/ Language: Español / Genre:love_contemporary,

Tentadora

Lisa Jackson

Alguien provoca un incendio en el castillo de Wybren en el que mueren los herederos. En un torreón cercano, Morwenna de Calon se despierta una noche con una revelación: fuera de los muros del castillo hay un soldado herido, cuyo rostro magullado es difícil de identificar. Morwenna presiente que se acerca el peligro. Mira fijamente al hombre medio muerto y siente un escalofrío, una premonición. El hombre herido es Carrick de Wybren, el bastardo que le robó el corazón para luego abandonarla, embarazada, por la mujer de su hermano. A Carrick lo acusan de haber prendido fuego al castillo. Sin embargo, Morwenna no puede resistirse y se convierte en presa de su fascinación. ¿Quién será el herido: un pecador o un santo? ¿Un despiadado asesino o una víctima inocente? ¿Carrick de Wybren, su amado, el hombre que tan cruelmente la engañó, o bien otra persona?

Lisa Jackson

Tentadora

Trilogía Medieval, 2

Título Original: Temptress

Traducido por: Marta-Ingrid Rebón Rodríguez

Prólogo

Castillo de Wybren, norte de Gales

24 de diciembre de 1287

«Es el momento».

La voz era suave pero insistente, como si una semilla de linaza le obstruyera la garganta y le causara una irritación leve, provocándole un picor en la parte posterior del cuello, tan persistente. Esa voz, que le retumbaba por encima de la cabeza, le alentaba a ir hacia delante mientras se deslizaba a través de la penumbra de la torre.

«Sabes que no puedes esperar más tiempo. La redención está al alcance de la mano. Para ti. Para ellos».

Se mojó los labios con un movimiento afanoso de la lengua, notó el sabor salado de su sudor a pesar de que hacía un frío espeluznante dentro de los muros del castillo, su propia respiración se confundía y mezclaba con el humo de las velas que se consumían despacio. Le dolían los músculos a causa de la tensión y el miedo; sus oídos se esforzaban por escuchar la más ligera pisada a fin de evitar ser descubierto. Todavía vacilaba.

«Debes hacerlo. Ahora. Es el momento oportuno. Los guardias duermen tras la fiesta, sus mentes están embotadas debido a toda la cerveza que han bebido. Los invitados también duermen, como si estuvieran muertos, con sus panzas repletas y las mentes aturdidas por el vino. Y la familla del señor, todos ellos, están ya a un paso de la muerte, en sus copas se vertió la poción. Su estado de alerta se ha desactivado. Escucha los ronquidos a través de las puertas de sus aposentos».

Desde las profundidades de sus hábitos, vigiló y examinó el pasillo una última vez. Y entonces, con la certeza de que Dios le hablaba, elevó la antorcha apagada hacia los rescoldos de los candelabros de la pared. De repente, el extremo impregnado de aceite se encendió y se oyó el crepitar y el siseo del fuego, que proyectó sombras temblorosas y mortales sobre el pasillo oscuro. Se inclinó con rapidez y aproximó su antorcha a los jirones de ropa empapados de aceite que había introducido por debajo de las puertas momentos antes, y luego contempló fascinado con qué rapidez las diminutas llamas se extendían a toda prisa por debajo de la puerta hasta alcanzar los juncos secos, diseminados por el suelo de los aposentos.

«Primero, el barón -pensó-, y luego los demás».

Trabajaba con apremio, mientras rezaba en voz baja y encendía todos los pabilos que se encontraban dispuestos a lo largo del pasillo, uno detrás de otro. El corazón le latía salvajemente, el sudor y el miedo le recorrían la espalda. Si le cogían, sería encarcelado, juzgado sumariamente como traidor y después colgado hasta retorcerse por las convulsiones en el umbral de la muerte. Antes de exhalar el último suspiro, su cuerpo sería destripado y descuartizado, las entrañas desparramadas aún con vida, su cabeza sería ensartada en una pica y se expondría por encima de los muros, para servir de ejemplo a todo aquel que pudiera considerar llevar a cabo ese tipo de traición.

«No debes temer. Tu causa es justa. Eres El Redentor».

El humo comenzaba a llenar el pasillo y a filtrarse sigilosamente por debajo de las puertas.

Templó los nervios. Ya estaba hecho. El resto estaba en manos de Dios o en las del diablo. No sabía en cuáles de los dos ni le importaba. Pues la voz que le había empujado a actuar de ese modo había surgido de su fuero interno, la obstinada insistencia procedía de una parte recóndita de su propio deseo, las palabras solo amplificaban lo que él anhelaba tan desesperadamente. Y, sin embargo, las escuchó con tanta claridad como si alguien se las hubiera susurrado al oído. Se decía para sus adentros que esas palabras le llegaban porque Dios quería venganza. Él no era más que su siervo… salvo que no fuera Dios quien le hubiera hablado tan íntimamente.

Salvo que fuera un demonio o incluso el mismísimo Satanás.

Miró por el techo abovedado del pasillo, respirando a duras penas, como si esperara que un ángel de la oscuridad se lanzara en picado mientras el humo subía en forma de volutas delgadas y demoníacas.

Sin embargo, no se produjo ninguna aparición.

Tanto si la voz que había escuchado provenía del cielo como del infierno, la hazaña había culminado. La redención y la venganza se aproximaban. Por fin.

Lanzó la antorcha al suelo, hacia el final del pasillo, y entonces se precipitó escaleras abajo, sus pisadas no hicieron el menor ruido mientras se alejaba de la torre y se adentraba en la noche oscura y sin luna.

Pronto alguien despertaría.

Sonaría una alarma.

Todo habría acabado.

Y la justicia, por fin, se habría servido.

Capítulo 1

Castillo de Calon

12 de enero de 1289

Morwenna dio vueltas sobre la cama.

¿Su cama? ¿O la de otro?

Levantó la cabeza y vio las ascuas encendidas del fuego, carbones al rojo vivo que arrojaban sombras doradas sobre los muros del castillo. Pero, ¿qué castillo? ¿Dónde estaba? No había ninguna ventana y en las alturas de los muros, más allá de las vigas transversales, que crujían, podía divisar el cielo de la noche, docenas de estrellas que titilaban en la distancia.

¿Dónde estaba?

¿En una prisión? ¿Acaso estaba cautiva en una torre antigua y abandonada, cuya azotea había volado por los aires?

– Morwenna.

Su nombre resonó contra los gruesos muros, reverberando y helándole la sangre.

Se retorció en la cama y miró fijamente las sombras.

– ¿Quién está ahí? -susurró con el corazón en un puño.

– Soy yo.

Una voz varonil y grave, una voz que ella reconocía muy bien, susurraba desde las esquinas oscuras de esos aposentos, que parecían no tener fin. La piel se le erizó. Al recoger la ropa de cama con una mano para cubrirse el pecho, se dio cuenta de que estaba desnuda. Con la otra mano buscó sobre la cama y los dedos se afanaron por encontrar su daga pero, al igual que la ropa, había desaparecido.

– ¿Quién eres? -preguntó ella.

– ¿No lo sabes?

¿Acaso le estaba tomando el pelo?

– No. ¿Quién eres?

Una risita grave y profunda estalló en la penumbra.

¡Oh, Dios mío!

– ¿Carrick? -susurró ella.

Y cuando apareció, visible ahora que hubo avanzado hacia la luz, un guerrero alto de espaldas anchas, ojos hundidos y barbilla cincelada. No podía confiar en él. No, otra vez no. Y la emoción le corrió por las venas y un torrente de imágenes eróticas le invadió la cabeza.

Él avanzó hasta situarse muy cerca de la cama, y el corazón de ella le golpeó en el pecho con más fuerza, la boca se le secó por completo. No podía evitar recordar el tacto de sus vigorosos músculos bajo las yemas de los dedos, el olor masculino que siempre la excitaba.

– ¿Qué haces aquí? ¿Cómo has entrado? -le preguntó, aunque se dio cuenta de que no sabía dónde estaba.

– He venido a por ti -dijo.

Ella se estremeció.

– No te creo.

– Nunca me has creído.

Ahora él estaba muy próximo a la cama y se inclinó aún más cerca. El corazón le palpitaba con fuerza cuando él, lentamente, se sacó la túnica por la cabeza, y con el brillo del fuego pudo captar el movimiento de sus músculos fornidos.

– ¿Te acuerdas?

Oh, sí… Sí, ella se acordaba.

Y se maldijo por ello.

– Debes irte -le dijo Morwenna.

– ¿Adónde?

– A cualquier sitio que no sea éste -se obligó a decirle.

La sonrisa del guerrero lanzó destellos blancos. Lo sabía. Ay, ese hombre era un demonio. Isa tenía razón. Morwenna nunca debió haberle permitido acercarse a ella, dejarle entrar en esa habitación desprovista de techo…

«Pero no lo hiciste. No sabes ni siquiera dónde estás. Tal vez seas su prisionera y ésta sea tu celda. ¿Es posible que te retenga aquí para que seas su esclava, para que le cuides, te acuestes con él y acates todas sus órdenes?»

– Si no quieres marcharte, entonces lo haré yo -dijo Morwenna.

Dejó de mirarle y buscó su ropa en el suelo y en el colgador cerca de la puerta.

– ¿Eso harás? -se burló él.

Se acomodó en la cama cada vez más cerca y jugueteó con un dedo alrededor de la boca de ella. Sintió un cosquilleo de placer en la piel. Una oleada de lujuria le recorrió la sangre.

– Creo que no lo harás.

– Bastardo.

Se rió de ella, deslizó el dedo todavía más abajo y apartó a un lado la ropa de cama, dejando al descubierto su pecho, mirando cómo el pezón respondía a su escrutinio. Aunque Morwenna sabía que estaba cometiendo un error irreparable, volvió la cara hacia la de él, sintió el calor de su aliento sobre la piel, entendió que nunca sería capaz de oponerle resistencia. Un calor sofocante invadió sus zonas más íntimas y suspiró mientras él se abría camino poco a poco y deslizaba los dedos encallecidos con lentitud por su carne trémula.

Él inclinó la cabeza y depositó un beso sobre el vientre desnudo de ella…

Ella gimió, el calor se apoderó de su cuerpo. Entonces sintió que no estaban solos, que unos ojos ocultos observaban todos y cada uno de sus movimientos. Alguien o algo con malas intenciones.

Pero ¿desde dónde? ¿En el techo vacío por donde ella veía las estrellas que destellaban a través del cielo…? ¿O era más cerca, en la misma habitación donde estaban?

– ¡Morwenna!

Alguien la estaba llamando, pero nadie la importunaría cuando el hombre a quien ella había amado con todo su corazón había vuelto.

– ¡Morwenna!

– ¡Morwenna!

Abrió los ojos.

El sueño se evaporó como un fantasma ahuyentado por la luz de la mañana.

El perro, que estaba a sus pies, resopló malhumorado.

– ¡Dios mío!

Se incorporó en la cama y se apartó el cabello de los ojos. Había sido un sueño. Simplemente un maldito sueño, de nuevo. ¿Cuándo iba a aprender de una vez por todas?

No había nadie en su habitación, ningún guerrero misterioso dispuesto a seducirla, ningún antiguo amante de regreso. Estaba sola. Y, con todo… sintió que pasaba algo, como un soplo de viento en un sepulcro sellado. Sintió un hormigueo por la piel al acurrucarse entre las sábanas.

– ¡Qué imbécil! -dijo entre dientes, obligándose a respirar normal.

Estaba en sus aposentos del castillo de Calon, en su habitación, en su torre, la que su hermano Kelan le había confiado. Miró alrededor de la amplia cámara, cuyas paredes estaban encaladas y cubiertas de tapices con escenas vibrantes. El techo, que se elevaba por encima de las vigas transversales, estaba intacto, la lumbre en la chimenea quemaba los rescoldos, los postigos de las ventanas dejaban penetrar tan sólo un rastro gris que anunciaba la llegada del amanecer. Todo estaba en su lugar. Incluso el perro, un perro sin pedigrí que heredó cuando su hermano le asignó Calon, dormía profundamente. Sus ronquidos alborotaban el pelo de la manta de conejo, extendida de cualquier manera a los pies de la cama. Había permitido que la molestaran las viejas habladurías que circulaban sobre la existencia de fantasmas en la torre. Eso era todo.

– ¡Lady Morwenna! -La voz desesperada de Isa retumbó en el vestíbulo.

Morwenna se sobresaltó. El perro, de repente despierto y en estado de alerta, brincó desde la cama y ladró como un desaforado, como si estuviera sonando una alarma.

– ¡Cállate, Mort! -le ordenó Morwenna.

El animal agachó la cabeza y gruñó en voz baja en señal de desobediencia.

Un golpe ensordecedor estalló contra la puerta.

– ¿Milady?

– ¡Ya voy! -gritó Morwenna, irritada por la urgencia en la voz de Isa.

La anciana mujer siempre estaba preocupada por el futuro, sus ojos octogenarios vislumbraban el peligro y la oscuridad en cada esquina. Morwenna se puso a toda prisa la túnica y corrió hacia la puerta hasta que los golpes se reanudaron contra los delgados paneles de roble.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

Descorrió el pestillo de la puerta, la abrió y encontró a Isa, con la cara pálida y los labios fruncidos. Junto a ella, en el vestíbulo oscuro, estaba uno de los cazadores a su servicio. Jason, un hombre alto y desgarbado, con la piel ajada y dentadura a juego, dando vueltas al sombrero que tenía entre las manos.

– ¿Qué ocurre?

– Han encontrado a un hombre en las puertas del castillo -dijo Isa, con la voz entrecortada. Los mechones del pelo, que una vez fueran rojizos, podían entreverse por debajo de su hábito y los ojos de color azul claro parpadeaban con nerviosismo-. Tiene las horas contadas, le han golpeado casi hasta la muerte. -Frunció el ceño y los labios se le tensaron-. El ataque ha sido tan salvaje que nadie… -respiró profundamente-… ni siquiera su padre podría reconocerle. -Isa sacudió la cabeza y la capucha del hábito se le deslizó hasta los hombros-. Dudo que viva un día más para contarlo. Decídselo, Jason.

– Es cierto -admitió el cazador-. Lo encontré cuando perseguía un ciervo antes del amanecer. Pasé por encima de un tronco podrido y ahí estaba, sucio y cubierto de hojas, apenas respiraba.

– ¿Dónde está ahora?

– En la torre de entrada. Sir Alexander cree que puede tratarse de un espía.

– Un espía moribundo -puntualizó Morwenna.

Isa asintió con la cabeza y la miró como si quisiera decir algo más, pero finalmente se mordió la lengua.

– ¿Le ha visto el médico?

– No, milady, todavía no -dijo Isa.

– ¿Por qué no? -preguntó Morwenna-. Nygyll debe examinar a se hombre de inmediato.

Isa no respondió. La animadversión que sentía por el médico era fuerte.

Morwenna hizo caso omiso de tales sentimientos.

– Lleven al herido a la torre, donde esté caliente. Tal vez pueda salvarse.

– Es poco probable.

– Pero lo intentaremos. -Morwenna recorrió con la mirada el pasillo y se detuvo ante la puerta de un cuarto vacío-. Que lo lleven a los aposentos de Tadd.

– No, milady -replicó Isa apresuradamente-. Eso no sería prudente… a tan poca distancia de vos.

– ¿No dijiste que estaba en las últimas?

– Sí, pero no podéis fiaros.

– ¿Acaso tú también crees que es un espía?

Isa asintió con la cabeza, el rostro se le arrugaba más de lo habitual cuando cavilaba. Miró a Morwenna mientras daba vueltas al dobladillo de la manga con los dedos nudosos y luego apartó la mirada rápidamente.

A Morwenna, el vello de la nuca se le puso de punta.

– Hay algo que no me cuentas -le dijo, recordando que se había sentido observada durante el sueño-. ¿Qué es, Isa?

– Algo se está tramando, lo presiento pero todavía no puedo precisarlo. -De repente, la anciana mujer cogió a Morwenna por el brazo y al instante los ojos se le tornaron oscuros como boca de lobo, las pupilas se le dilataron como si acabara de experimentar una de sus premoniciones-. Por favor, milady -susurró ella-, temo por vuestra seguridad. No debéis correr ese riesgo.

Morwenna quiso discutir pero no pudo. Demasiadas veces en el pasado las premoniciones de Isa se habían demostrado como ciertas. ¿Acaso no auguraba que la esposa del alfarero tendría trillizos y que moriría durante el alumbramiento del tercero? ¿No había advertido del ataque relámpago a la muralla de Penbrooke y de que, al cabo de quince días, una flecha, que por poco no alcanzó a su hermano Tadd, acertaría al árbol situado en el centro de la muralla se partiría y quedaría reducido a cenizas? Luego aconteció la muerte misteriosa de la esposa de un comerciante. Isa juró que la mujer había sido envenenada, y cuando ya todo estaba dicho y hecho, se demostró que el marido había obligado a la pobre mujer a beber cicuta al descubrir que se acostaba con el molinero. Durante la mayor parte de sus sesenta y siete años, Isa había visto cosas que los otros no podían.

– Muy bien -dijo Morwenna-. Comprueba que el hombre sea trasladado al gran salón, para que entre en calor, y que tenga a alguien al lado… Gladdys, abre la celda del ermitaño de la torre norte. Allí cabe un camastro y dispone de chimenea. Enciende el fuego para ahuyentar los bichos de la habitación. Asegúrate de que limpien las heridas al hombre y que el médico lo examine, y después que sea trasladado.

Morwenna fingió no percibir la sombra de desconfianza que nubló los ojos claros de Isa al mencionar a Nygyll, el médico del castillo. Isa y Nygyll nunca se habían llevado bien, a duras penas se soportaban.

Nygyll se consideraba un hombre de razón, un hombre práctico si bien temeroso de Dios, mientras que Isa creía en los espíritus y en la diosa madre. Nygyll llevaba viviendo en el castillo de Calon muchos años, mientras que de su traslado hacía menos de uno.

– Puede que sea tarde para salvarlo -recordó Isa.

– Entonces envía a alguien a por el sacerdote.

Notó otra tirantez apenas perceptible en las comisuras de los labios de Isa.

– El sacerdote no resultará de ayuda.

– ¿No dijiste que el hombre se hallaba entre la vida y la muerte? -Le recordó Morwenna-. Tal vez sea un hombre de fe. ¿Acaso no debería recibir la bendición y las plegarias de un sacerdote si está al borde de la muerte? -Morwenna no esperó la respuesta-. Manda a alguien a buscar al padre Daniel. Dile al sacerdote que se reúna con nosotros en el gran salón.

– Si así lo deseáis…

– ¡Sí! -dijo bruscamente Morwenna.

El cazador partió sin demora e Isa, a su vez, se alejó a toda prisa, presumiblemente a cumplir las órdenes de Morwenna. Su larga capa ondeó tras de ella hasta llegar a la escalera donde, echó una mirada por encima del hombro a Morwenna, frunció el viejo rostro en un gesto de preocupación y desapareció. Parecía que quería seguir discutiendo pero descendió de mala gana.

– Por todos los santos -susurró Morwenna una vez que estuvo sola de nuevo.

A veces Isa parecía más preocupada de lo que merecía. La vieja mujer, considerada una persona extravagante por todos los que la conocían, había criado a Morwenna y a sus hermanos y había sido una leal sirvienta de la madre de Morwenna, Lenore, hasta el final de su vida, y ahora continuaba siendo incondicionalmente fiel a Morwenna.

– Rayos y centellas -refunfuñó Morwenna volviendo al interior de la habitación.

Se embutió un manto y ocupó de nuevo su puesto.

Apenas había salido de sus aposentos, con Mort detrás pisándole los talones, cuando una puerta crujió al abrirse y Bryanna asomó la cabeza hacia el vestíbulo. El sueño persistía en sus ojos azules y los rizos formaban una masa enredada pelirroja y oscura alrededor de la cabeza.

– ¿Qué pasa? -le preguntó su hermana entre bostezos.

Aunque tenía dieciséis años y era sólo cuatro años más joven que Morwenna, la doncella a menudo tenía todo el aspecto de una niña.

– Han encontrado a un hombre herido cerca de la torre. No es nada -dijo Morwenna, con la esperanza de frenar la marea de curiosidad, siempre frenética, de Bryanna-. Vuelve a la cama.

Pero no resultaba tan fácil disuadir a Bryanna.

– Entonces, ¿a qué se debe todo este barullo?

– Es culpa de Isa. Está convencida de que el hombre es un espía, un enemigo o algo así. -Morwenna puso los ojos en blanco-. Ya sabes cómo es.

– Sí -Bryanna estiró un brazo por encima de la cabeza, parecía que el sueño se había evaporado de su mente-. ¿Y qué van a hacer con él?

– ¿Tú qué piensas?

– Le interrogarán y le darán algo de comer. Tal vez le aseen un poco.

Morwenna asintió y se reservó la noticia de que estaba a punto de fallecer. ¿Para qué iba a explicar nada a Bryanna sobre su estado? Morwenna decidió que, hasta que no viera a ese hombre, mantendría los labios sellados. Sin embargo, los rumores sobre el guerrero herido viajarían tan rápido como un relámpago a través de la torre y Bryanna no se distinguía precisamente por saber guardar un secreto.

– ¿Qué es ese hombre? ¿Un cazador? ¿Un soldado? ¿Un comerciante atacado por unos vándalos? -La imaginación de Bryanna comenzó a volar-. Tal vez Isa tenga razón. Quizá sea un espía, o peor: un cómplice de…

– ¡Basta! -Morwenna levantó su mano y se alejó de su hermana-. No sé ni quién ni qué es todavía pero, tan pronto como pueda, hablaré con él.

– ¡Te acompañaré!

Morwenna le lanzó una mirada capaz de intimidar al más valiente de los hombres.

– Más tarde.

– Pero…

– Bryanna, deja que el capitán de la guardia interrogue al hombre, que determine si se trata de un amigo o de un enemigo, permite que el médico lo examine y que descanse un poco, y después, si despierta y yo considero que es conveniente, podrás verle.

Su hermana menor la desafió con los ojos brillantes de entusiasmo.

– ¿Crees que es peligroso?

– No lo sé -dijo Morwenna.

Al cabo se dio cuenta de que había empleado una táctica equivocada, que no había hecho más que abrir el apetito de Bryanna por la aventura.

Morwenna tiñó de exasperación sus concisas palabras:

– Esperaremos. Eso es todo.

– Pero…

– ¡He dicho que eso es todo!

– ¡Tú no puedes decirme lo que tengo que hacer!

Morwenna enarcó una ceja oscura y retó a su hermana sin pronunciar una palabra.

– No tengo tiempo para esto.

Se dio la vuelta rápidamente y atravesó el vestíbulo, mientras su hermana menor ponía cara de descontento y se apoyaba contra el marco de la puerta de su habitación. Morwenna sintió la rebeldía de Bryanna tras ella, pero la ignoró. Dejó que su inquisitiva hermana probara de su propia medicina. ¿Y qué si estaba enfadada? Bryanna siempre se metía en problemas.

«Como tú», le recordó su conciencia.

¡Rayos y centellas!

Oyó voces que procedían de la escalera y descendió por ellas. El humo de las velas recién encendidas invadió su olfato junto al aroma a carne asada y a pan horneado que se desprendía de la cocina y que se filtraba a través del laberinto de vestíbulos de la torre. Los criados se afanaban de una estancia a otra, recogiendo la ropa sucia, limpiando las chimeneas, barriendo la escalera. Habían repuesto las velas y las habían encendido, lo que procuraba un poco de luz cálida en medio de ese frío día de invierno.

Morwenna alcanzó el primer piso, atravesó el gran salón y encontró la puerta principal abierta de par en par. Varios soldados acarreaban una camilla donde yacía inmóvil un hombre o lo que quedaba de él.

A Morwenna se le cortó la respiración al verlo. A pesar de que la habían advertido que iba a resultar difícil mirarle, no entendió la ferocidad con que le habían atacado. Tenía la cara hecha polvo, hinchada y llena de magulladuras, postillas en las salvajes incisiones que le cruzaban la mejilla y la frente. La suciedad y las hojas se adherían a sus cabellos, negros como la obsidiana, y los ojos eran meras hendiduras interrumpidas por unos párpados hinchados que presentaban unas sombras oscilantes entre el púrpura y el verdusco.

Las vestimentas que llevaba estaban apelmazadas con tierra y sangre y la túnica se hallaba rajada de punta a punta, hasta el extremo de que le dejaba al descubierto el pecho y los cortes recientes llenos de sangre, en carne viva.

Morwenna notó que el estómago se le revolvía.

– ¡Dios mío!

Una voz horrorizada susurró a sus espaldas:

– ¿Todavía está vivo?

A Morwenna le dio un vuelco el corazón. Se dio la vuelta y vio a su hermana de pie, en la escalera, entre el primero y el segundo piso.

Bryanna se había ataviado con una túnica de color cobre sobre el vestido, pero no se había molestado en calzarse. De pie, con los pies desnudos, sintió escalofríos y se quedó boquiabierta ante la escena que sucedía abajo en el gran salón. Se llevó una mano a la boca, sus ojos se abrían como platos, tenía piel tan blanca como la porcelana.

– ¡Por supuesto que está vivo! -dijo Morwenna.

– Apenas -masculló un soldado entre dientes-. Pobre bastardo.

La cara de Bryanna se crispó.

– Tiene un aspecto horrible. Parece muerto.

Morwenna la reprendió sin miramientos.

– ¿No te dije que volvieras a la cama? Vete de aquí.

Una vez satisfizo su curiosidad morbosa con la truculenta escena, Bryanna se santiguó y luego echó a correr descalza escalera arriba como si el mismo diablo la persiguiera.

¡Bien! Morwenna no estaba de humor para hacer frente al histrionismo de Bryanna mientras intentaba poner calma entre todos.

El gran salón, donde había reinado el silencio por el sueño hacía muy poco, ahora era un hormiguero de actividad. Los perros del castillo también estaban inquietos, la vieja perra daba vueltas, gruñía, y Mort vio la oportunidad de vencer a la bestia y robarle su rincón al lado del fuego.

Los criados se apresuraban con toallas frescas y cazos que despedían vapor de agua. Otros sirvientes encendían velas y dirigían miradas de preocupación al herido. Se colocó una cubierta de protección sobre una mesa cerca del fuego, que dos muchachos alimentaban afanosamente con madera y bombeaban con un fuelle.

El hombre que yacía en la camilla gimió aunque apenas parpadeó cuando le trasladaron a la mesa. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué le habían atacado de una manera tan feroz? Susurró algo, una palabra, aunque confusa.

– ¿Qué está pasando aquí?

Alfrydd, el administrador, entró con aire resuelto en la habitación. Era un hombre esmirriado cuya túnica siempre le colgaba de la escuálida espalda de una manera extraña. Su voz tenía una calidad de graznido nasal y era un aprensivo que a veces incluso dejaba a Isa en evidencia, pero era leal y sincero, un corazón valiente atrapado en un cuerpo esquelético.

– Oh, milady -añadió enseguida al ver a Morwenna-. Disculpadme, pero oí que habían traído a un prisionero aquí, en lugar de a la mazmorra, y dudo que sea una decisión acertada.

– La he tomado yo -dijo Morwenna, haciendo una señal hacia el herido-, y no es un prisionero.

De nuevo, el herido trató de susurrar algo, pero era ininteligible.

Alfrydd asintió, como si estuviera de acuerdo, pero no pudo ocultar su conmoción cuando sus ojos aterrizaron en el pedazo de carne humana sanguinolenta que yacía sobre la mesa.

– ¿Han llamado al sacerdote?

– Sí, y al médico -dijo ella, y añadió con impaciencia-: ¿Dónde demonios está Nygyll?

El médico entró de sopetón, como si hubiera estado esperando oír su nombre para hacer acto de presencia, y trajo consigo la fragancia a lluvia fresca y una fuerte ráfaga de viento que presagiaba nieve. Un hombre alto, que caminaba con paso ligero y aire arrogante, caminó con determinación hacia la mesa donde estaba tendido el herido. Isa le seguía de cerca, a dos pasos de él.

– Isa me aseguró que había una emergencia -dijo-. Ah…, ya veo. ¿Quién es?

Morwenna movió la cabeza.

– No lo sabemos.

¿Un amigo o un enemigo?

Nygyll cortó lo que quedaba de la túnica del hombre y se inclinó hacia él para escuchar la respiración áspera.

– Las ropas son las de un hombre pobre.

«Con todo, es sospechoso de ser un espía. Qué extraño…»

– ¿Dónde está el agua caliente? -exigió el médico.

Una criada colocó una olla sobre la mesa más cercana y otra ponía una pila de toallas cerca del agua caliente.

– Necesitaré un triturado de milenrama. -Sus ojos se entrecerraron y ordenó a la primera-: Envíe a alguien al boticario.

– Enseguida -dijo, y se alejó velozmente ondeando la falda.

Nygyll se puso a limpiar las heridas con cuidado, primero enfrentándose a las que parecían poner en riesgo su vida. Otra vez se abrió la puerta principal, y esta vez dos hombres, que hablaban en voz baja, entraron al mismo tiempo que se colaba una ráfaga de viento invernal penetrante.

Alexander, el capitán de la guardia, un hombre musculoso, de pelo rizado color castaño, mandíbula cuadrada y ojos tan marrones como una cibelina, inclinaba la cabeza hacia abajo y hablaba con el padre Daniel, el sacerdote de la torre, que tenía un aspecto tan débil como robusto era el del soldado. Independientemente de cuál fuera la estación, el sacerdote siempre estaba pálido, con la piel casi traslúcida, los ojos de un azul frío, los cabellos rojizos espesos e hirsutos, y la expresión adusta. Era un clérigo que parecía tomarse la carga de ser el mensajero de Dios como un trabajo arduo e insoportable. Sus ojos toparon con los de Morwenna un instante, después los apartó rápidamente.

Antes de que la puerta se hubiera cerrado, Dwynn el tonto se deslizó en el interior. Era un hombre de veintitantos años pero que nació con una mente que nunca dejaría de ser como la de un niño. Atrajo la atención de Morwenna pero la esquivó situándose detrás del sacerdote, fuera de su campo de visión directo. Morwenna no entendía el miedo que suscitaba en él, ya que había tratado de mostrarse amable, pero daba la impresión de querer evitarla siempre, lo cual ya le parecía bien teniendo en cuenta el humor de perros que tenía esa mañana.

Isa, mirando cómo el médico se ocupaba de las heridas del hombre, se acercó furtivamente a Morwenna.

– No podremos llevarlo -dijo, señalando con su barbilla huesuda al herido- a menos no hasta la celda del ermitaño de la torre norte, porque el suelo está podrido. Y la celda de la torre sur está ocupada por el hermano Tomás, así que sólo quedan la mazmorra, el hoyo o…

– ¿El hoyo del puente levadizo? ¿La mazmorra? -preguntó Morwenna, sacudiendo la cabeza con energía-. No, Isa. No trataremos a este hombre como si fuera un enemigo. Lo instalaremos arriba, en la cámara de Tadd, con un guardia en la puerta para estar más seguros. No hay ninguna razón para suponer que este… hombre, a las puertas de la muerte como está, nos quiera hacer daño.

Observó los ojos preocupados de la vieja mujer y se dio cuenta de que Dwynn, siempre a su lado, jugueteaba con el dobladillo desigual de su manga. ¿Qué fragmento de la conversación habría sido capaz de entender? Aunque todo el mundo dijera que era tonto o que no tenía dos dedos de frente, Morwenna a menudo se preguntaba si esa apariencia de inteligencia embotada no formaba parte de un ardid.

– Ven, dejemos a Nygyll espacio para trabajar -dijo, empujando a Isa a una antecámara que había debajo de la escalera-. ¿Por qué sir Alexander cree que el hombre es un espía?

– No lo sé -susurró Isa.

– Pero tú lo crees.

– No es exactamente así, milady -puntualizó Isa, bajando el volumen de la voz y evitando el contacto con la mirada de Morwenna.

– Entonces, qué… Oh, por los dioses, no me digas que se trata de una de tus visiones otra vez.

Isa apretó los labios delgados y entrecerró los ojos.

– No os burléis de mí, niña -le dijo, cambiando el papel de amable sirvienta por el de nodriza que la había criado-. Las cosas que he visto han demostrado ser ciertas y lo sabéis bien.

– A veces.

– La mayoría de las veces. ¿Os habéis fijado en el anillo?

Los ojos de la anciana se tornaron de un color oscuro.

– ¿Qué anillo? -preguntó Morwenna mientras la embargaba una sensación de temor creciente.

– El anillo de oro que lleva el herido. Es un anillo con un emblema. El emblema de Wybren.

El corazón de Morwenna pareció irse a detener en cualquier momento. Los muros del castillo se cernieron sobre ella.

– ¿Qué estás diciendo, Isa?

La mirada de la vieja mujer era afilada, las arrugas alrededor de los labios parecían más pronunciadas.

– Ese hombre que yace convaleciente, con el alma entre los dientes, en el gran salón, puede ser Carrick de Wybren, y el anillo que lleva está maldito.

– ¿Maldito? ¿Carrick? Por Dios, Isa, ¿te has vuelto loca? -preguntó Morwenna.

Como si su nombre fuera lo que hubiera escuchado, el hombre gritó de dolor y luego susurró, inmerso en el delirio: «Alena». Morwenna se quedó helada. No… No podía ser. Pero la voz áspera otra vez murmuró presa de la desesperación: «Alena…».

El corazón de Morwenna se derrumbó cuando oyó el nombre de la mujer que se había convertido en la amante de Carrick, la mujer de su propio hermano. Alena de Heath, la hermana menor de Ryden de Heath, el hombre a quien Morwenna estaba prometida en matrimonio. Oh, Dios. Se sintió mal en su interior y le pareció que las miradas de todos cuantos atendían al herido se clavaban en ella.

– Lo sabía -susurró Isa, pero no había rastro de triunfo en su voz. Apretó los labios y trasladó la mirada del herido a Morwenna-. Creo que este hombre es, en verdad, Carrick de Wybren -dijo suavemente mientras daba vueltas con sus viejos dedos a la piedra que colgaba de la cadena que llevaba al cuello-, y si es el maldito traidor, el asesino, que la gran Madre nos asista.

Capítulo 2

– No puede ser -dijo Morwenna. Se sentía mareada y se regañó por la debilidad que había mostrado al oír el grito desesperado del herido llamando a Alena resonó en su cabeza-. Carrick… Carrick está muerto, como los demás. -De repente sintió frío y se frotó los brazos mientras repetía lo que pensaba-: Él y su familia murieron en el incendio.

«Como su amante, Alena».

Isa sacudió la cabeza y dejó traslucir preocupación.

– Se rumoreó que había conseguido escapar. Un mozo de cuadra afirmó que había visto a Carrick alejarse sobre su corcel favorito al poco de que se declarara el incendio.

– Un cotilleo infundado -insistió Morwenna, aunque su confianza estaba desvaneciéndose.

– Restos carbonizados. Sólo se le identificó por las prendas de ropa y las joyas que no quedaron destruidas. Todo lo que dejaron los miembros de su familia fueron unos cadáveres ennegrecidos, poca cosa más que un montón de huesos.

– Tú no estabas allí.

El estómago de Morwenna se revolvió ante el cuadro que Isa pintaba. Su cabeza palpitaba, el pulso le tronaba en los oídos. «¿Podía ser cierto? ¿Acaso Carrick había sobrevivido y ahora yacía medio muerto en su torre?» No, no iba a dar crédito a esas tonterías. No eran más que los miedos más profundos de una anciana.

Isa espiró despacio, como si percibiera la incredulidad de Morwenna.

– Vedlo con vuestros ojos, milady.

Morwenna así lo hizo. Sin esperar a Isa, se apresuró al gran salón, donde la multitud se congregaba alrededor del herido. El criado regresó con un triturado de milenrama y Nygyll aplicó con cuidado la hierba medicinal sobre las heridas del paciente. El sacerdote agitaba sus manos y murmuraba plegarias sobre el cuerpo molido del desconocido, que ahora era del todo visible, puesto que le habían despojado de las ropas andrajosas y empapadas de sangre. El pecho estaba desnudo, los pelos negros se arremolinaban sobre los músculos planos y gruesos, lacios, y desaparecían bajo la sábana que le cubría la parte inferior del cuerpo. Unas marcas oscuras, contusiones y unas incisiones desagradables cubrían la piel tensa del torso, los hombros y los brazos.

– ¿Vivirá? -preguntó Morwenna.

Bajó su mirada hasta alcanzar una de sus manos que tenía los nudillos cortados y ensangrentados, con dos uñas colgando.

– Es demasiado pronto para saberlo -dijo Nygyll frunciendo el ceño. Pasaba sus manos experimentadas a lo largo de las extremidades del desconocido-. Creo que no tiene roto ningún hueso, excepto las costillas, que pueden estar fracturadas. -El médico enarcó las cejas espesas y entornó los ojos-. Cuesta creerlo dada la gravedad de sus heridas, pero de nuevo es demasiado pronto para decir nada. Si despierta, comprobaremos si puede utilizar los brazos o las piernas.

Nygyll levantó una de las manos del hombre. Como Isa había afirmado, llevaba un anillo incrustado en uno de sus dedos sucios. Parpadeó a la luz de las velas, y la boca de Morwenna se secó al reparar en el emblema grabado en el oro. Notó cómo el corazón le daba un vuelco… y un recuerdo, tan claro como el agua, apareció en su mente…

Hacía tres años de lo ocurrido. Era verano. Iban a caballo, habían parado cerca de un arroyo y Carrick, un joven de diecinueve años pero ya de corazón perverso, arrancó una rosa silvestre y se la ofreció, al tiempo que arqueó una ceja irreverente y dibujó una sonrisa juguetona en las comisuras de los labios. Ella sintió que, si tomaba la flor, pagaría un precio por ella. Con todo, aceptó con mucho gusto el regalo de pétalos rojos y se cortó el dedo con una espina oculta bajo una hoja verde y lisa.

– ¡Ay!

– Cuidado, milady -se burló Carrick-, hay que tener siempre cuidado. Lo que en apariencia es inocente a menudo demuestra ser mortífero.

– ¿Qué queréis decir con eso? -preguntó.

Él acercó el dedo de ella a sus labios y succionó la gota de sangre que brotaba sobre su piel. En ese momento vio el anillo, aunque no por primera vez, cuando resplandeció a causa del cálido sol veraniego.

– ¿Queréis hablar ahora de adivinanzas absurdas?

Su boca era cálida, la punta de la lengua suave y húmeda al tocar la pequeña herida. Morwenna sintió un cosquilleo que le subía por el brazo y le bajaba por el cuerpo hasta alcanzar su parte más íntima y húmeda.

– Esto no es absurdo. Es de verdad.

De nuevo, Carrick enarcó su ceja oscura mientras rozaba la yema de su dedo con los dientes.

Algo cálido y fogoso estaba revelándose dentro de ella y, temerosa de caer en un estado de deseo más profundo, apartó el dedo sólo para ver el destello de la risa mortífera y el brillo de diversión en los ojos azul claro de Carrick.

– ¿Tenéis miedo? -se burló él.

– ¿De vos? -negó, atormentándole mientras se acercaba a él-. No, Carrick, sólo soy precavida.

La risa del joven estalló, sonora y estentórea, y retumbó en el corazón de Morwenna. En ese instante se enamoró de esa bestia blasfema.

– Milady.

Morwenna parpadeó y prestó atención a Alexander. Las oraciones del padre Daniel habían cesado y quienes atendían al hombre desfallecido parecían mirarla fijamente.

– Disculpadme -dijo ella, aclarándose la garganta y sintiendo que el calor le subía hasta las mejillas, como si todos los que estuvieran dentro de la torre hubieran podido leer sus pensamientos-. ¿Qué sucede?

El capitán de la guardia dijo con suavidad:

– Si me lo permitís, quisiera hablar un momento con vos.

– Sí, desde luego. Vayamos al solar -dijo, y rápidamente se dirigió a la escalera-. No mováis a ese hombre -pidió al médico- hasta que yo vuelva o diga lo contrario.

– Como deseéis.

Nygyll apenas levantó la mirada mientras limpiaba una herida particularmente desagradable de uno de los ojos hinchados del paciente.

Morwenna subió la escalera a toda prisa, aliviada por alejarse del desconocido, cuyo cuerpo herido estaba terriblemente apaleado y cuya ropa andrajosa apenas le cubría el cuerpo, y del anillo inquietante que llevaba ceñido en el dedo.

El solar era una estancia grande a la que podía accederse desde el vestíbulo o desde los aposentos privados de Morwenna. Cuando entró, una de las sirvientas salió diligentemente de la estancia tras retirar las cenizas y encender el fuego.

– Milady -dijo la criada, inclinando su cabeza cuando pasó Morwenna-. ¿Hay algo más que pueda hacer por vos?

– Sí, Fyrnne, trae un poco de vino para el capitán y para mí, nos hará entrar en calor…

La criada ofreció una sonrisa y dejó entrever unos dientes separados. Una cabellera pelirroja y mullida rodeaba su cara, salpicada de pecas.

– Lo subiré de inmediato -dijo, apresurándose a salir al pasillo, las largas faldas haciendo crujir los juncos frescos que había esparcidos por la habitación.

– Queríais decirme algo -recordó Morwenna al capitán de la guardia, que se había quedado cerca de la puerta-. Por favor, tomad asiento.

Morwenna le indicó dos sillas cerca del fuego y se sentó en una de ellas.

– Decidme lo que os preocupa.

– Se trata del prisionero -dijo.

Y pareció que tomaba asiento de mala gana mientras el fuego crepitaba y chisporroteaba, desprendiendo una luz dorada que jugaba sobre sus rasgos devastados.

El capitán Alexander, un hombre robusto, de nariz torcida y ojos oscuros e inquietos, formaba parte de Calon y era uno de los criados y soldados que había heredado Morwenna con la torre.

– ¿Qué ocurre? Recordad, sir Alexander: hasta que no esté segura de que es nuestro enemigo, le consideraré un invitado.

– Podría ser un error, milady.

Los dedos gruesos frotaron la empuñadura de su espada con nerviosismo, resiguiendo la talladura intrincada del mango del arma.

– ¿Por qué?

– Deberíamos considerarle un enemigo hasta que las pruebas nos demuestren lo contrario.

– ¿Creéis que es peligroso?

– Sí.

– Pero está a las puertas de la muerte -dijo dando golpecitos con su dedo sobre el brazo desgastado de la silla, intentando evitar la idea de que ese hombre pudiera ser Carrick. No, era imposible-. Dudo que pueda infligir daño a nadie.

– No es pecado tomar precauciones -dijo el capitán.

Le asaltó a Morwenna de nuevo la advertencia que Carrick lanzara a la brisa veraniega hacía mucho tiempo: «Hay que tener siempre cuidado. Lo que en apariencia es inocente, a menudo demuestra ser mortífero».

La mirada atenta y oscura de Alexander rozó la suya, y no era la primera vez que ella notó algo en aquellos ojos marrones, algo que él rápidamente trató de disimular apartando la mirada.

Un golpe seco en la puerta rompió el incómodo silencio.

– Soy Fyrnne, milady -pidió permiso con una voz suave.

– Entra, por favor.

– El cocinero pensó que os gustaría tomar un bocado también.

La criada entró acarreando una amplia bandeja. La colocó sobre la mesa pequeña entre Morwenna y el capitán de la guardia.

Dejó una cesta con pan caliente y platillos con huevos cubiertos de gelatina, anguilas salteadas y manzanas asadas.

– Muy bien, gracias -dijo Morwenna. El estómago de Morwenna gruñó mientras ofrecía a Alexander una copa.

– Esto es todo, Fyrnne.

– Como deseéis.

Una vez Fyrnne se hubo retirado, Morwenna volvió a mirar al capitán de la guardia.

– Ahora decidme, Alexander, ¿pensáis que el hombre que está abajo es peligroso? ¿Por qué?

– Lo encontraron no muy lejos del castillo, escondido en un bosquecillo de árboles que domina el camino que conduce a la entrada trasera.

– Y golpeado casi hasta acabar con su vida. ¿Llevaba alguna arma encima?

– Sí, una daga atada con una correa a la pierna, dentro de la bota. Y una espada.

– ¿Envainada?

– Sí.

– ¿Había rastros de sangre en ella?

Alexander negó con la cabeza y tomó un trago de la copa.

– No.

– Entonces, ¿no se defendió del ataque?

– No con un arma que podamos determinar. El alguacil y algunos de sus hombres están rastreando el área donde se localizó el cuerpo.

– ¿Por otros?

– Para intentar saber qué ha pasado.

– ¿Le robaron?

– No le quitaron las armas ni el anillo, sin embargo no había rastro del caballo, ni del carro, ni del portamonedas que debía de llevar consigo. Por lo tanto, es probable que haya sido víctima de un robo.

Morwenna se llevó a la boca un huevo en gelatina e hizo caso omiso de los fuertes latidos de su corazón mientras masticaba. «El hombre que está abajo puede ser Carrick». ¿Acaso no había existido el rumor de que se había salvado del incendio que arrebató la vida a su familia? ¿Es que no se comentó que un mozo de cuadra lo había visto escapar a lomos de un caballo? ¿No era cierto que se había conjeturado que el propio Carrick era el autor del fatal fuego? ¿Por qué? ¿Qué razón podía empujarle a matar a toda su familia? Quedaba descartada la herencia de la torre como móvil puesto que había dejado creer a todo el mundo que había muerto. Desde que el mozo de cuadra extendiera ese rumor, el año pasado, nadie le había visto.

«Hasta ahora».

– Creo que deberíamos temer más a los que asaltaron a ese hombre que a la víctima.

Alexander examinó el contenido del cuenco de madera y la miró directamente.

– Lleva en el dedo el anillo de Wybren.

El corazón casi se le heló.

– Lo vi, pero nuestro enemigo no es Wybren.

– Algo pasa en Wybren.

Poco se podía hacer. Todo aquel que viera el anillo recordaría el incendio que asoló la torre de Wybren hacía un año, durante la Nochebuena, y las acusaciones que profirió el barón Graydynn, ahora señor del castillo, que poco hicieron para acallar los rumores.

– Mató al menos a siete personas, miembros de la familia del barón Dafydd, la mujer, cinco hijos y la nuera. El único que logró escapar fue su hijo Carrick. Se rumorea que fue un asesinato.

Ella toqueteó su copa de vino.

– ¿Creéis que Carrick provocó el fuego, mató a su familia, huyó a caballo, desapareció durante un año y, ahora, por algún motivo inexplicable, está tendido apaleado sobre una mesa en el gran salón?

Alexander había alcanzado una anguila pero se detuvo, la mano se mantuvo inmóvil sobre la fuente.

– Es posible.

– Pero no probable. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Por qué iba a matar a su familia y después desaparecer?

– No lo sé. Quizá les guardara rencor.

– ¿A toda la familia? Siete personas perdieron la vida. Siete -recordó al capitán de la guardia y a sí misma-. Sir Carrick logró escapar del fuego de alguna manera, o al menos eso parece… Pero no hay ninguna evidencia de que fuera él quien provocara el incendio.

Dicho esto, terminó la copa de vino y se limpió los labios con una servilleta de lino. Los dedos le temblaban.

– ¿Por qué no me conducís hasta el lugar donde fue encontrado? Mientras tanto, que lo trasladen a la habitación de Tadd por el vestíbulo.

Tadd era su hermano, pero raras veces la visitaba, algo que Morwenna agradecía por lo general. Sin embargo, hoy habría buscado el consuelo en su consejo, aunque pudiera ser irrespetuoso.

– Podéis colocar un guardia ante la puerta, pero lo trataremos como a un invitado hasta que encontremos un indicio que nos haga pensar que se trata de un enemigo.

– Pero, milady…

Morwenna le miró fijamente y elevó la barbilla, un gesto que adoptaba involuntariamente cada vez que alguien se atrevía a desafiarla o insinuaba que por ser una mujer tenía menor autoridad que un hombre.

Alexander captó el gesto.

– Como deseéis.

– Cogeré mi capa y me reuniré con vos en la cuadra. Decid al capataz que prepare mi caballo.

El capitán hizo un ademán de protesta, pero se limitó a posar la copa sobre la mesa y asentir con la cabeza antes de abandonar presto la estancia.

Morwenna dejó escapar un suspiro. Se sacudió los dedos para limpiarse las migajas de la comida y se deslizó a la habitación contigua. Al cerrar la puerta, intentó apartar los pensamientos que le decían que el forastero herido que se encontraba en el castillo podía ser Carrick. Era una opinión ridícula, como le acababa de decir sir Alexander. Echó un vistazo a su cama y recordó el sueño que había tenido, el calor y la lujuria, el deseo y la avidez, y luego esa sensación tan real de que la observaban mientras daba vueltas entre las sábanas. Otro pensamiento absurdo. El castillo Calon era una torre intrincada, con una extensa trama de escaleras y vestíbulos, algunos de los cuales todavía no había explorado, pero nadie estaba al acecho en la sombra, vigilándola por los rincones. Sólo había sido producto de su imaginación, demasiado fértil, que alzaba el vuelo otra vez.

Se cubrió el cuerpo con una capa cálida, se puso los guantes con ayuda de los dientes y salió corriendo por la serpenteada escalera hacia abajo, al gran vestíbulo.

Los soldados levantaban la camilla del herido, que dejó escapar un gemido cuando movieron su cuerpo, y durante un segundo ella pensó que sus párpados hinchados se abrirían, pero se limitó a gemir sin despertar.

– ¿Sobrevivirá? -le preguntó al médico.

Nygyll movió la cabeza y se limpió las manos ensangrentadas y húmedas en una toalla.

– Es poco probable. Se encuentra en un estado lamentable. Demasiadas heridas. Parece fuerte, pero necesitaría una gran fortaleza para salir de ésta. Tendrá que luchar si quiere seguir viviendo.

– Ahora está en manos de Dios -añadió el sacerdote, persignándose sobre el pecho y meneando la cabeza, como si sentenciara a la pobre alma que reposaba ante él.

– Imagino entonces que hay poco que temer si se queda en la torre -dijo Morwenna.

El sacerdote se disponía a marcharse, pero Morwenna le puso la mano sobre el brazo.

– Padre, un momento, por favor -dijo, y la mirada gélida del sacerdote se encontró con la suya. Retiró la mano rápidamente-. El hombre lleva un anillo con el emblema de Wybren. Notó una tirantez apenas perceptible en los labios del sacerdote-. Es el emblema de la torre del barón Graydynn, vuestro hermano. El emblema de la torre donde murió la familia del barón Dafydd, vuestro tío.

El sacerdote no dijo nada.

– Persiste la gran preocupación de que el herido sea Carrick, vuestro primo.

– El traidor.

– Eso dicen.

La mirada atenta del padre Daniel siguió a los soldados que trasladaban al desconocido arriba.

– No, no son sólo habladurías. Es la verdad.

– ¿Lo habéis reconocido?

– No más que vos -replicó el sacerdote, y ella sólo acertó a tomar aliento-. Lo habéis reconocido, ¿verdad?

– Sí, pero…

– Es imposible decir quién es.

– Debemos esperar a que se cure.

El padre Daniel enarcó una ceja.

– Eso si se cura. Como dije, ahora está en manos de Dios. -Se santiguó y después añadió-: Pero desde luego sería prudente informar a mi hermano que su enemigo, nuestro primo, tal vez haya sido capturado.

– Lo haré cuando esté segura de que el hombre es realmente Carrick -dijo Morwenna, mirando cómo los soldados rodeaban la esquina de la escalera-. Los rumores pueden propagarse por Wybren antes de que llegue la mañana, pero hasta que no estemos seguros de quién es, no serán más que eso, rumores.

¿Quién podría haber golpeado al hombre con tanto ensañamiento y después darlo por muerto? ¿Por qué?, se preguntaba ella. ¿Había sido un robo? ¿Obra de unos ladrones desalmados? Entonces, ¿por qué no se habían apoderado de algunos de sus objetos de valor? ¿Se frustró el robo? ¿Acaso algo había espantado a los supuestos asesinos antes de que pudieran robar todo lo que querían y matar a la víctima? ¿O le habían propinado esta severa paliza para vengarse? Y si era así, ¿para vengarse de qué fechoría? ¿Qué pecado pudo cometer ese hombre para justificar un ataque tan brutal?

«¿Y por qué lleva el anillo con el emblema de Wybren?»

Morwenna no tenía respuestas para ninguna de las preguntas que la asediaban y caminaba impaciente cuando Alexander volvió, con Bryanna siguiéndole como un perrito que hubiera quedado huérfano.

– ¿El hombre se queda en la torre? -susurró ella. Sus ojos brillaron cuando miró por encima de su hombro, como si esperara que el hombre herido apareciera como un espectro detrás de ella.

– Sí.

– ¿No es peligroso? -preguntó Bryanna, dejando entrever lo que parecía ser una gran expectación.

– Creo que no, está inconsciente y apenas respira.

Morwenna dejó de prestar atención a su hermana menor y se dirigió a sir Alexander:

– Vayamos al lugar donde el cazador encontró a nuestro invitado. Tal vez determinemos qué pasó.

Alexander resopló.

– El invitado -dijo entre dientes.

– Yo también voy -dijo Bryanna, volviendo hacia la escalera, casi chocando con el sacerdote con las prisas-. Perdóneme, padre -alcanzó a decir, y luego a Morwenna-: En un santiamén vuelvo con mis cosas.

El padre Daniel encontró la mirada de Morwenna y, en ella, pudo vislumbrar recriminaciones veladas y algo más, algo oscuro y sombrío -incluso prohibido- que perduraba en sus ojos, de un azul intenso, y que desapareció instantáneamente. Como si también se diera cuenta de lo que había pasado entre ellos, el sacerdote apartó su mirada rápidamente y se apresuró a alcanzar el pasillo que conducía a la capilla.

– No sé qué conseguiréis de bueno con esto -se quejó Alexander mientras los ojos de Morwenna perseguían la figura del sacerdote.

¿Qué secretos escondía el padre Daniel? ¿Cuáles eran, en realidad, los pensamientos más íntimos de todas las personas de la torre? Sintió cómo un frío le calaba profundamente en los huesos. No era la primera vez que se sentía distanciada de todos los demás habitantes de la torre, como un pastor que no sabe nada de su rebaño. Llevaba allí menos de un año. Ella era la forastera.

– Milady -dijo Alexander, aclarándose la garganta.

– ¿Qué? ¡Ah! -exclamó ella, recordando lo que le había preguntado-. Tampoco sé lo que encontraremos en el bosque, sir Alexander, pero echaremos una ojeada, ¿de acuerdo?

Morwenna hizo una seña al guardia para que empujara la pesada puerta que daba al exterior y esperó a que la abriera. Mort, que había estado dormitando delante del fuego, se levantó y se desperezó. Apenas dio ella un paso hacia el patio de armas, oyó el alarido de una ráfaga de viento invernal, que semejaba un llanto amargo, agitaba la hierba, hurgaba en el interior de la capa de Morwenna y le abofeteaba en la cara. Hizo caso omiso de la ráfaga gélida, inclinó su cabeza y se dirigió hacia la cuadra por el camino trillado, con Mort pisándole los talones. La hierba estaba amarillenta y pisoteada, crujiente por la helada y con charcos a lo largo del sendero, donde flotaban aún restos de hielo.

Dos muchachos, con las narices rojas y gorros de lana calados hasta las orejas, transportaban leña hacia el gran salón mientras otros acarreaban cubos de agua. Una muchacha, que hacía años había dejado de ser una adolescente, lanzaba grano a las gallinas, que cloqueaban y se daban picotazos entre sí. Las plumas se dispersaban a medida que las gallinas se apartaban con premura del camino. El olor a humo, fermento de cerveza, estiércol de animales y grasa derretida impregnaba el aire frío. En los corrales, los cerdos gruñían ruidosamente y las cabras balaban mientras las ordeñaban.

El castillo estaba en pleno funcionamiento, todos se ocupaban con afán de sus tareas. La perturbación momentánea causada por la aparición del herido, por lo visto, se había esfumado. Levantó la mirada hacia el adarve y vio a los centinelas en sus puestos, como siempre. Los comerciantes y los campesinos azotaban a las bestias, que empujaban carros enormes, a través de los surcos profundos del camino principal que conducía a la torre.

Morwenna se introdujo por un camino que llevaba hasta la cabaña de las taberneras, donde las mujeres hablaban en voz alta y discutían acerca del descubrimiento del hombre.

– Le han golpeado con tanta ferocidad que ni siquiera su propia madre le reconocería -susurró Anne, una verdadera chismosa.

– Sin duda, es un ladrón que merecía este destino -respondió otra.

– O algún marido lo pescó levantando las faldas de su esposa -les confió Anne.

Las mujeres prorrumpieron en risas y Alexander exhaló un suspiro en señal de disgusto.

– Mujeres -refunfuñó el capitán de la guardia.

Morwenna apretó el paso y se alejaron de las arpías charlatanas.

Llegaron a la cabaña del armero. El sonido metálico de un martillo moldeando una cota de malla se distinguió sobre el desagradable graznido de un ganso que perseguía a un gallito, que impidió el paso a Morwenna.

Al rebasar la última puerta, Morwenna observó el cielo. Las nubes eran espesas, de un gris siniestro, y prometían descargar más lluvia.

– No sé lo que esperáis encontrar hoy -dijo Alexander bruscamente. Llegaron a la cuadra y Mort dio con su poste favorito, donde levantó la pata.

– Yo tampoco, pero tal vez mi curiosidad quede satisfecha.

Él le lanzó una mirada repleta de dudas, mientras ella se adentraba en el interior. La invadió el olor a heno, caballos, cuero y estiércol, y el viento dejó de mecerle el cabello. Morwenna anduvo, sin riesgo a equivocarse, hacia la casilla donde la pequeña yegua española, su favorita, ya estaba ensillada y la esperaba.

Alabastro, de ojos oscuros y brillantes, relinchó con fuerza y sacudió su cabeza blanca, haciendo tintinear la brida.

– Está preparada para cabalgar -dijo John, el encargado de la cuadra. Se agachó y acarició la cabeza de Mort-. Hay algo en el aire esta mañana que hace que todos los caballos se sientan molestos. -Tras incorporarse, frunció el ceño y se frotó la nuca-. Hay algo que no les gusta.

– ¿Como qué?

Él la miró mientras alcanzaba las riendas de la brida de Alabastro y meneó la cabeza.

– No sé lo que es, pero yo también lo percibo.

Acarició el cuello de Alabastro.

Un escalofrío de miedo recorrió la columna de Morwenna. John parecía un hombre robusto, un alma sensible, en absoluto se parecía a las taberneras que cacareaban o al sacerdote inquietantemente tranquilo.

– No es más que el frío y el invierno, John -dijo ella suavemente, aunque sintió que no la creía y, en verdad, ella también se sentía desconcertada.

Desde que tuvo ese maldito sueño donde se le aparecía Carrick.

¿Un sueño?

¿O un augurio?

Desterró esos pensamientos caprichosos mientras John conducía su caballo afuera. Alabastro, siempre impaciente, la nariz al viento, la cola empenachada, se sumergió en la fresca mañana y comenzó a tirar de las riendas.

– Tranquila, allí -le indicó el hombre corpulento, al tiempo que alisaba el pelaje de la crin del caballo.

La yegua, tan blanca como un fantasma, de patas y hocico grises, pertenecía a Morwenna desde hacía cuatro años.

– Tened cuidado, milady -advirtió John-. Esta mañana la tierra está resbaladiza, hay placas de hielo. Prestad atención.

– Descuida, John, así lo haré -dijo y, enarcando sus espesas cejas rubias con un signo de escepticismo, añadió-: Prometido.

– Oh, no tengo ninguna duda -dijo él rápidamente, aunque se sonrojó y su protuberante nariz resaltó más todavía mientras Morwenna subía a la grupa de la yegua.

Un sonido de pasos resonó en el camino y Bryanna, con la cara agrietada por el viento y los rizos oscuros ondeando tras de sí, llegó a todo correr por la esquina.

– Espérame -dijo ella, jadeando-. Voy contigo. John, necesito un caballo.

Morwenna ahogó un gemido y el encargado de la cuadra levantó la vista hacia Morwenna. Ella asintió con la cabeza y el capataz hizo señas a un muchacho que limpiaba la cuadra.

– Kyrth, ensilla a Mercurio para la dama. ¿Me has oído, chaval?

El muchacho echó al suelo su pala y, limpiándose las palmas de las manos en la parte trasera de los bombachos, hizo un gesto rápido de asentimiento.

– Sí. En un momento estará listo.

Se agachó sorteando el techo bajo y desapareció en el establo.

Alexander montaba su propio corcel, un semental de color rojo sangre que hacía cabriolas, tan cerca de la Alabastro, que ésta giró su cabeza blanca y trató de propinar un pellizco en el flanco al caballo más grande.

– Ten cuidado, muchacha -advirtió Morwenna-. No querrás meterte con alguien más fuerte, justo ahora.

Pero mientras hablaba al caballo, una imagen penetró en su cabeza: ella blandía una espada y corría tras Carrick. Él era mucho más fuerte que ella, medía casi dos metros y tenía una presencia imponente. Aunque ella era rápida y certera con la espada, él la había desarmado con facilidad, dejándola sin aliento, y le apuntaba con el arma al corazón. Estaban en el patio de un castillo, los dos a solas, envueltos de la fragancia dulce de madreselva y rosas que flotaba en el aire vespertino. La espalda de Morwenna había quedado al lado de un muro.

– Habéis perdido, milady -le había dicho Carrick con los ojos destellantes en el crepúsculo que se avecinaba.

– Por esta vez.

Morwenna se sacudió el pelo de la cara y encontró su mirada, mientras la espada permanecía contra ella. Jadeaba con fuerza y transpiraba a causa del esfuerzo, el corazón le palpitaba con intensidad. Carrick también estaba ruborizado, el brillo del sudor le cubría la frente.

– Siempre.

– Vos mismo os cubrís de halagos.

Su risa había sido lenta y sensual.

– Tal vez lo haga porque nadie lo hace.

– Y ahora pedís un cumplido.

Su sonrisa burlona era casi diabólica.

– Y no me dedicaréis ninguno, ¿me equivoco?

Ella había inclinado su cabeza hacia atrás y se había reído.

– Aquí es donde os equivocáis. Creo con todo mi corazón que vos, Carrick de Wybren, sois la serpiente más hermosa, arrogante y orgullosa que jamás haya conocido.

– ¿Una serpiente? -dijo con fingida estupefacción-. ¡Me habéis herido!

– ¿Una víbora?

– Es lo mismo.

– Ambas hablan con una lengua bífida, ¿no? -había bromeado ella.

Y al tiempo que una chispa llameaba en sus ojos, él había dejado caer la espada, que impactó sonoramente contra las piedras, y la inmovilizó veloz contra la pared con su propio cuerpo. Sus músculos fibrosos se habían tensado sobre los de ella, pantorrilla contra pantorrilla, muslo contra muslo, pecho contra pecho. Ella apenas podía respirar por la presión que ejercía con su cuerpo.

– Me desconcertáis, Morwenna -le había dicho.

Y ella notó su respiración entrecortada en el oído. Las manos masculinas sujetaron las de ella por encima de la cabeza. Luego descendieron por el cuerpo acariciándole la piel. Sentía el corazón embravecido, latiendo y palpitando salvajemente. Después él la había besado, su cara encendida, sus labios duros e insistentes y aquella lengua, que había menospreciado hacía escasos instantes, obró su magia en ella. Con un gemido que trataba de disuadirle, Morwenna se había derretido contra las paredes del patio…

– ¡Vámonos!

La voz de Bryanna sesgó la fantasía de Morwenna como si se tratara de una cuchilla. Exhaló un suspiro, notó que Alexander la miraba fijamente, y se sonrojó en medio del aire gélido. Carraspeó, ladeó ligeramente la cabeza y dejó sus recuerdos a un lado justo en el momento en que Alabastro salía al trote del establo, y Mercurio detrás.

Con la ayuda del mozo de cuadra, Bryanna montó y tomó las riendas entre sus dedos enguantados.

– Vámonos -dijo otra vez enérgicamente, con el entusiasmo llameando en sus ojos.

– De acuerdo -asintió Alexander.

Sin perder un instante, atravesaron la puerta abierta hasta el patio exterior, donde las ovejas, el ganado y otros caballos estaban encerrados. En el huerto, unos árboles esqueléticos se erguían, sin poder evitar temblar por el soplo del viento. En las ramas desnudas sólo se podían ver unas manzanas resistentes al invierno y un cuervo que graznaba.

Mientras pasaban bajo la reja elevadiza de la puerta trasera, Alexander masculló algo en voz baja sobre la «insensata» misión. Alzó una mano enguantada al guardia y luego espoleó al caballo y se encaminó hacia el sendero helado que conducía al río.

Fuera de la protección de las gruesas paredes del castillo, el viento se desataba con ferocidad, abofeteando una y otra vez la cara de Morwenna y agitándole el cabello. Sin hacer caso del frío, instó a Alabastro a seguir el ritmo del caballo más rápido y sintió cómo se estiraba bajo sus piernas y alargaba las patas en un galope ligero, ya fuera del camino, a la carrera a través de un campo en barbecho, y se dirigieron a los bosques situados al lado norte de la torre. Bryanna gritó de felicidad, se aferró al cuello de Mercurio y les siguió con coraje. Para su hermana menor, esa mañana era una fiesta, un grato soplo de entusiasmo. Para Morwenna, la situación era mucho más grave y molesta, aunque también se sintió muy animada por la ráfaga de viento y los terrones sucios que los cascos del caballo hacían saltar al galope. Le iba bien escapar de los muros del castillo. El espíritu pareció elevársele, notó como si se le quitara un peso de encima porque, a pesar de que le encantaba Calon, había algo en el interior de la torre, algo oscuro y siniestro que no entendía, una tiniebla que no conseguiría empañar la alegría que le invadía esa mañana.

«Llevas escuchando a Isa demasiado tiempo».

«Has tenido sueños demasiado inquietantes».

Alexander aminoró la marcha en el límite del bosque, y mientras los caballos respiraban con dificultad, espirando el aire caliente por los orificios de la nariz, avistó las huellas de un ciervo, pisoteadas recientemente por los cascos de muchos caballos.

– Por aquí -dijo.

La efímera ráfaga de euforia de Morwenna se desvaneció con la oscuridad de los bosques circundantes. Mientras trotaba montada a lomos de su yegua detrás de Alexander, oyó unas voces que sonaban por el bosque. En el momento en que pasaban bajo una bóveda andrajosa de árboles desnudos y detrás de la maleza, las voces se hicieron inteligibles. En un pequeño claro encontraron al alguacil, a dos de sus hombres y a Jason, el cazador. Habían desmontado de sus cabalgaduras y estaban inspeccionando la tierra palmo a palmo, en la orilla del riachuelo helado. Los hombres alzaron la vista al oír el ruido de los caballos y se sacaron los sombreros al tiempo que bajaban la mirada.

– Milady -dijo el alguacil cuando descendió del caballo.

– ¿Es aquí donde se encontró al hombre? -preguntó Alexander.

De un salto pisó tierra y Bryanna, también, descendió del caballo.

– Así es, detrás de aquel tronco, cerca de la roca grande.

Jason indicó una roca enorme de superficies planas y bordes pronunciados, así como varias manchas oscuras que fluían en hilos rojizos formando pequeños charcos en el suelo.

Sangre.

En su fuero interno, Morwenna tembló.

Alexander preguntó:

– ¿Habéis descubierto algo?

Payne, el alguacil, negó con su cabeza cana. Tenía unas cejas espesas plateadas, una frente alta y unos párpados que caían sobre las cuencas de los ojos. Aún así, Morwenna pensó que había visto más que la mayoría de la gente.

– No hay mucho que ver. Los restos de una hoguera por ahí -indicó hacia un pequeño hoyo donde se veía madera carbonizada y luego movió la mano hacia un poste de tejo-. Hay estiércol de caballo en esa zona y por supuesto sangre sobre la roca, junto con algunos cabellos negros. Probablemente le estamparon la cabeza contra la roca.

Bryanna dejó escapar un sonido de protesta, pero el alguacil continuó hablando.

– Hay huellas de cascos y pisadas de botas por todos lados.

El alguacil señaló al suelo.

– Muchas de las huellas son confusas, pero… -Se agachó mientras miraba fijamente al suelo-. Parece que hay al menos dos suelas de tamaños diferentes, y se podría conjeturar, por la maleza tronchada, que se produjo una pelea cerca de esta roca.

Miró a la arboleda que cubría el pequeño claro frunciendo el ceño.

– Se han roto las ramas más pequeñas de algunos árboles, pero no podemos estar seguros de que se rompieran durante el combate, aunque ésa es mi suposición.

Se frotó la barba pensativamente y entrecerró los ojos mirando al lugar de la escena, como si estuviera imaginándose los acontecimientos que habían ocurrido.

– Creo que tendieron una emboscada al hombre que Jason encontró aquí tirado, que éste repelió a uno o varios atacantes, perdió la batalla y le dieron por muerto.

– O tal vez la víctima sobreviviera y el hombre que albergamos en la torre sea el criminal. Con lo que sabemos no podemos determinar quién inició la lucha -dijo Alexander pisando sobre la roca y observándola-. El hombre que Jason encontró bien pudo ser el atacante y su víctima pudo haber escapado.

– O todavía no hemos encontrado su cuerpo en el bosque -dijo Payne en voz baja.

Morwenna se estremeció.

– Pero el arma del hombre magullado no tenía ningún rastro de sangre: su daga estaba envainada cuando lo encontraron.

Payne se puso en pie. Al estirar la rodilla notó cómo le crujía.

– Es un misterio. Las mejores respuestas nos las proporcionará el propio preso una vez que hablemos con él.

– No es un preso -replicó Morwenna.

– ¿Es acaso un invitado? -Payne soltó un resoplido que daba a entender lo absurda que consideraba la idea-. Algo ha ocurrido aquí, lady Morwenna, algo violento y criminal.

Al pronunciar esas palabras, una ráfaga de viento sacudió las ramas de un viejo roble, como si del susurro del destino se tratara. La mirada fija de Payne se concentraba con fuerza sobre Morwenna.

– Según he oído, el herido lleva un anillo con el emblema de Wybren, y cabría preguntarse cómo lo consiguió.

Morwenna asintió rígidamente, la identidad del malherido desconocido otra vez le hacía dar vueltas a la cabeza.

– ¿Robó el anillo? -prosiguió Payne-. ¿Fue un regalo? ¿Está vinculado de alguna manera a Wybren? Muchos problemas se cernieron sobre esta torre después de que la familia del barón Dafydd fuera asesinada y su sobrino, Graydynn, se hiciera el amo. -Frunció el ceño, su cara expresaba severidad, los orificios de su nariz se ensancharon como si hubiera olido algo putrefacto-. Sugiero que custodiéis al forastero bajo llave, al menos hasta que podamos determinar su identidad.

– Apostaremos un guardia a la puerta.

El alguacil echó un vistazo a la roca manchada de sangre.

– Esperemos que eso sea suficiente.

– Se encuentra a las puertas de la muerte. Dudo mucho que debamos temerle.

– Pero, ¿y su atacante? ¿Qué pasa si vuelve? -preguntó el alguacil meditabundo.

– Eso si fue atacado -replicó Alexander.

– Hay demasiadas preguntas y pocas respuestas. -Payne chasqueó la lengua al tiempo que el viento barrió el bosque con un susurro de lamento-. Muy pocas respuestas.

Capítulo 3

Le dolía cada hueso de su cuerpo como si el padecimiento nunca fuera a remitir. Tenía un dolor punzante en músculos que ni siquiera sabía que existían y sentía la cara envuelta en llamas, como si alguien hubiera cogido un cuchillo romo y lo hubiera despellejado. Oía ruidos… Voces incorpóreas discutían sobre él, como si estuviera realmente muerto, las palabras susurraban a través de su piel ardiente como alas de mariposas. Todavía estaba convaleciente. Sólo podía estremecerse.

Intentó hablar, pero ningún sonido brotó de los labios.

¿Dónde estaba?

Su mente estaba borrosa y oscura, como si estuviera tendido en un bosque cubierto de niebla.

¿Cuánto tiempo llevaba allí?

Trató de abrir un ojo, pero el dolor le cortó el cerebro y poco podía hacer salvo soltar un gemido e intentar combatir la oscuridad que empujaba en los rincones de su conciencia y amenazaba con arrastrarlo a aquel abismo dichoso donde no había espacio para el dolor ni el recuerdo. Tenía un sabor nauseabundo en la boca y la lengua hinchada. Probó a mover una mano.

Un dolor agudo le recorrió el cuerpo.

Hizo otra tentativa de hablar, pero los labios no se movieron y la voz no acertó a emitir un sonido, salvo el murmuro de un gemido. Como si desde la distancia, fragmentos de conversación procedentes de voces a las que no podía poner un rostro perforaran su dolor.

– Se mueve -anunció una anciana.

– No, es sólo el gemido de un hombre que agoniza. Oí que susurraba el nombre de Alena de Heath mientras le metían en la habitación.

«Alena…» Muy en el fondo sintió que algo se avivaba. «Alena».

– Pero entonces no estaba despierto, ni lo está ahora.

– Pero…

– Te digo que no está despierto. Mira. -Sintió que una mano insensible se posaba sobre el hombro y todos los fuegos del infierno le azotaron en una ráfaga dolorosa.

– Todavía no puede moverse. Mira. Está lo más cerca que se pueda estar de la muerte y sería una bendición si se salva.

La mano pesada se levantó de su cuerpo.

– ¿Crees que es un salteador de caminos? -inquirió una voz femenina con signos de preocupación y nerviosismo-. ¿Un proscrito, tal vez?

– Tal vez -fue la respuesta de una voz más segura y estable. La voz de la mujer más vieja.

– Debía ser atractivo. No me importaría que me registrara las faldas.

– Ay, eres terrible -respondió la voz-. ¿Cómo puedes decir eso? Con todas las contusiones e hinchazones que tiene el cuerpo… Más bien parece el cadáver de un cerdo después de que el cocinero haya trinchado la carne para hacer salchichas.

Las dos mujeres siguieron cotorreando y volvió a dormir, para gran alivio.

Más tarde…, no sabía al cabo de cuánto tiempo, su dolor había disminuido y en su estado, medio enajenado, oyó rezos, canturreados de manera monocorde por un hombre que supuso sacerdote. A tenor de sus palabras parecía pensar que el alma estaba a punto de abandonar el cuerpo y de sumergirse directamente en las profundidades del infierno. Por lo tanto, debían de haber pasado algunos días… Varios días, pensó.

Trató de levantar un brazo para comunicar al sacerdote que podía oír, pero los huesos le pesaban demasiado y sólo podía escuchar cómo el sacerdote pedía, sin mucha convicción, que sus pecados fueran perdonados.

Sus pecados.

¿Hubo muchos? ¿O pocos?

¿Y cuáles habían sido? ¿Fueron contra un hombre? ¿Contra una mujer? ¿Contra Dios?

Puesto que yacía presa del dolor en la oscuridad, no lo sabía, no podía recordarlo, no le preocupaba. Sólo quería que el dolor que aún sentía se marchara y cuando el sacerdote le dejó a solas, se preguntó si no sería preferible lanzarse a los brazos de la muerte que resistir.

Los momentos en que recobraba el conocimiento eran, gracias a Dios, breves y éste no fue una excepción. Cuando empezaba a sentir que las fuerzas se le desvanecían, oyó el chirrido de una puerta al abrirse y luego unos pasos silenciosos.

– ¿Cuál es su estado?

Era la voz de una mujer. Susurrante, para no molestarlo, supuso él, pero clara y llena de una autoridad subyacente. Una voz que tocó un recoveco de su memoria, una voz que él supo instintivamente que debería reconocer.

– Más o menos el mismo, milady -le respondió una áspera voz masculina.

«¿Milady? ¿Será la esposa del lord? ¿O la hija?» Tuvo que luchar para impedir caer en la oscuridad de la inconsciencia.

Ella suspiró pesadamente y el delicado perfume de las lilas alcanzó el olfato del hombre postrado.

– Me pregunto quién es y por qué lo encontraron tan cerca del castillo, luchando entre la vida y la muerte.

¿Qué había en su voz que le resultaba tan familiar? ¿La conocía?

«¡Piensa, maldita sea! ¡Recuérdalo!»

– Haremos todo lo que esté en nuestras manos -dijo el hombre.

Más pasos. Cortos. Apresurados. Casi frenéticos.

– ¿Se ha despertado?

Otra mujer, más vieja, pensó él, con un hilo de inquietud a través de sus palabras.

– No, todavía no -contestó de nuevo el sacerdote.

– Por la gran Madre, confío en que no lo haga.

– Sí, Isa, lo sabemos todos -dijo el hombre.

«La mujer más vieja es Isa». Trató de retener su nombre en la memoria y su creencia en los viejos espíritus mientras luchaba para que la oscuridad no se apoderara de su mente.

– Ya lo has dicho.

La mujer más joven otra vez.

– Lady Morwenna, está recobrándose. Tal vez ahora podamos trasladarlo a la prisión -sugirió la mujer más vieja.

«¿Morwenna?»

¿Por qué ese nombre le resultaba familiar?

«Intenta recordar, la mujer más joven, la que parece ostentar alguna autoridad aquí, es Morwenna».

– Mírale, Isa. ¿Te parece que podría hacerle daño a alguien? -preguntó Morwenna.

– A veces las cosas no son como parecen.

– Lo sé pero por ahora no trataremos a este hombre como a un prisionero.

«¿Un prisionero?» ¿Qué había hecho para que alguien pensara que debía ser encerrado lejos?

Más pasos. Más fuertes. Más pesados.

Luchó por mantenerse despierto, para saber más sobre su difícil situación.

– Milady -dijo un hombre bruscamente.

Y con él llegó el olor a agua de lluvia y de caballos, un ligero rastro de tabaco, y notó que el vello de los brazos se le erizaba, como si aquel desconocido de voz grave fuera un enemigo.

– Sir Alexander.

La voz de la mujer más joven. La voz de Morwenna. Dios mío, ¿por qué era tan familiar? ¿Por qué resonaba ese nombre en su mente? ¿Por qué demonios no podía recordarlo?

– ¿Cómo está? -preguntó Alexander, sin mostrar un ápice de interés en su voz.

«Él es el enemigo. ¡Ten cuidado!»

– Más o menos igual. Aún no ha despertado, aunque el médico dice que se está curando y, como podéis ver, sus heridas se han cubierto de costras y la hinchazón ha remitido. Nygyll dice que no hay un solo hueso roto, que la mayor parte de las heridas son superficiales y, puesto que no ha empeorado, concluye que ningún órgano fue dañado considerablemente.

«Qué buenas noticias», pensó él irónicamente suponiendo que Nygyll era el médico. Otro nombre que debía grabar en la memoria.

– ¿No deberíamos enviar a un mensajero a Wybren y notificárselo a lord Graydynn?

«¿Wybren?» Supo al instante que estaban hablando de un castillo. ¿Lord Graydynn? No le sonaba bien. ¿Por qué no? ¿Graydynn? Sí…, seguramente había conocido a un tal Graydynn… ¿Lo había conocido? Un nudo de dolor se le formó en el estómago y sintió que algo iba mal, muy pero que muy mal. ¡Graydynn! Intentó evocar el rostro del hombre, pero de nuevo fracasó y le quedó un gusto ácido en la parte posterior de la boca, peor que antes.

– ¿Enviar a un mensajero a Wybren y decirle al barón, qué? -preguntó Morwenna con tono de incredulidad-. ¿Que hemos encontrado a un hombre medio muerto en el bosque y que la única identificación que tenemos de él es el anillo que lleva puesto con el emblema de Wybren?

– Sí -dijo sir Alexander-. Tal vez el barón o uno de sus hombres le identifique y podamos determinar si es amigo o enemigo.

– Es una buena idea -dijo apresuradamente la mujer más vieja, dando la impresión de que hubieran planeado aquella conversación de antemano-. Entonces sabríamos de una vez por todas si este hombre es sir Carrick.

«¿Carrick?» Su corazón se detuvo y luego rompió a latir desaforadamente. ¿Era él Carrick? ¿Carrick de Wybren? El nombre martilleó en su cerebro como no lo había hecho ningún otro. Trató de concentrarse, pensar a pesar del dolor, recordar. ¿Era él Carrick?

– Todavía no -dijo la mujer más joven-. Estoy de acuerdo en que al final tendremos que ponernos en contacto con Lord Graydynn, pero esperaremos hasta que averigüemos algo más sobre el forastero.

– ¿Y cómo lo haremos? -preguntó Isa.

– Hablaremos con él, una vez que despierte.

– Eso si despierta -dijo la mujer más vieja con un bufido de indignación-. Ha transcurrido más de una semana desde que lo encontramos y aún no responde.

«¿Más de una semana? ¿Tanto tiempo?»

– No despertará -añadió Isa.

Las palabras de la anciana parecían un augurio, y él perdió la lucha que estaba librando y cayó en el olvido de la oscuridad.

– No es un chisme infundado -insistió el grueso comerciante.

Recostado en la silla ante el fuego en el gran salón de Heath, se lamió los dedos y luego se abalanzó sobre otro huevo cubierto de gelatina de la fuente, repleta de trozos de queso, lonchas de anguila salada y dátiles.

– Fue en Calon, hace dos días. Los guardias, que me conocen bien, me pararon, me interrogaron y registraron el carro. No explicaron por qué, pero más tarde, en la ciudad, mientras jugaba a los dados y tomaba unas copas, espié a Wilt, el boticario. Aunque le tuve que insistir para que soltara prenda, finalmente admitió que Carrick de Wybren había sido localizado y conducido al castillo.

Lord Ryden, que bebía a sorbos de su copa, escuchaba mientras el hombre obeso le contaba la historia de un desconocido golpeado salvajemente, que había sido encontrado agonizante cerca de las puertas del castillo. La sangre de Ryden se calentaba y trató de apaciguar su cólera, o al menos, disfrazarla. Le enfurecía la idea de que Carrick de Wybren se hubiera infiltrado en la fortaleza de Calon. No importaba que Carrick tuviera las horas contadas; el hecho de que él estuviera cerca de su prometida, Morwenna, provocó que Ryden agarrara su copa con un apretón letal.

El comerciante estaba imbuido en su propia narración y al contarla gesticulaba desordenadamente, en algunos momentos exageraba los sonidos del cautivo y el consiguiente caos en la torre, y, sin duda, infló la parte en la que había arriesgado su vida.

Pero el cuento tenía mérito. No era la primera persona que le había traído noticias sobre la captura de Carrick, que era tanto más preocupante.

Ryden no era un hombre que se engañara a sí mismo. Sabía que Morwenna de Calon había accedido a convertirse en su novia sólo después de que Carrick le hubiera dado calabazas. Ryden no se hacía ilusiones de que ella le amara; tampoco él la amaba. Por ser Calon la dote, el matrimonio se convertiría en una unión fuerte con la anexión de las dos baronías, que se fortalecerían la una a la otra, y él gobernaría sobre tamaña extensión de tierras. Se moría por ver lo que pasaba y no dejaría que nada ni nadie lo frenaran.

Sobre todo Carrick de Wybren, el mentiroso engendro de Satán que se había acostado con ella y después había asesinado despiadadamente a la hermana de Ryden, Alena, en aquel incendio imperdonable. Ryden sintió cómo le invadía de nuevo la rabia cuando pensó en su hermana, que era tan joven que parecía su propia hija. Tenía tanta vida en su interior. Con el cabello rubio y liso, una risa melódica, casi pícara, también había sido bendecida con un brillo de diablura en sus ojos de miel. Era hermosa y lo sabía, y a la edad de diecisiete años había dictaminado que estaba enamorada como una loca de Theron de Wybren y se había casado con él apenas seis meses más tarde.

Ryden no se había engañado. Alena era demasiado coqueta para sentar la cabeza con un solo hombre, y no mucho después de las nupcias surgieron los problemas, circulaban bastantes rumores acerca de que había trabado amistad con el hermano de Theron, Carrick. Ryden incluso había enviado a un espía para vigilar a su hermana, y el espía, maldita sea su alma, nunca había regresado. Se había limitado a cobrar una cuantiosa suma de dinero y a desaparecer.

Ahora, mientras el comerciante seguía divagando, Ryden se metió comida de manera tan precipitada en su gruesa garganta que algunos pedazos de pescado se le quedaron enganchados en la espesa barba y meditó en silencio sus opciones. Había conocido la suerte de Carrick mucho antes de que ese comerciante petulante hubiera conducido su carro hasta las puertas de Heath.

Logrando aparentar sólo un ligero interés, Ryden bebió a sorbos de la copa, tramó su venganza, y escuchó al hombre hasta el final del relato. Carrick se las tendría que ver con él. Lo sabía desde el momento en que había oído que el hombre herido que habían llevado a Calon era sospechoso de ser el hijo desaparecido del difunto barón Dafydd.

Finalmente la historia del comerciante llegó a su fin, lo que sólo ocurrió cuando la fuente de alimentos quedó vacía, y Lord Ryden se levantó dando a entender que la audiencia había terminado. Se lo agradeció al hombre profusamente, luego hizo pasar al administrador y dio instrucciones de que compraran al comerciante más mercancías de las que, en realidad, necesitaban en el castillo.

El hombre marchó contento y convencido de que Ryden era su aliado.

Pero resultaba obvio que el comerciante era un idiota que se suponía a sí mismo más astuto de lo que en realidad era.

Había muchos individuos como él y resultaban del todo evidentes los motivos para alguien con un mínimo de cerebro. Pero Ryden, en apariencia, trató a ese vago con respeto. A pesar de que Ryden contaba con un pequeño ejército de espías propios de confianza, y fuera absolutamente capaz de cuidar de sus propios asuntos, nunca estaba de más tener otro par de ojos vigilando por sus intereses. Así que esbozó una leve sonrisa sólo para demostrar al gordinflón que apreciaba sus esfuerzos, una sonrisa que desapareció de su cara en cuanto el comerciante se fue andando como un pato junto al administrador.

Una vez a solas, Ryden estuvo a punto de estallar, la rabia le quemaba como rescoldos en la sangre. Se acercó al fuego de la chimenea y miró fijamente las llamas, evocando el incendio que había ocurrido en Wybren y el horror que había seguido.

Carrick.

El amante de Morwenna.

– Maldita sea -refunfuñó.

Escupió en las llamas. Estas explotaron y chisporrotearon despidiendo destellos. Se dijo que iba a esperar el tiempo oportuno con Morwenna. De algún modo, tenía que ser tan paciente con ella como lo había sido con sus otras mujeres, tal vez incluso más. Tanto Lylla como Margaret, soberanas de sus propias torres, habían sido mujeres testarudas pero Ryden había sido siempre paciente con ellas, obedeciendo así al propósito de su objetivo último, y de esa manera había conseguido triplicar la extensión de sus tierras.

Cuando finalmente se casara con Morwenna, su riqueza otra vez crecería, las propiedades se expandirían. Para añadirle encanto, ella era lo bastante joven para proveerle de un heredero. Un hijo. ¡Por fin! Lylla le había dado una hija, una niña frágil como su madre, y ambas habían muerto al cabo de tres meses a causa de una fiebre. Se volvió a casar. Margarita, casi tan vieja como él, era una viuda que se caracterizaba por una gran frialdad y cuando él la tomó como prometida resultó ser estéril como una piedra. Era como montar una estatua, con todo lo que se empeñó él en tratar de dejarla embarazada. Murió a los cinco años, consumiéndose hasta quedarse sólo en piel y huesos. El médico, perplejo, no se explicaba lo que le pasaba. Los análisis de orina, las sangrías de sanguijuelas, los concentrados de hierbas y las pociones fueron en balde, aunque tomaron en consideración todo posible remedio de curación.

Ryden no había derramado ninguna lágrima por ella ya que había sido una mujer maniática, exigente, egoísta, que había acusado a todo el mundo de sus propias miserias.

Pero Morwenna era joven y estaba llena de vida. Seguramente era fértil. Sonrió ante la idea de acostarse con ella y fundirse con su cuerpo. Tener un hijo con ella sería un verdadero placer. Ella era sensual sin saberlo, esbelta y ligeramente musculosa, sus nalgas eran redondas, sus pechos suficientemente grandes sin llegar a ser pesados, y se imaginó que ella disfrutaría haciendo el amor tanto como él. Ah, sentir sus piernas fuertes rodeando su torso mientras él se sumergía en ella una y otra vez, empujando con fuerza dentro su cuerpo, haciéndola gritar de placer y de dolor. ¿Qué era el sexo sin ese estar en celo, puro y animal? La dominación del macho sobre la hembra… Ah, sí, sintió cómo se endurecía mientras pensaba en ello.

La dominación era lo que más anhelaba así tanto de la Tierra como del Cielo.

Apenas podía esperar para reclamar a Morwenna como su mujer.

Sí, era una unión perfecta, la mejor que había imaginado jamás, y lo único que habría cabido esperar era que Morwenna fuera una mujer vieja, gorda, de nariz aguileña y, en definitiva, una arpía. Por el contrario, el hecho de que fuera joven y flexible, de pechos firmes y de cintura estilizada, no era sino un poco de azúcar sobre una tarta ya tentadora.

Se lamió los labios ante la expectativa.

Ryden de Heath no era ese tipo de hombre que permitiera a ningún otro, y aún menos al condenado Carrick de Wybren, aguar su destino. Se casaría con Morwenna de Calon costara lo que costara.

Capítulo 4

Morwenna huyó de la capilla sin albergar ningún sentimiento de santidad. A lo largo de la monótona misa, estuvo absorta en sus pensamientos sobre el desconocido, y aunque se persignó, escuchó las plegarias del padre Daniel y sostuvo el rosario entre sus manos, susurrando palabras a Dios, lo hizo sin pensarlo o meditarlo. Rezó por una cuestión de costumbre y durante todo el tiempo estuvo abstraída en sus consideraciones sobre el hombre herido. ¿Era un amigo o un enemigo?

«Carrick»

¿Cabía la remota posibilidad de que se tratara de él?

Su corazón le dio un vuelco ante la idea, mientras sus pasos se adentraban en la tarde helada, y experimentó una sensación cálida de algo semejante a la venganza fluyéndole por la sangre. ¿Acaso era posible? ¿De veras el destino le había servido en bandeja el malvado corazón que ella había amado con tanta ferocidad, brindándole el poder sobre su suerte? Probablemente, debido a que él estaba en un estado tan penoso, sintió una punzada de culpa por aquel pensamiento. Si hubiera estado sano, inmediatamente lo habría arrojado a los lobos de Wybren. A Graydynn. Al verdugo, si era un traidor asesino. Pero estaba moribundo cuando lo encontraron y su corazón de piedra se había ablandado ligeramente cuando había mirado fijamente aquella cara castigada.

De alguna manera el herido había logrado sobrevivir. Aunque el médico había advertido que, con toda probabilidad, el hombre moriría en el plazo de un día, había resistido la adversidad.

Había transcurrido más de una semana desde que lo habían encontrado debatiéndose entre la vida y la muerte. Con toda certeza, un hombre con esa voluntad de vivir, que demostraba ser tan férrea, sobreviviría a un destino fatal.

«Y, entonces, Morwenna, ¿qué harás con él? Tú, como señora de la torre que eres, tienes su suerte en tus manos. ¿Qué pasa si es Carrick?… ¿Y si no lo es?»

– Rayos y centellas -refunfuñó.

En aquel momento estaba tan confusa como lo había estado cuando habían introducido al herido sobre la camilla en el interior de la torre. Se ató la bufanda con más fuerza alrededor del cuello y casi no vio a los criados y a los hombres libres que trabajaban en el patio de armas. El herrero forjaba unas herraduras mientras las muchachas recogían huevos o chamuscaban el pelo y las plumas de los pollos muertos y la lavandera miraba con el ceño fruncido hacia el cielo oscuro. Morwenna apenas se daba cuenta de los esfuerzos que realizaban quienes estaban a su alrededor. No obstante, su cuerpo respondió, le sonaron las tripas cuando pasó por delante de la cabaña del panadero, y el olor a pan fresco, manzanas, canela y clavos la embriagó.

– Morwenna, ¡espera! -gritó Bryanna, saliendo a todo correr de la capilla.

Morwenna echó una ojeada sobre su hombro y vio a su hermana meterse por un camino lleno de charcos helados y alcanzarla en el jardín, donde las flores del año pasado se habían marchitado y un banco situado cerca de una fuente estaba cubierto de hielo.

Como si estuviera leyendo los pensamientos de su hermana mayor, Bryanna le preguntó:

– ¿Qué pasa si es Carrick el hombre que está en la habitación de Tadd?

– Eso es imposible. Lo más probable es que Carrick muriera en el incendio junto al resto de su familia.

Morwenna continuó andando, abrazada a la capa que mantenía apretada contra su cuerpo. Pasaron por un enrejado donde unos escaramujos todavía colgaban de una enredadera oscura, sin hojas. No quería hablar con su hermana sobre Carrick o quien demonios fuera ese hombre. Bryanna y ella habían agotado esa conversación una docena de veces desde que habían visto el maldito anillo de Wybren en la mano del herido.

– Está… muerto -dijo, echándole una mirada a su hermana-. Y esta discusión también.

– Estuviste enamorada de él un día -la acusó su hermana, y Morwenna casi tropezó con una roca del camino-. Y ahora eres la prometida de Lord Ryden de Heath.

A Morwenna le dolió la mandíbula. No podía pensar en Ryden en aquel momento.

– Nunca estuve enamorada de Carrick -dijo ella, más para convencerse a sí misma que a su hermana.

Sí, es cierto que pensaba que lo amaba, pero fue sólo una estúpida niñería. Después de todo, ¿no se había acostado él con Alena antes y después de su flirteo con Morwenna?

– Te rompió el corazón.

Por dentro Morwenna se desmoronó, sintió cómo el embuste que encerraba esa negativa le trababa la lengua. Sin embargo, se detuvo en seco cerca de la cabaña del carretero e imploró al cielo que acabara aquella conversación.

– Fue hace mucho tiempo. Han pasado tres años.

– Lo sé, pero si se demuestra que ese hombre es Carrick, ¿qué vas a hacer? O bien ocasionó el incendio en Wybren y es un criminal, o bien escapó del fuego y el auténtico incendiario vaya tras él… De todas formas, lord Ryden no se pondrá nada contento si sabe que estás dando cobijo a un antiguo amante que, además, puede ser un criminal, un asesino.

– O una víctima -dijo ella, adivinando una mirada desafiante por parte de su hermana.

– Ni siquiera le conozco, pero dudo que Carrick de Wybren sea una víctima -replicó Bryanna-. Un granuja, sí. Un malvado, también, pero jamás una víctima.

No esperó a que le diera una respuesta, sino que se alejó rápidamente, dejando a Morwenna a solas, absorta en sus pensamientos fríos y preocupados.

«El fuego podría haber sido accidental», se dijo Morwenna en su interior, resistiéndose a creer que Carrick hubiera acabado intencionadamente con toda su familia. ¿Con qué fin? Cierto es que si su padre, Dafydd, y su hermano mayor, Theron, morían en el incendio, él se convertiría en lord. Pero eso sólo si podía cargar con el peso de los muertos. Y, además, tendría que dar un paso más y desafiar a su primo Graydynn para hacerse con la baronía. Graydynn, el sobrino de lord Dafydd, había heredado la torre después de aquel aterrador incendio, y si Carrick estaba realmente vivo, no había vuelto para enfrentarse por la reclamación de la herencia.

Porque era un traidor. ¡Un asesino!

– Oh, por el amor de san Pedro -masculló entre dientes.

Un carretero, que se inclinaba sobre una rueda con los radios rotos, levantó su cabeza.

– ¿Milady? -se enderezó, tenía la nariz roja por el frío, su pelo de paja coloreado sobresalía bajo un gorro de lana-. ¿Hay algo que pueda hacer por vos?

El hombre se limpió las narices con la manga desigual que cubría su brazo.

– No, Barnum. No es nada.

Al tiempo que forzaba una sonrisa, Morwenna volvió hacia el jardín y se sentó en el banco solitario. Alzó su mirada al cielo, donde las oscuras nubes fruncían el ceño con la promesa de un incipiente crepúsculo. El día era tan sombrío como su estado de ánimo. Echando un vistazo hacia arriba, hacia la pequeña ventana de la estancia donde yacía el herido, imaginó un castillo adueñado por las llamas, el pánico que seguiría a ese incendio, las largas filas de personas pasándose cubos de agua de mano en mano procedente del pozo y del estanque mientras las llamas ardían y crujían. Los plebeyos, los criados, los soldados y la familia del señor tratarían de extinguir el fuego golpeando con trapos mojados o lanzando cubos de arena para de impedir la propagación de las llamas. Los techos de paja se intentarían sofocar frenéticamente, se reuniría a los chiquillos y la ganadería. Los cerdos chillarían, la gente gritaría, los perros ladrarían y los caballos relincharían cuando las llamas se aproximaran, destruyendo todo a su paso, mientras el humo negro se agitaba hacia el cielo implacable. Seguiría el caos, y si el viento cambiaba en la dirección precisa…

No pudo evitar estremecerse ante la idea y se estrechó entre sus propios brazos.

¿Pudo alguien ser capaz de iniciar el fuego en Wybren intencionadamente?

Pero, ¿por qué?

¿Beneficio personal?

¿Venganza?

¿Odio abyecto?

Se mordió el labio y siguió mirando por la pequeña ventana. ¿Estaba dando cobijo a un asesino? Y si así era, ¿se trataba del único hombre que había alcanzado su corazón, sólo para hacerlo añicos? Armándose de valor, se levantó y se dirigió fuera del jardín de nuevo. Si el hombre que estaba en la habitación de Tadd era verdaderamente Carrick, entonces debería tratarlo como el sospechoso de un crimen. Se lo entregaría a lord Graydynn. Quizás habían puesto un precio a su cabeza, una recompensa.

Ese pensamiento debería haberle proporcionado un sentimiento de anticipación. O una pequeña emoción de venganza satisfecha. En cambio sólo hizo que su ánimo se apagara aún más.

– Eres patética -gruñó para sus adentros. «Y el hombre de la habitación no es Carrick de Wybren».

– No hemos averiguado nada más de lo que ya sabíamos hace unos días -admitió el alguacil más tarde, ese mismo día. Se calentaba las piernas delante del fuego que crepitaba en la chimenea del gran salón y sostenía su gorro en la mano al tiempo que sacudía la cabeza-. Mis hombres han buscado en los pueblos de los alrededores, han escuchado los chismes locales y han interrogado a posaderos, campesinos, comerciantes, a cualquiera que pudiera haber sido testigo o que tuviera alguna información sobre la paliza. Nadie aportó ningún dato.

– Los únicos que saben lo que pasó son el hombre que tenemos en la torre y quienquiera que lo hizo -concluyó Morwenna.

– Pero parece que hubo una buena pelea. Esperaba encontrar a alguien con contusiones y cicatrices sin que pudiera justificarlo, pero nada, encontramos a un campesino al que casi le pisoteó un caballo y a un cazador que se había caído del caballo mientras perseguía a un ciervo herido, dos hombres que se habían peleado, y ya está. Quienquiera que fuera el autor de la paliza del hombre que encontramos, o ha ocultado perfectamente sus heridas, o no recibió ninguna, o bien ha puesto pies en polvorosa. También estuvimos buscando a alguien que tuviera un caballo de más, asumiendo que nuestro invitado montara a caballo, ero sabéis que un corcel robado es algo difícil de localizar, ya que se comercia y se venden animales sin tregua.

– Tal vez estamos haciendo una montaña de esto -dijo Morwenna. Se sentó cerca del fuego y se quedó mirando fijamente, más allá de las piernas del alguacil-. Hemos encontrado a un hombre que ha sido goleado y abandonado creyendo que estaba muerto. Es un crimen, sí, pero o podemos resolverlo sin el testimonio de la víctima. Hemos actuado como si nuestra propia torre estuviera amenazada, pero ¿no podría tratarse de un simple robo?

– Pero entonces, ¿por qué no le quitaron el anillo? Es oro valioso y podrían fundirlo.

– Tal vez alguien o algo asustara al atacante antes de que arrebatárselo. O tal vez este hombre que tenemos aquí sea el atacante y su víctima pudiera, de algún modo, escapar con su caballo y dejarlo atrás.

El alguacil chasqueó la lengua y se frotó el caballete de la nariz.

– ¿Qué dice el médico?

– Ahora tiene expectativas de que viva.

– Bien. -Payne se ajustó el sombrero sobre la cabeza y sus ojos brillaron con una dureza que Morwenna no había visto antes-. Entonces, cuando despierte, veremos lo que tiene que decir.

– Sí, es verdad.

La boca de Payne se torció con crueldad.

– ¿Qué probabilidades tiene?

El crepúsculo se cernió sobre la torre y El Redentor se deslizó en silencio por los pasillos. Moviéndose a hurtadillas, se precipitó escaleras abajo hacia lo que un día fue la cámara del archivo. Treinta años antes, después de un allanamiento particularmente grave de unos ladrones, la estancia se convirtió en un trastero donde se almacenaban los artículos que raramente se utilizaban y que al final acumulaban polvo, eran acribillados por los bichos o languidecían olvidados. Incluso eran pocos los que recordaban la existencia de la cámara. Cuando comprobó que no se oía ruido de pasos, deslizó una llave oxidada en la cerradura. La puerta se abrió de golpe chirriando estrepitosamente. Le recibió un aire viciado mientras mantenía la antorcha en lo alto y, luego, cerró rápidamente la puerta tras él. Caminó sigilosamente y a tientas hasta una pequeña rejilla que había en el suelo, enmarcada entre unas barras oxidadas, y encontró un pestillo, que descerrajó. Se enderezó, anduvo hasta final de la habitación y empujó una piedra. Inmediatamente la pared trasera se movió abrió, movida por unos goznes silenciosos, a una escalera enorme y oscura y a una trama de pasillos que albergaba la vieja torre desde su edificación. Los hombros rozaron en las paredes a ambos lados mientras se adentraba por el pasillo, donde el aire era seco e inerte. Oyó los arañazos de unas garras diminutas como de ratas y otros bichos ocultos que le salieron al paso. Sin embargo, rió. Nadie conocía aquellos pasadizos, y los que habían oído hablar de ellos pensaban que se trataba de un mito. Sólo él conocía su acceso y los usaba en beneficio propio.

Llegó hasta una V del angosto pasadizo y giró infalible hacia la derecha, subiendo siempre hacia arriba, las suaves suelas de cuero de sus zapatos no resonaban por encima del ritmo acelerado de su propia respiración, del latido de su corazón. En unos minutos estaría en su cámara de observación, cerca del techo de la torre, desde donde, oculto, podría observarla abajo.

Morwenna.

La señora de la torre.

Sensualmente inocente.

Su entrepierna se tensó con sólo pensar en ella, en la posibilidad de mirarla, y notó cómo se le secaba la parte posterior de la garganta. Semanas y meses antes, la había observado oculto mientras ella se despojaba de la túnica y el vestido. La había espiado mientras se sumergía en una bañera perfumada, los redondos y sonrosados pezones de sus pechos eran visibles por debajo del agua oscura. Se imaginó lamiéndolos, saboreándola entera, tocándola, sintiendo el dulce éxtasis de dominarla. Mientras la miraba, su agonía había sido exquisita. Había deslizado con cuidado los dedos hasta los pantalones y se había acariciado despacio, conteniendo su impaciencia, prolongando la tortura de no tenerla. Había procurado no hablar, determinado a no dejar soltar más que un gemido suave para no revelar su presencia. No, no importa cuánto tiempo permaneciera duro, no importa cuánto placer y deseo corrieran por su piel, no importa cuánto se tensaran sus músculos y su verga. Se había obligado a esperar.

Por ella. Todo de ella.

Mentalmente imaginó que posaba los labios detrás de su oreja, los dientes en su cuello… Tembló ante la imagen y por debajo de los pliegues de su túnica, su miembro reaccionó. Apretando los dientes, subió hacia arriba por la escalera, delgada y olvidada.

En el tercer nivel sobre el suelo, el pasillo se bifurcaba en dos senderos. Torció hacia su cámara y de nuevo encontró el juego estrecho de piedras lisas.

¡Ya falta poco!

Dejó su antorcha en un soporte vacío de hierro y luego siguió hacia arriba, recorriendo con las yemas de los dedos las paredes ásperas y familiares mientras contaba mentalmente cada paso. Silencioso como un gato, se escabulló hasta su escondrijo, y allí, a través de las rendijas de las piedras, miró detenidamente hacia abajo. Aunque su campo de visión estaba parcialmente obstruido, veía la mayor parte de la estancia. Relamiéndose los labios, rezando para que el fuego estuviera lo suficientemente alimentado para poder verla sobre la cama, presionó su cara contra la grieta que se abría entre las piedras, la nariz achatada por la presión. Los latidos de su corazón le grababan un soniquete salvaje en los tímpanos, los dedos se humedecían de la excitación, su verga no paraba de aumentar mientras escudriñaba los aposentos sumidos en la penumbra.

Era imposible verla, pero aguzó el oído y escuchó con atención, sosteniendo su aliento, esperando oír su delicada respiración, el crujido de la ropa de cama, la prisa suave de un suspiro mientras ella soñaba.

Nada.

Forzó al límite los sentidos. Con todo, no pudo verla, no oyó un sonido por encima del silbido del fuego.

Recorrió ansioso con la mirada toda la estancia que tenía debajo de él, por delante de la cama y el taburete donde reposaba la palangana, a lo largo de los juncos del suelo hasta la alcoba donde sus ropas estaban colgadas, por delante de las sillas colocadas delante de la rejilla… ¡Maldito!

Le embargó un sentido creciente de pánico. Sus manos comenzaron a temblar.

«¡Mira otra vez! ¡No te dejes engañar por las sombras!»

¿No estaba en la cama?

Bizqueó con fuerza.

Estaban las sábanas arrugadas, ¿pero vacías?

¡No! El miserable perro estaba allí, hecho un ovillo inservible. ¡Pero la bestia estaba sola, respirando de manera superficial, sin custodiar a nadie! Un perro bastardo, desgraciado e inútil.

La decepción brotó profundamente en su interior y la rabia abrasó los lugares más recónditos del cerebro de El Redentor.

¿Dónde diablos estaba ella?

«¿Dónde?» La pregunta resonó y rebotó en su cabeza y su erección comenzó a marchitarse y morir. ¡Todos sus proyectos para esa noche se habían malogrado! Apoyó su frente contra las piedras ásperas y aminoró el ritmo de la respiración. Cuando lo hizo, de pronto se dio cuenta de todo.

Supo con una certeza mortal dónde la encontraría. El sudor frío le resbaló por el cuello y la espalda, y los orificios de la nariz se le ensancharon como si tropezara con un mal olor.

«¡Carrick!» Los labios de El Redentor torcieron su gesto con una furia silenciosa. Un odio tan oscuro como el mismo corazón de Satán le heló el torrente sanguíneo.

«Está con su amante. Con Carrick de Wybren. ¡Siempre se sentirá atraída hacia él!»

Las manos de El Redentor se encogieron en puños de impotencia.

«Paciencia -se advirtió para sus adentros-, paciencia. No es sólo una virtud sino una necesidad».

Se volvió con tanta rapidez que casi tropezó, pero logró salvar la caída arañando la pared con los dedos.

Corrió a lo largo del vestíbulo mientras se castigaba mentalmente, cogió la antorcha y redujo la marcha al arrastrarse por el pasadizo que conducía hacia abajo. Sorbió la saliva de los labios y se movió tan rápido como pudo.

A través del pasillo que le resultaba menos familiar, tuvo que hurgar buscando el soporte y luego dejó la antorcha. Con la furia palpitándole en las sienes, avanzó poco a poco hacia arriba hasta otro puesto de vigilancia, un punto que le permitiría mirar por encima de la cámara del prisionero, que permanecía inmóvil sobre la cama.

Solo.

«¡Sí!»

El alivio embargó a El Redentor. Tal vez la fascinación que pensaba que Morwenna profesaba al prisionero era sólo su propio miedo.

«Entonces ¿dónde está ella?»

Una buena pregunta, pensó. Una muy buena pregunta.

Una que le molestaba.

Podía buscar en el castillo, pero no tenía tiempo. Existía la posibilidad de que lo echaran de menos.

Y, teniéndolo en cuenta, no se arriesgaría.

Capítulo 5

– ¿Quién eres? -susurró Morwenna.

Incapaz de conciliar el sueño, se arriesgó a abandonar sus aposentos y caminó hacia la letrina; luego esperó hasta que el guardia se tomara un descanso, y entonces se deslizó en la habitación del preso. La encontrarían, desde luego, pero al menos se evitaría la discusión o la riña en la puerta de entrada. Y lo cierto es que el guardia, Isa, Alexander e incluso el propio alguacil podrían quejarse airadamente de su conducta, pero poco podían hacer al respecto. Ella era la señora del castillo. Su palabra era ley.

Miró fijamente al hombre herido. Se mordió el labio y deslizó una yema del dedo a lo largo de su mejilla magullada mientras lo observaba. La habitación estaba a oscuras, sólo el brillo de la luz de la lumbre le permitía ver sus rasgos deformados. Ojos hinchados, piel descolorida y una barba que cubría su mandíbula. ¿Era realmente Carrick?

Se le hizo un nudo en la garganta con sólo pensarlo.

«No lo creas. Este hombre podría ser cualquiera. Un ladrón que robó el anillo con el emblema de Wybren. Un hombre de pelo tan oscuro como Carrick. Un impostor que por casualidad tiene la misma altura».

Pero, ¿por qué iba a fingir ser Carrick de Wybren, un hombre que se consideraba que, o estaba muerto, o traicionó a su familia o era incluso un asesino?

Asesino. Se acobardó ante la idea. Seguramente no era Carrick. Sí, él era un hombre malvado. Cierto, él se había apropiado de su castidad, así como de su corazón, pero, ¿un asesino? No. No podía dar crédito. No podía. Sin quitarle ojo al desconocido, intentó distinguir la cara de Carrick bajo los rasgos magullados, imaginarse al hombre que ella había amado de modo tan temerario en ese hombre que yacía en la cama, con los ojos cerrados y cuyo pecho apenas subía y bajaba con su respiración profunda.

En los últimos diez días, había comenzado a restablecerse, pero las costras y la hinchazón deformaban los contornos naturales del rostro.

«Piensa, Morwenna, piensa. Tú lo viste desnudo. ¿No detectaste viejas cicatrices o señales en su piel que confirmaran que es Carrick?» Cerró sus ojos por un segundo imaginando al granuja a quien tan bien recordaba.

Alto, con una mandíbula cincelada y una nariz no demasiado recta, los dientes que destellaban con su humor sarcástico y los ojos que parecían vislumbrar los lugares más recónditos del alma de ella. Sus cabellos eran morenos, con una cierta ondulación, los músculos fibrosos y no acumulaban ni pizca de grasa en su cuerpo. ¿Cicatrices? ¿Presentaba algún indicio de una vieja herida en su cuerpo? ¿Una marca de nacimiento o un lunar en la piel?

En los últimos tres años había tratado de olvidarle, obligando a su mente a desechar las vibrantes imágenes del hombre que tan despiadadamente la había abandonado, un hombre sobre el cual todo el mundo la había advertido, que no era más que un granuja insensible, un hombre al cual ella ofreció su corazón con tanta imprudencia.

Ahora, mirando hacia abajo y estudiando los rasgos magullados del rostro de éste, no sabía quién era.

Entonces sus esfuerzos habían resultado en vano.

Otra vez echó un vistazo al hombre, examinándolo atentamente. ¿Podía serlo? Se aclaró la garganta y luego susurró:

– Carrick…

No hubo respuesta. Ni siquiera el movimiento más leve de sus ojos bajo los párpados descoloridos. Ella se mordió el labio. Carrick tenía los ojos azules. Mientras miraba fijamente al hombre herido, se preguntó cuál sería el color de sus ojos.

Sólo había una manera de averiguarlo. Con cuidado, con el dedo tembloroso, le tocó el párpado. La hinchazón había remitido durante la pasada semana y pudo deslizar su párpado hacia arriba. El ojo sangriento que encontró debajo la hizo estremecerse.

El blanco del ojo se le había teñido de un color rojo vibrante pero el iris era tan azul como el cielo de la mañana.

Como los de Carrick.

Su corazón dio un vuelco cuando la pupila del herido se contrajo y pareció que la enfocaba.

¿A causa de la luz?

¿O porque el condenado bastardo estaba despierto?

– ¿Podéis verme? ¿Me oís? -le instó.

Luego dejó que el párpado se cerrara y se sintió como una estúpida en esa estancia donde los rescoldos del fuego resplandecían de un profundo color escarlata. Se abrazó y lo intentó de nuevo. Esta vez le tocó el hombro desnudo y le susurró al oído:

– ¡Carrick!

¿Era producto de su imaginación o los músculos bajo las yemas de sus dedos se habían tensado un poco?

El corazón le dio un vuelco.

«Has provocado en él una respuesta».

Haciendo caso omiso de sus dudas, se aclaró la garganta. Sintió cómo el pulso le latía desbocado.

– Soy Morwenna. ¿Te acuerdas de mí? Soy la mujer a la que mentiste. La mujer a la que prometiste que la amabas. La mujer a la que diste la espalda. Carrick…

Otra vez aquella tensión casi imperceptible bajo sus dedos.

¿La oiría?

Unos pasos se oyeron fuera de la habitación.

– ¿Quién diablos anda ahí? -refunfuñó una voz áspera.

¡Maldita sea!

La puerta se abrió bruscamente y golpeó contra la pared.

¿Era su imaginación u otra vez había notado una reacción en la zona donde sus dedos rozaban la piel del hombre herido?

– ¿Milady? -preguntó el guardia, sir Vernon. Era una bestia enorme de hombre, ya había desenvainado la espada y estaba inspeccionando el interior de la estancia como si esperara que le tendieran una emboscada en cualquier momento-. ¿Qué estáis haciendo aquí?

– No podía dormir -admitió ella.

– No deberíais entrar en esta habitación sola, sobre todo cuando yo me ausento de mi puesto. -Ante el reconocimiento de su propia falta, algo del resentimiento se esfumó-. Quiero decir, estaba aquí abajo, en la letrina, tomándome un… Ah, milady, disculpadme. No debería haber abandonado mi puesto.

– Está bien -le dijo convencida, alejándose unos pasos de la cama del hombre herido-. Entré y no pasó nada -Morwenna ofreció su mejor sonrisa al guardia-. No os preocupéis, sir Vernon. -Dejando caer un último vistazo al hombre tendido sobre la cama, añadió-: No creo que haga daño a nadie durante mucho tiempo.

– Pero si es Carrick de Wybren, es un bastardo asesino del que no nos podemos fiar -dijo Vernon, señalando al hombre inmóvil con su espada.

Luego comprendió que se había comportado como un estúpido y metió el arma en la vaina atada con correa a su gruesa cintura.

– No creo que deba preocuparme por él.

Vernon frunció el ceño, las cejas espesas se enarcaron sobre sus ojos oscuros, que pregonaban furia.

– Incluso durmiendo, Lucifer es peligroso.

– Supongo que tenéis razón, sir Vernon -dijo ella, aunque sin estar convencida.

Tampoco podía asegurar que se tratara de Carrick. Sólo él, y quizá los atacantes, conocían su verdadera identidad. «¿Qué pasará si es Carrick? ¿Qué harás, entonces?»

– Buenas noches, sir Vernon -se despidió.

– A vos, milady.

Como si estuviera decidido a demostrar su valor, Vernon quedó de pie con los pies separados y la columna rígida como el acero.

Morwenna caminó los pocos pasos que había hasta sus aposentos, o un puntapié a la puerta cerrada y se arrojó a la cama. ¿Qué se habrá pensado? ¿Qué esperaba descubrir colándose en la habitación del hombre? ¿Tocándole?

Mort ladró suavemente, su cola aporreó la colcha durante un segundo, y luego suspiró hondo y cayó dormido.

Morwenna acarició distraída el cuello grueso del perro, pero sus pensamientos eran confusos e iban muy lejos. Ella no le debía nada a Carrick: ni lealtad, ni interés ni mucho menos amor. Sus labios se fruncieron cuando recordó el día que la abandonó. Cobardemente. Antes del alba. Dejándola sola en la cama.

Aquel día sintió una brisa de aire y despertó, descubriendo que se había ido, las sábanas entre las cuales había permanecido inmóvil todavía estaban calientes y arrugadas, y la pequeña habitación donde se habían cobijado desprendía la fragancia de la pasión extinguida y el olor a sexo matutino. Oyó un cuervo graznar mientras caminaba hacia ventana e imaginó que veía su caballo en el horizonte, y a él envuelto en la niebla y el dolor en su corazón fue tan intenso de repente que se le doblaron las rodillas y había tenido que morderse los labios para no gritar.

Supo entonces que él no volvería. Nunca. Y aunque ella había ido tras él, con el propósito de enfrentarse, para decirle lo que sospechaba, no, más bien, lo que sabía con certeza… Ay, ella pensaba que después del encuentro recobraría un atisbo de dignidad, un ápice de orgullo. Pero se había equivocado.

«Esto es lo que has conseguido por confiar en un granuja, por regalarle tu corazón con tanta imprudencia».

Ahora, tendida sobre la cama, tensando la mandíbula, con lágrimas amenazantes en los ojos, se obligó a quitárselo de la mente. Ya había vertido hasta su última lágrima por aquel cobarde.

Y ¿qué hay de ti? ¿Por qué no le dijiste la verdad cuando todavía tenías la posibilidad? ¿Acaso no fuiste tan cobarde como él? ¿Por qué le diste la posibilidad de escapar?

Morwenna rechinó los dientes ante esas preguntas que habían quedado sin respuesta y que la habían perseguido durante lo que parecía toda una vida. ¿Sabía él, en su fuero interno, que la abandonaría? Ella le había puesto a prueba, sin estar dispuesta a forzarle a estar juntos, manteniendo sus labios sellados y esperando que él encontrara el momento preciso para abandonarla. Tendría que haberlo perseguido, encontrar un caballo, saltar sobre el lomo del animal y…

Mantuvo los ojos bien cerrados. Un rubor caliente por la vergüenza inundó su cara. ¿De qué serviría ahora pensar qué habría ocurrido en otro caso? Pestañeando rápidamente, desterró las imágenes caprichosas, se negó a dejar que aparecieran sentimientos melancólicos y autocompasivos. Ella había sobrevivido a su traición. Se había hecho más fuerte.

Al final, ¡esa bestia le había hecho un favor!

¿Qué pasaría si se demostraba que ese hombre medio muerto era Carrick? ¿Cómo actuaría?

Le estaría bien al malvado, al convaleciente escondido, entregarlo a lord Graydynn. Wybren estaba a menos de una jornada a caballo, incluso menos si se tomaba el viejo camino y se franqueaba el río cerca del cruce del Cuervo. Graydynn la recompensaría con generosidad si le llevaba al traidor. Por otra parte, también podía, como había sugerido sir Alexander, encarcelarlo en la mazmorra. Dejarle sufrir un rato. ¡Le serviría de escarmiento al muy sinvergüenza!

No.

Sus absurdas fantasías le hacían suspirar.

Tenía cosas mejores que hacer que tratar de vengarse de un hombre que había sido injusto con ella. Era un acto mezquino. Y una tontería, demás, era probable que no fuera Carrick sino un ladrón de poca monta que había sufrido un ataque en el camino.

Y con todo… había algo relacionado con el forastero que había estimulado su memoria e hizo que su pulso se acelerara.

«Idiota», se reprendió para sus adentros mientras estiraba de las sábanas para cubrirse hasta el cuello, forzando al perro a encontrar una nueva posición. Antes de cerrar los ojos, echó un vistazo alrededor de sus aposentos que ocupaba desde hacía menos de un año. A veces… Sabía que era absurdo, pero… a veces sentía como si estuvieran observándolo, como si el mismo espacio tuviera ojos.

Por Dios, pero ¿en qué estaba pensando? Era sólo su mente cansada que le jugaba malas pasadas. Además, era algo que no podía decir, ya que si lo hiciera, su hermano seguramente le quitaría el privilegio de gobernar la torre. Había tenido que rogarle a Kelan, que había sido solano de varias baronías, entre ellas Penbrooke, que le diera la posibilidad de hacerse señora de Calon. Ahora, si Kelan descubría que ella pensaba que el castillo estaba encantado o que un fantasma rondaba en penumbra, o que había una remota posibilidad de que Carrick de Wybren durmiera en una cama al otro lado del vestíbulo, Kelan seguramente interferiría, tal vez se replanteara la conveniencia de otorgar a la mujer la responsabilidad del castillo. O le pidiera a Tadd, que estaba ausente luchando a favor del rey, que volviera para hacerse con el gobierno. Y Bryanna, enviada a Calon para hacer compañía a Morwenna, con la esperanza de que la muchacha creciera, volvería a Penbrooke con él y su esposa Kiera. Kelan tenía la última palabra.

«El hombre que yace al otro lado del pasillo no es Carrick. ¡No te engañes!»

Refunfuñando y enfurecida, no se atrevió a enfrentarse a la humillante verdad de que, en el fondo de su corazón, anhelaba que el herido fuera Carrick de Wybren, que se restableciera y se diera cuenta de lo lejos que estaba ya de esa muchacha inocente que lo había amado tan apasionadamente, que ahora era una mujer, su igual, que no se estremecería nunca más ante la posibilidad de estar con él, que estaba dispuesta a cualquier otro amor…

– ¡Basta ya! -silbó su voz, rebotando contra las gruesas paredes.

¿Qué le estaba pasando? ¿Acaso daba crédito a las horribles advertencias de Isa, la anciana que se dedicaba a farfullar sobre la muerte y el destino?

«¡El hombre herido no es Carrick! ¡Métete eso en la cabeza!»

La luna era una esfera embotada, envuelta en una niebla cada vez más espesa. La débil luz se filtró a través de los árboles desnudos cuando Isa se arrodilló en la orilla cubierta de barro de un arroyo de corriente rápida y la brisa más insignificante intentaba arrebatarle la capa.

– Gran Madre, que vuestro espíritu esté con nosotros -susurró Isa, apesadumbrada.

Mientras rezaba para pedir seguridad, dibujaba con un palo su runa en la tierra húmeda, un símbolo que semejaba la pata de un gallo. El viento se alborotó, llevando consigo un frío de algo que no podía ver pero que percibía, la verdadera alma del mal.

– ¡Retrocede! -gritó ella, como si pudiera atraer la atención de lo que estuviera afuera. Un escalofrío de terror puro le recorrió la espalda. Metió la mano en su bolso y sacudió un manojo de muérdago, romero y fresno en el aire, esperando que el viento atrapara las partículas para proporcionar protección a lady Morwenna a cuantos residían en la torre.

¿Qué diablos había estado pensando su hermano, el barón Kelan, cuando había cedido ante la determinación de su hermana y había permitido que Morwenna, sola, se pusiera al frente de Calon? Ese no era trabajo para una mujer. Aunque Morwenna fuera inteligente como cualquier hombre, no dejaba de ser una hembra. Muchas mujeres habían gobernado una torre, sin duda alguna, pero por lo general su voluntad se imponía por mediación de un hombre, un barón que no sabía que su esposa lo manipulaba. Pero esto, permitir a una mujer sola supervisar una baronía tan grande, era poco usual.

Cierto, Morwenna había prometido casarse al cabo de un año. Aunque todavía no se había fijado la boda, lord Ryden, del castillo de Heath, había pedido ya su mano y Kelan se la había concedido.

Isa frunció el ceño y una preocupación fría se instaló en su corazón. Ese matrimonio que se avecinaba no era un buen partido.

El barón era apuesto, no cabía duda, y atlético a pesar de sus años. Pero el hombre tenía casi la edad de Isa, por el amor de Dios, y era demasiado viejo, aunque aparentara diez años menos. Lord Ryden estaba acostumbrado a hacer las cosas a su manera, lo cual no presagiaba lada bueno.

Morwenna era testaruda y obstinada, siempre dispuesta a hablar con franqueza. Como lo fueron sus otras esposas, ahora muertas.

«Pero Morwenna había estado de acuerdo con la unión», le recordó una voz interior. A pesar de sus consejos, advertencias, y premoniciones.

– Bah.

Isa tiró el palo y se limpió el polvo de las manos sobre su vieja túnica. Morwenna había acordado casarse con Ryden sólo porque se esperaba de ella que tomara un marido. Después de sus desastrosos amores con Carrick de Wybren, se había decantado por un hombre más viejo, estable, que le había hecho la corte con el propósito de cazarla, como un lobo a su presa.

No, no era nada bueno. Y eso no habría pasado si Morwenna no le hubiera entregado su corazón al granuja de Wybren.

Carrick.

Todo se había desmoronado con la llegada de aquella bestia cobarde.

Isa odió a ese hombre. No le sorprendería que Carrick estuviera detrás del incendio desalmado de Wybren. Carrick carecía de lealtad o de integridad. No era más que mala hierba, un granuja que había seguido los pasos de su padre, el barón Dafydd, quien, a pesar del amor que le profesaba una mujer fina y hermosa, se dedicaba a ir tras las faldas de las criadas, las viudas, e incluso las esposas de sus amigos. Dafydd haría sido un soberano inconsciente por lo que concierne a las mujeres, y su esposa, lady Myrnna, había tenido que sufrir siempre en silencio, mordiéndose la lengua, sin hacer caso de los rumores que circulaban acerca de la infidelidad del barón y de los hijos bastardos que tenía, al mismo tiempo que ella le había dado cinco vástagos. Los cuchicheos decían que Dafydd, al margen de su matrimonio, había engendrado algunos hijos, tanto varones como hembras, e incluso una pareja de gemelos… Isa quiso desestimar esas historias, o al menos aceptarlas como exageraciones vertidas por lenguas ociosas y aburridas. Pero los rumores de las incursiones de Dafydd de Wybren en camas ajenas eran legendarios y, sin duda, había algún atisbo de verdad en ellos.

El viento fluyó a través los árboles desnudos y sacudió la capucha le Isa y el dobladillo de su túnica. Sintió que el frío de invierno le calaba los huesos.

Isa frunció el ceño en la oscuridad, sus ojos buscaban en la penumbra cualquier signo de vida, de la presencia que percibía. Pero nada se movió.

Volvió hacia el castillo.

¡Un chasquido!

Se oyó el crujido de una frágil ramita al quebrarse a través de la oscuridad. Isa se giró rápidamente. Clavó la mirada en el lugar de donde había salido el sonido. Buscando entre las sombras brumosas, no pudo distinguir nada entre los árboles esqueléticos, ningún movimiento, ninguna figura oscura que se agazapara cerca del arroyo. Su viejo corazón clamó, aunque se recordó a sí misma que existían criaturas en el bosque que no hacían ningún daño, animales que se movían por la noche y que estaban más asustadas ante la presencia de ella que a la inversa.

Sin embargo algo había cambiado. Lo sintió de nuevo, ese cambio sutil y peligroso en el aire. La piel se le erizó.

– ¿Quién anda ahí? -preguntó con voz ronca, deslizando sus dedos hacia el bolsillo donde guardaba una pequeña daga que siempre llevaba consigo-. ¡Mostraos!

No obtuvo respuesta.

Sólo el murmullo del viento debido a la agitación de las ramas, el ulular suave de un búho y el cauce del agua helada corriendo pendiente abajo.

Los oídos de Isa se aguzaron. Lamió sus labios agrietados y se dijo que debía de haberse confundido. No había nadie oculto escudriñando sus movimientos. Nadie había visto su rito pagano. Apretó los dedos alrededor de la empuñadura de su cuchillo y volvió despacio hacia la torre. Con cuidado de no tropezar con las rocas del camino y las raíces de los árboles, logró tranquilizarse al divisar la torre, lejos de la amenaza que había sentido cernirse sobre el bosque.

«Sólo es producto de tu imaginación desmesurada -se dijo Isa-, nada más. La respiración que oyes son tus viejos pulmones asustados jadeando en busca de aire. El chasquido de la ramita seguramente era un jabalí o un ciervo que pasaban». Sin embargo, no había oído el gruñido de una criatura hozando la tierra, ni había notado cerca el olor de un animal.

Más bien había sentido el acecho en la oscuridad una mirada silenciosa y malévola, con un propósito que ignoraba.

Mirando al horizonte, vio Calon surgir sobre la colina. Los adarves presentaban un aspecto siniestro, las torres sombrías se erguían en la oscuridad de la noche. Ella se había opuesto al traslado de Morwenna y añoraba los días apacibles de la niñez de su señora en la casa de Penbrooke. Pero la voz de Isa no había sido tomada en consideración. Morwenna había negociado largo y tendido por su propia torre, y Kelan, finalmente, le había concedido la baronía que, Isa temía, iba acompañada con su propia historia, derramamiento de sangre y peligro.

¿De veras no había visto ella las señales?

¿No habían sido vividos sus sueños de derramamiento de sangre?

¿Acaso no sabía que el peligro la acechaba dentro y fuera de los muros del castillo?

– Por todos los santos -susurró.

Una vez cerca de la puerta, giró y se apresuró hacia el camino enfangado que llevaba a la torre de entrada, temiendo que alguna bestia de pesadilla saltara hacia fuera y la abordara.

No fue así.

No la atacó ningún dragón oscuro ni un mensajero del infierno.

Al apresurarse bajo la verja levadiza sin que ocurriera el menor incidente, soltó la empuñadura de su pequeño cuchillo, envió una plegaria de agradecimiento a la gran Madre y trató de serenarse. Lo que se había imaginado era únicamente producto de su propio miedo, que se condensaba en la mente.

No había nada malévolo en el bosque.

Ningún mal se escondía detrás de los árboles estériles.

Nada impío acechaba a Calon.

¿O sí?

Capítulo 6

– Os lo juro, abandoné el puesto por un minuto y la señora se coló en la habitación.

Vernon se ruborizó, mantenía la mandíbula encajada con convicción mientras permanecía de pie ante el escritorio de Alexander, frotándose las grandes yemas de los dedos.

Alexander había llamado a sir Vernon a su habitación, que se encontraba en la torre de la entrada. La puerta estaba entornada y los sonidos de las voces de la gente, el tintineo de la cota de malla y el raspado de las botas se filtraban a través de la ranura.

– Estaba en la letrina haciendo mis necesidades -explicó Vernon, cogido en falta, puesto que la excusa era débil-. Lady Morwenna es la señora de la torre. Ella puede ir a donde le plazca.

«Y con lo obstinada que es», pensó Alexander aunque no lo dijo en voz alta. Permaneció en absoluta calma, depositando su mirada con firmeza sobre las facciones enrojecidas de Vernon: obtendría más datos con el silencio y la paciencia que si dirigía un interrogatorio.

El corpulento guardia meneó la cabeza.

– Sé que no debería haber abandonado mi puesto y… y tenía que haber estado allí para tratar de disuadirla, o acompañarla a ver al preso.

Alexander no tuvo que hacer más que enarcar una ceja para que Vernon se corrigiera en un abrir y cerrar de ojos.

– Quiero decir, para ver a su invitado, pero… Ah, maldita sea, sir Alexander, me equivoqué en eso, lo admito. Encerradme en la mazmorra si es vuestro deber, o desterradme de Calon o cortadme la cabeza, pero, Dios santo, todo el mundo tiene que ir al lavabo de vez en cuando.

Alexander arqueó la otra ceja espontáneamente y se reclinó hacia atrás en su silla. Vernon era un hombre bueno. Simple, pero dotado de un corazón verdadero. Caminaría por encima del fuego si se lo pidiera pero se distraía con demasiada facilidad.

Como capitán de la guardia, Alexander no tenía otro remedio que castigarlo por desobediencia. Inclinándose hacia delante, apoyó los codos sobre la mesa rayada y miró al soldado que había sido tan sincero.

– Te relevo de tus funciones, Vernon.

Los hombros del colosal hombre se desplomaron, hizo ademán de protestar pero se mordió la lengua con prudencia.

– Pasarás las próximas dos semanas en el adarve -dijo Alexander, sosteniendo la mirada fijamente sobre Vernon-. Más te vale no abandonar tu puesto por ningún motivo. Si tenéis que aliviaros, qué diantres, podéis hacerlo entre las almenas.

La mandíbula pesada de Vernon murmuró bajo la barba, pero no replicó.

– En quince días reconsideraré mi decisión.

– Gracias, sir -refunfuñó Vernon, y al abrir la puerta, tropezó con Dwynn, el tonto-. Sal de mi camino -le ordenó, esquivando al escuálido hombre, que le miró al pasar.

Dwynn entró en la estancia. Había cierta malicia bajo su expresión embotada, un atisbo de crueldad en sus ojos azules. Alexander no se fiaba de él. Aunque él, por otra parte, no se fiaba de nadie.

– ¿Hay algo que pueda hacer por ti? -preguntó a Dwynn mientras las suelas de las botas de Vernon sonaban escaleras abajo.

– La señora, me dijo que… -Hizo una pausa, se rascó la barbilla haciendo girar los ojos hacia arriba como si buscara en su cabeza-. Que…

– ¿Qué? -preguntó Alexander, armándose de paciencia.

– Que fuerais a verla.

– ¿Que la visitara?

– Sí. Quiere hablar con vos.

Dwynn parecía satisfecho consigo mismo, sus ojos de repente comenzaron a brillar y torció los labios delgados en una sonrisa de autocomplacencia.

– ¿En el gran salón?

– Sí. En el gran salón. Sí -Dwynn sacudió la cabeza rápidamente de arriba abajo, dio media vuelta y casi escapó corriendo escaleras abajo.

Alexander cogió su capa de un colgador y se la colocó sobre los hombros. Su corazón latía con mayor rapidez ante la idea de ver a Morwenna, aunque confesara al mismo tiempo que se comportaba como un estúpido.

Otra vez.

Estar al lado de ella era tan pronto una maldición como una bendición, pensó malintencionadamente mientras descendía por la escalera de la torre de entrada.

Se enamoró locamente desde el primer momento en que la vio.

Recordaba ese día de una manera muy viva.

Circularon rumores incontrolados acerca de que una mujer se iba a convertir en la máxima autoridad de Calon, y Alexander recibió una misiva de sir Kelan de Penbrooke donde le explicaba que enviaría a su hermana para supervisar y gobernar la torre. Alexander pensó que la idea era absurda. ¿Una mujer? ¿Una mujer sin un hombre que la orientara? Era una insensatez. Ridículo. Casi un sacrilegio. Según el punto de vista de Alexander, el hecho de que una mujer tomara el control de la torre supondría la ruina del castillo de Calon. Incluso había ido más lejos, llamándola para sus adentros «lord Morwenna», porque con toda certeza era una mujer que tenía que demostrar algo, una mujer que se consideraba un hombre. Probablemente sería una vieja bruja, ese tipo de mujer que viste con pantalones, bebe cerveza y es fea como un demonio.

Y entonces la vio.

Montaba con agilidad sobre un caballo español de pelo blanco por la torre de entrada y por el interior del patio. Una cabellera morena le resbalaba por la espalda, su falda carmesí ondeaba al inclinarse hacia el cuello del caballo y se movía con tanta facilidad como si formara un todo con su yegua.

– Corre, miserable bestia -gritó ella.

La yegua obedeció trotando sobre la hierba del patio, donde las gallinas y los gansos se desperdigaban entre cacareos y graznidos, los campesinos y los siervos abandonaron sus ocupaciones observando con pavor cómo ella frenaba las riendas cerca del gran salón, y el caballo, jadeando y con mirada huraña, aminoraba el paso hasta detenerse.

Con el pelo enmarañado, la cara sonrosada y unos ojos increíbles, la mujer había saltado ágilmente al suelo, hundiendo sus botas en el barro. Así y todo, ella era más alta que la mayor parte de las mujeres y tenía un porte regio que llevaba con tanta facilidad como su capa. Parecía ajena al hecho de que el dobladillo de su vestido se hubiera ensuciado y de que comenzara a lloviznar. Una sonrisa diferente a cualquiera que hubiera presenciado antes había jugueteado en sus labios llenos, mostrando una dentadura perfecta.

– ¿Quién es el responsable aquí? -preguntó a la pequeña muchedumbre que se había congregado para admirar el espectáculo, observando a la gente con la barbilla en alto por naturaleza y las cejas arqueadas.

Los carpinteros, las lavanderas, el sacerdote y una docena de personas estaban de pie cerca de la escalera de piedra de la torre. Pero ninguno pudo articular palabra. Parecía que todos se hubieran quedado mudos de asombro.

Alexander salió disparado por la escalera abajo y anduvo dando zancadas a lo largo de la hierba pisoteada.

– ¿Milady? -preguntó-. ¿Lady Morwenna?

Ella se había dado la vuelta con prontitud y le contempló la cara. Sus inteligentes ojos de un color negro azulado se entrecerraron mientras lo examinaba.

– ¿Y vos quién sois?

– Sir Alexander, capitán de la guardia. A vuestro servicio -se presentó, y se arrodilló en el barro, lo que provocó la risa de ella, un sonido profundo y gutural que le había tocado el alma.

– Oh, por favor, no hagáis eso… -Al echar una mirada alrededor del patio, advirtió que todas las personas allí presentes habían inclinado su cabeza-. Oh, bien… No necesitaremos nada de esto, de momento. Estoy cansada, hambrienta y necesito un baño desesperadamente. Y mi caballo…

Alexander hizo una señal con la cabeza a un escudero que miraba boquiabierto detrás de un almiar.

– George, toma la yegua de la señora y comprueba que la alimenten y la cepillen. -Se dirigió de nuevo a la señora-: Entremos dentro. Os presentaré a los criados y os aseguro que todas vuestras necesidades serán atendidas. -Hizo señas a la pequeña muchedumbre que se había congregado-. ¡Todo el mundo de vuelta al trabajo!

Antes siquiera de que alguien se moviera, irrumpieron en la torre más caballos. Un grupo de siete personas, dos mujeres y cinco hombres vestidos como guardias, pasaron a través de la puerta levadiza y entraron en el patio de armas.

– Edward, avisa al encargado de la cuadra que tenemos más caballos para el establo. Es preciso que los refresquen, los cepillen, les den de comer y los abreven. Que John envíe a su hijo Kyrth y a otro de los mozos a que se ocupen de ellos.

Edward asintió con la cabeza, su pelo se oscureció bajo la lluvia mientras salía corriendo hacia el establo.

– ¡Lady Morwenna! -gritó una anciana que daba saltos incómodamente en la silla de montar de un caballo con el lomo combado, mientras trataba desesperadamente de mantenerse a horcajadas.

Los ojos de la señora se arrugaron en los contornos.

– Ésta es Isa -le susurró a Alexander-, mi vieja nodriza. Nunca deja de presumir de haberme traído al mundo. A veces lo mejor es fingir que es la soberana… Hace que las cosas vayan sobre ruedas. Por lo que se refiere a mi hermana -dijo Morwenna, alargando su barbilla aguda en dirección a la mujer más joven, que montaba con agilidad un caballo castaño del que tiraba de las riendas en ese momento-, de ninguna manera le permitáis pensar que tiene vela en este entierro.

Cuando el pequeño grupo se acercó, se hacía patente que los guardias que habían acompañado a lady Morwenna se mostraban reacios a quien servían. Los cinco frenaron sus caballos y desmontaron con expresión rígida e inflexible.

– Me advirtieron que me quedara con ellos -admitió Morwenna con voz queda, y luego carraspeó-. Creo que estoy en problemas.

«No -pensó Alexander en aquel momento-, yo tengo el problema».

A pesar de que la había conocido hacía un instante, se había enamorado de ella perdidamente. Qué ridículo, nunca le había pasado nada semejante. Bueno, se había enamorado en alguna ocasión pero, por regla general, después de beber unas pintas de cerveza, y se trataba siempre de una chica atractiva a la que olvidaba al día siguiente. Pero nunca, en sus treinta años, había sentido algo tan fuerte en su corazón, tan improbable, sin desearlo y, sin ninguna duda, tan poco aconsejable.

Era una insensatez, y Alexander se sintió orgulloso de tener el pensamiento claro. Había alcanzado su posición en Calon en virtud de su valor, su inteligencia y, por supuesto, sirviéndose de alguna intriga. Esperaba que después de ese día fatídico, volviera la lucidez y su predilección por la señora se difuminara en la nada irrisoria.

Desde luego, no fue así. Su vida había cambiado desde el momento que había puesto los ojos en ella. Y ahora su suerte estaba echada.

Aunque era imposible, aunque no compartía y nunca compartiría su posición, amaba a Morwenna más que cualquier hombre amaría a una mujer.

Y todo era en balde, lo sabía ahora mientras empujaba la puerta de la torre de entrada y le sacudía una ráfaga de viento helado.

Lady Morwenna se había prometido con un barón, un hombre de alcurnia como ella.

Y un hombre que era un bellaco. La bilis le subió hasta la parte posterior de la garganta. Lord Ryden de Heath. Un barón rico que casi le doblaba la edad y que ya había enterrado a dos mujeres. Los orificios nasales de Alexander se ensancharon y cerró un puño mientras se acercaba resueltamente a la leve subida que sonaba a la torre.

Él no podía hacer nada. Era el hijo único de una lavandera, sin la figura de un padre del que ni siquiera había oído hablar. Que hubiera alcanzado su posición en Calon había sido una cuestión de astucia, de agallas y ambición. Su valor en el combate se debía a un único objetivo y sólo uno: ganar poder.

Pero, por mucho que hiciera, nunca podría convertirse en noble.

Y como tal, nunca sería capaz de ganarse un lugar en el corazón de la señora.

Capítulo 7

– No castiguéis a sir Vernon -le ordenó Morwenna cuando el capitán de la guardia y ella se sentaron frente al fuego del gran salón. Era obvio que Alexander estaba irritado y molesto con su centinela e, intuyó ella, consigo mismo-. Fue culpa mía. Le engañé deliberadamente. Estaba despierta y esperé hasta que se fuera a las letrinas para colarme en la habitación -admitió.

Alexander la observó, luego lanzó una mirada a lo lejos.

– Es mi deber velar por vuestra seguridad, milady -le recordó-. ¿Cómo puedo hacerlo si engañáis a los guardias que os asigno?

– No es culpa vuestra.

– Entonces, ¿de quién?

– Es mía.

Alexander frunció el ceño, su expresión era tan sombría como la medianoche.

– Hay otra cuestión. Si podéis engañar a mis guardias con tanta facilidad, otros también pueden. Otros que quieran haceros daño a vos o hacérselo a esta torre.

– Castigar a sir Vernon no cambiará nada.

Arqueó una ceja en señal de duda.

– ¿No creéis que sirva para dar ejemplo?

– No, cuando fui yo la única que lo embauqué.

– Ah…, lo embaucasteis. Eso es a lo que me refería exactamente. Nadie debería ser capaz de embaucar a un guardia de servicio. Estoy profundamente decepcionado con sir Vernon.

– ¿Y conmigo? -preguntó, buscando un gesto de rechazo bajo su barba-. No me mintáis, sir Alexander.

– Esperaría que si deseáis hacer algo que conlleve el más ligero peligro, confiarais en mí para velar por vuestra seguridad -dijo él, mirándola fijamente.

– Os preocupáis demasiado, sir Alexander.

– Me pagáis para que me preocupe.

– Os pago para que protejáis el castillo.

– Y a vos -afirmó con un trago largo de vino.

Los ojos le traicionaron durante un segundo, transmitiendo emociones que no tardó en disimular.

– Aprecio vuestra preocupación.

Alexander dejó la copa y se aclaró la garganta.

– El castigo de sir Vernon, si queréis, será pasar los próximos quince días en el muro este. Después… ya veremos.

– ¿Me enviaríais al adarve a mí también?

Él sonrió abiertamente, mostrando sus dientes blancos recortados entre la barba.

– No, milady, temo que debería encerraros en la torre más alta y guardar la llave con una cadenita al cuello.

– Al menos no es la mazmorra.

Los ojos oscuros de Alexander chispearon y Morwenna pensó que estaba a punto de tomarle el pelo y decirle que le encantaría enjaularla tras los barrotes de hierro de las celdas que había en el nivel más bajo de la torre, pero se limitó a mover la cabeza, y su sonrisa se desvaneció.

La broma se disipó en el aire al aparecer el médico, que se deslizó precipitadamente por la escalera.

– ¿Podría intercambiar unas palabras con vos, milady? -preguntó.

– Desde luego.

Sir Alexander se puso de pie raudo, estirando la columna vertebral hasta tensarla del todo y adoptar una postura autoritaria. Alexander, media cabeza más alto que el médico, clavó una mirada en éste hasta obligarle a apartar la suya, aunque parecía ligeramente avergonzado de que le hubieran sorprendido riéndose y bebiendo vino con la señora de la torre.

– Me ocuparé de la situación, milady -dijo él, mientras le hacía una rápida reverencia con la cabeza.

– Creo, capitán, que deberíais oír esto también -dijo Nygyll.

– ¿Tenéis noticias del hombre? -preguntó Morwenna.

Hizo señas a Nygyll y a Alexander de que tomaran asiento en los taburetes cerca del fuego. Un muchacho añadió madera a los leños que ardían en la chimenea y una muchacha silenciosa sirvió otra copa de vino a instancias de la mirada atenta de Morwenna y que ésta le hiciera una señal con la cabeza.

– El paciente está mejorando.

– ¿Sí? -Ella no pudo menos que sentir un arranque de alegría-. Tan pronto.

– Es un hombre fuerte.

– Sí, es cierto.

Morwenna había visto por sí misma sus brazos musculosos y su torso, intuyendo que era un guerrero de rango a pesar de las ropas andrajosas con que vestía. La expresión de Alexander era sombría y se movió como si tuviera ganas de irse.

– Hemos oído rumores -prosiguió Nygyll tras examinarse las manos- de que el paciente podría ser Carrick de Wybren.

– Son sólo chismes y suposiciones desencadenados por el anillo que lleva puesto.

– El anillo ha desaparecido -dijo Nygyll suavemente.

– ¿Qué? -Morwenna se quedó helada.

– He dicho que el anillo ya no está en el dedo del hombre.

– Pero si todavía lo llevaba puesto anoche…

– ¿Anoche?

– Sí. Bastante tarde. Me aseguré con mis propios ojos.

¿De veras lo había visto? Al mirar su cuerpo magullado, había buscado lunares o cicatrices o… Con toda certeza todavía llevaba el anillo. Si no lo llevaba puesto, se habría dado cuenta, ¿no?

Nygyll debió de leer la duda en sus ojos.

– Debéis estar equivocada -la cortó sir Alexander-. El prisionero, quiero decir, el paciente, ha estado bajo vigilancia desde el momento en que llegó a Calon.

– ¿Estáis seguro de que el anillo ha desaparecido? -preguntó Morwenna al médico.

– Podéis comprobarlo.

Morwenna aligeró el paso y en unos segundos cruzó el gran salón. Sir Alexander la seguía casi a su altura y Nygyll les pisaba los talones.

Morwenna subió volando la escalera, no hizo caso del guardia, abrió de un golpe la puerta de la habitación de Tadd y encontró al hombre en el mismo lugar donde lo había dejado la noche pasada.

El paciente, con el mismo aspecto espantoso que de costumbre, no se había movido. Estaba tendido sobre la cama, el pelo oscuro se le rizaba sobre la frente magullada, las costras de sangre le cubrían la carne maltratada.

Avanzó resuelta hasta el lado opuesto de la cama, donde la mano derecha del paciente permanecía oculta bajo la colcha. Sin pensárselo dos veces, retiró bruscamente la manta y vio los dedos, los nudillos hinchados y resquebrajados, las uñas rotas.

Tal como Nygyll había dicho, la mano estaba desnuda. En el dedo corazón de su mano derecha, el anillo brillaba por su ausencia.

El estómago se le encogió.

– ¿Cómo se lo han podido quitar? -exigió ella-. Tiene los dedos hinchados, las articulaciones… Dios mío.

Entonces reparó en la carne desgarrada del dedo y el nudillo rojo por la sangre fresca.

– El dedo está roto, la articulación también -dijo Nygyll, que entraba en la habitación detrás de sir Alexander.

En su imaginación Morwenna presenció cómo arrancaban el aro de oro del dedo del hombre inconsciente.

– Madre de Dios -acertó a susurrar.

Alexander vio la mano del hombre todavía herida.

– No es posible -exclamó sin ninguna inflexión, observando la sangre.

– El centinela falló -sentenció el médico.

Antes de que el capitán de la guardia pudiera defender a sus hombres, Nygyll añadió.

– Quienquiera que fuera detrás del anillo estaba desesperado y tuvo que trabajar rápido. -Su mirada aterrizó sobre la cara descolorida del hombre-. Es un ser afortunado.

– ¿Afortunado? -repitió Morwenna, con el estómago revuelto.

– Afortunado de que no le cortaran el dedo. -Nygyll frunció los labios y tomó la mano ensangrentada del hombre-. Si querían apoderarse del maldito anillo podrían haberle serrado el dedo por debajo de la articulación.

– Por el amor de Dios, ¿quién iba a ser capaz de hacer tal cosa? -susurró ella, mientras sentía que empalidecía.

– No lo sé. -La mirada fija de Nygyll se posó en el corpulento hombre que estaba de pie a su lado.

La mandíbula de Alexander se deslizó a un lado y los ojos se le achinaron mientras miraba alrededor de la habitación.

– Os doy mi palabra, milady -juró con ojos graves y ardientes por una furia contenida-. Encontraremos al bastardo que hizo esto.

– Tal vez deberíais interrogar al guardia -sugirió Nygyll.

– Tal vez deberíais ocuparos de vuestro trabajo como médico y dejar que yo me las apañe con el mío -espetó Alexander dedicando una mirada feroz e inflexible al médico.

– ¡Tal vez deberíais comprobar que hacéis el vuestro correctamente! -contestó Nygyll con vehemencia, y se dirigió a Morwenna-. Está claro que alguien pasó por delante del centinela, entró en la habitación, arrancó el maldito anillo del dedo del paciente y se ocultó de nuevo en la oscuridad de la noche. Hemos tenido suerte de que no pasara nada más, ya que podrían haberle cortado el cuello a este hombre -dijo mientras señalaba al paciente, y luego dio la espalda a Alexander como si no valiera la pena consultar al soldado.

Como viera que una joven criada asomaba la cabeza por la puerta, Nygyll levantó un brazo y chasqueó los dedos.

– Oye, Mylla, no te quedes ahí boquiabierta y sé útil. -Tenía los labios fruncidos y blancos alrededor de las comisuras, los orificios de la nariz abiertos por la agitación-. Necesitaré agua caliente, compresas de lino frescas y milenrama para la herida… Ah, y alguna consuelda. Envía a alguien al boticario, eso es: consuelda y milenrama. ¿Lo has entendido?

La muchacha asintió con la cabeza y se alejó a toda prisa.

Nygyll dirigió de nuevo su mirada a Morwenna.

– Ahora, milady, si me perdonáis -dijo con una voz que había perdido la modulación áspera y autoritaria- necesito ocuparme de mi paciente.

– Desde luego.

Morwenna echó un último vistazo al hombre con un nudo en el estómago. ¿Quién habría sido capaz de hacer tal cosa? ¿Por qué? ¿Era el emblema de oro de Wybren el motivo de que el desconocido hubiera sufrido el ataque? ¿Quién lo querría? Su valor sólo importaría a los miembros del castillo de Wybren a menos que hubieran robado el anillo para fundirlo. ¿O acaso el anillo representaba un trofeo, un pequeño premio para recordar al agresor cómo, de algún modo, había engañado a su dueño? ¿Había vuelto el atacante y había consumado el robo?

Entonces, ¿por qué, como sugirió Nygyll, no le cortó simplemente el dedo para ir más rápido?

Sir Alexander le seguía a un paso refunfuñando camino a la escalera.

– ¿Quién puede haber sido? -preguntó ella.

– No lo sé. Pero lo averiguaré. -La voz de Alexander era fría como el acero-. Quienquiera que haya sido nos ha demostrado que puede moverse por la torre a su antojo. Quiere que sepamos de su existencia, alardea de su poder. De no ser así, ¿por qué no matar simplemente al paciente y acabar con todo?

Algo en el interior se le erizó y notó que el vello de los brazos se le ponía de punta.

– Está intentando demostrar que el hombre es vulnerable.

– No sólo el paciente, sino todos los que habitan en la torre -dijo Alexander, con seriedad.

– ¿Cómo pudo alguien pasar por delante del guardia…? -comenzó a decir ella, pero después recordó con qué facilidad había engañado a sir Vernon.

– Eso es exactamente lo que tengo la intención de averiguar.

Unos gritos lanzando órdenes, una risa tintineante y el chirrido de las patas de la mesa que se arrastraban por el suelo los saludaron mientras Morwenna y Alexander avanzaban por el interior del castillo.

– ¡Morwenna! -Bryanna se precipitó a través de la puerta, al lado del pie de la escalera. Al divisar a su hermana, se apresuró a alcanzarla-. ¿Es eso cierto? ¿De veras alguien ha robado el anillo del señor Carrick?

– No sabemos si el paciente es Carrick de Wybren -la cortó Alexander.

– Pero, ¿qué pasa con el anillo? -insistió de nuevo-. ¿Lo han robado? ¿Alguien ha burlado la vigilancia del guardia?

– Eso parece -respondió Morwenna, irritada, mientras se dirigía al pie de la escalera a lo largo del gran salón.

Allí los mozos ajustaban las mesas y los bancos, y Alfrydd, el administrador, inspeccionaba el trabajo con ojo experto, aunque escéptico.

Dwynn atizaba el fuego agachado al lado de la chimenea y daba la vuelta a los trozos de roble musgoso, lo que hacía que las llamas crujieran y chisporrotearan. Su mirada atenta perseguía las chispas diminutas mientras se elevaban hacia el alto techo.

Mort, que descansaba en la esquina, ladró suavemente mientras se levantaba y se acercaba meneando la cola. Al notar la presencia del perro, Dwynn le echó una mirada a Morwenna y se puso de pie con cierta dificultad. Con nerviosismo se sacudió el serrín y las astillas de las rodilleras de los bombachos, y se volvió de nuevo hacia las llamas.

– Milady -dijo con la cabeza un poco cabizbaja, como si le hubieran sorprendido robando de la despensa del cocinero-. No estaba haciendo nada malo… Quiero decir… El fuego… necesitaba…

– Está bien, Dwynn -le aseguró ella.

Dwynn esbozó una sonrisa de oreja a oreja.

– ¿Os gusta?

– Sí, gracias -respondió ella, aunque su mente estaba en otra parte.

Dwynn, satisfecho, agarró una cesta vacía y se dirigió fuera. Morwenna le prestó poca atención, puesto que Bryanna no paraba de requerir información.

Aunque Bryanna bajó el volumen de la voz, seguía ruborizada por el entusiasmo y los ojos le brillaban de regocijo.

– Dime -insistió ella-. Carrick, quiero decir el paciente ¿está ileso? -Como si al instante comprendiera que sus palabras rayaban en la estupidez, se apresuró a añadir-: Quiero decir si ya no sufrió más daño.

– No, que nosotros sepamos. Nygyll está con él.

– Avisaré al alguacil, milady -dijo Alexander-, y volveré para informaros.

– Bien.

Alexander, tras inclinar la cabeza, se alejó a grandes zancadas hacia el exterior a través de la puerta principal, deteniéndose sólo un momento para decirle algo al guardia. El hombre escuchó, asintió de manera tajante y enderezó la espalda mientras Alexander desaparecía. La puerta se cerró de golpe tras él.

– ¿Qué significa todo esto? -preguntó Bryanna, tirando de la manga de Morwenna-. Primero encuentran a un hombre medio muerto, al que han propinado una paliza y que, tal vez, fuera víctima de una emboscada. Y luego, mientras está inconsciente, ¡le roban el anillo en este mismo castillo! ¡Bajo vigilancia!

– No lo sé -admitió Morwenna.

– ¿Crees que la persona o el grupo que le atacaron viven aquí? -gesticuló señalando el castillo.

– No sé ni siquiera si el anillo era realmente suyo. Tal vez lo había robado.

– ¿Por qué la persona que lo agredió y lo dio por muerto no cogió el anillo en ese momento? ¿Durante el ataque?

– Quizás algo le asustara.

Morwenna miró más allá de su hermana y vio que Dwynn se había vuelto a acercar al fuego, se ponía en cuclillas cerca de los morillos donde reposaban los troncos posteriores y atizaba los rescoldos. Morwenna sospechó que se esforzaba en escuchar cada palabra de la conversación. Por el rabillo del ojo, Morwenna observó cómo pinchaba un trozo de leña rebelde con el atizador de hierro y su cara, donde se reflejaba la luz dorada de las llamas, parecía tan infantil e inocente que Morwenna dudó de sus suposiciones. ¿Por qué lo consideraba una persona calculadora?

Como si Dwynn presintiera que Morwenna tenía los ojos clavados en él, la miró. Por un instante, Morwenna pensó que había vislumbrado algo turbio en sus ojos, antes de que se girara de nuevo; su comportamiento infantil se restauró mientras miraba fijamente una vez más las ávidas llamas.

– Tal vez algún otro robó el anillo -dijo Bryanna, bajando el volumen de su voz hasta convertirla en un susurro.

– ¿Algún otro? -repitió Morwenna, conduciendo a su hermana fuera del gran salón, lejos de oídos ocultos y ojos curiosos.

– ¡El ladrón! -dijo Bryanna al borde de la exasperación-. Puede estar entre nosotros ahora mismo. El traidor podría ser cualquiera de los criados o los comerciantes o incluso los guardias. -Como para añadir convicción a sus palabras, arqueó una ceja.

En ese momento, una criada con un cesto de la lavandería lleno hasta rebosar se dirigió a la escalera.

– Estás haciendo una montaña de un grano de arena -dijo Morwenna para no añadir más leña al fuego mientras acompañaba a su hermana hacia la escalera que conducía al patio.

Con todo, los ojos de Bryanna brillaban de entusiasmo ante el misterio del robo. Ese era el problema de la muchacha, pocas veces se imaginaba qué horrible podía ser una situación como ésta.

– Es probable que no estés haciendo todo lo que está en tu mano para arreglarlo.

«Oh, qué equivocada estás», pensó Morwenna, pero se limitó a decir:

– El tiempo tiene la última palabra. Sir Alexander encontrará al ladrón.

Morwenna esperó que sus palabras sonaran con mayor convicción de la que en realidad tenía. ¿De veras conocía a los habitantes de la torre?

Bryanna estaba en lo cierto. La mayor parte de los criados y de los campesinos que residían allí sabían mucho más sobre Calon que ella. Había oído rumores que circulaban acerca de que el castillo estaba encantado, que se podía oír rondar a los fantasmas y deslizarse a través de las paredes, pero no había hecho caso de las habladurías, ni siquiera cuando había sentido que la miraban a solas. Era su mente la que le jugaba malas pasadas. Nada más. O, al menos, trataba de convencerse de que así era.

Capítulo 8

Desde su escondite, detrás de las colmenas, Runt, el espía, observaba la puerta principal de la torre. Dos guardias flanqueaban el gran pórtico de roble y ambos estaban bien despiertos, sus miradas atentas recorrían el patio de armas sumido en la penumbra. Por suerte para Runt, la noche era cerrada, la niebla envolvía las almenas, ocultaba las torres y se tornaba más espesa alrededor de los edificios más pequeños que había en el interior de los gruesos muros de Calon.

Seguramente había algún modo de conseguir entrar en el gran salón, pensó Runt, mientras se preguntaba cómo podía colarse dentro sin ser visto. Era un hombre de aspecto ordinario y se lo conocía como un campesino que pasaba inadvertido durante el día. Pero por la noche su presencia destacaría y los guardias, siempre vigilantes, se habían vuelto más celosos en su cometido desde que se había encontrado al hombre.

Runt estaba impaciente por ver al desconocido con sus propios ojos, pero hasta ahora sus expectativas se habían visto truncadas. Si los rumores demostraran ser ciertos y fuera en realidad Carrick…

Una mano enguantada le tapó la boca a Runt, mitigando su grito.

Otra esgrimía un cuchillo en su cuello.

– ¡Shhh! -le silbó su atacante al oído-. Si valoras tu patética vida, no te muevas.

Las rodillas de Runt flaquearon y casi se orinó encima.

La hoja del cuchillo le presionó el cuello y apretó los ojos, con la certeza de que ése era su último respiro.

– Sé por qué estás aquí -le dijo la voz, ronca y débil, como si su atacante la estuviera camuflando-. Y te diré lo que quieres saber. Sí, el hombre que han encontrado es Carrick de Wybren. Sí, está a las puertas de la muerte. Y, sí, es fundamental que se lo digas a quien te envió.

Runt quiso discutir, tratar de convencer con mentiras de que él era inocente, pero sentir el filo del cuchillo bien afilado le impidió articular una palabra.

– Dile a tu amo que lo averiguaste de boca de los criados. No menciones nuestro encuentro porque, si lo haces, me enteraré y te rebanaré la garganta tan rápido que no te darás cuenta de lo que ha pasado hasta el momento en que veas fluir tu propia sangre por el cuello.

A Runt se le meneó la nuez de la garganta y el sudor le resbaló por la frente.

– ¿Entendido? -preguntó la voz y, antes de que Runt pudiera contestar, sintió una respiración caliente contra su oído-. ¿Entendido?

Un pinchazo de cuchillo, suficiente para perforarle la piel.

Runt asintió en el acto.

– Bien. Ya que encontraste el camino hasta aquí, confío en que encuentres la manera de salir sin que te aviste la guardia. No me falles -le advirtió su agresor-, o juro que te perseguiré y te mataré.

Su atacante retiró la mano con brusquedad y se alejó a toda carrera a través de la bruma, que no había parado de aumentar. Runt cayó contra las colmenas inactivas y soltó despacio la respiración.

Le habían descubierto.

Sabían que era un espía.

Y, con todo, le habían dejado con vida.

Por ahora.

Tragó el miedo y se enderezó. ¿Quién le había descubierto? ¿Quién se le había acercado con tanto sigilo que ni siquiera se había dado cuenta? ¿Era un hombre o una mujer? Runt no lo sabía ni le importaba. Le traía sin cuidado. Lo único que de verdad le interesaba era salir de Calon antes de que aquel desconocido volviera a por él.

Un dolor penetrante le atenazó de repente.

Le quemaba todo el cuerpo.

Ardía de la cabeza a los pies.

Sintió el sudor, la sal que se filtraba en sus heridas, y apenas era consciente de otra cosa salvo la intensa agonía que resquebrajaba su cuerpo.

«Estoy solo», pensó, pues no oyó ninguna voz, ni un sonido de pisadas de botas sobre el empedrado, alguna respiración que le rondara a su lado.

Apretó los dientes, olvidó el dolor y trató de pensar por encima de la agonía.

«¡Piensa! -se dijo para sus adentros-. ¿Dónde estás? ¿Quién eres? ¿Por qué estás aquí?»

Pero, Dios santo, el dolor…

«¡No… No pienses en él! Concéntrate, maldita sea. Mira lo que pasa. ¡Mira a tu alrededor! ¡Hazlo!»

Poniendo todo su empeño, intentó abrir un ojo y fracasó. Su párpado no consiguió hacer más que un tic.

«Estoy ciego -pensó miserablemente-. No puedo ver».

«¡No! No puedes levantar el párpado… todavía. ¡Inténtalo otra vez! El tiempo se te escurre de entre los dedos».

Sus dedos… Ay, Dios, cómo le dolían.

Dios mío, ¿cuánto tiempo llevaba allí?

¿Dónde estaba? En algún castillo, aunque no se acordaba del nombre.

Habían barajado la posibilidad de trasladarlo a la mazmorra, pero ella, Morwenna, se opuso, y parecía que ella era la señora de la torre. «Morwenna». Por todos los santos, ¿por qué le resultaba tan familiar aquel nombre? Resonaba en su mente… «Morwenna, Morwenna, Morwenna…» le atormentaba, evocaba recuerdos que emergían muy cerca de la superficie para sumergirse de nuevo.

«¿Cómo os conocí?»

¿Qué importaba eso? Estaba muriendo. Nadie podía soportar ese tipo de dolor y sobrevivir. Sus ojos ardían, sentía la cabeza dos veces más grande de su tamaño normal, le dolía el cuerpo y la mano… Dios santo, sintió como si su mano derecha se le desgajara del cuerpo. Era como si Satán le hubiera cortado el dedo… o todos ellos. Contrajo los músculos, se concentró con tanta fuerza que su cabeza estuvo a punto de estallar, intentó otra vez levantar su mano, abrir los ojos… pero no pudo. Le temblaba el cuerpo… El estómago vacío se le desgarraba y de repente la oscuridad le llamó de nuevo, despacio y de manera seductora, atrayéndole hacia sí. El dulce, dulce olvido le llamaba, prometiéndole alivio y, maldita sea su cobardía, se dejó desplomar de buena gana en sus confortantes brazos, que le esperaban…

Reinaba la oscuridad.

El castillo se había dormido deprisa.

El Redentor se arrastró por los pasillos secretos y pisó con cuidado, aguzaba los oídos para oír cualquier ruido que le pareciera sospechoso. Aunque creía que nadie más que él conocía la existencia de aquellos vestíbulos y túneles ocultos dentro de la torre, o que los que habían oído alguna vez rumores sobre pasadizos secretos apenas daban crédito, aun así extremaba las precauciones. Con cautela. Por consiguiente se esforzaba por oír algo.

Pero no oyó nada salvo el latido de su propio corazón, que galopaba como un caballo desbocado. El entusiasmo echaba chispas por sus venas mientras caminaba por esos pasillos que parecían una tumba. Sintió una sensación de poder casi divino y eso lo complació. Tenía mucho que hacer aquella noche.

Primero, un alto donde estaba el prisionero.

Se movió con sigilo a través de un pasaje estrecho y subió la escalera hasta un hueco a través del cual el cuerpo de un hombre apenas podía pasar. En ese cubículo desprovisto de aire, empujó con los dedos la pared que se abría ante él y la desplazó poco a poco por las piedras ásperas hasta que encontró una grieta diminuta donde faltaba el mortero y se escondía un pestillo. Con agilidad toqueteó la cerradura y, empujando con los pies, logró mover un pequeño tramo de la pared hacia dentro.

Se deslizó con agilidad hasta el cuarto donde yacía el convaleciente.

La sangre fluía a toda velocidad por sus venas. Se estremeció anticipándose a lo que iba a ocurrir. Sería fácil matar al bastardo ahora que el castillo estaba dormido y la guardia daba cabezadas en su puesto. Demasiado fácil. Quizá demasiado fácil.

Se arriesgaría con esa muerte repentina en Calon. Preguntas. Un interrogatorio.

Pero si el hombre moría en Wybren, todas las preguntas y las teorías sobre el incendio morirían con él. Se administraría una justicia morbosa si Carrick volvía a Wybren para pagar por unos pecados que no había cometido, un traidor ahorcado que todos pudieran ver… Sí, eso sería mucho mejor, y con todo, El Redentor encontró la espera agonizante. Mientras el hombre siguiera con vida, existía la posibilidad de que todos sus planes fueran en balde. Sería tan fácil presionar con una mano la nariz y la boca del hombre y mantenerla así mientras el maldito luchaba por conseguir el aire que ya nunca llegaría a sus pulmones.

O tan sencillo como llevar un frasco de veneno a esa habitación cerrada, quitarle el precinto y verter el líquido mortal sobre los labios agrietados del hombre.

Era una tentación.

Deseaba acabar con la patética vida de aquel hombre.

En la oscuridad, El Redentor miró a su adversario. Todavía aferrado a la vida. Todavía una amenaza. Y sin embargo todavía útil. De algún modo, sobre esa carne humana magullada debería recaer la acusación por la matanza de Wybren. Tenía que ser así.

Procuraría que así fuera.

Había sido una bendición enmascarada el hecho de que el hombre hubiera sido encontrado y arrastrado hasta esta torre, se recordó a sí mismo. Una bendición. Otros lo habrían querido matar. Otros habían tratado de hacerle callar… y fracasaron.

Pero El Redentor no fracasaría. La hazaña tenía que llevarse a cabo de manera adecuada.

Y por lo tanto, esa noche el maldito bellaco sobreviviría. Sólo para morir a manos del verdugo.

Sonriendo para sus adentros, se deslizó a través de las sombras, avanzó lentamente y con cuidado por el pasadizo y se introdujo por el tramo estrecho. Encontró un pequeño asidero en una de las piedras y se esforzó por empujar la pared que tenía a su espalda y luego, con algo de dificultad, enganchó el viejo pestillo. Era una maravilla que nadie en la torre supiera de la existencia de la trama de túneles secretos y paredes falsas que se habían construido, lo más probable, como vías de escape en caso de un asalto.

A veces le preocupaba que el prisionero encontrara este medio de escape, pero el traidor no estaba en disposición de intentar encontrar la manera de salir de una habitación custodiada. Tampoco era tratado como un prisionero, lo cual, si despertaba, le serenaría con cierta autocomplacencia.

Satisfecho, se abrió camino en la oscuridad. Tenía otros asuntos de los que ocuparse.

Lamiéndose los labios de antemano, siguió el camino a lo largo del estrecho pasillo de piedra. En su imaginación, ya estaba mirando fijamente a Morwenna desde su punto de inspección privado. Podía observarla mientras dormía sin que le viera, y sin ser molestado.

Oh, sí… La idea de ella acostada bastaba para provocar una conmoción en sus entrañas y su miembro comenzó a tensarse con impaciencia.

Casi tropezó en su apremio y tuvo que esforzarse por contener su lujuriosa expectativa. «Paciencia», se dijo, pero el fuego ya se había desatado por su sangre.

Después de girar la última esquina, se movió con cautela hasta su mirador y espió por la estrecha apertura entre las rocas.

Esa noche obtuvo su recompensa.

La débil luz de una vela que se consumía emitía luz suficiente para que pudiera verla. Ella yacía sobre la cama, con las colchas arrugadas, como si tuviera un sueño agitado, y su pelo formaba una madeja oscura alborotada que se desparramaba sobre la almohada.

La boca se le secó por completo. El corazón le latía sin clemencia en las sienes. El falo, ya despierto, se le puso tan duro como el acero.

Morwenna gimió suavemente y se dio la vuelta hasta quedar de espaldas, y él espió la curva de su columna, el contorno de sus nalgas bajo las colchas. Imaginó deslizarse dentro de las sábanas, amoldando su cuerpo al de ella, sintiendo la montaña de sus nalgas rozando con impaciencia su entrepierna.

El sudor le brotó de la piel y sintió que moría a causa de un anhelo tan visceral, tan salvaje, tan primario que su cuerpo entero se tambaleó. Imaginó su boca, el gusto dulce de ella mientras sus dedos se enmarañaban en esa mata espesa de rizos y guiaba a su amante, la lengua rugosa de ella sobre la carne de él, un tormento exquisito.

«Morwenna -gritó con voz queda, presionando su rostro hacia la ranura de la piedra-. Estoy aquí. Pronto estaremos juntos».

Pero tendría que esperar.

Tenía mucho que hacer antes de poder reclamarla. Mucho que demostrarle a ella. A él mismo. A ellos.

De nuevo ella se dio la vuelta, agitada por un sueño, de cara al muro donde él se erguía, con su falo palpitante. Respiró sobresaltado cuando la sobrecama resbaló y dejó a la vista un pecho, la parte superior de un pezón… Una mujer gloriosa, gloriosa. Tan hermosa. Tan llena de vida. Tan inconsciente.

Pero llegaría el momento para los dos. Y pronto. Tenía que ser muy pronto.

Capítulo 9

– A la bestia se le caído una herradura. ¡Pónsela! -ordenó Graydynn mientras el sudor se le metía entre los ojos y la lluvia le aplastaba el cabello.

Estaba cansado y tenía los nervios de punta. La temprana cacería matutina había sido infructuosa… tanto como lo había sido la noche anterior. Tiró las riendas de la brida del corcel a las manos de un mozo de cuadra sorprendido y encogido de miedo.

– Sí, milord -murmuró el muchacho entre sus dientes torcidos que asomaron por la boca.

– Y enseguida.

– Como deseéis.

El muchacho hizo una reverencia con la cabeza y se llevó al semental rápidamente hacia el voladizo del establo. Graydynn olfateó el olor a estiércol de caballo y a orina que se mezclaba con el polvo. Se dirigió con aire resuelto hacia la torre, dejando a los guardias que se ocuparan de sus lamentables bestias.

Su humor era tan sombrío como las nubes que se cernían sobre las montañas y el incipiente dolor de cabeza que le acechaba en las sienes le golpeaba al compás de los sonidos metálicos del martillo del herrador contra el yunque. Los pollos piaban, los patos graznaban, los malditos cerdos gruñían y hasta los perros de castillo, atados a una larga correa, ladraban como desesperados.

Los ruidos del castillo acabaron de crisparle los nervios y deseó encontrar a alguien, a cualquiera, sobre quien descargar su frustración. Dios santo, eso no era lo que él había previsto después de convertirse en el dueño de Wybren.

Se había imaginado sentado en una silla acolchada, lanzando órdenes a los criados, recaudando impuestos y pasando todas y cada una de sus noches con una hermosa moza en sus brazos dispuesta a hacer realidad todos los deseos eróticos a que daba rienda suelta su fértil imaginación.

Se vio a sí mismo como el dueño de Wybren, con un poder y una reputación siempre en expansión, su satisfacción colmada por los lujos y los frutos de la riqueza y encumbrado a la fama. Ay, pensaba reconstruir la torre y amueblarla con los botines sustraídos de otras baronías que había planeado conquistar. Se veía como el amo no sólo de Wybren sino también de cada tierra colindante… y en sus fantasías más exuberantes acariciaba la idea de que era un conquistador que podría y debería parangonarse con Alejandro Magno o incluso con Aníbal si el destino era halagüeño. Graydynn sería un jefe legendario que rivalizaría con Llewellyn ap Gruffydd, el gobernante que unió a todo el País de Gales en temor reverencial.

Y, sin embargo, desde que había asumido el mando de Wybren, ninguno de sus sueños se había realizado. El coste de la reconstrucción del gran salón arrasado por las llamas había excedido los ingresos de los impuestos. La melancolía y la pena de los criados y los ciudadanos de honor que trabajaban para él no habían mejorado demasiado desde el entierro de lord Dafydd y su familia hacía poco más de un año.

Graydynn resopló ante esa ironía. Dafydd, el viejo barón y el tío de Graydynn, había sido mentiroso y tramposo, un hombre que había levantado más faldas que la costurera local y que había engendrado en su mayor parte hijos bastardos. Lo que Graydynn realmente sabía es que Dafydd había privado al padre de Graydynn de su herencia legítima, y Graydynn sólo pudo recuperarla gracias al incendio.

Sintió que una sonrisa le retorcía las comisuras de los labios al pensar en el fuego que le había convertido en barón. La satisfacción le quemaba por todo el cuerpo.

Al menos se había servido algo de justicia.

Casi había olvidado su mal humor cuando pasó por delante de la cabaña del armero y Runt se le acercó. Este hombre, a quien todo el mundo llamaba Runt desde que era un muchacho y corría de aquí para allá, aunque le habían puesto el nombre de Roger al nacer, era enjuto y nervudo, de nariz aguileña, dientes de conejo y ojos oscuros que no perdían detalle. Había algo en él que hacía vacilar a Graydynn, un tic nervioso que podía hacer que la paciencia ya de por sí menguante de un hombre fuera llevada hasta el límite.

– Milord -susurró Runt, agachando la cabeza como en reverencia-. Tengo noticias -los ojos parpadeaban con entusiasmo.

Graydynn se quitó los guantes.

– ¿Sobre qué? -preguntó sin exteriorizar el más mínimo interés.

Runt era popular por su teatralidad.

El hombrecillo bajó la voz.

– Sobre Carrick.

– ¿Otra vez? -dijo mientras saludaba con la cabeza a los guardias. Graydynn entró en el gran salón y no tuvo más que lanzar una mirada a un escudero para que éste enviara a un chaval en busca de vino a toda prisa.

– Sí, sí. Pero esta vez os juro que todo lo que sé es cierto.

Graydynn se dio la vuelta asqueado hacia el espía. ¿Cuántas veces desde el incendio se le había acercado Runt con la misma historia? ¿Una decena de veces? ¿Veinte?

– ¿Y cómo puedo creerte?

En los labios de Runt se dibujó una pequeña risa arrogante y los orificios de la nariz se le ensancharon aún más.

– Me lo contó Gladdys, una criada que trabaja para lady Morwenna.

La entrepierna de Graydynn se puso rígida sólo con oír mencionar a la soberana de Calon. Morwenna. La hermana del barón Kelan de Penbrooke. Tan hermosa. Tan orgullosa. Y tan condenadamente arrogante. Visionó la curva de su mandíbula y su ceja arqueada ante la respuesta de un subordinado que demostró ser lo suficientemente necio para desafiarla.

El escudero sirvió el vino y Graydynn apartó a un lado los pensamientos sobre Morwenna. Tomó un trago largo de la copa y se reclinó en su silla cerca del fuego.

– ¿Y qué dice esa criada?

– Que encontraron a un hombre no lejos de las puertas de Calon al que habían propinado una tunda que le había dejado hecho papilla y con las horas contadas. -Runt echó un vistazo rápido alrededor y luego se inclinó lo bastante cerca como para que Graydynn pudiera oler el hedor ácido a cerveza pasada en su aliento-. La criada que lo atendió jura que llevaba un anillo grabado con el emblema de Wybren.

Los ojos de Graydynn toparon con los del espía y no pudo disimular su interés.

– ¿Carrick?

– Eso he dicho.

Runt estaba contento consigo mismo y no se molestó en ocultarlo. Con todo, Graydynn sintió que otra emoción empañaba su satisfacción, algo que no encajaba del todo.

– Y ¿cómo dices que se llama esa criada? -Chasqueó sus dedos con impaciencia-. ¿Cómo se llama?

– Gladdys.

– Sí, Gladdys. ¿Cómo sabes que no miente o… que no te toma el pelo?

Los ojos de Runt brillaron, como si hubiera estado esperando esa pregunta en particular. Adoptó un aire casi despectivo.

– Porque Gladdys se no atrevería a mentirme. Sé algunas cosas de ella, algo que no le gustaría que se supiera.

– Entonces ¿la chantajeas?

Runt se rió en voz baja, pero sus dedos se movían con nerviosismo como si estuviera demasiado ansioso por transmitir sus noticias.

– Sólo lo suficiente para asegurarme que lo que me dice es cierto, para que yo os pueda proporcionar la mejor información. Pensé que estaríais satisfecho.

– Lo estoy -dijo Graydynn. Conocer esta información que le brindaba el espía bien lo valía y añadió-. Serás retribuido por tus servicios, como siempre. Tan pronto como verifique por mi cuenta lo que cuentas.

– Hacedlo, milord, y veréis que digo la verdad. Carrick convalece en una habitación para huéspedes en el castillo de Calon y tiene un pie en la tumba.

– ¿No hay expectativas de que viva?

Runt balanceó su cabeza de un lado a otro.

– Eso es lo mejor de todo, lord Graydynn. Gladdys oyó por casualidad al médico, Nygyll, que hablaba con lady Morwenna. Parece que sólo un milagro puede hacer que Carrick sobreviva. Sería muy fácil matarlo. Un poco de veneno, una mano sobre la nariz y la boca… y nadie se percataría -dijo enarcando las cejas y dibujando con los labios una expresión de torpe inocencia.

Con todo, Graydynn sintió que algo no acababa de cuajar. Nunca había confiado en Runt, aunque a menudo le había encargado trabajos. La lealtad de los espías podía comprarse con demasiada facilidad.

Tenía que ir despacio y con cuidado. Contaba con otros espías en Calon y también con su hermano menor, el pobre y atormentado padre Daniel, siempre pidiendo hacer algo en desagravio, que de alguna manera se consideraba un mártir, se imaginaba un santo cuando, en realidad, no era más que un pecador que pensaba que podría arrepentirse de camino al cielo.

¡Ridículo!

– Hay muchas personas en Calon que son… desdichadas porque una mujer es ahora su soberana -dijo el espía, limpiándose las uñas de una mano con el pulgar de la otra, como si acabara de pensar algo insignificante-. Y ahora Carrick está en la torre.

– ¿Qué estás sugiriendo?

Runt consiguió sacar un poco de suciedad de entre la uña.

– Sería una buena oportunidad para poner las cosas en orden… que alguien viera que la dama no está… capacitada para llevar el castillo y Carrick fuera el causante.

– ¿Te refieres a matar a Morwenna de Calon? -dijo Graydynn, entrecerrando los ojos.

– Hay mercenarios que harían cualquier cosa por un puñado de monedas.

– Si Morwenna muriera, su hermano lord Kelan de Penbrooke vengaría su muerte.

– Como haría lord Ryden, su prometido, supongo. -La risa del espía se apagó y un destello mortal brilló en sus ojos oscuros-. Sólo digo que si algo malo le pasara a la señora mientras Carrick estuviera a su cuidado, él sería el culpable.

– ¿Acaso no lo tienen bajo llave?

– Los centinelas, al igual que los soldados y las criadas que sirven, pueden ser sobornados. Incluso el capitán de la guardia tiene un precio.

– ¿Lo tiene? -preguntó Graydynn, tratando de disimular su entusiasmo, puesto que no confiaba en Runt.

Su sugerencia bien podía tratarse de una trampa; alguien que le hubiera pagado podría haberle enviado a Wybren.

– Por supuesto que sí -dijo la pequeña rata espía-. Todos lo tenemos, milord. Incluso vos.

– ¿Creéis que debería mandar a alguien para comunicar que sir Carrick ha sido localizado? -preguntó el alguacil de Calon mientras caminaba junto a sir Alexander entre las cabañas hacinadas de gente.

Sus botas crujían a lo largo del camino fangoso donde la suciedad estaba casi congelada y en los charcos brillaban trocitos de hielo. Los martillos golpeaban y las sierras cortaban madera al tiempo que se reparaba el techo de la cabaña del apicultor. Los carpinteros se movían con rapidez para sustituir el alero del techo hundido en el aire gélido de la mañana.

Habían pasado casi dos semanas desde que se había encontrado al hombre herido, y la vida de castillo parecía volver a la normalidad. El entusiasmo y el interés hacia el desconocido se habían mitigado y, entretanto, todos habían vuelto a sus tareas cotidianas en el castillo. De nuevo permitían pasar libremente por las puertas a los comerciantes, los campesinos y los vendedores ambulantes, las ruedas de cuyos carros pesados chirriaban, y los caballos y bueyes tiraban de los arneses.

La mañana era fresca y clara, la tierra estaba dura a causa de la helada y el aire era intenso con la impronta glacial del invierno. Flotaba un olor que era mezcla de la cerveza en preparación con el humo de la forja del herrador, el estiércol de los animales y el olor acre a grasa derretida.

Los cazadores que habían salido al amanecer regresaban con un ciervo destripado, varias ardillas y dos conejos colgados de unos palos. Jason, el hombre que había descubierto al desconocido, estaba entre el grupo. Paseó la mirada alrededor y vio que Payne lo escrutaba. Rápidamente retiró la mirada, casi como si fuera culpable de algún crimen desconocido. El alguacil tomó nota mentalmente de que debía interrogar de nuevo a aquel hombre mientras Alexander le daba una respuesta por la cuestión de si debía informar a Wybren que Carrick había sido localizado.

– Los rumores se propagan como la pólvora y estamos sólo a un día de viaje a caballo de Wybren. Sin duda, lord Graydynn ya debe de estar al corriente de la captura de Carrick.

Payne se rascó la barba. Había algo que le hacía desconfiar.

– Y de la emboscada que le tendieron.

– Sí. El asalto.

Los hombres se apartaron a un lado del camino mientras el amo de la perrera pasaba con seis perros peludos que tiraban de sus correas.

– Reducid la velocidad, miserables perros de mala raza -gruñó el amo de la perrera. Hizo una seña con la cabeza al alguacil-. Están inquietos esta mañana.

Una vez el hombre y sus perros estuvieron fuera de su campo de audición, Payne preguntó a Alexander:

– ¿Habéis hablado con lady Morwenna de la conveniencia de ponerse en contacto con lord Graydynn?

– No recientemente.

– Queréis que me ponga de acuerdo con vos antes, ¿no?

– Creo que sería mejor que fuéramos los dos a hablar con ella.

Payne entendió que juntos tendrían mayor capacidad de persuasión, frunciendo sus labios instintivamente mientras cavilaba, saludó a las lavanderas que pasaban frente a él y se arrodillaban junto a unas enormes tinas de madera. Metieron los brazos hasta los codos en el agua humeante y espumosa donde se arremolinaba la ropa mugrienta-. Un taque por dos bandas, ¿me equivoco?

– No, un ataque no -replicó sir Alexander enseguida, con expresión severa en la cara-. Una sugerencia.

– De parte de los dos.

El más grande asintió y entrecerró los ojos, mientras una manada de gansos volaba en las alturas en formación, por detrás de las vaporosas nubes, lanzando unos graznidos escandalosos. El alguacil dirigió a Alexander una mirada.

– No me digáis que tenéis miedo a la señora.

– ¿Miedo? -resopló sir Alexander con repugnancia y luego escupió, como si la idea fuera del todo absurda. Sin embargo, las mejillas se le tiñeron de rojo y las arrugas parecieron surcar un poco más su cara-. Por supuesto que no le tengo ningún miedo. Estoy aquí para protegerla, a ella y a todos los que residen en la torre. Eso es lo que me preocupa. Si lord Graydynn se entera de que lady Morwenna da cobijo a un criminal, que de hecho retenemos a sir Carrick, montará en cólera.

– Sí.

– Y le sacará de sus casillas el hecho de que nadie le haya informado al respecto. Carrick es un hombre en busca y captura. Es imposible saber lo que Graydynn hará.

– ¿De veras suponéis que el hombre es Carrick de Wybren?

– Sí.

– Y ¿también suponéis que masacró a su familia y que luego escapó e Wybren?

– Sí -Alexander asintió con dureza, sin titubear un segundo-. Muchas personas han muerto por culpa de Carrick. El bastardo asesino no mató sólo a sus padres, sino a su hermana, a sus hermanos y a su cuñada mientras dormían. Es asombroso que ninguno de los criados o de los campesinos muriera también.

– Y, según vos, ¿a qué se debe?

Llegaron al gran salón y Alexander respiró hondo, luego subieron los escalones y se cuadró cuando pasaron por delante del guardia apostado en la puerta.

– Porque el asalto fue planificado. Quienquiera que lo hiciera sólo quería acabar con la familia del lord.

– Habéis dicho «quienquiera», aunque tenéis la certeza de que el culpable es Carrick.

– Le vieron huyendo del castillo.

– Un mozo de cuadra -recordó Payne, sintiendo que el calor del interior de la torre le llegaba a la piel mientras se sacaba los guantes.

Los muchachos alimentaban el fuego y sustituían las velas y las candelas de los candelabros de la pared mientras las muchachas limpiaban las largas mesas de roble sin parar de charlar y reír tontamente. Uno de los perros de castillo se alzaba cerca del fuego y luego se estiró, su morro negro se retrajo en un bostezo mientras observaba a los recién llegados y luego se acomodó en su rincón cerca de la chimenea.

– El hombre que está encerrado arriba llevaba puesto el anillo de Wybren -dijo Alexander mientras alcanzaba el pie de la escalera de piedra, hizo una pausa y fulminó al alguacil con su mirada fija e intensa.

– De acuerdo -dijo Payne despacio, todavía dándole vueltas a la cabeza.

– ¿Qué sugerís, Payne? ¿Acaso no creéis que nuestro cautivo sea Carrick? ¿O, por el contrario, no creéis que Carrick sea el criminal?

– No sé quién es él ni lo que ha hecho… pero creo que deberíamos ser cautos.

– Es mejor que Graydynn se entere de lo que ha ocurrido aquí a través de nuestro mensajero y no por chismes. De esa manera nos aseguraremos de que sepa la verdad.

Payne no podía discrepar con esta línea de razonamiento y, con todo, sintió que alertar a Graydynn sería como despertar a un dragón del sueño. El actual dueño de Wybren no se conocía precisamente por ser un hombre paciente.

Alexander comenzó a subir los peldaños de la escalera y sus pasos se aceleraron.

– Hablemos con la señora. Respetaremos su decisión.

«Que así sea», asintió Payne para sus adentros. Payne no soportaba a los imbéciles pero en ese caso se compadeció de Alexander, ya que era obvio que estaba enamorado de la señora y aquel amor era en vano. Estúpido. Una idea ridícula. Lady Morwenna no sólo era la prometida de lord Ryden de Heath, ese asno pretencioso, sino que, aunque no lo fuera, ocupaba una condición social mucho más elevada que la del capitán de la guardia.

Sacudió su cabeza y le siguió. Sólo esperó que el amor no correspondido de Alexander por Morwenna no hubiera bebido el entendimiento al capitán de la guardia. Si así fuera, todos en la torre corrían un gran peligro.

Capítulo 10

– Pero, milady -dijo Alfrydd-, debéis atender a otros asuntos aparte del prisionero, quiero decir…, el invitado. Por ejemplo, la banda de ladrones que ha estado asaltando a los campesinos y a los comerciantes en los caminos.

– El alguacil y el capitán de la guardia se ocupan de ello -le interrumpió Morwenna irritada ante la insinuación del administrador de que estaba desatendiendo sus funciones.

– Sí, es cierto. Pero hay otras cuestiones -insistió él-. No debemos olvidarnos de los impuestos. Tenemos que recaudarlos para poder mantener la torre. Jack Farmer es sólo uno de los hombres que debe dos años de catastro. Su casa, así como las de otros, cuyos nombres tengo en una lista, están en vuestras tierras y, por tanto, deben abonaros el catastro.

– Entiendo -volvió a interrumpirle.

Pero el administrador no había terminado.

– También está el impuesto sobre el ganado. No hemos recaudado todo lo que deberíamos porque algunos campesinos, aunque han dejado pastar su ganado en los bosques, se han negado a pagaros, milady.

Alfrydd estaba de pie ante Morwenna, sentada a su escritorio. Con un dedo largo y esquelético, el administrador le indicó los libros de contabilidad donde un amanuense había copiado los registros de todos los impuestos, diezmos y honorarios recaudados durante los tres últimos años. Las familias que estaban atrasadas en los pagos ocupaban otra hoja de pergamino.

– Hay también varias personas, entre ellas Gregory el hojalatero, que debe el desecho de paso por haber ha transportado sus bienes a través de los bosques. Y… y… mire aquí -dio un golpe sobre la página del libro de contabilidad-. No hemos recaudado el heriot de cinco familias el pasado año. Esos cinco caballos que nos corresponderían no están en el establo del castillo.

Morwenna frunció el ceño. El heriot era uno de los impuestos que le disgustaban enormemente. Un impuesto, pensaba ella, diseñado por hombres y para hombres.

– Creo que es difícil arrebatar los mejores animales a una familia cuando ésta llora la pérdida de un marido o un padre, especialmente cuando esos caballos pueden proporcionar a la esposa algún ingreso.

– Lo sé, milady. Pero debéis hacer la recaudación y pasarle al rey su parte -sonrió Alfrydd con amabilidad-. No quiero parecer insensible, pero esta torre es muy costosa de mantener y todos los tributarios se benefician de la protección que les brindáis. Es un privilegio pagar esa ínfima suma de dinero.

– Díselo a Mavis, la esposa del carretero, y a sus cinco niños. Explícales por qué debo quedarme con su muía más fuerte cuando no tienen ningún caballo. Probablemente utilizan la muía para labrar la tierra de su pequeña parcela. Ah, y diles que no sólo les voy a quitar la muía, sino que también estaré esperando el forraje.

– Todos deben ayudar a alimentar los caballos de nuestro ejército.

– ¡Y los del rey! Lo sé, lo sé. -Sacudió sus manos con repugnancia y se puso de pie bruscamente-. Pero Mavis tiene seis bocas que alimentar incluyendo la suya y ningún marido que la ayude. ¿Qué ha de hacer? ¿Buscar a otro hombre que ayude a sostenerse a ella y a sus hijos?

– El muchacho mayor puede ayudar.

– Sí, un chaval de apenas ocho años -le espetó, soltando un largo suspiro.

– Un muchacho fuerte, que podría ayudar al leñador o al albañil…

– No confiscaremos la muía de Mavis -sostuvo, al tiempo que sentía que las mejillas se le encendían y que le ardían los ojos-. Tampoco tendrá que pagar el forraje este año ni el próximo. Después ya veremos.

Si Alfrydd tenía intención de seguir discutiendo, lo pensó mejor y se mordió la lengua.

– Como deseéis -murmuró adustamente, recogiendo los libros de contabilidad.

– Así es. Como yo desee -replicó Morwenna irritada.

Pero, al ver que Alfrydd fruncía los labios, sintió remordimientos. El hombre sólo estaba haciendo su trabajo y lo hacía con esmero. De pronto, sintió como si tuviera un gran peso sobre la espalda. En todos los años que había reclamado ser tratada igual que sus hermanos, en sus plegarias por conseguir una torre a sus órdenes, nunca se había parado a pensar en algunas de las tareas y las responsabilidades que implicaba ni en las difíciles decisiones que se vería obligada a tomar.

– Gracias, Alfrydd. Sé que en verdad sólo buscáis el bien de Calon -dijo con más tacto.

Él asintió con la cabeza mientras abandonaba la habitación. Cuando se estaba acomodando en la silla, fueron anunciados el capitán de la guardia y el alguacil. Apenas un instante más tarde, los dos hombres cruzaban de una zancada el cuarto.

– Milady -dijo Alexander-, si pudiéramos hablar con vos.

– Por supuesto -se preparó ella.

La expresión de los dos hombres era severa e inflexible, y su manera de comportarse rígida, como si estuvieran a punto de darle malas noticias. «Carrick», pensó ella, y su estúpido corazón se le encogió en el pecho.

– Es sobre el paciente -afirmó Alexander.

Por supuesto. Los dedos de Morwenna se enroscaron en los brazos de la silla.

– ¿Qué pasa?

– Creo que ha llegado el momento de informar a lord Graydynn sobre su presencia.

«Dios mío querido, todavía no. ¡No antes de que sepa la verdad!»

– ¿Así lo creéis? -preguntó Morwenna, esforzándose en permanecer serena-. ¿Por qué?

Después de vacilar sólo un segundo, Alexander expuso el primero su argumento, en concreto su preocupación sobre la reacción del barón Graydynn, porque ya debía de conocer por boca de otros que ella cobijaba a un traidor y a un criminal.

Morwenna quiso discutir y un sentimiento creciente de pánico comenzó a apoderarse de ella ante la idea de enviar a Carrick a su tío. Aplacando sus temores, siguió escuchando, aguardó en silencio su turno para hablar, e intentó permanecer neutral e imparcial durante todo el parlamento de los dos hombres. Trató de reprimir en silencio una ansiedad, a la que no podía poner nombre, por tener que entregar al paciente. Los dos hombres que estaban delante de ella, ¿se habrían puesto de acuerdo de antemano? No podía asegurarlo. Mientras Alexander exponía su punto de vista, el alguacil permanecía quieto, casi atento, mientras el capitán de la guardia enumeraba los motivos para enviar un mensajero a Wybren.

Una vez Alexander realizó una pausa, Morwenna se dirigió al alguacil.

– ¿Debo suponer que estáis de acuerdo en que debemos enviar un mensajero a Wybren?

Payne trató de escapar por la tangente.

– No estoy seguro. Es posible que el hombre no sea Carrick y entonces no haya ningún motivo para informar al barón Graydynn. A no ser que tengamos ya la certeza sobre la identidad del paciente. Sin embargo, creo que sir Alexander tiene razón al indicar que sería mejor que informarais sobre la situación antes de que los rumores y los chismes, y quién sabe qué tipo de mentiras, lleguen a las puertas de Wybren.

De modo que eso era. Tenía que tomar una decisión sobre el destino de Carrick.

– Creía que podíamos esperar hasta que estuviésemos seguros de quién es el hombre.

Payne se rascó la parte posterior del cuello.

– Sí, eso sería lo mejor.

– Pero no podemos esperar demasiado tiempo -replicó Alexander, con una expresión muy seria fija en su enorme cara-. Tal vez una nota a Graydynn, cuidadosamente redactada para no irritarle o para despejar cualquier sospecha, sería suficiente por ahora. -Un músculo se movió bajo su barba-. Temo que los chismorreos hayan llegado ya hasta sus oídos.

Morwenna se reclinó hacia atrás en la silla y descansó la barbilla sobre sus manos cruzadas. Alexander tenía razón. Ella lo sabía. El alguacil lo sabía. Con todo, estaba poco dispuesta a enviar la misiva.

– ¿Qué sucedería si lord Graydynn enviara su ejército o se presentara él mismo para recuperar a Carrick y lo ahorcara por traición? ¿Qué ocurre si el hombre no es Carrick?

– Entonces ¿quién es? ¿Un ladrón común que le robó el anillo a un muerto?

– Podría ser cualquiera -comentó Morwenna, aunque en su corazón sintiera que el hombre que yacía en la cámara de Tadd era en verdad Carrick de Wybren-. Podría haber robado el anillo, sí, o haberlo encontrado. Quizá lo ganó a los dados. Incluso pudo haber sido un regalo.

Alexander bramó incrédulo, pero el alguacil asentía despacio.

– Hay muchos motivos por los que el hombre que está al otro lado del vestíbulo podría estar en posesión del anillo, pero hasta que no despierte y cuente su historia, no sabremos cuáles son.

– Incluso entonces, podría mentir -afirmó Alexander.

Las cejas de Payne se enarcaron e hizo un gesto de aprobación con la cabeza.

– Es muy probable.

– No deberíamos correr riesgos, milady. Creo que lo mejor sería que informarais a Graydynn de Wybren de que cobijáis a un hombre herido, un desconocido, posiblemente un soldado, que llevaba un anillo con el emblema de Wybren cuando lo encontraron. Podríais decirle que estáis esperando a que recobre el conocimiento para determinar quién es y lo que, en cualquier caso, haréis con él. Si obráis de ese modo, evitaréis que Graydynn se enfurezca y tal vez fragüe una venganza.

Morwenna miró al alguacil.

– ¿Estáis de acuerdo?

El alguacil asintió despacio.

– En gran parte.

– Pero tenéis reservas.

Él rió.

– Desde luego, milady. Siempre tengo reservas.

Morwenna se fiaba de aquellos dos hombres. Alexander se preocupaba por la seguridad de Calon y Payne perseguía la justicia. Aunque conocía a los dos hacía menos de un año, sentía que tenían un buen corazón.

«O eso es lo que tú crees. ¿Qué sabes en realidad de ellos? Sólo lo que ellos quieren que tú veas; sólo lo que escuchas de los criados y los campesinos del castillo, que son más leales a ellos que a ti». ¿Qué le había dicho Isa?

«No te fíes de nadie, Morwenna. De nadie».

Los dos hombres la miraban fijamente, a la espera, y ella no pudo menos que preguntarse si habían conspirado para comparecer ante ella, actuando cada uno según un papel determinado.

– Milady… -la apremió suavemente sir Alexander.

Morwenna se mordió el labio y sopesó cada una de las alternativas.

No quería arriesgarse a ofender a Wybren, tampoco quería actuar con prisas.

– Lo pensaré esta noche y, si decido informar a lord Graydynn, enviaré a un mensajero mañana.

– Para entonces puede que sea demasiado tarde -advirtió Alexander-. Graydynn puede haber escuchado los rumores.

– Puede que le hayan llegado ya -replicó Morwenna-. Wybren está sólo a un día de camino de Calon.

Payne fruncía el ceño pensativamente y se rascaba la barbilla.

– O a menos.

– Entonces unas horas más no cambiarán las cosas -dijo ella, despidiéndose de ellos-. Tomaré una decisión mañana.

Sólo esperaba que fuera la acertada.

– ¿Por qué odias tanto a Carrick? -le preguntó Bryanna mientras Isa fingía estar bordando.

Tiró con impaciencia del hilo. Era por la tarde. Las ascuas ardían y brillaban en la chimenea e Isa sintió entonces que el mal estaba al acecho en el castillo.

Era como si las mismas paredes tuvieran ojos.

– Le rompió el corazón a tu hermana.

Estaban sentadas en la habitación de Bryanna. Isa se calentaba la vieja espalda al fuego de los troncos de la chimenea. Parecía que, con cada invierno que pasaba, los dolores en las articulaciones empeoraban. Se frotó las manos y notó cómo se le habían ensanchado los nudillos en los últimos años.

Bryanna encogió uno de sus hombros y, mirando con cara de pocos amigos su trabajo, estiró del hilo anudado y luego murmuró algo poco amable entre dientes:

– A menudo pasa, ¿no? Que un corazón se rompe.

– Sí, pero no a Morwenna.

Isa sabía que Morwenna había quedado embarazada de un bebé que no llegó a nacer, desde luego, aunque nunca se lo había revelado a nadie, ni siquiera a la propia Morwenna. Isa nunca perdonaría a Carrick por la pérdida del pequeño. Ni tampoco le revelaría a Bryanna que Carrick había abandonado a su hermana por Alena de Heath, la mujer que había contraído esponsales con su hermano Theron; Alena, la hermana de lord Ryden, a quien Morwenna estaba prometida. Ay, era un enlace imposible. Tan malo como las patéticas tentativas de Bryanna en las labores de bordado. Y por encima de todo este embrollo estaban los rumores omnipresentes de que Carrick había asesinado a su familia al completo mientras dormía.

– Tú sabes muchas más cosas de las que estás dispuesta a decir.

– Muchas cosas -admitió Isa-. Todos tenemos nuestros secretos.

– Hablas en clave.

– Hacéis demasiadas preguntas.

Bryanna resopló, pero no discrepó.

– Hay habladurías de que quieren enviar a Carrick a Wybren.

Isa asintió, había oído el mismo rumor. Según Isa, devolver a Carrick a Wybren era demasiado bueno para un monstruo como él.

– ¿Os lo ha dicho vuestra hermana?

– No, fue Fyrnne. ¡Oh! -Bryanna levantó la mirada rápidamente, suplicando con sus ojos redondos-. Por favor, no la reprendas. La oí por casualidad mientras hablaba con Gladdys cuando bajaban por la escalera llevando la ropa a la lavandería y comentaban que sir Alexander quiere que Morwenna envíe a un mensajero a Graydynn de Wybren informándole del herido -explicó Bryanna, con palabras que salían tan de prisa que se agolpaban las unas encima de las otras-. Por supuesto, lord Graydynn pedirá que le devuelvan al traidor.

– Desde luego -se mostró de acuerdo Isa. Ella había pensado lo mismo. Bueno, cuanto más pronto Carrick saliera de la torre, tanto mejor para todos. Especialmente para Morwenna-. De cualquier modo, las criadas no deberían chismorrear.

Bryanna asintió, pero sonrió abiertamente, enarcando una ceja oscura con sabiduría.

– Nadie debería, Isa. Pero todos lo hacemos, es lo que tiene de divertido. Es la naturaleza de la mujer, y supongo que la del hombre también. -Miró hacia abajo, a su aro de bordado y suspiró al advertir sus tímidos progresos-. Esto es desesperante.

De mal humor, cortó el hilo con los dientes, arrojó el aro sobre la cama y dejó de hacerle caso. Se inclinó hacia delante, reverberando en sus ojos la luz de la lumbre, y preguntó:

– ¿Cómo mató Carrick a su familia?

– No estoy segura. Son conjeturas, nada más, pero se dice que provocó un incendio, creo recordar.

Bryanna miró fijamente a Isa.

– Pero, ¿tú lo crees?

Isa mesuró sus palabras con cuidado.

– Creo que es capaz de muchas cosas, incluso de asesinar a su familia, aunque no entiendo por qué. No tiene sentido. -Frotó sus abultados nudillos-. Pero se comenta que mientras el barón y su familia dormían, Carrick salió a hurtadillas al vestíbulo y prendió el fuego. Algunos, entre ellos el guardia, creen que incluso vertió aceite en el suelo o algún producto inflamable que provocó que las llamas se propagaran aún más rápido y que el humo se filtrara y se extendiera por cada una de las cámaras. El señor y la señora, el barón Dafydd y lady Myrnna, estaban en sus aposentos, y sus hijos Alyce, Byron y Owen, así como Theron y su esposa, Alena, dormían en sus cámaras. -Isa frunció el ceño-. Fue una tragedia.

– ¿Dónde estaban los guardias?

– No lo sé, pero se dice que estaban dormidos en sus puestos.

– ¿No despertó nadie?

Isa suspiró y se mordió el labio.

– Se cree que todos cuantos perecieron bebieron de la misma jarra de vino, que podía estar contaminada.

– ¿Con veneno?

– De forma que los miembros de la familia permanecieran dormidos cuando se desataran el humo y las llamas. -Isa se puso en pie. Ya haría hablado bastante. Demasiado quizás. Tembló con una ráfaga de aire fresco que le alcanzó la nuca y miró arriba, hacia las paredes que se elevaban tan alto hasta el techo, hacia el lugar oscuro donde la luz parecía que no llegaba nunca.

– ¿Qué crees que hará Morwenna? -preguntó Bryanna.

– No lo sé -dijo Isa, caminando hasta la cama y recogiendo el aro del bordado. Corrigió con habilidad algunos los puntos desgarbados, luego le dio el aro a Bryanna-. Estoy segura de que vuestra hermana tomará la decisión adecuada.

Era mentira.

Mientras Isa abandonaba la habitación, Isa supo que no había una alternativa adecuada. Había visto el rostro de la muerte en sus sueños, había sentido su aliento sobre la piel, sabía que rondaba cerca, aguardando tan sólo el momento oportuno, lista para atacar.

Era sólo cuestión de tiempo.

Estaba oscuro.

La noche se había abatido y estaba envuelta en una niebla densa que impedía la visión de la luna.

El Redentor estaba de pie cerca de las almenas de una torre alta y sintió cómo la humedad rezumaba a través de la capa y la capucha de color oscuro. La humedad se le calaba en la cara, fresca y balsámica y, sin embargo, había algo perturbador en aquella noche. Aunque no pudiera ver a través del halo de la bruma, sabía que ella estaba allí, o orilla del arroyo, susurrando hechizos y dibujando runas en la tierra.

La anciana. Isa.

Era peligrosa. Y mala.

¿Acaso no había tenido visiones que, muchísimas veces, habían demostrado ser verdaderas?

Era un milagro que aún no le hubiera desenmascarado, echando abajo todo su trabajo.

Aunque El Redentor en principio desdeñaba a cualquiera que creyera en las bobadas que propagaban las antiguas creencias paganas, no podía negar que en ocasiones su magia parecía verdadera.

Aquella noche en la que no soplaba ni una brizna de viento había oído su voz áspera susurrando a través de los árboles desnudos, invocando al espíritu de Morrigu, la gran Madre, y rogando por la salvación de una amenaza latente. Pedía orientación y protección.

Desde la profundidad de su capucha, dibujó una sonrisa en las comisuras de sus labios.

«Es demasiado tarde, Isa, vieja bruja… demasiado tarde». Toqueteó con sigilo el cuchillo sujeto con una correa a su cintura.

Todos sus rezos a la gran Madre eran en balde.

Capítulo 11

– Ya os dije que todo irá bien, sir James. Dejadme pasar.

La voz apagada de Morwenna llegaba flotando al hombre herido como en un sueño y tal vez estuviera soñando puesto que su estado oscilaba entre la consciencia y la inconsciencia. Sabía que el tiempo transcurría, escuchaba como a través de un túnel las voces de las personas que le atendían, pero el timbre de Morwenna era diferente de los demás. Tocaba una fibra en su interior que le llevaba más cerca de la superficie.

Trató de mover un brazo y para su sorpresa se movió. Sólo un poco. Su corazón palpitaba más rápido y tenía la frente cubierta de gotas de sudor mientras se concentraba. Con determinación renovada, intentó deslizar la pierna derecha hacia un lado y también se movió aunque sólo ligeramente. Sin embargo, no había duda de que la pantorrilla se había desplazado bajo la ropa de cama.

¡Santo Dios, no era un lisiado!

Intentó mover los dedos y le respondieron. Al igual que los dedos de los pies.

El corazón le latió con fuerza, sin orden ni concierto, por el esfuerzo y el regocijo repentino de saber que no tendría que estar inmóvil sobre esa cama el resto de sus días.

– A sir Alexander no le gustará esto -sostuvo una voz masculina sorda, el interpelado sir James-. Perderé mi puesto, al igual que le ocurrió a Vernon.

– Asumiré toda la responsabilidad -insistió ella-. De hecho, se lo diré yo misma a sir Alexander, por la mañana.

El paciente fue presa del pánico. Pronto se deslizaría en la habitación y él tendría que elegir. Intentar hablar y razonar con ella, mostrarle que estaba curándose o permanecer inmóvil y fingir que todavía estaba en coma.

Si le demostraba que estaba, tal vez los guardias estarían más alerta o, peor aún, le enviarían a una celda de la prisión para asegurarse de que no escapara.

– Pero, milady, es mi deber protegeros y… -señaló sir James.

– El paciente no se ha movido desde que le trajeron aquí hace ya casi dos semanas. Estoy segura de que estaré a salvo con él.

– No.

– Manteneos al margen, sir James, y quedaos en vuestro puesto aquí en la puerta. Os llamaré si os necesito -le indicó ella con voz firme. El paciente oyó el chirrido de la puerta al abrirse, y se cerró suavemente unos segundos más tarde.

– Esperad. ¡Lady Morwenna! -La voz del hombre se amortiguó y la puerta volvió a chirriar mientras se abría otra vez. El guardia asomó la cabeza y bramó de un modo que puso los nervios de punta al paciente-. No deberíais cerrar la puerta. Por favor, milady, dejadla entornada.

– Bien -dijo ella con un suspiro de indignación.

– Como deseéis.

– Gracias, sir James -dijo ella y luego, tras unos segundos, se amonestó a sí misma entre dientes-: Diantres, Morwenna, ¿quién es el que manda aquí? ¿Por qué dejas que te intimiden? ¿Acaso Kelan permitiría a un soldado que le dijera lo que debía hacer? No. Sir Alexander y sir Payne y todo el resto intentan decirte lo que tienes que hacer porque eres una mujer, a pesar de que ostentas todo el poder como soberana del castillo.

Su voz se aproximaba. Más fuerte, susurraba llevada por la ira.

– Malditos sean. Incluso los hombres de menor rango y las criadas hacen lo mismo. Te tratan como si fueras una niña en lugar de la señora del feudo. Es un insulto.

Sus pasos, que el paciente había oído acercándose a su cama, se detuvieron de repente.

– ¡Por el amor de Dios, no dejes que se salgan con la suya!

El sonido de los pasos retrocedió con furia mientras Morwenna se alejaba de él.

– He cambiado de idea, sir James -gritó tan fuerte que el paciente se llevó un susto tremendo-. La puerta quedará cerrada.

– No, milady.

– ¡No discutáis conmigo! -La puerta se cerró de golpe-. Debería cerrarla con llave -refunfuñó entre dientes otra vez, y luego unos pasos más fuertes avanzaron hacia la cama del herido.

Todas sus terminaciones nerviosas estaban tensas y, por primera vez, mientras trataba de abrir los ojos, sintió que los párpados se le elevaban ligeramente, apenas entrecerrados, pero permitiéndole ver un poco de luz sombría y algo de movimiento. El dolor le quemaba a través de las pupilas mientras su visión se ajustaba a la luz tenue del fuego que crepitaba en la chimenea.

– Bueno, Carrick -la voz de Morwenna no transmitía cordialidad-, ha llegado el momento de que envíe a un mensajero a Wybren.

Carrick, si es que así se llamaba, sintió que se le tensaba todo el cuerpo, cada uno de los músculos le dolía al contraerlos. Wybren le resultaba familiar, el nombre del castillo reverberaba en su mente. Unos recuerdos horribles y vagos de pasillos llenos de humo, tapices ardiendo y el chisporroteo de las llamas arrasando todo a su paso le aguijonearon sus pensamientos. Dios santo, ¿acaso era él el responsable del incendio? ¿De veras él era la bestia que había asesinado brutalmente a su propia familia mientras dormía?

Una malevolencia oscura hurgó en la profundidad de su alma. Visualizó a alguien levantando una antorcha encendida de uno de los candelabros de la pared y arrojándola sobre los juncos completamente secos y los tapices cubiertos de polvo de la torre. ¿Había sido él? ¿Podía haber maquinado la muerte de todos los integrantes de su familia? ¿Planeó el horrible incendio? Se le aparecían visiones nauseabundas de cabello ardiendo, ojos en blanco del horror, carne ennegrecida, chamuscada.

«¡No! ¡No! ¡No!»

¡Él no podía haber planeado y organizado lo inconcebible!

Se sumió en la desesperación. El estómago se le revolvió.

¿Qué clase de hombre era él?

¿O era todo una patraña?

¿Algún funesto plan orquestado para hacerle responsable de los crímenes de otra persona?

– ¿Quién os hizo esto? -le preguntó ella, apoyándose más cerca.

En su imaginación, vio botas llenas de lodo apuntándole al abdomen. Oyó voces airadas, relinchos terribles resonando en los bosques.

El olor a humo de una hoguera de campamento. Sintió un chasquido agudo y doloroso cuando la punta del pie de una bota certera le rompió las costillas. Unos hombres le insultaban, le golpeaban con palos por todo el cuerpo mientras se retorcía por el suelo. Pero ¿quién había sido? ¿Quién?

¿Le habían dado por muerto? O ¿acaso el hijo de perra que le había golpeado hasta dejarle a las puertas de la muerte lo había hecho premeditadamente para que lo encontraran y lo condujeran a ese castillo?

Pero ¿por qué lo habían hecho?

¿Y por qué había estado tan indefenso? Aunque no pudiera recordar mucho sobre sí mismo, intuía que era un hombre fuerte, un guerrero, alguien que se defendería a capa y espada en una paliza.

Por todos los dioses, sintió como si se volviera loco cuando escuchó su voz y sintió su presencia tan cerca de él.

– ¿Podéis oírme? -preguntó ella, con voz susurrante-. Carrick.

Otra vez ese nombre tan familiar. No se movió.

– Debo hablar con vos.

Se quedó quieto como una roca incluso cuando sintió que le presionaban con cuidado en el hombro.

– ¿Podéis oírme? Sir Carrick de Wybren, por favor, despertaos.

Era todo lo que podía hacer para respirar con normalidad.

Otro aguijonazo. Más fuerte esa vez. Su voz sonó más desesperada cuando comenzó a tutearle.

– Carrick, por lo más sagrado, por favor, por favor, háblame.

Él se resistió. No conseguiría nada bueno si sabía que lo oía. Todavía no. Encajó la mandíbula y soportó otro pinchazo hasta que ella se dio por vencida y dejó escapar un soplo de aire.

– Entonces tomaré yo sola la decisión. No me ayudarás.

Si su observación trataba de incitarle a que hablara, si no era más que una prueba, él no picó el anzuelo y no hizo siquiera el esfuerzo de arquear una ceja. Con todo, ella continuó hablando. Si no para él, al menos para sí misma.

– Bueno, ¡supongo que no debería esperar más! Sin embargo, debéis saber también que sir Alexander insiste en que mande informar a Wybren sobre vuestra… condición y, esto, vuestra situación. Y debo deciros que todos en Calon, incluidos Isa, el médico, el sacerdote y el alguacil, están de acuerdo en que se debería notificar a lord Graydynn que habéis sido… bueno, «capturado» no es la palabra que me gustaría utilizar y «detenido» tampoco es la correcta, en fin, que sois mi invitado, mientras os recuperáis de las heridas.

Ella se movía alrededor de la cama, el sonido de su voz se desplazaba, y por entre el velo de las pestañas, percibió colores mientras lo hacía. La forma de ella parecía flotar alrededor de él.

Los ojos del hombre herido alcanzaron a ver la larga mata de cabello negro de Morwenna, que se rizaba salvajemente alrededor de la cara pequeña. Cuando se movía se difuminaban sus rasgos, pero distinguió la imagen de un vestido blanco que captaba la luz de la lumbre y de sus ojos, unos ojos increíblemente azules que le miraban fijamente como si él fuera algo más que una curiosidad, como si fuera un profundo enigma. Casi se atragantó ante aquella visión, y las imágenes se desvanecían y le bailaban en la cabeza. Sintió que la recordaba, tan hermosa, pero fue sólo un pensamiento fugaz y no supo qué parte de ese recuerdo era verdad o cuál producto de su mente.

Su cabeza palpitó. Quería gritar. En su lugar, apretó la mandíbula y esperó que ella no lo notara. Su voz le llegó otra vez por encima del silbido apacible del fuego.

– Hay quien afirma que eres aliado de Graydynn, que matasteis a todos los miembros de vuestra familia en un intento por ganar la señoría y que luego Graydynn se volvió contra vos, llamándoos traidor asesino. ¿Es eso cierto? -Morwenna se acercaba, su respiración cálida le soplaba en la cara-. Me lo pregunto.

La miró a través de las rendijas en que se habían convertido sus ojos y, en la luz tenue, la pareció que no reparaba en que él podía verla. Durante un segundo, pensó que tal vez podría hablar con ella, decirle unas palabras, pero consideró que lo mejor era morderse la lengua, escuchar luego planear su próximo movimiento si se veía capaz de ello.

Morwenna le tocó una mejilla con los dedos fríos y luchó contra el impulso de estremecerse. De algún modo logró fingir inconsciencia.

– Oh, Carrick -susurró enhebrando las palabras con el hilo de la desesperación-. Cómo me desconciertas -Deslizó su dedo a lo largo del extremo de su mandíbula y de su barba creando un sendero de sensibilidad sobre la piel magullada-. Siempre lo has hecho. -Tembló ligeramente-. ¿Qué debo hacer contigo? ¿Enviarte a Wybren a la justicia de Graydynn? ¿Mantenerte aquí como… un paciente o un prisionero?

Morwenna deslizó el dedo bajo su cuello y descansó en el hombro y, a pesar del mortificante dolor, se concentró en aquel punto donde su piel desnuda se encontraba con la otra. El calor pareció irradiar de aquel frágil punto de unión.

– Te amé, miserable bastardo -confesó ella.

Una parte de él deseó que ella no desnudara su alma.

– Quería casarme contigo, ser la madre de tus hijos…

Su voz calló y durante un segundo él pensó que había terminado. Todavía brotaron más palabras de su boca, ahora enojadas, y la presión de su dedo era más fuerte, como si deseara empujarlo.

– Pero me abandonaste, ¿verdad? Por Alena, me dijeron.

«Alena». El nombre provocó un recuerdo en él, aunque no pudo revivir su imagen. ¿También ella había sido su amante?

– Eres un maldito bellaco que le robaría la esposa a su propio hermano.

Se le retorcieron las entrañas. ¿Qué estaba diciendo? ¿Se había acostado con la esposa de su hermano?

– Así, que ya ves, Carrick, es una decisión difícil la que tengo entre manos. ¿Qué te debo? -Hizo una pausa ella, como si estuviera pensando-. Nada -soltó al final-. Nos abandonaste, a nuestro hijo y a mí, por Alena.

¿Nuestro hijo? ¿Era padre de un niño? ¿Con ella?

No… Algo no encajaba en este punto. No encajaba en absoluto. Sí, recordaba el nombre de Morwenna y el de Alena también, pero… pero no sabía nada acerca de un niño. Estaba seguro. Tal vez lo estaba imaginando. Su mente no había parado de dar vueltas y quizá su cerebro cansado creara visiones, algún sueño originado por la poción que el médico le había administrado en un caldo que le había hecho tomar con la cuchara.

Eso era. Quizás imaginaba que un médico le había examinado, que había escuchado una cantinela de plegarias adustas de los labios de un sacerdote, que había sentido toda clase de ojos escrutándole mientras fingía que dormía. Tal vez había estado a solas y sólo habían sido apariciones. Imaginaciones. La otra noche habría asegurado que un ser malévolo se le aparecía, se deslizaba a través de la sólida pared y se quedaba mirándolo fijamente con pérfidas intenciones… Eso también podía ser un sueño. Eso era. La dama no estaba en su cámara.

Pero la presión sobre su piel decía lo contrario y él cerró sus ojos por completo.

Morwenna arrastró el dedo a lo largo de su hombro hasta el pecho. Su corazón palpitaba. Se le enervó la sangre.

– ¡Por todos los dioses, Carrick! -exclamó furiosa-. ¡Debería haber dejado que murieras!

A pesar de la rabia de Morwenna, él sintió una hinchazón entre las piernas cuando la yema de su dedo le apretó en el cuello donde, no cabía duda, si ella mirara vería que su pulso latía de manera irregular.

– Oh, Carrick. -Ella permitió que el dedo se deslizara hacia abajo, a lo largo de su caja torácica, dejando que la colcha se arrugara y que su pecho quedara expuesto al aire fresco. Poco a poco ella remontó su esternón, haciendo que el dolor en sus costillas se convirtiera en una tortura terrible, seductora-. Te perdí -admitió ella con tristeza-. Perdí al bebé. Y tal vez eso fuera lo mejor.

Su voz se quebró y sintió que el alma se le desgarraba profundamente. ¿Qué pasaba con esta mujer que lograba llegarle tan adentro? ¿Por qué sus palabras le hurgaban en el corazón?

Era la medicación que le habían dado, aquel brebaje que sabía tan mal y que le habían obligado a tragarse. O era el dolor, ¡eso era!, que creaba imágenes eróticas y tentadoras producto de la agonía… Aquella mujer no estaba realmente en la habitación con él. Así rezaba en silencio, ya que sentía que la entrepierna le apretaba y su miembro respondía a los movimientos eróticos de aquella mano. El sudor humedeció su frente y se mordió con fuerza el labio inferior por no gritar cuando la colcha se deslizó todavía un poco más abajo, exponiendo su carne al aire frío de la cámara. Abrió un ojo ligeramente y la vio, vio la inclinación de su cuello, el cabello que le caía hacia delante y cómo lo recogía detrás del hombro.

– Sí, lo recuerdo, teníais una marca de nacimiento en el muslo, cerca de la coyuntura de las piernas.

¡Qué! Casi gritó.

Con un rápido movimiento, Morwenna apartó la colcha a un lado y él sintió el roce del aire sobre su falo endurecido.

Ella dejó escapar un grito ahogado.

– Madre santísima -dijo con la respiración entrecortada, mientras miraba fijamente hacia la forma desnuda con su apéndice duro como una roca apuntando hacia arriba-. Carrick… Oh, Dios mío…

La colcha se deslizó sobre él rápidamente, su miembro por debajo de las sábanas se marchitaba. Él sintió que se sonrojaba hasta el cuello, incluso una parte de él quería estallar en carcajadas.

Se lo tenía bien merecido.

– Oh, querido, oh, querido, oh… ¡maldito! -Ella respiró hondo y levantó la mirada hacia su cara-. ¿Puedes oírme, canalla? ¿Puedes…? No… Oh, Dios, Carrick, eres repugnante, un enfermo, si has oído una palabra de lo que he dicho, te juro que… Que te arrancaré tu corazón miserable y te enviaré a Wybren y yo misma pagaré al verdugo para que cuelgue tu cuerpo de las almenas…

Morwenna se apresuró a salir de la cámara con pasos rápidos y frenéticos. Él la oyó tropezar y maldecir.

Ella se sorprendió a sí misma mientras abría de golpe la puerta.

– ¿Milady? -preguntó el guardia-. ¿Estáis bien?

– Perfectamente, sir James.

– Pero, parece que hubierais visto un fantasma.

– He dicho que estoy bien -respondió sin aliento.

La puerta se cerró de un golpe y él se quedó solo. De nuevo.

Capítulo 12

«Así que ¡todavía está enamorada del canalla!»

Desde su escondite, El Redentor la observaba con furia silenciosa y candente. Un mal sabor le subió hasta la garganta y tembló mientras caminaba por el pasillo estrecho e impregnado de olor a humedad. Había oído retazos del soliloquio en voz baja sin poder reconstruirlo, pero fue testigo de la expresión de dolor en su cara, se dio cuenta de cómo su dedo se rezagaba y se arrastraba por la piel del hombre herido y cómo le arrancó la colcha en un arrebato de cólera, cómo había soltado un grito ahogado y después se había apresurado a tirársela de nuevo por encima. Como si la visión de su masculinidad la hubiera aturdido.

Como ella se interponía ante el cuerpo del paciente, El Redentor no alcanzó a verlo desnudo pero, por su reacción, tenía que haber visto algo que le había chocado… Algo fuera de lugar.

¿Acaso el hombre estaba tan poderosamente dotado como un semental en celo? ¿O, por el contrario, tenía un miembro diminuto y fláccido?

¿O estaba castrado?

En cualquier caso, Morwenna había sentido rechazo y se había enfurecido.

Aunque parecía que el hombre tendido sobre la cama no hubiera movido un músculo, al instante Morwenna había farfullado y escupido invectivas mientras se alejaba de él, al que, hasta ese momento, había insistido tanto en proteger.

Quizá fuera mejor así.

El Redentor esperó unos minutos y luego descendió en silencio por los familiares pasillos hasta su lugar favorito, desde donde podía ver su cámara. Mientras apretaba la nariz contra las piedras lisas, miró en silencio cómo Morwenna se despojaba de su larga túnica blanca, se arrojaba a la cama y aporreaba con el puño contra la ropa. El perro, que estaba durmiendo, se sobresaltó y empezó a ladrar con furia.

– ¡Silencio, Mort! -ordenó con irritación.

Ay, ella era una salvaje. El Redentor miró cómo dejaba liberar su furia y pensó cómo sería montarla, morderla en la nuca, entrar dentro de su cuerpo y cabalgarla con fuerza, oír su jadeo, juntando las manos en la soga gruesa de su cabellera, o abrazarla y coger los pechos entre sus manos, agarrándolos con tanta fuerza que ella gritaría con agonía dichosa.

Era difícil esperar hasta la consecución de su sueño.

Prever el futuro.

Planear aquella noche inevitable y continuar paciente.

Pasó la punta de la lengua alrededor de los labios secos de repente y apartó la mirada de ella, que había refrenado su temperamento, las piernas dispuestas de tal manera que con un brazo abrazaba las rodillas, la otra mano acariciaba el cuello del viejo perro serenamente. El cabello negro caía en olas rebeldes por debajo de sus brazos y de su espalda. Ella era sin duda la mujer más hermosa y seductora que El Redentor había visto jamás.

Deslizó la mano hacia el incómodo bulto que le apretaba los cordones de los bombachos. Desató los cordones de cuero e introdujo sus dedos en el interior.

Se puso rígido.

Anticipándose.

Sus dedos rodearon su miembro y pensó en el futuro y en los placeres que le aguardaban.

¿Acaso no sería una justicia dulce, bien dulce, reclamarla salvajemente como algo propio?

En el pequeño rincón que era su habitación, Isa había dispuesto una enorme bandeja, utilizaba su daga y tallaba una runa protectora en una vela blanca. Después ató una cuerda negra alrededor de la base de la vela y formó un círculo con siete piedras lisas untadas en aceite.

Sin saber que unos ojos ocultos la observaban, esparció con cuidado unas hierbas sobre las piedras. El corazón le latía desaforadamente, tenía los nervios de punta. Si el padre Daniel descubría que practicaba su magia dentro de la torre, montaría en cólera, la desterraría, empuñaría sus viejos huesos al invierno mortal, en soledad, pero ella tenía que correr el riesgo.

Había mucho en juego para preocuparse por su propia seguridad.

Isa sintió la malevolencia entre las paredes frías de Calon, sintió el mal oscuro y latente que parecía rezumar por todos los rincones del casillo.

¿Cuántas noches había despertado a causa de un sueño diáfano que auguraba algo tan oscuro que le robaba el aire? En todo momento sentía la presencia de un fantasma anónimo, sus rasgos ocultos bajo una capucha oscura, la identidad turbia mientras traía la muerte y la destrucción a quienes ella amaba.

No, no podía confiar en el padre Daniel para proteger la torre de la maldición que representaba Carrick de Wybren. Daniel era un hombre débil cuya piedad más bien parecía una impostura, una fachada tras la cual se escondía. Al igual que Carrick de Wybren, estaba cortado por el mismo patrón que su padre, un hombre que no podía dejar intacta a una doncella. ¿Acaso no circularon durante años abundantes rumores cerca de los líos de faldas de Dafydd de Wybren? De éstos, habían nacido algunos niños con vida, otros muertos, de otros se rumoreaba que habían nacido con anomalías y que al cabo murieron, como resultado e una maldición que lady Myrnna había encargado a una vieja bruja.

Isa se encogió ante el recuerdo. Lady Myrnna irrumpió de noche, suplicándole que hiciera algo para detener las infidelidades de su marido. Aunque fingía que no le molestaban, se sentía ofendida hasta lo más hondo de su alma y había estado al borde del suicidio. La hermana de Isa, Enid, se negó a ayudar a Myrnna, y entonces Myrnna viajó hasta Penbrooke para pedirle a Isa el favor.

Ahora parecía que aquella vieja maldición había vuelto para atormentarla bajo la forma de Carrick de Wybren, y estaba segura de la identidad del hombre.

Desde el momento en que había sido trasladado a Calon, ella había sentido crecer las fuerzas del mal dentro de la torre. Latía con vida. Creía impaciente.

Y la malevolencia, siempre cambiante y siniestra, se había vuelto más audaz y peligrosa. Ella sintió su aliento caliente contra su espalda. Pero tenía que ser fuerte. Luchar.

Como lo estaba haciendo esa noche.

Utilizando una brizna de paja que había cogido del palo de un cepillo, acercó la hoja seca a la mecha de una vela y miró cómo se encendía la pequeña tira delgada. Encendió con cuidado la vela. Una única llama brillante parpadeaba en el pequeño cuarto, proyectando sombras misteriosas contra la pared y reflejándose en el tazón del agua que reposaba cerca de la vela.

– Gran Madre esté con nosotros -susurró Isa, su viejo corazón palpitando desesperadamente-. Bendice esta torre y mantenla a salvo.

La mecha crepitó. La cera de abeja comenzó a fundirse a los lados de la vela. Mientras rezaba, la cera cálida alcanzó la base de la vela y corrió sobre el hilo negro, calentando las hierbas aplastadas y perfumando y empalagando el aire de la noche con laurel, hierba de San Juan y ruda.

Isa cerró sus ojos y cantó con dulzura.

– Morrigu, gran Madre, escucha mi súplica. Resguárdanos del peligro. Destierra el mal de estos muros. Morrigu, gran Madre, escucha mi súplica…

Una y otra vez susurró estas palabras, elevándose y tocando la piedra desgastada y perforada que pendía de su collar de cuero trenzado. Siguió cantando, aligerando el ritmo, mientras los minutos transcurrían. Se meció ligeramente al compás de sus propias palabras, sintió cómo se movían los espíritus dentro del castillo. Se concentró exclusivamente en liberar al castillo de todo mal.

– Morrigu, gran Madre, escucha mi súplica. Mantennos a salvo. Destierra…

Entonces sintió un movimiento.

Una nueva posición de las estrellas y la luna. El viejo corazón se le encogió al abrir los ojos, las palabras se apagaban mientras observaba la vela consumida hasta la mitad. Más allá de la vela derretida estaba el recipiente de agua, donde la superficie en calma y su propio reflejo comenzaron a arremolinarse en imágenes imprecisas que se movían más y más rápido, como si se estuviera produciendo una vorágine dentro de un cuenco poco profundo. El reflejo de su cara se distorsionó, su boca se abrió mucho como en un horrible y silencioso grito. Sus dedos frotaron con furia la piedra que le colgaba del cuello, pero la horripilante visión no desapareció. No se materializó en algo que pudiera entender. Su cara se dividió y sólo vio retazos de imágenes cambiantes, fragmentos de figuras que trasladaron el pavor directamente a su alma.

Una pequeña daga cortando hacia abajo. La perversa hoja emite destellos de color plata en la noche sin luna.

Sangre. Sangre que rezuma por los lados del recipiente. Y el emblema de Wybren flotando en el agua, espesa y roja, bajo su expresión asustada.

Y luego el dios de la muerte la miró por encima del hombro, y acercó tanto su severo rostro que se volvió rápidamente, dio un golpe a la vela y derramó el agua del recipiente.

El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que Arawn, el rey de la Tierra de los muertos, estaba en la habitación con ella.

Pero no había nadie. Sólo la oscuridad. Y la promesa de la muerte.

Capítulo 13

– Perdóname, Padre Celestial, porque he pecado.

El padre Daniel inclinó la cabeza hacia el suelo de piedra del ábside y los juncos le rozaron la cara. Cerró los ojos e intentó concentrarse, pero el fuego corría por su sangre con más calor todavía. Aunque intentó combatir la tentación y había rezado para aliviarse, las imágenes sin sentido libraban en su mente, le impedían conciliar el sueño, hacían que sus palabras quedaran aprisionadas en la garganta cuando intentaba hablar. Incluso sus rezos se interrumpían con pensamientos pecaminosos.

Sobre mujeres.

Morwenna y Bryanna. La mayor y más alta de las hermanas con su cabellera morena, el porte regio y una mirada imperiosa tan seductora como la de la menor de ojos brillantes, un derroche de rizos rojizos y una sonrisa grave y sensual.

Se imaginaba manteniendo relaciones con ellas, juntas y por separado, y las imágenes eróticas que punzaban su mente no dejaban de asediarle. Era como si estuviera en un infierno creado por su propia imaginación. Sí, eso era: Satán se había colado de alguna forma en su mente. Cerró los ojos y su cuerpo se sacudió con una necesidad tan violenta que se asustó.

«Dios te castigará, Daniel. Él sabe tus pensamientos y si no los expías, si eres incapaz de conseguir que esas impías imágenes salgan de tu mente, Dios te destruirá a ti y todo por lo que sientes afecto, tus proyectos y tus sueños. El Santo Padre te castigará».

«Tal vez ya lo haya hecho», pensó Daniel desesperado, con sus manos cerradas en puños sobre la paja y los juncos.

– Por favor, Padre, perdóname y ayúdame. La lujuria ha poseído mi corazón -admitió con la cabeza inclinada en el crucifijo. Pero incluso en ese momento su mente agitada se dispersó hacia las mujeres, esas criaturas maravillosas y tentadoras-. Soy… soy víctima de mi condición mortal. Lucho contra los impulsos pero, Padre, por favor, ayúdame.

Las lágrimas ardían en sus ojos, sabía que los rezos por sí solos no expiarían sus pecados.

Necesitaba ser castigado.

– Ayúdame a hacer desaparecer la lujuria de mi mente y de mi cuerpo -rezó, las lágrimas le fluían por los lagrimales.

Ay, era débil. Patéticamente débil.

Preso de una desesperación absoluta, se santiguó. Había comenzado a elevarse cuando oyó algo, unas botas que se arrastraban, muy cerca. Como si alguien hubiera estado en la capilla junto a él. El corazón se le encogió al pensar en sus rezos desesperados. Dios era el único destinatario de ellos.

Inundado de vergüenza, echó un vistazo sobre su hombro y encontró entreabierta la puerta que daba al exterior, tal vez por el viento: el pestillo siempre estaba roto. Tal vez era una falsa alarma. Pero el vello de los brazos se le puso de punta y pensó que había distinguido, por encima de la ráfaga de viento, el sonido de unos pasos que retrocedían. Se precipitó sobre sus pies. ¿Acaso le había escuchado alguien desde la entrada? ¿Había asistido alguien a su confesión de culpabilidad?

Sin perder un segundo, caminó hacia la puerta y salió afuera. La noche era cruda y glacial, el viento tan fiero que se filtraba a través de la capa, y caía una lluvia tan fría que casi era hielo.

Cubriéndose con la capucha, se inclinó en la dirección del viento y siguió el camino principal que conducía al jardín. No se veía a nadie pero la puerta estaba abierta y daba golpes, como si alguien se hubiera alejado con celeridad y no hubiera asegurado el pestillo. ¿Quién? ¿Había estado alguien espiándole?

Corrió por las piedras y entró en el patio de armas, donde, debido a las inclemencias del tiempo, pocos hombres se congregaban, sólo algunos guardias en sus puestos y Dwynn, con el sombrero calado hasta los ojos, transportaba una cesta llena de leña al gran salón.

– Oye tú -le llamó el Padre Daniel, deslizándose entre el fango por alcanzarlo.

Dwynn se detuvo, el agua de la lluvia le goteaba por el ala del sombrero.

– ¿Has visto a alguien entrar en la capilla hace un rato?

– No, Padre. -El tonto se apresuró a negar con la cabeza y agarró su pesada cesta con una facilidad sorprendente, dirigiéndose hacia el gran salón de nuevo.

– ¿A nadie?

– Sólo a los guardias.

– Déjame ayudarte -se ofreció el sacerdote, más para tener una posibilidad de conversar con el hombre que para aliviar su carga.

La lluvia estaba salpicaba, formando charcos y descargando el aguacero de lado.

– ¿Estás seguro de que nadie salió corriendo del jardín hacia allí? -Daniel señaló la puerta abierta.

– ¿Quién era? -preguntó Dywnn.

– ¿Qué? Ah, no lo sé, pero creo que había alguien en la capilla que corrió hacia fuera. Por ahí. -Daniel le miró con detenimiento a través de la lluvia que arreciaba y recordó la sombra, una figura que corría a lo largo del camino que llevaba al establo, pero en el instante en que parpadeaba por la lluvia que le entraba en los ojos, había desaparecido.

– Entonces se marchó, si ya no está allí -razonó Dwynn.

– ¿Qué?

– El que estaba en la capilla. ¿No dijisteis que había alguien allí? -preguntó Dwynn, arqueando las cejas como si tratara de concentrarse. El pobre tonto estaba enloqueciendo por completo-. Alfrydd quiere la madera.

– Es un pecado mentir, Dwynn. Ya lo sabes. -El sacerdote era firme.

– Sí, padre. -Los pasos de Dwynn no vacilaron demasiado.

– Y Dios lo oye todo. No sólo las oraciones.

No obtuvo respuesta.

Era imposible. O no entendía o no quería contestar. Ahora estaban cerca de la entrada trasera del gran salón.

– A Dios no le gustaría que mintieras, Dwynn. Él te castigaría.

Dwynn se abrió paso a empujones por la puerta de la cocina y asintió mientras pasaba:

– Él nos castiga a todos, Padre. A cada uno de nosotros.

«Eso mismo», pensó Daniel con aire taciturno mientras echaba un vistazo a las ventanas del tercer piso, donde lady Morwenna y lady Bryanna tenían sus aposentos privados.

El aguanieve le cayó en la cara al mirar hacia arriba y, con todo, no consiguió apagar la rabia que ardía en su alma.

Sir Vernon se envolvió con más fuerza el manto alrededor del torso. Era una noche no apta ni para hombres ni para bestias pero, aun así, se quedó fuera de pie, acurrucado por el aguanieve que había comenzado a escupir el cielo oscuro. Despacio, inclinó la cabeza, anduvo de una esquina del muro de cerramiento hasta la siguiente torre. Dio patadas con energía porque parecía que los pies se le habían congelado dentro de las botas. Aunque se había dicho que nunca más bebería a sorbos de su pequeña petaca mientras estuviera de guardia, esa noche dejó a un lado la promesa. Sería un maldito suicidio no tomar un trago de aguamiel para calentarse la panza.

– Por las campanas del infierno -gruñó bebiendo un sorbo largo y sintiendo el calor bajándole por la garganta.

Eructó y, satisfecho por un instante, guardó el jarro en el escondite que había encontrado en una grieta del muro este.

Desde su posición ventajosa, Vernon miró abajo, al patio de armas, donde sólo brillaban ya unas pequeñas luces en las cabañas que se agrupaban a lo largo de la base de la muralla. Todo estaba tranquilo. Sereno, como si no hubiera caído la maldita aguanieve. Con la mirada atenta barrió desde la puerta interior hasta el patio exterior, una porción de tierra de dimensiones mucho más grandes, rodeada todavía por esos muros gruesos.

Todo parecía estar en su sitio, ninguna sombra escapaba a través de la hierba amarillenta del invierno. No había ninguna banda de matones cerca del pozo ni en el huerto. Aguzando el oído para escuchar algún sonido, sólo oyó los gruñidos de los cerdos que se empujaban mientras se preparaban para pasar la noche, así como el crujido y el susurro del molino de viento, cuando las aspas giraban por la misma brisa que vibraba a través de las ramas desnudas del huerto.

Todo estaba en orden en esa noche de invierno sin luna. Pensó en darle otro sorbo a la petaca pero decidió esperar. Faltaban algunas horas para que amaneciera y debía ahorrar el aguamiel. Se sopló las manos cubiertas con guantes y dio media vuelta hacia la torre sur.

Algo se movió en la torreta de vigilancia.

– Caramba.

¿Qué diablos era eso? ¿Otro guardia? ¿Quién montaba guardia allí esa noche? ¿Geoffrey? ¿O Hywell? ¿O…? Vernon desvió la mirada y apretó sus pasos a lo largo de la muralla este. El aguanieve repiqueteaba sobre su cara y un cierto temor le ascendió lentamente por la espalda, aunque sus ojos apuntaron a la oscura figura que parecía haber surgido de ninguna parte.

Quienquiera que fuera estaba de espaldas a Vernon y le miraba fijamente a través de las almenas.

– Quién va -gritó Vernon, asiendo la empuñadura de su espada mientras se acortaba la distancia entre ellos-. ¿Qué hacéis allí arriba?

La figura oscura se dio la vuelta, todavía oculta entre las almenas en penumbra, su cara tapada por la capucha.

– ¿Hermano Thomas? -conjeturó, ya que el hombre iba ataviado como un monje. Vernon salió disparado hacia delante, contento de tener compañía, cualquier compañía, aunque se creía que el ermitaño de la torre, Thomas, estaba loco-. Estás bastante lejos de tu habitación -le amonestó suavemente mientras se acercaba-. Necesitabas aire fresco, ¿no?

No le echaba la culpa al solitario monje. ¿Quién podía estar en una habitación a solas, rezando postrado, sin ver a nadie salvo a los criados que traían la avena y el agua y sacaban los baldes de excrementos? Dios mío, vaya vida.

Vernon soltó su arma. El hombre viejo no representaba ninguna amenaza y probablemente sólo buscaba un pequeño respiro de su cuarto estrecho.

– Oye, Thomas -llamó, todavía a varios pasos de distancia-. No sé cuáles son tus votos, pero me gustaría tomar unos tragos, y tengo una jarra en la torre ahí atrás… -Apuntó con su pulgar hacia la torre este-. Puede calentarte las entrañas, e incluso el alma, en una noche como ésta.

El hombre todavía no dijo palabra y por un segundo Vernon pensó que tal vez se había cortado la lengua, en un sacrificio idiota. Vernon se estremeció ante ese pensamiento y continuó andando y, mientras la distancia entre ellos se acortaba, descartó la idea de la automutilación. Lo más probable es que Thomas hubiera hecho un voto de silencio que no rompería, ni siquiera por una gota de cerveza. Sí, ¡eso era! Vernon estaba ya cerca de la torre.

– Hermano, espero que no te hayas ofendido por mi ofrecimiento. Es que esta noche hace un maldito frío que te hiela el alma.

El otro caminó hacia delante y le ofreció la mano.

Vernon sonrió, contento por la compañía que se le ofrecía.

– Sí, es una noche que espantaría al propio Lucifer -dijo el otro, salvando la escasa distancia que quedaba entre ellos.

Con sonrisa burlona emitió un destello blanco en la oscuridad, alzando el brazo.

En la luz tenue, Vernon reconoció el arma, pequeña, curva, letal.

Vernon buscó desesperadamente su espada.

– ¡Maldita sea!

Con sorprendente agilidad, el monje le hizo volverse.

El otro se retorció, pero sus botas se deslizaron sobre el adarve helado.

En un instante, su atacante se le echó encima. Su mano rodeaba la empuñadura de un arma.

Vernon intentó desenvainar la suya y se movió oponiendo resistencia. Pero era demasiado tarde. Sintió que le asían del cabello.

La daga se hundió hacia abajo.

El grito de Vernon murió en su garganta cuando la pequeña hoja serrada entró con un movimiento desigual.

Con un ruido sordo, Vernon cayó, dando de cabeza contra la almena. Luego, aturdido y desvalido, miró fijamente a su asesino, lo reconoció, pero ya no podía gritar porque su sangre se desparramaba por las piedras lisas y frías del adarve.

Capítulo 14

– ¡Lady Morwenna! Por favor, abrid la puerta. ¡Soy yo, Isa!

Morwenna gimió y abrió los ojos. El perro, que estaba a su lado, emitió un gruñido suave.

– ¡Voy! -gritó Morwenna alcanzando la túnica. El perro despertó y soltó un ladrido.

Un dolor de cabeza le oprimía el cráneo y sintió como si tuviera arenilla dentro de los ojos.

– No comiences -reprendió al perro, caminando con paso ligero hacia la puerta y abriendo-. ¿Por qué siempre golpeáis mi puerta en mitad de la noche? -exigió, todavía irritada porque había dormido poco desde su visita a la habitación de Carrick.

Cuando se acordó, sintió que le subían los colores como cuando había levantado la colcha…

– Ha pasado algo horrible -insistió Isa con los viejos ojos bien abiertos de preocupación, la cara tan pálida como un fantasma y los labios exangües.

– ¿Qué? ¿Qué pasa? -Morwenna despertó en ese instante aunque la cabeza todavía parecía que le iba a estallar por la falta de sueño.

Isa se deslizó en la habitación y cerró la puerta. El perro gruñó suavemente y se acomodó en la cama otra vez. La habitación estaba helada, el fuego se había consumido en las pocas horas que Morwenna llevaba metida en la cama, presa de la cólera y de la desesperación.

La voz de Isa fue un susurro quedo, como si tuviera miedo de que las paredes la oyeran.

– Se ha producido una muerte, milady. Una muerte, aquí. -Isa señaló el suelo-. Dentro de las murallas de Calon.

A Morwenna la piel se le erizó.

– ¿Una muerte? No es posible, Isa.

– ¡Sí! -silbó Isa-. Esta noche.

– ¿Quién ha muerto?

– No lo sé.

– ¿Qué quieres decir? -Morwenna entrecerró los ojos con recelo. Y, con todo, no podía sacudirse el sentimiento de temor que las palabras de Isa le habían provocado. «¡Carrick! Lo han matado»-. Dímelo -exigió.

– Estaba… Estaba pidiendo protección a la gran Madre.

– ¿Formulando hechizos?

– ¡No! Sólo rezando.

– ¿De veras no practicabas ninguna de tus magias? Ya sabes lo que piensa el padre Daniel al respecto.

Los dedos de Isa rodearon la muñeca de Morwenna como si le hubiera echado una zarpa.

– Escúchame, niña -le ordenó ella, como si fuera otra vez la nodriza y Morwenna aquella jovencita bajo su tutela-. He visto la muerte esta noche. Aquí, en esta torre. A manos de alguien. Presta atención a mis palabras, Morwenna: ha habido un asesinato en el castillo.

– Todavía no puedes decirme a quién han asesinado, por qué o incluso quién cometió el crimen -señaló Morwenna, sin querer creerla-. ¿Tengo razón?

– Confiad en mí -le pidió Isa.

La desesperación de su voz era tan verdadera que acabó por ahuyentar las dudas que podían quedarle a Morwenna. El temor le caló hasta el fondo de su alma.

– De acuerdo. -¿Cuántas veces en el pasado había demostrado Isa estar en lo cierto? Demasiadas veces para contarlas. Apartó el pelo de los ojos-. ¿Es Carrick? -preguntó.

– No… No creo -contestó Isa.

Morwenna sintió alivio durante una fracción de segundo y el pánico la embargó de nuevo.

– ¿Bryanna? Oh, Dios…

– Vuestra hermana todavía duerme -dijo Isa-. Lo que vi pasó en las torres. Vi la luna encima de la torreta y después la cara de la muerte tan claramente como si Arawn estuviera de pie ante mí.

Arawn, Morwenna lo sabía por las enseñanzas de Isa, era el dios de la venganza y de la muerte y el rey de Annwn, la Tierra de los muertos.

Pero Isa no había terminado.

– Cuando su imagen desapareció, vi a la Señora Blanca sobre las almenas… Ay, Morwenna, no cabe duda de que se ha producido una muerte en la torre esta noche.

– Vamos a averiguarlo -dijo Morwenna.

Cazó al vuelo de un colgador un largo manto y se lanzó una capa sobre la cabeza. Antes siquiera de haberse ajustado el manto alrededor del cuerpo, se calzó de un tirón las botas y siguió a Isa por el vestíbulo tenuemente iluminado, donde una ráfaga de viento gélido hizo que las velas de los candelabros de pared parpadearan misteriosamente. Creyó percibir con el rabillo del ojo un rápido movimiento en la sombra de un rincón, como si alguien hubiera estado cerca de la puerta y ahora se alejara rápidamente a hurtadillas. La piel se le puso de gallina por un momento y luego se dijo que eran imaginaciones suyas, pero el perro también había quedado inmóvil a sus pies. Con la nariz apuntando al aire y el pelo del lomo erizado, Mort miraba hacia allí y gruñía desde lo más hondo de su garganta.

– Sólo un minuto -ordenó a la anciana.

Con el miedo atenazándole los nervios, Morwenna persiguió la sombra y Mort le pisaba los talones, ladrando con los labios negros apretados. Dobló la esquina y encontró el pasillo vacío, ni un alma a la vista. Y sin embargo las velas de los candelabros retemblaban, como si alguien acabara de pasar por allí. ¿O acaso era la corriente de aire que circulaba por los pasillos?

Mort se detuvo junto a ella y soltó un ladrido atropellado, nervioso.

– Lady Morwenna -la llamó Isa-. Vayamos por aquí.

Morwenna echó un vistazo abajo, al vestíbulo, y notó, como en los últimos días, que unos ojos ocultos la observaban, que alguien a escondidas escuchaba y vigilaba. De nuevo se le puso la carne de gallina.

– ¿Hay alguien ahí? -preguntó ella.

Pero no se oyó un ruido.

– Rayos y centellas -refunfuñó entre dientes.

– ¡Daos prisa! -le instó Isa.

Morwenna espió a Mort. El perro moteado aulló y husmeó con la nariz, las orejas gachas, cabizbajo, pero no se movió.

– ¡Vaya perro guardián estás hecho! -le amonestó, se dio la vuelta y volvió disparada a donde estaba Isa.

– ¿Adonde ibas?

– Me pareció ver a alguien en el vestíbulo.

Isa abrió los ojos como platos y luego chasqueó una mano como si aplastara a un insecto molesto.

– No había nadie en el pasillo cuando yo vine.

– ¿Crees que me imagino cosas?

– No lo sé -dijo Isa aligerando el paso por la serpenteada escalera.

«Yo tampoco». A Morwenna no le gustó la confesión de Isa, ni siquiera la suya propia. Morwenna siempre había sabido lo que quería, la llamaban testaruda, terca como una muía y ahora estaba desconcertada, sin creer en lo que le sugerían sus propios sentidos, porque era un disparate. Una locura. Era imposible que la vigilaran, al menos un ser terrenal. Mientras echó un último vistazo sobre su hombro, sintió que un frío le invadía el alma.

Después de pasar revista con sir James, ver a Carrick tendido sobre la cama, y comprobar que su hermana Bryanna continuaba durmiendo tras entreabrir cuidadosamente la puerta de su habitación, Morwenna bajó por la escalera acompañada de Isa y se dirigieron al gran salón.

La enorme estancia estaba vacía y oscura, los candelabros de la pared apagados, los rescoldos del fuego brillaban suavemente, rojos como sangre. Los perros del castillo, una vez despiertos, levantaron las cabezas para soltando unos ladridos de descontento, luego bostezaron y recuperaron sus posturas, acurrucados junto a la chimenea.

Cuando llegaron a la puerta, Isa susurró:

– Por favor, milady, daos prisa.

Y después ordenó al guardia que se quedara fuera.

– Pero… -objetaba el escuálido hombre.

– Está bien, sir Cowan -le aseguró Morwenna-. Isa tiene que enseñarme algo.

– Son altas horas de la noche -protestó.

– Sí. No te preocupes. Voy a ver al capitán de la guardia.

– Tal vez debería acompañaros.

– No. Permanece aquí. ¡No permitas entrar a nadie, excepto a nosotras! -ordenó Morwenna.

Isa caminó deprisa hacia el patio de armas y se adentró en la noche glacial sin luna. El aguanieve caía oblicuamente desde el cielo oscuro y un frío glacial azotaba el aire, un frío más gélido que las gotas de hielo que caían como cuchillas de aquel cielo sin estrellas.

– Vayamos en busca de sir Alexander -dijo Isa, todavía blanca como el papel, arrastrando las piernas con premura sobre la tierra helada hacia las puertas del patio de armas.

Apretando el paso por delante del pozo donde un cubo que pendía de una cuerda gruesa crujía y se balanceaba, pasaron medio corriendo por el camino helado que bordeaba las cabañas ensombrecidas de los campesinos y que conducía a la torre de entrada, donde se alojaba la mayor parte de la guarnición.

Un centinela desde lo alto de la atalaya vio que algo se movía y gritó a los intrusos:

– ¿Quién va ahí?

Morwenna se volvió hacia la voz y unas gotas heladas le resbalaron por las mejillas.

– Soy yo, lady Morwenna. Me acompaña Isa, sir Forrest. Despierta a sir Alexander y déjanos entrar en la torre de entrada.

– ¿Lady Morwenna? -repitió el hombre, que obviamente no estaba seguro de haber oído bien.

– Sí. ¡Apresúrate, Forrest! ¡Aquí fuera hace un frío de mil demonios! -le ordenó.

Se limpió la cara con la manga, envolvió la capa alrededor del cuerpo y miró al este, esperando divisar la primera luz trémula del alba en el cielo invernal. Pero la noche era oscura como la obsidiana, aparentemente impermeable a cualquier haz de luz de la mañana.

– ¡Adelante, milady! -invitó Forrest.

– Por fin -refunfuñó ella entre dientes.

Sus pasos producían un ruido estrepitoso al bajar por la escalera de la torre de entrada y se oían voces sordas a través de los gruesos muros de piedra. Al cabo de unos segundos se abrió la puerta de la torre de entrada y apareció Forrest, un hombre desgarbado cuya cabeza siempre daba la impresión de ser demasiado grande para su cuerpecito. Escoltó a las mujeres hasta el interior.

– He avisado a sir Alexander. Debería estar…

– Estoy despierto aunque todavía es de noche -declaró bruscamente una voz masculina.

El capitán de la guardia, ciñéndose el cinturón sobre la túnica, descendía por los escalones de piedra. Algunos mechones rebeldes de su pelo estaban de punta y su mirada fija y hosca recayó en Morwenna.

– ¿Qué ocurre, milady? -preguntó con las cejas enarcadas y formando una gruesa línea sobre su nariz-. Debe de ser algo serio.

– Sí -afirmó Morwenna, erguida en la sala principal.

Ardía un fuego resplandeciente. Varios hombres se calentaban la espalda ante la chimenea, otros tres jugaban a dados en una mesa desvencijada y desde las cámaras cercanas a la sala llegaban los estruendos de los ronquidos de los hombres. Soldados, carceleros, guardias y criados de la guardia, todos arropados con sus capas, dormían sobre los juncos esparcidos por el suelo.

Morwenna no había estado nunca en la torre de entrada de noche y aunque ella era la señora del feudo, la soberana de esos hombres, se sintió incómoda y nerviosa, como si hubiera allanado un área prohibida, un lugar donde pocas mujeres habían penetrado alguna vez.

Para mayor incomodidad de Morwenna, Alexander le clavaba un par de ojos oscuros y penetrantes, a la espera de una explicación. Morwenna se frotó los brazos para ahuyentar el frío y se preguntó si acaso había sido una imprudencia dar crédito a los temores de Isa.

– Se ha producido un asesinato dentro de la torre -declaró al fin.

– ¿Qué? ¿Un asesinato?

Sir Alexander la miró bruscamente, todos los rastros de sueño se disiparon de sus ojos. Más allá de su barba, sus labios se volvieron finos como una cuchilla.

– ¿A quién han matado? ¿Dónde? ¿Cuándo? -preguntó, mientras alcanzaba su espada, que colgaba en la pared cerca del fuego-. ¿Por qué no me lo dijeron?

– No hemos encontrado a la víctima todavía.

– ¿Qué? No habéis encontrado… -Apoyó el arma en la pared y levantó en alto sus manos grandes como si se rindiera-. Milady -prosiguió, clavándole otra vez su mirada firme-, no lo entiendo. ¿Cómo sabéis que han matado a alguien si no hay cadáver? ¿Alguien ha confesado? ¿No? -conjeturó al ver cómo negaba delicadamente con la cabeza-. Entonces, ¿alguien presenció el asesinato? ¿Quién?

Morwenna se aclaró la garganta a la vez que se sentía cada vez más ridícula.

– Isa tuvo una visión.

– ¿Cómo decís? -dijo él.

– De una muerte -se interpuso Isa, con sus ojos azul claro despejados y decididos-. He tenido una visión de una matanza brutal.

– ¿Una visión? -repitió Alexander, enarcando una de sus espesas cejas. Intercambió una mirada con sir Forrest y se produjo una comunicación tácita entre los dos hombres, pensando en una broma-. Una visión…

– No os burléis de mí -advirtió la anciana, con un rostro tan feroz como el de un águila-. Sucedió en el adarve. -Isa señaló hacia el este-. Percibo vuestra incredulidad, sir Alexander, y sé que os divierte. Pero, confiad en mí, no se trata de ninguna broma. Alguien ha sido asesinado esta noche en la torre.

– Pero, ¿no sabéis quién?

– Todavía no. Vayamos allá sin más demora…, a la torre este -insistió Isa.

– A la torre este.

– ¿Acaso tenéis que repetir todo lo que digo? ¡Sí, a la torre este! -espetó con una exasperación evidente en la voz a causa de la majadería del capitán de la guardia-. Por favor, venid. Debemos apresurarnos.

Alexander echó una mirada a Morwenna.

– ¿Es lo que vos deseáis, milady?

– Sí, sir Alexander -Morwenna dejó sus dudas-. Confío en Isa.

– Entonces así lo haré.

En un instante cogió su arma, se ató con una correa la vaina al cinto y luego hizo señas a sir Forrest. Sin mediar más palabras, subió la escalera que llevaba al sendero que conducía al adarve, un amplio pasillo sobre el patio que rodeaba la torre. Allí el viento soplaba con furia, aullaba a través de las almenas y se arremolinaba alrededor de las torres. A cierta distancia, un búho ululó por encima del sonido de las botas que se arrastraban sobre las piedras, el susurro de una conversación y el temor que pesaba cada vez más en el corazón de Morwenna.

¿Y si Isa se equivocaba?

Se sentiría aliviada porque significaría que no se había producido un asesinato en la torre. Pero se encontraría en un aprieto por haber dado crédito a su anciana nodriza. ¿Y qué? No era un pecado, ni siquiera un indicio de haber perdido la cabeza. Y, con todo, Morwenna sabía que si la visión de Isa demostraba ser falsa, sería objeto de los chismes y del escepticismo y, en definitiva, ella se convertiría en el blanco de todas las bromas por haber creído en el sueño de su nodriza. Las criadas disimularían sus sonrisas a su paso, los escuderos bajarían la voz pero reirían a su espalda y los hombres y las mujeres de más edad intercambiarían miradas de complicidad significando que, en realidad, una mujer no estaba capacitada para gobernar un castillo como Calon.

Si por el contrario se probaba que Isa estaba en lo cierto, habría muerto un habitante de Calon. Una mano asesina le habría sesgado la vida, a pesar de que Morwenna había prometido proteger a cuantos la servían.

Sería mucho peor.

Sufriría una enorme vergüenza.

No podría soportar que un inocente hubiera sido asesinado.

Caminaban raudos y veloces a lo largo del adarve.

– ¿Dónde está sir Vernon? -preguntó Alexander.

El corazón de Morwenna casi dejó de latir.

Sir Forrest miró a través de las almenas.

– Tenía asignada la muralla este. Yo lo vi antes, estaba en su puesto.

– Oh, gran Madre, no, por favor -dijo Isa, e inició una salmodia.

Morwenna, con un frío que le nacía de las entrañas, sintió una nueva ola de temor mientras evocaba la cara rolliza de sir Vernon y sus ojos centelleantes bajo sus cejas pobladas. Seguramente había algún error.

– Todos sabemos que suele tomar uno o dos tragos -decía sir Forrest mientras caminaban en dirección este-. Tal vez se durmió mientras… ¿Qué es esto? -La voz del guarda se elevó con extraña preocupación.

– ¿Qué? -Alexander fijó la vista delante, su mirada pareció aguzarse sobre la torre este.

– Por los clavos de Cristo -juró entre dientes Alexander, y echó a correr, haciendo repicar sus botas contra las piedras.

El corazón de Morwenna se congeló cuando percibió la forma oscura y desplomada de un hombre que yacía sobre el adarve.

– ¡No! -gritó.

Corrió a toda prisa, pisándole los talones a Alexander. Era sir Vernon, el hombre corpulento con la risa estruendosa a quien ella había engañado, el caballero que cumplía castigo. Con la garganta seca corrió todavía más rápido, su corazón resonó con terror.

Sin embargo reconoció la cara de sir Vernon, pálido como la muerte, y bajo su mejilla, que reposaba sobre las piedras, había un charco espeso de sangre coagulada. Sus ojos inertes miraban fijamente hacia delante y su espada reposaba impotente a su lado.

– Por Dios, ¿qué es esto? -dijo Alexander inclinándose para tomarle el pulso.

– ¿Está…?

Alexander asintió con la cabeza y cerró despacio los ojos del soldado mientras sir Forrest e Isa los alcanzaban. Isa jadeaba, rezaba, su piel era tan exangüe como la de Vernon. Acariciaba la piedra que colgaba de la correa de cuero que llevaba anudada al cuello y se inclinó contra las almenas.

– Es tal como lo vi -dijo ella sin un ápice de satisfacción.

Alexander se enderezó.

– Si visteis esto, ¿quién lo hizo? -preguntó con la voz temblorosa por la rabia.

– No lo sé.

– Y, aun así, ¿visteis la muerte? -Sus ojos oscuros destellaron en la noche.

– Lo vi desplomarse, vi la el rostro de Arawn y, más tarde, a la Señora Blanca.

– Imágenes de muerte -explicó Morwenna.

Alexander desató su furia contra Forrest.

– ¡Que suene la alarma! ¡Despierta a los centinelas! Ten todas las puertas controladas para que nadie escape y dobla la guardia en las entradas de la torre. Que la guarnición busque hasta el último rincón al asesino.

– Y ¿cómo lo reconoceremos? -preguntó Forrest-. ¿Quién es el canalla?

– Sí, ¿cómo lo reconoceremos?

Alexander avanzó hacia Isa, que, temblando de miedo, se apoyaba contra una almena. Sus pálidos ojos estaban vidriosos, sus dedos frotaban la piedra desesperadamente, como si el mero acto de friccionarla pudiera alejar la visión y retroceder en el tiempo.

– No lo sabe, ya lo dijo antes -aclaró Morwenna.

– Pero podría intentar evocar la visión otra vez, ¿no?

– No lo sé. -Morwenna sacudió la cabeza-. Sir Forrest, envía a alguien a por el médico… y a por el sacerdote.

Morwenna apartó la vista del cadáver de sir Vernon y parpadeó con rapidez porque los ojos se le llenaron de lagrimones.

– ¿Estaba casado?

– No -respondió Alexander.

– Bien. Al menos no ha dejado viuda y huérfanos -dijo ella.

Pero poco consuelo se podía hallar en esa noche tan negra y fría como el velo de Satán.

Capítulo 15

– Os lo dije, Carrick de Wybren está maldito -susurró Isa.

Estaban en una cámara de la torre de entrada. La anciana se frotó los brazos con las manos y su mirada atenta recorrió la habitación buscando cualquier rincón oscuro que pudiera dar cobijo a un asesino.

Mientras los candelabros de la pared parpadeaban, el padre Daniel, severo como siempre, oficiaba los últimos ritos sobre el cuerpo de sir Vernon.

Afuera, el castillo comenzó a llenarse de vida. Los gallos cantaban, os hombres proferían voces, las ovejas balaban. Los cencerros tintineaban y el viento, tan virulento la pasada noche, había remitido. El alba se extendía por las colinas del este y los rayos de luz pálida se filtraban por las pequeñas ventanas. La mayor parte de los soldados tenían órdenes de revisar la torre; los pocos que se quedaron lo hicieron guardando un silencio glacial. El sueño, los dados, las mujeres, así como la comida y la bebida se habían olvidado ante la visión del cuerpo inmóvil y ensangrentado de sir Vernon.

El padre Daniel susurró unos rezos sobre el cuerpo mientras el médico se erguía a un lado, aguardando paciente a que acabara el rito religioso para examinarlo. La expresión de los dos hombres era severa a pesar de que los dos veían la muerte desde extremos opuestos: uno desde el plano espiritual, el otro apegado al físico.

El alguacil Payne y sir Alexander se colocaron cerca, mientras Forrest montaba guardia en la puerta.

– Escuchad, milady -insistió Isa, los ojos como platos por el miedo, los viejos labios planos fruncidos contra los dientes-. ¡Mientras Carrick de Wybren esté en el interior de esta torre, todos estamos condenados!

El sacerdote levantó la cabeza y sus ojos adustos se encontraron con los de Isa.

– Si alguien está condenado -dijo él despacio, con los labios finos y descoloridos y los ojos ardiendo por un fuego casi histérico-, es aquel que reza a dioses y diosas paganos.

La mirada atenta de Isa no vaciló. Dio un paso hacia el sacerdote.

– Desde que trajeron a sir Carrick a esta torre no ha habido más que muerte y confusión, padre.

– Quizá si todos tuviéramos más fe, Dios bendeciría este castillo. -El sacerdote mantuvo una sonrisa imperturbable. Una sonrisa estudiada. Lanzó una mirada fría a Morwenna-. Milady, sería mejor que cesaran todos los hechizos, runas y plegarias consagrados a lo impío.

– ¿Creéis que han asesinado a sir Vernon a causa de los rezos de Isa?

– Al santo Padre no le gustaría.

– Y vos, Isa, ¿pensáis que sir Vernon fue asesinado a causa de una maldición contra Carrick de Wybren?

– Todo Wybren está maldito -sentenció la anciana nodriza con audacia.

El sacerdote resopló con repugnancia.

Sir Alexander se acercó unos pasos más hacia la mesa sobre la cual yacía sir Vernon.

– Poco importa. El hecho es que Vernon está muerto. De alguna forma el asesino se coló en la torre.

– O reside aquí -dijo el alguacil masándose los pelos de la barba-. Doctor, ¿podéis decirnos qué tipo de cuchilla se utilizó para cortarle la garganta al hombre?

Nygyll estaba ya examinando el cuerpo. Levantó la barbilla de sir Vernon mostrando la desagradable incisión que tenía bajo la barba.

– Vamos a ver… Oye, Forrest, ve y averigua por qué tardan tanto tiempo. He pedido a mi ayudante que traiga paños calientes y ropa fresca del gran salón.

A Morwenna el estómago le dio un vuelco. Había visto personas muertas antes y había asistido a heridos, pero la muerte de Vernon era diferente, la atañía personalmente, era responsable de que le hubieran enviado al adarve cuando su deber era preocuparse y proteger a cuantos ocupaban la torre. Y había fracasado. Sí, Vernon había sido un soldado y un centinela, un hombre que había jurado lealtad a Calon, un hombre que había prometido protegerla y que conocía los peligros de su posición. Con todo, Morwenna experimentó una culpa que la roía por dentro porque, de alguna manera, había traído esa muerte y destrucción consigo a Calon. Si no fuera por ella, ¿acaso sir Vernon no estaría vivo esa mañana?

Miró arriba y advirtió que Dwynn la vigilaba. El hombre, aturullado de alguna manera, se había despertado y se acercó hasta allí. Lo que no era ninguna sorpresa. Parecía que siempre estuviera al acecho, no importaba la hora, ya fuera de día o de noche, en particular si se gestaba algún problema.

La puerta de la casa del guardia se abrió y Gladdys, que llevaba una cesta llena de toallas, hizo su entrada con apremio en la habitación. La seguía George, el escudero, acarreando un pesado caldero de agua que desprendía vapor.

– Pon la cesta allí -le ordenó Nygyll señalando un banco y con una brizna de impaciencia en su voz-, y coloca el caldero sobre la lumbre para que permanezca caliente. ¡Y tú, Dwynn, ayuda al chaval!

Dwynn alcanzó el asa de la caldera y parte de agua caliente se derramó por el suelo, una corriente de aire entró rauda por la chimenea y sopló contra los carbones ardientes.

– ¡Por los clavos de Cristo! ¿Qué haces? -murmuró Nygyll, fulminando con la mirada al tonto al mismo tiempo que cogía una toalla y la empapaba en agua caliente.

Dwynn, silencioso como siempre, señaló con un dedo acusatorio hacia el escudero, pero Nygyll ya se había dado la vuelta y limpiaba la sangre incrustada en la herida del cuello de Vernon.

– No es un corte directo -dijo el alguacil, inclinándose más cerca.

– ¡Ja! -gruñó Nygyll.

– ¿Qué demonios es esto? -preguntó Alexander.

La herida se hacía más evidente.

– Afeitadlo -sugirió Payne.

Nygyll tomó una cuchilla afilada y afeitó con cuidado la barba oscura que cubría el cuello del centinela muerto. Poco a poco, la horrible incisión salió a la luz y, tal como Payne había dicho, la herida no era en absoluto una cuchillada limpia y nítida. El espantoso corte descendía desde la oreja izquierda de Vernon, luego subía ligeramente hasta la punta de la barbilla, de nuevo bajaba hacia el otro lado de la mandíbula y, finalmente, seguía hacia arriba y acababa en la oreja derecha.

– Jesús -susurró Alexander.

El alguacil miró con gravedad.

– Es la W de Wybren -dijo Isa.

Algunos de los soldados que estaban en la habitación se irguieron para verlo.

– O de bruja -replicó el padre Daniel, apretando los labios contra los dientes y clavando los ojos en Isa.

– Por todos los dioses, esto quiere decir algo -susurró Payne.

Morwenna sintió un temblor que le recorría la columna al clavar también sus ojos en la incisión irregular.

– ¿Una advertencia? -preguntó ella.

Alexander miró a Morwenna con ojos que escondían preguntas todavía sin responder.

– O alguien contrario a Carrick de Wybren.

– Carrick no se ha despertado -informó Nygyll mientras se secaba las manos con una toalla limpia-. Le he atendido y todavía no ha dado ninguna señal. -Levantó la mirada y sus ojos se clavaron en Morwenna por un instante. Luego miró a sir Alexander-. Incluso si el paciente se hubiera despertado y recuperado el pleno uso de sus facultades, lo cual dudo, es imposible que pasara por delante del guardia. Está retenido en su cámara. No puede haberlo hecho -dijo señalando a sir Vernon-. Toma esto -ordenó a Gladdys, la criada de dulces y grandes ojos oscuros, mientras se frotaba las manos vigorosamente con la toalla sucia.

Ella se estremeció y luego puso solícita el paño empapado de sangre junto a un montón de trapos sucios.

– Obviamente murió a causa del corte -dijo el alguacil.

El médico se volvió hacia el cadáver y cruzó las manos manchadas de sangre de Vernon sobre su pecho. Su mirada atenta se posó sobre el alguacil y asintió.

– He encontrado en el cadáver señales de una contusión donde se abrió la cabeza, seguramente al caer contra las almenas o el suelo del adarve, y entonces le degollaron y se desangró hasta morir. -Inspeccionó de nuevo al muerto-. Además diría que el asesino debe de ser corpulento, y sospecho que está infestado de piojos, pulgas o algo peor. No es precisamente un exponente del ejército de Calon.

Unos pasos apresurados resonaron fuera, en el vestíbulo.

Bryanna emergió en la cámara, a un paso frente a Morwenna.

– ¿Qué está pasando aquí? ¿Dónde está mi hermana?

– ¡Oh! -gritó, mientras Morwenna se volvía hacia ella-. ¿Qué ha pasado?

– Han asesinado a sir Vernon hace unas horas -dijo su hermana.

– ¿Asesinado? ¿Cómo? -Bryanna jadeó, sus grandes ojos empezaron a dar vueltas al descubrir el cadáver sangriento-. ¡Oh, Dios! -Se llevó una mano a la garganta-. ¡No!

– Que salga de aquí antes de que enferme -dijo Nygyll.

Morwenna ya había visto suficiente.

– Ven -dijo a Bryanna.

La guió hasta el vestíbulo y después al exterior de la mañana fresca, donde el curtidor adobaba la piel de un ciervo y el armero limpiaba una cota de malla en barriles de arena. Morwenna apenas notó la actividad, sus pensamientos se concentraban en el guardia asesinado. ¿Quién lo habría hecho? ¿Por qué? Vernon, aunque era un soldado, parecía un alma apacible en el fondo.

– ¿Qué ha…? ¿Qué ha pasado? -preguntó Bryanna a Morwenna, apresurándose con Isa por alcanzarla-. ¿Quién…? ¿Quién… le haría daño, quiero decir, quién mataría a sir Vernon?

– No lo sabemos. Todavía. -Mientras pasaban por delante del tintorero que hervía la tela en una tina llena de líquido verde, Morwenna le explicó la visión de Isa y los acontecimientos que se habían sucedido.

Alcanzaron el gran salón cuando terminó el relato.

– Estás diciendo que el asesino está entre nosotros -susurró Bryanna mientras se adentraban en el calor de la torre.

– Eso parece.

– ¿Qué vas a hacer? -preguntó Bryanna.

– Los guardias están buscando por el castillo. El alguacil y algunos soldados están interrogando a la gente de la ciudad y de los pueblos vecinos.

– Pero tal vez haya escapado -dijo Bryanna subiendo la escalera que conducía al solario-. ¿No deberías enviar un mensajero a Penbrooke?

– No. -A pesar del asesinato, no iba a pedir auxilio a su hermano Kelan. Al menos todavía-. No es problema de Kelan.

– A él le gustaría saberlo.

Morwenna negó con la cabeza, pensando en su hermano mientras se quitaba los guantes y la capa. Alto, orgulloso y decidido, Kelan no sólo querría saber lo que pasaba allí, sino que sin duda enviaría a un ejército conducido por él o por su hermano, Tadd.

Morwenna arrojó su capa sobre un taburete y frunció el ceño mientras contemplaba a la más joven. Tadd era tan apuesto como Kelan, pero tan irresponsable como Kelan digno de confianza. Morwenna no quería que ninguno de sus autoritarios hermanos le dijera cómo debía manejar la situación.

– ¿Y si tú fueras la señora de la torre, Bryanna? -preguntó ella, cruzando los brazos bajo los pechos-. ¿Correrías tan rápido en busca de cualquiera de nuestros hermanos?

Bryanna resopló, y Morwenna se dejó caer en un banco cerca del fuego y se abstrajo con las llamas.

– No -admitió con la cabeza, los largos rizos todavía parecían más rojos a la luz de la lumbre.

– Kelan podría ser de ayuda -aconsejó Isa.

– No lo creo -Morwenna caminó hacia la ventana.

Desde una posición elevada, podría mirar hacia abajo, al patio de armas, donde la mañana comenzaba como si se tratara de un día más y no se hubiera cometido un asesinato brutal dentro de la torre.

El herrador, un hombre musculoso, ya forjaba las herraduras con ayuda del fuego, un muchacho trabajaba con el fuelle para mantener las ascuas calientes y el otro usaba todas sus fuerzas para curvar y luego aplastar el hierro candente al rojo vivo, moldeándolo hasta convertirlo en una herradura.

No muy lejos, una muchacha pecosa que rondaría los cinco años recogía huevos con afán, y su desgarbada hermana pelirroja lanzaba semillas al aire, esparciéndolas entre una multitud de pollos que cacareaban, se agitaban y picoteaban con ira los unos a los otros en las patas. Cerca del centro del patio, dos muchachos con pelo color rojo, hijos del molinero, acarreaban cubos de agua de uno de los pozos, derramando más agua de lo que le hubiera gustado a Cook. Los guardias retenían a tres cazadores montados a caballo bajo el rastrillo que conducía al patio exterior.

Y durante todo ese rato, Vernon seguía tendido, muerto a manos de un asesino. Morwenna se frotó los hombros, y como si le leyera el pensamiento, Bryanna suspiró.

Un golpe tranquilo sonó sobre la puerta.

– ¿Quién es? -preguntó Morwenna.

– Alexander, milady.

– Pasad.

Entró con una expresión tan severa como la que había adoptado en la torre de entrada.

– Si puedo hablaros un momento -dijo, echando un vistazo a las otras dos mujeres.

– Por supuesto -consintió Morwenna, impaciente por tener alguna noticia. No podía limitarse a quedarse sentada y esperar-. Vuelvo enseguida -dijo a su hermana y a Isa.

Con premura, Morwenna siguió a Alexander por el vestíbulo, donde las velas parpadeaban y se consumían. Cerró la puerta tras ella.

– ¿Qué ocurre?

– Un mensajero llegó a la torre de entrada hace sólo unos minutos, lo detuvimos, desde luego, pero jura que viene del castillo de Heath y parece que es cierto. Todo estaba en orden. Trajo esto.

Alexander le entregó una carta lacrada.

Su corazón se desmoronó al reconocer el sello de la casa de Heath. El sello de lord Ryden. Lo contempló sin abrir la maldita carta. La última cosa que necesitaba ahora era tratar con el hombre con quien estaba prometida. Pero sir Alexander esperaba, y puesto que tuvo claro que no podía aplazar lo inevitable, rompió el lacre y abrió la carta. Era breve y sucinta. Lord Ryden había tenido noticias por un viajante de que había problemas en Calon, en otras palabras, que Carrick de Wybren había sido encontrado medio muerto a las puertas del castillo.

Dios mío. ¿Significaba esto que las noticias habían llegado también hasta Wybren?

«Desde luego… ¡Eres una insensata por pensar de otra manera!»

Sus hombros se desplomaron. ¿Qué había hecho? ¿Intentar proteger a Carrick?

¿O retenerle casi como a un prisionero hasta que despertara para exigirle respuestas, no sólo sobre el ataque sino por el abandono por la esposa de su hermano?

Se concentró en ese pensamiento. Tenía que enfrentarse a lo que estaba pasando, tanto si quería como si no. Tenía que ponerse en contacto con Graydynn inmediatamente. En cuanto a su prometido…, ¿qué iba a hacer con él?

Lord Ryden le ofrecía su ayuda para llevar al traidor ante la justicia de Wybren, y prometía visitarla lo antes posible. Si todo marchaba según sus planes, llegaría a Calon al cabo de tres días.

Morwenna miró fijamente la carta y luego la aplastó en su mano. No sentía ninguna alegría ante la perspectiva de volver a verlo. Si sentía algo, no era más que una irritación consigo misma por aceptar su oferta y una furia silenciosa porque todavía albergaba sentimientos por Carrick aunque estuviera poco dispuesta a admitirlo delante de nadie…, y ni siquiera de sí misma. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué se preocupaba todavía por el hombre que la había traicionado? ¿Y qué diablos la había poseído para prometerse a Ryden de Heath? ¡Debía de haberse vuelto loca!

Y había sido un grave error.

Morwenna lo supo desde el mismo momento en que el «sí quiero» salió de sus labios.

«Ryden tiene además otra razón para venir. ¿Acaso no juró vengar la muerte de su hermana?»

El pánico casi la asfixió. Lo más seguro que Ryden no se ocuparía del asunto con sus propias manos, allí en Calon, donde ella era soberana. ¿O sí?

Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que casi había olvidado que sir Alexander todavía aguardaba a pocos pasos de ella, con los ojos oscuros repletos de preguntas silenciadas, a las que ella temía contestar.

– Lord Ryden nos visitará dentro de tres días -anunció ella, esforzándose por adoptar un tono de voz que no sentía y por aplastar su creciente sensación de temor.

Un músculo se movía bajo la barba espesa que poblaba la mandíbula de Alexander.

– Pediré a Alfrydd que lo prepare todo.

– Gracias -dijo, aunque sentía su corazón más pesado que antes.

¿Qué le diría a ese hombre? Ella no lo amaba, nunca lo había amado ni le amaría, pero ahora, por culpa de su precipitada decisión, tenían un acuerdo y el amor nunca había formado parte de él. A menudo, el matrimonio no era una cuestión de amor.

Pero si él quería infligir su justicia sumaria contra Carrick, se lo prohibiría. En Calon, su palabra era la ley.

Morwenna elevó la barbilla y forzó una sonrisa.

– Estará bien ver a lord Ryden otra vez.

Alexander la acusó en silencio por su mentira.

– ¿Alguna cosa más? -preguntó ella, sintiendo las mejillas encendidas bajo la mirada fija e invariable del otro.

El capitán de la guardia se aclaró la garganta. Finalmente apartó la mirada.

– Sí, milady. Dijisteis que hoy decidiríais enviar un mensajero a lord Graydynn -le recordó- para notificarle la captura…, es decir, el descubrimiento de Carrick.

Morwenna asintió. A pesar de los horribles acontecimientos acaecidos a primera hora de la mañana, no se había olvidado de Graydynn, un hombre con quien se había encontrado más de una vez, un jefe frío y contundente, cuya expresión era siempre de irritación o aburrimiento.

– Sí, le he dado muchas vueltas -admitió ella, juntando las manos detrás de la espalda.

Alcanzaron el gran salón, donde se preparaban las mesas de caballete para la comida de la mañana.

– Esta tarde veré al escriba y redactaré una carta, aunque no estoy aún segura de enviarla.

– Pero, milady, ¿qué bien hará aquí, en Calon? Podéis enviar la carta por mensajero. Geoffrey sería una buena elección como mensajero. Sirvió como escudero en Wybren y conoce a lord Graydynn. O tal vez el padre Daniel, el hermano de lord Graydynn.

Morwenna estaba desconcertada.

– Si el barón no sabe todavía que Carrick fue encontrado aquí, fuera de las puertas del castillo, no le revelaré que lo cobijamos.

– ¿Por qué? -preguntó él, y la maldita pregunta pareció rebotar por el pasillo, saltar por las paredes blanquecinas y repetirse una y otra vez en la mente de Morwenna. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

No había respuesta.

– Es mi decisión -dijo ella con voz enérgica-. Haré lo que piense que es mejor.

– ¿Contra el consejo de los que juraron protegerla?

– Sí, sir Alexander, si lo considero necesario. Consideraré todo lo que me habéis dicho pero, al final, será decisión mía y sólo mía.

– Milady.

– Eso es todo, sir Alexander.

Ella levantó la barbilla y le fulminó con la mirada. Él vaciló ligeramente, asintió con la cabeza tiesa como un palo y giró sobre sus talones.

Cuando se marchó, Morwenna soltó la respiración y vio que la carta en su mano estaba tan arrugada que había quedado ilegible. Tal vez fuese lo mejor.

Hasta que no supiera la verdad, no estaba preparada para devolver al paciente a Graydynn de Wybren. Hasta que estuviera segura de que el desconocido era Carrick.

Sólo esperaba contar con tiempo suficiente antes de que la noticia cruzara todo el reino.

Capítulo 16

El paciente se quedó inmóvil. Estaba débil, su estómago pedía alimento a gritos y tenía los labios secos y agrietados por la carencia de agua. Aunque recordaba que le habían obligado a tragarse un caldo y que habían vertido agua sobre sus labios, estaba muerto de sed.

Se había despertado esa mañana y había abierto los ojos, descubriendo que podía ver con mayor claridad. Podía moverse sin notar aquel dolor tan virulento en la cabeza. Podía mover la mano hasta tocarse la cara y había comprobado la hinchazón, pero la agonía que había embargado su cuerpo había disminuido.

Había fingido inconsciencia oyendo hablar a los guardias, y reconstruyó la conversación a partir de los retazos que logró atrapar. Los guardias hablaban de un asesinato que se había producido en la torre, y lady Morwenna iba a enviar un mensajero a lord Graydynn de Wybren notificando que retenía a su primo, Carrick de Graydynn, como rehén o prisionero.

Trató de recordar a Graydynn. Debería tener algún sentimiento hacia el lord, su primo, ¿verdad? Pero no pudo evocar ninguna imagen de aquel hombre y sólo sintió un inquietante temor de que, si averiguaba dónde estaba, significaría su sentencia de muerte. Lo poco que podía recordar acerca del barón de Wybren era que había sido un hombre celoso y hosco… O tal vez lo era su padre… ¿Cómo se llamaba? Se concentró pero al darle vueltas sólo ganó un dolor de cabeza.

Las imágenes que poblaban su cabeza eran difíciles de comprender, sólo pensamientos fugaces que escapaban al momento que trataba de capturarlos.

Recordó el castillo de Wybren. O tan sólo fragmentos. Todavía podía oler el fuego… y presenció las llamas que subían por las paredes. ¿O esos pensamientos eran únicamente imaginaciones suyas, sueños que se había inventado a partir de todas las conversaciones que había oído allí, incapaz de moverse?

Le habían obligado a oír un chisme sobre un gran incendio en Wybren, un incendio provocado por Carrick, que probablemente era él. Carrick, el traidor. Carrick, el asesino de siete almas inocentes. Carrick, el monstruo. ¿Acaso era posible? ¿Había matado de una manera tan cruel a su familia?

Y si así era, ¿por qué?

Sus sentimientos en cuanto a lo que recordaba sobre su familia eran difíciles de clasificar, recuerdos hechos añicos y entremezclados… Pensó que tenía hermanos y hermanas… por quienes no había sentido mucho cariño. Pero sus caras eran borrosas, imágenes oscuras que evocaban en él sensaciones despiadadas de dolor, de envidia y odio.

¿Era cierto?

¿De veras era el monstruo que todo el mundo creía?

Encajó la mandíbula y apartó las condenadas preguntas de su cerebro. No tenía tiempo de concentrarse. Pronto la guardia pasaría control. Tenía que actuar con rapidez.

Al igual que hacía durante todo el día mientras estaba solo, obligó a una pierna a moverse. Esta vez la balanceó hacia fuera de la cama sin demasiado dolor.

Intentó mover la otra y sintió la protesta de los músculos aletargados, cambió de postura y ambos pies aterrizaron en el suelo.

Ahora faltaba la verdadera prueba.

Despacio, consciente de que podía caer desplomado, se obligó a mantenerse erguido. Para su sorpresa, las piernas eran capaces de sostener su propio peso. Por primera vez.

Aspiró profundamente y dio un paso.

El dolor le abrasaba la pierna. Su rodilla aguantó. Suspiró.

Otro paso.

Casi se cayó pero logró agarrarse a tiempo. El sudor le resbalaba por todo el cuerpo. Cada pequeño movimiento representaba un esfuerzo colosal. Pero las rodillas no se le doblaron.

Otra vez trató de caminar. Sintió algo de dolor, pero con cada paso las molestias eran menores, los músculos se tensaban. Para su sorpresa, la mayor parte del dolor agudo que había experimentado cuando se despertó por primera vez en esa cámara días antes, parecía haber remitido.

No contaba con ningún plan, sólo con el convencimiento de que si no escapaba sería enviado a Wybren con toda certeza para vérselas con la justicia de Graydynn, fuera cual fuese. No podía recordar a su primo pero instintivamente desconfiaba de aquel hombre que, sin duda, lo ahorcaría y luego lo destriparía y descuartizaría acusado de traición y de siete muertes.

«Salvo que no seas Carrick. Seguramente Graydynn vería que no eres el traidor. ¿O sí lo eres?»

Tenía que guardar al menos alguna semejanza con Carrick, ya que la reacción de todo el mundo era la misma: todos le señalaban como el asesino. Incluso si recordaba su verdadera identidad y reivindicaba su inocencia, sería en vano. Incluso si había dudas respecto a su identidad, debido al maldito anillo con que le habían encontrado, al menos sería considerado ladrón.

Pero había más.

Graydynn se había beneficiado del incendio. Por consiguiente, ¿no había razones para sostener que Graydynn o alguno de sus soldados pudiera estar detrás de la tragedia de Wybren? Tal vez habían pagado al mozo de cuadra por declarar que Carrick se alejaba a caballo.

Sólo él podía destapar la verdad y no había tiempo que perder. Cada cierto tiempo un guardia, un criado o incluso la propia señora visitaban su habitación, y si le descubrían despierto, no tendría ninguna posibilidad de fugarse, ninguna oportunidad de redimirse, ningún modo de poner la verdad al descubierto.

Y si él no daba con lo que realmente pasó en Wybren, ¿quién lo haría entonces?

«¡Nadie! Tú, solo, debes hacerlo».

Comenzaría esa noche. Despacio, sus oídos esforzándose por escuchar cualquier cosa desde el portal grande de roble, anduvo el perímetro de la cámara grande, y mientras lo hacía, su mirada recorría fijamente las paredes y el suelo.

Estudiaba los rincones y los lugares donde se juntaban las piedras. En algún sitio, bien lo sabía, había otra entrada a esa habitación, una entrada oculta. A no ser que hubiera soñado con el hombre que se situaba sobre él, y el sonido silencioso de una piedra rozando contra otra piedra mientras se abría la entrada. No había podido levantar la mirada a la llegada de su visitante nocturno, pero se había despertado lo suficiente y aquella persona que le rondaba aquella noche, fuera quien fuera, se había abierto camino a través de un pasadizo en la esquina opuesta a la entrada del pasillo.

Con cuidado levantó una vela de junco de un candelabro de la pared y la sostuvo en lo alto. ¿Se estaba equivocando? ¿Acaso sus pesadillas eran tan vividas debido al dolor que había llegado a creérselas? Su mirada atenta midió palmo a palmo el muro y el suelo, palpó las piedras lisas y el mortero áspero pero no encontró nada.

Concluyó que había sido sólo un sueño pero de repente los juncos del suelo captaron su atención. Estaban esparcidos al azar, eran paja y flores secas dispersas sobre la piedra, pero en un punto, en el rincón más lejano de la habitación, formaba un pequeño rimero, como si lo hubieran amontonado.

El corazón empezó a latirle con fuerza, se arrodilló más cerca sin hacer caso de la punzada de dolor que le subía por la pierna. Recorrió con los dedos las piedras lisas del suelo y advirtió una marca casi imperceptible en la superficie de una piedra grande. «Aquí -pensó-, aquí es por donde entró el bastardo». Entrecerró los ojos y se concentró con fuerza en la piedra marcada. No parecía que hubiera nada fuera de lo normal.

«Maldita sea», refunfuñó, pero se negó a rendirse.

Con toda certeza, si había una entrada, tenía que estar recortada de modo que la puerta se moviera con facilidad. Y el resorte tenía que estar allí.

Con muestras de dolor se tumbó en el suelo, directamente frente al lugar donde sospechaba que estaba la puerta. Cerró los ojos y se concentró, y sintió el ligero indicio de una corriente de aire que se movía por debajo del área donde debería estar la entrada. Entonces, ¿dónde estaba? ¿Cómo se abría?

Oyó la voz del centinela al otro lado de la puerta.

– ¡Milady!

«Maldita sea».

– Me gustaría ver al paciente.

– ¿Otra vez? -preguntó el centinela.

Saltó sobre sus pies. Sus rodillas protestaron y se mordió el labio inferior con fuerza para no gritar.

Se produjo un breve silencio de infarto.

Regresó cautelosamente hacia la cama.

– Ahora mismo, sir James -exigió Morwenna-. Y no quiero oír ninguna discusión al respecto.

Después se oyó el sonido de una cerradura abriéndose, y se sumergió en la cama, su cuerpo hecho un clamor por el esfuerzo. Logró deslizarse bajo las sábanas y cerró los ojos justo cuando la puerta se abría de golpe.

– Me gustaría estar a solas con él -ordenó Morwenna.

El corazón le latió fuerte, con mucha rapidez. Seguramente sería capaz de oírlo.

– A sir Alexander no le gustará.

Obligó a sus músculos a distenderse y respiró hondo por la nariz.

– Ya me encargaré de ello con sir Alexander y no veo razón por la que sostener esta conversación otra vez.

Soltó el aliento despacio.

Se produjo un momento de tensión y el paciente pudo percibir la indecisión del guardia.

– Como vos deseéis, milady -dijo de mala gana.

Morwenna esperó unos minutos, como si se estuviera tomando un momento para serenarse o asegurándose de que estaban a solas y, luego, oyó un sonido de pasos rápidos que se acercaban a su cama. Tenía todos los nervios de punta, consciente de los movimientos de la mujer que se acercaba a su lugar de reposo. Al principio Morwenna no habló y él se esforzó todo lo que pudo por simular un estado de inconsciencia.

– Bien, sir Carrick -dijo finalmente ella, como si esperara que él la oyera-. Ya está hecho.

Transcurrieron algunos segundos y él todavía fingió dormir, no osaba mover ni un músculo.

Morwenna se inclinó hacia delante.

– Tal como prometí, he redactado una carta a lord Graydynn, aunque aún no la he enviado. Si decido enviar la carta, el barón Graydynn no está lejos, reside en Wybren, y podría enterarse en el plazo de un día de que estáis aquí en Calon.

Aguardó como esperando a que él dijera algo.

Él se concentró en su respiración.

Sintió sus pasos más cerca.

Bajó el volumen de su voz hasta que se convirtió en el más sordo de los susurros a la vez que acercaba su boca tan cerca de su oído que él pudo sentir la calidez de su respiración resbalándole por la piel.

– Óyeme, Carrick, y ruego a Dios que puedas escucharme: no sé lo que hiciste en Wybren, y aunque eres un sinvergüenza, peor aún, un pedazo de estiércol, no puedo creer que mataras a tu familia o que seas un traidor asesino. Es incluso más ruin de lo que esperaría de ti.

De nuevo le asaltaron las dudas e hizo todo lo que pudo por mantener sus ojos cerrados y el cuerpo relajado como si estuviera inmerso en un sueño profundo.

– Pero lo que te pase en un futuro no es decisión mía. No importa lo que yo crea. Es mi deber informar a mi aliado que te he encontrado. Así que si puedes oírme, házmelo saber. Mueve tus párpados o tus dedos o… ¡Oh, rayos y centellas! -Morwenna soltó un resoplido de exasperación-. No sé ni siquiera lo que hago aquí. Es un error. -Se enderezó y él dejó de sentir el calor que emitía la piel de ella, pero imaginó que se apartaba el pelo del rostro con frustración-. Así que… Oh, por los dioses, esto es un error…

Pensó que se había ido, sintió que se había vuelto hacia la puerta otra vez, pero luego giró sobre sus talones repentinamente y le miró de frente.

– Así que, maldita sea, si estás despierto, será mejor que me llames. -Su voz se quebró y respiró hondo, fue una exhalación escalofriante-. Debería odiarte y juré que te odiaría… pero… es una mentira. No puedo. Deseo… Deseo que haya otra alternativa. Deseo que… Oh, ¡los dos sabemos que los deseos son cosa de bobos! Sólo… Sólo, por favor, cree que todo lo que hago es con un profundo pesar.

Él hizo todo lo que pudo por permanecer inmóvil. Con todo, no pudo. Y cuando ella se acercó otra vez y sus labios rozaron su sien, pensó que podía gemir a causa de la dulce agonía o, peor aún, sería incapaz de mantener los brazos sujetos a ambos lados y la estrecharía contra él.

Empleando toda su fuerza, logró mantenerse inmóvil y respirar como si estuviera dormido. No hizo mucho más que levantar ligeramente un párpado y esperó algunos segundos, todo su cuerpo pareció concentrarse en aquel punto diminuto cerca del nacimiento del pelo donde los labios cálidos y esponjosos de ella estaban en contacto con su piel.

El pulso le latía desbocado, la sangre fluía ardiente por las venas, el corazón le tronaba en el pecho. ¿Acaso ella no oía su palpitación, no, daba cuenta del pulso desenfrenado en el cuello, no advertía las gotas de sudor que brotaban de la piel?

Él continuó esforzándose en simular que estaba inmerso en un sueño profundo, la respiración salía de sus labios en pequeños soplos suaves, sus músculos continuaban relajados y los ojos cerrados.

– ¡Carrick! ¿Puedes oírme? ¡Por favor, por favor, despierta! -susurró ella con desesperación contra el lóbulo de su oreja.

«No la oigas. No permitas que sepa que puedes oírla».

– Tengo que hablar contigo… Por todo lo que es sagrado, Carrick, despierta -suplicó ella. Como no obtuvo respuesta, soltó un bufido irritado-. ¡Espero que te pudras en el infierno! -exclamó.

Pensó que entonces se marcharía, rezó para que ella pusiera punto final a ese dulce tormento pero, en lugar de eso, se quedó un rato más, se acercó de nuevo, la respiración de ella volvía a recorrer su piel cuando, una vez más, se inclinó sobre él. Se le retorció el estómago. Casi gimió. Ella depositó sus labios sobre los de él y luego deslizó un beso desde la mejilla poblada de barba hasta la boca.

«¡Oh, Dios, no!»

Él se tensó.

Sintió el aliento de ella mezclándose con el suyo.

«¡No!»

Su boca suave y dúctil tocó la suya.

¿Cómo podía ignorarlo? ¿El calor que invadía su sangre, el cosquilleo que traspasaba todo su cuerpo, el salvaje impulso de necesidad que se precipitaba por sus venas? Desesperadamente luchó contra el impulso de rodearla entre sus brazos, aplastar su boca contra la suya, degustar el sabor salado de su piel… Su ingle se apretó y se puso tan rígido que le dolía. El calor irradiaba de su parte más íntima. Se negó a dejar que su boca respondiera.

Como para probarlo, ella bordeó sus labios aún hinchados con la punta de la lengua y él gimió casi en voz alta antes de que se incorporara, dejando un cosquilleo en su boca y su cuerpo desesperado por aliviarse.

– Por todos los santos, Carrick -dijo ella con un suspiro lleno de indignación-, temo que estás condenado. Si no despiertas, no podré hacer nada para salvarle.

Su virilidad estaba dura como una roca y casi esperó que le retirara las sábanas como había hecho la otra vez. No lo hizo. En su lugar, su voz se tornó áspera y susurró para sí:

– Juro por la tumba de mi madre, Lenore de Penbrooke, que si puedes oírme, eres un canalla… Si… si todo esto es una representación… entonces eres un bastardo peor aún de lo que me imaginé, y te enviaré a Graydynn y, con mucho gusto, aceptaré cualquier castigo que te deparen. ¡Si finges sobre este… este estado en el que parece que estás sumido y lo averiguo, créeme, Carrick, te arrepentirás del día en que te cruzaste en mi camino! -Su cólera pareció latir en la habitación-. ¡Nunca te perdonaré!

En ese momento, él reaccionó. Abrió los ojos instintivamente y sus manos sujetaron las muñecas de ella con toda rapidez.

Ella jadeó, asustada. El corazón le dio un pálpito y trató de zafarse.

La sostuvo como si su vida dependiera de ello.

– ¡Ayúdame! -dijo bruscamente, arrancando a la fuerza las palabras a sus cuerdas vocales-. ¡Ayúdame!

– ¡Oh, Dios mío, puedes oírme! -gritó ella-. Carrick, oh, Dios…

El mundo comenzó a darle vueltas, la oscuridad se cernía sobre él. Todavía la agarraba por las muñecas.

– No puedo creer que estés despierto -dijo ella, como hablándole a través de un largo túnel.

Como si el esfuerzo de sostenerla fuera demasiado titánico, dejó caer sus brazos y se derrumbó sobre la cama. Gimiendo, trató de seguir despierto, de decirle…

– ¡Carrick! -gritó ella, pero él no pudo responder. Los dedos de ella se agarraron a sus hombros, estirando de él-. Por favor, háblame… Oh, no… No lo hagas. ¡No te atrevas a hacerlo! -le ordenó ella.

Oyó la desesperación de su voz, sintió que le zarandeaba los hombros bruscamente, pero él ya se dejaba llevar por la corriente, sin energía por el esfuerzo de permanecer de pie, de andar, y el hecho de engañarla. Ahora él había caído en la oscuridad otra vez y, aunque combatiera aquella sensación, tenía sus garras clavadas profundamente en el cerebro.

– Eres un bastardo, no me abandones otra vez…

Pero él se apagaba rápidamente y ella lo sabía.

– ¡Tú, canalla…, perverso y miserable, te mereces cualquier cosa que el destino te depare!

Él sintió una bocanada de aire cuando ella dio media vuelta rápidamente y sus pasos aporrearon la puerta. La oyó decir algo ininteligible al guardia y luego gritar:

– ¡Por los clavos de Cristo, Dwynn! ¡Me has dado un susto terrible! ¿Por qué estás siempre al acecho?

Vio a un hombre alejándose a toda prisa. Luego la puerta se cerró de golpe y resonó un ruido sordo. Como si Morwenna estuviera apartándolo de su vida para siempre. Sintió una punzada de arrepentimiento y, entonces, con gran felicidad, se sumergió en la inconsciencia.

Capítulo 17

Su caballo resollaba en medio de la noche iluminada por la luna, el sudor le brotaba de la oscura piel, sus costados húmedos empujaban con dificultad mientras El Redentor se apeaba de su montura hasta el suelo casi helado. Sus botas se hundieron profundamente en el barro, cerca del arroyo que cruzaba el bosque de Calon. Echó un vistazo al corcel. El paseo a caballo había sido largo y arduo, y la respiración del semental salía bruscamente por los orificios de la nariz formando dos bocanadas gemelas de vapor. La bestia merecía que la sacaran a paseo, la cepillaran, la alimentaran y abrevaran. Sin embargo, no había tiempo.

Sosteniendo la brida entre sus manos enguantadas, permitió que el animal bebiera unos tragos largos de agua del arroyo helado donde el agua salpicaba las piedras y lamía las raíces de los salientes. Unos segundos más tarde, temeroso de que el caballo pudiera enfermar, apartó a su cabalgadura del cauce del agua, volvió a subir a la silla de montar de un salto y montó hasta un pequeño claro desde donde se divisaban las almenas por encima de la ladera.

Esa torre no era su hogar. Ni lo sería nunca. Era una fortaleza segura pero más pequeña que Wybren, las torres cuadradas no eran las torrecillas perfectamente pulidas que se elevaban en lo alto de los muros de Wybren, las almenas de Calon no eran tan escarpadas. Las únicas ventajas que presentaba ese castillo eran la red secreta de pasillos laberínticos y la mujer. Oh, sí, la mujer. El pulso se le aceleró al pensar en ella. Morwenna. Orgullosa. Alta e imponente. Una mujer de inteligentes ojos azules que parecían ver más allá de su fachada al hombre que había en su interior.

La frialdad de la noche penetró la capucha y la capa, calándole los huesos. Pensó en un cálido fuego, una taza de vino y una mujer caliente y suave que expulsara la frialdad de su alma, pero tendría que esperar. Quedaba mucho por hacer.

Desde que habían encontrado a sir Vernon, resultaba mucho más difícil cruzar a caballo las puertas de Calon. Tenía que ser cuidadoso y asegurar el motivo de su salida porque sería verificado. Nadie en el castillo dudaba de la necesidad de marcharse, más bien era una exigencia, y con todo cada uno de sus habitantes era estrechamente observado desde que Vernon, ese pelmazo viejo y gordo, había sido asesinado.

El Redentor rió al recordar la sorpresa de sir Vernon, su grito ahogado de horror al darse cuenta de que estaba a punto de morir, la satisfacción que experimentó él cuando le hizo farfullar su último aliento sangriento.

Aunque asesinar a Vernon no entraba dentro de sus planes, fue incapaz de detenerse, empujado por el impulso de satisfacer su sed de sangre. Cuando vio al centinela solo en el adarve, metiendo las narices por todos los sitios en busca de una rendija, supo que ese hombre tenía que morir. A pesar de que no se había dado cuenta, Vernon estaba muy cerca de descubrir el pestillo de la puerta que utilizaba para sus escapadas. Si hubiera dejado suelto al ingenuo soldado por aquel camino de ronda, buscando sitios donde esconder su petaca, existía una posibilidad de que tropezara con el laberinto privado, y si hubiera permitido que esto ocurriera, todos sus proyectos se habrían visto amenazados, quién sabe si descubiertos. Ningún otro centinela había prestado la más mínima atención a las rendijas que se abrían en las torres y en los muros de cerramiento, y El Redentor se sentía sano y salvo. Hasta que Vernon comenzó a fisgar.

No había tenido más remedio que detenerlo.

El papel había sido fácil. Y satisfactorio.

Recordó el momento exacto en el que los ojos de Vernon se toparon con los suyos, el instante de miedo y confusión, y se satisfizo. El guardia lo había reconocido y él, rápido como un relámpago que fulminara la tierra, le había golpeado con toda su furia, lanzándose contra la espalda del corpulento hombre, empuñando la cuchilla e hincándola profundamente en el grueso cuello de su presa, deleitándose en la lucha patética del guardia, sacudiendo sus brazos, tambaleando el cuerpo, y por fin, el momento en que la vida se le escurría y caía sobre las duras piedras del paseo de la muralla.

El Redentor se había visto obligado a trabajar con celeridad y suerte el chaparrón le limpió la sangre de su capa oscura.

Al final había engañado a todos.

Aquella noche, montado en su cabalgadura, El Redentor se reía para sus adentros y sintió un hormigueo de entusiasmo, una emoción que le recorría el espinazo ante la expectativa de su próximo asesinato.

Sería más difícil pero mucho más satisfactorio.

El viento suspiró a través de los árboles, haciendo que las hojas secas se arremolinaran y bailaran y que las frondas de helechos se balancearan. Procedente de algún sitio, oyó el sonido de la voz de una mujer entonando palabras indescifrables sin una brizna de inflexión. Un cántico.

El gesto se le torció de repugnancia. La vieja bruja estaba manos a la obra otra vez.

Susurrando blasfemias dirigidas a dioses y diosas impíos.

Ató su caballo a un árbol y avanzó furtivamente a través de la maleza y de los árboles desnudos por el sendero del arroyo, se movió en silencio cada vez más cerca del sonido que murmuraba entre las sombras.

Al fin dio con ella.

En un pequeño claro cerca de la corriente, se acurrucaba en la tierra fría y pelada, su capa extendida detrás de ella en una montaña de ropa negra, y escarbaba en la tierra blanda junto al riachuelo. Mientras trabajaba no cesó en su letanía, lanzando plegaria tras plegaria de inútiles súplicas que imploraban protección.

Estúpida cerda. No merecía otra cosa que la muerte.

Desde las sombras del bosque, él soltó un resoplido largo y se permitió la fantasía de matarla. En su imaginación, vio sus manos enguantadas rodeando el cuello patético y flacucho de la vieja. Se imaginó levantándola del suelo del bosque, sosteniéndola de manera que sus piernas sólo pudieran propinar patadas en balde, sus brazos larguiruchos extendidos al aire mientras él lentamente y con certeza ahogaría su respiración.

Sus manos estaban deseando entrar en acción. Su sangre bombeaba con anticipación. ¿Por qué esperar?

Ella se puso de pie, de repente.

Dándose la vuelta, miró fijamente hacia el bosque con sus ojos pálidos, escrutando la oscuridad. Como si presintiera que él estaba allí.

Él se quedó inmóvil. Sostuvo el aliento.

– Tú, Arawn -gritó ella, escupiendo el nombre del dios pagano del infierno-. ¡Fuera de aquí!

Su voz era enérgica y crujió a través de la noche. No había rastro del miedo que él había esperado ver en su rostro. En su lugar había una determinación acerada.

Ella dio un paso adelante, empujando la barbilla hacia fuera, el cabello gris le caía libremente alrededor de la cara arrugada.

– No te temo -juró ella, sacudiendo un manojo de tierra, hierbas y hojas secas en el aire. Las partículas diminutas y oscuras parecieron caer en un torbellino que se arremolinó y bailó a la luz de la luna-. ¡Vuelve a la oscuridad donde fuiste engendrado y déjanos vivir! -Sus labios lanzaron un gruñido horrible.

El Redentor tragó con fuerza, preguntándose durante el lapso de un latido si ella podría ver con aquellos ojos azul claro a través de la densa oscuridad del bosque hasta el lugar donde él se erguía.

– ¡Muere! -gritó-. ¡Vuelve con el demonio que te engendró!

Durante algunos segundos, el miedo encogió su corazón en un puño pero se rehizo. Era una embaucadora. No tenía ningún poder.

Sin embargo, comprendió que tenía que matarla antes de que lo desenmascarara.

Cuando girara la espalda.

Él encontró el pestillo.

Grabado profundamente en una de las piedras, sobresalía un diminuto pedazo de metal. Echó un vistazo hacia atrás, a la cama donde Morwenna se había inclinado sobre él y le había besado en los labios. Donde había caído en un sueño profundo mortal para despertar con energías renovadas. No sabía cuánto tiempo llevaba ella fuera, pero temía contar con un tiempo escaso y muy valioso hasta que alguien descubriera que había huido. Existía la posibilidad de que una vez él abriera esa puerta y caminara hacia cualquier entrada abierta, no la viera nunca más. No sabía qué había más allá de la entrada, y debía abrirla, pero hubiera lo que hubiese detrás de la pared le conduciría a otra habitación, a un pasillo, o a una sin custodia. Era su oportunidad de escapar, su única oportunidad, y tenía que aprovecharla. Antes que enfrentarse con Graydynn.

Accionó el diminuto pedazo de metal, lo empujó con las yemas de sus dedos, tirando de él, tratando de hacerlo, pero no dio resultado.

Tenía que ser allí. ¿O estaba cerrado? ¿Acaso la persona que lo había visitado disponía de una llave?

«¡Inténtalo otra vez!»

El sudor le corría por la frente y empujó todavía más fuerte, colocando su dedo sobre el maldito pedazo de metal y haciendo presión con todas sus fuerzas.

Escuchó un clic suave, casi imperceptible.

Sin pararse a pensar ni un segundo empujó hacia delante una de las piedras cerca del suelo y entonces, junto a varias otras, se movió deslizándose silenciosamente hacia fuera. Sonrió al darse cuenta de que el acceso era invisible porque era desigual, las piedras no encajaban linealmente, como corresponde a una entrada normal que se recortaría según la forma de las piedras, con el mortero que debía haberlas sostenido junto al corte.

Consciente de que disponía de poco tiempo, agarró una antorcha de la horquilla de hierro y se deslizó con cuidado hacia la pequeña abertura. Se encontró en un pasillo apretado, mohoso, que apenas era lo bastante amplio para sus espaldas. Transcurría a lo largo de la pared trasera de esa habitación y supuso que, por detrás de la próxima cámara, si es que había una. Había candelabros en la pared, lugares donde fijar velas y, al examinar el suelo, vislumbró numerosas huellas en el polvo acumulado durante décadas.

Así que ¿quién utilizaba ese pasillo? ¿Quién era la persona que había entrado a hurtadillas en su habitación? ¿Quién era la presencia oscura que había sentido que se cernía sobre él?

¿Y adonde conducía ese camino?

Consideró que la propia Morwenna podía conocer ese pasadizo oscuro pero luego descartó la idea. Si no, ¿por qué no lo había utilizado para visitarlo? ¿Para qué lidiar con los guardias? «No -conjeturó él-, ella no sabe que existe». Ni había oído a nadie hablando de su existencia aunque, si bien es cierto, había permanecido consciente durante poco tiempo. Sin embargo, por el olor del aire enrarecido del pasaje, sospechó que raras veces se utilizaba.

«Pero alguien sabe de él y ese alguien te ha visitado».

Encajó la mandíbula y supo que sólo había un modo de averiguar quién era. Decidió que tenía algo de tiempo para explorar esos pasadizos, pero cuando descubrieran que había escapado, sonaría la alarma y alertaría a los soldados, que se pondrían a buscarle.

Quizá podría encontrar una vía de escape.

Y luego, ¿qué?, le hostigó su mente.

Pero tenía una respuesta. Buscaría la verdad, independientemente de cuál fuera el resultado. ¿Era él, de veras, Carrick de Wybren? Si era así, ¿en verdad había acabado sin piedad con las vidas de toda su familia mientras dormían? Un mal sabor avanzó lentamente por el paladar mientras pensaba en ello. No, no podía ser. Y, con todo, tenía vagos recuerdos de Wybren, de la vida en el inmenso castillo, con sus altas agujas y gruesas almenas.

Localizó el pestillo del lateral del pasillo del muro y empujó las piedras hasta colocarlas en su posición original, sellando la entrada. Si alguien miraba en la habitación, no lo encontrarían y no sabrían cómo había escapado.

Pensó en Morwenna y en sus severas palabras acerca de entregarle a la justicia de Graydynn y Wybren. Le estaría bien empleado cuando descubriera que no estaba. Una sonrisa se le dibujó en los labios hasta que recordó su beso y su absurda respuesta.

Él no podía querer a esa mujer.

No, al menos hasta que averiguara quién era él.

Después de marcar la puerta que acababa de cerrar con carbón negro que le proporcionó una antigua vela de junco, se precipitó hacia abajo por el estrecho pasadizo. La antorcha ofrecía una luz titilante y desigual que se reflejaba contra las piedras vetustas y cubiertas de polvo, lo que provocó un movimiento caótico de garras de roedores, ratas, ratones o lo que fuera que se apartaba de su camino.

Asestó un golpe a las telarañas que encontraba a su paso y sus pensamientos se orientaron hacia las cuestiones que lo habían atormentado desde el momento en que había despertado. Si él no era Carrick, entonces, ¿quién era? ¿Por qué lo abandonaron, golpeado, casi muerto, cerca de los muros de ese castillo? ¿Se dirigían a Calon y le tendieron una emboscada? ¿O lo arrastraron hasta allí después del ataque y luego lo abandonaron? ¿Habían espantado a su atacante antes de que pudiera acabar su trabajo? ¿Y quién diablos era él? ¿O ella? El ataque que había sufrido, ¿tenía algo que ver con el misterioso visitante que había llegado hasta él utilizando este pasadizo o la emboscada estaba relacionada de alguna manera con Morwenna?

¡Si pudiera tan sólo recordar!

Sintió que si se enteraba de algo más, si encontraba una pieza más de ese rompecabezas que era su vida, todo se pondría en su lugar y recuperaría la memoria.

«¿Es eso lo que quieres? -se quejó su voz-. ¿Y qué pasa si, de verdad, eres Carrick? ¿Qué harás entonces? ¿Entregarte? ¿Enfrentarte a Morwenna? ¿Volver a Wybren?»

– Por los clavos de Cristo -susurró, sus labios agrietados, su voz chirriante.

No tenía sentido hacerse preguntas. Lo averiguaría con la suficiente antelación.

Sus pies desnudos se deslizaron sobre las piedras frías, se movía silenciosamente a lo largo del estrecho pasadizo hasta llegar a una bifurcación. Hizo otra señal negra sobre la pared para indicar cuál era el camino que había seguido, cambió de dirección hacia un conjunto de peldaños y empezó a subir hasta que alcanzó otro pasillo. Tal vez ese pasillo oculto se abría hacia una torre y se imaginó abriendo de par en par una puerta y sintiendo el aire frío y fresco y la fragancia de la lluvia sobre su piel. Parecía que habían transcurrido décadas desde la última vez que había estado a campo abierto, oliendo el bosque, sintiendo la humedad de la niebla en sus mejillas. Anduvo con cuidado y pronto llegó al lugar más amplio del pasillo. Se detuvo, sintió una ligera ráfaga de aire y colocó su mano en el espacio que se abría entre las piedras. Concluyó que las hendiduras eran para la ventilación pero inclinó su cara hacia la abertura. Descubrió una cámara amplia con tapices vibrantes colgados de las paredes, un fuego que crepitaba y ardía intensamente en la chimenea, una cama grande en el centro de los aposentos, y una mujer…

Su corazón se detuvo.

Inspiró con fuerza al reconocerla.

Morwenna de Calon. La señora de la torre. Yacía medio desnuda bajo las sábanas.

Dormida y sin saber que…

La parte posterior de la garganta se le secó cuando ella suspiró y se volvió, y la colcha se deslizó lo suficiente para que pudiera ver la circunferencia oscura de su pezón antes de recoger las sábanas y cubrirse hasta la barbilla.

El corazón de Carrick tronó. Se mordió el labio inferior y examinó la cama.

La ropa de cama estaba arrugada, como si estuviera pasando una mala noche y no pudiera conciliar el sueño. Un perro moteado se acurrucaba hecho un ovillo sobre la cama junto a ella y no hizo más que mirar hacia arriba mientras Carrick observaba.

La miró otra vez. Dios, qué hermosa era. Se sintió conmovido en lo más hondo de su ser y se maldijo en silencio por el deseo que ardía en su interior. ¿Qué había en esa mujer que él encontraba tan intrigante, exasperante y francamente irresistible? ¿Y por qué ahora, cuándo su propia vida dependía de su antojo, fantaseó con entrar en su cámara, deslizarse por bajo las sábanas y apretar su cuerpo contra el de ella? Imaginó la sensación de sus zonas más suaves cediendo a la presión apacible. Casi podía oír su gemido de rendición, sentir el rastro de sus dedos a lo largo de su piel mientras trepaba por las costillas…

«¡Para! ¡Para ahora mismo! ¡No hay tiempo para esto!»

Su mirada se demoró todavía un segundo más antes de que se obligara a dar vuelta atrás. Suspiró, limpió su mente de imágenes prohibidas para refrescar el fuego que ardía por sus venas.

¡Piensa, hombre, piensa! Tienes que concentrarte y recopilar información. Es imprescindible trazar un plan. No puedes distraerte por culpa de Morwenna ni por ninguna mujer.

Mientras se regañaba mentalmente, supervisó el pequeño espacio donde estaba en ese momento. Más amplio que el resto de los pasillos, sin duda estaba construido para ver la cámara de abajo.

«¿Por qué? ¿Y para quién? ¿Los centinelas? ¿Un marido celoso? ¿Espías en la torre?»

Frunció el ceño al observar el polvo del suelo. Huellas recientes. Por consiguiente no era el primero en mirar hacia abajo, hacia los aposentos de la dama. Una sensación misteriosa le recorrió la nuca. No cabía duda de que quienquiera que lo hubiera visitado la otra noche también había estado en ese lugar y había observado a Morwenna mientras dormía, se vestía o se bañaba. Quienquiera que fuera había escuchado las conversaciones más íntimas, la había visto cuando ella hubiera pensado estar completamente a solas. Quienquiera que fuera, presumía, era el enemigo. Cualquier pensamiento persistente de que ella conociera los pasadizos secretos se había desvanecido y se dio cuenta de que no si él, sino también ella, tenían enemigos dentro de los muros del castillo de Calon.

Se estaba tramando una traición y de alguna manera le implicaba.

Los dos habían sido observados por alguien, tal vez manipulados el mismo enemigo sombrío.

Morwenna soltó un suspiro largo y suave y no pudo ayudarse a mismo de otra manera que inclinándose para volver a mirarla mientras dormía pacíficamente. El pelo oscuro le caía alrededor de la cara y por detrás de la espalda, la respiración era suave y uniforme, tenía los ojos cerrados, las pestañas rizadas reposaban sobre sus mejillas. La boca de Morwenna estaba ligeramente abierta y él recordó el beso y la confesión de ella de que no creía que fuera un asesino.

Pero alguien lo es. Probablemente alguien en quien ella confía.

Pensó en todas las voces que había oído, las miradas de los hombres que lo habían observado. El administrador, los guardias, el sacerdote y el médico, todos ellos habían estado presentes. ¿Y la anciana que parecía odiarle tanto?

No tenía respuestas todavía, pero averiguaría quién estaba detrás… Le tendería una trampa al bastardo, eso es.

Su cabeza se adelantaba a los acontecimientos. De alguna manera tenía que sacar de su escondrijo al enemigo. El primer paso era conocer su guarida, eso ya lo había hecho.

Utilizó la antorcha para iluminarse, se inclinó más abajo y examinó con atención las huellas… La mayoría estaban esparcidas y no había nada distintivo en ellas; su tamaño era del de un hombre del montón, similar al pie del propio Carrick. Y aunque las aberturas del muro no estaban al mismo nivel, las huellas apuntaban a una que resultaba más cómoda para una persona de su propia estatura. No vio nada más que le ayudara a desenmascarar al mirón, ningún trozo de tejido, ningún cabello suelto sobre los bordes afilados del candelabro, aunque no se utilizara por temor a que la luz brillara a través de las rendijas del muro, ya que habría advertido a cualquiera que estuviera abajo que alguien estaba observando desde arriba.

Entonces, ¿quién la había estado mirando?

Sin obtener respuesta, se adentró a lo largo del estrecho pasillo. Había otros espacios amplios entre las piedras y pudo ver a otra mujer, con una mata de pelo rojizo oscuro desparramada sobre su almohada mientras dormía. Imaginó que debía de ser la hermana. Siguió avanzando hacia delante hasta llegar a lo que parecía ser el solario, que en ese momento estaba vacío, y luego pasó ante la habitación vacía con la cama arrugada, vacía, la cámara que le había albergado como un invitado cautivo. Adivinó que esa área de visión se encontraba situada directamente sobre la entrada oculta que había utilizado para entrar en el pasadizo. ¿Habría entradas en todas las habitaciones? ¿Y en la de Morwenna?

Buscó otras puertas ocultas y pestillos a lo largo del tramo de la escalera estrecha y del suelo donde estaban los aposentos de las damas, el mismo piso donde se localizaba la habitación que él había ocupado y la puerta secreta, pero no acertó a descubrir ninguno. También revisó el polvo del suelo del pasillo buscando signos de perturbación. Aunque había huellas que conducían a todas partes, parecía que había una mayor cantidad concentrada en el punto de mira sobre los aposentos de Morwenna.

Quienquiera que hiciera uso de esos pasadizos secretos los conocía bien y los utilizaba en secreto para observar a la dama de la torre.

Carrick sintió una rabia sorda invadiéndole la sangre, en absoluto diferente a las emociones que experimentaba cuando pensaba en la boda de Morwenna con lord Ryden, un acontecimiento del que se había enterado a causa de los cuchicheos de los criados.

«¿Celos?»

Apretó la mandíbula. No tenía derecho al sentimiento posesivo por ella. Según la dama, él había despreciado su amor, la había abandonado estando estaba embarazada.

Sacudió con la mano una telaraña y frunció el ceño. ¿Qué tipo de hombre había sido? ¿Un hombre que mató sin piedad a su familia? ¿Un hombre que dio la espalda a su mujer y a su hijo por un flirteo con la esposa de su hermano?

No era de extrañar que alguien hubiera tratado de acabar con él.

Moviéndose furtivamente, encontró por casualidad una pequeña habitación cuya dimensión no era mayor a la de un armario. Cuando su antorcha iluminó la diminuta habitación, descubrió cómo la persona que caminaba por esos pasadizos podía entrar o salir del castillo pasando inadvertida: unos hábitos de monje, una oscura capucha y una capa, el uniforme de un soldado, la humilde túnica de un campesino y un gorro…, disfraces, y armas. Encontró dos cuchillos, una espada, un hacha y varios instrumentos de carpintería. Quienquiera que utilizara esos aposentos lo había planeado al detalle.

Eso haría él. Se enfundó la túnica de soldado y se colocó los bombachos, el cinturón y la cartuchera que formaban parte del uniforme bajo el brazo. Luego, creyendo a duras penas en su ángel de la guarda, tomó el cuchillo más pequeño y lo ocultó en la manga.

Después prosiguió explorando durante tanto tiempo como pudo y descubrió varios túneles, uno que conducía directamente a la capilla, otro a la celda de la mazmorra, que estaba vacía, y cuya puerta oxidada estaba cerrada. Vio diversas bifurcaciones de los pasadizos pero no tenía tiempo de explorarlos. El tiempo transcurría y, aunque quería examinar cada palmo de ese laberinto secreto, las fuerzas le empezaban a fallar. De repente, se sintió muy cansado, los músculos le dolían después de haberlos utilizado tan repentinamente.

Por el temor a que se descubriera su fuga, y que en la búsqueda consiguiente se descubriera el pasadizo que necesitaba utilizar como medio de escape, se movió poco a poco hacia atrás.

Rehaciendo el camino hasta su cámara con el cuchillo en la mano, procuró no hacer ruido y sus oídos se aguzaron para escuchar el sonido más leve, por no tropezar con la persona que caminaba por esos pasadizos con facilidad y sabiduría.

Limpió las marcas de carbón de cada bifurcación del vestíbulo de modo que quien utilizara regularmente los pasillos secretos no notara nada raro y, en cambio, marcó las piedras del suelo. Apuntando mentalmente los pasos que se bifurcaban de lo que parecía la arteria principal, se dirigió hacia la habitación donde había pasado tantos días. La exploraría de nuevo, si tenía oportunidad. Seguramente habría más habitaciones por donde entrar y salir, tal vez más túneles que condujeran a otros edificios del castillo.

Había muchas cosas que podía hacer.

Pero primero, necesitaba descansar. La fatiga había hecho mella en él, sus músculos protestaban. Se desnudó ante la puerta de su habitación y metió su ropa recién descubierta en un pasillo oscuro y mohoso que apareció sin marcas de huellas y con profusión de telarañas, lo que indicaba que raras veces se utilizaba. Conservó el cuchillo y lo ocultó en su cuerpo, luego se dirigió otra vez a su habitación.

Pensó en la huida mientras abría el pestillo de la puerta y avanzaba desnudo hacia la cámara donde había estado tendido durante dos semanas.

Tenía que marcharse antes de que Morwenna cumpliera la amenaza de enviarle a Wybren.

Capítulo 18

«¡Ayúdame!»

Esas palabras le retumbaban en la mente desde la tarde anterior, cuando había visitado a Carrick.

No podía ahuyentarlo del recuerdo ni obviar la desesperación que oyó cuando él habló por fin. Su súplica la perseguía incluso ahora que se apresuraba a lo largo de las baldosas mojadas que atravesaban el jardín y conducían a la capilla.

Carrick la había agarrado por los brazos, la había mirado directamente a los ojos y le había pedido que le ayudara, luego cayó desplomado sobre las almohadas. ¿La había reconocido o había sido parte de su delirio? Sus palabras la habían acompañado durante todo el día, y aunque había ido a verlo dos veces no se había vuelto a levantar. Le mencionó al médico que le había parecido que se había despertado, pero Nygyll examinó a Carrick y negó con la cabeza.

Nadie le había visto moverse.

«Excepto tú», le atormentaba su mente.

– ¡Rayos y centellas! -refunfuñó ella, exhalando su respiración en forma de nube mientras alcanzaba la puerta de la capilla.

El grito de socorro de Carrick había llegado demasiado tarde. Demasiadas personas estaban al corriente de que estaba en la torre para mantener su paradero oculto o ayudarle de otra manera que no fuera llevándole ante la justicia.

Caminó en silencio por el recinto de la capilla y se quitó la capucha. Estaba cansada por la falta de sueño y agotada de pensar en lo que debía hacer.

«Tú no tienes que hacer nada. Eres la soberana de esta torre, Morwenna. No lo olvides. No te sientas en la obligación de hacer nada».

Su mirada atenta recorrió el interior de la capilla, los techos abovedados, las paredes encaladas y unas velas grandes que ardían en los candelabros de hierro de la pared que rodeaba el altar esculpido.

La capilla estaba vacía. Morwenna anduvo por ese espacio íntimo y, en lugar de sentirse más cerca de Dios, sintió como si estuviera allanando una cámara prohibida, pisando un área donde no debería poner los pies.

Lo cual era absurdo.

Esa era la casa de Dios, en la torre donde Morwenna era la señora, la soberana, la ley. ¿Qué había de malo? La piel se le puso de gallina y mentalmente se reprendió por ello. Parecía que todos los augurios, maldiciones y demonios de Isa le vinieran a la cabeza.

Aguzando el oído, caminó hacia el reclinatorio de comunión y pensó en llamar al padre Daniel. Pero se mordió la lengua, había algo en ese espacio vacío que la obligaba a guardar silencio. Hizo una genuflexión cerca del altar, miró hacia arriba, a la figura de Cristo clavado en la cruz, y pensó fugazmente en todos sus pecados. En su vida había cometido muchos y la mayoría tenían que ver con Carrick de Wybren, un antiguo amante que ahora parecía su pesadilla. Oh, cómo se había acostado con él, entregándole tan confiadamente su virtud, y había yacido presa del júbilo entre sus brazos, descubriendo con infinita dicha que estaba embarazada, que esperaba un hijo de él.

Y durante todo ese tiempo él se acostaba con la esposa de su hermano Theron. El viejo dolor se retorció en ella como un cuchillo en su matriz, y no pudo menos que preguntarse si alguna vez concebiría otro bebé.

Sí, ella había pecado muchas veces y, estaba segura, no sería la última. Habría más. Sus dedos jugaban con el dobladillo del bolsillo y frunció el ceño. Su decisión, aunque ya estaba tomada, le había pesado mucho.

Se había reunido con el amanuense y le comunicó lo que quería mientras él rayaba sus palabras sobre el pergamino. Ella misma selló la carta que contenía el destino de Carrick, la que llevaba en el bolsillo y, de manera ridícula, se sintió como una traidora. Por fin admitiría oficialmente ante lord Graydynn que daba cobijo a su primo, el traidor de Wybren.

Quería sellar el destino de Carrick para siempre.

«Es tu deber», le dijo la cabeza y, sin embargo, se sintió estafada, atrapada entre la espada y la pared, obligada a tomar una decisión que todavía creía errónea, con sus pensamientos en un caos perpetuo. Desde el momento en que el desconocido había traspasado las puertas de salón hacía quince días, apenas había conciliado el sueño y no había tenido un momento de paz.

Sin embargo, enviar a Carrick a Wybren sólo empeoraría las cosas. Bueno, así se haría. Se postró de rodillas, se santiguó y rezó en busca de consejo. A través de las ventanas oyó ruidos sordos de hombres halando, golpes de hacha, la rueda del molino pero, por encima de todo el barullo del castillo en funcionamiento, había otro sonido, suave y grave, una cantinela… No, más bien era un cántico ininterrumpido, a través de la capilla y rebotando contra los muros.

Instintivamente se puso de puntillas y anduvo hasta uno de los extremos del ábside, donde miró a través del hueco de una entrada que cubría una cortina y que conducía a la cámara privada del sacerdote. Casi soltó un jadeo al mirar con detenimiento a través de la pequeña abertura. Vio al padre Daniel acostado delante de un reclinatorio de comunión, una versión más burda del altar intrincadamente tallado en la capilla.

El estómago se le revolvió por la repulsión.

El sacerdote yacía desnudo, su piel blanca era casi traslúcida y permaneciendo postrado mostraba los verdugones visibles en su espalda. En una mano sostenía un pequeño misal, con la otra agarraba un látigo de cuero tan fuerte que los nudillos le sobresalían de los dedos. Obviamente, se había estado flagelando, utilizando el arma para… ¿qué? ¿Para expulsar los demonios de su alma?

– Perdóname, Padre -imploró con un tono de voz áspero y afligido. Sollozó y respiró hondo-. Porque he pecado. Oh, he pecado. No soy digno de tu amor.

La sangre comenzó a brotar sobre la superficie de las vetas rojas de su espalda y Morwenna advirtió otras heridas, cicatrices de azotes anteriores. Verlo le produjo náuseas. ¿Qué empujaba a un hombre a azotarse hasta dejarse la piel en carne viva?

Antes de correr el riesgo de ser descubierta espiándole, retrocedió latamente y se alejó de la cortina. Con la intención de salir a hurtadillas por donde había venido, se movió poco a poco hacia la puerta.

¡Un golpe!

El talón de su zapato golpeó el marco de la puerta y el ruido pareció reverberar por la capilla.

El canto paró bruscamente.

«Maldita sea».

Morwenna oyó el frufrú de la ropa y las pisadas del padre Daniel, que se había vestido rápido, y supo que la descubriría. No había manera de ocultar su presencia en la capilla. En lugar de tratar de escapar, abrió la puerta principal dando un golpe en la pared.

– ¡Padre Daniel! -llamó en un susurro sonoro, como si acabara de entrar pero no se atreviera a gritar dentro de la capilla-. Padre Daniel, ¿estáis aquí? -llamó otra vez.

Caminó hasta el altar con paso firme y se puso de rodillas.

Estaba persignándose cuando el sacerdote, completamente vestido, salió a su encuentro. Todavía llevaba el misal en una de sus manos, pero la otra había soltado el látigo.

– ¡Oh! -dijo ella, como sorprendida al verlo-. Le… le estaba buscando.

– Estaba en mis aposentos, rezando -dijo casi sin aliento, y su cara enrojeció mientras se aclaraba la garganta.

El padre Daniel se quedó de pie, mirando hacia el suelo. Morwenna todavía estaba de rodillas y lo bastante cerca para oler la sangre de su piel. Le dirigió una sonrisa leve y paciente que curvó sus labios pero que no añadió ninguna calidez a sus ojos. Aquellos ojos la miraban con una intensidad que le hacía sentirse violenta. Vio sus pies moverse bajo la sotana y, en esa posición, con las rodillas apretadas contra el frío suelo, se sintió sumisa y vulnerable. Se le pusieron los pelos de punta cuando él le preguntó con voz tranquila y sedosa:

– ¿Hay algo en lo que pueda ayudaros, hija mía?

Se apartó a un lado y, cuando le tocó el hombro, quiso estremecerse.

– Sí, padre -asintió con la cabeza-. Por favor. -Terminó apresurada una plegaria y se incorporó en un santiamén-. Necesito su consejo.

Así estaba mejor, una mujer alta que casi podía mirarlo a los ojos.

– Desde luego.

Él pareció relajado al alejarse de la capilla y penetrar en el jardín, donde el agua de la tormenta nocturna goteaba del alero y formaba charcos. Como aún no había florecido, el jardinero miró tan desolado como lo estaba Morwenna.

– ¿Qué os preocupa? -preguntó el sacerdote.

– Varias cosas, entre ellas la muerte de sir Vernon.

– Una tragedia.

Ella estuvo de acuerdo.

– También debo ocuparme del desconocido que trasladaron aquí, el hombre herido.

– Ah.

El padre Daniel asintió mientras traspasaban la puerta del jardín y las nubes grises se desplazaban por el cielo. Dos muchachos correteaban por allí riendo, persiguiendo a un cerdo que gruñía. Un perro daba brincos tras ellos y empujó a un muchacho que acarreaba cubos del pozo. El agua se derramó por ambos lados del cubo y el muchacho maldijo duramente hasta que vio al sacerdote. Luego se apresuró a toda prisa hacia las cocinas.

El padre Daniel siguió con la mirada al muchacho.

– Me han sugerido que informe a vuestro hermano, lord Graydynn, de que hemos apresado a Carrick -comentó ella.

– Él ya lo debe saber. -El padre Daniel volvió a atender a Morwenna-. Wybren no está lejos.

– Razón de más para notificárselo de manera oficial. -Los ojos de ella se encontraron con los del padre y sacó la carta sellada de su bolsillo-. Esperaba que la pudierais llevar a Wybren. Puesto que el barón Graydynn es vuestro hermano, he pensado que lo mejor sería que las noticias le llegaran por vos.

Morwenna le entregó la carta.

– ¿Y qué debo decirle? ¿Algo más aparte de lo que le habéis escrito? -preguntó él mientras se abrían camino por delante de la cabaña del cerero hacia el gran salón.

– Sólo que no estamos seguros de que el hombre sea Carrick, por supuesto, ya que al haber recibido unos golpes tan feroces su cara es irreconocible. Y, aunque está curando, todavía es difícil distinguir los rasgos para asegurar a ciencia cierta que lo sea.

– ¿Tenéis dudas de ello?

Morwenna tragó saliva con fuerza. ¿Acaso ella dudaba? En lugar de contestar, dijo:

– Cuando veáis a Graydynn, por favor mencionad que el herido llegó con un anillo grabado con el emblema de Wybren, pero que ese anillo ha sido robado.

– ¿Y queréis que le diga que el otro hombre fue asesinado probablemente a manos de Carrick?

– ¡No! -dijo ella rápidamente, sorprendida por la pregunta-. Tal como dije, no estamos seguros de la identidad del forastero y es poco probable que matara a sir Vernon, ya que nuestro invitado estaba custodiado en el momento del ataque.

El padre Daniel estudió su cara con atención.

– Entonces ¿todavía lo defendéis?

– No sabemos lo que le pasó a sir Vernon.

El Padre Daniel sacudió la cabeza como si ella fuera una niña ingenua, y luego él le tocó el hombro otra vez, e incluso a través de la túnica Morwenna sintió la frialdad de los dedos sobre su piel.

– Sabemos que fue asesinado violentamente. Lo único que no sabemos es quién cometió la acción atroz.

Se estremeció un poco, como si la sotana se hubiera movido y las heridas de la espalda le rozaran. El padre Daniel apartó la mano.

– Quienquiera que arrebatara la vida a sir Vernon tendrá que responder ante el Padre.

– Y ante mí.

– Oh, milady, por favor, depositad vuestra confianza en Dios. Tened fe. Sólo Él puede deshacer este agravio. -Las palabras fueron pronunciadas con convicción pero había algo más perturbador en la expresión del sacerdote-. Recordad el pasaje de en las Cartas de san Pablo a los Romanos, Morwenna: «Mía es la venganza, yo daré el pago merecido, dice el Señor».

Morwenna apartó su brazo, pero sostuvo la mirada intensa que le dirigía el sacerdote.

– Pero en esta torre, padre Daniel -apuntó ella mientras la brisa le removía el cabello-, por favor, recordad que la justicia es mía.

Morwenna le dejó de pie allí, cerca de la cabaña del cerero, y ascendió la escalera que conducía al gran salón, donde dos guardias estaban firmes en sus puestos. Geoffrey le abrió la puerta y sintió que el calor de la habitación se le calaba en los huesos.

Había dejado que los acontecimientos de las dos últimas semanas la superaran y comenzaba a creer en las supersticiones absurdas de Isa sobre maldiciones, augurios y mala suerte. Se había sobresaltado bastante ahora que dudaba del sacerdote, un hombre que había dedicado su vida a Dios, y que se azotaba en una especie de penitencia dolorosa, infligida a sí mismo.

¿Qué era lo que desgarraba así el alma del padre Daniel? ¿Qué pecado había cometido para tener la necesidad de flagelarse?

Se quitó los guantes mientras subía la escalera hacia su cámara, y pasó por delante de Fyrnne y Gladdys. Sintió las miradas de las dos mujeres y se dijo si no lo imaginaba. De manera bastante ridícula, estaba comenzando a creer que nadie en esa torre era lo que, a primera vista, aparentaba ser.

– Eres tan mala como Isa -dijo ella, una vez dentro de su habitación.

El fuego ardía intensamente, y una tina y un cubo de agua caliente la aguardaban. Mort estaba acurrucado sobre la cama. Soltó un ladrido cuando Morwenna entró.

– ¿Me has echado de menos? -bromeó ella mientras el perro se meneaba, agitando la cola en el aire desesperadamente.

Ella se arrimó y le rascó las orejas. El animal se dio la vuelta y enseñó la panza para que la acariciara.

– Me lo imaginaba.

Se quitó los zapatos sin dejar de ofrecer mimos al perro y decidió que, al menos durante unos minutos, no le daría vueltas a la cabeza. Había un cubo de agua caliente sobre la leña. Iba a llamar a una criada para que la ayudara con el baño pero luego lo pensó mejor. Quería estar unos minutos a solas.

Se enrolló el pelo sobre la cabeza, se despojó de sus ropas, vertió agua en la tina revestida de toallas y se sumergió hasta el fondo de las aguas cálidas.

– Aaah -susurró.

Se frotó el cuerpo con jabón perfumado de lavanda, se desató el cabello y lo hundió más en el agua cálida. Se restregó el pelo y la piel y sintió cómo se relajaba la tensión acumulada en sus músculos. Estaba en el cielo. Todos sus dolores, sus preocupaciones, todas las advertencias horribles de maldiciones, augurios y muerte de Isa se esfumaron.

Mientras holgazaneaba en la tina, su mente vagó y pensó en Carrick. Se estaba recuperado y, esos días, mientras lo había mirado fijamente, se había convencido de que, en efecto, era él quien estaba tendido más allá del pasillo, quien se había despertado de repente y le había suplicado que lo ayudara, a quien había amado con tanto ímpetu, con tanta locura, tan temerariamente.

Recordaba con demasiada facilidad lo que había sido estar con él. Pasó varios días fantaseando con el peso de su cuerpo, la sensación de la piel contra la suya, el tacto erótico de sus labios sobre los de ella. Cada noche había estado horas y horas imaginando cómo hacían el amor, piel contra piel, con los músculos tensos por el movimiento, el calor, los jadeos, la fiera unión de cuerpos y almas.

Se le contrajo el corazón y sintió el mismo vacío oscuro que la mañana que perdió al bebé, como si una parte de su vida hubiera acabado.

Humedeció un paño en el agua y lo presionó sobre su cara, dejando que las gotas corrieran por las mejillas.

Se preguntó si alguna vez se sentiría como tres años antes o si aquellas emociones se habían perdido para siempre, destruidas por la traición de Carrick. Durante un breve instante pensó en lord Ryden y supo que nunca sentiría que le faltaba el aire, el mareo y esa gloria que le desgarraba el alma como había experimentado con Carrick. Y también supo no sólo que no le amaba sino que no podía casarse con él.

Sería una farsa de matrimonio. Un error desastroso que siempre lamentaría. Era demasiado tarde para escribirle puesto que ya estaba de camino a Calon, así que debería esperar hasta que él llegara y decírselo cara a cara, no importa lo que pensara su hermano. Morwenna sabía que sería capaz de convencer a Kelan para que ese matrimonio no se consumara.

Reclinándose hacia atrás en la tina, miró al techo y a la parte sombría de la pared que surgía por encima de las vigas transversales. ¿Era producto de su imaginación o había visto algo…, un reflejo de luz entre la armagasa entre las piedras? Era imposible.

Y con todo… Se cubrió los pechos con un paño mojado y miró fijamente hacia arriba, pero sea lo que fuera lo que hubiera visto ya no estaba allí. Probablemente era su imaginación de nuevo. No había ningún problema, por el momento.

El mal no estaba dentro de los muros del castillo.

Escuchando el crepitar del fuego y los sonidos sordos de voces que llegaban desde las cámaras inferiores, cerró sus ojos e hizo caso omiso del sentimiento de que unos ojos ocultos observaban todos y cada uno de sus movimientos.

Capítulo 19

Al alguacil no le gustaba el rumbo que tomaban sus pensamientos. Sentado en la silla de madera, observaba con detenimiento el fuego y sintió la misma agitación que tenía cuando estaba cerca de encontrar a un culpable, aunque todavía no era del todo capaz de entender quién era el criminal.

Las botas estaban calentándose al lado de la chimenea y estiró las piernas para que los pies descalzos sintieran el calor de las ascuas encendidas. El olor de la empanada de cordero de Sarah todavía persistía, tenía la panza llena y una copa al lado.

Sarah y él vivían dentro de los muros del castillo en una edificación sólida de piedra de tres habitaciones y una entrada privada, a muy poca distancia del gran salón. Utilizaba la primera habitación para sus asuntos, donde lo encontraban los ciudadanos de la aldea y le presentaban sus demandas. En los últimos tiempos, todo el mundo parecía tener una. Riñas entre vecinos, la insistencia de Tom Farmer en que uno de los hijos del carpintero le había robado una cabra, varios comerciantes y campesinos que se quejaban de una banda de ladrones que actuaba cerca del cruce del Cuervo, una acusación de que el cerdo de un hombre se había vuelto loco, se había abierto paso fuera de la cerca y había desparramado dos sacos de semillas para la siembra de primavera, y etcétera.

Payne tenía un dolor punzante en la cabeza. Por encima de todas las quejas habituales, estaba el asunto de Carrick de Wybren, o quienquiera que fuera aquel hombre, y el asesinato atroz de sir Vernon.

Se frotó la barbilla, se concentró en las llamas hambrientas y no pudo abstraerse de lo que le había pasado a sir Vernon. El asesinato del guardia debía tener un motivo. La herida insólita de Vernon, la cuchillada en forma de W en la garganta era una pista sobre la mentalidad del asesino. Y tal vez fuera era algo que el bastardo quería que todo el mundo viera, una burla macabra.

Con toda certeza, la herida había sido intencionada.

¿Era una pista de la identidad del asesino?, ¿o un intento de desviar la atención del verdadero culpable, era más una diversión que un indicio del asesino?

¿Por qué habían matado a sir Vernon?

Payne introdujo la nariz en la copa, pensó en el fallecimiento del corpulento hombre y tomó un trago largo de cerveza.

De algún modo, y de eso estaba seguro, la muerte de Vernon estaba relacionada con Carrick de Wybren. Pero era imposible que Carrick hubiera podido arrastrarse desde el lecho donde yacía convaleciente, burlar la vigilancia, trepar por las torres de guardia, rajarle el cuello a Vernon y volver sin ser visto. No, pues sir James, el guardia que estaba ante la puerta de Carrick, no se había movido de su puesto en toda la noche.

Lamentablemente no había testigos. Quienes habían sido interrogados, incluidos los centinelas emplazados alrededor de la torre, no habían visto u oído nada fuera de lo común durante la tormenta, ni habían notado la presencia de algún desconocido.

Quienes habían sido vistos en el exterior, en medio de la tormenta, por lo general, tenían una buena excusa: el padre Daniel volvía de visitar a la hija enferma del constructor de molinos, al igual que Nygyll el médico; Alfrydd se había asegurado de que las tiendas de especias estuvieran bien cerradas. Isa, la vieja hechicera que afirmó haber «visto» la muerte, estuvo sola en sus aposentos. El curtidor estaba despierto, pero no había visto nada fuera de lo normal. El boticario, Samuel, a su regreso de la ciudad, había visto a Dwynn transportando leña a la cocina, aunque reinaba la oscuridad en la noche. El amo de la perrera y el capataz del establo declararon que estaban durmiendo cerca de sus puestos. Alexander, el capitán de la guardia, estaba durmiendo, como todos aquellos que no estaban de servicio en la protección de la torre.

A todo el mundo se le había comunicado oficialmente y, poco después, había circulado el rumor y el comadreo a través de la torre, palabras que se susurraban en los pasillos, las torres y los senderos. La especulación llegó al campo y a las cabañas. Las conjeturas y las bromas circulaban con los juegos de dados y los tragos de cerveza.

Payne había prestado atención a todos los rumores. Había esperado que a alguien, sin querer, se le escapara algo y diera a conocer nueva información, pero se llevó una decepción. Era como si el asesino hubiera aparecido de la nada, matando a Vernon, dejando escrita la atroz W en el cuello del corpulento guardia y desapareciendo otra vez. Se imaginó que el criminal era fuerte, inteligente y de confianza, ya que Vernon era un hombre corpulento, un soldado entrenado que no ofrecería su vida con facilidad.

Era un misterio. Payne tamborileó con los dedos en el brazo de la silla. Tal vez fuera errónea la forma de llevar el asunto. Tal vez no debía concentrarse en la muerte de Vernon. El asesino quería que tuviera en cuenta Wybren. ¿Por qué si no el anillo de Carrick había sido robado y habían abierto la garganta de Vernon de manera tan significativa? Sin duda alguna, ambos crímenes estaban relacionados y, lo más probable, es que también estuvieran conectados con el brutal ataque a Carrick.

¿Acaso el asesino trataba de obligar a Payne a investigar los asesinatos de la familia de Dafydd de Wybren más a fondo? Siete personas habían sido asesinadas esa noche. ¡Siete! Y ahora el hombre que se pensaba que había provocado el fuego estaba ahí, ni siquiera bajo llave.

¿Por qué no habían asesinado al forastero? ¿Por qué dejarlo vivo, agonizante, para que sobreviviera? ¿Fue un error por parte del desconocido que le asaltó? En el estado en el que se encontraba el hombre atacado habría sido bastante fácil clavar una cuchilla entre sus costillas y hacerle una muesca en el corazón. Se habría desangrado fácilmente hasta la muerte. Pero no…, el atacante se había asustado, o bien había querido que Carrick sobreviviera.

¿Por qué? ¿Sólo para que sufriera? Tal vez el asesino había planeado volver y terminar el trabajo.

¿Por qué habían robado el anillo sin tocar a la víctima? ¿No era el objetivo del agresor acabar con su vida? ¿Querían que fuera enviado a Wybren para que se enfrentase a la justicia? ¿Por qué, entonces, no amarrarlo simplemente, auparlo a la grupa de una muía y transportar su cuerpo moribundo hasta las puertas de Wybren?

Payne frunció el ceño, tomó un trago de su copa y decidió que el ataque al forastero tenía algo que ver con Calon y con lady Morwenna. La mayor parte de los problemas de la torre, incluyendo esta última escalada de horrores, habían ocurrido desde que su hermano le había adscrito la baronía hacía menos de un año.

¿Por qué entonces asesinar a Vernon?

– Bah -refunfuñó mientras acababa la última gota de la copa.

Quizá su teoría era equivocada. Quizá debía concentrarse en los que se beneficiarían de la muerte de Carrick de Wybren. ¿Podía ser que sir Vernon hubiera tropezado con algo que el asesino quería que permaneciera oculto? ¿Había escuchado por casualidad alguna conversación que pudiera implicarle?

Se pasó los dedos de una mano por el pelo y los dejó de punta.

– Ven conmigo, esposo mío -le llamó Sarah, su esposa, desde el dormitorio.

Su mujer, una hembra oronda de pechos laxos, cabello rubio plateado y mejillas como manzanas, era la única persona en quien confiaba en el mundo. El corazón más puro que nadie podría encontrar.

– No solucionarás el rompecabezas de la muerte de sir Vernon bebiendo cerveza y mirando las ascuas.

– Olvidas que muchos crímenes los he solucionado aquí -dijo él.

Ella rió con aquella sonrisa gutural que tanto le gustaba desde hacía veinte años.

– Has solucionado muchos aquí, en la cama.

Él rió y tomó otro trago de cerveza, sintió cómo el calor fuerte de la bebida se deslizaba garganta abajo. No se cansaba de ella. Nunca. Estaba encinta cuando se casaron y él estaba seguro, durante todos aquellos años atrás, de que no era el tipo de mujer con la que pasaría el resto de su vida. Pero estaba equivocado.

Ella lo sabía, al igual sabía tantas otras cosas, ella dio una palmadita sobre la cama.

– Dormir bien una noche te ayudará -dijo.

Él se volvió mirando fijamente, con una ceja enarcada, por encima del hombro hacia la entrada abierta. Vio a su otra mitad acostada sobre su lado del colchón, las colchas ocultando un tanto sus pechos atractivos, su sonrisa insinuante siempre tentadora.

– Entonces crees que necesito dormir.

Acabó la copa, la depositó en el suelo, se levantó y se estiró. Tal vez ella tenía razón.

– ¿Duermes? Sí, bien…, por fin.

– Eres una puta, Sarah.

Descalzo, cruzó por el dormitorio vigilante para alcanzar el borde de la cama. La habitación estaba casi a oscuras, pero la veía. Había envejecido mucho desde su boda. Su piel ya no era tersa. Las arrugas se amontonaban en los contornos de los ojos y se hacían más profundas alrededor de la boca. Su pelo ya no brillaba con el lustre de la juventud. Sin embargo, para él continuaba siendo hermosa.

Nunca se había descarriado. Nunca se había sentido tentado.

– Una puta, digo.

– Sólo para ti, mi amor. -Ella rió entre dientes; con aquel sonido profundo y gutural le tocaba el corazón y le hacía reír-. Todos los hombres de la torre piensan que tengo hielo en las venas. Sólo tú me conoces bien.

– Tontos. Son todos unos tontos.

Se sacó la túnica y se desató los bombachos a la vista de ella.

– ¿Me permites? -se ofreció su mujer.

Las colchas se deslizaron hacia abajo mientras se inclinaba hacia delante, y con las yemas de los dedos aflojó con ágilmente los cordones de cuero.

Una risa diminuta se dibujó en sus labios y sus miradas se encontraron. Ella introdujo su mano en los bombachos, con dedos cálidos y experimentados.

– Creo que no dormiremos mucho esta noche, alguacil -bromeó, buscando con sus dedos el pecho y enervándose en los pelos grises que allí brotaban.

Aunque estaba cansado, no se preocupó.

Tenía que marchar.

Ahora que Morwenna sabía que estaba consciente, que sospecharía que él había oído su confesión desesperada y que despotricaría enfadada, ahora que estaría decidida a ponerse en contacto con lord Graydynn, Carrick tenía que encontrar un modo de escapar.

Estaba a punto de ir en busca de los pasadizos otra vez cuando oyó llegar a las lavanderas. Reconoció sus voces mientras coqueteaban y bromeaban con sir James en el pasillo antes de entrar en la cámara.

– Entonces nadie sabe quién mató a sir Vernon -decía una mujer mientras cambiaba la ropa de cama sobre la que dormía.

¿Vernon, asesinado? ¿El centinela que había estado custodiando la entrada de su habitación? ¿El hombre de voz grave que había discutido con Morwenna y había sido relevado de su puesto? ¿Vernon era el hombre que había sido asesinado?

Había oído fragmentos de la conversación de los guardias, pero no había sido capaz de sacar nada en claro, y aunque había percibido un cambio en el ambiente, no entendía qué había pasado.

Esperó con impaciencia, aguardando en silencio a que las chismosas cotillearan y le proporcionaran más información.

– El alguacil tampoco sabe quién robó el anillo -añadió otra mujer con una voz aguda y melindrosa.

Unas manos hábiles lo movieron con la soltura de un experto. Se arriesgó a levantar un párpado y vio a una mujer que llevaba un pañuelo enrollado a la cabeza. Su cara era rolliza, los labios curvados, los movimientos bruscos y experimentados. La otra mujer parecía un pájaro con el pelo castaño rizado, la piel clara y los ojos oscuros. Lanzó la ropa de cama sucia a una cesta y desplegó con energía la ropa de lino fresca.

– A decir verdad, no ha habido otra cosa que problemas en esta torre desde que lo trajeron hasta aquí. -La mujer más grande dio un golpecito en el otro lado de la cama-. Comienzo a creer lo que dice Isa, que está maldito.

«¿Maldito?»

– Lo que no sé es por qué la señora le cobija aquí en la torre, siendo como es un asesino -prosiguió la mujer.

– Entonces crees que realmente es Carrick de Wybren.

– ¿Quién si no? Míralo. Ahora que se está curando está más claro que antes. La dama también lo sabe. Al final le ha enviado un mensaje a lord Graydynn. -Chasqueó la lengua-. Vaya desperdicio. Un hombre apuesto, hijo de un barón. ¿Por qué habría hecho algo así?

– Por dinero o por una mujer -dijo la criada con cara de pájaro-. A no ser que simplemente esté loco de remate, no hay ninguna otra razón. Y nunca he oído decir de Carrick de Wybren que haya perdido la chaveta. Traidor, sí. Un corazón perverso que siente debilidad por las mujeres. Tal vez incluso un mercenario, pero ¿loco? Nunca.

– Y sin embargo siete personas han sido asesinadas, ocho si contamos a sir Vernon. Este Carrick del maldito Wybren es un bastardo asesino y cuando antes lo envíe la señora a lord Graydynn, mejor. Tal vez entonces podamos descansar todos de nuevo; tal vez entonces esa maldición se acabe.

Con prontitud, como espoleadas por sus propias palabras, terminaron su trabajo y lo dejaron solo en la cama limpia.

Hasta este momento había aceptado que él era Carrick. El nombre le resultaba familiar, y la mención de Wybren le traía recuerdos. Seguramente había estado allí. Vivió allí. ¿De veras era él ese vil bastardo? En su imaginación vio un enorme torreón, un amplio patio de armas, un campo inmenso y un foso que arrancaba desde el río y rodeaba la mayor parte del castillo. Su cabeza latió con fuerza y recordó a los escuderos gritando cerca del estafermo, a un viejo herrero que forjaba herraduras, a los cazadores que volvían con cerdos, ciervos y faisanes a través de las puertas levadizas que se abrían… ¿O era un sueño?

No… Su familia había vivido allí… Vio rostros, a su padre de paso decidido y arrogante y a una madre más afable, de labios tersos, su esposa… ¿Su propia madre? Apretaba la mandíbula mientras intentaba disponer las imágenes, pero estaban borrosas y entraban y salían volando de su mente, como hizo su nombre.

Y Morwenna, ¿la conocía?

La garganta se le secó cuando pensó en ella. ¿Cómo podía olvidar su cara angelical, la piel lisa y el pelo de ébano rizado? En los pocos momentos que la había visto, se fijó en sus ojos ágiles, de un color negro azulado intenso, dotados de inteligencia, rodeados por unas pestañas como látigos negros y cejas que se enarcaban con el interés o la duda. En los breves instantes en que ella había estado en su habitación, había exteriorizado cambios bruscos de temperamento. Se había apasionado como loca, se había llenado de desesperación, había resplandecido con una furia ardiente o se mostraba con fría determinación. Había jurado ante él, le había acusado de toda clase de vilezas y, con todo, lo había besado con ternura y deseo, un dolor y un calor que él mismo había sentido.

Y en sus pocos y breves encuentros comprendió una verdad: Morwenna de Calon todavía estaba enamorada de Carrick.

Dios santo, si pudiera sólo dirigirse a ella, defenderse de sus cargos, pedirle su perdón.

«¿Para qué? ¿Qué pecados has cometido? ¿De veras piensas que eres ese monstruo horrendo capaz de destruir a toda su familia?»

«¡No! -se enfureció en silencio-. ¡Imposible!»

Sus puños se cerraron en un gesto de impotencia y oyó su voz, la voz de ella, suave y baja, instándole al guardia a que la dejara entrar en la habitación.

Su corazón dio un vuelco. No podría continuar esa farsa una vez más. Ella sabía que él la escuchaba, que oía.

Una llave giró en la cerradura y él se preparó, con los músculos en tensión.

Reconoció su olor: Morwenna.

El Redentor observaba a Morwenna en su habitación. Se había bañado y lavado el pelo, después casi se queda dormida en la tina, sus pechos bordeados por el agua jabonosa, sus pezones oscuros de punta por la temperatura fría de la habitación.

Oh, qué placer lamerlos. Tocar con la punta de la lengua cada uno de sus pequeños pezones y mordisquearlos… Dejó escapar un gemido en voz baja y su condenado perro miró hacia arriba, ladró y gruñó.

Morwenna se despertó de repente, envuelta en una toalla y, siguiendo la dirección que indicaba el animal, miró hacia arriba al mismo lugar, Ella enarcó las cejas, frunció sus labios con cólera. Sostenía la mirada con firmeza, como si de veras pudiera ver las estrechas y casi invisibles hendiduras, y entonces le preguntó al estúpido y sarnoso chucho: «¿Qué pasa?».

Después se puso con premura una túnica escarlata y la ciñó con un cinturón plateado.

Todavía mirando hacia el muro con cierta desconfianza, se peinó el pelo cerca del fuego cuando sonó un golpe agudo contra la puerta. Morwenna se sobresaltó visiblemente mientras el perro cargaba contra la puerta ladrando y gruñendo como un loco, meneando sin parar su estúpida cola. Qué criatura tan inútil.

Gladdys, ese ganso de criada, se anunció antes de entrar. Entonces lanzó al chucho una mirada que sugería que no le gustaría nada más en el mundo que pegarle una patada que lo enviara fuera del castillo, luego ayudó a Morwenna a acabar de secar sus rizos enmarañados y sueltos.

Disgustado, la bestia moteada gruñó, pero se volvió a acurrucar como una bola.

Casi dos horas más tarde, tras haberse despedido de la criada, instando conciliar el sueño sin conseguirlo, Morwenna saltó de la cama, enfundó un traje largo y negro, se lo ciñó alrededor de su cintura delgada y se encaminó a la habitación del preso. «Y no cometas ningún error, el hombre que está en ese dormitorio es un cautivo». Lady Morwenna podía mentirse a sí misma y llamarle como quisiera, invitado, visitante o paciente, pero el hombre era un rehén, cautivo en una habitación, a la espera de un juicio.

El Redentor, sonriendo para sus adentros, siguió sus movimientos. Sabía con una claridad instintiva que el aposento adonde se dirigía le quemaba las entrañas. Con habilidad posó a través de los estrechos pasadizos y esperó, y la vio aparecer un instante después en la cámara del paciente.

«¡Puta zorra!»

Los dientes posteriores de El Redentor rechinaron mientras la estudiaba.

Seductora inocencia. Atractiva inteligencia.

Su mirada se centraba en el hombre inmóvil de la cama.

Con fascinación manifiesta, observó cada uno de sus movimientos, oyó el susurro bajo de su voz y sintió el odio latiendo por sus venas.

Debería haber asesinado al hombre cuando tuvo la posibilidad, debería haber prestado atención a sus instintos en lugar de disfrutar de la espera, alargando el dolor, en busca de que su satisfacción se colmara en un juicio que estaba todavía por llegar.

Se lamió los labios y alcanzó la daga que llevaba atada con una correa a su cintura. Unos segundos a solas con el hombre y le enviaría directamente al infierno.

«¡Paciencia! -gritó su mente-. Has trabajado demasiado duro, has empleado demasiado tiempo en planear los acontecimientos».

Se había demorado durante mucho tiempo. Y no podía arriesgarse a que le echaran de menos.

«Debes marcharte. Ahora mismo. Si descubren tu ausencia, todo estará perdido».

Cada músculo de su cuerpo estaba en tensión. La sangre producía un aleteo vibrante en sus oídos. En silencio y con furia levantó el puño. Apretó el cuchillo hasta que los nudillos se pusieron de color blanco mientras, sin articular palabra, clamaba contra los dioses y miraba atentamente y sin pestañear siquiera por la hendidura de las piedras. La observó entrando en la cámara del hombre convaleciente, caminando sin apenas vacilar hacia la cama del canalla.

Era un tormento ser testigo de su presencia en la cámara de otro hombre, observar el interés de sus ojos al aproximarse a la cama.

«Maldita sea tu alma, Carrick de Wybren. Puedes pudrirte en el fuego del infierno durante toda la eternidad».

Se oyó un ruido en el pasillo, fuera de la habitación, sin duda el cambio de guardia. Se había detenido demasiado tiempo y aunque estaba fascinado con la escena que se estaba produciendo en la cámara de abajo, se obligó a sí mismo a alejarse de su escondrijo.

Cabía la posibilidad que él había esperado durante tanto tiempo. Debería matar el canalla y acabar con todo.

El pulso se le desbocó ante la expectativa de hacerlo. Sus dedos estaban deseosos de clavar su daga hasta el fondo en el corazón de ese bastardo.

Nadie lo sabría. Entraría en la cámara y se desharía rápidamente… nadie encontraría su puerta secreta.

¿O sí?

Controla tus impulsos. Has elegido un camino, ¡ahora síguelo!

Pero, ¿durante cuánto tiempo más podría soportar esa agonía, el cocimiento desdichado que le desgarraba el alma de que ella deseaba a otro hombre, a un traidor ni más ni menos?

«Ella verá la verdad a su debido tiempo, ella verá la verdad. Se dará cuenta de que es a ti a quien ama, que tú y ella estáis destinados a estar juntos. No descarriles. ¡Conserva tu plan y ahora, antes de que sea demasiado tarde, vete!»

Rechinó los dientes, liberó de su dominio la daga y la hundió en su bolsillo. Echó una última mirada por las aberturas del muro y luego se arrastró en silencio hasta su escondite.

Pero volvería. Aquella misma noche. Después de asegurarse de que nadie le echaba en falta.

Y si ella se entregaba al bastardo, observaría cada momento insoportable.

Capítulo 20

Morwenna miró fijamente al hombre herido y trató de imaginar cuál sería su aspecto sin contusiones. La hinchazón había remitido y, por debajo de su barba, adivinó la forma de unos pómulos pronunciados y una mandíbula cuadrada. Ahora tenía la frente ligeramente amarillenta, el pelo negro le caía por delante de los ojos.

– Así, pues, Carrick -comentó-, ya está decidido. Al rayar el alba, el padre Daniel, el hermano de Graydynn, montará en su cabalgadura hasta Wybren y llevará la noticia de tu descubrimiento.

Permaneció atenta a cualquier indicio que revelara que la había escuchado pero no atisbó señal de que estuviera despierto. Creía que el herido recuperaba la consciencia y la perdía constantemente, que a veces sabía con exactitud lo que estaba pasando y otras estaba inconsciente del todo. Pocas veces reaccionaba cuando el médico o las muchachas que le atendían le tocaban. Sin embargo, Morwenna había visto sus ojos abiertos, había presenciado su virilidad erecta, le había escuchado susurrar el nombre de otra mujer. Desde su llegada, había empequeñecido. Las pocas gachas y el caldo que le habían obligado a ingerir a través de los labios era una cantidad de comida insuficiente para sustentarlo. No obstante, había logrado aguantar, si no prosperar, al menos lo necesario para mantenerse con vida.

– Sé que puedes oírme -le dijo Morwenna con gran convicción, aunque no fuera más que una mentirijilla, un simple ardid-. Y puedo demostrarlo. -Miró a la chimenea, donde los rescoldos resplandecían y desprendían una cálida luz roja-. Bastará con poner un carbón sobre tu pecho. O el contacto con el atizador después de dejarlo un buen rato entre las llamas. -Morwenna daba vueltas alrededor de la cama, mirándole, preguntándose qué debería hacer para despertarlo-. La última vez que nos vimos me suplicaste ayuda, ésta es tu última oportunidad.

Morwenna le tocó el hombro y soltó un grito ahogado cuando de repente los ojos de él se abrieron y la miró fijamente. Morwenna se llevó la mano a la boca.

– Podéis oírme, sois un canalla despreciable. -Notaba latir con fuerza el pulso en las sienes, los nervios tensos hasta un punto de tensión máxima.

– A veces -admitió él, con una voz áspera.

– Y aun así habéis permitido que os recriminara noche tras noche -dijo, avergonzada por lo que estaba reconociendo-. ¿Acaso no tenéis un mínimo de decencia?

– Por lo visto, no.

– ¿Qué decís?

– Todas las personas que habitan esta torre, incluida vos, están convencidas de que soy un traidor, un asesino, un ladrón y Dios sabe qué más.

Morwenna dio un paso adelante y la pregunta que la había mantenido toda la noche en vela brotó de sus labios.

– ¿Sois Carrick de Wybren?

– No lo sé.

– Contestadme -le pidió ella.

– Desearía poder hacerlo -le dijo él, y percibió algo en su tono de voz que hizo que quisiera creerlo.

– ¿Cómo?

– No me acuerdo.

– ¡Oh, rayos y centellas! ¿Acaso esperáis que crea que estáis aquí, en esta cama, hablándome y en vuestros plenos cabales pero que no sabéis quién sois?

– Así es.

– Lo siento -dijo ella, sacudiendo la cabeza con determinación-. Eso es demasiado cómodo.

Ella respiró con dificultad mientras él entrecerró los ojos y trataba de incorporarse para quedarse en posición sentada.

– ¿Vos qué creéis? -preguntó él sin apartar ni un segundo sus ojos de la intensa mirada de Morwenna.

Ella tragó con fuerza.

– Creo… que vos sois… Sí, tú tienes que ser Carrick.

– ¿Por qué?

– Porque, para empezar, te pareces a él. Sí, todavía estás magullado y un poco hinchado y han pasado años desde que te viera por última vez pero… todavía… Y llevabas el anillo de Wybren. -De repente se le ocurrió algo y señaló su mano-. ¿Lo has escondido?

– ¿Qué? -resopló él-. Por supuesto que no.

– Entonces, ¿viste quién te lo robó?

– No.

– Pero estabas despierto -dijo Morwenna-. Me has dicho que me oías.

– No siempre. Al principio lograba estar despierto durante un rato. Sólo he sido consciente de lo que estaba pasando durante estos últimos días.

Morwenna puso los ojos en blanco.

– Demasiado cómodo otra vez, Carrick.

– Es cierto -insistió él haciendo una mueca-. Pero tú no me creerías dijera lo que dijera. No tienes ninguna confianza en mí.

– Porque no eres de fiar. -Levantó las manos al cielo-. Aunque ser mentiroso es la menor de tus faltas.

Él apretó la mandíbula.

– Yo no maté a mi familia.

– Entonces, ¿quién lo hizo, Carrick?

– No lo sé, pero probablemente fuera la misma persona que me atacó…

– ¿Quién fue? -le preguntó ella y, al no recibir ninguna respuesta, cruzó los brazos sobre su pecho-. No me lo digas. No te acuerdas.

– Estaba oscuro. Sólo recuerdo que iba en mi cabalgadura y de repente alguien se echó sobre mí, como si hubiera saltado desde una roca o un árbol.

Torció el gesto de la cara mientras intentaba recordar acontecimientos que le resultaba difícil evocar.

– Y, ¿para qué te dirigías a Calon?

Él sacudió despacio la cabeza.

– No lo sé… No recuerdo que Calon fuera mi lugar de destino.

– ¿Adonde ibas?

– No lo sé -respondió él.

Parecía realmente confuso. Pero, ¿acaso Carrick no era un actor consumado, experto en el arte de las verdades a medias y de las mentiras? Ese hombre parecía Carrick pero no reconocía su voz, de tan áspera como era.

«No dejes que te engañe con falsas promesas otra vez. No confíes en él. Y, por lo que más quieras, ¡no te enamores de él!»

Al pensar en ello, las rodillas casi se le doblaron. ¿Enamorarse de él? ¿Cómo podía habérselo planteado siquiera? Aunque no podía negar, y menos a sí misma, que había amado a Carrick de Wybren con todo el ímpetu de su juventud y de su ingenuo corazón, había pasado mucho tiempo y se había convertido en una mujer. Ella no podía caer, y no caería, en sus encantos de seducción otra vez. Sin embargo, Morwenna se llevó espontáneamente los dedos a la boca y recordó con una claridad desconcertante el calor de sus labios al besarse, el torrente de sangre fluyéndole a través de las venas, el desvarío y la sensación de júbilo que había experimentado.

«Mujer insensata, completamente insensata».

Enderezó la espalda y se acercó a él de nuevo.

– Demuéstrame que no eres Carrick -le comentó, y al ver que la interrogaba con la mirada, Morwenna señaló la ropa de cama-. Carrick de Wybren tenía una marca de nacimiento en la parte posterior e interna del muslo. Yo, bueno…, intenté verlo la otra noche, pero… estaba oscuro y me sentí incómoda al levantar la colcha pero, ahora, como es más que evidente que tú mismo puedes hacerlo, retira las sábanas y comprobémoslo.

Pudo intuir cómo torcía el gesto debajo de la barba.

– Si quieres ver mi verga, milady -dijo él, y los dientes le destellaron y los ojos reflejaron un azul acerado-, sólo tienes que pedírmelo.

Morwenna se ruborizó y, aunque no pudo evitar que sus mejillas se encendieran con una docena de matices de la tonalidad del rojo, consiguió mantener su voz firme.

– No tengo ningún interés en… tu masculinidad, te lo garantizo -le dijo, y notó la garganta tan tensa que tuvo dificultad para articular esas palabras-. Pero la marca de nacimiento, sí, quiero verla.

– Como desees, milady -se burló él encogiéndose de hombros.

Luego, estremeciéndose a causa del esfuerzo, hizo palanca con un codo y retiró las sábanas de su cuerpo.

Morwenna se enfrentó a su desnudez, absoluta y descarada. La piel descolorida se le tensaba en sus vigorosos muslos y en sus fornidas pantorrillas, y el vello oscuro que le cubría las piernas se espesaba en la cima de las ingles donde, para su desgracia, su virilidad reposaba flácida. Era algo que Morwenna nunca había visto antes, aquella cosa… marchita… entre sus piernas. Nunca, durante las veces que Carrick y a habían hecho el amor, nunca la había visto en reposo. Ahora no ido menos que reprimir una mueca.

Carrick, divertido por el desconcierto de ella, se rió.

– Temo que haya algo que no te complazca.

– Tú… tú… nunca me has complacido, Carrick.

Los ojos le brillaron de manera endemoniada.

– ¿Nunca? -Él enarcó una ceja oscura en señal de burla-. Quizá debiera intentarlo de nuevo.

La mirada hostil que Morwenna le dirigió había hecho cesar en el intento a más de un pretendiente no deseado, pero no causó efecto en el hombre. Carrick parecía disfrutar con la ira en ebullición.

– Mirad rápido, milady -sugirió, señalando con la cabeza hacia su masculina desnudez-, porque no sé durante cuánto tiempo… Ay, maldita sea.

Frente a los ojos de Morwenna, el miembro masculino empezó a crecer y a ponerse duro.

– Dulce Morrigu -susurró ella, intentando ignorar el falo en crecimiento y obligándose a mirar la parte interior de los muslos, en busca la marca de nacimiento. ¿Dónde diablos estaba? Achicó los ojos, pero luz en la habitación era tenue y la piel todavía estaba ligeramente contusionada precisamente en el lugar donde debía de estar. ¿O era en la otra pierna, donde ahora había una cicatriz? ¿Acaso estaba bajo aquella vieja cicatriz? No se atrevió a mirar más porque su masculinidad crecía ante a sus ojos.

– ¿No puedes parar de hacer eso? -le preguntó ella.

– Sí, pero antes tienes que dejar de mirarlo fijamente.

– No estoy mirando fijamente a… a… ¡Oh, por el amor de Dios!

– Ocurre hasta en los momentos más inoportunos.

Morwenna le clavó otra mirada helada.

– Es cierto. Parece como si tuviera una mente ajena a la mía.

– ¿De veras? -se burló Morwenna, rehusando que la intimidara. Se acercó más, lo oyó reírse en silencio, en lo profundo de la garganta, y sintió que la sangre le fluía acaloradamente por las venas. Lo que resultaba condenadamente absurdo. De repente se dio cuenta de lo ridícula que era su búsqueda.

– ¡Oh, tápese! -ordenó.

Él tuvo el valor, la audacia inaudita, de reírse a carcajadas. Pero, qué a iba hacer, siempre había sido un granuja.

– ¿Satisfecha? -le preguntó él.

– No, pero… ¿Qué?

Morwenna se irguió de repente y le miró de lleno a la cara. Vio el ego en sus ojos azules, la sonrisa irreverente que la acuchillaba a través de la barbilla. El bastardo bromeaba y estaba pasándolo en grande.

– Te he preguntado si estás…

– Sí, sí, ¡te he oído! -Se alejó unos pasos de él, sintió que le resbalaban gotas de sudor frío por el cuello-. Ahora, por favor, tápate.

– Como quieras. -Con un movimiento de muñeca, se cubrió el cuerpo con las sábanas y dejó escapar un suspiro que no sabía que estaba reprimiendo-. Sólo estoy aquí para complacerte.

– ¡Maldita sea, Carrick! -bramó Morwenna con ira-. ¡No te burles de mí!

– ¿No te gusta?

– ¡No!

Su sonrisa era pura seducción. Ella sintió que el corazón le daba un vuelco. Recordó cómo había sido estar con él. La magia de sus caricias, calor de sus manos, la presión erótica de sus labios contra los suyos, sintió que un rubor la abrasaba y le subía poco a poco desde el cuello hasta las mejillas. Notó cómo se le agarrotaba la columna vertebral y obligó a apartar esos pensamientos, que eran una farsa, y cruzó los brazos sobre el pecho.

– No sé cómo puedes bromear. Tu destino está en mis manos.

– ¿Lo está?

– Sí, por los clavos de Cristo, Carrick, ¿acaso no entiendes que mañana, bajo mis órdenes, el padre Daniel montará hasta Wybren para informar a Graydynn de tu… tu…?

– Captura.

Morwenna desvió la mirada.

– Si no te hubiera traído a Calon habrías muerto. Te he tratado como un invitado.

– Entonces, ¿soy libre de irme?

Ella vaciló.

– Tengo una deuda con Graydynn.

Él resopló burlonamente.

– ¿Cómo? No le debes nada a Graydynn. -Se incorporó hasta quedar completamente sentado, empleando una fuerza que no comprendió cómo había recuperado. Los músculos de sus brazos se reflejaron con el brillo del fuego y Morwenna advirtió algo sombrío y oscuro en sus ojos, algo peligroso e incluso atractivo-. Crees que de algún modo soy un asesino, que te traicioné a ti y a todos los de Wybren.

– No es mi labor juzgarte.

Él la miró airadamente, con desdén.

– Oh, milady -le dijo él-, ya lo has hecho. ¿Qué piensas que hará Graydynn cuando me vea llegar a Wybren?

– No lo sé.

– ¿Acaso me dará la bienvenida con los brazos abiertos? ¿Me ofrecerá alimento y vino, tal vez una mujer? -le preguntó él, irradiando cólera-. O más bien, milady, ¿crees que hay alguna posibilidad de que me envíe directamente a la horca y al verdugo?

Ella se desmoronó interiormente y sacudió la cabeza.

– ¿No? -le disparó por la espalda él-. Entonces, déjame explicártelo. Graydynn busca a alguien a quien inculpar, una cabeza de turco a la que acusar de todas las miserias acaecidas en Wybren. Y esa cabeza de turco, cuando traspase las puertas de Wybren, seré yo.

– ¿Cómo lo sabes?

– Es natural. Yo haría lo mismo.

– ¿Con la misma facilidad con que mataste a tu familia? ¿Con la misma rapidez con que me diste la espalda? -preguntó ella.

Se puso de pie de repente, cruzó el suelo cubierto de juncos, la agarró por los antebrazos con sus dedos fuertes y se quedó erguido desnudo delante de ella.

– No hice nada de eso.

– ¿Quieres decir que no eres Carrick? -preguntó ella, la voz en un susurro, la garganta seca como la arena mientras trataba de zafarse de sus manos.

– No. -Sacudió la cabeza y, por debajo de la rabia, de aquella ráfaga de cólera severa y masculina, descubrió un rastro de confusión.

– Ya no.

– Oh… Por lo tanto quieres fingir que el pasado no existe, ¡quieres un paso adelante y ser tan inocente como un bebe recién nacido! -Morwenna logró liberar uno de sus brazos-. Las cosas no son así, Carrick. No podemos dejar atrás los errores del pasado. Si eso fuera así, lo juro, borraría todos los recuerdos que tengo de ti. Para mí estarías muerto, nunca habrías existido.

– Te recuerdo.

Morwenna se quedó helada.

– ¿Qué?

– Algunas cosas, algunos momentos -admitió él, encajando su mandíbula-. Recuerdo tu mirada. Tu risa. Que montabas a caballo como el propio Satanás te estuviera persiguiendo.

Morwenna tenía el corazón en un puño. Unos cuantos recuerdos de días que habían pasado juntos, aquellos días cálidos, hacía tanto tiempo… rasgaron su convicción. ¡Ay, cuánto lo había amado!

– Qué… qué útil te resulta recordármelo ahora, justo cuando estoy a punto de enviarte bien lejos. Y, sin embargo, insistes en que no tienes ningún recuerdo de la gente que confió en ti, los que perdieron la vida por tu culpa.

– No. -Su voz se quebró y parpadeó-. Te juro, Morwenna, que no maté a mi familia. No sé si alguna vez le he quitado la vida a un hombre; las cicatrices de mi cuerpo me hacen intuir que he pasado mucho tiempo en el campo de batalla, y tengo algún recuerdo de soldados y armas y la rabia que fluye por mi sangre, pero te juro por lo más sagrado que no maté a mi familia. Y… -alcanzó y enredó un mechón espeso del cabello de Morwenna alrededor de su dedo- tampoco creo que abandonara…, embarazada o no…

A Morwenna las lágrimas le quemaron en los ojos. Oh, cómo anhelaba creerle, esas palabras eran un bálsamo para todo el dolor que le había oprimido el corazón, pero no era tan tonta como para confiar en él.

– Pero así fue, Carrick. Lo recuerdo muy bien. -Cerró los ojos, conteniendo las lágrimas y recordó que él era un pedazo de escoria mentirosa, diría cualquier cosa por salvar el pellejo-. Yo estaba allí. Me abandonaste.

– Entonces fui un estúpido más grande de lo que puedo imaginar -susurró, y antes de que Morwenna pudiera reaccionar, la atrajo hacia él de modo que quedó presa contra su cuerpo duro y desnudo. Él inclinó su boca hacia abajo y reclamó la de ella con una urgencia salvaje que le encendió la sangre.

«¡No! -gritó la mente de ella-. ¡Morwenna, para esta locura ahora!» Pero en ese mismo momento el cerebro le dio otra orden y cedió al beso, sintiendo la presión suave y fuerte de los labios de él contra los suyos. Abrió la boca ante la insistencia de la otra lengua de él, sintiendo cómo las yemas de los dedos le recorrían la espalda, agarrándola todavía con más fuerza.

«¡No, no, no!»

Pero no se detuvo. No podía. Dejó que su cuerpo gobernara su mente, y al oírlo gemir, su resistencia se rompió en añicos por completo. Él le rebajó la túnica y besó la zona suave y sensible donde el cuello se une con la espalda.

El calor se desencadenó profundamente en su interior, la urgencia comenzó a palpitar en su parte más íntima cuando él siguió rebajándole la túnica, dejándole al descubierto la parte superior del pecho, arrastrando los labios calientes por su piel, y la respiración se detuvo en sus pulmones. Estaba perdida. El olor de él, salvaje y masculino, se mezcló con el humo del fuego e inflamó sus sentidos. Los recuerdos de pasión, tanto tiempo negados, inundaron su mente: Carrick yaciendo desnudo sobre un campo cubierto de hierba, sonriendo y conminándola a que le secundara; Carrick colándose en su cámara, quitándole la ropa y tocándola en los lugares más secretos; Carrick boca arriba en la cama, encima de ella, deslizando su verga hasta su sexo femenino, húmedo y caliente, mientras sus manos mecían sus pechos y ella jadeaba y jadeaba, sus nervios de punta, en llamas.

¡Ay, hacer el amor con él era como acostarse con el demonio! Morwenna sabía que debía apartarlo, acabar con la locura de estar con él, de besarle, de hacer el amor con él, pero no podía. Llevaba tres años deseando ese momento, mil noches soñando con él mientras tantos otros días había maldecido su alma al diablo.

Pero esa noche…, sólo esa noche… Morwenna se olvidaría de que él la había traicionado. Mientras las ascuas del fuego desprendían una luz roja suave y el resto del castillo dormía, supo que no lo rechazaría y lo besó con una fiebre que nacía de la desesperación.

Él la levantó del suelo y la llevó hacia la cama. Morwenna no protestó. Cuando su peso la forzó sobre el colchón, Morwenna le rodeó con sus brazos el cuello y lo miró con una expectación impaciente. Él desató su túnica, ella esperó con ansia. Y, finalmente, cuando le quitó la ropa que se entrometía entre ellos y Morwenna se quedó sólo con una fina camiseta de encaje y sintió que no podía respirar, como si el aire en sus pulmones se hubiera quedado en algún lugar entre el cielo y el infierno, se inclinó hacia arriba y le besó con toda la pasión que le desgarraba el alma y que había guardado bajo llave durante tres largos años.

– Por todos los santos, eres hermosa, Morwenna -dijo él, y el alma de ella pareció alzar el vuelo.

«No le creas; no confíes en ese bastardo mentiroso».

– Tú también lo eres.

– ¿Incluso con estas contusiones?

A modo de respuesta, dejó que sus besos acariciaran un punto decolorado de sus costillas. Él gimió y Morwenna movió su boca, probando la sal del sudor de su piel, oyendo exhalar su respiración a través de sus dientes.

– Eres una bruja. Lo sabía -dijo él.

Se sentó a horcajadas sobre las caderas de ella, aguantándose con sus muslos musculosos, su erección rígida y dura contra el abdomen. Elevó uno de los brazos de Morwenna sobre su cabeza, y su cara quedó tan cerca de la de ella que la respiración le acarició el rostro. Enredó los dedos en su cabello y procedió a dar besos hambrientos e impacientes sobre sus mejillas, su frente y su barbilla.

El corazón de Morwenna golpeaba con una cadencia salvaje, errática, y resonaba en sus oídos tan fuerte que tenía la certeza de que Carrick lo oiría. Miró hacia arriba, hacia sus ojos, oscuros como un cielo de medianoche, y no vio al granuja que una vez había amado sino a un nuevo hombre que ya no reconocía, un forastero que estaba, si se lo permitía, a punto de convertirse en su amante.

El pelo negro le caía sobre los ojos, su piel bronceada, humedecida por el sudor, brillaba en la penumbra, sus sinuosos músculos masculinos se tensaban con cada uno de sus movimientos y parecía tan endiablado como lo recordaba. El tonto corazón de Morwenna se encogió.

Durante un segundo de insensatez imaginó que todavía estaba enamorada de él, pero rápidamente ahuyentó aquel pensamiento. «No tiene nada que ver con el amor -se dijo ella-, sino con el deseo y la redención».

¿O era la tentación?

Morwenna tragó con fuerza y le alcanzó. Hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre, desde que se había acostado con Carrick de Wybren sólo para después ser ultrajada. Sin embargo, esa noche estaba dispuesta a arriesgar la misma angustia, el mismo dolor. Aunque era una mujer y, por consiguiente, se esperaba de ella que no cediera ante una necesidad sexual gratuita, aquella noche Morwenna rehusó negarse una noche de placer en sus brazos.

Una vez ella lo amó con todo su corazón.

Y por eso se lo permitiría.

Apresó la nuca de él con sus dedos, atrajo la cabeza contra la suya y respiró con la boca abierta. Él soltó un gemido y ella lo besó fervientemente. Morwenna se deleitó con pasión en la sensación de los labios presionando con urgencia los suyos, la presión apacible de la lengua que resbalaba entre sus dientes, los tocaba, les hacía sentir un cosquilleo el probarlos.

Se aferró a ese momento y cerró los ojos.

Con su mano libre, él encontró su pecho. A través del tejido de seda, rastreó sensualmente el contorno del pezón con el pulgar, y el pecho se le puso duro ansiando más.

– Oh -susurró ella, produciendo un sonido vibrante en su interior, retorció bajo él, sus pezones reaccionaban, el anhelo entre sus piernas cálidas y deseosas-. Carrick -gritó en un susurro que pareció retumbar en la cámara-. Oh, por favor…

Él se apartó, la miró y sonrió. Esa diabólica cuchillada que era su sonrisa aumentaba el deseo que latía en ella.

– ¿Estiércol de cerdo? -le preguntó él, besándola otra vez-. ¿Así me llamaste?

– ¡Peor! Eres… eres inferior al estiércol de cerdo.

Se rió en silencio contra la piel de Morwenna.

– ¿Es posible? -Su lengua bordeó sus labios, sin besarla exactamente.

– S-sí.

Él restregó su virilidad contra ella. Despacio. Eróticamente. La verga rígida, caliente y dura mientras se arrugaba la delgada capa de tela que los separaba.

Ella ansiaba tenerlo más dentro. Lo deseaba. Lo necesitaba. Profundamente dentro. Querido. Necesario.

– ¿Qué es inferior al estiércol de cerdo?

– Tú -murmuró ella, aunque su pensamiento no estuviera pendiente de la conversación sino centrado en su parte más íntima. Dios, cuánto lo deseaba.

Como si entendiera el apremio, él se deslizó hacia abajo y su cuerpo resbaló contra el de ella. La camiseta se ciñó al cuerpo de Morwenna los labios de él se movieron todavía más despacio y encontraron sus pechos, todavía cubiertos de la ligerísima tela. Lamió su pezón con impaciencia, humedeciendo el tejido y haciendo que ella se retorciera de deseo.

Él presionó con una rodilla entre sus piernas, ella jadeó y le hundió los dedos en el pelo. Morwenna palpitaba, su parte más íntima deseaba ser acariciada. Su rodilla presionó más fuerte y gimió, su carne caliente ávida. Latiendo. Palpitando.

Dentro de la chimenea, el fuego brillaba con un color rojo intenso, como un reflejo del deseo de Morwenna. Clavó sus dedos en los brazos de él y cuando le tiró con los dientes del pezón, se arqueó hacia arriba, haciendo que sus cuerpos estuvieran más cerca, que él tomara en su boca más de ella. La amamantó vorazmente y a ella la cabeza le empezó a dar vueltas.

Entonces él levantó la suya y ella lanzó un grito.

– Paciencia, milady -susurró él con voz áspera mientras le sacaba bruscamente la camiseta por la cabeza y dejaba su cuerpo al descubierto, su piel visible al resplandor del fuego.

Sus manos rugosas la acariciaron, escalando el torso y llegando hasta los pechos. Su lengua y sus labios recorrieron cada tramo de su cuerpo. Ella le rodeaba el torso con los brazos. Deslizó un dedo por su espina dorsal y él se sacudió, como si un relámpago hubiera descargado a lo largo de sus terminaciones nerviosas.

Él gruñó y separó las piernas de ella con sus rodillas, con su aliento caliente sobre el abdomen.

– No juegues conmigo, milady -susurró.

Su aliento le calentó el cuerpo dejando un rastro de calor bajo su abdomen y sus muslos. Él la acarició entonces con dedos apacibles mientras abría, sus labios fueron al encuentro de aquella parte delicada, acariciándola con los dedos y la lengua en una tortura tan dulce que la hizo agarrarse con los dedos al colchón y la transpiración humedeció las sábanas.

Carrick sopló allí un hálito caliente y húmedo que se arremolinó en el interior y Morwenna se estremeció, tensó el cuerpo entero, su mente escindió en mil fragmentos. Lanzó un grito de éxtasis mientras él deslizaba su cuerpo hacia arriba. Su erección la tocó donde sus labios habían estado jugueteando.

– Ahora, milady -dijo mirando hacia donde estaba y empujando profundamente, cavando mucho más hondo que donde podía llegar su liento.

Ella jadeó, su nuca cada vez más caliente. Él se retiró despacio y ella se movió hacia delante, con los dedos todavía clavados en los brazos del hombro. Se arqueó y se encontró con él, que entraba de nuevo. Con las piernas enroscadas en el torso, el corazón le martilleaba desenfrenado, el deseo la empujaba. Todos los pensamientos acerca del pasado y del futuro se habían desvanecido. Todo lo que importaba era aquella noche y mientras se movían, Morwenna escuchó su respiración cada vez más entrecortada y rápida, al igual que hacía la suya propia. Se aferró a él, recibiendo cada embestida con un deseo desesperado. Empujaban juntos cada vez más rápido, alimentando su deseo mutuo con ferocidad, sus aspiraciones jadeantes como contrapunto a su frenético acto sexual.

Morwenna estaba ardiendo, derritiéndose en su interior, los fuegos cada vez eran más brillantes hasta que pareció que iban a explotar y su cuerpo entero se estremeció. Gritó en pleno éxtasis, aferrándose a él, sujetándole, diciendo su nombre. Carrick se arqueó hacia atrás y cada uno de sus músculos se tensó mientras se liberaba, derramando su semilla en ella.

– Morwenna -dijo con el más tenue de los susurros-, eres una mujer dulce, muy dulce.

Entrelazó los dedos en su cabello y se derrumbó sobre ella.

Morwenna recibió con alegría el peso de su cuerpo. Se abrazaron fuerte, empapados y extenuados, hasta que su respiración desordenada fue recuperando poco a poco su regularidad. Al final él sonrió en la penumbra, se levantó sobre un codo y la miró fijamente desde arriba.

– Eres una bruja -le dijo, quitándole un rizo húmedo de la mejilla.

– ¿Y una hechicera? -dijo ella enarcando una ceja con descaro y permitiendo que sus labios esbozaban una sonrisa.

– Sí.

– ¡Hechicera! -Sacudió la cabeza y le sonrió abiertamente.

– Es mejor que las palabras con las que me has obsequiado tú. Vamos a ver, yo era un «bastardo» y un «hijo de perra salvaje». También me llamaste «estiércol de cerdo» y «canalla».

– Shhh. -Ella presionó con un dedo en sus labios-. Ya basta.

– Pero «miserable pedazo de estiércol de cerdo» fue probablemente calificativo más memorable -añadió, besando su dedo y chupándolo suavemente.

– ¿Qué? Oh -suspiró, sintiendo entre sus piernas que el miembro de Carrick crecía dentro otra vez.

Él sonrió y enarcó una ceja con picardía.

– Oh, milady, no pensarás que ya hemos acabado, ¿no?

El destello de su mirada pronosticaba placeres todavía.

– Tenemos mucho tiempo que recuperar -dijo, jugueteando con sus pezones, su erección de repente dura y llena-. Mucho tiempo.

Entonces cumplió su promesa, presionando una vez más, moviéndose rítmicamente mientras amasaba sus pechos y aplastaba los labios calientes y deseosos contra los otros.

Morwenna cerró los ojos asombrada y rehusó pensar en las consecuencias. Al cuerno el mañana. Aquella noche ella se entregaría una y otra vez y ya veríamos qué le deparaba el diablo con el nuevo día.

Capítulo 21

Redentor miró a través de la rendija del muro y se mordió el interior la mejilla para evitar maldecir en voz alta. Los orificios de la nariz se le ensancharon de indignación mientras miraba fijamente y era testigo de un acto tan vil que las tripas se le descompusieron.

Allí, al otro lado del muro, cinco metros más abajo, el bastardo esta acostándose con Morwenna. A pesar de las heridas, el miembro Carrick parecía rígido y grueso, sus músculos todavía descoloridos veían tensos a la luz del fuego. Su piel estaba tensa sobre las nalgas firmes que vacilaron sólo un instante antes de empujar más hondo, conduciendo la virilidad salvaje profundamente dentro de ella.

«¡Maldito sea él! ¡Maldita sea ella! ¡Malditos sean los dos por sus almas lascivas y libidinosas y que ardan en el fuego del infierno!»

En el silencio furioso los fulminaba con la mirada, apretaba los puños y los dientes mientras se revolcaban en celo como animales, gimiendo, arañándose y sudando. ¡Repugnante! ¡Inmoral! ¡Nauseabundo!

Y, con todo, no podía apartar la vista de ellos ya que observaba preso de una fascinación enfermiza. Y, para colmo de males, sus nervios reaccionaron ante la unión sexual, su mente traidora representaba escenas eróticas en las que se implicaba, su verga se le endureció como a roca y ansiaba liberarse. Vio los labios de ella, llenos en su cara enfebrecida mientras besaba cada palmo de la piel de su amante.

¡Ah, que aquella boca le tocara así! Que aquellas manos le tocaran le acariciaran. Que aquellos labios mimaran cada lugar de su cuerpo desnudo.

Tragó con fuerza. Notó el sabor de su propia sangre.

Era todo lo que pudo hacer para no tocarse a sí mismo, liberar los demonios de su interior y ceder ante el placer que tanto ansiaba. Cómo soñaba con aliviarse, estar encima de su cuerpo y empujar dentro de ella, en su calor húmedo y dispuesto. Una y otra vez la tomaría, haciéndola arrodillarse ante él, insistiendo en que lo acariciara con los labios y la lengua, pidiéndole que se pusiera de pie desnuda y sosteniéndole los pechos con las manos mientras la mordisqueaba y la saboreaba.

Soñando con lo que le haría, apretó los dientes y casi gritó de dolor. Ahora ella estaba mancillada. La semilla de otro hombre estaba dentro de ella, tal vez incluso echaba raíces concibiendo un hijo.

Se le removió el estómago y la furia se desató en su interior. Se obligó a retirarse de su punto de visión y en silencio juró vengarse. Decidió que ella no quedaría impune, velaría por que así fuera. Familiarizado como lo estaba con esos pasadizos, se abrió camino rápidamente a través del oscuro pasillo. Sólo cuando se encontró lejos del observatorio y dobló la esquina, pudo comenzar a respirar de nuevo. Al pasar, enganchó la vela de junco en el soporte de hierro. No perdería de vista ni un momento sus planes. Poco importaba lo furioso que estaba. Lo enfermo que se había puesto. Con cuánto dolor se habían estremecido sus ojos. ¡Aquello no le disuadiría!

Sostuvo la antorcha en lo alto y se apresuró hacia la pequeña cámara que usaba como zona de almacenaje. Necesitaría un disfraz aquella noche si no quería que lo reconocieran a la luz gris del alba.

Pensó en Carrick de Wybren. Pronto tendría una muerte justa y merecida, sobre todo. Si no balanceándose en la soga de un verdugo, a manos del propio verdugo.

Pensó en el asesinato y esa anticipación le hirvió la sangre. Se imaginó rebanando con su cuchillo el cuello del prisionero. ¡Y pensar que no lo había matado antes, cuando le hubiera resultado tan fácil! Dispuso de muchas oportunidades pero se había autoimpuesto calma y paciencia para poder saborear la justicia que merecía el bastardo.

¿Qué mejor manera de salvarse a sí mismo que hacer que inculparan y mataran al preso por todo lo que él había perpetrado en Wybren? ¿Acaso no había planeado el fallecimiento de Carrick?

¿Y qué pasaba si el hombre que se acostaba ahora con Morwenna no era Carrick? ¿Y si era un impostor?

Aquel pensamiento le hurgó profundamente en el cerebro pero lo relegó rápido a un segundo plano. ¿Quién más podía ser ese hombre? Por su belleza, en efecto, era la propia de los Wybren. Sus labios se retorcieron con aquel pensamiento repugnante.

Alcanzó el espacio diminuto y miró detenidamente la ropa amontonada en su interior. Aquella mañana llevaría las vestimentas de un campesino con bombachos remendados llenos de mugre, una túnica descolorida y un gorro… Se detuvo en seco. Movió la luz por encima de aquella zona otra vez, sus ojos la examinaron con detenimiento. Los atuendos de monje estaban en su sitio, así como la vestimenta de campesino, pero el uniforme del soldado no estaba… ¡No podía ser! Lo había dejado junto al disfraz de campesino.

La sangre le subió a la cabeza. El miedo le aguijoneó el cerebro. ¡Alguien había encontrado aquellos túneles!

Siguió buscando en el montón, seguro de que estaba equivocado, pero no. No sólo faltaba el uniforme de soldado sino también un pequeño cuchillo, una daga con una hoja particularmente siniestra.

El pánico casi lo asfixió y tuvo que respirar hondo en ese espacio viciado parecido una tumba. «Piensa -se instó en silencio-. ¡Piensa!» ¿Pudo haber utilizado el uniforme, dejándolo en su propia cámara? Acaso lo había desechado porque no lo utilizaba? ¿Lo había escondido en algún sitio por temor a ser descubierto?

¡No, no y no! Estaba justamente ahí. En su escondite secreto.

«Entonces ¡alguien lo ha encontrado! ¡Alguien sabe lo que estás haciendo! Alguien te mira en la sombra, esperando el momento justo para salir a la luz y destruir todo aquello por lo que has trabajado».

Le temblaron las tripas pero sostuvo la respiración, escuchó, se esforzó por oír cualquier sonido en el laberinto de pasadizos que había creído suyos. Algo se movió en la esquina y casi se orinó encima hasta que se dio cuenta de que era una rata, que desapareció espantada por el agujero de la argamasa del muro.

– ¡Para! -musitó furioso consigo mismo.

Estaba solo. Quienquiera que se hubiera apoderado del uniforme no se había hecho notar, por tanto el ladrón también tenía una misión secreta, una razón personal para rastrear aquellos pasadizos. Soltó la respiración y comenzó a cambiarse de ropa. Se despojó de que llevaba, que muchos habían visto y podrían reconocer. ¿Y el preso? Tal vez había sido él quien había encontrado la entrada oculta en su habitación.

Hasta aquella noche había creído que el hombre estaba inconsciente y que al despertar sufriría un desvarío, sin saber dónde estaba o quién era. Aunque reaccionara, estaría aturdido y débil…

«No lo suficientemente débil para acostarse encarnizadamente con Morwenna».

Otra vez la rabia le corroía el alma.

«Tal vez el hombre encontrara la entrada y los pasillos secretos pero aún no ha descubierto cómo escapar. Cabe la posibilidad de que sólo esté esperando la hora propicia. Mientras, se acuesta con la dama».

– ¡Ya es suficiente! -espetó, cansado de los reproches que se repetían en su cabeza.

Se puso enojado la túnica por la cabeza y la rasgó con la rabia. Comenzó a temblar, sus dedos hurgaban los cordones de piel mientras intentaba atarse los bombachos gruesos y malolientes.

Mientras escondía un cuchillo en la bota y sujetaba otro con una correa en el cinturón desgastado, trató de apartar todos los pensamientos de Morwenna sobre la cama del prisionero. Pero se coló en sus pensamientos la imagen sombría de sus pechos redondos con los pezones húmedos, capullos duros y oscuros que el cautivo había saboreado y estimulado, con besos y lamidos, mientras se sumergía en ella una y otra vez. ¡Oh, cómo disfrutaba la fulana! Ella se lo suplicaba, le pedía más, con las piernas enroscadas alrededor para tenerlo todavía más cerca.

«¡Ramera!»

La sangre fluía cada vez más rápido por sus venas. Le latía y zumbaban en los oídos mientras enderezaba los pasos a través de los pasillos, los pies parecían dirigidos por el instinto.

Cuando por fin encontró la entrada, buscó un pequeño acceso que conducía al jardín de hierbas finas de la cocina, abrió el pestillo y sintió una ráfaga de aire frío y crepuscular contra la cara. Sus ojos buscaron los peldaños de piedra y las cajas donde se almacenaba la leña; no vio nada. Estudió las manchas de suciedad donde las plantas marchitas eran visibles, las hojas amarillentas se mostraban tenues a la luz de la luna. Una sombra pasó delante de él en el camino que conducía a la despensa. Su corazón casi se detuvo hasta comprender que se trataba de un gato que saltaba sobre un carro. Se obligó a mantener el pulso tranquilo mientras inspeccionaba minuciosamente esa parte del patio de armas. Todo parecía estar en su lugar.

Por el momento parecía estar a salvo. Se deslizó por la salida y empujó su cuerpo hacia el exterior del muro, con cuidado de permanecer en las zonas en sombra, fuera del alcance de los centinelas que vigilaban desde los torreones.

Estaba a punto de encaminarse hacia la capilla cuando escuchó algo fuera de lo normal. Se quedó quieto. El vello de los brazos se le erizó, con toda certeza no era nada y el estremecimiento interior se debía al espectáculo lascivo del que había sido testigo en la habitación del cautivo, ni el descubrimiento de que uno de sus disfraces había desaparecido.

Pues no podía correr ningún riesgo.

Inmóvil como una roca, esforzándose por escuchar el más mínimo ruido, miró con detenimiento y cautela en la oscuridad. La noche era fría, sólo se veía una pequeña porción de luna a través de las nubes altas y delgadas. Un búho ululó y agitó las alas. Unas hojas secas crujieron en medio de la brisa. Pero había algo más. Algo que hizo que se le secara la saliva de la boca.

Poco a poco, con cada uno de los músculos en tensión, empuñado el cuchillo en la mano, se movió con sigilo hacia delante, tratando de determinar la causa de su espanto. ¿Qué era aquel ruido extraño que apeas podía distinguir por encima del susurro apacible de las aspas del molino movidas por la brisa invernal?

Cerró los ojos un momento, se concentró en el ruido y dirigió su mente hacia el origen.

La voz de una mujer susurraba al viento.

La bruja. ¡Otra vez con sus ritos!

Pero ésa sería la última noche. Nunca más volvería a rezar a un dios o una diosa paganos. Esa noche se satisfaría su sed de sangre.

Ella volvería a su habitación antes del alba. Todo lo que tenía que hacer era esperar.

Morwenna se dio la vuelta y él la estrechó con su brazo durante un último segundo. Después se deslizó de la cama. El olor que ella emanaba, los sentimientos por ella y el sonido de su suave respiración le disuadían, pero aunque la manera de hacer el amor había sido muy apasionada, sólo era el fruto de una noche de pasión. Con la luz del alba que se aproximaba, verían lo que habían compartido con nuevos y escudriñadores ojos.

Ella le había amenazado con enviarle a Wybren y él albergaba por las dudas respecto al cumplimiento de sus intenciones. A pesar de lo que habían compartido juntos esa noche, él sintió que una parte de ella se sentiría aliviada si no trataba con él nunca más.

La observó durante un instante, vio el modo en que sus labios se separaban mientras respiraba hondo y suave. Advirtió la manera en que sus párpados acariciaban la parte posterior de su mejilla. Algo le importunaba en su interior y, cuando ella suspiró, dio media vuelta y se acurrucó aún más bajo la manta, cambió de idea y quiso deslizarse entre la ropa de cama para acostarse con ella otra vez.

No podía. Tenía que escapar. Averiguar por su cuenta la verdad sobre su pasado.

Sus rasgos se tornaron más severos a la luz tenue. Tenía planeado ir a Wybren, pero no custodiado ni con las manos atadas, y el caballo, cuya grupa montaba a horcajadas, le conduciría por las enormes puertas del castillo a la vista de todo el mundo, no estaba seguro si hacia la horca o a la mazmorra. Él tomaría su propio camino.

Sin hacer el más mínimo ruido, anduvo hacia la puerta secreta, encontró el pestillo y, cuando hubo abierto la entrada, cogió la vela de junco y se arrastró por la abertura. La cerró bien detrás de él y guiado por las marcas en las piedras a ras del suelo encontró el camino hacia el lugar donde guardaba un montón de ropa que había robado. Rápidamente se enfundó el uniforme y, aunque le iba algo estrecho por la espalda, creyó que aún podría escapar si todavía prevalecía la oscuridad.

Entretanto, Morwenna dormía.

Sin dejar de pensar en ella, cogió las botas con las manos para no hacer ningún ruido y anduvo por el laberinto hacia la entrada próxima a la capilla. Desde allí se apresuraría al establo cuando se produjera el cambio de guardia y permanecería escondido hasta que encontrara el momento oportuno para robar un caballo. Probablemente tendría que atacar al encargado o convencer a algún mozo de cuadra corto de inteligencia de que era un mercenario a las órdenes de sir Alexander, pero estaba seguro de que, de una forma u otra, sería capaz de procurarse un corcel.

Una vez hecho esto, montaría como alma que lleva el diablo hasta Wybren y se enfrentaría a lord Graydynn como un hombre libre.

Y, al fin, sabía la verdad.

Mientras Isa rezaba cánticos a la madre diosa y escribía con las runas sobre el fango cerca del vivero de anguilas, supo que aquélla era la suya. La tenue luz de la luna arrojaba un misterioso brillo de plata en la noche y sintió que, en algún sitio dentro de la torre, el mal se movía, merodeaba en la oscuridad.

– Mantenlos a salvo, Madre -cantaba mientras cavaba un palo hasta el fondo del suelo espeso y dispersaba las hierbas y cortezas (fresno, hierba de San Juan y serbal) sobre el dibujo-. Por tu protección, Morrigu -rezaba-. Mantenedlos a salvo. Si debo morir, por favor, por favor, vela por la señora. Protégela a ella y a su familia.

Entonó la misma petición una y otra vez y, con el alba en ciernes, comprendió que aquellos rezos serían los últimos.

Al ponerse de pie despacio, le crujieron las viejas rodillas y el miedo encogió el corazón. Había esperado ser más valiente a la hora de afrontar la muerte, sentir alivio al cruzar a la otra orilla, pero estaba asustada. Era demasiado pronto. Le quedaba tanto por hacer. Tanto. Miró hacia sus manos nudosas, la hinchazón de los nudillos que a menudo le dolía. Cuando era joven, sus dedos habían sido flexibles y fuertes.

Debía aceptar su propia muerte, confiar en la suerte que había trazado su destino, y, con todo, no podía. Mientras un cuervo graznaba en la oscuridad, dio un paso más hacia el estanque y clavó la mirada en las profundidades de las aguas. Tan tranquilas. Tan oscuras. Sólo un indicio de luz de la luna añadía un brillo minúsculo a la superficie del charco.

«¡No mires!»

Pero dio otro paso hacia delante y observó las aguas silenciosas.

Vio su propio reflejo y reconoció el miedo en sus ojos. Conocimiento. Peor aún, no estaba sola y, aunque no había una brizna de viento, el agua pareció moverse y arremolinarse mientras detrás de su imagen emergía un dragón rojo brillante y aparecía sobre ella Arawn, el rey de la tierra de los Muertos, con una sonrisa espantosa esbozada en el rostro. El viejo corazón se le encogió de dolor. Se volvió para enfrentarse a la bestia pero, por supuesto, no había nadie tras ella: el dragón rojo y señor de la muerte eran invisibles.

Tembló y aguzó sus sentidos, buscando con la mirada entre la oscuridad mientras lanzaba otra oración temblorosa, esta vez dirigida a Morgana, para invocar la muerte de aquel que intentara matarla.

– Por favor, Señora de la muerte, acude desde Glamorgan, escucha mi súplica, haz que caiga una maldición sobre el malvado -susurró ella. Pero era demasiado tarde. Los dados del destino estaban echados no podía cambiar su visión del futuro.

«No tengas miedo -se dijo-. La muerte llega para todos». Y a pesar de que se envolvió la capa más fuerte alrededor del cuerpo, sintió una desesperación tan fría como el más glacial de los inviernos.

No se podía hacer trampa a la muerte. Cuando llegara -se había dicho siempre- se rendiría sin ofrecer resistencia, iría con entusiasmo hacia el umbral de la otra orilla. Pero, ahora, mientras se enfrentaba a la certeza, quiso correr, ocultarse, permanecer en la vida terrenal.

Se puso en camino hacia su habitación acompañada del dolor de sus viejas articulaciones.

Allí dentro encendería velas, quemaría hierbas y cortezas, ataría cuerdas para pedir protección y, por último, se proveería de un arma. Aunque no se podía dar muerte a Arawn, quienquiera que fuera envíalo en su lugar como mensajero, sería mortal sin lugar a dudas. Y malvado. Así lo sintió en el aire gélido y apacible.

Se precipitó por el camino a través del jardín y pensó en el cuchillo le empuñadura de hueso que su madre le había legado, el único con una hoja lo suficientemente afilada para rebanar, con un corte certero, una anguila desde la punta de la cabeza hasta la escurridiza cola. Aun sí, afilaría el cuchillo aquella misma noche para asegurarse de que estuviera a punto.

Una nube ocultó la luna. La noche se tornó oscura como la obsidiana.

Isa sintió un temblor. No sabía si en su interior o en el exterior, pero estaba experimentando un cambio.

¡Arawn!

Corrió más rápido y sus viejos pies resbalaron en las piedras planas. Ahora estaba cerca de la capilla y luego sólo quedaba una carrera corta por el jardín de la capilla hasta la entrada.

«¡Sólo unos pasos más! Corre, Isa. ¡Haz que esas viejas piernas se muevan más rápido!»

Los pulmones le quemaban mientras se henchían de aire frío, aunque ya estaba cerca. Cruzaría la puerta del jardín y alcanzaría el camino que conducía hacia el gran salón. Con toda certeza el guardia la veía… pero no había ningún guardia en la entrada, ningún centinela.

¡Algo iba mal! Era demasiado temprano para el cambio de guardia sir Cowan nunca abandonaría su puesto.

A un lado vio a una figura aproximarse y suspiró aliviada. El guardia sólo se había alejado un paso de la puerta, quizá para estirar las piernas.

– Oh, sir Cowan, me habéis dado un buen susto -dijo ella aspirando profundas bocanadas de aire.

Demasiado tarde. Mientras las nubes cambiaban otra vez de forma, permitiendo que a través de ellas se filtrara un chorro de luz de luna, se dio cuenta de que el hombre no era sir Cowan. Era sólo un campesino con el atuendo de un campesino… ¿O era él? No…

¡Se precipitó en un instante!

Antes de que pudiera gritar, saltó sobre ella y le tapó la boca con una mano enguantada mientras con el otro brazo le ceñía la cintura. No había escapatoria. Arawn había ido a por ella disfrazado de alguien a quien conocía. El miedo se clavó hondo en su alma.

Luchó, sacudió las extremidades y propinó patadas, pero no podía medirse con la fuerza de su agresor. Este empleó sus robustos músculos, la arrastró y la hizo retroceder hacia la puerta, mientras ella arañaba y se retorcía en vano.

Una vez dentro de la oscuridad de la capilla, el sudor y el aliento pestilente que desprendía el atacante eran de un hedor tan inmundo como del orín de Pwyll.

La lanzó contra el suelo. ¡Bam! Dio con la barbilla contra las rocas un destello de luz, que la cegó un instante, estalló en sus ojos.

«Morrigu, ayudadme». Quiso gritar, moverse y zafarse de alguna manera de aquella bestia. Trató de morderle la mano pero lo único que tuvo como recompensa a sus esfuerzos fue el sabor a cuero viejo y sucio. El peso del cuerpo del otro la retuvo. Éste cambió de posición respirando con dificultad, sin duda en busca del arma.

Le plantó algo ante la cara y ella vio el destello de un metal, un anillo. Ese monstruo debía ser la misma bestia vil que había asesinado a sir Vernon. Continuó luchando con más fuerza, empleó todos sus músculos y se olvidó de la artritis, con el cuerpo empapado en sudor por el esfuerzo y mente concentrada en repeler el ataque. Se armó de valor para quitárselo de la espalda pero fue inútil. Era fuerte y actuaba con determinación. «Gran Madre, dadme fuerzas».

Con el rabillo del ojo vio un destello de acero. Un cuchillo. Todo terminaría pronto.

Le hundió el cuchillo hasta el fondo.

No había escapatoria. No podía evitar la muerte.

Aquella noche, Arawn se cobraría la deuda.

Capítulo 22

«¿Carrick?»

¿Por qué todavía le molestaba ese nombre? ¿Por qué hacía que se le revolviera el estómago? Se ocultó detrás del carro maloliente del campesino y esperó tan sólo el momento justo. Con los nervios a flor de piel y los músculos listos para saltar, se agazapó en la penumbra.

Todo el mundo en Calon, desde el alguacil hasta las muchachas del servicio de la cocina, suponía que él era el bastardo asesino. Quienes le conocían antes del incendio, lo habían reconocido como el bastardo asesino. Morwenna también creía que era Carrick de Wybren y además llevaba un anillo grabado con el emblema del castillo.

Incluso él había reconocido el nombre de Carrick como propio.

Pero no acababa de sentirse a gusto con él. Cada vez que lo oía tenía una comezón y se impacientaba, lo que provocaba que sintiera pavor, como si despreciara, tanto como los demás, al hombre que se suponía que era.

«Quizá se deba a que casi moriste, y una vez confrontado con tu propia mortalidad, has cambiado el rumbo de tu vida».

Casi resopló ante la absurdidad de la idea pero se contuvo al oír pisadas en la plaza, el ruido de los soldados preparados para el cambio de posiciones.

«Tal vez tu personalidad cambió en el tiempo que estuviste inconsciente, a las puertas de la muerte. Tal vez purgaste todos tus pecados».

La boca se le torció en una mueca de ironía. De algo estaba seguro: antes del ataque no era un hombre religioso, no se había distinguido por ser particularmente justo y bueno. No había sido un santo pero, aunque hubiera pecado, era imposible que fuese capaz de asesinar a su familia.

En cualquier caso, estaba decidido a desenmascarar la verdad y tenía la seguridad de que residía en aquella fortaleza cuyo nombre era Wybren. Sería condenado si llevaba ese nombre a cuestas aunque en realidad no fuera el suyo. «Pero Morwenna está enamorada de Carrick y lo demostró con creces anoche. Como si la fueras a amar toda tu vida».

Bueno, pronto lo averiguaría. Llegaba el momento de abandonar Calon por Wybren.

Una luz plomiza comenzó a nacer por el este y envió unos destellos débiles que perforaron la niebla, que penetraba con sigilo a través del patio de armas, envolvía las cabañas y las murallas, se instalaba sobre los estanques y las compuertas, se elevaba en delgadas franjas hacia el cielo.

Para él, aquel manto vaporoso era un obsequio porque le ayudaría a pasar inadvertido a través de las puertas.

Entre la niebla oyó el cambio de guardia y vio a los soldados como sombras que se movían alrededor y se concedían un tiempo para hablar entre ellos.

La puerta levadiza se levantó poco a poco, soltó el chirrido leve que aducían los engranajes viejos, y las puertas quedaron abiertas de par en par. Los cazadores, montados ya sobre sus cabalgaduras, desaparecieron entre la niebla. Ahora era el momento.

Empuñando el arma y con la capucha bien calada, se escurrió con cautela a través de las sombras hasta llegar a la puerta abierta del establo donde topó con un mozo solitario que rastrillaba una casilla. Silbó al muchacho pero, absorto como estaba en su trabajo, continuó rastrillando ajeno a quien estuviera dentro, mientras los caballos de las casillas vecinas relinchaban.

Apretó con los dedos la empuñadura del cuchillo. Sería pan comido saltar sobre la baranda, hincar el cuchillo en su cuello tierno y acabar con su vida en un santiamén. Pero le pareció un desperdicio innecesario, echó un vistazo alrededor y vio varias cuerdas enrolladas colgadas del muro. Se apoderó de una y, con el olor a estiércol y orines de caballo que le invadía las fosas nasales, colocó una mano en la superficie de la barandilla, saltó hacia la casilla y agarró por detrás al chico en un periquete.

Un caballo relinchó nervioso.

El mozo de cuadra trató de gritar y pataleó hasta notar el cuchillo la garganta.

– ¡Si estás callado, no te mataré! -susurró mientras varios de los caballos de las casillas cercanas daban fuertes pisadas y resoplaban, sacudiendo la cabeza-. Pero si gritas o haces un movimiento en contra mío, te juró que te rebanaré el pescuezo.

El muchacho siguió las instrucciones.

Ató con la cuerda las muñecas y los tobillos del muchacho y luego arrancó una manga de su túnica para usarla como mordaza.

Una vez hubo atado al mozo de cuadra, lo arrastró hasta una esquina lejana del establo, detrás de los sacos llenos de grano, y lo ató también de pies y manos a un poste.

– No te muevas hasta que me haya ido -le advirtió.

Pero era imposible que el muchacho se liberase por sí mismo o propinara una patada o un golpe a algo que pudiera atraer la atención. No lo encontrarían hasta que alguien notara su ausencia y fuera a buscarlo.

En el momento en que el mozo ya no representaba un obstáculo, buscó entre los caballos amarrados en la cuadra hasta dar con uno zaino, fornido pecho fuerte y grueso, patas robustas y aspecto salvaje. No sólo parecía un animal poderoso y veloz sino que pasaría desapercibido en el bosque con mayor facilidad que los animales grises o blancos que había. Mientras aguzaba los oídos para escuchar cualquier ruido fuera de lo habitual -una pisada o una tos- que anunciara la llegada de otro trabajador, localizó una brida y una silla de montar con las que podría apañarse.

No se avistaba nada en la esquina oscura donde el muchacho estaba atado. Bien.

Por encima del crujido de la paja en el establo y el ladrido de un perro, oyó el trajín de los centinelas, que caminaban a lo largo de las murallas del castillo. Por lo demás, la madrugada era tranquila.

Al cabo de unos minutos ensilló y puso la brida al caballo zaino y, antes de que rompiera el alba, condujo al animal hacia el exterior.

Tal como esperaba, la guardia todavía estaba inmersa en el proceso de relevo y la entrada a la torre del homenaje estaba abierta de par en par. Unos pocos campesinos circulaban ya por el patio con los carros que tiraban muías y bueyes. Tres cazadores más salían a caballo del patio de armas y saludaron con la mano al centinela mientras pasaban por debajo de la puerta levadiza abierta.

Ahora era el momento. Montó a la grupa del caballo y trotó hacia la puerta. Nadie pareció darse cuenta.

Montaba erguido como si tuviera todo el derecho a ir y venir a su antojo y, cuando llegó a la puerta, los dos centinelas hablaban durante el relevo. Intercambiaron con él una rápida mirada mientras les saludaba la mano, tal como había visto hacer a los hombres que partían de cacería.

Los guardias apenas le prestaron atención y prosiguió su camino. Atravesó el puente levadizo y un camino cubierto de fango, pero no relajó los sentidos ni la musculatura. Cuando llegó a una bifurcación del camino, espoleó al corcel, sintió cómo se tensaban los músculos poderosos del caballo y se levantó mientras la bestia saltaba hacia delante.

Carrick se inclinó sobre la grupa, guiaba la cabalgadura por puro instinto, sintiendo el frío invierno en una ráfaga de aire que le bajó la capucha de la cabeza. El caballo a través de la niebla cabalgó y, en la distancia, más allá de la niebla cambiante, se adivinaba el bosque.

Conocía el camino hasta Wybren, y había oído hablar a los vigilantes de un acceso rápido a través del río en el cruce del Cuervo. Se dio cuenta de que sonreía, a pesar del frío.

Poco después del anochecer, llegó a Wybren. Y tuvo la certeza de que se desatarían todos los demonios del infierno.

«¡El muy bastardo!»

El bellaco mentiroso, tramposo y miserable, ¡se había salido con la suya otra vez!

Morwenna, tan enfurecida que apenas podía hablar, inspeccionó la a, la cama vacía, donde sólo ella estaba tendida. Carrick, el pedante miserable de estiércol de serpiente, había desaparecido. ¡Desaparecido!

– Dios santo -exclamó airada.

El aturdimiento que había sentido al despertarse se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos por una rabia glacial.

Golpeó con el puño cerrado sobre la almohada.

– ¡Maldito, maldito, maldito y mil veces maldito! -bramó, sintiendo o la embargaba la ira y la vergüenza.

¿Cómo podía haber sido tan estúpida? ¿Tan confiada? ¿Tan ridículamente ingenua otra vez? Las dos manos se transformaron en puños y aporrearon el colchón. Si alguna vez volvía a verle o a ponerle las manos encima, le estrangularía hasta la muerte.

Se sentó en la cama y pensó en la noche anterior, la lujuria, la pasión, el erotismo puro y sublime. Poco a poco, su furia se disipó en la oscura habitación. Unos lagrimones le quemaban en los ojos y estrechó una almohada contra el pecho.

Oh, Dios, ¿qué había hecho ella para merecer esto? Era culpa suya y nada más que suya. Se había ido. Como un susurro en el viento. Como la otra vez.

Soltó la almohada y se apartó de la cama como si pudiera refutar lo que había pasado. Retiró el pelo enmarañado de los ojos. Se negó a pensar en la pasión que había compartido con aquel maldito canalla y rechazó toda imagen erótica que el aroma a sexo que persistía en las sábanas le llevaba a la memoria.

Por el amor de Dios, ¿qué clase de tonto era?, se preguntó con aire taciturno. Entonces, su sangre volvió a hervir cuando recordó con qué facilidad la había seducido la desfachatez de sus cejas oscuras, el temblor de una de sus comisuras, el destello de fuego en sus ojos de un azul intenso.

¡Maldito pedazo de estiércol de cerdo!

– ¡Rayos y centellas! -refunfuñó mientras la cabeza le daba vueltas.

¿Cómo había escapado? ¿Y adonde había ido?

Mientras se ponía la ropa, hizo caso omiso del dolor tan agudo que le atravesaba el corazón como una daga, aquella inyección de conocimiento de que él la había maquinado todo cruel determinación… La había seducido con besos dulces y sensuales, y un toque de magia pura, para engañarla una vez más.

«Pero fuiste tú la que llegó a él. Él no podría haberlo hecho si tú no le hubieras brindado tu generosa ayuda», recordó.

– ¡Rayos y truenos!

Deslizó su mirada iracunda hacia los extremos de la habitación, bajo la cama y en cada uno de los rincones, aunque sabía con una certeza absoluta que se había ido.

La había abandonado. Como la otra vez.

– ¡Que el diablo lleve tu alma, Carrick! -bramó entre dientes.

Le propinó una patada a la almohada, que cayó al el suelo. Unas plumas volaron cuando dio contra el muro. ¡Qué tonto había sido! ¡Qué estúpida! ¡No tenía más cerebro que el tonto de Dwynn! ¡Quizá menos!

Llena de recriminaciones, se demoró una vez más rebuscando por la habitación: miró con detenimiento bajo la cama, en la alcoba e incluso entre los rescoldos fríos del fuego y por el interior de la maldita chimenea, hacia arriba, aunque durante todo ese rato tuvo la certeza de que se encontraba lejos.

A mitad de camino hacia… ¿dónde? ¿Adónde se dirigía?

Un dolor de cabeza le penetró detrás de los ojos al tratar de concentrarse. ¿Dónde diantre intentaría encontrar un refugio? ¿En un santuario? ¿Quién le acogería?

El canto del gallo entró por la ventana. Miró hacia arriba y vio la luz del día. Entonces se dio cuenta de que la habitación no estaba a oscuras a pesar de que ni el fuego ni los candelabros estaban encendidos. Quedó inmóvil, tratando de escuchar algo por encima de la furia de los latidos de su corazón, y oyó el ruido característico de los criados de vuelta al trabajo, las voces y las pisadas. También escuchó el ruido de hombres y mujeres gritando los buenos días, los gruñidos de los cerdos y el piar de los pollos.

El olor humeante de los fogones del cocinero, la carne crepitando y el dulce aroma del pan recién horneado le invadió el olfato. Le gruñó el estómago aunque no tenía apetito.

Cayó en la cuenta de que la mañana estaba en marcha y con ella llegaba una nueva mortificación. No podría deslizarse por los pasillos sombríos hasta los aposentos sin que se dieran cuenta, cuando ya los criados y los trabajadores se habían levantado con el nuevo día. No cabía duda de que la mitad del personal del castillo, los encargados de encender los fuegos, limpiar los juncos, reemplazar las velas y acarrear la ropa de cama limpia, como el soldado que custodiaba la puerta de habitación y todo aquel con quien hubiera cotilleado durante su turno, sabrían de antemano que había pasado la noche en la habitación de Carrick. Cuando asomara por la puerta, tendría que enfrentarse a ellos, a los repasos curiosos, las sonrisas petulantes y las miradas de complicidad.

Y pronto sabrían también que, después de acostarse con ella y haber esperado a que se quedara dormida, había huido de la torre del homenaje. El rubor le avanzó con lentitud por la nuca.

Sin duda era algo que daría que hablar, pero no podía irrumpir en el pasillo desde de la habitación de su amante cuando todos los criados estaban ya despiertos y cumpliendo con sus obligaciones.

Sintió el embate de una nueva oleada de vergüenza pero no había ninguna manera de evitarlo. Lo mejor sería enfrentarse a ello. Estiró la espalda y se puso bien derecha. Luego se apartó el cabello de la cara, levantó la barbilla y abrió de un tirón la puerta.

Sir James estaba en su puesto con un hombro apoyado contra el muro, los ojos cerrados, la boca ligeramente boquiabierta y la respiración regular. Las velas de junco en el pasillo se habían consumido al igual que las velas de los candelabros. Nadie las había reemplazado todavía. Por lo pronto, parecía que nadie, salvo el centinela, supiera de su visita nocturna.

Ella respiró al fin cuando oyó sonidos de voces acercándose por la escalera. Sería cuestión de minutos que los criados se pusieran a trabajar en esa planta.

– ¡Sir James! -dijo Morwenna dándole un golpe en el hombro al guardia.

– ¿Qu-qué? ¡Oh! -Parpadeó sobresaltado, esforzándose por recuperar la atención, centrándose en Morwenna-. Milady -balbució con los ojos llenos de arrepentimiento mientras se daba cuenta de que le habían pillado dormitando-. Oh, lo siento, estoy, es decir, debo de haberme quedado dormido un instante.

– ¿Ha sido antes o después de que Carrick haya escapado?

– ¿Qué? -La nuez de sir James se desplazó bruscamente-. ¿Escapado? -El centinela miraba fijamente a Morwenna mientras ella sentía que las mejillas le quemaban de la vergüenza-. Pero, creía que vos estabais con…

– Sí, sí, lo sé. Estaba dentro pero me dormí y, de alguna manera, se fue sin despertarme. Tampoco a ti.

– No pasó por aquí -dijo sir James con firmeza.

Pero sus mejillas enrojecieron y Morwenna comprendió que el hombre no tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba dormido en el pasillo.

– Debe de estar todavía dentro.

Como una exhalación, se precipitó en la cámara donde Carrick había pasado casi dos semanas. Tal como ella había hecho antes, la mirada del centinela recorrió hasta el último rincón de la habitación. Examinó el suelo, los muros e incluso el techo como si esperara que Carrick apareciera de un momento a otro.

Por supuesto no encontró nada, ni tampoco cuando buscó bajo la cama y en donde se guardaba la ropa de cama.

Una vez que sir James comprobó que la cámara estaba totalmente vacía, ella ordenó:

– Llamad al capitán de la guardia. Decidle a sir Alexander que doble la vigilancia en las entradas y que sus hombres comiencen a peinar la torre palmo a palmo. ¡A conciencia! Luego, que venga a verme al gran salón.

Morwenna atravesó el pasillo veloz, se metió en sus aposentos y cerró de un portazo.

– ¡Tonto, tonto, tonto! -se recriminó mientras iba hacia el aguamanil que había junto a la ventana. ¿En qué había estado pensando? ¿Por qué? ¿Por qué era tan débil siempre que Carrick de Wybren estaba por medio?

Llena de ira se refrescó la cara con un poco de agua fría y se aclaró la boca. Mort, que estaba acostado sobre la ropa de cama arrugada, se incorporó. Mientras se maldecía a sí misma, el perro se estiraba y bostezaba dejando al descubierto sus dientes amarillentos a través de los labios negros, sin importarle lo más mínimo el paradero de Carrick.

– Esto es un desastre, y lo sabes -se reprendió.

El perro meneó la cola.

– ¡Oh, lo que daría por la vida sencilla de un perro!

De nuevo, el perro meneó el trasero, pero esta vez soltó un ladrido largo y agudo.

– ¡Muy bien, de acuerdo! ¡Buenos días también para ti! -susurró Morwenna-. Aunque, puedes creerme, es todo menos buenos días. Impaciente por recibir mimos, siguió gimiendo hasta que al fin ella cruzó la habitación y se dejó caer a su lado.

– ¿Me has echado de menos? -le preguntó, acariciándole la barbilla y las orejas entrecanas. El perro le dio lametones en la cara y ella rió acariciándole el pelo hirsuto de la cabeza-. Creo que debería haberme quedo aquí anoche. -Luego suspiró fuerte, se puso de pie, encontró los zapatos y cogió la capa de lana colgada en un gancho cerca de la puerta-. Habría sido la decisión más inteligente.

El perro agitó la cola como loco, saltó de la cama y la esperó en la puerta mientras se echaba la capa roja sobre la cabeza. En el mismo momento en que abrió la puerta, el animal salió disparado por ella, brincando a lo largo del pasillo mientras Fyrnne y Gladdys, cargadas con cestos grandes de ropa limpia, velas y hierbas para quemar, aparecían lo alto de la escalera.

– Buenos días, milady -dijeron al unísono.

– Buenos días -respondió Morwenna.

Se dio cuenta de que, por el momento, no sabían nada de lo ocurrido la noche anterior. Por el momento. Pero pronto el chisme se propagaría por toda la torre del homenaje.

Se atusó el cabello y se precipitó escaleras abajo. Esperaba que sir Alexander estuviera aguardándola en el gran salón. Estaba preparada para el reproche que encontraría en sus ojos oscuros. ¿Cuántas veces le había insistido en que su «invitado» tenía que recibir el trato de un prisionero? ¿Con qué frecuencia le había sugerido que Carrick fuera retenido bajo llave y que no lo visitara a solas?

Oh, era más que vergonzoso tener que hablar con el capitán de la guardia sobre la huida de Carrick, era una humillación terrible. En más de una ocasión había sentido que sir Alexander estaba enamorado de ella. Aunque tratara de ocultar sus sentimientos, sepultarlos en su interior, se había dado cuenta del modo en que la observaba cuando pensaba que ella miraba hacia otro lado y notaba el ardor de su mirada en a espalda cuando se alejaba.

Morwenna había intentado no hacer caso de las señales de peligro, no había querido reconocer la atracción que él sentía hacia ella y, sin embargo, allí estaba, siempre entre los dos, una incomodidad que había ido creciendo día a día desde que Carrick, apaleado y ensangrentado, fue trasladado a la torre del homenaje.

Pero hoy, en el gran salón, no vio ni rastro de sir Alexander.

En su lugar encontró a su segundo, sir Lylle, de pie frente al fuego con sir James.

Lylle era un soldado alto y corpulento, con el cabello lacio de color castaño oscuro, una barba esmirriada y una voz que, por lo habitual, elevaba mucho al hablar.

Sin embargo, aquella mañana, la voz de Lylle era suave, un susurro que apenas podía oírse por encima de los gritos del cocinero, el sonido le pies arrastrándose, el crepitar del fuego y el barullo habitual del castillo, que se preparaba para afrontar un nuevo día.

Se hacían los preparativos para la comida del mediodía. Las mesas de caballete habían sido retiradas de su sitio contra el muro y colocadas en medio de la sala. Los bancos se habían situado a toda prisa alrededor de las mesas de tablón y el olor de la carne a la brasa, el pan horneado, la canela y el jengibre impregnaba la habitación. Los criados iban y venían con paso ligero desde las cocinas hasta el gran salón, mientras Mort exploraba por debajo de las mesas, el hocico presionaba los juncos en busca de las migajas de comida que hubieran quedado sin barrer o que los otros perros no hubieran descubierto.

Morwenna miró a la pila de leña que reposaba intacta al lado del lego. Aunque los perros del castillo estaban en sus posiciones al lado de la chimenea y las llamas crepitaban y saltaban mientras consumían madera seca, el fuego estaba desatendido.

Dwynn que, por lo general, parecía ser omnipresente, de momento no había asomado la cabeza. Probablemente estaba acarreando otro montón de madera. O escuchando a través del ojo de la cerradura de alguna puerta.

Lylle, que estaba calentándose la parte posterior de las piernas, tuvo la decencia de ruborizarse cuando se dio cuenta de que ella estaba presente. Le susurró algo a sir James y Morwenna se puso tensa. No hacía falta ser demasiado inteligente para entender que habían estado discutiendo sobre su participación en la fuga de Carrick. «Acostúmbrate a ello. Esto es sólo el principio».

– ¿Dónde está sir Alexander? -preguntó ella.

– Anoche se produjeron disturbios, milady -explicó sir Lylle. Se había sacado los guantes de las manos y los sostenía debajo del brazo mientras se las restregaba-. La mujer de un campesino denunció que su marido fue atacado por un grupo de hombres en mitad de la noche, los atacantes no consiguieron un botín sustancioso pero suponemos que se trata de la misma banda de matones que rondan los bosques en el cruce del Cuervo. Sir Alexander y el alguacil partieron antes del alba para hablar con el sujeto. Todavía no han regresado.

Nada marchaba bien aquella mañana, pensó enojada.

– Supongo que sir James os ha informado de la fuga de Carrick de Wybren.

– Sí -asintió Lylle con la cabeza-. He dado órdenes a cinco grupos de tres para que busquen en la torre del homenaje. Han comenzado por las torres y los adarves, el perímetro del castillo, y después rastrearán el interior de la torre del homenaje.

– Bien.

– También se ha enviado un pelotón de búsqueda a la ciudad por si hubiera logrado escapar de la torre del homenaje.

– Avisadme si encontráis algo.

– Así se hará, milady.

Morwenna se sentía mal por dentro. Carrick había escapado. De alguna manera, puesto que había pasado la noche con él, le había ayudado en el éxito de su huida.

Pero, ¿por qué entonces? ¿Por qué precisamente la noche que había pasado en su habitación? ¿No habría sido más fácil huir cuando hubiera estado solo con el único riesgo de burlar al guardia?

Y el campesino que había sido atacado… ¿Acaso era una coincidencia que el asalto se hubiera producido la noche que Carrick había huido?

¿O era él el responsable?

¿Podía ser que la banda de matones que habían estado acosando a los viajeros fuera la misma que había atacado a Carrick y lo había dado por muerto?

Las preguntas se arremolinaron en su cabeza, y aunque lo intentó no obtuvo respuesta.

Frunció el ceño y se encaminó hacia fuera, donde un cielo plomizo amenazaba con una lluvia inminente y una ráfaga de viento fresco despejaba algunas briznas de niebla.

Necesitaba hablar con alguien, desnudar su alma y, no obstante, se encogió cuando se imaginó lo que le diría Isa. La vieja mujer le hablaría de augurios y maldiciones cuando lo que necesitaba Morwenna eran respuestas. Hizo una mueca y se cubrió con la capucha de la capa. Tampoco podía confiar en Bryanna. Su hermana trataría de justificar la huida de Carrick con algún romance o el drama desgarrador de la seducción. Y aunque tampoco podía confesar sus pecados al padre Daniel, al menos podía rezar para encontrar algo de consuelo en la capilla.

«¿Y si encuentras al sacerdote como la otra vez, postrado, desnudo, flagelándose?»

Entonces se iría de allí. Encontraría un lugar privado para dirigirse a Dios con la esperanza de que alguna intervención divina intercediera por primera vez en su vida. Tal vez a través de la plegaria y la ayuda de Dios podría sacar a Carrick de Wybren de su vida para siempre.

Comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia y ella sostuvo la capucha más cerca de la cara. Sus chanclos chapoteaban en el fango mientras caminaba a lo largo de un camino estrecho que conducía a la cajilla.

«Mujer tonta y estúpida. ¿Nunca aprenderás?»

Un relámpago resplandeció en el cielo. En algún sitio, un niño gritó y un caballo relinchó de miedo.

Se veían fuegos encendidos en la cabaña del cerero y el herrador estaba en su forja, el martillo sonaba al aporrear las herraduras candentes. Los muchachos abrían las compuertas de los diques al tiempo que los pescadores recuperaban las trampas para las anguilas. Una muchacha joven, la hija del alfarero, recogía huevos mientras su hermana menor tiraba semillas a las gallinas, siempre voraces y ruidosas, a los patos y a los gansos malhumorados. Un pavo real glugluteó y se arregló con el pico las plumas de su cola resplandeciente mientras las hembras, que estaban próximas, hurgaban en la suciedad de los establos.

Un trueno resonó sobre las colinas y las niñas miraron con preocupación hacia el cielo.

– Ven, Mave -dijo la mayor de ellas, cogiendo la manita de su hermana-. Lo haremos más tarde, una vez haya pasado la tormenta.

Juntas, cargando con los cestos, corretearon hacia la cocina. Morwenna las vio alejarse y sintió la llovizna fría sobre la piel. Le parecía que había pasado mucho tiempo desde que ya no era tan joven. Apartó ese pensamiento y apresuró sus pasos hacia la capilla. Ahora llovía a cántaros. Casi había llegado a la puerta cuando descubrió a Isa sentada en el jardín con la espalda apoyada contra un árbol.

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó Morwenna a la anciana aunque lo sabía.

Probablemente la bruja había pasado en vela toda la noche, dibujando runas y susurrando oraciones a Morrigu, a Rhiannon, Fata Morgana y a otros por el estilo. Estaría furiosa por ver que todo su trabajo había sido en balde, y no sólo porque Morwenna se hubiera entregado a Carrick sino porque el granuja, fiel a su carácter, la había abandonado.

– Isa, entra. Hace un frío que pela y estás calada hasta los huesos -Morwenna se acercó a la anciana porque no respondió-. ¿Isa? -dijo un primer escalofrío de temor recorrió su espalda-. ¿Qué haces?

Entonces vio la sangre.

Manchas de un color rojo intenso cubrían el cuello de la anciana.

– ¡No, oh, Dios, no! -Se abalanzó sobre ella sacudida por un horror abominable-. ¡Auxilio! ¡Guardias! -gritó mientras rezaba para que no era demasiado tarde y para que estuviera viva todavía…

Las rodillas de Morwenna cedieron al paso que alcanzaba a su vieja nodriza.

– ¡Isa! -gritó una vez más, agarrándolo los hombros, sacudiéndola esperando que aquellos ojos en blanco dieran alguna señal de vida-. Isa, por favor, di algo. ¡Ah, por favor, por favor, despierta! -continuaba gritando, suplicando ayuda, rezando y, sin embargo, sabía que ya era demasiado tarde-. ¡Ayuda, por el amor de Dios, que alguien nos ayude! -chilló, abrazada al cuerpo inerte-. ¡No, no, no! Isa…

Se aferró a la mujer que la había criado, apoyado, arropado y que ahora no era más que un pedazo de carne fría.

Se oyó el ruido de pisadas abalanzándose y chapoteando en los charcos. Los hombres gritaron mientras Morwenna buscaba desesperada algún indicio de vida, un rastro de aliento, un pulso débil, un diminuto latido del corazón, pero era demasiado tarde. La piel de Isa estaba fría como el hielo.

Las lágrimas se derramaron por los ojos de Morwenna.

– ¡Milady! -gritó alguien como a través de una larga caverna-. ¡Lady Morwenna! Por favor, ¡dejadla! ¡Tenéis que dejarla! Tal vez podamos ayudarla.

Era la voz de sir James, y Morwenna, al fin, giró la cara hacia allí. A través de las gotas de lluvia vio la preocupación en su rostro, el pesar en sus ojos.

Sostenía todavía a la anciana, meciendo su cabeza y acunándola mientras llovía a cántaros, el suelo se encharcaba y se empapaban las ropas. Morwenna oyó el murmullo de soldados y campesinos que se dirigían hacia allí a toda prisa, gritando y hablando entre ellos.

– Llamad al médico.

– ¡Y al sacerdote!

– Dios mío, ¿qué está pasando?

Al acercarse, las caras se torcían debido a la consternación y abrían los ojos como platos por el horror.

La esposa del albañil, que iba con su niño, le tapó los ojos a su hijo, que temblaba de frío. Un hombre tullido, que una vez fue curtidor, hizo el signo de la cruz sobre su pecho raquítico.

– Por favor, milady. -Sir James se inclinó. La lluvia rodaba por su nariz mientras le ofrecía ayuda-. Ahora está en las manos de Dios. Dejadme llevarla al interior, donde se está más caliente.

Pero Morwenna no podía dejarla. Se mordía el labio inferior intentando reprimir la rabia que fluía por sus venas.

«Encontraré a quien hizo esto, Isa -prometió en silencio. Tenía la garganta quebrada por los sollozos, los dedos le temblaban mientras cerraba con cuidado los ojos de la anciana-. Quienquiera que te hizo esto, lo pagará y lo pagará bien caro. ¡Le perseguiré si es necesario el resto de mi vida! Te lo prometo».

Poco a poco liberó a la mujer que la había acompañado durante toda su vida y mientras lo hacía notó, por primera vez, que guardaba algo en el puño. Abrió los dedos de la muerta con cuidado y allí, con el brillo de la maldad bajo la luz plomiza, estaba el anillo de Carrick de Wybren.

Una mujer lanzó un grito ahogado. Confusa, Morwenna echó un vistazo hacia arriba. Los ojos horrorizados de la mujer se paralizaron sobre Isa. Automáticamente, Morwenna se dirigió al punto donde enfocaba.

La garganta de Isa había sido cortada en forma de W dentada.

Capítulo 23

– ¡No! ¡No, Isa!

La cara de Bryanna era una máscara de puro horror. Se sentó sobre un taburete en su cámara mientras Fyrnne se afanaba en hacer una trenza con su pelo rebelde.

– Es cierto, Bry. La encontré yo. Al lado de la capilla.

– ¿La han asesinado? -Bryanna le quitó el cepillo de la mano a Fyrnne y cruzó la habitación. Los ojos se le llenaron de lágrimas y su labio inferior temblaba-. ¿Por qué?

– No lo sé.

Sin dejar de parpadear, Bryanna respiró hondo y se estremeció.

– Tiene que ver con Carrick de Wybren, ¿verdad?

– Es probable.

Morwenna le hizo señas a Bryanna para que se sentara en el taburete otra vez y entonces le pidió a Fyrnne que las dejara a solas. Una vez Bryanna se hubo sentado, le dijo todo lo que sabía sobre la fuga de Carrick, la muerte de Isa y el anillo que había descubierto en su puño cerrado.

– Carrick la mató -sentenció Bryanna, apretando la mandíbula de la rabia mientras las lágrimas le resbalaban de los ojos-. Ese gusano le cortó la garganta y probablemente hizo lo mismo con sir Vernon.

– No sabemos que haya sido así.

¿Por qué lo defendía?

– ¿Quién más pudo haber sido?

– No… no lo sé. Pero cuando sir Vernon fue asesinado, Carrick no podía moverse.

– Creemos que no podía moverse. Todo puede haber sido una farsa.

– Tú lo viste, Bryanna. Le habían propinado una paliza brutal, todo él estaba magullado. A duras penas podía hablar.

– Estaba lo bastante consciente para susurrar el nombre de una mujer, ¿no? ¿No repetía el nombre de Alena una y otra vez?

Morwenna sintió como si mil cuchillos le hicieran pedazos el corazón.

– Pero no sabía lo que decía. Todavía estaba inconsciente.

– Eso es lo que tú crees.

– Y cuando asesinaron a Vernon, Carrick estaba bajo vigilancia, inconsciente, convaleciente en una habitación con una sola salida.

– Igual que anoche. Pero consiguió salir, ¿verdad?

Morwenna suspiró.

– Sí.

– Y, de algún modo, también burló la vigilancia de sir James.

– Pero…

– ¡Más tarde esquivó a todos los malditos centinelas de la maldita torre! -Bryanna hizo un gesto amplio con el brazo, un movimiento que trataba de abarcar cuantos residían dentro de los muros del castillo de Calon-. ¿Cómo explicas eso?

– No puedo -Morwenna sacudió la cabeza.

Las preguntas que la habían estado asediando durante horas todavía no tenían respuesta. La fuga de Carrick era un misterio. Se acercó a la chimenea y se calentó las manos pero en lo más profundo de su alma sentía un frío glacial. Como si cada una de las piedras que se habían utilizado para construir los muros de Calon las sostuviera con firmeza sobre sus hombros.

– Déjame verla.

Morwenna negó con la cabeza.

– No creo que debas…

– Déjame verla -insistió Bryanna con los ojos relucientes por las lágrimas-. Ahora.

– Pero el médico todavía tiene que examinarla.

– No me importa. -Había un fuego nuevo en la mirada de Bryanna, una determinación que no podía ser negada. Bryanna, que no era tan alta como Morwenna, inclinó su cabeza hacia arriba y se topó con la mirada fija de su hermana mayor-. No me prohibirás un último momento con Isa, ¿no?

– No, pero no creo que sea el momento apropiado.

– ¿Dónde está?

Morwenna dudó y entonces decidió que nada la disuadiría.

– Está en las dependencias del médico.

– Creí que habías dicho que todavía no la habían examinado.

– Así es. Estoy esperando a que Nygyll vuelva. Lo llamaron de la ciudad. El hijo del herrero comenzó a tener convulsiones a primera hora de la mañana. Nygyll debe de estar a punto de volver.

Bryanna se revolvió el pelo con los dedos, deshaciéndose la trenza a medio acabar mientras Morwenna la conducía a través de la torre. El castillo bullía de excitación por las noticias de la huida de Carrick de Wybren y el asesinato de Isa. Todo el mundo tenía los nervios de punta y los comentarios se habían desatado. Las puertas se cerraron y ahora los guardias estaban ocupados buscando a Carrick, una búsqueda que Morwenna no sólo consideraba inútil sino una distracción a su misión de encontrar y arrestar al asesino de Isa.

En el exterior, el día era fresco y gélido: sólo unos pocos rayos de sol lograban penetrar las nubes. Los trabajadores estaban ocupados en sus obligaciones, los martillos de los carpinteros no dejaban de golpear y los fuegos resplandecían bajo las cubas de cerveza que removían las taberneras. Los tejedores chismeaban y mujeres y niños charlaban en corrillos mientras lavaban la ropa, reunían restos de comida para los pobres o desplumaban pollos, gansos y patos.

Al pasar, Morwenna escuchó fragmentos de los murmullos. Dos chicos cubiertos con capas de lana se burlaban mientras paseaban los perros. El curtidor habló en voz baja a uno de los cazadores pero, al ver a Morwenna, se calló la boca y se le sonrosaron las orejas.

«Va a ser un día largo».

Bryanna y ella doblaron la esquina de la cabaña del cerero y vieron a dos mujeres sentadas a una mesa de tres patas cerca del fuego. No se distrajeron de sus labores, no se dieron cuenta de que Morwenna se había parado cerca de la cabaña de la costurera.

– Es una pena lo que le ha pasado a Isa -dijo Leah, la mujer desdentada del apicultor, dando vueltas con sus manos rollizas a un pájaro desplumado sobre las llamas mientras acababa de quitar las plumas chamuscadas de las puntas.

Dylis, la mujer más pequeña, viuda de un soldado muerto, desplumaba un ganso habilidosamente, moviendo las manos con agilidad, y clasificaba las plumas, apilándolas según el tamaño y el peso en bolsas diferentes.

– Es casi como si Dios la hubiera castigado por rezar a la gran diosa -comentó Dylis y, como para asegurarse de que ella no caería en el mismo estado que Isa, se apresuró a santiguarse sobre su pecho escuálido.

– Me pregunto qué se debe hacer con Carrick de Wybren -caviló Leah-. Se dice que Isa encontró su anillo. Que lo agarraba tan fuerte que tenía la marca de la W en la palma de la mano.

– Y he oído que el cuello se lo habían cortado de la misma manera.

Leah se puso a hablar en voz más baja, con complicidad.

– Ya sabes, Carrick era prácticamente un prisionero y se desvaneció en el aire como si fuera un maldito fantasma -chasqueó los dedos-, ¡como por arte de magia!

Dylis enarcó una ceja mientras una ráfaga de viento recorría el patio de armas y soplaba sobre sus caras, lo que provocó que se desataran las cintas de sus sombreros.

– ¿Es eso cierto? -preguntó Dylis atándolo alrededor de su barbilla huesuda.

– Sí. Y por lo que he escuchado, la señora estuvo con él toda la noche -dijo Leah, al tiempo que le daba un codazo a su amiga.

Morwenna se estremeció. Sabía que debía anunciarse pero no podía parar de escuchar. A veces una sabía más por las conversaciones de los criados que por un interrogatorio. Sintió que Bryanna se enfurecía a su lado y colocó una mano sobre el brazo de su hermana menor para callarla.

Mientras las miraban, Leah metió el ganso chamuscado en un rediente grande lleno de agua fría.

Dylis dijo con desdén en voz alta:

– Si me lo preguntas, creo que ella todavía está enamorada de él. He oído que estuvo con Carrick antes del incendio y que él la dejó sin pensarlo dos veces.

– Por Alena, la hermana de lord Ryden de Heath. -Los ojillos de Leah centellearon-. Si me dejas que te lo cuente, te diré que ésa es una promiscua. Casi como si fuera un hombre. Ha tenido varios amantes, incluido un plebeyo -rió tontamente con ese pequeño chisme.

– Estuvo casada con uno de los hermanos de Wybren, ¿no?

– Sí, pero no con Carrick. No me acuerdo de con quién… Espera un minuto y me vendrá a la cabeza. Déjame ver, uno era Owen, el otro Byron y… otro más, espera, que pienso.

– Sí, Theron -dijo la mujer más canija, haciendo un gesto con la cabeza.

Llenaba los sacos con plumas pequeñas que servirían para las camas, y las plumas más grandes las dejaba a un lado para la fabricación de flechas y plumas para escribir. Estaba atando las cuerdas de una bolsa llena cuando se le ocurrió levantar la mirada y se encontró con la de Morwenna. Al instante paró de chismorrear.

– Sí, eso es, Theron -corroboró la mujer desdentada como saboreando el nombre. A pesar del frío, un sudor le recorrió el cuerpo por debajo la capa-. El carnudo -añadió, riendo tan fuerte que dio un resoplido.

Colocaba el ganso chamuscado en una cesta cuando, de repente, captó la mirada de advertencia de su amiga. Al fin miró hacia arriba y, al darse cuenta de que no estaban solas, se sonrojó con toda la gama de rojos.

– Oh, milady -fingiendo que no había estado esparciendo rumores-. No os vi.

– Es obvio -dijo furiosa Bryanna.

– Bien, buenos días a las dos. -Leah se limpió las manos con el delantal.

– Y para ti también, Leah -dijo Morwenna apretando la mandíbula.

Pensó en reprender a la mujer por su charla pero decidió morderse la lengua.

Pero Bryanna no tuvo reparos en decir lo que le apetecía.

– Tal vez sería mejor que las dos prestarais más atención a vuestro trabajo y menos a comentar habladurías de la señora que gobierna la torre -advirtió sulfurada.

Luego dio media vuelta y caminó con rigidez hacia la habitación del médico.

– Lo siento mucho -se disculpó Leah-. Si dije algo que os ofendiera, milady, por favor…, perdonadme.

Con la cabeza gacha hacia el suelo fangoso, lleno de plumas esparcidas a sus pies, parecía absolutamente miserable y completamente arrepentida. Si se trataba de una farsa, era una actriz excelente.

– Limítate a tener más cuidado en un futuro -advirtió Morwenna.

Sabía que a aquellas gentes les gustaba hablar y adornar historias, contentas de que las desventuras les ocurrieran a otros que no fueran ellos.

Mientras se apresuraba a la habitación del médico, Morwenna se dijo que permanecería tranquila y mantendría su ira bajo control, pero tenía el presentimiento de que estaba perdiendo el tiempo. Quienquiera que hubiera matado a Isa se había escapado y Carrick también se alejaba en la distancia.

En cuanto tuviera la oportunidad de hablar con el alguacil y el capitán de la guardia partiría, dirigiría un pelotón de búsqueda sin ayuda y no haría caso de los argumentos que, estaba segura, esgrimirían dos hombres. Este era su castillo y ella, la soberana. Dos personas inocentes habían sido asesinadas delante de sus narices. Otro, tal vez culpable de asesinato, se le había escurrido de los dedos. Era su deber ayudar a capturar a los dos criminales.

«Quizás el criminal fuera un solo hombre. Aunque parece improbable, no es imposible, tal como señaló Bryanna, que Carrick estuviera de una manera detrás de las muertes de Isa y de sir Vernon».

Siguiendo a Bryanna, se dirigió a las dependencias del médico, una casa de dos piezas que lindaba con el muro de la torre sur. Alcanzó a su hermana cuando se encontraba sólo a unos pasos de la casa de Nygyll, donde había un guardia apostado. Sin ninguna objeción, permitió la entrada a Bryanna y a Morwenna.

Dentro, las habitaciones estaban a oscuras y olía a las hierbas secas que colgaban del techo. Las velas se habían consumido y la única iluminación procedía de una única ventana. Era suficiente. A Morwenna se le hizo un nudo en el estómago cuando vio a Isa de nuevo. Estirada sobre una mesa robusta, había sido cubierta con una sábana y yacía con la piel pálida como luna de noviembre y el cuello abierto en un corte irregular.

Bryanna dejó escapar un grito de la garganta cuando vio a la anciana nodriza.

– ¡No, no…! ¡Ah, Dios, no! -gimoteó-. ¡Oh, Isa, no…! ¡No, no! -susurró con voz ronca y los ojos rebosantes de lágrimas. Cogió las manos de la mujer muerta entre las suyas y se arrodilló ante ella-. ¿Quién te ha hecho esto? -preguntó como si la mujer muerta no sólo pudiera escuchar sino también contestar.

Morwenna dejó escapar un lamento intenso que arañaba su alma. Bryanna meneó la cabeza e hizo suyas las palabras de su hermana, susurrando:

– Te juro que tu muerte será vengada. Tu muerte no ha sido en vano, no descansaré, Isa, ni un segundo, hasta que atrapemos y castiguemos al vil asesino, hasta que sus tripas cuelguen a la vista de todo el mundo. -Sollozaba y se ahogaba con sus lágrimas mientras con las manos masajeaba los dedos inertes de la anciana mujer-. Prometo a madre Morrigu y a todos los dioses y diosas en los que confiaste que la justicia prevalecerá.

A Morwenna se le removieron las entrañas. Ella también sentía el dolor y el desespero por una mujer que la había cuidado, guiado e instruido, una mujer que había sido una parte esencial en su vida y con quien había vivido hasta donde su memoria alcanzaba a recordar. Miró el cadáver de la mujer y contuvo sus lágrimas amargas.

– Me gustaría estar a solas con ella -susurró Bryanna, mirando su hermana con los ojos enrojecidos.

– De acuerdo -asintió Morwenna. Las dos tenían mucho que pensar y mucho que hacer, también-. Estaré en el gran salón.

Arropándose con la capa, caminó hacia fuera y tuvo la certeza de que su vida había cambiado para siempre.

Forzó al caballo a que corriera más. El sudor empapaba la piel del zaino. No descansarían hasta que estuviera seguro de que estaba solo. A estas horas, tenía la seguridad de que habrían descubierto su huida e intentó no pensar en cuál sería la expresión de Morwenna cuando se diera cuenta de que la había engañado. Mirando por encima de su hombro, vio que nadie le seguía y, con todo, le acosaba la sensación de que alguien andaba muy cerca desde que había dejado el castillo de Calon.

«¡No es nada! Sólo tu miedo…» Y sin embargo…

Sus dedos se aferraron a las riendas y miró con el ceño fruncido hacia el cielo plomizo y amenazante. El corcel avanzaba galopando, y en cada bifurcación el jinete se guiaba instintivamente hacia Wybren, donde se encerraban las respuestas a su identidad. De alguna manera, en los gruesos muros de piedra encontraría la verdad, poco importaba lo atroz que fuera su pasado.

«¿Y si eres Carrick, un asesino?»

– Pues que así sea -dijo al viento.

Espoleó con sus talones al caballo para que avanzara todavía más rápido. Se inclinó hacia delante, sintiendo el azote de la crin de su cabalgadura contra la cara mientras guiaba al animal inequívocamente hacia Wybren.

Cruzó un bosque de robles secos y quebradizos que vibraban con el viento hasta que encontró el río y un lugar donde no había puente, salvo un estrechamiento del río. En la orilla, había huellas de cascos en el lodo, prueba de que aquél era el lugar conocido como el cruce del Cuervo. Allí era donde el temerario, a caballo, eligió cruzar a la orilla opuesta.

El caballo castaño frenó en la orilla del agua, se hizo a un lado y vaciló, agitando su gran cabeza y emitiendo destellos blancos de los ojos oscuros.

– Vamos -urgió el jinete-. Todo irá bien -le calmó, aunque no sabía cuál era la profundidad ni la velocidad de la corriente-. Tranquilo…

Poco a poco el caballo entró en el río, sumergiendo las patas en un torrente de agua que se arremolinaba formando espuma. Caballo y jinete se hundieron cada vez más en el agua, hasta que la bestia quedó sumergida hasta el pecho, con las botas del jinete. Éste apretaba los dientes por el frío y dio rienda suelta al animal para que encontrara su propio camino. El caballo echó a nadar y Carrick notó la sensación inquietante de flotar mientras el animal luchaba contra la fuerza de la corriente.

El zaino, manteniendo en la superficie los orificios nasales, luchaba contra el oleaje del agua que lo empujaba hacia abajo. Los pantalones abombados de Carrick estaban húmedos, el dobladillo de su capa flotaba a su lado, se había sumergido hasta la silla.

– Muy bien -le dijo, mientras sentía la sacudida de un casco golpeando contra el fondo-. ¡Venga, chico!

En un instante el animal arremetió hacia delante, el agua cayó en cascada hacia los dos lados y el caballo zaino se esforzó por galopar y hacer presión con sus cascos mientras Carrick se sostenía de la perilla de silla por no caer hacia abajo.

El animal dio un salto poderoso y subió hacia arriba, saliendo de las cálidas profundidades, a unos metros más abajo del cruce.

Se detuvo para sacudirse el agua y caminó con ansiedad e impaciencia hacia la orilla pisoteada y el camino que conducía hacia las colinas arboladas.

A Wybren.

El jinete tuvo el recuerdo remoto de aquel camino como lo había sido en un día de primavera de un año incierto. Sus hermanos estaban con él, veía sus caras borrosas. Montaban juntos a caballo… pero había algo más aparte de la camaradería familiar del grupo mientras viajaban por ese camino. Se respiraba algo en el aire, algo oscuro y siniestro.

Tiritó por el frío del río que se le había calado en los huesos y las manos le temblaban al sostener las riendas, mientras trataba de concentrarse y evocar el recuerdo.

«¡Piensa, maldita sea!»

Pero los recuerdos fugaces no fueron más que una broma pesada ya que se disiparon en el acto.

Con un sentimiento de frustración siguió a caballo, adelantando a otros viajeros que había en el camino. Una compañía de trovadores, un carro cargado de piedra tirado por un buey, el carromato que guiaba un muchacho campesino y dos jinetes solitarios fue todo lo que encontró.

El día avanzaba, las nubes correteaban a través del cielo, el sol no conseguía agujerear el velo en movimiento. Le castañeaban los dientes sentía los dedos congelados sobre las riendas, y con todo apenas los notó cuando se acercaba a Wybren. Vio una iglesia abandonada y un puente desvencijado que le resultó familiar y, más adelante, pasó por una granja donde los cerdos buscaban bellotas bajo los grandes robles.

Destellos de recuerdos volvieron a jugar con él, comenzaban a formarse y se desvanecían antes de que pudiera llevarle a la memoria cualquier imagen clara. Sin embargo, sintió que se acercaba más, sintió que era sólo una cuestión de tiempo recorrer algo y recordar todo cuanto había olvidado.

Se acercaban dos muchachos a caballo que iban en dirección contraria. Corrían a lo largo del camino, se gritaban el uno al otro, totalmente ajenos a la gélida temperatura, a la tormenta inminente o a cualquier otra cosa. Riéndose y persiguiéndose, irrumpieron ante él, levantando el barro con los cascos de sus caballos.

Mientras pasaban por delante, una visión se materializó ante sus ojos. Él había sido uno de aquellos demonios que montan a caballo sin respeto por nada salvo por la necesidad de correr precipitadamente a cielo abierto. Su risa continuó al viento entre los cuatro… Sí, eso era, cuatro hermanos competían a caballo a través de los verdes campos de la primavera, sin respeto por nadie excepto por ellos.

– ¡Te atraparé! -gritó uno.

Un desafío. Se vio a sí mismo inclinándose hacia delante de la grupa de su caballo negro, enterrando su cara entre la crin del corcel, sintiendo que le abofeteaba las mejillas y las lágrimas corrían por sus ojos en la ráfaga de viento. ¡Iba delante y no iba a permitir ganar a ninguno de sus hermanos!

Con el rabillo del ojo observó el morro de uno de los caballos de sus hermanos asomarse, el animal respiraba con fuerza, clavando las piernas sobre la marga mullida, soltando las riendas un poco. No podía perder. ¡Otra vez no!

– ¡Vamos! -gritó a su semental, liberando las riendas un poco. No iba a dejarse ganar. ¡Otra vez no!-. ¡Vamos, vamos, vamos!

Su caballo saltó hacia delante pero no podía alcanzar al otro corcel mientras el bosque se abría ante ellos, oyó la risa de su hermano, un ruido malévolo que le recorrió el espinazo. Hubo un movimiento, un destello de un guante rápido mientras el bastardo se inclinaba más cerca y fustigaba las posaderas negras con un látigo corto. El caballo relinchó. Se estremeció y dio sacudidas y bandazos hacia delante. Se zafó desesperadamente de las riendas, que cayeron al suelo, la montura cedió por sus patas delanteras. El miedo le paralizó la sangre. Iba a caerse y a ser pisoteado. Oyó gritos.

¡Sus otros dos hermanos!

Estos se habían quedado rezagados sobre sus caballos, más lentos, seguramente podrían evitar la colisión desviando a sus corceles del camino. Su cabalgadura se espantó, tropezó y viró encabritada hacia la derecha. Directamente hacia el camino de los dos caballos. «¡Por el amor de Dios, no!»

Se agarró a la perilla de la silla con fuerza, intentó retener su cuerpo contra la silla de montar, pero la gravedad le tiró con fuerza hacia abajo y la silla comenzó a resbalar.

– ¡Maldita sea, para! -gritó impotente-. ¡Para!

El suelo pasó por delante de él de manera borrosa, la hierba lozana quedaba triturada por los cascos de los caballos. Le dolieron los brazos, la espalda se le arqueó mientras la silla de montar se deslizaba más y más abajo, los estribos golpeando contra los costados del caballo.

¡Ya no podía aguantar más!

Y entonces… ¡Nada!

De repente el recuerdo se esfumó tan rápido como si se hubiera arrepentido de emerger a la luz. Como una serpiente luchando por retroceder. No quedó más que el vacío negro de su pasado otra vez.

Parpadeó con fuerza mientras las primeras gotas de lluvia caían del cielo, frías gotas contra su piel congelada. Los cuatro muchachos que había visto en sus recuerdos, ¿serían él y sus hermanos? Seguiría recordando más cosas. Estaba seguro de ello. El dique que contenía la verdad estaba resquebrajándose y pronto pasaría la corriente.

Con entusiasmo renovado, empujó su caballo adelante, que flaqueaba en el camino fangoso. Sabía que cada vez estaba más cerca de Wybren, y sintió algo diferente en el aire.

Los recuerdos iban y venían por su cabeza y se desvanecían. Vio un camino lleno de maleza que se abría a través de la espesura. También se acordó de haber encontrado un ciervo en el monte yendo de caza con sus hermanos… Respiró y su mente torturada se alivió, seleccionando poco a poco los restos de sus recuerdos destrozados.

Recordó que los cuatro hermanos no habían ido en busca de venado o de juego. El otoño había llegado pronto, las hojas habían comenzado a caer de los árboles, el aire fresco, la cosecha daba sus frutos… Otra vez se vio a caballo pero esta vez iba solo, y la luna dorada ascendía en el cielo.

Montaba como un desaforado, la cólera encendía su sangre y la lujuria de la venganza bullía misteriosamente en su alma. El odio le impulsaba hacia delante, el deseo de matar en aquel mismo instante tronaba en su cerebro.

Estaba empeñado en librarse de un enemigo.

Ahora, mientras se ponía de prisa las riendas y detenía al caballo castaño, intentó recordar a quién perseguía, a quién quería matar. Pero la cara de su enemigo era una imagen borrosa y crispada.

¿Quién le habría provocado semejante furia? Se le puso la carne de gallina en los brazos mientras recordaba que era alguien cercano, alguien en quien había confiado.

El recuerdo le golpeó. Estaba a punto de recordarlo.

¿Quién era la persona que lo había traicionado?

Todos los músculos de su cuerpo se tensaron y un dolor de cabeza le martilleó detrás de los ojos. ¿Quién?

– Maldita sea -gruñó.

Cuando la lluvia comenzó a caer, otro recuerdo le asaltó. La imagen de su enemigo, ahora completamente nítida, se formó en su mente: era un hombre alto, fuerte, con una barba negra, una sonrisa calculadora y unos ojos tan azules como los suyos.

El corazón le palpitó con fuerza y los dedos retorcieron las acordándose de su primo, el hombre que pensaba que de alguna manera siempre le había engañado, un hombre que, ahora lo sabía, no haría nada que no sirviera para fomentar su propia ambición.

¡Graydynn! Lord de Wybren.

Una rabia tenebrosa circuló con fuerza a través de su torrente sanguíneo.

La bilis le subió a la garganta, el gusto malo y desagradable a traición le amargó la boca.

Se inclinó a un lado y escupió en la maleza.

Había llegado el momento de enfrentarse al enemigo.

Capítulo 24

Morwenna no tenía apetito cuando se sentó a la mesa. Inspeccionó el gran salón, donde comían los soldados y los campesinos. Mientras se servía la comida, por lo general, se oía el murmullo de las conversaciones, los estallidos de risa y una sensación de jovialidad, salvo hoy. Todo el mundo se sentía apagado. Guardaban silencio mientras compartían la comida de los tajaderos. Incluso parecía que los perros del castillo percibían un cambio en el aire, sus exigencias parecían menos frenéticas y los ojos y oídos se extraviaban hacia las puertas, como si ellos también esperaran oír algo sobre el prisionero que se había escapado.

Morwenna apenas probó bocado del pastel de salmón, ni de los huevos cocidos, ni de la salsa que aderezaba la comida y empapaba el pan el plato. Tampoco tenía interés en los bocados de anguila con cebolla que habitualmente comía con fruición.

No era la única que se sentía desganada. Bryanna se había sentado sin decir una palabra durante toda la comida. Apenas comió un bocado, ni siquiera probó el pudín de almendra decorado con dátiles que se deshacían en la boca, orgullo del cocinero. Se había sentado con la cara pálida y taciturna y, en el instante en que el último plato fue servido, le faltó tiempo para ponerse de pie y abandonar la mesa. No se disculpó, travesó con premura el gran salón y subió las escaleras hacia sus aposentos.

Morwenna picoteó el pudín pero apenas hubo tragado el bocado le pareció que se le atravesaba en el estómago. Tenía el pensamiento dividido en Isa y los últimos momentos horribles de su vida, y en Carrick cómo había conseguido deslizarse de la cama que habían compartido juntos pasando sin ser advertido ante el guardia que custodiaba la puerta. ¿Acaso había esperado el momento propicio hasta estar completamente seguro de que sir James dormitaba? ¿O había tenido la suerte de empujar la puerta en el momento oportuno de modo que nadie en la torre, ni el centinela apostado en la puerta de su dormitorio, o alguien en vela, o el guardia de la puerta principal lo hubiera visto?

¿De veras la seguridad en la torre era tan escasa que cualquiera, incluso Carrick y el asesino de Isa, podía campar a sus anchas? ¿O todos líos operaban juntos, como una banda de traidores y degolladores que no sólo minaban sino que además se rebelaban contra la autoridad? ¿Acaso no lo había sentido ella demasiado a menudo? ¿Unos ojos ocultos que la observaban? ¿Una presencia malévola dentro de la torre? ¿No le había advertido Isa sobre la traición, los augurios de muerte y la destrucción?

E Isa era la que, en última instancia, lo había pagado.

¿Tenía razón la anciana? ¿De veras aquella torre estaba maldita? ¿Era posible que todos en quienes ella confiaba fueran traidores?

A Morwenna se le encogió el estómago y alzó la vista rápidamente para explorar el gran salón y a cuantos estaban allí. ¿Era su imaginación o el curtidor evitó su mirada? ¿Y el ballestero? ¿No percibía rebeldía en su mirada siempre que hablaban? Lo había achacado a su condición de mujer… Y, ¿dónde diablos estaba Alexander, el capitán de la guardia, el hombre que debía mantener el castillo a salvo? Supuestamente llevaba toda la mañana fuera en una misión de justicia, pero ¿de veras podía confiar en él? ¿Acaso no había oído a quienes la servían chismorrear sobre ella, hablando a sus espaldas, riéndose disimuladamente porque su amante la había abandonado otra vez?

No podía permanecer sentada en la mesa ni un instante más. Dejó la comida casi intacta, se limpió las manos con una servilleta y la depositó doblada en forma de barco encima de la mesa. Cuando el copero iba a servirle más vino, se levantó, pasó por su lado dándole un empujón y se dirigió escaleras arriba. Para pensar. Para decidir qué hacer.

No podía esperar que nadie en la torre le planteara un plan o le viniera con ideas. Como soberana, decidiría qué curso deberían tomar sus acciones. Se dirigía a sus aposentos cuando se desvió del camino para visitar la habitación de Tadd, esa habitación que había compartido con Carrick.

Notó que le subían los colores a la cara cuando vio la cama, ahora recién hecha. No había velas ni juncos encendidos en la habitación, ni fuego en la chimenea. Caminó alrededor de la cama y recordó la entrada en la habitación la noche anterior, verlo allí tendido, tocarlo, sintiendo el calor de sus labios, rindiéndose a la magia de sus caricias.

Había pensado que podía enamorarse de él otra vez.

Y se había equivocado.

Dejó la habitación entre suspiros. Pasó la siguiente hora en el solar, de pie ante una ventana, mirando hacia abajo, al patio de armas, y se preguntaba cómo Carrick había logrado escapar con tanta facilidad. ¿Contaba con otros conspiradores? ¿Personas que le hubieran ayudado a huir? ¿Fue alguno de ellos el que tropezó con Isa y la mató, dejando el anillo de Wybren como recuerdo macabro?

¿Por qué, por qué, por qué?

¿Y cómo? Maldita sea, ¿cómo?

– Gran Madre, perdóname -murmuró Bryanna, con un dolor que le desgarraba el alma.

Cerró los ojos para apartar de la mente la imagen de Isa tendida sobre la mesa del médico, con la piel fría y de un blanco fantasmal, el cuello encostrado de sangre, pero la impresión permaneció en su mente como sellada con fuego.

Se arrodilló al lado de la mujer que la había criado, la nodriza que la había amamantado cuando la leche de su madre se había secado. Tocó los dedos rígidos de Isa y sintió algo, no la vida, sino los restos de ella, como si el alma de Isa todavía permaneciera allí.

– No me dejes -susurró Bryanna mientras las lágrimas caían sobre los dedos de la mujer muerta.

Siempre estaré contigo.

Más sorprendida que asustada, la mirada de Bryanna se depositó sobre los labios de la mujer muerta. ¡Isa había hablado! Aunque las palabras no habían sido pronunciadas.

Con el corazón en un puño, Bryanna le preguntó tímidamente:

– Pero, ¿cómo…?

Oyó la voz de Isa como si saliera de su interior: En tu recuerdo, niña, y en las cosas que os enseñé: no en el bordado, ni en hacer el dobladillo, ni en hilar sino en mis enseñanzas sobre las viejas costumbres, el mundo de los espíritus y el corazón.

– No creo en esas cosas.

Ah, Bryanna, es ahí donde os equivocáis… Todos vosotros, hijos de Lenore, conocéis los grandes tesoros de la Tierra. Vos que bebisteis de ni pecho tenéis el conocimiento de la verdad. Sólo vos tenéis la capacidad de ver más allá.

Bryanna apenas podía respirar.

– ¿Ver más allá? No, no, sólo veo lo que tengo ante mis ojos.

Sólo porque mirabais pero no veíais, oíais pero no escuchabais, tocabais pero no sentíais. A partir de este momento vuestra vida cambiará, hija mía, y conoceréis cosas vedadas al resto de los mortales. Buscad siempre la verdad, Bryanna.

– Te equivocas conmigo.

¿Estáis segura?

– ¡Sí!

Entonces ¿por qué oís mi voz?

Bryanna dejó caer la mano sin vida.

– Debe de ser un truco -gritó-. Sólo es una voz dentro de mi cabeza. Me… me estoy volviendo loca.

Se puso de pie como pudo, comenzó a hacer la señal de la cruz sobre el pecho como había hecho mil veces antes, pero la mano suspendió el movimiento en el aire y miró fijamente hacia abajo, a la que habían llamado bruja.

Escuchó con dificultad por encima de la palpitación del corazón contra las costillas, y aunque Isa cesó de hablar, oyó el susurro del viento fuera, el sonido de la lluvia sobre la azotea, y algo más… Algo que atrapó el aliento en sus oídos. Era el murmullo de alguna cosa oscura y malévola.

Contempló el cadáver de Isa.

– ¿Quién te mató? -preguntó, y aunque temblara por dentro, unió sus dedos con los de la muerta-. ¿Quién, Isa?

Es vuestra búsqueda, Bryanna. Sacadlo a la luz y hacedle pagar.

– Así lo haré -juró.

Se inclinó para besar la frente de Isa, y en ese instante supo por dónde empezar. Carrick de Wybren había desaparecido la noche que mataron a Isa.

Empezaría con él.

Abandonó el cuerpo de Isa, dio un paso hacia fuera, donde el día era tan gris como el crepúsculo y las lluvias torrenciales que se sucedían una tras otra. La atmósfera era sombría y oscura, perfecta para su cometido. Anduvo rápidamente por la cocina hasta unas escaleras traseras, y el aroma del humo y la grasa la siguieron hasta el tercer piso. Pasó por su habitación y observó la entrada de las estancias de su hermano, la habitación donde Carrick estuvo acostado, supuestamente enfermo durante mucho tiempo.

Una vez dentro inspeccionó los aposentos con su techo alto, la gran chimenea, y levantó la cama. Cerró los ojos concentrándose a la espera de algún signo, un atisbo del poder que Isa juró que poseía.

«Concéntrate», se dijo, porque no notaba nada en absoluto.

Se arrodilló como Isa lo haría, colocó sus manos sobre las piedras entre los juncos como si pudiera adivinar algo sobre Carrick en esos aposentos construidos con mortero, piedra, zarzos y barro… Con todo, nada le vino a la mente. Al compás de los latidos de su corazón, se acercó a la cama y se sentó en el borde. Mientras lo hacía, se imaginó a Carrick y a Morwenna juntos la noche pasada, dos amantes perdidos unidos de nuevo. La escena desprendía una gran magia y romanticismo.

Salvo que Isa había muerto y Carrick había desaparecido.

Recorrió por encima con la mano la ropa de cama. Quizá, pensó, le sobrevendría alguna visión. Pero todo lo que veía era la habitación, tal y como era, limpia y fresca. Las sirvientas habían borrado cualquier rastro del encuentro de la pareja.

Esperó y no pasó nada.

– Te equivocas, Isa -refunfuñó ella-. No tengo ninguna visión. No veo nada aquí. ¡Nada!

Se dejó caer sobre las almohadas, miró fijamente hacia el techo, buscando con los ojos respuestas en las robustas vigas.

Mientras lo hacía, vio unas grietas que había en el mortero, en lo alto de la habitación. El mismo tipo de rendijas entre las piedras que había observado en la suya. Siempre había supuesto que el castillo se había construido así, y que las rendijas ayudaban a que el aire circulara por todos los aposentos e impedían que se estancase, pero era extraño, porque aquí no daban al exterior. Era un muro interior.

Volvió hacia su habitación y observó las estrechas hendiduras, luego se dirigió al otro y a la habitación de Morwenna. Todas las cámaras tenían el mismo corte en el muro, siguiendo un patrón extraño, justo por debajo del techo.

Pero ¿y qué? Eso no era una revelación. No estaba leyendo en letras escritas con sangre el nombre del asesino de Isa. No veía a Carrick cruzando el patio de armas o cortando la garganta a Isa. Con ese pensamiento se encogió de tristeza.

Recordó que Isa encendía velas, las ataba con una cuerda y esparcía las hierbas y luego miraba fijamente la llama. Bien, que así fuera. Había escuchado las oraciones de la anciana bastante a menudo.

Rápidamente se apresuró a la habitación de Isa, donde llenó un saco velas, piedras, hierbas secas y una cuerda de color. Le llevó media mañana levantar un altar diminuto en la cámara de Tadd.

No se molestó en preguntarse qué pasaría si alguien la encontraba, pesarían que estaba afligida y perturbada por la pena, o la despacharían como a un ganso, tal y como siempre habían hecho. Así que, tras la puerta cerrada de la habitación de su hermano, encendió las candelas, las velas de junco y el fuego. Una vez que las llamas crujían en la chimenea y emitían su brillo por toda la habitación, rezó a la gran Madre, espolvoreó con las hierbas las diminutas llamas de las velas, y esperó un signo que no llegó.

«No te desanimes», se dijo, tratando de oír una y otra vez las palabras de los espíritus, de captar alguna señal de Isa para iniciar la búsqueda.

Y aun así fracasó.

Pasó una hora y todo lo que consiguió con los rezos fue una espalda dolorida y las rodillas lastimadas después de estar tanto tiempo genuflexionada ante el fuego.

– Un error lamentable -gruñó.

Disgustada por su frustrada tentativa de brujería, Bryanna apagó las mechas de las delgadas velas del altar y se dirigió a un rincón de la habitación para apagar el candelabro del muro.

Y entonces vio una marca en el suelo. No, eran varias, incluso se podía adivinar la silueta en forma de arco que rodeaba el sitio, como si se hubiera arrastrado algo de un lado a otro una y otra vez. No obstante, las marcas desaparecían a varios centímetros del muro, pero en la otra dirección se dirigían hacia dentro…, incluso más allá. Alumbró la escena con una vela y se arrodilló para examinar el suelo detenidamente. ¿Acaso era fruto de su imaginación o había algo allí?

Con el corazón en la garganta, tomó una brizna de paja del suelo y rastreó el muro en la línea de unión con el suelo. La paja se dobló durante parte del recorrido hasta que llegó al lugar donde el suelo presentaba las marcas. Desde aquel punto, y durante casi un palmo y medio más, se deslizó por debajo de las piedras, como si hubiera otra cámara al otro lado del muro.

El corazón le corría tan rápido como las alas de un colibrí. Se mordió el labio y retrocedió sobre los talones para observar el muro. ¿Era posible? ¿Era esa la visión? ¿O sólo eran elucubraciones vanas?

No descubrió entrada alguna, ni piedras a la sazón talladas… Sus dedos tampoco encontraron ninguna incisión visible… pero de algún modo…

Bryanna curioseó las piedras, intentó introducir los dedos en la minúscula abertura del muro, pero no encontró un cerrojo o alguna llave secreta. La máxima recompensa que obtuvo a todos sus esfuerzos fueron varias uñas rotas y las yemas de los dedos ensangrentadas.

«Tiene que estar aquí», pensó, aunque se deslizaron las primeras dudas en su mente. Con cuidado, comenzó a palpar con las manos el muro tan alto como pudo y a lo largo del suelo. Empezó por la esquina y siguió el recorrido por el lado más largo de la habitación.

Nada.

Volvió a la esquina. Avanzó otra vez despacio bajando por el muro, concentrándose en la textura áspera de las piedras, cerró los ojos, escuchó, sintió, centró sus pensamientos en lo que estaba haciendo, obstruyendo el paso a cualquier otro pensamiento, ruido u olor… Poco a poco sintió cada piedra, y al cabo de quince minutos lo encontró, un pequeño pestillo oculto en una de las piedras próximas al rincón.

¡Por fin! La respiración casi se le detuvo.

Ahora, ¿qué?

Con impaciencia manipuló el diminuto pedazo de metal, lo apretó, lo empujó, tiró de él… En vano. No pasó nada.

– Ah, por el amor de san Judas -susurró, y luego recordó el conjuro de Isa.

– Madre Morrigu, ayúdame -invocó-. Guíame y ayúdame a encontrar al monstruo que acabó con la vida de Isa.

Entonces suspiró, empujó con fuerza el pestillo de metal y oyó un chasquido suave, distinto.

Con el corazón en un puño, empujó la piedra marcada y se abrió despacio una entrada, una piedra dentada diferente de las otras, que creaba una vía de acceso.

«¡Así es como se escapó el bastardo!»

Bryanna guardó dos velas en el bolsillo. Luego tomó una de las que había encendidas en el candelabro de la pared y se introdujo en el pasillo oscuro y húmedo, determinada a conocer cómo Carrick de Wybren había salido impune del asesinato de Isa.

Capítulo 25

Morwenna todavía pensaba en las preguntas que surgían sin respuesta mantenía fija la mirada, a través de la ventana del solario, hacia el exterior, sintiéndose completamente inútil. Se frotó los brazos y miró hacia arriba, con la sensación, otra vez, de que unos ojos ocultos observaban en silencio cada uno de sus movimientos. Un golpe suave en la puerta anunció al administrador.

– ¿Dónde está todo el mundo? -preguntó al ver entrar a Alfrydd acarreando los malditos libros de contabilidad-. Y no me habléis de impuestos hoy, os lo ruego. -Los impuestos impagados era su preocupación más insignificante del día-. Tengo muchos asuntos más importantes en que pensar.

Alfrydd, siempre con semblante cansado, estaba sin duda más malhumorado que de costumbre. Y con ganas de llevar la contraria.

– Pero, milady, tenemos cosas de qué hablar y creo que lo mejor sería hacerlo sin demora, aunque estemos afligidos, antes de que llegue Ryden.

¡Ryden!

Había olvidado que pronto llegaría a las puertas de Calon, esperando que se le diera la bienvenida a la torre. Con toda seguridad esperaba un banquete de recibimiento y… Ay, no…

– Por el amor de Dios -susurró.

Antes de que hubiera ocurrido la última embestida de tragedias, había planeado decirle a Ryden que no se casaría con él, que la unión de dos baronías era imposible.

Morwenna esperaba que él lo entendiera; sin duda, querría a una novia que se sintiera atraída por él. «No puedo pensar en Ryden ahora», se dijo, sin prestar atención a la mirada de reprobación de Alfrydd.

Caminó de nuevo hasta la ventana para mirar al patio, donde los soldados todavía estaban barriendo el terreno.

– ¿Dónde diablos está Alexander?

– Tengo entendido que sir Alexander y el alguacil se marcharon al amanecer para buscar a la banda de asesinos y ladrones que han estado operando en el bosque, cerca del cruce del Cuervo. Creo que robaron a otro hombre, un agricultor, esta noche -explicó, reforzando las noticias que había oído horas antes.

– ¿Qué sabemos del médico?

– Nygyll está en la ciudad atendiendo a una mujer con un parto complicado. Según dicen, va a dar a luz a gemelos y la comadrona que debería estar a su cuidado asiste otro alumbramiento.

– E Isa no puede prestar su ayuda -dijo Morwenna con la voz entrecortada.

– Así es. Los pobres bebés han escogido una noche aciaga para venir al mundo.

Puso los libros de contabilidad sobre la mesa y Morwenna abandonó de mala gana el lugar donde estaba.

– ¿Por qué no ha vuelto el padre Daniel? -preguntó-. ¿Sabe alguien dónde está?

– También en la ciudad -le aseguró Alfrydd-. Ayuda al capellán a confesar a los feligreses y a dar limosnas a los pobres.

– Lleva horas fuera.

Alfrydd levantó una comisura de su esquelética boca y esbozó una sonrisa triste y hastiada del mundo.

– Hay tantos pecadores -dijo mientras abría el libro-. Siempre.

– Supongo…

Morwenna pensó brevemente en Alfrydd y se preguntó si también él estaba contra ella. Parecía un hombre tan amable y paciente, alguien que nunca levantaba la voz, que no mencionaba el hecho de que fuera una mujer, pero a veces los que parecían más inocentes resultaban ser los más mortíferos. A no ser que se tuviera conocimiento y se estudiara a fondo, era casi imposible distinguir una araña venenosa de otra inocua.

Urdía un plan en su mente, cuyas medidas a tomar no compartiría con nadie, porque no tenía a nadie en quien confiar. Excepto su hermana, aunque confiar en Bryanna sería ponerla en grave peligro.

Pasó la hora siguiente tratando de escuchar las preocupaciones de Alfrydd sobre los robos en la torre. Parecía convencido de que alguien robaba todo tipo de artículos de la despensa, hierbas, azúcar, arroz, miel, dátiles e incluso vino. Le mostró el inventario del empleado, que no concordaba con lo que él calculaba que se había comprado y utilizado. Iba a reanudar el tema de los impuestos atrasados cuando le cortó seco.

– En otra ocasión -le dijo-. Hoy es un día de luto.

– Desde luego.

Dio unos toques suaves con el dedo sobre los libros de contabilidad abiertos.

– Ya que hemos acabado con esto, envíame al amanuense. Quiero escribir una carta a lord Ryden. Y otra a mi hermano.

– Como vos deseéis -le contestó.

Alzó la mirada en espera de más explicaciones, pero Morwenna salió la cabeza dándole a entender que no iba a contarle más detalles.

– Es un asunto privado.

Le dirigió una sonrisa paciente, si bien forzada, y Alfrydd se marchó. Cuando se presentó el amanuense, le dictó dos cartas con apremio, primera iba dirigida a lord Ryden anunciándole que no podía casarse con él, con instrucciones de que debía ser entregada después de ella se marchara. La segunda era para su hermano y, en ella, le informaba del asesinato de Isa y le instaba a que le brindara ayuda con unos soldados de confianza. La carta a Kelan se entregaría a sir Fletmar, uno de los hombres que habían viajado con ella desde Penbrooke un hombre que había pasado muchos años con su hermano. Él era uno de los pocos allí que, sin duda, daría su vida por ella.

Una vez se hubo retirado el amanuense, Morwenna se encaminó a toda prisa a su habitación. Mientras ultimaba los planes en su mente, ciñó un cinturón con un monedero de cuero alrededor de la espalda que ató con una correa a la cintura, luego se puso una capa de lana cálida con una capucha forrada de piel negra. No podía dejar pasar más tiempo. Habían trascurrido horas desde que había encontrado a Isa y todavía más desde que Carrick se había marchado. Si se quedaba un instante más en la torre, perdería el juicio. Se calzó de un tirón las botas y, con su plan en la mente, salió disparada escaleras abajo, sorprendida de no tropezar con Dwynn. También él había desaparecido estaba fisgoneando a través de las mirillas de las cerraduras como de costumbre.

No perdió el tiempo buscando a sir Lylle. Caminaba tan rápido que casi se diría que corría, al expulsar el aliento formaba una pequeña niebla en el aire frío. En su salida apresurada se cruzó con grupos de campesinos y de criados congregados en el patio de armas. Inclinó la cabeza en respuesta a los saludos que le daban pero no se molestó en escuchar los comentarios. Dejó que siguieran dándole a la lengua y extendiendo rumores. No permitiría que le preocupara ninguno de los comentarios que estarían haciendo.

Después de un camino muy trillado hasta la torre de entrada, atravesó chapoteando los charcos y se hundió en el fango, que le cubría las punteras de las botas.

Apenas hubo limpiado las botas del barro, llegó a la torre de entrada e ignoró al guardia que le preguntó qué la llevaba por allí. Subió la escalera, golpeó la puerta y entró como una exhalación buscando al capitán en la estancia.

Como era de esperar, encontró a sir Lylle sentado al escritorio de sir Alexander, velando por todo el mundo como si gozara del nuevo mando, como si soñara que algún día sustituiría al capitán de la guardia.

A su entrada, él se puso en pie y firmes de inmediato.

– Milady, ¿qué os conduce hasta…?

– ¿Han descubierto algo los soldados que ofrezca pistas del asesinato de Isa? -exigió.

– No -negó con la cabeza frunciendo el ceño, alargando la cara e inclinando las comisuras de la boca hacia abajo-. Sólo huellas en el fango y runas cerca del vivero de anguilas, donde se cree que Isa pudo haber estado rezando.

El corazón de Morwenna se desmoronó al pensar en la pobre Isa cantando y rezando a la gran Madre, lanzando hierbas al viento y marcando runas instando la protección de Morwenna, incluso sabiendo que la aguardaba su propia muerte. Morwenna puso los brazos en jarras, cerró los dedos de las manos formando puños hasta clavarse las uñas en las palmas y volvió a jurarse que encontraría al asesino de Isa.

– Anoche los centinelas escucharon sus cantos cerca del vivero de anguilas pero no le dieron mayor importancia. -Los ojos del soldado la miraron suplicantes-. Era su costumbre, milady. Nada la hubiera detenido por mucho que se le dijera.

– Lo sé. Le di mi autorización -admitió Morwenna, sintiendo otro pinchazo de culpabilidad.

Había permitido a la anciana que practicara su propia forma de región a pesar de que tanto el sacerdote como el médico recriminaran sus costumbres paganas de Isa. El padre Daniel pensaba que sus prácticas eran heréticas; Nygyll consideraba que las «salmodias de gallina» y «los aullidos a la luna» que practicaba la anciana eran una sarta de tonterías místicas. Incluso sir Alexander había tratado de disuadir a Isa para que dejara de llevar a cabo aquellas prácticas, pero nadie pudo invencerla de que actuara de otra manera y Morwenna no veía nada malo en permitirle rezar como siempre había hecho. Y eso le había costado la vida.

– ¿No han encontrado a algún testigo? -preguntó Morwenna rehusando seguir dándole vueltas a su error-. Era la hora del cambio de guardia. Los guardias, ¿no vieron a nadie cerca de Isa? ¿No la oyeron gritar? ¿No se dieron cuenta de que pasaba algo?

– No, milady, ya os lo dije, nada.

– ¿Le han preguntado al panadero que se levanta temprano? ¿O al sacerdote? ¿Acaso el padre Daniel no se despierta mucho antes del alba?

Cuando sir Lylle sacudió la cabeza, sintió que una profunda desesperación le embargaba el corazón. Se moría por hacer algo, cualquier cosa que resultara útil-. ¿Habéis pensado en el monje de la torre sur? ¿El hermano Thomas? ¿Alguien le ha interrogado?

– En raras ocasiones abandona su habitación.

– Eso es lo que creemos. Pero, ¿quién sabe realmente lo que hace durante la noche?

Sir Lylle la miró detenidamente como si se hubiera vuelto loca.

– No estaréis insinuando que mató a Isa.

– ¡No, no! ¡Pero pienso que él pudo haber visto u oído algo! ¿No ladró ningún perro repentinamente anoche? ¿Ni relinchó nervioso algún caballo? Dwynn… ¿no vio a nadie? ¡Él siempre está merodeando!… o… o alguna madre que estuviera despierta con su criatura. ¿La esposa del maestro albañil no tiene un bebé que padece de cólicos? Pudo haber estado despierta y podría haber oído algo extraño, un ruido o un ser fuera de lo normal. -De nuevo estaba enojada, se le encendía la sangre, la impotencia la enfurecía-. ¿Y dónde diablos está todo el mundo? ¿Por qué todos han salido hoy? El sacerdote, el médico, el capitán de la guardia, el alguacil… Todos se han ido. Incluso Dwynn, que siempre está al acecho, parece haber desaparecido, a pesar de todos nuestros guardias. -Un nuevo pensamiento horrible le sobrevino-. Ay, Dios mío -susurró con dificultad para encontrar un hilo de voz-. ¿Creéis que les haya podido pasar algo? ¿Que todos hayan sufrido el mismo destino que la pobre Isa?

– No, milady, estáis haciendo una montaña de un grano de arena.

– ¿Eso creéis? Yo no lo creo. Anoche asesinaron a Isa, le rajaron la garganta de oreja a oreja en forma de W y Carrick escapó. Ahora la mayoría de la gente en que confío ha desaparecido. Algo malo está pasando aquí, sir Lylle; algo vil, malvado y hambriento. -Morwenna tragó saliva y se dio cuenta de que por fin había captado la atención del soldado. Se inclinó sobre el escritorio y señaló con un dedo los tablones le madera desgastada-. Alguien de esta torre sabe algo de lo que pasó noche, sir Lylle. Sólo debemos averiguar de quién se trata. Sugiero que comencemos con el hermano Thomas, los centinelas, la esposa del albañil y el panadero. ¿Quién más se levanta temprano? ¿Los cazadores? ¿El administrador?… Sí, Alfrydd está siempre despierto. Parece que el hombre nunca descansa. -Se esforzaba en pensar, yendo y viniendo de un lado para otro delante del escritorio y tocándose la barbilla con el índice-. ¿Y quién se acuesta tarde…? ¿El carcelero, quizás? -Morwenna entrecerró los ojos, se dio la vuelta y se enfrentó a sir Lylle-. Que se les vuelva a interrogar a todos.

Los labios de Sir Lylle palidecieron y arrugó un poco la nariz puesto que era un hombre orgulloso y obviamente no le gustaba que cuestionaran su autoridad. Sin embargo inclinó la cabeza y respondió de manera cortante:

– Como vos deseéis.

Y se apartó de la mesa al oír sonidos de pasos apresurados que subían por la escalera.

– Sir Lylle -gritó una voz.

Sir Hywell abrió la puerta de un empujón. Le acompañaba un muchacho huraño, al que tenía cogido por el brazo, y que Morwenna reconoció, el mozo de cuadra Kyrth. El muchacho miraba al suelo y tela las ropas y el gorro llenos de heno.

– Kyrth sabe lo que ocurrió anoche -anunció Hywell de manera triunfal, y luego inclinó la cabeza rápidamente en dirección a Morwenna-. Milady.

– ¿Qué viste? -le preguntó Morwenna, y el muchacho, después de quitarse el gorro de lana bruscamente de la cabeza, dejó al descubierto unos pelos de punta, y apenas alzó la vista.

– Me atacaron.

– ¿Quién te atacó? -le preguntó Morwenna rápidamente.

El muchacho sacudió la cabeza.

– No sé. Estaba oscuro y yo limpiaba la cuadra, no le vi, me puso un cuchillo en el cuello, justo aquí -dijo, llevando un dedo mugriento cuello, cerca de la nuez-, y juró que me lo rebanaría si decía una sola palabra.

– Cuéntamelo todo -le dijo Morwenna.

Kyrth explicó con voz entrecortada cómo le ataron, amordazaron y abandonaron en el establo. No pudo moverse ni gritar y no le encontraron hasta pasadas unas horas. El atacante que lo amordazó también robó un caballo, un enorme semental zaino de nombre Rex.

– Lo siento mucho -se disculpó.

Entretanto, ruidos de pasos treparon por la escalera. El encargado de la cuadra asomó por la entrada y al observar a Kyrth maldijo entre dientes.

– Por tu culpa hemos perdido un magnífico corcel -dijo apuntando al muchacho con dedo acusador-. Por los clavos de Cristo, ¿se puede saber qué estabas haciendo? -Sonrojado y apretando los labios, apenas echó una ojeada a Morwenna-. No puedo confiar en ti -espetó juntando las gruesas cejas-. ¿Cómo ha podido pasar una cosa semejante? ¡Por Cristo nuestro Señor, Rex!, es un corcel fantástico y nos lo han robado. -Desvió su mirada preocupada hacia Morwenna y algo del arrojo de su determinación y cólera pareció desvanecerse tras despotricar contra el muchacho-. Os presento mis disculpas, milady. -Se quitó el gorro de la cabeza como si por fin recordara los modales-. Esta… esta desgracia no debería haber ocurrido. -Movió la cabeza despacio de un lado a otro-. Primero escapa el hombre. Luego matan a Isa, pobre mujer…, y ahora esto.

Morwenna achicó los ojos al oír el discurso de aquel hombre. La tristeza en sus ojos era artificiosa. John nunca había confiado en Isa, a menudo se reía de sus tradiciones y ahora actuaba como si estuviera afligido por la desaparición de la mujer, de la que había murmurado que a «una hereje, una bruja maldita», después de una jarra de cerveza, intentaba salvar el pellejo echando la culpa al muchacho y fingiendo le se interesaba por una mujer que había despreciado.

– Encontraremos el caballo -aseguró sir Lylle y, encajando la mandíbula con dureza, sentenció-: y al jinete.

– Está bien -celebró Morwenna, aunque no le creyera ni por un minuto.

Parecía que todos en el castillo fueran ineptos e incompetentes.

Morwenna ya había decidido que la mejor opción era no confiar a nadie su misión. Aunque no expresó en voz alta su error, se dio cuenta de que era ella la que se había negado a prestar atención a las advertencias de Isa. Morwenna había permitido a la autoproclamada bruja que hiciera todo lo que le viniera en gana… y esa indulgencia le había costado la vida. Y Morwenna en persona le había dado a Carrick la oportunidad de escaparse, era ella quien había insistido en que no lo encarcelaran ni le enviaran de vuelta a Wybren.

Por lo tanto, su tarea era localizarlo.

– Suponiendo que Carrick robara el caballo… -conjeturó mientras todos los presentes asentían con la cabeza ligeramente-, ¿adonde se cree que ha ido?

Kyrth se encogió de hombros. John no aventuró una respuesta y sir Hywell resopló:

– Quién sabe adonde y si ha ido alguien como él.

Sir Lylle meditó un minuto y luego esbozó una sonrisa de satisfacción en los labios, casi condescendiente.

– Carrick se aleja todo lo que puede de aquí y de Wybren -afirmó, los ojos se le achicaron mientras pensaba-. Escogió el corcel más fuerte y de mayor resistencia. Yo diría que galopa en dirección al mar, quizás hacia un pueblo donde pueda embarcar y abandonar Gales.

Dibujó una sonrisa amplia en la cara y, en ese preciso instante, Morwenna se dio cuenta de que sir Lylle era un completo idiota.

Aunque Morwenna sabía en lo más profundo de su corazón que Carrick era embustero, mujeriego y tramposo, no creía que fuera un asesino. Durante el tiempo que habían pasado juntos, nada le había hecho cambiar de opinión.

Morwenna consideró que su mayor anhelo en este mundo debía de ser limpiar su nombre. Y el único modo de conseguirlo era volviendo a Wybren. Lo contrario a lo que apuntaban las conclusiones de sir Lylle.

Y allí es donde Morwenna pensaba encaminar sus pasos.

El castillo surgió imponente ante él: una torre gigantesca provista de torreones enormes, muros macizos y un vasto foso que rodeaba el montículo sobre el cual se elevaba. Las banderas rojas y doradas flameaban al viento y, como el crepúsculo se avecinaba, las antorchas estaban encendidas. Wybren.

A lomos del caballo exhausto, miraba fijamente a la torre.

¡Zas! Como una flecha, un recuerdo le atravesó la mente. Estaba en la cama con una mujer de cabellos rubios como el trigo. Ella levantó la mirada buscando sus ojos y le sonrió, como si guardara secretos que él nunca descubriría, y luego acercó la cabeza junto a la suya.

Alena.

Él la había amado una vez… O eso creía.

¡Zas!

Otro recuerdo, una imagen mordaz de uno de sus hermanos…, no pudo reconocer cuál de ellos…, fustigaba a un caballo porque había rehusado saltar un obstáculo. El animal, asustado, se encabritó, tenía las comisuras de la boca ensangrentadas por el freno y el pelaje negro empapado en sudor.

A medida que se sucedían los recuerdos, las dudas de que fuera a casa se disiparon.

Recordó el manzano en el huerto del que se había caído cuando niño y el pequeño pony peludo que le tiró al suelo cuando aprendía montar; le vinieron a la memoria imágenes del manejo de la espada, armas de palo antes de que le permitieran utilizar una hoja de acero auténtica.

¡Zas!

Una imagen fugaz de su padre… Un hombre corpulento como un oso que olía a cerveza y sexo y que tropezaba con la escalera, en dirección a los aposentos que compartía con su esposa.

En cuanto a su madre, los recuerdos eran todavía tenues. Parecía que se encontraba débil, los ojos siempre tristes, con un halo de desolación.

Su padre y su madre habían vivido allí, unidos por un matrimonio gélido, cumpliendo formalidades entre ellos y distantes de sus hijos, al cuidado de nodrizas, niñeras, instructores y de cualquier persona pudiera mantenerlos ocupados. Hubo momentos magníficos y oscuros secretos, una infancia repleta de fantasía, diversión y desesperación.

Sí, ése era el lugar donde había crecido. Fragmentos de recuerdos continuaron emergiendo a la superficie de su conciencia: guerras de manzanas, cazas de ranas y estirones de orejas por robar el cáliz del sacerdote por una apuesta…

El sentimiento de culpabilidad le retorció las entrañas mientras seguía sin apartar la vista de las torres de vigilancia. ¿Cómo había logrado sobrevivir? Con todos los recuerdos que le asediaban, ¿por qué no recordaba quién era o la espeluznante noche en que aquellos a quienes recordaba entre fragmentos habían muerto pasto de las llamas?

Porque tú tuviste que ver con ello.

Si no provocaste el incendio, probablemente ayudaste al que lo hizo y te traicionó. De lo contrario, no habrías escapado. Sólo una persona sobrevivió al fuego, una persona que escapó a caballo en medio de la noche con el anillo de Wybren en el dedo. Una persona a la que han declarado culpable de provocar esa tragedia.

Tú.

Carrick de Wybren.

Se le hizo un nudo en la garganta. No cabía duda. Él tenía que ser Carrick… y si así era, tuvo que colaborar en lo que había pasado. Entornó los ojos cuando se puso a llover.

Una persona sabía la verdad. Una sola persona le ofrecería las respuestas a todos sus interrogantes: Graydynn, lord de Wybren.

– Ya voy, miserable hijo de perra -masculló entre dientes. Espoleó la montura para que le condujera a la entrada principal-. Estás advertido.

Redentor se deslizó silenciosamente por el patio de armas de Wybren. Su hogar. El lugar al que pertenecía.

Los fuegos de las cabañas del alfarero, el curtidor y el herrero cantaban la noche y proyectaban el resplandor de unas manchas de luz atrayentes. Oyó el sonido de unas voces, incluso de risas, procedentes del gran salón, donde estaban a punto de servir la cena.

Del cielo plomizo comenzó a arreciar la lluvia, pero el frío invernal no le caló en los huesos. Una emoción a flor de piel le paralizó un instante, la expectativa de cumplir al fin su sueño. Estaba tan al alcance de su mano.

Levantó la mirada hacia la segunda planta y los aposentos del lord. La torre del homenaje se había reconstruido y ahora era más sólida y majestuosa que antes, pero si cerraba los ojos y aspiraba hondo, podía recordar cada detalle de aquella noche, la noche en que escuchó la voz de Dios. Incluso ahora podía sentir el olor a aceite ardiendo. Rememoró el crepitar de las llamas, ávidas por franquear las rendijas de las puertas de las cámaras mientras sus ocupantes dormían ajenos a lo que pasaba.

Incluso todavía ahora se emocionaba al imaginar el fuego devorando los juncos, cercando las camas, prendiendo en las cortinas que colaban de los doseles, abrasando sin piedad la ropa de cama de aquellos pecadores sumidos en un sueño profundo. Fue apropiado que murieran en sus pequeños infiernos… Más que apropiado… era justicia… Dulce justicia. Y redención.

Rió para sus adentros, satisfecho por el trabajo bien hecho… Bueno, casi. Pronto culminaría todo lo que había planeado. El error que había cometido con anterioridad, no matar a todos cuantos tenía intención de aniquilar con el fuego, sería rectificado. Esa noche.

Y todo aquello por lo que había trabajado sería suyo, incluida Morwenna de Calon.

Frustrado, sintió el mismo temblor de lujuria hirviéndole la sangre, con el calor del deseo. A duras penas logró contenerlo. Esperaría. Primero debía acabar lo que había empezado.

Sufrir un poco más con la tortura de no tocarla… todavía. Pero pronto, quizá mañana, ella sería suya. Se frotó las manos en los bombachos, hasta secarlas por completo y crear una sensación de calor en los muslos.

Mañana culminaría su obra.

Y Dios estaría satisfecho.

Capítulo 26

– ¡Alto! ¿Quién va ahí?

La voz del centinela retumbó en la noche, el eco rebotó contra los gruesos muros de Wybren.

Durante un segundo, quedó congelado sobre su corcel. Pero ya había tramado la mentira y era bastante fácil de contar. Ocultó un pequeño cuchillo en la manga y se presentó aparentemente desarmado.

– Mi nombre es Odell. Vengo del castillo de Calon con un mensaje de lady Morwenna para lord Graydynn.

Habló con un tono de voz ronco, tanto por sus heridas como para camuflar su voz e impedir que el guardia la reconociese, ahora que estaba convencido de que había vivido y crecido allí y que era uno de los hijos de Dafydd. Quería hablar más, entablar una conversación para convencer al hombre, pero se mordió la lengua. Si hacía falta, sacaría el cuchillo raudo y veloz y le obligaría a que le dejara pasar, pero no quería causar ningún problema, ni que nadie presenciara un alboroto. No, lo que quería era colarse tan silenciosamente como un soplo de brisa.

El centinela sostuvo la antorcha en lo alto, aunque una cortina de lluvia mantenía la llama baja y le ayudó a pasar inadvertido.

– ¿Odell? -repitió como si el nombre le sonara extraño.

– Sí. Acompañé a milady desde Penbrooke, donde trabajaba al servicio de lord Kelan.

– Me resultáis familiar.

– ¿Servisteis en Penbrooke?

El centinela meneó la cabeza.

– No, nunca.

– Quizá compartimos una jarra de cerveza en Abergwynn o en «El gallo y el toro», cerca de Twyll.

– No, creo que no, pero…

Dos jinetes se acercaron y la atención del centinela se distrajo durante un instante. Los recién llegados daban voces y exigían que les permitieran la entrada.

– ¡Eh! ¿Qué significa este atasco? ¡Venga, compañero, necesitamos un fuego, una mujer y una taza de cerveza para calentarnos los huesos! Belfar, ¿eres tú?

El centinela, de pie bajo la luz de la antorcha a punto de consumirse, frunció el ceño y murmuró algo ininteligible. Echó un último vistazo al jinete solitario.

– Podéis pasar, sir Henry le escoltará hasta el señor del castillo. -Hizo unas señas hacia la torre de entrada-. Henry conduce a este jinete de Calon ante el barón.

Un hombre apareció en la torre de entrada.

El corazón del jinete, que todavía montaba el corcel extenuado, latía con fuerza y esperó que el nuevo no lo reconociera. Tarde o temprano alguien lo haría, había crecido allí, entre esas gentes, y seguramente estaban enterados de que habían encontrado a Carrick en las inmediaciones de Calon, así que estaba desafiando a la suerte si se cruzaba con demasiadas personas. Por suerte, la mayoría de los guardias eran mercenarios, hombres cuya lealtad se compraba con oro que a menudo encontraban un mejor postor a quien ofrecer sus servicios, y muchos eran nuevos en Wybren.

Acompañado por uno de los soldados de Graydynn, que caminaba con brío a su lado sosteniendo un farolillo, franqueó a caballo varias puertas y penetró en el patio de armas.

En medio de una luz tenue y titilante, un aluvión de recuerdos repiqueteaba en su cabeza, como lluvia caída del cielo. Sabía instintivamente dónde estaba cercado el rebaño de ovejas. Aunque no podía recordar el nombre del esquilador de animales, lo rescató del olvido, un hombrecito vivaracho, medio calvo y de panza grande… Richard, sí, así llamaba, y también recordó que tenía un hijo, un muchacho pelirrojo con un hueco entre los dientes, un tirador mortífero.

El jinete también reconoció la cabaña del herrador, donde vislumbró la silueta de un hombre musculoso frente al fuego de su forja., llamaba Timothy y su esposa, Mary, era una mujer grande de pechos generosos que había coqueteado sin piedad con todos los muchachos de la torre.

A medida que los recuerdos le asaltaban, le costaba más tragar pero, con todo, intentaba mantener la mente en su sitio, actuar como si no hubiera despertado cada día envuelto en los sonidos y los olores de Wybren. El guardia y él se detuvieron en las cuadras, donde un joven muchacho, un escudero al que no reconoció, tomó las riendas de su caballo.

– Me ocuparé de que el mozo de cuadra lo cuide. Le dará comida, lo abrevará y le cepillará el pelaje -prometió el muchacho.

Mientras el escudero conducía al gran semental bajo el alero del establo, otro recuerdo le vino a la memoria, donde aparecía York, el encargado de cuadra, un hombre robusto, de piernas arqueadas, que despertaba al amanecer para inspeccionar a los animales y las reservas de comida, y llamaba a cada caballo por su nombre.

La hija de York, Rebecca, era una muchacha de mirada tierna, sonrisa inocente y risa contagiosa. Rebecca fue la primera muchacha a la que besó, dentro del establo.

– Jesús -susurró.

¿Por qué no podía recordar el incendio?

Si era Carrick, ¿por qué no se acordaba de haber prendido fuego a la paja o de haber escapado del castillo en llamas…? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Esa noche lo averiguaría.

Rechinó los dientes porque quería escabullirse hasta el gran salón pero dejó que lo guiaran. Por suerte, el guardia tomó un camino que le resultaba familiar. Sabía precisamente adonde debía dirigirse, dónde abalanzarse sobre su presa. Aunque aparentaba no prestar atención al guardia, cuando el camino se torció y se encontraron en un lugar más estrecho entre las dependencias del molinero y el molino de viento, fuera del alcance de las miradas, deslizó el cuchillo hasta la palma de la mano y rodeó la empuñadura con los dedos. El guardia caminaba a medio paso delante de él.

Dio un brinco con un movimiento rápido y le puso al guardia el cuchillo en la garganta, y mientras el hombre farfullaba y abría sorprendido los ojos como platos, lo empujó contra la pared.

– Suelta el arma -ordenó en voz baja.

El guardia intentó repeler el ataque. El farol salió volando por los aires, la luz de la vela se apagó y el metal golpeó contra la pared.

– Muy bien -exclamó.

Le propinó un rodillazo en la entrepierna y, mientras se doblaba de dolor, le sustrajo el arma. De nuevo acercó el cuchillo a la garganta del hombre.

– No me mates -gimoteó el centinela, cubriéndose la entrepierna, y con el aspecto de estar a punto de orinar o de vomitar sobre las piedras y el barro del camino.

– Tú eliges -dijo rápidamente. No podía permitir que el hombre le ensuciara el uniforme-. Confía en mí. Si obedeces, te dejaré con vida. Si no, juro que te atravesaré con tu propia espada.

– No, yo…

Colocó la punta de la espada en el pecho del guardia.

– Ya te lo dije, ¡tú eliges!

Con los ojos clavados en su prisionero y cogiendo con mano firme la espada, se quitó el cinturón y lo ató rápidamente alrededor de la boca del hombre, a modo de mordaza. Una vez se hubo asegurado de que el guardia no podía dar la voz de alarma, lo empujó al pie del molino de viento y lo despojó de sus ropas. El aire transportaba mucho polvo y el olor a grano molido. El lugar estaba oscuro como boca de lobo.

Trabajando deprisa, cortó las mangas de la túnica del soldado y las utilizó para atarle los pies y las manos. Después arrancó el dobladillo; ató al centinela desnudo a un poste cerca del centro del recinto. Sin dudas el hombre podía luchar para liberarse de los lazos o alguien lo encontraría, pero con un poco de suerte antes pasarían horas.

En la oscuridad, acabó de desnudarse y se puso el uniforme de Wybren. Cometió algunos errores, malgastando un tiempo precioso al ponerse la túnica por encima de la cabeza hacia atrás, antes de darle la vuelta, y aliando con los cordones de los bombachos. La ropa no le iba bien, la túnica le apretaba en los hombros y los bombachos le ajustaban en los muslos. Y desprendían el olor del guardia. Aunque mejor que fuera así.

Deslizó el cuchillo en su manga otra vez y recogió la espada. Estaba preparado.

Penetró con sigilo en la noche y, con la lluvia como escudo, se arrastró por caminos que le resultaban familiares, que serpenteaban por el gran patio de armas. Encontró la entrada trasera al gran salón a través de la puerta de la cocina y luego, sin hacer ruido, subió la escalera servicio hasta el segundo piso, donde estaban los aposentos del señor del castillo, donde estaría Graydynn.

Con los dientes apretados y empuñando el arma se introdujo en vestíbulo superior, diferente a como lo recordaba, aunque era el mismo. Las velas de junco quemaban en unos candelabros de pared nuevos y el vestíbulo parecía más amplio, sus muros enjalbegados se veían nuevos y limpios.

El corazón le latió con fuerza. «Así que aquí es donde sucedió. Aquí es donde murieron». Se le encendió la sangre y una amalgama de emociones diversas le desgarraron las entrañas. Él la amó. Y la odió. Confió en ella. Y le traicionó.

Recordó a una mujer. Alena.

Se detuvo en un lugar donde sabía que estaba la entrada a sus aposentos privados y palpó la pared. Una sensación de déjà-vu se apoderó de él, veía a la mujer dentro de la habitación, susurrándole palabras que no entendía. Ella le hizo un gesto con el dedo, invitándolo a pasar al interior, y aunque sabía que cruzar el umbral era un error, no pudo resistirse, nunca había sido capaz de resistirse a sus encantos.

Sintió una opresión en el pecho que apenas le dejaba respirar. Siempre se le cortaba la respiración cuando pensaba en ella y en la manera en que murió. En ese momento, ya que había sobrevivido, reconoció un sentimiento de culpa en lo más profundo de su corazón. La había amado. Pero tal vez no tanto como habría podido.

¡Alena! Cerró los ojos un momento y la vio: el cabello dorado que le resbalaba hasta la cintura, ojos traviesos, pechos perfectos y una cintura de avispa.

– Acércate -le susurró.

Y aunque él sabía que no debía confiar en ella otra vez, entró de buena gana en la habitación…

– Entonces ¡es verdad!

Una voz quebró su visión y dio media vuelta desenvainando el arma. Demasiado tarde, se dio cuenta de que no estaba solo. Alguien más andaba sigilosamente por el vestíbulo.

Allí estaba, a unos pasos de él, su primo.

La sonrisa de Graydynn de Wybren dejó al descubierto sus dientes blancos entre la barba:

– Es verdad -dijo sacudiendo la cabeza-. Carrick está vivo.

– Lamento molestaros, milady. Sé que tenéis la cabeza como un bombo -tanteó preocupada Sarah, la esposa del alguacil-. Pero es muy raro que mi marido no haya vuelto todavía.

Permaneció de pie en el gran salón delante de Morwenna, retorciendo sus manos con manifiesto nerviosismo.

– Es el alguacil, Sarah -le respondió Morwenna-. Seguro que otras veces se ha ausentado por más tiempo que hoy.

Morwenna le hizo una seña para que se sentara en la silla junto a ella y la gruesa mujer se dejó caer donde le indicó. Se sentó en el borde del asiento, como si estuviera dispuesta a salir disparada en cualquier momento.

– Sí, pero siempre me decía… cuánto tiempo pensaba estar fuera. «Sarah, me marcho tres días y si necesito más tiempo enviaré a un mensajero para que te avise, para que no te preocupes». O «volveré al anochecer; recuerda dejar las gachas calientes para cuando regrese». En todos los años que llevamos casados nunca me ha dicho «vuelvo dentro de unas horas» y luego ha regresado a medianoche. Sí, una o dos veces me he quedado despierta esperándole, cuando algo le impidió volver tal y como había planeado, pero sólo se demoraba unas horas.

– Esta vez es diferente -le contestó Morwenna.

– Sí. -Sacudió la cabeza bruscamente varias veces-. Me dijo que iba a interrogar a un campesino con sir Alexander y eso fue antes del alba. -Se mordió el labio inferior pero al darse cuenta de que lo estaba haciendo paró de repente-. A decir verdad, me dijo que no llegaría para el almuerzo pero sí a mediodía.

– Y ya ha caído la noche.

– Sí, estoy segura de que me habría avisado si hubiera podido… sabiendo cómo me preocupo por él. -Juntó las manos delante de ella-. Me temo que algo le haya sucedido, milady -dijo con una voz que no era más que un chillido-. Y con todo lo que está sucediendo aquí… con lo que le ha pasado a la pobre, pobre Isa y a sir Vernon. -Se puso mano sobre el pecho, tragó con fuerza y miró a lo lejos-. Es para preocuparse, para preocuparse y algo más.

Morwenna quiso ahuyentar los miedos de la mujer, consolarla, decirle que todo estaba bien pero habría mentido.

– Debemos esperar a que pase la noche, Sarah. Pero he decidido que mañana, con el nuevo día, mandaré a un pelotón de búsqueda.

– ¿A qué esperáis? -le preguntó con sus grandes ojos cerrados-. Para entonces puede ser demasiado tarde.

Morwenna reconoció en su fuero interno que la mujer tenía razón. Ella también temía que algo terrible hubiera pasado.

– Me temo que no encontraremos nada con la tormenta, al menos antes de que amanezca. -Le ofreció una sonrisa y acarició la mano de la mujer-. Ten fe -sugirió, aunque la suya estaba en las últimas-. Tal vez vuelva pronto. Sé que tanto él como sir Alexander son hombres inteligentes, fuertes, no se dejan embaucar fácilmente y manejan bien la espada.

– Sí, pero a veces una espada no es suficiente -respondió Sarah, poniéndose en pie. Se disculpó y abandonó la habitación.

Durante un buen rato, Morwenna se quedó sentada en silencio. Golpeteó con los dedos el brazo de la silla y trató de consolarse con el pensamiento de que no se había quedado de brazos cruzados. Mort, que acababa de despertarse, dejó su rincón al otro lado de la chimenea y se acercó a ella, que en recompensa le acarició las orejas.

Había pedido a sir Lylle que enviara a algunos mensajeros a la ciudad para localizar al médico y al sacerdote. Hasta el momento, los dos hombres no habían regresado. Ni los dos mensajeros.

– Qué extraño -se dijo.

Le invadió una ola de miedo, una sensación de que estaba urdiéndose una traición. Si no, ¿por qué todos los que habían abandonado Calon ese día habían desaparecido, como si se los hubiera tragado la tierra?

Entornó los ojos a la luz de la lumbre.

Desde que había anhelado gobernar su propia baronía, nunca imaginó que el camino sería tan espinoso. En efecto, la habían puesto a prueba cuando llegó a Calon y, como mujer, suponía que haría falta un tiempo para que sus vasallos la aceptaran. Pero no había sucedido según lo previsto y a menudo notaba la tensión que flotaba en el ambiente entre los que la aceptaban como señora del castillo y los que nunca confiarían en que una mujer soltera tomara decisiones.

Hasta que Carrick no cruzó las puertas del castillo, había trabajado con diligencia con el único fin de ser la mejor soberana posible, pero la visión de su antiguo amante, golpeado y a las puertas de la muerte, resultó ser su perdición. Todo por lo que había trabajado, todas sus esperanzas no sólo se ponían en tela de juicio sino que se hacían añicos. Acostándose con él había sellado su destino: nadie en la torre confiaría en ella.

¿Qué vas a hacer, Morwenna? ¿Sentarte aquí y compadecerte? ¿Llamarte una y mil veces idiota? ¿O harás algo que demuestre lo que vales? ¿Eres toda una señora o una mujer consentida con el sueño de ser señora de un castillo?

– ¡Por todos los diablos! -refunfuñó entre dientes, y el perro, que estaba echado a sus pies, gruñó-. Todo va bien -dijo al animal aunque sentía que se le helaba la sangre al pensar en la traición que se tramaba en el castillo.

¿Qué pasaba? ¿Alguien conspiraba para tomar el control de Calon?

Recorrió la habitación con la mirada. Unos criados apilaban las mesas contra las paredes tras la cena, un gato se escabullía entre las sombras. Los perros del castillo apenas levantaron la cabeza para mirar al intruso. Tampoco Mort pareció notar la presencia del felino negro. ¿Acaso ella se parecía a los perros, dotada con un falso sentido de seguridad?

¿En quién podía confiar en Calon?

Aquella pregunta era un fantasma que le rondaba por la mente.

«Aquellos en los que confiabas se han ido». La mandíbula se le deslizó a un lado y se preguntó si acaso no estaba siendo objeto de un complot. ¿Es que acaso no percibía que siempre la espiaban? ¿No había oído por casualidad retazos de conversación que cuestionaban su capacidad, principalmente porque no había nacido varón? ¿Acaso no había percibido la tensión, las sonrisas severas y reprobatorias, la desconfianza en muchos pares de ojos? Algunos de sus enemigos eran fáciles de reconocer: el alquimista, el curtidor y dos o tres cazadores, que hacían todo lo posible por evitarla. Siempre que tenían que tratar con ella se comportaban de manera ruda y nerviosa. Y el alfarero era un hombre taimado. Sabía que no podía confiar en él porque parecía tener dos caras. La esposa del molinero era una mujer fría que imaginaba que todas las demás lanzaban miradas lascivas a su desdentado marido. Y luego estaban el sacerdote y el médico… Nunca sabía a qué atenerse con ambos. Ninguno de los dos había regresado, a pesar de que había enviado a mensajeros. Sí, definitivamente algo iba mal.

Y todo había comenzado con el hallazgo de Carrick en los aledaños e la torre. Él era la clave. Desde que había entrado en Calon se habían producido dos asesinatos y algunos estaban en paradero desconocido, según sir Lylle, se había interrogado dos veces a todas las personas de la torre.

«No a todos», pensó. Por la razón que fuera, sir Lylle se había negado a hablar con el hermano Thomas, lo que era un error. Y no el único.

Otra vez llegó a la conclusión de que sólo podía confiar en sí misma. Como le prometió a Sarah, cabalgaría al amanecer para tratar de localizar a sir Alexander y al alguacil. Pero mientras tanto no perdería el tiempo. Esa misma noche se acercaría a la torre sur y hablaría con el viejo monje. Según Fyrnne, el hermano Thomas era la persona que más tiempo llevaba viviendo en Calon y cabía la posibilidad de que por su posición sobre el patio de armas pudiera atestiguar algo fuera de lo común la noche anterior.

¡Sólo esperaba que no hubiera hecho voto de silencio!

El alguacil y él creían ir en ayuda de un campesino víctima de un brutal ataque y les habían tomado el pelo. Habían llegado a casa del campesino al alba y aporrearon fuerte la puerta.

Al ver que nadie les abría, la tiraron abajo y encontraron al agricultor en el centro de la habitación, y gallinas, cerdos y cabras que campaban libremente por el suelo cubierto de mugre. El fuego se había consumido y vieron que el hombre estaba molido a palos, atado de pies y manos, y le habían amordazado con una cuerda la boca ensangrentada.

El campesino gritó cuando entraron, los ojos se le abrieron como platos por el terror…

– ¡Baja del maldito caballo!

La voz era enérgica. Imperiosa. Acostumbrada a dar órdenes.

Alexander quiso luchar. Blandir su espada y atravesar al matón, pero era demasiado tarde.

Les atacaron por la espalda y les golpearon con fuerza suficiente para ponerlos a él y a Payne de rodillas. Las gallinas clocaban y se dispersaban, una cabra balaba y le pisoteó las piernas al huir despavorida. Un manto de oscuridad se cernió sobre su mente, aunque consiguió de alguna manera no perder el conocimiento.

Había tratado de luchar sin parar de revolverse, repartiendo golpes a diestro y siniestro con su espada, pero los hombres, grupo numeroso, volvieron a derribarlo rápidamente, propinándole un fuerte golpe que le dejó fulminado en el suelo. Antes de que pudiera reaccionar, le cubrieron la cabeza con un saco áspero y le desarmaron. Se tiró rugiendo a sus pies y giró en redondo propinando patadas con fuerza e hiriendo a uno de sus captores. Escuchó el aullido de dolor y luego alguien le espetó:

– ¡Bastardo sangriento y apestoso!

¡Bam!

Un golpe del talón de una bota se estrelló contra su mandíbula. Un dolor muy agudo le traspasó la cabeza. Le castañearon los dientes y sus piernas flaquearon al fin. Antes de que pudiera volver a tomar aire le sujetaron las manos y le ataron las muñecas con correas de cuero que se le clavaban en la carne. Le habían amordazado por encima del saco que llevaba puesto en la cabeza y le estiraba mucho.

Con los ojos vendados subió al corcel…

Pensó que era su caballo, reconoció la silla y el paso del animal, el porte al que estaba habituado. Al menos era algo…, montaba su propio corcel. Pero no era demasiado, sintió temor, estaba maniatado, le dolía la mandíbula a más no poder.

– ¡Allí van, compañero, atados como un maldito pato de Navidad! -dijo el mismo hombre de aliento pestilente riendo a carcajada limpia su patética broma.

Qué mortificación.

Tenía las manos a la espalda y un dolor en la boca, pero se sentó a horcajadas sobre el caballo y aguzó el oído. Los hombres hablaban, pero no pudo identificar sus voces. Ni siquiera estaba seguro de que hubieran dejado a Payne con esa panda de matones, pero Alexander pensó que todavía debía de estar en medio de la fiesta de esa gentuza. Deseó fervientemente que todavía estuviera con él, así tal vez de alguna manera acabarían venciendo a sus atacantes.

«¿Y cómo lo conseguirás, maldito capitán de la guardia?» Se encogió de hombros. Por todos los santos, había fracasado. No sólo ante él y la torre, sino también ante Morwenna, la mujer que dependía de él, la mujer a la que amaba.

Sí, no era más que el lamentable espécimen de capitán de la guardia del castillo de Calon. Le habían arrebatado los días en que soñó que ocuparía un puesto noble, que se atrevería a pedir la mano de la señora de la torre, como le habían arrebatado la espada. A decir verdad, aquel sueño concreto parecía pertenecer a otra vida, como si lo hubiera concebido un hombre distinto a él.

«¡No te rindas! ¡Lucha, maldita sea! ¡Se lo debes a ella! ¡A ti! Aún puedes encontrar un modo de salir de ésta. ¡Tienes que hacerlo!» A pesar del dolor, Alexander trató de concentrarse y no perder la cabeza. ¿Dónde lo habían apresado esos asesinos y por qué? No sabía en qué dirección cabalgaban pero sintió el olor a corteza mojada y hojas por encima del olor a lluvia. Aguzó los sentidos para intentando enterarse de las palabras de aquellos hombres que le llegaban a los oídos. Unas eran ininteligibles, pero otras eran nítidas. Mencionaron «Calon», «Carrick» y «venganza».

¿Qué querían decir? Dios santo, ¿qué plan tenían?

Esa panda de matones, ¿los habían hecho picar el anzuelo en medio de la noche para exigir un rescate? No, parecía poco probable. Era demasiado arriesgado y no tenía relación con Carrick y una supuesta venganza. Los engranajes de su mente se pusieron en funcionamiento para tratar de adivinar las intenciones de los hombres que les habían preparado esa emboscada. ¿Habían planeado matarles al alguacil y a él? ¿Quizá como pasatiempo o para advertir a los que trataban de impedir sus fechorías? ¿Qué mejor modo de hacer alarde de su autoridad y demostrar su inteligencia e imbatibilidad que matando al capitán de un ejército y al alguacil?

Pero parecía exagerado.

Escuchó el sonido incesante de los cascos de los caballos sobre el fango mientras sentía la lluvia repiqueteándole en el rostro. De repente, sin esperarlo, la verdad le sacudió como un puñetazo en las tripas.

No les conducían hacia el castillo para un intercambio de prisioneros o exigiendo un rescate. Tampoco les iban a matar sin más, al menos todavía. No.

Su corazón le dijo que les llevaban de regreso a Calon con un único propósito, utilizarles como señuelo.