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El Legado De Frost

Laurell Hamilton

Soy Meredith Gentry, princesa y heredera forzosa al trono de un reino feérico, antes detective privado en el mundo humano. Para ser coronada reina, y así continuar con la línea de sangre real, primero debo dar a luz a mi heredero. Si fallo, mi tía, la Reina Andais, será libre de cumplir el mayor de sus deseos: nombrar a su malévolo hijo, Cel, como monarca… y matarme. Mis guardaespaldas reales me rodean, y mis amados Oscuridad y Asesino Frost están siempre a mi lado, jurando protegerme y amarme. Pero de todos modos la amenaza se cierne sobre nosotros, puesto que a pesar de todos nuestros esfuerzos no me quedo embarazada. Y mientras, las maquinaciones de mi siniestra y sádica Reina y sus cómplices parecen inagotables. Así que mis guardaespaldas y yo hemos regresado a Los Ángeles, con la esperanza de superar o al menos minimizar las crecientes intrigas de la Corte. Pero incluso el exilio no es suficiente para escapar de las garras de sus más oscuros designios. Ahora el Rey Taranis, el poderoso soberano de la Corte de la Luz, ha acusado a mis guardaespaldas reales de un delito atroz y ha llegado al extremo de interponer una acción judicial ante las autoridades humanas para que impartan castigo. Si tiene éxito, mis hombres afrontarán la extradición al mundo feérico y las penas más horribles que les puedan esperar allí. Pero sé que los cargos de Taranis son infundados, y presiento que su objetivo tras todas estas atrocidades soy yo. Él ya trató de matarme cuando yo era una niña. Ahora temo que sus intenciones sean mucho más aterradoras.

Laurell K. Hamilton

El Legado De Frost

Meredith Gentry 06

CAPÍTULO 1

ESTABA SENTADA EN UNA ELEGANTE SALA DE CONFERENCIAS ubicada en lo alto de una de las torres más relucientes del centro de Los Ángeles. La pared más lejana de la sala era casi completamente de cristal, por lo que la vista era casi agorafóbica. Se había pronosticado que si el “Más Grande”, es decir, un gran terremoto golpeara en esta zona de L.A., la ciudad quedaría sepultada bajo un espesor de 2,5 a 4,5 metros de esquirlas de cristal. Cualquier cosa o persona en las calles de abajo sería hecha picadillo, aplastada, o atrapada bajo de un alud de cristal. No era un pensamiento muy bonito, pero éste era un día para tener pensamientos feos.

Mi tío Taranis, Rey de la Luz y la Ilusión, había presentado cargos contra tres de mis guardaespaldas reales. Había acudido a las autoridades humanas acusando a Rhys, Galen y Abe de haber violado a una de las mujeres de su corte.

En toda la larga historia de su reinado en la Corte de la Luz, Taranis nunca había acudido a los humanos para que impartieran justicia. Regla feérica; ley feérica. O más bien, regla sidhe; ley sidhe. Los Sidhe habían gobernado a las hadas durante más tiempo del que nadie podía recordar. Ya que algunas de esas memorias se remontan a miles de años atrás, tal vez los sidhe siempre habían ocupado el cargo, pero eso me sonaba como una mentira. Los sidhe no mienten, porque mentir, equivale realmente a ser expulsado de la tierra de las hadas, a ser exiliado. Dado que yo sabía que los tres guardaespaldas en cuestión eran inocentes, esto originaba unos problemas bastante interesantes con el testimonio de Lady Caitrin.

Pero hoy sólo declarábamos, y según como fuera, el rey Taranis estaba preparado para intervenir mediante una llamada en grupo. Era por esa razón que Simon Biggs y Thomas Farmer, ambos de Biggs, Biggs, Farmer, y Farmer, estaban sentados a mi lado.

– Gracias por aceptar esta reunión hoy, Princesa Meredith -dijo uno de los abogados congregados alrededor de la mesa. Había siete abogados rodeando la amplia y reluciente mesa, dando la espalda a la encantadora vista.

El embajador Stevens, embajador oficial de las Cortes de las Hadas, se sentaba en nuestro lado de la mesa, pero al otro lado de donde se sentaban Biggs y Farmer. Stevens dijo:

– Unas palabras sobre protocolo feérico: No se dan las gracias a las hadas, Señor Shelby. La Princesa Meredith, siendo la más joven de la Familia Real probablemente no se ofenderá, pero usted tratará con nobles que serán muy viejos. No todos ellos le dejarán pasar un insulto tan grave. -Stevens sonreía al decir esto y había sinceridad en su rostro afable, de ojos castaños y un perfecto corte de pelo también castaño. Se suponía que era nuestro representante frente a los humanos, pero realmente pasaba todo su tiempo en la Corte Luminosa dándole coba a mi tío. La Corte de la Oscuridad donde mi tía Andais, la Reina del Aire y la Oscuridad, gobernaba y donde yo podría gobernar en su día, era demasiado espeluznante para Stevens. No, no me gustaba el tipo.

Michael Shelby, fiscal federal para la ciudad de L. A. dijo…

– Lo siento, Princesa Meredith. No me di cuenta.

Yo sonreí, y le dije…

– Está bien. El embajador tiene razón, pero unos agradecimientos no me molestarán.

– ¿Pero molestarán a sus hombres? -preguntó Shelby.

– A algunos de ellos, sí -le contesté. Miré detrás de mí a Doyle y a Frost. Estaban de pie detrás de mí como si la oscuridad y la nieve se hubieran encarnado en personas, y eso no estaba demasiado lejos de la realidad. Doyle con su pelo negro, piel negra, y traje de diseño negro; hasta su corbata era negra. Sólo la camisa de un intenso color azul había sido una concesión hecha a nuestro abogado, quien pensaba que el negro daba una mala impresión, de hecho que le hacía aparecer amenazador. Doyle, cuyo apodo era Oscuridad, le había dicho…-“Soy el capitán de la guardia de la princesa. Se supone que soy amenazador.” -Los abogados no supieron qué decir ante esto, pero Doyle, al final, se había puesto una camisa azul. El color casi brillaba contra el perfecto e intenso negro de su piel, que de tan oscura, bajo una luz directa reflejaba tonos de un azul casi purpúreo. Sus ojos negros estaban escondidos detrás de unas oscuras gafas de sol con montura negra.

La piel de Frost era tan blanca como la de Doyle era negra. Tan blanca como la mía. Pero su pelo era único, plateado, como si fuera de metal fundido. Brillaba bajo la elegante iluminación de la sala de conferencias. Refulgía como si lo hubieran fundido y luego convertido en joyas. Se había recogido la primera capa de pelo en lo alto de la cabeza con un pasador de plata más antiguo que la misma ciudad de Los Ángeles. Su traje gris paloma era de Ferragamo, y el blanco de su camisa era menos blanco que su propia piel. La corbata era más oscura que el traje, pero no mucho más. El suave gris de sus ojos quedaba a la vista mientras escuadriñaba por las ventanas lejanas. Doyle también lo hacía, tras sus gafas. Yo tenía guardaespaldas por una razón, y algunos de los que querían verme muerta podían volar. No pensábamos que Taranis fuera uno de los que me querían muerta, sino… ¿para qué ir a la policia? ¿por qué había presentado estos cargos falsos? Él nunca habría hecho todo esto sin una razón. Sólo que no sabíamos cuál era esa razón, así que por si acaso, vigilaban las ventanas por razones que los abogados humanos ni siquiera se podían ni imaginar.

Shelby echó una mirada detrás de mí, a los guardias. Él no era el único que seguía luchando para no echar un vistazo nervioso a mis hombres, pero era Pamela Nelson, la ayudante de Shelby, el fiscal federal, quien tenía más problemas para mantener sus ojos, y su mente, en los negocios. Los hombres sentados al otro lado de la mesa les habían echado una ojeada a los guardias, del tipo que se lanza a otros hombres de los que estás casi seguro de que podrían físicamente contigo y sin llegar siquiera a sudar. El fiscal federal Michael Shelby era alto, atlético, y guapo, con una reluciente y blanca dentadura, y la mirada de alguien que abrigaba planes para llegar a ser algo más que un fiscal en el distrito de Los Ángeles. Con más de 1,82 cm de altura, su traje no podía ocultar el hecho de que ejercitaba su cuerpo muy en serio. Probablemente no debía haber encontrado a muchos hombres que le hicieran sentirse físicamente inferior. Su asistente Ernesto Bertram era un hombre delgado que parecía demasiado joven para su trabajo, y demasiado serio con su pelo oscuro y corto y sus gafas. Y no eran las gafas las que le daban una apariencia seria; era la mirada en su rostro, como si hubiera probado algo agrio. El fiscal federal por St. Louis, Albert Veducci, también estaba aquí. Él no lucía el bronceado de Shelby. De hecho, tenía un poco de sobrepeso y parecía cansado. Su ayudante era Grover. Realmente se había presentado sólo como Grover, por lo que yo no sabía si éste era su nombre o el apellido. Sonreía más que el resto de los otros, y era atractivo de esa forma amigable, como si estuviera dando -un-paseo-de-su-casa-al- campus. Me recordó a los jovenes de la universidad que eran tan agradables cuando querían y en realidad sólo eran unos absolutos bastardos que sólo querían sexo, que les ayudaras a pasar un exámen, o en mi caso, estar cerca de una verdadera princesa de las hadas viva. Yo no sabía qué clase de “tipo agradable” era Grover en este momento. Si las cosas nos iban bien, nunca lo sabría, porque probablemente nunca volvería a verle. Si las cosas fueran mal, me parece que tendríamos Grover para rato.

Nelson era la ayudante del fiscal del distrito en la ciudad de Los Ángeles. Su jefe, Miguel Cortez, era bajo, moreno, y hermoso. Daba una gran imagen ante las cámaras. Yo le había visto en las noticias bastante veces. El problema era que tanto él, como Shelby, eran ambiciosos. Le gustaba salir en las noticias, y deseaba salir aún más. Esta acusación de violación contra mis hombres tenía toda la pinta de ser un caso que podría impulsar su carrera, o joderla. Tanto Cortez como Shelby eran ambiciosos; eso quería decir que podrían ser muy cautelosos, o muy imprudentes. Y yo aún no estaba segura de cuál de las dos posibilidades nos ayudaría más.

Nelson era más alta que su jefe, cerca de 1’85 cm y eso sin llevar tacones demasiado altos. Su pelo era de un rojo vibrante que caía en ondas alrededor de sus hombros. Era de esa rara tonalidad que es profunda y rica, y casi tan cerca del verdadero rojo como podía llegar a estar una cabellera humana. Su traje estaba hecho a medida, conservador y de color negro, la camisa blanca, y su maquillaje de buen gusto. Sólo aquella llamarada de pelo arruinaba el exterior casi masculino que ofrecía. Era como si al mismo tiempo escondiera su belleza y llamara la atención sobre la misma. Porque era hermosa. Y había que añadir que una lluvia de pecas debajo del suave maquillaje no quitaba ningún mérito a esa piel tan impecable.

Sus ojos eran algunas veces verdes o azules, según cómo los iluminara la luz. Aquellos ojos indecisos no podían dejar de mirar a Frost y Doyle. Ella trató de concentrarse en el bloc legal en el que supuestamente tenía que ir escribiendo sus notas, pero su mirada seguía alzada, y pendiente de ellos, como si no pudiera evitarlo.

Esto me hizo preguntarme si allí había algo más que sólo hermosos hombres y una mujer distraída.

Shelby se aclaró la garganta bruscamente.

Yo me sobresalté y le miré.

– Lo siento terriblemente, Señor Shelby, ¿me estaba hablando?

– No, no lo hacía, y debería. -Él miró hacia su lado de la mesa. -Me trajeron aquí como parte neutral, pero deje que le pregunte a mis socios si tienen algun problema para formular ellos mismos preguntas a la princesa.

Varios de los abogados hablaron al mismo tiempo. Veducci sólo levantó su lápiz en el aire y consiguió el turno.

– Mi oficina ha tratado más estrechamente con la princesa y su personal que el resto de ustedes, y eso es porque llevamos ciertos remedios contra el encanto.

– ¿Qué clase de remedios? -preguntó Shelby.

– No le diré lo que llevo, excepto que es magia blanca, hierro, y trébol de cuatro hojas, hierba de San Juan [1], serval, y ceniza de madera o bayas que es la que funciona. Algunos dicen que las campanas rompen el encanto, pero no creo que las altas cortes sidhe se vean demasiado afectadas por las campanas.

– ¿Dice que la princesa usa el encanto contra nosotros? -preguntó Shelby, su hermosa cara ya no era agradable.

– Digo que a veces al tratar con el Rey Taranis o la Reina Andais, su presencia abruma a los humanos -repondió Veducci. – La Princesa Meredith, que es en parte humana, aunque muy hermosa… -Él cabeceó en mi dirección. Yo asentí con la cabeza ante el elogio-… nunca ha afectado a nadie tan fuertemente, pero muchas cosas han pasado en la Corte de la Oscuridad en los últimos días… El embajador Stevens me ha informado, ya que tiene sus fuentes. Por lo visto, la princesa Meredith y algún que otro de sus guardias han aumentado sus poderes, por así decirlo.

Veducci todavía parecía cansado, pero ahora sus ojos reflejaban la mente que se escondía bajo ese regordete y agotado camuflaje. Comprendí con un sobresalto que había otros peligros además de la ambición. Veducci era listo, y había insinuado que sabía algo sobre lo que había pasado dentro de la Corte Oscura. ¿Lo sabría, o era un farol? ¿Se pensaría que íbamos a soltar prenda?

– Es ilegal usar el encanto en nosotros -dijo Shelby, disgustado. Él me miró, y su mirada ya no era tan amistosa. Le devolví la mirada, con toda la fuerza de mis ojos tricolores: oro fundido en el borde externo, luego un círculo del más puro verde jade, y por último un verde esmeralda rodeando mi pupila. Él apartó la mirada primero, dejándola caer sobre su bloc de notas. Su voz era tensa por la rabia controlada. -Podríamos hacerla detener, o deportarla al mundo de las hadas por tratar de usar magia y tratar de influir en estos procedimientos, Princesa.

– No he tratado de imponerme sobre usted, Señor Shelby, no a propósito. -Luego miré a Veducci. -Señor Veducci, usted nos dijo que simplemente estar en presencia de mi tía o mi tío ya era difícil; ¿Se lo estoy poniendo yo difícil, ahora?

– Por las reacciones de mis colegas, creo que sí.

– ¿Entonces es ésta la reacción que el Rey Taranis y la Reina Andais provocan en los humanos?

– Similar -dijo Veducci.

Tuve que sonreír.

– No tiene gracia, Princesa -dijo Cortez, sus palabras estaban llenas de cólera, pero cuando encontré sus ojos castaños, él apartó la mirada.

Miré a Nelson, pero no era yo la que la distraía; su problema estaba detrás de mí.

– ¿A quién mira usted más? -le pregunté. -A Frost o a Doyle; ¿la luz o la oscuridad?

Ella se sonrojó de esa forma encantadora en que lo hacen los humanos pelirrojos.

– Yo no…

– Venga, Señorita Nelson, confiéselo, ¿cuál?

Ella tragó con tanta fuerza que pude oírlo.

– Ambos -susurró ella.

– Les acusaremos a usted y a los dos guardias por influencia mágica en un procedimiento legal, Princesa Meredith -comentó Cortez

– Estoy de acuerdo -dijo Shelby.

– Ni yo, ni Frost, ni Doyle estamos haciendo esto a propósito.

– No somos estúpidos -dijo Shelby. -El encanto es una magia activa, no pasiva.

– La mayor parte del encanto, sí, pero no todo -les dije. Y miré hacia Veducci. Ellos le habían colocado en el punto más lejano al centro de la mesa, como si ser de St. Louis fuera algo menos. O quizás me sentía demasiado sentimental sólo porque era mi ciudad natal.

– ¿Sabía usted -dijo Veducci-, que cuando alguien está delante de la Reina de Inglaterra, lo llaman “estar en su presencia”? Nunca me he encontrado con la Reina Elizabeth, y es poco probable que lo haga, así que no sé cómo funcionaría con ella. No he hablado nunca con una reina humana. Pero la frase “en presencia de”, estar en presencia de la reina, significa mucho más cuando te refieres a la reina de la Corte de la Oscuridad. Estar en presencia del rey de la Corte de la Luz también es algo especial.

– ¿Qué quiere decir -preguntó Cortez- con algo especial?

– Significa, señores y señoras, que ser el rey o la reina de las hadas te da un aura inconsciente de poder, de atractivo. Usted vive en L.A. Puede ver cómo influyen en la gente, aunque en menor grado, las estrellas o políticos. El poder parece generar poder. Tratar con las cortes de las hadas me ha hecho darme cuenta de que hasta nosotros, las personas simples, lo utilizamos a veces. Estar alrededor del poder, la riqueza, la belleza, el talento, no es más que aquello a lo que suele aspirar la naturaleza humana. Pienso que eso es el encanto. Creo que el éxito a un cierto nivel tiene encanto, y atrae a la gente hacia ti. Quieren estar a tu alrededor. Te escuchan. Hacen lo que les dices. Los humanos tienen una sombra de verdadero encanto; ahora piense en alguien que es la figura más poderosa del mundo feérico. Piense en el nivel de poder que le rodea.

– Embajador Stevens -dijo Shelby-, ¿No debería de haber sido usted el que nos advirtiera sobre tal efecto?

Stevens se alisó la corbata, jugando con el Rolex que Taranis le había regalado.

– El rey Taranis es una figura poderosa con siglos de gobierno a sus espaldas. Realmente obstenta una cierta nobleza que es impresionante. No he encontrado a la Reina Andais tan impresionante.

– Porque usted sólo se dirige a ella desde la distancia, a través de los espejos y con el Rey Taranis a su lado -le dijo Veducci.

Me impresionó que Veducci supiera esto, porque era la absoluta verdad.

– Usted es el embajador de las hadas -dijo Shelby-, no sólo de la Corte de la Luz.

– Sí, soy el Embajador de los Estados Unidos en las Cortes de las Hadas.

– ¿Pero nunca ha pisado la Corte Oscura? -preguntó Shelby.

– Uh… -soltó Stevens, jugueteando con la correa de su reloj-, encuentro a la Reina Andais un poquito menos cooperativa.

– ¿Qué significa eso? -inquirió Shelby.

Le observé jugar con el reloj, y una diminuta brizna de concentración me mostró que había magia en él o dentro de él. Respondí por él.

– Significa que él piensa que la Corte Oscura está llena de monstruos y perversión.

Ahora todos estaban mirándolo. Si hubiera sido debido a la ejecución de un encanto por nuestra parte, no lo habrían notado.

– ¿Es eso verdad, Embajador? -preguntó Shelby.

– Nunca diría tal cosa.

– Pero lo cree -dije suavemente.

– Tomaremos nota de esto, y puede estar seguro de que las autoridades correspondientes serán informadas del flagrante abandono de sus deberes -le comunicó Shelby.

– Soy leal al Rey Taranis y a su corte. No es culpa mía que la Reina Andais sea una sádica sexual, y que esté completamente loca. Ella y su gente son peligrosos. Lo he dicho durante años y nadie me ha escuchado. Ahora nos encontramos ante estas acusaciones que prueban todo lo que he estado diciendo.

– ¿Entonces usted les dijo a sus superiores que temía que la guardia de la reina violara a alguien? -preguntó Veducci.

– Bueno, no, no exactamente.

– ¿Entonces qué les dijo? -preguntó Shelby.

– Les dije la verdad, que yo temía por mi seguridad en la Corte de la Oscuridad, y que no estaría cómodo allí sin una escolta armada -Stevens se levantó, era bastante alto y muy seguro de sí mismo. Señaló hacia Frost y Doyle. -Mírelos, son aterradores. De cada uno de ellos irradia el potencial para cometer cualquier carnicería.

– Sigue tocando su reloj -le dije.

– ¿Qué? -dijo, parpadeando hacia mí.

– Su reloj. El rey Taranis se lo dio, ¿no es cierto? -pregunté.

– ¿Usted aceptó un Rolex por parte del rey? -fue Cortez quien hizo esta pregunta. Pareció ultrajado, pero no por nosotros.

Stevens tragó, y sacudió la cabeza, negando.

– Por supuesto que no. Sería totalmente inadecuado.

– Le vi dárselo, Embajador -le dije.

Él movió sus dedos sobre el metal.

– Eso simplemente no es verdad. Está mintiendo.

– Los sidhe no mienten, Embajador, usted sabe eso. Es un hábito humano.

Los dedos de Stevens estaban frotándolo tanto que prácticamente podrían haber hecho un agujero en la correa del reloj.

– Los Oscuros son capaces de cualquier maldad. Sus mismas caras les muestran como son.

Fue Nelson quien dijo…

– Sus caras son hermosas.

– La engañan con su magia -dijo Stevens. -El rey me dio el poder de ver a través de sus engaños. -Su voz se elevaba con cada palabra.

– El reloj -repetí.

– Así que… -Shelby hizo un gesto hacia mí- ¿Su belleza es una ilusión?

– Sí -contestó Stevens.

– No -dije yo.

– Mentirosa -gritó él, empujando el respaldo de su silla haciendo que ésta saliera rodando hacia atrás. Él comenzó a avanzar hacia mí, adelantando a Biggs y Farmer.

Doyle y Frost se movieron como las dos mitades de un todo. Simplemente se plantaron delante de él, bloqueándole el paso. No había ninguna magia en ellos, excepto la fuerza de su presencia física. Stevens trastabilló hacia atrás como si lo hubieran golpeado. Su cara estaba retorcida de terror.

– ¡No, no! -gritó.

Algunos de los abogados se habían puesto en pie.

– ¿Qué le están haciendo? -preguntó Cortez.

– No puedo ver nada -consiguió contestar Veducci por encima de los gritos de Stevens.

– No le estamos haciendo nada -dijo Doyle, su profunda voz cortaba las voces más altas como el agua que penetra en la ladera de un acantilado.

– Y un infierno que no -gritó Shelby, agregando más ruido a los gritos de Stevens y de todos los demás.

Traté de gritar por encima del ruido.

– ¡Vuelvan sus chaquetas del revés!

Nadie pareció oírme.

– ¡Cállense! -bramó Veducci, con una voz que se estrelló contra el ruido como un toro contra una cerca. La habitacion quedó en un atontado silencio. Incluso Stevens paró de gritar y contempló a Veducci, quien siguió con una voz más tranquila. -Vuelvan sus chaquetas del revés. Es una forma de romper el encanto. -Él agitó su cabeza hacia mí, casi una reverencia. -Olvidé eso.

Los demás vacilaron durante un segundo. Pero Veducci se quitó su propia chaqueta y la volvió del revés, poniéndosela otra vez. Eso pareció poner en marcha a los demás, porque la mayoría comenzaron a quitarse las chaquetas.

– Llevo puesta una cruz. Pensé que me protegía del encanto -dijo Nelson, mientras doblaba su chaqueta mostrando las costuras.

Yo le contesté…

– Las cruces y los versos de la Biblia sólo surtirían efecto si fuéramos demonios. Para bien o para mal, no tenemos ninguna relación con la religión cristiana.

Ella apartó la mirada como si se avergonzara de encontrar mis ojos.

– No quería dar a entender eso.

– Por supuesto que no -contesté. Mi voz sonó vacía cuando lo dije. Había escuchado ese insulto demasiadas veces para que me tocara el corazón. -Una de las primeras cosas que hizo la Iglesia en sus primeros tiempos fue tachar de maligno todo aquello que no podía controlar. Y el mundo feérico era algo que ellos no podían controlar. Mientras que la Corte Luminosa parecía ser cada vez más humana y amigable, otras partes del mundo mágico de las hadas que no pudieron o no quisieron vivir al estilo humano llegaron a formar parte de la Corte Oscura. Ya que las cosas que los humanos perciben como espantosas pertenecen la mayor parte de las veces a la Corte de la Oscuridad, fuimos tachados como el mal a través de los siglos.

– ¡Ustedes son el mal! -gritó Stevens. Sus ojos se desorbitaron, su pulso corría desbocado, y su cara estaba pálida y le caían gotas de sudor.

– ¿Está enfermo? -preguntó Nelson.

– En cieto modo -dije suavemente y no estaba segura de si alguien en la habitacion me oyó. Quienquiera que hubiera hechizado el reloj había hecho un trabajo estupendo, o uno muy malo. El hechizo estaba forzando a Stevens a ver pesadillas cuando nos miraba. Su mente no podía hacer frente a lo que estaba viendo y sintiendo.

Me giré hacia Veducci.

– El embajador parece enfermo. ¿Quizás le debería ver un médico?

– No -gritó Stevens. -No. ¡Sin mí, ellos tomarán sus mentes! -Él agarró Biggs, que era quien estaba más cerca. -Sin el regalo del rey creerán todas sus mentiras.

– Creo que la princesa tiene razón, Embajador Stevens -dijo Biggs. -Creo que está enfermo.

Las manos de Stevens se clavaron sobre la chaqueta de diseño que Biggs ahora llevaba puesta del revés.

– ¿Seguramente ahora usted los ve tal como son en realidad?

– Ellos me parecen del todo sidhe. Exceptuando el color de piel del Capitán Doyle, y la menuda estatura de la princesa, se parecen totalmente a la nobleza de la corte sidhe.

Stevens sacudió al hombre más grande.

– La Oscuridad tiene colmillos. El Asesino Frost lleva calaveras colgando de su cuello. Y ella, parece exangüe, moribunda. Su sangre mortal la contamina.

– Embajador… -comenzó Biggs.

– No, usted tiene que verlo, ¡igual que yo!

– No vimos nada diferente en ellos cuando volvimos nuestras chaquetas del revés -dijo Nelson, pareciendo un poco decepcionada.

– Ya se lo dije, no estamos utilizando ningún encanto con ustedes -le contesté.

– ¡Mentira! Veo el horror en ti. -Stevens tenía la cara escondida entre los amplios hombros de Biggs, como si él no pudiera soportar mirarnos, y quizás no pudiera.

– Aunque, es más fácil no mirarlos -convino Shelby.

Cortez asistió.

– Ahora me encuentro un poco mejor, pero los veo igual que antes.

– Hermosos -dijo la ayudante de Cortez.

Cortez le dirigió una aguda mirada, y la ayudante pidió perdón, como si aquella sola palabra estuviera totalmente fuera de lugar.

Stevens había comenzado a sollozar sobre el traje de diseño de Biggs.

– Debe de alejarle de nosotros -dijo Doyle.

– ¿Por qué? -preguntó uno de los otros.

– El hechizo que hay en el reloj le hace ver monstruos cuando nos mira. Temo que su mente se rompa bajo la tensión si el Rey Taranis no está cerca para aliviar los efectos.

– ¿No podría usted deshacer el hechizo? -preguntó Veducci.

– No es nuestro hechizo -dijo Doyle simplemente.

– ¿No puede ayudarle? -inquirió Nelson.

– Cuanto menos contacto tenga con nosotros, mejor para el embajador.

Stevens pareció tratar de sepultar su cara en el hombro de Biggs. Las manos del embajador se incrustaron en las costuras y el forro de la chaqueta.

– Estar cerca de nosotros le hace daño -dijo Frost, era la primera vez que hablaba desde que estábamos reunidos. Su voz no tenía la profundidad de la de Doyle, pero la anchura de su pecho le daba su mismo peso.

– Llame a los de seguridad -le dijo Biggs a Farmer. Y aunque Farmer era un hombre muy poderoso por méritos propios, y un socio igualitario, se movió hacia la puerta. Supongo que cuando papá es uno de los fundadores de la firma y tú eres uno de los socios mayoritarios, eso te proporciona una gran influencia, incluso sobre otros socios.

Nos quedamos de pie en silencio; el torpe lenguaje corporal de los humanos y sus expresiones faciales nos dijeron que estaban terriblemente incómodos por la demostración de desequilibrada emoción de Stevens. Éste era un tipo de locura, pero tres de nosotros la habíamos visto peor. Habíamos visto la locura que podía traer la magia. La clase de magia que por un capricho risueño podría llegar a robarte el aliento del cuerpo.

Los de seguridad llegaron. Reconocí a uno de los guardias que estaba en la recepción. Traían a un médico. Me acordé de haber leido los nombres de varios médicos en la placa al lado del ascensor. Por lo visto, Farmer se había excedido en el cumplimiento de sus órdenes, pero Biggs pareció muy contento de poder endosarle ese hombre sollozante al médico. No me extrañaba que Farmer fuera socio. Él seguía las órdenes al pie de la letra, pero las complementaba, mejorándolas.

Nadie dijo nada hasta que condujeron al embajador fuera de la habitación, y la puerta se cerró silenciosamente detrás de él. Biggs enderezó su corbata, y tiró de la chaqueta para alisar las arrugas. Al derecho, o del revés, el traje estaba arruinado hasta que una tintorería se encargara de él. Comenzó a quitarse la chaqueta, pero entonces echó un vistazo hacia nosotros y se detuvo.

Me percaté de su mirada y él pareció avergonzarse.

– No pasa nada, señor Biggs, si a usted le da miedo quitarse la chaqueta.

– La mente del embajador Stevens parecía completamente destrozada.

– Aconsejaría que el doctor contara con un practicante licenciado en las artes mágicas que examinara el reloj antes de quitárselo.

– ¿Por qué?

– Él ha llevado puesto ese reloj durante años. Puede haberse apoderado de una parte de su psique, de su mente. Quitarlo sin más podría hacerle más daño.

Biggs alcanzó un teléfono.

– ¿Por qué no lo dijo antes de que se lo llevaran? -preguntó Shelby.

– Lo acabo de pensar ahora -dije.

– Yo lo pensé antes de que se lo llevaran -nos dijo Doyle.

– ¿Y por qué no lo dijo? -preguntó Cortez.

– Mi trabajo no es proteger al embajador.

– Es trabajo de todos el ayudar a otro ser humano en semejante estado -dijo Shelby, pareciendo luego sorprendido como si acabara de oír lo que había dicho.

Doyle sonrió muy ligeramente.

– Pero yo no soy humano, y pienso que el embajador es débil y no tiene honor. La reina Andais ha presentado varias demandas a su gobierno por el embajador. Ha sido ignorada. Pero incluso ella no podía haber previsto una traición como ésta.

– ¿Traición de nuestro gobierno contra el suyo? -preguntó Veducci.

– No, traición del rey Taranis contra alguien que confiaba en él. El embajador vio el reloj como una señal de gran estima, cuando de hecho sólo era trampas y mentiras.

– Lo desaprueba -dijo Nelson.

– ¿No lo desaprobaría usted? -inquirió Doyle.

Ella comenzó a asentir y luego apartó la mirada, ruborizada. Aparentemente, incluso con su chaqueta del revés no podía menos que reaccionar ante él. Él merecía esa reacción, pero no me gustó que ella tuviera tantos problemas para controlarse. Los cargos serían bastante complicados si nosotros hacíamos ruborizar a los fiscales.

– ¿Qué habría ganado el rey con envenenar al embajador contra su corte? -preguntó Cortez.

– ¿Qué ganaban los Luminosos al oscurecer aún más el nombre de la Oscuridad? -le pregunté yo.

– Morderé el anzuelo -dijo Shelby. -¿Qué ganaban oscureciéndola?

– Miedo -le contesté. -Han hecho que su gente nos tema.

– ¿Qué ganaban con ello? -indagó Shelby.

Frost habló…

– El mayor castigo de todos es ser exiliado de la Corte de la Luz, la Corte dorada. Pero es un castigo porque Taranis y su nobleza se han convencido de que una vez que te unes a la Corte de la Oscuridad te conviertes en un monstruo. No sólo por tus actos, sino también físicamente. Les dicen a su gente que se deformarán si se unen a los Oscuros.

– Usted habla como si lo supiera -dijo Nelson.

– Fui una vez parte de la multitud dorada, hace mucho, mucho tiempo -aclaró Frost.

– ¿Qué hizo para que le exiliaran? -preguntó Shelby.

– Teniente Frost, no tiene usted que contestar a la pregunta -le dijo Biggs. Había dejado de preocuparse de su traje y volvía a ser uno de los mejores abogados de la Costa Oeste.

– ¿La respuesta podría empeorar los cargos presentados contra los otros guardias? -preguntó Shelby.

– No -dijo Biggs-, pero ya que no hay cargos presentados contra el Teniente, la pregunta está fuera de lugar en esta investigación.

Biggs había mentido, suave y fácilmente; había mentido como si fuera verdad. Él realmente no sabía si la respuesta de Frost habría sido perjudicial, porque no tenía ni idea del porqué a los tres guardias en cuestión los habían desterrado de la Corte de la Luz. (Aunque en el caso de Galen, él no hubiera sido desterrado porque había nacido y crecido en la Corte Oscura; no puedes ser exiliado de un sitio del cual nunca has formado parte.) Biggs, previsoramente, no había permitido ninguna pregunta que pudiera interferir con la defensa que había preparado para sus clientes.

– Éste es un procedimiento muy informal -dijo Veducci con una sonrisa. Irradiaba el encanto de un muchacho bueno y encantador. Era un truco que casi bordeaba la mentira. Él nos había investigado. Y había tratado con las cortes más que cualquier otro de los abogados. Iba a ser nuestro mayor aliado o nuestro contrincante más duro.

Continuó, todavía sonriendo, permitiéndonos ver su mirada cansada.

– Hoy todos estamos aquí para ver si los cargos que el Rey Taranis presentó en nombre de Lady Caitrin deberían de seguir procedimientos más formales. El que los guardias de la princesa cooperen con la investigación contribuye a desmentir los cargos contra ellos presentados.

– Dado que todos los guardias tienen inmunidad diplomática, estamos aquí por pura cortesía -dijo Biggs.

– Lo que realmente apreciamos -contestó Veducci.

– Hay que tener presente -terció Shelby-, que el Rey Taranis ha declarado que toda la guardia de la reina, y ahora guardia de la princesa, son un peligro para los que estén a su alrededor, sobre todo si son mujeres. Declaró que esta violación no le había sorprendido. Parecía pensar que era el resultado inevitable de permitir a los Cuervos de la Reina el acceso ilimitado al sithen. Uno de los motivos por los que él presentó los cargos ante las autoridades humanas, acción sin precedentes en toda la historia de la Corte de la Luz, fue debido a que temía por nosotros. Si una noble sidhe con los poderes mágicos de Lady Caitrin podía ser tan fácilmente sometida, entonces… ¿qué esperanza tenemos los meros humanos ante su… lujuria?

– Lujuria antinatural -dije.

Shelby volvió sus ojos grises hacia mí.

– Yo no dije eso.

– No, no lo hizo, pero apuesto a que mi tío Taranis sí.

Shelby se encogió ligeramente de hombros.

– No parece que le gusten mucho sus hombres, eso si es verdad.

– O yo -le contesté.

La cara de Shelby mostró sorpresa, y lamenté no saber si ésta era genuina, o si mentía con su expresión.

– El rey sólo tenía cosas buenas que decir sobre usted, Princesa. Él parece sentir que usted haya sido… -en el último momento pareció cambiar lo que estaba a punto de decir-… pervertida por su tía, la reina, y sus guardias.

– ¿Pervertida? -le pregunté.

Él asintió.

– Eso no es lo que él dijo, ¿o sí?

– No, con estas palabras no.

– Debe haber sido realmente ofensivo para usted, tener que dulcificarlo hasta este extremo -comenté.

La verdad, Shelby parecía incómodo.

– Antes de que yo viera al Embajador Stevens y su reacción hacia usted, y el posible hechizo en su reloj, yo podría haber declarado simplemente lo que el rey dijo -comentó Shelby dirigiéndome una mirada franca. -Digamos que Stevens ha conseguido que me pregunte por la vehemente aversión del Rey Taranis hacia toda su guardia.

– ¿Toda mi guardia? -pregunté de nuevo, con un tono ascendente en mi voz.

– Sí.

Miré a Veducci.

– ¿Él acusa a todos mis hombres de delitos?

– No, sólo a los tres mencionados, pero el señor Shelby tiene razón. El rey Taranis declaró que sus Cuervos son un peligro para todas las mujeres. Él cree que el haber sido célibes durante tanto tiempo les ha conducido a la locura. -La expresión de Veducci nunca cambió mientras soltaba uno de los mayores secretos de las cortes de las hadas.

Abrí la boca para decir… “Taranis no le habría dicho eso”, pero la mano de Doyle en mi hombro me detuvo. Alcé la vista hacia su figura oscura. Incluso a través de sus gafas de sol, yo conocía aquella mirada. Esa mirada que me decía “Cuidado”. Él tenía razón. Veducci había declarado antes que él tenía fuentes de información en la Corte de la Oscuridad. Taranis no podría haber dicho eso, ni de coña.

– Es la primera vez que hemos oído al rey acusar a los Cuervos de ser célibes -dijo Biggs. Él había echado un vistazo a Doyle, pero ahora toda su atención se centraba en Shelby y Veducci.

– El rey creía que un celibato largo y forzado era motivo suficiente para el ataque.

Biggs se me acercó, y susurró…

– ¿Eso es verdad? ¿Fueron forzados al celibato?

Susurré contra su cuello blanco…

– Sí.

– ¿Por qué? -preguntó él.

– Mi reina lo ordenó así. -Era verdad, hasta cierto punto, pero me negaba a compartir secretos que la Reina Andais no querría compartir. Taranis podría sobrevivir a su ira; yo, no.

Biggs se dirigió al bando contrario.

– No concedemos importancia a este presunto celibato, pero si en realidad hubiera acontecido, estos hombres en cuestión ya no son célibes. Ahora, están con la princesa, y no con la reina. La princesa ha declarado que tres de ellos son sus amantes, por lo que no se puede alegar que ese hipotético celibato les haya conducido a la… -Biggs pareció buscar la palabra correcta-… locura -dijo menospreciando el tema con su voz, su cara, y el gesto de su mano y dejándonos ver por un momento cómo se vería su actuación ante el tribunal. Realmente merecía todo el dinero que mi tía le pagaba.

Shelby dijo…

– La declaración del rey y los cargos presentados son suficientes para permitir al gobierno de los Estados Unidos confinar a toda la guardia de la princesa dentro de la tierra de las hadas.

– Sé a qué ley se está usted refiriendo -comentó Briggs. -Muchos en el gobierno de Jefferson no estuvieron de acuerdo con él en acoger a las hadas aquí después de que fueran desterradas de Europa. Insistieron en aprobar una ley que les permitiera confinar permanentemente dentro del mundo de las hadas a cualquier hada que juzgaran demasiado peligrosa para vivir entre los humanos. Es una ley muy amplia, y nunca ha sido aplicada.

– Nunca ha sido necesaria antes -dijo Cortez.

Doyle se había quedado a mi espalda, con su mano descansando sobre mi hombro. Sabía que necesitaba su consuelo, o era él quien lo necesitaba. Puse mi mano encima de la suya, para podernos tocar la piel desnuda. Él estaba tan caliente, parecía tan sólido. Sólo su roce me hizo sentirme más segura de que todo iría bien. Que estaríamos bien.

– Ahora no es necesaria, y todos ustedes lo saben -dijo Biggs, mirando a los demás. -Es una tentativa de asustar a la princesa con la amenaza de confinar a todos sus guardias en el sithen. Debería darle vergüenza.

– La princesa no parece asustada -dijo Nelson.

La miré con todo el poder de mis ojos tricolores, y no pudo sostener mi mirada.

– Ustedes amenazan con tomar a los hombres que amo y alejarlos de mí -le dije. -¿Y eso no debería de asustarme?

– Debería -dijo ella-, pero no parece que lo haga.

Farmer tocó mi brazo, un gesto claro de “déjala hablar”. Me incliné hacia atrás para tocar a Doyle con mi espalda y dejar la conversación para los abogados.

– Sobre la ley en cuestión que ha mencionado el Señor Shelby -dijo Farmer-, la Familia Real de cualquier corte está exenta de cumplirla.

– No estamos proponiendo confinar a la Princesa Meredith en el mundo feérico -aclaró Shelby.

– Usted sabe que la amenaza de mantener a todos sus guardias bajo alguna clase de confinamiento feérico legal es escandalosa -dijo Farmer.

Shelby asintió.

– Bien, entonces sólo los tres que han sido acusados de violación. Tanto el señor Cortez como yo, estamos debidamente acreditados como oficiales por la Oficina de Abogados de los Estados Unidos. Dicho simplemente, es nuestro deber y derecho confinar a estos tres guardias en tierra feérica hasta que estos cargos sean probados.

– Repito, la ley, según su texto, no puede ser aplicada a la Familia Real de ninguna corte feérica -replicó Farmer.

– Y yo repito que no estamos amenazando con hacer nada a la Princesa Meredith -dijo Shelby.

– Pero no estamos refiriéndonos a esa clase de realeza -contraatacó Farmer.

Shelby miró hacia la fila de abogados que estaban a su lado.

– No estoy seguro de seguir su argumento.

– La guardia de la princesa Meredith es de la realeza, por el momento.

– ¿Qué quiere decir con… por el momento? -preguntó Cortez.

– Significa que mientras están en la Corte de la Oscuridad, tienen un trono en la tarima real en el que se sientan por turnos al lado de la princesa -aclaró Farmer. -Son sus consortes reales.

– Ser su amante no les hace de la realeza -dijo Cortez.

– El Príncipe Phillip todavía es técnicamente el consorte real de la Reina Elizabeth -dijo Farmer.

– Pero ellos están casados -dijo Cortez.

– Pero es que en el mundo feérico, en cualquiera de las cortes, a la nobleza no se les permite casarse hasta que no esperan un hijo -explicó Farmer.

– Señor Farmer -dije, tocando su brazo-, ya que esta reunión es informal, quizás iría más rápido si yo lo explicara.

Farmer y Biggs susurraron el uno con el otro, pero finalmente conseguí su consentimiento. Me iban a permitir hablar. Oh, genial. Sonreí hacia el otro lado de la mesa, inclinándome un poco hacía delante, con las manos cruzadas cordialmente sobre la mesa.

– Mis guardias son mis amantes. Lo que les convierte en mis consortes reales hasta que uno de ellos me deje embarazada. Quien lo consiga será el rey y yo, reina. Hasta que esto ocurra, todos ellos tienen derechos reales en la Corte de la Oscuridad.

– Los tres guardias que han sido acusados por el rey deberían regresar al sithen -dijo Shelby.

– El rey Taranis tenía tanto miedo de que el Embajador Stevens viera que en la Corte Oscura eramos hermosos que hechizó al pobre hombre. Un hechizo que le obligaba a vernos como monstruos. Un hombre que es capaz de hacer tal cosa desesperada haría muchas otras cosas más desesperadas.

– ¿Qué quiere decir, Princesa?

– Mentir equivale a ser expulsado del mundo de las hadas, pero ser rey te permite a veces estar por encima de la ley.

– ¿Está diciendo que los cargos son falsos? -inquirió Cortez.

– Desde luego que son falsos.

– Usted diría cualquier cosa por salvar a sus amantes -expresó Shelby.

– Soy sidhe, y no estoy por encima de la ley. No puedo mentir.

– ¿Es verdad eso? -dijo Shelby inclinándose para preguntárselo a Veducci.

Él asistió.

– Se supone que es verdad, pero una de las dos miente, la princesa o Lady Caitrin.

Shelby se giró para mirarme.

– Usted no puede mentir.

– Poder, puedo… pero si así lo hiciera me arriesgaría a ser expulsada del mundo de las hadas. -Apreté fuertemente la mano de Doyle. -No hace nada que regresé allí. No quiero perderlo todo de nuevo.

– ¿Por qué dejó usted el sithen la primera vez, Princesa? -preguntó Shelby.

Biggs contestó a esto.

– Esa pregunta está fuera de lugar, y nada tiene que ver con los cargos en cuestión. -La reina probablemente le había dado una lista de preguntas a las que yo no podía contestar.

Shelby sonrió.

– Muy bien. ¿Es verdad eso de que los Cuervos fueron forzados al celibato durante siglos?

– ¿Puedo hacer una pregunta antes de contestar a ésta?

– Puede preguntar lo que guste, Princesa, pero puede que no le conteste.

Me reí de él, y él sonrió a su vez. La mano de Doyle apretó mi hombro. Él tenía razón, mejor no coquetear hasta no saber exactamente cuál sería el resultado. Atenué la sonrisa, e hice la pregunta.

– ¿El Rey Taranis dijo que los Cuervos fueron forzados al celibato durante siglos?

– Eso he dicho -dijo Shelby.

– No lo dudo, Señor Shelby. Por favor, tenga en cuenta que hasta una princesa puede ser torturada por ir en contra de las órdenes de su reina.

– Confiesa entonces que torturan a su gente en la Corte de la Oscuridad -dijo Cortez.

– Se tortura en las dos Cortes, señor Cortez. Sólo que la reina Andais no lo esconde, porque ella no se averguenza de ello.

– ¿Declarará usted públicamente que…? -empezó a decir Cortez.

– Será una declaración a puertas cerradas -dijo Biggs- a menos que llegue a los tribunales.

– Sí, sí -dijo Cortez-, ¿pero usted declararía en el juicio que el Rey Taranis permite la tortura como castigo en la Corte Luminosa?

– Conteste a mi pregunta sinceramente, y yo contestaré a la suya.

Cortez miró a Shelby. Intercambiaron una larga mirada, luego los dos se volvieron hacia mí.

– Sí -dijeron al mismo tiempo. Los dos hombres se miraron el uno al otro, y finalmente Cortez asintió con la cabeza hacia Shelby, quién dijo…

– Sí, el rey Taranis nos comunicó el hecho de que los Cuervos habían sido forzados al celibato durante siglos y que esa era la razón por la que eran peligrosos para las mujeres. Tambien declaró que se había levantado el celibato sólo para una joven muchacha, haciendo referencia a usted, Princesa, y que eso era monstruoso. Una sola mujer para satisfacer centurias de lujuria.

– Entonces el celibato es el motivo para la violación -dije.

– Parece ser el razonamiento del rey -comentó Shelby. -No hemos buscado un motivo más usual para la violación.

Usual, pensé.

– He contestado a su pregunta, Princesa. Ahora, ¿declararía en el juicio que la Corte Luminosa tortura a sus presos?

Frost llegó para detenerse al lado de Doyle.

– Meredith, piensa antes de contestar.

Miré hacia atrás, encontrándome con sus preocupados ojos del mismo color que el suave gris de los cielos en invierno. Le ofrecí mi otra mano, y él la tomó.

– Taranis dejó salir a nuestro gato de su cubil, Frost. Ahora dejaremos salir al suyo.

Frost me miró con el ceño fruncido.

– No entiendo esta conversación sobre gatos, pero temo su cólera.

Tuve que reírme de él sobre todo porque también estaba de acuerdo.

– Él comenzó esto, Frost. Yo sólo lo terminaré.

Él apretó mi mano, y Doyle me apretó la otra, de modo que mis manos quedaron entrecruzadas sobre mi pecho, sosteniéndolos. Sostuve sus manos al tiempo que decía…

– Señor Shelby, Señor Cortez, a su pregunta de… ¿si declararía en el juicio que la Corte de la Luz del Rey Taranis tortura como método de castigo? Sí, lo declararía.

Se supone que era una declaración a puertas cerradas, pero si cualquiera de estos secretos llegaba a la prensa… Esta pequeña enemistad familiar se trasformaría en algo feo, muy feo.

CAPÍTULO 2

LOS ABOGADOS DECIDIERON QUE DOYLE Y FROST PODÍAN contestar algunas preguntas generales sobre cómo era ser parte de mi guardia personal, ofrecer alguna idea acerca del ambiente en el cual Rhys, Galen, y Abe habían estado viviendo. Yo no estaba segura de si eso sería de alguna ayuda, pero dado que yo no era abogado, ¿quién era yo para discutirlo?

Doyle se sentó a mi derecha, Frost a mi izquierda. Mis abogados, Farmer y Biggs movieron sus asientos para hacerles sitio.

Shelby consiguió hacer la primera pregunta.

– ¿Y ahora hay dieciséis de ustedes con acceso a la Princesa Meredith para sus, humm, necesidades?

– Si quiere decir para el sexo, entonces sí -dijo Doyle.

Shelby tosió y asintió con la cabeza.

– Sí, quería decir para el sexo.

– Entonces diga lo que quiere decir -dijo Doyle.

– Eso haré. -Shelby se sentó un poco más erguido-. Imagino que debe ser difícil compartir a la princesa.

– No estoy seguro de entender la pregunta.

– Bien, no quisiera ser poco delicado, pero esperar su turno debe ser difícil después de tantos años de abstinencia.

– No, no es difícil esperar.

– Por supuesto que sí -dijo Shelby.

– Está poniendo palabras en boca de los testigos -dijo Biggs.

– Lo siento. Lo que quiero decir, Capitán Doyle, es que después de tantos años de necesidades no satisfechas, debe ser difícil tener relaciones sexuales sólo cada dos semanas más o menos.

Frost se rió, luego se dio cuenta y trató de convertirlo en una tos. Doyle sonrió. Era la primera sonrisa amplia y genuina que había dejado ver desde que las preguntas habían comenzado. El destello blanco de sus dientes en su oscuro, realmente oscuro rostro, era alarmante si no estabas acostumbrado a verlo. Era como si, de repente, una estatua te sonriera.

– No alcanzo a ver el humor que existe en ser obligado a esperar semanas para tener sexo, Capitán Doyle, Teniente Frost.

– Yo no vería ningún humor en eso tampoco -dijo Doyle-, pero cuando el número de hombres aumentó, la Princesa Meredith cambió algunas de las pautas que teníamos asignadas.

– No le sigo -dijo Nelson-, ¿Pautas?

Doyle me miró.

– Quizás sería mejor si lo explicaras tú, Princesa.

– Cuando sólo tenía cinco amantes, parecía razonable hacerles esperar su turno, pero tal como usted ha hecho notar, esperar dos semanas, o más, después de siglos de celibato parecía otra forma de tortura. De modo que cuando el número de hombres aumentó hasta llegar a ser un número de dos dígitos, yo aumenté el número de veces que hago el amor en un día determinado.

No se consigue a menudo ver a tan poderosos y altamente cotizados abogados con el semblante avergonzado, pero yo lo conseguí en ese momento. Se miraban los unos a los otros. Sólo Nelson, de hecho, levantó la mano.

– Yo lo preguntaré, si nadie más va a hacerlo.

Los hombres la dejaron preguntar.

– ¿Cuántas veces hace el amor al día?

– Varía, pero por lo general al menos tres veces.

– Tres veces al día -repitió ella.

– Sí -dije, componiendo para ella una agradable y neutra expresión. Ella se sonrojó hasta las raíces de su pelo rojo. Yo era lo bastante sidhe como para no entender ese rasgo americano de sentirse totalmente fascinado por los temas sexuales y absolutamente incómodos con ellos.

Veducci se recuperó primero, tal como yo había imaginado.

– Incluso a tres veces por día, Princesa Meredith, eso da un promedio de cinco días entre cada sesión de relaciones sexuales para los hombres. Cinco días es mucho tiempo cuando les ha sido negado durante siglos. ¿No podían sus tres guardias haber intentado encontrar algo en qué ocupar su tiempo en medio de la espera?

– Cinco días de espera implica que sólo duermo con un hombre a la vez, Sr. Veducci, y la mayoría de las veces no lo hago.

Veducci me sonrió. Fue una bonita sonrisa, que se reflejó en su mirada y convirtió sus ojeras en arrugas risueñas que decían… aquí hay un hombre que sabía cómo disfrutar de la vida, o que lo había hecho alguna vez. Por un fugaz momento se vio como una versión de sí mismo más joven, menos cansada.

Le sonreí a mi vez, respondiendo a esa alegría.

– Está totalmente cómoda con esta parte del interrogatorio, ¿verdad, Princesa Meredith? -preguntó.

– No me avergüenza nada de lo que he hecho, Sr. Veducci. Las hadas, exceptuando a algunos integrantes de la Corte Luminosa, no ven vergüenza alguna en el sexo, siempre y cuando sea consentido.

– De acuerdo -dijo-. Seguiré con las preguntas. ¿Con cuántos hombres a la vez duerme usted rutinariamente? -Agitó la cabeza mientras preguntaba, como si no pudiera creer lo que estaba preguntando.

– No creo que esto sea apropiado -dijo Biggs.

– Contestaré -dije.

– ¿Está usted… segura?

– Es sexo. No hay nada malo en el sexo. -Sostuve la mirada de Biggs hasta que él apartó la suya. Me volví hacia Veducci-. La media es probablemente de dos a la vez. Creo que el máximo al mismo tiempo ha sido con cuatro. -Miré a Doyle y a Frost-. ¿Cuatro? -dije, convirtiéndolo en una pregunta.

– Eso creo -dijo Doyle.

Frost asintió con la cabeza.

– Sí.

Me volví a los abogados.

– Cuatro, pero dos es el promedio.

Biggs se recuperó un poco.

– Entonces, como pueden ver, señores, señoras, eso da una espera de dos días por sexo, o menos. Hay hombres casados que tienen que esperar más tiempo para que sus necesidades sean satisfechas.

– Princesa Meredith… -dijo Cortez.

– Sí, Sr. Cortez. -dije mirándome en sus ojos marrón oscuro.

Él carraspeó y dijo…

– ¿Nos está diciendo la verdad? Que mantiene relaciones sexuales unas tres veces por día, con un promedio de dos hombres a la vez, y a veces incluso hasta cuatro. ¿Es esto lo que usted quiere que quede reflejado en acta?

– Está sellada -dijo Farmer.

– Pero si esto llega a los tribunales, entonces podría no estarlo. ¿Es esto realmente lo que la princesa quiere que el público sepa sobre ella?

Le miré con el ceño fruncido.

– Esa es la verdad, Sr. Cortez. ¿Por qué debiera molestarme la verdad?

– ¿Honestamente no entiende lo que esta información podría hacerle a su reputación en los medios?

– No entiendo la pregunta.

Él miró a Biggs y a Farmer.

– No digo esto a menudo, pero… ¿su cliente es consciente de que este registro, incluso sellado, puede ser utilizado?

– Lo discutí con ella, pero… Sr. Cortez, la Corte Oscura no ve el sexo del mismo modo que la mayor parte del mundo. Y ciertamente no lo ven igual que la mayoría de los americanos. Mi colega y yo lo aprendimos cuando preparábamos a la princesa y a su guardia para estas conversaciones. Si usted está insinuando que la princesa podría tener más cuidado de lo que confiesa haber hecho con sus hombres, puede ahorrarse el aliento. Ella no se siente en absoluto molesta por nada de lo que ha hecho con cualquiera de ellos.

– No es por traer a colación un asunto doloroso, pero la princesa no se veía muy feliz frente a los medios de comunicación cuando su ex-novio, Griffin, vendió esas fotos Polaroid a la prensa sensacionalista unos meses atrás -dijo Cortez.

Asentí con la cabeza.

– Eso me hirió -dije-, pero porque Griffin traicionó mi confianza, no porque estuviera avergonzada de lo que habíamos hecho. Pensaba que estábamos enamorados cuando se tomaron esas fotos. No hay ninguna vergüenza en estar enamorada, Sr. Cortez.

– Usted es muy valiente, Princesa, o muy ingenua. Si se pudiera aplicar la palabra ingenua a una mujer que tiene sexo con casi veinte hombres con regularidad.

– No soy ingenua, Sr. Cortez. Simplemente no pienso como una mujer humana.

Farmer dijo…

– La acusación hecha por el Rey Taranis de que los tres guardias que él acusó de este delito lo hicieron debido a sus necesidades sexuales no satisfechas es una suposición falsa. Está basada en la propia falta de comprensión del rey de la Corte de su hermana.

– ¿ La Corte de la Oscuridad es tan diferente de la Corte de la Luz cuando se trata de asuntos de sexo? -preguntó Nelson.

– ¿Puedo contestar esta pregunta, Sr. Farmer? -Pregunté.

– Puede.

– Las hadas de la Corte de la Luz tratan de imitar el comportamiento humano. Se quedaron ancladas en algún momento entre los años mil quinientos y mil ochocientos, pero tratan de actuar más como humanos que como miembros de la Corte de la Oscuridad. Muchos de los desterrados a nuestra corte fueron desterrados debido a que simplemente quisieron permanecer fieles a sus naturalezas originales, y no ser civilizados de una manera humana.

– Suena como si diera una conferencia -dijo Nelson.

Sonreí.

– Hice una investigación en el colegio sobre las diferencias entre las dos cortes. Pensé que podría ayudar al profesor y a los otros estudiantes a entender que los de la Corte de la Oscuridad no eran los chicos malos.

– Usted fue la primera hada que asistió al colegio humano en este país -dijo Cortez, moviendo algunos papeles que tenía delante-. Pero no la última. Algunas de las llamadas hadas menores realmente han conseguido licenciaturas desde entonces.

– Mi padre, el Príncipe Essus, pensó que si alguien de la Familia Real iba, entonces nuestra gente podría seguirle. Pensó que aprender, y entender el país en el cual vivimos, era una parte necesaria de la adaptación de las hadas a la vida moderna de aquí.

– Sin embargo su padre nunca la vio asistir a la universidad, ¿verdad? -preguntó Cortez.

– No -dije. Esa única palabra fue seca.

Doyle y Frost extendieron sus manos hacia mí al mismo tiempo. Sus manos encontraron la del otro detrás de mis hombros. El brazo de Doyle se quedó allí. La mano de Frost se movió para cubrir una de las mías donde yo las mantenía sobre la mesa. Ellos reaccionaban a la tensión que percibían en mí, pero eso permitió que todos en el cuarto supieran cuán afectados se sentían por mí cuando se trataba este tema. Ellos no habían reaccionado a la conversación sobre mi ex-novio, Griffin. Creo que todos mis hombres pensaban que habían borrado mis recuerdos de él con sus propios cuerpos. Sentía lo mismo, así que me habían interpretado de manera correcta. Doyle era por lo general un buen juez de mi estado de ánimo. Frost, que tenía sus propios estados de ánimo, se iba familiarizando con el mío.

– Creo que ese tema está cerrado -dijo Biggs.

– Siento si causo angustia a la princesa -dijo Cortez, pero no parecía lamentarlo. Me pregunté por qué había sacado a colación el asesinato de mi padre. Cortez, igual que Shelby y Veducci, me parecían hombres que no hacían nada sin una razón. Yo no estaba segura sobre Nelson y los demás, pero estaba segura de que Biggs y Farmer eran hombres calculadores. ¿Pero qué esperaba Cortez ganar al mencionar la muerte de mi padre?

– Siento causarle angustia, pero tengo realmente una razón para sacar el tema -dijo Cortez.

– No veo qué importancia podría tener esto en el procedimiento -dijo Biggs.

– Nunca detuvieron al asesino del Príncipe Essus -dijo Cortez-. De hecho nadie fue seriamente señalado como sospechoso, ¿es correcto eso?

– Fallamos al príncipe y a la princesa de todas las maneras posibles -dijo Doyle.

– Pero usted no era guardia de ninguno de ellos, ¿verdad?

– No en ese momento.

– Teniente Frost, usted también era parte de los Cuervos de la Reina cuando el Príncipe Essus murió. Ninguno de los actuales guardaespaldas de la princesa era miembro de la Guardia de la Grulla del Príncipe Essus, ¿es eso correcto?

– No es cierto -dijo Frost.

Cortez lo miró.

– ¿Perdón?

Frost miró a Doyle, quien asintió levemente. La mano de Frost se tensó sobre la mía. No le gustaba hablar en público; era una fobia.

– Tenemos media docena de guardias con nosotros aquí en Los Ángeles que una vez fueron parte de las Grullas del Príncipe Essus.

– El rey parece muy seguro de que ninguno de los guardias del príncipe protege a la princesa -dijo Cortez.

– Fue un cambio reciente -dijo Frost. Su mano se apretó sobre la mía hasta que yo utilicé mi mano libre para jugar con mis dedos a lo largo de los suyos. Uno, eso lo consolaría; dos, le impediría olvidar cuán fuerte era y que podía lastimar mi mano, por lo que recorrí con mis dedos la piel blanca y suave de su mano, y comprendí que esto no sólo lo consolaba a él.

Doyle se acercó más a mí de modo que me abrazaba más obviamente. Me incliné en la curva de su brazo, dejando que mi cuerpo se acomodara contra el suyo, mientras seguía acariciando la mano de Frost.

– Todavía no veo ninguna razón para esta línea de interrogatorio -dijo Biggs.

– Estoy de acuerdo -dijo Farmer-. Si tiene más preguntas que sean relevantes para los cargos actuales podríamos considerarlas.

Cortez me miró. Me miró fijamente con toda la intensidad de sus ojos marrón oscuro.

– El rey piensa que la razón de que el asesino de su padre nunca fuera atrapado es que los hombres que investigaron el caso fueron sus asesinos.

Doyle, Frost, y yo nos quedamos muy quietos. Él tenía nuestra atención ahora, realmente la tenía.

– Hable claramente, Sr. Cortez -le dije.

– El rey Taranis acusa a la Guardia del Cuervo del asesinato del Príncipe Essus.

– Usted vio lo que el rey le hizo al embajador. Creo que el nivel de miedo y manipulación habla del estado de ánimo de mi tío en este momento.

– Investigaremos la condición de… del Embajador Stevens -dijo Shelby-, pero no tiene ningún sentido pensar que la razón de que no se haya encontrado ninguna pista sea debido a que los hombres que las buscan sean los mismos que las esconden.

– Nuestro juramento a la reina nos prohibiría hacer daño a su familia, -dijo Doyle.

– ¿Su juramento es proteger a la reina, verdad? -preguntó Cortez.

– Ahora pertenecemos a la princesa, pero el juramento es el mismo, sí.

– El rey Taranis alega que usted mató al Príncipe Essus para impedirle matar a la Reina Andais y apoderarse del trono de la Corte de la Oscuridad.

Los tres nos quedamos mirando a Cortez y a Shelby. La rumorología más oscura daba por sentado el hecho de que la reina había torturado a aquellas personas que simplemente habían insinuado tales cosas. No pregunté si Taranis realmente lo había dicho, porque yo sabía que nadie más en su corte se habría atrevido a desafiar la cólera de la Reina Andais. A cualquier otra persona que no hubiera sido el mismo rey, ella los habría desafiado a un duelo personal por tales rumores.

Andais tenía muchos fallos, yo lo sabía, pero había amado a su hermano. Él la había amado, también. Es por eso que él no la hubiera asesinado y se hubiera apoderado del trono, aunque pensara que él habría sido mejor gobernante. Si él hubiera vivido, y mi primo, el Príncipe Cel, hubiera tratado de apoderarse del trono, mi padre sí podría haber matado a Cel para mantenerlo lejos del trono.

Cel estaba loco, lo digo literalmente, y era un sádico sexual que hacía que Andais pareciera afable y dulce. Mi padre había temido que la Corte de la Oscuridad quedara en las manos de Cel. Yo lo temía ahora. Salvar mi vida y las vidas de aquellos que amaba, y mantener a Cel lejos del trono eran los motivos por los que todavía intentaba ser reina.

Pero no estaba embarazada, y quienquiera que me dejara embarazada se convertiría en rey y me convertiría en reina. Yo había comprendido sólo un día antes que lo habría dejado todo para estar con Frost y Doyle, incluido el ser reina, si no fuera por una cosa: mantener a estos dos hombres conmigo podría requerir que yo dejara de lado mis derechos de nacimiento. Y yo era demasiado la hija de mi padre como para permitir que Cel se hiciera cargo de nuestra gente. Pero la pena en mí aumentaba.

– ¿Tiene una respuesta a esa acusación, Princesa Meredith?

– Mi tía no es perfecta, pero amaba a su hermano. Creo eso con todo mi corazón. Si ella descubriera quién lo mató, su furia daría lugar a toda clase de pesadillas. Ninguno de sus guardias se habría atrevido a tal cosa.

– ¿Está segura de esto, Princesa?

– Creo que podría querer preguntarse, Sr. Cortez, Sr. Shelby, lo que el Rey Taranis espera ganar con esta acusación. De hecho, podría preguntarse lo que él podría haber ganado con la muerte de mi padre.

– ¿Acusa al rey del asesinato de su padre? -preguntó Shelby.

– No, simplemente digo que la Corte de la Luz nunca ha sido amiga de la familia de mi padre. Por otra parte, cualquiera de los guardias de la reina que hubiera matado a mi padre se habría ganado una muerte bajo tortura. Creo que si el Rey Taranis hubiera tenido una razón plausible para asesinarlo, recompensaría a su propia guardia para llevarlo a cabo.

– ¿Por qué mataría él al Príncipe Essus?

– No lo sé.

– ¿Cree que él está detrás del asesinato? -preguntó Veducci. Aquella aguda mente estaba toda allí, reflejada en esos ojos.

– No hasta ahora.

– ¿Qué quiere decir con eso, Princesa? -preguntó él.

– Quiero decir que no puedo ver lo que el rey espera ganar con la acusación contra mi guardia. No tiene sentido, y me hace preguntarme cuáles son sus verdaderos motivos.

– Él procura separarla de nosotros -dijo Frost.

Lo miré, estudiando ese rostro hermoso y arrogante. Yo sabía ahora que la fría arrogancia era la máscara que utilizaba cuando estaba nervioso.

– ¿Separarme de vosotros, cómo?

– Si él pudiera imbuir tan horrible duda en tu mente… ¿confiarías alguna vez en nosotros otra vez?

Miré la mesa, su pálida mano sobre la mía, mis dedos contra su piel.

– No, no lo haría.

– Si piensas en ello -continuó Frost-, la acusación de violación también implica hacerte dudar de nosotros.

Asentí con la cabeza.

– Tal vez, pero… ¿con qué objetivo?

– No lo sé.

– A menos que haya perdido por completo el sentido común -dijo Doyle-, él persigue un objetivo con todo este asunto. Pero admito que no veo lo que podría reportarle a él. No me gusta esto de estar profundamente involucrados en un juego y no saber a qué estamos jugando.

Doyle dejó de hablar, y miró a través de la mesa a los abogados.

– Perdónennos, por favor. Durante un momento hemos olvidado dónde estábamos.

– ¿Cree que se trata de alguna clase de juego político de la corte? -preguntó Veducci.

– Sí -dijo Doyle.

Veducci miró a Frost.

– ¿Teniente Frost?

– Estoy de acuerdo con mi capitán.

Por último me miró.

– ¿Princesa Meredith?

– Oh, sí, Sr. Veducci, independientemente de lo que hagamos, seguramente son juegos de corte.

– El tratamiento que ha recibido el Embajador Stevens me hace comenzar a preguntarme si estamos siendo utilizados aquí -dijo Veducci.

– ¿Dice usted, Sr. Veducci -dijo Biggs-, que comienza a dudar de la validez de los cargos hechos contra mis clientes?

– Si averiguo que sus clientes hicieron aquello de lo que han sido acusados, haré todo lo posible para castigarlos con la mayor condena que la ley permita, pero si estos cargos resultan ser falsos, y el rey ha tratado de usar la ley para dañar a un inocente, haré todo lo posible por recordar al rey que en este país se supone que nadie está por encima de la ley. -Veducci sonrió otra vez, pero esta vez no fue una sonrisa feliz. Era la de un predador. Esa sonrisa fue suficiente; yo sabía a quién temía más al otro lado de la mesa. Veducci no era tan ambicioso como Shelby y Cortez, pero era mejor. Él realmente creía en la ley. Realmente creía que el inocente debía ser protegido, y el culpable castigado. No muy a menudo se ve una fe tan pura en abogados que han pasado más de veinte años en el ejercicio de su profesión. Tenían que dejar de creer en la ley para sobrevivir como abogados. Pero de alguna manera, Veducci había mantenido la fe. Él creía, y tal vez, sólo tal vez, comenzaba a creer en nosotros.

CAPÍTULO 3

HABÍAMOS PASADO A UNA SALA DIFERENTE. ÉSTA ERA MÁS pequeña que la sala de juntas, y más parecida a la sala de estar de las casas unifamiliares. Había un espejo enorme en una pared, el cristal tenía pequeñas imperfecciones y burbujas cerca de una esquina. También presentaba zonas en las que había humedades. Su marco era dorado, pero un dorado deslustrado por la edad. Pertenecía al Sr. Biggs. Estábamos aquí, presentes en el santuario personal de Biggs, para hacer una llamada telefónica, aunque en este caso ningún teléfono nos haría falta.

Galen, Rhys, y Abeloec habían pasado su turno en el interrogatorio en la sala de conferencias. No habían sido capaces de hacer mucho, pero habían negado los cargos. Abe había permanecido de pie, con sus mechones sombreados de gris, negro y blanco, todo tan perfectamente uniforme que casi parecía artificial como algún gótico moderno, pero en este caso no era debido a ningún tinte, era verdadero. Su piel pálida y ojos grises hacían juego con el conjunto. Parecía extraño en su traje color gris carbón. Ningún sastre podría hacerle lucir mejor que con ropa que hubiera escogido él mismo. Había sido un buen amigo de las fiestas durante siglos, y su ropa generalmente lo reflejaba. Abe no tenía ninguna coartada porque había estado tratando de salir de una botella que le perseguía como una droga en el momento del ataque. Estaba limpio y sobrio desde hacía solamente dos días. Pero los sidhe no pueden realmente ser adictos a algo, igual que no pueden beber o drogarse hasta llegar al olvido. Era una ventaja y desventaja a la vez.

Los sidhes no podían ser adictos, pero tampoco podían usar el licor o las drogas para escapar de sus problemas. Se podrían emborrachar, pero solamente hasta cierto punto.

Galen parecía sereno y juvenilmente elegante con su traje marrón. No le habían permitido llevar su habitual tono de verde, porque éste hacía resaltar los matices verdosos de su piel blanca. Lo que ellos no habían parecido entender era que el marrón le daba un matiz verde oscuro de todas maneras, y mucho más perceptible al ojo humano. Sus rizos verdes estaban cortados al ras, con sólo una delgada trenza para recordarme que su pelo una vez había caído gloriosamente hasta sus tobillos. Era el que tenía la mejor coartada de los tres, porque había estado teniendo sexo conmigo cuando el presunto ataque ocurrió.

Hubo un tiempo durante el cual yo habría descrito a Rhys como infantilmente hermoso, pero hoy ya no. Hoy, cada uno de sus ciento setenta centímetros le hacían parecer más maduro y más él. Era el único de los guardaespaldas que estaban conmigo, que medía menos de 1´80 m. Rhys era todavía hermoso, pero había perdido su aire infantil, o a lo mejor es que había ganado alguna otra cosa. Un hombre que tenía más de mil años, y una vez había sido el Dios Cromm Cruach, no podía crecer, ¿o podía? Si él hubiera sido humano, lo que yo habría pensado es que los acontecimientos de estos últimos días le habían ayudado a madurar al fin. Pero parecía arrogante el pensar que mis pequeñas aventuras podrían afectar a un ser que en su día había sido adorado como un Dios.

Su pelo blanco se le rizaba en los hombros, y bajaba por la amplia extensión de su espalda. Era el más bajo de mis guardias sidhe, pero yo sabía cómo era el cuerpo que había bajo su traje, y era en su mayoría puro músculo. Se tomaba su entrenamiento muy en serio. Llevaba puesto un parche en el ojo para cubrir las principales cicatrices de la herida que había recibido hacía siglos. El único ojo que le quedaba era encantador, tres círculos de azul como líneas de cielo en diferentes días del año. Su boca era una suave y firme línea, y de entre mis hombres era al que mejor se le daba hacer pucheros, como si sus labios pidieran ser besados. Yo no sabía qué había hecho que apareciera esta nueva seriedad en él, pero le daba una nueva profundidad, como si hubiera algo más en él que hacía sólo unos días.

Él era el único de los tres que había estado fuera de la colina de las hadas, nuestro sithen, cuando el supuesto ataque se había llevado a cabo. Lo que pasó realmente fue que fue atacado por guerreros de la Corte de la Luz que le acusaron abiertamente del delito. Habían salido a la nieve invernal para cazar a mis hombres con acero y hierro frío, dos de las únicas cosas que pueden herir de verdad a un guerrero sidhe. La mayoría de las veces incluso cuando se provocan duelos en las cortes, se lucha con armas que no pueden herirnos mortalmente. Es como en las películas de acción donde los hombres se golpean concienzudamente el uno al otro, pero siguen volviendo a por más. El hierro frío y el acero eran armas mortales. Y aquél que las utilizaba violaba la paz entre las dos cortes.

Los abogados discutían.

– Lady Caitrin alega que el ataque ocurrió durante un día en el cual mis clientes estaban justamente en Los Ángeles -decía Biggs. -Mis clientes no pueden haber hecho algo en Illinois cuando estuvieron en California durante todo el día. Durante ese día en cuestión, uno de los acusados estaba trabajando para la Agencia de Detectives Grey y fue visto por varios testigos en el susodicho día.

Ése había sido Rhys. A él le encantaba trabajar como detective. Le encantaba trabajar en secreto, y tenía el suficiente encanto para ser más eficiente que un detective humano. Galen también tenía el suficiente encanto para desempeñarlo, pero no se metía tan bien en el papel. Trabajar encubierto o como señuelo, era sólo una parte del trabajo correcto. Uno tenía que meterse en la piel de la persona que quería atrapar. Yo había tenido mi cuota de trabajar como señuelo en años anteriores. Ahora, nadie me permitiría estar cerca de cualquier situación peligrosa.

Así que, ¿cómo había sido atacada Lady Caitrin antes de que llegáramos al sithen? De nuevo, el tiempo había comenzado a transcurrir de forma diferente en el mundo de las hadas. El tiempo había comenzado a correr de forma muy diferente en la Corte de la Oscuridad, o más bien a mí alrededor. Doyle nos había dicho:

“-El tiempo transcurre de forma extraña en todos los sithen por primera vez en siglos, pero corre aún más insólitamente a tu alrededor, Meredith. Ahora que tú te has marchado, el tiempo en el mundo feérico transcurre de una manera rara, pero no de una manera tan insólita de una corte a otra.”

Era tan interesante como inquietante que el tiempo no corriera exactamente de la misma forma para mí, pero éste se estaba estirando. Era enero para nosotros y las cortes, pero la fecha todavía no era la misma. La fecha de la fiesta de Yule, baile al que mi tío Taranis había insistido en que asistiera, había pasado sin problemas. Todos nosotros habíamos decidido que era demasiado peligroso para mí el asistir. La acusación contra mis guardaespaldas confirmó que Taranis estaba tramando algo, ¿pero el qué? Taranis tenía un plan, e independientemente de lo que fuera, sería peligroso para todos, menos para él.

– El rey Taranis ha explicado que el tiempo corre de modo diferente en el Mundo Feérico a como lo hace en el mundo real -aclaró Shelby.

Yo sabía lo que Taranis no había dicho.

– En el mundo real -porque para él la Corte de la Luz era el mundo real.

– ¿Puedo hacerle a sus clientes una pregunta? -preguntó Veducci. Él se había mantenido apartado de las discusiones. De hecho, ésta era la primera vez que había dicho algo desde que habíamos cambiado de habitación. Me puso nerviosa.

– Adelante, puede preguntar -le concedió Biggs-, pero yo decidiré si ellos le pueden contestar.

Veducci asintió, y se apartó de la pared donde había estado apoyándose. Nos sonrió. Sólo la dureza en sus ojos me dejó saber que la sonrisa era falsa.

– Sargento Rhys, ¿estaba usted en tierra feérica el día en que Lady Caitrin le acusa de haberla atacado?

– Supuestamente atacada -aclaró Biggs.

Veducci cabeceó en su dirección.

– ¿Estaba usted en tierra feérica el día en que Lady Caitrin alega que este supuesto ataque aconteció?

Que amablemente había rectificado… Cambiando de manera que fuera difícil bailar alrededor de la verdad y sin realmente mentir.

Rhys le sonrió, y pude apreciar ese lado menos serio que él me había mostrado la mayor parte de mi vida.

– Estaba en tierra feérica cuando el presunto ataque aconteció.

Veducci le hizo la misma pregunta a Galen. Galen pareció más incómodo que Rhys, pero aun así contestó.

– Sí, lo estaba.

La respuesta de Abeloec fue un simple…

– Sí.

Farmer le susurró algo a Biggs, y fue él el que preguntó en la siguiente ronda de preguntas.

– Sargento Rhys, ¿Estaban ustedes aquí en Los Ángeles el día del presunto ataque?

La pregunta demostró que nuestros abogados todavía no entendían completamente el dilema del tiempo en el sithen.

– No, no lo estaba.

Biggs frunció el ceño.

– Pero usted estuvo, durante todo el día. Tenemos muchos testigos.

Rhys le sonrió.

– Pero el día en Los Ángeles no era el mismo día que Lady Caitrin nos acusa del presunto ataque.

– Es la misma fecha -insistió Biggs.

– Sí -dijo Rhys con paciencia-, pero sólo porque sea la misma fecha no significa que sea el mismo día.

Veducci era el único que sonreía. Todos los demás parecieron pensar que era duro de mollera, o se preguntaban si Rhys estaba loco.

– ¿Puede aclararnos esto? -inquirió Veducci, todavía con aspecto complacido.

– Esto no es como una historia de ciencia ficción en la que hayamos viajado hacia atrás en el tiempo para rehacer el mismo día -dijo Rhys. -Tampoco hemos estado en dos sitios a la vez. Para nosotros, señor Veducci, este día es realmente un nuevo día. Nuestros doppelgängers [2] no están en el mundo de las hadas reviviendo ese día. Ése día en el mundo feérico es anterior. Este día aquí en Los Ángeles es un nuevo día. Lo que pasa es que este mismo día, fuera del mundo hada parece ser el mismo día, repetido.

– ¿Entonces usted podría haber estado en el mundo feérico durante el día en que ella fue atacada? -preguntó Veducci.

Rhys le sonrió, casi regocijándose.

– Durante el día que ella según afirma fue atacada, sí.

– Esto será una pesadilla para el jurado -afirmó Nelson.

– Al menos hasta que consigamos formar un jurado compuesto por hadas -dijo Farmer, sonriendo casi felizmente.

Nelson palideció bajo su exquisito maquillaje.

– ¿Un jurado compuesto por hadas? -repitió quedamente.

– ¿Podría realmente un jurado humano entender lo que es estar en dos sitios a la vez en la misma fecha? -preguntó Farmer.

Los abogados se miraron el uno al otro. Sólo Veducci no parecía confundido. Pienso que él ya había pensado en todo esto. Técnicamente, el tipo de trabajo que desempeñaba le hacía menos poderoso que Shelby o Cortez, pero podría ayudarles a hacernos daño. De todos los que teníamos en contra, Veducci era al que más quería convencer.

– Debemos intentar hacer todo lo que podamos para evitar ir ante un jurado -agregó Biggs.

– Si resulta que ellos atacaron a esta mujer, al menos -dijo Shelby- deberíamos recluirlos en tierra feérica.

– Usted tendría que demostrar su culpabilidad antes de poder conseguir que un juez imparta esa pena -comunicó Farmer.

– Lo que nos conduce otra vez al hecho de que ninguno de nosotros realmente quiere que este caso vaya a los tribunales. -La voz tranquila de Veducci cayó sobre la habitación como una piedra lanzada hacia una bandada de aves. Los pensamientos de los otros abogados parecieron dispersarse como esas mismas aves, volando llenas de confusión.

– No quiera cerrar el caso antes de haberlo comenzado -dijo Cortez, no pareciendo demasiado feliz con su colega.

– Esto no es un caso, Cortez, esto es un desastre que debemos tratar de detener -puntualizó Veducci.

– Un desastre para quién, ¿para ellos? -inquirió Cortez, señalándonos.

– Para todas las hadas, mayormente -aclaró Veducci-. ¿Ha leído acaso lo acontecido en la última y gran guerra entre humanos y hadas en Europa?

– Ciertamente no -dijo Cortez.

Veducci echó una ojeada alrededor, a los otros abogados.

– ¿Soy el único aquí que ha investigado sobre este asunto?

Grover levantó la mano.

– Yo lo hice.

Veducci sonrió como si fuera la persona más alegre del mundo.

– Dígale a esta gente tan inteligente cómo comenzó la última gran guerra.

– Comenzó por una disputa entre las Cortes de la Luz y la Oscuridad.

– Exactamente -dijo Veducci. -Y luego se extendió hacia las Islas Británicas y gran parte del continente europeo.

– ¿Nos está diciendo que si no arbitramos en esta disputa las Cortes irán a la guerra? -inquirió Nelson.

– Sólo hay dos condiciones que Thomas Jefferson y su gabinete impusieron como inquebrantables para que las hadas permanecieran en suelo americano -dijo Veducci. -Que nunca debían permitir otra vez ser adorados como dioses, y que las dos Cortes nunca debían entrar en guerra. Si cualquiera de estas dos cosas ocurre, les echaríamos del país, que resulta que es el último país de la tierra que los admitiría.

– Sabemos todo eso -dijo Shelby.

– Pero ha considerado el por qué Jefferson impuso esas dos reglas, ¿especialmente la que se refiere a la guerra?

– Porque sería perjudicial para nuestro país -respondió Shelby.

Veducci sacudió la cabeza.

– Hay todavía un cráter en el continente europeo casi tan grande como la parte más ancha del Gran Cañón. Aquel agujero es lo que quedó en el lugar donde se luchó la última gran batalla de esa guerra. Piense en lo que pasaría si eso ocurre en el centro de este país, en medio de nuestra zona agrícola más productiva, por ejemplo.

Ellos se miraron el uno al otro. No habían pensado en eso. A Shelby y a Cortez les había parecido un caso sabroso. Una posibilidad de hacer una nueva ley que implicara a los duendes. Cada uno de ellos había tenido en cuenta los hechos sólo a corto plazo, excepto Veducci, e incluso Grover.

– ¿Qué propone que hagamos? -preguntó Shelby. -¿Dejarles ir de rositas?

– No, no si ellos son culpables, pero quiero que cada uno de los que estamos en esta habitación entienda todo lo que podría estar en juego – dijo Veducci.

– Suena como si estuviera del lado de la princesa -aclaró Cortez.

– La princesa no hechizó el reloj del embajador de los Estados Unidos de forma que la favoreciera.

– ¿Cómo sabemos que la princesa no lo hizo, que no nos engañó? -preguntó Shelby. Él sonó como si ya incluso se lo creyera.

Veducci se giró hacia mí.

– Princesa Meredith, ¿le dio usted al Embajador Stevens algún objeto mágico o frívolo que influyera en su opinión favoreciéndola a usted o a su Corte?

Sonreí.

– No, no lo hice.

– Es cierto que ellos no pueden mentir, si se les hace la pregunta correcta -aclaró Veducci.

– ¿Entonces cómo lo hizo Lady Caitrin para acusar a estos hombres con su nombre y descripción? Ella parecía de verdad traumatizada.

– Ése es el problema -admitió Veducci. -La dama en cuestión tendría que mentir, total y absolutamente, porque le hice las preguntas correctas, y ella fue firme. -Él nos miró, sobre todo a mí. -¿Entiende lo qué esto significa, Princesa?

Respiré hondo y expulsé el aire, despacio.

– Lo he pensado. Significa que Lady Caitrin tiene mucho que perder. Si ella es atrapada mintiendo, podría ser expulsada del mundo feérico. Y el exilio es considerado peor que la muerte entre la nobleza Luminosa.

– No sólo entre la nobleza -determinó Rhys.

Los otros guardias asintieron.

– Él tiene razón -dijo Doyle-. Incluso un hada menor haría todo lo que pudiera para evitar el exilio.

– ¿Entonces, cómo es que la dama miente? -nos preguntó Veducci.

Galen habló, con voz muy baja, un poco incierta.

– ¿Podría ser una ilusión? ¿Podría alguien haber usado un encanto tan fuerte que pudiera engañarla?

– ¿Quiere decir que la hizo pensar que estaba siendo atacada cuándo no lo fue? -indagó Nelson.

– No estoy seguro de si eso sería posible en un sidhe -contestó Veducci, mirándonos.

– ¿Y si no fuera completamente una ilusión? -comentó Rhys.

– ¿Qué quieres decir? -le pregunté.

– Tú puedes hacer un árbol plantando un esqueje en la tierra. Puedes crear un castillo partiendo de las ruinas de otro -dijo.

– Sería más fácil hacer cualquier cosa si puedes partir de algo físico sobre lo que construirla -expuso Doyle.

– ¿Qué podrías utilizar para crear un ataque? -preguntó Galen.

Doyle le miró. Su mirada era elocuente, pero Galen no lo entendió. Yo lo entendí a la primera.

– Quieres decir como los cuentos de nuestra gente en los que aparecen guerreros muertos que se introducen en las camas de las viudas, cosas así.

– Sí -afirmó Doyle-. Una ilusión usada como un disfraz.

– Muy pocos de los fantasiosos tienen tal poder para hacer esa clase de ilusión ahora -apuntó Frost.

– Sólo podría haber uno de entre todas las hadas que podría llevarlo a cabo -dijo Galen. Sus ojos verdes de repente estaban mortalmente serios.

– No puedes querer decir… -Frost comenzó a hablar, luego se detuvo. Todos lo pensamos. Abe fue el que lo dijo…

– ¡Será hijo de la gran puta!.

Veducci habló como si hubiera leído nuestras mentes. Esto me hizo preguntarme si sin sus protecciones contra la magia feérica, yo podría haber leído en él como un médium, o algo más.

– El Rey de la Luz y la Ilusión, ¿cómo son de potentes sus poderes de ilusión?

– ¡Joder! -Soltó Shelby-. No puedes decir esto. No puedes darles una duda razonable.

Veducci nos sonrió.

– La princesa y sus hombres tenían ya una duda razonable cuando entraron en esta habitación, pero nunca habrían acusado al rey en voz alta delante de nosotros. Habrían ocultado esto incluso a sus abogados.

Tuve un mal presentimiento. Me moví hacia Veducci, sólo la mano de Doyle en mi brazo me detuvo de tocar al hombre. Él tenía razón, podrían haberlo visto como alguna clase de magia.

– Señor Veducci, ¿planea usted acusar hoy a mi tío de este complot durante la llamada de espejo?

– Pensé que dejaría esto a sus abogados.

Mi piel de repente estaba fría. Sentí como me quedaba pálida. Veducci pareció indeciso, y casi me tendió una mano.

– ¿Se encuentra bien, Princesa?

– Tengo miedo por usted, por todos ustedes, y por nosotros -le dije. -Usted no entiende a Taranis. Él ha sido el poder absoluto en la Corte de la Luz durante más de mil años. Esto le ha llevado a una arrogancia que usted no puede llegar ni a imaginar. Se hace pasar por un rey feliz y amistoso ante los humanos, pero muestra una cara completamente diferente a aquellos que somos de la Corte de la Oscuridad. Si usted le acusa sin rodeos de esto, no sé lo que hará.

– ¿Nos haría daño? -preguntó Nelson.

– No, pero podría usar la magia sobre usted -repliqué. -Él es el Rey de la Luz y la Ilusión. He estado de pie en su presencia, para una audiencia sin importancia, y utilizó un poco de encanto. Casi me caí ante su poder, y soy una princesa de la Corte Oscura. Usted es humano. Si él realmente quisiera ejercer su encanto sobre usted, podría hacerlo.

– Pero eso sería ilegal -dijo Shelby.

– Él es un rey con el poder de la vida y muerte en sus manos -le dije. -Él no piensa como un hombre moderno, no importa cuánto lo imite delante de la prensa. -Me sentí mareada, y alguien me acercó una silla.

Doyle se arrodilló a mi lado.

– ¿Te encuentras mal, Meredith? -susurró él.

Nelson me preguntó:

– ¿Se encuentra bien, Princesa Meredith?

– Estoy cansada, y asustada -contesté. -No tienen ni idea de cómo han sido estos últimos días, y no sé qué decir.

– ¿Tiene algo que ver con este caso? -indagó Cortez.

Alcé la vista hacia él.

– ¿Quiere saber si esta acusación es la razón de que esté cansada y asustada?

– Sí.

– No, no tiene nada que ver con estas falsas acusaciones. -Alcancé la mano de Doyle. -Hazles entender que deben tener mucho cuidado al enfrentarse con Taranis.

Doyle rodeó mi mano con la suya y dijo…

– Haré todo lo posible, mi princesa.

Le sonreí.

– Sé que lo harás.

Frost vino hasta mi otro lado y tocó mi mejilla.

– Estás pálida. Incluso para uno de nosotros con la piel de luz de luna, estás pálida.

Abeloec se acercó más a mí.

– Había oído que la princesa era lo bastante humana como para pillar una gripe. Pensé que era un rumor malintencionado.

– ¿Ustedes no se resfrían? -preguntó Nelson.

– Ellos no pueden -le dije, apretando mi mejilla contra la mano de Frost, y todavía esperando a Doyle. -Pero yo sí. No muy a menudo, pero la puedo padecer. -Y para mí misma añadí, “por eso soy la primera princesa de las hadas mortal”. Éste era uno de los motivos por lo que hubo tantos intentos de asesinato en la Corte de la Oscuridad. Había sectores de la nobleza que creían que si yo me sentaba en el trono, contaminaría a todo los inmortales con las enfermedades mortales. Les traería la muerte a todos ellos. ¿Cómo puede una luchar contra un rumor así, cuándo ellos ni siquiera cogen un simple resfriado? Y estaba a punto de dirigirme al más brillante de entre todos los brillantes de ellos, el Rey Taranis, Señor de la Luz y la Ilusión. Que la diosa me ayudara si él comprendía que osaba estar en su presencia con esta leve, pero aún así, enfermedad humana. Esto sólo le confirmaría cuan débil era, cuan humana era.

– Casi ha llegado el momento de que el rey se ponga en contacto con nosotros -informó Veducci, mirando su reloj.

– Si es que su tiempo corre como el nuestro -dijo Cortez.

Veducci asintió.

– Es verdad, pero, ¿puedo sugerir que consigamos un poco de metal para que usted pueda llevar?

– ¿Metal? -fue Nelson quien hizo esta pregunta.

– Creo que algo de material de oficina de este elegante bufete de abogados podrían ayudarnos un poco para que usted pueda tener una visión algo más clara mientras tratamos con el Rey Taranis.

– Material de oficina -dijo Cortez. -¿Quiere decir como clips?

– Por ejemplo -señaló Veducci. Él se giró hacia mí. -Que nos dice, Princesa, ¿sería provechoso tocar clips?

– Depende de con qué estén hechos, pero un puñado de ellos nos podrían ayudar.

– Podemos probarlo para usted -dijo Rhys.

– ¿Cómo? -preguntó Veducci.

– Si nos molesta tocarlos, le ayudarán.

– Pensaba que ni siquiera el duende menos poderoso podría tocar el metal -respondió Cortez.

– Algunos, la verdad es que pueden ser quemados por el roce con algunos metales, pero incluso el más alto sidhe no disfruta para nada del metal forjado por el hombre -aclaró Rhys, todavía con aquella sonrisa especial.

– Simplemente se queman por tocar un metal -dijo Nelson.

– Ahora no tenemos tiempo para hablar de las maravillas de los duendes, lo que nos interesa es conseguir el suficiente material de oficina – señaló Veducci.

Farmer presionó el intercomunicador y habló con uno de sus muchos secretarios y ayudantes personales que parecían estar fuera de la oficina. Pidió clips y grapas. Yo agregué…

– Cuters, navajas de bolsillo…

Shelby, Grover, y el otro ayudante tenían navajas en sus bolsillos.

– Ustedes están muy fascinados por la princesa -dijo Veducci. -Yo añadiría un puñado de algo más, por si acaso.

Miré a Veducci repartir todos los útiles de oficina. Se había hecho cargo de todo, y nadie le había cuestionado. Se supone que él era nuestro enemigo, pero nos ayudaba. ¿Habría dicho la verdad? Estaba aquí para impartir justicia, ¿o era mentira? Hasta que yo averiguara lo que Taranis quería, no podía permitirme confiar en nadie.

Veducci llegó hasta donde yo estaba sentada. Él asintió en dirección de Doyle y Frost, quiénes todavía me tenían aprisionada, uno a cada lado.

– ¿Puedo ofrecerle a la princesa algo de metal extra para que lo sostenga?

– Ella lleva metal, como todos nosotros.

– Armas y espadas, como pueden ver.

Entonces los ojos de Veducci me miraron rápidamente.

– ¿Nos está diciendo que la princesa está armada?

Así era en verdad. Tenía un cuchillo atado con una correa a mi muslo para que se sostuviera como hacía siempre. También tenía un arma pequeña a mi espalda en una nueva pistolera lateral que estaba diseñada para ser colocada allí. La verdad, no esperábamos que yo utilizara el arma para disparar, pero de esta manera llevaba bastante metal encima, acero y plomo, sin que fuera demasiado obvio para Taranis. Él vería como un insulto el que llevara encima metal delante de él. Los guardaespaldas podrían llevarlo, porque eran guardaespaldas; y se supone que ellos tenían que ir armados.

– La princesa lleva lo suficiente para protegerse -dijo Doyle.

Veducci hizo una pequeña reverencia.

– Entonces devolveré este material a su caja.

Unas trompetas sonaron, dulces y claras, como si lloviera música sobre nosotros desde una gran altura. Era el sonido del Rey Taranis cuando utilizaba el espejo. Era educado, y esperaba a que alguien tocara el espejo en nuestro lado. Las trompetas sonaron otra vez mientras contemplábamos el espejo en blanco.

Doyle y Frost se sentaron a mis pies. Rhys entró para colocarse a mi lado, como si ellos hubieran hablado de esto de antemano. Doyle avanzó, dejando espacio para que Rhys tomara su lugar a mi lado. Rhys me abrazó ligeramente, y agregó bajito…

– Siento mover a tu favorito de su sitio.

Me giré y le miré, porque se supone que los celos eran una emoción humana. Rhys me dejó ver en su cara que él sabía que mi corazón había elegido, aunque mi cuerpo no lo hubiera hecho. Me dejó saber que sabía cómo me sentía sobre Doyle, y que esto le hacía daño a él. Todo eso podía reflejar una mirada.

Doyle tocó el espejo, y Rhys susurró…

– Sonríe para el rey.

Dejé que la sonrisa que había practicado durante años llenara mi cara. Una sonrisa agradable, pero no demasiado feliz. Una sonrisa para una corte, una sonrisa para no dejar ver lo que había detrás, y para pensar en cosas que no hacían gracia en absoluto.

CAPÍTULO 4

EL ESPEJO SE LLENÓ DE LUZ. UNA BRILLANTE, DORADA LUZ solar, hasta que todos tuvimos que apartar nuestra mirada o quedarnos cegados por el brillo, el resplandor de Taranis, Rey de la Luz y la Ilusión. La voz de un hombre, creo que era Shelby habló desde detrás de la penumbra de mis párpados cerrados…

– ¿Qué demonios es eso?

– El rey, alardeando -le contesté. No debería haberlo dicho, pero no me sentía bien, y estaba enojada. Enojada por la necesidad de estar allí. Enojada y asustada, porque conocía a Taranis lo suficientemente bien como para saber que el otro zapato ni siquiera había comenzado a caer.

– Alardeando -dijo una alegre voz masculina-. Esto no es alarde, Meredith, así es como soy. -Él había usado sólo mi nombre, y ninguno de mis títulos. Era un insulto, e íbamos a dejarlo pasar. Pero aún más sorprendente, no se había anunciado de manera formal. Estaba siendo informal como si estuviéramos en privado. Era casi como si para él, los abogados humanos realmente no contaran.

La voz de Veducci sonó desde afuera de la luz cegadora que había aparecido en la sala.

– Rey Taranis, yo he hablado con usted en varias ocasiones y nunca me había cegado tanto su luz. ¿Si pudiera tener compasión de nosotros, meros humanos, y atenuar su gloria, sólo un poco?

– ¿Qué piensas de mi gloria, Meredith? -preguntó la alegre voz, y el mero sonido me hizo sonreír justo cuando bizqueaba para proteger mis ojos.

Frost apretó mi mano, y ese roce de piel contra piel me ayudó a pensar. El de Taranis no era un poder de carne y sexo. Para combatir aquello donde él es bueno, hay que usar la magia en la que tú eres bueno, y eso simplemente para poder ser capaz de pensar en la presencia de Taranis. Extendí la mano hacia Rhys, hasta que mi mano encontró la piel desnuda de su cuello y mejilla. El roce de ambos me ayudó a pensar.

– Creo que tu gloria es maravillosa, Tío Taranis. -Él había sido familiar primero, usando sólo mi nombre, por lo que supuse que sería bueno tratar de recordarle que yo era su sobrina. Que yo no era sólo una noble de la Corte de la Oscuridad a la cual impresionar.

No me sentí demasiado insultada; excepto por el uso de mi nombre, él jugaba a la misma clase de mierda que la Reina Andais. Ambos habían estado intentando derrotar la magia del otro durante siglos. Yo simplemente había sido lanzada en medio de un juego que no tenía ninguna esperanza de ganar. Si Andais misma no podía controlar la magia de Taranis en una llamada a través del espejo, entonces mis propias capacidades mucho más humildes eran inútiles. Mis hombres y yo sabíamos lo que venía con esta llamada. Había esperado que con los abogados presentes, Taranis pudiera atenuar las cosas un poco. Por lo visto, no.

– Tío me hace parecer viejo, Meredith. Taranis, debes llamarme Taranis. -Hizo sonar su voz como si fuéramos viejos amigos, y él estuviera tan feliz de verme. Sólo la cualidad de su voz me hacía querer decir sí a cualquier cosa, a todo. Cualquier otro sidhe que fuera atrapado utilizando su voz o su magia sobre otro sidhe de esta manera, acabaría enfrentado a un duelo, o castigado por su reina o rey. Pero él era el rey, y eso significaba que la gente no lo acusaría por ello. Pero yo ya me había visto obligada a llamarle la atención por algo similar la vez pasada que había hablado con él de esta manera; ¿podría permitirme comenzar la conversación de forma tan grosera como había terminado la vez anterior?

– Taranis, entonces, Tío. ¿Podrías, por favor, atenuar tu gloria de forma que podamos mirarte todos?

– ¿La luz está hiriendo tus ojos?

– Sí -le dije, y llegaron otras respuestas afirmativas desde detrás de mí. Los que eran del todo humanos debían estar realmente incómodos a estas alturas.

– Entonces atenuaré mi luz para ti, Meredith. -Él hizo que mi nombre sonara como un caramelo en su lengua. Algo dulce, espeso, y a lo cual se le pueden dar lametones.

Frost atrajo mi mano a su boca, y besó mis nudillos. Eso me ayudó a librarme del efecto que Taranis trataba con fuerza de imponer sobre mí. Ya había hecho esto la última vez, una seducción mágica tan poderosa que estaba malditamente cerca de hacerme daño.

Rhys se acurrucó más cerca a mi lado, acomodándose a lo largo de mi cuello y me susurró…

– Él no trata sólo de impresionarnos a todos nosotros, Merry, está apuntando directamente hacia ti.

Me giré hacia su rostro, con mis ojos aún cerrados contra la luz.

– Ya lo hizo la vez anterior.

La mano de Rhys encontró mi nuca, girando mi cara hacia la suya.

– No exactamente eso, Merry. Él intenta persuadirte con más fuerza.

Rhys me besó. Fue un beso suave, creo que más consciente del lápiz de labios rojo que yo llevaba puesto que de cualquier sentido del decoro. Frost frotó su pulgar sobre mi mano. Sus caricias me impidieron hundirme en la voz de Taranis, y en el tirón de la luz.

Sentí a Doyle sentarse delante de mí antes de que realmente abriera los ojos. Él me besó en la frente, añadiendo su toque a los demás como si ya supiera lo que Taranis hacía. Se movió a mi izquierda, y al principio no comprendí lo que hacía, luego oí la voz de Taranis, ni de cerca tan feliz como había sonado antes.

– Meredith, ¿cómo osas presentarte frente a mí con los monstruos que atacaron a mi señora, parada ahí como si ellos no hubiesen hecho ningún mal? ¿Por qué no están encadenados? -Su voz todavía sonaba bien, rica, pero era sólo una voz. Ni siquiera Taranis podía decir aquellas palabras, aquella atrocidad, con un tono cálido y seductor.

La luz se había atenuado un poco. Doyle estaba bloqueando un poco mi visión, y parcialmente bloqueaba a Rhys de la visión del rey, pero yo había visto este espectáculo antes. Taranis atenuaba la luz de modo que pareciera como si él estuviera formado por el resplandor. Formando un rostro, un cuerpo, su ropa, era luz en sí mismo.

Biggs dijo…

– Mis clientes son inocentes hasta no se prueba su culpabilidad, Rey Taranis.

– ¿Duda de la palabra de la nobleza de la Corte de la Luz? -No creí que el ultraje fuera fingido esta vez.

– Soy abogado, Su Alteza. Dudo de todo.

Creo que Biggs quiso hacer un alarde de humor, pero si lo hizo, no conocía a su auditorio. Taranis no tenía ningún sentido del humor del cual yo fuera consciente. Oh, él creía que era gracioso, pero es que a nadie se le permitía ser más gracioso que el rey. El último rumor de la Corte de la Luz decía que hasta el bufón de la corte de Taranis había sido encarcelado por impertinencia.

Yo me habría quejado más si no fuera porque Andais había matado a su último bufón de la corte aproximadamente cuatrocientos o quinientos años atrás.

– ¿Se supone que eso fue gracioso? -La voz del rey reverberó a través del cuarto, como un retumbar de apagados truenos. Era uno de sus nombres, Taranis Tronante. Una vez había sido el Dios del Cielo y la Tormenta. Los romanos lo habían comparado con su propio Júpiter, aunque sus poderes nunca habían sido tan grandes como los de Júpiter.

– Por lo visto no -dijo Biggs, tratando de poner cara agradable.

Taranis finalmente se reveló en el espejo. Estaba rodeado de brillo, como si los colores que lo componían vacilaran. Al menos su pelo y barba eran de su color verdadero, los rojos y naranjas de una espectacular puesta de sol. Los bucles de su rizado cabello parecían teñidos por la gloria del cielo cuando el sol se hunde por el Oeste. Sus ojos eran realmente pétalos de diferentes tonos de verde: verde jade, verde hierba, verde hojas sombrías. Era como si una flor verde hubiera sustituido el iris de sus ojos. Cuando era una niña pequeña, antes de que supiera que él me desdeñaba, yo había pensado que él era realmente hermoso.

– Oh, Dios mío -dijo Nelson con voz entrecortada.

Miré detrás de mí para verla con los ojos bien abiertos, la cara casi floja.

– ¿Sólo ha visto los cuadros de él pretendiendo ser humano, verdad?

– Él tenía el cabello rojo y los ojos verdes, no así, no así -dijo ella. Cortez, su jefe, la tomó del codo y la llevó a una silla. Cortez estaba enojado y tenía problemas para disimularlo. Toda una reacción interesante de su parte.

Taranis volvió esos ojos de pétalos verdes hacia la mujer.

– Pocas mujeres humanas me han visto en toda mi gloria en muchos años. ¿Qué piensas de mí en mi verdadera forma, bonita muchacha?

Yo estaba bastante segura de que no se conseguía ser ayudante del fiscal de distrito de Los Ángeles permitiendo que los hombres te llamaran bonita muchacha. Pero si Nelson tenía un problema con ello, no lo dijo. Parecía locamente enamorada de él, embriagada por su atención.

Abe vino para unirse a nosotros en nuestro acurrucado grupo. Galen se arrastró detrás de él, pareciendo perplejo. Fue Abe quién se inclinó y le susurró…

– Hay alguna clase de magia aquí que no es sólo luz e ilusión. Si fuera cualquier otra persona, diría que él ha añadido magia de amor a su repertorio de tretas.

Doyle acercó a Abe más hacia nosotros, y susurró…

– Es un hechizo bastante poderoso el que está afectando a la Sra. Nelson.

Todos estuvimos de acuerdo.

No habíamos querido ignorar a Taranis, pero él estaba tan terriblemente ocupado coqueteando con Nelson que era fácil olvidar que simplemente porque un rey no te hace caso no significa que se te permita ignorarle.

– No vine aquí para ser insultado -dijo él con voz tormentosa. Tiempo atrás esto me habría impresionado, pero yo había intimado con Mistral. Él era un Dios de la Tormenta también, y uno que podía hacer que el relámpago cayera en el interior de un vestíbulo en el sithen. La voz retumbante de Taranis no podía compararse con Mistral. De hecho, cuando los hombres se separaron, y pude ver a mi tío más claramente, él parecía un poco exagerado, como un hombre que está demasiado arreglado para una cita.

Miré a los hombres arracimados a mi alrededor, y comprendí que todos me estaban tocando, Rhys tenía un brazo alrededor de mi cintura y mi costado; Frost al otro lado, su brazo un poco más alto; Doyle con sus oscuras y fuertes manos en mi cara; Abe con su mano en mi hombro, de forma que podía inclinarse sin llegar a caer ya que hasta estando sobrio su equilibrio parecía inestable a veces. Galen me había tocado porque él siempre me tocaba cuando podía. Era como si hubiera alcanzado una masa crítica de contactos. Podía pensar. Ya no estaba locamente enamorada como la buena señorita Nelson. Alguna vez había pensado, que el hecho de que Andais apareciera en las llamadas de espejo cubierta de hombres había sido una forma de burlarse y sobresaltar a Taranis y a su corte. En sólo dos llamadas de espejo por mi parte, había aprendido que había un método en su locura. Para mí, cinco era el número mágico o quizás lo que funcionaba era la mezcla de estos cinco poderes masculinos. De cualquier forma, ésta iba a ser una llamada diferente de lo que habría sido si el hechizo de Taranis hubiera funcionado conmigo. Interesante.

– Meredith -llamó Taranis-. Meredith, mírame.

Yo sabía que había poder en esa voz. Lo sentí tal como se puede sentir el océano. Susurrante y cercano. Pero yo ya no estaba parada en el agua. Ya no estaba en peligro de ahogarme en esa voz.

– Te veo, Tío Taranis. Te veo muy bien -dije, y mi voz fue fuerte y firme, e hizo que el arco de una ceja coloreada como una perfecta puesta de sol se elevara.

– Apenas puedo verte a través del amontonamiento de tus hombres, -dijo él. Había algo en su tono de voz que no podía discernir. Ansiedad, cólera; algo desagradable.

Doyle, Galen, y Abe comenzaron a alejarse de mí. Incluso Frost comenzó a separarse. Sólo Rhys se quedó aferrado a mi lado. En el momento en que sus manos desaparecieron, Taranis volvió a parecer rodeado de luz.

– Permaneced donde estabais, hombres míos -dije-. Yo soy vuestra princesa. Él no es vuestro rey.

Los hombres vacilaron. Doyle fue el primero que retrocedió y el resto siguió su ejemplo. Puse su mano en mi cara, y traté de decirle con mis ojos lo que pasaba. El hechizo apuntaba directamente hacia mí, como una flecha sólo dirigida hacia mi mente. ¿Cómo podría explicarles, sin palabras, lo que sucedía?

Rhys se colocó más firmemente alrededor de mi cintura, atrayéndome más cerca, dejando sólo el espacio suficiente para que el brazo de Frost se deslizara sobre mis hombros. Abe se paró detrás de mí, colocando una mano en mi hombro, el más cercano a Rhys. Galen se unió a él, y aunque claramente estaba perplejo, puso su mano en mi otro hombro, el más cercano a Frost. Yo tenía una mano rodeando la cintura de Rhys y la otra se la tendí a Doyle. Para el momento en que todos me estaban tocando, incluso a través de la ropa, la luz alrededor del rey se había desvanecido. Taranis era hermoso, pero eso era todo.

– ¿Meredith -dijo Taranis-, cómo puedes insultarme así? Estos hombres atacaron a una dama de mi corte, violentándola. Y aún así, tú estás ahí con ellos… tocándote, como si fueran tus favoritos de la corte.

– Pero, tío, es que ellos son algunos de mis favoritos.

– Meredith -dijo, y sonó asombrado, como un pariente mayor que oye que uno dice "joder" por primera vez.

Biggs y Shelby intentaban acercarse y enterarse de lo que sucedía. Creo que la razón por la que los abogados no habían interferido antes era que incluso los hombres que estaban lejos habían sentido algo del hechizo que Taranis había traído a esta reunión. Había traído esta magia con algún objetivo específico o tal vez siempre la traía cuando trataba con la Reina Andais, y ahora conmigo. Yo no había sido capaz de sentirla la última vez que habíamos hablado con Taranis. Pero entonces tampoco tenía a Doyle, o a ninguno de los otros hombres. No era simplemente que mis poderes hubieran aumentado desde aquellos pocos días pasados en el Mundo de las Hadas. La Diosa había sido una deidad muy ocupada. Todos habíamos sido cambiados por su roce, y por el toque de su Consorte, el Dios.

– No hablaré de este asunto delante de los monstruos que violentaron a una mujer de mi corte. -La voz de Taranis rodó por el cuarto como el susurro de una tormenta. Todos reaccionaron como si fuera más que un susurro. Yo estaba segura detrás de las manos de mis hombres de lo que fuera que Taranis trataba de hacer.

Shelby se volvió hacia nosotros.

– Creo que es una petición razonable que los tres acusados esperen afuera mientras hablamos con el rey.

– No -dije.

– Princesa Meredith -dijo Shelby-, está siendo poco razonable.

– Sr. Shelby, usted está siendo mágicamente manipulado -le dije, riéndome de él.

Él me miró con el ceño fruncido.

– No entiendo lo que quiere decir con eso.

– Sé que usted no lo entiende -le dije. Me giré hacia Taranis-. Lo que estás haciendo es ilegal según la ley humana. La misma ley a la que has apelado pidiendo ayuda.

– No he pedido ayuda humana -dijo él.

– Has acusado a mis hombres conforme a la ley humana.

– Presenté una solicitud a la Reina Andais buscando justicia, pero ella rechazó reconocer mi derecho de juzgar a sus sidhe de la Corte Oscura.

– Tú gobiernas La Corte de la Luz y la Ilusión -dije-, no la Corte de la Oscuridad.

– Eso fue lo que tu reina me aclaró.

– Y entonces, cuando la Reina Andais negó tu petición en su corte, te volviste hacia los humanos.

– Apelé a ti, Meredith, pero ni siquiera contestaste mis llamadas.

– La reina Andais me aconsejó contra ello, y ella es mi reina y la hermana de mi padre. Presté atención a su consejo. -Realmente más que un consejo había sido una orden. Ella había dicho que no importando lo demoníaco que fuera lo que hubiese planeado Taranis yo debía evitarlo. Cuando alguien tan poderoso como Andais dice que evites a alguien por miedo de lo que pudiera hacer, lo escucho. Yo no había sido tan arrogante como para creer que todo el objetivo de Taranis era simplemente lograr que yo le devolviera una llamada de espejo. Andais tampoco había creído que ese fuera su objetivo, pero ahora, hoy, yo comenzaba a preguntármelo. No podía pensar en nada que yo pudiera ofrecerle que hiciera que este enorme esfuerzo valiera la pena.

– Pero ahora, conforme a la ley humana, debes hablarme -dijo él.

Biggs dijo…

– La princesa estuvo de acuerdo con esta reunión de cortesía. No se la obliga a estar aquí.

Los ojos de Taranis ni siquiera se movieron para dirigirle una mirada al abogado.

– Pero estás aquí ahora, y eres más hermosa de lo que recordaba. He sido muy despreocupado en mis atenciones hacia ti, Meredith.

Me reí, y fue un sonido áspero.

– Oh, no, Tío Taranis, creo que has sido muy concienzudo en tus atenciones hacia mí. Casi más concienzudo de lo que mi cuerpo mortal podría soportar.

Doyle, Rhys, y Frost se tensaron contra mí. Yo sabía lo que querían decir con eso: ten cuidado, no reveles secretos de la corte delante de los humanos. Pero Taranis había comenzado, exponiéndonos frente a los humanos. Yo sólo seguía su ejemplo.

– ¿Nunca olvidarás un momento de tu infancia?

– Casi me matas a palos, Tío. Probablemente no lo olvidaré.

– No entendía lo frágil que era tu cuerpo, Meredith, o nunca te habría tocado así.

Veducci fue el que se recuperó primero, diciendo…

– ¿Está el Rey Taranis confesando que la golpeó cuando era una niña, Princesa?

Miré a mi tío, tan grande, tan imponente, tan regio en su ropa cortesana de oro y blanca.

– No lo está negando, ¿O sí, Tío Taranis?

– Por favor, Meredith, tío parece tan formal. -Su voz engatusaba. Dado que en ese momento Nelson comenzó a acercarse más al espejo, creo que el tono quería ser seductor.

– Él no lo niega -dijo Doyle.

– No te hablo a ti, Oscuridad -dijo Taranis, y su voz trató de tronar otra vez. Pero la seducción no había funcionado, por lo que la amenaza tampoco sirvió.

– Rey Taranis -dijo Biggs-, ¿Confiesa usted que golpeaba a mi cliente cuando era una niña?

Taranis finalmente se dio la vuelta, frunciendo el ceño. Biggs reaccionó como si el sol mismo se hubiera reído de él. Realmente tropezó en su discurso y pareció inseguro.

Taranis dijo…

– Lo que hice hace años no tiene la menor influencia en el delito que estos monstruos cometieron.

Veducci se giró hacia mí.

– ¿Cómo de fuerte la golpeó él, Princesa Meredith?

– Recuerdo cuán roja era mi sangre sobre el mármol blanco -dije. Miré a Veducci mientras hablaba, aunque podía sentir la magia de Taranis empujando hacia mí, llamándome para que lo mirara. Miré a Veducci porque podía, y porque sabía que eso acobardaría al rey-. Si Gran, mi abuela, no hubiera intervenido creo que él me habría matado a palos.

– Todavía guardas rencor, Meredith. Te pedí perdón por mis acciones ese día.

– Sí -dije, volviéndome hacia el espejo-. Me has pedido perdón recientemente por esa paliza.

– ¿Por qué la golpeó? -preguntó Veducci.

Taranis rugió…

– No es asunto de humanos.

Él me había golpeado cuando yo pregunté por qué Maeve Reed, que una vez fue la diosa Conchenn, había sido desterrada de su corte. Ella era ahora la diosa dorada de Hollywood, y lo había sido durante cincuenta años. Todavía vivíamos todos en su casa en Holmby Hills, aunque la reciente incorporación de tantos hombres comenzaba a notarse incluso en su hogar. Maeve nos había dejado aún más espacio al irse a Europa. Era lo bastante lejos como para mantenerse fuera del camino de Taranis, o esa era nuestra esperanza.

Maeve nos había contado el oscuro y profundo secreto de Taranis. Había querido casarse con ella después de repudiar a una tercera esposa por esterilidad. Maeve se había negado, advirtiendo que la última esposa que él había echado había logrado tener niños con otro hombre. Ella se atrevió a decirle al rey que él era el estéril, y no las mujeres. Hacía cien años que Maeve le había dicho eso, pero él la había desterrado y había prohibido a todos hablar con ella. Porque si su corte averiguaba que hacía un siglo él ya sabía que podría ser estéril, y que no había dicho ni hecho nada… Si el rey es estéril, la gente y la tierra también son estériles. Había condenado a su raza a una muerte lenta. Ellos vivían casi para siempre, pero que no nacieran niños implicaba que cuando ellos murieran, no habría más sidhe de la Luz. Si su corte averiguaba lo que él había hecho, estarían en todo su derecho de exigir un sacrificio vivo, con Taranis en el papel de protagonista.

Él había tratado dos veces de matar a Maeve utilizando la magia, hechizos horribles de los que ningún Sidhe de la Corte de la Luz se confesaría culpable. Había tratado de matarla, y no nosotros, aunque tuviera que preguntarse si conocíamos su secreto. Él temía a nuestra reina, o quizás no pensaba que su corte creería a alguien que era parte de la Corte de la Oscuridad. Quizás por eso Maeve era la amenaza y no nosotros.

– Si usted abusaba de la princesa cuando ella era una niña el caso puede verse afectado -dijo Veducci.

– Ahora lamento mi carácter en ese momento con esta mujer -dijo Taranis-. Pero mi único momento irreflexivo décadas atrás no cambia el hecho de que los tres sidhe de la Corte de la Oscuridad que están frente a mí hicieron lo peor que podían hacerle a Lady Caitrin.

– Si existe un patrón de abuso entre la princesa y el rey -dijo Biggs-, entonces sus acusaciones contra los amantes de la princesa pueden tener un motivo detrás.

– ¿Está usted insinuando que existe una intención romántica por parte del rey? -Cortez puso un enorme desdén en su voz, como si eso fuera ridículo.

– Él no sería el primer hombre en golpear a una muchacha en su niñez, para luego transformarlo en abuso sexual cuando ella se hiciera mayor -dijo Biggs.

– ¿De qué me está acusando? -preguntó Taranis.

– El Sr. Biggs trata de demostrar que usted tiene intenciones románticas hacia la princesa -dijo Cortez-, y yo le digo que no es así.

– Intenciones románticas -repitió Taranis despacio-. ¿Qué quiere decir él con eso?

– ¿Tiene usted intenciones sexuales o matrimoniales hacia la Princesa Meredith? -preguntó Biggs.

– No veo lo que tal pregunta tiene que ver con el salvaje ataque realizado por esos monstruos de la Corte de la Oscuridad a la hermosa Lady Caitrin.

Todos los hombres que me tocaban se tensaron otra vez o se quedaron muy quietos, incluido Galen. Todos se habían percatado de que el rey no había contestado la pregunta. Los sidhe sólo evitaban contestar una pregunta por dos motivos. Uno, una absoluta terquedad o bien, amor por los juegos de palabras. Taranis no sentía ningún amor por los juegos de palabras, y era uno de los menos tercos entre los sidhe. Dos, que la respuesta implicara admitir algo de lo que no quisieran confesarse culpables. Pero la única respuesta que Taranis podría posiblemente querer evitar era "sí". Y no podía ser "sí". Él no podía tener proyectos románticos conmigo. No podía.

Alcé la vista hacia Doyle y Frost. Busqué una pista en cuanto a lo que hacer. ¿Lo ignoraba, o lo acosaba? ¿Qué era mejor? ¿Qué era peor?

Cortez dijo…

– Aunque sintamos compasión por las tragedias infantiles de la princesa, aquí debemos investigar una nueva tragedia, el ataque de estos tres hombres sobre Lady Caitrin.

Miré fijamente a Cortez, él mantuvo su mirada lejos de la mía, como si su declaración le sonara áspera hasta para sus propios oídos.

– ¿Entiende usted realmente que está siendo completamente influenciado por su magia? -Pregunté.

– Creo que yo sabría si estuvieran influyendo en mí, Princesa Meredith -dijo Cortez.

– La naturaleza de la manipulación mágica -dijo Veducci, avanzando-implica que no sabes lo que sucede. Es por eso que es tan ilegal.

Biggs afrontó el espejo.

– ¿Está usando magia para manipular a la gente en este cuarto, Rey Taranis?

– No trato de manipular a todo el cuarto, Sr. Biggs -dijo Taranis.

– ¿Podemos hacer una pregunta? -preguntó Doyle.

– No hablaré con los monstruos de la Corte Oscura -dijo Taranis.

– El capitán Doyle no está acusado de ningún delito -dijo Biggs.

Comprendí que nuestros abogados tenían menos problemas con la presencia mágica de Taranis que los de la otra parte, excepto Veducci, que parecía estar bien. Los abogados habían firmado un acuerdo con Taranis, sólo verbal, pero era suficiente para que alguien de su poder tuviera algo más de influencia sobre todos ellos. Era la sutil magia de la monarquía. Si consientes en ser hombre de un rey verdadero, había poder en ese acuerdo. Taranis había sido elegido una vez por el mundo de las hadas para ser el rey, y ahora mismo había poder en ese viejo trato.

– Son todos unos monstruos -dijo Taranis. Él me miró, mostrándome todo el deseo que esos ojos de pétalos verdes podían contener-. Meredith, Meredith, ven con nosotros antes de que el poder de la Corte de la Oscuridad haga de ti algo horrible.

Si yo no hubiera roto su hechizo sobre mí antes, esa petición podría haberme lanzando hacia él. Pero estaba segura entre mis hombres y nuestro poder.

– He visto ambas cortes, Tío. Encontré ambas igualmente hermosas y horribles a su propia manera.

– ¿Cómo puedes comparar la luz y la alegría de la Corte Dorada frente a la oscuridad y el terror del Trono Oscuro?

– Probablemente soy la única noble sidhe en la historia reciente que puede compararlas, Tío.

– Taranis, Meredith. Por favor, Taranis.

No me gustó su insistencia de que lo llamara por su nombre y no por su título. Ante la Corte de la Oscuridad, siempre había sido muy consciente de su título. De hecho, no había pedido que se leyeran todos sus títulos. No parecía propio de él el renunciar a algo que lo realzara a los ojos de otros.

– Muy bien, Tío… Taranis. -En el momento en que lo dije, el aire se hizo más pesado. Era más difícil respirar. Él había unido su nombre al hechizo de atracción de modo que cada vez que yo dijera su nombre, eso me ligaría más fuertemente. Iba contra las reglas. Se habían declarado duelos por menos entre los sidhe en cualquier corte. Pero no desafías al rey a un duelo. Uno, él era el rey, y dos, él había estado una vez entre los mayores guerreros de los cuales los sidhe podían alardear. Él podría no estar en su mejor momento, pero yo era mortal, y me tragaría cualquier insulto que él lanzara en nuestro camino. ¿Tal vez él ya había contado con eso?

Doyle dijo…

– Necesitamos una silla para nuestra princesa.

Los abogados trajeron una silla, pidiendo disculpas por no haber pensado en ello antes. La magia puede hacer eso, hacerte olvidar lo que eres. Hacerte olvidar las cosas mundanas como unas sillas y que tus piernas están cansadas, hasta que comprendes que tu cuerpo te duele y que has estado ignorándolo. Me senté agradecida. Me habría puesto tacones bajos si hubiera sabido que estaría tanto tiempo de pie.

Hubo algo de confusión mientras me sentaba de modo que durante un momento no todos mis hombres estaban tocándome. Taranis estaba enmarcado por una luz dorada. En ese momento los hombres se colocaron en sus sitios y él volvió a verse normal otra vez. Bien, tan normal como era posible.

Frost se quedó de pie a mi espalda con su mano en mi hombro. Yo había esperado que Doyle tomara su lugar a mi espalda también, pero fue Rhys quien se quedó de pie tras mi otro hombro. Doyle se arrodilló en el suelo a mi lado, con una mano en mi brazo. Galen se movió delante de mí, de forma que quedó de cuclillas a mis pies, apoyando su espalda contra mis piernas. Una de sus manos se movía de arriba abajo por mi pantorrilla, un gesto ocioso que habría sido posesivo en un humano, pero que en un hada podía significar simplemente un estado nervioso. Abe se arrodilló a mi otro lado, como un reflejo de Doyle. Bien, no exactamente como un reflejo. Doyle tenía una mano en el pomo de su espada corta, su otra mano se posaba tranquilamente sobre la mía. La mano de Abe agarró mi otra mano, apretándola. Si él hubiera sido humano yo habría dicho que tenía miedo. Entonces comprendí que ésta podía ser la primera vez que viera a Taranis desde que su ex-rey lo echara. Abe nunca había sido uno de los favoritos de la Reina Andais, por lo que no habría sido incluido en las anteriores llamadas de espejo entre las cortes.

Me incliné lo bastante para poder poner mi mejilla contra su pelo. Abe alzó la vista, asustado, como si no se hubiera esperado que yo devolviera sus gestos. La reina era más de recibir que de dar, en todo, excepto el dolor. Retribuí su sorpresa con una sonrisa, y traté de decirle con mis ojos que lamentaba no haber pensado en lo que podía significar para él ver al rey en este día.

– Debo aceptar parte de la culpa de que te sientas tan feliz entre ellos, Meredith -dijo Taranis-. Si sólo conocieras el placer de un sidhe de la Corte de la Luz, nunca les dejarías tocarte otra vez.

– La mayor parte de los sidhe que están ahora a mi alrededor, fueron una vez parte de la Corte de la Luz -dije, simplemente omitiendo su nombre. Quería saber, si yo dejaba de decir "Tío", si él trataría de conseguir que yo pronunciara su nombre por alguna otra razón. Había sentido el tirón de magia cuando dije su nombre.

– Ellos han sido nobles de la Corte de la Oscuridad durante siglos, Meredith -dijo Taranis-. Se han convertido en cosas retorcidas, pero no tienes nada con qué compararlos, y eso es un descuido grave de parte de mi corte. Aún más, lamento de corazón haberte descuidado así. Intentaría compensártelo.

– ¿Qué quieres decir con que son cosas retorcidas? -Pregunté. Creía saberlo, pero había aprendido a no precipitar conclusiones cuando trataba con una u otra corte.

– Lady Caitrin ha hablado de los horrores de sus cuerpos. Ninguno de los tres es lo bastante poderoso utilizando el encanto como para esconder su verdadera identidad durante la intimidad.

Biggs vino a mi lado como si yo se lo hubiera pedido.

– La declaración de la dama es completamente gráfica, y se lee más bien como una película de terror que otra cosa.

Miré a Doyle.

– ¿La leíste?

– Lo hice -dijo él. Alzó la vista hacia mí, sus ojos todavía ocultos detrás de las gafas oscuras.

– ¿La dama en cuestión los acusa de ser deformes? -Pregunté.

– Sí -dijo él.

Yo tenía una idea.

– De la misma forma en que el embajador los vio a todos ellos.

Doyle hizo un pequeño movimiento con la comisura de su boca, a escondidas del espejo. Yo sabía lo que esta casi sonrisa significaba. Yo tenía razón, y él creía que yo estaba sobre la pista correcta. De acuerdo, si yo estaba sobre la pista correcta, ¿Hacia dónde iba este pequeño tren?

– ¿Cómo de deformados dijo la dama que estaban en su declaración? -Pregunté.

– Tanto que ninguna mujer humana sobreviviría a un ataque -dijo Biggs.

Le miré con el ceño fruncido.

– No lo entiendo.

– Es un cuento de viejas -dijo Doyle-, que los sidhe de la Corte de la Oscuridad tienen huesos y espinas en sus miembros viriles.

– Oh -dije, pero extrañamente, el rumor tenía una base. Los voladores nocturnos, pertenecían a los sluagh, el reino de Sholto dentro de nuestra corte. Parecían mantarrayas con tentáculos colgando, pero podían volar como murciélagos. Eran los sabuesos voladores de la jauría salvaje de los sluagh. Un volador nocturno real tenía una espina huesuda dentro de su miembro que estimulaba la ovulación de los voladores nocturnos femeninos. También demostraba que eras de descendencia real, porque sólo ellos podían hacer que las hembras pusieran sus huevos para que pudieran ser fertilizados. Una violación por parte de un volador nocturno real podría haber dado lugar a la vieja historia de horror. El padre de Sholto no había sido de la Familia Real, porque su madre sidhe no había necesitado de la espina para ovular. Él había sido un bebé sorpresa desde muchos puntos de vista. Era magníficamente, maravillosamente sidhe, exceptuando algunos trozos suplementarios aquí y allá. Sobre todo allá.

– Rey Taranis -dije, y otra vez su nombre tiró de mí, como una mano que atrae la atención. Respiré hondo y me relajé con el peso de Rhys y Frost en mi espalda, mis manos en Doyle y Abe. Galen pareció sentir que era necesario porque deslizó su brazo entre mis pantorrillas, de modo que se abrazó a una de mis piernas, y abrió mis piernas un poco más para poder abrazarse más fuerte. Muy pocos de mis guardias habrían aceptado parecer tan sumisos delante de Taranis. Valoraba a los pocos que preferían más estar cerca de mí que guardar las apariencias.

Lo intenté otra vez.

– Rey de la Luz y la Ilusión, ¿dices que mis tres guardias son tan monstruosos que yacer con ellos es doloroso y horrible?

– Lady Caitrin dice que así es -dijo él. Se había sentado en su trono. Era enorme y de oro, y era la única cosa que no se había ido cuando se fueron sus ilusiones. Él estaba sentado en lo que costaría, incluso hoy, el rescate de un rey.

– Dices que mis hombres no pueden mantener su ilusión de belleza mientras mantienen relaciones íntimas, ¿Es eso correcto?

– Los sidhe de la Corte de la Oscuridad no tienen el poder de la ilusión que los sidhe de la Corte de la Luz poseen -dijo Taranis, sentándose con mayor comodidad en su trono, extendiendo las piernas, tal como lo hacen algunos hombres cuando quieren llamar la atención sobre su masculinidad.

– Entonces, cuando yo les hago el amor, ¿los veo tal y como realmente son?

– Eres en parte humana, Meredith. No tienes el poder de un sidhe verdadero. Lamento decirlo, pero se sabe que tu magia es débil. Ellos te han engañado, Meredith.

Cada vez que él decía mi nombre el aire se volvía un poco más denso. La mano de Galen se deslizó por mi pierna hasta que encontró la parte donde acababa la media en el muslo, y finalmente pudo tocar piel desnuda. La caricia me hizo cerrar los ojos durante un momento, pero despejó mi mente. Tiempo atrás, lo que Taranis había dicho podría haber sido cierto, pero mi magia había crecido. Yo ya no era como había sido. ¿Nadie se lo había dicho a Taranis? No siempre era inteligente decirle a un rey algo que no le iba a gustar, y Taranis me había tratado como a un ser inferior, o peor que eso, toda mi vida. Descubrir que yo podría ser la heredera de la corte rival significaba que su trato hacia mí había sido peor que políticamente incorrecto. Me había convertido en su enemiga, o eso podría pensar. Él estaba lejos de ser el único noble en ambas cortes en encontrarse a sí mismo huyendo para escapar de una vida de malos tratos.

– Conozco lo que sostengo en mi mano y en mi cuerpo, Tío.

– No conoces los placeres de la Corte de la Luz, Meredith. Hay mucho esperándote, si sólo te dieras la oportunidad de saberlo. -Su voz era como el tañido de campanas. Casi era música sonando en el aire.

Nelson comenzó otra vez a acercarse hacia el espejo. Su cara reflejaba asombro y maravilla. A pesar de que nada de lo que veía era verdadero. Yo lo sabía ahora.

– He hablado con los abogados dos veces antes de que los hechizaras, Tío, pero todo lo que les estás haciendo les hace olvidar. Estás consiguiendo que olviden la verdad, Tío.

Los hombres en el cuarto parecieron tomar un profundo aliento colectivo.

– Creo que me he perdido algo -dijo Biggs.

– Todos -dijo Veducci. Fue hacia Nelson, que estaba de pie delante del espejo, mirándolo como si las maravillas del universo estuvieran tras ese cristal. Tocó su hombro, pero ella no reaccionó. Simplemente siguió mirando fijamente al rey.

Veducci llamó…

– Cortez, ayúdeme con ella.

Cortez parecía como si hubiera estado durmiendo, y se hubiese despertado en otro lugar.

– ¿Qué demonios pasa? -preguntó.

– El rey Taranis está utilizando su magia contra todos nosotros.

– Pensé que el metal nos protegería -dijo Shelby.

– Él es el rey de la Corte de la Luz -dijo Veducci-. Ni siquiera las cosas que llevo son protección suficiente. No creo que algún material de oficina vaya a neutralizarlo hoy. -Puso una mano sobre cada uno de los hombros de la mujer y comenzó a separarla del espejo. Llamó por encima de su hombro- Cortez, concéntrese, y ayúdeme con su asistente -dijo gritando, y los gritos parecieron sobresaltar a Cortez. Comenzó a avanzar, todavía pareciendo asustado, pero se movió e hizo lo que Veducci le pedía.

Entre los dos retiraron a Nelson del espejo. Ella no luchó contra ellos, pero mantuvo su rostro vuelto hacia la figura de Taranis cuando él se sentó por encima de todos nosotros. Era interesante. Yo no había comprendido antes que algo relativo a la perspectiva del espejo, lo situaba ligeramente por encima de nosotros. Por supuesto, Taranis estaba en su trono, en la Sala del Trono. Él estaba sobre una tarima. Nos miraba desde arriba, literalmente. El hecho de que me hubiera dado cuenta de eso justo ahora, me decía claramente que sin importar el hechizo que él había lanzado hacia mí, éste tenía algún efecto. Al menos, no estaba notando lo obvio.

– Está quebrantando la ley humana -dijo Doyle-, usando la magia contra ellos.

– No le hablaré a los monstruos de la guardia de la reina.

– Entonces habla conmigo, Tío -dije-. Estás infringiendo la ley con la magia que estás lanzando. Debes detenerte, o esta entrevista se termina ahora.

– Puedo hacer el juramento que elijas -dijo Taranis-, para demostrarte que no uso deliberadamente la magia con nadie que sea totalmente humano en esta sala.

Era un bonito trozo de mentira, pero tan cerca de la verdad que no era una mentira total. Me reí. Frost y Abe se movieron, como si el sonido no hubiera sido lo que habían esperado.

– ¿Oh, Tío, también prestarás cualquier juramento de mi elección diciendo que no intentas a hechizarme a ?

Él alardeaba ante mí de cada rasgo de ese hermoso y viril rostro, pero para mi gusto, la barba lo arruinaba. Yo no era admiradora del vello facial, pero podía ser porque crecí en la corte de Andais. Por alguna razón, el deseo de la reina de que sus hombres no tuvieran barba se había vuelto realidad. La mayor parte de ellos no podrían haberse dejado crecer una buena barba aunque hubiesen querido. A veces los deseos de la reina se volvían realidad en el mundo de las hadas y yo había visto la verdad de ese viejo refrán en el sithen. Debía cuidar las palabras que decía en voz alta en el sithen, porque cuando mis propios pensamientos se hicieron realidad, había sido aterrador. Me alegré de estar fuera del mundo de las hadas y de regreso a una realidad más sólida, donde podía pensar lo que quisiera y no tenía que preocuparme de si eso se volvía realidad.

Me concentré en mis propios pensamientos mientras Taranis empujaba hacia mí con su rostro, sus ojos, el color fantástico de su cabello. Él empujaba el hechizo que había conjurado sobre mí. Parecía un peso en el aire, una sustancia espesa en mi lengua, como si el mismo aire tratara de convertirse en lo que él deseaba. Él estaba en el mundo de las hadas, y quizás allí, en su corte, eso habría funcionado exactamente así. Independientemente de lo que él quisiera de mí, yo podría haberme visto obligada a dárselo. Pero yo estaba en Los Ángeles, no en el mundo de las hadas, y estaba muy contenta de estar aquí. Feliz de estar rodeada de acero fabricado por el hombre, hormigón, y cristal. Había hadas que habrían enfermado simplemente al dar un paso en este edificio. Mi sangre humana me permitía no resultar afectada. Mis hombres eran sidhe, y estaban hechos de pasta más dura.

– Meredith, Meredith, ven a mí. -Él realmente me ofrecía su mano, como si pudiera traspasar el espejo y llevarme. Algunos sidhe podrían hacer exactamente eso. No creí que Taranis fuera uno de ellos.

Doyle se puso de pie, manteniendo una mano sobre mí, pero con los pies separados, con la otra mano libre en su costado. Yo conocía esa postura. Él se dejaba espacio para sacar su arma. Tendría que ser una pistola porque yo sujetaba la mano que él habría necesitado para usar la espada que llevaba en su costado.

Frost se movió un poco más lejos del respaldo de mi silla, su mano aún reposaba relajada sobre mi hombro. No tuve que mirarlo para saber que él llevaba a cabo su propia versión de los preparativos de Doyle.

Galen se levantó, rompiendo su contacto conmigo. Taranis de repente quedó perfilado por una luz dorada. Sus ojos brillaron con todo el calor de los brotes verdes en pleno crecimiento. Comencé a levantarme de la silla. Rhys me empujó con su mano de forma que no pudiera moverme.

Doyle dijo…

– Galen.

Galen volvió a caer sobre una rodilla, y así poder tocar mi pierna. El roce fue suficiente. El brillo se difuminó, y la compulsión para levantarme se aligeró.

– Esto es un problema -dije.

Abe se apoyó contra mi otro brazo, haciendo que su largo pelo a mechas se extendiera alrededor de la silla. Se rió, con ese sonido masculino, tan cálido.

– Merry, Merry, necesitas más hombres. Parece ser un tema recurrente contigo.

Sonreí, porque él tenía mucha razón.

– Nunca llegarían a tiempo -dijo Frost.

Llamé…

– Biggs, Veducci, Shelby, Cortez, todos ustedes.

Cortez tuvo que quedarse con Nelson para mantenerla en su silla e intentar que no se acercara al espejo, pero el resto vino hacia mí.

– Meredith -dijo Taranis-, ¿qué haces?

– Conseguir ayuda -le contesté.

Doyle hizo señas a los hombres para que se colocaran entre nosotros y el espejo. Formaron una pared de trajes y cuerpos. Eso ayudó. ¿Cuál, en nombre de Danu, era este hechizo? Yo sabía que era mejor no invocar el nombre de la Diosa, realmente lo sabía. Pero había pasado toda una vida usándolo como una frase hecha, igual como un humano diría… “En el nombre de Dios”. Nadie espera realmente que Dios conteste, ¿verdad?

La sala olió a rosas salvajes. Un viento refrescó el cuarto como si alguien hubiera abierto una ventana, aunque yo sabía que nadie lo había hecho.

– Merry, tranquila… -dijo Rhys, en voz baja.

Yo sabía lo que él quería decir. Habíamos logrado ocultar a Taranis algunos secretos justamente acerca de lo viva que se mostraba la Diosa conmigo. En el mundo de las hadas éste era el principio de la manifestación plena. Si la Diosa, incluso una sombra de ella, aparecía en este cuarto, Taranis lo sabría. Sabría que tenía que temerme. No estábamos listos para esto, todavía no.

Recé silenciosamente… “Diosa, por favor, guarda tu poder para más tarde. No le entregues nuestro secreto a este hombre”.

El olor de flores se volvió más fuerte durante un momento, pero el viento comenzó a extinguirse. Entonces el aroma comenzó a diluirse como el perfume caro cuando el que lo lleva abandona el cuarto. Sentí que la tensión de los hombres que me rodeaban disminuía. Los humanos simplemente parecían estupefactos.

– Su perfume es asombroso, Princesa -dijo Biggs-. ¿Cuál es?

– Hablaremos sobre cosméticos más tarde, Sr. Biggs -le contesté.

Él pareció avergonzado.

– Por supuesto. Lo siento. Hay algo en su gente que hace que un pobre abogado se olvide de sí mismo. -Sus palabras podrían ser terriblemente verdaderas. Yo esperaba que nadie en este cuarto descubriera cuán verdaderas podrían ser.

– Rey de la Corte de la Luz, me insultas, a mí y a mi corte, y a través de mí, a mi reina -le dije.

– Meredith. -Su voz resonó a través de la sala y recorrió mi piel, como si tuviera dedos.

Nelson gimió.

– ¡Detente! -Grité, y resonó un eco de poder en mi voz-. Si no dejas de intentar hechizarme, dejaré en blanco el espejo, y no habrá más conversaciones.

– Ellos atacaron a una mujer de mi corte. No deben quedar exentos del castigo.

– Danos alguna prueba de los delitos, Tío.

– La palabra de una noble de la Corte de la Luz es prueba suficiente -dijo, y ahora su voz no parecía seductora. Parecía enojada.

– Pero la palabra de un noble de la Corte de la Oscuridad no vale nada, ¿se trata de eso? -Pregunté.

– Nuestras historias hablan por sí mismas -dijo él.

Deseaba poder hacer que los abogados se movieran de forma que pudiera ver a Taranis, pero no me atreví. Con él apartado de mi vista podía pensar. Podía estar enojada.

– Entonces me estás llamando mentirosa. ¿Es eso, Tío?

– No a ti, Meredith, a ti nunca.

– Uno de los hombres que acusas estaba conmigo cuando Lady Caitrin afirma que fue violada. Él no podría haber estado con ella y conmigo, al mismo tiempo. Ella miente, o cree la mentira de otros.

La mano de Doyle se tensó en la mía. Él tenía razón. Había dicho demasiado. Demonios, pero estos juegos de palabras eran difíciles. Tantos secretos que guardar, y era tan difícil decidir quién sabía qué, y cuándo decir algo a alguien.

– Meredith -dijo él, su voz empujando contra mí de nuevo, casi como una caricia-, Meredith, ven a mí, ven con nosotros.

Nelson dejó escapar un sonido como un grito suave.

– ¡No puedo sujetarla! -dijo Cortez.

Shelby fue a ayudarle y yo de repente pude ver el espejo.

Podía ver la alta, imponente figura. La visión era bastante para añadir peso a sus palabras, de modo que parecía una compulsión.

– Meredith, ven a mí.

Él me ofreció su mano, y yo sabía que debía tomarla, lo sabía.

Las manos y los cuerpos de mis hombres presionaban mis hombros, brazos, y piernas, manteniéndome en la silla. Yo no me había dado cuenta, pero debía haber intentado levantarme. No creo que hubiera llegado a acercarme hacia Taranis, pero…, pero… era bueno que tuviera manos para dominarme.

Nelson gritaba…

– ¡Él es tan hermoso, tan hermoso! ¡Tengo que ir hacia él! ¡Tengo que ir hacia él!

Los forcejeos de la mujer enviaron a Cortez y Shelby a estrellarse contra el suelo.

– Seguridad. -La voz profunda de Doyle pareció atravesar la histeria.

– ¿Qué? -dijo Biggs, parpadeando demasiado rápidamente.

– Llame a seguridad -dijo Doyle-. Pida ayuda.

Biggs asintió con la cabeza, otra vez demasiado rápido, sin embargo, caminó hacia el teléfono que había sobre su escritorio.

La voz de Taranis llegó como algo brillante y duro, como si las palabras pudieran ser piedras lanzadas contra la piel.

– Sr. Biggs, míreme.

Biggs vaciló, su mano alargándose hacia el teléfono.

– Manténgala en la silla -dijo Doyle, y entonces me dejó para ir hacia Biggs.

– Él es un monstruo, Biggs -dijo Taranis-. No permita que le toque.

Biggs se giró con los ojos muy abiertos y miró a Doyle. Retrocedió, con las manos al frente como si intentara rechazar un golpe.

– Oh, Dios mío -susurró. Sea lo que fuera que él veía cuando miraba a mi atractivo capitán, no era eso lo que allí había.

Veducci se volvió de donde todavía estaba parado delante de mí. Tomó algo del bolsillo de su pantalón y lo lanzó contra el espejo. Polvo y trozos de hierbas golpearon la superficie, pero en vez de rebotar se introdujeron en el cristal como si éste fuera agua. Los trozos secos flotaron, provocaron pequeñas ondulaciones en la superficie supuestamente sólida. En ese momento supe dos cosas. Una, que Taranis podría utilizar el espejo como una forma de viajar entre un lugar y otro, una capacidad que la mayoría había perdido. Dos, que él realmente había querido decir “ven a mí”. Si yo hubiera ido hacia el espejo, él podría haber tirado de mí a través de él. Diosa, ayúdanos.

Biggs pareció despertar del hechizo, y agarró el teléfono como era su objetivo.

– Ellos son unos monstruos, Meredith -dijo Taranis-. No pueden aguantar el contacto de la luz del sol. ¿Cómo puede algo que se esconde en la oscuridad ser otra cosa además de maligno?

Sacudí la cabeza.

– Tu voz son sólo palabras ahora, Tío. Mis hombres están de pie a la luz del sol, erguidos y orgullosos.

Los hombres en cuestión miraron al rey, excepto Galen, que me miró a mí. Fue una mirada de interrogación; ¿Estaba mejor ahora? Asentí con la cabeza hacia él, dedicándole la sonrisa que le había brindado desde que tenía catorce años.

Taranis bramó…

– No, no te acostarás con el hombre verde, y traerás vida a la oscuridad. La Diosa te ha tocado, y nosotros somos la gente de la Diosa.

Luché para mantener mi rostro en blanco, porque ese último comentario podría significar muchas cosas. ¿Sabría ya que el cáliz de la Diosa había venido a mí? ¿O los rumores habían plantado algo más en su cabeza?

El olor de rosas volvió. Galen susurró…

– Huelo a flores de manzano. -Todos los hombres inspiraron el olor que habían sentido cuando la Diosa se había manifestado para ellos. No era sólo una diosa, sino muchas. Era el rostro de todo lo que era femenino. No sólo una rosa, sino que todo aquello que crecía sobre la tierra estaba en su aroma.

Doyle volvió con nosotros.

– ¿Es prudente, Meredith?

– No lo sé. -Pero me levanté, y ellos dejaron que sus manos se apartaran de mí. Me detuve delante de mi tío sola, con los hombres alineados alrededor de mí. Los abogados se habían movido hacia atrás, frunciendo el ceño, pareciendo perplejos, excepto Veducci, que parecía entender mucho más de lo que debería.

– Todos somos gente de la Diosa, Tío -dije.

– Los sidhe de la Corte de la Oscuridad son los hijos del Dios Oscuro.

– No hay ningún Dios Oscuro entre nosotros -le contesté-. No somos cristianos para poblar nuestro infierno con horrores. Somos hijos de la tierra y el cielo. Somos la naturaleza misma. No hay ningún mal en nosotros, sólo diferencias.

– Ellos han llenado tu cabeza de mentiras -dijo él.

– La verdad es la verdad, ya sea a la luz del sol o en la noche más oscura. No puedes esconderte de la verdad para siempre, Tío.

– ¿Dónde está el embajador? Él inspeccionará sus cuerpos y encontrará los horrores que la Dama dijo que estaban allí.

Hubo un viento en el cuarto, una brisa suave que contenía el primer calor de la primavera. El aroma de las plantas se mezclaba de forma que podía oler las flores de manzano de Galen, el olor de las hojas de roble de otoño y bosque profundo de Doyle, y el dulce y empalagoso lirio del valle de Rhys. Frost era un sabor a hielo aromatizado, y Abe era el prado dulzón. Los olores y los gustos se combinaron con el olor de las rosas salvajes.

– Huelo a flores -dijo Nelson, su voz vacilante.

– ¿A qué hueles, Tío? -Pregunté.

– Huelo solamente a la corrupción que está de pie detrás de ti. ¿Dónde está el Embajador Stevens?

– Ahora está siendo atendido por un hechicero humano. Ellos lo limpiarán del hechizo que colocaste sobre él.

– Más mentiras -dijo él, pero había algo en su cara que desmentía la fuerza de sus protestas.

– He dormido con estos hombres. Sé que sus cuerpos no tienen ningún horror.

– Eres en parte humana, Meredith. Ellos te han hechizado.

El viento creció, y empujó contra la superficie del espejo, con sus trozos de hierbas flotantes, como el viento en el agua. Miré la ondulación del cristal.

– ¿A qué hueles, Tío? -Repetí.

– Huelo solamente el hedor de la magia de la Corte Oscura. -Su voz sonaba horrible por la cólera, y algo más. Comprendí en ese momento que Taranis estaba loco. Yo había pensado que todos sus delitos habían sido causados por su arrogancia, pero al examinar su rostro, mi piel se quedó helada, incluso con el roce de la Diosa. Taranis, el Rey de la Corte de la Luz, estaba loco. Estaba allí, en sus ojos, como si una cortina de cordura se hubiera rasgado y no pudieses dejar de notarlo. Algo se había roto en su mente. El Consorte nos ayude.

– No eres tú mismo, Majestad -dijo Doyle suavemente con su voz profunda.

– Tú eres la Oscuridad, y yo soy la Luz. -Taranis levantó su mano derecha, la palma hacia arriba. Sentí que mis guardias avanzaban hacia mí. Se amontonaron encima de mí, presionándome contra el suelo, protegiéndome con sus cuerpos. Sentí el calor, incluso a través de la carne que me protegía. Oí ruidos, luego a Nelson gritando, y a los abogados gritando también. Hablé desde debajo del montón de hombres con Galen presionado fuertemente contra mí.

– ¿Qué es eso? ¿Qué ha pasado?

Más voces masculinas sonaron desde la puerta lejana. La seguridad había llegado, pero… ¿de qué servirían las armas cuándo alguien podía convertir la luz misma en un arma? ¿Se podría disparar a través de un espejo y golpear algo al otro lado? Se podría disparar al espejo, pero la bala debería detenerse en el cristal. Taranis podía dañarnos a nosotros. ¿Podríamos dañarlo a él?

Otras voces parecieron llegar de delante de nosotros, al otro lado del espejo. Traté de mirar por encima del brazo de Galen, y la cortina del largo pelo de Abe, pero me vi atrapada en la penumbra de sus cuerpos, con la sensación de más peso encima de mí, de modo que estaba atrapada e inútil hasta que la lucha terminara. Yo sabía que no serviría de nada ordenarles que se alejaran de mí. Si pensaran que era seguro, se moverían, y me sacarían del cuarto. Hasta ese momento ofrecerían sus vidas para proteger la mía. Una vez yo había estado contenta de saberlo. Ahora algunos de ellos eran tan preciosos para mí como mi propia vida. Tenía que saber lo que estaba pasando.

– ¿Galen, qué pasa?

– Tengo dos capas de pelo delante de mí. Estoy tan ciego como tú -me dijo él.

Abe me contestó…

– La guardia de Taranis trata de contenerlo.

– ¿Por qué gritó Nelson? -Pregunté. Mi voz salió un poco ahogada por el peso de todos ellos encima de mí.

Oí los gritos de Frost…

– ¡Sacadla!

Noté el movimiento antes de que Galen agarrara mi brazo y me pusiera de pie. Abe sujetaba mi otro brazo, y corrían hacia la puerta más lejana. Corrían tan rápido que simplemente me llevaban en volandas.

Taranis gritó detrás de mí…

– ¡Meredith, Meredith, no, ellos no te robarán!

Luz, una dorada, brillante y ardiente luz resplandeció detrás de nosotros. El calor golpeó nuestras espaldas primero. Reconocí la voz de Rhys, gritos. Oí carreras detrás de nosotros, pero yo sabía que era demasiado tarde. Al contrario que en las películas, no se puede superar a la luz. Ni siquiera los sidhe son tan rápidos.

CAPÍTULO 5

ABE TROPEZÓ A MI LADO, CASI TIRÁNDOME EN EL PROCESO, pero Galen me cogió entre sus brazos y corrió hacia la puerta. Se movió a tal velocidad que pareció desdibujarse dejando en la habitación un rastro de serpentinas de color. Fue casi como si ni siquiera abriera la puerta y pasara a través de ella, pues se movió tan rápidamente que la puerta no fue lo bastante sólida para detenernos. No estaba segura de si la puerta se abrió o no, pero al final estábamos al otro lado. Él me giró en sus brazos, de forma que pudiera llevarme como a un niño, o una novia durante su noche de bodas. Atravesó el largo pasillo con un trote rápido, alejándose de la puerta y del sonido de la batalla que había dentro.

Galen era el guardaespaldas al que podría ordenarle casi cualquier cosa. Pensé en pedirle que se parara, pero no estaba segura de lo que ocurría. ¿Y si me equivocaba al decirle que se detuviera? ¿Y si los hombres que amaba hubieran dado sus vidas por salvarme, y al detenerme aquí hiciera que ese sacrificio fuera en vano? Éste era uno de esos momentos en los que habría dado casi cualquier cosa por no ser la princesa. Había demasiadas decisiones, demasiados momentos como éste, donde, perdiera o ganara, acababa perdiendo.

Él me dejó en el suelo, pero sujetaba mi mano, como si supiera que yo podría intentar volver. Había presionado el botón para llamar al ascensor. Oí la maquinaria vibrar detrás de las puertas. No podía marcharme. Lo supe en el mismo instante en que se abrieron las puertas, no me subiría. No los abandonaría. No podía abandonarlos sin saber a quién habían hecho daño, y quién se encontraba malherido.

Retrocedí, soltándome de la mano de Galen. Él me miró, sus ojos verdes parecían un poco sorprendidos, su pulso todavía golpeaba sordamente contra un lado de su pálida garganta por encima de la corbata que los abogados le habían hecho llevar puesta. Negué con la cabeza.

– Merry, tenemos que irnos. Mi trabajo es mantenerte segura.

Sólo negué, y puse mi mano sobre la suya. Traté de llevarle de regreso hacia las puertas que se habían cerrado detrás de nosotros, o que no se habían abierto para que nosotros pasáramos. Todavía no podía recordar si se habían abierto o no las puertas. Me era muy difícil pensar en ello, al menos parecía recordar ese momento. Probablemente quería decir que Galen, efectivamente, nos había hecho atravesar la puerta. Imposible, sobre todo estando fuera del mundo feérico. Imposible, pero había pasado, ¿no?

Las puertas del ascensor se abrieron. Galen entró, pero le obligué a estirar el brazo porque yo no avancé.

– Merry, por favor -me dijo -. Por favor, no puedes regresar.

– Pero tampoco puedo irme. Si debo ser vuestra reina, entonces tengo que dejar de huir. Ser la reina de una Corte Feérica significa que debo ser también una guerrera. Debo ser capaz de luchar.

Él trató de meterme dentro. Puse una mano contra la pared para hacer algo de palanca.

– Eres mortal -me dijo. -Podrías morir.

– Podríamos morir todos -le dije-. Los sidhe ya no son inmortales. Tú lo sabes y yo lo sé.

Él puso una mano sobre la puerta que trataba de cerrarse.

– Pero somos más difíciles de matar que un humano. Tú te hieres como un humano, Merry. No puedo permitir que regreses dentro de aquella habitación.

Tuve un instante para comprender que de alguna manera éste era un momento decisivo. ¿Qué tipo de reina sería yo entonces?

– ¿Tú no lo puedes permitir? Galen, debo gobernar o no gobernar. No puede ser de las dos maneras. -Tiré con mi mano de la suya, y él no luchó contra mí.

Sólo me miró, buscando mi cara, como si no me conociera.

– Realmente vas a regresar, y a menos que te lance sobre mi hombro, no voy a poder pararte, ¿o podría?

– No, no podrías. -Y comencé a andar por el largo pasillo que acabábamos de atravesar.

Galen avanzó hasta ponerse a mi lado. Empezó a desabrochar los botones de su chaqueta, y se sacó el arma que llevaba colgada. Retiró el seguro y la preparó.

Alcancé de detrás de mi espalda, la pequeña y cómoda pistolera, sacando mi propia arma. Yo había sustituido la Lady Smith [3] que Doyle me había quitado una vez en el sithen antes de ser mío. Era un arma a la que estaba acostumbrada, y un arma elegida por muchos oficiales de policía como arma suplementaria o de apoyo. Extrañamente, la mayoría, varones. Originariamente diseñada para mujeres, uno de los colores elegidos para la culata había sido el rosa. Pero aún siendo negra o de un azul acerado, todavía era una buena arma, y era a la que más estaba acostumbrada. No sujeté mi arma tan suavemente como lo hacía Galen, pero es que la pistolera era nueva, y el arma también. Llevaba práctica estar preparado. Si Taranis estaba loco, ahí podría conseguir toda la práctica que necesitaba.

CAPÍTULO 6

LAS LEJANAS PUERTAS DEL ASCENSOR SE ABRIERON Y DE SU interior salió un guardia de seguridad. Un médico de urgencias se precipitó tras él con una camilla y bolsas de material médico. Otros dos médicos le seguían con otra camilla y un segundo guardia de seguridad cubría la retaguardia.

Los médicos vacilaron un segundo cuando el guardia de seguridad que iba delante les señaló la puerta de la derecha. La puerta por donde habíamos salido, por supuesto. Mi pulso atronaba en mi garganta. ¿Quién sería el herido, y cuán malherido estaba?

Uno de los doctores, una mujer, vio nuestras armas. Sin pensarlo, creé un encanto alrededor de mi mano de forma que pareciera que sostenía un pequeño monedero de mano. La mujer frunció el ceño, sacudió la cabeza, y siguió a su compañero.

Galen me susurró…

– Bonito monedero.

Eché un vistazo a su mano, y vi un pequeño ramo de flores. Incluso a mí me pareció real.

El guardia de seguridad nos reconoció, a mí al menos.

– Princesa, no puedo permitir que entre hasta que hayamos asegurado el área. La policía está de camino.

– Haga su trabajo -le contesté. No iba a discutir con él. Y tampoco le mentiría, pero en cuanto traspasaran la puerta, yo iba a ir tras ellos. Habían llamado al equipo médico de urgencias y a la policía. ¿Qué, en nombre de Danu, había ocurrido aquí?

Las puertas se cerraron detrás del guardia. Galen y yo comenzamos a caminar hacia las puertas. Ninguna discusión sería necesaria. Yo ya lo había decidido, y él seguiría mis órdenes. Había momentos en los que era eso exactamente lo que necesitaba de mis hombres.

Galen abrió la puerta, y por si acaso, usó su cuerpo como un escudo para protegerme. Si el enfrentamiento todavía continuara me habría empujado hacia atrás. Pero creo que los dos opinábamos que si la contienda no hubiera acabado, los sanitarios esperarían a la policía y no entrarían en terreno peligroso.

Galen vaciló por un momento. Oí voces. Algunas llenas de pánico, otras más calmadas, pero todas ellas un poco más fuertes de lo normal. Escuché la voz de Abe, diciendo…

– Por la Diosa, cómo lamento no seguir estando borracho.

Y la voz de una mujer…

– Le daremos algo para el dolor.

Empujé la espalda de Galen, haciéndole saber que quería echar un vistazo. Él respiró profundamente haciendo que un estremecimiento recorriera su cuerpo. Luego se movió entrando en la habitación, y pude ver lo que había más allá.

Un equipo de urgencias estaba arrodillado rodeando a Abe, que yacía sobre su estómago, cerca de la puerta. Ellos habían retirado hacia un lado su larga melena, exponiendo la marca de quemaduras en su espalda. La mano de poder de Taranis había quemado su chaqueta y camisa junto con la piel que había debajo.

Uno de los guardias de seguridad uniformado de azul llegó hasta nosotros.

– Debe de esperar fuera hasta que llegue la policía, Princesa Meredith.

Biggs, con una de las mangas de su caro traje chamuscada, dijo…

– Por favor, Princesa, no podemos garantizar su seguridad.

Miré hacia el gran espejo. Oí los gritos de Taranis a lo lejos, pero él no era visible. Y gritaba:

– ¡Dejadme ir! ¡Soy vuestro rey! ¡Soltadme!

El noble Luminoso que se situó frente al espejo, justo en su centro era Hugh Belenus. Él era, de hecho, Sir Hugh, pero no siempre insistía en ser tratado de esta forma en la Corte Luminosa. También era uno de los guardias personales de Taranis. A diferencia de la Corte Oscura, todos los guardias de la corte de Taranis eran hombres. Ni aunque en la corte luminosa hubiera regido una reina, habría habido guardias femeninos. Nunca me había percatado antes de que Hugh se pareciera al rey en cierta manera. Su largo y liso pelo tenía el color de las llamas. No como una puesta de sol, como el de Taranis, pero sí como el color de una llama viva: roja, amarilla, y naranja.

Frost y Rhys estaban de pie ante el espejo, hablando con Hugh. ¿Dónde estaba Doyle? Él debería de haber estado con ellos. Tuve que caminar hasta el otro lado de la habitación para ver que delante de los trajeados abogados y los guardias de seguridad, se hallaba el segundo equipo de facultativos atendiendo sobre una camilla al segundo cuerpo que había sido herido. Doyle estaba encima de esa camilla, inmóvil. Había algo raro en su ropa. Rasgada, como si unas grandes garras la hubieran desgarrado. Mi mundo se redujo, como si las paredes de la habitación se desplomaran sobre mí, ahogándome, ahogándome, hasta que todo lo que pude ver fue a él. En ese momento, no me preocupé por el espejo, o por Hugh, o por Taranis quien finalmente había hecho algo que no podría esconder al resto de los sidhe. Sólo existía una forma oscura tumbada en una camilla, nada más.

Galen se había quedado conmigo, con su mano libre sobre mi brazo. No estaba segura de si me estaba guiando, o deteniendo. Me quedé junto a la camilla, mirando la alta y musculosa figura de mi Oscuridad. Doyle, que había luchado contra mil batallas antes de que yo naciera. Doyle, quién siempre había parecido tan indestructible como la oscuridad que era su nombre. Tú no puedes matar a la oscuridad, pues siempre camina a tu lado.

Su ropa no estaba rasgada, sino quemada como la de Abe. Su piel negra no mostraba las señales que a cierta distancia había podido ver en la piel de Abe mucho más pálida, pero había quemaduras poco profundas en su pecho y hombros. Y su cara, la mitad de su cara había sido vendada desde la frente hasta casi la barbilla. Supe que el hecho de que ellos hubieran atendido su cara en primer lugar significaba que estaba en peor estado que su pecho. Había una bolsa con líquido transparente encima de su cuerpo. Una vía intravenosa enganchada a su brazo, sujeta con esparadrapo y una jeringuilla.

Miré a los dos médicos.

– ¿Él estará b…?

– A menos que tenga una conmoción, no corre peligro -me dijo uno de ellos. Entonces le llevaron hacia las puertas. -Pero tenemos que ingresarle en la unidad de quemados.

– Unidad de quemados -repetí.

Me sentí lenta y estúpida.

– Tenemos que irnos -dijo el otro médico, su voz era suave, como si él supiera que estaba conmocionada.

Rhys estaba a mí lado.

– Merry, te necesitamos enfrente del espejo. Galen puede ir con ellos.

Negué con la cabeza.

Rhys me sujetó por los hombros y me dio la vuelta, alejándome de Doyle para así poder mirarme a la cara.

– Te necesitamos para que seas nuestra reina ahora, no la amante de Doyle. ¿Puedes hacer eso, o actuamos como si no tuvieras poder aquí?

Al instante la cólera me llenó, una cólera que hizo que mi sangre corriera al rojo vivo. Comencé a decir…

– ¿Cómo osas desafiarme…

Pero en ese momento Taranis gritó:

– ¡Cómo osas desafiarme, tocando a tu rey!

Me tragué el resto de mis palabras, pero no pude evitar mostrar la cólera en mi rostro.

– Merry, lo siento. Siento mucho lo que te acabo de decir, pero te necesitamos ahora.

Mi voz sonó forzada, acalorada, pero controlada, muy controlada.

– Llama a casa. Envía a uno de nuestros sanadores al hospital, o mejor a nuestros dos sanadores. -Sacudí la cabeza, la cólera comenzaba a menguar dejándome el pensamiento de que no sabía cómo habían herido a Doyle, o a Abe. -A los dos -le dije.

– Los llamaré, te lo prometo, pero Frost te necesita ante el espejo.

Asentí.

– Ya voy.

Rhys besó mi frente. Parpadeé y le miré. Él sacó un teléfono móvil de su bolsillo. Yo le dije a Galen…

– Ve con ellos al hospital.

– Mi deber es estar contigo.

– Tu deber es ir donde tu princesa te dice que tienes que ir. Ahora hazlo. Por favor, Galen, no hay tiempo que perder.

Él vaciló sólo durante un aliento, entonces inclinó la cabeza haciendo una venia, y después corrió velozmente para no perder la camilla. No había conseguido darle un beso de despedida a Doyle. No, no tenía por qué despedirme. Él era un sidhe. Uno de los magos y guerreros más grandes que el mundo feérico alguna vez había conocido. No iba a morir por unas quemaduras, ni aunque hubieran sido provocadas mediante la magia. Creí en las palabras que conjuraba mi propia mente racional, pero la otra cara de mi mente estaba confusa, un lugar oscuro en el que la lógica no tenía nada que hacer y donde el miedo campaba a sus anchas.

Me obligué a caminar hacia donde estaba la alta figura de Frost. Un paso después de otro. Comprendí que todavía tenía el arma en mi mano, a la vista. El encanto la escondía, pero mi concentración era escasa. ¿Quería que los Luminosos vieran el arma? ¿Me importaba? No. ¿Debería importarme? Probablemente.

Retiré mi chaqueta a un lado para devolver el arma a su funda. Tuve que detenerme para hacerlo, pero la guardé en su sitio. Uno de los motivos principales por lo que lo hice era por si Taranis lograba liberarse de sus hombres y regresaba al espejo. En ese momento no confiaba en mí misma para evitar usar el arma, eso lo sabía, y sería un error. Sin importar lo gratificante que pudiera ser ese momento, era una princesa, casi futura reina, y esto significaba que no podía permitirme tener esos arranques de furia. Podrían resultar ser demasiado caros, como el pequeño desastre de hoy había demostrado. Maldito sea Taranis, maldito sea, por no haber renunciado hace años.

Respiré tan profundamente que tembló cada parte de mi cuerpo. Mi estómago dio un vuelco al contener todas aquellas emociones que no podía permitirme sentir ahora mismo. Caminé hacia Frost y hacia el espejo donde estaba Sir Hugh. Recé a la Diosa para que no derrumbarme delante de los Luminosos. Andais tenía ataques de cólera que eran monstruosos. Ahora Taranis había demostrado ser todavía más inestable. Caminé hacia el espejo y recé para ser el gobernante que necesitábamos en este momento. Recé para no derrumbarme o vomitar. Control, sólo necesitaba más control. Por favor, Diosa, permite que Doyle esté bien.

Una vez que rogué por lo que realmente deseaba, me calmé. Sí, deseaba ser una buena reina. Y sí, deseaba mostrar a los Luminosos que yo no estaba tan loca como mis tíos, pero la realidad era, que nada me importaba más que el hombre que acababan de trasladar lejos en una camilla.

Ésa no era la forma de pensar de una reina. Era el pensamiento de una mujer, y ser reina significaba que tenía que ser primero reina y en segundo lugar colocar lo demás. Mi padre me había enseñado eso. Me lo había inculcado antes de que un asesino le matara. Aparté ese pensamiento, y me detuve al lado de mi Asesino Frost.

Sería la reina que mi padre había criado para que fuera. No avergonzaría a Doyle siendo menos de lo que él me había dicho que podría llegar a ser.

Me enderecé, elevando cada uno de los centímetros que tenía. Los ocho centímetros de tacones me ayudaban, aunque con la alta figura de Frost a mi lado, no pude menos que parecer frágil.

Pero permanecí allí de pie, cumpliendo con lo que era mi deber, y saboreando algo muy parecido a la ceniza en mi boca.

CAPÍTULO 7

SIR HUGH BELLENUS HIZO UNA PROFUNDA REVERENCIA QUE dejó ver que de su pelo color fuego, que había comenzado el día recogido en una complicada trenza, escapaban mechas chamuscadas sobresaliendo de entre sus restos. Cuando se levantó pude ver que el frente de su túnica y otras dos capas de ropa interior habían sido arruinadas exponiendo la pálida piel áurea de debajo. La ropa se había estropeado y chamuscado, pero su cuerpo había permanecido intacto.

– Sir Hugh hizo frente a Taranis al final. Recibió la peor parte del golpe destinado a Abeloec -dijo Frost.

– ¿Qué debo decir a esto? -Pregunté, y mi voz permaneció completamente normal. Su misma normalidad era casi espantosa. En mi cabeza, en mis pensamientos oía una voz tenue que me decía a mí misma… ¿Cómo puedo sonar tan tranquila? ¿Por el entrenamiento? ¿Por la sorpresa?

– Si Sir Hugh no fuera uno de los sidhe mayores, podrías agradecerle el haberse arriesgado para salvar a nuestros guerreros -dijo Frost.

Alcé la vista al hombre alto que estaba a mi lado. Miré fijamente esos ojos grises y encontré que reflejaban un árbol desnudo en un paisaje invernal, como una bola diminuta de nieve atrapada en sus ojos. Sólo su propia magia o la ansiedad llenarían sus ojos con una imagen así. Antes siempre me había mareado al mirar fijamente a los ojos de Frost cuando se llenaban de ese otro lugar. Hoy, parecía fresco y calmado. Hoy, él tenía la fuerza helada del invierno en sus ojos. Un frío que le protegía e impedía que sus emociones se lo comieran vivo. En aquel momento entendí parte de lo que le había permitido sobrevivir a los “insignificantes” tormentos de la reina. Él había abrazado la frialdad que tenía dentro.

Toqué su brazo, y el mundo se hizo un poco más estable. Había algo moviéndose en el paisaje de sus ojos; algo blanco, y con cuernos. Pude vislumbrar un ciervo blanco antes de que Frost se inclinara para besarme. Fue un beso casto, pero ese roce suave me dejó saber que él entendía lo que me costaba la tranquilidad. Aquel beso me dejó saber que Frost entendía lo que Doyle significaba para mí, y lo que él significaba para mí y qué no.

Me volví hacia el espejo con la mano de Frost en la mía.

Sir Hugh dijo…

– Vi una visión a la luz del sol, un ciervo blanco. Caminaba como un fantasma justo detrás vuestro.

– ¿Cuánto hace que viste esa visión? -preguntó Frost.

Hugh parpadeó volviendo sus ojos oscuros hacia mí, pero había chispas y remolinos anaranjados en esa oscuridad, como cenizas de un fuego largo tiempo alimentado.

– Hace mucho tiempo.

– No pareces sorprendido por tu visión, Sir Hugh -le dije.

– Hay cisnes en el lago cerca de la Colina Luminosa. Cisnes con cadenas de oro alrededor de sus cuellos. Volaron por primera vez encima de nosotros la noche de vuestra batalla con la jauría salvaje.

La voz de Rhys llegó casualmente por detrás de nosotros.

– Ten cuidado con lo que dices, Hugh. Hay abogados presentes. -Rhys vino a pararse a mi otro lado, pero no hizo movimiento alguno para tomar mi otra mano.

– Sí, nuestro rey ha elegido el momento más deplorable para mostrar esa faceta de sí mismo.

– Momento deplorable -repetí, y no traté de ocultar el sarcasmo de mi voz-. Son palabras suaves para lo que acaba de pasar.

– No puedo permitirme cualquier otra cosa excepto palabras suaves, Princesa -dijo Hugh.

– Este insulto hacia nosotros no puede permanecer sin respuesta -dije, con voz todavía calma.

– Si yo estuviera hablando con la Reina del Aire y la Oscuridad, me preocuparía ante la posibilidad de una guerra, o quizás de un desafío personal entre monarcas. Pero he oído decir que la Princesa Meredith NicEssus es una criatura más templada que su tía, o incluso que su tío.

– ¿Una criatura más templada? -dije.

– Mujer más templada, entonces -dijo Hugh, e hizo otra profunda reverencia-. No había ningún insulto en mi elección de palabras, Princesa. Te pido que no lo tomes como una ofensa.

– Haré todo lo posible por no tomármelo como una ofensa, excepto cuando sea ésa su intención -le dije.

Hugh se incorporó, su atractivo rostro con su pequeña y bien cuidada barba y bigote, luchando por no parecer preocupado. Hugh había sido el Dios del fuego una vez, y no era una criatura templada. Muchas de las deidades elementales parecieron incorporar a sus caracteres algunos de los aspectos de sus elementos. Yo lo había visto íntimamente con Mistral, una vez el Dios de las tormentas.

– Y yo -dijo Hugh- procuraré no ofender.

La voz de Nelson llegó hasta nosotros.

– ¿Cómo puede usted estar tan tranquila? ¿No vio lo que pasó? Sacaron a sus amantes en camillas. -Su voz contenía un asomo de histeria que prometía empeorar.

Oí voces masculinas calmantes, pero no intenté entender las palabras. Mientras ellos la mantuviesen tranquila y lejos de mí, no me iba a preocupar. Ya no habría cargos contra mis hombres por el supuesto ataque a Lady Caitrin. Porque si bien los Luminosos eran implacables y jugaban duro, nosotros los podríamos machacar por lo que Taranis acababa de hacer. Y teníamos a parte de los mejores abogados del país como nuestros testigos. Si Doyle y Abe no hubieran resultado heridos, habría sido encantador.

Las distantes puertas se abrieron, y entró más personal de urgencias. La policía estaba aquí. No tenía ni la menor idea del porqué habían tardado tanto. Pero quizás mi percepción del tiempo había sido afectada. El shock puede hacer eso. Ni siquiera me serviría mirar un reloj porque no había mirado la hora antes. Por lo que yo sabía, habían pasado sólo unos minutos. Me habían parecido muy largos.

– ¿Cómo debemos tratar este incidente, Sir Hugh? -Pregunté.

– No hay modo alguno de silenciarlo -contestó él-. Demasiada gente lo sabe. Y más lo averiguarán cuando tus hombres lleguen al hospital. Éste será el mayor escándalo que la Corte Luminosa ha tenido que soportar en este país.

– Su rey negará haberlo hecho -dije-. Él intentará culparnos de alguna manera.

– Él no ha intentado su mejor versión humana de la verdad desde que ayudaste a liberar la magia salvaje, princesa Meredith.

– ¿Qué quiere decir eso exactamente, Sir Hugh? -Pregunté.

– Es lo más que me atrevo a expresar de mi opinión sobre mi rey. Quiere decir que cuando liberaste la magia salvaje, ésta despertó algunas… -él pareció buscar una palabra-… ciertas cosas. Cosas que no se toman bien a los perjuros, u otras cosas. -Frunció el ceño como si ni siquiera él fuera feliz con lo que acababa de decir.

– Los perjuros y los mentirosos temen a la jauría salvaje -dijo Frost.

– Yo no he dicho eso -dijo Hugh.

– No he oído este tira y afloja verbal de un noble Luminoso desde hace mucho tiempo -dijo Rhys.

Hugh se rió de él.

– Hace mucho tiempo que no has estado en la Corte.

– ¿Sabías lo que estaba haciendo Taranis? -Pregunté.

– Teníamos sospechas de que el rey no era él mismo.

– Tan cortés -dije-. Tan suave.

– Pero exacto -dijo Hugh.

– ¿Qué ha pasado para que seas tan cauteloso, Señor del Fuego? -preguntó Rhys.

– Pienso que ésta es una conversación para una audiencia más privada, Caballero Blanco.

– No puedo discutir eso -dijo Rhys.

Yo comenzaba a tener la sensación de que Rhys y Hugh se conocían el uno al otro mejor de lo que yo había creído.

– ¿Qué hacemos sobre lo que ha pasado aquí y ahora? -Pregunté.

– Soy sólo un humilde señor sidhe -dijo Hugh-. No hay sangre de la línea real corriendo por mis venas.

– ¿Y qué quieres decir con eso? -Pregunté.

– Quiero decir que los humanos no son los únicos que tienen leyes. -Hugh me miró fijamente con sus ojos negros y naranjas. Parecía tratar de decirme algo sin decirlo en voz alta.

– Un Luminoso nunca optaría por eso.

– ¿Optar por qué?-Pregunté, mirando de uno al otro.

– El rey perdió la paciencia con una de las sirvientas -dijo Hugh-. Un enorme perro verde apareció entre él y el objeto de su cólera.

– Un Cu Sith -dije.

– Sí, un Cu Sith, después de todos estos largos años, el perro verde de las hadas está entre nosotros de nuevo, y protege a aquellos que necesitan protección. Él no permitiría que el rey golpeara a una sirvienta. Ella parecía más aterrorizada al pensar que él la culparía por el perro, pero el rey perdió su cólera ante el gran perro.

Recordé al perro de la noche de la jauría salvaje. La noche cuando la magia salvaje había estado en todas partes. Los enormes perros negros habían aparecido, y cuando algunos los tocaron, se transformaron en otros perros. Perros de leyenda, y un Cu Sith había salido corriendo en la noche hacia la Corte de la Luz.

– Yo estaría interesada en ver a quién pertenece la mano de aquél a quien el Cu Sith llamaría señor, o señora -dije.

– Si invocamos esta ley -dijo Rhys-, significará la guerra civil en tu propia corte, Hugh.

– Quizás éste es el momento adecuado para una pequeña resistencia pasiva -dijo Hugh.

– ¿Qué ley? -Pregunté.

Rhys se giró hacia mí.

– Si el monarca es incapaz de gobernar, la nobleza de la Corte puede declararlo, a él o a ella, incompetente. Pueden obligarle a renunciar. Andais abolió la regla en su corte, pero Taranis nunca se molestó. Confiaba demasiado en que su corte lo amaba.

– Entonces, ¿qué me estás diciendo? -pregunté yo-. ¿Qué Hugh fuerza una votación entre la nobleza y ellos eligen a un nuevo rey? -Esto tenía sus posibilidades, según a quien ellos eligieran.

– No exactamente, Merry -dijo Rhys.

– ¿Ella es siempre tan humilde? -preguntó Hugh.

– A menudo -dijo Rhys.

– ¿Qué? -Pregunté.

Frost dijo…

– La nobleza de la Corte de la Luz nunca la aceptará.

– Tú no sabes lo que ha estado pasando aquí desde que ella desató la magia. Creo que el voto puede estar a su favor.

– El voto… estar a mi favor. -Finalmente me di cuenta-. Oh, no, no puedes decirlo en serio.

– Sí, Princesa Meredith, si estás de acuerdo en aceptar, procuraré convertirte en nuestra reina.

Sólo me lo quedé mirando. Después de intentar concentrar toda mi agudeza, todo mi entrenamiento adquirido en la Corte, y todo lo que pude lograr decir fue…

– ¿Con cuánta seguridad puedes decir que esto funcionará?

– Estoy lo bastante seguro como para hablar de ello.

– Eso significa muy seguro -dijo Rhys.

– No creo que los luminosos me acepten como su reina, Hugh. Pero sé que antes de que tal cosa siga adelante debemos hablar con nuestra reina.

– Habla con Andais si debes hacerlo, pero a pesar de que eres de los Oscuros, has devuelto la vieja magia al exterior de la colina. En su interior, estamos todavía muertos, moribundos, pero nuestros espías nos dicen que tu sithen renace y vive. Incluso el sithen de los sluagh está vivo una vez más. El rey Sholto se jacta de tu magia, Princesa.

– El rey Sholto de los sluagh es un hombre amable.

Hugh se rió, un sonido abrupto, sorprendido.

– Amable. ¿El rey de los sluagh? La pesadilla de todas las hadas, y tú lo llamas amable.

– Yo lo encuentro así -dije.

Hugh asintió.

– Bondad. Esa no es una emoción que hayamos tenido en esta Corte durante años. A mí por mi parte me gustaría ver más de ella.

– Lo entiendo -dijo Rhys.

Hugh miró hacia un lado del espejo, donde no podíamos ver.

– Debo irme. Habla con tu reina, pero cuando el resto de la nobleza sepa lo que Taranis le hizo a Lady Caitrin, y que otros nobles le ayudaron, el voto estará en su contra.

– ¿Consiguió Taranis que la dama aceptara acostarse con él, o la hechizó a ella, también? -preguntó Rhys.

– Él usó sus ilusiones para conseguir que tres de nuestros nobles se vieran como tres de vosotros. Pero él los hizo monstruosos, con bultos y espinas y…-Hugh tembló-… Su cuerpo estaba completamente roto. En estos momentos, y aún contando con nuestros sanadores, ella todavía está confinada en su cama-. Él me miró-. Si necesitas a nuestros sanadores para tus hombres, sólo pídelos y serán tuyos.

– Los pediremos si los necesitamos -le dije, y luché contra el impulso de darle las gracias porque Hugh era lo bastante viejo como para ofenderse por ello.

– ¿Qué esperaba ganar el rey con tanta maldad? -preguntó Frost.

– No estamos seguros -dijo Hugh-, pero podemos demostrar que él lo hizo, y mintió sobre ello, y que los nobles implicados mintieron también. Ha sido un abuso de la magia que no tiene casi ningún precedente entre nosotros.

– ¿Y puedes demostrarlo? -preguntó Rhys.

– Podemos-. Él apartó la vista hacia un lado otra vez. Volvió a enfrentarse a nosotros, pero había una mirada de preocupación en su cara-. Debo irme. Habla con tu reina. Prepárate. -Gesticuló, y de repente nos encontramos mirando nuestros propios reflejos.

– Esto huele a intriga de la corte -dijo Frost.

Miré a Rhys y mi propio reflejo asintió solemnemente en el espejo. Ninguno de nosotros pareció muy feliz.

Veducci apareció detrás de nosotros.

– Le han dado noticias asombrosas, Princesa Meredith. ¿Por qué no parece usted más feliz?

Le contesté a su reflejo en vez de girarme.

– Mi experiencia me dice que por lo general las intrigas de la corte terminan mal. Durante toda mi vida la corte luminosa me ha tratado peor que la corte oscura. No creo que una magia recién adquirida me haga reina de una gente que me desprecia. Si por algún milagro sucede lo que Sir Hugh ha declarado, entonces tendré dos juegos de asesinos con los que tratar en vez de uno. -Tan pronto como lo dije, supe que no debería de haberlo dicho. Mi única excusa era el shock total por el que acababa de pasar.

Rhys habló rápidamente.

– Asumo que los cargos en contra de mis amigos y de mí han sido retirados.

Veducci se dio la vuelta.

– Si lo que Sir Hugh acaba de decir es verdadero, entonces sí, pero hasta que la misma Lady Caitrin retire los cargos, estos no desaparecerán.

– ¿Incluso después de lo que Hugh dijo? -preguntó Frost.

– Como usted indicó, las intrigas de la corte pueden llegar a ser muy feas. La gente miente.

– Los sidhe no mienten -dije.

Veducci me miró fijamente.

– ¿Han habido otras tentativas de asesinato contra su vida además de la que ocurrió en el aeropuerto, donde la dispararon?

– Ella no puede contestar a eso sin hablar con la Reina Andais -dijo Rhys, rodeándome los hombros con su brazo. Frost no dejó mi mano, por lo que quedé de pie presionada por ambos. No podía decir si el gesto de Rhys pretendía confortarme a mí o a él. Éste había sido uno de aquellos días en los que todos necesitábamos un abrazo.

– Usted entiende que eso realmente es una respuesta, ¿no? -preguntó Veducci.

– ¿Y qué clase de abogado es aquél que sabe llevar justo las hierbas apropiadas en su bolsillo para neutralizar tal hechizo? -pregunté en respuesta.

– No sé a lo que se refiere -dijo él con una sonrisa.

– Mentiroso -le susurré, porque oí pasos detrás de nosotros.

Biggs y Shelby estaban allí. La chaqueta del traje de Biggs había desaparecido. La manga de su camisa estaba arremangada, y llevaba una venda en su brazo.

– Pienso que las acciones que ha llevado a cabo hoy el Rey Taranis ponen en serias dudas sus acusaciones contra mis clientes.

– No podemos afirmarlo sin hablar antes con… -Shelby se detuvo, se aclaró la garganta, y lo intentó otra vez-… volveremos-. Se reunió con su ayudante y se fue hacia la puerta.

– La agradable joven que arregló mi brazo dice que tengo irme con ellos al hospital -dijo Biggs-. Mi ayudante les llevará a un cuarto donde podrán descansar y recuperar fuerzas antes de que tengan que marchar.

– Gracias, Sr. Biggs -dije-. Siento que la hospitalidad de las hadas no estuviese a la altura de sus estándares habituales.

Él se rió.

– Esa es la forma más cortés que he oído alguna vez para pedir disculpas por un tan jodido lío -dijo, alzando un poco su brazo herido. -Fue penoso para mí, y para sus hombres, pero si su tío, el rey, hubiera tenido que elegir un momento para que se le “fundieran los cables”, ése no fue un mal momento. Seguramente perjudicó su caso y nos ayudó a nosotros.

– Supongo que es una manera de mirarlo -dije.

Rhys me abrazó, presionando su mejilla contra mi pelo.

– Anímate, dulzura, ganamos.

– No, los Luminosos llegaron al rescate y nos salvaron el culo -dije.

La auxiliar médico vino para tocar el hombro de Biggs.

– Estamos listos para irnos.

Nelson estaba sujeta a una camilla y parecía inconsciente. Cortez estaba a su lado, pareciendo más enojado que preocupado.

– ¿ La Sra. Nelson sufrió quemaduras, también? -Pregunté.

Biggs abrió la boca para contestar, pero el asistente médico lo hizo ir con ellos. Veducci me contestó…

– Ella parece sufrir una reacción adversa al hechizo que el rey le lanzó.

La mirada que él me dirigió reflejaba un conocimiento total. Él conocía la magia. Quizás no fuera un practicante titulado, pero eso no significaba nada. Mucha gente que tenía capacidad psíquica decidía no usarla como profesión.

– Una mirada como ésa solía provocar una pregunta -dijo Rhys.

– ¿Qué pregunta sería esa? -preguntó Veducci.

– ¿Con qué ojo puede usted verme?-dijo Rhys.

Me tensé a su lado, porque yo sabía cómo solía terminar siempre esta historia.

Veducci sonrió abiertamente.

– La respuesta que se supone que se da es ninguno.

– La verdad es que es con ambos ojos -dijo Frost, y su voz era demasiado solemne para ser agradable.

La sonrisa de Veducci pareció desvanecerse algo.

– Ninguno de ustedes trata de esconder lo que es. Todos pueden verles.

– Anímese, Veducci -dijo Rhys-. Los días en que solíamos sacar los ojos a alguien por ver a la pequeña gente han pasado hace mucho. Los sidhe nunca estuvieron de acuerdo con eso. Si alguien podía vernos, el peligro más grande que podía correr procedente de los sidhe era el secuestro. Siempre estuvimos intrigados con la gente que podía ver a los fantasiosos. -La voz de Rhys era ligera y burlona, pero había un rastro de seriedad en ella que hizo que Veducci pareciera cauteloso.

¿Me estaba perdiendo parte de esta conversación? Tal vez. ¿Me preocupaba? Un poco. Pero ya me preocuparía más tarde, después de que fuese al hospital y pudiese ver a Doyle y Abe.

– Usted puede ser todo lo misterioso que quiera más tarde -le dije. -Ahora quiero ir a ver a Doyle y Abe.

Veducci metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y me ofreció algo.

– Pensé que usted podría quererlas.

Eran las gafas de sol de Doyle. Un lado estaba derretido, como si alguna mano gigantesca y caliente las hubiese aplastado como cera derretida. Mi estómago pareció hundirse hasta mis pies, y luego regresar hasta mi garganta. Durante un segundo pensé que vomitaría, para luego pensar que podría desmayarme. Yo no había visto la cara de Doyle debajo de las vendas. ¿Cómo sería de grave?

– ¿Necesita sentarse, Princesa? -preguntó Veducci solícitamente. Él realmente se movió para cogerme del brazo como si yo no estuviese de pie ya entre dos fuertes brazos.

Frost se movió de modo que el abogado no pudiera tocarme.

– La tenemos.

Veducci dio un paso atrás.

– Ya lo veo. -Hizo una pequeña reverencia y volvió con los guardias de seguridad que estaban hablando con la policía.

Un oficial uniformado nos esperaba.

– Tengo que hacerles algunas preguntas -nos dijo.

– ¿Puede usted hacerlas de camino al hospital? Tengo que ver a mis hombres.

Él vaciló.

– ¿Necesita usted que la llevemos al hospital, Princesa Meredith?

Eché un vistazo al reloj detrás del escritorio. Habíamos sido traídos aquí por el conductor de Maeve Reed en su limusina. Él había planeado hacer algunos encargos para la Sra. Reed y luego volver para recogernos en aproximadamente tres horas, o al menos llamar para preguntarnos. Sorprendentemente, aún no habían pasado tres horas.

– Un paseo sería encantador. Gracias, oficial -le dije.

CAPÍTULO 8

DOYLE Y ABE TENÍAN UNA HABITACION SÓLO PARA ELLOS EN el hospital, aunque cuando golpeamos la puerta acompañados por nuestra encantadora escolta uniformada fue difícil saber a quién pertenecía la habitación y a quien no. Había un montón de gente entre mis otros guardaespaldas y el personal médico, aunque creo que había más personal médico del necesario, sobre todo mujeres. ¿Y por qué fue el personal uniformado quien nos condujo dentro? Aparentemente, la policía pensaba que los ataques contra mis guardias eran sólo otra tentativa contra mi vida. Más vale prevenir que curar, parecían pensar. Viendo el número de hombres que Rhys había ordenado que encontráramos en el hospital, nos hizo pensar que a él también se le había pasado por la cabeza.

Abe yacía sobre su estómago, intentando hablar con todas las enfermeras bonitas. Estaba dolorido, pero todavía era quién era y lo que siempre fue. Había sido una vez el Dios Accasbel, la encarnación física del Cáliz Embriagador. Podía crear una reina. Podía inspirar poesía, valentía, o locura. Según contaban las leyendas, había abierto el primer Pub de Irlanda, y sido el primer chico de compañía. Si no se estremeciera de dolor alguna que otra vez, podría haber dicho que se lo estaba pasando en grande. En cambio, parecía fingir un semblante valiente. O bien podría estar disfrutando de la atención. Yo todavía no conocía a Abe tan bien como para adivinarlo.

Tuve que abrirme paso trabajosamente entre la multitud de mis propios y encantadores guardias. En casi cualquier otro día podría haberlos notado, pero hoy me bloqueaban la vista del guardia que deseaba ver.

Algunos trataron de hablarme, pero cuando no contesté a ninguno, finalmente pareció que lo entendían. Se abrieron como una cortina de carne, y finalmente pude ver la otra cama.

Doyle estaba tendido completamente inmóvil. Había una vía intravenosa conectada a su brazo, administrándole un fluido transparente que provenía de un pequeño gotero conectado a la cánula y que probablemente debía ser un analgésico. Las quemaduras duelen bastante.

Halfwen se erguía alta, rubia y hermosa junto a su cama. Llevaba puesto un vestido que había estado de moda hacia el 1300 o antes, una túnica clara que se adhería a los sitios claves, pero que era lo bastante corta en los tobillos para que pudiera moverse por la habitación. Cuando yo la conocí llevaba una armadura y pertenecía a la guardia de mi primo Cel. La había obligado a matar para él y la prohibió usar sus asombrosos poderes de sanación porque ella rechazó compartir su cama. Los auténticos sanadores eran raros entre los sidhe actualmente, e incluso la reina se había sorprendido por el desperdicio de los talentos de Halfwen. Ella había sido una de las guardias femeninas que habían dejado el servicio de Cel para unirse a mí, en el exilio. Creo que la reina Andais también quedó impresionada por el número de guardias femeninas que eligieron el exilio antes que permanecer al servicio de Cel. A mí no me sorprendió. Cel había salido hacía unos meses del encarcelamiento más loco y sádico de lo que había entrado. Había sido encarcelado por tratar de matarme, entre otras cosas. Su libertad había sido el factor decisivo para que yo volviera al exilio. La reina me confesó en privado que no podía garantizar mi seguridad estando su hijo alrededor.

Halfwen y las otras habían llegado a la Costa Oeste con historias de lo que Cel le hizo a la primera guardia femenina que llevó a su cama. Era material digno de un asesino múltiple. Excepto que ella era sidhe, y se curaría, sobreviviría. Sobrevivir para ser su víctima otra vez, y otra, y otra vez.

En el último recuento tenía a una docena de mujeres “voluntarias”. Una docena en un mes. Habría más, porque Cel estaba loco, y las mujeres ahora tenían una opción. Andais no entendía por qué tantas de ellas habían preferido el exilio antes que soportar las atenciones de Cel, pero claro la reina siempre había sobrestimado sus encantos y subestimado lo repulsivo que era. Pero a mí no me engañó. El príncipe Cel era tan hermoso como la mayoría de los sidhe de la Corte Oscura, pero la belleza verdadera está en lo que haces y lo que él hizo era horrible.

Permanecí al lado de Doyle, pero él no sabía que yo estaba allí. Si todavía tuviera la magia salvaje de las hadas bajo mi dominio, podría haberle curado en un instante. Pero la magia se había derramado en la noche otoñal y había hecho maravillas y milagros, y todavía funcionaba en el mundo de las hadas. Sin embargo, no estábamos en tierra feérica. Estábamos en Los Ángeles en un edificio construido con materiales metálicos y sintéticos. Algunas magias ni siquiera tenían efecto en un lugar así.

– Halfwen -dije-, ¿por qué no has intentado curarle?

Un médico lo bastante bajo como para tener que levantar la mirada para mirar a Halfwen, pero no para mirarme a mí, me dijo…

– No puedo permitir el uso de la magia en mi paciente.

Le miré, fijamente, dirigiéndole todo el poder de mi mirada tricolor. A algunos humanos, si nunca se habían encontrado con nuestros ojos, les molestaba. A veces era útil para negociar o persuadir.

– ¿Por qué no puede… -leí su placa-… Doctor Sang?

– Porque es una magia que no entiendo, y si no entiendo un tratamiento no puedo autorizarlo.

– Así que si usted lo entendiera dejaría de interferir -le dije.

– Yo no estoy interfiriendo, Princesa Meredith, usted sí. Esto es un hospital, no una cámara real. Sus hombres están entorpeciendo el funcionamiento de este hospital con su sola presencia.

Le sonreí aunque esa sonrisa no se reflejó en mi mirada que fue fría y serena.

– Mis hombres no han hecho nada. Es su personal el que interfiere. Pensé que todos los hospitales del área habían sido informados de lo que tenían que hacer cuando uno de nosotros ingresamos. ¿No le dijeron lo qué debían de llevar puesto, o cómo llevarlo, para ayudar al funcionamiento del personal?

– El hecho de que sus hombres usen el encanto para hechizar a nuestras enfermeras y doctoras es un insulto -dijo el doctor Sang.

Galen habló desde el otro lado de la habitación. Estaba derrumbado sobre una de las dos sillas.

– Le he dicho una y otra vez que no estamos haciendo nada. Que no es encanto, pero él no me cree.

Parecía cansado, con una tirantez alrededor de los ojos y la boca que yo no había notado antes. Un sidhe no envejece, cierto, pero sí muestra señales de desgaste. Igual que un diamante puede llegar a ser cortado por la hoja adecuada.

– No tengo tiempo para explicárselo, pero no permitiré que se interponga entre mi gente y mis sanadores -le dije.

– Ella lo admite -contestó él señalando a Halfwen-, sus poderes no están a pleno rendimiento fuera del mundo de las hadas. No está segura de poder curarle. Lo más seguro es que sus vendajes se abran, y sobre todo con tantas personas aquí, hay más posibilidades de que él contraiga una infección secundaria -dijo el doctor Sang.

– Los sidhe no contraen infecciones, Doctor -dije.

– Perdóneme si soy un poco escéptico sobre ese tema, Princesa, pero este hombre es mi paciente -dijo el doctor Sang. -Y es mi responsabilidad.

– No, Doctor, él es mío. Mi Oscuridad, mi mano derecha. Él me vería a mí como su responsabilidad, pero yo estoy intentando ser su reina, lo que me hace responsable de toda mi gente. -Extendí la mano para acariciar su pelo, pero me contuve. No quería despertarle si todo lo que podíamos ofrecerle era dolor. Para curarle ya tendríamos que molestarlo, pero simplemente porque yo no pudiera estar tan cerca de él y no tocarle, no era razón suficiente para despertarle del sueño que los fármacos y el shock le habían proporcionado.

Mi mano ansiaba tocarle, pero forcé mi mano en un puño a mi costado. La mano de Rhys rodeó mi puño. Miré a su único ojo de un triple color azul, su hermosa cara marcada por las cicatrices donde le habían arrebatado su otro ojo, sólo parcialmente cubiertas por el parche blanco que llevaba hoy. Nunca había conocido a Rhys de otra forma. La cara que se elevaba encima de mí cuando hacíamos el amor, o me buscaba en la cama, era esta cara, llena de cicatrices y todo. Era simplemente Rhys.

Toqué su mejilla. ¿Amaría menos a Doyle si él estuviera marcado? No, aunque sería una pérdida para los dos. Significaría que la cara que yo había llegado a amar sería cambiada para siempre. Pero maldita sea, él era sidhe. Una simple quemadura no debería haberle hecho un daño como éste.

Como si Rhys hubiera leído algunos de mis pensamientos, dijo…

– Vivirá.

Yo asistí.

– Sí, pero le quiero curado.

– ¿Y yo? -dijo Abe desde la otra cama, y como tan a menudo, parecía vagamente borracho. Era casi como si él hubiera pasado tantos años ebrio que se resistiera a dejar de sentirse así. Un borracho seco, creo que así es como lo llaman, como si aunque no hubiera consumido bebidas o drogas, no pudiera estar completamente sobrio.

– Lamentaría que tú no te curaras también -le dije. -Por supuesto que lo hago. -Pero Abe sabía qué lugar ocupaba en mis afectos, y que no estaba entre mis cinco primeros. No le importaba. Él, como muchos otros de los guardias sólo llevaba con nosotros desde hacía unas semanas, y era tan feliz de tener sexo otra vez que su ego no había tenido tiempo de sentirse menospreciado por este hecho.

– Realmente debo insistir, Princesa, usted y el resto de sus hombres deben de salir -dijo el doctor Sang.

El oficial uniformado, el policía Brewer, dijo…

– Lo siento, doctor, pero cuantos más guardias haya más seguros estaremos.

– ¿Me está diciendo que hay tantos hombres aquí porque pueden atacarnos dentro del hospital? -pregunto él.

El oficial Brewer miró a su compañero, el oficial Kent. Kent era el más alto de los dos y sólo se encogió de hombros. Pienso que les habían dicho que debían de quedarse cerca de mí, pero no sabían qué decirles a los civiles. En cierto modo, nosotros habíamos dejado de contar como civiles cuando fuimos atacados. Ahora estábamos en una categoría diferente para la policía. Posiblemente en la de víctimas potenciales.

– Doctor Sang -dijo Frost-, estoy al mando de la guardia de la princesa hasta que mi capitán me diga otra cosa. Y mi capitán yace aquí -dijo señalando hacia Doyle.

– Usted puede ser el responsable de la guardia, pero no es el responsable de este hospital. -El médico, que le llegaba a Frost a la altura de la clavícula, tuvo que inclinar su cabeza hacia atrás en un ángulo extremo para poder mirar al otro hombre a la cara, pero lo hizo, y le dirigió una mirada que claramente decía que no se echaría para atrás.

– No tenemos tiempo para esto, Princesa -dijo Hafwen.

Miré a sus ojos tricolores; un anillo azul, otro plateado, y el anillo central luminoso como si la luz pudiera ser un color.

– ¿Qué quieres decir?

– Estamos fuera del mundo de las hadas. Esto me limita como sanadora. Estamos dentro de un edificio de metal y cristal, una estructura artificial. Esto también limita mis poderes. Cuanto más tiempo permanezca la herida desatendida, más difícil será para mí poder hacer algo.

Me giré hacia el doctor Sang.

– Usted ya la escuchó, doctor. Tiene que permitir a mi sanadora hacer su trabajo.

– Podría sacarle de la habitación -aventuró Frost.

– No estoy seguro de que podamos permitir eso -dijo el oficial Brewer, sonando algo inseguro.

– ¿Y cómo lo sacaría? -preguntó el oficial Kent.

– Buena pregunta -dijo el oficial Brewer-. La verdad es que no podemos permitir violencia alguna contra los médicos.

– No necesitamos usar la violencia -dijo Rhys, mientras acariciaba mi oído con su boca, jugando con mi pelo. Ese pequeño roce me hizo estremecer un poco.

Me giré para poder ver su cara más claramente.

– Además… ¿no sería eso poco ético? -pregunté.

– ¿Realmente quieres que Doyle se parezca a mí? Sé que él no quiere perder un ojo. Causa graves problemas en la percepción tridimensional. -Él sonrió y trató de hacerlo parecer como una broma, pero había una amargura en ello que ninguna sonrisa podría esconder.

Besé la curva de su boca. De entre todos mis hombres era el que tenía una de las bocas más hermosas. Cuando ponía mala cara, su hermosa expresión juvenil se transformaba en algo mucho más sensual.

Él me apartó, acercándome al doctor.

– El médico no lo entiende, y no tenemos tiempo para hablar de ello hasta morir, Merry.

– Humm -dijo el oficial Brewer- ¿Qué piensa hacer, Princesa Meredith? Quiero decir… -Él miró a su compañero. Era obvio que ellos se sentían perdidos. Sinceramente, estaba sorprendida de que no hubiera más policías. Había policías en la puerta, pero ningún detective, nadie con una graduación más alta. Era casi como si a las personas más importantes les diéramos miedo. No miedo al peligro. Ellos eran policías; contaban con ello. Pero sí miedo a la política.

Los rumores ya se habían extendido. La Diosa sabía que la noticia de que el Rey Taranis había atacado a la Princesa Meredith ya era algo bastante jugoso. Pero las historias tienen la tendencia de exagerarse cada vez que se vuelven a contar. ¿Quién sabía lo que ya le habían contado a la policía? Este caso no era sólo una patata caliente, era un asesino potencial de carreras. Si se piensa un poco… podías elegir entre permitir que la princesa Meredith fuera asesinada, o que el Rey Taranis acabara herido por su guardia. De cualquier forma, estabas jodido.

– Doctor Sang… -le dije.

Él se giró hacia mí, todavía frunciendo el ceño furiosamente.

– No me importa cuántos policías vayan detrás de usted, pero hay demasiadas personas en esta habitación para llevar acabo un tratamiento eficaz.

Cerré los ojos y respiré profundamente. La mayoría de los humanos tienen que hacer algo para llamar a la magia. Yo pasé la mayor parte de mi vida escondiéndola para así no hacer magia por casualidad. Antes de que mis manos de poder se mostraran, y de eso sólo hacía unos meses, pasaba la mayor parte de mi tiempo intentando que los espíritus errantes, esas pequeñas maravillas cotidianas, no me volvieran loca Ahora toda esa práctica de no dejar mostrarme me ayudó a contenerme, porque mis talentos naturales tal vez genéticos o heredados habían dejado su huella junto con todo lo demás.

Rhys dijo:

– Apártense, muchachos.

Los hombres retrocedieron, y los dos policías se movieron con ellos, dejándonos al médico y a mí el espacio de un pequeño círculo. Él les echó un vistazo, perplejo.

– ¿Qué está pasando?

Levanté una mano para tocar su cara, pero él agarró mi muñeca para impedirme hacerlo. Su problema era que yo no necesitaba tocarle. Él estaba tocándome a mí.

Sus ojos se ensancharon sorprendidos. Una mirada cercana al terror traspasó su cara. No me miraba, sino que parecía mirar profundamente dentro de sí. Yo intenté ser suave, usar sólo la magia imprescindible y la que provenía del lado luminoso de mi naturaleza. Pero la magia de la fertilidad es a veces imprevisible, y yo estaba nerviosa.

El doctor Sang susurró…

– Oh, Dios mío…

– Diosa -murmuré, y me apoyé en él. Lo aparté de las camas, lejos de Halfwen. Nunca lo toqué, sólo tiré de mi brazo. Su propio agarre en mi muñeca lo arrastró hacia mí.

Toqué su cara con mi mano libre, sin pensar en lo que llevaba en esa mano. Dentro de la tierra de las hadas el anillo de la reina -así solía ser llamado- era mágico. En el mundo humano, sólo era una pieza antigua de metal, tan vieja que el metal estaba desgastado. El anillo había pasado de diferentes formas, de mano en mano, de una mujer a otra, durante siglos. Andais había confesado que lo había tomado de la mano de una Luminosa a la que había matado en un duelo, una diosa de la fertilidad. Creo que Andais había tomado el anillo porque esperó que éste pudiera ayudarla en mantener la fertilidad de su propia corte, pero con ella se manifestó como un poder de guerra y destrucción. Andais era un cuervo carroñero y devorador y el anillo no encontró su mejor momento con ella.

Ella me lo había entregado para mostrar su favor. Para demostrar que en efecto había elegido a su odiada sobrina como potencial heredera. Pero mi poder no estaba en la muerte y el campo de batalla.

Toqué la cara del hombre con aquel antiguo metal, y éste llameó lleno vida. Durante un segundo pensé que me diría que él era fértil del mismo modo que sucedía con los hombres de nuestra corte, pero no era eso lo que el anillo quería del doctor Sang.

Vi lo que él amaba. Amaba su trabajo. Amaba ser médico. Y esto le consumía. También vi a una mujer, delicada, con su negro pelo largo hasta los hombros brillando a la luz del sol que llegaba desde los grandes ventanales mientras miraba hacia la calle. Estaba rodeada de flores. Puede que trabajara allí. Ella se rió con un cliente, pero todo era tan silencioso como si el sonido no importara. Vi su cara iluminarse, como el cielo después de la lluvia cuando el sol se abre camino, al ver al doctor Sang atravesar la puerta. El anillo sabía que la mujer le amaba. Vi dos patios que lindaban el uno con el otro, aquí en Los Ángeles. Vi versiones más jóvenes de ellos dos. Habían crecido juntos. Incluso habían salido juntos cuando estaban en la escuela secundaria, pero él amaba la medicina más que a cualquier mujer.

– Ella le ama -le dije.

Su voz sonó ahogada.

– ¿Cómo lo hace?

– Entonces, usted también lo ve -le dije, con voz suave.

– Sí -susurró.

– ¿No quiere tener hijos, una familia?

La vi, otra vez en la tienda. Ella miraba fijamente a los turistas que pasaban. Sostenía una taza de té entre sus manos. Dos figuras en sombras rondaban a su alrededor, un niño y una niña.

– ¿Qué es eso? -preguntó él, la voz sonaba tan llena de emoción que parecía preñada de dolor.

– Los hijos que tendría con ella.

– ¿Son reales? -susurró él.

– Lo son, pero ellos sólo serán carne si usted la ama.

– No puedo…

El niño fantasma que estaba a su lado se dio la vuelta y pareció mirarnos directamente. Esto me acobardó, incluso a mí. El médico temblaba bajo mi mano.

– Deténgalo -dijo él. -Deténgalo.

Aparté mi mano de él, pero todavía tenía su propia mano en mi muñeca.

– Debe soltarme -le dije.

Él miró su mano como si no supiera qué hacía allí. Me liberó. Sus ojos casi mostraban pánico. Miró detrás de mí, hacia Doyle y dijo…

– Váyase con él.

Una de las doctoras dijo…

– Doctor Sang, es un milagro. Él puede utilizar su ojo otra vez.

El doctor se unió a las enfermeras y a los otros médicos que rodeaban la cama de Doyle y pasó la luz brillante de su linterna sobre el ojo abierto de Doyle. Luego sacudió la cabeza.

– Esto es imposible.

– ¿Permitirá ahora que yo haga lo imposible con Abeloec? -preguntó Halfwen con una pequeña sonrisa.

Creo que él pensó en discutir, pero sólo afirmó con la cabeza. Halfwen fue hacia la otra cama, y yo conseguí hacer lo que había querido hacer desde el primer momento en que entré en la habitación, acaricié el pelo de Doyle. Él alzó la vista hacia mí. Su cara estaba todavía ampollada y en carne viva, pero el ojo negro que alzó la vista para mirarme estaba entero. Doyle sonrió todo lo que pudo teniendo en cuenta que las quemaduras le llegaban hasta la comisura de la boca, entonces se detuvo. No se estremeció, ni hizo una mueca, simplemente dejó de sonreír. Él era la Oscuridad. La oscuridad no se estremece.

Mis ojos me ardían, y se me hizo un nudo en la garganta que casi no me dejaba respirar. Traté de no llorar, porque sabía que si empezaba perdería el control.

Él puso su mano sobre la mía, donde ésta se apoyaba sobre la barandilla de la cama. Sólo su mano en la mía, y las primeras lágrimas empezaron a caer.

El doctor Sang estaba a nuestro lado otra vez y dijo…

– Lo que usted me mostró sólo era un truco para conseguirle tiempo a su curandera para que pudiera hacer su trabajo.

Encontré por fin mi voz, entre gruesas lágrimas.

– No era ningún truco, sino la realidad. Ella le ama. Habrá dos hijos, primero un niño, luego una niña. Ella está en su floristería. Si la llama ahora, puede hablar con ella mientras todavía bebe el té.

Él me miró como si hubiera dicho algo espantoso.

– No creo que un hombre pueda ser a la vez un buen médico y un buen marido.

– Es usted quien debe decidirse, pero ella le echará de menos.

– ¿Cómo puede echarme de menos si nunca he sido suyo?

Las enfermeras escuchaban atentamente todo lo que decíamos. La Diosa sabía qué haría con ello el chismorreo del hospital.

– No vi otra cara en su corazón. Si usted no la corresponde, no estoy segura de que se case alguna vez.

– Debería casarse con alguien. Debería ser feliz.

– Piensa que usted la haría feliz.

– Ella se equivoca -dijo él, pero más bien sonaba como si tratara de convencerse a sí mismo.

– Quizás, o quizás es usted quien se equivoca.

Él sacudió la cabeza. Se recompuso, igual que otra gente se echa sobre los hombros una cálida manta. Vi cómo reconstruía su fachada de médico.

– Haré que una de las enfermeras cubra las heridas. ¿Puede su curandera hacer esto con heridas humanas?

– Tristemente, nuestra magia de sanación siempre funciona mejor sobre la carne de hada -le dije.

– No siempre -dijo Rhys-, pero sí en los últimos mil de años.

El doctor Sang asintió con la cabeza otra vez.

– Me gustaría saber cómo trabaja esta magia de curación.

– Halfwen sería feliz de intentar explicárselo en otro momento.

– Lo entiendo. Quiere llevarse a sus hombres a casa.

– Sí -dije. Mis lágrimas habían dejado de caer bajo las preguntas del médico. Comprendí que él no era el único que se había forzado a hacer lo mismo. En privado podría caerme a pedazos, pero no aquí delante de tanta gente. Aprovechando la ocasión, las enfermeras y otros médicos podrían vender mi sufrimiento emocional a la prensa sensacionalista, y yo no quería esto.

El doctor Sang fue hasta la puerta, como si tuviera la necesidad de escapar de nosotros e hizo una pausa ante la puerta entre abierta.

– ¿No fue un truco, o una ilusión?

– Le juro que lo que vimos juntos fue una visión real.

– ¿Significa esto que viviríamos felizmente después? -preguntó.

Negué.

– No es ninguna clase de cuento de hadas. Habrá niños, y ella le ama. Además, creo que usted podría amarla, si se lo permitiera a sí mismo, pero se necesitaría un poco de esfuerzo por su parte. Amar a alguien es renunciar a una parte del control sobre uno mismo y su vida, y a usted no le gusta eso. A nadie le gusta -añadí.

Le sonreí, mientras Doyle apretaba mi mano y yo le devolvía el apretón.

– Algunas personas son adictas a enamorarse, Doctor. Algunas personas adoran ese torrente de nuevas emociones, y cuando la primera ráfaga de lujuria y amor novedoso se agota, saltan buscando el siguiente, pensando que ese amor anterior no fue real. Lo que sentí en ella, y potencialmente en usted, fue un amor duradero. Ése amor que sabe que las primeras y locas emociones no son las auténticas, sino sólo la punta del iceberg.

– ¿Sabe lo que se dice sobre los icebergs, Princesa Meredith?

– No, ¿qué se dice?

– Asegúrese de que el barco en el que se sube no se llama Titanic.

Varias de las enfermeras se rieron, pero yo no lo hice. Él había hecho una broma porque estaba asustado, verdaderamente asustado. Algo le había hecho creer que no podía amar a la vez a la medicina y a una mujer. Que no podría hacer justicia a ambas. Tal vez no podría, pero de todas formas…

Rhys se acercó, colocándose a mi lado. Puso su brazo sobre mis hombros, sin apretar demasiado.

– Un corazón débil nunca ganó a la doncella deseada -dijo él.

– ¿Y si yo no quisiera ganar a la doncella deseada? -preguntó el doctor Sang.

– Entonces es usted un tonto -le dijo Rhys con una sonrisa para suavizar sus palabras.

Los dos hombres se miraron el uno al otro durante un largo momento. Pareció que un ligero conocimiento o entendimiento pasó entre ellos, porque el doctor Sang asintió, casi como si Rhys hubiera hablado otra vez. No lo había hecho, podría jurarlo, pero a veces el silencio entre un hombre y otro puede decir más que cualquier palabra. Una de las mayores diferencias entre hombres y mujeres es que hay ciertos silencios que las mujeres no entienden y que los hombres no saben explicar.

El doctor Sang salió por la puerta. Antes de que él y Rhys hubieran tenido su momento de entendimiento, yo habría apostado incluso dinero a que el buen doctor llamaría a la mujer de la floristería. Porque algo de lo que Rhys había dicho de alguna forma inclinó la balanza. Ahora ya sólo me preguntaba si él la llamaría primero o simplemente iría directamente a verla.

Rhys me abrazó y besó mi coronilla. Me giré para poder mirarle. Su sonrisa era ligera, casi jocosa, pero en su ojo de un pálido azul claro, había algo que ciertamente no era casual en lo más mínimo. Recordé aquel momento cuando el anillo de la reina había vuelto a la vida en mi mano. Yo había visto a un bebé fantasmal junto a una de las guardias femeninas. Cada hombre en el vestíbulo la había mirado como si ella fuera la cosa más hermosa del mundo. Todos los hombre menos cuatro: Doyle, Frost, Mistral, y Rhys. Incluso Galen la había contemplado de esa forma. Más tarde le había explicado que sólo el amor verdadero conseguía que no te quedaras mirando fijamente a una mujer que el anillo había elegido. Había usado el anillo para ver quién de entre mis guardias podría ser el padre de aquel casi niño, y así ofrecerles la posibilidad de emparejarse. Había funcionado. Ella tenía una falta, y el test había dado positivo. Éste era el primer embarazo en la corte oscura desde que yo fui concebida.

Realmente amaba a Doyle, y a Frost en menor grado. No podía imaginarme sin ninguno de ellos. Mistral había sido mi consorte por algún tiempo cuando el anillo había vuelto a la vida, pero la magia no había funcionado con él. Más bien, Mistral había sido utilizado como un instrumento de esa magia. Pero Rhys, él debería haber mirado a aquella guardia. Pero sólo me miraba a mí, lo que quería decir que me amaba, y sabía que yo no le amaba a él.

No se supone que las hadas sean celosas o posesivas con sus amantes, pero amar de verdad y no ser correspondido es un dolor que no tiene cura.

Alcé la cara, invitándole a besarme. Su rostro perdió todo rastro de humor. Fue tan solemne mientras me miraba con su único ojo. Me besó, y yo le devolví el beso. Dejé que mi cuerpo se amoldara y adhiriera al suyo, al tiempo que nuestros labios se encontraban. Quería que supiera que le valoraba. Que le veía. Que lo quería. Sentí que su cuerpo respondía incluso a través de nuestra ropa.

Él retrocedió primero, casi sin aliento, con un indicio de risa en su voz.

– Intentemos llevar a los heridos a casa, y así podremos acabar esto.

Asentí, ¿qué más podría hacer yo? ¿Qué puedes decirle a un hombre cuando sabes que le estás rompiendo el corazón? Podía prometer dejar de hacer lo que sabía que le hacía daño, pero yo sabía que no podría, no podría dejar de amar a Doyle y a Frost.

Yo también rompía un poco el corazón a Frost, porque él sabía que Doyle tenía la mayor parte de mi afecto. Si no hubiéramos intimado, podría haber sido capaz de escondérselo, pero Frost se había acostumbrado a estar con Doyle y conmigo siempre que teníamos relaciones sexuales. Había demasiados hombres ahora para no compartir. Pero era más que esto. Era casi como si Frost tuviera miedo a lo que podría pasar si me dejaba sola con Doyle durante más de una noche.

¿Qué puede hacer una cuando sabe que le rompe el corazón a alguien, pero que si hace cualquier otra cosa, eso rompería tu propio corazón? Prometí sexo a Rhys con mi beso y mi cuerpo. Le quise decir, que no era sólo lujuria lo que me incitaba. Supongo que de alguna forma era amor, sólo que no era la clase de amor que un hombre quiere de una mujer.

CAPÍTULO 9

SALIMOS DEL HOSPITAL PARA ENCONTRARNOS FRENTE A UNA muralla de periodistas. Alguien había hablado. No contestamos a ninguna de las preguntas que nos gritaban, aunque consiguieron buenos planos de Doyle en silla de ruedas. El hecho de que hubiera aceptado usarla nos demostró cuán dolorido estaba todavía. Abe, por otro lado, utilizaba la silla de ruedas porque era un perezoso y le gustaba llamar la atención, aunque tuvo que sentarse de lado para proteger su espalda. Halfwen le había curado, pero de nuevo, no completamente. No estábamos en nuestro mundo, y nuestros poderes estaban muy lejos de estar en su mayor apogeo.

Los periodistas sabían qué salida íbamos a utilizar. Alguien dentro del hospital se llevaría dinero a casa por dirigirnos a la salida donde ellos nos esperaban o por chivarles por donde saldríamos. De cualquier forma, éramos una empresa rentable en el día de hoy.

Las cámaras nos cegaron. La seguridad del hospital había llamado a la policía antes de que saliéramos afuera, así que había otros policías además de los dos que todavía llevábamos pegados. A los oficiales Kent y Brewer no les habían gustado mucho que yo hubiera hecho algún tipo de magia con el doctor. Parecían asustados de mí. Pero cumplieron con su deber. Iban delante y ayudaron a sus otros compañeros a protegernos de la muchedumbre reunida.

Hubo un momento en el que los reporteros se abalanzaron y el frente se precipitó sobre nosotros. En ese momento mis guardias se adelantaron y la multitud fue contenida. Algunos hombres pusieron su mano sobre el hombro o la espalda del agente de seguridad o el policía más cercano. Miré a los humanos que estaban a pocos metros. Era como si con ese pequeño toque, mis guardias les hubieran dado el coraje y la fuerza que necesitaban. Yo no podía recordar que alguna otra vez hubieran hecho esto, ¿o era que los hombres que podrían haberlo hecho nunca habían estado conmigo? ¿Qué era lo que había sacado del mundo de las hadas y había llevado conmigo a este mundo moderno? Ni siquiera yo estaba segura.

Los vi proporcionar coraje con un roce, del mismo modo que yo podía despertar la lujuria, y me pregunté si ese toque les daría suerte y coraje para todo el día, o si se desvanecería como la lujuria que yo podía inspirar. Cuando tuviéramos un poco de intimidad se lo preguntaría.

Éramos demasiados para una sola limusina. Había dos limusinas y dos Hummers [4]. Uno de cada tipo era negro, y los otros dos blancos. Tuve un momento para preguntarme si alguno de ellos tenía sentido de humor, o si había sido fruto de la casualidad. Traté de ayudar a Doyle para entrar en una de las limusinas, pero Rhys me hizo retroceder para que Frost y Galen pudieran ayudar a su capitán a entrar. Pareció costarle mucho. Mi visión era nula por el centelleo de las cámaras. Alguien gritó sobre el ruido de la muchedumbre…

– Oscuridad, ¿por qué el Rey Taranis ha intentado matarle?

Las manos de Rhys se tensaron sobre mis hombros. Hasta aquel momento yo, y probablemente él, habíamos pensado que algún sirviente había hablado, pero tras esa pregunta quienquiera que se había dirigido a la prensa sabía demasiado. Las únicas personas que habían visto lo que pasó eran los guardias de seguridad y los abogados, profesionales en los cuales se supone que uno podría confiar. Alguien había traicionado esa confianza.

Finalmente conseguimos entrar en la gran limusina. Abe yacía sobre su estómago en el asiento central. Doyle se sentó en uno de los asientos laterales, rígidamente erguido. Me moví para sentarme junto a él, pero me hizo un gesto hacia Abe.

– Déjale descansar la cabeza en tu regazo, Princesa.

Le miré ceñuda, deseando preguntarle por qué me apartaba. Mi expresión debió reflejarlo porque me dijo:

– Por favor, Princesa.

Confié en Doyle. Tenía que tener sus motivos. Me senté en el gran asiento del fondo y alivié la cabeza de Abe colocándola en mi regazo. Él descansó su mejilla contra mi muslo, y acaricié su espeso cabello. Nunca se lo había visto trenzado antes, como la versión gótica de un bastón de caramelo, negro, gris, y blanco. Supongo que de alguna forma habían tenido que mantener su pelo lejos de la herida de su espalda.

Frost se sentó en el asiento enfrente de Doyle. Galen se movió para sentarse, pero Doyle le dijo…

– Coge el segundo SUV [5]. Rhys tomará el primero. Tenemos demasiados guardias que sólo conocen el mundo feérico. Sé sus ojos y oídos modernos, Galen.

Rhys le dio un golpecito en la espalda.

– Vamos.

Galen me dirigió una mirada infeliz, pero hizo lo que le dijeron.

Fue Frost quién dijo…

– Necesitamos a Aisling aquí.

– Y a Usna -indicó Doyle.

Frost asintió como si eso tuviera sentido. Para mí no lo tenía, todavía. Pero yo no tenía la experiencia de siglos de batallas para abrirme paso a través de la sensación de shock y desorientación que parecía rodearme como una bruma.

La puerta se cerró, y disponíamos de unos minutos mientras Rhys y Galen iban a por los hombres que Doyle y Frost habían nombrado.

– ¿Por qué ellos? -pregunté.

– Aisling fue desterrado de la Corte de la Luz, porque su sithen, su Colina de las Hadas le reconoció a él como el rey en esta nueva tierra y no a Taranis -dijo Doyle. Su voz parecía normal, sin ningún indicio de tirantez. Sólo su brazo atado fuertemente en cabestrillo a su pecho y la venda que atravesaba su cara mostraba lo que su voz debería de haber revelado.

– Entonces él tiene que saber que Hugh está intentando traicionar su reino -dije.

– No -comentó Abe desde mi regazo. -Ahora ya no es el reino de Aisling.

– Pero el sithen acostumbraba a elegir a su gobernante -expliqué.

– Sí -dijo Abe-. Igual que la piedra Lia Fail [6] elegía antaño a los reyes de Irlanda. Pero el sithen puede ser voluble. Le gustó Aisling hace más de doscientos años. Ahora no es el mismo hombre que fue desterrado. El tiempo le ha cambiado. La colina Luminosa podría no quererle ahora. -La voz de Abe sonó cansada, apagándose su tono.

Puse mi mano contra su mejilla. Un pequeño roce que le hizo sonreír.

– La madre de Usna es todavía una de las favoritas en la Corte de la Luz -dijo Frost-, y todavía se habla con su hijo.

– Entonces Usna podría saber si Hugh formó parte en el complot para deshacerse de Taranis -expresé.

Frost y Doyle asintieron.

– Sí.

Miré sus caras, tan distantes y frías. Me recordó a como eran cuando vinieron a mí por primera vez. ¿Por qué estaban así ahora? Yo era de la realeza, por lo que no debería de mostrar debilidad preguntando. Pero también estaba enamorada de ellos, y tan sólo estaba Abe para atestiguarlo, por lo que pregunté…

– ¿Por qué os mostráis tan distantes?

Ellos se miraron, y hasta con las vendas ocultando el rostro de Doyle no me gustó aquella mirada. No prometía nada que yo quisiera.

– No estás embarazada, Meredith -comentó Doyle, cuya voz todavía sonaba controlada-. Comienzas a dejar claro que nos has elegido. Pero si no estás embarazada entonces no somos tus reyes. Debes mirar a los otros hombres más abiertamente.

– Tú quedas mal herido y quieres que todos caigan como locos sobre mí -dije.

Doyle intentó girar la cabeza y mirarme directamente, pero por lo visto le dolía demasiado, así que tuvo que girar todo su cuerpo a la vez.

– No es una locura. Es de sentido común. No deberías llevar tu corazón donde no puede ir tu cuerpo.

Sacudí la cabeza.

– No tomes decisiones por mí, Doyle. Ya no soy una cría. Elijo quién viene a mi cama.

– Nos tememos -dijo Frost, y no se le veía muy feliz diciéndolo-, que el cariño que sientes por nosotros se lo está poniendo más difícil a los otros hombres.

– Duermo con ellos. En vista de que sólo hemos regresado hace pocas semanas, creo que les he prestado bastante atención.

Frost la dirigió una pequeña sonrisa.

– El sexo no es todo lo que un hombre ansía, incluso después de mil años de abstinencia.

– Sé eso -le contesté, -pero no tengo tantos corazones para dar.

– Y ése -dijo Doyle -, es el problema. Frost me ha dicho cómo te comportaste cuando fui herido. No puedes tener favoritos, Meredith, todavía no. -Una mirada de dolor cruzó su cara, pero pensé que no tenía nada que ver con sus heridas. -Sabes que siento lo mismo, pero debes de quedar embarazada, Meredith. Debes, o no habrá ningún trono, ni llegarás a ser reina.

Abe habló, su mano descansaba en mi pierna al lado de su cabeza.

– Hugh no dijo que Merry tuviera que concebir para ser la reina de los Luminosos. Sólo le ofreció el trono.

Traté de recordar exactamente lo que Sir Hugh había dicho.

– Abe tiene razón -dije.

– Quizás la magia les interesa más que los bebés -comentó Frost.

– Quizás -concedió Doyle -, o quizás Hugh se trae algo entre manos.

La puerta de la limusina se abrió, y todos saltamos, incluso Doyle y Abe. Abe se permitió un pequeño sonido de dolor. Doyle guardó silencio, sólo su rostro mostró su dolor durante un momento. Para cuando Usna y Aisling subieron al coche, había recuperado su habitual expresión estoica.

Los dos recién llegados se sentaron. Usna al lado de Frost, y Aisling junto a Doyle, que dijo…

– Decidles que se pongan en marcha.

Frost presionó el botón del intercomunicador.

– Llévanos a casa, Fred.

Fred había sido el chofer de Maeve Reed durante treinta años. Ya tenía el pelo canoso y era más viejo, mientras que ella permanecía hermosa e inmaculada durante años. Él nos preguntó:

– ¿Desea que los coches permanezcan juntos, o prefiere que intente perder a la prensa?

Frost miró a Doyle. Doyle me miró a mí. Yo había tenido más experiencia que cualquiera de ellos en ser perseguida por la prensa. Presioné el botón intercomunicador que estaba encima de mí, aunque tuve que estirarme para hacerlo.

– Fred, no los despiste. Hoy nos perseguirán como locos. Sólo llévenos a casa de una pieza.

– Así se hará, Princesa.

– Gracias, Fred.

Fred había estado tratando con la “realeza” de Hollywood durante décadas. No parecía impresionado por tratar con alguien de la realeza auténtica. Pero creo que cuando uno ha sido el chofer de la Diosa Dorada de Hollywood, ¿qué era ser una simple princesa?

CAPÍTULO 10

USNA RELAJÓ SU ALTO Y MUSCULOSO CUERPO CONTRA EL asiento como si disfrutáramos de un viaje de placer. La empuñadura de una espada sobresalía de entre su largo y suelto pelo, que caía a su alrededor en un desorden de color rojo, negro, y blanco. Los colores del pelo estaban distribuidos a manchas, no en mechas como el de Abe. Los ojos de Usna, aunque grandes y brillantes, eran de la más pálida sombra de gris, unos ojos de los cuales cualquiera de mis otros guardias podría alardear. Pero aquellos brillantes ojos grises miraban fijamente a través de una cortina de pelo.

Había reaccionado de tres formas diferentes a su primera experiencia en la gran ciudad: una, llevaba más armas encima de las que había llevado alguna vez en la tierra de las hadas; dos, parecía esconderse detrás de su pelo. Siempre escudriñaba fijamente a través de él, como un gato que se esconde tras la hierba hasta que saltaba sobre un ratón incauto. Tres, se había unido a Rhys en la sala de pesas y había añadido algo más de músculo a su cuerpo esbelto. La analogía del gato venía del hecho de que él estaba manchado como un gato calicó o tricolor, y de que su madre había sido convertida en gata cuando estaba embarazada de Usna. Ella había quedado embarazada del marido de otra sidhe luminosa, y la esposa desdeñada había decidido que su exterior debería hacer juego con su interior.

Usna había crecido, había vengado a su madre, y había deshecho el hechizo, y su madre vivía feliz desde entonces en la Corte de la Luz. Usna había sido desterrado por algunas de las cosas que él había hecho para vengarla. Él pensaba que había sido un intercambio justo.

Pero fue Aisling, desde su asiento al lado de Doyle, quien preguntó…

– No es que yo me queje, Princesa, pero… ¿por qué estamos en este coche? Sabemos que tienes a tus favoritos, y no estamos entre ellos. -Su comentario sobre los favoritos repetía lo que Doyle y Frost habían dicho antes. Pero qué caray, ¿no tenía derecho a tener favoritos?

Yo examiné la cara de Aisling, pero realmente sólo podía ver sus ojos, porque llevaba un velo que envolvía su cabeza al estilo de como lo llevaban algunas mujeres en los países árabes. Sus ojos eran espirales de colores que se extendían desde sus pupilas, no anillos, sino verdaderas espirales. El color de aquellas espirales parecía cambiar, como si sus ojos no pudiesen decidir de qué color deseaban ser. Llevaba su largo pelo amarillo en complicadas trenzas sujetas detrás de su cabeza para que el velo pudiese estar bien atado.

Antaño, ver el rostro de Aisling causaba que cualquiera, hombre o mujer, sintiese al instante lujuria por él. La leyenda decía que era amor, pero Aisling me había corregido: Era lujuria a menos que él pusiera esfuerzo en la magia; entonces podía llegar a ser amor. De hecho, incluso el verdadero amor podría romperse por el roce de Aisling. En un tiempo lejano, esto había funcionado tanto dentro como fuera del mundo de las hadas. Nosotros habíamos demostrado que Aisling todavía podía hacer que alguien que lo odiara se enamorase locamente de él, abandonase todos sus secretos, y traicionase cada juramento debido a su beso. Era por eso que yo aún no me había acostado con él. Ni Aisling ni los otros guardias estaban seguros de si yo era lo bastante poderosa como para resistirme a su hechizo.

Hoy, su velo era blanco, para hacer juego con la ropa pasada de moda que llevaba puesta. No habíamos tenido tiempo para hacerles ropa nueva a los guardias más recientes, así que llevaban puestas túnicas, pantalones y botas que habrían quedado perfectos aproximadamente en el siglo XV en Europa, tal vez un poco más tarde. La moda se movía despacio en el mundo de las hadas, a menos que uno fuera la Reina Andais. Ella era aficionada a los más recientes y exitosos diseñadores, siempre y cuando a ellos les gustara el negro.

Usna había tomado prestado de alguien unos vaqueros, una camiseta y una americana. Sólo las blandas botas que se dejaban ver por las perneras de los tejanos eran suyas. Pero claro, un gato es menos formal que un Dios.

– Háblales, Meredith -dijo Doyle, y había un diminuto atisbo de tensión en su voz. La limusina avanzaba suavemente, pero cuando uno padece quemaduras de segundo grado que comenzaron el día como quemaduras de tercer grado, pues imagino que no hay nada mejor que un paseo realmente suave.

Su comentario había sonado demasiado a una orden, pero la tensión de su voz me hizo contestar. La tensión y el hecho de que lo amaba. El amor te hace hacer toda clase de cosas tontas.

– ¿Sabéis quién nos atacó? -pregunté.

– Conozco la obra de Taranis cuando la veo -dijo Aisling.

– Los otros guardias dijeron que Taranis se volvió loco y os atacó a todos -dijo Usna. Él subió sus rodillas al asiento, y sus brazos las rodearon, de modo que sus ojos quedaron enmarcados por sus vaqueros y su pelo. Ésta era la postura de un niño asustado, y quise preguntarle si estar entre todo este metal artificial era duro para él. Algunos de los menos fantasiosos podrían llegar a morir si se vieran atrapados dentro del metal. Esto convertía la prisión en una sentencia de muerte potencial para la gente del país de las hadas. Afortunadamente la mayor parte de nosotros no delinquíamos contra las leyes humanas.

– ¿Qué provocó el ataque? -preguntó Aisling.

– No estoy segura -contesté-. De repente se volvió loco. Realmente no sé lo que pasó en la habitación, porque fui sepultada bajo un montón de guardaespaldas. -Miré a Abe que todavía estaba en mi regazo, y eché un vistazo a Frost y a Doyle. -¿Qué pasó realmente?

– El rey atacó a Doyle -dijo Frost.

– Lo que nadie dirá -dijo Abe-, es que sólo el hecho de que Doyle levantase su pistola para desviar el hechizo fue lo que lo salvó de ser cegado. Taranis apuntó a su cara, y lo hizo para matar o mutilar permanentemente. No he visto a ese viejo pelmazo usar su poder tan bien en siglos.

– ¿No eres tú más viejo que él? -le pregunté, bajando la vista para mirarle.

Él sonrió…

– Más viejo, sí, pero en mi corazón soy todavía un cachorro. Taranis se dejó envejecer por dentro. La mayor parte de nosotros no puede envejecer del modo en que lo hace un humano, pero por dentro podemos envejecer hasta convertirnos en ancianos. Envejecemos en el momento en que rechazamos cambiar con los tiempos.

– ¿El arma desvió la mano de poder de Taranis? -preguntó Usna.

– Sí -dijo Doyle, y él hizo un gesto con su mano sana-. No del todo, obviamente, pero sí algo.

– Las armas están hechas de toda clase de materiales que no le gustan a la magia feérica -dije.

– No estoy muy seguro sobre las nuevas pistolas de carcasa de polímeros -dijo Doyle-. Las metálicas, sí, pero las que son únicamente de plástico no parecen molestar a los menos fantasiosos; yo no apostaría a que las nuevas armas de polímero desviasen algo.

– ¿Por qué no molesta el plástico a los menos fantasiosos? -Preguntó Usna-. Es tan artificial como el metal, más aún.

– Tal vez no es la parte artificial, sino la parte metálica la que cuenta -dijo Frost.

– Hasta que lo sepamos, pienso que sólo las armas con más metal que plástico son las que deberían ser usadas por los guardias -dijo Doyle.

Todos asentimos.

– Cuando Doyle cayó, la gente comenzó a gritar y a correr -dijo Frost-. Taranis usó su mano de poder en la habitación, pero parecía aturdido, como si no supiera a qué apuntar.

– Cuando él dejó de disparar, a Galen y a mí nos ordenaron sacar a la princesa, a ti, de la habitación y eso intentamos -dijo Abe-. Entonces fue cuando Taranis se decidió a ir por mí. -Él tembló un poco, su mano se apretó en mi pierna.

Me incliné y deposité un beso en su sien.

– Siento que te hicieran daño, Abe.

– Yo hacía mi trabajo.

– ¿Era Abeloec su objetivo? -Preguntó Aisling-. ¿O él apuntaba a la princesa y falló?

– ¿Frost? -dijo Doyle.

– Creo que él alcanzó a quien apuntaba, pero cuando Abeloec cayó, Galen recogió a la princesa, y se movió de una forma como no he visto a nadie moverse excepto a la misma princesa dentro del mundo de las hadas -dijo Frost.

– Galen no abrió la puerta, ¿verdad? -pregunté.

– No -dijo Frost.

– ¿Galen te llevó hasta la puerta? -preguntó Usna.

– No lo sé. En un momento estábamos en la habitación y al siguiente estábamos en el vestíbulo. Francamente no recuerdo lo que pasó en la puerta.

– Te difuminaste y luego desapareciste de la puerta -dijo Frost-. En aquel primer momento, Meredith, yo no estaba seguro de si Galen había conseguido sacarte o algún otro truco luminoso te había llevado lejos.

– ¿Entonces qué pasó? -Pregunté.

– La propia guardia del rey saltó sobre él -dijo Abe.

– ¿De verdad? -preguntó Aisling.

Abe sonrió abiertamente.

– Ah, sí. Fue un momento dulce.

– ¿La nobleza en la que él más confiaba, le atacó? -preguntó Usna, como si no pudiera creerlo.

La sonrisa de Abe se ensanchó, hasta que su cara se llenó de arrugas.

– ¿Dulce, verdad?

– Dulce -contestó Usna estando de acuerdo.

– ¿Fue tan fácil someter al rey? -preguntó Aisling.

– No -dijo Frost-, él usó su mano de poder más de tres veces. La última vez Hugh se puso delante de él, y usó su propio cuerpo para proteger la habitación y a la gente que había dentro de ella.

– ¿Hugo, el Señor del Fuego, fue capaz de resistir el poder de Taranis a quemarropa? -preguntó Aisling.

– Sí -dijo Frost.

– Su camisa se chamuscó, pero su piel parecía intacta -dije.

– ¿Y cómo viste a Hugh -preguntó Aisling-, si Galen te había sacado fuera a lugar seguro?

– Ella volvió -dijo Frost, y su voz no sonó feliz.

– Yo no podía abandonaros a la traición de los Luminosos -dije.

– Ordené que Galen te llevara a lugar seguro -dijo Frost.

– Y yo le ordené que no lo hiciera.

Frost me fulminó con la mirada, y yo le fulminé a él en respuesta.

– Tú no podías dejar a Doyle herido, tal vez moribundo -dijo Usna suavemente.

– Tal vez, sí; sin embargo, si debo gobernar alguna vez, si realmente debo gobernar una corte feérica, debo ser capaz de conducirles a la batalla. No somos como los humanos que esconden a sus líderes en la retaguardia. Los sidhe lideran desde el frente.

– Eres mortal, Merry -dijo Doyle-. Eso cambia algunas reglas.

– Si soy demasiado mortal para gobernar, que así sea, pero debo gobernar, Doyle.

– Hablando de gobernar -dijo Abe- dicen que Hugh dijo algo sobre hacer a nuestra princesa reina de la Corte de la Luz.

– No puede ser cierto -dijo Usna. Él nos contemplaba a Abe y a mí.

– Juro que es cierto -dijo Abe.

– ¿Ha perdido Hugh la cabeza? -Preguntó Aisling-. Sin ánimo de ofender, Princesa, pero los luminosos no permitirán que una noble de la corte oscura que es en parte brownie, y en parte humana se siente en el trono de oro. No a menos que la corte haya cambiado mucho en los doscientos años de mi exilio.

– ¿Tú qué dices, Usna? -Preguntó Doyle-, ¿estás tan impresionado como Aisling?

– Dime primero si Hugh dio algún motivo para cambiar de opinión.

– Él habló de cisnes con cadenas de oro, y de que el mágico perro verde está en la Corte Luminosa una vez más -dijo Frost.

– Mi madre me dijo que el Cu Sith había impedido que el rey golpeara a una criada -dijo Usna.

– ¿Y tú no le contaste esto a nadie? -preguntó Abe.

Usna se encogió de hombros.

– No me pareció tan importante.

– Por lo visto, unos cuantos de los nobles han tomado la desaprobación del perro como un signo contra Taranis -dijo Doyle.

– Y además se ha vuelto loco, chiflado como una jodida liebre de marzo [7] -dijo Abe.

– Bueno, eso es lo que hay -dijo Doyle.

Aisling me miró.

– ¿Realmente te ofrecieron el trono de la Corte de la Luz?

– Hugh dijo algo sobre una votación entre los nobles, y que si el resultado de la misma fuera en contra de Taranis, que es lo que él confiaba que iba a suceder, entonces intentaría que me votaran a mí como heredera forzosa.

– ¿Y tú qué le dijiste? -preguntó Aisling.

– Le dije que tendríamos que hablar con nuestra reina antes de que yo pudiera contestar a su generosa oferta.

– ¿Cómo se lo tomará Andais, estará contenta, o se enfurecerá? -preguntó Usna.

Pienso que ésta era una pregunta retórica, pero le dije…

– No lo sé.

Doyle dijo…

– No lo sé.

Frost dijo…

– Ojalá lo supiera.

Teníamos la posibilidad de quedar atrapados entre un gobernante de las hadas que estaba loco y una gobernante de las hadas que era simplemente cruel. Y yo me había dado cuenta hacía ya años que la diferencia entre locura y crueldad no le importa mucho a una víctima.

CAPÍTULO 11

DOYLE Y FROST PREGUNTARON A USNA SI SU MADRE LE había contado algún nuevo cotilleo sobre la Corte Luminosa. Había bastantes. Por lo visto y desde hacía ya algún tiempo, Taranis actuaba de forma totalmente imprevisible. Cuando por fin llegábamos a las puertas de la mansión de Maeve Reed, Aisling preguntó:

– ¿Por qué me has llamado para participar en esta conversación? Taranis prohibió a todo el mundo bajo pena de tortura que me hablaran sobre la Corte Luminosa, por lo que no tengo nada nuevo que contar.

– El sithen luminoso te reconoció como su rey cuando llegamos a América -dijo Doyle -, y fuiste desterrado por eso.

– Soy consciente de lo que me costó mi lugar en la corte -admitió Aisling.

– En ese caso a la princesa le está siendo ofrecido tu legítimo trono -dijo Doyle.

Los ojos de Aisling se abrieron sorprendidos. Incluso a través del velo se percibió su asombro. Obviamente él no había sumado dos y dos, y ni se le había ocurrido la idea.

La puerta de la limusina se abrió, y Fred sostuvo la puerta. Nos quedamos sentados mientras esperábamos a que Aisling digiriera nuestro comentario.

– Cierre la puerta un momento, Fred -dije.

La puerta se cerró.

– Sólo porque el sithen me reconociera hace más de doscientos años, no significa que actualmente todavía sea su opción para ser rey -aclaró Aisling. -Y no es a mí a quien la nobleza ha hecho esa oferta.

– Quería que tú lo escucharas primero, Aisling -dijo Doyle-. No quería que pensaras que habíamos olvidado lo que el mundo feérico te había ofrecido una vez.

Aisling miró a Doyle durante un largo momento.

– Es lo más noble que has podido hacer, Doyle.

– Pareces sorprendido -le dije.

Él me miró.

– Doyle ha sido la Oscuridad de la reina durante mucho tiempo, Princesa. Estoy comenzando a comprender que algunos de sus buenos sentimientos pudieron quedar sepultados bajo el dominio de la reina.

– Esa es la manera más cortés que alguna vez he oído para decir que nosotros creíamos que eras un bastardo sin corazón, Doyle -dijo Abe.

Pequeñas arrugas se formaron a los lados de los ojos de Aisling. Creo que estaba sonriendo.

– No lo quería de decir de esa forma.

Doyle le sonrió.

– Creo que muchos de nosotros nos encontraremos con que bajo el cuidado de la princesa, somos mucho más nosotros mismos que desde hace mucho tiempo.

Todos me miraron, y el peso de esas miradas me avergonzó. Luché contra ese sentimiento y me senté erguida, intentando ser la princesa que ellos pensaban que era. Pero había momentos, como ahora, en que me sentía como si posiblemente no fuera lo que ellos necesitaban. Nadie podía satisfacer tantas necesidades.

Inhalé una brisa floral y primaveral. Una voz, que no era una voz y al mismo tiempo era más que eso, pulsó a través de mi cuerpo, canturreó a lo largo de mi piel y susurró. “-Seremos suficiente”.

Sabía que era una vieja idea aquella que decía que con el Consorte, o la Diosa a tu lado no podías perder. Pero había momentos en los que yo no estaba tan segura, de que ganar significara lo mismo para mí que para la Diosa.

CAPÍTULO 12

Nos juntamos TODOS en la puerta de la mansión como una marabunta de cuerpos. Perros, sabuesos-duende, nos saludaron con aullidos, ladridos, y con ruidos que sonaron como si estuvieran intentando hablar con nosotros. Teniendo en cuenta su origen sobrenatural yo no lo habría puesto en duda.

Había tantos perros, tratando de saludar a tantos amos diferentes en la puerta que no podíamos avanzar. Cuando los perros querían, actuaban como si nos hubiéramos ido días en vez de sólo unas horas. Mis perros se parecían más a unos galgos, pero no del todo. Había diferencias en la cabeza, las orejas, y el lomo, pero tenían su misma gracia muscular. Eran de color blanco, del más puro, un blanco tan brillante como mi propia piel, pero con marcas rojas, también igual como mi propio pelo. Minnie, diminutivo de Miniver, era blanca excepto por la mitad de su cara y una mancha grande de color rojo en su lomo. Su cara era asombrosa: roja por un lado, blanca en el otro, como si alguien se hubiera esmerado en dibujar una línea a lo largo de su cara. Mungo, mi pequeño, era un poco más alto, un poco más pesado, e incluso más blanco, con sólo una oreja roja para darle un toque de color.

Algunos de los sabuesos más grandes se parecían a los antiguos perros lobos irlandeses, antes de que se fueran mezclando con otras razas menos robustas. Había sólo algún sabueso entre los galgos, pero sobresalían por encima de todos los demás como montañas que se elevan encima de una llanura. Unos tenían el pelaje áspero, otros liso, pero en todos, su color era una variación de rojo y blanco. Luego estaban los terriers que se agolpaban alrededor de nuestros tobillos. Ellos, también, eran sobre todo blancos y rojos, excepto unos pocos que eran negros y marrones. Los negros y marrones, devueltos a la vida por la magia salvaje, eran la raza de la que la mayoría de los terriers modernos descendían.

Casi todos los terriers eran de Rhys, pero parecía lógico ya que él había sido el Dios de la Muerte. Nuestra gente ve la tierra de los muertos como un lugar subterráneo, la mayoría de las veces, por lo que era lógico que él poseyera los pequeños terriers [8]. No parecía hacer mucho caso a ninguno de los elegantes perros, o a los enormes perros de guerra. Se arrodilló entre la masa de perros que gruñían y ladraban, todos mucho más pequeños, y que brillaban por la alegría que les mostrábamos. Siempre habíamos sido un pueblo que honrábamos a nuestros animales. Los habíamos echado tanto de menos.

Había aún otra excepción en el color de los perros. Los sabuesos de Doyle. Estos no eran tan altos como los perros lobos, pero si más musculosos, más carne magra sobre hueso. Eran de la raza de perros que habían llegado con nosotros, los perros negros, los que los Cristianos habían apodado como Sabuesos del Infierno. Pero no tenían nada que ver con el diablo. Sólo eran unos perros negros, del mismo color negro que el vacío del cual ninguna vida procede. Antes de que hubiera luz, debió de haber oscuridad.

Doyle intentó andar sin ayuda, pero tropezó. Frost sujetó a su amigo por los brazos. Extrañamente, no había ningún perro para saludar a Frost. Él y algunos otros habían tocado a los perros negros, pero estos no se habían transformado en ninguna otra raza de perro para ellos.

Ninguno de nosotros sabía por qué, pero yo sabía que esto molestaba a Frost. Él temía, pensaba yo, que fuera un signo bastante claro de que él no era lo suficiente sidhe. En tiempos remotos él había sido la escarcha, Jack Frost, y ahora era mi Asesino Frost, pero siempre se sentía inseguro porque no había nacido sidhe, sino que fue creado.

Por encima de un mar de pequeños perros, se cernían unos seres alados y mágicos, los semi-duendes. Ser duendes sin alas entre ellos era una señal de gran vergüenza. Todos los que me habían seguido en el exilio no tenían alas, hasta que yo se las devolví con la nueva magia feérica. Penny y Royal, gemelos de cabello oscuro y brillantes alas me saludaron con la mano.

Les devolví el saludo. Ser saludada de esta manera por una nube de semi-duendes y nuestros perros era un honor que nunca pensé que tendría.

Me ofrecí para ayudar a Frost con Doyle, pero Doyle rehusó. Él no me miraba siquiera. Su supuesta debilidad le había herido profundamente. Uno de los perros negros más grandes me empujó, soltando un suave gruñido. Mungo y Minnie se alzaron, protestando y estirando sus cuellos. No era un forcejeo que deseara ver, así que me eché para atrás, llamándoles con mis manos.

Mis perros eran capaces de protegerme si llegara el caso, pero contra los perros negros parecían frágiles. Acaricié sus cabezas. Mungo la apoyó contra mi pierna, y fue un peso consolador. Nada me apetecía más que echar una siesta con mis perros al lado de la cama, o ante la puerta. No a todos mis hombres les gustaba tener un auditorio peludo, y a veces a mí tampoco. No obstante, teníamos una tarea que hacer antes de que pudiéramos descansar.

Teníamos que llamar a mi tía Andais, Reina del Aire y la Oscuridad, tan pronto como entráramos. Yo habría acostado a Doyle y Abe inmediatamente, pero Doyle había indicado que si alguien antes que nosotros le contaba a la reina que me habían ofrecido el trono de su rival, podría verlo como traición. Podría verlo como si me hubiera pasado al otro bando. Andais no se tomaba muy bien el rechazo, ningún tipo de rechazo.

Ya estaba bastante enojada conmigo porque la mayoría de sus más devotos guardias la habían dejado por mí. No es que la hubieran dejado por mí, sino que ellos me eligieron más bien como una posibilidad de tener sexo después de tantos siglos de forzado celibato. Por esto, la mayoría de los hombres se habrían ido con cualquier mujer. También ayudaba que yo no fuera una sádica sexual y mi Tía Andais sí, pero eso, también, era un hecho que mejor no airear.

Doyle había insistido en estar presente cuando se hiciera la llamada. Él quería que ella viera lo que Taranis le había hecho. Creo que Doyle pensaba que esa ayuda visual podría ayudar a controlar sus habituales ataques de cólera. Ella era más estable que Taranis, pero había momentos en los que mi tía no parecía completamente cuerda. ¿Le gustarían estas noticias inesperadas o las odiaría? La verdad, no tenía ni idea.

Doyle se sentó en el borde de mi cama. Yo me senté a su lado. Rhys a mi otro lado. Buscando un punto de humor, él dijo…

– Me prometiste sexo, pero te conozco, te distraerás a menos que me siente a tu lado. -Éste era un chiste mordaz que teníamos Rhys y yo. Pero Doyle había accedido a sentarse con nosotros demasiado rápidamente. Lo que me dejó saber que el daño de mi Oscuridad era peor de lo que él dejaba ver.

Frost se colocó en la esquina de la cama. Es más fácil sacar un arma cuando uno estaba de pie.

Galen se puso a su lado. Había insistido en ser incluido en la llamada, y nada ni nadie podrían disuadirle. Al final había sido más fácil dejarle hacer. El argumento de Galen de que al menos necesitábamos otro guardia sano tenía algún mérito. Pero pienso que tanto él, como yo, no estábamos muy seguros de cómo se tomaría Andais las noticias de la Corte Luminosa. Él tenía miedo por mí, y yo tenía miedo por todos nosotros.

Abe estaba en el lado más lejano de la cama. No había querido ser incluido, pero no había discutido la orden de Doyle. Creo que Abe tenía verdadero terror a Andais. ¡¡Igual que yo, no te digo!!

Rhys se movió hacia el espejo. Su mano estaba cerca del cristal, pero sin llegar a tocarlo.

– ¿Preparados? -nos preguntó.

Yo asentí. Doyle dijo…

– Sí.

– No -contestó Abe-, pero mi voto no cuenta, al parecer.

Frost sólo indicó…

– Hazlo.

Galen miraba el espejo con ojos un poquito demasiado brillantes. No era magia, eran los nervios.

Rhys tocó el espejo, utilizando tan poca magia que ni la sentí. El espejo permaneció nublado durante un momento, luego apareció el dormitorio negro de la reina. Pero ella no estaba allí. Su enorme colcha negra de piel estaba vacío salvo por una pálida figura.

Él yacía sobre su estómago entre las pieles negras y las sábanas. Su piel no sólo era blanca, o como la luz de la luna igual que la mía, sino tan pálida que tenía una calidad translúcida. Era como si la piel se pudiera formar del cristal. Salvo que este cristal estaba cuarteado con largas cuchilladas carmesíes en los brazos y piernas. Ella había dejado su espalda y nalgas intactas, lo que probablemente significaba que los cortes eran para persuadir y no torturar. A Andais le gustaba ir a por el centro del cuerpo cuando quería causar dolor sólo por el placer de causarlo.

La sangre brillaba tenuemente bajo las luces, y ese brillo tenía la calidad de una joya que nunca había visto en la sangre con anterioridad. Todo el cabello del hombre se extendía a un lado de su cuerpo, combinando con la luz y creando pequeños prismas de colores. Él estaba tan silencioso, que por un momento pensé que las heridas eran más horribles de lo que podíamos ver. Entonces vi cómo subía y bajaba su pecho. Estaba vivo. Herido, pero vivo.

Susurré su nombre…

– Crystall.

Él se dio la vuelta, despacio, obviamente dolorido. Apoyó su mejilla contra la piel que tenía debajo, y nos contempló con unos ojos que me parecieron vacíos, como si ya no hubiera ninguna esperanza. Lastimó mi corazón ver esa mirada en sus ojos.

Crystall no había sido mi amante, pero había luchado con nosotros en el sithen. Había ayudado a defender a Galen cuando podría haber muerto en cualquier lugar. La reina había decretado que todos los guardias que lo desearan podían seguirme en el exilio, pero como habían sido demasiados los que habían optado por venir, había tenido que retractarse de su tan generosa oferta. Los hombres que se habían marchado estaban seguros conmigo. Los hombres que no habían estado en los primeros grupos que Sholto, el Señor de Aquello que Transita por el Medio, había traído a Los Ángeles, quedaron atrapados en el sithen con ella. Atrapados con una mujer que no se tomaba muy bien el rechazo, cuando ellos habían elegido abiertamente a otra mujer. Estaba viendo que la otra mujer, mi tía, pensaba lo mismo.

Extendí la mano hacia el espejo como si yo pudiera tocarlo, pero no era uno de mis poderes. No podía hacer lo que Taranis había hecho tan fácilmente hoy mismo, más temprano.

– Princesa -susurró Crystall, y su voz sonó ronca, áspera. Sabía por qué su voz sonaba así. Los gritos eran la causa. Lo sabía porque yo había pedido piedad a la reina más de una vez. La misericordia de la reina había creado un refrán entre los sidhe Oscuros, que decía… “Si haces eso, obtendrás la piedad de la reina”.

Andais veía el exilio del mundo hada como algo peor que cualquier tortura que ella pudiera idear. No entendía por qué tantas hadas lo habían elegido. Como no había entendido por qué mi padre, Essus, nos llevo a mí y a nuestra casa al exilio en el mundo humano después de que Andais tratara de ahogarme cuando tenía seis años. Si yo era lo suficiente mortal para morir ahogada, entonces no era lo suficiente sidhe para vivir. Del mismo modo que uno ahogaría a un cachorro cuando tu perra de pura raza no se había apareado con quien tú soñabas, sino con algún chucho que hubiera saltado la valla.

Andais se había sobresaltado cuando mi padre dejó el mundo de las hadas para vivir entre los humanos, y había estado igualmente impresionada cuando, muchos años más tarde, casi toda su guardia me había seguido a las tierras Occidentales. Para ella, dejar el mundo hada era peor que la muerte, y no podía entender por qué eso mismo no era el peor de los destinos incluida la muerte para el resto. Lo que ella no entendía era que la piedad de la reina se había transformado en un destino aún peor que el exilio.

Miré fijamente al luminoso Crystall, a sus ojos desesperados, y mi garganta se cerró por las lágrimas que sabía que no podía permitirme derramar. Andais nos había dejado un presente para admirar, pero ella observaría, y vería las lágrimas como una debilidad. Crystall era su ayuda visual. Su ejemplo para nosotros, para mí. No estaba segura de cuál se suponía que tenía que ser el mensaje, pero en su mente había uno. Pero, que la Diosa me ayudara, además de sus celos y odio por el rechazo, yo no podía ver ningún otro mensaje.

– Oh, Crystall – dije-. Lo siento.

Tiempo atrás, su voz me hacía recordar el sonido de las campanillas en una suave brisa. Ahora su respuesta sonó como un dolorido carraspeo.

– Tú no me hiciste esto, Princesa.

Sus ojos parpadearon hacia donde yo sabía que estaba la puerta de la habitación, aunque yo no podía ver esa parte del cuarto. Su rostro se nubló, y durante un momento donde antes hubo desesperación ahora había rabia. Una rabia que le llenó, y que escondió tras sus párpados, para luego mostrar otra expresión tan neutra como pudo conseguir.

Recé para que Andais no hubiera visto ese momento de pura rabia. Trataría de golpearlo si ella lo supiera.

La reina barrió la habitación con su largo vestido negro. Éste tenía una abertura en el centro dejándonos vislumbrar un triángulo de su carne blanca, la perfección plana de su estómago y su ombligo. Había una cinta delgada atada por fuera a la altura de sus pechos, apretándolos para así evitar que se derramaran hacia fuera. Las mangas eran tan largas y amplias que nos dejaban ver casi la mayor parte de sus antebrazos desnudos. Debía de haberse retirado por alguna causa importante, porque llevaba puesta mucha ropa estando Crystall todavía en su cama. No estaba suficientemente herido para que ella hubiera acabado con él.

Ella había atado su largo pelo negro atrás en una coleta suelta. La cinta que había elegido era roja. Nunca la había visto con algo rojo con anterioridad, ni un retazo de tela. El único rojo que a la reina le gustaba en su persona era la sangre de otra gente.

No podía explicarlo, pero esa cinta roja hizo que mi estómago se encogiera aún más, y mi pulso cobrara velocidad. Andais se deslizó por la cama, delante de Crystall, pero lo bastante cerca como para que ella pudiera acariciar la carne inmaculada de su espalda. Le acarició ociosamente como si fuera un perro. Él se estremeció ante el primer roce, luego se calmó e intentó imaginar que no estaba allí.

Ella nos miró con sus ojos tricolores: carbón, nubes de tormenta, y un pálido gris invernal que era casi blanco. Sus ojos combinaban perfectamente con el pelo negro y su piel pálida. Su imagen era tan gótica como la de Abe, excepto que ella era más espeluznante que cualquier gótico del planeta. Andais era una asesina en serie de la peor calaña, y era la hermana de mi padre, mi reina, y no había nada que yo pudiera hacer sobre esto tampoco.

– Tía Andais -le dije-, acabamos de llegar del hospital y tenemos que comunicarte bastantes noticias. -Habíamos acordado que teníamos que ser claros desde el principio y contarle todas las novedades en cuanto tuviéramos la primera oportunidad.

– Mi reina -dijo Doyle, haciendo una flexión torpe hasta donde las vendas se lo permitían.

– Han llegado a mis oídos muchos rumores este día -dijo, con voz que según algunos era un sonido ronco y seductor, pero que a mí siempre me llenaba del más puro temor.

– La Diosa sabe qué rumores son esos -dijo Rhys mientras se movía para atrás y así poder apoyarse en la cama, cerca de mí. -La verdad es extraña a veces. -Él lo dijo con una sonrisa y con su ligereza habitual.

Ella le dirigió una profunda mirada que era de todo menos amistosa. El que no hubiera ningún indicio de humor en aquella mirada, fue una clara indicación. Ella giró sus ojos enojados hacia Doyle…

– ¿Quién podría querer herir a la misma Oscuridad? -Su voz sonó enojada, y casi desinteresada. Ella lo sabía, de alguna manera ya lo sabía. ¿Quién demonios había hablado?

– Cuando la Luz aparece, la Oscuridad desaparece- dijo Doyle, en su mejor y más inexpresiva voz.

Ella marcó con sus brillantes uñas pintadas toda la longitud de la espalda de Crystall. Dejando marcas rojas, aunque sin llegar a romper completamente la piel. Crystall giró su cara lejos del espejo y de ella, con miedo, pienso, de no poder controlar su expresión.

– ¿Qué luz es tan brillante que puede conquistar a la Oscuridad? – preguntó.

– La de Taranis, Rey de la Luz y la Ilusión. Su mano de poder todavía es poderosa -respondió Doyle, su voz sonó incluso más vacía que antes.

Ella hincó y pasó sus uñas desde las nalgas de Crystall hasta llegar justo por debajo del omóplato, como si pensara en escarbar en la carne de su espalda. La sangre comenzó a mostrarse alrededor de su mano, como el agua cuando fluye de un agujero en la tierra, despacio, filtrándose hacia arriba.

– Pareces preocupada, Meredith. ¿Por qué podría ser? -Su voz era casi casual, excepto por aquel filo de crueldad.

Decidí concentrarme en buscar algo que pudiera distraerla de atormentar al hombre que permanecía en su cama.

– Taranis nos atacó desde el espejo en la oficina del abogado. Hirió a Doyle, y Abeloec. Iba a por mí cuando Galen me sacó de su punto de mira.

– Oh, Dudo que él pensara herirte, Meredith, incluso en su locura. Sospecho que él aspiraba más a darle a Galen.

Parpadeé. Por la manera en que lo dijo, significaba que ella sabía algo que a nosotros se nos había pasado por alto.

– ¿Por qué apuntaría a Galen?

– Pregúntate primero, sobrina, por qué acusó a Galen, Abeloec y Rhys de violar a Lady Caitrin. -Su mano se clavó más profundamente en la carne de Crystall, haciendo que diminutas líneas rojas comenzaran a gotear por su piel.

– No lo sé, Tía Andais -le dije, y luché por mantenerme calmada y vacía. Trataba de no mostrar miedo o cólera, aunque ahora mismo, el miedo fuera con mucho la emoción más fuerte. Ella estaba enojada, y yo no sabía por qué. Si ella supiera algo sobre la oferta que me habían hecho del trono Luminoso, entonces podría estar enfadada por eso, pero si yo se lo dejaba caer de buenas a primeras, ella pensaría que me sentiría culpable y no lo hacía. Era siempre tan difícil de tratar, vaya era como estar en medio de un campo de minas. Uno sabe que tiene que ponerse a resguardo, pero ¿cómo hacerlo sin que explote? Ésa era siempre la pregunta.

– Oh, venga, Meredith, piensa. ¿O es que sois tan poco Oscuros y tan Luminosos que en todo en lo que puedes pensar es en la fertilidad?

– Pensaba que mi fertilidad era el tema más importante si se supone que debo ser tu heredera… ¿no es así, Tía Andais?

Ella unió sus dedos, forzando un gemido en Crystall. Ella había hecho arañazos sangrientos a lo largo de su espalda que destacaban como una flor maligna esculpida en su carne. Andais levantó su pálida mano, por lo que yo pude ver el goteo de la sangre bajar por sus dedos.

– ¿Vas a ser mi heredera, Meredith, o hay algún otro trono que te interese más?

Allí estaba, había dicho lo suficiente para que yo pudiera hablar.

– Es verdad que cuando Taranis fue sometido por su nobleza, ellos me ofrecieron una posibilidad para sentarme en su trono.

– Les dijiste que sí -siseó ella levantándose y caminando hacia mí, acortando la distancia en el espejo.

– No, no lo hice. Les dije que tendríamos que discutir todo lo acontecido con nuestra reina, contigo, Tía Andais, antes de que yo les pudiera decir que sí o que no.

Ella estaba ahora pegada al espejo, bloqueando nuestra visión de la cama y de Crystall. Su cólera había despertado su poder. Su piel comenzaba a brillar. Sus ojos se llenaban de luz, pero no brillaban igual que la mayoría de los ojos sidhe brillaban con el poder. Parecía haber luz detrás de sus ojos, como si alguien hubiera puesto una vela detrás de todo aquel gris y negro. Para el resto de nosotros, en su mayoría, los colores brillaban individualmente, pero no en ella. Era la reina, y tenía que ser diferente.

– Oí que te apresuraste a aceptar, pequeña puta desagradecida.

– Entonces te han mentido, Tía Andais -Luché por mantener mi voz neutra.

– Sí, recuérdame que eres de mi sangre, mi última posibilidad de tener a alguien de mi línea sanguínea gobernando después de mí. Si consigues quedarte embarazada, Meredith. La diosa sabe que jodes con todo lo que ves. ¿Por qué no estás embarazada?

– No lo sé, Tía, pero lo que si sé es que vinimos directamente aquí desde el hospital. Que cuando entramos en la casa, fuimos directos a este espejo. Vinimos para llamarte y decirte todo lo que nos había pasado. Te juro por la Oscuridad que Come todas las Cosas que no les dije a los Luminosos que yo me sentaría en su trono. Les dije que teníamos que hablar con nuestra reina antes de contestarles.

Sus ojos habían comenzado a atenuarse. Su poder comenzaba a replegarse. Lo que encogía mi estómago se alivió un poco. Había usado un juramento que ningún duende habría tomado a la ligera. Había poderes más antiguos incluso que las hadas, y esperaban en la oscuridad para castigar a los que habían roto tal juramento.

– ¿De verdad no acordaste sentarte en el trono dorado y abandonar nuestra corte?

– No lo hice.

– Debo creerte, sobrina, pero el grueso de la Corte de la Luz cree que tú serás la siguiente Reina de su Corte.

Doyle se alzó y me tocó con su brazo sano, al mismo tiempo que Rhys tocaba mi hombro. Toqué el muslo de Doyle ligeramente y puse mi mano en la mano de Rhys.

– Lo que digan, o piensen, no puedo controlarlo, pero no lo acepto.

– ¿Por qué no? -me pregunté ella.

– Tengo amigos y aliados en la Corte de la Oscuridad. A mi parecer no tengo tal cosa en la Corte de la Luz.

– Debes de tener allí aliados poderosos, Meredith. Mientras nosotros hablamos, ellos están votando que Taranis es incapaz de gobernar. Luego te votarán como su reina. No harían eso a menos que tú te hubieras acercado a la nobleza de esa Corte. Debes de haberte ganado su favor antes. Debes de haber celebrado bastantes reuniones clandestinas de las cuales yo no tenía constancia, y de las que ninguno de nuestros guardias me dio informe.

Yo comenzaba a ver de dónde prevenía su cólera, y no podía culparla completamente.

– Uno de los motivos por lo que les dije claramente que no, y también que debía comentarlo contigo primero, fue exactamente eso, Tía Andais. A mí no se me ha acercado en modo alguno su nobleza. Taranis era casi extrañamente persistente en su deseo de tenerme en una de sus celebraciones de Yule, pero aparte de esto, no he tenido ningún trato con la Corte de la Luz. Te lo juro. Por eso la oferta se me hace sospechosa en cuanto a lo que ellos realmente quieren de mí.

– Conozco a Hugh. Es un animal político. Él no te lo habría ofrecido a menos que tuviera una razón de peso para hacerlo. ¿Me juras que él nunca se te ha acercado antes por este tema?

– Lo juro -contesté.

– Oscuridad, dime exactamente qué pasó.

– Temo, mi reina, que poco te puedo ayudar en este caso. Para mi más profunda vergüenza, estuve inconsciente la mayor parte del tiempo.

– No pareces herido.

– Halfwen me curó en el hospital o si no todavía estaría allí.

– Abeloec -dijo ella.

Abe se movió detrás de nosotros en la cama. Él había tratado de pasar desapercibido.

– Sí, mi reina.

– ¿Sabes por qué Taranis te hizo su objetivo?

Él se sentó despacio, teniendo cuidado por su espalda, y terminando por quedar casi a gatas detrás de nosotros.

– En tiempos pasados mi poder era necesario para la elección de una reina, como necesario era el poder de Meabh para la elección de un rey. Creo que Taranis oyó los rumores de que mi poder me había sido devuelto en parte. Pienso que él temió que yo ayudaría a convertir a Meredith en una verdadera reina hada. Si hubiéramos sabido que cualquiera de su nobleza soñaba con ofrecerle el trono, entonces las acusaciones contra mí habrían tenido algún sentido. Ya que él me quería lejos de la princesa.

– Galen -dijo ella-, ¿Por qué te hizo su blanco?

Galen pareció nervioso durante un momento. Luego negó.

– Lo desconozco.

– Vamos, Galen, Caballero Verde, hombre verde, ¿por qué?

Tuve un presentimiento.

– Él conocía la misma profecía que Cel recibió de ese vidente humano -contesté.

– Sí, Meredith, esa según la cual tú y el hombre verde devolveríais la vida a las Cortes. Taranis ha cometido el mismo error que cometió mi hijo. Él pensó que Galen era el hombre verde que profetizaban. Ninguno de ellos recuerda nuestra historia.

– El hombre verde quiere decir Dios, el Consorte -dije.

Andais asistió. Ella giró sus ojos hacia Rhys.

– ¿Y tú, por qué? ¿Ya lo has deducido?

– Escucharía el rumor de que soy nuevamente Cromm Cruach. Si yo realmente tuviera de nuevo mi poder original, entonces sí tendría que temerme.

– El rumor de que puedes llevar a la muerte a un duende con sólo un roce otra vez. ¿Ése rumor es cierto?

– Lo he hecho una vez -dijo-, pero si puede ocurrir otra vez, no lo sé.

– El rumor podría ser suficiente para Taranis -dijo ella. Se veía más calmada. Casi bien. Ella miró a Doyle. -Entiendo por qué él te atacó. Si yo intentara matar a la princesa, te mataría a ti el primero, pero él se equivocó al no apuntar a nuestro Asesino Frost. -Andais giró aquellos tranquilos ojos hacia el hombre grande que permanecía silencioso al lado de la cama. -Matar a Meredith y sobrevivir requeriría de vuestras dos muertes, ¿no es así, Asesino Frost?

Frost se humedeció los labios. Tenía razón para estar nervioso. No era un tema de conversación que quisiéramos tener con nuestra reina.

– Así es, mi reina -concedió él.

– ¿Te pidió la Corte de la Luz la misma condición que yo he exigido? ¿Tienes que tener un niño antes de poder sentarte en su trono?

– No, ellos me ofrecieron el trono sin condiciones, salvo que la nobleza de la Corte de la Luz tenía que votar para echar a Taranis y colocarme a mí.

– ¿Qué piensas de esto, Meredith?

– Me siento adulada, pero no soy estúpida. Me pregunto si la nobleza tiene algún plan para hacer su propia elección, y la oferta que me hicieron a mí sólo es para comprar tiempo que les permita consolidar su propia oferta por el trono. Su voto para ponerme sobre el trono reduciría la marcha en el proceso de erigir un nuevo rey, o reina, ante toda la Corte de la Luz.

Andais sonrió.

– ¿Doyle te sugirió este razonamiento?

– No, mi reina -dijo Doyle. -La princesa es consciente de que la Corte Luminosa tiene potencial para la traición.

– ¿Es verdad que Taranis casi te mató a palos cuando eras una niña?

– Sí – contesté. En mi cabeza añadí… “exactamente como tú trataste de ahogarme”. Pero mantuve la boca cerrada.

Andais sonrió como si hubiera recordado lo mismo y éste fuera un momento de felicidad para ella.

– Meredith, Meredith, deberías de aprender a controlar tu cara. Tus ojos traicionan cuánto me odias.

Bajé la mirada, no segura de qué decir, ya que eso no era mentira.

Ella se rió, y ese sonido al mismo tiempo que era tan encantador, me hizo estremecer como si mi propio cuerpo fuera el que descansara en su cama incapaz de protegerse de lo que vendría después. Quise salvar Crystall de ella, pero no podía hallar un modo de hacerlo. Si lo intentaba y fallaba sólo haría que su daño fuera peor. Andais pensaría que él era especial para mí, y eso la divertiría tanto que lo rebanaría aún más.

– Ahora que sé que tú no has estado encontrándote con Hugh y la nobleza Luminosa en secreto, estoy de acuerdo en que lo que quieren es traición. Quizás tú sólo serás el pretexto para atraer a cualquier aspirante a asesino. O quizás es lo que dices, que ellos simplemente quieren lanzar tu nombre de momento mientras buscan a alguien más de su propio poder. Pienso que este caso es el más probable, pero la oferta es tan completamente inesperada que no he tenido tiempo para pensar en ella con claridad.

Lo que ella quería decir era que la habíamos convencido de que yo no la engañaba con la Corte de la Luz, y que antes había estado demasiado enojada para pensar claramente. Me guardé mi deducción para mí misma. Tenía mi expresión lo bastante controlada como para mirar a través de ella. O eso esperaba. ¿Cómo puedes saber si la expresión de tu cara es neutra?

– El hecho de que Taranis sepa de la profecía de Cel, conseguida por el vidente humano significa que alguien de confianza de Cel le está espiando para el rey de la Corte Luminosa. -Ella se dio un golpecito en la barbilla con una uña ensangrentada. – ¿Pero quién?

Hubo un sonido en el espejo, casi el resonar de unas espadas. Eché un vistazo al reloj.

– Esperamos una llamada de Kurag, el Rey Trasgo -dije.

– ¿Tienes una llamada en espera en tu espejo? -preguntó ella.

Asentí.

– Nunca he oído tal cosa. ¿Quién hizo ese hechizo?

– Yo -dijo Rhys. Su cara todavía parecía ligeramente divertida, pero había cautela en sus ojos.

– Tendrás que hechizar mi espejo también.

– Como deseéis, mi reina -concedió él, con voz agradablemente neutral.

El metálico sonido de espadas sonó otra vez.

– Quizás deberías regresar a la corte y hacer esto hoy.

– Disculpa, tía Andais, Rhys tiene turno en mi cama si es que podemos conseguir algo más de tiempo entre llamadas y emergencias.

– ¿Te trastornaría mucho si vieras su pálida carne sangrar en mi cama como a Crystall?

No había ninguna respuesta segura a aquella pregunta.

– No sé qué quieres que diga, tía Andais.

– La verdad sería agradable.

Suspiré. Doyle apretó mi mano. Rhys se tensó a mí lado. Precisamente entonces Galen explotó…

– ¿Qué importa eso? Taranis no atacó. Estaba tan loco que su propia nobleza tuvo que echársele encima y llevárselo. ¡Él está a punto de no ser elegido como el rey de la Corte de la Luz, y tú quieres pasar el tiempo atormentando a Merry con nosotros! -Caminó hasta quedar cerca del espejo y siguió gritándola. -Hoy, Doyle casi pierde la vida. Merry podría haber muerto también, y de esa manera tú nunca tendrías a un niño que llevara tu sangre en ningún trono. La nobleza Luminosa está tramando algo bastante peligroso que implica a nuestra corte, y tú quieres jugar a estos juegos estúpidos y dolorosos. Te necesitamos para que seas nuestra reina, no nuestra atormentadora. Necesitamos ayuda aquí. Que la diosa nos salve, pero así son las cosas.

Podríamos haber saltado sobre él para que permaneciera callado, pero pienso que estábamos demasiado atontados para hacer algo. El silencio fue pesado, sólo roto por la trabajosa respiración de Galen.

Andais le contempló como si acabara de aparecer. No era una mirada amistosa, pero tampoco era una mirada hostil.

– ¿Qué ayuda esperas obtener de mí, Caballero Verde?

– Intenta averiguar por qué Hugh ofreció el trono a Merry, realmente el por qué.

– ¿Qué razón dio él? -preguntó ella con una voz extraordinariamente tranquila.

– La presencia allí de los cisnes con cadenas doradas, y que un Cu Sith impidió al rey golpear a una criada. Los Luminosos piensan que Merry es la responsable o le han dado el crédito del regreso de la magia.

– ¿Y fue ella? -preguntó Andais con un filo de crueldad que comenzaba a insinuarse de nuevo.

– Sabes que ella lo hizo -respondió Galen, y ya no había cólera, sólo una especie de honradez, como si esto sólo fuera la verdad.

– Quizás -dijo Andais. Me recorrió con la mirada. -Intentaré averiguar si Hugh es honesto, o tan traidor como pensamos. Debes de tener alguna magia sobre los hombres que no veo, Meredith. Incluso sin follarte a Crystall, él parece extrañamente leal a ti. Le quebrantaré a mi manera otra vez, luego elegiré a otro de los hombres que me habrían abandonado por ti. A todo Sidhe que prefirió haberte seguido en el exilio a permanecer conmigo en el sithen. -Dijo lo último casi con voz pensativa, como si realmente no lo entendiera.

La verdad era que no era del sithen de donde ellos quisieron marcharse, sino de su sádico cuidado, pero esa era una verdad que era mejor callarse.

– Si la oferta Luminosa es genuina, Meredith, podrías pensar en considerarlo.

Una sensación de miedo me traspasó.

– Tía Andais, no lo entiendo.

– Cada hombre que te prefiere me hace odiarte un poco más. Pronto, mi odio incluso pueda pesar más que mi deseo de que te sientes en mi trono. En el trono dorado de la Corte de la Luz estarías más segura de mi cólera.

Humedecí mis labios que de repente estaban secos.

– No hago nada para enfadarte a propósito, mi reina.

– Y eso es lo que me enfurece más de ti, Meredith. Sé que no lo haces a propósito. Simplemente, es que de alguna manera me estás separando de mi nobleza y mis amantes. Tu magia Luminosa los aleja.

– Tengo las manos de poder de la carne y la sangre, esas no son manos de poder Luminosas, Tía.

– Sí, y el vidente de Cel dijo que si alguien de carne y sangre se sentaba en el trono Oscuro él moriría. Cel pensó que eso significaba su propia mortalidad, pero no es así. -Ella me miró, y en ella había otra clase de crueldad, aunque no estuviera segura de qué exactamente. -Cel grita tu nombre por las noches, Meredith.

– Él quiere mi muerte si pudiera conseguirla.

Ella sacudió la cabeza.

– Él se ha convencido de que si está contigo, los dos tendréis un hijo, y él sería el rey de su reina.

Mi boca no pudo quedarse más seca, ni mi corazón podía ir más rápido.

– No se como iba funcionar eso, Tía Andais.

– Pues como iba a funcionar… pues follando, Meredith. La mecánica de esa función sería muy simple.

Lo intenté otra vez, mientras Doyle y Rhys se agarraban a mí con más fuerza. Incluso Abe se movió en mi espalda para poner su cara contra mi pelo. Tocándome para consolarme.

– Supongo que lo que quise decir era que no creo que Cel y yo fuéramos una buena pareja dirigente.

– No parezcas tan asustada, Meredith. Sé que Cel no te dejaría embarazada, pero él se ha convencido de ello. Sólo te lo estoy advirtiendo. Él ya no quiere matarte, pero sí mataría a cada amante que tengas, si pudiera.

– Él está… -traté de pensar en un modo de decirlo-…libre.

– No está encarcelado, pero siempre está bajo custodia. No quiero que mis propios guardias maten a mi único hijo para proteger a mi otro heredero. -Ella sacudió la cabeza. -Ve, llama al rey trasgo. Trataré de averiguar si la oferta de Hugh al trono dorado es real o falsa. -Ella caminó hacia la cama cuando dijo estas últimas palabras. -Pero primero sacaré mi cólera y frustración hacia ti con tu Crystall. Que sepas que cada corte es una herida que yo haría en tu nívea piel si yo ya no necesitara tu cuerpo. -Andais avanzó lentamente hacia la cama y alcanzó a Crystall. Un cuchillo había aparecido en su mano a través de la magia o bien estaba escondido entre las sábanas.

Frost llegó el primero al espejo y lo limpió con un toque. Nos quedamos mirando nuestras propias imágenes, pensando en lo que estaría ocurriendo. Mis ojos permanecieron muy abiertos, y mi piel aún más pálida.

– Mierda -dijo Rhys.

Eso lo resumía todo.

CAPÍTULO 13

EL ESPEJO SONÓ OTRA VEZ, UN CHOQUE ESTRIDENTE DE espadas, como si las hojas chirriaran una contra la otra. Me hizo brincar.

Rhys nos miró a Doyle y a mí, y Doyle dijo…

– Deja que Abe y yo quedemos fuera de la vista. Creo que cuanta menos gente del mundo feérico sepa de este rumor mejor.

Él apretó mi mano una última vez. Entonces trató de levantarse con su facilidad de movimiento habitual, pero se detuvo a mitad del gesto. No fue tanto un estremecimiento, como que simplemente dejó de tratar de incorporarse.

Puse una mano sobre su espalda para estabilizarlo. Frost asió uno de sus brazos, y fue probablemente más él que yo el que ayudó a Doyle a levantarse. Doyle trató de alejarse del brazo de Frost, pero tropezó. Frost consiguió sujetar firmemente a su amigo. Doyle realmente se apoyó un poco en el otro hombre, lo que significaba que estaba muy dolorido.

– No te tomaste la medicación para el dolor que el hospital te dio, ¿verdad? -pregunté.

El espejo resonó otra vez, un sonido aún más furioso que antes, como si el siguiente sonido de espadas fuese a romper una de las hojas.

– Los trasgos no son conocidos por su paciencia, Meredith -dijo Doyle con voz tensa-. Debes contestar a la llamada -Él comenzó a moverse, y no luchó contra la ayuda de Frost, lo que significaba que en efecto le habían hecho mucho daño. Más daño del que él había dejado entrever. El pensamiento de que mi Oscuridad estaba así de herido hizo que mi estómago y pecho se encogieran, no sólo porque lo amaba, sino porque él era el mayor guerrero que yo tenía. Frost podría ser bueno en la batalla, pero para la estrategia el mejor era Doyle. Le necesitaba, de tantas formas diferentes le necesitaba.

Todo esto se debió reflejar en mi cara porque él me dijo…

– Te he fallado.

– Taranis trató de quemar tu cara -dijo Rhys-. Tú no le has fallado a nadie.

El funesto sonido de las espadas llenó el cuarto otra vez.

– Vete -dijo Rhys-. Me quedaré con ella.

– No te gustan los trasgos -dijo Frost.

Rhys se encogió de hombros.

– Maté al que tomó mi ojo. Esa fue una venganza bastante buena. Además, no os fallaré a ti y a Merry comportándome como un bebé grande. Ve, descansa y tómate tus medicinas.

– Yo llevaré a Doyle -dijo Galen.

Todos lo miramos.

– Si Merry no puede tener a Doyle a su lado durante esta llamada, entonces necesitará a Frost -dijo él.

Abe había logrado bajarse de la otra cama.

– Veo que nadie se preocupa de si yo podría necesitar ayuda.

– ¿Necesitas ayuda? -preguntó Galen, mientras se movía para recoger a Doyle de los brazos de Frost. Él realmente ofreció su otra mano a Abe.

Abe examinó su cara durante un instante, luego sacudió la cabeza, pero paró el movimiento como si éste le doliera.

– Puedo andar, muchacho. Los hombres del rey saltaron sobre él antes de que pudiera hacerme más daño en la espalda.

Él se movió hacia la puerta despacio, pero seguro.

Doyle dejó a Galen ayudarle a salir fuera del alcance del espejo e ir hacia la puerta. Frost se reunió con Rhys y conmigo. Rhys fue hacia el espejo, luego vaciló.

– Odio esto de que vayas a estar con esos dos esta noche.

– Ya hemos tenido esta discusión antes, Rhys. Por cada trasgo medio-sidhe al que devolvamos a su pleno poder, nuestra alianza con los trasgos se alargará un mes. Necesitamos su poder para mantenernos seguros -dije.

El espejo dejó oír su feo sonido otra vez.

– Los trasgos no esperan con paciencia -dijo Frost.

– Los necesitamos, Rhys -dije.

– Lo sé. Lo odio, pero lo sé -dijo Rhys. Una mirada pasó sobre su cara demasiado rápidamente para que yo la leyese-. Un día de estos me gustaría que pudieras hacer las cosas sólo porque quieres hacerlas, no porque estés obligada a hacerlas.

Yo no estaba segura de qué decir a esto.

Rhys extendió la mano hacia el espejo. El chillido metálico se elevó in crescendo. Luché contra el impulso de cubrir mis oídos. No podía permitirme mostrar debilidad en relación con los trasgos. Las dos altas cortes feéricas usarían esa debilidad en su ventaja. La cultura de los trasgos simplemente veía la debilidad como una razón para abusar de ti. Para los trasgos eras presa o depredador. Yo trabajaba con mucha fuerza para no ser la presa.

El espejo era de repente una ventana perfecta al salón del trono de los trasgos. Sin embargo, su rey no estaba allí. Ash y Holly estaban de pie solos ante el trono de piedra vacío. Era la mano de Ash la que estaba sobre el cristal cuando los vimos, su magia era la que hacía al espejo sonar como una batalla.

Miraba con sus ojos totalmente verdes hacia el espejo. No había ninguna pupila, sólo una ciega extensión de un perfecto verde hierva rodeada por un poco de blanco. Su pelo era amarillo, corto, porque sólo a los varones sidhe les está permitido llevar el pelo largo, pero su piel parecía besada por el oro. No centelleaba con destellos dorados como la de Aisling, pero casi casi. Ambos gemelos tenían la piel Luminosa, la piel de luz de sol. La piel de luz de luna como la mía, y la de Frost, era abundante en ambas cortes. Aquel color de oro, casi como un bronceado dorado, era exclusivamente Luminoso. Los ojos eran del todo trasgo excepto por el color. Holly anduvo a zancadas hasta el espejo para apoyar a su hermano. Él era idéntico salvo que sus ojos eran el color de las bayas rojas de acebo, como su nombre [9]. El color rojo sin pupilas no era sólo un rasgo trasgo, sino trasgo de Gorra Roja.

Rhys retrocedió hasta quedar de pie a mi lado de forma que yo quedara situada entre él y Frost.

– El trato se ha terminado -dijo Holly, su hermosa cara estaba crispada por la rabia. Él era por lo general el que primero perdía su temple.

– Hacernos esperar así es hacernos perder el respeto delante de todos -dijo Ash. Él no parecía mucho más razonable que su hermano, lo que era malo, ya que Ash era la voz de la razón entre los dos hermanos.

– La reina Andais nos ha tenido entretenidos mucho tiempo -dijo Frost.

Rhys sólo se me acercó, como si la sola cólera de los gemelos me pudiera hacer daño.

Sus ojos se giraron hacia mí.

– ¿Es eso cierto, Princesa? -preguntó Ash.

– La reina tenía mucho que mostrarnos -dije, y dejé que mi voz reflejara un poco del trastorno que sentía sobre Crystall y su destino en su cama.

– Ella se ha estado entreteniendo con los sidhe que dejaste atrás -dijo Ash.

Holly pareció realmente inquieto, su cólera se disipó, lo que era extraño en él.

– ¿Ha hablando la reina con vosotros?

Ellos intercambiaron una mirada. Ash contestó…

– Por lo visto, la reina disfrutó mirándonos lamer su sangre en tu piel. No pensábamos que ningún sidhe, aunque fuera oscuro, sería tan trasgo en sus gustos.

La sangre de Andais había caído sobre mí durante su reciente tentativa de asesinarme. Ella no había estado contenta conmigo ese día. Últimamente estaba más contenta por lo que los intentos de asesinato habían cesado, y además estaba pagando mis facturas legales.

– ¿Os ofreció ella su cama?

– No hablamos contigo Asesino Frost -dijo Holly.

Puse una mano sobre el brazo de Frost, dejándole saber que estaba bien.

– Debo considerar el orgullo de todos los hombres en mi vida -dije-. Frost es uno de esos hombres, y si esta noche transcurre como hemos planeado todos, tú lo serás, también. Sé que sientes que te insultamos no haciendo caso de tu llamada, pero todos nosotros tenemos que esperar ante los deseos de la reina.

– Nosotros no lo hacemos -dijo Holly.

– ¿Vosotros la rechazasteis? -Le pregunté.

– Comenzamos la negociación con lo que sería hecho y por quién -dijo Ash-, pero ella no permitiría que su cuerpo fuese dañado. Ella sólo deseaba hacer daño a otros.

– ¿Realmente trató de negociar que ella os torturaría a ambos durante el sexo? -Pregunté.

– Sí -dijo Holly casi gritando.

– Ella no sabía que ofreceros eso era el más grave de los insultos -dije.

– Pero tú sí lo sabías.

Asentí.

– Visité la corte trasgo muchas veces durante mi infancia. Era una de las pocas cortes feéricas donde mi padre sintió que era seguro traerme cuando era niña.

– Él no te habría permitido ir a la Corte Luminosa -dijo Ash.

– No -le dije.

– Los trasgos no son más mansos que los sidhe -dijo Holly, con su cólera llameando otra vez.

– No, pero los trasgos son honorables y no rompen sus reglas -dije.

– ¿Es cierto que la reina trató de matarte cuando eras niña? -preguntó Ash.

Asentí otra vez.

– Lo es.

– Entonces estabas realmente más a salvo aquí con nosotros que con tu propia gente -dijo Ash.

– Con los trasgos y con los sluagh.

Holly se rió, un sonido áspero y desagradable.

– Estabas más a salvo con nosotros, y con las pesadillas de las hadas que con esos bonitos sidhe. Lo encuentro difícil de creer.

– Los sluagh, como los trasgos, tienen leyes y reglas y las cumplen. Mi padre conocía sus costumbres y me las enseñó. Es por lo que hablamos aquí hoy.

– Has negociado muy cuidadosamente, Princesa -dijo Ash, y no había ninguna lujuria cuando él lo dijo, aunque fuera sexual lo que habíamos estado negociando. No, había respeto en su rostro y en sus ojos. Yo había ganado aquel respeto.

– No me sorprende ver a Frost, últimamente él es la mitad de tus fieles compañeros, pero no es por lo general Rhys quien sostiene tu otra mano -dijo Ash.

– ¿Dónde está la Oscuridad? -preguntó Holly.

– Sí, Princesa, él se ha convertido en tu sombra -dijo Ash-. Pero hoy sólo tienes a Frost y Rhys a tu lado. Y es conocido que a Rhys no le gusta la carne de trasgo -dijo Ash, haciendo que aquel último comentario pareciera una provocación.

Rhys se tensó a mi lado, una mano fue a mi hombro, pero sin embargo controló su temperamento.

¿Sabían ellos que habíamos sido atacados? Si realmente lo sabían, ¿verían como un insulto que no se lo dijéramos? Los trasgos eran nuestros aliados, pero no nuestros amigos.

– Si los trasgos somos tus aliados -dijo Ash-, ¿deberías entonces tener secretos con nosotros?

Lo sabían. Tomé mi decisión.

– ¿Viajan los rumores tan rápido en el mundo de la hadas?

– Hay aquellos entre los trasgos que siguen las noticias humanas. Ellos vieron a la Oscuridad en una silla de ruedas saliendo de un hospital humano. Nosotros no lo vimos, así que no le dimos ningún crédito, pero ahora él no está a tu lado. Mi hermano y yo lo preguntamos otra vez, ¿dónde está tu Oscuridad?

– Se está recuperando.

– Pero está herido -dijo Ash. Parecía estar realmente ansioso ante las noticias.

Luché para no lamerme los labios o mostrar algún otro hábito nervioso. Hablé suavemente.

– Está herido, sí.

– Debe ser grave para que abandone tu lado -dijo Ash.

– La Oscuridad en una silla de ruedas como un inválido -dijo Holly-. Nunca pensé que vería una cosa tan vergonzosa.

– No hay vergüenza alguna en tener cuidado de una herida entre los sidhe -dije.

– Un trasgo tan gravemente herido tomaría su propia vida o los otros trasgos la tomarían por él -dijo Holly.

– Entonces estoy contenta de no ser trasgo -le dije- ya que me daño demasiado fácilmente. -Yo había mencionado mi debilidad a propósito. Esperaba trasladar su atención de Doyle hacia el sexo que podríamos tener esta noche. Ash y Holly nunca habían estado con un humano. Nunca habían estado con nadie que podría ser herido tan fácilmente, y morir. La muerte verdadera, por casualidad, sin haber de por medio un metal frío, era una novedad. Sí, Ash esperaba ser rey. Ash y Holly, los dos esperaban que yo pudiera traerles la magia de su ascendencia sidhe como lo había hecho con otros. Pero no era el hambre por el poder el que llenaba la cara de Holly de impaciencia. Era una clase de hambre muy diferente.

La cara de Ash permaneció pensativa, no parecía afectado por la lujuria de su hermano. Holly sería el que podría perder el control y hacerme daño por casualidad, pero sería Ash quien me haría daño a propósito. Él era sólo un poco menos trasgo en sus pensamientos y un poco más sidhe. Si yo pudiera despertar la magia verdadera en él, sería realmente peligroso. Kurag, el Rey de los Trasgos, haría bien en vigilarlo. Los trasgos no heredan su trono. Lo toman por la fuerza de las armas, y lo mantienen de la misma forma. El Rey ha muerto, viva el rey.

– No seré distraído, Princesa -dijo Ash-. Ni siquiera por tu blanca carne.

– ¿Soy un premio tan pobre entonces? -Pregunté, y bajé la mirada. A los trasgos les gustaba que sus compañeros fueran tanto valientes como recatados. Ya que yo no era capaz de igualar su bravura, sería recatada.

Ash rió abruptamente.

– Tú sabes exactamente lo que significas para nosotros, Princesa.

Holly avanzó hacia el espejo de modo que su hermosa cara llenó casi toda la vista. No había ninguna deformación como con una cámara. Era como si sólo un cristal separase una parte del cuarto del otro. Él presionó sus dedos contra el cristal. Me miró, y había en sus ojos algo más que sexo.

Temblé y aparté la mirada de él.

– Lamento no poder oler tu miedo a través de este cristal -dijo él con una voz baja y áspera por la necesidad.

Frost se me acercó. Rhys puso su brazo alrededor de mi cintura. Aprecié el consuelo, pero tratábamos con trasgos, y ellos lo usarían en nuestra contra.

– Estuvimos de acuerdo con que la Oscuridad y otro nos observasen durante el sexo -dijo Ash-. Pero él está herido, así que digo que no tengamos ningún auditorio.

– No -dije con voz suave.

– Entonces todas nuestras negociaciones deben rehacerse -dijo Ash.

Frost comenzó a decir algo, pero toqué su brazo.

– Tú y Holly tenéis la posibilidad de traer la magia, la verdadera magia, de regreso a los trasgos. Tienes una posibilidad de ganar el trono de la corte oscura. No renunciarás a tal poder porque Doyle esté demasiado herido para vernos follar. Tú permitirás que yo elija a otros dos hombres para proteger mi seguridad, y asegurarnos de que tenemos cuidado esta noche.

– No aceptamos órdenes de los sidhe.

– Esto no es una orden. Es simplemente una realidad -miré a Ash, que estaba más atrás en el cuarto, más lejos del espejo.

– Te hemos dado nuestra palabra, Princesa -dijo Holly-. Los trasgos, a diferencia de los sidhe, mantienen su palabra. Haremos sólo lo que ha sido negociado, nada más. No haremos nada con lo que no estés de acuerdo.

– Los guardias estarán ahí para ver que en medio del placer no pierdas el control, pero también estarán allí por otra razón -dije.

– ¿Y cuál sería? -preguntó Ash.

– Para asegurarse de que no me pierdo yo misma en el momento.

– ¿Perderse? -Dijo Holly- ¿Qué significa eso?

– Esto significa que negociamos que no harías nada con lo no estuviese de acuerdo, o que no pidiese. Temo que quizás en el calor del momento pidiese cosas a las que mi cuerpo no pudiese sobrevivir.

– ¿Qué? -preguntó Holly, frunciendo el ceño.

– Ella dice que le gusta el dolor, y que podría pedir cosas que la dañarían -dijo Ash.

– Mentiras sidhe -dijo Holly.

– Te juro que no miento. Debo tener guardias para protegerme de mí misma.

Holly golpeó el espejo con la suficiente fuerza como para hacerlo temblar.

Me hizo saltar.

– Tienes miedo de nosotros -dijo él-. Los sidhe no ansían lo que temen.

– No puedo hablar por nadie más que por mí.

– ¿Quieres que te haga daño? -dijo Holly.

Alcé la vista entonces, mirándole fijamente, y le dejé ver la verdad.

– Oh, sí.

CAPÍTULO 14

FINALMENTE EL ESPEJO VOLVIÓ A SER LO QUE ERA, UN simple espejo otra vez. Los trasgos llegarían esta noche con guardias Gorras Rojas para asegurarse de que no se produjera ninguna traición sidhe. Con Doyle herido, tenía que elegir a otros guardias para que nos observaran, y francamente, aquéllos en los que más confiaba no deseaban este privilegio.

Frost habría estado de pie junto a Doyle, si éste se lo hubiera ordenado, pero la verdad era que él no disfrutaba viéndome con otros hombres. Había acordado con Doyle, el que cuando les tocara a uno o al otro estar conmigo en la habitación, estarían los dos al mismo tiempo, pero él no me compartiría con nadie más. Rhys tenía una mente más abierta sobre compartirme con alguien más, pero habría sido otro tipo de tortura el pedirle que mirara cuando tuviera a los trasgos conmigo. Ser prisionero de los trasgos le había costado un ojo.

– ¿Quieres decir, que pueden desear hacerte daño, verdad? – preguntó Rhys.

– Sí -le contesté.

– ¿Sabes lo inquietante que es eso?

Pensé sobre eso, luego asentí.

– Lo comprendes o no.

– Yo tampoco lo entiendo -dijo Frost.

Me callé porque Frost realmente lo comprendía más de lo que yo había pensado que llegaría a hacerlo. No le gustaba causarme daño, pero un poco de "átame, desátame” funcionaba muy bien para estimularle. Pero ya que para él, el bondage y el causar dolor no era lo mismo, no discutí con él.

– Doyle lo comprende -dijo Rhys.

Asentí.

– ¿Tú disfrutas del sexo normal, verdad? -preguntó Rhys.

– El término “normal” es relativo. El tipo de sexo que me gusta es sólo el tipo de sexo que me gusta, Rhys.

Él respiró hondo y comenzó…

– No quiero parecer crítico. Lo que quiero decir es… ¿tienes menos… sexo de ese tipo con el resto de nosotros porque piensas que no haremos lo que tú quieres? Supongo que lo que quiero saber es… si realmente disfrutas estando conmigo.

Le rodeé con mis brazos, pero me aparté lo suficiente para así poder mirarle intensamente a la cara.

– Amo estar contigo, con todos vosotros. Pero a veces me gusta algo más duro. No me seduce la idea de tener sexo con los trasgos cada noche, pero el pensamiento me excita la verdad.

Él tembló, y no fue de placer. No, definitivamente, era de miedo.

– Ahora lo sé, gracias a ti, sólo fue mi ignorancia de la cultura trasgo lo que me costó el ojo. Si no hubiera sido sólo otro sidhe arrogante, habría sabido que su cultura permite que incluso los presos negocien durante el sexo. Podría haberlos obligado a que no me mutilaran. Pero veía el sexo como una tortura en sí, y no puedes negociar con la tortura.

– Cuando un trasgo te torture, lo sabrás.

Él se estremeció otra vez.

Le abracé, intentando eliminar lo que con bastante frecuencia mostraba su cara.

– Tenemos que decidir quién va a protegerme esta noche.

Él me abrazó muy fuerte.

– Lo siento, Merry, pero no puedo. Pero… es que solamente no puedo.

Susurré contra su pelo…

– Lo sé, y no importa.

– Yo lo haré -dijo Frost.

Me di la vuelta en los brazos de Rhys, para así poder mirar a Frost. Su cara era pura arrogancia y helada hermosura. Lo que vi es que no sería su falta de goce en lo que iba a ocurrir lo que provocaría su incapacidad para protegerme, sino que podría llegar a disfrutar de ello en secreto. Eso le supondría un obstáculo. Tenía tendencia a dejar que las emociones nublaran su juicio. Esta noche podría ocasionar que muchos de los resortes emocionales de Frost saltaran y le impidieran protegerme bien. Si Doyle hubiera estado aquí podría ayudarle a enfrentarse con todo su equipaje emocional, y entonces quizás podría, pero Doyle no estaría allí esta noche. ¿A quién más podría yo pedírselo?

De repente, el espejo mostró el dormitorio de la reina. Habíamos puesto un hechizo sobre el espejo para evitar que alguien más echara una ojeada a través de él, pero la reina se lo había tomado muy mal. Por lo que ella siempre tenía acceso al espejo. Esto significaba que no teníamos intimidad, pero también nos resguardaba de la cólera de Andais reduciéndola a un nivel más soportable.

También significaba que yo había comenzado a dormir en algunas de las habitaciones más pequeñas de la mansión. Mi excusa de que el sexo nos agotaba y nos quedábamos dormidos en cualquier parte, por el momento se aguantaba.

La reina estaba cubierta de sangre aproximadamente desde su ante brazo hasta la parte inferior de su cuerpo. Era difícil de saber con la ropa negra que llevaba puesta, pero la tela parecía pegada a su cuerpo a causa de la humedad. Sostenía el cuchillo en una mano, tan cubierto de sangre que supe que debía de estar resbaladizo.

No quise mirar hacia la cama, pero tenía que hacerlo. Me quedé en los brazos de Rhys y los dos miramos hacia la cama, tan despacio como cuando uno tiene que ver algo que no desea ver nunca.

Tenía que ser Crystall, pero sólo era una masa sangrienta con forma de hombre. Sólo sus hombros y la forma de sus caderas me hicieron estar segura de que era un cuerpo de hombre. Él todavía yacía sobre su estómago, todavía estaba donde lo habíamos visto. La mitad de un brazo colgaba de la cama, con una mano en el aire. La mano se movía nerviosa e involuntariamente como si algo que ella le hubiera hecho le hubiera causado un daño neurológico.

Las lágrimas simplemente se derramaron por mi cara, incapaz de pararlas. Rhys empujó mi cara contra su hombro para evitar que yo lo viera. Por una vez, le dejé. Ya había visto lo que Andais quería que viera, aunque no tuviera ni idea del por qué quería que lo viera. Lo que ella le había hecho a Crystall estaba por lo general reservado a los traidores, los enemigos. La gente de la que pretendía conseguir alguna información, o prisioneros que debían ser torturados por sus delitos. ¿Por qué lo había reducido a una ruina sanguinolenta? ¡Por qué! Quise gritarla.

Los brazos de Rhys se tensaron a mi alrededor, como si él hubiera adivinado mis intenciones.

– Mentiste sobre tomar a Rhys en tu cama -dijo ella por fin.

– No -dije-. Acabamos de despedir a los trasgos en el espejo. – Me limpié los ojos y me giré para afrontar a mi reina. ¡¡Cómo la odiaba!!.

– Pareces un poco pálida e indecisa para el sexo, sobrina. -Su voz ronroneó de placer por el efecto que provocaba en mí. Era eso, ¿sólo un juego para ver cómo de horrible podría hacerme sentir? ¿Crystall era alguien sin importancia, sólo un cuerpo para usar y así hacerme daño?

– Haré que Sholto traiga a Rhys a casa. Él puede encantar mi espejo como encantó el tuyo, y luego puede unirse a mí, como siempre ha querido. -Luego miró hacia Rhys. Le dirigió una profunda mirada con aquellos ojos de tres tonalidades de gris. -Porque todavía me quieres… ¿no es así, Rhys?

Era una pregunta peligrosa. Rhys habló, con cuidado.

– ¿Quién no querría acostarse con semejante belleza? Pero tú quieres que Merry se quede embarazada, y debo estar aquí para cumplir mi deber con ella, como ordenarte que hiciera.

– ¿Y si te ordeno que regreses a casa? -inquirió ella.

– Diste tu juramento de que todos los hombres que habían venido a mi cama serían míos -dije. -Lo juraste.

– Exceptuando a Mistral. A él no te lo di para que le conservaras -dijo ella.

– Excepto a Mistral -asentí, con voz suave, y luchando por mantenerla.

– ¿Te trastornaría más ver a Rhys tirado en mi cama en lugar de a éste?

Otra vez, una pregunta peligrosa. Pensé varias cosas que decir, pero me conformé con decir sólo la verdad.

– Sí.

– No puedes amarlos a todos, Meredith. Ninguna mujer puede amarlos a todos.

– Con un amor verdadero, quizás no, mi reina, pero de alguna forma sí que los amo a todos. Los amo porque son mi gente. Me enseñaron que uno tiene que cuidar a aquellos que están a su cargo.

– Las palabras de mi hermano siguen saliendo con frecuencia de tu boca. -Ella sacudió la mano, y creo que no fue a propósito que la sangre saliera disparada hacia su lado del espejo. -Sir Hugh se ha puesto en contacto conmigo. Se está hablando de obligar a Taranis a sacrificarse para devolver la vida a su gente. Una conversación regicida, Meredith. En la conversación ha salido a colación lo que la Corte de la Luz ha sufrido bajo su reinado de locura. -Hubo algo en la manera de decir esto último que hizo que mi estómago se encogiera.

Frost aclaró…

– Él estaba completamente loco esta mañana, mi reina.

– Sí, Asesino Frost, sí, así que todavía sigues ahí. Todavía a su lado. Los Luminosos quieren que sepa que no desean insultarme al ofrecerte su trono.

– ¿Está decidido entonces? -preguntó Frost.

– No, todavía no, pasará algo más que un día y una noche antes de que la facción de Hugh pierda o gane el control de suficiente parte de la nobleza como para poder ofrecer a su trono a nuestra princesa. Hugh me dijo que siempre podría tener a Cel para ocupar mi trono. Como si no fuera Meredith mi primera opción.

¿Acaso tenía Hugh alguna idea de cuánto me había puesto en peligro? Andais no era mucho más estable que Taranis. No tenía ni idea de cómo podría reaccionar a tal conversación con la Corte de la Luz.

– Pareces asustada, Meredith -me dijo.

– ¿Debería no estarlo?

– ¿Por qué no estás conmovida ante la posibilidad de ser la reina Luminosa?

– Porque mi corazón está con la Corte de la Oscuridad -dije finalmente.

Entonces ella sonrió.

– Es así, ¿de verdad? La mitad de mi sithen está recubierto de mármol blanco, rosado y dorado. Hay flores y brotes por todas partes. El Vestíbulo de la Muerte que queda en pie, y que fue un lugar para la tortura durante milenios ahora está cubierto de flores. La magia de Galen disolvió todas las celdas, y no puedo hacer nada para reconstruir el sithen. Tengo a gente arrancando las flores en el vestíbulo, pero simplemente vuelven a salir a la noche siguiente.

– No sé lo qué quieres que diga, Tía Andais.

– Pensé que la única revolución de la que debía de preocuparme era una causada por las armas o la política. Tú me has mostrado que hay otros modos de perder el poder, Meredith. Tu magia posee mi sithen incluso desde Los Ángeles. Los cambios nos arrastran cada día más, como una especie de cáncer. -Ella se rió, pero esa risa tenía un resquemor doloroso. -Un cáncer formado por flores y paredes de color pastel. Si yo dejara a los Luminosos tenerte, ¿mi reino volvería a ser como era, o es demasiado tarde? Es esto lo que quieren los Luminosos, Meredith, ¿que tú rehagas todos los mundos feéricos a su imagen? Estás destruyendo nuestra herencia, Meredith. Si no lo paro, pronto no habrá ninguna Corte Oscura que salvar.

– No fue deliberado por mi parte, Tía.

– Si te doy a los Luminosos, ¿se parará?

Miré fijamente a aquellos ojos. Ojos que reflejaban menos cordura de la que deberían tener.

– No lo sé.

– ¿Qué dice la Diosa?

– No lo sé.

– Ella habla contigo, Meredith. Sé que lo hace. Pero ve con cuidado. Ella no es una deidad cristiana que tendrá cuidado de ti. Ella es el mismo poder que me hizo.

– Sé que la Diosa tiene muchas caras – le dije.

– ¿Y tú, Meredith, en realidad cuántas tienes?

Sólo sacudí la cabeza.

– Disfruta de Rhys mientras puedas, porque una vez que te sientes en el trono Luminoso, mis guardias regresarán conmigo. Ellos guardan sólo a nuestra realeza.

– No estoy de acuerdo…

Ella me silenció.

– Ya no sé cómo salvar a mi gente y a nuestra cultura. Pensé que tú serías la solución, pero aunque puedas salvar el mundo hada, al mismo tiempo pareces destruir el estilo de vida Oscuro. ¿Te ofreció la Diosa una elección sobre cómo devolver la vida a las hadas?

– Sí -dije suavemente.

– Te ofreció el sacrificio de la sangre o el sexo, ¿verdad?

– Sí -dije. No pude esconder la mirada de asombro de mi cara.

– No parezcas tan sobresaltada, Meredith. No siempre he sido reina. Antes nadie gobernaba aquí si no eras elegido por la Diosa. Elegí la muerte y la sangre para cimentar mi lazo con la tierra. Elegí el camino de la Oscuridad. ¿Qué elegiste tú, hija de mi hermano?

Había una luz en sus ojos que me hizo tener miedo de decir la verdad, pero no podía mentir, no sobre esto.

– La vida. Elegí la vida.

– Elegiste el camino de la Luz.

– Si hay un modo de traer el poder sin matar, ¿por qué es una equivocación el elegirlo?

– ¿La vida de quién salvaste?

Humedecí mis labios que de repente estaban secos.

– No pregunté.

– ¿Doyle?

– No -le dije.

– ¡Entonces quién! -me gritó.

– Amatheon -solté.

– Amatheon. Él es uno de tus nuevos amantes. Él ayudó a Cel a atormentarte cuando eras una niña. ¿Por qué?

– No te entiendo, Tía.

– ¿Por qué?

– ¿Por qué, qué? -inquirí.

– ¿Por qué le salvaste? ¿Por qué no matarle para devolver la vida a la tierra? Seguro que él habría accedido al sacrificio voluntariamente.

– ¿Por qué matarle si no tenía que hacerlo? -pregunté.

Ella sacudió la cabeza tristemente.

– Esa no es una respuesta de la Oscuridad, Meredith.

– Mi padre, tu hermano, habría dicho lo mismo.

– No, mi hermano era un Oscuro.

– Mi padre me enseñó que todos los duendes ya sean del más bajo al más alto nivel tienen valor.

– No -contestó ella.

– Sí -respondí.

– Pensé en ti mientras hería a Crystall, Meredith. La única pega que tengo sobre cederte a los Luminosos es que si lo hago, no puedo matarte sin comenzar una guerra. No quiero perder la ocasión de torturarte hasta la muerte, Meredith. No puedo dejar de pensar que cuando estés muerta tu magia desaparecerá y esa Diosa traicionera desaparecerá contigo.

– ¿Condenarías a todos los duendes a la muerte porque éste no es el mundo feérico que tu deseas que haya? -esto lo preguntó Frost, sorprendido.

– Sí y no. -Con esto, el espejo quedó otra vez en blanco. Nos quedamos mirándolo mientras cavilábamos. Estábamos pálidos y conmocionados. Hoy, ninguna buena noticia parecía quedar impune.

CAPÍTULO 15

ESTABA LISTA PARA ACOSTARME, PODER DESCANSAR Y relajarme un poco. Prometía ser una larga noche. Pero tenía prohibido quedarme sola. Ni siquiera para dormir. Entre la traición de Taranis y con la Reina Andais que ahora era capaz de mirar en el espejo a voluntad, Rhys y Frost simplemente no estaban dispuestos a arriesgarme dejándome sola. Yo no podía discutir con ellos, por lo que ni siquiera lo intenté. Así que comencé a desnudarme para luego meterme entre las sábanas.

Si hubieran sido Doyle y Frost ambos se hubiesen quedado, y podríamos haber dormido o podríamos haber hecho algo más activo. Pero Rhys y Frost nunca me habían compartido, ni siquiera para dormir. Hubo un momento de torpeza cuando me desnudé y ellos se miraron el uno al otro.

Fue Rhys quien dijo finalmente…

– Quiero tener sexo contigo antes que lleguen los trasgos esta noche, pero he visto esa mirada en el rostro de Frost antes.

– ¿Qué mirada? -preguntó Frost, pero yo no pregunté, porque podía verla, y la había visto antes. La necesidad de Frost y la incertidumbre se reflejaban claras en sus ojos, en las líneas de su boca.

– Quiero sexo -dijo Rhys-, pero tú necesitas tranquilidad, y eso toma más tiempo.

– No sé lo que quieres decir -dijo Frost con voz fría. Su rostro era la arrogancia suprema otra vez, ese momento de incertidumbre escondido detrás de años de vida en la corte.

Rhys sonrió.

– Está bien, Frost. Lo entiendo, realmente lo hago.

– No hay nada que entender -dijo Frost.

Me deslicé desnuda bajo las sábanas, casi demasiado cansada como para preocuparme de quién ganaba la conversación. Me acomodé contra las almohadas y esperé a que uno de ellos se metiera en la cama conmigo. Estaba tan cansada, tan abrumada por todos los acontecimientos del día que no parecía importarme quién durmiera a mi lado, mientras alguien lo hiciera.

– Doyle no sólo es tu capitán, Frost. Habéis sido la mano derecha el uno del otro durante siglos. Sientes su falta.

– Todos sentimos la falta de él sano a nuestro lado -dijo Frost.

Rhys asintió con la cabeza.

– Sí, pero sólo tú y Merry sentís su pérdida tan profundamente.

– No te entiendo -dijo Frost.

– Está bien -dijo Rhys. Me miró. La mirada me preguntaba… ¿Tú lo entiendes? Creí que lo hacía.

– Ven a acostarte, Frost. Duerme conmigo -dije dando palmaditas en la cama.

– Doyle me dijo que te cuidara hasta que él fuera capaz de hacerlo.

Me reí del rostro que intentaba permanecer en blanco y fallaba por los pelos.

– Entonces ven a acostarte y cuídame, Frost.

– Me prometiste sexo, y voy a cobrarte la palabra -dijo Rhys.

Frost vaciló hacia la cama.

– Nunca hemos compartido a la princesa.

– Y no vamos a hacerlo ahora -dijo Rhys-. Compartiré algunas veces con los hombres más nuevos porque a Merry le gusto más yo que ellos. -Él sonrió, y le devolví la sonrisa. Entonces su cara se ensombreció, y hubo algo demasiado serio en su rostro-. Pero no podría compartirla contigo y ver como se siente ella respecto a ti. Sé que ella te ama más, a ti y a Doyle, pero no deseo que el hecho sea frotado sobre mi cuerpo como sal sobre una herida.

– Rhys… -le dije.

Él sacudió la cabeza, y levantó una mano hacia mí.

– No trates de salvar mi ego. Tendrías que mentir para hacerlo, y los sidhe no mienten.

Fue Frost quién dijo…

– Rhys, no quiero causarte dolor.

– No puedes ayudar siendo quien eres, y ella no puede hacer como que ayuda amándote a ti. Traté de odiarte por eso, pero no puedo. Si la dejas embarazada, y termino volviendo con Andais, entonces te odiaré, pero hasta entonces, trataré de compartir con un poco de gracia.

Quise decir algo que lo hiciera sentir mejor, ¿pero qué podía decir? Rhys tenía razón; cualquier palabra de consuelo habría tenido que ser una mentira.

– No te menosprecio a propósito, mi Caballero Blanco -dije.

Rhys sonrió.

– Ambos somos igualmente pálidos, mi princesa. Sabíamos al entrar en esto que sólo un hombre puede ser rey. Pese a ello… creo que Doyle y Frost harían un buen par dirigente para ti. Es terrible que incluso entre La Oscuridad y el Asesino Frost tenga que haber un ganador y un perdedor.

Con esto, Rhys se marchó, cerrando la puerta detrás de nosotros. Oí que les hablaba a los perros, que debían de haber estado esperando fuera ante la puerta. No dejábamos entrar a los perros mientras hablábamos con Andais porque ella los había tocado y ellos no se habían transformado en perros especiales para ella. La magia no la reconocía, y ella se resentía. Frost temía que la falta de un perro para él significara que no era lo bastante sidhe. Andais simplemente odiaba el hecho de que el poder que estaba retornando parecía no reconocerla. Ella era la reina, y todo el poder de su corte debería haber sido suyo, pero no parecía funcionar de esa forma.

Casi le grité a Rhys que dejara entrar a los perros, pero no lo hice, porque eso sería un recordatorio para Frost de lo que le faltaba. La puerta se cerró suavemente, pero con firmeza, y me quedé alzando la vista hacia el hombre que se había quedado.

Frost se quitó la chaqueta del traje, y en el momento en que lo hizo pude ver todas las armas que llevaba. Había muchas armas y hojas de acero, porque él siempre iba armado para la guerra. Conté cuatro pistolas y dos dagas en la parte delantera de su armadura de cuero. Habría más, porque siempre había más armas de las que el ojo podía encontrar en el Asesino Frost.

– Sonríes. ¿Por qué? -preguntó él suavemente. Comenzó a deshacer las hebillas que sostenían el cuero en su lugar.

– Te preguntaría contra qué ejército habías planeado luchar hoy con tantas armas, pero sé lo que temías.

Él se quitó las armas con cuidado y las puso en la mesita de noche. El armamento sobre la madera poseía un intenso potencial de destrucción.

– ¿Dónde pusiste tu arma? -preguntó Frost.

– Está en el cajón de la mesita de noche.

– ¿Te la quitaste tan pronto como entraste en este cuarto, verdad?

– Sí -dije.

Él fue hacia el armario y colgó la chaqueta en un colgador. Comenzó a desabotonarse la camisa dándome la espalda.

– No entiendo por qué hiciste eso.

– Uno, un arma realmente no es cómoda. Dos, si yo hubiera necesitado mi arma en este dormitorio, eso significaría que todos vosotros estabais muertos. Si eso pasara, Frost, un arma en mis manos no me salvaría.

Él se giró con la camisa desabotonada hasta la cintura. Sacó el resto fuera de sus pantalones. Y, cansada como estaba, viéndolo sacar la camisa de sus pantalones, mirándolo desabrochar los pocos botones, hizo que mi pulso se desbocara un poco.

Su piel era una línea de blancura contra la tela un poco menos blanca. Deslizó la camisa sobre sus hombros, exponiendo su musculosa fuerza centímetro a centímetro. Él había aprendido que a veces mirar cómo se desnudaba lentamente ayudaba a que mi apetito por él aumentara.

Puso su camisa en un colgador vacío, incluso abrochando el cuello de modo que quedara colgando recta y no se arrugara. Pero al hacer eso, me permitió ver la larga línea de su espalda y hombros. Había colocado todo su cabello plateado sobre un hombro, de modo que la musculosa suavidad de su espalda fuera un espectáculo libre.

Había veces en que mirarlo colgar su ropa casi me volvía loca y me llevaba a hacer pequeños ruidos impacientes antes de que él estuviera listo para venir a acostarse. Hoy no sería uno de esos días. La vista era encantadora como siempre, pero estaba cansada, y no me sentía bien del todo. En parte era por la pena y el shock, pero también el conocimiento fastidioso de que tenía frío o estaba incubando un virus. Frost nunca había tenido frío. Nunca había tenido que sorberse los mocos.

Él se dio vuelta para mirarme, sus manos deslizándose alrededor de la pretina de sus pantalones. Había tenido que desabrocharse el cinturón antes de quitarse el aparejo de armas. Debía estar más cansada de lo que creía para haberme perdido el momento en que destrababa su cinturón.

Comenzó con el primer botón de sus pantalones, y yo rodé sobre mí misma. Rodé hasta que mi cara estuvo sepultada en la almohada y no podía mirarlo. Era demasiado hermoso para ser verdadero. Demasiado asombroso para ser mío.

Sentí movimiento en la cama, y supe que estaba en la cama conmigo.

– ¿Merry, qué pasa? Creí que disfrutabas mirándome.

– Lo hago -dije, aún sin mirarlo. Cómo hacía para explicarle que tenía uno de esos raros momentos en que mi mortalidad parecía demasiado verdadera y su inmortalidad un recordatorio demasiado grande.

– ¿No soy suficiente para complacerte sin Doyle a mi lado?

Eso me hizo darme la vuelta y mirarlo. Él estaba sentado en el borde de la cama, con una pierna y la rodilla vueltas hacia mí. Sus pantalones se abrían allí donde él había soltado los botones, pero no la cremallera, su cinturón enmarcando el trabajo sin hacer. Estaba un poco inclinado, de modo que los finos músculos y las líneas de su estómago se marcaban. Tenía que elegir entre bajar la mirada a su regazo y lo que sabía que todavía estaba cubierto por sus pantalones, o subirla a la belleza de su pecho, hombros y rostro. De estar de otro humor yo la habría bajado, pero a veces un hombre necesita que le prestes atención a cosas por encima de la cintura antes de moverte más abajo.

Me senté, manteniendo la colcha delante de mis pechos, porque conmigo desnuda a veces Frost se olvidaba de escuchar, y quería que él me oyera.

Estaba allí sentado, con su pelo desparramado como un fuego plateado alrededor de su piel desnuda. No iba a mirarme, aunque yo sabía que él podía notar el movimiento de la cama mientras avanzaba poco a poco para poder tocar su brazo.

– Frost, te amo.

Sus ojos grises se elevaron una vez, luego volvieron a contemplar sus grandes manos que descansaban en su regazo.

– ¿Me amas sin el cuerpo de Doyle a mi lado?

Mi mano apretó su brazo mientras intentaba pensar qué decir. Ciertamente era una conversación que no había esperado tener. Realmente amaba a Frost, pero no siempre amaba sus estados de ánimo.

– Te encuentro tan deseable ahora como lo hice esa primera noche.

Él me recompensó con una pequeña sonrisa.

– Fue una noche muy buena, pero has evitado contestar mi pregunta -dijo mirándome fijamente-. Lo cual es respuesta suficiente -Comenzó a levantarse, y presioné mi mano en su brazo, no forzándolo, sino tratando de mantenerlo donde estaba. Él me dejó mantenerlo sentado en la cama aunque era más fuerte de lo que yo sería nunca. Y entonces, de nuevo esa nota de tristeza.

Suspiré, e intenté soslayar su humor y el mío para encontrar algo mejor.

– ¿Es porque me giré y no te miré mientras te desnudabas?

Asintió con la cabeza.

– No me siento bien. Creo que tengo un resfriado.

Él me miró sin comprender.

– ¿Recuerdas que algunos de vosotros pensasteis que lo que sucedió dentro del sithen me había convertido en inmortal como el resto de vosotros?

Él asintió con la cabeza otra vez.

– Si ahora tengo un resfriado quiere decir que no fue así. Todavía soy mortal.

Él puso su mano sobre la mía donde la tenía sobre su brazo.

– ¿Por qué eso te haría apartar la mirada de mí?

– Te amo, Frost, pero amarte significa que tendré que mirarte mientras te mantienes joven, hermoso y perfecto mientras yo envejezco. Este cuerpo que amas no permanecerá así. Envejeceré y conoceré la muerte, y me veré obligada a mirarte cada día y saber que no lo entiendes. Cuando sea muy vieja, todavía te quitarás la ropa y serás tan hermoso como lo eres ahora.

– Siempre serás nuestra princesa -dijo, y su rostro demostraba que él intentaba entender.

Alejé mi mano y me eché atrás sobre la cama, mirando su rostro imposiblemente encantador. Las lágrimas ardían detrás de mis ojos y se agolpaban en mi garganta, de modo que podía ahogarme de pena. Con todo lo que había pasado hoy, todo lo que había salido mal, todo el peligro a nuestro alrededor, y yo estaba a punto de llorar porque los hombres que amaba permanecerían siempre tan hermosos como lo eran hoy, pero yo no lo haría. No era la muerte lo que temía, realmente, era la lenta decadencia. ¿Cómo había hecho el marido de Maeve Reed para seguir mirándola permanecer igual mientras él envejecía? ¿Cómo sobreviven el amor y la cordura a tal situación?

Frost se inclinó hacia mí, y sus hombros eran tan amplios que su cabello se dispersó alrededor de mí como una brillante tienda de campaña, una cascada atrapada en medio de su movimiento destellando en la débil luz de mi cuarto.

– Eres joven y hermosa esta noche. ¿Por qué piensas en esas tristezas cuando están lejos, y yo estoy aquí mismo? -Él susurró las últimas palabras encima de mis labios, y terminó con un beso.

Lo dejé besarme, pero no lo besé en respuesta. ¿No lo entendía? De acuerdo, por supuesto que no lo hacía. ¿Cómo podría? O… o…

Empujé una mano contra su pecho y conseguí espacio suficiente para examinar su cara.

– ¿Has amado a alguien y la has visto envejecer?

Él se recostó repentinamente y no me miró. Rodeé con mi mano su muñeca tanto como pude. Era demasiado grande para poder rodearla del todo.

– ¿Lo has hecho, verdad? -Pregunté.

Él no me miraba, pero finalmente asintió con la cabeza.

– ¿Quién, cuándo? -Pregunté.

– La vi a través del cristal de una ventana cuando no era Asesino Frost, sino sólo Frost. Yo sólo era la escarcha convertida en algo vivo por las creencias de la gente y la magia del mundo de las hadas. -Él me miró, y había incertidumbre en esa mirada-. Tú me observaste en una visión una vez, viste lo que era antes.

Asentí con la cabeza. Lo recordaba.

– Fuiste a su ventana como Jack Frost -dije.

– Sí.

– ¿Cuál era su nombre?

– Rose. Tenía rizos de oro y ojos como un cielo de invierno. Ella me vio en la ventana, me vio y trató de decirle a su madre que había un rostro en la ventana.

– Ella tenía la segunda vista -dije.

Él asintió con la cabeza.

Casi lo dejé estar, pero no pude. Simplemente no podía.

– ¿Qué sucedió?

– Ella siempre estaba sola. Los otros niños parecían sentir que ella era diferente. Y ella cometió el error de contarles las cosas que podía ver. La llamaron bruja, y a su madre también. No tenía padre. Según lo que hablaban los aldeanos entre ellos, nunca había tenido un padre. Los oía mientras dibujaba con escarcha en sus casas, susurrando que Rose no había sido procreada por ningún hombre, sino por el diablo. Eran tan pobres, y yo era sólo otra parte del frío del invierno que los dañaba cada vez más. Deseaba tanto ayudarla. -Él levantó sus grandes manos, como si viera manos diferentes, más pequeñas y menos poderosas-. Yo tenía que ser algo más.

– ¿Pediste ayuda? -Pregunté.

Él me miró, asustado.

– ¿Quieres decir, pedir a la Diosa y a su Consorte que me ayudaran?

Asentí con la cabeza.

Frost sonrió y eso iluminó su rostro, le otorgó el brillo de alegría bajo el cual se escondía la mayor parte del tiempo.

– Lo hice.

Le sonreí en respuesta.

– Y te contestaron.

– Sí – dijo, todavía sonriendo-. Me fui a dormir, y cuando desperté, era más alto, más fuerte. Les encontré combustible para su fuego, todo ese largo invierno. Les encontré alimento. -Entonces la alegría huyó de su cara-. Tomé alimento de los otros aldeanos, y ellos acusaron a su madre de robo. Rose les dijo que su amigo se lo había llevado, su brillante amigo.

Tomé su mano en la mía.

– Ellos la acusaron de brujería -dije suavemente.

– Sí, y de robo. Traté de ayudar, pero no entendía lo que era ser un humano, o siquiera un hada, yo era tan nuevo, Merry, tan nuevo para ser cualquier cosa, menos hielo y frío. Yo era un pensamiento convertido en un ser. No sabía lo que era estar vivo, o lo que eso significaba.

– Querías ayudar -dije.

Él asintió con la cabeza.

– Mi ayuda les costó todo. Fueron encarceladas y condenadas a muerte. La primera vez que llamé al frío a mis manos, un frío tan profundo que podía romper el metal, fue para Rose y su madre. Rompí sus barrotes y las rescaté.

– Pero eso es maravilloso -Su mano todavía se tensaba alrededor de la mía, y supe que la historia no terminaba allí.

– ¿Puedes imaginar qué pensaron los aldeanos cuando encontraron los barrotes metálicos rotos y a las dos mujeres fugadas? ¿Puedes imaginar qué pensaron de Rose y su madre?

– Nada que no hubiesen creído ya -dije suavemente.

– Quizás, pero yo era un pedazo de invierno. No podía construirles un refugio. No podía mantenerlas tibias. No podía hacer nada aparte de llevarlas a la muerte en el invierno con todos los humanos persiguiéndolas.

Me senté y traté de consolarlo, pero no me dejaba. Se dio la vuelta alejándose y terminó su historia.

– Ellas murieron porque por donde yo iba, el invierno me seguía. Yo todavía era algo demasiado elemental como para entender mi propia magia. Cuando todo estuvo perdido, recé. El Consorte vino a mí y me preguntó si yo dejaría todo lo que yo era para salvarlas. Yo no había estado vivo nunca, Merry, y recordaba lo que había sido antes. No quería volver a eso, pero Rose yacía tan quieta en la nieve, su pelo esparcido sobre la blancura, que dije que sí. Dejaría todo lo que era si eso las salvaba. Parecía un sacrificio conveniente, dada mi intromisión, no importa cuan bien intencionada hubiera sido, ya que había causado su miseria.

Dejó de hablar durante tanto tiempo que me acerqué y le rodeé con mis brazos. Esta vez me dejó hacerlo. Incluso se apoyó contra mi cuerpo de modo que yo abrazaba la parte superior de su cuerpo contra mis rodillas.

Susurré…

– ¿Qué pasó?

– Se oyó música en la nieve, y Taranis, el Señor de la Luz y la Ilusión, apareció montando en un caballo hecho de luz de luna. No tienes ni idea de lo asombrosa que podía ser la corte dorada cuando cabalgaba, en esos días, Merry. No era únicamente que Taranis pudiera hacer un corcel de luz, sombra u hojas. Era realmente mágico. Él y sus hombres las levantaron de la nieve y comenzaron a cabalgar hacia el mundo de las hadas. Yo me contentaba con perderla si eso significaba que viviría. Esperaba ser devuelto a la nada y estaba contento. Las había salvado, y mi existencia por la suya parecía ser lo correcto. No diré mi vida por la de ellas, porque yo no estaba vivo ni siquiera entonces, tal como no lo estoy ahora.

Lo abracé más estrechamente, y él recostó más de su peso sobre mí, de modo que me apoyé contra el pie de la cama, y lo abracé. Conservé una mano sobre su pecho y así pude sentir sus palabras retumbando a través de su cuerpo.

– Ella despertó, sostenida en el regazo de uno de la corte brillante. Mi pequeña Rose despertó. Ella lloró por su Jackie, por su Jackie Frost. Fui a ella como lo había hecho desde ese primer momento. Fui a ella porque no podía hacer otra cosa. Ella se alejó de los brazos de ese brillante señor de los sidhe y vino a mí. Yo no era como soy ahora, Merry. Era joven e infantil. La diosa me dio el mejor cuerpo que podía hacer. Pero no era uno de la corte brillante. Era un hada menor, en todas las formas posibles. Supongo que a ojos humanos yo podría haber parecido un muchacho de catorce años o quizás más joven. Parecía un buen partido para mi Rose.

Él se quedó inmóvil en mis brazos.

– ¿Qué pasó con su madre? -Pregunté.

– Todavía es cocinera en la corte dorada.

Besé su frente, luego pregunté…

– ¿Qué pasó con Rose?

– Encontramos refugio, y usé mi magia para llevarla lejos de su pueblo. La gente no viajaba en esa época como lo hacen ahora, y treinta kilómetros era distancia suficiente para no volver a verlos nunca más. Ella me enseñó cómo ser real, y crecí con ella.

– ¿Qué quieres decir, que creciste con ella?

– Me veía como un muchacho de catorce años, cuando ella era una muchacha de quince. Cuando ella creció, yo también lo hice. No fue el oficio de la espada y el escudo el que aprendí primero con estos brazos, fue el del hacha y cualquier otro trabajo que una espalda fuerte pudiera hacer para ayudar a cuidar de su familia.

– Tuvisteis niños -susurré.

– No. Creí que era porque yo no era lo bastante real. Ahora, ya que tú aún no tienes un niño, me pregunto si no es simplemente mi destino el no tenerlos.

– Pero vosotros erais una pareja -dije.

– Sí, e incluso, un sacerdote que era más amistoso que los cristianos, nos casó. Pero no podíamos quedarnos en ningún pueblo durante mucho tiempo, porque yo no envejecía. Crecí con mi Rose hasta que llegué a como me ves ahora. Entonces me detuve, pero ella no lo hizo. Vi su pelo convertirse de amarillo a blanco, sus ojos decolorarse desde el azul del invierno al color gris de los cielos nevados.

Alzó la vista hacia mí entonces, y había fiereza en su rostro.

– La vi marchitarse, pero siempre la amé. Porque era su amor el que me hizo real, Merry. No el mundo de las hadas, no la magia salvaje, sino la magia del amor. Pensé que entregaba mi vida para salvar a Rose, pero el Consorte me había preguntado si yo dejaría todo lo que era, y lo hice. Me convertí en lo que ella necesitaba que yo fuera. Cuando comprendí que no envejecería con ella lloré, porque no podía imaginar estar sin ella.

Él se puso de rodillas y puso sus manos sobre mis brazos, y miró fijamente mi rostro.

– Te amaré siempre. Cuando este pelo rojo se vuelva blanco, todavía te amaré. Cuando la suave tersura de la juventud sea sustituida por la delicada suavidad de la vejez, todavía querré tocar tu piel. Cuando tu rostro esté lleno de líneas por todas las sonrisas que alguna vez has entregado, de todas las sorpresas que he visto destellar a través de tus ojos, cuando cada lágrima que has llorado alguna vez haya dejado su señal sobre tu cara, te atesoraré tanto más, porque estaré allí para verlo todo. Compartiré tu vida contigo, Meredith, y te amaré hasta que el último aliento deje tu cuerpo o el mío.

Él se inclinó y me besó, y esta vez lo besé en respuesta. Esta vez me derretí en sus brazos, en su cuerpo, porque no podía hacer nada más.

CAPÍTULO 16

TERMINAMOS CON ÉL ENCIMA DE MÍ. SU PELO SE HABÍA desatado y caía a nuestro alrededor como una lluvia de plata, si la lluvia pudiera ser suave como la seda y caliente como el cuerpo de un amante. Nuestra piel brillaba como si nos hubiéramos tragado la luna, y ésta hiciera refulgir cada centímetro de nuestra piel. Sabía que mi pelo era una masa de brillante fuego rojo, porque podía ver su resplandor por el rabillo del ojo. Su pelo comenzó a chispear y a brillar mientras se movía encima de mí, atrapando la luz de la misma manera que la nieve brillaba bajo la luz de la luna. Había tenido otros amantes que traían el sol con ellos al acostarnos, pero Frost era como una noche de invierno, con toda su belleza y dureza.

Él era demasiado alto, o yo era demasiado pequeña para que él pudiera acostarse encima de mí. No era para mí agradable ni fácil respirar, por lo que él sostuvo su torso por encima de mí con la gran fuerza de sus pálidos y musculosos brazos. Miraba fijamente hacia abajo, a lo largo de nuestros cuerpos, miraba cómo se deslizaba dentro y fuera de mí, haciéndome gritar, haciéndome apartar la mirada como si esa vista fuera demasiado maravillosa y tuviera que encontrar algo más en qué fijar la mirada. Lo que encontré fueron sus ojos. Sus ojos eran grises como un cielo de invierno, pero ahora con su poder alzándose había algo más en ellos que sólo gris.

En el gris de sus ojos pude vislumbrar una colina cubierta de nieve con un árbol de invierno desnudo sobre ella. Hubo un momento de vértigo, como si me hubiera precipitado sobre aquel paisaje dentro de sus ojos, y estuviera al mismo tiempo en otro lugar. Cerré los ojos entonces, porque no estaba segura de dónde quedaba aquella colina, o qué significaba aquel árbol.

El ritmo de su cuerpo dentro y fuera del mío, de su tamaño deslizándose en mi cuerpo, comenzaba a llenarme. El primer y débil brillo del orgasmo comenzaba a alzarse.

– Merry, Merry, mírame. -Había urgencia en su voz, una urgencia áspera, que me dijo que él también estaba cercano al clímax.

Abrí los ojos, y los suyos estaban justo encima de los míos, abiertos, mirándome fijamente, exigiéndome que no apartara la mirada. Movió una mano con el fin de sujetar mi pelo, retirándolo de mi mejilla.

– Quiero ver tu cara -me dijo, con voz entrecortada y profunda por el esfuerzo.

Había nieve en sus ojos, nieve que caía sobre aquel solitario árbol y la ladera de más allá. Algo se movió en sus ojos, una figura.

El ritmo de su cuerpo cambió, se hizo más urgente, y profundo. No podía mirarle a los ojos mientras su cuerpo traspasaba el mío. Traté de mirar su cuerpo que se movía encima de mí, pero su presa en mi pelo se hizo más fuerte, obligándome a levantar la cara para mirarle a los ojos. Su rostro era la cara de mi amado, Frost. No había ninguna imagen en sus ojos que pudiera distraerme de la belleza de su cara, de la fiereza de sus ojos.

Susurré…

– Un poco más, más, más. -Entonces recibí un último empuje, y ahora casi llegué.

Grité, y sólo su agarre, casi cruel en mi pelo, impidió que mi cuello se arqueara hacia atrás. Mantuvo nuestros rostros inmóviles, de forma que nos miráramos fijamente el uno al otro, sin tolerar que apartara la mirada. Nos contemplamos el uno al otro mientras nuestros cuerpos se alzaban de placer. Su fuerza exigió que compartiéramos éste, el más íntimo de los momentos, sin estremecimientos, sin apartar la mirada, nada podía salvarnos del salvajismo de los ojos del otro.

Nos sumergimos en aquel desenfreno, aquel salvajismo cerca de la desesperación. Él lanzó un grito encima de mí cuando yo grité de placer, y entonces su cuerpo sufrió un espasmo, y me levantó en sus brazos, con su cuerpo todavía envainado dentro de mí. Se arrodilló, sujetándome contra la cabecera y yo me agarré a la madera para mantenerme donde él parecía quererme. Se había corrido, pero no estaba agotado. Me lo demostró cuando comenzó a aporrearme contra la cabecera, la cama temblando por la fuerza de su empuje, toda la estructura del lecho protestando por el maltrato.

Gemí para él, y luché por mantener mis manos sobre la madera para sostenerme en el mismo lugar mientras él se sumergía dentro de mí tan profundamente como podía. Tan profundamente que el dolor y el placer se confundían mientras Frost me montaba.

Dejé de sujetarme a la cabecera de la cama y arañé su pálida piel con mis uñas. Allí donde le herí, algo brilló en su piel rasgada, pero no hubo sangre que se vertiera. Resplandecientes líneas azules brotaron del trazado que mis uñas habían hecho y pintaron nuestra piel. Por un momento pude ver una vid espinosa rodeando mi antebrazo, y la cabeza de un ciervo surgiendo a través de su pecho. Su cuerpo se estremeció contra el mío, dentro del mío mientras pintaba su cuerpo con mi placer y su dolor.

Me apretó entre sus brazos de forma que yo viera el brillo sobre su hombro, ése signo de poder que ya había visto antes como la vid en mi brazo. Comprendí que el tatuaje que primero apareció en el sithen era el mismo que la imagen que pude ver en sus ojos.

Nos quedamos congelados por un momento, apoyados contra el cabecero. El latido de su corazón era tan rápido y tan fuerte que lo sentí contra mi mejilla como si fuera una mano. Él me movió despacio hasta que finalmente descansamos sobre la cama encima de las almohadas que no habían caído al suelo.

– Había olvidado lo magnífico que podías ser, Frost. -Ésa voz no era la mía; ésta llegaba del espejo. Mientras que un segundo antes yo no hubiera podido moverme, ahora el miedo me hizo sentarme y agarrar las sábanas caídas.

– No te cubras -dijo Andais desde el espejo.

Extendimos las sábanas sobre nosotros.

– He dicho que nos os cubráis, o… ¿es que ya he dejado de ser vuestra reina? -Había un tono tan maligno en su voz que nos hizo empujar las sábanas para abajo. Había visto el final de nuestro encuentro sexual; suponía que no había razón para ser tímidos ahora.

Frost se tapó presionándose contra mí, quedando tan oculto como le fue posible. Yo encontré mi voz primero, y dije:

– Mi reina, ¿qué te trae a nuestro espejo?

– Pensé que vería a Rhys contigo, o… ¿me mentiste cuándo me dijiste que estarías con él?

– Rhys espera su turno, mi reina.

Ella contemplaba a Frost, como si yo no estuviera allí. Le miré, su cuerpo estaba rociado con el sudor del esfuerzo, su pelo era un glorioso enredo de plata, decorando sus pálidos y fuertes músculos. Era hermoso. Hermoso de una manera que ni siquiera entre los sidhe había casi nadie tan bien parecido. Qué ironía que alguien que no había nacido siendo sidhe pudiera estar entre unos de los hombres más hermosos. Pero ahora que yo sabía que él había sido creado por amor, no por ansias de poder, sino por un amor desinteresado, lo entendía. Ya que el amor hace que todos nosotros seamos hermosos.

– Esa mirada en tu cara, Meredith, cuando le observas, ¿en qué piensas?

– En el amor, Tía Andais, pienso en el amor.

Ella hizo un sonido de asco.

– Quiero que sepas esto, sobrina. Si el Asesino Frost no llega a ser tu rey, le obligaré a volver y veré si es tan bueno como parece.

– Él fue tu amante una vez, hace cientos de años.

– Lo recuerdo -me dijo, pero no parecía que eso la hiciera feliz.

No entendí la mirada en su cara, o el tono de su voz. La verdad no entendí por qué estaba tan determinada a atraparme con Rhys, o… ¿estaría también impaciente por atraparme sin él? ¿Buscaba una excusa sólo para ordenar que Rhys regresara al sithen? Si era así, ¿por qué? Ella nunca le había tratado como a uno de sus favoritos, no que nadie recordara.

– Veo el miedo en tus ojos, mi Asesino Frost -dijo ella.

Mis brazos se tensaron a su alrededor. Pero en esto no podía ayudarle.

– ¿Podrás protegerle de mí, Meredith?

– Protegería a toda mi gente de cualquier daño.

– Pero éste es especial para ti, ¿no es así?

– Sí -contesté, porque decir otra cosa sería una mentira.

– Frost, mírame -le ordenó.

Él levantó la mirada.

– ¿Te doy miedo, Frost?

Él tragó tan fuerte que pareció dolerle, y dijo con una voz muy áspera…

– Sí, mi reina, te temo.

– Amas a Meredith, ¿verdad?

– Sí, mi reina -respondió.

– Él te ama, sobrina, pero a mí me teme. Pienso que descubrirás que el miedo es una amenaza más poderosa que el amor.

– No quiero amenazarle.

– Un día lo querrás. Un día te darás cuenta que todo el amor en el mundo feérico no es suficiente para obtener la obediencia del hombre que amas. Querrás tener al miedo de tu lado, y serás demasiado blanda para llevarlo a cabo.

– No doy miedo. Eso lo sé, Tía Andais.

– Te miro y veo el futuro de mi Corte, y me desespero.

– Si el amor es el futuro de nuestra Corte, Tía Andais, eso al menos me llena de esperanza.

Ella miró una vez más hacia Frost, como si él fuera algo comestible y ella estuviera famélica.

– Te odio, Meredith. Realmente lo hago.

Luché por no decir lo que yo pensaba, pero ella lo dijo.

– Tu cara te traiciona. Di lo que pasa por tu mente, sobrina. Te odio, Meredith. ¿Qué deseas contestarme?

– Que yo también te odio.

Andais sonrió como solía. El lecho tras ella había sido desprovisto de las ropas de cama. Por lo visto la tortura de Crystall había provocado demasiada sangre para que ni siquiera ella durmiera allí.

– Creo que tendré a Mistral esta noche, Meredith. Haré con su fuerte cuerpo lo que le hice antes a Crystall.

– No puedo detenerte -le contesté.

– No, todavía no puedes.

Y con esto el espejo quedó en blanco otra vez. Me quedé contemplando mi propia cara asustada.

Frost no miraba al espejo. Sólo se levantó lentamente de la cama y comenzó a vestirse. Sin molestarse en limpiarse primero. Sólo parecía necesitar estar vestido, y pienso que no podía culparle.

Habló sin mirarme, toda su concentración puesta en cubrir su desnudez lo más rápidamente posible.

– Te dije una vez que prefiero morir antes que regresar con ella. Y quería decir justamente eso, Meredith.

– Sé que lo hiciste -le dije.

Él comenzó a ceñirse las armas.

– Lo reitero.

Me alcé hasta él. Frost tomó mi mano, besándola, y me dirigió la sonrisa más triste que hubiera visto alguna vez.

– Frost, yo…

– Si vas a estar con Rhys más tarde, yo usaré otra habitación. No querría volver a tener audiencia en el día de hoy.

– Así lo haré.

– Voy a comprobar cómo está Doyle.

Llevaba toda la ropa puesta y todas sus armas. Era alto y hermoso, un monumento de frialdad. Era mi Asesino Frost, tan arrogante e ilegible como cuando yo lo había encontrado por primera vez. Recordé sus ojos sorprendidos y frenéticos cuando se hundió en mi cuerpo aquella primera vez. Yo sabía lo que había dentro de aquel helado, controlado hombre, y apreciaba ver cada parte del verdadero Frost. Ver al hombre que había caído enamorado de la hija de un campesino, y que había dejado todo lo que alguna vez conoció por estar con ella.

Caminó por la habitación, alto y firme, y para la mayoría de los ojos, imperturbable. Pero yo sabía porqué me abandonaba, allí en la cama. Se marchaba porque estaba aterrorizado de que su reina volviera para echar una segunda ojeada.

CAPÍTULO 17

ACEPTÉ EL CONSEJO DE FROST, Y ME FUI A UNA DE LAS habitaciones más pequeñas de la enorme casa de invitados de Maeve Reed. Ella nos había ofrecido la casa principal mientras estaba en Europa, a donde había huido porque Taranis había tratado de matarla dos veces con magia. Tal vez pronto podríamos decirle que Taranis ya no era una amenaza para ella, o para nadie, pero hoy todavía tenía que sobrevivir. Me habría gustado haber encontrado ya un lugar propio, pero con casi veinte hombres que alojar y alimentar no podía permitírmelo. Todavía me negaba a aceptar la ayuda de mi tía. Sabía demasiado bien cuán largas y peligrosas eran las cuerdas con las que ella ataba todos sus favores.

La adrenalina había desaparecido, y estaba más cansada que cuando había comenzado el día. Estaba incubando algo. Demonios.

Creía que Frost me amaría, pero no estaba segura de cómo me sentiría al envejecer mientras todos ellos permanecían jóvenes y bellos. Había momentos en que no estaba segura de ser una persona lo bastante buena como para tomarme el tema con espíritu altruista.

El cuarto estaba oscuro. Habíamos puesto cortinas oscuras en la única ventana del cuarto. Se había sacado el espejo que había sobre el aparador, de modo que la pared estaba en blanco y en paz. No habría ninguna llamada inesperada aquí. Era uno de los motivos por los que había elegido el cuarto. Tenía que descansar, y ya había tenido suficientes llamadas de espejo por sorpresa durante el día de hoy.

Kitto se había unido a mí, y estaba enroscado a mi lado, bajo la suave blandura de las sábanas de algodón limpias. Sus rizos oscuros descansaban en la curva de uno de mis hombros, su aliento tibio en el montículo de mi pecho. Su brazo estaba sobre mi estómago, su pierna sobre mi muslo, su otro brazo allí donde podía jugar ociosamente con mi pelo. Él era el único hombre de entre los de mi guardia que era más bajo que yo, lo bastante bajo como para poder acurrucarse contra mí tal como yo me acurrucaba contra los hombres más altos. Él fue uno de los primeros hombres en unirse a mí en el exilio. En las semanas que había estado lejos del mundo de las hadas, Doyle lo había obligado a usar el gimnasio. Ahora había músculos bajo la blanca suavidad de su piel de luz de luna. Músculos que nunca habían estado allí antes.

Apenas llegaba al metro y medio con la cara de un ángel que nunca hubiera salido completamente de la pubertad. Los trasgos no tienen que afeitarse, y en ese sentido, su cuerpo había adoptado esa mitad de su herencia. Jugué con los rizos suaves de su pelo, que había crecido hasta rozar sus ensanchados hombros. El pelo era tan suave como el de Galen, tan suave como el mío.

Mi otra mano rodeaba su espalda. Mis dedos remontaron la suave línea de piel escamada que corría a lo largo de su columna. Las escamas parecían oscuras bajo la débil luz, pero con una luz más brillante su piel se veía como un arco iris. En la besable boca que descansaba contra mi pecho había colmillos retráctiles, conectados a glándulas venenosas. Su padre había sido un trasgo serpiente. El hecho de que su padre hubiera violado a su madre en vez de comérsela era algo extraño. Por lo visto los trasgos serpiente eran bastante fríos en todos los aspectos. No los movía la pasión, pero algo en la madre de Kitto había despertado el calor en el frío corazón de su padre.

Ella había abandonado a su bebé al lado de una colina de trasgos cuando comprendió lo que era. Los trasgos eran conocidos por comerse a sus propias crías, y la carne sidhe era sumamente apreciada. Su propia madre lo había abandonado allí para ser asesinado. En vez de eso, fue recogido por una hembra de trasgo que había pensado criarlo hasta que creciera un poco y luego comérselo. Pero algo en Kitto la había conmovido también, y no había tenido corazón para matarlo, había algo en él que realmente provocaba el deseo de preocuparse, de cuidar, de proteger. Él había ofrecido su vida para salvar la mía más de una vez, aunque yo todavía no podía verlo como mi protector.

Él levantó sus enormes ojos almendrados hacia mí, una piscina de puro azul, igual que los ojos de Holly y Ash que también eran de un solo color. Excepto por el hecho de que los ojos de Kitto eran azules, un maravilloso azul claro como un zafiro pálido, o un cielo de mañana.

– ¿De quién te escondes hoy, Merry? -preguntó, con voz suave.

Le sonreí desde mi nido de almohadas.

– ¿Cómo sabes que me escondo?

– Es por eso que vienes aquí, a esconderte.

Acaricié la curva de su mejilla. Si no fuera por unos pocos genes, podría haberse parecido a Holly y Ash, altos y hermosos sidhe con el añadido de la fuerza y energía de los trasgos.

– Te lo dije, no me siento bien.

Él sonrió, y se apoyó en un codo para poder mirarme ligeramente desde arriba.

– Es cierto, pero hay una tristeza en ti que yo podría aliviar si sólo me dices cómo.

– Sólo no me hagas hablar de política. Tengo que descansar si debo cumplir con mi deber esta noche.

Él trazó con su dedo la forma de mi rostro, desde la frente a la barbilla. Fue un movimiento largo y lento que me hizo cerrar los ojos y contener la respiración.

– ¿Es así como ves a los trasgos que traerás a tu cama esta noche, como un deber?

Abrí los ojos.

– No es el que sean trasgos lo que lo hace un deber.

Él sonrió, deslizando su mano por mi pelo.

– Lo sé. Es por ser quiénes son, lo que son, y que además no te sientes en tu mejor momento.

– Ellos me asustan, Kitto.

Su expresión era seria.

– Yo también les temo.

– ¿Alguna vez te trataron mal?

– A ellos no les gusta mucho la carne masculina. Los he atendido una o dos veces cuando venían a la cama de mi dueña.

Kitto había sobrevivido en la cultura más violenta del mundo feérico, haciendo lo que algunas personas tienen que hacer en la prisión para sobrevivir. Eligen a alguien poderoso, o son elegidos, y se convierten en su propiedad. Era mirado con desprecio, pero extrañamente se honraba como una profesión. Por una parte, los trasgos como Kitto eran víctimas del humor cruel; por otra parte, eran muy valorados por sus dueños. El amo no era un término sexista en la nomenclatura trasgo. Podía ser macho o hembra. Era simplemente el término que recibían por poseer a un esclavo.

– ¿Atenderlos? -Le pregunté.

– Creo que en el ambiente de la pornografía yo sería lo que se acostumbra a llamar un fluffer [10]. Ellos lo hacen todo juntos, como hermanos. Ayudaba a mantener a uno listo mientras el otro terminaba.

Él lo dijo como si fuera la cosa más normal en el mundo. No había ninguna condena, ni cólera, nada. Así era en su mundo. El único mundo que él conocía hasta que su rey me lo entregó. Trataba siempre de dar opciones a Kitto en su nueva vida, pero debía tener cuidado, porque demasiadas opciones hacían que se preocupara. Su mundo entero había cambiado, literalmente. Nunca había visto la electricidad o una televisión. Ahora vivía en la mansión de una de las actrices más famosas de Hollywood, aunque nunca hubiera visto una sola de sus películas. Estaba mucho más impresionado de que ella hubiera sido anteriormente la diosa Conchenn, secreto que Hollywood no conocía.

– Estaré contigo esta noche, Merry. Te ayudaré.

– No puedo pedirte…

Él puso sus dedos contra mis labios.

– No tienes que pedirlo. Ninguno de tus otros hombres conoce la cultura trasgo como lo hago yo. No digo que podría protegerte de ellos, pero puedo impedir que caigas en sus trampas habituales.

Besé sus dedos y separé su mano de mi boca para poder poner otro beso contra la palma de su mano. Quería decir… “no puedo permitírtelo, porque ellos abusaron de ti”, pero él no lo veía de esa forma. Parecía incorrecto decirle que era un abuso cuando él no pensaba que lo era. Era su cultura, no la mía. ¿Quién era yo para lanzar piedras después de lo que había visto hoy en la cama de Andais? Pobre Crystall.

Se oyó un suave golpe en la puerta. Suspiré, y me acurruqué más contra las almohadas. No quería vérmelas con otra crisis hoy. Tenía ya una muy agradable prevista para más tarde esta noche, cuando los gemelos trasgo llegaran.

Kitto se inclinó y susurró contra mi pelo…

– Eres la princesa. Puedes decirles que se vayan.

– No puedo decirles que se vayan hasta que sepa lo que quieren. -Grité-, ¿Quién es?

– Rhys.

Kitto y yo cambiamos una mirada. Él abrió mucho los ojos, su versión de encogerse de hombros. Tenía razón. Tenía que ser algo importante para que Rhys estuviera dispuesto a verme en la cama con un trasgo, cualquier trasgo. Y eso que Kitto le gustaba, o al menos se había sentado una tarde entera con él para mostrarle un maratón de cine negro. Y junto con Galen se lo había llevado a comprarle ropa moderna. Pero Rhys siempre se iba si eso significaba tener algo con Kitto.

Lo que fuera que traía a Rhys a este cuarto debía ser importante. E importante el día de hoy significaba malo. Mierda. Dije en voz alta…

– Pasa.

Kitto comenzó a alejarse de mí como si fuera a marcharse, pero agarré su brazo y lo mantuve apoyado en su codo encima de mí.

– Éste es tu cuarto. Tú no te marchas.

Kitto pareció dudar pero se quedó donde yo lo quería. Él estaba bien de esa forma. Seguía órdenes maravillosamente, que era más de lo que podía decir de la mayor parte de los otros hombres.

Rhys entró, cerrando la puerta silenciosamente detrás de él. Estudié su cara, parecía bastante pacífico.

– Doyle es un hombre muy obstinado, incluso para un sidhe.

– ¿Y ahora te has dado cuenta? -Pregunté.

Rhys sonrió abiertamente.

– Vale. De hecho, ya lo sabía.

– ¿Todavía no permitirá que Merry se siente a su lado? -preguntó Kitto. Parecía perfectamente cómodo a mi lado ahora, como si nunca hubiera pensado en irse.

Rhys entró más en el cuarto mientras hablaba.

– Él dijo… “debo protegerla yo a ella, no ella a mí”. Luego dijo que necesitas descansar esta noche, no sentarte y preocuparte por él.

– Yo lo habría abrazado mientras ambos dormíamos -dije.

– Él pierde, nosotros ganamos -dijo Rhys, sonriendo abiertamente otra vez. Se quitó la chaqueta.

– ¿Nosotros ganamos? -repitió Kitto, con un tono de sorpresa en su voz.

Rhys hizo una pausa, con la chaqueta en una mano. La pistolera que llevaba al hombro parecía austera contra el azul pálido de su camisa. Pese a que la funda del hombro parecía que era sólo para llevar pistolas, eso no era del todo cierto. Todos los hombres que habían estado conmigo durante unos meses se las hacían hacer por encargo, sospecho que a alguno de los artesanos del cuero dentro del sithen. Ningún humano podría hacerlas tan rápido y tan perfectas. Había fundas con intrincados diseños trabajados en el cuero, y con casi tantas formas ingeniosas de llevar armas como era posible y todavía poderse poner una chaqueta moderna sobre ellas.

Rhys estaba parado allí, con un arma bajo el brazo y un cuchillo bajo el otro. Una segunda pistola en su cintura. Había también una espada corta atada con correa a través de su espalda de modo que el puño sobresalía un poco por detrás de su espalda por un costado. Él podría agarrarla igual que se coge una pistola que se lleva a la espalda.

– Te toqué en la oficina del abogado, y no sentí todas las armas -dije-. Llevas un hechizo que afecta a la visión y al tacto.

– Si no las has notado, entonces es que es tan bueno como prometía -contestó Rhys.

– ¿Por qué vi las espadas en las espaldas de Frost y Doyle?

– El encantamiento sólo funciona si no se rompe la línea de la ropa que cubre la pistolera. Ellos siguen insistiendo en llevar espadas enormes que se ven por los bordes de las chaquetas, por eso ves las espadas. Lo que también provoca que con mayor frecuencia la gente note las pistolas y las otras armas. Una vez que llamas la atención hacia lo que contiene una ilusión, ésta comienza a romperse. Tú sabes eso.

– Pero no me di cuenta de que eran las fundas de cuero las que estaban encantadas.

Él se encogió de hombros.

– Eso debe haber costado un dineral.

– Eran regalos -dijo él.

Le observé con los ojos bien abiertos.

– No, este tipo de trabajos mágicos.

– Te volviste bastante popular entre las hadas menores cuando diste tu pequeño discurso en el vestíbulo, acerca de cómo la mayor parte de tus amigos estaban debajo de la escalera cuando eras una niña, no entre los sidhe.

– Es cierto -dije.

– Sí, pero eso también ayudó a ganártelos. Eso y que seas brownie en parte.

– ¿Un hada menor hizo el trabajo en cuero? -Pregunté.

Él asintió con la cabeza.

– Mientras que los sidhe han perdido la mayor parte de su magia, las hadas menores han conservado más de lo que sabíamos. Creo que tenían miedo de advertir a los sidhe de que ellas no se habían marchitado tanto como las hadas mayores.

– Muy sabio por su parte -dije.

Rhys estaba al pie de la cama ahora.

– No es que no me guste mi nueva y elegante funda de cuero, pero ¿estás dilatando esto para poder pensar en un modo cortés de despedirme, o hay una pregunta que no quieres hacer?

– Realmente estoy interesada en la magia del cuero. Podríamos necesitar pronto toda la ayuda mágica que podamos conseguir. Pero ésta es la primera vez que has entrado de buen grado en el cuarto de Kitto mientras estoy con él. Nos preguntamos qué sucede.

Él asintió con la cabeza, y miró hacia abajo, como si ordenara sus pensamientos.

– A menos que te opongas, que cualquiera de los dos se oponga, me gustaría unirme a vosotros durante la tarde abrazándote. -Levantó su rostro y mostró una de las expresiones más neutras que yo le había visto alguna vez. Por lo general escondía sus emociones detrás de un humor sardónico. Hoy estaba serio. No parecía él mismo.

– Mi opinión no cuenta -dijo Kitto, pero se escondió a mi lado, tirando de la sábana hasta quedar casi completamente cubierto.

Rhys se puso la chaqueta sobre el brazo.

– Hemos conversado sobre esto, Kitto. Ahora eres sidhe, lo que significa que puedes ser tan testarudo como el resto de nosotros.

– Oh, por favor -dije-. No tan testarudo como todo eso. La forma de ser de Kitto es refrescantemente poco exigente.

Rhys me sonrió.

– ¿Tan malos somos?

– A veces -dije-. Tú no eres tan malo como algunos.

– Como Doyle -dijo él.

– Frost -dijo Kitto, luego pareció sobresaltarse por su insulto hacia el otro hombre. En ese momento realmente se tapó la cara con la sábana, acurrucándose fuertemente contra mi costado. Pero ahora había una tensión en él que no tenía nada que ver con el sexo. Estaba asustado.

¿Estaba asustado de Rhys? Él había tratado de herirlo, casi de matar a Kitto al menos en una ocasión, la primera vez que lo traje a Los Ángeles. Por lo visto, unas películas y unos paseos para ir de compras no podían compensar la hostilidad anterior. Como la clase de cosas que hacen los padres para tratar de ganarse a los niños durante un divorcio. Si eres malo, todos los regalos del mundo no lo compensarán después.

Rhys había sido malo, y Kitto había estado escondiendo que todavía temía al otro hombre. Yo me había perdido esa situación completamente. Había pensado que éramos una gran familia feliz o que eso íbamos a lograr. ¿Cómo podría gobernar a esta gente si ni siquiera podía mantener la paz y la seguridad entre mis propios amantes?

– No creo que Kitto esté cómodo contigo aquí, Rhys -le dije. Acaricié a Kitto bajo las sábanas. Él se acurrucó más contra mí, como si temiera lo que yo le iba a preguntar. No entendía por qué "servir" a Holly o a Ash no le molestaba, pero Rhys sí lo hacía. Tal vez era algo de tipo cultural que yo no entendía porque no era lo bastante trasgo. Podría ser su reina suprema, pero nunca sería realmente trasgo. Ellos eran nuestros soldados de infantería, nuestro brazo fuerte, y mayoritariamente carne de cañón. Los Gorras Rojas eran nuestras tropas de asalto. Pero me estaba perdiendo algo, justo en este momento, sobre el trasgo que había en mi cama. Él era realmente sidhe debido al nacimiento de su magia, pero en su corazón era, y siempre sería, trasgo, tal como había más parte de humana en mí porque había ido a escuelas humanas y tenía amigos humanos. Era algo más que la genética lo que me hacía más humano de lo que era, más americana de lo que yo habría sido por la manera en que pensaba. A veces me preguntaba si mi padre habría encontrado otra excusa para llevarme fuera del mundo de las hadas si Andais no hubiera tratado de matarme. Mi padre había sentido que era muy importante que yo entendiera nuestro nuevo país.

– Kitto -dijo Rhys-. Sé que fui horrible contigo una vez, pero he tratado de compensarlo.

La voz de Kitto salió amortiguada.

– ¿Hiciste todo eso sólo para compensarme?

Rhys pareció pensar en ello.

– Al principio sí, pero eres el único que mira más de dos películas de gángsters seguidas conmigo y realmente las disfruta. Los demás las toleran. ¿O sólo estabas siendo cortés?

Kitto habló, todavía desde debajo de las sábanas.

– Me gusta James Cagney. Él es bajo.

– Sí, a mí también me gusta eso de él -dijo Rhys.

– Tú no eres bajo -dijo Kitto.

– Para ser un sidhe, lo soy.

Kitto empujó un borde de la sábana de modo que pudiera ver al otro hombre. Yo allí sobraba. Éste era un momento de chicos, que se había convertido extrañamente en un momento de chicas. Yo había notado con Kitto que el silencio de los chicos no funcionaba completamente. Él tenía una necesidad casi femenina de hablar, de expresar sus pensamientos y sentimientos, o no se volvían verdaderos para él.

– Edward G. Robinson es bajo también -dijo Kitto suavemente.

Rhys sonrió.

– Bogart no era demasiado alto tampoco.

– ¿De verdad? Ellos lo hacen parecer alto.

– Cajones de manzana y ángulos de cámara -dijo Rhys.

Kitto no preguntó lo que quería decir con cajones de manzana, lo que significaba que ya habían tenido una conversación sobre actores bajos subidos sobre cosas que los hacían parecer más altos delante de la cámara. Era también un modo barato de hacer que tu bandido o tu héroe pareciera lo bastante fuerte como para levantar a alguien con una sola mano. Oh, la magia de las Películas B.

Kitto salió un poco más de debajo de las sábanas.

– ¿Qué quieres, Rhys?

– Quiero pedirte perdón porque alguna vez pensé que eras como Holly, Ash y el resto.

– No soy tan fuerte como ellos -dijo Kitto.

Rhys sacudió la cabeza.

– Eres amable y ansías bondad. No es un pecado.

– Me has explicado ese concepto del pecado, y si lo entiendo bien, entonces sí, Rhys, es un pecado ser débil entre los trasgos. Un pecado que a menudo termina con la muerte.

Rhys se sentó en la esquina de la cama. Kitto no se estremeció, lo que era un gran avance.

– Oí que vas a ayudar a Merry con los trasgos esta noche -dijo Rhys.

– Sí -dijo Kitto.

– Tuvimos otra llamada de los trasgos desde que Merry entró aquí.

Ahhh, aquí viene, pensé.

Kitto se sentó, rodeando sus rodillas con sus brazos, apartando las sábanas y alejándolas un poco de mí.

– ¿Qué ha pasado?

– Kurag, el Rey de los Trasgos, estaba sorprendido de que quisieras ayudar con los hermanos esta noche. Dijo que Holly te usaba como a una puta cuando no podía encontrar una hembra de su gusto.

– Muchos de ellos me usaron cuando yo estaba entre los amos -Kitto lo dijo como si fuera algo normal.

– Dijo que uno de tus dueños era un favorito de los hermanos, y que tú lo ayudabas con esto también. -Yo sabía que Kurag no habría usado la palabra “ayudar”. Los trasgos hablaban sin rodeos sobre el sexo, excepto aquellos como Kitto, que habían pasado sus vidas en la necesidad de ser serviles. Extrañamente, los trasgos más débiles eran aquellos que mejor ejercían la diplomacia entre su clase. Cuando una palabra equivocada puede matarte o mutilarte, supongo que aprendes a tener cuidado con tu lengua. Sé que eso me había ayudado a volverme cautelosa.

– Mi último dueño disfrutaba de su compañía.

– ¿Qué le pasó a tu último dueño? -preguntó Rhys.

– Ella se cansó de mí y me puso en libertad para encontrar un nuevo amo. -Él tocó mi brazo.

– Tú ves a Merry como tu nuevo amo -dijo Rhys.

– Sí.

Esa era una noticia para mí.

– Kitto -le dije, y él me miró-. ¿Sientes que no tienes ninguna opción cuando te pido que hagas algo?

– Todo lo que me pides es agradable. Eres el mejor amo que he tenido nunca.

Esa no era la respuesta que yo hubiera querido. Miré a Rhys, tratando de pedirle con la mirada… “ayúdame a saber cómo hacer esta pregunta”.

Rhys la respondió él mismo.

– No vas a romper una vida de hábitos con unos meses de seguridad, Merry.

Tenía razón, pero no me gustaba el hecho de que Kitto sintiera que tenía poca capacidad de elección en su nueva vida.

– Eres sidhe, Kitto -le dije.

– Pero también soy trasgo -me contestó, como si eso lo respondiera todo. Tal vez lo hacía.

– ¿Por qué te ofreces para estar con Merry esta noche con Ash y Holly? -preguntó Rhys.

– Nadie más aquí entiende realmente de qué son capaces. Debo estar allí para procurar que si hay daño no sea Merry quien lo sufra.

– Quieres decir que aceptarás el abuso para que ella no sufra -dijo Rhys.

Kitto asintió con la cabeza.

Me senté y lo abracé.

– Tampoco quiero que te hagan daño.

Él se dejó abrazar.

– Y por eso yo aceptaría el daño con mucho gusto. Además, soy más difícil de dañar que tú.

– Si me lo permites, me uniré a ti y a Merry esta tarde -dijo Rhys.

– Esta noche, quieres decir -dije.

– No, no sé si soy lo suficientemente fuerte aún. -Él miró hacia abajo, luego alzó la mirada pero sin mirarme a mí-. No sé si soy tan fuerte como mi amigo.

– ¿Amigo? -preguntó Kitto.

Rhys asintió con la cabeza.

– ¿Cómo puedes decir que no eres tan fuerte como yo? -preguntó Kitto.

– Yo fui víctima de trasgos que me torturaron durante sólo una noche. Y he temido y odiado a todos los trasgos durante años. Me has enseñado que estaba equivocado. Pero todavía no sé si soy lo bastante fuerte como para estar en el cuarto cuando Merry vaya con los trasgos esta noche. No sé si puedo permanecer de pie en esa habitación, viéndola y cuidándola. Tú has sufrido años de… de ser dañado, por los mismos trasgos que estarán aquí esta noche. Aún así te ofrecerás para proteger a Merry. Te digo, Kitto, que ésa es una especie de valentía que yo no tengo. -Su único y hermoso ojo brillaba en la penumbra.

Kitto extendió la mano y tocó su brazo.

– Eres valiente. Lo he visto.

Rhys sacudió la cabeza y cerró su ojo. Una lágrima solitaria corrió por su rostro, brillando más de lo que lo haría cualquier lágrima humana en la semipenumbra del cuarto.

Kitto tocó esa lágrima sólo con la yema del dedo. Me ofreció la gota temblorosa, pero sacudí la cabeza. Él la levantó a sus labios, y Rhys lo miró lamer su lágrima. Las lágrimas no eran tan preciosas como la sangre y otros fluidos, pero aún así eran regalos. Yo sabía que a veces los trasgos torturaban simplemente para hacer brotar lágrimas.

Un sidhe te haría llorar, pero no valoraba las lágrimas.

– ¿Puedo unirme a vosotros? -preguntó Rhys, y yo sabía que no era a mí a quién preguntaba.

Kitto contempló su cara y finalmente asintió con la cabeza.

CAPÍTULO 18

LA ROPA Y LAS ARMAS DE RHYS TERMINARON EN UN MONTÓN al lado de la cama. Desnudo, era tan asombroso como siempre. Había guardias que tenían cinturas más esbeltas, u hombros más amplios, pero nadie tenía los músculos tan esculpidos en estómago, pecho, brazos, y piernas como Rhys. Todo él era suave, duro y fuerte.

La cama no habría sido lo bastante grande para mí y dos de entre la mayoría de los otros hombres, pero Kitto y Rhys ocupaban menos espacio que la mayoría. Había espacio para nosotros tres.

Yacía entre los músculos pesados y suaves de los dos, y me sentía tan bien. La sensación me hizo cerrar los ojos y simplemente concentrarme en sentir sus cuerpos contra el mío. Necesitaba esto, ser consolada por las personas que me querían, ser apoyada, y no tener que preocuparme. ¿Se habría dado cuenta Doyle de que yo estaba ahí, tensa, escuchando sus gemidos de dolor, y no descansando realmente? Quizás.

Sólo ahora, con Rhys y Kitto rozándome con sus manos, dejando un beso en un hombro, luego en el otro, comprendí que hoy no se trataba de sexo. Tenía que ver con el necesitar ser consolado, necesitar sentirse cuidado por otro. ¿Era tan débil que necesitaba esto, aún cuando el hombre que decía amar estaba herido? ¿Estaría realmente contenta con el contacto de un sólo hombre, no importa quién fuera?

No amaba menos a Doyle aunque estuviera acostada entre dos hombres, pero ellos me daban algo que él no podía. Me daban un consuelo sin problemas. No amaba a ninguno de ellos de esa manera. Los amaba, pero… pero sus lágrimas no hacían trizas mi corazón. Sus penas me afligían pero no sangraba cuando ellos sangraban. El amor te hace débil y fuerte. Había sido en ese momento antes, cuando había pensado que mi Oscuridad ya no estaría nunca más. Había sido como la pérdida de una parte de mí misma. Me había congelado, me había hecho perder el Norte. Y eso era peligroso. ¿Pero no me había pasado lo mismo cuando Galen casi había sido asesinado en el sithen? Sí, me había sucedido. Había amado Galen desde que era una niña. Una parte de mí siempre le amaría. Pero ése era el amor de una niña, y yo ya no era una niña.

– No prestas atención -dijo Rhys.

Parpadeé hacia donde él estaba recostado a mi lado. Debí parecer sorprendida, porque se rió.

– Tu cuerpo disfrutaba siendo acariciado, pero tu mente estaba a cientos de kilómetros de esta cama. -El humor murió, dejando su rostro un poco triste-. ¿Ha pasado ya? ¿Doyle y Frost ya te han acaparado totalmente?

Me llevó un momento entender lo que él quería decir.

– No, no es eso.

– Ella piensa en la política y el poder -dijo Kitto desde donde su cabeza estaba enterrada en mi cadera y muslo.

Rhys miró al otro hombre.

– ¿En medio de las caricias ella piensa en política? Oh, eso es peor todavía.

– Ella a menudo me toca y piensa al mismo tiempo. Parece despejar su mente.

Rhys me miró desde donde estaba apoyado sobre su codo.

– ¿Todas estas caricias simplemente te despejan?

Eso era un insulto por no haber estado prestando atención.

– Disfrutaba de ello, Rhys, francamente. Pero mi mente corre a mil kilómetros por hora. Al parecer no puedo dejarla quieta. -Miré a Kitto-. ¿Realmente sólo te uso para despejar mi mente?

– No puedo ser un rey para ti, ambos lo sabemos. Estoy feliz de tener un lugar en tu vida, Merry. Trabajo para ti, y hago tareas que la mayor parte de tus nobles señores creen que son demasiado bajas para ellos. Puedo ser tu asistente personal, y nadie más podría hacer eso para ti.

– Ahora contamos con varias mujeres sidhe -dijo Rhys-. Si Merry quiere más damas de compañía, puede tenerlas.

– No confiamos en ellas para dejarlas a solas con nuestra princesa después de sólo unas pocas semanas alejadas del servicio de Cel -dijo Kitto.

La cara de Rhys se oscureció.

– No, no lo hacemos. No todavía.

– Adoro que nadie pueda hacer esas cosas por Merry, salvo yo -dijo Kitto.

Acaricié sus rizos.

– ¿Realmente? -pregunté.

Él me sonrió y eso llenó sus ojos de algo más que sólo felicidad. Él tenía un lugar en mi vida. Pertenecía a algo. No es sólo la felicidad lo que buscamos. Buscamos algún lugar a donde pertenecer. Algunos pocos afortunados lo encontramos en la infancia en nuestras propias familias. Pero la mayor parte de nosotros pasamos nuestras vidas adultas buscando ese lugar, persona o colectivo que nos permita sentir que somos importantes, que importamos, y que sin nosotros algo no se haría o no sería posible. Tenemos que sentir que somos irremplazables.

– No tocas a nadie más aparte de a mí para despejar tu mente. Vienes a mi cuarto cuando tienes que esconderte de las demandas que los demás te exigen. Vienes a mí cuando quieres pensar. Me tocas, te toco. A veces hay sexo, pero a menudo sólo hay consuelo. -Él acurrucó su mejilla contra mi muslo-. Nadie me ha sostenido alguna vez para darme comodidad antes. Encuentro que me gusta, muchísimo.

Pensé en todo lo que él acababa de decir y no pude discutirlo.

– Creí que te escondías en el cuarto de Kitto porque era el único que no tenía espejo -dijo Rhys.

– Eso también -le dije.

– Ella no viene sólo a mi cuarto. Ella se acerca a mí cuando estoy sentado bajo su escritorio. Ella me ve siempre a sus pies como algo con quien contar cuando está allí, para tocar y ser tocado.

– ¿Los perros se te han unido alguna vez bajo el escritorio? -preguntó Rhys.

– Los perros no parece que se acerquen al escritorio cuando Kitto está debajo. -Lo miré, mis dedos jugando con su pelo-. ¿Les haces algo a los perros?

– Mi lugar está a tus pies, Merry. Ellos no pueden ocupar mi lugar.

– Ellos son perros, Kitto, no importa cuán especiales y mágicos sean. Son perros. Tú no lo eres.

Él sonrió, un poco tristemente.

– Pero los perros colman muchas de las necesidades que lleno para ti. Te he visto acariciarlos, los he visto calmarte.

– ¿Estás más celoso de los perros que del resto de nosotros? -preguntó Rhys.

– Sí -dijo Kitto.

Me hizo sentir triste, el hecho de que pensara que era tan poco importante para mí.

– Kitto, tú eres importante para mí. Tu contacto no se parece a las caricias de los perros.

Él movió su rostro para que yo no pudiera ver sus ojos. Los escondió besando mi muslo, porque no quería que yo viera su expresión.

– Eres mi princesa.

Yo había aprendido que la frase “Eres mi princesa” significaba varias cosas. Que estaba siendo obstinada, y me equivocaba, pero que ya que él no podía cambiar de opinión, dejaría de intentarlo. También podía significar que había pensado en algo espantoso y no quería compartirlo. O que yo había hecho algo para herir sus sentimientos, pero sentía que no tenía derecho a quejarse.

Tanto en una frase tan pequeña.

– Los trasgos no cuidan a los perros. Nunca tienen -dijo Rhys.

Lo miré.

– Pero los perros del mundo de las hadas son preciosos para todas las hadas.

– Los trasgos solían comérselos.

Miré a Kitto, quien todavía no mostraba su cara. Besó mi muslo un poco más abajo, lo que significaba que Rhys probablemente tenía razón.

– Si cualquiera de los perros desaparece, no seré feliz.

– Ves -dijo Kitto-. Ellos son lo bastante importantes para ti como para amenazarme a causa de ellos.

– Son nuestras mascotas y un regalo de la Diosa y la magia salvaje.

– Sé lo que significan para todos vosotros, pero no es por mí por quien deberías preocuparte. Holly y Ash probablemente estarán demasiado ocupados para preocuparse por un poco de carne fresca, pero traen a los Gorras Rojas para protegerlos. Los Gorras Rojas deambularán mientras tienes sexo con los hermanos. Y a los Gorras Rojas les gusta su carne fresca y sus colas meneándose.

– Mierda -dijo Rhys-. Yo sabía eso, pero han pasado tantos años desde que he tenido cualquier trato con los Gorras Rojas que lo olvidé.

– ¿Ellos no ayudaron a torturarte? -pregunté, antes de poder contener el pensamiento.

– No. Recordaron que una vez fui Cromm Cruach, y que les regalé mucha sangre para jugar. Todavía sienten que me deben algo a cambio de ese momento.

– Debió haber sido un buen baño de sangre para que sientan que te deben algo después de tantos siglos -le dije.

Fue el turno de Rhys de mirar a lo lejos para que yo no pudiera ver su expresión.

– Una de las traducciones de mi nombre era “garra roja”. Era un nombre fiel.

Entendí que con “nombre fiel” quería decir lo exacta que era la descripción. Lo miré fijamente, tan pálido y hermoso a mi lado. Su cara infantilmente hermosa con esa plena y acariciable boca. Las cicatrices eran lo único que te impedía ver más allá de esa máscara de juventud y humor. Sin ellas que te recordaran los serios trances por los que había pasado este hombre sin edad, podrías confundirlo con alguien informal. Alguien a quien despedir. Él, ciertamente, había jugado ese papel durante años en la corte.

Tracé el borde del área llena de cicatrices. En un tiempo pasado, se habría apartado, pero ahora sabía que para mí las cicatrices eran sólo otra textura en su cuerpo, sólo más cosas que tocar y besar.

Él me sonrió, y su rostro se volvió aún más hermoso, de esa forma repentina en que el rostro de un amante puede brillar para ti.

No con magia, sino simplemente por el placer derivado de algo que has dicho o hecho.

– ¿Qué? -pregunté con voz suave.

– En todos los largos años desde que me arrancaron el ojo, eres la única persona que me ha tocado así.

Fruncí el ceño hacia él, y puse mi mano contra su cara, el borde de la cicatriz justo bajo mi mano.

– ¿Así cómo?

Él me miró, como si yo supiera exactamente cómo.

– Somos sidhe de la Corte de la Oscuridad. Las cosas que otros consideran imperfecciones son señales de belleza entre nosotros -le dije.

– Sólo si no eres sidhe -dijo Rhys-. Estar realmente marcado y ser sidhe es un recordatorio vivo de que tu belleza perfecta puede ser estropeada para siempre. Soy el fantasma en el espejo, Merry. Les recuerdo que sólo somos mortales con unas vidas más largas, pero no realmente inmortales.

– Yo también -dije.

Él me sonrió otra vez, presionando su rostro con más fuerza contra mi mano.

– Ése es uno de los motivos por los que siempre pensé que haríamos una buena pareja.

Le miré con el ceño fruncido.

– ¿Qué?

– No hagas como que no lo recuerdas, tuvimos una cita cuando tenías dieciséis años.

– Lo recuerdo. -Dejé mi mano caer sobre la sábana-. Recuerdo que trataste de persuadirme para que tuviera sexo contigo, lo que habría conseguido que ambos fuéramos ejecutados.

– Realmente no aspiraba a la cópula. Solamente quería ver qué impresión de tu familia te llevabas después.

Yo fruncí el ceño más fuerte.

– ¿Qué significa eso?

Él sonrió, suavemente esta vez.

– Dependiendo de cómo respondieras a mis acercamientos… -dijo alzando las cejas al decir la última palabra, haciéndome reír-… yo decidiría si me acercaba o no a tu padre.

Yo tenía una noción de a dónde iba esto.

– ¿Le preguntaste a mi padre si podías ser mi novio?

– Le pedí que me tuviera en consideración.

– Ninguno de los dos me dijo nada.

– Parecía claro desde el principio de todo esto que yo no era un favorito para tu corazón. Amabas a Galen más que a mí ya desde que tenías dieciséis años. Entonces tu padre te entregó a Griffin, y si hubieras quedado embarazada eso habría sido todo.

Mi cara se ensombreció con la mención de mi ex-novio. Él me había rechazado años después. Dicho de otra forma, yo era demasiado humana, no lo bastante sidhe para él. Lo que él no había comprendido era que una vez que me dejara, Andais lo obligaría de nuevo al celibato como el resto de la guardia. Él trató de unirse a mi pequeño harén y lo rechacé. La única razón por la que quería unirse a nosotros era para tener sexo con alguien, con cualquiera. Él no me amaba. Y yo lo sabía.

Lo que yo no había esperado era que vendiera fotos bastante íntimas de nosotros dos a los periódicos sensacionalistas. Yo lo había amado una vez. En cambio, no estaba segura de que él me hubiera amado alguna vez. Había vendido las fotos y había huido del mundo de las hadas. Según lo que yo sabía el largo brazo del mundo feérico nunca lo había atrapado. Según lo que yo sabía. No lo había preguntado. Lo había amado una vez. No quería saber cómo había muerto, o que me presentaran su cabeza en una cesta. La tía Andais era capaz de ambas cosas, o incluso de alguna peor.

Rhys tocó mi mejilla, me hizo alzar la vista hacia él.

– No debería haber mencionado su nombre.

– Lo siento, pero no había pensado en él durante mucho tiempo.

– Hasta que yo lo traje de vuelta -dijo Rhys.

Kitto se movió minuciosamente a mi otro lado. Hasta ese momento él había estando tan quieto que casi había olvidado que estaba allí. Era muy bueno en esto, porque estar desnudo en una cama conmigo y con Rhys, y todavía ser capaz de pasar casi desapercibido… yo comenzaba a preguntarme si acaso era una clase de magia. Si lo era, entonces no era sidhe. Los trasgos serpiente eran usados sobre todo como exploradores, espiando la configuración del terreno. Tal vez todos ellos poseían un talento natural para pasar desapercibidos si lo deseaban.

Lo miré, pero no le pregunté en voz alta si podía hacer magia. Kitto no creería que podía hacer magia ni aunque así fuera. Él creía que no tenía poderes, y eso era todo.

– Quizás debería dejaros solos -dijo él.

– Éste es tu cuarto y tu cama -dijo Rhys.

– Sí, pero lo compartiré con mi amigo, aunque no esté incluido.

Rhys extendió la mano más allá de mí y acarició el hombro del otro hombre.

– Es una oferta generosa, Kitto, pero creo que no habrá sexo esta tarde.

– ¿Qué? -pregunté.

Él me sonrió.

– Tu mente está ocupada por todo lo que ha pasado hoy, tal como la mente de una reina debería estarlo. Eso hace a una buena gobernante, pero mal sexo.

Comencé a protestar, pero él levantó mi barbilla con su mano.

– Está bien, Merry. Tal vez lo que necesitamos ahora mismo es abrazarnos el uno al otro. Tal vez se trata de proximidad.

– Rhys…

Su mano se movió de modo que cubrió mi boca, ligeramente, con su mano.

– Está bien, realmente.

Besé la palma de su mano, luego la alejé de mi boca.

– Ahora entiendo por qué no Galen. Él es un desastre político. Pero tú, tú eres un buen político.

– Gracias por el elogio.

– ¿Y por qué? -pregunté.

– ¿Por qué no me eligió tu padre? -preguntó.

Asentí con la cabeza.

Kitto salió de la cama.

– Éste es un asunto sidhe.

– Quédate -dijo Rhys.

Kitto vaciló.

– El príncipe Essus me dijo que había bastante muerte en su vida. Él quería que te unieras con alguien cuya magia tuviera que ver con la vida.

– La magia de Griffin versaba sobre la belleza y el sexo.

– Tu padre creía que ese tipo de poder era lo que faltaba para provocar la aparición de tu magia. -Rhys jugó con las puntas de mi pelo-. Tenía razón.

– Si fueras trasgo -dijo Kitto-, la belleza y el sexo serían inútiles. Eso te condenaría a ser un esclavo de alguien más fuerte y más capaz de luchar. Tus poderes, Rhys, serían valorados por encima de tales cosas suaves.

– Essus quería algo más suave para su hija -dijo Rhys.

– Él nunca habría elegido a Doyle, ¿verdad? -pregunté.

– Nunca se le habría ocurrido que la Oscuridad de la reina podría ser separada alguna vez de su lado. Pero no, creo que si yo ya era demasiado duro para su hija, desde luego Doyle lo habría sido también.

– No había pensado antes en quién mi padre podría haber elegido para mí de entre mis guardias.

– ¿No? -preguntó.

– No.

Kitto había recogido sus vaqueros del suelo donde los había dejado caer.

– Os dejaré para que podáis hablar.

– Quédate -dijo Rhys-. Ayúdame a entender por qué Merry viene a ti cuando quiere relajarse. No soy el deseo más ferviente de su corazón. Ni siquiera soy el que hace que su corazón lata más rápido por un simple roce. También necesito encontrar un lugar en su vida. Ayúdame enseñándome a cómo ser algo más en su vida.

– No te enseñaré mi lugar, porque me sustituirías.

– Nunca podré conformarme con exigirle tan poco a Merry como tú. No tengo, ni tu personalidad, ni tu paciencia. Pero puedes enseñarme a presionarla menos, de modo que ella pueda volverse hacia mí en busca de algo.

– Oh, Rhys -dije.

Él sacudió la cabeza, haciendo que todo su cabello blanco y rizado se deslizara alrededor de sus hombros.

– Me gustas. Siempre me gustaste. Disfrutas del sexo conmigo, pero no ardes por mí. Extrañamente, ardes por cosas más frías que mis poderes.

– Soy una sidhe de la Oscuridad.

– También eres sidhe de la Luz.

– En parte sí, pero también soy humana en parte, y en parte brownie. Pero si me empujas a elegir, soy sidhe de la oscuridad.

Él sonrió, una triste sonrisa.

– Lo sé.

– Andais me acusó de rehacer la corte de la Oscuridad a semejanza de la Corte de la Luz. No lo hago a propósito.

– ¿Recuerdas lo que te dije sobre cuando tenías dieciséis años? ¿Que yo quería ver a qué lado de tu familia te acercarías después? -preguntó Rhys.

– Sí.

– Quería que te acercaras al lado luminoso de tu familia.

– Mi abuelo es un bastardo abusivo. Mi tío está loco. Mi madre es una advenediza fría y envidiosa. ¿Por qué querrías eso en tu vida?

– No me refiero a sus personalidades, y no me refería a esos parientes que recuerdas. Recuerda, conocí a tus antepasados antes de que se perdieran en las grandes guerras en Europa. Conocí a algunas mujeres de la línea de tu madre. Eran diosas de la fertilidad, el amor, y la lujuria. Eran un grupito cálido, Merry, de esa forma sencilla y terrenal.

– Entonces qué, ¿te preguntabas si yo me parecería a mi bis-bis-bisabuela?

– Tías -dijo Rhys-, y una bisabuela o dos. Me las recordabas. El pelo, los ojos. Las vi en ti.

– Nadie más lo hizo -le dije.

– Nadie más miraba.

Me elevé y le di un beso. El beso creció hasta que yo sentí su cuerpo ponerse duro otra vez, donde toda la conversación lo había vuelto suave. Se separó de mis labios con un sonido que era casi de dolor.

– No puedo seguir siendo un caballero si sigues besándome así.

– Entonces no seas un caballero, sé mi amante.

Kitto terminó de abrocharse los vaqueros.

– Os dejaré para que hagáis lo que los sidhe hacéis mejor, además de la magia. Eres mi amigo, Rhys, te creo cuando dices eso, pero no te sientes cómodo si estoy en la cama contigo y la princesa.

Rhys comenzó a protestar. Fue mi turno de poner mis dedos sobre sus labios.

– Él tiene razón.

Él movió mi mano.

– Lo sé. Demonios, lo sé. Pensé que si podía tener sexo contigo y con Kitto, podría protegerte esta noche con los trasgos, pero no puedo.

– Has recorrido un largo camino en el tema de los trasgos, Rhys. Es bueno.

– ¿Quién te protegerá esta noche si Doyle está herido y mi sensibilidad está demasiado a flor de piel?

– No lo sé -dije-, y en este preciso momento no me importa. Hazme el amor, Rhys, ahora, sólo tú. Quédate conmigo, ayúdame a calmar mis pensamientos. -Me elevé y lo besé otra vez y lo atraje hacia abajo con brazos, manos e impaciencia.

No oí la puerta cerrarse silenciosamente detrás de Kitto, pero cuando abrí los ojos, estábamos solos.

CAPÍTULO 19

RHYS ME TUMBÓ BOCA ABAJO Y COMENZÓ A RESPIRAR SU camino descendiendo por mi espalda. Yo habría dicho besado, pero era demasiado suave para eso. Acariciaba mi piel con el más ligero roce de sus labios y aliento. Cuando llegó bastante abajo, comenzó a rozar y a respirar sobre ese delicado vello, casi invisible, de la parte más baja de mi espalda, de forma que se me puso la piel de gallina y comencé a temblar involuntariamente.

Levanté un poco las caderas de la cama en una invitación silenciosa para que hiciera algo más.

Él se rió, con esa risa que era en parte placer masculino y diversión. Pero por una vez no había nada de burla hacia sí mismo en ella. Dejó un beso más fuerte contra mi espalda. Me retorcí para él, haciéndole saber sin palabras lo maravilloso que era.

Hizo descender su peso sobre mí, descansando su longitud dura y larga entre mis nalgas. Esa sensación me hizo lanzar un grito.

Me rodeó con sus brazos separándome de la cama, hasta poder acunar mis pechos en sus manos. Me sostenía firmemente con la fuerza de su cuerpo.

– Si yo realmente te amara -susurró él- haría lo que Kitto ha hecho. Rechazaría tener sexo contigo. Me apartaría de la carrera para ser rey. Kitto lo hizo porque sabe que ninguna corte dejaría nunca a un medio trasgo sentarse en el trono como su rey. Antes lo matarían.

Él se presionó más fuerte contra mí, empujando sus caderas sólo un poco. Me hizo retorcerme tanto como su peso me lo permitía, pero la seriedad de su voz no se correspondía con lo que su cuerpo hacía.

Rhys siguió susurrando contra mi pelo…

– Sé que amas a Doyle y a Frost. Infiernos, incluso amas a Galen más que a mí, incluso ahora que los dos habéis comprendido la inutilidad política que sería él como rey.

– A veces tenemos sólo sexo oral cuando estamos juntos.

Rhys se tensó encima de mí, y no de un modo sexual, fue como si pensara.

– ¿Se ha apartado de la carrera para ser rey?

– No completamente, pero a veces no hacemos nada para hacer bebés. Sólo nos damos placer el uno al otro.

– Interesante -dijo, y esta vez eso no fue un susurro seductor.

Traté de elevarme, pero él me mantuvo presionada contra la cama sólo haciendo fuerza con sus brazos y empujando con sus caderas. Hablé, atrapada debajo de él.

– ¿Por qué es interesante?

– Galen se ha apartado a sí mismo de la carrera para ser rey porque sabe que no es lo bastante fuerte para ayudar a mantenerte viva. Pero él te ama, completamente. Te ama lo suficiente como para dejarte si eso es lo mejor para ti. Galante Galen.

Yo no había pensado en ello de esa forma, pero Rhys tenía razón. Era galante y horriblemente valiente. Galen todavía tenía una posibilidad de ser el padre de mi hijo, porque en las pocas veces pasadas que habíamos hecho el amor, sólo me había penetrado una vez. El resto había sido extraordinariamente divertido, pero nada que pudiera producir un bebé.

Rhys me rodeó con sus brazos, fuerte, tan fuerte que era casi difícil respirar. Susurró contra mi oído, su aliento caliente…

– Si yo realmente te amara, me quedaría fuera de la carrera para ser rey. Te ayudaría a conseguir tu deseo más ferviente, que es a Doyle y a Frost. Pero soy demasiado egoísta, Merry. No puedo dejarte sin luchar.

Hablé con la poca y entrecortada voz que su fuerza me permitía…

– Esto no es una lucha.

– Sí -susurró ferozmente-. Sí, lo es. No de la fuerza de los brazos, tal vez, pero es una batalla. Para algunos de nosotros, el premio es ser el rey. Pero la mayor parte de nosotros, Merry, te querríamos como nuestro premio aún si no hubiera ningún trono que ganar.

Empujó su cuerpo contra el mío, dura y ferozmente hasta que lloré por él. Entonces me apretó aún más hasta que pensé que tendría que pedirle que se detuviese para poder respirar. Su voz sonaba en mi oído, en algún punto entre un susurro y un silbido, tan feroz, tan llena de emoción.

– Quiero ganar, Merry. Te quiero aún si eso rompe tu corazón. Soy un bastardo egoísta, Merry. No te dejaré, ni siquiera para verte feliz.

Yo estaba debajo de él y no sabía qué decir.

Él me apretó con más fuerza, y finalmente tuve que protestar…

– Rhys, por favor…

Él alivió la fuerza de sus brazos sólo un poco para que yo pudiera inspirar, pero sus dedos apretaron mis pechos con fuerza y firmeza. La dureza de ese gesto extrajo pequeños ruidos de mí.

– Te gusta el sexo rudo más que a mí. Las cosas que son simplemente dolor para mí te hacen temblar de placer. -Su apretón en mis pechos se alivió-. Los trasgos lo harán más fuerte esta noche, y disfrutarás de ello, ¿verdad?

– He negociado por el placer de esta noche, Rhys.

Él frotó su cara contra mi pelo.

– Yo podría entregarte a Doyle, o a Frost, o a Galen, si tuviera que hacerlo. Mataría algo en mí, pero podría hacerlo. Pero no me puedo exponer a perderte frente a Ash y Holly. Yo no podría sobrellevar ver a mi Merry casada con unos trasgos, follando con trasgos cada noche.

Un sonido que era casi un sollozo escapó de él.

– Rhys -dije-, yo…

– No, no lo digas, sea lo que sea. Déjame terminar. Tal vez nunca vuelva a tener el coraje para decir todo esto otra vez.

Todavía estaba debajo de él. Yacía allí, con su cuerpo abrigando el mío, y yo le dejaría hablar, si eso era lo que él necesitaba.

– Odio pensar en ellos contigo esta noche, Merry. Odio más que te excite el pensar en ellos amarrándote y follándote. Dios, odio todo esto. -Sus brazos se apretaron alrededor de mí una vez más-. Ves, no te amo, no realmente. Si te amara, si realmente te amara, querría que fueras feliz. Yo querría que tuvieras sexo del que disfrutas, no sólo el sexo que pienso que deberías tener. Pero eso no es lo que quiero para ti. Quiero que seas más suave de lo que eres. Quiero que quieras el sexo de la manera en que yo lo hago. De la forma en que a mí me gusta. Odio que quieras cosas que creo que son dolorosas y no placenteras. Lamento saber que aunque disfrutas del sexo conmigo, no es todo lo que necesitas, o quieres. -Él hundió sus dedos en mis pechos otra vez hasta que lancé un grito otra vez, y mi cuerpo se retorció bajo el de él.

Me dejó ir repentinamente, empujándose encima de mi cuerpo de modo que sus brazos se apoyaban a mis lados, pero haciendo más fuerza con sus caderas contra las mías.

– Porque odio pensar en los trasgos contigo esta noche, porque te quiero conmigo más de lo que te quiero feliz, porque soy un bastardo egoísta, voy a llenar tu cuerpo con mi semilla, y voy a rezar mientras lo hago. Voy a llamar al poder mientras lo hago. Te quiero embarazada con mi hijo, el Consorte me ayude, pero lo deseo. La Diosa me ayude, pero lo deseo. No es que lo desee porque todos vivamos. No, porque Cel no se siente el trono, y nos divida en una guerra civil. No, nada tan noble, Merry. Lo deseo, porque te deseo a ti, incluso sabiendo que tú no me quieres.

– Te quiero realmente -dije, y me giré para poder mirarlo por encima de mi hombro.

La mirada en su cara era algo que nunca olvidaría. Tan feroz, tan desesperada, tan salvaje, pero no debida al sexo, ni siquiera a la lujuria o al amor. La mirada en su rostro estaba plena de una pérdida horrible. Si yo hubiera estado enviándolo a librar una batalla con espada y escudo no lo habría dejado ir, porque la mirada en su rostro era la mirada de un hombre que sabía que no iba a volver. El rostro de un hombre que sabía que ese día perdería, que moriría ese día. Yo lo habría sacado de la batalla. Lo habría hecho quedarse a mi lado, y lo habría mantenido vivo un día más. Pero éste no era un campo de batalla del que yo pudiera protegerlo. Éste era mi cuerpo y mi corazón, y ellos habían elegido ya.

Él sacudió la cabeza.

– Nada de compasión, Merry, al menos sálvame de eso.

Aparté la mirada entonces, para que él no pudiera ver las lágrimas que brillaban en mis ojos. Era el único modo del que podía salvarlo de mi compasión. Lo amaba, pero no del modo que él necesitaba que lo amara. Tenía razón, ni siquiera nuestros apetitos sexuales hacían juego.

Él separó mis caderas de la cama. Traté de ponerme a gatas para él, pero él forzó mi cabeza hacia abajo, de modo que la parte inferior de mi cuerpo quedó levantado como una ofrenda.

Sentí su miembro empujando contra mí, pero yo estaba todavía demasiado cerrada para que pudiera penetrarme desde ese ángulo.

– Tendrás que usar un dedo para comenzar. Sin una estimulación previa estoy demasiado cerrada para esta posición -le dije.

Él siguió empujando en mi cuerpo, más fuerte, más ferozmente.

– Te harás daño a ti mismo, Rhys -dije desde donde mi cara estaba casi sepultada contra las almohadas.

– Quiero que duela -me dijo. Entonces lo sentí hundirse en mí, encontrar la parte más desnuda de él dentro de mí, y dejé de protestar. Se forzó dentro de mí, luchando contra la estrechez y la falta de humedad de mi cuerpo. Si yo hubiera estado hecha de otra manera, me habría dolido. No era que no pudiesen hacerme daño, podían. Incluso la cópula podía hacerlo, y era sólo dolor, pero tenías que trabajar en ello, tenías que ser realmente malvado. Malvado de una forma que Rhys no era.

Comencé a gritar para él. Mi cuerpo tuvo un orgasmo simplemente por sentirlo forzar su camino dentro de mí. No fue sólo un orgasmo, sino olas sucesivas de ellos rodando repetidas veces por mi cuerpo, haciéndome retorcer y empujar contra la fuerza y fiereza de él. El placer sacó un grito desigual de mi boca tras otro. Grité, “Sí” y “Dios” y “Diosa” y finalmente grité su nombre, una y otra vez.

– ¡Rhys, oh, Dios, Rhys!

El cuarto se llenó de la luz de nuestros cuerpos, brillando como lunas gemelas con el poder creciente. Él hizo que mi piel fuera recorrida por la luz. Hundió su mano en el granate brillante de mi pelo y arqueó mi garganta hacia atrás cuando me montó. La brusquedad del gesto me hizo gritar otra vez, pero él soltó mi pelo cuando su cuerpo comenzó a luchar casi a punto de perder el control. Su respiración cambió y supe que estaba cerca, cerca, y luchando por durar un poco más, de modo que yo gritara debajo de él un poco más.

Yo estaba a gatas allí donde su empuje me había movido. Mis pechos colgaban, y se movían, chocando entre sí por la furia de su sexo. Grité mi placer, llené la habitación con su nombre como un rezo a algún Dios enojado. Entonces su cuerpo empujó por última vez tan profundamente dentro de mí que supe que debió dolerle, pero había demasiado placer para que fuera verdadero dolor.

Su cuerpo temblaba encima del mío, empujando otra vez profundamente dentro de mí. Lo sentí derramarse en mi interior en una cálida corriente de semilla y poder.

Él había dicho que rezaría mientras me follaba. Había dicho que usaría su poder para hacerme suya. Yo debería haber tenido miedo, pero no lo tenía, no podía temer a Rhys.

Sufrí un colapso bajo él, con su cuerpo todavía sepultado dentro del mío. Rhys estaba encima, ambos demasiado agotados para movernos, nuestra respiración era un sonido desigual, nuestros corazones todavía estaban en nuestras gargantas. El brillo de nuestros cuerpos comenzaba a declinar al tiempo que nuestros pulsos reducían la marcha.

Él finalmente rodó lejos, despacio. Me quedé donde estaba, demasiado floja para moverme aún. Rhys se quedó acostado boca arriba, todavía respirando pesadamente. Habló, con una voz todavía áspera por el esfuerzo.

– El modo en que reaccionas a la brusquedad anima a un hombre, Merry, aún cuando no pensabas que te gustaría así.

– Estuviste asombroso -susurré, mi propia voz un poco áspera debido a los gritos.

Él me sonrió.

– Realmente no tienes ninguna idea de lo buena que eres en esto, ¿verdad?

– Soy buena, o eso me dicen.

Él sacudió la cabeza.

– No, Merry, nada de bromas, eres asombrosa en la cama, y en el suelo, y en una mesa de madera.

Me reí.

Él me sonrió, y casi volvió a parecer el viejo Rhys antes de que se volviera serio respecto a mí. Entonces esa seriedad apareció otra vez.

– Sé que los trasgos te tendrán esta noche, y no hay nada que pueda hacer sobre ello. -Su rostro pasó de serio a enojado-. Pero cuando ellos empujen dentro de ti esta noche, empujarán mi semilla más lejos dentro de ti.

– Rhys…

– No, está bien. Sé que cumples tu deber como reina. Necesitamos a los trasgos como nuestros aliados, y éste es el modo de alargar el tratado. Sé que políticamente es una buena idea, una gran idea. -Él me contempló, y había tal intensidad en su mirada que tuve que luchar para sostenérsela-. Pero la idea de dos de ellos teniéndote esta noche, del modo que ha sido planeado, te excita, ¿verdad?

Vacilé, luego dije la verdad.

– Sí.

– Eso no proviene de la Corte de la Luz. Es definitivamente de la Corte de la Oscuridad. Es la parte de ti que no entiendo. Es la parte que Doyle entiende mejor, mejor incluso que Frost. Él puede ser tu Oscuridad, pero también guarda tu oscuridad como algo precioso para él. No quiero tu oscuridad, Merry. Quiero la luz que hay en ti.

– No puedes separar la luz de la oscuridad, Rhys. Ambas forman parte de mí.

Él asintió con la cabeza.

– Lo sé, lo sé. -Se sentó y se movió hacia el borde de la cama-. Voy a lavarme.

– Eres magnífico -le dije.

– Realmente me hice una herida.

– Te lo advertí, las caricias no son sólo para la comodidad de mi cuerpo.

– Realmente me lo advertiste. -Rhys recogió su ropa del suelo, pero no hizo movimiento alguno para ponérsela.

– Disfruta de tu ducha -dije.

– ¿Quieres unirte a mí?

Sonreí.

– No, creo que necesito algo de sueño antes de esta noche.

– ¿Te agoté?

– Sí, pero de un modo maravilloso. -Me acurruqué de lado, tirando de la sábana.

Rhys fue hacia la puerta. Le oí hablando con alguien fuera. Oí que decía…

– Pregúntale tú mismo.

La voz de Kitto llegó desde la puerta.

– ¿Puedo entrar?

– Sí -contesté.

Entró, la puerta cerrándose detrás de él. Debía de haber estado sentado en el vestíbulo todo el rato.

– ¿Quieres abrazarme mientras duermes? -me preguntó.

Miré su rostro serio, tan serio. Siempre estaba serio, nuestro Kitto.

– Sí -dije.

Él sonrió entonces, y fue una buena sonrisa. Una sonrisa que sólo habíamos descubierto que tenía recientemente. Avanzó lentamente bajo la sábana y deslizó su cuerpo contra mi espalda. Presionó su desnudez contra mi cuerpo, y fue simplemente consolador. Yo habría rechazado casi a cualquier otro hombre en la puerta en ese momento.

Kitto sabía que no sería rey, por lo que el sexo no era una presión para él. Pero más que eso, valoraba abrazarme suavemente más que el tener sexo. Después de todo, él había tenido sexo antes, pero yo no estaba segura de si lo habían amado realmente alguna vez. Yo lo amaba realmente. Los amaba a todos, pero Rhys tenía razón, no los amaba a todos de la misma forma.

La constitución de nuestro país dice que todos los hombres son creados iguales, pero es una mentira. Nunca seré capaz de hacer un tiro como Magic Johnson, o conducir un coche como Mario Andretti, o pintar como Picasso. No somos creados iguales en talento. Pero el lugar donde somos aún menos iguales es en el corazón. Puedes trabajar un talento, tomar lecciones, pero amar…, el amor funciona o no. Amas a alguien o no. No puedes cambiarlo. No puedes deshacerlo.

Me quedé allí, a la deriva en el borde tibio del sueño con el maravilloso recuerdo del buen sexo cubriendo mi cuerpo. La calidez del cuerpo de Kitto, firmemente pegado al mío me sostuvo cuando me dejé ir lejos a la deriva. Me sentí segura, amada, y resguardada. Deseé que Rhys se sintiera tan bien sobre esta tarde como yo, pero sabía que era un deseo que no se realizaría.

Yo era una princesa de las hadas, pero las hadas madrinas de los cuentos no existían. Había sólo madres y abuelas, y no había ninguna varita mágica para agitar sobre el corazón de una persona y hacer que todo se volviera mejor. Los cuentos de hadas mentían. Rhys lo sabía. Yo lo sabía. El hombre que respiraba sobre mi espalda mientras comenzaba a dormirse profundamente también lo sabía.

Malditos hermanos Grimm.

CAPÍTULO 20

MIENTRAS MAEVE REED ESTABA EN EUROPA INTENTANDO mantenerse fuera del alcance de Taranis, nos había concedido el uso pleno de su casa. Nos dijo que era un pequeño precio a pagar por haberle salvado la vida y por ayudarla a quedarse embarazada antes de que su marido humano muriese de cáncer. De modo que, por una vez, las buenas acciones habían sido recompensadas. Teníamos una mansión en Holmby Hills, con casa independiente para los invitados, piscina cubierta, y una casita más pequeña cerca de la puerta para el jardinero-conserje.

Yo todavía dormía en el dormitorio principal de la casa de huéspedes, pero ahora éramos bastantes para llenar los dormitorios de ambas casas. Los hombres tuvieron que compartir algunos dormitorios.

Kitto había conseguido un cuarto para él solo porque la habitación era demasiado pequeña para compartirla con alguien de mayor tamaño que Rhys o yo misma. Lo cual significaba nadie.

Habíamos planeado usar el comedor de la casa principal para el encuentro inicial con los trasgos. Éste era un cuarto enorme que había comenzado su vida como sala de baile. Así que era luminoso, bien ventilado y lleno de mármol. Parecía digno de un cuento de hadas humano. La corte luminosa lo habría aprobado, pero ya que Maeve había sido desterrada de allí, tal vez el comedor-sala de baile sólo era para ella una estancia más de la casa.

La mayor parte de mis guardaespaldas parecían encontrarse como en casa bajo el resplandor de las rutilantes arañas de cristal que brillaban encima de nosotros. Los guardias que Ash y Holly habían traído no parecían encontrarse en casa en absoluto.

Los Gorras Rojas se erguían sobre todos los demás en el cuarto. Dos metros quince de trasgo eran mucho trasgo. Pero eso era ser bajo para un Gorra Roja. La mayoría estaban cerca de los tres metros y medio. La altura media era de dos metros y medio a tres. Sus pieles eran de matices que iban del amarillo, al gris, y al verde enfermizo. Yo sabía que los trasgos traían Gorras Rojas como guardias. Kurag, el Rey Trasgo, era del parecer que si nos enviaba a Ash y Holly sin guardias y algo les pasara, sería visto como un complot entre él y yo para librarnos de los hermanos. Dado que la única forma posible de que fuera derrocado como rey y ellos ascendieran al trono sería si él muriera a manos de los hermanos, sus muertes serían muy convenientes para él.

¿Entonces, por qué me los ofrecía para hacerlos aún más poderosos? Porque Kurag sabía cómo se terminaría su monarquía, cómo terminaban todos los reyes trasgo. Quería asegurarse de que su gente era fuerte incluso después de muerto. No se ofendía con los hermanos por su ambición. Él sólo quería mantener su poder un poco más.

Si los gemelos murieran a nuestras manos, incluso aunque fuera por accidente, sin haber trasgos a su alrededor, podría ser malinterpretado. Si los trasgos pensaran que Kurag había hecho matar a los hermanos, su vida estaría acabada. Todos los desafíos entre los trasgos eran desafíos personales. Había trasgos que eran asesinos como una actividad complementaria, pero nunca aceptaban "encargos" donde la víctima era otro trasgo. Matarían a un sidhe, o a la pequeña gente o duendes menores, pero nunca a otro trasgo.

La única excepción era si el trasgo fuera uno de los "mantenidos” como había sido el caso de Kitto. Si tú tuvieras un problema con uno de ellos, sus "amos" combatirían contigo. Porque entre ellos ser lo que Kitto era, equivalía a admitir no ser lo suficiente guerrero como para pertenecer a la gran cultura trasgo.

Me senté en una silla grande que había sido dispuesta como una especie de trono temporal. La mesa grande había sido movida hacia atrás contra la pared, junto con la mayor parte de las sillas. Frost estaba a mi espalda. Doyle estaba todavía encerrado en su dormitorio con los perros negros. Taranis casi había matado a mi Oscuridad. Si hubiéramos estado dentro del sithen apropiado, ya podría estar curado. Ninguna de nuestras magias era lo suficientemente fuerte aquí. Éste era uno de los motivos por los que la mayoría temía el exilio, porque nunca eras tan poderoso fuera del mundo feérico.

– Les hemos traído dentro, así los periodistas humanos no podrán difundirlo en la prensa -dijo Frost con una voz tan fría como su nombre-. Pero opino que la prensa no es motivo suficiente para haberles permitido atravesar nuestras defensas con tal ejército a sus espaldas.

Yo realmente no podía discutir con él, pero estaba extrañamente despreocupada. De hecho, me sentía mejor de lo que me había sentido en horas.

– Ya está hecho, Frost -le dije.

– ¿Por qué no estás más preocupada por todo esto? -preguntó él.

– No lo sé -le contesté.

– Si no fueran trasgos, diría que te han hechizado -dijo Rhys.

Ash y Holly estaban impresionados por todo el espectáculo, lo cual los situaba aparte de los otros trasgos y los hacía bastante más sidhe.

– Saludos, Ash y Holly, guerreros trasgos. Saludos también a los Gorras Rojas de la corte trasgo. ¿Quién manda aquí?

– Nosotros -dijo Ash, mientras él y su hermano caminaban hasta situarse ante mi silla. Llevaban puesta la ropa de corte que habían llevado anteriormente, Ash en verde para hacer juego con sus ojos, Holly en rojo para hacer juego con los suyos. La ropa era de satén, y a la moda si estuviéramos entre el 1500 y el 1600.

Su corto pelo amarillo rozó sus oídos cuando se inclinaron. Habían comenzado a dejarse crecer el pelo, aunque no había pasado el tiempo suficiente como para meterlos en problemas con la reina. El pelo les tendría que rozar el cuello para esto.

– Os habéis dejado crecer el pelo durante el mes que no os he visto -les dije.

Ellos cambiaron una mirada, entonces Ash dijo…

– Lo hacemos en previsión de que tu magia haga renacer en nosotros poderes de nuestro lado sidhe.

– Es mucha confianza por tu parte -dije.

– Tenemos confianza en tus poderes, Princesa -dijo Ash.

Miré a Holly. No había ninguna confianza en sus ojos, sólo impaciencia. Él conseguiría acostarse conmigo esta noche; todo lo demás era sólo un pretexto. Holly me dejaría entrever lo que sentían realmente los hermanos. Ash era casi tan bueno en los juegos cortesanos como un señor sidhe. No confiaba en ninguno de ellos, pero Ash podía mentir con sus ojos y con su cara; Holly no podía. Era bueno saberlo.

Miré hacia los Gorras Rojas. A algunos los conocía de la lucha que había tenido lugar semanas atrás. Me habían apoyado a mí, no a los hermanos, o a Kurag, su rey. Los Gorras Rojas me habían obedecido más allá de lo que el tratado requería. En ese momento yo no había examinado aquella extraña obediencia, tan diferente de la actitud usual de los Gorras Rojas hacia los sidhe o las mujeres, porque no estaba segura de cómo se lo tomaría Kurag. No quise dar la impresión de que estaba tratando de seducir, ni aunque fuera políticamente, a los guerreros más poderosos de la raza de los trasgos para ponerlos a mi servicio.

Kurag quería desesperadamente dar fin al tratado que tenía conmigo. Temía que la guerra civil estallara entre los sidhe oscuros, o entre ambas cortes. No quería formar parte de las próximas batallas, incluso aunque el tratado lo ligara a mí. Yo no le daría una excusa para dejarme de lado. Lo necesitábamos demasiado. Así que no había profundizado demasiado en los motivos que tenían los Gorras Rojas para ser tan leales a mí.

Ahora estaban erguidos frente a mí, más de ellos de los que yo había visto alguna vez en un mismo lugar a la vez. Parecían una pared viva de carne y músculo. Todos ellos llevaban puestos pequeños gorros redondos. La mayoría estaban cubiertos de sangre seca de modo que parecía que la lana de sus ropas era de colores marrones y negros. Pero aproximadamente a un tercio de ellos les caía sangre desde sus gorras, goteando sobre su cara y manchándoles los hombros y la pechera de su ropa.

En un tiempo lejano, ser un líder de guerra entre ellos quería decir que tenías que ser capaz de conseguir que la sangre de tu gorra permaneciera fresca. La alternativa era matar a un enemigo lo bastante a menudo como para mantener tu sombrero rojo. Este pequeño hábito cultural los había convertido en los guerreros más sanguinarios del mundo feérico.

Sólo había encontrado un Gorra Roja capaz de mantener su gorro empapado en sangre fresca: Jonty. Él estaba de pie entre ellos, en el frente cerca del centro. Medía unos tres metros, tenía la piel gris, y el color de su mirada era el color de la sangre fresca. Todos los Gorras Rojas tenían ojos rojos, pero había diferentes matices de rojo, y los de Jonty eran tan brillantes como su gorra.

Cuando yo lo conocí, su piel me había recordado el color gris del polvo, pero ahora su piel no parecía seca o áspera. De hecho parecía como si usara una buena y potente crema hidratante y se la hubiera aplicado en toda la piel que estaba al alcance de mi vista. Y ya que los trasgos no iban a balnearios, no entendía el cambio de tono de su piel.

También había otros cambios. Su gorro sangraba vertiendo espesos arroyuelos de sangre de forma que toda la parte superior de su cuerpo estaba empapado. La sangre chorreaba por su ropa, y había goteado desde las puntas de sus gruesos dedos mientras él estaba de pie, dejando un delicado dibujo de sangre sobre el suelo de mármol.

– Jonty, es bueno verte otra vez. -Lo quise decir. Él nos había salvado. Había obligado a los gemelos a unirse a nuestra lucha. Los Gorras Rojas le habían seguido a él, no a Ash y a Holly.

– Y a ti, Princesa Meredith -dijo él con esa voz, tan grave que sonaba como el retumbar de una avalancha de piedras.

– ¿Deberíamos haber saludado a Asesino Frost y a Rhys? -Preguntó Ash-. No estoy completamente seguro de las reglas del protocolo sidhe.

– Puedes saludarlos o no. Yo saludo a Jonty porque él estuvo en pie a mi lado en la batalla. Saludo a Jonty y sus Gorras Rojas porque ellos me ayudaron a mí y a los míos. Saludo a los Gorras Rojas como aliados verdaderos.

– Los trasgos son tus aliados -dijo Ash.

– Los trasgos son mis aliados porque Kurag no puede evadirse de nuestro trato. Tú habrías dejado a mis hombres morir esa noche en la oscuridad.

– ¿Vas a echarte atrás en tu trato para acostarte con nosotros, Princesa? -preguntó Ash.

– No, pero ver a Jonty y sus hombres me lo han hecho recordar, eso es todo. -Realmente, yo estaba enojada. Ash y Holly habían hecho lo que todos los trasgos, y la mayor parte de los sidhe. Ésa no era su lucha, y ellos no habían querido morir defendiendo a unos guerreros sidhe que no habrían dado nada por ellos. Yo no debería culparlos, pero lo hacía de todas formas.

Jonty me había recogido en sus enormes brazos y había atravesado la noche invernal hacia la lucha. Donde él iba, los otros Gorras Rojas le seguían. Y donde los Gorras Rojas fueron, los otros trasgos tuvieron que ir. Evitar la lucha los habría marcado como más débiles y más cobardes que los Gorras Rojas. Yo sabía que había un punto de orgullo, pero Kitto había explicado que era más que eso. Habría dejado las puertas abiertas a que los trasgos fueran desafiados en combate personal por los Gorras Rojas que luchaban a mi lado. Ningún trasgo habría enfrentado con gusto tal desafío.

Yo sabía lo que les debía a Jonty y a sus hombres, pero no por qué lo habían hecho. ¿Por qué lo habían arriesgado todo por mí? Si yo pudiera discurrir una forma de preguntarlo sin insultar a Ash y Holly, o incluso a Kurag, su rey, yo lo habría preguntado. Pero la cultura de los trasgos era un laberinto para el cual yo no tenía aún un mapa. No me dejaba ningún margen para preguntar por qué a un guerrero. ¿Por qué fuiste valiente? Porque yo era un trasgo. ¿Por qué me ayudaste? Porque ningún trasgo se da la vuelta ante una buena lucha. No era del todo cierto, pero era un saber popular, y decir otra cosa nos llevaría a preguntar sobre la falta de entusiasmo de Ash y Holly.

Frost tocó mi hombro, sólo un roce ligero. Si Doyle hubiera estado allí, me habría avisado antes. A Frost no le gustaba el motivo por el que los trasgos estaban aquí esta noche. No le gustaba que yo estuviese con ellos, pero sabía que los necesitábamos como aliados.

Rhys habló suavemente…

– Merry…

Alcé la vista hacia él, asustada.

– ¿Me he perdido algo?

– Sí. -dijo haciendo señas con su mirada hacia los gemelos.

Me giré hacia ellos.

– Lo siento tanto, pero han sucedido tantas cosas hoy, que me doy cuenta que la preocupación anula mi sentido del deber.

– Entonces la Oscuridad todavía está demasiado herida para estar a tu lado -dijo Ash.

– Él no estará aquí esta noche. Te lo dije antes.

– ¿Quieren Rhys y Asesino Frost ser tus guardias esta noche? -preguntó Holly.

– No.

Rhys no podría hacerlo. Y a Frost yo no se lo habría ordenado. No podría esconder sus sentimientos lo bastante bien. Temí que insultara a Holly con una mirada o un sonido esta noche. Para un trasgo encontrarse en pleno apogeo sexual podía parecerse mucho a estar en medio de la lujuria de sangre en la batalla. No quise provocar que Frost comenzara una lucha por casualidad.

– Amatheon y Adair me protegerán. -A la mención de sus nombres, se adelantaron un paso, abandonando la fila de guardias detrás de mí. Amatheon tenía el pelo de color cobre, y Adair estaba coronado con un color oro oscuro que antes había sido de una tonalidad más tirando a marrón, antes de que hubiéramos tenido sexo dentro del sithen, y él hubiera recobrado algo de su poder. Amatheon había sido un Dios de la agricultura. Adair había sido la arboleda de roble, y al mismo tiempo también una deidad solar. Yo no estaba seguro si él fue deidad solar en primer lugar y luego degradado a roble, o si él hubiera sido ambos simultáneamente. Se consideraba una grosería el preguntar a una deidad caída cuáles habían sido una vez sus viejos poderes. Parecía como frotar en sus narices el estatus perdido.

– ¿Es verdad que follártelos fue lo que convirtió el jardín del dolor de Andais en el prado que es ahora? -preguntó Holly.

– Sí -le contesté.

Rhys dijo…

– Lamento que Doyle no esté aquí, realmente lo hago. Odio a los trasgos, todos lo saben, así que no confío en mantener mi buen juicio en esto.

– Rhys -dije-, sabes que…

– ¿Nadie va a preguntar por qué han traído a cada Gorra Roja que los trasgos tienen bajo sus órdenes?

– Yo tampoco -dijo Frost- deseo que Merry lo haga. Esto empaña también mi juicio.

– Bien, realmente a mí no me importa a quién se tire, mientras finalmente folle conmigo, así que lo diré yo… ¿Por qué, en nombre del Consorte, tenéis a tantos Gorras Rojas con vosotros? -dijo Onilwyn apartándose del resto de mis guardias.

Onilwyn era el sidhe más tosco que yo había visto jamás. Había algo macizo en su estructura muscular. Era bastante alto y se movía bien, pero simplemente parecía no estar tan bien hecho como el resto. Nunca estuve segura del por qué, y otra vez, no podía preguntar. No era su brusquedad lo que hacía que no quisiera acostarme con él. Era tan hermoso con su largo pelo verde y ojos encantadores como la mayoría de los sidhe. Pero hermoso, o no, para mí, Onilwyn era feo.

Yo había logrado no acostarme todavía con él porque realmente no me gustaba. Él había sido uno de los amigos de Cel que más me habían atormentado cuando era niña. Realmente no deseaba ser atada a él por un niño y un matrimonio, así que yo lo había rechazado en mi cama. Le había dado permiso para masturbarse, que era más de lo que la reina le había permitido. Podía entretenerse todo lo que quisiera. Sólo que no lo quería entreteniéndose conmigo.

Si no me quedaba pronto embarazada, él había prometido quejarse a la reina. Yo tenía hasta final de este mes, momento en el que empezaría a sangrar, perdiendo las posibilidades de concebir un bebé hasta el mes siguiente. La reina me forzaría a ir a su cama. Primero, por la posibilidad de que pudiera quedarme embarazada. Segundo, porque ella sabía que no quería hacerlo.

Pero a veces es la persona desagradable la que dice lo que debe ser dicho. Yo no me había preocupado de cuántos Gorras Rojas había en la habitación hasta que Onilwyn habló. Esto estaba mal. Yo debería haberme preocupado. Había bastantes como para que perdiéramos si comenzaba una batalla. ¿Por qué no me había preocupado de esto?

Mi mano izquierda palpitó con fuerza y esto provocó un sonido de mí. A mi mano de sangre le gustaban los Gorras Rojas. A mi poder le gustaban los Gorras Rojas. ¿No estaba bien, o sí?

Ash y Holly cambiaron una mirada.

– La verdad -dije-. ¿Por qué habéis traído a cada Gorra Roja del que los trasgos pueden alardear?

– Ellos insistieron -dijo Ash.

– Los Gorras Rojas no insisten -dijo Onilwyn-. Obedecen.

Ash miró al otro hombre.

– Yo me amotinaría esperando que un sidhe supiese tanto de nosotros. -Él me miró y asintió hacia mí-. Excepto la princesa, que parece hacer un estudio de la cultura de toda su gente.

Asentí en respuesta.

– Aprecio que hayas notado mis esfuerzos.

– Los he notado. Es uno de los motivos por los que estoy aquí.

– Luché en las guerras entre trasgos y sidhe -dijo Onilwyn-. Vi a los Gorras Rojas ser enviados a batallas que eran la muerte segura, pero nunca vacilaron. Aprendí que han jurado no desobedecer nunca al Rey Trasgo.

– Estás en lo cierto, hombre verde -dijo Jonty.

– También tienen prohibido competir por la monarquía -dijo Onilwyn.

– También es correcto.

– ¿Por qué estáis todos aquí? -volvió a preguntar Onilwyn.

Miré a Onilwyn. No era propio de él preocuparse tanto por mi seguridad. Tal vez se estaba preocupando de la suya.

Los Gorras Rojas miraron a Jonty. Él me miró a mí.

– ¿Por qué estáis aquí, Jonty? ¿Por qué hiciste que tantos de los tuyos vinieran contigo?

– A ti te contestaré -dijo él con aquella voz profunda, insultando a todos, a Ash y a Holly, a Onilwyn y a todos, excepto a mí.

Él avanzó. Rhys y Frost se movieron un poco delante de mí. Algunos de los otros guardias se movieron de su fila situada detrás de nosotros.

– No -les dije-. Él me ayudó a salvaros a todos. No seáis ahora desagradecidos.

– Se supone que nosotros te protegemos, Merry. ¿Cómo podemos permitir que eso se acerque a ti? -dijo Rhys.

Le dirigí una mirada poco amistosa.

– Él no es “eso”, Rhys. Él es un Gorra Roja. Es Jonty. Es un trasgo. Pero no es un “eso”.

Mi cólera pareció sorprenderlo. Hizo una pequeña inclinación y se movió hacia atrás.

– Como desee mi señora.

Normalmente, yo habría tratado de aliviar sus sentimientos dolidos, pero esta noche tenía otras cosas en la cabeza antes que hacer malabarismos con las relaciones emocionales de mi vida.

Me levanté y la ropa de seda que llevaba puesta rozó el suelo con un sonido que parecía casi vivo. Las sandalias de tiras cruzadas y tacón alto hicieron un sonido agudo sobre el mármol.

Los tacones altos habían sido la única cosa que los gemelos me habían pedido que llevara puesta. La única petición. Moví la ropa de forma que pudieran ver un destello de los tacones de diez centímetros y las tiras que envolvían mis pantorrillas. De la garganta de Holly escapó un sonido. Ash se controló mejor, pero su cara no podía disimularlo. Ellos querían mi carne blanca contra la suya dorada. Querían conocer la carne sidhe, no era sólo un asunto de poder.

Ellos, como yo, sabían lo que era ser un extraño. Ser siempre diferente de aquellos que están a tu alrededor.

Jonty cayó de rodillas delante de mí. Arrodillándose, me miró a los ojos. Me hizo ser consciente de lo pequeña que yo era.

– Jonty -le dije.

– Princesa -me contestó.

Estudié su cara. De cerca el cambio era hasta más alarmante. Su piel era más lisa, de un color gris más suave. Él se rió de mí, y los dientes que yo recordaba como un montón de colmillos parecían más rectos, más blancos, menos espantosos, más la boca de una persona que la de un animal.

– ¿Qué te ha pasado, Jonty? -Pregunté.

– Tú eres lo que me ha pasado, Princesa.

– No lo entiendo.

– Tu mano de sangre nos pasó a todos nosotros aquella noche de invierno.

Fruncí un poco el ceño y traté de pensar en un modo de hacer mi pregunta, pero… ¿cómo haces una pregunta cuando no tienes ni idea de qué preguntar?

– No lo entiendo, Jonty.

– Tu mano de sangre nos ha devuelto nuestro poder.

– Tu poder no ha vuelto del todo -dijo Holly.

Jonty le lanzó una mirada diabólica.

– No, como dice el mestizo, no. Pero es más poder del que hemos conocido en siglos. -Volvió a mirarme, la cólera desvaneciéndose de sus ojos mientras me contemplaba. Había una suavidad en su mirada que no veías en los ojos de la mayoría de los trasgos. Los Gorras Rojas eran conocidos por su ferocidad, no por su bondad.

– ¿Por qué habéis venido todos vosotros, Jonty?

– Ellos quieren que les toques como me tocaste a mí. Quieren que también a ellos les restituyas su poder.

– ¿Por qué no me lo preguntaste antes?

– ¿Lo habrías hecho?

– Tú nos salvaste, Jonty. Lo sé. Pero más que esto, mi trabajo, mi tarea como princesa debe ser devolver el poder a las hadas. A todas las hadas. Esto os incluye a ti y tus hombres.

Jonty miró al suelo, y habló tan suavemente como su profunda voz se lo permitía.

– Yo sabía que no nos rechazarías si nos presentábamos ante ti. Yo sabía que tu mano de sangre nos llamaría con intensidad si nos acercábamos a ti, pero no pensé que dirías simplemente sí a distancia.

Él alzó la vista y sus ojos rojos brillaban. Los Gorras Rojas no lloraban, nunca.

Una única lágrima se deslizó de su ojo. Una lágrima del color de la sangre fresca. Hice lo que yo sabía era costumbre entre los trasgos. Las lágrimas son preciosas, la sangre más preciosa aún. Toqué con mi dedo su cara y capturé aquella única lágrima antes de que pudiera mezclarse y perderse en la sangre que se deslizaba hacia abajo por su cara.

La lágrima tembló en mi dedo como una lágrima verdadera, pero era roja como la sangre. La levanté hasta mi boca, y bebí su lágrima.

CAPÍTULO 21

HAY MOMENTOS EN LOS QUE PARECE QUE EL MUNDO contiene el aliento. Cuando el mismo aire parece hacer una pausa, como si el tiempo en sí mismo hubiera tomado un profundo y último aliento antes de…

El sabor salubre y metálico tirando a dulzón se deslizó por mi lengua. El líquido pareció crecer, incluso cuando se deslizó por mi garganta igual que una bebida fría, clara como el agua, si ésta pudiera contener la sal de los océanos y el gusto de la sangre.

Vi la habitación fragmentada, como si las cosas no estuvieran sincronizadas. Una nube de semi-duendes volaba por la habitación, aunque sabía que ellos tenían prohibido estar. Los trasgos pensarían que eran un bocado sabroso. Pero los duendes alados inundaron la habitación como una nube de mariposas y polillas, libélulas u otros similares, e insectos que nunca habían aparecido en la naturaleza. Parecía haber muchos más de los que yo sabía que nos habían seguido en el exilio.

El aire parecía vivo con el revoloteo colorido de sus alas, había tantos que crearon una brisa que jugaba con mi pelo y rozaba mi cara.

Los perros llegaron después. Pequeños terriers que se agolpaban alrededor de los pies de los trasgos, como si a los perros no les preocupara, o los trasgos no los vieran. Después noté el paso garboso de los galgos, recorriendo un estrecho camino entre la habitación atestada. Caminaban entre los Gorras Rojas como si estuvieran atravesando un bosque en vez de moverse por entre la gente. Pasando desapercibidos, ya que los Gorras Rojas no reaccionaron ante los perros.

Los perros fueron hasta sus amos. Los terriers junto a Rhys. Algunos sabuesos fueron con los otros guardaespaldas. Mis dos perros se me acercaron. Minnie con su cara mitad roja y mitad blanca como si alguien hubiera dibujado una línea a lo largo de su cara. Mungo con su oreja roja y el resto blanco como el ala de un cisne.

Todos ellos habían estado esperándonos… a nosotros.

La voz de Frost llegó hasta mí.

– Merry, ¿qué es todo esto?

Pero fue la voz de Royal, que se cernía por encima de mí con sus alas de polilla, el que contestó…

– Es el momento de la creación, Asesino Frost.

Levanté la vista para mirar al hombre diminuto.

– No te entiendo.

Me sonrió, pero había una impaciencia en él que me hizo desconfiar. Siempre hubo algo sensual, incluso sexual, en Royal. Desde que había crecido hasta el tamaño de una muñeca Barbie grande, era inquietante por no decir algo más.

– Esperemos un poco más. -Esto vino de Penny, la gemela de Royal, quién se cernía a su lado.

No lo entendí hasta que noté a los perros negros convertidos en sombras parecidas a la Oscuridad hecha carne, cuyos ojos destellaban en rojo, verde, y todos los colores que había visto alguna vez en los ojos de Doyle cuando su magia estaba sobre él.

Doyle atravesó la puerta, apoyándose en el lomo de lo que parecía un poni negro, un poco más grande que los perros. Por el destello de aquellos ojos negros, supe que no era ningún poni. Éste plegó sus labios para mostrar unos dientes tan agudos como los de cualquier trasgo. Era un Kelpie [11], aunque no tenía ni idea de cómo podía estar aquí. Los kelpies habían sido cazados y destruidos en Europa antes de que nos asentáramos en este país.

Los Kelpies se escondían en el agua y cazaban a sus presas como los cocodrilos o pretendían ser ponis cuando estaban sobre tierra. Entonces cuando algún humano incauto los montaba, galopaban hasta llegar cerca del agua. Ahogaban a sus presas y se las comían una vez ahogados. La mayoría de sus víctimas eran niños. Ya sabéis que los niños aman a los ponis.

Frost y yo dijimos a la vez…

– Doyle.

Él nos dedicó una sonrisa. Su cara todavía estaba vendada, pero el brazo ya no estaba en cabestrillo. Se movía despacio, pero se movía, con su mano colocada sobre el lomo del poni carnívoro.

– Los perros no me dejaron descansar más tiempo -dijo Doyle.

Yo le ofrecí mi mano.

Pero Royal dijo…

– No, Princesa, no ha llegado el momento.

Alcé la vista hacia él.

– Me dijiste que era la última pieza.

– Él es la última pieza, pero no tienes que tocarle. Ya le has tocado bastante para que este momento llegara. Les has tocado a todos ellos lo suficiente para que nos llamaras a ti.

– No lo e…

– Entiendo -terminó él por mí.

– No.

– Ya lo harás -dijo, típico de Royal, porque él todo lo hacía parecer siniestro.

Mungo dio un golpe en mi mano. Acaricié su cabeza, y jugué con su oreja de seda. Minnie golpeó mi otra mano como si estuviera celosa de mi atención. Los acaricié a los dos, sintiendo su tibieza y solidez.

– No hay ningún perro para mí -dijo Frost.

Él se me había acercado.

– Lo que tiene que ser, será -canturreó Royal.

Entonces los semi-duendes se elevaron hacia lo más alto del techo, enviando una luz centelleante como el arco iris de una lámpara de araña. La luz rebotó y jugó con todos nosotros. Los trasgos, incluidos Ash y Holly, estaban todavía congelados en el tiempo como nosotros.

Jonty fue el primero en parpadear, y me contempló. Él, y todos a los que miré. Su mirada parecía sorprendida, como si el mundo soltara el aliento que había estado conteniendo.

CAPÍTULO 22

EL MUNDO ESTALLÓ, SI UNO PODÍA DECIR QUE LA LUZ, EL color, la música, y el perfume de las flores estallaban. No tenía ninguna otra palabra para describir lo que pasó. Fue como estar en el punto exacto durante el primer día en el que la vida se creó en el planeta, pero también era como estar en el prado más hermoso del mundo durante un encantador día de primavera mientras soplaba la más suave de las brisas. Fue un momento perfecto, y también un momento de increíble violencia, como si nos hubieran hecho trizas y vuelto a componer en tan sólo un parpadeo.

Mientras tanto, los perros estaban amontonados contra mí, a ambos lados. Me sujetaron, estabilizándome, impidiendo que cada pedazo de mi cuerpo se separara y volara en aquel momento. Me ayudaron a mantenerme firme, lo bastante cuerda para sobrevivir.

Me agarré a su piel, acariciándolos con la mano. Y pensé… que Frost no tenía a ningún perro para mantenerle aquí.

Pensé en gritar, pero entonces todo terminó. Sólo la sensación de desorientación y el recuerdo del dolor y el poder, desvaneciéndose en un baile de luz y magia, me hizo saber que esto no había sido alguna clase de sueño.

Doyle me miraba fijamente por encima de los cuerpos de sus perros negros. Parecía curado, intacto. Tocó al kelpie, pero no se inclinó para hacerlo. Permaneció de pie, erguido y alto.

Alzó una mano y se quitó las vendas para mostrarnos que las quemaduras habían desaparecido. Supongo que si uno puede crear la realidad, un poco de curación no es para tanto.

Porque la realidad había cambiado.

Estábamos todavía en el comedor y sala de baile de Maeve Reed, pero ya no era el mismo cuarto. Era enorme, más de cuatro kilómetros de mármol se extendían en cada dirección. Las ventanas estaban tan lejos que sólo eran una línea centelleante. Y había tal multitud de semi-duendes por todas partes, que si inspirabas profundamente tenías todos los números para tragarte uno.

Ash y Holly trataban de aplastarlos como si fueran moscas.

– No seré feliz si les hacéis daño -les dije.

Los Gorras Rojas no aplastaban a ninguno de ellos. Ni los amenazaban. Esos hombres enormes se quedaron ahí de pie y dejaron que esas cositas diminutas les rodearan. Fueron cubiertos por un vaivén de alas de mariposa, hasta que apenas se pudo ver sus cuerpos ocultos por el lento baile de color.

Jonty me miraba fijamente con aquellos ojos rojos enmarcados por alas brillantes. Unas diminutas manos se agarraban a su gorra ensangrentada, zambulléndose en la sangre, riéndose tontamente, un sonido como el repicar de campanillas de cristal.

– Nos has renovado, mi reina -dijo Jonty.

No sé lo que yo le habría contestado a esto, ya que la voz de Rhys llegó hasta nosotros.

– ¡Merry!

Aquella única palabra, con aquella nota de urgencia fue suficiente. Me di la vuelta y supe que viera lo que viera, no me iba a gustar.

Rhys y Galen estaban arrodillados al lado de Frost. Yacía desplomado de lado, terriblemente inmóvil.

Recordé entonces lo que yo había pensado. Él no había tenido nada a lo que sujetarse mientras la realidad se rehacía. Había permanecido solo ante el terror y la belleza.

Corrí con mis perros a mi lado, casi pegados a mí, pero la magia todavía estaba aquí, todavía estaba actuando, y no me atreví a despedirlos. La magia más antigua que alguna vez había pertenecido a los sidhe estaba en la habitación esta noche. Era una magia que podía ser dirigida, pero nunca controlada, no del todo. La creación siempre es una cosa arriesgada, porque uno nunca sabe lo que resultará cuando todo esté dicho y hecho, o si merecerá el precio.

CAPÍTULO 23

LAS VOCES QUE SONARON EN LA HABITACIÓN ME DIJERON que Frost no fue el único que había caído. Holly y Ash se habían derrumbado en el suelo. Los semi-duendes se abalanzaron sobre ellos ahora que no podían defenderse.

Y los otros hombres que habían caído ni siquiera tenían a otros guardias para tocarlos, e intentar despertarlos. Toqué la brillante mata de pelo de Frost, la retiré de su cara.

– ¿Qué le pasa? ¿Qué les pasa a todos? -Pregunté.

– No estoy seguro -dijo Rhys-, pero su pulso se desvanece.

Lo miré por encima de la todavía inmóvil forma de Frost. Yo sabía que mi cara mostraba la sorpresa.

– Ellos no tenían perros -dijo Galen-. No tenían nada a lo que aferrarse cuando tú creaste más tierra feérica.

Rhys asintió. Su pequeño mar de terriers, ahora inusualmente silenciosos, se sentaron a su alrededor cuando él se arrodilló.

Comencé a decir… "son sólo perros," pero Mungo me dio un topetazo en el hombro con su cabeza. Minnie se apoyó contra mi costado. Miré en sus ojos y había un perro allí, sí, pero también había algo más. Eran perros creados por la magia salvaje. Eran criaturas fantásticas, y no simplemente perros.

Acaricié su oreja, tan aterciopelada. Susurré…

– Ayudadme. Ayudadles. Ayudad a Frost.

Doyle entró a zancadas en la habitación rodeado por un montón de perros negros y enormes. Uno de los perros se separó de la manada y fue hacia uno los caídos. El perro le olió el pelo con un fuerte sonido de husmeo. Entonces se hizo más alto, más grande. En su piel aparecieron mechones verdes ahuyentando el negro, y el pelaje se hizo más largo, más espeso.

Para cuando se vio totalmente de color verde, el perro era del tamaño de un poni. Un verde como la hierba nueva y las hojas de primavera. Volvió hacia mí unos enormes ojos amarillo verdosos.

– Un Cu Sith -susurró Galen.

Simplemente asentí.

Un Cu Sith; el significado literal del nombre era "el sabueso de los sidhe". Mucho tiempo atrás cada sithen había tenido al menos uno como guardián. Uno había sido creado, o nacido de nuevo, durante la noche en que la magia había vuelto a Illinois. Ahora teníamos otro, aquí y ahora.

Bajó su gran cabeza y olió otra vez a uno de los guardias caídos. Le lamió con una lengua rosada y enorme. El hombre aspiró una bocanada de aire tan grande que lo oímos a través de la habitación. Su cuerpo se estremeció por la vuelta a la vida, o la marcha atrás de la muerte.

El enorme perro verde se movió de uno a otro, y todos aquellos que fueron tocados por él, volvieron a la vida. Fue hacía Onilwyn, inmóvil todavía, yaciendo de costado. El Cu Sith lo olió, luego dejó escapar un gruñido bajo y profundo como truenos retumbando a lo lejos. No lamió a Onilwyn para traerlo de nuevo a la vida. El Cu Sith le dejó estar. Era interesante que yo no fuera la única que no quisiera tocarlo.

El perro verde fue hacia los gemelos, dispersando a los semi-duendes hacia el techo con su gran cabeza. Pero el perro los olió, y se alejó también. No eran lo bastante sidhe para el Cu Sith.

Se oyó la voz profunda de Doyle, pero había en ella un eco divino. Miré a Doyle, su rostro parecía distante, como si él viese otra cosa que no fuera la habitación donde estábamos. Estaba atrapado por la visión, el Dios, o ambos.

Habló en un dialecto que no entendí, y uno de los perros negros avanzó. Fue hacia los gemelos, y olió su pelo. La piel negra se convirtió en un pelaje blanco que brillaba y resplandecía. Era más espeso y largo que el negro, y aún más largo y tupido que el manto verde del Cu Sith.

El perro era tan grande como un Cu Sith, tal vez incluso un poco más grande. El pelaje no era tan largo como el de los perros de trineo y estaba descuidado. Volvió hacia mí unos ojos del tamaño de un plato de postre, enormes en proporción a su cara de cachorro. Pero la mirada de sus ojos no era exactamente la mirada que podías ver en un perro. Aquella mirada estaba a medio camino entre la de un animal salvaje y la de una persona. Había demasiada sabiduría en aquellos ojos.

Rhys dijo suavemente…

– Es un Gally-trot [12].

– Un perro fantasma -dije. Se suponía que era un fantasma que encantaba caminos solitarios y asustaba a los viajeros.

– No exactamente -dijo él-. Recuerda, que alguna gente cree que todas las hadas son espíritus de los muertos.

El Gally-trot apoyó su enorme cabeza blanca sobre los gemelos, y los lamió con una lengua que era tan negra como la piel que había tenido al principio.

Holly se movió, sus ojos rojos parpadeando en la habitación. Ash dejó escapar un sonido que era casi de dolor mientras el Gally-trot lo lamía devolviéndole de regreso a la vida.

Esperé a que el Cu Sith o incluso el Gally-trot fueran hacia Frost pero ninguno de los dos lo hizo. El Cu Sith se movió entre mis guardias, recibiendo mimos y caricias. Sonreía a la manera en que lo hacen los perros, con la lengua afuera.

Los gemelos parecían inseguros sobre lo que hacer referente a la atención del perro blanco. Fue Holly quién lo alcanzó y lo tocó primero. El perro le golpeó con tanta fuerza que casi le hizo caer, haciéndole reír con un sonido masculino y alegre. Ash tocó al perro, también, quedándose los dos en contacto con la enorme bestia.

Los semi-duendes comenzaban a dejar a los Gorras Rojas. Las caras reveladas eran más suaves, como si la arcilla de sus cuerpos hubiera sido rehecha y convertida en algo más sidhe, más humano. Las palabras de Jonty volvieron a mí…

– Nos haces renacer.

Yo no había querido hacerlo.

Pero había muchas cosas que yo no había pensado hacer.

Bajé la vista para mirar hacia Frost y vi un destello azul en su cuello. Alguien le había quitado la corbata. Desabroché los botones a toda prisa para poder mirar, y encontré azul encendido en su piel.

Rhys y Galen lo pusieron de espaldas, y me ayudaron a abrirle la camisa. Había un tatuaje en su pecho que brillaba de color azul. Era una cabeza de ciervo con una corona en su cornamenta. Era una señal de realeza, pero también era la señal del rey destinado al sacrificio. Él había convocado con su poder al ciervo blanco esa noche oscura de invierno. Y el destino del ciervo blanco es ser cazado para conducir al héroe a su destino.

Contemplé la cara de Rhys porque él parecía estar tan horrorizado como yo.

– ¿Qué significa esto? -Preguntó Galen.

– Antiguamente toda nueva creación iba precedida de un sacrificio -entonó la voz de Doyle, pero ésa no era su voz.

– No -dije-. No, yo no estuve de acuerdo con esto.

– Él lo hizo -dijo la voz. La mirada en los ojos de Doyle no era la suya tampoco.

– ¿Por qué? ¿Por qué él?

– Él es el ciervo.

– ¡No! -Me levanté, tropezando con el dobladillo de mi vestido. Fui hacia los perros negros y hacia ese extraño en el cuerpo de Doyle.

– ¡¡¡Merry!!! -gritó Rhys.

– ¡No! -Grité otra vez.

Uno de los perros negros me gruñó. Mi poder me inundó, reventando a través de mi piel. Brillé como si me hubiese tragado la luna. Sombras de luz carmesí cayeron alrededor de mi cara desde mi pelo, pude ver la luz verde y dorada, y supe que mis ojos brillaban.

– ¿Me desafiarías? -dijo la boca de Doyle, pero no era a Doyle a quien yo desafiaría si contestara que sí.

– Merry, no lo hagas -dijo Rhys.

– Merry -dijo Galen-. Por favor, Frost no querría esto.

Mis sabuesos golpearon mi mano, y mi muslo. Bajé la mirada hacia ellos, y vi que brillaban. La mitad roja de la cara de Minnie brillaba como mi pelo, y su piel reflejaba una luz blanca alrededor de mi mano mientras la acariciaba. Nuestros brillos se mezclaron. Mungo, con su oreja roja y pelaje blanco, parecía como si estuviera esculpido en joyas.

El anillo de la reina palpitó en mi mano. Como tantas cosas, el anillo tenía más poder dentro del sithen, y ahí era donde estábamos en pie ahora.

Vi cachorros fantasmas bailar alrededor de mis sabuesos. Yo ya sabía en aquel momento que Minnie estaba preñada. ¿Tal vez serían los primeros sabuesos mágicos en nacer en quinientos años, o tal vez más?

Minnie se empujó contra mi cadera y me hizo mirar hacia abajo. Dos pequeños fantasmas nacidos de mí, moviéndose a mi alrededor. Pero yo sabía que eran reales. No me extrañaba que hoy hubiese estado tan cansada. Gemelos, como mi madre y su hermana. Gemelos. Y débil, como un pensamiento que no era completamente real, había un tercero. No era verdadero aún, era sólo una promesa, una posibilidad; Esto significaba que los gemelos no serían los únicos. Habría al menos un tercer niño para mí con alguien.

Comprendí, tan pronto como lo pensé, que el anillo tenía otros poderes. Quería saber quién sería el padre, y yo lo podría saber aquí, con el anillo, dentro del sithen. Me di la vuelta y miré a Doyle, y encontré la respuesta que más deseaba. El anillo palpitó, y el olor de rosas llenó el aire.

Me giré hacia Frost. Un niño se sentaba a su lado, tranquilo, y demasiado solemne. No, Diosa, no, no así. Incluso la maravilla de un niño, de gemelos, no podía hacer de la pérdida de Frost un trato justo. Yo no conocía a estos niños fantasma aún. Yo no los había sostenido. Yo no conocía sus sonrisas. Yo no conocía lo suave que era su pelo, o lo dulce que olía su piel. Ellos no eran reales todavía. Frost era real. Frost era mío, y habíamos concebido un niño.

– Diosa, por favor -susurré.

De reojo, vi a Rhys moverse y al niño que llegaba hasta él, pasándole por encima una mano fantasma. Rhys lo percibió, tratando de ver lo que lo había tocado. No era correcto. Tenía a dos niños dentro de mí, no tres.

Pero no por mucho tiempo, a menos que… fui hacia Frost. Galen me cogió en sus brazos, y el anillo palpitó con bastante fuerza como para hacer que me tambaleara. Cuatro padres para dos bebés. Esto no tenía ningún sentido. Yo no había tenido relaciones sexuales completas con Galen desde hacía más de un mes, porque estuvimos de acuerdo en que él sería un mal rey. Él y Kitto habían sido los únicos que me habían dejado complacer mi inclinación por el sexo oral para contentar mi corazón. Pero una no podía quedarse embarazada así.

El olor a rosas se hizo más fuerte. Y por lo general eso significaba un sí. No es posible, pensé.

– Soy la Diosa, y tú te estás olvidando de tu historia.

– ¿Qué historia estás olvidando? -preguntó Galen.

Alcé la vista hacia él.

– ¿Tú lo oíste?

Él asintió.

– La historia de Ceridwen.

Él me miró ceñudo.

– No lo entiendo… -Entonces la comprensión se reflejó en su rostro. Mi Galen, con sus pensamientos tan fáciles de leer en su hermosa cara-. Quieres decir…

Asentí.

Él frunció el ceño.

– Pensaba que Ceridwen se quedó embarazada por comer un grano de trigo y Etain nació porque alguien se la tragó cuando era una mariposa, según la mitología. Una mujer no puede quedarse embarazada por tragar algo.

– Tú oíste lo que ella dijo.

Él tocó mi estómago a través de la seda del vestido. Una sonrisa se extendió a través de su cara. Resplandeció de la alegría, pero yo no podía unirme a él.

– Frost es padre, también -dije.

La alegría de Galen se atenuó como una vela puesta detrás de un cristal oscuro.

– Oh, Merry lo siento.

Sacudí la cabeza, y me aparté de él. Fui a arrodillarme al lado de Frost. Rhys estaba a su otro lado.

– ¿Te oí correctamente? ¿Frost habría sido tu rey?

– Uno de ellos -dije. No tenía ganas de explicarle a Rhys que de alguna forma, también le había tocado el gordo. Era demasiado confuso. Demasiado abrumador.

Rhys puso sus dedos contra el lado del cuello de Frost. Apretó contra su piel. Inclinó la cabeza, su pelo cayendo como una cortina para esconder su rostro. Una lágrima brillante cayó sobre el pecho de Frost.

El azul del tatuaje de ciervo parpadeó más brillante, como si la lágrima hubiera hecho que la magia llameara más intensamente. Toqué la señal, y esto la hizo brillar más aún. Puse mi mano en su pecho. Su piel estaba todavía caliente. La señal del ciervo llameó de color azul alrededor de mi mano.

Recé.

– Por favor, Diosa, no me lo arrebates, no ahora. Déjale conocer a su hijo, por favor. Si he tenido alguna vez tu gracia, devuélvemelo.

Las llamas azules llamearon brillantes, cada vez más brillantes. No quemaban, pero se sentían como si fueran eléctricas, punzantes… justo al filo del dolor. El resplandor era tan brillante que yo ya no podía ver su cuerpo. Podía sentir los lisos músculos de su pecho, pero no podía ver nada excepto el azul de las llamas.

Noté la piel bajo mi mano. ¿Piel? Ya no estaba tocando a Frost. Había algo más dentro de aquel brillo azul. Algo con pelo y que no tenía forma de hombre.

La forma se puso en pie, y se hizo tan alta que yo no podía tocarla. Doyle estaba detrás de mí, cogiéndome en sus brazos, recogiéndome del suelo. El fuego azul se extinguió, y un enorme ciervo blanco se erguía frente a nosotros. Mirándome con ojos grises y plata.

– Frost -dije, extendiendo la mano, pero él corrió. Corrió por la vasta extensión de mármol hacia las lejanas ventanas. Corrió como si la superficie resbaladiza no fuera un obstáculo para sus pezuñas. Corrió como si fuera ingrávido. Pensé que chocaría contra el cristal, pero las puertas de un balcón que nunca había estado allí antes se abrieron para que el gran ciervo pudiera salir corriendo hacia la nueva tierra que se extendía más allá.

Las puertas se cerraron tras él, pero no desaparecieron. Por lo visto, la habitación era flexible todavía.

Me giré en los brazos de Doyle para poder verle la cara. Era él quien miraba a través de sus ojos, no el Consorte.

– Es Frost…

– Él es el ciervo -dijo Doyle.

– ¿Pero esto significa que él, como Frost, se ha ido?

La mirada en su cara oscura fue suficiente.

– Él se ha ido -dije.

– No se ha ido, pero ha cambiado. Si volverá a ser otra vez el hombre que conocíamos, sólo la Deidad lo sabe.

Él no estaba muerto, no exactamente. Pero estaba perdido para mí. Perdido para nosotros. No sería un padre para el niño que habíamos concebido. Nunca volvería a estar en mi cama.

¿Qué había rogado yo? Que volviera a mí. ¿Si yo lo hubiera pedido de forma diferente se habría transformado también en un animal? ¿Habían sido mis palabras incorrectas?

– No te culpes -dijo Doyle-. Donde hay vida de cualquier clase hay siempre esperanza.

Esperanza. Era una palabra importante. Una palabra buena. Pero en aquel momento, no me pareció suficiente.

CAPÍTULO 24

– NO ME IMPORTA A CUÁNTOS GALLYTROTS LLAMES CON TU magia -dijo Ash-. Juraste que estarías con nosotros, y no lo has hecho -dijo mientras caminaba por la habitación, con sus manos tirando de su corto pelo rubio como si se lo fuese a arrancar.

Holly se sentaba en el gran sofá blanco con el gallytrot acostado boca arriba sobre su regazo, o al menos tan en su regazo como era posible, lo que significaba que el perro llenaba una gran parte del enorme sofá. Holly acarició a contrapelo el pecho y la barriga del can. Holly, el del carácter ardiente, parecía estar más relajado de lo que yo lo había visto jamás.

– El sexo era para poder recuperar nuestros poderes. Ella nos ha devuelto el poder.

– No un poder sidhe -dijo Ash, acercándose hasta detenerse delante de su hermano.

– Prefiero ser trasgo -dijo Holly.

– Yo prefiero ser el rey de los sidhe -dijo Ash.

– La princesa os ha dicho que está embarazada -dijo Doyle.

– Has llegado demasiado tarde a la fiesta -dijo Rhys.

– ¿Y de quién es la culpa? -preguntó Ash, acercándose a mí-. Si sólo te hubieras acostado con nosotros hace un mes, entonces habríamos tenido una oportunidad.

Levanté la mirada hacia él, demasiado entumecida como para reaccionar a su cólera y desilusión. Alguien me había envuelto en una manta. Me acurruqué en ella, helada. Con un frío que yo sabía y podía curar. Era tan gracioso, Frost se había ido y yo le lloraba soportando el frío.

Había respuestas diplomáticas que yo podría haber dado. Había muchas cosas que podría haber dicho, pero simplemente no me importaba. No me importaba lo suficiente como para decir algo.

Levanté la mirada hacia él. Galen se dejó caer en el sofá a mi lado. Me rodeó los hombros con su brazo. Me acurruqué contra él. Dejé que me sostuviera. Él había estado entre los hombres a los que Doyle había llamado a la sala de estar, para que estuvieran en guardia por si la cólera de Ash superaba su sensatez. La cólera del trasgo había sido tan grande que Doyle y Rhys todavía estaban en tensión. Querían estar preparados y alertas en el caso de que este… Ah… tan sensato hermano perdiera la cabeza.

Galen me sostuvo, más cerca ahora, pero no era por miedo a Ash. Pienso que él tenía miedo de lo que yo pudiera hacer. Tenía razón en tener miedo, porque yo me sentía inconmovible. No sentía nada.

– Vuestro rey, Kurag, es feliz con el nuevo poder que ha vuelto a los Gorras Rojas -le dije-. Está extático de alegría por los gallytrots. Y cuando tu rey está feliz, guerrero, se supone que tú eres feliz por su alegría. -Mi voz pareció fría, pero no vacía. Había en mi voz un filo de cólera como un hilo carmesí en un campo blanco.

– Cierto, si fuéramos sidhe, pero somos trasgos, y los reyes son cosas frágiles.

Galen se acercó un poco más a mí. Yo leía su mente, y sabía que el trasgo lo hacía, también. Él me protegería con su cuerpo. Pero ésta no era esa clase de lucha.

– Kurag es nuestro aliado. Si él muere, el tratado entre nosotros muere con él.

– Sí -dijo Ash-. Así es.

Me reí, y fue una risa desagradable. La clase de risa que dejas escapar porque no puedes llorar todavía.

El sonido asustó a Ash, que retrocedió un paso. Ninguna cólera habría conseguido tal reacción, excepto la risa y él no lo entendía.

– Piensa antes de amenazar, trasgo. Si Kurag muere, entonces estamos obligados a vengarlo por honor -dije.

– La corte oscura tiene prohibido interferir directamente en la línea de sucesión de sus cortes secundarias -dijo Ash.

– Ése es un trato que ha hecho la Reina del Aire y Oscuridad. Yo no soy mi tía. No he acordado nada que pueda limitar mis poderes.

– Tus guardias son grandes guerreros, pero no pueden prevalecer contra la fuerza combinada de los trasgos -dijo Ash.

– Como no estoy ligada por el acuerdo de mi tía, tampoco estoy ligada por las reglas de los trasgos.

Ash pareció inseguro, como si pensara en lo que yo había dicho, pero no lo entendiera aún.

Fue Holly quien lo dijo…

– ¿Qué harás, Princesa, enviar a tu Oscuridad para matarnos? -Él todavía acariciaba al enorme perro, pero su cara ya no era simplemente feliz. Sus ojos rojos me contemplaron con una intensidad e inteligencia que yo no había visto antes en él. Era una mirada que se veía más a menudo en la cara de su hermano.

– Él no es ya simplemente mi Oscuridad. Él será el rey. -Al final había sucedido lo que yo había esperado.

– Esa es otra cosa que no tiene sentido -dijo Ash. Él señaló a Doyle. -¿Cómo puede ser él el rey y el padre de tu niño, y él -dijo señalando a Rhys, -y también él? -señalando por último a Galen. -A menos que tengas una camada entera, Princesa Meredith, no puedes tener a tres padres para un niño.

– Cuatro -dije.

– Quién… -Entonces una idea cruzó su rostro junto a un primer atisbo de precaución.

– El Asesino Frost -dijo Holly.

– Sí -dije, y mi voz volvió a sonar vacía. Mi pecho realmente dolía. Yo había oído la frase con el corazón roto, como nunca lo había tenido antes. Había estado cerca, pero nunca así. La muerte de mi padre me había destruido. La traición de mi prometido me había aplastado. Un mes atrás, cuando pensé que había perdido a Doyle en la batalla, creí que mi mundo se terminaría. Pero hasta ahora, yo no había sabido realmente lo que era la desolación.

– No puedes tener a cuatro padres para dos niños -insistió Ash, pero se había calmado un poco. Era casi como si pudiera ver mi dolor por primera vez. No pensé que le preocupara que yo sintiera dolor, pero le hizo ser más cauteloso.

– Eres demasiado joven para recordar a Clothra -dijo Rhys.

– He oído la historia, todos hemos oído la historia, pero era sólo eso, una historia -dijo Ash.

– No -dijo Rhys-, no lo era. Ella tuvo un sólo niño, hijo de todos sus hermanos. El niño llevaba la marca de cada uno de ellos. El muchacho llegó a ser el rey supremo. Lo llamaron Lugaid Riab nDerg, el de las rayas rojas.

– Yo siempre pensé que las rayas a las que se refería el nombre eran una especie de marca de nacimiento -dijo Galen.

La profunda voz de Doyle llenó el cuarto, y contenía un eco de carácter divino.

– He visto que la princesa tendrá dos niños. Ellos tendrán a tres padres cada uno, igual que el hijo de Clothra.

– No intentes utilizar tu magia sidhe conmigo -dijo Ash.

– No es magia sidhe, es la magia de Dios, y las mismas Deidades sirven y son servidas por todas las hadas -dijo Doyle.

Mis reflejos eran más lentos de lo normal, pero finalmente pude entender bastante lo que él dijo, para preguntar…

– ¿Tres padres cada uno? ¿Tú, Rhys, Galen, Frost, y quién más?

– Mistral y Sholto.

Me quedé mirándolo.

– Pero eso fue hace un mes -dijo Galen.

– Hace un mes -dijo Doyle-, ¿y recuerdas qué hicimos esa noche cuando llegamos de regreso a Los Ángeles?

Galen pareció pensar en ello, entonces dijo…

– Ah -dijo, besándome en la coronilla-. Pero en mi relación con Merry no hubo penetración. Todos habíamos estado de acuerdo en que yo sería un pésimo rey. El sexo oral no te deja embarazada.

– Niños -dijo Rhys-, la magia salvaje de las hadas estaba desatada esa noche. Yo todavía era Cromm Cruach, con la capacidad de curar y matar con sólo un roce. Merry había devuelto la vida a los jardines muertos con Mistral y Abe. Y ella había llamado a la jauría salvaje con Sholto. La magia era salvaje esa noche. Todos fuimos tocados por ella. Las reglas cambian cuando esa clase de magia se libera.

– Tú fuiste quien comenzó el sexo cuando llegamos a casa, Rhys. ¿Sabías que eso podría pasar? -preguntó Galen.

– Yo era Cromm Cruach de nuevo, un Dios otra vez. Quise sentir a Merry bajo mí mientras yo era todavía… -Rhys levantó sus manos como si él no pudiera sólo describirlo con palabras.

– Yo era feliz porque todos estábamos vivos -dije, y mi corazón se contrajo con más fuerza, como si realmente se fuese a romper. La primera caliente y dura lágrima se deslizó de mi ojo.

– Él no está muerto, Merry -dijo Galen-. No realmente.

– Él es un ciervo, y no importa lo mágico y maravilloso que sea, él no es mi Frost. No puede abrazarme. No puede hablarme. Él no es…

Me levanté, dejando la manta caer al suelo.

– Necesito aire. -Comencé a ir hacia el lejano vestíbulo que me conduciría al interior de la casa y finalmente al patio de atrás. Galen se dispuso a seguirme.

– No -dije-. No. Sólo no. -Seguí andando.

Doyle me paró en la entrada.

– Debes terminar esta conversación con nuestros aliados trasgos.

Asentí, luchando para no derrumbarme completamente. Yo no podía permitirme parecer tan débil delante de los trasgos. Pero parecía como si me asfixiase, tenía que ir a algún sitio donde pudiese respirar. A algún sitio donde pudiese derrumbarme.

Comencé a ir por el pasillo a un paso rápido. Mis sabuesos estaban de repente a mi lado. Comencé a correr y ellos saltaron conmigo. Necesitaba aire. Necesitaba luz. Necesitaba…

Oí voces detrás mío, de mi guardia, diciendo…

– Princesa, no deberías estar sola…

El vestíbulo cambió a un vestíbulo diferente. Yo estaba de repente fuera del comedor. Sólo el mismo sithen era capaz de moverse obedeciendo a mis deseos.

Estuve allí durante un momento tras las grandes puertas dobles, preguntándome lo que estábamos haciéndole a la casa de Maeve. ¿La casa era ahora un sithen? ¿Era ahora la casa entera parte del sithen? No tenía respuestas, pero más allá de esas puertas que nunca habían estado allí antes se veía el aire, y la luz, y yo lo necesitaba.

Abrí las puertas. Caminé con cuidado por el mármol debido a los tacones que me había puesto para complacer a los gemelos. Pensé en quitarme los zapatos, pero quería estar fuera primero. Las uñas de los perros repiqueteaban sobre el suelo. Los Gorras Rojas se pusieron de pie cuando entré.

Luego se arrodillaron todos, hasta Jonty.

– Mi reina -dijo él.

– No soy aún la reina, Jonty -le dije.

Él me sonrió abiertamente, parecía extrañamente inacabado sin sus dientes puntiagudos y su cara más espantosa. No me pareció que fuera realmente él hasta que vi sus ojos. Jonty estaba todavía en allí en aquellos ojos.

Hace mucho tiempo todos los gobernantes eran elegidos por los dioses. Esta es la vieja costumbre. La forma en que tales cosas se suponen que deben ser hechas.

Sacudí la cabeza. Yo nunca había querido menos ser quien gobernara a todas las hadas. El coste, como yo había temido, era terriblemente alto. Demasiado alto.

– Tus palabras son bien intencionadas, pero mi corazón está desconsolado.

– El Asesino Frost no se ha ido.

– Él no me ayudará a criar a su hijo. Es como si se hubiera ido, Jonty. -Comencé a avanzar a través del suelo enorme hacia las puertas lejanas. Las ventanas eran una línea de resplandor. Comprendí con un sobresalto que había sido de noche cuando todo esto comenzó, y era todavía de noche en el exterior de la casa principal, pero por las ventanas se veía un día brillante. La luz del sol se había movido, las sombras habían cambiado sobre el suelo desde la hora en que habían aparecido, pero el tiempo transcurría a un ritmo diferente al del mundo exterior. Era como si las puertas condujeran al corazón de este nuevo sithen. ¿Era éste nuestro jardín? ¿Nuestro corazón del sithen?

Mungo dio un golpe en mi mano. Acaricié su sólida cabeza y examiné aquellos ojos. Aquellos ojos que eran un poco demasiado sabios para ser los de un perro. Minnie se rozó contra mi otra pierna. Ellos me decían del único modo que podían hacerlo que yo tenía razón.

Rhys y Doyle habían dicho que la noche que habíamos concebido a los bebes había sido una noche de magia salvaje, pero esto también era magia salvaje. Esto era la magia de la creación, y era la magia antigua. La magia más antigua inimaginable.

Las puertas se abrieron sin que mi mano se extendiese. La brisa era fresca y caliente al mismo tiempo. Había un olor a rosas.

Traspasé las puertas, que se cerraron detrás de mí y desaparecieron. Esto no me asustó. Yo había querido estar fuera, y los vestíbulos habían cambiado para mí. Dentro del sithen oscuro yo podía llamar a las puertas. No quería una puerta ahora mismo. Quería estar sola. Los perros eran toda la compañía que yo podía soportar. Quería llorar mi pérdida, y aquellos más cercanos a mí estaban demasiado desgarrados entre la felicidad y la pena. Pena por Frost, pero felicidad por ser reyes. Yo no podía aguantar más aquella mezcla de alegría y tristeza. Ya estaría contenta más tarde. Pero por el momento, tenía que dedicarme a otras cosas. Me quedé de pie en el centro de un claro bañado por el sol con los perros a mis costados. Levanté mi cara al calor de aquel sol y dejé que mi control se desmoronara. Me entregué a mi pena, sin manos que me sostuvieran e hicieran feliz. Me abracé a la tierra cubierta por la hierba, a la cálida piel de los perros, y finalmente lloré.

CAPÍTULO 25

UNAS MANOS SE DESLIZARON SOBRE MIS HOMBROS. ME giré, y cuando me di la vuelta me encontré con Amatheon. Su pelo color cobre le rodeaba de un halo de luz del sol y brillaba de tal modo, que por un instante su cara pareció desaparecer entre el resplandor. Parecía estar hecho para este nuevo mundo mágico lleno de luz de sol y calor.

Le dejé sostenerme, cansada de llorar, agotada mental y físicamente; en el día de hoy había recibido las noticias más importantes de toda mi vida, y algunas de ellas eran también las más tristes. Era como las caras de una misma moneda, por un lado te conceden el deseo más preciado y por el otro tienes que pagar con aquello que más quieres. No era justo, y en el momento en que lo pensé, supe que éste era el pensamiento de una cría. Ya no era una cría. La vida no era justa, y ésa no era más que la pura verdad.

Amatheon levantó mi cara hacia él acunando mi barbilla suavemente en su mano. Y me besó. El beso fue gentil y yo se lo devolví, muy suavemente también. Entonces sus manos en mi espalda me presionaron para acercarme más a él. Su boca se hizo insistente sobre la mía, pidiéndome con la lengua y los labios que me abriera a él.

Empujé contra su pecho para así poder verle la cara.

– Amatheon, por favor, acabo de perder a Frost. Yo…

Él presionó su boca contra la mía con bastante más fuerza, dejándome como única opción el abrir mi boca para él o cortarme los labios contra sus dientes. Empujé contra él, más fuerte.

Los perros emitieron un suave gruñido todos a la vez.

Sentí algo alrededor de su boca que no debería haber estado allí, casi como un bigote y una barba. La luz del sol deslumbró mis ojos, y la sensación desapareció.

Él me presionó contra el suelo. Le empujé una vez más, y grité:

– ¡Amatheon, no!

Mungo se precipitó hacia él y le mordió en el brazo. Amatheon le maldijo, pero no era la voz correcta.

Clavé los ojos en ése alguien que estaba encima de mí. La pena había desaparecido barrida por el miedo. Quienquiera que fuera, no era Amatheon.

Él se inclinó para forzarme con un beso una vez más. Levanté mis manos y traté de apartar su cara de la mía. En ese momento el anillo de la reina tocó su piel desnuda, y la ilusión desapareció. La luz solar pareció atenuarse durante un instante, y entonces al mirar hacia arriba vi el rostro de Taranis, Rey de la Luz y la Ilusión.

No malgasté el tiempo con la sorpresa. Acepté lo que mis ojos me dijeron e interpretaron. Y dije…

– Puerta, tráeme a Doyle.

Una puerta apareció a nuestro lado. Taranis pareció conmocionado.

– Tú me deseas. Todas las mujeres me desean.

– No, yo no.

La puerta comenzó a abrirse. Él levantó una mano y la luz del sol golpeó la puerta como una barra de acero. Oí la voz de Doyle, y la de los demás, gritando mi nombre.

Los perros se abalanzaron contra él, que se puso de rodillas derramando luz dorada de sus manos. Esto me puso el vello de punta y me hizo gritar otra vez.

Mis ojos quedaron deslumbrados por la luz. Luego pude vislumbrar la ruina chamuscada de mis perros yaciendo abrasados. Mungo se tambaleaba sobre sus patas, intentando levantarse otra vez.

Taranis estaba de pie, con mi muñeca atrapada en su mano. Luché por permanecer sobre el suelo, para no ir con él. Doyle y los demás estaban sólo al otro lado de la puerta. Ellos vendrían. Ellos me salvarían.

El puño de Taranis salió de entre la luz, y mi mundo se volvió todo oscuridad.

CAPÍTULO 26

DESPERTÉ LENTA Y DOLOROSAMENTE. EL LADO DE MI CARA dolía, y notaba la cabeza como si alguien tratase de salir de mi cráneo a golpes. La luz era demasiado brillante. Tuve que cerrar los ojos y protegerlos con la mano. Atraje la sábana de seda sobre mis pechos… ¿Seda?

La cama se movió, y supe que alguien estaba conmigo.

– He atenuado las luces para ti, Meredith.

Aquella voz, oh Diosa. Parpadeé abriendo los ojos y lamenté no poder creer que era un sueño. Taranis estaba apoyado sobre un codo a mi lado. La sábana blanca de seda apenas cubría su cintura. El vello que ascendía por su pecho era de un rojo más sólido que el color de puesta de sol de su pelo. Una línea de vello se arrastraba más abajo, y realmente no quería que él me demostrara si era un pelirrojo natural.

Sostuve las sábanas contra mis pechos como una virgen asustada durante su noche de bodas. Pensé en una docena de cosas que decir, pero finalmente dije…

– Tío Taranis, ¿dónde estamos? -Así, le recordaba que yo era su sobrina. No iba a ceder al pánico. Él ya había demostrado que estaba loco en la oficina del abogado. Lo había vuelto a demostrar otra vez golpeándome, dejándome inconsciente y trayéndome aquí. Iba a estar tranquila, mientras pudiese.

– Vamos, Meredith, no me llames “Tío”. Me hace sentirme viejo.

Miré a aquella hermosa cara, tratando de encontrar un poco de cordura con la que poder razonar. Él bajó la mirada y me sonrió, pareciendo encantador y un poco hermosamente mundano, pero no había indicio alguno de que lo que sucedía estuviese mal o fuese extraño. Él actuaba como si nada estuviese mal. Y eso era más espantoso que casi cualquier otra cosa que pudiese haber hecho.

– Bien, Taranis… ¿Dónde estamos?

– En mi dormitorio -Él hizo un gesto, y seguí la línea de su mano.

Era una habitación, pero estaba ribeteada con vides florecientes, y árboles frutales entrelazados con la pared y repletos de fruta. Las joyas centelleaban y brillaban entre la verde vida vegetal. Era casi demasiado perfecto para ser verdadero. En el momento en el que lo pensé, supe que tenía razón. Era una ilusión. No traté de romperla. No importaba que él usase la magia para hacer que su habitación pareciese encantadora. Podía guardarse sus bromas de decoración. Aunque parte de mí se preguntase… ¿cómo había estado tan pronto tan segura de que no era verdadero?

– ¿Por qué estoy en tu dormitorio?

Él frunció el ceño entonces, sólo un poco.

– Quiero que seas mi reina.

Me lamí los labios, pero se quedaron secos. ¿Debería intentar razonar?

– Soy la heredera del trono oscuro. No puedo ser a la vez tu reina y la reina de la corte oscura.

– Tú nunca tendrás que volver a ese lugar horrible. Puedes quedarte aquí con nosotros. Siempre estuviste destinada a ser luminosa. -Él se inclinó, como si fuera a besarme otra vez.

No pude evitarlo. Me aparté de él.

Él se detuvo, frunciendo el ceño otra vez. Pareció que pensaba y que eso le dolía. No era un hombre estúpido. Creo que esto era sólo otro síntoma de su locura. Él sabía en alguna parte de su cabeza que estaba equivocado, pero su locura no le dejaría verlo.

– ¿No me encuentras hermoso?

Dije la verdad.

– Tú siempre has sido hermoso, tío.

– Te lo dije, Meredith, nada de tío.

– Como quieras. Te encuentro hermoso, Taranis.

– Pero reaccionas como si fuese feo.

– Sólo porque un hombre sea hermoso no significa que quiera besarlo.

– En el espejo, si tus guardias no hubieran estado contigo, habrías venido a mí.

– Lo recuerdo.

– Entonces… ¿por qué te apartas de mí ahora?

– No lo sé -y era la verdad. Aquí, en carne y hueso, estaba el hombre que me había abrumado en numerosas ocasiones a distancia con su compulsión mágica. Ahora yo estaba aquí sola, y él solamente me asustaba.

– Te ofrezco todo lo que tu madre siempre quiso de mí. Te haré reina de la corte luminosa. Estarás en mi cama y en mi corazón.

– No soy mi madre. Sus sueños no son los míos.

– Tendremos un hermoso niño -otra vez trató de besarme.

Me senté y el mundo palpitó en ondas de color. La náusea me hizo tener arcadas y el dolor de cabeza se hizo peor. Me incliné al lado de la cama y devolví. El esfuerzo de vomitar hizo que mi cabeza me doliera como si fuera a explotar. Grité de dolor.

Taranis se acercó al lado de la cama. Por el rabillo del ojo, vi cómo vacilaba. Pude ver el asco en su hermosa cara. Era demasiado sucio para él, demasiado verdadero. No habría ninguna ayuda por su parte.

Yo tenía todos los síntomas de una conmoción cerebral. Tenía que ir a un hospital o a un sanador verdadero. Necesitaba ayuda. Estaba en el borde de la cama, mi mejilla ilesa descansaba sobre la sábana de seda. Me apoyé ahí a la espera de que mi cabeza dejase de palpitar al ritmo de mi pulso, rezando para que la náusea pasase. Quedarme inmóvil me aliviaba, pero estaba herida, era mortal y yo no estaba segura de que Taranis lo entendiese.

Él no me tocó. Alcanzó la cuerda de una campana y llamó a los criados. Por mí, genial. Ellos podían estar cuerdos.

Oí voces. Él dijo…

– Traed a un sanador.

La voz de una mujer…

– ¿Qué le pasa a la princesa?

Se oyó el sonido de una mano golpeando la carne. Él le rugió…

– ¡Haz lo que se te ha dicho, puta!

No hubo más preguntas, pero dudé que cualquiera de los criados preguntara otra vez lo que había pasado. Ellos lo sabían demasiado bien.

Creo que me desmayé otra vez, porque de lo siguiente que me di cuenta fue de una mano fría en mi cara. Miré con cuidado moviendo sólo mis ojos por la cara de la mujer. Debería haber conocido su nombre, pero no podía pensar en ello. Tenía el pelo dorado y ojos que eran anillos de azul y gris. Había un aire suave en ella, como si simplemente por estar cerca de ella me sintiera un poco mejor.

– ¿Sabes cómo te llamas?

Tuve que tragar primero la amargura de la bilis, pero finalmente susurré…

– Soy la princesa Meredith NicEssus, portadora de las manos de la carne y de la sangre.

Ella sonrió.

– Sí, así es.

La voz de Taranis llegó hasta ella.

– ¡Cúrala!

– Debo averiguar primero la gravedad de sus heridas.

– Un guardia oscuro se volvió loco. Prefirió tratar de matarla en vez de verla venirse conmigo. Ellos prefieren matarla a perderla.

La sanadora y yo cambiamos una mirada. La mirada fue suficiente. Ella puso un dedo en sus labios. Lo entendí, o esperaba haberlo hecho. No discutiríamos con el loco, no si queríamos vivir. Y quería vivir. Portaba a nuestros niños. Yo no moriría ahora.

Frost ya no estaba, pero había un pedazo de él dentro de mí, vivo y creciendo. Yo lo mantendría de esa manera. Que la Diosa me ayudase, por favor, que me ayudase a escaparme a un lugar seguro.

Una voz masculina que no era la de Taranis habló tras ella.

– ¿Hueles a flores?

– Sí -dijo la sanadora, y me echó otra mirada que era a la vez cómplice y un intento de confortarme. Ella hizo señas a la voz masculina y él entró en mi campo de visión. Era alto, rubio y hermoso, el epítome de los sidhe luminosos. Salvo que él no parecía arrogante; parecía nervioso, tal vez hasta un poco asustado. Bueno. Necesitaba que no fuera estúpido.

Susurré…

– La Diosa me ayuda.

El olor de rosas era más fuerte. Una brisa rozó mi piel desnuda, hizo que las sábanas se moviesen en mis piernas con su toque.

El guardia miró hacia desde donde venía la brisa. La sanadora me miró. Me sonrió, aunque sus ojos parecían demasiado graves para ofrecer consuelo. Ella tenía una mirada que nunca querrías ver en la cara de un doctor.

– ¿Estoy malherida? -hablé suavemente y con cuidado.

– Existe la posibilidad de una hemorragia cerebral.

– Ya -dije.

– Tus ojos están iguales. Eso es un buen signo.

Quería decir que si una de mis pupilas no reaccionaba, podría morir. De forma que eran buenas noticias.

Ella comenzó a mezclar hierbas de su bolsa de cuero. Yo no reconocía todos los ingredientes, pero sí sabía bastante de la medicina herbaria como para advertirla…

– Llevo gemelos.

Ella se inclinó hacia mí y preguntó…

– ¿De cuanto tiempo?

– Un mes, poco más.

– Hay muchas cosas que no puedo darte entonces.

– ¿No puedes curar con las manos?

– Ningún sanador en esta corte retiene ese poder ¿Es cierto que algunos en tu corte lo hacen? -Ella susurró lo último en mi oído, tan cerca que su aliento movió mi pelo.

– Es cierto.

– Ah -dijo, y se inclinó hacia atrás. Había ahora una sonrisa en su cara, y un nuevo sentimiento de alegría que antes no había estado ahí. El olor de rosas era más fuerte. Casi esperé que el fuerte perfume empeorara mis náuseas, pero en cambio las alivió.

– Gracias, Madre -susurré.

– ¿Te sentirías mejor si tu madre estuviese contigo? -preguntó la sanadora.

– No, absolutamente no.

Ella asintió.

– Haré todo lo posible para que tus deseos sean realizados.

Lo que con toda probabilidad se traducía en que mi madre estaba siendo insistente. Ella nunca me había encontrado demasiada utilidad, pero si yo iba repentinamente a ser la reina de la corte que ella más había codiciado, entonces me amaría. Me amaría con la misma intensidad con la cual me había odiado durante años. Mi madre no era otra cosa que voluble. Uno de mis nombres en la corte luminosa era Amargura de Besaba. Porque mi concepción a partir de una noche de sexo la había condenado a estar en la corte oscura durante años. Éste había sido el matrimonio que cimentó el tratado entre las cortes. Nadie había soñado que si en ninguna corte había nacimientos, un matrimonio “mixto” pudiera ser fértil.

Nada como el hecho de mi nacimiento hizo aflorar el odio y el miedo de los luminosos por los oscuros. No hubo oferta en la corte luminosa para más uniones. Ellos preferirían morir antes de que uno de su gente se mezclase con nuestra sangre sucia.

Examinando la cara de la sanadora, yo no estaba segura de que todos los luminosos estuviesen de acuerdo con esa decisión. O tal vez era el olor de las rosas haciéndose más fuerte. Con todas las flores y las vides que había en la habitación de Taranis, y no había olido nada. Había parecido bonito, pero no… verdadero. Supe en un instante de claridad que así era en su mayor parte la corte luminosa: una ilusión.

Ilusión que podías ver y tocar, pero que no era cierta.

La sanadora se puso en pie y susurró al guardia. Él se situó a mi lado. Dos criados vinieron y comenzaron a limpiar el lío que yo había organizado. Puedes confiar en que la corte luminosa estará más preocupada por las apariencias que por la verdad. Ellos limpiarían el lío incluso antes de que yo estuviese curada, o antes de que ellos estuvieran seguros de si yo podría curarme.

Una de las criadas tenía un corte fresco en su mejilla y los principios de un moratón. Sus ojos eran marrones, y su cara, aunque bonita, parecía demasiado humana ¿Era ella, como yo, en parte de ascendencia humana, o era uno de los mortales atraídos al mundo feérico hacía siglos? Ellos consiguieron la inmortalidad, pero si alguna vez dejaran el sithen, todos sus largos años les alcanzarían al instante. Estaban más atrapados que cualquiera de nosotros ya que dejar el sithen significaría la verdadera muerte para ellos.

Ella me dirigió una mirada asustada mientras limpiaba. Cuando no aparté la mirada, ella sostuvo la mía. Hubo un momento de pánico en su rostro. Miedo por ella misma, y tal vez miedo por mí. Miedo de Taranis. Alguien había dicho que el Cu Sith le había impedido golpear a un criado ¿Dónde estaba el Cu Sith ahora?

Algo arañó en la puerta, no tuve que mirar hacia ella para saber que algo grande deseaba entrar.

La voz de Taranis…

– Echad a esa bestia de mi puerta.

– Rey Taranis -dijo la sanadora-, la princesa Meredith está más allá de mis capacidades de curación.

– ¡Cúrala!