos. En realidad son buenas noticias. Me preocupaba que en la parte trasera pudiera haber más cristales, que Annie pudiera lastimarse las patas. Tal y como yo lo veo, podemos meterla en el maletero, que salte a los asientos traseros y se meta en faena. ¡Eh, Annie!

La obediente labradora, que seguía sentada junto a Kevin, aulló a modo de respuesta.

—¿Quieres trabajar?

Un ladrido entusiasta.

—Está bien, bonita. Vamos a trabajar. ¡Ven, Annie! ¡Ven!

La perra salió disparada a su encuentro como una bala amarilla, deteniéndose lo justo para atender al gesto de su adiestrador, a la espera de la siguiente orden.

—¡Arriba!

Saltó al maletero.

—¡Vamos!

Se quedó en el asiento trasero sin olfatear, sin explorar, con sus grandes ojos castaños clavados en la cara de Frechette.

—Vale, Annie —dijo en voz alta Frechette desde la puerta del maletero—. El asunto es este: ha desaparecido una niña y vas a rastrear su pista. Busca, ¿entendido?

A Wyatt le pareció una modalidad de entrenamiento canino bastante informal, pero ¿él qué iba a saber? Desde luego, daba la impresión de que Annie, con las orejas levantadas y totalmente en guardia, lo entendía.

—¡Busca el rastro!

La perra agachó la cabeza y se puso a olisquear el asiento, la manija de la puerta, la ventanilla. Tenía los labios ligeramente retraídos, como si estuviera no solo aspirando el olor por la nariz, sino saboreándolo por la boca.

—¡Busca, Annie! ¡Busca!

La perra aulló y se puso a trabajar en los asientos traseros siguiendo su propio diseño reticular de atrás hacia delante, de atrás hacia delante. Estaba rastreando, no cabía duda de ello: ya no prestaba atención al adiestrador, sino que estaba concentrada al cien por cien en captar el olor.

Retrocedió. Se desplazó de la parte posterior del asiento del pasajero a la parte posterior del asiento del conductor. Más olfateo ansioso, otro leve aullido. Realizó un reconocimiento a fondo de ambas puertas traseras, de arriba abajo, de lado a lado. Tras realizar una exploración preliminar con la pata saltó del asiento al suelo, cubierto de cristales.

Wyatt se alegró de que llevara botas caninas. Si no, no habría tenido más remedio que apartar la vista.

Más aullidos, zozobra, angustia. Después Annie volvió a los asientos, de lado a lado, de atrás hacia delante. A continuación, saltó con un grácil brinco al maletero y se puso a trabajar diligentemente en ese espacio milímetro a milímetro.

Algunos perros se tumban para indicar que han percibido un olor. Otros ladran. Wyatt no estaba seguro de los matices, pero, a juzgar por lo que sabía, Annie todavía no había tenido suerte. Y se estaba cabreando.

La perra miró a Frechette y, con patente frustración, aulló de nuevo.

—¡Busca! —repitió él.

La perra agachó la cabeza y retomó la faena. Saltó del maletero a los asientos traseros. Después, tras otros pocos minutos de exploración a fondo, retrocedió hacia el centro de la parte delantera. Olfateó, hizo una pausa y volvió a olfatear.

Luego, apostada hacia delante, se agazapó sobre la consola central revestida de cristal con movimientos lentos y cautelosos. Wyatt reparó en que estaba familiarizada con el cristal. O al menos tenía suficiente experiencia como para proceder con precaución. Siguió olisqueando sobre el cristal. Y en ese momento…

Guau.

Se desplazó hacia el centro de los asientos delanteros. Volvió a ladrar. Saltó por encima de los asientos hasta el maletero. Ladró otra vez, levantó la cola y volvió a mirar a Frechette al correr hacia el parachoques trasero, con el cuerpo totalmente en guardia.

Frechette captó el mensaje.

—¡Busca, Annie! ¡Busca!

Salió disparada del coche, con un pelín de exceso de entusiasmo, y tuvo que retroceder para recuperar el rastro. Pero en cuestión de minutos siguió la pista, con la cabeza gacha, avanzando lozana y con brío por el terreno al tiempo que brincaba de un lado a otro, de un arbusto a otro. Emprendió el ascenso por el barranco; ellos fueron a la zaga.

Al seguir los pasos de la perra, Wyatt empezó a reparar en cosas que le habían pasado desapercibidas. La forma en la que se había partido la rama de un arbusto en concreto; en otro había un largo mechón de pelo oscuro enganchado entre dos hojas. Alguien había pasado por allí y, a juzgar por el aspecto reciente de la rama partida, hacía muy poco.

El rastreo nunca era totalmente lineal. Se mantuvieron a tres metros de Annie, dejándole espacio suficiente para trabajar; correteaba hacia delante, retrocedía despacio, salía disparada hacia la derecha y a continuación volvía a la izquierda. Puede que un perro más mayor y ducho hubiera aflojado el ritmo, mientras que Annie lo estaba dando todo en la búsqueda. Iba a localizar el objetivo contra viento y marea.

Fueron subiendo por el barranco poco a poco en zigzag, como si la primera persona no hubiera sabido qué camino tomar. Como si hubiera ido dando traspiés en la oscuridad.

Más pruebas: una piedra suelta, pisadas en la hierba, un jirón de tela. Wyatt colocó carteles identificativos en cada una para su posterior recogida. Tendrían que dibujar un mapa del itinerario, hacer un croquis y posteriormente recopilar todas las pruebas para examinarlas.

Cuando llevaban dos tercios de la pendiente, encontraron una roca manchada por un lado con una sustancia marrón rojiza. Wyatt concluyó que era sangre. Lo bastante densa como para que ni siquiera la lluvia hubiera podido borrarla. Hicieron una pausa mientras Annie olisqueaba en la base de la roca, aullando en tono ansioso. Entonces, la niña estaba herida. Quizá, tal y como habían barajado, hubiera recuperado el conocimiento antes que la madre y hubiese ido en busca de ayuda.

Una niña sola, de pie en un arcén en mitad de la noche…

Se quedaron callados. Annie siguió avanzando. Los tres hombres la siguieron en silencio.

Al llegar a la cima, Annie empezó a ladrar. A continuación salió como un rayo hacia la calzada, corriendo a toda velocidad hacia el frente, después a la derecha, a la izquierda, y seguidamente se puso a dar vueltas en un círculo de seis metros, casi desquiciada. Cruzó la carretera y regresó como una flecha. Volvió a bajar tres metros del barranco y subió trotando.

—¡Busca! —ordenó Frechette, al tiempo que fruncía el ceño a la perra que tenía a su cargo—. Les dije que era joven —murmuró, medio disculpándose, medio justificándose.

Annie no volvió a mirarlo. Continuó corriendo en círculos con creciente impotencia.

De repente, la perra se sentó. Miró fijamente a Frechette, ladró dos veces, agachó la cabeza y se tumbó en la calzada. Había perdido su simpatía y entusiasmo. De hecho, no miró a nadie en ningún momento.

—¿Qué significa eso? —preguntó Wyatt.

—Ha acabado. No solo ha perdido el rastro, sino que está saturada. Tendrá que descansar para poder volver a intentarlo. Denos treinta minutos.

Wyatt asintió al adiestrador, que dio un paso al frente para atender a su abatida perra.

—Los perros no se toman muy bien los fracasos —comentó Kevin.

—Ni yo. —Wyatt se dirigió al borde del barranco y escudriñó el sinuoso camino que acababan de recorrer. De modo que alguien…, ¿la niña desaparecida?, consiguió llegar hasta allí, y luego…

—Señor.

Al darse la vuelta, Wyatt se encontró al agente Todd Reynes.

—Todd —dijo a modo de saludo—. Me han comentado que fuiste el primero en intervenir. Gracias por tomar la iniciativa en la búsqueda de la niña desaparecida.

—No hay de qué. Señor, ese es el perro de búsqueda, ¿no?

—Sí. Se llama Annie. Nos comentan que es joven, pero ha hecho un buen trabajo siguiendo el rastro hasta aquí. Ahora, sin embargo, se nota que se siente un poco impotente.

—¿Ha perdido el rastro?

—Eso parece.

—Creo que sé el motivo.

Wyatt enarcó una ceja.

—Por supuesto, agente —dijo, para indicarle al hombre que se explicara.

—¿Ve esa señal de ahí?

Wyatt se volvió hacia el arcén. En efecto, a unos cinco metros más abajo había una señal de precaución amarilla advirtiendo de una curva cerrada.

—Cuando llegué al escenario, reparé en la señal de precaución porque Daniel Ledo, el hombre que realizó la llamada, estaba al lado, y justo ahí —Reynes señaló hacia Annie, que seguía tumbada, observando fijamente a su adiestrador con aire rebelde— se encontraba la ambulancia.

Wyatt se irguió.

—Estás diciendo…

—Ahí es donde los sanitarios colocaron a la conductora en la camilla.

Wyatt cerró los ojos. Ahora lo entendía. El olor que el perro había olfateado, el rastro que acababan de seguir barranco arriba. Al final no era el de la niña desaparecida, sino el de la conductora.

—Siempre cabe ese riesgo —dijo entre dientes—. Le puedes decir a la perra que rastree, pero no a quién.

Cruzó para darle la noticia a Frechette. Frechette repitió que, aunque su perra necesitaba un descanso, en veinte o treinta minutos podrían volver a intentarlo.

Lo cual hicieron. Dos veces, con los mismos resultados.

Según Annie, del vehículo emanaba un solo olor. Un olor que rastreó hasta la carretera. Hicieron que rodeara el lugar del accidente. La llevaron al caudaloso torrente.

Annie cada vez se mostraba más taciturna y huraña. Había cumplido su misión.

Un olor. Un rastro. Una persona que había desaparecido misteriosamente en medio de una carretera asfaltada.

Esa era la versión de Annie, y se ceñía a ella.

—Houston —anunció Wyatt poco después de las diez de la mañana—, tenemos un problema.

5

Con qué soñabas cuando eras pequeño? ¿De mayor querías ser astronauta, bailarina o quizá incluso un superhéroe con capa roja y la habilidad de saltar sobre edificios altos de un solo brinco? A lo mejor querías ser abogado como tu madre o bombero como tu padre. O tal vez no te identificabas en absoluto con tus padres y por lo general soñabas con largarte sin volver la vista atrás.

Pero soñabas.

Todo el mundo sueña. Los niños, las niñas, nacidos en un gueto o criados entre algodones. Todo el mundo aspira a ser alguien, a hacer algo.

Creo que debería tener sueños, pero, por más que lo intento, no los recuerdo.

La médica está en la habitación. Se encuentra junto a la puerta, hablando con el hombre que afirma ser mi marido. Tienen las cabezas juntas y hablan cuchicheando, como los enamorados, pienso, pero no sé por qué.

—¿Antes del accidente dormía mejor? —pregunta la médica.

—No, unas cuantas horas por la noche en el mejor de los casos.

—¿Y los dolores de cabeza?

—No ha mejorado. Ya no dice nada. Simplemente me la encuentro tumbada en el sofá con una bolsa de hielo sobre la frente.

—¿El ánimo?

El hombre suelta una áspera carcajada.

—Los días buenos, solo deprimida. Los días malos, no hay palabra para describirlo.

La médica asiente. Su placa identificativa reza: «DRA. SARE CELIK». Es guapa, de tez oscura y rasgos exóticos. Me pregunto de nuevo si tendrá una relación con mi marido.

—La labilidad emocional es un efecto secundario habitual del síndrome de posconmoción cerebral —explica—. A menudo resulta lo más difícil para los seres queridos. ¿Qué tal su memoria? ¿Ha mejorado a corto plazo?

—Cuando recuperó la consciencia, decía que no me reconocía en absoluto.

La doctora Celik enarca una ceja; finalmente parece sorprendida. Hojea una tabla que sujeta en la mano.

—Ni que decir tiene que mandé que le hicieran un TAC y, por supuesto, una resonancia magnética cuando ingresó. No apareció nada anómalo, pero, dado su historial de traumatismos cerebrales, voy a mandar que le hagan una revisión en las próximas veinticuatro horas. ¿Cómo reaccionó en esa situación? ¿Se alteró? ¿Se puso furiosa? ¿Lloró?

—Nada. Fue como… Afirmaba no saber que yo era su marido, y sin embargo la noticia no le sorprendió.

—Había bebido antes del accidente.

Mi marido se sonroja con aire culpable, como si en cierto modo fuera responsabilidad suya.

—Pensaba que me había deshecho de todas las botellas que había en la casa —masculla.

—Por favor, recuerde lo que le dije antes: el alcohol inhibe directamente la capacidad de recuperación del cerebro. Lo cual quiere decir que, para alguien en su estado, la mínima ingesta de cualquier bebida alcohólica es contraproducente para su recuperación.

—Lo sé.

—¿Ha sido este el primer accidente?

Él vacila y hasta yo sé que eso significa que no.

La doctora Celik lo observa con gesto serio.

—Hay un fuerte corolario entre las lesiones cerebrales y el consumo abusivo de alcohol, en especial en pacientes con historiales de dependencia. Y teniendo en cuenta que ha sufrido, no una, sino tres conmociones en cuestión de meses, su esposa es vulnerable. Incluso una mínima copa de vino le afectará en mayor grado a corto plazo y supondrá un riesgo de abuso de sustancias para ella a largo plazo.

—Lo sé.

—Este último accidente casi con toda seguridad va a ralentizar su recuperación. Es bastante habitual que se produzca un efecto casi exponencial por traumatismos cerebrales múltiples en un corto periodo de tiempo. No me extraña que vuelva a padecer amnesia. Lo más probable es que también sufra fuertes jaquecas, que le cueste centrarse, que padezca un agotamiento agudo. Puede que también sufra sensibilidad a la luz o a alguna otra sensación intensa —olor, sonido, vista—. Por otro lado, podría acusar la sensación de estar «bajo el agua»; de no poder ver las cosas con total nitidez. Tales episodios, por supuesto, pueden agudizar su ansiedad y provocar cambios de humor más acusados.

—Estupendo —comenta el hombre en tono amargo.

—Yo mantendría un ambiente tranquilo en casa. Establecería una rutina diaria y me ceñiría a ella.

—Claro. El mero hecho de que no me recuerde no es motivo para que no haga lo que le diga.

La médica continúa como si no le hubiera oído.

—Es de esperar que se fatigue con facilidad. Yo limitaría el tiempo que dedica a dispositivos electrónicos: nada de videojuegos, iPad, ni siquiera programas de entretenimiento o películas. Que descanse su cerebro. Ah, y que no conduzca.

—De modo que… una vida tranquila en casa, a las diez en la cama.

La médica frunce el ceño con gesto serio. Por su parte, el hombre/mi marido se pasa la mano por su pelo revuelto.

Percibo un retazo de recuerdo. De pie en otra habitación en otro momento.

«Por favor, Nicky, no discutamos. Otra vez no».

Caigo en la cuenta de que seguramente en su momento amaba a este hombre. Es la única explicación de que ahora me duela tanto su presencia.

La doctora Celik sigue hablando de mis necesidades, de mi convalecencia. Obviamente, está al tanto de mi caso. Ha dicho traumatismos cerebrales múltiples. Me da la impresión de que debería saber lo que eso significa, pero no retengo las letras en mi cabeza. Se voltean de arriba abajo, hacia atrás, un vertiginoso espectáculo de acrobacia alfabética. Me rindo. Me duele la cabeza; tengo una incipiente sensación de migraña que me resulta familiar en las sienes.

Pienso en Vero, aprendiendo a volar.

Sí que soñaba. Casi lo recuerdo, como una palabra en la punta de la lengua. En una época, hace mucho tiempo, en un diminuto apartamento con un olor viciado a cigarrillos, comida grasienta y desesperanza general, fantaseaba con la hierba verde. Imaginaba campos abiertos y espacio para correr. Deseaba que el sol me acariciara la cara.

Tenía un anhelo. Un tremendo e imperioso anhelo que tardé años en identificar.

Anhelaba que alguien me quisiera.

Oh, Vero, lo siento muchísimo.

La doctora Celik se marcha. El hombre, mi marido, vuelve a mi lado. Tiene el gesto serio otra vez, las arrugas le surcan sus oscuras facciones. Pero, de nuevo, es atractivo.

Intenta sonreír cuando ve que estoy despierta; la sonrisa no le alcanza a los ojos. Está preocupado. ¿Por mí? ¿Por otra cosa?

Lleva una camisa azul claro, desabotonada a la altura de la garganta. Mi mirada se posa en la piel que queda al descubierto, bronceada por haber pasado años al aire libre. Durante una milésima de segundo, me viene a la cabeza una imagen de mí misma besando esa zona, deslizando la lengua por su clavícula. No solo lo recuerdo a él. Recuerdo su sabor. Hace que me estremezca.

—Eh, hola. —Me coge de la mano, como para tranquilizarme. Tiene el pulgar calloso.

La cabeza me martillea de nuevo. De repente me invade un agotamiento absoluto.

Parece percatarse de ello.

—¿Te duele la cabeza?

No puedo hablar. Me limito a mirarle fijamente. Me suelta la mano y me acaricia las sienes. Casi suelto un suspiro.

—¿Recuerdas el accidente? —me pregunta.

No, pero, como todavía no puedo hablar, me quedo en silencio.

—Según el TAC —continúa—, has sufrido otra conmoción, la tercera en seis meses. Es más, te has magullado el esternón, se te han dislocado unas cuantas costillas y te han dado casi tantos puntos como a un edredón acolchado. Pero los médicos de urgencias han hecho un buen trabajo. Lo que le preocupa a la neuróloga es la conmoción, tu tercera conmoción.

—Provoca… migrañas —murmuro.

—Sí, por no mencionar diversos grados de confusión, ansiedad, sensación de fatiga general, sensibilidad a la luz y amnesia a corto plazo. Además de, ya sabes, otras complicaciones menores como no reconocer a tu propio marido. —Trata de quitarle hierro; es en vano—. Recuperarás la memoria —añade, en tono más serio—. Los dolores de cabeza desaparecerán. Recuperarás la capacidad para centrarte y funcionar. Pero tardarás un tiempo. Necesitas descansar, brindarle a tu revoltijo de células cerebrales la oportunidad de recuperarse.

—El alcohol me perjudica.

Se queda inmóvil, me observa atentamente con sus ojos de color castaño oscuro.

—El alcohol no es recomendable para personas que sufren traumatismos cerebrales.

—Pero bebo.

—Bebías.

—Soy alcohólica. —No dice nada, pero leo la respuesta en su rostro: que hubo un tiempo en que pensó que me bastaría con él. Como es obvio, no ha sido así.

—¿Con qué soñabas de pequeño? —pregunto.

Frunce el ceño. Se le forman patas de gallo cuando frunce el ceño. Deberían avejentarle, restarle atractivo. Pero, de nuevo, no es el caso.

—No lo sé. ¿Por qué lo preguntas?

—¿Por qué no?

Sonríe. Sigue masajeándome las sienes con los pulgares, dibujando pequeños círculos. Tan de cerca, percibo un poso del aroma que desprende su piel, una fragancia limpia y jabonosa que me resulta familiar y al mismo tiempo ligeramente embriagadora. Si pudiera moverme, me pegaría a él, aspiraría más hondo.

Pero no. En vez de eso, siento una oscuridad creciendo en el fondo de mi cabeza. Una sensación de pavor para contrarrestar su atrayente olor.

Corre.

Pero, claro, no puedo. Estoy postrada en una cama de hospital, inmovilizada por sábanas blancas y una conmoción cerebral mientras mi marido me frota las sienes, me acaricia el pelo.

—Soñé la primera vez que te vi —musita, en voz baja y ronca—. Te vi, al otro lado de la consabida sala abarrotada. Tú no reparaste en mí ni mucho menos. Pero yo te vi y… sentí que llevaba toda la vida esperando ese preciso momento. Encontrarte. Me consumiste, Nicky. Aún lo haces.

Su aliento me acaricia la mejilla como una pluma. Una vez más, reacciono ante su aroma; ladearía la cabeza si pudiera.

Corre.

Entonces lo veo, un cardenal desvaído a lo largo de su mandíbula. No puedo contenerme. Saco el brazo de debajo de las sábanas. Toco el cardenal, lo recorro con las yemas de los dedos, noto el tacto rasposo de su barba incipiente que esta mañana no ha tenido ocasión de afeitarse. No se aparta. Pero retira los dedos de mis sienes e intuyo que está conteniendo la respiración.

Yo le hice ese cardenal. Lo sé sin ningún género de dudas. Yo golpeé a este hombre. Y, a la mínima oportunidad, volvería a hacerlo.

—Me odias —susurro; no es una pregunta.

—Ni pensarlo —dice. Está claro que es mentira—. Tú sí que me odias —corrige, en voz más baja—. Pero te niegas a decirme por qué. Hubo un tiempo en que fuimos felices. Y luego… Todavía sueño, Nicky. ¿Y tú?

He metido la pata, pienso, he dado un paso en falso. Porque, a pesar de no recordar quién soy, me agrada pensar que sé lo que soñaba hace tiempo, y no era esto. Jamás fue esto.

Vero, la vuelvo a ver; el contorno de la imagen se difumina, como si la visión estuviera desvaneciéndose de mi mente cansada y resultara imposible definirla. Se da la vuelta, como para alejarse, y lo primero que me viene a la cabeza es agarrarla de la mano. Es importante retenerla. No puedo dejar que se marche.

Me mira. Me doy cuenta, sobresaltada, de que tiene la cara más afilada, de más mayor. Ya no es un bebé, sino una niña, puede que de diez, once, doce años.

«¿Por qué yo?», pregunta, en tono lastimero.

—Vero —susurro.

—Chsss —sisea mi marido.

«¿Por qué yo, por qué yo, por qué yo?».

Se da la vuelta de nuevo. Me abandona. Alargo la mano para agarrarle el brazo, pero se zafa. No puedo retenerla. El mundo es tan oscuro… La cabeza está a punto de explotarme. O tal vez ya lo haya hecho.

—¡Vero!

—¡Nicky, por favor!

Estoy desvariando. Estoy luchando. Lo sé, pero no lo sé. Lo único que importa es conseguir estar con Vero. Él va a interponerse entre nosotras. Ahora caigo en la cuenta. Y no es la primera vez.

—¡Enfermera, enfermera! —exclama alguien a voz en grito. El hombre que dice ser mi marido está gritando.

Vero, Vero, Vero. Está alejándose de mí.

Echo a correr. ¿En la cama del hospital? ¿En mi cabeza? ¿Qué más da? Echo a correr; entonces la alcanzo. La cojo del brazo, la agarro con fuerza.

Vero se da la vuelta.

De las cuencas de sus ojos brotan gusanos que se esparcen retorciéndose sobre su reluciente calavera blanca.

«Deberías haberme dicho que las niñas no pueden volar».

Un instante. Un recuerdo. Enseguida se desvanece.

Y no soy absolutamente nadie, solo una mujer que ha vuelto dos veces de entre los muertos.

Entra la enfermera. Ya no opongo resistencia. Me quedo totalmente inmóvil mientras me administra el sedante. Miro fijamente al frente. Más allá de la silueta inclinada de la enfermera. Más allá del semblante demacrado de mi marido. Miro fijamente hacia la puerta abierta y a los dos detectives que aguardan allí.

6

Wyatt y Kevin llegaron al hospital justo a tiempo para el espectáculo. La persona que les interesaba estaba sacudiéndose como una posesa en la cama, mientras un hombre pedía ayuda a voces e intentaba sujetarla. A continuación entró la enfermera apurada para administrarle una potente dosis de sedante, y con ello Wyatt perdió su mejor oportunidad para llegar al fondo del asunto.

La conductora, Nicole Frank según el registro del vehículo, se quedó inconsciente. Solo quedaba el hombre, que respiraba entrecortadamente y parecía hecho polvo.

El marido, supuso Wyatt. O el novio. Lo que fuera. Wyatt necesitaba respuestas, las necesitaba ya y estaba dispuesto a ser flexible. Ya había mandado a un detective al juzgado para solicitar una orden de registro del parte médico de la señora Frank, donde constaría la tasa de alcoholemia de la mujer. Sus ayudantes también estaban llevando a cabo un rastreo desde el lugar del accidente hasta las tiendas de licores de las inmediaciones para comprobar con exactitud dónde y cuándo había comprado la botella de whisky escocés de dieciocho años. De momento iban a presentar cargos por conducción bajo los efectos del alcohol con circunstancias agravantes.

Quedaba pendiente, por supuesto, el asunto de la niña desaparecida.

La enfermera salió de la habitación prácticamente sin dirigirles la mirada, con lo cual solo quedaba el hombre. Entre los treinta y muchos y cuarenta y pocos. Uno ochenta. Con cierto atractivo rudo, como pensó Wyatt que lo definirían las mujeres. No un hombrecillo gris, sino un tío que realmente se ganaba la vida.

—¿Señor Frank? —Wyatt probó suerte.

—¿Sí? —Tenía la mirada clavada en su mujer con gesto preocupado. Apartó la vista de ella lo justo para lanzarles una mirada furibunda, lo cual le resultó interesante a Wyatt. Suponiendo que la hija del hombre hubiera desaparecido, ¿no debería estar agradecido por ver a dos detectives? ¿Incluso desesperado, el padre preocupado que exige respuestas inmediatas? Por el contrario, daba la impresión de que su preocupación primordial era su mujer. Entonces, ¿le traía absolutamente sin cuidado la niña o ya estaba al tanto de lo que le había ocurrido a Vero y de por qué no podían localizarla?

Wyatt sintió el primer subidón de adrenalina. Miró fugazmente a Kevin, que parecía compartir sus sospechas. Ambos hombres, en vez de lanzarse de frente, instintivamente dieron marcha atrás. En las situaciones de ámbito doméstico, la agresividad rara vez funcionaba. Era mucho mejor ponerse de parte de los padres. Mostrar una actitud relajada, serena, informal. Y luego, poco a poco, darles la suficiente cuerda para que se ahorcaran ellos mismos.

Wyatt inició el procedimiento. Respetuoso, evitando la confrontación.

—¿Podemos hablar con usted un momento?

—Mi mujer —respondió el hombre.

—Parece que está descansando. Tenemos que hacerle unas preguntas.

—Son policías —dijo el hombre. Pero no puso objeciones. Se dirigió hacia ellos. Iba a mostrar una actitud colaboradora. Perfecto.

Wyatt hizo las presentaciones; él mismo, después Kevin, y Thomas Frank hizo lo propio. Thomas, ¿puedo llamarle Tom? No, es Thomas.

Wyatt le ofreció al hombre un café. Otro gesto de cordialidad. A esta hora tan avanzada de la mañana, el hospital estaba concurrido, así que sugirió buscar un rincón tranquilo para charlar. El marido parecía dudar, por lo que Wyatt y Kevin echaron a andar sin más por el cegador pasillo en dirección a la cafetería del hospital. Como era de esperar, el marido fue a la zaga, demasiado cansado para discutir.

Una vez pedido el café, arrinconaron al señor Frank detrás de un ficus artificial y llegó la hora de meterse en faena.

—¿De qué conoce a Nicole Frank? —preguntó Wyatt, solo para ir sobre seguro.

—¿A Nicky? Es mi mujer.

—¿Llevan juntos mucho tiempo?

Thomas Frank esbozó una tenue sonrisa.

—Sé que suena cursi, pero para mí siempre ha sido la mujer de mi vida. Lo supe en cuanto la vi por primera vez.

—¿Cómo se conocieron?

—En un plató de cine. Los dos trabajábamos para una productora en Nueva Orleans. Yo me ocupaba de la escenografía; ella trabajaba en el departamento de servicios, ya saben, repartiendo comida. Me fijé en ella el primer día de un rodaje de treinta días, o sea, que tenía exactamente un mes para pedirle que saliera conmigo.

—¿Cuánto tardó? —preguntó Wyatt con curiosidad.

—Tres días en saludarla. Ella tardó tres semanas en devolverme el saludo. Incluso en aquella época ya era tímida.

—¿Llevan juntos desde entonces?

—Sí.

—¿Qué les trajo a New Hampshire?

Thomas levantó la vista hacia ellos. Tenía los ojos irritados, muy apagados. Los de un hombre que no dormía bien por las noches, supuso Wyatt, antes de las circunstancias actuales. ¿Problemas conyugales, problemas laborales, problemas paternofiliales? A Wyatt le dio otro subidón ante las posibilidades.

Pero Thomas se encogió de hombros sin más.

—¿Por qué no? Es un buen estado: montañas para caminar, lagos para nadar, y, encima, sin IVA ni impuesto sobre la renta. ¿Qué pega va a tener?

—¿Y su actual trabajo? —preguntó Wyatt, manteniendo una actitud distendida.

—Sigo en escenografía, solo que ahora soy autónomo. Diseño y fabrico atrezos específicos, decorados de escenas difíciles de encontrar. Nicky me ayuda; se encarga de los retoques, la pintura, los cosméticos, ese tipo de cosas.

—¿No deberían estar en Los Ángeles? —preguntó Kevin—. ¿O en Nueva York? ¿En un sitio así?

Thomas negó con la cabeza.

—No necesariamente. Las películas se ruedan prácticamente en cualquier sitio, sobre todo si el estado o la ciudad ofrecen incentivos fiscales. Hay un montón de trabajo de producción en Nueva Orleans, Seattle, Nashville, hasta en Boston. Y no es necesario que yo esté in situ. Tengo mis contactos de los viejos tiempos. Ahora la gente de escenografía recurre a mí para lo que necesita. Lo diseño, lo construyo, lo mando y listo.

—¿Y Nicky también? —volvió a preguntar Wyatt.

—Sí, como le he comentado.

—¿Dónde estuvo su mujer anoche, señor Frank?

Thomas, incómodo, se rebulló al tiempo que apartaba la mirada.

—Yo pensaba que en casa —respondió en tono áspero—. La última vez que la vi estaba dormida en el sofá.

Kevin y Wyatt se cruzaron la mirada. Hora de empezar a tensar la cuerda, pensó Wyatt.

—¿Qué hora era? —preguntó, en un tono aún de lo más amable.

—No lo sé. Las ocho, las nueve.

Wyatt observó al hombre detenidamente.

—Un poco temprano para irse a dormir —comentó.

—La última vez que la vio… —intervino Kevin, cerrando filas con él.

Thomas posó la taza de café bruscamente.

—¡No ha sido culpa suya!

Ninguno de los detectives dijo una palabra.

—Es decir, estábamos estupendamente. Todo iba estupendamente. Una pareja feliz, una vida feliz…, hasta hace seis meses, cuando Nicky se cayó por las escaleras. Estaba haciendo la colada, no sé. Me la encontré desmayada en el suelo del sótano. La llevé a urgencias, donde le diagnosticaron una conmoción leve. Nada serio, en principio. A descansar y reponerse. Salvo que a raíz de eso empezó a tener dificultad para dormir. Y a sufrir arrebatos agresivos sin motivo. Dolores de cabeza, fatiga, dificultad para centrarse… Leí algo sobre el tema. Los síntomas eran típicos de alguien convaleciente de una conmoción. Me decía a mí mismo, y a ella, que había que tener paciencia. Solo un poco más de tiempo. Pero apenas unos meses después me encontré a Nicky tirada en el porche. Según ella, estaba saliendo de la casa, pero debió de tropezar o qué sé yo. Con tan mala suerte que se volvió a dar un cabezazo. Dos conmociones en tres meses.

El marido se quedó mirándolos. Wyatt y Kevin le sostuvieron la mirada, esta vez con expresiones más frías, permitiéndole que percibiera su escepticismo, que sintiera la presión.

—Síndrome de posconmoción cerebral —espetó el hombre—. Mi mujer no es una borracha. Al menos no lo era. Tampoco es violenta. Al menos no lo era. —El hombre ladeó ligeramente la cabeza, mostrando la marca de un antiguo cardenal en la mandíbula—. Pero las caídas, los traumatismos cerebrales múltiples… La neuróloga me dice que cada lesión adicional surte un efecto exponencial. La verdad es que no me lo explico. Solo sé que mi mujer… últimamente ya no es ella.

—De modo que la dejó sola anoche —murmuró Wyatt.

—¡Me fui a trabajar a mi taller! Tenemos un anexo independiente, a espaldas de nuestra casa, donde guardo todas mis herramientas, mi equipamiento. Allí es donde trabajo y, por el amor de Dios… He atendido a Nicky la mayoría de los días, todos los días. Ahora voy rezagado. Porque eso es lo que pasa cuando tu mujer está enferma. Tienes trabajo pendiente y al mismo tiempo tienes que pagar más facturas. En cuanto se queda dormida, salgo pitando por la puerta. No estoy diciendo que esté bien; estoy diciendo que no tengo más remedio que hacer eso para salvar la situación. Los médicos aconsejan que tenga un ambiente estable con una rutina normal. Perder la casa precisamente ahora por no poder pagar la hipoteca no ayuda a cumplir ninguno de esos requisitos.

—¿Dónde consiguió el whisky? —preguntó Kevin arrastrando las palabras.

Thomas Frank se ruborizó. Cogió la taza de café y le dio un sorbo.

—No lo sé.

—¿Y las llaves del coche? —Wyatt siguió apretándole las clavijas.

—En el cestillo de la entrada. No es que le hayan prohibido conducir; los médicos simplemente no se lo recomiendan.

—Es probable que tampoco le recomienden beber. —Kevin de nuevo.

Labios apretados.

—No, efectivamente.

—Pero lo hace. —Wyatt, reclamando de nuevo la atención del hombre. Porque ya había llegado el momento; lo intuía. Thomas Frank estaba nervioso y enfadado. Roto y descolocado.

Y acababa de contarle casi todos los detalles de su vida y de la de su mujer sin mencionar en ningún momento a una niña llamada Vero.

Wyatt se inclinó hacia delante. Escrutó a Thomas, como buscando la verdad o simplemente tratando de dilucidar si el hombre en realidad era tan rematadamente estúpido como sospechaban. Desde el otro lado, Kevin hizo lo mismo.

Estrechando el cerco. Apretando las tuercas.

—Háblenos de su hija —dijo Wyatt—. ¿Dónde estaba anoche?

Thomas Frank no dio un respingo. No se estremeció en un acto reflejo, ni siquiera se sobresaltó. En vez de eso, los miró desconcertado.

—¿Qué?

—Su hija, Vero. La niña que ha desaparecido.

Wyatt se esperaba cualquier reacción menos esta: Thomas cerró los ojos. Soltó un fuerte suspiro.

—No tengo ninguna hija.

—La de Nicky, entonces…

—Sargento… No tenemos hijos. Ninguno. Ni míos, ni de ella, ni de los dos. Y yo lo sabría. Llevamos juntos veintidós años.

—Mire, desde su primera conmoción, Nicky tiene problemas para dormir. Tiene pesadillas horribles, salvo que los sueños, episodios, lo que sea, no siempre suceden de noche. Es como si le hubieran vapuleado el cerebro. No recuerda a las personas que conoce, por ejemplo a mí, pero, por otro lado, le da por hablar de personas que no existen. Por lo que sé, lo real ha pasado a ser imaginario, y lo imaginario ha pasado a ser real. Hemos consultado a médicos y probado medicamentos, pero el mejor consejo que nos han dado los médicos es ejercitar la paciencia. Los traumatismos cerebrales tardan tiempo en curarse.

—Vero no existe. —Wyatt tuvo que ponerle a prueba con la frase porque, de toda la información que esperaba sacar de esta conversación, esto no estaba previsto.

—No hay ninguna Vero.

—Pero le suena el nombre —señaló Kevin, que parecía tan perplejo como Wyatt.

—La ha mencionado anteriormente, sobre todo en sueños. Además, ha habido algunos… episodios. Verán, al principio yo mismo estaba confundido, quizá había algo que yo desconocía. Pero no: si realmente la sondeas para que hable de la tal… Vero, la historia, quién es ella, cambia constantemente. A veces Vero es una cría, a lo mejor un bebé que Nicky tiene a su cargo. Pero una vez encontré a Nicky escondida en un armario porque «Vero» y ella estaban jugando al escondite. Luego está la noche en que se le quemó la cena porque «Vero» se había pasado todo el rato gritándole. Adolescentes, me dijo. Pienso que… Joder, no sé qué pensar. Vero no es una persona real, sino más bien un tremendo delirio mental.

—Cuando el agente Reynes fue al lugar del siniestro —Wyatt siguió presionando—, afirmó que su mujer se mostró bastante insistente. Que había perdido a Vero. Que no era más que una niña. Que había que encontrarla. Su mujer sonaba bastante convincente.

—Bienvenido a mi mundo. —Thomas Frank volvió a suspirar. No parecía sarcástico; más bien un hombre que estaba muy cansado—. Puedo darles el nombre de nuestra neuróloga, la doctora Sare Celik —sugirió—. A lo mejor puede ayudarles a entenderlo.

—¿Podría ser el nombre de un miembro de su familia? ¿De una hermana, de una vieja amiga?

—Nicky no tiene familia. Cuando la conocí era una adolescente y ya estaba sola desde hacía un par de años. No le gusta hablar de ello. Al principio la presioné. Pero ahora, al cabo de veintidós años… ¿Qué más da? Todo —Thomas Frank hizo una pausa y los observó con elocuencia—, todo ha ido fenomenal desde entonces. Nunca hemos tenido ningún problema; Nicky nunca ha tenido ningún problema. Tienen que creerme cuando les digo esto: mi mujer simplemente está… enferma. Pregunten a los médicos. Por favor, hablen con ellos.

—Cuéntenos cómo transcurrió la noche. ¿Qué ocurrió?

—Nicky cocinó pollo —respondió inmediatamente Thomas—, lo cual quiere decir que tenía una buena noche. Es complicado centrarse con traumas cerebrales. A veces comienza una tarea, por ejemplo cocinar, y a continuación… se queda en blanco. Lo deja a medias y se va, cosas así. No obstante, ayer terminó de preparar el pollo al horno, sin incendios de por medio.

—¿Qué estuvo usted haciendo mientras ella cocinaba?

—Devolviendo algunas llamadas. En la casa, por si tenía que dar un brinco para apagar el fuego, pero intentando sacar adelante algo de trabajo.

—Cenaron. ¿Con vino, cerveza?

—El alcohol no es recomendable para personas que sufren traumatismos cerebrales —recitó Thomas.

—No ha respondido a mi pregunta.

—Ni vino, ni cerveza, ni licores. Cenamos pollo, ensalada y pan de ajo.

—¿Y luego?

—Vimos la tele. El canal de casa y jardín, algo ligerito. Es importante que mi mujer no se altere.

Wyatt le preguntó a qué hora, el nombre del programa, y lo anotó.

—De modo que en ese momento serían las ocho…

—Más bien las siete y media. Nicky se quedó dormida en el sofá. Yo miré la hora, me pareció que era demasiado temprano para llamarlo siquiera noche, así que volví al trabajo. Tapé a mi mujer con una manta y a continuación salí sigilosamente al taller de la parte trasera.

—¿Cuándo regresó?

—No lo sé. A las once.

—¿Y descubrió que Nicky había desaparecido?

—Me di cuenta de que no estaba en el sofá, pero lo primero que pensé fue que seguramente habría subido a acostarse. Vi los informativos de la noche y después subí yo también. Entonces fue cuando caí en la cuenta de mi error.

—¿Qué hizo?

—Recorrí toda la casa llamándola. Después pensé un poco y comprobé si su coche estaba en el camino de entrada. Vi que tampoco estaba, lo cual me pareció una pésima idea, así que la llamé al móvil.

Wyatt asintió con la cabeza, instando al hombre a continuar.

Pero Thomas Frank se encogió de hombros sin más.

—No lo cogió. Sinceramente, no sabía qué estaría haciendo mi mujer hasta que me llamaron del hospital y me dijeron que estaba en la sala de urgencias. Así es como me enteré del accidente.

—¿Qué cree que hizo su mujer desde las ocho de la tarde hasta las cinco de la madrugada? —preguntó Wyatt.

—No lo sé. Conducir —balbuceó Thomas, al ser «beber» la otra respuesta obvia.

—¿Alguna persona con la que hubiera podido estar? ¿Una amiga, una confidente? ¿Un amante?

—Somos nuevos en la zona. Apenas habíamos deshecho las maletas cuando Nicky sufrió su primera caída. Desde entonces solo hemos conocido a personal médico. No hemos trabado… amistades.

A Wyatt le dio la impresión de que el señor Frank parecía un pelín resentido.

—¿Alguna razón por la que ella estuviera en ese tramo de la carretera? ¿Un restaurante, una tienda, su bar favorito en esa zona?

—No hemos salido mucho.

—¿Su mujer tiene debilidad por una marca de whisky en concreto?

Thomas apretó los labios, se mostraba reacio a responder. A Wyatt no le sorprendió. En todos los interrogatorios que había realizado a familiares de personas que abusaban del alcohol, eran los últimos en facilitar información por iniciativa propia. A fin de cuentas, por algo los llamaban propiciadores.

Wyatt cambió de táctica.

—¿Y Vero? ¿Alguna razón para involucrar a la policía en una misión imposible para localizar a una niña imaginaria?

—Esa no ha sido su intención. Ustedes y yo sabemos que Vero no existe, pero para Nicky… Vero, en cierto modo, es muy real.

—¿Entonces qué desató ese arranque antes? —preguntó Wyatt—. ¿Cuando llegamos?

—No tengo ni idea. Casi nunca lo sé. Rutina y repetición; esa va a ser la vida de mi mujer a un año vista.

—¿Y botellas de whisky de por medio?

—Miren. —Thomas Frank se inclinó hacia delante y apoyó las manos en las rodillas—. No sé lo que pasó anoche, pero pueden consultar los antecedentes de mi mujer. Este es su primer delito. ¿No pueden ponerle sin más una multa o algo así?

—¿Ponerle una multa? Señor Frank, su mujer se va a enfrentar como mínimo a un cargo por conducir bajo los efectos del alcohol con circunstancias agravantes. Es un delito grave.

—¡Pero si nadie ha resultado herido!

—Ella sí. Según la ley, con eso basta.

El señor Frank se recostó en el asiento. La verdad es que parecía horrorizado.

—Pero…, pero…

—Sin mencionar —continuó Wyatt— que ha hecho invertir horas de recursos del condado y el estado en la búsqueda de una niña inexistente.

—¡No es culpa suya!

—Y sin embargo…

—Por favor, deben entender… —Thomas tenía los ojos fuera de las órbitas, parecía casi presa del pánico—. Mi mujer no es mala persona. Solo está enferma. Cuidaré de ella. La vigilaré más de cerca. No volverá a ocurrir.

—Pensaba que tenía que trabajar. Para ponerse al día con las facturas y todo eso.

—Me tomaré una excedencia. O contrataré a alguien o lo que sea. Por favor, detectives. No hay necesidad de presentar cargos. Mi mujer va a estar bien. Se lo prometo, me encargaré de todo.

Wyatt observó detenidamente al hombre. Thomas Frank, concluyó, no estaba mintiendo. Y sin embargo… a Wyatt le daba la sensación de que algo no cuadraba. Instinto de detective, veinte años de experiencia que apuntaban a que, cuando una mujer estaba ingresada, el marido era el principal sospechoso. Wyatt no sabía nada sobre ese síndrome de posconmoción cerebral. Solo sabía que las familias, todas las familias, inevitablemente tenían algo que esconder. Lanzó el último cañonazo de advertencia:

—¿Y qué pasa con Vero? ¿También va a encargarse de ella?

Y tuvo la satisfacción de ver por fin al hombre estremecerse.

7

Vero y yo estamos tomando té. Sentadas a una mesa de madera de arce de tamaño infantil, Osito Gordinflón sentado frente a ella, y Priscilla la Princesa sentada frente a mí. La habitación es luminosa y soleada. Paredes en tono verde claro con un lado cubierto por un mural de rosas trepadoras, realzado con una fresca cenefa blanca. La cama individual de Vero está pegada a la pared del fondo, oculta bajo metros de gasa rosa. Es una habitación preciosa, perfecta para una niña de corta edad, y noto una punzada porque ya sé que a ninguna de las dos le agrada estar aquí.

Vero me pasa la tetera de porcelana. Vierto con delicadeza un chorrito de zumo de manzana en mi refinada taza de loza. Repito el proceso para Osito Gordinflón, con sus rechonchas extremidades marrones y redondeada panza, que está sentado a mi izquierda. En ese preciso instante me doy cuenta de que Vero le ha pegado cinta adhesiva en forma de «X» sobre los ojos de cristal. Igual que a Priscilla la Princesa.

Miro a Vero, una visión de gasa rosa y metros de perlas.

—No pasa nada —me dice—. No les da miedo la oscuridad.

Asiento con la cabeza, como si tuviera toda su lógica, y pongo la tetera en medio de la mesa. El rosal pintado a mano se mueve por la pared. Parece como si de las flores estuvieran cayendo pétalos rosas al suelo. Además de algo más oscuro, más inquietante. Sangre goteando de las espinas.

—Tómate el té —ordena Vero.

Bebemos en un cordial silencio, mordisqueando sendas obleas de vainilla. Entre el zumo de manzana y la galleta azucarada, la comida resulta empalagosa; siento unas ligeras náuseas. Pero no paro. Necesito este momento, cualquier momento, todos los momentos son pocos, para estar con Vero.

—Va a dejarte —dice ahora. Entiendo que se refiere a Thomas—. Cree que estás loca.

No digo nada, simplemente dejo sobre la mesa mi dedal de té. Ojalá pudiera alargar la mano hasta el otro lado de la mesa y estrecharla entre mis brazos. Quiero reconfortarla, decirle que todo irá bien. Quiero decirle que lo siento, que no supe hacerlo mejor, que estas cosas pasan.

Pero no quiero mentir.

En ese preciso instante me doy cuenta de que la mesa, la habitación, es realmente demasiado infantil para ella. No es una niña de seis años, sino que se acerca más a los doce; una capa de rímel cubre sus ojos gris acero, sus labios están embadurnados con un carmín demasiado llamativo.

Se queda mirándome, bebe otro sorbo de zumo de manzana. O quizá sea whisky, Glenlivet de dieciocho años, directamente de la botella.

—No es culpa tuya —susurro.

—Mentirosa.

—Si pudiera dar marcha atrás, lo haría.

—Pedazo de mentirosa.

—Vero…

—Chsss… —Se levanta bruscamente, y ahora lo oigo: sonoras pisadas procedentes del pasillo.

Es superior a mí. Me estremezco y, enfrente de mí, Vero sonríe, aunque no es una imagen agradable.

Ahora que está de pie, me doy cuenta de que el vestido le llega casi a la altura del ombligo. No es apropiado ni mucho menos para una niña de doce años. Y bajo los volantes rosas asoman unas manchas verdosas y cárdenas, moretones que le cubren brazos y piernas.

Las pisadas, amenazantes, se aproximan. Mientras, siguen cayendo más pétalos del rosal trepador, gotas de sangre fresca de las espinas.

Quiero tocar esta estatua marmórea de niña-mujer, que ya tiene una actitud demasiado contenida y me reta con la mirada para que haga algún comentario sobre el escote de su vestido, el estado de sus brazos y piernas.

—Sé fuerte —susurro, pero ambas sabemos que ese no es el problema. Vero siempre ha sido dura. En este mundo, sin embargo, quienes no se saben doblegar finalmente acaban rompiéndose.

Pisadas. Más fuertes. Más pesadas. Mal presagio.

—No deberías haber venido.

—Te echo de menos…

—Me mataste.

Abro la boca. No tengo nada más que decir.

—Corre —ordena Vero con firmeza, la niña con más dotes de mando que la adulta—. Lárgate y no mires atrás.

Pero soy incapaz de abandonarla.

Otra vez.

—¡Está aquí! ¿No lo entiendes? Va a dar contigo, y cuando lo haga…

—No es culpa tuya —me oigo decir a mí misma, pero Vero ya me está dando la espalda.

—Estúpida perdedora. Lárgate. Huye. ¡Maldita sea, corre! ¡Corre!

Quiero hacer todas esas cosas. En cambio, no hago ninguna de esas cosas. Me aparto de la mesa. Me aproximo a esta niña pequeña que ya no es tan pequeña. Y, a sabiendas de lo que va a suceder a continuación, la estrecho entre mis brazos.

Por un segundo, está ahí. Puedo sentirla. Puedo olerla. Vero. Y en ese momento, como siempre, sé perfectamente lo que he hecho.

Entonces su carne se disuelve en mi abrazo. Y ya no estoy acurrucando contra mi pecho nada más que un montón de huesos, cubiertos de cientos de gruesos gusanos blancos que se remueven contra mi piel.

Su calavera gira lentamente en mis brazos, me observa con las cuencas vacías y oscuras.

Corre —me ordena el esqueleto de Vero.

Pero es demasiado tarde. Él ya está aquí.

Mis ojos se abren de golpe. Luces brillantes sobre mi cabeza. Una habitación de hospital aséptica. Ya no pienso. Me muevo.

Agarro el primer puñado de cables y los arranco de mi cuerpo. Me salpica sangre del dorso de la mano al dar un tirón a la vía. De las espinas de las rosas, pienso, histérica, observando cómo las gotas rojas se extienden en la cama del hospital. Está aquí. Está aquí.

No entiendo cómo funcionan las barras metálicas. Están subidas, me tienen atrapada en la cama. Forcejeo con ellas desesperadamente, tratando de forzarlas empujando hacia abajo. Como no lo consigo, avanzo a duras penas hasta el extremo del colchón y salto; mis pies descalzos se estampan contra el frío suelo y el camisón del hospital aletea suelto al salir disparada hacia la puerta abierta.

Tengo que correr. ¿Hacia dónde, hacia dónde, hacia dónde?

Me las ingenio para llegar al amplio pasillo. Es inmenso, estoy demasiado expuesta. Cualquiera puede verme. Justo en ese momento, una enfermera da un grito de advertencia desde el fondo del pasillo.

Corre. Él está cerca. O a lo mejor ya está aquí.

Huyo, a ciegas, ajena a todo, espoleada por el instinto. Me duelen los pies, las costillas, el pecho. Me da igual. Nada supera mi ansia de escapar. Busco un armario. Algún lugar pequeño y oscuro. Como un animal que se refugia en su guarida. Un armario podría ser mi salvación.

Oigo pasos que retumban detrás de mí; después, más voces de alarma.

Al doblar la esquina a toda velocidad, me topo con él.

—Nicky —dice Thomas.

Extiende los brazos y me bloquea el paso. Su rostro carece por completo de expresión. No distingo nada salvo sus ojos oscuros atravesándome.

—¡Él está aquí! —exclamo histérica.

—Chsss —sisea mi marido.

—No, no, tengo que correr. Tengo que escapar. Vero me lo ha advertido.

Algo titila en su mirada. Por un segundo, da la impresión de que casi me cree. Y a continuación:

—Atiende a mi voz, Nicky. Céntrate y punto. En mi voz. Hablándote. En mi voz, calmándote.

¡Tengo que salir de aquí!

—Céntrate. En una cosa. En mi voz. No escuches nada más. Es lo único que importa. Solo una cosa, Nicky. Céntrate en mi voz. El resto pasará.

No quiero centrarme. Estoy erguida, tambaleándome, y me aprietan las costillas y se me corta la respiración y hay un esqueleto en mi cabeza y gusanos en mis brazos y acaso no sabe que el rosal continúa sangrando y que le fallé a Vero. Tantas veces, de tantas maneras. Vuelvo con ella una y otra vez. Y vuelvo a fallarle una y otra vez.

Estoy cansada. De repente. Extenuada. No creo que pueda aguantar más.

—No pasa nada —murmura Thomas—. Vamos, cariño. Debes de tener frío. Vamos a meterte en la cama.

Da un paso al frente.

«¿Por qué yo?», susurra Vero en mi cabeza. Pero ya no está quejándose, solo entablando conversación.

—¿La cabeza bien? —continúa Thomas—. ¿Te duele?

En ese preciso instante, me estalla. Me agarro las sienes, cierro los ojos con fuerza. En ese momento Thomas salva el hueco que nos separa. Sus brazos se cierran como una trampa de acero alrededor de mis hombros. El personal sanitario se bate en retirada. ¿Por qué no? Ha llegado el marido. Está claro que se hace cargo.

—El sonido de mi voz —ordena.

De modo que obedezco. Escucho el sonido de su voz. Y, con el peso de sus manos sobre mis hombros, me doy la vuelta y camino a su lado dócilmente.

En la habitación del hospital, baja sin esfuerzo las barras metálicas y me ayuda a subir a la alta cama. Me mete las piernas, temblorosas, bajo la sábana y me arrebuja con el cobertor azul hasta el cuello.

Lo observo con resentimiento, preparada para ver su gesto de regodeo. Él ha ganado, yo he perdido, pese a que no entiendo las reglas del compromiso. Al mirarme, sin embargo, me sobresalto al ver el destello de sus ojos, su semblante angustiado. Se hace el fuerte, se esfuerza visiblemente por no derrumbarse. ¿Por mi bien o por el suyo?

—Por favor, cariño —empieza a decir—, no puedes seguir con esto. Estás llamando la atención innecesariamente… —Se le quiebra la voz; aparta la mirada. Está disgustado. Por mi culpa. Me siento mal, debería disculparme. Esos ojos oscuros, tan oscuros, pienso. Cómo lo quise en su momento. ¿Lo sigo queriendo?

Traga saliva con esfuerzo.

—Sé que no me crees. Lo sé; que todo parece estar al revés, patas arriba. Pero te quiero, Nicky. Lo único que siempre he querido es lo mejor para ti. Lo recuerdes o no.

—Quiero irme a casa —susurro.

Sonríe con aire cansado.

—No creo que los médicos te lo permitan. Estás muy enferma, Nicky. Tres traumatismos, y te has magullado las costillas.

—Tú me cuidarás.

—En vista de los últimos seis meses, la doctora Celik discreparía.

—No es culpa tuya que yo beba —digo.

No responde.

—No voy a probar una gota de alcohol —prometo en un arrebato—. Pero sácame de aquí. Las luces son demasiado fuertes. Me hacen daño en los ojos.

—La policía quiere interrogarte —dice sin rodeos—. Aquí o en casa, tendrás que hacerles frente, Nicky.

—¡Pero si no recuerdo nada!

—¿Ni siquiera haber comprado el Glenlivet?

Su pregunta, formulada en ese tono cortante, me deja atónita. ¿Que si recuerdo haber comprado la botella de whisky? Puede. Más o menos. ¿Acaso eso es una respuesta?

—Quiero irme a casa —repito.

Él abre la boca. Cierra la boca. Es obvio que a estas alturas no sabe qué hacer conmigo. ¿Me dejará?

¿Lo echaré de menos?

—¿Recuerdas la promesa que te hice la primera noche que pasamos juntos en Nueva Orleans? —pregunta de repente.

No. Debe de reflejarse en mi cara.

—Hace mucho tiempo, dijiste que tu casa era dondequiera que yo estuviese —añade.

Las palabras me resultan ajenas.

—Hace mucho tiempo, dijiste que mi amor te fortalecía.

No tengo respuestas.

—Y hace mucho tiempo, dijiste que bastaría con que estuviéramos juntos.

No sé qué decir; me está contando historias de la vida de otra persona.

Da la impresión de que es consciente de ello. Se le hunden los hombros. Me observa con gesto inexpresivo.

—Aquella noche hicimos un trato. Que cada vez que oliese a humo, alargarías la mano hacia mí. ¿Huele a humo, Nicky?

Frunzo el ceño. Por primera vez, sus palabras me resultan familiares, como si debiera saber de qué está hablando. Despacio, niego con la cabeza.

—¿Olía a humo anoche?

Tengo que hacer memoria.

—Después del accidente —murmuro.

No dice nada. Únicamente se le mueve un músculo en la mandíbula. Señal de que me ha oído. Señal de que le duele.

—Morí una vez —me oigo decir a mí misma.

A mi marido no le sorprende la noticia.

—Una mujer solo puede volver de entre los muertos un número limitado de ocasiones.

—Vamos a superar esto —dice Thomas sin alterarse.

Me toca sonreír. Porque puede que haya olvidado su nombre, pero todavía sé cuándo me está mintiendo.

Vero, pienso.

Entonces alargo el brazo para agarrar la mano de mi marido.

8

Cómo va la lucha? —preguntó Tessa.

Al otro lado de la línea telefónica, Wyatt meditó sobre la desenfadada pregunta de su novia e inmediatamente soltó un fuerte suspiro.

—Una larga mañana —reconoció—. Una larga y extraña mañana. No obstante, la buena noticia es que creo que deberíamos comprar un cachorro.

—¿Cómo?

Ya se la estaba imaginando, sentándose más derecha, los ojos azules parpadeando de asombro.

—Un bonito labrador amarillo —continuó Wyatt—. Uno que mueva la cola y te besuquee cada vez que llegas a casa. Sería perfecto.

—¿Perfecto para quién? A los perros hay que darles de comer, ¿sabes? Además de sacarlos a pasear a menudo. Y Sophie y yo nunca estamos en casa.

—La señora Ennis podría echar una mano.

—La señora Ennis tiene setenta años…

—Aun así, es la tía más dura que conozco. De hecho, si las cosas se tuercen entre nosotros, igual hasta le tiro los tejos.

Prácticamente podía notar los gestos que Tessa estaba haciendo con los ojos. Lo cual era precisamente lo que él necesitaba. Un descanso frente a la presión de un caso que tal vez ni siquiera fuese un caso. Y, sin embargo, estaba seguro de que lo era. Al menos un accidente de tráfico.

—¿A qué viene lo del cachorro? —le estaba preguntando Tessa.

—Porque un cachorro lo mejora todo. No tienes más que preguntar a Sophie.

—Eso es un golpe bajo.

—Me reservo, claro está, el derecho a presentarme con el cachorro. Los dos sabemos que necesito hacer méritos.

—Le has dado un par de vueltas a esto —comentó Tessa.

—Me he pasado la mañana con un perro de búsqueda —explicó Wyatt—. Cosa que podría haber ido mejor si hubiéramos buscado a una persona de carne y hueso en vez del delirio de una mujer con una lesión cerebral. —No pudo evitarlo; suspiró de nuevo.

—¿Tan bien va el día?

—Pues sí, lo cual significa, por desgracia, que me perderé la cena. Ahora que hemos descartado los fantasmas, tenemos que analizar el escenario real de un delito y reconstruir un accidente de coche.

—Ponme al día; ¿qué sabes de momento?

Al teléfono, Wyatt pudo oír que Tessa cambiaba de posición; lo más probable es que se estuviera poniendo más cómoda en el sillón de cuero negro de su despacho. No le estaba preguntando por preguntar; le interesaba la respuesta. Lo cual era una de las cosas que más le gustaba a Wyatt de salir con una compañera del ramo de la investigación. Tessa no se limitaba a preguntarle qué tal el día; lo repasaba con él de muy buen grado. Y a veces, como dice el refrán, dos cabezas piensan mejor que una.

Sentado en el coche patrulla del condado, a la espera de que la policía estatal llegase con el dispositivo electrónico de recuperación de datos, Wyatt le tomó la palabra.

—Accidente de un único vehículo de motor, fuera de la carretera, posibles circunstancias agravantes por conducción bajo los efectos del alcohol.

—¿Tasa de alcoholemia?

—Bueno, ese es el primer factor que complica la cosa. La conductora olía como una destilería. Según los datos del hospital, sin embargo, sus niveles de alcohol en sangre eran solo del 0,06…

—Eso no llega al límite para considerarlo conducción bajo los efectos del alcohol.

—Ah, pero la paciente padece algo llamado síndrome de posconmoción cerebral. Se ha dado demasiados golpes en la cabeza en los últimos seis meses. Según la médica, para una persona que sufre un traumatismo cerebral hasta una mínima ingesta de alcohol puede surtir un considerable efecto. Así que no estoy dispuesto a descartarlo todavía. En principio podríamos argumentar que, para una conductora en estas condiciones, el 0,06 basta para considerar que conducía con sus capacidades disminuidas.

Wyatt había cavilado mucho sobre el asunto, más que nada porque era su cometido. Dada la peculiar legislación de New Hampshire, los policías del condado tenían potestad para emprender acciones judiciales en todos los casos de delitos menores. Lo cual significaba que Wyatt no se limitaba a construir un caso; también tenía que presentar cargos. Teniendo en cuenta las heridas de la conductora, este accidente podía acabar siendo un delito grave por conducción bajo los efectos del alcohol, en cuyo caso se haría cargo el fiscal del condado, pero seguiría recayendo en Wyatt la responsabilidad de la vista preliminar para fijar la fianza y determinar la causa probable del delito. Le gustaba bromear con que era medio policía, medio abogado. Aunque, teniendo en cuenta la manera en la que funcionaba el sistema legal últimamente, tenías que ser abogado en una proporción del noventa por ciento para salir airoso.

—Interesante —comentó Tessa—. Así que tienes una conductora en condiciones para conducir que no estaba en condiciones para conducir.

—Es posible. Ahora bien, la bebida en cuestión era de una botella de whisky escocés de dieciocho años…

—Caro.

—Por favor, deberías ver el coche. Los chicos han localizado la tienda de licores donde compró la botella a quince kilómetros del lugar del accidente, pagada con tarjeta de crédito. Ahora estamos revisando las grabaciones de las cámaras de seguridad a ver si efectivamente se la ha grabado realizando la compra. Pero, de momento, no ha estado mal para una mañana de trabajo.

—Y sin embargo te escama… —le instó Tessa a continuar.

—La tienda de licores cerró a las once. El accidente ocurrió alrededor de las cinco de la madrugada. De modo que ¿qué hizo la conductora en ese intervalo? Porque, si estaba sentada por ahí bebiendo, el nivel de alcohol en sangre debería haber rebasado con creces el 0,06.

—¿Algún amigo, compañero, que la ayudara?

—Es posible.

—¿El marido?

—Afirma que estaba ocupado en su taller. Por lo visto ni se había dado cuenta de que su mujer, aquejada de una lesión cerebral, no estaba.

—Pues no se merece una tarjeta en el día de San Valentín. ¿Dónde se salió el coche? ¿En una zona concurrida? ¿Había muchas tiendas, restaurantes, bares, como para que la conductora se distrajese?

—Nada. He contado dos gasolineras entre la tienda de licores y el escenario del accidente; eso es todo. Así que, de nuevo, ¿qué se trajo entre manos durante seis horas?

—A lo mejor… —Podía oír a Tessa reflexionando sobre ello—. A lo mejor no hizo nada. A lo mejor estaba… pasando el rato sin más. Intentando poner en orden sus pensamientos. Cuando yo patrullaba, te sorprendería la cantidad de coches aparcados con almas solitarias que me encontraba en plena madrugada. Si la conductora tiene una conmoción cerebral, si padece un traumatismo cerebral, igual también está confundida. Otra alma solitaria esperando a que caiga la noche.

—Y compra una botella de whisky. Ahoga sus penas…

—A sorbitos. Solo el 0,06.

—Y luego se pone en marcha. En busca de una niña inexistente.

—¿Una niña? —Tessa subió el tono de voz.

Wyatt hizo una mueca. No había tenido intención de mencionar ese detalle.

—Cuando el primer agente llegó al escenario, la mujer afirmaba que no encontraba a su hija, Vero. Solo que su marido desde hace veintidós años afirma que no tienen niños. Ni los tienen ahora, ni los han tenido nunca.

—¿Entonces está delirando?

—Al parecer, los traumatismos cerebrales múltiples le han afectado al cerebro. Se cayó por las escaleras haciendo la colada, después tuvo otro tropiezo en la puerta, y luego, claro está, el accidente de coche. Resumiendo: que tiene la memoria hecha cisco y sufre constantes dolores de cabeza, sensibilidad a la luz y tremendos cambios de humor.

—Con el debido respeto, olvidar las cosas no es lo mismo que inventárselas.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Wyatt.

—¿Has confirmado con los médicos que esta mujer efectivamente tiene delirios?

—Los facultativos no hablan. El secreto profesional y todo eso. Lo que sabemos es lo que nos ha contado el marido.

—Por favor. No sería la primera vez que el marido es el último en enterarse.

—Pero lo que está claro es que no tienen hijos…

—Y sin embargo ella la está buscando. Me refiero a que, aun cuando esté delirando, ¿por qué ese delirio? De todos los cortocircuitos que se producen en su cabeza, ¿por qué este? Yo comprobaría el cuentakilómetros también. Porque quizá es eso lo que estuvo haciendo durante las seis horas: dar vueltas en coche buscando a su niña extraviada.

—Que no existe —repitió Wyatt.

—Y sin embargo está claro que es importante para ella. ¿Es la primera vez que ha hecho esto?

Wyatt vaciló.

—No se me ocurrió plantear esa pregunta.

—¿Amistades, un entorno de apoyo?

—Son nuevos en la zona.

—¿Trabajo?

—Autónomos. El marido y ella trabajan juntos haciendo atrezo para Hollywood.

—O sea, que su única familia, su único contacto, es su marido. —Tessa subió el tono de voz—. El que te dice que no tienen niños. El que afirma que su mujer ha tenido tres «accidentes» en seis meses.

Wyatt captó la indirecta. A él también se le había pasado por la cabeza la misma idea. Y en el mundo de los polis, donde había paranoia, a menudo había una causa probable.

—Sospechas que se trata de violencia doméstica. Lo cual, francamente, también es lo que me preocupa. —Wyatt pensó de nuevo en la marca del cardenal desvaído que tenía Thomas Frank en la mandíbula. ¿De una esposa alterada, emprendiéndola a golpes fuera de sí? ¿O de una mujer aterrorizada actuando en defensa propia?

—El perfil encaja —comentó Tessa—, sin mencionar que un hombre que agrede a su mujer…

—Puede que también agrediera a sus hijos. ¿Y a qué nos conduce eso? ¿A la muerte de una niña inexistente? Será mejor que no perdamos el norte metiéndonos en un terreno de conjeturas disparatadas. Ya he invertido la mañana, sin mencionar considerables recursos del condado y el estado, en balde. A estas alturas, mi jefe, el sheriff, agradecería muchos más hechos y muchas menos conjeturas.

—Pero al menos habrás hablado con la mujer…

—Todo a su debido tiempo.

—¿No has interrogado a la conductora? —Tessa parecía atónita.

—¡Acababan de sedarla! La mujer tiene problemas de salud, pensaba que ya lo habíamos comentado.

—De modo que ni siquiera la has interrogado personalmente…

—Mañana a primera hora. La médica dice que necesita más tiempo para recuperarse, con lo cual disponemos del resto de la jornada para recapitular: accidente de un único vehículo de motor. Conductora sola. Posible conducción bajo los efectos del alcohol con agravante.

Intuía que Tessa estaba poniendo los ojos en blanco de nuevo. Lo curioso era que su hija lo hacía exactamente igual que ella.

—De acuerdo. Acataré tus reglas de poli del condado —convino ella—. Entonces, considerando solo el accidente… Si el nivel de alcohol en sangre de la conductora solo era del 0,06, ¿cómo fue que tuvo el accidente?

—Por las inclemencias meteorológicas. Por su lesión cerebral combinada con el mencionado nivel de alcohol en sangre. Sea como sea, se precipitó desde el borde de una carretera; el coche salió volando y cayó por un despeñadero.

—¿Se precipitó o se salió?

—Estamos esperando a que la policía estatal nos ayude en ese sentido; necesitamos la información del registro de datos electrónicos del vehículo.

—¿Suicidio?

—Llevaba puesto el cinturón de seguridad, lo cual es un punto en la columna del «no». Pero, claro, la botella de whisky abierta podría considerarse un punto en el apartado del «sí». Sin embargo, y probablemente sea lo más interesante, después del accidente la conductora subió arrastrándose por un barranco de sesenta metros mientras llovía a cántaros para parar algún coche que la socorriera.

—Desde luego da la impresión de que la mujer tenía ganas de vivir —comentó Tessa.

—Pero… —Wyatt no lo pudo remediar. Hizo una pausa incómoda—. No daba la impresión de que considerase que necesitaba que la socorrieran a ella, sino que imploraba ayuda para encontrar a su hija desaparecida. Suplicaba por Vero.

—¿La niña inexistente?

—Sí. Esa.

—Un delirio —dijo Tessa con retintín.

—¿No tienes que acudir a un almuerzo? —le preguntó Wyatt irritado—. Ya sabes, con tu detective favorita, D.D. Warren.

—La única e inimitable.

—Buena suerte.

—¿Suerte? Por favor, necesito más bien una coraza blindada.

Ante lo cual Wyatt puso los ojos en blanco antes de colgar.

Los policías del estado eran buenos tipos. En New Hampshire, todos los miembros de los cuerpos de seguridad asistían a la misma academia de formación, ya fueran locales, del condado o de Pesca y Caza. Eso unificaba los criterios de todo el mundo y contribuía a tender puentes en una zona que andaba sobrada de montañas y escasa de gente. Las distintas fuerzas del orden se apoyaban mutuamente, sobre todo en el norte de Concord, donde los recursos policiales eran particularmente escasos. Y no solo los humanos, sino también de equipamiento. A diferencia de esas series policiacas de televisión donde los laboratorios de criminología parecían estaciones espaciales y los agentes de las unidades de operaciones especiales llevaban encima cien mil dólares en equipamiento cada uno, el trabajo policial en el mundo real requería más cooperación… y, en ocasiones, verdadero ingenio. Wyatt había dirigido operaciones secretas de estupefacientes con equipamiento de vigilancia que había tenido que ir recopilando en tres ciudades diferentes. A veces le daba la sensación de que, más que en actuar como policía, su trabajo consistía en pasar la gorra.

Wyatt se acercó a Jean Huntoon, que había llegado con el ordenador de recuperación de datos del estado. Habían coincidido en dos ocasiones anteriormente. Se estrecharon la mano, hicieron los obligados comentarios sobre el tiempo y seguidamente bajaron al lugar del accidente. Huntoon era una mujer esbelta de casi un metro setenta que participaba en carreras ciclistas de ciento cincuenta kilómetros en su tiempo libre. Además, ella no había bajado y subido el barranco media docena de veces, pensó Wyatt con resentimiento, cuando la agente, más joven, se le adelantó hasta el vehículo.

—Triste final para un coche precioso —señaló Huntoon.

—Por lo visto ni los utilitarios deportivos se diseñaron para volar.

—Daño frontal integral. Se estampó de morro. —Huntoon levantó la vista hacia el camino que habían recorrido—. Debió de salirse de la carretera ahí en lo alto y caer en picado. ¿No hay más vehículos involucrados?

—Creo que no.

—¿Huellas de frenada?

—No.

Huntoon enarcó una delicada ceja.

—Eso nunca es buena señal. Bueno, tienes preguntas. A ver si te consigo algunas respuestas.

Huntoon colocó el ordenador en un punto relativamente liso cerca del marco del parabrisas destrozado, sacó unos cables y se puso a trabajar.

Había un par de maneras de llevar a cabo una autopsia a un vehículo. Una era desmantelar el coche sobre el terreno y enviar piezas enteras, puertas, asientos, la pequeña caja negra, a los laboratorios del estado. Como se trataba de un caso del condado, alguien como Wyatt realizaría un seguimiento de las pruebas hasta los laboratorios, supervisando cada paso del análisis y la recuperación de datos.

Pero Wyatt notaba una presión en este caso que no se explicaba del todo. Quizá porque el asunto había tenido tan mal comienzo, con decenas de agentes desplazados perdiendo el tiempo para nada. Ahora le daba la sensación de que la investigación se les había ido de las manos y de que necesitaba volver a coger las riendas, definir los parámetros exactos del quién, qué, cuándo, dónde, cómo y por qué.

Necesitaba que el accidente apareciera objetivamente como solo un accidente. Normal y corriente. Nada extraordinario. Entonces él y su equipo podrían ponerse manos a la obra, y resolverlo.

De ahí que hubiera llamado a Jean Huntoon para reunirse con él sobre el terreno con el fin de recuperar los datos electrónicos del Audi en vez de esperar otro día para que se ocuparan de ello en el laboratorio.

Conectar los cables directamente al vehículo era un engorro; Huntoon no tuvo más remedio que trabajar entre esquirlas de cristal y el salpicadero manchado de sangre. La curtida agente se puso a silbar alegremente mientras enganchaba los cables del dispositivo de registro de datos del coche a su ordenador. Trajinó por aquí, toqueteó por allá, y acto seguido se apartó para dejar que el equipo realizara su labor.

Una hora antes, Kevin y un par de tipos del equipo técnico de reconstrucción de accidentes habían logrado cartografiar la escena con la estación total. Con la suma de esta información y la proporcionada por el registro de datos del vehículo, Wyatt confiaba en que obtendrían un bonito y nítido patrón de un simple y obvio accidente de un solo vehículo.

—Bonitas huellas —comentó Huntoon, señalando hacia un par de huellas de manos ensangrentadas sobre el salpicadero.

Wyatt asintió. Era verdad. Resultaba de sobra conocido que era complicado hallar huellas dactilares en los vehículos; demasiados revestimientos y escasa superficie viable. Personalmente tenía predilección por extraer huellas del interior de la tapa de la guantera. Los volantes, las puertas y las palancas de cambios en la mayoría de los casos no aportaban nada de interés. Pero el interior de la tapa de la guantera…, un agradable y suave plástico. Por lo general, la manipulaban solo unas cuantas veces unas pocas personas. Se había apuntado varios tantos gracias a algunas preciosas huellas incriminatorias de la guantera a lo largo de su trayectoria. Cosas de las que los polis se enorgullecían.

—¿El análisis de la sangre? —preguntó Huntoon, al tiempo que señalaba el reguero de sangre en la puerta del conductor.

—Voy a dejar que tu gente haga los honores. Esta noche se enviará la puerta entera. Probablemente arrancarán también grandes pedazos del salpicadero. Así habrá menos dilución.

Huntoon asintió a modo de aprobación. Para recoger una muestra de sangre era necesario extraerla con agua esterilizada, lo cual a su vez la diluía. Hoy en día, con la medicina forense moderna, un buen poli no se limitaba a localizar pruebas; las protegía.

—¿Una mujer al volante? —preguntó Huntoon.

—Sí.

Huntoon hizo una seña a través del parabrisas destrozado hacia el asiento del conductor.

—La colocación del asiento parece similar a la del mío, más o menos para una mujer de constitución media.

Wyatt rodeó el vehículo por detrás para apostarse junto a la puerta del conductor. Huntoon tenía razón sobre la posición del asiento, y ese momento era tan bueno como cualquier otro para examinar el resto de los detalles del lado del conductor.

—El cinturón de seguridad está desenrollado, así que doy por sentado que lo llevaba puesto —dijo—. Los espejos…

Lo de los espejos era complicado de descifrar. Lo ideal era sentarse en el asiento del conductor, pero, en vista de la cantidad de esquirlas de cristal que había y de que, para colmo, ninguna de las puertas abría, era imposible. Wyatt hizo un cálculo a ojo; lo revisaría más tarde, cuando hubieran retirado las puertas.

Se agachó por un lado, asomó la cabeza por otro.

—Parece que todo encaja.

Huntoon se apuntó con él al juego de comprobar la posición de los espejos.

—No me parece que haya nada fuera de lo normal.

El ordenador emitió un pitido. Ella se aproximó para examinar la pantalla.

Wyatt concluyó su breve reconocimiento.

—De modo que la colocación del asiento, los ángulos de los espejos, todo concuerda con una conductora de uno sesenta y dos a uno sesenta y ocho. Todavía no hay nada que indique que había otro pasajero en el vehículo. De hecho, tenemos una perra de búsqueda que juraría que la conductora era la única ocupante del coche. ¿Y ahora vas a decirme…?

—El control de estabilidad estaba desactivado.

—¿Cómo? —Wyatt se quedó estupefacto. De todas las cosas que pensó que Huntoon iba a leer en voz alta de su recolector de datos esa era la última que esperaba.

—Este modelo tiene control de estabilidad. Ya sabes, para ayudar al vehículo a corregir automáticamente la trayectoria si el conductor derrapa, coge una curva con demasiado ímpetu, cosas así. El ordenador del vehículo detecta la posible amenaza y toma el mando del frenado y/o de la desaceleración por sí solo. Salvo en este vehículo, donde se ha anulado el control de estabilidad.

—¿Con un botón de desactivación manual? —preguntó Wyatt, pues eso era lo que recordaba sobre esos coches de alta gama. El conductor podía anular las prestaciones del coche. De nuevo según lo que había oído, porque bien sabía Dios que con su sueldo jamás podría experimentar lo que era conducir un vehículo semejante; algunos conductores preferían disfrutar de una experiencia más arriesgada. Querían poner al límite las prestaciones del coche de alta gama sin que interviniera el instinto de supervivencia del ordenador.

—Exacto. —Huntoon lo miró—. ¿La conductora es adicta a la adrenalina?

—No tengo ni idea.

—La velocidad del vehículo oscilaba entre los cincuenta y cincuenta y cinco kilómetros por hora —leyó Huntoon en la pantalla—. Pero ojo: sin revoluciones por minuto.

Wyatt se quedó mirando a la agente fijamente.

—El motor estaba al ralentí.

—La palanca de cambios está en punto muerto. —Huntoon hizo una seña con la cabeza en dirección a la palanca, la cual ambos podían ver en la parte delantera. Wyatt había reparado en su posición anteriormente; simplemente había dado por sentado que la propia conductora le había dado un golpe a la palanca de cambios sin querer.

—¿Cómo va a alcanzar un coche los cincuenta y cinco kilómetros por hora en punto muerto? —preguntó Wyatt, confundido.

—Cuesta abajo —respondió Huntoon, al tiempo que levantaba la vista hacia la carretera.

—Sí. O empujándolo.

Huntoon volvió a echar un vistazo arriba, sopesando con sus ojos oscuros.

—Efectivamente. ¿Sigues pensando que fue un accidente?

Wyatt dijo simplemente:

—Oh, mierda.

9

La investigadora Tessa Leoni observó su reflejo en el espejo con aire crítico. No era una mujer proclive a darle demasiadas vueltas a su atuendo. Al principio de su carrera, el estado de Massachusetts había tenido la deferencia de ahorrarle la molestia: en todos y cada uno de los turnos se presentaba con el uniforme azul de la policía estatal. A raíz del incidente, cuando las autoridades del estado y ella acordaron que lo más conveniente para ambas partes era separar sus caminos, se convirtió en especialista en seguridad corporativa. Algo que, por lo que había podido comprobar, implicaba cambiar su uniforme azul oscuro por trajes de chaqueta de Ann Taylor azul marino. A lo mejor una vez que vestías de azul no había vuelta atrás.

Tessa hizo una mueca, haciendo lo posible por no pensar en la evidente comparación. Como lo de «Si has sido policía, siempre serás policía». Salvo que, por supuesto, ella ya no lo era.

En términos generales, le iba bien, se recordó para sus adentros. Su hija era feliz, al menos en la medida en que podía ser feliz una niña cautelosa, de mirada dura, en guardia constantemente, recuperándose de un trauma. La señora Ennis, la que fuera su vecina, convertida ahora en una fuente de sabiduría que vivía con ellas, era feliz, por no mencionar la energía con la que cocinaba con un poco de ayuda de la televisión por cable.

Y… Y Wyatt.

Tessa no había esperado volver a salir con nadie. Y mucho menos descubrir a un hombre que le infundía respeto, que le resultaba atractivo, y en quien confiaba plenamente. Él la aceptaba tal y como era, con todo, incluido un pasado en el que presuntamente le había pegado un tiro a su marido. No era algo que pudiera hacer cualquier hombre.

Y no es que Sophie le tuviera verdadero odio. Al menos no más que a cualquier otro hombre.

Tessa suspiró y volvió a fijarse en su indumentaria. Traje azul marino. Chaqueta de línea sastre a juego con pantalón de vestir de pata recta. Parecía más alta, más delgada, más dura.

Todo adecuado para almorzar con la detective de Boston D.D. Warren.

¿Por qué estaba haciendo esto?, se preguntó una vez más.

Porque era su trabajo, era una profesional y podía manejar la situación.

A Tessa se le hizo un nudo en el estómago. Estaba nerviosa y le daba rabia estarlo. La eficaz detective y ella tenían un pasado en común. Para empezar, D.D. era quien había investigado la muerte por un disparo del marido de Tessa. No obstante, las dos mujeres habían logrado trabajar juntas —más o menos— hacía un tiempo para localizar a una familia desaparecida.

Independientemente de que D.D. lo valorara o no, Tessa había vestido el uniforme una vez. Recordaba la sensación de aislamiento que sufre una mujer policía. Y entendía, seguramente mejor que nadie, lo que D.D., con su reciente herida, estaba pasando ahora.

De ahí el almuerzo.

Tessa dejó de toquetear el cuello de su camisa blanca lisa. Parecía, más que una especialista en seguridad corporativa, una agente federal. Pero daba igual. Vestía como vestía. Era quien era.

Tessa no era una mujer que se hiciese ilusiones. Había cosas buenas en su vida: Sophie, la señora Ennis, Wyatt y, qué demonios, tal vez hasta un cachorro algún día. Pero también había otras cosas. Decisiones que había tomado y actos que había cometido que ya no tenían remedio. Todavía llevaba las cicatrices; todavía sufría las pesadillas.

Y sí, se preguntaba si una mujer como ella merecía ser feliz.

Miró a su hija, y no pudo concebir cómo conformarse con menos.

Lo que significaba que, de momento, se comportaría como una adulta e invitaría a almorzar a una detective herida.

Tessa llegó a Legal Sea Foods en el Pru Center quince minutos antes de lo previsto. Confiaba en elegir la mesa, a ser posible en un rincón, y preparar el escenario.

Pero, claro, se encontró con que D.D. ya estaba esperando. En una mesa en un rincón. Pegada a la pared. D.D. se incorporó ligeramente cuando la jefa de comedor condujo a Tessa a la mesa. La detective se movía con bastante soltura; Tessa tuvo que fijarse para apreciar un signo de debilidad, la manera en la que la detective mantenía el brazo izquierdo un pelín de más pegado a las costillas.

Se estrecharon la mano, como profesionales. D.D. llevaba puesta su inconfundible cazadora de piel de color caramelo, pantalones de pata ancha en tono tostado y una camisa verde azulado oscuro. Tessa se habría apostado el cuello a que era una camisa de hombre. Una prueba más de que la eficaz detective no estaba todavía al cien por cien. Pero sus rizos rubios seguían igual de alborotados. A la mujer todavía le quedaban ganas de pelea, según parecía.

Bien, pensó Tessa. Estaba deseando meterse en faena.

—¿Cómo está Jack? —preguntó Tessa, al tiempo que se sentaba frente a D.D., de espaldas al comedor. Jack era el hijo de D.D. ¿De dos, tres años? Cómo pasaba el tiempo.

—Está en la fase de las canciones infantiles. Leemos un montón a Mamá Oca, cantamos nanas. ¿Y Sophie? —preguntó D.D.

—Bien. Con su gimnasia, taekwondo y tiro al blanco.

D.D. la observó con un amago de sonrisa.

—También me han llegado otros rumores. Sobre ti y el sargento de New Hampshire Wyatt Foster. Me dio la impresión de que hubo química durante el caso Denbe.

—Llevamos saliendo seis meses.

—Qué bien. ¿Se lo has presentado ya a Sophie?

Tessa vaciló; no pudo evitarlo. D.D. enarcó una ceja con aire interrogante.

—Hemos hecho dos intentos de salir juntos —confesó Tessa—. Prácticamente… se limitó a mirarlo fijamente. Ya sabes, de la manera en que tú y yo podríamos mirar a un asesino en serie o a un agresor sexual fichado. En ningún momento se mostró impertinente o grosera…, pero no le habría reprochado a Wyatt que hubiera salido corriendo como alma que lleva el diablo. Sophie puede imponer.

—Deberían construir algo juntos —le aconsejó D.D.—. Wyatt es carpintero, ¿no? Quizá pueda enseñarle a hacer algo. Sophie soportará su presencia con tal de poder manejar las herramientas eléctricas y, mientras tanto, a lo mejor surte efecto el encanto despreocupado de New Hampshire de Wyatt. Congeniarán.

—No está mal para una mujer con un niño pequeño.

—Como detective, tienes que estar preparada para todo tipo de males. Incluso niñas de nueve años.

D.D. cogió la carta. Tessa hizo lo mismo. Llegó la camarera; hicieron sus comandas. Langostinos para Tessa, sopa de almejas y bacalao al horno para D.D. Ambas pidieron agua para beber. Y entonces llegó el momento de enfrascarse en el trabajo.

—Me he enterado de lo de tu brazo —dijo Tessa, haciendo un gesto hacia D.D., que tenía una postura rígida. La detective había resultado herida en el brazo izquierdo mientras estaba de servicio. Se rumoreaba que era grave y que iba para largo. Que igual nunca podría reincorporarse al servicio. El departamento mostraba sensibilidad ante ese tipo de cosas. Lo más probable es que le ofrecieran un trabajo de oficina. Con el problema de que D.D., como Tessa, no era una mujer hecha para estar sentada.

—Me lo figuraba. —D.D. la miró con acritud—. ¿Has venido a hablar conmigo de mis futuras posibilidades de trabajo?

—Nunca está de más informarse —respondió Tessa en tono amable—. Y seguramente tampoco escuchar, dado que has aceptado venir a comer.

D.D. encogió un hombro, tal vez no del todo convencida, aunque tampoco se lo discutió.

—¿Te gusta lo que haces? —preguntó con patente curiosidad.

—Más de lo que pensaba. Por ejemplo, trabajar en el caso Denbe…, una familia entera desaparecida, luchando contrarreloj para localizarlos con todo en contra. Lo que mejor se nos da a ti y mí son las situaciones que suponen un reto, además de una motivación.

—Un caso más bien extremo. Donde conseguiste mucha ayuda del departamento de policía de Boston, permíteme añadir.

—Te asombraría la cantidad de casos extremos que existen a nivel corporativo en Estados Unidos. Hay en juego dinero, egos y el dominio del mundo. A la gente se le va un poco la cabeza.

—A ti te gusta.

—Sí. Lo cual, soy la primera en reconocerlo, me sorprendió. Y, sinceramente, el horario es lo mejor. Mi hija sabe que nueve de cada diez veces llego a casa para cenar. Y para ver sus competiciones el fin de semana. Y tengo cuatro semanas de vacaciones pagadas al año además de ganar un sueldo que nos permite pasar ese tiempo en un lugar soleado.

—Eso lo dices solo para fastidiar.

—No, es cierto. Mi trabajo es superior al tuyo en todos los aspectos.

—No en todos.

—Sumamente estimulante, increíblemente lucrativo y adecuado para la conciliación de la vida familiar. Dime lo que no te aporta trabajar para una empresa de seguridad corporativa.

—A Phil —dijo D.D. sin más—. Y a Neil. Los compañeros de mi brigada. Siempre has sido una loba solitaria, Tessa, mientras que a mí me encanta trabajar en equipo.

Los platos llegaron pronto. Charlaron de trivialidades, se pusieron al día sobre conocidos en común. A Bobby Dodge, un detective de la policía estatal, le iba bien. Seguía casado con Annabelle, ya tenía tres hijos, acababa de comprar una casa para reformar en las afueras. Con un gran jardín, señaló D.D. De esos sitios perfectos para una piscina, un trampolín y barbacoas en verano. Ah, y se habían comprado un cachorro, un pastor australiano. Seguramente para que pastoreara a los niños.

D.D. y ella pasaron de un tema a otro, contando anécdotas sobre gente que conocían, sobre casos en los que habían trabajado. Hasta que terminaron de comer, Tessa lo cargó a su tarjeta de empresa y retomaron el asunto en cuestión.

—¿Lo pensarás? —preguntó Tessa por fin—. ¿Y si te pasas para una entrevista formal? No está de más saber lo que se cuece ahí fuera.

D.D. asintió. Dejando al margen el cariño que tenía a su equipo, si no lograba pasar la prueba de aptitud física sus días como poli estaban contados. Tessa estaba echándole un cable al plantear la posibilidad de que trabajase para Investigaciones Northledge, y ambas lo sabían.

—Hablando de perros, los estatales tienen novedades sobre un viejo caso —comentó D.D. mientras se levantaban.

—¿Ah, sí?

—Un tío estaba jugando con su perro —dijo D.D.—, lanzándole un palo en un arroyo de las inmediaciones, cuando vio casualmente una pistola negra de pequeño calibre en el fondo del agua. Se la entregó a la policía; el laboratorio relacionó la pistola con la bala con la que mataron a John Stephen Purcell. Ya sabes, ese sicario al que asesinaron hace tres años.

Tessa guardó silencio.

—Me ha dado que pensar —comentó D.D. como si tal cosa—. Todavía hay muchos interrogantes sin respuesta sobre aquella noche…

—A mi hija le va de maravilla —la interrumpió bruscamente Tessa.

—Me alegro. De verdad. —D.D. asintió con la cabeza—. Pero, Tessa, tú y yo… Tienes razón. Nosotros estamos obligados a hacer ciertas cosas. Maldita sea, somos quienes llevamos las placas. Y se supone que la gente que lleva las placas tiene que defender el sistema, honrar la ley. Hay líneas que no deben rebasarse. Y tú…

D.D. se calló. Jamás podría demostrar lo que sospechaba, y ambas lo sabían. Tessa, por su parte, permaneció en silencio, porque jamás diría lo que había hecho, y ambas lo sabían.

—No estoy intentando amenazarte —dijo D.D. finalmente.

—¿Entonces qué estás intentando hacer?

—Advertirte. Corre el rumor de que los frikis del laboratorio han extraído una huella. Y los homicidios no prescriben, ¿no? O sea, que si se hallan nuevas pruebas…

No le hizo falta seguir dando explicaciones. Tessa entendió el mensaje.

D.D. comenzó a alejarse de la mesa.

—El caso Purcell no lo lleva el departamento de policía de Boston —señaló mientras cruzaban el restaurante en dirección a la puerta—. El estado se lo asignó a un tío nuevo, el detective Rick Stein. Se rumorea que es un superpolicía, de los que odian los casos abiertos y las preguntas sin respuesta. Seguro que oyes hablar de él muy pronto.

—Muy bien —dijo Tessa.

—Podrías presentarte ante la policía, aportar información por iniciativa propia ahora —sugirió la detective.

Tessa se limitó a mirarla fugazmente.

—Sigues siendo una loba solitaria, Tessa —señaló D.D. en voz baja, mientras empujaban la puerta.

—Es que nunca he trabajado con tus colegas de la brigada —respondió Tessa.

D.D. se limitó a sonreír.

—Gracias por el almuerzo. Lo meditaré.

Cada una se fue por su camino.

10

Thomas ha vuelto. Se había marchado, con el pretexto de dejarme descansar, aunque a ambos nos constaba que era él quien estaba exhausto. Ahora que ha vuelto me sorprende gratamente tanto el hecho de que recuerde su nombre como de que casi me alegre de verle. Me ha traído una muda de ropa. Mallas negras, un holgado jersey de punto trenzado de color canela. No reconozco la ropa en el acto. Y, sin embargo, cuando me la pego a la nariz y aspiro…

Un retazo de recuerdo. Estoy hecha un ovillo en un sofá de piel marrón chocolate. Con un libro en las manos, una taza de té en la mesa de centro de cristal que hay junto a mis pies. Thomas está sentado frente a mí en un sillón a juego, totalmente enfrascado en el crucigrama matutino.

De repente me entran ganas de copos de avena, pero no sé si tiene sentido.

La doctora Celik aparece en el umbral con una bolsa de papel marrón. Me mira con aire distraído y seguidamente centra su atención en Thomas. Reanudan la conversación en voz baja al fondo de la habitación. Como si fueran íntimos, pienso de nuevo. Me pregunto si soy de las celosas. O si Thomas ha tenido un desliz alguna vez. ¿Me enteré? ¿Me importó?

No sé si soy una buena esposa. Cara de mantener, sí, por lo visto. Y, dado el cardenal que tiene Thomas en la mandíbula, capaz de emprenderla a golpes. Pero ¿soy dulce, cariñosa, tierna? ¿O mandona, dominante, una verdadera arpía?

Al margen de que mis recuerdos estén confusos o no, me da la sensación de que como mínimo debería saber eso sobre mí misma. Rasgos de personalidad básicos, dinámica de un matrimonio, instantáneas emocionales de una vida.

A lo mejor el cansancio me ha pasado factura, porque soy incapaz de recordar nada. La sensación de estar sumergida bajo el agua, ¿no es así como se lo había descrito la médica a Thomas? Porque así es como me siento. Como si estuviera sumergida parcialmente, flotando a la deriva, el mundo alejándose más y más con la corriente.

La doctora Celik alza la voz bruscamente. No hace falta ser una lumbrera para entender que no quiere darme el alta. Lo más probable es que necesite estar en observación, más pruebas, y que las enfermeras sigan presentándose cada hora a leer mis gráficos y a aterrorizarme acribillándome a pinchazos.

Bajo el agua o no, no he perdido mi determinación. No puedo quedarme aquí. Las máquinas hacen demasiado ruido, las luces brillan demasiado, el sonido de los pasos retumba demasiado en el pasillo de linóleo. Un hospital no es lugar para recuperarse de una conmoción. Supera demasiado a una mujer con una considerable necesidad de descanso y sosiego.

Más discusión, otro tira y afloja.

—¿Entiende que está firmando su alta voluntaria contra la prescripción médica? ¿Que en calidad de especialista considero que su esposa debería seguir hospitalizada como mínimo otras veinticuatro horas? ¿Que sigue en riesgo de sufrir inflamación cerebral, por no mencionar un derrame? Lo que significa que, si se la lleva a casa, podría morir allí.

¿Reconoceré mi casa? Trato de visualizarla. Automáticamente me viene a la cabeza una casa colonial pintada de gris con postigos negros. Tal vez una imagen de una revista, o tal vez mi propia casa; no tardaré en averiguarlo. Trato de imaginar un gato o un perro, pero me quedo en blanco. Por lo visto, mi marido y yo nos contentamos con nuestra mutua compañía. Trabajamos juntos; Thomas me lo dijo. Él diseña atrezo, piezas de decorados, y yo ayudo con los acabados. Vivir juntos, trabajar juntos, dormir juntos.

Debemos de querernos mucho; si no, no es de extrañar que le haya magullado la mandíbula.

A continuación… otro recuerdo: yo, sentada en una luminosa terraza acristalada. Zarcillos verdes de plantas colgando de la descomunal repisa de las ventanas. Suelo de baldosas, colores eclécticos en la pared. Yo, sentada en medio, pintando. Y sonriendo. De hecho, lo noto en mi cara. Estoy contenta.

La voz de Thomas, resonando desde el umbral, detrás de mí: «Eh, cariño, ¿comemos?».

Mi sonrisa se acentúa. Más contenta.

—Nicky.

Mi mente regresa al presente de golpe. Una inhóspita habitación de hospital. Yo, tendida en la cama, mi marido de pie a mi lado.

—La doctora Celik está dispuesta a dejar que te marches —me dice, cosa que enseguida me extraña, porque a tenor de su conversación no me había dado esa impresión en absoluto—. Pero tienes que prometer que descansarás, y tendremos que volver dentro de unos cuantos días para la revisión médica.

Asiento. Me duele la cabeza, aunque en un grado soportable. Acto seguido arrugo la nariz. Thomas lleva en la mano la bolsa de papel que tenía la médica. Percibo un fuerte olor a sangre y tierra. Pero también… a whisky. Del bueno. No sé si apartarme porque me repugna o abalanzarme hacia delante porque lo añoro.

—Tu ropa —dice Thomas, sujetando la bolsa en alto, marcada con el símbolo de riesgo biológico.

Tardo un momento en reaccionar; a continuación la cojo. De anoche, quiere decir. Del accidente.

No puedo evitarlo.

—¿Nos la podemos llevar? Pensaba que la policía… Dijiste que me harían preguntas.

—Tu tasa de alcoholemia marcaba 0,06 —me explica mi marido—. El límite legal en New Hampshire es de 0,08. En este momento, no tienen motivos para presentar cargos contra ti, y mucho menos para requisar tus efectos personales.

Asiento con la cabeza. Me pregunto si debería estar impresionada porque mi marido esté tan puesto en legislación. O preocupada.

—Pero la ropa está ensangrentada…, inservible. —Sigo confusa. ¿Por qué tiene él mi ropa andrajosa? ¿Qué más le da?

En vez de responder a la pregunta, señala hacia la ropa limpia que ha colocado a los pies de la cama del hospital.

—¿Podrás vestirte sola?

—Sí.

—Bien. Voy a bajar en un momento a la farmacia con tus recetas; vuelvo enseguida. Dame veinte minutos.

—¿Qué hora es?

—Las cinco y media.

—Está oscuro.

—Sí.

—A Vero no le da miedo la oscuridad —le informo.

Thomas suspira y sale de la habitación.

Nuestra casa es colonial, de dos plantas. No distingo el color, dado que es de noche. Tras conducir durante cuarenta minutos por pintorescas carreteras secundarias y sinuosas calles laterales, Thomas aparca en la puerta y apaga el motor. Ambos nos quedamos ahí sentados un momento. Sin hablar. Simplemente solos en la oscuridad.

Entonces Thomas abre su puerta, rodea el coche y me ayuda.

Todavía me duelen las costillas. Y el pecho, si trato de inhalar demasiado hondo. Pero me doy cuenta de que, si realizo movimientos suaves y me muevo despacio, me las apaño bastante bien. Hay cuatro escalones que ascienden a un porche cubierto. Una solitaria luz ilumina la puerta, que parece estar pintada en color vino. ¿O sangre? ¿No nos reímos sobre eso en una ocasión?

Thomas abre la puerta y me indica que entre.

Mi casa tiene un recibidor abovedado. Baldosas de pizarra abajo, una araña de hierro forjado arriba, una sinuosa escalera al frente. Me acerco a la mesa auxiliar de madera de cerezo sin apenas pensar. Dos fotografías enmarcadas. Resulta que en una aparecemos los dos, más jóvenes, más felices, risueños en una playa. El marco es de pedazos de cerámica e inmediatamente pienso en México. Qué buen viaje. Desayunábamos con tequila y pasábamos las tardes en motos acuáticas chocando contra las olas. Éramos temerarios, bobos, alocados, estábamos apasionada y locamente enamorados.

Añoro México. Todavía.

Lo siguiente, un retrato en blanco y negro. No de pareja ni mucho menos. Yo sola, iluminada por detrás con algo, tal vez con una lámpara de mesa. No se aprecia mi expresión, únicamente mi perfil, mechones de pelo oscuro rizado cayendo provocativamente. La imagen despide un aire pensativo, y la dejo en su sitio en un acto reflejo.

—Siempre me ha gustado esa foto tuya —dice Thomas. Deja caer las llaves en el cestillo de la mesa, al tiempo que trata de observarme disimuladamente.

Sé sin preguntar que él hizo esa foto y que yo había estado llorando justo antes. Un ataque de llanto a lágrima viva, a moco tendido, hipando, que lo había inquietado hasta tal punto que había sacado la cámara para distraerme.

A veces lloro sin motivo alguno.

¿Ves? Después de todo, algo recuerdo de mí misma.

Sigo a Thomas al interior de la casa y me topo de frente con el sofá de piel de color chocolate, la mesa auxiliar de cristal. La cocina se encuentra junto a la sala de estar. Armarios de madera de arce más clara, porque yo no quería que fuese demasiado oscura. Una cenefa de azulejos verde mar porque me recordaban el océano. Una mesa de comedor para dos, el armazón de hierro forjado, con incrustaciones de mosaicos con mariposas porque siempre anhelé volar.

Esta es mi habitación. Además de la terraza acristalada anexa, con esa locura de paredes verde lima y magenta en alternancia. Thomas había refunfuñado al ver los colores. No me hagas hacerlo, había dramatizado, burlándose horrorizado. Pero se trataba de mi habitación, de mi espacio, y podía decorarlo a mi antojo, así que me había decantado por el verde lima con el magenta.

Lo que fuera menos un rosal pintado trepando por las paredes.

—El taller está en la parte trasera —dice ahora, señalando hacia la puerta de la terraza acristalada—. Aquí es donde tú trabajas. Allí es donde yo trabajo.

—¿No trabajamos uno al lado del otro?

—Rara vez. Yo construyo; tú pintas. Y el trabajo sale adelante entre los dos.

Me conduce a la planta de arriba. No hay cuadros en la pared y por algún motivo me sorprende, como si hubiera esperado lo contrario. La primera planta tiene tres dormitorios, incluido el principal con baño. Esa habitación tiene el techo retranqueado y una cama con dosel de madera de cerezo francamente enorme.

Lo primero que pienso es que de ninguna manera pude elegir esa monstruosidad tan formal. Debió de hacerlo Thomas, porque me espanta nada más verla.

Él no dice nada; se limita a concluir la breve visita guiada.

—¿Por qué una casa tan grande solo para nosotros? —pregunto—. ¿Acaso solemos organizar cosas, recibir a muchos invitados?

—Nos gustó esta casa, a pesar de ser más grande de lo que necesitábamos. Y, en vista de que trabajamos juntos, a veces es agradable disponer de espacio de sobra.

Entro en el más pequeño de los dormitorios. Alberga un precioso sofá cama de hierro forjado pintado de blanco, cubierto con una colcha de color amarillo claro.

—Me gusta esta habitación.

No dice nada.

Toco un extremo de la colcha, la palpo en la mano. Es artesanal, tejida a mano. Pero no por mí, pienso automáticamente. La destreza que se aprecia supera con creces mis capacidades. Y sin embargo…

Sé quién hizo esta colcha. La echo de menos.

Y, durante un fugaz instante, vuelvo a tener esa sensación. Esa profunda sensación de vacío en el pecho. De anhelo.

—Puedes dormir aquí si quieres —dice Thomas en voz baja.

—Vale. —Ni siquiera lo miro. Esta habitación es mía; la de matrimonio es suya. Puede decirme lo que se le antoje. Lo tengo claro.

Thomas me pregunta si tengo hambre. La verdad es que sí. Volvemos a la planta baja, donde prepara dos tortillas de queso. Parto en rodajas un melón cantalupo, al tiempo que contemplo el fino filo de la hoja del cuchillo. Si esta cocina es mi territorio, está claro que me tomo el menaje en serio.

Nos sentamos a la mesa de comedor y me doy cuenta de que estoy moviéndome como una autómata, siguiendo ya el ritmo que debo de haber desarrollado en el transcurso de los seis meses que llevamos viviendo aquí. Un tándem dando tumbos en doscientos metros cuadrados, con gusto por el mobiliario de ambiente acogedor y sorprendentemente pocos cuadros, cachivaches o adornos personales en las paredes.

Me pregunto si habremos terminado de desembalar las cajas de la mudanza. O si somos gente que opta por una decoración de interiores muy minimalista.

Después de cenar, Thomas propone que veamos una película. Pero noto que de nuevo le invade el cansancio, obviamente está hecho polvo. A diferencia de él, por fin me siento espabilada, curiosamente centrada, como si la neblina se estuviera despejando; si me concentrara lo suficiente, si lo procurara con ahínco, desvelaría todos los secretos del universo.

Le digo a Thomas que debería irse a la cama. Intenta protestar. Insisto y, finalmente, con gesto ceñudo, capta la indirecta.

Cuando desaparece en la planta de arriba, cojo el mando a distancia y compruebo que no me cuesta poner en funcionamiento el equipo ni sintonizar mis canales favoritos. Mientras no le dé demasiadas vueltas y me limite a actuar, no tengo ningún problema.

Pongo la cadena TV Land. Veo viejos episodios de La isla de Gilligan, lo cual parece un entretenimiento lo bastante inocuo para una mujer con lesiones cerebrales múltiples. Sin demasiadas emociones, sin amenaza de violencia. Bueno, salvo el capitán propinándole tortas con la gorra a Gilligan una y otra vez. No obstante, me niego a ver Las chicas de oro. Mi desesperación no llega a tanto.

Apago la tele, deambulo por la sala de estar. Descubro una pila de libros, la mayoría de bolsillo. Parece ser que me gustan las novelas de Nora Roberts, mientras que Thomas prefiere a Ken Follett. Vuelvo a entrar en la cocina y acto seguido, porque simplemente tengo que saberlo, paso revista a todos los armarios y después a la despensa.

Como era de esperar, no hay alcohol. Ni una sola lata de cerveza, ni una sola botella de vino. Y mucho menos una botella de whisky decente.

Por un momento, me siento decepcionada. Increíblemente, terriblemente. Porque ¿a que una agradable copa de whisky de malta sería perfecta en este momento?

Salgo de la cocina y me dirijo a la planta de arriba. Me cuesta respirar, pero sobrevivo a la subida. Vuelvo a la pequeña habitación de la colcha amarilla.

Me tiendo allí totalmente vestida, con las piernas rectas, las manos entrelazadas sobre mi pecho. Como una niña en un ataúd.

Y entonces, inhalo.

Vero.

Vuelve a ser pequeña. Pequeña y vivaracha, con las mejillas rechonchas y los puños regordetes. Ruidos de avión mientras corre por la minúscula habitación, brincando sobre cojines, tomando impulso para volar.

Te quiero, te quiero, te quiero.

Vero vuela. Vero se cae.

Pasos amenazantes por el pasillo.

Estoy soñando, me digo.

Sigo soñando, me recuerdo para mis adentros.

Mientras veo a Thomas irrumpir en la habitación.

11

Los Frank vivían en una casa colonial pintada de gris relativamente nueva. Postigos negros, un porche rodeado por una barandilla, un sinuoso camino de entrada de ladrillo que serpenteaba entre un coqueto parterre de flores. A esas alturas del otoño, aún sobrevivían algunos pensamientos maltrechos y esas cosas con forma de repollo que Wyatt nunca había sabido cómo se llamaban. Lo cual significaba que alguien había invertido tiempo y esfuerzo en remozar el jardín en otoño. ¿Nicky Frank? ¿Su marido, Thomas?

Había mucho que averiguar, motivo por el cual Kevin y Wyatt decidieron comenzar la mañana presentándose personalmente en la casa.

Wyatt no se quitaba de la cabeza los comentarios que había hecho Tessa el día anterior. ¿Qué sabían realmente de Nicky Frank, si nunca habían hablado con ella personalmente, incluido, entre otras cosas, hasta qué punto se acordaba de sus últimos tres «accidentes»? Porque los coches rara vez salían despedidos de la carretera en punto muerto. Podía suceder, supuso. La conductora se queda traspuesta, deja el coche sin marchas de un golpe mientras desciende en punto muerto por una pendiente pronunciada; pero no parecía probable. De ahí que Wyatt se planteara también lo del whisky. ¿Había estado bebiendo Nicky por voluntad propia? ¿O alguien había hecho lo posible por asegurarse de que una mujer con un traumatismo craneal diagnosticado y que no podía beber por prescripción médica no reaccionara al volante?

A veces al trabajar en un caso tenías una buena pista, y otras más bien una corazonada. Lo bueno de ser sargento era que Wyatt tenía que guiarse por sus corazonadas. Búsqueda en todo el condado de una niña de la que sin embargo seguía sin haber el más mínimo registro, ni siquiera de su existencia. Sí, el sheriff le había echado una bronca por eso. No obstante, hasta el jefe coincidía en que había algo en esta pareja, la sucesión de accidentes de la mujer, el constante delirio sobre una niña desaparecida, que no encajaba.

Wyatt hizo los honores de llamar a la puerta. Era de color berenjena y parecía recién pintada. Le daba la impresión de que los Frank habían dedicado tiempo y energía a darle un lavado de cara a la casa desde que la habían comprado hacía seis meses. ¿Señal de que por fin se habían asentado? Porque la noche anterior Kevin había repasado la trayectoria de la pareja, y decir que se mudaban con frecuencia sería quedarse corto. Dos años era lo máximo que habían pasado en un sitio. Por lo demás, su modus operandi parecía ser hoy aquí, mañana en otro lugar.

¿En busca de negocios, un marido ocultando su rastro o una pareja inquieta sin más? Más preguntas que plantearse.

A Wyatt le gustaban los retos.

De ahí su relación con Tessa.

Volvió a llamar, esta vez con más ímpetu, con más insistencia. Por fin, sonido de pasos procedentes del interior. Un segundo después, se abrió la puerta y apareció Thomas con aire desaliñado.

—Buenos días —dijo Wyatt con entusiasmo.

El hombre, descalzo y en ropa deportiva, se quedó mirándolo.

—¿Qué hora es?

—Las ocho.

—¿No es un poco temprano para ir de visita?

—Hemos traído café.

Thomas frunció el ceño.

—Señor —terció Kevin, para hacer presión—. Tenemos que hacerle unas preguntas a su mujer.

—Está durmiendo; necesita descan…

—No pasa nada. —Nicky asomó por la escalera, por detrás de Thomas. También iba vestida de manera informal: mallas, un jersey holgado, y llevaba el pelo mojado, como si se acabara de duchar.

Incluso a esa distancia, Wyatt distinguió las sartas de puntos que le tachonaban la frente, el ojo izquierdo, el lado derecho de la mandíbula inferior, y, ni que decir tiene, la infinidad de moretones y abrasiones que le afeaban la tez. El día anterior, tenía mal aspecto. Ese día, aún peor; seguramente así sería mientras las magulladuras siguieran su curso. Pero la mujer estaba de pie. Con la cabeza erguida. Los ojos, cristalinos.

Wyatt sintió la punzada del depredador acechando su caza mayor. La mañana pintaba bien.

Thomas retrocedió a regañadientes para dejar pasar a los dos agentes a su casa. Wyatt y Kevin entraron sin pensárselo dos veces y cerraron la puerta tras de sí. La primera impresión que tuvo Wyatt fue que la casa era agradable, despedía un aire limpio y moderno, pero curiosamente aséptico. No parecía tanto un hogar como un decorado. Aquí el sofá de Pottery Barn; aquí, la mesa de centro del tamaño apropiado; aquí la alfombra suave y acogedora. Hasta que no llegaron a la cocina, que conducía a una estrambótica terraza acristalada pintada de colores chillones, no apreció ni un atisbo de personalidad. Entonces, a juzgar por la manera en que Thomas evitaba mirar hacia las paredes de vivos colores, Wyatt intuyó que la habitación era acorde al estilo de Nicky y no al de su marido.

Kevin dejó la bandeja de cartón con los cuatro cafés sobre la encimera de la cocina. Thomas suspiró, aceptó el chantaje. Pero Nicky se sirvió un vaso de agua.

—¿Bebo café? —preguntó a su marido con patente curiosidad.

—Prefieres el té —la informó Thomas.

—Pero me encanta el olor.

Thomas alzó la vista hacia su mujer.

—No tienes por qué hablar con ellos, ¿sabes? No rebasaste el límite legal para considerar que conducías bajo los efectos del alcohol, ¿recuerdas? —Los fulminó con la mirada, como si para él fuera importante que supieran que estaba al tanto—. Por no mencionar que la doctora Celik dijo que necesitabas descanso. Si estás cansada, deberías ir a tumbarte. Yo puedo hacerme cargo de esto.

¿Un cuidador fornido y resuelto, se preguntó Wyatt, o simplemente un marido que no quería que su mujer hablase con los polis bajo ningún concepto?

Lo realmente interesante era que intuía que Nicky se estaba preguntando lo mismo.

—Solo son unas cuantas preguntas —señaló Wyatt—. Al margen de que el conductor dé positivo o no, nuestra obligación es investigar todos los accidentes. Interrogatorios rutinarios y esas cosas. No tardaremos mucho.

—No me importa —dijo Nicky—. Podemos ir a la terraza acristalada. Te llamaré si necesito algo.

Aunque Thomas seguía remiso, cogió su café y se marchó.

Según la información recabada, Thomas efectivamente tenía y gestionaba su propia empresa, Ambix Productions. El año anterior había ganado doscientos cincuenta mil dólares, lo que explicaría la bonita casa, los coches de lujo. Los Frank tenían un saldo actual de cuarenta mil dólares en el banco, un colchón decente si la mujer seguía incapacitada para trabajar. Muy lejos de ser una pareja al borde de la ruina, como Thomas había insinuado en el hospital. Quizá fuera un tipo meticuloso, o adicto al trabajo. No cabía duda de que la sucesión de lesiones de su mujer le había quitado tiempo, y no solo durante un par de semanas, sino por lo visto en los últimos seis meses.

O sea, ¿que tenía una buena razón para mostrarse sobreprotector con su esposa? ¿O, de nuevo, más jueguecitos de secretos y mentiras? En días así, a Wyatt francamente le encantaba su trabajo.

Al irse Thomas, Nicky condujo a Wyatt y Kevin a la luminosa terraza acristalada. Wyatt se percató de que la mujer caminaba con tiento, todavía aquejada de dolores y molestias, pero a simple vista de buen ánimo.

—Me gusta esta habitación —dijo al tomar asiento en una de las butacas acolchadas. Wyatt y Kevin se pusieron cómodos en dos butacas de mimbre a juego situadas frente a ella—. Esta es mi habitación —continuó, doblando una pierna bajo su cuerpo—. Y el dormitorio amarillo de la planta de arriba; esa también es mi habitación.

—¿Reconoce su casa? —preguntó Wyatt—. ¿Se siente a gusto aquí?

—Sí. Siempre que no piense demasiado… Si me limito a hacer cosas, por ejemplo, a coger un plato, doy con él enseguida. Mientras que si me paro a pensar dónde pueden estar los platos… Ahí es donde la cosa se complica.

—Está ejercitando la memoria muscular —terció Kevin.

Nicky se encogió de hombros. Su melena oscura, cuyos rizos le enmarcaban el rostro, estaba empezando a secarse. Wyatt reparó en que era una mujer atractiva, o que lo sería una vez que se curaran sus magulladuras y cortes.

—¿Le duele la cabeza hoy?

—No. Simplemente estoy… dolorida. Por todas partes. Como si mi cuerpo entero hubiera pasado por un centrifugado o algo así. La médica me ha recetado unos analgésicos, pero creo que, a corto plazo, no me separaré del ibuprofeno.

—¿Cómo está Vero? —preguntó Wyatt para ponerla a prueba—. ¿Se encuentra mejor también?

Nicky, frente a él, se quedó inmóvil y lo miró con expresión sincera.

—¿Piensa que estoy loca, sargento?

—Todavía no lo sé.

—No tengo ninguna hija.

—Y, sin embargo, ayer…

—Acababa de sufrir un grave accidente, de golpearme en la cabeza. Otra vez. Está claro que estaba aturdida y confundida.

—¿Ha tenido un hijo alguna vez?

—No. Soy estéril. Los niños siempre han estado descartados para nosotros. —Esbozó una tenue sonrisa—. Qué gracia, me cuesta recordar el nombre de mi marido. Pero mi propia infertilidad… Ese es un recuerdo del que no tengo escapatoria.

Wyatt hizo una pausa; no estaba seguro de qué conclusión sacar de esta confesión. No podía tener hijos, pero a lo mejor añoraba uno en lo más hondo, de modo que, sometida a presión, ¿su subconsciente se había inventado uno? Es posible, supuso. No obstante, sobrepasaba con creces los límites del ámbito policial.

—¿Por qué el nombre de Vero? —preguntó Kevin.

—No lo sé.

—¿Es un nombre de familia? ¿De su madre, una hermana, una tía abuela, de algún familiar?

—No tengo familia.

—¿A nadie en absoluto? —interrumpió Wyatt.

Lo observó fijamente con una mirada lúcida.

—No. A nadie en absoluto. Solo estamos Thomas y yo. Créame, es suficiente.

De acuerdo. Wyatt tomó nota mentalmente. La inquietud que Tessa había mostrado el día anterior cobraba cada vez más sentido. Porque estaba claro que Nicky Frank llevaba una vida muy solitaria. Solo ella y su marido. Salvo que su marido no era el que tenía «accidentes» cada dos por tres.

—¿Se acuerda de la noche del miércoles? —preguntó Wyatt.

—La noche del accidente.

—Sí.

—No.

—¿No?

—No. De nada. Intento visualizarlo…, pero tengo la mente en blanco.

Wyatt miró fugazmente a Kevin, que respondió con un asentimiento de cabeza e intervino.

—Señora Frank, ¿le importa probar una cosa conmigo? Es un ejercicio para recuperar la memoria. A lo mejor le ayuda a refrescarla.

—¿En qué consiste?

—Simplemente relájese y permanezca sentada. Voy a intentar que repase la noche con más detalle, concentrándose en sus sentidos. Ya sabe, lo que olió, oyó, ese tipo de cosas. Es como escarbar en la memoria dando un rodeo en vez de intentarlo de frente. A veces, la diferencia radica en eso.

—No es hipnosis, ¿verdad?

—Ni mucho menos.

—Porque mi cerebro ya está lo bastante dañado. Lo que me faltaba es que alguien lo manipulara.

—Ni manipulaciones, ni sugestiones. Sencillamente voy a plantearle una serie de preguntas para que me responda con lo primero que le venga a la cabeza.

Nicky apretó los labios sin dejar de mirarles con recelo. Pero, acto seguido, dio un breve y leve asentimiento. Accedía a hacerlo.

—De acuerdo. Cierre los ojos. Respire hondo. Es miércoles por la tarde. Son las cinco. ¿Dónde se encuentra?

—En casa.

—¿Qué lleva puesto?

—Vaqueros. Un jersey de cuello alto negro. Un forro polar gris.

—¿Qué sensación le produce la ropa?

—Suave. Confortable. Es uno de mis conjuntos favoritos.

—¿Qué está haciendo en casa?

—Estoy… preparando la cena. Pechugas de pollo. Las he marinado esta mañana con un aliño italiano. Ahora tengo que cocinarlas. Creo que voy a sofreírlas y luego a ponerlas al horno. Debería hacer arroz también. A lo mejor hervir un poco de brócoli. —Hace una pausa—. Me duele la cabeza.

—¿Se toma algo?

—Ya lo he hecho. Cuatro comprimidos de ibuprofeno. Pero no ha bastado. El olor del pollo… me está revolviendo el estómago.

—¿Qué hace?

—Tengo que tumbarme. A veces, envuelvo una bolsa de hielo en una toalla y me la pongo sobre los ojos. Surte efecto.

—¿Ahora?

—Meto el pollo en el horno. Pongo el temporizador para que no se queme. Cambio de idea respecto al brócoli; el arroz está controlado en el fogón. No tengo que estar pendiente de eso. Cojo la bolsa de hielo y me dirijo al sofá.

—¿Dónde está su marido?

—No lo sé.

—¿Se encuentra en la casa?

—No lo sé.

—¿En el taller, tal vez?

—No lo sé.

—Vale. Se tumba con la bolsa de hielo.

—Creo que me quedo dormida. Me reconforta la oscuridad y el frío. Cierro los ojos. Me gusta dormir. Cuando duermo, Vero viene a verme. Está contenta, lleva su vestido estampado favorito. Tiene ganas de bailar, así que la agarro de los brazos y damos vueltas y vueltas. Salvo que ahora estamos en la habitación pequeña, con la alfombra azul raída y las ventanas cerradas a cal y canto y las camas individuales tan pegadas la una a la otra que bien podrían ser una sola. El fin se avecina. Esta es la habitación de la despedida. Me consta cada vez que miro la alfombra. Debería parar. Me cuesta horrores seguir viéndola así. Pero la adoro. Siempre la he adorado. Y lo lamento. Jamás imaginé hasta qué punto podía lamentar algo una persona, hasta que se convierte en un lastre que te hunde y, oh, Dios mío, otra vez los pasos. Al fondo del pasillo. Ambas tenemos que escapar. Salvo que una de las dos jamás lo consigue. Siempre yo, nunca Vero.

—Nicky… —Wyatt examinó a la mujer atentamente. Seguía con los ojos cerrados. No los miraba, sino que permanecía sumida en su recuerdo de un recuerdo. Y estaba llorando. Fuera o no consciente de ello, un torrente de lágrimas resbalaba por su rostro.

—¿Se despierta? —preguntó Kevin con delicadeza.

—El temporizador se apaga. El pollo. Listo.

—¿Qué hace?

—Thomas. Está de pie en la sala de estar. Me observa fijamente. A lo mejor grité; a lo mejor dije su nombre. No debería haberlo hecho. Saco el pollo del horno. Lo sirvo en los platos. Sirvo el arroz. Pongo la mesa. Thomas me observa. Me dice que está bueno. Una de mis primeras cenas dignas. Comemos en silencio. Antes no comíamos así, ya saben. Charlábamos y charlábamos y charlábamos. Nos amábamos.

Wyatt y Kevin se cruzaron la mirada.

—¿Qué hace después de cenar? —preguntó Kevin.

—Lavo los platos.

—¿Y Thomas?

—Tiene trabajo. Su trabajo es muy importante. Se pone a trabajar. Yo recojo la cocina. Pero se me cae un plato. Se rompe en el suelo. Me tiemblan las manos. Estoy cansada. Débil. Antes solía encontrarme bien, pero ahora me siento cansada constantemente. Thomas se muestra muy paciente conmigo. Tiene muchísimo trabajo, y para colmo la carga de estar pendiente de su mujer. Recojo los trozos del plato con cuidado, los tiro al cubo de la basura de fuera, donde con suerte no dará con ellos. No quiero que se disguste.

—¿Qué ocurre cuando Thomas se disgusta? —presionó Kevin.

—No quiero que Thomas se disguste —repitió Nicky.

—Después de recoger los pedazos, ¿qué hizo?

Nicky se quedó callada. Seguía con los ojos cerrados; las lágrimas se le estaban secando sobre las mejillas.

—No debería hacerlo —susurró—. Está mal. No debería hacerlo. Se enfadará. No debería hacerlo.

—¿Hacer qué, Nicky?

—Chsss. Voy a abandonarle.

—Pero no lo hago —apostilla, al cabo de treinta segundos—. No puedo. Lo necesito. Es el único que me mantiene a salvo.

—¿A salvo de qué? —preguntó Kevin.

—Ni se imagina.

—¿Tienen usted y su marido enemigos? ¿Les ha amenazado alguien?

—Las espinas gotean sangre. Esas espantosas rosas, trepando por la pared.

—Nicky…

—Usted no entiende hasta dónde llega mi maldad.

Se expresó con claridad, pero, una vez más, Wyatt sintió una punzada. Cada vez tenía más claro que se trataba de una mujer maltratada, de una mujer manipulada para tener un mal concepto de sí misma, para sentir que le fallaba a su marido constantemente.

—Estoy cansada —dijo en voz baja—. Me duele la cabeza.

—Solo un minuto más —insistió Wyatt—. ¿Le duele la cabeza como aquella noche?

—Sí. Debería ir a por hielo. Tumbarme.

—¿Qué ha dicho que llevaba puesto? —Kevin volvió atrás, una estrategia para que retomara el hilo del interrogatorio.

—Vaqueros. Un jersey de cuello alto negro. Mi forro polar gris favorito.

—¿Se encuentra a gusto?

—Sí.

—Tumbada en el sofá. Pero le duele la cabeza.

—Sí.

—¿Cuándo se pone el abrigo?

Una pausa. Ojos cerrados. Nicky frunce el ceño.

—¿Abrigo?

—¿O primero cogió las llaves del coche? —preguntó Wyatt para sonsacarla. Tomó nota mentalmente para hacer una comprobación en el hospital. El personal le había entregado a Nicky en una bolsa la ropa que llevaba puesta aquella noche. El mero hecho de que ellos no tuvieran potestad para requisar las prendas no implicaba que no pudieran preguntar a las enfermeras o a los técnicos de emergencias sanitarias por ellas. ¿Llevaba puesto un abrigo Nicky cuando ingresó? Porque en el coche no había ninguno.

Pero Nicky negó con la cabeza.

—Estoy descansando en el sofá.

—¿Cuándo vuelve a levantarse?

—Vero —susurra.

—¿Vero?

—Yo quería volar. Igual que Vero. Pero las niñas pequeñas no vuelan, ¿sabe? Se estampó. Yo me estampé. Y ahora tengo que encontrarla. Es la única razón por la que volví de entre los muertos.

—¿Subió al coche para buscarla? —preguntó Kevin.

—No, salí del coche para buscarla.

—¿Adónde fue con el coche, Nicky?

—¿Con el coche?

—Se encuentra en el coche, se interna en la noche.

Nicky negó con la cabeza. Abrió los ojos y los miró abiertamente.

—No estoy conduciendo —dijo—. Estoy descansando en el sofá.

Wyatt la escrutó atentamente al tiempo que la primera pieza del rompecabezas encajaba con un clic.

—¿Entonces quién le ofreció el whisky?

Pero Nicky no respondió.

12

Pensaba que solo te iban a hacer unas cuantas preguntas.

Me quedo mirando a mi marido. Los detectives se han marchado, Thomas vuelve a aparecer enseguida. Reflexiono sobre lo que los detectives no me han dicho; por ejemplo, que abordar el recuerdo dando un rodeo es como rozarse con siluetas siniestras en un pasillo a oscuras. Mis recuerdos se muestran distantes incluso conmigo. Como si no quisieran que los molestaran.

—¿Tenemos amigos?

Thomas me mira extrañado. Se ha duchado mientras yo hablaba con la policía. Lleva el pelo húmedo sobre la nuca. Me dan ganas de tocárselo con las yemas de los dedos.

—Aún no —responde.

—¿Qué quieres decir?

—Acabamos de mudarnos aquí; después te caíste por las escaleras y… Da la impresión de que desde entonces no hemos parado de reunirnos con especialistas.

—No recuerdo haberme caído por las escaleras.

—La médica dice que eso es habitual cuando hay conmociones.

—No recuerdo hacer la colada.

Se encoge de hombros.

—Esa tarea es tuya. No te gustaba que me encargara yo, dijiste que echaba a perder tu ropa interior.

Las palabras encuentran un eco en mi cabeza. Efectivamente, lo dije. Y, efectivamente, yo me ocupo de la colada. Sin embargo, no visualizo la lavadora ni la secadora. A lo mejor pasa como con los platos en la cocina, que no consigo recordar dónde están; que tengo que echar mano de ellos y punto.

—¿Me está permitido entrar en tu taller?

Thomas esboza una sonrisa torcida. Se acerca a mí y me susurra al oído:

—¿Por qué? ¿Te preocupa que guarde allí los cadáveres de mis mujeres?

—Sí —contesto con seriedad.

—Pues vamos. Te llevaré al taller. Puedes contemplar mi genialidad por ti misma.

Se ha cambiado de ropa y lleva unos vaqueros y una camisa de franela azul. Ahora se pone un chaleco acolchado y se dirige a la puerta trasera de la terraza acristalada. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que las botas de faena estaban cuidadosamente colocadas al lado de la puerta. Se las pone y hace un gesto hacia mis pies descalzos. Rezagada, voy hacia el recibidor, donde abro el armario y saco unas zapatillas de estar en casa L.L. Bean de suela de goma sin pensármelo. Otro recuerdo de memoria muscular fruto de llevar seis meses viviendo en esta casa, creando estos patrones.

Hace frío fuera. Al salir me da un escalofrío por la humedad. El cielo está gris, el suelo sigue mojado por los días de lluvia. La época de finales de otoño en Nueva Inglaterra no es bonita. Los árboles están desnudos; el césped, marrón. Noviembre, más que una estación, es una transición de los intensos rojos de octubre al suave blanco de diciembre.

Deberíamos pasar noviembre en Arizona, pienso, y casi automáticamente me consta que lo hemos comentado. Yo había sacado el tema a colación después de una de mis lloreras, cuando se me hacían insoportables los días cortos y los cielos encapotados.

Pero era obvio que no habíamos ido. Tal vez por mis conmociones cerebrales. Incluso por entonces ya era cara de mantener.

El taller es más grande de lo que imaginaba. Desde luego más grande que un cobertizo al uso, más parecido a un garaje para un solo coche. Las paredes son de aluminio gris, como un edificio prefabricado que han dejado caer en la parte de atrás de la parcela. No tenemos vecinos a la vista que pongan el grito en el cielo por la desagradable vista, solo nosotros, y supongo que no nos desagradaba, porque fuimos nosotros quienes lo instalamos aquí. El propio Thomas puso las losas; en ese sentido es un manitas. Después unos hombres trajeron los paneles y en cuestión de días estaba listo. Básico pero con aislamiento, caldera de gas y electricidad. No hay fontanería; Thomas entra a casa a por agua.

En primavera, yo quería plantar unos arbustos o delimitarlo con setos y flores para suavizar la vista del anodino taller desde la casa. Otro proyecto que comentamos Thomas y yo. Otro proyecto que ahora, en vista de mi serie de «accidentes», probablemente jamás llevaremos a cabo.

El sargento Wyatt había dado a entender que yo estaba aislada, hasta puede que corriendo peligro junto a mi marido. ¿Cuántas conmociones cerebrales podía tener una mujer casada y por qué, al cabo de seis meses, no teníamos amigos? ¿Ni siquiera habíamos entablado relación con los vecinos?

Pues así era. Me constaba incluso antes de preguntárselo a Thomas; solo estamos él y yo y así ha sido durante muchísimo tiempo. Nos decimos el uno al otro que somos felices, pero creo que mentimos. Y tal vez no solo el uno al otro, sino a nosotros mismos, porque esa es la mentira más fácil de decir, y la más difícil de desenredar después.

La puerta del taller tiene un cerrojo. Thomas se saca la llave del bolsillo, hace los honores. Pienso que el cerrojo está de más hasta que veo la cantidad de material que hay dentro.

No pienses dónde está el plato, simplemente ve a por él, me digo para mis adentros. Pero aquí no se aplica la lógica. No hay memoria muscular a la que recurrir; nada más adentrarme en las profundidades del espacio con olor a moho me desoriento por completo. Este es el territorio de Thomas, no el mío, y enseguida me siento confundida y levemente ansiosa.

Thomas enciende de golpe las luces del techo. Parpadeo y en un acto reflejo me llevo una mano a los ojos para impedir que me deslumbren. Thomas repara en mi gesto y le da a otro interruptor para apagar la mitad de las luces. Solo entonces puedo bajar la mano, observarlo todo.

Me sorprende la amplitud del espacio, las vigas vistas, el techo abovedado. Justo enfrente hay una fila de mesas plegables colocadas de punta a punta. Un espacio de trabajo, como una encimera para diseños de producción.

Las paredes están flanqueadas por un tablero y estanterías metálicas, el tablero cubierto de herramientas de diversos tipos y las estanterías, atestadas de pedazos de madera, tubos de plástico y otros materiales sin tratar. El perímetro del taller me sobrepasa. Demasiado revuelto, demasiado saturado. En vez de fijarme en eso, me da por centrarme en un único aparato, nuevo, más o menos del tamaño de una impresora descomunal y colocado en un lugar de honor, encima de su propia mesa. Al acercarme a la máquina huelo a plástico y siento una extraña sensación de terror.

Discutimos por eso. Él lo quería; yo no. Parece ser que perdí, porque ahí está y todavía estoy resentida.

—¿Qué es? —pregunto.

Thomas me observa atentamente. ¿Se estará preguntando si recuerdo la anécdota de la máquina? ¿Se estará planteando hasta qué punto darme detalles incluso a estas alturas? A fin de cuentas, si su mujer no se acuerda de la riña, ¿quién es él para reavivar su enojo?

—Es una impresora 3D —responde por fin.

Asiento y varias piezas más de mi memoria encajan en su sitio.

—Haces un diseño digital del objeto encargado, el que sea, después lo mandas a la impresora y crea una réplica de plástico en tres dimensiones.

—Efectivamente.

—¿Como un cuchillo de pega para un plató de cine?

—Es posible, pero ya existen empresas especializadas en armas. Casi toda la gente de decorados se limita a pedir por catálogo ese tipo de artículos corrientes. A mí podrían encargarme, digamos, el diseño de un trofeo para una escena de una competición donde al final gana el que lleva las de perder. Hago la parte superior de plástico y la monto en una base de madera a medida; luego tú le darías el toque final con un baño de pan de oro. Más adelante, durante la promoción de la película, podríamos crear montones de réplicas en miniatura para distribuirlas entre los dueños de los estudios, críticos, quien sea.

Asiento con la cabeza. Lo que dice tiene toda su lógica. Entonces, ¿por qué estoy segura de que me está mintiendo?

Me oigo a mí misma decir:

—Las impresoras 3D pueden utilizarse para fabricar pistolas de plástico.

—Cierto.

—¿Haces eso para películas?

—Como te he comentado, las piezas corrientes para decorados como las pistolas de pega salen más baratas por catálogo.

Lo miro.

—¿Fabricas pistolas de verdad?

—¿Para qué? Las pistolas de verdad, igual que la utilería de Hollywood, salen más baratas pidiéndolas por catálogo… o comprándolas en una esquina.

—Pero las pistolas de plástico no dejan rastro.

—Me parece que a los traficantes de las calles no se les da nada mal borrar números de serie con una lima o eliminarlos con ácido.

—Te has documentado sobre esto.

—Porque esos fueron los argumentos que sacaste a colación cuando planteé comprar la máquina. La impresión en 3D está cambiando el mundo, desde la industria y la medicina hasta la…, sí, la utilería de cine. Procuro que seamos punteros. Pero tú ves peligro por todas partes.

Tiene razón; así es. Lo que me hace preguntarme cuál fue el detonante de esa sensación de paranoia tan aguda.

—¿Te gusta tu trabajo? —le pregunto ahora. La respuesta me suscita curiosidad.

—Sí. Es creativo, tangible, flexible. Podemos vivir en cualquier parte, trabajar las horas que queramos. Somos muy afortunados de poder hacer esto.

—¿A mí me gusta nuestro trabajo?

Se encoge de hombros y aparta la mirada, lo cual me escama.

—A ti te gusta pintar, y parte de este trabajo es pintar. Pero últimamente… —Alza la vista, me observa detenidamente—. ¿Qué opinas, Nicky?

—Quiero dejarlo —me oigo decir a mí misma—. Quiero salir de esto.

—¿Para hacer qué?

Abro la boca, pero no encuentro las palabras.

—No lo sé. Lo único que quiero es… salir de esto.

—Nos mudamos aquí para empezar de cero. Hemos vivido en Atlanta, pero decías que echabas de menos la nieve. Así que nos documentamos en internet y surgió lo de New Hampshire. Pronto habrá un montón de nieve aquí. La pregunta es: ¿serás feliz por fin?

—¿Por qué no recuerdo haberme caído por las escaleras del sótano?

—La conmoción cerebral lo borró de tu mente.

—¿Y me tropiezo con una puerta meses después? ¿No debería acordarme de eso?

—Otra conmoción, otra laguna mental.

—No recuerdo haber conducido la otra noche. No recuerdo haberme puesto el abrigo, coger las llaves ni sentarme al volante. No soy tan estúpida, Thomas. Debería recordar al menos una fase del proceso.

—Igual no. La médica dijo que no hay normas estrictas en lo tocante al síndrome posconmocional.

—¿Me emborrachaste?

—¿Qué? —Por primera vez, se queda atónito.

—¿Me serviste la primera copa de whisky? Eso es lo que quieren saber los detectives. ¿Me emborrachaste y después me metiste en el coche?

—¡Claro que no!

—Entonces, ¿quién? No es que tengamos amigos precisamente.

Thomas pierde los estribos. Se pasa la mano por el pelo, da un paso al frente, alterado.

—Nadie te sirvió una copa de whisky. Ni siquiera había visto la botella por la casa. Seguramente la compraste tú misma. Después de marcharte. Porque, recuerdes o no que cogiste el coche, Nicky, aquí no estabas. Te busqué por todos los rincones de la casa. No estabas, y el coche tampoco.

—No me acuerdo de…

—24 de agosto de 1993. Fuimos caminando al Café du Monde a por buñuelos recién hechos. Tú nunca los habías probado, así que te atiborré con media docena. Y luego, cuando seguías riendo y comentando que era lo más bueno que habías probado en tu vida, te besé. Nuestro primer beso. Sabía a canela y azúcar glas. Jamás me he cansado de besarte desde entonces. ¿Te acuerdas?

Da un paso para acercarse más. Sus ojos son oscuros, cautivadores.

—Sí —respondo.

—Tres noches después, en un cuchitril, con un colchón pelado en el suelo, sin una mísera televisión para entretenernos, hicimos el amor por primera vez. Después te echaste a llorar y a mí me entró el pánico, pensando que te había hecho daño. Entonces lloraste a lágrima viva y me dijiste que te abrazase, de modo que eso fue lo que hice. A veces todavía lloras después del sexo. Así que todavía te abrazo, igual que hice aquella noche. ¿Te acuerdas?

—Sí.

—1 de septiembre de 1993. La producción ha terminado y la película está lista. Se acabó. «¿Y ahora qué?», te pregunto. Pero no me respondes. Ni te dignas mirarme. De modo que te agarro por los brazos. «Suéltame —dices—. Me estás haciendo daño». Pero hago caso omiso. Te levanto la barbilla; te obligo a mirarme a los ojos. «Te quiero —digo—. Te quiero y te necesito. Quédate conmigo y te haré la mujer más feliz del mundo. Haré lo que sea por ti con tal de tenerte». ¿Te acuerdas?

—Sí.

—«Te protegeré, aun a costa de mi propia vida». Te lo prometí. ¿Te acuerdas?

Soy incapaz de sostenerle la mirada, pero no tengo escapatoria. Me tiene arrinconada contra una de las mesas plegables, y está justo delante de mí. Tan cerca que percibo el calor de su cuerpo, que aspiro de nuevo la fragancia de su piel. Se me aflojan las rodillas.

Pero también me siento atrapada.

Y, durante un segundo, me dan ganas de arremeter contra él.

Alzo la barbilla.

—No tenemos mascotas; no tenemos amigos; nos mudamos cada dos por tres.

—A petición tuya, no mía. 2 de septiembre de 1993. Nos marchamos de Nueva Orleans. Según dices, necesitas irte. Sin explicaciones. Según dices, necesitas una nueva identidad. Sin explicaciones. Yo también debería probar con una nueva identidad. Ninguno de los dos menciona la cantidad de veces que te despiertas chillando en mitad de la noche. Ninguno de los dos comenta el hecho de que cada vez estás más asustadiza, de que constantemente cierras con llave las puertas, estás en guardia, te entra un sudor frío. Necesitabas marcharte, así que lo hicimos. Necesitabas tener una nueva identidad, así que lo hicimos. Por ti, Nicky, pasé los dos años siguientes cambiando de ciudad e inventando nombres prácticamente cada semana hasta que pasaste lo peor de tu estado de pánico y finalmente te acostumbraste a ser mi mujer. Porque hasta ese punto te quería. ¿Te acuerdas?

Te quería, pienso, reparando en el uso del pasado.

Pero sigue apretujándome, sigue a la espera de una respuesta. ¿Me acuerdo? ¿Me acuerdo? ¿Me acuerdo? ¿Del momento en que este mismo hombre accedió a ir a cualquier parte, a adoptar cualquier identidad, por mí? ¿Del momento en que le supliqué a este mismo hombre que nos marcháramos, y accedió a seguirme?

El olor de los buñuelos. El sabor del azúcar glas. Thomas, más joven, pero igual de sombrío, igual de intenso.

Ahora lo miro. Ahora lo veo.

Y musito:

—Sí.

13

Bien. A ver si resolvemos esto.

A las once de la mañana, un día desapacible y gris, Kevin y Wyatt regresaron al escenario del accidente. El Audi Q5 por fin había sido retirado. Habían hecho falta cuerdas para remolque, una polea y muchísimos tacos por parte de la policía estatal, pero habían realizado el trabajo.

Ahora solo quedaba la maraña de arbustos aplastados, pequeñas ramas partidas y piedras sueltas para indicar la trayectoria que había realizado el vehículo al precipitarse en picado al fondo del barranco. Y, claro está, las huellas incrustadas en el barro junto a la carretera. Ahí era donde Kevin y Wyatt se encontraban ahora. Asomados hacia donde había ido a parar, preparados para volver a empezar desde el punto de partida.

—Sabemos que la botella de whisky se compró con la tarjeta de crédito de Nicky a quince kilómetros de aquí, alrededor de las diez. La noche del miércoles.

—Correcto —convino Kevin.

—Pero no tenemos declaraciones de testigos que la sitúen en la tienda.

—El vendedor dice que había demasiada gente como para acordarse de una mujer en particular.

—Y da la casualidad de que el sistema de seguridad no era fiable.

—Cuando grabas una y otra vez sobre discos antiguos no tiene más remedio que fallar.

—O sea, que sabemos que ella o alguien de su entorno consiguió el whisky.

—Por ejemplo su marido —apostilló Kevin.

—Ese hombre me da mala espina —comentó Wyatt—. Tres conmociones cerebrales me suenan más a patrón que a casualidad. Pero la pregunta sigue siendo esta: si el whisky se compró alrededor de las diez, ¿luego qué?

—Se llevó la botella a la casa y emborrachó a su mujer —sugirió Kevin.

—Cuando da la impresión de estar lo bastante borracha…, cosa que sucede cuando aún está por debajo del límite legal establecido, pero, claro, dadas sus múltiples conmociones…

—Probablemente dio por sentado que a efectos legales lo superaba.

—Carga con ella hasta el coche —continuó Wyatt.

—Se la lleva y se detiene en medio de la nada.

—O tal vez en un lugar concreto —corrige Wyatt—. En un punto con el grado de pendiente adecuado, que termina en una curva con un ángulo lo bastante cerrado a la izquierda, y al mismo tiempo lo bastante aislado del tráfico habitual; sale del coche, coloca a su mujer en el asiento del conductor y a continuación pone el coche en punto muerto y deja que la gravedad se ocupe del resto. No valía cualquier tramo de carretera. Necesitó estudiarlo, planificarlo de antemano.

A continuación Kevin y él se dirigieron hacia lo alto de la pendiente. Desde allí, el ángulo de cuarenta grados parecía sorprendentemente pronunciado, sobre todo teniendo en cuenta la señal de precaución amarilla al fondo, que alertaba a los conductores sobre la curva inminente. En ese tramo de carretera probablemente se produjeran accidentes con bastante regularidad en días lluviosos. O sea, que con un poco de empeño…

—Creo que no tuvo más remedio que empujar el coche —dijo Kevin—. Para conseguir que acelerara lo suficiente como para salir volando por el borde…

Wyatt miró hacia abajo y se mostró de acuerdo con la observación de su detective.

—De modo que Thomas coloca a su mujer al volante, le abrocha el cinturón de seguridad y después pone el coche en punto muerto. No tuvo más remedio que darse prisa: no cabe duda de que el Audi empezó a rodar cuesta abajo en cuanto cerró la puerta. Luego se coloca detrás del vehículo y empuja para que gane velocidad.

Los detectives acompañaron con gestos la escena.

—Podría hacerse perfectamente —señaló Kevin.

—Deberíamos intentar extraer huellas de la parte trasera del exterior del automóvil —comentó Wyatt, y se examinó las manos, colocadas instintivamente para empujar.

—Y analizar la ropa del marido, la chaqueta —dijo Kevin—. En esta época del año, los coches no están muy limpios, sobre todo cuando hay tormentas. Seguramente se pusiera perdido de barro y mugre.

—¿Cómo se sabe que el coche va a rodar cuesta abajo en línea recta? —preguntó Wyatt. Examinó la pendiente de nuevo, cómo a simple vista daba la impresión de que la calzada discurría en línea recta, con la salvedad de que, tras una inspección más minuciosa, se desviaba ligeramente hacia la izquierda, por no hablar del grado de inclinación hacia la derecha para la escorrentía.

—Puede que atara algo al volante para mantenerlo recto —dijo Kevin.

—No hemos encontrado nada en el escenario. Ni una cuerda, ni una bufanda. Como señaló el adiestrador de perros, en el coche no había ni un solo objeto personal.

—A lo mejor lo sujetó ella.

—¿Nicky?

Kevin se encogió de hombros.

—Está medio borracha, pero los efectos se multiplican por las lesiones en la cabeza; alguien la coloca al volante del coche. Su marido le dice que sujete el volante… No es que sea consciente de lo que está pasando. Me la puedo imaginar acatando órdenes como una autómata. Pero, claro, después la carretera tuerce y ella no.

—Puede que lo soltara, que dejara las manos en el aire.

Según el parte médico de Nicky, no presentaba ninguna herida en los pulgares, lo cual apuntaba a que no estaba sujetando el volante cuando se activó el airbag. Algunos conductores se aferraban a él instintivamente, como si eso pudiera salvarlos. Otros lo soltaban, como en una caída libre realizada de modo inconsciente. Probablemente se pudiera sacar de ello alguna interpretación freudiana; lo único que Wyatt sabía era lo que había visto en un accidente de coche tras otro: un determinado porcentaje de conductores reaccionaban, y otros tantos no lo hacían.

—Bien —dijo, retomando el hilo de la conversación—. Está oscuro, está lloviendo, la carretera está desierta, Nicky sufre los efectos del whisky combinados con los de dos conmociones cerebrales. En estas circunstancias, Thomas tendría que moverla del asiento del copiloto al del conductor.

Kevin se encogió de hombros.

—El marido parece un tío fuerte. Y su esposa no es tan grande. Igual no fue la maniobra más elegante del mundo, pero apuesto a que consiguió apañárselas. Mi pregunta es: si Thomas Frank pretende matar a su mujer, ¿por qué abrocharle el cinturón de seguridad? Hay más posibilidades si no lo lleva puesto.

—¿Por la fuerza de la costumbre? ¿Porque no quiere que el accidente parezca demasiado sospechoso?

—La mujer lleva un quinto de botella de whisky en el coche. ¿Una conductora borracha sin el cinturón de seguridad? Eso no levanta ninguna sospecha.

Wyatt se encogió de hombros.

—No sé. Está claro que el tío no es un asesino experto. Quiero decir que, si nuestra hipótesis es correcta, este es el tercer accidente que ha urdido para su mujer.

—Suponiendo que tuviera algo que ver con las dos primeras caídas.

—Suponiendo que tuviera algo que ver con las dos primeras caídas —convino Wyatt.

—Tenemos un montón de suposiciones.

—Por eso lo estamos recreando. Para ver si algunas de estas hipótesis pueden conducirnos a alguna prueba. Por ejemplo, ahora sabemos que deberíamos examinar la parte trasera para ver si hay huellas dactilares o, mejor aún, huellas de las palmas de las manos de Thomas Frank. Ya puestos, también deberíamos examinar la hebilla del cinturón de seguridad y la palanca de cambios.

—Nada de eso demuestra nada. Huellas dactilares del marido en el coche de su mujer.

—Nos da argumento para solicitar una orden judicial para examinar su ropa. Eso podría ser más interesante.

—Suponiendo que no la haya lavado todavía.

Wyatt hizo un gesto con los ojos.

—Alguna que otra vez suena la flauta. ¿Qué probabilidades hay de recomponer la botella de Glenlivet? ¿De extraer huellas de ahí?

Kevin se quedó mirándolo.

—¿Ahora quién es el que ha visto demasiadas películas?

—Vale. A ver, ¿qué crees que ocurrió aquí?

—¿Cómo volvería a su casa? —preguntó Kevin.

—No… —Wyatt se interrumpió, se paró en seco al comprender lo que apuntaba Kevin.

—Siguiendo con esta hipótesis —continuó su detective—, el marido trae aquí a su mujer en plena tormenta. Después la sienta al volante y la empuja cuesta abajo. ¿Y luego qué hace? ¿Se da una caminata de cincuenta kilómetros bajo la lluvia?

—O hace autoestop —murmura Wyatt.

—Lo cual nos da un posible testigo. Suponiendo, claro está, que un conductor vaya a parar para subir a su coche a un desconocido en una oscura noche de tormenta.

—Alguien lo haría —dijo Wyatt, porque era New Hampshire y la gente todavía hacía autoestop. De hecho, muchos lugareños hacían autoestop, ya que los buenos coches eran caros y no todo el mundo contaba con un trabajo que le permitiera ir motorizado—. Pero algo así llamaría la atención —continuó, cavilando en voz alta—. Sería un error garrafal en el plan. Me refiero a que lo único que tendríamos que hacer es convocar una rueda de prensa para ver si alguien subió a su coche a un tío en esta zona, más o menos a tal hora, esa noche. Si era Thomas, ¿cómo iba a justificar que se encontraba en el lugar del accidente de su propia mujer? No creo que haya dejado algo así sin atar.

—Entonces a lo mejor aparcó un coche en las inmediaciones —dijo Kevin—. Para volver a su casa.

—¿Dónde? —preguntó Wyatt—. La gasolinera más próxima está a unos cuantos kilómetros y, aun así, tendría el mismo problema. ¿Cómo volver a casa después de aparcar el coche? De un modo u otro, alguien tendría que haber parado para llevarlo desde aquí hasta su casa. Bien a lo largo del miércoles o más tarde, durante el aguacero.

—Pudo llamar a un amigo —sugirió Kevin—. Con la excusa de haber pinchado, de que necesitaba que lo recogieran.

—Dice que no tiene amigos.

—Esa es una manera de evitar que los interroguemos.

Wyatt frunció el ceño.

—Esto no pinta bien —dijo sin rodeos—. Se producen accidentes, planeados o no, pero este deja demasiados cabos sueltos. ¿Y si el Audi se hubiese salido de la carretera antes de ganar suficiente velocidad? ¿Qué necesidad había de ponerle el cinturón de seguridad a la mujer si el objetivo era precisamente matarla? ¿Y qué hizo el sospechoso después de empujar el coche cuesta abajo? ¿Irse a casa caminando bajo una lluvia torrencial?

—No tuvo más remedio que contar con otro vehículo —convino Kevin—. Con un cómplice.

—Lo cual nos plantea una importante pregunta: ¿por qué un marido controlador tendría intención de hacerle daño a su mujer de repente?

—Porque ella había conocido a alguien y amenazaba con abandonarle.

—O… —azuzó Wyatt.

Kevin captó el mensaje.

Él había conocido a alguien. Quería abandonar a su mujer, pero sin perder la mitad de sus bienes.

—O sea, que tal vez no estemos buscando a un amigo. Estamos buscando a una mujer. Que podría haber aparcado en algún punto de la parte de arriba de la pendiente. Con las luces apagadas, nadie repararía en el vehículo… y ella esperaría hasta que su amante acabase el trabajo.

Ninguno de los detectives hizo comentarios sobre el tipo de mujer que haría eso por un hombre; lo cierto era que ya habían visto casos de sobra.

—Deberíamos volver a la gasolinera —dijo Wyatt tras una pausa—. Ver el vídeo de seguridad de la semana pasada. Examinarlo por si algún vehículo hubiera pasado en numerosas ocasiones en un corto margen de tiempo. Digamos que para tantear la carretera…

—O porque sea parte de su desplazamiento diario.

—Lo cual no costará mucho descartar durante los interrogatorios posteriores. También podemos repasar la noche en cuestión. Comprobar si había alguien matando el tiempo entre las cuatro y las seis de la mañana. Concretamente una mujer, en un sedán corriente, esperando una llamada de su amante.

Kevin asintió con la cabeza. El plan no tenía gracia; revisar horas de vídeos de seguridad con grano resultaba mucho más difícil de lo que cualquiera podría pensar. Pero era un plan factible y, francamente, necesitaban ganar terreno.

—Sigo pensando que el marido lo hizo —comentó Kevin mientras subían al vehículo—. Pero no creo que lo encontremos en la grabación. Es un tío bastante sagaz. Me da la sensación de que el empujón por las escaleras del sótano y el empellón en la puerta principal fueron ejercicios de calentamiento. Ahora se está tomando las cosas en serio.

—En ese caso ella no debería haber llevado puesto el cinturón de seguridad —masculló Wyatt.

Kevin no se pronunció. Condujeron en silencio hasta la gasolinera y se pusieron manos a la obra.

14

Floto sola en la oscuridad. Las persianas están bajadas. Yo tapada hasta arriba con la colcha amarilla. La puerta del dormitorio cerrada a cal y canto. Me estalla la cabeza, pero puedo aguantar el dolor siempre y cuando mantenga los ojos cerrados. Me gusta la oscuridad. Es fresca, reconfortante.

Toqueteo la colcha y me viene de nuevo a la cabeza la mujer que la hizo. La echo de menos, siempre la he echado de menos. Qué curioso, porque lo lógico es que con el paso de los años resultara más fácil atenuar la añoranza. Pero ahora su ausencia se me hace, si cabe, más patente.

Como no me agrada mortificarme con eso, llamo a Vero.

Imágenes. Con tres años. Con seis años. Con diez, doce, catorce. Pasan borrosas por mi mente, resistiéndose a hacerse nítidas. Cuando trato de ralentizar el desfile, solo aparece su esqueleto, preguntando: «¿Por qué yo, por qué yo, por qué yo?».

Un ruido. Pasos, trajinando en la planta baja. Thomas, pienso, deambulando por la casa. Me pregunto lo que habrá estado haciendo desde que la policía se marchó. ¿Ocupándose de las tareas domésticas, deshaciéndose de pruebas? Me inquietan las preguntas de la policía. ¿Qué probabilidades tiene una mujer de sufrir tres accidentes en solo seis meses? Una mujer sin familia ni amigos. Una mujer que, a todas luces, depende exclusivamente de su marido. Aunque él me reprocha que es culpa mía, que son las reglas que yo impuse.

¿Sí? Francamente, no lo sé. Me da la sensación de que hay algo de cierto en eso, pero ¿por qué me empeñaría yo en algo semejante? ¿Y qué clase de hombre dejaría realmente todo, haría lo que fuera por una chica a la que prácticamente acaba de conocer?

Me da la sensación de que aquí hay más cosas que debería saber, salvo que, cuanto más empeño le pongo, más se me escapan los detalles. Mis recuerdos no resultan acogedores. No me invitan a acercarme. En vez de eso, susurran sin cesar: «Cuidado, cuidado, cuidado».

Entiendo que la memoria muscular me resulte más fácil. Los actos rutinarios, las cosas que hago, frente a las cosas que pienso. En estas circunstancias, ¿no debería ser capaz de acordarme de haberme puesto el abrigo y de haber cogido las llaves del Audi antes de mi paseo nocturno en coche? ¿O de subir al automóvil o de dar marcha atrás en el camino de entrada? Lo intento, pero mi mente continúa en blanco. Solo percibo tinieblas, nada más.

Lo cual me hace pensar que la policía podría estar en lo cierto: que había estado bebiendo esa noche.

Me pongo a pensar en el whisky. Glenlivet de dieciocho años. Lo mejor de lo mejor. Visualizo un vaso de cristal lleno de líquido dorado, noto el suave sabor que calienta mi lengua. Justo en ese momento, me pongo a salivar. No cabe duda de ello; me vendría bien una copa.

Entonces me viene algo a la cabeza. Un recuerdo del pasado.

¿Sabes cuál es el mejor sitio para que una mujer esconda algo a su marido? Su joyero no; demasiado obvio. Y desde luego tampoco debajo del colchón de matrimonio. Ni en el armarito de los medicamentos, ni en un bote de galletas ni detrás del pavo en la nevera.

No, hay un sitio donde ningún marido que se precie jamás hurgaría: en la caja de tampones de su mujer, guardada debajo del lavabo del baño.

Más pasos abajo. Visualizo mentalmente el recorrido que realiza Thomas hacia la parte posterior de la casa. Un leve chirrido. La puerta trasera al abrirse. Un ligero portazo; la puerta trasera al cerrarse. Ha salido de la casa, se dirige a su taller. Lo sé sin pensarlo.

La tentación es inmediata y abrumadora.

Retiro la colcha de color amarillo claro, me pongo de pie. Entonces —no hay otra forma de describirlo— me escurro a través del pasillo en dirección al baño de invitados.

Un único lavabo, encastrado en granito en tonos tierra sobre un armarito de pecán. Al lado está el inodoro y, en el extremo de la derecha, la bañera. Mi baño. Lo he usado sin pensarlo para ducharme a primera hora de la mañana. Actuando con la memoria muscular de nuevo; coge el plato, no te pares a pensar dónde está el plato. Y, efectivamente, en el cajón de arriba guardaba el cepillo de dientes, el cepillo del pelo y un neceser guateado con estampado de cachemir.

Ahora abro el armarito y descubro un surtido de productos de limpieza, un secador y, sí, una caja de tampones.

Los cojo. La caja suena ligeramente; el tintineo del cristal. Y sé lo que encontraré dentro al retirar los seis tampones simbólicos colocados en la parte superior. Dejo al descubierto la colección de minúsculas botellas de whisky que hay debajo. Resulta que escondo un surtido propio de Glenlivet en miniatura.

La policía se equivoca; mi marido no tuvo que emborracharme el miércoles por la noche para meterme en mi coche.

Por lo visto, ya soy de esa clase de bebedoras.

Ya soy de esa clase de esposas.

Examino las botellitas. Seis en total. Suficientes para una mala tarde o una noche estresante. Me pregunto: ¿bebo por culpa de Thomas? ¿Por culpa de Vero? ¿O soy yo misma mi peor enemiga?

No hay memoria muscular que valga para responder a estas preguntas. Únicamente tengo la sensación de que, si fuera lo bastante inteligente como para saber por qué hice lo que hice, sería lo bastante inteligente como para no hacerlo.

Meto los tampones en la caja. Guardo la caja en el armarito. No me deshago de las botellitas ni las vacío. No soy tan fuerte. No obstante, me viene a la cabeza otro pensamiento, lo bastante imperioso como para permitir que me aleje.

Sé dónde esconde una mujer cosas a su marido. Pero ¿dónde esconde un marido sus secretos a su mujer?

Ahora, mientras Thomas está en el taller. Tengo que buscar. Es cuestión de vida o muerte.

Salgo al pasillo sigilosamente, aguzando el oído para detectar cualquier sonido procedente de la planta baja. Pero todo está en orden en la casa, en silencio. Estoy sola. De momento.

Comienzo por la habitación principal, con su enorme cama con dosel y descomunales muebles de madera oscura. Su territorio, no el mío; y, a la hora de esconder secretos, el primer instinto es siempre guardarlos cerca. Paso la mano por debajo de los cojines amontonados, luego por debajo del grueso y voluminoso colchón de matrimonio. Busco debajo de la cama, pero no encuentro nada salvo pelusas y una moqueta sucia.

A continuación registro la mesilla de noche. Sé qué lado de la cama es el de Thomas, pues está más arrugado, y, como es de esperar, en la mesilla de noche encuentro unas gafas de lectura, un pequeño tubo de pastillas contra la acidez y un surtido de revistas: Armas y Municiones, Entertainment Weekly, National Geographic. A juzgar por la variedad, mi marido es un auténtico hombre renacentista.

Pero no hay nada inquietante; al menos, no su propia reserva de alcohol.

Sobre el buró hay un flexo, un portarretratos con una foto de los dos y un estuche de piel con un reloj vintage, una gruesa cadena de oro y una sencilla alianza de oro. Su alianza; lo sé sin pensar. Ya no se la pone porque maneja herramientas en su trabajo. Pero, como quería una, yo me había acercado a la casa de empeños del barrio y había elegido la más barata, que era lo máximo que un par de jovenzuelos sin blanca podían permitirse. Él sonrió cuando se la puse. No, esbozó una sonrisa radiante que le iluminó todo el semblante.

«Ahora soy tuyo», dijo, y recuerdo que el corazón me aporreaba el pecho, asustada instintivamente por tamaña responsabilidad.

El anillo lleva una inscripción en la cara interna, una fecha: 3 de octubre de 1993. Apenas llevábamos saliendo juntos un mes. ¿En qué estaríamos pensando? ¿Pasar de la primera cita a juntos para siempre en cuatro semanas o menos?

¿Y el hecho de que siguiéramos juntos al cabo de más de veinte años significaba que habíamos tenido éxito? ¿O simple y llanamente que, después de tantos años, no nos planteábamos nada más allá de eso? ¿No podíamos aspirar a nada mejor?

Se me pasa por la cabeza que, en vista de las fechas, he pasado con este hombre más de la mitad de mi vida.

Mientras registro su dormitorio buscando indicios de engaño.

Como no encuentro nada en la cómoda, voy al vestidor, deteniéndome cada cierto tiempo por si escucho pasos. Pero la casa continúa en silencio. El trabajo de Thomas requiere concentración, un margen de tiempo de atención para crear un objeto de principio a fin. A lo mejor se pasa allí el resto del día, o incluso hasta bien entrada la noche. Trabaja mucho, lo sé sin pensar. Yo paso gran parte de mi tiempo sola. Pero nunca me ha importado. Lo prefiero así.

El vestidor es sorprendentemente amplio y con un sistema de organización muy bien diseñado. También de madera de cerezo, con estantes, percheros y cajoneras a medida, del estilo de los que aparecen en las revistas de decoración. Thomas lo montó. Uno de sus proyectos de fin de semana. Lo hizo para darme el capricho.

Porque, al menos al principio, esta también era mi habitación.

Como era de esperar, algunas prendas del ropero son mías. Vestidos, bonitos pantalones de vestir, elegantes camisas. No mi guardarropa para el día a día; eso lo descubrí en el ropero de la habitación de invitados. Aquí se ha quedado mi fondo de armario, ropa que no necesito tener a mano habitualmente. ¿Señal de que estábamos arreglando las cosas? ¿O sencillamente de que me daba demasiada pereza cambiar de sitio mis pertenencias?

Thomas tiene hileras de pantalones cargo, pilas de vaqueros raídos, una impresionante colección de camisas de franela de manga larga. Un surtido de prendas de lo más informal, propias de un hombre que se pasa el día en un taller. Encuentro tres trajes; gris, negro, azul marino. Para funerales y bodas, pienso, pero, si no tenemos amigos ni parientes, ¿acaso nos invitan a algo?

Comienzo por los cajones, me pongo a registrar uno por uno. No encuentro nada más que calcetines, ropa interior, ropa de trabajo, camisetas, pijamas, pantalones. A continuación reviso lentamente la pequeña pila de zapatos, en su mayoría zapatillas de deporte, botas de montaña, los zapatos de vestir que no pueden faltar, unos negros, otros marrones brillantes, a juego con los trajes.

Trato de pensar en el equivalente masculino de los tampones, pero me quedo en blanco. No obstante, no dejo de buscar. Él tiene secretos. Lo sé. Porque al cabo de veintidós años, esos secretos empiezan a acecharnos. Incluso antes de mudarnos aquí. Incluso antes de mis «accidentes». Las cosas se han puesto tensas entre nosotros.

Entonces, al palpar la chaqueta del traje gris marengo, lo noto. Algo fino y plano en la solapa. Me quedo inmóvil, hurgo más despacio. A continuación saco un ajado sobre viejo del bolsillo interior de la chaqueta.

Justo cuando oigo crujir la madera de las escaleras.

Me quedo petrificada, sintiéndome como el típico crío al que pillan con las manos en el bote de las galletas. No tengo escapatoria. Si ya ha llegado al descansillo, puede ver perfectamente la puerta y me pillaría saliendo de su dormitorio. Entonces solo cabe una posibilidad. No salgo de la habitación. En vez de eso, me meto el sobre en la parte de atrás de la cinturilla de mis mallas. A continuación cruzo renqueando a toda prisa la habitación, con la respiración ya entrecortada, y me lanzo boca arriba sobre la cama.

Un segundo después oigo la voz de Thomas procedente del pasillo.

—¿Nicky? ¿Nicky? ¿Estás bien?

No respondo. No me fío de poder hablar sin dar muestras de culpabilidad o zozobra. Pero, unos instantes después, no hace falta. Thomas aparece en el umbral y me encuentra tendida como en un féretro sobre mi lado de la cama.

No dice nada de inmediato. Se limita a aproximarse, sin apartar los ojos de mi cara.

—Estoy haciendo una comprobación —explico.

—¿Y?

—Me resulta familiar.

—Lógico. Solías dormir aquí. —En vez de acercarse directamente a mí, rodea la cama. Noto una leve presión sobre el colchón mientras se acomoda. A diferencia de mí, rígida, él coloca las manos debajo de la cabeza y se cruza de piernas. Giro la cabeza para observarlo. Es su cama, su habitación; da la impresión de que se encuentra a sus anchas.

—¿Por qué me cambié de habitación?

Se coloca de costado.

—Ven aquí —dice.

Tardo unos instantes en moverme.

—Más comprobaciones —añade, y señala hacia el espacio que hay junto a él. Sé lo que quiere; simplemente soy incapaz de hacerlo. Y por tanto no tengo por qué. Se acerca a mí, salvando el espacio que nos separa. Hasta que noto el calor de su cuerpo pegado al mío. Percibo el olor a serrín, a sudor, a trazas de jabón de la ducha de esta mañana. Contengo la respiración, sin estar segura de qué esperar, sin estar segura de lo que quiero que suceda a continuación.

Él alarga la mano y acaricia mi larga melena hacia atrás. Tiene áspera la yema del pulgar. Noto que recorre suavemente la primera línea de puntos de sutura, después la segunda, la tercera. Me estremezco, pero no porque me esté haciendo daño.

—¿Te preguntas si todavía lo hacemos? —continúa—. ¿Si, dos décadas después, seguimos manteniendo relaciones sexuales en nuestro matrimonio?

No puedo hablar. Su presencia me resulta demasiado abrumadora: el roce, el sonido, el olor. De manera inmediata e instintiva soy consciente de que nada de esto me resulta novedoso o raro. Me agrada su roce. Incluso lo anhelo. La sensación de su cuerpo sobre el mío. Su expresión intensa mientras da la primera acometida dentro de mí. El sonido de su corazón, palpitando desbocado en mis oídos.

—Todavía me deseas —continúa—. Todavía te deseo. A veces, pienso que es la única manera en la que seguimos conectados. Aquí dentro, con las luces apagadas, nos reencontramos. Y me consta que me necesitas, que me deseas, que me quieres, aun cuando sigas tan taciturna el resto del día.

—¿Por qué me cambié de habitación? —susurro. Sus dedos siguen bailando por mi cara, deslizándose por el nacimiento de mi pelo. ¿Está tratando de distraerme? ¿Me importa?

—Tienes pesadillas por la noche. Siempre las has tenido. Pero últimamente, después de tu caída por la escalera del sótano, se han agudizado. Te despiertas chillando, prácticamente enajenada, con la cara empapada de sudor. Al menor intento de tocarte, de acercarme a ti, de tenderte la mano para tranquilizarte, te pones peor.

—Te he pegado.

—A veces.

—Te estampé una lamparita en la cabeza.

—Eso me dolió.

—Después me eché a llorar. Porque lo hice sin querer, de verdad, y te empezó a chorrear sangre por la cara.

—Pensaste que era mejor que durmieras sola.

—Para evitar hacerte daño.

—¿Acaso crees que al abandonar nuestra cama no me hiciste daño?

Bajo la mirada. Soy incapaz de mirarle, de ver la vulnerabilidad que refleja su semblante. Me da por posar la mano en su pecho, con la palma extendida, los dedos separados. Noto los latidos de su corazón. Me sorprende su ritmo regular, en vista de lo rápido que me consta que está latiendo el mío.

—¿Me quieres? —me oigo preguntarle.

—Sí.

—¿Por qué?

Sonríe; noto el movimiento de sus labios contra mi pelo. Aspiro de nuevo el aroma de su piel.

—Al principio —musita— estabas muy triste. Era como una presencia tangible que te envolvía por completo. Y pensaba…, deseaba verte sonreír de verdad. Deseaba ser el hombre que te hiciera feliz.

—¿Es eso amor? —le pregunto—. ¿O complejo de héroe?

—A estas alturas no lo sé —me dice, y me consta que está siendo sincero—. A lo mejor es algo intermedio. Pero, cuando por fin conseguí arrancarte una sonrisa, me dio la impresión de que todo había merecido la pena. Y lo único que deseaba era conseguirlo una y otra vez. Me figuro que hay cosas peores que pasarse la vida haciendo feliz a la mujer que amas.

—Pero no soy feliz.

—Lo eras. Al menos al principio. Cuando nos fuimos de Nueva Orleans, nos mudamos a Austin. Te encantaba el clima cálido, la estupenda música, los perros que retozaban en Zilker Park. Pero luego te embargó el desasosiego. Más días malos, menos días buenos, así que probamos suerte en San Francisco. Después en Phoenix. Y en Boulder, y en Seattle, y en Portland, y en Chicago, y en Knoxville y en Raleigh y en Fort Lauderdale y así sucesivamente… Te sentías feliz. Luego triste. De modo que volvíamos a mudarnos. Porque, hasta la fecha, mi único deseo es arrancarte una sonrisa.

Me quedo callada.

—Pero tienes razón: ya no puedo hacerte feliz —señala Thomas en voz baja—. De nuevo te envuelve la tristeza y, cuando intento preguntarte, te niegas a responder. ¿Qué necesitas, cómo puedo hacerte feliz? Dime sencillamente lo que deseas. Pero ya no me hablas, Nicky. Qué demonios, si ni siquiera conseguí sonsacarte sobre esa puñetera colcha amarilla.

—Es mía —me oigo decir a mí misma. En el acto. A la defensiva.

—La compraste en eBay hace tres años. El día de la entrega, te encerraste en el dormitorio con ella y te pasaste el día llorando. Te pregunté, esperé, supliqué. Pero nunca me has dicho por qué la necesitas tan desesperadamente, qué tiene de especial. Te he amado durante la mayor parte de mi vida. Y a pesar de ello, hay momentos en los que tengo la certeza de no conocerte en absoluto.

—Tú también tienes secretos —digo, consciente del manoseado sobre que llevo pegado a la cintura.

—El silencio genera silencio —replica mi marido.

—¿Por qué sigues conmigo? Da la impresión de que no te doy más que problemas.

—Porque no he perdido la esperanza.

—¿Esperanza de qué?

—De que algún día pueda volver a arrancarte una sonrisa.

Se aparta de mí. Su ausencia hace más mella en mí de lo que me gustaría. Hace frío, la cama está vacía, y por un segundo alargo la mano, como si quisiera retenerle. Me viene a la cabeza lo que pensé en el primer instante en que le vi. Él tenía la mirada clavada en mí, sonriéndome. Y mi primera reacción fue desear que se esfumara.

Pero a continuación, cuando se marchó, deseé que volviese, porque nadie me había sonreído de esa manera en toda mi vida.

Lo quiero. Le temo. Lo necesito. Estoy resentida con él. Tiro de él hacia mí. Lo aparto de mí de un empujón.

Y me da la sensación de que no tiene nada que ver con él y que todo es cosa mía.

—Puedes quedarte —dice Thomas, incorporándose—. Descansa el tiempo que te plazca. Voy abajo, a empezar a preparar la cena. ¿Te apetece un sándwich de queso fundido y sopa de tomate?

Asiento con la cabeza, sin atreverme a hablar.

—Lo superaremos —añade. ¿Para tranquilizarme? ¿Para tranquilizarse? A lo mejor es lo mismo. Mi marido sale de la habitación.

Espero mientras oigo sus pasos bajando por las escaleras, y seguidamente un eco procedente de la cocina. Entonces y solo entonces me giro de costado con cautela y saco el sobre que llevo en la cintura. Me tiemblan los dedos. Dejo el sobre encima de la cama, me fijo en los bordes amarillentos, en las manchas desvaídas que oscurecen parte del papel, quizá huellas de grasa de los dedos de alguien que trabaja con las manos.

Lo ha manoseado a menudo a lo largo de los años. Es obvio que lo ha abierto una y otra vez.

Titubeo. Un punto de inflexión. ¿Realmente quiero enterarme? Tal vez todas las parejas necesiten tener secretos. Por lo visto, yo sigo ocultando los míos, desde una colcha amarilla hasta un alijo de whisky.

Pero soy incapaz de dejarlo pasar. Al haber descubierto el sobre, necesito conocer el contenido. Así que lo abro con delicadeza y saco una única cosa: una antigua fotografía prácticamente en el mismo estado que el sobre.

Desvaída, amarillenta, manoseada; no obstante, inmediatamente sé lo que estoy viendo. Un día de verano. Una niña de diez años con un vestido estampado que me resulta familiar y una tenue sonrisa vacilante.

Sofoco un grito ahogado. Instintivamente sujeto con fuerza la foto.

Vero.

Tengo en las manos una foto de Vero.

Que mi marido me ha ocultado.

15

Wyatt detestaba las grabaciones de las cámaras de seguridad. En las series de detectives, la calidad siempre era de alta resolución. Podías ampliar las imágenes, congelarlas fotograma a fotograma, darle al zoom para acercarse por aquí, para alejarse por allá, leer la fecha de caducidad del pan del estante situado justo detrás del malvado criminal.

En realidad, las gasolineras, las tiendas de 24 horas y los comercios familiares eran negocios estresantes con un margen de beneficio demasiado escaso como para invertir en cosas como sistemas de seguridad de última generación. Tendían a apañarse con las cámaras más baratas del mercado, no ponían reparos a la hora de adquirir aparatos de segunda mano y/o descatalogados y volver a utilizar los mismos discos una y otra vez hasta que las grabaciones resultantes se llenaban de espectros de otras anteriores.

Wyatt y Kevin habían solicitado las grabaciones de seguridad de una semana. El dependiente les informó de que solo disponía de tres días, era lo único que conservaban. Wyatt y Kevin habían esperado conseguir imágenes de una calidad decente; lo que lograron fue un metraje oscuro y borroso de una sucesión interminable de coches entrando y saliendo de la gasolinera. En lo tocante a los automóviles que circulaban por la carretera, las cámaras se encontraban demasiado lejos, mientras que la calzada carecía de iluminación adecuada. Distinguían los haces de luz de los faros delanteros al pasar; eso era todo.

Como señaló Kevin, al menos el Audi de Nicky tenía faros de xenón, con su singular matiz azul cristalino, lo que significaba que el vehículo que pasó a toda velocidad a las cuatro y treinta y nueve minutos de la madrugada del jueves podría haber sido perfectamente el de Nicole. ¿Que si pudieron distinguir la matrícula? No. ¿La imagen de la persona que iba al volante? Ni por asomo. ¿El color de la pintura, una abolladura distintiva, una pista del fabricante y el modelo, o algo más que pudiera ayudarles en un tribunal? Sin suerte.

Al dependiente le trajo sin cuidado. Los había dejado en un estrecho almacén para que se las arreglaran solos. Desde su punto de vista, la función de las cámaras de seguridad era pillar al tío que entrase en la tienda y le apuntara a la cabeza con un arma. Los coches con el motor en marcha de fuera y los vehículos que circulaban por la carretera principal no eran su problema.

—Bueno, al menos nos muestra lo que no ocurrió —dijo Wyatt por fin.

—¿Lo que no ocurrió? —preguntó Kevin.

—Que Nicole Frank no repostó aquí. Que Thomas Frank no paró aquí a tomarse una bebida energética para espabilarse mientras preparaba el accidente de coche de su mujer. Ya es algo.

—Y que ninguna mujer, guapa o no, anduvo por aquí después de la una de la madrugada.

—O sea, que si Thomas Frank efectivamente tenía una amante que estaba esperando para recogerlo, ella no mató el tiempo por la gasolinera —comentó Wyatt.

Kevin se mostró de acuerdo.

—Desde luego, eso estrecha el cerco. Entiendo por qué estás tan contento con este caso.

—Me gusta tu idea de examinar su ropa —comentó Wyatt al cabo de unos instantes. Porque, cuando se cerraba una puerta, inevitablemente se abría una ventana.

—No tenemos una causa probable —le recordó Kevin—. Necesitaríamos un testigo que situase a Thomas Frank en la escena o, mejor aún, que el mismísimo Thomas Frank apareciera en uno de estos vídeos. Sin eso… No podemos decir a un juez que sospechamos de él con el mero argumento de que es el marido y que todo el mundo sabe que el marido siempre es el culpable.

—Regla número uno del manual del buen policía: ¿qué hacemos cuando no tenemos una causa probable? —preguntó Wyatt.

—Revolver el avispero hasta dar con ella.

—Exacto. Propongo que volvamos a la casa de los Frank. A pedirle permiso para examinar sus chaquetas y zapatos, y hacerlo delante de su mujer.

—Lo va a tener crudo para negarse —convino Kevin—. No querrá parecer culpable.

—Y quizá tengamos suerte y encontremos algo allí en ese momento.

—Sedimentos en las suelas de sus botas —comentó Kevin con tono deliberadamente inexpresivo— que encajen en la proporción exacta de barro, arena y minerales presentes en los sesenta centímetros de arcén por donde se precipitó el coche de Nicole Frank hasta su fatídico destino.

Ambos hombres hicieron un gesto de impaciencia. Esas coincidencias de CSI jamás ocurrían en la vida real. Lo mejor que podías hacer en New Hampshire era comparar las mezclas del piso de la carretera. Por ejemplo, que en el tramo de tres kilómetros recién asfaltado de la carretera de Albany se había utilizado una mezcla basta, a diferencia del material con el que se había pavimentado la de North Conway, más caro. Pero eso se restringía a unos kilómetros, o tal vez sirviera para localizar a un tipo en una determinada ciudad. Nada que ver pues con una pistola humeante en un análisis pericial.

Por supuesto, una de las ventajas de la televisión era que la gente presenciaba lo imposible tantas veces que llegaba a considerarlo factible. Y no había nada ilegal en jugar con esas expectativas. Vaya, veo que hay arena en sus zapatos, señor. Muy interesante, esta arena. Decididamente, vamos a tomar una muestra. Sí, esa arena es bastante determinante.

Aunque lo de la muestra en sí pudiera ser un farol, cuando el sospechoso decide quemar los zapatos en un bidón en cuanto los dos agentes salen de su casa… hasta los jueces sospecharían de dicho comportamiento.

—¿Y si Thomas ya ha lavado la ropa? —le preguntó Kevin.

Wyatt sonrió.

—Perfecto. Nos da un pretexto para registrar el lavadero, la escena del primer accidente de su mujer.

—Oh, cómo me gusta tu manera de razonar.

—A mí me gustaría aún más si mi manera de razonar nos dijera qué pasó con Nicole Frank.

—Tiempo al tiempo, amigo. Tiempo al tiempo.

Thomas Frank fue a abrir la puerta al primer timbrazo. Esta vez hubo menos vacilación. Estaba claro que era un hombre resignado a su destino.

Parecía cansado, pensó Wyatt. Tenso. ¿Por la presión de cuidar de su mujer, con una conmoción cerebral, o por el estrés de no dejar rastro? Fuera como fuera, Wyatt olió a sándwich de queso fundido y sopa de tomate. Le encantaban los sándwiches de queso y la sopa de tomate.

—¿Hemos interrumpido la cena? —preguntó Wyatt.

—Lo cierto es que…

—Entonces no tardaremos. ¿Está Nicole?

Nicky asomó por el pasillo, saliendo de la sala de estar, con las mismas mallas y el jersey ancho de por la mañana. Llevaba despeinada su larga melena castaña —tal vez había estado descansando—, y tenía la cara hinchada, hecha un asco de magulladuras y cortes.

—Señora Frank —dijo Wyatt a modo de saludo.

—Buenas noches, sargento.

Él se percató de que ella no fue a su encuentro enseguida, sino que mantuvo las distancias. Thomas y ella se cruzaron la mirada y Wyatt empezó a plantearse si habían interrumpido algo más que la cena. Interesante.

—¿Le importa si echamos un vistazo a sus abrigos? —preguntó Wyatt. Kevin y él lo habían ensayado de camino a la casa. En vez de ir directamente a por el marido, cosa que podría ponerle a la defensiva, allanarían el terreno.

—¿Mis abrigos? —preguntó Nicky, sorprendida.

—Chaquetón, chubasquero, alguna prenda de abrigo que se ponga para salir por la noche.

Ella se quedó mirándolos extrañada y acto seguido volvió la vista de nuevo hacia su marido. Como Thomas permaneció en silencio, ella finalmente se acercó y abrió la puerta del armario del recibidor.

—Mis abrigos están aquí.

—¿Eso lo recuerda? —preguntó Kevin.

—Por decirlo de algún modo. No lo entiendo. ¿Por qué quieren ver mis abrigos?

—En el hospital nos han confirmado —dijo Wyatt— que la mañana en la que ingresó no llevaba ninguna prenda de abrigo.

—A lo mejor se quedó en el coche.

Wyatt recordó el interior impoluto del vehículo, tal y como había comentado el adiestrador de perros.

—No —dijo.

Nicole parecía confundida, pero se apartó y los dejó con lo suyo.

Kevin y él se tomaron su tiempo. Kevin sacó todos los abrigos que parecían de corte femenino mientras Wyatt revisaba el resto. Ninguna de las prendas estaba húmeda o especialmente sucia; pero, claro, ya habían transcurrido casi treinta y seis horas desde que había escampado el jueves por la mañana.

—¿Estos son todos los que tiene? —preguntó Kevin.

Nicky inclinó la cabeza hacia un lado, obviamente haciendo memoria.

—Creo que sí.

Kevin miró a Thomas.

—¿Estos son todos los que tiene su mujer?

—Sí.

—Entonces…, no llevaba abrigo cuando se metió en el coche el miércoles por la noche.

Hasta Nicky parecía entender que era raro.

—Pero estaba lloviendo a mares. Desde hacía días.

—Y también hacía frío.

Ella vaciló con inquietud. A continuación, porque ¿a quién si no iba a recurrir?, pensó Wyatt, miró a su marido una vez más.

—La última vez que te vi —dijo él en voz baja— estabas en el sofá y llevabas puestos unos vaqueros, un jersey de cuello alto negro y un forro polar gris.

Lo cual encajaba con lo que recordaba la enfermera de la sala de urgencias. También había facilitado el jugoso detalle de que Thomas se había mostrado muy insistente en que le devolvieran la ropa ensangrentada de su mujer, independientemente del hecho de que se consideraba un riesgo biológico.

—¿Zapatos? —preguntó Wyatt.

Thomas negó con la cabeza.

—Cuando la vi llevaba puestas las zapatillas. Igual que ahora.

Kevin y Wyatt bajaron la vista a los pies de Nicky. En efecto, llevaba puestas unas recias zapatillas forradas de borrego con suelas de goma negras. Muy posiblemente unas L.L. Bean, las que utilizaba la mayoría de la gente en el área de North Country.

En ese momento Kevin y Wyatt centraron su atención en la fila de zapatos del armario. De nuevo, Kevin sacó los modelos más pequeños y femeninos mientras Wyatt inspeccionaba los equivalentes masculinos.

—Faltan las zapatillas de deporte —dijo Thomas por fin—. Las que te pones para correr.

Nicky, a su lado, asintió con la cabeza.

—Las viejas. New Balance, plateadas con detalles en azul.

—¿Se puso las zapatillas de deporte con lluvia? —preguntó Wyatt. No se le había ocurrido preguntarle a la enfermera de urgencias por el calzado de Nicky. Pensó que ojalá lo hubiera hecho.

Nicky frunció el ceño y negó con la cabeza ligeramente.

—No me pondría… En un acto reflejo cogería mis Danskos. Los zuecos negros, esos de ahí. Las zapatillas de deporte absorben la humedad, y no me haría gracia que se mancharan de barro, mientras que los Danskos…

Uno de los zuecos más famosos del crudo norte, pensó Wyatt. Y, sí, también eso era lo que se figuraba que alguien se pondría en una noche de perros.

—Visualice sus zapatillas de deporte —intervino Kevin—. Plateadas, viejas, tal vez baqueteadas…

Nicky cerró los ojos; por lo visto entendía lo que quería de ella.

—Debería tirarlas. Están viejas, empiezan a oler. Pero para el jardín y las tareas del hogar todavía me pueden hacer un servicio.

—Es miércoles por la noche —recitó Kevin—. Está oscuro, está lloviendo. ¿Lo oye?

—El viento contra las ventanas —susurra ella.

Wyatt permaneció atento a Thomas, quien —reparó en ello— no hizo amago de interrumpir el viaje a los confines de la memoria. ¿Porque realmente no tenía nada que temer de los recuerdos de su mujer? ¿O porque él mismo sentía curiosidad por las respuestas?

—Estoy cansada. Me duele la cabeza.

—Está descansando.

—En el sofá. Thomas ha vuelto al trabajo. Creo que debería subir a acostarme. Pero no tengo ganas de moverme.

—¿Qué oye? ¿El viento, la lluvia?

—El teléfono —murmuró Nicky—. Está sonando.

Kevin y Wyatt se cruzaron la mirada. Esta información era nueva. Por lo visto Thomas también lo desconocía, pues se enderezó ligeramente, se puso tenso.

—¿Respondió a la llamada? ¿Qué sensación le produce el auricular en la mano?

—Tengo que irme —susurró Nicky.

—Responde a la llamada, descuelga —volvió a probar Kevin—. Y oye…

Pero Nicky se resiste a seguirle.

—Tengo que marcharme —dijo de nuevo—. Rápido. Antes de que vuelva Thomas. Mis zapatillas de deporte. Veo que siguen en el recibidor desde hace horas. Las cojo. Tendré que apañarme.

—Se calza, coge un abrigo…

—No. No hay tiempo. Tengo que irme. Ya. Necesito una copa.

Thomas, que estaba al lado de Wyatt, se estremeció pero siguió callado.

—Coge las llaves del coche —recitó Kevin—. Mete la mano en el cestillo, las palpa con los dedos…

—Pero eso es un disparate —espetó Nicky. Abrió los ojos. Se quedó mirando a los tres hombres—. No tenía necesidad de salir a la calle con la tormenta en busca de whisky. No tenía más que ir a la planta de arriba.

Era evidente que a Thomas no le hizo ninguna gracia. Que su mujer confesara que tenía un escondrijo secreto con alcohol en algún lugar de la casa. Que había recibido una misteriosa llamada de la que no le había dicho una palabra. No obstante, condujo de buen grado a Wyatt y Kevin a la sala de estar, donde estaba el teléfono inalámbrico, para comprobar el historial de llamadas. En el teléfono, sin embargo, no había ningún registro de llamadas el miércoles por la noche.

—¿Pudo haber sido a su móvil? —preguntó Wyatt al cabo de unos instantes.

Nicky titubeó y, en un acto reflejo, palpó sus bolsillos. Desde la confesión del whisky, estaba rehuyendo la mirada de su marido aposta.

—Recuperamos su móvil en el vehículo —apuntó Kevin—. En este momento se encuentra en el laboratorio de la policía estatal para realizar las comprobaciones pertinentes.

—Ah. Supongo que sí, que podría haber recibido la llamada en mi móvil.

Wyatt tomó nota mentalmente. Los registros de los teléfonos móviles eran fáciles de obtener, simplemente era cuestión de llamar al proveedor del servicio. Mejor que pedir el teléfono destrozado a la policía estatal.

—No deberías beber —saltó por fin Thomas.

Nicky no contestó. Permaneció con los brazos cruzados firmemente sobre el pecho.

—Dijiste que no lo harías —insistió Thomas—. ¡Maldita sea! Me he dejado la piel procurando cuidar de ti, vaciando la casa de hasta la última tentación. ¿Dónde diablos has escondido…?

—No lo sé. Puede que no lejos de donde tú escondes tus secretitos —dijo Nicky en tono frío. Thomas cerró el pico, pero la fulminó con la mirada.

Esto cada vez se pone más interesante, pensó Wyatt. Mientras los dos miembros de la familia Frank se enzarzasen entre ellos…

—Señor Frank —dijo—, ¿le importa si echamos un vistazo a sus zapatos y su abrigo?

—¿Qué?

—A sus zapatos y su abrigo. Ya sabe, lo que llevase puesto el miércoles.

—Ya se lo dije, estaba aquí…

—Por eso realizaremos la inspección en un santiamén. Es que tenemos que confirmar su declaración, ya sabe. Forma parte de nuestro trabajo. Siempre y cuando esté diciendo la verdad, estoy seguro de que no le importará.

Thomas no era tonto, apretó los labios. Pero con su mujer ahí de pie, que seguía observándolo con gesto impasible… Regresó airado al vestíbulo y abrió de un tirón la puerta del armario.

—Cómo no. Adelante.

Kevin y Wyatt se pusieron manos a la obra. Identificaron un fino cortavientos, una gruesa chaqueta de lana, una chaqueta de esquí muy usada, además de una cazadora de piel de firma; lo típico para un hombre de mediana edad. La fila de zapatos lo mismo. Zapatillas de deporte, viejas y nuevas, botas de montaña, gastadas. Y unos zapatos deportivos marrones Merrell sin cordones y con gruesas suelas con gran cantidad de arena incrustada.

Kevin los sacó con un lápiz. Miró a Wyatt con gesto serio.

—Deberíamos llevarlos a analizar.

Thomas inmediatamente levantó una mano.

—Un momento. ¿Analizar? ¿Qué quiere decir?

—Esta arena. Solo soy detective, claro está, no un cerebrito como los del laboratorio, pero me da la impresión de que es del mismo color y consistencia que la arena del arcén próximo al lugar del accidente de su mujer.

—¿Cómo? No es más que arena. Arena típica de Nueva Inglaterra, la que se echa en todas partes en esta época del año para evitar que se patine en los tramos de hielo. Cómo no va a incrustarse en los zapatos. Después de tantos días de lluvia, recogen y amontonan la maldita mugre por todas partes. Qué demonios, salgan y anden por mi camino de entrada y ya verán.

Wyatt lo miró fijamente.

—¿Seguro que cuando examinemos estos zapatos la arena no coincidirá con la de ese tramo de carretera?

—Oh, por favor.

Kevin se encogió ligeramente de hombros mirando a Wyatt. Ellos estaban vendiendo su historia; Thomas sencillamente no se la tragaba.

—¿Estos son todos los zapatos de su marido? —preguntó Wyatt a Nicole, que los había seguido hasta el recibidor.

—Creo que sí.

—¿Y la ropa de abrigo?

Ella titubeó.

—El chubasquero —murmuró—. Un chubasquero negro y plateado. No lo veo.

¿Eran imaginaciones de Wyatt, o Thomas se había estremecido de nuevo?

—¿Señor Frank?

—Estaba mojado. Me lo puse el miércoles para ir y volver del taller durante la tormenta. ¿Cómo no iba a empaparse?

—¿Y dónde está?

—Lo tendí en el sótano. En el lavadero, para que se secara. —El hombre tenía un tono hosco, no había la menor duda.

Wyatt se dirigió a Nicole.

—¿Le importa enseñarnos el lavadero? Con eso terminaríamos.

Nicole palideció. Por un momento, Wyatt pensó que se negaría. Pero entonces ella irguió los hombros, lanzó una mirada a su marido que costaba interpretar y se internó en el pasillo.

La puerta del sótano se encontraba detrás de la escalera del recibidor, junto a la sala de estar. Nicole abrió de un tirón, con más ímpetu del estrictamente necesario, y encendió la luz con un chasquido. Wyatt vislumbró un tramo de peldaños de madera irregulares que descendían hasta un suelo de cemento en bruto.

Nicky, delante de él, inspiró hondo, exhaló, se agarró al pasamanos e inició el descenso.

Las escaleras le daban miedo. Wyatt se percató de que se aferraba atemorizada al pasamanos, de la manera en que daba un paso tras otro. Se preguntó si se trataría de estrés postraumático o de una reacción instintiva ante el lugar de su primer accidente. No preguntó. Se limitó a observar cómo avanzaba despacio, pero con determinación.

Las contrahuellas parecían bastante sólidas, pensó, mientras bajaba a la zaga. Un poco estrechas y empinadas. Bajar con un cesto de ropa sucia no debía de ser tarea fácil. Día tras día… Tal vez fuera inevitable algún tipo de caída.

—Últimamente dejo caer la cesta —murmuró Nicky, como leyéndole el pensamiento—. Probablemente es lo que debería haber hecho desde el principio. Simplemente lanzar la ropa abajo y luego bajar yo.

—¿Y qué me dice de la subida cuando la ropa está limpia y bien doblada?

—De eso ahora se encarga Thomas. Yo lavo la ropa; él la sube.

—¿Por qué no la releva en la tarea de la colada y punto?

—Porque echa a perder mi ropa interior —respondió, y Wyatt tardó un segundo en darse cuenta de que no bromeaba.

Al llegar al medio del sótano, a Wyatt le sorprendió lo amplio y diáfano que era el espacio. Probablemente diseñado para habilitar una sala de recreo, una guarida masculina, una suite para la familia política, lo que mejor le viniera a una pareja. Se había aprovechado un rincón para instalar un lavadero y un baño.

—¿Han hecho esto ustedes? —preguntó a Nicky. Kevin y Thomas todavía estaban bajando a la zaga.

—Fue uno de los primeros proyectos de Thomas —explicó ella—. Le dije que no quería hacer la colada rodeada de arañas. Así que me hizo una habitación como es debido. Comentó que esa era su máxima contribución a la colada.

—Bonito diseño —señaló Wyatt, fijándose en la lavadora y secadora de carga frontal de última generación, revestidas con una larga encimera laminada que servía para doblar la ropa. También, cómo no, armarios en la parte superior para guardar detergente para la ropa, sábanas, productos de limpieza.

Como buen carpintero, Wyatt apreciaba la atención por el detalle de Thomas. La habitación era de un nivel de profesional, no cabía duda de ello. Lo cual hizo que Wyatt se preguntara: ¿por qué diablos, después de haberse tomado la molestia de trabajar tanto para instalar un lavadero independiente, Thomas no había invertido tiempo y esfuerzo en diseñar peldaños más seguros?

Kevin y Thomas ya estaban en el sótano.

—Bonita reforma —dijo Wyatt al marido, señalando hacia el espacio.

Él se limitó a encogerse de hombros, pero Nicky comentó:

—Thomas es muy mañoso.

—Desde luego. También debe de tener una buena colección de herramientas: sierra de inglete, pistola de clavos para neumáticos, taladros inalámbricos…

Thomas lo miró a los ojos.

—En el taller. Fabrico a mano piezas de utilería por encargo, ¿recuerda? En gran medida se parte de maquetas de madera, cuando no de productos acabados.

—Con la diferencia de que ahora te ha dado por el plástico —intervino Nicky. Sin duda, su tono fue reprobatorio.

Wyatt y Kevin volvieron su atención hacia Thomas de nuevo.

—Tengo una impresora 3D —explicó el hombre—. Ahora mis clientes pueden enviarme archivos digitales con sus propios diseños, que puedo convertir en moldes en 3D simplemente pulsando un botón. Yo a eso lo llamo progreso. Mi mujer lo considera un riesgo.

Fulminó a su mujer con la mirada. Ella hizo lo mismo.

—Mi chubasquero —dijo Thomas en ese momento, apartando la vista de Nicky para señalar hacia un tendedero que había justo al lado de la secadora. Efectivamente, había un chubasquero plateado y negro tendido con pinzas de madera. Kevin, el primero en examinarlo, palpó la pechera aquí y allá.

—Ya está seco —murmuró a Wyatt.

—Y sucio —comentó Wyatt, señalando una mancha desvaída en la pechera y las vetas de arena en ambas mangas.

—Cómo no va a estar sucio —dijo Thomas con impaciencia—. Me lo puse para ir al taller. Y en vista de que ese día ya había apagado la calefacción, me lo dejé puesto mientras trabajaba.

—¿No temía engancharse la manga con una herramienta eléctrica? —preguntó Wyatt.

Kevin estaba examinando el puño izquierdo del chubasquero, que mostraba marcas visibles del uso. ¿Qué probabilidades había de que hallasen una hebra de la gastada bocamanga de ese chubasquero enganchada en el parachoques trasero del coche de Nicole? Por el amor de Dios, nada sobre ese caso iba a ser coser y cantar.

—Deberíamos llevárnoslo para cotejarlo —dijo Kevin en un tono deliberadamente alto.

—Definitivamente. ¿Le importa prestarnos su chubasquero? —preguntó Wyatt a Thomas, que parecía a la defensiva.

—Cómo no va a importarme. Es mi único chubasquero. Y ya se lo he dicho. Está sucio y lleno de mugre de mi taller; eso es todo.

—¿Es esto arena? —intervino Kevin—. Como la arena de sus zapatos. Como la arena que encontramos en el arcén…

—¡Hay arena por todas partes! Estamos en Nueva Inglaterra, por el amor de Dios, y ya hemos tenido varias mañanas bajo cero.

—¿Dónde está la ropa de Nicky? —preguntó Wyatt de repente.

—¿Cómo? —Thomas parpadeó.

—El personal del hospital nos dijo que usted se llevó la ropa que llevaba puesta la noche del accidente.

—No tiene nada de malo…

—¿Dónde está? De ninguna manera la iba a guardar en su sitio manchada de barro, ensangrentada, empapada de whisky. Así que debería estar aquí, ¿no? En el lavadero. Para lavarla en su momento.

Thomas no respondió enseguida.

—Mi mujer no hizo nada malo —dijo de repente.

Esta vez fue Nicky quien lo miró fijamente.

—La doctora Celik me enseñó los resultados del test de alcoholemia: 0,06. Por debajo del límite legal. O sea, que ninguno de los dos les debemos ni explicaciones ni respuestas. Fue un accidente. Claro y simple. Noche oscura y tormentosa. Se salió de la carretera. Fin de la historia.

—¿Como caerse por las escaleras del sótano?

—Ya han visto las escaleras.

—¿Y tropezar en los escalones del porche? Venga, Thomas, ¿cómo es posible que una mujer sea tan torpe? Por las escaleras, por la entrada, conduciendo… A juzgar por lo que comenta, su mujer no hace una a derechas.

—Váyanse. No tenemos nada más que hablar.

—Muy bien. Entonces, entréguenos el chubasquero. Y de paso, la ropa que llevaba Nicky aquella noche y las zapatillas de deporte que no debía haberse puesto por la lluvia y…, ah, sí, el abrigo que no se molestó en coger. Entréguenos todo. Denos lo que necesitamos para corroborar su accidente. Y tal vez, solo tal vez, le dejemos en paz.

—Quiero verlo —dijo Nicky de repente.

Los hombres se quedaron inmóviles y la observaron fijamente. Estaba en medio del sótano, con los brazos cruzados a la defensiva. No estaba mirando el chubasquero ni a ninguno de ellos. Estaba mirando hacia un punto al pie de la escalera.

El punto adonde había ido a parar al caer; a Wyatt le constó sin preguntar. El lugar de su primer accidente, cuando comenzaron los dolores de cabeza y la pérdida de memoria.

Thomas frunció el ceño.

—¿Qué quieres ver?

—La escena del accidente. Quiero ir allí. A lo mejor me ayuda.

—Nicky, tienes una conmoción; tienes que tomarte las cosas con calma por prescripción médica…

—Voy a ir.

—Conseguirás que te vuelva a doler la cabeza…

—Me da igual.

—¡A mí no! Esto es precisamente lo que pretenden, Nicky. ¿Es que no te das cuenta? Esta visita, esta farsa… La policía está intentando interponerse entre nosotros. Consideran que es la única manera de conseguir respuestas.

—A lo mejor yo también quiero respuestas.

—Nicky… —Thomas alargó la mano hacia su mujer.

—¿De qué tienes miedo? Dímelo, Thomas. Si nuestra vida es tan puñeteramente perfecta, ¿por qué no puede llevarse tu chubasquero la policía?

Thomas no respondió. Nicky lo fulminó con la mirada por última vez y acto seguido se dio la vuelta y enfiló escaleras arriba.

—Lo único que siempre he querido —masculló Thomas— ha sido protegerla. De acuerdo, llévense el chubasquero. Llévense lo que quieran. Y luego déjennos en paz. Estábamos bien hasta que llegaron. Palabra de honor.

Se dirigió hacia las escaleras en busca de su mujer.

16

Thomas me sigue hasta mi dormitorio. Creo que seguirá protestando. Tal vez me coja de los hombros y me dé la vuelta bruscamente para que no tenga más remedio que plantarle cara. Se saldrá con la suya por pura fuerza de carácter. ¿Quiero discutir con él? ¿Que me maltrate físicamente? ¿Que me inmovilice contra su pecho? ¿Es así como normalmente terminan nuestras peleas?

Sin embargo, no hace nada en absoluto. Se limita a apostarse en el umbral mientras yo saco unos vaqueros y un jersey más grueso del ropero de la habitación de invitados.

A lo mejor no ha subido para discutir. A lo mejor sencillamente está esperando que le entregue el whisky que tenía escondido.

Le doy con la puerta en las narices para poder cambiarme de ropa, ultimar mis preparativos. Pero cuando la abro al cabo de dos minutos, Thomas sigue esperándome.

—¿Vienes? —le pregunto con curiosidad, pues esperaba que también se hubiese cambiado de ropa.

—No.

Me quedo perpleja. En cierto modo, estaba segura de que me acompañaría, aunque solo fuera para continuar en su papel de marido protector.

—Tengo que trabajar —aduce.

—¿En serio? ¿Tan importante es tu trabajo?

—Este proyecto sí.

Los detectives, Wyatt y Kevin, nos esperan abajo. Debería ponerme en marcha. Pero cuando hago amago de apartar a mi marido para pasar, me toca el brazo, con la suficiente suavidad, con la suficiente delicadeza, como para parar en seco.

—¿Por qué? —pregunta en voz baja—. Sin duda, he hecho lo imposible por ayudarte. ¿Y aun así escondes una reserva de whisky?

No digo nada; solo noto que el corazón se me acelera. Por la vergüenza, pienso. Por el remordimiento. Por la culpabilidad. Por algo más que no termino de explicarme. Soy incapaz de mirarlo a la cara. No me atrevo a zafarme de él. Aun así, no le entrego el alijo por voluntad propia.

—Si eres incapaz de tirarlo —continúa Thomas—, al menos dime dónde está. Mientras estás fuera, me ocuparé de ello.

—No.

—Nicky, por lo que más quieras, te acabo de sacar del hospital…

—Es lo único que tengo —me oigo a mí misma decir en un hilo de voz, y en ese momento caigo en la cuenta de que es cierto. No tengo familia. No tengo amigos. No recuerdo mi pasado; no sé si tengo futuro. Lo único que tengo es un tesoro escondido de diminutas botellas. Ni más, ni menos.

—Tienes tu colcha —dice mi marido.

Frunzo el ceño, insegura. Él señala hacia el sofá cama, donde reparo en que la colcha de color amarillo claro está doblada con esmero y colocada en los pies de la cama. ¿Lo hizo él? ¿Lo hice yo y ya lo he olvidado?

—Deberías llevarte la colcha —me dice Thomas—. A lo mejor te trae suerte.

—No puedo irme de paseo con dos polis con mi mantita. Es… ridículo.

—Nicky.

Su tono de voz es serio. Tan serio que me quedo inmóvil de nuevo, me da por escrutarlo largo y tendido. Un millón de imágenes pasan fugazmente por mi cabeza. Riéndonos, besándonos, echando carreras por playas de arena, escalando riscos. Vivíamos. Amábamos. Y, en un tiempo, bastó con eso. Sé todo eso al mirarle fijamente.

Estoy triste, en un lugar en lo más hondo de mi ser cuya existencia ignoraba por completo hasta ahora. Voy a perderle. Me consta desde hace tiempo. Tal vez razón de más para almacenar botellitas de whisky en secreto. Porque, desde hace veintidós años, este hombre ha sido mi mundo. Es mi única compañía, mi mejor amigo, mi mayor motivo de crispación y mi mayor fuente de consuelo. Ha sido todo para mí.

Con la salvedad de que ese tipo de relación no es sana. Para ninguno de los dos.

—Llévate la colcha —musita mi marido—. Las próximas horas van a ser difíciles. Puede que te canses, que te dé otro dolor de cabeza. Los detectives entenderán que te lleves un cobertor por si necesitas descansar.

Mientras lo dice va a por la colcha. Me pone el recio fardo doblado entre los brazos y yo, en un acto reflejo, lo aprieto contra mi pecho. Siento la suavidad del familiar tejido contra mis dedos, aspiro un aroma que me reconforta y al mismo tiempo me hace sentir sola.

Lloré cuando recibí esa colcha por correo. Ahora me dan ganas de llorar otra vez.

—Tienes una foto de Vero —me oigo decir a mí misma.

—No.

—Ya lo creo. La encontré en tu vestidor.

Mi marido sonríe, pero es una sonrisa triste, apagada.

—No —repite en voz baja—. No. Venga, si realmente tienes intención de hacer esto, es hora de que bajes, acaba con esto. Tan solo recuerda —añade, al tiempo que me aparta de él— que el problema de hacer preguntas es que no puedes controlar todas las respuestas. Así es la vida. Especialmente para ti y para mí.

Es evidente que a los detectives les sorprende que Thomas no nos acompañe. Se cruzan la mirada, pero no dicen nada inmediatamente. Ni hacen ningún comentario sobre la manta que llevo bajo el brazo. Al parecer, Thomas tiene razón: una mujer con una conmoción puede salirse con la suya prácticamente siempre.

El detective más joven —Kevin, según lo llamó el sargento— lleva el chubasquero de Thomas. Por lo visto, después de todo mi marido ha accedido a desprenderse de él. Para que puedan analizar la arena. Qué gracia, no me había parado a pensarlo hasta ahora, pero en Nueva Inglaterra hay un montón de arena de los arcenes.

Excepto en el camino de entrada a nuestra casa o en nuestro jardín trasero. Thomas mintió sobre eso.

Dejo la colcha doblada encima de uno de los escalones inferiores, abro el armario del recibidor y automáticamente cojo mi chaquetón forrado de franela de color tostado. Acto seguido busco mis zuecos negros, porque en el campo, con carreteras y aceras mugrientas, opto por calzar zuecos. No mis zapatillas de deporte. No me explico por qué cogí las zapatillas de deporte el miércoles por la noche.

Porque estaban en medio y tenía que irme a toda prisa.

Sonó el teléfono.

«Hola», dije.

Y entonces…

Me duele la cabeza. Me masajeo las sienes en un acto reflejo. Debería tomarme otro ibuprofeno. O quizá algún analgésico más fuerte. Pero no quiero aturdirme más todavía. Puede que haya sido yo quien haya organizado esta excursioncita, pero también soy la que se fatiga antes. Thomas no andaba desencaminado: la verdad es que necesito descansar.

Hurgo en el armario en busca de una última cosa. El perchero de detrás de la puerta. No está ahí. Palpo esa zona de nuevo y el detective más mayor, Wyatt, se percata del gesto.

—¿Qué busca?

Tengo que pensarlo.

—Un gorro.

—¿Qué tipo de gorro?

—Una gorra. Negra. —Con una visera que pueda calarme. Por ejemplo, para ocultar mejor mis facciones al ir a comprar a la tienda de licores de la zona.

Aparto ese recuerdo de mi cabeza, con una desagradable sensación, ligeramente sucia, como si hubiera caminado a través de telarañas.

—¿Seguro que su marido no viene? —pregunta el otro detective, Kevin, para asegurarse.

—Tiene que trabajar.

—Trabaja mucho —afirma Wyatt.

Asiento con la cabeza, porque ¿qué voy a decir? Según Thomas, el proyecto es importante. Salvo que yo no tengo la menor idea de qué proyecto se trata.

Los detectives me acompañan hasta el coche. Llevan uno de los todoterrenos blancos del condado, con «DEPARTAMENTO DEL SHERIFF DE NORTH COUNTRY» grabado en el lateral. He visto bastantes veces estos vehículos estacionados en carreteras secundarias. A veces, los agentes uniformados se ocupan de infracciones de tráfico, pero Thomas me comentó en una ocasión que los ayudantes del sheriff pasaban la mayor parte del tiempo trasladando presos dentro del estado. Los vehículos que veo aparcados por ahí en realidad están esperando para recoger o entregar a internos.

Tal vez por eso me incomoda tanto cuando los detectives abren la puerta trasera y me indican que suba al coche. Debería ir esposada, pienso. Se acabó: el principio del fin.

Me sorprendo cuando Kevin rodea el coche, entra por la otra puerta y se sienta a mi lado. ¿Para observar mis reacciones y seguir jugando a hacer memoria? ¿O es que no se fían de dejarme sola?

Me pongo la colcha sobre el regazo. El roce contra mis manos, firmemente entrelazadas, me infunde confianza y me alegro de haberla cogido.

Wyatt arranca el voluminoso vehículo y sale marcha atrás por el camino de entrada.

Contemplo una última imagen fugaz de mi casa. La oscura silueta de Thomas perfilada contra la ventana de la planta de arriba.

Entonces mi marido desaparece de mi vista.

Permanecemos un rato en silencio. Hay una mampara entre el asiento posterior y el delantero, quizá de plexiglás, algo arañada, pero transparente. El asiento trasero no es de plástico duro como el que se utiliza en tantos coches patrulla para facilitar su limpieza después de trasladar a borrachos que vomitan. En vez de eso, Kevin y yo compartimos el asiento corrido original con tapicería gris del todoterreno. Es bastante cómodo; así nos resulta más fácil fingir que somos amigos que van a dar una vuelta como si tal cosa.

Si miro al frente, sin embargo, hacia la parte frontal del vehículo del sheriff, veo el voluminoso salpicadero, con radio, ordenador portátil incorporado y todo tipo de botones de sirenas y pitos que ni mi Audi de última generación tenía. Wyatt está murmurando algo por radio, aunque con la mampara cerrada cuesta oír. ¿Estará haciendo más gestiones? Igual todavía acabo la noche detenida.

Intento mirar por la ventanilla, pero la impresión de la oscuridad a toda velocidad me produce náuseas. Ojalá estuviera de nuevo en el dormitorio de la planta de arriba, tendida bajo la colcha con una bolsa de hielo sobre la frente. La frescura de la oscuridad. El oasis glacial para mitigar mi palpitante dolor de cabeza.

El todoterreno reduce la velocidad, llega a un stop. El intermitente está encendido. Giramos a la derecha. De la carretera secundaria a una arteria principal. Pasan cinco, quizá diez minutos; a continuación comienza a aparecer la civilización. Un pequeño centro comercial por aquí, una gasolinera, una tienda de ultramarinos por allá. Una tienda de licores del estado de New Hampshire.

Noto que se me tensa el cuerpo. Lista para entrar. Donde compro mis provisiones, pienso sin pensar. Pero el vehículo del sheriff sigue su camino.

—¿Le suena? —me pregunta Kevin, obviamente interpretando mi lenguaje corporal.

—Aquí hago mis recados.

—Es lógico. Son las tiendas que le quedan más a mano.

—La botella de whisky que tenía aquella noche, ¿saben dónde la compré?

—Sí.

—¿Fue ahí, en esa tienda estatal de licores? —Porque en New Hampshire puedes comprar cerveza y vino en una tienda de ultramarinos, pero no licores fuertes. Eso lo controla el estado.

—En esa tienda no —responde el detective, lo cual me sorprende.

El vehículo sigue avanzando. Esta carretera está bien asfaltada, lo cual siempre es un lujo en North Country. Me da por cerrar los ojos, dejando que el movimiento me arrulle. Estoy cansada. Muy cansada. Ha vuelto esa sensación de estar bajo el agua. Como si nada de esto fuera real, como si no estuviera ocurriendo.

Floto, ingrávida, inconsciente. Si pudiera permanecer así, a lo mejor no volvería a sufrir jamás.

«Mami, mami, mira, puedo volar».

Pero lo difícil no es el vuelo. Es la caída, siempre la caída, lo que al final puede con nosotros.

Me oigo a mí misma soltar un suspiro. Un sonido largo y lastimero.

Entonces el vehículo se detiene.

Kevin dice:

—Ya hemos llegado.

Nada más bajar del todoterreno del sheriff, me siento confundida. No estamos en una carretera secundaria oscura, sino en otro pequeño centro comercial. Hay una tienda/autoservicio/gasolinera, lo que parece ser una inmobiliaria y, sí, otra tienda de licores del estado de New Hampshire. Lo primero que pienso es que no conozco este sitio. Sin embargo, no es así.

Dejo la colcha doblada en el asiento trasero para coger algo. Caigo en la cuenta de que es la gorra. Sigo buscando la gorra para ocultar mi cara de las cámaras de la tienda. Tal y como siempre hago.

Entonces siento la primera punzada de desasosiego. Porque, sinceramente, me cabe la duda: ¿procuro pasar desapercibida en las tiendas de licores de la zona o procuro pasar desapercibida ante las cámaras de seguridad?

Los dos detectives aguardan.

—¿Por qué hemos venido aquí? —pregunto.

—Vamos dentro —dice Wyatt— a echar un vistazo.

Estoy en un apuro. No estoy segura del cómo ni el porqué, pero esto no es lo que yo pretendía, lo que yo anticipaba. Se supone que la policía me va a llevar a la escena de mi accidente de coche. Deambularé por allí. Sabré perfectamente lo que estaba haciendo, pensando, esa noche. Volaré por los aires. Encontraré por fin a Vero. Me perdonará.

En vez de eso estamos… aquí.

—No quiero. —Me cierro en banda.

—Solo un momento —dice Wyatt.

—Me duele la cabeza.

—Seguro que en la tienda venden aspirinas.

No puedo moverme. Lo miro fijamente. ¿Le estoy rogando, le estoy suplicando, lo percibe en mi mirada?

—Compré la botella de whisky en esta tienda, ¿verdad? Por eso me han traído aquí. Para que identifique el lugar exacto donde la cagué aquella noche.

—Vamos dentro —repite Wyatt— a echar un vistazo.

Entonces él y el otro detective echan a andar. Me da la sensación de que no tengo escapatoria. Se acabó. Es hora de enfrentarme a mi destino.

El edificio gris achaparrado trata de emular la arquitectura de Nueva Inglaterra. Una entrada cubierta rematada con una cúpula, unos cuantos tragaluces de pega para darle más aire de vivienda y no tanto de gigantesco centro comercial hasta arriba de alcohol. Las puertas automáticas se abren al acercarnos. Menos mal que Wyatt y Kevin visten de paisano, porque ser escoltada por dos agentes uniformados sería demasiado. A pesar de ello, es imposible disimular la manera en que se mueven, evaluando el ambiente. No se trata de simples compradores, y todo aquel que los mira parece reparar en ello. Una mujer con un carrito de la compra hasta arriba de vodka aparta la mirada instintivamente. Comparto su vergüenza.

A nadie le agrada ver a un poli en una tienda de licores, al igual que tampoco le agradaría ver a un cura en un burdel.

No puedo levantar la vista. Deambulo por los pasillos y prácticamente enseguida me encuentro delante del surtido de whisky. Cómo no. El Glenlivet está colocado en un estante a la altura de los ojos para tentar a los clientes. La tienda alberga un impresionante surtido de whisky añejo, incluido mi vicio predilecto, el selecto de dieciocho años. No puedo evitarlo. Los quiero todos. Me empiezan a temblar las manos; después, todo el cuerpo.

Me martillea la cabeza, pero también tengo ganas de vomitar. No deberían haberme traído aquí, pienso resentida. Llevar a una mujer con una lesión cerebral a dar un paseíto innecesario. Llevar a una alcohólica en proceso de recuperación a una tienda de licores.

Los miro con acritud a ambos y tengo la satisfacción de ver que al menos tienen la misma preocupación.

—¿Se encuentra bien? —pregunta Wyatt.

—Quiero irme de aquí.

—Pero reconoce esta tienda —dice Kevin—. Se ha metido directamente por este pasillo.

—¡Ya lo sabían! —Sigo enfadada. Centro mi atención en el sucio suelo de linóleo gris. En cualquier sitio menos en las bebidas.

—¿Vino aquí el miércoles por la noche? —pregunta Wyatt.

—No lo sé. Quizá. Probablemente. Supongo que sí.

—¿Por qué aquí? —quiere saber Kevin.

—Para comprar whisky. ¿A qué si no?

—Antes comentó que esa noche tenía prisa —insiste Wyatt—. Que tuvo que irse corriendo.

—Sí.

—Entonces, ¿para qué venir aquí? A cuarenta minutos de su casa, cuando hay otra tienda de licores estatal mucho más cerca.

Parpadeo, me llevo la mano al estómago y aprieto para mitigar las náuseas. No lo sé. No puedo responder a su pregunta. Tiene razón. Kevin había señalado hacia la tienda más próxima y yo la había reconocido al instante. Así que ¿por qué habría realizado todo ese trayecto hasta aquí?

Niego con la cabeza. Las náuseas no remiten. El dolor de cabeza se ha acentuado y ahora las luces de la tienda me molestan. Como docenas de puñales afilados que me aguijonean las sienes.

—Creo que voy a vomitar —farfullo.

Los detectives vuelven a cruzarse la mirada. Llego a la conclusión de que los odio. Ojalá estuviera aquí Thomas. Quiero acurrucarme contra su pecho. Quiero sentir la magia de sus dedos sobre el nacimiento de mi pelo. Él me haría sentir mejor. Él cuidaría de mí.

Porque él es todo para mí. Salvo que estoy a punto de perderle, porque para empezar nunca me lo merecí. Vero trató de decírmelo, pero hice oídos sordos.

Corre, me ha dicho. Tantísimas veces a lo largo de los años. Corre, corre, corre. Pero no lo hago. No puedo.

Me escuece la cara. Los puntos. Y, durante un fugaz instante, me dan ganas de levantar el brazo y tirar del primer feo hilo negro. Tal vez pueda arrancarme las suturas y después despegarme mi propia cara, como los retales de una colcha. Me pregunto a quién encontraría acechando bajo mi propia piel.

Wyatt me tiene agarrada del brazo. Tira de mí hacia delante y caigo en la cuenta de que por fin me toman en serio. He perdido los papeles hasta tal punto que nos vamos de la tienda. Olvídate del lugar del accidente. Me voy a casa. Necesito tumbarme. Cerrar los ojos. En mi pequeña habitación, fresca y a oscuras. Como en un ataúd. En una tumba antes de tiempo.

Wyatt me conduce a la cola de la caja, como si fuésemos a pagar la compra. Mis pasos se ralentizan, se vuelven más pesados. Tiene que sacarme de aquí. ¿Por qué no me saca de aquí? Necesito aire fresco.

La cajera nos observa fijamente. Es una mujer mayor con el pelo castaño encanecido y el semblante de alguien que ya ha tenido un mal día, o tal vez una mala vida.

Aun así, hace un esfuerzo.

—Cielo, ¿estás bien? —me pregunta con dulzura.

No puedo evitarlo.

La miro y acto seguido vomito todo en el suelo.

17

Tal y como se desarrollaron los acontecimientos, no había sido coser y cantar, como Wyatt esperaba. Menos mal que la señora de la caja, Marlene, era una mujer mayor que obviamente había visto de todo. No se le movió ni un pelo cuando su testigo vomitó, sino que se apuró en rodear el mostrador y les indicó que sacaran a la mujer fuera mientras ella iba a por la fregona.

No es que Wyatt y Kevin no tuvieran experiencia limpiando vómitos —era una de las habilidades que se aprendían rápidamente en su trabajo—, pero aun así era agradable contar con la ayuda de alguien.

Kevin había metido a Nicky en el asiento trasero. Ella se había tumbado directamente apretando el cobertor amarillo entre sus brazos como si se tratase de un oso de peluche. Kevin había cometido el error de ofrecerse a desdoblarlo, a echárselo por los hombros. Ella había estado en un tris de arremeter contra él.

Cambios de humor volubles. Otra señal de traumatismo cerebral grave.

Después Wyatt volvió a entrar en la tienda de licores. Había llamado por teléfono cuando se dirigían allí, para confirmar que Marlene Bilek trabajaba esa noche, igual que el miércoles por la noche. Habían tenido además la suerte de que fuera quien atendiera la caja cuando ellos habían llegado. Y ahora, la respuesta acertada era…

Wyatt encontró a la mujer al fondo, vaciando el contenido del cubo de la fregona. Despedía un tufo repugnante. Dado que los Frank habían cenado sopa de tomate, también tenía un aspecto repugnante.

—Lo siento —dijo.

La mujer se encogió de hombros.

—No puedo trabajar en una tienda de licores y no vérmelas con las vomitonas.

—Lo mismo que los policías.

Sonrió, pero con gesto cansado. El trabajo no podía ser fácil, sobre todo teniendo en cuenta incidentes como ese.

—¿La reconoce? —preguntó Wyatt.

—Creo que sí. El miércoles por la noche, ¿verdad? Iba vestida de manera diferente. Con ropa oscura. Y llevaba una gorra. Una gorra negra bien calada. Eso fue lo que me llamó la atención: tenía pinta de ir buscando problemas y, en una tienda de licores, tenemos que estar atentos a esas cosas. Pero la verdad es que no hizo nada. Estuvo deambulando un rato sin más. Pasillo por pasillo. Cuando estaba a punto de preguntarle si necesitaba algo, cogió una botella de whisky o algo así. Pagó y se largó.

—¿Cuánto tiempo diría que pasó en la tienda? —preguntó Wyatt.

—Quince, veinte minutos.

Wyatt frunció el ceño. Eso era mucho tiempo para una mujer que supuestamente tenía prisa. Veinte minutos, sumados al largo trayecto hasta allí…, una mujer con pinta de ir buscando problemas y que se desvía de su trayecto habitual para encontrarlos.

—¿La vio hablar con alguien? —preguntó—. ¿Con otro cliente, con otro empleado?

La dependienta se encogió de hombros.

—No sabría decirle. Esa noche hubo ajetreo. Mucho movimiento. No es que pasara todo el rato observándola.

Wyatt asintió con la cabeza, pensando una vez más que ojalá no se hubieran echado a perder las grabaciones de la noche del miércoles de las cámaras de seguridad de la tienda estatal. Y, sin embargo, estas cosas sucedían. Por desgracia, con más frecuencia de lo que deseaba un buen detective. Sacó una tarjeta y se la dio a Marlene, que en ese momento estaba colocando el cubo de la fregona en un rincón.

—Muchas gracias. Perdone otra vez por el desaguisado y, si recuerda algo más, por favor, deme un toque.

—Claro. ¿Se pondrá bien? —preguntó Marlene—. La pobre chica parecía encontrarse muy mal.

—Está descansando; eso le ayudará.

—A todo esto, ¿qué ha hecho?

—¿A qué se refiere?

—Usted es detective. Usted y el otro tipo la han escoltado en la tienda; ahora está haciéndome todas estas preguntas. Así que ¿qué ha hecho?

—Eso es lo que estamos tratando de averiguar.

—¿Ha perdido a alguien?

Tras una pausa, Wyatt contestó:

—¿Por qué lo pregunta?

—Porque parece muy triste. Y yo sé lo que es la tristeza. Esa chica está pasando por un trago de mil demonios.

Wyatt seguía cavilando al salir de la tienda para reunirse con Kevin, que le esperaba.

—Me he informado de la llamada que recibió Nicole en su móvil el miércoles por la noche a través de la compañía.

—¿Y?

Siguió a Kevin hasta el todoterreno blanco, en cuyo asiento trasero Nicky permanecía acurrucada en posición fetal. No levantó la vista cuando Wyatt se aproximó. A juzgar por cómo tenía los ojos, fuertemente cerrados, a Wyatt no le dio la impresión de que estuviera dormida, sino que pretendía evitar que se dirigieran a ella.

—El teléfono no está registrado a nombre de una persona —informó Kevin—, sino de una empresa.

—¿Cuál?

—Una agencia de detectives de Boston. —Kevin hizo una pausa y lo miró fijamente—. Investigaciones Northledge —afirmó.

Wyatt cerró los ojos.

—Oh, mierda.

Wyatt dejó a Kevin haciendo de niñera mientras él cruzaba el aparcamiento, al tiempo que se subía la cremallera del chaquetón para abrigarse en la fría noche. El parte meteorológico ya había registrado un par de noches con temperaturas de un solo dígito. Y solo estaban en noviembre, lo cual significaba que, a ese paso, el invierno iba a ser crudo. La gente se enclaustraba por la nieve, medio enloquecía por el frío. Otra magnífica estación para ser poli, desde luego que sí.

Marcó el número de Tessa de espaldas a Kevin. Cógelo, cógelo, pensó, anticipándose al agradable sonido de su voz, a pesar de que le preocupaba lo que ella pudiera decirle.

La tercera vez que sonó se cumplió su deseo.

—¿Qué tal? —Parecía sin aliento. Como si la hubiera pillado haciendo algo. Por un momento, se permitió sonreír. Dios, amaba a esa mujer. Lo cual era bueno, porque probablemente ella le iba a echar otro rapapolvo.

—¿Qué tal tú? —preguntó él—. ¿Andas liada ahora?

—Estoy saliendo de un restaurante. No nos apetecía cocinar. Así que hemos venido a Shalimar.

Un restaurante indio. Uno de los favoritos de Sophie. A Wyatt siempre le había extrañado, porque a él, cuando tenía nueve años, solo le gustaban las hamburguesas y los perritos calientes. Los chavales de hoy en día…

—¿Cómo te fue en el almuerzo con la detective Warren? —preguntó. La noche anterior al final no se habían puesto al día. Ni esa mañana, de hecho. Lo cual, ahora que lo pensaba, era culpa suya. Normalmente se daban un toque como mínimo una, si no dos veces, al día. Pero, en vista del caso que tenía entre manos, andaba preocupado…

Tessa era una adulta, se recordó para sus adentros. También había sido policía. Entendía esas cosas.

Solo que, al responder a su pregunta, su voz sonó distante, algo totalmente impropio de ella:

—Oh, muy bien. Le expliqué a D.D. el funcionamiento de los servicios de investigación. Ella me explicó por qué prefería ser poli. Ahora las dos esperaremos a que el estado de su herida emita el veredicto.

—¿Sophie bien? —preguntó Wyatt, que seguía tratando de camelársela—. ¿Le ha ido bien la semana en el colegio?

—Sí.

—¿Y a ti el día?

—Muy bien.

El sonido de las puertas del coche al cerrarse. Después la voz de Tessa, más amortiguada al dirigirse a Sophie, probablemente también a la señora Ennis.

—Es Wyatt. Un momento; enseguida nos pondremos en marcha.

Deben de estar todavía en el aparcamiento del restaurante, dedujo Wyatt, acabarán de llegar al coche. Tessa, que había sido policía estatal, detestaba a la gente que conducía mientras hablaba por teléfono. De ahí que hiciera esperar a su hija para terminar la llamada antes de ponerse en marcha. Lo cual explicaría que estuviese distraída. Aunque estaba hablando con él, seguía pendiente de su hija. Por supuesto.

Llegó a la conclusión de que, lo hiciera como lo hiciera, no iba a acertar. De perdidos, al río.

—Tengo que hacerte una pregunta —anunció.

—Vale.

—¿Recuerdas el accidente de coche que estoy investigando? ¿El de la conductora bajo los efectos del alcohol con posible agravante?

—Sí.

—Resulta que la conductora recibió una llamada en su móvil poco antes de salir disparada aquella noche. Se llama Nicole Frank.

Una pausa mientras esperaba a ver si Tessa reaccionaba al oír ese nombre. Pero, claro, ella era una avezada profesional, de modo que, al no reaccionar, él continuó en tono sereno.

—El número estaba registrado a nombre de una empresa: Investigaciones Northledge.

Más silencio. Pero Wyatt conocía a Tessa lo bastante bien como para imaginarse los cambios sutiles pero significativos que se estaban produciendo en su lenguaje corporal. Sentándose más derecha en el asiento del conductor. Apretando con fuerza el móvil. Suavizando la expresión.

Asimismo, era consciente de que, justo en ese momento, Sophie, sentada en el asiento trasero, también estaría percatándose de esos cambios, y también poniéndose en guardia.

Si Tessa no se había irritado con él de momento, con esto lo haría.

—¿Por qué me has llamado, Wyatt? —preguntó ella en voz baja.

—Por algún sitio tengo que empezar.

—¿De modo que has pensado que tu mejor recurso sería pedirle a tu novia que viole la confidencialidad de sus clientes?

—No. No es lo que te estoy pidiendo.

A lo que ella respondió con más silencio. A continuación, la voz de Sophie por detrás.

—Mamá, ¿qué pasa?

—Nada. —Una respuesta automática a la niña. Seguida por otra en un tono más directo, sin ambages, a él—: Wyatt. Es tarde. Ha sido una semana larga. Me consta que solo intentas hacer tu trabajo, pero no puedo ayudarte. Ya lo sabes.

—Ha perdido la memoria.

—¿Quién?

—Nicole Frank. La conductora. Nuestra investigada. O nuestra víctima. Maldita sea, ni siquiera lo sé. Ha sufrido tres conmociones cerebrales, ¿recuerdas? Está hecha un lío, se le han borrado varias cosas del disco duro. Algo que está empezando a asustarla. El marido, ¿recuerdas? ¿Del que incluso tú sospechabas que podía ser el autor de los tres accidentes? Deduzco que las cosas están un pelín tensas en el ámbito doméstico, y Nicky está decidida a encontrar respuestas. Está con nosotros esta noche, intentando repasar el trayecto que hizo. Solo que no consigue recordar los detalles. Sabe que recibió una llamada. Se acuerda de que tuvo que salir de la casa. El resto continúa siendo un misterio para ella.

—¿Qué quieres de mí?

—Sé que no puedes responder a mi pregunta abiertamente: eso sería traicionar la confidencialidad. Pero ¿y si te la pasara al teléfono? ¿O si Nicky llamara por teléfono a Northledge? Tal vez podrías concertarle una cita con la persona correspondiente —porque era una gran empresa, con muchos detectives además de Tessa— para que la atendiese cuando se presentase allí. Que respondiera a sus preguntas.

—Cabe esa posibilidad —accedió finalmente Tessa, pero él notó que su tono de voz seguía frío—. Suponiendo que sea una clienta. Puede que se hubieran puesto en contacto con ella como parte de otra investigación.

—Cierto. —La verdad era que a Wyatt no se le había ocurrido eso—. Tienes razón. Pero ella recibió la llamada tarde, el miércoles. Y sintió la necesidad de irse inmediatamente. Yo me inclino a pensar que recibió una información, una información importante, y que tuvo que reaccionar.

—¿Adónde fue?

—A una tienda de licores.

—¿Una noticia que la empujó a beber?

—O tal vez una noticia que la empujó a reunirse con alguien. Sigo tratando de averiguarlo.

—Está contigo —dijo Tessa de repente.

—En el asiento trasero del todoterreno mientras hablamos. Pero en este momento no está en condiciones de hablar ni por asomo. Tiene dolor de cabeza, náuseas, esas cosas.

—¿De modo que quieres que hable con ella, pero no puede hablar?

—Por algún sitio tengo que empezar, Tessa.

—Wyatt, no puedo facilitarte información confidencial. Yo no soy así y tú tampoco quieres que sea así.

—Vale. —Wyatt no insistió. No le sorprendió que Tessa se negara. Ella se tomaba en serio la confidencialidad, y así debía ser. Y, sin embargo, él tenía que empezar por algún sitio, y no era tan raro que un investigador ayudase a otro, mucho menos cuando había una relación personal de por medio.

Estaba decepcionado. Pero, más que nada, seguía intentando entender el motivo del tono distante de su novia. Desde el mismísimo inicio de la conversación. Incluso antes de entrar en un terreno pantanoso.

—¿Estás bien? —preguntó él por fin.

—Hay límites, Wyatt. Teniendo en cuenta nuestros respectivos trabajos, ambos tenemos límites. Yo respeto los tuyos, pero para que esto funcione necesito que tú también respetes los míos.

—Entiendo.

—¿Sí?

—Por supuesto. Tessa…

—Es tarde. Tengo que irme. Podemos retomar la conversación por la mañana. Quizá pueda aportarte algo entonces. Buenas noches, Wyatt.

—Vale. Hum…, gracias. Mañana te doy un toque.

Wyatt colgó. Pero se quedó con mal sabor de boca. Que había límites, le acababa de decir su novia desde hacía seis meses. Solo que, de repente, le preocupó que no se estuviera refiriendo a temas laborales ni mucho menos.

Cuando volvió al todoterreno, Kevin estaba de pie junto a la puerta del conductor, tomando notas en su libretita de espiral.

—Sigues vivo —comentó, sin hacerse ilusiones sobre los peligros de cabrear a Tessa Leoni.

—¿Así confías en mis encantos? Tessa se sentirá feliz de poder echarnos una mano.

Kevin le lanzó una mirada.

—Bien. Ha esgrimido el argumento de la confidencialidad, y ha puesto énfasis en el respeto a su integridad profesional. Pero puede que esté dispuesta a hablar personalmente con Nicky por la mañana, suponiendo que Nicky se haya recuperado para entonces.

Kevin, tomándoselo con filosofía, se encogió de hombros. En otras palabras, que llegados a ese punto Northledge era un callejón sin salida.

—¿Qué tal está? —preguntó Wyatt, al tiempo que señalaba hacia el asiento trasero del vehículo.

—No ha movido un músculo.

—¿Le has echado un ojo? Me da que está mal que los contribuyentes mueran mientras están a nuestro cargo.

—Sí. Francamente, está bastante grogui. Probablemente sea hora de llevarla a su casa.

Wyatt no puso reparos. Por otro lado, le daba la sensación de que, una vez que llevaran a Nicky con su marido, no volverían a sacarla de allí.

—¿Por qué crees que vino aquí? —preguntó Wyatt a Kevin—. Recibe una llamada. Tiene tal sensación de apremio que se calza lo primero que encuentra, las zapatillas de deporte, a pesar de ser una pésima elección para una noche lluviosa, y no coge un abrigo. A continuación realiza un trayecto de casi una hora hasta una tienda de licores que se encuentra mucho más allá del centro comercial de su zona. Luego, según la dependienta, Nicky se pasa otros quince, veinte minutos, vagando por la tienda, hasta que finalmente agarra una botella de whisky.

—¿No sabía lo que le apetecía beber?

Esta vez fue Wyatt quien lanzó una mirada a su compañero. Volvió a preguntar:

—¿Por qué una botella de Glenlivet de dieciocho años? Es una elección bastante específica, por no decir cara, si lo único que pretendes es emborracharte.

—¿Le trae buenos recuerdos?

—No tiene ninguno. Salvo… —Wyatt hizo una pausa, pensativo—. ¿Y si tuviera previsto reunirse con alguien? Por eso la llamada. La tienda de licores es el punto de encuentro, de modo que primero busca a la persona en la tienda. Entonces, al no encontrarla…

—¿Compra la marca de whisky predilecta de esa persona?

—O algo que sea significativo para ambos.

—Y sale hacia el aparcamiento.

—Donde en última instancia debe localizarlo o localizarla, ¿no? —continuó Wyatt—. Porque ella compra la botella a las diez, pero el accidente no se produce hasta las cinco de la mañana. O sea, que hay un lapso de siete horas.

Kevin echó un vistazo a su alrededor. Al centro comercial, relativamente tranquilo; al aparcamiento, prácticamente vacío.

—Según la cajera, Marlene, aquella noche la tienda de licores estaba concurrida. Pero el centro comercial en general, el aparcamiento… Apuesto a que estaban tranquilos. Apuesto a que podías sentarte en el coche y conversar todo lo que quisieras sin que nadie prestara atención.

—¿Entonces con quién se reunió? —le preguntó Wyatt.

—¿Con un amante? ¿Con algún amigo con quien había perdido el contacto hacía mucho tiempo? ¿Recurrió a algún portal de las redes sociales para retomar el contacto con un antiguo amor, y luego vino aquí para mantener relaciones íntimas?

Wyatt se encogió de hombros.

—¿Qué mujer se pone unas zapatillas de deporte viejas y una gorra para echar un polvo?

—Una a la que me gustaría conocer —le aseguró Kevin.

—Si se tratara de eso, habrían elegido un hotel, algún lugar más… adecuado. Me da que esto es más… tipo Magnum.

¿Magnum?

—Ya sabes, la serie de televisión. Reuniones clandestinas con el detective en el aparcamiento de la tienda de ultramarinos para que te entregue las fotos que ha sacado de tu mujer poniéndote los cuernos. Ese tipo de cosas.

Kevin entornó los ojos y acto seguido hizo un gesto con la cabeza en dirección a la mujer que transportaban en misión extraoficial.

—Deberíamos llevarla a su casa —dijo de nuevo.

Pero Wyatt sencillamente no podía hacerlo. Estaban tentando a la suerte. Con el caso, con el delicado estado de salud mental de Nicky.

A pesar de ello, se oyó a sí mismo decir:

—Aún no.

18

Vero está en el armario. Lo más al fondo que puede, con las rodillas apretadas contra el pecho, mientras la mujer la cubre con mantas.

—No hagas ni un ruido —ordena la mujer, en voz baja, con tono asustado—. Ha tenido un mal día; eso es todo. Los ánimos están un poco caldeados. De modo que sé buena. Apártate de su camino. ¿Entendido, pequeña?

Vero asiente. Le da miedo la oscuridad. No quiere estar sola encerrada en un armario abarrotado y maloliente. Pero a estas alturas es consciente de que hay peores cosas que los terrores imaginarios. Por ejemplo, ¿por qué preocuparse por el monstruo que hay debajo de la cama cuando el mismísimo coco duerme sobre ella?

Quiero reconfortarla. Siento su creciente temor en mis propias carnes. Pero, al tenderle la mano, no ocurre nada. Estoy aquí, pero no estoy aquí. Soy la extraña que observa. Y permanezco atenta a Vero porque la mujer…, la mujer me duele demasiado.

La mujer retrocede. Ha hecho lo que ha podido. No bastará; me consta. Pero al menos lo intentó y, para una mujer con una vida como la suya, ya es algo.

Pasos, por el pasillo. La banda sonora de mi vida, pienso. Pasos sordos por los pasillos, amenazantes.

La mujer cierra la puerta del armario. No del todo; deja una rendija de luz porque en una ocasión a Vero le había entrado el pánico cuando estaba oscuro como boca de lobo y se había puesto a chillar. Al hombre no le hizo gracia. Las golpeó a ambas hasta dejarlas con las caras ensangrentadas y Vero perdió el conocimiento. La mujer tuvo que esperar hasta que finalmente él se dio la vuelta en la cama, roncando a pierna suelta, para poder salir a hurtadillas y acurrucarse junto a la figura inmóvil de su hija.

Se pasó toda la noche abrazándola, arrullándola silenciosamente, rogando que su niñita sobreviviera, porque ella era todo lo que tenía, su única esperanza, su única luz. Sin ella, se perdería en la oscuridad y, aunque la mujer no podía decirlo en voz alta, también a ella le había dado miedo la oscuridad toda la vida.

Vero sobrevivió. Otra noche, otro día, otra semana, otro mes. La mujer también sobrevivió, de modo que ambas vagaban por ese sórdido apartamento, viviendo con el miedo de oír pasos por el pasillo.

Esa noche, el hombre irrumpe tambaleándose en el dormitorio. Entra ya descamisado, su vientre peludo colgando por encima de la cinturilla de sus vaqueros caídos.

—¡Tú! —brama, y echa mano a su cinturón—. ¿Por qué coño no estás desnuda?

En el fondo del armario, Vero gimotea.

Lo siento, Vero, trato de decirle. No deberías estar presenciando esto. No deberías estar viviendo esto.

Pero ambas sabemos que esto no es ninguna novedad, y que lo peor aún está por llegar. Fuera de estas paredes. En un lugar totalmente diferente con montones de pasos resonantes en los tablones del suelo. La mujer no es perfecta, pero al menos hace lo que puede. Pronto, antes de lo que Vero se imagina, la mujer desaparecerá y lo único que le quedará será un rosal con espinas sangrientas trepando por una pared. Entonces ese maloliente armario parecerá el paraíso, solo que Vero aún no puede saberlo.

La mujer se despoja de la sucia bata azul. Lo mejor es hacerle caso. Lo mejor es hacer lo que le dice. Negarse únicamente empeora las cosas.

El hombre gruñe a modo de aprobación. Se quita los pantalones y los lanza de un puntapié. Ordena a la mujer, desnuda, que se acerque, que se meta en faena.

Vero cierra los ojos. No le agrada verlo, pero no tiene más remedio que oír los sonidos. Una vez se puso a tararear, pero él la pilló y volvió a darle una paliza.

«¡A los niños hay que verlos, no oírlos!», había bramado él, lo cual había desconcertado a Vero, porque, por lo que tenía entendido, tampoco se la podía ver. Ella volvía a aparecer en el apartamento solamente cuando el hombre se iba a trabajar. Entonces se reencontraban su madre y ella y, durante un corto tiempo, todo iba bien. Hasta que se oían pasos en el pasillo de la planta. El ruido de una llave en la puerta del apartamento.

Esa es la vida de Vero. Con seis años, ¿quién es ella para discutir?

Los ruidos cesan por fin. La mujer está llorando quedamente, pero eso no es ninguna novedad. Vero se mece adelante y atrás. Tiene hambre. Necesita hacer pis. Pero espera a que suenen los ronquidos. Son el «vía libre», la señal de que es seguro salir.

Por fin, tras lo que se le antoja una eternidad, el hombre se queda dormido. La puerta del armario se abre despacio. La mujer está ahí de pie.

Tiene el ojo derecho hinchado. Se mueve con cuidado, como si le doliera todo el cuerpo. Pero ni ella ni la niña hacen ningún comentario. Esa también es la vida de la mujer, y aprendió a no discutir hace mucho tiempo.

La mujer ayuda a Vero a salir del armario. Salen de puntillas del dormitorio en dirección a la exigua sala de estar, la minúscula cocina anexa. Vero hace pis finalmente, pero no tira de la cisterna. Durante las horas siguientes la mujer y ella tienen el mismo objetivo: no despertar a la bestia dormida.

La mujer le prepara a Vero un tazón de cereales. La mujer no prueba bocado; simplemente se enciende un cigarrillo y se queda mirando lánguidamente la pared del fondo. A veces, la mujer permanece callada tanto tiempo, con los ojos abiertos y la mirada perdida, que Vero teme que haya muerto.

Entonces Vero se sube al regazo de la mujer y la abraza con fuerza. Y por lo general, tras unos instantes, la mujer da un suspiro. Largo y quejumbroso. Como si tuviera años, vidas, mares de tristeza que soltar. Vero no puede hacer que la tristeza desaparezca. Se sienta allí sin más y deja que también la envuelva a ella hasta que, en un momento dado, la mujer se levanta y enciende otro cigarrillo.

Vero se come los Cheerios. Lleva el cuenco al fregadero, lo enjuaga con cuidado, lo coloca en el escurridor.

—¿Podemos ir al parque? —pregunta Vero.

—Tal vez mañana.

—Vale, mami. Te quiero.

—Yo también te quiero, pequeña. Yo también te quiero.

Se ha ido. La Vero de seis años desaparece. La Vero de seis años no tuvo la más remota posibilidad. Y ahora estoy aquí con una Vero más mayor y sabia, de vuelta en el dormitorio de princesa, bebiendo whisky en tazas de té, observando cómo sangran las rosas.

—Deberías haberme matado antes —dice Vero.

Cojo mi taza de porcelana, bebo otro sorbo de whisky. Y recuerdo. La mujer. El parque. Lo que sucederá a continuación.

—Lo siento —digo.

Entonces nos quedamos sentadas en silencio, una niña perdida y una mujer que ha vuelto dos veces de entre los muertos.

Alguien da un golpecito en la ventana. Me veo obligada a abrir los ojos, a espabilarme. Estoy tumbada en el asiento trasero del todoterreno del sheriff. Tengo un sabor de boca terroso y nauseabundo, y la colcha amarilla apretada con fuerza contra el pecho. Cruje cuando me incorporo y la dejo en el asiento a mi lado.

El otro detective, Kevin, está fuera del coche, mirando al interior.

—¿Se encuentra bien? —pregunta desde el otro lado de la ventana.

Asiento con la cabeza. Abre la puerta y me examina junto con su superior, el sargento Wyatt.

—¿Le apetece algo? —pregunta Wyatt.

—Agua. —Titubeo—. Creo que voy a entrar. A refrescarme en el baño.

No se cruzan la mirada abiertamente, pero sí que tardan un minuto en sopesar mi petición.

—La acompaño —dice Wyatt por fin—. Kevin irá a por una botella de agua.

—¿No se fía de dejarme sola en una tienda de licores? —le pregunto.

—No —responde.

Me tiemblan las piernas al salir del coche. Si he de ser sincera, sigo con un dolor de cabeza punzante y sordo y con el resplandor de las luces del techo del aparcamiento me dan ganas de gritar. Estoy débil, con una leve sensación de angustia y completamente desorientada. Tengo que concentrarme en el frío para tener presente que me encuentro en New Hampshire y no en la habitación de una torre. Tengo que fijarme en mis zapatos para recordarme a mí misma que soy una adulta y no una niña embutida en el fondo de un armario.

—¿Se le ha pasado el dolor de cabeza? —pregunta Wyatt, como si estuviera leyéndome el pensamiento.

—No.

—¿Cuál es el mejor remedio?

—Una bolsa de hielo. Una habitación oscura y en silencio.

—Bueno, no tardaremos en llevarla a su casa.

Entramos de nuevo en la tienda de licores. Las puertas automáticas se abren con un zumbido. Al instante hago una mueca de dolor ante el fogonazo de tantísimas luces.

Wyatt me agarra del brazo y literalmente me guía a lo largo de una pared en dirección a una señal que reza «ASEOS». No puedo evitarlo; busco con la mirada a la cajera, la que se ha mostrado tan amable conmigo antes de vomitar. Quiero volver a verla. Esta noche se me están acabando los gestos de amabilidad.

Pero no veo ni rastro de ella. Ahora hay un chaval desganado ocupándose de la caja. A él no le compraría whisky, pienso inmediatamente. No me haría gracia su risita de complicidad.

Wyatt se queda en la puerta del aseo de mujeres mientras me lavo. Tengo un color horrible, completamente desvaído, salvo, claro está, por el repugnante pastiche de suturas y cardenales. Parezco una adicta al crack. Estos son los efectos del whisky, pienso. Si no fuera porque no he bebido desde hace como mínimo… ¿cuarenta y ocho horas? Me pregunto: si realmente soy alcohólica, ¿no debería estar con mono? A lo mejor por eso me han dado náuseas, por eso me duele tanto la puñetera cabeza.

Pero yo asocio el sudor y los temblores al síndrome de abstinencia, y no veo ninguna gota de sudor salpicando mi piel. Más que nada, estoy cansada. Una mujer con el cerebro maltrecho que debería estar descansando, no vagando por tiendas de licores.

Me enjuago la boca. Me mojo la cara. Me lavo las manos una y otra vez. Entonces, se acabó: abro la puerta, planto cara a mi escolta policial.

—¿Va a llevarme a mi casa o no? —pregunto a Wyatt.

—Nos pondremos de camino —responde.

Lo cual quiere decir que no.

Kevin va sentado de nuevo en la parte de atrás del todoterreno conmigo. Ha comprado tres botellas de agua, una para cada uno. Wyatt tiene la suya sin abrir en el posavasos de delante. Tanto Kevin como yo damos sorbos a nuestras respectivas botellas en silencio. De tanto en tanto, paso la mano por los pliegues de la colcha amarilla y siento el borde de algo que no debería estar ahí.

Pero ahora no es el momento ni el lugar. Más tarde, cuando los detectives por fin me dejen en paz…

Recorremos largas y sinuosas carreteras secundarias. Sin iluminación. Sin quitamiedos. Sin línea divisoria. Bienvenidos al norte de New Hampshire. Ninguno de nosotros consigue ver más allá del resplandor de los faros. Podríamos estar atravesando densos bosques, dejando atrás casas desperdigadas, cruzando diminutos pueblos. Cualquier cosa es posible.

Wyatt está hablando por teléfono, pero la mampara amortigua demasiado las palabras como para entenderlas. Sin embargo, me siento incómoda. Cuanto más camino recorremos, cuanto más nos internamos en la noche, más convencida estoy de que esto no pinta bien.

Finalmente, a lo lejos asoma una gasolinera. El vehículo reduce la velocidad. Wyatt me mira por el espejo retrovisor.

—Voy a repostar —dice.

Tuerce para salir de la carretera y para delante de un surtidor.

—¿Tiene hambre? —me pregunta Kevin—. ¿Quiere un tentempié o algo? —Al verme titubear, dice—: Vamos. Veamos si tienen algo que merezca la pena dentro.

Me doy cuenta de que me están poniendo a prueba. A ver, ¿en cuántos sitios paré aquella noche? ¿Vomitaré en todos?

Bajo del todoterreno y suelto la colcha solo a regañadientes. Wyatt se pone a trajinar con el surtidor. Sigo a Kevin al interior de la gasolinera y hago una mueca de dolor por los destellos de las luces, pensando que ojalá llevara puesta la gorra.

Dentro no pasa nada de especial. No vomito ni me llevo las manos a la cabeza dando alaridos de agonía. En vez de eso, sigo a Kevin por pasillos de tentempiés. Él se decide por unas Pringles; yo me decanto por un paquete de chicles.

Delante, el tío barbudo que está en la caja me echa un vistazo, observa a Kevin —sin duda distingue a un poli del condado— y a continuación coge el dinero que le tiende Kevin sin hacer comentarios. Sobre el mostrador hay una revista de caza. Al salir, la coge y reanuda la lectura.

—¿He aprobado? —pregunto a Kevin de camino al vehículo. Wyatt ya nos está esperando; está claro que el todoterreno no necesitaba demasiada gasolina.

Kevin me presiona.

—¿Nada que le resulte familiar? ¿Las luces, el olor, las manchas de cerveza desperdigadas por el suelo?

—Nunca he parado aquí —afirmo sin dudarlo.

—Entonces, ¿adónde fue? Miércoles por la noche. Compró la botella de whisky alrededor de las diez, en esa tienda por la que hemos pasado, a veintinueve kilómetros de aquí. Sigue en la carretera durante las siete horas siguientes, de modo que ¿adónde fue, Nicky? ¿Qué hizo durante todo ese tiempo?

Wyatt ha venido a nuestro encuentro. Me clava una mirada igual de expectante. Pero no tengo nada que aportar a ninguno de los detectives. Abro la boca. Cierro la boca.

—No tengo ni idea —respondo por fin.

—¿Con quién se reunió? —pregunta Wyatt.

—No tengo ni idea.

—¿Un amante? ¿Un detective privado? ¿A qué vienen tantos secretos, Nicky? Si Thomas y usted llevan una vida tan idílica, ¿a qué vienen tantos subterfugios?

—Tendría que preguntarle a él.

Wyatt niega con la cabeza.

—¿Está segura de que nunca ha estado aquí?

—Estoy segura.

—Pero la tienda de licores…

—Paré allí.

—¿Y luego qué, Nicky? ¿Adónde fue?

Sigo sin poder responder.

Al final, Wyatt se da por vencido y dice:

—Vámonos.

Nos metemos una vez más en el coche.

Vero está aprendiendo a volar. Pienso en ella. Prácticamente siento su presencia, sentada a mi lado en el todoterreno. Vero está aprendiendo a volar. Porque, con seis años, ya entiende que esta no es la vida que desea vivir; que este no es el lugar donde desea estar.

Así que se pone a correr como un bólido por la exigua sala de estar, sus esperanzas infantiles le dan alas.

La mujer la llevará al parque. Allí, se sentará en un banco próximo a ella. Y después, como está extenuada, machacada, o tal vez porque se ha tomado dos chupitos de whisky barato para desayunar, se quedará dormida. No llegará a ver a la otra niña que aparece en el parque. Que juega con Vero en los columpios.

Esta niña tiene catorce, quince, dieciséis años. Hoy va vestida como cualquier cría del parque infantil. A lo mejor es la hermana mayor de alguno, o una canguro entreteniendo a los que tiene a su cargo.

Entabla conversación con Vero. ¿Te gusta venir al parque? A mí también. ¿Qué es lo que más te gusta hacer, tu juego favorito? ¿Te gustan las muñecas? Yo tengo dos. ¿Por qué no me acompañas? Vamos a por ellas a mi coche.

Vero está aprendiendo a volar.

Pero al final eso no le sirve de nada. No es rival para una niña hecha un manojo de nervios a quien se le ha ordenado que vuelva con carne fresca bajo amenazas. Le pilla desprevenida la mujer de cabello rubio que aparece de repente y le clava una aguja en el brazo.

Vero no llega a gritar. Ni echa a correr.

Se queda allí de pie. Una niña de seis años que se siente sola y que lo único que quería era jugar a las muñecas.

Entonces desaparece.

Más tarde la mujer se despertará en el banco del parque. Chillará. Correrá. Pateará desesperadamente ese parque de arriba abajo, tratando de encontrar a la niña que era el único aliciente de su existencia. La policía se presentará allí. La gente de la zona se concentrará en su apoyo. Los perros rastrearán.

Pero para entonces Vero ya estará demasiado lejos, de camino a la habitación de una torre y a una vida de vestidos de volantes y rosales sangrientos.

Llorará. Al principio, mañana, tarde y noche. Suplicará ver a su mamá. Rogará que la devuelvan a ese terrible cuchitril. Se arrojará desde la cama, se dará cabezazos contra la pared. De nada le servirá.

Un día, Vero dejará de llorar. Se sentará a su mesa, beberá tazas de ponche y hará exactamente lo que le manden.

Pero por dentro, muy, muy dentro…

Vero todavía anhela volar. Y todavía no ha renunciado totalmente a sus sueños de volar.

El todoterreno reduce la velocidad. El todoterreno se detiene.

Wyatt dice:

—Ya hemos llegado.

Kevin rodea el coche para abrirme la puerta.

La espesura de la oscura y fría noche nos envuelve por completo.

Me tomo un momento para inhalar profundamente. Después siento que muero, una vez más.

Vero quiere volar, pienso.

Y, súbitamente, me da pavor lo que se avecina.

19

Creo que se ha dado demasiados golpes en la cabeza —dijo entre dientes Kevin a Wyatt. Estaban fuera del todoterreno, observando a Nicky, alterada, dar vueltas en círculo al borde de la carretera. Estaba farfullando algo en voz baja. Sonaba como: «Vero quiere volar…».

Kevin tenía razón. La conductora sospechosa de haber cometido un grave delito al conducir bajo los efectos del alcohol en ese momento estaba descendiendo unos grados en la escala de la cordura. Seguramente Wyatt debería haberla llevado a su casa directamente desde la tienda de licores. No obstante, habían sacado algo en claro.

—Le he dado un toque a Jean mientras veníamos de camino —informó a Kevin—. Le encargué que comprobara los movimientos de las tarjetas de crédito de los Frank para ver cuándo fue la última vez que Nicole repostó con el Audi. Hemos tenido suerte: parece ser que paró en una gasolinera el miércoles por la mañana.

—Menos de veinticuatro horas antes del accidente.

—Exacto. Bien, anoté lo que marcaba el cuentakilómetros del Audi mientras nos encontrábamos en la escena del siniestro. Marcaba trescientos treinta kilómetros. Suponiendo que ella pusiera a cero el cuentakilómetros al repostar, como hace mucha gente para controlar el consumo de gasolina…

—Recorrió trescientos treinta kilómetros desde que repostó el miércoles por la mañana hasta que salió despedida de la carretera el jueves a las cinco de la madrugada.

—Sí. ¿Cuántos kilómetros calculas que hay desde su casa, pasando por la tienda de licores, hasta aquí?

Kevin se quedó mirando a Wyatt.

—Yo diría que ciento treinta.

—Demonios, sin duda eres el Cerebro. La respuesta es ciento treinta y tres.

Kevin frunció el ceño. Los círculos de Nicky estaban empezando a ampliarse. ¿Señal de que no estaba tan desquiciada? ¿O de que estaba a punto de abalanzarse sobre ellos?

—Eso nos deja con una incógnita de ciento noventa y siete kilómetros —dijo Kevin.

—Más o menos. Bueno, tal vez se pasó todo el miércoles conduciendo…

—Lo dudo. El marido dio a entender que, dada su lesión cerebral, no le gustaba que condujese. Creo que, según su versión, ella se pasó el día descansando en casa.

—En cuyo caso… —Wyatt azuzó un poco.

—Ella recorrió esos kilómetros el miércoles por la noche. O sea, que no realizó el trayecto directamente desde su casa, pasando por la tienda de licores, hasta aquí.

—Creo que todo apunta a que estuvo en esa tienda de licores, pero que no paró en la gasolinera de ahí atrás.

—Podríamos volver a la tienda de licores —sugirió Kevin—. Cuando vomitó nos despistamos, a lo mejor nos fuimos demasiado pronto. En vez de eso, volvamos al aparcamiento. Esta vez, la metemos en el asiento delantero contigo y nos ponemos a conducir; a ver si algún detalle la hace recordar algo, la ayuda a revivir el itinerario que realizó aquella noche.

Ambos echaron un vistazo a Nicole, que estaba apostada al borde de la carretera. Había dejado de caminar. Ahora parecía que estaba respirando hondo. Wyatt hizo lo mismo, por si se le estaba pasando algo por alto. Olió las hojas húmedas, la tierra removida, la hierba en descomposición. El aroma del otoño, pensó, practicar senderismo por los bosques, rastrillar hojas, preparar las plantas para el invierno.

Pero, por lo visto, Nicky lo asociaba a otra cosa.

—Huele a tumba —les anunció, su cara pálida y parcheada casi resplandeciendo en la oscuridad—. No puedes irte. Ese es el problema. Aun cuando te hagas demasiado mayor, te pongas más feo, te conviertas en una piltrafa, da igual. No puedes irte; sencillamente pasas a un escalón inferior de la cadena alimentaria.

—¿Irte de dónde, Nicky?

—Es un plan para toda la vida —continuó, como si Wyatt no hubiera hablado—. La única salida es morir. Pero Vero quiere volar. Lo entienden, ¿verdad? ¿Me creen?

—¿Entender qué, Nicole?

—Por qué no tuve más remedio que matarla. Ella no debería haber ido nunca al parque aquel día. ¿Quieres jugar a las muñecas, chiquitina? ¡Odio las putas muñecas!

—Nicole. —Wyatt, a quien empezaba a inquietarle su tono de voz, por no hablar del brillo vidrioso de sus ojos, dio un paso al frente despacio—. ¿Por qué no respira hondo y empieza desde el principio? Desde el parque. ¿A qué parque se refiere? ¿Qué pasó allí?

—Vero está aprendiendo a volar —susurró Nicky.

—Pensaba que Vero no existía —intervino Kevin.

—Entonces, ¿por qué tiene mi marido una foto de ella?

Wyatt todavía estaba asimilando ese dato cuando Nicole Frank les dio la espalda.

Entonces se lanzó a la oscuridad del barranco.

Wyatt odiaba esa maldita ladera. La pendiente resbaladiza y escurridiza, con barro que no solo le rebasaba las suelas de las botas, sino que le salpicaba en las perneras. Y, para colmo, las piedras ocultas, las ramas esparcidas, los arbustos espinosos que simplemente aguardaban a hacer tropezar a un hombre para que saliera despedido por los aires.

Ni siquiera llevaba encima una linterna. No, eso habría sido demasiado inteligente, demasiado previsor. Y si había una cosa que Wyatt estaba aprendiendo, mientras perseguía a una mujer a la que prácticamente no distinguía bajo la tenue luz de la luna, era que tratar con alguien con una triple conmoción cerebral era muy similar a tratar con enfermos mentales. A lo mejor estaba totalmente lúcida, pero a lo mejor no. En cualquier caso, esa noche debería haber estado preparado para cualquier cosa. Incluso vómitos, confesiones a media noche y posibles cargos por asesinato.

Kevin lo alcanzó. El detective, sin aliento, dio un traspié al pisar un rodal de hierba mojada.

—A la derecha —ordenó Wyatt—. Creo que se dirige al lugar del accidente. Podemos atajar.

Kevin gruñó a modo de aprobación; entonces ambos hombres volvieron a concentrarse en sus pisadas. Pese a que por fin había escampado el día anterior, el suelo seguía empapado tras varias semanas de precipitaciones. Uno de los otoños más lluviosos que se habían registrado, había anunciado Kevin la otra mañana.

Wyatt odiaba ese maldito barranco.

Volvió a vislumbrar la silueta de Nicky. Daba la impresión de que estaba sorteando uno de los arbustos espinosos. Se le enganchó el pelo durante unos instantes. Se tiró de los mechones, siguió avanzando. Dondequiera que se dirigiera, estaba decidida a llegar.

¿Habría asesinado a Vero? Había dicho que no había tenido más remedio que matarla. Que no debería haber ido al parque aquel día.

Con la salvedad de que, según los últimos datos con los que contaba Wyatt, Vero era el delirio de una amiga imaginaria fruto de una posconmoción cerebral.

Empezaba a tener un mal presentimiento respecto a esa noche, desde la fuerte reacción de Nicky en la tienda de licores a la huida de ahora. Le daba la impresión de que sus secuelas cerebrales podrían ser de mayor alcance de lo que ella y su marido pensaban. Pero también empezaba a preguntarse si en algún rincón de esa maraña de materia gris finalmente estaban saliendo a la luz nuevos datos importantes.

Pensaba que Vero no existía.

Entonces, ¿por qué tiene mi marido una foto de ella?

Efectivamente. ¿Por qué?

Al haber visto el percance de Nicky con el arbusto, Wyatt prefirió atajar rodeándolo. Lo cual le permitió ganar varios pasos. Al acortar distancia, oyó la respiración entrecortada de Nicky, conteniendo los sollozos. Una mujer al límite.

¿Habría matado realmente a una cría en el parque? ¿Nicole Frank, de la cual no constaban antecedentes penales, había asesinado a una niña pequeña entre las diez de la noche del miércoles y las cinco de la madrugada del jueves, para luego realizar un recorrido tan largo hasta allí con el cuerpo?

Pero, en cuanto se lo planteó, Wyatt descartó esa hipótesis. La habrían encontrado durante el rastreo. La perra habría detectado el olor. Quedaba descartado que Nicky hubiera metido el cadáver de una niña en el maletero del Audi. Entonces, ¿qué?

Nicky se topó con otra maraña de arbustos. Aflojó el paso. Hizo amago de ir hacia la izquierda, y acto seguido hacia la derecha. Justo antes de que se decidiera, Wyatt se abalanzó sobre ella.

—Odio este maldito barranco —rezongó mientras ambos se desplomaban en el suelo.

—No lo entiende, no lo entiende. Tengo que salvarla.

Kevin se topó con ellos; paró en seco en el último minuto, tambaleándose sobre sus cuerpos en el suelo. Asentó los pies para recuperar el equilibrio y a continuación ayudó a Wyatt a ponerse de pie. Después levantaron a Nicky, se colocaron a ambos lados de ella y la agarraron de los brazos. Todos estaban sin aliento. Y —a Wyatt le sorprendió comprobarlo—, a diez metros escasos del lugar del accidente.

—Deténgase —ordenó Wyatt, sin apartar la vista de Nicky.