/ Language: Spanish / Genre:love_history

El señor de la medianoche

Laura Kinsale

Una vez fue el Seigneur de Minuit, el señor de la medianoche, un hombre al margen de la ley, un aventurero que imponía su ley y su justicia en los caminos de Inglaterra. Una vida peligrosa y heroica de la que tuvo que alejarse por la traición de una mujer. Ahora S.T. Maitland vive exiliado en un castillo francés en ruinas, apartado de todo y de todos. Hace tres años que cerró la puerta a un pasado que, sin embargo, la joven Leigh Strachan quiere hacerle revivir a su pesar. Por ella, que ha perdido todo cuanto amaba y solo piensa en vengarse, tal vez sea capaz de hacerlo.

Laura Kinsale

El señor de la medianoche

Título original: The Prince of Midnight

© 2007, Ana Eiroa, por la traducción

Este tampoco es para David.

Nunca habrá un libro lo suficientemente bueno para él.

Capítulo 1

La Paire, en las estribaciones

de los Alpes franceses, 1772

El muchacho tenía la mirada profunda y abrasadora de un fanático religioso. S.T. Maitland se revolvió incómodo en el taburete de madera en el que estaba sentado y volvió a mirar por encima de la jarra de vino hacia la tenebrosa profundidad de la taberna. Le resultó muy molesto y desconcertante comprobar que aquella mirada escrutadora seguía fija en él; se sintió como si estuviese esperando a entrar en el Cielo pero no hubiera muchas probabilidades de que fuese a ser admitido.

S. T. levantó la jarra y saludó sin ninguna señal de provocación. Sabía que la posibilidad de que entrara en el Paraíso era muy remota, pero tampoco perdía nada por un mero saludo. Si al final resultaba que ese apuesto joven de sorprendentes pestañas negras e intensos ojos azules era san Pedro hijo, mejor ser educado.

Pero, para su asombro, la mirada del joven se agudizó aún más. Sus oscuras y rectas cejas se fruncieron y el chico, delgado y silencioso, se puso en pie; con su figura de terciopelo azul y su porte de cuna gentil venida a menos, destacaba de entre la habitual masa de campesinos que charlaban en piamontés y provenzal. S.T. se rascó la oreja y se atusó la peluca, nervioso. La idea de tomarse el déjeuner mientras caía en las garras de un adolescente santurrón hizo que terminara el vino de un trago y se pusiera rápidamente en pie.

Se agachó para coger el paquete de pinceles de pelo de marta que había ido a comprar al pueblo, pero la cinta que los sujetaba se soltó. Maldijo en voz baja mientras intentaba recuperar aquellas valiosas varillas antes de que se desperdigaran por el sucio suelo.

– Seigneur.

La suave voz parecía provenir de su espalda. S. T. se incorporó y se volvió rápidamente hacia la izquierda con la intención de escapar, pero su oído malo lo engañó en medio de todo aquel barboteo de risas y conversación. Perdió el equilibrio durante un instante y, cuando se cogió instintivamente a la mesa, se encontró de cara con el joven.

– Monseigneur de Minuit?

Una sensación de alarma le recorrió el cuerpo. El acento de aquellas palabras en francés sonó muy forzado; además, hacía tres años que nadie le llamaba así.

Llevaba tiempo esperando oírlas, tanto que ni siquiera se sorprendió demasiado. Era la voz en sí, bronca y apagada, lo que le resultó extraño, ya que procedía de un infante de rostro bisoño y encendido. Cuando S.T. pensaba en los posibles cazadores que podrían buscarlo por la recompensa que se daba por su cabeza, nunca habría imaginado que pudiera tratarse de un mozalbete al que ni siquiera le había salido la barba.

Se relajó mientras seguía apoyado en la mesa y miró con desánimo al joven. ¿Era eso todo lo que valía? Por Dios, pero si podría matar a ese pobre crío con una sola mano.

– Sois el Seigneur de Minuit, el señor de la medianoche -afirmó el muchacho al tiempo que asentía con la cabeza y conseguía pronunciar las palabras francesas con cierta dignidad, tras lo que añadió-: ¿No es así?

S.T. pensó en contestar con un torrente de palabras en francés que sin duda serían incomprensibles para el joven, ya que su acento escolar no parecía gran cosa. Pero esos ojos de un azul profundo y ardiente no dejaban de impresionarlo y abrumarlo. Bisoño o no, lo cierto era que el chico había conseguido localizarlo, y eso era un hecho preocupante que no podía ignorar.

El muchacho era bastante alto para su edad, pero S.T. le sacaba una cabeza y también pesaba más. Su grácil elegancia y solemne boca parecían presagiar que, al crecer, aquel mocoso se convertiría en un dandi antes que en un cazador de ladrones. Desde luego vestía como un galán, por más que el encaje de sus puños y chorreras estuviera raído y sucio.

– Qu'est-ce que c'est? -exigió S.T. con brusquedad.

Las oscuras cejas se unieron aún más.

– S'il vous plaît -dijo el chico con una rápida inclinación de cabeza-, ¿os importaría hablar en mi lengua, señor?

S.T. le lanzó una mirada llena de desconfianza. En verdad el muchacho era de una belleza deslumbrante, con ese negro pelo recogido en una pequeña coleta que dejaba al descubierto sus pronunciados pómulos, su perfecta nariz clásica y esos ojos, alors, como la luz al atravesar aguas profundas: hierba mora, violetas y jacintos. S.T. había visto ese efecto en una ocasión, en una cueva rocosa en los confines del Mediterráneo; los rayos del sol atravesaban las sombras aguamarina y contrastaban con la piedra negro azabache, y todo contra una piel suave y bella como la de una chica. El rostro tan bien modelado del joven mostraba un intenso color rosáceo que parecía casi febril. Aun a sabiendas de que obraba mal, S.T. no pudo evitar sentir curiosidad por aquel mocoso.

– Yo hablar poco inglés -dijo poniendo el peor acento que pudo y en voz muy alta por encima del barullo de la taberna-. Poco. Buenos días.

El joven vaciló mientras lo seguía mirando fijamente desde debajo de sus inclinadas cejas. S.T. se sintió un tanto avergonzado por aquella farsa. ¡Qué lengua tan tonta el francés! Hacía que un hombre sonara como un tahúr que intenta imitar adecuadamente las inflexiones galas.

– No sois el Seigneur -dijo el chico con su voz ronca y monocorde.

– Seigneur! -¿Acaso aquel zopenco pretendía que S.T. lo proclamara ante el primer forastero inglés que pasara por allí?-. Mon petit bouffon. ¿Yo un seigneur? No. ¿Un lord? ¡Sí! -Se señaló las botas altas y los pantalones manchados de pintura-. Bien sûr! ¡Un príncipe, por supuesto!

– Je m'excuse -dijo el joven con una segunda inclinación de cabeza-. Busco a otro.

Tras vacilar un instante, miró de nuevo fijamente a S.T. y comenzó a volverse. Este puso la mano sobre su fino hombro para detenerlo. No podía dejar que se fuera con tanta facilidad.

– ¿Otro? ¿A otro? Pardon, pero yo no entender.

El muchacho frunció más el ceño.

– A un hombre -dijo al tiempo que hacía un leve gesto de frustración con la mano-. Un homme.

– Le Seigneur de Minuit? -S.T. adoptó un ligerísimo tono de paciente tutela-. El señor… de la medianoche. ¡Vaya! Absurdo nombre. Yo no conocer. ¿Vos buscar? Pardon, pardon, ¿por qué buscar, monsieur?

– Tengo que encontrarle -explicó el joven mientras observaba a S.T. con la misma intensidad de un gato ante la guarida de un ratón-. El porqué no importa. -Tras una pausa, dijo lentamente-: A lo mejor aquí ha cambiado de nombre.

– Claro. Yo ayudar. Eh… pelo -dijo S.T. tirándose de la coleta de la peluca-. ¿Saber color?

– Sí, castaño, monsieur. Tengo entendido que no le gustan las pelucas ni los polvos. Pelo castaño oscuro pero con algo de dorado. Reflejos dorados, como un león, monsieur.

S.T. puso los ojos en blanco actuando como un francés.

– Alors, le beau.

El joven asintió con mucha seriedad.

– Sí, dicen que es apuesto. Bastante atractivo. Alto y con ojos verdes. ¿Comprenez «verde», monsieur? ¿Esmeralda? Con algo de dorado. Y también tiene oro en las cejas y las pestañas. -El muchacho lanzó una mirada muy expresiva a S.T.-. Sí, dicen que es algo muy poco corriente, como si alguien hubiese espolvoreado polvo de oro sobre él. Y también dicen que sus cejas son muy peculiares -añadió al tiempo que se tocaba las suyas-, con un rizo en el arco como los cuernos de un demonio.

S.T. dudó unos instantes. Aquellos ojos azules se mantenían imperturbables, sin cambio alguno de expresión, tan solo un poco más relajados al igual que el tono de voz, que se había vuelto ligeramente más suave. Miró al joven y de pronto vio a alguien de mil años de edad contemplándolo desde ese rostro imberbe.

Eso lo asustó. Parecía que hubiera un diablo dentro del chico que supiera perfectamente quién era él; no obstante, había decidido seguir el juego que S.T. había iniciado.

Aun así, este continuó con la pantomima. La única alternativa posible era abalanzarse sobre el pobre cachorrillo y clavarle un estilete en la garganta. S.T. necesitaba averiguar cómo lo había encontrado y por qué.

Tras darse una palmada en la frente, dijo con aire de haber caído en la cuenta:

– Sí, cejas, je comprends. Vos ver mi ceja y pensar que yo ser él, el Seigneur. ¿Sí?

– Sí -contestó el joven con una leve sonrisa-, pero estaba equivocado. Lo siento.

Aquella sonrisa borró todo rastro de subterfugio. Era una sonrisa dulce, nostálgica y femenina; S.T. tuvo que sentarse para intentar disimular la intensa y repentina impresión que sintió.

Por el amor de… ¡era una chica!

Estaba totalmente seguro. Esa voz ronca y baja que no modulaba en los tonos habituales sino que siempre permanecía obstinadamente áspera; esa piel, esos labios, esa complexión grácil… Era una mujer, ¡la muy taimada! Su rostro, limpio, deslumbrante y espléndido, la ayudaba a mantener la impostura gracias a su recta mandíbula y serio ceño, a lo que se añadía su estatura y pose, que le permitían pasar por un joven de dieciséis años. S.T. apostaría una guinea de oro a que se había cortado las pestañas para hacerlas menos afiladas; por ese motivo tenían ese aspecto tan oscuro y grueso.

Y apostaría cien para saber qué hacía allí. No sintió la amenaza de estar a punto de ser capturado. No se veía víctima de una encarnizada persecución que lo arrastraría de vuelta a Inglaterra a cambio de la recompensa que había puesto el rey por su cabeza. Tan solo se trataba de otra dama en apuros que, como tantas otras, buscaba ayuda y había hecho un largo viaje con el único fin de molestarlo. Pero era muy hermosa, mucho.

– Sentar -dijo S. T. de repente señalando la tosca mesa-, sentar, sentar, mon petit monsieur. Yo ayudar. Yo pensar. ¡Marc! -exclamó para llamar al tabernero por encima del bullicio de la hora del almuerzo-. Vin… hé! Vin pour deux. -Dejó el manojo de pinceles sobre la mesa y se sentó en el taburete-. ¿Cómo llamar, monsieur?

– Leigh Strachan -contestó ella con una inclinación de cabeza-. A vuestro servicio.

– Sra-hon. Srah-hen -pronunció S.T. con una sonrisa-. Difficile. Leigh, ¿eh? -Se golpeó el pecho-. Yo Este. -No valía la pena intentar ocultarlo, ya que todo el mundo lo conocía por ese nombre en el pueblo, y pensaban que era muy italiano por su parte llamarse como un punto cardinal del mapa-. Sentar, sentar. Très bien. ¿No comer? Queso.

Se incorporó y se sirvió un trozo de la longaniza que, junto con el queso, colgaba de una viga sobre la mesa. Tras cortar una generosa porción de ambos, empujó el plato hacia ella junto con una vasija que contenía mostaza. Marc les llevó pan caliente y lanzó a S.T. una mirada muy expresiva mientras dejaba con un golpe otra botella de vino sobre la mesa. Con una mueca de derrota, S.T. le prometió en francés que haría un retrato de su fea hija antes de que terminara el invierno, lo cual era una considerable capitulación que bastó para que el aubergiste se marchara con expresión petulante y sin pedir cobrar, lo cual de todos modos habría sido inútil.

Monsieur Leigh Strachan observó el pan, que olía muy bien, mientras S.T. lo partía en humeantes pedazos. Parecía hambrienta, pero negó con la cabeza.

– Ya he comido, merci.

S.T. la miró, se encogió de hombros y le sirvió vino. Estaba seguro de que estaba muerta de hambre, pero esas jovencitas siempre eran muy orgullosas. Se reclinó contra la pared y untó mostaza en un gran trozo de queso. Nunca venía mal reponer fuerzas, ya que le esperaba un largo paseo colina arriba hasta llegar a su castillo.

Sus miradas se encontraron y S.T., que estaba mordiendo el pan, sonrió. Ella estaba muy pálida pero le devolvió la sonrisa con arrojo. Él se sorprendió de haber creído en un principio que era un hombre.

Tenía unos ojos magníficos, pero ¿cómo demonios podía cortejarla mientras llevase ese atuendo?

– Ese seigneur -dijo S.T. terminándose el pan-. Pelo bronce. Ojos esmeralda. Alto.

– Apuesto -añadió ella con su voz ronca y plana.

La muy picarona. S.T. se sirvió más vino.

– ¿Qué significar «apuesto»?

Ella tomó un gran trago de vino, imitándolo a él bastante bien. Durante un instante S. T. pensó en eructar para ver si también lo hacía.

– Un bel homme -explicó-. Apuesto.

– ¿Él francés?

– Es de padres ingleses -dijo la joven, tras lo que volvió a beber-. Pero habla francés muy bien. Por eso lo llamaban seigneur en Inglaterra.

– Quelle stupidité -dijo S.T. al tiempo que hacía un barrido con el brazo para señalar la abarrotada taberna-. Todos hablar francés. ¿Todos lores aquí?

Ella no se inmutó.

– No es muy frecuente en Inglaterra. Dicen que tiene… cierto aire. Un periódico le puso ese mote y con él se quedó.

«El Seigneur de Minuit», pensó él negando con la cabeza. Había confiado en que ese sobrenombre hubiese muerto junto con su reputación.

– Absurdo -dijo-. Medianoche. Pourquoi?

Ella levantó su vino y dio un largo trago. La jarra de porcelana desportillada hizo un ruido contundente cuando volvió a dejarla sobre la mesa. Miró a S.T. fijamente.

– Creo que vos sabéis por qué lo de medianoche, monsieur Este.

Él esbozó una ligera sonrisa.

– ¿Yo?

La joven observó en silencio a S.T. mientras este le servía más vino y volvía a apoyarse en la pared. Él no quería oír su triste historia. No quería oír sus súplicas. Solo quería mirarla y fantasear sobre lo que era la gran carencia de su vida en esos momentos.

Ella tomó aliento y otro trago. Por su expresión, en la que había empezado a dibujarse una ligera nota de desesperación, se notaba que estaba pensando e intentando decidir algo. Tras otra generosa ingestión de vino, lo abordó directamente.

– Monsieur Este -dijo-, comprendo que el Seigneur no quiera aparecer ante extraños. Conozco el peligro que eso entraña.

S.T. abrió los ojos de par en par.

– ¿Peligro? ¿Qué? A mí no gustar peligro.

– No hay ninguno para él.

S.T. soltó un bufido.

– Él no importar -replicó indignado-. Importar yo. Creo que yo no conocer a ese seigneur malo. Creo que yo no poder ayudar a buscar.

La joven pareció algo desconcertada. El vino estaba empezando a hacerle efecto, ya que el fuego de sus encantadores ojos se había vuelto algo más turbio.

– Mon cher ami -dijo S.T. con gentileza-, volver a casa. Vos no buscar peligro. Ese seigneur absurdo.

Una llamarada de un intenso y gélido fuego volvió a surgir en los ojos de ella.

– No tengo casa.

– Por eso… -dijo él mientras se examinaba la uña del pulgar-, vos buscar. Creo que yo conocer a ese «señor». Oír «medianoche» y «seigneur» y saber clase de hombre ser. Mal hombre. Mal peligro. Él bandolero, ¿no? Huir de Inglaterra como chien, con rabo entre patas, ¿no? Nosotros no querer aquí. Solo hombres buenos. Buenos súbditos. No peligro. No problemas. Ir a casa, mon petit.

– No puedo.

Por supuesto que no. Estaba claro que no iba a deshacerse de ella tan fácilmente, aunque tampoco estaba seguro de querer hacerlo. Observó cómo tomaba de un trago el resto del vino. Al no ofrecerle más, ella misma se sirvió de la nueva botella que había llevado Marc.

– Mon dieu, ¿qué querer, chico? -preguntó S.T. de repente-. ¿Ser criminal? ¿Ladrón? ¿Por qué buscar a ese bastardo?

– No es ningún bastardo -afirmó ella al tiempo que levantaba la cabeza y fruncía el ceño. Cuando volvió a hablar, resultó evidente que el vino ya comenzaba a dificultarle el habla-: Vos no sois él, así que no podéis comprenderlo.

S.T. se frotó la frente, tras lo que dio un profundo trago y se apoyó sobre un codo.

– Es un buen hombre -prosiguió ella elevando el tono de voz. Apuró la jarra y se sirvió más. Bajo el harapiento encaje del puño, su muñeca resultaba conmovedora, tan pálida y delgada-. No es ningún ladrón.

S.T. sonrió con desdén.

– La gente dar joyas a él, oui? Cubrir a él de oro.

La joven torció el gesto y le lanzó una mirada de fuego azul.

– Vos no lo entendéis -dijo olvidándose por completo de su papel masculino, pese a lo cual su verdadera voz tenía una cautivadora y suave ronquera-. Él podría ayudarme.

– ¿Cómo?

– Quiero que me enseñe.

La joven levantó la jarra y bebió. Tuvo que sujetarla con ambas manos, pues ya estaba medio ebria. Cuando volvió a dejarla, se enroscó un mechón de pelo suelto alrededor de un dedo con un gesto tan delicado y femenino que S.T. sonrió. Con suavidad, preguntó:

– ¿Enseñar qué, ma belle?

Ella no reparó en el adjetivo.

– A manejar la espada -afirmó con pasión. S.T. dejó su jarra sobre la mesa con un golpe-. A usar una pistola -añadió ella-. Y a montar. Es el mejor del mundo. Puede conseguir que un caballo haga cualquier cosa.

Contempló con expresión febril a S.T., que estaba negando con la cabeza y maldiciendo para sus adentros. Cuando sus ojos se encontraron, él apartó los suyos de aquella mirada tan intensa y se llevó la mano al pelo en señal de incomodidad.

Pero fue un gran error. Había olvidado que se había puesto la peluca para realizar su incursión al pueblo de La Paire, y esta se deslizaba hacia un lado entre sus dedos, por lo que tuvo que quitársela. Maldijo en francés y lanzó aquel rasposo incordio sobre la mesa. ¡A manejar la espada! ¡Valiente locura! Se apoyó sobre los codos y se pasó las manos por el pelo.

Cuando levantó la cabeza, se dio cuenta de que el error era mayor de lo que se imaginaba. Ella lo estaba mirando fijamente con ojos de borracha.

– Sois el Seigneur -consiguió decir-. Lo sabía. Lo sabía.

– Allons-y! -exclamó él al tiempo que se ponía en pie y la levantaba a ella. Estaba claro que era una de esas mujeres que no aguantaban el clarete. Había rebasado ya el límite de la discreción y en breves instantes se echaría a llorar o realizaría cualquier otra típica hazaña femenina. Quienquiera que fuese y estuviese allí por la razón que fuera, sería poco caballeroso dejarla sola mientras se ponía en evidencia en un lugar público. S.T. agarró la botella de vino, se echó el tricornio a la cabeza y cogió a la joven de la cintura. Esta se acurrucó contra su cuerpo.

– Un jovencito que no sabe beber -dijo con aire de disgusto a Marc al pasar ante él. El tabernero, que llevaba un delantal mugriento, sonrió benevolente.

– No os olvidéis del retrato de mi Chantal -exclamó mientras se marchaban. S.T. levantó la botella medio vacía por todo saludo, sin tan siquiera molestarse en volverse mientras cargaba con monsieur Leigh Strachan.

La dejó durmiendo la borrachera en un granero a las afueras de La Paire y emprendió el camino de regreso a casa. Seguro que muy pronto volvería a verla, tan cierto como que existían la muerte y los impuestos del rey.

El sol se estaba poniendo, y S.T. respiraba con dificultad tras el ascenso, cuando al fin aparecieron las torres en ruinas de Col du Noir ante él, aferradas al precipicio que presidía el desfiladero y perfiladas contra el despejado y fresco cielo. Los patos salieron a recibirle y comenzaron a mordisquearle los pies hasta que les echó un pedazo de pan para que se apartaran. A continuación, se detuvo en el jardín para cavar entre los hierbajos secos en busca de ajos con los que condimentar la cena; tras limpiarse la tierra de las manos en los pantalones, cruzó las puertas con almenas de su castillo y atravesó tranquilamente el patio, en el que crecían por doquier plantas de lavanda silvestre.

Silbó y Nemo surgió de un salto de alguna oscura cavidad en la que estaba escondido. El enorme lobo se enderezó sobre sus patas traseras y le lamió la cara con entusiasmo, tras lo que volvió al suelo para festejar con felicidad su regreso, lo que le valió un buen pedazo de queso. Saltó en círculos alrededor de su amo mientras este subía con dificultad por los irregulares escalones de piedra por los que se entraba al castillo.

S.T. se detuvo en la armería y contempló un enorme cuadro, que ya apenas era visible a la luz del crepúsculo. Mientras Nemo resoplaba en sus botas, dio al retrato de un imponente caballo negro una rápida pincelada en un costado que había perdido lustre.

– Ya estoy en casa, viejo amigo -dijo en voz baja-. Ya he vuelto.

Siguió contemplando el cuadro durante un instante. Cuando Nemo gimió, se volvió bruscamente y se agachó para rascarlo con fuerza. El lobo se restregó contra su pierna mientras gozaba, se agitaba y gruñía de placer ante tantas atenciones.

La cena fue escasa y sencilla: una cazuela de guisado de conejo cazado por Nemo, que compartió con este, junto con lo que quedaba del buen vino tinto de Marc. S.T., sentado frente al fuego de la cocina y reclinado contra la mesa sobre dos de las patas de un taburete de tres, se preguntó si debería intentar plantar vides y si tenía en esos momentos las suficientes ganas de pintar como para encender las antorchas del gran salón. Decidió que no, así que volvió a cavilar sobre el misterioso proceso de la producción de vino, que según Marc era de una complejidad incomprensible. A saber qué cuidados necesitarían las viñas. Bastante tenía ya con quitar las malas hierbas de los ajos. También había algo que siempre se comía los pimientos en cuanto nacían si él no se tomaba la maldita molestia de tumbarse junto a ellos y pasar allí toda la noche.

S.T. suspiró. La luz del fuego titiló sobre los bustos de escayola y los cacharros con pigmentos, formando sombras que hacían que la estancia pareciese llena de una silenciosa multitud en lugar de estar solo ocupada por libros, lienzos y emborronados bosquejos a carboncillo. Se llevó las manos tras la cabeza y contempló las pinturas a medio acabar y los esbozos de esculturas que reflejaban el desorden de lo que había sido su vida esos últimos tres años. Se entregaba a cada nuevo proyecto con gran energía, pero lo único que había terminado desde que estaba allí era el cuadro de la armería.

En un oscuro rincón una espada envainada yacía contra la pared. Había dejado que se oxidara junto con el par de pistolas que descansaban a su lado envueltas en unos trapos polvorientos, pero siempre tenía limpias y engrasadas la silla y la brida de montar, que colgaban de unos ganchos como si estuviese a punto de utilizarlas.

Frotó la cabeza de Nemo con la bota. El lobo, estirado cuan largo era junto a sus pies, suspiró de puro placer, pero no se movió.

Capítulo 2

Monsieur Leigh Strachan no apareció en Col du Noir hasta bien entrada la tarde del día siguiente. S.T. estaba un tanto sorprendido ante su tardanza, ya que la esperaba a media mañana como mucho. Había salido a trabajar al patio, como era su costumbre, para aprovechar la luz de esas despejadas tardes de octubre mientras respiraba el aroma a aceite de linaza, estragón, lavanda y polvo que impregnaba sus trapos de pintar y sus manos. Nemo jadeaba suavemente a la sombra; sus solemnes ojos amarillos seguían los cortos pasos hacia delante y hacia atrás que daba su amo para ver el lienzo desde diversas perspectivas. Pero, cuando el lobo levantó la cabeza y miró hacia la entrada del castillo, S.T. dejó el pincel en un cuenco de terracota lleno de aceite, se limpió las manos y se sentó a esperar sobre una piedra calcinada.

Nemo se puso en pie. Una sola palabra musitada por su dueño bastó para que el lobo no se moviese. Aquel oyó cómo los patos refunfuñaban, sonido que le pareció que provenía de algún lugar a la izquierda, de detrás de la muralla, donde no había más que el precipicio. Volvió la cabeza para percibirlo mejor con su oído bueno, pero al instante se dio cuenta de su error y volvió a mirar hacia las puertas mientras un leve escalofrío de disgusto consigo mismo recorría su cuerpo. Todavía no se había acostumbrado al efecto desorientador que le producía la sordera de un oído. Por más que la mirada alerta de Nemo se dirigiese en la dirección por la que obviamente se aproximaba ella, a S.T. le costó convencer a su cerebro de que su visitante no se estaba acercando por la izquierda cruzando el desfiladero de algún modo inexplicable. Y aún era peor si cerraba los ojos o movía la cabeza con demasiada rapidez, pues entonces todo comenzaba a girar a su alrededor.

Ella había tomado la sabia medida de hacer mucho ruido conforme se acercaba. Era una chica lista. Debía de haber supuesto que sería mejor no aparecer a hurtadillas y de repente ante un desesperado y peligroso bandolero por cuya cabeza se ofrecía un dineral.

Esa idea hizo que S.T. sonriera. Tiempo atrás, él mismo se había considerado un personaje bastante peligroso.

Se inclinó hacia delante, arrancó unos arbustos que tenía a mano y volvió a sentarse armado con un aromático ramillete de lavanda y manzanilla. Al cabo de un instante, le añadió algunos tallos de jara para perfeccionar el efecto del color y la composición. Mientras giraba lentamente el ramillete para comprobar el resultado, ella apareció bajo la ruinosa entrada y se detuvo entre las sombras. Nemo gruñía sin moverse. S.T. esperó y se dio cuenta de que la joven miraba al lobo con recelo. Y es que Nemo impresionaba, enorme como era, con su pelaje negro, pardusco y plateado que una suave brisa agitaba mientras el animal enseñaba los dientes. Se veía a la perfección lo que era; nadie lo confundiría con un perro guardián más grande de lo normal.

Sin mirar a S.T., la joven dio un paso hacia Nemo, al cual se le erizó el lomo. Ella dio otro más, tras lo que comenzó a caminar con paso decidido en dirección al lobo. El gruñido del animal sonó mucho más fuerte. Se agazapó moviendo lentamente su espléndida cola y con la mirada fija en aquella esbelta figura. Ella siguió andando. Entonces Nemo dio un paso adelante con todo el cuerpo rígido por la fiereza de su advertencia; el sonido reverberó por todo el patio.

Pero, aun así, ella siguió andando.

Apenas a cinco metros de Nemo la valentía del animal desapareció por completo. Cesó el gruñido, dejó de agitar la cola y se volvió formando un pequeño círculo; luego agachó su gran cabeza y las orejas y se escabulló con el rabo entre las piernas a refugiarse tras la espalda de S.T.

– Sí, ya lo sé -le dijo su amo para consolarlo-. Las mujeres son unas criaturas terroríficas.

Ella permaneció en silencio con el ceño fruncido.

– Fíjate -siguió diciendo-, voy a ir andando hasta ella. No, no gimas, viejo amigo, no pienso detenerme. Ya sé que corro un terrible peligro y que no tengo muchas posibilidades de salir indemne. -Se levantó mirando al lobo-. Amigo mío, si no regreso, quiero que te comas mi parte del queso -añadió acariciándolo.

Nemo se postró en señal de abyecta humildad al tiempo que emitía un leve aullido e intentaba lamer la mano de S.T. Este lo empujó hacia un lado y le rascó la tripa, tras lo cual lo dejó boca arriba revolcándose en su ignominia.

La joven observó a S.T. mientras se aproximaba a ella; sus cejas oscuras e inclinadas estaban más fruncidas por la duda que cuando miraba al lobo. S.T. le ofreció las flores sin decir nada. Durante un largo instante, ella miró fijamente el ramillete que él sostenía y, a continuación, lo miró a los ojos. Él sonrió.

– Bienvenue, mon enfant -dijo en voz baja.

El labio inferior de la joven se contrajo y, de pronto, aquellos soberbios ojos azules se llenaron de lágrimas y apartó la mano de S.T. de un manotazo. Las flores salieron volando desprendiendo un aroma a lavanda aplastada.

– No hagáis eso -gruñó ella con la misma ferocidad que Nemo-. No me miréis de ese modo.

S.T., sorprendido, dio un paso atrás mientras se tocaba la mano dolorida. Desde luego la joven tenía un buen derechazo.

– Como gustéis -dijo con ironía, tras lo que añadió con toda intención-: monsieur.

El brillo de los ojos de ella desapareció con la misma rapidez con que había surgido. Su rostro adoptó una actitud más rígida y beligerante. Echó la cabeza un poco hacia atrás y miró a S.T. con frialdad.

– ¿Cuándo os habéis dado cuenta?

– ¿De qué sois una chica? -dijo él encogiéndose de hombros-. Ayer. -Cogió un tallo roto de jara y lo examinó compungido-. Cuando sonreísteis.

Ella frunció el ceño.

– Tendré que intentar poner siempre mala cara.

S.T. tiró la rosa al suelo.

– Sí, supongo que eso servirá. Desde luego a Nemo y a mí nos habéis turbado.

La joven volvió un poco la cabeza y miró al lobo. S.T. se imaginó pasando el dedo por su suave mejilla, atraído por su ardiente color.

– ¿Se llama Nemo? -preguntó ella señalando al animal con una ligera y decidida sacudida de cabeza-. Lo habéis adiestrado muy bien. No he visto que lo llamarais en ningún momento.

S.T. se volvió hacia el lobo.

– ¿Has oído? Dice que estás bien adiestrado, así que ven aquí y demuéstralo -dijo con un silbido.

Nemo se acercó a ellos, pero se detuvo a un metro de distancia.

– Vamos -volvió a silbar S.T. al tiempo que se señalaba los pies.

El lobo dio unos pasos a un lado; luego giró y avanzó hacia el otro formando un arco alrededor de ellos. Cuando su amo lo llamó por tercera vez, se agachó y comenzó a gemir.

– No me extrañaría nada que temblarais de terror ante semejante espectáculo -dijo S.T.

Ella pareció entenderlo poco a poco mientras, con la espalda rígida y la boca cerrada en un ligero rictus de sorpresa, observaba a Nemo.

– ¿Tiene miedo de verdad?

– Son las mujeres. Lo dejan petrificado -dijo S.T. mientras empujaba una de las flores del suelo con la bota-. Seguro que tiene sus razones.

Una leve curva se dibujó en la comisura de la boca de la joven. Miró a Nemo con esa débil sonrisa aún en el rostro, pero no dijo nada. Por su parte, S.T. no podía dejar de contemplarla. Sus labios, su piel, el contorno de su garganta. Sintió que le faltaba el aire.

– Creía que era una prueba -explicó ella.

S.T. cambió rápidamente su foco de atención y la miró a la cara.

– ¿Qué?

– Creía que me estabais poniendo a prueba, para ver cómo le hacía frente.

– Ah, sí, claro. Y la habéis pasado. Vuestro comportamiento ha sido de lo más heroico y estúpido. Bien sabe Dios que yo no tendría valor para acercarme a una bestia feroz. -Inclinó la cabeza, perdido en la asombrosa profundidad de sus ojos-. Por supuesto, Nemo le desgarraría la garganta a cualquier hombre que cometiera semejante error.

El lobo dio un largo gemido y rodó por el suelo, retorciéndose y resoplando mientras intentaba rascarse la espalda. A continuación, se quedó panza arriba con las patas relajadas mirando a S.T. mientras la lengua le colgaba en lo que era una típica mueca canina.

– Sí, sabes que lo harías -le dijo su amo, tras lo que le hizo una brusca señal con la mano-. Levanta, grosero, que hay una dama. Vamos, ve a cazarnos un faisán.

Al instante, Nemo se incorporó y echó a trotar en dirección a la puerta con la nariz agachada en busca de algún rastro. Cuando desapareció, los patos de fuera comenzaron a graznar escandalosamente para después callarse. Nemo sabía que no debía atacarlos si no tenía permiso para hacerlo.

– Es en verdad asombroso, la forma en que lo habéis adiestrado -dijo ella mirando en la dirección en que se había marchado el lobo.

S.T. se rascó detrás de la oreja.

– Bueno, lo más probable es que no consiga ningún faisán -admitió-. Quizá una liebre. -La miró de reojo-. ¿Queréis… quedaros a cenar?

Ella frunció el ceño de nuevo, haciendo que S.T. sintiera que algo se hundía en su interior; no obstante, contestó que sí con gran frialdad. Él suspiró aliviado al tiempo que intentaba controlar su sonrisa de satisfacción. Estaba tan indeciso con respecto a ella como lo había estado Nemo. Hacía tanto tiempo que no cortejaba a una dama… No le sorprendería nada descubrir que había perdido todas sus habilidades. Ojalá no fuese tan condenadamente bella. Solo mirarla y le ardía la garganta con una sensación extraña.

– No sois en absoluto como esperaba -dijo ella de pronto al tiempo que se le arqueaba el ceño por la sospecha-. ¿Sois de verdad el Seigneur?

La sonrisa se borró del rostro de S.T. No contestó, sino que se limitó a volverse e ir hacia el caballete, apoyar con mucho cuidado el lienzo en una roca y recoger el armazón y los cuencos de pigmento. Los llevó dentro y volvió a por el lienzo sin mirarla. Cuando cruzó el umbral de la puerta, vio que la larga sombra de ella se movía lentamente tras él.

La joven se detuvo en la armería, mientras que S.T. prosiguió hacia la cocina. Metió de una patada un saco vacío de cebada bajo la mesa, dejó la pintura a un lado y avivó el fuego para calentar aquellos fríos muros de piedra. Cuando volvió a la armería, ella estaba ante el retrato de Charon.

S.T. se cruzó de brazos y se apoyó en la jamba de la puerta. Tras observar a la joven, se miró la punta de la bota.

– Lo siento -dijo ella con cierto tono desafiante.

– Da igual. Es normal que tengáis vuestras dudas. Hoy en día tampoco yo me parezco mucho a Robin Hood.

Los ojos azules de la joven lo recorrieron con frialdad de arriba abajo, tras lo que volvió a contemplar el cuadro de Charon.

– ¿Está en los establos? -preguntó.

– Está muerto.

S.T. se alejó de la puerta y la dejó sola. Volvió a la cocina, apartó algunos trapos de pintar y unos libros de la mesa, cogió una cebolla y empezó a cortarla con una cuchilla roma. Al momento la oyó entrar, ya que tenía el oído bueno en dirección a la puerta. La miró fugazmente y deseó con amargura ver algo menos atrayente. Pero era hermosa, delgada y esbelta, con las pestañas negras, marcados pómulos y esos dedos con los que recorría un molde de escayola mientras lo miraba de una forma que estaba cargada de fuerza y destrucción.

Pero no lo hacía a propósito, eso estaba claro. Se sentía decepcionada; él le parecía un fraude que no estaba a la altura de su leyenda. Lo otro, el dolor que S.T. sufría en el pecho, en las entrañas y en el corazón, era su problema. Su debilidad.

Mujeres. Dio un fuerte tajo a la cebolla. Era lógico que aterrorizaran a Nemo.

Llevaba tres malditos años solo. Ansiaba arrodillarse, hundir el rostro en el cuerpo de ella y suplicarle que le dejara hacerle el amor.

Pensó en Charon, en su ciega devoción animal; en el cálido resoplido en su oreja, cuando todavía podía oír con ambas; en el tranquilizador sonido de los cascos del caballo mientras él dormía sobre la húmeda tierra inglesa, a salvo, tranquilo, protegido por unos sentidos más agudizados de lo que jamás serían los suyos, por una mente simple y honrada que confiaba en el juicio humano.

La cebolla hizo que se le humedecieran los ojos. Apretó la boca con fuerza y echó los pedazos a un puchero. Podía sentirla, aunque no estaba mirándola; era como una intensa llama en medio del oscuro caos en que se había convertido su vida. Se preguntó qué absurda y ciega locura podría impulsarle a cometer esa tentadora joven; qué quedaba aún en su interior que ella pudiera arrebatarle.

La pintura, Nemo, su vida. La lista era más larga de lo que creía.

– ¿Qué queréis de mí? -le preguntó de repente.

Ella levantó la vista de un cuadro a medio terminar que estaba apoyado en el arcón del pan.

– Ya os lo he dicho.

– ¿Que os enseñe a manejar la espada?

La joven asintió con la cabeza. S.T. señaló hacia un rincón con la cuchilla.

– Ahí hay una espada y un par de pistolas. Podéis hacer con ellas lo que queráis. Eso es todo lo que tengo que enseñaros -dijo mientras dejaba la cuchilla sobre la mesa.

Ella lo miró fijamente, pero S.T. prefirió desentenderse. Cogió el cubo de cuero y, tras salir al exterior, lo llenó en el pozo de piedra. Después volvió a la cocina y lo vació en el puchero. El agua cayó en el cacharro de hierro con un sonido cristalino.

– ¿Es porque no soy un hombre?

S.T. no contestó. Estaba ocupado pelando ajos. Su piel apergaminada crujía entre sus dedos, y su familiar olor le llenaba la nariz. Se concentraba en eso, en cosas sencillas. Veía de reojo los pies de la joven; llevaba unos zapatos con hebillas que estaban muy gastados en los tacones, y las medias meticulosamente zurcidas con hilo de otro color. Sus piernas eran fuertes y delgadas, y sus pantorrillas estaban moldeadas con gran delicadeza. Era una mujer. S.T. se mordió la lengua.

– Eso va a saber muy mal -dijo ella.

S.T. se llevó una mano al corazón.

– Y pensar que estaba tan seguro de mí que le he dado la tarde libre al cocinero.

– Yo puedo hacerlo mejor.

S.T. dejó el ajo sobre la mesa.

– ¿Cómo?

Ella se encogió de hombros.

– Yo sé cómo.

– Explicádmelo.

La joven lo miró desde debajo de sus pestañas mientras abría y cerraba las manos muy despacio.

– ¿Me enseñaréis?

S.T. soltó una risa irónica.

– Siempre me interesa una nueva receta para cocer la cebolla pero, francamente, no. No voy a enseñaros nada.

– Soy buena cocinera. Tengo mucha práctica. Y soy muy buena ama de llaves. -Miró con actitud distante la caótica cueva que era aquella cocina-. Puedo hacerme cargo de todos vuestros asuntos y llevaros las cuentas. La próxima primavera vuestro jardín ya podría estar produciendo lo suficiente para llenar vuestra mesa, y aún sobraría mucho para vender. También podría vestiros adecuadamente. Se me da muy bien la costura.

– Y la modestia, por lo que veo.

– Puedo hacer de este lugar un hogar acogedor para vos.

S.T. inclinó la cabeza y la miró de reojo. Estaba muy recta, y se veía que estaba dispuesta a soltar otro listado de méritos si él se mostraba remiso. Con una pequeña sonrisa irónica, él le dijo:

– Supongo que no sabréis hacer vino…

– Por supuesto que sí. Suelo hacer vino de moras todos los años, así como licor de menta y cerveza.

Su voz era cultivada, y sus modales, educados, pero daba la impresión de que hubiese sido sirvienta en alguna casa. Las ropas que llevaba habían pertenecido a un aristócrata, eso estaba claro. S.T. se permitió la indulgencia de imaginar su joven cuerpo, delgado, ágil y desnudo, y suspiró débilmente de deseo. Levantó la cabeza y la miró a los ojos. Ella no pestañeó.

– Haré lo que sea -afirmó decidida-. Me acostaré con vos.

S.T. bajó la cuchilla dando un tajo lleno de furia. Trocitos de ajo salieron volando en varias direcciones.

Maldita sea. Maldita, maldita, maldita. ¡Será zorra y perspicaz!

Quería decir algo despiadado, algo que la hiriese tanto como su desapasionada oferta lo había herido a él. Pero, cuando la miró, el encendido rubor de sus mejillas y su boca cerrada y rígida la hacían parecer tan joven e indefensa, y su aire de dureza resultaba tan falso, que las palabras no salieron de su garganta.

– No, gracias -fue todo lo que dijo.

Los hombros de la joven se relajaron de forma casi imperceptible. S.T. se afanó en pelar otro diente de ajo. Notaba cómo le hervía la sangre ante esa leve indicación del enorme alivio de ella. Echó el ajo al puchero con pergamino y todo, puso ambas manos sobre la mesa y se las miró. Diez dedos ligeramente manchados de pintura. Dos brazos, un rostro… ¿Tanto había cambiado? Ninguna mujer se había quejado jamás de él, ni de su aspecto ni tampoco de su capacidad como amante. Y nunca, nunca, había tenido que pagar a ninguna.

Se preguntó si había caído tan bajo como para estar dispuesto a hacerlo en esos momentos. Permaneció inmóvil, insultado y excitado, mientras sentía intensamente la presencia de ella en aquella cocina; pero no se atrevía a mirarla. Durante tres años lo había descargado todo en su arte; cuando la necesidad de una mujer se apoderaba de él, trabajaba sin descanso, pintando tormentas y galgos, desnudos y caballos, modelando curvas en pedazos de arcilla hasta que no podía seguir más tiempo en pie y caía dormido en una butaca con la espátula de modelar todavía en la mano. Nunca terminaba esas obras, y no sabía si eran lo mejor o lo peor que había hecho.

– ¿Puedo sentarme? -preguntó ella con voz extraña.

– Por el amor de Dios, pues claro que podéis… -contestó S.T. volviéndose, pero entonces vio que la joven se estaba cayendo y, antes de que él pudiese reaccionar y mover una mano o dar un paso adelante, se derrumbó sobre el sucio suelo cuan larga era.

Durante un instante se quedó mirándola sorprendido, hasta que su cuerpo reaccionó antes que su mente y se movió. Ella abrió los ojos al tiempo que S.T. se arrodillaba a su lado. El azul intenso de su mirada estaba nublado por la tensión y el cansancio, y el encendido rubor de sus mejillas se había transformado en palidez. La joven intentó incorporarse.

– Estoy bien -dijo bruscamente mientras intentaba evitar que él la ayudara.

El corazón de S.T. latía agitado.

– Y un cuerno -replicó ignorando su débil intento de apartarlo. Ardía de fiebre. Podía notar el calor sin tan siquiera tocarle la frente.

– De verdad que sí -insistió ella tomando aliento-. No estoy enferma.

S.T. no tenía intención de perder el tiempo en más discusiones. Le pasó el brazo por debajo de los hombros para levantarla, pero ella consiguió zafarse de él. Con una fuerza que lo sorprendió, la joven se cogió al brazo de S.T. para intentar alzarse.

– Estoy bien -insistió mientras se sentaba en el suelo-. Es que no he comido, eso es todo.

Tras vacilar unos instantes sobre qué debía hacer, S.T. dejó que apoyara la frente en su hombro, y comprobó que la elevada temperatura que notaba refutaba sus palabras. Le pasó la mano por las sienes y, de pronto, vio cómo la cabeza de la joven volvía a desplomarse. Se había desmayado entre sus brazos.

S.T. se asustó. Estaba pálida como la muerte, con un ligero tono amarillento muy poco saludable, y tampoco la oía respirar. Le cogió la mano y se la frotó pero, tras darse cuenta de que era inútil, cogió su flácido cuerpo en brazos. Al levantarse se tambaleó por el peso de la carga, mientras su precario equilibrio también se descompensaba. Ella volvió en sí justo cuando atravesaban la armería camino del dormitorio.

– Tengo que ponerme en pie -farfulló-. No puedo caer enferma. -Su cabeza cayó hacia atrás y su delgada y blanca garganta vibró con un débil gemido-. No puedo…

S.T. comenzó a subir la escalera de caracol y la cogió con más fuerza cuando ella intentó débilmente oponer resistencia. Llegó al primer piso maldiciendo a los constructores del castillo, que habían ideado todas aquellas escaleras irregulares, pronunciadas curvas y estrechos pasajes para hacer el ascenso lo más difícil posible a cualquier eventual enemigo. Seguro que los muy bastardos esperaban ser atacados por un ejército de enanos capaces de retorcerse y transformarse en nudos gordianos. Cuando al fin empujó con el hombro la puerta del dormitorio y la cruzó con ella en brazos, la sensación de vértigo se adueñó por completo de su débil estabilidad. Tuvo que detenerse para recuperar el equilibrio antes de tomar aliento y recorrer la habitación en línea recta hasta llegar a la cama.

El cuerpo de la joven se hundió en el colchón de plumas. La nariz de S.T. se llenó de polvo; no se le había ocurrido hasta entonces que hiciese falta airear las sábanas, pero al menos la ropa de cama estaba fresca y seca, y olía a lavanda, a linaza y a él mismo. Ella lo miró mientras intentaba incorporarse de nuevo, pero volvió a tumbarse cuando S.T. la echó hacia atrás poniendo las manos sobre sus hombros. La joven se humedeció los labios.

– No me dejéis aquí -murmuró-. ¿Es vuestra habitación?

S.T. le apartó el pelo negro y húmedo de la frente.

– No voy a haceros ningún daño.

– Tengo que marcharme -dijo ella con desesperación-. Dejadme sola. No me toquéis.

– No voy a haceros nada, ma chérie.

Ella le apartó la mano de un empujón.

– Marchaos. No os acerquéis.

– Estáis enferma -exclamó él, enojado-. No voy a violaros, pequeña idiota. Estáis enferma.

– ¡No! No lo estoy. No puedo estarlo. No puedo.

Cerró los ojos y sacudió la cabeza. A continuación se quedó de repente totalmente inmóvil mientras lloriqueaba, derrotada. Sus peculiares pestañas recortadas parecían más negras que nunca en contraste con su cutis blanquecino. Abrió los ojos y miró a S.T. con fiereza.

– Sí lo estoy -dijo con voz ronca-. Marchaos, por favor. Os lo suplico. Creía… esperaba… que no fuese nada, solo comida en mal estado. -Se giró en la cama entre escalofríos-. Pero estaba equivocada.

S.T. vio cómo un repentino estremecimiento la hacía sacudirse, y retorció los dedos en señal de fútil empatía.

– La cabeza -murmuró ella volviéndose de nuevo-. Me duele mucho la cabeza.

Se apoyó sobre un codo, pero S.T. la empujó para que se tumbara y la mantuvo sujeta para evitar que intentara volver a incorporarse mientras maldecía para sus adentros. Su madre murió de unas fiebres así, repentinas y devastadoras. Hacía años, décadas, pero todo lo que recordaba era su cadáver yaciendo en la capilla ardiente en un frío salón de mármol de Florencia, blanco e inerte como la misma piedra. ¿Qué hicieron los malditos médicos por ella? Obviamente lo que no debían, pero S.T. ni siquiera lo recordaba. No le pidieron que entrase a ver a la enferma, y él tampoco tuvo muchas ganas de hacerlo. Era un joven estúpido y rebelde de diecisiete años que no creía en la muerte, y que no pensaba que pudiera llegar el momento en que su impetuosa, extravertida y exasperante maman dejara de pedirle que llevara otro billet doux a su nuevo amante.

La joven intentó zafarse de la sujeción de sus manos.

– ¡Soltadme! -exclamó al tiempo que conseguía liberarse-. ¿Es que no lo entendéis? Son unas fiebres mortales.

– ¿Mortales? -preguntó S.T. cogiéndola de las muñecas-. ¿Estáis segura?

Tras un vano intento por soltarse, ella yació jadeante mientras asentía débilmente con la cabeza.

– ¿Cómo estáis tan segura?

– Porque lo sé.

– ¿Y cómo lo sabéis, maldita sea? -insistió S.T. elevando la voz.

Ella se humedeció los labios.

– Por el dolor de cabeza, la fiebre, y porque no puedo comer -explicó mientras le temblaban los dedos-. Hace dos semanas, en Lyon, no tenía bastante dinero para pagar… Era una posada muy mala, y cuidé a una niña pequeña…

– Dios mío -susurró S.T. mientras la miraba fijamente.

– Comprendedme, no podía quedarme sin hacer nada y dejar que se la llevaran en el carro de los apestados. -Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo-. No tenía dinero y no podía pagar el camastro.

– ¿Y tenía la peste? -exclamó S.T.-. Imbécile.

– Sí, imbécile. Lo siento. Pero me mediqué, y creía que ya había pasado bastante tiempo y estaba a salvo. Tengo que irme. No debería haber venido. No me había dado cuenta hasta ahora… Estaba convencida de que solo se trataba de comida en mal estado. Por favor, apartaos, rápido, y dejad que me vaya.

No había ningún médico en el pueblo. Como mucho una comadrona, pero S.T. no sabía cómo mandar aviso. Se devanó los sesos frenéticamente en busca de una solución. Estaba a punto de oscurecer. Solía tardar dos horas en bajar por el desfiladero en pleno día, y tampoco tenía la certeza de que encontrara a alguien que estuviese dispuesto a acompañarlo, con el riesgo de las fiebres y sin que él tuviese dinero para pagar, cosa que los habitantes del pueblo sabían muy bien. Conseguía los pinceles, lienzos y vino por medio de trueques y promesas; para lo demás vivía de lo que producían su jardín y sus tierras.

– Apartaos -musitó ella-. No me toquéis. Apartaos, apartaos.

S.T. fue a grandes zancadas hacia la estrecha ventana, abrió de un empujón el cristal emplomado y se asomó a la luz crepuscular. Se llevó los dedos a la boca y emitió un agudo silbido.

Cabía la posibilidad de que Nemo lo oyera, como también cabía la remota posibilidad de que el animal encontrara a Marc siguiendo el rastro del olor de alguna botella vacía de vino, y que el tabernero consintiera que un lobo salvaje se acercase a pocos metros de él con un mensaje atado al cuello y no le disparara.

S.T. apoyó una mejilla en la pared de piedra. De reojo captó de pronto la oscura sombra de Nemo, que salvaba una grieta de la muralla en ruinas del castillo, y recuperó algo de ánimo y confianza entre tantos miedos. ¿Por qué no había hablado nunca a Marc de Nemo? Jamás había dicho una palabra de él, ni siquiera cuando los rumores de que había un lobo solitario en la vecindad agitaron las aguas del chismorreo del pueblo. Se calló por instinto. Estaba acostumbrado a las murmuraciones y a los subterfugios; había vivido con ellos durante años. Conocía muy bien la naturaleza de los rumores. Él mismo los había utilizado, los había visto crecer y convertirse de habladurías en leyendas con tan solo dejar caer alguna palabra o alguna sonrisa llena de intención. Que se preocupen por el lobo, pensó en su momento. Así lo dejarían pintar en paz en el castillo, ya que era el único con suficiente valor para ascender por el desfiladero y dormir a pierna suelta en Col du Noir.

Miró hacia la cama. Ella se había incorporado y estaba apoyada sobre un codo dándole la espalda. En un momento estaría de pie y, al siguiente, yacería en el suelo. Era una secuencia de hechos que se podía prever con perfecta claridad.

Nemo entró con paso suave en la habitación. Fue bordeando la pared, lo más lejos posible de la cama, hasta llegar a la ventana. Tras olisquear brevemente las rodillas de S.T., se sentó mientras miraba dubitativo hacia su invitada.

Había un cuaderno de bosquejos y un carboncillo en la mesilla de noche. S.T. dejó a Nemo acobardado junto a la ventana y se acercó a la joven.

– Tumbaos, inconsciente -dijo mientras volvía a acostarla. Ella apenas opuso resistencia; contrajo todo el cuerpo al tiempo que emitía un tenue quejido de malestar. S.T. arrancó un pedazo de papel en el que escribió un mensaje; luego lo dobló con cuidado para no difuminar el carboncillo. Miró por la habitación en busca de algo con que atarlo. Algo corriente, humano, que se viera enseguida que provenía de un ser civilizado. La peluca colgaba del pilar de la cama tal como la había dejado. S.T. la limpió un poco, buscó en la cómoda las cintas de raso con que solía atarse la coleta en los tiempos en que aún cortejaba a las damiselas y se dirigió hacia Nemo. El lobo lo miró con la cabeza ladeada y con sus pálidos ojos llenos de tranquilidad y absoluta confianza.

S.T. ató la peluca a la cabeza de Nemo, tras lo cual le alisó el pelo y metió la nota debajo. Tiró de ella para asegurarse de que no se deslizaría y taparía los ojos del animal o se le clavaría en la garganta. Nemo aceptó semejante ornamento con toda solemnidad. S.T. dio un paso atrás; la imagen del lobo con ese aspecto ridículo y esa actitud complaciente le produjo una sensación de profundo malestar y culpabilidad.

¿Por qué tenía que hacerlo?

Si enviaba a Nemo al pueblo alguien le dispararía. Así de sencillo. Cuando un lobo surgiera de pronto en medio de la noche nadie se pararía a pensar por qué llevaba atada una peluca.

Maldición.

¿Y acaso ella lo merecía? ¿Qué sabía de ella? Una joven caprichosa, indefensa y romántica. Ya había perdido bastante por culpa de otras como ella. Había perdido a Charon, y un oído, y el respeto de sí mismo.

La miró, acurrucada de dolor en la cama. Quería que viviese. Quería acostarse con ella porque era hermosa y él llevaba tres años sin estar con una mujer. Maldición, eso era todo. Pero, comparado con la vida de Nemo, no era nada.

Ella estaba susurrando algo casi imperceptible. S.T. cerró los ojos y apartó la cabeza, pero el movimiento hizo que la voz llegase con mayor claridad a su oído bueno.

– … no creáis que… os aseguro que puedo levantarme -decía-. Debéis marcharos, monseigneur. Una quincena. Doce días por lo menos. Bañaos en un arroyo frío para fortaleceros. No volváis antes de doce días. No dejéis que nadie venga antes. Lo siento… No debería haber venido. Por favor, monseigneur, marchaos. No corráis ningún riesgo.

S.T. puso la mano sobre la cabeza de Nemo, sobre la absurda peluca, y alisó aquel suave collar de pelo.

Ella no le estaba pidiendo ayuda. Aquella valiente y maldita mujer no le estaba pidiendo ayuda.

Se arrodilló de repente y dio a Nemo un fuerte abrazo, hundiendo la cara en su intenso olor a lobo. La lengua caliente de este le lamió la oreja, y su fría nariz le olfateó el cuello con curiosidad. Intentó memorizar esas sensaciones, guardarlas en un lugar seguro de su corazón. A continuación, se levantó y cogió la botella de vino vacía que había en la mesilla. La puso ante Nemo para que este la olisqueara y le dio dos sencillas órdenes antes de que tuviera tiempo de cambiar de idea.

– Busca hombres. Busca a este hombre. Ve.

Capítulo 3

Los trinos de los pájaros y un murmullo procedente de la cama despertaron a S.T. Se frotó el cuello, pues sentía en todos los huesos la marca de la butaca de madera en la que llevaba diez noches durmiendo. A través de la ventana abierta se veía el brillo frío y desnudo del cielo al amanecer. Entrecerró los ojos mirando en dirección a las sombras que todavía persistían en la habitación. Ella había apartado las sábanas otra vez. S.T. se levantó con todo el cuerpo agarrotado. Se limpió los ojos, se pasó la mano por el pelo y respiró profundamente. El lugar a sus pies en el que tendría que haber estado Nemo se encontraba vacío, como cada mañana. Durante un instante apoyó las palmas de las manos y la frente en la fría pared de piedra. Rezar ya no serviría de nada.

El murmullo se convirtió en un débil quejido. S.T. exhaló con fuerza y se apartó de la pared. Mientras echaba agua del cubo en una taza agrietada de cerámica, ella abrió los ojos, parpadeó y se humedeció los labios. Movía los dedos frenéticamente, tirando de los pliegues blancos de su camisa en medio de las enmarañadas sábanas. Cuando su mirada perdida localizó a S.T., sus oscuras cejas se fruncieron en señal de intensa desaprobación.

– Maldito -murmuró.

– Bonjour, Sunshine -respondió él con aspereza-. Ça va?

Ella cerró los ojos. Una expresión hostil dominaba su pálido rostro.

– No quiero vuestra ayuda. No la necesito.

S.T. se sentó en la cama y con una mano cogió sus muñecas antes de que comenzara a revolverse. Ella intentó apartarlo, pero estaba demasiado débil para oponer resistencia. En su lugar, apartó la cara mientras su respiración se volvía agitada y convulsa por ese pequeño esfuerzo. S.T. le puso otra almohada bajo la cabeza y le acercó la taza a los labios, pero ella se negó a beber.

– Dejadme -susurró-. Dejadme en paz.

S.T. inclinó la taza. La joven miró hacia delante con una expresión mortecina en sus ojos apenas abiertos. Tenía el cutis como el papel, seco y pálido a excepción del intenso y enfermizo color de los pómulos. S.T. le puso la taza en los labios, pero toda el agua le cayó por la barbilla y el cuello; él se incorporó, echó dos dedos de coñac en la taza y se lo bebió de un trago. El agradable calor del alcohol le inundó la garganta y reavivó su fatigada mente.

– Dejadme morir -murmuró ella-. No me importa. Quiero morir. -Giró la cabeza-. Papá, déjame morir, déjame, por favor.

S.T. se sentó en la silla y apoyó la cabeza en las manos. Ella iba a morir, sí. Así lo había decidido en algún momento de su delirio, y lo que la fiebre no consumía se iba apagando cada día que pasaba. Llamaba a su padre cada vez con mayor frecuencia en los momentos en que perdía la razón, a la vez que caía en períodos cada vez más largos y profundos de silencioso sopor.

S.T. la odiaba, al tiempo que se odiaba a sí mismo. Nemo ya no estaba. Cada vez que lo pensaba se sentía como si le diesen un puñetazo en el estómago y se quedase sin respiración en el pecho y la garganta.

– Papá -susurró la joven-, por favor, papá, llévame contigo. No me dejes sola… no te vayas…, por favor… -Agitó la cabeza con frenesí mientras levantaba débilmente una mano-. Papá…

– Estoy aquí -dijo S.T.

– Papá…

– ¡Estoy aquí, maldita sea! -gritó él mientras iba rápidamente hacia la cama y le cogía la mano. Los huesos de la joven parecían de porcelana en su puño. Agarró el cazo y volvió a llenar la taza-. Bébete esto.

Al tocarle la boca con el borde de la taza, ella abrió más los ojos.

– Papá -volvió a decir.

S.T. inclinó la taza de nuevo y, esa vez, sí que tragó.

– Muy bien -dijo-. Buena chica.

– Papá… -farfulló ella antes de volver a beber con los ojos cerrados; cada trago y cada aliento significaban un gran esfuerzo para ella.

– Mi Sunshine se está portando muy bien -murmuró S.T.-. Vuelve a intentarlo.

La joven dobló los dedos en su mano, buscando protección como si fuese una niña. Él la sujetó con firmeza mientras escuchaba su repetitivo gimoteo, que poco a poco fue desapareciendo hasta quedar en silencio.

«No te mueras, maldita sea -pensó S.T.-. No me dejes sin nada.»

La enferma respiró profundamente entre escalofríos y tragó la última gota de líquido de la taza. S.T. le acarició la frente, que ardía, y le apartó los negros y cortos rizos que caían sobre su cara. Pensó que era un verdadero tributo a su belleza que, después de diez días de enfermedad, todavía pudiese apreciarla.

Durante ese tiempo, S.T. había visto hasta el último centímetro de su anatomía. Se preguntó qué le parecería eso a su querido papá. Por su parte, estaba demasiado cansado y triste para sentir nada.

La alentó a que bebiera una segunda taza de agua. La joven consiguió tomar la mitad antes de caer exhausta y medio inconsciente. Tras un desganado intento de arreglar la ropa de cama -S.T. tenía la vaga noción de que tal era el procedimiento habitual cuando se cuidaba a un enfermo-, fue al piso de abajo para solucionar el problema de la comida.

Cuando llegó a la puerta que daba al patio, se detuvo y silbó.

Silbó dos veces, aunque tuvo que contenerse para no hacerlo tres, cuatro, cinco o mil. Permaneció inmóvil bajo la luz del amanecer mientras escuchaba su propia respiración. A continuación, atravesó el patio y volvió a silbar. Los patos, irritados y hambrientos, se le acercaron con su característico balanceo, pero dejó que se las arreglaran solos y se dirigió al huerto. Sabía que debería sacrificar a uno de ellos, que era la razón por la que había empezado a criarlos, pero cuando llegaba el momento era incapaz de elegir a la víctima. Siempre pensaba que, llegado el caso, dejaría que fuese Nemo quien lo hiciera, ya que el lobo carecía de tantos escrúpulos.

Nemo.

Silbó de nuevo sin dejar de andar. El crujido de sus botas sobre la tierra caliza parecía sonar demasiado fuerte, y hasta tenía un débil eco en la ladera de la colina. Cada rama y roca desnuda resaltaba con toda claridad a la brillante luz del amanecer.

En el huerto buscó mucho entre los hierbajos hasta encontrar lo poco que quedaba. Cinco pimientos rojos, un calabacín verde de forma cilíndrica que tenía un lado mordisqueado por los conejos, algunas judías blancas, dos manojos de romero silvestre, otro de tomillo y, por supuesto, ajos, su único éxito agrícola. Podía echarlo todo en el puchero junto con algo de cebada y hacer sopa. Si ella no quería comérselo, desde luego él sí. Y también podía machacar olivas y alcaparras y hacer una tapenade para extender sobre el pan. En el trayecto de vuelta cogió varias piñas y, tras comerse el fruto, fue tirando el resto por el precipicio conforme avanzaba.

Una vez tuvo la sopa en marcha, subió para ver cómo se encontraba la joven. Estaba inquieta e irascible; pasaba constantemente de la consciencia al delirio, de beber un sorbo de agua a negarse a tomar el siguiente. Le ardían la frente y las manos. S.T. habría pensado que estaba llegando a un momento crítico de no ser porque los últimos días también se habían sucedido las fiebres altas seguidas y una intensa debilidad.

Hizo todo lo que pudo por ella; la bañó en una cocción de ruda y romero que hervía a diario desde que, en un momento de lucidez, ella le había dicho que se frotara con eso para evitar infectarse. Parecía estar bastante versada en medicina y, cuando S.T. conseguía extraerle alguna instrucción, la seguía con presteza y a pies juntillas. A continuación, se tomó media hora, como hacía todos los días, para descender con cuidado por el desfiladero y armarse de valor antes de bañarse en las heladas aguas del río que se precipitaba a gran velocidad desde las montañas.

Ella le había dicho que lo hiciera para fortalecerse, pero bien sabía Dios que hacía falta tener muchas agallas para meterse desnudo en el río y echarse un cubo de agua gélida sobre la cabeza. Nunca había sido un cobarde, pero esa pequeña tarea casi se le hacía insuperable. Aun así lo hacía, sobre todo porque no tenía ninguna intención de morir del modo en que ella lo estaba haciendo.

El sol ya iluminaba las paredes del desfiladero cuando se ató la coleta y, tiritando, se puso la camisa y el chaleco. Anduvo un breve trecho río abajo mientras silbaba llamando a Nemo, mientras buscaba cualquier rastro de él y se aferraba a la vaga esperanza de que el lobo estuviera escondido a causa de la presencia de alguna mujer.

Pero no encontró nada que lo ayudara a mantener viva la esperanza, así que cogió otro sendero que subía por el desfiladero hasta llegar al camino que procedía del pueblo. Siguió por él con la mirada puesta en el suelo en busca de cualquier pista reciente.

Sin embargo, la que encontró no era del lobo. En un saliente de caliza que había sobre el sendero, vio las huellas de alguien que había ascendido por allí, y que lo condujeron a una pequeña grieta oculta bajo un arbusto de enebro. En ella estaba escondida una bolsa muy gastada que S.T. sacó. Tras desabrochar las hebillas, miró su contenido con avezada eficacia y sin sentir el menor reparo.

El interior, forrado con una elegante tela, contenía un vestido de seda muy arrugado y unos zapatos a juego bordados con un intrincado dibujo de pájaros de color azul prusia. Debajo había un juego de corsés de sarga marrón y algunas piezas de muselina de ricos recamados.

Sacó la ropa y extendió el vestido, que había sido plegado de cualquier manera, sobre un arbusto para evitar que se manchara de polvo mientras seguía registrando la bolsa. Bajo la capa de sarga había una caja de piel que contenía una colección de pequeños viales y medicinas en diminutos frascos de cristal, todos con etiquetas muy pulcras en las que ponía cosas como «polvos carminativos», «ungüento abrasivo» o «pastillas de malvavisco».

Metida dentro de una copa de plata y envuelta en un pañuelo, encontró una elegante gargantilla de perlas. En el fondo de la bolsa descansaban un abanico pintado y un par de hebillas doradas de zapatos, todo guardado en una caja forrada en raso en la que estaba escrito «recuerda quién te la dio». S.T. metió la mano en un bolsillo interior, pero la sacó con un respingo y maldijo mientras se chupaba la sangre del corte que acababa de hacerse en el dedo. Prosiguió la inspección con más cuidado y encontró un abrecartas de plata de ley, extremadamente afilado y en el que estaban grabadas las iníciales «LGS», junto con la lima que se había empleado para afilarlo.

No había nada más, salvo un monedero lleno de calderilla y un cuaderno de bocetos muy gastado en el que se leía «Silvering, Northumberland, 1764 a 17-, de Leigh Gail Strachan». S.T. lo abrió.

Conforme fue pasando las páginas, comenzó a dibujarse en su rostro una sonrisa irónica. Las luminosas acuarelas que contenía eran encantadoras; mostraban unas figuras humorísticas e ingenuas pintadas por una joven dama de la campiña inglesa en las que representaba a su familia en diversas escenas de su vida cotidiana. En cada dibujo podía leerse en tinta su título y algún comentario: «Emily se cae del burro (elaborar más la perspectiva)»; «Edward N. muestra su ingeniosa máquina de electrocutar a Emily, Anna y mamá, y Anna sufre un desvanecimiento (las escaleras se ven demasiado anchas, pero las expresiones son buenas)»; «Reunión en Hexham: el capitán Perry enseña a Anna un grácil paso de baile»; «Atrapados en el fango. Castro ladra de forma muy grosera al cochero John (estudiar las proporciones de patas traseras equinas)»; «Papá dormido en la biblioteca después de un duro día cortando rosas con mamá»; «¡Alegría, alegría! Emily, Leigh y Castro reciben a papá y a Edward N. a su regreso con el tronco para encender el fuego de Navidad»; «El señor de la casa cura a un cochinillo enfermo tras perseguirlo por el patio mientras Anna y Leigh miran»; «Emily se cae de una cerca»; «Papá preparando el sermón del domingo»; «Emily, Anna y Leigh salvan a los gatitos (perro muy mal hecho)».

El dibujo del valeroso rescate mostraba a las tres chicas, que llevaban puestos sus gorritos y delantales, blandiendo palos y escobas contra algo que se parecía a un cerdo con lunares y grandes colmillos. S.T. sonrió. Tras un pesebre, cinco manchurrones con patas representaban a los amenazados gatitos.

Había un recorte doblado del London Gazette entre la última página y la contraportada. S.T. lo abrió y lo alisó. «Proclama de Su Majestad el Rey», rezaba en grandes letras al inicio de una larga lista oficial de bandoleros. S.T. encontró bastante más abajo su propio nombre.

Llamado el señor de la medianoche, o en ocasiones en francés, el Seigneur de Minuit. Un metro ochenta de altura, ojos verdes, pelo castaño con tonos dorados, porte gentil, excelentes modales y cejas muy rizadas hacia arriba. Monta un magnífico corcel negro de dieciséis palmos sin marcas. Quien revele el paradero de dicho sujeto a los magistrados de Su Majestad recibirá una recompensa de tres libras.

– ¿Tres libras? -exclamó S.T., sorprendido-. ¿Solo tres libras de mierda?

En sus tiempos de mayor gloria habían sido doscientas, y la última vez que había visto uno de esos anuncios figuraba a la cabeza de la lista. No era de extrañar que ningún cazador de recompensas lo hubiera molestado nunca en su guarida de Col du Noir.

Solo tres libras. Qué triste.

Guardó el cuaderno de bocetos y se puso en pie. Mientras seguía cuidándose el corte del dedo, dobló el vestido de seda, lo guardó y se echó la bolsa al hombro al tiempo que negaba con la cabeza, asombrado de que esa joven de origen gentil hubiera sido capaz de recorrer buena parte de Inglaterra y toda Francia. Había ido sola en su busca.

Al caer la noche había conseguido darle dos platos de sopa cucharada a cucharada. Tras una ligera mejoría, en la que ella lo maldijo débilmente y llamó tanto a su padre como a su madre, pareció empeorar; cayó en un estado letárgico de mayor debilidad. En ocasiones, S.T. tenía que observarla con atención durante largo rato para asegurarse de que todavía respiraba.

Llegó a desear que muriera y terminase todo aquello. A la tenue luz de la chimenea, se sentó en la butaca con la cabeza apoyada en la pared de piedra a esperar el fatal desenlace. De pronto cayó en la cuenta de que tendría que enterrarla, así que comenzó a decidir cuál sería el mejor lugar para hacerlo; alguno por el que no tuviese que pasar todos los días, porque eso no lo podría resistir. Entonces pensó en cómo sería estar solo en el castillo sin Nemo, y sintió que un profundo pozo negro de desesperación se abría en su interior.

Se levantó y enjugó la frente de la joven. Ella no se despertó, ni tan siquiera se movió, así que S.T. la observó presa de un silencioso pánico hasta que comprobó al fin que su pecho subía y bajaba débilmente.

Dormida y al calor de la tenue luz del fuego, su rostro parecía más dulce, más humano, tanto que hasta podía imaginársela sonriendo. Pensó en el vestido de seda y los zapatitos y se la figuró en medio de un elegante salón ante un juego de té de plata. S.T. conocía muy bien ese tipo de salas y a ese tipo de damas.

Las conocía íntimamente. El valor de esas mujeres llegaba como mucho a atreverse a aventurarse a un encuentro furtivo en el jardín a medianoche, o en su vestidor, o entre las sombras de una escalera trasera. En cierta ocasión S.T. asistió a una reunión de ese tipo en un salón que estaba en obras de la gran mansión de los Percy, en Syon, y a partir de ese momento el olor a serrín y yeso siempre iba unido en su mente al de los polvos aromatizados y una suave piel. La dama había afirmado que estaba dispuesta a abandonar a su marido noble y fugarse con él, pero desde luego S.T. no la creyó capaz de viajar sola desde el norte de Inglaterra hasta la Provenza. Al final, ni siquiera le dejó una nota de despedida cuando el marido apareció para poner fin a su osada aventura y llevarla de vuelta a casa. Mujeres.

Permaneció allí sentado rememorando el pasado. Había algo en Leigh Strachan que reavivaba en él toda la gloria y la miseria de lo que había vivido. ¡Qué loco tan magnífico había sido! Tan vivo, tan lleno de energía. Cada paso que daba era un nuevo riesgo, cada apuesta una fortuna. Hasta esos recuerdos parecían más reales que el presente…

«Charon en una noche sin luna, una sombra con cascos plateados, gritos y el destello amarillo del fuego de pistolas…»

Cerró los ojos. Su corazón latía rápido y podía sentir el sudor y la emoción del momento; recordó cómo le sentaba la máscara que le ocultaba el rostro, cómo la capa negra pesaba sobre sus hombros y los guantes olían a silla de montar y acero. La garganta le ardía por el gélido aire nocturno y por el esfuerzo de blandir la espada al tiempo que mantenía a Charon a raya, haciendo que diera unos pasos a izquierda o derecha, realizara una pirueta o una cabriola con sus cascos plateados para distraer y confundir en medio de la noche, para que pareciese un caballo fantasma que cabalgaba por el aire.

Todo aquello había terminado por agotarlo, tanta fría pericia y abrasadora emoción, mientras oscilaba entre la riqueza y la pobreza más abyecta, y creía que la moralidad de lo que hacía estaba plenamente justificada a la vista de tanta injusticia. Elegía con mucho cuidado a quién ayudar y a quién atormentar. Conocía muy bien sus méritos y se movía con ellos por los salones de la alta sociedad, por los verdes parques y por las fulgurantes mascaradas; era un caballero como los demás del que nadie sospechaba, protegido por el augusto y ancestral nombre de Maitland. Una vez allí, elegía a sus víctimas entre los más obtusos y los más petulantes.

Pero en realidad nunca había sido un auténtico cruzado. Su misión nunca había sido honrada. Todo lo hacía por la mera alegría del juego, por el riesgo y rebeldía que conllevaba. Sencillamente había crecido siendo un anarquista convencido, un agente del caos. Hasta que el caos se había vuelto contra él.

Soltó un profundo suspiro y se pasó las manos por la cara. Entonces miró hacia la cama y se incorporó con gran rapidez.

Leigh tenía los ojos abiertos. Cuando S.T. se puso en pie, dirigió la mirada hacia él. Durante un instante se dibujó una leve sonrisa en su boca, pero se borró al momento cuando, lentamente, ella se fue dando cuenta de la situación, como si hubiera despertado de un agradable sueño para amanecer en una pesadilla. Resentida, se volvió para darle la espalda.

– Os dije que no os quedarais conmigo -dijo con voz ronca.

S.T. frunció el ceño y la miró; una fina capa de sudor cubría su pálido rostro. El estado febril parecía haberse atenuado, pero costaba saberlo con seguridad a la luz del fuego. Estiró la mano y le tocó la frente.

– Ha remitido, ¿no? -murmuró ella en tono indiferente-. Voy a sobrevivir.

Tenía la frente caliente, pero no ardía. S.T. la observó con detenimiento.

– Dios mediante -dijo.

– ¿Y qué tiene que ver Dios con esto? -En su débil voz se percibía cierto tono de desdén-. Dios no existe. La fiebre ha remitido y mañana ya estaré mejor, eso es todo. -Cerró los ojos y volvió la cabeza a un lado-. Al parecer no hay nada que pueda matarme.

S.T. le sirvió un poco de agua.

– Pues algo ha estado muy cerca de conseguirlo -dijo.

La joven miró la taza que le ofrecía. Durante un prolongado instante no se movió hasta que, emitiendo un bufido de resignada aquiescencia, levantó la mano. S.T. notó que le temblaba. Dejó la taza en la mesilla y le arregló las almohadas mientras ella se incorporaba hasta quedar casi sentada. A continuación, sujetó la taza con ambas manos y tomó pequeños sorbos de agua al tiempo que recorría la habitación con mirada lánguida. Al terminar, la fijó en S.T.

– Habéis sido un estúpido al quedaros.

Él se rascó la oreja mientras la joven lo observaba por encima del borde de la taza. Tras un momento de silencio, S.T. cogió el agua antes de que la derramara sobre sus temblorosos dedos.

– ¿Y qué otra cosa podía hacer? -repuso.

Leigh levantó las cejas y lo miró con una expresión que dejaba bien claro que no creía que nadie pudiese ser tan imbécil. S.T. dejó la taza y le dedicó una sardónica sonrisa.

– Vivo aquí -dijo-. No tengo ningún otro sitio al que ir.

La joven cerró los ojos y descansó la cabeza sobre la almohada.

– Al pueblo -alegó con un hilo de voz.

– ¿Y llevar las fiebres allí?

Ella negó con la cabeza sin abrir los ojos.

– Hombre estúpido y más que estúpido. Si os hubierais marchado cuando os lo dije… Hace falta mantener un contacto muy estrecho para infectarse…

S.T. la observó sin decir nada mientras intentaba decidir si de verdad estaba siendo coherente y se hallaba en vías de recuperación.

– Espero -añadió la joven- que no os quedarais por alguna absurda idea romántica.

Él desvió la vista hacia la desordenada ropa de cama.

– ¿Como cuál?

– Como la de salvarme la vida.

S.T. volvió a mirarla con una mueca en la cara.

– Por supuesto que no. Tengo por costumbre arrojar a mis invitados por el precipicio.

Una de las comisuras de la boca de la joven se curvó levemente.

– Entonces os agradecería mucho que me hicieseis ese favor… -dijo, tras lo cual la sonrisa se transformó en un temblor que la obligó a cerrar la boca.

S.T. se sentó en el borde de la cama y le acarició la frente, rozándole la piel con el pulgar.

– Sunshine -susurró-. ¿Qué os han hecho?

Ella se mordió el labio y negó con la cabeza.

– No seáis amable conmigo, os lo suplico.

Él le cogió la cara entre ambas manos.

– Tenía miedo de que murieseis.

– Es lo que quiero -replicó ella con voz quebrada-. Sí, quiero morir. ¿Por qué no me habéis dejado?

S.T. recorrió sus pómulos y la curvatura de las cejas con ambos pulgares.

– Porque sois demasiado encantadora. Por Dios, sois demasiado hermosa para morir.

Ella apartó la cara. S.T. le acarició la piel y notó que aún persistía algo del calor de las fiebres.

– Maldito seáis -murmuró ella con un gemido entrecortado-. Me habéis hecho llorar.

Sus calientes lágrimas cayeron sobre los dedos de él, que se las enjugó al tiempo que sentía su respiración convulsa y espasmódica mientras intentaba refrenarlas. La joven levantó las manos y apartó débilmente las de S.T. para evitar su contacto. Este se echó un poco atrás para tranquilizarla. Quizá se trataba en verdad de una recuperación, o quizá era tan solo el último momento de lucidez antes del fin. Lo había visto otras veces. Al contemplar sus pálidas y hermosas facciones, así como la desolación inerte de sus ojos, no costaba mucho creer que la joven solo estuviera a un paso de cruzar el umbral de la muerte.

Sin embargo, a la mañana siguiente seguía viva. Muy viva, aunque no más alegre. Cuatro días después ya pudo sentarse sin ayuda en la cama. Con el ceño fruncido, se negó a que él la cuidase; en su lugar, comió y bebió con sus propias y temblorosas manos e insistió en que la dejara a solas para asearse.

S.T. así lo hizo. Aprovechó para salir a buscar a Nemo, pero regresó sin él. No obstante, el paseo dio sus frutos, ya que se llevó el mosquete y consiguió cazar un par de faisanes que solucionaron de momento el problema de las provisiones. Cuando volvió, la señorita Leigh Strachan estaba dormida; los rizos de su pelo negro se arremolinaban alrededor de su rostro, pero se despertó e incorporó con esfuerzo en cuanto S.T. entró en la estancia.

– ¿Cómo os encontráis? -preguntó ella súbitamente.

Él levantó una ceja.

– Seguro que bastante mejor que vos.

– ¿Vuestro apetito se mantiene constante?

– Prodigioso, más bien -contestó él-. Y en estos momentos estáis impidiendo que desayune.

– ¿Síntomas febriles o escalofríos?

S.T. se apoyó en la pared.

– No, a menos que cuente mi inmersión diaria en ese maldito arroyo helado.

– ¿Os habéis estado dando el baño frío? -preguntó ella mientras lo miraba con expresión muy seria-. Bueno, por lo menos algo es algo.

– Siempre a vuestras órdenes, mademoiselle.

Ella se reclinó sobre las almohadas con gesto de cansancio.

– Ojalá las hubierais obedecido todas. También os dije que os marcharais, pero no tuvisteis el suficiente sentido común para hacerlo. Solo ruego que no sufráis las consecuencias.

– También me he estado bañando en ruda y romero. No se puede oler mejor. ¿No lo habéis notado?

Ella no prestó ninguna atención al brazo que S.T. extendió para que lo comprobara.

– Eso servirá de momento. -La voz le salió forzada, con su ronquera habitual más pronunciada; sin embargo, hizo el esfuerzo de seguir hablando-. Le he estado dando vueltas a otro listado de hierbas que deberíais recoger, pero tendréis que traerme papel y pluma para que las anote. -No esperó a que S.T. lo hiciera, sino que tomó aliento entre temblores y pasó al siguiente punto-. En Bedfordshire han tenido cierto éxito encalando las paredes de las residencias para infectados. ¿Se puede encontrar cal viva?

S.T. negó con la cabeza mientras la miraba fijamente. Pensó que, en su débil estado, no debería hacer tanto esfuerzo hablando.

– Pues tendréis que hacerla vos mismo -prosiguió Leigh-. Yo os diré cómo. Pero hay que recoger las hierbas primero, pues así podréis preparar varias cocciones para que os las toméis. -Cerró los ojos y, tras una breve pausa, los abrió de nuevo-. Debéis continuar con los baños fríos, y comunicarme al instante si se os manifiesta dolor de cabeza o cualquier otro de los síntomas. Os los anotaré también. En cuanto a la cal viva, debéis reunir…

Cuando S.T. terminó de ser obsequiado con la larga lista de medidas profilácticas que tenía que adoptar para seguir sano, se preguntó si la señorita Leigh Strachan de verdad se preocupaba por él o sencillamente era un sargento de instrucción nato. Tenía esa forma metódica de clasificar las cosas de acuerdo con unos órdenes de prioridad decrecientes, ascendentes y elípticos que él asociaba con las solteronas de mediana edad y con los recaudadores de impuestos. Intentó salir de la habitación aproximándose poco a poco a la puerta, se excusó diciendo que tenía un puchero con ajo al fuego y consiguió escapar por la escalera de caracol.

Cuando llegó a la armería, intentó recordar lo primero que se suponía que debía hacer y movió la cabeza en señal de derrota.

– Maldita sea -murmuró al retrato de Charon-. Cal viva, corteza peruana y el fuego del infierno…

Dio una patada a una mota de polvo y se quitó la levita, para limpiar los faisanes. De todos modos, no tenía intención de dedicarse a recoger hierbas y encalar paredes; en cuanto ella pudiera valerse por sí misma, pensaba dejarla con algunas provisiones y partir en busca de Nemo.

Cuando le subió la comida, que consistía en un plato de aigo boulido, la encontró sentada en la butaca envuelta en una sábana. S.T. gruñó contrariado.

– Maldita sea, así vais a recaer. Volved a la cama.

Ella se limitó a mirarlo con expresión adusta y, a continuación, observó el plato desportillado, que estaba lleno de pan empapado en un caldo hecho de salvia, ajo y aceite de oliva. S.T. lo tomaba habitualmente; los campesinos provenzales llevaban siglos alimentándose de eso. Incluso Marc consideraba que era un plato muy indicado para enfermos, pero la señorita Leigh Strachan se tapó la nariz con delicadeza al tiempo que apartaba la cabeza.

– No puedo -alegó mientras se ponía aún más pálida.

– ¿No podéis comerlo?

– Es por el ajo -explicó ella con un énfasis en esa última palabra que dejó bien claro el profundo asco que le producía.

S.T. se sentó en la cama.

– Muy bien -dijo al tiempo que levantaba el plato y daba un bocado al pan. Ella lo observó con una leve mueca de desagrado en la boca. S.T. se reclinó en el cabezal de la cama mientras saboreaba la picante sopa-. ¿Y qué desea mademoiselle?

– ¿Podría ser… un poco de té con leche de vaca?

– En una ocasión oí que había una vaca en la Provenza -dijo él-. En Avignon, que está a unas treinta leguas de aquí. -Dio otro bocado-. La mandó traer lady Harvey desde Inglaterra porque no le gustaba tomar el té con leche de cabra.

Leigh se mordió el labio.

– En ese caso, el pan solo y ya está, por favor.

– Como gustéis -dijo S.T., al tiempo que negaba divertido con la cabeza mientras terminaba el último mordisco-. Os lo traeré antes de irme.

– ¿Iros adónde? -preguntó ella rápidamente.

S.T. dejó el plato a un lado.

– Primero al pueblo, o puede que más lejos. Iba a esperar un par de días, pero si estáis lo bastante fuerte para quejaros del menú, creo que podréis llevaros sola la comida a la boca.

– Claro que puedo, pero no debéis salir de aquí ahora.

Él se miró los pies mientras fruncía el ceño.

– No pienso tocar a nadie. Me mantendré siempre a cierta distancia. Solo tengo que hacer algunas preguntas…

– ¿Por qué?

S.T. volvió a mirar hacia abajo y juntó las manos.

– Mi lobo… No ha vuelto, y quiero buscarlo.

– ¿Se ha perdido?

– Puede ser.

– ¿Cuánto hace que desapareció?

– Quince días -respondió él sin mirarla. Se hizo un largo silencio, durante el cual S.T. se dibujó primero un círculo y después un ocho en la mano.

– Entonces es por mi culpa -dijo ella en voz muy baja.

S.T. tomó aliento.

– No. Yo lo envié al pueblo con una nota. No tenía por qué hacerlo. Vos no me lo pedisteis.

Leigh apartó las sábanas y se puso en pie.

– ¿Dónde está mi ropa? -preguntó.

S.T. levantó la cabeza y vio cómo se balanceaba un poco y se cogía al respaldo de la butaca para no perder el equilibrio.

– No necesitáis la ropa ahora, porque vais a volver a meteros en la cama.

– No -dijo ella-. Me voy con vos.

Capítulo 4

Mientras estaba tumbada bajo un pino, con la mejilla sobre su bolsa y fingiendo dormir, Leigh observó a S.T. De no ser por el retrato del caballo negro Charon, nunca habría creído que ese hombre fuese en realidad el Seigneur.

Cierto era que encajaba con la descripción física. En esos momentos estaba sentado en mangas de camisa con las piernas cruzadas y el sombrero tricornio tirado de cualquier forma a un lado, mientras oteaba el escarpado valle y masticaba una ramita de tomillo. La cinta negra de la coleta le caía hasta la mitad de la espalda. Su sonrisa fácil y la extraña curva diabólica de sus cejas daban a su rostro un toque de sátiro, divertido y malvado a la vez.

Pero hablaba solo y, aunque sus movimientos eran por lo general ágiles y fluidos, si se volvía rápidamente perdía el equilibrio. Leigh ya lo había observado tres veces conforme bajaban por el desfiladero. Al principio había temido que fuese un primer síntoma de las fiebres pero, por lo demás, parecía estar bien, salvo por el hecho de que, la mitad de las veces que ella le hablaba, miraba en la dirección que no era.

No parecía muy probable que un hombre con poco equilibrio y los reflejos mermados pudiese ser un buen espadachín, por más que llevase un estoque colgando de la cadera. Ni tampoco un buen jinete. Sin embargo, el Seigneur había sido un maestro en ambas cosas.

Pero estaba el cuadro del caballo negro, además de esa legendaria forma suya de relacionarse con los animales, que le permitía pedir a un lobo que obedeciese su voluntad como si se tratase de un ser racional en lugar de una bestia salvaje. Y ese colorido suyo tan particular, verde y oro; era lo que la había llevado hasta allí desde la lejana Lyon, donde todo el mundo había oído hablar del excéntrico inglés con unos modales propios de la auténtica noblesse, que hablaba français a la perfección y que, de forma incomprensible, se había instalado en medio de un montón de ruinas.

Lo había encontrado. Era el Seigneur de Minuit, sin la menor duda, pero no se trataba exactamente del Seigneur que había esperado encontrar.

De hecho, casi le daban ganas de compadecerlo, de haber podido. Era triste llegar a ese extremo y vivir aislado, escarbando en la tierra yerma para comer y con un lobo y algunos patos por toda compañía, después de todo lo que había sido y había hecho. No era de extrañar que se hubiese vuelto un poco loco.

Él la miró. Leigh siguió fingiendo que dormía, ya que todavía no quería hablar ni moverse. Tras abrir una rendija en sus ojos, vio cómo se cogía a la rama de un árbol para no perder el equilibrio mientras se ponía en pie, tras lo que permaneció inmóvil durante un instante sobre el borde del desfiladero, con la cara vuelta parcialmente hacia ella pero con toda la atención puesta en algún otro punto, como alguien que intentase descifrar la letra de una canción lejana. Una ligera brisa movía las amplias mangas de su camisa de lino, al tiempo que agitaba el sencillo fleco de encaje de los puños y le marcaba los hombros por debajo de la tela. La costura trasera de su chaleco tenía un desgarrón que había que coser antes de que se hiciera mayor, y a sus botas altas de cuero les iría muy bien una buena limpieza. En el codo un manchurrón de pintura azul estropeaba el color blanco crema de aquel lino de buena calidad.

Parecía muy solo.

Leigh cambió de postura rápidamente y apoyó la cabeza en los brazos. El intenso aroma de las agujas de los pinos la envolvía. Cerró los ojos. Su cuerpo quería dormir, descansar y recuperarse, pero su alma se resistía. Tenía muchas decisiones que tomar y nuevos planes que hacer si los viejos no servían. No podía perder el tiempo en sentimentalismos. Si él no la ayudaba, o no podía, tendría que continuar su camino. Pero estaba en deuda con él. Se quedaría hasta que hubiese pasado el peligro de las fiebres, por poco crédito que él pareciese dar a semejante posibilidad. Mientras, esperaba que alguna Providencia misericordiosa obrara un pequeño milagro y devolviese al lobo sano y salvo.

S.T. se había ofrecido cuatro veces a llevarle la bolsa, pero ella lo había rechazado. Se sentía ofendido; aquella joven conseguía que una simple cortesía pareciese un abuso desproporcionado contra su dignidad, como si hubiera intentado meterle la mano bajo la camisa.

Por supuesto, él habría estado encantado de meterle mano bajo la camisa, o cualquier otra cosa por el estilo. Mientras caminaba detrás de ella, le miraba las piernas; el balanceo de su levita de terciopelo sobre las curvas femeninas que ocultaba lo hizo sonreír para sus adentros.

– Decidme -preguntó S.T. cuando hacía ya un rato que habían retomado la marcha y el silencio entre ellos comenzaba a resultar incómodo-, ¿de dónde sois, señorita Strachan?

– No me llaméis así -replicó ella mientras saltaba de una roca a la parte inferior de una curva muy cerrada del camino. S.T. la imitó, pero perdió el equilibrio al hacer un giro demasiado rápido y tuvo que agarrarse a una rama. El intenso ataque de vértigo que sufría había comenzado al despertarse esa mañana y levantar la cabeza. Como si estuviese en el interior de una enorme pelota de colores, la habitación se había puesto en movimiento y había comenzado a dar vueltas a toda velocidad a su alrededor.

Tras tres años así, casi se había resignado al leve mareo que sentía constantemente, a esa sensación de desorientación cuando cerraba los ojos o volvía la cabeza con demasiada brusquedad. Pero los ataques más intensos aparecían sin aviso y variaban en intensidad. A veces ni siquiera era capaz de levantarse de la cama sin caerse. Otras conseguía controlar las náuseas y, tras concentrarse en algún objeto fijo, podía moverse, siempre que no lo hiciese con excesiva rapidez.

En esos momentos, bajar por la colina era como jugar a la ruleta. El ruido de ramas rotas provocado por sus constantes tropezones hizo que su compañera se volviera para mirarlo. Él le devolvió la mirada, desafiante.

– ¿Y cómo queréis que os llame?

La joven se volvió y siguió andando.

– ¿Fred? -preguntó S.T.-. ¿William? ¿Belzebú? ¿Rover? No, ya lo tengo. ¿Qué tal Pug?

Leigh se detuvo y se dio la vuelta de forma tan abrupta que S.T. tuvo que cogerse a un saliente con una mano y a ella con la otra para no chocar de bruces. El hombro de Leigh permaneció firme ante el súbito agarrón de él, que sintió un repentino mareo, aunque remitió enseguida.

– Es absurdo vestirse de hombre y que me llaméis por un nombre femenino -alegó ella en tono frío y objetivo-. ¿No os parece, monsieur?

S.T. se dijo que tenía que quitarle la mano del hombro rápidamente, pero no lo hizo. Era la primera vez que la tocaba estando ella consciente, y no le había pedido que la soltara.

– Supongo que hay cierta lógica en lo que decís -contestó él mientras intentaba esbozar una sonrisa.

Durante un momento creyó que hasta era posible que tuviera éxito. La dura mirada de ella flaqueó y un movimiento de sus negras pestañas ocultó el azul de sus ojos, pero cuando volvió a mirarlo fue con una gélida expresión ofensiva.

– ¿Qué os pasa que estáis tan torpe? -preguntó ella al tiempo que se revolvía para liberar su hombro de la mano de S.T., que la soltó al instante.

– Es un problema de ineptitud general, como podéis comprobar -replicó él al tiempo que se apoyaba con la otra mano en el saliente de piedra e intentaba parecer relajado-. ¿Alguna otra queja, Sunshine?

– A vos os ocurre algo -afirmó ella.

S.T. le devolvió la mirada para intentar que apartara la suya.

– Muchas gracias por vuestro interés.

– ¿Qué os pasa?

– ¿Por qué no os vais a la mierda, mademoiselle?

– Por el amor de Dios, no me llaméis así, os pueden oír.

– Ah, claro, se me olvidaba que se supone que debemos creer que sois todo un hombretón. En ese caso, vete a la mierda, hijo de perra. ¿Está eso más en consonancia con vuestra sensibilidad masculina?

Parecía imposible provocarla. Se limitó a mirarlo intensamente, consiguiendo que se sintiera como si estuviese desnudo en medio de los Campos Elíseos. S.T. respiró hondo y le devolvió la mirada mientras se sentía tan obstinado y ridículo como sin duda parecía. Pero no podía contárselo. Sencillamente las palabras «estoy medio sordo y pierdo el equilibrio; no puedo ni oír ni montar ni combatir, y apenas puedo bajar esta colina sin caerme», se negaban a salir de su boca.

Pero seguro que ella ya se había dado cuenta. Lo raro sería que no lo hubiese hecho, ya que siempre lo estaba observando con esa mirada gélida. Cielos, qué hermosa era, mientras que él solo era la sombra torpe, vacilante y frustrada del hombre que había sido. Sería capaz de mentir como un bellaco para tenerla si hubiese creído posible salirse con la suya, pero sabía que no podía, así que lo único que le quedaba era su irónico orgullo.

– Además, no hace falta que vengáis. Nadie os lo ha pedido -añadió él en lo que enseguida vio que no era sino otro brillante ejemplo de rabieta infantil, para mayor vejación de la que ya sentía.

De nuevo en el rostro de ella se vislumbró otra duda, otra vacilación de su férrea mirada. Bajó la vista y, con ella clavada en el pecho de S.T. y el ceño fruncido, pareció sopesar las distintas alternativas.

– Me necesitáis -dijo al fin.

No dijo «quiero acompañaros», ni «me gusta vuestra compañía», ni «creo que podemos llegar a apreciarnos mutuamente». No, aquello solo era una misión que tenía que cumplir. Estaba claro que hacía ya tiempo que había decidido que él no le servía para sus propósitos iníciales. Lo cual en efecto era cierto, pero le habría gustado poder ser él quien la rechazara.

– Os quedo muy agradecido -contestó S.T. con sarcasmo-, pero no necesito vuestra ayuda, señorita Strachan. De hecho, sois un estorbo. Puede que penséis que ese atavío puede engañar a un francés, pero Nemo nunca se acercará a mí mientras insistáis en permanecer en mi compañía.

Ella se encogió de hombros.

– En ese caso decidme cuándo he de apartarme y ya está.

– Le diable! -explotó él-. ¿Acaso sabéis algo de la forma de actuar de una bestia? Él me descubrirá a mí mucho antes de que yo lo encuentre. Apartaos de mí, señorita Strachan, si ya no requerís de mis cuidados. Apartaos de mí.

Se retiró del saliente y pasó por su lado rozándola. Comenzó a andar hasta llegar a la siguiente curva del sendero, que tomó con estudiada facilidad tras tener la precaución de apoyar la mano en una roca y fijar la vista en un árbol para controlar el vértigo. No oía ningún movimiento tras él, así que miró rápida y furtivamente hacia atrás cuando lo tapaban unos arbustos; la vio todavía inmóvil en el mismo sitio, como si hubiese tomado sus palabras al pie de la letra.

Bien. Genial. Habría dejado que lo acompañara si se hubiese dignado mostrar la mínima señal de cortesía. A decir verdad, podía encontrar a Nemo con o sin ella, si es que todavía se lo podía encontrar. Aunque debía reconocer que le gustaba tener a alguien de quien encargarse aparte de sí mismo, como el imbécil y gentil caballero que era, y hacer altos en el camino cuando consideraba que ella necesitaba descansar, y asegurarse de que no iba demasiado rápido para evitar que aquella loca mocosa terminara cayendo exhausta.

En ese sentido Leigh le recordaba a un animal, pues avanzaba sin cesar como una bestia resuelta a alcanzar su objetivo, o del mismo modo en que un venado herido seguiría moviéndose a trompicones a pesar de todos los obstáculos, dolor y sentidos. Tan solo quería moverse, como si el propio movimiento encerrara en sí alguna finalidad.

El sentido común dictaba a S.T. que la dejara; le decía que ya había tenido demasiado que ver con damiselas en apuros, tanto que a cualquier hombre le daría para diez vidas. Pero su espíritu no dejaba de recordarle aquellos caminos nocturnos, aquella gloria rodeada de escándalo, aquel placer erótico y vertiginoso, aquella dicha que recorría sus venas cuando estaba montado sobre la silla de su caballo o en brazos de una mujer.

El amor nunca había durado mucho; se había esfumado más veces de las que alcanzaba a recordar. Se entregaba a un sueño y este se desvanecía entre sus manos para convertirse en su ruina.

Tendría que comportarse con cordura, pero ella no era como las demás. Quizá esta vez sería distinto.

Bouffon! Siempre pensaba que esa vez sería distinto.

Pero quizá esta vez… A lo mejor esta vez…

Maldito imbécil.

Cuando llegó al pueblo, el vértigo había remitido hasta reducirse a esa leve desorientación que ya se había acostumbrado a tolerar, a esa sensación de estar un poco mareado aunque todavía en peligro de dar algún tropezón. No sabía si ella lo había seguido, pues había infinidad de caminos que podría haber tomado para apartarse del sendero y dirigirse hacia el norte, sur, este, oeste o cualquier otra dirección que una lunática como ella quisiera tomar.

La Paire contaba con dos puentes que cruzaban el estrecho río, lo cual era bastante habitual, y con poco más. En el precipicio que se abría entre ambos se encontraba la taberna de Marc, cuyas paredes blancas, encajadas en perpendicular entre las de las casas colindantes, su techado cubierto de tejas y sus ventanas de postigos verdes, no eran sino una adaptación de los viejos muros de la fortificación militar. Aquel pueblo de las colinas parecía surgir de la misma cumbre del desfiladero como un revoltijo vertical de casitas que, por algún milagro de la física y de la fe, consiguiera mantener el equilibrio sin precipitarse al vacío.

Al llegar por primera vez a aquel lugar, a S.T. le resultaron muy pintorescos el pueblo, el desfiladero y el par de puentes que se arqueaban unos treinta metros sobre las estrechas cataratas. Marc le rió los chistes y servía buen vino tinto; además de haber campo de sobra para Nemo y una luz del sol que era como néctar, había que añadir que aquel lugar estaba muy lejos de cualquier parte. Y así, S.T. dejó de huir.

La Paire era un pueblo fronterizo en la falda de los Alpes que cambiaba de manos entre los Capetos, los Hasburgo y la casa de Saboya con monótona regularidad. En esos momentos La Paire estaba en el lado francés de la frontera y el Col du Noir de S.T. en el de Saboya, pero algún tratado firmado en Madrid, Roma o Viena podría cambiar esa situación en cualquier instante.

Compró por carta el castillo en ruinas a un joven caballero que prefería París al mundo rural. Dentro de lo que cabía, para él era su hogar, el primero que tenía en toda su vida o, al menos, el primero que había elegido por sí mismo, y uno de los pocos en que había vivido durante más de seis meses. Descubrió que le gustaba la soledad. Prefería acostarse al ponerse el sol, él que durante toda su vida se había pasado las noches de jolgorio o practicando actividades ilegales por los oscuros caminos. Pintaba, dormía y cavaba en la tierra rocosa para cultivar cosas, y con eso tenía bastante.

Hasta entonces. Hasta que esos tres años de aislamiento se habían agolpado en su pecho como una maraña de deseo y disgusto y se unían al terror de cruzar uno de los puentes y encontrarse la piel de Nemo clavada a las puertas de la ciudad.

Pero no tuvo que pasar por ello. No había nada en la puerta principal, necesitada como siempre de reparaciones, salvo un carruaje que la bloqueaba tras haber tomado la imprudente decisión de cruzar el río y pasar por debajo de la poco elevada reja. Dado que ese obstáculo de hierro colgaba inclinado sobre la calle adoquinada desde algún momento de la alta Edad Media, no parecía que hubiese mucha esperanza de que precisamente ahora los esfuerzos conjuntos del alcalde, una docena de lugareños, dos amas de casa que actuaban como consejeras y un enjambre de chicos desarrapados fueran a enderezarla y subirla para liberar al carruaje. S.T. cruzó el río por el otro puente.

El puesto de guardia estaba vacío, como también era habitual. S.T. cruzó la frontera y pasó de los dominios soberanos de su alteza el rey de Cerdeña y duque de Saboya a territorio francés sin que tan siquiera le dieran el alto. Agradeció librarse de esa ceremonia, ya que así se ahorró tener que oír la triste historia del último romance del teniente.

Entró en la taberna de Marc por la puerta de la cocina. El aubergiste se limitó a lanzarle una mirada de asombro antes de pasar corriendo por delante de él para subir una bandeja al salón del piso de arriba. S.T. observó la multitud de clientes que se habían congregado ante las ventanas de la taberna y decidió seguir a Marc.

Entró altivo y despreocupado en el salón como si llevase medias de seda y ropas de terciopelo veneciano en lugar de un chaleco y pantalones manchados. Por lo general no se molestaba en frecuentar esa habitación de la parte superior de la casa, pero podía darse aires como el que más, cosa que Marc sabía de sobra. El tabernero tan solo inclinó la cabeza cuando S.T. se apropió del diván y, extendiendo las piernas, las cruzó con suma elegancia.

Fuera, en el balcón que daba a la puerta de entrada al pueblo, había un hombre bien vestido que llevaba una peluca empolvada; apoyado sobre la baranda de hierro, balanceaba un bastón de ébano con empuñadura de oro mientras contemplaba con una sonrisa la conmoción de la calle. El hombre que lo acompañaba se sentaba repantigado y con aspecto de estar aburrido a la mesa en la que Marc estaba llenando dos generosas copas de su mejor coñac.

S.T. honró a los dos huéspedes con una ligera inclinación de cabeza y levantó un dedo para pedir una copa. Marc pareció aliviado de poder ir corriendo a atenderlo; dejó la botella sobre la mesilla auxiliar y lanzó a S.T. una mirada llena de intención, acompañada de un peculiar movimiento de cejas en dirección al hombre sentado, antes de salir a toda prisa de la estancia.

S.T. se quedó muy sorprendido. Normalmente habrían hecho falta bastantes engatusamientos y promesas para que Marc aceptara separarse de una botella de Hermitage, y más aún tratándose de coñac, dado el abultado estado de la cuenta de S.T. Dio un sorbo a la bebida mientras reflexionaba sobre ello y ladeaba un poco la cabeza para observar con discreción a los viajeros, pero entonces descubrió que el interés era recíproco. El hombre sentado a la mesa apoyaba un codo con actitud indolente en la butaca y lo miraba con abierta insolencia. Llevaba una levita gris con un grueso lazo de encaje en el cuello, y pantalones y chaleco de color amarillo caléndula a juego. Como arma portaba una espada más ligera y apropiada que la desfasada pero efectiva colichemarde de S.T.

Los oscuros ojos del extraño recorrieron a S.T. de arriba abajo como si fuese un caballo que estuviese siendo subastado, y la expresión aburrida de su boca se curvó ligeramente hacia arriba cuando este le devolvió la mirada. Sin decir nada volvió a dirigir la vista hacia el balcón y, tras pasarse la mano por su atractivo pelo castaño, apoyó la mejilla sobre la palma de la misma.

– Ven a beber, Latour -dijo con aire lánguido a su compañero-, y dame esperanzas de que no pasaremos la noche atrapados en este lugar.

– No puedo prometer nada -contestó el otro enderezándose y haciendo una ligera inclinación de cabeza-. Parece claro que en este execrable agujero de pueblo solo viven payasos y monos.

– No, no -dijo el primero con suavidad pero gran ironía-, no pueden ser tan obtusos como este ayuda de cámara mío, que tuvo la desafortunada idea de cruzar el puente.

El hombre del balcón vaciló un instante, tras lo cual volvió a hacer otra reverencia, esa vez más pronunciada.

– Mas oui, monsieur le comte. Es como vos decís, por supuesto.

– Entra y bebe, Latour -repitió su señor en una sedosa voz baja-. Y muestra algo de respeto. Puede resultarme divertido verte tirado sobre la barandilla del balcón cuando estamos a solas, pero ahora hay otro caballero presente.

Latour obedeció y dejó el bastón con sumo cuidado en un rincón. Se situó tras la butaca del conde y cogió la copa de coñac que este le ofrecía, pero no bebió. S.T. pensó que se trataba de una pareja bastante extraña, y supuso que habría hecho mejor quedándose abajo en la taberna, donde podría haberse enterado de más cosas. Los gritos y conversaciones subían de la calle y resonaban en el tranquilo salón. S.T. suspiró al tiempo que contemplaba su copa. Con todo ese tumulto no tendría ocasión de interrogar a Marc.

Tomó otro sorbo de coñac. Al menos no parecía haber señal alguna de que Nemo hubiera sido capturado, ni evidencia aparente de que la peste se hubiese extendido por el pueblo. Ese carruaje parecía ser el acontecimiento más importante que había tenido lugar en La Paire desde las cruzadas. Miró hacia la mesa y vio que el joven noble lo estaba observando de nuevo.

– Me aburro, Latour -dijo el conde lentamente-. Me aburro mucho. He de hacer algo.

El sirviente se movió intranquilo.

– ¿Os pido una habitación, milord?

– No. Tal vez dentro de un rato. No sé si debería ser tan atrevido, pero… -dijo con una ligera sonrisa-, me gustaría saber si este caballero sería tan amable de jugar una mano de piquet para pasar el rato.

S.T. dio un sorbo a su bebida y estudió al sujeto que tenía ante él con ojo profesional. No parecía un jugador experimentado, sino más bien un acomodado aristócrata hastiado. S.T. sabía que no debía fiarse de las apariencias pero, por otro lado, no le gustaba dejar escapar la oportunidad de desplumar a alguien cuando esta se presentaba.

– No -dijo-. No me apetece devanarme tanto los sesos, monsieur; además no llevo mi bolsa encima.

El conde se sentó más recto.

– Este maldito lugar… -De pronto se levantó y comenzó a andar por la habitación-. No lo soporto. Qué alboroto están montando ahí abajo esos idiotas, y todo para nada. Infórmales de que deseo marcharme, Latour. Ve y diles que no tolero este confinamiento.

El sirviente hizo una reverencia y, mientras salía de la habitación, su amo sacó una cartera y la vació sobre la mesa.

– Mirad, señor -dijo dirigiéndose a S.T.-. Ahí hay veinte luises de oro. Podéis contarlos si queréis. Los apuesto contra nada por el mero hecho de jugar, si tenéis la bondad. Una partida, os lo suplico, no me neguéis un poco de diversión.

S.T. se rascó la oreja mientras comenzaba a preguntarse si aquel tipo estaría en sus cabales. El conde cogió su sombrero de plumas de la mesa e hizo una profunda inclinación.

– Os lo suplico. No me interesa ganar, es mi salud mental la que me preocupa. Tengo una mente muy activa. Estoy intentando portarme bien, os lo aseguro, pero si no tengo ninguna diversión, no sé de lo que puedo ser capaz.

Definitivamente no estaba en sus cabales. S.T. se encogió de hombros y sonrió. Veinte luises de oro le irían muy bien. El conde dio una palmada, encantado.

– Excelente, excelente, así que queréis jugar. Venid y sentaos. Permitidme que me presente. Soy… eh… de Mazan. Aldonse François de Mazan.

S.T. se inclinó, ignorando cortésmente la vacilación del otro al decir su nombre.

– Me llamo S.T. Maitland. A vuestro servicio, monsieur de Mazan.

– Ah, tenéis apellido inglés -dijo el conde, que lo miró durante un instante con peculiar avidez-. Me encantan los ingleses.

S.T. se sentó a la mesa.

– En ese caso, lamento decir que soy de Florencia. Mi padre era inglés, pero nunca lo conocí.

– ¡Ah, Florencia! La hermosa Italia, de la que acabo de llegar. Habláis francés muy bien.

– Gracias. Se me dan bien las lenguas. ¿Tenéis cartas, monsieur?

El conde no tenía, lo cual era una prueba de que no se trataba de algún taimado embaucador. S.T. llamó al timbre y, al poco, comenzaron a jugar con la baraja nueva que Marc les llevó. El tabernero se marchó a toda prisa del salón sin tan siquiera quedarse a ver la primera partida. Monsieur de Mazan era un jugador bastante aceptable; aunque S.T. perdió a propósito las dos primeras mangas para que el interés del conde fuera en aumento, no tuvo que esforzarse demasiado. Mientras el noble repartía la tercera mano, S.T. decidió que era el momento de comenzar a ganar los luises de oro. En cuanto se aplicó a la tarea, empezaron a llegar con bastante facilidad; cambiaban de lado sobre la mesa para ir a reposar junto a él con su apagado y prometedor brillo metálico.

Cuando los veinte estuvieron apilados en el lado de S.T., el conde se ofreció galantemente a abandonar la mesa pero, con la misma galantería, S.T. insistió en arriesgar sus ganancias. Su vieja pasión, el placer de jugar, estaba comenzando a despertarse en él.

– Bendito seáis -dijo el conde-. Me estáis salvando la vida. Tomad, otras quinientas libras contra vuestros luises de oro. -Observó a S.T. mientras este repartía las cartas y añadió-: ¿Así que decís que nunca habéis estado en Inglaterra?

– Nunca -mintió S.T. con cordialidad.

– Es una pena. Me gustaría oír más cosas de esas tierras. Varios amigos ingleses han visitado mi château recientemente. La señorita Lydia Sterne, hija del distinguido señor Laurence Sterne. ¿Habéis leído su Tristram Shandy? Es tan gracioso… Adoro a los ingleses. Y también el señor John Wilkes, que me habló de su Club del fuego del infierno. -El conde sonrió con picardía-. Esa fraternidad es de lo más interesante.

S.T. levantó las cejas y barajó las cartas sin decir nada.

– ¿Habéis oído hablar de ese club? -insistió.

S.T. lo miró con expresión ausente y volvió a mentir.

– No, nunca.

– Vaya -dijo el conde adoptando su expresión habitual-. Es una pena.

La puerta del salón se abrió de nuevo. El ayuda de cámara se puso a un lado para sujetarla y, cuando S.T. levantó la vista de las cartas, vio que la señorita Leigh Strachan entraba con toda tranquilidad en la habitación. Todo lo que hizo fue pasar por detrás de él vestida con su levita de terciopelo azul y sus pantalones de seda y aceptar el coñac que le ofreció Latour, pero S.T. perdió tanto la concentración que no anunció que tenía carte blanche antes de descartarse, y así perdió diez puntos antes de que la partida hubiese siquiera comenzado.

Maldita mujer.

El conde también parecía desconcertado. Miró por encima de S.T. hacia ella mientras sostenía las cartas relajadamente y, de pronto, se llevó la mano al pelo.

– Latour -dijo-, veo que has traído a un nuevo conocido.

– En efecto, monsieur. Este joven caballero desearía tener el honor de observar la partida, si es convenable.

El conde sonrió.

– Pues claro que es perfectamente convenable -contestó al tiempo que se levantaba y hacía una profunda reverencia-. Vamos, Latour, presenta al chico.

El ayuda de cámara hizo las presentaciones formales entre el señor Leigh Strachan y el conde de Mazan. S.T. no se levantó, tan solo asintió levemente con la cabeza en su dirección. Estaba decidido a no tener nada más que ver con ella. Nada más.

– ¿Me permitís que os ofrezca mi asiento? -dijo el conde haciendo ademán de levantarse.

– No, merci -contestó ella en su pobre francés. Su ronca voz sonó muy femenina a S.T., pero los otros dos parecieron creer su disfraz de hombre-. Prefiero quedarme de pie.

– ¡Pero si no sois de este país! -exclamó encantado el conde-. ¡Sois inglés! Precisamente estábamos hablando de los ingleses. Os prohíbo que seáis de ningún otro lugar.

Ella asintió en voz baja para confirmar que tal era su nacionalidad. S.T. cogió una carta y volvió la cabeza lo suficiente para mirarla. Parecía pálida. Tuvo que contenerse para no decirle que se sentara antes de que cayera al suelo.

– ¿Y adónde os dirigís, monsieur Strachan? -preguntó el conde-. ¿Y el resto de vuestro grupo? ¿Estáis haciendo el gran tour por el continente?

Hubo un breve silencio, tras el cual ella dijo:

– No viajo con nadie. Voy de vuelta a Inglaterra, en cuanto consiga transporte para ir al norte.

S.T. perdió su baza.

– ¡Pero no hace falta que busquéis transporte! -exclamó el conde-. Se ve que sois un joven caballero que está solo. Puede que hayáis padecido algún contratiempo. No, no, no puedo consentir que viajéis de cualquier manera. -Tiró las cartas cuando estaban a medio repartir y se puso en pie-. No, es del todo imposible. Debéis venir con nosotros. Nos dirigimos a Grenoble, si es que el inútil de mi criado consigue que saquen nuestro carruaje de ahí abajo. ¿Qué noticias hay de la calle, Latour? Ya me he cansado del piquet.

Mazan se apartó de la mesa. S.T. contempló la baraja a medio repartir que tenía en la mano y la dejó al tiempo que miraba a los demás con el ceño fruncido.

– ¿Ya está? -preguntó-. ¿Lo dejáis?

El conde hizo un movimiento de mano con el que descartaba seguir jugando.

– Bah, olvidémonos de las cartas. No os importará no conseguir las libras, ¿verdad, amigo mío? Por supuesto los luises son vuestros -dijo mientras se sentaba en el diván-. Prefiero hablar con monsieur Strachan. Hemos de discutir nuestros planes de viaje. ¿Vendréis con nosotros?

– Sois muy amable -dijo ella sin mucho interés-. Iré, si no es mucha molestia.

El conde sonrió y se inclinó hacia Leigh.

– Lo estoy deseando. Así podremos hablar. Siento mucha curiosidad por los ingleses. -Cerró la mano en el antebrazo de ella y su voz se elevó con una nota de ansiedad-. ¿Sabéis qué es el vicio inglés?

S.T. se volvió bruscamente hacia el conde y lo miró con expresión hosca al tiempo que sentía un repentino mareo. Justo en ese momento se oyó un coro de gritos entusiastas procedente de abajo. El conde se puso en pie de un salto y salió al balcón.

– Vive le diable! -bramó-. Somos libres al fin. Venez, Latour, coge su baúl y marchémonos.

Antes de salir de la estancia, el conde se detuvo ante Leigh y se inclinó ante ella para, a continuación, cogerla de la muñeca y, tirando de ella, levantarla de su asiento. La joven no opuso ninguna resistencia a esa sorprendente muestra de familiaridad; tan solo se limitó a informarle de que no llevaba ningún baúl, únicamente su bolsa de viaje.

– Un momento -dijo S.T. mientras se incorporaba, pero ella salió de la habitación sin mirarlo-. ¡Esperad -gritó-, no podéis marcharos con…

El ayuda de cámara le hizo una leve reverencia y, tras coger el bastón y el sombrero del conde, los siguió.

– … unos extraños! -terminó de exclamar S.T.

Dio un paso hacia la puerta, pero se detuvo y volvió a sentarse. Cogió las cartas y las barajó, cortó y apiló una y otra vez mientras escuchaba los ruidos procedentes de la calle adoquinada que indicaban la partida del carruaje. El sonido de una puerta que se cerraba de un portazo, los gritos del cochero a los caballos, los consejos y advertencias de los lugareños entre el ruido metálico de las herraduras de los animales y el chirrido de las ruedas sobre las piedras, fueron desapareciendo para dar paso a la conversación de los congregados en la calle mientras el vehículo salía de debajo de la reja de la puerta. S.T. arqueó la baraja y la lanzó volando sobre la mesa al tiempo que profería una maldición. Se levantó y se sirvió otra copa mientras contemplaba el montón desperdigado de cartas. Justo cuando el jaleo de abajo comenzaba a disminuir, la calle volvió a llenarse del ruido de cascos de caballos. S.T. se volvió hacia el balcón para escuchar con su oído bueno. No consiguió sacar nada en claro de los nuevos gritos y chillidos de las mujeres así que, olvidando al fin su orgullo, salió al balcón para ver si eran ellos que volvían.

Pero no era el carruaje del conde. La empinada calle se llenó de soldados de caballería que procedían de la dirección opuesta, del lado francés de la frontera. Los caballos daban vueltas y se empinaban ante la multitud de lugareños reunidos. S.T. reconoció de pronto al teniente francés del puesto fronterizo, que apuntaba con su mosquete al carruaje del conde. El sonido del disparo resonó por el estrecho abismo de la calle; a continuación, la tropa se abrió paso entre la gente y partió al galope por el puente en la misma dirección que había tomado el vehículo. Marc entró corriendo en el salón.

– ¡Se os ha escapado! -exclamó mientras se dirigía a toda prisa al balcón. Se asomó por la baranda agitando el puño al último de los soldados a caballo-. ¡Zopencos borrachos! ¡Se os ha escapado por un pelo! -Marc lanzó un resoplido de rabia y se apartó del balcón mientras miraba a S.T. y negaba con la cabeza-. Zut! Por lo menos nosotros hemos hecho todo lo que hemos podido, vos y yo. Lo de las cartas ha sido una gran inspiración, mon ami. Pero nunca podrán cogerlo a este lado de la frontera. Y ese pobre idiota, el anglais, ¿por qué no habéis evitado que se fuera con ellos? ¡Ay, esos cachorrillos que quieren ser héroes! A saber qué será de él.

– ¿Qué será de él? -repitió S.T.-. Pero ¿qué ocurre? ¿Persiguen a Mazan por algo?

Marc lo miró, asombrado.

– ¿Es que no lo sabéis?

– ¿Saber qué? -exclamó S.T.

– ¡El conde de Mazan, dice que es! ¡Menudo pájaro! Monsieur, él y su sirviente, Latour, fueron condenados a la hoguera hace un mes en Marsella. Por blasfemia y… -Marc bajó el tono de voz hasta hablar en susurros-, sodomía. -Negó con la cabeza mientras disfrutaba con lo que estaba contando-. Y también por el intento de asesinato de dos chicas jóvenes. No es ningún conde, amigo mío. Es Sade. El marqués de Sade.

Capítulo 5

S.T. llevaba horas caminando por la montaña en busca de Nemo. Había subido y subido por la ladera hasta casi llegar al otro lado mientras silbaba y llamaba al lobo. Ahora estaba sentado bajo la luna en la solitaria cima de una colina mientras maldecía a Leigh.

Y a sí mismo. A sus propios instintos, que siempre lo traicionaban, que nunca le habían reportado nada bueno, salvo tristeza y fugaces momentos de intensa excitación y emoción que nunca duraban; llegaban y desaparecían como las ganancias del juego.

Esta vez será distinto, había pensado. Pero no lo era.

Nunca tendría que haber enviado a Nemo; nunca tendría que haber tomado esa medida desesperada por una mujer. La gloria de esos grandes gestos suyos nunca duraba, y entonces había que volver a comenzar otra partida y jugar hasta ganarla.

O hasta perderla. En esta última había perdido al único amigo que le quedaba. Aunque seguía recorriendo la montaña buscando a Nemo, S.T. ya había recibido la noticia que tanto temía. Se había encontrado con un gitano que estaba cortando leña y que le había puesto al tanto de todo. Dos niños habían visto a un monstruo en las laderas de Le Grand Coyer, una terrible criatura sobrenatural con cabeza de hombre y cuerpo de bestia. Incluso llevaron a casa la peluca que se le había enganchado en un arbusto; después, los gitanos hicieron conjuros y pócimas y salieron a intentar atraer a la bestia a una trampa. Finalmente, tras caer en ella, una bruja lo devolvió a su aspecto normal de lobo antes de matarlo. A cambio de un pequeño donativo, podía ir a ver la piel y la destrozada peluca de aquella monstruosidad del diablo si quería, pues estaba expuesta en la iglesia de Colmars.

No fue. No podía. Echó a andar por la montaña engañándose pensando que debía de tratarse de algún error, que solo era un sueño del que despertaría; encontraría a Nemo durmiendo, acurrucado y despreocupado, a los pies de la cama.

Y en cuanto a ella, se lo merecía; tenía lo que se había buscado por abandonar su protección, que aunque no fuese lo que había sido en otros tiempos, al menos superaba con creces la capacidad de una presuntuosa en paños menores. Tenía justo lo que iba pidiendo a gritos al ir por ahí sola llevando pantalones: un aristócrata asesino con gustos aberrantes que abusaría de ella y echaría su cuerpo a la carroña.

Desesperado, echó la cabeza hacia atrás. En lo más profundo de su garganta comenzó a formarse un sonido, un quejido de dolor y soledad que fue creciendo hasta convertirse en una larga nota sostenida que había aprendido de Nemo las noches en que, tumbados en los escalones de entrada al castillo, ambos aullaban a la luna. Esperaba que los gitanos lo oyeran; esperaba que las amas de casa y los tenderos lo oyeran en todos los pueblos; esperaba que Sade lo oyera; cantó la hechizante llamada de Nemo con toda la fuerza que le permitieron sus pulmones humanos, mientras albergaba la esperanza de que todos temblasen en sus camas, en sus carruajes, tiendas, casas y en todos los lugares en los que se creyeran a salvo.

Aquel sonido salvaje se apoderó de él hasta convertirlo de nuevo en un forajido y transformar su soledad en exilio. Cantó hasta que le dolió el pecho y la nota del lobo cayó como el agua en un pozo profundo para disolverse en el silencio.

Tomó aliento. La noche todavía lo envolvía. En medio de aquella quietud expectante podía oír los latidos de la sangre en sus oídos, y el último y débil eco de su inarticulado lamento en las colinas de alrededor. Entonces, desde muy lejos, llegó la respuesta. Una única voz desolada elevó su quejido de nuevo al viento nocturno y, una vez hubo llegado a su punto más alto, volvió a caer. Se le unió una segunda voz, y una tercera, hasta convertirse en un coro, en una sinfonía salvaje y temeraria que celebraba su grito de forajido.

Hacía ya tiempo que Leigh había comenzado a impacientarse con el conde y sus insinuaciones. Este hablaba tan rápido que solo conseguía enterarse de la mitad de lo que le decía. No dejaba de moverse, tocarle el brazo y parlotear sobre los ingleses y el Club del fuego del infierno, al tiempo que la miraba fijamente; después sonreía con avidez a su sirviente. Leigh lamentaba haber aceptado su invitación. Cualquier maldad que planeara el conde solo serviría para retrasarla aún más, y ya había malgastado demasiado tiempo en aquel viaje inútil.

Se dio cuenta de que había sido una debilidad por su parte ir hasta allí para aprender las artes de la lucha que nunca había conseguido dominar. Salió de Inglaterra guiada por una pesadilla, aferrándose a la ilusión de que podía vengarse como un hombre lo haría. Llegó a esas tierras buscando a un paladín de la justicia, a una espléndida y misteriosa leyenda de su niñez que apenas recordaba vagamente, pero se encontró con que tan solo era un ser humano que estaba muy solo, y que la miraba como si ella pudiese consolarlo.

Podría haberse aprovechado del deseo masculino que veía su mirada, seducirlo hasta convencerlo de que la ayudara con su plan, del mismo modo que un cazador conseguiría que un tigre hambriento siguiese el cebo hasta caer en la trampa. Pero cuando él tropezó, se apoyó en el hombro de ella para no caerse, y la miró con su atractivo rostro lleno de orgullo y añoranza, le demostró la verdadera magnitud de su deseo.

Algo en su interior reconoció aquella mirada. La ansiedad de S.T. iba más allá de la simple lujuria. No le habría importado que su cuerpo fuese el precio que tuviera que pagar con tal de conseguir su objetivo; eso era algo que había decidido tiempo atrás, pero vio que no bastaría con su cuerpo. Esa mirada pedía mucho más.

Así, tuvo que marcharse de su lado aprovechando el primer medio que se le presentó, al tiempo que descartaba otra fantasía de su niñez. Solo contaba consigo misma para hacer justicia. Haría lo que tenía que hacer sola y como mejor pudiese. Había esperado poder vengarse con honor pero, si ello no era posible, se vengaría de todos modos.

El conde de Mazan estaba muy agitado desde que habían salido de La Paire con el estruendo de fuego de mosquete tras ellos. Al parecer la persecución había cesado al llegar a la frontera, ya que a partir de allí su carruaje podría haber sido alcanzado fácilmente en aquellos caminos sinuosos y llenos de baches. La senda empeoraba conforme avanzaban, por lo que iban a un paso más lento que si caminaran. Las ruedas del carruaje no dejaban de caer pesadamente en numerosos baches, haciendo que sus ocupantes se tambalearan antes de salir de los mismos entre crujidos.

Leigh iba sentada en silencio y muy tensa, cogida a la agarradera para no caer del asiento. Consideró que sería más prudente abstenerse de interrogar al conde sobre su pasado reciente, e intentar mantenerlo a raya limitándose a contestar con frialdad a su entusiasta conversación. El ayuda de cámara, Latour, pasaba el tiempo observando con el ceño fruncido el camino; solo apartaba la vista de él para dirigir intensas miradas a Leigh de vez en cuando.

– Mirad esto -dijo el conde mientras se apoyaba en ella aprovechando un balanceo del carruaje. Puso un pequeño volumen encuadernado en piel en la mano de Leigh-. Está en inglés. ¿Lo habéis leído?

Leigh miró el lomo del libro, sin apenas poder mantenerlo quieto. Se titulaba La obra maestra de Aristóteles. No lo abrió.

– ¿Lo habéis leído? -volvió a preguntar el conde. Leigh negó con la cabeza-. Ah, en ese caso os va a encantar. Quedáoslo. El señor John Wilkes me lo dio a mí, y yo os lo doy a vos.

Ella se metió el libro en el bolsillo de la levita.

– ¿Es que no vais a leerlo? -preguntó él con una mueca de decepción.

– Tal vez luego. Ahora es un poco difícil con todo este movimiento.

– Sí, por supuesto, luego. -Le dedicó una gran sonrisa-. Lo leeremos juntos. No entendí bien el significado de algunas de las palabras inglesas.

El conde se reclinó en el asiento y comenzó a hablar rápidamente con Latour. Hizo varias referencias llenas de respeto a una tal mademoiselle Anne-Prospere. Leigh consiguió entender que su intención era reunirse con su amada en algún punto del viaje, pero de momento no tenía otra compañía que su sirviente. Con la ayuda de la luna llena prosiguieron su lento camino ya bien entrada la noche pero, al saber que había un desprendimiento de rocas más adelante, Mazan decidió parar en una pequeña posada. Leigh bajó del carruaje y estiró las piernas en el patio. Mientras Latour y Mazan seguían al posadero al interior, ella contempló las escarpadas laderas del valle bañadas por la luz de la luna que se elevaban por todos los lados y sumían el río y el angosto camino en la penumbra.

Anduvo unos metros por el sendero. Era un lugar agreste y desierto, más adentrado en las montañas que La Paire. El sonido del río parecía sofocado, acallado de forma extraña por las rocas que pendían sobre él, como si esa masa de piedra ejerciera una poderosa presión sobre todo lo que tenía debajo. Sobre la cumbre del precipicio que había tras la posada vio la luna llena colgando por encima de las oscuras laderas del abismo.

Si se marchaba de allí, tendría que dormir a la intemperie. No habían visto una sola luz en las últimas tres horas.

– ¡Aquí estáis! -dijo el conde de Mazan cogiéndola del brazo-. Vamos, vamos, nos han preparado una agradable habitación con un buen fuego. La mañana llegará antes de que nos demos cuenta. -Tiritó y sonrió a Leigh-. Debemos sacar el máximo provecho a nuestro descanso.

Tiró de ella con algo más de fuerza de la que era necesaria. Leigh lo permitió, ya que pensaba sacarles una cena antes de desaparecer con sigilo en la oscuridad.

La posada no disponía de ningún salón privado. Había un único dormitorio provisto de dos camas y un diminuto aseo, en el que había un catre y una ventana que no estaba protegida ni por papel ni por cristal. Mazan lo señaló con gesto despreocupado.

– No dejaremos que Latour duerma ahí fuera. Podemos arreglarnos todos aquí dentro. -Volvió a sonreír-. Además, ya nos ha encontrado una chica.

Esa revelación era todo un reto para el escaso francés de Leigh. Incapaz de construir una frase más sutil, se limitó a afirmar con rotundidad:

– No me gustan las chicas.

Mazan alzó las cejas en señal de sorpresa.

– Mon dieu, un joven de vuestra edad. ¿Adónde va a ir a parar el mundo? -Se sentó en una de las camas-. Bueno, no pasa nada. Yo también desprecio a las mujeres. Pero esperad a ver lo que tengo en mente. Venid y poneos cómodo -dijo dando unas palmaditas en la cama.

Antes de que Leigh pudiera reunir sus escasos conocimientos de gramática francesa y contestar, la puerta se abrió. Latour empujó dentro a una joven criada, rolliza y sonrosada.

– Milord -gimoteó la fille de chambre-, os lo suplico, soy una buena chica, milord.

– Tonterías -contestó el conde-. ¿Esperas que nos lo creamos en un lugar como este? Lo único que pretendes es sacarme más dinero.

– ¡No, señor! -exclamó ella mientras negaba con la cabeza-. Me voy a casar, preguntadle a la posadera. ¡Ay! -gimió ante la fuerza del pellizco que le dio Latour.

– Es la posadera quien te ha recomendado -replicó Mazan-. Dice que eres tan golfa que haces cualquier cosa por una guinea, de lo cual no me cabe la menor duda. A ver dónde la tengo… -Adoptó un tono de voz más amable-. Toma, guárdatela. Pero ¿por qué lloras, pobre niña? -La atrajo hacia sí y le acarició la mejilla al tiempo que le metía la moneda en el delantal.

– ¡Por favor, señor! No la quiero -dijo ella intentando devolverle la guinea. El conde le cogió la muñeca y se la retorció. La chica gritó de dolor y cayó de rodillas-. ¡No lo hagáis! -sollozó-. ¡Dejadme, por favor, os lo suplico!

– Sujétala, Latour. Así, átale las manos, eso es. Sí, llora, llora -canturreó divertido mientras el ayuda de cámara le ataba los brazos a la espalda con un pedazo de lino. Con la ayuda de Latour, Mazan la puso boca abajo en la cama, le levantó la falda por encima de las rodillas y le ató los pies a la pata del lecho mientras ella gemía y suplicaba que la soltasen. Leigh se dirigió hacia la puerta.

– Milord -avisó Latour a su amo al advertir el movimiento.

Este alzó la vista y, saltando de la cama, fue corriendo a bloquear la puerta. Leigh sacó su letal daga plateada. El conde se detuvo y miró absorto la hoja.

– La he estado observando -dijo Latour-. Es una mujer, estoy seguro.

Mazan lo miró sorprendido, momento que Leigh aprovechó para intentar escabullirse por su lado. Pero él la cogió. Soltó una maldición cuando ella le hizo un corte en la palma de la mano. Levantó la otra y le propinó un fuerte golpe en un lado de la cabeza.

Nunca habían pegado a Leigh. Se tambaleó ante la puerta y se inclinó mientras su cabeza resonaba y su estómago se retorcía por el inesperado dolor. Agarró la daga y se incorporó para intentar esquivar el siguiente golpe, pero de pronto el sonido que oía en su cabeza cambió; se hizo más fuerte y extraño. Mazan ni siquiera la estaba mirando. Permanecía inmóvil, como petrificado, con la vista puesta en la ventana y escuchando boquiabierto un aullido profundo e inhumano que lentamente fue ganando intensidad.

– ¿Qué demonios es eso? -exclamó. Otro lamento se unió al primero, y otro más, y después otro, componiendo un sonido que hizo que a Leigh se le erizara el vello de la nuca. Nunca había oído nada igual en toda su civilizada y segura vida; sin embargo, su cuerpo supo qué era. Sintió un cosquilleo en la columna vertebral conforme aquel ulular grave y vibrante ascendía hasta convertirse en un sobrenatural canto nocturno. Cerró los ojos y se apoyó en la puerta mientras escuchaba aquel extraño concierto que lo llenaba todo y sofocaba los gritos de sorpresa que se oían procedentes del piso de abajo.

De pronto notó que la puerta cerrada se agitaba por los golpes de pisadas en el rellano. Los aullidos cesaron súbitamente.

– Diable -musitó el conde.

El picaporte de la puerta se movió bajo los dedos de Leigh. De forma instintiva dio un paso atrás, despertando de su desconcierto para darse cuenta de que se le ofrecía una oportunidad de escapar. La puerta se abrió violentamente.

Entre las sombras del rellano, en unos ojos de lobo se reflejó la luz de las velas con un fuego rojo.

– Jésus Christ -exclamó Mazan.

El profundo gruñido del lobo se hizo mucho más intenso cuando él habló. El animal, que estaba agazapado, con el lomo erizado y listo para saltar, enseñaba sus blancos y enormes colmillos. Junto a la gran bestia, también entre sombras, había un hombre. La luz hizo que de su pelo brotara un destello dorado. Levantó la espada y dibujó un grácil arco con ella.

– Monsieur de Sade -dijo en voz baja-, pese a que estáis muy gracioso con esa expresión en la cara, os recomiendo que bajéis la mirada.

– ¿Qué? -exclamó con voz entrecortada el hombre que se hacía llamar conde de Mazan.

– No quiero vuestra sangre -dijo el Seigneur con la misma voz suave-. Muy considerado por mi parte, ¿no os parece? Pero mi amigo no ha conseguido dominar sus emociones -añadió al tiempo que señalaba con la espada al lobo-, y está convencido de que debería mataros por mí bien. Así que sed tan amable de bajar la mirada lentamente, y estaréis algo más seguro.

El aristócrata obedeció mientras respiraba entrecortadamente. El lobo siguió gruñendo y, tras dar un amenazante paso adelante, extendió una enorme garra sobre el suelo de madera del dormitorio. Sus dientes, más afilados que los de cualquier perro domesticado, brillaban con intensidad.

– Avec soin -ordenó el Seigneur en un francés claro y sencillo-. Leigh, desata a la chica. Si ves que va a montar algún escándalo, usa esa tela para amordazarla primero. Bajo ningún concepto dejes que grite.

Leigh hizo lo que le pedía mientras susurraba palabras de consuelo a la aterrorizada chica. Desde la posición en que se encontraba en la cama, no podía ver al lobo, pero sí oírlo. Por sus mejillas caían lágrimas que empapaban el lino. Leigh consiguió con gran esfuerzo levantarla de la cama, pero a la sirvienta le fallaron sus rollizas piernas tan pronto como vio a la bestia.

– Levántate -susurró Leigh-. Levántate, estúpida mocosa.

La criada lloriqueó y se dejó caer con fuerza sobre ella. Leigh se tambaleó bajo la carga pero, haciendo otro esfuerzo, consiguió sujetar a la chica mientras lanzaba al Seigneur una mirada llena de impotencia e impaciencia. Él negó con la cabeza.

– Las damiselas siempre elegís los momentos más inoportunos para desmayaros -dijo con una débil sonrisa-. ¿Qué prefieres, Sunshine, la salvamos o la dejamos ahí tirada?

Leigh se apartó de la chica.

– La dejamos tirada -dijo.

Las piernas de la criada recobraron repentinamente la fuerza en cuanto notó que perdía la sujeción. Un «non!» ahogado salió de la mordaza de lino mientras intentaba aferrarse a Leigh. El lobo se movió rápidamente hacia delante gruñendo y dispuesto a atacar al marqués, su víctima más cercana. Este maldijo, y la criada chilló. Pero el lobo volvió atrás y se agazapó junto a su amo mientras la chica se agarraba a Leigh gritando de terror.

– Levántate -dijo Leigh-. Levántate y haz lo que te dicen.

– Oui, madame -gimoteó la criada al tiempo que, cogida a su brazo, se incorporaba-. Mais oui.

Leigh miró al Seigneur en espera de instrucciones. Este entró en la habitación. La luz de las velas iluminó su pelo y sus largas pestañas con un fuego de color pardo rojizo. El lobo se movió junto a él e hizo otro rápido movimiento hacia el marqués y su sirviente, arrinconándolos contra la chimenea. El Seigneur hizo una señal con la cabeza a Leigh, que cogió su bolsa y empujó a la criada delante de ella para salir de la estancia. Fuera, la fille de chambre no perdió tiempo en huir; ya había desaparecido por la escalera antes de que Leigh hubiese llegado al pasamanos. Entonces se oyó un feroz estallido de gruñidos en la habitación. Cuando se volvió, vio que el Seigneur aparecía ante la puerta iluminada, levantaba la espada a modo de saludo y se inclinaba ante los ocupantes de la estancia.

– Bonne nuit, marqués de Sade -dijo en tono alegre-. Que tengáis felices sueños.

El marqués lanzó otra maldición. El lobo salió por la puerta apartándose todo lo que pudo de Leigh y bajó la escalera con pasos contundentes.

– Vamos -le dijo el Seigneur al tiempo que la miraba y recogía su sombrero de la barandilla en que lo había dejado.

Una vez abajo, ella cruzó la sala inferior sin molestarse en mirar al posadero y a su mujer que, atónitos y paralizados, se habían refugiado tras el respaldo de un banco de madera. El lobo también los soslayó y desapareció sin hacer ningún ruido por la puerta abierta. Pero el Seigneur se detuvo, se disculpó cortésmente ante la estupefacta pareja y cogió el pan, la ensalada y los tres capones que se enfriaban en una bandeja que tenían preparada para llevar al piso de arriba. Lo ató todo dentro de una servilleta que metió en la bolsa de Leigh, junto a una botella de vino y una aceitera. Tras asegurarles que milord el marqués lo pagaría, se echó la bolsa al hombro y, una vez se hubo despedido con exquisita educación de los posaderos, cogió a Leigh del brazo y salieron al exterior.

Ella podía sentir la tensión de su mano mientras la llevaba del brazo y atravesaban el patio. Sin detenerse, el Seigneur levantó la cabeza y aulló con furia al cielo en señal de victoria. De todas las direcciones llegó la entusiasta respuesta de las voces lobunas, como una interminable serenata de alegría y apoyo. El lobo del Seigneur corría en grandes círculos alrededor de ellos, hasta que se paró para unirse al aullido general con la cola y el hocico levantados. A continuación, se acercó a S.T. por la espalda, siempre rehuyendo a Leigh, y de un salto colocó sus enormes garras sobre los hombros de su amo. Se mantuvo así durante un instante; después, volvió a caer al suelo y desapareció entre la oscuridad de los árboles.

El coro se detuvo tan súbitamente como había empezado, como si la invisible manada hubiese llegado al final de su canto con una nota al unísono concertada de antemano. El Seigneur seguía sujetando a Leigh del codo mientras la conducía por el camino, envueltos por la luz de la luna y las sombras.

– ¿Es Nemo? -preguntó ella.

– Por supuesto -contestó él con cierto tono de alivio en la voz.

– ¿Dónde estaba?

S.T. la miró. Había suficiente luz para ver que tenía una ceja levantada.

– Con los suyos, señorita Strachan. ¿No los habéis oído?

Caminó con pasos más largos todavía con la espada en la mano, que emitía destellos plateados conforme se movían. Leigh anduvo en silencio junto a él durante unos instantes, hasta que algo hizo tropezar al Seigneur y este la sujetó aún con más fuerza; estuvieron a punto de caer por la desmesurada intensidad del agarre. Maldijo mientras la joven recuperaba la estabilidad y dejaba que su compañero también lo hiciera apoyándose en ella. Una vez lo hubo conseguido, la soltó.

– Lo siento -dijo S.T. muy serio.

Leigh lo cogió por las mangas de la camisa cuando dio un paso tambaleante y, sin decir nada, volvió a pasar la mano de él alrededor de su brazo. El Seigneur se quedó inmóvil ante aquella silenciosa muestra de ayuda y, de forma abrupta, envainó la espada.

– Tuve un accidente -comenzó a explicar con la mirada fija en tierra-, y a veces mi equilibrio no es muy de fiar. Hoy ha sido un día muy duro.

– Apoyaos en mí.

Él levantó la cabeza muy despacio y la miró fijamente durante un instante. La luz de la luna hacía que el dorado de su pelo pareciese escarcha y moldease su rostro en plata y azabache.

– No me importa -añadió Leigh-. Estoy acostumbrada.

– Gracias -dijo él retirando la mano-, pero no necesito vuestra ayuda.

«Orgulloso y ridículo estúpido.»

– ¿Cómo habéis conseguido alcanzarnos? -preguntó ella con interés.

– El camino sigue el curso del río y bordea la ladera de la montaña -explicó él-. Se ataja mucho viniendo por la cima -añadió encogiéndose de hombros-. Y sabía que estaríais aquí, ya que no hay ningún otro lugar en el que hospedarse. Ya había recorrido buena parte del camino buscando a Nemo.

– ¿Y lo habéis recorrido en la oscuridad, en vuestro estado? ¿Cómo? ¿A cuatro patas?

Ese comentario lo ofendió; Leigh lo notó en la forma en que cerró la boca y apartó la mirada. Ella comenzó a andar y, al cabo de un momento, oyó sus pisadas detrás.

– No ha sido nada, os lo aseguro -dijo él en tono irónico-. He asaltado diligencias atado de pies y manos.

– Si volvéis a tropezar, intentad caer en mi dirección.

– Mi más sincero agradecimiento, señorita Strachan, pero…

Justo en ese momento Leigh lo oyó resbalar en la rocosa senda. Chocó contra ella por detrás al tiempo que intentaba sujetarse. La joven se tambaleó durante un instante, pero volvió a erguirse mientras él se cogía a sus brazos y maldecía entre dientes.

– Ya os dije que me necesitabais -murmuró Leigh.

– Son estas malditas sombras del camino -alegó él; al momento se incorporó y le puso las manos sobre los hombros-. Me las apaño bastante mejor cuando puedo ver como Dios manda.

– Me necesitáis -repitió ella con paciencia.

S.T. le apretó los hombros con más fuerza.

– Quiero besaros.

Leigh ladeó la cabeza y lo miró de reojo. Él sonrió.

– Por favor… -dijo respirando suavemente sobre su cuello-. S'il vous plaît, mademoiselle. Os hemos rescatado, ¿no es cierto?

La joven frunció el ceño y permaneció muy rígida mientras S.T. le acariciaba el cuello.

– Os dije que estaba dispuesta a acostarme con vos si así lo deseabais.

S.T. cesó la caricia súbitamente. Permaneció tras ella durante un buen rato y, a continuación, retiró las manos de sus hombros.

– Solo os he pedido un beso -dijo con sequedad-. Y esperaba que vos lo desearais también.

– No lo deseo. Pero podéis seguir intentándolo.

Él emitió un profundo gruñido de decepción y la empujó hacia delante.

– Da igual. No es una oferta tan tentadora, Sunshine.

Pero sí que lo era. S.T. no volvió a tocarla, pero ardía de deseo y excitación.

Y lo había hecho. Había conseguido rescatar a su damisela de la guarida del dragón pese a su vértigo y a su sordera, sin caballo, ni máscara ni armas salvo su pequeño sable.

Y la cara que había puesto Sade… Mon dieu, solo por ello ya había valido la pena.

Era una dulce victoria a la que solo faltaba lo que Leigh no quería darle. Pues que se fuera al infierno. Le daba igual.

Nemo regresó y se colocó a su lado, proporcionándole de ese modo una amortiguación muy conveniente en caso de que volviera a caerse, pero S.T. se fijaba muy bien en dónde pisaba y así conseguía mantenerse firme. Era la luz de la luna lo que lo salvaba; de haber estado totalmente a oscuras tendría que haber ido a cuatro patas. Siempre que pudiera concentrarse en un objeto fijo y no tropezase, no había peligro de que perdiese el equilibrio. Ese último mareo ya estaba desapareciendo, y afortunadamente había sido más breve que el anterior.

La manada de lobos los seguía de cerca por algún lugar por encima de ellos a lo largo de las colinas. S.T. lo sabía por la forma en que Nemo levantaba las orejas y miraba con frecuencia a su alrededor, además de estallar en repentinos accesos de alegría en los que se movía adelante y atrás como si interpretase una juguetona danza. Cuando se aproximaron al pueblo más cercano, cogieron un desvío hacia el este. Algún semejante de Nemo ya había pagado con su piel el intento de entablar contacto con los humanos. Sin duda, tras caer en la trampa había muerto y había sido expuesto con la peluca que Nemo había perdido previamente. De ese modo, los gitanos habían alardeado de matar a la bestia diabólica. S.T. esperaba que el resto de la manada volviese pronto a algún lugar más seguro de las cumbres.

Un melódico aullido surgió de lo alto. Nemo se sentó y respondió lleno de alegría. Después se puso en pie de un salto y, tras acercarse varias veces a S.T., partió a gran velocidad por el borde del camino hasta desaparecer entre los árboles.

– ¿Volverá? -preguntó Leigh de repente. Era lo primero que decía en el último cuarto de hora. La euforia de S.T. por haberla rescatado había ido remitiendo gradualmente, pero su corazón todavía latía algo más rápido de lo normal. No hacía más que pensar que ella estaba ahí, a su lado.

– Si se siente solo… -fue todo lo que contestó.

Leigh se detuvo y miró hacia la cumbre de la colina.

– ¿No se marchará con los demás?

– No creo que la manada lo haya aceptado.

– La otra vez no volvió -dijo ella-. Tal vez deberíais ponerle una correa.

– ¿Una correa? -exclamó S.T. al tiempo que se volvía y la miraba fijamente-. Parece que no entendéis nada.

Leigh le devolvió la mirada sin pronunciar palabra. Por un instante S.T. creyó que la aguda nota de desprecio de sus palabras la había herido, pero ella se limitó a decir:

– Creo que es una idea bastante práctica.

S.T. respiró hondo y negó con la cabeza.

– No lo entendéis.

– Entiendo perfectamente que sois un loco que vive de sueños -replicó Leigh.

El otro encajó esas palabras mientras intentaba evitar mirarla a la cara, tan bella y fría a la luz de la luna. En su lugar, le miró las manos y se imaginó cogiéndole una, poniéndola entre las suyas y calentándosela con su aliento.

Sueños. Vivía de sueños.

«Tiene mucha razón», pensó mientras se volvía.

– Conozco un lugar en el que podemos pasar la noche, si os dignáis honrarme con vuestra cautivadora presencia -dijo-. No está lejos.

Ella asintió ligeramente con la cabeza. La perversa alegría que sintió S.T. no hizo sino demostrarle que ella tenía toda la razón y que él era un loco redomado. Echó a andar mientras intentaba encontrar alguna forma de romper la barrera de hielo que rodeaba a aquella joven.

Nemo surgió jadeando de la oscuridad y se reunió con ellos, aunque se mantenía siempre lo más apartado posible de Leigh. Parecía más calmado; se les adelantaba en el camino y volvía atrás para meter la nariz en la mano de S.T. Le resultó reconfortante poder apuntarse ese tanto contra el sentido práctico y las correas. Acarició las orejas del lobo y sonrió para sus adentros. Al fin y al cabo, había sido capaz de conquistar a criaturas más salvajes y peligrosas que esa adusta muchacha.

El empinado desfiladero por el que transcurría el camino daba a un pequeño valle, un prado bañado por la luna que se extendía hasta las oscuras colinas. S.T. se salió del camino al llegar a un vado del arroyo. Nemo chapoteó en el agua y se sacudió, desperdigando brillantes gotas de agua, pero su amo vaciló antes de adentrarse en la corriente. Pensó que lo galante sería cruzar el río con ella en brazos, pero lo consideró demasiado arriesgado ya que, si perdía el equilibrio, sería la humillación definitiva. En su lugar, se echó la bolsa y el cinto de la espada al hombro y metió los pies en el agua sin más ceremonia.

– Vais a estropear las botas -dijo ella.

– ¿Ensayando para la vida de casada? -preguntó S.T. a la vez que extendía la mano que tenía libre mientras las frías aguas se arremolinaban a sus pies-. Ah, no, perdonad, se me olvidaba, solo estáis siendo práctica. Poned el pie en esa piedra de ahí y os impulsaré al otro lado.

Durante un instante creyó que ella iba a rechazar el ofrecimiento. Se notaba que era lo que quería hacer, pero venció su preciado sentido práctico. Saltó sobre la roca y S.T., cogiéndola del brazo, la lanzó al otro lado, en el que aterrizó sin ningún problema. A continuación cruzó él; se le había metido agua dentro de las botas.

– Gracias -dijo ella secamente.

– Tened cuidado, no vayáis a ahogaros de la emoción -murmuró él mientras volvía a colocarse la espada.

S.T. vio delante de ellos las ruinas romanas, tres solitarias columnas que se alzaban en medio del prado y que, a la luz de la luna, no eran más que unas tenues manchas blancas. Echó a andar; las botas hacían ruido por el agua que llevaban dentro. Recorrió el sendero que conducía a los restos del templo y, una vez allí, dejó la bolsa sobre un bloque de piedra caído.

– Podemos dormir aquí -dijo al tiempo que se sentaba para quitarse las empapadas botas.

Leigh las cogió en cuanto las dejó a un lado. Buscó en la bolsa y encontró la aceitera. S.T. miró de reojo y la observó mientras se quitaba el pañuelo del cuello y utilizaba un extremo del mismo para frotar las botas húmedas con aceite. Él movió los dedos; estaban muy fríos.

– No hace falta que lo hagáis.

– Si no se acartonarán.

S.T. se estiró y sacó el hatillo de comida. Nemo fue corriendo hasta él y se sentó delante, mirándolo fijamente. Su amo le lanzó una pata de pollo que desapareció de un bocado. Rompió el sello de cera de la botella de vino y, tras sacar el corcho, la olió con deleite y se la ofreció a Leigh.

– Tengo por norma no beber alcohol -dijo ella.

Por supuesto.

S.T. dio un largo trago y suspiró. Nemo se acercó más, con la mirada fija en el capón. Su amo se sentó más erguido y gruñó, ante lo cual el lobo se detuvo y agachó las orejas en señal de sumisión pero, en cuanto su amo dio un nuevo trago a la botella, Nemo intentó aproximarse más. S.T. dejó la botella y esperó, como si no hubiese visto que el lobo avanzaba paso a paso hacia él. De repente saltó sobre Nemo y, cogiéndolo del cuello, cayó encima de él y lo zarandeó con fuerza al tiempo que le gruñía. Al instante, el animal se agachó sobre la tripa y comenzó a revolcarse por la tierra con la cola metida entre las patas mientras gemía y se estremecía. En cuanto S.T. lo soltó, el lobo retrocedió a toda prisa con las orejas gachas. Se tumbó a unos metros con la cabeza sobre las patas y observó con cara de lástima cómo su dueño se comía la mitad del capón. S.T. miró a Leigh, que estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la hierba engrasando sus botas a la luz de la luna.

– ¿No tenéis hambre? -le preguntó.

Ella ni siquiera levantó la cabeza para mirarlo.

– Comeré cuando termine esto.

S.T. extendió la servilleta sobre el bloque de piedra y dispuso el pan y la carne para ella. Cogió la bolsa y escarbó el fondo con la intención de sacar la copa de plata y llenársela de agua en el arroyo.

– ¡Dejad eso! -exclamó ella-. No quiero que hurguéis en mis cosas.

– ¿Y por qué no? -preguntó S.T. sin dejar de rebuscar-. Un vestido con zapatos a juego, un juego de corsés, una gargantilla de perlas, un cuaderno de bocetos, dos hebillas de oro, un abanico de señora, algunos polvos medicinales, muselina, una taza, una cuchara, tres libras y veinte peniques. Valor total estimado cuatro guineas, sin contar la perla del fajín de seda. Ya lo hurgué todo hace tiempo.

– ¿Mientras estaba enferma? -preguntó Leigh con la mirada fija en él-. No sois un caballero.

– No me queda ni una pizca de virtud -dijo S.T. sonriendo-. ¿Y qué esperabais? Soy bandolero.

Encontró la copa, se puso en pie y se dirigió con mucho cuidado hasta el agua calzado solo con las medias. Nemo se incorporó en silencio y trotó por delante de él manteniendo una respetuosa distancia. Cuando S.T. se arrodilló ante el arroyo, miró al lobo y lo llamó. Nemo emitió un suave gemido como respuesta, pero no parecía estar muy seguro del recibimiento que lo aguardaba. Su amo se tumbó en el suelo y volvió a llamarlo.

– Ven, viejo amigo, ya sabes que no debes intentar robar la cena. Ven aquí.

Nemo permaneció sentado sin reaccionar. S.T. alargó una mano.

– ¿Acaso crees que ya no te quiero? ¿Qué es lo que te pasa?

El lobo inclinó la cabeza con expresión de curiosidad y miró a S.T. a los ojos.

– Es por ella, ¿verdad? -dijo con un suspiro-. Tienes miedo de que se una a la manada. -Arrancó una brizna de hierba y negó con la cabeza-. Verás, Nemo, lo que ocurre es que soy muy estúpido cuando se trata de mujeres. Hacen conmigo lo que quieren. -Miró hacia atrás en dirección al templo-. ¿Te has fijado en ella? Lo que quiero decir es…, maldición, ¿puedes culparme de verdad? -Se pasó las manos por el pelo-. Noto que me estoy dejando llevar. Intento comportarme de forma racional, y sé que soy un maldito imbécil por enamorarme. Nunca sirve de nada, y nunca termina en nada bueno. Además, ni siquiera me cae bien. Tiene tanta sensibilidad como la estaca de una cerca. -Cerró los ojos-. Pero llevo tanto tiempo así, Nemo, tanto tiempo…

Volvió a suspirar, en esa ocasión con un gemido al más puro estilo canino. Nemo levantó las orejas, fue hasta él, colocó con cuidado sus enormes patas delanteras sobre las rodillas de S.T. y le lamió la barbilla y la cara en señal de afecto y solidaridad.

– Eso está mejor -dijo su amo acariciándole el lomo y rascándole las orejas mientras el lobo se apretaba contra él moviendo el rabo-. ¿Volvemos a ser amigos?

Nemo le dio un golpe con el hocico para comenzar a jugar. Él se lo devolvió y empezaron una alegre lucha sobre la tierra húmeda.

Cuando volvieron, Leigh seguía ocupada con las botas. S.T. se sentó sobre la hierba con la espalda apoyada en la piedra. Una ligera brisa agitó las páginas del cuaderno de bocetos, que había dejado encima. Levantó la mano y lo cogió.

– Sois una artista -dijo él con el cuaderno en el regazo.

– Solo hago algunos dibujos sin importancia. Y no os he invitado a que los veáis.

S.T. guardó el cuaderno en la bolsa mientras pensaba en papá dormido en la biblioteca y Anna en compañía de su alto capitán. Le gustaba pensar en la familia de ella. Sonreía con nostalgia al imaginar esas cosas que él nunca había vivido. No le habría importado volver a ver los dibujos pero, de todos modos, estaba demasiado oscuro.

– ¿Dónde aprendisteis a pintar? -dijo Leigh.

S.T. levantó la cabeza y la miró, sorprendido por la pregunta. La joven examinó la bota que tenía en la mano y la dejó junto a la otra.

– ¿De verdad lo queréis saber?

Ella se puso en pie y se sacudió los pantalones.

– Siento curiosidad. Está claro que vuestro estilo es romántico, y hacéis mucho uso del claroscuro, pero no he podido identificar ninguna escuela en concreto.

– Escuela veneciana. Estudié con Giovanni Piazzetta -dijo S.T. mirándola de reojo para ver cómo reaccionaba.

– Ah -fue todo lo que dijo.

– Y con Tiepolo -añadió él, incapaz de controlarse-. Fui aprendiz en el estudio del maestro Tiepolo durante tres años y medio.

Leigh se sirvió algo de comida y, tras volver a sentarse en el suelo, depositó los pedazos de pan en su regazo.

– Pues creo que estaría orgulloso de vos -dijo en voz baja-. Vuestros cuadros son… luminosos.

S.T. resopló débilmente. Cerró los ojos y volvió la cabeza para evitar que ella pudiese ver su gesto de satisfacción; su boca se había curvado hacia arriba sin su permiso. Le gustaban sus cuadros. Pensaba que eran luminosos. Bien.

Deseaba besarla. Quería tener su cuerpo muy cerca y perderse en ella.

– Dejad que os pinte -dijo de pronto-. Volved conmigo al castillo y os pintaré así, a la luz de la luna entre las ruinas. Sois muy hermosa.

– No -contestó ella al tiempo que negaba con la cabeza.

S.T. cruzó los brazos sobre las rodillas y apoyó la cabeza en ellos.

– Me estáis volviendo loco -dijo levantando la cabeza de nuevo-. ¿No queríais que os enseñara a manejar la espada? Pues volved conmigo, posad para mí y os enseñaré.

Ella lo miró fijamente durante un buen rato.

– No creo que podáis.

S.T. se puso en pie de un salto.

– ¿Por qué? ¿Porque ya no puedo luchar? -Parpadeó tratando de contener el mareo que le había provocado el movimiento repentino. Fue hasta una de las columnas y se apoyó en ella-. Mi maestro de esgrima tenía ochenta y ocho años cuando comencé a estudiar con él, señorita Strachan, y me enseñó a ser el mejor.

Era cierto. Su maestro había sido el mejor del continente, pero también había podido practicar con cientos de otros estudiantes, oficiales y virtuosos duelistas y mejorar su pericia. Se había educado en una escuela excelente. Se sentía capaz de adiestrar bastante bien a aquella joven en los ejercicios básicos para principiantes, lo cual de todos modos sería lo único que ella podría asimilar. Leigh lo observó con expresión pensativa.

– Artista y espadachín -dijo al fin-. ¿Quién sois, Monseigneur de Minuit?

Él se encogió de hombros.

– No lo sé.

– Perdonad -dijo ella apartando la vista-. No quería ser indiscreta.

– No es ningún secreto. Mi madre huyó de su marido y me tuvo al poco tiempo de llegar a Florencia. Es casi seguro que soy bastardo, pero supongo que las fechas se prestaban a ciertas dudas y mi padre me reconoció. Pobre hombre, tampoco podía hacer otra cosa, después de que mi hermano mayor hubiese matado a todos sus contrincantes en dieciocho duelos y después se partiera el cuello al caer por la ventana de un prostíbulo. -Hizo una pausa y sonrió-. Seguro que rezaba para que yo demostrara la firmeza de carácter de la que de forma tan notoria y lamentable carecía el resto de la familia. -Apoyó la cabeza en la columna-. El pobre estaba equivocado pero, de todos modos, llevo el honorable apellido inglés de Maitland.

Leigh se limpió los dedos en la servilleta.

– Parece como si os estuvierais haciendo el inglés por mí -dijo.

– Para mí solo es una lengua más -contestó él mientras se frotaba la nuca-. No soy de ninguna parte en particular. Mi madre nunca regresó a Inglaterra; fuimos de un lado a otro. -Cerró los ojos y prosiguió-. Venecia, París, Toulouse, Roma, a cualquier lugar en el que pudiera encontrar a un caballero inglés que le proporcionara una relación apasionada y desesperada. -Hizo una pausa-. Tenía que ser inglés para que yo me criara como un caballero de dicho país. Pero lo mismo puedo ser francés, italiano o tan inglés como John Bull. Como gustéis.

– Parece una vida muy poco estable -comentó ella.

S.T. se pasó el brazo por detrás de la cabeza mientras seguía apoyado en la columna.

– Era bastante divertido. Maitland enviaba dinero para las clases de esgrima y equitación, así como constantes cartas en las que nos recordaba la vergüenza que ambos éramos para él y, mientras tanto, mi madre vivía de sus amantes. Fue ella la que cautivó a Tiepolo para que me cogiera de aprendiz -dijo sonriendo en la oscuridad-. Nos entendíamos bastante bien, maman y yo.

Volvió la cabeza y la sorprendió mirándolo fijamente. Al instante ella bebió el agua de la copa y recogió los restos de comida que tenía en el regazo.

– ¿Se los doy al lobo? -preguntó.

– Sí. Guardad uno de los capones para mañana y echadle a Nemo el otro. No querrá acercarse para cogerlo de vuestra mano.

Nemo levantó la cabeza, se abalanzó sobre la carne que cayó al suelo ante él y se fue detrás de S.T. para comérsela.

– ¿Por qué estáis aquí? -preguntó ella.

– ¿Aquí? -dijo él sin querer entender qué decía-. He venido a rescataros.

– Aquí escondido. ¿Por qué huisteis? ¿Por qué no seguís en Inglaterra?

– No huí -dijo él en tono indignado-. Simplemente emigré.

– Hay una recompensa por vuestra cabeza.

– ¿Y qué? Ya la había hacía trece años. «Robado el pasado lunes por un hombre que llevaba una máscara negra y blanca, de modales gentiles, que hablaba en ocasiones en francés y montaba un caballo alto y negro, o pardo oscuro.» -Soltó un bufido de sorna-. A ver, decidme, ¿dónde está el peligro? Si Inglaterra pudiera jactarse de tener una policía secreta y un ejército permanente como Francia, nosotros los caballeros de los caminos lo tendríamos más complicado, os lo aseguro -dijo al tiempo que volvía la cabeza y la miraba-. Pero, para nuestra gran fortuna, ningún inglés bien nacido soporta la tiranía de hacer cumplir la ley con efectividad. Un puñado de magistrados rurales no representa una gran amenaza, siempre que uno sea discreto. Y os aseguro que yo lo soy.

– Ya lo creo que lo sois -murmuró ella con ironía.

S.T. se cruzó de brazos.

– La verdadera amenaza son los cazadores de recompensas y los que comercian con los objetos robados, que son peores que los propios ladrones. Hay que saber tratar con ellos o uno está perdido. Y, a veces, los tribunales de Londres deciden ponerse serios. También hay que tener cuidado con la ley de maleantes que aún se aplica en determinados condados cuando tiene lugar un robo. -Inclinó la cabeza y le hizo un guiño-. Claro que, si fuera tan fácil, no sería ni la mitad de divertido.

– Puede que ya no sea tan fácil. Tienen vuestra descripción.

– Sí, claro -dijo en un acceso de furia-, porque una regordeta palomita de negros ojos creyó oportuno denunciarme. -Su boca se torció en una mueca-. La señorita Elizabeth Burford -añadió mientras negaba lentamente con la cabeza-. Dios, tenía que estar muy hechizado por sus encantos para dejar que se reuniera conmigo en mi escondite, y para dejar que me quitara la máscara por pura diversión. -Suspiró-. Nunca lo había hecho. No sé por qué lo hice entonces, salvo que…

Hizo una pausa, durante la que Leigh no dijo nada. S.T. respiró profundamente y continuó:

– Salvo que todo me pareciese demasiado fácil e insulso en aquellos momentos.

– Así que ella dio vuestra descripción a un juez y vos huisteis a Francia.

– Por supuesto que no. ¿Acaso creéis que eché a correr como una liebre asustada? Nadie sabía mi nombre. Una cosa es que ella me engatusara, y otra que me volviera un perfecto imbécil. Una descripción no es nada si uno se mueve con presteza y sus mentiras resultan convincentes. No se cuelga a nadie solo porque tenga unas cejas peculiares.

– En ese caso, ¿por qué huisteis?

S.T. frunció el ceño.

– Tenía mis razones.

– ¿Qué razones?

– ¿No os parece que sois demasiado curiosa?

Leigh aceptó la pulla en silencio. Él sabía que lo estaba mirando. La luna pendía baja sobre la montaña, y lanzaba largas sombras de ébano sobre la hierba plateada.

– ¿Por qué os hicisteis salteador de caminos? -preguntó ella al fin.

S.T. sonrió en la oscuridad.

– Por maldad. Por la emoción que produce.

Leigh seguía sentada con las piernas cruzadas, inmóvil como una estatua, contemplándolo. Él se volvió y apoyó un hombro en la columna.

– ¿Creéis que fue por mis elevados ideales? -dijo imitando la voz de la joven-. La primera vez fue por una apuesta, cuando tenía veinte años. Conseguí vencer a un excelente espadachín, y gané mil libras y la gratitud de una bella dama. Entonces me di cuenta de que esa era la vida que quería.

Ella inclinó la cabeza. La luna derramó una helada luz sobre su rostro.

– ¿Y vos, señorita Strachan? ¿Cuál es vuestra historia?

– La mía es muy sencilla -contestó Leigh mientras se desabotonaba el chaleco y se lo quitaba; luego, arrodillada en el suelo, lo arregló junto con la levita para que le sirviese de almohada-. Voy a matar a un hombre, y quiero aprender a hacerlo.

La brisa agitó la alta hierba. Nemo terminó su cena, suspiró y se colocó en una postura más cómoda para lamerse las garras.

– ¿A algún hombre en particular? -preguntó S.T.-. ¿O se trata tan solo de rencor contra mi sexo en general?

Ella se echó sobre la hierba y se apoyó sobre un codo. Sin el ceñido chaleco se marcaban con toda claridad sus formas femeninas; sus pechos y caderas quedaban libres de tal encorsetamiento. Se quitó la cinta de la coleta y agitó el pelo.

– A un hombre en particular -dijo.

S.T. se apartó de la columna y, agachándose junto a ella, se sentó con las piernas cruzadas y se inclinó en su dirección.

– ¿Por qué?

Leigh reclinó la cabeza sobre la improvisada almohada y levantó una mano, que observó mientras la giraba lentamente contra el cielo.

– Mató a mi familia. A mi madre, a mi padre y a mis dos hermanas.

Su voz no se quebró, ni mostró rastro alguno de emoción. S.T. contempló su frío rostro bañado por la luz de la luna. Ella le devolvió la mirada sin pestañear.

– Sunshine -susurró él.

Leigh bajó la mirada. S.T. se tumbó junto a ella y, abrazándola, la apretó muy fuerte contra sí y acarició su brillante pelo.

Capítulo 6

– Si vas a hacerlo -le dijo Leigh al oído-, adelante.

S.T. dejó de acariciarla. Respiró hondo, se puso boca arriba y soltó un gruñido.

– ¿Qué quieres decir?

Ella no se movió.

– Que no me importa. Te lo debo.

S.T. miró las columnas del templo, sumergidas entre luz y sombras. En la oscuridad esos esbeltos pilares lucían inmaculados, de un hermoso y gélido blanco. Por más que hubieran acogido vida alguna vez, por más que hubiese resonado entre ellos el eco de risas humanas, en esos momentos estaban en el más absoluto silencio. Solo eran piedra muerta y muda.

– No quiero tu maldita gratitud -dijo él.

Leigh yacía totalmente inmóvil, como si fuese un espejismo de la impersonal luz de luna, tan inerte como las ruinas. S.T. ni siquiera la sentía respirar.

– En ese caso lo lamento mucho -dijo ella de repente-, pero es lo único que puedo darte.

Al oír su ronca voz, S.T. se volvió súbitamente hacia la joven y la apretó muy fuerte contra su pecho. Hundió el rostro en su cuello.

– Por el amor de Dios, no levantes un muro para apartarme de ti.

– No hace falta que lo levante -susurró Leigh-, porque yo misma soy el muro.

La acunó entre sus brazos sin saber qué decir ni cómo llegar a ella.

– Deja que te ame -repitió varias veces-. Eres muy hermosa.

– Con qué facilidad te enamoras -dijo ella apartando la vista de él y dirigiéndola al cielo nocturno-. ¿Cuántas veces te ha pasado antes?

S.T. intentó poner en orden sus emociones, pero un mechón de pelo negro cayó sobre la mejilla de Leigh y acabó por completo con su sentido común. S.T. se lo apartó. Ella no opuso ninguna resistencia cuando, a continuación, le acarició la piel y la besó con dulzura.

– Nunca -contestó él-. He tenido mujeres, amantes, pero nunca me había sentido así. Creía que era amor, pero nunca duraba.

Ella sonrió en lo que apenas fue una leve mueca burlona de sus labios.

– Lo juro -añadió S.T.

– Tonto. Ni siquiera sabes qué es el amor.

Él detuvo sus caricias.

– Pero tú sí.

– Sí -dijo ella débilmente-. Lo sé.

S.T. se apartó y se apoyó sobre un codo.

– Perdóname. No sabía que hubiera otra persona.

La sonrisa de Leigh se volvió más cínica.

– No hace falta que te disculpes, monsieur. Soy del todo ajena a ese tipo de romanticismos. -Negó con la cabeza como si lo compadeciera-. No estoy enamorada, ni casada, y ni siquiera soy virgen. Así que, como ves, puedes satisfacer tus necesidades conmigo con la conciencia bien tranquila.

S.T. cerró los ojos. Podía olería, y ese aroma femenino, tan cálido y almizclado, encendía todo su cuerpo.

– Sé que quieres yacer conmigo -dijo ella-, pero no me hables de amor. Tengo más de una deuda pendiente contigo y quiero pagártelas. Déjame que lo haga y no te esfuerces en ser galante.

Él cerró aún más los ojos.

– Pero no quiero que sea así -dijo mientras sentía por todo su ser la grácil presencia de ella, así como el cuerpo que escondía su ropa-. No quiero que sea para pagar una deuda. No quiero a una puta.

– Quieres una fantasía.

S.T. abrió los ojos.

– Te amo -dijo y, en esos momentos, al contemplar las líneas perfectas del rostro de Leigh, le pareció totalmente cierto-. Te he querido desde el momento en que te vi.

– Lo que quieres es acostarte conmigo, y no voy a impedírtelo.

– Quiero tu corazón. Tenerte y amarte.

Ella apartó la mirada.

– Malgastaste el tiempo como bandolero. Habrías sido un excelente y apasionado trovador.

Maldición. Aquello no iba bien. Ella no estaba respondiendo como debería. Ansiaba arrastrarla por la hierba y besarla hasta que se le quitaran las ganas de bromear, hasta que se sintiese poseída por una pasión que la volviese receptiva, excitada e indefensa, del modo en que debería sentirse el amor. S.T. cerró la boca y miró la oscuridad.

– No soy ningún petimetre inconsciente, y no creo que deba ser tratado como tal.

Ella levantó una mano y le tocó la mejilla, después le recorrió la mandíbula y los labios lentamente con un dedo, que él chupó al tiempo que se le aceleraba la respiración.

– No te niegues a ti mismo -susurró Leigh-, ni esperes un sentimiento que no puedo darte.

Deslizó el dedo trazando un frío surco por la garganta y el pecho de él y, a continuación, se llevó la mano a su propio cuello y se soltó el lazo de la camisa, dejando al descubierto su cuello y escote.

– Maldita -musitó él, desesperado-. Maldita seas.

A la luz de la luna su piel era tan fría y blanca como las columnas de piedra. S.T. ansiaba besarla, hundir el rostro entre sus pechos e inhalar su erótico aroma. Leigh se incorporó un poco y, lentamente, comenzó a subirse la camisa. Era un movimiento deliberado y provocador, como de prostituta, y él lo sabía muy bien. El lino se deslizó sobre sus senos. Un extraño calor pareció irradiar de la garganta de S.T. para extenderse por su pecho y sus entrañas.

Ella alzó los brazos por encima de la cabeza. Ese lánguido movimiento le mostró su cuerpo -su deliciosa cintura, la delicada turgencia de sus pechos al estirarse- como una ofrenda. S.T. contempló fascinado la suave curvatura inferior de los senos. La luz de la luna daba un aspecto exótico a los pezones, que eran como del color de las sombras. Él emitió un sonido ronco. Se sentía tenso e indefenso; se negaba a tocarla pero tampoco podía apartarse de ella.

– Te he dicho que no lo quiero así. No nos hagas esto.

Por toda respuesta Leigh se limitó a yacer inmóvil con los ojos cerrados. Estaba prostituyéndose. Su cuerpo brillaba con el pálido fuego de la luna, como si fuese una diosa pagana, sorprendida mientras dormía entre las ruinas, que en cualquier momento fuese a despertar e incorporarse para bailar con Dionisio, para seducir a ese temerario dios y caer debajo de él, entrelazados y envueltos en hojas y risas.

Leigh abrió los ojos y lo miró. S.T. sintió cómo su alma se desvanecía y su razón se enturbiaba por su hambre cada vez más punzante. En medio de la noche, entre las columnas caídas, no podía pensar en otra cosa que en el cuerpo de ella. El sátiro que moraba en él palpitaba con el elemental poder del deseo, tanto que incluso temblaba. Hacía demasiado tiempo que no sentía nada así, y ya no le quedaba cordura para controlarse.

Ella lo miró con serenidad desde su belleza gélida y provocadora. S.T. soltó de pronto un gruñido y se abalanzó sobre ella deslizando las manos por sus pechos hasta rodearla con los brazos. El movimiento lo dejó algo aturdido. Al entrar así en contacto con ella notó su calor, como si una figura de alabastro hubiese cobrado vida entre sus manos. Le quitó los pantalones y vio cómo Leigh abría las piernas sumisa bajo él. Así parecía más pequeña, femenina, frágil, vulnerable e irresistible; lo abrumaba con su actitud dócil.

Le besó los pechos y tocó sus caderas desnudas, así como los suaves rizos de la entrepierna. Extendió los brazos sobre el suelo y se hundió en ella.

Se sentía como si hubiese perdido su condición humana para entregarse al dios salvaje que regía aquel lugar. Podía verlos como si fuesen una pintura: él poseyéndola sobre la oscura hierba bajo la luna; dos cuerpos anónimos rodeados por las antiguas columnas. Quería parar; quería cortejarla, seducirla y cautivarla hasta que lo amara, pero todo eso quedaba disipado por el intenso ardor animal que sentía; la exquisita danza del amor quedaba reducida a aquel celo salvaje y glorioso sobre la tierra. Ella se movía bajo él cediendo a sus ansiosas embestidas y llevándolo más allá de cualquier pensamiento coherente. Cuando Leigh levantó las manos y le tocó los hombros al tiempo que levantaba las piernas para rodear las suyas, él explotó.

El profundo sonido del éxtasis reverberó entre las piedras. S.T. arqueó su cuerpo en pleno arrobo. Se mantuvo muy apretado, muy dentro de ella mientras jadeaba y notaba cómo la sangre le latía con violencia por todas las extremidades. Leigh le restregó el tobillo por la pierna y él gritó, se convulsionó y se estremeció en ferviente reacción; ella permaneció inmóvil mientras a S.T. le temblaban los hombros. Se dejó caer sobre la joven y, con los ojos cerrados, sintió su vientre suave y sedoso contra el suyo. Volvió a rodearla con los brazos y se mantuvo dentro de ella. Sabía que era el único de los dos que estaba respirando agitadamente. Sabía que ella había ganado, pues se había limitado a complacerlo, a aliviar su brutal ansia para pagar una deuda, pero él estaba tan desesperado que se había lanzado a por lo que le ofrecía como si fuese un mendigo. Apoyó la cabeza sobre el hombro de ella, furioso y avergonzado, pero sin querer salir todavía de su interior. Un mechón del pelo de Leigh se enroscó entre sus dedos. Lo acarició y sintió el contacto de aquella negra seda mientras intentaba moderar su respiración hasta controlarla. Al cabo de un momento, recorrió suavemente la curvatura de su oreja con un dedo.

No podía mirarla, pues era muy consciente de que ella no había intentado devolverle la caricia, ni tan siquiera había reaccionado. No lo había abrazado con ternura ni había apoyado una mano en su espalda. Sus pechos subían y bajaban a un ritmo pausado, en mortificante contraste con el agitado movimiento de él.

S.T. tomó aire con fuerza y, de un impulso, se apartó. Se levantó, se abrochó los pantalones y recorrió la fría hierba hasta llegar a las columnas que se erguían blancas bajo la luna. Se sentó en una piedra desmoronada de los cimientos del templo y se llevó las manos a la cara.

Un canalla había matado a su familia, y a él lo único que se le ocurría hacer era violarla. Se sentía enfadado, humillado y más solo que en toda su vida.

Durmió lejos de ella, con Nemo acurrucado junto a él sobre la hierba. Por la mañana lo despertó el olor del desayuno. El lobo había desaparecido. Leigh se movía con determinación de un lado a otro sin mirarlo en ningún momento, ni siquiera cuando le llevó una taza de té y un pedazo de pan que había tostado en el fuego que había encendido. S.T. lo aceptó sin decir nada y la observó a través del humo que salía de la taza mientras bebía. Leigh metió todo en su bolsa y, con mucho cuidado, dobló el paquete de hojas de té antes de guardárselo en un bolsillo de la levita. Cuando terminó de recoger, fue hasta él y le dejó las botas a los pies. S.T. las miró con expresión sombría.

– No están del todo secas en las puntas -dijo Leigh-. Deberías engrasarlas otra vez para evitar que se agriete la piel del empeine.

– Gracias -dijo él sin poder levantar la cara para mirarla. La joven se quedó inmóvil sin decir nada mientras él le miraba los pies al tiempo que se frotaba la incipiente barba.

– Lo he estado pensando -dijo al fin ella en voz baja-, y creo que lo mejor será que regrese a Inglaterra.

S.T. cerró la boca sin contestar. Miró hacia la lejanía, en la que la neblina matinal pendía de los bordes del prado.

– No es porque no puedas enseñarme -prosiguió Leigh tras una pausa-. Lo he estado pensando y estoy convencida de que sí podrías, pero es una idea absurda creer que puedo aprender a ser como tú. Incluso si estuviera dentro de mis posibilidades, me llevaría años, ¿verdad?

S.T. tomó otro sorbo de té y se apoyó en los codos.

– ¿Es para eso para lo que me buscabas? ¿Para aprender a ser salteador de caminos?

– No un salteador de caminos cualquiera -contestó ella lentamente-, sino el Seigneur de Minuit.

S.T. negó con la cabeza al tiempo que soltaba una breve y cínica risita. Leigh se inclinó sobre él y lo observó pensativa con la cabeza ladeada.

– Eres una leyenda, monsieur -dijo de pronto-. Mi hogar está tan aislado como esto; somos gente sencilla que vemos poco del mundo exterior. Tú fuiste allí tres veces para ayudar a los débiles y maltratados que no podían hacer frente a sus opresores. Quizá ni lo recuerdes, pero nosotros sí. Para la gente eras como el juez supremo, por encima del representante de la Corona, de todos los magistrados e incluso del rey; estabas por encima de todos salvo del propio Dios. -Se calló de repente y con el ceño fruncido volvió la cabeza en dirección a una de las columnas del templo-. Ahora hay otra autoridad al mando; es el diablo encarnado, pero la gente no se da cuenta. -Respiró hondo-. Y se me ocurrió resucitarte. Hacerme pasar por el señor de la medianoche e ir a por ese… ser -añadió con un ligero temblor en la voz-, a por ese monstruo que se ha apoderado de sus corazones y de sus mentes. Fue lo único que se me ocurrió, monsieur, para conseguir abrirles los ojos.

Él se reclinó y reunió las suficientes fuerzas para mirarla a la cara. Se había puesto el chaleco y la levita y estaba ante él, de pie bajo la luz de la mañana, como si fuese una aparición.

– ¿Es ese el hombre al que quieres matar? -preguntó S.T. al fin-. ¿Ese que dices que es un monstruo?

– Sí. Pero no sé si bastará solo con matarlo. No suelo dejar volar mi imaginación, pero, aunque sea difícil de entender, creo que ha infectado sus almas. Harían cualquier cosa por él. Si no hay otra opción, lo mataré pero… no sé qué pasará entonces.

– ¿Te refieres a tus vecinos? ¿Crees que se volverían contra ti?

– Contra mí seguro, e incluso contra sí mismos. -Soltó un bufido y extendió las manos-. Ya sé que suena demencial, de lunáticos. A veces me despierto en medio de la noche y pienso que debe de tratarse de… -Su voz se quebró y se llevó el puño a la boca-. ¡Dios mío, ojalá todo hubiese sido solo un sueño!

El sol apareció sobre la cumbre de las colinas pobladas de árboles y envió una luz dorada que atravesó los resquicios de neblina, hizo brillar el pelo de Leigh y atrapó el color de sus ojos. S.T. la observó mientras se volvía para esquivar la luz que incidía sobre su cara.

– ¿Así que pretendías hacerte pasar por mí? -le preguntó.

– Aún te recuerdan. Recuerdan que siempre has estado de parte de la verdad, y creen en ti. Si vieran que te enfrentas a ese demonio que los dirige, creo que es posible que se apartaran de él.

S.T. agachó la cabeza y agitó las hojas de té de la taza. Le resultaba sorprendente que pudiera haber llegado a inspirar tanta confianza en alguien como para que a ella se le hubiese ocurrido un plan tan disparatado. Por supuesto que sabía que gozaba de gran reputación; era lo que más lo había complacido en sus tiempos de gloria, y había vivido por y para ella. Pero, cuando pensaba en el pasado, en sí mismo y en los motivos por los que había hecho todo aquello, le parecía que sus acciones habían estado tan alejadas de la verdad y la justicia que no sabía si llorar o reír.

La verdad. Todos pensaban que estaba del lado de la verdad. ¿Y si le contaba a Leigh que siempre había elegido a qué víctima necesitada de auxilio defender guiado tanto por la sutil curvatura de una cadera o el encantador movimiento de una pestaña como por la necesidad en sí de hacer justicia? Quizá la gente solo había visto al padre indefenso, al hermano engañado o al primo perseguido como el único motivo para que el Seigneur de Minuit interviniese, pero siempre había habido una mujer detrás. Una mujer y el dulce aliciente de una apuesta.

– Me sorprendes -dijo él al fin-. No creía que se me atribuyera semejante parangón de virtudes.

– Mereces todo el respeto del mundo por lo que hiciste -murmuró Leigh con la cabeza agachada, tras lo cual la levantó y añadió-: pero mi plan nunca funcionaría. Me he dado cuenta ahora. Tardaría demasiado en aprender todo lo que sabes, y eso en el caso de que fuese capaz de hacerlo. Además, me temo que no sería buena alumna, monsieur; como ya has dicho en varias ocasiones, te saco de quicio. Como me deseas, estaba dispuesta a pagarte de ese modo, pero veo que lo único que consigues así es sufrir. -Lo observó con expresión muy seria-. Y no quiero alterar tu serenidad mental.

S.T. recorrió con un dedo una grieta de la piedra tallada.

– Me temo que ese daño ya está hecho, Sunshine.

Ella volvió a agachar la cabeza.

– Lo siento.

– ¿De verdad? -replicó él-. Creo que tenéis el corazón de piedra, señora, y un exceso de arrogancia para tratarse de una mocosa de vuestra edad.

Leigh levantó la cabeza y lo miró con expresión enojada.

– No te gusta que te diga eso, ¿verdad? -continuó S.T.-. Apostaría cualquier cosa a que siempre te habías salido con la tuya hasta que te has encontrado en esta situación. -Tiró lo que quedaba del té, ya frío, a la hierba y se levantó despacio-. Sí, desde luego que es una idea absurda que quieras jugar a ser yo, aunque solo sea porque yo tengo tras de mí veinte años de puñetazos y entrenamiento con hombres que se morirían de risa si se enterasen de que pretendes manejar un arma y un caballo. -Una mueca se dibujó en su boca-. Eres demasiado mayor para comenzar, demasiado débil para prosperar y demasiado poca cosa para aspirar a hacerte pasar alguna vez por mí, incluso montada a caballo y en la oscuridad. Te mueves mal. Tu voz es demasiado suave, y tus manos, demasiado pequeñas, y la víctima de un bandolero siempre le ve las manos. Prueba a quitarle a una dama el rubí del dedo con los guantes puestos.

Ella apretó los labios.

– Sí, ya he dicho que estaba equivocada. No lo había meditado bien.

– Ah, ¿sí? Pues a mí me pareces una pequeña bruja muy inteligente, y no acabo de creer eso de que hayas viajado hasta aquí sin haber meditado las cosas concienzudamente. -Soltó una risa sarcástica-. No, lo pensaste a fondo, Sunshine, muy a fondo. Apuesto a que encontraste una solución para cada uno de esos problemas que acabo de enumerar. Lo tenías todo bien planeado, hasta que llegaste aquí y me viste; entonces te diste cuenta de que no era quien te habían hecho creer. -Levantó las manos abiertas y miró al cielo-. Debiste quedarte atónita al encontrarte con un pobre desgraciado que ni siquiera puede andar sin caer redondo al suelo. Y entonces pensaste que no podría enseñarte a manejar la espada, ¿verdad? Y tampoco creíste que pudiera montar a caballo, y mucho menos enseñarte haute école. -Bajó la cabeza y la miró-. Y por eso te marchas, después de soltar una sarta de majaderías sobre que es por mi bien y sobre que, de todos modos, es una idea tonta.

Leigh entrecerró los ojos.

– ¿Y no tengo razón, monsieur? -Dio un paso atrás y lo miró con los brazos en jarras-. Te comportas como un loco. Hablas al aire. Miras a la nada cuando me dirijo a ti, como si fuesen espíritus los que te hablaran. Peleas con el lobo por un pedazo de carne como si fueses un animal. Y sí, te caes. -Comenzó a temblarle la voz, bajó los brazos y volvió a mirarlo a la cara-. Te has caído tres veces, y has estado a punto de hacerlo otras diez como mínimo desde que estoy contigo. ¿Acaso crees que no me he dado cuenta? Acudí a ti en busca de ayuda. Yo no tengo la culpa de que no puedas ayudarme. Desearía… -Parpadeó y apretó los labios. De pronto le dio la espalda y se quedó muy quieta y erguida-. Desearía, desearía… -repitió mientras miraba hacia las colinas-. Que Dios me ayude, pero ya no sé qué deseo.

El eco de su voz se apagó entre las columnas. S.T. dejó caer la copa de plata al suelo y le puso las manos sobre los hombros. Notó lo rígida que estaba, y cómo temblaba todo su cuerpo, incluso al tragar saliva.

– Sunshine -dijo él con suavidad-, ¿no se te ha ocurrido ningún otro plan? -La hizo girar y le acarició la barbilla-. ¿No has contemplado la posibilidad de que yo te acompañe a Inglaterra si de verdad me necesitas?

Ella mantuvo la cabeza agachada.

– Dan una recompensa por ti. Nunca te lo pediría. Eso lo tuve muy claro desde el primer momento. -Se mordió el labio-. Pero ahora… Perdóname, no quiero ofenderte, pero…

S.T. le puso ambas manos en la cara.

– Ahora ya has visto que, de todas formas, no te serviría para nada.

– No -dijo Leigh rápidamente mientras se acercaba un poco más a él-. No, no dudo que podrías enseñarme todo lo que yo fuera capaz de aprender, si contáramos con suficiente tiempo, pero no dispongo de mucho, monsieur. Ya he malgastado demasiado.

– No te hace falta tanto tiempo -dijo él al tiempo que se inclinaba y le tocaba la frente con los labios.

– Es una situación desesperada.

– Las causas desesperadas son mis preferidas.

– Tú estás desesperado -dijo ella en un tono más frío-. Y loco.

– En absoluto. Se trata tan solo de mi orgullo. No soporto imaginarte por ahí mancillando mi leyenda con tus suaves manos, tu linda cara y tus inútiles esfuerzos femeninos por blandir una espada. -Dio un paso atrás-. Si mi reputación está condenada, mademoiselle, prefiero ser yo mismo quien la arruine.

A S.T. le costó más marcharse de Col du Noir de lo que jamás habría imaginado. Una parte de él quería quedarse y dedicarse a pintar y llevar una vida discreta y prudente, tal como había hecho desde la explosión que le había arrebatado el oído y el equilibrio. Caminaba con cuidado y se movía con lentitud, siempre pendiente de mantenerse dentro de los límites seguros de actividad que su descompensada estabilidad permitía. Cuando era día de fiesta en el pueblo, nunca bailaba o jugaba a las boules, e incluso si hubiese deseado tener otro caballo después de Charon, jamás lo habría montado.

Hasta la llegada de Leigh, no se había dado cuenta de lo precavidos e inhibidos que se habían vuelto sus movimientos por puro instinto. De pronto estaba pendiente, no ya solo del vértigo y de los consiguientes tropezones, sino de la forma en que medía cada paso y se refrenaba por protección.

Tendría que hablar a Leigh de su sordera. Aunque sabía que ella se había percatado de algunos de los síntomas, no parecía haberse dado cuenta de cuál era la causa. Solo pensaba que estaba loco porque se quedaba mirando cosas que ella no veía. Sin embargo, seguía ocultándoselo, por razones que ni siquiera él entendía, del mismo modo que fingía que no le importaba recoger sus cuadros y utensilios de pintura y guardarlos bajo paja y fundas para el polvo.

Pero Col du Noir era su mundo, y no quería abandonarlo.

No obstante, había otras pasiones que seguían latentes en su interior. No dejaba de pensar en Sade y en sus coronas de oro, y en la expresión del marqués cuando alzó la cabeza y les vio a Nemo y a él en la puerta. También pensaba en el cuerpo de Leigh bajo la luz de la luna. Mientras estaba sentado junto al fuego de la cocina, afilando la hoja de su espada tanto tiempo abandonada, recordó los oscuros caminos y el aroma a escarcha, y la sangre comenzó a correr con más rapidez por sus venas.

Tendría que volver a montar a caballo. Esa era la primera prueba. Si no la superaba, entonces Leigh tendría razón y todo sería inútil. Ella consentía su intención de acompañarla del mismo modo que un padre aceptaría las fantasías absurdas de su hijo, con serios asentimientos de cabeza y pequeñas sonrisas que lo sacaban de quicio cada vez que le contaba sus preparativos. La idea de fracasar lo mortificaba. Anhelaba poder quedarse en su segura guarida pero, a la vez, ardía en deseos de demostrarle que seguía siendo el maestro de su arte nocturno.

Ojalá ella empezase a ponerse faldas. Esas delgadas pantorrillas y ese redondo trasero que asomaba por debajo de la cola de la levita cada vez que se agachaba lo estaban volviendo loco, y ella lo sabía. De hecho se aprovechaba de la situación. Él quería amor, quería emoción y romance, mientras que ella se le ofrecía con calculada y fría deliberación, como si de algún modo eso la protegiese de él.

Y así era. Era una barrera más efectiva que la piedra. S.T. comprendía el mensaje a la perfección. Podía tomar su cuerpo, pero nunca llegaría a su alma. Ella lo había calado, y le ofrecía unos términos que sabía que él nunca aceptaría. Había actuado magistralmente en el templo romano. Se había comportado como una prostituta a propósito, con toda esa palabrería sobre pagarle y sobre lo que le debía a sabiendas de que, cuanto más denigrara lo que él quería, más a salvo estaría.

Al final era ella quien manejaba la situación, como ambos sabían.

Mientras seguía allí sentado, afilando la brillante hoja, no dejaba de mirar de reojo el cuerpo de Leigh. Intentaba mantener la vista agachada y toda su atención concentrada en el resplandor azul del acero, pero la mirada se le iba una y otra vez al contorno de sus piernas, que tenía apoyadas en el guardafuegos de la chimenea.

Estaba seguro de que esa sensual postura era calculada. Puede que mantuviese una apariencia indiferente y serena, pero lo que quería era restregarle en las narices la facilidad con que podía alterarlo. Quería que él se derrumbara de nuevo y se comportase como un idiota baboso. Pero, por más que S.T. era consciente de todo ello, su corazón y su razón seguían en conflicto. Ella era una mujer vulnerable, herida y sola, y él quería protegerla. Pero, a la vez, todo su cuerpo la deseaba. Se imaginó acariciándole el cuello con la boca, respirando su piel, absorbiendo su fresco aroma e intenso calor. Continuó inmerso en su rítmico trabajo con la espada, al tiempo que le miraba las piernas e imaginaba todo tipo de fantasías hasta que, sin hacer ningún ruido, ella se puso en pie y salió de la cocina. S.T. oyó el eco de sus pies en la escalera de piedra.

Sabía muy bien adónde iba. ¿A qué otro lugar se podía ir en el piso de arriba salvo a su cama? Era un ofrecimiento tan claro como el de una prostituta que lo abordara en una esquina. Aquello lo enfureció. Terminó de afilar la espada dándole bruscas y largas pasadas con la piedra y la blandió. Atacó a su sombra en la pared, a la que asestó un tajo muy poco elegante; luego dejó esa espada más grande sobre la mesa y cogió otra más ligera, la colichemarde, con la que hizo una parada y estocada mientras observaba cómo el fuego de la chimenea encendía la punta de la hoja de sangre.

Seguía moviéndose con demasiada lentitud y reserva. Su impulso natural a reprimir sus movimientos le daba un aspecto muy encorsetado e inepto. Cerró los ojos y levantó el brazo muy despacio con la espada en alto. Cuando llegó a la altura del hombro sintió que perdía el equilibrio, y el peso de su brazo y del arma lo hicieron balancearse hacia delante. Se mantuvo firme, aunque tembloroso, mientras intentaba encontrar su centro pese a esa sensación de ir cayéndose lentamente, mientras intentaba olvidar lo desagradable que era perder innumerables veces el equilibrio. Se esforzaba por escuchar a su cuerpo en vez de a su mente.

Dentro de ese círculo vertiginoso estaba él, con la mano levantada, las piernas abiertas, un intenso calor que lo recorría -pues, además y para mayor humillación, seguía excitado-, los pies firmes en el suelo y la muñeca, espalda y hombros aceptando el peso de la espada. La levantó un poco más para ver hasta dónde era capaz de llegar. Eso le resultó más fácil, pues podía cerrar el brazo sobre sí y mantener la cabeza quieta hasta que la sensación de rotación disminuyera. Abrió los ojos y bajó el estoque para asegurarse de que percibía lo mismo con la vista. Sí, la mano estaba ahí, el hombro y la columna en su sitio, los pies bien firmes, el suelo bajo él y el techo arqueado sobre su cabeza. Pensar en ella tumbada en la cama de arriba lo hacía sentirse rudo, avergonzado y violento; habría estado encantado de matar a cualquier cosa que se le hubiera puesto en esos momentos por delante. Apoyó la punta de la espada en el taburete. A continuación, tomó aliento, se colocó la espada contra el pecho y dio un rápido giro.

Al instante comenzó a perder el centro de gravedad. El mundo daba vueltas y más vueltas a su alrededor. Intentó que parase, pero tropezó con algo y tuvo que agarrar con fuerza la espada mientras la habitación pasaba ante él como en un remolino. Se le doblaron las rodillas pero no opuso resistencia; dejó que el estoque cayera al suelo con estrépito, ya que solo podría recuperar la estabilidad sintiendo la fría piedra bajo sus manos. Permaneció así, apoyado sobre manos y rodillas mientras jadeaba y sudaba, hasta que todo empezó a dejar de dar vueltas.

Entonces se puso en pie y volvió a hacerlo.

En cierta ocasión un médico le había dicho: «Provocad el mareo. Forzad que os pase. Mareaos y el vértigo se irá».

Otro charlatán, pensó en aquel momento, pero le sorprendió que aquel hombre se negase a recibir ninguna compensación económica a cambio del consejo. S.T. lo intentó dos veces y nunca funcionó, pero tampoco lo habían hecho las panaceas y pociones que le habían suministrado otros médicos más distinguidos.

Su suerte dependía de que ese experimento tuviera éxito, pero al tercer intento ya no pudo controlar sus temblorosas rodillas y ponerse en pie. Yació tumbado sobre el frío suelo mientras intentaba contener las arcadas, aferrado a la empuñadura de la espada y con un fuerte dolor de cabeza. Quería vomitar. Quería morir. Por encima de todo, lo que más quería era echarse en la cama y dormir para que se le pasase el mareo.

Haciendo un esfuerzo supremo, consiguió incorporarse utilizando la espada como apoyo. Atravesó lo más rápido que pudo la armería hasta llegar a la lóbrega escalera mientras toda la estancia giraba a su alrededor. Recuperó el equilibrio, comenzó a subir un escalón tras otro y alcanzó el piso de arriba. Se agarró a la puerta de su habitación. Miró con los ojos entrecerrados en medio del vertiginoso mareo hacia su cama, iluminada por una vela, y entonces lo recordó.

– ¡Dios bendito! -exclamó antes de caer al suelo. Cerró los ojos y dejó que el vértigo se apoderase de él. Leigh se levantó de la cama. S.T. lo supo porque oyó los ruidos, pero no quería abrir los ojos por miedo a empezar a vomitar. Ella le tocó la frente con una mano muy fría.

– Lo sabía -murmuró la joven-. Son las fiebres.

S.T. levantó un brazo al notar que Leigh se inclinaba más sobre él; entonces extendió la palma y le propinó un fuerte empujón. Oyó que ella se quejaba al darse un golpe contra el suelo. Abrió los ojos y la vio delante de él intentando incorporarse.

– No es fiebre -dijo S.T. con aspereza.

Los giros estaban remitiendo, pero las náuseas se le acumulaban en la garganta. Agarró la espada y se levantó mientras intentaba respirar pese a la sensación de angustia. Durante un largo instante permaneció muy quieto, pendiente de cada músculo de su cuerpo.

– Apártate -dijo al tiempo que extendía la espada para levantarla y realizar de nuevo el mismo movimiento. Estiró el brazo adelante y arriba; se concentró en su cuerpo y en el espacio que lo rodeaba; torció la muñeca a un lado y abajo; hizo caso omiso de la agitación que empezaba a acumularse en su cabeza; puso toda su atención en el movimiento de las extremidades; se enderezó y, poco a poco, centrándose en un punto y en sí mismo, comenzó a girar, girar, girar…

– Has perdido la poca cordura que te quedaba -murmuró Leigh.

S.T. terminó de dar el lento giro y se paró de cara a ella. Las nauseas desaparecieron, y la imagen de Leigh solo se movió un par de veces antes de estabilizarse. Su negro pelo caía suelto sobre la camisa de S.T. que llevaba puesta, y su cutis lucía pálido y delicioso.

– Tienes una mirada extraña -dijo ella mirándolo fijamente con expresión adusta-. ¿Te duele la cabeza?

– No son las fiebres -repitió S.T. con impaciencia. Se puso en guardia e hizo un passado, concentrándose en el eje entre su hombro y su rodilla. El movimiento salió mejor, un poco más rápido, y el mareo tan solo fue una sombra de lo que había sentido al girar. Quizá eso era lo que había querido decir el médico. Que se obligara a permanecer mareado hasta que estar quieto de pie le resultara tal alivio que pareciese más sencillo en comparación.

Se enderezó y tomó aliento, tras lo cual atacó el pie de la cama con una estocada en quarte, abriendo la muñeca y concentrándose en el movimiento de la cadera más adelantada cuando entraba a fondo. Luego se acercó a la cama y examinó el poste; se alegró al comprobar que no había dejado ninguna marca en la madera.

– ¿Respira aún? -preguntó Leigh con sarcasmo.

S.T. la miró e hizo una leve inclinación burlona.

– Solo porque le he permitido que viviese.

– Entonces es una suerte que no hubiera postes en tu camino cuando has subido la escalera, porque no estabas en tan buen estado entonces.

– Solo ha sido un ligero mareo -dijo él en tono despreocupado-. Ya me encuentro bien.

Leigh lo observó detenidamente mientras él fingía examinar la hoja e intentaba no mirarle las piernas desnudas.

– Sí, veo que estás bien -asintió ella. El faldón de la camisa se deslizó por la parte superior de sus muslos. S.T. notó que su cuerpo comenzaba a traicionarlo de nuevo-. Por cierto, estoy a tu disposición si quieres aliviarte -añadió ella con total indiferencia.

A S.T. le enfurecía ser tan transparente. Odiaba que ella pretendiera ahuyentarlo al animarlo de ese modo. Empuñó la espada con más fuerza.

– ¿Es que todavía no me has pagado tus deudas? -preguntó con cinismo-. Tal vez lo mejor sea que llevemos las cuentas. Media corona al día por cuidarte durante tu enfermedad. Solo una libra a la semana por la sopa de pan y ajo, ya que no te gusta. Diez guineas por mi valeroso rescate de las garras de un noble depravado. ¿Te parece justo?

– Bastante justo -respondió ella-, pero no tengo dinero, como bien sabes.

S.T. miró el pie de la cama con el ceño fruncido.

– No quiero dinero -dijo y, antes de que ella pudiese decir nada, la miró y añadió-: Ni que me pagues en la cama tampoco. Lo de anoche en las ruinas no fue lo que yo quería.

– No, en efecto -dijo ella mirándolo fijamente a los ojos-, ya que parece que quieres más de lo que puedo darte, monseigneur. Espero que lo comprendas.

Lo comprendía. Era un reto, igual que la esgrima o montar a caballo. Había perdido su pericia para l'amour y tenía que recuperarla. Ya estaba más afianzado con la espada, lo notaba. Podría hacerle el amor si conseguía tenerlo todo bajo control. Entonces ella caería de rodillas suplicándole, como le había ocurrido cientos de veces. Hasta el momento lo había estropeado todo, ya que Leigh lo había visto en su peor momento pero, si era capaz de mantenerse despejado, se iba a enterar de lo que era bueno. Se resarciría de las pérdidas y saldría triunfante, tal como le había pasado cientos de veces.

Se cogió con una mano al dosel y la miró con la cabeza inclinada.

– Puedes quedarte con la cama esta noche -dijo con el tono cortés de un galán-. Nos vamos al amanecer.

Capítulo 7

Partieron de Col du Noir con el mistral en contra. El viento había empezado a soplar durante la noche, y aullaba por todo el desfiladero y alrededor de los muros del castillo como mil lobos a pleno pulmón. Un sonido sordo y bajo como un chirrido parecía llenar el aire. Podría volver loco a cualquier hombre que lo escuchara el tiempo suficiente; se le metería en la cabeza, corazón y huesos y terminaría por gritar a su mujer y pegar a sus hijos con tal de escuchar algo humano. S.T. lo sentía tanto en el oído malo como en el bueno. Era más una vibración que un sonido, como si un gigante estuviera tarareando en el interior de la tierra una nota monocorde y constante que no parase nunca.

Pese a ser el primer día que soplaba, el viento conseguía que todo el mundo estuviera irritable, y lo más probable, tratándose de la época del año en que se encontraban, era que esa tempestad que los franceses llamaban vent du nord durase semanas. Solo la señorita Strachan no parecía afectada; claro que era la primera vez que lo vivía. De momento el mistral solo era un viento más para ella.

No había ningún medio de transporte en condiciones para salir de La Paire, incluso en el caso de que hubiesen tenido dinero. S.T. quería reservar los veinte luises de oro, por lo que únicamente se desprendió de los patos y de treinta libras a cambio de un burro bastante pasable que esperaba poder revender y así sacar el dinero para alquilar un carruaje que los llevase a París. El animal cargaba con la silla y la brida de Charon, además de con un pequeño alijo de comida que valía otros cuantos sous, y que S.T. esperaba que bastase para pasar las cuatro noches que consideraba que tardarían en llegar a Digne. Había echado cuatro camisas y un par de pantalones negros de seda y, tras colgarse la colichemarde del cinturón y ponerse la otra más pesada a la espalda, partieron a paso ligero por el camino que conducía al este.

Los árboles y las laderas de las montañas los protegían algo del mistral pero, de todos modos, el viento bajaba silbando con una fuerza heladora por los valles. S.T. observó que las mejillas de la señorita Leigh Strachan enrojecían cada vez más bajo el sombrero que llevaba encasquetado en la cabeza; sin embargo, seguía avanzando por el otro surco dejado por los carros mientras tiraba del burro.

S.T. se alegraba para sus adentros de que ella hubiese estado enferma ya que, de otro modo, tenía la sospecha de que estaría en mucha mejor forma que él. Pese al entusiasta arranque de S.T., el burro había marcado el lento ritmo de la marcha que seguían todos, excepto Nemo. El lobo, que iba por delante del grupo, se paraba de vez en cuando para esperarlos, tras lo cual volvía a correr por delante. Mucho antes de que S.T. pudiera oír el sonido de humanos que se aproximaban, Nemo los alertaba de la presencia de otros viajeros escondiéndose entre las rocas blancas y la maleza.

En un momento en que la presencia del lobo junto a ellos indicaba que estaban solos, S.T. dijo con estudiada despreocupación:

– Creo que tal vez deberíamos casarnos.

Ella pareció tomarlo mejor de lo que había esperado.

– ¿Qué? -preguntó sin inmutarse demasiado.

– Alguien terminará dándose cuenta de que eres una mujer. Provocaría menos comentarios si fueses vestida como tal.

– No creo haber provocado ningún comentario hasta la fecha.

– No, solo fervientes admiradores como el marqués de Sade.

Leigh se cambió de mano la cuerda del burro y tiró de la rezagada bestia.

– Ya te he dado las gracias por librarme de ese contratiempo. De ahora en adelante siempre estaré alerta en previsión de casos así.

– Si somos una pareja casada, nadie te molestará.

Leigh asintió con la cabeza por toda respuesta.

S.T. puso la mano en la empuñadura del estoque y palpó el frío metal. Le ardía el rostro. No quería tocar la espada, sino a ella.

– Había pensado que nos hiciésemos pasar por hermanos -dijo-, pero es más recomendable que viajemos manteniendo ciertos visos de respetabilidad. La gente se extrañaría de que no llevases doncella, y tendríamos que coger habitaciones separadas, si es que las encontramos, lo cual sería un gasto adicional innecesario.

– Sí -afirmó ella con tranquilidad-. Pero no tenía intención de viajar con compañía.

S.T. captó la pulla, pero prefirió hacer caso omiso.

– No temas, no seré ningún estorbo para ti aunque compartamos habitación -dijo al tiempo que arrancaba una rama de un arbusto y comenzaba a deshojarla-. Es solo para guardar las apariencias. No voy a pasar la noche contigo.

De nuevo ella se limitó a asentir.

– Entonces, ¿qué me dices? -preguntó S.T. sin levantar la vista de la rama.

– Lo pensaré.

S.T. maldijo en silencio la tozudez de aquella joven. No podía cortejarla adecuadamente mientras fuese vestida de hombre o, más bien, de chico. Nadie creería que era un hombre; sin embargo, llamaría la atención si intentaba seducir a un apuesto joven. Parecía tan depravado como el propio Sade.

Pero eso no lo detuvo de momento. Sabía por el comportamiento de Nemo que no iba a aparecer otro ser humano en bastante rato. Intentó pensar en algo agradable y cautivador, pero le pareció que el tipo de frases que le habían salido con tanta facilidad cuando las susurraba en un jardín de rosas a medianoche quedarían un tanto forzadas al gritarlas en medio de aquel viento helado a una joven que llevaba pantalones y tiraba de un burro recalcitrante. En su lugar tuvo que dedicarse a interrogarla, a pesar de que ella no cooperaba demasiado. Tras obtener algunas breves respuestas sobre la localización exacta de su casa, S.T. se quedó unos pasos atrás y asestó al rezagado burro un ligero golpe con la vara que había obtenido tras deshojar la rama. El animal trotó algo más rápido.

– Dime una cosa, ¿cómo conseguiste encontrarme? -preguntó a Leigh.

– Te busqué -dijo ella por toda respuesta-. No eres tan difícil de reconocer como crees.

– Entonces, ¿comenzaste en el norte de Inglaterra y te dedicaste a ir por ahí describiéndome y preguntando por un sujeto con extrañas cejas?

– Todo el mundo sabe que huiste a Francia -replicó ella-. Comencé a preguntar por un hombre de ojos verdes y cabello de reflejos dorados en París.

– Que todo el mundo… -comenzó S.T. a decir, pero se interrumpió perplejo-. ¿Quieres decir que todo el mundo conoce mi vida?

– Solo eran chismorreos. Y en Francia no saben nada del Seigneur de Minuit, pero si te veían te conocían. Tienes un aspecto muy poco habitual, monsieur. Creo que te subestimas. Pregunté en todos los hôtels y auberges y mis pesquisas me condujeron a Lyon, y de allí a La Paire.

S.T. negó con la cabeza.

– Dios bendito, no deberías haber ido tú sola a esos lugares. ¿No te queda familia?

– Unos primos. Les escribí.

– ¿Y aprueban esta expedición tuya?

– Les dije que necesitaba un cambio de aires, y que me iba de viaje por el continente con una amiga de mi madre.

– Vaya -murmuró S.T. con amargura, antes de dar otro golpe al burro-. ¿Y cómo se llama? -preguntó-. El hombre que vamos a matar.

Leigh lo miró y, a continuación, aceleró el paso para igualar el paso rápido del animal.

– Chilton. El reverendo James Chilton.

S.T. la miró, sorprendido.

– Estás de broma.

Ella se limitó a seguir caminando.

– Un reverendo -dijo el otro poniendo los ojos en blanco-. Quieres asesinar a un reverendo.

Como única respuesta, el mistral siguió soplando. Estaba claro que a ella no le había hecho ninguna gracia, y que él era un zopenco sin tacto.

– No es un asesinato -dijo Leigh con un hilo de voz sibilante que estaba en perfecta consonancia con el viento-. Es justicia.

– Explícame por qué no puedes ir al juez a pedir justicia.

– Mi padre era el juez, y el señor Chilton ocupa su puesto ahora.

S.T. levantó la cabeza bruscamente para mirarla.

– ¿Y qué pasa con los demás magistrados? ¿Consienten que un asesino se convierta en uno de ellos?

– Los demás le tienen miedo.

– ¿Tan cobardes son?

– No -respondió Leigh al tiempo que negaba con la cabeza sin dejar de mirar al camino ante ella-. No son cobardes, pero están aterrorizados.

S.T. meditó esas palabras. Eran bastante elocuentes, ya que revelaban una diferencia sutil a la par que crucial. La señorita Leigh Strachan no era ninguna tonta.

– ¿De qué están aterrorizados?

– De lo que les pasó a mis hermanas -contestó ella-. Ellos también tienen hijas.

S.T. apoyó una mano en la grupa del burro y observó a Leigh. Seguía andando a grandes zancadas sin vacilar. El viento agitaba los mechones de pelo que se le habían escapado de la coleta y que le golpeaban el rostro.

– ¿Te da miedo preguntar? -dijo ella, que seguía sin mirarlo-. ¿Crees que no voy a soportar hablar de ello?

– Sunshine… -comenzó a decir S.T. con suavidad.

– No me llames así -dijo Leigh volviéndose hacia él y forzando al burro a que se detuviese de repente-. Te desprecio cuando me llamas así. Pregúntame qué les pasó a mis hermanas.

Intentó tocarla, pero ella retrocedió un paso; luego dio un respingo para evitar topar con la cabeza del burro.

– ¡Pregúntamelo! -gritó.

El viento se llevó sus palabras. Permaneció inmóvil mirando a S.T. mientras asía el cabestro del burro con fuerza.

– ¿Qué pasó? -dijo él en una voz baja e impersonal.

– Encontraron a Anna en la laguna de Watch Hill, que es donde suelen ir las parejas de enamorados. La habían estrangulado. Tenía el vestido abierto y subido hasta la cintura, como una ramera. -Lo miró sin pestañear-. Emily estuvo desaparecida toda la noche. Cuando volvió, no quiso hablar durante semanas, y después empezó a sentirse mal. Vino el médico y dijo que estaba esperando un hijo. A la mañana siguiente apareció muerta en el granero. Se había ahorcado.

Él apartó la vista y miró al suelo.

– Yo la encontré -prosiguió Leigh-, y me alegro de haberla encontrado, ¿entiendes?

S.T. acarició el áspero lomo del burro mientras observaba cómo el viento movía el pelo gris que tenía entre los dedos. A continuación, asintió. Leigh emitió un sonido, una única sílaba inarticulada de desdén; S.T. no logró saber si iba dirigida a él, a los recuerdos o a qué. Quizá no creía que realmente pudiera entenderla.

No había nada que pudiera decir, así que se limitó a dar un golpe al pequeño burro para que prosiguiera, e hizo un comentario intrascendente sobre el camino que todavía les quedaba por recorrer.

Sin preguntarle antes si quería, S.T. llevó agua a Leigh cuando pararon en el fondo de un precipicio de piedra caliza. El mistral rugía entre los arbustos que había sobre sus cabezas y arrancaba, flores silvestres que crecían en las grietas verticales de las alturas. Cuando S.T. se quitó el tricornio, el pelo golpeó su mejilla. Se arrodilló delante de ella, que estaba sentada en una roca, y le ofreció la copa.

– El viento te está quemando el rostro -dijo.

Ella lo miró con una expresión un tanto cínica.

– Da igual.

– ¿No prefieres taparte con un pañuelo?

Leigh se encogió de hombros y bebió. Él todavía ansiaba tocarla y recorrer con sus dedos la enrojecida piel, para aliviarla.

– ¿Estás cansada? -preguntó en su lugar-. Puedo llevar yo al burro si te agota mucho.

– No hace falta -contestó ella en un tono distante que indicó a S.T. que sabía muy bien en qué consistía ese juego y que no le iba a llevar a ninguna parte. Por tanto, decidió ser paciente. Sus propios motivos para lo que estaba haciendo eran un tanto confusos. Quería protegerla, consolarla, pero tampoco se trataba de un impulso del todo inocente. Quería por encima de todo abrazar su cuerpo.

Comieron en silencio.

– Debería terminar de contártelo todo -dijo Leigh de repente-, ya que veo que no te atreves a hacer más preguntas.

S.T. volvió a envolver con cuidado el pan que no se había comido dentro de la servilleta, que ató a continuación.

– Hay mucho tiempo para eso, si te apena recordarlo.

– No -dijo ella con suma frialdad-. Ya que insistes en tomar parte en esto, prefiero contártelo todo lo antes posible. Quizá así te replantees tu decisión.

Él la miró y negó con la cabeza. Leigh le devolvió la mirada durante un instante y después la apartó. Tenía las manos entrelazadas con fuerza sobre el regazo y se dedicó a seguir las evoluciones de un pajarito gris y negro que saltaba entre las oscilantes ramas de un arbusto que había junto al camino. S.T., por su parte, arrancó una brizna de hierba y masticó uno de sus extremos. Vio que ella se balanceaba con un débil movimiento hacia delante y hacia atrás como los arbustos al viento, mientras mantenía los codos muy pegados al cuerpo como si quisiera hacerse lo más pequeña posible.

– Cuéntamelo -dijo S.T. con suavidad cuando le pareció que Leigh no conseguía reunir las fuerzas para hablar-. ¿Por qué crees que hizo eso a tus hermanas?

– No, no fue él -dijo ella rápidamente-. Yo no he dicho que lo hiciera él.

– Entonces es que tiene cómplices.

Leigh echó la cabeza hacia atrás y contempló el cielo.

– ¿Cómplices? -Respiró hondo y expulsó el aire con fuerza-. Toda la ciudad es su cómplice. Lo único que tuvo que hacer fue subirse al púlpito y decir: «Es una pérdida, su carne es débil y ha intentado seducirme a mí, a un hombre de Dios». Eso fue la condena de la pobre Emily. Todos le creen. Y los que no lo hacen, no se atreven a hablar. Mi madre sí se atrevió, y ya ves qué pasó. -Agachó la cabeza y se miró las manos-. Nos usó como ejemplo, y encima lloró. -Una mueca de ironía se dibujó en su rostro-. Esa mala bestia lloró ante la tumba de mi hermana.

S.T. arrancó otro tallo e hizo un nudo con él.

– ¿Y qué pasa con quien la mató? ¿No quieres que se haga justicia?

Ella se mordió el labio. Su rostro estaba muy tenso.

– No sé quién la mató -dijo-, y me da igual. Quienesquiera que fuesen, no eran ellos cuando lo hicieron. -Vaciló un instante y lo miró-. Eso debe de parecerte raro.

S.T. frunció el ceño mientras anudaba lentamente la siguiente brizna a la cadena de hierba que estaba haciendo.

– Tenía un amigo en París -dijo-, mi mejor amigo de los de la escuela. -Con meticulosa precisión rajó un tallo y le anudó otro-. Un día íbamos todos juntos y encontramos a un pájaro herido en la calle. Era una paloma con un ala rota; se movía por el suelo con aspecto de estar desconcertada y dolorida. Yo iba a cogerla, pero el mayor de todos nosotros empezó a darle patadas. Todos se echaron a reír y comenzaron a darle patadas también, y a pisarle las alas para que las sacudiera. -Sus manos pararon-. Incluido mi mejor amigo -añadió mientras extendía la cadena.

Leigh levantó la cabeza y lo miró.

– ¿Y lo odiaste por ello?

– Me odié a mí mismo.

– Porque no dijiste nada.

S.T. asintió.

– Se habrían reído, y hasta puede que se hubieran vuelto contra mí. Me fui a casa y lloré en el regazo de mi madre. -Esbozó una ligera sonrisa-. Mi madre no era una gran erudita religiosa. Creo que tardó cuatro días en encontrar una Biblia, y otros tres para localizar la página que buscaba, pero al final la encontró. -Se colgó el aro de hierba verde de los dedos-. «Perdónalos, Padre, pues no saben lo que hacen.»

– Eso son solo palabras que no cambian nada -replicó ella con furia-. Mi padre siempre fue… -Se interrumpió con un escalofrío-. Pero eso no importa ahora. -Con un movimiento repentino se puso en pie-. Chilton llegó hace cuatro años y fundó una sociedad religiosa. Mi padre se había ordenado nada más salir de la universidad y era el párroco del lugar. Nunca había esperado heredar el título de conde de su familia pero, cuando lo hizo, continuó con su labor eclesiástica como si nada. No era una persona de carácter, era más bien tímido. Sus sermones dormían a todo el mundo, pero él disfrutaba escribiéndolos. Y entonces apareció Chilton en la vecindad y comenzó a celebrar reuniones evangélicas. También montó una escuela y un hogar para chicas pobres.

Se llevó una mano a la boca y comenzó a caminar. Sus delgadas y fuertes piernas salían y entraban del campo de visión de S.T. Era la primera noticia que tenía de que Leigh fuese hija de un conde. De forma intencionada no levantó la cabeza; la volvió para oír mejor, aunque fingía estar mirando una mata de lavanda silvestre que había más allá de ella.

– ¿A qué iglesia pertenece Chilton? -preguntó.

– La llama la Iglesia Libre. Ni siquiera sé si existe de verdad, pero lo dudo mucho. Nunca asistí a ningún servicio, pero creo que es todo invento suyo. Aseguraba que era igual que una sociedad metodista, pero hace años vino John Wesley a predicar a la ciudad y, según mi madre, lo de Chilton no tenía nada que ver. Aunque es cierto que, al igual que los metodistas, todos tienen que confesarse ante los demás, y después deciden juntos la penitencia que hay que imponer al pecador. -Se detuvo y miró directamente a S.T.-. Pero si alguien no se confiesa, le imponen un castigo de todos modos. Acoge a esas indigentes, les da cama y trabajo y les pide que no vayan con ningún hombre ni se casen. Dice que las mujeres no tienen alma, y que su única esperanza de volver a nacer como hombres es que se sometan a una autoridad superior en esta vida, igual que un caballo de tiro se somete a su amo. En mi pueblo hace casi dos años que no se celebra una boda. -Hizo una pausa. Tenía el rostro encendido-. A veces hay alguna cuando Chilton lo permite, una vez hechos todos los preparativos necesarios, para complacer a los hombres y para que las mujeres aprendan a obedecer.

– Sí, ya sé a qué te refieres -dijo S.T.

– Mi madre se enfrentó a él. Siempre había defendido la educación de las mujeres, y dijo que los puntos de vista de Chilton eran anticuados. Al principio se reía de él. Chilton fue a ver a mi padre en público para pedirle que la controlara y pusiese fin a esos «estudios malvados» que mi madre nos imponía a mis hermanas y a mí. -Leigh juntó las manos y se las llevó a la boca-. Nos enseñaba matemáticas, latín y física; eso es lo que Chilton consideraba tan malvado. También escribió panfletos en los que rebatía los sermones de mi padre. -Volvió a sentarse con un escalofrío en los hombros mientras se rodeaba el cuerpo con los brazos-. Comenzó a aparecer ante la puerta de casa con una multitud de sus seguidores para exigir que mi madre les entregase a sus hijas antes de que fuese demasiado tarde. No podíamos salir de casa libremente; nos convertimos en prisioneras en nuestro propio hogar. Mi padre… -se puso tensa y bajó la mirada- no hizo nada; tan solo rezó, nos hizo pequeños regalos y dijo que todo pasaría. Eso es lo que siempre hacía. Fue mi madre, quien siempre se encargó de verdad de nosotras, la que tomó cartas en el asunto. Era muy buena e inteligente. Todo el mundo la admiraba. Siempre sabía qué hacer dundo mi padre estaba en apuros.

S.T. observó cómo se mordía el labio inferior con furia, y se cogió ambas manos para contener el impulso de abrazarla y darle consuelo. Resultaba desgarradora la forma en que la voz de Leigh se mantenía fría y firme mientras su cuerpo se agitaba como si el viento se hubiese apoderado de él. Quería calmarla, facilitarle las cosas, pero no sabía cómo.

– ¿Qué hizo tu madre con respecto a Chilton? -preguntó en un tono bastante neutro.

– Hizo que lo arrestaran. Entonces no sabíamos… jamás habríamos sospechado… Verás, Chilton asustaba a mis hermanas, pero para mi madre y para mí solo era un ser perverso y molesto. Mi padre era el juez del lugar, cargo que siempre había sido de mi familia, pero era mi madre la que desempeñaba buena parte de las tareas por él. Llevaba las cuentas de los impuestos, estaba presente en las vistas y le escribía notas a mi padre sobre qué era mejor hacer. Todo el mundo sabía que lo aconsejaba y nadie ponía ninguna objeción. Mi madre envío al agente judicial a que arrestase a Chilton y la gente desapareció de delante de nuestra casa.

De pronto, bajó la mirada y comenzó a balancearse sin descanso con la cabeza apoyada en las rodillas y las manos rodeándolas.

– Mi padre… -dijo con un grito sordo-, mi padre nos dijo «¿veis?, ya está todo arreglado» y salió a la calle. Cuando estaba demasiado lejos para volver… lo apedrearon en plena calle. -Comenzó a respirar espasmódicamente mientras seguía inclinada sobre las rodillas-. Lo apedrearon desde las casas, y desde detrás de puertas y carros. Todos estaban en silencio, tanto que podíamos oír cómo les pedía que parasen, que por favor parasen. -Emitió un sonido inarticulado-. Mi madre salió. Nos dijo que nos quedásemos dentro, pero yo la acompañé. Mi padre ya estaba inconsciente, o tal vez muerto. A nosotras no nos lanzaron piedras, sino basura y cosas asquerosas. -Levantó la cabeza y miró al cielo-. Ay, papá, papá…

No lloraba, pero cada músculo de su cuerpo temblaba. S.T. hizo un ligero movimiento para alargar una mano y, entonces, ella se puso en pie de un salto.

– ¡No me toques! -gritó-. ¡Por favor, no me toques!

Se volvió y fue hasta el burro. Una vez allí, comenzó a abrochar y desabrochar frenéticamente las correas de la carga sin motivo alguno. S.T. permaneció donde estaba. Nemo se aproximó a él y se sentó a su lado descansando todo el peso sobre la columna de su amo; luego, le olisqueó la oreja y se la lamió.

– Después nadie quiso hacer nada -prosiguió Leigh con la mirada fija en la silla del burro-. Chilton dio un sermón en la calle sobre el precio del pecado. Mi madre ni siquiera pudo conseguir que se formara un tribunal que juzgara el asesinato de mi padre, porque ningún caballero se atrevió a presentar cargos contra Chilton. Dijeron que había sido una muchedumbre, que no se podía señalar a nadie como responsable directo, y que mi madre se estaba excediendo al exigir que hicieran más, como si ella misma fuese juez. Dijeron… -añadió al tiempo que se le contraía el rostro- que quizá el señor Chilton tenía razón, y las mujeres de nuestro condado debían aprender cuál era el lugar que les correspondía. -Lanzó un gruñido de furia y desesperación, y volvió a manipular las correas una y otra vez-. Mi madre escribió al gobernador, pero nunca recibió respuesta. Dudo que la carta llegara más allá de Hexham. Entonces Emily fue… castigada. Pero de nuevo no había pruebas que demostrasen que el instigador había sido Chilton. Sabe muy bien cómo asustar a la gente, y se las arregló para que nadie hablara. Mi madre creía que podría hacerlos entrar en razón, y fue a ver a todos los magistrados para intentar convencerlos de que actuasen contra Chilton. Entonces encontraron a Anna y la gente comenzó a mirarnos como si fuéramos portadoras de alguna plaga. Los criados se marcharon. El tribunal se reunió y dijo que había sido otro suicidio. Lo siguiente que supimos fue que el nombre de Chilton estaba en la lista para ser nombrado clérigo magistrado en sustitución de mi padre.

Levantó el rostro al viento y S.T. observó su bello perfil.

– Todo aquello ya fue demasiado para mi madre -prosiguió en voz baja-, ella no tenía fuerzas suficientes para poder hacer frente a todo. Me dijo que hiciera el equipaje porque nos íbamos a Londres a vivir con mi prima. Cerró la casa y enganchó ella misma los caballos al carruaje. Yo iba en el interior mientras ella conducía, ya que no teníamos ni cochero. -Se le quebró la voz al tiempo que miraba al cielo y las colinas-. La pobre ya no estaba en su sano juicio, y supongo que yo tampoco ya que no le habría dejado llevar el carruaje. No creo que hubiese manejado jamás un tiro de caballos. Se desbocaron antes de llegar al puente y mi madre salió despedida.

S.T. rodeó a Nemo con un brazo y acarició su espeso pelo.

– Así que ya ves, Seigneur -dijo ella con amargura-, si llegas a Inglaterra, donde se ofrece una recompensa por tu cabeza, y encima te enfrentas a Chilton, todo el mundo, desde la Corona hasta los parroquianos, irá a por ti. No será un único hombre el que intente destruirte.

S.T. se apoyó en Nemo para ponerse en pie. Una oscura sensación de euforia había comenzado a desarrollarse en él, un atisbo de riesgo y apuesta que aún estaba demasiado distante y difusa. El pequeño brillo del peligro avivaba la llama a la vez que su mente y sus emociones se agudizaban; se sentía como si volviese a vivir. Lo deseaba tanto… Era como si hubiese estado tres años dormido.

– Iré -dijo-. Haré lo que sea por ti.

Leigh lo miró con la guardia baja, como si sus palabras la hubiesen sorprendido, pero su rostro recobró al instante la actitud indiferente de siempre y una mueca irónica se dibujó en su boca.

– Te comerán vivo, monsieur.

– No podrán acercárseme tanto.

Ella le dedicó una de esas sonrisas suyas tan desquiciantes y recobró su fría compostura, rechazando todo lo que le ofrecía.

– Maldita sea -masculló S.T. Dio un paso con demasiada rapidez y, tras tropezar con Nemo, perdió el equilibrio y cayó de rodillas mientras el mundo comenzaba a girar turbio a su alrededor.

Leigh lo observó sin expresión alguna en el rostro.

– Ya estás advertido -dijo.

Nemo se mantuvo quieto a su lado tal como le había enseñado, y S.T. se agarró a él. Se sentía como si se descompusiera en pedazos, en una mezcla de orgullo, furia, vergüenza y deseo. El lobo le lamió la mano y se apoyó en su pierna. S.T. respiró profundamente y se incorporó.

– Iré -repitió con tozudez-, porque me necesitas y te amo.

Esas palabras tuvieron un claro efecto en él mismo. Al decirlas sus limitaciones se esfumaron y su viejo mundo volvió a abrirse, con toda la gloria, emoción y pasión de siempre. Quería volver a sentirse vivo y tentar a la fortuna por amor. Lo anhelaba tanto…

– Eres un idiota -dijo Leigh dándole la espalda.

Capítulo 8

El Seigneur comenzó a buscar un vehículo en la ciudad de Digne. Leigh lo observó mientras preguntaba en cada pueblo y cruce al que llegaban, pero siguieron caminando diez días más junto al burro, empujados por la helada furia del mistral, antes de que encontraran nada. Cuando lo hicieron se trataba tan solo de un viejo cabriolé de dos ruedas que descansaba en una calle polvorienta en la que hacía mucho calor después del repentino cese del viento del norte. Finalmente el mistral amainó con la misma brusquedad con que había comenzado; la atmósfera se despejó hasta alcanzar una claridad cristalina y los colores se avivaron hacia un azul intenso y un verde oscuro, mientras las casas de caliza refulgían blancas contra las sombras de aquella angosta calle. Durante esas últimas dos semanas se habían adentrado en el corazón de la Provenza, pasando de las cumbres alpinas a una tierra que por su aspecto bien podría haber sido España o Italia; una cálida tierra de olivos y árboles frutales que ardía bajo el despejado cielo.

Leigh se apoyó en una pared al sol y escuchó cómo el Seigneur regateaba por el carruaje. No podía seguir la rápida conversación, que se desarrollaba en francés y provenzal, pero notó que había una nota de enfado y desesperación en su voz mientras intentaba llevar a cabo el trueque. A ella no le quedaba más que esperar. La calle estaba desierta a excepción del burro, que aguardaba pacientemente con los ojos cerrados y cargado con el equipaje. La pared en la que Leigh estaba apoyada ascendía hasta alcanzar una gran altura y llegar a la joya del pueblo: un grandioso château en estado ruinoso que dominaba la pequeña población, la cual se amontonaba a sus lados. El cálido aire transportaba un aroma a lavanda que envolvía a Leigh, procedente de las plantas salvajes que crecían en los márgenes del camino y por toda la pared.

El dorado pelo del Seigneur relucía bajo el sol, del mismo modo que los brillantes muros contrastaban con las negras profundidades de las sombras. Al lado del taciturno y pequeño lugareño era un rayo de luz, un Apolo exasperado cuya voz resonaba fluida por la desierta calle.

Leigh se dio cuenta de que estaba pendiente de él, por lo que bajó la mirada y la dirigió a otra parte. Volvió a pensar que debería seguir andando y dejarlo allí, como había pensado mil veces desde que habían salido de La Paire. Él no podía serle de ayuda; ya no era el paladín que buscaba, así que lo mejor sería que continuara sola e hiciera lo que debía por sí misma.

Pero no lo hizo. Permaneció donde estaba, intranquila y malhumorada, sin encontrar ninguna lógica a sus actos pero, al mismo tiempo, sin moverse de allí.

S.T. y el hombre se pusieron en movimiento y aquel, mirando por encima del hombro, le dijo «espera ahí», orden con la que consiguió que Leigh lo mirase furiosa mientras se marchaba conversando con el vendedor. Sin embargo, así lo hizo; esperó junto al burro, ambos igualmente dóciles, parados en aquella calle como si estuviesen atados, del mismo modo que Nemo se había quedado, muy a pesar suyo, debajo de un arbusto a las afueras del pueblo. Estaban todos atrapados por alguna especie de magia inverosímil, una extraña inercia que solo se disiparía cuando él volviera con una palabra dulce y una caricia, con un puñado de forraje y un consuelo susurrado a la oreja del lobo. Para ella tendría esa sonrisa sesgada bajo sus cejas diabólicas.

Él abrazaba a los animales, rodeaba el cuello del burro con el brazo y le rascaba bajo la barbilla, jugaba con Nemo en el suelo y dormía con el lobo acurrucado a su espalda. Pero a ella nunca la tocaba. Leigh pensó que, si lo hiciese, sentiría como si un rayo la atravesara.

De pronto deseó que nunca volviese. Solo era un pobre idiota soñador, romántico y poco fiable.

Una vez S.T. hubo desaparecido por la esquina, Leigh se sentó apoyada en la pared y se sacó del bolsillo el librito que contenía las palabras en inglés que el marqués de Sade no entendía bien. Ella misma no estaba muy segura de algunas pero, de todos modos, en caso de que no hubiese entendido ni una sola frase del texto, las minuciosas ilustraciones que lo acompañaban le habrían dejado bien clara su temática.

Se preguntó con malicia si el Seigneur tendría ese aspecto desnudo. Era de suponer que todos los hombres tenían más o menos el mismo, aunque aquellas imágenes parecían un tanto exageradas. Las examinó con interés. Su madre habría dicho que cualquier conocimiento era valioso, incluso el que aportaba un libro como La obra maestra de Aristóteles. A Leigh le resultó mortificante descubrir lo poco que sabía del tema.

Fue pasando las páginas lentamente sin perder detalle. Algunas de las láminas le parecieron ridículas; otras la sorprendieron, y algunas aumentaron la sensación de intranquilidad que la embargaba, provocándole una molesta agitación mientras las estudiaba. Al contemplar aquellas ilustraciones eróticas, no pudo evitar pensar en el templo en ruinas de las montañas y en el Seigneur.

Solo había estado con un hombre antes que con él: un chico al que la excitación había vuelto muy torpe y que le había jurado amor eterno; el muchacho parecía mucho más joven que ella pese a que él tenía diecisiete años y Leigh dieciséis. Hasta intentó que se fugaran, pero ella se negó. Su breve romance terminó en cuanto Leigh quiso que así fuera.

Cuando su madre se enteró de lo que había hecho, fue un momento difícil. Todas sus explicaciones parecieron pobres excusas; todas sus grandes teorías sobre la necesidad de aprender se vinieron abajo ante la severa mirada de su progenitora. Su madre le dijo que ella sabía mucho más del tema, y que lo que ocurría entre un hombre y una mujer era algo sagrado, o al menos debería serlo, así que esperaba que Leigh respetase a sus padres y no se dedicara a buscar otras experiencias prácticas hasta que llegase el momento.

En ese momento, Leigh se sintió avergonzada, demasiado joven y tonta, porque había perdido algo que su madre consideraba muy valioso.

Ahora ya era mayor, y aquella vergüenza le parecía inocente al recordarla. Qué impura se había sentido, mancillada y condenada por un error de la adolescencia, además de disgustada y profundamente humillada tras ser obligada por su madre a recibir lecciones de la comadrona del lugar sobre cosas que no había llegado a entender bien.

Siempre había sido la más fuerte, la más responsable e inteligente, y era admirada por su gran talento al igual que lo era su madre. Había entregado su virginidad porque había querido hacerlo, porque sentía curiosidad, porque una parte de ella, en ocasiones, se rebelaba de forma un tanto voluble contra el estrecho margen de libertad que le imponían su educación, su vida y su condición social. A los dieciséis años no se había dado cuenta del riesgo que entrañaba tal experimento.

La comadrona le enseñó eso, junto a otras cosas que Leigh supuso que ni su madre sabía. Pero no se había olvidado de nada; llevaba en la bolsa las hojas y plantas en polvo que necesitaba para protegerse. Ya no era tan ingenua, y jamás consentiría estar a merced de un hombre como el Seigneur, que hacía promesas de amor con tanta facilidad e irradiaba una sensual lujuria en cada movimiento y mirada.

El pequeño burro levantó la cabeza y soltó un estentóreo rebuzno que despertó ecos por toda la calle. Cuando el escandaloso sonido se apagó, Leigh oyó el ruido de los cascos de un caballo que se acercaba lentamente. Guardó el libro con rapidez y se puso en pie. El Seigneur y el lugareño aparecieron por la esquina llevando un caballo ruano entre ambos. Leigh contempló con escepticismo aquella yegua escuálida. S.T. la miró y se encogió de hombros.

– No hay nada mejor -dijo.

– Tiene cataratas -señaló ella.

– Sí, lo sé -respondió él en el mismo tono irritado-, pero todavía le queda algo de vista.

– ¿Y el precio?

Él la miró con cara de pocos amigos.

– Cuatro luises por el carruaje y la yegua. Puedes intentar regatear tú misma si lo prefieres.

Leigh se volvió en otra dirección.

– No es asunto mío.

S.T. quedó en silencio durante unos instantes. A continuación, dijo algo en dialecto al lugareño. El hombrecillo llevó la yegua hasta el cabriolé y la enganchó a este.

S.T. llevaba las riendas. Tenía la mirada fija en el camino ante él, pues estaba decidido a no mostrar señal alguna del mareo que le provocaba viajar en aquel carruaje que no dejaba de balancearse. Leigh iba sentada a su lado, cogida a un lado del cabriolé para evitar los saltos y torciendo el gesto cada vez que el caballo ciego tropezaba. S.T. hacía como si no se diese cuenta.

Cruzaron el Ródano a la altura de Montélimar y atravesaron una tras otra las extrañas colinas de roca volcánica y negros promontorios de Ardèche. La yegua avanzaba a trompicones por un camino que a veces no era más que un sendero rocoso. Siempre que S.T. pudiera concentrarse e impedir que el vehículo lo zarandease, no tendría demasiados problemas para controlar el malestar. En más de una ocasión tuvo que bajarse y guiar al caballo por tramos muy agrestes. Para distraerse comenzó a adiestrar a la yegua mientras conducía el carruaje, para lo que llevaba ambas riendas en la mano izquierda entrelazadas en los dedos de manera que el menor tirón que diese enviara una señal al animal. Al mismo tiempo canturreaba en voz baja un sonido ascendente y descendente que precedía a las indicaciones de las riendas y le ayudaba a entenderlas mejor. La pequeña e invidente yegua era lista y, tras tomarse algún tiempo para aceptar el sonido y el olor del lobo que la seguía, comenzó a calmarse y a responder con bastante presteza a dichas indicaciones; así, giraba ligeramente a la izquierda en respuesta a un tono bajo, y a la derecha cuando se trataba de otro más alto. A menudo se movía antes de que S.T. tirara de la rienda. Este se alegró al comprobar que sus indicaciones parecían ayudar a la yegua a avanzar por el difícil camino. En lugar de tener que tirar de ella y desequilibrarla para evitar las rocas y obstáculos que iban surgiendo, con lo cual en ocasiones tropezaba cuando reaccionaba con demasiada lentitud, su voz actuaba como una indicación más sutil que provocaba una respuesta inmediata de la yegua y le permitía evitar los escollos antes de topar con ellos. Al cabo de media jornada, el animal ya avanzaba con arrojo sin apenas tropezar; llevaba continuamente las orejas echadas hacia atrás para captar mejor las señales. Cuando el camino se transformó en un tramo liso más ancho de reciente construcción, pudo comenzar a trotar sin complicaciones.

Nemo seguía al cabriolé con aspecto decidido y contento porque estaban cubriendo terreno. Era por el lobo por lo que S.T. había escogido ese camino secundario en vez de la transitada vía principal que pasaba por Lyon y Dijon. El recuerdo de las bestias devoradoras de hombres de Gévaudan, acusadas de matar a sesenta personas una década atrás, seguía muy vivo en toda Francia. Nemo nunca se dejaría ver por extraños si podía evitarlo, pero cuanto más solitarias fuesen las tierras que atravesaban, más fácil le sería encontrar cobijo. De todos modos, S.T. aún no se sentía con fuerzas para pensar en qué podría ocurrir si llevaba al lobo al corazón de la poblada Francia.

Al anochecer consideró que habían recorrido casi tres veces la distancia que habrían hecho a pie. Le dolía la espalda por la tensión de ir sentado haciendo fuerza para contrarrestar el movimiento del carruaje, así como la cabeza. Justo a las afueras de Aubenas detuvo el cabriolé y miró a Leigh. La noche era muy fría.

– ¿Te gustaría que te sirvieran la cena en una mesa como Dios manda? -le preguntó.

Ella levantó las cejas en señal de sorpresa.

– Qué idea más original -replicó.

S.T. bajó del carruaje y llamó a Nemo. El lobo apareció jadeando tras haber realizado alguna batida por los alrededores; después de saltar sobre un macizo de retama, saludó a su amo con fervor. Este lo llevó hasta unos pinos que había en un margen de la carretera y buscó hasta encontrar un tronco caído que parecía adecuado. Se arrodilló y, con agujas de pinos y tierra, formó un lecho para el lobo, que, tras hacer una serie de círculos y dar golpes con la pezuña, finalmente se tumbó satisfecho y se tapó la nariz con la cola mientras miraba a S.T. Él le hizo la señal de que no se moviese de allí. Nemo levantó la cabeza. Su amo se marchó sabiendo que el animal lo seguía con la mirada pero sin apartarse de su improvisado refugio. No estaba totalmente seguro de que Nemo permaneciera allí hasta que regresase a por él, pero esperaba que el entrenamiento sirviera de algo, a menos que apareciese otra distracción irresistible como la manada que había conseguido que Nemo se alejase de Col du Noir.

Volvió al carruaje sacudiéndose el polvo de las mangas. Una vez dentro del vehículo, respiró profundamente para intentar frenar la extraña sensación que se apoderó de él en cuanto el cabriolé se puso en movimiento. Leigh lo miró de reojo.

– ¿Cómo te encuentras? -le preguntó.

No tenía intención de admitirlo ante ella. Ni pensarlo. En su lugar, forzó una amplia sonrisa.

– Hambriento. Seguro que hay alguna posada en Aubenas.

Leigh lo miró atentamente. Él se limitó a volver a adoptar una expresión seria y seguir conduciendo.

Como todas las posadas francesas, la Cheval Blank era oscura y sucia, pero les prepararon una mesa bastante decente. Fue Leigh quien pidió la cena: soupe maigre, carpa y perdiz asada, todo acompañado de lechuga, cardo, pan de trigo y mantequilla. S.T. pudo comprobar que, tras semanas alimentándose tan solo de pan moreno y queso, a la joven le resultaba muy agradable aquella comida.

Pero él no estaba tan contento. El mareo no acababa de desaparecer. Permaneció todo el rato sentado muy quieto, y tan solo comió la sopa y el postre, compuesto de galletas y manzana, junto con algo de vino. Ni siquiera consideró que valiese la pena quejarse por la cuenta de diecinueve libras -una cantidad desmedida que equivalía a todo lo que se habían gastado en comida desde que habían salido de La Paire – que tuvo que pagar. Lo hizo sin decir palabra y se bebió el café mientras miraba por la ventana a la oscuridad.

– ¿Te encuentras bien? -le preguntó Leigh de pronto.

La miró durante un instante y apartó la vista.

– Sí.

– Quizá deberíamos pasar aquí la noche.

– Como quieras -contestó él con indiferencia.

– Desde luego prefiero una cama a echarme en el suelo. ¿Estaba bueno el vino?

S.T. volvió a mirarla, esta vez con más atención y una ceja un poco arqueada.

– Bastante bueno, gracias.

– ¿Tendrán aquí un tablero de ajedrez?

– ¿Tablero de ajedrez? -repitió él mientras se echaba hacia atrás-. Parece que estás volviendo a una actitud más amigable.

Leigh apartó la mirada al instante.

– Solo ha sido una idea que se me ha pasado por la cabeza.

S.T. se volvió y dijo algo al posadero. La variante dialectal de aquella zona hizo que tuviese algunos problemas para hacerse entender pero, tras numerosas preguntas y respuestas en las que recurrieron al francés, a los movimientos de manos y a constantes repeticiones de «Échiquier, monsieur? Mais oui, échiquier!», finalmente apareció ante ellos un tablero muy ajado. Mientras hablaba con el posadero, S.T. comenzó a sentirse mejor. Cuando volvió a sentarse con la caja que contenía las piezas y una vela, miró a Leigh con una sonrisa.

– ¿Con qué quieres darme una paliza, con las blancas o con las negras? -le preguntó levantando ambos puños.

Tras dudar un instante, ella eligió la mano izquierda. S.T. abrió el puño, que ocultaba un peón negro.

– Qué siniestro -comentó-. Creo que ya voy ganando incluso antes de empezar.

– Un caballero dejaría que yo abriese el juego… -comenzó a decir Leigh, pero se interrumpió antes de terminar.

– ¿Un principiante? -dijo él con supuesta inocencia, a sabiendas de que su acompañante había estado a punto de usar su condición de dama como prerrogativa.

– La persona más joven -corrigió ella.

– Creo que no soy tan vetusto.

– Pero eres mucho mayor que yo.

– Tengo treinta y tres años, lo cual no me hace coetáneo de Noé -dijo él mientras colocaba un caballo blanco en su casilla-. Ahora, por decir esa insolencia, me temo que voy a tener que darte tu merecido. -Cogió las demás piezas y comenzó a ponerlas en su lugar-. Por cierto, no debes preocuparte por si alguien entiende el inglés aquí. Ni siquiera entienden bien el francés.

S.T. hizo la jugada inicial moviendo el peón de la reina. Leigh se concentró intensamente en el tablero. No tardó mucho tiempo en darse cuenta de que había retado a un jugador experimentado, pero los movimientos que hacía S.T. eran tan incomprensibles que le resultó muy difícil juzgar su auténtica destreza. El resto de la posada se fue oscureciendo y vaciando mientras jugaban; solo su vela arrojaba un halo de luz sobre la mesa, haciendo que las sombras de las piezas se alargasen sobre el tablero. El Seigneur se reclinaba en la silla entre cada movimiento con las manos juntas sobre el chaleco y una expresión serena. Conforme fue avanzando la partida, Leigh se dio cuenta de que estaban bastante igualados como jugadores. Cuando la estudiada estrategia de ella se fue haciendo más patente, el juego de S.T. comenzó a ser más rápido e incluso caprichoso, lo cual parecía indicar con toda seguridad que no las tenía todas consigo. Leigh prosiguió con su táctica hasta que lo acorraló.

– Jaque -dijo ella.

S.T. se echó hacia delante y se apoyó sobre una mano.

– Jaque mate -murmuró al tiempo que movía un alfil. Leigh se hundió en la silla-. Los vejestorios tenemos que aprovechar todas las victorias que se pongan a nuestro alcance -añadió a modo de disculpa. Leigh no dijo nada, tan solo se mordió el labio, contrariada. S.T. la miró, todavía con la mejilla apoyada en la mano, y sonrió-. Solo te falta algo más de práctica, Sunshine. Y ser un poco menos previsible.

Leigh lo miró a los ojos. De pronto, como una repentina llama que se encendiera, sintió la intensa presencia física de él; su cuerpo relajado en la silla con el brazo descansando distendido sobre la mesa, mientras la luz de la vela enfatizaba la curvatura ascendente de sus cejas y salpicaba sus pestañas de dorado. Tras la intensa concentración en la partida, aquella mirada íntima la cogió por sorpresa, y durante unos momentos pareció recorrer sus venas con arrobado frenesí. Se sintió extrañamente frágil y vulnerable y supo lo distinto que podría haber sido todo en otro tiempo y en otro lugar: él se habría vuelto y la habría cautivado con una mirada desde el otro extremo de un alegre salón de baile; le habría mandado una invitación silenciosa a través del lujo y refinamiento de la estancia que habría significado una tentación a dejarse llevar y entregarse a él.

Era un mundo prohibido de loca pasión y romance en el que cabalgaría a medianoche con ese señor fugitivo de la justicia y absorbería toda la vitalidad que él rebosaba. Leigh habría aceptado la invitación gustosa. Solo pensarlo se le hizo un nudo de anhelo en la garganta. Deseó que él hubiese aparecido mucho antes en su vida, cuando aún podía sentir.

Mientras, S.T. seguía sentado en silencio. Su leve sonrisa la había atravesado, la había herido con su ternura, como una dulce nota que vibrase en el silencio de la noche provocando una alegría demasiado intensa para que el corazón la soportase. Aquello la aterrorizó. Se sintió como si estuviese al borde de un precipicio que se desmoronara, y supo lo fácil que sería dejarse caer por él. Contrariada, se sentó más erguida en la silla y adoptó una mueca de sorna.

– ¿Y qué quiere monsieur como premio? -preguntó.

S.T. tardó en entenderla. Había estado contemplándola hundida en la silla mientras sonreía por la expresión de pena que había puesto tras haber perdido. Al parecer la pequeña tigresa, agazapada sobre el tablero con su férrea mirada y su encantador ceño, había llegado a creer que iba a ganarle. En un principio le habría respondido que quería un beso, y casi estuvo a punto de hacerlo, pero la mueca fría y desdeñosa de los labios de Leigh tras hacerle la pregunta tuvo un abrupto y brutal efecto en él. Sintió que estaba siendo manipulado y despreciado de nuevo, que Leigh estaba utilizando y pervirtiendo deliberadamente lo que sentía por ella, para convertirlo en una mera transacción mercantil, en una profanación y un ataque deliberado contra su cuerpo. A S.T. se le torció el gesto.

– Nada -contestó al fin mientras se levantaba bruscamente de la mesa-. Pide una habitación -dijo en voz baja y hostil-. Yo dormiré fuera.

Leigh observó cómo se agarraba al marco de la puerta para no perder el equilibrio antes de cerrarla de un portazo tras él. Agachó la cabeza y miró fijamente la mesa casi sin poder respirar. No tenía más remedio que dejar que jugara con ella, que coqueteara e intentara conquistarla, que la utilizase como a una prostituta. Cualquier cosa con tal de que no volviese a mirarla con aquella expresión de ternura. Eso era algo que ella no se podía permitir en esos momentos; aún no podía, y tal vez no podría nunca.

La yegua descansaba tranquilamente en el establo con la nariz metida en el abrevadero vacío. S.T. le acarició las orejas a la luz de una lámpara de sebo mientras apoyaba un hombro en la pared. El animal asintió con suavidad al notar el contacto y relinchó. S.T. le pasó una mano sobre los ojos nublados para ver si parpadeaba. Parecía que todavía podía ver algo, pero en un par de meses las cataratas la cegarían por completo. S.T. recorrió su cuello con la mano.

– ¿Qué va a ser de ti, chérie? -preguntó con dulzura-. ¿Quién va a querer una yegua ciega? -Le acarició el lomo-. ¿Y quién va a querer a la triste reliquia de un bandolero? Ella no, desde luego. -Se apoyó en la yegua y le rodeó el cuello con un brazo-. Es todo muy complicado. Yo quiero servirla, pero lo único que hace ella es escupirme a la cara, porque no cree en mí.

Frunció el ceño mientras seguía acariciando el descuidado pelo del animal, que se frotó la barbilla contra el borde del abrevadero.

– ¿Y qué puedo hacer? -murmuró-. ¿Le demuestro que aún sirvo para algo?

Puso muy despacio las manos sobre el lomo de la yegua y, con un rápido movimiento, se impulsó hacia arriba y le pasó una pierna por encima; tuvo que agarrarse a la crin en cuanto todo empezó a darle vueltas. Casi se cayó por el otro lado. Durante un largo instante se mantuvo aferrado al cuello del animal como un niño que monta en su primer poni, con el rostro hundido en la larga crin. La yegua se quedó quieta tras abrir más las cuatro patas para contrarrestar la extraña postura de S.T., el cual fue incorporándose lentamente.

– Estoy hecho todo un cavalier, ¿verdad? -musitó-. ¿Y qué sabéis vos de la alta escuela, madame? ¿Podéis hacer una courbette, o una capriole?

Le acarició el cuello y sonrió con amargura imaginándose a esa pobre y torpe yegua levantándose de pronto sobre sus patas traseras como si fuese a saltar por el aire haciendo la courbette o, más absurdo aún, ejecutando una capriole, para la que tendría también que saltar hacia delante al tiempo que echara las patas traseras hacia atrás, en el que era el ejercicio ecuestre más espectacular y difícil.

– Ojalá hubieses podido ver a mi Charon antes de quedarte ciega -le dijo-. Te habrías enamorado, pequeña campesina. Era todo un corcel, hermoso y negro como la brea. El gran favorito de las damas. -Se inclinó hacia delante y le dio unas palmadas a ambos lados-. Lo echo mucho de menos. Dios mío, fíjate en qué me he convertido, Charon, amigo mío. Creo que he vivido demasiado tiempo.

A modo de experimento, apretó la pierna contra el costado izquierdo de la yegua. Esta no reaccionó y siguió buscando algún resto de trigo en el comedero.

– Menuda ignorante estás hecha, chérie -dijo mientras le daba un tirón en la parte inferior de la crin-. Aunque la verdad es que hoy has llegado hasta aquí bastante bien, así que voy a tener que enseñarte algo más. A ver, ¿qué debería saber una yegua ciega? Quizá te gustaría aprender a hacer una reverencia como es debido. Sí, ¿qué te parece si cultivamos tus modales para que seas digna de inclinarte ante el rey?

El animal soltó un relincho contra la caja de madera.

– Mais oui.

S.T. se cogió al cuello de la yegua y desmontó con cuidado. Tras soltar la cuerda, sacó al animal del cubículo en el que estaba metido para empezar la primera clase. Cuando terminó, la lámpara se había apagado hacía tiempo; habían trabajado a ciegas. Consideró que era una situación bastante apropiada, porque así podía realmente darse cuenta del mundo en que vivía la yegua. El pobre animal ya había tenido una dura jornada de trabajo, así que no intentó enseñarle toda la pirueta en una única sesión, sino que se limitó a que aprendiese la señal para mover la pata delantera. A continuación, le dio algo más de trigo y volvió a atarlo en su cobertizo.

Durmió en el patio, sentado en el cabriolé con la capota de cuero echada para guarecerse del rocío. Cuando ya estaba bien avanzada la noche, el carruaje comenzó a traquetear y a balancearse con gran agitación. S.T. se despertó y descubrió a Nemo intentando subirse a su regazo. Gruñó y cambió de postura mientras el lobo se dejaba caer sobre sus piernas, tras lo cual le lamió la barbilla, suspiró y se acomodó; su cola y una pata quedaron colgando del concurrido asiento.

Justo al amanecer, el lobo se despertó de repente y se puso en pie, clavando las garras en el estómago de S.T. Este se quejó aún medio dormido y le dio un empujón, pero Nemo ya estaba saltando a tierra. Un grito de mujer interrumpió la tranquilidad matutina. S.T. se despertó sobresaltado y, lanzándose hacia delante, se cogió a la parte delantera del cabriolé y saltó de él. A la tenue luz del alba vio a una chica descalza de ojos negros en la puerta del establo que gritaba en dialecto: «¡Un lobo! ¡Padre, ayudadme, venid, por favor! ¡Un lobo, padre!». S.T. la sujetó de los hombros.

– Tranquila, no pasa nada. Tranquila, estás a salvo -le susurró al oído.

– ¡He visto un lobo! -gimoteó la joven abrazándose a él-. ¡He visto un lobo aquí en el patio!

– No, no, tontita -dijo S.T. mientras la acunaba entre sus brazos-. Solo son imaginaciones tuyas. La bête noire, oui? Solo ha sido tu imaginación.

Se oyó un tumulto procedente de la casa; por la parte trasera apareció el posadero a toda velocidad, seguido por una mujer gorda que blandía una escoba.

– C'est bien -les dijo S.T., que todavía sujetaba a la joven-. Solo ha sido un susto.

Ella se apartó un poco de él.

– ¡Lo he visto! -exclamó-. ¡He visto un lobo, padre!

S.T. le dio unos golpecitos en el gorro y un beso en la frente para tranquilizarla.

– No había ningún lobo, te lo aseguro. Me he levantado temprano para ocuparme de mi caballo y no he visto nada. -Levantó la cabeza y miró al padre de la desconsolada joven-. La pobrecilla es un poco lenta, ¿no?

El posadero se relajó y contempló a S.T. y a su hija; al parecer no le disgustaba que él tuviera un brazo alrededor de la cintura de la joven.

– Lenta, sí -asintió bruscamente-. Deja de molestar al señor, Angele.

La mujer gorda empezó a hablar en dialecto, llamó a Angele fresca y vaga y señaló con la escoba hacia el granero. S.T. dio un apretón a la joven, que seguía aferrada a él, para infundirle ánimos, así como una palmadita bajo la barbilla.

– Vamos, ve a hacer tus tareas -le dijo-. Te prometo que no hay ningún lobo.

La chica se soltó de él de mala gana. Sus padres volvieron a la parte trasera de la casa, pero Angele permaneció allí, con la cola de la levita de S.T. en la mano y los ojos como platos.

– ¡Lo he visto, monsieur! -insistió-. ¡He visto un lobo enorme junto a vuestra calesa!

– Que no, te equivocas…

– ¡Que sí! -gritó ella-. ¡Sí que lo he visto, monsieur!

– No seas tonta y olvídate ya de eso -dijo S.T. Para conseguir que se le pasara el susto de una vez por todas, la atrajo más hacia sí, le levantó la barbilla y la besó en la boca. Angele se puso rígida y, al cabo de un momento, se relajó, al parecer dispuesta a olvidar el incidente ante las nuevas circunstancias. S.T. levantó la cabeza y ella lo miró.

– Monsieur… -susurró.

– Ojalá pudiera quedarme un día más -dijo él para complacerla.

La chica agachó la cabeza y S.T. la dejó ir. Ella lo miró a través de sus negras pestañas con la punta de la lengua asomando entre los dientes, soltó una risita nerviosa y se metió corriendo en el establo. S.T. la observó hasta que estuvo dentro y, a continuación, se dirigió hacia la posada. Leigh estaba en la puerta, apoyada en el marco.

Merde, pensó S.T. al verla. Se detuvo y esbozó una sonrisa.

– No había ningún lobo -dijo.

– Ya. Solo uno de dos patas -replicó ella dándole la espalda.

Capítulo 9

Una semana después de que dejaran Aubenas, y mientras atravesaban las sombrías llanuras de Sologne, Leigh iba sentada en el cabriolé muy pegada al Seigneur. Se veían obligados a mantener semejante proximidad porque llevaban el equipaje en el interior del vehículo en lugar de atado en el portaequipajes de detrás como al principio. Tras el susto de la posada, S.T. se había rendido a la evidencia y había mandado hacer una jaula para Nemo. Así, el lobo viajaba ahora entre barrotes en el lugar destinado para el equipaje.

La yegua ciega soportaba la carga suplementaria con estoicismo. El despejado invierno del sur había quedado atrás y había dado paso a gran cantidad de nubes bajas. Había comenzado a llover, y la capota del cabriolé tan solo ofrecía una exigua protección.

Leigh llevaba el carruaje buena parte del tiempo; lo guiaba utilizando las órdenes orales que el Seigneur había enseñado al animal y confiando en su cada vez mayor fe en la firmeza de la yegua. S.T. dormía siempre que no estaba al mando de las riendas; Leigh pensó que debía de estar agotado después de yacer con la camarera que le había parecido tan encantadora y dicharachera la noche anterior mientras cenaban en Bourges.

En ocasiones, entre los saltos y balanceos, el cuerpo de él caía sobre el de Leigh y su cabeza terminaba descansando sobre el hombro de ella. En ocasiones, dejaba que siguiese ahí y le echase su cálido aliento al cuello, mientras mantenía la mirada fija en la fría llovizna y escuchaba los crujidos del carruaje y los rítmicos chapoteos de los cascos de la yegua.

Cayó en una ensoñación e imaginó que viajaban a algún lugar desconocido, a un hogar que nunca había visto en el que la esperaba su familia. Era Nochevieja, y todos estaban reunidos, tomando cerveza especiada caliente, pastelillos de frutos secos y budín de ciruelas, mientras las campanas repicaban por todo el cielo de medianoche. Su padre murmuraba los pasajes más importantes del sermón de Año Nuevo para no olvidarlos, y su madre le recordaba la palabra adecuada cada vez que él se olvidaba. Mientras, repartía carracas y pedía a todos que dejasen sus respectivos juegos cuando el reloj diese la hora y se preparasen para recibir al primer visitante que cruzara su umbral tras comenzar el nuevo año. Y esa primera persona que llevaría consigo suerte para el año entrante a ese hogar sería el Seigneur, atractivo, varonil y soltero, con su buena planta y su peculiar color de pelo; nadie podría desear mejores auspicios. Y seguro que la naturaleza no sería tan cruel como para darle pies planos, ya que, según la inamovible superstición, ese defecto significaba mala suerte para el nuevo año. De pronto, Leigh se dio cuenta de que le estaba mirando los pies, ocultos en el interior de sus gastadas botas altas.

Eso la hizo volver a la realidad. Frunció el ceño y miró hacia delante. Después de todos los meses que habían pasado, todavía la trastornaba pensar en su familia; todavía era incapaz de aceptar que ya no estaban. De pronto tuvo ganas de levantar la cabeza hacia las cargadas nubes y gritar que no era cierto, que no podía ser verdad, que no lo aceptaba. Tanta vida y tanto amor no podían desaparecer así de repente como si nunca hubiesen existido. Tenían que estar vivos y felices esperándola en algún lugar.

El Seigneur apoyó la cabeza en su hombro.

– Qu'est-ce que c'est? -murmuró en sueños.

Leigh lo empujó al tiempo que parpadeaba repetidamente para contener las lágrimas.

– Quita -le dijo con brusquedad.

S.T. levantó la cabeza y contempló el paisaje sin incorporarse de la posición en que estaba.

– ¿Hemos pasado La Loge ya? -preguntó.

– No -contestó Leigh. Las lágrimas amenazaban con brotar. No podía mirar a S.T., que volvió a acomodarse con la mejilla apoyada en ella.

– Entonces prefiero seguir como estoy -murmuró somnoliento.

– ¡Que te muevas! -gritó Leigh mientras volvía a empujarlo con más fuerza-. ¡Apártate! ¡No me toques!

S.T. se apartó como pudo. Su mirada dormida y confusa enfureció aún más a Leigh, que volvió la cabeza hacia otro lado.

– Es hora de comer -dijo ella en tono hosco a modo de excusa. Él se frotó los ojos.

– Eh bien -contestó en voz baja y tranquila-. Detente debajo de ese castaño.

Leigh dirigió la yegua hasta el árbol, cuyas hojas amarillentas y grandes ramas proporcionaban algo de cobijo frente a la helada llovizna. S.T. se levantó del asiento y tras bajar de la calesa dejó una sensación de frío allí donde su cuerpo había estado en contacto con el de ella. Fue junto a la yegua.

– ¿Tienes hambre? -preguntó al animal, que levantó el hocico y asintió en perfecta imitación de una respuesta afirmativa.

Sorprendida, Leigh miró alternativamente a ambos. S.T. dio a la yegua unas palmaditas en el cuello sin mirar a la joven. Ella frunció el ceño y, al cabo de un instante, bajó del cabriolé. Luego se estiró y, dando la espalda a S.T., comenzó a coger provisiones de la bolsa.

Tenían bien organizada la rutina de cada mediodía. Después de cubrir a la yegua con una manta, S.T. fue a la parte trasera del cabriolé a sacar al impaciente Nemo. Una vez libre, el lobo realizó una alegre danza y corrió por el camino, levantando agua de los charcos. Volvió a toda velocidad al oír el silbido de su amo y comenzó a dar saltos en el aire cada vez que él levantaba el brazo. El lobo caía a tierra con un chapoteo y giraba rápidamente sobre sí mismo para volver a saltar.

Sin poder evitarlo, Leigh los observó mientras se alejaban por el camino jugando a atrapar castañas. Daba gusto ver cómo el lobo se precipitaba por el aire en busca de los objetivos con la boca abierta, enseñando sus largos colmillos, hasta cogerlos con un chasquido que Leigh podía oír pese a la distancia. Varias veces el Seigneur hizo un movimiento con la mano y Nemo se tumbó en el suelo. Entonces ambos se miraban durante un rato; luego, S.T. volvía la cabeza a izquierda o derecha y el lobo salía corriendo en esa dirección. En una ocasión en que Nemo desapareció entre unos arbustos, el Seigneur comenzó a caminar despreocupado por el camino hasta que el lobo emergió de su escondite y, ante las melodramáticas muestras de sorpresa de su amigo, gimió y retozó encantado.

Leigh se apoyó en la calesa. Miró con ojos borrosos la estera de hojas amarillas secas que había a sus pies. Se enjugó los ojos enfadada y buscó las medicinas dentro de su bolsa, de la que sacó un vial de colirio que había preparado con unos polvos de lapis calaminarius, agua de rosas y vino blanco. Fue junto a la yegua y, tras retirarle las anteojeras, le aplicó dos gotas con una cánula en cada ojo. Cuando vio que el Seigneur, que estaba a bastante distancia en el camino, se volvía hacia ella, recogió todo rápidamente y se dispuso a guardarlo.

Un extremo de su cuaderno de bosquejos sobresalía de su bolsa. Mientras ataba la bolsa de medicinas, Leigh observó la gastada tapa. A continuación, volvió a mirar a Nemo, que seguía saltando lleno de alegría y agitando su espesa capa de pelo mientras su amo le lanzaba castañas.

Leigh pasó los dedos por el cuaderno y se mordió el labio hasta que, de pronto, cogió la libreta. S.T. siempre llevaba consigo carboncillo y lápices para los pequeños dibujos de casas, árboles y ancianas campesinas que iba haciendo conforme avanzaban y que nunca se molestaba en terminar. Leigh se sentó en el reposapiés de la calesa y, tras abrir el cuaderno, pasó rápidamente las acuarelas hasta llegar a las páginas en blanco del final. Tenía el cabo de un lápiz entre los dedos.

Miró fijamente la hoja, de color blanco sucio. Había en ella un antiguo manchurrón, la marca de su propio pulgar que había dejado en alguna ocasión en que la había conmovido determinada escena. No recordaba de qué se trataba; tal vez un cumpleaños, o alguna tarde mientras tomaban el té. Cualquiera de las pequeñas cosas y momentos que dibujaba cuando quería perpetuarlos para el futuro.

Alzó el lápiz y apoyó la punta sobre el papel. Pensó durante unos instantes en el lobo, en su contorno, en el sombreado que sería más adecuado. Pero nunca le salía bien, porque no era más que una aficionada… Juntó los labios, que le temblaban, y, de pronto, agarró el lápiz con el puño y lo restregó sobre el papel con movimientos muy violentos. Apretó los dientes a la vez que presionaba cada vez más la punta del lápiz sobre la hoja; el resultado fue un negro manchurrón que no representaba nada. Su mano parecía tener voluntad propia, y no dibujaba, sino que atacaba, apaleaba y violaba aquella página en blanco, rasgándola a grandes tajos. Leigh oyó su respiración agitada; sollozaba mientras seguía inclinada sobre el cuaderno y contemplaba a través de sus llorosos ojos su extraña obra. No se detuvo hasta que hubo desgarrado la página en feos jirones que colgaban de las tapas como harapos. Entonces miró el lápiz y sus manchadas manos y, tras ponerse en pie, lanzó el cuaderno lo más lejos que pudo.

Se volvió y se apoyó en el arañado y gastado lateral de la calesa jadeando como si hubiese estado corriendo, o como si hubiese escalado y gateado hasta llegar a la cima de una montaña. Juntó las manos y se las llevó a la boca mientras todo su cuerpo temblaba. Aspiró en repetidas ocasiones hasta que comenzó a respirar con mayor normalidad. La fuerza que se había apoderado de todos sus músculos la abandonó, y pudo volver a moverse y pensar. Cerró los ojos durante un largo instante hasta que oyó de pronto los jadeos del lobo, que pasaba a cierta distancia de ella, los abrió y levantó la cabeza para localizar a S.T. Quería darse la vuelta y echar a andar, pero esperó sin moverse mientras él llegaba a un charco del camino, en cuyas aguas embarradas yacía la mitad del cuaderno.

S.T. no la miró. Tras limpiar un poco por encima las pegadas hojas mojadas, fue separándolas y secándolas con la manga de la levita. El listado de los fugitivos en el que figuraba su nombre estaba tirado a unos metros; también lo secó, además de cortar con mucho cuidado las partes hechas jirones con la ayuda de su estilete. Después juntó todos los pedazos deteriorados y los tiró al charco. Luego fue a la calesa y metió el cuaderno en su propia bolsa, donde lo guardó con mucho cuidado entre sus camisas; utilizó algunos de sus faldones para separar las páginas más húmedas. Finalmente, cerró la bolsa.

Seguía sin mirar a Leigh, y sin decir nada. Si lo hubiera hecho, ella se habría roto en mil pedazos a causa de la angustia. Pero no dijo nada, gracias a lo cual ella pudo contenerse.

Tampoco hablaron mientras comieron; lo hacían casi todo sin cruzar palabra. Leigh estaba sentada en la calesa, mientras que él se había apoyado en el castaño con Nemo a sus pies. Hacía trío y estaba todo muy tranquilo, ya que no había ningún tráfico en el camino. El lobo apoyó la cabeza sobre sus húmedas pezuñas y dormitó.

Cuando S.T. terminó de comer, fue junto a la yegua y le quitó el saco de comida que le colgaba del hocico.

– ¿Ha sido la comida de madame de su agrado? -preguntó al animal, que asintió con la cabeza de forma exagerada.

– Se lo has enseñado a hacer -dijo Leigh en tono cortante para que él no creyese que semejante truco infantil la había sorprendido. La yegua volvió a asentir-. Pero no acabo de entender cómo lo has hecho -añadió ella.

S.T. acarició la frente del animal.

– Bah, en cuanto me enteré de que hablaba inglés, fue muy fácil entablar conversación.

– Muy gracioso -dijo Leigh con sarcasmo.

El Seigneur sonrió ligeramente.

– Me alegro de que te haya gustado -dijo mientras doblaba la manta.

Tardaron cinco agotadores días más en llegar a Ruán, donde se hospedaron en la Pomme du Pin. Esa noche Leigh fue con sigilo al establo antes de retirarse a su habitación. Llevaba su equipo médico para echar más gotas a los ojos de la yegua, por más que, tras quince días, dudaba que el tratamiento estuviese haciendo efecto. Nunca había llegado a creer que lo hiciera, pero tampoco quería pensar en lo que sería de aquella pobre y fiel criatura cuando llegaran a la costa.

Era un poco más tarde de la hora en que solía hacer esa visita nocturna. Por lo general esperaba a que el Seigneur partiera en busca de cualquier muchacha con la que entretenerse esa noche. Entonces desaparecía al terminar de cenar el breve tiempo que tardaba en administrar las gotas y, a continuación, subía directamente a su habitación. Pero, esa noche, tras cenar en la mesa común, el hijo de doce años de un matrimonio inglés que también se alojaba en la posada había propuesto a Leigh jugar una partida de ajedrez. S.T. había tenido la bondad de asegurar al chico que ella era muy buena jugando, y había propuesto una extravagante apuesta: una bolsa de bombones contra su tarro de cerezas en almíbar de Orleans. Al final, Leigh perdió, pero al menos esa vez lo había hecho a propósito. Después, de eso hacía ya un rato, el Seigneur desapareció como era su costumbre en busca de diversión.

Leigh cogió una lámpara de la posada, pero vio que, por una grieta de la puerta del establo, salía una rendija de luz que caía sobre los adoquines. Sobre los tejados de las casas, las asimétricas torres de la catedral lucían su oscuro esplendor gótico contra el cielo mientras sus campanas llamaban a la última misa del día. Leigh llegó a la puerta con el aliento helado por culpa del frío.

Un aluvión de risas y palabras en francés salieron del establo. Dentro, un pequeño grupo de mozos de cuadra estaban reunidos en la zona abierta de los compartimientos para los caballos rodeando a la yegua ruana, que estaba sentada sobre su grupa en el centro. Sentada en sentido literal, con las patas delanteras despatarradas delante de ella y la cola extendida sobre el suelo de arcilla. Leigh se detuvo en el umbral y dejó la lámpara en el suelo. Nadie se percató de su presencia, y menos aún S.T. Uno de los mozos hizo una pregunta en voz alta, y la yegua asintió vigorosamente. El reducido público congregado rió a grandes carcajadas. El animal se asustó pero, antes de que pudiese ponerse en pie, el Seigneur le dio unos golpecitos en la grupa con una fusta mientras murmuraba «Non, non, à bas, chérie». La yegua volvió a sentarse soltando un bufido equino. S.T. le frotó las orejas, le dio una galleta y le dijo cosas bonitas en francés. A continuación, dio un paso atrás.

– A-vant! -exclamó. La yegua se levantó con gran esfuerzo, pero recibió más halagos y aplausos a cambio.

Mientras los espectadores le hacían todo tipo de comentarios, el Seigneur levantó la cabeza y vio a Leigh. Sonrió y movió a la yegua hacia ella. El caballo ciego alargó una de las patas delanteras y se agachó sobre una rodilla en lo que venía a ser una impecable reverencia. Todos los mozos volvieron a aplaudir.

Mientras contemplaba las expresiones alborozadas de aquellos hombres, Leigh se dio cuenta de lo que había hecho S.T. Había entrenado a la invidente yegua para que adquiriese más valor y se convirtiera en un preciado bien cuando antes solo era un estorbo. En ese momento el animal se levantó y, estirando el hocico, mordisqueó el tricornio del Seigneur; a continuación, cogió el ala del sombrero con sus largos y amarillentos dientes y se lo quitó de la cabeza. Lo agitó arriba y abajo ante los gritos de júbilo de los mozos de cuadra.

Leigh bajó la mirada. Estaba sonriendo sin poder evitarlo.

– Muy bien -dijo en voz baja.

S.T. inclinó la cabeza y, mientras frotaba las orejas de la yegua con vigor, dedicó a Leigh una sonrisa. Luego recogió el sombrero, volvió a ponérselo y dio las riendas del animal a uno de los mozos.

– ¿Qué te trae por aquí tan tarde? -preguntó acercándose a Leigh-. Pensaba que ya estarías calentita en la cama.

Ella se encogió de hombros y se apoyó junto a la puerta al tiempo que escondía la bolsa tras la espalda.

– Me apetecía tomar un poco el fresco.

– Ven conmigo -dijo S.T. saliendo al exterior-. Quiero mostrarte algo.

Desapareció entre las sombras. Tras vacilar un instante, Leigh lo siguió. En el rincón más oscuro del patio, bajo el muro del callejón, S.T. se detuvo y se volvió, provocando que Leigh chocase con él, momento que aprovechó para deslizar un brazo por su cintura y cogerle la bolsita. Al principio ella se resistió por puro instinto, pero terminó por soltarla.

– He estado curándole los ojos a la yegua -dijo en tono de desafío, ahora que sabía que él había encontrado un remedio mejor para el animal.

S.T. cogió la bolsa con delicadeza, sin que ella pudiese ver qué hacía con ella, y volvió a rodearla con un brazo.

– Ya lo sé, ma bonne fille.

La respiración de Leigh comenzó a agitarse.

– Calla -susurró con aspereza-. Te aseguro que no soy tu niña buena.

– Muy buena y dulce -dijo S.T. inclinándose más sobre ella-. Muy dulce. -Le rozó la sien con los labios-. Muy, muy dulce.

– No sigas -dijo Leigh. Le sorprendió notar que le temblaba la voz. Sentía el cuerpo de él muy cerca sin poder verlo, como si la oscuridad fuese real y llena de calor-. Ahora no.

S.T. la cogió por los hombros. Susurró su nombre y le besó la comisura de los labios. A continuación, cerró los labios sobre los de ella para extraer el rico placer que escondía su negro y frío interior. Durante un instante Leigh se apoyó en él dejando que la sujetara; durante un instante dejó que su ardor y su ansia prevaleciesen. S.T. deslizó los brazos más hacia abajo para abrazarla con más fuerza.

– Je t'aime -murmuró, antes de besarla con mayor intensidad-. Te necesito. Te quiero. Te adoro.

Leigh no pudo seguir resistiendo aquella mezcla de pasión, ira y dolor que sentía mientras estaba allí temblando entre sus brazos. Puso las manos sobre el pecho de él y consiguió zafarse de un empujón. S.T. la cogió por el codo.

– Suéltame -dijo la joven entre dientes-, o te mato.

– ¿Un duelo con pistolas al amanecer, monsieur? -replicó él en voz fría y baja-. ¿Cuándo vas a comprarte un vestido y poner fin a toda esta farsa?

– Cuando a mí me plazca -contestó ella apartando el brazo de un tirón-, no a ti.

S.T. no hizo ademán de volver a abrazarla. Leigh permaneció inmóvil, muy tensa y con los puños apretados, mientras luchaba contra la sensación que ardía por todo su cuerpo.

– Leigh -dijo él desde la oscuridad-, no te vayas.

Se puso aún más tensa.

– ¿Acaso no has encontrado otra diversión para esta noche? Supongo que sí quieres aliviar tus necesidades, tendré que…

– ¡No, no lo digas! -exclamó él con furia-. No lo hagas. -Comenzó a moverse y, tras pasar por su lado, se detuvo y se volvió-. Toma tus medicinas -dijo poniéndole la bolsa en la mano-. Puede que el colirio le sirva de algo.

– Puede -repitió ella, tras lo que añadió en voz más baja y contenida-: pero no es nada en comparación con lo que has hecho por la yegua al enseñarle esos trucos. -Le puso una mano en el brazo-. Gracias.

Él se quedó quieto sin decir nada; su silueta se recortaba contra las luces de la posada y su aliento helado y brillante rodeaba su cabeza. Leigh no podía verle la cara.

– Dios, vas a volverme loco -dijo al fin. Lanzó una áspera risa mientras se marchaba.

Cuando alcanzaron la costa, vendieron la yegua en Dunquerque. Tras pasar unos cuantos días buscando posibles compradores por la ciudad, S.T. entregó el caballo a su nuevo dueño, un gitano anciano y tuerto al que acompañaba un perro con manchas y que quedó muy satisfecho con la compra. Confiaba que la yegua estaría bien cuidada y alimentada gracias a sus recién aprendidas habilidades.

Leigh no llevó muy bien tener que separarse del animal. Después de aquella noche en Ruán, había dejado tanto de curarle los ojos como de darle a escondidas ciertos caprichos de los que S.T. siempre había estado al tanto. Agasajar subrepticiamente a la yegua con una manzana o algún dulce no ayudaba a su programa de entrenamiento pero, de todos modos, había dejado que lo hiciera. Cuando Leigh dejó de darle esas golosinas, de acariciarla, de hablarle o incluso de mirarla, S.T. casi deseó que volviese a hacerlo y, con su indulgencia, siguiera alterando la estricta disciplina que él había impuesto a su pupila.

La mañana que la entregó al gitano, Leigh se marchó un rato antes alegando que tenía cosas más interesantes que hacer que estar allí, y dejó a S.T. esperando en los muelles de Dunquerque con las riendas de la yegua en la mano. Leigh no miró atrás ni una sola vez mientras se alejaba. Tras comprobar que la yegua era llevada a su nuevo establo, S.T. se dirigió a una tienda del puerto para hacer algunos recados personales. Una vez dentro del establecimiento, miró hacia los muelles. El agua brillaba en marcado contraste con el oscuro interior de la tienda. Un pequeño carro tirado por un perro pasó por delante de la puerta. Leigh seguía sin aparecer. S.T. se miró la palma de la mano, en la que sostenía el colgante de plata que lo había impulsado a entrar allí. Tenía forma de estrella, con un pequeño diamante de imitación en el centro. Se rascó la oreja y miró al comerciante.

– Cent cinquante -dijo este con marcado acento flamenco.

– Le diable! -S.T. se rió y dejó el colgante sobre el mostrador-. Cinquante -dijo con firmeza-, y, por ese precio, no estaría mal una cinta también.

– ¿De qué color? -preguntó el hombre al tiempo que abría un cajón y sacaba un arco iris de cintas de raso-. Un colgante como ese no puede salir por menos de cien. Es de plata. Regardez… ¿de qué color son los ojos de ella, monsieur?

S.T. sonrió.

– Del color de los mares del sur, o del cielo al atardecer. Cincuenta y cinco, mon ami. Estoy enamorado, pero soy pobre.

El vendedor le mostró una serie de cintas de color zafiro.

– Qué bonito es estar enamorado -dijo-. Lo entiendo. Noventa y os regalo la cinta.

S.T. hizo sus cálculos. Después de cambiar el dinero que le había reportado la yegua, le quedaban ciento veinte libras, que equivalían a cinco guineas inglesas. Pero todavía tenía que pagar el alojamiento y los pasajes para cruzar el canal de la Mancha, para los que tendría que sobornar a algunos contrabandistas.

– Ochenta y cinco, monsieur -ofreció el tendero-, y os doy una cinta a juego con cada uno de los bonitos vestidos de la señora.

La sonrisa se borró de la cara de S.T. Durante todas las semanas que había atravesado Francia en compañía de Leigh Strachan, no había tenido tan siquiera el privilegio de verla lucir un solo bonito vestido. Negó con la cabeza.

– No puedo permitírmelo. Me llevo solo la navaja de afeitar.

– Sesenta, señor -dijo rápidamente el hombre-. Sesenta por el alfiler, la navaja y la cinta de color zafiro. Dunquerque es un puerto franco y no hay impuestos, pero no puedo hacer más.

S.T. volvió a mirar hacia el exterior mientras repiqueteaba con los dedos sobre el mostrador.

– La peste -suspiró-. Bien, de acuerdo, me lo llevo.

– Sus ojos azules brillarán como las estrellas, monsieur. Os lo prometo.

– Certainement -replicó S.T. con sorna. Pagó, se metió el paquete en el bolsillo del chaleco, junto con el recibo que acreditaba la compra de una mercancía libre de impuestos, según pedían las autoridades francesas, y salió de la tienda. Se quedó quieto durante un momento mientras contemplaba el mar y los botes que se balanceaban delante de las tiendas pulcramente pintadas y de las casas de tejados flamencos. El frío del norte lo hizo tiritar. Todavía estaba muy vivo en él el recuerdo de su última travesía del canal. Volvió a entrar en la tienda para preguntar dónde había un apothicaire.

Leigh se reunió con él un cuarto de hora más tarde, justo cuando S.T. salía de la botica. Le costaba creer que nadie se parase a mirar a aquella hermosa mujer vestida con ropas de hombre, ya que a él el disfraz le resultaba muy evidente. Con el pelo empolvado y recogido en una coleta, el azul de sus ojos parecía más intenso. Andaba con mucha mayor gracilidad que cualquier jovenzuelo desgarbado de dieciséis años. Antes de irse le había pedido el estoque, pero S.T. se había negado. No sabía utilizarlo, y no tenía mucho sentido dejar que se convirtiese en blanco fácil de una pelea por llevarlo. Leigh miró el paquete que él tenía en la mano.

– ¿Qué has comprado? -le preguntó con su ronca voz impostada.

La joven tenía la irritante habilidad de hacer que S.T. se pusiera enseguida a la defensiva.

– Unos higos secos -contestó mientras ajustaba sin necesidad el anillo del cinto de la espada.

– Ah, bueno, higos -dijo ella honrándolo con una leve sonrisa-. Lo decía por si le habías comprado alguna medicina a ese curandero charlatán.

S.T. la miró con gesto de sorpresa.

– ¿Charlatán?

– He estado antes, porque me quedaba poca sabina, y he visto que tiene los polvos de digital confundidos con los de magnesia, y que el llantén se está poniendo mohoso. Ese es de los que dan a un paciente belladona cuando lo que quieren es administrarle la variedad inofensiva. Pero la fruta parecía que estaba bien. ¿Me das uno?

S.T. agitó el paquete en la palma de la mano.

– Bueno, no son higos exactamente… -La miró con los ojos entrecerrados-. ¿Estás segura de que es un charlatán?

– Has comprado medicinas, ¿verdad?

– ¿Y tú te has comprado una falda? -contraatacó él.

– Eso ahora no viene al caso. ¿Qué has comprado? No quiero que te mediques con nada de esa tienda. No es seguro.

– Cuidado, Sunshine, o pensaré que te preocupa mi bienestar.

Ella soltó un ligero bufido de sorna.

– No le daría nada de una botica como esa ni a un caballo de tiro.

– Menos mal. Muchas gracias. Por un momento me lo había creído.

Se dio la vuelta y comenzó a andar. Leigh lo alcanzó al instante.

– ¿Para qué quieres las medicinas? Deberías habérmelo dicho.

– ¿Dónde están tus ropas nuevas? No veo ningún paquete. No veo vestidos, ni sombreros, ni echarpes, y encima esa maldita levita tuya está cada vez más raída, ¿no crees?

Leigh frunció el ceño sin replicar nada. S.T. sabía que quería reprenderlo por nombrar artículos femeninos en plena calle, pero no se atrevía. La cantidad de forasteros que había en Dunquerque hacía que el inglés ya no fuese una lengua segura para comunicarse entre ellos como lo había sido en los pequeños pueblos franceses. Sin embargo, S.T. dejó que sufriera en silencio y, tras hacer una señal al carro de una lechería, pagó al granjero para que les permitiera subir entre los baldes vacíos de leche y los llevara fuera de la ciudad. Realizaron el trayecto en absoluto silencio. Al cruzar la aduana, S.T. enseñó el recibo al oficial y le murmuró algo. No le habría parecido mal que los registrasen, si eso servía para que se revelara de una vez por todas que Leigh era una mujer, pero pudieron proseguir sin tener que pasar por ese trance.

Cuando estaban a kilómetro y medio de Dunquerque por la carretera de la costa, donde la arena blanca salía volando de las dunas para extenderse en pálidas franjas sobre el camino, S.T. bajó de la parte trasera del carro. Leigh hizo lo mismo y retrocedió unos pasos para unirse a él. El buey y el granjero continuaron su marcha ajenos a su ausencia.

Caminaron a lo largo de un dique hacia un grupo de casas y edificaciones anejas que había a cierta distancia del camino. Al aproximarse, un perro ladró. Al momento apareció un chico vestido con pantalones bombachos y medias largas a rayas que fue corriendo a recibirlos.

– El lobo está despierto, monsieur -dijo en rápido francés mientras andaba hacia atrás por delante de ellos-. Os está esperando. Maman me dio un hueso de ternera para que se lo comiera, pero os prometo que no metí los dedos por los barrotes, monsieur. ¿Vais a sacarlo ahora? ¿Vais a dejarme que lo acaricie otra vez? Creo que le gusto.

S.T. se tiró del labio inferior como si estuviese meditando la respuesta.

– Te ha lamido la cara, ¿verdad? No te la lamería si no le cayeras bien.

El niño rió y miró de soslayo a Leigh con cara seria.

– Pero a monsieur Leigh no le lame la cara.

S.T. se agachó y dijo al niño con un susurro perfectamente audible:

– Eso es porque monsieur Leigh es un tarambana. ¿No te has dado cuenta de que siempre se está riendo?

La miró mientras lo decía, pese a que no estaba seguro de que ella entendiera aquellas palabras en francés. El niño se metió un dedo en la boca y se echó a reír. Miró a Leigh con los ojos muy abiertos y se cogió de la mano de S.T.

– Creo que monsieur Leigh da más miedo que el lobo -le dijo con timidez. Luego volvió a animarse-. Maman dice que mi padre ha dejado para vos un mensaje muy importante. Enviará el bote cuando haya marea alta, así que debéis estar esperando en el Petit Plage con todas vuestras cosas. Está después del último dique. Yo os llevaré hasta allí.

– ¿Y cuándo sube la marea?

– Después de que oscurezca esta noche. Maman ha dicho que ella os dirá cuándo tenéis que iros. Dice que primero tenéis que comer. Vamos a tomar un bochepot de oreja de cerdo y añojo. Lo ha hecho para vos. Y ha preparado jamón y panecillos para que os los llevéis en el barco. ¿Creéis que al lobo le gustarán los panecillos?

– Creo que le gustarían mucho más las excepcionales salchichas de tu madre.

– Se lo diré -respondió el chico, antes de echar a correr hacia la granja.

– Seguro que te encuentras una libra de salchichas atadas con encaje de Brujas sobre la almohada -murmuró Leigh.

– ¿Estás celosa? -preguntó S.T. sonriendo-. Es una mujer muy atractiva, ¿no te parece?

– Lo único que me disgusta es que le esté poniendo los cuernos al pobre y confiado père mientras él está fuera de casa trabajando.

– En ese caso tal vez no debería ser tan confiado. Tal vez debería ir a casa más a menudo y sin apestar a pescado.

Leigh enarcó una de sus oscuras cejas.

– ¿No tienes ningún remordimiento?

– ¿Por qué, Sunshine? ¿Por besar la mano de una dulce femme en agradecimiento a lo bien que nos ha tratado? Te aseguro que eso es lo único que he hecho.

– Está medio enamorada de ti -afirmó Leigh al tiempo que daba una patada a una piedra embarrada del sendero-. Menos mal que está cambiando el viento. Apenas llevamos dos días aquí, y tiemblo solo de pensar que tuviéramos que quedarnos una semana.

S.T. se detuvo y la miró con una leve sonrisa dibujada en el rostro.

– No sabía que concedieses tanto poder de seducción a mi encanto personal.

– Eso está más que claro -alegó ella-. No has hecho más que romper corazones desde que salimos de la Provenza.

– Pero el tuyo sigue sin inmutarse, por lo visto, así que, ¿qué otra cosa puedo hacer sino tontear con alguna demoiselle de vez en cuando? Es algo totalmente inofensivo.

Leigh lo miró fijamente a los ojos.

– No creo que lo sea tanto cuando pasas toda la noche con ellas.

– Ah -exclamó S.T. adoptando una actitud más seria- ¿Y de verdad crees que puedes mostrarte remilgada conmigo en esta cuestión?

– Ya sabes cuál es mi postura al respecto -contestó ella con frialdad-. Puedes satisfacer tus necesidades conmigo, así que no veo por qué tienes que hacer que todas esas jóvenes se enamoren de ti, solo para demostrar que eres capaz de conseguirlo.

– No pretendo demostrar nada. ¿Desde cuándo es asunto tuyo dónde duerma yo o deje de dormir?

– Me siento responsable de ti.

S.T. la miró atónito e indignado.

– Le ruego que me perdone, mademoiselle, pero ya estoy crecidito, y no necesito que ninguna mocosa se haga cargo de mí.

– Ah, ¿no? ¿Y quién se va a hacer cargo de esa estúpida esposa cuando su marido la eche de casa por acostarse con otro hombre? Son una familia. Estás jugando con algo muy valioso, y ni siquiera eres discreto. Supongo que en una posada da igual; no te he dicho nada desde que salimos de Aubenas pero, en una casa particular como esta, te aseguro que resulta extraño que digas que vas a dar un paseo después de cenar y vuelvas al amanecer.

– Ah, ¿sí? ¿Y a quién le resulta tan extraño? ¿Al niño? Lleva ya rato dormido cuando salgo. ¿Al marido? Ni siquiera hemos visto aún al pescador en persona. Está demasiado ocupado con sus redes y olores para ocuparse de su pobre y abandonada mujer. A ti es a quien le resulta extraño. Conque una valiosa familia… -Lanzó una carcajada iracunda-. Aunque, claro, supongo que debería aceptar tu mayor experiencia en el tema, ya que yo no sé mucho de eso. Así, ¿cuál va a ser mi castigo? ¿Otras seis semanas de mal humor y malas caras? ¿Es eso a lo que tú llamas «satisfacer mis necesidades»? Dios mío, tanta felicidad me abruma.

Leigh apartó el rostro; sus mejillas se habían sonrojado levemente.

– Me da lástima esa mujer -dijo-. Sí, está sola y es débil. ¿Por qué tienes que aprovecharte de ella?

– Solo la he hecho reír, la he llamado guapa y le he besado la mano junto al fuego de la cocina. Eso es todo. En cuanto a todas esas horas disolutas después de medianoche, las paso con Nemo y no con alguna mujer ardiente, y te aseguro que lo lamento. Saco a pasear a Nemo y dejo que corra libremente cuando hay menos posibilidades de que algún fornido caballero del lugar le dispare para proteger a la población. No soporto que tenga que estar encerrado en esa maldita jaula, ¿lo entiendes? Dios, ¿de verdad creías que me pasaba el día durmiendo en la calesa porque había estado entregándome a todo tipo de perversiones cada noche? Si vas a dedicarte a espiarme, sería conveniente que lo hicieras mejor y te enteraras bien de las cosas antes de acusarme de algo.

Leigh permaneció inmóvil, mirándolo fijamente, mientras los intensos colores de su silueta se recortaban contra el sombrío cielo.

– Desde luego que me encantaría acostarme con ella -añadió S.T., furioso-. Tiene sangre caliente en las venas, cosa que no puede decirse de ti.

Leigh levantó los hombros y los echó hacia atrás muy rígida.

– ¿Eso te ofende? Pues me alegro -dijo S.T.

El rubor de las mejillas de Leigh estaba mucho más encendido.

– Te ruego que me perdones -dijo en voz muy baja y fría-. Estaba equivocada.

La agitada respiración de S.T. hizo que el frío aire se helara alrededor de su cara mientras la veía alejarse. Dobló el paquete de papel que llevaba en el bolsillo y lo estrujó. Cuando Leigh ya estaba casi en la entrada de la granja, la llamó, pero ella no se volvió. El perro que estaba encadenado comenzó a ladrar, pero Leigh tampoco le hizo caso. S.T. tomó aliento y corrió tras ella pero, cuando llegó al patio, ella ya había desaparecido en el interior de la casa. El niño salió corriendo y le suplicó que le dejase acariciar a Nemo y darle un poco de pescado ahumado.

S.T. miró por encima de él hacia la casa. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para relajar las manos. Era un bruto y un bastardo. Sabía de sobra qué era lo que había vuelto a Leigh tan fría, pero la forma en que ella lo trataba, con esas constantes pullas y desprecios pese a sus múltiples intentos por ganarse su admiración, era algo que no soportaba. Al cabo de unos instantes dio media vuelta y siguió al chico hacia el granero.

Capítulo 10

S'.T. creía que estaba preparado para cruzar el canal, pero no era así. Todas esas semanas previas dando botes mareado en la calesa, en la que al menos podía concentrarse en el inmóvil paisaje, no habían sido nada en comparación con el horror de la litera de un barco que se movía sin cesar en medio del mar picado. Mientras todavía podía pensar, deseó haberse tomado los polvos que había comprado al apothicaire farsante. Si hubiese muerto por ingerirlos, habría sido mucho mejor.

No podía ver. Si abría los ojos, su visión oscilaba y ampliaba cada bandazo del barco hasta que parecía tener todas las entrañas en la garganta. Estaba cogido con fuerza a la barandilla de madera que tenía a un lado de la litera. No dejaba de tragar aire, en un intento de llenar lo suficiente los pulmones para poder pensar. Era como si una enorme mano lo estuviese apaleando y apretando con una fuerza inconmensurable. Ya había arrojado lo poco que había comido incluso antes de dejar el pequeño bote y abordar el barco de los contrabandistas, y solo le quedaba en el interior una intensa sensación agónica que le oprimía el estómago, el pecho y la cabeza.

Oyó cómo se corría la cortina de la litera. Algo le tocó con delicadeza la mejilla y la sien; olió un dulce aroma que era de agradecer tras toda aquella pestilencia a humedad del barco. Volvió la cabeza e intentó hablar, pero solo pudo emitir un gruñido entrecortado.

– Respiras demasiado rápido -dijo Leigh, que se apoyó contra el mamparo y volvió a enjugarle el rostro con el agua de esencia-. Intenta calmarte.

S.T. le cogió la mano con tanta fuerza que le hizo daño, pero ella se mantuvo firme mientras él jadeaba. Estaba intentando obedecerla; expulsaba aire violentamente y se quedaba un momento quieto, pero entonces volvía a inhalar con frenesí.

– Más despacio -dijo ella con suavidad-. Aún más despacio.

– No puedo -consiguió decir S.T. mientras tragaba compulsivamente y volvía a respirar con violentos estertores.

Leigh no sabía qué más hacer por él. Ya había puesto en práctica todo lo que su madre le había enseñado. Un rato antes había intentado convencerlo para que tomase una infusión de raíz de helecho, que había preparado con gran dificultad en cubierta usando una cacerola llena de carbón, pero S.T. no había conseguido tragar ni el primer sorbo.

Se oyeron pisadas de botas en el corredor. El capitán de la pequeña nave contrabandista apareció detrás de Leigh y miró por encima de su hombro hacia la litera.

– Maldita sea -murmuró-. He visto a muchos ponerse malos, pero nunca había visto a nadie ponerse así. ¿Estáis seguro de que se trata tan solo de un mareo?

El Seigneur abrió los ojos. Parecía intentar concentrarse en un punto, pero su cabeza no dejaba de moverse con las sacudidas del barco y, en lugar de quedar fijos en Leigh o en el capitán, sus ojos giraban como si estuviese observando el vuelo en círculo de una mosca sobre sus cabezas. Ella le acarició la frente, que tenía empapada de sudor.

– No te esfuerces -susurró-. Cierra los ojos. No hace falta que digas nada.

S.T. emitió un gemido muy apagado que casi se perdió entre su convulsa respiración. Estaba tranquilo en comparación con la multitud de pasajeros mareados que lloraban y gimoteaban a los que Leigh había tenido oportunidad de observar en su primera travesía a Francia, a bordo de un paquebote que llevaba correo. Sin duda S.T. estaba más tranquilo, pero también mucho más enfermo. Tenía el mismo aspecto que cuando le daban los mareos en el camino; la piel blanca y sudorosa, y la boca muy cerrada para luchar contra las náuseas. Pero en cubierta se había puesto aún peor, hasta el punto de que no había podido controlar sus extremidades y se había desplomado lentamente sobre una rodilla agarrándose a la pierna de ella. Llevarlo abajo a la litera del capitán no lo había reanimado; yacía allí pálido, jadeando y padeciendo arcadas pese a que no tenía nada que arrojar, cada vez que intentaba mantener los ojos abiertos.

– No comprendo por qué ha llegado a estos extremos -comentó Leigh, que seguía acariciándole la cara-. Claro que, según tengo entendido, la intensidad de este tipo de mareos varía de acuerdo a quien lo padece.

– Qué palabras más bonitas y bien dichas -se burló el capitán-. Así que sois un joven caballero bien educado. -Observó la mano de Leigh un momento e hizo una mueca-. ¿Sois su mancebo?

Leigh cesó las caricias. S.T. se volvió a un lado con un fuerte quejido.

– No pongáis mala cara, a mí me da igual -dijo el capitán-. Como digo siempre, vive y deja vivir. Creo que incluso a mí podría gustarme un mozalbete guapo. -Levantó a Leigh un mechón de pelo que le había caído sobre la oreja-. Me gustan las mejillas suaves.

Ella se llevó la mano a la daga que ocultaba bajo la levita pero, antes de que pudiera sacarla, el Seigneur hizo de pronto un brusco movimiento y el capitán se abalanzó sobre la litera arrastrado por su mano, que le tiraba del chaleco.

– Es mío -gruñó entre violentos jadeos con una voz bronca que impresionaba. Se había incorporado un poco en la litera, y sus dientes brillaban muy blancos en medio de la penumbra mientras retorcía el chaleco. Uno de los botones se soltó y, tras golpear contra la barandilla, cayó al suelo.

– Vamos, hombre -dijo el capitán-, estáis enfermo.

– Pero no estoy muerto -volvió a gruñir el Seigneur.

El capitán consiguió zafarse y sonrió.

– Pues nadie lo diría, porque parecéis un cadáver.

– No lo toquéis… -dijo S.T. con voz temblorosa y con los ojos cerrados-, u os arranco el corazón.

– Sí, ya, mirad cómo tiemblo. Estoy hecho un manojo de nervios -bromeó el capitán mientras se agachaba para recoger el botón-. De todos modos, ahora no tengo tiempo para nada. Ya está Cliff End a la vista. -Se incorporó y guardó el botón de perla en el bolsillo del chaleco-. No pienso acercarme más, así que ya podéis coger a vuestra bestia de circo y bajar a tierra en el bote de las mercancías como mejor podáis.

Cuando finalmente llegó a la playa, S.T. cayó de rodillas y metió la cabeza entre las piernas. Además del ruido de las olas al romper en la orilla, oía voces a su alrededor: las de los contrabandistas, que hablaban entre susurros, y la de Leigh dando instrucciones en voz baja sobre Nemo y el equipaje. Alguien tiró a su lado las dos espadas, cuyas vainas de metal percutieron contra las piedras. Intentó volver la cabeza pero no pudo.

Lo único que quería era estarse muy quieto. Aquel suelo duro era una maravilla. Le había salvado la vida. Apretó la frente contra una fría piedra con desesperada gratitud. Leigh le habló por encima de la cabeza.

– Dicen que aquí cerca hay un carro. Podemos ir en él con el equipaje hasta que nos aproximemos a la ciudad.

S.T. intentó aclarar su ofuscada mente y concentrarse en lo que le decía.

– ¿Qué ciudad? -consiguió decir con un exabrupto.

– Hemos desembarcado cerca de Rye.

Él se estiró totalmente sobre la playa, sin importarle que los guijarros se le clavaran en el pecho.

– Déjame dormir -murmuró-. Solo quiero dormir…

– Se van a ir sin nosotros. No pueden arriesgarse a que aparezcan oficiales.

– Sunshine -dijo S.T. consiguiendo articular esa palabra en medio del intenso estupor que padecía-, no puedo subir a ese carro.

Incluso en su estado, no dejó de percibir, aunque fuese vagamente, la derrota que implicaba esa afirmación. Seguro que ella lo abandonaría; nunca había querido que la acompañase y ahí estaba él, sin tan siquiera poder moverse. Lo dejaría ahí tirado por ser un idiota que solo era capaz de estar tumbado boca abajo en el suelo sin poder levantarse. Estaba atrapado en Inglaterra. Por nada del mundo volvería a subir a bordo de un barco, por nada en absoluto. Antes prefería que lo ahorcasen.

– Maldito seas -le dijo Leigh en voz baja-. No quiero esperar.

«Sí, maldito sea -pensó él admitiendo su derrota. Cerró una mano sobre un redondo y liso guijarro inglés y añadió para sus adentros-: ¿Qué hago aquí?»

Los ruidos se sucedían a su alrededor, pero no tenía fuerzas para pensar. Perdía la conciencia a cada momento para volver a despertar al poco, mientras las botas de los contrabandistas que cargaban barriles de coñac rechinaban sobre las piedras y los caballos resoplaban bajo la fría brisa marina. En una de las ocasiones que volvió en sí, los sonidos llegaron más distantes y, a la siguiente vez, ya no oyó ninguno, salvo el constante romper de las olas. Una estrella pendía del horizonte como una linterna solitaria. S.T. parpadeó en el intento de mantener los ojos abiertos, pero el letargo lo arrastró a su tentador vacío.

Lo primero que vio cuando volvió a abrir los ojos, justo cuando comenzaba a amanecer, fue la jaula de Nemo. El lobo le observaba desde el interior. Bueno, por lo menos Leigh no se lo había llevado. Claro que eso tampoco era ninguna sorpresa porque, a menos que quisiera sacar unas cuantas coronas por él vendiéndolo a algún circo ambulante, un lobo amaestrado le sería aún de menos utilidad que un bandolero inútil.

Permaneció tumbado con la cara sobre el brazo mientras lo embargaba una profunda tristeza. Al final de la playa vacía vio un cabo que brillaba sutilmente entre el gris perla del mar y el cielo. Había bajado la marea. Un ave marina de cabeza negra pasó casi rozando los guijarros como una estela sobre la oscura extensión de piedra. Tras grandes vacilaciones, S.T. se arriesgó a levantar la cabeza. Se concentró en el acantilado y se puso en cuclillas. Nemo gimió y golpeó los barrotes de la jaula con las garras.

– Calme-toi -murmuró su amo-. Ya voy.

Consiguió sentarse sin sentir ningún efecto pernicioso. Le resultaba bastante extraño tener la cabeza tranquila después de la prolongada agonía de la travesía del canal. Se puso en pie con el tipo de movimiento que siempre hacía que su equilibrio flaquease; sin embargo, fue relativamente bien. De hecho, comparado con todo el horror que acababa de soportar, el mundo parecía estar totalmente quieto y estable a su alrededor.

La bruma matutina lo hizo tiritar. Cuando apartó el oído bueno del mar, el sonido del oleaje se hizo muy lejano. Miró a su alrededor para ver si le habían dejado algo de abrigo y, de pronto, vio a Leigh sentada sobre una roca a la sombra del acantilado. Estaba despierta y lo observaba con las rodillas levantadas y la barbilla apoyada sobre los brazos cruzados. Su sombrero descansaba junto a ella en la roca. No sonrió ni le dio los buenos días -amabilidades a las que, por otro lado, tampoco era muy aficionada-; únicamente siguió mirándolo con expresión torva.

– ¿Y ahora qué? -preguntó.

Su oscuro pelo caía suelto sobre sus hombros. La luz del amanecer suavizaba el color de sus mejillas, otorgándoles un delicado tono entre crema y rosáceo. S.T. no pudo contenerse, y dejó que una sonrisa se formara en su boca.

– Me has esperado.

Leigh contempló el mar durante un largo instante sin decir nada. A continuación, se encogió de hombros.

– Tú tienes el dinero.

S.T. intentó que aquellas palabras no lo desanimaran. Recordaba vagamente su dulce voz y las friegas aromáticas en medio de la pesadilla del barco. Leigh se incorporó y fue hasta él.

– ¿Y ahora qué hacemos?

La pregunta podía entenderse como una concesión a la autoridad de él o como un reto cargado de ironía. S.T. prefería lo primero y decidió interpretarla así.

– Pues echaremos a andar, encontraremos transporte y llegaremos a la ciudad de Londres.

Leigh levantó las cejas, perpleja.

– ¿A Londres?

Nemo arañó los barrotes con furia mientras gemía. S.T. se acercó y abrió la puerta de la jaula. El lobo salió de un salto y lo saludó con agradecimiento; luego corrió hasta la base del blanco acantilado y comenzó a marcar aquel nuevo territorio.

– Es muy peligroso -dijo ella-. ¿Y si te reconocen?

S.T. soltó un resoplido sarcástico.

– Sí, seguro que me delatan a cambio de la gran recompensa de tres libras. Eso no me preocupa, milady. -Se agachó para recoger las espadas y se colgó el estoque de la cadera-. Creo que voy a convertirme en un rico excéntrico que está haciendo un viaje a pie para observar a las golondrinas.

Miró al mar y al cielo mientras se apoyaba con elegancia en la espada como si fuera un bastón de dorada empuñadura.

– ¿Y qué pasa con Nemo?

– ¿Con Nemo? -Levantó unos anteojos imaginarios y la miró a través de ellos-. ¿Te refieres a mi pintoresco sabueso? Es un monstruo extraño, ¿verdad? Medio ruso. ¿Sabías que los zares los usan para cazar lobos? -Silbó al animal, que acudió corriendo. Comenzó a jugar alegremente a sus pies hasta que una leve indicación de mano hizo que se agazapara expectante y lloriqueara. S.T. se sacó un pañuelo invisible del puño y lo olió con mucho estilo-. ¿Quieres acariciarlo? Es del todo inofensivo, aunque me temo que es bastante tímido con las damas.

– Nadie se tragará eso. Estás mal de la cabeza.

S.T. dejó caer la mano con la que sostenía el pañuelo.

– Me atrevería a decir que, si tú puedes pasar por varón, yo desde luego puedo fingir que soy un personaje con algunas rarezas.

– ¿Y qué quieres que sea yo, tu «mancebo»?

La miró fijamente mientras se apoyaba en la espada.

– Creo que ni siquiera sabes qué significa eso, Sunshine.

– No soy tan tonta -dijo ella haciendo un gesto con la mano para quitar hierro al asunto-. El capitán adivinó quién era pese al disfraz y me tomó por tu querida.

– No exactamente -la contradijo S.T. con una sonrisa. Se dio cuenta enseguida de que ella no le iba a dar el gusto de demostrar curiosidad, lo cual estaba muy bien porque, si era cierto que había ciertas depravaciones que no conocía, no iba a ser él quien le diese una instructiva charla sobre sodomía. Parecía tan joven, de pie ante él con esas ropas de hombre y las piernas abiertas; tan pendiente de todo, tan seria y virginal…

– Limítate a no ir repitiendo esa palabra por ahí, ma petite -dijo S.T. al fin-. Es un delito que se castiga con la horca.

Leigh frunció el ceño ligeramente, revelando una confusión que a él le resultó encantadora. Parecía que todo el asunto escapaba a su comprensión. Por mucho que ella pensase que sabía lo suficiente de las maldades mundanas, y dondequiera que las hubiese aprendido, estaba claro que la educación que había recibido no era tan completa como quería hacerle creer. S.T. comenzó a revisar sus planes originales y a pensar dónde podría dejarla a salvo mientras él hacía una visita a sus viejas guaridas favoritas de Covent Garden.

– ¿Cómo estás? -le preguntó ella de pronto-. ¿Te encuentras mejor?

– Bastante bien, gracias. -Era tal el alivio de que la tierra no se moviera bajo sus pies que ni siquiera sentía el malestar habitual-. Muy bien, la verdad, pero creo que me mantendré alejado del agua el resto de mi vida.

Leigh inclinó la cabeza con el ceño ligeramente fruncido. Estaba muy seria y muy hermosa.

– ¿Era por eso por lo que fuiste a la botica? -dijo-. Si llego a saber lo mal que ibas a ponerte, te habría preparado una pócima para que te la tomases antes de zarpar.

S.T. llamó a Nemo y se arrodilló sobre una pierna para acariciarlo. Conque le habría preparado una pócima… Seguro que no habría servido de nada. No le cabía la menor duda, después de la cantidad de gotas, píldoras y jarabes que había tomado en los últimos años. Lo que de verdad necesitaba era algo muy distinto: un afrodisíaco, un filtro de amor, una mixtura que derritiera el hielo de Leigh y la llenase de pasión antes de que él terminara de perder la cabeza. La capacidad para sentir amor parecía seguir latente en el interior de la joven. A veces lo notaba cuando la sorprendía mirándolo. Claro que, si él consiguiese volver a ser lo que había sido en tiempos, no necesitaría pócimas de amor. Acarició la gruesa capa de piel de Nemo.

– Las pociones no me hacen nada -dijo.

– ¿Estás seguro? A lo mejor…

– ¿Acaso crees que no lo he intentado? ¿Acaso no me han visto infinidad de médicos? Ninguno sabe qué me pasa; la mitad de ellos nunca ha visto algo así, y la otra mitad me prescribe leche de asno y agua de brea y dice que se me pasará al cabo de unas pocas semanas. Bueno, pues no se me pasa, y ya llevo tres años así.

– Tres años -repitió ella en voz baja.

– Sí, tres años. A veces estoy mejor y a veces peor; va por rachas. A veces me siento casi del todo bien, como ahora, siempre que tenga cuidado. Pero entonces vuelvo la cabeza o hago un movimiento brusco y todo se pone a girar como una noria. -Se encogió de hombros-. Y me caigo, como has podido comprobar.

Leigh lo miró. Tras ella una multitud de aves marinas volaban sobre el acantilado.

– Y es por eso por lo que huiste, ¿verdad? -dijo lentamente.

S.T. se rió con amargura.

– Tendrías que haberme visto cuando crucé a Francia. -Soltó un fuerte bufido-. Tuvieron que llevarme a tierra firme entre varios, y tardé dos días en poder levantarme. Y esa vez no soplaba viento. El mar estaba como una balsa. No pienso volver a subir a bordo de un barco en la vida. Nunca más.

– ¿Qué te provocó eso? -preguntó ella con interés.

– No hace falta que me mires como si lo hiciese todo mal, maldita sea -le espetó S.T.-. Fue en una cueva en la que me había acorralado una milicia gracias a la declaración de la traidora señorita Elizabeth Burford. Hicieron estallar una fuerte carga de dinamita en la entrada; mató a mi caballo. -Se le contrajo el rostro al recordarlo-. A mí no me alcanzó nada, solo el sonido -añadió mirando a Nemo-. El estruendo me provocó un intenso dolor de cabeza e hizo que me sangrara el oído. Me mareaba cada vez que intentaba incorporarme, o andar, o mover la cabeza. -Respiró profundamente y volvió a levantar la barbilla, desafiante-. ¿Puedes arreglar eso? ¿Puedes preparar una pócima que me devuelva el oído? -dijo con voz más crispada, pese a que él había intentado que sonara normal-. Porque estoy sordo del oído derecho, por si no te habías dado cuenta.

Ella lo miró con expresión muy seria. S.T. pudo comprobar que pasaba de la sorpresa a la furia conforme iba atando todos los cabos.

– Maldita sea -murmuró él al tiempo que agachaba de nuevo la mirada y sujetaba la gruesa capa de pelo del lobo entre los dedos.

– ¡Tendrías que habérmelo dicho! -exclamó Leigh, iracunda.

– Vamos, no me vengas con esas. Si no fuiste capaz de darte cuenta por ti misma, ¿por qué tendría que habértelo dicho yo? -replicó S.T.

Ella dio un paso atrás y abrió los brazos.

– ¿Que por qué tendrías que habérmelo dicho tú? -gritó-. No alcanzo a comprender cómo pretendes seguir con esto. ¿Te pasa algo más que no me hayas dicho? Por el amor de Dios, así no puedes serme de ninguna ayuda. ¿Para qué has venido? ¡Márchate! Esto no es más que una farsa -dijo con un aspaviento del brazo.

S.T. se puso en pie con la espalda muy rígida.

– ¿Quieres librarte de mí? -Le tiró la espada a los pies-. Llevas pidiéndome que te dé un arma desde que salimos de La Paire. Bien, pues ahí la tienes.

Leigh miró primero a la espada y después a él.

– Puedes quedártela si quieres -dijo S.T. con aspereza-. Comprueba a ver si la empuñadura se ajusta bien a tu mano.

Ella titubeó durante un brevísimo instante; luego, se arrodilló, cogió la espada y dejó que la hoja se deslizara fuera de la vaina. La levantó con una mano y la enderezó con las dos.

– Le voilà -dijo S.T.

– No pesa tanto como esperaba -dijo Leigh mientras agitaba la espada en el aire.

– ¿Crees que podrías matar a un hombre?

Ella lo miró a los ojos con suma frialdad.

– Sí, creo que podría matar al hombre que quiero matar.

S.T. desenvainó el estoque y, con un único movimiento, dio un paso adelante, sorprendió la temblorosa guardia de Leigh y la desarmó. La espada cayó con estrépito sobre las piedras. Apretó la punta del estoque sobre los volantes de lino que cubrían la garganta de ella.

– No -dijo S.T. en tono suave-, no podrás matarlo si tiene una espada.

Leigh dio un prudente paso atrás. Él bajó la colichemarde y la envainó.

– Estoy medio sordo, mademoiselle, pero no estoy lisiado -añadió.

Las aves subían y caían en picado mientras sus gritos dominaban el intenso silencio. Leigh permaneció inmóvil con la barbilla levantada y los puños apretados.

– Te pido mil perdones -dijo con un claro temblor en la voz-. Veo que he vuelto a juzgarte mal.

S.T. le dio la espalda. Estaba enfadado consigo mismo por haber consentido que sus emociones se apoderasen de él. Era peligroso hacer ese movimiento con la espada, aunque era un truco de circo muy vistoso cuando se tenía mal el equilibrio. Había perdido mucha práctica, y no tenía ningún derecho a fingir que no era así.

Pero lo que no había perdido al hacerlo era el equilibrio. Se dio cuenta al sopesar qué podría haber pasado si hubiera sido al contrario. ¡No había perdido el equilibrio!

Se quedó muy quieto, presa de un repentino miedo a moverse. Esa floritura con la espada, ese súbito y violento movimiento hacia delante, tendrían que haberle hecho perder la estabilidad. Durante los tres últimos años, por muy afianzado que se sintiera al estar inmóvil, cualquier acción de ese tipo había hecho que el mundo comenzara a girar a su alrededor. Se llevó la mano a la empuñadura del estoque. Movió la cabeza de un lado a otro y, a continuación, la echó hacia detrás hasta que vio el cielo sobre él. Levantó la espada lentamente hasta llegar a la altura del hombro mientras esperaba que el mareo se apoderase de su cabeza, pero no fue así.

– Ha desaparecido -susurró atónito-. ¡Dios mío, ha desaparecido!

Por primera vez en tres años -en treinta y seis meses, dos semanas y cuatro días, pues llevaba la cuenta-, podía moverse con libertad por el mundo sin que este se agitase, y sin que sus sentidos lo traicionaran cada vez que volvía la cabeza.

– Dios mío -masculló casi sin aliento-, no puedo creerlo.

Dio un rápido giro sobre sí mismo y se puso de cara al acantilado. No pasó nada; ni todo se puso a dar vueltas ni el horizonte se balanceó. Una sonrisa de asombro se dibujó en su rostro. De pronto se sentía como si se hubiese liberado de unos grilletes que ni siquiera sabía que lo encadenaban. Sentirse normal era tan natural que ni siquiera se había dado cuenta. Su constante y desagradable sensación de inestabilidad se había esfumado, como si fuese un simple dolor de cabeza, y había ocurrido en algún momento en que no era consciente de ello, entre la oscilación del barco y la llegada a tierra firme. No sabía cuándo había ocurrido, pero el caso era que, súbitamente, ya no estaba.

¿Podría haber sido el barco? Quizá aquel médico tenía razón; quizá lo único que necesitaba era un mareo tan fuerte que él nunca podría haber provocado voluntariamente. Seguía algo aterrorizado por si regresaba. Volvió a agitar la cabeza, cerró los ojos y esperó alguna señal de mareo, pero el mundo siguió firme bajo sus pies.

Quería correr, bailar. Se volvió hacia Leigh y, cogiéndole la mano, le hizo una profunda reverencia.

– Estoy a vuestras órdenes, mademoiselle. Os ruego que no me despidáis mientras esté en mi mano poder serviros.

– No seas tan gallito -dijo ella retirando la mano-. Parece como si no pudiera despedirte si así lo quisiera.

S.T. se irguió perplejo, incapaz de comprender que ella no hubiera notado la diferencia cuando tendría que haberla visto con toda claridad. Claro que ni él mismo se había dado cuenta al principio.

Ahora ya podría conquistarla, ahora que ya no era el bufón que se caía a cada momento. Ya podía montar, usar la espada, hacer cualquier cosa.

Pero ¿y si volvía? Rogó a Dios con todas sus fuerzas que no volviese.

Miró fijamente a Leigh. Por un lado quería decírselo pero por otro prefería no hacerlo, por si los mareos reaparecían.

– Me iré si es lo que de verdad quieres -le dijo lentamente.

Leigh enarcó las cejas sobre sus escépticos ojos de color aguamarina, se volvió y comenzó a andar hacia el acantilado.

– ¡Tú viniste a buscarme para pedirme ayuda! -gritó S.T.

Ella se volvió y lo miró.

– Claro, yo soy quien frotó la lámpara y liberó al genio. Ahora solo queda ver qué más se te ocurre hacer.

Pero S.T. no podía controlarse y, pese al reproche de ella, su rostro se transformó en una enorme sonrisa de júbilo. Se había librado de su afección y volvía a ser una persona casi completa. Se echó a reír mientras blandía la espada en círculos sobre su cabeza. La hoja silbó una hermosa nota al cortar el aire. A continuación, se quedó quieto con la espada en la mano y las piernas abiertas en perfecto equilibrio.

– ¿Quién sabe de lo que seré capaz? -dijo-. Todo depende de dónde esté la diversión, Sunshine.

Leigh caminaba detrás del lobo y de su amo por las colinas mientras se sujetaba el sombrero para protegerlo del fuerte viento, y observaba a cada momento cómo el Seigneur tenía que agacharse para desenredar a Nemo de algún obstáculo. Finalmente S.T. se había avenido a la idea de ponerle una cuerda al lobo pero, si bien había aceptado que estaría más seguro atado durante el día, no había consentido que la longitud de la correa fuese inferior a los quince metros de cuerda que habían sacado de los ribetes de la jaula. Al animal no parecía importarle en absoluto, más allá del hecho de que la cuerda se enredaba constantemente entre los arbustos y se liaba en los troncos de los árboles.

Leigh estaba intranquila. Se sentía débil y atormentada, hasta el punto de ser incapaz de concentrarse y pensar en todo lo que debía hacer en el futuro más inmediato. Cada vez que miraba al Seigneur, lo veía en su mente con la espada brillando como un rayo plateado sobre su cabeza. Era como si esa imagen se le hubiese quedado grabada en la retina y se superpusiese a todo lo demás que veía o sabía de él.

La infinita paciencia de S.T. con el animal también la hacía sentirse desdichada y débil. Tenía que hacer constantes esfuerzos para que el labio inferior no empezase a temblar por cualquier tontería. Sintió deseos de gritarle que se dejara de estupideces y se limitase a llevar al lobo pegado a su lado.

Nemo nunca la había aceptado. Era hermoso, ágil, rápido y astuto, pero también un gran estorbo que nunca se separaba del Seigneur.

Por decisión de S.T. se dirigían a Rye. Aunque a Leigh no le importaba en qué dirección fueran. Contempló las colinas calizas a su alrededor y deseó con desesperación poder estar sola.

No había viajado hasta Francia para eso, para regresar cuidando de un Robin Hood imprevisible que era casi tan salvaje como su lobo. Ya había sido difícil soportar todas sus fantasías románticas y sus escarceos con cualquier cosa que llevara faldas, pero ahora parecía más animado, y de un modo en que nunca lo había visto; podía percibir una nueva intensidad tras su sonrisa de sátiro. A Leigh aún le vibraban las manos por el impacto de la hoja de S.T. contra la espada.

Ese había sido un momento muy revelador porque, con la espada en la mano, se había sentido capacitada. Había sabido con toda claridad que no se echaría atrás a la hora de matar a Chilton y, durante ese breve instante, había tenido la forma de hacerlo. Había sujetado una espada afilada y preparada para matar.

Pero entonces él se la había arrebatado. Había momentos de humillación en la vida que tardaban mucho en olvidarse. Leigh se sentía triste y asustada. No por lo que pudiera pasarle a ella, sino por si cometía un error, por si sobrestimaba su capacidad para llevar a cabo el objetivo que se había fijado. La muerte no le importaba; lo que temía era fracasar en el intento.

Todo el tiempo que habían pasado recorriendo los caminos de Francia no había dejado de pensar que debía separarse del Seigneur. Estaba siempre demasiado pendiente de él, y odiaba verse envuelta en sus frívolos deslices amorosos. Lo que más detestaba de todo eran los momentos como aquel en la granja francesa, cuando había descubierto que sus suposiciones eran totalmente incorrectas. Eso le pasaba por meterse en cosas que no eran de su incumbencia.

Y luego estaba la forma en que él la miraba, como si todo su interior estuviese hirviendo a fuego lento. A veces Leigh dudaba de que estuviese en su sano juicio. Había creído en todo momento que S.T. abandonaría el viaje mucho tiempo antes. Entre los mareos y el riesgo de ser capturado a su regreso a Inglaterra, estaba convencida de que, al llegar al canal de la Mancha, se daría la vuelta. Pero no lo había hecho, y entonces llegó la azarosa travesía que complicó aún más las cosas…

Por eso lo esperó en la playa, porque le pareció que lo justo era tener ese pequeño detalle con él, ya que no lo creía capaz de proseguir después de eso. Sin embargo, lo único que había conseguido con ese momento de sentimentalismo era la situación en la que se encontraba en esos momentos. Malhumorada, contempló la espalda de S.T. La enfurecía la forma que tenía de arrastrarla a cosas que no quería hacer, de conseguir que se ofreciera a intentar curarle los mareos, o a hervirle raíces de helecho, o a darle su opinión acerca de si un gitano senil estaba en condiciones de hacerse cargo de una yegua ciega que había aprendido un pequeño repertorio de estúpidos trucos. Al pensar en la yegua volvió a su mente la imagen de S.T. con la espada, y él terminó de empeorarlo cuando se detuvo por enésima vez para desliar pacientemente la cuerda de Nemo de un árbol mientras el lobo daba saltos y le lamía la cara.

– No nos queda dinero, ¿no? -dijo ella.

Nemo echó a correr arrastrando al Seigneur detrás. Este se detuvo, tiró del lobo y dijo con toda tranquilidad:

– Dos guineas.

Esa forma de contestar solo contribuyó a exasperarla aún más.

– ¡Vaya, estamos hechos unos auténticos potentados! -exclamó Leigh.

S.T. se limitó a encogerse de hombros y esquivar una rama cuando Nemo volvió a tirar de él. Era aún peor que no le siguiera el juego. En tono irónico, ella añadió:

– Tal vez deberías asaltar la próxima diligencia que pase.

– Sí -contestó él-. Ya le había echado el ojo a ese carro de heno que hemos pasado hace un rato, pero me ha costado decidirme entre ese y el de la cerveza.

– Claro, por eso has terminado ayudándole a salir del barro. Eres el azote de los viajeros, ya lo creo.

S.T. se subió más la bolsa y la silla de montar, que llevaba al hombro. Tenía el tricornio ladeado sobre los ojos, y la empuñadura de la espada grande, que colgaba de su espalda, brillaba bajo el débil sol de diciembre. Tenía todo el aspecto de un maleante.

– Al menos el hombre ha demostrado algo de gratitud -dijo-. Tú llegaste a mí con las manos vacías, así que no entiendo por qué te lamentas como si me hubiese jugado tu dote.

– Solo estoy siendo práctica -alegó Leigh en un tono que sabía que lo enfurecería.

Él picó y la miró con sus cejas doradas muy enarcadas. En ese momento Nemo se enredó en un arbusto. Leigh se sintió mucho mejor, más fría y calmada, después de haber conseguido levantar ese muro de irritación entre ambos.

Siguió al lobo y a su amo colina abajo mientras caminaba sobre los montículos cubiertos de hierba que había entre los surcos dejados por las ruedas de los carros. Debajo de ellos estaban las marismas y la ciudad de Rye, un amasijo medieval de paredes grises y tejados remendados encaramado en lo alto del páramo. Las marismas se extendían desde los mismos aledaños de la ciudad hasta el mar, y sus helados estanques brillaban en medio del apagado invierno.

A los pies de la ladera pasaba un río cuyas aguas discurrían lentamente entre unos márgenes repletos de hierba muy alta. El camino se agrandaba al llegar a un puente de piedra que en esos momentos estaba cerrado al tráfico por reparaciones, y al otro lado del rio había una barcaza transbordadora que descansaba bajo las ramas desnudas de un enorme árbol. El barquero comenzó a impulsarla con la ayuda de una pértiga que sujetaba con una mano, mientras que con la otra tiraba del cable. Cuando llegó a la orilla en la que esperaban Leigh y S.T., estos subieron a bordo. Por una vez Nemo iba junto a su amo. El barquero miró al lobo con desconfianza.

– No morderá, ¿verdad? -dijo.

– Por supuesto que no -contestó el Seigneur, tras lo que añadió con una sonrisa-: Solo cuando se lo ordenan.

– Parece un lobo -añadió el hombre.

S.T. se apoyó en la baranda de madera y puso una mano sobre la cabeza de Nemo.

– Sí, impresiona mucho, ¿verdad?

– Pues sí -contestó el barquero al tiempo que dejaba la pértiga en manos de S.T. y él se hacía cargo del cable. S.T. descargó toda su fuerza en el palo, para lo que flexionó los hombros con energía bajo su levita beis. Cuando llegaron a la otra orilla, Leigh bajó a tierra dando un salto para esquivar el barro, pero se volvió a tiempo de ver cómo el Seigneur ponía una de las dos guineas en la mano del barquero.

– ¡Dios bendito! -exclamó-. Pero ¿es que…?

– ¡Sí, sí, ya voy! -dijo él interrumpiendo su protesta al tiempo que le lanzaba una mirada para que se callase-. Toma, coge la bolsa -añadió con intención de pasársela, pero en ese momento el barquero se apresuró a quitársela de las manos.

– Permitidme, señor. Tened cuidado, no metáis los pies en el barro. -Sacó la bolsa de la embarcación y, sin ninguna ceremonia, se la dio a Leigh-. Cogeos de mi brazo, señor, y tened cuidado al bajar. Ya está, sano y salvo. Muchas gracias, señor, muchas gracias.

No se le podía ver el rostro por las continuas reverencias que hacía. Nemo ya había echado a correr más allá de donde se encontraba Leigh hasta llegar al final de la cuerda. Al parecer, el Seigneur ya había previsto el tirón, pues tan solo abrió más las piernas para resistirlo antes de volverse hacia el barquero.

– Maitland -le dijo con una ligera inclinación de cabeza-. Me llamo S.T. Maitland.

– Muy bien, señor. Lo recordaré. Que Dios os bendiga, señor. Y os deseo toda la suerte del mundo con vuestro perro lobo.

S.T. cogió la bolsa de Leigh y se la echó al hombro junto con la silla de montar. El barquero los siguió durante un trecho mientras seguía deshaciéndose en reverencias.

– ¡Estás loco! -le espetó ella en cuanto el hombre no pudo oírlos-. ¡Le has dado una guinea y le has dicho tu nombre!

– No pasa nada porque le diga mi maldito nombre. ¿Has visto que saliera en alguna lista de hombres buscados?

Leigh apretó los dientes y lo miró fijamente.

– ¿Y por qué diantres le has tenido que dar una guinea, si casi no tenemos para comer?

– Puede que tengamos que pasar por aquí otra vez.

– Eso está muy bien, pero me gustaría saber cómo nos las vamos a apañar.

Él se limitó a mirarla con esa sonrisa suya tan pícara y cautivadora, y continuó andando. Leigh lo observó mientras avanzaba con absoluto donaire, sin tropezar, ni vacilar, ni echar mano rápidamente de algo para no perder el equilibrio cuando volvía la cabeza, Parecía más fuerte, más distante, como si se estuviera transformando ante sus ojos de una forma que escapaba a su comprensión.

Capítulo 11

A mitad de una antigua calle secundaria de la ciudad amurallada y adoquinada de Rye, el cartel de una sirena colgaba sobre la entrada de una posada que, construida casi totalmente de madera, parecía asfixiada por las enredaderas que subían por su fachada. Sin dudarlo ni un instante, o así se lo pareció a Leigh, el Seigneur subió los escalones y, agachando la cabeza, cruzó el portal de la venerable casa, ordenó a un asustadizo Nemo que se sentara, dejó caer la silla de montar y el equipaje en medio del vestíbulo y pidió a un camarero que pasaba que preguntara al posadero si su habitación de siempre estaba disponible. El hombre se detuvo, lo miró y, al momento, su rostro se iluminó al reconocerlo.

– ¡Señor Maitland! Cuánto tiempo sin gozar del honor de vuestra presencia, señor.

Apareció el dueño, y quedó claro al instante que en la Posada de la Sirena no tenían la menor objeción en dar alojamiento a huéspedes de dudosa reputación y a sus variopintos acompañantes. El señor Maitland recibió la calurosa bienvenida que suele dispensarse a un visitante conocido del que se guarda buen recuerdo. El posadero tan solo miró fugazmente a Leigh y a Nemo; no puso ninguna pega a la presencia del animal mientras los conducía por un desconcertante laberinto de pasillos hasta llegar a la habitación de la reina, una pequeña estancia presidida por una enorme y oscura cama con dosel.

La habitación olía a viejo y a cera, y había un poso de humedad en el ambiente que no resultaba desagradable. El fuego de la chimenea estaba encendido. La luz, teñida de verde por los cristales, que entraba por la ventana incidía en las planchas barnizadas y desiguales del viejo suelo. Nemo enseguida saltó a la cama y se tumbó en ella, pero el Seigneur le hizo una rápida señal con la mano y el animal bajó, haciendo un ruido metálico con las uñas al caer sobre la madera.

– Luego avisaré a las camareras -dijo el posadero con actitud benévola-, para que no crean que ha entrado un lobo.

El Seigneur lo miró por encima del hombro. La tenue luz del atardecer que entraba por la ventana enfatizaba la curva ascendente de sus cejas y, al envolverlo entre luces y sombras, le daba a los ojos de Leigh un aspecto muy maquiavélico, de príncipe renacentista o astuto asesino que estuviese estudiando a su víctima.

– Por eso lo compré precisamente, porque parecía un lobo -dijo S.T. apoyándose en la repisa de la ventana-, pero resulta que es un pedazo de pan. Y encima me costó mis buenos dineros. Yo quería criar al demonio y ya veis qué tengo. -Miró al lobo con afecto-. ¿Creéis que su descendencia heredará esos ojos amarillos?

El posadero meditó un instante.

– ¿Y qué os parecen esos sabuesos irlandeses tan altos y de piel gruesa? Podíais probar a cruzarlo con alguno.

– Buena idea. No os importará que se quede aquí dentro…

El posadero no pareció percatarse de la débil sonrisa de S.T.

– Por supuesto que no, señor. Ya sabéis que no nos importa tener perros en esta casa siempre que estén adiestrados. ¿Vuestro criado se quedará en el piso de abajo?

– ¿Mi criado? Ah, os referís a… -Una expresión compungida apareció en el rostro del Seigneur-. Maldita sea, ¿es que nadie se da cuenta? Es mi esposa, mi viejo amigo. Al fin han conseguido atraparme.

El posadero se quedó literalmente boquiabierto; miró a Leigh y se sonrojó. Esta lanzó una mirada a S.T. y se dejó caer en un sillón.

– Imbécil -dijo furiosa.

Él se apartó de la ventana y, con el sombrero a la espalda, bajó la vista en lo que era una perfecta imitación de compungimiento.

– Solo llevamos casados una semana -explicó, tras lo cual levantó la cabeza con una sonrisa-. Aún me llama «señor Maitland».

– ¡Sapo inmundo! -exclamó Leigh.

– Bueno, a veces también me llama sapo -añadió mientras se llevaba una mano al corazón-. Eres adorable, querida mía.

El posadero había comenzado a sonreír ante el espectáculo. El Seigneur le guiñó un ojo.

– Hicimos una apuesta -dijo-. Según mi esposa, era capaz de llegar hasta aquí desde Hastings sin que nadie la reconociera. -Hizo un gran aspaviento con el sombrero-. Estamos viajando a pie. Me apetecía contemplar las golondrinas.

– Un viaje a pie -repitió el posadero al tiempo que asentía mirando a Leigh-. Sois muy intrépida, señora.

– Ya lo creo que lo es -afirmó el Seigneur al tiempo que dejaba el sombrero sobre la cama-. Tendríais que verla manejando la espada.

– ¡Vaya! -exclamó, aunque esa noticia pareció sorprenderle menos que la de la boda-. Así que ambos tienen intereses comunes. Os ruego aceptéis mi más sincera enhorabuena, señor Maitland, y le deseo todo lo mejor a vuestra esposa. ¿Hay algo más en lo que pueda serviros?

– El vestido de mi señora está en esa bolsa. Lleváoslo y que lo planchen, si sois tan amable. Necesitamos un baño y cualquier cosa de comer. Y un poco de Armagnac, si es que los caballeros os trajeron algo que valiera la pena en su última incursión.

El posadero asintió con la cabeza y cogió la bolsa.

– ¿Vais a necesitar al botones, señor?

– Sí, decidle que venga. Mi levita necesita un buen cepillado. No, esperad, hay un buen sastre aquí cerca, ¿verdad? Llevadle esto a ver si tiene algo adecuado para la ciudad que sea de mi talla. En terciopelo o raso. -Se desabrochó la espada grande de la espalda y se quitó la levita beis-. Creo que mi esposa ya ha visto bastantes golondrinas de momento. Dejaremos que se pasee por Rye cogida de mi brazo.

El posadero también se hizo cargo de la levita y, tras inclinarse ante ellos, salió de la habitación. Leigh permaneció sentada mirando al Seigneur. Tenía una sensación desagradable en la garganta. No dejaba de pensar en la única guinea que les quedaba, y en lo que costaría todo lo que S.T. había encargado. Él se quitó el chaleco y, al retirarlo de sus anchos hombros, un pequeño paquete cayó del bolsillo interior. Sonrió mientras lo recogía.

– Es la primera vez que tengo esposa -dijo.

– No la tienes -afirmó Leigh con voz tajante.

En la habitación en sombras, la luz del atardecer parecía concentrarse alrededor de él haciendo que su pelo y sus pestañas refulgieran. Rompió el cordel del paquete y, tras abrirlo, lo ofreció a Leigh y dijo con expresión muy seria:

– De todas formas, ¿me harás el honor de ponerte esto?

Ella bajó la cabeza y contempló el delicado colgante de plata que brillaba en su mano.

– ¿Qué es eso? -preguntó.

Él la miró a los ojos.

– Algo que quiero darte desde hace tiempo.

Leigh frunció el ceño y apretó los puños.

– ¿Es tuyo?

– No lo robé, si es a lo que te refieres.

La joven observó el colgante. Era bonito, refinado y femenino, del estilo del que le podría haber regalado su padre. Un extraño ardor comenzó a hervirle en el pecho e hizo que respirase con dificultad.

– Lo compré para ti en Dunquerque -explicó S.T. en voz baja.

– ¡En Dunquerque! -exclamó ella, que aprovechó ese dato para apartarle la mano de un empujón-. ¡Hay que ser un idiota romántico para hacer una tontería así! ¿Cuánto te costó? -preguntó mientras se levantaba de un respingo de la silla.

Él dio un paso atrás con una expresión en el rostro que hizo que Leigh apartase la mirada mientras le temblaba el labio inferior, pues no era capaz de resistirla.

– Eso da igual -dijo S.T. moviéndose por la habitación.

Ella se volvió en su dirección.

– ¡Solo tenemos una guinea! -exclamó-. Una única guinea, y tú te dedicas a comprar un absurdo collar que debe de valer tres libras como mínimo.

Él se sentó en la cama y la miró con la cabeza ladeada y con aquellos intensos ojos verdes, cubiertos por sus características y demoníacas cejas doradas.

– Piensas asaltar una diligencia, ¿verdad? -le espetó Leigh-. Dios mío, acabamos de llegar y ya estás a punto de ponerlo todo en peligro.

Una leve sonrisa irónica se dibujó en la boca de S.T.

– ¿Y para qué demonios iba a hacer eso? -preguntó.

Ella hizo un barrido con los brazos por toda la habitación.

– ¡Pues para pagar esto, por ejemplo!

El Seigneur negó con la cabeza.

– Francamente, me decepcionas. ¿Dónde está tu sentido práctico? Incluso si pudiera asaltar una diligencia sin tener una montura, no hay por aquí ningún perista al que le pudiera vender las joyas, y tampoco nos íbamos a arriesgar a gastar en la ciudad dinero robado en las cercanías. Considero que es mucho más prudente retirar efectivo del banco.

– ¿Del banco? -exclamó Leigh.

– Bueno, no es tan raro, al fin y al cabo. Es lo que se suele hacer -alegó él al tiempo que comenzaba a quitarse las botas-. Entras al banco, le dices al cajero que quieres retirar determinada cantidad de dinero, y él obedece con sumo gusto.

– ¡Vas a robar un banco!

Mientras S.T. se agachaba para tirar de una bota, la coleta y la larga cinta negra que la sujetaba cayeron enredadas sobre su hombro. Una vez descalzo, se reclinó sobre las almohadas con las manos cruzadas detrás de la cabeza.

– Espero que eso no sea necesario -dijo con la mirada puesta en el dosel-. Estoy seguro de que tengo al menos mil libras aquí. Nunca dejo que el efectivo de mis cuentas sea inferior a novecientas.

Nemo se estiró sobre el suelo de madera y apoyó la cabeza sobre las patas con un suspiro. Leigh contemplaba atónita a la relajada figura de la cama.

– ¿Me estás diciendo que tienes una cuenta en un banco de Rye?

S.T. se volvió y se apoyó sobre un codo.

– Sí.

– Entonces, ¿no hará falta que robes nada para pagar todo esto?

– No.

La debilidad a la que tanto temía Leigh comenzó a acechar en su interior.

– ¡Pues entonces vete al infierno! -gritó. Fue hasta la ventana y, tras abrir sus cristales verdes, miró al patio de abajo.

– Te ruego que me perdones -dijo S.T. con ironía-. No sabía que tuvieses tantas ganas de que lo robara.

– Por supuesto que no las tengo, créeme.

Durante unos instantes reinó el más absoluto silencio.

– Entonces, ¿puede ser que te preocupes por mí? -preguntó S.T. al fin.

Leigh se apartó de la ventana y, en lugar de contestarle, dijo:

– Al menos tendremos algún plan, ¿no?, ya que tú eres quien lo ha decidido todo. ¿Por qué estamos aquí? Si tienes un plan, quiero conocerlo.

Él la observó durante un largo instante.

– Cierra la ventana -dijo. Leigh lo miró extrañada pero, aun así, obedeció-. Y ahora ven aquí.

Tras tomar aliento, la joven se sentó en el borde de la cama con la intención de que S.T. pudiese contarle lo que tenía que decirle sin levantar la voz. Él levantó la mano, de la que pendía el colgante de plata.

– Son ya seis semanas así -murmuró-. Llevo seis semanas deseándote. Sé cómo te mueves, cómo bajo el sol se forma una sombra en la curva de tu mejilla, y hasta cómo tienes las orejas. Incluso sé cómo eres debajo de ese maldito chaleco.

– ¿Qué tiene que ver eso con el plan?

– Nada en absoluto -contestó él, tras lo que soltó una risa llena de amargura y, volviendo la cabeza sobre la almohada, la miró-. Me muero -dijo llevándose una mano al pecho-. Me estás matando.

– No es culpa mía -replicó ella.

S.T. cerró los ojos. De pronto Leigh se dio cuenta de que su cuerpo la esperaba excitado, mientras yacía con los hombros tensos y respiraba profundamente.

– Merde -musitó S.T. con pasión-. ¿Te queda aún alguna deuda que saldar conmigo, Sunshine?

– Ah, ¿solo quieres eso? -preguntó ella en tono despectivo.

Luego, echó la cabeza hacia atrás y suspiró enojada con la mirada puesta en los volantes de damasco rojo del dosel, mientras en su interior sentía que un intenso nerviosismo la invadía. Apretó ambas manos hasta que las uñas se le clavaron en las palmas. Tenía miedo de que el Seigneur se abalanzase sobre ella, ya que no sabía cómo iba a reaccionar. Mientras, él seguía echado en la cama como un viril león. Volvió a hacerse un profundo silencio, que solo rompió él al emitir un leve gruñido al tiempo que contemplaba el colgante.

– Creía que ya no querías nada más de mí -dijo Leigh con una voz que la sorprendió por ser demasiado ronca y quebrada-. Prácticamente no me has tocado desde aquella vez.

– Lo sé -contestó él con amargura-. Quería que tú me lo pidieses.

Eso era algo que Leigh no estaba dispuesta a hacer. No pensaba caer nunca en esa especie de absurdo laberinto emocional en que él estaba inmerso. Era un bobo sentimental y agotador. De pronto se lo imaginó con sus hermanas. Le reiría los chistes a Emily incluso cuando ella no se acordara del final, y se dedicaría a tomarle el pelo a Anna hasta que se enfadara. Les haría… no, no les haría, les habría hecho…

A veces Leigh tenía la impresión de que podía oírlas, de que escuchaba cómo sus voces se desvanecían poco a poco, procedentes de algún lugar invisible que estaba fuera de su alcance. Pero todo eso ya había acabado, y para ella era como si nunca hubiese ocurrido. La realidad era que estaba en una habitación desconocida con un bandolero. Él era espléndido, con aquellos ojos verdes y los reflejos dorados del pelo, la rodilla levantada y el cuerpo relajado sobre la cama, tan hermoso a su manera como el lobo. Leigh conocía a la perfección la forma de sus fuertes manos y muñecas, y aquella sonrisa diabólica que surgía de repente y la dejaba anonadada. Estar tan cerca de él era como ahogarse. Era como un dolor, como la profunda agonía de un intenso calor que se aplicara a sus extremidades congeladas. No quería aquello, porque no podría resistirlo.

– No voy a pedírtelo -dijo Leigh con una voz que sonó muy crispada en medio del silencio-. No necesito nada de eso que tú llamas amor. Lo que quieras tú es asunto tuyo.

Él apartó la cara con una mueca de disgusto. Levantó el colgante y observó cómo giraba a la luz.

– ¿Acaso he hablado de amor? -preguntó con expresión muy seria-. Creo que solo he hablado de saldar deudas. -Abrió la mano y dejó que el colgante se deslizara por sus dedos-. Cama, comida y dinero desde que salimos de La Paire -añadió en un tono de voz en el que se percibía un débil deje sarcástico. Bajó la mano y la posó sobre la de ella-. ¿Qué hay de eso? Según tú, entre nosotros solo existe una mera transacción comercial.

Leigh se puso tensa. Volvió a recordarlo en la playa blandiendo la espada mientras esta cortaba el aire con su perversa canción. S.T. deslizó los dedos por su muñeca y comenzó a recorrer lentamente el brazo. La intensa expresión sardónica de su rostro parecía indicar que la estaba retando.

– Por lo tanto, págame lo que me debes -susurró él.

Leigh respiró hondo, como un ciervo que se quedara helado ante una amenaza. ¿Acaso creía que ella se iba a echar atrás? Lo miró fijamente; tenía una expresión taciturna, y los ojos entrecerrados para disimular sus verdaderas intenciones. Ella también los cerró un poco. Mejor así. Mejor que él creyera que ella estaba en su poder.

S.T. comenzó a desabrocharle muy despacio los botones del chaleco. Cuando llegó al último, dijo:

– Estás muy pasiva para ser una puta. ¿Es que no conoces tu oficio?

Leigh sintió que se sonrojaba, pero no estaba dispuesta a concederle nada, ni siquiera su vergüenza. Sin levantar la cabeza, él le acarició la barbilla. La mueca irónica seguía presente en su rostro.

– Encima que tengo que comprarte, no creo que deba hacer yo todo el esfuerzo -dijo.

– Los sirvientes deben de estar a punto de llegar.

– ¿Ahora eres tímida? -murmuró él-. Solo estarán un momento.

Leigh se dio cuenta de que, para luchar contra aquella amenaza, tenía que levantar su muro de resentimiento. Pensó en la forma en que él le había arrebatado la espada de las manos como si sus dedos no hubiesen tenido fuerza alguna. Quería resarcirse de eso, como también de la forma en que conseguía arrastrarla a todas partes y que estuviera siempre preocupada por lo que hiciera y por lo que le pudiera pasar. Recordó las ilustraciones del libro del marqués y todas aquellas historias eróticas. Dejaría que creyera que así podía ablandarla. Leigh volvió la cabeza y le recorrió la mano con los labios; después, con mucha delicadeza, le mordió un dedo y bajó sumisa la mirada.

– En ese caso, voy a bañaros, monsieur.

S.T. seguía tumbado en la cama mientras la camarera terminaba de verter el último cubo de agua caliente en la bañera. El sastre más ilustre de Rye no se había mostrado nada remiso a la hora de ofrecer su mercancía. Las nuevas levitas de S.T., que acababa de llevar el chico de los recados de la tienda, descansaban en el galán de noche para ser inspeccionadas, aún envueltas en sus respectivos papeles. Una era de terciopelo color bronce y rematada con hilo verde oscuro, mientras que la otra era de raso azul con detalles dorados. Iban acompañadas por diversos pantalones a juego, chalecos en ricos bordados y camisas de lino con discretos encajes en los puños.

La doncella recogió los cubos vacíos y se marchó, siguiendo los pasos del chico de los recados. S.T. se sentó en el borde de la cama. Alargó el brazo para alcanzar el plato de carne fría que la sirvienta había dejado y se comió una rodaja de ternera con pan, a la vez que lanzaba otro pedazo a Nemo, que se lo tragó de un bocado.

No dejaba de observar a Leigh en todo momento. Se había recogido de nuevo el pelo en una coleta, dejando al descubierto su suave, blanco y sedoso cutis. S.T. la miraba de soslayo, como si fuera un cazador oteando desde las alturas de un árbol, pero intentaba mantener la compostura y controlarse. Ella iba de un lado a otro de la habitación preparando las toallas, disponiendo el jabón y haciendo todo tipo de preparativos. Lo excitaba mucho observarla mientras realizaba en silencio todas esas pequeñas tareas con la cabeza agachada y vestida con atuendo masculino. El efecto era exasperante pero muy exótico. Estaba haciendo todos esos discretos rituales, todas esas labores femeninas, por él, que tan solo deseaba abalanzarse sobre ella y forzarla. Tal era el grado de excitación en que lo había sumido.

Pero S.T. no quería que fuese así. Había intentado obligarla a que lo rechazara, a que la vergüenza le impidiera entregarse y, sin embargo, Leigh había descubierto el farol y había ganado la apuesta entera, la batalla, así como su conciencia y su capacidad de contenerse. Y aquello le producía un placer doloroso e ignominioso. Tomó un sorbo de coñac, que le calentó la garganta y el pecho. Le molestó comprobar que no tenía el pulso firme. El alcohol no atemperaba ni su ansia ni el desprecio que sentía por sí mismo. Leigh fue a la bañera, probó el agua y se volvió hacia él.

– ¿Monsieur?

Lo dijo en tono cortés y reservado, sin levantar la mirada del suelo, como si fuese una sumisa sirvienta. S.T. se sintió atado, incapaz de levantarse y cogerla entre sus brazos como habría deseado. Así que tan solo se sentó, sintiendo un tremendo torbellino en su interior, mientras se aferraba con las manos al borde de la cama. Leigh se acercó.

– ¿Desea el señor que lo desvista? -preguntó.

S.T. abrió un poco la boca. La voz ronca de ella, unida a su serio porte, resultaba muy tentadora. Estaba claro que se estaba burlando al tratarlo con aquella deferencia, como si fuese una sirvienta de verdad, pero esa forma tan humilde de agachar la mirada lo excitaba más allá de todo límite.

– Sí -contestó él con voz ronca, rindiéndose a aquella promesa de intensas sensaciones eróticas.

Lo habían atendido sirvientes miles de veces. Era una cuestión que nunca se había planteado cuando vivía a lo grande. Al fin y al cabo, era un caballero, así que utilizaba a un ayuda de cámara siempre que las circunstancias lo permitían. Pero nunca había tenido nada parecido. Nunca había sido atendido por una seductora mujer que le levantara la camisa mientras con las manos recorría su pecho y le tocaba en sitios donde hacía tres años que no lo tocaban. Los dedos de Leigh subieron por sus costillas, le marcaron los músculos del pecho y le acariciaron los pezones hasta que él no tuvo más remedio que levantar la cabeza y resoplar. Terminó de quitarle la camisa por encima de la cabeza y se apartó para dejarla sobre una silla, como si todo aquello solo fuese la rutina de cada día. A continuación, volvió y se detuvo ante él, todavía mirando al suelo con modestia, como un sirviente que aguardara instrucciones.

S.T. se puso en pie y ella se apresuró a tocarlo sin dudarlo ni un instante. Fue apretando el dorso de la mano contra su cuerpo mientras le desabrochaba los pantalones hasta bajárselos. A él le costaba respirar. Era como si estuviese sumergiéndose en un sueño. Leigh volvió a tocarlo con sus cálidos dedos. S.T. le puso una mano en el hombro y echó la cabeza hacia atrás. Todo su cuerpo quería poseerla, fundirse en ese contacto. Ella bajó las manos por sus caderas y se inclinó para desabrocharle las hebillas de las rodillas. Una vez ya sin pantalones ni medias, S.T. se hizo a un lado, desnudo y erecto, mientras ella recogía la ropa y probaba el agua de nuevo.

– Vuestro baño está a una temperatura muy agradable, monsieur -dijo Leigh muy seria.

S.T. la miró. Su mente no terminaba de aceptar aquella escena, en la que él estaba desnudo mientras que ella, con su recatada mirada, seguía llevando puestos los pantalones y la camisa de hombre que la cubrían pero, a la vez, lo insinuaban todo. Su mente no lo aceptaba, pero su cuerpo era de otra opinión muy distinta, así que se metió en la bañera. El agua caliente fluyó entre sus piernas. Sentía el suave roce de la coleta contra su espalda desnuda cada vez que movía la cabeza; era como el contacto de la seda fría, pero él estaba hirviendo por todos los poros. Leigh esperaba con un trapo y el jabón en las manos, pero él no se decidía a sentarse. Sus rodillas no querían torcerse, ni sus hombros relajarse. Tenía todos los músculos rígidos de excitación. Lo único que podía mover eran las manos, que no dejaba de abrir y cerrar, mientras el agua le acariciaba los pies.

Leigh esperó unos instantes sin bajar nunca la vista más abajo del pecho de él. Cuando vio que no tenía intención de moverse, se arremangó hasta los codos, se arrodilló y empapó de agua el trapo y el jabón. Era muy hermosa, y cada movimiento que hacía era grácil y delicado. S.T. sintió el deseo de sostener su rostro entre las manos y meterle la lengua dentro de la boca. Ella se incorporó y le frotó con el jabón y el trapo la pierna y el muslo, dejando que cayera el agua por su cuerpo. S.T. se mordió el labio y echó la cabeza hacia atrás mientras sentía cómo Leigh le daba lentos masajes con la mano, antes de enjabonarle el pecho. Pequeños chorros de agua cálida se precipitaron por su cuerpo. Era el único sonido que S.T. oía, junto con el de su propia agitada respiración.

Leigh volvió a inclinarse y, cuando se levantó, le lavó el cuello y los hombros, provocándole una agradable sensación de frescor. Le cogió los brazos y los restregó con suavidad hasta llegar a los dedos. La piel de ella era resbaladiza y caliente al contacto con la suya. S.T. la cogió de la muñeca, pero se le escapó al apartarse para llenar el jarro; luego lo levantó más arriba de los hombros para enjuagarlo. Él cerró los ojos mientras caía el agua sobre su cuerpo. Leigh volvió a arrodillarse, esa vez para frotarle las piernas y, después de recorrer con sus manos los duros músculos de las pantorrillas, continuó hacia arriba.

Le acarició los muslos de forma delicada y provocativa. S.T. no podía creerlo, y tampoco podía hablar, ya que un gemido de éxtasis bloqueaba su garganta. Sin embargo, tuvo fuerzas para tocarle el pelo, hundir los dedos en él y, a continuación, sostener su rostro entre las manos, como si ella pudiese mantenerlo de pie en caso de que le flaquearan las piernas. Leigh dejó caer el trapo y siguió frotándole el interior de los muslos con los dedos. Entonces, mientras él se deshacía en temblores, se agarró a sus caderas e, inclinándose más hacia delante, le besó el miembro erecto.

S.T. arqueó la espalda y, con los dientes apretados, jadeó mientras ella acariciaba con la punta de la lengua su parte más sensible. Unos destellos de dulce agonía enviaron pequeños espasmos por todo su cuerpo. Sin poder evitarlo, comenzó a mover las caderas hacia delante al ritmo de las caricias de ella, hasta que la cogió de los hombros para levantarla. Quería llevarla a la cama y hundirse en ella al instante, pero Leigh se zafó de él con un rápido movimiento de hombros.

S.T. abrió los ojos e intentó cogerla, pero ella dio un paso atrás y lo miró de arriba abajo con una leve sonrisa sardónica en el rostro y un extraño brillo en los ojos.

– Sois un hombre muy apuesto, monsieur -murmuró-, pero creo que la deuda ya está saldada de momento.

Antes de que S.T. tuviera tiempo de darse cuenta del nuevo cariz que había tomado la situación, Leigh se bajó las mangas de la camisa y desapareció por la puerta; lo dejó solo y de pie, lleno de jabón, en medio de la bañera. Oyó cómo se cerraba el pasador y, durante un largo instante, se quedó mirando hacia la puerta, confuso. A continuación, recorrió toda la habitación con la vista mientras respiraba entrecortadamente. No podía creerlo. Su cuerpo necesitaba llegar hasta el final. Lanzó un grito de ira que hizo que Nemo se apresurara a meterse bajo la cama, pero la puerta permaneció cerrada.

– ¡Leigh! -volvió a rugir, pero solo le respondió el sonido de la cola de Nemo al golpear el suelo.

– Será… -dijo perplejo-. La muy zorra, la muy… -Se interrumpió, incapaz de decir nada más. Un gruñido inarticulado fue lo único que salió de su boca.

Juntó ambas manos con fuerza. Le ardía y le dolía todo el cuerpo. Volvió a mirar hacia la puerta y, de pronto, sintió el impulso de echarse encima alguna de las levitas y salir corriendo tras ella, pero se contuvo al darse cuenta de que se estaría comportando como un asno si lo hiciera.

– Maldita seas, ¿qué es lo que quieres? -gritó-. ¿Qué es lo que quieres, eh? ¿Es esto lo que quieres, maldita zorra calculadora?

No recibió ninguna respuesta. Se dejó caer en la bañera y, llevándose una mano a la cara, se la mordió. Respiraba agitadamente y resoplaba por la nariz. Se acabó, pensó. Se acabó para siempre. Cogió el cubo y se echó agua helada por encima de la cabeza.

Dos horas más tarde estaba sentado ante el espejo del tocador mirándose. Se había puesto la levita de terciopelo color bronce porque era la que estaba encima del todo, junto con un chaleco dorado bordado en seda verde e hilo plateado. El atavío le proporcionaba un brillo metálico que marcaba aún más los áureos reflejos de su pelo, que no se había empolvado por esa misma razón. Consideró que tenía buen aspecto. Esperaba tener muy buen aspecto. Lanzó un gruñido a la imagen del espejo y vio cómo un sátiro dorado se lo devolvía con una pícara sonrisa.

Respiró hondo, se levantó del taburete y apartó las toallas húmedas de una patada; luego abrió la puerta e hizo una señal a Nemo, que se acercó de mala gana con el rabo entre las patas. S.T. se agachó y tranquilizó al animal pero, aunque este le lamió la cara y le puso las patas sobre los hombros, se movió tras él por los pasillos con aspecto agarrotado y preocupado. Otra cosa más de la que era responsable la señorita Leigh Strachan.

Cuando llegó al vestíbulo de entrada, el posadero levantó la vista de su libro de cuentas y le sonrió. S.T. supuso que su idílica felicidad matrimonial ya sería conocida por todo el establecimiento, pero el hombre no hizo ningún gesto; por el contrario, se limitó a informarle de que la señora Maitland lo esperaba en una sala privada. Se dirigió a ella y atravesó la puerta abierta. Era un agradable salón iluminado por velas en el que una joven dama estaba sentada junto a la chimenea, leyendo. Casi no la reconoció. Ella se levantó en cuanto S.T. entró y lo saludó con una profunda inclinación, al tiempo que abría el abanico y extendía las faldas de su vestido, de manera que los pájaros color azul prusia resultaran perfectamente visibles. Llevaba un peinado muy elaborado que le caía en cortos rizos por toda la cara y cuello, y que había empolvado para que le diese un tono algo más azulado que el de la gargantilla de perlas. Prendida al pelo lucía una pequeña flor con un lazo. Incluso las cejas eran distintas, pues se las había depilado hasta darles una curvatura perfecta y delicada, como también lo era el diminuto lunar negro dibujado junto a la comisura de los labios. S.T. contempló ese exquisito punto azabache que destacaba sobre su suave piel y creyó enloquecer mientras todo el ardiente frenesí que había sentido un rato antes volvía a agolparse en su interior.

Leigh cerró el abanico con un rápido y hábil movimiento y le tendió una mano. A sabiendas de que el posadero estaba tras él en la puerta, S.T. dejó que ella permaneciera en esa postura durante un largo momento antes de volverse y dar con la puerta en las narices a lady Leigh Strachan.

Capítulo 12

S.T. cabalgaba bajo las estrellas a galope tendido sobre un caballo que había robado de los establos que había junto a la posada. Al salir de esta había visto al animal parado y con la silla puesta y, sin pensarlo dos veces, había cogido las riendas y se había montado en él. El viento le golpeaba los ojos enturbiándole la visión. No sabía adónde iba ni le importaba. Volvía a estar poseído por el antiguo demonio que lo impulsaba a actuar según las circunstancias de cada momento. Galopaba furioso, embriagado por la sensación de montar un ágil corcel al tiempo que seguía indignado consigo mismo por ser presa de sus necesidades y debilidades. Dejó tras de sí los gritos indignados y las reglas civilizadas y se internó por una senda demasiado oscura para ver nada.

Una sombra se movía junto a él, haciendo que el caballo gruñera y se asustara cada vez que se acercaba demasiado. Sin dignarse utilizar los estribos demasiado cortos que empleaba el desconocido dueño del caballo, S.T. avanzaba por el irregular camino disfrutando con la sensación de no perder nunca el equilibrio. Todas las noches que había pasado montando con tantas dificultades a la yegua ciega y siendo cauteloso para no sufrir los mareos se habían desvanecido. Al desaparecer, toda su pericia ecuestre había vuelto a él como si nunca hubiese dejado de montar, como algo que era tan natural y normal en él como respirar.

Azuzó al caballo mientras recorrían la noche. La euforia de la carrera fue consumiendo el incendio de su ira hasta reducirlo a una fogata. Le daba igual en qué dirección fuera, lo único que quería era seguir galopando. Y así continuó hasta que, en la oscuridad, algo brilló como una mancha ante sus turbios ojos. Detuvo el caballo y observó. La luz oscilaba y se movía lentamente. Se pasó una mano por los ojos y parpadeó para despejarlos, al tiempo que volvía la cabeza para poder oír por el lado bueno. Por encima de los rítmicos resoplidos de su corcel, escuchó el lento retumbar que hacía un tiro de caballos al trotar, así como un crujido de ruedas.

Ya estaban cerca. Nemo había desaparecido entre las sombras. El caballo tomó aire y levantó la cabeza para relinchar a modo de saludo. Después de que el jinete lo obligara a salir del camino, el animal se subió a un terraplén de cuya presencia S.T. no se había percatado antes. Cuando la linterna del carruaje se hizo visible, sonrió con satisfacción. Su posición elevada le proporcionaba una ventaja inesperada, ya que estaba por encima de aquella irregular luz que avanzaba dando bandazos por el camino. Tiró de las riendas para que el caballo mirara en la dirección en que se aproximaba el carruaje. Desenvainó la espada y se inclinó sobre el cuello del animal, tapándole la nariz con la mano que tenía libre para evitar que relinchara. El caballo se agitó sin hacer ruido. Entonces S.T. miró por encima del hombro y vio la difuminada silueta del tiro de caballos, la librea escarlata del conductor y el brillo de la linterna sobre el latón de los arneses. Evitó mirar directamente hacia la luz para que no lo cegara o desconcertase.

Al pasar los caballos a trote lento por su lado, la cabeza les llegaba a la altura del vientre del suyo. Por la forma en que levantaron la cabeza y resoplaron nerviosos, S.T. supo que olían al suyo, pero las anteojeras los mantuvieron indecisos y callados. El cochero les dijo unas palabras para calmarlos. S.T. levantó la espada.

– ¡Alto! -gritó al tiempo que, de una estocada, destrozaba la linterna, sumiéndolo todo en la más profunda oscuridad. Espoleó al caballo para que bajase del terraplén y, una vez estuvo junto a los otros, agarró las riendas del que iba a la cabeza con su mano enguantada. Mientras tanto, en medio de toda la confusión, el cochero gritaba y el caballo de S.T. intentaba apartarse del barullo, aprovechando que su jinete no le tiraba de las riendas en esos momentos. Desesperado, S.T. dejó caer todo su peso hacia delante y hacia atrás sobre la silla, con la esperanza de que su montura estuviese bien adiestrada.

Y funcionó. Ya fuera por su buena preparación o porque quería quedarse junto a los otros, el caso es que el caballo se detuvo a la vez que sus congéneres. El cochero golpeó con el látigo a S.T. en el brazo y en la cara. Este gruñó y, de forma instintiva, atacó con la espada. No veía, pero sintió cómo la tralla se enroscaba en su muñeca por encima del guante. Su cuerpo reaccionó antes de que su mente decidiese qué hacer y, con un rápido tirón, consiguió que el látigo saliese despedido. Cogió las riendas de su caballo y lo colocó delante de los demás.

– ¡Alto! -volvió a rugir-. ¡Estoy apuntando con una pistola!

Era mentira, pero servía dadas las oscuras circunstancias. Alguien había encendido una vela dentro del carruaje, y su exiguo brillo bastaba para que pudiese ver la silueta petrificada del cochero en el asiento exterior, así como la inmóvil figura de un lacayo que iba encaramado detrás. S.T. había considerado la posibilidad de que alguien sacara un trabuco, y por eso se había puesto tras los caballos, pero al parecer ninguno de los hombres quería correr ese riesgo. Se hizo un repentino silencio, tan solo alterado por el tintineo de los arneses.

– Muy bien -dijo S.T. a modo de felicitación. Espoleó al caballo para que volviese a subir al terraplén evitando que le diera la luz-. Baja de ahí y entra en el carruaje, y el lacayo también -dijo al cochero, que soltó las riendas y, lentamente, obedeció sus órdenes.

Alguien rompió a sollozar en el interior del vehículo. S.T. se inclinó un poco cuando el cochero abrió la puerta, y tuvo tiempo de ver a una pareja de mediana edad con el rostro pálido y a una joven que se tapaba la cara con las manos antes de que apagaran la vela.

– Encendedla de nuevo -dijo-. No quiero matar a vuestros criados pero, si se mueven de donde pueda verlos, lo haré.

Los sollozos se hicieron más fuertes. Tras oírse cierta agitación en el interior del carruaje, la vela volvió a prender y los sirvientes subieron a él. S.T. siguió inclinado sobre la perilla de la silla mientras estudiaba a sus apiñadas víctimas. Parecía claro que volvían a casa de alguna fiesta. El cuello y las muñecas de la joven, que aún tenía las manos en la cara, estaban cubiertos de diamantes. El hombre llevaba un valioso reloj de bolsillo y un enorme alfiler de rubíes, mientras que su esposa lucía esas mismas gemas tanto en el pelo como alrededor de su rollizo cuello. No iban muy lejos, ya que jamás se habrían arriesgado a cubrir una distancia considerable llevando esas joyas y tan poca protección.

S.T. estuvo a punto de dejarlos marchar, ya que no había ninguna razón -ni injusticia que reparar ni alma oprimida cuyo bolsillo aliviar- para que los asaltara. Pero entonces la joven levantó el rostro. Las lágrimas caían por sus mejillas mientras gimoteaba como si se le fuera a romper el corazón y, de pronto, S.T. pensó en Leigh, que nunca lloraba.

– Traedme los diamantes -dijo.

Ella dejó escapar un gemido de desconsuelo y volvió a inclinarse mientras negaba con la cabeza.

– Cochero -dijo S.T.-, cógeselos.

– ¡No! -exclamó ella llevándose una mano al cuello-. ¡Sois un inmundo ladrón!

– Dáselos, Jane -dijo la otra mujer en voz baja mientras ella misma se quitaba el collar a tientas-. Por el amor de Dios, dale las joyas. No son más que piedras.

– Solo quiero los diamantes -dijo S.T.-. Podéis quedaros los rubíes, señora, con mis más sinceras felicitaciones por vuestro buen juicio.

– ¿Solo vais a llevaros mis diamantes? -exclamó la joven-. Pero ¿por qué? ¡No es justo!

– ¿Tanto os importan esas piedras, milady? -preguntó S.T. ladeando la cabeza-. ¿Acaso son un regalo? ¿Quizá el obsequio de un enamorado?

– ¡Sí! -se apresuró a contestar ella mientras miraba a ciegas hacia el lugar de donde provenía la voz de él-. Tened misericordia.

– Mentís.

– ¡No! Mi prometido…

– ¿Cómo se llama?

Ella vaciló un breve instante.

– Señor Smith. John Smith.

S.T. se rió.

– Muy mal, querida mía, y, para colmo de males, me temo que no me siento muy romántico esta noche. Así que dádmelos.

La joven gritó y dio un empujón al cochero cuando este hizo ademán de acercarse a ella. S.T. espoleó al caballo para que se acercase más a la puerta desde la altura del terraplén. Con un giro de muñeca extendió la espada lentamente hasta que la punta de la misma entró en el carruaje. Mantuvo la hoja inmóvil, dejando que la tenue luz la iluminara.

– No es tan terrible perder unos diamantes, milady -dijo con suavidad.

La joven miró la espada y rompió en nuevos sollozos. S.T. esperó en silencio. Al cabo de unos instantes, ella se llevó las manos al cierre y tiró los diamantes hacia la puerta, pero S.T. ya se había dado cuenta de sus intenciones y los cazó al vuelo con la espada, que a continuación levantó en vertical para dejar que se deslizaran hasta la empuñadura.

– Très charitable, mademoiselle -dijo. Con un movimiento de muñeca, lanzó el collar al aire y lo atrapó con la otra mano; luego espoleó al caballo, que partió a gran velocidad del terraplén. S.T. agachó el rostro sobre la crin del animal mientras este lo sacaba de allí a galope tendido.

El caballo corrió durante unos minutos hasta que, desconocedor de que acababa de convertirse en fugitivo, comenzó a aminorar la marcha. S.T. dejó que fuera disminuyendo paulatinamente hasta reducirse a un mero trote. Entonces envainó la espada y se guardó el collar dentro de uno de los guantes. Se echó un poco hacia atrás para que el caballo redujera aún más el paso, cosa que el animal hizo, pese a que dio un respingo al aparecer Nemo tras ellos. Los jadeos del lobo resonaban en la tranquilidad de la noche. Entonces S.T. detuvo el caballo y comenzó a reflexionar mientras alargaba los estribos para que se ajustasen a su medida. Poco a poco, una sonrisa malvada se extendió por su rostro. Era incapaz de controlarse y comportarse con sensatez, así que hizo que el caballo diera media vuelta y volvieron sin prisas hacia el escenario del robo.

Se detuvo varias veces ladeando la cabeza para escuchar lo mejor posible pero, mucho antes de que él mismo percibiese nada, el caballo levantó la cabeza en señal de alerta. Aunque no podía verlas, sabía que el animal tenía las orejas empinadas en la dirección en que se encontraban los otros. Dejó que su montura avanzara despacio hasta que, finalmente, oyó voces enfurecidas y un portazo de la puerta del carruaje.

Consciente de sus limitaciones, pensó que el vehículo debía de estar bastante cerca, pese a que su deficiente sentido auditivo parecía indicarle que se encontraban a gran distancia. Levantó un puño y se mordió el guante con una sonrisa. Se salió del camino y, cuando oyó claramente el grito del cochero a los caballos y el traqueteo de las ruedas, siguió a sus conmocionadas víctimas a una distancia prudencial hacia las murallas de Rye, encantado con la gran farsa que todo aquello suponía.

Cuando estuvo lo bastante cerca para ver algunas luces encendidas en las casas de las afueras de la vieja muralla, S.T. cogió un camino lateral que lo condujo a la puerta por la que Leigh y él habían entrado en la ciudad esa mañana. El carro de cervecero que recordaba haber visto seguía allí, cargado de barriles vacíos. Paró el caballo y se inclinó para ir abriéndolos hasta que encontró uno en el que quedaba un poso dentro. Tras untarse el lazo del cuello del inconfundible aroma a cerveza rancia, se inclinó torpemente sobre la crin del caballo y comenzó a cantar una canción de borracho. Cuando llegó al establo de la posada, parecía tan ebrio que se le escaparon los estribos al intentar desmontar y, para evitar caerse, se cogió del cuello del paciente caballo hasta que sus pies resbalaron y aterrizó en el suelo junto a los pies de un mozo de cuadra. Nemo gimió y le lamió la cara.

– Vaya -farfulló mientras levantaba la cabeza para mirar al mozo-. He perdido las riendas. Dámelas, ¿quieres?

– Sí, señor -contestó el mozo-, pero me temo que este no es vuestro caballo, señor.

S.T. se giró sobre un codo y apartó a Nemo.

– Pues claro que lo es. Acabo de bajar de él -dijo con una voz que apenas podía entenderse.

– No, es del señor Piper, caballero.

– ¿Piper? -repitió S.T. al tiempo que dejaba caer la cabeza sobre el pavimento-. No conozco a ese tipo.

– Pues vos cogisteis su caballo, señor.

– Escucha -dijo S.T.-. Escucha, ¿tienes algo de beber? -Lanzó un profundo suspiro-. Mi mujer no me quiere.

El mozo sonrió.

– Sí, señor Maitland. Dentro hay ponche, cerveza y todo lo que queráis.

S.T. levantó un brazo.

– Muy bonito… eso de que la maldita mujer de uno… no lo quiera. Muy bonito, sí señor. Me llama sapo inmundo… la muy zorra -masculló mientras agitaba lentamente la mano en el aire con la mirada puesta en ella.

– Sí, señor Maitland. Mirad, os vamos a llevar dentro -dijo el mozo de cuadra cogiéndolo del brazo al tiempo que un compañero suyo se encargaba del otro. Juntos lo pusieron en pie. S.T. se dejó caer con fuerza sobre el hombro del que tenía más próximo y apoyó la cara en su cuello mientras buscaba su bolsa a tientas.

– Cepilladlo bien, ¿me oís? Es un buen caballo. Y dadle una ración adicional de avena. Toma, para ti, amigo mío -dijo poniendo la bolsa entera en la mano del mozo-. Coge lo que quieras.

– Sí, señor, pero el caballo no es vuestro.

S.T. levantó la cabeza.

– Sí que lo es.

– No, señor, no lo es.

Miró con ojos turbios al animal.

– Sí que lo es. Y es el mejor caballo que he tenido.

– No es vuestro, señor Maitland.

S.T. se separó del mozo de un empujón y se volvió para mirarlo a la cara mientras apoyaba ambas manos sobre sus hombros.

– ¿Y cómo sabes tú… que no es mi caballo, eh? -preguntó con mucho énfasis.

– Porque vos no tenéis caballo, señor.

S.T. meditó esas palabras durante unos instantes y volvió a mirar fijamente al mozo mientras se balanceaba.

– Pero yo lo estaba montando, ¿no?

– Sí, claro que lo estabais montando, pero porque lo cogisteis sin pedir permiso, y nos habéis puesto a todos en un buen aprieto. Salisteis cabalgando a toda prisa en la oscuridad con el caballo del señor Piper y ni siquiera sabíamos en qué dirección seguiros.

– ¿Sí? -preguntó S.T., sorprendido. Luego, víctima de un acceso de hipo, frunció el ceño y cerró los ojos-. Debía de estar… -Perdió el equilibrio y se cogió al mozo-. Debía de estar borracho -farfulló en la oreja del joven antes de desplomarse en el suelo.

Leigh se puso en pie de un respingo cuando aporrearon la puerta con fuerza. Había estado escuchando la conmoción procedente del pasillo a la espera de que terminase. Tras una larga tarde en la que había intentado calmar por todos los medios al desventurado señor Piper, prometiéndole que su caballo le sería devuelto a la vez que asentía a cada maldición que él profería, Leigh abrió la puerta con considerable inquietud.

Lo que vio ante sí no contribuyó a calmarla. Detrás del posadero, que llevaba en el brazo un sombrero y una capa mojada, dos mozos de cuadra resoplaban por el esfuerzo de acarrear al Seigneur. El que iba delante, que le sujetaba las piernas, las dejó caer sobre el suelo, mientras que el otro intentó ponerlo en pie cogiéndolo de las axilas, pero entonces S.T. murmuró algo ininteligible y se derrumbó en el pasillo. Leigh cerró los ojos; percibía el olor a alcohol incluso desde la habitación.

– Por el amor de Dios, lo que tiene una que ver -exclamó irritada al tiempo que se apartaba a un lado-. Entradlo.

Los mozos lo cogieron de nuevo y avanzaron a trompicones hasta la cama mientras su carga se balanceaba entre ambos. Nemo los adelantó y se subió al lecho. Dejaron a S.T. junto al lobo y, a continuación, el más joven de los dos le puso la bolsa del dinero sobre el pecho.

– Ha dicho que cogiéramos lo que quisiéramos, señora, pero puede que mañana no piense lo mismo.

El Seigneur estiró un brazo y lo dejó caer a un lado de la cama.

– Dales… -murmuró levantando de nuevo el brazo para intentar trastear con la mano enguantada en el monedero. Esparció billetes del banco de Rye sobre su elegante levita de terciopelo y agarró un grueso fajo-. Es muy… buen tipo -añadió mientras sostenía los billetes en dirección a Leigh-. Dales mucho… señora.

Ella le arrebató el dinero de entre los dedos.

– Dios mío, ¿de dónde ha salido todo esto?

El posadero sonrió a Leigh con amabilidad mientras colgaba el sombrero y la capa en el armario.

– Yo le adelanté algo esta tarde hasta que pudiera pasar por el banco. Está todo en orden, señora Maitland. ¿Quiere que envíe a alguien para que lo meta en la cama?

– No -contestó ella mirando en la bolsa-. Por mí que duerma con las botas puestas si quiere.

– Quince libras -farfulló el Seigneur-. Dale… quince libras. Es un buen tipo. -Abrió los ojos y añadió-: Le robé el caballo.

Leigh resopló con furia.

– ¡Asno idiota! -exclamó.

Él comenzó a agitarse con una risita floja.

– Dales quince libras…, señora -repitió.

Leigh puso media corona en la mano de uno de los mozos. S.T. se volvió a un lado todavía riendo. Tras balancearse un momento en el borde de la cama, cayó al suelo con estrépito. Quedó tumbado en el suelo mientras miraba con expresión confusa a Leigh.

– Dales quince…, zorra estúpida.

– Por supuesto que sí, borracho. -Se volvió hacia el primer mozo y contó la considerable cantidad de quince libras en voz alta-. Tomad, os lo repartís y ya podéis retiraros de trabajar -dijo a la vez que miraba por encima del hombro a S.T.-. Ya está, ¿contento?

Pero él no respondió. Tenía los ojos cerrados y roncaba levemente mientras movía una mano. Leigh miró al posadero.

– Podéis retiraros -le dijo con actitud muy encorsetada.

– Por supuesto, señora -replicó él mientras, sin sonreír, le hacía una reverencia; luego, se volvió y salió de la estancia con los mozos. Leigh oyó cómo gritaban de alegría cuando aún estaban a mitad de la escalera. Ella se llevó las manos a la cara y miró al techo.

– ¡Dios, cómo te odio! -exclamó-. ¿Por qué has tenido que volver, bestia inmunda?

– Para terminar lo que tú empezaste -le contestó una voz perfectamente lúcida y despejada.

Leigh dio un paso atrás, apartó las manos de la cara y lo miró atónita. Él se incorporó sobre un codo y se llevó un dedo a los labios.

– No grites, por favor -murmuró.

Aquello era casi tan desconcertante como ver a un muerto recobrar la vida y comenzar a hablar. Leigh se quedó inmóvil con una mano en el pecho mientras su corazón latía agitado. S.T. se levantó con total normalidad e hizo una señal a Nemo para que bajara de la cama.

– ¿Qué es lo que tramas? -susurró ella.

El Seigneur se quitó el lazo del cuello, lo olió e hizo una mueca de desagrado.

– ¡Jesús! Huelo como la alfombra del salón de la casa de citas de la comadre Minerva -dijo.

– Por el amor de Dios, ¿dónde has estado? ¿Qué significa todo esto?

S.T. tiró la maloliente prenda al suelo y estiró el brazo para coger a Leigh del codo con una de sus manos enguantadas. La acercó a él y le habló al oído.

– Es un regalo, ma petite chérie -dijo en voz baja y en tono burlón. Giró una mano, metió los dedos de la otra dentro del guante y sacó el collar de diamantes, que brilló con intensidad a la luz de las velas-. No te gustó el precio del anterior, así que te he traído otro cuyo valor sea más de tu agrado.

La espléndida joya se balanceó en su mano, irradiando prismas de luz. Leigh cerró los ojos.

– Santo cielo -murmuró.

– ¿Qué me dices, querida mía? -preguntó él acariciándole el cuello con el aliento-. ¿Te he complacido al fin? Según me han dicho, el collar era regalo de un enamorado, y le ha costado muchas lágrimas a una dama. -Levantó la mano y le pasó un dedo por debajo de un ojo, como si fuera a limpiarle una-. ¿Llorarás tú por mí?

– Antes de lo que piensas, me temo -susurró Leigh. El contacto del guante en su piel era suave y cálido, y le transmitía el calor de su mano-. Cuando te cuelguen por esto.

– No, no, de eso nada -dijo S.T.-. Ten un poco más de fe. -Le pasó la otra mano por el cuello, extendió los dedos enguantados sobre sus mejillas y presionó ligeramente para volverle la cara hacia él-. Llora de dicha -añadió con una oscura sonrisa antes de besar la comisura de sus labios-. Ma perle, ma lumière, ma belle vie, llora porque te he hecho feliz.

– No me has hecho feliz -replicó Leigh. Se mordió el labio y apartó el rostro-. Solo has hecho que me asuste.

Él volvió a cogerle el rostro. Leigh opuso algo de resistencia pero, de algún modo, S.T. se había puesto al mando de la situación; su energía reprimida parecía llenar la estancia y evitar que la joven se defendiera o levantara su habitual barrera de antagonismo. El Seigneur se puso tras ella y, tirando del vaporoso encaje del corpiño, le descubrió los hombros.

– No lo quiero -dijo Leigh-. No pienso quedármelo.

Pero él deslizó el collar alrededor de su cuello y lo abrochó. A continuación, le rodeó el cuello con las manos y le besó la nuca.

– ¿Desprecias el regalo del Seigneur, querida? -le susurró al cuello-. Es un símbolo de la pasión que siento por ti. -Su contacto la inmovilizaba, y su suave voz ardía con una extraña fuerza-. Deléitate en él conmigo.

– No, quítamelo -dijo Leigh llevándose las manos a la boca.

– Non, non, petite chou, ¿por qué habría de hacer algo tan estúpido? Lo he traído para ti, porque te amo, y porque quiero que todos admiren tu belleza y elegancia. Pero estás temblando, chérie. -La acarició lenta y juguetonamente mientras la tocaba con la lengua-. ¿De qué tienes miedo?

«De ti -pensó ella-. ¿Qué has hecho? ¿Qué me estás haciendo?»

El calor de sus besos la atravesaba, e hizo que agachara la cabeza. Entonces él la cogió de la cintura y le acarició el hombro desnudo con la boca al tiempo que la atraía más hacia sí. Leigh se mordió el labio con fuerza.

– Eres un loco incorregible -dijo.

S.T. negó con la cabeza rozándole el cuello.

– ¿No soy el Seigneur de Minuit? Para complacerte me arriesgaría a cualquier peligro.

– Te cogerán -repuso Leigh con un susurro.

Él emitió una débil risa.

– Pero esta vez no -dijo mientras comenzaba a deshacer los lazos del corpiño-. Y, además, ¿a ti qué más te da, mi frío corazón? Creía que no querías volver a verme.

Leigh se puso más tensa.

– No es tu cuello el que me preocupa, sino el mío -dijo con intencionada crueldad-. No quiero que me cuelguen también a mí por esto.

– No, no estaría nada bien. En lugar de eso, creo que es mejor que me ames.

Sin soltarla en ningún momento, S.T. se desprendió de los guantes, tras lo que sus experimentadas manos siguieron abriendo el vestido de Leigh al tiempo que la besaba y acariciaba; mantenía apoyada su cabeza salpicada de oro en el hombro de ella y la cinta negra de su coleta también reposaba sobre la piel de la indefensa joven. El vestido se deslizó por los brazos de ella y S.T. terminó de liberar los ganchos del corsé.

Leigh respiraba de forma espasmódica; estaba profundamente turbada y se sentía vulnerable en medio de las ruinas de su barricada. Había dejado que aquello llegara demasiado lejos; había consentido que él la cogiera por sorpresa y sumiera su precaria estabilidad en un marasmo de confusión.

– Je suis aux anges -dijo él con reverencia mientras las rígidas prendas de ella iban cayendo.

Se quedó tan solo con la enagua y una camisola que la posadera le había conseguido. S.T. emitió una especie de gruñido y la atrajo hacia sí, de inmediato le tocó los pechos.

– Leigh -susurró-, me vuelves loco.

Ella echó la cabeza hacia atrás contra él, que le acarició los pezones hasta que Leigh abrió la boca. Con un débil y desesperado murmullo, dijo:

– Está claro que sí.

S.T. rió en su oído. El collar robado parecía arder sobre la piel de Leigh. Estaba claro que el Seigneur sabía muy bien cómo desnudar a una mujer. La almidonada enagua no le supuso ningún problema; con suma pericia soltó los ganchos y dejó que la prenda cayese sobre el vestido formando un amasijo de seda a los pies de Leigh. La atrajo aún más hacia sí, de manera que ella pudo sentir los botones del chaleco contra su piel, y el encaje de los puños contra sus hombros desnudos.

– Todavía tiemblas -dijo él-. ¿Es que tienes frío, mignonne?

– Lo que tengo es miedo -contestó Leigh en voz muy baja-. Mucho miedo.

– Aquí estamos a salvo. No va a venir nadie -dijo S.T. mientras la mecía con suavidad-. Puede que mañana empiecen a hacer preguntas, pero tengo respuestas de sobra.

Desesperada, Leigh consiguió zafarse de él y se retiró al otro extremo de la habitación, con los brazos cruzados y temblando bajo la camisola.

– Has cambiado, y eso no me gusta nada -dijo.

– Soy yo, el de siempre, el Seigneur de Minuit -alegó él, resplandeciendo de bronce y terciopelo bordado mientras la observaba. Entrecerró sus ojos verdes y esbozó una ligera sonrisa-. ¿No será que te gusta demasiado?

Leigh se apoyó en una de las columnas del dosel con la respiración entrecortada. Cuando S.T. comenzó a acercarse a ella, se refugió contra la pared, pero él puso ambas manos sobre los paneles de roble a cada lado de su cabeza y la atrapó entre sus brazos. Se inclinó y le besó el cuello con avaricia, haciendo que el collar de diamantes le rozara con fuerza la piel. Una intensa sensación de placer se apoderó de Leigh, la misma que había experimentado mientras lo bañaba esa tarde, pero ahora era un deseo que amenazaba con sofocar su razón. De pronto no pudo más y, negando con la cabeza, se apretó más contra la pared.

– No puedo -murmuró-, no puedo.

– ¿Y por qué no? -preguntó él al tiempo que apoyaba un hombro en el panel y recorría uno de sus pechos con el dedo hasta acariciarle el pezón-. ¿Porque no son «negocios»? ¿Porque no eres tan fría como quieres hacerme creer?

Leigh intentó apartarse, pero la inflexible barrera de sus brazos volvió a impedírselo.

– No, no, mi pequeña provocadora -dijo S.T.-. Es hora de que tomes un poco de tu propia medicina.

La respiración de Leigh era cada vez más entrecortada. Levantó la barbilla y arqueó la espalda contra la pared mientras S.T. se arrimaba cada vez más a ella al tiempo que besaba su piel desnuda. Parecía más grande y fuerte que nunca. Leigh intentó de nuevo escapar de su abrazo, pero no pudo.

– Te aborrezco -dijo.

– Sí, ya lo noto -asintió él mientras volvía a tocarle un pecho y acariciarle el pezón con el pulgar-. De hecho, resulta hasta sorprendente la intensidad con que me aborreces.

– ¡Eres un bastardo! -exclamó Leigh, indignada, pero tan solo consiguió que S.T. sonriera ante ese epíteto.

– Sí, ma pauvre, pues claro que soy un bastardo. Nunca lo he ocultado, ¿verdad? -Le acarició la mejilla con suavidad y le besó la sien con dulzura. Cuando volvió a mirarla, la expresión burlona había desaparecido de su rostro-. Pero me tienes a tus pies -susurró-, y mi vida te pertenece.

Lo poco que quedaba del escudo protector de Leigh terminó de romperse en su interior, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Él la estrechó entre sus brazos y la apretó con fuerza contra el pecho.

– Te odio -dijo Leigh, con voz lastimera y entre sollozos mientras hundía la cara en su levita.

– Pues entonces ven a odiarme en la cama -contestó S.T. con un tono de voz diferente y más intenso-. Te quiero y necesito tenerte ahora mismo.

Leigh tembló mientras él le cubría de besos la barbilla, el cuello y los pechos. A continuación, la levantó, la llevó hasta la cama y la echó sobre ella de modo que quedó con las piernas fuera. S.T. se colocó entre ambas y, con una respiración ronca y desigual que destilaba pasión, le subió la camisola por encima de la cintura.

– Leigh -susurró con voz ronca mientras le recorría las caderas desnudas con las manos. Seguía totalmente vestido, y el oro, el terciopelo y la esmeralda le daban un porte masculino y elegante; su rostro parecía salido de un antiguo sueño, como si fuese un príncipe guerrero de algún reino del bosque. Inclinó la cabeza y le besó el vientre. Sus dedos ardían, pero ella dejó que la tocase sin intentar apartarlo.

De pronto, apoyó una rodilla en la cama y levantó a Leigh. Ella se dio cuenta de que su impetuoso amante no iba a esperar más, de que ni siquiera iba a quitarse la ropa, a apagar las velas o a intentar comportarse de un modo civilizado. La besó con furia a la vez que se desabrochaba los botones del pantalón; cayó sobre ella y comenzó a abrirse paso con las manos en las caderas de Leigh para atraerla hacia sí mientras resoplaba y repetía su nombre una y otra vez. Ella le rodeó el cuello con los brazos, y él la besó con ansiedad mientras la penetraba. Con fuerza la cogió de las nalgas para acompasarla aún más al ritmo de su apasionada cadencia, sumiéndola en un torbellino de sensaciones.

Leigh quería gritar, incapaz de respirar lo bastante hondo para contrarrestar aquella sensación de algo que se dilataba y se extendía en su interior. Se estiró hacia arriba y él la embistió con más ímpetu; sentía algo imposible y loco que la asustaba y de lo que no podía defenderse. Entonces, cogiéndola aún con más fuerza, S.T. emitió unos murmullos apagados, como si las palabras se asfixiaran en su pecho o estuviera llorando. Un intenso temblor, un poderoso instante de suspensión, pasó de uno a otro mientras él hundía el rostro en el hombro de Leigh. A continuación, S.T. soltó un prolongado jadeo y se relajó. Apoyó la frente sobre los pechos de ella mientras respiraba profundamente y se echaba un poco hacia atrás para descansar el peso sobre las manos. Leigh notó que él temblaba a causa de aquella extraña postura, y entonces, al darse cuenta de que S.T. todavía tenía un pie en el suelo, soltó una risita nerviosa.

– ¿Qué demonios te hace tanta gracia? -murmuró él entre dientes.

Leigh no sabía dónde poner las manos. Con cuidado, le tocó el pelo con sus débiles y torpes dedos.

– Todavía tienes las botas puestas.

Él le pasó los brazos por debajo.

– Los bastardos nunca nos quitamos las botas -dijo con la voz amortiguada por el colchón junto a su oído; luego se apartó y se puso en pie. Inclinó la cabeza y sonrió levemente mientras la contemplaba. Leigh, que se sintió indefensa y avergonzada, se sentó e intentó bajarse la camisola para taparse, pero él se la cogió por el dobladillo y se la quitó por encima de la cabeza.

– Métete bajo las sábanas, chérie -le ordenó con un beso en la frente pero, al ver que ella vacilaba, apartó la ropa de cama, la cogió en brazos haciendo caso omiso de su leve chillido y la depositó sobre las almohadas.

Luego dio un paso atrás y comenzó a desvestirse ante Leigh sin recato alguno. Ella vio cómo se despojaba de la levita de terciopelo y, después de colgarla, se desprendía del brillante chaleco. A continuación, fue la camisa la que cayó al suelo, seguida por la cinta del pelo. Con los pantalones abiertos y el pecho desnudo, comenzó a tirar de las botas para quitárselas; parecía un dios pagano, con el pelo suelto que le caía entre ribetes dorados y sombras por encima de los hombros.

Nemo se levantó y olisqueó los pies de S.T., aún cubiertos por las medias. Este se arrodilló junto al lobo, lo abrazó y lo acarició con vigorosas carantoñas que hicieron que el animal se tumbara y comenzara a dar vueltas mientras se retorcía de gusto.

Temblorosa, Leigh se mordió el labio mientras respiraba de forma extraña. Tomó aliento y se subió la sábana hasta la barbilla. Cuando el Seigneur se incorporó, Nemo fue hasta la puerta y, tras pegar el hocico a la abertura, miró hacia atrás a su amo con la esperanza de salir.

– Ya hemos cazado bastante por esta noche, viejo amigo -dijo S.T.-. Ahora nos toca gozar de nuestra bien merecida gloria.

Al oír eso, Leigh se llevó la mano al cuello, sobresaltada, pues recordó el collar robado.

– Déjatelo puesto -le dijo él al ver que intentaba quitárselo. Fue hasta la cama y, tras sentarse, tiró un poco de las sábanas-. Te sienta muy bien -murmuró mientras levantaba la joya con un dedo.

– Sí, desde luego es una soga de lo más bonita. No entiendo por qué estás tan orgulloso de ti mismo.

Él bajó lentamente un dedo, con el que trazó una línea hasta llegar a un pezón.

– Bueno, mira qué he conseguido gracias a él.

Leigh apartó la vista.

– Te equivocas.

– Ah, ¿sí? -dijo S.T. al tiempo que levantaba sus diabólicas cejas con interés.

– Sí. No me ha impresionado tu maravilloso collar. No es por eso por lo que te he dejado… -Se interrumpió y le apartó la mano con que la acariciaba-. No ha sido por eso.

– ¡Vaya! Pues no sé qué otras conjeturas atreverme a hacer. El pensamiento femenino escapa a la pobre capacidad masculina de raciocinio.

– Perdóname, pero pienso que hablar de raciocinio con un loco es un ejercicio fútil.

Él sonrió.

– Pero tal vez sea más provechoso que hablarlo con una mujer.

– ¡No me has comprado con un collar de diamantes! -exclamó Leigh; él se inclinó y la besó con suavidad en la mejilla.

– Claro que no. ¿Cuándo he dicho yo eso? Eres una inocente enfant que no se entera de nada -dijo mientras se levantaba de la cama para apagar las velas.

Leigh lo oyó moverse por la habitación. Cuando volvió y se deslizó bajo las sábanas, ella le dio la espalda, pero S.T. la rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí. Estaba desnudo y desprendía un reconfortante calor, y su cuerpo, tan suave como el terciopelo de la levita, provocó en Leigh una agradable y cálida sensación. Ella sabía que aquello solo era un sueño, que finalmente había consentido caer en el mundo de fantasía que él había construido y en el que vivía. «Soy el Seigneur de Minuit.» Era un lunático absurdo y peligroso, pero al mismo tiempo irresistible y encantador.

La respiración de él le agitaba el pelo. Leigh pensó en apartarse, pero consideró que no tendría mucho sentido después de todo lo sucedido. Además, la aguardaba la oscuridad con todo el miedo, los recuerdos y las emociones que no soportaba, pero así, en sus brazos, era como si su mente se hubiese separado de su cuerpo; solo pensaba en la presencia física del Seigneur a su lado y en el sensual calor de su abrazo. Y le daba igual. No quería pensar. Esa noche le bastaba con los sueños.

Capítulo 13

S.T. volvió a hacerle el amor justo antes del amanecer. Se despertó envuelto en una cálida sensación, con Nemo tumbado contra su espalda y el cuerpo de Leigh, tan suave y sensual, entre sus brazos. Los tres estaban apiñados como si fuesen una manada de lobos que se hubieran unido para hacer frente al frío de la noche. Durante largo rato siguió así, sin moverse, mientras disfrutaba de ese momento. Estaba con su propia familia, pensó, y eso lo hizo sentirse muy amoroso. Apartó el pelo de Leigh y la rodeó con un brazo para acariciar la suave y mullida piel de su pecho. Rápidamente ella volvió la cabeza hacia él; entonces se dio cuenta de que no estaba dormida. Leigh hizo ademán de intentar apartarlo un poco, pero S.T. se puso encima y se abrió paso con facilidad hasta penetrarla mientras le cubría el rostro y el cuello de besos. Llegó al clímax en un frenesí de placer y sostuvo su rostro entre las manos al tiempo que saboreaba su boca. Nada más terminar, ya tenía ganas de empezar de nuevo. No quería apartarse, así que se apoyó en los codos para incorporarse un poco mientras permanecía tumbado sobre ella.

– Bonjour, mademoiselle -susurró-. Espero que hayas dormido bien.

Leigh no contestó. S.T. sentía los pequeños escalofríos que recorrían su cuerpo, y cómo se movía bajo él sin descanso. Sonrió con la boca apoyada en su hombro pensando en todo lo que aún le quedaba por enseñarle.

Al despuntar el alba, el collar de diamantes arrojó una lluvia de diminutas chispas alrededor del cuello de Leigh. S.T. recordó todo lo que tenía que hacer y, abriendo el cierre de la joya, la cogió y se giró en la cama para intentar sentarse, pero Nemo no se apartó, sino que intentó lamerle la cara. Finalmente el lobo ganó, y su amo tuvo que volver a tumbarse farfullando mientras Nemo le sujetaba los hombros con las garras y sometía su rostro a un concienzudo lavado. Luego comenzó a mordisquearle la nariz y a juguetear sobre la cama, lo cual incluyó varios pisotones en el estómago de su amo. Él soltó un quejido y consiguió apartarse justo en el momento en que Leigh se sentó en la cama; Nemo dio un salto atrás al verla y se retiró como si fuese un horrible monstruo que hubiese aparecido de repente de entre las sábanas. Asustado, el lobo se colocó sobre los pies de S.T. y miró fijamente a Leigh durante un largo instante. Con su habitual expresión meditabunda, con las orejas levantadas y la cabeza ligeramente inclinada, sus ojos amarillos la observaban de una forma penetrante e inquisitiva.

Leigh no se movió. S.T. se preguntó si estaría asustada. Esa mirada fija del lobo evocaba imágenes de una noche primigenia en la que decenas de ojos brillaban en la oscuridad, y podía sacar a la luz el miedo humano a lo salvaje y tenebroso. Ni siquiera él estaba seguro de qué haría Nemo, nunca lo estaba, y se contuvo de hacer ningún movimiento que pudiera asustar o enojar al animal. Leigh ponía nervioso a Nemo, y un lobo inquieto siempre era impredecible. Entonces este agachó un poco la cabeza y, tras olisquear la pierna de S.T., dio un paso adelante sobre la cama. A continuación, volvió a inclinar la cabeza y a mirar fijamente a Leigh a los ojos hasta que, con la total falta de reserva de una bestia, bajó el hocico y empezó a explorar la sábana que la cubría, prestando particular atención a los interesantes aromas que emanaban de entre sus piernas.

– Serás guarro -murmuró S.T.-. Ten un poco más de delicadeza.

Pero Nemo no se inmutó y prosiguió con su meticuloso examen de Leigh mientras seguía moviéndose hacia delante; tenía que abrir más las patas para mantener el equilibrio sobre el colchón, que se hundía a su paso. Volvió a mirarla a los ojos y, tímidamente, le tocó la barbilla con la nariz.

– ¿Qué hago? -preguntó Leigh en voz tan baja que S.T. casi no la oyó.

– Tócalo -contestó él.

Ella levantó la mano y acarició las orejas del lobo; este le lamió la cara, haciendo que Leigh se estremeciera y se apartara. Entonces Nemo se inclinó y, con la barbilla metida en el pecho, levantó una de las patas delanteras y comenzó a tocarla con auténtico entusiasmo lobuno. S.T. se acercó más y le dio un cachete en el hocico al tiempo que le gruñía en señal de advertencia. Al instante, Nemo se apartó con el rabo entre las patas, poniendo punto final a aquel breve romance. Se sentó contrito al final de la cama, y luego se acercó con precaución a su amo en busca de perdón. Este lo acarició y le rascó las orejas. El lobo suspiró, se apretó contra él y, con mucho cuidado, le cogió una mano con los dientes.

– Conque intentando robarme a mi dama -dijo S.T. a la vez que cogía la cabeza de Nemo y lo agitaba. Este se instaló entre ellos y rodó sobre sí mismo todo lo que pudo, pese al poco espacio que había entre los dos cuerpos, con los ojos cerrados mientras S.T. le rascaba el estómago. Leigh alargó lentamente una mano y la puso sobre el cuello del lobo; este volvió la cabeza hacia atrás y le lamió la muñeca con su larga y cálida lengua. S.T. la miró-. Ahora ya nos tienes a los dos -le dijo.

El rostro de Leigh, iluminado por la tenue luz de la mañana, permaneció impasible mientras seguía acariciando al lobo. Cuando S.T. retiró la mano, Nemo se volvió hacia ella en busca de más atención. En un momento en que Leigh cesó el rítmico movimiento del brazo, el lobo le puso una pata sobre el estómago y fijó su expectante y solemne mirada en ella. Leigh le devolvió la mirada y su boca comenzó a temblar. Se mordió el labio y se apartó mientras retiraba la sábana.

– ¡Malditos seáis los dos! -exclamó levantándose de la cama.

Eran casi las siete cuando sonó la inevitable llamada a la puerta. El Seigneur se giró en la cama y se tapó la cabeza con una almohada.

Leigh respiró hondo. Ya hacía horas que se había vestido y había desayunado, mientras que él seguía en la cama dormitando como si no hubiera el menor problema. Mientras su corazón latía a gran velocidad, la joven se atusó el vestido, se volvió hacia el espejo del tocador v apoyó un codo sobre él para adoptar una pose despreocupada.

– Pase -dijo en voz alta.

Era el posadero, seguido por el señor Piper.

– Perdonad que os moleste, señora -dijo el primero-, pero…

Un gruñido procedente de la cama lo interrumpió. Todos miraron al bulto de debajo de las sábanas; solo podían ver una amplia espalda, una mano relajada y una maraña de pelo castaño y dorado. La mano del Seigneur se movió para levantar un poco la almohada y volvió a gruñir.

– Disculpad la intromisión, señor, pero…

– Cerveza -masculló el otro desde la cama en tono sepulcral-. Os lo suplico.

– Y ponedle un poco de arsénico -propuso Leigh mientras sonreía con dulzura al posadero. En ese momento miró detrás de él-. ¡Mi querido señor Piper! -dijo levantándose-. Supongo que querréis hablar con mi esposo, pero me temo que aún no se ha levantado. No sabéis cuánto lo siento; no podéis imaginar lo mucho que me hace padecer este hombre.

El señor Piper, un caballero pequeño y orondo con una voz que se asemejaba mucho a la de una rana, inclinó la cabeza.

– Lo siento mucho por vos, señora -dijo con su chirriante tono-, pero creo que se me debe alguna compensación. He de insistir en recibir alguna indemnización, y más ahora que están diciendo que fue mi caballo el que…

– Cerveza -volvió a repetir S.T. desde la cama-. Dios bendito, ¿quién demonios está croando?

– Es el pobre señor Piper, mi querido asno. El hombre a quien robaste el caballo.

– Sí, y casi desfonda a la pobre criatura -añadió este en voz más alta e indignada-. No se ha torcido un tendón por la gracia de Dios. Por si acaso le he dicho al mozo que le pusiera una cataplasma y que lo sacara a caminar despacio durante una hora. Me dicen que está bien, pero parece que tiene algo de debilidad en el corvejón izquierdo.

El Seigneur volvió a gruñir y miró a su acusador desde debajo de la almohada.

– Vaya parlanchín -murmuró cubriéndose de nuevo-. Idos antes de que acabéis conmigo, os lo ruego.

– No pienso irme, señor. Llevo esperando desde las cinco para hablar con vos. Tengo otras muchas cosas que hacer, y encima el agente judicial quiere incautarse de mi caballo -dijo el señor Piper, cada vez más alterado-. Me han interrogado esta mañana como si fuera un vulgar criminal, y eso no me ha gustado nada, señor, absolutamente nada.

– Vaya por Dios, pues claro que no puede haberos gustado -dijo Leigh en el mismo tono conciliador que había empleado la noche anterior con él-. ¿Y quién ha cometido semejante insolencia?

– ¡El agente, señora! Asaltaron un carruaje en la carretera de Romney anoche, y el ladrón montaba un caballo con marcas blancas en cada pata, así que no se les ha ocurrido otra cosa que enviar al alguacil a buscar cualquier jamelgo con marcas blancas que hubiera en la localidad e interrogar al dueño. Como si un honrado hombre de negocios se dedicara a asaltar carruajes después de un agotador día de trabajo. También quieren hablar con vuestro esposo, señora -añadió inclinándose de nuevo ante Leigh-, ya que les he informado de que se llevó mi caballo, lo cual es la pura verdad. Espero por vuestro bien, señora, que les pueda explicar dónde estuvo.

A Leigh le latía tan rápido el corazón que estaba segura de que le temblaría la voz pero, antes de que pudiese decir nada, el Seigneur se incorporó con esfuerzo de la cama y se sentó mientras contemplaba al señor Piper con expresión de profunda repugnancia. Se pasó la mano por la cara y mientras se retiraba el pelo dijo:

– ¿Cuánto he de pagar para que salgáis de esta habitación?

– Treinta guineas -se apresuró a contestar el señor Piper.

El Seigneur repitió con un murmullo la cantidad mientras sacaba los pies de la cama y los apoyaba en el suelo; se cubrió el regazo con la sábana, puso los codos sobre las rodillas y se tapó la cara con las manos. El gruñido de mareo que soltó a continuación consiguió que hasta la propia Leigh se intranquilizara.

– Eso es lo que vale mi caballo -afirmó el señor Piper con rotundidad-, y encima me están amenazando con incautarlo.

– Ni siquiera me acuerdo… de vuestro maldito caballo -masculló el Seigneur llevándose una mano al abdomen-. Demonios, qué mal me encuentro.

– Tengo testigos, señor, que están dispuestos a hablar. Insisto en recibir una compensación. No deseo presentar cargos, pero…

– Coged el dinero -lo interrumpió S.T.-. Cogedlo y dejadme en paz -añadió al tiempo que respiraba hondo y le hacía débiles gestos con una mano.

A continuación miró a Leigh con una expresión de desconsuelo e indefensión que resultaba indignante por lo creíble que era. Menudo farsante estaba hecho. Hasta ella casi se había creído esa resaca fingida. Mientras S.T. seguía sentado en la cama encorvado, Leigh buscó en la bolsa de él con dedos temblorosos y, junto al collar de diamantes que podía incriminarlo, encontró billetes por la cantidad de treinta y una libras. Contó concienzudamente monedas por valor de cuatro coronas de plata y dio todo el dinero al señor Pipen.

– Y podéis quedaros con vuestro maldito jamelgo -murmuró el Seigneur-. No quiero esa bestia inmunda.

– Lamento mucho todas las molestias, señor Piper -dijo Leigh en tono muy serio-. ¿De verdad se han llevado el caballo?

– Aún no, señora -contestó mientras se guardaba el dinero en la levita-. Supongo que querrán hablar con él primero -dijo lanzando una mirada altiva al Seigneur-. Os aconsejo que hagáis todo lo posible para devolverlo a un estado normal, señora, y espero que no haya estado haciendo tonterías por ahí con los caballos de caballeros honrados.

S.T. se inclinó hacia delante con aspecto de tener náuseas. De forma instintiva Leigh se aproximó a él, y los dos hombres, también por instinto, se acercaron a la puerta para marcharse.

– Voy a decir que suban algún tónico -dijo el posadero, con prisa por salir de la estancia-. Acompañadme, señor, si ya no tenéis nada más que hacer aquí.

– Traed al hombre de la barcaza -murmuró el Seigneur sin apenas levantar la cabeza-. Ahora recuerdo que anoche… pasé un rato entretenido con él.

– Muy bien, señor Maitland. Voy a mandar que lo traigan para que testifique a vuestro favor ante el agente, si es que eso llegara a ser necesario.

La puerta se cerró tras los dos hombres. Leigh, a quien le temblaban las piernas, se quedó inmóvil cogida a una columna del dosel. S.T., por su parte, volvió a tumbarse en la cama con las manos detrás de la cabeza y una sonrisa inmoral en el rostro.

– Qué aburrido tener que tragarme ahora un tónico, cuando preferiría tomarme una salchicha de cerdo -murmuró-. No se te habrá ocurrido dejarme alguna, ¿verdad?

Leigh respiró hondo.

– ¿Estuviste bebiendo con el de la barcaza?

– Lamentablemente no. Me pasé toda la noche recorriendo los caminos montado en un caballo con marcas blancas en las patas. Un inconveniente muy desafortunado, lo de las marcas. Esperemos que mi generosidad con el barquero no haya caído en saco roto.

Leigh inclinó la cabeza.

– ¿Y en caso contrario?

– En caso contrario, me ahorcarán, Sunshine.

Esta se llevó una mano a las sienes.

– Pero no te preocupes -dijo él sin mostrar la menor señal de preocupación-. Afirmaré que eres inocente hasta mi último aliento.

Leigh se apartó de la cama y fue hacia la ventana.

– Me cuesta tomarlo todo tan a la ligera -dijo.

Se hizo un momento de silencio, durante el cual ella observó el patio de los establos hasta que oyó crujir la cama a sus espaldas.

– No te levantes -se apresuró a decir-. Pronto llegará alguien a traer el tónico.

– Pues así verán que he conseguido levantarme, chérie. Adopta un aire más indiferente, te lo ruego. Estás haciendo que me ponga nervioso.

Leigh cerró los ojos y apoyó las manos en la repisa mientras lo oía moverse por la habitación y vestirse. No dejaba de darle vueltas en la cabeza al desastre que se avecinaba. ¿Entrarían por la fuerza y lo apresarían, o mostrarían buenas formas y comenzarían a hacerle preguntas taimadas hasta cogerlo en un renuncio? Se lo imaginó con los grilletes puestos y sintió el absurdo impulso de arrojar el collar por la ventana lo más lejos que pudiese.

Él con grilletes sería como el lobo con la correa, algo que no debía ser. En esos momentos S.T. se acercó a Leigh por detrás, pero ella, volviéndose rápidamente, le apartó las manos.

– ¡Ni se te ocurra tocarme! Y menos aún decir que lo hiciste por mí.

Él hincó una rodilla e hizo una galante floritura con el brazo.

– ¿Y qué otra cosa podría decir, amor mío?

– Es que no entiendo por qué tuviste que hacerlo -dijo Leigh en voz baja mientras contemplaba aquella camisa que ya le era tan familiar, así como ese pelo dorado recogido con la cinta negra de raso-. No había razón alguna.

Él levantó la cabeza y la miró con una débil sonrisa.

– No pude contenerme -alegó.

– Tonterías -replicó Leigh, indignada-. No seas ridículo.

La leve sonrisa persuasiva desapareció del rostro de S.T. En esos momentos llamaron a la puerta y, tras incorporarse, se dejó caer con aspecto contrito junto a una columna de la cama. En cuanto la doncella dejó el tónico, hizo una reverencia y se fue. El supuesto enfermo abrió la ventana, comprobó que no había nadie en el patio de abajo y vertió el reconstituyente por el canalón que había bajo el alféizar.

Una hora más tarde apareció de nuevo el posadero. Leigh se aferró a los brazos del sillón en que estaba sentada y permaneció inmóvil mientras el Seigneur rogaba al otro que entrase. El dueño del establecimiento les trajo la noticia de que la coartada del señor Maitland había sido corroborada por el barquero, la montura del señor Piper le había sido devuelta y que se había colgado una proclama que ofrecía una recompensa por cualquier información sobre el caballo de las marcas blancas.

– Y la recompensa es un buen pellizco, señor Maitland -añadió el posadero-. Cinco libras nada menos.

– Una miseria, en realidad -dijo el Seigneur, que estaba sentado en el tocador en mangas de camisa y con las botas de montar puestas. Metió algo de dinero en un papel doblado y buscó cera para lacrarlo-. Decid a uno de vuestros excelentes mozos de cuadra que lleven esto al barquero, si sois tan amable, con mis más cordiales saludos y el deseo de que no le duela la cabeza tanto como a mí.

– Con mucho gusto, señor Maitland -dijo el otro cogiendo el abultado sobre. Se inclinó y se retiró.

Se hizo el silencio en la estancia mientras el Seigneur, con una sonrisa, se miraba en el espejo y, a través del mismo, miraba a Leigh. Le sonrió con una mueca lenta y perversa que volvió a transformar su rostro en el del príncipe diabólico del bosque verde. Ella se levantó del sillón.

– Bastante injusto es que hayas conseguido salir indemne -dijo sin poder evitar que le temblase la voz-, para que encima te regodees de esa forma.

– ¡Que me regodeo! Pues la dichosa baratija me ha costado una fortuna, jovencita. Con las diez libras para nuestro avispado barquero, que desde luego bien se las merece, la suma asciende a un montante de, veamos… ¡Dios mío!, más de cincuenta. La verdad es que no sé si mereces tanto.

Leigh lo miró. Él pareció descifrar rápidamente la expresión de su rostro, pues apartó la vista y se volvió hacia el espejo con una actitud parecida a la de Nemo cuando se retiraba a un rincón para escapar del peligro.

– Pues claro que lo mereces -murmuró-, dolce mia, carissima.

– ¿Ahora italiano? -dijo Leigh reclinando la cabeza en el respaldo del sillón-. Vaya, el loco se expresa en tres idiomas.

– Che me frega -dijo él en un tono aterciopelado mientras se daba unos ligeros golpecitos con los dedos bajo la barbilla.

Si el francés de Leigh era exiguo, su italiano era inexistente. Aquellas palabras podrían haber sido tanto una maldición como un cumplido de enamorado, pero el pequeño gesto cómico con los dedos fue tan elocuente como si le hubiera hecho burla con la mano sobre la nariz. S.T. apoyó un codo sobre el tocador y comenzó a jugar con un cepillo de marfil. Leigh frunció el ceño mientras contemplaba el reflejo de su amante en el espejo, con esas cejas doradas cuya singular curvatura les daba un carácter que era a la vez maligno y jovial. Su facilidad para expresarse en una lengua extraña lo hacía parecer aún más exótico, aún más distinto del resto de la humanidad; era un loco voluble capaz de extraer diamantes de la oscuridad.

Leigh estaba convencida de que S.T. había recuperado el equilibrio por completo. Desde que habían bajado del barco se movía con facilidad y seguridad, con una libertad y arrojo de los que era imposible no percatarse. Ese enigma médico la intrigaba, del mismo modo que la extraña alquimia de su carácter la fascinaba y, a la vez, la asustaba.

De pronto se oyó un estruendo en el patio del establo. Él volvió la cabeza en señal de alerta, pero lo hizo hacia la puerta, en la dirección equivocada.

No era nada; solo un carro que había volcado o algo parecido. A través de la ventana abierta Leigh oyó el irritado vocerío que llegaba, pero en realidad estaba pendiente del Seigneur. Él observó expectante la puerta durante unos instantes, hasta que cayó en la cuenta del error que había cometido. Entonces miró a Leigh mientras un ligero rubor cubría su rostro.

– Vaya, vaya -dijo ella en voz baja-. Así que, a fin de cuentas, resulta que el señor es un farsante. -S.T. se miró la punta de la bota con expresión muy sería-. No ha sido tu pericia, sino solo la suerte la que te ha sacado del aprieto, ¿verdad? -Él recorrió con un dedo la pluma que había en el tintero del tocador-. Tengo razón -insistió Leigh-. Ha sido pura cuestión de suerte.

– Tengo entendido que hoy empieza una feria equina en el mercado -dijo él muy serio-. Espero que me permitáis que os encuentre una montura, mademoiselle.

A Leigh le resultaba extraño volver a ser una mujer en público, y que la guiaran entre los charcos y la ayudaran a subir escalones. De todos modos, entre las faldas, los manguitos prestados, los zapatos de tacón alto y las empinadas calles adoquinadas, no tenía más remedio que apoyarse en el Seigneur para poder moverse. Al cabo de un rato aceptó subirse a un palanquín, más para evitar torcerse un tobillo que para resguardarse de la fría niebla. Habían dejado encerrado al infeliz Nemo en la habitación, y el Seigneur caminaba junto a ella comportándose con fría cortesía. La luz del sol que atravesaba la neblina hacía brillar su levita y su pelo, convirtiéndolo en un ídolo dorado en medio de todos los deshollinadores ennegrecidos que poblaban las calles.

Una de las antiguas puertas fortificadas de la ciudad se erguía imponente como una oscura cueva entre la niebla. La atravesaron y, tras recorrer algunas angostas calles, llegaron a la plaza del mercado. Leigh bajó la ventanilla del palanquín. La feria de caballos estaba en plena actividad, llena de voces y penetrantes olores. Los animales abarrotaban la plaza en filas desiguales para ser inspeccionados, o dispuestos a demostrar sus buenas condiciones físicas.

– ¿Te gusta alguno? -preguntó S.T. mientras avanzaban muy despacio entre los caballos.

Leigh dio unos golpes en el cristal delantero del palanquín y los portadores se detuvieron ante una bonita yegua zaina. El Seigneur abrió la puerta y se inclinó con un exceso de formalidad. Uno de los portadores se apresuró a ayudar a Leigh a bajar. Varios hombres en mangas de camisa los observaban desde que habían llegado a la plaza, y uno de ellos cogió a la yegua del cabestro y la sacó de la hilera. Sus marcas blancas resplandecieron mientras se movía lentamente entre el bullicio reinante, alejándose y acercándose a Leigh y a S.T. Cuando finalmente se detuvo ante ellos, el Seigneur la estudió con detenimiento.

– Es un animal extraordinario -dijo a Leigh inclinándose un poco para hablarle al oído-, de huesos fuertes y excelente porte. No creo que puedas conseguirla por menos de cincuenta libras.

Leigh frunció el ceño, y él la miró de reojo.

– ¿No dispones de suficientes fondos, Sunshine?

– Lo sabes de sobra -replicó ella en tono cortante.

– Pues es una pena -dijo S.T.-, porque es una yegua de primera.

– Puedo vender este vestido -murmuró Leigh.

– Me temo que no sacarás mucho por él.

– Tú mismo dijiste que valía cuatro guineas. Con eso puedo llegar a Northumberland, y también tengo las perlas.

– Dije que podrías sacar cuatro guineas por todo lo que tenías en la bolsa -alegó él entre susurros-. Y tal vez consigas quince chelines si empeñas las hebillas de los zapatos con el vestido, además de tres libras por la gargantilla de perlas. ¿Quieres que me encargue yo? -le preguntó con cierta crueldad-. Aquí cerca hay una casa de empeño.

Leigh no contestó, tan solo bajó la mirada.

– Claro que también podrías vender tu collar de diamantes -añadió S.T. en tono desenfadado-. Con eso tendrías de sobra.

Ella levantó la cabeza y lo miró asombrada.

– ¿Es que te has vuelto loco? -susurró entre dientes-. Ni lo nombres.

S.T. sonrió.

– Vaya, ¿tanto cariño le has cogido? -preguntó al tiempo que cogía una mano entre las suyas y le daba unas palmaditas-. No te preocupes, querida. Puedo conseguirte otro del mismo lugar.

– ¡No! -dijo Leigh clavándole las uñas en el brazo-. ¡Ni se te ocurra!

S.T. miró al hombre de la yegua, negó ligeramente con la cabeza y siguió andando. El decepcionado comerciante hizo una leve reverencia a modo de saludo y devolvió el animal a la fila. El Seigneur despidió al palanquín y llevó a Leigh del brazo. Se detuvo varias veces más, haciendo que varios caballos desfilaran ante ellos, pero solo los miró un instante. Leigh sabía que, vestidos con terciopelos y sedas, tanto ella como su acompañante eran las personas de aspecto más distinguido de la plaza, por lo que los comerciantes se esforzaban en llamar su atención y presentarles sus animales. El ambiente circense de la feria se intensificó aún más a su alrededor mientras los caballos giraban en círculo y eran obligados a moverse como mejor sabían, al estilo de un batallón de malabaristas que precediesen en su desfile al rey y a la reina.

Sin embargo, un caballo oponía una violenta resistencia a toda esa repentina actividad. A unos metros delante de ellos, justo detrás de un caballo castrado muy alto y negro, un hombre estaba gritando a un gran rucio de un pelaje casi tan blanco como la leche. El caballo atacó con las patas delanteras en cuanto su dueño le exigió que se adelantara. El Seigneur se detuvo al tiempo que ejercía una ligera presión en el brazo de Leigh para que ella también se parase. Esta se alegró de estar a cierta distancia de la lucha que acababa de entablarse. El caballo sacudió la cabeza con tanta furia que hizo que el hombre cayese al suelo. Se formó un círculo alrededor de ambos. El caballo comenzó a atacar y a retirarse alternativamente mientras el hombre tiraba del cabestro. Leigh pensó que actuaba con un entusiasmo muy imprudente, hasta que se dio cuenta de que el caballo llevaba una cadena sobre la nariz y por dentro de la boca, y sus labios y pecho estaban salpicados de sangre.

El adiestrador consiguió esquivar la certera embestida del caballo pero, justo en ese momento, otro hombre golpeó al rucio con un palo sobre la nariz. Este relinchó y se revolvió con ojos de ira; acto seguido, estiró la cabeza y mordió con furia a su atacante en el hombro. El hombre gritó y dejó caer el palo. Entre el griterío y la conmoción de todos los presentes, el caballo lo agito como si fuese una rata en la boca de un terrier. Cuando por fin lo soltó, el hombre se apartó tambaleándose y cogiéndose del hombro mientras mascullaba incoherencias. Entre tanto, el otro había conseguido atar la cuerda del caballo a una anilla de hierro de la pared y salir del alcance del animal. En cuanto todo el mundo se retiró, el caballo se quedó quieto, sudando y sacudiendo la cola con furia, mientras un reguero de sangre caía de su nariz.

El Seigneur se adelantó y caminó muy despacio rodeando al caballo dentro del amplio círculo que se había formado a su alrededor. El rucio echó las orejas hacia atrás mientras seguía el movimiento de S.T. y respiraba lanzando nubes de vapor al frío aire. Luego, viró bruscamente para apartarse de S.T. y levantó amenazador una pata trasera cuando él se agachó para examinar la parte inferior del animal a un escaso metro de distancia.

– ¿Lo han castrado hace poco? -preguntó a otro hombre que permanecía impasible cerca de él.

– Sí, y ya veis por qué. Está hecho un buen elemento este semental. Yo creo que es español. -Volvió la cabeza y escupió-. No sé de dónde viene, pero ya ha estado en todos los establos de la comarca y en ninguno han logrado doblegarlo. Ha tirado al suelo a todos los que lo han intentado. -Señaló con la cabeza al hombre que acababa de ser mordido-. El pobre Hopkins está intentando domarlo, y el muy idiota pensó que a lo mejor castrándolo lo conseguiría pero, como podéis ver, no ha sido así. Supongo que después de lo que le ha hecho a Hopkins irá directo al matarife. Forma muy buena pareja con el otro negro, ¿verdad? Siempre han estado juntos.

– Sí, muy buena -asintió el Seigneur mientras contemplaba al otro caballo-. ¿Creéis que el señor Hopkins querrá hablar conmigo cuando se recupere?

El hombre volvió a escupir y se rió.

– Seguro que se recupera enseguida en cuanto se entere. ¡Jobson, dile a tu jefe que se mueva y venga a hablar con este caballero!

El pobre Hopkins obedeció con toda la presteza que pudo. Su basto rostro aún se veía demudado mientras se acercaba a ellos.

– Estoy interesado en el negro -dijo el Seigneur señalando con la cabeza al segundo caballo-. ¿Seréis tan amable de enseñarme sus dientes?

Hopkins hizo una señal a un mozo de cuadra y S.T. pudo examinar los dientes del caballo, tocarle las patas, verle las pezuñas, observarlo mientras trotaba cogido de una larga cuerda y comprobar que aceptaba que le pusieran una brida. Todas sus peticiones eran satisfechas al instante.

– Quisiera verlo montado por alguien -solicitó a continuación.

– Por supuesto, como el señor desee, voy a ordenar que le pongan una silla. Pero soy un hombre honrado y mentiría si no os dijese que he adiestrado a este animal para que tire de un carruaje. Si lo que busca el señor es un caballo de monta, tengo…

– Da igual -lo interrumpió S.T.-. Os doy diez libras por él.

– Pero, señor -dijo Hopkins al tiempo que comenzaba a poner mala cara-, no creía que fueseis a hacerme perder el tiempo, milord. Se nota que sois todo un jinete, señor, y sabéis que el animal vale mucho más.

El Seigneur sonrió condescendiente.

– No creo, teniendo en cuenta que también tendré que llevarme esa mala bestia que os acaba de atacar.

Todos los que los rodeaban se echaron a reír. Hopkins los miró enfadado.

– No creo que eso sea necesario, milord. Ya os he dicho que soy un hombre honrado, y soy yo quien tiene que pagar sus errores. No hay dinero suficiente en el mundo para que consienta que alguna criatura inocente tenga que enfrentarse a esa bestia. Yo mismo me encargaré de él, no os quepa la menor duda.

– Estoy convencido de que así será -asintió el Seigneur encogiéndose de hombros-. Está bien, entonces os doy cien por este, buen hombre, con la condición de que vos en persona os lo llevéis de la plaza sin el otro.

Esa sencilla petición pareció dejar perplejo a Hopkins, que dijo malhumorado:

– ¿Acaso creéis que voy a timaros, señor? Antes prefiero colgarme. Me basta con que me deis cincuenta ahora y las otras cincuenta a la entrega. Podéis seguir tranquilamente con vuestros asuntos; os aseguro que el caballo estará en el establo que me digáis antes de que anochezca.

– Señor Hopkins -dijo el Seigneur con paciencia-, no se trata de eso. Tanto vos como yo, y me atrevería a decir que todos los aquí reunidos, sabemos muy bien que este caballo no se apartará del otro sin organizar una escena muy desagradable. Así que, si quiero uno, tendré que llevarme el otro. Estoy decidido a que no saquéis ni un penique del matarife por él.

– Déjalo, Hopkins -dijo alguien-, este caballero tiene ojos en la cara.

– En efecto -dijo S.T. con amabilidad-, y no vais a conseguir nada con vuestras lisonjas.

– ¡Lo que tiene uno que ver! -farfulló el vendedor.

– Os doy doce por los dos -dijo el Seigneur-, y eso porque sois un hombre honrado.

Hopkins parecía malhumorado, pero finalmente aceptó. Tras lanzar una mirada envenenada en dirección a quien había hablado, estiró el brazo para dar la mano a S.T. y cerrar el trato. Él apenas se la estrechó un instante y, a continuación, le pagó con billetes de Rye que sacó de su propia bolsa.

– Ya os mandaré recado diciendo dónde hay que llevarlos -dijo mientras volvía a ofrecerle el brazo a Leigh.

– No se te escapa una -dijo ella en tono irónico conforme se alejaban-. Y estás hecho todo un comerciante de caballos. Si de verdad la pareja no quiere separarse, ¿de qué sirve que lo hayas comprado?

– Conozco a los caballos -dijo él por toda respuesta, ya que estaba observando con mucho interés a otros dos hombres que discutían por un caballo zaino de largas patas que tenía una mancha blanca.

Al parecer, el hombre que sujetaba las riendas del animal quería devolvérselo al otro, y se quejaba con vehemencia de que el caballo se negaba a cruzar por el agua por mucho que se le obligara a hacerlo. Además, la bestia veleidosa había estrellado su nueva calesa contra un árbol al intentar esquivar la barcaza que cruzaba el río. El comerciante se negaba con la misma vehemencia a aceptar que le devolviese el caballo. Conforme fueron subiendo más el tono de voz, el animal comenzó a moverse intranquilo, con las orejas tiesas y la cabeza levantada. El Seigneur miró a Leigh.

– ¿Te gusta para ti? -le preguntó.

– En absoluto. Me temo que de aquí al norte hay unos cuantos ríos.

– De eso ya me ocupo yo.

Ella lo miró sin saber si debía confiar en el aplomo de S.T., que seguía observando al caballo.

– Me gusta el porte que tiene. Te aseguro que con él podrías llegar al norte. Ese pobre petimetre que lo compró está muy nervioso, y puedo sacarle el caballo por una miseria.

Leigh seguía teniendo sus dudas. El dueño del caballo estaba gritando al vendedor, que no estaba dispuesto a quedarse con el animal de ningún modo.

– Puede que coja la diligencia -dijo ella con cautela.

– Así que no me crees.

– Lo único que creo es que estás demasiado pagado de ti mismo.

El Seigneur levantó una ceja.

– ¿Qué os apostáis, madame?

Capítulo 14

Leigh estaba junto a un cercado de forma ovalada, tiritando bajo la vieja levita beis de S.T. Volvía a ir vestida de hombre a petición expresa de él. Tenía la impresión de que llamaba más la atención que antes, cuando nadie había adivinado que era una mujer. Pero, si bien era cierto que recibía numerosas miradas de interés de la pequeña multitud de adiestradores de caballos y granjeros que se amontonaban alrededor de la cerca para ver el espectáculo, valía la pena aguantarlo a cambio de la libertad que suponía llevar botas de nuevo.

De todas formas, ya se había dado cuenta de que nadie la iba a tocar o a decir ninguna grosería. El excéntrico señor Maitland, el de la espada y las extrañas ocurrencias, parecía gozar de cierta reputación en la ciudad de Rye, población de contrabandistas en la que la audacia y el dinero bajo mano tenían más peso que la propia ley.

El sonido de cascos de caballo se intercalaba con las estridentes llamadas del corcel negro que el Seigneur había comprado esa mañana. El animal trotaba de un lado a otro del cercado y, a cada momento, se acercaba a la parte que estaba más cerca de un prado situado a cierta distancia, en el que se encontraban el otro caballo salvaje junto al zaino de la mancha blanca; ambos iban de un lado a otro de la valla con las colas levantadas.

El Seigneur estaba en el centro del pequeño cercado con un largo látigo en la mano. Iba en mangas de camisa pese al frío reinante; la levita de terciopelo y el chaleco bordado reposaban en los brazos de una lechera que lo observaba todo con los ojos muy abiertos sentada sobre el tocón de un árbol. El caballo no hacia ningún caso a su nuevo amo, y levantaba nubes de tierra cada vez que arqueaba el cuello y se lanzaba trotando de un extremo al otro del cercado en un intento desesperado de reunirse con los otros dos. Al llegar a la valla se detenía, viraba y galopaba en sentido contrario.

– Fíjate en esto -dijo el Seigneur en voz baja. Se dirigía a Leigh sin prestar la menor atención al caballo, tal como este hacía con él-. ¿Crees que este animal me hace algún caso?

Justo en esos momentos el caballo pasó muy cerca de él resoplando en el gélido aire.

– No -contestó Leigh-, parece que no.

– Fíjate bien, entonces. Voy a enseñarte algo que no es pura suerte, Sunshine.

Ella se inclinó sobre la valla. Nemo le dio con el hocico en la cintura y Leigh le acarició la cabeza; luego, el lobo se sentó junto a ella y se apoyó en su pierna.

– Lo primero que quiero que sepa -explicó S.T.- es que no está aquí solo.

Alzó el látigo, que duplicaba la longitud de su ya de por sí largo y duro mango, y lo chasqueó con fuerza contra el suelo. El crujido hizo que el caballo se estremeciera, pero tras mirar un instante a S.T. siguió trotando por el cercado. Lo hizo sonar de nuevo y, esa vez, cuando el caballo se aproximó a él a toda velocidad circundando el corral, dio unos pasos a un lado como si quisiera cruzarse en su camino. El animal se frenó con ojos asustados y, tras volverse, continuó en dirección contraria. Tras completar una vuelta al recinto, S.T. dio un paso adelante chasqueando de nuevo el látigo y haciendo que el rucio volviese a cambiar de dirección. Este dio una vuelta más por el cercado y después dejó caer todo su peso sobre la grupa como si quisiera pararse y llamar a los otros, pero el Seigneur se movió tras él blandiendo el látigo y obligó al animal a proseguir sin llegar en ningún momento a tocarlo o a aproximarse mucho.

– ¿Sabe ahora que estoy aquí? -preguntó.

Leigh observó al caballo, que llevaba la cabeza muy alta mientras galopaba y resoplaba con fuerza.

– Parece que no mucho -contestó ella.

– Bien. Fíjate en que no deja de mirar más allá de la valla. No está pensando en mí, sino en tomarse un ponche y jugar una partida de cartas con sus amigos. -De nuevo se hizo a un lado y obligó al caballo a virar con la ayuda del látigo-. No quiero que sea la valla la que lo retenga aquí, sino su propio interés por quedarse. ¿Cómo puedo conseguir eso?

Leigh frunció un poco el ceño.

– ¿Vas a pegarle?

– Qué conjetura más absurda, querida mía. ¿Acaso querría quedarse si le hago daño? Si lo hiero nunca querrá, pero si hay otro motivo, como que se fatiguen sus pulmones o le duelan los músculos, y yo soy el sujeto agradable que le deja descansar, entonces podremos entablar negociaciones y comenzar a entendernos.

Volvió a agitar el látigo y dio otro paso para obligar al caballo a virar. Leigh observó la expresión de relajada concentración de su rostro, la forma en que nunca apartaba la mirada del animal mientras hablaba, y la facilidad con que manejaba el látigo. Cada movimiento que hacía era fluido y deliberado.

– De momento solo quiero controlar una cosa: la dirección en la que va -siguió explicando S.T.-. Esa es la lección que tiene que aprender ahora; que puede correr como el diablo, y cuanto más rápido mejor, pero tiene que hacerlo en la dirección que yo quiero, girarse cuando se lo indico, y no parar a menos que yo se lo permita.

Hostigaba al caballo cada vez que este mostraba la menor intención de reducir el paso, obligándolo a que diera la vuelta y corriese en la dirección contraria siempre que parecía prestar atención a lo que hacían los otros dos caballos más allá de la valla. Repitió la operación una y otra vez hasta que el caballo comenzó a respirar con mayor dificultad. Dejó de llamar a los otros dos, ya que cada vez estaba más pendiente del látigo y de los movimientos de ese hombre que también estaba en el interior del cercado. Al cabo de un cuarto de hora, el Seigneur ya solo tenía que levantar el látigo y señalar con él hacia donde se dirigía el caballo para que este se detuviera, virara y continuara en el sentido opuesto.

– Observa cómo se gira cuando cambia de dirección -dijo el Seigneur a Leigh-. ¿Ves?, siempre es hacia fuera, hacia la valla, apartándose de mí. Todavía preferiría no estar aquí encerrado conmigo. Quiero que empiece a girarse hacia dentro, con la cabeza hacia mí. Quiero que aprenda que es mejor para él prestarme atención en lugar de seguir corriendo como un loco.

La siguiente vez que se interpuso en el camino del caballo, mantuvo los hombros relajados sin levantar el látigo, pero el animal derrapó y, girándose, volvió a inclinar la cabeza hacia fuera. Entonces S.T. levantó el látigo y siguió dirigiéndolo con su insistente chasquido.

– Esta vez no ha habido suerte. Tendré que pedírselo de nuevo -explicó-. Le estoy dando una oportunidad, ¿te das cuenta? -Bajó el látigo y se colocó una vez más delante del animal-. Estoy tranquilo, sin chasquear la lengua ni usar el látigo. Le estoy ofreciendo hacer una pausa.

En esa ocasión el caballo dudó un instante y levantó la cabeza en dirección a él antes de apartarse una vez más.

– Así. Ya lo está pensando.

Volvió a moverse sin levantar el látigo y, sorprendentemente, el fatigado y sudoroso caballo se detuvo con las patas delanteras hacia dentro y la grupa hacia la valla, tras lo cual dedicó una rápida mirada al Seigneur y al látigo antes de retomar el trote en dirección contraria. Hubo un leve murmullo de asombro por parte de todos los presentes. Entonces S.T. volvió a obligar con el látigo al caballo a que diese unas vueltas más, y después bajó el brazo. Al instante el animal se detuvo ante él y lo miró fijamente mientras se le contraían y expandían las ijadas por el cansancio.

– Chico listo -le dijo S.T. en tono afable, antes de dar dos pasos a un lado.

El caballo movió la cabeza para seguirlo con sus enormes ojos negros fijos en él. Entonces el Seigneur fue en la otra dirección con el mismo resultado. Siguió andando y el caballo lo fue siguiendo con la cabeza hasta que tuvo que mover las patas traseras y volverse para no perderlo de vista; de ese modo terminó justo en la posición contraria a la que había empezado.

– ¿Me hace caso ahora?

Leigh no pudo reprimir una sonrisa.

– Sí, ahora sí.

Un relincho lejano hizo que el caballo levantase la cabeza y la doblara. Al instante, antes de que el animal pudiese responder a la llamada, el Seigneur chasqueó el látigo para que volviese a galopar por el cercado. Una vez hubo completado una serie de vueltas, S.T. bajó la fusta para darle la oportunidad de que se detuviese, cosa que el animal hizo entre fuertes resoplidos y mientras lo miraba fijamente y se aproximaba a él.

Justo en ese momento llegó otra débil llamada desde la lejanía. El jadeante rocín negro levantó la cabeza como si fuese a responder, pero entonces oyó el chasqueo de lengua del Seigneur y de forma abrupta la bajó. El caballo pareció sopesar las opciones que tenía, y se atrevió a lanzar otra fugaz mirada en dirección al lejano prado. El Seigneur volvió a chasquear la lengua y levantó el látigo, haciendo que el animal sacudiera un poco la cabeza ante la advertencia hasta que, finalmente, relajó el cuello. Se acercó despacio a S.T. en señal de rendición absoluta y se paró con la cabeza agachada junto a él, que le rascó las orejas mientras le susurraba palabras de felicitación.

El público rompió a aplaudir. El estrépito hizo que el caballo levantase la cabeza un instante, pero la bajó enseguida y empujó con delicadeza el brazo del Seigneur. Cuando echó a andar hacia la valla, el animal lo siguió como si fuese un enorme perrito. Hizo caso omiso de los constantes relinchos que llegaban del prado. Leigh sintió algo extraño en el pecho al contemplar aquella escena. El Seigneur era en verdad un hombre extraordinario.

Cuando S.T. presentó el caballo a Nemo, el caballo le prestó al lobo la misma atención que dedicaría a un gato de corral. Después de eso, S.T. no tuvo problema alguno para ensillarlo y montarlo. Cabalgó en el interior del cercado y después salieron fuera, en la dirección opuesta a aquella de la que provenían las llamadas de los otros caballos. Montura y jinete se perdieron de vista.

Cuando regresaron, S.T. desmontó y bebió un gran trago de agua de una taza de asa larga que alguien le ofreció. Un montón de voluntarios se ofrecieron a coger el caballo y ocuparse de él. Todo el mundo esperaba a ver si haría lo mismo con el corcel salvaje.

– En la posada nos han preparado una cesta con comida -dijo a Leigh-. Deberías comer algo -añadió, y luego se dirigió a Hopkins-. Traedme a ese diablo como mejor podáis.

Mientras Leigh y el Seigneur almorzaban en silencio bajo un árbol, la mitad de los lugareños allí reunidos se acercaron para no perderse el nuevo espectáculo. Consiguieron meter al animal en el cercado formando una cadena humana a ambos lados del camino para bloquearlo, tras azuzar a los dos caballos para que salieran del prado y avanzaran por el sendero hasta llegar al cercado. Una vez dentro, alguien cogió al dócil zaino y lo llevó para que esperase junto al negro.

El caballo salvaje dio vueltas junto a la valla durante unos minutos, haciendo que los espectadores se apartaran, y, a continuación, agachó la cabeza para pastar. Movía las orejas adelante y atrás con furia mientras arrancaba la hierba con rápidos tirones. El Seigneur se puso en pie y ofreció la mano a Leigh. Ella permitió que la ayudara a incorporarse y a que, con sus fuertes y cálidos dedos sujetándola del codo, la condujese a cierta distancia de los espectadores que se agolpaban alrededor de la valla. A continuación, S.T. miró fijamente al caballo con el ceño fruncido. Era un ejemplar magnífico pese a las cicatrices ensangrentadas de la cara, tan pálido como la luz de la luna sobre el hielo y con una larga crin enmarañada y una cola que barría el suelo. Cuando cualquier distracción le hacía levantar la cabeza, sus grandes ojos pardos se veían muy blancos, y arqueaba el cuello de una forma que le daba el aspecto de una fiera y noble montura sacada de algún cuadro de un rey guerrero.

– Tan solo recuerda que te tiene miedo -murmuró S.T.

– ¿A mí? -preguntó Leigh, atónita.

– Sí. Ya has visto lo que he hecho con el otro. Tú puedes hacer lo mismo con este.

– ¿Te has vuelto loco?

– En absoluto. Te he enseñado a hacerlo, y has podido comprobar que, después de todo, no se trata de suerte -dijo él con una ligera sonrisa.

– Por el amor de Dios, no pienso meterme ahí dentro con ese animal.

El Seigneur la miró con expresión de estar sorprendido, y un tanto decepcionado, ante semejante negativa.

– Te tiene miedo -repitió.

– ¡Ha atacado a un hombre!

– ¿Y qué harías tú si alguien te cogiera y te pegara en la cara?

Leigh tomó aliento y soltó una risa nerviosa. Luego miró a S.T.

– Ya sé que te he insultado, pero ¿quieres arrojarme a una muerte segura para que expíe mi culpa?

– ¡Estás asustada! -exclamó él impostando un tono de sorpresa-. ¡La joven que quiere matar al reverendo Chilton está asustada!

Leigh le dio la espalda.

– No es lo mismo -dijo.

– ¿Y cómo puedes estar tan segura? Cuando estés ante Chilton, ¿cómo sabes que tendrás fuerzas para llevar a cabo tu propósito si no las tienes ahora?

Leigh se volvió hacia él como movida por un resorte.

– ¡No es lo mismo! ¡A él lo odio!

– Hace falta algo más que odio para matar a un hombre inteligente, Sunshine -afirmó S.T. de manera tajante-. Hace falta cerebro. Intento enseñarte algo que puedas usar en tu provecho. Ese caballo es un arma, si tienes el valor suficiente para adiestrarlo.

Leigh frunció el ceño y miró a la bestia salvaje que trotaba bordeando el cercado.

– Creía que a mí me correspondía el caballo zaino -dijo al fin.

S.T. negó con la cabeza.

– El zaino sirve para pasear, pero este… Dios mío, míralo. Es magnífico. Demuéstrale que tienes valor y confianza en ti misma y te llevará hasta el mismo infierno si se lo pides.

Justo en esos momentos el caballo estiró todos los músculos de su cuerpo con enorme poderío, dio una coz al aire y echó a galopar por todo el cercado con la cola al viento. Leigh volvió a notar esa extraña sensación en el pecho mientras observaba la expresión embelesada del Seigneur al verlo. Quería ese caballo para él, pero estaba obligándola a aceptarlo para sí. S.T. la miró muy serio y expectante con sus ojos verdes. De pronto, Leigh se sintió indefensa; esa debilidad que se acumulaba en su interior impedía que le salieran las palabras y su maldito labio inferior amenazaba con echarse a temblar. S.T. le cogió una mano, puso el látigo en ella y cerró sus dedos alrededor de la empuñadura de cuero.

– Yo te ayudaré -dijo-. Te iré diciendo qué tienes que hacer.

Leigh miró al suelo mientras intentaba por todos los medios controlar el revelador temblor de su boca.

– No me importa en absoluto si ese maldito caballo me mata -murmuró. Dejó caer el extremo del látigo hasta que descansó sobre la mullida hierba y, a continuación, levantó la cabeza y miró al espléndido demonio que la aguardaba en el cercado-. Me importa un comino lo que pueda pasarme.

S.T. la observó mientras saltaba la valla y caminaba hasta el centro del cercado. No estaba muy seguro de por qué había insistido tanto en que lo hiciera. Él podría adiestrar al caballo más rápido y mejor y, además, quería hacerlo; quería ayudar a aquel animal embrutecido y beligerante a aprender que se podía confiar en una persona.

Pero Leigh pensaba que él era un fraude, que todo era una mera cuestión de suerte, así que, en lugar de encargarse él de domar al caballo, prefería que fuese ella quien tuviera que pasar por ese trago. Quería que fracasara; de ese modo después él podría enseñarle a hacerlo. No temía por su seguridad, ya que el animal no era aún un caso perdido. No era salvaje y feroz por naturaleza, sino un semental lleno de vida e inteligencia que había tenido la desgracia de ser siempre tratado muy mal y había aprendido todos los trucos para frustrar cualquier intento de domarlo. Castrarlo había sido un crimen y un lamentable desperdicio, pero esos flemáticos ingleses nunca sabían qué hacer con los sementales, así los emasculaban y los enganchaban a un carruaje. Por lo menos Hopkins, o algún otro idiota como él, no había podido cortarle la cola. Probablemente no habría conseguido sujetar el caballo el suficiente tiempo para hacerlo.

La actitud del caballo, que tenía las orejas tiesas y resoplaba de forma regular mientras miraba fijamente a Leigh, no parecía entrañar ningún peligro para ella. Se sentía libre, al menos de momento, además de un tanto curioso. Todavía tenía sangre seca en el rostro y el cuello. Daba la impresión de que hacía semanas que no lo cepillaban; los pegotes de barro y las manchas de hierba estropeaban el pálido pelaje, pero, pese a todo, seguía siendo el animal más precioso que había visto desde que había perdido a Charon. En la feria había destacado cual Galahad mugriento entre la chusma.

S.T. se dirigió a Leigh en tono sereno.

– Tienes que quedarte un poco por detrás de él cuando lo hagas mover. -El caballo levantó una oreja al oír su voz-. Cuando le pidas que se dé la vuelta, avanza un paso hacia él, utiliza el látigo y la voz, pero déjale mucho espacio. Si tienes miedo de que te arrolle, sal de en medio. No lo acorrales. Y no te quedes ahí como si te hubiesen plantado. Haz que se mueva, ahora.

Leigh lo hizo con torpeza, y el látigo se enredó en sus pies un momento antes de restallar. El caballo pegó un salto y se quedó quieto sin dejar de mirarla.

– Muévelo -repitió S.T.-. Demuéstrale que tienes el mando; que no puede dedicarse a haraganear y a hacer lo que le venga en gana. Tiene que moverse y tú tienes que indicarle el camino que debe seguir.

Leigh dio un paso hacia la grupa del animal y chasqueó el látigo con un gesto que no lo hizo restallar del todo. Pero el imponente rocín entendió el mensaje. Tensó la grupa y echó a correr y a trazar círculos alrededor del cercado a velocidad de vértigo.

Tras unos minutos de atronador galope, S.T. se dio cuenta de que Leigh no iba a hacer nada y elevó la voz por encima del ruido que el caballo hacía al respirar:

– Oblígalo a dar la vuelta. Si tienes miedo de que te arrolle, limítate a indicárselo con el látigo.

– Yo no tengo miedo -dijo ella al instante.

– Entonces, hazlo, Sunshine.

Leigh dio un paso a un lado. S.T. pensó que tenía un aspecto totalmente cautivador con las piernas separadas, las botas y los pantalones de montar. El caballo resbaló hasta frenar como si una pesadilla hubiese cobrado cuerpo en medio de su camino, dio un rápido giro y salió al galope en dirección contraria.

– Muy bien -dijo S.T.-. No estamos aquí únicamente para agotarlo. Tienes que convencerlo de que merece la pena que te escuche. Esto es una clase. Hazlo girar de nuevo y déjalo seguir hasta que yo te indique lo contrario.

Leigh obedeció, y volvió a enredarse con el látigo al cambiarlo de mano. El rucio inició un trote alocado, pero Leigh con un chasquido lo obligó a retomar un ritmo más lento sin que S.T. tuviese que indicárselo.

Tenía una intensa expresión de concentración en el rostro mientras observaba los movimientos del animal y trataba de prever sus intentos de evitarla. Daba la impresión de que el látigo se adaptaba a su mano con más soltura. Repitió el ejercicio de los giros una vez más, y después lo hizo una y otra vez.

S.T. observó al animal con ojo crítico. Llevaba mucho más tiempo entrenar al potente rucio que al caballo negro; aquel animal tenía mucha personalidad, y convencer a aquella bestia de que lo que hacía era seguir unas instrucciones y no huir desesperadamente de una amenaza era un proceso largo y lento. Durante una hora entera no dijo nada, se limitó a dejar que ella lo hiciese dar vueltas una y otra vez, lo obligase a avanzar para girar de nuevo hasta que el pálido pelaje del animal se oscureció por el sudor y el ruido de su respiración fue como el que hace el vapor al explotar en una caldera.

– ¿No puedo dejar que pare? -dijo Leigh por fin a gritos-. Voy a matarlo.

El sudor caía por su rostro también. Tenía las mejillas brillantes, pero no apartaba los ojos del caballo, que seguía corriendo en círculos.

– Cariño, ese caballo sería capaz de recorrer al galope tres condados seguidos. ¿Ves esa forma que tiene de girar a toda prisa? Aún sigue convencido de que tú eres el mismísimo diablo. -S.T. examinó al exhausto rocín-. Pero parece que empieza a tener sus dudas. Ajá, ¿te has fijado en cómo esta vez te ha mirado en lugar de dejar la mirada perdida en la campiña? La próxima vez que lo haga, baja el látigo, relaja la postura y ofrécele la posibilidad de girar hacia ti.

S.T. observó con paciencia cómo dejaba pasar la primera media docena de ocasiones al no reparar en los cambios sutiles que aparecían en la actitud del fatigado caballo y que, para S.T., estaban absolutamente claros. El animal le dio infinidad de oportunidades al bajar el hocico y dirigir las orejas hacia ella mientras seguía con su incesante trote.

En el corazón de S.T. empezó a despertar una punzada de afecto por aquella bestia. Siempre le ocurría cuando los caballos que entrenaba llegaban a ese punto, se quedaban exhaustos por el esfuerzo, resoplaban con cada zancada, y miraban a su alrededor como niños confundidos en busca de alguien que tomase el mando. Alguien que dijese que era hora de dejar de correr.

– Baja el látigo -dijo con voz tranquila-. Dale la oportunidad de mirarte.

Leigh tenía los labios fruncidos. Agarraba con fuerza el látigo incluso cuando lo bajó, y tenía los nudillos en tensión. Dio un paso hacia el caballo y este volvió a girar la grupa desafiante hacia ella cuando dio la vuelta. Sus flancos subían y bajaban, sorbía el aire cada vez que tomaba aliento desesperadamente, pero el animal se negaba a doblegarse ante ella.

Leigh lo intentó dos veces más, sin que S.T. la animase a hacerlo. En ambas ocasiones, el caballo giró la grupa y se negó a mover la cabeza hacia dentro al cambiar de dirección. S.T. fue consciente de la frustración de Leigh; la notaba en la postura de su espalda y en la forma en que tenía los hombros.

– No soy capaz de hacerlo -anunció sin apartar la vista del caballo.

– Estás perdiendo los nervios -dijo él.

– ¡Estoy cansada! -La voz le temblaba-. No quiero hacer esto. Hazlo tú si quieres.

En ese punto era donde había sido su intención tomar el mando. Hacerse con el control y demostrar su habilidad.

Sin embargo, se oyó a sí mismo decir:

– Prueba otra vez.

Leigh lo intentó de nuevo. No funcionó.

– ¿Lo ves? -Miró a S.T., desafiante y vulnerable.

– ¿Si veo qué? No me digas que estás cansada, porque así no vas a ninguna parte conmigo. Con cada músculo de tu cuerpo le estás diciendo que estás enfadada. ¿Acaso crees que va a detenerse y preguntarte la razón?

Leigh se enjugó una gota de sudor con la manga y apartó la vista de él con gesto irritado. El caballo siguió adelante sin descanso, con los hombros y los flancos oscurecidos por el sudor.

Leigh volvió a alzar el látigo y le pidió al animal que girase. De nuevo, volvió a apartarse de ella. Repitió el intento tres veces más, y las tres fracasó al tratar de convencer a aquel caballo terco y agotado de que agachase la cabeza ante ella. La cuarta vez que el animal volvió la grupa hacia ella, Leigh exhaló un fuerte suspiro de derrota, tiró el látigo al suelo y echó a andar hacia la entrada.

El caballo se detuvo por completo y volvió la cara hacia ella desde el centro del cercado.

– Detente -dijo S.T. al instante.

Ella miró hacia atrás.

– Quédate donde estás -le indicó el hombre.

Ella miró hacia el caballo, que estaba dando resoplidos. Ambos parecían desconcertados, un tanto sorprendidos ante el súbito punto muerto alcanzado.

– Deja que descanse. Deja que se quede ahí todo el tiempo que quiera, pero en el momento que aparte la vista de ti, hazle reanudar la marcha.

Alguien tosió y el animal pegó un salto en dirección al sonido. Al instante, el látigo de Leigh se alzó y el caballo inició el trote a trompicones.

– Dale otra oportunidad -dijo S.T. tras unos momentos.

Leigh bajó el látigo y dio un paso para interrumpir la trayectoria del animal. El rucio movió la cabeza hacia dentro y, tras dar un bote, se detuvo y se quedó mirándola.

– Muy bien -dijo S.T.-. Hazlo avanzar si aparta de ti su atención.

Pero el animal tomó una decisión. Se quedó quieto con los ollares dilatados, tragó aire con desesperación, los ojos clavados en Leigh. La joven se quedó inmóvil, por fin la tensión había abandonado su cuerpo.

Tras unos minutos, S.T. le dio instrucciones para que trazase con paso lento un círculo en torno al caballo. El animal movió la cabeza como atraído por un imán, cambió las patas traseras de lugar y giró hasta trazar un círculo completo para no perderla de vista.

– Da un paso en línea recta hacia él -dijo S.T. con suavidad-. Si empieza a retroceder, no lo persigas. Aléjate tú antes de que lo haga él.

Leigh obedeció. El caballo irguió la testa con aire de sospecha. Ella dio otro paso. S.T. se puso en tensión al ver que también lo hacía el caballo, pero la joven vio las señales a tiempo y se dio la vuelta para alejarse. El rocín agachó la cabeza y la siguió a pocos pasos de distancia.

La joven se detuvo. El caballo también. Una vez más, Leigh dio unos pasos hacia él. El animal dio señales de nerviosismo, apartó la cabeza, y volvió a centrar su atención en ella cuando se escabulló en silencio.

– Eso es -murmuró S.T. -. Así se hace.

Poco a poco, el caballo le permitió aproximarse más. Cuando estaba apenas a unos centímetros de distancia, S.T. le dijo que se alejase. Y el rocín fue tras ella.

Leigh volvió a ponerse de frente y a dar unos pasos lentos hacia delante. En varias ocasiones, el caballo estuvo a punto de darse la vuelta y salir a todo correr; en todo su cuerpo tembloroso se leía la indecisión, en la forma de levantar la cabeza y torcer el hocico hacia un lado, pero a continuación volvía a dirigirlo hacia los suaves chasquidos de advertencia que ella le hacía. S.T. vio que el caballo lo intentaba con todas sus fuerzas; temeroso de Leigh y cansado de correr, luchaba por dominar sus propios miedos.

– Deja que se acerque. Que sea él el que decida. Date la vuelta.

Leigh volvió la espalda al caballo, que dio un paso y la miró con aire de duda. A continuación, tras soltar un gran suspiro, bajó la cabeza y se desplazó hacia delante hasta dejar el pobre hocico magullado a tan solo unos centímetros de la manga de la joven. Era su forma de pedir descanso y consuelo.

– Muy despacio -murmuró S.T.-. A ver si puedes tocarle la cabeza.

Leigh alzó la mano. La cabeza del animal se irguió de nuevo al instante y la contempló con sus ojos de un castaño líquido. La joven la dejó caer, y el caballo se relajó de inmediato. Alzó la mano una vez más, y esta vez el rucio no se apartó, se limitó a levantar un poco el hocico. Con suavidad, tocó la frente manchada de sangre. El caballo, nervioso, movió las orejas hacia delante y hacia atrás, con los ollares todavía dilatados por la rápida respiración. Pero el animal se mantuvo inmóvil.

La joven deslizó la mano hacia abajo, rozándole apenas el hocico. Le tocó las orejas y recorrió su cuello con la mano como S.T. había hecho con el otro caballo. El rebelde se mantuvo erguido, con los flancos temblorosos. Leigh le frotó las crines. El caballo volvió la cabeza y le presionó la mano un poco, como si le pidiese un masaje más vigoroso.

– Dios mío -dijo la joven con la voz quebrada-. Dios mío.

Entreabrió la boca y se la cubrió con la mano para detener un sollozo repentino y lleno de angustia. Se apartó un paso, y el caballo levantó la cabeza, sorprendido; a continuación se dio la vuelta y fue tras ella. Se detuvo con el hocico a la altura de la cintura de la joven; ahora su respiración era más calmada.

De improviso, Leigh se volvió y comenzó a alejarse a grandes zancadas. Su rostro estaba pálido, como si acabase de presenciar un terrible accidente. El caballo fue tras ella. Cuando la joven se detuvo y se dio la vuelta, el rebelde hizo lo propio a su lado.

Nadie pronunció palabra.

– Mira cómo estás -exclamó Leigh con voz quebrada. Volvió a cubrirse la boca con una mano y alargó la otra hacia el animal. Mientras le frotaba las orejas, el caballo meneó la cabeza despacio-. ¡Mírate!

Las lágrimas empezaron a caer por su cara. La expresión de su rostro se alteró hasta resquebrajarse y convertirse en algo salvaje y horrible. Permaneció allí, con el cuerpo sacudido por silenciosos sollozos, mientras acariciaba las crines del caballo.

S.T. se sintió como si de golpe se le hubiese cortado la respiración y estuvo a punto de saltar al otro lado de la cerca.

Pero no lo hizo, se había quedado paralizado. Entre susurros le dijo:

– Intenta rodearle el cuello con los brazos.

Y así lo hizo la joven, entre hipidos angustiados. Cuando él se lo ordenó, se agachó y cogió uno de los cascos delanteros del animal, que permaneció tranquilo y se limitó a rozarla con el hocico cuando doblaba el cuerpo. La joven no dejó de llorar mientras rodeaba al animal e iba cogiéndole las patas una a una. S.T. le dijo que se alejase de nuevo, y el rucio la siguió tranquilamente sin apartarse de su lado.

Cuando el animal se paró plácidamente junto a ella, la joven lo miró como si fuese algo horrible, como si fuese una visión extraña y aterradora. Tenía el rostro húmedo, bañado en lágrimas. Tragó saliva con dificultad.

– ¿Cómo pudo suceder esto? -De nuevo acarició el rostro del animal, el cuello y las orejas, a la vez que no cesaba con su suave gimoteo-. ¡Dios mío, qué precioso eres! ¿Por qué vienes a mí?

Se secó las lágrimas con el brazo. El animal la rozó con el hocico. Leigh sacudió la cabeza y estalló en incontenibles sollozos.

– ¡Yo no quería esto! -Apartó la cabeza del animal, como si quisiese alejarla de ella, pero solo consiguió que la moviese un poco y luego volviera a situarla frente a ella-. ¡Y no lo quiero!

Se cubrió el rostro con las manos; sus hombros se sacudían con estremecimientos. El animal restregó el hocico contra el cuerpo de la joven e intentó frotarse la cara en su abrigo.

Leigh se dejó caer de rodillas, con el rostro hundido entre las manos. S.T. se movió por fin; cogió impulso y saltó por encima de la valla. Tuvo que hacer inauditos esfuerzos para contenerse y no echar a correr hacia ella; debía moverse con gestos deliberadamente lentos para no asustar al caballo.

El rebelde alzó la cabeza sorprendido por el nuevo intruso y dio un par de pasos hacia atrás. El hombre irguió la barbilla y le habló con brusquedad para alejarlo. Recogió el látigo del lugar en el que Leigh lo había dejado caer y forzó al animal a dar vueltas a medio galope alrededor del cercado.

– He tenido que obligarlo a alejarse -comunicó absurdamente al bulto que yacía a sus pies-. Tienes que levantarte, Sunshine; es demasiado peligroso. -La agarró del brazo y tiró de ella con suavidad-. Levántate, cariño, no puedes quedarte ahí tumbada.

Leigh alzó el rostro y el hombre sintió una punzada de auténtico dolor al ver toda la angustia y el aturdimiento que se reflejaban en él. La hizo ponerse en pie, al tiempo que dejaba caer el látigo. El rocín, al instante, inició un trote hacia el interior del círculo y se dirigió a donde ellos estaban. Leigh, al verlo, soltó otro enorme sollozo, y hundió el rostro en el pecho de S.T., mientras se aferraba a su chaqueta.

– ¡Maldito seas! -gritó con la boca hundida en su hombro-. ¿Por qué me has hecho esto? -Cerró el puño y lo estrelló contra el cuerpo del hombre, al tiempo que repetía-: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

S.T. se sintió lleno de impotencia, mientras la ceñía contra sí con un brazo y con el otro acariciaba la cabeza que el caballo le ofrecía. El animal parecía aceptar con naturalidad aquel tono de histeria en la voz de la joven; se adaptó a él con la misma rapidez que a la presencia de S.T.

– Está bien -dijo el hombre entre murmullos-. Está bien.

– ¡No, no lo está! -gritó Leigh junto a su pecho-. ¡Te odio! -Lo agarró de la chaqueta-. Ni te quiero a ti ni quiero esto. -Respiraba como si no tuviera aire suficiente-. ¡No… no lo soporto! -gritó, y su voz se quebró hasta convertirse en un agudo gimoteo, más propio de una niña histérica.

S.T. no respondió. Se quedaron los tres allí en el centro del cercado, con veinte pares de ojos clavados en ellos. Él le besó el pelo, pronunció palabras incoherentes y se apartó un mechón de su propio cabello de la cara con un soplo. La sentía blanda y temblorosa contra él, como si la muchacha hubiese perdido la capacidad de controlar su propio cuerpo.

– ¿Quieres sentarte? -le preguntó, al tiempo que le acariciaba la espalda-. ¿Quieres que sea yo quien termine esto?

Ella lo apartó de un empujón.

– ¡Lo que quiero es librarme de ti! -Tenía las mejillas enrojecidas-. Me importunas. Me incomodas. No eres más que un fraude. Ojalá te fueras.

– Leigh… -empezó él, pero la joven lo miraba con ira y continuó hablando con una voz alta y estridente.

– Estás sordo, eres un estúpido engreído… un sordo… metepatas, y tratas de ser lo que ya no eres. ¿Crees que con esto vas a impresionarme? -Irguió la barbilla, desafiante-. ¿Crees que quiero tu ayuda o tu caballo o tus malditos sobornos para hacerme dormir contigo?

S.T. sintió que el frío se apoderaba de él.

– Estoy esperando a que te caigas de bruces -gritó ella-. Estás demasiado orgulloso de ti mismo por ser capaz de levantarte y caminar en lugar de andar a trompicones como un borracho. Pero nunca sabrás cuánto durará, ¿a qué no? -preguntó burlona-. Y yo tampoco. No puedo confiar en ti. No puedo apoyarme en ti. Te has vuelto completamente loco y te has convertido en un auténtico inútil.

En público. A la vista de todos, ante una multitud de paletos que escuchaban fascinados, le decía aquellas cosas. Leigh interrumpió sus invectivas y tomó aliento con un sollozo. Sus ojos azules estaban empañados por las lágrimas mientras lo miraba con aire de desafío.

– Como usted desee, señora -dijo S.T. sin elevar la voz, al tiempo que tomaba una bocanada de aire gélido-. Puede estar segura de que ya no volveré a importunarla.

Leigh se volvió bruscamente, y se enjugó con furia los ojos con el revés del puño. El frío aire hizo que sus húmedas mejillas pareciesen cubiertas de escarcha. Avanzó por la hierba con decisión, mientras trataba de recuperar el aliento y seguía dando hipidos cada vez que exhalaba aire.

Antes de alcanzar el muro, oyó el golpear lento de los cascos tras ella. Miró con furia a los hombres al otro lado de la verja, llena de odio al ver aquellos rostros sorprendidos y curiosos.

– ¡Largo de aquí! -gritó-. ¿Qué miráis?

Se quedaron boquiabiertos. El caballo se le acercó por la espalda y restregó el hocico contra ella. Leigh se cubrió el rostro con los brazos.

– ¡Largo! -gritó.

Bajó los brazos y empezó a dar golpes descontrolados al caballo, que se alejó, dibujó al trote un pequeño círculo y se detuvo a mirarla. Tras un momento, el animal dio un paso hacia ella.

– ¡Vamos!

Y, tras levantar las manos, echó a correr hacia él. El rebelde empezó a apartarse, pero después se encaró de nuevo con ella, y comenzó a aproximarse a igual velocidad. Cuando ella se paró, el animal también lo hizo; después volvió a acercarse a ella, pero se quedó a más distancia que antes.

– ¡No! ¡No! ¡No! -le ordenó a gritos, mientras se lanzaba hacia él y movía los brazos alocadamente.

El rocín no cedió un palmo; con la cabeza erguida, movió el hocico al compás de los descontrolados movimientos de las manos de Leigh. Levantó en el aire una de las patas traseras como para apartarse, pero a continuación la bajó y no cedió. Leigh bajó los brazos con un grito de impotencia.

El caballo agachó la cabeza y se aproximó a ella. Se detuvo con el hocico a la altura del codo de la joven.

– Fantástica esa manera de tumbarlo -comentó el Seigneur con sarcasmo-. ¿Quieres probar a hacerlo con una manta?

Leigh cerró los ojos. Al abrirlos, el caballo continuaba allí. El Seigneur continuaba allí. Ella seguía llena de angustia, viva y hundida en el amor, el dolor y la ira.

«Ay, papá. Ay, mamá. No puedo hacerlo. No soy lo bastante fuerte; no siento el odio suficiente. Fracasaré.»

Miró el corte inflamado que surcaba su cabeza justo donde el tratante de caballos le había golpeado el hocico con la porra. Tenía otras cicatrices, más antiguas que aquella; el perfil recto del caballo estaba deformado por una fea hinchazón procedente de un golpe antiguo.

Leigh fue consciente de la presencia del Seigneur, que continuaba en el centro del cercado.

– Lo siento -dijo entre susurros al rucio rebelde. Apoyó la mano en el cuello del animal e inclinó la frente hasta rozarlo. El caballo alargó el hocico y sacudió las crines con fuerza.

La joven se dio la vuelta en dirección a la verja, y evitó dirigir la mirada al público. El rucio la siguió, pero esta vez ella no se paró; trepó por la cerca y pasó entre los espectadores. Al llegar junto al árbol bajo el que ella y el Seigneur habían almorzado, se sentó y apoyó la cabeza en las rodillas.

Durante el resto de aquella tarde oscura y gris, el Seigneur se dedicó a trabajar con el caballo rebelde: movió mantas, golpeó cubos de latón y creó cuanto ruido y alboroto pudo, hasta que el enorme rucio permaneció tranquilo y dejó incluso de parpadear.

Restregó el látigo por todo el cuerpo del caballo y le colgó de las orejas un trozo de plomo enrollado mientras el animal lo seguía como un niño alrededor del cercado. Después le tocó el turno al largo y difícil proceso de ensillar y poner las bridas a un animal que no había conocido más que dolor y pánico a causa de ambas cosas.

El Seigneur dio muestras de infinita paciencia, lo que hizo que a Leigh le entrasen ganas de llorar. De vez en cuando, en el transcurso de aquella interminable tarde, notó que los ojos se le llenaban de nuevo de lágrimas y que sollozos entrecortados interrumpían su respiración. Se sentía hecha pedazos, inútil, como si su deber fuese trotar complaciente tras él al igual que el animal.

El Seigneur mostró un cuidado exquisito con el caballo. Ni siquiera se dio prisa cuando a finales de la tarde empezó a lloviznar. No trató en ningún momento de forzar al caballo a obedecer; se limitó a ponerle las cosas de tal forma que el caballo prefiriese hacer lo que él le pedía antes que verse obligado a seguir dando vueltas a todo galope en torno al cercado. Luego, lo recompensaba con elogios y caricias amistosas.

Cuando llegó por fin el momento y se izó con suavidad a la silla de montar, el caballo se quedó inmóvil, con las orejas hacia atrás, en alerta. En el silencio expectante, Leigh oyó el rumor de la fina lluvia y percibió la emoción del público. El rucio había tenido tiempo más que suficiente para recobrar fuerzas y haberse resistido con energía a aquella imposición.

Pero el caballo se limitó a escudriñar al hombre por ambos lados, a exhalar un suspiro y a dar muestras de cierto aburrimiento.

Hubo una fuerte aclamación. Los mozos de granja prorrumpieron en gritos y los tratantes de caballos lanzaron al aire sus sombreros. El rocín alzó la cabeza y miró fijamente a su alrededor, pero había aprendido las lecciones de aquel día. Se quedó tranquilo sin moverse de su sitio, y después, tras un momento, recorrió el perímetro del cercado, al tiempo que movía las orejas en señal de escaso interés.

El Seigneur sonreía abiertamente. Leigh pensó que no olvidaría la expresión de su rostro durante el resto de sus días, y escondió la cabeza entre los brazos.

«¿Cómo puedo seguir adelante? Soy débil, voy a fracasar, no soy lo suficientemente fuerte. Ay, mamá, no puedo continuar con esto.»

Mantuvo el rostro oculto, ajena a todo, apretó la frente contra los brazos y trató de encontrar la amargura que había sido su sostén. La tarde se volvió más fría mientras seguía sentada y encogida allí bajo el árbol. Por fin, uno de los tratantes se aproximó chapoteando bajo la llovizna y le preguntó con timidez:

– Señora, ¿desea el caballo para regresar?

La joven alzó el rostro. El hombre estaba ante ella y sujetaba al zaino. Con las primeras sombras, el resto del público se había dispersado, y Leigh vio que el Seigneur iba ya por la mitad del sendero a lomos del caballo negro con el animal rebelde a su lado.

Aceptó la ayuda del tratante para subirse a la silla lateral que el Seigneur había insistido en comprarle. El zaino no esperó a que Leigh le hiciese señal alguna; tan pronto el hombre soltó las riendas, se dio la vuelta y salió al trote tras los otros caballos.

Leigh, que carecía de una idea mejor, no se lo impidió. El Seigneur no se volvió ni una sola vez a mirarla.

De vuelta en el patio del establo, descabalgó del caballo negro y dijo a los mozos que se encargaría personalmente de los animales. Dieron la impresión de alegrarse de guardar las distancias del rebelde, pero hubo algunos silbidos y especulaciones mientras el enorme caballo permanecía tranquilo en medio del bullicio y el movimiento del patio.

Cuando Leigh descabalgó, el Seigneur sujetó las bridas del caballo. Se quitó el tricornio y le entregó la correa del rebelde.

– ¿Cómo prefieres llamarlo? -le preguntó con brusquedad.

La joven dirigió una mirada cansada al caballo. Él le había dicho que el animal podía ser un arma y ella necesitaba una. Ahora, más que nunca, necesitaba desesperadamente un arma que la ayudase a continuar.

– Venganza -respondió con aspereza-. Así lo llamaré.

Él la miró con el ceño fruncido.

– No. Ese es un nombre estúpido.

– Venganza -repitió con la mandíbula apretada-. Así se llamará si me lo das.

– Muy bien -dijo él en voz baja, enfadado-. Es igual que eso de que siempre me llames «Seigneur». Soy una persona, Leigh, tengo nombre. Esto es un caballo, un animal que está vivito y coleando; no es una maldita misión.

La joven se retiró el pelo húmedo del rostro.

– Ni siquiera sé tu nombre. Solo tienes unas iníciales.

– Nunca me lo has preguntado. -Se volvió para encargarse de la cincha del caballo negro-. ¿Y por qué razón ibas a hacerlo? Eso me convertiría en alguien real, ¿a que sí? En algo más que un instrumento que te ayude a conseguir lo que quieres.

Leigh sintió que la angustia le oprimía la garganta, de aquella manera desesperada y dolorosa que le impedía usar la inteligencia. Con voz cáustica, dijo:

– Entonces dime tu nombre.

Él le dirigió una mirada severa. La joven bajó la cabeza y fijó la vista en la lámpara que arrojaba luz sobre los húmedos adoquines y los cascos de los caballos.

Oyó el ruido de la cincha cuando él retiró la silla del lomo del caballo. Se sentía herida en su fuero interno, incapaz de levantar los ojos y mirarle directamente a la cara, de ver su cabello coronado por la luz dorada de la lámpara y las gotas de lluvia.

– Sófocles -dijo él en tono bajo y voz áspera-. Sófocles Trafalgar Maitland.

Se detuvo, como si esperase que ella dijese algo. La joven no parecía capaz de alzar la cabeza. Él se llevó la silla de allí, y después regresó.

– Es normal que te sorprendas -dijo, y soltó una risilla extraña, carente de humor-. Es el nombre más tonto del mundo. Hasta ahora nunca se lo había dicho a nadie voluntariamente.

Leigh vio la mano de él sobre las riendas y el cuero que se deslizaba entre sus dedos.

El hombre se volvió hacia el caballo.

– Engendrado en un barco junto al cabo de Trafalgar. -Desató la correa que sostenía la silla lateral-. Eso cuenta la historia. Mi madre aseguraba que su amante era un contraalmirante del escuadrón blanco. -De un tirón soltó las cinchas de cuero-. Uno podría preguntarse cómo se las había ingeniado para encontrarse a bordo de un buque insignia de la Armada, pero ¿quién sabe? Puede que sea cierto.

Retiró la silla del lomo del animal y se detuvo junto a Leigh, con el objeto apoyado en la cadera.

– Utilizo las iníciales. S.T. Maitland. Y no se te ocurra contarle a nadie el resto, ¿entendido?

Ella lo miró.

La verdad le llegó con una claridad meridiana y espantosa.

«Amo a este hombre. Lo amo, lo odio… ay, Dios.»

Quiso llorar y reír al mismo tiempo. En lugar de hacerlo, mantuvo la mirada impávida.

– ¿Por qué iba a contarlo? -preguntó y jugueteó con la correa del rocín rebelde-. ¿Dónde pongo a Venganza?

Él movió los ojos de ella al caballo, y a continuación le arrebató la correa de la mano.

– Ya lo llevo yo -dijo-. Y su nombre es Mistral.

Capítulo 15

Tres semanas después y a trescientas millas de distancia, S.T. no dejaba de pensar unas cincuenta veces al día en las palabras de la joven.

«Me importunas. Me incomodas. No eres más que un fraude.»

Con Nemo corriendo a su lado, cabalgó a lomos de Mistral desde el alba al crepúsculo, y cada tres horas daba una lección al caballo negro al que había puesto por nombre Siroco. En la carretera les enseñó a ambos caballos a responder a una señal de su mano, a detenerse con riendas y sin ellas, a ir hacia atrás, a trotar y galopar sobre la S romana. Por la mañana, antes de iniciar cada trayecto, trabajaba durante tres horas solo con Mistral.

No perdió en ningún momento el equilibrio. Al principio pensaba en ello y se quedaba inmóvil al despertar, temeroso de mover la cabeza. Cuando el milagro continuó, empezó a resultarle cada vez más difícil recordar su estado anterior. Le sorprendía darse cuenta en medio de una sesión de entrenamiento de que había realizado una maniobra rápida y fluida sin pensar en las consecuencias.

Cuando en alguna ocasión lo recordaba, sacudía la cabeza con fuerza y trataba de provocarse el mareo como medida preventiva, tal como su humilde médico le había recomendado. Pero aquel desequilibrio renovado era tan desagradable, y la sensación de estabilidad le resultaba tan natural que se dio cuenta de que tomaba aquellas medidas cada vez con menos frecuencia y más espaciadamente.

Había recuperado el equilibrio. Ya no lo perdería otra vez; era imposible que volviese a hacerlo. Concentró la mente en la tarea que tenía entre manos.

Los maestros de equitación de S.T. habían sido italianos, franceses y españoles, pero todos ellos compartían el mismo principio: se necesitan muchos caballos para formar a un jinete, pero solo es necesario un jinete para formar a un caballo. A lo largo de su vida había montado a cientos de animales, pero desde Charon no había encontrado otro corcel con el equilibrio natural y la inteligencia de aquel endiablado rocín. Era un placer, una verdadera pasión, doblegar a Mistral hasta lograr que ejecutase el terre-à-terre con las figuras del ocho cada vez más pequeñas, empezar la courbette y enseñarle a levantar las patas delanteras a la vez, limpiamente, y después instruirlo en la ruade y pedirle que coceara en el aire con las patas traseras con un golpe del bastoncillo bajo su vientre. Mistral tenía un talento especial para esa figura, ya que en su malhadada carrera había derribado más de un establo a patadas.

El negro Siroco era un animal honrado y flemático, al que costaba más trabajo mover que controlar, pero Mistral no tenía paciencia con los torpes. Su sensibilidad y exuberancia requerían la guía de unas manos lentas pero decididas, y que mostraran una infinita paciencia. Sin embargo, tan pronto Mistral comprendía una de las lecciones, era capaz de ponerla en práctica al instante. La principal preocupación de S.T. era frenar su impulso de hacer avanzar al caballo con excesiva rapidez. A veces, en lugar de dedicarse a la doma seria, dedicaba las horas de la mañana al juego, y le enseñaba al rocín rebelde los mismos trucos que a la yegua ciega francesa, o se limitaba a permanecer a su lado y rascarle la cruz mientras el caballo comía el heno de invierno.

Era en esos momentos de tranquilidad cuando recordaba una y otra vez las palabras que Leigh había pronunciado.

«Me importunas. Me incomodas. No eres más que un fraude.»

La había dejado abandonada en Rye y había vuelto solo. Era como una misión: matar al dragón y llevarse a la dama como recompensa.

Maldita sea, él se encargaría de hacerle un manto con la piel del dragón, de alimentarla con sopa de dragón, de construirle un castillo con los huesos del dragón.

Y que después siguiese pensando que era un fraude.

El reverendo Jamie Chilton podía llamarlo su Santuario Divino, pero desde hacía ya algunos siglos al lugar se lo conocía por el nombre de Felchester. En principio había sido un acuartelamiento romano en la calzada de los Peninos, desde el que casi se divisaba la muralla pagana de Adriano, pero más adelante se convirtió en plaza fuerte durante el mandato danés. Los normandos no lo consideraron un lugar apropiado para construir un castillo, pero el mercado semanal y el vado del río lo mantuvieron vivo hasta entrado el siglo XV, tiempo suficiente para tener un golpe de suerte poco habitual: un nativo del lugar que había emigrado a Londres y regresó rico a su tierra. Ese orgulloso ciudadano había hecho construir un puente de piedra sobre el río, con lo que la existencia de Felchester como ciudad quedó asegurada.

S.T. sabía todo aquello gracias a Leigh. Lo que no había esperado era el encanto de aquel lugar, enclavado como estaba al pie de un páramo enorme y sombrío, situado entre los cerros y el río. Las vulgares casas de pizarra características del norte aparecían suavizadas; algunas de ellas estaban enyesadas y encaladas, sus imponentes siluetas oscurecidas por un exuberante entramado de árboles frutales desnudos y los invernales restos rojizos de las trepadoras. En aquel día claro de finales de enero, grandes zonas soleadas se extendían por la ancha calle principal y daban calidez a aquel valle resguardado.

S.T. se sintió muy visible con su sombrero puntiagudo y la capa de lana gruesa color brandy. Según parecía, los visitantes que acudían a aquel pueblo modelo del reverendo Jamie Chilton vestían atuendos eclesiásticos y portaban libros de himnos en lugar de espadas.

– Yo lo intento con tanto, tanto esfuerzo… -decía el señor Chilton en ese momento. Tras una hora de entusiasta exposición, su cabello pelirrojo salía disparado en todas direcciones sobre la cabeza, cubierta por una capa tan gruesa de polvos que el color natural del cabello se había convertido en un extraño tono albaricoque pálido-. Caballeros, soy muy sincero con vosotros. No podemos esperar el paraíso en la tierra. Pero, ahora, quiero que echéis una ojeada a nuestra humilde morada. Sed bienvenidos y quedaos con nosotros esta noche si así lo deseáis, cualquiera de nuestros miembros puede dirigiros al dormitorio de invitados.

Los clérigos visitantes presentes en la estancia sonrieron e hicieron gestos de asentimiento. Chilton dirigió una sonrisa particularmente acogedora a S.T. y le ofreció la mano. Su rostro pecoso hacía que pareciese joven y anciano a la vez. Durante un instante miró sin pestañear directamente a los ojos de S.T.

– Me alegra mucho que hayáis venido -dijo-. ¿Estáis interesado en la filantropía, señor?

– Solo siento curiosidad -respondió S.T., que no tenía ganas de que lo obligasen a hacer entrega de una donación-. ¿Hay un establo en el que pueda alojar a mi caballo?

Era el único que había llegado con su montura. El resto lo había hecho en el sencillo carromato del santuario, que los había recogido frente a la iglesia de Hexham, a catorce millas de distancia.

– Por supuesto, podéis llevarlo a las caballerizas, pero me temo que tendréis que ser vos quien se encargue de él. Como os he dicho, esa es la regla aquí, caballeros, la responsabilidad. Cada uno tiene que valerse por sí mismo. Aunque, como veréis, todo el mundo es de lo más complaciente y servicial si se los necesita. -E indicó con un gesto la espada de S.T.-. Os pido que dejéis eso también en el establo, querido señor. Aquí, en nuestras calles, no hay necesidad de esas cosas. Ahora, tengo que abandonaros a vuestra suerte y atender los preparativos para mi servicio del mediodía. Venid a la casa parroquial dentro de una hora a tomar una taza de té. Espero que después asistáis a los oficios en nuestra compañía, y que continuemos nuestra charla.

Cuando el grupo se dispersó, S.T. agarró las riendas de Siroco y condujo al paciente caballo negro calle mayor abajo en la dirección que Chilton le había indicado. Al pasar a su lado, devolvió la inclinación de cabeza y la sonrisa a una joven pastora. Su rebaño de tres ovejas blancas daba un aire pastoral a la escena, como si fuese sacada de un dibujo sentimental. Una pareja de niñas, con gorros y capas iguales a los de sus mayores, intercambiaron risillas mientras llevaban un cubo de leche entre las dos.

Las féminas del Santuario Celestial, por lo que él había podido ver, se entregaban a sus tareas con buen ánimo. A través de una puerta abierta al otro lado de la calle oyó que alguien cantaba.

En el establo todavía se sentía el frío de la noche, vacío como estaba de hombres y bestias, aunque escrupulosamente limpio. Introdujo a Siroco en el primer cubículo, levantó heno con la horquilla y sacó agua con la bomba. El caballo metió el hocico en el comedero, y se limitó a mover una oreja hacia atrás cuando S.T. colgó la silla. Tras un momento de indecisión, decidió que no tenía ninguna obligación de obedecer a Chilton, y salió con la espada todavía puesta.

Se quedó en la puerta de las caballerizas, y pensó en la mejor forma de reconocer el terreno. Quería terminar con aquello cuanto antes, pero hasta ahora nada era como él había imaginado. Nadie en aquel lugar parecía oprimido; allí no se apreciaba maldad alguna en el ambiente… y Chilton, bueno Chilton no parecía más que un embaucador y un cruzado de la fe de lo más aburrido, a juzgar por el largo discurso sobre moral y métodos con los que les había dado la bienvenida aquella mañana a todos ellos.

Podía resultar un tanto difícil asesinar al sujeto, aunque S.T. tenía razones para sospechar que se alegraría de hacerlo tras soportar un servicio del Santuario Celestial y una tarde entera de aquella filosofía de andar por casa de Chilton.

S.T. trató de conjurar la imagen de Leigh; su rostro tenso, el cuerpo tembloroso mientras le contaba lo sucedido en aquel lugar. Pero lo único que recordaba con claridad era el sonido de su voz cuando lo vilipendiaba por sus fallos.

Empezó a preguntarse si ella era suficientemente racional. O si lo era él. El dolor podía destrozar la mente. Quizá aquello no hubiese sucedido, quizá nunca hubiera existido esa familia, quizá no hubiese perdido ni a un padre, una madre o unas hermanas.

Sabía que debía olvidarse de Leigh Strachan.

Pero allí estaba.

La calle mayor se ensanchaba al llegar al crucero del mercado; por un lado se abría hacia el puente, y por el otro, a una amplia y elegante avenida rodeada de frondosos árboles. Al final de la avenida, encaramada al empinado flanco del páramo, había una bella mansión de piedra plateada, coronada por una cúpula de cobre y una grácil balaustrada.

S.T. se detuvo.

Aquello lo había visto antes. En una acuarela pintada por una chica joven, él había vislumbrado aquella fachada simétrica con sus altas ventanas, majestuosa, bella, cálida e íntima.

«Silvering, Northumberland, 1764.»

La hierba crecía alta a través de las imponentes verjas de hierro forjado. Allí, al final de una espléndida avenida privada, un grupo de pulcras casas ascendía por la ladera hasta la joya que la coronaba: Silvering, que aislada y descuidada, se erguía sola, como una anciana cortesana orgullosa que todavía se acicalase con polvos y pinturas de colores desvaídos.

S.T. sintió una ardiente añoranza de Leigh, un dolor insoportable en lo más profundo de la garganta. Estar allí y mirar aquel lugar en el que una vez resonó su risa -una risa que él jamás había escuchado- le hizo sentir una soledad insoportable, unos celos solitarios.

Allí habían sido una familia. Él había visto los dibujos y había sido testigo de la profundidad del dolor de Leigh por la pérdida.

Quería…

Unión. Lazos familiares. Quería todo lo que aquella casa había sido. Un hogar, y algo con que llenarlo.

Quería a Leigh, y todo aquello que ella se negaba a darle.

Pero no funcionaría. Lo vio con claridad, de pronto, allí, ante aquella deshabitada mansión. No habría forma de reparar el lazo que unía su cuaderno de dibujo y aquella casa llena de maleza. Todo aquel sufrimiento había deformado su mente, su corazón y sus recuerdos; había pervertido la realidad hasta convertirla en una obsesiva búsqueda de venganza que la había impulsado a cruzar el mar hasta Francia. Fuera lo que fuese lo que le hubiese sucedido a su familia, y tanto podía creer que a aquellas alegres jóvenes les hubiesen dado muerte como que pudiesen resucitar, el mundo dibujado en aquellas acuarelas había desaparecido.

El dragón había resultado ser un cachorrillo, y S.T. no podría jamás conseguir para ella lo que realmente deseaba, que era la vida que había perdido.

Lo que no le dejaba nada. Ni manera de hacer méritos para lograr su amor, ni nada que superar para probarse a sí mismo. Tenía las armas afiladas, la espada bruñida y el caballo entrenado adecuadamente. Lo había logrado en solo tres semanas, tan grandes eran sus ansias de victoria.

Y todo para nada. Podía matar a Chilton y volver a Rye con la cabeza del hombre en una maldita canasta, y lo único que lograría a cambio sería que le diese las gracias con sequedad. ¿Por qué iba a ser de otra forma? Ella se había convencido a sí misma de que quería venganza; había convertido a Chilton en un malévolo chivo expiatorio, pero descubriría el vacío de la venganza justo en el momento en que la obtuviera.

Daría la vuelta, se alejaría de S.T., y lo dejaría tal como lo había encontrado.

Cruzó los brazos, apoyó la cabeza en la piedra tallada del crucero del mercado, y pensó en qué figura más patética debía de ser en ese momento, como un recluta voluntarioso que al llegar al campo de batalla descubriese que allí no había nadie.

Merde.

A falta de una idea mejor, recorrió la calle en sentido inverso y sonrió lánguidamente a una bonita muchacha que estaba sentada y trabajaba en un par de volantes de encaje en un brillante umbral. Se apoyó en la cancela del jardín y dijo:

– ¿Seríais tan amable de decirme dónde podría encontrar algo de comer?

– De mil amores -contestó la joven al tiempo que dejaba la labor a un lado, erguía la espalda y se levantaba rauda. Se acercó a él y le indicó con la cabeza-. Tenéis que ir por la calle mayor, en aquella dirección. -Se la indicó. Inclinó la cabeza sobre el hombro de S.T. mientras doblaba el cuerpo sobre la verja-. Después, en dirección a la colina, debéis coger la primera calle a la derecha, pasado el crucero del mercado. Deberéis continuar hasta dejar atrás la enfermería, y en la primera casa de la izquierda encontraréis el comedor de los hombres.

Alzó la mirada hacia él, seguía inclinada muy próxima. Un sencillo gorrito ceñía su cabeza y ocultaba por completo sus rizos, pero aquella piel tan clara y los azules ojos hicieron que S.T. imaginase una cabellera rubia que caía en cascada sobre los hombros.

Se quitó el sombrero con gesto serio y cortés e hizo una inclinación.

– Gracias, mademoiselle -dijo. Y le hizo un guiño.

Ella se quedó mirándolo.

– Es un placer -respondió-. Ciertamente lo ha sido para mí.

S.T. se cubrió con el sombrero.

– Pero os he distraído de vuestro trabajo.

– Sí -fue la respuesta de la joven, que volvió hacia la casa sin decir nada más.

S.T. se detuvo un momento, ligeramente desconcertado por la brusquedad de su marcha. Después se dio la vuelta, siguió las direcciones que ella le había dado y recorrió con paso lento la calle hacia el lugar que le había indicado.

El pequeño grupo vestido de negro formado por los clérigos visitantes salió de una tienda unos metros por delante de él. Hablaban en voz baja entre sí, hacían gestos de aseveración con la cabeza e intercambiaban miradas meditabundas. Uno de ellos parecía tomar notas en un diario. S.T. se llevó un dedo al ala del sombrero y siguió solo su camino.

Al llegar a la casa donde estaba el comedor de los hombres, nadie respondió a su llamada. Siguió la estela del olor a comida y encontró la cocina, pero los cocineros que allí había, aunque amables, fueron inflexibles al comunicarle que no se serviría ninguna comida hasta después del servicio del mediodía. Ni tan siquiera accedieron a darle un bollo de la bandeja recién salida del horno. S.T. soltó una risita, empezó a decir bobadas y robó uno.

Lo descubrieron antes de que le diese tiempo a escabullirse por la puerta, y el disgusto que mostraron por la pérdida parecía tan auténtico que confesó; pese a que la boca ya se le hacía agua, les devolvió el bollo.

Tras ser vergonzosamente expulsado de la cocina, volvió a recorrer la calle mayor en sentido contrario. La misma joven continuaba arreglando el encaje a la puerta de su casa.

S.T. se inclinó sobre la verja.

– Todavía no dan de comer -dijo con voz triste.

– Claro que no. Hasta después del sermón del mediodía.

Él sonrió con sequedad.

– Eso no lo mencionasteis.

– Lo siento. ¿Estáis muy hambriento?

– Mucho.

La joven inclinó la cabeza sobre la labor. Después alzó la vista y miró arriba y abajo de la calle. Tras un momento dijo con voz muy suave:

– Ayer guardé una de las empanadillas de cerdo. ¿Os apetece?

– No, a menos que la compartáis conmigo.

– No, no podría… -Bajó la vista hasta su regazo y a continuación la alzó de nuevo-. No tengo hambre. Coméosla vos.

Se levantó y desapareció en el interior de la casa. Cuando regresó, S.T. abrió la cancela y se acercó hasta la puerta. Ella le entregó la empanadilla, envuelta en una servilleta, y el hombre tomó asiento en el escalón.

La muchacha titubeó, pero él alargó la mano, le agarró la muñeca y tiró de ella hasta que la hizo sentarse a su lado.

– Tomad asiento, mademoiselle, o quedaré como un auténtico patán si alguien aparece.

– Ah -dijo ella.

Durante un rato guardaron silencio. S.T. mordió la empanadilla. La masa estaba pasada y la carne tenía mucho cartílago, pero él tenía demasiada hambre como para no comérsela.

– Samuel Bartlett -se presentó-, a su servicio, mademoiselle. ¿Qué nombre tendré el honor de utilizar para dirigirme a vos?

Ella se ruborizó y recogió su labor.

– Soy Paloma de la Paz.

«Dios nos asista», pensó S.T.

– Precioso nombre, señorita Paz -dijo en voz alta-. ¿Lo habéis elegido vos?

Ella soltó una leve risilla y se llevó los dedos a las sienes.

– Mi maestro Jamie lo eligió para mí.

S.T. la miró mientras ella se frotaba la cabeza y retomaba su costura.

– ¿Os encontráis bien?

– Claro que sí -respondió ella con la sombra de una sonrisa-. Tengo dolor de cabeza, pero siempre me pasa.

– Lo siento -dijo el hombre-. Quizá debería veros un médico.

– Oh no… no hay necesidad de eso. -Sonrió con más firmeza-. Estoy perfectamente bien.

– ¿Hace mucho que vivís aquí?

– Unos cuantos años -respondió ella.

– ¿Os gusta?

– Oh, sí.

S.T. terminó la empanadilla y estrujó la servilleta hasta hacer una bola con ella.

– Decidme… ¿Qué fue lo que os trajo hasta aquí?

– Estaba perdida -contestó la joven-. Mi madre era una mujer malvada. Me apartó del lado de mi padre, así que nunca lo conocí. Nunca tuve comida suficiente ni ropa para protegerme del frío, y mi madre me enseñó a robar. Solía darme pellizcos si no le llevaba de vuelta lo que ella quería.

– ¿De verdad? -preguntó S.T. suavemente.

– Sí, señor -respondió Paloma de la Paz -. Yo no sabía que lo que hacía estaba mal, pero era muy infeliz. No era más que una especie de hormiga diminuta rodeada de otras hormigas. Me sentía sola, no tenía adónde ir ni nadie a quien le importase. -Inclinó la cabeza sobre sus manos-. Y entonces conocí a unas jóvenes que repartían ropa en la esquina de la calle. Me dieron una falda y un gorrito. -Levantó los ojos con una sonrisa de remembranza-. Parecían tan alegres… Tan felices… Me pidieron que fuese su amiga; me llevaron al lugar donde estaban viviendo y me dieron comida. Dijeron que no debía volver junto a mi madre. Cuando les dije que no tenía ningún otro sitio al que ir, me dieron dinero suficiente para tomar el coche hasta Hexham, y desde allí vine andando hasta aquí; me dieron la bienvenida igual que han hecho con vos. Es un lugar maravilloso. Como una familia.

– ¿De verdad? -S.T. soltó un resoplido lleno de pesadumbre-. Puede que me una a esta comunidad.

– ¡Ay, sí! -exclamó la joven-. Ojalá lo hagáis.

Él la miró de lado con las cejas enarcadas.

– Vos estáis solo -dijo ella-. Os he visto ir de un lado a otro sin compañía. Los demás… siempre van en grupo cuando vienen de visita. No entienden lo que es vivir fuera de aquí. Creen que el Santuario es un buen lugar porque trabajamos mucho, cosa que es cierta, pero lo mejor de todo es que nos queremos los unos a los otros, y que nunca, jamás, nos sentimos solos. -Lo miró con timidez-. Vienen muchas jóvenes y se unen a nosotros, pero pocos hombres lo hacen. Solo los que son especiales.

S.T. se recostó en el marco de la puerta e inclinó el sombrero sobre los ojos.

– ¿Y vos creéis que soy especial?

– Claro que sí. Tenéis un alma noble. Se ve en vuestra expresión. Lo supe en el momento en que os vi. No suelo hablar con los visitantes, pero me alegré de hablar con vos.

Él sonrió y sacudió la cabeza. Era muy agradable que lo adulasen a uno, tener aquellos enormes ojos azules clavados en él con admiración.

– No podéis imaginar lo agradable que resulta oír esas palabras por una vez.

Ella frunció un poco el ceño.

– Alguien os ha hecho daño.

– He sido un tonto. -S.T. se encogió de hombros-. Es la misma historia de siempre.

– Eso es porque habéis depositado vuestra fe en el lugar equivocado. Aquí no somos presa de la desesperación, no nos sentimos abandonados ni solos.

– Qué gratificante.

– Resulta muy cálido -dijo la joven-. La gente es fría, ¿verdad que sí? Dicen cosas crueles y nunca están contentos. Aquí aceptamos a todos tal como son, aunque a los ojos de la gente mundana no sean perfectos.

S.T. suspiró y apoyó el brazo en la rodilla.

– Lo cierto es que yo disto mucho de ser perfecto a los ojos de quien sea, os lo aseguro.

– Todas las criaturas de Dios son perfectas -aseguró ella-, y vos también.

S.T. dejó pasar aquellas palabras sin hacer comentario alguno. Una campana comenzó a sonar, y la joven recogió su encaje.

– Eso es el servicio del mediodía. ¿Queréis venir conmigo?

Antes de que él pudiese responder, desapareció rápidamente en el interior de la casa; volvió unos minutos más tarde y cerró la puerta tras ella. Cuando S.T. se puso de pie, ella lo cogió del brazo y empezó a bajar los escalones.

– Todo el mundo querrá conoceros.

La intención de S.T. había sido escabullirse sin hacer ruido antes de que aquella amenaza se materializase, pero Paloma de la Paz lo condujo con tanto entusiasmo, lo presentó con tanto afecto a todos los que encontraron a su paso que le resultó imposible encontrar el momento oportuno para despedirse. Se encontró dentro de la pequeña iglesia, sentado en la primera fila de bancos antes de que la campana dejase de tañer.

Estaba en el medio, rodeado por la balaustrada del altar por delante, uno de los clérigos de visita a un lado, y miembros de la congregación de Chilton al otro. En las tres primeras filas solo había hombres, mientras que el resto de la iglesia estaba ocupado por mujeres, que llenaban los bancos y ocupaban los pasillos del fondo. Tomó asiento con el sombrero en el regazo y miró incómodo a su alrededor. Paloma de la Paz había desaparecido entre la multitud tras presentarlo al individuo que estaba a su derecha, que gozaba del interesante nombre de Palabra Verdadera.

– Yo estoy absolutamente impresionado, ¿y vos? -murmuró el clérigo en el oído bueno de S.T. -. Es de lo más emocionante. Toda la gente que vimos en la calle parecía satisfecha y llena de energía.

S.T. asintió y se encogió de hombros.

El señor Palabra no parecía muy dado a mantener una conversación, lo que a S.T. le pareció perfecto. Miraba fijamente y con expresión sombría hacia delante, donde el altar, el pulpito y el resto de la parte delantera de la iglesia estaban ocultos por tiras largas de seda de color púrpura, cosidas entre sí, que colgaban del techo y formaban una pared hinchada.

El ruido que se produjo cuando la concurrencia tomó asiento se fue suavizando hasta quedar solo en un frufrú de ropas y discretas toses, y después en silencio absoluto. Una joven sola se adelantó y se puso de rodillas ante la seda púrpura, el rostro oculto a la vista por un largo velo blanco que caía sobre la cofia.

S.T. esperó, convencido de que empezaría a sonar un órgano o un coro.

No ocurrió nada.

Cambió de postura sobre el duro banco. Una rápida ojeada por debajo de las pestañas le confirmó que Palabra Verdadera seguía con la mirada clavada en la seda púrpura, sin pestañear ni moverse. El clérigo sentado a la derecha de S.T. tenía la cabeza inclinada y movía los labios en silenciosa plegaria.

S.T. cerró los ojos. Se dejó llevar y recordó otras iglesias; las maravillosas catedrales italianas de su infancia, las voces cantarinas de los niños durante el rezo de vísperas entre los vitrales y los altos muros de mármol. Pensó en los cuadros que no había terminado de pintar y en imágenes que todavía quería intentar. Se preguntó si sería capaz de reproducir aquel impresionante e increíble silencio, aquel arco de luz y oscuridad que era la catedral de Amiens.

Podría convertirla en un bosque y pintar en él a Nemo como una sombra con ojos amarillos. O simplemente las siluetas del lobo y los caballos en un páramo abierto, tal como había dejado a Mistral, en libertad salvo por la compañía vigilante de Nemo.

De repente la campana de la iglesia empezó a redoblar con frenesí, y Palabra Verdadera tomó la mano de S.T., que se aclaró la garganta y se soltó con delicadeza. Pero en medio de un movimiento general de la congregación, el clérigo le agarró la otra mano con fuerza, justo en el momento en el que Palabra Verdadera volvía a asirlo. S.T., atrapado, apretó los labios con fuerza en una mueca irónica.

Chilton apareció por detrás de la cortina de seda púrpura, vestido totalmente de negro. Allí, en el altar de la iglesia, inició otro de sus sermones, una larga disquisición sobre la salvación y sus fieles. S.T. trató de evadirse de nuevo y refugiarse en pensamientos más agradables, pero aquellas manos asidas a las suyas le molestaban. Cuando intentó soltarse con disimulo, la presión aumentó. Intentó mostrarle al clérigo su enfado con la mirada, pero el ministro parecía completamente concentrado en el sermón de Chilton, al igual que el señor Palabra Verdadera.

Molesto, S.T. bajó la mirada al sombrero. Sentía una humedad desagradable allí donde las palmas de sus manos estaban en contacto con las de los dos hombres. Por el rabillo del ojo vio que todos los asistentes estaban también unidos, hasta las jóvenes de los pasillos; la más próxima de ellas agarraba la mano del hombre del final del banco.

La voz de Chilton lo dominaba todo, se alzaba y descendía con creciente emoción. S.T. pensó que aquel hombre tenía un aspecto estrafalario, con el cabello empolvado hasta lograr un tono naranja y aquellos ojos grandes, infantiles, que recorrían la congregación con un ritmo pendular; se detenían únicamente para centrarse en un rostro durante un momento cuando hacía un comentario personal sobre las transgresiones de Dulce Armonía o la penitencia de Luz Sagrada. Nombró a diversos de los congregados y habló durante unos minutos de cada uno de ellos; obtuvo sinceras respuestas ante sus exhortos a reconocer el pecado. Cuando gritó: «¡Palabra Verdadera!», S.T. sintió que aumentaba la presión sobre su mano derecha.

– Palabra Verdadera… -La voz de Chilton se convirtió en un susurro-. Tu señor lo sabe. ¿Quieres confesar?

– ¡Avaricia! -dijo a gritos Palabra Verdadera-. ¡Deseo carnal y codicia!

– ¿Quieres librarte de tus pecados? -le preguntó Chilton con dulzura-. ¿Quieres humillarte lleno de vergüenza y dolor?

– ¡Ay, señor! ¡Perdóname! -Palabra Verdadera inclinó el rostro sobre su regazo. Incómodo, S.T. trató de soltarse de su mano, pero el otro hombre aumentó la presión de forma violenta-. ¡No! -gritó entre sollozos Palabra Verdadera, a la vez que negaba con la cabeza-. ¡No me niegues el contacto que cura!

– ¡Vete a la mierda! -murmuró S.T., y de un tirón soltó la mano.

Palabra Verdadera la buscó a tientas, la atrapó y se la llevó a la mejilla. Todo el mundo los miraba. Bajo el peso de aquel escrutinio colectivo, S.T. tomó aliento y se resignó a aquel gesto de cariño, a la vez que sentía que un intenso rubor se extendía por su cuello y su rostro.

Chilton lo miró fijamente y le sonrió. No continuó con el sermón, como había hecho en el resto de los casos, se limitó a mirar a S.T. sin parpadear.

– Percibo el poder -susurró en medio del expectante silencio-. Percibo el poder de curación que emana de vuestra persona, señor Bartlett, que llega hasta mí, hasta el hombre llamado Palabra Verdadera. ¡Que alcanza a todos los presentes! -Levantó los brazos y gritó-: ¿Lo sentís?

Un murmullo que nació en la parte de atrás de la iglesia comenzó a extenderse. S.T. notó un cosquilleo en las palmas, un leve picor que fue en aumento y se convirtió en una sensación que jamás había experimentado. Le picaba el cuero cabelludo y los brazos; una extraña sensación se adueñó de su cuerpo, una especie de pulsación horrible, como si todos los músculos se hubiesen vuelto blandos y él no pudiese controlarlos. En la seda púrpura, ante sus ojos, extrañas formas empezaron a relucir y a fundirse entre sí.

Oía gemidos y lloros a su alrededor. La voz de Chilton cada vez más alta lo llamaba; lo llamaba por su nombre. La desagradable sensación aumentó. S.T. pensó que iba a perder el conocimiento, que los dibujos sobre la seda iban a crecer y aumentar hasta aplastarlo.

– ¡Entrégamelo! -gritó Chilton-. Traspásamelo a mí, no sufras; ven a mí. ¡Deja que el poder llegue hasta mí!

S.T. soltó de un tirón la mano del clérigo. Al instante, la profunda sensación desapareció; solo quedó el leve picor en cada cabello y el molinete de chispas delante de sus ojos. Se puso en pie a ciegas, impulsado por el deseo de librarse de aquello, pero Palabra Verdadera se aferró a él. S.T. parpadeó y descubrió a Chilton justo delante de él, mientras las siluetas brillantes desaparecían de sus ojos.

– Traspásamelo -gritó Chilton, al tiempo que alargaba la mano hacia él-. Entrégame tu vitalidad para que yo la utilice como debe utilizarse.

S.T. levantó el brazo libre para apartar al hombre, y entre ellos apareció un arco de luz que, de un salto, recorrió la breve distancia que separaba sus dedos de los de Chilton. El dolor hizo que S.T. se echase hacia atrás entre maldiciones.

El extraño escozor de su cuero cabelludo se esfumó. La congregación completa exhaló un gemido, un sonido único, como el de un enorme animal en sus últimos instantes de vida.

– ¡Paloma de la Paz! -llamó Chilton con voz atronadora.

La figura arrodillada al frente de la iglesia se irguió y se acercó hacia ellos. S.T. distinguió el juvenil y bello rostro de la muchacha, que fijó en los de Chilton unos ojos llenos de esperanza y respeto reverencial.

– Paloma de la Paz -entonó Chilton-, tú has pedido que se ponga fin a tus terribles dolores de cabeza.

La joven asintió con presteza.

– Ven aquí, amada mía -dijo Chilton con dulzura.

La joven se acercó a él y se puso de rodillas.

– Quítate la cofia y el velo.

La muchacha obedeció y dejó que el cabello rubio cubriese sus hombros.

Chilton acercó las manos y las colocó sobre ella, con las palmas a tan solo unos centímetros de su cabeza. S.T. vio cómo el fino cabello dorado se levantaba y algunos mechones se pegaban a las manos de Chilton. Paloma de la Paz soltó una suave exclamación de sorpresa y levantó las manos para palpar el delicado halo que se elevaba en torno a su cabeza. Rozó la mano de Chilton, y S.T. oyó un leve crujido. Paloma de la Paz, sorprendida, exclamó:

– ¡Dios mío!

– Este es el poder sanador de Dios -dijo Chilton-. Dios te bendice por habernos traído al señor Bartlett. ¿Ha desaparecido tu dolor, preciosa criatura?

– Sí -contestó Paloma de la Paz entre suspiros. Se dejó caer hasta quedar sentada sobre los tobillos y levantó los ojos abiertos de par en par hasta Chilton-. Se ha ido.

Un murmullo recorrió la congregación. La gente empezó a ponerse en pie y a rezar en voz alta, entre ellos los clérigos visitantes. Palabra Verdadera besó la mano de S.T. y empezó de nuevo a lloriquear.

– El Señor ha traído hasta nosotros al señor Bartlett -proclamó Chilton por encima del devoto clamor-. Señor Bartlett -y miró hacia S.T.-, ¿queréis venir? ¿Querréis entregarnos el don que el Señor ha depositado en vos?

S.T. se aclaró la garganta.

– ¡Por el amor de Dios! -exclamó, y mantuvo la voz baja-. ¿Estáis…?

– ¡Por el amor de Dios! -gritó Chilton-. ¡Sí! ¡Por su amor! -Le tendió la mano-. ¿Venís, entonces? Señor Bartlett, no creáis que podéis hacer esto solo. No caigáis en el error del orgullo. No podéis iros y realizar por ahí fuera los milagros que aquí presenciamos a diario; pero si os unís a nosotros; si os convertís en parte de nuestra familia divina, mantendréis el poder de curar para utilizarlo al servicio de los demás. Vos lo poseéis en vuestro interior, señor Bartlett, un poder como nunca había percibido en todos los años que llevo al servicio del Señor. ¿Querréis venir?

– Prefiero no hacerlo -dijo S.T.-. Gracias.

Los gemidos y murmullos a su alrededor enmudecieron. Paloma de la Paz lo miró. En sus ojos no había reproche, tan solo tristeza. Se puso en pie, se acercó hasta la barandilla de los rezos y se inclinó sobre ella para asirle la mano. S.T. sintió una especie de chasquido cuando se produjo el contacto entre ellos, un pálido eco de las dolorosas chispas que habían saltado entre él y Chilton. La joven también lo había percibido; tragó aire sorprendida, y a continuación lo contempló con adoración.

– Por favor -le susurró-. Por favor, quedaos y ayudadnos.

Chilton podía haber predicado todo el día y Palabra Verdadera haber llorado hasta quedarse sin lágrimas, pero no habrían logrado el efecto de aquellos ojos brillantes, esperanzados de mujer. S.T. trató de decir que no: era imposible, era ridículo, aquello no era más que un engaño de algún tipo, pero justo en aquel momento, fue incapaz de encontrar las palabras necesarias para hacerlo.

Respiró profundamente, apretó la mandíbula y dijo:

– Muy bien. ¿Qué debo hacer?

– Rezar -dijo Chilton al instante, y la congregación empezó a arrodillarse-. Venid aquí arriba conmigo y con vuestra amada Paloma de la Paz, y uníos a nosotros en nuestras plegarias.

No le quedó más remedio que ir y arrodillarse, unir de nuevo sus manos con las de ellos y escuchar durante mucho rato, hasta que las piernas empezaron a dolerle, el estómago a quejarse y la luz que entraba a través de la vidriera dibujó sombras cada vez más grandes en el suelo.

S.T. caviló sobre la manera en que Chilton se las había arreglado para hacer aquella demostración de «poder». De que había usado la electricidad, no tenía ninguna duda; había oído testimonios sobre la sensación que producía. En Francia era la última moda. En una ocasión aplicaron una descarga sobre ciento ochenta miembros de la guardia real a la vez para diversión de los parisinos; la noticia se extendió y, unos ocho meses más tarde, llegó hasta La Paire. El único misterio residía en el método utilizado por Chilton. S.T. creía que era necesario contar con algún tipo de máquina, aunque no veía nada que pudiese servir a tal fin.

Si alguien más dudaba de la teoría del poder curativo de Chilton, no lo mencionó. El servicio continuó hasta que casi fue de noche. S.T. se moría de hambre. Cuando por fin se acabó, se puso en pie y estiró con cuidado sus doloridas extremidades. Se apartó de Chilton y se aproximó al grupo de clérigos visitantes.

Todos lo contemplaron admirados, y el que había estado sentado a su lado se humedeció los labios.

– Jamás lo hubiera creído -murmuró, e hizo ademán de estrechar la mano de S.T. antes de titubear y detener el gesto, como si hubiese recordado que no quería tocarlo. Se volvió hacia sus compañeros y dijo-: Si no lo hubiese experimentado por mí mismo, me habría mofado.

Los demás parecían incómodos, pero antes de que S.T. tuviese ocasión de contestar, intervino un numeroso grupo de la congregación de Chilton; empezaron a rodearlo, a hablar todos a la vez y a darle la bienvenida al seno de su familia. Palabra Verdadera se abrió paso a empujones a través del grupo de mujeres y besó de nuevo la mano de S.T., que la retiró bruscamente, pero luego todas las jóvenes repitieron el gesto. Paloma de la Paz lo abrazó. Cuando consiguió librarse de aquellas muestras de hospitalidad y salió al patio de la iglesia, todos los visitantes habían desaparecido.

Chilton estaba en los escalones de la entrada y hablaba con un pequeño grupo de fieles. Se volvió hacia S.T., y lo agarró de los hombros.

– ¡Estoy rebosante de alegría, señor! Os bendigo por la decisión que habéis tomado.

– Apartad las manos de mí -dijo S.T. con brusquedad y agarró con fuerza la espada-. He cambiado de opinión.

Chilton le dio unas palmaditas en el hombro y lo soltó.

– En ese caso, lo siento. -Y movió la cabeza-. A veces sucede esto, se hacen promesas apresuradas de las que luego se reniega. Nosotros no deseamos que os quedéis si no estáis totalmente preparado.

– ¿No os quedáis? -Paloma de la Paz apareció detrás de S.T.-. ¿Es que vais a iros?

– Sí -respondió él, y cruzó su mirada por un instante con la de la joven antes de apartar los ojos, incómodo-. Jamás fue mi intención quedarme.

La joven se llevó la mano a los labios.

– Ah. Lo siento muchísimo. -Y bajó la mirada al escalón-. Gracias por tocarme con las manos. El dolor de cabeza ha desaparecido.

– No os he dado nada que no tuvieseis antes -dijo S.T. con dulzura.

Chilton lo asió por el codo.

– Si fuerais tan amable de esperar un momento, me gustaría ir con vos y con mi pequeña Paloma hasta las caballerizas.

A S.T. le habría encantado renunciar a tal privilegio, pero el rostro de Paloma se iluminó y, por ella, esperó mientras Chilton desaparecía en el interior de la iglesia hasta que volvió a unirse a ellos minutos más tarde. Cuando bajaron por la calle mayor y pasaron ante la casa en la que S.T. había conocido a Paloma de la Paz, Chilton comentó que tal vez la joven quisiese retomar sus labores.

Paloma obedeció sin protestar, se limitó a tomar la mano de S.T. y darle un fuerte apretón antes de darse la vuelta y atravesar corriendo la verja.

– Me temo que le habéis roto el corazón -comentó Chilton con cierto tono divertido cuando continuaron adelante-. ¡Qué joven más tonta!

– Y que lo digáis -respondió S.T.

Chilton suspiró e hizo un gesto de asentimiento.

– Hay pocos que lleguen hasta nosotros con tanta inocencia como Paloma, tras haber pasado por las peores circunstancias que los seres humanos puedan provocar.

– Sí, eso no lo dudo -asintió S.T. con aire serio-. Yo jamás habría adivinado que procedía de la calle si ella no me lo hubiese contado. Habría dicho que se había criado en el seno de una buena familia.

– Me siento gratificado -fue el comentario de Chilton-. Muy gratificado. La educación es parte importante de nuestra misión, ¿sabéis? Ah, ahí está la pequeña Castidad. ¿Está lista la montura del señor Bartlett, amada mía?

– No, maestro Jamie, señor, no lo está. -La joven que surgió de entre la oscuridad del establo hizo un gesto negativo con la cabeza-. Ese caballo estaba a punto de perder una herradura y el viejo Pap…, ay perdón, quiero decir Gracia Salvadora se lo ha llevado para arreglarlo.

– Espero que no tengáis excesiva prisa, señor Bartlett. ¿Os gustaría cenar con nosotros?

Capítulo 16

En el interior del sencillo y limpio comedor de la que alguna vez había sido una casa familiar importante, todos quisieron sentarse al lado de su nuevo amigo el señor Bartlett. En el Santuario Celestial lo adoraban; era uno de aquellos que habían estado esperando. Su «poder» los acercaba un paso más al día en que Jamie los conduciría hasta un futuro en el que tendría lugar la llegada del mundo de Dios.

Todo elemento decorativo había sido retirado de aquella estancia; no había cuadros, ni chimenea ni alfombras. Tan solo quedaban los adornos de escayola del techo. Habían añadido dos mesas, pese a que los miembros masculinos de la congregación de Chilton apenas llenaban una. Cuando las muchachas empezaron a servir la comida, tuvieron que hacer esfuerzos para pasar entre tanta silla vacía, y levantar las teteras en lo alto, por encima de sus cabezas.

S.T. recibió una generosa porción de gachas de avena, adornadas con rodajas de manzana y sazonadas con demasiada sal por un vecino de mesa excesivamente entusiasta, empeñado en compartir el momento con él; miró lleno de dudas aquella enorme ración. Puede que en el Santuario Celestial no comiesen con mucha frecuencia, pero estaba claro que, cuando lo hacían, lo hacían en abundancia.

Todo el mundo guardó silencio; las jóvenes que servían formaron una hilera junto a la pared, y todas las cabezas se inclinaron. Uno de los hombres inició una plegaria en voz alta, y cuando dijo «amén», fue el turno de otro, al que siguió otro más, el orden en el que todos rezaban era aleatorio, al igual que la longitud de los rezos. S.T., sentado en su duro asiento, vio cómo las gachas se enfriaban y se llenaban de grumos. El hambre hacía que la cabeza empezase a dolerle.

En algún momento durante el transcurso de los rezos, se abrió la puerta principal y los clérigos visitantes hicieron su entrada en la estancia. En voz baja, dos de las jóvenes presentes los llevaron más allá del comedor, con sus mesas y sillas de sobra, hacia la parte trasera de la casa.

El murmullo de las plegarias continuó. Tras un buen rato, llegó hasta S.T. una vaharada de tentador aroma a carne y pan recién hecho, pero nadie llevó nada más al comedor. Poco a poco, se dio cuenta de que era a los otros visitantes a los que estaban dando de comer, y de que lo que les servían no eran precisamente gachas frías.

Por fin, se hizo en el comedor un profundo silencio. S.T. añadió al resto su propio ruego silencioso de que al fin pudiesen empezar a comer. Caía la oscuridad, e incluso unas gachas con grumos resultaban apetecibles.

Los clérigos visitantes aparecieron por el pasillo, conducidos por Chilton, quien les dio las buenas noches desde la entrada principal, y les aseguró que el carromato los esperaba en las caballerizas, listo para llevarlos de vuelta a Hexham.

Varios de los hombres sentados a la mesa soltaron una risita. Uno de ellos le dio un codazo con aire de conspirador a S.T.

– No comemos con los de fuera si no queremos -dijo entre susurros.

– Qué encantador -dijo S.T. y levantó la cuchara.

Recibió otro codazo.

– Todavía no, todavía no -susurró su vecino-. Las muchachas comen antes.

S.T. bajó de nuevo la cuchara. Chilton entró en el comedor y se quedó junto a la puerta, con las manos alzadas dispuestas para bendecir y con la cabeza inclinada. Pronunció otra plegaria, que se prolongó con tono afable en una charla sobre el tiempo, la cosecha y la cantidad de encaje que las jóvenes habían hecho, a la vez que le hacía recomendaciones a Dios para que mejorara las cosas, como si de un colega que necesitara el consejo de un amigo se tratara. S.T. empezaba a sentirse mareado.

– Amén -dijo Chilton al fin-. Compartamos nuestros bienes.

Al oír esas palabras, las jóvenes que estaban en fila junto a la pared se acercaron a la mesa. S.T. frunció el ceño al ver que cada una de ellas se arrodillaba junto a uno de los hombres. Abrió los ojos con sorpresa cuando los hombres cogieron sus cuencos, empezaron a darles gachas frías a las jóvenes con la mano y a introducírselas en la boca con una cuchara. Entraron todavía más jóvenes en la estancia y formaron filas tras las que estaban arrodilladas.

Una recatada figura se arrodilló al lado de S.T. La joven levantó el rostro: era Paloma de la Paz. Su actitud era la de quien espera la comunión, con los ojos cerrados y los labios ligeramente entreabiertos. La paciencia de S.T. llegó al límite. Ya no soportaba más aquel lugar; estaba harto. Agarró el cuenco con las gachas, metió en él la cuchara y se lo ofreció.

– Tomad, es vuestro. No hay necesidad de que os comportéis de esa manera, por el amor de Dios.

La joven abrió los ojos y lo miró fijamente.

– ¿No queréis compartirlo?

– Lo compartiré -dijo S.T. con brusquedad. Había tenido que volver la cabeza con el fin de oír la suave voz de la muchacha con el oído bueno-. Pero lo que no voy a hacer es daros yo de comer. Levantaos del suelo. Es una idiotez.

El estrépito de platos y cubiertos enmudeció a su alrededor. La joven se mordió el labio y apartó la mirada.

– Me estáis avergonzando -susurró en medio del repentino silencio.

– Es que no lo entiende -dijo Chilton afectuosamente-. Tienes que enseñarle, Paloma.

La joven tragó saliva,

– Yo… yo no sé hacerlo.

– Estoy a tu lado. Encontrarás la forma. Ten fe.

La muchacha asintió y volvió a mirar a S.T. con aire de súplica.

– Compartir indica que a vos os importo yo. Indica que os encargaréis de cuidarme y protegerme, al igual que todo hombre está obligado a cuidar y proteger a la mujer, esa es la voluntad de Dios.

– Indica que la mujer obedece con alegría -añadió uno de los hombres con toda seriedad- mientras se muestra llena de gracia y sumisa, como está en su naturaleza hacer. Paloma es muy buena; es alegre y humilde. No tenéis por qué temer nada.

– Esto es absurdo -dijo S.T.

– Por favor, compartid la comida conmigo como está mandado -susurró Paloma-, os sentiréis mucho mejor.

– Difícilmente podría sentirme peor -respondió S.T. al tiempo que apartaba su silla y ponía las gachas en el suelo-. Ahí tienes, chucho. Come como si fueses la mascota de alguien si eso es lo que quieres.

Un murmullo de desaprobación recorrió la estancia. Paloma se cubrió el rostro con las manos.

– Por favor -rogó-. ¡Tened piedad!

S.T. titubeó. Todos lo miraban como si hubiese golpeado a la muchacha; todos menos Chilton, que sonreía benevolente ante la escena.

Paloma de la Paz gimoteó en silencio y lo agarró de la pierna. S.T. volvió el rostro de nuevo para oír qué decía.

– Estoy tan avergonzada… -murmuró la joven entre los dedos-. ¿Es que no me queréis?

– ¡Que si os quiero! -repitió él, aturdido. Bajó la vista hasta la figura encogida a sus pies-. Paloma -dijo, lleno de impotencia-. Lo siento. No quiero causaros ningún disgusto, pero… no es esto lo que quiero hacer. Como ya os dije, no voy a quedarme.

La joven sacudió la cabeza sin levantar el rostro. A continuación, bajó las manos, acercó hacia ella el cuenco con las gachas, se llevó la cuchara a la boca y se puso a comer allí en el suelo.

– Si esto es lo que deseáis, me someto a vuestra voluntad -declaró la joven mientras las lágrimas caían por sus mejillas-, pero, por lo que más queráis, no os vayáis.

– ¡Compartid con ella! -urgió a S.T. uno de los hombres.

– ¿No veis que la estáis humillando?

Otro hombre le dio unas palmaditas a Paloma de la Paz en el hombro.

– Pero ¿por qué le hacéis daño? ¡Pobre Paloma! No llores, cariño. Ven aquí que yo sí que compartiré contigo.

Paloma negó vehementemente con la cabeza.

– Yo soy obediente -gritó-. ¡Lo soy! Haré lo que el señor Bartlett me ordene.

Todos la contemplaron mientras la joven continuó comiendo en el suelo, agachada sobre el cuenco.

– ¡Orgullo! -Se oyó la voz de Palabra Verdadera-. Arrogancia cruel, abusar sin motivo alguno de una mujer indefensa.

S.T. empujó la silla a un lado y se dirigió hacia la puerta entre un coro de críticas. Hizo un gesto de saludo con la cabeza y dijo:

– Estoy seguro de que ahora ya estará listo el caballo. -Y tras estas palabras, cogió su sombrero y la capa color brandy que estaban junto a la puerta.

Salir al aire frío de la noche le produjo un inmenso alivio. Bajó a grandes zancadas por la desierta calle y rodeó el comedor hasta las caballerizas. En la profunda penumbra de la noche el oscuro interior olía a heno y a caballos, pero le era imposible distinguir nada. Se detuvo y esperó el relincho de bienvenida de Siroco, pero en el lugar reinaba el silencio.

Por primera vez, S.T. sintió una ligera sensación de alarma. Soltó un exabrupto y giró sobre sus talones. La furia que lo embargaba hizo que sus zancadas fueran irregulares. Al doblar la esquina, divisó la enorme silueta de Silvering que se recortaba contra el oscuro páramo en lo alto. La visión lo hizo detenerse.

Toda aquella gente era ridícula: el embaucador pecoso con sus trucos eléctricos que no engañarían ni a un niño; aquellos capullos moralistas y sus patéticas jovencitas recogidas de la calle, mendigando desde el suelo unas gachas frías.

Notó la espada que llevaba colgada sobre la pierna izquierda, simple y sin ambigüedad alguna. Quería que le devolviesen su caballo, incluso si tenía que obligar al propio Chilton a ponerse de rodillas para lograrlo.

El ritual de compartir los alimentos todavía continuaba cuando S.T. abrió la puerta principal de un empellón y cruzó el vestíbulo. Todos hicieron caso omiso de su presencia. Chilton hablaba animadamente con Paloma de la Paz, que estaba en pie con la cabeza agachada y asentía sin dejar de llorar. Fue la única que levantó la vista cuando S.T. apareció en el umbral de la puerta.

Una amplia sonrisa cubrió su rostro.

– ¡Habéis vuelto!

– ¿Dónde está mi caballo? -preguntó S.T. a Chilton con voz de pocos amigos.

La joven ya había atravesado la mitad de la estancia. Le asió las manos y cayó de rodillas ante él.

– ¡Perdonadme! He sido una egoísta y una desobediente. ¡Qué desgraciada me siento! ¡Por favor, decid que me perdonáis! ¡Os lo suplico, mi señor!

– Mi caballo -repitió S.T. mientras pasaba al lado de la joven con el ceño fruncido, y trataba de soltarse de aquellas pequeñas manos que se asían a él con desesperación.

Chilton sonrió.

– Creo que tenéis que enfrentaros a algo mucho más importante antes de que nos pongamos a buscar vuestro caballo, señor Bartlett. Habéis herido a Paloma de la Paz en lo más profundo. Os ruego ante Dios que pidáis perdón, a ella y a nosotros.

– ¿Que pida perdón por qué? ¡Maldita sea! ¿Por no tratarla como si fuese un recién nacido sin juicio? -dijo, a la vez que se resignaba a no soltarse de aquellas manos insistentes-. ¿De dónde diablos os habéis sacado este numerito, Chilton?

Chilton lo contempló sin perder la calma.

– Mi palabra es la palabra de Dios.

– ¡Qué oportuno! -exclamó S.T. con desdén.

– Por favor -susurró Paloma de la Paz mientras apretaba el rostro contra las manos de S.T.-. ¡No digáis esas cosas!

Él señaló la mesa con gesto violento.

– ¿Por qué no? Vos en realidad no creéis que esta sea una orden de las alturas, ¿a qué no? No creéis que haya un Dios allá arriba que espere que os pongáis de rodillas y os humilléis por una simple cucharada de gachas de avena. Y, aunque así fuese, lo que no podríais creer es que Dios encomendase sus deseos a este embaucador, a semejante farsante.

– ¡No digáis esas cosas! -gritó Paloma de la Paz. En su voz había un deje de histeria. Volvió a asirle de la mano, y a continuación le abrazó las piernas. S.T. sintió que el cuerpo de la muchacha era presa de temblores.

– No os preocupéis -dijo, a la vez que trataba de tranquilizarla con una caricia en el pelo-. No voy a caer fulminado por el rayo, os lo aseguro.

Chilton soltó una risita.

– Claro que no. Pero no habéis pedido perdón. Vuestra alma está angustiada. Os será revelado el camino a seguir.

Varios de los hombres se pusieron en pie. S.T. los observó mientras se aproximaban a él. No sabía cuál era su intención; se llevó la mano a la espada, pero el abrazo de Paloma de la Paz impidió que la alcanzase.

– No se os ocurra tocarme -dijo con brusquedad-. Guardad las distancias.

El hombre más próximo a él hizo ademán de agarrarle el brazo, y S.T. desenvainó la espada. Paloma de la Paz pegó un grito y asió la hoja entre sus manos.

– ¡No lo hagáis! -suplicó con un chillido-. ¡Matadme a mí antes!

A S.T. le traicionó el instinto. En el momento en que titubeó, dudando si tirar de la espada para liberarla de aquellas manos que ya estaban cubiertas de sangre, cayeron sobre él. Soltó el metal y trató de defenderse con los puños, pero el cuerpo de la joven allí, a sus pies, le dificultó el movimiento; erró el golpe, lo intentó de nuevo, pero perdió el equilibrio a causa de los apretados brazos de Paloma de la Paz. Cayó de espaldas y todos se echaron sobre él; lo agarraron por todas partes, mientras peleaban como niños y ahogaban las maldiciones que profería con las manos, los brazos y a golpes con sus cabezas.

No sabía cuánto tiempo lo habían tenido en la oscuridad. Estaba sentado en el suelo de una estancia con olor a moho sin nada donde apoyarse; con los ojos vendados, atado, y completamente furioso consigo mismo.

Llegó Paloma de la Paz, se sentó en el suelo a su lado y habló durante largo rato, mientras le acariciaba la frente y el cabello e insistía en lo felices que eran todos en aquel lugar, en cuánto lo querían, y en lo bien que resultaría todo cuando él aprendiese a aceptarlo. Al principio resultaba un tanto extraño -recordaba que también para ella lo había sido-, pero pronto apreciaría que aquella forma de vida era mejor que el cruel mundo exterior. Quería que él se quedase, aunque por supuesto podía marcharse si así lo deseaba; nunca forzaban a nadie a hacer nada que no quisiese hacer, pero esperaba que él se quedase y fuese feliz allí con ella. El maestro Jamie había dicho que el señor Bartlett podía convertirse en su esposo, lo que era un favor muy especial que solo se concedía a una joven que había sido muy, muy buena. El maestro Jamie la quería mucho, confiaba en su buen criterio y estaba de acuerdo en la decisión que ella había tomado. A Paloma de la Paz, sin duda, la obediencia la llenaba de autentica alegría.

S.T. no dijo nada. Paloma de la Paz se echó a llorar, lo abrazó y trató de besarlo en la boca, pero él apartó el rostro.

A continuación apareció Chilton, que ordenó a la joven que se marchara, y se dedicó a trazar lentamente círculos alrededor de S.T. y a hablar, a veces en voz alta; otras, en tono suave. S.T. no prestó ninguna atención a sus palabras. A veces, Chilton se detenía y se quedaba un buen rato en el mismo lugar en silencio, y en una o dos ocasiones S.T. alcanzó a oír un sonido peculiar, algo suave y sibilante. Sin poder evitarlo, movió el rostro hacia el lugar de donde provenía, con los nervios a flor de piel por la incertidumbre. Después, el interminable monólogo continuaba, mezclado a veces con aquella especie de silbido. Finalmente, S.T. dejó de prestarles atención a ambos.

No lo dejaban nunca a solas. Apareció Palabra Verdadera y estuvo hablando del orgullo y de la arrogancia hasta que S.T. deseó acabar con él con sus propias manos. Se incorporó del suelo hasta lograr ponerse de rodillas, pero al tener los ojos vendados, no sabía siquiera en qué dirección lanzarse, así que se quedó donde estaba y respiró con dificultad. De repente, alguien lo empujó desde la oscuridad y cayó de nuevo al suelo sobre un codo con un gruñido de dolor.

La voz de Chilton llegó desde algún lugar y oyó cómo recriminaba con suavidad al que lo había empujado. S.T. se quedó tumbado en el duro suelo, con gesto huraño en la boca. Cuando trataron de levantarlo, se dejó caer, y no tuvieron más remedio que llevarlo en brazos. Disfrutó de aquel pequeño y doloroso triunfo hasta que aquellos torpes diablos lo dejaron caer, momento en el que decidió que prefería mil veces conservar los huesos intactos, por lo que renunció a su orgullo.

De todas formas, apenas le quedaba ya un resto de orgullo. No se había sentido tan avergonzado desde aquel terrible momento, hacía ya tres años, en el que se dio cuenta de que su dulce Elizabeth lo había traicionado. Él cayó directamente en su trampa, y perdió a Charon, el oído y la última ilusión de que alguien lo amase.

Alzó la barbilla con decisión. Era extraño, pero pensar en aquella sucia traidora en la que se había convertido Elizabeth lo había hecho sentirse mejor. Que lo hubiesen capturado y maniatado un grupo de mujeres y mojigatos era algo embarazoso, pero no tan grave como para hundirlo en la miseria.

Malditas fuesen todas las mujeres. Le habían reblandecido el cerebro.

Se movió con cuidado por la escalera. La venda hizo que volviera a sentir un poco de su antiguo vértigo, y las múltiples manos que lo asían lo desconcertaban. Después se encontró en el suelo, rodeado de cuerpos que lo empujaban hacia el exterior, al gélido aire de la noche. Le llegó el olor de las antorchas, y el creciente murmullo de una muchedumbre que iba por la calle tras él y sus captores.

Llegaron a una nueva escalera por la que, en esta ocasión, ascendieron. Estaban ante las verjas de Silvering; tenían que estar allí. Sentía el cuerpo tenso y el deseo de lanzarse a un lado y liberarse de aquella prisión sofocante que ellos formaban, pero, al tener las manos atadas, ni siquiera podría quitarse la venda de los ojos.

Le hicieron darse la vuelta. Se oyó un chirrido metálico: las verjas de hierro forjado de Silvering. Sintió que numerosas manos le tocaban los brazos y le tiraban de los codos hacía atrás. Algo frío como el hielo rozó sus muñecas atadas.

Grilletes.

Se quedó rígido, pero, a continuación, se abalanzó hacia delante sin pensar; peleó igual que lo había hecho la primera vez, pero en esta ocasión ni siquiera resistió tanto, al tener las manos atadas y encontrarse con un sinfín de brazos y dedos que lo agarraron y lo empujaron contra la verja hasta hacerlo caer de rodillas bajo el peso de aquella masa de cuerpos blanda y aplastante.

Nadie gritó ni lo golpeó. Hablaban mucho. Eran voces que le decían que estuviese tranquilo; voces amables, tranquilizadoras. Iba a encontrar la felicidad, le decían. Aprendería cuál era el verdadero camino. «Sed bueno, no os pongáis nervioso, quedaos tranquilo.» Era el deseo del maestro Jamie.

Percibió la presencia de Paloma de la Paz muy cerca de él, que le rogaba que no ofreciese resistencia, que no los avergonzara a ambos. S.T. se arrodilló, jadeante; bajo sus rodillas el pavimento era duro. Le habían puesto los grilletes y encadenado a la verja, y cuando intentó ponerse en pie, las cadenas se lo impidieron.

Se preguntó si iban a hablarle de lo feliz que era mientras lo lapidaban, o hacían con él lo que el maestro Jamie hubiese planeado. Su corazón latía con fuerza, pero el miedo que sentía no era excesivo, ya que todo le parecía absolutamente irreal.

Alguien le quitó la venda, y S.T. sacudió la cabeza, al tiempo que entrecerraba los ojos ante la intensa luz que proyectaban las antorchas a su alrededor. No distinguía otra cosa que la oscuridad que había tras ellas, pero podía oír a la multitud. Sin embargo, incluso ese sonido era suave; tenía un tono menos discordante y más agudo que cualquier otra turba.

Su aliento era visible con la helada; formaba volutas ante su rostro y después se difuminaba. En el haz de luz de las antorchas había siluetas y formas oscuras que aparecían y desaparecían, rostros blancos que se hacían visibles un instante y después se desvanecían en la oscuridad entre los zarandeos del grupo. ¿Cuántas personas podía haber allí? Unas cien, o como mucho doscientas si todos los habitantes del pueblo se encontraban presentes. Chilton había declarado que tenía unos mil seguidores, pero S.T. no los había visto en el Santuario Celestial.

Empezaron a cantar un himno que no conocía. Voces femeninas se elevaron con dulzura en la oscuridad de la noche. ¿Cómo era posible que hubiese acabado de aquel modo, encadenado y de rodillas ante un grupo de colegialas? Era de lo más humillante. No iban a lapidarlo; ni siquiera parecían enfadadas.

Chilton surgió de la oscuridad del otro lado de las antorchas y subió lentamente los escalones, mientras se sumaba a los cánticos de su congregación. Cuando se esfumó el eco de la última estrofa, Chilton alzó entre las manos una sencilla jarrita de porcelana, de las que se utilizaban para servir la nata de la leche, y comenzó a rezar una vez más, a rogarle a Dios que hiciese conocer su voluntad al maestro Jamie y a su rebaño.

S.T. retorció las manos a sus espaldas. Con aquellos rezos incesantes, no era de extrañar que en aquel lugar estuviesen todos chiflados.

Paloma de la Paz estaba arrodillada detrás de él a unos pasos de distancia, tenía los ojos cerrados y, en apariencia, rezaba con todo el fervor del que era capaz. La voz de Chilton empezó a temblar y a quebrarse de emoción en otro de aquellos soliloquios suyos con Dios. La muchedumbre se movió al unísono contagiada por la emoción, por mucho que S.T. en aquellas frases confusas que pronunciaba Chilton solo captase palabras como: «¡Sí, sí! Lo entiendo, lo entiendo. Paz y felicidad a los que te siguen. A los que de verdad te profesan amor», y otras sentencias de similar profundidad.

Fue como si de nuevo se repitiese el servicio religioso con su cantinela durante horas y horas. S.T. se estremeció con el aire helado. De repente, Chilton elevó la jarrita sobre su cabeza, y a continuación la bajó y derramó unas gotas de líquido, que chisporroteó levemente y burbujeó sobre el escalón de piedra caliza.

– Dulce Armonía -llamó-. ¿Sientes amor por tu amo?

Una de las jóvenes que estaban al pie de los escalones se adelantó deprisa.

– Sí -gritó.

– Tienes una misión que cumplir. Toma esta jarra. Si de verdad amas a tu señor, beberás su contenido. Un infiel se quemaría al hacerlo. Un infiel sentiría las llamaradas del infierno en la lengua si lo bebiese. Pero si tu fe es verdadera, será como agua para ti.

Y le aproximó la jarra. La muchacha llamada Dulce Armonía la asió con manos temblorosas. Un sonido como de un suspiro surgió de la multitud al otro lado de las antorchas. Mientras S.T. la contemplaba impotente, lleno de horror, la joven la alzó sin titubear hasta sus labios.

Cuando la vasija rozaba su boca, Chilton dijo entre gritos:

– ¡Abraham! ¡Abraham! -El murmullo de la multitud creció hasta convertirse en un lamento-. ¡Yo soy el ángel del Señor! -gritó Chilton, y su voz retumbó en el aire de la noche-. Deja la jarra, niña mía. No bebas. Has demostrado tu fe, de la misma manera que Abraham fue puesto a prueba y la superó.

Dulce Armonía bajó la jarra, y Chilton la tomó de entre sus manos. El rostro de la joven estaba radiante mientras lo observaba.

– Paloma de la Paz -dijo Chilton-, acércate y toma la jarra.

La espalda de S.T. se tensó, su respiración se aceleró.

– Tu misión es más difícil -advirtió Chilton-. Tienes que tener fe suficiente para dos. El hombre que has traído a nuestro seno es uno de los hijos de la rebeldía. Su alma pertenece a los hombres malvados, que como Dios ha dicho es semejante al mar incansable que no puede aquietarse, cuyas aguas arrojan lodo c inmundicia.

Paloma de la Paz tomó la jarra de entre las manos de Chilton e inclinó la cabeza sobre ella.

Chilton posó las manos sobre los hombros de la joven.

– Está en ti salvarlo. La fe de Dulce Armonía habría convertido el ácido en agua al rozarlo con sus labios, porque ella creyó en la palabra de su señor. ¿Crees tú en mi palabra?

Paloma de la Paz asintió con la cabeza. S.T. se humedeció los labios y tragó saliva.

– Entonces, escucha lo que tengo que decirte. Tienes que coger esta jarra y derramar el líquido en su oído izquierdo, para que el espíritu de la rebelión sea expulsado por su boca y desaparezca para siempre; de ese modo él obtendrá la paz.

La impresión ante aquellas palabras recorrió como una descarga el cuerpo de S.T.

Por un instante se quedó inmóvil, sin dar crédito a sus oídos. Después movió los labios y gritó:

– ¡Cabrón! ¡Cabrón infame!

Chilton acarició el cabello de Paloma de la Paz.

– Solo tú puedes regalarle ese don, niña mía. No te eches atrás ante tu misión.

La joven se volvió con la jarra entre las manos. S.T. no pudo contenerse y se echó hacia atrás para alejarse de ella todo lo que los grilletes le permitían.

– ¿Qué es lo que quieres, Chilton? ¿Cuál es tu precio?

– El Señor dijo: «Escuchadme, vosotros que conocéis la rectitud, pueblo en cuyo corazón habita mi Ley. No temáis el reproche del hombre ni os dejéis llevar por la desesperación ante sus injurias» -entonó Chilton.

Paloma de la Paz, con el rostro imperturbable, se acercó a S.T. y se arrodilló junto a él.

– No lo hagas -suplicó S.T. con la respiración entrecortada-. Paloma, no sabes lo que haces. Piénsalo, por el amor de Dios.

La joven sonrió, pero S.T. fue consciente de que ni siquiera lo veía.

– Puedo traer la paz a tu alma -murmuró la muchacha-. Te haré feliz.

– ¡No! -S.T. alzó la voz-. Me quedaré sin oído. El otro ya lo he perdido… ¡Dios mío! ¡Él lo sabe, Paloma! Te está utilizando; ¿qué es lo que quiere? Pregúntale qué quiere.

– Todos queremos que seas feliz -le aseguró la joven-. Encontrarás la paz junto a nosotros cuando te hayas liberado del espíritu de la rebelión.

Tras esas palabras, la joven alzó la jarra. S.T. empezó a sacudir la cabeza frenéticamente y después movió el hombro, en un intento de hacer caer la jarra de sus manos.

Alguien lo sujetó del pelo, numerosas manos lo inmovilizaron por la fuerza.

– Tienes que tener fe -dijo la joven-. Tienes que creer que yo jamás te haría daño. Ten fe.

– No lo hagas. -Los ojos de S.T. se llenaron de lágrimas-. Está loco. Os ha vuelto locos a todos.

Paloma de la Paz negó con la cabeza y le sonrió, como si de un niño pequeño y asustado se tratase. Detrás de ella, Chilton inició una plegaria. La joven alzó la jarra. S.T. forcejeó para librarse del apretón que le obligaba a tener el cuello torcido.

– No te muevas -dijo la muchacha-. Reza con nosotros.

– Por favor -susurró S.T.-. Por favor. -Todos sus músculos se tensaron para oponer resistencia a la fuerza con que lo atenazaban-. No puedes hacerlo.

La jarra se alzó y se inclinó entre las manos firmes de la muchacha. S.T. cerró los ojos con fuerza.

– No puedes. No puedes. No puedes.

Lo dijo entre sollozos, incapaz de entenderlo. Dios mío, iba a quedarse sordo, aquella puerta se iba a cerrar de golpe y él iba a quedarse impotente en un mundo silencioso… el escozor del líquido helado alcanzó su oído y lo anegó, a la vez que bloqueaba el rumor de las plegarias de Chilton y confundía el sonido de las voces.

El silencio fue total. Lo soltaron, y S.T., sacudido por los sollozos, dejó caer la cabeza sobre las rodillas.

Capítulo 17

A Leigh le pareció que nada había cambiado en aquella vasta y desierta región en la que reinaba la desolación; un cielo gris en aquel sombrío páramo, con la muralla romana como espina dorsal, encaramada cual serpiente sobre las cimas de las anchas crestas. Un temporal poco frecuente cubría las colinas; enormes copos de nieve se derretían al llegar al suelo y allá arriba, por encima de las nubes, se oía el rugir del trueno.

El viento alborotaba las crines del caballo zaino mientras Leigh avanzaba por el fangoso sendero. El animal levantaba nervioso la cabeza, y miraba a su alrededor como si hubiese tigres al acecho escondidos en las cavidades oscuras; alternaba los cortos brincos con largas zancadas impetuosas mientras proseguía la ardua marcha a lo largo de la anegada senda.

Leigh rezó para que no se topasen en el camino con charcos que les fuese imposible rodear. El respeto que mostraba aquel animal por el agua había sido un auténtico tormento durante el viaje y había añadido dos semanas a lo que habría tenido que ser un recorrido de veinte días. El Seigneur había asegurado que él se encargaría de ponerle remedio, pero no se quedó el tiempo suficiente para hacer realidad sus palabras.

La había abandonado, en medio del patio oscuro del establo, bajo la lluvia, allá en la Posada de la Sirena. No es que en ese momento la hubiese dejado físicamente sola, no, eso había venido después. Pero no había vuelto a dirigirle la palabra; no había ido a la habitación a dormir, y por la mañana todo lo que quedaba de él era un mensaje. Le decía que se quedase allí hasta que él volviese. Que el alojamiento y la comida ya estaban pagados; que podía pedir lo que quisiese excepto dinero. Se había llevada con él el caballo negro y el rebelde rucio; a ella le había dejado el caballo zaino, aquel que se negaba a cruzar los puentes.

La había abandonado a su suerte, sin un céntimo, para que lo esperase como si fuese su sierva.

Todavía se enfurecía al recordarlo, pero no había conseguido detenerla ni media hora.

Aquel caballo, sin embargo, había ralentizado su marcha considerablemente. Intentó venderlo en Rye, pero todos conocían demasiado bien al animal, así que, en su lugar, tuvo que llevar las perlas y el vestido a la casa de empeños. El dueño se fue con los objetos a la trastienda para examinar el collar, y después volvió y depositó diez chelines sobre el mostrador, en lugar de las cuatro libras que S.T. había calculado. Cuando Leigh protestó airadamente, el hombre se limitó a encogerse de hombros y entregarle el recibo del empeño. Se negó a devolverle las perlas, y cuando ella lo amenazó con ir a la policía, el hombre se apoyó en el mostrador y le dijo que podía ir a donde quisiese, y comprobar lo lejos que llegaba. Sabían quién era ella, esa era la razón; todos sabían que el señor Maitland, con toda su fama de hombre liberal y diestro con la espada, había abandonado a su esposa en una posada de Rye. Y allí, en Rye, en aquella guarida de contrabandistas sin escrúpulos, estaban dispuestos a quedársela con ellos, con la esperanza de obtener una recompensa.

Al precio de dos peniques por milla, calculó que necesitaría al menos tres libras para pagar el viaje en la diligencia hasta Newcastle, aunque fuese en la parte exterior. Pensó que, una vez lejos del lugar, lograría vender el caballo, pero aquello también resultó imposible, a pesar del esfuerzo que le costó llevarse al animal de allí. Tras lograr a base de tirones, golpes y mimos que cruzara sobre el agua los siete puntos que había que atravesar para llegar desde Rye a Tunbridge Wells, se encontró con que los tratantes de caballos eran gente a la que no se le escapaba nada. Eran desconfiados, y descubrían de inmediato qué tipo de persona era la que iba a venderles un caballo. La visión de un «muchacho» con pantalones de montar sobre una silla lateral provocó bastantes burlas, y se dieron cuenta de las carencias del zaino casi de inmediato. Leigh se vio obligada a patearle la cara a uno de ellos cuando, con la excusa de ajustarle las espuelas, le puso la mano sobre el muslo.

La mejor oferta que recibió fue la de un matarife de Reading: dos libras. Leigh miró al zaino, que se negaba a acercarse a menos de diez pies del matarife; en sus ojos se leía el miedo mientras se acurrucaba junto al poste al que ella lo había atado a algunos metros de distancia. Aquel condenado caballo le tenía miedo a todo, pensó Leigh con desprecio; les costaría trabajo llevarlo hasta el patio que hacía las veces de matadero.

Se aproximó al caballo y el animal empezó a hacer movimientos frenéticos y a retroceder tan pronto como ella lo desató. Se estremecía de miedo, demasiado asustado hasta para salir huyendo.

– Vamos, vamos, chico… tranquilo -murmuró Leigh, como hacía siempre que el caballo se ponía nervioso-. Tranquilo. No pasa nada. Nadie va a hacerte daño.

Mientras pronunciaba aquellas palabras, fue consciente de que eran mentira, la mentira definitiva, la traición a la poca confianza que el caballo había depositado en ella.

El caballo se calmó con el sonido de la voz de la joven, aunque solo superficialmente, lo suficiente para dejar de retroceder y temblar. Se quedó inmóvil a su lado, con el cuello rígido y las mandíbulas apretadas, y obedeció cuando ella le mandó parar. Fue una pequeña demostración de la fe que tenía en el buen juicio de ella; una muestra tímida y nerviosa de confianza en que lo que ella le pedía que hiciese no entrañaba peligro alguno.

Leigh cambió de idea.

El matarife aumentó la oferta hasta las tres libras, suficiente para pagar el viaje en la diligencia, pero ella acercó el caballo hasta un montadero y consiguió subirse a lomos de él pese a que el animal no dejaba de moverse y caracolear inquieto. Cuando llegaron al primer paso a través del agua se arrepintió de su decisión, y volvió a hacerlo en cada uno de los demás pasos.

Pero lograron llegar a Northumberland. Pese a sus numerosos defectos, el caballo tenía una energía sin límites, y la fuerza necesaria para retroceder y encabritarse al llegar a un vado incluso después de haber recorrido treinta millas bajo la lluvia sobre un sendero fangoso. Les llevó más tiempo de lo normal, pero lo habían conseguido.

El zaino se detuvo de repente y se quedó mirando la luz decreciente de la tarde en la que se veían nubes que pasaban sobre la llanura hacia el norte. Leigh se puso tensa a la espera de que el animal saltara aterrorizado ante cualquiera que fuese el peligro que hubiese descubierto ahora, pero en su lugar levantó la cabeza y relinchó.

La respuesta llegó de la distancia. Leigh pudo divisar la silueta adusta de la muralla romana, aunque tuvo que entrecerrar los ojos para evitar los copos de nieve. A través de un orificio donde la mampostería se había derrumbado, pasaba un pálido caballo, con la cabeza gacha como si sortease las piedras caídas. El rucio relinchó de nuevo, y el otro caballo se detuvo y le respondió; luego, se adelantó de un salto y corrió veloz hacia ellos ladera abajo.

Leigh desmontó de la cabalgadura y soltó las bridas del nervioso zaino. Había montado a lomos de aquella criatura lo suficiente para saber que no sería capaz de controlarlo, ni montada en él ni desde tierra, si había otro animal desconocido suelto. El animal salió disparado hacia el caballo que se aproximaba a ellos y emprendió el galope para ir a su encuentro.

Se encontraron a mitad de la ladera, con los cuellos arqueados y las orejas enhiestas.

Leigh se quedó allí en medio del barro y sintió que una súbita sensación de angustia le oprimía el pecho. Era el rucio rebelde, no tenía duda alguna; desde donde estaba, era capaz de distinguir las cicatrices que marcaban su cabeza.

Así que el Seigneur había ido, estaba allí. Se quedó a la espera y vio que los dos caballos pegaban sendos respingos y acercaban sus hocicos hasta juntarlos. De repente, el rucio soltó una especie de alarido, golpeó el suelo con las patas delanteras, y ambos animales salieron a todo correr.

Los caballos cabalgaron por la ladera, se alejaron y volvieron a acercarse mientras describían un círculo; a continuación, se aproximaron a ella al galope entre salpicaduras de barro que se mezclaban con los copos de nieve. Leigh permaneció inmóvil mientras los corceles la rebasaban a toda velocidad, pero de repente, el rucio pareció sentir cierto interés hacia ella, ya que aminoró el paso y se le acercó a galope lento.

El zaino fue detrás, y se acercó al trote hasta quedar a un metro de donde la joven se encontraba. Bajó la cabeza y se puso a remover el barro y la nieve en busca de hierba. Leigh se aproximó despacio y se hizo con las riendas, ahora que la primera emoción del