/ Language: Español / Genre:love_contemporary,

Seducción Y Conquista

Lisa Jackson

Iba a poner todo su empeño en seducirla Slade McCafferty siempre había evitado que las mujeres le echaran el lazo; el famoso soltero estaba demasiado ocupado fabricándose un infierno como para comprometerse con nadie. Quince años antes, el temerario Slade se había aprovechado de la inocencia de Jamie Parsons y le había roto el corazón. Pero ahora Jamie estaba de vuelta en el pueblo y se había convertido en una abogada profesional y llena de confianza en sí misma. Cuando la vio de nuevo, Slade sintió un cúmulo de emociones que creía olvidadas. Lo que había pasado entre ellos era historia pero, a pesar de ello, Jamie tenía algo que le hacía desear más, mucho más.

Lisa Jackson

Seducción Y Conquista

Los McCaffertys 3

Título original: Slade

Traducido por: Jesús Gómez Gutiérrez

Prólogo

Allí estaba, sentado en su maldita mecedora como si fuera un trono.

Slade McCafferty notó un sabor amargo en la boca cuando miró a través del parabrisas de su camioneta, lleno de insectos aplastados, y vio el amplio porche delantero de la casa que había sido su hogar durante los primeros veinte años de su vida.

El viejo, John Randall McCafferty, estaba más tieso que el palo de una escoba. Hasta cierto punto, Slade lo respetaba por su obstinación, por su tenacidad, por su empeño en salirse con la suya frente a la opinión de todos sus hijos; pero no le había salido bien: el mayor de los hermanos, Thorne, era un abogado de éxito que se había hecho millonario y que tenía su propia empresa en Denver; el segundo, Matt, se había marchado y había adquirido una propiedad cerca de la frontera de Idaho; y Randi, la hermanastra de Slade y la más pequeña de todos, vivía en Seattle y escribía columnas en un periódico de la ciudad.

Sólo quedaba él, Slade.

La oveja negra de la familia.

El rebelde.

El que siempre se metía en líos.

Pero le daba igual lo que pensaran.

Cuando salió de la camioneta, sintió tal punzada en la cadera que hizo una mueca de dolor. Incluso notó que la piel se le tensaba en la cicatriz, apenas visible, de la cara: un recordatorio de heridas aún más profundas, heridas que no había conseguido superar.

Se detuvo para encender un cigarrillo y empezó a subir por la pradera de hierba seca y escasa, todo un testimonio de la aridez del clima. Era mayo, pero la primavera había resultado más cálida de lo habitual y había llovido poco.

John Randall se mantuvo en silencio, meciéndose en su asiento mientras observaba a su hijo con ojos entrecerrados. Una brisa, feroz como el aliento del diablo, agostaba la pendiente sobre la que se asentaba el rancho. La casa, de dos pisos de altura y con un reborde verde oscuro en las ventanas, había sido refugio, campo de batalla y prisión; al menos, desde el punto de vista de Slade.

Dio una calada profunda a su cigarrillo, sintió el humo en los pulmones y miró al hombre que lo había engendrado.

– Hola, padre.

Sus botas resonaron en los escalones del porche. Harold, el viejo perro de caza de John Randall, alzó su cabeza canosa y movió el rabo, golpeándolo contra los tablones del suelo.

– Hola, hijo.

Pasaron un par de segundos. Sólo se oía el rabo del perro.

– Pensé que no vendrías -continuó John.

– Dijiste que era importante.

Slade pensó que su padre no tenía buen aspecto. Lo único que quedaba de su pelo eran unos cuantos mechones plateados que apenas le cubrían la calva; sus ojos, antaño de color azul eléctrico, se habían apagado; sus dedos se habían vuelto nudosos y su debilidad física quedaba patente en el simple hecho de que estuviera sentado en la mecedora, junto a la puerta. Pero su carácter de hierro seguía presente en la fuerza de su mandíbula y en su recta espalda.

– Lo es. Siéntate.

John Randall señaló un banco situado debajo de una ventana. Slade se quedó de pie y se apoyó en la barandilla, con el sol detrás.

– ¿Qué ocurre? ¿Qué era tan urgente?

– Que quiero un nieto.

– ¿Cómo?

A Slade se le hizo un nudo en la garganta.

– Ya me has oído. No me queda mucho tiempo, Slade; me gustaría marcharme a la tumba sabiendo que has sentado la cabeza, que has fundado una familia y que nuestro apellido no se extinguirá.

– Creo que deberías hablar con mis hermanos. No soy la persona más adecuada para eso -replicó.

Slade hablaba en serio. No era persona adecuada; y mucho menos entonces, después de lo que había pasado.

– Ya he hablado con Thorne y Matt. Te toca a ti.

– No tengo intención de…

– Sé lo de Rebecca -lo interrumpió-. Y lo del bebé.

Slade tuvo la sensación de que una manada de caballos se desbocaba en su cabeza. Hasta su cicatriz parecía latir.

– Sí, bueno, tendré que vivir con ello -declaró, clavando los ojos en su padre-. Pero preferiría estar en el infierno.

– No fue culpa tuya.

– Eso he oído -ironizó.

– No puedes castigarte hasta el fin de tus días -afirmó su padre, más compasivo de lo que Slade lo creía capaz-. Se han ido. Fue un accidente terrible, una pérdida muy dolorosa… pero la vida sigue.

– ¿Tú crees? -se burló, con amargura.

– Sí, por supuesto que sí. No permitas que la tragedia te arruine la vida.

John Randall se llevó una mano al bolsillo del chaleco y sacó su reloj. Era de oro y plata, y tenía grabado el símbolo del Flying M, su rancho, el orgullo y la alegría de toda su existencia.

– Toma, quiero que lo tengas tú -añadió.

– No, quédatelo.

El anciano sonrió con ironía y le puso el reloj en la palma de la mano.

– Adónde voy a ir, no me servirá de nada. Tómalo. Así tendrás un recuerdo mío -dijo-. Y no malgastes la vida, porque es más corta de lo que crees; ya es hora de que superes el pasado. Echa raíces en algún sitio y búscate una mujer.

– Me pides un imposible.

Una mosca pasó junto a la cabeza de John Randall, que la apartó de un manotazo.

– Hazme un favor, Slade; deja de ir de un lado para otro y averigua lo que quieres. Lo sepas o no, necesitas una mujer, una compañera, la madre de tus hijos.

– No eres el más adecuado para hablar de eso.

Slade tiró el cigarrillo al suelo y lo apagó con el tacón de la bota.

– He cometido muchos errores, es verdad -admitió su padre.

Slade no dijo nada.

– Pero los cometí porque era joven y estúpido -añadió.

– ¿Como yo ahora? ¿Eso es lo que intentas decir?

– No. Simplemente espero que aprendas de mis equivocaciones.

– ¿Equivocaciones? -preguntó-. ¿Te refieres a tus dos matrimonios? ¿O a tus dos divorcios?

– Puede que ambos.

Slade alzó la mirada y contempló las colinas del rancho. El viento había levantado una nube de polvo que se arremolinaba alrededor del viejo tractor.

– Y crees que debo casarme, claro.

– Sí, lo creo.

– No puedo creer que tú, precisamente tú, me digas eso. Si no recuerdo mal, tus matrimonios te dejaron sin blanca -le recordó.

John Randall suspiró.

– El dinero no me importaba, hijo; pero traicioné a una mujer buena y dejé a mis hijos en la estacada. Perdí vuestro respeto, y eso… bueno, es difícil de asumir -le confesó-. No me interpretes mal; volvería a actuar del mismo modo. Si no hubiera hecho lo que hice, no habría tenido a tu hermana.

– ¿Acaso estás diciendo que mereció la pena?

– Sí -contestó-. Espero que algún día puedas perdonarme; pero sobre todo, espero que encuentres a una mujer que te haga creer de nuevo en el amor.

– No cuentes con ello.

Slade se apartó de la barandilla y dejó el reloj en el regazo de su padre.

Capitulo 1

Siete meses después…

Todavía no podía creer que tuviera que reunirse con los hermanos McCafferty, precisamente con los malditos hermanos McCafferty.

Jamie Parsons frenó en seco y pegó un volantazo cuando llegó al vado de la pequeña granja que había sido el hogar de Nita, su abuela; su utilitario giró demasiado deprisa y las ruedas derraparon en las rodadas del camino, cubierto de nieve. La casa, que necesitaba una capa de pintura y un arreglo urgentemente, tenía un aspecto tan pintoresco por la nevada que parecía sacada de un cuento.

Alcanzó el maletín y la bolsa de viaje, salió del coche y se abrió paso hasta la puerta trasera por la capa de siete centímetros de nieve en polvo. La llave estaba en el alféizar de la ventana, donde su abuela siempre la había dejado.

– Por si acaso -solía decir su abuela con su voz áspera, de anciana-. Así podremos entrar si se nos olvida la nuestra.

Jamie sintió una punzada de angustia al pensar en la mujer que la había tomado a su cargo cuando ella era una adolescente montaraz y alocada a quien sus padres habían abandonado. Su abuela no se inmutó ante la responsabilidad que le había caído; cuando la vio en la puerta de su casa con dos maletas, un osito de peluche y toda la rebeldía de una chica de su edad, se limitó a decirle que las cosas iban a cambiar y que, a partir de entonces, tendría que someterse a sus normas.

Naturalmente, Jamie no le hizo caso; se metió en tantos líos como pudo y no dejó de esforzarse para que Nita la echara del único hogar que había tenido hasta ese momento. Pero su abuela, una mujer chapada a la antigua que sabía acallar a su nieta con una simple mirada, no se rindió nunca; a diferencia del resto de las personas que Jamie había conocido.

La llave giró en la cerradura con facilidad. La cocina olía a cerrado y las baldosas, blancas y negras, tenían una capa de polvo. Jamie notó que la vieja mesa de formica y patas de metal seguía contra la pared del fondo, que daba al vestíbulo y a la escalera de la casa; pero ya no sostenía el salero y el pimentero de su abuela, ni ningún otro objeto que indicara que allí vivía alguien.

En las paredes había zonas claras, correspondientes a las antigüedades que Nita había expuesto en vida con orgullo y que más tarde, tras la lectura de su testamento, se habían quitado para entregárselas a alguno de sus familiares lejanos. En la encimera había un tiesto con un cactus seco, y las cortinas de estampado a cuadros estaban cubiertas de telas de araña.

Jamie pensó que su abuela se habría enfadado mucho si hubiera visto su cocina en tal estado. Se pasaba la vida con un paño o una escoba en la mano, y tenía un concepto tan acusado de la limpieza que casi parecía fervor religioso.

La echaba mucho de menos.

La propiedad de su abuela, que consistía en la casa, sus diez hectáreas de terreno y un Chevrolet de 1940 aparcado en el garaje, había pasado a Jamie después de su fallecimiento. Nita siempre había soñado con que su nieta se quedara a vivir allí, sentara cabeza y le diera un montón de niños a los que ella pudiera mimar; al recordarlo, Jamie dejó el maletín y el bolso en la mesa, pasó un dedo por la superficie llena de polvo y dijo, en voz alta:

– Lo siento, abuela. No ha podido ser.

Miró la pila y e imaginó su figura baja y regordeta, de brazos fuertes, cintura ancha y cabello gris. Seguramente habría llevado su delantal preferido, y de haber sido verano, habría estado colocando peras y melocotones o preparando mermelada de fresa. En invierno hacía galletas que decoraba meticulosamente y regalaba después a sus amigos y familiares; pero fuera cual fuera la estación, protestaría de cuando en cuando por la artritis que padecía y Lazarus, su gato atigrado, daría vueltas por la cocina y se frotaría contra sus piernas.

Su abuela había adorado aquel lugar. Sin embargo, Jamie no estaba allí para quedarse; tenía intención de limpiar la casa y dejarla en manos de una agencia inmobiliaria local para que la vendiera.

Miró la hora y salió al porche trasero. No podía malgastar más tiempo con recuerdos y pensamientos nostálgicos. Tenía mucho que hacer; incluida la reunión con los hermanos McCafferty.

Volvió a entrar en la casa. A pesar de que la temperatura rozaba los cero grados, abrió todas las ventanas del piso inferior para airear las habitaciones. Después, subió a su antiguo dormitorio y repitió la operación; el paisaje que se veía era el mismo de siempre: las ramas del roble cercano y, al fondo, la carretera que cruzaba las tierras de labranza. Aunque Grand Hope había crecido mucho con el paso del tiempo, la casa de su abuela estaba tan lejos de la civilización que no había ninguna autopista en las cercanías.

Jamie abrió su bolso de viaje y repartió su ropa entre el armario y dos cajones de una cómoda, intentando no pensar en el año y medio que había vivido con Nita. Había sido la mejor y la peor época de su vida. Aquella mujer de ojos brillantes, gafas sin montura y toda la sabiduría acumulada en sus casi setenta años de entonces, le hizo sentirse querida por primera vez. Pero Jamie también vivió su primer amor y su primer desengaño amoroso, cortesía de Slade McCafferty.

Al recordarlo, se dijo que tal vez lo viera esa misma tarde. La vida estaba llena de sorpresas. Y no eran siempre agradables.

Trabajó dos horas en la casa. Luego, entró en el granero y descubrió que Caesar, el caballo de su abuela, la estaba esperando. Caesar tenía más de veinte años, pero sus ojos seguían brillantes y claros; y por el lustre de la manta que llevaba encima, Jamie supo que los vecinos cuidaban bien de él.

– Seguro que te has sentido un poco solo, ¿verdad? -declaró en voz baja-. Tú y yo nos divertimos mucho en los viejos tiempos. Y también nos buscamos un montón de problemas…

Jamie se emocionó al ver al animal. Carraspeó y le cepilló el lomo mientras su memoria se empeñaba en retroceder a sus antiguas cabalgatas por los campos de Montana. En cierta ocasión, hasta lo había obligado a cruzar el río; y todo, por culpa de Slade McCafferty. Nunca olvidaría el momento en que notó que el caballo perdía pie y empezaba a flotar en la corriente; ni el humor en los ojos azules de Slade; ni el sendero oculto que le enseñó y donde se detuvieron a fumar unos cigarrillos.

– Sí, eres un gran caballo, no hay duda… -continuó-. Volveré pronto, te lo prometo.

Regresó a la casa y dedicó dos horas más a limpiar. Luego, encendió el calentador de agua, ajustó la temperatura e hizo la cama de su dormitorio. Cuando extendía las sábanas, notó que olían a espliego, el olor preferido de su abuela. La echaba terriblemente de menos.

Bajó al salón y dejó su ordenador encima de la mesa. En cuanto llamara a la compañía telefónica y le dieran línea otra vez, podría trabajar y ponerse en contacto con su oficina de Missoula.

Miró el reloj y vio que faltaba menos de una hora para su reunión con Thorne, Matt y Slade McCafferty, y el rancho Flying M estaba a treinta kilómetros de allí.

– Bueno, será mejor que te marches, Parsons.

Jamie sintió una punzada en el estómago. Había pasado mucho tiempo desde su relación con Slade McCafferty, y en aquella época, ella sólo era una adolescente de diecisiete años. No tenía sentido que se pusiera nerviosa. Era completamente ridículo.

Intentó recordarse que aquel día sólo iba a ser un día más en la vida de una abogada. Nada importante. Pero los latidos de su corazón se habían acelerado, sentía angustia en el pecho y, a pesar del frío, le cayó una gota de sudor por la frente.

Desesperada, volvió a subir al dormitorio. Se quitó los vaqueros y su jersey favorito y se puso una camisa de seda, un traje negro y unas botas que le llegaban a la rodilla. A continuación, se recogió el pelo y se miró en el espejo del tocador; en los quince años transcurridos desde que vio a Slade McCafferty por última vez, ella había dejado de ser una jovencita rebelde para convertirse en una adulta que había estudiado una carrera y se había convertido en abogada.

La mujer del espejo era segura y firme, pero Jamie se vio a sí misma como era entonces: la adolescente recién llegada al campo, la chica conflictiva y de mala reputación.

Al pensar nuevamente en Slade, sintió tal vacío en el estómago que se maldijo y decidió reaccionar. Se puso el abrigo y unos guantes, alcanzó el maletín y el bolso, salió de la casa y caminó por la nieve, hacia su coche, sosteniendo el maletín como si fuera un escudo.

Al parecer, era un caso perdido. Iba a ver a Slade McCafferty. Y qué.

Había sido un día malo.

Pero iba a empeorar.

Slade lo sentía en los huesos.

Se apoyó en el marco de la ventana y contempló las colinas y los terrenos nevados del rancho Flying M. El ganado caminaba lentamente por el paisaje de invierno, y las nubes grises amenazaban con descargar más nieve en aquella parte del valle. La temperatura había bajado mucho y la cadera le dolía un poco, señal de que todavía no se había recuperado totalmente de su accidente de esquí.

Thorne estaba sentado junto a la mesa larga donde la familia se congregaba en las ocasiones especiales. Había apartado el centro decorativo, hecho de acebo y muérdago, para poner los documentos delante de él y poder estudiarlos. Llevaba un brazo en cabestrillo porque se lo había roto unas semanas antes, cuando su avión se estrelló y Thorne estuvo a punto de perder la vida.

– ¿Estás seguro de que quieres vender? -preguntó por enésima vez.

Habían mantenido esa conversación mil veces.

Slade ni se molestó en contestar.

– ¿Adónde vas a ir?

– No lo sé -dijo, encogiéndose de hombros-. Pero supongo que me quedaré una temporada por aquí. El tiempo suficiente para crucificar el canalla que intentó cargarse a Randi.

Thorne sonrió.

– Lo estoy deseando. Y espero que sea pronto.

– Y yo.

– ¿Has sabido algo de Striker?

Thorne se refería al detective privado que Slade había contratado.

– No. Le he dejado un mensaje esta mañana.

– ¿Confías en ese hombre?

– Le confiaría mi propia vida.

– Pero no le estás confiando la tuya, sino la de Randi.

– Déjalo ya, ¿quieres? -espetó, tenso.

Slade conocía a Kurt Striker y le había pedido que investigara los intentos de asesinato de Randi, su hermanastra. Kelly Dillinger, la prometida de Matt, colaboraba con él; había estado en el departamento del sheriff, pero ahora trabajaba por su cuenta.

– ¿Dudas de la capacidad de Kurt?

Thorne sacudió la mano.

– No, es que me siento frustrado con todo esto. Quiero que termine de una vez.

– Los dos lo queremos.

Slade estaba harto del rancho. Desde que sus padres se habían divorciado veinte años atrás, ya no le parecía su hogar. Pero se quedaría en Grand Hope hasta que la persona que perseguía a Randi y a su bebé recién nacido terminara entre rejas o en un ataúd, bajo tierra; eso le daba igual.

Necesitaba empezar de cero, olvidar lo de Rebecca, seguir adelante. Y tal vez, como su padre le había aconsejado, sentar cabeza y fundar una familia.

En el pasillo se oyeron pasos. Era Matt.

– Siento llegar tarde…

Matt llevaba en brazos a J.R., el bebé de Randi, la criatura de cabello rojizo y mirada de curiosidad que había conquistado el corazón de sus tíos.

– He tenido que cambiar los pañales a este chico -añadió.

Thorne rió.

– ¿Esa es tu excusa para llegar tarde?

– Es la verdad.

Slade sonrió y se sintió un poco mejor. El bebé, de apenas dos meses, era razón de sobra para permanecer en el rancho.

– Muy bien, pongámonos a trabajar -ordenó Thorne-. Además del papeleo de la venta de las tierras, voy a preguntar sobre el padre del niño… quiero saber qué derechos tiene.

– A Randi no le va a gustar nada -comentó Matt.

– Por supuesto que no. Pero últimamente no está contenta con nada.

Slade pensó que su hermano estaba en lo cierto, aunque el nerviosismo de Randi estaba plenamente justificado. Se sentía tan encerrada como él.

– Sólo quiero lo mejor para ella -continuó Thorne.

– Entonces, le disgustará más… -intervino Slade.

– Me da igual. Cuando llegue la señorita Parsons, sacaré el tema.

Slade apretó los dientes al pensar en Jamie Parsons. Nunca habría imaginado que se volverían a ver. Habían salido juntos durante una temporada y se había quedado con ganas de más, pero Slade había conocido a muchas mujeres antes y después de ella.

Randi apareció en el salón en ese momento; aún cojeaba por el accidente, pero caminó hacia Matt tan recta como pudo y le quitó al niño.

– ¿Por qué sospecho que estabais hablando de mí?

– Siempre crees que hablamos de ti a tus espaldas -se burló Matt.

– Y siempre es verdad -dijo ella, mirando a Slade.

– Sí, tienes razón.

– ¿Cuándo llega el abogado?

Thorne miró la hora.

– Dentro de quince minutos.

– Muy bien.

Randi besó a su hijo en la cabeza y Slade sintió una punzada de dolor. Cada vez que miraba a su sobrino, se acordaba de su tragedia personal.

Pero no sentía envidia de Randi. Su hermanastra había pasado por un infierno; además de las consecuencias físicas del accidente, había perdido la memoria. Sufría amnesia, o eso decía; porque Slade no estaba muy convencido: en el fondo, pensaba que Randi se lo había inventado para no tener que responder sobre la paternidad del niño ni, tal vez, sobre el accidente que había estado a punto de costarle la vida.

Como tantas veces, se preguntó qué habría pasado realmente en aquella carretera helada de Glacier Park. Lo único que Slade, sus hermanos y la policía sabían era que el todoterreno de Randi se había salido del camino. Desde luego, cabía la posibilidad de que el vehículo hubiera derrapado en una placa de hielo; pero Kurt Striker, el detective privado, estaba convencido de que otro coche, un Ford de color granate, la había echado de la carretera. La policía lo estaba investigando. Desgraciadamente, Randi era el único testigo y padecía de amnesia.

Como resultado del accidente, había dado a luz de forma prematura, se había roto la mandíbula y una pierna y había pasado una temporada en coma. Mientras sus hermanos intentaban averiguar lo sucedido, alguien se coló en el hospital, haciéndose pasar por un trabajador, y le inyectó insulina para rematarla. Randi había sobrevivido a duras penas, pero aquel maníaco seguía libre.

Slade apretó los puños y maldijo a su hermanastra para sus adentros. Si les hubiera dado algún nombre, si les hubiera contado algo cuando recobró la consciencia, habrían tenido alguna oportunidad.

Pero no. No recordaba nada.

O eso decía.

Slade estaba seguro de que intentaba proteger a alguien con su silencio. Tal vez a J.R., tal vez al padre del niño, tal vez a otra persona.

– Maldita sea… -dijo entre dientes.

Pensó que Thorne tenía razón. En tales circunstancias, convenía que hablaran con Jamie Parsons, del bufete de abogados Jansen, Monteith y Stone, para que intentaran localizar al padre del niño y se aseguraran de que no se presentaría un día a reclamar su custodia. Sin embargo, Slade habría preferido que el letrado con quien debían tratar no fuera, precisamente, Jamie Parsons.

Randi se sentó frente a Thorne y dijo:

– Aprovechando la visita del abogado, voy a interesarme sobre la posibilidad de cambiarle el nombre a mi hijo. J.R. no me gusta.

– Haz lo que quieras. Le pusimos ese nombre que había que poner algo en el certificado de nacimiento -explicó Thorne, mirando a su sobrino-. Pero J.R. me gusta; le queda bien…

– A mí también me gusta -afirmó Slade-. Como estabas en coma y no podías tomar una decisión, optamos por esas iniciales…

– De acuerdo, de acuerdo, fue útil en su momento y ahora todos lo llamáis J.R., pero quiero cambiárselo oficialmente a Joshua Ray McCafferty.

Randi miró a sus hermanos; pero si notó sus miradas inquisitivas, hizo caso omiso. La paternidad del niño era un tema delicado, especialmente para ella, que se negaba a dar nombres. Ni siquiera sabían si estaba saliendo con alguien, aunque imaginaban que no se había casado.

La primera vez que le preguntaron sobre el bebé, se limitó a decir que era suyo y que lo demás daba igual. Nadie la había sacado de sus trece, lo cual molestaba a Slade sobremanera porque sospechaba que entre el padre del niño y los intentos de asesinato había alguna relación.

– Es tu hijo y puedes ponerle el nombre que quieras -afirmó Thorne-, pero se supone que sólo vamos a hablar sobre la venta…

– ¿Lo dices por el abogado?

– Por la abogada -puntualizó-. Chuck Jansen nos envía a una de sus empleadas, Jamie Parsons. Es de aquí, por cierto.

– ¿Jamie, has dicho? -preguntó Randi.

Slade notó que su hermana entrecerraba los ojos como si estuviera atando cabos y sacando conclusiones. Pero ella apartó la mirada.

– Sí, vivía con su abuela en las afueras del pueblo.

– Ah, sí, Nita Parsons… me acuerdo de ella. Mamá se empeñó en que me diera lecciones de piano durante una temporada, y era una mujer muy rígida.

Ninguno de los hermanos hizo el menor comentario. No les gustaba recordar que la madre de Randi había sido responsable indirecta de que sus padres se divorciaran. John Randall se enamoró de Penelope Henley, mucho más joven, y se casó con ella después de divorciarse de la madre de Thorne, Matt y Slade. Randi nació seis meses más tarde. A Slade nunca le había gustado su madrastra, pero con el paso del tiempo, dejó de culpar a Randi de lo sucedido.

– Ahora que lo pienso… ¿no estuviste saliendo con Jamie?

– Sí, salimos unas cuantas veces -contestó Slade-. No fue nada importante.

Slade se metió las manos en los bolsillos, esperando que Randi cambiara de conversación. Pero insistió.

– Fue más que unas cuantas veces. Y estaba muy enamorada de ti.

– ¿En serio? -intervino Matt, con una sonrisa pícara-. No puedo creer que una mujer sea tan idiota…

– ¿Verdad? -se burló Randi.

– Qué gracioso -contraatacó Slade-. Pero me extraña que te acuerdes de tanto…

Randi lo miró con ira.

– Recuerdo fragmentos, nada más, Slade. Te lo he dicho mil veces. Aunque mi memoria mejora con los días -se explicó.

Slade seguía sin creerla.

– Entonces, deberías dedicar todos tus esfuerzos a recordar al tipo que quiere matarte -le aconsejó.

– ¿Es verdad que estuviste saliendo con esa abogada? -preguntó Matt.

– Fue hace mucho tiempo -contestó.

Slade miró a su hermano y se giró hacia la ventana. Un coche azul, pequeño, avanzó por el camino de la propiedad. Cuando su conductor quiso detenerlo, derrapó un poco y estuvo a punto de chocar con la camioneta.

Segundos después, una mujer alta salió del vehículo. Llevaba un maletín debajo del brazo y pareció dudar antes de dirigirse a la casa, pero tomó aire y avanzó por el camino de la parte delantera, que habían despejado de nieve.

Era Jamie Parsons. En carne y hueso.

Vestida con un traje negro, parecía la quintaesencia de la confianza y de la feminidad. Se había recogido el cabello en un moño, de manera que Slade pudo admirar sus pómulos altos, su mandíbula bien definida y su frente ancha; no distinguió el color de sus ojos, pero los recordaba perfectamente: eran de color avellana, aunque parecían verdes o incluso dorados cuando les daba el sol y se oscurecían cuando ella se enfadaba.

Durante un momento, volvió al día que pasaron juntos en el río, cerca de la poza donde Thorne había estado a punto de ahogarse.

Era una mañana terriblemente cálida, de verano, con flores por todas partes y olor a hierba y a heno recién segado. Él la retó a bañarse desnuda, y ella, con una expresión de malicia en sus ojos, se quitó la ropa y le ofreció una vista perfecta de sus senos firmes, sus pezones rosados y su pubis de vello rojizo. Fue sólo un instante, porque se metió en el agua enseguida y no pudo ver nada más; pero todavía oía su risa, melodiosa como el canto de una curruca.

Slade volvió a la realidad cuando Harold ladró desde el porche. El timbre de la puerta sonó a continuación.

– ¿No vas a abrir? -preguntó Matt.

Slade frunció el ceño y caminó hacia la entrada.

Juanita, el ama de llaves, estaba fregando y cantando en la cocina. Nicole, la esposa de Thorne, jugaba al ajedrez con sus hijas gemelas, de cuatro años; pero cuando oyeron el timbre de la puerta, las pequeñas salieron corriendo.

– ¡Abro yo!

– ¡No, yo!

Molly y Mindy aparecieron a toda prisa en el vestíbulo de la casa y forcejearon con el pomo de la puerta hasta que consiguieron abrirla.

Allí, en el porche, con aspecto profesional y gesto de sorpresa ante la presencia de las niñas, se encontraba Jamie Parsons, la abogada.

Capítulo 2

– ¿Quién eres? -preguntó Molly, clavando sus ojos marrones en la mujer.

– Soy Jamie. ¿Y quién eres tú?

Jamie miró rápidamente a Slade y se agachó para estar a la altura de la niña. El abrigo se le mojó con la nieve de la entrada, pero no le importó.

– Soy Molly…

– ¿Y tú? ¿Quién eres? -preguntó a su hermana gemela-. ¿Cómo te llamas?

Mindy se escondió tras las piernas de su tío y se abrazó a una de sus rodillas.

– Ella es Mindy. Es tímida -explicó Molly.

– No es verdad -protestó su hermanita.

Slade sonrió para sus adentros al notar la incomodidad de Jamie, que no esperaba verse en aquella situación. Justo entonces, oyeron pasos que se acercaban. Era Nicole. Alta, esbelta, de cabello rubio y ojos de color ámbar, la madre de las dos niñas era médico en el Hospital Saint James y el motivo de la felicidad de Thorne.

– Encantada de conocerte. Soy Nicole McCafferty; estas diablesas son mis hijas.

Las dos mujeres se estrecharon la mano.

– Es un placer…

– Ya conoces a Slade, ¿verdad?

– Sí, sí… nos conocimos hace tiempo -contestó Jamie, incómoda-. Por cierto, tienes unas hijas preciosas.

– ¿Molly y Mindy? Son mis sobrinas, no mis hijas -dijo él.

Nicole rió y dijo:

– Slade es mi cuñado. Yo estoy casada con Thorne.

Jamie se ruborizó.

– Siento la equivocación -se disculpó-. En los documentos que he visto no había ninguna mención al estado civil de los McCafferty…

Nicole volvió a reír y la invitó a entrar.

– Pasa, por favor, o te vas a quedar helada. Deja que cuelgue tu abrigo… Slade, si te queda alguna caballerosidad en ese cuerpo, lo cual dudo, ¿por qué no acompañas a nuestra invitada al salón? -dijo.

– Me queda más de la que crees -se defendió Slade.

– Eso espero. Mientras tú la acompañas, iré a la cocina y le pediré a Juanita que nos lleve café.

Jamie se desabrochó los botones del abrigo.

– Déjamelo a mí-dijo Slade.

Cuando la ayudó a quitarse la prenda, le rozó la nuca sin querer. Tuvo la impresión de que Jamie se estremecía, pero supuso que se lo habría imaginado.

– ¿Vamos? -preguntó ella.

– Vamos -dijo él.

Slade la llevó por un pasillo que estaba lleno de fotografías de la familia. En una estaba Thorne, de niño, con indumentaria de fútbol; en otra aparecía Randi durante su primer baile del colegio; también había una de Matt, subido a lomos de un caballo, e incluso una de Slade, esquiando.

Poco después, entraron en el salón.

– Supongo que ya lo sabéis todos, pero me presentaré de todas formas -dijo ella-. Soy Jamie Parsons, la abogada de Jansen, Monteith y Stone.

Thorne se levantó de la silla con ciertas dificultades por culpa de su brazo en cabestrillo. Matt se acercó y le estrechó la mano.

Cuando terminaron de saludarse, Jamie sonrió y dijo:

– Muy bien, ¿qué os parece si empezamos?

Todos se sentaron alrededor de la mesa. Ella abrió el maletín y distribuyó copias de documentos legales.

– Por lo que tengo entendido, Matt quiere vender su propiedad del norte de Missoula a su vecino actual, Michael Kavanaugh, y comprar su parte del rancho a Slade y a Thorne… de modo que Randi y él serían los únicos propietarios.

– En efecto -confirmó Matt.

– Matt se va a encargar de dirigir el rancho -explicó Randi-. Bueno, él y Kelly… porque van a casarse pronto y se quedarán a vivir aquí.

– ¿Y qué vas a hacer? -preguntó Thorne.

Randi sacudió la cabeza.

– Thorne, sabes de sobra que mi vida está en Seattle…

Thorne frunció el ceño.

– Sí, lo sé, pero no irás a ninguna parte hasta que demos con ese canalla. Tenemos que encontrar al tipo que te quiere matar y ponerlo entre rejas.

Randi arqueó una ceja y miró a su hermano con una sonrisa.

– Bueno, dejemos esa discusión para otro momento -propuso-. Supongo que la señorita Parsons querrá terminar cuanto antes.

– Llámame Jamie, por favor. Señorita Parsons suena demasiado formal.

Slade se puso tenso.

– Todos somos de la zona, así que podemos dejarnos de formalidades -continuó ella-. Veamos esos documentos.

Slade intentó no fijarse en su cara ni en su forma de fruncir el ceño mientras estudiaba los papeles. Lo que había pasado entre ellos era agua pasada. Además, los abogados no le habían gustado nunca.

Se metió la mano en el bolsillo y descubrió que no tenía tabaco. Había dejado el paquete en la camioneta porque estaba intentando dejarlo.

Nicole apareció en ese momento con café y unas pastas de canela, pero Jamie no se dio cuenta. El bebé empezó a llorar, así que Juanita se presentó en el salón y se encargó de él.

– Cómo llora este niño -dijo el ama de llaves-. Debe de tener hambre…

– Iré con vosotros -dijo Randi.

– No, quédate, tú tienes cosas que hacer. Ya me ocupo yo.

Juanita se marchó con el bebé y Jamie rompió el silencio.

– Pasemos a la página dos…

Viendo su comportamiento, absolutamente profesional, Slade se preguntó qué habría pasado con la jovencita rebelde y salvaje que recordaba, la adolescente de vaqueros viejos que bebía y fumaba a espaldas de su abuela y que incluso se había hecho un tatuaje, una pequeña mariposa, en un hombro. Por mucho que la miraba, no encontraba ni el menor resto del espíritu libre y desenfadado que había conquistado su corazón años atrás; de la mujercita alocada que sabía escupir y maldecir como cualquier chico y montar a caballo a pelo. Sólo veía a una profesional que hablaba con el argot típico de los abogados y mantenía una actitud fría y distante. De vez en cuando, alguno de sus hermanos le preguntaba algo. Jamie siempre tenía la respuesta adecuada.

– Me gustaría que el nombre de mi prometida aparezca en el contrato -dijo Matt.

Jamie tomó nota.

– ¿Cuándo os vais a casar?

– Entre Nochebuena y Nochevieja. He intentado convencerla para que se fugara conmigo, pero la familia se ha empeñado en que nos casemos aquí.

Jamie arqueó una ceja.

– Así que otro de los McCafferty va a morder el polvo…

Thorne sonrió y dijo:

– Sólo quedará Slade…

Durante un segundo, la mujer de hielo pareció derretirse. Fue cuando sus ojos se encontraron con los de su antiguo novio.

– Pensé que te habrías casado.

– No, sigo soltero -replicó él.

– Pero… bueno, da igual -dijo ella, algo confusa-. ¿Cómo has dicho que se llama tu prometida, Matt?

– Kelly Dillinger, aunque será una McCafferty a finales de mes.

– Es la hija de Eva Dillinger, la antigua secretaria de nuestro padre -explicó Thorne-. Él se negó a pagarle la jubilación que le había prometido, así que nosotros decidimos intervenir y pagarle lo que se le debía con nuestro fondo de inversiones. Los documentos están en los archivos de tu bufete, si no recuerdo mal.

Jamie asintió y sacó unos papeles del maletín.

– Sí, tengo esos documentos conmigo -dijo ella.

Thorne asintió.

– Pero Kelly tiene que aparecer en el contrato del rancho -insistió Matt.

– No te preocupes, me encargaré de todo -dijo Jamie-. Cuando llegue la hora de firmar, tendrá que hacerlo con vosotros y con el señor Kavanaugh, por supuesto. Os dejaré una copia del borrador para que podáis echarle un vistazo a fondo. Si todos estáis de acuerdo, imprimiré el documento definitivo y sólo faltará vuestro acuerdo.

– Me parece bien -dijo Matt.

– Veamos si lo he entendido bien. Tú te vas a quedar a vivir aquí, con tu esposa; Thorne y Nicole se están construyendo una casa en las cercanías y Randi volverá en algún momento a Seattle… -dijo Jamie-. Tengo todas vuestras direcciones, pero no la tuya, Slade. ¿Dónde vives ahora?

– Tengo una casa en Colorado, cerca de Boulder, pero aún no he decidido si me voy a quedar allí o la voy a vender -respondió-. De momento estoy viviendo en el Flying M. Si necesitas algo, me encontrarás aquí.

– Muy bien. ¿Queda algo más?

– Sí -dijo Thorne, mirando a su hermanastra-. Tenemos un pequeño problema y me gustaría que nos aconsejaras. Como tal vez sepas, Randi tuvo a su bebé hace dos meses; el padre no ha aparecido todavía, pero nos preguntábamos si podría reclamar la custodia en el caso de que…

– ¡Eh! -protestó Randi-. No quiero hablar de ese asunto. Ahora, no.

– Tenemos que hablar, Randi -insistió Thorne, muy serio-. El padre de J.R. se presentará más tarde o más temprano. Puedes estar segura. Y cuando hable de la custodia del niño y de sus derechos como padre, tenemos que saber a qué atenernos.

Randi se echó hacia delante, sobre la mesa.

– Eso es problema mío. Mío, ¿me oyes? No tuyo. Ni de Matt ni de Slade. Es mío y sólo mío -declaró, con ojos encendidos por la ira-. No te molestes conmigo, Jamie, pero no necesito tu ayuda. Mis hermanos están molestos porque no les he dicho quién es el padre… aunque de todas formas, no es asunto suyo.

– ¿Que no es asunto nuestro? -intervino Slade-. Alguien intenta matarte.

– Eso tampoco es cosa vuestra.

– ¿Cómo que no? Todo lo que afecte a ti es cosa nuestra.

– Puedo cuidar de mí misma.

– ¡Pero si ni siquiera recuerdas lo que ha pasado! -exclamó Slade, disgustado con su hermanastra-. Si es que es verdad que tienes amnesia.

– Es verdad.

– Pues entonces, ayúdanos. Sólo queremos que J.R. y tú estéis a salvo de ese maníaco. Deja de comportarte como una niña caprichosa y danos alguna pista para poder investigar. ¿Quién es el padre del niño?

– No quiero hablar de eso. Este no es el momento ni el lugar -se defendió.

Thorne alzó una mano para internar apaciguar a Slade y a Randi.

– Sólo intentamos ayudar -alegó.

– ¡Tú no te metas, Thorne! He dicho que puedo cuidarme sola. J.R. es mi hijo y nunca lo pondría en una situación que supusiera un peligro para él. Me quedaré aquí una temporada, hasta que todo este lío se resuelva; pero eso no quiere decir que esté dispuesta a renunciar a mi vida. Os lo advierto.

Matt sacudió la cabeza y miró por la ventana.

– Mujeres… -gruñó Slade.

Jamie decidió intervenir para rebajar la tensión.

– No soy experta en custodias de niños; pero si necesitáis consejo legal, podría poneros en contacto con Felicia Reynolds. Es una compañera del bufete que se encarga de ese tipo de casos -explicó.

– Gracias. Puede que la llame por teléfono -dijo Randi-. Puede.

Jamie cerró su maletín.

– Bueno, si queréis que la avise, decídmelo.

– Muy bien.

– Y si tenéis alguna duda sobre el contrato, podéis localizarme en mi teléfono móvil o dejarme un mensaje en la oficina -comentó la abogada-. Me alojo en casa de mi abuela y todavía no han instalado el fijo, pero os lo daré en cuanto lo tenga.

La reunión había concluido.

Se dieron los apretones de manos correspondientes y Slade la acompañó a la puerta y la ayudó a ponerse el abrigo. Jamie se alejó de la casa, balanceando el maletín en una mano enguantada. Él la miró hasta que subió al coche y se marchó.

Cuando cerró la puerta, Matt estaba a su lado, con las manos en los bolsillos.

– Ahora me acuerdo… Randi tiene razón. Saliste con ella.

Los dos hermanos caminaron hasta el salón. Matt se acercó al fuego para echar otro leño y Thorne abrió la licorera y se puso a rebuscar entre las botellas.

– Sí, es verdad, salí varias veces con ella -admitió Slade, a regañadientes.

Slade no quería hablar de Jamie Parsons; era una conversación absurda, que no llevaba a ningún sitio. Además, el reencuentro había despertado emociones en él que creía enterradas desde hacía años.

Randi apareció justo entonces. Se sentó en el sillón de cuero y dijo:

– Oh, vamos, Slade, lo tuyo con Jamie fue más que eso. Déjame pensar… ah, sí. Fuisteis novios un par de meses, después de que rompieras con Sue Ellen Tisdale.

– ¿Sue Ellen? Claro… me acuerdo de ella -intervino Thorne.

Slade pensó que era lo único que le faltaba, que su familia se dedicara a diseccionar su vida amorosa.

– Pero luego, cuando tu ex novia se arrepintió y te rogó que volvieras con ella, abandonaste a Jamie como si fuera una patata caliente -afirmó Randi-. Siempre pensé que te casarías con Sue Ellen.

Slade soltó un gruñido.

– Y yo -dijo Thorne, mientras sacaba una botella de whisky.

– Todos los pensamos. Hasta Jamie, seguramente.

– Una vez más, querida hermana, me asombra tu buena memoria -ironizó Slade.

– Y una vez más, te digo que sólo recuerdo algunas cosas -se defendió.

– ¿Eso es verdad? ¿Abandonaste a Jamie para volver con Sue Ellen Tisdale? -preguntó Matt, con tono de considerarlo una estupidez suprema.

– Eso no fue exactamente lo que pasó. Además, ha pasado mucho tiempo.

– No importa lo que pasara -dijo Randi, apoyando los pies en la mesita-. Lo admitas o no, tú fuiste el canalla que hace quince años rompió el corazón a Jamie Parsons.

Capítulo 3

– Bueno, ha ido bastante bien.

Jamie dejó el maletín y una bolsa con comida en la casa de su abuela. Había pasado por el pueblo después de salir del rancho Flying M, y durante el trayecto de vuelta se dedicó a maldecir a William Chuck Jansen para sus adentros por haberle asignado el caso de los McCafferty.

– Ya que tienes que ir a Grand Hope de todas formas, he pensado que podrías echar una mano al bufete -le había dicho.

Ese día, Chuck se sentó en el borde de la mesa de Jamie y se dedicó a sonreír y a menear una pierna mientras hablaban. Llevaba traje, camisa y corbata, todo tan limpio y caro como de costumbre.

– Además, sería conveniente que Jansen, Monteith y Stone tuviera un contacto más directo con los McCafferty. John Randall fue un gran cliente del bufete, y los socios quieren mantener e incluso ampliar la relación con esa familia. Thorne McCafferty es millonario, y Matt, que parece un simple ranchero, parece haber heredado el talento para los negocios. En cuanto al tercer hermano…

Al recordar la conversación que habían mantenido, Jamie se acordó de que Chuck frunció el ceño antes de continuar.

– Bueno, en todas las familias hay una oveja negra. Se llama Slade. Ha sido piloto de carreras, ha participado en rodeos e incluso ha sido guía de esquí extremo. Le gustan las emociones fuertes y tiene un gran potencial, pero no ha conseguido nada hasta ahora… En cambio, su hermanastra, Randi, ha salido completamente a John Randall. No me extraña que lleve su apellido.

Jamie intentó obviar los comentarios sobre Slade y centrarse en los de su hermanastra. Le había parecido una mujer inteligente, atrevida y tan obstinada como todos los McCafferty.

– Escribe una columna en un periódico de Seattle; se llama Sola, Soltera o algo así -continuó Chuck-. Y Thorne mencionó que, cuando sufrió el accidente, estaba escribiendo un libro.

– Thorne McCafferty trabajó aquí, ¿verdad? -replicó Jamie.

– Sí, es cierto, estuvo con nosotros hace unos años; luego se mudó a Denver, aunque de vez en cuando nos hace algún favor. Pero volviendo a lo que te decía, he estado pensando que conviene afianzar nuestros negocios con los McCafferty… si lo hacemos bien, podríamos quedarnos con la parte que actualmente lleva el bufete donde Thorne trabaja -dijo Chuck, con un brillo competitivo en los ojos.

– ¿Pero no te ibas a jubilar?

– Dentro de un par de años -contestó Chuck, guiñándole un ojo-. Entretanto, ¿qué hay de malo en aumentar nuestras ganancias? Si mejoro mi posición en la empresa, mi jubilación también será mayor… podríamos comprarnos un velero y navegar a Tahiti o a las islas Fiji.

– Te recuerdo que yo tengo que trabajar.

– No si te casas conmigo.

A Jamie se le pusieron los pelos de punta. Chuck la estaba presionando últimamente y no estaba segura de querer marcharse con él. Durante muchos años, había pensado que el dinero era lo más importante del mundo; de hecho, creía que Slade la había dejado por Sue Ellen Tisdale porque ella era pobre y carecía del estatus de la otra mujer. Pero con el paso del tiempo, la realidad le había hecho cambiar de opinión.

– Aprovecha tu estancia en Grand Hope para pensarlo -le aconsejó Chuck-. No quiero presionarte, pero convertirte en la señora de Chuck Jansen no estaría tan mal.

– De acuerdo, lo pensaré -dijo ella, forzando una sonrisa.

– Hablaremos cuando vuelvas.

Al recordar la conversación que habían mantenido, Jamie pensó que se había metido en un buen lío. Chuck estaría esperando una respuesta afirmativa, pero no podía casarse con él. Era guapo, inteligente, amable y rico; su parte del bufete valía una millonada, sin contar sus acciones y sus dos casas. Pero también tenía una ex mujer amargada y tres hijos en edad de ir a la universidad, así que no querría tener más niños.

Se acordó del bebé de Randi McCafferty y sintió una punzada de envidia. Si se casaba con Chuck, se convertiría en la madrastra de tres adolescentes y no llegaría a tener un hijo propio ni a conocer el amor de un hombre que la volviera loca.

– Oh, basta ya -se dijo, en voz alta-. Eres patética, Parsons. Patética.

Empezó a sacar la comida de la bolsa y la distribuyó por el frigorífico y los armarios. Mientras lo hacía, pensó en su visita al Flying M y en el reencuentro con Slade. Había cambiado mucho en quince años. Ya no era un niño, sino un hombre; su cintura seguía siendo tan estrecha como recordaba, pero su pecho y sus hombros eran más anchos.

Se acordó del día que se bañaron desnudos y se ruborizó. No sólo había visto sus piernas musculosas y su trasero, ligeramente más blanco que el resto de su piel, sino algo más, una parte de la anatomía masculina que no había contemplado hasta ese momento.

Era normal que los años lo hubieran cambiado. El trabajo y el tiempo tenían ese efecto en la gente. Su cara se había vuelto más angulosa y tenía una cicatriz, pero sus ojos seguían siendo tan azules como el cielo de Montana.

También había notado que cojeaba un poco. Y en el fondo de sus ojos había una oscuridad que lo traicionaba, una sombra de dolor. Pero eso tampoco tenía nada de particular; a fin de cuentas, todo el mundo tenía sus propias heridas, más ocultas o más visibles.

Se preguntó qué habría pasado entre Sue Ellen y él y se dijo que seguramente sólo habría sido otra de sus conquistas. Los McCafferty tenían fama de mujeriegos.

– A quién le importa…

Se quitó el abrigo y lo colgó en el armario del vestíbulo, donde todavía estaba la aspiradora de su abuela. Los hermanos McCafferty siempre habían sido unos rebeldes. Thorne era el atleta de los tres; Matt, el seductor; y Slade, el jovencito temerario que subía a los picos más altos, descendía por los ríos más peligrosos y practicaba esquí extremo en las pendientes más inaccesibles a pesar de las protestas vehementes de su padre.

Sin embargo, ya habían pasado quince años desde entonces. Jamie había dejado de ser una joven rebelde y se había convertido en una mujer adulta con un título en Derecho.

Una mujer sensata. Sobre todo, sensata.

Y a veces se odiaba por ello.

– No me des sermones -dijo Randi, cuando Slade entró en el cuarto de estar.

Randi se había sentado frente al ordenador de Thorne. Tenía las gafas sobre la punta de la nariz, y el bebé descansaba en su cuna.

– ¿Es que he dicho algo?

– No hace falta que lo digas. Lo veo en tu cara. Eres un libro abierto, Slade.

Slade se apoyó en la mesa.

– Si tú lo dices… He venido para despejar el ambiente entre nosotros.

– Espera un momento, por favor -dijo ella, tecleando-. Ni te imaginas la cantidad de correo electrónico que puedo llegar a acumular…

Randi siguió unos segundos más con el ordenador. Cuando terminó, se giró hacia él con una sonrisa irónica y añadió:

– Me encanta que me quieras tanto, Slade, pero si vas a empezar otra vez con lo del padre del niño, olvídalo. Es cosa mía.

– Alguien intenta matarte, Randi.

– Y vosotros no dejáis de recordármelo. Thorne, Nicole, Matt y Juanita se pasan la vida dándome consejos; pero de ti esperaba otra cosa, Slade, esperaba comprensión.

– ¿Comprensión? ¿Sobre qué? Ni siquiera sé lo que debo comprender.

– Que necesito espacio, intimidad. Vamos, Slade, tú sabes mejor que nadie lo que se siente cuando toda la familia habla de ti, se preocupa por ti y te presiona todo el tiempo. Me están volviendo loca… Por eso te marchaste tú y me marché yo de Grand Hope.

– Bueno, siempre has estado loca -bromeó.

Randi se quitó las gafas y se recostó en la silla.

– ¿Ahora vas a hacer el payaso? -preguntó, mirándolo con sus ojos marrones-. ¿Qué pasa con ese detective privado?

– ¿Con Striker?

– Sí. He oído que es amigo tuyo.

– Lo es.

Ella frunció el ceño.

– Pues no me gusta que ande cotilleando por ahí.

– ¿Por qué?

– Porque no quiero que se dedique a hurgar en mi intimidad, en mi vida. Si es amigo tuyo, dile que se mantenga lejos.

– Lo siento mucho, Randi. Lo de contratarlo fue idea mía.

– Una mala idea. No lo necesitamos. Tenemos al departamento del sheriff… el inspector Espinoza está haciendo un buen trabajo. Kelly no debió dejar su empleo en la policía para marcharse con Striker.

Slade notó algo extraño en la inquina de su hermanastra.

– ¿Tienes algo contra Striker? ¿O contra los detectives privados en general?

– Contra él y contra los detectives en general. ¿No te basta con la policía?

– No.

– Pero…

– Kurt sólo intenta ayudarnos a encontrar a ese cerdo. Deberías cooperar un poco más. Te comportas como si ocultaras algo.

– ¿Como qué?

– Dímelo tú.

– Te lo diría si lo supiera. Cuando recobre la memoria, tú serás el primero en saberlo -aseguró.

– Sí, claro. Pues intenta concentrarte en asuntos más serios que mis relaciones sentimentales de hace quince años.

Randi entrecerró los ojos.

– Eso te ha molestado, ¿verdad? ¿Qué pasó entre Jamie y tú?

– No me acuerdo. No he pensado mucho en ello.

– Hasta ahora -puntualizó, con una sonrisa pícara-. ¿Y qué piensas hacer?

– ¿Hacer? Nada en absoluto.

Slade apretó los dientes al pensar en la abogada. Por primera vez desde la muerte de Rebecca, se sentía atraído por una mujer.

Como no quería hablar de ello, miró la pantalla del ordenador y preguntó:

– ¿En qué estás trabajando?

– Ahora sólo estaba revisando el correo -contestó ella-. Llevaba tanto tiempo sin conectarme que tardaré en ponerme al día. Pero necesito mi portátil. Este ordenador es de Thorne y no puedo trabajar mucho con él.

– No te preocupes, ha comprado otro. Lo traerán en cualquier momento.

– Eso resolverá algunos de mis problemas…

– ¿Dónde está tu portátil, por cierto?

Randi se mordió el labio.

– No lo sé… no puedo recordarlo… pero ¿por qué no se lo preguntas a Kurt Striker? He oído que la policía y él han estado en mi piso.

La hermanastra de Slade se pasó una mano por el pelo, que llevaba corto, y añadió:

– No quiero causaros problemas. Sé que intentáis ayudarme, pero es muy frustrante. Tengo la sensación de que es importante que vuelva a mi piso, eche un vistazo a mis cosas y encienda mi ordenador… no sé por qué. Puede que sólo contenga ideas para columnas de prensa, pero también cabe la posibilidad de que haya algo relevante, tal vez el motivo por el que quieren quitarme la vida.

– Tal vez, sí. Juanita me ha dicho que estabas escribiendo un libro.

– Es verdad, pero tampoco recuerdo de qué trataba.

– Entonces, tendremos que encontrar tu portátil. Striker se encargará.

– Striker. Genial -murmuró ella.

Slade se dirigió a la cocina, alcanzó el abrigo que había dejado en el gancho y salió al exterior. Hacía fresco y el cielo empezaba a oscurecerse. Las nubes amenazaban con más nieve, pero no le importó.

Subió a la camioneta y arrancó. No tenía ni idea de adónde ir. Quizá al pueblo, a tomarse una copa. Pero entonces, cayó en la cuenta de que lo que verdaderamente quería hacer era ver a Jamie de nuevo.

– Maldita sea…

Metió la primera y alcanzó su paquete de tabaco. La camioneta se deslizó un poco al pasar por una placa de hielo, y él pensó que sus relaciones con las mujeres siempre habían sido extremadamente problemáticas.

Pero no se iba a mentir a sí mismo. Quería ver a Jamie otra vez, y quería verla aquella misma noche.

Jamie se estremeció de frío mientras se ponía los vaqueros y su jersey preferido. Después, bajó a la cocina, sacó una cacerola, la fregó y puso a calentar una sopa de carne y verduras. Casi podía imaginar a su abuela sentada a la mesa y mirándola por encima de sus gafas.

– Te extraño mucho, abuela -dijo en voz alta.

Cuando se tomó la sopa, dejó el plato en la pila y siguió con la limpieza de la casa, habitación por habitación. Había estado a punto de contratar a una empresa para que se hiciera cargo, pero pensó que el ejercicio le vendría bien y que a Nita le habría gustado que lo hiciera personalmente. «Un poco de trabajo no hace mal a nadie», solía decirle cuando Jamie intentaba escabullirse de sus obligaciones.

Nita Parsons se había dado cuenta de que su nieta podía acabar mal, y había decidido no repetir el mismo error que había cometido con el padre de Jamie, un alcohólico que abandonó a su familia dos días después de que Jamie cumpliera ocho años. Cuando su madre se vio desbordada por una adolescente rebelde, Nita decidió intervenir. Y su intervención le había costado unas cuantas canas.

– Lo siento -susurró.

Jamie tenía intención de limpiar los suelos y las superficies de madera hasta dejarlos relucientes. Pintaría habitaciones con el tono amarillo suave que tanto le gustaba a Nita, y haría todas las reparaciones que se pudiera permitir.

Pero al final, vendería la casa.

Casi podía oír la expresión de disgusto de su abuela.

– Esta casa será tuya algún día, Jamie -le había dicho en cierta ocasión-. No la vendas nunca; la tierra es buena, y cuando el clima acompaña, saco lo necesario para alimentarme. Si eres lista y trabajas lo suficiente, sus diez hectáreas te sacaran adelante… no tendrás que preocuparte por pagar a un casero o a un banco. Yo he vivido épocas muy malas, incluidas dos guerras, y puedo asegurarte que los granjeros nos las arreglamos bien. Tal vez tuviéramos remiendos en la ropa y agujeros en los zapatos, pero nuestros estómagos estaban llenos y no nos faltó un techo.

Por aquel entonces, a Jamie le parecía todo tan aburrido que no hacía caso a Nita; y ahora, mientras limpiaba las telarañas del salón, se sintió culpable. Iba a vender la casa y a dejar a Caesar en manos de algún desconocido.

Se mordió el labio y miró la mecedora donde su abuela se sentaba a ver la televisión, la mesita de café que tendía a estar llena de revistas de crucigramas y jardinería y la estantería con las pipas de su abuelo, los libros y los álbumes de fotografías. En una de las esquinas estaba el viejo piano con su banco correspondiente, desgastado después de tantos años de alumnos que iban a verla para que les enseñara a tocar.

Nostálgica, miró hacia el exterior.

Una sombra pasó por delante de las persianas.

Su corazón se detuvo del susto. Pero enseguida vio una cara pequeña y dorada, de ojos verdes. Era el gato de su abuela, que se había encaramado al alféizar.

– ¡Lazarus!

Jamie sonrió, corrió hacia la entrada, abrió la puerta y encendió la luz del porche. El gato entró a toda prisa, huyendo del frío.

– ¿Qué estás haciendo aquí, viejo?

Lazarus caminó con ella hacia el salón y se frotó contra sus piernas. Jamie lo tomó en brazos y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Cuando Nita murió, el animal quedó al cuidado de Jack y Betty Pederson, unos vecinos. No esperaba volver a verlo.

– Te has escapado, ¿verdad? Eres un mal chico…

Lazarus ronroneó con fuerza. Su abuela siempre decía que parecía un motor fueraborda.

– Ven, tengo algo para ti -murmuró.

Lazarus la siguió hasta la cocina, donde ella templó un poco de leche, para que no estuviera tan fría, y se la sirvió en un cuenco.

– Aquí tienes.

Acababa de pronunciar la frase cuando oyó pasos en el porche delantero. Un momento después sonó el timbre.

– Me parece que te has buscado un lío, Lazarus.

Jamie se apresuró a abrir. Esperaba encontrarse con Betty o con Jack; pero cuando se asomó por la mirilla de la puerta, vio los ojos azules de Slade McCafferty.

Capítulo 4

Era lo último que necesitaba. Su corazón se aceleró al verlo y hasta contuvo la respiración sin darse cuenta. Consideró la posibilidad de decirle que se marchara de allí, pero se recordó que era un cliente del bufete y que debía tratarlo con cortesía y profesionalidad por mucho que le disgustara.

Abrió la puerta, conteniendo su disgusto, y preguntó:

– ¿Qué puedo hacer por ti?

– Dijiste que te llamáramos o que pasáramos por tu casa si necesitábamos algo -respondió él.

Había empezado a nevar, y el abrigo de Slade estaba cubierto de copos.

– Sí, es cierto.

Jamie no pudo negarlo. Lo había dicho, aunque no esperaba que Slade se presentara en la puerta de su casa.

– Me ha parecido que debíamos aclarar las cosas -declaró.

– ¿Hay algo que aclarar?

– Creo que sí -contestó, tenso-. Sobre todo, porque tú y yo tendremos que vernos a menudo durante dos semanas.

– ¿Y eso es un problema? -preguntó con su tono más profesional.

– Podría serlo. No quiero que el pasado nos incomode.

– A mí no me incomoda -mintió.

– Pues a mí, sí -confesó él, con un conato de sonrisa-. Pero me estoy quedando helado en el porche… ¿no me vas a invitar a entrar?

Jamie pensó que quedarse a solas con él no era buena idea.

– Por supuesto, por qué no…

Slade entró en la casa con el viento helado del exterior y un aroma ligero a tabaco. Jamie cerró la puerta y lo llevó al salón, pero no lo invitó a sentarse.

– ¿Y bien? ¿Qué te preocupa?

– Tú.

Ella se quedó sin aire.

– ¿Yo?

– Específicamente, nosotros.

Jamie no esperaba tanta franqueza por parte de Slade. La sonrisa profesional que había practicado delante del espejo se derrumbó como un castillo de naipes.

– ¿Nosotros? Ya no hay ningún nosotros, Slade. ¿De dónde has sacado eso?

– De mi sentimiento de culpabilidad, supongo…

– Olvídalo; eso pasó hace siglos. Éramos muy jóvenes y, además, sólo salimos durante un par de meses. Me sorprende que te acuerdes todavía.

– ¿Tú no?

– Vagamente -volvió a mentir-. Como acabo de decir, ha pasado mucho tiempo. Pero en cualquier caso, y dado que efectivamente vamos a vernos a menudo, será mejor que lo olvidemos… A fin de cuentas, fue una simple aventura, algo irrelevante.

– Tonterías.

– ¿Cómo?

– Fue mucho más que eso.

– Bueno, pero fue hace quince años… -insistió.

– Dudo que no te acuerdes.

– Eso no importa, Slade. Tenemos que ver las cosas con perspectiva.

– ¿Con perspectiva?

– Yo soy abogada y trabajo para ti. Eres mi cliente.

– Caramba, Jamie… tú y yo nos acostamos.

– Pero eso tampoco es tan especial. Y menos para ti, que te pasabas la vida de chica en chica -le recordó.

Slade dio un paso adelante.

– Puede ser, pero tú eras diferente.

– No digas estupideces, McCafferty. Te confieso que en aquella época habría hecho cualquier cosa por oírte decir que yo era especial y diferente… pero ya es agua pasada. Lo superé, y no quiero que te sientas culpable por aquello.

– Bonito discurso, Jamie. Pero no me lo trago.

Jamie pensó que sus ojos seguían siendo tan bonitos como siempre.

– Bueno, piensa lo que quieras.

– Estás asustada, lo sé.

– Y tú sigues siendo tan arrogante como entonces. Pero hay cosas que no cambian, ¿verdad? -ironizó.

– Eso es precisamente lo que intento decirte, que hay cosas que no cambian. Y sé que te acuerdas, Jamie. Eres demasiado lista para haberlo olvidado.

– Los halagos no te van a servir de nada.

Para su sorpresa, Slade cerró una mano enguantada sobre una de sus muñecas. Pero eso no le resultó tan inquietante como el estremecimiento de placer que le produjo.

– ¿Y qué me puede servir?

– ¡Nada! Lo nuestro terminó hace años, y espero que mantengas las distancias conmigo. Comprendo que ahora estoy aquí y que te resulto conveniente, pero…

– Admítelo, Jamie. Lo recuerdas -la interrumpió.

– Maldita sea, claro que lo recuerdo. Recuerdo que salimos, pero nada más. No voy a mentir dándole más importancia de la que tiene; y tú no tienes que comportarte como si yo hubiera sido más importante para ti de lo que realmente fui.

– Pero lo fuiste.

– Sí, tan importante que me abandonaste por… Pero espera un momento. No, no voy a seguirte la corriente -se contuvo-. Suéltame la mano, Slade. Mantengamos una relación estrictamente profesional.

– Randi me ha acusado de haberte roto el corazón.

Jamie se quedó helada.

– Vaya, te lo has tomado en serio, ¿verdad? -acertó a decir.

Intentó apartarse de él, pero Slade se lo impidió.

– Me lo tomo en serio porque lo es.

– Mira, Slade… no sé qué pretendes al presentarte en mi casa en plena noche -declaró, mirando sus ojos azules-, pero si no has venido por asuntos de negocios, no hay nada de qué hablar. Lo que pasó ya no tiene remedio.

Por fin, Jamie logró soltarse de él. Se alejó unos metros, se sentó en el sofá y se cruzó de brazos, a la defensiva. La casa parecía más pequeña de repente; en parte, por la presencia de Slade; y por otra parte, por sus recuerdos de la juventud y de aquellas semanas de amor que habían cambiado su vida para siempre.

– ¿Quieres algo más?

– Tengo un par de preguntas.

– Adelante.

– ¿Por qué te asignaron nuestro caso? Pensé que Chuck Jansen se encargaría.

– Y yo creía que Thorne te lo habría explicado. Lo llamó por teléfono y le dijo que me encargaría yo porque tenía que pasar por Grand Hope de todas formas. Voy a vender la casa de mi abuela -respondió.

– ¿Chuck es tu jefe?

– No exactamente. Es uno de los socios principales.

– ¿Y qué eres tú?

– Uno de los socios más jóvenes.

Slade frunció el ceño.

– Nunca habría imaginado que terminarías de abogada.

– No me extraña. Te quedaste tan poco tiempo conmigo que no pudiste seguirme los pasos -le recordó, con cierta amargura en la voz-. Pero dejemos ese asunto de una vez. Si has venido por eso, olvídalo; si quieres hablar de la venta del rancho, sería más adecuado que pasáramos a mi despacho.

– Buena idea.

Jamie se levantó del sofá y lo llevó por el pasillo hasta una habitación de la parte trasera de la casa. Cuando encendió la lámpara, lamentó que las bombillas no fueran de luz más blanca y fría; el ambiente resultaba demasiado acogedor, casi íntimo.

– ¿Puedo ofrecerte algo? ¿Un café, quizá?

– No si no le echas un poco de whisky.

– Me temo que no tengo. Mi abuela era abstemia.

Jamie le indicó que se sentara en una silla, junto a la ventana. Ella se acomodó al otro lado de la mesa.

– Jamie, si lo nuestro fue más que una aventura… ¿qué fue, exactamente?

– Creía que íbamos a hablar de negocios -replicó.

– Yo no he dicho eso. Lo has dicho tú.

Jamie intentó afrontar el asunto con una táctica distinta.

– Muy bien, hablemos, pero pongamos las cosas en su contexto. No fue tan importante como recuerdas. Sólo estuvimos saliendo seis semanas… o tal vez dos meses, como mucho.

– Cuando eres tan joven, dos meses pueden ser una eternidad.

– Esa es la cuestión. Que éramos muy jóvenes.

Slade se quitó el abrigo.

– Pero ya no lo somos. Y como vamos a vernos a menudo, he pensado que debíamos mantener una conversación.

Slade se detuvo un momento y clavó la mirada en el cristal de la ventana, como si le interesara el reflejo de la habitación.

– Te debo una explicación, Jamie.

– No me debes nada. Volviste con Sue Ellen. Eso es todo.

Jamie lo dijo con determinación, pero no lo creyó ni por un momento. Eso no era todo. Slade no sabía lo del bebé, y no lo sabría nunca.

– Escúchame, por favor. No me resulta nada fácil…

– A mí tampoco -dijo ella.

Jamie se levantó.

– ¿Quieres un café?

– No cambies de tema…

Ella no le hizo caso. Se dirigió a la cocina, pero Slade la siguió, se apoyó en el marco de la puerta y la miró mientras Jamie preparaba la cafetera y la ponía al fuego.

– No cambio de tema. Le das más importancia de la que tiene.

– ¿Tú crees?

– Claro. Sólo fue una aventura juvenil.

– ¿Nada más?

– Nada más -mintió otra vez.

Jamie notó que Lazarus se acercaba a Slade y se frotaba contra sus piernas. El gato había estado en la despensa, pero salió al verlos.

– Slade, entiendo que quisieras venir, explicarte y limpiar tu conciencia. Pero ya lo has hecho, así que será mejor que lo olvidemos.

– Sí, claro -ironizó.

Jamie decidió cambiar de conversación. Miró la cicatriz de su cara y preguntó:

– ¿Cómo te hiciste eso? ¿En una pelea?

Slade sonrió.

– Sí, pero deberías ver cómo quedó el otro tipo. No le hice ni un arañazo.

Ella soltó una carcajada sin poder evitarlo.

– No consigo imaginarte en una pela con navajas…

– ¿Quién ha dicho que yo llevara navaja? Pero ya en serio, no me lo hice en ninguna pelea. Fue el año pasado, en un accidente de esquí.

– ¿Te caíste?

– Me cayó una avalancha encima.

– ¿En serio? -preguntó con seriedad-. Menos mal que te salvaste…

– Supongo que tuve suerte.

Ella notó algo extraño en su voz.

– Pero no estabas solo, ¿verdad?

Él se puso más tenso.

– No, no lo estaba.

Jamie sirvió el café en dos tazas. Durante unos segundos, no se oyó más ruido que el zumbido del frigorífico y el tintineo de la cucharilla cuando echó azúcar en su café y empezó a moverlo.

– ¿Ibas con algún amigo?

– Con una.

Por la expresión de Slade, Jamie supo que la víctima era alguien muy importante para él. Parecía devastado, hundido.

– ¿Se encuentra bien?

– Murió.

– Oh, vaya… no lo sabía. Lo siento mucho, Slade. No sé qué puedo decir.

– Nada, no hay nada que decir.

Slade la miró a los ojos y se alejó hacia la ventana. Jamie le dio su taza de café y lo estudió durante un momento; fuera quien fuera aquella mujer, todavía estaba de luto por ella. No lo había superado. Y en el fondo de sus ojos, vio que se sentía culpable por haber sobrevivido al accidente.

– ¿Quieres que hablemos de ello?

– No.

Slade probó el café. Justo entonces, Jamie oyó el timbre de su teléfono móvil, que había dejado en el salón.

– Discúlpame… tengo que contestar.

Slade asintió y ella se alejó y contestó la llamada.

– ¿Dígame?

– Hola, soy yo.

Era Chuck.

– Hola…

Slade apareció en la entrada del salón. Jamie le dio la espalda e intentó concentrarse en la conversación con su jefe.

– ¿Cómo te va? ¿Ya te has reunido con Thorne McCafferty y sus hermanos?

– Sí, esta tarde -contestó en voz baja.

– ¿Y ha salido bien?

De haber podido, Jamie habría contestado que había salido maravillosamente desde un punto de vista profesional, pero no personal.

– Creo que tardaremos poco en solventar el asunto -contestó.

– ¿Y qué pasa con la casa de tu abuela?

Jamie echó un vistazo a su alrededor. Las paredes necesitaban una capa de pintura, y las ventanas estaban llenas de agujeros.

– Me temo que eso va para largo.

Slade se le acercó en ese momento y le dio su taza de café. Ella la aceptó y lo miró a los ojos. Sólo fue un segundo, pero suficiente para que perdiera el hilo de la conversación con Chuck.

– ¿Jamie?

– Sí, sigo aquí…

– Te preguntaba cuánto tiempo tardarás.

– No estoy segura. Todavía tengo que venderla, pero volveré a Missoula tan pronto como me sea posible -afirmó.

Slade se dirigió al salón y se sentó en el sofá. Jamie se estremeció; no podía explicar a Chuck que estaba a solas con el hombre con quien había perdido la virginidad. Además de ser su jefe, Chuck Jansen afirmaba estar enamorado de ella.

– Te echo de menos, Jamie.

– Tonterías, Jansen, tonterías -dijo ella, intentando bromear.

Chuck rió.

– Lo digo muy en serio.

Jamie se ruborizó.

– Oh, vamos…

– Supongo que no habrás hablado con Thorne sobre la posibilidad de que nuestro bufete tenga más presencia en los negocios de los McCafferty, ¿verdad?

– Aún no.

– Bueno, inténtalo, pero con tacto. Empieza por hacer un buen trabajo con el traspaso de la propiedad y… ah, espera un momento.

Chuck intercambió unas palabras con alguien y volvió con ella.

– Tengo la impresión de que se me olvida algo. ¿Qué era? Sí, ya me acuerdo -dijo, con un chasquido de dedos-. La última vez que hablé con Thorne mencionó algún tipo de problema con la custodia del hijo de su hermanastra. Algo que quería comentarme, pero no entró en detalles.

– Lo ha comentado, pero no sé más que tú.

– Habla con ellos y pásale el caso a Felicia -afirmó Chuck-. Pero sobre todo, trátalos bien; muestra interés por su familia, llévalos a cenar a cuenta del bufete… en fin, ya sabes, el juego de siempre.

Jamie lo entendió enseguida, aunque empezaba a odiar aquel juego. Además, cabía la posibilidad de que Slade escuchara parte de la conversación.

– ¿No te parece que se darán cuenta de lo que pretendemos?

– Estoy seguro de que Thorne lo notara, y probablemente, también su hermana. En cuanto a los demás, no lo sé. Ya te he hablado de ellos, ¿verdad? El segundo hermano es un ranchero, que no sabe mucho de estas cosas. Y en cuanto al otro, es la oveja negra de la familia, el típico perdedor.

A Jamie le molestó tanto el comentario sobre Slade que replicó con un tono más seco y frío de la cuenta.

– ¿Eso es lo que sabes de él?

– Bueno, seguro que es inteligente. Todos los McCafferty lo son. El viejo, John Randall, era un hombre extremadamente astuto… supongo que el problema del tal Slade es que lo mimaron demasiado, o que es un vago -respondió.

Jamie estuvo a punto de soltar una carcajada. A Slade le gustaban los deportes de riesgo y siempre había hecho las cosas por su cuenta, pero era cualquier cosa menos el típico vago o niño mimado.

– De todas formas -continuó Chuck-, haz lo que puedas. Gánate su confianza y hechízalos con tu magia y con esos ojos tan bonitos que tienes. Haz lo que sea necesario, Jamie. Pero sin pasarte, ¿eh? En Jansen, Monteith y Stone tenemos un código moral muy estricto.

– ¿Estricto? Yo diría que es de manga ancha -bromeó.

– Te llamaré mañana para que me informes de tus progresos. Me están llamando por otro teléfono y será mejor que conteste… aunque sospecho que será alguno de mis hijos, que quiere más dinero. Te quiero, preciosa.

Acto seguido, Chuck cortó la comunicación.

Jamie respiró a fondo, se acercó al frigorífico y sacó el cartón de leche. Después, entró en el salón, echó leche en su taza y preguntó:

– ¿Quieres?

– No, gracias -respondió Slade-. ¿Quién era? ¿Tu jefe?

Jamie probó el café antes de contestar.

– Bueno, Chuck es…

– Tu jefe, entre otras cosas -dijo Slade.

– ¿Entre otras cosas?

– Ya había imaginado que además de tu jefe, también es tu novio. O tal vez más.

– ¿En serio?

Slade se inclinó hacia delante y le tomó la mano derecha.

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó ella.

– Ver si llevas metal.

– ¿Metal?

– Un anillo.

– No estoy comprometida, Slade.

– Todavía. Pero tu novio…

– Soy demasiado mayor para tener novios. Las mujeres adultas tenemos amantes, amigos, maridos, pero novios no, desde luego.

Mientras hablaba, Jamie se preguntó cómo habría sido Chuck de joven. A sus cincuenta años, con el pelo canoso y siempre preocupado por sus hijos, costaba imaginárselo de otra manera. Pero sabía que había sido bastante responsable; cuando terminó los estudios en la universidad, empezó a trabajar en un bufete de Seattle y posteriormente se estableció en Missoula. Se casó con la chica con la que estaba saliendo y tuvieron hijos casi de inmediato.

– Bueno, si tú lo dices… -dijo Slade, con escepticismo.

– De todos modos, mis relaciones personales no son asunto tuyo.

Slade sonrió.

– Eso va lo veremos.

El corazón de Jamie se aceleró.

– ¿Por qué sigues aquí, Slade? ¿Quieres que hablemos de negocios?

Él se terminó el café y se levantó.

– No, francamente. En realidad he venido porque quería verte otra vez.

Slade se puso el abrigo, se acercó a ella y, para sorpresa de Jamie, se inclinó y le dio un beso casto e inocente en la mejilla.

Jamie se estremeció y él la miró con humor.

– No es necesario que me acompañes a la salida. Creo que sabré encontrarla.

Slade sonrió, se dio la vuelta y se alejó. Sus botas resonaron en el entarimado, y la puerta se cerró con un ruido seco cuando salió de la casa.

Jamie se acercó a la ventana, apartó las cortinas y se llevó una mano a la mejilla, al lugar donde la había besado.

Aquel hombre tenía un efecto sorprendente en ella. Le llegaba al corazón, y parecía tener un talento especial para derrumbar los muros que levantaba a su alrededor, cuidadosamente, para protegerse de él.

Cuando las luces de su camioneta desaparecieron en la distancia, Jamie volvió al sofá. Lazarus saltó a su regazo y ella le acarició la cabeza.

– Esto se va a complicar -dijo, mientras el gato ronroneaba-. Va a ser peor de lo que me había imaginado.

Capítulo 5

– No necesito una niñera.

Randi miró a su hermano mientras se dirigía hacia la furgoneta que Larry Todd, el capataz, usaba cuando estaba en el rancho. Llevaba las llaves en una mano, y avanzaba con dificultad por culpa de la nieve.

Slade se mantuvo a su lado todo el tiempo, para asegurarse de que no se caía.

– ¿El médico te ha dado permiso para salir?

– Deja de meterte en mi vida, Slade.

– Randi…

– Y deja de comportarte como si fuera una niña de dos años. Si necesito el permiso de un médico, le diré a Nicole que me lo dé.

– No te lo daría.

– Lo entendería perfectamente. Pero lo he dicho serio: no me gusta que me trates como si fuera una niña.

– Pues deja de comportarte como una.

Randi alzó los ojos al cielo. Cuando llegó al vehículo, abrió la portezuela y se sentó al volante con un gesto de dolor.

– No estás recuperada, Randi.

– Estoy perfectamente -insistió ella-. Además, si me quedo aquí, me voy a volver loca… necesito salir un rato, aunque sólo sea para ir a Grand Hope.

– Entonces, te acompañaré.

– Excelente, ahora vas a ser mi guardaespaldas privado -se burló-. No es necesario, y lo sabes de sobra. Estaré bien.

Randi cerró la portezuela de golpe, pero Slade dio la vuelta a la furgoneta y entró en el vehículo cuando su hermanastra ya se había convencido de que la dejaría en paz.

– Por todos los diablos, Slade… Esto es ridículo. No, peor que ridículo.

– Tengo que comprar unas cosas en el pueblo.

– Sí, claro que sí -dijo, sin intención alguna de ocultar su sarcasmo-. Ponte el cinturón de seguridad, anda. La última vez que me senté a un volante, la cosa terminó fatal.

Randi puso en marcha los limpiaparabrisas y arrancó. Después, se miró en el retrovisor y pensó que, teniendo en cuenta las circunstancias, no tenía tan mal aspecto; ya le habían quitado los puntos de la mandíbula y la escayola de la pierna; las marcas de la cara habían desaparecido y su cabello, que le habían cortado en el hospital, empezaba a crecer.

Su escapada a Grand Hope no tenía más objetivo que, precisamente, su pelo. Quería ir a un salón de belleza y ponerse en manos de un profesional para que le arreglara aquel desastre y le diera un poco de estilo.

Encendió la radio, buscó una emisora con música y dijo:

– No sé por qué sigues aquí.

– Todavía hay que firmar los papeles de la venta.

– Y cuando los hayamos firmado, ¿qué harás? ¿Te marcharás otra vez?

Randi redujo la velocidad al llegar a la incorporación de la carretera principal y siguió adelante.

– No, aún no.

Slade miró por la ventanilla. La pradera estaba cubierta de nieve, y el río que lo cruzaba, completamente helado. Sólo había unas cuantas reses, que caminaban hacia el granero.

– No me digas que Jamie Parsons te ha hecho cambiar de opinión.

Randi había dado en el clavo. Slade había mentido a Jamie la noche anterior, cuando le dijo que siempre la había tenido en su recuerdo; pero era verdad que se sentía muy atraído por ella y que le intrigaba. Quería saber si bajo la apariencia fría y profesional de la abogada, seguía estando la adolescente apasionada y rebelde.

Sin embargo, el motivo principal de su estancia en Grand Hope no tenía nada que ver con Jamie. Necesitaba asegurarse de que su hermana llegaba con vida a su trigésimo cumpleaños. Y si la forma de conseguirlo era convertirse en su guardaespaldas personal, lo sería por mucho que molestara a Randi.

– No he decidido lo que voy a hacer -continuó-, pero me quedaré una temporada por aquí.

– Espero que no sea por mí.

– En parte.

– Pues no te molestes. Como ya he dicho, no necesito una niñera.

Slade la miró con dureza, como si la considerara una irresponsable, y obtuvo una respuesta típica de Randi.

– ¡Estoy hablando en serio, Slade! En cuanto pueda, me llevaré a Josh a Seattle. ¿Y qué vas a hacer entonces? ¿Seguirme?

– Lo decidiré en su momento.

– Maldita sea. Déjame en paz.

Él hizo caso omiso.

– No sé por qué estás tan empeñada en volver al Oeste.

– Porque para empezar, tengo un trabajo; y lo perderé si no vuelvo pronto. Además, también está el asunto de mi piso, del sitio al que llamo hogar. Y por último, tengo amigos, una vida social…

– Pero nadie que pueda cuidar del niño en tu ausencia -la interrumpió-. Ni siquiera tienes coche, Randi, y no puedes caminar sin cojear. Serías una presa fácil para quien pretende quitarte de en medio. Si quieres que te maten, eso es asunto tuyo; a fin de cuentas eres una mujer adulta y tomas tus propias decisiones; pero también eres madre.

– Slade…

– Ese niño depende totalmente de ti, porque ni tiene padre ni quieres decirnos quién es. Debes seguir con vida, Randi. Tienes que hacerlo por él.

– No me digas lo que tengo que hacer con mi vida.

– Desde mi punto de vista, sería mejor que tu hijo permaneciera aquí, en el rancho, entre gente que lo quiere. Tiene a sus tíos, a sus primos y a Juanita. Y dudo que tengas nada en contra de ella, porque nos crió a todos.

– No estoy segura de que eso hable en su favor.

– Sea como sea, el niño estaría a salvo en el rancho. ¿Por qué diablos quieres volver a una ciudad llena de desconocidos?

Randi agarraba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos.

– Porque es el sitio donde vivo.

– Sola. Y sin niñera.

– No sé, tal vez tengas razón… -admitió al fin, aparentemente angustiada-. Había pensado que, si volvía a Seattle, tal vez recuperaría la memoria. Todavía hay muchas cosas que no recuerdo, muchas lagunas que necesito llenar. Tengo que encontrar la forma de superar mi amnesia y recobrar mi vida.

Slade se preguntó si estaría siendo sincera. Todo parecía indicar que sí, pero Randi era una actriz magnífica y ya lo había engañado con anterioridad.

– ¿Recuerdas haber despedido a Larry Todd? -le preguntó.

Ella lo pensó durante un momento, suspiró y sacudió la cabeza.

– No. Y no me imagino despidiendo a Larry.

– Pues lo hiciste, y se enfadó mucho contigo. Thorne tuvo que hablar con él y convencerlo para que volviera con nosotros. Es un buen hombre, y ha sido el capataz del rancho durante años. ¿Por qué querías que se marchara?

– Ojalá lo supiera, Slade -respondió, frunciendo el ceño-. Desgraciadamente, hay muchas cosas que no recuerdo.

La música de la emisora de radio cambió en ese momento. Empezó a sonar una canción romántica, y Randi la quitó enseguida.

– ¿Tampoco recuerdas nada del libro que escribías?

Randi volvió a suspirar. Los limpiaparabrisas iban de un lado a otro, limpiando la nieve que caía.

– No, ya te lo he dicho… pero estoy segura de que siempre quise escribir un libro. Esto es desesperante, Slade. Mis recuerdos están envueltos en una niebla tan densa que no permite ver casi nada. Tengo que ir a casa, comprobar los archivos de mi ordenador, ir al despacho y…

– Dime qué recuerdas exactamente.

– Que saliste con Jamie Parsons.

Randi le lanzó una mirada de humor y Slade sonrió. Aunque su hermanastra fuera todo un problema, también era encantadora cuando quería.

– Bueno, bueno… no me refería a mi vida amorosa. ¿Qué recuerdas, Randi?

– Imágenes borrosas, desenfocadas. Y no creas que me acuerdo particularmente de tu relación con Jamie; es que recuerdo casi toda nuestra infancia y nuestra adolescencia. Me acuerdo de mamá y papá, de vosotros y de los problemas que me buscaba cuando salía en moto o a montar a caballo. Pero después de eso, sólo hay niebla.

El locutor de la emisora de radio dio el parte meteorológico.

Nieve, nieve y más nieve.

Lo normal en el invierno de Montana.

– Recuerdo algunas cosas recientes -continuó ella, mientras pasaban ante la antigua estación de ferrocarril-. Me acuerdo de mi trabajo en el Clarion; de mi jefe, Bill Withers, y de algunos de mis compañeros… sobre todo, de Sara y de Dave.

Slade reconoció los nombres. Bill Withers era el director del Clarion; Sarah Peeples, el crítico de cine del periódico; y Dave Delacroix, un columnista de la sección de deportes.

– ¿No te acuerdas de Joe Paterno?

Ella se mordió el labio e intentó recordar. Los campos habían quedado atrás y estaban entrando en Grand Hope por el puente que cruzaba el río Badger.

– Creo que también trabaja para el periódico, pero no recuerdo nada más.

– Es un fotógrafo que trabaja por su cuenta. Estuviste saliendo con él.

– Oh…

– Sí, oh.

– Ya veo que me has estado investigando. ¿Qué esperabas? ¿Que te confesara que es el padre de mi hijo? -le preguntó.

– Sólo intento ayudar.

Randi no dijo nada. Pero a continuación, cuando Slade mencionó los nombres de Brodie Clanton y Sam Donahue, ella alzó los ojos en gesto de desesperación. Brodie Clanton era abogado, y Sam Donahue, un vaquero.

– Hazme caso, Slade, no intentes trabajar nunca de detective privado. Eres tan sutil como un transporte de mercancías.

Randi detuvo el coche delante del salón de belleza Bob y Weave, aparcó en un sitio libre, salió de la furgoneta y se guardó las llaves.

– Y hablando de detectives privados, asegúrate de decirle a tu amigo Striker que le he contado todo lo que sé, absolutamente todo. Y que si recuerdo algo más, me pondré en contacto con él.

Randi caminó hasta la entrada de la peluquería. El establecimiento estaba lleno de mujeres en distintos estados de renovación. Una de las clientas tenía la cabeza echada hacia delante, mientras su esteticista correspondiente le afeitaba el vello de la nuca; otra tenía la cabeza llena de rulos, e incluso había una que llevaba papel de aluminio y que parecía una extraterrestre.

– Te esperaré en el pub Grub -dijo él.

– Cuando volvamos a vernos, seré una mujer completamente nueva.

– Mientras te mejoren… -declaró Slade, sonriendo.

– Lo intentaré. Pero mejorar la perfección es muy difícil.

Slade soltó una carcajada. Randi abrió la puerta de la peluquería y entabló conversación con Karla Dillinger, que además de ser la dueña del local también era la hermana de la prometida de Matt. Karla, que llevaba el pelo entre rubio y rojizo, miró a Slade como si lo considerara la encarnación del mal. Aunque Kelly Dillinger se iba a casar con uno de los McCafferty, era evidente que la peluquera tenía sus reservas al respecto. Cuando Slade le guiñó un ojo, ella se ruborizó y se apartó rápidamente del escaparate.

Él se metió las manos en los bolsillos y se alejó. Sólo había dado unos cuantos pasos cuando se fijó en un coche azul que estaba aparcado delante de la inmobiliaria local. Supo que era el utilitario de Jamie Parsons, y no tardó en comprobar que su antigua novia estaba dentro, sentada frente a una mujer rubia.

Consideró la posibilidad de entrar, pero no se le ocurrió ninguna excusa. En ese momento, vio que Jamie se levantaba y se colgaba el bolso del hombro. Ella debió de verlo, porque se puso tensa y adoptó un gesto de desaprobación.

Tras despedirse del agente inmobiliario, salió a la calle.

– McCafferty, tengo la sensación de que me estás siguiendo… -dijo sin preámbulos.

Slade no se molestó en sacarla del error.

– ¿En serio?

Jamie se acercó a su coche y lo abrió con el mando a distancia.

– ¿Qué quieres ahora? Y no me vuelvas a hablar del pasado, porque ya hemos discutido ese asunto.

Ella lo miró con una sonrisa fría y profesional, pero no engañó a Slade; en su expresión había algo más, una emoción que intentaba ocultar sin demasiado éxito.

– Sólo estaba paseando.

– Ya.

– Acabo de dejar a mi hermana en la peluquería y me dirigía a tomar una cerveza en el pub cuando he visto tu coche.

– Y has decidido esperarme.

– Exacto.

Slade se apoyó en el utilitario y miró a un par de adolescentes que llevaban mochilas en la espalda y se estaban lanzando bolas de nieve. Los dos jóvenes desaparecieron inmediatamente, entre risas.

– Jamie, te comportas como si te estuviera acechando…

– Espero que no, porque hay leyes contra ese tipo de cosas.

– No es mi estilo.

Jamie se relajó un poco.

– Lo sé, pero no entiendo lo que quieres de mí.

– Unos minutos de tu tiempo, nada más.

– Debes saber que mi tiempo es muy caro. Normalmente cobro doscientos dólares por hora, pero en tu caso estoy dispuesta a hacerte un precio especial… trescientos.

Jamie arqueó una ceja y él soltó un silbido.

– Vaya, sí que eres cara.

– Oh, vamos, tú te lo puedes permitir. Eres un hombre rico, un McCafferty.

– ¿Trescientos dólares a la hora? ¿Crees que los mereces?

Slade la miró de los pies a la cabeza. Llevaba vaqueros, jersey, abrigo largo y botas. Se había recogido el pelo en una especie de moño.

– Merezco cada centavo. ¿No te parece?

Jamie entró en su coche, cerró la portezuela y se marchó a toda velocidad.

Slade pensó que tal vez debía seguir su consejo y dejarla en paz. Pero no podía. Jamie se le había metido en la piel. Era todo un desafío. Y él, que nunca había huido de los desafíos, tampoco iba a empezar ahora.

Jamie se preguntó por qué diablos habría provocado a Slade. Podría haberse mostrado desinteresada, profesional o, simplemente, cortés y distante; pero desde su reencuentro con Slade McCafferty, se comportaba como una idiota. Su pulso se aceleraba cada vez que lo veía, y no se podía controlar. Se le había subido a la cabeza.

Arrojó su bolígrafo a la mesa del salón y alcanzó el folleto que había tomado de la agencia inmobiliaria. Sus pensamientos no estaban concentrados en la venta de la casa de su abuela ni en el contrato del rancho de los McCafferty ni en los misterios que rodeaban a la propia Randi. No. Todos sus pensamientos eran para Slade, Slade y sólo Slade. Y lo encontraba ridículo.

Echó un trago de café. Se le había quedado frío, así que fue a la cocina y tiró el contenido de la taza a la pila.

Jamie no había pensado en Slade durante quince años. Cuando su imagen se atrevía a interrumpir sus pensamientos, la expulsaba y rechazaba cualquier tipo de reflexión sobre lo que habían compartido y sobre lo que habían perdido.

Inconscientemente, se llevó una mano al estómago. De haber nacido, su hijo ya estaría en el instituto y, tal vez, aprendiendo a conducir; sería un deportista o un estudioso, y con toda seguridad, un rebelde. Pero lo perdió, y con él también desapareció el último resto de aquel verano maravilloso.

Slade salió de su vida.

Y había vuelto a entrar.

– Maldita sea… -se dijo-. ¿Qué puedo hacer, abuela?

Jamie sabía perfectamente lo que Nita habría dicho: lo mismo que le dijo en su momento; que Slade McCafferty era un chico problemático, que había salido tan rebelde como el resto de sus hermanos y que se alejara de él.

Al pensar en ello, sintió frío y subió la temperatura del termostato, pero no tuvo el menor efecto. Repitió la operación un par de veces, con el mismo resultado, y finalmente se acercó a la salida de aire del salón, puso una mano y comprobó que no estaba funcionando.

– Justo lo que necesitaba -murmuró.

Sacó la caja de herramientas de su abuelo y bajó por la escalera estrecha que daba al sótano. Lazarus, siempre curioso, le abrió camino.

El sótano estaba lleno de muebles viejos, polvo y telarañas. Originalmente, la casa había tenido una caldera; pero en algún momento de la década de 1970, la cambiaron por un sistema eléctrico de aire acondicionado. Jamie tocó el conducto de metal, que cruzaba el techo de la habitación. Estaba helado.

Se acercó al panel de control, se alumbró con la linterna de su abuelo y echó un vistazo a las especificaciones técnicas del aparato.

– Ahora sólo necesito un curso de ingeniería -dijo al gato.

Lazarus maulló como si la hubiera entendido, y justo entonces, sonó el teléfono.

Jamie dejó la caja de herramientas en el suelo, subió por la escalera, corrió hasta la cocina y llegó a tiempo de contestar.

– ¿Dígame?

– ¿Jamie?

Era una voz de hombre.

– Sí, soy yo.

– Soy Jack, tu vecino…

Jamie se relajó bastante al reconocerlo.

– Hola, Jack…

– Betty y yo recibimos el mensaje en el que decías que ibas a estar en casa de tu abuela. ¿Seguro que no necesitas ayuda con Caesar y Lazarus?

– No te preocupes, me las arreglaré.

Lazarus apareció entonces y se frotó contra sus tobillos mientras ella escuchaba a Jack. El vecino le dijo que podía quedarse tanto tiempo como quisiera con el gato, porque ellos ya tenían tres, además de dos perros, y por otro lado le haría compañía. En cuanto al caballo, le dio instrucciones sobre su alimentación y el ejercicio que necesitaba.

– Caesar ya no es tan joven como antes, y los viejos necesitan ciertas rutinas.

Jamie sonrió.

– Lo recordaré.

– Si hubiera dependido de mí, te habría dejado a Rolfe, nuestro pastor alemán de tres años; es un gran perro guardián, y mucho más adecuado como animal de compañía que un gato como ése.

– Descuida, Lazarus y yo nos llevamos bien -le aseguró.

Jamie miró por la ventana y vio que una camioneta se acercaba a la casa. Unos segundos después, sus faros iluminaron el jardín.

– Debo dejarte, Jack. Parece que tengo visita.

Jamie colgó y se inclinó sobre la pila para ver mejor el exterior. Era Slade McCafferty.

Otra vez.

Se dirigió a la entrada y abrió la puerta antes de que Slade pudiera llamar.

– Vaya, vaya, pero si es el señor McCafferty en persona -bromeó-. Lo tuyo se está convirtiendo en una costumbre.

– ¿De verdad?

– Sí. En una mala costumbre.

Él le dedicó una sonrisa devastadora.

– Y a ti te encanta, abogada. Admítelo.

– Ni en tus sueños.

– O en los tuyos -dijo él, sin dejar de sonreír.

Jamie sintió un escalofrío.

– No te adules tanto, Slade. Pero ¿a qué debo este honor?

Slade la miró y extendió una mano con tres billetes de cien dólares.

Capítulo 6

– Con eso puedo comprar una hora, ¿no?

– Sólo era una broma, Slade. Nunca se me ocurriría…

Rápido como una serpiente, Slade la tomó de la mano y le puso los trescientos dólares en la palma.

Después, miró la hora y dijo:

– El tiempo corre.

– Me estás tomando el pelo, ¿verdad?

– Ni mucho menos.

Como aquello no iba a ninguna parte, Jamie se apartó y dejó que entrara en la casa.

– Muy bien, pasa si quieres. Pero será mejor que vengas bien abrigado, porque la calefacción ha dejado de funcionar.

– Tal vez pueda arreglarla.

– Si lo consigues, estaré siempre en deuda contigo.

Los ojos de Slade brillaron.

– ¿En deuda? -preguntó con una sonrisa maliciosa-. Me gusta cómo suena eso. De acuerdo, trato hecho.

Slade miró el termostato, comprobó que no funcionaba y preguntó:

– ¿Dónde está el aparato? ¿En el sótano?

– Sí. La escalera está en la cocina, junto a la despensa…

Slade se puso en marcha antes de que Jamie terminara la frase. Al llegar al sótano, tuvo que inclinarse para no darse en la cabeza con los tubos.

– Es un trasto bastante viejo -dijo él.

Alcanzó la linterna, sacó un destornillador de la caja de herramientas y abrió el panel.

– ¿Puedo ayudarte?

– Sí, reza.

– Qué gracioso…

– ¿Cuándo fue la última vez que limpiasteis los filtros?

– No tengo ni idea.

– Hum…

Slade empezó a hacer ajustes, y como Jamie no quería sentirse una mujer completamente inútil, subió a la cocina, metió los trescientos dólares en uno de los tarros de cristal de su abuela y preparó café.

Por desgracia, las tazas que había usado la noche anterior estaban en la pila, sucias. No tuvo más remedio que fregarlas con agua fría mientras oía golpes y tintineos procedentes del sótano.

Un par de minutos después, Slade gritó:

– Prueba otra vez con el termostato. Enciéndelo y apágalo otra vez.

– Sí, señor…

Jamie obedeció. Varias veces. Sin éxito.

Al cabo de un rato, Slade apareció en la cocina con el ceño fruncido.

– Me rindo -dijo-. Es una lástima, pero me temo que no vas a estar en deuda conmigo.

– Qué alivio.

– Ya me imagino.

– ¿No puedes arreglarlo?

Slade alcanzó un paño y se limpió las manos.

– No, no puedo. Tendrás que llamar al servicio técnico.

– Ya había llegado a esa conclusión. Pero toma, por tus esfuerzos…

Jamie le dio una taza de café.

– No he sido de gran ayuda.

Ella rió.

– Bueno, no te lo echaré en cara.

– Menos mal, porque ya tienes demasiadas cosas en mi contra.

Ella probó su café, arrugó la nariz y le echó un poco de leche.

– No tengo nada contra ti, Slade. Ya hemos hablado de eso, y no quiero mantener otra vez esa conversación.

– ¿Y si yo quiero?

– Recuerda que estás en mi casa.

– Sólo es tuya hasta que la vendas.

– Pero de momento, lo es.

– ¿No has pensado en quedártela como segunda casa, para pasar tus vacaciones? -preguntó él.

Jamie contempló el paisaje helado a través de la ventana. No lo hizo por disfrutar de las vistas, sino por mantener el aplomo y contener las emociones que Slade despertaba en ella. Era un hombre demasiado sexy.

– Reconozco que es una idea tentadora, pero si quisiera tener una casa para pasar las vacaciones, elegiría un lugar de clima menos gélido. Tal vez Hawai, Palm Springs o las islas Bahamas, por ejemplo.

– Blandengue…

– Puede que sea una blandengue, pero al menos no moriría por congelación.

– Podrías quedártela y alquilarla.

Jamie devolvió el cartón de leche al frigorífico.

– No, es mejor que la venda.

– Y que te evites preocupaciones, claro.

Ella asintió.

– En efecto.

– Pero entretanto, es verdad que te vas a quedar helada -dijo él-. Veamos si podemos calentar este sitio… ¿Hay leña?

– Creo que sí. En el porche o en el garaje.

Él caminó hacia la salida, dispuesto a volver con un montón de leña y a encender un fuego; pero la perspectiva de compartir espacio con él entre el crepitar de las llamas le pareció demasiado romántica, demasiado íntima para su gusto. Si Slade ya le gustaba mucho en circunstancias normales, cualquiera sabía lo que podía pasar.

– Soy perfectamente capaz de encender un fuego, gracias.

– No lo dudo, pero como no he podido arreglarte la calefacción, tengo que hacer algo para curar mi orgullo herido.

– ¿Orgullo herido? ¿Tú? Venga ya, Slade…

Él sonrió y sus ojos azules brillaron con picardía. A continuación, dejó la taza en la encimera, imitó malamente el «volveré» de Arnold Schwarzenegger en Terminator y salió por la puerta trasera.

– Sólo están los troncos. No hay astillas -dijo ella.

Por la puerta entró una ráfaga de viento helado.

– Pero las habrá -afirmó él-. ¿Tienes un hacha?

– Supongo que sí -contestó, frotándose los brazos-. Antes la había… Imagino que estará en el garaje.

– ¿Y dónde está la llave?

Jamie lo miró. Allí, en mitad del porche, medio tiritando y con la cara enrojecida por el frío, Slade McCafferty se parecía enormemente al adolescente del que se había enamorado, al jovencito que no había podido olvidar.

– Buena pregunta…

– Intenta encontrarla, anda.

Jamie pensó que debía pedirle que se marchara, que debía rechazar su ayuda e insistir en que ella era perfectamente capaz de cortar leña; sobre todo, porque Slade se comportaba como si todavía fueran amigos y no hubieran transcurrido quince años. Pero la casa se estaba quedando helada y no le apetecía nada discutir, de manera que entró en la despensa y buscó la llave. La encontró en uno de los estantes que, en vida de su abuela, siempre estaban llenos de tarros de mermelada.

Le dio la llave a Slade y dijo:

– No hace falta que lo hagas. Puedo hacerlo yo.

– Descuida, seguro que mañana tendrás que hacerlo tú sola.

Jamie alcanzó su abrigo y se lo puso, pensando que estaba cometiendo un enorme error con él. Cuando llegó al garaje, Slade ya había encendido las luces. Estaba mirando el viejo Chevrolet de su abuela, que en realidad era de su abuelo y que Nita no había querido vender porque aquel coche era el orgullo de su difunto marido.

Ella pasó un dedo por la carrocería. En los viejos tiempos, lo limpiaban todas las semanas; pero ahora estaba sucio y había perdido el brillo.

– Es todo un clásico -dijo él, caminando lentamente a su alrededor.

– Supongo que sí. Era de mi abuelo.

– Y ahora es tuyo.

– Desde luego.

– No lo vendas nunca.

Jamie rió y se frotó las manos.

– Hablas como mi abuela…

– Lo dudo mucho.

Slade sonrió de tal forma que Jamie entró en calor al momento. Nerviosa, miró el banco de trabajo con las herramientas de jardinería de su abuela y dijo:

– No tengo ni idea de lo que voy a hacer con el coche. Tenía intención de venderlo todo… la casa, los muebles y hasta al viejo Caesar.

– ¿Caesar? -preguntó él, sorprendido-. ¿Sigue vivo?

– Vivo y coleando.

Slade sonrió de nuevo.

– Me alegro por él -afirmó-. Pero ¿de verdad lo quieres vender?

Ella se sintió enormemente culpable.

– No puedo meterlo en mi piso, Slade.

– La chica que yo conocí no vendería nunca ese caballo.

– La chica que conociste se ha convertido en una mujer -le recordó.

Él admiró sus piernas, sus caderas, su cintura, sus pechos y, por último, sus ojos.

Ella tragó saliva y se obligó a mantener su mirada.

– Eso es verdad. Y eres preciosa, Jamie; una mujer preciosa.

Jamie se sintió halagada, pero contuvo la emoción.

– Gracias, Slade. Sin embargo, será mejor que no intentes nada conmigo. No te funcionaría -le advirtió-. He aprendido que no se puede vivir en el pasado; supongo que por eso quiero vender la casa y todos estos objetos. Me precio de no compadecerme ni de vivir en la nostalgia.

– Toda una profesional, según veo.

– Así es.

– ¿No te llegaste a casar?

– Eso no es asunto tuyo.

– ¿Tampoco tuviste hijos?

Jamie sintió una punzada en el corazón.

– No.

– Pero tu novio, ese abogado, querrá tenerlos contigo…

Ella no dijo nada.

– ¿He tocado un tema delicado?

– Sólo personal.

Slade caminó hasta los leños y eligió uno de pino.

– Déjame que lo adivine… él no quiere hijos.

– Chuck tiene tres hijos. Dos de ellos van a la universidad y el tercero está terminando sus estudios en el instituto… pero espera un momento. ¿Por qué te lo estoy contando? Como ya he dicho, no es asunto tuyo.

– He pagado por una hora de tu tiempo, ¿recuerdas? Y por adelantado.

Jamie lo miró con cara de pocos amigos. Slade supo que no debía presionarla y dio unos golpecitos en la capota del Chevrolet

– Está bien, está bien… pero hazme caso; no vendas este coche.

– ¿Ahora eres asesor financiero?

– Soy aprendiz de todo y maestro de nada. Y hoy, por ti, también soy técnico de reparaciones y corredor de bolsa.

La sonrisa de Slade fue tan intensa y le llegó tan hondo que tuvo que hacer un gran esfuerzo por mantenerse tranquila. Emocionalmente, Slade era una pesadilla para ella. A pesar de lo que había sucedido años atrás, todavía se sentía atraída por él y quería saber cómo serían sus besos y sus caricias.

Sin darse cuenta, se excitó. Había perdido hasta el hilo de la conversación, pero carraspeó y sacó fuerzas de flaqueza.

– ¿Técnico de reparaciones? Pues no has tenido tu mejor noche.

Él volvió a sonreír.

– De todas formas, soy mejor técnico que corredor de bolsa.

– Si tú lo dices…

– Claro que sí. No he conseguido arreglarte la calefacción, pero te prometo que tendrás un fuego. En cuestión de artesanía tengo mucho talento. Es mi lado primitivo.

– ¿Cromagnon? ¿O neandertal?

– Elige tú.

Slade vio el hacha colgando de la pared y la alcanzó.

– Un poco de los dos -contestó ella.

– Como gustes…

Slade colocó el leño sobre un tronco y le pegó un hachazo.

El leño se partió en dos piezas que cayeron al suelo del garaje. Él alcanzó una de ellas, la puso en el tronco y volvió a golpear, con idéntico resultado.

– ¿Qué te había dicho? Soy un genio con estas cosas.

Cuando terminó con el primer leño, tomó un segundo y siguió adelante hasta que apiló un buen montón de astillas y el ambiente se llenó de polvo y aroma a madera.

– ¿Suficiente?

– Sí, gracias.

– De nada.

Slade dejó el hacha donde la había encontrado y cargó con las astillas mientras ella se encargaba de dos trozos más grandes.

Al llegar al salón, él comprobó el tiro de la chimenea.

– Puedo hacerlo yo, no te molestes.

– Lo sé, lo sé. Pero no es ninguna molestia.

– Slade, no quiero que…

– ¿Pretendes echarme de tu casa? -preguntó.

– Sí.

– Pues no te va a servir.

– Debería.

Slade miró la hora en su reloj de pulsera. Ella notó la sombra de barba que le oscurecía la cara y el pelo que le caía sobre la frente, a pesar de sus intentos reiterados por apartarlo.

– Todavía me debes unos cuantos minutos.

– No voy a quedarme con tu dinero, Slade.

Satisfecho con el tiro, Slade puso unas hojas de periódico entre las astillas y las prendió fuego. Después, retrocedió y contempló su trabajo.

– Debería hablarte de Sue Ellen.

– ¿No habíamos quedado en olvidar ese asunto?

– No, tú quedaste en eso, no yo.

– Lo que vayas a decir no va a cambiar las cosas…

– Nunca se sabe.

– Lo sé.

– Tienes miedo de la verdad, Jamie.

Slade la miró a los ojos.

– En absoluto -espetó ella, súbitamente enfadada-. Además, todo eso es irrelevante. Lo que pasó entre nosotros…

– Ah, sí, esa aventurilla, como dices tú -se burló.

– Exacto. Y ha pasado mucho tiempo. Olvídalo de una vez.

– No puedo… -declaró-. Desde que has vuelto, no dejo de pensar en ello.

– Oh, vamos…

– Es verdad.

– Hubo una época en la que habría dado cualquier cosa por ganarme tu interés, Slade, pero esa época terminó hace mucho. No sé lo que quieres decir, pero no quiero oírlo.

Slade notó que estaba mintiendo, y no se dejó engañar.

– Puede que no se trate de mí, abogada, sino de ti.

– ¿Quieres que sea tu confesora? -preguntó ella, perpleja-. Después de quince años, ¿pretendes que te escuche tranquilamente mientras me cuentas por qué me sedujiste y me abandonaste después por esa niña rica? No, gracias. No soy tu sacerdote.

– No me fui con ella porque fuera rica.

Jamie buscó otra estrategia.

– Entonces, sería porque era más atractiva o más excitante o más…

– No, nada de eso. Me fui con ella porque era más… segura. Con Sue Ellen sabía lo que podía esperar. Pero contigo…

– ¿Qué?

– Me asustabas, Jamie. Cada vez que te retaba a algo, lo hacías y luego me retabas a mí. Estábamos en rumbo de colisión.

– Pensaba que esas cosas te gustaban…

– Y era verdad. Me gustaban mucho, muchísimo. Pero íbamos tan deprisa y todo era tan excitante y tan peligroso…

– Eso debería decirlo yo, Slade. Si no recuerdo mal, tú eras el que siempre me estaba incitando, animando. Siempre estabas intentando convencerme de que los dos éramos invencibles -le recordó-. Tú me dabas miedo a mí, McCafferty. Me asustabas. Y me encantaba.

– A mí también.

En el silencio posterior, Jamie recordó cien imágenes distintas y una docena de buenos motivos para decirle que saltara por un precipicio o se marchara al infierno, pero al final se mordió la lengua.

Le gustara o no, Slade era un cliente.

– Sí, yo también lo recuerdo de ese modo -continuó él-. Pero independientemente de lo que pasara entonces, el hecho es que tú y yo nos vamos a ver a menudo durante dos semanas. Es mejor que aclaremos las cosas, Jamie, que apartemos los obstáculos del camino.

Jamie no dijo nada.

– ¿De acuerdo? -insistió él.

– Está bien, adelante. Si tanto te importa, suelta lo que tengas que decir.

Jamie se sentó en un brazo del sofa de su abuela e intentó recobrar su aplomo de siempre, ese aplomo que se esfumaba cada vez que se encontraba con Slade. Aquel hombre la sacaba de quicio.

– Magnífico.

Ella pensó que no había nada de magnífico en todo el asunto. Temía lo que pudiera suceder. Incluso en ese momento, era incapaz de apartar la vista de sus piernas y de su trasero. Slade se había acercado a la chimenea para calentarse y ella no desperdiciaba la oportunidad.

Pero por otra parte, no podía negar que su antiguo novio era sexualidad en estado puro, desde el hoyuelo leve de su barbilla hasta la increíble anchura de sus hombros. Recordaba haberse aferrado a aquellos brazos fuertes y haber sentido el calor de su cuerpo, tan parecido al suyo. Aunque habían pasado quince años, Jamie no se había sentido tan excitada con ningún otro hombre.

De repente, la habitación le resultó demasiado pequeña, demasiado íntima. Si no hubiera sido por el frío, habría abierto las ventanas de par en par.

Slade la miró entonces. Ella carraspeó e intentó comportarse como si estuviera en un tribunal, sin emociones, tranquilamente.

– Muy bien -dijo ella, casi sin aliento-. Esta es tu oportunidad de explicarte. Habla, antes de que cambie de opinión.

Él se puso serio.

– En primer lugar, debes saber que nunca estuve enamorado de Sue Ellen Tisdale.

– Podrías haberme mentido, Slade. De hecho, pensé que me habías mentido.

Lazarus saltó a su regazo. Jamie acarició al gato e intentó contener las emociones que había albergado durante tanto tiempo.

– Nunca te mentí, pero engañé a todos y seguramente también me engañé a mí mismo -le confesó, en voz baja-. Me pareció lo más correcto.

– Como ya he dicho, es agua pasada.

Slade tardó unos segundos en hablar; y cuando lo hizo, los músculos de su cuello se habían tensado y la miraba de una forma extraña e intensa. Por primera vez, Jamie comprendió que aquello le resultaba muy difícil.

– ¿Quieres saber la verdad? La pura y simple verdad, Jamie, es que tú eras la chica a quien yo quería.

Jamie tuvo que contenerse para no reír.

– ¿Yo? Oh, por favor, no me cuentes historias. ¿A qué viene eso? ¿Es algún tipo de broma cruel?

A pesar de lo que había dicho, Jamie habría dado cualquier cosa por creer a Slade; pero supuso que estaba mintiendo.

– No es ninguna broma.

Ella sacudió la cabeza.

– No sé qué pretendes, Slade, pero está fuera de lugar. Mis sentimientos no te importaron nada en su momento; si me hubieras querido, me habrías conseguido al instante… estuve loca por ti.

– Entonces, admites que fue más que una aventura…

– Fue un enamoramiento juvenil -puntualizó-. Mira, no sé qué te pasa, pero todo esto es una locura, una verdadera locura.

Jamie recordó las largas noches del pasado, en las que había llorado estúpidamente por la marcha de Slade, esperando que recapacitara y que volviera con ella, rezando para que apareciera de repente, le declarara su amor y le pidiera disculpas por haber cometido la peor equivocación de su vida. Parecían escenas de una película mala de serie B.

– Olvidemos que hemos mantenido esta conversación. No importa si nuestra relación fue una aventura o algo más. Terminó, Slade. Y ha pasado mucho tiempo.

Él frunció el ceño.

– Si tú lo dices, abogada…

– Yo lo digo.

– En tal caso, no hay más que hablar.

Slade se dirigió hacia la salida; pero al pasar por delante de Jamie, la tomó del talle y la levantó del sofá.

– ¡En! ¿Qué estás haciendo?

– ¿Sabes una cosa, Jamie Parsons? Eres la peor mentirosa que he conocido en toda mi vida; y eso no es nada bueno, teniendo en cuenta que te dedicas a la abogacía. Se supone que los abogados tenéis talento para manipular la verdad.

– Yo no he mentido.

– Estupideces.

– En serio, Slade…

– Has mentido. Y quieres que te bese.

El azul de los ojos de Slade se volvió más oscuro y seductor. El pulso de Jamie se volvió irregular.

– ¿Qué? ¡No!

Jamie forcejeó para apartarse de él.

– Te lo has estado preguntando -insistió Slade-. Quieres saber si todavía me deseas.

– Tu arrogancia es asombrosa…

– No es lo único asombroso que tengo.

– Por favor, Slade, suéltame.

La petición de Jamie resultó poco creíble, porque ya no intentaba liberarse de su abrazo. Por mucho que le disgustara, adoraba su contacto físico, el calor de su cuerpo y el olor de su colonia.

Bajó la mirada a sus labios y le parecieron duros, finos como una hoja de afeitar, casi crueles.

– Vamos, Jamie, admítelo. Quieres saberlo.

– Tú eres quien quiere saberlo.

La cara de Slade estaba tan cerca que notó las distintas capas azules en el iris de sus ojos y hasta vio que su cicatriz tenía un tono blanquecino.

– Eso es verdad, y todavía nos quedan unos cuantos minutos de mi hora. Sugiero que los aprovechemos.

– ¿Besándonos?

– Por supuesto.

Antes de que Jamie pudiera respirar, los labios de Slade se apretaron contra los suyos. Ella cerró los ojos y se dejó hacer durante unos segundos, sintiendo las caricias de su lengua, recordando lo mucho que lo había amado, todo lo que habría hecho con tal de conquistar su amor.

Pero no podía permitirlo.

– Basta, Slade -dijo, empujándolo-. Esto no está bien. Los dos lo sabemos.

– ¿Ah, sí?

Slade no hizo ademán de soltarla; pero Jamie apretó los dientes, se resistió con más voluntad y logró apartarse.

– Sí, claro que sí. Ya no soy una adolescente con fantasías románticas, y no voy a cometer los mismos errores que cometí en el pasado. ¿Conoces el dicho del gato escaldado? Pues bien, ese gato soy yo.

Jamie se apoyó en la pared e intentó convencerse de que no lo hacía porque sus piernas amenazaran con doblarse.

– ¿Crees que te voy a escaldar?

– Exacto.

A duras penas, Jamie caminó hasta la cocina, sacó los trescientos dólares del tarro, regresó al salón y le metió los billetes en el bolsillo de la chaqueta.

– Tu tiempo ha terminado -dijo.

Slade sacó el dinero con intención de devolvérselo, pero ella alzó una mano para impedírselo.

– No, ni lo pienses.

Él sonrió con malicia, como un diablo.

– Eres una mujer muy dura, abogada.

– Y me precio de ello.

– Yo también me acuerdo de un dicho, Jamie. ¿Cómo era? Ah, sí… Más dura será la caída.

– Eres un canalla.

– Y me precio de ello.

Jamie se cruzó de brazos.

– No sólo eres un canalla. También eres insoportable.

– Eso me han dicho.

Slade le guiñó un ojo y caminó hacia la puerta con tranquilidad, como si supiera que, más tarde o más temprano, se saldría con la suya.

Cuando llegó a su destino, abrió y dijo:

– Buenas noches, abogada. Que duermas bien.

– Lo haré.

– ¿Sola?

– Así es como quiero dormir.

El aire frío se coló en la casa.

– ¿En serio? Me pregunto qué pasaría si…

– Pues deja de preguntarte -replicó, acercándose a él con paso firme-. Ah, por cierto, eres un neandertal.

Slade la miró con desconcierto.

– ¿Cómo?

– Antes has dicho que no sabías si eras cromagnon o neandertal. Sólo he querido aclarártelo.

– Muchas gracias… -dijo con humor.

– Y hasta nunca -murmuró ella.

Slade cerró la puerta al salir. Jamie lo miró por la ventana y vio que se detenía un momento, antes de llegar a su vehículo, y encendía un cigarrillo. La llama del mechero iluminó los ángulos acerados de su perfil contra la oscuridad de la noche.

Aquel hombre tenía algo increíblemente sexy, absolutamente inolvidable.

Molesta, echó la persiana. Pero sabía que no serviría de nada, porque cuando oyera el motor de su camioneta, volvería a pensar en lo sucedido y sabría que le había mentido a él y a sí misma.

Su relación con Slade McCafferty no era cosa del pasado. No estaba cerrada. Y con toda seguridad, nunca lo estaría.

Capítulo 7

Jamie Parsons tenía novio. Pero al menos, no estaba casada.

– Maldita sea…

Slade dio una vuelta final con la llave inglesa y la dejó caer en la caja de herramientas. Estaba nevando otra vez. Una ráfaga de viento frío sacudió el lateral del granero, al que se había acercado para arreglar un grifo.

Pero ¿qué importaba el estado civil de Jamie? Tanto si estaba casada como si sólo tenía novio, le había dejado bien claro que no quería tener absolutamente nada con él. Y por otra parte, su propia actitud le parecía absurda; había estado quince años sin pensar en ella y ahora no se la podía quitar del pensamiento.

Una y otra vez, rememoraba la conversación que habían mantenido la noche anterior y lamentaba amargamente que estuviera con otro hombre. ¿No había estado él en los quince años transcurridos con más mujeres de las que podía soportar? Pero no había mentido al confesarle que Jamie le daba miedo de joven; ella era tan libre, tan independiente y tan atrevida que temió que aquel amor lo abrasara. Y en cierto modo, lo había hecho.

– Diablos -Abrió el grifo, se aseguró de que ya no goteaba, y lo cerró de nuevo. Estaba tan tenso que había comprobado todas las tuberías del granero y del establo para mantenerse ocupado. No podía estar todo el tiempo con su hermana, vigilándola como un perro sabueso, ni volver a la carga con Jamie. Y sabía que tampoco podría volver a Boulder, ni en aquel momento, ni nunca; su casa le recordaba a Rebecca y al bebé.

Miró al cielo, completamente encapotado, y se preguntó por qué habían muerto. Las horas de duro trabajo no habían servido para que dejara de pensar en Rebecca, cuya imagen desaparecía poco a poco en su memoria; ni para dejar de preocuparse por su hermanastra; ni para dejar de especular sobre Chuck Jansen, el abogado con tres hijos que salía con Jamie.

Estaba seguro de que querría casarse con ella. Chuck podía tener familia y sacarle unos cuantos años, pero seguramente era un hombre rico y también podría ofrecerle dinero, un trabajo, un hogar, seguridad. Sin embargo, Jamie Parsons no era mujer capaz de convertirse en esposa de un ejecutivo y madrastra de sus hijos por pura ambición. Su rebeldía y su independencia se lo impedirían.

Desgraciadamente, Slade sabía que sus elucubraciones carecían de sentido. Jamie no quería saber nada de él, nada de nada.

Se alzó el cuello del abrigo para protegerse del viento y de la nieve y pensó en el beso de la noche anterior. Jamie podía negarlo tanto como quisiera, pero sabía que le había gustado. Había notado su deseo, intenso, urgente, como si llevara esperando ese momento desde hacía años.

– Olvídalo, McCafferty… -se dijo en voz alta.

Slade se inclinó y cerró la caja de herramientas. Aunque Jamie estuviera disponible, no tenía tiempo para aventuras amorosas.

– ¿Qué tienes que olvidar?

Era Matt.

Slade se giró y miró a su hermano, que avanzaba hacia él en compañía de Harold. El pobre animal resbalaba en la nieve helada, así que intentaba caminar por el sendero abierto por Matt.

– Nada, no importa -contestó.

En ese momento se oyó el berrido de una res.

– ¿Tiene algo que ver con cierta abogada atractiva que conozco?

Slade dedicó una mirada dura a su hermano.

– Ya veo que has estado hablando con Randi.

– Jura que estás… ¿cómo dijo?

Matt se llevó un dedo a los labios y frunció un poco el ceño, como si intentara recordar. Pero Slade supo que le estaba tomando el pelo. Lo recordaba perfectamente.

– Ah, sí, ya caigo. Dijo que estás loco por ella.

– ¿Y qué diablos sabe Randi? -replicó-. Ni siquiera recuerda su propio pasado.

– Se acuerda de algunas cosas. Y no olvides que escribe una columna para solteros… tiene muchos lectores, así que supongo que será especialista en relaciones amorosas.

– ¿Ah, sí? Menuda especialista… ¿Qué me dices de J.R? ¿Quién diablos es su padre? Me extraña que Randi se preocupe tanto por mi vida cuando la suya es un desastre desde cualquier punto de vista.

– Vaya, hoy estás de mal humor, ¿eh?

– Sí, reconozco que sí. En primer lugar, me estoy quedando helado; en segundo, alguien intenta asesinar a nuestra hermana; y, en tercero, Randi y tú no dejáis de darme la lata con algo que no es asunto vuestro.

Slade se caló el sombrero y agarró la caja de herramientas.

Matt lo miró con seriedad.

– En eso tienes razón. Hasta que encontremos al maníaco que echó a Randi de la carretera e intentó rematarla en el hospital, el resto de las cosas carecen de importancia.

Slade miró hacia el camino y vio que un coche se acercaba a la casa.

– Con una excepción, tu boda -le recordó-. Y por cierto, creo que ésa es tu novia, ¿no?

El rostro de Matt se iluminó de tal manera que Slade sintió envidia.

– Hasta luego…

Matt se alejó hacia el utilitario de su prometida mientras Harold se quedaba olisqueando los postes de la valla. Cuando Kelly Dillinger salió del coche, el hermano de Slade hizo una pequeña bola de nieve y se la lanzó.

La pelirroja rió, se parapetó detrás de la portezuela y contraatacó con una sucesión rápida de misiles congelados.

– Te has metido en un lío, McCafferty -dijo ella.

Una de las bolas impactó en el chaquetón de Matt, dejando una mancha blanca.

– ¿Crees que no lo sé?

Matt corrió hacia ella, mientras las bolas silbaban a su alrededor y el perro ladraba entusiasmado. Cuando por fin la alcanzó, la tomó entre sus brazos y la besó apasionadamente.

– Oh, vaya…

Slade ya había visto demasiado. Se giró y llevó la caja de herramientas al establo. Se alegraba de que Matt hubiera encontrado al amor de su vida en una mujer tan fuerte y decidida como ella. Kelly Dillinger, que hasta unas semanas antes había trabajado en el departamento del sheriff, había dejado su empleo para casarse con Matt; ahora trabajaba con Kurt Striker como detective privado y lo ayudaba a investigar el caso de Randi.

Slade pensó en Jamie Parsons y se preguntó si abandonaría su carrera para casarse con Chuck Jansen; pero una vez más, se dijo que no era asunto suyo.

Al entrar en el establo, cerró la puerta. Olía a caballo, a estiércol, a cuero y a heno. General, un viejo caballo de color marrón, relinchó al ver que se acercaba y sacó la cabeza.

– Hola, viejo…

El animal olisqueó el bolsillo de Slade. Sabía que de vez en cuando llevaba un azucarillo para él.

– No, me temo que hoy no traigo nada.

Slade oyó las risas de Kelly, volvió a sentir celos y se maldijo a sí mismo. Sabía que no tenía derecho a reaccionar de ese modo. Además, se alegraba sinceramente de que su hermano estuviera a punto de casarse; Matt, que siempre había sido un rompecorazones, iba a sentar finalmente la cabeza.

Pero estaba preocupado; tenía miedo de pasarse el resto de su vida añorando a Rebecca. Quizá había llegado el momento de seguir los consejos de su padre, olvidar el pasado y buscar a otra mujer.

Una mujer. Él nunca se había considerado hombre de una sola mujer, ni siquiera cuando Rebecca se quedó embarazada. De hecho, se sentía culpable porque tampoco la había amado como Thorne a Nicole o Matt a Kelly Dillinger. Rebecca y él habían sido amigos y amantes, pero nada más. Se habían conocido durante el descenso de unos rápidos, porque compartían el gusto por los deportes extremos. Cuando Rebecca descubrió que se había quedado embarazada, sólo llevaban ocho meses juntos; y menos de un mes más tarde, se mató.

Slade entrecerró los ojos y pensó que lo que sentía por Jamie era diferente, mucho más intenso, casi salvaje.

Aquella mujer despertaba su apetito y su curiosidad hasta el punto de no desear otra cosa que hacerle el amor una y otra vez. Jamie era la mujer más desinhibida que había conocido; y quizá la única, incluidas Sue Ellen y Rebecca, que no quería nada de él.

– Eres un tonto -gruñó.

El viejo caballo giró la cabeza hacia el comedero y asintió como si estuviera de acuerdo con él.

Slade frunció el ceño al pensar en todas las mujeres con las que se había acostado. La única que importaba ahora era Jamie Parsons. Hasta la imagen de Rebecca, su pobre Rebecca, la joven que se había quedado embarazada de él a sus veintiséis años, se difuminaba poco a poco.

Se acarició la cicatriz de la cara y escuchó el relincho suave de una yegua en la oscuridad. Después, cerró los ojos durante unos segundos, tomó aire y se dijo que no debía caer en la trampa de la culpabilidad, siempre dispuesta a cerrarse sobre él.

Salió del edificio, buscó un paquete de tabaco en el bolsillo y descubrió que no llevaba.

No había estado con ninguna mujer desde la muerte de Rebecca. Pero tampoco lo había deseado.

Hasta ese momento.

Hasta Jamie Parsons.

Y se sintió terriblemente culpable.

– ¿Vas a venir a Grand Hope?

Jamie retorció con angustia el cable del teléfono y se estremeció. Lo último que necesitaba era que Chuck se presentara en casa de su abuela.

Complicaría las cosas.

Sería un desastre.

Además, no quería verlo en ese momento. Y no sólo por motivos personales, sino también profesionales. Chuck no parecía entender que era perfectamente capaz de llevar los asuntos de los McCafferty sin necesidad de que la ayudaran.

– Pensaba que estabas muy ocupado…

Jamie sintió un escalofrío. Por desgracia, el calor de la chimenea del salón no llegaba a la parte trasera de la casa.

– Y lo estoy. Técnicamente, al menos -contestó-. Pero he pensado que los McCafferty son unos clientes muy importantes y debería dedicarles parte de mi tiempo. Además…

Jamie contuvo la respiración. Sabía lo que iba a decir.

– Además, te echo de menos.

– Ah.

Chuck se mantuvo en silencio durante un par de segundos.

– ¿Ah? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¿Sólo «ah»?

– Es que me has sorprendido -mintió.

– Vamos, Jamie. Deberías decir que tú también me echas de menos, que estás deseando verme y que te gustaría que ya estuviera allí.

– Parece que he olvidado mi parte del guión -dijo, intentando bromear.

Ese era uno de los grandes problemas de Chuck; como jefe suyo, no dejaba de alabar en público sus virtudes profesionales y de exaltar su gran inteligencia; pero cuando se encontraban a solas, le recordaba que debía manejar las situaciones con más tacto y le decía que no se preocupara, que ya aprendería con el tiempo. Su actitud podía resultar irritante por condescendiente.

– Entonces, ¿cuándo llegas?

– Pasado mañana. He reservado una habitación en el Mountain. Te llamaré por teléfono cuando llegue. Tal vez podamos salir a cenar.

– Tal vez.

Jamie intentó parecer animada, pero no sentía entusiasmo alguno. Desde que estaba en Grand Hope, se había dado cuenta de que tenían muy pocas cosas en común y de que, en realidad, no deseaba estar con él.

Durante meses, se había repetido que Chuck Jansen era un hombre rico, inteligente, atractivo y con éxito, un hombre que merecía ser su compañero; pero ni su pulso ni su respiración se aceleraban cuando estaban juntos. Además, el reencuentro con Slade McCafferty le había abierto los ojos. Ella no deseaba la seguridad, la estabilidad y el dinero que Chuck le podía proporcionar. Deseaba el amor.

– Bueno, tengo que marcharme -dijo él-. Barry acaba de entrar en mi despacho. Hasta pronto, Jamie…

Chuck cortó la comunicación antes de que ella pudiera despedirse.

En cuanto colgó el auricular, Jamie pensó que había cometido un enorme error al darle esperanzas a su jefe; de hecho, había estado saliendo con él por pura conveniencia. No tenían los mismos gustos ni compartían las mismas ilusiones. Con Chuck, ni siquiera podría tener hijos propios; tendría que contentarse con ser madrastra de los suyos.

Tenía que romper con él. Y pronto.

Tenía que romper antes de que se reuniera con los McCafferty y se diera cuenta de que entre Slade y ella había algo, aunque ni la propia Jamie fuera capaz de definirlo.

Por enésima vez, se preguntó qué le estaba pasando con su antiguo novio. Sólo se habían dado un beso, pero las piernas se le volvían de gelatina cuando estaba con él y se estremecía al escuchar su voz.

Por muy estúpidos que le parecieran aquellos sentimientos, no los podía negar. Además, el contraste con la indiferencia que le provocaba Chuck era demasiado evidente.

Se frotó los brazos para calentarse un poco y pensó en el motivo por el que había aceptado salir con su jefe, después de rechazar sus invitaciones durante varias semanas. Por entonces no estaba saliendo con nadie, y le pareció que Chuck era el hombre perfecto: atractivo, poderoso y con mucho sentido del humor. Era mucho mayor que ella y vivía en un mundo completamente distinto, pero representaba todo lo que siempre le había faltado en la vida; en concreto, una figura paterna.

– Qué tonta eres -se dijo.

Jamie se puso unas botas, el abrigo y unos guantes. Después, buscó la cesta más grande que pudo encontrar y salió a afrontar los elementos. No había dejado de nevar en todo el día, de modo que abrió un camino hasta el granero y comprobó el estado de Caesar. El caballo la saludó con un relincho y se animó bastante cuando le puso avena y lo acarició detrás de las orejas.

Tras asegurarse de que el viejo animal estaba bien, se digirió al garaje, llenó la cesta de leña y volvió a la casa. Al llegar al porche, se sacudió la nieve de las botas. Hacía tanto frío que su respiración formaba nubes de vaho.

Ya dentro, descubrió que Lazarus se había tumbado en el sofá, cerca de la chimenea, para mantenerse caliente; el felino bostezó y mostró una lengua larga y unos dientes afilados.

Jamie echó madera al fuego, que despidió llamas azules y empezó a chisporrotear; después, miró la fotografía que estaba sobre la repisa y apretó los dientes. La habían sacado cuarenta años antes, y en ella aparecían sus abuelos y su único hijo, Leonard Parsons, el padre de Jamie.

Leonard había sido un joven atractivo, prometedor y mujeriego que con el tiempo se convirtió en un alcohólico al que despedían de todos los trabajos. Abandonó a su familia cuando Jamie estaba en primaria, y su esposa se marchó casi inmediatamente con un hombre que no sentía ningún afecto por la niña. Años más tarde, después de muchas peleas, Jamie tuvo que marcharse a vivir con sus cariñosos pero estrictos abuelos.

En cuanto llegó a la casa, Nita decidió que no cometería con su nieta los mismos errores que había cometido con su hijo.

– Escúchame bien, Jamie. Eres mi nieta y te quiero con toda mi alma -le había dicho-, pero tendrás que aprender a ser responsable. Te vas a encargar del gallinero y vas a ser muy cuidadosa con mis damitas; recogerás los huevos, cambiarás la paja, les darás de comer, las sacarás al corral y lo limpiarás todo cada dos semanas, aunque no esté especialmente sucio. En cuanto al jardín…

La lista de encargos era interminable, pero Nita fue justa. Todos los domingos, cuando se hacía de noche, daba la paga a su nieta; se la daba entonces y no antes porque sabía que los fines de semana eran demasiado tentadores para los adolescentes. Quería que Jamie aprendiera a ser juiciosa con el dinero.

Naturalmente, a Jamie le desagradaba el trabajo en la granja. Pero ahora, al pensar en aquellos días, comprendió que todas esas obligaciones, desde cuidar de las gallinas hasta aprender a hacer mermelada o limpiar el garaje, habían servido para que aprendiera cosas útiles y, sobre todo, para mantenerla ocupada, cansada y por el camino recto.

Sin embargo, la estrategia de su abuela no impidió que Jamie se enamorara de un chico tan rebelde y poco convencional como Slade McCafferty. Cuando la besó por primera vez, sintió que se derretía; cuando le introdujo las manos por debajo de la blusa, buscando sus senos, se excitó sin remedio; cuando le quitó los vaqueros, fue incapaz de resistirse.

Jamie contempló la nieve en las ramas desnudas de los álamos y pensó en el día en que se entregó a él. Era una tarde soleada, en una pradera de hierba alta, plagada de flores. El cuerpo de Slade, de pecho duro como una roca y músculos definidos, le pareció tan irresistible como su piel suave y morena. Hacía calor, los dos estaban excitados y pasó lo que tenía que pasar.

Habían estado a punto de hacerlo en otras ocasiones, pero Jamie siempre se echaba atrás. Aquel día, mientras contemplaba el cielo azul y escuchaba el canto del río cercano, decidió perder su virginidad; había tomado un poco de vino, lo justo para debilitar sus inhibiciones, y se entregó a las gloriosas sensaciones que dominaban su cuerpo. Las manos de Slade le parecían mágicas; sus labios, fuego sensual; y sus palabras, embriagadoras.

En un determinado momento, él contempló sus pechos desnudos, se inclinó y le acarició los pezones, cuyo color contrastaba vivamente porque Jamie tomaba el sol con biquini y la piel de sus senos estaba más pálida que la del resto de su cuerpo. Ella se excitó de inmediato.

– Eres preciosa, Jamie. Tan absoluta e increíblemente preciosa… Nunca había visto a una chica tan bonita como tú.

Slade la besó y le acarició el vello del pubis. Jamie llegó a pensar que Slade podía estar mintiendo, pero sus pensamientos se esfumaron cuando él le introdujo una mano en la entrepierna.

– Tranquila, relájate.

Sus labios sabían a vino. La besó lenta y apasionadamente mientras sus dedos exploraban y acariciaban el sexo de Jamie, que ahora quería mucho más.

– Deja que te haga el amor…

Al oír aquellas palabras, Jamie se sintió tan feliz que las lágrimas afloraron en sus ojos.

– Por favor -rogó él-. No te haré daño.

Slade le besó el cuello y los hombros. Jamie se dejó hacer.

– Haré que te sientas bien. Tan bien…

Jamie gimió cuando Slade se situó sobre ella, le separó las piernas con delicadeza y apoyó el tronco sobre los codos. Podía sentir el contacto de su sexo largo y duro.

Después, él la besó apasionadamente y la penetró con una acometida profunda y contundente. Jamie sintió dolor, pero las molestias desaparecieron enseguida y no quedó otra cosa que el placer y el deseo.

Clavó los dedos en los hombros de Slade, empezó a jadear y siguieron adelante, salvajemente, hasta que los dos alcanzaron el orgasmo. Slade la abrazó durante un buen rato, como si no quisiera soltarla nunca, como si tuviera intención de seguir con ella para siempre. Pero no fue así.

Se amaron durante tres o cuatro semanas, hasta que Sue Ellen Tisdale decidió que quería volver con él.

Y eso fue todo.

Jamie todavía estaba rememorando el pasado cuando oyó un motor y se asomó a la ventana. Era la furgoneta del servicio técnico. La caballería había llegado.

Pero se sintió decepcionada. Esperaba que fuera la camioneta de Slade.

El hombre barrigón que descendió del vehículo con un sujetapapeles en la mano no podía ser sustituto del hombre a quien ella deseaba.

– Oh, Dios mío…

Justo entonces, comprendió que tenía un problema.

Deseaba a Slade McCafferty.

Aunque le rompiera el corazón en mil pedazos.

Otra vez.

Capítulo 8

– Puedo asegurarle la custodia del niño en ausencia del padre -afirmó Felicia Reynolds desde las oficinas de Jansen, Monteith y Stone, a cientos de kilómetros de allí-. Pero mi trabajo sería mucho más fácil si conociera el nombre y el domicilio de su padre. Por lo que me has contado, es muy posible que no sepa nada del niño; y si se entera más tarde, podría llevar el caso a los tribunales.

Jamie apoyó el auricular entre la cabeza y el hombro mientras se ponía el abrigo.

– Sí, ya lo había imaginado, pero dudo que se entere si no se lo dice Randi o el amigo de algún amigo. Grand Hope es un pueblo pequeño y los McCafferty son muy conocidos en la zona. Si el padre viviera cerca, ya habría sumado dos y dos.

– Y no ha aparecido.

– No.

– Entonces es obvio que no sabe nada o que no quiere responsabilizarse del niño.

– Eso parece.

Jamie se estremeció al pensar en el hijo de Randi. Con sus ojos enormes, su cabello rojizo y su carácter alegre y juguetón, el miembro más joven de los McCafferty le había llegado al alma.

– De todas formas, investigaré un poco.

– Te lo agradecería.

– Es un caso bastante raro, ¿no te parece? Me han dicho que alguien intenta asesinar a la madre y, tal vez, también al hijo. Qué horror… Por aquí hay gente que sospecha del propio padre o incluso de los hermanastros de Randi McCafferty. A fin de cuentas, ella es la heredera principal.

Jamie se sobresaltó.

– No te puedo decir nada del padre, pero te aseguro que los hermanastros no tienen nada que ver en el asunto. Thorne, Matt y Slade adoran a Randi y a su hijo.

– Si tú lo dices… -declaró con escepticismo-. Por cierto, ¿es verdad que Chuck va a Grand Hope para verte?

– No, viene por negocios. Quiere que Thorne McCafferty encargue todos sus asuntos legales a nuestro bufete -respondió.

– Seguro que pretende algo más. Chuck te aprecia mucho.

Jamie imaginó a la rubia en su despacho, mirando por la ventana y jugueteando con un bolígrafo, como hacía siempre cuando se traía algo entre manos.

– No es para tanto.

– Vamos, Jamie, no te hagas la inocente conmigo. Sé lo que ocurre entre vosotros, y no me sorprendería que quiera pedirte el matrimonio.

Jamie gimió.

– ¿Tú crees?

– Ha estado silbando en su despacho, Jamie. ¿Puedes creerlo? Chuck Jansen, silbando en el trabajo…

– No es muy propio de él, es verdad.

– ¿Que no es propio de él? ¡Es increíble! -exclamó-. Espero que me mantengas informada y me cuentes hasta el último detalle. Es tan romántico que me tienes en ascuas…

– Sí, claro -ironizó.

Durante los tres años que Jamie llevaba en el bufete, Felicia había mantenido media docena de relaciones más o menos serias y muchas otras esporádicas. Inteligente, bellísima y de lengua viperina, Felicia Reynolds nunca corría el peligro de quedarse sola un viernes o un sábado.

– Te llamaré dentro de unos días -añadió.

– ¿Me lo prometes? -preguntó Felicia.

– Por supuesto.

Jamie colgó y alcanzó el maletín. Thorne la había llamado poco antes por teléfono y le había pedido que se reunieran, así que tenía que marcharse.

Volvía al rancho Flying M.

Y tal vez, a Slade McCafferty.

– Si lo domas, es tuyo.

Matt miró a Diablo Rojo, el caballo con el peor temperamento de Flying M. El animal, de dos años y medio y rebosante de energía, relinchó como si hubiera reconocido su nombre y se movió, nervioso, en el cercado. Sabía que tenía audiencia, y Slade pensó que intentaba hacerse el importante ante el resto de la manada.

– Diablo Rojo… es un nombre francamente apropiado para él -comentó-. Pero pensé que ya lo habrías domado tú.

Matt frunció el ceño bajo el ala de su sombrero.

– Lo he intentado todo. Nunca habíamos tenido un caballo tan obstinado.

– ¿Es más obstinado que tú?

Matt lo miró con mal humor.

– Tal vez -contestó.

– Si me lo dijera otra persona, no me lo creería. Pensaba que no había un caballo al que tú no pudieras domar.

Slade apoyó una pierna en el tablón inferior de la valla y miró al animal, que brincaba y relinchaba con nerviosismo y orgullo.

– Muy bien, como quieras -dijo Matt-. Si no te atreves, terminaré el trabajo… Ya nos veremos más tarde, Diablo.

El caballo miró a Matt como si lo hubiera entendido y estuviera perfectamente preparado para otro asalto.

– No parece que te tenga mucho miedo -se burló Slade.

Los dos hermanos caminaron hacia la casa. Faltaba poco para el anochecer y las luces va estaban encendidas. Por la chimenea salía una columna de humo.

En ese momento, la puerta se abrió y una de las gemelas salió corriendo tan deprisa como se lo permitían sus piernecitas. Slade reconoció en la distancia a Molly, la más audaz de las hijas de Nicole.

– Juanita no me deja encender las luces de Navidad… -protestó.

Slade tomó en brazos.

– ¿Juanita se porta mal contigo? No me lo puedo creer.

– ¡Pero es verdad! -exclamó-. ¡Es mala!

– ¿Mala? ¿Juanita? No… -dijo Slade, que le acarició la nariz-. Pero cuando se entere de que has salido de la casa en calcetines, se enfadará mucho.

– ¡Es que me ha gritado! -insistió, adoptando una expresión angelical.

Slade la abrazó con más fuerza y siguió caminando hacia la casa, en compañía de Matt.

– ¿Y qué has hecho tú para sacarla de quicio?

– Juanita no tiene ningún quicio…

El ama de llaves apareció un segundo después en la puerta.

– Ah, vaya, así que estás ahí… Por Dios, muchacha. ¿Cómo se te ocurre salir sin abrigo y sin zapatos? ¡Vas a pillar un buen catarro!

Molly se aferró a su tío.

– Parece que se ha enfadado contigo porque no le dejas jugar con las luces de Navidad -explicó Slade.

– Por supuesto que no. Se ha dedicado a encenderlas y apagarlas una y otra vez, sin descanso. Si sigue así, causará un cortocircuito y Thorne se llevará un disgusto cuando vea que su ordenador se apaga -explicó la mujer-. Deja las luces en paz, jovencita. Y no vuelvas a salir sin calzado y abrigo.

– Pero…

En ese instante sonó la alarma del horno.

– ¡Oh, Dios mío! ¡Mis pasteles!

Juanita desapareció en el interior de la casa.

– Es una vieja bruja -dijo Molly.

– No es verdad.

– Quiero ir con mamá.

– Está trabajando.

– ¡Pues con papá!

Cuando subieron al porche, Molly se soltó de su tío y se fue a buscar a Thorne. Legalmente sólo era su padrastro, pero las dos niñas lo llamaban «papá» porque su padre biológico, Paul Stevenson, un abogado de San Francisco, nunca estaba con ellas. Ni Paul ni su nueva esposa tenían tiempo para dos niñas rebeldes de cuatro años. En opinión de Slade, Paul era todo un cretino. Como la mayoría de los abogados.

Los músculos de su mandíbula se tensaron cuando pensó en Jamie. Ella también era abogada, pero muy distinta de Paul. Aunque mantuviera la fachada fría de cualquier profesional de su gremio, él no se dejaba engañar.

La voz de Juanita sonó desde el fondo de la casa:

– Dejad las botas en el porche. Acabo de fregar el suelo.

Los dos hermanos se miraron y se descalzaron a regañadientes antes de entrar. Olía a carne asada, a especias y a canela.

Nicole había estado decorando la casa con la ayuda de sus hijas. Había guirnaldas y cintas doradas y rojas por todas partes, incluidas la barandilla de la escalera y la encimera del hogar, y no quedaba una ventana sin sus luces de colores correspondientes. Además, había movido los muebles del salón para dejar espacio al árbol de Navidad, que aún debían cortar.

Matt y Slade colgaron sus abrigos. Thorne apareció en el pasillo, cojeando, en compañía de Molly y de Mindy.

– Striker ha llamado -anunció-. Viene a Grand Hope.

– ¿Viene solo? -preguntó Matt.

– Creo que sí, y Kelly vendrá más tarde. Ahora está en comisaría, hablando con Roberto Espinoza.

La puerta delantera se abrió. Jenny Riley, la universitaria que cuidaba de las niñas, entró en la casa y se ganó la atención inmediata de las dos pequeñas.

– ¿Llego a tiempo? -preguntó la joven, arqueando una ceja-. Espero que estas diablesas no os hayan molestado en exceso…

– No, ni mucho menos -mintió Thorne. Jenny rió y dijo:

– Venid, niñas, tengo una sorpresa para vosotras.

– ¿Qué es? ¿Qué es? -preguntó Molly.

Mindy tiró a Jenny de la manga.

– No sería una sorpresa si os lo dijera, ¿no te parece?

– ¿Qué es?

– Lo sabréis cuando nos quedemos a solas. Pero será un secreto. Un secreto de Navidad…

– ¿Un secreto? -preguntó Mindy, que se llevó un dedo a los labios.

– Exactamente. Pero no se lo podemos decir a vuestros tíos -contestó Jenny, mirando a los hermanos McCafferty-. Venga, seguidme… y recordad que no debéis decir una palabra a nadie. Esto debe quedar entre nosotras.

Jenny colgó su chaqueta en la entrada y desapareció escaleras arriba con las niñas y un bolso de apariencia sospechosamente grande.

Los hermanos dedicaron los quince minutos siguientes a charlar sobre el rancho y, por supuesto, sobre Randi. Kurt Striker apareció media hora después y les dijo que había localizado dos Ford de color granate que habían sufrido accidentes en la época en que el vehículo de Randi se salió de la carretera. Striker parecía la personificación de un detective privado de Hollywood.

– Por desgracia, ninguno de los dos coches estuvo cerca de Glacier Park aquel día. Uno es de un granjero que sufrió un accidente al oeste de aquí cuando iba a pescar. El otro, una minifurgoneta, chocó contra un poste de teléfono… parece ser que el conductor, un chico de quince años, salió a dar una vuelta sin que sus padres lo supieran.

– Entonces, no tenemos nada… -dijo Thorne, sentado en el sofá.

– Seguiremos buscando. O el agresor no ha llevado su coche a ningún taller, o todavía no hemos dado con el taller en cuestión o arregló los desperfectos bajo cuerda, en un lugar donde no se guardan registros. Pero lo encontraremos.

– Si existe… -puntualizó Matt.

Striker miró a Randi y su expresión se volvió aún más dura.

– ¿No recuerdas nada del otro vehículo?

– No, pero ya te lo he dicho una docena de veces. Si me acuerdo de algo, serás el primero en saberlo -respondió.

Randi se había sentado en la mecedora, y tenía los pies apoyados en la mesita.

– ¿Se sabe algo del tipo que Nicole vio en el hospital? ¿Del que se disfrazó de médico? -continuó.

Matt permanecía apoyado en la ventana y Slade en el banco del piano. Striker había optado por uno de los sillones, pero se había echado hacia delante y mantenía las manos cruzadas mientras miraba a Randi con intensidad. Cuando los miró, Slade tuvo la sensación de que entre su hermanastra y el detective privado había algo personal, pero desestimó la idea; no creía posible que Randi encontrara atractivo a Striker.

– Kelly y yo hemos estado hablando sobre tus amigos de Seattle -declaró el detective.

– Pensaba que ya lo habíais hecho.

– Pero hemos ampliado el círculo.

– ¿A quién?

– A todos los que han tenido algún trato contigo durante los dos últimos años -respondió.

– Pues os va a costar. Mi trabajo me obliga a relacionarme con mucha gente.

– Incluso hablamos con tu agente de Nueva York. Nos dijo que estabas trabajando en un libro sobre relaciones amorosas y que utilizabas información obtenida en tu trabajo en el Clarion, entre otros materiales.

– No recuerdo haberte dado permiso para que hablaras con mi agente.

– Tú no, pero yo sí -intervino Slade-. Como tu memoria es tan dudosa, pensé que era la única forma de sacar algo en claro.

– Podrías haberme informado.

– Y lo hice, pero seguías en coma. Le pedí a Kurt que investigara tu vida a fondo. Sabía que te molestaría, pero teníamos que hacerlo. Hay que encontrar a ese desgraciado.

– Mi libro no tiene nada que ver con eso. Ni mi trabajo.

– Entonces, ¿qué? -preguntó Slade-. Si no es por el libro ni por tu trabajo, ¿por qué es?

– No lo sé -respondió.

Matt se apartó de la ventana, dijo a Slade que Jamie había llegado y le dedicó una sonrisa tan burlona que su hermano se molestó.

– Excelente -dijo Thorne-. Le pedí que viniera.

– ¿Y eso? -preguntó Randi con desconfianza.

– No está aquí por tu caso, Randi. Voy a contratar a su bufete para que se encargue del traspaso de otra propiedad de aquí, de Montana. Pero estoy seguro de que tu nombre se mencionará en la conversación.

– Perfecto, justo lo que necesitaba… una confabulación de mis hermanos para dirigir mi vida -protestó.

Slade se levantó al oír el timbre y dijo:

– No sería tan mala idea. Desde mi punto de vista, necesitas toda la ayuda que puedas conseguir, hermanita.

Slade se dirigió a la puerta y se maldijo para sus adentros por desear ver a Jamie otra vez. Cuando la abogada apareció en el porche, maletín en mano, pensó que estaba preciosa; tenía las mejillas sonrosadas por el frío, y de su moño se habían escapado varios mechones de pelo.

– Entra…

Slade sonrió, notó su incertidumbre y supo que se debía al beso.

– Gracias.

– ¿Has conseguido que te arreglen la calefacción?

Ella también sonrió.

– Sí. Era el termostato, que estaba estropeado.

Una de las niñas apareció y tiró de la manga a Slade. Era Molly.

– ¿Vamos a poner el árbol de Navidad hoy?

– Puede que más tarde.

– ¡Pero lo prometiste!

– Lo sé, pero ahora tenemos visita…

Molly lanzó una mirada fulminante a Jamie, como si quisiera que se evaporara.

– Dijiste que lo pondríamos hoy -se sumó Mindy.

– De acuerdo, de acuerdo… Saldremos con General y el trineo e iremos a buscar el árbol. Pero tendrá que ser cuando terminemos. Ahora, abrigaos un poco. ¡Y no quiero que volváis a salir en calcetines!

Slade se giró hacia Jamie y dijo:

– No preguntes.

– ¿Lo prometes? -preguntó Molly.

Slade alzó una mano.

– Lo prometo por mi honor. Venga, hablad con Juanita para que prepare unos termos de chocolate caliente y unas galletas, y decidle a Jenny que os saque los abrigos y las botas. Pero no me molestéis más. Os llevaré cuando haya terminado, y traeremos el mejor árbol de Navidad de todo el rancho.

Molly sonrió y Mindy miró a su tío por debajo de sus pestañas.

– ¡Vamos, marchaos de una vez!

Las niñas salieron corriendo hacia la cocina.

– Nunca pensé que llegaría a ver este día -intervino Jamie-. Slade McCafferty acompañando a unas niñas a buscar un árbol de Navidad. ¡Y en trineo!

– Hay muchas cosas de mí que desconoces, abogada.

– Tal vez…

– Si quieres, puedes acompañarnos.

La idea de ir con ella y de llevarla a su lado, en el trineo, le pareció repentinamente atractiva.

– Bueno, no sé… he venido para hablar de trabajo.

– Saldremos cuando termines.

– No llevo ropa adecuada para montar.

– Pero no tendrás que montar. Irás sentada cómodamente en el trineo. Vamos, Jamie, ya sabes lo que dicen sobre trabajar mucho y divertirse poco.

– ¿Que sirve para pagar las facturas?

– Sí, exactamente.

Kurt apareció en el vestíbulo, se cerró la cazadora y dijo:

– Te llamaré después. Convendría que tu hermana colaborara un poco.

– Lo intenta.

– Sí, claro -ironizó-. Habla con ella y haz que entre en razón. Antes de que la maten.

El detective privado se marchó inmediatamente, sin despedirse.

– Gran tipo -comentó Jamie.

Randi, que se había acercado, declaró:

– Un cretino de primera categoría.

– Es justo lo que necesitamos -lo defendió Slade.

– ¿Desde cuándo necesitamos a un matón grosero?

– Desde que alguien intenta asesinarte y tú no puedes o no quieres decirnos lo que ha pasado -respondió.

– ¿No crees que yo sería la primera en ir a la policía y contarles lo que sé si me acordara?

– No lo sé, Randi. Sinceramente, no lo sé.

– Eres un miserable…

– Es un asunto muy serio -insistió Slade-. Al principio, quise convencerme de que el asunto de la carretera había sido un simple accidente; pero luego pasó lo del hospital. Tú no te acuerdas, pero yo sí… nos llevamos un buen susto, así que deja de discutir con nosotros. Conozco a Striker desde hace años. Es un profesional. Si colaboras con él, encontrará a ese tipo.

Randi apretó los dientes, miró a su hijo y suspiró.

– Está bien, lo intentaré. Pero hay algo en él que no me gusta.

El bebé abrió los ojos en ese momento y empezó a quejarse. Su madre le dio un beso en la frente y se lo llevó al piso de arriba.

– No la presiones tanto, Slade -dijo Matt, apartándose de la ventana-. Ha perdido la memoria.

Slade miró hacia la escalera.

– Eso dice.

– ¿Es que no la crees?

– No, no la creo -confesó-. Nuestra hermana nos oculta algo.

– ¿Qué?

– Esa es la pregunta del millón.

Randi ya había acostado al niño, que se estaba quedando dormido. Mientras lo miraba, se preguntó qué iba a hacer con su vida. Nunca habría imaginado que se pudiera querer tanto a un hijo, pero recordó lo que le había dicho su padre, John Randall, en cierta ocasión. Era un día de primavera, y él estaba sentado en el porche. Las yeguas cuidaban de sus potrillos mientras los caballos jóvenes y las potrancas corrían por la pradera.

– Cuando seas madre, lo entenderás; sabrás lo que significa querer a alguien más que a ti misma. Ahora te crees invencible y piensas que nada te puede hacer daño; pero cuando tengas un hijo, te sentirás vulnerable por él y entonces conocerás el miedo.

Randi no entendió sus palabras en aquel momento; pero ahora, mientras miraba a J.R., supo lo que había querido decir.

Pensó en el padre del pequeño y lo maldijo. Al contrario de lo que le había dicho a sus hermanos, se acordaba perfectamente de él.

– Lo siento -susurró-. Yo cuidaré de ti, Joshua, te lo prometo. No permitiré que te hagan daño.

Cuando se giró, vio que Slade estaba en la entrada de la habitación, con los brazos cruzados y apoyado en el marco.

– ¿Hay algo que quieras contarme?

Randi caminó hacia él, apagó la luz y lo llevó al pasillo.

– No sé lo que quieres decir.

Slade frunció el ceño.

– Lo sabes de sobra.

– ¿Tú crees?

– Estás ocultando algo, no lo niegues. Te conozco perfectamente. Te has inventado lo de la amnesia porque te has metido en algún lío. Crees que si no hablas de ello, desaparecerá como por arte de magia.

– Oh, vamos…

Slade entrecerró los ojos.

– Nos has mentido a todos. Has mentido a Thorne, a Matt, a mí e incluso a los médicos… y creo que lo has hecho para que se corra la voz de tu amnesia. Eres periodista y sabes cómo funcionan estas cosas. Crees que si ese tipo se entera, ganaras tiempo.

– ¿Por qué iba a hacer algo así?

– Porque estás asustada, porque intentas proteger a alguien… o por tu libro. ¿Es por eso, por el libro? Striker y la policía ya han interrogado a todos los del periódico, e incluso han comprobado todos tus artículos viejos, incluidos los que aparecieron firmados bajo el seudónimo de R.J. McKay.

– ¿R.J.?

– Sí, los que escribiste por tu cuenta…

Randi tuvo la sensación de que esas siglas le resultaban familiares, pero no supo por qué.

– Tu director cree que los escribiste para ganar un sobresueldo.

– No sé, es posible…

– Pero ni en ellos ni en el resto de tu trabajo periodístico hay nada que justifique lo sucedido. Francamente no entiendo de qué huyes…

– No huyo de nada -aseguró-. Simplemente me estoy recuperando. En cuanto esté bien, me llevaré a Joshua y volveré a Seattle. Ya he hablado con mi jefe. Bill quiere que vuelva tan pronto como sea posible. Y no estoy huyendo.

– Muy bien, como quieras, pero estás asustada. Y te has metido en algo peligroso -afirmó Slade-. ¿Es por el libro? ¿Es que estás escribiendo sobre algún caso de corrupción política o del crimen organizado? ¿O es por el padre de J.R., es decir, de Joshua?

– Cuando recuerde algo importante, te lo haré saber.

Slade la miró con desconfianza.

– ¿Por qué tengo la impresión de que estás mintiendo?

– Porque no eres capaz de confiar en nadie -respondió su hermanastra-. Descuida, todo se aclarará. Ten paciencia.

– No soy un hombre paciente. Pero está bien, te concederé el beneficio de la duda. Con la condición de que hables conmigo cuando recuerdes algo.

– Te lo prometo.

– No me engañes, Randi…

– No te engañaré. Pero hay otros asuntos de los que debemos preocuparnos.

Slade arqueó una ceja.

– ¿Otros asuntos?

– El traspaso de la propiedad -contestó ella-. Cuando Matt compre tu parte, ¿qué vas a hacer con tu vida?

– Aún no lo he pensado.

– Pues será mejor que lo pienses -dijo ella, alejándose hacia las escaleras-. Y mientras lo piensas, incluye a Jamie Parsons en la ecuación.

Capítulo 9

Jamie miró a Thorne por encima de la mesa.

– Veamos si lo he entendido -dijo ella-. Pretendes que usemos los recursos del bufete para investigar a tu hermana y localizar al padre de su hijo. Y a cambio de nuestra ayuda, permitirás que seamos tus representantes legales en más negocios. ¿Eso es lo que quieres hacer?

– Por supuesto.

Thorne apoyó los codos en la mesa. El despacho de la casa era pequeño y no estaba pensado para albergar ordenadores, impresoras, faxes, escáneres, fotocopiadoras y hasta un teléfono con varias líneas, pero no parecía abarrotado de cosas; sólo compacto y eficiente.

– La policía es demasiado lenta -continuó-. Striker no logra avanzar, Randi no recuerda o no quiere recordar nada que nos pueda servir de ayuda y yo tengo la sensación de que nos estamos quedando sin tiempo. No quiero esperar a que ese tipo la ataque otra vez.

– Pero es asunto suyo. Ella sabrá lo que hace.

– Randi es mi hermana, Jamie. No me perdonaría que le pasara algo malo a ella o a su hijo -afirmó-. Pero no te preocupes, no lo haremos a sus espaldas. Se lo diré.

– ¿Le dirás que has ofrecido más trabajo a Jansen, Monteith y Stone a cambio de que investiguen sus secretos más personales? ¿Eso es lo que le vas a decir? -preguntó, asombrada-. Menos mal que no eres hermano mío…

– Sabrá entenderlo.

– Lo dudo.

Thorne apretó los dientes.

– Da igual. Hazlo de todas formas. Tu bufete ganará mucho con nuestro acuerdo; he echado el ojo a un par de negocios importantes en el condado… uno en Grand Hope y otro cerca de Carver, pero eso sólo es el principio. Y además, tengo derechos de perforación en campos petrolíferos de Colorado -le recordó-. Habla con Chuck y dile que me llame.

– Lo haré.

Jamie se levantó bruscamente de la silla. Thorne debió de notar que aquello no le parecía bien, porque añadió:

– Lo hago por el bien de su hermana y de su niño. ¿Cómo crees que nos sentiríamos si les pasara algo y no hubiéramos hecho todo lo posible por ayudar? Además de los intentos de asesinato de Randi, el bebé estuvo a punto de morir en el hospital. Una meningitis bacteriana -explicó.

Jamie comprendió que tenía razón. Thorne tenía la obligación moral de intervenir. Y por otra parte, no le estaba pidiendo nada ilegal.

– Hablaré con Chuck.

Salió del despacho y pensó que se había metido en un lío. Los hermanos McCafferty eran unos cabezotas, y muy protectores con Randi. Si quería salir bien de aquel asunto, tendría que mantener las distancias.

Sin embargo, sabía que sería imposible. Podía resistirse al encanto y a la inteligencia de Thorne y de Matt, pero no a los de su hermano menor, no a los del hombre que ya le había roto el corazón en una ocasión.

Cuando llegó a la parte delantera de la casa, Slade la estaba esperando. Se había apoyado en la barandilla de la escalera, con los brazos cruzados, y sonreía como si hubiera adivinado sus pensamientos.

– ¿Te has divertido con Thorne?

– Hemos hablado de negocios.

– Los negocios son su diversión.

Ella arqueó una ceja.

– ¿De verdad?

– Bueno, antes lo eran. Durante años, no habló de otra cosa que no fueran sus negocios. Pero supongo que Nicole lo habrá vuelto más… afable.

– Ese término no encaja muy bien con Thorne.

– Si lo hubieras conocido antes… Pero olvidemos eso. ¿Ya estás preparada?

– ¿Para qué?

Antes de que Slade pudiera responder, las dos niñas aparecieron en el vestíbulo. Una iba vestida de rosa y la otra de amarillo. Las dos llevaban botas y mitones.

– ¿Nos vamos? -preguntó Mindy, llena de entusiasmo.

Slade le guiñó un ojo.

– Creo que sí. Precisamente le estaba pidiendo a la señorita Parsons que venga con nosotros -respondió.

Las dos niñas miraron a Jamie.

– ¡Pues date prisa! -ordenó Molly-. ¡Tenemos que marcharnos!

– Bueno, no sé -se defendió la abogada-. No llevo ropa tan cálida como la vuestra y…

– Estarás bien -dijo Slade, abriendo la puerta.

Una ráfaga de aire frío entró en la casa. El caballo y el trineo, de color rojo, esperaban en el exterior.

– Será divertido -insistió Slade.

Jamie le devolvió la mirada y pensó que con Slade McCafferty, cualquier diversión, hasta la más inocente, podía convertirse en otra cosa.

– Vamos, abogada. ¿Qué puedes perder?

Jamie era incapaz de decidirse.

– Si vienes, te dejaré llevar el trineo un rato.

Slade la miró con humor, como desafiándola. Y ella no se pudo resistir.

– Muy bien, McCafferty, os acompañaré. Pero sólo si puedo usar el látigo contigo en el caso de que te excedas.

Él sonrió un poco más.

– Trato hecho. Intentaré portarme tan mal como pueda.

Slade subió a las niñas a la parte trasera del trineo, donde habían puesto unas mantas para protegerlas del frío. Molly vio que había un paquete extraño y preguntó:

– ¿Qué es eso?

– Chocolate caliente y galletas. Son para después de que cortemos el árbol.

– Pero quiero tomarlos ahora…

– Tendrás que esperar.

– ¡No!

Los dos adultos subieron al pescante.

– La paciencia es una virtud, pequeña -dijo su tío.

Slade restalló el látigo y el caballo comenzó a andar. El trineo se deslizó suavemente sobre la nieve caída, y las dos niñas soltaron unas risitas.

– No había previsto una escapada -dijo Jamie.

Slade la miró. Jamie llevaba pantalones de lana, un jersey y un abrigo, además de botas y guantes. Era ropa perfectamente adecuada para el invierno, pero no para salir al campo.

Le pasó un brazo por encima de los hombros y dijo:

– Lo sé, pero confía en mí. No permitiré que te congeles. Toma, lleva las riendas un rato…

Ella alcanzó las riendas. Él buscó debajo del pescante y sacó una manta que le puso por encima de las piernas, como si realmente le importara su bienestar.

Jamie pensó entonces en el niño que había perdido. Su abuela no había llegado a saberlo, aunque estaba segura de que en su momento sospechó algo. Un día, Nita la encontró llorando en el granero, cerca de Caesar; se acercó con una cesta llena de malas hierbas, que había arrancado del jardín, y le dijo:

– Es por ese chico de los McCafferty, ¿verdad?

Como Jamie no respondió, su abuela se acercó y le puso una mano en el hombro.

– Si necesitas ayuda, quiero que me lo digas. Hay problemas que se presentan de repente, cuando menos te lo esperas.

Jamie asintió, pero no le dijo nada.

Su abuela la miró con gesto de preocupación.

– Estoy contigo, cariño, siempre lo estaré. Si te ha pasado algo por culpa de ese chico, hablaré con su padre. Puedes estar segura.

– Estoy bien, abuela… -mintió.

– ¿Seguro?

– Seguro -afirmó ella, secándose las lágrimas-. Es que estoy en esos días del mes, y cualquier cosa me entristece.

Nita apretó los dientes como si no la creyera, pero no la acusó de mentir.

– Está bien. Pero recuerda que puedes contar conmigo. Para cualquier cosa.

Dicho eso, su abuela salió del granero y se alejó lentamente hacia el jardín. Jamie deseó confiar en Nita, pero no habría sido de ninguna utilidad; Slade la había abandonado por Sue Ellen y ella había perdido el niño.

Parte de Jamie había muerto con aquel bebé. Por eso, cuando se giró y vio al hombre que estaba sentado a su lado, en el trineo, se estremeció; pero el caballo empezó a subir por las colinas llenas de álamos y pinos, y las risas de las niñas, que se negaban a permanecer sentadas a pesar de los requerimientos de su tío, la devolvieron al presente.

– ¡Aquél! ¡Quiero aquél! -exclamó Molly.

Slade miró el árbol, de diez metros de altura, y rió para sus adentros.

– Me parece que es demasiado grande. Si tuviéramos que cargarlo en el trineo, al pobre General le daría un infarto. Buscad algo que quepa en la casa…

– Aguafiestas -murmuró Jamie.

Slade se hizo cargo de las riendas y detuvo el trineo algo más adelante, junto a un bosquecillo de árboles más pequeños. Las niñas bajaron de inmediato y se alejaron entre risas.

– Aquí encontraremos lo que buscamos -dijo a Jamie.

Slade le ofreció un brazo y ella dudó un momento antes de aceptar. En cuanto descendieron del trineo, él la atrajo hacia sí y la besó con deseo, como si llevara mucho tiempo esperando ese instante.

Jamie se estremeció al sentir el contacto de sus labios helados, pero no se apartó. Se sentía incapaz de resistirse a sus encantos. Aunque Slade fuera un peligro para ella.

– Bueno, vamos a jugar un rato a leñadores -dijo él-. Prefería jugar a médicos y enfermeras, pero con las niñas cerca…

– No sería muy apropiado.

– Exacto. Y ya sabes que siempre intento ser apropiado.

Ella rió y sacudió la cabeza.

– No te vas a rendir nunca, ¿verdad?

– Nunca.

Slade abrió un compartimento de la parte de atrás del trineo y sacó una sierra eléctrica y un rollo de cuerda, que se colgó al hombro. Después, siguió las huellas que las niñas habían dejado en la nieve.

– ¡Aquí! ¡Aquí!

– ¡Tío Slade! -exclamó Molly-. ¡Hemos encontrado un árbol!

Slade llegó a su altura y miró el pino, de unos tres metros de altura.

– Este no vale, cariño. No está recto.

– Es perfecto -insistió Molly.

– Sí -dijo su hermana-. Queremos éste, tío Slade.

– Tienen razón. Es un árbol muy bonito -intervino Jamie.

Slade sonrió.

– De acuerdo, me habéis ganado. Sois tres contra uno…

– ¡Bien! -gritó Mindy.

– ¡Córtalo! -ordenó Molly.

– Sois un par de niñas muy mandonas -dijo su tío-. Ahora, dejadme un poco de espacio para que lo pueda cortar.

– Venid conmigo… -dijo Jamie.

Las niñas se alejaron y Slade puso en marcha la sierra eléctrica. Unos segundos después, el árbol cayó al suelo entre una nube de nieve y serrín.

Las dos pequeñas se acercaron inmediatamente e insistieron en ayudar a su tío a atar el árbol. Slade se lo permitió y lo enganchó al trineo.

– Buen trabajo, chicas. Os recomendaré para el premio anual del gremio de leñadoras.

– ¿Podemos cortar otro? -preguntó Molly.

– Con uno basta -contestó él, acariciándole la cabeza-. Nos lo llevaremos a casa, lo meteremos dentro y tal vez podáis ayudar a la tía Randi a decorarlo.

Mindy dio palmaditas con sus manos enguantadas.

– ¿Y podremos colgar piruletas?

– Si queréis… Bueno, ¿os apetece unas galletas y un poco de chocolate caliente?

Comieron en el trineo, con las mantas tapándoles las piernas, mientras la nieve caía a su alrededor. Jamie se sintió como si formara parte de aquella familia, pero ni Molly ni Mindy eran hijas suyas ni Slade era su marido. De hecho, él la había abandonado quince años antes; y el niño que ella llevaba en su vientre no sobrevivió.

Sus ojos se llenaron de lágrimas y él se dio cuenta.

– ¿Ocurre algo?

Jamie sacudió la cabeza.

– No, sólo es un acceso de nostalgia.

– ¿Por qué?

– Por las cosas que podrían haber sido y no fueron.

– Tal ver deberías pensar en el futuro en lugar de mirar hacia el pasado -comentó él, como si hubiera adivinado sus pensamientos.

– No eres la persona más adecuada para dar ese tipo de consejos.

Jamie se giró hacia él, le tocó la cicatriz de la cara y añadió:

– Todavía te castigas por esto.

La expresión de Slade cambió. Se puso tenso y muy serio.

– No sigas por ese camino -dijo él.

– ¿Por qué camino? -preguntó Molly, interrumpiéndolos-. ¿Adónde vamos?

– A casa -respondió su tío-. Venga, debemos volver antes de que se haga de noche.

Slade restalló el látigo y el caballo se puso en marcha. Jamie se recostó en el asiento del pescante mientras las niñas se acurrucaban bajo las mantas en la parte de atrás.

Momentos después, se puso a pensar en lo que habría pasado si las cosas hubieran sido distintas y no hubiera perdido a su hijo. Slade se habría enterado más tarde o más temprano y habría querido que se casaran, pero su vida se habría complicado mucho y seguramente habría tenido que renunciar a la universidad y a su carrera.

Slade tenía razón. Dar vueltas al pasado carecía de sentido.

Pero no podía olvidar a su hijo, ni al propio a Slade; porque por mucho que le disgustara, quería hacer el amor con él.

Capítulo 10

Slade detuvo el trineo delante de la casa, miró hacia el establo y frunció el ceño.

– ¿Has visto eso?

– ¿Qué? -preguntó Jamie.

– En el establo hay alguien… no es Larry Todd, nuestro capataz; ni Adam Zollander, un empleado nuestro; ni ninguno de mis hermanos -declaró él, con voz tensa.

– Yo no veo a nadie…

– Porque ahora no se ve a nadie. Pero lo he visto.

Slade bajó del trineo y añadió:

– Lleva dentro a las niñas. Voy a echar un vistazo.

– ¿No vamos a meter el árbol? -preguntó Molly.

– Después.

– Pero…

– He dicho que lo meteré después -insistió Slade-. A no ser que convenzáis al tío Matt o a Thorne para que se encarguen ellos… pero entretanto, entrad en la casa. Aquí hace demasiado frío.

Jamie decidió intervenir y las llevó hacia la puerta.

– Vamos, niñas. Puede que Juanita tenga algo para vosotras en la cocina.

Jamie y las pequeñas entraron en la casa. Slade llegó el granero, abrió la puerta y buscó en el interior, pero sin encender la luz. Cabía la posibilidad de que alguien estuviera acechando con una pistola, y no quería facilitarle el tiro.

Alcanzó una horca, se agachó y caminó pegado a la pared. Uno de los caballos relinchó con nerviosismo. Un ratón cruzó a toda prisa y desapareció. Slade creía haber oído pasos, pero sus ojos empezaban a acostumbrarse a la penumbra del establo, iluminado débilmente por las luces del exterior, y no distinguía ninguna silueta sospechosa.

Cuando llegó al compartimento de Diablo Rojo, se detuvo. El caballo movió la cabeza y resopló con enfado, como si pensara que Slade había perdido el juicio.

Llegó al final y entró en el cuarto donde guardaban los arreos. Tampoco había nada, de modo que se dirigió a la escalerilla que llevaba al pajar y empezó a subir. Pero en ese momento, la puerta se abrió de par en par y las luces se encendieron.

– ¿Qué diablos estás haciendo?

Era Matt.

Slade se relajó un poco.

– Me ha parecido ver a alguien -explicó.

– ¿Y qué pretendes? ¿Sorprenderlo y matarlo? Por Dios, Slade, ¿por qué no has venido con el rifle de papá?

– Porque no estaba seguro.

– Y has decidido armarte con una horca.

– Exactamente.

Matt sonrió y caminó hacia un estante donde había unos guantes de cuero y unos cepillos para los caballos.

– A veces no hay quien te entienda, Slade. Pero sospecho que estás más nervioso de la cuenta desde que esa abogada se presentó en el rancho.

– ¿Qué quieres decir con eso?

Matt se puso los guantes y se dirigió a la salida.

– Tú sabrás, hermano. Pero te dejaré a solas con tu hombre invisible… yo tengo que meter el árbol en la casa. Las niñas se están poniendo pesadas.

– Muy bien, vete -dijo, enfurruñado.

– Después, desengancharé a General y me encargaré del trineo.

– Gracias.

– De nada.

Matt salió del granero. Slade se sentía como un idiota, pero decidió comprobar el pajar. Cuando llegó arriba, sólo vio balas de heno amontonadas hasta el techo. No se oía nada, no se movía nada y nada parecía fuera de lugar.

Empezó a bajar, sintiéndose más estúpido que antes, y se llevó un buen susto al ver que la puerta estaba entreabierta.

– ¿Slade?

Era la voz de Jamie.

– Estoy aquí…

Slade saltó de la escalerilla y caminó hacia ella.

– ¿Has visto algo?

– Sólo a Matt. Una visión terrorífica, por cierto.

Jamie sonrió.

– A veces puedes ser muy gracioso…

– Me lo tomaré como un cumplido, abogada. ¿Vienes conmigo al pajar?

Ella dudó y frunció el ceño.

– ¿Y qué hay de las gemelas? Te están esperando.

– Que esperen un poco más.

– No sé si debemos…

– ¿Tienes miedo?

– ¿De qué? ¿De ti?

Los ojos de Jamie brillaron. Slade sabía que era incapaz de resistirse a un desafío.

– No, de nosotros.

– Ya te he dicho que…

– Sí, sí, ya lo sé -la interrumpió-. Vamos, Jamie, ya es hora de que firmemos un armisticio. No te haré daño. Y no muerdo… es decir, sólo muerdo tan fuerte como las damas quieran, claro está…

– Déjalo, McCafferty, ahórrate las explicaciones.

Jamie subió por la escalerilla. Cuando llegó arriba, se sintió completamente fuera de lugar con sus pantalones de lana, su jersey y su abrigo.

– Siéntate -ordenó él, señalando una bala de heno.

– Muy bien.

Jamie se sentó.

– Y ahora que estoy sentada, ¿querías decirme algo?

Slade se acomodó junto a ella.

– Sí. Quería decirte que me he divertido mucho esta tarde.

– Ah…

– ¿Tú no?

– Sí, bueno… las niñas estaban encantadas y hacía siglos que no salía al campo a cortar un árbol de Navidad. Normalmente, los compro.

– Sabes de sobra que no me refería a eso.

Ella lo miró, pero apartó la vista enseguida, como si de repente estuviera interesada en las vigas y en las plumas y las deposiciones de un búho que se solía encaramar en el ventanuco redondo de la parte superior.

– Me refería a ti y a mí, a la tarde que hemos pasado juntos -continuó él-. Aunque suene un poco cursi…

– Sí, suena un poco cursi -dijo ella.

Él rió y la tomó de la mano.

– Puede ser, pero lo digo en serio.

Slade la miró un momento y la besó. Ella soltó un gemido de protesta, pero se aferró a él y se entregó a sus caricias sin resistencia alguna.

– Slade…

– ¿Qué, cariño?

– Esto no es buena idea.

– Tal vez…

– De hecho, es una idea terrible.

– Quizá.

– Nos arrepentiremos más tarde.

– No, eso, nunca.

Slade le acarició los hombros y le desabrochó los botones del abrigo. Después, la empujó suavemente y los dos terminaron tumbados sobre el suave heno del suelo.

– Por favor, escúchame…

Él se apoyó en un codo.

– Te escucho.

– Esto… tú y yo… es un juego peligroso, Slade. Deberíamos mantener las distancias.

– Lo dices por ese tipo, claro.

– ¿Por quién?

– Por tu jefe.

– Ah, Chuck…

– Sí, Chuck.

– No, no lo digo por él -declaró Jamie con sinceridad.

– Sea como sea, no me importa. Aquí sólo estamos tú y yo, Jamie.

Slade no quería hablar ni de su novio ni del pasado ni de nada más. Estaban allí, juntos, solos, un hombre y una mujer. La deseaba. Más de lo que había deseado a nadie. Por primera vez en mucho tiempo, por primera vez desde la muerte de Rebecca.

Cerró los ojos, suspiró y la besó otra vez.

La ropa empezaba a molestarle. Se quitó el abrigo e introdujo las manos por debajo del jersey de Jamie. Su piel estaba suave, caliente, y ella soltó un gemido cuando sintió que los dedos de Slade ascendían hacia sus senos.

– Yo… no sé…

– Ssss…

Slade empezó acariciarle un pecho.

– Oh…

Jamie cerró las manos en sus hombros y se arqueó. Él le subió el jersey, se lo quitó por encima de la cabeza y siguió besándola. Después, descendió nuevamente y tocó el sostén con la punta de la lengua. Jamie lo guió hacia uno de sus pezones. Slade liberó el seno del sostén y lo lamió.

– Slade…

Jamie le apretó la cabeza contra su pecho.

– Tranquila -dijo él-. No tenemos prisa.

Sin embargo, Slade la miró a los ojos y vio que Jamie no podía esperar más. Estaba ansiosa, excitada, preparada.

Quería hacer el amor, y quería hacerlo en ese momento.

Slade se apartó de ella y empezó a desabrocharse la camisa.

– Me deseas, abogada. Admítelo.

– Y tú me deseas a mí.

– Oh, sí…

Slade le desabrochó el pantalón, se lo quitó y le besó el estómago. Jamie le dejó hacer y se estremeció al ver que introducía una mano por debajo de sus braguitas y que empezaba a quitárselas. Pensó que aquello era un error, un error de dimensiones catastróficas; recordó lo que había pasado quince años antes y se dijo que debía resistirse. Pero no lo hizo. Su respiración se había acelerado y todo su ser parecía concentrado en el lugar que Slade acariciaba en ese momento, en el lugar húmedo y privado donde sus piernas se unían.

Separó los muslos y arqueó las caderas hacia arriba.

– Deja que te haga el amor, Jamie…

Ella se retorció, dominada por el deseo. Slade la lamió tan dulce y apasionadamente que Jamie sintió un nudo en la garganta y sus ojos se llenaron de lágrimas. Ya no podía ni quería detenerse. Necesitaba más, mucho más.

– Slade… -rogó.

Slade introdujo la lengua en su cálido interior.

– Oh…

Jamie se estremeció y se movió entre convulsiones, cubierta de sudor. Slade se quitó rápidamente los pantalones y se puso sobre ella. Sus besos ya no eran suaves, sino salvajes. Sus manos ya no eran dulces, sino firmes y llenas de deseo.

Ella pasó los brazos alrededor de su cuello y sintió sus músculos duros, tensos, mientras lo besaba.

Ya no estaba asustada. Ya no tenía inhibiciones. Aquello era lo único que le importaba; aquel lugar y aquel hombre, Slade McCafferty.

– Eres increíble, Jamie…

Slade llevó las manos a su trasero, la levantó un poco y la penetró, mirándola a los ojos.

Ella gimió.

Slade salió de su cuerpo y volvió a entrar.

– Oh, Slade…

Ella se aferró a su amante y siguió sus movimientos una y otra vez, cada vez más deprisa; hasta que tuvo la impresión de que el universo giraba alrededor del lugar donde sus cuerpos se conectaban, hasta que no pudo pensar en nada más que aquel placer puro, primario, animal; hasta que el sudor cubrió sus cuerpos a pesar del frío.

– Jamie… Oh, Jamie…

Jamie alcanzó el clímax. Él siguió adelante un poco más y se derrumbó sobre ella, jadeando, totalmente agotado por el esfuerzo.

No podía creer que estuvieran allí, en el pajar de los McCafferty, después de tantos años. Slade le acarició el cabello y Jamie pensó que definitivamente había cometido el segundo error más importante de su vida, después de enamorarse de él en su adolescencia.

Parpadeó, confusa, e intentó controlar sus emociones. Ya no tenía remedio.

Slade se apoyó en un codo y la miró con una sonrisa en los labios.

– Vaya, vaya…

– Me has quitado las palabras de la boca -ironizó ella, ruborizada-. No sé lo que me ha pasado. De verdad, no lo sé.

– Yo sí lo sé.

– No me refiero a eso, al sexo…

– Ni yo.

– Mira, Slade, ha sido muy divertido, pero… será mejor que me vaya.

Los ojos azules de Slade brillaron con malicia.

– ¿Tan pronto?

– Ya conoces mi lema: ama deprisa y márchate. Ah, no, espera un momento… ése no es mi lema, es el tuyo -respondió.

La sonrisa de Slade desapareció.

– Jamie, intenté explicarte que…

– Y no te dejé hablar -lo interrumpió-. Lo sé.

– Exacto. No me dejaste.

Jamie se arrepintió de lo que había dicho.

– Está bien, de acuerdo. No he debido decirlo. He cometido un error.

– El error lo cometí yo al abandonarte.

Jamie sintió una angustia irrefrenable. Pero no podía derrumbarse ahora; no después de tanto tiempo de haber afrontado el dolor a solas, sin nadie.

– Slade, no tienes que…

– Sé que no estoy obligado a decirlo, pero quiero. ¿No es eso de lo que siempre os quejáis tanto algunas mujeres? ¿De que los hombres no expresamos nuestros sentimientos? Pues bien, quiero expresar los míos -declaró-. Me equivoqué contigo. Entonces no me di cuenta, pero ahora lo sé.

Jamie se mantuvo en silencio.

– ¿No has oído lo que he dicho?

– Claro que te he oído. Perfectamente -contestó.

Ella casi no podía respirar. Estaba tan emocionada que había empezado a llorar.

– ¿Qué te ocurre?

– Nada.

– No mientas.

– Maldita sea, Slade…

– ¿Qué ocurre, Jamie? Sé que me estás ocultando algo.

– Nada, no importa.

Jamie se enjugó las lágrimas.

– Sea lo que sea, es evidente que te importa.

– Ha pasado mucho tiempo.

Slade entrecerró los ojos.

– ¿Qué pasa? Hay algo más, ¿verdad? Algo que yo no sé.

Jamie intentó liberarse, pero Slade se lo impidió.

– Qué pasa, Jamie… Cuéntamelo, abogada. Sé que me ocultas algo importante.

Jamie tomó aliento y sacó fuerzas de flaqueza.

– Está bien. Si te empeñas en saberlo, te lo diré -dijo-. Cuando me dejaste, estaba embarazada.

– ¿Cómo?

Slade palideció.

– ¿Estabas embarazada?

– Sí.

– Pero ¿qué pasó con el bebé? ¿Dónde está…?

– Lo perdí, Slade. Sufrí un aborto espontáneo -respondió.

– ¿Cómo es posible?

Los ojos de Slade se habían vuelto tan oscuro como la noche.

– No lo sé. Simplemente, ocurrió. Pero no tiene sentido que te preocupes ahora por eso… era asunto mío, no tuyo.

– ¿Que no era asunto mío?

– Tú te habías marchado, ¿recuerdas? Te alejaste de mí y dejaste de formar parte de mi vida. No me llamaste ni una vez. No me escribiste, no pasaste a verme… ¿Y por qué? Porque yo no te importaba. Admítelo.

– No, no fue por eso…

– ¿Ah, no? Entonces, ¿por qué fue? Lo único que sé es que me abandonaste y te marchaste con otra mujer. Yo me quedé sola, embarazada y sin saber qué hacer con mi vida -le confesó.

– Si me lo hubieras dicho…

– ¿Si te hubiera dicho lo del bebé? ¿Habría cambiado algo? Si te marchaste con Sue Ellen fue porque querías estar con ella. ¿Insinúas que habrías seguido conmigo de haber sabido que estaba embarazada?

Slade alcanzó su ropa y se empezó a vestir. Su cara se había enrojecido por la rabia y el disgusto.

– Cometí un error, Jamie.

– Los dos lo cometimos, y acabamos de repetirlo hace un momento. Pero será mejor que lo olvidemos y que volvamos a nuestras vidas -declaró ella.

Jamie se vistió a toda prisa y bajó por la escalerilla. El frío exterior la golpeó con la fuerza de una galerna. No podía creer que le hubiera dicho la verdad a Slade. Se arrepentía de haberlo hecho.

Caminó hacia su coche, intentando abrirse camino entre la nieve, y cayó en la cuenta de que su maletín y su bolso estaban en la casa. Subió al porche y miró por la ventana, hacia el salón. Las niñas estaban jugando junto al árbol de Navidad, y Thorne miraba a su esposa con tanto cariño que el corazón de Jamie se partió en mil pedazos.

Se mordió el labio e intentó contener las lágrimas. Por el rabillo del ojo, vio que Matt llevaba a General hacia el establo. Él y Kelly se casarían pronto, y seguramente darían más niños a la familia McCafferty.

Tenía que marcharse de allí.

Tenía que irse enseguida.

No soportaba otro minuto con aquella familia perfecta.

– ¡Jamie, espera!

Era Slade. Caminaba hacia ella a toda prisa.

Jamie entró en la casa sin llamar. Se oía música navideña y las voces de las niñas.

– Quiero poner los adornos… -dijo Molly en ese momento.

– Todavía no puedes. Deja que ponga antes las luces -declaró Nicole.

– Tened paciencia -intervino Thorne-. Tengo una idea… ¿por qué no comprobáis si las luces funcionan y dejáis los adornos para después? Os echaré una mano.

Jamie pensó en el bebé que había perdido y estuvo a punto de romper a llorar otra vez. Alcanzó el bolso y el maletín y volvió a mirar hacia el salón.

Thorne encendió las luces de Navidad en ese momento.

– Oh… -dijo una de las pequeñas.

– Es precioso… -declaró la otra.

Jamie ya no pudo soportarlo más.

Se giró hacia la salida con intención de marcharse, pero la puerta se abrió de golpe en ese instante y se encontró ante el metro ochenta de Slade McCafferty.

– Discúlpame…

Jamie intentó salir, pero él la agarró y se lo impidió.

– Todavía no te vas.

– Suéltame, McCafferty.

Justo entonces oyeron el motor de un coche, que frenó en seco y se detuvo.

– Y ahora, ¿qué pasa? -dijo Slade.

Jamie pudo ver al hombre que bajaba del vehículo. Y el corazón se le encogió.

Chuck Jansen había llegado.

Capítulo 11

– Supuse que te encontraría aquí.

Chuck sonrió de forma afable cuando subió los escalones del porche. Alto y delgado, moreno en invierno por el esquí y en verano por el golf, Chuck se inclinó para abrazar a Jamie; pero se detuvo en seco y su sonrisa desapareció cuando vio que Slade la tenía agarrada por el brazo.

Jamie se apartó a toda prisa y explicó:

– Estaba a punto de marcharme. Chuck, te presento a Slade McCafferty.

Los dos hombres se estrecharon la mano y se miraron con desconfianza. Randi salió entonces al porche, con su hijo entre los brazos.

– Por Dios, Slade, a ver si cierras la puerta de una vez. Entra un frío que…

La expresión de Randi cambió de la irritación a la preocupación cuando vio al desconocido. Incluso abrazó a su niño con más fuerza.

– Randi, permíteme que te presente a Chuck Jansen, mi jefe y socio de Jansen, Monteith y Stone -declaró Jamie.

Las presentaciones se repitieron poco después, cuando pasaron al salón de la casa, y Jamie comprendió que su fuga del rancho Flying M se iba a retrasar un poco.

Thorne apareció enseguida y se alegró al ver al recién llegado.

– ¡Chuck!

El abogado, ya recuperado de la sorpresa de haber visto a Jamie con otro hombre, sonrió.

– Hola, Thorne. Nunca imaginé que fueras un hombre de familia…

– Últimamente he cambiado.

– Ya lo veo…

Chuck lo dijo con un tono extraño, entre divertido y sorprendido, como si no creyera que un McCafferty pudiera sentar la cabeza.

– Deja que cuelgue tu abrigo -intervino Nicole.

Jamie deseó estar en cualquier otro sitio, pero no tuvo más remedio que quedarse allí mientras charlaban, consciente de que Slade la estaba observando. Para empeorar la situación, supuso que su abrigo estaría lleno de paja y que tendría el pelo algo revuelto; a fin de cuentas, acababan de volver del granero.

Si sólo hubiera estado ella, se habría ido enseguida; pero Chuck tenía otros planes y la obligó a sentarse cuando se puso a hablar sobre el traspaso de la propiedad. Thorne y él bebieron y contaron anécdotas de la época memorable en que habían trabajado juntos; después, todos se marcharon a la mesa del comedor y se sirvieron unos cafés.

Jamie se sentía completamente fuera de lugar. Chuck se comportaba como si él fuera el único responsable en lo tocante a los negocios de los McCafferty, y su relación especial con Thorne, con quien hablaba como si formaran parte de un club de viejos amigos, le resultó particularmente irritante.

Jamie no intervino demasiado. Explicó lo sucedido con el traspaso y con la venta de las propiedades, pero no mencionó haber llamado a Felicia Reynolds para consultarle lo de la custodia del niño ni comentó que Thorne le había pedido que el bufete se encargara de localizar al padre de Joshua.

Curiosamente, Chuck cometió un par de errores sobre el traspaso del rancho, que ella corrigió con delicadeza. A Jamie le extrañó, pero pensó que tal vez la estaba poniendo a prueba.

Mientras tomaban café, Chuck mencionó que J.M.S, las siglas con las que solía referirse al bufete, podía hacer mucho por Thorne y sus familiares.

Jamie no logró marcharse hasta después de las siete. Chuck prometió dejarla en su casa y propuso que fuera a cenar con él para que lo informara de lo sucedido. Slade, sentado frente a ella, escuchó el intercambio con sumo interés, pero en silencio.

Fue la hora más larga de la vida de Jamie. Cuando Thorne les ofreció unos puros y unas copas, Chuck aceptó y ella dijo que tenía que marcharse. Nadie se opuso, ni siquiera Slade, y Jamie se llevó una sorpresa cuando se dirigió al coche y oyó pasos a su espalda.

– No estarás considerando seriamente la posibilidad de casarte con ese cretino, ¿verdad?

Era Slade.

Jamie apretó los dientes, abrió la portezuela del vehículo y se giró hacia él.

– Pues sí, lo estaba pensando -admitió.

Slade la miró con seriedad.

– Te aburrirías en menos de un mes.

– No conoces a Chuck.

– Es verdad. Y no estoy seguro de querer conocerlo. Ese tipo está más seco que un hueso en mitad del desierto.

– Gracias por el consejo -dijo con sarcasmo-. Lo recordaré.

– Hazlo.

Jamie dejó su maletín en el asiento del copiloto.

– Hay otra cosa que también deberías recordar-continuo él.

– ¿Ah, sí?

Slade se acercó a ella y apoyó los brazos en el coche, a ambos lados de su cuerpo, atrapándola.

– Slade, espera un momento…

– No, no voy a esperar.

La besó larga y apasionadamente; tan apasionadamente, que el corazón de Jamie latió con desenfreno absoluto. Adoraba su aroma y su contacto. Todo lo de Slade le gustaba, y no sabía por qué; tal vez fuera una cuestión de química, o la emoción de la fruta prohibida, o el peligro de coquetear con el diablo.

O quizá se había vuelto loca.

Quizá era una masoquista que disfrutaba cuando le rompían el corazón.

Slade alzó la cabeza y la miró con sus ojos azules.

– Esto es lo que quiero que recuerdes, Jamie.

Dicho eso, se alejó hacia el establo, con zancadas largas y firmes, y ella se apoyó en el coche sin aliento. Entonces, notó olor a tabaco y vio que los tres hombres habían salido al porche delantero. Thorne, Matt y Chuck estaban bebiendo y fumando puros.

– Maravilloso -murmuró ella.

Subió al vehículo, metió la llave y arrancó. Después, miró por el retrovisor, vio a Slade y se puso en marcha. Las ruedas levantaron una nube de nieve; y mientras se alejaba por el camino del Flying M, se preguntó cómo podía romper la relación con su jefe.

Estaban sentados en un apartado de un pequeño restaurante de Grand Hope. Habían estado hablando del bufete, de las reparaciones de la casa de Jamie y de los asuntos de los McCafferty, incluido lo del niño de Randi, los derechos de custodia y la identidad del padre. Pero la conversación se mantuvo lejos de Slade hasta que Chuck la sacó.

– De modo que Slade y tú…

– Slade y yo salimos juntos hace años -explicó.

Jamie apartó su plato. Apenas había probado su solomillo.

– ¿En serio? Nunca lo habías mencionado.

– Porque no vi la necesidad.

Una camarera esbelta y rubia se llevó los platos. Sonaba música de fondo.

– ¿Y qué vas a hacer al respecto? El pasado es una cosa, pero el futuro es algo bien distinto -dijo Chuck, echándose hacia delante-. Sabes lo que siento por ti, Jamie. Esperaba que tú y yo…

Chuck la tomó de la mano y le acarició los nudillos.

– No creo que eso sea posible -dijo ella-. Nuestros mundos son muy distintos.

– ¿Y el de McCafferty no lo es?

– Slade no tiene nada que ver con esto.

– Te amo, Jamie.

Ella sacudió la cabeza.

– Pero me ridiculizas…

– No, eso no es cierto.

– Claro que es cierto, Chuck. Lo has hecho hace un par de horas, con tu amigo Thorne. Has hablado de mí con condescendencia, burlándote, y ambos sabemos que lo has hecho porque soy una mujer -declaró.

– ¿Cómo? -preguntó, sinceramente sorprendido-. ¿De qué demonios estás hablando?

– Deberías haberme apoyado, Chuck; pero en lugar de eso, te has dedicado a buscar mis posibles equivocaciones y a enfatizarlas delante de los demás. Ha sido insoportable. Como si Thorne y tú compartierais una broma privada sobre una mujer estúpida.

– Eso es totalmente ridículo, Jamie. Yo nunca he contratado a nadie por su sexo, su credo o su grupo étnico. Lo sabes de sobra. Si trabajo contigo, es porque eres una gran profesional.

– Sí, no lo dudo, pero me has tratado con condescendencia, como siempre.

– Yo no he hecho eso…

– Por supuesto que lo has hecho. Si Frank Kepler, Morty Freeman o Scott Chávez hubieran estado en esa habitación, habrías apoyado todas sus decisiones aunque hubieran cometido alguna equivocación. Pero conmigo es distinto.

– No es así, Jamie…

– Lo es, Chuck. Y me he sentido muy mal.

Chuck la miró con desconcierto.

– Puede que estés demasiado sensible, Jamie. Como intentas impresionar a los McCafferty y especialmente a ese niñato…

– Eso es un golpe bajo, Chuck.

– Pero es verdad.

Jamie no se lo discutió. Tenía parte de razón. En el fondo, intentaba impresionar a Slade para demostrarle que ya no era una adolescente, sino una abogada de éxito, una mujer adulta, con encanto y dinero, a quien él había abandonado años atrás.

Tomó un poco de café, dejó la taza a un lado y miró a su jefe.

– Al margen de lo que sienta por Slade McCafferty, o de lo que haga al respecto, lo nuestro no tiene futuro, Chuck. Lo sabes tan bien como yo.

Chuck arqueó una ceja, pero la dejó hablar.

– Pedimos cosas distintas a la vida. Estamos en momentos distintos de nuestras vidas.

– Y además, soy un cerdo arrogante.

Jamie estuvo a punto de atragantarse con el café. Pero se limpió los labios con la servilleta y asintió.

– Bueno… sí, a veces.

– Puede que necesite una mujer fuerte que me ponga en mi sitio.

– Estoy segura. Pero esa mujer no soy yo.

Chuck suspiró, se cruzó de brazos y se recostó en el asiento.

– No te das cuenta de cuánto te quiero y de cuánto me gustas. Y eso es importante, aunque no lo sepas -afirmó-. Nunca has estado casada, Jamie… la pasión es fundamental, no lo dudo, pero tienes que ser compatible con la persona que elijas. No puedes estar con alguien que te disgusta.

Jamie no se lo discutió.

– Y tienes razón al suponer que no quiero más hijos. Tres son suficientes para mí; y no desde un punto de vista económico, sino también personal y emocional. Ya he sufrido toda mi ración de cambios de pañales, piernas magulladas, corazones rotos y coches destrozados… cosas que no son nada fáciles.

Chuck se detuvo un momento y concluyó;

– Ahora les estoy pagando la universidad, y cuando el último termine la carrera, ya casi estaré en edad de jubilarme. No quiero empezar con eso otra vez. Quiero tiempo para mí, y dedicarles el resto de mi vida a ellos y a los nietos que vendrán inevitablemente. Mis hijos se lo merecen.

– ¿Y qué hay de tu esposa? ¿Ella también podría disfrutar de tu tiempo libre?

– Sobra decirlo.

Jamie sacudió la cabeza.

– Te comprendo muy bien, Chuck, pero yo no puedo renunciar a ese sueño. Lo quiero todo: una carrera, un amor, niños, un coche y una casa con jardín, un columpio y una valla blanca. Llámame anticuada si quieres, pero es lo que deseo.

– ¿Y crees que ese McCafferty te lo proporcionará?

– Lo dudo. No estoy hablando de Slade ni de su forma de entender la vida. Te estoy hablando de mí.

Jamie abrió el bolso, sacó la cartera y la abrió.

– ¿Qué estás haciendo? -Invitarte a cenar.

– No, no, invito yo. A cuenta de J.M.S.

– Esta vez, no.

– Insisto.

– Sabía que insistirías.

Jamie hizo entonces un gesto a la camarera. Cuando se acercó, le dijo:

– ¿Puede traerme la cuenta?

– Jamie… -dijo Chuck.

– No te empeñes -declaró, enojada-. Esa actitud es precisamente a la que me refería antes.

– Pero lo de cenar ha sido idea mía…

La camarera terció en la discusión:

– ¿Quieren que les cobre por separado?

– No -respondió Chuck.

– No, pagaré yo -dijo Jamie-. Y no quiero oír nada más al respecto.

– Esto es ridículo…

– Absolutamente.

La camarera volvió con la cuenta. Jamie pagó y dejó una propina generosa; se sentía más libre que en muchos años, aunque de Chuck no se podía decir lo mismo: estaba tan enfadado que casi echaba humo.

– Puedes presentar la factura en el bufete -dijo él-. Como gasto profesional.

Jamie alcanzó el bolso.

– Sé que puedo, pero no lo voy a hacer. Me voy, Chuck. Y no me refiero exclusivamente a nuestra relación. Dejo el bufete.

– ¿Que lo dejas? No, no, espera un momento… te estás dejando llevar por las emociones. Te comportas como la típica mujer histérica.

– Tal vez, pero además de ser eso, también soy una abogada magnífica. Te enviaré mi dimisión por fax. La tendrás en tu despacho a primera hora de la mañana.

Jamie se levantó y se marchó. Pero no fue completamente consciente de lo que había hecho hasta que llegó a casa de su abuela. Entonces, se miró en el espejo y se dijo:

– Lo hecho, hecho está.

Iba a empezar de cero. Con o sin Slade McCafferty.

– ¿Qué piensas hacer con Jamie?

Randi lo preguntó sin preámbulos, cuando entró en el salón. La casa estaba a oscuras y todos se habían ido a dormir; todos, excepto Slade, que estaba sentado junto al fuego, recordando lo sucedido con Jamie en el pajar del establo. En la mesita, a su lado, tenía una copa; pero en realidad, no le apetecía beber.

Randi, vestida con una bata y unas zapatillas, se sentó en la mecedora con su bebé en brazos. Inclinó la cabeza, miró a su pequeño y le dio el biberón.

– ¿A qué te refieres? -preguntó él.

Randi bostezó.

– No niegues lo que sientes por ella. Ambos sabemos que esa abogada te interesa, y si no haces algo pronto, se marchará con Chuck Jansen y la habrás perdido para siempre.

– ¿Cómo puedo perder lo que no tengo?

– Oh, vamos… recuerda que soy especialista en relaciones sentimentales -contestó-. Soy una profesional.

– Una profesional que admite no estar en plena posesión de sus facultades mentales.

Randi sonrió.

– No hace falta ser un lince para darse cuenta de eso. Ella te quiere y tú la quieres. Fin de la historia. Es muy sencillo. Pero no va a cometer el error de esperarte… ya lo hizo en el pasado, y una mujer como Jamie Parsons no tropieza dos veces en la misma piedra.

Slade frunció el ceño y pensó en su breve aventura adolescente y el niño que habían perdido. Al ver a su hermanastra con el bebé, se sintió terriblemente culpable y se preguntó si alguna vez tendría un hijo, o tal vez una hija.

Su padre ya se lo había aconsejado tiempo atrás. Le había dicho que no desperdiciara su vida, que la vida era más corta de lo que imaginaba y que había llegado el momento de sentar cabeza y fundar su propia familia. En aquel momento, estaba tan enfadado con el mundo y con el propio John Randall que no le hizo caso; sólo más tarde, cuando su padre falleció, se dio cuenta de que estaba en lo cierto. Pero para entonces, ya no se lo podía agradecer; era demasiado tarde.

Randi se balanceó en la mecedora. Slade alcanzó su copa y echó un trago de whisky que le quemó en la garganta, pero no le tranquilizó.

– No sé lo que ha visto en ese Jansen -continuó ella-. Pero puede que no esté buscando el amor, sino la seguridad y la compañía. Puede que se haya cansado de estar sola.

– ¿Hablas de Jamie? ¿O de ti? -preguntó su hermana-. Sé que estás acostumbrada a dar consejos sentimentales a tus lectores, pero conmigo no te va a servir. Yo sé lo que quiero, Randi.

– Lamento no estar de acuerdo contigo, hermanito.

– No soy tu hermanito.

– ¿Ah, no? Eres el más pequeño de mis hermanos… que seas más grande y más viejo que yo no significa que seas más sabio.

– Eso es verdad -ironizó-. Pero no veo que tú te apliques tus propios consejos.

– No te entiendo.

– Empecemos con tu hijo, si quieres.

– No quiero hablar de eso.

– Aunque no quieras, tendrás que admitir que no le has buscado una familia perfecta, precisamente…

– No sabes de lo que estás hablando.

Joshua eructó en ese momento, y su cabello rojizo brilló con la luz de las llamas.

– Slade, no estábamos hablando de mí, sino de ti -continuó-. Fíjate en Thorne, por ejemplo; siempre pensé que era un soltero empedernido, y ahora se ha casado y es feliz. Nicole, él y las niñas son una familia, aunque nuestro hermano no sea el padre biológico de las pequeñas.

Slade pensó en su padre real, Paul Stevenson, y se dijo que era un idiota. Enviaba puntualmente sus cheques, para contribuir a la manutención de las niñas, pero no llamaba ni pasaba nunca a visitarlas. Nicole había comentado en cierta ocasión que Paul había sido un simple donante de esperma, y Slade no podía estar más de acuerdo.

– Sí, bueno, Thorne se ha casado. ¿Y qué?

– Y Matt se casara pronto. Kelly y él también son felices…

– Tan felices que me enferman.

Randi rió.

– Es que están enamorados, hombre…

– Supongo.

– Lo están -puntualizó ella-. Pero sólo quedas tú.

– Y tú -le recordó.

– Yo tengo a mi hijo. No necesito un hombre, y no me lo discutas. Eres uno de esos tipos que creen que una mujer no puede vivir sin un hombre a su lado. Pero en mi caso, te equivocas totalmente. Sé cuidar de mí misma.

– Pues no se puede decir que lo estés haciendo muy bien. Han intentado matarte. Y uno una, sino dos veces… si las cosas siguen así, es posible que a la tercera vaya la vencida. Pero en cualquier caso, no eres tan independiente como afirmas. Siempre has dependido de los hombres.

– ¿Tú crees?

– Por supuesto que sí. Primero de papá, y ahora, cuando te metes en líos, de tus hermanastros. No eres tan fuerte como piensas, hermanita -contestó Slade-. Y, en cuanto a lo que dices sobre las mujeres y los hombres, tal vez sea cierto; pero a veces necesitamos la compañía de alguien.

– A eso quería llegar. Podrías tener el amor que han conseguido tus hermanos. Podrías tenerlo con Jamie… si no eres tan estúpido ni tan cabezota como para dejarla marchar.

– Gracias por el consejo -murmuró-. Lo pensaré.

Slade se levantó, se dirigió al vestíbulo y se puso el abrigo. La pierna le dolía, pero salió al exterior de todas formas. Necesitaba un poco de aire.

Harold corrió hacia él mientras Slade caminaba hacia el establo. Sacó el último cigarrillo que le quedaba y se puso de espaldas al viento para encenderlo, pero falló cinco veces antes de conseguirlo. Después, dio una larga calada y contempló el rancho, los campos, la casa y todo lo que John Randall había amado en vida. Quizá había llegado el momento de sentar cabeza. Jamie era la mujer adecuada para él, pero no sabía si aún lo querría a su lado.

Tiró la colilla al suelo y caminó hacia el establo.

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, llamaría a Jamie y le diría lo que sentía por ella. Ahora sólo quería encontrar el reloj de su padre.

Llevó una mano a la puerta y abrió.

La explosión fue tan fuerte que lo tiró al suelo. El establo empezó a arder por los cuatro costados, con llamas intensas, brillantes, cegadoras.

Slade oyó los relinchos de terror de los caballos.

No tenía tiempo que perder. No podía pararse a pensar.

Se levantó y entró en el infierno.

Capítulo 12

La explosión hizo temblar la casa.

Randi se levantó de la cama, tomó a Joshua en brazos y salió al pasillo.

– ¡Por todos los demonios, llamad a la policía! -exclamó Thorne, que salía en ese momento del dormitorio principal-. ¡Nicole! ¡Sal de una vez!

Randi se puso unos zapatos como pudo.

– ¿Qué ha pasado? ¿Lo habéis oído?

– No sé qué ha pasado, pero no es nada bueno. ¡Todo el mundo fuera! -ordenó su hermano mayor-. ¡Nicole! ¡Vamos!

Nicole salió corriendo de la habitación. Se había puesto una bata y estaba intentando llamar con el teléfono móvil.

Bajaron por la escalera a toda prisa.

– ¿Dónde está Slade? -preguntó Thorne.

– Salió hace unos minutos. Yo acababa de subir al dormitorio -contestó Randi-. ¿Se puede saber qué está pasando? No entiendo nada…

Al reparar en la luz brillante y rojiza que iluminaba el interior de la casa, se acercaron a las ventanas y miraron al exterior.

– ¡Oh, Dios mío! ¡Es el establo!

Todos salieron al porche. El viejo establo ardía por todas partes.

– ¡Oh, no! -gritó Randi.

– No puede ser… -dijo Nicole.

– ¡Alejaos de la casa! -exclamó Thorne-. ¡Todos! ¡Ahora mismo!

Las gemelas empezaron a llorar. Randi encontró un abrigo y salió de la casa inmediatamente. No quería ni pensar que Slade pudiera estar en el granero. La idea era demasiado terrible.

– ¡Sí, sí… en el rancho Flying M, a treinta kilómetros al norte de Grand Hope! -dijo Nicole por teléfono-. Necesitamos que envíen una ambulancia, a los bomberos… y también a un veterinario. ¡Es urgente! ¡Es en la propiedad de los McCafferty!

– ¿Slade estaba en el establo? -preguntó Thorne, mirando a Randi.

– No lo sé, en serio… no sé dónde está. Estuvimos charlando un rato en el salón y luego salió; supongo que a fumar un cigarrillo… -dijo, mirando las llamas con horror.

– ¡Pues alguien está sacando a los caballos! Será idiota…

Thorne dejó a las niñas con Nicole.

– No vayas, papá…

– Encárgate de ellas y no permitas que nadie entre en los edificios. En ninguno -ordenó a su mujer-. Puede que el establo sólo haya sido el principio de algo mayor. Ah, y manteneos lejos de los coches… quién sabe si no se producirá una reacción en cadena.

– No te preocupes, Thorne.

– ¿Una reacción en cadena? -preguntó Randi.

Thorne le lanzó una mirada fulminante.

– No creerás que ha sido un accidente, ¿verdad?

Al ver que su hermano se dirigía al establo, Randi intentó impedírselo.

– No vayas… ¡Es demasiado tarde!

Nicole corrió detrás de su esposo.

– ¡Thorne! No…

– Aléjate. Encárgate de los niños y llama a Matt.

– No, no vayas, por favor. Espera a los bomberos…

– Tardarían demasiado. Pero descuida; estaré bien.

Thorne no esperó más. Se apartó un momento para dejar pasar a los animales que salían del granero, aterrorizados, y desapareció en el interior.

Nicole volvió con las niñas.

– ¡Papá! ¡Papá…!

– No os preocupéis, no le pasará nada.

Nicole estaba mortalmente pálida, pero sacó fuerzas de flaqueza y abrazó a sus hijas.

– Papá estará bien -insistió-. Ha ido a ayudar al tío Slade y a los caballos…

Molly y Mindy no dejaban de llorar. Pero Nicole no tenía más opción que ser fuerte, de modo que volvió a sacar el teléfono móvil y llamó a Matt.

Su voz sonó sorprendentemente firme, teniendo en cuenta las circunstancias.

– ¿Matt? Soy Nicole. Será mejor que vengas a casa, y que traigas ayuda. Ha habido una explosión en los establos. Están ardiendo y es posible que algunos animales estén heridos. Hemos llamado a emergencias. La policía y los bomberos ya están de camino, pero… tus hermanos están dentro.

Slade tosió y tropezó. Avanzaba de compartimento en compartimento, a duras penas, abriendo las puertas a los asustados caballos e intentando protegerse del humo con un pañuelo. Pero no era suficiente.

– ¡Slade! ¡Slade!

Era la voz de Thorne.

– ¡Sal de aquí! -exclamó Slade-. ¡Sal inmediatamente!

Slade sacó a una yegua, que huyó despavorida. Sólo quedaban dos caballos más.

– ¿Dónde te has metido, Slade? ¡No te veo!

Slade intentó responder, pero la garganta le dolía tanto que no pudo. Abrió la portezuela de Brown, otra de las yeguas, y se dispuso a salvar al último de los animales, Diablo Rojo, que pateaba y relinchaba dentro de su establo.

– ¡Slade! ¡Maldita sea! ¡Slade…!

Diablo Rojo salió tan deprisa que Slade no tuvo tiempo de apartarse. El caballo se lo llevó por delante y lo derribó.

Slade se levantó del suelo y vio que del techo caía una lluvia de chispas. La madera crujió y se acordó de las toneladas de heno que estaban acumuladas en la parte superior. Si no salía pronto de allí, se le caerían encima.

Miró la ventana y saltó hacia ella.

La viga central cedió un instante después, con un ruido tremendo.

El pajar se había derrumbado.

– ¿Fuego? ¿Qué quieres decir? ¿Dónde hay fuego? -preguntó Kelly mientras se levantaba de la cama.

– En el establo del rancho. Thorne y Slade podrían estar dentro, atrapados.

– Oh, no… -dijo ella, atónita-. Pero… ¿por qué? ¿Cómo es posible?

Matt ya se estaba vistiendo.

– Nicole no me ha dicho nada más. Probablemente no lo sabe, pero eso da igual ahora. Tengo que ir.

– Voy contigo.

Kelly alcanzó sus pantalones, un jersey y su pistola del calibre treinta y ocho.

– No creo que necesites un arma.

– Espero que no, pero me la llevaré de todas formas.

Matt ni siquiera se molestó en ponerse un cinturón.

– Sería mejor que te quedaras aquí.

– De ningún modo.

Kelly terminó de vestirse y se calzó las botas. Después, salieron de la casa, entraron en el garaje, echaron mano a un par de chaquetas y subieron a la camioneta de Matt.

Él arrancó el vehículo y ella pulsó el mando a distancia de la puerta del garaje. A lo lejos se oían sirenas.

– Son camiones de bomberos -dijo Matt.

– Y ambulancias.

De camino, Kelly marcó un número en su teléfono móvil.

– Voy a hablar con Striker -le explicó a Matt-. Y con Espinoza.

Striker sólo tardó unos segundos en contestar.

– ¿Dígame?

– ¿Striker?

– Sí, soy yo.

– Hay fuego en el rancho de los McCafferty. No sé qué lo ha causado, pero Slade y Thorne podrían estar atrapados en uno de los edificios. Por lo visto, ya han llamado a los servicios de emergencia.

– Ya estoy de camino -dijo el detective privado-. Lo he oído en la emisora de la policía y he decidido ir.

Kelly cortó la comunicación y miró a Matt. Conducía a toda velocidad, como si su propia vida dependiera de ello.

– Debería haberme quedado en el rancho -dijo él.

– Por supuesto. Y entonces, tú también estarías atrapado.

– O habría evitado esto…

Kelly comprobó que su pistola estaba cargada.

– No sé qué decirte, Matt. Empiezo a pensar que nadie podría impedir las cosas que le pasan a tu familia -afirmó.

– ¿Y todavía quieres casarte conmigo?

Kelly encendió la radio y buscó una emisora con noticias.

– Yo no me asusto con facilidad -respondió-. Por cierto, Striker me ha dicho que está de camino. Llegará en unos minutos.

– Será demasiado tarde…

Matt aceleró tanto como le fue posible. Kelly no dijo nada; se limitó a marcar el número del inspector Espinoza. Tenía un nudo en la garganta. A pesar de todos sus años como policía y detective privado, a pesar de toda su experiencia, estaba asustada. Aquél no era un caso normal. Los dos hermanos de Matt, el hombre de quien se había enamorado, se encontraban en peligro.

Nerviosa, extendió un brazo y le acarició la pierna. Necesitaba tocarlo, sentirse más segura, creer que todo iba a salir bien.

– ¿Dígame?

– Bob, soy Kelly. Puede que ya lo sepas, pero hay problemas en el rancho de los McCafferty. El establo está ardiendo, y según lo que me ha dicho Nicole, Thorne y Slade podrían estar atrapados. Han llamado a la policía. Las ambulancias y los bomberos van de camino.

– Salgo enseguida… ah, estoy recibiendo una notificación en este momento. Seguro que es la nota del sheriff.

El inspector cortó la comunicación.

– Supongo que no sabrás el número de Jamie Parsons…

Matt frunció el ceño y sacudió la cabeza.

– No, me temo que no.

– Tendríamos que informarla -dijo ella-. Nicole me ha comentado que Jamie está enamorada de Slade. Ha notado cómo lo mira.

Matt apretó los dedos sobre el volante y tomó una cuna tan deprisa que la camioneta derrapó antes de seguir adelante.

– Supongo que podrías encontrarla en la casa de su abuela… si es que no han cambiado el número de teléfono, claro está. Busca por Nita Parsons. O por Anita. Ahora no lo recuerdo.

Kelly llamó a Información y pidió el número. Después de varios intentos fallidos, localizó el número de la casa y llamó. Estaban a punto de salir de Grand Hope, y la iluminación navideña se reflejaba en la nieve de las calles. Había poco tráfico. Era una noche tranquila.

Pero a lo lejos, el sonido de las sirenas anunciaba un desastre.

El teléfono sonó como si estuviera muy lejos. Jamie se estiró, frunció el ceño, se tapó la cabeza con el edredón y sólo después, al ver que no dejaba de sonar, supo que no estaba soñando.

Abrió los ojos y miró el despertador. Era la una de la madrugada. A lo lejos sonaban sirenas de policía.

Se levantó de la cama y se dirigió a la cocina sin molestarse en ponerse unas zapatillas. Lazarus maulló al verla y la siguió.

– ¿Dígame?

Jamie miró su reflejo en la superficie de uno de los armarios. Tenía el pelo revuelto, y ojeras por haber dormido poco.

– ¿Jamie? Soy Kelly Dillinger, la prometida de Matt.

El corazón de Jamie se detuvo. A Slade le había pasado algo. Lo sabía.

– Hay fuego en el rancho de los McCafferty, en el establo.

– ¿Cómo?

Nerviosa, se apoyó en la encimera e intentó despertarse.

– No quiero asustarte, Jamie, pero existe la posibilidad de que Thorne y Slade se hayan quedado atrapados en el interior. Los equipos de emergencia ya están de camino.

– No, no puede ser. Tiene que haber un error…

Kelly tardó un par de segundos en hablar.

– Ojalá lo hubiera, Jamie.

– Oh, no…

– He pensado que debías saberlo.

– No puedo creerlo…

– Es posible que Slade se encuentre bien. Todavía no he llamado al rancho. Me informaron hace diez minutos, y puede que las circunstancias hayan cambiado en este tiempo -dijo, intentando animarla.

– Salgo inmediatamente.

– No me parece una buena idea. Será un caos, Jamie… te he llamado para informarte, pero sería mejor que te quedaras en casa. En serio, quédate allí. Me pondré en contacto contigo en cuanto sepa algo. ¿Estarás bien?

Jamie no contestó. Colgó el teléfono y subió la escalera a toda prisa. A continuación, se puso la ropa que tenía más a mano, tomó las llaves del coche y volvió a bajar. Unos segundos más tarde, ya estaba dentro del vehículo.

No podía creer lo sucedido. La idea de que a Slade le hubiera pasado algo le daba pánico.

Con manos temblorosas, arrancó el motor. Ni siquiera esperó a que el parabrisas se limpiara de vaho; sacó la cabeza por la ventanilla y se puso en marcha inmediatamente. Iba tan deprisa que derrapó varias veces en la nieve, pero le daba igual.

Cuando el parabrisas se limpió, metió la cabeza dentro del coche. A lo lejos, hacia el rancho Flying M, se divisaba un destello rojizo.

– Oh, Dios mío -murmuró.

Jamie pisó el acelerador a fondo. Como si el propio diablo le pisara los talones.

– ¡Slade! ¡Dónde demonios estás!

Slade oía la voz de Thorne, pero sólo podía gemir y toser. Al saltar por la ventana del cuarto de los arreos, había quedado atrapado debajo de una viga. Intentó liberarse con todas sus fuerzas, arañando el suelo de cemento hasta casi quedarse sin uñas, pero no podía.

– ¡Sal de ahí! -gritó su hermano.

El calor y el humo eran tan intensos que casi no podía respirar.

Pensó en Jamie, imaginó su rostro y se dijo que la amaba.

Un cristal estalló en ese momento. Lejos de allí, entre el clamor de las llamas, se oían sirenas. La ayuda estaba en camino, aunque tal vez fuera demasiado tarde.

– ¡Sal de ahí, Slade! ¡No te rindas!

Oía las palabras de Thorne como si estuviera en un sueño. Extendió los brazos hacia delante y se agarró al tablón inferior de uno de los establos. Después, apretó los dientes y tiró con fuerza, todo lo que pudo. Todos sus músculos se rebelaron. El dolor era tan insoportable como el calor.

Estaba a punto de perder la consciencia.

– ¡Aguanta, Slade!

– Márchate, Thorne -logró decir.

– Me marcharé contigo.

El edificio se estremeció y otra viga cayó a un par de metros de la cabeza de Slade. Pero justo entonces, entre las balas de heno en llamas, apareció Thorne.

Tenía la cara cubierta de hollín, y sus ojos escudriñaron el infierno hasta que divisó a su hermano.

– Ya estoy aquí…

Se inclinó sobre él, lo agarró por los hombros y tiró.

– Haz un esfuerzo, Slade.

Al ver que no podía hacer nada, Thorne alcanzó el hacha de la pared y golpeó la viga con todas sus fuerzas. Slade estaba a punto de perder el conocimiento, pero sintió un dolor tan intenso que se espabiló.

Thorne tosió, apartó la viga partida, agarró a Slade por debajo de los brazos y lo llevó hacia el exterior.

Slade intentó mover las piernas, pero no podía.

Cuando por fin salieron, Thorne exclamó:

– ¡Ayuda! ¡Necesito ayuda!

Slade sintió el aire frío y vio los destellos rojos y azules de los vehículos. Los caballos corrían de un lado a otro, nerviosos. Un grupo de bomberos apuntaba hacia el establo con sus mangueras. Varias personas, entre las que distinguió a su familia, contemplaban la escena desde el porche de la casa.

Afortunadamente, estaban a salvo.

– ¿Queda alguien dentro? -preguntó un bombero.

– No, creo que no -respondió Thorne.

Justo en ese momento, Slade divisó a Jamie. Corría hacia él con lágrimas en los ojos, haciendo caso omiso de los gritos de la policía y de los propios bomberos, que le pedían que se mantuviera a una distancia prudencial.

– ¡Slade! ¡Oh, Slade…!

Dos manos intentaron detenerla, pero Jamie corría con tanta decisión que escapó y no paró hasta llegar a él y arrodillarse a su lado.

En cuanto lo miró, supo que estaba a punto de desmayarse.

– ¡Socorro! -gritó-. ¡Socorro!

– Discúlpenos, señorita.

Unos brazos fuertes la apartaron de él. Eran los hombres de la ambulancia, que se hicieron cargo de los McCafferty. Después de sacar a Slade, Thorne había caído al suelo, agotado; tenía la piel quemada y llena de ceniza, pero seguía despierto y dando órdenes. En cambio, Slade había dejado de moverse. Estaba completamente inmóvil, en silencio.

Jamie apenas entendió lo que decían cuando se lo llevaron en una camilla. Nicole ayudó a su esposo a levantarse; Thorne cojeaba, pero se negó a que lo tumbaran como a Slade. La policía ya había llegado, y entre todos intentaban contener el fuego, alejar a los caballos y mantener a salvo a la gente.

– ¿Te encuentras bien?

Jamie alzó la mirada y vio a Kurt Striker.

– Sí, supongo que sí, pero Slade…

– Descuida. Se lo llevan al Hospital Saint James.

– Tengo que ir con él.

Jamie intentó alejarse hacia su coche, pero Kurt la detuvo.

– ¿Por qué no vas con Nicole? Va a llevar a Thorne.

– Pero…

– Ve con ellos. No debes conducir en ese estado.

Jamie miró la furgoneta del rancho Flying M. Nicole ya estaba al volante.

– No, no te preocupes, puedo conducir.

Matt apareció en ese momento. Llevaba puesto su sombrero.

– ¿Seguro que estás bien? -le preguntó-. En la furgoneta hay espacio de sobra. Te llevaría yo mismo, pero debo quedarme aquí hasta que los artificieros terminen de inspeccionar el rancho. La policía quiere asegurarse de que no hay más bombas.

– ¿Bombas? ¿Artificieros? ¿Es que no ha sido un accidente? -preguntó Jamie, asombrada.

– Me temo que no -respondió Kurt.

– ¿Queréis decir que lo han hecho a propósito? ¿Cómo podéis estar tan seguros? Aún no habéis podido comprobar…

– Mi instinto no falla con estas cosas -dijo Kurt, mirando a Randi y a las niñas-. Creo que era otra advertencia contra los McCafferty. Sobre todo, contra Randi.

– ¿Matar caballos? ¿Una advertencia?

Jamie pensó que no tenía sentido.

– Matar caballos sería absurdo; pero matar los caballos de Randi McCafferty es otra cosa. Recuerda que es la propietaria de la mitad del rancho.

– Y Matt es el propietario de la otra mitad -dijo Jamie-. O lo será pronto…

– Lo sé, pero nadie amenaza mi vida, y Randi parece ser el objetivo de un maníaco -le recordó Matt.

– Entonces, ha sido por ella…

– Es posible -dijo Kurt.

– Es lo más probable -declaró Matt, mirando a sus sobrinas y a su prometida-. En fin, será mejor que vaya a echar una mano con las niñas… Pero me pregunto en qué lío se habría metido mi hermana para que alguien quiera asesinarlos a ella y al niño y matar a unos pobres caballos.

– Será mejor que lo descubramos -dijo Striker-. Antes de que sea tarde.

Jamie miró la carretera. Las luces de la ambulancia se alejaban entre los árboles.

El corazón se le encogió cuando subió al coche y arrancó. Slade iba dentro de aquel vehículo; Slade McCafferty, el hombre al que siempre había considerado indestructible, el hombre al que no le podía pasar nada malo.

Esperaba estar en lo cierto.

Capítulo 13

Faltaban pocas horas para el amanecer. Jamie observó el aparcamiento del hospital desde las ventanas. Había dejado de nevar.

Y aún no sabía nada de Slade.

Se apoyó en el marco y echó un sobre de leche en polvo en el café. Sabía que Slade seguía con vida porque si le hubiera pasado algo, se lo habrían dicho. Pero no tenía noticias de él.

Miró las puertas dobles de la planta de Urgencias por enésima vez y cruzó los dedos para que alguien, quien fuera, un médico, una enfermera, cualquier persona, apareciera y le diera algún tipo de información. Sólo sabía que, además de las quemaduras y del humo que había respirado, también había sufrido daños en la espalda.

Estaba desesperada. Se preguntó dónde estaría Nicole, por qué no había ido a verla. Tampoco sabía gran cosa de Thorne.

Jamie había llegado cinco minutos después de la ambulancia y, al no ser familia directa de los McCafferty, los empleados del hospital se la quitaron de encima. Desde entonces habían pasado varias horas, y ya estaba agotada. Pero marcharse a casa no habría servido de nada. No podría descansar. No sin conocer el estado de Slade.

Pensó en lo que habían hecho durante los últimos días. Lo vio con el hacha, aquella primera noche, cortando madera; lo vio el día en que salieron a buscar el árbol de Navidad, con las niñas; y naturalmente, rememoró cada segundo de su encuentro amoroso en el pajar del establo, el mismo edificio donde había estado a punto de perder la vida.

Sintió un nudo en la garganta y quiso llorar.

Pero no podía. Debía mantener la calma. Cabía la posibilidad de que Slade la necesitara.

Se sentó en una de las sillas; un segundo después, oyó que la llamaban.

Era Chuck.

– ¡Jamie!

Su ex jefe avanzaba por el pasillo, hacia la sala de espera. Eran las cuatro y cuarto de la mañana y estaba afeitado y perfectamente vestido con unos pantalones de color caqui, el jersey que ella le había regalado las Navidades anteriores y una chaqueta de lana. Si hubiera llevado una gorra, cualquier habría dicho que iba a jugar al golf.

– Acabo de enterarme -declaró.

– ¿Cómo?

Chuck la miró con preocupación.

– Matt me ha llamado por teléfono. Pensó que debía saberlo… Thorne McCafferty es amigo mío -contestó.

Jamie cerró los ojos por un momento.

– Matt está muy preocupado por ti -continuó él-. Bueno, Matt y su prometida… ¿cómo se llamaba?

– Kelly.

– Sí, en efecto, la mujer que se casará con él en cuanto las cosas vuelvan a la normalidad -dijo Chuck, intentando bromear para animarla-. Creo que la hermana de Thorne está a punto de llegar. Por lo visto, estaba esperando a que llegara la niñera, o el ama de llaves, y se quedara con los niños.

– Comprendo.

– ¿Te encuentras bien?

– Más o menos -respondió.

– ¿Y Thorne?

– No sé nada, pero estaba bien cuando lo dejé. Espero que Nicole aparezca en algún momento y me informe.

– Por lo que Matt me ha dicho, Slade se ha llevado la peor parte. Tengo entendido que Thorne entró en el establo a sacar a su hermano.

– Sí, eso parece, pero no sé nada más. Sólo sé que Thorne entró, lo sacó de entre las llamas y lo dejó en el exterior. Slade perdió la consciencia rápidamente.

Chuck se sentó junto a Jamie.

– Estás enamorada de él, ¿verdad?

Jamie asintió.

– Creo que sí. Bueno, creo que…

– Descuida, Jamie, no tienes que darme explicaciones -la interrumpió, mirándola con cariño-. Siempre supe que lo nuestro no saldría bien, que yo no era lo que tú querías; pero esperaba que… en fin, dejémoslo. Sólo espero que sepas lo que haces.

– Lo sé, Chuck.

– Entonces, te deseo suerte.

Jamie tuvo la impresión de que Chuck iba a decir algo más, pero las puertas dobles se abrieron a continuación y apareció Nicole, con expresión muy seria.

Jamie salió a su encuentro.

– Lo siento, no he podido venir antes.

– ¿Cómo está Slade?

– Saldrá de ésta. Ha sufrido heridas de poca importancia y quemaduras de segundo grado en la cara y en las manos, pero no es eso lo que preocupa a los médicos.

– Entonces, ¿qué es?

– Su espalda, Jamie. Tiene dañada una vértebra. Podría tener problemas en la médula espinal -contestó.

Jamie osciló de tal manera que Chuck se acercó y la tomó del brazo.

– ¿Es muy grave? -acertó a decir.

– Todavía no lo sabemos.

– ¿Está consciente?

– No.

– ¿Y qué pronóstico tiene? -intervino Chuck.

– Es pronto para saberlo, pero el doctor Nimmo es un neurocirujano magnífico y se mantiene en contacto con los mejores médicos del país. Os aseguro que mi cuñado está en buenas manos.

– ¿Cuándo podré verlo? -preguntó Jamie.

– Cuando los médicos terminen con él -respondió Nicole-. Pero podrían tardar bastante… será mejor que te vayas a casa y descanses un poco. Aquí no puedes hacer nada más. Te prometo que te llamaré en cuanto sepamos algo.

– Quiero quedarme.

– ¿Para qué? No tendría sentido. No serías de ayuda -explicó Chuck.

– Tal vez no, pero me sentiré mejor.

Chuck suspiró.

– Él ni siquiera sabrá que estás aquí.

– Eso es cierto -dijo Nicole-. Márchate y descansa unas horas.

– No, no, echaré una cabezada aquí, en la sala de espera -insistió Jamie, tozuda-. Si se produce algún cambio en su estado, avísame.

Nicole asintió.

– Por supuesto.

– Gracias, Nicole…

Chuck intentó convencerla de que volviera a casa de su abuela, pero Jamie se mantuvo en sus trece.

– Jamie, piénsalo un poco. Deberías…

– No insistas, Chuck. No me vas a convencer.

Jamie se apoyó en la ventana. Chuck dijo algo sobre bajar a la cafetería y llevarle algo para desayunar, pero ella no tenía hambre.

Miró la hora otra vez, observó el movimiento del segundero y, mientras el tiempo pasaba, cayó en la cuenta de que durante muchos años no había hecho otra cosa que huir de la verdad, del hecho inequívoco de que estaba enamorada de Slade McCafferty.

Siempre lo había amado. Y probablemente, siempre lo amaría.

– Tienes que afrontarlo de una vez, Randi. Alguien te ha querido enviar un mensaje, y no se anda por las ramas.

La voz de Kurt Striker sonó seca y contundente. Sus ojos, verdes como el jade, se clavaron en ella mientras bajaba por la escalera.

Randi lo maldijo para sus adentros, pasó a su lado y se dirigió al salón. Los artificieros ya habían comprobado la casa y los bomberos habían extinguido el fuego del establo, del que sólo quedaban los restos y la cinta amarilla de la policía.

Matt había llamado a Larry Todd, el capataz, que apareció poco después. Los dos hombres y Kelly se estaban encargando de reunir el ganado y de resguardar a los caballos en el granero del rancho.

Había sido una noche terrible. Thorne y Slade seguían en el hospital; dos de los caballos habían muerto; el rancho estaba patas arriba y los niños todavía no se habían recuperado de la impresión sufrida.

– ¿Es que no me has oído? Todo esto es por ti, Randi.

Randi pensó que Striker no la dejaría en paz. Vestido con unos pantalones vaqueros y una chaqueta de cuero, el detective privado se había acercado a la chimenea para avivar los rescoldos. El salón tenía un aspecto tan agradable y familiar como de costumbre, pero si miraba más allá del árbol de Navidad, por la ventana, la realidad se imponía con la imagen de la destrucción.

– No estoy tan segura de que esté relacionado conmigo. Puede haber sido un accidente -insistió ella.

– He hablado con el jefe de bomberos. Están prácticamente seguros de que ha sido provocado. Por lo visto, pusieron una bomba conectada a la puerta, para que se activara cuando alguien la abriera. Slade no tuvo la menor oportunidad.

– Qué horror…

Kurt cruzó la habitación y se detuvo a milímetros de Randi.

– Es posible que tengas razón. Es posible que el atentado no esté relacionado contigo, sino con alguien que quiere hacer daño a tu familia en general; pero teniendo en cuenta lo que te ha pasado, creo que ha sido por ti.

Striker se pasó una mano por la nuca, pero sin apartar la vista de sus ojos.

– Reacciona de una vez, Randi. Deja de jugar con las vidas de tus hermanos y de tus sobrinas. Deja de jugar con la vida de tu propio hijo.

Randi estalló sin poder evitarlo. No podía pensar con claridad, pero no necesitaba las acusaciones y las sospechas de aquel hombre.

– ¡Yo no estoy jugando con ellos! -exclamó.

– Sólo te pido que nos ayudes a atrapar a ese canalla.

– ¿Crees que no quiero ayudaros? Striker no contestó.

– Haré todo lo que esté en mi mano, todo lo que pueda -continuó ella, enfadada y cansada de tanta acusación-. ¿Qué quieres saber?

– Todo. Todo lo que recuerdes de tu vida antes del accidente. Quiero saber en qué estabas trabajando en el periódico de Seattle. Quiero saber de qué trata el libro que estabas escribiendo. Quiero saber por qué despediste a Larry Todd. Quiero saber qué hacías en esa carretera de Glacier Park. Y por supuesto, quiero saber el nombre del padre de tu hijo.

Randi tragó saliva con inseguridad. Striker notó que no estaba dispuesta a decírselo y la agarró de los brazos, implacable.

– No más mentiras ni medias verdades ni amnesias falsas. No tenemos tiempo para más estupideces. Es una suerte que Slade y Thorne sigan vivos, Randi, y también lo es que tú sobrevivieras en el hospital; pero la suerte se acaba siempre, en algún momento… y la próxima vez, alguien podría morir.

Alguien tenía un martillo y le estaba dando golpes en la cabeza. Y esa misma persona había decidido que sus pulmones le ardieran como si estuvieran en llamas.

Eso fue lo primero que Slade pensó, pero enseguida se acordó del incendio y de sus imágenes, tan claras como si estuvieran a todo color.

Recordó el fuego, los caballos, la voz de Thorne, la viga que lo había atrapado y hasta la expresión de la cara de Jamie Parsons cuando lo vio en el exterior del edificio.

Abrió un ojo y vio barrotes de metal, cortinas y un montón de monitores a su alrededor. Por el aspecto del lugar, llegó a la conclusión de que estaba ingresado en el Hospital Saint James, el mismo hospital adonde habían llevado a Randi después del accidente de coche.

– ¿Señor McCafferty?

Slade intentó concentrarse en la enfermera que se inclinaba sobre él. La mujer sonrió de forma agradable y le tocó un brazo.

– ¿Qué tal se encuentra?

– Fatal -respondió.

La garganta le quemaba y apenas podía hablar. Quiso sentarse, pero descubrió que la espalda le dolía terriblemente y que no podía mover las piernas.

– Tendremos que ajustar su medicación para el dolor -dijo la mujer-. Acabo de llamar al médico. Supongo que aparecerá en cualquier momento.

Slade intentó mover las piernas otra vez, con el mismo resultado. Además, tuvo la sensación de que la enfermera lo miraba de forma extraña, como si le ocultara algo importante.

– Mis piernas…

– Ha sufrido un severo traumatismo en la espalda. El doctor se lo contará cuando llegue.

– ¿Un traumatismo? ¿En la espalda?

Slade apretó los dientes con fuerza y se estremeció.

– El médico…

– Olvídese del médico -la interrumpió-. ¿Me está diciendo que estoy paralizado? Dígame la verdad, por favor.

La enfermera se mantuvo en silencio.

– ¡Quiero hablar con el médico ahora mismo! -exclamó él, perdiendo la paciencia-. Y llame a mi cuñada, la doctora Nicole Stevenson, es decir, Nicole McCafferty.

Otra enfermera apareció a los pies de la cama cuando Slade empujó el colchón para incorporarse un poco.

– El médico le ha administrado unos sedantes.

– ¡No quiero sedantes! Maldita sea… ¿estoy paralítico y encima quieren sedarme para que me quede dormido?

Con un esfuerzo supremo, Slade logró sentarse en la cama.

– Señor McCafferty, por favor. Tranquilícese un poco.

Slade se miró las piernas e intentó moverlas de nuevo, pero no lo conseguía. Mientras las enfermeras le administraban los sedantes por vía intravenosa, él apartó la sábana y vio que sus piernas seguían allí, como siempre.

Algo más tranquilo, pensó que estaba soñando, que el establo seguía en su sitio, que Diablo Rojo esperaba su comida y que él despertaría en su habitación.

– ¿Dónde diablos está el médico? Llámelo y…

Slade se sintió súbitamente cansado. Justo entonces apareció Nicole.

– ¿Slade? ¿Cómo estás?

– Dímelo tú -contestó, casi incapaz de hablar-. ¿Estoy…? ¿Estoy paralítico? Dime la verdad.

Nicole lo miró durante un segundo.

– Es pronto para decirlo. Hay un problema con una de tus vértebras, pero el doctor Nimmo está haciendo lo que puede. Va a consultarlo con otros especialistas.

– Pero… existe la posibilidad…

Slade empezaba a quedarse dormido.

– No pensemos en eso ahora.

Él cerró los ojos y se preguntó cómo sería su vida si perdía la capacidad de mover las piernas. La imagen de Jamie le vino a la cabeza; pensó que era una mujer preciosa, inteligente, con éxito, una mujer con quien no podría hacer el amor, ni tal vez tener hijos, si se confirmaba el peor de los pronósticos.

Segundos después, se quedó dormido.

– Quiero ver a Slade.

Ya no estaba cansada. Cuando supo que Slade había recuperado la consciencia, Jamie sintió tal descarga de adrenalina que se levantó de la silla, como empujada por un resorte, y se enfrentó a Nicole. Chuck se había llevado a Thorne al rancho, pero Nicole se había quedado en el hospital para consultar la situación con el neurólogo y para informar a Jamie sobre el estado de Slade.

– Si está despierto y dejan entrar a las visitas, quiero verlo -insistió.

Nicole frunció el ceño.

– Ahora está dormido. Sólo ha estado consciente durante unos minutos. Las enfermeras le han administrado un sedante para el dolor.

– No me importa -declaró Jamie, que no pensaba rendirse-. Nicole, por favor, intenta ponerte en mi lugar… necesito ver a Slade. Sé que no soy de la familia, pero pensé que te las arreglarías para que me dejaran entrar.

– Podría conseguirlo, sí.

Nicole la miraba con preocupación. Llevaba una bata de médico.

– Pues consíguelo.

– ¿Seguro que estás preparada?

– Seguro.

– Sólo podrás quedarte unos minutos.

Jamie respiró a fondo.

– Lo comprendo.

– Muy bien, lo haré, pero con una condición: estarás con Slade un par de minutos y después te irás a casa a descansar. Ordenes del médico.

– De acuerdo, lo haré. Pero déjame entrar.

Nicole hizo un gesto hacia el ascensor.

– La Unidad de Vigilancia Intensiva está en la tercera planta. Su cama está en la sala común, separada de las contiguas por unas cortinas. Te acompañaré para asegurarme de que te dejan pasar.

– Gracias, Nicole.

Entraron en el ascensor y salieron en la planta de la UVI. Jamie se estremeció al ver que Slade estaba vendado, entubado y completamente inmóvil. Tenía cortes, rasguños y quemaduras por toda la cara.

– Oh, Slade… -murmuró.

– ¿Estás bien? ¿Seguro que quieres verlo?

Jamie asintió.

– Entonces, te dejaré un momento a solas con él.

Nicole se alejó hacia el mostrador de las enfermeras.

Jamie se acercó a la cama, se mordió el labio y repitió el nombre del hombre de quien se había enamorado.

– Slade… Soy yo, Jamie. He venido a ver cómo te va.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Slade estaba allí, tumbado, incapaz de moverse, y cabía la posibilidad de que no recobrara el movimiento de las piernas.

Lo tomó de la mano y añadió:

– Te pondrás bien, ya lo verás.

No podía soportar la idea de que quedara confinado a una silla de ruedas, de que ya no pudiera esquiar ni escalar picos ni descender por ríos de montaña ni conducir coches de carreras ni hacer ninguna de esas cosas que tanto le gustaban.

Pero tenía que ser fuerte. Por él.

Por los dos.

– Hay algo que quería decirte desde hace tiempo, vaquero -declaró, intentando mantener la compostura-. Te amo, Slade. Sé que te parecerá una locura, pero creo que siempre te he amado. Y quiero que sepas que estaré aquí, contigo, cuando despiertes.

Slade no movió un párpado, ni un solo músculo. Las palabras de Jamie no tuvieron ningún efecto milagroso. Siguió tumbado, inconsciente.

Jamie vio que Nicole la miraba y supo que su tiempo había terminado.

– Volveré -le prometió, conteniendo las lágrimas a duras penas-. No te vayas a ninguna parte. Espérame aquí.

Cuando se alejó, Jamie se secó las lágrimas con el dorso de la mano y permitió que Nicole la acompañara fuera de la UVI.

– Se recuperará -dijo Nicole.

– ¿Pero cuándo? -preguntó, prácticamente fuera de sí-. Oh, discúlpame, Nicole… tenías razón al suponer que esto me resultaría doloroso. Gracias por haberme dejado entrar.

Nicole sonrió.

– Ve a casa y duerme un poco. Quién sabe… puede que cuando te despiertes, Slade vuelva a ser el de toda la vida y hayamos descubierto quién puso la bomba en el establo del rancho. Te llamaré si se produce algún cambio.

– Gracias de nuevo.

Jamie pulsó el botón del ascensor y añadió:

– Como médico, ¿crees que Slade volverá a caminar?

– No lo sé -respondió, aparentemente sincera-, pero está con uno de los mejores especialistas en la materia. Pondría mi vida y las vidas de mis hijas en manos del doctor Nimmo. Además, Slade es un McCafferty. Si hay un hombre que pueda sobrevivir a esto, es él. Ha pasado por cosas peores, Jamie. El año pasado estuvo a punto de morir en un accidente de esquí. ¿Lo sabías?

Jamie asintió.

– Sí, me lo dijo.

– Yo no estaba entonces en la familia, pero Thorne me lo contó después. Sus heridas eran graves, aunque lo que llevó peor fue la muerte de Rebecca y de su bebé. Desapareció mucho tiempo. Se culpaba por no haber podido salvarlos.

Jamie se quedó helada. Sabía lo del accidente, pero era la primera noticia que tenía sobre el niño.

– ¿Insinúas que se llevaron al niño a esquiar?

– No. Rebecca estaba embarazada de cuatro o cinco meses. Pero ¿no me has dicho que Slade te lo había contado?

– No me dijo lo del bebé. Sólo sabía que había perdido a un ser querido.

El ascensor llegó y las puertas se abrieron.

– Te mantendré informada -afirmó Nicole-. Te lo prometo.

Jamie se sintió más angustiada que nunca. Slade había perdido dos hijos; primero el suyo, y luego, el de Rebecca.

Cuando llegó al piso bajo, salió del hospital y se dirigió al aparcamiento. Una vez allí, miró hacia la tercera planta, se abrochó el abrigo para protegerse del frío y vio que tenía una brizna de heno en la tela, un recuerdo de sus momentos de amor en el pajar.

Empezaba a nevar otra vez. Jamie entró en el coche y arrancó.

Habría dado cualquier cosa para que Slade volviera a caminar.

Cualquier cosa.

Capítulo 14

«Hay algo que quería decirte desde hace tiempo, vaquero. Te amo, Slade. Sé que te parecerá una locura, pero creo que siempre te he amado. Y quiero que sepas que estaré aquí, contigo, cuando despiertes».

Slade se preguntó si las palabras que había oído eran de Jamie. No sabía dónde estaba. Pero gimió, abrió un ojo y lo recordó todo de golpe.

– ¡Quiero ver a un médico! -exclamó.

Una enfermera corrió las cortinas y sonrió.

– Señor McCafferty… me preguntaba cuándo despertaría.

– Quiero ver a un médico -repitió.

– El doctor Nimmo vendrá a verlo dentro de un rato. ¿Cómo se encuentra?

– ¿Usted qué cree? -contestó, frustrado-. No puedo mover las piernas.

– Pensaba que la enfermera del turno anterior se lo habría explicado.

– Me contó lo del traumatismo, pero nada más. ¿Voy a quedar lisiado?

– No hable en esos términos. Sea positivo.

– ¿Que sea positivo? -ironizó.

– Inténtelo.

– ¿Podría llamar a mi cuñada, Nicole McCafferty?

– Le he enviado un mensaje al busca al ver que se había despertado.

– ¿Sabe si alguien ha venido a verme?

– La doctora McCafferty ha estado tres veces. También ha estado su hermano, Thorne, y una mujer.

Cuando oyó lo de la mujer, Slade supo que había sido Jamie y que no había imaginado aquellas palabras de amor que le había parecido oír en sueños. Pero llegó a la conclusión de que le había declarado su amor porque se sentía obligada con él, por pura lástima.

Las puertas de la UVI se abrieron. Nicole caminó hacia él. Tenía mal aspecto, como si no hubiera dormido en varios días.

– Mira quién se ha despertado -dijo, intentando parecer animada-. El bello durmiente en persona…

– Sí, bueno… ¿Thorne está bien?

– Sí, no ha sufrido heridas graves. Sólo unos cuantos rasguños y quemaduras sin importancia. En cuanto a ti…

– No puedo mover las malditas piernas. Lo he intentado. Todo el mundo pretende tranquilizarme y fingir que todo va a salir bien, pero no dejan de recordarme que tengo una vértebra rota y que he sufrido un traumatismo que afecta a mi médula espinal -protestó-. Dime la verdad, Nicole. ¿Voy a quedarme paralítico?

Nicole suspiró.

– No lo sé, Slade. Existe la posibilidad, pero aún no podemos estar seguros. El doctor Nimmo cree que te recuperarás, al menos en parte, pero será mejor que hables con él.

– Pues dile que venga.

– Ya lo hemos avisado. Entretanto, hay alguien que quiere verte. Le prometí a Jamie que la llamaría cuando despertaras, y ya está de camino. He quedado con ella en mi despacho, dentro de quince minutos.

Slade sintió una punzada en el corazón. Primero, Jamie le había dicho que su antigua relación sólo había sido una aventura pasajera; después, cuando hicieron el amor en el pajar, le contó que había perdido un hijo; y más tarde, se habían separado de mala manera y entre gritos. No podía creer en la sinceridad de su declaración de amor. No era tan estúpido como para engañarse de ese modo. Jamie se le había declarado porque se sentía culpable o porque le daba lástima.

Miró a Nicole, que estaba esperando una respuesta, y dijo:

– Di a Jamie que se vaya a casa. No quiero verla.

Jamie estaba tan frustrada que quería gritar.

– ¿Qué significa eso de que no quiere verme? -preguntó, mientras se sentaba en una de las sillas del despacho de Nicole.

– No sé, Jamie. Pero ha sido categórico… quién sabe, puede que cambie de opinión cuando hable con el neurólogo.

– ¿Y si no cambia?

– ¿Qué puedo hacer yo? Soy médico y él es un paciente del hospital. Si no quiere verte, yo no puedo obligarlo.

Jamie se echó hacia atrás y miró el techo de la habitación.

– Maldita sea… ¿cómo puede ser tan obstinado? Ahora necesita toda la ayuda que pueda conseguir.

– Estoy de acuerdo contigo; pero por desgracia, él no es de la misma opinión. Dale un poco de tiempo. Tiene que asumir lo que ha pasado.

– Dudo que el tiempo ayude.

– Tal vez sí, tal vez no.

Jamie se levantó, y tuvo que contenerse para no ir corriendo a la tercera planta y decirle unas cuantas cosas a Slade. Le extrañaba que no quisiera verla, pero no le preocupaba demasiado; después de hacer el amor en el pajar, después de que la besara apasionadamente al saber que tenía intención de casarse con Chuck, Jamie no tenía ninguna duda sobre sus sentimientos.

– No me importa lo que Slade haya dicho. Quiero verlo. Lo sepa o no, me necesita.

Nicole tenía aspecto de estar cansada; no parecía dispuesta a discutir con nadie.

– Le he dicho que era un error, pero ha insistido. No sé lo que ha pasado entre vosotros, y no es asunto mío, pero no puedo permitir que subas a verlo. Márchate y descansa. Es posible que Slade cambie de opinión cuando hable con el neurólogo y lo lleven a una habitación individual. Entretanto, debo respetar sus deseos.

– Pero necesita a su familia, a sus amigos, a sus seres queridos…

– Quieres decir que te necesita a ti…

– Sí -dijo, apretando los puños.

– Es posible… pero como médico, opino que deberías dejarlo en paz; es pronto, dale un poco de tiempo. Y como mujer enamorada de un McCafferty, mi consejo es el mismo: no le presiones, deja que sea él quien vaya a ti. Es la única forma.

Jamie quiso discutírselo, pero no lo hizo. Sabía que Nicole no iba a dar su brazo a torcer.

– Bueno, tengo que marcharme -continuó Nicole-. Te llamaré cuando sepa algo más.

Nicole se acercó a ella y la abrazó como si fueran hermanas, parte de la misma familia.

Jamie se emocionó un poco, pero pensó que aquello no tenía ningún sentido. Slade ya la había abandonado una vez y, por lo visto, estaba a punto de repetir la experiencia. Ella no tendría más remedio que marcharse del rancho Flying M y buscarse otro empleo en Seattle, San Francisco o, quizá, Los Ángeles. En cualquier sitio, con tal de que fuera a miles de kilómetros de Slade McCafferty, del hombre que estaba empeñado en romperle el corazón.

Kurt estaba sentado en la habitación de su motel, con una cerveza en la mesa y el televisor encendido. Faltaba una semana para Navidad y estaba atrapado en Montana intentando descubrir quién quería asesinar a Randi McCafferty.

Miró la pantalla. Acababan de informar sobre el incendio en el rancho, y ahora estaban dando la previsión del tiempo.

Ya habían pasado tres días desde el incidente. Los informes preliminares, que Kelly Dillinger había sacado del departamento del sheriff, confirmaban que había sido una bomba; pero no sabían si el agresor sólo pretendía asustar a la familia o si quería matar a alguien en concreto. La prensa había estado informando sobre el asunto, y se había difundido el rumor de que el culpable de todo era uno de los hermanos McCafferty.

Pero eso no era lo peor. La compañía de seguros se negaba a pagar los desperfectos porque también sospechaban que el incendio lo había provocado una persona de la familia.

Y todo había empezado por Randi McCafferty y su hijo.

Kurt se cruzó de brazos y se preguntó por qué se negaba a dar el nombre del padre del niño. Al principio había considerado la posibilidad de que Randi lo desconociera; pero después de hablar con sus colegas de trabajo y con sus amigos de Seattle, había llegado a la conclusión de que no era mujer que se acostara así como así con un hombre. Seguro que conocía su identidad.

Pero se negaba a decirlo.

Sacó las fotografías de su carpeta y echó un vistazo a las imágenes del accidente de coche y del incendio del establo. Cuando terminó, las dejó a un lado y empezó a estudiar unas bien distintas, las del grupo de hombres que habían mantenido relaciones con Randi.

El primero era Brodie Clanton, un abogado de Seattle con pelo oscuro, nariz aguileña y aspecto de pasarse media vida en el gimnasio. Había heredado una pequeña fortuna de su abuelo, que había sido juez, y tenía un Ferrari. Según sus informes, Randi y él habían salido el año anterior. Kurt sabía que Clanton tenía aspiraciones políticas, y que naturalmente no querría verse envuelto en ningún escándalo; desde su punto de vista, era el candidato principal para la paternidad de niño.

Randi también había mantenido relaciones con Sam Donahue, un vaquero alto y rubio que se dedicaba a los rodeos. Rebelde e independiente, vestía de forma informal y era radicalmente opuesto a Brodie Clanton.

El tercer hombre en su lista de sospechosos era Joe Paterno, un fotógrafo de prensa que trabajaba por su cuenta para el Clarion y que probablemente era el autor de la fotografía de Randi que Kurt tenía en los archivos. Era una imagen excelente; Randi aparecía con un hombro desnudo, el cabello ligeramente revuelto y una ceja arqueada, mirando con cierta malicia. Cualquier modelo habría asesinado por una foto como ésa. Randi McCafferty era una mujer extraordinariamente atractiva.

En cuanto a Paterno, había viajado por todo el mundo como corresponsal. Kurt había visto su trabajo y le parecía impresionante; tenía una gran sensibilidad para lo dramático, lo trágico y hasta lo cómico. Desde su punto de vista, el único de los tres que merecía a Randi era él. Los demás le parecían unos cretinos.

Kurt se sobresaltó un poco cuando cayó en la cuenta de lo que estaba pensando. Por mucho que Randi McCafferty le gustara, él trabajaba para su familia. Debía concentrarse en el trabajo y olvidar toda emoción particularmente cálida.

Consideró todo lo que sabía sobre el caso. La investigación del accidente de coche había terminado en un callejón sin salida; Kurt había estado en docenas de talleres, pero no había localizado el vehículo de color granate. Luego estaba el asunto del libro, pero ni la propia Randi recordaba su temática. Y en cuanto al hombre que había estado en el hospital, el que se disfrazó e intentó asesinarla, sólo sabía que no trabajaba allí.

Lo mejor que tenía era el asunto de la paternidad.

Randi se negaba a darle un nombre, pero había otras formas de acotar la búsqueda. El bebé había nacido en un hospital y, naturalmente, los médicos tenían muestras de su sangre. Sólo tenía que determinar si el niño era hijo de Clanton, Donahue o Paterno.

Devolvió las fotografías a la carpeta y admiró la imagen de Randi.

Era muy sexy. Demasiado sexy para su propio bien.

El doctor Nimmo miró a Slade a través de sus gafas. Era un hombre bajo, que llevaba una bata larga y la corbata suelta. Acababa de examinarlo y de darle todo tipo de explicaciones sobre las pruebas a las que lo habían sometido durante los dos días anteriores.

– Yo diría que ha tenido suerte -afirmó.

– Qué curioso, porque yo no me siento particularmente afortunado.

– Supongo que no, pero podría haber sido peor. Tiene dañada la tercera vértebra lumbar, pero su médula está intacta.

– ¿No ha sufrido daños?

– No, nada importante. Se recuperará pronto -respondió-. Como ve, tiene mucha suerte.

– ¿Podré volver a caminar?

– Por supuesto.

Slade se sintió como si le hubieran quitado un peso de encima.

– ¿Cuándo?

– No lo sé exactamente. Tendrá que hacer terapia y puede que lleve su tiempo; pero si no ocurre nada desafortunado, volverá a caminar. Sólo es cuestión de tiempo.

– ¿Y cuándo puedo volver a casa?

El médico apuntó algo en su informe.

– Ya lo veremos. Aunque personalmente creo que podrá marcharse dentro de uno o dos días.

El doctor Nimmo salió de la habitación y Slade echó un vistazo por la ventana. Había dejado de nevar, pero todos los coches del aparcamiento estaban cubiertos pollina capa blanca, al igual que los arbustos y parte del asfalto.

Miró el reloj y pensó que se iba a volver loco. Su familia había pasado a visitarlo, y Nicole le había comentado por enésima vez que Jamie quería verlo, pero Slade se negó a hablar del asunto.

Pensaba en ella todo el tiempo. Recordaba lo que había dicho cuando él estaba inconsciente; recordaba lo sucedido en el pajar del establo y, por supuesto, recordaba todas las veces que habían hecho el amor, quince años atrás, en graneros, campos y hasta en el asiento de atrás del Chevrolet de su abuelo.

No hacía otra cosa que imaginar su cara y su piel blanca, con pecas en el puente de la nariz; sus labios generosos; sus dientes, los más perfectos que había visto nunca; sus ojos de color avellana que se oscurecían con el deseo. Se acordaba de sus besos, de sus manos, de sus caricias, del contacto de su cuerpo y de su lengua suave, ágil, húmeda.

Como de costumbre, se excitó.

Y durante unos segundos, recobró la esperanza.

– Lo siento, Jamie, Slade no quiere verte.

Nicole lo dijo con firmeza, pero sin ocultar un fondo de preocupación.

– Lo hemos llevado a una habitación individual, pero insiste en que no quiere verte -añadió.

– ¿Por qué? -preguntó, angustiada.

– No lo sé.

– ¿Ya puede caminar?

– Lo intenta.

– Pero siente las piernas…

– Sí, aunque no debería darte esa información. Lo sabes de sobra.

– Claro que lo sé. Soy abogada. Pero necesito saberlo, maldita sea…

– Ten paciencia, por favor.

– Lo intentaré -mintió.

En cuanto colgó el teléfono, Jamie alcanzó la chaqueta y se la puso. A continuación, dio de comer a Lazarus y a Caesar y subió a su coche. Al salir de la propiedad de su abuela, vio el cartel de «se vende», y recordó que su abuela le había aconsejado que no vendiera nunca esa casa.

Arrepentida, consideró la posibilidad de quedarse a vivir en Grand Hope. Aquél era su hogar. Podía abrir su propio bufete y tal vez buscar a otro abogado que quisiera trabajar con ella y compartir los gastos. Tenía una casa, un caballo, un gato y un coche clásico. ¿Qué más podía pedir?

Sólo una cosa: Slade. Y cuando ella quería algo, lo conseguía.

Encendió la radio y condujo hacia la ciudad, hacia el Hospital Saint James, hacia Slade McCafferty.

Slade cayó en la cama, cubierto de sudor, agotado tras el esfuerzo de mover las piernas durante la sesión de terapia. El enfermero lo obligaba a caminar todos los días, apoyándose en unas barras paralelas que parecían sacadas de unas instalaciones olímpicas. Sólo tenían tres metros de largo, pero cuando terminaba, se sentía como si hubiera caminado cien kilómetros.

Después de la terapia, lo devolvían al dormitorio en una silla de ruedas, que ahora descansaba en una esquina, entre la cama y el armario, bastante pequeño.

Ya le habían advertido que la recuperación sería lenta. Hasta Thorne se lo había dicho cuando apareció en el hospital y le dio el reloj de John Randall. Slade miró el objeto, que estaba en la mesita, junto a la jarra de agua, y recordó la insistencia de su padre en que se casara y tuviera hijos.

Por desgracia, lo había intentado dos veces. Y las dos había fracasado.

En ese momento sintió una punzada de dolor en las piernas, pero se alegró. El dolor era un buen síntoma; significaba que se estaba recuperando.

Cerró los ojos y, segundos más tarde, la puerta se abrió. Slade pensó que sería alguna enfermera, pero reconoció el aroma inmediatamente.

– ¿Slade?

– Creo haber dicho que no quería verte.

Slade no abrió los ojos. No soportaba la idea de mirarla.

– Lo sé, pero me ha parecido una de tus tonterías y he decidido colarme en la habitación. Por suerte, la seguridad de este sitio deja mucho que desear. Ya sabes lo que pasa con los médicos y las enfermeras… siempre tienen pacientes a los que atender. Sé que a veces te crees el centro del universo, pero está visto que los demás no son de la misma opinión.

Slade estuvo a punto de reír. Sólo a punto.

– He pensado que no querías verme por una simple cuestión de orgullo, porque no quieres que te vea en estas circunstancias -continuó.

– ¿Ahora eres psiquiatra?

Ella dudó. Pero tomó aliento y dijo:

– Sólo alguien a quien le importas.

– Márchate, Jamie.

– No.

– Llamaré a las enfermeras.

– Pues volveré.

– Podría encargarme de que te arresten.

– Adelante.

Slade no pudo resistirse por más tiempo. Abrió los ojos y se encontró ante la cara más bonita que había visto en su vida. Tenía el pelo recogido, pero con algunos mechones sueltos; y como no llevaba maquillaje, su belleza no encontraba obstáculo alguno.

– Pensaba que ibas a casarte con Chuck.

– No, nunca. Él lo sabía y yo también.

– Pero me dijiste que…

– Te lo dije porque estaba enfadada contigo. Ya nos separamos en una ocasión, y estoy dispuesta a sufrir la misma experiencia. Te amo, es así de sencillo. Tal vez no tenga sentido y hasta es posible que no sea la más inteligente de mis emociones, pero es verdad… te amo. Y no me importa en qué estado te encuentres. Me da igual si te recuperas o no. Te amo.

Slade sintió un nudo en la garganta. Quería discutir con ella, decirle que se equivocaba; pero la convicción de su mirada y las lágrimas que empezaban a aflorar a sus ojos se lo impidieron.

– Yo… siento muchísimo lo del bebé -declaró.

– Yo también. Y lo del bebé de Rebecca… -dijo ella, derramando una lágrima-. ¿Por qué no me lo dijiste?

– ¿Por qué tardaste quince años en contármelo?

– Dos niños… Dios mío, has perdido a dos hijos. Me gustaría poder decir o hacer algo que sirviera para que te sintieras mejor…

Él apretaba los dientes con tanta fuerza que casi le dolía. Cuántas veces había mirado a J.R. y a las hijas de Nicole con envidia, pensando en sus hijos perdidos. Y ahora, apenas podía contener las lágrimas.

– La vida sigue.

– Pero habrá más.

– Tal vez no -dijo él, sonriendo con tristeza-. Además, cabe la posibilidad de que mi estado actual sea permanente.

– Lo sé.

– Podrías…

Ella le puso un dedo en los labios.

– En la vida nunca hay garantías, Slade. Los dos lo sabemos, y los dos hemos sufrido bastante. Pero a pesar de todo, con independencia de lo que pase, estoy dispuesta a pasar el resto de mi vida contigo.

Jamie apartó la mano y él la miró a los ojos.

– Cualquiera diría que quieres casarte conmigo.

Ella sonrió.

– Vaya, eres más listo de lo que pareces…

– ¿Y qué pasará con tu trabajo?

– Lo he dejado. ¿Y con el tuyo?

– En este momento, todo está en el aire. De hecho, había pensado que…

– ¿Qué?

Slade apartó la mirada.

– Vamos, Slade, desembucha.

– Verás… antes del accidente, pensé abrir un negocio con el dinero de mi parte del rancho. Tal vez una agencia de viajes, especializada en deportes extremos, o incluso un rancho para turismo rural. Pero eso fue antes del accidente.

– ¿Has cambiado de opinión?

– Sólo hasta que vuelva a caminar.

– Los médicos afirman que te recuperarás; pero aunque no fuera así, podrías montar tu negocio y dirigirlo de todas formas. Y me tendrías contigo, a tu lado, ayudándote… bueno, ayudándote en mi tiempo libre, porque pienso ganar una fortuna como jefa del bufete Jamie Parsons.

– No saldría bien.

– No, con esa actitud que tienes, nada saldría bien -se burló-. Vamos, Slade, no te rindas. Ya nos perdimos el uno al otro en cierta ocasión. No cometamos el mismo error dos veces… ¿Qué me dices?

Slade extendió un brazo, le puso la mano en la nuca y la atrajo hacia sí, aunque durante el proceso estuvo a punto de desengancharse del goteo.

Cuando sus labios se encontraron, la habitación pareció difuminarse a su alrededor. Slade cerró los ojos e imaginó un futuro con Jamie y con sus hijos, en un campo de hierba alta, con una niña sobre los hombros y dos chicos de la mano de su esposa. El sol brillaría en el cielo y se reflejaría en las aguas de un arroyo cercano.

– ¿Qué quieres que te diga? -contestó él-. En cierto modo, te lo he dicho una y otra vez desde que volviste a Grand Hope. Te amo, Jamie. Siempre te he amado. Eres tú quien no quería escuchar… he pasado cada minuto de las últimas semanas intentando convencerte de que debíamos intentarlo otra vez, de que eres la única mujer que me importa, la única. ¿Me oyes, abogada?

Jamie gimió.

– Te oigo, vaquero. Alto y claro.

– Muy bien. En tal caso, tú ganas. Nos casaremos.

Ella rió y se secó las lágrimas.

– Qué romántico eres.

– Lo seré -le prometió.

Slade la atrajo otra vez hacia sí y la besó. Entonces vio el reloj de su padre por el rabillo del ojo y pensó que tenía razón, que el viejo estaba en lo cierto, que había llegado el momento de sentar cabeza con una mujer.

Para siempre.

Epílogo

La boda de Matt fue perfecta. La mitad de los vecinos de Grand Hope se presentaron primero en la iglesia que estaba junto a la antigua estación de ferrocarril y más tarde en la fiesta del rancho, que habían decorado con velas y cientos de farolillos. Sólo habían transcurrido dos semanas desde la Navidad, lo suficiente para que a Slade le dieran el alta en el hospital.

Durante aquel tiempo, Jamie había cruzado los dedos para que no ocurrieran más desgracias como la del establo. Pero las cosas estaban muy tranquilas y Slade se recuperaba poco a poco.

La música sonaba en los altavoces que habían instalado en la casa, y los invitados charlaban y paseaban por el salón, el comedor, la cocina y el porche trasero, que habían aislado de las inclemencias del tiempo con unas lonas y calentado con varias estufas.

Matt, vestido con un traje oscuro, y Kelly, que llevaba un vestido centelleante, bailaban, se besaban, reían con el resto de los invitados y prestaban bastante atención a los padres de ella, que estaban presentes.

Jamie había oído que su relación había resultado algo problemática al principio porque la madre de Kelly, Eva, había trabajado para John Randall y habían tenido algún tipo de problema económico; pero los hijos de John habían solventado el problema y ahora se llevaban perfectamente. Hasta Karla, la hermana de Kelly, quien por lo visto había prometido que no volvería a acercarse a ningún hombre, estaba bebiendo champán y coqueteando con algunos de los solteros. Se había teñido el pelo de media docena de tonos rubios, y había resultado ser una dama de honor interesante y poco convencional.

Randi también se mezclaba y se divertía con el resto de los invitados; y para diversión de Jamie, Kurt Striker no le quitaba ojo. Por supuesto, las niñas se lo estaban pasando en grande; llevaban vestidos de terciopelo, de color rojo, con medias negras y zapatos blancos, y no dejaban de escabullirse entre los invitados, para disgusto de sus tíos.

Jamie era feliz. Pero cuando miraba hacia el establo y veía los restos ennegrecidos, o notaba la presencia de los muchos guardaespaldas y policías de incógnito, volvía a preocuparse.

En ese momento, oyó que alguien se acercaba por detrás. Era Slade, en su silla de ruedas.

– ¿Te apetece bailar?

Ella sonrió.

– ¿Con un bribón como tú?

Él la miró con malicia.

– Hasta los bribones tenemos esperanzas.

– Me encantaría.

– Excelente.

Slade se levantó de la silla, tambaleante.

– ¡Creía que era broma! -dijo ella.

Slade había mejorado mucho con la terapia, pero aquello le pareció excesivo.

– Oh, vamos -dijo él-. Seguro que no permitirás que me caiga.

– Claro que no.

– Pues vamos allá…

Él la abrazó, sonrió y añadió:

– Ya te tengo.

– Serás canalla… Pero tienes razón, Slade McCafferty, me tienes. Y no podrás librarte de mí.

– ¿Aunque lo intente?

– Sobre todo, si lo intentas.

Jamie le guiñó un ojo y pensó en las noches que habían estado juntos después de que le dieran el alta. Al principio hacían el amor con cuidado, pero con el paso de los días se iban relajando.

Bailaron un rato, hasta que ella notó el sudor de su frente.

– Vaquero, creo que ya has tenido bastante por hoy. Además, tienes que ahorrar fuerzas…

– ¿En serio? ¿Para qué?

– Para una fiesta especial que vamos a tener tú y yo más tarde, en la cama. Tenemos que celebrarlo, Slade.

Slade y ella estaban viviendo juntos en casa de la abuela de Jamie.

– Cierto. Matt ha dejado de ser un soltero.

– Sí, eso también.

– Y vamos a casarnos…

– En efecto, vamos a casarnos. Pero hay otro motivo.

– ¿Otro motivo? Ah, sí, que nadie ha destrozado la boda…

Ella lo ayudó a salir de la pista de baile. Cuando llegaron a la escalera del vestíbulo, Slade se apoyó en la barandilla.

– Bueno, en cierta forma.

– ¿Es que hay algo más?

– Algo especial. Pero no te lo daré hasta el verano que viene.

– ¿Tengo que esperar tanto tiempo?

– Me temo que sí -respondió ella-. Pero cuando llegue el verano, querido vaquero, vas a ser padre.

Jamie notó la emoción de sus ojos.

– Jamie, yo… no sabes lo que eso significa para mí. Ya he perdido a dos hijos. ¡Me has hecho el hombre más feliz de la Tierra!

Slade dejó de hablar y la besó con todas sus fuerzas, como si no quisiera separarse nunca de su boca.

Pero al final, lo hizo.

– Fuguémonos. Esta noche.

Ella sonrió.

– Pero Slade…

– Vamos, ¿y tu espíritu aventurero?

– Contigo.

– Entonces, nos vamos. Ya hemos perdido demasiado tiempo.

Él la tomó de la mano, la llevó entre los invitados y sólo se detuvo un momento para susurrar algo a Randi.

– No se lo digas a nadie hasta mañana.

– Slade, creo que estás loco -le contestó su hermana.

– Vaya novedad…

Slade rió y llevó a Jamie a la puerta.

Afuera estaba nevando. Era un enero especialmente frío y ventoso.

Pero Jamie ni siquiera lo notó. Su corazón ardía de felicidad y la calentaba por dentro. Faltaban pocas horas para que se convirtiera en la esposa de Slade McCafferty.

La aventura estaba a punto de empezar.

Lisa Jackson

Lisa Jackson nació en una pequeña ciudad al pie de las Cascades, en el estado de Oregon, y no se dedicó por completo a la escritura hasta que su hermana la animó a ello y a llevar a un editor su primer libro. Desde entonces, Jackson escribe novelas de suspense romantico contemporaneo para Kensington Books y de suspense romántico medieval para Onyx Books. Más de cincuenta libros publicados por esta autora, la han converido en la dama de la novela romántica de suspense presente en las listas de best-sellers más prestigiosas.

Vive con su familia en el Noroeste del Pacífico. Le gustan las actividades al aire libre con su familia y amigos…

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