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El Hombre Que Amaba A Los Perros

Leonardo Padura

En 2004, a la muerte de su mujer, Iván, aspirante a escritor y ahora responsable de un paupérrimo gabinete veterinario de La Habana, vuelve los ojos hacia un episodio de su vida, ocurrido en 1977, cuando conoció a un enigmático hombre que paseaba por la playa en compañía de dos hermosos galgos rusos. Tras varios encuentros, «el hombre que amaba a los perros» comenzó a hacerlo depositario de unas singulares confidencias que van centrándose en la figura del asesino de Trotski, Ramón Mercader, de quien sabe detalles muy íntimos. Gracias a esas confidencias, Iván puede reconstruir las trayectorias vitales de Liev Davídovich Bronstein, también llamado Trotski, y de Ramón Mercader, también conocido como Jacques Mornard, y cómo se convierten en víctima y verdugo de uno de los crímenes más reveladores del siglo XX. Desde el destierro impuesto por Stalin a Trotski en 1929 y el penoso periplo del exiliado, y desde la infancia de Mercader en la Barcelona burguesa, sus amores y peripecias durante la Guerra Civil, o más adelante en Moscú y París, las vidas de ambos se entrelazan hasta confluir en México. Ambas historias completan su sentido cuando sobre ellas proyecta Iván sus avatares vitales e intelectuales en la Cuba contemporánea y su destructiva relación con el hombre que amaba a los perros.

Leonardo Padura

El Hombre Que Amaba A Los Perros

Treinta años después, todavía, para Lucía

Esto sucedió cuando solo los muertos sonreían alegres por haber hallado al fin su reposo…

Anna Ajmátova,Réquiem

La vida […] es más ancha que la historia.

Gregorio Marañón,Historia de un resentimiento

Londres, 22 de agosto, 1940 (TASS).- La radio londinense ha comunicado hoy: «En un hospital de la Ciudad de México, murió León Trotski de resultas de una fractura de cráneo producida en un atentado perpetrado el día anterior por una persona de su entorno más inmediato».

Leandro Sánchez Salazar: ¿Él no estaba desconfiado?

Detenido: No.

L.S.S.: ¿No pensó que era un indefenso anciano y que usted estaba obrando con toda cobardía?

D.: Yo no pensaba nada.

L.S.S.: De donde él alimentaba a los conejos se fueron caminando, ¿de qué hablaban?

D.: No me acuerdo de si iba hablando o no.

L.S.S: ¿El no vio cuando tomaste el piolet?

D.: No.

L.S.S: Inmediatamente después de que le asestaste el golpe, ¿qué hizo este señor?

D.: Saltó como si se hubiera vuelto loco, dio un grito como de loco,el sonido de su grito es una cosa que recordaré toda la vida. L.S.S: Di cómo hizo, a ver.

D.: ¡A…a…a…ah…! Pero muy fuerte.

(Del interrogatorio al que el coronel Leandro Sánchez Salazar, jefe del servicio secreto de la policía de México D.R, sometió a Jacques Mornard Vandendreschs, o Frank Jacson, presunto victimario de León Trotski, la noche del viernes 23 y la madrugada del sábado 24 de agosto de 1940.)

Primera parte

1

La Habana, 2004

– Descansa en paz -fueron las últimas palabras del pastor.

Si alguna vez esa frase gastada, tan impúdicamente teatral en la boca de aquel personaje, había tenido algún sentido fue en ese preciso instante, mientras los sepultureros, con despreocupada habilidad, bajaban hacia la fosa abierta el ataúd de Ana. La certeza de que la vida puede ser el peor infierno, y de que con aquel descenso se esfumaban para siempre todos los lastres del miedo y el dolor, me invadió como un alivio mezquino y pensé si de algún modo no estaba envidiando el tránsito final de mi mujer hacia el silencio, pues hallarse muerto, total y verdaderamente muerto, puede ser para algunos lo más parecido a la bendición de ese Dios con el que Ana, sin demasiado éxito, había tratado de involucrarme en los últimos años de su penosa vida.

Apenas los sepultureros terminaron de correr la losa y se dedicaron a colocar sobre la lápida las coronas de flores que los amigos sostenían en sus manos, di media vuelta y me alejé, dispuesto a escaparme de nuevos apretones en el hombro y de las consabidas expresiones de condolencia que siempre nos sentimos obligados a soltar. Porque en ese momento todas las demás palabras del mundo sobraban: solo la fórmula manida del pastor tenía un sentido y yo no quería perderlo.Descanso y paz: lo que Ana al fin había obtenido y lo que yo también reclamaba.

Cuando me senté dentro del Pontiac a esperar la llegada de Daniel, supe que estaba al borde del desmayo y tuve el convencimiento de que si mi amigo no me sacaba del cementerio, yo habría sido incapaz de encontrar una salida hacia la vida. El sol de septiembre quemaba el techo del auto, pero no me sentí en condiciones de moverme hacia otro sitio. Con las pocas fuerzas que me quedaban cerré los ojos para controlar el vértigo de extravío y fatiga, mientras percibía cómo un sudor de emanaciones acidas bajaba desde mis párpados y mis mejillas, manaba de mis axilas, mi cuello, mis brazos, encharcaba mi espalda calcinada por el asiento de vinil, hasta convertirse en una corriente cálida que fluía por el precipicio de las piernas en busca del pozo de los zapatos. Pensé si aquella sudoración fétida y el inmenso cansancio no serían el preludio de mi desintegración molecular, o por lo menos del infarto que me mataría en los próximos minutos, y me pareció que ambas podían resultar soluciones fáciles, incluso deseables, aunque francamente injustas: no tenía derecho a obligar a mis amigos a soportar dos funerales en tres días.

– ¿Te sientes mal, Iván? -la pregunta de Dany, asomado a la ventanilla, me sobresaltó-. Cojones, mira eso, cómo estás sudando…

– Quiero irme de aquí… Pero no sé cómo coño…

– Ya nos vamos, mi socio, no te preocupes. Espera un minuto, déjame darles unos pesos a los sepultureros esos… -dijo, y pude recibir de las palabras de mi amigo un patente sentido de realidad y vida que me resultó extraño, decididamente remoto.

Otra vez cerré los ojos y me quedé inmóvil, sudando, hasta que el auto se puso en marcha. Solo cuando el aire que se filtraba por la ventanilla empezó a refrescarme, me atreví a alzar los párpados. Antes de salir del cementerio pude observar las últimas hileras de tumbas y mausoleos, carcomidos por el sol, la intemperie y el olvido, tan muertos como sus inquilinos, y (con o sin razón alguna para hacerlo en ese instante) volví a preguntarme por qué, entre tantas posibilidades, unos científicos distantes habían escogido precisamente mi nombre para bautizar a la que sería la novena tormenta tropical de aquella temporada.

Aunque a estas alturas de la vida he aprendido (más bien me han enseñado, y no de modos muy amables) a no creer en las casualidades, fueron demasiadas las coincidencias que empujaron a los meteorólogos a decidir, con varios meses de anticipación, que llamaríanIván (nombre comenzado por la novena letra del alfabeto, en castellano, masculino y nunca antes utilizado para tales fines) a aquella tormenta. El feto de lo que sería Iván había engendrado como una reunión de nubes agoreras en las inmediaciones de Cabo Verde, pero solo unos días después, ya bautizado y convertido en un huracán con todos sus atributos, se asomaría al Caribe para colocarnos en su devorador punto de mira… Y ya verán por qué pienso que me sobran razones para creer que únicamente un azar retorcido pudo haber determinado que aquel ciclón, uno de los más feroces de la historia, llevara mi nombre, justo cuando otro huracán se acercaba a mi existencia.

Aun cuando desde hacía bastante tiempo -quizás demasiado- Ana y yo sabíamos que su final estaba decretado, los muchos años en que arrastramos sus enfermedades nos habían acostumbrado a convivir con ellas. Pero el anuncio de que su osteoporosis (probablemente provocada por la polineuritis avitaminosa destapada en los años más duros de la crisis de los noventa) había terminado por evolucionar hacia un cáncer óseo, nos había enfrentado a la evidencia de un desenlace cercano, y a mí a la macabra constatación de que solo un designio retorcido podía encargarse de minar a mi mujer justamente con aquel padecimiento.

Desde principios de año el deterioro de Ana se había acelerado, aunque fue a mediados de julio, tres meses después del diagnóstico definitivo, cuando se desató su agonía final. Aunque Gisela, la hermana de Ana, vino con frecuencia a ayudarme, yo prácticamente tuve que dejar de trabajar para atender a mi mujer y si sobrevivimos esos meses fue gracias al apoyo de amigos como Dany, Anselmo o el médico Frank, que con frecuencia pasaban por nuestro pequeño apartamento del barrio de Lawton a dejarnos algunos refuerzos, sacados de las menguadas cosechas que, para sus propias subsistencias, ellos lograban obtener por las más sinuosas vías. Más de una vez Dany se ofreció también para venir a ayudarme con Ana, pero yo rechacé su gesto, pues entre las pocas cosas que repartidas siempre tocan a más, están el dolor y la miseria.

El cuadro que se vivió entre las paredes agrietadas de nuestro apartamento resultó todo lo deprimente que es posible imaginar, aunque lo peor, en esas circunstancias, fue la extraña fuerza con que el cuerpo roto de Ana se aferró a la vida, incluso contra la propia voluntad de su dueña.

En los primeros días de septiembre, cuando el huracán Iván, cargado ya de su máxima potencia, terminaba de cruzar el Atlántico y se acercaba a la isla de Granada, Ana tuvo un inesperado período de lucidez y un imprevisible alivio en sus dolores. Como por decisión suya habíamos rechazado el ingreso en el hospital, una vecina enfermera y nuestro amigo Frank se habían encargado de suministrarle los sueros y las dosis de morfina que la mantenían en un sobresaltado letargo. Al ver aquella reacción, Frank me advirtió que ése era el epílogo y me recomendó darle a la enferma solo los alimentos que ella pidiera, sin insistir con sueros y, siempre que no se quejara de dolores, suspenderle las drogas para así regalarle unos días finales de inteligencia. Entonces, como si su vida hubiese regresado a la normalidad, una Ana con varios huesos quebrados y los ojos muy abiertos volvió a interesarse por el mundo que la rodeaba. Con el televisor y la radio encendidos, fijó su atención, de manera obsesiva, en el rumbo del huracán que había. iniciado su danza mortífera arrasando la isla de Granada, donde había dejado más de veinte muertos. En varias ocasiones, a lo largo de aquellos días, mi mujer me hizo una disertación sobre las características del ciclón, uno de los más fuertes que recordara la crónica meteorológica, y achacó su poder exagerado al cambio climático que estaba sufriendo el planeta, una mutación de la naturaleza que podría acabar con la especie humana si no se tomaban las medidas necesarias, me dijo, con todo su convencimiento. Comprobar que mi mujer moribunda pensaba en el futuro de los demás fue un dolor adicional a los que ya me colmaban.

Mientras la tormenta se acercaba a Jamaica, con clarísimas intenciones de penetrar después por el oriente de Cuba, Ana adquirió una especie de excitación meteorológica capaz de mantenerla en una alerta perenne, una tensión de la cual solo escapaba cuando el sueño la vencía por dos o tres horas. Todas sus expectativas estaban relacionadas con las andanzas deIván, con las cifras de muertos que dejaba a su paso (uno en Trinidad, cinco en Venezuela, otro en Colombia, cinco más en Dominicana, quince en Jamaica, sumaba, auxiliándose de sus dedos deformados) y, sobre todo, con los cálculos de lo que destruiría si penetraba en Cuba por cualquiera de los puntos marcados bajo el cono de posibles trayectorias deducidas por los especialistas. Ana vivía una suerte de comunicación cósmica, en el vértice de la confluencia simbiótica de dos organismos que se sabían destinados a devorarse a sí mismos en el plazo de unos pocos días, y llegué a especular si la enfermedad y las drogas no la habían enloquecido. Y también pensé que si el huracán no pasaba pronto y Ana no se calmaba, quien terminaría por enloquecer sería yo.

La etapa más crítica, para Ana y, como resultó lógico, para cada uno de los habitantes de la isla, se abrió cuando Iván, con vientos sostenidos de alrededor de doscientos cincuenta kilómetros por hora, empezó a pasearse por los mares al sur de Cuba. El ciclón se movía con indolente prepotencia, como si estuviera escogiendo, con toda perversión, el punto donde daría el inevitable giro al norte y partiría en dos el país, dejando una enorme trocha de ruinas y muerte. Con una sofocación sostenida, los sentidos aferrados a la radio y al televisor en colores que nos había prestado un vecino, la Biblia al alcance de una mano y nuestro perroTruco bajo la otra, Ana lloró, rió, maldijo y rezó con unas fuerzas que no le correspondían. Durante más de cuarenta y ocho horas se mantuvo en aquel estado, observando el avance sigiloso de Iván, como si sus. pensamientos y oraciones fuesen imprescindibles para mantener al huracán lo más lejos posible de la isla, estancado en aquel casi increíble rumbo oeste del que no se decidía a salir para torcer al norte y arrasar el país, como lo predecían todas las lógicas históricas, atmosféricas y planetarias.

La noche del 12 de septiembre, cuando la información de satélites y radares y la experiencia unánime de los meteorólogos del mundo daban por seguro queIván movería su proa al norte y con sus ráfagas como arietes, sus olas gigantescas y sus golpes de lluvias se regocijaría en la demolición final de La Habana, Ana me pidió que descolgara de la pared del cuarto la corroída cruz de madera oscura que veintisiete años atrás el mar me había regalado (la cruz del naufragio) y la pusiera a los pies de la cama. Después me rogó que le preparara un chocolate bien caliente y unas tostadas con mantequilla. Si ocurría lo que debía ocurrir, aquélla sería su última cena, porque el techo herido de nuestro apartamento no resistiría la fuerza del huracán y ella, de más estaba decirlo, se negaba a moverse de allí. Luego de beber el chocolate y mordisquear una tostada, Ana me exigió que acostara la cruz del naufragio junto a ella y comenzó a rezar, con los ojos fijos en el techo y en los soportes de madera que garantizaban su equilibrio y, quizás, con su imaginación dedicada a construir las imágenes del Apocalipsis que acechaba a la ciudad.

La mañana del 14 de septiembre los meteorólogos anunciaron el milagro:Iván al fin había torcido al norte, pero lo había hecho tan al oeste de la zona prevista que apenas llegó a rozar el extremo más occidental de la isla, sin provocar mayores daños. Al parecer, el huracán se había compadecido de las muchas calamidades que ya acumulábamos, y nos había dejado a un lado, convencido de que su tránsito por el país habría sido un exceso de la providencia. Agotada de tanto rezar, con el estómago estragado por la falta de alimentos, pero satisfecha por lo que consideraba su victoria personal, Ana se quedó dormida después de escuchar la confirmación de aquel capricho cósmico, y en el rictus que se había hecho habitual en sus labios se formó algo muy parecido a una sonrisa. La respiración de Ana, tantos días acezante, volvió a ser reposada y, junto a las caricias que sus dedos hacían en la pelambre de Truco, aquéllas fueron, por dos días más, las únicas señales de que seguía con vida.

El 16 de septiembre, casi al caer la noche, mientras el huracán comenzaba a degradarse en territorio norteamericano y a perder la ya menguada fuerza en sus vientos, Ana había parado de acariciar a nuestro perro y, unos minutos después, dejó de respirar. Al fin descansaba, quiero creer que en paz eterna.

En su momento entenderán por qué esta historia, que no es la historia de mi vida, aunque también lo es, empieza como empieza. Y aunque todavía no saben quién soy, ni tienen idea de lo que voy a contar, quizás ya habrán entendido algo: Ana fue una persona muy importante para mí. Tanto que, en buena medida, por ella existe esta historia, en blanco y negro, quiero decir.

Ana se cruzó en mi camino en uno de esos momentos, tan frecuentes, en que yo me balanceaba en el borde de un foso. La gloriosa Unión Soviética había lanzado ya sus estertores y sobre nosotros empezaban a caer los rayos de la crisis que devastaría el país en los años noventa. Como era previsible, una de las primeras consecuencias de la debacle nacional había sido el cierre por falta de papel, tinta y electricidad de la revista de medicina veterinaria donde, desde hacía siglos, yo fungía como corrector. Al igual que decenas de trabajadores de la prensa, desde linotipistas hasta jefes de redacción, yo había ido a parar a un taller de artesanía donde se suponía que nos dedicaríamos, por un tiempo muy indefinido, a realizar tejidos de macramé y adornos de semillas barnizadas que, todo el mundo lo sabía, nadie podría ni se atrevería a comprar. A los tres días de estar en mi nuevo e inútil destino, sin ni siquiera dignarme pedir la baja, huí de aquel panal de abejas enfurecidas y frustradas y, gracias a mis amigos los médicos veterinarios cuyos textos tantas veces revisé o hasta reescribí, poco después pude empezar a trabajar como una especie de ayudante ubicuo en la también por entonces paupérrima clínica de la Escuela de Veterinaria de la Universidad de La Habana.

A veces soy tan exageradamente suspicaz que puedo llegar a pensar si todo aquel montaje de decisiones mundiales, nacionales y personales (se hablaba incluso del «fin de la historia», justo cuando nosotros comenzábamos a tener una idea de lo que había sido la historia del siglo XX) solo tuvo como objetivo que fuese yo quien recibiera, al final de una tarde lluviosa, a la joven desesperada y chorreante que, cargando entre sus brazos un poodle desgreñado, se presentó en la clínica y me suplicó que salvara a su perro, aquejado de una obstrucción intestinal. Como eran más de las cuatro y los doctores ya se habían fugado, le expliqué a la muchacha (ella y el perro temblaban de frío y, observándolos, sentí que la voz no quería salirme) que allí no se podía hacer nada. Entonces la vi deshacerse en llanto: su perro se le moría, me dijo, los dos veterinarios que lo habían visto no tenían anestesia para operarlo, y como no había guaguas en la ciudad, ella había venido caminando bajo la lluvia y con su perro en brazos desde La Habana Vieja, y yotenía que hacer algo, por amor de Dios. ¿Algo? Todavía me pregunto cómo es posible que me atreviera, o si en realidad yo estaba deseando atreverme, pero después de explicarle a la muchacha que yo no era veterinario y de exigirle que escribiera su ruego en un papel y lo firmara, liberándome de toda responsabilidad, el moribundo Tato se convirtió en mi primer paciente quirúrgico. Si el Dios invocado por la muchacha alguna vez ha decidido proteger a un perro, tuvo que haber sido esa tarde, pues la operación, sobre la cual tanto había leído y que había visto realizar más de una vez, resultó un éxito en la práctica…

Según se mire, Ana era la mujer que yo más necesitaba o la que menos me convenía en aquel momento: quince años más joven que yo, demasiado poco exigente en lo material, horrible y derrochadora como cocinera, amante apasionada de los perros y dotada de un extraño sentido de la realidad que la hacía ir de las ideas más alucinadas a las decisiones más firmes y racionales. Desde el principio de nuestra relación ella tuvo la capacidad de hacerme sentir que hacía muchísimos años que yo la andaba buscando. Por eso no me extrañé cuando, a las pocas semanas de una sosegada y muy satisfactoria relación sexual que se había iniciado el primer día que fui a la casa donde Ana vivía con una amiga para colocarle un suero aTato, la muchacha cargó sus pertenencias en dos mochilas y, con la baja de la libreta de abastecimientos, un cajón de libros y su poodle casi restablecido, se instaló en mi apartamentico húmedo y ya agrietado de Lawton.

Asediados por el hambre, los apagones, la devaluación de los salarios y la paralización del transporte -entre otros muchos males-, Ana y yo vivimos un período de éxtasis. Nuestras respectivas delgadeces, potenciadas por los largos desplazamientos que hacíamos en las bicicletas chinas que nos habían vendido en nuestros centros de trabajo, nos convirtieron en seres casi etéreos, una nueva especie de mutantes, capaces, no obstante, de dedicar nuestras últimas energías a hacer el amor, a conversar por horas y a leer como condenados -Ana poesía; yo, después de mucho tiempo sin hacerlo, otra vez novelas-. Fueron unos años como irreales, vividos en un país oscuro y lento, siempre caluroso, que se desmoronaba todos los días, aunque sin llegar a caer en las cavernas de la comunidad primitiva que nos acechaba. Pero fueron también unos años en los que ni la más asoladora escasez consiguió vencer el júbilo que nos provocaba a Ana y a mí vivir el uno al lado del otro, como náufragos que se atan entre sí para salvarse juntos o perecer en compañía.

Fuera del hambre y las carencias materiales de toda índole que nos asediaban -aunque entre nosotros las considerábamos exteriores e inevitables, y por tanto ajenas-, los únicos episodios tristemente personales que vivimos en esa época fueron la revelación de la polineuritis avitaminosa que empezó a sufrir Ana y, más adelante, la muerte deTato, 2l los dieciséis años cumplidos. La falta del poodle afectó tanto a mi mujer que, un par de semanas después, yo traté de aliviar la situación con la recogida de un cachorro callejero, infectado de sarna, al que de inmediato Ana comenzó a llamar Truco por su habilidad para ocultarse y al cual se dedicó a curar y a alimentar con raciones arrancadas de nuestras exiguas dietas de sobrevivientes.

Ana y yo habíamos logrado un nivel tan sanguíneo de compenetración que, una noche de apagón, de hambre apenas adormecida, desasosiego y calor (¿cómo es posible que siempre hubiese aquel cabrón calor y que hasta la luna iluminase menos que antes?), como si solo cumpliera una necesidad natural, comencé a contarle la historia de los encuentros que, catorce años antes, había tenido con aquel personaje a quien desde el mismo día que lo conocí, siempre había llamado «el hombre que amaba a los perros». Hasta esa noche en que, casi sin prólogo y como un exabrupto, decidí contarle aquella historia a Ana, jamás le había revelado a nadie de qué habíamos hablado aquel hombre y yo y, menos aún, mis deseos, postergados, reprimidos y muchas veces olvidados durante todos esos años, de escribir la historia que él me había confiado. Para que ella tuviera una mejor idea de cómo me había afectado la cercanía con aquel personaje y con la revulsiva historia de odio, engaño y muerte que me había entregado, incluso le di a leer unos apuntes que varios años antes, desde la ignorancia que me cubría en aquel momento y casi contra mi voluntad, no había podido dejar de escribir. Apenas terminó de leerlos, Ana se quedó mirándome hasta que el peso de sus ojos negros -aquellos ojos que siempre parecerían lo más vivo de su cuerpo- comenzó a escocerme en la piel y al fin me dijo, con una convicción espantosa, que no entendía cómo era posible que yo, precisamente yo, no hubiese escrito un libro con aquella historia que Dios había puesto en mi camino. Y mirándole a los ojos -a esos mismos ojos que ahora se están comiendo los gusanos- yo le di la respuesta que tantas veces me había escamoteado, pero la única que, por tratarse de Ana, le podía entregar:

– No lo escribí por miedo.

2

La bruma helada devoró el perfil de las últimas chozas y la caravana penetró otra vez en el vértigo de aquella blancura angustiosa, sin asideros ni horizontes. Fue en ese instante cuando Liev Davídovich consiguió entender por qué los habitantes de aquel rincón áspero del mundo insisten, desde el origen de los tiempos, en adorar las piedras.

Los seis días que policías y desterrados habían invertido para viajar de Alma Ata a Frunze, a través de las estepas heladas del Kirguistán, envueltos en el blanco absoluto donde se perdían las nociones del tiempo y la distancia, le habían servido para descubrir lo fútil de todos los orgullos humanos y la dimensión exacta de su insignificancia cósmica ante la potencia esencial de lo eterno. Las oleadas de nieve que caían de un cielo de donde se habían esfumado las trazas del sol y amenazaban con devorar todo lo que se atreviera a desafiar su demoledora persistencia, se revelaban como una fuerza indomeñable, a la cual ningún hombre se podía enfrentar: suele ser entonces cuando la aparición de un árbol, el perfil de una montaña, la quebrada helada de un río, o una simple roca en medio de la estepa, se transmutan en algo tan notable como para convertirse en objeto de veneración: los nativos de aquellos desiertos remotos han glorificado las piedras, pues aseguran que en su capacidad de resistencia se expresa una fuerza, encerrada para siempre en su interior, como fruto de una voluntad eterna. Unos meses atrás, viviendo ya en su deportación, Liev Davídovich había leído que el sabio conocido como Ibn Batuta, y más al oriente por el nombre de Shams ad-Dina, había sido quien le revelara a su pueblo que el acto de besar una piedra sagrada produce un goce espiritual alentador, pues al hacerlo los labios experimentan una dulzura tan penetrante que genera el deseo de seguir besándola, hasta el fin de los tiempos. Por eso, donde existiera una piedra sagrada estaba prohibido librar batallas o ajusticiar enemigos, pues la pureza de la esperanza debía ser preservada. La sabiduría visceral que había inspirado aquella doctrina le resultó tan diáfana que Liev Davídovich se preguntó si en realidad la Revolución tendría el derecho de trastocar un orden ancestral, perfecto a su modo e imposible de calibrar para un cerebro europeo afectado de prejuicios racionalistas y culturales. Pero ya andaban por aquellas tierras los activistas políticos enviados desde Moscú, empeñados en convertir a las tribus nómadas en trabajadores de granjas colectivas, a sus cabras montaraces en ganado estatal, y en demostrarles a turkmenos, kazajos, uzbecos y kirguises que su atávica costumbre de adorar piedras o árboles de la estepa era una deplorable actitud antimarxista a la que debían renunciar en favor del progreso de una humanidad capaz de comprender que, al fin y al cabo, una piedra es solo una piedra y que no se experimenta otra cosa que un simple contacto físico cuando el frío y el agotamiento devoran las fuerzas humanas y, en medio de un desierto helado, un hombre apenas armado con su fe encuentra un pedazo de roca y se lo lleva a los labios.

Una semana antes, Liev Davídovich había visto cómo le arrebataban las últimas piedras que aún le permitían ubicarse en el turbio mapa político de su país. Después escribiría que aquella mañana había despertado aterido y agobiado por un mal presentimiento. Convencido de que los temblores que lo recorrían no eran solo obra del frío, había tratado de controlar los espasmos y conseguido ubicar en la penumbra la desvencijada silla convertida en mesa de noche. Tanteó hasta recuperar las gafas, pero los temblores lo hicieron fallar dos veces en el intento de colocar las patillas metálicas tras las orejas. En la luz lechosa del amanecer invernal, al fin había logrado entrever en la pared del cuarto el almanaque adornado con la imagen de unos pétreos jóvenes del Komsomol Leninista que unos días atrás le habían hecho llegar desde Moscú, sin que pudiera saber quién lo enviaba, pues el sobre y la posible carta del remitente habían desaparecido, como toda su correspondencia de los últimos meses. Solo en ese momento, mientras la evidencia numerada del calendario y la pared áspera de la que pendía terminaban de devolverle a su realidad, él tuvo la certeza de que había despertado con aquel desasosiego debido a que había perdido la noción de dónde estaba y cuándo despertaba. Por eso había sentido un alivio palpable al saber que era 20 de enero de 1929 y estaba en Alma Ata, echado en un camastro chirriante, y que a su lado dormía su esposa, Natalia Sedova.

Tratando de no mover el jergón, al fin se incorporó. De inmediato sintió en sus rodillas la presión del hocico deMaya: su perra le daba los buenos días, y él había acariciado sus orejas, en las que encontró calor y un reconfortante sentido de realidad. Cubierto con el capote de piel cruda y una bufanda al cuello, había vaciado su vejiga en el orinal y pasó a la estancia que hacía las veces de comedor y cocina, ya iluminada por dos lámparas de gas y caldeada por la estufa sobre la que descansaba el samovar preparado por su carcelero personal. Para los amaneceres él siempre había preferido el café, pero ya se había resignado a conformarse con lo que le asignaban los misérrimos burócratas de Alma Ata y sus vigilantes de la policía secreta. Sentado a la mesa, muy cerca de la estufa, empezó a beber en un tazón chino unos sorbos de aquel té fuerte, demasiado verde para su gusto, mientras acariciaba la cabeza de Maya, sin imaginar aún que muy pronto iba a tener la más artera ratificación de que su vida y hasta su muerte habían dejado de pertenecerle.

Hacía exactamente un año que lo habían confinado en Alma Ata, en los confines de la Rusia asiática, más cerca de la frontera china que de la última estación de cualquier ferrocarril ruso. En realidad, desde que él, su mujer y su hijo Liova habían bajado del camión cubierto de nieve en el que habían recorrido el tramo final del camino hacia una deportación escogida con alevosía, Liev Davídovich había comenzado a esperar la muerte. Estaba convencido de que si por milagro sobrevivía al paludismo y la disentería, la orden de eliminarlo iba a llegar tarde o temprano («Si muere tan lejos, cuando la gente lo sepa ya estará bien enterrado», pensaron sin duda sus enemigos). Pero, en tanto ocurría lo que esperaban, sus adversarios habían decidido aprovechar el tiempo y se dedicaron a liquidarlo de la historia y de la memoria, que también habían pasado a ser propiedad del Partido: la edición de sus libros, justo cuando alcanzaba el tomo vigésimo primero, había sido suspendida, a la vez que se realizaba una operación de recogida de ejemplares en librerías y bibliotecas; al mismo tiempo, su nombre, calumniado primero y disminuido después, empezó a ser borrado de recuentos históricos, homenajes, artículos periodísticos, incluso de fotografías, hasta hacerlo sentir cómo se iba convirtiendo en nada absoluta, hoyo sin fondo en la memoria. Por eso Liev Davídovich pensaba que si hasta entonces algo le había salvado la vida, era el temor al sismo que esa decisión podría provocar, si es que algo todavía era capaz de alterar la conciencia de un país deformado por miedos, consignas y mentiras. Pero un año de silencio obligatorio, acumulando golpes bajos sin posibilidad de réplica, viendo cómo se desarticulaban los restos de la Oposición que había liderado, lo convencería de que su desaparición se iba convirtiendo, cada día más, en una necesidad para el macabro deslizamiento hacia la satrapía en que había derivado la Gran Revolución proletaria.

Aquel año de 1928 había sido, ni siquiera lo dudaba, el peor de su vida, aun cuando hubiera vivido otros muchos tiempos terribles, en las cárceles zaristas o vagando sin dinero y muy pocas esperanzas por media Europa. Pero en cada circunstancia descorazonadora lo había sostenido la convicción de que todos los sacrificios eran necesarios cuando se aspiraba al bien mayor de la Revolución. ¿Por qué debía luchar ahora, si ya la Revolución llevaba diez años en el poder? La respuesta se le iba haciendo cada día más clara: para sacarla del abismo pervertidor de una reacción empeñada en asesinar los mejores ideales de la civilización humana. Pero ¿cómo? Ésa seguía siendo la gran pregunta, y las respuestas posibles se le cruzaban, en un fárrago de contradicciones capaces de paralizarlo en medio de su extraña lucha de comunista marginado contra otros comunistas que se habían apropiado de la Revolución.

Con informaciones censuradas y hasta falseadas, había seguido la mezquina puesta en marcha de un proceso de desestabilización ideológica, de confusión de posiciones políticas hasta poco antes definidas, mediante el cual Stalin y sus secuaces lo despojaban de sus palabras e ideas, por el malévolo procedimiento de apropiarse de los mismos programas por los que él había sido hostigado hasta ser expulsado del Partido.

En aquel instante de sus cavilaciones escuchó cómo la puerta de la casa se abría con un alarido de maderas congeladas y vio entrar al soldado Dreitser, arrastrando una nube de aire frío. El nuevo jefe del grupo de vigilancia de la GPU solía mostrar su pedazo de poder penetrando en la casa sin dignarse tocar a una puerta a la cual habían despojado de la dignidad de los pestillos. Cubierto con gorro orejero y capote de piel, el policía había empezado a sacudirse la nieve sin atreverse a mirarlo, pues sabía que era portador de una orden que solo un hombre, en todo el territorio de la Unión Soviética, era capaz de idear y, más aún, de hacer cumplir.

Tres semanas atrás, el soldado Dreitser había llegado como una especie de heraldo negro del Kremlin, cargado de nuevas restricciones y con el ultimátum de que si Trotski no suspendía del todo su campaña oposicionista entre las colonias de deportados, sería completamente aislado de la vida política. ¿Qué campaña, si desde hacía meses no podía enviar ni recibir correspondencia?; ¿y con qué nuevo aislamiento lo amenazaban que no fuera el de la muerte? Para hacer más patente su control, el agente había decretado la prohibición de que Liev Davídovich y su hijo Liev Sedov salieran de caza, a sabiendas de que con aquellas nevadas era imposible cazar. Aun así, incautó escopetas y cartuchos para mostrar su voluntad y poder.

Cuando consiguió liberarse de la nieve acumulada sobre su abrigo, Dreitser se acercó al samovar para servirse un té. Por el ulular del viento, Liev Davídovich había deducido que afuera habría menos de treinta grados bajo cero y el imperio de la nieve interminable que, a excepción de algunas piedras salvadoras, era lo único que existía en aquella estepa maldita. Luego del primer sorbo de té, el soldado Dreitser al fin había hablado y, con su acento de oso siberiano, le dijo que tenía una carta, llegada de Moscú. No le costó imaginar que aquella carta capaz de atravesar el control postal solo podía traer las peores noticias, y se lo había confirmado el detalle de que por primera vez Dreitser se hubiera dirigido a él sin llamarle«camarada Trotski», el último título que había conservado en su turbulenta degradación desde la cumbre del Poder hasta la soledad del destierro al que lo había enviado el advenedizo Iósif Stalin.

Desde que en julio recibiera la noticia de la muerte de su hija Nina, vencida por la tisis, Liev Davídovich había vivido con el temor de que ocurrieran otras desgracias familiares, provocadas por la vida o, cada vez lo pensaba con más pavor, por el odio. Zina, la otra hija de su primer matrimonio, había enfermado de los nervios, y su marido, Platón Vólkov, ya andaba, como otros oposicionistas, por un campo de trabajo en el Círculo Polar Ártico. Por fortuna, su hijo Liova estaba con ellos, y el joven Seriozha, elhomo apoliticus de la familia, permanecía ajeno a las luchas partidistas.

La voz de Natalia Sedova, que daba los buenos días a la vez que maldecía al frío, llegó en ese instante. El esperó a que ella entrara, recibida por el júbilo deMaya, y había sentido cómo el corazón se le encogía: ¿sería capaz de darle a Natasha una noticia fatal sobre el destino de su amado Seriozha? Con un tazón en las manos ella había ocupado una silla y él la observó: todavía es una mujer bella, pensó, según escribiría después. Entonces le informó que tenían correspondencia de Moscú y la mujer también se puso en alerta.

Dreitser había dejado su taza junto a la estufa para hurgar en sus bolsillos hasta hallar el paquete de los insoportables cigarrillos turkestanos y, como si aprovechara el acto, había metido la mano en el compartimento interior de su capote, de donde extrajo el sobre amarillo. Pareció, por un segundo, que tuviera la intención de abrirlo, pero optó por colocar el envoltorio en la mesa. Como si no lo corroyera la ansiedad, Liev Davídovich había mirado a Natalia, después al sobre sin timbre donde venía grabado su nombre, y arrojó hacia un rincón el té frío. Le tendió el tazón a Dreitser, que se vio obligado a tomarlo y regresar al samovar para rellenarlo. Aunque siempre le había gustado ser teatral, comprendió que malgastaba sus dotes histriónicas ante aquel público reducido y, sin esperar la llegada del té, abrió el sobre. Contenía un folio, escrito a máquina, con el membrete de la GPU, sin fecha de envío. Tras reacomodarse las gafas, había invertido menos de un minuto en la lectura, pero extendió su silencio, esta vez sin afanes teatrales: la conmoción ante lo increíble lo había dejado sin voz. El ciudadano Liev Davídovich Trotski debía abandonar el país, en un plazo de veinticuatro horas. La expulsión, sin destino específico, se decidía en virtud del recién creado artículo 58/10, útil para todo, aunque en su caso, según el folio, se le acusaba «de sostener campañas contrarrevolucionarias consistentes en la organización de un partido clandestino hostil a los Soviets…». Todavía en silencio, le pasó la nota a su mujer.

Natalia Sedova, las manos sobre la mesa de madera basta, lo miraba, petrificada por el peso de la decisión que los condenaba no ya a morir de frío en un rincón del país, sino a tomar el camino de un exilio que se presentaba como una nube oscura. Veintitrés años de vida en común, compartiendo dolores y triunfos, fracasos y glorias, le sirvieron a Liev Davídovich para leer los pensamientos de la mujer a través de sus ojos azules: ¿desterrado el líder que movió las conciencias del país en 1905, el que había hecho triunfar el levantamiento de Octubre de 1917 y había creado un ejército en medio del caos y salvado la Revolución en los años de las invasiones imperialistas y la guerra civil? ¿Expulsado por desacuerdos de estrategia política y económica?, había pensado ella. De no ser tan patética, aquella orden habría resultado risible.

Mientras se ponía de pie, con los últimos restos de su ironía le preguntó al soldado Dreitser si tenía alguna idea de cuándo y dónde sería el primer congreso de su «partido clandestino», pero el heraldo se había limitado a exigirle que acusara el recibo de la comunicación. En el borde de la orden Liev Davídovich escribió: «El decreto de la GPU, criminal en el fondo e ilegal en la forma, me ha sido notificado con fecha 20 de enero de 1929», lo firmó con un trazo rápido y calzó la hoja con un cuchillo sucio. Entonces miró a su mujer, todavía anonadada, y le pidió que despertara a Liova: apenas tendrían tiempo para recoger los papeles y los libros, y caminó hacia la habitación, seguido porMaya, como si lo azuzara la prisa, aunque en verdad Liev Davídovich había huido por el temor a que el policía y su mujer le hubieran visto llorar por la impotencia que le provocaban la humillación y la mentira.

Desayunaron en silencio y, como siempre, Liev Davídovich fue dando aMaya unas migas del pan untado con la manteca rancia que les servían. Más tarde Natalia Sedova le confesaría que en aquel instante había visto en sus ojos, por primera vez desde que se conocieran, el destello oscuro de la resignación, un estado de ánimo tan alejado de su actitud de un año antes, cuando, al pretender deportarlo de Moscú, habían tenido que sacarlo hacia la estación de trenes cargado entre cuatro hombres, sin que él dejara de vociferar y maldecir la estampa de los sepultureros de la Revolución.

Seguido por su perra, Liev Davídovich regresó a la habitación, donde ya había comenzado a preparar las cajas en las cuales colocaría aquellos papeles a los que se habían reducido sus pertenencias, pero que para él valían tanto o más que su vida: ensayos, proclamas, partes de guerra y tratados de paz que cambiaban el destino del mundo, pero sobre todo cientos, miles de cartas, firmadas por Lenin, Plejánov, Rosa Luxemburgo y tantos otros bolcheviques, mencheviques, socialistas revolucionarios entre los que había vivido y luchado desde que, siendo todavía un adolescente, fundara la romántica Unión de Obreros del Sur de Rusia, con la peregrina idea de derrocar al zar.

La certeza de la derrota le oprimía el pecho, como si lo aplastara la pata de un caballo, y lo asfixiaba. Por eso recogió las sobrebotas y las galochas de fieltro y avanzó con ellas hasta el comedor, donde Liova organizaba archivos, y comenzó a calzarse, ante el asombro del joven, que le preguntó qué se proponía. Sin responder, tomó las bufandas colgadas tras la puerta y, seguido de su perra, salió al viento, la nieve y la grisura de la mañana. La tormenta, desatada dos días antes, no parecía tener intenciones de remitir y al penetrar en ella él sintió cómo su cuerpo y su alma se hundían en el hielo y en la bruma, mientras el aire le hería la piel de la cara. Dio unos pasos hacia la calle desde la que se divisaban las últimas estribaciones de los montes Tien-Shan, y fue como si hubiese abrazado la nube blanca hasta fundirse con ella. Silbó, reclamando la presencia deMaya, y se sintió aliviado cuando la perra se acercó. Apoyando la mano en la cabeza del animal, había notado cómo la nieve empezaba a cubrirlo. Si permanecía allí diez, quince minutos, se convertiría en una mole helada y se le detendría el corazón, a pesar de los abrigos. Podría ser una buena solución, pensó. Pero si mis verdugos no me matan aún, se dijo, no les adelantaré el trabajo. Guiado por Maya desanduvo los metros que lo separaban de la casucha: Liev Davídovich sabía que todavía quedaba vida, y también balas por disparar.

Natalia Sedova, Liev Sedov y Liev Davídovich se habían sentado a beber un último té mientras esperaban la llegada del séquito policial que los conduciría al destierro. En la habitación, las cajas de papeles estaban listas, tras una criba mediante la cual se habían deshecho de decenas de libros considerados levemente prescindibles. Temprano en la mañana, uno de los policías había recogido los tomos desechados y, apenas los sacó de la cabaña, les había prendido fuego después de rociarlos con petróleo.

Dreitser llegó hacia las once. Como de costumbre, entró sin tocar y les comunicó que se posponía el viaje. Natalia Sedova, siempre preocupada por las cosas prácticas, le preguntó por qué pensaba que al día siguiente la tormenta remitiría, y el jefe de los vigilantes le explicó que acababa de recibir el reporte del tiempo pero, sobre todo, lo sabía porque podía otearlo en el aire. Fue entonces cuando Dreitser, otra vez necesitado de mostrar su poder, le dijo a Liev Davídovich que la perraMaya no podía viajar con ellos.

La reacción del desterrado fue tan violenta que sorprendió al policía:Maya formaba parte de su familia y se iba con él o no se iba nadie. Dreitser le recordó que él ya no estaba en condiciones de ordenar ni de amenazar, y Liev Davídovich le dio la razón, pero le recordó que aún podía hacer algún disparate que acabaría con la carrera del vigilante y haría que lo devolvieran a Siberia, pero no a su pueblo, sino a uno de esos campos de trabajo que dirigía su jefe en la GPU. Al observar el efecto inmediato de sus palabras, Liev Davídovich comprendió que aquel hombre estaba sometido a una gran presión y decidió ganar la partida sin emplear más cartas: ¿cómo era posible que un siberiano le pidiera a alguien que abandonara a un galgo ruso? Y lamentó que Dreitser nunca hubiera visto a Maya cazar zorros en la tundra helada. El policía, escabullándose por la puerta que le abría el otro, ejecutó el acto con el cual trataba de demostrar quién tenía el poder: podían llevar al animal, pero ellos se encargaban de limpiar sus mierdas.

El olfato siberiano de Dreitser se equivocaría tanto como las predicciones de los meteorólogos, y la tormenta bajo la que dejaron Alma Ata, lejos de remitir, arreció a medida que el autobús avanzaba en las estepas. En la tarde (supo que era la tarde solo porque así lo indicaban los relojes), cuando llegaron a la aldea de Koshmanbet, comprobó que habían gastado siete horas para recorrer treinta kilómetros de camino llano bajo la helada.

Al día siguiente, cabeceando sobre el sendero helado, el autobús logró llegar al puerto de montaña de Kurdai, pero el intento de mover con un tractor la caravana de siete automóviles en los que viajarían todos desde ese punto resultó inútil y cruento: siete miembros de la escolta policial murieron de frío junto a una cantidad notable de caballos. Entonces Dreitser había optado por los trineos, sobre los cuales se deslizarían durante otros dos días, hasta avistar Pichpek, de nuevo en camino llano, donde abordaron otros automóviles.

Frunze, con sus mezquitas y el olor a manteca de carnero que escapaba de las chimeneas, les pareció a deportados y deportadores la estampa de un oasis salvador. Por primera vez desde que dejaron Alma Ata pudieron volver a bañarse y a dormir en camas, despojados de los abrigos malolientes cuyo peso casi les impedía caminar. Para corroborar que en la miseria todos los detalles son un lujo, Liev Davídovich tuvo incluso la posibilidad de paladear un oloroso café turco del que bebió hasta sentir cómo se le agitaba el corazón.

Esa noche, antes de que se fueran a la cama, el soldado Igor Dreitser se sentó a beber café con los Trotski y les informó que su misión al frente de la escolta terminaba allí. Varias semanas de convivencia con aquel siberiano malencarado lo habían convertido, sin embargo, en una presencia habitual entre ellos y por eso, en el instante de la despedida, Liev Davídovich le deseó buena suerte y se permitió recordarle algo: no importaba quién fuese el Secretario del Partido. Daba igual si estaba Lenin, Stalin, Zinóviev o él… Los hombres como Dreitser trabajaban para el país, no para un dirigente. Luego de escucharlo, Dreitser le extendió la mano y, sorprendentemente, le dijo que, a pesar de las circunstancias, para él había sido un honor conocerlo; pero lo que verdaderamente lo intrigó fue cuando el agente, casi en un susurro, le informó que, aunque la orden especificaba que quemaran toda la papelería del deportado, él había decidido que se quemaran solo unos libros. Apenas Liev Davídovich había conseguido asimilar aquella extraña información cuando sintió en sus falanges la presión siberiana de la mano de Dreitser, quien dio media vuelta y salió a la oscuridad y la nevada.

Con el relevo del equipo policial, al frente del cual se colocó un agente nombrado Bulánov, los deportados habían tenido la esperanza de rasgar el velo y conocer cuál sería el destino que les habían asignado. Sin embargo, Bulánov tan solo les pudo informar que tomarían un tren especial en la cabeza de línea de Frunze, sin que la orden especificara hacia dónde. Tanto misterio, pensó Liev Davídovich, solo podía ser obra del miedo a improbables pero todavía temidas reacciones de sus diezmados seguidores en Moscú. También pensó si toda aquella operación no era otra pantomima orquestada para crear confusión y estados de opinión manejables, técnica predilecta de Stalin, que en varias ocasiones a lo largo de aquel año había hecho rodar rumores sobre su inminente destierro, posteriormente desmentidos con mayor o menor énfasis, pero que le sirvieron para difundir la idea y preparar la llegada de aquella condena de la que la gente solo tendría noticia cuando ya se hubiera concretado.

Solo durante los meses previos a la expulsión, sufriendo una derrota política que conseguía atarle las manos, Liev Davídovich había comenzado a valorar con seriedad y espanto la magnitud de la habilidad manipuladora de Stalin. Demasiado tarde comprendió que había menospreciado la inteligencia del ex seminarista georgiano, y no había sido capaz de valorar su genio para la intriga, su desvergüenza para mentir y armar componendas. Stalin, educado en las catacumbas de las luchas clandestinas, había aprendido todas las modalidades de demolición subterránea, y ahora las aplicaba, en beneficio personal, en busca de los mismos fines por los que antes las había practicado el partido bolchevique: para hacerse con el poder. El modo en que fue desarmando y desplazando a Liev Davídovich, mientras utilizaba la vanidad y los miedos de hombres que nunca parecieron tener miedos ni vanidades, los calculados virajes de sus fuerzas a uno y otro extremo del diapasón político, habían sido la obra maestra de una manipulación que, para coronar la victoria del georgiano, había contado con la imprevisible ceguera y el orgullo de su rival.

Más que lograr su expulsión del Partido, y ahora del país, la gran victoria de Stalin había sido convertir la voz de Trotski en la encarnación del enemigo interno de la Revolución, de la estabilidad de la nación, del legado leninista, y haberlo aplastado con el muro de la propaganda de un sistema que el propio Liev Davídovich había contribuido a crear, y contra el cual, por principios inviolables, no podía oponerse si con ello arriesgaba la permanencia de ese sistema. El combate en que debía empeñarse desde ese momento sería contra unos hombres, contra una fracción, jamás contra la Idea. Pero ¿cómo luchar contra ellos si esos hombres se han apropiado de la Idea y se presentan al país y al mundo como la encarnación misma de la revolución proletaria?, comenzó a pensar entonces y seguiría pensando después de su deportación.

Al dejar atrás Frunze, se inició la odisea ferroviaria de aquel peregrinaje. La nieve impuso una marcha lenta a la vieja locomotora inglesa tras la cual se movían cuatro vagones. En sus años al frente del Ejército Rojo, cuando tuvo que recorrer la geografía del país inmerso en la guerra civil, Liev Davídovich llegó a conocer casi todo el entramado de las vías férreas de la nación. En aquel tren especial había viajado, según cálculos, suficientes kilómetros como para dar cinco veces y media la vuelta a la Tierra. Por eso, al salir de Frunze pudo deducir que se movían atravesando el sur asiático de la Unión de los Soviets y su destino no podía ser otro que el mar Negro, por alguno de cuyos puertos los sacarían del país. ¿Hacia dónde? Dos días después, cumplida una rápida estadía en una estación perdida en la estepa, Bulánov llegó con la noticia que daba fin a las expectativas: un telegrama remitido desde Moscú informaba de que el gobierno de Turquía aceptaba recibirlo en calidad de invitado, con una visa por problemas de salud. Al oír la noticia la ansiedad del deportado se sintió tan congelada como si viajara desnuda en el techo del tren: de todos los destinos imaginados para su destierro, la Turquía de Kemal Paschá Atatürk no había figurado entre las posibilidades realistas, a menos que quisieran ponerle sobre un cadalso y adornarle el cuello con una soga engrasada, pues desde el triunfo de la Revolución de Octubre el vecino del sur se había convertido en una de las bases de los exiliados blancos más agresivos contra el régimen de los Soviets, y depositarle en ese país era como soltar un conejo en medio de una jauría de perros. Por eso le gritó a Bulánov que no iría a Turquía: podía aceptar que lo expulsaran del país que se habían robado, pero el resto del mundo no les pertenecía y su destino tampoco.

Cuando se detuvieron en la legendaria Samarcanda, Liev Davídovich vio a Bulánov y a dos oficiales descender del vagón de la comandancia y perderse en el edificio con aires de mezquita que funcionaba como estación: tal vez cumplían la exigencia del deportado y Moscú gestionaría otro visado. Comenzó ese día la ansiosa espera de los resultados de las consultas y, al hacerse evidente que el proceso sería dilatado, hicieron avanzar el tren durante más de una hora para detenerlo en un ramal muerto en medio del desierto helado. Fue entonces cuando Natalia Sedova le pidió a Bulánov que, mientras aguardaban respuesta de Moscú, telegrafiaran a su hijo, Serguéi Sedov, y a Ania, la esposa de Liova, para que, como les habían concedido, se reunieran por unos días con ellos antes de abandonar el país.

Liev Davídovich nunca lograría saber si los doce días en que permanecieron varados en aquel paraje en medio de la nada se debieron a las demoras de las consultas diplomáticas o solo fue por la más asoladora tormenta de nieve que jamás hubiera visto, capaz de bajar los termómetros a cuarenta grados bajo cero. Cubiertos con todos los abrigos, gorros y mantas a su alcance, recibieron la visita de Seriozha y Ania, que viajó sin los niños, demasiado pequeños para ser expuestos a aquellas temperaturas. Bajo la mirada ocasional de alguno de los vigilantes, la familia disfrutó durante ocho días de charlas intrascendentes y amables, encarnizadas partidas de ajedrez y lecturas en voz alta, mientras él, personalmente, se encargaba de preparar el café traído por Serguéi. A pesar del escepticismo del auditorio, cada vez que los guardias los dejaban solos, el optimismo compacto de Liev Davídovich se desataba y le hacía hablar de planes para la lucha y el regreso. En las noches, cuando los demás dormían, el deportado se arrinconaba en el vagón y, escuchando las respiraciones entrecortadas a causa de la epidemia de gripe que se había desatado en el convoy, aprovechaba sus insomnios para escribir cartas de protesta dirigidas al Comité Central bolchevique, y programas de lucha oposicionista que, finalmente, decidió guardar consigo para no comprometer a Seriozha con unos papeles que bien podrían llevarlo a la cárcel.

El frío era tan intenso que, periódicamente, la locomotora tenía que encender sus motores y recorrer algunos kilómetros, para evitar que se atrofiaran sus mecanismos. Imposibilitados de bajar por la intensidad de la nieve (Liev Davídovich no quiso rebajarse a pedir permiso para conocer Samarcanda, la mítica ciudad que siglos atrás había reinado sobre toda el Asia central), esperaban los periódicos solo para comprobar que las noticias eran siempre desalentadoras, pues cada día se informaba de nuevas detenciones de contrarrevolucionarios antisoviéticos, como habían bautizado a los miembros de la Oposición. La impotencia, el tedio, los dolores en las articulaciones, las difíciles digestiones de comidas enlatadas, llevaron a Liev Davídovich al borde de la desesperación.

Al duodécimo día Bulánov le ofreció un resumen de respuestas: Alemania no estaba interesada en darle un visado, ni siquiera por motivos de salud; Austria ponía pretextos; Noruega exigía incontables documentos; Francia esgrimía una orden judicial de 1916 por la cual no podía entrar en el país. Inglaterra ni siquiera había respondido. Solo Turquía reiteraba su disposición a aceptarlo… Liev Davídovich tuvo la certeza de que, por ser quien era y por haber hecho lo que hizo, para él el mundo se había convertido en un planeta para el que no tenía visado.

En los días que invirtieron en el trayecto hasta Odesa, el ex comisario de la Guerra tuvo tiempo de hacer un nuevo recuento de los actos, convicciones, errores mayores y menores de su vida, y pensó que, aun cuando le hubieran impuesto convertirse en un paria, no se arrepentía de lo hecho y se sentía dispuesto a pagar el precio de sus acciones y sueños. Incluso se reafirmó más en esas convicciones cuando el tren atravesó Odesa y recordó aquellos años que se empeñaban en parecer tremendamente remotos, cuando había ingresado en la universidad de la ciudad y comprendido que su destino no estaba en las matemáticas, sino en la lucha contra un sistema tiránico, y había comenzado la interminable carrera de revolucionario. En Odesa había presentado a otros grupos clandestinos la recién fundada Unión de Obreros del Sur de Rusia, sin tener una idea clara de sus proyecciones políticas; allí había sufrido su primer encarcelamiento, había leído a Darwin y desterrado de su mente de joven judío ya demasiado heterodoxo la idea de la existencia de cualquier ser supremo; allí había sido juzgado y condenado por primera vez, y el castigo también había resultado el destierro: entonces los esbirros del zar lo habían enviado a Siberia por cuatro años, mientras que sus antiguos compañeros de lucha ahora lo deportaban fuera de su propio país, quizás por el resto de sus días. Y allí, en Odesa, había conocido al afable carcelero que lo proveía de papel y tinta, el hombre cuyo sonoro apelativo había escogido cuando, fugado de Siberia, unos camaradas le entregaron un pasaporte en blanco para que saliera a su primer exilio y, en el espacio reservado para el nombre, Trotski escribió el apellido del carcelero, que lo acompañaba desde entonces.

Luego de bordear la ciudad por la costa, el tren fue a detenerse en un ramal que penetraba hasta los atracaderos del puerto. El espectáculo que se desplegó ante los viajeros resultó conmovedor: a través de la ventisca que golpeaba las ventanillas, contemplaron el extraordinario panorama de la bahía helada, los buques sembrados en el hielo, las arboladuras quebradas.

Bulánov y otros chequistas abandonaron el tren y subieron a un vapor llamado Kalinin, mientras otros agentes se presentaron en el vagón para anunciarles que Serguéi Sedov y Ania debían retirarse, pues los deportados embarcarían en breve. La despedida, al cabo de tantos días de convivencia entre las paredes de un coche, resultó más desgarradora de lo que imaginaban. Natalia lloraba mientras acariciaba el rostro de su pequeño Seriozha, y Liova y Ania se abrazaban, como si quisieran transmitirse a través de la piel el sentimiento de abandono al que los lanzaba una separación sin límites visibles. Para protegerse, él fue conciso en sus despedidas, pero mientras miraba a Seriozha a los ojos tuvo la premonición de que estaba viendo por última vez a aquel joven, tan saludable y bello, dueño de la suficiente inteligencia para despreciar la política. Lo abrazó con fuerzas y lo besó en los labios, para llevarse consigo algo de su calor y su forma. Entonces se retiró a un rincón, seguido de Maya, y luchó por alejar de su mente las palabras que le dijera Piatakov, al final de aquella tétrica reunión del Comité Central en 1926, cuando Stalin, con el apoyo de Bujarin, había logrado su expulsión del Politburó y Liev Davídovich lo acusara delante de los camaradas de haberse convertido en el sepulturero de la Revolución. A la salida, el pelirrojo Piatakov le había dicho, con aquella costumbre suya de hablar al oído: «¿Por qué, por qué lo has hecho?… El nunca te perdonará esa ofensa. Te lo hará pagar hasta la tercera o cuarta generación». ¿Sería posible que el odio político de Stalin llegase a tocar a estas criaturas que representan lo mejor no ya de la Revolución, sino de la vida?, se preguntó. ¿Alguna vez su mezquindad alcanzaría al Seriozha que había enseñado a leer y a contar a la pequeña Svetlana Stalina? Y tuvo que responderse que el odio es una enfermedad imparable, mientras acariciaba la cabeza de su perra y observaba por última vez -en su fuero interno lo presentía- la ciudad donde treinta años antes él se había desposado para siempre con la Revolución.

3

– Sí, dile que sí.

Por el resto de sus días Ramón Mercader recordaría que, apenas unos segundos antes de pronunciar las palabras destinadas a cambiarle la existencia, había descubierto la malsana densidad que acompaña al silencio en medio de la guerra. El estrépito de las bombas, los disparos y los motores, las órdenes gritadas y los alaridos de dolor entre los que había vivido durante semanas, se habían acumulado en su conciencia como los sonidos de la vida, y la súbita caída a plomo de aquel mutismo espeso, capaz de provocarle un desamparo demasiado parecido al miedo, se convirtió en una presencia inquietante, cuando comprendió que tras aquel silencio precario podía agazaparse la explosión de la muerte.

En los años de encierro, dudas y marginación a que lo conducirían aquellas cuatro palabras, muchas veces Ramón se empeñaría en el desafío de imaginar qué habría ocurrido con su vida si hubiera dicho que no. Insistiría en recrear una existencia paralela, un tránsito esencialmente novelesco en el que nunca había dejado de llamarse Ramón, de ser Ramón, de actuar como Ramón, tal vez lejos de su tierra y sus recuerdos, como tantos hombres de su generación, pero siendo siempre Ramón Mercader del Río, en cuerpo y, sobre todo, en alma.

Caridad había llegado unas horas antes, acompañada por el pequeño Luis. Habían viajado desde Barcelona, a través de Valencia, conduciendo el potente Ford, confiscado a unos aristócratas fusilados, en el que solían moverse los dirigentes comunistas catalanes. Los salvoconductos, adornados con un par de firmas capaces de abrir todos los controles militares republicanos, les habían permitido llegar hasta la ladera de aquella montaña agreste de la Sierra de Guadarrama. La temperatura, varios grados bajo cero, los había obligado a permanecer en el interior del auto, cubiertos con mantas y respirando el aire viciado por los cigarrillos de Caridad, que colocaron a Luis al borde de la náusea. Cuando por fin Ramón consiguió bajar hasta la seguridad de la ladera, molesto por lo que consideraba una de las habituales intromisiones de su madre en la vida de cuantos se relacionaban con ella, su hermano Luis dormía en el asiento trasero y Caridad, con un cigarrillo en la mano, daba paseos alrededor del auto, pateando piedras y maldiciendo el frío que la hacía bufar nubes condensadas. Apenas lo divisó, la mujer lo envolvió con su mirada verde, más fría que la noche de la sierra, y Ramón recordó que desde el día que se reencontraron, hacía más de un año, su madre no le daba uno de aquellos besos húmedos que, cuando era niño, solía depositar con precisión en la comisura de sus labios para que el sabor dulce de la saliva, con un persistente regusto de anís, bajara hasta sus papilas y le provocara la agobiante necesidad de preservarlo en la boca más tiempo del que le concedía la acción de sus propias secreciones.

Hacía varios meses que no se veían, desde que Caridad, convaleciente de las heridas recibidas en Albacete, fuera comisionada por el Partido y emprendiera un viaje a México con la tarea de recabar ayuda material y solidaridad moral para la causa republicana. En ese tiempo la mujer había cambiado. No era que el movimiento de su brazo izquierdo aún se viera limitado por las laceraciones provocadas por un obús; no debía de ser tampoco a causa de la reciente noticia de la muerte de su hijo Pablo, el adolescente a quien ella misma había obligado a marchar al frente de Madrid, donde había sido destrozado por las orugas de un tanque italiano: Ramón lo achacó a algo más visceral que descubriría esa noche en que su vida empezó a ser otra.

– Llevo seis horas esperándote. Ya casi va a amanecer y no aguanto más tiempo sin tomarme un café -fue el saludo de la mujer, dedicada a aplastar el cigarrillo con la bota militar, mientras observaba el pequeño perro lanudo que acompañaba a Ramón.

En la distancia, los cañones tronaban y los motores de los aviones de combate eran un retumbar envolvente que bajaba desde un lugar ubicuo de un cielo desprovisto de estrellas. ¿Irá a nevar?, pensó Ramón.

– No podía soltar el fusil y salir corriendo -dijo él-. ¿Cómo estás? ¿Y Luisito?

– Desesperado por verte, por eso lo he traído. Yo estoy bien. ¿Y ese perro?

Ramón sonrió y miró al animal, que olisqueaba las ruedas del Ford.

– Vive con nosotros en el batallón… Se me ha pegado como una lapa. Es bonito, ¿no? -y se acuclilló-. ¡Churro! -susurró, y el animal se acercó moviendo la cola. Ramón le acarició las orejas mientras lo limpiaba de abrojos. Levantó la vista-. ¿Por qué has venido?

Caridad lo miró a los ojos, más tiempo del que el joven podía soportar sin desviar la mirada, y Ramón se incorporó.

– Me han enviado para que te haga una pregunta…

– No puedo creerlo… ¿Has venido hasta aquí para hacerme una pregunta? -Ramón trató de sonar sarcástico.

– Pues sí. La pregunta más importante: ¿qué estarías dispuesto a hacer para derrotar el fascismo y por el socialismo?… No me mires así, que no bromeo. Necesitamos oírlo de tus labios.

Ramón volvió a sonreír, sin alegría. ¿Por qué le hacía esa pregunta?

– Pareces un oficial de reclutamiento… ¿Tú y quién más lo necesita? ¿Esto es cosa del Partido?

– Responde y después te lo explico -Caridad se mantenía seria.

– No sé, Caridad. Pues lo que estoy haciendo, ¿no? Jugarme la vida, trabajar para el Partido… No dejar que esos hijos de puta fascistas entren en Madrid.

– No es suficiente -dijo ella.

– ¿Cómo que no es suficiente? No vengas a complicarme…

– Luchar es fácil. Morir, también… Miles de personas lo hacen… Tu hermano Pablo… Pero ¿estarías dispuesto a renunciar a todo? Y cuando digo todo, es todo. A cualquier sueño personal, a cualquier escrúpulo, a ser tú mismo…

– No lo entiendo, Caridad -dijo Ramón, con toda su sinceridad y una naciente alarma instalada en el pecho-. ¿Hablas en serio? ¿No podrías ser más clara?… Yo tampoco puedo pasarme aquí toda la noche -y señaló hacia la montaña de la que había bajado.

– Creo que ya estoy hablando muy claro -dijo ella y extrajo otro cigarrillo. En el instante en que prendió la cerilla, el cielo se iluminó con el destello de una explosión y la portezuela trasera del auto se abrió. El joven Luis, cubierto con una manta, corrió hacia Ramón, resbalando sobre el suelo helado, y se estrecharon en un abrazo.

– Pero, caray, Luisito, estás hecho un hombre.

Luis se sorbió los mocos sin soltar a su hermano.

– Y tú estás flaquísimo, tío. Te toco los huesos.

– Es la puta guerra.

– ¿Y ése es tu perro? ¿Cómo se llama?

– EsChurro… No es mío, pero como si lo fuera. Apareció un día… -Luis silbó y el animal vino hasta sus pies-. Aprende rápido, y es más bueno… ¿Quieres llevártelo? -Ramón acarició los cabellos revueltos de su hermano menor y con los pulgares le limpió los ojos.

Luis miró a su madre, indeciso.

– Ahora no podemos tener perros -afirmó ella y fumó con avidez-. A veces no tenemos ni para comer nosotros.

– Churro come cualquier cosa, casi nada -dijo Ramón e instintivamente levantó los hombros para protegerse cuando un cañón retumbó en la distancia-. Con lo que te gastas en tabaco, come una familia.

– Mis cigarrillos no son tu problema… Anda, Luis, vete con el perro, necesito hablar con Ramón -exigió Caridad, y caminó hacia una encina cuyas hojas habían logrado resistir el agresivo invierno en la sierra.

Ya bajo el árbol, Ramón volvió a sonreír al observar el retozo de Luis y el pequeñoChurro.

– ¿Me vas a decir a qué has venido? ¿Quién te ha enviado?

– Kotov. Quiere proponerte algo muy importante -dijo ella y volvió a colocarlo bajo el cristal verde de su mirada.

– ¿Kotov está en Barcelona?

– De momento. Quiere saber si estás dispuesto a trabajar con él.

– ¿En el ejército?

– No, en cosas más importantes.

– ¿Más que la guerra?

– Mucho más. Esta guerra se puede ganar o se puede perder, pero…

– ¡Qué coño dices! No podemos perder, Caridad. Con lo que están enviando los soviéticos y con las gentes de las Brigadas Internacionales, vamos a joder uno por uno a todos esos fachas…

– Eso estaría bien, pero dime… ¿Tú crees que se puede ganar la guerra con los trotskos haciéndoles señas a los fascistas en la trinchera de al lado y con los anarquistas llevando a votación las órdenes de combate?… Kotov quiere que trabajes en cosas importantes de verdad.

– ¿Importantes como qué?

La explosión sacudió la montaña, demasiado cerca de donde estaban los tres. El instinto impulsó a Ramón a proteger a Caridad con su propio cuerpo y rodaron por el suelo congelado.

– Voy a volverme loco. ¿Esos maricones no duermen? -dijo, de rodillas, mientras sacudía una manga del capote de Caridad.

Ella le detuvo la mano y se inclinó a recoger el cigarrillo humeante. Ramón la ayudó a ponerse de pie.

– Kotov piensa que eres un buen comunista y puedes ser útil en la retaguardia.

– Cada vez hay más comunistas en España. Desde que llegaron los soviéticos y las armas, la gente piensa distinto de nosotros.

– No lo creas, Ramón. La gente nos tiene miedo, a muchos no les gustamos. Éste es un país de imbéciles, beatos hipócritas y fascistas de nacimiento.

Ramón observó cómo su madre exhalaba el humo del cigarrillo, casi con furia.

– ¿Y para qué me quiere Kotov?

– Ya te lo he dicho: algo más importante que disparar un fusil en una trinchera llena de agua y de mierda.

– No me imagino qué puede querer de mí… Los fascistas están avanzando, y si toman Madrid… -Ramón negó con la cabeza cuando descubrió una leve presión en el pecho-. coño, Caridad, si no te conociera diría que has hablado con Kotov para que me aleje del frente. Después de lo que le pasó a Pablo…

– Pero me conoces… -lo cortó ella-. Las guerras se ganan de muchas maneras, deberías saberlo… Ramón, quiero estar lejos de aquí antes de que amanezca. Necesito una respuesta.

¿La conocía? Ramón la miró y se preguntó qué había quedado de la mujer refinada y mundana con la que él, sus hermanos y su padre solían caminar las tardes de domingo por la plaza de Cataluña en busca de los restaurantes de moda o de la elegante heladería italiana recién abierta en el paseo de Gracia: de aquella mujer no quedaba nada, pensó. Ahora Caridad era un ser andrógino que hedía a nicotina y sudores enquistados, hablaba como un comisario político y solo pensaba en las misiones del Partido, en la política del Partido, en las luchas del Partido.

Sumido en sus cavilaciones el joven no había percibido que, tras la explosión del obús que los lanzara al suelo, sobre la sierra se había instalado un compacto silencio: como si el mundo, vencido por el agotamiento y el dolor, se hubiera dormido. Ramón, tanto tiempo sumergido en los ruidos de la guerra, parecía haber extraviado la capacidad de escuchar el silencio, y en su mente, ya alterada por la posibilidad de un regreso, en ese momento flotaba el recuerdo de la Barcelona efervescente de la que había salido unos meses antes y la imagen tentadora de la joven que le había dado un sentido profundo a su vida.

– ¿Has visto a África? ¿Sabes si sigue trabajando con los soviéticos? -preguntó, apenado por la persistencia de una debilidad hormonal de la que no había logrado deshacerse.

– ¡Eres pura fachada, Ramón! Saliste blando como tu padre -dijo Caridad, buscando sus partes sensibles. Ramón sintió que podía odiar a su madre, pero tuvo que darle la razón: África era una adicción que lo perseguía.

– Te he preguntado si ella sigue en Barcelona.

– Sí, sí…, anda con los asesores. Hace unos días la vi en La Pedrera.

Ramón observó que los cigarrillos de Caridad eran franceses, muy perfumados, tan distintos de los canutos malolientes que se pasaban sus compañeros de batallón.

– Dame un pitillo.

– Quédatelos… -ella le entregó el paquete-. Ramón, ¿serías capaz de renunciar a esa mujer?

El presentía que una pregunta así podía llegar y sería la más difícil de responder.

– ¿Qué es lo que quiere Kotov? -insistió, evadiendo la respuesta.

– Ya te lo he dicho, que renuncies a todo lo que durante siglos nos dijeron que era importante, solo para esclavizarnos.

A Ramón le pareció estar escuchando a África. Era como si las palabras de Caridad brotaran de la misma torre del Kremlin, de las mismas páginas deEl capital de donde salían las de África. Y en ese instante tuvo noción del silencio que los envolvía desde hacía varios minutos. Caridad era África, África era Caridad, y la renuncia a todo lo que había sido se le exigía ahora como un deber, mientras aquel mutismo doloroso y frágil se posaba sobre su conciencia, cargando el temor de que en el próximo minuto su cuerpo pudiera ser quebrado por el obús, la bala, la granada todavía agazapada pero ya destinada a destrozarle la existencia. Ramón comprendió que temía más al silencio que a los rugidos perversos de la guerra, y deseó estar lejos de aquel lugar. Fue entonces cuando dijo, sin saber que colgaba su vida de aquellas pocas palabras:

– Sí, dile que sí.

Caridad sonrió. Tomó el rostro de su hijo y, con su precisión alevosa, le estampó un beso demorado en la comisura de los labios. Ramón percibió que la saliva de la mujer se filtraba hacia la suya, pero no pudo encontrar ahora el sabor del anís, ni siquiera el de la ginebra que le entregara la última vez que lo había besado: solo recibió el dulzor asqueante del tabaco y la acidez fermentada de una mala digestión.

– En unos días te reclamarán desde Barcelona. Estaremos esperándote. Tu vida va a cambiar, Ramón, mucho -dijo y se sacudió la tierra-. Ahora me voy. Está amaneciendo.

Como si fuera algo casual, Ramón escupió, girando la cabeza, y encendió un cigarrillo. Avanzó tras Caridad hacia el auto, del que Luis bajó conChurro entre sus brazos.

– Suelta el perro y despídete de Ramón.

Luis la obedeció y volvió a abrazar a su hermano.

– Nos veremos pronto en Barcelona. Te llevaré a que te inscribas en las Juventudes. Ya has cumplido los catorce, ¿no?

Luis sonrió.

– ¿Y me alistarás en el ejército? Todos los comunistas se han pasado al Ejército Popular…

– No te apures, Luisillo -Ramón sonrió y lo apretó contra sí. Sobre la cabeza del muchacho descubrió la mirada, otra vez perdida, de Caridad. Esquivó la incertidumbre que le provocaban los ojos de su madre y entrevio, con las primeras luces del día, la silueta pétrea y hostil de El Escorial-. Mira, Luisito, El Escorial. Yo estoy al otro lado, por esa ladera.

– ¿Y siempre hace este frío?

– Un frío que pela.

– Nos vamos. Sube, Luis -Caridad interrumpió a sus hijos, y Luis, luego de despedirse de Ramón con el saludo de los milicianos, rodeó el auto para ocupar el asiento del copiloto.

– Si ves a África, dile que iré pronto -casi susurró Ramón.

Caridad abrió la portezuela del auto, pero se detuvo y volvió a cerrarla.

– Ramón, de más está decirte que esta conversación es secreta. Desde este momento métete en la cabeza que estar dispuesto a renunciar a todo no es una consigna: es una forma de vida -y el joven vio cómo su madre se abría el capote militar y extraía una Browning reluciente. Caridad dio unos pasos y sin mirar a su hijo preguntó-: ¿Estás seguro de que puedes?

– Sí -dijo Ramón en el instante en que el estallido de una bomba iluminó una ladera remota de la montaña, mientras Caridad, con el arma en la mano, colocaba aChurro en el punto de mira y, sin dar tiempo a que su hijo reaccionara, le disparaba en la frente. El animal rodó, empujado por la fuerza del plomo, y su cadáver comenzó a congelarse en la alborada fría de la Sierra de Guadarrama.

Los inviernos en Sant Feliu de Guíxols siempre han sido brumosos, propensos a las tormentas que bajan desde los Pirineos. Los veranos, en cambio, se ofrecen como un lujo de la naturaleza. La roca de la costa, que emerge hasta formar la montaña, se abre allí en una caleta de arena gruesa, y el agua suele ser más transparente que en toda la costa del Empordá. En la década de 1920, en Sant Feliu solo vivían pescadores y algunos anacoretas sin fe, los primeros fugados del bullicio de la urbe y la modernidad. Con el verano, en cambio, aparecían las familias pudientes de Barcelona, dueñas de chalets de playa o casas en la montaña. Y el clan de los Mercader era uno de los afortunados, gracias a que durante la Gran Guerra los negocios textiles habían tomado un segundo aire.

La familia del padre, emparentada incluso con la nobleza local, había acumulado riquezas a lo largo de varias generaciones; como buenos catalanes, se habían dedicado al comercio y a la industria; la de Caridad, dueños de un castillo en San Miguel de Aras, cerca de Santander, eran indianos regresados de Cuba antes del desastre de 1898; habían vuelto con su fortuna mellada, pues parte de ella la habían perdido con los negros que tuvieron que liberar al decretarse el fin de la esclavitud en la isla. Aunque Pau, el padre de Ramón, era varios años mayor que Caridad, a los ojos del niño formaban una pareja envidiable, que compartía la pasión por la hípica, como buenos aristócratas, y solo de verlos poner al trote sus caballos se sabía que eran excelentes jinetes, mucho más hábil ella que él.

Aquel verano de 1922 fue el primero y el único en que la familia gozó de todo un mes de sol, playa y libertad en aquella caleta que la memoria haría prodigiosa y congelaría como la estampa de la felicidad. Solo dos años después, cuando la vida empezó a torcer sus rumbos, Ramón supo que la decisión del padre, siempre tan ahorrativo, de trocar la visita veraniega al pétreo castillo de San Miguel por la privacidad del chalet rentado en la costa del Empordá, no tenía como origen el disfrute posible de sus hijos, sino la intención de procurar la reparación de lo que ya comenzaba a ser insalvable: la relación con su mujer.

Fue en Sant Feliu de Guíxols, durante ese verano, cuando sus padres se arroparon en los últimos rescoldos de su vida marital, y debió de ser allí donde engendraron a Luis, nacido en la primavera del año siguiente. Mucho tiempo después Ramón sabría que aquel acto de amor había sido como el reflujo de una ola que se deshace en la orilla para de inmediato retirarse hacia profundidades inalcanzables. Porque algo imparable, antes de que engendrara a su hermano menor, ya había comenzado a crecer dentro de Caridad: el odio, un odio destructivo que la perseguiría para siempre y que no solo daría sentido a su propia vida, sino que alteraría hasta la devastación la de cada uno de sus hijos.

Unos meses antes, con el temor latente que ya le provocaba cualquier cercanía con su madre, Ramón se había atrevido a preguntarle por el origen de los puntos encarnados que destacaban en la piel blanquísima de sus brazos y ella apenas le respondió que estaba enferma. Pero muy pronto, cuando se desató la tormenta y la casa burguesa de Sant Gervasi se llenó de gritos y peleas, sabría que las marcas habían sido producidas por las agujas con que se inyectaba la heroína a la que se había hecho adicta en una vida paralela que ella llevaba en las noches, más allá de las apacibles paredes de la casa familiar.

Muchos años después, una noche mexicana de agosto de 1940, Ramón escucharía de labios de Caridad que precisamente su respetable, emprendedor y católico marido había sido quien la alentó a dar el primer paso hacia una vertiginosa degradación de donde la rescataría, sufridas ya muchas humillaciones y recibidos infinitos golpes, el ideal supremo de la revolución socialista. Pau Mercader, pensando que la ayudaría a vencer el rechazo al sexo que desde el matrimonio ella sufría, la había conminado a acompañarlo a ciertos burdeles exclusivos de Barcelona donde era posible disfrutar, a través de cristales especiales, de las más atrevidas acrobacias sexuales, en las que podían intervenir un hombre y una mujer, o dos y dos, o un hombre con dos mujeres y hasta con tres, o dos mujeres solas, todos expertos y expertas en posturas y fantasías eróticas, dotados ellos con vergas exageradas, y capacitadas ellas para recibir dimensiones descomunales, naturales o artificiales, por cualesquiera de sus orificios. El saldo del experimento resultó poco satisfactorio para las expectativas del padre, pues provocó que Caridad rechazara con más fuerzas sus exigencias sexuales, aunque se aficionó a ciertas bebidas espirituosas que servían en aquellos antros de cortinas malvas y luces amortiguadas, unos licores que la desinhibían y, al final de la noche, le permitían abrir las piernas casi como un acto reflejo. Poco después, en busca de esos elixires, ella había comenzado a frecuentar los bares más selectos de la ciudad, muchas veces sin su marido, cada vez más exigido por sus absorbentes negocios. Pero pronto Caridad sentiría que en aquellos lugares sobraba lo que no buscaba (hombres dispuestos a embriagarla para lanzarla en una cama) y faltaba algo, todavía indefinible para ella misma, algo capaz de motivarla y reconciliarla con su propia alma.

Entonces aquella dama, rodeada desde la cuna de lujos y comodidades, educada por las monjas, experta en la monta de caballos de estirpe arábiga y casada con un dueño de fábricas ajeno por naturaleza a los sentimientos de los hombres que trabajaban para su riqueza, se despojó de joyas y ropas atractivas y descendió en busca de los rincones menos luminosos de la ciudad. Con sus manos palpó otra geografía, otro mundo, cuando se dio a transitar las calles del Barrio Chino, las plazas más oscuras del Raval, las estrechas y fétidas travesías cercanas al puerto. Allí, mientras probaba otros alcoholes menos sofisticados y más efectivos, descubrió una humanidad turbia, cargada de frustración y odio, que solía hablar, con un lenguaje para ella nuevo, de cosas tan tremendas como la necesidad de acabar con todas las religiones o de voltear patas arriba el orden burgués y explotador, enemigo de la dignidad del hombre, ese mundo del que ella misma provenía. La furia anarquista, de la cual hasta ese momento apenas había tenido idea, fue para ella como un golpe que removió cada célula de su cuerpo.

Con sus amigos libertarios y los lumpen del puerto y de los barrios de putas, Caridad había probado la heroína, que ella pagaba de su generoso bolsillo, y encontró en su iconoclastia una satisfacción recóndita, que le daba sabores más atractivos a la vida. Redescubrió el sexo, en otro nivel y con otros ingredientes, y lo practicó como una lucha a muerte, de un modo primitivo cuya existencia nunca había imaginado en su triste vida matrimonial: lo disfrutó con estibadores, marineros, obreros textiles, conductores de tranvías y agitadores profesionales a los que, con los dineros de su marido, también pagaba tragos y pinchazos. Le satisfacía comprobar que entre aquellos sediciosos no importaba su origen ni su educación: entre ellos era bienvenida, pues se trataba de una compañera dispuesta a romper reglas y ataduras clasistas y a librarse de los lastres de la sociedad burguesa.

A pesar de que en su casa ya dormían cuatro niños engendrados en su vientre, fue en medio de aquel vértigo de sensaciones nuevas y prédicas libertarias recién aprendidas cuando Caridad tuvo conciencia del odio que la minaba y cuando al fin se convirtió en una mujer adulta. Ella nunca supo con certeza hasta qué punto compartió por convicción o por rebeldía las ideas de los anarquistas, pero al mezclarse con ellos percibía que trabajaba por su liberación física y espiritual. En ocasiones pensaba incluso que se regodeaba en su degradación por el desprecio que sentía hacia sí misma y hacia lo que había sido y podría seguir siendo su vida. Pero, ya fuese por convicción o por odio, Caridad se había lanzado por aquel camino del modo en que, desde entonces, lo haría siempre: con una fuerza fanática e incontenible. Para demostrarlo, o tal vez para demostrárselo a sí misma, se dispuso a atravesar sus últimas fronteras y planeó, con los nuevos camaradas, su alucinado suicidio clasista: primero trabajó con ellos para promover huelgas en los talleres de Pau, en quien había fijado la encarnación misma del enemigo burgués; más tarde, en su espiral de odio, comenzó a preparar algo más irreversible, y con un grupo de sus compañeros planificó la voladura de una de las fábricas que la familia tenía en Badalona.

A sus nueve, diez años, Ramón no tenía noción de lo que ocurría en los subterráneos de la familia. Matriculado en uno de los colegios más caros de la ciudad, vivía despreocupadamente, empeñando su tiempo libre en las actividades físicas, con mucho preferidas a las intelectuales que desde la cuna se practicaban en una casa donde, a horarios establecidos, se hablaba en cuatro idiomas: francés, inglés, castellano y catalán. Quizás desde entonces ya existía algo profundamente reconcentrado en su carácter, pues sus mejores amigos no fueron sus compañeros de estudio o sus rivales deportivos, sino sus dos perros, regalo del abuelo materno ante la evidencia de que el niño sentía una debilidad especial por aquellos animales. Santiago y Cuba, bautizados por el abuelo indiano con los nombres de la nostalgia, habían llegado desde Cantabria siendo apenas unos cachorros, y la relación que Ramón estableció con ellos fue entrañable. Los domingos, después de misa, y las tardes en que regresaba temprano del colegio, el niño solía ir más allá de los límites de la ciudad, acompañado por sus dos labradores, con los que compartía galletas, carreras y su predilección por el silencio. A sus padres apenas los veía, pues cada vez con más frecuencia ella dormía todo el día y al caer la tarde salía a hacer vida social, como llamaba a los paseos nocturnos de los que regresaba con nuevas picadas rojas en los brazos; y el padre, o bien permanecía hasta muy tarde en sus oficinas, tratando de salvar los negocios de la quiebra a que los empujaba la desidia de su hermano mayor, el accionista principal, o se encerraba en sus habitaciones, sin intenciones de ver ni hablar con nadie. De cualquier forma, la vida hogareña seguía siendo apacible, y los perros la hacían incluso satisfactoria.

Cuando la policía se presentó en la casa de Sant Gervasi, llevaban en las manos dos opciones para el destino de Caridad: o la cárcel, acusada de planear atentados contra la propiedad privada, o el manicomio, como enferma de drogadicción. Sus compañeros de lucha y juerga ya estaban en ese momento tras las rejas, pero la posición social de Pau y los apellidos de ambos habían mediado en la decisión policial. Además, uno de los hermanos de Caridad, juez municipal de la ciudad, había intercedido por ella, presentándola como una enferma sin voluntad, manipulada por los diabólicos anarquistas y sindicalistas enemigos del orden. En un esfuerzo por salvar su propio prestigio y lo que podía quedar de su matrimonio burgués y cristiano, Pau consiguió una solución menos drástica y prometió que su esposa no frecuentaría más los círculos anarquistas ni se relacionaría con la droga, y dio su palabra (y seguramente algunas buenas pesetas) como garantía.

Dos meses más tarde, finalizado el tratamiento de desintoxicación al que Caridad había aceptado someterse, la familia salía para aquellas vacaciones en Sant Feliu de Guíxols, donde vivieron unos días cercanos a la felicidad y la armonía perfecta, y así los conservaría Ramón en el recuerdo, convertidos en el mayor tesoro de su memoria.

Mientras el vientre de Caridad crecía, la familia transitaba una dócil cotidianidad. Los negocios de Pau, sin embargo, apenas conseguían recomponerse en medio de la crisis a que los abocaron la ruptura con su disoluto hermano mayor y las demandas cada vez más exaltadas de los trabajadores. Luis, el que sería el último de los hermanos, nació en 1923, poco antes de que se iniciara la dictadura de Primo de Rivera y en medio de la tregua que Caridad quebraría un año después: porque el odio es una de las enfermedades más difíciles de curar, y ella se había hecho más adicta a la venganza que a la propia heroína.

Caridad regresaría a su mundo anárquico de un modo peculiar. Su hermano José, el juez, le había comentado que atravesaba serios problemas económicos, debido a deudas de juego que, de ventilarse, podrían acabar con su carrera. Caridad prometió ayudarlo monetariamente a cambio de información: él debía decirle quiénes serían los jueces y cuáles los juzgados donde encausarían a sus amigos anarquistas detenidos. Con esos datos, otros compañeros comenzaron una campaña de intimidación a los letrados, que recibieron cartas en las que los amenazaban con las más diversas represalias si se atrevían a imponer condenas a cualquier libertario. Pau Mercader descubrió muy pronto la fuga de capitales y comprendió por qué vía drenaban. Con la debilidad que lo caracterizó siempre en su relación con Caridad, el hombre solo tomó medidas para evitar que ella pudiera manejar sumas importantes y volvió a concentrarse en los negocios que trataba de mantener a flote desde su nueva oficina de la calle Ample.

Al ver cómo su aporte a la causa se veía obstruido, Caridad se rebeló ante tal mezquindad burguesa: volvió a los lupanares, donde bebía y se drogaba, y a los mítines, en los que pedía a gritos el fin de la dictadura, la monarquía, el orden burgués, la desintegración del Estado y sus retrógradas instituciones. Su hermano José, ya a salvo de sus apuros, planeó entonces con Pau la salida más honorable y consiguieron que un médico amigo ingresara a Caridad en un manicomio.

Quince años después, Caridad describiría a Ramón los dos meses en que vivió en aquel infierno de duchas frías, enclaustramientos, inyecciones, lavativas y otras terapias devastadoras. Que hubieran tratado de enloquecerla era algo que todavía la enervaba hasta la agresión; y si no lo consiguieron fue porque Caridad tuvo la fortuna de que sus compañeros anarquistas acudieran a salvarla de aquella reclusión amenazando con barrer los negocios de Pau y hasta el mismo manicomio si no la liberaban. La coacción surtió efecto y Pau se vio obligado a traer de regreso a su mujer, quien solo volvió a entrar en la casa de Sant Gervasi para recoger a sus cinco hijos y unas maletas con lo imprescindible: se iba, a cualquier sitio, no sabía dónde, pero ya no volvería a vivir cerca de su marido ni de sus familias, de los cuales, lo juraba, se vengaría hasta hacerlos desaparecer de la faz de la Tierra.

Ante la evidencia de que ya nada podría detenerla, Pau le rogó que no se llevara a los niños. ¿Qué iba a hacer con cinco chicos?, ¿cómo los iba a mantener?, y, sobre todo, ¿desde cuándo los quería tanto que no pudiera vivir sin ellos? Tal vez como otra forma de venganza hacia el padre, que les profesaba un cariño distante y silencioso, pues no sabía ser de otro modo; tal vez procurándose algún soporte espiritual; quizás porque ya soñaba hacer de cada uno de ellos lo que cada uno de ellos sería en el futuro, el hecho es que, decidida a llevarse a sus hijos, ningún ruego la hizo cambiar de opinión.

Algo de novedad y aventura tuvo para los chicos mayores lo que sucedería a partir de ese momento. Ramón, acostumbrado ya a los arrebatos de Caridad, asumió el trance como una explosión pasajera y solo lamentó tener que separarse deCuba y Santiago, pero se tranquilizó cuando la cocinera de la casa le aseguró que los cuidaría hasta que él regresara.

En la primavera de 1925, con sus hijos a rastras, Caridad cruzó la frontera francesa. Aunque su propósito era llegar a París, la mujer decidió hacer un alto en la apacible ciudad de Dax, tal vez porque en aquel momento se sintió turbada, como si necesitara rediseñar los mapas de su vida, o porque se convenció de que destruir el sistema y a la vez criar a cinco niños puede ser más complicado de lo que aparenta, sobre todo cuando (paradojas de la vida) no se tiene suficiente dinero.

Poco después de llegar a Dax, Ramón y sus hermanos, con excepción del bebé, Luis, ingresaron en una escuela pública, y Caridad comenzó a buscar compañía política, que muy pronto halló, pues anarquistas y sindicalistas había en todas partes. Para mantenerse a flote, ella empezó a vender sus joyas, pero el ritmo de gastos impuesto por las noches de tabernas, cigarrillos, algún que otro pinchazo de heroína y comilonas (solo un comunista puede tener más hambre y menos dinero que un anarquista, aseguraba Caridad) resultó insostenible.

Para Ramón se inició en esa época un aprendizaje que comenzaría a redefinirlo. Acababa de cumplir los doce años, hasta entonces había sido un niño matriculado en escuelas exclusivas, criado en la abundancia, y de pronto, solo con dar un paso, había caído si no en la pobreza, al menos en un mundo mucho más cercano a la realidad, donde se contaban las monedas para las meriendas y las camas se quedaban sin hacer hasta tanto uno mismo las tendía. La pequeña Montse, con diez años, había recibido la carga de cuidar y alimentar a Luis, mientras Pablo había asumido el incordio de la limpieza. Jorge y él, por ser los mayores, se responsabilizaron de hacer las compras y, muy poco después, de preparar las comidas que los salvaron de morir de hambre cuando Caridad no regresaba a tiempo o volvía drogada de los compromisos de su vida política. Cada cual se bañaba cuando quería y cualquier pretexto para no ir a la escuela era aceptado. Sus amigos en Dax fueron hijos de aldeanos pobres y de emigrantes españoles, con los que disfrutaba saliendo a los bosques cercanos a recolectar trufas, guiados por los cerdos. En aquella época Ramón también aprendió a sentir sobre su piel el ardor de la mirada gélida, cargada de desprecio, de los jóvenes burgueses de la pequeña ciudad.

Después de pedir informes a Barcelona, la policía de Dax decidió que no quería a Caridad en sus predios y, sin mayores contemplaciones, le exigieron que tomara otro rumbo. Por eso tuvieron que hacer de nuevo las maletas y salir hacia Toulouse, una ciudad mucho más grande, donde ella pensaba que podía pasar inadvertida. Allí, para evitar la presión de la policía y convencida de que las joyas no darían para mucho más, Caridad comenzó a trabajar como maestresala de un restaurante, pues tenía maneras y educación para la faena. Gracias a los dueños del lugar, que pronto les tomaron afecto a los muchachos, Jorge y Ramón pudieron ingresar en la École Hóteliére de Toulouse, el primero para estudiarchef de cuisine, Ramón para mâitre d'hôtel, y la estabilidad recuperada los hizo abrazar la ilusión de que volvían a ser una familia normal.

Definitivamente, Caridad no había nacido para sentar burgueses a una mesa y sonreírles mientras les sugería platos. Preñada con la furia de la revolución total y el odio al sistema, su vida le parecía miserable, el desperdicio de unas fuerzas que exigían a gritos un cauce liberador. Aunque nunca pudo aclararse el incidente, Ramón pensaría toda su vida que el envenenamiento masivo de clientes del restaurante que se produjo una noche solo pudo ser obra de su madre. Por fortuna nadie murió, y la duda sobre la intencionalidad y, por tanto, la autoría del atentado, no llegó a ser aclarada. Pero los dueños del negocio decidieron prescindir de ella, y el comisario encargado del caso, con sobradas razones para sospechar de Caridad, se presentó en la casa varios días después y le exigió que se esfumara o la metería en la cárcel.

Antes incluso del envenenamiento de los comensales, Caridad vivía en un sopor, y se movía como un péndulo de las explosiones de entusiasmo o de ira a unos silencios depresivos en los que caía por días. Era evidente que su vida, carente de un sostén ideológico firme, había extraviado sus sentidos y, al verse privada de la posibilidad de lucha y demolición, frente a ella solo se abría un círculo vicioso de depresión, furia, frustración, de donde no conseguía salir. Perdió entonces el control y trató de matarse ingiriendo un puñado de pildoras tranquilizantes.

Jorge y Ramón la descubrieron solo porque esa noche decidieron entrar en su cuarto para llevarle un poco de comida. Los recuerdos que Ramón conservaría de ese momento siempre fueron borrosos y apenas podría pensar que habían actuado por reflejo, sin detenerse a razonar. Un Ramón desesperado la sacó a rastras de la cama, anegada de excrementos y orines. Ayudado por Jorge, que usaba una prótesis metálica a causa de la poliomielitis que le había dejado secuelas en una de las piernas, consiguió arrastrarla a la calle. Sin fijarse en que le desgarraban los pies contra los adoquines, sin reparar en el frío ni en la lluvia, lograron llevarla hasta la avenida y tomar un coche hacia el hospital.

Nunca volvió a hablar Caridad de aquel episodio y ni siquiera pronunció jamás una palabra de gratitud por lo que sus hijos habían hecho por ella. Ramón pensaría, durante muchos años, que su silencio se debió a la vergüenza provocada por la patente flaqueza en que había caído, ella, la mujer que quería cambiar el mundo. Además, al salir del hospital Caridad había tenido que aceptar, para mayor humillación, que su marido, avisado por los muchachos, se responsabilizara ante los médicos con su custodia: la única ocasión en que Ramón vio llorar a su madre fue el día en que se despidió de Jorge y de él, para marchar con Pau y sus hijos pequeños hacia Barcelona.

En medio de la tormenta de amor y de odio en que vivieron por tantos años, Caridad nunca sabría, pues Ramón tampoco le regaló jamás el placer de confesárselo, que en aquel momento, viéndola partir rescatada por la encarnación misma de lo que ella más despreciaba, él dejó de ser un niño, pues se convenció de que su madre tenía razón: si uno quería saberse realmente libre, tenía que hacer algo para cambiar aquel mundo de mierda que laceraba la dignidad de las personas. Muy pronto Ramón también aprendería que ese cambio solo se produciría si muchos abrazaban la misma bandera y, codo con codo, luchaban por él: había que hacer la revolución.

4

«La mierda petrificada del presente»… Liev Davídovich lanzó el periódico contra la pared y abandonó el estudio de trabajo. Mientras bajaba las escaleras, de la cocina le llegó el olor del cabrito estofado que Natalia preparaba para la cena, y le pareció obsceno aquel aroma goloso. Tras su mesa de trabajo contempló a la hermosa Sara Weber, que tecleaba con aquella velocidad que en ese instante se le antojó automática, definitivamente inhumana. Cruzó la puerta de acceso al jardín yermo y los policías turcos le sonrieron, disponiéndose a seguirlo, y él los detuvo con un gesto. Los hombres hicieron como que acataban su deseo, pero no lo perderían de vista, pues la orden recibida era demasiado precisa: sus vidas dependían de que el exiliado no perdiera la suya.

La belleza del mes de abril en Prínkipo apenas lo rozó mientras, seguido porMaya, descendía la duna que moría en la costa. ¿Qué angustias podían atenazar al cerebro de un hombre sensible y expansivo como Maiakovski para que hubiera renunciado voluntariamente al perfume de un estofado, a la magia de un atardecer, a la visión del encanto femenino y se encerrara en el mutismo irreversible de la muerte?, se preguntó y avanzó por la orilla para observar la elegante carrera de su perra, un regalo de la naturaleza que también le pareció ofensivamente armónico.

Tres años atrás, cuando estaban a punto de expulsarlo de Moscú y su buen amigo Yoffe se había pegado un tiro, buscando que su acto provocara una conmoción capaz de mover las conciencias del Partido e impidiera la catastrófica defenestración de Liev Davídovich y sus cama-radas, él había pensado que el dramatismo del hecho tenía un sentido en la lucha política, aun cuando no compartiera semejante salida. Pero la noticia recién leída lo había sacudido por la magnitud de la castración mental que encerraba su mensaje. ¿Qué alturas habían alcanzado la mediocridad y la perversión para que el poeta Vladimir Maiakovski, precisamente Maiakovski, decidiera evadirse de sus tentáculos quitándose la vida? La mierda petrificada del presente de la que se espantaba el poeta en sus últimos versos, ¿se había desbordado hasta empujarlo al suicidio? La nota oficial pergeñada en Moscú no podía ser más ofensiva con la memoria del artista que con más entusiasmo había luchado por un arte nuevo y revolucionario, el que con más fervor entregara al espíritu de una sociedad inédita su poesía cargada de gritos, caos, armonías rotas y consignas triunfales, el que más se empeñó en resistir, en soportar las sospechas y presiones con que la burocracia asediara a la inteligencia soviética. La nota hablaba de una «decadente sensación de fracaso personal», y como en la retórica implantada en el país la palabra decadencia se aplicaba al arte, la sociedad, la vida burguesas, al hacer «personal» el fracaso, estaban reafirmando con calculada mezquindad aquella condición individual que solo podía existir en el artista burgués que, solían decir, todo creador siempre arrastraba, como el pecado original, por más revolucionario que se proclamase. La muerte del escritor, aclaraban, nada tenía que ver con «sus actividades sociales y literarias», como si fuera posible desligar a Maiakovski de acciones que eran, ni más ni menos, su respiración.

Algo demasiado maligno y repelente tenía que haberse desatado en la sociedad soviética si sus más fervientes cantores comenzaban a dispararse balazos en el corazón, asqueados ante la náusea que les provocaba la mierda petrificada de su presente. Aquel suicidio era, bien lo sabía Liev Davídovich, una dramática confirmación de que habían comenzado tiempos más turbulentos, de que los últimos rescoldos del matrimonio de conveniencia entre la Revolución y el arte se habían apagado, con el previsible sacrificio del arte: tiempos en los que un hombre como Maiakovski, disciplinado hasta la autoaniquilación, podía sentir en su nuca el desprecio de los amos del poder, para quienes poetas y poesía eran aberraciones de las cuales, si acaso, se podían valer para reafirmar su preeminencia, y de las que se prescindía cuando no se las necesitaba.

Liev Davídovich recordó que varios años atrás había escrito que a Tolstói la historia lo había vencido, pero sin quebrarlo. Hasta sus últimos días aquel genio había sabido guardar el don precioso de la indignación moral y por eso lanzaba contra la autocracia su grito de «¡No puedo callarme!». Pero Maiakovski, obligándose a ser un creyente, se había callado y por eso terminó quebrado. Le faltó valor para irse al exilio cuando otros los hicieron; para dejar de escribir cuando otros partieron sus plumas. Se empeñó en ofrecer su poesía a la participación política y sacrificó su Arte y su propio espíritu con ese gesto: se esforzó tanto por ser un militante ejemplar que tuvo que suicidarse para volver a ser poeta… El silencio de Maiakovski presagiaba otros silencios tanto o más dolorosos que, con toda seguridad, se sucederían en el futuro: la intolerancia política que invadía a la sociedad no descansaría hasta asfixiarla. Como sofocaron al poeta, como tratan de ahogarme a mí, escribiría el exiliado, varado junto al opresivo Mar de Mármara que lo rodeaba hacía ya un año.

Hasta el fin de sus días Liev Davídovich recordaría sus primeras semanas de exilio turco como un tránsito ciego a lo largo del cual tuvo que desplazarse tanteando paredes en movimiento constante. Lo primero que lo asombró fue que los agentes de la GPU encargados de vigilar su deportación, además de entregarle mil quinientos dólares que decían adeudarle por su trabajo, mantuvieran un trato amable hacia él a pesar de que, cruzadas las aguas turcas, él había enviado un mensaje al presidente Kemal Paschá Atatürk advirtiéndole que se asentaba en Turquía únicamente porque lo obligaban. Después fueron los diplomáticos de la legación soviética en Estambul quienes le dispensaron cobijo y una cordialidad que solo hubieran prodigado a un huésped de primera categoría enviado por su gobierno. Por ello, ante tanta amabilidad fingida, no se extrañó cuando los diarios europeos, alentados por los rumores propalados por los ubicuos hombres de Moscú, especularon con la idea de que tal vez Trotski había sido enviado a Turquía por Stalin para fomentar la revolución en Oriente Próximo.

Convencido de que el silencio y la pasividad podían ser sus peores enemigos, decidió ponerse en movimiento y, mientras insistía en la solicitud de visados en varios países (el presidente del Reichstag alemán había hablado de la disposición de su país de ofrecerle un «asilo de libertad»), redactó un texto, publicado por algunos diarios occidentales, donde clarificaba las condiciones de su destierro, denunciaba la persecución y el encarcelamiento de sus seguidores en la Unión Soviética, y calificaba a Stalin, por primera vez públicamente, de Sepulturero de la Revolución.

El cambio de actitud de diplomáticos y policías fue inmediato y curiosamente coincidente con la llegada de nuevas negativas de Noruega y Austria a acogerlo, y con la noticia de lo que ocurría en Berlín, donde Ernst Thälmann y los comunistas fieles a Moscú habían comenzado a gritar contra la posible acogida del renegado. Expulsados sin miramientos del consulado soviético y despojados de toda protección, los Trotski tuvieron que alojarse en un pequeño hotel de Estambul, donde sus vidas quedaban expuestas a las previsibles agresiones de sus enemigos, rojos y blancos. Aun así, apenas instalados, Liev Davídovich envió a Berlín el telegrama con el cual quemaba la última nave a la que había confiado su suerte: «Interpreto silencio como una forma poco leal de negativa». Pero, no bien lo despachó, le pareció insuficiente y reforzó su postura con un último mensaje al Reichstag: «Lamento mucho que se me deniegue la posibilidad de estudiar prácticamente las ventajas del derecho democrático de asilo».

La eclosión de la primavera los había sorprendido en aquel tétrico albergue de paredes agrietadas y sucias donde se habían alojado. Aunque no tuviera la menor idea de cuáles podrían ser sus siguientes pasos, Liev Davídovich decidió aprovechar la estación y gastar su tiempo muerto en conocer el exultante Estambul. Pero ni siquiera el descubrimiento de un mundo de sutilezas que remitían a los orígenes mismos de la civilización conseguiría despertarlo del letargo pesimista en que había caído y que le hacía sentirse extraño de sí mismo: Liev Davídovich Trotski necesitaba una espada y un campo de batalla.

Unas semanas después había aceptado, sin demasiado entusiasmo, la propuesta de su mujer y su hijo de dar un paseo por el Mar de Mármara hasta las Islas Prínkipo. El pequeño archipiélago volcánico, a hora y media de la capital, había sido el refugio de príncipes otomanos destronados y el lugar donde se pensó celebrar, en 1919, una conferencia de paz para poner fin a la guerra civil rusa. Liev Davídovich aprovecharía aquel paseo para distraerse, tomar el sol y degustar las delicadas empanadas turcas conocidas comopochas y pides, a las que Natalia se había aficionado. Con ellos viajaron dos jóvenes simpatizantes trotskistas que, unos días antes, su viejo amigo Alfred Rosmer había enviado desde Francia para garantizar mínimamente su seguridad.

El pequeño vapor zarpó a las nueve de la mañana. Tocados con sombrero, ocuparon la proa de la embarcación y disfrutaron del paisaje que ofrecían las dos mitades de Estambul. La mirada de Liev Davídovich, sin embargo, trataría de ver más allá de los edificios, las iglesias puntiagudas, las mezquitas abombadas: había procurado verse a sí mismo en aquella ciudad en la que no tenía un solo amigo, un seguidor confiable. Y no se encontró. Sintió que, en ese instante preciso, comenzaba su exilio: verdadero, total, sin asideros. Fuera de la familia y unos pocos amigos que le habían reiterado su solidaridad, era un hombre abrumadoramente solo. Sus únicos aliados útiles para una lucha como la que debía iniciar (¿cómo?, ¿por dónde?) seguían recluidos en campos de trabajo, o ya habían claudicado, pero todos permanecían dentro de las fronteras de la Unión Soviética, y la relación con ellos se apagaba con la distancia, la represión y el miedo.

Siempre que evocaba aquella mañana de aspecto tan apacible, Liev Davídovich recordaría que había experimentado la urgencia de oprimir la mano de Natalia Sedova para sentir un calor humano cerca de sí, para no asfixiarse de desasosiego ante la acosadora sensación de extravío. Pero también recodaría que en ese momento se había ratificado en su decisión de que, aun solo, su deber era luchar. Si la Revolución por la que había combatido se prostituía en la dictadura de un zar vestido de bolchevique, entonces habría que arrancarla de raíz y sembrarla de nuevo, porque el mundo necesita revoluciones verdaderas. Aquella decisión, bien lo sabía, lo acercaría más a la muerte que lo acechaba desde las atalayas del Kremlin. La muerte, no obstante, solo podía considerarse como una contingencia inevitable: Liev Davídovich siempre había pensado que las vidas de uno, diez, cien, de mil hombres, pueden y hasta deben ser devoradas si el torbellino social así lo reclama para alcanzar sus fines transformadores, pues el sacrificio individual es muchas veces la leña que se quema en la pira de la revolución. Por eso le provocaba risa que ciertos periódicos insistiesen en mencionar su «tragedia personal». ¿De qué tragedia hablaban?, escribiría: en el suprahumano proceso de la revolución no cabía pensar en tragedias personales. Su tragedia, si acaso, era saber que para lanzarse a la lucha no tenía a mano correligionarios forjados en los hornos de la revolución, ni medios económicos, ni mucho menos un partido. Pero le quedaba la que siempre había sido su mejor arma: la Pluma, la misma que difundió sus ideas en las colaboraciones entregadas alIskra y que, ya en su primer destierro, lo había conducido al corazón de la lucha desde aquella noche de 1901 en que recibió el mensaje capaz de ubicar su vida de luchador en el vórtice de la historia: la Pluma había sido reclamada en la sede del Iskra, en Londres, donde lo esperaba Vladimir Ilich Uliánov, ya conocido como Lenin.

Indicándolo con la mano, Liova comentó que el pueblo de pescadores que se veía en la costa se llamaba Büyük Ada, y las palabras del joven lo devolvieron a la realidad de un islote cubierto de pinos y punteado por algunas construcciones blancas. Fue entonces cuando, tentando al destino, preguntó si podían bajar para almorzar allí: casi sin pensar agregó que le gustaba aquel lugar, pues sin duda había tranquilidad para escribir y buena pesca para probar los músculos. Natalia Sedova, que lo conocía como nadie, lo observó y sonrió: «¿Qué estás pensando, Liovnochek?»…

La mujer lo sabría solo una semana después y se sintió feliz: se iban a vivir a Büyük Ada, el más grande de los islotes del archipiélago de los príncipes desterrados.

No les había resultado difícil encontrar la casa apropiada para sus necesidades y bolsillos. Erigida sobre un pequeño promontorio, a unos doscientos metros del embarcadero, sus dos niveles parecían alcanzar más altura y poner el histórico Propontis a disposición de sus moradores. También habían valorado el hecho de que la edificación estuviese rodeada por un tupido seto que facilitaba la vigilancia, encargada a dos policías enviados por el gobierno y a unos jóvenes franceses, correligionarios de su seguidor Raymond Molinier. En realidad la villa, propiedad de un anciano bajá turco, estaba tan arruinada como su dueño, y Natalia Sedova se vio obligada a subirse las mangas para hacerla habitable. Entre todos -incluidos policías, vigilantes y hasta periodistas de paso- limpiaron, pintaron y acondicionaron los espacios con los muebles necesarios para comer, dormir y trabajar. La provisionalidad con que se acomodaron en aquel refugio se advertía en la ausencia de objetos destinados a embellecerlo; ni siquiera había un simple rosal en el jardín: «Plantar una sola semilla en la tierra sería como reconocer una derrota», había advertido Liev Davídovich a su mujer, pues aún tenía la mente puesta en los centros de la lucha a los cuales, más pronto que tarde, pensaba que lograría acceder.

A lo largo de aquel primer año de exilio, la tarea más engorrosa a la que se enfrentarían los custodios encargados de la seguridad del revolucionario había sido la de lidiar con los periodistas empeñados en arrancarle primicias, la de recibir a editores venidos de medio mundo (quienes le contrataron varios libros y abonaron generosos adelantos capaces de aliviar las tensiones económicas de la familia) y la de verificar que los seguidores y amigos que comenzaron a llegar fuesen quienes decían ser. Al margen de esas intromisiones, la vida en una isla perdida en la historia, habitada la mayor parte del año solo por pescadores y pastores, resultaba tan primitiva y lenta que cualquier presencia foránea se detectaba de inmediato. Y, aunque prisionero, Liev Davídovich se había sentido casi feliz por haber hallado aquel lugar donde jamás había circulado un auto y los traslados se hacían como veinticinco siglos atrás, a lomo de burro.

Apenas instalados, el exiliado había empezado a preparar su contraofensiva y decidió que la primera necesidad era cohesionar la oposición fuera de la Unión Soviética, aunque pronto comprobaría hasta qué punto Stalin se le había anticipado, encargándole a sus peones de la Internacional comunista la tarea de convertir a su persona y sus ideas en el espectro del mayor enemigo de la revolución. Como cabía esperar, fueron pocos los comunistas europeos que se atrevieron a asumir la herejía «trotskista», más cuando no parecía reportar ventajas prácticas y, con toda seguridad, conducir a la inmediata excomunión del Partido y hasta de las filas de los luchadores revolucionarios. No obstante, Liev Davídovich insistió, y descargó sobre los hombros de su hijo Liova la organización de un movimiento oposicionista, mientras él se dedicaba a trabajar personalmente con los seguidores más notables. El resto del tiempo lo dedicaría a la redacción de una autobiografía comenzada en Alma Ata y a reunir información para una planeadaHistoria de la revolución.

Entre los visitantes que recibió en aquellos primeros meses se contaban sus antiguos camaradas Alfred y Marguerite Rosmer, los siempre políticamente enrevesados Pierre Naville y Souvarine, y el impulsivo Raymond Molinier, que, con el mismo entusiasmo con que podría haber emprendido una excursión veraniega, había traído a rastras a su esposa Jeanne y a su hermano Henri. Pero los primeros en llegar, como cabía esperar, habían sido sus buenos amigos Maurice y Magdeleine Paz, a quienes no habían vuelto a ver desde que los Trotski fueran expulsados de Francia, en plena guerra mundial. El arribo del matrimonio, cargado de quesos franceses, trajo un soplo de alegría, envuelta en la certeza de una libertad que les permitía el lujo de recibir a viejos camaradas. Durante el año de la deportación en Alma Ata, los Paz habían sido sus representantes en París y habían viajado a Prínkipo para poner al día cuentas y deberes, y para reafirmarle su solidaridad a prueba de adversidades.

Una de las conversaciones sostenidas con los Paz cobraría una dimensión extraña unos pocos meses después, cuando Stalin rompió la barrera sagrada de la sangre. Había tenido lugar una tarde de principios de mayo, cuando Natalia, Liova, Maurice, Magdeleine y Liev Davídovich, antecedidos por la perraMaya, habían bajado hacia la costa para disfrutar de la brisa de la tarde en compañía de una garrafa de un tinto griego, mientras los policías turcos preparaban una cena a base de pescado y marisco, a la manera otomana, aderezada con especias. A causa de los excesos cometidos en el acondicionamiento de la villa, Liev Davídovich sufría un ataque de lumbalgia que apenas le permitía avanzar en los diversos escritos en que andaba empeñado. Bebidos los primeros vasos de vino, los Paz habían dado rienda suelta a su entusiasmo por la posibilidad de poder luchar junto al mítico Liev Trotski, congratulándose por el hecho de que el exiliado que en 1929 miraba una puesta de sol en Prínkipo, no era igual que aquel de quien se habían despedido en el París de 1916, cuando se movía como una voz exaltada pero sin filiación precisa entre las tendencias de un movimiento clandestino por cuyo éxito muy pocos apostaban. Ahora era el Desterrado, conocido en el mundo como el compañero de Lenin, el líder de la insurrección de Octubre, el victorioso comisario de la Guerra y creador del Ejército Rojo, el animador de la III Internacional, que fundara con Vladimir Ilich, dijeron. Incluso Maurice, quizás convencido de que su anfitrión necesitaba levantar el ánimo, le recordó que su persona había estado a unas alturas de las que no era posible descender, desde las cuales no le estaba permitido retirarse, y se dedicó a exaltar su responsabilidad histórica, pues ningún marxista, tal vez a excepción de Lenin, había tenido jamás tanta autoridad moral, como teórico y como luchador. Y había concluido: «Su rival es la Historia, no ese advenedizo de Stalin que en cualquier momento va a caer por el peso de sus ambiciones…».

El desterrado trató de matizar aquella grandeza histórica, recordándole a su partidario que, además del dolor de espalda, no tenía nada tras de sí. La hostilidad que lo rodeaba era infinita y poderosa, y su principal conflicto era con una revolución que había llevado a triunfar y con un Estado que había ayudado a fundar: aquella realidad le ataba una de las dos manos.

A pesar de exaltaciones como ésa y de las pruebas de afecto que cada día le llegaban con la correspondencia, Liev Davídovich sabía que aquellos seguidores no tenían las cicatrices que solo pueden dejar los combates reales. Por ello, en silencio, seguía confiando el futuro de su lucha a las deportaciones de oposicionistas que sin duda ordenaría Stalin; el temple de esos hombres curtidos por la represión, la tortura, los confinamientos, con sus convicciones intactas, fortalecerían el movimiento.

La llegada del verano quebraría el ensalmo de paz insular con el arribo ruidoso y vulgar de comerciantes y funcionarios de Estambul con medios económicos para retirarse a Prínkipo, pero insuficientes para viajar hasta París y Londres. Confinado en la casa, Liev Davídovich había conseguido dar el empujón final a la obra en que revisaba su vida, a pesar de que no había podido escapar a la decepción mientras iba recibiendo noticias de la orgía de capitulaciones a las que eran arrastrados los grupos de la Oposición por sus más importantes líderes. Desde el recién fundado Bulktin Oppozitssi, que empezaron a editar en

París, y a través de mensajes filtrados hacia el interior de la Unión Soviética por las más rocambolescas vías, se dedicó a advertir a sus cantaradas que Stalin intentaría que renunciasen a sus posiciones, con promesas políticas que nunca cumpliría (Lenin solía decir que su especialidad era incumplir compromisos) y anuncios de rectificación que no ejecutaría, pues implicaban la aceptación de manipulaciones que el montañés jamás reconocería. A los que capitulen, Stalin solo los admitirá en Moscú cuando se presenten de rodillas, dispuestos a reconocer que Stalin, y nunca ellos, siempre había tenido la razón, escribió.

Aquel flujo de capitulaciones llegó a convencer a Liev Davídovich de que, al menos dentro de la Unión Soviética, su guerra parecía perdida. El súbito viraje concretado por Stalin, quien luego de apropiarse del programa económico de la Oposición obligaba a sus antiguos rivales a declararse partidarios de la estrategia ahora presentada como estalinista, sellaba una derrota política que escribía su capítulo más lamentable con las claudicaciones de unos hombres que, atados de pies y manos, habían empezado a preguntarse para qué seguir sufriendo deportaciones y sometiendo a sus familiares a las presiones más crueles por defender unos ideales que, al fin y al cabo, ya se habían impuesto. La prueba más dolorosa de la caída en picada de la Oposición había sido el anuncio de que hombres tan brillantes como Rádek, Smilgá y Preobrazhensky habían mostrado su voluntad de reconciliarse con la línea de Stalin, proclamando que no había nada censurable en ello, una vez logrados los grandes objetivos por los que habían luchado. Especialmente rastrera le había resultado la actitud de Rádek, quien había declarado que se consideraba enemigo de Trotski desde que éste publicara artículos en la prensa imperialista. Lo más triste era saber que, con la capitulación, aquellos revolucionarios caían en la categoría de los semiperdonados, presidida por Zinóviev: esos hombres que vivirían con miedo a decir una sola palabra en voz alta, a tener una opinión, y se verían obligados a reptar, volteando la cabeza para vigilar su sombra.

Las más vividas noticias sobre el estado de la Oposición llegarían a Büyük Ada por un conducto inesperado. Había ocurrido a principios de agosto y su portador fue aquel fantasma del pasado llamado Yakov Blumkin.

Blumkin le había enviado un mensaje desde Estambul, rogándole un encuentro. Según la nota, el joven venía de regreso de la India, donde había cumplido una misión de contrainteligencia, y deseaba verlo para reiterarle sus respetos y adhesión. Natalia Sedova, al enterarse de las pretensiones de Blumkin, le había pedido a su esposo que no lo recibiera: un encuentro con el ex terrorista, devenido alto oficial de la GPU, solo podía traer una desgracia. Liova también había expresado sus dudas sobre la utilidad de la reunión, aunque se había ofrecido a servir de mediador, para mantener a Blumkin lejos de la isla. Entonces Liev Davídovich había instruido a su hijo, pues pensó que, al menos, deberían oír qué deseaba aquel hombre al cual lo había ligado en el pasado la más dramática de las potestades: la de dejarlo vivir o enviarlo a la muerte.

Doce años atrás, cuando el recién estrenado comisario de la Guerra Liev Trotski lo había hecho traer a su despacho, Blumkin era un muchacho imberbe, con aires de personaje dostoievskiano, que enfrentaba cargos que el tribunal militar sancionaría con la pena de muerte. El joven había sido uno de los dos militantes del partido social-revolucionario que habían atentado contra el embajador alemán en Moscú, con la intención de boicotear la polémica paz con Alemania que los bolcheviques habían firmado en Brest-Litovsk, a principios de 1918. La víspera del juicio, después de leer unos poemas escritos por el joven, Liev Davídovich había pedido reunirse con él. Aquella noche hablaron durante horas sobre poesía rusa y francesa (coincidieron en su admiración por Baudelaire) y sobre la irracionalidad de los métodos terroristas (si con una bomba se resuelve todo, ¿para qué sirven los partidos, para qué la lucha de clases?), al cabo de las cuales Blumkin había escrito una carta en donde se arrepentía de su acción y prometía, si era perdonado, servir a la revolución en el frente que se le designara. La influencia del poderoso comisario resultó decisiva para que se le perdonara la vida, mientras por vía oficial se informaba al gobierno alemán que el terrorista había sido ejecutado. Ese día, alumbrada por Liev Trotski, había comenzado la segunda vida de Yakov Blumkin.

Durante la guerra civil, Blumkin había destacado como agente de contrainteligencia, lo cual le valió condecoraciones, ascensos e, incluso, la militancia en el partido bolchevique. Considerado un traidor por sus antiguos camaradas, dos veces escapó, de modo milagroso, a atentados contra su vida. Los meses finales de la guerra, mientras se recuperaba de las heridas del segundo atentado, formó parte del cuerpo de asesores de Liev Davídovich, quien, al ver sus aptitudes, lo premió con una recomendación especial para la academia militar. Sin embargo, su capacidad para las misiones de espionaje lo decantaría por el mundo de la inteligencia, y desde hacía varios años fulguraba como una de las estrellas de los servicios secretos, para los que todavía trabajaba a pesar de que todos sabían, incluido el jefe máximo de la GPU, que, por su devoción hacia Trotski, sus simpatías políticas estaban con la Oposición.

Cuando Liova le contó los pormenores de su encuentro con Blumkin (el antiguo terrorista había ido a la India, y ahora a Turquía, para vender unos antiquísimos manuscritos hasídicos a fin de obtener fondos para el gobierno), Liev Davídovich se convenció de que el agente secreto seguía sintiendo por él el afecto de siempre. Y, a pesar de todas las prevenciones de Natalia Sedova, aceptó recibirlo.

Cuando Liev Davídovich vio de nuevo el rostro inconfundiblemente judío y aquellos ojos enormes y refulgentes de inteligencia del pequeño Yakov, como antes solía llamarle, sintió una profunda alegría, cargada con oleadas de nostalgia. Se fundieron en un abrazo y Blumkin besó varias veces el rostro y los labios de su anfitrión, para llorar después, como la noche en que había escrito una carta salvadora en el despacho del poderoso comisario de la Guerra.

Las tres visitas que durante la segunda semana de agosto hizo Blumkin a Büyük Ada fueron como un soplo vivificador para el desaliento que iba dominando a Liev Davídovich. Entre evocaciones del pasado y noticias del presente, rieron, lloraron y discutieron (incluso a propósito de Maiakovski y del estado lamentable de la poesía soviética), y Blumkin, además de ponerle al día sobre la desesperada situación de los opositores dentro del país, insistió en servirle de correo en su inminente regreso a Moscú, pues pensaba que su trabajo en la inteligencia tenía como misión neutralizar a los enemigos externos de la URSS, pero no era incompatible con sus ideas políticas oposicionistas.

De boca del agente, Liev Davídovich escuchó también los argumentos de Rádek para escenificar una capitulación que, según el joven, solo podía ser una maniobra dilatoria. Blumkin, mostrando una capacidad invencible para las fidelidades, defendió la postura de su amigo Rádek, pues él también pensaba que si se podía luchar dentro del Partido era mejor que hacerlo fuera. Liev Davídovich le confesó que ya no confiaba en la capacidad de un partido al frente del cual estuviese un hombre como Stalin y donde militase Rádek. Pero Blumkin se asombró de su pesimismo y le recordó que precisamente él, Liev Trots-ki, no podía flaquear.

La partida del joven había dejado en el exiliado una sensación de vacío que, semanas más tarde, sería sustituida por el avieso sentimiento de indignación que provocan las infidelidades. El cambio de estado de ánimo lo había catalizado una carta de los Paz en la cual, tras unos saludos más secos de lo habitual, los remitentes entraban en materia sin miramientos: «No se haga demasiadas ilusiones sobre el peso de su nombre», comenzaba aquel párrafo con sabor a epitafio, que de un modo alarmante enfrentaba al revolucionario a la evidencia de su ruina política. «Durante cinco años la prensa comunista lo ha calumniado hasta el punto de que entre las grandes masas solo queda un vago recuerdo de usted como el jefe del Ejército Rojo, como conductor de los trabajadores durante Octubre. Cada vez su nombre significa menos y la maquinaria que se ha desatado terminará por devorarlo, después de que haya devorado su nombre.» Al cabo de la tercera lectura, había necesitado limpiar las gafas, frotándolas con el borde del blusón ruso, como si los cristales fueran los verdaderos responsables de la percepción turbia de unas palabras que le sonaban dolorosas pero cada vez más ciertas. Cuando se apartó de la ventana desde donde había observado el jardín invadido por la maleza y, más allá, el brillo aceitoso del antiguo Propontis, había sentido que ni siquiera su optimismo impermeable ni su fe en la causa podían sustraerlo de la invasiva sensación de soledad que lo embargaba. ¿Cuántas adversidades se habían sucedido en unos pocos meses para que Maurice y Magdeleine Paz le hubieran escrito aquella carta envenenada de verdades? ¿De qué modo la realidad se había empeñado en trocar un discurso dedicado al orgullo de un coloso por aquellas reflexiones dirigidas a la humillación de un olvidado?… Lo más insultante de la carta era el hecho de que, apenas un mes antes, durante su segunda visita a Prínkipo, los Paz no se atrevieran a confesarle sus aprehensiones y se hubiesen marchado prometiendo trabajar por la unidad de los trotskistas franceses, entre quienes, habían vuelto a afirmar, el prestigio y las ideas del exiliado se mantenían incólumes.

Durante semanas aquella carta rodó por la mesa de trabajo de Liev Davídovich, como un testimonio del que no quería desentenderse pero del cual tampoco deseaba ocuparse. Impulsado por la calma que traía la cercanía del invierno, se había centrado en el trabajo serio y andaba embebido en la escritura de suHistoria de la revolución. Alguna vez, incluso, Natalia Sedova le había dicho que terminara de responder aquella carta, y él le había dado cualquier pretexto.

Las temperaturas invernales de Prínkipo nada tenían que ver con las sufridas un año antes, en Alma Ata. Cubierto apenas con un viejo saco, Liev Davídovich se había acostumbrado a disfrutar de la llegada de la mañana en su estudio de trabajo, mientras bebía café y contemplaba cómo la luz del amanecer se filtraba a través de un velo plateado, casi corpóreo, que hacía destellar al mar. Aquel día se disponía a trabajar en suHistoria de la revolución, cuando Liova había entrado para sacarlo de sus cavilaciones: habían llegado noticias de Moscú. Como siempre, el presentimiento de que podía haber ocurrido algo grave a algún ser querido resultó lacerante para el exiliado. Liova, como si no se decidiera a hablar, fue a sentarse del otro lado de la mesa, para quedar frente a Liev Davídovich, que se había mantenido en silencio, ya convencido de que iba a escuchar algo terrible. Pero las palabras de su hijo consiguieron desbordarlo: habían fusilado a Blumkin.

Liova tuvo que referirle todos los detalles: la falta de noticias del agente se debía a que durante dos meses había estado recluido en los fosos de la Lubyanka, sometido a interrogatorio por sus camaradas de la policía secreta. Según el informante soviético, la detención se había producido tras una denuncia de Rádek, a quien el propio Blumkin había puesto al corriente de sus encuentros con Trotski. Rádek, sin embargo, negaba que él lo hubiera delatado, y aseguraba que la GPU se había enterado de que Blumkin había visitado a Trotski y regresado a la Unión Soviética con correspondencia para los oposicionistas. Nadie sabía la fecha exacta en que lo habían fusilado, dijo Liova.

Liev Davídovich advirtió cómo el sentimiento de culpa lo embargaba. Natalia Sedova había tenido razón: nunca debió haber recibido al joven, pues ahora le parecía evidente que Stalin lo había hecho pasar por Turquía porque sabía que intentaría verle y se proponía, de aquel modo, dar un rotundo escarmiento a los oposicionistas. Pero esa vez Stalin había ido demasiado lejos: matar a los rivales por disputas políticas era cometer el mismo error que los jacobinos y abrir las puertas de la revolución a la venganza y la violencia fratricida. Una de las condiciones que siempre exigió Lenin (que no era muy piadoso cuando la política lo exigía, le dijo a Liova) fue que no corriera la sangre entre ellos. La muerte del pequeño Yakov tenía que servir para remover la conciencia de todos los comunistas que obedecían a Stalin. Blumkin puede ser el Sacco y Vanzetti de nuestra lucha, le dijo a Liova, que lo miraba fijamente. Si por un instante el joven había sentido compasión por su padre, en aquel momento ya debía de estar recriminándose.

Cuando Liova se marchó, Liev Davídovich, la vista fija en el mar, pensó que lamentaría por el resto de su vida la debilidad afectiva que le había impedido valorar la presencia de Blumkin en Turquía como el inicio de una sibilina partida de ajedrez organizada por Stalin. Y con ese ánimo tomó una hoja en blanco y se dispuso a cumplir una obligación pospuesta:

«M. y Mme. Paz:

»Hoy he recibido una noticia que pone de relieve la mezquindad de personas como ustedes, que apenas pasan de ser bolcheviques de salón y para los cuales la revolución es un pasatiempo. Ustedes, que no han sufrido en carne propia la represión, la tortura, el invierno en los campos de trabajo, tienen la posibilidad de renunciar a la lucha cuando ésta no cumple sus expectativas de éxito y protagonismo. Pero el revolucionario verdadero empieza a serlo cuando subordina su ambición personal a una idea. Los revolucionarios pueden ser cultos o ignorantes, inteligentes o torpes, pero no pueden existir sin voluntad, sin devoción, sin espíritu de sacrificio. Y como para ustedes esas cualidades no existen, les agradezco que tan diligentemente se hayan apartado del camino.

»L.D. Trotski».

Durante aquel primer año de exilio Liev Davídovich solo había podido contar derrotas y defecciones: en el interior de la Unión Soviética la Oposición había sido prácticamente desintegrada, sin que se produjeran las esperadas deportaciones. Fuera del país, sus seguidores se peleaban por un pedazo de poder, por estar más o menos a la izquierda de una idea, o simplemente lo abandonaban, como los Paz, por no resistir la presión de los estalinistas o por la falta de una perspectiva clara de éxito… Tal vez por esa razón la sacudida que le provocara la noticia del suicidio de Maiakovski lo acompañaría por semanas, durante las cuales había llegado a sentirse culpable por haber polemizado varias veces con el poeta, entregando quizás argumentos a los detractores que habían brotado en todo el país.

El arribo de los primeros ejemplares de su autobiografía, esperados con ansiedad, apenas le procuró algo de satisfacción en medio de tantas pérdidas. Al releer la obra, concluida un año antes, lamentó haber dedicado demasiadas páginas a una autodefensa que comenzaba a parecerle fútil en medio del vendaval de adversidades que se cebaba con la vida y la dignidad de sus compañeros; le resultaba oportunista ese empeño por contextualizar sus desacuerdos con Lenin a lo largo de veinte años de combates, y, sobre todo, se recriminó por no haber tenido el valor de reconocer, con la perspectiva benéfica o quizás maléfica de los años, los excesos que él mismo había cometido por defender la revolución y su permanencia. Aunque jamás lo confesaría en público, desde hacía varios años Liev Davídovich había comenzado a lamentar los momentos en que, desde el poder, había dejado que la posesión de la fuerza lo dominara, con independencia de los fines perseguidos. Su salvadora militarización de los sindicatos ferroviarios, cuando la suerte de la guerra civil dependía de las locomotoras detenidas en cualquier vía del país, ahora le parecía excesiva, aun cuando sobre el éxito de aquella medida se hubiese depositado el destino de la Revolución. Ya sabía que nunca podría perdonarse el intento de aplicar esas mismas medidas coercitivas para la reconstrucción de la posguerra, cuando se hizo evidente que la nación se hallaba al borde de la desintegración y no era posible inducir a unos obreros desencantados sin aplicar sobre ellos medidas de fuerza. Sobre su espalda cargaba la responsabilidad de haber destituido a líderes sindicales, de haber borrado la democracia de las organizaciones obreras, y contribuido a convertirlas en las entidades amorfas que ahora utilizaban a placer los burócratas estalinistas para cimentar su hegemonía. El, como parte del aparato del poder, también había contribuido a asesinar la democracia que, desde la oposición, ahora reclamaba.

No menos vergonzoso le parecía su protagonismo en el aplastamiento de la insurrección de los marinos de la base de Kronstadt, en el infausto mes de marzo de 1921. Aquel destacamento, que habían garantizado con su apoyo el éxito del golpe bolchevique en octubre de 1917, cuatro años después reclamaba derechos tan elementales como una mayor libertad para los trabajadores, un trato menos despótico para con los campesinos obligados a entregar el grueso de sus cosechas y, sobre todo, el sagrado derecho a elecciones libres a las asambleas de los Soviets. El argumento de que los nuevos marinos de la flota del Báltico estaban siendo manipulados por anarquistas y oficiales contrarrevolucionarios nunca debió justificar la medida que él, como comisario de la Guerra, se encargó de aplicar: el aplastamiento de la revuelta y la liberación de una violencia que llegó hasta el fusilamiento de rehenes. Para él y para Lenin había resultado evidente que el escarmiento constituía una necesidad política, pues aun cuando sabían que la protesta no tenía posibilidades de convertirse en la Tercera Revolución anunciada, temían que agravara hasta límites insostenibles el caos existente en un país asolado por el hambre y la parálisis económica.

Sabía que si en marzo de 1921 los bolcheviques hubieran permitido unas elecciones libres, probablemente hubiesen perdido el poder. La teoría marxista, que Lenin y él utilizaban para validar todas sus decisiones, nunca había considerado la coyuntura de que los comunistas, una vez en el poder, pudieran perder el apoyo de los trabajadores. Por primera vez, desde el triunfo de Octubre, debieron haberse preguntado (¿alguna vez nos lo preguntamos?, le confesaría a Natalia Sedova) si era justo establecer el socialismo en contra o al margen de la voluntad mayoritaria. La dictadura proletaria debía eliminar a las clases explotadoras, pero ¿también reprimir a los trabajadores? La disyuntiva había resultado dramática y maniquea: no era posible permitir la expresión de la voluntad popular, pues ésta podría revertir el proceso mismo. Pero la abolición de esa voluntad privaba al gobierno bolchevique de su legitimidad esencial: llegado el momento en que las masas dejaban de creer, se impuso la necesidad de hacerlas creer por la fuerza. Y aplicaron la fuerza. En Kronstadt -Liev Davídovich bien lo sabía- la revolución había comenzado a devorar a sus propios hijos y a él le había correspondido el triste honor de haber dado la orden que inauguró el banquete.

La inflexibilidad con que había actuado (generalmente apoyado por Lenin) quizás se justificaba en aquellos años. Pero ahora, al revisar sus actitudes, no podía dejar de preguntarse si, de haber tenido la desvergüenza y la astucia necesarias para abalanzarse sobre el poder tras la muerte de Lenin, no habría terminado convirtiéndose, él también, en un zar pseudocomunista. ¿No habría enarbolado las justificaciones de la supervivencia de la Revolución para aplastar rivales, como en 1918 las utilizó Lenin para ¿legalizar los partidos que junto a los bolcheviques habían luchado por la revolución? ¿Habría sido capaz de sostener la pertinencia democrática de una oposición, de facciones dentro del Partido, de una prensa sin censura?

Liev Davídovich comprobaría hasta qué punto los avatares de la política absorbían sus energías cuando su mujer lo sorprendió con la noticia de que Liova deseaba irse de Prínkipo. El temblor oculto que desde hacía unos meses sacudía los cimientos de la villa de Büyük Ada solo se le reveló en ese momento, cuando ya había cobrado proporciones de terremoto. Recordó entonces que alguna vez Natalia Sedova le había comentado que no era bueno que Jeanne Molinier permaneciera por temporadas con ellos, mientras Raymond regresaba a París. Habían sostenido aquella conversación una tarde en que habían ido de paseo hasta la impresionante estructura del antiguo hotel Prínkipo Pa-lace, la mayor construcción de madera en toda Europa, y, al oírla, él le había preguntado con sorna qué sucedía. Ella había sonreído mientras le explicaba las cosas con su pragmatismo de siempre: sucedía que las esposas debían estar con los esposos y que su Liovnochek se estaba volviendo viejo y los años le empañaban la vista incluso a un hombre como él.

Hasta ese instante las idas y venidas de Raymond Molinier habían funcionado como una peripecia más en la rutina de Büyük Ada. Dotado de esaénergie Molinièresque que tanto atraía a Liev Davídovich, aquel seguidor se había convertido en el principal sostén de la oposición en París. Entusiasmado por la posibilidad de convertir el trotskismo en una fuerza política dentro de la izquierda francesa, Molinier había puesto su devoción, su fortuna y su familia al servicio del proyecto, y mientras él luchaba en París por buscar nuevos adeptos, su esposa, Jeanne, se había convertido en la corresponsal entre el secretariado atendido por Liova y los simpatizantes trotskistas en Europa. La energía de Molinier había tocado fibras sensibles del experimentado revolucionario, y por eso había decidido poner en sus manos el destino de la oposición francesa, pasando por encima de las opiniones de otros camaradas, como Alfred y Marguerite Rosmer, que discretamente decidieron retirarse de la lidia.

Pero solo ahora se enteraba de que, desde la primera ocasión en que Raymond dejó a su mujer en Büyük Ada, Natalia había olfateado lo que se avecinaba: Jeanne era una joven dotada de una languidez que contrastaba con el atropellamiento de su marido, y los veintitrés años de Liova palpitaban en cada célula de su cuerpo, aun cuando se hubiera entregado en cuerpo y alma a la causa. Por ello, mientras su mujer le comunicaba que Jeanne viajaría a París con la intención de terminar su relación con Raymond, y que Liova planeaba irse con ella a otro lugar, el revolucionario comprendió cuan poco se había preocupado por las necesidades de su hijo, aunque de inmediato pensó que el trabajo de tantos meses, el pírrico y doloroso beneficio extraído de los disgustos y defecciones, podían irse por el caño, arrastrados por el impulso egoísta de un hombre y una mujer. Y esa misma noche, sin poder contenerse, le reprochó a Liova su devaneo sentimental, imperdonable en un luchador.

Por fortuna la reacción de Raymond fue profundamente francesa, según Natalia, y dejó partir a Jeanne para que viviera con Liova, que ya planeaba trasladarse a Alemania. Liev Davídovich comprendió entonces que no tenía otra alternativa que aceptar aquella decisión: aunque el espíritu de sacrificio del muchacho fuese inconmensurable, no podía exigirle que invirtiese su juventud en una isla perdida. Lo que más le dolería, escribió, sería perder al único hombre en quien podía descargar el peso de sus frustraciones, el único del que podía escuchar críticas sinceras y del que jamás cabría esperar fuese el encargado de clavarle el puñal, servirle el café envenenado, dispararle el tiro en la nuca que, tarde o temprano, le arrancarían la vida.

Pero la preocupación por la partida de Liova fue momentáneamente empañada por un acontecimiento que, apenas conocido, se transformó en un mal presentimiento para Liev Davídovich: las elecciones alemanas, celebradas el 14 de septiembre de 1930, habían convertido al Partido Nacional Socialista de Hitler en el segundo más votado del país. El salto había sido de los ochocientos mil votos de 1928 a los más de seis millones que ahora lo respaldaban. Perplejo ante una extraña irresponsabilidad política de los comunistas alemanes, Liev Davídovich leyó que éstos festejaban su propio ascenso de tres a cuatro millones y medio de votos, y proclamaban que el repunte hitleriano era el canto de cisne de un partido pequeñoburgués condenado al fracaso. Varios meses atrás, en una de las cartas con que solía bombardear al Comité Central del Partido soviético, ya él había advertido sobre el peligroso enraizamiento del nacionalsocialismo en Alemania, al cual veía como portador de una ideología capaz de cohesionar a todo aquel «polvo humano» de una pequeña burguesía triturada por la crisis y deseosa de revancha. Desde entonces había comenzado a insistir en la necesidad de una alianza estratégica entre comunistas y socialistas para frenar un proceso que podría llevar a los hitlerianos al poder. Pero la respuesta a su premonitorio llamado de alarma había resultado ser la orden de Moscú, canalizada por el Komintern, de que el partido alemán se abstuviera de cualquier alianza con los socialistas y los demócratas.

Nunca, como en ese momento, Liev Davídovich había sentido el peso de su condena. Recluido en una isla perdida en el tiempo, su capacidad de acción se reducía a la escritura de artículos y a la organización de seguidores dispersos, cuando en realidad debería estar en el vórtice de unos acontecimientos que, podía sentirlo en la piel, implicaban el destino de la clase obrera alemana, el de la revolución europea y tal vez el de la misma Unión Soviética. Sabía que se imponía movilizar la conciencia de la izquierda alemana, pues todavía resultaba factible evitar el desastre que se dibujaba en el cielo de Berlín. ¿Nadie advierte que si no se le cierra el camino, Hitler se hará con el poder y los comunistas serán sus primeras víctimas? ¿Qué pasa en Moscú?, se preguntó. Intuía que algo oscuro se gestaba tras los muros rojos del Kremlin. Lo que todavía no podía imaginar era que muy pronto oiría bajar, desde las torres más altas de la fortaleza moscovita, los primeros aullidos de una criatura macabra, capaz de horrorizarlo.

5

El aire tenía una densidad que acariciaba la piel, y el mar, refulgente, apenas producía un murmullo adormecedor. Allí se podía sentir cómo el mundo, en días y momentos mágicos, nos ofrece la engañosa impresión de ser un lugar afable, hecho a la medida de los sueños y los más extraños anhelos humanos. La memoria, imbuida por aquella atmósfera reposada, conseguía extraviarse y que se olvidaran los rencores y las penas.

Sentado en la arena, con la espalda apoyada en el tronco de una casuarina, encendí un cigarro y cerré los ojos. Faltaba una hora para que cayera el sol, pero, como ya iba siendo habitual en mi vida, yo no tenía prisas ni expectativas. Más bien casi no tenía nada: y casi sin el casi. Lo único que me interesaba en ese momento era disfrutar del regalo de la llegada del crepúsculo, el instante fabuloso en que el sol se acerca al mar plateado del golfo y le dibuja una estela de fuego sobre la superficie. En el mes de marzo, con la playa prácticamente desierta, la promesa de aquella visión me provocaba cierto sosiego, un estado de cercanía al equilibrio que me reconfortaba y todavía me permitía pensar en la existencia palpable de una pequeña felicidad, hecha a la medida de mis también disminuidas ambiciones.

Dispuesto a esperar la caída del sol en Santa María del Mar, había extraído de mi mochila el libro que estaba leyendo. Era un volumen de relatos de Raymond Chandler, uno de los escritores por los cuales, en esa época -y todavía hoy-, profesaba una sólida devoción. Sacándolos de los sitios más inimaginables, yo había logrado formar con ediciones cubanas, españolas y argentinas una colección de las obras casi completas de Chandler y, además de cinco de sus siete novelas, tenía varios libros de cuentos, entre ellos el que leía esa tarde, tituladoAsesino en la lluvia. La edición era de Bruguera, impresa en 1975, y, junto al relato que le servía de título, recogía otros cuatro, incluido uno llamado «El hombre que amaba a los perros». Dos horas antes, mientras realizaba el trayecto en la guagua hacia la playa, había comenzado el libro justo por ese cuento, atraído por un título sugestivo y capaz de tocar directamente mi debilidad por los perros. ¿Por qué, entre tantos posibles, yo había decidido llevar ese día aquel libro y no otro? (Tenía en mi casa, entre varios recién conseguidos y pendientes de lectura, El largo adiós, la que sería mi preferida entre las novelas del propio Chandler; Corre, Conejo, de Updike; y Conversación en la Catedral, del ya excomulgado Vargas Llosa, esa novela que unas semanas después me pondría a convulsionar de pura envidia.) Creo que había escogido Asesino en la lluvia con total inconsciencia de lo que podía significar y simplemente porque incluía aquel relato donde se narra la historia de un matón profesional que siente una extraña predilección por los perros. ¿Todo estaba organizado como una partida de ajedrez (otra más) en la cual tantas personas -aquel individuo al que bautizaría precisamente como «el hombre que amaba a los perros» y yo, entre otros- solo éramos piezas al albur de la casualidad, de los caprichos de la vida o de las conjunciones inevitables del destino? ¿Teleología, como le dicen ahora? No crean que exagero, que trato de rizar el rizo ni que veo confabulaciones cósmicas en cada cosa que me ha pasado en la puta vida: pero si el frente frío anunciado para ese día no se hubiera disuelto con un fugaz cernido de lluvia, sin alterar apenas los termómetros, posiblemente yo no habría estado aquella tarde de marzo de 1977 en Santa María del Mar, leyendo un libro que, así por casualidad, contenía un cuento titulado «El hombre que amaba a los perros», y sin nada mejor que hacer que esperar la caída del sol sobre el golfo. Si una sola de esas coyunturas se hubiera alterado, probablemente jamás habría tenido la ocasión de fijarme en aquel hombre que se detuvo a unos metros de donde yo estaba para llamar a unos perros reales que, solo de verlos, me deslumbraron.

– ¡Ix! ¡Dax! -gritó el hombre.

Cuando levanté la mirada, vi a los perros. Sin pensarlo cerré el libro para dedicarme a contemplar a aquellos extraordinarios animales, los primeros galgos rusos, los cotizados borzois, que veía fuera de las láminas de un libro o de la revista de veterinaria para la que ya trabajaba. En la luz difusa de la tarde de primavera los galgos parecían perfectos, sin duda bellísimos, enormes, mientras corrían por la orilla del mar, provocando explosiones de agua con sus patas largas y pesadas. Me admiré con el brillo de las pelambres blancas, moteadas de un lila oscuro en el lomo y los cuartos traseros, y con el filo de los hocicos, dotados de unas mandíbulas -según la literatura canina- capaces de quebrar el fémur de un lobo.

A unos veinte metros estaba la silueta quemada por el sol del hombre que había llamado a los perros. Cuando empezó a caminar hacia donde estábamos los animales y yo, lo primero que me pregunté fue quién podría ser aquel tipo que tenía, en la Cuba de los años setenta, dos galgos rusos, al parecer de pura sangre. Pero la carrera y el juego de los animales volvieron a llevarse mi atención y, sin otro motivo que la curiosidad, me puse de pie y avancé unos pasos hacia la orilla, para ver mejor a los borzois, ahora que el sol me quedaba a la espalda. En esa posición escuché nuevamente la voz del hombre y por primera vez me decidí a fijarme en él.

El hombre debía de andar por los setenta años (después sabría que tenía casi diez menos), llevaba el pelo entrecano cortado al cepillo y usaba unos espejuelos de armadura de carey. Era alto, cetrino, más bien grueso pero algo desgarbado. Traía en las manos dos correas de cuero, y llevaba la derecha cubierta con una banda de tela blanca, como si protegiera una herida reciente. Me llamó la atención que usara unos pantalones de algodón de color caqui, sandalias de cuero y una camisa ancha, colorida: un atuendo que revelaba de inmediato su condición de extranjero en el país de las camisas «tos-tenemos» (de rayas o de cuadritos), zapatos «va-que-te-tumbo» o «peste-a-pata» (botas rusas o mocasines plásticos) y pantalones de loneta o de poliéster, capaces de sofocarte los huevos en el calor del verano.

Llegamos a estar tan cerca el uno del otro que el cruce de miradas resultó inevitable: yo le sonreí, y el hombre, con orgullo de dueño de dos galgos rusos, también. Luego de llamar otra vez a los perros, él encendió un cigarro y yo decidí imitarlo, para avanzar otros cuatro, cinco pasos, hacia donde el presunto extranjero se había detenido.

– Son preciosos sus perros.

– Gracias -respondió el hombre-.¡Ix! ¡Dax! -repitió, y todavía fui incapaz de ubicarle por el acento.

– Primera vez que veo unos borzois -preferí mirar hacia los animales, que ahora correteaban cerca de su dueño.

– Son los únicos que hay en Cuba -dijo él y yo pensé: es español. Pero en la entonación había unas inflexiones raras, que me hicieron dudar.

– Necesitan mucho ejercicio, aunque debe tener cuidado con el calor.

– Sí, el calor es un problema. Por eso los traigo hasta aquí…

– He leído que estos animales son muy fuertes, pero a la vez muy delicados. Eran los perros de los zares rusos… -dudé si no sería un atrevimiento, pero como no tenía nada que perder, me lancé-: ¿Los trajo de la Unión Soviética?

El hombre miró hacia el mar y dejó caer el cigarro en la arena.

– Sí, me los regalaron en Moscú.

– Perdone, pero usted no es ruso, ¿verdad?

El hombre me miró a los ojos y chasqueó las correas contra la pata del pantalón. Deduje que tal vez no le había gustado que lo confundieran con un ruso, pero me convencí de que mi pregunta no daba a entender esa posibilidad. ¿O sí era ruso -no, si acaso georgiano o armenio, por el color del pelo y de la piel- y por eso tenía aquellas entonaciones extrañas y cierto engolamiento al pronunciar las palabras?

En ese instante, en un claro entre las casuarinas, vi a un negro alto y delgado que, con una toalla enrollada sobre un hombro, nos observaba sin el menor recato, como si nos vigilara. Pero volví la vista cuando escuché que mientras les colocaba las correas a los perros, el hombre de los espejuelos de carey les susurraba algo en un idioma que tampoco logré ubicar. Cuando el hombre se incorporó, observé que daba un paso en falso, como si se hubiera mareado, y lo escuché respirar con alguna dificultad. Pero de inmediato me preguntó:

– ¿Cómo es que sabes tanto de perros?

– Es que trabajo en una revista de veterinaria y da la casualidad de que acabo de revisar un artículo sobre genética que escribió un científico soviético, y hablaba mucho de los borzois y otras dos razas europeas. Además, me encantan los perros -respondí de un tirón.

Por primera vez el hombre sonrió. La falta de respuesta ante su origen, su aspecto inusual y el hecho de que hubiera vivido en Moscú, sumado a la presencia del negro alto y flaco que nos observaba, me decantó por la posibilidad de que el hombre de los perros fuese un diplomático.

– Me gustaría leer ese artículo.

– Yo creo que se puede conseguir una copia -dije, sin pensar que para hacer realidad aquella promesa (hasta tanto saliera la revista, para lo cual faltaban un par de meses) lo más probable era que yo tuviese que mecanografiar aquel texto lleno de extraños códigos genéticos.

– Yo amo a los perros -admitió el extranjero, utilizando justamente el verbo amar de aquel modo en que ya casi nadie lo empleaba, y en su sonrisa me pareció entrever una nostalgia recóndita, que no guardaba relación con sus siguientes palabras-. Buenas tardes.

Yo musité un demorado buenas tardes, y no estoy seguro de si el hombre, que ya se alejaba hacia donde estaba el negro alto y flaco, me llegó a escuchar. Los perros, al descubrir su intención, dieron una carrera hacia el negro, que se acuclilló para recibirlos y dedicarse a frotarles las panzas con la toalla hasta entonces colgada sobre sus hombros. El extranjero se aproximó a ellos, torciendo el rumbo, como si diera un pequeño rodeo o le fuera imposible caminar en línea recta, y después de decirle algo al negro, se perdió entre las casuarinas, seguido por los dos galgos, que ahora avanzaban al paso de su amo. El negro, que se había volteado un instante para observarme, otra vez se colocó la toalla sobre un hombro y los siguió, hasta que él también desapareció entre los árboles.

Cuando volví a mirar hacia la costa, ya el sol tocaba el mar en el horizonte y dibujaba una estela sanguínea que venía a morir, con las olas, a unos pocos metros de mis pies. Empezaba la noche del 19 de marzo de 1977.

Cuando conocí al hombre que amaba a los perros, hacía poco más de un año que yo había empezado a trabajar como corrector en la revista de veterinaria. Ese destino era el resultado de mi tercera caída, una de las más drásticas de mi vida.

En 1973, cuando terminé la universidad con excelentes notas y el prestigio añadido de tener un libro publicado, fui seleccionado para trabajar como redactor jefe de la emisora de radio local de Baracoa, el pueblo perdido y remoto (no hay otros adjetivos para calificarlo) que se enorgullecía, con el apoyo de la historia y mucho esfuerzo de la imaginación, de haber tenido el privilegio de ser la primera villa fundada y, además, la primera capital de la isla recién descubierta por los conquistadores españoles. La promoción a tan importante responsabilidad -me dijo elcompañero que me atendió en la oficina de ubicación laboral, departamento de recién graduados universitarios- se debía, más que a mis méritos estudiantiles, al hecho de que, como joven de mi época, debía estar dispuesto a partir hacia donde se me ordenara y cuando se me ordenara, por el tiempo que fuese necesario y en las condiciones que hubiere, aunque decidió omitir que legalmente yo estaba obligado a trabajar donde ellos me enviaran por las estipulaciones de la ley del llamado servicio social que, como retribución por la carrera estudiada gratuitamente, nos correspondía realizar a todos los recién graduados. Y lo que tampoco me dijo el compañero, a pesar de que había sido la verdadera razón por la cual Alguien decidió seleccionarme y promoverme a Baracoa, fue que habían considerado que yo necesitaba un «correctivo» para bajarme los humos y ubicarme en tiempo y espacio, como solía decirse.

El mayor aliciente con el que subí a la guagua que veintiséis horas después me depositaría en Baracoa era pensar en la ventaja que me reportaría aquella especie de destierro a una Siberia tropical: si algo debía de sobrar en aquel sitio, y más con el trabajo que me habían asignado, podría ser tiempo para escribir. Aquella ilusión palpitaba dentro de mí como un feto en su placenta, como una necesidad biológica. Ya para esa época yo tenía una conciencia bastante lúcida de que los cuentos de mi libro publicado eran de una calidad calamitosa y si habían recibido una codiciada primera mención en un concurso de escritores noveles, que incluyó la edición del volumen, se debía más a los asuntos que trataba y el modo de abordarlos que al valor literario de mis textos. Yo había escrito aquellos cuentos imbuido, más aún, aturdido por el ambiente agreste y cerrado que se vivía entre las cuatro paredes de la literatura y la ideología de la isla, asolada por las cascadas de defenestraciones, marginaciones, expulsiones y «parametraciones» de incómodos de toda especie ejecutadas en los últimos años y por el previsible levantamiento de los muros de la intolerancia y la censura hasta alturas celestiales. No fui el único, ni mucho menos, que se había comportado como el simio diligente del que hablara Chandler y, arropado en las convicciones románticas que casi todos teníamos en aquellos tiempos, había comenzado a escribir lo que, sin demasiado margen a las especulaciones, sedebía escribir en aquel instante histórico (de la nación y la humanidad toda): relatos sobre esforzados cortadores de caña, valientes milicianos defensores de la patria, abnegados obreros cuyos conflictos estaban relacionados con las rémoras del pasado burgués que todavía afectaban a sus conciencias -el machismo, por ejemplo; la duda sobre la aplicación de un método de trabajo, por otro ejemplo-, herencias que, esforzados, valientes y abnegados como eran, sin duda se hallaban en trance de superar en su ascenso hacia la condición moral de Hombres Nuevos… Pero un tiempo después, cuando había mirado dentro de mí mismo y hecho un tímido intento literario de apartarme de aquel esquema para colorearlo con algunos matices, me habían golpeado con una regla para que retirara las manos.

Ahora me resulta extraño, casi incomprensible, poderme explicar cómo a pesar de que la realidad trataba cada día de agredirnos, aquél fue, para muchos de nosotros, un período vivido en una especie de pompa de jabón, en la cual nos conservábamos (en realidad nos conservaron) prácticamente ajenos a ciertos ardores que se vivían a nuestro alrededor, incluso en el ámbito más cercano. Creo que una de las razones que alimentaron mi credulidad (debería decirnuestra credulidad) fue que a finales de la década de los sesenta y a principios de los setenta, cuando hice el preuniversitario y la carrera, yo era un romántico convencido que cortó caña hasta el desfallecimiento en la interminable zafra de 1970, se partió la cintura sembrando café Caturra, recibió demoledores entrenamientos militares para defender mejor a la patria y asistió jubiloso a desfiles y concentraciones políticas, siempre convencido, siempre armado con aquel compacto entusiasmo militante y aquella fe invencible, que nos imbuía a casi todos, en la realización de casi todos los actos de nuestras vidas y, muy especialmente, en la paciente aunque segura espera del luminoso futuro mejor en el que la isla florecería, material y espiritualmente, como un vergel.

Creo que en esos años nosotros debimos de haber sido, en todo el mundo occidental civilizado y estudiantil, los únicos miembros de nuestra generación que, por ejemplo, jamás se pusieron entre los labios un cigarro de marihuana y los que, a pesar del calor que nos corría por las venas, más tardíamente nos liberamos de atavismos sexuales, encabezados por el jodido tabú de la virginidad (nada más cercano a la moral comunista que los preceptos católicos); en el Caribe hispano fuimos los únicos que vivimos sin saber que estaba naciendo la música salsa o de que los Beatles (Rollings y Mamastoo) eran símbolo de la rebeldía y no de la cultura imperialista, como tantas veces nos dijeron; y, además, como cabía esperar, entre otras manquedades y desinformaciones, habíamos sido, en su momento, los menos enterados de las proporciones de la herida física y filosófica que habían producido en Praga unos tanques algo más que amenazadores, de la matanza de estudiantes en una plaza mexicana llamada Tlatelolco, de la devastación humana e histórica provocada por la Revolución Cultural del amado camarada Mao y del nacimiento, para gentes de nuestra edad, de otro tipo de sueño, alumbrado en las calles de París y en los conciertos de rock en California.

De lo que sí estábamos enterados y muy seguros era que de nosotros se esperaba solo fidelidad y más sacrificio, obediencia y más disciplina. Aunque tras el doloroso fracaso de la Zafra de 1970 sabíamos que el luminoso futuro cercano se había alejado un poco (jamás voy a olvidar los cuatro meses que pasé en un campo de caña, cortando, cortando, cortando, con toda mi fuerza y mi fe puesta en cada golpe del machete, convencido de que aquella heroica empresa sería decisiva para nuestra salida del subdesarrollo, como tantas veces nos habían dicho), en realidad apenas tuvimos noción de cómo aquel desastre político-económico, si me permiten llamarlo así, había cambiado la vida del país. Las carencias que desde entonces se agudizaron no nos sorprendieron, pues ya veníamos acostumbrándonos a ellas, y tampoco nos alarmó que, como respuesta al fracaso económico, las exigencias ideológicas se hicieran más patentes, pues ya formaban parte de nuestras vidas de jóvenes revolucionarios aspirantes a la condición de comunistas, y las entendíamos o queríamos entenderlas como necesarias. Que en medio de todas aquellas efervescencias nos enteráramos de que dos de los maestros de la universidad habían sido suspendidos de su trabajo docente por haber confesado que profesaban creencias religiosas nos conmovió, pero escuchamos en silencio y aceptamos como lógicas las imputaciones destinadas a fundamentar una decisión refrendada con el apoyo partidista y ministerial. Más tarde, que otras dos profesoras resultaran definitivamente expulsadas por su preferencia sexual «invertida», no nos alarmó demasiado y si acaso nos provocó una sacudida hormonal, pues quién iba a decir que aquellas dos maestras eran un par de tortilleras, sobre todo la trigueña, con lo buena que estaba en la plenitud jamona de sus cuarenta años.

Debió de haber sido en algún momento de 1971, el año en que más cálido llegó a ponerse el ambiente con la orden expresa de dar caza a cualquier tipo de bruja que apareciera en lontananza, cuando cometí un grave pecado de sinceridad e inocencia en la vía pública. Todo empezó cuando me atreví a comentar, en el círculo de amigos, que había otros profesores a quienes, gracias al carné rojo que llevaban en su bolsillo, se les permitía seguir dando clases cuando todo el mundo sabía de sobra que eran más incapaces docentemente que los trasladados por ser religiosos, y que había otros, también sobrevivientes y portadores de carné, con más pinta de maricones y tortilleras que las dos profesoras fumigadas. No recuerdo si incluso añadí que, a mi juicio, ni las creencias de unos ni las inclinaciones sexuales de otras debían considerarse un problema mientras no trataran de influir con ellas en sus alumnos… Unos meses después sabría que aquel comentario inoportuno se convertiría en la causa de mi primera caída, cuando en el crecimiento de la militancia de la Juventud se me negó el ingreso en la élite juvenil por no haber sido capaz de superar ciertos problemas ideológicos y faltarme madurez y capacidad de entendimiento de las decisiones tomadas por compañeros responsables. Y acepté la crítica y prometí enmendarme.

Aunque no lo sabía, aquellas rachas de aire turbio eran parte de un huracán que recorría silenciosa pero devastadoramente la isla, por fin encarrilada en una concepción de la sociedad y la cultura adoptada de los modelos soviéticos. La inclusión de dos turnos de clases semanales destinados a leer discursos y materiales políticos, la renovada exigencia con respecto al largo del pelo o al ancho de los pantalones, y la crítica a los estudiantes con preferencias por las manifestaciones de la cultura occidental y norteamericana, se habían integrado casi simbióticamente al universo donde vivíamos, y cargamos con todos aquellos fundamentalismos (al menos yo los cargué), sin grandes conflictos ni preocupaciones, sin idea de las oscuridades cuasi medievales y pretensiones de lobotomía que las impulsaban. Casi sin cuestionarnos nada.

Con toda mi ingenuidad política y literaria a cuestas (y algo de talento, pienso), fui escribiendo aquellos cuentos con los que por fin armé un volumen de unas cien cuartillas que envié al concurso para escritores inéditos. Dos meses después, con sorpresa y alegría, recibí la noticia de que había obtenido una primera mención, la cual, además, implicaba la publicación del manuscrito. Aquel éxito me limpió el espíritu de posibles dudas y, por primera y única vez en mi vida -quizás porque estaba completamente equivocado-, me sentí seguro de mí mismo, de mis posibilidades e ideas: había demostrado que era un escritor de mi tiempo, y ahora solo debía trabajar para cimentar el ascenso hacia la gloria artística y la utilidad social, como entonces pensábamos de la literatura (que más bien parecía una cabrona escalera y no el oficio para masoquistas infelices que en realidad es).

Entre las exigencias de la carrera y las infinitas actividades político-ideológicas extradocentes (tan, y a veces hasta más, controladas y valoradas como las lectivas), sumado a una parálisis por la borrachera del éxito que me dio una popularidad y preeminencia inesperadas (fui electo secretario para las actividades culturales de la Federación de Estudiantes de la facultad, y vanguardia en varias emulaciones), pero sobre todo gracias a la verdadera literatura que fui leyendo en ese tiempo, durante casi dos años no conseguí volver a escribir un cuento que me pareciera mínimamente cercano a mis posibilidades y ambiciones. Pero a la altura del cuarto y último año de la carrera, ya publicado mi libro-La sangre y el fuego-, tuve que hacer tres semanas de reposo a causa de un esguince de tobillo. Entonces escribí un relato, más largo de los que solía redactar, en el cual encontré un asunto y, tras él, un tono y una manera de mirar la realidad que me complacían y me demostraban, sin que fuera una genialidad, cuánto era capaz de superarme. Sin duda, el reflujo de la marea triunfalista, pero sobre todo esas lecturas en las que me había empeñado con más ahínco, tratando de encontrar las razones éticas y las cualidades técnicas de los grandes -Kafka, Hemingway, García Márquez, Cortázar, Faulkner, Rulfo, Carpentier, ¡carajo, qué lejos estaba de ellos!-, dieron un timidísimo fruto en aquel relato donde narraba la historia de un luchador revolucionario que siente miedo y, antes de convertirse en un delator, decide suicidarse… Por supuesto, yo no podía ni pensar que me estaba anticipando y extrayendo de mis propios pánicos futuros la reflexión profunda sobre las causas del miedo y sobre algo peor: sus devastadores efectos.

A finales de enero de 1973, apenas terminados los exámenes del primer semestre, hice la última versión del cuento y llevé las cuartillas mecanografiadas a la misma revista universitaria donde año y medio antes habían publicado uno de mis relatos, avalado por una introducción editorial donde se hablaba de mí como de una promesa literaria nacional, casi internacional, por mis soluciones realistas y mi visión socialista del arte. Con entusiasmo recibieron la nueva obra y me dijeron que seguramente podrían publicarlo en el número de marzo o, a más tardar, en el de abril. Pero no tuve que esperar tanto para saber cómo era recibido y leído mi mejor cuento: una semana después el director de la revista me citó en su oficina y allí sufrí la segunda y creo que más dolorosa caída de mi vida. Nada más entrar, el hombre, hecho una furia, me espetó la pregunta: ¿cómo te atreves a entregarnos esto?Esto eran las cuartillas de mi relato, que el basilisco, yo diría que asqueado, sostenía en la mano, allá, tras su buró…

Todavía hoy el esfuerzo antinatural de recordar lo que me dijo aquel hombre investido de poder, seguro de su capacidad para infundir miedo, resulta demasiado lacerante. Comoquiera que mi historia se repitió tantas veces, con otros muchos escritores, la voy a sintetizar: aquel cuento era inoportuno, impublicable, completamente inconcebible, casi contrarrevolucionario -y oír aquella palabra, como se imaginarán, me provocó un temblor frío, claro que de pavor-. Pero a pesar de la gravedad del asunto, él, como director de la revista, y loscompañeros (todos sabíamos quiénes eran y qué hacían los compañeros), habían decidido no tomar conmigo otras medidas, teniendo en cuenta mi anterior trabajo, mi juventud, mi evidente confusión ideológica, y todos iban a hacer como si aquel cuento nunca hubiera existido, jamás hubiese salido de mi cabeza. Pero ellos y él esperaban que algo así no volviera a suceder y que yo pensaría un poco más a la hora de escribir, pues el arte es un arma de la revolución, concluyó, mientras doblaba las cuartillas, las metía en una gaveta de su buró y, con modales ostensibles, le pasaba una llave que guardó en su bolsillo con la misma contundencia con que pudo habérsela tragado.

Recuerdo que salí de aquella oficina cargado con una mezcla imprecisa y pastosa de sentimientos (confusión, desasosiego y mucho miedo) pero sobre todo agradecido. Sí, muy agradecido, de que no se hubieran tomado otras medidas conmigo, y yo sabía cuáles podían ser, cuando apenas me faltaban cuatro meses para terminar mi carrera. Aquel día, además, supe con exactitud lo que era sentir Miedo, así, un miedo con mayúsculas, real, invasivo, omnipotente y ubicuo, mucho más devastador que el temor al dolor físico o a lo desconocido que todos hemos sufrido alguna vez. Porque ese día lo que en realidad sucedió fue que me jodieron para el resto de mi vida, pues además de agradecido y preñado de miedo, me marché de allí profundamente convencido de que mi cuento nunca debió haber sido escrito, que es lo peor que pueden hacerle pensar a un escritor.

Resulta obvio que aquel episodio, sumado a mi bien conservado comentario sobre las expulsiones de profesores y mi reciente afición a la literatura de escritores como Camus y Sartre (Sartre, hasta unos años antes tan amado en la isla y ahora tan execrado por haberse atrevido a ciertas críticas que delataban su podredumbre ideológica pequeño-burguesa), estuvieron sobre otro buró el día en que se decidía mi destino laboral de recién graduado. La idea genial que se les ocurrió fue enviarme, para una necesaria purificación que parecía un premio, a la remota Baracoa, adonde llegué en el mes de septiembre, bajo el imperio de un calor húmedo y agobiante como jamás había sentido, aunque con la inocente sensación de que allí lograría reparar mis esperanzas literarias. Lo que yo aún no podía concebir era lo abismal que había sido aquella segunda caída, la inoculación irreversible que había sufrido, y por eso todavía estaba convencido de que, a pesar del resbalón del cuento «inoportuno», yo estaba en condiciones de escribir con calidad las obras que exigían mi tiempo y mis circunstancias. Y con ellas demostraría, de paso, cuan receptivo y confiable yo podía llegar a ser.

El jefe de redacción de la emisora solo esperaba mi llegada para largarse de Baracoa y apenas dedicó una semana a instruirme sobre los pormenores técnicos de mi trabajo. A primera vista mi responsabilidad parecía simple: ordenar los boletines escritos por los dos redactores y comprobar que nunca faltaran en ellos las noticias nacionales publicadas en los periódicos del Partido y la Juventud, ni las crónicas de los divulgadores oficiales y los corresponsales voluntarios sobre las innumerables actividades que generaban las instituciones de la provincia y, muy especialmente, las promovidas por el Partido, la Juventud, los sindicatos y el resto de las organizaciones del «regional», como entonces se calificaban los antiguos y después recuperados municipios. Nunca olvidaré la sonrisa de mi colega cuando me tomó la mano y me entregó la llave de su buró, el día que de manera oficial me transmitía el mando. Y menos podré olvidar las palabras que susurró:

– Prepárate, socio: aquí te vas a hacer un cínico o te van a hacer mierda… Bienvenido a la realidad real.

Sus propios habitantes dicen que sobre Baracoa pesa la maldición del Pelú, un profeta loco que la condenó a ser el pueblo de las iniciativas nunca cumplidas. Y lo primero que te cuentan al llegar allí es que su fama está asentada sobre tres mentiras: tener un río llamado Miel pero que no endulza, pues por él solo corre agua; ser dueña de un Yunque, que es una montaña sobre la cual nadie puede forjar nada; y poseer una Farola -nombre de la carretera que une la «ciudad» con el resto del país- que no alumbra.

Yo sabía que Baracoa debía su nombre al cacicazgo indígena que allí existía cuando llegaron los conquistadores. Pero muy pronto descubriría que, cuatro siglos y medio después, aquello seguía siendo un cacicazgo, regido ahora por los jerarcas de las organizaciones locales. También aprendería a toda velocidad que nunca resultó más justa que allí la máxima de pueblo chico, infierno grande. Y, para completar mi educación en la vida real, en Baracoa sufriría las consecuencias de mi incapacidad humana e intelectual para lidiar cada día con caciques y diablos.

La emisora Radio Ciudad Primada de Cuba Libre era, precisamente, el medio encargado de concretar una realidad virtual más embustera aún que la de ríos, montañas y carreteras de nombres caprichosos, porque estaba construida sobre planes, compromisos, metas y cifras mágicas que nadie se ocupaba de comprobar, sobre constantes llamados al sacrificio, la vigilancia y la disciplina con los que cada uno de los jefes locales trataba de construir el escalón de su propio ascenso -coronado con el premio de salir de aquel sitio perdido. Mi trabajo consistía en recibir llamadas y recados de aquellos personajes para que velara por sus intereses, a los cuales ellos siempre llamaban, por supuesto, los intereses del país y del pueblo. Y mi única alternativa fue aceptar aquellas condiciones y, cínica y obedientemente, ordenar a los dos autómatas subnormales y alcohólicos que trabajaban como redactores que escribieran de planes sobrecumplidos, compromisos aceptados con entusiasmo revolucionario, metas superadas con combatividad patriótica, cifras increíbles y sacrificios heroicamente asumidos, para darle forma retórica a una realidad inexistente, hecha casi siempre de palabras y consignas, y muy pocas veces de plátanos, boniatos y calabazas concretas. La otra alternativa era negarme o, más aún, renunciar y largarme, y a pesar de que lo pensé varias veces, el miedo a las consecuencias (la invalidación del título universitario, para empezar) me paralizó, como a tantos otros. Aquélla era la realidad real a la que me había dado la bienvenida mi antecesor.

Pero en lugar de hacer aquel trabajo impúdica y pragmáticamente, como tanta gente, y ocupar el tiempo libre en lecturas y proyectos literarios, por mi propio miedo o por mi incapacidad para rebelarme me vi arrastrado a un torbellino de actividades, mítines, concentraciones, asambleas siempre epilogadas con una invitación al «compañero periodista» a la comelata y la bebedera (¿quién habla de escaseces?) organizadas por el jefe de turno del sector de turno. Con cierto asombro descubrí que en aquel ambiente mi habitual timidez sexual desaparecía con las puertas que derribaban el alcohol, la sensación de escapar del confinamiento de aquel sitio apartado, y la urgencia (mía y de mis amantes ocasionales) de liberar algo propio. Nunca comí, bebí y mucho menos templé tanto ni con tantas mujeres ni en lugares tan inconcebibles como en aquellos dos años, al cabo de los cuales terminé reaccionando como un cínico capaz de mentir sin escrúpulos, portando una gonorrea que repartí generosamente y (como uno más de los tantísimos habitantes de la zona) convertido en un alcohólico de los que desayunan con un trago de aguardiente y una cerveza fría para despejar los efectos de la resaca de la noche anterior.

Baracoa, ha llegado la hora de decirlo, es uno de los lugares más bellos y mágicos que existen en la isla, y sus moradores son gentes de una bondad y una inocencia abrumadoras. Aunque nunca he vuelto a visitarla -me da horror pánico la idea de regresar allí y de que por alguna razón no pueda volver a salir-, recuerdo, como en medio de una bruma, la belleza de su mar, sus decadentes fortalezas coloniales, sus montañas de vegetación tupidísima, sus muchísimos arroyos y ríos que podían llegar a ser furiosos, como el Toa. Recuerdo la amabilidad de su gente, siempre dispuesta a cobijar a los forasteros y parias deseosos de un sitio donde perderse en vida; la pobreza que asediaba a la ciudad desde hacía casi medio milenio y que era su verdadera maldición, una pobreza todavía palpitante sobre la cual siempre se habló en pasado, como algo definitivamente superado, durante mis dos años al frente de los «espacios informativos» de la radio local.

Ahora me parece evidente que solo borracho, revoleándome con la primera mujer que se me apareciera por delante (también borracha si era, como yo, de los enviados a trabajar allí por dos o tres años) y envuelto en cinismo era posible resistir aquel tránsito por la realidad real… Mi tercera caída tuvo lugar cuando, ya en La Habana, ingresé por mis propios pies en el pabellón de tratamiento para adictos del Hospital General Calixto García, luego de haber disfrutado de una estancia de tres semanas en la sala contigua, donde ingresaban a los politraumatizados. Había llegado allí en camilla, con las fracturas y heridas recibidas como resultado de la pelea tumultuaria que, quizás para liberar algo del miedo que se me había empozado dentro, desaté en el primer bar que visité al regresar a La Habana.

6

Sus padres la llamaron África, como la santa patrona de Ceuta, donde había nacido, y pocas veces un nombre le vino mejor a una persona: porque ella era recia, insondable y salvaje, como el continente al que le debía el apelativo. Desde el día que la conoció, en una asamblea de las Juventudes Comunistas de Cataluña, Ramón se sintió absorbido por la belleza de la joven, pero sobre todo lo atraparon sus ideas de mármol y su empuje telúrico: África de las Heras parecía un volcán en erupción que rugía su permanente clamor por la revolución. África solía citar de memoria pasajes de Marx, Engels y Lenin, hablaba del querido camarada Stalin como la encarnación del futuro en la Tierra y lo llamaba con veneración Guía del Proletariado Mundial, mientras abogaba por la más estricta disciplina partidista. Además, consideraba el baile y el vino venenos burgueses para el espíritu, parecía haberse cosido un libro de marxismo bajo el brazo y poseía una conciencia militante que apabullaba al entusiasmo romántico de Ramón y lo ponía a prueba, constantemente.

Ramón había regresado de Francia un año antes, cuando estaba a punto de cumplir los veinte. Apenas llegado a Barcelona, gracias a su título deMaître d'hôtel había logrado colocarse en el Ritz como ayudante de cocina, y nunca supo bien si por las ideas que le había transmitido Caridad o por su propio espíritu de rebeldía, muy pronto se acercó a los comunistas locales y dio el primer paso hacia su enrolamiento. La España que Ramón había encontrado hervía a fuego lento, esperando que alguien pusiera leña seca para que las llamas subieran al cielo: era un país adolorido que pugnaba por sacudirse los lastres del pasado y las frustraciones del presente. El dictador Primo de Rivera acababa de dimitir, y los monárquicos y los republicanos habían desenvainado sus espadas. Los sindicatos, dominados por socialistas y anarquistas, habían multiplicado su fuerza, pero, en comparación con Francia, los comunistas todavía eran pocos y, como cabía esperar en un país casi feudal y horriblemente católico, mal vistos, frecuentemente perseguidos.

La juventud de Ramón disfrutaba de aquel ambiente tirante, donde todo el mundo vivía a la expectativa de algo que muy pronto debía ocurrir y al fin ocurrió cuando los republicanos-socialistas, con el apoyo de los sindicalistas, ganaron las elecciones municipales de 1931, provocaron la caída de la monarquía y proclamaron la Segunda República. Hasta el final de su vida Ramón pensaría que había vuelto a su país en el momento preciso, con la edad justa y la mente en efervescencia: fue como si su vida y la historia hubieran estado acechándose, preparando cada una sus argumentos para colocarlo en el camino que lo conduciría, unos años después, hasta la Sierra de Guadarrama y de allí, al compromiso con la más alta responsabilidad.

La orientación partidista del momento era consolidar primero una república para más adelante radicalizarla, y por eso los jóvenes comunistas apoyaron en aquel trance las timoratas medidas del gobierno contra el latifundio y el poder de la Iglesia, por la igualdad de mujeres y hombres, por los derechos de los trabajadores y, sobre todo, de la gran masa campesina española, atrasada y misérrima. Años más tarde Ramón sonreiría al recordar unas consignas más llenas de palabras que de soluciones, pero todos esos años, incluso durante la guerra, aquél había sido el país de las consignas, y cada partido, cada tendencia, cada grupo desplegaba las suyas donde podía, en mítines y periódicos, en paredes, escaparates, tranvías y hasta en los carretones de carbón que recorrían las ciudades.

Ramón atravesó con irresponsabilidad y plenitud la marea de aquellos años. Más que un conocimiento real de los principios comunistas, fue su capacidad de entrega y obediencia la que le permitió detentar una prominencia en la directiva de las Juventudes y ese protagonismo lo empujó a vivir con intensidad. Ramón añoraría siempre aquellos tiempos en los que, como nunca en la historia de España, se había' amado tanto, con tanta ansiedad, como si se viviera una orgía de pasiones físicas e intelectuales.

Fue entonces cuando conoció a África de las Heras, la segunda mujer que tendría una importancia crucial y también traumática en su existencia. Ella era tres años mayor que él, morena, inteligente y guapísima, jamás se ponía afeites en el rostro y vivía cada segundo y cada acto como una verdadera militante comunista. A pesar del ya interiorizado rechazo de Ramón a todo lo establecido por los códigos de la moral burguesa, no pudo evitar enamorarse de ella. Como cualquier joven con las hormonas cargadas de dinamita, se impuso merecer la atención de la muchacha, y se lanzó tras ella a la más trepidante vorágine política. Escuchando sus razonamientos, asumió sin una crítica las teorías profesadas por aquella belleza roja y comprendió (o dijo comprender en algunos casos) los riesgos que acechaban a la lucha política en una república de señoritos y burgueses; se reafirmó en las ideas de que los trotskistas eran los más sibilinos enemigos de los comunistas y de que anarquistas y sindicalistas solo podían ser vistos como unos desechables compañeros de viaje en el ascenso hacia los altos propósitos, que serían divergentes cuando ellos, los comunistas, estuvieran en condiciones de promover la verdadera Revolución conducida por una necesaria dictadura proletaria. Por primera vez Ramón oiría hablar insistentemente del oportunista Trotski, por ese tiempo desterrado en Turquía, como del más solapado de los enemigos, y de sus seguidores españoles como peligrosos infiltrados dentro de la clase obrera. Pero la verdadera pasión de África salía a flote cuando disertaba sobre el pensamiento y la práctica políticas de José Stalin, el hombre que conducía a la revolución bolchevique hacia su radiante consolidación. La devoción de África fue capaz de contagiarle aquel odio cerval por León Trotski y la veneración por Stalin, sin que Ramón fuese capaz de imaginar hasta dónde lo llevarían aquellas pasiones.

Cuando Ramón consiguió que África atendiera sus reclamos, el joven entró en una fase superior de dependencia. El modo total de hacer el amor con que África lo arrolló, aquella sabiduría elemental y sin inhibiciones capaz de enloquecerlo, lo pusieron a merced de la mujer y le proporcionaron dosis semejantes de placer y dolor, pues en su todavía palpable debilidad pequeñoburguesa, soñaba que África era suya, y cuando la poseía se ufanaba de ser el hombre más dichoso de la Tierra. Pero cuando veía cómo ella se le escapaba de las manos, sufría rabiosos ataques de celos, aunque trataba de fortalecerse acusándose de estar desprovisto de la convicción ideológica necesaria para romper las barreras de los sentimientos y de faltarle el empuje para llegar a la altura revolucionaria donde brillaban los principios de aquella mujer, comprometida solo con la causa, desposada solo con la idea.

África de las Heras le enseñaría a Ramón que el amor y la familia eran sentimientos y circunstancias que podían lastrar al revolucionario: ella, por ejemplo, había roto con su marido por una patente incompatibilidad ideológica, pues él profesaba el credo anarcosindicalista. Ramón, que ya intuía la necesidad de librarse de la rémora familiar, por esa época apenas sostenía relaciones con sus parientes y desde entonces decidió fortalecerse y no alentarlas. De Caridad solo tenía noticias de que había estado por París y ahora vivía en Burdeos, mientras con su padre había cortado toda relación desde que, al volver a Barcelona, supo por la antigua cocinera de la casa que don Pau, antes de vender la mansión familiar para mudarse a los altos de los almacenes de la calle Ample, había regalado los perros de Ramón a un campesino con el que se había encontrado en el mercado de Sant Gervasi. De sus hermanos sabía que Montse y el pequeño Luis habían sido recogidos por su padre, que a Jorge también lo había captado el Partido, y que el joven Pablo, el único al que veía con cierta frecuencia, militaba en una organización catalanista, como su padre.

Pero aquel desgajamiento de sus viejos afectos no le resultó difícil porque Ramón, en realidad, solo tenía ojos para ver lo que África le iluminaba, mientras la seguía por Barcelona como un descerebrado, rogándole que entre mitin y reunión le regalara un par de horas de pasión, para las que su organismo en flor siempre estaba dispuesto.

Fue justo en la primavera de 1933 cuando Ramón comprendió que, por más que corriera, nunca lograría alcanzar a África, a menos que diera un salto mortal y prodigioso hacia el futuro. Mientras Ramón, África, Jaume Graells y el núcleo directivo de las Juventudes en Barcelona trabajaban por conseguir un crecimiento de la militancia que les permitiera pasar a ser una fuerza influyente en el descentrado panorama político español, Ramón había sido llamado a cumplir su servicio militar y enviado por cuatro semanas a una base de entrenamiento cercana a Lérida. De regreso a Barcelona con su primer permiso, se propuso cumplir el plan que había elucubrado durante ese mes, siempre con la imaginación puesta en la mirada que África le regalaría: ¿de felicidad o de burla?, se atormentaba. Se había citado con ella en un café cercano a la catedral y, para conseguir un golpe de efecto, Ramón esperó la llegada de África utilizando como espejo el escaparate de una tienda de objetos religiosos. Cuando la vio llegar contuvo sus ansias y dejó pasar unos minutos más. Entonces caminó hacia el café, listo para asumir la reacción de la joven ante su cambio externo: Ramón vestía el uniforme de gala del ejército por su condición de cabo de gastadores, para la cual había sido designado gracias a su estatura (medía un metro ochenta, más de lo habitual en un español de la época) y complexión física (era capaz de doblar una moneda de cobre colocándosela entre los dedos), propicia para abrir marchas en desfiles y paradas. Ramón sabía que el uniforme de gala, con gorra de plato incluida, le sentaba de maravillas, pero sobre todo lo hacía sentirse diferente y le reportaba el placer de saberse observado. El brillo de aquellos entorchados lo habían hecho pensar que tal vez podía hacer carrera en el ejército, donde, le explicaría a África (dueña de todas las respuestas y soluciones), realizaría una labor efectiva ganando adeptos para el Partido y la futura revolución.

Cuando Ramón entró en el café, no la encontró. Pensó que habría bajado a los servicios y fue a acodarse en la barra, donde contuvo los deseos de pedir una copa y optó por una manzanilla. El dueño del café lo contempló con la admiración que Ramón sabía que despertaba y le sirvió la infusión. Cuando ella regresó de los lavabos, él se puso de pie, en toda su deslumbrante estatura. África lo miró, con su ojo crítico, y lo desarmó de un porrazo:

– ¿Por qué has venido disfrazado? ¿Te gusta que te miren?

Ramón sintió cómo el mundo se desmoronaba y, a duras penas, logró exponerle su idea de trabajar para la causa desde la madriguera reaccionaria del ejército. La muchacha solo le comentó que debían consultarlo a instancias superiores, pues aquélla no era una decisión personal: un militante responde a su comité y la disciplina y los… Él lo entendía, y por eso se lo consultaba.

– Podría ser una buena idea -dijo ella, tal vez como consolación, pero sin disculparse le informó a Ramón que debía salir hacia una reunión.

El joven pidió un coñac y, mientras lo bebía, sintió deseos de llorar. Como África no regresaría, pensó que se lo podía permitir. Eres demasiado blando, Ramón, se dijo, terminó el trago y salió a la calle, donde la mirada intensa de una joven apuntaló su devastada autoestima.

Unos meses después, justo en el momento de pasar de la obligatoriedad del servicio a la pretendida profesionalidad del ejército, Ramón sentiría cómo sus sueños de saberse importante y de prestar un gran servicio a la revolución se esfumaban cuando su filiación política fue considerada un impedimento y el ejército decidió prescindir de él. Entonces se juró que los militares le pagarían aquella afrenta.

El reformismo conduce a la restauración: solo el poder comunista, despiadadamente proletario, puede llevar a cabo las transformaciones profundas que exige un país como éste, enfermo de odio y de desigualdades, solía repetir África, siempre tribunicia. Y Ramón comprendería hasta qué punto la joven había tenido razón cuando, a finales de ese mismo año, los conservadores se alzaron con el triunfo electoral y comenzaron un artero desmontaje de los cambios políticos republicanos con la derogación de decretos de beneficio social y el inicio de una contrarreforma agraria que devolvía las tierras a los señoritos feudales y el país a su interminable Edad Media.

Fueron los mineros asturianos y los nacionalistas catalanes quienes en el mes de octubre de 1934 reaccionaron contra las leyes promovidas por la tétrica Confederación Española de Derechas Autónomas, la CEDA, y primero proclamaron la huelga general y al final se levantaron: los mineros clamando por la revolución y los nacionalistas por un estatuto de autonomía. A los jóvenes comunistas les habían ordenado estar preparados para intervenir, incluso de manera violenta, si las condiciones evolucionaban favorablemente en Barcelona. Pero el proyecto catalán fue demolido de un golpe y sin que se iniciara la revuelta popular que, agazapados, ellos esperaban. En cambio, la huelga de los mineros asturianos se afianzó y las Juventudes, como parte del bloque comunista, apoyaron a los rebeldes. África y Ramón, decepcionados por la tibieza de los líderes catalanes, pidieron ser enviados a Asturias, donde las calderas estaban a todo vapor, luego de la drástica abolición de la moneda y la propiedad privada y la creación de un ejército proletario. Como ya había comenzado a tenderse un cerco reaccionario contra los mineros, el Partido ordenó a los jóvenes comunistas permanecer en Barcelona, donde trabajarían procurándoles las armas que tanto necesitaban los rebeldes. Ramón, con deseos de pasar a la acción, osó criticar en una reunión aquella táctica dilatoria y fue la propia África quien lo sacudió, alarmada por su incapacidad de entender las decisiones estratégicas del Partido en un momento de turbias coyunturas históricas. El Partido siempre tiene la razón, dijo, y si no entiendes, no importa, tienes que obedecer, y zanjó la discusión.

La represión de los mineros fue brutal y aquella Revolución de Octubre resultó triturada con esmero. Su saldo de casi mil cuatrocientos muertos y más de treinta mil detenidos convenció a Ramón de que la piedad no existe ni puede existir en la lucha de clases. Y confió en que alguna vez a ellos les llegaría su turno: al menos el dogma así lo estipulaba.

Con la derrota asturiana, los comunistas fueron colocados en la lista negra de los enemigos perseguidos con más saña. Muchos estuvieron entre los encarcelados por su participación en los sucesos de Asturias o simplemente por su militancia y, tal como había ocurrido en la Rusia prerrevolucionaria, recordaba África, tan histórica, tan dialéctica, los demás debieron sumergirse en las catacumbas, para desde allí trabajar y esperar el momento (llamado «situación revolucionaria») de golpear al sistema.

Fue en esa coyuntura cuando los dirigentes de las Juventudes recibieron la misión de crear células clandestinas en barrios y fábricas de la ciudad. África fue a trabajar a Gracia y Ramón se metió en El Raval y la Barceloneta, donde incluso organizó aulas de alfabetización. A fin de hacer más eficiente el trabajo político y preparar a los miembros para futuras contiendas, Ramón organizó con Jaume Graells, Joan Brufau y otros camaradas una célula que se presentaba como Peña Artística y Recreativa, y la bautizaron con el nombre menos sospechoso que encontraron: «Miguel de Cervantes». El bar Joaquín Costa, al final de la calle Guifré, se convirtió en el sitio de reuniones. Iban dos y tres noches a la semana, muchas veces con África, quien desarrollaba allí sus dotes de agitadora, con una vehemencia que dejaba a Ramón cada vez más arrobado por la pasión y la fe de la joven en el destino de una humanidad sin explotadores ni explotados. Durante varios meses todo funcionó según lo previsto, hasta que cometieron el error de confiarse y los sorprendió la irrupción de la policía, que cargó con diecisiete de ellos (África logró escapar saltando una tapia difícil de escalar aun para un hombre), acusados de conspirar contra la república para subvertir el orden e instaurar una dictadura atea y comunista.

Si a Ramón todavía le hubieran faltado razones para convencerse de que toda aquella pantomima de república democrática era solo un engaño, y que aquel sistema necesitaba ser arrancado de raíz, los ocho meses de cárcel que vivió en Valencia terminaron de arraigarle sus convicciones. No fue que las acusaciones lanzadas sobre ellos resultaran falsas: era cierto, ellos conspiraban para subvertir el orden, pero también a esa opción se suponía que tenían derecho en una república como la que, según pregonaban, existía en un país supuestamente democrático desde 1931.

Las prisiones de España se desbordaron de presos, aviesamente mezclados los comunes y los políticos, aunque sumaban tantos los comunistas detenidos que las galerías se convirtieron en foros donde se discutían las proyecciones del Partido, el peligroso ascenso del fascismo en Alemania e Italia, los éxitos económicos de la URSS y los principios de la lucha de clases. Hasta la cárcel llegó también la inesperada directriz, emanada de Moscú, de que se estableciera una alianza de los comunistas con los partidos de la izquierda (exceptuados los trotsko-oportunistas) para lanzarse juntos a la lucha por el poder, y Ramón asumió la orden sin atreverse a cuestionar aquel radical cambio estratégico. Para él el verdadero castigo de su estancia carcelaria fue que en todos aquellos meses África no fuera a verlo y ni siquiera le enviara una carta, un soplo de aliento.

Las elecciones de febrero de 1936, ganadas por el nuevo frente político de socialistas, comunistas y anarquistas devolvieron el poder a la izquierda y, de inmediato, la libertad a los detenidos por su militancia o su participación en las revueltas de 1934. Después de ocho meses de prisión, cuando Ramón puso un pie en la calle, ya había dejado de ser un joven romántico lleno de impulsos y se había convertido en un hombre de fe, un enemigo cerval de todo lo que se interpusiera en el camino hacia la libertad y la dictadura proletaria. A ese fin dedicaría cada respiración de su vida, pensaba: aunque tuviera que pagar por ello el más elevado de los precios.

Como muchos de sus compañeros de condena, Ramón fue de Valencia directamente a Madrid, donde los partidos del Frente Popular habían organizado una gran manifestación para celebrar la victoria y la formación del nuevo gobierno. En la capital encontraron aquel ambiente festivo y nervioso que imperó en España hasta el inicio de la guerra. Las botas de vino saltaban de las aceras a los camiones de los recién liberados, las muchachas les lanzaban flores, se cruzaban vivas a la libertad y mueras a la monarquía, a la burguesía, a los terratenientes y a la Iglesia. La revolución se olía en el aire.

En el mitin, Ramón oyó el discurso de José Díaz, el secretario general, y vio por primera vez a una mujer exaltada y dramática, que parecía ella misma una manifestación: Dolores Ibárruri, a la que el mundo conocería como Pasionaria. Para su mayor alegría, en medio de la combativa multitud, sintió cómo se aferraban a su cuello unos brazos ansiados, de los que brotaba un perfume de violetas con el que no había dejado de soñar durante su encierro. Ramón disfrutó en cada célula de su cuerpo con el sonido de una voz de mujer por la cual, como por la revolución mundial, se sentía dispuesto a darlo todo, pero al verla pensó que si los milagros existían, África era una confirmación: en aquellos meses había embellecido, estaba más rotunda y firme, como si por su cuerpo y su rostro hubiera pasado un manto benéfico capaz de operar la transformación. Unos minutos después, cuando escapaban del gentío enardecido de canciones y vino, sabría que en verdad algo conmovedor había alarmado el cuerpo de la mujer, algo a lo cual él había vivido ajeno hasta ese momento: mes y medio antes África había dado a luz a una niña. Una hija de Ramón.

Ramón Mercader pensaría, casi hasta gastar la idea, que en su vida, tan llena de convulsiones tremendas, una de las mayores y más aleccionadoras sacudidas fue la recibida con aquella noticia. África le contó que no había ido a verlo a la cárcel ni le había puesto al tanto de su embarazo para no hacerle flaquear con unos sentimientos innecesarios para un revolucionario. Además, ella había preferido afrontar sola su gravidez pues, desde que la descubrió y fue desaconsejada de abortar por lo avanzado de la gestación, había decidido que aquella criatura no interferiría en el propósito mayor de sus vidas: la lucha revolucionaria. Por eso, cercanas las fechas del alumbramiento, se había ido a Málaga, donde vivían sus padres, y allí había tenido a la niña, a la que había nombrado Lenina de las Heras, para entregarla de inmediato a los abuelos y regresar a Barcelona a luchar por la victoria electoral del Frente Popular, como le ordenara el comité del Partido. Su decisión de mantener a la niña lejos era irrevocable y nada la haría cambiar: solo cumplía con un deber de honestidad al informarle de lo ocurrido.

Un cúmulo de sensaciones ardientes había caído sobre la cabeza de Ramón. A la sorpresa de saber que era padre, se sumaba la determinación de África, consecuente con sus ideales. Aunque todo aquello le resultaba demasiado abrumador como para poder deglutirlo de un golpe, lo sorprendió sentir una nítida gratitud hacia la mujer a la que tanto amaba, y que le demostraba su estatura política con una acción drástica y liberadora. No obstante, en lo más recóndito de su conciencia palpitó una luz de curiosidad por saber cómo era la niña que él había engendrado, cómo sería tenerla cerca y educarla. ¿África no sentiría lo mismo? Ramón sabía que las urgencias de la lucha pronto ocultarían aquel parpadeo, y pensó con más convicción: África tiene razón, la familia puede ser un lastre para un revolucionario, mientras atravesaban la plaza de Callao, creía él que sin un rumbo preciso.

África abrió la puerta de un café de la Gran Vía y, al penetrar, la claridad de la calle le impidió a Ramón ver el interior del local, uno de aquellos viejos bares de Madrid con las paredes revestidas de madera oscura. África, como guiada por una luz interior, avanzó hacia el fondo, sorteando mesas y sillas, con esa seguridad tan suya. El trató de seguirla, apoyándose en los respaldos de las sillas, cuando entrevio al fondo una silueta de mujer, según lo advertía el cabello, una mujer alta y fornida, concluyó al acercarse. La sombra avanzó hacia él y, sin que Ramón la hubiera identificado aún, sintió cómo lo recorría un temblor cuando la mujer lo besó, tan cerca de la comisura de los labios como para dejarle en la boca un inconfundible sabor de anís, capaz de imponerse al regusto seco de la ginebra que dominaba su aliento.

7

Kharálambos movió apenas el timón y, bajo el sol de la tarde, el bote se adentró en el río de oro sobre un mar por el que el joven pescador había aprendido a navegar con su padre, su padre con su abuelo, su abuelo con su bisabuelo, en una acumulación de sabidurías que se remontaba, tal vez, hasta los días en que los ejércitos de Alejandro pasearon por sobre aquellas aguas la furia y la gloria del gran rey de los macedonios. Más de una vez, observando la destreza marinera de Kharálambos, Liev Davídovich se había preguntado si no habría llegado el momento de perpetrar un acto de suprema sabiduría y despojarse de todas las armaduras para darse la oportunidad de respirar, por primera vez en su vida adulta, un aire simple como el que alimentaba la sangre del pescador, lejos de los torbellinos de su época.

Cuatro años de exilio, cinco de marginación, decenas de muertes y decepciones, revoluciones traicionadas y represiones feroces, sumó Liev Davídovich y tuvo que admitir que quedaban pocas razones para la esperanza. El hombre cosmopolita, el luchador protagonista, el líder de multitudes había comenzado a envejecer a los cincuenta y dos años: jamás había imaginado que ese rincón del mundo en que vivía le provocaría algún día la sensación de tener quizás eso que llaman un hogar. Y menos aún que, por un momento, deseara renunciar a todo y lanzar sus armas al mar.

Hacía un año que había visto partir a Liova por aquella estela que ahora navegaba Kharálambos. Con una mezcla de inquietud y alivio había aceptado la decisión del muchacho de vivir su propia vida, lejos de la sombra paterna. La obtención de una beca para continuar estudios de matemáticas y física en la Technische Hochschule de Berlín había facilitado los trámites, y Liev Davídovich había decidido aprovechar la coyuntura de que el joven se trasladaba a un sitio privilegiado, donde sería sus ojos y su voz, mientras él seguía inmovilizado en Turquía.

A medida que se aproximaba la fecha de la despedida, Liev Davídovich había evocado con demasiada frecuencia el recuerdo de aquellas mañanas frías, en el atormentado París de 1915, cuando Liova se había iniciado en el trabajo político con apenas ocho años. Entonces vivían en la callecita Oudry, cerca de la plaza D'Italie, y él dedicaba las noches a escribir sus artículos antibelicistas para elNashe Slovo. En la mañana, camino de la escuela, con el pequeño Seriozha de la mano, Liova era el encargado de entregar en la imprenta las cuartillas recién escritas. Solo con la certeza de la separación, Liev Davídovich comprendió el vasto espacio que Liova ocupaba en su corazón y lamentó los exabruptos de ira durante los que, tan injustamente, había llegado a acusarlo de indolencia y de inmadurez política. Como le ocurriera dos años antes al separarse de Seriozha, tras la partida lo había invadido el malsano presentimiento de que quizás nunca volvería a ver a su aguerrido Liova, pero consiguió espantar aquel pensamiento por la más realista inversión de ecuaciones: si no volvían a verse no sería porque Liova faltara a la próxima cita. El ausente seguramente sería él, que cada día se sentía más viejo y acosado por unos rivales que deseaban su silencio total.

Pero la salida del joven no había sido la mayor preocupación de Liev Davídovich en aquellas semanas. Con su mejor voluntad aunque lleno de temores por su incapacidad para lidiar con los problemas domésticos, también había debido prepararse para el anunciado arribo de Zina, su hija mayor, que al fin había obtenido el permiso soviético para viajar al extranjero con el propósito de someter a tratamiento su agravada tuberculosis.

En las cartas que le fue enviando desde Leningrado, Alexandra Sokolóvskaya, la madre de Zina, lo había mantenido al tanto del deterioro físico y mental sufrido por la joven en los últimos años, sobre todo mientras se dedicó a cuidar a su hermana Nina, al tiempo que, por su militancia en la Oposición, sufría represiones políticas que habían culminado con la deportación de su esposo Platón Vólkov y con su propia expulsión del Partido y de su trabajo como economista. El toque personal de mezquindad, sin embargo, le llegaría a Zina con un permiso de salida del territorio soviético del que había sido excluida su hijita Olga, convertida en rehén político. Con la condena de una niña inocente, Liev Davídovich volvería a comprobar, de un modo patente, lo que Piatakov le había asegurado años atrás: Stalin se vengaría de él, con alevosía, hasta la tercera o cuarta generación.

Zina había llegado una soleada mañana de finales de enero de 1931, trayendo de su mano al pequeño Sieva. Natalia, Liova, Jeanne, las secretarias, los guardaespaldas, los policías turcos y hasta Maya bajaron tras Liev Davídovich hacia el embarcadero a darles la bienvenida. El ánimo de cada uno de ellos era todo lo festivo que permitían las circunstancias y fue recompensado por la sonrisa de una mujer delgada, exultante y expansiva, y por la mirada escrutadora de un niño, intensamente rubio, que había despreciado mimos de abuelos y tíos para fijar su predilección en la perra Maya.

A pesar de su calamitoso estado de salud, de inmediato Zina demostró que era hija de Liev Davídovich y de aquella incansable Alexandra Sokolóvskaya que en las reuniones clandestinas en Nikolaiev había puesto en las manos del imberbe luchador los primeros folletos marxistas que leería en su vida. Con la respiración entrecortada y asediada por fiebres nocturnas, la joven llegó exigiendo un espacio en el trabajo político, dispuesta a mostrar su capacidad y su pasión. Consciente de que necesitaba atención médica más que responsabilidades, su padre le había encomendado la tarea menos pesada, aunque de por sí abrumadora, de clasificar la correspondencia, mientras encargaba a Natalia que la acompañara a Estambul, donde los doctores comenzaron a trabajar con ella.

Con las cartas que Liova empezó a remitirle desde Berlín, el viejo luchador logró hacerse una idea más precisa del desastre que se acercaba, inexorable, a la puerta de los comunistas alemanes. Una y otra vez se había preguntado cómo Moscú mostraba tamaña torpeza política. No se requería ser un genio para advertir lo que significaba el auge de un nazismo que, sin detentar el poder, ya había comenzado su ofensiva de violencia, encargada a unas fuerzas de asalto que en apenas dos meses habían crecido de cien mil a cuatrocientos mil miembros. Los hechos delataban que no podía tratarse de ceguera política: la estrategia suicida de los comunistas alemanes debía de tener alguna otra razón, más allá de las directivas explícitas dictadas por los amos de Moscú, pensó y escribió.

Unas palabras pronunciadas en el corazón de la Unión Soviética vinieron a abrirle un resquicio para llegar a una respuesta que lo alarmaría. En un Moscú hambreado, donde resultaban un lujo los zapatos y el pan, en el que cada noche eran detenidos sin órdenes fiscales decenas de hombres y mujeres para ser enviados a loslagers siberianos, Stalin proclamó que el país había llegado al socialismo. ¿Al socialismo? Solo entonces Liev Davídovich había logrado ver un punto en la oscuridad: allí tenía que estar el origen de la sospechosa desidia, el absurdo triunfalismo que ataba las manos de los comunistas alemanes impidiéndoles cualquier alianza con las fuerzas de izquierda y centro en el país. Se había horrorizado cuando comprendió que la razón verdadera detrás de todas aquellas asombrosas actitudes era que a Stalin, para alcanzar la concentración del poder, ya no le bastaban los fantasmas de las posibles agresiones del imperialismo francés o el militarismo japonés, sino que requería de un enemigo como Hitler para cimentar, con la amenaza del nazismo, su propio ascenso. Aunque Liev Davídovich siempre se había opuesto a la posibilidad de fundar otro partido, por respeto a las ideas de Lenin y por el temor concreto a lo que una escisión pudiera provocar, la evidencia de una traición como la que estaba ejecutando Stalin, cuyas consecuencias serían desoladoras para Alemania y peligrosas para la propia Unión Soviética, había comenzado a revolver la duda en su cabeza.

Para su fortuna, la presencia del pequeño Sieva mitigaba sus vacíos y temores. Liev Davídovich había establecido con el niño una relación de cercanía muy diferente a la que, tan absorto en la lucha, había tenido con sus propios hijos. El nieto había conseguido apropiarse de las pocas horas libres que el abuelo podía regalarse y entre ellos se había creado el hábito de bajar cada tarde hasta la playa, por donde Sieva solía correr conMaya, y, siempre que el afable Kharálambos se lo permitía, abordar el bote del pescador y navegar hasta los acantilados. El afecto que profesaba al niño atenuaba sus preocupaciones políticas, y en varias ocasiones lo había sorprendido una gran tranquilidad, que le permitía sentirse como un abuelo que comenzaba a envejecer y lograba liberarse, por primera vez en treinta años, de los apremios de la lucha. Las carreras de Sieva y Maya, las conversaciones con Kharálambos sobre el arte de la pesca, los paseos por el Mar de Mármara, pronto se convertirían en imágenes amables a las que se aferraría en los tiempos aún más difíciles que los aguardaban.

Una madrugada del primer verano que pasaban con Sieva, Liev Davídovich salvaría su vida y la de su familia gracias a uno de aquellos insomnios de los que siempre había sido víctima. Tendido en la cama dejaba transcurrir una de esas noches desgastantes, mientras escuchaba los sonidos nocturnos y pensaba en su hijo Serguéi. Aquella misma mañana habían recibido una carta donde Seriozha les aseguraba que su vida en Moscú seguía los cauces normales, les hablaba de su reciente matrimonio y de los progresos en sus estudios científicos. Aunque el muchacho mantenía su aversión por la política, el olfato de su padre le decía que esa lejanía no podría durar mucho tiempo y que cualquier día la política se presentaría a su puerta. Por eso, luego de hablarlo con Natalia, había decidido no dilatar más la propuesta de que Seriozha iniciara las gestiones que le permitieran viajar a Berlín para reunirse con su hermano. Vagando en aquellas cavilaciones, había tardado en percibir la inquietud deMaya, que se había acercado varias veces a la cama, y a la que, incluso, había sentido lloriquear. De pronto una señal de alarma lo había hecho recuperar la lucidez: el olor a madera ardiendo resultaba inconfundible y, sin pensarlo, había despertado a Natalia y corrido hacia la habitación donde Sieva dormía con las jóvenes secretarias desde que su madre se había trasladado a Estambul para ser operada.

El fuego se había iniciado en la pared exterior del local dedicado a la secretaría, y de inmediato Liev Davídovich comprendió las intenciones del saboteador: sus papeles. Mientras los policías turcos, sacados de su sueño, lanzaban baldes de agua sobre el incendio que se extendía hacia la sala de estar, él había dejado a Sieva y aMaya al cuidado de Natalia y, auxiliado por las secretarias, los guardaespaldas y el recién llegado Rudolf Klement, se había puesto a cargar la papelería que representaba su memoria y casi su vida. Entre el humo, recibiendo parte del agua lanzada, habían logrado sacar las carpetas de los manuscritos, los archivos y muchos de los libros antes de que el techo de aquel sector de la villa emitiera el crujido previo a la caída.

En medio de la madrugada, entre cajas de papeles y libros tirados en el suelo, Natalia y Liev Davídovich habían observado el trabajo del fuego, mientras él le acariciaba las orejas a la temblorosaMaya. Aunque el empeño de los improvisados bomberos impidió la destrucción total de la villa, al amanecer constataron que había quedado en un estado tal que se imponía una reconstrucción capital para que volviera a ser habitable. Cuando los demás sacaron los objetos y ropas que se habían salvado, él se había dedicado a recoger decenas de libros, anegados pero quizás recuperables, y a lamentar la pérdida de otros y de documentos (¡las fotos de la Revolución!, se lamentaría para siempre) consumidos por el fuego.

Rudolf Klement, el joven alemán que había viajado para sustituir a Liova en los trabajos de la secretaría, encontró una casa que ofrecía cierta seguridad, en el suburbio residencial anglonorteamericano de Kadikóy, en las afueras de Estambul. La vivienda, en realidad, resultó demasiado pequeña para la familia, las secretarias, los guardaespaldas y los policías (cuatro desde el incendio), pero sobre todo para convivir con Zina, que, recuperada tras una cirugía que pronto se revelaría como un rotundo fracaso, había comenzado a exigirle, con vehemencia enfermiza, una mayor responsabilidad en el trabajo político.

Varios acontecimientos extraños marcarían los meses vividos entre las cuatro paredes opresivas de la casita de Kadikóy. El primero había sido la posibilidad, muy pronto abortada por el trabajo conjunto de fascistas y comunistas, de que viajase a Berlín a dictar unas conferencias. Aquel fracaso previsible le había provocado una dolorosa decepción: había vuelto a sentir sobre la espalda el precio que debía pagar por sus acciones pasadas y la densidad infranqueable de un confinamiento que le hizo pensar incluso en el que sufriera Napoleón: ¿tanto me temen?, había escrito, desesperado por la invulnerabilidad del cerco que lo confinaba a Turquía y lo sustraía de cualquier posibilidad de participación directa.

Luego se había producido un conato de incendio que, por fortuna, solo había devorado la caseta del patio y que los investigadores achacaron a un accidente, al hallar junto a las calderas del calentador los restos de una caja de fósforos con la que había jugado Sieva.

El tercer suceso, más intrigante y a su vez revelador, se había producido cuando recibió la visita de un alto oficial de la seguridad interior turca, comisionado de informarle que la policía del país había detenido a un grupo de emigrados rusos que preparaban un atentado contra su vida. El jefe del complot había resultado ser el ex general Turkul, uno de los líderes de las guardias blancas que el Ejército Rojo derrotara durante la guerra civil. Según el oficial, la conspiración había sido desbaratada, y él podía estar tranquilo, acogido a la hospitalidad del honorable Kemal Paschá Atatürk.

Tan pronto despidieron al oficial, Liev Davídovich le había comentado a Natalia que algo chirriaba en la armazón de aquella historia. El peligro de que los emigrados rusos acantonados en Turquía cometiesen actos violentos contra su persona siempre había estado latente. Pero nada había ocurrido en más de dos años, lo que evidenciaba que los rusos blancos no lo tenían entre sus prioridades o habían entendido que lanzarse contra el que se consideraba un huésped personal del implacable Kemal Atatürk representaba un desafío que solo habría podido perjudicarlos.

La peor experiencia de aquella temporada, sin embargo, fueron las tensiones provocadas por el desequilibrio de Zina, cada vez más exigente en lo relativo a su participación en los trabajos partidistas pero cuyo comportamiento oscilaba entre el entusiasmo y la depresión. Aunque él insistía, de los modos más amables, ella se había negado a someterse a un tratamiento psicoanalítico, pues, repetía, no se sentía dispuesta a sacar la mugre que acumulaba dentro. Su perturbación había llegado a un punto crítico cuando se descubrió el fracaso de su operación, pues los cirujanos turcos le habían intervenido el pulmón que le quedaba sano. Temiendo por la vida de Zina o por un enfrentamiento frontal con ella, Liev Davídovich había ordenado a Liova que hiciera los arreglos necesarios para que la mujer viajase a Berlín y fuera atendida allí por especialistas capaces de remendar su cuerpo y su espíritu.

Vencidas las reticencias de Zina, la mujer había salido hacia Berlín al despuntar el otoño, dejándole a su padre una sensación de alivio mezclada con un incisivo sentimiento de culpa. Liev Davídovich le había prometido que, apenas se recuperase un poco, ella comenzaría a trabajar con Liova y le enviarían a Sieva. Mientras, por su propia estabilidad, el muchacho permanecería en Turquía, aunque el abuelo sabía que en la decisión de retener al niño parpadeaba una dosis de egoísmo: Sieva se había convertido en su mejor bálsamo contra el cansancio y el pesimismo.

Zinushka había partido acompañada por Abraham Sobolevicius, el gigante Senin, uno de los colaboradores de Liev Davídovich afincado en Berlín, quien, casualmente, había pasado unos días en la casa de Kadikóy. Desde hacía dos años, Senin y su hermano menor se habían convertido en sus más ejecutivos corresponsales en Alemania, pero desde que Liova se pusiera al frente de los correligionarios alemanes, las relaciones con los Sobolevicius habían atravesado un período de tensiones, que él había atribuido a la preeminencia que le diera a su hijo en un terreno donde los hermanos habían imperado. Lo más extraño en el cambio de actitud de esos camaradas había sido el rechazo más o menos frontal de ciertas directivas encaminadas a desenmascarar las irresponsables políticas estalinistas respecto a la situación alemana. La discrepancia de los Sobolevicius, precisamente por venir de hombres tan experimentados, preocupaba a Liev Davídovich.

Apenas unos días después de la partida de Zina, una información, filtrada desde Moscú, vino a iluminar como una centella la oscuridad en que el exiliado había permanecido por dos años. El origen del dato era el más confiable: provenía del camarada V.V, cuya existencia únicamente conocían Liova y él, pues su función dentro de la GPU lo hacía especialmente vulnerable y útil. V.V. advertía en su informe que solo se hacía eco de un comentario escuchado sobre la labor de espionaje para la GPU que realizaban los Sobolevicius dentro del círculo más cercano a Trotski. Pero aquel comentario, colocado en el sitio preciso, dio forma al rompecabezas de la extraña actitud de los hermanos.

El descubrimiento del verdadero carácter de los agentes -quienes se evaporaron en cuanto Liev Davídovich hizo pública su filiación real- lo había sumido en una profunda inquietud. El hecho de que hubiese confiado en aquellos hombres hasta el punto de haberles entregado a su hija, de dejarlos dormir en su casa, jugar con Sieva, conversar a solas con Natasha o con él, le advertía de la fragilidad de todo posible sistema de protección y ponía en evidencia las potestades que Stalin tenía sobre su vida: por ahora el Sepulturero se conformaba con saber qué hacía y qué pensaba, ¿y mañana? Se convenció entonces de que los incendios y la presunta conspiración del ex general Turkul solo habían sido maniobras de distracción en un acoso que apenas había comenzado y cuyo desenlace no necesitaría de acciones espectaculares ni conspiraciones de viejos enemigos blancos. El disparo final provendría de una mano, preparada por el propio Stalin y capaz de atravesar todos los filtros de la suspicacia, hasta convertirse en lo más parecido a una mano amiga. La actuación de los Sobolevicius demostraba, no obstante, que su vida todavía parecía ser necesaria para el ascenso del Secretario General hacia el más absoluto de los poderes. Horrorizado ante aquella evidencia que le clarificaba las razones por las cuales lo habían dejado partir al exilio en lugar de asesinarlo en las estepas de Alma Ata, había comprendido que, mientras viviera, sería la encarnación de la contrarrevolución, su imagen mancharía toda exigencia de cambio político interno, su voz sonaría como la pervertidora de cualquier voz que reclamara un mínimo de verdad y justicia. Liev Trotski sería la medida capaz de justificar todas las represiones, de fundamentar las expulsiones de críticos e incómodos, una cara de la moneda enemiga de los comunistas del mundo: la pieza que, para ser perfecta, pronto tendría en el reverso la imagen de Adolf Hitler.

Cuando las obras de reconstrucción de la villa de Büyük Ada concluyeron, Liev Davídovich exigió el regreso. Durante los nueve meses vividos en Estambul, el vértigo de la transitoriedad y la sensación de hallarse al borde de un precipicio nunca abandonaron su ánimo y ni siquiera había conseguido avanzar como esperaba en la escritura de laHistoria de la revolución. Por eso confiaba en que el retorno a la que ahora consideraba su casa le permitiera concentrarse en lo que era realmente importante.

Kharálambos y otros aldeanos los esperaron en el muelle. Los Trotski les agradecieron una bienvenida que incluyó una cesta de pescados, ostras y mariscos frescos, bolsas de frutos secos, atados de quesos de cabra y platos del dulce que ellos llamaban albaricoques y, como atención especial, una olla de barro en la que reposaba un surtido depochas y pides, listas para ser introducidas en aceite de oliva hirviente y entregar al paladar el gozo de una voluptuosidad mediterránea tan diferente de los rudos sabores de las recetas rusas y ucranianas.

Muy pronto el exiliado retomó su ritmo de trabajo y dedicó diez y hasta doce horas a la redacción de laHistoria y a la preparación de los artículos dedicados al Boletín. Al final de las tardes, con ese cansancio en los ojos que solía provocarle un molesto lagrimeo, llamaba a Sieva y, antecedidos por Maya, bajaban hasta la costa a ver la puesta del sol. Allí le contaba a su nieto historias de los judíos de Yanovska, le hablaba de mamá Zinushka, que se recuperaba en Berlín, y le enseñaba a comunicarse con los perros y a interpretar su lenguaje de actitudes, apoyado en la inteligencia de la paciente Maya.

Apenas tres semanas después, Liev Davídovich recibiría la estocada que le lanzaban desde Moscú como la más clara advertencia de que la guerra contra él no se detendría y de que jamás le concederían un atisbo de paz. Un Liova perplejo fue quien le hizo llegar la noticia: a partir del 20 de febrero de 1932 Liev Trotski y los miembros de su familia que se encontraban fuera del territorio de la Unión de los Soviets dejaban de ser ciudadanos del país y perdían todos los derechos constitucionales y la protección del Estado. El delito cometido por el antiguo miembro del Partido (ya no se le mencionaba como dirigente) había sido la participación en acciones contrarrevolucionarias, en virtud de las cuales se le consideraba un Enemigo del Pueblo, indigno de detentar la nacionalidad del primer Estado proletario del mundo. El decreto del Ejecutivo del Presidium del Comité Central, publicado en elPravda, el órgano del Partido Comunista, incluía en la recién instaurada condena de la privación de la ciudadanía a otros treinta exiliados, también Enemigos del Pueblo, que en su momento habían sido figuras destacadas del menchevismo.

Mientras leía aquel insidioso comunicado, donde con calculada malevolencia se le mezclaba con viejos exiliados a los que Lenin y él mismo habían invitado a emigrar en 1921, fue aquilatando las proporciones y buscando los objetivos ocultos en una medida que él inauguraba en la historia soviética. Sin duda la primera intención de Stalin era la de convertirle en un proscrito, sin un Estado a sus espaldas, totalmente a merced de sus enemigos, entre los que ahora se alzaba el propio pueblo soviético. Pero detrás estaba la consecuencia lógica que convertía a sus partidarios dentro del país no ya en opositores políticos, sino en colaboradores de un agente «extranjero» y, por tanto, acusables del delito de traición, el más temido en días de fervor patriótico y nacionalista.

Ante el precipicio al que se asomaban él y su familia, Liev Davídovich lamentó como nunca la falta de realismo y el exceso de confianza que lo habían cegado durante años, hasta el punto de permitir que engendrara y creciera, ante sus propios ojos, aquel tumor maligno adherido a las murallas del Kremlin llamado Iósif Stalin. Un hombre como él, que siempre se había preciado de conocer el alma humana, las debilidades y necesidades de los hombres, y se había enorgullecido de poseer la habilidad de mover conciencias y multitudes: ¿cómo no había percibido el vaho fatídico que brotaba de aquel ser oscuro? Durante años Stalin le había resultado tan insignificante que, por más que hurgara en su mente, nunca había conseguido visualizarlo en el que debió de ser su primer encuentro, en Londres, en 1907. Entonces él era el Trotski que tenía a sus espaldas la dramática participación en la revolución de 1905, cuando llegó a ser el presidente del Soviet de Petrogrado; el orador y periodista capaz de convencer a Lenin o de enfrentársele y llamarlo dictador en ciernes, Robespierre ruso. Era un revolucionario mundano, mimado y odiado, que debió de mirar sin mayor interés al georgiano recién llegado a la emigración, inculto y sin historia, con la piel del rostro marcada por la viruela. Podía recordarlo, en cambio, en aquella fugaz coincidencia en Viena, durante el año 1913, cuando alguien los presentó formalmente, sin estimar necesario decirle al montañés quién era Trotski, pues ningún revolucionario ruso podía dejar de conocerlo. Liev Davídovich aún recordaba que en esa ocasión Stalin apenas le había extendido la mano, para volver a su taza de té, como un animalito mal alimentado, que únicamente se lograría fijar en su memoria por aquella mirada arrinconada y amarilla, salida de unos ojos pequeños que, como los de un lagarto acechante -¡ése fue el detalle!-, no pestañeaban. ¿Cómo no había advertido que un hombre con aquella mirada de reptil era un ser altamente peligroso?

Durante el vértigo de 1917, en unas pocas ocasiones Stalin había pasado frente a él, como una sombra furtiva, y Liev Davídovich nunca le dedicó un pensamiento. Tiempo después, cuando al fin se detuvo a pensar en él, descubrió que el georgiano siempre le había repelido por aquellas cualidades que habrían de ser su fuerza: su mezquindad esencial, su tosquedad psicológica y aquel cinismo del pequeñoburgués a quien el marxismo ha liberado de muchos prejuicios, pero sin alcanzar a sustituirlos por un sistema ideológico bien digerido. Ante cada una de las tentativas de acercamiento que ejecutó Stalin, instintivamente él había dado un paso atrás y, sin saberlo, había abonado la distancia para el resentimiento: pero hasta varios años después no había comprendido su error de cálculo. «La principal cualidad que distingue a Stalin», le había dicho un día Bujarin, «es la pereza; la segunda, la envidia sin límites contra todos los que saben o pueden saber más que él. Hasta contra Lenin ha hecho labor de zapa.»

Liev Davídovich llegaría a tener la convicción de que su mayor error había sido no dar la batalla en el momento en que ya era evidente que se había iniciado una lucha por el poder y él tenía en sus manos el triunfo aplastante que representaban las cartas de Lenin reprendiendo a Stalin a propósito de su manejo brutal de la cuestión de las nacionalidades y el «testamento» donde Vladimir Ilich pedía que se apartara al georgiano de la secretaría del Partido. Pero entonces él había pensado que Stalin no era un rival de consideración y que lanzar una campaña contra el montañés iba a ser presentado (así lo hubieran manipulado los fieles a Stalin, ya infiltrados en el aparato partidista) como una batalla personal encaminada a conquistar el puesto de Lenin, y Liev Davídovich no era capaz de pensar en esa posibilidad sin sentir vergüenza. Después llegaría a comprender que incluso con el apoyo de la voluntad y las opiniones de Lenin, hacía mucho tiempo que él había perdido aquella batalla: bajo sus pies habían organizado una conspiración en toda la regla y Stalin, con la complicidad de Zinóviev y Kámenev y el cobarde apoyo de Bujarin, lo había desarmado sin que él lo advirtiera y su caída ya era una realidad que solo necesitaba concretarse. Lo peor, sin embargo, era saber que su derrota no significaba solosu derrota, sino la de todo un proyecto: y no porque él se viera impedido de acceder al poder, sino porque él también había facilitado el ascenso de Stalin y, con él, la aniquilación del sueño social que estaba realizando el indetenible georgiano.

Liev Davídovich necesitó varios días para comenzar a meditar la respuesta que exigía aquel decreto. Sabiendo que iba a ser agredido por unos recursos de propaganda ingentes e inmorales, capaces de mentir ante los ojos del mundo sin la menor vergüenza, se debatía entre la redacción de una comunicación mesurada, centrada en la ilegalidad de la condena, y en el ataque frontal, dirigido contra el dictador. Pero lo que con más vehemencia ocupó su mente fue la duda de si no habría llegado el momento de renunciar a una lucha cada vez más inviable por una reforma del Partido y el Estado soviéticos: si no había sonado la hora de lanzarse al vacío y proclamar la necesidad de un nuevo partido capaz de recuperar la verdad de la Revolución.

Los ecos del decreto pronto comenzaron a penetrar en el ámbito de su vida privada. Zina, también afectada por el castigo, le envió desde Berlín un mensaje desesperado: ¿cómo se reuniría ahora con su hija, retenida en Leningrado?, y le reclamaba la presencia de Sieva, pues quería vivir al menos con uno de sus muchachos… Nunca como en este momento Liev Davídovich había sentido el peso de arrastrar una familia.

Una misiva, sacada de Moscú por manos amigas, llegó a Prínkipo para ratificarle a Liev Davídovich la magnitud del desastre que se fraguaba en su antiguo país. La remitía Iván Smirnov, el viejo bolchevique al que lo había unido una entrañable amistad y que había sido uno de los oposicionistas doblegados en el verano de 1929. Smirnov había entendido muy pronto que, aun cuando le hubieran asignado un puesto oficial, su destino había quedado marcado por haberse enfrentado a Stalin bajo la bandera del renegado Trotski. Presintiendo la contraofensiva a la que su antiguo camarada se lanzaría, Smirnov había decidido correr el riesgo y le enviaba un informe sobre las proporciones de la devastación económica y política que asolaba a la URSS y que, no obstante, tan pocas esperanzas ofrecía para una victoria de cualquier oposición, al menos a corto plazo.

Para justificar su claudicación, Smirnov le comentaba que en 1929 el viraje económico desencadenado por Stalin parecía un proceso lógico y hasta moderado, que seguía casi paso por paso las ideas sobre la industrialización y la colectivización de la tierra que hasta entonces habían sido el programa y a la vez el estigma de una Oposición acusada de ser enemiga de los campesinos y fanática del desarrollismo industrial. Sin embargo, el aplastamiento de la tendencia liderada por Bujarin y las capitulaciones de los últimos opositores trotskistas habían dejado a Stalin sin adversarios y le permitieron convertir la guerra contra los campesinos enriquecidos en un torbellino de violencia colectiviza-dora que había logrado paralizar la agricultura soviética: los grandes propietarios primero, y los medianos y pequeños después, al ver amenazadas sus riquezas con una intervención que incluía hasta las gallinas y los perros guardianes, habían optado por el sabotaje sordo y se había producido una orgía de sacrificios de animales que llenó los campos de huesos malolientes, de vapor de aceite hirviendo, y que acabó con más de la mitad del ganado de la nación. Como cabía esperar, también comenzaron a devorar el trigo y el resto de los granos, sin detenerse ante las semillas que debían garantizar la venidera cosecha, que solo fue sembrada y atendida cuando los campesinos fueron colocados bajo la mira de los fusiles. La desidia se había agravado con el traslado de aldeas y pueblos enteros de Ucrania y del Cáucaso hacia los bosques y minas de Siberia, de donde el gobierno pensaba extraer las riquezas dejadas de producir por la tierra. El resultado previsible había sido la hambruna que desde 1930 asolaba el país y cuyo fin no era visible. En Ucrania ya se hablaba de millones de personas muertas de hambre, incluso se aseguraba que se habían producido actos de canibalismo. En las ciudades la gente rapiñaba unas patatas en el mercado negro, pagando por ellas una cantidad exorbitante de unos rublos tan depreciados que muchos únicamente comerciaban ejecutando trueques. Cuántas vidas había costado aquel «asalto» al socialismo era algo que nunca podría saberse, y Smirnov opinaba que la agricultura de la nación no se recuperaría en los próximos cincuenta años.

No menos asolador, decía Smirnov, resultaba el proceso que había emprendido Stalin en el empeño de borrar los elementos de la memoria que no se avinieran a su propósito de reescribir la historia soviética, puesta ya en función de su preeminencia. Unos meses atrás, Riazánov, el director del Instituto Marx-Engels, y Yaroslavsky, el autor de la más difundidaHistoria de la revolución bolchevique, habían sido defenestrados bajo el cargo de no rescatar suficientemente el legado leninista. La razón verdadera era que Riazánov no podía demostrar que Stalin hubiese hecho ningún aporte a la teoría marxista, y que la Historia, de Yaroslavsky, ya bastante manipulada, no podía glorificar totalmente a Stalin, pues los hechos de la Revolución estaban demasiado cercanos y muchos protagonistas vivos.

La furia personalista de Stalin, le comentaba el viejo camarada, había tomado caminos incluso más dolorosos, por lo irreversible y catastrófico de sus resultados. Con el Gran Cambio había surgido la idea de convertir Moscú en la nueva ciudad socialista y el mismo Stalin se había colocado al frente de un proyecto que había empezado con la transformación del Kremlin, dentro de cuyas murallas habían sido demolidos los monasterios de los Milagros y el de la Ascensión, construidos en 1358 y 1389, y el magnífico Palacio de Nicolás, obra de la época de Catalina II. Fuera del recinto del poder la más lamentable destrucción había sido la del Templo del Cristo Salvador, la más grande edificación sacra de la ciudad, con sus noventa metros de altura, sus paredes cubiertas con granito finés y placas de mármol de Altai y Podóle, su cúpula iluminada con láminas de bronce, su cruz principal de diez metros de alto y sus cuatro torres, cargadas con catorce campanas entre las que sobresalía aquella gigantesca de veinticuatro toneladas de peso, que retaba las leyes de la física y enfermaba de envidia a los fieles de toda Europa. Aquel templo, bendecido en 1883 ante veinte mil personas acomodadas en su interior, había perecido a los cuarenta y ocho años de su consagración, pues Stalin había decidido que el lugar ocupado por la iglesia era el sitio ideal, por su cercanía al Kremlin y la plaza Roja, para levantar un Palacio de los Soviets. Aquella decisión le parecía a Smirnov la muestra más exultante del poder alcanzado por Stalin para decidir no ya la suerte de la política del país, sino también de la agricultura, la ganadería, la minería, la historia, la lingüística (recién habían descubierto esa capacidad suya) y hasta la arquitectura, pues, ya demolido el Cristo Salvador, había comentado que la plaza Roja podría contemplarse mejor sin el incordio de la catedral de San Basilio… Todo aquello, concluía Smirnov, tenía lugar bajo una política de terror que había cerrado por igual la boca al obrero y al científico eminente, un terror convertido no ya en temerosa obediencia, sino en la desidia del mismo pueblo que protagonizó la más espectacular transformación social de la historia humana.

Aunque la cotización de su nombre estuviera a la baja, Liev Davídovich sabía que su aislamiento turco debía terminar. Desde un sitio más cercano a los acontecimientos tal vez su presencia pudiera ayudar a impedir males aún mayores y por eso inició una nueva campaña para obtener un visado hacia cualquier sitio y en cualesquiera condiciones, y centró el fuego en Francia y Noruega, pues Alemania, donde su presencia hubiera sido más útil, quedaba descartada por la hostilidad que derramaban sobre su persona comunistas y fascistas. Sus antiguos correligionarios eran incluso los más agresivos y, ante cada advertencia del exiliado sobre el peligro nacionalsocialista, volvía a recibir la andanada de improperios de Ernst Thálmann, quien declaraba que la idea de Trotski de una alianza comunista con el centro y la izquierda era la más peligrosa teoría de un contrarrevolucionario en bancarrota.

Hacia el otoño de 1932 una luz difusa vino a quebrar la oscuridad cuando se abrió la posibilidad de que Liev Davídovich viajara por unos días a Dinamarca, invitado por los estudiantes socialdemócratas para que participase en unas conferencias dedicadas a los quince años de la

Revolución de Octubre. Con un júbilo que él mismo sabía desesperado, de inmediato se puso en movimiento, pues abrigaba la esperanza de que en el paso por Francia, en Noruega, incluso en Dinamarca, quizás pudiera conseguir al menos un asilo transitorio que le permitiera recuperar espacios para la labor política.

Las semanas previas al viaje estuvieron cargadas de tensión. Entre visas de tránsito que no llegaban, las crecientes restricciones que los daneses imponían a su estancia y las convocatorias a manifestaciones antitrotskistas en Francia, Bélgica y Alemania, otro hombre menos empecinado hubiese renunciado a una aventura que comenzaba con tan desalentadores presagios.

El 14 de noviembre, con una visa danesa que los amparaba por apenas ocho días, los Trotski embarcaron en Estambul, todavía conmovidos por la noticia del reciente y oscuro suicidio de Nadia Allilúyeva, la joven esposa de Stalin. Durante los nueve días que les tomó pasar por Grecia, Italia, Francia y Bélgica, sus enemigos le hicieron sentir al exiliado que si hubiese realizado aquel periplo como el presidente de una nación beligerante o como el líder de una conspiración en marcha, su presencia en cada uno de esos países no habría provocado igual conmoción que la creada cuando solo lo acompañaban su pasado y su condición de proscrito. Pensar que su presencia aún podía generar pavor entre gobernantes y enemigos fue, más que una prueba de adversidad, una reconfortante comprobación de que todavía era considerado alguien capaz de engendrar revoluciones.

Pero tres semanas después, de regreso al encierro de Büyük Ada, Liev Davídovich debió admitir que solo había sido recibido con cierta afabilidad en la Italia de Mussolini, donde se le permitió, a la ida, visitar Pompeya y, al regreso, gastar un día en Venecia. El resto del periplo había sido una sucesión de cordones policiales que no estaba claro si protegían su vida o si la controlaban, mientras que los días pasados en Copenhague habían transcurrido bajo la tensión de las protestas diplomáticas de Moscú y la petición del príncipe danés Aage de que fuera procesado como uno de los asesinos de la familia del último zar, hijo de una princesa danesa.

No podía negar, sin embargo, que había gozado profundamente con la ocasión de hablar de la Revolución rusa ante un auditorio abarrotado por más de dos mil personas, quienes le hicieron sentir el reconfortante sabor de la agitación ante la masa, a la cual siempre había sido tan adicto. Además, el reencuentro con un clima extremo, en una ciudad de luces atenuadas y noches pálidas, como las de San Peters-burgo, lo habían llenado de nostalgia. Por eso, aun sabiendo las respuestas que recibiría, insistió en presentar informes médicos para atestiguar su estado de salud y la necesidad de tratamiento especializado. Cuando le comunicaron que su solicitud ni siquiera había sido considerada por las autoridades danesas, Liev Davídovich concluiría que si muchas veces había tenido dudas respecto a la fidelidad de sus amigos, de lo que podía estar seguro era de la constancia de sus enemigos, fueran del bando que fuesen.

La vuelta a su isla-prisión, donde le aguardaban sus papeles y libros, su nieto Sieva y su consentidaMaya, no tuvo esa vez los efluvios amables de un regreso a casa, sino el tufo de una marginación que parecía no tener fin. En el muelle no los esperaban multitudes entusiastas o maldicientes, ni cordones policiales o funcionarios temblorosos, como en cada sitio por donde hubieran pasado en los últimos días, sino unos pescadores amigos y aquellos policías turcos que las más de las veces compartían su mesa. En Prínkipo su presencia no provocaba sobresaltos, y esa evidencia lo haría comprender que si su nombre aún generaba algarabías en Europa no se debía a lo que él pudiera gestar, sino a lo que sus enemigos exigían se le entregase como pago por sus actuaciones: hostilidad, represión, rechazo. El odio de Stalin, convertido en razón de Estado, había puesto en marcha la más potente maquinaria de marginación jamás dirigida contra un individuo solitario. Más aún: se había entronizado como estrategia universal del comunismo controlado desde Moscú y hasta como política editorial de decenas de diarios. Por eso, tragándose los restos de su orgullo, debió admitir que mientras en el Kremlin determinaban el instante en que su vida dejaría de serles útil, lo mantendrían atrapado en un ostracismo inquebrantable que se sostendría justo hasta que se decretara la caída del telón y el fin de la mascarada. Y por primera vez se atrevió a pensar en su vida en términos de tragedia: clásica, a la griega, sin resquicios para las apelaciones.

El año 1933 llegó con una abrumadora invasión de desaliento. La decisión de Zina de que le enviaran a Sieva a Berlín no había admitido más dilaciones y, apenas regresados de Copenhague, Liev Davídovich y Natalia habían despedido al muchacho. Durante el efímero encuentro que tuvieron a su paso por Francia, Liova les había hablado del lamentable estado de Zinushka y la sugerencia médica de que la presencia de un hijo al que atender tal vez reportaría algún beneficio a su quebrado espíritu. Aunque muchas veces Liev Davídovich y Natalia opinaban del mismo modo, habían decidido anteponer la salud mental del niño a la ya enferma de la madre, pero su potestad sobre Sieva era limitada y ante la insistencia de Zinushka, tuvieron que transigir. La mañana que lo vieron partir, lloroso por tener que alejarse de su gran amigaMaya y de los hijos de Kharálambos, Natalia y él, entrenados en despedidas y pérdidas, no pudieron dejar de sentir que se les iba un pedazo del corazón.

El único modo que Liev Davídovich encontró para combatir el vacío fue sumirse en los retoques, siempre obsesivos, a que sometía suHistoria de la revolución, y en la revisión de materiales con vistas a emprender alguno de sus proyectos: la historia de la guerra civil, una semblanza conjunta de Marx y Engels, una biografía de Lenin. Sin embargo, una inquietud ubicua lo mantenía alarmado y disperso, como a la espera de algo que nunca imaginó que le llegaría de manera tan cruel.

El primer cable enviado por Liova era escueto y demoledor: Zinushka se había suicidado en su departamento de Berlín y se desconocía el paradero de Sieva. Con el papel en la mano, Liev Davídovich se encerró en su habitación. La imposibilidad de estar cerca de los hechos resultaba tan lacerante como lo ocurrido, y no soportaba ver ni oír a nadie. Aunque ya esperaba un desenlace como aquél y sus malos presentimientos de los últimos días habían tenido a la joven en el centro, lo más hiriente fue el sentimiento de culpa que lo agredió. Sabía perfectamente que la terrible vida de Zinushka, y ahora su muerte, con apenas treinta años, eran fruto de su pasión política, de su empeño en protagonizar la salvación de las grandes masas mientras echaba al fuego el destino de sus más cercanas criaturas, sacrificadas en el altar de la venganza de una revolución pervertida. Pero lo que más le dolía era pensar que a Sieva hubiese podido ocurrirle algo: la sensación de agonía que le provocaba la suerte del niño se revelaba como una reacción nueva en él, y lo achacó a la vejez y al cansancio.

Al final de la tarde uno de los secretarios llegó de la capital trayendo un segundo cable de Liova que encendía una pequeña luz de esperanza. Pasó la vista por el texto, obviando los detalles del suicidio, hasta encontrar el resquicio de alivio que buscaba: en una carta dejada por Zinushka, ésta advertía que le había llevado a Sieva a una tal Frau K., de la que no daba más referencias, pero a la cual Liova y sus camaradas ya buscaban por todo Berlín. Atado a aquella esperanza, pasó la noche en vela, tratando de no mirar el reloj. Había decidido que en la mañana abordaría el primer vapor rumbo a Estambul, para intentar comunicarse por teléfono con Liova. A su pesar, evocó demasiadas veces la desgraciada vida de sus dos hijas, y no consiguió alejar de su mente la idea de que semejante destino también podía marcar las vidas de Liova, del joven Seriozha, de Sieva. Entonces pensó si no habría llegado el momento de ejecutar la única medida radical capaz de detener aquella cadena de sacrificios: porque quizás su propia muerte podría calmar el ansia de venganza que se cernía sobre los suyos, rehenes de un enfrentamiento que los desbordaba. Varias veces miró el revólver de cachas de nácar que Blumkin le había traído desde Delhi. ¿Tenía derecho un revolucionario a abandonar el combate? ¿Pesaba más la vida de sus hijos que el destino de toda una clase, más que una idea redentora? ¿Le haría aquel regalo a Stalin? Aunque sabía las respuestas, la idea de usar el revólver se fijó en su mente con una fuerza hasta ese día desconocida.

En el muelle, temblando por la brisa fría procedente del mar, vio llegar el primer vapor de la mañana. Entre los pocos pasajeros que viajaban a esa hora y en aquella temporada, descubrió la figura de su colaborador Rudolf Klement, en cuyo rostro encontró la sonrisa más alentadora y en su voz la noticia más esperada: habían encontrado a Sieva. Por un instante Liev Davídovich estuvo a punto de dar gracias a cualquier dios, y se reconoció egoísta por la alegría que le producía la noticia. Pero esa misma tarde, vencido por la tensión, sintió cómo se agotaban las reservas de energías que lo mantuvieron en pie y cayó en cama abrazado por un reflujo de paludismo.

Unos días después Liev Davídovich recibió una carta que Alexandra Sokolóvskaya le escribía desde Leningrado, donde vivía en el borde de su capacidad de resistencia. Como cabía esperar, era una carta preñada de dolor y resentimiento, en la que lo acusaba de haber marginado a Zinushka de la lucha política y haberla empujado con ello a la muerte. Sin fuerzas físicas ni morales para replicarle a una madre herida, optó por asumir las culpas que le correspondían y por repartir las que no eran suyas. Con la escasa frialdad mental de que era capaz, preparó una carta abierta para el Comité Central del partido bolchevique donde acusaba a Stalin de la muerte de Zina, proscrita por la única culpa de ser parte de su familia, separada de su hija, su madre y su esposo por igual razón, expulsada del Partido y apartada de su trabajo solo por la más perversa revancha. La venganza, cuando involucra a personas inocentes, resulta más mezquina, más criminal y pérfida, decía. Pero, para su dolor, Liev Davídovich debía reconocer que tan culpable de la muerte de Zinushka era Iósif Stalin como los supuestos comunistas que, en el Congreso partidista recién clausurado, lo proclamaban, en un desbordamiento de desvergüenza, «Genio de la Revolución» y «Padre de los Pueblos Progresistas del Mundo», mientras millones de campesinos morían de hambre en todo el país, cientos de miles de hombres y mujeres languidecían en los campos de trabajos forzados y en las colonias de deportados, millones de personas vagaban sin zapatos, y la política soviética ofrecía el destino de los obreros alemanes y europeos a la voracidad nazi.

Las secretarias prepararon las copias que al día siguiente salieron hacia Moscú y para los periódicos, partidos y agrupaciones políticas de Europa. Liev Davídovich confiaba en que la muerte de Zina tuviera la resonancia que no logró el asesinato de Blumkin, la capacidad de conmoción que no había generado su propio destierro… Pero, otra vez, la Historia vino a gritarle en los oídos, y el eco de acontecimientos más atronadores sepultó sus esperanzas, pues al tiempo que sus cartas salían de Prínkipo, una ola de justificado temor recorría Europa y el mundo: Hitler se había proclamado canciller de Alemania y las banderas fascistas inundaban el país entre vítores de millones de alemanes. Berlín era la ciudad de un Hitler vencedor, no la de una joven comunista proscrita y suicida.

8

Nada más llegar, Ramón tuvo la sensación de que Barcelona había envejecido.

La orden del Estado Mayor del Ejército Popular que lo reclamaba en la ciudad había arribado al campamento una semana después de la visita que le hizo Caridad en la Sierra de Guadarrama. Lleno de dudas y cargando una buena dosis de vergüenza, Ramón se había despedido de sus compañeros y, con su ropa cubierta de lodo, subió en el transporte militar que evacuaba a los heridos del frente. ¡No pasarán!, había gritado hacia sus compañeros de trinchera, quienes les respondieron con las mismas palabras: ¡No pasarán! Ramón Mercader no imaginaba que era la última vez que utilizaría aquella consigna.

Seis meses atrás, cuando regresó a Barcelona con los restos de su regimiento miliciano destrozado por la primera ofensiva franquista sobre Madrid, Ramón había hallado una ciudad en tal estado de efervescencia política que, en pocos días, ya había conseguido organizar un nuevo batallón, dispuesto a adscribirse al recién creado Ejército Popular. Tras él se afiliaron la mayoría de sus compañeros sobrevivientes del diezmado regimiento y decenas de jóvenes de la Columna de Hierro de las Juventudes Socialistas, jubilosos ante la posibilidad de partir hacia el frente madrileño, donde parecía decidirse todo. La fe en la victoria era el oxígeno que se respiraba en la ciudad.

Para Ramón las Ramblas sintetizaban, por aquellos días del inicio del conflicto, el espíritu de una Barcelona exultante, borracha de sueños anarquistas, comunistas y sindicalistas. Aun cuando el viento maligno de la guerra y la muerte se dejaran sentir como una presencia viscosa, centenares de personas circulaban por el paseo, vestidos con los monos azules de los obreros, portando el distintivo de las diversas milicias recién creadas, envueltos todos en las estridentes marchas revolucionarias que clamaban desde los altavoces colocados prácticamente en cada edificio, de los que colgaban consignas y estandartes de los partidos fieles al gobierno. Ser trabajador, militante, miliciano o soldado de la República se había convertido en un signo de distinción y se podía pensar que las clases adineradas que, como su propia familia, habían adornado durante décadas la geografía del lugar, hubieran desaparecido de la faz de aquella tierra en ebullición donde la gente se saludaba con el puño en alto, cruzaba consignas y se preparaba para el sacrificio, convencida de que había que luchar por una dignidad humana que muchos recién habían descubierto.

Ramón había bebido de aquel ambiente enloquecido en el que nadie parecía tener verdadera noción de la tragedia que los acechaba y se había sentido exaltado, más dispuesto a empujar hacia delante la rueda de la historia. Unas semanas después, cuando se vivía el momento más crítico de la guerra y había llegado la salvadora decisión soviética de brindar ayuda militar a la República, la noticia, jubilosamente recibida, había dado un espaldarazo al Partido y a sus militantes, arrinconados durante las primeras semanas ante una marea anarquista en pleno disfrute del mejor verano de su historia.

Apoyado por África, Joan Brufau y sus colegas de la dirección de las Juventudes Unificadas, Ramón había explotado el multiplicado entusiasmo revolucionario y juntos hicieron una rápida y abultada cacería de mancebos. El batallón «Jaume Graells» (el pobre Jaume, el primer mártir del grupo, caído en la defensa de Madrid) se aprestó a partir hacia el nuevo destino militar que les habían asignado, a unos pocos kilómetros del Madrid asediado por los nacionales. Ramón, que ya se consideraba un veterano y mostraba con orgullo la herida de bala que le había rasgado el dorso de la mano derecha en los primeros días de la guerra, sería su comandante hasta tanto el grupo se sumara al V Regimiento, y durante varios días se había paseado por Barcelona exhibiendo unos grados que lo llenaban de fervor militante.

Aquellas dos semanas de octubre de 1936 que Ramón había permanecido en Barcelona antes de volver al frente, África las utilizó para ponerlo al día de los oscuros acontecimientos políticos que ya comenzaban a correr por debajo del ambiente entusiasta y combativo. El mayor peligro que enfrentaban las fuerzas republicanas, según la joven, era el fraccionalismo, exacerbado desde el inicio de la guerra. Nacionalistas catalanes, sindicalistas de tendencia anarquista o de filiación socialista, y renegados trotskistas como los del Partido Obrero de Unificación Marxista -al frente del cual estaba ahora la espina atravesada del empecinado Andreu Nin (miembro incluso del gobierno de la Generalitat)-, se oponían ya a la estrategia comunista y habían puesto sobre el tapete la cuestión más trascendental del momento: la guerra con revolución, o la guerra con victoria pero sin revolución. Aun antes de que llegaran a España los asesores soviéticos y los dirigentes del Komintern, el Partido Comunista había digerido las siempre acertadas políticas de Moscú y mostrado con claridad su posición: la prioridad de las fuerzas de izquierda era la unidad para conseguir la victoria militar e impedir la entronización de un fascismo que se lanzaba al apoyo de los militares rebeldes, brindándoles una ayuda masiva e inmediata. Solo después de esa victoria republicana se podría hablar de sentar las bases de una revolución social cuyo simple anuncio, en aquellos momentos, ponía los pelos de punta a las veleidosas democracias, a las cuales no tenían que asustar, pues debían ser los aliados naturales de los republicanos contra los fascistas. Los militantes del POUM, con su filosofía trotskista de la revolución europea, y los anarquistas, con sus prédicas libertarias (movidos por ellas ya habían cometido excesos criminales tan deleznables como los de los militares rebeldes), se habían opuesto desde el inicio a aquella estrategia, según ellos errada, mientras abogaban por hacer la guerra y, junto a ella, también la revolución contra el sistema burgués. Aquella diferencia de principios anunciaba combates arduos, y la labor de los comunistas, decía África, era tan importante en el frente como en la retaguardia, donde debían luchar por la validación de una política exigida por los asesores soviéticos, quienes ya habían condicionado su apoyo al trabajo por la victoria militar sin provocar las fracturas idealistas que libertarios y trotskistas se empeñaban en generar.

– A esos revisionistas les encanta jugar a la revolución -le había dicho África-, y si les dejamos, lo único que conseguirán es que nos quedemos solos y se pierda la guerra. Tienen el signo de Trotski en la frente y vamos a tener que arrancárselo con fuego. Sin la ayuda soviética no podemos ni soñar con la victoria, y así ya me dirás cómo coño se va a hacer una revolución… Parece que ya se les ha olvidado 1934.

En el lujoso Hispano-Suiza en que se desplazaba, África lo había llevado a recorrer los arrabales y los pueblos cercanos a Barcelona para que Ramón viera el caos al que trotskistas y anarquistas estaban llevando el país. Fuera de las Ramblas y los centros neurálgicos de la ciudad, se había instalado una lamentable desolación, con calles interrumpidas por absurdas barricadas, fábricas paralizadas, edificios saqueados hasta los cimientos, iglesias y conventos convertidos en ruinas carbonizadas. África le contaba de los fusilamientos ejecutados por los anarquistas y de cómo crecía entre los obreros el temor a expresar sus opiniones. La clase media y muchos propietarios de industrias habían sido despojados de sus bienes, y el proyecto de crear una industria militar navegaba por un mar de voluntarismos sindicalistas. La escasez de productos se había adueñado de tiendas y mercados. La gente tenía entusiasmo, era cierto, pero también hambre, y en muchos lugares el pan solo podía ser adquirido tras largas colas y únicamente si se tenían los cupones distribuidos por anarquistas y sindicalistas, convertidos en dueños de una ciudad en la que el gobierno central y el local apenas eran referencias lejanas. Aunque los anarquistas aseguraban que haber entrado en una era de igualdad bastaba para mantener el apoyo de unas masas esclavizadas por siglos, África se preguntaba hasta cuándo duraría el entusiasmo, la fe en la victoria.

– Esta República es un burdel y hay que meterla en cintura.

Ahora, en un lapso de pocos meses, cuando volvía del olor a sangre y de los rugidos de un frente donde caían diariamente jóvenes como su hermano Pablo o su amigo Jaume, Ramón se encontraba una ciudad cansada, más aún, desencantada, asediada por las escaseces y ansiosa de regresar a una normalidad quebrada por la guerra y los sueños revolucionarios. Era como si la gente solo aspirara a llevar una vida común y corriente, a veces incluso al precio infame de la rendición. Pocos días antes, el devastador ataque de los franquistas sobre Málaga, donde la infantería y la marina rebeldes, con el apoyo de la aviación y las tropas italianas, habían masacrado a los que escapaban de la ciudad, había hecho mella en la fe de la gente. Si bien los carteles seguían colgando de los edificios, de las iglesias confiscadas y de los pocos transportes que recorrían Barcelona, ahora, en lugar de clamar por la unidad y la victoria, gritaban con furia por la eliminación de enemigos que poco antes eran considerados aliados, incluso hermanos. Mientras, la burguesía, hasta unas semanas atrás arrinconada, volvía a salir de sus cuevas: en los cafés de las Ramblas, todavía mal guarnecidos, otra vez se veían abrigos de piel entre los monos proletarios. En los bares supervivientes, en cambio, eran los milicianos anarquistas quienes, con toda su indolencia, bebían lo que encontraban, jugaban al dominó, fumaban unos canutos malolientes y retozaban con las prostitutas a las que, unas semanas antes, habían alentado a la reconversión proletaria. La efervescencia de los meses anteriores iba perdiendo su fulgor, como el de las letras desvaídas de los carteles que, en aquellos mismos bares, rotuladas por aquellos mismos hombres, todavía recordaban los Grandes Propósitos: «EL BAILE ES LA ANTESALA DEL PROSTÍBULO; LA TABERNA DEBILITA EL CARÁCTER; EL BAR DEGENERA EL ESPÍRITU: ¡CERRÉMOSLOS!».

Camino del confiscado palacio de su pariente el marqués de Villota, Ramón, consciente de que olía a monte y pólvora, sintió el orgullo de saberse fiel a sus propósitos y también la ansiedad por conocer cuál sería su nuevo destino. Las razones últimas del cambio atmosférico de Barcelona aún se le escapaban, pero desde ese instante tuvo la noción de que se imponían acciones concretas, draconianas si era preciso, para devolver la fe resquebrajada e implantar la disciplina que nunca había existido y exigía a gritos la agobiada República.

Mientras el tranvía ascendía hacia las alturas de la Bonanova, Ramón recordó las visitas que hiciera con sus padres a la casa del acaudalado y noble pariente, dueño de una admirable jauría de perros con los que Ramón pasaba las horas de los convites. La evocación le pareció remota, casi ajena, como si entre aquellos días leves del pasado y las horas cargadas del presente, hubieran navegado por su cuerpo muchos años, quizás varias vidas, y del niño Ramón apenas quedara un nombre, retazos de nostalgia y poco más. En la alta verja de la propiedad colgaba ahora el cartón que advertía de la ubicación de la sede de la Agrupación de Mujeres Antifascistas, presidida por Caridad. Aunque el edificio no podía esconder su esplendor, el jardín se había llenado de hierbajos, de autos destripados y de unos perros famélicos que Ramón prefirió no mirar. Sin que nadie lo detuviera, el joven atravesó el jardín y el recibidor del palacio, con el piso de mármol italiano manchado de fango y grasa y una gran foto de un Stalin iluminado y recio colgada del sitio privilegiado donde, lo recordaba perfectamente, los marqueses exhibían un oscuro bodegón de Zurbarán. Cuando le informaron que la camarada Caridad estaba en el patio trasero, Ramón, conocedor de los caminos de la casa, buscó la salida de la biblioteca y vio bajo un ciprés la pequeña mesa alrededor de la cual conversaban, sonrientes, Caridad y el sólido y rojizo Kotov.

Ramón había conocido al soviético a través de su madre, apenas éste había llegado a Barcelona con los primeros asesores de inteligencia y los enviados del Komintern. Antes de que Ramón partiera hacia Madrid y Caridad a Albacete, habían tenido varios encuentros con Kotov, y a Ramón lo había admirado la portentosa capacidad de análisis de aquel especialista en trabajos secretos, dueño de unos ojos transparentes y filosos, y de una leve cojera en el pie izquierdo, que a veces conseguía disimular. Más tarde, cuando la caída de Madrid parecía inminente, hasta el joven habían llegado los comentarios de los actos casi suicidas de aquel enviado de Moscú, quien, tras la senda de los primeros tanquistas soviéticos, varias veces se había colocado a la cabeza de milicianos e internacionalistas, violando la orden moscovita que prohibía a los asesores participar directamente en acciones de guerra. Sabía, además, que su madre sentía devoción por aquel hombre, capaz, según ella, de leer en una noche un libro de quinientas páginas, de recitar de memoria casi toda la poesía de Pushkin y de expresarse en ocho lenguas diferentes, incluido el cantones.

Como si lo hubiera visto esa mañana, Caridad le ofreció un asiento. Mientras, el efusivo Kotov le daba la bienvenida con un abrazo de oso y le ofrecía un trago de vodka que Ramón rechazó. El aire frío de marzo no parecía hacer mella en el soviético, apenas vestido con una camisa de lana cruda y un pañuelo de colorines atado al cuello; Caridad, en cambio, se cubría con unas mantas y tenía el rostro ajado.

– ¿Cómo dejaste las cosas en Madrid? -quiso saber Kotov, y él trató de explicarle lo que, desde una trinchera a treinta kilómetros de la ciudad, se podía saber o especular sobre la situación de la interminable batalla por la capital, aunque le expresó su convencimiento de que la ofensiva iniciada en Guadalajara terminaría como la del Jarama: sería una nueva victoria sobre los fascistas.

– Eso lo damos por descontado -afirmó Kotov, como si pudiera predecir el futuro, incluso el de aquella guerra impredecible, y tomó de la mesa uno de los cigarrillos de Caridad. Comenzó a fumar sin absorber el humo-. Pero ahora tenemos una batalla más compleja acá en Barcelona -agregó y, sin preámbulos, le trazó a Ramón un cuadro de las tensiones políticas en la capital catalana, donde el gobierno de la Generalitat al fin pretendía llegar a ser algo más que una asamblea de consejeros a la que nadie obedecía. Allí, en Barcelona, más que en Madrid, se podía decidir el rumbo de la guerra, aseguró.

Escuchando a Kotov, Ramón recordó la pregunta que Caridad le hiciera unos días antes y su insistencia en la idea de que podía haber otros frentes más importantes en aquella guerra. Según el asesor, el presidente Companys parecía dispuesto a disciplinar su territorio y había ordenado requisar las armas y desmantelar las patrullas de vigilancia anarquistas y sindicalistas que tenían el control efectivo de Barcelona. Para el Partido, la necesidad de neutralizar a las distintas facciones republicanas, o falsamente republicanas, había pasado a ser una tarea de primer orden y por ello debían apoyar el empeño de Companys. El problema radicaba en que la política de los comunistas se veía constantemente limitada por la hostilidad del gobierno conciliador del socialista Largo Caballero, quien seguía demostrando su desagrado por ellos y, lo que era peor, su incapacidad para dirigir la guerra. El panorama comenzó a aclararse para Ramón cuando Kotov le explicó que un grupo de militantes de plena confianza iba a trabajar por lo que se presentaba como una urgencia política: deshacerse de los lastres que afectaban a la disciplina y a la voluntad militar y catalizar los esfuerzos republicanos dedicados a la unificación de las fuerzas. Para alcanzar ese objetivo iban a utilizar todos los medios, desde la propaganda más agresiva hasta la posibilidad de generar una crisis tal que condujera a un cambio en el gobierno y permitiera sustituir a Largo Caballero por un dirigente capaz de conseguir la unidad de las fuerzas.

Ramón empezaba a entrever las dimensiones de la misión para la cual había sido convocado y escuchó las reflexiones de Kotov sobre la urgencia de iniciar la ofensiva con una limpieza en el ejército, donde debían deshacerse de algunos jefes incondicionales a Largo Caballero. El camarada Stalin en persona había sugerido que se hicieran purgas en los mandos y se designaran dirigentes más capaces: en el desastre de Málaga se habían portado como imbéciles, peor, como traidores y saboteadores. Por tanto, se imponía quitar del camino a oponentes recalcitrantes y, al mismo tiempo, conseguir una preeminencia de los comunistas dentro del bando republicano, tanto en el ejército como en las instituciones. Solo así se podría lograr la cohesión necesaria y empezar a soñar con la victoria.

– Muchacho, en esta guerra se deciden muchas cosas para el futuro del proletariado, para el mundo entero, y no podemos andarnos con paños tibios. Sabemos que Largo y sus putos socialistas están organizando una campaña mezquina contra los soviéticos, los comunistas y nuestros comisarios políticos. ¿O te parece casual que hablen cada vez con más frecuencia de que México ofrece una ayuda desinteresada a la República? Algunos hasta nos acusan de haber sacado hacia Moscú las reservas de oro español como pago por las armas, cuando todo el mundo sabe que, además de venderles a los españoles unas armas que nadie les vendería, les estamos protegiendo ese tesoro que podía haber caído en manos de los fascistas, lo que hubiera sido el fin de la República… Está muy claro: en el fondo hay una alianza entre socialistas y trotskistas para desacreditar a los soviéticos. Sospechamos incluso que el gobierno está tramando un pacto con los ingleses para sacarnos de en medio. Nosotros nos iríamos por donde mismo vinimos, lamentando la derrota de la República, pero ¿y vosotros? Vosotros seríais las cabezas de turco y lo pagaríais con sangre. Franco va a por todo, con Hitler y Mussolini empujándolo hasta el final…

Ramón, encolerizado por lo que iba escuchando, observó a Caridad, que encendió un cigarrillo, fumó un par de veces y lo lanzó lejos de ella.

– Estoy fatal. Tengo angina de pecho -comentó la mujer y se inclinó sobre la mesa-. Y el maldito tabaco… Creo que Kotov ha sido claro.

Ramón sentía que las ideas formaban un fárrago oscuro en su mente. La lista de complots, traiciones y mezquindades enumerados por Kotov le resultaba abrumadora y el proyecto de un frente amplio antifascista, en el cual había creído y por el que había luchado, parecía deshacerse bajo el peso de aquellos argumentos. Pero aún no conseguía ver su sitio en una guerra descentrada, en la cual los enemigos saltaban en cualquier esquina y no solo en el campo de batalla. El asesor se puso de pie y lo miró a los ojos, obligándolo a mantener la cabeza en alto.

– Para que me entiendas mejor: seguramente te enteraste de que hace un mes retiraron a varios asesores del primer grupo que llegó… Lo que seguramente no sabes es que ahora mismo están en Moscú, los han juzgado y a varios de ellos los van a fusilar… ¿Quieres que te diga quién es el próximo en la lista? -el asesor bajó la voz e hizo una pausa llena de dramatismo-. Acaba de llegar la orden de que mandemos de regreso a Antónov-Ovseienko, nuestro cónsul aquí en Barcelona… Antónov -la voz de Kotov cambió al repetir el nombre-, todo un símbolo, el bolchevique que en 1917 aseguró la toma del Palacio de Invierno… ¿Sabes lo que significa que lo saquen del juego a él y a otros viejos militantes? ¿Has leído las noticias de los procesos que acaban de celebrarse en Moscú? Pues todo eso significa que no podemos tener piedad con nadie, Ramón, ni siquiera con nosotros mismos si cometemos el menor fallo. La España republicana necesita un gobierno capaz de garantizar el éxito militar… Por eso tenemos que movernos con cautela y rapidez.

– ¿Qué se supone que tenemos que hacer? -Ramón temía no haber entendido con exactitud lo que se iba perfilando en su mente y se descubría asustado por las revelaciones escuchadas.

– El Partido tiene que hacerse con el poder real, incluso por la fuerza si es preciso -dijo Kotov-. Pero antes hay que limpiar la casa…

Ramón se atrevió a buscar la mirada verde vidriosa de Caridad, que periódicamente daba sorbos al líquido amarillento servido en una copa adornada con las armas del marqués de Villota.

– No mires más: es zumo de limón, para la angina… -dijo ella y agregó-: África está trabajando con nosotros, por si no lo sabías -y Ramón sintió un latigazo. Volvió a levantar la mirada hacia Kotov. Y dio un paso hacia África.

– ¿Qué debo hacer yo?

– Ya te enterarás en su momento… -Kotov sonrió y luego de dar un breve paseo, regresó a la silla-. Lo que debes saber ahora es que si trabajas con nosotros no volverás a ser el Ramón Mercader que fuiste. Y debo decirte también que si cometes una indiscreción, si flaqueas en cualquier misión, seremos muy despiadados. Y no tienes ni idea de cuan despiadados podemos ser… Si estás aquí y has oído todo esto es porque Caridad nos ha asegurado que eres un hombre capaz de guardar silencio.

– Podéis confiar en mí. Soy un comunista y un revolucionario y estoy dispuesto a hacer cualquier sacrificio por la causa.

– Me alegro -Kotov volvió a sonreír-. Pero debo recordarte algo más… No te estamos invitando a participar de un club social. Si decides entrar, nunca podrás salir. Y nunca significa nunca. ¿Está claro?, ¿de verdad estarías dispuesto a cumplir cualquier misión, hacer cualquier sacrificio, como dices, incluso cosas que otros hombres sin nuestras convicciones pueden considerar amorales y hasta criminales?

Ramón sintió que se hundía en un lodo absorbente. Era como si la sangre se le fugara del cuerpo y lo dejara sin calor. Pensó que a África le habrían hecho la misma interrogación y no le fue difícil adivinar cuál había sido la respuesta. Las ideas de la revolución, el socialismo, la gran utopía humana, por las cuales había luchado, le parecieron de pronto otras de esas consignas románticas clavadas en los carretones de carbón tirados por mulos: palabras. La verdad, toda la verdad, estaba encerrada en la pregunta hecha por aquel enviado de la única revolución victoriosa que, para sostener sus ideales, practicaba una necesaria falta de piedad, incluso con sus más queridos hijos, y exigía un eventual rechazo a cualquier atavismo. Su ascenso a aquel nivel estratosférico significaría convertirse en mucho más que un simple aficionado a la revolución y la retórica de sus lemas.

– Estoy dispuesto -dijo y, de inmediato, se sintió superior.

Mientras observaba el puerto, donde había anclados unos pocos barcos, Ramón sintió cómo los días del comienzo de la guerra se le hacían tan distantes que le parecieron flashazos de otra encarnación, vivida incluso con otro cuerpo, pero sobre todo, con otra mente.

Aquella tarde, después de ducharse, Ramón había conversado un rato con el pequeño Luis y con una joven de ojos tristes llamada Lena Imbert, con la que alguna vez se había ido a la cama y que ahora se había convertido en la asistente de Caridad. En lugar de tomar el Ford que le ofreció su madre, prefirió hacer la caminata hasta el paseo de Gracia. Necesitaba reubicar su mente en la nueva condición de su vida, pero, sobre todo, le urgía hablar con África y obtener de la mujer una reafirmación del panorama electrizante dibujado por Kotov. Frente al edificio de La Pedrera varios milicianos del Partido montaban guardia y las credenciales militares y políticas de Ramón no fueron suficientes para que le franquearan la entrada. Desde el mes de septiembre aquel engendro del delirio de Gaudí se había convertido en el cuartel general de la inteligencia soviética y de los dirigentes del Partido en Cataluña y era el edificio más protegido de la ciudad. Ramón consiguió que uno de los milicianos aceptara entregarle una nota a la camarada África y se sentó a esperar en uno de los bancos del paseo.

Un rato después, sintió la agresión del hambre y fue en busca de uno de los mesones del puerto que aún sobrevivía. Más tarde fue hasta la iglesia de la Merced y ubicó el edificio modestísimo donde vivía su padre, quien, según sabía, ahora se dedicaba al trabajo de contable, luego de la ruina de sus negocios. Cumplida la curiosidad, descubrió que no sentía deseos de ver al hombre, pues ni siquiera imaginaba de qué podía hablar con aquel señor burgués aferrado a su retrógrado catalanismo y demasiado blando para sus gustos. Dejó la calle Ample y buscó el nacimiento de las Ramblas, donde había fijado uno de los puntos de encuentro con África.

La noche se enfriaba, la ansiedad por ver a la muchacha lo atormentaba y Ramón se arropó en sus pensamientos. Lo que hasta unos meses antes había estado claro para él, se había convertido en una nebulosa oscura y llena de vericuetos. Del entusiasmo con que había ido a la cárcel, con el que se metió en la Barceloneta para alfabetizar a los hijos de los obreros, y de la furia con que se entregara después a la organización de unas abortadas Olimpiadas Populares, había pasado de inmediato a la lucha por defender a la República de la asonada militar. Entonces anarquistas, poumistas, socialistas y comunistas lucharon revueltos y juntos por impedir el triunfo del golpe. Su incorporación a las milicias y casi de inmediato a las filas del nuevo ejército republicano resultaron consecuencias hacia las que se deslizó de manera natural, con todo su entusiasmo y su fe, convencido de que su vida solo tenía sentido si era capaz de defender con un fusil las ideas en las que creía. Pero al cabo de medio año de guerra, y ante la evidencia de la mezquindad política de británicos, norteamericanos y sobre todo de los socialistas franceses, resultaba evidente que solo los soviéticos los sostendrían y que la República dependía de aquel apoyo.

La llegada de África lo sorprendió en aquellas cavilaciones. Como ya no esperaba verla, sintió una alegría multiplicada al escuchar la voz y respirar el perfume inalterablemente femenino de la joven. Ramón la besó con furia y la obligó a separarse de él para observarla mejor: no supo si cuatro meses de campaña militar, entre hedores, gritos, sangre y muerte influyeron en su percepción, pero ante sí vio un ángel en traje de combate, con el cabello cortado con un aire definitivamente militar.

África traía las llaves de un pequeño departamento de la Barceloneta y caminaron deprisa, buscando las travesías que acortaran el camino hacia la consumación del deseo. Subieron unas escaleras oscuras, donde el vaho de la humedad se había impregnado, pero al abrir la puerta Ramón encontró un pequeño cuarto, dominado por la cama matrimonial sobre la cual relucía una sábana olorosa a jabón. Con las ansias acumuladas y una agobiante sensación de necesidad, Ramón le hizo el amor con una plenitud y una furia incontenibles. Solo cuando se sintió saciado, mientras se reponía para un nuevo asalto, se atrevió a trabar la conversación que deseaba tanto como el cuerpo de la mujer a la que más amaría en su vida.

África le contó que su hija estaba bien, aunque desde hacía un par de semanas no tenía noticias de ella. Sabía que tras la cruenta toma de Málaga por los fascistas, sus padres habían conseguido irse a un pequeño pueblo de Las Alpujarras donde vivían unos parientes. Además, África había tenido tanto trabajo en la oficina de Pedro, el jefe local de los asesores del Komintern, que apenas le restaba tiempo para pensar en ella misma y ninguno para preocuparse por Lenina, a la que sus padres sabrían cuidar.

– Estoy trabajando con el grupo de propaganda -le comentó y le detalló la labor subterránea de opinión destinada a vencer la resistencia de los que aún se oponían a la presencia soviética en el país, empezando por Largo Caballero, que con toda zalamería aceptaba las armas pero a regañadientes escuchaba los consejos de los asesores. Cada vez más los socialistas, ante la evidencia del crecimiento geométrico del Partido y su ascendente prestigio en el frente, los tildaban de ser marionetas de los designios de Moscú y de querer hacerse con el control de la República. Peores eran los ataques de los trotskos del POUM, a los que se imponía desenmascarar en su verdadera esencia reaccionaria.

– A mí también me han pedido que trabaje para quitar de en medio a toda esa gente -le comentó Ramón, ya totalmente convencido de la necesidad de su nueva misión, y le contó de su entrevista con Kotov.

– ¿Sabes qué, Ramón? -dijo ella-. Lo que me has dicho te puede costar la vida.

– Tú también les dijiste que sí. Sé que puedo confiar en ti.

– Te equivocas. No puedes confiar en nadie…

– No te pongas paranoica, por favor.

África sonrió y negó con la cabeza.

– Camarada, la única forma de que todo lo que hacemos funcione es si lo hacemos en silencio. Métete eso en la cabeza, porque, si no, lo que te van a meter es un plomo. Y óyeme bien ahora, porque me la juego con lo que te voy a decir… Los soviéticos quieren ayudarnos a ganar la guerra, pero los que tenemos que ganarla somos nosotros, y si las cosas no cambian, no ganaremos nunca. Tú vas a formar parte de ese cambio. Por lo tanto, olvídate de que tienes alma, de que quieres a alguien y hasta de que yo existo.

– Eso último es imposible -dijo él y trató de sonreír.

– Pues es lo mejor que podrías hacer… Ramón, quizás está noche sea la última vez que nos veamos en mucho tiempo. En un par de días he de salir de Barcelona… -dijo mientras comenzaba a vestirse, y él la observó, sintiendo cómo sus deseos se congelaban-. Y no me preguntes, pues yo tampoco te he preguntado por qué ni hacia dónde. Yo soy un soldado y voy a donde me manden.

9

A lo largo de la primavera de 1977 viajé varias veces hasta la playa, y en cada ocasión, movido por la más inocente curiosidad, me senté un rato bajo los pinos procurando un nuevo encuentro, seguramente improbable, con el dueño de los galgos rusos a quien, el mismo día en que lo conocí, había bautizado como «el hombre que amaba a los perros».

Desde mi salida de Baracoa, dos años antes, y finalizada la cura alcohólica que me mantuvo radicalmente alejado de la bebida durante quince años -cuando empezó la crisis y sentí que podía volver a tomar un trago de ron o una cerveza y no despeñarme por la escalera de Jacob, pues allá abajo estábamos-, yo le había dado un giro importante a mi vida. Sin saber todavía a derechas lo que me proponía, y para sorpresa de mis amigos, no había aceptado la ubicación que me otorgaban en el equipo de los servicios informativos de una emisora nacional, premio al trabajo que se suponía había realizado en Baracoa, evaluado como excelente. Entonces había comenzado a rastrear en el sub-mundo de la esfera periodística y cultural, todavía atestado de ángeles caídos que antes habían sido celebrados y polémicos escritores, periodistas, promotores, todos defenestrados, quizás de por vida, y por las razones o sinrazones más disímiles. Aquella búsqueda terminó por conducirme hasta la modestísima plaza de corrector en la revistaVeterinaria Cubana, pues su ocupante había muerto unas semanas antes, al parecer por propia mano. Aquel trabajo parecía lo suficientemente oscuro, anónimo, alejado de las pasiones y ambiciones posibles, y me garantizaba las dos cosas que yo necesitaba en aquel momento: un salario para vivir, paz y rutina para tratar de recomponer mi espíritu. En su momento, pensaba, ya intentaría un regreso a la escritura que, en aquel momento, todavía creía posible.

En realidad, no tenía demasiado claro el modo en que cumpliría la pretensión de volver a escribir, pues estábamos en pleno año 1975 y nada en el horizonte indicaba que algo pudiera cambiar en las concepciones de una política y una literatura que, bajo el peso muerto de las más rígidas ortodoxias, sólo producía y promovía obras como la que yo había escrito cuatro años antes: sinflictivas -así se las calificó después- y complacientes, sin el asomo de una tensión social o humana que no estuviese permeada por los influjos de la propaganda oficial. Y si de algo estaba seguro era de que esa escritura ya no tenía nada que ver con la persona que yo podría llegar a ser. El problema radicaba en que no tenía la más puta idea de cuál podía ser la literatura que debía y, sobre todo, que tal vez podía escribir, y mucho, mucho menos, cuál y cómo la persona que yo quería ser.

Por la época en que hacía aquellos viajes a la playa, con los que -después lo sabría- estaba tentando mi destino, ya había empezado mi relación con Raquelita, la estomatóloga recién graduada que, ese mismo año, se convertiría en mi mujer. Nos habíamos conocido precisamente en la playa, durante el verano anterior, y por esa razón desde el principio estuvo al tanto de mi afición a participar en los partidos de squash que se jugaban en las canchas de Santa María, El Mégano y Guanabo, en especial los que se podían pactar entre noviembre y abril, cuando los baños en el mar dejan de ser atractivos para los cubanos, y solo los más fanáticos solíamos hacer la travesía desde La Habana hasta las playas para disfrutar de unos juegos tranquilos y de buen nivel.

De ese modo, cada tarde que debía ir a la imprenta a entregar originales o galeradas, en lugar de regresar a la redacción de la revista pasaba por la casa de mi madrina, donde solía guardar mi raqueta, y abordaba La Estrella, la mítica ruta de bamboleantes autobuses Leyland, que viajaba entre la ciudad y las playas, hasta rendir viaje en el balneario de Guanabo.

Fue dos semanas después de nuestro primer encuentro y al cabo de tres o cuatro excursiones a la playa cuando, ya en abril, volví a toparme con el extranjero de los galgos. La puesta en escena resultó muy similar a la del primer contacto: los perros corrían por la arena y, a la distancia, su dueño los seguía, con las correas en la mano y aquel andar definitivamente torpe, quizás ebrio, pensé esa vez. Aquel día el hombre vestía un pantalón blanco, de tela ligera, y una camisa a cuadros, como decowboy. Yo, al contrario de la primera vez, me mantuve sentado, con la novela que leía en las manos -había empezado Corre, Conejo, ese libro que Updike nunca superó-. Luego de silbarles a los perros, que apenas se fijaron en mí, sonreí al hombre y lo saludé con un gesto de cabeza, a lo que él correspondió levantando la mano derecha, todavía cubierta con una banda de tela. Unos minutos después, para completar el reparto, hizo su aparición el negro alto y flaco, otra vez apostado entre las casuarinas.

Cuando el hombre se detuvo, yo me puse de pie y me acerqué unos pasos, como si se tratara de un cruce totalmente casual.

– ¿Cómo está usted? -le pregunté, indeciso de qué rumbo tomar en la posible conversación.

– He tenido tiempos mejores -dijo el hombre y sonrió con cierta amargura.

Como no le sentí aliento etílico, estuve a punto de preguntarle si estaba enfermo, pues su forma de caminar develaba algún problema con el equilibrio. Me fijé en ese momento en que el color cetrino de su piel se había acentuado, y pensé que quizás se debiera a algún padecimiento, tal vez hepático, circulatorio o respiratorio, pero me abstuve de preguntar y me fui por un rumbo seguro.

– ¿Y qué edad tienen los perros?

– Acaban de cumplir diez años. Se están haciendo viejos, los galgos no viven mucho.

– ¿Y cómo resisten el verano aquí en Cuba?

– En la casa tenemos aire acondicionado… -comenzó, pero se detuvo, pues sin duda sabía que en Cuba casi nadie podía acceder a ese lujo-. Pero se han acostumbrado bien. Sobre todo Ix, la hembra. A Dax últimamente le ha cambiado un poco el carácter.

– ¿Se ha puesto agresivo? A veces a los borzois les pasa eso…

– Sí, a veces… -dijo el hombre y yo tuve la certeza de que me había excedido: solo un especialista, o alguien por alguna razón interesado en esa raza, podía conocer aquellos detalles del comportamiento de los galgos rusos. Opté entonces por revelar una parte de la verdad.

– Desde que los vi el otro día -señalé hacia los animales-, me impresionaron tanto que busqué literatura sobre ellos. Es que me encantan sus perros.

El hombre sonrió, menos tenso, obviamente orgulloso.

– Hace unos meses me los pidieron para una película. Cuenta la historia de una familia rica que no quiso irse de Cuba después de la revolución, y al director le pareció queIx y Dax eran ideales para esas gentes… Yo tuve que llevarlos cada vez que aparecían, y la verdad es que fue muy divertido asistir al rodaje, viendo cómo se monta una mentira que después puede parecerse a la verdad. Tengo muchos deseos de ver cómo quedó todo…

La conversación se extendió un buen rato, siempre con el negro alto y flaco observándonos desde las casuarinas: hablamos de cine y de libros, de la temperatura amable de la primavera en la isla, de mi trabajo y del linaje aristocrático de los borzois, de los que, según el hombre, ya había noticias en una crónica francesa del siglo XI, donde se dice que cuando Anna Yaroslavna, hija del Gran Duque de Kiev, llegó a París para casarse con Enrique I, venía acompañada por tres borzois.

– Los rusos cuentan con mucho orgullo que los borzois son los perros de los zares y los poetas, porque Iván el Terrible, Pedro el Grande, Nicolás II, Pushkin y Turguéniev tuvieron de estos galgos. Pero el mayor criador de borzois fue el Gran Duque Nicolás, llegó a tener varias perreras… Después de la Revolución, los borzois casi desaparecieron, y ahora son los perros de la nomenclatura, como dicen ellos -hizo un gesto señalando hacia las alturas-. Un soviético común y corriente no puede alimentar a estos animales, aunque, la verdad, comen muy poco para su tamaño. El verdadero problema es que necesitan mucho espacio… Si no hacen ejercicio se sienten fatal.

Aquella tarde por fin el hombre satisfizo una de las interrogantes que me perseguían: me contó que era español, pero que había vivido muchos años en Moscú, desde que terminó la guerra civil, española, por supuesto, en la cual había peleado en el bando republicano, también por supuesto. Hacía tres años que vivía en Cuba, sobre todo porque su esposa, mexicana, no se había acostumbrado nunca a la Unión Soviética: el frío y el carácter de los rusos la volvían loca (más loca de lo que está, dijo textualmente).

Cuando nos despedimos, yo sabía también que el hombre se llamaba Jaime López y que se alegraba de haberme visto otra vez. Como en la ocasión anterior, lo vi alejarse, acompañado por el negro alto y flaco. Entonces, empujado por la curiosidad, esperé un par de minutos y salí hacia la carretera. A lo lejos observé al hombre, el negro y los perros, mientras atravesaban la explanada desierta del parqueo y se acercaban a un carro Volga, blanco, tipo pick-up, por cuya puerta trasera subieronIx y Dax. El auto, conducido por el negro, salió a la carretera y se alejó en dirección a La Habana.

A lo largo del mes de abril y durante las primeras semanas de mayo, López -como pedía el hombre que lo llamara- y yo tuvimos varios encuentros en la playa, casi siempre breves. Por más que lo pienso, en verdad todavía no me explico mi persistente interés en aquel personaje, que casi no hablaba de sí mismo y tampoco parecía demasiado interesado en mí ni en el ambiente del país donde ahora vivía, a pesar de que, según me contó, su madre había nacido en La Habana, cuando todavía la isla era colonia española. No obstante, cuando el asunto de los perros y su remota relación familiar con Cuba se agolaban -y en cada encuentro se agotaban con mayor rapidez-, las conversaciones podían rozar temas que me proporcionaban alguna información sobre el reservado «hombre que amaba a los perros».

Uno de los primeros datos que me reveló López fue que en su trabajo le habían asignado un chofer (el sigiloso negro alto y flaco que aparecía y se esfumaba entre las casuarinas) no porque fuera tan importante como para necesitarlo, sino porque padecía unos frecuentes mareos con los que había provocado dos accidentes de tránsito, por suerte menores. Desde hacía unos meses, me dijo, le estaban haciendo unos análisis médicos, siempre más complicados; si bien habían determinado que no padecía ninguna afección neurológica ni auditiva que pudiera ocasionar aquellos vértigos, lo cierto era que cada vez lo asediaban con mayor insistencia e intensidad. También llegué a saber que tenía dos hijos: un varón, más o menos de mi edad, que soñaba estudiar para capitán de barcos mercantes, y una hembra, siete años más joven, y que era la luz de sus ojos, dijo, con su propensión a las frases hechas. Por temporadas también vivía con ellos otro casi hijo, sobrino de su esposa, que había quedado huérfano cuando era muy niño.

En una ocasión en que le pregunté qué trabajo hacía en Cuba para tener carro nuevo y la posibilidad de un chofer, Jaime López apenas me dijo que era asesor de un Ministerio y cambió de inmediato de tema. Y cuando quise saber dónde vivía, eludió la respuesta diciendo «del otro lado del río», una dirección imprecisa que no hubiera dado ningún habanero, pues el infecto río Almendares hacía años que no era referencia de nada ni para nadie.

Al despuntar mayo y subir las temperaturas, la playa empezó a recibir más visitantes y resultó evidente que los paseos de López y sus perros tenían que buscar otro escenario. Para entonces yo había perdido casi todo mi interés por aquel español impenetrable, hijo de una madre cubana de la que no me contaba nada («No me gusta hablar de ella», dijo, diría que textualmente), que había peleado en una guerra de la cual no hablaba («Me duele acordarme de ella», ídem), vivido en un Moscú del que no tenía opinión, y trabajaba y residía en Cuba, en lugares imprecisos marcados por un río en otro tiempo célebre y en la actualidad preterido. Por eso, cuando el hombre que amaba a los perros desapareció, no lo extrañé, y si no hubiera sido por los dos borzois de los que me acordaba con cierta frecuencia, la imagen de Jaime López tal vez se hubiera desvanecido para siempre de mi memoria, como el río Almendares y tantos otros personajes y sitios entrañables que fueron desapareciendo de la enflaquecida memoria de los habaneros.

Aquel verano de 1977 fue el de mi intempestiva boda con Raquelita y, semanas después, el de la lamentable revelación de la homosexualidad de mi hermano William.

Mi decisión de casarme con Raquelita sorprendió a mis amigos, sobre todo cuando supieron que no había un embarazo por medio. Simplemente me arrolló una necesidad visceral de compañía, un deseo de fortificar más mi refugio personal, y ella aceptó la propuesta porque -lo sabría unos años más tarde, cuando decidió dejarme y además humillarme- estar casada facilitaba mucho la gestión de un pariente suyo, muy bien ubicado (la nomenclatura), que con ciertos artilugios se encargaría de eximirla del -para los demás graduados tan inapelable e ideológicamente fortificante- servicio social. La boda se celebró de una manera muy poco convencional, pues trajimos al notario a la casa de los padres de Raquelita, en Altahabana, y a pesar de que había sido mi amigo Dany quien me presentara a mi inminente esposa, por razones de antigüedad escogí como testigo al negro Frank, recién llegado (él sí) de su servicio social como médico en Moa, la ciudad minera, la otra Siberia cubana. La fiesta que siguió se organizó en la nueva onda pobre-proletaria que se había establecido, con las cervezas que por una cuota fija vendían a los recién casados y los aportes comestibles y bebestibles de los amigos de ambos. Disfrutada de la consabida luna de miel en un hotel de La Habana, nos fuimos a vivir en mi casa, en Víbora Park. Aunque compartíamos el espacio con mis padres y mi hermano William, mi mujer y yo gozábamos de la privacidad de una habitación con baño propio a la que, para evitar seguros roces con mi madre, agregaría poco después una pequeña cocina, tomando una parte de la terraza techada.

El mundo sosegado que yo trataba de construir sufrió una sacudida brutal apenas unas semanas después de la boda. La verdad es que la homosexualidad de William, siete años menor que yo, siempre había sido, para mí y para mis padres, una realidad que lo mismo combatíamos que nos negábamos a ver y, por supuesto, algo de lo que nunca se hablaba en la casa. Desde niño William arrastraba un afeminamiento retraído que pareció sumergirse, tal vez desaparecer, cuando entró en la escuela secundaria. Mis padres lo habían llevado a un psicólogo y se consolaron pensando que, tras dos años de consultas, éste había logrado el milagro de «curar» al muchacho con una tanda de hormonas inyectadas que habían provocado el efecto colateral de hacerle crecer el rabo hasta unas dimensiones caballunas. Aunque en los últimos años mi relación con William se había hecho lejana, a veces hasta ríspida, todo el tiempo sospeché que su homosexualidad estaba solo latente, y algún día bostezaría. Pero nunca imaginé que el despertar se convertiría en una verdadera pesadilla que terminaría por envolvernos a todos.

Por lo mucho que su carácter y su destino tienen que ver con esta historia, se impone que haga un pequeño comentario sobre mis padres. En realidad fueron dos personas tan normales que daba pena: eran trabajadores, se llevaban bien, solo aspiraban a que William y yo tuviésemos una buena vida y estudios universitarios a los que ellos no habían conseguido acceder. Él era masón y ella, católica, y nunca ocultaron aquellas filiaciones en una época en la que casi todo el mundo prefería disimular y hasta renunciar a esas y otras veleidades pequeño-burguesas, propias de un pasado en vías de superación socialista. Desde que tengo uso de razón, recuerdo que, tanto a mí como a William, mis padres trataron de inculcarnos las convicciones de que la verdad siempre se debe enfrentar, de que solo el trabajo hace crecer al hombre y de que, por encima de todas las coyunturas, el comportamiento decente de un individuo siempre tenía las mismas características (no matarás, no robarás, no traicionarás, etc.), y, más aún, que contra esos tres valores (verdad, trabajo y decencia) ninguna fuerza del mundo podía imponerse. Como se ve, mis padres eran unos crédulos redomados. Por supuesto, en aquellos tiempos yo no formulaba ni entendía de este modo preciso aquel compendio de ética elemental masónico-cristiana ni pensaba así de mis padres. De lo que estoy seguro es de que aquella postura ante la vida inoculó sus influjos en mi conciencia y en la de mi hermano, y que haber sido educados bajo aquellos preceptos no resultó demasiado saludable en una época donde tal vez lo mejor habría sido aprender desde la cuna la práctica de las artes de los dobleces y los ocultamientos como forma de ascenso o, al menos, como estrategia de supervivencia.

William era un tipo brillante. Ese verano había terminado su primer año en la Escuela de Medicina con unas notas tan elevadas como inusuales para ese período, el más arduo de la carrera. Pero recién comenzado el segundo curso, en septiembre, mi hermano y su profesor de anatomía, con el que mantenía relaciones íntimas desde el año anterior, fueron acusados de ser homosexuales por otro profesor, en una reunión del núcleo del Partido en el cual militaban ambos maestros. Como era la usanza, se formó una comisión disciplinaria compuesta con «todos los factores»: Partido, Juventud Comunista, Sindicato, Federación de Estudiantes y, a pesar de la falta de pruebas o siquiera de sospechas de que hubieran practicado en la Escuela sus aberraciones, como fueron calificadas, se les sometió a entrevistas en las que el profesor negó enfáticamente cualquier desliz homosexual. Pero William, después de rechazar durante semanas y con toda su vehemencia aquella acusación, echó mano a un coraje que yo le desconocía y se rebeló contra un ocultamiento agotador y represivo, y dijo que sí, él era homosexual, desde los trece años ejercía como tal, activa y pasivamente, aunque se negó a confesar con quiénes había realizado tales actividades pues ése era un asunto privado y a nadie más que a él le incumbía. Aunque no fue posible relacionar las inclinaciones sexuales de los encausados con su actitud como profesor y como estudiante, a pesar de que los resultados laborales y docentes de cada uno resultaran notables, la sentencia estaba dictada de antemano y la comisión de factores aplicó sus medidas: el profesor sería expulsado indefinidamente del Partido y del sistema nacional de enseñanza, mientras William era separado dos años de la universidad, pero definitivamente de los estudios de medicina.

Más que el dictamen universitario, fue la vergüenza que agredía de manera frontal los preceptos morales de Antonio y Sara, mis padres, lo que los impulsó a completar la condena sobre el muchacho y a cometer el que se convertiría en el más lamentado error de sus vidas: botaron de la casa a William, a pesar de mis protestas (siempre había sentido lástima por mi hermano), insuficientes para hacerlos entrar en razón. La familia hasta entonces unida comenzó a desintegrarse y la desgracia final del clan empezó a gestarse en el horizonte.

Sé que la historia de la caída de William -como muchos de mis propios tropezones- puede parecer hoy hasta exagerada, pero lo cierto es que durante muchos años fue común a muchísima gente. En ese momento, movido por un sentimiento de compasión y empujado por una Raquelita horrorizada ante aquellas manifestaciones de homofobia y crueldad familiar, yo salí a buscar a William por toda La Habana hasta que logré encontrarlo… en la casa del ex profesor. Lentamente, con toda mi cautela y paciencia, traté de construir una relación diferente con mi hermano y poco después llegaría a sustituir mi primitivo sentimiento de lástima por una justificada admiración, debida al modo en que él estaba enfrentando su condena: luchando. (Todo lo contrario a lo que yo hubiera hecho, a lo que yo había hecho.) William había admitido la expulsión por dos años de la Escuela de Medicina, pero reclamaba su derecho a seguir sus estudios universitarios, pues ningún reglamento ni ley se lo impedía. Mientras, mis relaciones con mis padres se deterioraron, y aunque seguí viviendo con ellos, dejé que un muro de tensión y resentimiento se levantara en medio de la casa de Víbora Park.

Fue a finales de octubre, en medio de aquella crisis familiar, al tiempo que las playas volvían a despoblarse ante la cercanía del siempre tímido otoño-invierno del Caribe, cuando me reencontré con el hombre que amaba a los perros. Ocurrió en el mismo sitio de siempre, a la hora en que comenzaba a caer la tarde, y con la sucesión habitual de presencias, incluida la del negro alto y flaco. Aquel día yo había ido a jugar a squash, iba acompañado por Raquelita y no pensaba siquiera en la posibilidad de verlo, aunque reconozco que me alegró descubrir su presencia -más aún la de sus galgos- en la playa casi desierta. Lo primero que me sorprendió al verlos fue la evidencia de que el hombre había perdido varios kilos de peso, mientras su respiración se había vuelto sonora y el color de su piel, definitivamente enfermizo. Pero comprendí que algo andaba mal en aquel hombre cuando me di cuenta de que, siete meses después de nuestro primer contacto, su mano derecha seguía vendada, como si cubriera una úlcera incurable.

Luego de presentarle a mi mujer -dije «compañera», sonaba más moderno y adecuado- y de preguntarle por los perros-Dax estaba sufriendo unas crisis de ira, cada vez más frecuentes, y un veterinario le había aconsejado a López pensar incluso en el sacrificio, algo que él había descartado de inmediato-, le conté detalles de nuestra boda y le hablé de un libro que me habían dado para revisar sobre los peligros de degeneración genética en cinco razas de perros de muy diferentes orígenes y, casualmente, una de las razas estudiadas era el borzoi. Finalmente me atreví a preguntarle por sus mareos. López me miró unos segundos y, por primera vez desde que nos conocíamos, sugirió que nos sentáramos en la arena.

– Los médicos siguen sin saber, pero cada vez estoy más jodido. Ya casi ni puedo pasear a mis perros por la playa, que es una de las cosas que más me gustan en la vida. Entro y salgo de una clínica, me sacan sangre de todas partes, me registran por dentro y por fuera y nunca encuentran ni hostias.

– Entonces es que no tiene nada. Nada grave, por lo menos -dijo Raquelita con su lógica científica.

El la miró y tuve la impresión de que lo hacía como si descubriera a un diminuto insecto parlante. Casi sonrió cuando le dijo:

– Sé que me estoy muriendo. No sé de qué, pero algo me está matando.

– No hable así -le dije.

– Hay que coger el toro por los cuernos -dijo López y sonrió, mirando hacia el mar. Con gestos mecánicos buscó un cigarro en el bolsillo de la camisa, que ahora parecía quedarle grande. Con gentileza alargó la cajetilla hacia Raquelita, pero ella la rechazó, con un gesto un poco brusco.

– Pues, para empezar, no debería fumar -intervino Raquelita.

– ¿A estas alturas? ¿Sabéis qué es lo único que me alivia los mareos? El café. Bebo litros de café… y fumo.

Mientras la tarde breve de octubre daba paso a la oscuridad, anticipada en aquella etapa del año, el hombre que amaba a los perros, con una locuacidad inusual, nos confesó que le gustaba tanto el mar porque había nacido en Barcelona, frente al Mediterráneo: el mar, su olor, su color, habían llegado a convertirse en sus obsesiones. Si no estuviera tan jodido y si tuviese el dinero necesario, terminó, haría lo imposible por volver a España, a Barcelona, porque desde que había muerto el hijo de puta de Franco, casi todos los exiliados habían podido regresar. Aunque no entendí con exactitud si López podía o no podía volver a España, si el problema era de salud, de dinero o de otra índole, me apenó su desolación y su sensación de que se acercaba su muerte, lejos de su lugar de origen.

El hombre encendió otro cigarro y, observando a Raquelita con una mezcla de sorna e ironía, dijo:

– Pasado mañana salgo para París… Allá van a hacerme unas pruebas de los pulmones.

La reacción de Raquelita fue inmediata, más aún, incontenible.

– ¿A París? -le preguntó a él y me miró a mí.

En aquella época -y todavía en ésta, para la mayoría de nosotros-París quedaba en otro mundo: era un universo al que se podía viajar a través de los libros, de las películas de Truffaut, Godard y Resnais, y últimamente, sobre todo, gracias a Cortázar yRayuela. Pero que alguien de carne y hueso hablara ante nosotros de irse a París -al París de verdad- sonaba tan extraño y misterioso como el salto de Alicia a través del espejo.

– ¿Va a estar mucho tiempo? -quiso saber mi mujer, todavía impresionada.

– Depende. No más de dos semanas. En esta época París es horrible: eso de la belleza del otoño en París es puro cuento. Además, no me gusta París.

– ¿Que no le gusta? -esta vez fui yo el que preguntó.

– No, no me gusta París ni me gustan los franceses -dijo, y aplastó el cigarro en la arena, hundiéndolo casi con fuerza-. Vaya, ya es de noche -exclamó entonces el hombre, como si solo en ese instante recuperara la noción del tiempo y del lugar en que estaba-. ¿Me ayudas? -y extendió su brazo hacia arriba.

Me levanté y tendí mi mano derecha. López se aferró con la suya, todavía vendada, y me di cuenta de que por primera vez tenía contacto físico con aquel individuo. López se levantó, pero al soltarse de mi mano sus pies trastabillaron, como si el suelo se le hubiese movido, y yo me abalancé para sujetarlo por los brazos. En ese instante escuché los gruñidos amenazadores de los galgos y me mantuve inmóvil, pero sin soltar a López. Él comprendió lo que ocurría y les habló a los perros en catalán.

– Quiets, quiets!

Como salido de las sombras, sin que yo lo advirtiera, el negro alto y flaco se hizo presente junto a nosotros.

– Yo lo ayudo -dijo el negro y lentamente solté al hombre.

– Gracias, muchacho -susurró López y agregó, mirando a Raquelita-: Adiós, joven, y felicidades -y casi sonrió. Apoyándose en su chofer se alejó trabajosamente por la arena en busca del sendero asfaltado que corría entre las casuarinas de la playa.

– Qué hombre más extraño, Iván -me dijo entonces Raquelita.

– ¿Qué tiene de extraño? ¿Que es extranjero y está enfermo? ¿Que dice que París es una mierda?

– No. Es que tiene algo oscuro que me da miedo -comentó ella y yo no pude evitar una sonrisa. ¿Algo oscuro?

10

Sabía que tramaban alguna cosa, y por eso decidió hacerse el dormido: desde la cama rígida donde trataba de mitigar los dolores del ataque de lumbalgia y entre la niebla de su miopía, distinguió a Seriozha que, con pasos sigilosos, entraba en las estancias del Kremlin convertidas en el apartamento de la familia desde que el gobierno se trasladara a Moscú. El muchacho cargaba en sus brazos lo que parecía ser una caja de sardinas, con las tablillas blanqueadas con agua de cal. Una tira de tela roja -Seriozha le confesaría que había cortado una bandera, uno de los pocos artículos asequibles en aquellos tiempos- pretendía armar un lazo para darle al envoltorio el aspecto de regalo. Desde la cama también pudo entrever, asomados a la puerta, los rostros cómplices de Natalia, Liova, Nina y Zina, mientras el pequeño Seriozha avanzaba hacia él.

Aquel día, Liev Davídovich cumplía los cuarenta y cinco años y la Revolución de Octubre el séptimo aniversario. Su mujer y sus hijos habían decidido hacerle el mejor regalo que tenían a su alcance, el obsequio que, bien lo sabían, más podría satisfacerlo. Por eso, cuando el homenajeado al fin se incorporó, rodeado por la familia, pudo adivinar lo que contenía aquella inquieta caja de sardinas: cuando consiguió soltar el lazo, levantó la tapa y exageró su asombro al ver la pelota de pelo blanco y rojizo que alzó la cabeza hacia él.

Desde ese día de 1924,Maya se había ganado su corazón hasta convertirse en su perra favorita. Y cuando en la primavera negra de 1933 colocó su cuerpo en la fosa abierta junto al muro del cementerio de Büyük Ada, no pudo dejar de recordar los momentos de alegría que le había regalado aquel animal que se había convertido en parte de su familia y que ahora perdía, como ya había ocurrido con parte de.aquella familia.

Durante diez días habían luchado para salvarle la vida. De la capital hicieron venir a dos veterinarios, que coincidieron en sus diagnósticos: el animal había contraído una infección incurable debida a una bacteria pulmonar. A pesar de todo, Liev Davídovich trató de combatir la enfermedad con los remedios que los viejos judíos de Yanovska aplicaban a sus perros y los que los pastores de Büyük Ada solían recetar a los suyos. PeroMaya se apagó, y con ello añadió otro motivo de dolor a la malsana tristeza en que vivía el desterrado. Por eso, aunque esos días él sufría otro de sus ataques de lumbalgia, insistió en llevar en brazos el cuerpo de su querida borzoi hasta donde sería enterrada. Con temor a que, una vez fuera de Büyük Ada, los nuevos moradores de la villa profanaran su tumba, había conseguido el beneplácito de los aldeanos para enterrarla junto al muro del cementerio. Kharálambos se encargó de abrir el hoyo, y el nuevo secretario, Jean van Heijenoort, preparó una pequeña lápida de madera. Al depositarla en la fosa, Liev Davídovich sintió que se desprendía de una parte buena de su vida. Cumpliendo con su estilo para las despedidas, lanzó un puñado de tierra sobre el manto persa que le servía de sudario al cadáver y dio media vuelta, para refugiarse en la soledad ahora más patente y opresiva de la casa de Büyük Ada.

Desde que recibiera las noticias de la muerte de Zina y del triunfo de Hitler, Liev Davídovich había sentido cómo el suelo se resquebrajaba bajo sus pies y había tratado de concentrar sus expectativas en el resultado de las negociaciones retomadas por sus amigos franceses, encabezados por su traductor Maurice Parijanine y por el clan Molinier, quienes volvían a mover los hilos con la esperanza de que el nuevo gobierno radical de Édouard Daladier le concediera asilo.

Aunque Liev Davídovich ya esperaba el ascenso nacionalsocialista en Alemania y sabía de las presiones que amordazaban a los comunistas locales, había insistido en advertirles que todavía quedaba una última opción, y no podían desaprovecharla. La coalición que había llevado a Hitler al poder era demasiado heterogénea, y la izquierda y el centro tendrían que explotar esa debilidad antes de que el líder fascista consolidara sus posiciones. Pero los días habían pasado sin que los comunistas lanzaran siquiera un quejido, como si su destino no estuviese en juego. Nunca olvidaría que la noticia de que el Reichstag alemán había ardido, la noche del 27 de febrero, le había llegado mientras escribía una de aquellas misivas a los obreros alemanes. Las informaciones, incompletas y contradictorias, rezumaban al menos una certeza alarmante: Hitler había anunciado el estado de excepción y el cumplimiento de su promesa de extirpar de raíz el bolchevismo, en Alemania y en el mundo…

Los mensajes de Liova, cargados de incertidumbre ante el rumbo de los acontecimientos, pronto trajeron noticias que afectaban directamente al exiliado de Büyük Ada. La prohibición delBoletín y, casi de inmediato, la incautación de sus obras de bibliotecas y librerías, y la quema pública de cajas completas de la recién editada Historia de la Revolución rusa, era una clara señal de que la inquisición fascista los ponía a él y a su grupo entre sus prioridades. Decidió entonces que no era momento de correr riesgos y había ordenado a Liova que abandonara Berlín sin dilación.

La indignación de Liev Davídovich explotó cuando supo que el ejecutivo de la Internacional comunista había emitido una desvergonzada declaración de apoyo al Partido alemán, cuya estrategia política calificaba de impecable, mientras repetía que la victoria de los nazis era solo una coyuntura transitoria, de la cual las fuerzas progresistas saldrían victoriosas. Lo más preocupante era que no solo los domesticados alemanes, sino también el resto de los partidos afiliados al Komintern habían acatado en silencio aquel documento revelador de un suicidio político de consecuencias predecibles. ¿Cómo podían someterse los comunistas a tan burda manipulación? ¿No quedaba en esos partidos una gota de responsabilidad que los pusiera en guardia ante una tragedia que amenazaba su supervivencia y la paz en Europa? Si no aceptaban, cuando menos, la inminencia del peligro, escribió, al borde de la ira, había que admitir que el estalinismo había degradado de modo tan irremediable al movimiento comunista que tratar de reformarlo era una misión imposible. Una de las más lacerantes dudas políticas de Liev Davídovich había caído en ese instante: se imponía lanzarlo todo al fuego. Con el dolor que produce renunciar a un hijo que se ha ido descarriando hasta convertirse en un ser irreconocible, decidió que había llegado el momento de romper con aquella Internacional y, quizás, el de crear una nueva que se opusiera al fascismo con hechos concretos y no solo con consignas manipuladoras que ocultaban segundas y macabras intenciones.

Solo una semana después de la muerte deMaya vino a sacarlo del pantano de la depresión la esperada noticia de que el gobierno de Daladier le concedía el asilo. Aunque de inmediato supo cuan limitada era la hospitalidad que le ofrecían, no dudó en aceptar: según el visado expedido, se le autorizaba a residir en uno de los departamentos del sur, con la condición de no visitar siquiera París, y de someterse al control del Ministerio del Interior. Más que un refugiado, volvería a ser un prisionero, solo que ahora estaría en uno de los pasillos centrales y no en una celda de confinamiento. Y desde allí pensaba actuar.

La mañana en que la comitiva de secretarias, guardaespaldas, pescadores y policías bajaba hacia el muelle donde ya esperaban los equipajes, Natalia y Liev Davídovich permanecieron unos minutos frente a la que había sido su casa. Querían decirle adiós a Prínkipo, donde él había terminado su autobiografía y escrito laHistoria de la revolución; donde había dejado de ser soviético y llorado la muerte de una hija; y donde, en medio del mayor desamparo, había decidido que su lucha no había terminado y que otros empeños lo necesitaban vivo, para hostigar al más despiadado poder que concibiera enfrentar un hombre solo, sin recursos, cada vez más cargado de años. El bueno de Kharálambos, que los observaba en silencio desde el sendero, debió de preguntarse si sería cierto que aquel hombre solitario alguna vez había sido un líder explosivo, capaz de conducir multitudes hacia una revolución. Nadie lo diría, seguramente concluyó, mientras lo veía cerrar la verja del jardín e inclinarse a recoger unas flores silvestres en el terreno donde cuatro años atrás había prohibido sembrar un rosal. Cuando se acercaron a él, Kharálambos les sonrió, con una abultada humedad en los ojos, y aceptó las flores que le tendió el deportado. Sin decir palabra, Liev Davídovich alzó la vista hacia los pinos tras los que se ocultaban los muros blancos del camposanto de las islas de los príncipes desterrados.

Nueve días después, sin que el júbilo esperado lo hubiese recompensado, Liev Davídovich, Natalia y Liova llegaban a «Les Embruns», la villa que Raymond Molinier les había alquilado en las afueras de Saint-Palais, en el Midi francés. La entrada en la casa del ex comisario de la Guerra no había sido precisamente digna: temblaba por la fiebre, creía que los latidos en las sienes le destrozarían el cráneo, y sentía cómo su cintura se quebraba por la mordida de un dolor empeñado en buscar las últimas escalas del suplicio. Por eso, al trasponer el umbral, se había dejado caer en un diván y aceptado de inmediato los calmantes y somníferos que le entregó Natalia Sedova.

Apenas habían zarpado de Estambul, la lumbalgia había hecho crisis, acompañada por el reflujo del paludismo. Durante toda la travesía Liev Davídovich había permanecido en el camarote, y se negó incluso a conversar con los periodistas que lo esperaban en El Pireo, atraídos por los rumores de su inminente regreso a la Unión Soviética, luego de que se reuniera en Francia con el nuevo comisario de Exteriores de Stalin. Cuando avistaron Marsella, donde también le esperaban decenas de periodistas, policías y manifestantes opuestos a su presencia en Francia, su mujer lo había sorprendido con la noticia de que Liova y Molinier habían acudido desde el puerto en un transbordador para evitar un multitudinario encuentro que podía molestar a las autoridades. Ver de nuevo a su hijo tras una tensa separación, y oírle decir que en un par de días Jeanne viajaría desde París para traerle a Sieva, le habían procurado una alegría capaz de mitigar sus dolores. Supo entonces que Molinier lo había preparado todo para que desembarcaran por Cassis, desde donde viajaron en automóviles hasta Saint-Palais. Pero aquel trayecto de casi dos horas por carreteras estrechas había terminado de vencer las resistencias físicas del recién llegado.

Las píldoras comenzaban a hacer su efecto cuando Liev Davídovich escuchó unas voces que lo arrancaban de aquel letargo amable. Le confesaría a Natalia Sedova que al principio creyó que soñaba: en el sueño alguien gritaba ¡Fuego!, ¡fuego!, pero tuvo la suficiente lucidez para calificar de despreciable la pesadilla empeñada en devolverlo a las noches de incendios de Büyük Ada y Kadikóy. Solo al sentir que tiraban de su brazo consiguió abrir los ojos y ver la expresión de terror en el rostro de Liova. Entonces supo que la realidad superaba los desvarios de la fiebre y, apoyándose en su hijo, consiguió salir al jardín, sobre el que flotaba el humo, y tuvo la sensación de llevar el infierno consigo. ¡Mierda!, pensó, y se dejó caer en el césped, donde al fin pudo saber que el fuego (al parecer provocado por la chispa de un tren, caída sobre el pasto reseco) solo había afectado al seto y al quiosco de madera del patio.

Liova y Molinier tenían prisa por hablar con Liev Davídovich, pues en apenas un mes debía celebrarse en París la asamblea fundativa de la IV Internacional comunista planeada por el exiliado. Sin embargo, detenidos por Natalia Sedova, los hombres tuvieron que frenar su impaciencia y darle unos días de paz al enfermo. Tampoco el tan ansiado arribo de Sieva pudo ser celebrado como debía a causa de las fiebres que lo asediaban; aun así, le pidió a Natalia que le dejara conversar con el niño, pues quería ver cómo andaba su ánimo y explicarle por qué su queridaMaya no estaba con ellos.

Cuando la fiebre cedió un poco y, sobre todo, comenzaron a aplacarse los dolores de la lumbalgia, Liev Davídovich desoyó las prohibiciones de su mujer y sostuvo una reunión con Liev Sedov, Raymond Molinier y su correligionario Max Shachtman, que lo había acompañado desde Prínkipo. El exiliado sabía que el tiempo corría en su contra y las cuatro semanas que los separaban de la reunión constitutiva de París los obligaban a ser sumamente eficientes, pues presentía que estaba jugando la carta más importante de su exilio. Su principal preocupación era la capacidad de convocatoria de Liova y Molinier, quienes no solo se encargarían de la organización del encuentro, sino que serían su voz, imposibilitado como estaba de viajar a París por las condiciones del asilo. Sopesando cada juicio de sus colaboradores, el viejo revolucionario escuchó sus opiniones y de inmediato tuvo la certeza del precipicio al que se abocaba la IV Internacional, afectada por sus propias contradicciones y gestada en un tiempo adverso, quizás con demasiada prisa. Mientras Liova ofrecía un panorama tétrico (temor y dudas en Alemania, dispersión y rivalidades en Francia y Bélgica, aventurerismo en Estados Unidos), Molinier confiaba en la autoridad del desterrado para superar las dudas de muchos seguidores y en la posibilidad de aprovechar el auge del fascismo para llamar a la unidad.

Antes de regresar a París, Liova le confesaría a su madre que, por segunda vez en su vida, había sentido compasión por Liev Davídovich y hasta se preguntó si valía la pena que siguieran luchando. Aunque su padre no se daba por vencido, la verdad era que únicamente su orgullo, su optimismo histórico y su responsabilidad le hacían empeñarse en sus ideas: al cabo de treinta años de lucha revolucionaria era evidente que aquel hombre se había quedado solo, viendo cómo a su alrededor el mundo se quebraba bajo el peso de la reacción, los totalitarismos, la mentira y la amenaza de una guerra devastadora.

Precisamente aquel optimismo en el futuro y en las leyes de la historia fue el puntal que sostuvo a Liev Davídovich durante las semanas en que, desde el diván, dedicó hasta quince horas diarias a la redacción de las tesis que se discutirían en París. Su percepción política, alterada por los acontecimientos de los últimos años, le permitía clarificar algunos de sus propósitos al lanzar la convocatoria para fundar una nueva Internacional, hacia la cual esperaba atraer a los dispersos grupos trotskistas y a los descontentos con la política aplicada en Alemania por los estalinistas, y también a algunos sectores radicales, siempre difíciles de disciplinar. Pero su gran contradicción seguía siendo la política que debía asumir la reunión de partidos respecto a la Unión Soviética: la situación allí era diferente y, por el momento, se imponía la cautela, pues la lucha no tenía por qué atacar la esencia del sistema si se conseguía desenmascarar y, llegada la ocasión, destronar la excrecencia burocrática.

La labor, en todo caso, no resultaría fácil. Ya Stalin había ordenado a los «amigos de la URSS» iniciar una campaña destinada a hacerse con el monopolio del antifascismo, al menos en un plano verbal, pues, en lo que se refería a los actos, no parecían demasiado interesados en oponerse al enemigo necesario que al fin había brotado de las cenizas alemanas. La nueva campaña propagaba el mito de que el sistema soviético era la única elección posible contra Hitler y la barbarie. Mientras acusaban a las democracias de simpatizantes e incluso de causantes del fascismo, reducían las opciones éticas y políticas a dos: de un lado el horror, encarnado por el fascismo, y del otro la esperanza y el bien, representados por los comunistas encabezados por Stalin. La trampa estaba tendida y Liev Davídovich comenzó a predecir la caída en el foso de casi toda la fuerza progresista de Occidente.

Durante las cuatro semanas en que trabajó preparando la conferencia, los dolores y la fiebre no lo abandonaron. Varias veces Natalia había intentado apartarlo del trabajo, pero él se negó, prometiendo que, pasada la reunión, se sometería al régimen que ella decidiera. Al borde del colapso terminó la redacción de los documentos y despidió a Van Heijenoort encareciéndole que se olvidara de las órdenes de su mujer y lo mantuviera al día.

La ansiedad pronto cedió lugar al desencanto ante un fiasco previsible. Los partidos y grupos representados en París eran un reflejo de la dispersión que vivían la izquierda europea y norteamericana, desalentadas por los fracasos y atemorizadas por las presiones de Moscú. Más que una corriente, sus seguidores formaban pequeñas capillas, en su mayoría de disidentes de los partidos comunistas, y retrocedieron asustados ante una nueva filiación que les exigía una postura antiestalinista definida y una práctica filosófica esencialmente marxista, guiada por la doctrina de la revolución permanente como principio ideológico. Liev Davídovich pensó que quizás la energía desbocada de Molinier y la inexperiencia de Liova habían incidido en la imposibilidad de lograr acuerdos estratégicos importantes y por ello, al conocer que solo tres de los partidos convocados aceptaban sumarse a una nueva coalición, aconsejó a Liova que, para salvar la honra, desistiera de la fundación de la Internacional y anunciara que el encuentro solo había sido una conferencia preliminar para la futura organización.

Vencido por el cansancio y la decepción, puso su cuerpo en manos de Natalia, que empezó por confinarlo en una habitación sin escritorio, a la cual vedó la entrada a cualquier visita, incluido Liova. Sin embargo, su mente siguió revolviéndose y por varios días meditó en las razones del fracaso de París. Aquel fiasco mostraba cuánto había disminuido su peso político en cinco años de marginación casi total, aunque debía reconocer que lo decisivo era la coyuntura política en la que ahora tenía que actuar, tan distinta a la de 1917: las posiciones revolucionarias estaban en retirada y resultaba utópico esperar una situación capaz de desatar una ola de rebeldía que avanzara por Europa y llegara hasta las puertas de Moscú. A todas luces, el reclamo de las revoluciones permanentes y la imagen de un líder subvertidor tanto del orden moscovita como del capitalista empezaban a resultar anacrónicas.

Unas semanas después, cuando las autoridades francesas levantaron algunas restricciones al acta de asilo (ahora solo le impedían radicarse en París y en el departamento del Sena), Liev Davídovich decidió dejar Saint-Palais y cortar la relación de dependencia con Raymond Molinier. Adecuándose a sus finanzas, optó por establecerse en las afueras de Barbizon, el pequeño pueblo que Millet, Rousseau y otros paisajistas habían hecho célebre. Ubicado en la linde del bosque de Fontainebleau y a menos de dos horas de París, Barbizon le reportaba la ventaja de estar más cerca de sus seguidores, aunque les obligó a utilizar de nuevo el cuerpo de guardaespaldas.

La casa era una construcción de dos plantas, de principios de siglo, que sus dueños bautizaron «Ker Monique», y apenas estaba separada del bosque por un sendero de tierra por el que casi no cabía un auto. Desde que se trasladaron a aquel lugar, siempre perfumado por los olores del bosque, sintió cómo recuperaba su capacidad de trabajo y volvió a escribir y a recibir a sus seguidores, con los que hacía un proselitismo político casi individualizado. De aquel modo trataba de evitar que se generasen nuevas disensiones, como la que se acababa de producir en España, donde el grupo impulsado por su viejo amigo Andreu Nin había decidido fundar un partido independiente de cualquier Internacional, o la que en Francia protagonizaron luchadores como Simone Weil y Pierre Naville. Lo más lamentable fue descubrir cuánto habían perjudicado a la proyectada Internacional las ambiciones políticas de Molinier, capaces de sembrar el caos entre la oposición francesa al punto de que, escribió, se necesitarían años de trabajo para cohesionar al escaso centenar de militantes que aún lo seguían.

Con Natalia dedicó muchas tardes de aquel invierno a caminar por la domesticada foresta de robles y castaños que fuera coto de caza de los monarcas de Francia, e incluso lo atravesaron para visitar el palacio real. Algunas noches, dispuestos a regalarse un lujo, iban a comer carne de venado al cercano Auberge du Grand Veneur, pero él casi siempre consagraba aquellas horas a ponerse al día en las novedades de la literatura francesa y, con placer, leyó un par de novelas de Georges Simenon, aquel joven belga que lo había entrevistado en Prínkipo, descubrió al avasallador Céline deVoyage au bout de la nuit, capaz de estremecer el vocabulario de la literatura francesa, y disfrutó al Malraux épico de La condition humaine, la novela que el escritor le regaló durante su visita a Saint-Palais.

Sin embargo, el libro que verdaderamente lo removió en aquella temporada le había llegado desde Moscú y le sirvió para volver a revelarle por qué Maiakovski había optado por dispararse en el corazón y a la vez para constatar hasta qué extremos un sistema totalitario puede pervertir el talento de un artista.Belomorsko-Baltíyskiy Kanal ímeni Stálina (El canal bautizado en honor de Stalin) había sido coordinado y prologado por Máximo Gorki y reunía textos de treinta y cinco escritores empeñados en justificar lo injustificable. Desde el verano, cuando se inauguró el canal que unía el mar Blanco con el mar Báltico, los «amigos de la URSS» y la prensa comunista europea habían comenzado a cantar loas a la gran obra de la ingeniería socialista y a calificar de enemigos de la clase obrera a quienes sólo se preguntaran por la utilidad de la empresa. Pero la recopilación de textos de Gorki desbordaba los límites de la abyección. Ya en su vomitivo libro anterior el novelista se dedicaba a exaltar el empeño humanista emprendido en el lager de Solovski, donde, según proclamaban en Moscú y alegremente repetía Gorki, el sistema penal soviético luchaba a treinta grados bajo cero por transformar a lumpens y enemigos de la revolución en hombres socialmente útiles. Y ahora Kanal ímeni Stálina se proponía santificar el horror, documentando la prodigiosa transformación de los prisioneros obligados a trabajar en el canal en resplandecientes modelos del Hombre Nuevo Soviético. La inmoralidad del libro era tal que logró sorprender a Liev Davídovich cuando ya se creía inmune a ese tipo de sobresaltos. Si los gacetilleros franceses podían salvar su alma diciendo desconocer la verdad sobre lo ocurrido en la construcción de ese canal y arguyendo que apenas repitieron lo que les dictaban desde Moscú, aquellos escritores soviéticos no podían dejar de conocer el horror en que habían vivido los doscientos mil prisioneros (campesinos inconformes, burócratas degradados, opositores políticos, religiosos, alcohólicos y hasta algunos escritores) obligados por años a construir las esclusas, presas y diques de un canal que incluía veinticinco millas de recorrido cortadas sobre roca viva, solo para que Stalin demostrase la supremacía de la ingeniería socialista que, por cierto, él también dirigía. Las cifras de los muertos durante la ejecución de la obra nunca podrían ser calculadas, pero cualquier soviético sabía que más de veinticinco mil prisioneros habían perecido en accidentes o devorados por el frío y el agotamiento. Todos sabían, además, que el suministrador de mano de obra para el canal había sido el comisario del pueblo para Asuntos Internos, el maniático Guénrij Yagoda, y que por ese empeño Stalin le había conferido la Orden Lenin en el acto de inauguración de la obra.

Liev Davídovich se sintió conmovido hasta el asco, lamentando la degradación moral de un hombre como Máximo Gorki, el mismo Gorki que prefiriera irse al exilio en 1921, todavía muy convencido de que «Todo lo que dije sobre el salvajismo de los bolcheviques, sobre su falta de cultura, sobre su crueldad rayana en el sadismo, sobre su ignorancia de la psicología del pueblo ruso, sobre el hecho de que realizan un experimento asqueroso con el pueblo y destruyen a la clase trabajadora, todo eso y mucho más que dije sobre el bolchevismo, guarda toda su fuerza»… ¿Qué argumentos había utilizado Stalin para lograr que un hombre con esas ideas regresara desde su cómodo exilio italiano? ¿Cuáles para someterlo a la humillación de firmar esos libros y convertirse en cómplice de unos espantosos crímenes contra la humanidad, la dignidad y la inteligencia?

Con 1934 llegó a Barbizon un rayo de esperanza que tendría en vilo a Liev Davídovich durante semanas. Por los escasos canales de información que conservaba, recibió desde Moscú la nueva de que los rivales políticos de Stalin se habían confabulado, dispuestos a utilizar el XVII Congreso del partido bolchevique para dar la batalla decisiva por su supervivencia. Muchos de los militantes que, sin mencionar el nombre de Trotski, seguían apoyándolo y considerando su regreso como una necesidad, sumados a los que alguna vez se habían opuesto a Stalin, y a los que durante años habían sido sus colaboradores y luego fueron defenestrados por el líder, pensaban utilizar el congreso para expulsar del poder al georgiano mediante una votación en la cual apostaron sus futuros políticos. Al frente del grupo (heterogéneo, unido solo por su odio o temor a Stalin) había viejos bolcheviques de diversas tendencias, entre ellos los más antiguos camaradas de Lenin -Zinóviev, Kámenev, Piatakov, el impredecible Bujarin-, y oposicionistas trotskistas readmitidos luego de capitular. El rumor aseguraba que habían depositado su fe en que saldría elegido en la votación Serguéi Kírov, el joven secretario del Partido en Leningrado, un hombre cuya historia no estaba manchada con las luchas intestinas de la década de 1920. Los informes aseguraban que Kírov, aun cuando se había negado a llegar a ningún acuerdo con los opositores y se decía fiel al Secretario General, había criticado los excesos colectivizadores, industrializadores y represores de Stalin y, como comunista, estaba dispuesto a aceptar la voluntad del congreso.

Con la experiencia de su defenestración a cuestas, Liev Davídovich no podía dejar de imaginar las artimañas con que Stalin desarticularía la rebelión en ciernes, de la que no podía dejar de estar al tanto. Su habilidad para dividir, utilizar a las personas, chantajear a los más débiles, atemorizar con posibles venganzas a sus secuaces más comprometidos y a los conversos, sin duda resplandecería esos días. Por eso, cuando en la sesión de apertura del congreso, iniciado el 26 de febrero, se escucharon las primeras loas al Plan Quinquenal, se proclamaron los ambiciosos planes económicos para el futuro y se decidió llamar «Congreso de los Vencedores» al cónclave, él había apostado a que los rivales del Secretario General tenían perdido el combate.

La derrota fue confirmada por las reseñas del discurso de Bujarin, quien centró su arenga en la condena a la postura política que él mismo había encabezado, para luego reconocer que «el camarada Stalin tiene la razón cuando, al aplicar brillantemente la dialéctica marxista-leninista, destruyó toda una serie de proposiciones teóricas de esa derecha torcida, de las cuales yo, por encima de todo, cargo con mi parte de responsabilidad». Ante aquella tácita aceptación del fracaso, Liev Davídovich no pudo dejar de admirarse por la valentía con que unos pocos militantes todavía se atrevieron a proponer lo oportuno de que Stalin fuera relevado de su cargo y la necesidad de ventilar el ambiente político del país. La votación contra Stalin, a la que se sumaron muchos delegados, finalmente no pudo imponerse a la mayoría atemorizada por el fantasma del cambio, la pérdida de privilegios y las posibles revanchas… Como Piatakov a él, ahora Liev Davídovich podía profetizarle al propio Piata-kov, a Zinóviev, Kámenev, Bujarin y hasta a Kírov, que Stalin los haría pagar con sangre la osadía y el reto que le habían lanzado.

La temporada apacible de Barbizon llegó a su fin con la primavera. La extraña detención de Rudolf Klement (había violado los límites de velocidad en su pequeña moto) por una policía que, nunca informada por la Süreté, solo ahora «descubría» la presencia de Trotski en la localidad, fue capaz de generar una virulenta campaña contra el gobierno, liderada por comunistas y fascistas, que consiguieron incluso hacer efectiva una orden de deportación en su contra.

Temeroso de las represalias anunciadas por los estalinistas y loscagoulards fascistas, Liev Davídovich y Natalia salieron de Barbizon por la noche y, para dificultar su identificación, Liev Davídovich se rasuró el bigote y la barba, cambió sus gafas de montura redonda y se escabulleron hacia París, donde discutirían con Liova qué hacer.

El hoyo escogido para desaparecer en vida fue Chamonix, el pueblo alpino, cerca de las fronteras suiza e italiana, de donde partían las expediciones de escaladores hacia el Mont Blanc. Pocas semanas después, misteriosamente descubiertos por un periodista, los Trotski fueron obligados por el prefecto de la región a ponerse de nuevo en camino. Buscando un lugar perdido en el mapa, Liev Davídovich puso proa hacia Domeñe, un caserío en las inmediaciones de Grenoble, donde incluso decidió prescindir de guardaespaldas y secretarios. Allí sería nadie.

Hasta el final de su vida Liev Davídovich recordaría que, la mañana del 2 de diciembre de 1934, había salido al patio de la casa de Domeñe, donde Natalia tendía la ropa de cama recién lavada. La mujer, el olor del jabón y el perfume de la mañana dibujaban un ambiente de paz que le había parecido definitivamente irreal ante el peso de la noticia recién escuchada en la radio: Serguéi Kirov había sido asesinado en su despacho del palacio Smolny de Leningrado. En la mente del desterrado se sucedían las escenas de la conmoción que sin duda reinaba en la Unión Soviética y las suposiciones de lo que ocurriría a partir de aquel instante que, bien lo sabía, marcaba un punto sin retorno.

Los reportes escuchados hablaban de detenciones masivas y de investigaciones preliminares que señalaban como autor intelectual del asesinato a la oposición trotskista (en la que, decían, había militado el tal Leonid Nikoláiev, el ejecutor), en un complot contra el gobierno en el que participaba hasta el cónsul letón en la ciudad, según ellos «agente» de Trotski. Por eso, cuando le contó a Natalia lo ocurrido, la mujer le formuló la pregunta que perseguiría al hombre hasta el fin de sus días: «¿Y Seriozha?».

Una semana entera de angustias terminó cuando llegó la carta de Seriozha, traída por Liova desde París. A diferencia de sus misivas anteriores, apacibles y personales, siempre dirigidas a su madre, ésta venía cargada con un grito de alarma. La situación en Moscú se había vuelto caótica, las detenciones no cesaban, todo el mundo vivía con miedo a ser interrogado, y el científico apolítico consideraba su situación «más grave de lo que podría pensarse». Al terminar de leer, Natalia soltó un sollozo. ¿Qué ocurriría con su muchacho? ¿A qué se debía la gravedad de su situación? ¿Sólo a lo que podía esperarle por ser un Trotski? La ansiedad por obtener nuevas noticias de Serguéi se multiplicó desde entonces y dejó en suspenso la vida de sus padres, a la espera de cualquier confirmación de su destino.

El rumbo que tomarían los acontecimientos comenzó a clarificarse con la noticia de que el mismo día 2 de diciembre la GPU había fusilado a unas cien personas, todas detenidas antes del asesinato de Kírov, mientras numerosos miembros del Partido habían sido encarcelados. Mucha más luz arrojó, sin embargo, la serie de artículos que Bujarin escribió para elIzvestia, donde hablaba de la ilegalidad de cualquier clase de disidencia dentro del país, al tiempo que repetía la consigna de Stalin de que la oposición solo conduce a la contrarrevolución, y ejemplificaba aquella degradación con los casos de Zinóviev y Kámenev, calificándolos de «fascistas degenerados». Por eso, cuando el 23 de diciembre escuchó que Zinóviev y Kámenev habían sido arrestados acusados de cómplices «morales» del atentado, ya no tuvo dudas de que se había desatado un vendaval de una potencia demoledora. Dos veces Stalin había defenestrado a aquellos viejos bolcheviques, compañeros de Lenin; dos veces los había readmitido en el Partido, devorando en cada ocasión pedazos de su estatura humana y política, hasta convertirlos en sombras balbucientes sin más peso que el recuerdo de su nombre. Ahora, sin embargo, parecía haber llegado el momento de la verdad para dos fantasmas del pasado a quienes aplastaría con saña, pues precisamente a ellos debía Stalin su ascenso al poder: si a la muerte de Lenin ellos no se hubieran aliado con el (así lo creyeron) limitado y torpe Stalin, empeñados todos en cerrarle el acceso al poder a Liev Davídovich, la historia soviética tal vez hubiera sido diferente.

Liev Davídovich recordó la mirada turbia de Zinóviev y la escurridiza de Kámenev (jamás entendió cómo su pequeña hermana Olga había podido casarse con él) cuando lo acusaron de querer hacerse con el poder. Jubilosos por el éxito que esperaban obtener, asumieron el li-derazgo visible de la ofensiva contra Liev Davídovich y sus ideas, tildándolo de ser un hombre ansioso de protagonismo, capaz de lanzarse a propalar la revolución por media Europa mientras ponía en riesgo el sagrado destino de la Unión Soviética. Aquel dúo trágico nunca lamentaría bastante la hora infausta en que aceptaron la mano viscosa del montañés que, en la otra, llevaba oculto el puñal.

El silencio de Seriozha acompañó a los Trotski en el tránsito hacia un año 1935 que llegaba con los peores augurios. En la tarde del 31 de diciembre, a pesar del frío que descendía de las montañas, el matrimonio salió a dar un paseo por los campos cercanos, con la intención de separarse del aparato de radio que desde Moscú transmitía marchas patrióticas, versiones de discursos triunfalistas del Líder y noticias como la de que el asesino Nikoláiev, su esposa, su suegra y otros trece miembros del Partido habían sido ejecutados, luego de que hubieran admitido su cercanía con la oposición trotskista y la participación directa o indirecta en la muerte de Kírov. En un momento de la caminata, Natalia le pidió detenerse y se sentó sobre las hojas, sorprendida por la fatiga. El la observó y comprobó cómo los sufrimientos la hacían envejecer con una prisa traidora. Sin embargo, ella nunca se quejaba de su suerte y, cuando oía a su marido lamentarse, lo empujaba para que reanudase el camino. Liev Davídovich le preguntó si se sentía mal y ella le respondió que era un poco de cansancio, y regresó al mutismo, como si se hubiera impuesto un voto de silencio que le impidiera hablar de sus angustias: desesperarse por la falta de noticias de Seriozha era de algún modo admitir que también aquel hijo podía haber sido devorado por la arrolladura violencia desatada por una revolución cuyo primer principio fue la paz.

La ansiedad se fue embotando con los días, pero durante semanas Liev Davídovich vagó como un fantasma por la casa de Domeñe. Su aturdimiento apenas se alteró cuando desde Moscú llegó la noticia de que Zinóviev, Kámenev y los otros «responsables morales» de la muerte de Kírov recibían condenas de entre diez y cinco años de cárcel. Casi de inmediato se enteraron de que Vólkov y Nevelson, los esposos de las difuntas Zina y Nina, deportados desde 1928, también recibían nuevas condenas y que su ex mujer, Alexandra Sokolóvskaya, a pesar de su edad, sería expulsada de Leningrado hacia la colonia de To-bolsk, al igual que Olga Kameneva, la esposa de Kámenev. Todas aquellas sanciones tenían un lado positivo al que se aferraron los Trotski: si los oposicionistas reconocidos y los otros miembros de la familia solo eran encarcelados y deportados, Serguéi debía de estar vivo, aun cuando hubiera sido detenido. Pero ¿por qué no escribía?, ¿por qué nadie lo mencionaba?

Imponiéndose al escepticismo de su marido, Natalia redactó una carta abierta, dirigida a la opinión internacional, donde afirmaba su convicción de que Seriozha, científico del Instituto Tecnológico de Moscú, no tenía filiación política, y pedía que se investigasen sus actividades y se revelase su destino. Reclamaba su intercesión a personalidades como Romain Rolland, André Gide, Bernard Shaw y a varios líderes obreros, pues estimaba que la burocracia soviética no podía alzar su impunidad por encima de la opinión pública, la intelectualidad de izquierda y la clase obrera mundial.

Mientras, las voces que se alzaban en su contra se habían vuelto tan agresivas que cada día Liev Davídovich podía esperar ser víctima de un acto violento, irracional o premeditado. Por ello, tras hacer venir a sus guardaespaldas desde París, volvió a cifrar sus esperanzas de asilo en la esquiva Noruega, donde el Partido Laborista acababa de triunfar en las elecciones generales. En su requerimiento argumentaba problemas de salud pero, sobre todo, de seguridad personal y, como antes había hecho con Francia, reiteraba el compromiso de no participar en la política del país.

Cuando sintió que el cerco de las presiones estalinistas y fascistas estaba a punto de atraparle (se hablaba de enviarlo a alguna colonia, quizás la Guyana), la puerta del fondo volvió a abrirse con la llegada de la visa noruega. A diferencia de lo que le ocurrió dos años antes, cuando dejó Büyük Ada, ningún rezago de nostalgia lo acompañó en la apresurada partida de Domeñe, donde había vivido por casi un año sin haber ganado un recuerdo feliz.

Acompañados por Liova, viajaron a París, donde aún tuvieron que luchar para que les entregaran una visa que no llegaba, mientras los franceses le exigían que abandonara el país en cuarenta y ocho horas, pues había violado la restricción de viajar a la capital. Ya en el momento de partir, Liev Davídovich entregó a Liova una carta para que la publicase en elBoletín. En ella acusaba a los políticos de la Francia democrática no solo de haber jugado sucio con él, sino de estar haciéndolo con el destino de la república, prestándose a componendas con Moscú mientras el fascismo se extendía por el país. «Salgo de Francia con un profundo amor por su pueblo y con una fe inextinguible en el futuro de la clase obrera. Tarde o temprano ella me brindará la hospitalidad que la burguesía me niega», decía al final de la carta, desplegando su optimismo de siempre. Pero, mientras atravesaban París, se sintió hastiado: pensó si no sería una ilusión el posible regreso a una Francia proletaria. Sin duda lo es: el socialismo ha cavado su propia tumba y presiento que allí se va a podrir por mucho tiempo, escribió.

La cálida disposición con que el periodista noruego Konrad Knudsen lo había acogido en su casa resultó como un premio de consolación tras los meses de soledad, tensión y confinamiento vividos en Francia. El silencio y la paz que había encontrado en el pueblito de Vexhall eran tan compactos que se podían apartar con las manos, como una cortina de terciopelo. En verano los atardeceres solían deslizarse perezosos, como si el día no quisiera marcharse, mientras los amaneceres parecían nacer de entre las ramas de los árboles, ya hechos, preparados para una larga andadura. Desde que llegara a Vexhall había adquirido la costumbre de deleitarse viendo aquellas alboradas mientras bebía su café en el patio de los Knudsen y respiraba los aromas del bosque.

Cuando lo recibieron en Noruega, Liev Davídovich había abrigado la fantasía de que tal vez allí pudiera escapar de las tensiones que lo habían perseguido a lo largo de casi siete años de deportación y exilio. Recién llegado al país, se había visto sometido a los insultos que, con igual énfasis y muy similares palabras, lanzaron sobre él la prensa comunista y la fascista, tratando de convertirlo en un problema político para el gobierno de Oslo. Pero sus huéspedes laboristas habían abortado la campaña con declaraciones cortantes, afirmando que el derecho de asilo no podía ser letra muerta en una nación democrática y que el pueblo noruego, y en particular sus obreros, se sentían honrados por su presencia en el país y nunca podrían admitir cualquier presión de Moscú contra la hospitalidad brindada a un revolucionario cuyo nombre estaba ligado al de Lenin. Además, para rebajar la tensión, varios ministros le habían ofrecido la seguridad de que podía considerar los seis meses de visado como una formalidad. Las exigencias seguían siendo que no participase en los asuntos internos y estableciese su residencia fuera de Oslo. Por ello, ante la dificultad transitoria de hallar el sitio adecuado, ellos mismos habían pedido al político y periodista socialdemócrata Konrad Knudsen que lo hospedara en Vexhall, un caserío cercano a Honefoss, a cincuenta kilómetros de la capital.

Liev Davídovich siempre recordaría sus primeros días en Vexhall como extraños y confusos. Alojados en una amplia habitación, donde habían ubicado un espléndido escritorio de caoba, Natalia y él debieron asumir los ritmos de una casa habitada por una familia numerosa que en la temporada veraniega disfrutaba de libertad para violar horarios y de la capacidad de crecer o disminuir sin previo aviso. La ausencia de guardaespaldas, innecesarios a juicio de Knudsen y los laboristas, lo hacían mirar con aprehensión la reja abierta del jardín y pensar que la confianza de los noruegos jugaba con límites que Stalin y los matones de su policía secreta solían desconocer. Pero la más importante de las adecuaciones a la vida en Vexhall había sido el establecimiento, entre Knudsen y su huésped, de lo que bautizaron como «pacto de no agresión», mediante el cual se permitían hablar de la política, pero siempre sin cuestionar sus respectivas posiciones de comunista y de socialdemócrata.

Si al exiliado le quedaban restos de dudas respecto a la hospitalidad noruega, éstos desaparecieron cuando el ministro de Justicia, Trygve Lie, había ido a visitarle, de la mano del mismísimo Martin Tranmael, líder y fundador del Partido Laborista. La charla, informal en un inicio, había derivado hacia una entrevista que Lie publicaría en elArbeiderbladet, el principal periódico laborista, y en la que entrevis-tador y entrevistado se dieron la mano por encima de diferencias políticas.

Unas semanas más tarde, aunque la mente de Liev Davídovich sintió el descenso de la tensión, su cuerpo había respondido con un malestar ubicuo que lo acompañaría durante meses. No obstante, cada día se encerraba en su habitación, decidido a imponerse a las cefaleas y los dolores en las articulaciones, para reanudar la biografía de Lenin que, con entusiasmo decreciente, le reclamaba su editor norteamericano, solitario en la exigencia luego de la retirada del editor alemán y el desinterés por su obra de los franceses. Pero una noticia llegada de Moscú, a principios de aquel agosto de 1935, lo llevó a dudar de si sus esfuerzos debían centrarse en la biografía del líder o si el cinismo imperante en la Unión Soviética le exigía una reflexión sobre el horror del presente y la necesidad de revertirlo. La edición delPravda que había logrado alarmarlo recogía la crónica de otra de aquellas fiestas en el Kremlin en las que Stalin, después de repartir condecoraciones a manos llenas, había lanzado un infaltable discurso. Esta vez su intervención se redujo a un simple grito de victoria: «¡La vida ha mejorado, camaradas, la vida es más alegre! ¡Brindemos por la vida y el socialismo!». La experiencia que le había permitido aprender a evaluar los movimientos de aquel hombre le advirtió que aquélla no podía ser una frase casual, sino el rugido de un león dispuesto a una devastadora cacería.

Durante meses Liev Davídovich había ido evaluando cada acto, colocando cada dato en su lugar, tratando de entender los fines de la política de distensión generada por el Kremlin tras el juicio celebrado a principios de 1935 contra Zinóviev, Kámenev y compañía, con el que M habían cerrado las pesquisas sobre el asesinato de Kírov. Desde entonces las detenciones habían disminuido y una ola de optimismo oficial, constantemente reforzado por la propaganda, había comenzado a recorrer el país mientras en Moscú se agasajaba a trabajadores destacados y a representantes de las diversas repúblicas, se ofrecían ágapes a científicos, deportistas y funcionarios destacados, se reconocía a dirigentes del partido de todos los niveles. Luego de la hambruna y la represión de los últimos años, Stalin trataba de crear un clima de seguridad y difundir la idea de que los tiempos difíciles eran cosa del pasado, pues ya vivían los de la prosperidad socialista. Pero una vez construido aquel espejismo, Liev Davídovich sabía que llegaría el momento de dar el nuevo golpe que sacudiría al país y consolidaría un sistema en el que Stalin pudiese imperar, por fin, sin asomo de rivalidades.

Salvo la noticia de que Seriozha estaba vivo, recluido en un apartamento de Moscú, nada bueno sucedería durante las semanas finales de noviembre y las primeras de diciembre, cuando su organismo se declaró agotado, al punto de que temió que el fin se acercara de aquella manera vulgar: ¡muerto de agotamiento, qué horror!, escribiría… Sin embargo, tal vez la misma conciencia de que podía morir dejando pendientes tantos proyectos había obrado el milagro de sacarlo de la cama, casi de un día para otro, con sus fuerzas prácticamente restituidas. A pesar de sentir los músculos entumecidos, lo abrazó una arrolladora sensación de renacimiento y por eso se había atrevido a aceptar la invitación de Knudsen a participar en una excursión a los campos del norte de Honefoss, ideales para el esquí en aquella temporada. En su memoria iba a quedar como el suceso más notable de la expedición el día en que, sobre los esquíes, se había hundido en la nieve hasta los muslos y requirió una operación de rescate dirigida por Knudsen y llevada a cabo por Jean van Heijenoort y su nuevo ayudante, el recién llegado Erwin Wolf.

Poco después, en las primeras semanas de 1936, Liev Davídovich recibió una carta capaz de revelarle, mejor que toda la literatura del psicoanálisis, la noción más dramática y exacta de lo que podía ser el miedo y los imprevisibles mecanismos humanos que puede movilizar. Se la había escrito su viejo contendiente Fiódor Dan, exiliado en París desde poco después del triunfo bolchevique. Conocía a Dan desde que, en 1903, había sido uno de los socialdemócratas revolucionarios que, en el Congreso de Bruselas, votó contra Lenin y, con el resto de los in-conformes, dio origen al menchevismo dentro del partido. Aunque Dan había sido uno de los mencheviques que más trabajó por aproximar a las facciones envueltas en la lucha revolucionaria, su fidelidad hacia su grupo lo había colocado en 1917 en una corriente contraria a la revolución proletaria, pues defendía el establecimiento de un sistema parlamentario en Rusia, a lo cual Liev Davídovich se había opuesto durante los meses previos al golpe de Octubre. Definitivamente concretada la victoria bolchevique, Dan trató de pactar un acercamiento y más tarde tuvo la decencia de reconocer la derrota y retirarse en silencio.

Después de saludarlo y desearle buena salud, Dan le explicaba que se había atrevido a escribirle, tras tantos años de lejanía física y política, porque un amigo común, el doctor Le Savoureux, le había insistido para que le contara algo que, en muchos sentidos, tenía que ver con el pasado y el predecible futuro de Liev Davídovich.

Dan le explicaba que Bujarin, a pesar de la marginación a la que lo había ido reduciendo Stalin después de varias castraciones, había sido enviado a Europa con la misión de comprar unos importantes documentos de Marx y Engels que Stalin deseaba depositar en los fondos del antiguo Instituto Marx-Engels-Lenin, recientemente crecido con la inclusión de su propio nombre. Bujarin, con abundante dinero para la compra de los archivos y para su sostenimiento, había estado en Viena, Copenhague, Amsterdam y Berlín, antes de llegar a París, adonde los socialdemócratas alemanes que poseían los documentos habían llevado el grueso de los archivos luego del ascenso de Hitler al poder. Bujarin debía negociar en París con un antiguo conocido de los viejos luchadores rusos, el menchevique Boris Nikoláievski, también amigo del doctor Le Savoureux. Durante las conversaciones, Bujarin siempre se había mostrado reservado, nervioso, indeciso, como un hombre sometido a una gran tensión, y aunque Nikoláievski lo aguijoneaba, fue imposible arrancarle un juicio sobre lo que ocurría en la URSS, sobre el asesinato de Kírov o sobre el encarcelamiento de Zinóviev y Kámenev, a los que el propio Bujarin había colocado en la picota con su acusación pública de que eran unos fascistas. «Al principio nos parecía un hombre con un gran recelo», aseguraba Dan, que, en dos o tres ocasiones, acompañado por su esposa, había llegado a verlo y a charlar con él sobre los únicos temas que Bujarin se permitía: los quesos franceses y la literatura gala, su amistad con Lenin y los documentos que debía comprar. Solo en una ocasión Dan consiguió que comentara la política de Stalin y, quizás en un momento de sinceridad, Bujarin había confesado el enorme dolor que le producía el modo en que el Secretario General estaba demoliendo el espíritu de la revolución. A cualquier conocedor de la política soviética, decía Dan, le habría resultado cuando menos curioso que Stalin hubiera elegido a Bujarin para aquella operación, más comercial que filosófica o histórica, pues el rumbo de las limpiezas políticas en el país advertía que tarde o temprano el histérico Bujarin, que en un momento osó desafiar a Stalin, sería una víctima propicia. Pero la mayor sorpresa en la decisión de Stalin estaba por llegar: sin que Bujarin se hubiera atrevido siquiera a insinuárselo, el sátrapa había enviado a París a Anna Lárina, la joven esposa de Bujarin, embarazada de varios meses. ¿Qué jugada extraña era aquélla? ¿Por qué Stalin le abría la puerta a su rehén y le permitía desertar sin dejar atrás a su mujer? ¿Prefería a Bujarin fuera de la Unión Soviética y no dentro del país, donde siempre podría destrozarlo con la misma impunidad con que había defenestrado a Zinóviev y Kámenev, o mandarlo matar, como a Kírov? ¿Se trataba de una jugada destinada a convertir a Bujarin en desertor antes que en mártir?, se preguntaba Dan, obligando a Liev Davídovich a meditar mientras leía.

Unas semanas después, proseguía Dan, le llegó a Bujarin un comunicado de Stalin: debía olvidarse de las negociaciones, ya no le interesaban los papeles de Marx y Engels, y le exigía que se presentase de inmediato en Moscú. El doctor Le Savoureux estaba presente cuando Bujarin recibió la orden y fue testigo de la lividez que invadió el rostro de quien fuera el niño prodigio del bolchevismo, el teórico más prometedor de la revolución. Le Savoureux le había sugerido no regresar: aquella llamada imprevista solo podía tener el fin de retenerlo y convertirlo en víctima de alguna represión. Nikoláievski opinó igual, y le recordó a Bujarin que si se quedaba en Europa podía convertirse en un segundo Trotski y liderar juntos una oposición con mayores oportunidades de deshancar a Stalin. Pero Bujarin había comenzado a preparar su regreso: lo hacía en silencio, automáticamente, como un hombre que a voluntad y conciencia se dirige al cadalso. Le Savoureux, en un ataque de ira, le preguntó cómo era posible que un hombre que por años había peleado contra el zarismo y acompañado a Lenin en los días más oscuros de la lucha aceptara regresar, como un cordero, para someterse a un seguro castigo. Entonces Bujarin le había dado la más demoledora de las respuestas:«vuelvo por miedo». Le Savoureux pensó que no lo había entendido bien, quizás el francés de Bujarin se había enturbiado por el nerviosismo, pero cuando lo pensó dos veces tuvo la certeza de que había escuchado perfectamente: vuelvo por miedo. Le Savoureux le dijo que precisamente por eso no debía regresar, en el exilio era más útil a su país y a la revolución, y entonces Bujarin le había ofrecido al fin la totalidad de su razonamiento: él no estaba hecho de la misma madera que Liev Davídovich y eso Stalin lo sabía y, sobre todo, lo sabía él mismo. El no podría resistir las presiones que durante años había sufrido Trotski, y no estaba dispuesto a vivir como un paria, esperando a que cualquier día le clavasen un puñal en la espalda. «Sé que tarde o temprano Stalin va a acabar conmigo; quizás me mate, quizás no. Pero voy a regresar para aferrarme a la posibilidad de que no crea necesario matarme. Prefiero vivir con esa esperanza que con el miedo constante de saber que estoy condenado.»

Bujarin regresó a Moscú. Llevó con él a Anna Lárina, ya con siete meses de embarazo. Le Savoureux lo despidió en la Gare du Nord y luego fue a encontrarse con Nikoláievski y Dan en un restaurante ruso del Barrio Latino donde solían cenar. La conversación, por supuesto, giró en torno a Bujarin. «Entonces nos dimos cuenta», seguía Dan, «de que Stalin había jugado todo el tiempo con él, como el gato que se hace el dormido. Pero Stalin había apostado a que no necesitaría correr detrás de su presa. Estaba seguro de que el pobre ratón, vencido por el miedo, regresaría a besar las garras que, cuando el apetito del gato lo requiriese, lo desgarrarían para devorarlo después. Es imposible concebir una actitud más sádica y enfermiza. Lo terrible es saber que el hombre capaz de practicarla es el que dirige hoy nuestro país, la revolución que de formas diferentes, pero con la misma pasión, soñamos tú y yo, y soñó Lenin y tantos hombres que Stalin está aniquilando y aniquilará en el futuro. Y estoy seguro de que entre los sacrificados en el matadero estalinista estará Bujarin, que tuvo tanto miedo que prefirió la certeza de la muerte al riesgo de tener que mostrar valor para vivir cada día.»

Durante semanas Liev Davídovich luchó consigo mismo para arrancar de sus preocupaciones la tétrica historia que le había relatado Fiódor Dan. Pero la imagen de un Bujarin lívido, tan diferente del exultante y romántico joven que lo había recibido en Nueva York cuando Francia lo expulsara en 1916, retornaba a su mente con demasiada frecuencia, y unos meses después, mientras devoraba los periódicos y perseguía los noticieros radiales en que se informaba sobre el proceso iniciado en Moscú contra un grupo de viejos camaradas, recordaba una y otra vez la frase de Bujarin: «Vuelvo por miedo». Liev Davídovich tuvo entonces la dimensión exacta de hasta qué punto el país que había ayudado a fundar se había convertido en un territorio dominado por el miedo. Y cuando escuchó las conclusiones de ese juicio, que más parecía una farsa, tuvo la dolorosa certeza de que, con la decisión de fusilar a varios de los hombres que habían trabajado por el triunfo del bolchevismo, Stalin había envenenado el último rescoldo del alma de la revolución y ya solo habría que sentarse a ver llegar su agonía, mañana, dentro de diez, veinte años. Pero la inoculación era irreversible y fatal.

Desde que había llegado a Noruega, un año atrás, Liev Davídovich solía comentarle a Knudsen que, cuando la salud se lo permitiera, le gustaría participar en una pesquería y le había contado de las relajantes salidas al Mar de Mármara con su amigo Kharálambos. Muchas cosas le habían impedido cumplir ese deseo, hasta que, el 4 de agosto de 1936, subió al auto de su anfitrión y pusieron rumbo a uno de los fiordos del sur, donde había una pequeña isla desolada, decían que ideal para la pesca. Mientras salían de Vexhall, Knudsen había tenido la impresión de que un auto los seguía; entonces tomó un camino vecinal y logró dejar atrás a los perseguidores, a quienes había identificado como hombres del partido fascista del llamado comandante Quisling.

Al llegar al fiordo, una lancha de motor los condujo hacia el islote, donde se alzaban varias cabanas de madera. El paisaje, agreste y sosegado, le pareció a Liev Davídovich una estampa de la tierra en los primeros días de la creación y de inmediato se había sentido en armonía con su desolada grandeza.

A la mañana siguiente Liev Davídovich se había alzado temprano; a pesar del fresco, abandonó la cabaña y con un jarro de café en la mano se fue al espigón para ver el espectáculo de la salida del sol justo en una quebrada entre las montañas. Embebido en la contemplación, se sobresaltó cuando Knudsen le tocó el hombro para decirle que le habían enviado un mensaje de Vexhall: un grupo de hombres vestidos de policías, pero que evidentemente eran miembros del partido del comandante Quisling, habían entrado en la casa para registrar la habitación de Liev Davídovich. Los hijos y yernos de Knudsen, al comprender que se trataba de impostores, habían dado la voz de alarma y logrado echarlos, pero no pudieron evitar que se llevaran algunos papeles. Según Knudsen, ésa debía de ser la razón por la que los habían seguido en el auto: querían estar seguros de que se iban de Vexhall.

Cuando supo que no le había ocurrido nada a ninguno de los familiares de Knudsen, Liev Davídovich restó importancia al episodio: si buscaban sus papeles cuando estaba fuera, quería decir que él mismo no les interesaba demasiado, al menos de momento.

Tres días después, Knudsen, Natalia y Liev Davídovich vieron aterrizar en la isla una pequeña avioneta y comprendieron que algo inusual sucedía. El jefe de la policía judicial de Honefoss acudía, enviado por el ministro de Justicia, Trygve Lie, para interrogar al exiliado sobre los papeles sustraídos. Quería saber si en aquellos documentos se hacía alguna referencia a la política noruega, y cuando él le garantizó que en los catorce meses que llevaba residiendo en el país no se había inmiscuido en sus asuntos internos, el policía les dio las buenas tardes y volvió a la avioneta. Pero no pudieron evitar que la visita les dejase inquietos. A pesar del convencimiento de que nadie podría culparle de haber violado sus compromisos, Liev Davídovich pensó que la preocupación del ministro debía de tener algún trasfondo que en aquel momento se le escapaba.

Al día siguiente, mientras desayunaban, Knudsen había encendido una pequeña radio para escuchar los noticieros de Oslo. Como Liev Davídovich apenas empezaba a comprender el noruego, se desentendió de la transmisión y salió al patio. Minutos después, con una seriedad pétrea en el rostro, Knudsen se acercó para decirle que algo grave ocurría en Moscú: acababan de anunciar que llevarían a juicio a Zinóviev, a Kámenev y a catorce hombres más, acusados de conspirar contra el poder soviético, de cometer el asesinato de Kírov y de organizar complots con la Gestapo para matar a Stalin. La fiscalía pedía penas de muerte.

Liev Davídovich miró a su amigo y la indignación le provocó deseos de abofetearlo. Regresaron a la cabana y el exiliado comenzó a buscar en la radio alguna emisora que le demostrara que aquella información solo era un macabro malentendido. Una hora después, en un noticiero alemán, la agencia soviética ratificaba lo oído por Knudsen y agregaba que en las actas de la fiscalía también se acusaba a Liev Trotski de cabecilla e instigador de la conspiración, organizada por un centro trotskista-zinovievista a favor de una potencia extranjera, y denunciaba que utilizara a Noruega como base para enviar terroristas y asesinos a la URSS. De inmediato Liev Davídovich supo que la más sanguinaria y devastadora ola de terror se había desatado en Moscú y que sus efectos llegarían hasta la remota Vexhall, donde había pasado sus más apacibles días de exilio.

Mientras se celebraba el proceso contra los dieciséis reos, en cada ocasión que escuchaba la voz iracunda del fiscal Vishinsky, que, en su papel de indignada conciencia del pueblo soviético, pedía al tribunal el fusilamiento de los perros rabiosos llevados a juicio, Liev Davídovich recordaba aquellos tiempos heroicos en que Lenin y él habían entregado a Félix Dzerzhinski las riendas de una maquinaria de represión revolucionaria para que aplicara sin ley y sin cuartel un Terror Rojo capaz de salvar, a sangre y fuego, una balbuciente revolución que apenas se sostenía en pie. El terror de la Cheka de Dzerzhinski fue el brazo oscuro de la Revolución, impío como debía, como tenía que ser, se diría, y aniquiló por centenares y miles a los enemigos del pueblo, a los perdedores de la lucha de clases que se negaban a ver la desaparición de su forma de vida y su cultura de la injusticia. Ellos, los vencedores, habían administrado sin piedad la derrota de sus adversarios, y el Partido tuvo que funcionar como el instrumento de la Historia y de su inevitable venganza masiva, aunque impersonal. Había sido una violencia despiadada, seguramente excesiva, pero necesaria: la de la clase vencedora sobre la vencida, la disyuntiva del «nosotros o ellos»… Pero los hombres a los que Stalin había decidido matar en aquel tétrico mes de agosto de 1936 eran comunistas, compañeros de lucha, y ante aquella filiación siempre se había detenido, respetuosa del último límite, la maquinaria de la violencia conducida por Lenin y por Liev Davídovich. El terror estalinista, perfeccionado en sus persecuciones previas (campesinos, religiosos, laintelligentzia del país) parecía ahora a punto de traspasar un coto inviolable.

Liev Davídovich quiso confiar en que la farsa se detendría al borde del precipicio: Stalin, con un resto de cordura histórica, impediría la catástrofe y mostraría al mundo su benevolencia. Porque ya no se trataba del desconocido Blumkin, ni se velaban los castigos tras las oscuras circunstancias en que había muerto Kírov. Varios de los acusados habían sido compañeros de Lenin y, durante décadas, habían resistido las represiones y deportaciones zaristas; siendo quienes eran, incluso habían complacido a Stalin y representado un nada creíble papel en el espeluznante guión: se habían autoinculpado de los más descabellados crímenes contra el Estado soviético y, sobre todo, habían admitido que desde Turquía, Francia, Noruega, las manos tenebrosas de Trotski y su lugarteniente Liev Sedov habían conducido la conspiración urdida por un «centro trotskista-zinovievista», empeñado en asesinar al camarada Stalin y reinstaurar el capitalismo en el heroico suelo soviético. Una insultante falta de respeto por la inteligencia emanaba de aquel esperpento legal: la desvergüenza de la representación que tenía lugar en Moscú exigiría a los adoradores del dueño de la revolución una nueva clase de fe ideológica y un nuevo tipo de sometimiento capaz de superar la obediencia política para convertirse en complicidad criminal.

Como todos los dictadores, Stalin había seguido la gastada tradición de acusar a sus enemigos de colaborar con una potencia extranjera y, en el caso de Liev Davídovich, repetía casi los mismos argumentos que el gobierno provisional de 1917 había lanzado contra Lenin para convertirlo, con pruebas fabricadas por los servicios secretos, en agente a las órdenes del Imperio alemán con la misión de entregarle Rusia al Kaiser. La misión de Trotski, contextualizada, era servirle la Unión Soviética al Führer… El exiliado se preguntaría después cómo había podido ser tan iluso de, por momentos, haberse sentido casi tranquilo, incluso de haberse convencido de que a los fiscales les sería imposible presentar pruebas que sustentaran aquellas acusaciones. Es más, el hecho de que en las primeras actas se hablara de cincuenta detenidos y que al juicio solo fueran llevados dieciséis hombres indicaba claramente que éstos eran los que habían pactado un acuerdo y, a cambio de las autoacusaciones, Stalin les perdonaría la vida, cuando el montaje de la campaña antitrotskista y de aniquilación de la oposición hubiese logrado sus propósitos propagandísticos.

Pero enarbolando aquellas acusaciones inverosímiles, sin que se presentara una sola prueba, el tribunal confirmó las penas de muerte para Zinóviev, Kámenev, Smirnov, Evdokimov, Mrachkovsky, Bakáiev y otros siete acusados, entre ellos el soldado Dreitser, el que acompañara a Liev Davídovich en su salida de Alma Ata y le permitiera (¿había sido ése su delito?) llevarse sus papeles al exilio. En las conclusiones del juicio, Liev Davídovich también escuchó la previsible condena que le esperaba: Liova y él eran culpables de preparar y dirigirpersonalmente -como agentes pagados por el capitalismo, primero, y el fascismo, después- actos terroristas en la Unión Soviética y quedaban sujetos, en caso de ser descubiertos en territorio soviético, a inmediato arresto y enjuiciamiento por el Colegio Militar de la Suprema Corte.

Cuando oyó dictar aquellas sentencias, Liev Davídovich sintió cómo lo envolvía una gran tristeza por el destino de la revolución, pues sabía que en el Salón de las Columnas de la Casa de los Sindicatos de Moscú, y bajo una bandera que advertía «El tribunal del proletariado es el protector de la Revolución», se había cruzado la última frontera. Dentro y fuera de la URSS quizás muchos ingenuos y fanáticos creyeron algo de lo que se había dicho durante el proceso. Pero las personas con un mínimo de inteligencia tendrían que admitir que prácticamente cada palabra pronunciada allí era falsa y se había utilizado esa mentira para asesinar a trece revolucionarios. El juicio y la ejecución de aquellos comunistas se convertiría, por los siglos, en un ejemplo único en la historia de la injusticia organizada y una novedad en la historia de la credibilidad. Significaría el asesinato de la fe verdadera: el estertor de la utopía. Y, bien lo sabía el exiliado, también en la preparación de la carga destinada a eliminar al mayor Enemigo del Pueblo, al traidor y terrorista Liev Davídovich Trotski.

11

Aquellas semanas porfiadamente primaverales y tan vertiginosas de marzo y abril de 1937 pasarían a la memoria de Ramón Mercader como un período oscuro, en el que se confundieron todas sus perspectivas, pero del que saldría abruptamente para topar con la claridad más resplandeciente: la de su sólida convicción de que la impiedad era necesaria para alcanzar la victoria.

A la desaparición de África había seguido la de Kotov (¿o habían sido coincidentes?), quien antes de irse le había dejado a Ramón unas órdenes que lo confinaban en el palacio del marqués de Villota, donde en algún momento sería reclamado por un colega del asesor que se le presentaría como Máximus. Su estricto sentido de la responsabilidad lo conminó a permanecer a la espera y gastó sus ratos de ocio en compañía del joven Luis, con el que solía jugar al fútbol, y, siempre que le resultaba factible, entregando un poco de placer a aquella Lena Imbert de ojos tristes, con la que se encerraba en la caballeriza del palacio, donde él había colocado una estufa y una cama. Aunque en los primeros días agradeció aquel paréntesis que le permitía recuperarse de las tensiones, hambres y noches de insomnio de los cuatro meses que había pasado en el frente, pronto se sintió atrapado por la inactividad y empezó a pensar si Caridad, luego de la muerte del joven Pablo, no había movido sus influencias para sustraerlo de los peligros de la guerra y llevarlo a aquella Barcelona donde, a pesar de las profecías de Kotov, todo parecía reducirse a ofensas gritadas y consignas compulsivas, a complots subterráneos, reuniones secretas y algún que otro fusilamiento, cuanto más sumario mejor, a los que parecían adictos tanto los extremistas republicanos como los fascistas.

En su aislamiento, Ramón no conseguía tener una comprensión clara de los acontecimientos que se sucedían. Los periódicos de las distintas facciones republicanas llegaban a sus manos troceados por una censura elemental, que se contentaba con levantar los textos y dejar en blanco los espacios que habían ocupado los trabajos condenados. Solo los diarios comunistas, libres de la censura que el Partido se encargaba de ejercer sobre los demás periódicos, escapaban a aquella orgía de mutilaciones y, con independencia de su triunfalismo primitivo, Ramón podía medir en sus editoriales las altas temperaturas que alcanzaban las acusaciones cada vez más furibundas lanzadas contra los trotsko-fascistas del POUM, los incontrolables sindicalistas de la CNT y los indisciplinados anarquistas de la FAI, capaces de llegar al extremo de retirar batallones del frente por cualquier desacuerdo. Pero lo más significativo para él fue la creciente insistencia en criticar la tibieza militar y organizativa del jefe de gobierno y ministro de la Guerra, Largo Caballero, y a sus hombres de confianza. Aquella dura campaña en la que se mezclaban verdades y mentiras le confirmaba las palabras de Kotov de que avanzaban hacia una batalla frontal contra las hordas de conciliadores y extremistas.

Caridad, a la que prácticamente no había visto durante dos semanas, sufrió una recaída en la crisis de su angina de pecho que la mantuvo en cama durante dos días, con el brazo izquierdo acalambrado y atormentada por aquel angustioso dolor en el tórax. Cuando la mujer pudo bajar al devastado jardín de la mansión, Ramón buscó el modo de alejar a la persistente Lena y quedarse a solas con ella. Llevaba demasiados días de inactividad, se sentía engañado por su madre y por Kotov, y se atrevió a lanzar un ultimátum.

– En tres días vuelvo al frente -le dijo, pero Caridad apenas movió la cabeza-. Toda esa historia del silencio y la responsabilidad es para tenerme aquí, para controlarme.

Caridad sacó del bolsillo de su abrigo el paquete de cigarrillos y la lucha que libró consigo misma debió de ser agónica.

– Eso va a matarte -le advirtió él cuando la vio extraer uno de los pitillos.

– Cuando me siento así, lo que quiero es morirme -dijo ella y comenzó a deshacer el cigarrillo con los dedos y se llevó la picadura a la nariz para respirar su aroma. Finalmente lanzó a la tierra el pitillo trucidado y colocó otro en sus labios, sin darle fuego-. No me mires con esa cara, no te atrevas a sentir compasión, porque no lo resisto. Odio mi cuerpo cuando no me responde. Y no me vengas más con esa tontería de que te vas al frente… Aquí están pasando cosas que tú ni te imaginas y, más pronto de lo que crees, llegará tu momento. Pero todo i su tiempo, Ramón, todo a su tiempo.

– Ya me sé de memoria ese cuento del tiempo, Caridad.

Ella sonrió, pero el dolor en el brazo le congeló la alegría. Esperó unos segundos mientras el calambre ardiente remitía.

– ¿Cuento? Vamos a ver… ¿Te creíste el cuento de que a Buenaventura Durruti lo mató una bala perdida?

Ramón miró a su madre y sintió que no podía pronunciar palabra.

– ¿Tú crees que podemos ganar la guerra con un comandante anarquista que tiene más prestigio que todos los jefes comunistas?

– Durruti luchaba por la República -trató de razonar Ramón.

– Durruti era un anarquista, lo habría sido toda su vida. ¿Y has oído el cuento del traductor que desapareció, el tal Robles?

– Era un espía, ¿no?

– Un infeliz lameculos. Fue un cabeza de turco de una bronca interna entre los asesores militares y los de seguridad. Pero no lo escogieron al azar: ese Robles sabía demasiadas cosas y podía ser peligroso. No era un traidor: lo convirtieron en traidor.

– ¿Quieres decir que lo mataron sin que fuera un traidor?

– Sí, ¿y qué? ¿Sabes a cuántos han ejecutado de un lado y otro en estos meses de guerra? -Caridad esperó la respuesta de Ramón.

– A muchos, creo.

– A casi cien mil, Ramón. Mientras avanzan, los fachas fusilan a todos los que consideran simpatizantes del Frente Popular, y de este lado los anarquistas matan a cualquiera que, según ellos, sea un enemigo burgués. ¿Y sabes por qué?

– Es la guerra -fue lo que se le ocurrió decir-. Los fascistas sentaron esas reglas de juego…

– Es la necesidad. La de los fascistas, para no tener enemigos en la retaguardia, y la de los anarquistas, para seguir siendo anarquistas. Y nosotros no podemos permitir que la guerra se nos vaya de las manos. También nosotros hemos matado gente y vamos a tener que matar a muchos más, y tú…

Ramón levantó la mano para interrumpirla.

– ¿Me habéis traído aquí para matar gente?

– ¿Y qué coño hacías en el frente, Ramón?

– Es distinto, es la guerra.

– Y dale con la puta guerra… ¿Conseguir que el Partido imponga su política y los soviéticos sigan apoyándonos no es lo más importante para ganar esta guerra? ¿Limpiar la retaguardia de enemigos y espías n es la guerra? ¿Eliminar a los quintacolumnistas en Madrid no formaba parte de la guerra?

– En Paracuellos fusilaron a personas que no tenían nada que ver con la quinta columna, y yo sé que algunos del Partido estaban metidos en eso.

– ¿Quién asegura que los muertos no eran saboteadores, tú o los de la Falange?

Ramón bajó la cabeza y contuvo su indignación. En la Sierra de Guadarrama, con un fusil en la mano y un puñado de compañeros, muñéndose de frío y trinando de hambre, con los enemigos al otro lado de la montaña, todo era más sencillo.

– Esta guerra en la que te vas a meter es más importante, porque si no la ganamos, no ganaremos la otra, y los camaradas que están en las trincheras van a caer como moscas cuando dejen de llegar aviones, cañones, fusiles y granadas desde Moscú. Ramón, el destino de España estará en manos de personas como tú… Para que te hagas una idea de lo que está pasando, esta noche irás conmigo a La Pedrera. Hay una reunión importante… De más está decirte que todo lo que allí se va a hablar es secreto. Allí no puedes hablar ni decir cómo te llamas, ¿está claro?

– ¿Irá también África?

– ¿Por qué no te olvidas un poco de esa mujer, Ramón?

Bajo la sombra de Caridad, esa noche Ramón franqueó la entrada de La Pedrera sin que los guardias lo detuvieran. En uno de los salones de la última planta, envueltos en una nube de humo, varios hombres discutían y apenas se inmutaron por la llegada de Caridad y su joven acompañante. Ramón se sintió decepcionado al no ver a África, y de los presentes solo pudo reconocer a una persona: a Dolores Ibárruri, quizás la única que no fumaba en ese instante. Había también un hombre con aspecto eslavo, que luego identificaría como el camarada Pedro, el húngaro que comandaba a los enviados del Komintern. Su atención, sin embargo, se centró en un personaje vociferante, velludo y corpulento, con una cabeza grande, ojos globulosos y labios gruesos que hacían ruido al despegarse cuando hablaba. Por su forma de dirigirse a los demás se adivinaba que era un tipo irascible, y por lo que iba diciendo, parecía de los que suponen traidores a todos los demás y consideran las negligencias e ineptitudes perversos complots y sabotajes enemigos. Al oído, Caridad le dijo que el hombre era André Marty, y Ramón entendió de inmediato que estaba en presencia de algo importante: si en aquel momento de la guerra Marty se mantenía alejado de su puesto en la comandancia de las Brigadas Internacionales, solo podía ser por causas del mayor peso. Gracias a su hermana Montse, que durante unas semanas había trabajado como secretaria de aquel dirigente del Komintern, Ramón sabía que tenía fama de ser un hombre despiadado y déspota, y esa noche se lo corroboraría la andanada que soltaba, adornada de insultos. Marty acusaba a los dirigentes del Partido de débiles e ineptos, pues, según él, el comité central prácticamente no existía y el trabajo del buró político era terriblemente primitivo y conciliador: los españoles, decía, y apuntaba hacia la Ibárruri, tenían que crecer de una vez y dejar de permitir que Codovilla, solo por ser un enviado del Komintern, actuara como si el Partido fuera su coto personal. Debía darles vergüenza que Codovilla los utilizara como marionetas -y miraba otra vez a Pasionaria, que bajaba la vista como un perro apaleado- y llegara al extremo de escribir los discursos del secretario general Pepe Díaz y de la camarada Dolores Ibárruri solo para crear la ilusión de que existía una dirección de los comunistas españoles, cuando en realidad ni existía ni decidía nada. La situación ya no permitía titubeos: o se lanzaban a por todo o que se olvidaran de la más mínima posibilidad de éxito.

Indignado, Ramón apenas escuchó la conclusión del encuentro: según Pedro, el Partido debía incrementar su campaña contra el modo en que el gobierno manejaba la cuestión militar y la política interior, exigir más purgas en el mando militar y, sobre todo, estar listo para lanzar una ofensiva contra los saboteadores. Los comunistas tenían que asegurar el éxito de una operación capaz de garantizarles el control de una retaguardia limpia de trotskistas y anarquistas. La dirección soviética esperaba que esta vez los españoles supieran desempeñar su papel.

– Es ahora o nunca -afirmaba Pedro, cuando Ramón, sin esperar a Caridad, escapó del local en busca del aire puro de la calle, desierta a esas horas de la noche.

Dos días después, Máximus se presentó en la Bonanova. Cada una de las horas transcurridas entre aquella reveladora reunión y la llegada del enviado de Kotov que al fin pondría a Ramón en movimiento habían servido para reafirmar al joven en una idea: los asesores tenían razón en sus exigencias y se imponía remover los cimientos del bando republicano. Al menos él se entregaría a aquella misión en cuerpo y alma, y demostraría además que un militante español es capaz no solo de obedecer, sino también de pensar y de actuar, pues para su orgullo de comunista resultaba demasiado humillante haber tenido que escuchar en silencio, en su propia tierra, en su propia guerra, cómo los llamaba revolucionarios sin iniciativa un vociferante con cara de paranoico que les gritaba las verdades en la cara. Se imponía actuar.

Máximus -de quien Ramón, luego de varias semanas de trabajo, llegaría a sospechar que era húngaro- resultó ser un especialista en la lucha clandestina y la desestabilización. Por órdenes suyas Ramón se integró a una célula de acción de seis hombres (uno de los llamados «grupos específicos»), todos españoles, de los que solo Máximus parecía conocer la verdadera identidad y a quienes, por su presumible admiración por el mundo romano, distinguió con apelativos de personajes latinos -Graco, César, Mario- mientras los calificaba de pretorianos. Desde aquel día Ramón comenzaría a llamarse Adriano. Fue el primero de los muchos nombres que usó, y se sintió orgulloso cuando lo rebautizaron, sin que aún tuviera el menor atisbo de los años que viviría no ya con otros nombres, sino con otras pieles.

Adriano se lamentaría de que le encargaran una misión tan inocua como acercarse a los locales del POUM y establecer las rutinas de sus dirigentes, especialmente los de Andreu Nin. Aunque Máximus los había sometido a una delicada compartimentación informativa y él ignoraba los detalles de las tareas asignadas a los otros pretorianos, consiguió saber, gracias a la locuacidad de sus compatriotas, que algunos de ellos participaban en acciones violentas y peligrosas, según lo corroboraban las misteriosas desapariciones, algunas sospechosamente definitivas, de ciertos rivales políticos no demasiado notables pero sin duda molestos, a los que se imponía sacar del juego antes de que éste entrara en la etapa crítica anunciada por Pedro. Por eso, verse limitado a caminar por las Ramblas, entrar en los hoteles donde se alojaban algunos de los poumistas y sus simpatizantes, y conocer los pormenores de las actividades cotidianas de las cabezas del partido trotskista, le pareció algo que ofendía sus capacidades, sin sospechar que su labor cobraría importancia en las acciones que se avecinaban y que su eficiencia y habilidad camaleónica, advertidas por Máximus, serían el aval que lo colocaría en el sendero de su extraordinario destino.

Muy pronto Adriano tuvo la certeza de que, por el bien de la causa, Andreu Nin era un hombre que debía morir. Desde antes de que comenzara la guerra y se agitaran tan violentamente las rivalidades políticas entre los republicanos, el renegado Nin era un enemigo declarado de los comunistas y había sido de los primeros en calificar (haciéndose eco de los alaridos de Trotski) de crímenes los juicios moscovitas de 1936 y de principios de aquel año, y en tachar de cómplices culpables a los «amigos de la URSS» que defendieron su legalidad y pertinencia. También había sido de los que sostuvieron con mayor pasión la necesidad de la revolución junto a la guerra, la tesis de la lucha total contra la república burguesa (que, a pesar de ser antiproletaria, se sostenía con el apoyo de los que Nin calificaba como conciliadores comunistas) y su desacuerdo con la ayuda soviética, como si para el gobierno hubiese sido posible resistir sin ella. Pero lo que había marcado del modo más rotundo su filiación fue su exigencia, desde el puesto deconseller en el gobierno de la Generalitat y desde su liderazgo en el POUM, de que la República ofreciera asilo al traidor Trotski, después de que su felonía quedara corroborada en los juicios celebrados en Moscú. Aunque Companys, el presidente catalán, se había visto obligado a apartar a Nin de su gabinete, la prepotencia del trotskista llegó al extremo de hacerlo clamar en público que únicamente matando a todos los poumistas lograrían apartarlos de la lucha política. Adriano pensaría que sin duda lo mejor sería complacerlo, por lo menos a él, de una sola y buena vez.

Adriano había escogido el hotel Continental como una de sus paradas habituales. A pesar de la escasez que asolaba la ciudad, allí todavía se podía beber un buen café y adquirir algún paquete de cigarrillos franceses. Varios de los miembros del POUM se alojaban en él y en el cercano hotel Falcón, y el infiltrado comprobó que, con la debida cautela, su presencia en aquellos sitios podía convertirse en habitual y nada sospechosa. Al fin y al cabo, los varios agentes secretos que pululaban por el edificio resultaban tan visibles que él sentía que podía resultar transparente o, a lo sumo, ser tomado por un buscavidas más.

Periódicamente Adriano rendía informes a Máximus, y ambos llegaron a la conclusión de que los poumistas estaban atemorizados por la escalada de la prensa comunista, pero sus líderes no tenían posibilidad de retroceso ni conciencia cabal del abismo al que estaban abocados. Entre los huéspedes y visitantes del hotel con los que logró establecer conversaciones ocasionales, solo un periodista inglés, miliciano del POUM, le comentó que en los próximos días algo grave iba a ocurrir en Barcelona: se podía respirar en la tensión que flotaba en el ambiente. El miliciano-periodista, evacuado del frente de Huesca después de que lo hirieran, era un tipo alto, muy delgado, con cara de caballo, y exhibía el color malsano de una enfermedad que seguramente lo corroía. Siempre iba acompañado de su diminuta mujer y miraba hacia todos lados, como si algo lo acechara sin cesar tras una columna. Adriano se le había presentado con su nuevo nombre de guerra y el inglés le dijo llamarse George Orwell y le confesó que sentía más te mor en un hotel de Barcelona que en una trinchera helada de Huesca.

– ¿Ves a aquel gordo que arrincona a los extranjeros y les explica que todo lo que pasa aquí es un complot trotsko-anarquista? -le preguntó Orwell, y con disimulo Adriano observó al personaje-. Es un agente ruso… Es la primera vez que veo a alguien dedicado profesional y públicamente a contar mentiras, exceptuando a los periodistas y los políticos, claro.

Muchos años tuvieron que pasar para que Ramón supiera quién era aquel hombre. En 1937 prácticamente nadie conocía a Orwell. Pero cuando leyó algunos libros sobre lo que había pasado en Barcelona y encontró una foto de John Dos Passos, Ramón hubiera jurado que, unos días antes de que explotara todo, había visto a Orwell conversando con Dos Passos en la cafetería del hotel. Durante aquellos encuentros, sin embargo, Ramón y Orwell casi nunca hablaron de política: solían hablar de perros. El inglés y su mujer, Eileen, amaban a los perros y en Inglaterra tenían un borzoi. Por Orwell supo Ramón de esa raza, según el periodista, el galgo más elegante y bello de la Tierra.

Lo que más le gustó a Ramón de aquella misión fue sentirse tan camuflado bajo su propia piel que, sin pensarlo demasiado, era capaz de reaccionar como el despreocupado y simplón Adriano. Descubrió que usar otro nombre, vestir de un modo diferente al que hubiera considerado cercano a sus preferencias, e inventarse una vida anterior en la cual predominaba el desengaño por la política y el rechazo a los políticos, eran sensaciones de las que comenzaba a disfrutar recónditamente. Así, cada día que pasaba se sentía más Adriano, era más Adriano, y hasta podía ver a Ramón con cierta distancia. Con alegría descubrió que, sin África a su alcance, podía prescindir de su familia. Además, a pesar de su espíritu gregario y partidista, no tenía un solo amigo al que se sintiera unido. El único norte al que se aferraba era su responsabilidad y trataba de cumplirla con esmero, y por eso, el día en que le entregó a Máximus el resumen de los movimientos, los lugares que frecuentaban y los gustos personales de las cabezas del POUM, especialmente exhaustivo en el caso de Andreu Nin, pensó que la felicitación recibida era un premio para Adriano y, muy remotamente, para el Ramón Mercader que le había prestado su cuerpo.

Kotov parecía una estatua abandonada sobre un banco de la plaza de Cataluña. La primavera estaba en su apogeo y un sol tibio bañaba la ciudad. El asesor, con el rostro ligeramente levantado, recibía el calor como un lagarto goloso de las radiaciones que lo vivificaban. Se había despojado incluso de la chaqueta y del pañuelo estampado que solía llevar al cuello, y se mantuvo inmóvil todavía unos segundos cuando Ramón se sentó a su lado.

– ¡Qué maravilla de país! -dijo al fin y sonrió-. Yo viviría aquí toda la vida.

– ¿A pesar de los españoles?

– Precisamente por vosotros. De donde yo vengo las gentes son como piedras. Vosotros sois flores. Mi país huele a arenque seco y lúpulo, éste a aceite de oliva y vino…

– Tus colegas dicen que somos primitivos y casi tontos.

– No hagas demasiado caso de esos lunáticos. Confunden la ideología con el misticismo y no son más que máquinas andantes, peor aún, son fanáticos. Aquí se hacen los duros, pero tendrías que verlos cuando los llaman desde Moscú… Najui. Se cagan. No los mires como a un ejemplo, no quieras ser como ellos. Tú puedes ser mucho más.

– ¿Qué te dijo Máximus de mí?

– Está satisfecho y tú lo sabes. Pero hoy dejas de ser Adriano y vuelves a ser Ramón, y como Ramón vas a trabajar conmigo estos días. Hasta que se decida otra cosa, Adriano ya no existe, Máximus nunca existió, ¿está claro?

Ramón asintió y se despojó de la bufanda. El calor le subía desde el pecho.

– ¡Aprovecha, muchacho, respira esta paz! Sácale jugo a cada momento apacible. La lucha es dura y no nos regala muchas ocasiones como ésta… ¿Ves la tranquilidad? ¿La sientes?

Ramón había pensado que se trataba de una pregunta retórica, pero la insistencia de Kotov lo obligó a mirar a su alrededor y responder.

– Sí, claro, la siento.

– ¿Y ves ese edificio de ahí enfrente?

– ¿La Telefónica? ¿Cómo podría dejar de…?

La risa de Kotov lo interrumpió. El asesor bajó el rostro y por primera vez miró directamente a Ramón. Tenía los carrillos brillantes, los ojos transparentes entornados para protegerlos de la intensa luz.

– Es una cueva de quintacolumnistas que están preparando un golpe de Estado contra el gobierno central -dijo Kotov y Ramón hubo de despabilar sus neuronas para recuperar el hilo del razonamiento del asesor-. Antes de que lo hagan tenemos que fumigarlos, como a cucarachas, como a los enemigos que son… Estamos perdiendo la guerra, Ramón. Lo que hicieron los fascistas en Guernica no es un crimen: es una advertencia. No habrá piedad, y parece que no lo entendéis… Esos anarquistas se creen que la Telefónica les pertenece porque, cuando se rebelaron los militares, ellos entraron allí y dijeron: es nuestra. Y el gobierno es tan blando que no ha podido expulsarlos… Cuando el bombardeo de Guernica, llegaron al extremo de negarle una línea al presidente de la República -Kotov volvió a sonreír como si aquella historia le hiciera gracia-. Dentro de unos días, de esta paz no va a quedar nada.

– ¿Qué vamos a hacer?

Kotov guardó un silencio demasiado prolongado para la curiosidad de Ramón.

– Los fascistas siguen ganando territorio y el enano de Franco tiene ahora el apoyo de todos los partidos de la derecha. Mientras, los republicanos se entretienen en sacarse los ojos unos a otros y cada cual quiere ser el dueño de su finca… No, no puede haber más contemplaciones. Si estos quintacolumnistas dan un golpe de Estado, podéis olvidaros de España… Tenemos que hacer algo definitivo, muchacho. Te espero hoy a las ocho en la plaza de la Universidad.

Kotov se anudó el pañuelo al cuello y recogió la chaqueta. Ramón supo que no debía preguntar y lo vio alejarse, con una cojera más visible que en otras ocasiones. Desde el banco contempló, unos metros más abajo, el inicio de las Ramblas, varios sacos de arena que alguna vez fueron una barricada y las gentes despreocupadas o presurosas que paseaban, vestidas de civil o con los uniformes con que cada facción trataba de distinguir sus efectivos. Ramón se sintió superior: era de los enterados en medio de una masa de marionetas.

Quince minutos antes de las ocho, Ramón ocupó un banco en la plaza de la Universidad. Vio desfilar por la Gran Vía, rumbo a la estación de Sants, varios camiones cargados de reclutas de las milicias anarquistas de la CNT, con sus estandartes batidos por el viento. Supuso que esa misma noche saldrían hacia el frente y comenzó a entender la estrategia de Kotov y el alto mando de los asesores. Media hora después, cuando la ansiedad comenzaba a atenazarlo, sintió que el estómago se le enfriaba. Del otro lado de la avenida la vio venir: entre los millones de seres que poblaban la Tierra, aquella figura era la única a la que jamás confundiría.

África se acercó y Ramón sintió cómo perdía el control que imaginaba poseer. Avanzó hacia el borde de la calle y la abrazó, casi con furia.

– Pero ¿dónde cono…? -Andando, nos esperan.

La frialdad de África cortó de cuajo la ansiedad de Ramón, quien de inmediato presintió que algo había cambiado. Mientras avanzaban hacia el mercado, África le comentó que había estado en Valencia, donde ahora radicaba la sede del gobierno, y había vuelto convocada por Pedro y por Orlov, el mismísimo jefe de los asesores de inteligencia, que había trasladado su puesto de mando a Barcelona. De Lenina no tenía noticias recientes. La suponía con sus padres, todavía en las montañas de Las Alpujarras, dijo y cerró el tema. Cerca del mercado entraron en un edificio y subieron por las escaleras hasta la tercera planta. La puerta se abrió sin que ellos llamaran y, en la habitación que debía de hacer las veces de salón, Ramón vio a Kotov y a otros cinco hombres de los cuales solo reconoció a Graco. Dos permanecían de pie, mientras Kotov y los demás estaban sentados sobre unas cajas. Ninguno saludó.

Kotov fue preciso: tenían la misión de capturar a un hombre, ni él mismo sabía cómo se llamaba, solo que se trataba de un anarquista a quien se imponía sacar de circulación. El hombre saldría sobre las diez de un bar situado a dos cuadras de allí y lo distinguirían porque llevaría una bufanda roja y negra. «Tú y tú», señaló a Ramón y a un hombre moreno, de treinta y tantos, con pinta de andaluz, «vestidos demossos d'esquadra, lo van a detener y lo van a llevar hasta un auto que ella», señaló a África, «les va a indicar.» Los otros tres servirían de apoyo, por si se presentaba alguna eventualidad. Kotov insistió en que todo debía hacerse como una detención rutinaria, no podía haber disparos ni escándalos. Los del auto se encargarían de conducir al hombre a su destino. Después todos se dispersarían y esperarían hasta que los convocara él o algún enviado suyo.

El ambiente de misterio y clandestinidad colmó a Ramón de regocijo. Miró a África y le sonrió, pues mientras se enfundaba el uniforme de la policía catalana, pudo sentir cómo su utilidad para la causa iba en ascenso. Aquella misión podía ser el principio de su integración definitiva en el mundo de los verdaderamente iniciados, pero trabajar con África resultaba un premio inesperado. Él nunca recordaría si se había sentido nervioso: solo conservaría en su memoria la sensación de responsabilidad que lo acometió y la actitud distante de África.

La facilidad con que se desarrolló la detención, el traslado del hombre al auto (cuando lo oyó protestar, Ramón supo que era italiano) y la partida de aquél terminaron de llenarlo de entusiasmo. ¿Podía ser todo tan fácil? Luego de alejarse unas manzanas, Ramón se quitó la chaqueta demosso d'esquadra y la arrojó a un tacho de basura. Se sentía eufórico, deseoso de hacer algo más, y lamentó que la orden de Kotov fuera la dispersión inmediata una vez realizada la operación. Tener a África tan cerca y perderla de inmediato… Buscó una de las callejuelas oscuras que conducían al Raval, con la brújula atenta al hallazgo de una aventura más cálida que la desabrida Lena Imbert. Cuando se detuvo para encender un cigarrillo, sintió cómo se helaba: el frío metálico de un cañón de revólver se le prendió de la nuca. Por unos instantes su mente quedó en blanco, hasta que su olfato vino en su ayuda.

– Estás desobedeciendo las órdenes -dijo él, sin volverse-. Eres el único militante con olor a violetas. ¿Cogemos el tranvía para la Bona-nova o todavía tienes aquel cuartito en la Barceloneta?

África guardó el revólver y emprendió la marcha, obligando a Ramón a seguirla.

– Quería verte porque siento que debo ser sincera contigo, Ramón -dijo ella, y él descubrió en su voz un tono que lo alarmó.

– ¿Qué pasa?

África se acomodó el cabello y dijo:

– Que ya no pasa nada, Ramón. Olvídate de mí.

– ¿De qué estás hablando? -Ramón sintió que temblaba. ¿Había oído bien?

– No volveré a verte…

– Pero…

Ramón se detuvo y la asió por el brazo, casi con violencia. Ella lo dejó hacer, pero le clavó una mirada que lo heló. Ramón la soltó.

– Nunca te prometí nada. Nunca debiste enamorarte. El amor es un lastre y un lujo que nosotros no podemos darnos. Suerte, Ramón -dijo ella y, sin volverse, avanzó por la calle hasta perderse en un recodo y en la oscuridad.

Ramón, como petrificado, percibió la conmoción que afectaba a sus músculos y su cerebro. ¿Qué coño estaba pasando? ¿Por qué hacía eso África? ¿Obedecía órdenes del Partido o era una decisión personal?

El hombre se dirigió a la parte alta de la ciudad, sin que el desasosiego lo abandonara. Se sentía disminuido, humillado, y en su mente comenzaron a cruzarse señales, evidencias hasta entonces desestimadas, actitudes que bajo la nueva luz cobraban una dimensión reveladora. Y en aquel ascenso de lobo herido hacia su guarida, Ramón se prometió a sí mismo que alguna vez África sabría quién era él y de qué era capaz…

La explosión que esperaba el periodista inglés con cara de caballo, y que Kotov le había anunciado con conocimiento de causa, al fin se produjo. La leña seca del odio y el miedo, que tanto abundaba en España, solo necesitó de un fósforo, colocado con precisión, para que ardiera la pira en la cual, como muchas veces diría Caridad, se había purificado la República.

Gracias a las informaciones que manejaba, la dramaturgia de los acontecimientos no sorprendió a Ramón, aunque sus imprevisibles consecuencias llegaron a alarmarlo. El día 3 de mayo, la irrupción en el edificio de la Telefónica de un contingente de la policía, dirigido por el comisario de orden público Rodríguez Salas, portador de la orden dictada por elconseller de Seguridad Interior de desalojar el local y ponerlo en manos del gobierno, provocó la previsible negativa de los anarquistas y su atrincheramiento en los pisos altos del inmueble. Como también era de esperar, enseguida se iniciaron los enfrentamientos entre los cuerpos policiales de la República y el gobierno catalán con los anarquistas y los sindicalistas de la CNT, a cuyo lado se colocaron los trotskistas del POUM. La tensión acumulada y los odios enquista-dos estallaron y Barcelona se convirtió en un campo de batalla.

Unos días antes, varios contingentes de milicianos anarquistas, negándose a obedecer las órdenes del Estado Mayor, habían abandonado el frente y, con sus armas, se habían acantonado en la ciudad. Las autoridades, en previsión de posibles enfrentamientos, decidieron incluso suspender los actos del 1.° de Mayo, pero el día 2 unos integrantes del partido catalanista abrieron fuego contra un grupo de anarquistas y la tensión aumentó. La pretensión de los policías de desalojar la Telefónica fue la gota que colmó el vaso y provocó un derrame tal de violencia que Ramón llegaría a preguntarse si el gobierno, con el apoyo de los socialistas y los comunistas, sería capaz de controlarlo y salir victorioso.

Justo aquella mañana del 3 de mayo, y en contra de lo que esperaba, Ramón había recibido la orden de permanecer en la Bonanova, ocurriese lo que ocurriese, hasta que un hombre de Kotov fuese a buscarlo. A primera hora de la mañana, Caridad había salido con Luis, en su invencible Ford, para poner al muchacho en manos seguras que lo conducirían hasta el otro lado de los Pirineos. Ramón se despidió de Luis con un mal presentimiento. Antes de que montara en el auto, lo abrazó y le pidió que siempre recordara que él era su hermano, y todo lo que había hecho y haría en el futuro sería para que jóvenes como él pudieran entrar en el paraíso de un mundo sin explotadores ni explotados, de justicia y prosperidad: un mundo sin odio y sin miedo.

Cuando a media tarde se supo del incidente iniciado en la Telefónica y la explosión de violencia fratricida que le siguió, Ramón comprendió que Caridad tomaba aquellas precauciones porque ni siquiera los del Partido estaban seguros de poder controlar la situación. Los anarquistas y poumistas, reacios a entregar las armas, acusaban al comunista Rodríguez Salas de haberles provocado para suscitar un enfrentamiento. Los comunistas, por su parte, acusaban a sus rivales políticos de rebelarse contra las instituciones oficiales, de entorpecer el trabajo del gobierno central, de generar el caos y la indisciplina y, de modos indirectos y hasta directos, de planear un golpe de Estado que hubiera sido el final de la República. El grueso del fuego verbal se centró en los dirigentes del POUM, catalogados como traidores-instigadores, promotores incluso del planificado golpe trotsko-fascista en contubernio con los falangistas. Ante los hechos y las palabras, Ramón comprendió que había tenido el privilegio de asistir a la puesta en marcha de un juego político en el que se había derrochado una capacidad de previsión y una maestría tal para la explotación de las circunstancias que no dejaba de sorprenderlo. Pero también pensó que, como nunca antes, el destino de la República pendía de un hilo y resultaba difícil predecir el ganador de la partida.

Varias veces estuvo tentado de bajar hacia La Pedrera en busca del esquivo Kotov para pedirle que le revocara la orden de permanecer alejado. Las horas del día se le hicieron interminables y cuando, en la noche, Caridad regresó al palacio de la Bonanova con un fusil terciado al hombro, lo tranquilizó diciéndole que si bien la Telefónica no había sido tomada, su caída era cuestión de horas y que la operación había sido un éxito, pues el levantamiento había demostrado la felonía de libertarios y trotskistas. Además, confiaba en que las escaramuzas que aún se producían pronto serían controladas, pues varios dirigentes de la CNT estaban mediando para calmar los ánimos y se había anunciado que contingentes del ejército se acercaban desde Valencia.

– Lo que no entiendo es por qué me tienen aquí -se lamentó Ramón, mientras Caridad encendía uno de sus cigarrillos y, entre calada y calada, deglutía unos pedazos de butifarra, que iba lubricando con vino.

– Gente para matar quintacolumnistas y traidores es lo que sobra. Kotov sabrá para qué te quiere.

– ¿Qué se supone que va a pasar ahora?

– Pues no lo sé. Pero cuando acabemos con los anarquistas y los trotskistas, quedará claro quién manda en la España republicana. No podíamos seguir lidiando con indisciplinados y traidores ni esperar a que Largo Caballero se fuera tranquilamente. Ahora mismo lo estamos echando.

– ¿Y qué va a decir la gente?

Caridad aplastó el cigarrillo y sacó otro del paquete. Bebió un largo trago de vino para limpiarse la boca de los restos de la butifarra.

– Toda España sabe ya que los trotskistas del POUM, la juventud libertaria y la Federación Anarquista se han pasado de rosca. Se han rebelado contra el gobierno, y en una guerra eso se llama traición. Hasta hay documentos que prueban las conexiones de los trotskistas con Franco, pero Caballero no quiere aceptarlos. Esos hijos de puta les pasaban a los fascistas mapas y hasta las claves de comunicación del ejército.

– Eh, eh… Tú sabes que la mitad de lo que dices es mentira.

– ¿Estás seguro? Aun así, si fuera mentira, de todas maneras lo convertiremos en verdad. Y eso es lo que importa: lo que la gente cree.

Ramón asintió. Aunque le costaba aceptar la mezquindad de aquel montaje, reconocía que lo importante era ganar la guerra y, para hacerlo, se imponían limpiezas como aquélla. Caridad sonrió y encendió el cigarrillo.

– Tienes mucho que aprender, Ramón. Vamos a enfrentar a los socialistas radicales de Negrín e Indalecio Prieto con los conciliadores de Largo. Más bien, les vamos a servir en bandeja la cabeza de Largo para que se destrocen entre ellos.

– Pero ni Prieto ni Negrín nos quieren demasiado…

– No les quedará más remedio que querernos. Y en cuanto sustituyan a Largo y nombren a Negrín o a Prieto, acabaremos de una vez por todas con el POUM. Si los socialistas quieren gobernar, tendrán que ayudarnos: o gobiernan con nosotros o no gobiernan. Les vamos a quitar de en medio a los anarquistas y a los sindicalistas, y ellos tendrán que agradecernos el gesto.

Ramón asintió y se atrevió al fin a formularle la pregunta que lo desesperaba:

– ¿Y África anda metida en todo esto?

Caridad bebió dos sorbos de vino.

– No se despega de Pedro. Así que debe de estar muy cerca de todo…

Ramón asintió. ¿Celos o envidia? Tal vez las dos cosas, más unas gotas de despecho…

– ¿Y qué pinto yo en todo eso, Caridad?

– A su tiempo Kotov te lo dirá… Mira, Ramón, entre lo mucho que tienes que aprender, está tener paciencia y saber que a los enemigos no se les golpea cuando están de pie, sino cuando se han arrodillado. ¡Y se les golpea sin piedad, carajo!

A la mañana siguiente, después de ver salir a Caridad en el Ford, Ramón se arriesgó a desobedecer sus órdenes. Sentía que se asfixiaba en la Bonanova, donde apenas llegaba el retumbar de algún fuego de artillería, y bajó hacia la ciudad, casi sin confesarse a sí mismo que entre sus esperanzas estaba la de encontrarse con África. En el camino hacia el centro, fue eludiendo las calles donde se habían montado barricadas desde las que se producían disparos esporádicos. Tranvías y autobuses detenidos cortaban el tráfico y por todas partes se desplegaban banderas que advertían de la filiación política de los defensores de cada esquina: comunistas, socialistas, anarquistas, poumistas, catalanistas, sindicalistas cenetistas, tropas regulares, milicias y policías, en un calidoscopio centrífugo que convenció al joven de la necesidad de aquella batida: ninguna guerra podía ganarse con una retaguardia tan caótica y dividida. La ciudad entera seguía en pie de guerra y la explanada de la plaza de Cataluña parecía el patio de un cuartel. El edificio de la Telefónica, donde permanecían atrincherados los anarquistas de la CNT, estaba completamente rodeado y en la mira de varias piezas de artillería. Los sitiadores, sin embargo, parecían tan confiados que descansaban aprovechando la cálida mañana de mayo. Evitando la explanada, buscó las Ramblas y, a la altura del Palacio de la Virreina y el hotel Continental y, más abajo, por el Falcón, el paseo estaba completamente vacío; solo ocasionalmente se arriesgaba a pasar algún transeúnte presuroso agitando un pañuelo blanco. Desde las inmediaciones del mercado observó que, a cada lado de la calle, había hombres atrincherados en las azoteas y supuso que los del Continental eran milicianos y directivos del POUM. De una y otra vereda, con desgano, efectuaban disparos, y Ramón pensó que la suerte de los sublevados estaba echada: aquella guerra de retaguardia más parecía una escenificación que un enfrentamiento verdadero. Sintió la tentación de hacer regresar la piel de Adriano y entrar con ella en los locales del POUM, pero comprendió que aquella indisciplina podía resultar peligrosa. La impiedad con la que se había juramentado podía revertirse contra él si alguien lo identificaba y denunciaba su presencia en los predios de los trotskistas sin haber sido enviado por un superior.

Muy pocos días después Ramón sabría hasta qué punto Kotov confiaba en Caridad, pues las predicciones de la mujer comenzaron a cumplirse. Los enfrentamientos esporádicos, violentos por momentos, continuaron por un par de días, acumulando cifras de muertos y heridos, pero fueron perdiendo intensidad, como gastándose. Varios líderes sindicalistas y anarquistas pidieron a sus camaradas la deposición de las armas y, cuando al fin llegó el grueso de las tropas enviadas por el gobierno, los rebeldes habían reconocido su derrota, la ciudad estaba prácticamente pacificada, y la mayoría de los puestos clave, en manos de los hombres escogidos por los asesores y el Partido. La batalla se libraba ahora en el terreno verbal, con un cruce continuo de acusaciones en el que los medios de propaganda comunistas, libres de la censura, llevaban la mejor parte y difundían la opinión de que los sindicalistas de la CNT, los anarquistas y, en especial, los poumistas habían provocado ese levantamiento que tanto olía a golpe de Estado. Ramón pensó que la esquiva Cataluña caía al fin bajo el dominio de los asesores soviéticos y de los hombres del Komintern, mientras, como colofón del éxito, el gobierno se abocaba a una crisis y Largo Caballero comenzaba a patalear, con la soga al cuello.

Los acontecimientos cobraron una velocidad vertiginosa cuando la prensa comunista aseguró que poseía pruebas de la colaboración de los trotskistas del POUM con los fascistas. Se hablaba de telegramas e, incluso, de mapas con movimientos de tropas filtrados hacia el bando enemigo. Largo Caballero, asediado por todos los flancos, o quizás asumiendo al fin su incapacidad para resolver los problemas de la guerra y de la República, presentó la renuncia. Entonces, con el apoyo de los comunistas y de los asesores, Negrín subió a la jefatura del gobierno y, casi como primera medida, anunció la ilegalización del POUM y la intención de juzgar a sus cabecillas.

Ramón, que se sentía molesto por no haber estado más cerca de la acción, se sorprendió cuando el resucitado Máximus se presentó a buscarlo. Lo acompañaban otros dos hombres desconocidos para él, obviamente españoles, pero Máximus prescindió de cualquier tipo de presentación. En silencio bajaron hacia la ciudad, verdadero campo después de la batalla, con tropas en las plazas, edificios incendiados, restos de barricadas en las esquinas. La gente volvía a salir a la calle en busca de comida y no la encontraba, pero ahora se retiraba silenciosa, bajo la mirada de guardias de asalto,mossos d'esquadra y militares desplegados por todas partes. Ramón tuvo la convicción de que la España republicana debía aprovechar aquella sacudida, explotar y dirigir el odio "y el miedo ancestrales, y aceptar de una vez que la única salvación podía venir de la más férrea disciplina y de la intervención soviética frontal. Pensó que tal vez André Marty tenía razón cuando los había calificado de primitivos e incapaces, y cuando Kotov, a su modo casi poético, los llamó románticos e indolentes. El joven sintió que lo apresaba la angustia por el destino del país y por el sueño por el que él llevaba cuatro años luchando: pero se había dado un paso importante para salvarlo.

Máximus, acompañado por Ramón y los otros dos camaradas, detuvo el auto en la carretera del Prat, ya en las afueras de la ciudad, y esperó la llegada de otro vehículo, también ocupado por cuatro hombres, dos de ellos de aspecto extranjero y uno con un brillante uniforme militar, aunque desprovisto de grados. Máximus dio las órdenes, que parecían dirigidas a Ramón más que a sus otros dos acompañantes: la policía se disponía a sacar de Barcelona a un prisionero, un espía al servicio de los nacionales, y a ellos les encomendaba la misión de llevar al hombre sano y salvo hasta Valencia, donde sería interrogado. La información que poseía aquel hombre era capital para desarticular las redes de colaboración con el enemigo y para revelar hasta qué niveles había llegado la traición de los trotskistas. Pero todo el operativo debía hacerse con la mayor discreción, por lo que solo participaban en él hombres de la más absoluta confianza.

Unas horas después, cuando ya anochecía, la patrulla policial apareció en la carretera e hizo señas con las luces. Máximus ordenó a los del segundo coche que se colocaran en la retaguardia y él, con Ramón y los otros dos hombres, se ubicó al frente de la caravana y enfiló hacia Valencia. En un par de ocasiones, uno de los que viajaba en el auto trató de entablar conversación, pero Máximus exigió silencio.

En plena madrugada llegaron a las inmediaciones de Valencia, donde otra patrulla los esperaba. Los que venían de Barcelona se detuvieron y Máximus ordenó que no bajaran del auto y se mantuvieran vigilantes y, sobre todo, callados. Ramón observó cómo Máximus se dirigía hacia la patrulla, acompañado por el hombre vestido de militar que había viajado en el auto encargado de cerrar la fila. En la oscuridad trató de entrever lo que ocurría en la carretera y creyó escuchar que Máximus y los que lo esperaban hablaban en ruso. Uno de aquellos hombres le resultó familiar, y aunque después pensó que podía ser Alexander Orlov, jefe de los asesores soviéticos de inteligencia, la oscuridad le impidió tener la certeza. Con una linterna, el militar que acompañaba a Máximus hizo una señal hacia la caravana y minutos después Ramón vio pasar junto a su coche a un hombre esposado, conducido por dos policías. A pesar de la escasa luz, tuvo un sobresalto cuando pudo identificarlo: era Andreu Nin.

En aquel momento Ramón comprendió que Máximus lo había seleccionado para aquella misión como un premio por su trabajo en el entorno del POUM. Entonces le vino a la mente el periodista inglés con cara de caballo enfermo y las palabras que en una de las charlas en el hotel Continental le dijera a Adriano, unas semanas antes:

– Nin es el español más español que conozco. Si no fuera tan catalán, habría sido torero o cantaor… Vive con una sola idea en la cabeza: la revolución. Es de los que se dejaría matar por ella. A mí me espantan los fanáticos, pero a ese hombre lo respeto.

Sin volverse a mirar a sus compañeros de misión, Ramón dijo:

– A ese hombre tendrán que matarlo.

Uno de sus acompañantes, el de más edad, se atrevió a comentar:

– Acuérdate de lo que dijo el jefe. Van a hacerle cantar todo lo que sabe de los planes de los quintacolumnistas.

– No hablará -Ramón sintió aquella convicción de un modo tan incisivo que lo atormentó el deseo de bajar del auto y decírselo a Máximus y hasta al mismísimo Orlov, si era Orlov quien ahora se apartaba para que introdujeran a Nin en una pequeña camioneta cubierta. Todo aquello era un absurdo y Ramón supo que iba a terminar del peor modo.

– Ellos hacen hablar al que sea -dijo el hombre bajando la voz-. Y todos estos trotskistas están hechos de mantequilla.

– Éste no. Y no hablará.

– Y por qué estás tan seguro, camarada?

– Porque es un fanático y sabe que, si habla, de todas maneras lo matarán, y de paso mataría a sus compañeros. ¿Sabéis una cosa? Yo en su lugar tampoco hablaría.

12

A lo largo de todos estos años, muchos detalles de mi relación con el hombre que amaba a los perros se fueron diluyendo en mi memoria, aunque no creo que haya olvidado nada esencial. Lo que están leyendo, en cualquier caso, es la reconstrucción, según mis recuerdos y desde la perspectiva maléfica del tiempo, de unas conversaciones y unos pensamientos que solo comenzaría a anotar, a modo de apuntes, cinco años después de aquellos encuentros en la playa durante el año 1977. En ese lapso, yo me había convertido en un Iván muy diferente del que había sido cuando me encontré con Jaime López, y lo era, entre otras causas y como comprenderán fácilmente, porque de la historia que me contaría aquel hombre oscuro -Raquelita tenía razón, como casi siempre- nadie podía escapar siendo la misma persona que había sido antes de escucharlo.

A mediados de noviembre, justo el primer día en que regresé a la playa después de nuestro último encuentro, volví a toparme con López y creo que por primera vez tuve la sospecha de que quizás aquel hombre me estaba esperando. Pero ¿por qué?, ¿para qué?, me dije, y también creo que de inmediato olvidé esas preguntas. En esa ocasión -para acabar de completar los factores de la ecuación necesaria, como después sabría- yo había ido sin Raquelita, que solía tener trabajo por las tardes y en el fondo no era demasiado adicta a aquellos viajes invernales a la playa.

Después de los saludos, caímos en el tema del viaje a París y de la salud de López, pero él resolvió el trámite diciéndome que los médicos franceses tampoco le habían encontrado nada y que el clima en París había sido todo lo aborrecible que era de esperar de aquella ciudad. No sé por qué aquella abrupta interrupción de una posible charla sobre algo que me motivaba -París, el sueño de los viajes- me impulsó a preguntarle la razón por la cual siempre llevaba vendada la mano derecha. Aun cuando sabía que con aquella pregunta rozaba los límites de lo permisible en una relación superficial, de conversaciones intrascendentes, en ese momento sentía una incisiva necesidad de saber algo definitivo sobre su persona, quizás movido por la impresión que el hombre le había producido a Raquelita y por la constatación de que su salud no parecía ser un problema grave.

– Es una quemadura muy fea -respondió López, sin pensarlo demasiado-. Me la hice hace unos años, pero es desagradable verla.

Percibí en su voz un tono de lamento que no le conocía. No debía de ser, pensé, que le molestara hablar de la mano quemada: quizás le disgustaba habérsela quemado, como si todavía le ardiera. Lamenté en ese instante mi indiscreción y nunca he sabido bien si, a modo de compensación o porque necesitaba vomitar mi rabia en-quistada, hice algo inhabitual en mí y le conté los avatares sufridos por mi familia en los últimos dos meses, desde que emergió conflictivamente la homosexualidad de mi hermano menor. Solté todo el resentimiento que sentía hacia mis padres por haber castigado de un modo tan cruel al muchacho y, mientras hablaba, me di cuenta de que había sido tan obtuso que hasta ese preciso momento, cuando le confiaba a aquella persona apenas conocida detalles y sentimientos que no le había revelado ni siquiera a mi mujer, había concentrado mi resquemor en la actitud de mis padres porque en realidad me había estado escamoteando el verdadero origen de lo ocurrido: la persistencia de una homofobia institucionalizada, de un fundamentalismo ideológico extendido, que rechazaba y reprimía lo diferente y se cebaba en los más vulnerables, en quienes no se ajustasen a los cánones de la ortodoxia. Entonces comprendí que tanto mis padres como yo habíamos sido juguetes de prejuicios ancestrales, de presiones ambientales del momento y, sobre todo, víctimas del miedo, tanto o más (sin duda más) que William. En mí, además, había influido cierto rencor hacia mi hermano, por ser precisamente mi hermano el que se había declarado maricón: yo podía entender y hasta aceptar que dos profesoras fuesen invertidas, pero no era lo mismo saber -y que los demás lo supieran- que el invertido es tu propio hermano. De todas formas, me callé aquellas elucubraciones que, en manos de López (¿quién coño era López, para quién trabajaba en Cuba, a santo de qué podía ir a verse con unos médicos en París?) o de cualquiera que decidiera utilizarlas, podían volverse en mi contra, como se encargó de recordármelo mi propio pasado.

López me había escuchado en silencio, como apenado.Ix y Dax, cansados de corretear, se habían echado a unos metros de su amo, y el negro alto y flaco, en su sitio entre las casuarinas, también se había sentado sobre unas raíces. En mi memoria, ese instante ha quedado grabado como una fotografía, como si el mundo se hubiera detenido por unos segundos, minutos incluso, hasta que López dijo:

– Siempre joden a alguien… Lo siento por tu hermano -y me pidió que lo ayudara a ponerse de pie.

Esta vez se mareó menos y me confirmó que en los últimos días se sentía mucho mejor. Cuando ya comenzaba a alejarse, López se detuvo y me pidió que me acercara. Apenas estuve a su lado, el hombre que amaba a los perros comenzó a desenrollarse la venda de la mano derecha y me mostró la piel plana y brillosa que desde el nacimiento del pulgar subía hacia el centro de la mano.

– Es bien fea, ¿verdad?

– Como todas las quemadas -le dije, sorprendido de que solo fuera una cicatriz antigua.

– Hay días en que todavía me duele… -y permaneció en silencio hasta que me miró a los ojos y me dijo-: No estuve en París. Fui a Moscú.

Aquella confesión me sorprendió: ¿por qué me había mentido y ahora me confiaba la verdad? ¿Por qué yo debía saber que había estado en Moscú? ¿No iban todos los días a Moscú decenas, cientos de cubanos, por cualquier motivo? Permanecí en silencio, sin poder responderme a mí mismo, haciendo lo único que podía hacer: esperar. Entonces López empezó a vendarse la mano de cualquier manera y me preguntó:

– ¿Te parece que podríamos vernos pasado mañana?

Despegué la mirada de la mano otra vez cubierta y descubrí en los ojos del hombre una humedad brillante. Hasta ese día -al menos que yo supiera- nuestros encuentros habían sido cruces más o menos casuales, más o menos propiciados por la costumbre y los caprichos del clima, pero nunca establecidos con antelación. ¿Por qué López me pedía otro encuentro después de mostrarme aquella quemadura hasta entonces oculta y de confesarme que había estado en Moscú y no en París?

– Sí, creo que sí.

– Pues nos vemos en dos días… Mejor si tu mujer no está -advirtió él y se golpeó las perneras del pantalón para queIx y Dax caminaran a su lado hacia donde el negro alto y flaco los esperaba.

La costa se había llenado de algas grises y marronas, cadáveres hinchados de medusas violáceas, maderas gastadas y piedras vomitadas por el mar la noche anterior, durante la entrada de un frente frío. En toda la franja de arena que abarcaba la mirada no se veía una sola persona. El sol entibiaba el ambiente y aunque en la playa el aire del norte batía fresco, sostenido, se podía resistir con el jácket ligero que yo llevaba ese día. Como me había adelantado a la hora fijada para la cita, caminé un rato por la orilla. Medio ocultos por unas algas felpudas, vi entonces aquellos pedazos de madera renegrida que parecían formar una cruz y que, de hecho, eran los brazos de una cruz. La madera, corroída, advertía que tal vez aquella cruz -de unos cuarenta por veinte centímetros- llevaba mucho tiempo a merced del mar y la arena, pero a la vez resultaba evidente que recién había arribado a la costa, empujada por el oleaje del último frente frío. Nada la hacía particular: eran solo dos piezas de madera oscura, muy densa, erosionadas, devastadas seguramente con una gubia, cruzadas y fijadas entre sí por dos tornillos oxidados. Sin embargo, aquella cruz rústica, quizás por su desgastada madera, quizás por estar donde estaba (¿de dónde había venido, a quién había pertenecido?), me atrajo tanto que, a pesar de mi ateísmo, decidí cargar con ella luego de lavarla en el mar. La cruz del naufragio, la llamé, aun cuando no tenía idea de su origen y sin sospechar por cuánto tiempo me acompañaría.

Como si fuera inmune a la temperatura, López apareció vestido solo con una camisa gris, de mangas cortas, adornada con unos bolsillos enormes. Los borzois, hechos para temperaturas siberianas, parecían más que felices. El negro, siempre entre las casuarinas, se arropaba en un capote militar y en algún momento pareció quedarse dormido.

Desde el instante en que el hombre me había convocado para aquella conversación, apenas había podido pensar en otra cosa. Había hecho un resumen mental de lo poco que conocía de él y no encontré un resquicio para filtrar alguna especulación sobre el origen de aquella necesidad de verme y, era de esperar, hablarme de algo presumiblemente importante (que él prefería, o exigía, que Raquelita no oyera). Hasta el momento en que nos encontramos estuve barajando muchas posibilidades: que el hijo de López también fuera maricón; que López tuviera alguna buena influencia para ayudar a William en su reclamación; y, por supuesto, casi de oficio pensé que tal vez López ocultaba la intención de comentar mis opiniones en algún sitio y se preparara para regresar con alguna persona capaz de complicarme la vida, justo cuando yo había eliminado todos mis sueños y ambiciones (creo que incluso mis cada vez más moribundas pretensiones literarias) y nada más deseaba un poco de paz, como el pájaro adoctrinado que acepta gustoso la rutina segura de su jaula… Fuera por la razón que fuese, lo que iba a ocurrir debía ocurrir, había concluido, y poco antes de las cuatro de la tarde había llegado a Santa María del Mar, sin mi raqueta de tenis y hasta sin un libro para leer.

López sonrió al verme con la cruz de madera en la mano. Le expliqué cómo la había hallado y él me pidió verla.

– Parece muy vieja -dijo, mientras la estudiaba-. Este tipo de tornillos ya no se fabrica.

– Es de un naufragio -comenté, por decir algo.

– ¿De los que se van de Cuba en palanganas? -su pregunta destilaba una burlona ironía.

– No sé. Sí, puede ser…

– La cruz estaba ahí, esperando a que tú la encontraras -dijo, ahora con toda seriedad, mientras me la devolvía, y la idea me gustó. Si hasta ese momento había tenido alguna duda de qué hacer con la cruz, la posibilidad de que el hallazgo fuese algo más que una casualidad me convenció de que tenía que cargar con ella, pues solo en ese instante tuve la certeza de que debía de haber sido muy importante para alguien a quien nunca conocería. ¿Se me ocurrían cosas así porque todavía, a pesar de los pesares, yo podía reaccionar como un escritor? ¿Cuándo perdí esa capacidad y tantas, tantas otras?

En lugar de sentarnos en la arena, aprovechamos unos bloques de hormigón situados muy cerca del mar. Esa tarde López había traído una bolsa con un termo lleno de café y dos pequeños vasos plásticos, en los que sirvió varias veces de la infusión. En cada ocasión que bebía café, extraía de un bolsillo de su camisa una cajetilla de cigarros y su pesada fosforera de bencina, capaz de imponerse a los soplos de la brisa.

Además del café, el hombre que amaba a los perros traía también una mala noticia.

– Tenemos que sacrificar aDax -me dijo cuando nos acomodamos y miró hacia donde los borzois corrían, chapoteando en el agua.

Sorprendido por aquellas palabras, volteé la cabeza para ver a los animales.

– ¿Qué pasó? -pregunté.

– Hace dos días lo vio el veterinario…

– ¿Cómo un veterinario puede decirle que sacrifique a un perro como ése? ¿Mordió a alguien? ¿No ve cómo corre, que está normal?

López se tomó su tiempo para responder.

– Tiene un tumor en la cabeza. Morirá en cuatro o cinco meses, y en cualquier momento va a empezar a sufrir y puede volverse incontrolable.

Entonces fui yo quien permaneció en silencio.

– Lo que lo ponía agresivo era eso, no el calor… -agregó López.

– ¿Le hicieron placas? -volví a mirar hacia los animales.

– Y otros análisis. No hay posibilidades de que estén equivocados… Esto me tiene destrozado. Nadie se puede imaginar lo que quiero a esos perros.

– Me lo imagino -musité, recordando la muerte de Curry, un ratonero mocho que vivió conmigo toda mi niñez y parte de mi juventud.

– En Moscú y aquí en La Habana ellos han sido como dos amigos. Me gusta hablar con ellos. Les cuento mis cosas, mis recuerdos, y siempre les hablo en catalán. Y te juro que me entienden… CuandoDax empiece a empeorar y yo me haya hecho a la idea… ¿tú serías capaz de ayudarme en esto?

En un primer momento no entendí la pregunta. Después comprendí que López me pedía que lo ayudara a sacrificar aDax y reaccioné.

– No, yo no soy veterinario… Y aunque lo fuera, no, no podría hacerlo.

El hombre se mantuvo en silencio. Se sirvió más café y buscó uno de sus cigarros.

– Claro, no sé por qué te he pedido eso… Es que no sé cómo coño voy a…

En ese instante creí percibir que algo más terrible que la suerte de un perro enfermo rondaba al hombre, y casi de inmediato obtuve la confirmación.

– Si a mí me dijeran que estoy enfermo como Dax, me gustaría que alguien me ayudara a salir rápido del trance. Los médicos a veces son increíblemente crueles. Cuando llega lo inevitable deberían ser más humanos y tener una mejor idea de lo que es el sufrimiento.

– Los médicos sí lo saben, pero no pueden hacerlo. Los veterinarios también lo saben y tienen esa licencia para matar. Busque a uno que…

Sentí que me introducía en un terreno pantanoso y perdía movilidad, posibilidades de escape. Pero aún estaba muy lejos de imaginar hasta qué niveles me hundiría en una fosa que resultó estar rebosante de odio y sangre y frustración.

– Yo también voy a morirme -me dijo al fin el hombre.

– Todos vamos a morirnos -traté de salir del trance con una obviedad.

– Los médicos no me encuentran nada, pero yo sé que me estoy muriendo. Ahora mismo me estoy muriendo -insistió.

– ¿Por los mareos? -yo seguí aferrado a mi lógica y a mi papel de bobo-. La cervical… Hasta hay parásitos tropicales que provocan vértigos.

– No jodas, muchacho. No te hagas el tonto y escucha lo que te estoy diciendo: ¡que me estoy muriendo, coño!

Me pregunté qué carajo estaba pasando: ¿por qué, si apenas nos conocíamos, aquel hombre me escogía para confiarme que se estaba muriendo y que deseaba tener una persona capaz de abreviarle los sufrimientos? ¿Para eso me había citado? Entonces sentí miedo.

– No sé por qué usted…

López sonrió. Movió el talón del zapato en la arena hasta hacer un surco. En ese momento yo temía aún más las palabras que aquel hombre podría decirme.

– El pretexto para ir a Moscú fue que me invitaban a la celebración del sesenta aniversario de Octubre. Pero necesitaba ir para ver a dos personas. Pude verlas y tuve con ellas unas conversaciones que están acabando conmigo.

– ¿Con quién habló?

El hombre detuvo el movimiento del pie y miró su mano vendada.

– Iván, yo he visto la muerte tan de cerca como tú no eres capaz de concebirlo. Creo que lo sé todo sobre la muerte.

Lo recuerdo como si me hubiera ocurrido ayer: en ese preciso momento fue cuando verdaderamente sentí miedo, miedo real, además del lógico asombro ante aquellas impensables palabras. Porque nunca en mi vida pudo habérseme ocurrido que alguien confesara su capacidad de saberlo todo sobre la muerte. ¿Qué se hace en una situación así? Yo miré al hombre y dije:

– Cuando estuvo en la guerra, ¿no?

Él asintió en silencio, como si mi precisión no fuera importante, y luego dijo:

– Pero soy incapaz de matar a un perro. Te lo juro.

– La guerra es otra cosa…

– La guerra es una mierda -soltó el hombre, casi con furia-. En la guerra o matas o te matan. Pero yo he visto lo peor de los seres humanos, sobre todo fuera de la guerra. Tú no puedes imaginarte de lo que es capaz un hombre, de lo que pueden hacer el odio y el rencor cuando los han alimentado bien…

Más o menos a esas alturas pensé: está bueno ya de rodeos y tonterías. Lo mejor que podía hacer era ponerme de pie y terminar aquella conversación que no podía conducir a nada agradable. Pero no me moví de mi piedra, como si en realidad hubiera deseado saber adónde iría a parar aquella disquisición del hombre que amaba a los perros. ¿Me interesaba?: hasta aquel instante lo que me había movido era pura inercia. Pero entonces el hombre encendió los motores:

– Hace unos años un amigo me contó una historia -de pronto la voz de López me pareció la de otra persona-. Es una historia que conocieron a fondo muy pocas personas, y casi todas están muertas. Por supuesto, me pidió que no la contara, pero hay algo que me preocupa.

Yo había decidido no volver a hablar, pero López me conminaba.

– ¿Qué cosa?

– Mi amigo murió… Y cuando yo muera, y cuando muera la otra única persona que, según sé, conoce casi todos los detalles, esa historia se perderá. La verdad de la historia, quiero decir.

– ¿Y por qué no la escribe?

– Si ni siquiera debo contársela a mis hijos, ¿cómo voy a escribirla?

Asentí, y me alegré de que el hombre buscara otro cigarro: la acción me liberaba del compromiso de hacer alguna pregunta.

– Te he pedido que vinieras hoy porque quiero contarte esa historia, Iván -me dijo el hombre que amaba a los perros-. Lo he pensado mucho y estoy decidido. ¿Quieres oírla?

– No sé -dije, casi sin pensarlo, y era totalmente sincero. Después me preguntaría si aquélla había sido la respuesta más inteligente a una de las preguntas más insólitas que me habían hecho en la vida: ¿uno puede querer o no querer que le cuenten una historia que no conoce, de la cual no tiene ni la más puta idea? Pero en ese momento era la única respuesta a mi alcance.

– Es una historia tremenda, ya verás como no exagero. Pero antes de contártela voy a pedirte dos cosas.

Esta vez conseguí mantener la boca cerrada.

– Primero, que no me trates más de usted. Así será más fácil explicártelo todo. Y después, que no se la cuentes a nadie, ni siquiera a tu mujer, por eso te pedí que vinieras solo. Pero, sobre todo, no quiero que la escribas.

Miré fijamente al hombre. El miedo no me abandonaba y mi cerebro era un fárrago de ideas, pero había una que sacaba la cabeza.

– Si no debe hablar de eso…, ¿por qué quiere contármela a mí? ¿qué va a resolver con eso?

El hombre apagó el cigarro hundiéndolo en la arena.

– Necesito contarla aunque sea una vez en mi vida. No puedo morirme sin contársela a alguien. Ya verás por qué… Ah, y no me trate más de usted, ¿vale?

Asentí, pero mi mente iba desbocada por un solo sendero.

– Sí, está todo muy bien, pero ¿por qué me la quieres contar a mí. Tú sabes que yo escribí un libro -agregué, como si levantara un escudo de papel bajo el filo de una espada de acero.

– Porque no tengo otra persona mejor a quien contársela, aunque a veces me parece que te he conocido para poder contártela. Además, creo que a ti te enseñará algo.

– ¿De la muerte?

– Sí. Y de la vida. De las verdades y las mentiras. A mí me enseñó mucho, aunque un poco tarde…

– ¿De verdad no tienes a nadie a quien contarle esa historia? Un amigo, no sé… ¿Y tu hijo?

– No, a él no… -la reacción fue demasiado ríspida, como defensiva, pero de inmediato su tono cambió-. El sabe algo, pero… A uno de mis hermanos le conté una parte, no todo… Y hace mucho tiempo que no tengo amigos, lo que se entiende por amigos… Pero a ti casi ni te conozco, y así es mejor. Yo sé lo que me digo… Hace un rato, cuando llegué, todavía no estaba convencido, pero después me di cuenta de que tú eras la mejor persona posible… Entonces, ¿me prometes que no vas a escribirla ni a contársela a nadie?

De más está decir que, sin tener una idea clara de por qué lo hacía ni a lo que me exponía, le dije que sí y me comprometí con él. Si yo hubiera dicho que no quería oír ningún cuento o que no podía prometer que no saldría a contarlo ese mismo día, quizás toda esta historia, en sus detalles más profundos y sórdidos, se hubiera perdido con la muerte de Jaime López y del otro individuo que, según él, era el único que la conocía y tampoco iba a contarla. Pero repasando la suma imprevisible de coincidencias y los juegos del azar que me llevaron a estar sentado frente al mar, aquella tarde de noviembre, junto a un individuo que me había exigido una respuesta que me sobrepasaba, solo podría llegar a una conclusión: el hombre que amaba a los perros, su historia y yo, andábamos persiguiéndonos por el mundo, como astros cuyas órbitas están destinadas a cruzarse y provocar una explosión.

Después de escuchar mi respuesta afirmativa, el hombre bebió otro trago de café y encendió el cigarro que tenía en la mano.

– ¿Alguna vez has oído hablar de Ramón Mercader?

– No -admití, casi sin pensarlo.

– Es normal -musitó el otro, con un convencimiento profundo y una pequeña sonrisa, más bien triste, en los labios-. Casi nadie lo conoce. Y otros hubieran preferido no conocerlo. ¿Y qué sabes de León Trotski?

Yo recordé mi contacto fugaz con el nombre y algunos momentos de la vida de aquel personaje turbio, medio desaparecido de la historia, impronunciable en Cuba.

– Poco. Que traicionó a la Unión Soviética. Que lo mataron en México -rebusqué un poco más en mi memoria-. Claro, que participó en la revolución de Octubre. En las clases de marxismo nos hablaron de Lenin, un poco de Stalin, y nos dijeron que Trotski era un renegado y que el trotskismo es revisionista y contrarrevolucionario, un ataque a la Unión Soviética…

– Veo que aquí os enseñan bien -admitió López.

– ¿Y quién es Ramón Mercader? ¿Por qué debo conocerlo?

– Pues deberías saber quién fue Ramón Mercader -dijo y abrió una larga pausa, hasta que se decidió a continuar-. Ramón fue mi amigo, mucho más que mi amigo… Nos conocimos en Barcelona y después estuvimos juntos en la guerra… Hace unos años volvimos a encontrarnos en Moscú. Los tanques soviéticos ya habían entrado en Praga y todo el mundo volvía a hablar en voz baja -el hombre miraba al mar, como si tras las olas estuvieran las claves de su memoria-. La ciudad de los susurros. La última acción contra el deshielo de Jruschov, contra un socialismo que soñó que todavía podía ser diferente. Con rostro humano, decían… -recordó y se frotó el dorso de la mano cubierto por la banda de tela-. Volvimos a vernos, el día de la primera nevada del año 1968… Ramón tenía cincuenta y cinco años, más o menos, pero parecía tener diez, quince más. Estaba gordo, había envejecido. Desde la guerra no nos veíamos… -Enmudeció, como si meditara en todo aquel tiempo transcurrido.

– ¿Cuál guerra?

– La nuestra. La guerra civil española.

– ¿Y se encontraron así, por casualidad? -ya me había picado la curiosidad.

– Fue como si de alguna manera estuviéramos esperándonos y de pronto los dos saliéramos a buscarnos, precisamente ese día en que cayó la primera nevada del año en Moscú… -ahora sonrió al evocarlo, pero solo muchos años después entendería por qué en ese momento volvió a mirarse la mano vendada-. Nos encontramos en el malecón Frunze, donde él vivía, frente al parque Gorki. Ramón había engordado, ya te lo he dicho, pero además estaba muy blanco, y a otro que no fuera yo le hubiera sido muy difícil reconocer en aquel hombre el mozo del que me había despedido en una trinchera de la Sierra de Guadarrama, con el puño en alto, confiados los dos en la victoria -hizo una pausa y encendió otro cigarro-. Después, cuando Ramón y yo empezamos a hablar, descubrí que de aquella época tan hermosa, lo único que le quedaba, sin ninguna fisura, era la imagen de la felicidad. Una imagen que siempre había utilizado como un remedio capaz de ayudarlo a sobrevivir. Y por eso, cuando decidió contármelo todo, me confió el sueño de su vida: más que nada en el mundo, deseaba volver a aquella playa catalana, al menos una vez antes de morir. Y creo que él ya sabía que se iba a morir…

Entonces el hombre que amaba a los perros, con la vista otra vez fija en el mar, empezó a contarme las razones de por qué su amigo Ramón Mercader recordaría, por el resto de sus días, que apenas unos segundos antes de pronunciar unas palabras que cambiarían su existencia había descubierto la malsana densidad que acompaña al silencio en medio de la guerra. El estrépito de las bombas, los disparos y los motores, las órdenes gritadas y los alaridos de dolor entre los que había vivido durante semanas se habían acumulado en su conciencia como los sonidos de la vida, y la súbita caída a plomo de aquel mutismo espeso, capaz de provocarle un desamparo demasiado parecido al miedo, se convirtió en una presencia inquietante cuando comprendió que tras aquel silencio precario podía agazaparse la explosión de la muerte.

13

Los acontecimientos que se habían sucedido a partir del 26 de agosto de 1936 le revelaron diáfanamente las muchas veces inextricables razones de por qué Stalin aún no le había roto el cuello. Enfrascado desde ese día en un combate ciego, Liev Davídovich había comprendido que el juego macabro del Gran Líder todavía exigía su presencia, pues su espalda tenía que servirle como catapulta en su carrera hacia las cumbres más inaccesibles del poder imperial. Y al mismo tiempo había comprendido que, agotada aquella utilidad de enemigo perfecto, realizadas todas las mutilaciones requeridas, Stalin fijaría el momento de una muerte que entonces llegaría con la misma inexorabilidad con que cae la nieve en el invierno siberiano.

Unos meses antes, previendo algún incidente que complicara las delicadas condiciones de su asilo, Liev Davídovich había comenzado a eliminar cualquier argumento que las autoridades noruegas pudieran esgrimir contra él. Más que la agresividad del partido pronazi del comandante Quisling, lo alarmaba la creciente virulencia de los estalinistas locales, quienes habían sumado a sus ataques un rumor inquietante: con machacona insistencia advertían que «el contrarrevolucionario Trotski» utilizaba a Noruega como «base para las actividades terroristas dirigidas contra la Unión Soviética y sus líderes». Su olfato entrenado le había advertido que la acusación no era fruto de una cosecha local, sino que venía de más lejos y escondía fines más tenebrosos. Por ello le había pedido a Liova y a sus seguidores que borrasen su nombre del ejecutivo de la IV Internacional, al tiempo que decidía dejar de conceder entrevistas y hasta abstenerse de participar, como simple espectador, en ningún acto político de la campaña parlamentaria de su anfitrión Konrad Knudsen. Su relación con el mundo exterior se redujo a las salidas que, una vez a la semana, Natalia y él hacían con los Knudsen a Honefoss, donde solían cenar en restaurantes baratos para luego gastar el resto de la noche en un cine, disfrutando de alguna de esas comedias de los hermanos Marx que tanto le gustaban a Natalia Sedova.

Por eso le extrañó que los dos oficiales de la policía noruega que aquella tarde se presentaron en Vexhall no mostraran la amable cordialidad con que siempre lo habían tratado las autoridades del país. Secamente imbuidos de su función, le habían informado que cumplían órdenes del ministro Trygve Lie y solo habían venido para entregarle un documento y regresar a Oslo con él firmado. El más joven, después de hurgar en su carpeta, le había alargado un sobre sellado. Knudsen y Natalia habían observado, expectantes, cómo él lo abría, desplegaba el folio y, tras ajustarse las gafas, lo leía. Mientras avanzaba, la hoja había comenzado a vibrar con un leve temblor. Entonces Liev Davídovich volvió a meterla en el sobre, para extendérselo al oficial que se lo había entregado y rogarle que le dijera al ministro que él no podía firmar ese documento y que el hecho de pedírselo le parecía un gesto indigno de Trygve Lie.

El oficial más joven había mirado a su compañero sin atreverse a tomar el sobre. La incertidumbre se había apoderado de los policías, inmóviles ante una actitud para la cual seguramente no estaban preparados. En ese instante él dejó caer el sobre, que fue a posarse junto a las botas del mayor de los oficiales, que al fin reaccionó: si no firmaba el documento podía ser detenido y puesto en manos de la justicia hasta que fuese deportado del país, pues tenían evidencias de que había violado las condiciones de su permiso de residencia al inmiscuirse en cuestiones políticas de otros estados.

Entonces se produjo la explosión: moviendo el índice en clara señal de advertencia, Liev Davídovich les gritó a los oficiales que le recordaran al ministro que él se había comprometido a no intervenir en los asuntos noruegos, pero que por nada del mundo habría renunciado a un derecho que era su razón de ser como exiliado político: decir lo que creyese conveniente sobre lo que ocurría en su país. Por lo tanto no firmaría aquel documento y, si el ministro quería hacerlo callar, tendría que coserle la boca o hacer algo que seguramente molestaría muchísimo a Stalin: matarlo.

Unos días después el exiliado tendría que reconocer que Stalin, fiel a su oportunismo político, había escogido con alevosía el momento más propicio para organizar la farsa de Moscú y tratar de convertirlo en culpable de todas las perversidades concebibles. La reciente entrada de Hitler en Renania había gritado al rostro de Europa que las intenciones expansionistas del fascismo alemán no eran solo un discurso histérico. Mientras, el levantamiento de una parte del ejército español contra la República, y el inicio de una guerra por cuyos campos de batalla se paseaban tropas italianas, aviones y buques alemanes, habían colocado a los gobiernos de las democracias (atemorizados por la posibilidad de quedarse solos ante el enemigo fascista) en una situación de dependencia casi absoluta de las decisiones de Moscú. En aquella coyuntura, cuando se decidían los destinos de tantos países, nadie se iba a atrever a defender a unos lamentables procesados en Moscú y a un exiliado que había sido acusado, precisamente, de ser agente fascista a las órdenes de Rudolf Hess. Entonces le había resultado evidente que la presión sobre el gobierno noruego debía de ser intensa y le advirtió a Natalia que debían prepararse para agresiones mayores.

Pero el exiliado había decidido que, mientras le fuera posible, explotaría su única ventaja: el gobierno de Oslo no podía deportarlo, pues nadie lo aceptaba, y ni siquiera tenían la opción de entregarlo a la justicia soviética, que no lo reclamaba, a pesar de su propia petición de someterse a juicio. Stalin no estaba interesado en juzgarlo, menos aún teniendo en cuenta que la repatriación habría tenido que ventilarse ante un tribunal noruego donde él podría tener la oportunidad de refutar las acusaciones lanzadas contra su persona y contra los ya condenados y ejecutados en Moscú.

Liev Davídovich tuvo la certeza de que se había desatado la crisis cuando el juzgado de Oslo lo requirió con el pretexto de que debía prestar declaración sobre el allanamiento de la casa de Knudsen: todo había comenzado a clarificarse cuando el juez que lo había citado expuso las reglas de juego, advirtiéndole de que como se trataba de una declaración y no de un interrogatorio, no se admitía la presencia de Puntervold, su abogado noruego, ni de Natalia, ni siquiera de Knudsen, como dueño de la casa allanada. Solo, frente al juez y los secretarios del tribunal, había tenido que responder a preguntas sobre el carácter de los documentos sustraídos, en los cuales, aseguró, no se inmiscuía en los asuntos internos de Noruega ni de ningún otro país que no fuera el suyo. Entonces el juez había levantado unos folios y él había comprendido la trampa que le habían tendido: aquel escrito, según el letrado, demostraba lo contrario, pues a propósito del Frente Popular, él había hecho un llamado a la revolución en Francia.

En el artículo, escrito tras la victoria de la alianza de las izquierdas francesas, Liev Davídovich había comentado que Léon Blum, a la cabeza del nuevo gobierno, resultaba una garantía mínima de que la influencia estalinista encontraría escollos para establecerse en el país, y advertía que si Francia conseguía radicalizar su política, bien podría convertirse en el epicentro de la revolución europea que él había esperado desde 1905, la revolución capaz de frenar al fascismo y arrinconar al estalinismo. Sin embargo, según el juez, aquel documento era una prueba de su conducta desleal hacia el gobierno que tan generosamente lo había acogido, y una violación de las condiciones del asilo. Indignado, Liev Davídovich preguntó si investigaban sus opiniones políticas o un allanamiento de la casa donde se alojaba, practicado por un grupo profascista. Como si no lo hubiera escuchado, el juez se había vuelto hacia el secretario de actas y había confirmado que el señor Trotski admitía ser el autor del documento que demostraba su intromisión en la política de terceros países.

Cuando se dirigía a la puerta, los policías que lo custodiaban le informaron que debían llevarlo al vecino Ministerio de Justicia. Ya en el edificio contiguo, lo recibieron dos funcionarios tan imbuidos de su carácter que le parecieron recién salidos de un cuento de Chéjov. Luego de informarle que el ministro Lie se disculpaba por no estar presente, le tendieron una declaración que el ministro le rogaba que firmase como requisito para prolongar su permiso de permanencia en el país. Mientras avanzaba en la lectura de la declaración, Liev Davídovich había creído que las sienes le explotarían si no daba rienda suelta a su ira.

«Yo, Liev Trotski», había leído, «declaro que mi esposa, mis secretarios y yo no realizaremos, mientras nos hallemos en Noruega, ninguna actividad política dirigida contra ningún Estado amigo de Noruega. Declaro que residiré en el lugar que el gobierno escoja o apruebe, y que no nos inmiscuiremos de ninguna manera en asuntos políticos, que mis actividades como escritor estarán circunscritas a obras históricas, biográficas y memorias, y que mis escritos de índole teórica no estarán dirigidos contra ningún gobierno de ningún Estado extranjero. Convengo en que toda la correspondencia, telegramas o llamadas telefónicas enviados o recibidos por mí sean sometidos a la censura…»

El exiliado se había puesto de pie mientras arrugaba la declaración, al tiempo que preguntaba por dónde se llegaba más rápido a la cárcel donde lo encerrarían para mantenerle callado.

Liev Davídovich comprobaría que los atemorizados noruegos no necesitaban encarcelarlo para someterlo a un silencio que, a todas luces, exigía Stalin, empeñado en tapiar unos argumentos que pudieran poner de manifiesto las mentiras y contradicciones de la farsa judicial recién celebrada en Moscú. De regreso a Vexhall, de donde se habían llevado a sus secretarios con órdenes de deportación, los confinaron a Natalia y a él en la habitación cedida por Knudsen, frente a la cual colocaron una pareja de guardias para impedirle incluso la comunicación con el dueño de la casa. Como si se tratara de un juego de niños, sólo que dramático y macabro, Liev Davídovich había pasado por debajo de la puerta una protesta formal en la que acusaba al ministro de violar la Constitución con un confinamiento que no había ordenado ningún tribunal. A la mañana siguiente, un policía le entregó una comunicación de Trygve Lie donde le informaba que el rey Haakon había firmado una orden que le permitía atribuciones extraconstitucionales en el caso de los exiliados Liev Davídovich Trotski y Natalia Ivánovna Sedova. Sin duda, Lie parecía dispuesto a conseguir que, con el silencio, cayera cuando menos un manto de duda sobre la inocencia del deportado.

Convencido de que se acercaban tiempos aún más turbulentos, Liev Davídovich había encargado a su secretario Erwin Wolf que hiciera llegar a Liova la última versión deLa revolución traicionada. Aunque había dado por terminado el libro a principios del verano, los acontecimientos de Moscú lo llevaron a retrasar su envío a los editores, pues esperaba poder añadir una reflexión sobre el juicio contra Zinóviev, Kámenev y sus compañeros de suerte. Sin embargo, ante la in-certidumbre de lo que podría ocurrir con su vida, había decidido añadir sólo un pequeño prefacio: el libro sería una especie de manifiesto en el que Liev Davídovich adecuaba su pensamiento a la necesidad de una revolución política en la Unión Soviética, un cambio social enérgico que permitiera derrocar el sistema impuesto por el estalinismo. No dejaba de advertir la extraña ironía que encerraba una propuesta política jamás concebida por las más febriles mentes marxistas, para las cuales hubiera sido imposible imaginar que, logrado el sueño socialista, fuera necesario llamar al proletariado a rebelarse contra su propio Estado. La gran enseñanza que proponía el libro era que, del mismo modo que la burguesía había creado diversas formas de gobierno, el Estado obrero parecía crear las suyas y el estalinismo se revelaba como la forma reaccionaria y dictatorial del modelo socialista.

Con la esperanza de que aún fuese posible salvar la revolución, él había tratado de desligar el marxismo de la deformación estalinista, a la que calificaba como el gobierno de una minoría burocrática que, por la fuerza, la coacción, el miedo y la supresión de cualquier atisbo de democracia, protegía sus intereses contra el descontento mayoritario dentro del país y contra los brotes revolucionarios de la lucha de clases en el mundo. Y terminaba preguntándose: si ya se habían pervertido, hasta sus entrañas, el sueño social y la utopía económica que lo sustentaba, ¿qué quedaba del experimento más generoso jamás soñado por el hombre? Y se respondía: nada. O quedaría, para el futuro, la huella de un egoísmo que había utilizado y engañado a la clase trabajadora mundial; permanecería el recuerdo de la dictadura más férrea y despectiva que pudiera concebir el delirio humano. La Unión Soviética legaría al futuro su fracaso y el miedo de muchas generaciones a la búsqueda de un sueño de igualdad que, en la vida real, se había convertido en la pesadilla de la mayoría.

La premonición que lo había impulsado a ordenar a Wolf el envío deLa revolución traicionada cobró forma el 2 de septiembre. Ese día Natalia y él tuvieron la impresión de abrir las páginas del capítulo más oscuro del torbellino en que se habían convertido sus vidas y también la certeza de que la maquinaria estalinista no se detendría hasta asfixiarlos. La orden de traslado informaba escuetamente que su destino sería un lugar escogido por el ministro de Justicia y solo los habían dejado tomar sus objetos personales. Los policías, en cambio, habían tenido la deferencia de permitir que se despidieran de los numerosos miembros de la familia Knudsen. La atmósfera en la casa había adquirido la densidad malsana de un funeral, y los jóvenes hijos de Kon-rad habían llorado al verlos salir como parias, tras haber compartido con ellos un año de sus vidas durante el cual habían incorporado un nuevo miembro a la familia (Erwin Wolf y Jorkis, una de las hijas de Knudsen, se habían casado), la predilección por el café y, como lo demostraba aquel instante, la noción de que la verdad no siempre triunfa en el mundo.

El destino que les habían escogido era una aldea llamada Sundby, en un fiordo casi deshabitado de Hurum, treinta kilómetros al sur de Oslo. El Ministerio había alquilado una casa de dos plantas que los confinados compartirían con una veintena de policías dedicados a fumar y jugar a las cartas y donde las restricciones resultaron ser peores que las de un régimen penal: no se les autorizaba a salir y la única visita permitida era la del abogado Puntervold, cuyos papeles eran revisados al llegar y al partir. Además, recibían los periódicos y la correspondencia solo después de ser groseramente censurados con tijera y tinta oscura por un funcionario que, al igual que Jonas Die, el jefe de la guardia que los custodiaba, proclamaba orgulloso su militancia en el partido nacionalsocialista de Quisling.

Los confinados solo habían vuelto a tener una idea de lo que pasaba fuera de aquel fiordo remoto cuando Knudsen consiguió que les luna devuelta la radio, confiscada cuando pasaron por Oslo. Así pudo tener Liev Davídovich una medida del éxito conseguido por Stalin con la colaboración noruega cuando escuchó las declaraciones del fiscal Vishinsky, quien comentaba que si Trotski no había contestado a las acusaciones de su Ministerio era porque no tenía modo de impugnarlas, y que el silencio de sus amigos en los gobiernos socialistas de Noruega, Francia, España, Bélgica, corroboraba la imposibilidad de rebatir lo irrebatible. Liev Davídovich había comprendido que debía hacerse oír o estaría perdido para siempre: la más burda de las mentiras, dicha una y otra vez sin que nadie la refute, termina por convertirse en una verdad. Y había pensado: quieren acallarme, pero no van a conseguirlo.

Utilizando la tinta simpática que Knudsen había logrado pasarle en un frasco de jarabe para la tos, preparó una carta para Liova donde le ordenaba lanzarse al contraataque y la acompañó de una declaración, dirigida a la prensa, donde refutaba las imputaciones hechas en su contra y acusaba a Stalin de haber montado el proceso de agosto con el fin de reprimir el descontento que se vivía en la URSS y para eliminar todo tipo de oposición, en una ofensiva criminal comenzada con el asesinato de Kírov. Insistía, además, en la inexistencia de canales de comunicación con cualquier persona en territorio soviético, incluido su hijo menor, Serguéi, de quien no habían tenido noticias en más de nueve meses. Por último, ofrecía al gobierno noruego su disposición a que se analizaran las acusaciones en su contra y pedía la creación de una comisión internacional de las organizaciones obreras para que se investigaran los cargos y se le juzgara públicamente… El 15 de septiembre, como salida del más allá, su voz se dejó escuchar con aquel alarido: era la advertencia de que Liev Davídovich Trotski no se rendía.

Aun cuando el exiliado había evitado mencionar en la declaración su controversia con las autoridades noruegas y los denigrantes sucesos de los últimos días y la había fechado en el 27 de agosto (la víspera de su comparecencia en el juzgado de Oslo), el Ministerio de Justicia le prohibió en adelante toda relación epistolar.

Por eso, aunque hacía muchos meses que Liev Davídovich tenía certeza de que el tiempo que le quedaba de vida no le alcanzaría para revertir la corriente política que lo había convertido en un paria y a la revolución en un baño de sangre fratricida, decidió lanzarse contra muro e intentar que su declaración obtuviera más resonancia. Para empezar, ordenó a Puntervold poner una demanda contra los redactor de los periódicos noruegosVrit Volk, nazi, y Arbejderen, estalinista, co la esperanza de romper por esa vía la reclusión y usar el juzgado como tribuna. El abogado presentó la demanda el 6 de octubre y le informó que se habían iniciado los trámites para resolverla antes de fin de me Pero octubre se esfumaría sin que se iniciara el proceso, hasta que día 30 llegó la explicación: Lie había detenido los trámites del juicio, amparado en un nuevo Decreto Real Provisional según el cual «un extranjero recluido bajo los términos del decreto de 31 de agosto de 1936 no puede comparecer como demandante ante un tribunal noruego sin la concurrencia del Ministerio de Justicia».

El 7 de noviembre, Puntervold viajó a Sundby para entregarle, en nombre de Konrad Knudsen, una hermosa torta para que festejara su cincuenta y siete cumpleaños y el decimonoveno de la Revolución de Octubre. Jonas Die, el fascista jefe de la guardia policial, acompañó al letrado mientras éste les entregaba el dulce y hasta felicitó a su prisionero, deseándole (era tan prepotente que lo hizo sin ironía) muchos años de felicidad. Le rogaron entonces a Die un poco de privacidad para celebrar el inesperado regalo. Apenas quedaron solos, Natalia troceó la torta y extrajeron el pequeño rollo de papel. Liev Davídovich se encerró en el baño a leer: Knudsen sabía que, en los últimos dos meses, aquélla era la historia que más lo había intrigado, pero solo muy recientemente había logrado conocer los detalles que ahora le revelaba al exiliado con letra diminuta, prescindiendo de adjetivos, con muchas abreviaturas.

Según Knudsen, el 29 de agosto, tres días después de que lo confinaran en Vexhall, el gobierno soviético había pedido a Lie, quien sustituía al ministro de Exteriores, de viaje en el extranjero por esos días, la expulsión del proscrito, pues utilizaba a Noruega, insistían, como base para sabotajes contra la Unión Soviética. La prolongación del asilo, decían amenazadores, deterioraría las relaciones entre los países. Lie aseguraba que cuando recluyó a Trotski, el 26 de agosto, aquella declaración aún no le había sido entregada, por lo cual nadie podía acusarlo de haberlo confinado por verse sometido a la presión soviética. Sin embargo, Yakubovich, el embajador ruso, se había encargado de comentar que varios días antes, cuando Liev Davídovich había concedido una entrevista para elArbeiderbladet, él le había expresado verbalmente aquel mismo mensaje a Trygve Lie. En esa ocasión el embajador había amenazado con una crisis política y hasta la ruptura de relaciones comerciales. Los navegantes y pescadores noruegos, convenientemente enterados del diferendo, temieron una represalia que los perjudicaría y Oslo había cedido a la presión y le asignó a Lie el papel de represor. Fue entonces cuando el ministro le había propuesto firmar la declaración de sumisión con la que pensaba contentar a los soviéticos pero, al no conseguirlo, debió ordenar la reclusión en Sundby.

Armado con la tinta simpática, Liev Davídovich empezó a preparar una carta a Liova y a su abogado francés, Gérard Rosenthal. Sintiéndose libre de cualquier compromiso con los políticos noruegos, contó los detalles y causas de su reclusión y pidió a su hijo que agilizara la campaña de respuesta a Stalin: ahora más que nunca sabía que su única posibilidad era no rendirse, que el silencio solo podía darles la victoria a esa marioneta que era Lie y a quien manejaba los hilos, Stalin.

A través de la radio y de los pocos periódicos que, trucidados, le permitían recibir, el confinado trataba de mantenerse al tanto de lo que ocurría más allá del fiordo. Con unas gotas de mezquina satisfacción supo que, tal y como había predicho, en Moscú y en el resto del país continuaban los arrestos de oposicionistas verdaderos o inventados. Entre los que habían ido cayendo contó al infame Karl Rádek, justo después de que hubiera reclamado en la prensa la muerte del «superbandido Trotski»; también se enteró del arresto del infeliz Piatakov, quien había creído salvarse si declaraba que a los trotskistas había que aniquilarlos como a carroña. En la línea de lo predecible, a finales de septiembre se había producido la destitución de Yagoda como jefe de la GPU, y su puesto había sido asignado a un oscuro personaje llamado Nikolái Yézhov, en cuyas manos Stalin ponía la batuta para dirigir un nuevo capítulo del terror: Liev Davídovich sabía que en Moscú necesitaban organizar otra farsa para tratar de arreglar las chapucerías del proceso de agosto y para eliminar a cómplices demasiado enterados, como el mismo Yagoda o el infame Rádek.

Otro de sus focos de interés era la evolución de la guerra española, la cual podía dar un giro tras el reciente anuncio de Stalin de brindar apoyo logístico a la República. Pero no le extrañó saber que junto a las armas, incluso antes que ellas, habían viajado a Madrid los agentes soviéticos, estableciendo reglas y minando el terreno para que fructificaran los intereses de Moscú. A pesar de aquel movimiento sinuoso, Liev Davídovich había pensado cuánto le habría gustado estar en aquella España efervescente y caótica. Unos meses atrás, cuando se había perfilado el carácter de la República con el triunfo electoral del Frente Popular, él había escrito a Companys, el presidente catalán, solicitándole un visado que, unos días más tarde, el gobierno central le había negado rotundamente… A su manera, Liev Davídovich rogó para que los republicanos lograran resistir el avance de las tropas rebeldes que pretendían tomar Madrid, aunque ya presentía que para los revolucionarios españoles resultaría más fácil vencer a los fascistas que a los persistentes y reptantes estalinistas a los que les habían abierto la puerta del fondo.

La buena noticia de que Knudsen había ganado las elecciones parlamentarias en su distrito llegó al fiordo reforzada con la entrada, asombrosamente permitida, del Livre rouge sur le procés de Moscou, publicado por Liova en París. Liev Davídovich comprobó que el folleto conseguía demostrar, de manera irrebatible, las incongruencias y falsedades de la fiscalía moscovita, mientras advertía al mundo que un juicio donde no se presentaban pruebas, fundado en confesiones autoincri-minatorias de reos detenidos por más de un año, no podía tener valor probatorio alguno.

La mejor noticia para el deportado había sido comprobar que Liova, llegado el momento de tomar decisiones, también era capaz de hacerlo.

En las cartas que su hijo le había enviado, antes y después de la publicación delLibro rojo (cartas que Puntervold trataba de repetirle de memoria), se filtraba la tensión en que vivía el joven, sobre todo desde el proceso de agosto. Si bien el juicio de Moscú había tenido el efecto benéfico de acercar a viejos camaradas como Alfred y Margue-rite Rosmer, dispuestos a salir en defensa de Liev Davídovich, también había desatado en Liova una sensación de acorralamiento que no lo abandonaba y que lo llevaba a temer incluso que pudiera ser secuestrado o asesinado. Su situación, además, se había complicado con el agotamiento de los fondos para pagar la impresión del Boletín y con las tensiones familiares, pues desde la ruptura política con Molinier, Jeanne decía sentirse más cerca de las posiciones del ex marido que de las de Liova y su padre. Sin embargo, su mayor inquietud, insistía el muchacho, no era él mismo ni su matrimonio, sino algo mucho más valioso: los archivos personales e históricos de Liev Davídovich, guardados en París. Liova había conseguido que una parte de los papeles ya estuvieran en poder del Instituto Holandés de Historia Social y, a principios de noviembre, entregó otra parte a la sucursal francesa del Instituto. El resto, que contenía algunos de los legajos más confidenciales, los había puesto bajo la custodia de su amigo Mark Zborowski, el eficiente y culto polaco ucraniano al que todos llamaban Étienne.

Muy pronto aquel asunto de los archivos demostraría ser algo más que una obsesión de Liova cuando, apenas entregada la nueva partida al Instituto, ocurrió lo que él tanto temía: la noche del 6 de noviembre, un grupo de hombres había entrado en el edificio y sustraído algunos de los legajos. Para la policía estaba claro que se trataba de una operación profesional y política, pues no faltaban otros objetos de valor que había en el local. Lo extraño era que los ladrones supieran de la existencia de un depósito del que solo tenían conocimiento personas de la más absoluta confianza de Liova. Más aún, si los ladrones conocían los secretos de la papelería, ¿por qué habían entrado en el Instituto y no en el departamento de Étienne, donde estaban los documentos más valiosos? Liova acusaba del robo a la GPU, pero, al igual que en los incendios de las casas de Prínkipo y Kadikóy, su padre percibió que una historia turbia se escondía tras el suceso.

El 21 de noviembre, Puntervold llevó a los Trotski el cadáver de la que fuera una débil esperanza: el presidente norteamericano Roosevelt había vuelto a rechazar la petición de asilo que Liev Davídovich le dirigiera. Las últimas alternativas para salir del fiordo eran ahora la improbable gestión que, como miembro del gobierno catalán, hacía Andreu Nin para que se les acogiera en España y la que Liova había iniciado a través de Ana Brenner, amiga cercana de Diego Rivera, para que el pintor intercediera ante el presidente mexicano Lázaro Cárdenas a fin de que éste le concediera asilo. Para Liev Davídovich la posibilidad de ir a México, quizás la más realista en ese momento, lo desasosegaba: sabía que en ese país su vida peligraría tanto como si se acostara a dormir desnudo en la costa del fiordo helado de Hurum.

En el momento más estricto del confinamiento, Liev Davídovich recibió la visita de Trygve Lie, a quien no había vuelto a ver desde que se destapara la crisis. Lie traía unas provisiones enviadas por Knudsen, entre ellas una bolsa del café que Natalia abrió y comenzó a preparar de inmediato. Después de beber la infusión, el ministro le comentó al confinado que había venido para decirle que el juicio contra los hombres de Quisling se celebraría el 11 de diciembre. Liev Davídovich no pudo evitar una sonrisa: ¿le dejaría hablar en público? Trygve Lie desvió la mirada hacia los tomos colocados sobre la mesa y le comentó que el juicio sería a puerta cerrada. Aunque Liev Davídovich sintió cómo la ira lo desbordaba, consiguió calmarse y le preguntó al ministro si en las mañanas, cuando se afeitaba ante el espejo, no le daba vergüenza mirarse a la cara. Un vapor rojizo cubrió el rostro de Lie, que esperó unos segundos antes de reprocharle su ingratitud al acogido: como político que era, debía de saber las exigencias que muchas veces imponía la política. Pero la aclaración del otro fue inmediata: Lie era un político; él, un revolucionario… ¿Acaso por su fe política Lie estaría dispuesto a someterse a lo que estaba sometido él?, preguntó, y Trygve Lie se puso de pie, convencido de que nunca debía darle una tribuna a aquel hombre. Sin embargo, persiguiendo alguna distensión, el ministro extendió la mano sobre los libros apilados en la mesa y levantó un volumen de las obras de Ibsen: Un enemigo del pueblo. Liev Davídovich vio la oportunidad pintada en el aire y comentó lo apropiada que resultaba aquella obra en su actual situación: el político Stockmann que traiciona a su hermano se parecía extraordinariamente a

Lie y a sus amigos, y citó de memoria un fragmento: «Todavía queda por ver si la maldad y la cobardía son lo bastante poderosas para sellar los labios de un hombre libre y honrado». Seguidamente le dio las buenas tardes al ministro y extendió la mano para que le devolviera el libro.

Sin mirar al confinado, Trygve Lie le replicó que había muchos modos de sellar los labios y hasta la vida de un hombre «honrado»: en unos días lo trasladarían a una casa más pequeña, lejos de Oslo, pues el Ministerio no podía afrontar el gasto de alquileres y sostenimiento del exiliado y de los guardias en aquel lugar. Luego tiró el libro sobre la mesa y salió a la nieve.

Liev Davídovich asistió al juicio contra los hombres de Quisling aun cuando sabía que el proceso era una cortina de humo detrás de la cual los laboristas y los nacionalsocialistas noruegos se daban la mano, alegres de haber cooperado en su marginación. No obstante, en sus declaraciones aprovechó la ocasión para denunciar que aquel juicio se celebraba a puerta cerrada cumpliendo órdenes enviadas por Stalin al ministro fascista Trygve Lie.

Por eso, una semana después, cuando le anunciaron una nueva visita de Lie, el exiliado se preparó para lo peor. El ministro permaneció de pie, sin quitarse el abrigo y sin mirar a Liev Davídovich, y le dijo que, para el bien de todos, el presidente Cárdenas le había concedido asilo en México y saldrían de inmediato.

Aunque la perspectiva de marchar a México seguía pareciéndole peligrosa, el exiliado trató de convencerse de que era preferible morir a manos de cualquier asesino que vivir en ese cautiverio que amenazaba endurecerse hasta aplastarlo. La prisa que se daban los noruegos por echarlo del país -ni siquiera le permitirían gestionar un tránsito por Francia para ver a Liova- delataba las tensiones entre las que, por su culpa, debían de haber vivido Lie y los demás ministros en los últimos cuatro meses. No obstante, Liev Davídovich pensó que no debía perder su última oportunidad y le recordó a Lie que todo lo que él y su gobierno habían hecho contra su persona era un acto de capitulación y, como toda capitulación, les costaría un precio, pues él sabía que cada día estaba más cercano el momento en que los fascistas llegarían a Noruega y los convertirían a todos ellos en exiliados. Lo único que deseaba Liev Davídovich era que entonces el ministro y sus amigos se encontrasen algún día con un gobierno que los tratase como ellos le habían tratado a él. Trygve Lie, inmóvil en el centro de la pieza, escuchó aquella profecía con una ligera sonrisa en los labios, incapaz de sospechar el modo abrumador y dramático en que se cumpliría.

Natalia preparó los equipajes mientras Liev Davídovich, todavía temeroso de que la prisa y el sigilo de la partida pudieran conducirlos a alguna trampa, se dispuso a lanzar bengalas de advertencia. A toda máquina redactó un artículo contra el abogado inglés del Consultorio Real, y el francés, miembro de la Ligue des Droits de l'Homme, quienes habían certificado la legalidad del proceso de Moscú, y escribió a Liova una carta, a la que daba valor de testamento: le advertía que si algo les ocurría a él y a su madre durante la travesía hacia México o en otro lugar, declaraba que Liova y Seriozha eran sus herederos. También le encomendaba que jamás se olvidara de su hermano y le pedía que, si alguna vez volvía a encontrarse con él, le dijera que sus padres tampoco lo habían olvidado nunca.

El 19 de diciembre de 1936, envueltos en la luz opaca del invierno, subieron al auto que los sacó del fiordo de Hurum. Liev Davídovich contempló el paisaje noruego y, como escribiría poco después, mientras se alejaban del fiordo hizo en silencio balance de su exilio, para ratificarse que las pérdidas y las frustraciones superaban con mucho las dudosas ganancias. Nueve años de marginación y ataques habían conseguido convertirlo en un paria, un nuevo judío errante condenado al escarnio y a la espera de una muerte infame que le llegaría cuando la humillación hubiese agotado su utilidad y su cuota de sadismo. Dejaba Europa, quizás para siempre, y en ella los cadáveres de tantos compañeros, las tumbas de sus dos hijas. Con él se llevaba apenas la esperanza de que Liova y Serguéi pudieran resistir y, al menos, salir con vida de aquel torbellino; se iban las ilusiones, el pasado, la gloria y los fantasmas, incluido el de la revolución por la que había luchado tantos años. Pero conmigo se va también la vida, escribiría: y por más derrotado que me crean, mientras respire, no estaré vencido.

14

Román Pávlovich sonrió, como si volviera a la vida, cuando Grigoriev le descifró los caracteres cirílicos y leyó el nombre estampado en el pasaporte: R-O-M-Á-N P-Á-V-L-O-V-I-C-H L-O-P-O-V. El soviético había ido moviendo el índice sobre las letras y el recién bautizado Román, hijo de Pablo, después de sonreír, se mantuvo observando con detenimiento los signos rígidos y distantes, mientras luchaba por grabarlos en su mente. En la foto del pasaporte, tomada en un sótano del edificio que ocupaba la Embajada soviética en Valencia, parecía mayor, como si se hubiera transformado desde la última vez que se vio en un espejo: pero le gustó la cara de Román Pávlovich, más recia, como hecha por la vida agreste del Cáucaso donde, según el documento, había nacido. Entonces Grigoriev extendió la mano, con una tensión exigente, y él le devolvió el pasaporte con la sensación de que se desprendía de un pedazo de su alma.

Desde que aterrizaron en el aeropuerto militar, Román Pávlovich había sentido cómo caía en un mundo impenetrable. El idioma ruso lo había rodeado con la misma densidad que el hedor áspero y oleaginoso exhalado por los oficiales que los habían llevado a una habitación demasiado cerrada, donde Grigoriev sostuvo una breve entrevista con dos de ellos. Ahora, acomodado en el asiento posterior del auto que compartía con Grigoriev, sentía cómo su olfato se limpiaba con el aire tibio que penetraba por la ventanilla y, con la caricia de su idioma, volvía a recuperar cierto equilibrio.

– ¿Estamos muy lejos de Moscú? -preguntó, observando el tupido bosque de pinos que atravesaba la carretera.

– Más cerca que ayer -dijo Grigoriev.

– ¿Y cuándo me llevarás?

– No viniste a hacer turismo -afirmó Grigoriev y él tuvo la certeza de que el tono del hombre se había endurecido, por alguna razón.

Ramón decidió permanecer en silencio. No iba a permitir que nadie le dañara la alegría que lo acompañaba desde que, al regresar a Barcelona, Kotov le anunció que había sido seleccionado para viajar a la patria del socialismo, con la misión de prepararse para luchar por el triunfo de la revolución mundial. Sin ofrecerle más detalles, el asesor le había advertido que serían semanas intensas, durante las cuales se les exigiría el máximo a su cuerpo y su mente.

El bosque de pinos se había hecho más impenetrable cuando, en una curva de la carretera, la monotonía conifera quedó rota por una muralla de hormigón junto a la que rodaron por varios centenares de metros hasta llegar a un portón metálico que se abrió con un chirrido carcelario. Ramón Mercader alertó sus sentidos, dispuesto a captar el más mínimo detalle. Tras el portón, que volvió a cerrarse apenas el auto lo traspuso, corría un sendero estrecho y circular que empezaron a recorrer en sentido opuesto a las manecillas del reloj. A la izquierda, en lo que debía de ser el centro de una gigantesca rotonda, se alzaban más pinos, separados a cada tanto por senderos que, como radios, se perdían hacia el corazón denso del bosque. A la izquierda, delimitadas por cercas metálicas flanqueadas de setos compactos y podados, había unas cabañas de ladrillo, en cuya puerta principal se veían números que seguían un orden recóndito o arbitrario: del 11 se pasaba al 3, luego al 8, al 2, al 7, como si los números hubieran sido voceados por un anunciante de loterías.

El auto se detuvo ante la cabaña 13, y cuando Grigoriev musite un llegamos, Ramón tuvo la convicción de que aquellos guarismos tenían un significado propicio: aquél era el año de su nacimiento. Apenas pusieron pie en tierra, el auto se perdió en la curva de la rotonda y Grigoriev avanzó hacia la cabaña y abrió la puerta, descorriendo cerrojo exterior. Ramón, que solo llevaba un bolso de tela donde le habían permitido echar alguna ropa interior, se apresuró y cruzó el umbral, para que su guía material y espiritual cerrara la puerta tras él.

La sala de la cabaña estaba dispuesta como un aula para un solo alumno, en la que destacaban un pupitre, una mesa con una silla, un pizarrón y un mapamundi desplegado en la pared. Hacia un costado había una mesa baja y, a su alrededor, cuatro butacas forradas en pie Frente a ellas estaban de pie dos hombres uniformados: uno llevaba un traje de reglamento, con grados en los hombros, y el otro un mono de campaña negro, sin distintivos. El oficial se acercó a Grigoriev sonriente, lo abrazó, para luego besarlo en las mejillas y los labios mientras ambos musitaban palabras en ruso. El del traje de campar hizo un saludo marcial a Grigoriev y éste, luego de responderle, le es trecho la mano y le habló algo en aquel idioma pedregoso. Solo entonces el oficial se volvió hacia Ramón y se dirigió a él en francés.

– Bienvenido a nuestra base, camarada Román Pávlovich. Soy el mariscal Koniev, jefe de la instalación, y él -señaló al hombre de negro-es el teniente Karmín, su oficial entrenador. Siéntese, por favor. ¿Un té?

Román Pávlovich sonrió, y ocupó su asiento mientras los otros tres se acomodaban en los restantes.

– ¿Podría ser café, mariscal? -pidió, también en francés.

– ¡Por supuesto!… Teniente, por favor… -Mientras Karmín se retiraba hacia la cocina, el mariscal encendió un cigarrillo y miró a Román Pávlovich-. Esta noche, antes de que le traigan la cena, el teniente Karmín le explicará el reglamento interno, de absoluto y estricto cumplimiento. Le adelanto que no podrá salir de esta cabaña si no es acompañado por su oficial entrenador, por mí o por su oficial operativo, el camarada Grigoriev. Y desde ahora le adelanto que para las faltas de disciplina solo hay una medida: la expulsión.

El mariscal hizo un silencio y, como si estuviera previsto, Karmín regresó con una bandeja de madera sobre la que humeaba una tetera que imponía sus emanaciones al aroma del café. En cuanto lo probó, Román Pávlovich lamentó haber pedido aquel brebaje excesivamente endulzado y claro y pensó si el reglamento le permitiría prepararse él mismo su infusión.

Sin pedirle permiso, Grigoriev y el mariscal comenzaron a hablar en ruso, y Román Pávlovich supuso que ajustaban los detalles de su estancia. El teniente Karmín bebía su té con los ojos clavados en la taza, como si esperara encontrar una serpiente en el fondo. El diálogo se extendió por varios minutos, con Koniev como principal expositor, y terminó cuando Grigoriev le entregó el pasaporte de Román Pávlovich al mariscal, que miró al nuevo alumno.

– Hasta que se decida su nueva identidad, usted será el Soldado 13 -informó lacónico y, con un gesto casi teatral, rasgó el pasaporte, para sobresalto de Ramón, que sintió nítidamente cómo se convertía en un fantasma sin nombre, sin brújula, sin retroceso, como se lo confirmaron las últimas palabras del mariscal-. O no será nadie.

Grigoriev y el Soldado 13 desayunaron en la cocina de la cabaña y éste tuvo la satisfacción de poder prepararse el café. Era un polvo rojizo y sin perfume, del que difícilmente se podría obtener una infusión satisfactoria, aunque colado por él era cuando menos bebible. Grigoriev lo invitó a dar una caminata y abandonaron la cabaña por la puerta trasera. Más allá de unos metros de tierra barrida, se volvía a ver la agobiante presencia del bosque de pinos a través del cual se extendían, hasta unos cien metros de la casa, unas cercas metálicas cubiertas con planchas galvanizadas que separaban los terrenos de las cabañas. Mientras penetraban en el bosque, el Soldado 13 notó que su guía apenas cojeaba.

La noche anterior el teniente Karmín le había explicado el reglamento de la base, que, esencialmente, se reducía a la obediencia más absoluta. Le confirmó que no tendría contacto con nadie que no estuviera autorizado por él y por el mariscal, y le explicó la razón: en un futuro, su vida podría depender de que ninguno de los estudiantes de la escuela hubiese visto jamás su cara y de que él no hubiese visto la de ninguno de ellos. Todos los que entraban en aquel recinto eran hombres de índices de inteligencia excepcionales, y se les exigiría según esa capacidad. El resto de las condiciones de su estancia, por tratarse de un soldado escogido para misiones especiales, se las explicaría el camarada Grigoriev, le dijo, y él no pudo dejar de sentir un flujo de orgullo al saber que era parte de una vendimia seleccionada.

Pero ese día del verano de 1937 el Soldado 13 tendría la verdadera noción de hasta qué punto había cambiado su vida cuando supo cuál iba a ser la importante misión que podría abrirle las puertas del cielo proletario. Grigoriev comenzó esbozándole la situación que se vivía en la URSS y de qué modo los implicaba. Como Ramón sabía, el Partido y el gobierno habían iniciado el año anterior una lucha a muerte contra los trotskistas y oposicionistas que quedaban en el país. Había sido especialmente doloroso descubrir, escasos meses después, cómo un grupo de los más prestigiosos oficiales del Ejército Rojo, entre ellos el mariscal Tujachevsky, se habían aliado con la inteligencia alemana con la intención de dar un golpe de Estado, deponer al camarada Stalin y pactar con los fascistas. Las pruebas halladas eran irrebatibles, y los militares habían sido juzgados y fusilados unas semanas atrás, mientras proseguía la purga de elementos peligrosos del ejército y se completaba la depuración en el Partido. Aquel operativo, continuó, lo había dirigido el camarada Yézhov, comisario de Asuntos Internos, bajo la supervisión directa del camarada Stalin. Ahora bien, dijo Grigoriev, y a pesar de que estaban rodeados solo por coníferas, bajó la voz hasta convertirla en un susurro: desde la caída de Yagoda, el anterior comisario del Interior, acusado de traición y trotskismo, Yézhov había comenzado una cacería dentro de las propias fuerzas secretas, tanto en la contrainteligencia de la NKVD como la inteligencia militar y, por exceso de celo o por su deseo de borrar del mapa a los antiguos oficiales para sustituirlos por sus hombres de confianza, estaba poniendo en riesgo la misma existencia de esos organismos.

– El camarada Stalin lo ha dejado actuar porque piensa que es necesario eliminar a los hombres de Yagoda que pudieran estar ligados a sus actos traidores -Grigoriev detuvo la marcha-. Y nadie mejor que Yézhov para ese trabajo. Pero a la vez le ha quitado de las manos varias direcciones, entre ellas la inteligencia en el exterior, y las ha confiado al camarada Laurenti Beria. Esta base y los planes que en ella se preparan, por ejemplo. Todo irá bien para nosotros mientras se mantenga esa división de funciones, pero si la depuración de Yézhov provoca un enfrentamiento con Beria, que al fin y al cabo es su subordinado, y se lanza hacia nosotros, la vamos a pasar muy, pero muy mal. Aunque lo peor no es eso: lo más grave es que se podrían perder las líneas de trabajo que parten de aquí, entre ellas la nuestra.

– ¿Y por qué el camarada Stalin se arriesga a que ocurra algo así?

– Tiene sus razones, siempre las tiene -dijo Grigoriev y escupió hacia un pino. Mantuvo el silencio durante unos segundos-. Mi situación es especialmente complicada por dos razones: primero porque Yézhov me considera un hombre de la época de Yagoda, aunque entré en la inteligencia mucho antes; segundo, porque soy judío, y es evidente que a él no les gustamos los judíos, como a mucha gente… Por eso es más seguro para mí seguir en España y tratar de hacerme indispensable allá.

Tal vez abrumado por la información que recibía, por las palabras pronunciadas en español o por el efecto benéfico de volver a encontrar debajo del seco Grigoriev al Kotov que conocía o creía conocer, Ramón sintió que volvía a ser él mismo y que el vértigo de novedades y sonidos incomprensibles en medio del cual había vivido durante los últimos días comenzaba a ceder, a pesar de tener la impresión de que estaban colocándolo en el borde de un precipicio donde lo abandonarían sin que se vislumbrara el menor asidero a su alcance.

– ¿Y cuál es la misión para la que nos necesita el camarada Stalin?

– La más importante -hizo una pausa larga, como si pensara-. Por eso estoy obligado a decírtela desde ahora, porque de tu disposición depende que sigamos adelante o no.

– ¿Cuál es? -Ramón no quiso jugar a las adivinanzas. Lo mejor, pensó, era tomar el toro por los cuernos.

– El camarada Stalin piensa que ha llegado el momento… Vamos a preparar la salida de Trotski del mundo.

Ramón no pudo evitar la sacudida. Quiso pensar que había oído mal, pero sabía que había entendido perfectamente y que en ese mismo instante, solo por haber escuchado aquellas palabras de Kotov, su vida había caído en una dimensión extraordinaria.

– ¿Qué quieres decir con preparar? -logró preguntar.

– Empezar a trabajar para ello. Montar un golpe maestro. Por eso tú y otros comunistas españoles estáis aquí.

– ¿Nos vais a preparar para matarlo?

– Los vamos a preparar para muchas cosas.

– ¿Y por qué coño tenemos que ser españoles?

Kotov sonrió y movió con el pie un piñón gigantesco. Le comentó que, en su opinión, los españoles nunca serían buenos agentes secretos. Aunque tenían a su favor una mezcla de temeridad y de crueldad innata que los hacía capaces de matar o morir (ése es un gran mérito) y también eran fanáticos (para este trabajo se necesita una buena dosis de fanatismo), arrastraban el defecto de ser demasiado espontáneos, a veces hasta cordiales y dramáticos, y en el fondo todos eran un poco fanfarrones, y la fanfarronería los hacía ser habladores, y ése resultaba un defecto difícil de erradicar…

– No es muy alentador lo que dices. No entiendo entonces…

– Esta misión es para hombres que hablen el castellano como primera lengua. Ésa es la primera razón. La segunda, que sean capaces de superar cualquier escrúpulo.

Ramón pensó hasta qué punto aquellos defectos y virtudes eran también suyos y concluyó que Kotov tenía una buena dosis de razón, excepto en la fanfarronería.

– Pero la verdadera causa por la que estás aquí es porque creo que tú puedes hacerlo -terminó Kotov.

Ramón miró hacia el bosque. La llama del orgullo se había prendido en su mente, desplazando cualquier otro temor. ¿Qué habría pensado África si hubiese oído aquella conversación? ¿De verdad ella había creído que él era demasiado blando? ¿Qué había visto Kotov en él?

– Dime, Ramón, si fuera necesario, ¿serías capaz de matar a un enemigo de la revolución?

El joven miró a Kotov y éste le sostuvo la mirada.

– Si fuera necesario, claro, lo haría.

El asesor sonrió y su mirada recuperó el brillo que había extraviado en los últimos días. Con un dedo apuntó al pecho de Ramón.

– ¿Te imaginas el honor que representaría ser el escogido para sacar del mundo a esa escoria traidora de Trotski? ¿Sabes que por años y años ese renegado ha estado trabajando para destruir la revolución y que es una rata inmunda que se ha vendido a los alemanes y a los japoneses? ¿Que ha llegado a planificar envenenamientos masivos de obreros soviéticos para sembrar el terror en el país? ¿Que su filosofía aventurerista puede poner en peligro el futuro del proletariado aquí, allá en España, en el mundo entero?

Ramón miró otra vez hacia el bosque. Su mente estaba en blanco, como si todos los conductos de su inteligencia se hubiesen quebrado, pero dijo:

– Lo que no entiendo es por qué se ha esperado hasta ahora para acabar con ese traidor.

– Tú no tienes que entender nada. Ya te lo dije: Stalin tiene sus razones, y nosotros, el deber de la obediencia… Por cierto, ¿cuántas veces has oído en estos dos días la palabra obediencia?

– No sé, varias.

– Y la volverás a oír mil veces, porque es la más importante. Después le siguen fidelidad y discreción. Ésa es la sagrada trinidad y debes grabártela en la frente, porque luego de haber oído lo que te he dicho, como te habrás dado cuenta, para ti solo hay dos caminos: uno va hacia la gloria y el otro hacia un campo de trabajo, donde no tienes la menor idea de lo poco que vale la vida de un pobre tipo que ni siquiera tiene nombre y es considerado un traidor… Arriba, ya deben de estar esperándonos.

Cuando entraron en la cabaña, el mariscal Koniev y Karmín se pusieron de pie y esbozaron saludos militares. Mientras el Soldado 13 se acomodaba en el pupitre, Grigoriev les dijo algo a los dos militares. Entonces Grigoriev y el mariscal ocuparon las butacas del fondo. Karmín, con su traje negro, fue a colocarse frente al pizarrón y pareció rundirse en él. Ramón notó que tenía las manos húmedas y escuchó en su cerebro las últimas palabras de Kotov.

– Soldado 13 -dijo Karmín, en un francés limpio y sureño que le evocó sus días en Dax y Toulouse-, tu mentor nos ha dicho que estás preparado para comenzar el entrenamiento. Pero antes de empezar a trabajar, serás sometido a diversas pruebas físicas y psicológicas para tener un diagnóstico exacto de tu persona. Si los resultados son satisfactorios, como esperamos, comenzarás a recibir clases de historia del partido bolchevique, de política internacional, de marxismo-leninismo y psicología. También te enseñaremos técnicas de supervivencia, de interrogatorio, de lucha cuerpo a cuerpo, y habrá prácticas con diversas armas de fuego y paracaidismo. La parte más importante del entrenamiento, sin embargo, estará en el trabajo con la personalidad. Vas a aprender, ante todo, que ya nunca volverás a ser la persona que fuiste antes de llegar a esta base. Te vamos a limpiar por dentro. Es un trabajo lento y difícil, pero si eres capaz de vencerlo, estarás en condiciones de recibir cualquiera de las personalidades que se decida escoger para la misión. Esa personalidad todavía no está determinada, pero, sea cual fuere, nunca volverás a ser español, ni deberás hablar en español, y mucho menos en catalán. Por lo pronto hablarás en francés y pensarás en francés. Trataremos de que sueñes incluso en francés. Nuestros especialistas te ayudarán en ese empeño pero, repito, tu voluntad es esencial para conseguir el éxito.

El Soldado 13 pensó que las expectativas eran tal vez demasiado elevadas, pero asintió en silencio, pues ya presentía que todo aquel conocimiento podría serle útil para la misión de que le hablara Kotov.

– Bien. Para comenzar, necesitamos que superes una prueba muy sencilla, pero definitiva, pues te va a enseñar muchas cosas. ¡Acompáñame!

Karmín avanzó hacia la salida de atrás y el Soldado 13 lo siguió. Tras ellos fueron Grigoriev y Koniev. La mañana era ahora más cálida y del bosque de pinos llegaba un efluvio perfumado. Sobre una pequeña mesa de madera el Soldado 13 vio tres modelos de puñales de campaña y pensó que lo enseñarían a utilizarlos. De entre los pinos surgieron en ese momento la figura de un militar, vestido como Karmín, que casi arrastraba a un hombre sucio, con el pelo grasiento y vestido con harapos, cuya fetidez se impuso al aroma del bosque.

– Mira bien a ese hombre -dijo Karmín-. Es una escoria, un enemigo del pueblo.

El Soldado 13 apenas miró al indigente cuando, sin que mediaran otras palabras, Karmín gritó:

– ¡Mátalo!

El Soldado 13, sorprendido por el alarido, sintió una doble confusión: ¿la orden era real? ¿Y a quién se la daban, al Soldado 13, a Ramón Mercader o al efímero Román Pávlovich? Pero no tuvo tiempo de pensar más pues Karmín extrajo de su funda la Nagan de reglamento y la amartilló.

– Iób tvoiv mat'! ¿¡Lo liquidas tú o tengo que hacerlo yo!?

El Soldado 13 miró los puñales y tomó uno de hoja corta y ancha que, sin saber por qué, le pareció el más apropiado. ¿Apropiado? ¿Para matar a un enemigo de la revolución?, pensó y sintió que las piernas le temblaban cuando dio el primer paso. Trató de convencerse de que aquello solo podía ser una prueba: llegado el momento, le ordenarían detenerse y sacarían de allí al pordiosero. Avanzó hacia el hombre fétido, en cuyos ojos descubrió un miedo creciente. El hombre dijo algo en ruso que él no pudo entender, aunque percibió como una súplica donde se repetía la palabratovárich, mientras daba uno, dos pasos hacia atrás, con el cuerpo sacudido por un temblor. El Soldado 13 siguió avanzando, con el puñal a la altura de la cadera, esperando oír la orden de detenerse, el mandato que no llegaba, mientras el pordiosero maloliente estaba cada vez más cerca de él.

El Soldado 13 vio el ruego dramático en los ojos del hombre, apenas a un metro y medio de él, y pudo escuchar el silencio. Nada más. En su mente se formó una palabra: obediencia, y una pregunta: ¿blando? La imagen de África pasó como una centella por su cerebro. Entonces dio otro paso, movió el puñal hacia atrás, para impulsarse, y comprendió que el otro era ya incapaz de huir, incluso de retroceder. El terror lo había paralizado y lo había puesto a sudar. ¿Debía matar a un hombre así, a sangre fría, para demostrar su fidelidad a una causa grandiosa? ¿Con esa impiedad había que tratar a los enemigos del pueblo en la tierra de la justicia? ¿Qué tenía que ver aquello con las traiciones de Trotski, con los desmanes de los fascistas españoles? No, se dijo, la orden llegaría, lo detendrían, todos se reirían, y movió unos centímetros más el puñal hasta colocarlo en la posición de ataque. Y ya no lo pensó: lanzó el brazo armado en busca del vientre del pordiosero y descubrió, en ese instante, que era el Soldado 13, que Ramón Mercader se había esfumado, que él estaba cumpliendo con el primer principio sagrado: la obediencia. El puñal siguió su viaje en persecución de la vida del hombre indefenso, paralizado por el terror, y cuando estaba a punto de hundirse en el vientre, sobre el que se habían cruzado las manos del hombre en un intento de protegerse, aquellas mismas manos se movieron a una velocidad inconcebible, desviaron el curso del acero y el Soldado 13 recibió una fortísima patada en el mentón, que lo lanzó de espaldas, inconsciente.

En unas pocas semanas, el Soldado 13 comenzó a percibir una mutación en los colores de su conciencia. Mientras las clases teóricas iban llenando su cerebro de razones filosóficas, históricas y políticas para hacer inquebrantable su fe, las sesiones con los psicólogos iban drenando su mente de los lastres de experiencias, recuerdos, temores e ilusiones forjadas a lo largo de una vida y de un pasado de los cuales se desprendía como si lo fueran desollando. Le asombraba comprobar cómo su historia personal comenzaba a ser una nube borrosa, y que incluso acontecimientos recientes, como las últimas recomendaciones que le hiciera Kotov antes de partir de regreso a España, parecían tan difuminadas que a veces se preguntaba si no las habría vivido en otra existencia, remota y turbia.

En esos meses fue cuando realmente Ramón empezó a dejar de ser Ramón, y solo volvería a serlo cuando el hombre en que lo convertirían se asfixiaba y, para salvarlo, debía salir a flote el viejo Ramón Mercader. O siempre que le ordenaban sacarlo a tomar sol. Pero ya nunc volvió a ser el mismo Ramón Mercader del Rio…

El hombre que en su pasado nebuloso había adoptado con su romanticismo juvenil y con las arengas de África los ideales comunistas empezó ahora a asumir una fe científicamente sustentada, cuya materialización era la nueva sociedad soviética, donde al fin el hombre había alcanzado el grado máximo de su dignidad. La lucha revolucionaria, intuitiva y desordenada que había desplegado contra la oligarquía, la burguesía, el fascismo y los traidores, se concretó con nueva coherencia y fundamentos en la necesidad histórica de la lucha del proletariado por materializar la utopía de la igualdad y en la misión del Partido de dirigir esa gran contienda. Aprendió que si aquella lucha por momentos podía parecer despiadada, siempre era justa. En las raíces cada una de estas ideas asomaban las teorías y prácticas estalinista la sabiduría y la mirada estratégica del camarada Stalin, el Secretario General que se alzaba sobre la historia, al frente de los proletarios de mundo, como genial heredero de Marx, Engels y Lenin. La convicción de que el futuro de la humanidad pertenecía al socialismo se convirtió en su credo; y aprendió que, para que la Unión Soviética alcanzase futuro, cualquier sacrificio, cualquier acto estaba históricamente justificado y no era admisible la más mínima disidencia. En ese punto añadieron a sus estudios las lecciones de odio clasista y, visualizando esos enemigos de clase, sus convicciones se volvieron más sólidas.

Llegó octubre y las temperaturas empezaron a bajar. Karmín anunció que, sin dejar las sesiones teóricas y los encuentros con los psicólogos, iniciarían los entrenamientos físicos. El Soldado 13 tuvo la esperanza de que al fin saldría de los límites de la base y tal vez poder ver con sus ojos parte de la realidad luminosa del país de los Soviet Sin embargo, salvo las dos semanas en que se trasladaron a los montes Urales para someterlo a pruebas de resistencia en condiciones tremas (de las cuales regresó con seis kilos menos pero con el orgullo de haber sido felicitado por Karmín), el resto del adiestramiento realizó en los bosques de Malájovka. Allí incorporó las técnicas tiro con fusil, pistola y ametralladora, las habilidades de lucha con puna con espada y con hacha, los recursos de la defensa personal utilizando solo manos y pies, y le enseñaron cómo ser preciso en el lanzamiento de granadas, el arte del escalamiento de paredes y de los procesos demolición. Vencido el primer ciclo, se empeñaron en el aprendiz je de las maneras de eliminar a uno o más enemigos con las diversa armas que dominaba, identificando primero los puntos débiles en defensa de los contrarios y luego los rincones de su anatomía donde se conseguían los efectos deseados con la mayor eficiencia. Los enemigos con los que se entrenaba, especialistas en los diversos modos de agresión, siempre fueron calificados de perros trotskistas, renegados trotskistas, traidores trotskistas, hasta conseguir que la mención del adjetivo provocara un derrame hormonal.

El Soldado 13 recordaría como el momento más álgido de su reconversión y entrenamiento cuando lo enseñaron a resistir los métodos psicológicos de tortura e interrogatorio, en los que incluyeron, para buscar el realismo necesario, agresiones físicas destinadas a demostrarle la increíble inventiva humana para infligir modos de sufrimiento en sus semejantes. La esencia de aquel aprendizaje, sin embargo, no era solo la adquisición de la capacidad de callar, sino y, sobre todo, de no dejarse manipular por los interrogadores, de cortar cualquier puente de entendimiento que pudiera abrir un canal hacia sus debilidades y, más aún, conseguir que los interrogadores creyeran historias que pudieran confundirlos y alejarlos de la verdad. Le demostraron que era mucho más difícil guardar un secreto que sonsacárselo a alguien, y lo adiestraron en juegos psicológicos rebuscados, como la evocación de sueños o el reflejo de supuestas obsesiones enfermizas.

Cuando a finales de noviembre Grigoriev reapareció en la base, el Soldado 13 ya era, hasta donde los entrenadores podían garantizarlo, un hombre de mármol, convencido de la necesidad de cumplir cualquier misión que se le ordenase, forjado para resistir en silencio diversos asedios, dotado de un odio visceral contra los enemigos trotskistas y apto para ser convertido en la persona que le asignaran. La satisfacción de sus instructores era ostensible, pues el diamante en bruto encontrado por Grigoriev parecía ser una piedra maravillosa, brillante por todas sus aristas: la política, la filosófica, la lingüística, la física, la psicológica, y había sido blindada con la mejor de las corazas, porque era un hombre capaz de guardar silencio, de explotar su odio, de no sentir compasión y de morir por la causa. Una máquina obediente y despiadada.

Aquella tarde, el Soldado 13 vestía un uniforme negro similar al de su entrenador personal, pero diseñado para las temperaturas invernales. Grigoriev, acompañado por el mariscal Koniev, entró en la cabaña, lo saludó con un gesto marcial y, sin quitarse ninguna de las piezas con que se protegía del frío, atravesó la estancia en busca de la salida posterior. A una orden de Karmín, el Soldado 13 lo siguió y, al acceder al patio nevado, estuvo a punto de sonreír al ver sobre una pequeña mesa tres puñales similares a los que le ofrecieran el día de su iniciación. El Soldado 13 comprendió de inmediato lo que se esperaba de él y, cuando vio que el instructor empujaba desde el bosque al hombre vestido con harapos, sacudido por el frío y el miedo, se dispuso a darle la lección que ahora, estaba seguro, era capaz de regalarle.

– ¡Soldado 13! -dijo Karmín-, ya lo sabes… Frente a ti hay un perro trotskista enemigo del pueblo. ¡Mátalo!

El Soldado 13 escogió el puñal de campaña del ejército inglés. Apenas lo aferró, sintió cómo su piel se calentaba hasta no percibir el frío, mientras sus músculos se convertían en una prolongación de la hoja de acero y sus pies en serpientes que reptaban hacia la víctima. El hombre rogaba y Karmín, unos metros detrás de él, tuvo la gentileza de traducirle: jura que es inocente, que no ha conspirado, dice que odia a Trotski, a Zinóviev, a Kámenev y a todos los traidores a la clase obrera, insiste en que su padrecito es el camarada Stalin, y pide por favor que se haga justicia proletaria con él. ¿Crees algo de todo eso? El Soldado 13 negó con la cabeza y siguió avanzando hacia el hombre cuyos temblores parecían tan auténticos como la súplica de piedad prendida de su mirada. En ese instante creyó descubrir una estrategia diferente en el perro suplicante que clamaba con los brazos abiertos, sin retroceder, como si se hubiera fundido en la nieve. Cuando movió el puñal para buscar impulso, realizó un rápido juego de manos y cambió el agarre. No dirigiría su ataque al abdomen, sino al cuello, para que el supuesto pordiosero pudiera desviar el movimiento de la hoja de acero pero no impedir que él lo golpeara entonces con toda sus fuerzas en las entrepiernas, primero, y, una vez de rodillas, clavarle el talón en la barbilla, con un medio giro de sus piernas.

El Soldado 13 contuvo la respiración, dispuesto al ataque. Dejó su mirada en los ojos de la presunta víctima y, con un arco cerrado, proyectó el brazo desde su costado derecho, buscando la yugular del hombre cuyos ojos no perdieron la expresión de terror hasta que el puñal se le clavó en el cuello y, un segundo después, lanzó un estertor de sangre que escapó por su boca y fue a dar en el pecho del uniforme negro y acolchado de su verdugo. El Soldado 13 sintió en el hombro el peso muerto del hombre, sostenido por el puñal, hasta que vio cómo se derrumbaba y dejaba libre el acero dentado, del que cayeron unas gotas más de sangre sobre la nieve ya enrojecida. El Soldado 13 nunca recordaría si en algún momento había sentido frío.

Mientras el auto avanzaba y la densidad del bosque decrecía, Grigoriev evocaba los tiempos de su llegada a Moscú, en los días caóticos y violentos previos al triunfo de Octubre. Sin dejar de escuchar, el Soldado 13 pensó que, apenas cuatro meses antes, al joven Ramón que lo había habitado le habría encantado visitar el Moscú rojo de la revolución, el sitio de peregrinación de todos los comunistas del mundo. Pero él había extraviado la curiosidad y ahora cumplía el trámite con la misma disciplina y falta de pasión con que hubiera acatado una orden, aun cuando sus sentidos estaban alertas y, a la vez que procesaban las palabras de su mentor, grababan en su mente los detalles del recorrido con la meticulosidad del profesional.

Grigoriev y el mariscal Koniev le habían comentado que se haría una pausa en sus entrenamientos. Por sus excelentes resultados, se le había concedido aquel permiso para que disfrutara de un fin de semana en la capital. Muy pronto el Soldado 13 comprendería que le permitían salir de la base con otras intenciones.

La nieve persistente de los últimos días cubría plazas y edificios, cúpulas y parques, y el río Moscova era un espejo sinuoso. Tan pronto empezaron el recorrido, Ramón sintió que penetraba en una ciudad con aires de villa feudal y espacios suprahumanos, que le provocaba una sensación de incongruencia entre su realidad y sus pretensiones, una imposibilidad de definición que solo le revelaría su origen muchos años después, cuando comprendió que, a pesar de su grandeza y prepotencia, la capital soviética seguía siendo un territorio en conflicto, el cruce de dos mundos que allí perdían sus contornos: Occidente y Oriente, cristianismo y ortodoxia, lo europeo y lo bizantino, que se desnaturalizaban y daban lugar a algo diferente, definitiva y esencialmente moscovita. La plaza Roja fue, como esperaba, la primera parada, y, al atravesarla, su dimensión se le antojó más inabarcable de lo que las fotos de los desfiles habían fraguado en su imaginación. Aunque las cúpulas acebolladas y coloridas de San Basilio lo sorprendieron por sus formas y colores, en realidad le resultaron exóticas e indescifrables, como si le hablaran en ruso o en algún otro idioma oriental; las rojas murallas y torres del Kremlin, en cambio, le parecieron más cercanas, adecuadas a la ancestral grandeza del país. Con un pase especial pudieron ahorrarse la fila que, con aquella temperatura de menos doce grados y entre ofrendas florales petrificadas por la congelación, hombres, mujeres y niños, llegados de todas partes de la URSS y del mundo, hacían en respetuoso silencio para pasar unos escasos minutos ante el cadáver momificado del creador del Estado soviético. La emoción que esperaba sentir al penetrar en aquel mausoleo entre faraónico y helénico se le extravió, pues le costó asimilar, a través de un cristal cuyos reflejos descomponían el rostro de la momia en planos mal montados, las emanaciones de la grandeza del hombre que había conseguido materializar el sueño más preciado y esquivo de la humanidad: la sociedad de los iguales.

Con otra autorización, minuciosamente revisada por los custodios, avanzaron hacia la Puerta de la Trinidad, por la que atravesaron las murallas del Kremlin, contra las que habían paleado la nieve. Mientras lo conducía por las calles interiores hacia la plaza de la Catedral, Grigoriev le mostró los sitios donde habían hecho modificaciones tras demoler unas viejas capillas de los tiempos de los primeros zares y casi detuvo la marcha para señalarle, a la menor distancia posible, los ventanales de las oficinas administrativas desde las cuales se dirigía el país más grande de la Tierra.

– ¿Ahí trabaja el camarada Stalin?

– Una parte del día -le respondió Grigoriev-. Y hasta hace unos años tuvo su departamento allí -e indicó el viejo edificio del Senado, levantado en tiempos de Catalina la Grande-. Desde que se suicidó su esposa, dejó esas habitaciones y siempre duerme en su dacha de Kúntsevo. Allí le gusta resolver los asuntos más importantes, pues casi siempre trabaja toda la madrugada. Duerme muy poco y trabaja mucho, pero es fuerte como un toro.

Cuando abandonaron el recinto amurallado, bordearon los gigantescos almacenes Gum a los que acudían gentes de toda la ciudad con la esperanza, muchas veces defraudada, de darle una sorpresa a sus estómagos. Frente al Museo de Historia tomaron la vieja calle Nikolskaya, rebautizada 25 de Octubre, para ascender la cuesta hacia la plazoleta donde imperaba la estatua de Félix Dzerzhinski, tras la cual se levantaba el edificio más temido de la nación.

– Voilà la Lubyanka -le señaló Grigoriev.

El Soldado 13 sabía la historia de aquella edificación y se dedicó a contemplarla en silencio. La antigua casa de seguros, ocre y adusta, había recibido hacía veinte años a los hombres que, convertidos en apocalípticos azotes proletarios en la tierra, habían asumido la responsabilidad de defender con cualesquiera métodos la revolución asediada por sus enemigos internos y externos. Solo de mirar el edificio, tan denso que parecía encajado en la tierra y por cuya acera no transitaba nadie, se sentía la fuerza emanante de la impiedad más real: la que, como voluntad de un dios inapelable, decide sobre la vida y la muerte, sin necesidad de protocolos, por encima de toda ley social. El Soldado 13 sabía que detrás de aquellas paredes se manejaba su propio destino y que, de algún modo, él se había convertido en un ladrillo más en aquel magnífico edificio que, desde la oscuridad, tanto había hecho por la supervivencia de la revolución. El poder avasallante de la

Lubyanka sería muy pronto su poder, pensó, cuando descubrió que se equivocaba: aquél ya era su poder, y lo había sentido en la mano que días antes sostuviera un puñal inglés.

– Como ves, la gente evita pasar por aquí -dijo Grigoriev e hizo una pausa-. Ésta es la plaza del miedo. Es un miedo que hemos cultivado con esmero, un miedo necesario. Se cuentan muchas historias de la Lubyanka, casi todas terribles. ¿Y sabes qué? La mayoría son ciertas. Los burgueses utilizan muy bien el miedo, y nosotros tuvimos que aprenderlo y ejercitarlo: sin miedo no se puede gobernar ni empujar a un país hacia el futuro.

– El proletariado tiene derecho a defenderse, de la forma que sea -dijo el Soldado 13 y Grigoriev sonrió.

– Veo que te han atiborrado de consignas. Ahórratelas conmigo.

Sin cojear apenas, Grigoriev lo condujo hacia el bulevar de los teatros y entraron en la calle Petrovka, donde el Soldado 13 encontró una vida palpitante que contrastaba con la soledad sideral de la Lubyanka. Su mentor le había dicho que buscarían un sitio adecuado para comer algo y conversar, a salvo de indiscretos. Ante un edificio de aire modernista, que al Soldado 13 le resultó lejanamente familiar y barcelonés, un hombre, al pie de una escalera que descendía desde la acera hacia un sótano, combatía el frío marchando sin moverse del sitio. El Soldado 13 tuvo la certeza de que el hombre los esperaba, pues los observó con insistencia mientras marchaba: un brazo se movía al compás, y la mano del otro brazo, cruzado sobre el pecho en una extraña posición, movía dos dedos inquietos, a la altura de la solapa. Al pasar a su lado, Grigoriev farfulló unniet, y bajaron al semisótano, cuyas claraboyas quedaban a la altura de la acera, y penetraron en lo que, con dificultad, el Soldado 13 hubiera calificado como una cervecería. Acodados a unas mesas altas, sin sillas a su alrededor, varios racimos de hombres y mujeres hablaban a gritos mientras bebían grandes sorbos de un líquido con olor a lúpulo al que añadían chorros generosos de los botellines de vodka que llevaban en cualquiera de los muchos bolsillos de sus abrigos. Sin dejar de hablar ni de beber, todos comían con avidez pequeñas lonchas de arenque ahumado sobre una rodaja de pan negro y unas tiras de carne oscura de alguna especie de pescado seco al que golpeaban varias veces contra la mesa para facilitar la extracción de los filetes, que deglutían casi sin masticar. El tufo del pescado, el hedor de la cerveza curada, el humo de aquel insufrible tabaco ruso llamado majorka y la fetidez de los sudores bajo los abrigos que hedían a piel de carnero húmeda resultó una atmósfera demasiado agresiva y el Soldado 13, preparado para resistir las agresiones más diversas, le rogó que buscaran algún otro lugar. Grigoriev sonrió, comprensivo.

– Sí, esto requiere un entrenamiento especial. La verdad es que al pueblo escogido por la providencia de la historia le hace falta más agua y jabón, ¿no?

Cuando salieron, el hombre de los dos dedos sobre la solapa continuaba su ejercicio, pero esta vez ni siquiera los miró. Mientras volvían al bulevar de los teatros, Grigoriev al fin le develó el misterio del solitario marchante: era un bebedor que buscaba otros dos compañeros con los que compartir unos vasos deyorsh, la mezcla de vodka y cerveza que todos bebían en el sótano.

– Los rusos son grandes bebedores, pero son bebedores competitivos. Hay dos cosas que no les gustan: la cerveza que no esté cargada con vodka, pues les parece que es un gasto de tiempo y dinero, y no tener puntos de referencia en la cantidad de bebida que tragan: por eso beben acompañados y compiten entre ellos. Y ese camarada, ya viste sus dos dedos, está buscando un par de compañeros para la faena…

Luego de andar unas cuadras, otra vez en dirección al Kremlin, entraron en la plaza del Manezh, y Grigoriev, deteniéndolo por un brazo, le pidió que observara el edificio monumental erigido frente a ellos. Sobre la entrada principal, el Soldado 13 encontró una identificación en cirílico que logró leer: Hotel Moscú. Contempló el bloque de mampostería, de varias plantas (diez, doce, pues su estructura hacía difícil saberlo), con una columnata soportando un techo adosado que se proyectaba hacia el frente, y de inmediato percibió una extraña falta de equilibrio.

– ¿Lo ves? -dijo Grigoriev y agregó-: Es el primer gran hotel construido por el poder soviético. Un triunfo de la arquitectura socialista.

El Soldado 13 asintió y permaneció en silencio, como le habían enseñado. El edificio le parecía monstruoso, un adefesio caído del cielo y encajado a la fuerza en una plaza con cuyo espíritu contrastaba dolorosamente. Lo más insólito era que las dos mitades de la construcción, que se abrían a partir del cuerpo central precedido por la fachada, eran asimétricas. Una tenía columnas adosadas y otra no; los pisos superiores de la torre izquierda tenían ventanas arqueadas, mientras que las de la torre derecha lucían estrictas y cuadradas; las cornisas de uno y otro bloque corrían a alturas diferentes, en una incompatible contraposición de proporciones y estilos que producían un efecto desconcertante, capaz de reafirmar la primera sensación de fealdad agresiva.

– Es horrible -susurró.

– Ahora te explico qué pasó -lo conminó su guía y traspusieron las puertas del hotel donde, gracias a una identificación esgrimida ante el portero, pudieron penetrar. Después de la cuidadosa prospección de Grigoriev, se acomodaron en una mesa de un bar desolado, que olía a bar y solo remotamente a pescado seco, y donde el Soldado 13 descubrió que, tras mostrar otra credencial (Grigoriev parecía tener todas las que se pedían en Moscú), era posible incluso beber vino francés y comer lonchas de salmón noruego y ternera estofada.

– ¿Por qué construyeron así el edificio? -quiso saber el Soldado 13.

– Calma, muchacho, eso te lo cuento después -dijo Grigoriev y bebió de un golpe su trago de vodka y volvió a rellenar el vaso con la pequeña botella de boca ancha que el camarada mesero había dejado al alcance de su mano-. Hace tres días estuve en una reunión muy, muy secreta, en la dacha de Kúntsevo. Como te concierne directamente, voy a decirte parte de lo que se habló allí. Tú sabes que si lo que te conté en Barcelona valía tu vida, y lo que has visto y aprendido en Malájovka vale, además de la tuya, las vidas de África, de Caridad y de tus hermanos, lo que te voy a decir ahora no tiene precio. Y te recuerdo que si antes no tenías retroceso, ahora tu única opción es avanzar y callarte la boca, con todo el mundo y para siempre.

El Soldado 13 escuchó las palabras de Grigoriev y percibió cómo lo recorría un reflujo de satisfacción. No tenía miedo ni le importaba que para él no hubiera vías de escape que no fueran hacia delante, pues ni el miedo ni el escape en otro sentido cabían ya en su mente.

– Puedes hablar -dijo y apartó la copa de vino tras beber un sorbo.

Grigoriev prefirió beber otro trago de vodka antes de entrar en materia: el camarada Stalin en persona le había conferido el honor de responsabilizarlo del operativo contra el renegado Trotski y le había dado la orden de ponerlo en marcha. En la reunión de Kúntsevo solo habían participado el camarada Stalin y el vicecomisario Beria y él. Habían comenzado por discutir la situación interna del Comisariado de Interiores y Beria le había dado la seguridad de que Yézhov no intervendría en esa operación. Es más, había agregado, los días de ese enano enloquecido estaban contados y ahora era él, Beria, quien estaba al frente de todas las operaciones especiales que Yézhov, con su manía persecutoria, hubiera frenado o incluso desmontado. Pero la operación Trotski nacía en ese instante, limpia y sin pasado, y Grigoriev la construiría por un camino paralelo al de todas las estructuras establecidas, con la discreción necesaria no solo para llevarla a cabo con éxito, sino también con el efecto propagandístico que necesitaban.

Al oír las últimas palabras de Beria, el camarada Stalin pareció despertar de un letargo y levantó una mano para pedir silencio, contaba Grigoriev. Durante la conversación había ido probando algunos sorbos de su copa de vino georgiano mezclado conlodidzy, un tipo de limonada también traída de Georgia: según le explicó a Grigoriev, bebía aquel compuesto con la autorización de los médicos, pues se había demostrado que la mezcla de esas dos bebidas ancestrales estimulaba la circulación y relajaba los músculos. Como bien decía el camarada Beria, comenzó el Jefe, la cacería del traidor degenerado y fascista había empezado. Él, personalmente, había decidido que Grigoriev fuese el director in situ de la operación, pero el camarada Beria debía recibir de Grigoriev partes semanales y, si era preciso, partes diarios, de los que él sería puesto al corriente siempre que fuera necesario y, de manera obligatoria, una vez cada quince días. Grigoriev, como oficial operativo a cargo de la misión, tendría un superior directo dentro del Comisariado, un agente que solo respondería ante Beria, y con el cual Grigoriev debía discutir todas las cuestiones de logística, aunque ya le adelantaba que tendría a su disposición los medios económicos y humanos necesarios, pues acabar con ese gran traidor se consideraba una prioridad del Estado soviético, más aún, una necesidad para el futuro del comunismo internacional. El plan, que debía prepararse con sumo cuidado, tendría que cumplir algunas condiciones importantes: la primera, que no fuese posible encontrar una pista capaz de ligar a cualquier organismo soviético con la operación; la segunda, que la acción final solo se ejecutase cuando él, personalmente, él, recalcó, diera la orden; y luego venían otras, como que el mejor lugar para concretar el plan era México y que, de ser posible, los ejecutores fueran mexicanos y españoles o, en su defecto, hombres de los servicios secretos del Komintern, aunque Beria, Grigoriev y el oficial operativo (aún no hemos decidido quién, había susurrado Beria) tenían que organizar varias alternativas que, también él, personalmente, aprobaría. Grigoriev trabajaría sin preocuparse por efectos colaterales tales como una posible crisis con el gobierno del imbécil de Cárdenas, pues llegado el caso lo harían tragarse la prepotencia con que se comportó cuando él había protestado por el asilo concedido al renegado. Países más consolidados, como Francia, Noruega o Dinamarca, habían caído de rodillas cuando se atrevieron a desafiarlo y él se había visto obligado a apretar ciertos tornillos.

– Entonces me explicó por qué había llegado el momento de idear el plan pero no de ejecutarlo. La esencia de todo es la guerra, el comienzo de la guerra y los caminos que siga -dijo Grigoriev y volvió a servirse vodka, aunque no lo bebió-. La guerra va a empezar en cualquier momento…

– ¿Y por qué debo saber yo todo esto? -preguntó el Soldado 13, estupefacto por el peso que ejercía sobre sus hombros lo que había escuchado.

Grigoriev parecía ahora más distendido y bebió vodka.

– En una semana tenemos que decidir quién serás. Nos sobran mexicanos y españoles y necesitamos más franceses, norteamericanos. Vamos a crear varios grupos operativos independientes, y puedes estar seguro de que de tu existencia solamente sabremos cuatro personas en la Tierra: Stalin, Beria, el oficial operativo y yo.

– ¿Estás pensado que sea yo quien cumpla la misión?

– Vas a estar en la línea del frente, aunque todavía no sé en qué lugar… Pero como vas a trabajar conmigo, prefiero que desde ahora sepas lo que se espera de ti, llegado el caso… La experiencia me dice que alguien que sabe bien lo que hace y por qué lo hace, trabaja mejor.

El Soldado 13 guardó silencio mientras Grigoriev probaba el salmón. Fuera, la tarde se había convertido en noche y se veía un pedazo de la calle Ojotni Riad, mal iluminada y casi desierta.

– Stalin me dijo algo más… -comenzó Grigoriev y levantó la mano para pedir otrachekushka de vodka. Cuando el mesero se retiró, miró a su discípulo-. Esta misión no admite el fracaso. Si fallo, lo pago con mis pelotas.

– ¿Te lo dijo así?

– El camarada Stalin suele ser un hombre muy directo. Y le puede molestar muchísimo que no cumplan bien sus órdenes… Para que me entiendas: lo que viste fuera de este hotel es un monumento a la obediencia que él exige y espera… Oye bien esto, te puede enseñar mucho: cuando él decidió que se le debía dar una imagen nueva a Moscú, escogió este lugar para que se construyera un hotel donde se alojarían sus visitantes más distinguidos. A partir de sus sugerencias, pidió que le presentaran dos proyectos diferentes. Como él piensa que Moscú debe comenzar a convertirse en la capital de la arquitectura proletaria, tiene sus ideas al respecto. Se las comentó al proyectista Schúsev y a los arquitectos Saveliev y Stapran y les encargó los planos con la seguridad de que ellos sabrían interpretar lo que él tenía en mente. Los arquitectos temblaron al oír lo que Stalin les pedía y proyectaron, cada uno por su lado, lo que creyeron que podían ser las ideas del Jefe. Pero cuando Schúsev le presentó los dos proyectos, él no pudo verlos de inmediato, tenía otros problemas, y no se sabe por qué, a la semana siguiente los planos volvieron a manos del proyectista Schúsev… autorizados los dos por el camarada Stalin. ¿Cómo era posible?, se preguntaron. ¿Quería dos hoteles, o quería los dos proyectos, o había firmado los dos por error? La única solución era preguntarle al camarada Stalin si se había equivocado, pero… ¿quién se atrevía a molestarlo en sus vacaciones en Sochi? Además, el Secretario General nunca se confunde. Entonces Schúsev se iluminó, como el genio que es: realizarían los dos proyectos en un solo edificio, una mitad según el de Saveliev y la otra siguiendo el de Stapran… Así nació este engendro, y Schúsev, Saveliev y Stapran lograron salir airosos. El edificio es absurdo, un horror estético, pero existe y cumple con las ideas y la decisión del camarada Stalin. Yo aprendí la lección, y espero que tú también seas capaz de entenderla. ¡Salud, Soldado 13! -dijo y bebió hasta el fondo su vaso de vodka.

Kotov debía morir, anunció Grigoriev. Lamentaba dejar al Soldado 13 en aquel momento preciso, quizás el más bello en su proceso de renacimiento, pero debía volver a España para comenzar a preparar los funerales de su otro yo. Uno nace, otro se va, es la dialéctica de la vida, y le explicó que, antes de dedicarse en cuerpo y alma a la nueva misión, debía transferir sus responsabilidades en España a otros cámaradas; el traspaso solo podía hacerse sobre el terreno y en un tiempo quizás dilatado por la situación de la guerra: aunque los nacionales habían ganado territorio, la zona industrial y más poblada del país seguía en manos republicanas, y mientras la conservaran podían aspirar a la victoria. Al oír ese comentario, el Soldado 13 sintió la artera mordida de la nostalgia, pero logró contener los deseos de Ramón y se abstuvo de hacer una sola pregunta. Lo que no pudo evitar fue que la mención de la guerra y la inminente partida de Kotov afectaran a su todavía doloroso apego a lo que hasta poco antes habían sido su guerra, su patria y sus amores. Solo la conciencia de que ya nada de aquello le pertenecía ni volvería a pertenecerle, al menos de la misma manera, y el orgullo de saber que ahora formaba parte de un grupo selecto, situado en el corazón de la lucha por el futuro del socialismo, lo salvaron de aquel titubeo. Él vivía para la fe, la obediencia y el odio: si no se lo ordenaban, el resto no existía. África incluida. África sobre todo.

Karmín y el grupo de psicólogos continuó trabajando con él, y el Soldado 13 supo dominar su ansiedad por la demora de la anunciada concreción de una nueva personalidad. Sabía que estaba en manos de los especialistas más capaces y, confiado en la experiencia de aquellos maestros de la supervivencia y la transformación, se empeñó con más ahínco en su adiestramiento.

Ya en la segunda semana de diciembre, luego de un día monótono en el que solo recibió en la cabaña la visita de la mujer hierática encargada de la limpieza y de traerle la comida, se presentaron ante él dos hombres con aspectos y modales diferentes a todos con los que había tratado desde su llegada a la base. Uno dijo llamarse Cicerón y el otro Josefino. La primera impresión que daban era la de ser un dúo cómico de vodevil: ambos vestían del mismo modo desmañado, tenían en sus miradas una dureza profunda y ensayada, y hablaban un francés perfecto pero con un dejo que el Soldado 13 no logró ubicar. Casi a dos voces le dijeron que su misión era convertirlo en un belga llamado Jacques Mornard. ¿Qué le parecía el nombre? El Soldado 13 sintió cómo se llenaba de orgullo y satisfacción. Finalmente dejaba de ser un alumno para convertirse en un agente. Jacques Mornard, repitió en su mente, mientras Cicerón extraía del maletín que lo acompañaba una carpeta y varios libros, que colocó sobre la mesa rodeada de butacones.

– Vas a aprenderte de memoria la vida de Jacques Mornard -dijo, y movió la carpeta hacia el Soldado 13-. Después léete los libros, tienen información sobre Bélgica que también tienes que incorporar.

El llamado Josefino, que había permanecido de pie, tomó la palabra.

– Escribe los detalles que te gustaría incorporarle a Mornard, los que creas que deben formar parte de su personalidad o de su historia. Lo que te entregamos es como el esqueleto que usarás a partir de ahora. Los músculos y la sangre se los incorporamos después.

– ¿Por qué belga y no francés? -se atrevió a preguntar el todavía Soldado 13-. Yo viví en Francia varios años…

– Lo sabemos -dijo Josefino-, pero tu pasado ya no existe y nunca más existirá. Debes ser un hombre totalmente nuevo.

– El Hombre Nuevo -dijo Cicerón, y el Soldado 13 creyó advertir una pizca de ironía-. Desde ahora debes pensar en ti mismo como Jacques Mornard. De la solidez de tu convencimiento de ser Jacques Mornard depende el éxito de tu conversión y, más aún, depende tu vida. Pero tómalo con calma… -dijo, mientras se ponía de pie. Los dos hombres se alejaron con una sonrisa, sin que mediara despedida alguna.

Durante aquella semana de lecturas y reflexiones, Jacques Mornard disfrutó de la sensación descrita por Josefino: era como si su cuerpo, hasta ahora vacío, fuera cobrando forma y completando su estructura. Volver a tener unos padres, un hermano, una ciudad natal, una escuela donde había estudiado y practicado deportes, crearon el sostén sobre el cual se insertaron sus gustos básicos, sus viejas preferencias de joven burgués, y hasta sus más remotos recuerdos. Como cualquier persona, había asistido con su padre y su hermano a muchos partidos de fútbol y se había hecho seguidor de un club, tenía su cafetería preferida en Bruselas, sus ideas sobre valones y flamencos, había tenido novias y un hobby que se convirtió en profesión: la fotografía. No militaba en ningún partido ni tenía opiniones políticas definidas, pero rechazaba el fascismo, pues le resultaba, cuando menos, antiestético. Sabía de la actuación y el destino histórico de Liev Trotski lo que cualquier persona culta, pero toda aquella disputa eran asuntos de comunistas y a él no le incumbían. Hablaba el francés y el inglés, pero no dominaba el flamenco ni el valón, pues había crecido fuera de Bélgica, y tampoco conocía el ruso, aunque sí entendía el español por los varios viajes que había hecho a España antes de la guerra. De su familia de diplomáticos, dueños de cierta fortuna, recibiría con frecuencia sumas que le permitirían vivir con desahogo y, si fuese necesario, con tendencia al derroche. Sería un burguesito común y corriente, un poco fanfarrón, siempre dispuesto a divertirse y, en general, despreocupado de la vida.

Jacques Mornard comprendió lo importante que había resultado el trabajo que los psicólogos habían realizado con él. A su viejo conocido Ramón no le hubiera gustado ser como Jacques; ni siquiera le habría interesado tener amistad con él. Entre la levedad intelectual que ahora asumía y la pasión política del catalán y su rechazo militante a los modos de vida burgueses se abría un abismo que le hubiera resultado imposible salvar sin la radical limpieza de su conciencia ni el duro adiestramiento al que lo habían sometido.

Cuando Josefino y Cicerón regresaron, Jacques Mornard sentía que se había llenado hasta la mitad de su capacidad. El trabajo que a partir de ese momento emprendieron aquellos instructores fue el de demiurgos platónicos: unos verdaderos creadores. Hablaban de Jacques como si lo hubiesen conocido de toda la vida y le implantaban recuerdos, ideas, modos de reaccionar ante determinadas situaciones, respuestas a las preguntas más simples y más complejas. Resultó un proceso lento, de repeticiones sucesivas, interrumpido a veces para dejar que las informaciones se empozaran en el subconsciente de Jacques, quien recibía entonces al profesor de fotografía empeñado en iniciarlo en el misterio de las cámaras (Jacques se enamoró de la Leica, pero además aprendió a usar la pesada Speed Graphic, la preferida de los fotógrafos de prensa), de las lentes, la evaluación de la luz y los secretos del trabajo en el laboratorio con los químicos y equipos de impresión; y después al logopeda, que lo dotaba de modismos, entonaciones y suaves erres belgas; al optometrista, quien lo proveyó de las gafas que usaría desde entonces; a Karmín, que, cuando Jacques llegaba al borde de la fatiga intelectual, lo sacaba a la nieve y a doce, quince grados bajo cero, le trabajaba cada músculo del cuerpo con una intensidad y una sabiduría capaces de devolverlo a la cabana físicamente agotado pero con la mente despejada, lista para la sesión del día siguiente.

Cuando Grigoriev regresó a Malájovka, hacia finales de enero, Jacques Mornard era un hombre casi completo. El asesor le contó que no había logrado concluir sus trabajos en España y, sin que Jacques se lo preguntara, le explicó que la situación de la guerra era todo lo complicada y desesperada que cabía esperar, aunque nada hacía presumir un desenlace cercano. El gobierno republicano confiaba en poder resistir hasta que el conflicto quedara fundido a la inminente guerra europea y se convirtieran en parte activa del gran bloque antifascista; así, su situación sería similar a la de las orgullosas democracias que le habían vuelto la espalda con el pretexto de la no intervención. Pero lo más importante, le dijo Grigoriev, era que también había tenido tiempo para tender los primeros cables de la nueva operación. Por eso, dispuesto a ajustar los conductos, saldría en breve hacia Nueva York y México, donde debía sostener algunos encuentros importantes. Antes, sin embargo, quería trabajar personalmente con su nueva criatura.

La presencia de su mentor alentó a Jacques Mornard. El momento de salir del útero de la base de entrenamiento se acercaba y, orientado por el asesor, se comenzaron a dar los retoques finales al belga. Un peluquero trabajó con su nuevo corte de pelo, un sastre preparó un ropero indispensable que se completaría cuando viajara a Occidente, y añadieron a su perfil la afición por los coches deportivos, cuyas marcas y características tuvo que estudiar, así como la historia del automovilismo europeo. Su conocimiento previo de la gastronomía francesa y de los modales en la mesa adquiridos en la École Hôtelière de Toulouse les ahorraron aquellas disciplinas, aunque le inculcaron la afición por ciertos platos belgas. A propuesta del propio Jacques, se le añadió a su carácter la debilidad por los perros. Aquella pasión remota de Ramón Mercader, ubicada en un lugar de su conciencia ajeno a los razonamientos, era compatible con el carácter y la educación de Jacques, y sus maestros se la permitieron. Los labradores de la infancia cambiaron sus nombres deSantiago y Cuba por Adán y Eva, y poder sentir amor por los perros hizo que Mornard se encontrase más a gusto consigo mismo.

Antes de marchar a América, Grigoriev decidió llevarlo de nuevo a Moscú, donde se comportaría públicamente como un curioso periodista belga de visita en la meca del comunismo. El asesor se encargaría de comprobar por sí mismo la solidez de la nueva personalidad, y durante los días en que compartieron los ratos libres de Grigoriev, Jacques estuvo todo el tiempo a prueba, respondiendo a las preguntas más diversas y mostrando las reacciones más acordes con su nueva personalidad.

Disfrutando de su libertad (sabía que a lo lejos un ojo lo calibraba) Jacques fue más allá del anillo de los bulevares que encerraba a la ciudad prerrevolucionaria y se adentró en los barrios proletarios, donde su presencia casi provocaba estampidas de los alarmados vecinos y donde encontró una grisura homogénea y férrea capaz de removerlo. Sabía que aquellos hombres, casi todos emigrados de los campos durante los tiempos difíciles de la colectivización de la tierra, vivían alojados en espacios mínimos y mal calentados (las llamadas komunalkas), a veces sin agua corriente. Enfundados en abrigos del mismo corte y color, ya gastados por los inviernos, apenas comían de las monótonas y escasas ofertas de los desabastecidos mercados y combatían el tedio y el agotamiento con dosis fulminantes de vodka. Pero aquellos hombres también eran, como él, soldados de la lucha por el futuro, cuyo sacrificio presente constituía la única garantía de que la humanidad del porvenir gozaría de la verdadera libertad. La vida de aquellos habitantes de Moscú (despreciados por los verdaderos moscovitas) y la suya (sí, él que vestía ropas de telas calurosas llegadas de Occidente y se alimentaba con manjares esfumados hasta de los sueños de aquellos proletarios) estaban en el mismo camino, en el mismo frente de batalla. Solo que mientras la responsabilidad de éstos resultaba cotidiana y humilde, la suya debía ser oscura y, llegado el momento, cruel, pero igualmente necesaria. Aquél era el precio que el presente les cobraba a los hombres de hoy por la luz del mañana.

Una de aquellas tardes, sentados en un banco del recién inaugurado parque Gorki, frente al helado río Moscova, Grigoriev y Mornard contemplaban a los muchachos que, en improvisados trineos, se deslizaban sobre la capa de hielo, felices y ajenos a los grandes dolores de la vida.

– Luchamos por ellos, Jacques -dijo Grigoriev y el belga sintió una profundidad sincera en la voz de su mentor-. Y es una lucha dura.

– Lo sé, y por eso estoy aquí. Pero me gustaría que supieran que soy como ellos, y no un capitalista de mierda.

Grigoriev asintió y, tras un silencio, habló con la vista fija en el río.

– Imagínate una carrera de caballos -dijo, rascándose el mentón-. Así vamos a trabajar… Todos saldrán a la vez, pero unos se acercarán a la meta antes que otros. Las condiciones del terreno, las oportunidades, las capacidades de cada uno van a influir, pero la orden que reciba el jinete decidirá quién va primero hacia el objetivo. Si ése lo alcanza, se termina el trabajo. Si falla, le corresponde avanzar a otro.

– ¿Qué número es el mío?

– Tú serás mi as en la manga, muchacho. Vas a trabajar siempre conmigo, directamente conmigo. De momento estarás al final de la fila, pero eso no quiere decir que seas el último. Quiere decir que serás la carta más segura, y no te arriesgaré hasta que no quede más remedio.

– ¿Y por qué no salgo primero y listo?

– Por muchas razones que no puedo explicarte ahora, o quizás nunca. Solo entiende que es así.

Jacques Mornard asintió y encendió uno de los cigarrillos franceses que ahora fumaba y que, días atrás, le provocaban carrasperas y toses.

– Tú vas a ser mi obra maestra -siguió Grigoriev-. Voy a construir para ti una verdadera partida de ajedrez. Vamos a empezar a jugar pensando desde el principio en la movida veinte, en la treinta, en el jaque mate. Será un reto intelectual, algo realmente hermoso -el hombre parecía soñar cuando se movió y se colocó de frente a Jacques-. Hay una sola cosa que me preocupa…

– ¿Mi obediencia, mi silencio?

Grigoriev sonrió, negando.

– Me preocupa saber si, llegado el momento del jaque mate, Jacques Mornard no va a flaquear. Sé que Ramón y el Soldado 13 no flaquearían. Pero Jacques… Es una misión que puede llegar a ser muy difícil, tal vez haya que pensar no solo en matar, sino también en morir…

Jacques lanzó el cigarrillo y meditó unos instantes.

– Es extraño -comenzó-. Jacques Mornard me ocupa casi por completo, pero hay espacios adonde no puede llegar. Mi odio y mi furia están intactos, mi fe es la misma. Y esas cosas no van a derretirse. Sé lo que estoy haciendo y me siento orgulloso. También sé que nunca podré expresar ese orgullo, pero eso mismo me hace más fuerte. Si me llega el momento, seré la razón del proletariado, el odio de los oprimidos. Y lo haré por ellos -y señaló hacia los niños que jugaban-. Puedes estar tranquilo. Jacques es un infeliz. Pero Ramón siempre estará dispuesto a todo. También a morir…

Jacques Mornard poseía una capacidad peculiar para enfrentarse al tiempo. Había interiorizado que cada acción debe ejecutarse en el momento preciso y que la ansiedad por precipitar los acontecimientos era algo ajeno a su carácter y su misión: su tiempo tenía dimensiones históricas, corría por encima de los plazos humanos y sus medidas brotaban de la necesidad filosófica. Varios años después se preguntaría si aquella capacidad que vino a salvarlo de estancamientos, abstenciones y tedios cotidianos no le habría sido inculcada con toda alevosía, previendo lo necesaria que le sería para resistir en silencio y con cordura los largos años de su confinamiento.

Desde que Grigoriev partiera y él regresara al régimen de la base de Malájovka, sin una idea precisa de las semanas o meses que tendría que esperar para ponerse en movimiento, se enfrascó en la tarea de pulir las aristas visibles y hasta ocultas de su nueva identidad. En compañía de Josefino y Cicerón, solía dar largas caminatas por el bosque, repitiendo las historias de su familia y de su propia vida, mientras con la Leica iba buscando composiciones sugerentes, luces expresivas, enfoques atrevidos. Dedicó muchas horas a la lectura de periódicos y al estudio de planos de ciudades y guías turísticas belgas, hasta sentirse capaz de caminar sin extraviarse por Bruselas o Lieja. Se puso al día sobre la enrevesada situación política en Francia y estudió la historia reciente de México. Aquel tiempo, que en otra época lo habría exasperado, ahora le fluía apacible, sin traumas.

En los periódicos franceses que habían comenzado a entregarle, había leído cómo la fiscalía soviética preparaba la instrucción del caso contra veintiún antiguos miembros del Partido y ex funcionarios del Estado, acusados de graves delitos que iban de la traición a la patria al comportamiento antibolchevique, pasando por el asesinato. Los nombres más mencionados eran los de Nikolái Bujarin y Alexéi Ríkov, antiguos líderes de la llamada Oposición de Derechas dentro del Partido; el de Guénrij Yagoda, destituido comisario de Interiores a cuyo cargo había estado la investigación para los anteriores procesos de 1936 y 1937; y el de Christian Rakovsky, el más tozudo de los opositores trotskistas. En el banquillo también estarían embajadores y hasta médicos, como el doctor Levin, médico personal de Lenin y Stalin desde la revolución, acusado de haber envenenado, entre otros, a Gorki y a su hijo Max, cumpliendo órdenes de Yagoda. Todo el país sabía que los acusados llevaban largos meses detenidos y su juicio era inminente. Sin embargo, Jacques Mornard no pudo dejar de alarmarse ante la certeza de hasta qué punto los delitos de aquellos hombres, como los de los traidores juzgados en 1936 y 1937, habían puesto en peligro la existencia misma del país en el cual habían ocupado los más altos cargos y contra el cual habían trabajado, según lo leído, desde los mismos inicios del proceso revolucionario. Todos ellos, coaligados con el oportunista Trotski, eran la esencia misma de la más solapada traición, de la felonía mayúscula.

Una noticia leída en aquellos periódicos lo sorprendió aún más que el anuncio del proceso. Se hablaba de la muerte en París de Liev Sedov, el hijo y colaborador más cercano de Trotski, y se comentaban las extrañas circunstancias del suceso, que estaba siendo investigado por la policía local. Jacques Mornard tuvo la convicción de que aquella muerte, justo cuando se echaban a andar los mecanismos para acabar con el viejo traidor, no podía ser obra de la casualidad o de la naturaleza, y cuando al fin Grigoriev regresó a Malájovka, se atrevió a buscar la confirmación de sus sospechas.

– ¿Crees que pudimos haber sido nosotros? -Grigoriev suspiró de cansancio mientras se acomodaba en un butacón de la cabaña.

– Sería muy extraño que no, digo yo.

– Sí, sería extraño. Pero las casualidades existen, mi querido Jacques, las complicaciones postoperatorias son frecuentes… ¿Por qué íbamos a arriesgarnos a matar a ese infeliz que ya estaba medio muerto y vivía como un indigente en París, tratando de encontrar unos seguidores que no aparecían? ¿Para alarmar al viejo y ponernos las cosas más difíciles?…

Jacques pensó unos instantes, y se atrevió preguntar algo que los demiurgos no habían logrado borrarle de la mente.

– ¿Y por qué mataron a Andreu Nin?

– Porque era un traidor, y eso tú lo sabes -dijo Grigoriev, de corrido.

– ¿No lo mataron porque no habló?

El otro sonrió, ahora desganadamente. Se le veía agotado.

– Olvídate de eso. Vamos, recoge tus cosas. Nos mudamos a Moscú.

El piso franco donde se alojaron estaba en las inmediaciones de la plaza de las Tres Estaciones, sobre la calle Groholsky, muy cerca del Jardín Botánico. Era una vieja casona de tres niveles que había pertenecido a un exportador de té, cuya familia, diezmada por la diáspora y los rigores de la nueva vida, había sido hacinada en la planta baja. Grigoriev y Jacques ocuparon un departamento con baño propio en el segundo piso, y solo entonces el mentor le comunicó que partirían hacia París en unos días.

El 2 de marzo Jacques siguió por la radio las informaciones sobre la apertura de la primera sesión del Consejo Militar del Tribunal Supremo de la Unión Soviética. Según los reportes, había alrededor de quinientas personas en la sala, y su centro de atención era el envejecido y balbuciente Bujarin. El fiscal Vishinsky presentó los cargos, ya conocidos por todos: los acusados, coaligados con el ausente Liev Davídovich Trotski y su difunto hijo y lugarteniente, Liev Sedov, no solo eran asesinos, terroristas y espías, sino que habían sido agentes contrarrevolucionarios desde el comienzo de la revolución y aun antes. Ya en 1918, Trotski y sus cómplices habían conspirado para asesinar a Lenin, así como a Stalin y al primer presidente soviético, Sverdlov. En poder de la fiscalía obraban declaraciones probatorias de cómo Trotski se había convertido en agente alemán en 1921 y de la Inteligencia Británica en 1926, al igual que algunos de sus compañeros de conspiración allí presentes. En su degradación traidora, la última escala había sido vender información a los servicios secretos polacos y conspirar, con algunos de los acusados, para provocar envenenamientos masivos de ciudadanos soviéticos, afortunadamente impedidos por la actuación de los insomnes guardianes de la NKVD.

Como Grigoriev entraba y salía del departamento, sin dar explicaciones a Jacques, éste decidió aprovechar el tiempo dando largas caminatas por Moscú, y por doquier el belga encontró una ciudad conmovida e indignada. Durante aquellos días de terribles revelaciones, la gente hasta parecía menos preocupada por la pésima calidad del pan o la falta de zapatos y se les veía felices de saber que sus dirigentes habían conseguido desarmar otra conspiración restauradora y prometían más castigos. La indignación del pueblo crecía a medida que los acusados iban admitiendo delitos cada vez más espeluznantes. Pero el asombro llegó a su climax cuando Bujarin admitió la monstruosidad de sus crímenes y se reconoció responsable, política y legalmente, de promover el derrotismo y de planear actos de sabotaje (aun cuando personalmente, aclaró, él no intervino en la preparación de ninguna acción concreta y negaba su participación en los actos de terrorismo y sabotaje más siniestros). Lo evidente era que Bujarin había finalizado su alegato del modo en que solo podía hacerlo un traidor: «Arrodillado frente al Partido y el país», dijo, «espero vuestro veredicto». Jacques advirtió que la intervención de Bujarin ofrecía una gran concentración de maldades presentes y pasadas, casi inconcebibles en un hombre que, hasta dos años antes, se movía en las altas esferas del Partido. Mas esa noche en las cervecerías, las calles, los vagones del metro, en las colas y entre los borrachos que pululaban en el triángulo sórdido de las tres estaciones (Leningrado, Kazan y Jaroslav), Jacques escuchó una y otra vez las mismas palabras: «Bujarin ha confesado», y la misma conclusión: «Ahora sí lo van a fusilar».

Cuando a la mañana siguiente Grigoriev le anunció que le tenía un regalo, Jacques pensó que había llegado el momento de la partida.

– Hoy vamos a ver el juicio -le dijo, para la mayor sorpresa del otro, y agregó-: Yagoda sube al estrado.

Eran poco más de las ocho cuando salieron a la superficie en la estación de Ojotni Riad y se dirigieron a la Casa de los Sindicatos. En el bulevar de los teatros, en la plaza donde se alzaba el teatro Bolshói y frente al hotel Metropol ya se había organizado una manifestación y la gente pedía con gritos y cartelones la muerte de los traidores antibolcheviques y trotskistas. La indignación era vehemente pero no caótica, y Jacques comprobó que los grupos estaban organizados por sindicatos, fábricas, escuelas, y que las consignas procedían de los editoriales delPravda.

A través del cordón de milicianos colocado en la boca de la calle Pushkinskaya, lograron abrirse paso hasta el edificio donde, antes de la victoria de Octubre, se había solazado la indolente aristocracia rusa. Subieron la escalinata, derroche de mármoles, bronces y vidrios, en busca del histórico Salón de las Columnas donde habían desgranado sus partituras los genios de la música rusa y bailado los grandes personajes del siglo anterior. Gracias a la revolución el recinto había cambiado su destino, como todo el país: en él los bolcheviques habían lanzado muchos de sus discursos revolucionarios, e incluso entre los veintiocho magníficos soportes de madera forrados de mármol, a los que el salón debía su nombre, se había velado el cadáver de Lenin antes de ser trasladado al primer mausoleo donde reposó; también allí se habían celebrado los juicios de agosto de 1936 y febrero de 1937 que habían comenzado y continuado la dolorosa pero necesaria purga de un partido, un Estado, un gobierno dispuestos a no detenerse ni siquiera ante la historia para poder gestar la nueva Historia.

En conmovido silencio, Jacques ocupó la silla que le indicó Grigoriev. Funcionarios del Partido, líderes del Komsomol, dirigentes del Komintern, diplomáticos extranjeros y periodistas acreditados llenaban el salón cuando, a las nueve en punto, hicieron su entrada los jueces, los fiscales y, finalmente, los acusados y sus abogados. La tensión del ambiente era malsana, oscura, cuando Jacques Mornard se inclinó hacia su mentor para preguntarle al oído:

– ¿Hoy viene el camarada Stalin?

– El tiene cosas muy importantes que hacer para perder el tiempo oyendo confesar a estos perros traidores.

Cuando Vishinsky llamó a declarar a Guénrij Yagoda, un murmullo recorrió el salón. Jacques Mornard vio ponerse de pie a un hombre más bien pequeño, casi calvo, con un bigote hitleriano que le daba aspecto de hurón. Resultaba difícil reconocer en aquel individuo, incapaz de mantener el control de sus manos, al hombre que por varios años había tenido el poder de decidir sobre la vida y la muerte de tantos ciudadanos y que desde hacía muchos años había escondido a un traidor.

– ¿Estás dispuesto a confesar los delitos de que se te acusa, Guénrij Yagoda? -inquirió Vishinsky, ostensiblemente vuelto hacia el auditorio.

– Sí -dijo de inmediato el reo e hizo una pausa antes de continuar-. Confieso porque he comprendido la perversidad de lo que yo y los demás acusados hemos hecho y porque creo que no debemos dejar el mundo con tan terribles crímenes en la conciencia. Con mi confesión espero prestar un servicio a la hermandad soviética e informar al mundo que el Partido siempre ha tenido la razón y que nosotros, criminales fuera de la ley, hemos estado equivocados.

Vishinsky, satisfecho, comenzó el interrogatorio con preguntas calzadas por la sorna, y cada respuesta de Yagoda provocaba un rumor y hasta algún grito de indignación en la sala. Jacques Mornard, todavía capaz de sorprenderse ante ciertas actitudes rusas, percibió la teatralidad que emanaba de aquellos personajes, de sus palabras, atuendos, gestos y hasta de la escenografía: sus actuaciones le recordaron ciertos retablos de títeres y marionetas de los que había disfrutado en las ciudades del sur de Francia, aquellas puestas en escena en las que, con necesario engolamiento, se contaba la inagotable historia de Roberto el Diablo, de Roldan y de los caballeros de la Tabla Redonda.

Yagoda reconocía haber conspirado para dar un golpe de Estado, en connivencia con los servicios secretos alemanes, ingleses y japoneses; admitía su participación en el complot trotskista para atentar contra la vida de Stalin, en algunos envenenamientos y en el asesinato de Máximo Gorki; aceptaba haber planeado una restauración burguesa en Rusia y, cumpliendo un plan de Trotski, cometido excesos represivos encaminados a crear malestar en el país. Pero cuando Vishinsky, más que contento por la vendimia lograda, le preguntó sobre su papel en el asesinato de Max, el hijo de Gorki, Yagoda no contestó. Vishinsky le exigió una respuesta, pero el reo se mantuvo en silencio. La tensión se hizo densa y la voz del fiscal resonó entre las columnas cuando le gritó al reo que confesara su papel en el asesinato de Max. Desde su silla, en tensión, Jacques advirtió que las manos de Yagoda temblaban de un modo incontrolado cuando, mirando al tribunal, con voz apenas audible, negó haber participado en el asesinato del hijo de Gorki y agregó, con tono de súplica:

– Quiero confesar que he mentido durante la instrucción. No he cometido ninguno de los delitos que se me imputan y que he reconocido. Le pido, camarada fiscal, que no me interrogue sobre los motivos de la mentira. Siempre fui fiel a la Unión Soviética, al Partido y al camarada Stalin, y como comunista no puedo culparme de delitos que no cometí.

Jacques Mornard comprendió que algo demasiado extraño estaba ocurriendo. El rostro de Vishinsky, los de los jueces, las expresiones de los miembros del tribunal y hasta las de los acusados revelaban un desconcierto que, desde el área dedicada al público, se había convertido en un avispero de voces de incredulidad, sorpresa, indignación, cuando por encima de la algarabía se alzó la voz del juez principal que decretaba un receso hasta la tarde.

– ¡Pero qué interesante! -le comentó Grigoriev, excitado-. Vamos a comer, te prometo que esta tarde vas a ver algo que nunca debes olvidar.

Cuando regresaron, Jacques Mornard vio penetrar en el Salón de las Columnas a un Yagoda que parecía haber envejecido diez años en apenas cinco horas. Cuando el juez se lo exigió, el acusado se levantó con dificultad. Su mirada era la de un cadáver.

– ¿Mantiene el acusado su declaración de esta mañana? -quiso saber el juez y Yagoda movió la cabeza negativamente.

– Me reconozco culpable de cuanto se me acusa -dijo y abrió una larga pausa hasta que los aplausos, silbidos y gritos de muerte al perro traidor de numerosos asistentes fueron acallados por el mazo del juez-. No creo necesario repetir la lista de mis delitos y no pretendo atenuar la gravedad de mis crímenes. Pero como sé que las leyes soviéticas no conocen la venganza, pido perdón. Yo me dirijo a ustedes, mis jueces; a ustedes, chequistas, a ti, camarada Stalin, para decir: ¡perdónenme!

– ¡No, no habrá perdón para ti! -gritó en ese instante Vishinsky, sin poder ocultar su satisfacción y su odio-. ¡Vas a morir como un perro! ¡Todos merecen morir como perros!

Grigoriev tocó con el codo a un Jacques demudado y le hizo una seña con la cabeza, poniéndose de pie.

– Ya no hay nada más que ver -le dijo mientras abandonaban el salón.

Jacques Mornard no pudo evitar sentirse confundido. Costaba encontrarles una lógica a las dispares reacciones de Yagoda. Ya en la calle, Grigoriev le pidió al chofer que los trasladaba por la ciudad que los llevara directamente al piso franco. Cuando bajaron, despidió al conductor con la orden de que pasara a recogerlo en un par de horas. En lugar de subir la escalera, Grigoriev le hizo señas a Jacques y salieron al patio del edificio, a través del cual accedieron a una calle por donde, siempre en silencio, avanzaron hacia la congestionada plaza de las Tres Estaciones. Sin detenerse, Grigoriev puso rumbo al estricto edificio de la estación de Leningrado. Casi a codazos entraron en el único local donde servían bebidas alcohólicas y el asesor pidió dos pintas de cerveza.

– ¿Qué te pareció lo que viste?

Jacques Mornard supo de inmediato que la pregunta poseía demasiados trasfondos y su respuesta podía tener algún valor para su futuro.

– ¿Quieres la verdad?

– Espero la verdad -dijo el otro y se sirvió un segundo vaso, que cargó con un chorro del vodka que llevaba en un bolsillo.

– Yagoda no confesó por voluntad propia. Todo sonaba a teatro.

Grigoriev lo miró, pensativo, bebió un gran sorbo delyorsh y, sin apartar la mirada de los ojos de Jacques Mornard, vertió más de la mitad de la chekushka de vodka en su jarra y se lo bebió.

– Yagoda conoce todos los métodos que existen para hacer confesar a alguien. Muchos los inventó él y puedo asegurarte que tenía una gran creatividad. Por supuesto, a él ya le habían aplicado algunos antes del juicio. ¿No te fijaste cómo se le movían los dientes? Quién sabe a qué persona perteneció esa dentadura… Pero el infeliz, en su desvarío, creyó que podía resistir… Hace tres días Krestensky pensó lo mismo y terminó confesándolo todo… A Yézhov no le hicieron falta ni tres horas para convencer a Yagoda de que no es posible resistir si uno es culpable de algo. Solo la inocencia absoluta te puede salvar y, aun así, muchos inocentes son capaces de confesar que crucificaron a Cristo con tal de que los dejen tranquilos y los maten cuanto antes.

– ¿Me estás diciendo que Yagoda es culpable de todo lo que dice el fiscal?

– No sé si de todo, o de casi todo, o nada más de una parte, pero es culpable. Y eso lo hizo débil. Y con esa debilidad no se puede soportar los empeños de mis colegas. Hoy ha sido un buen día para ti, Jacques. Yo quería mostrarte cómo se arrastra un hombre, pero has tenido el privilegio de ver cómo se derrumba y se hunde. Espero que hayas aprendido la lección: nadie resiste. Ni siquiera Yagoda. Tampoco va a resistir Yézhov cuando le toque su turno.

Jacques Mornard se decidió y bebió de un golpe casi toda su pinta de cerveza. Sintió cómo sus pulmones se congestionaban, amenazando asfixiarlo, hasta que sus fosas nasales bufaron como una locomotora que se pone en marcha; todavía tuvo que esperar unos segundos para recuperar el aliento. Aquel aprendizaje podría resultar mucho más arduo, pero había comprobado que el vapor etílico tenía la ventaja de expulsar de su olfato la pestilencia del ambiente.

– ¿Me vas a decir ahora qué pasó con Andreu Nin? -preguntó cuando al fin pudo hablar.

Grigoriev sonrió, mientras negaba con la cabeza.

– Qué tozudo… ¿Qué quieres que te diga? Ese catalán estaba tan loco que no confesó. Le llenó los cojones a todo el mundo y…

– Yo ya sabía que no iba a confesar -dijo y acercó a Grigoriev la jarra de cerveza. Su mentor le dejó caer un chorro de vodka-. Ni aunque lo inundaran de vodka…

15

A lo largo de la última semana de noviembre y el mes de diciembre de 1977 tuve seis encuentros, todos pactados de antemano, con el hombre que amaba a los perros. El invierno, indeciso, se iría disolviendo hasta el fin de año en dos o tres frentes fríos que se agotaron en su tránsito sobre el Golfo de México y solo trajeron a la isla alguna llovizna incapaz de alterar los termómetros y unas olas turbias que quebraron la placidez del mar ante el cual sostuvimos nuestras conversaciones. Arrastrado por las palabras del hombre, yo corría de mi trabajo a la playa y apenas si pensaba en otra cosa que en el nuevo encuentro acordado. Oír y tratar de deglutir aquella historia donde casi todas las peripecias constituían revelaciones de una realidad sepultada, de una verdad ni siquiera imaginada por mí y por las personas que yo conocía, se había convertido en una obsesión. Lo que iba descubriendo mientras lo escuchaba, sumado a lo que había comenzado a leer, me turbaba profundamente, mientras la llama de un miedo visceral me laceraba, sin que fuera capaz, a pesar de todo, de quemar mis deseos de saber.

Desde que el hombre empezó a dibujar el tránsito de su amigo Ramón Mercader partiendo de su niñez y juventud en Barcelona, empezaron a abrírseme las puertas de un universo de cuya existencia hasta ese momento había tenido nociones vagas y ortodoxas, con tajantes divisiones entre buenos y malos, pero cuyas entretelas desconocía: profesiones de una fe sincera y devoradora mezcladas con intrigas, juegos sucios, mentiras siempre creídas verdades y verdades nunca sospechadas, que alumbraban mi inocencia y mi ignorancia con unos flashazos deslumbrantes. A medida que López avanzaba en la historia, en varias ocasiones estuve a punto de rebatirle, de gritarle que aquello no podía ser, pero siempre me contuve y me limité a hacer alguna pregunta cuando mi credibilidad o mi entendimiento se sentían superados, y seguí escuchando una narración que derretía muchas creencias y recolocaba otras de las nociones que me habían inculcado.

Después de la segunda conversación, yo arrastraba la insidiosa certeza de que algo muy importante no acababa de funcionar en el relato del hombre que amaba a los perros. Aunque todavía no había desarrollado por completo la desconfianza cósmica que adquiriría, precisamente, como consecuencia de aquellos encuentros (esa vocación por la sospecha que tanto molestaría a Raquelita y a mis amigos, pues me llevaba a reaccionar de modo casi mecánico y a calificar de imposible, de pura mentira, cualquier historia capaz de desafiar mínimamente la verosimilitud), en lo que iba oyendo había una inquietante pero ubicua falta de lógica que, para empezar, me haría pensar si algunos episodios de la historia de Ramón no estaban siendo manipulados por su amigo y relator Jaime López. Pero solo al final de la tercera conversación, ya en pleno diciembre, vislumbré con cierta claridad dónde estaba la grieta por la que se rugaba la lógica: ¿cómo era posible que López tuviera una información tan precisa de la vida y sentimientos de su amigo? Por más explícito y detallista que hubiese sido Ramón durante las conversaciones sostenidas en Moscú unos diez años antes, cuando se reencontraron luego de tanto tiempo sin verse, y el decepcionado Ramón Mercader le abriera a su viejo camarada Jaime López todos los conductos hacia los más increíbles recovecos de su existencia, el conocimiento exhibido por el narrador resultaba sin duda exagerado y solo podía deberse a dos razones. La primera ya se calentaba en mi cabeza desde el diálogo inicial: López era un fabulador redomado y podía estar coloreando el relato con brochazos de su cosecha; la segunda me sorprendió como un flechazo, mientras viajaba en la guagua hacia La Habana después del tercer encuentro, y casi me enloqueció: ¿Jaime López no sería el mismísimo Ramón Mercader? ¿Todavía podría existir aquel ser fantasmagórico encajado en una esquina procelosa y perdida de la historia, protagonista sin rostro de un pasado plagado de horrores? Aunque las únicas respuestas posibles para aquellas preguntas eran dos negaciones rotundas, la semilla de la duda había caído en tierra húmeda y allí se mantendría, pues una persistente sospecha me impedía cultivarla: si el hombre que amaba a los perros era Ramón Mercader, ¿qué coño hacía en Cuba?, ¿por qué carajo estaba contándome a su historia?, ¿qué cojones era todo aquello de Jaime López y su misterio?

Una de las razones que habían dado aliento a mis dudas sobre el lugar que ocupaba Jaime López en aquel relato provenía del hecho de que, en el momento en que yo lo escuchaba, tenía algunas claves con las que no contaba cuando lo conocí. Había sido después de la segunda conversación cuando, sabiendo ya hacia dónde apuntaba aquella historia, decidí ir a ver a mi amigo Dany a las oficinas de la editorial donde él había empezado a trabajar como «especialista C en promoción y divulgación». Aunque aquél no era el trabajo con el que Daniel soñaba, lo había aceptado con la esperanza de que, una vez vencidos los dos años de servicio social, se liberara una codiciada plaza de editor, a la que tendría más opciones de acceder si se hallaba en la plantilla administrativa de la editorial.

Como Daniel Fonseca ya se ha asomado y va a aparecer en otras etapas de esta historia, debo decir algo sobre este amigo que había sido, en cierta forma, mi único pupilo literario, si es que puedo llamarle así. Dany había matriculado Letras en la universidad justo cuando yo cursaba mi último año de periodismo. Recomendado por un primo mío que era su vecino, un día se apareció en mi casa de Víbora Park con la siempre peligrosa intención de que yo le prestara algunos libros que necesitaba para sus clases. Contra toda lógica, se los presté y, para disponer que en el futuro todo fuese como sería, él forzó más aún la lógica y me los devolvió al terminar los exámenes. Así habían empezado sus visitas, por lo general los sábados en la tarde, y de los libros de texto pasamos a las novelas que le fui sugiriendo y con las cuales comenzó a llenar su enciclopédica incultura. Por aquella época Dany me escuchaba y me miraba como si yo fuera un cabrón gurú, solo porque él era un ignorante absoluto, aunque inteligente, y yo un tipo cinco años mayor, con varios kilómetros de lecturas delante de él y, sobre todo, con un libro de cuentos ya publicado. Ni Dany ni yo hubiéramos podido soñar por aquellos tiempos que alguna vez aquel animalito voraz, que antes de matricular la carrera de Letras había dedicado cada hora de su vida a jugar pelota y ahora leía como un verdadero condenado, llegaría a ser escritor, más aún, un escritor sagaz y notable -lo cual equivale a algo más que aceptable y varios escalones menos que brillante- que por momentos parecía dotado de una mayor capacidad literaria de la que alcanzaría en sus libros publicados.

A pesar de que, por la época de mis conversaciones con López, Dany y yo apenas nos veíamos, él no se extrañó al verme aparecer en la casona del Vedado donde radicaba la editorial. Pero sí lo removió de pies a cabeza la causa que me había llevado hasta allí: necesitaba conseguir una biografía de Trotski y, entre la gente que yo conocía, él era quien la podía tener más cerca de sus manos. Antes de que Dany consiguiera salir del asombro por la insólita petición, le expliqué que en la Biblioteca Nacional y en la Central, la de la universidad, únicamente había unos libros sobre Trotski publicados por la editorial Progreso, de Moscú, en los que sus autores se dedicaban a devaluar cada acto, cada pensamiento, incluso cada gesto que aquel hombre había hecho en su vida y hasta en su muerte -el falso profeta, el renegado, el enemigo del pueblo, lo llamaban, y siempre eran varios autores, como si uno solo no pudiera con la carga de tantas acusaciones-, y a mí me interesaba conseguir algo que no fuese aquella propaganda frontal, tan burda que obligaba a sospechar de su justeza. Y si alguien podía tener el material que yo necesitaba leer, ése era el tío de Elisa, la mujer de Dany, un viejo periodista y militante comunista, muy activo en el país desde los años cuarenta, que en los tiempos convulsos de la década de los sesenta incluso había estado varias semanas preso, con un grupo de simpatizantes trotskistas con los que sostenía relaciones personales y dijeron que hasta filosóficas.

Ahora se impone volver a recordar que estábamos en 1977, en el apogeo de la grandeza imperial soviética y en la cúspide de su inmovilismo filosófico y propagandístico, y que vivíamos en un país que había aceptado su modelo económico y su muy ortodoxa ortodoxia política: con esas importantes precisiones, tendrán el contexto más exacto de la espantosa sequía bibliográfica, de información y hasta de pensamiento que sufríamos en temas como ése, especialmente sensibles para los queridos hermanos soviéticos, y se imaginarán el pavor que provocaba la sola mención de algún asunto álgido -y Trotski era la algidez política personificada, la maldad ideológica elevada a la enésima potencia-. Por todo eso creo que entenderán la respuesta de Daniel:

– Pero ¿qué coño tú dices? -saltó al conocer mi intención y de inmediato agregó, en voz más baja y con mirada de preocupación clínica-: ¿Tú te volviste loco, mi socio? ¿Te estás emborrachando otra vez o qué carajo te pasa?

En esos años casi nadie en la isla, al menos que yo conociera, tenía el menor interés confeso por Trotski ni por el trotskismo, entre otras razones porque aquel interés -si es que le surgía o le re-surgía a alguien tan enloquecido como para además revelarlo- no podía acarrearle a nadie más que complicaciones de todo tipo. Y muchas. Si escuchar cierta música occidental, creer en cualquier dios, practicar yoga, leer determinadas novelas consideradas ideológicamente dañinas o escribir un cuento de mierda sobre un pobre tipo que siente miedo podía significar un estigma y hasta implicar una condena, meterse con el trotskismo hubiera sido como colgarse una soga al cuello, sobre todo para los que se movían en el mundo de la cultura, la enseñanza y las ciencias sociales. (Después sabría que solo algunos refugiados uruguayos y chilenos de los que por esos años vivían en la isla se atrevían a hablar del tema con cierto conocimiento de causa, aunque hasta ellos mismos, sometidos a la presión atmosférica, lo hacían en voz baja.) De ahí la reacción casi violenta de mi amigo.

– No comas mierda, Dany -le contesté cuando empezó a calmarse-. No voy a meterme a trotskista ni un carajo. Lo que necesito es saber…, s-a-b-e-r, ¿me entiendes? ¿O es que también está prohibidosaber?

– ¡Pero es que ya túsabes que Trotski es candela!

– Ese es mi problema. Consígueme algún libro de los que debe de tener el pariente de Elisa y no me jodas. No le voy a decir a nadie de dónde lo saqué…

A pesar de sus protestas, yo había tocado una fibra de la curiosidad inteligente de Dany, pues más rápido de lo que esperaba (teniendo en cuenta la no muy cercana relación que sostenía con el viejo ex trotskista) me puso en contacto con un autor y una biografía de los cuales yo jamás había oído hablar: Isaac Deutscher, y su trilogía sobre «el profeta»: desarmado, armado y desterrado, en ediciones publicadas en México a finales de la década de los sesenta. La mañana en que me entregó los tres tomos, después de obligarme a hacerle todas las promesas concebibles de que le devolvería los libros lo antes posible, pasé por mi trabajo y pedí el resto del mes de vacaciones. Fuera de los viajes a la playa, lo que mejor recuerdo de esos días fue la intensidad devoradora con que leí aquella voluminosa biografía del revolucionario llamado León Bronstein, y la consecuente comprobación de mi monumental desconocimiento de las verdades (¿verdades?) históricas de los momentos y los hechos en medio de los cuales había vivido aquel hombre, hechos y momentos tan rusos y lejanos, comenzando por la Revolución de Octubre (nunca he entendido bien qué pasó en Petro-grado aquel 7 de noviembre que en realidad era el 25 de octubre y cómo se tomó un Palacio de Invierno que al final casi nadie quería defender y que automáticamente marcó el triunfo de la Revolución y dio el poder a los bolcheviques) y siguiendo, entre otros, por unas también extrañas luchas dinásticas entre revolucionarios en las que solo Stalin parecía dispuesto a tomar el poder y por unos casi silenciados procesos de Moscú (que para nosotros parecían no haber existido nunca) en los que los reos eran sus peores fiscales. Al final de todo aquel desfile de manifestaciones del «alma rusa» (si no entendemos algo de los rusos siempre parece ser por culpa de su alma), estaba la corroboración del asesinato del viejo líder, algo que se había difuminado en los libros soviéticos dedicados a él, pues Trotski (quizás porque era ucraniano y no ruso) más bien parecía haber muerto de un catarro o, mejor aún, devorado un día cualquiera por una tembladera, como si fuera un personaje de las novelas de Emilio Salgari.

Gracias a esa biografía, la persona que viajó hasta la playa a partir del tercer encuentro ya empezaba a ser alguien mínimamente capaz de asimilar distintos elementos de aquella historia desde un prisma diferente. Ahora mis oídos se empeñaban en interpretar una información que, con un somero conocimiento de los hechos y de sus actores, intentaba colocar en un tablero de cuyas coordenadas empezaba a tener una primera noción.

Unos días después de que se me inoculara la peregrina pero lógica sospecha de que López no fuese López y de que Mercader no estuviera muerto, llegué a la playa dispuesto a tratar de forzar al hombre para que me confesara la verdad sobre su identidad -si es que esa verdad existía, algo de lo que yo no estaba seguro-. Cautelosamente aceché el resquicio apropiado para colar mi duda y hallé la ocasión cuando López me hablaba de la conmoción que provocó en su amigo Ramón y en su madre, Caridad del Río, el polémico pacto Molotov-Ribbentrop.

– ¿Sabes? -le pregunté, sin mirarlo-, en todo lo que me has contado hay algo que no me creo.

López dio fuego a uno de sus cigarros con la valiente fosforera de bencina. Ante su silencio, seguí:

– Nadie puede saber tanto de la vida de otra persona. Por más que le hayan contado. Es imposible.

López fumaba sin prisa, y me dio la impresión de que no había escuchado mis palabras. Después entendería que un tipo como yo apenas hubiera podido mover aquella roca: el hombre era un especialista en responder solo lo que deseaba, y su estrategia fue quitarme la sartén, aferrarse al mango y darme un golpe en la cabeza con la plancha.

– ¿Qué estás pensando? ¿Que es mentira lo que te he contado? -se quitó unos momentos los espejuelos, los miró a trasluz y los mojó con la lengua, para limpiarlos del salitre que se les había adherido.

– No sé -dije, y dudé. Su voz había adquirido un tono capaz de enfriar mis impulsos y por eso elegí muy cuidadosamente mis palabras-: ¿Cómo es posible que sepas tanto de Ramón? ¿No es mucha casualidad que Caridad y tu madre, las dos, hayan nacido en Cuba? Estoy pensando que…

– ¿Que soy el hermano de Ramón? ¿O que fui su jefe?

Sopesé rápidamente aquellas posibilidades, sin darme cuenta de que con ellas el hombre no hacía más que aflojarme en mi convencimiento. Pero no me dejó mucho tiempo para pensar, pues de inmediato fue al grano.

– ¿O acaso crees que yo soy Ramón? -preguntó.

Lo miré en silencio. En las últimas semanas, el hombre que amaba a los perros perdía peso a ojos vistas, su piel se había vuelto más opaca, definitivamente verdosa, y con frecuencia sufría de dolor de garganta y lo asaltaban ataques de tos que calmaba con buches de agua endulzada con miel de la botella que ahora también lo acompañaba siempre. Pero en aquel instante en sus ojos había una intensidad que quemaba y, debo admitirlo, que me daba miedo.

– Ramón está muerto y enterrado, muchacho. Y lo peor es que se ha convertido en un fantasma. Si buscas en todos los cementerios de la Unión Soviética no encontrarás su tumba. Ni yo mismo sé con qué nombre lo enterraron… Ya te lo dije: entre las cosas que Ramón entregó a la causa, estaban su nombre y su libertad de tomar cualquier decisión… Además, si te estoy contando todo esto, ¿para qué iba a engañarte en lo demás? ¿Qué importa quién sea yo? Es más: ¿qué cambiaría si yo fuera Ramón?

Las respuestas acudieron a mi mente: importa porque lo que me estás contando es la Historia del Engaño, y todo habría cambiado si tú fueses Ramón, pues nadie (al menos eso pensaba yo) hubiera querido ser Ramón Mercader. Porque Ramón provocaba asco y producía miedo… Pero de más está aclarar que no me atreví a decírselas.

– Sé lo que estás pensando, y no me asombra -me dijo el hombre, y yo sentí un nuevo corrientazo de temor-. Ésta es una historia repulsiva, que devalúa ella sola millones de discursos que se han hecho durante sesenta años… Y también es verdad que Ramón terminó repugnando a mucha gente -hizo una pausa, aunque permaneció inmóvil-. Pero intenta entenderlo, coño, aunque no lo justifiques. Ramón es un hombre de otra época, de un tiempo muy jodido, cuando no estaba permitida ni siquiera la duda. Cuando él me contó su historia, la situé en su mundo y en su tiempo, y entonces la entendí. Aunque, eso sí, nunca le tengas compasión, porque Ramón odiaba ese sentimiento.

– Si jamás viste su tumba ni fuiste a su entierro, ¿cómo estás tan seguro de que Ramón está muerto? -pregunté, echando mano a mi última posibilidad de perseverancia, a pesar de que ya me sabía derrotado por las razones de López.

– Sé que está muerto porque lo vi unas semanas antes de que muriera, cuando ya lo habían desahuciado… -dijo y sonrió, con visible tristeza-. Mira, para que estés tranquilo, te voy a dar una razón que no vas a poder rebatirme: ¿crees que Ramón, después de prometer que guardaría silencio para el resto de su vida, y de haber sostenido su compromiso contra viento y marea, le contaría su historia al primer…, al primero que se encontrara? Si yo fuera Ramón, ¿crees que me hubiese arriesgado a hacerlo? Y, además, ¿para qué?

En un segundo conté diez adjetivos con los que López pudo haberme calificado (desde los comemierda o sapingo cubanos hasta el gilipollas que alguna vez él mismo había usado), y pensé en otras tantas razones para rebatirle a López sus últimas preguntas (un hombre que, según él mismo, se está muriendo, ¿a qué puede temerle?: la única respuesta afirmativa implicaría que el miedo también se transmite, como una herencia, e incluya el destino de esos mismos hijos a los que, quizás para protegerlos, López, o Mercader -si en realidad aquel hombre era Ramón Mercader-, había decidido no contarles aquella historia). Pero me di cuenta de que si deseaba seguir escuchando, mi única opción era creerle; de hecho, en ese instante yo le creía. Me impuse olvidar o por lo menos posponer mis dudas, hasta que de algún modo tuviera la certeza absoluta de que López era López y Mercader un fantasma sin tumba. O lo contrario. Pero ¿cómo coño iba a llegar a cualquiera de aquellas certezas si unos días antes ni siquiera sabía que había existido un hombre llamado Ramón Mercader del Río?

La interrupción del relato cortó el impulso del hombre que amaba a los perros, y aquella tarde se despidió mucho antes de la caída del sol. Aunque acordamos volver a vernos el lunes, yo permanecí otro rato en la arena, temiendo que la relación se hubiese deteriorado por mi suspicacia. Y si era así, me quedaría sin saber el modo en que se desarrollaron las acciones destinadas a sellar la entrega sin límites de Ramón Mercader.

De todas formas, ese fin de semana me dediqué a la maratoniana lectura del último tomo de la biografía de Deutscher, Elprofeta exiliado, para tratar de colocar mi conocimiento en la época en la cual transcurría el relato de López. Recuerdo que cuando apareció en las páginas finales del libro la figura tétrica de Jacques Mornard sentí un salto en el pecho, como si el asesino hubiese entrado en mi habitación. Mi cerebro comenzó entonces a jugarme una mala pasada: la imagen de Mornard que me venía a la mente era la de López, con sus pesados espejuelos de carey. Yo sabía que aquello no tenía sentido, pues entre el Mornard joven y apuesto y el López cetrino y, según él, moribundo, la distancia debía de ser enorme. Pero mi imaginación insistía en encajar el retrato vivo y real del dueño de los borzois en el cuerpo esquivo del supuesto belga aparecido en la fortaleza de Coyoacán con la misión de matar al hombre que, junto a Lenin, había conseguido lo impensable: que los bolcheviques se hicieran con el poder en 1917, y más aún, que lo conservaran después, imponiéndose a ejércitos imperiales y enemigos internos.

Entre las páginas del tomo final de la biografía había encontrado tres recortes de prensa que delataban el interés del dueño del libro por la relación entre Trotski y su asesino. Uno era del diario cubanoInformación, donde, bajo un gran titular, el mismo dueño de los libros daba la noticia del atentado sufrido por Trotski el 20 de agosto de 1940 y el estado de máxima gravedad en que se encontraba al momento del cierre del periódico (a un comunista de 1940 aquél le habría parecido un comentario protrotskista, solo porque el redactor no se pronunciaba sobre lo sucedido); el segundo debía pertenecer a una revista y contenía un comentario sobre las parodias del asesinato de Trotski, supuestamente contadas por varios escritores cubanos, que Guillermo Cabrera Infante había incluido en su libro Tres tristes tigres (nunca publicado en Cuba y, por tanto, casi inencontrable para nosotros); y el último, apenas una larga columna sin fecha ni referencia, me resultó el más revelador, pues hablaba de la presencia de Ramón Mercader en Moscú después de salir de la cárcel mexicana donde cumplió su sentencia. El autor de la columna relataba que una persona muy cercana a Mercader -¿habría sido López, responsable de otra infidencia?- le había contado que, desde el día del atentado, el asesino llevaba en sus oídos el grito de dolor de su víctima.

Fue el lunes siguiente, 22 de diciembre, cuando tuve la que, sin saberlo aún, sería mi última conversación con el hombre que amaba a los perros. Recuerdo perfectamente que esa tarde, como nunca antes desde que López comenzara a contarme la historia de Ramón, me sentí sometido a una presión que hasta entonces había logrado escamotear: por mi propio bien, me pregunté mil veces, ¿no debería comentar en oídos propicios lo que me estaba ocurriendo con aquel Jaime López empeñado en contarme a una historia tremebunda y políticamente tan comprometedora? El miedo que ya me envolvía, reforzado por lo leído sobre el final de Trotski, era un sentimiento más sórdido, mucho más mezquino de lo que yo mismo me confesaba en aquel momento, pues en realidad no tenía tanto que ver con el relato de horror y traición que estaba escuchando como con el hecho más que probable de que llegara a saberse que yo había hablado durante varios días con aquel hombre extraño, sin decidirme a «consultarlo», como se solía decir y como, se suponía, era mi deber. Pero la sola idea de buscar al «compañero que atendía» al centro de información que editaba la revista de veterinaria -todos le llamaban así, «el compañero que atendía» y todos sabían quién era, pues parecía importante que todos supiéramos de su existencia difusa pero omnipresente- y contarle una conversación que, fuese quien fuese López, yo había prometido no comentar, me parecía tan degradante hacia mi persona que me rebelé ante la posibilidad. Decidí en ese momento asumir las consecuencias (¿había un trabajo menos importante y ambicionado que el mío?; sí, claro, podrían devolverme, por ejemplo, a Baracoa…) y durante años tapié aquella historia con un muro de silencio, y ni siquiera Raquelita supo nunca -ella no lo sabe todavía hoy y además no le importaría un carajo saberlo- lo que me había contado Jaime López.

Aquella tarde de mis temores desbocados, apenas llegó a la playa, López me confesó que se sentía terriblemente triste:Dax había empezado a tener problemas de locomoción -se marea, como yo, dijo-, y la opción del sacrificio comenzaba a ser inminente.

– Ya sé que no eres veterinario y yo no debería pedírtelo -me dijo, sin mirarme-, pero si tú me ayudas creo que va a ser más fácil…

– Quisiera ayudarte, pero de verdad no sé hacerlo ni puedo -le dije, observando a los dos perros que corrían por la arena. Dax, era evidente, había perdido la elegancia de su trote y tropezaba a los pocos pasos.

– No sé cómo voy a resolver esto… -el hombre hablaba consigo mismo, más que conmigo; su voz estaba a punto de quebrarse-. Quiero asegurarme de que no sufra…

La evidencia de una muerte cercana y la revelación de aquellos sentimientos aplacaron mis dudas sobre la identidad de López y, especialmente, me decidieron a afrontar, con el silencio, las consecuencias que podían derivarse de mi actitud, sin duda alguna ideológicamente cuestionable. Y es que la muerte tiene esa capacidad: resulta tan definitiva e irreversible que apenas deja márgenes para otros temores. Incluso un hombre como el que esa tarde tenía frente a mí (conocedor de todo sobre la muerte, según me había dicho) se detenía ante ella, se removía ante su presencia, aun cuando se tratara de la muerte de un perro.

Después de beber café, fumarse un cigarro y sufrir un acceso de tos, al fin López se lanzó sobre la historia de Ramón Mercader, y me relató el modo en que su amigo había entrado definitivamente en la historia. Yo lo escuchaba, con mi capacidad de juicio extraviada, con todo mi asombro desbordado y hasta con cierto júbilo cuando el relato se cruzaba con las informaciones obtenidas de mis lecturas recientes. En algún momento descubrí también que se iba adueñando de mí una molesta y sibilina mezcla de desprecio y compasión (sí,compasión, y nunca he tenido dudas respecto a la palabra ni a lo que denota) por aquel Mornard-Jacson-Mercader dispuesto a cumplir lo que había asumido como su deber y, sobre todo, como una necesidad histórica reclamada por el futuro de la humanidad.

López parecía al borde del agotamiento cuando llegó al climax del relato. Hacía rato que había oscurecido y yo apenas podía verle el rostro, pero me aferraba a sus palabras, excitado por lo que estaba escuchando.

– Lo que falta de la historia es el regalo de Año Nuevo -dijo en ese momento, y me pareció un hombre conmovido que siente un gran alivio. Todavía hoy cierro los ojos y puedo verlo en los últimos minutos del relato: López había hablado con un silbido en la voz y la mano izquierda sobre la venda que siempre le cubría la derecha-. Mi mujer es la comunista más rara que conozco. Hasta en Moscú se empeñaba en celebrar la Nochebuena y las navidades. Para ella son sagradas, y nunca mejor dicho… Y no querrá soltarme en todos estos días, así que me va a ser difícil venir hasta después de Año Nuevo. Tengo que complacerla.

– ¿Cómo hacemos entonces? -yo me sentía ansioso y frustrado. Una acumulación de evidencias terribles y de preguntas enquistadas casi me asfixiaba, pero sabía que lo mejor era no tocarlas para evitar que se pudiese enturbiar la relación con el hombre, pues me faltaba por atravesar una etapa decisiva en la vida de Ramón Mercader y, por todo lo escuchado, ansiaba conocerla-. ¿Quieres que te llame por teléfono?

Me respondió de inmediato:

– No. Nos vemos el 8 de enero. ¿Puedes?

– Creo que sí.

– Yo vengo el 8, y si no te veo, vuelvo el 9.

– Anjá -acepté ante la falta de alternativas-. ¿YDax?

– No puedo hacerlo ahora -me dijo López y extendió la mano para que yo lo ayudara a ponerse de pie-. Con cuidado, me duelen mucho los brazos…Dax es fuerte, resistirá. Voy a esperar todo lo que se pueda, hasta principios de año. Si tuviera un amigo que me ayudara…

– PobreDax -dije, al ver el rumbo que tomaba la conversación y al comprobar que los borzois se acercaban, ya deseosos de irse, pues había pasado su hora de comer.

López me extendió su mano vendada. Sin pensarlo yo le sonreí y se la estreché. Luego me agaché para recoger la bolsa del termo y entregársela. Y me atreví a soltar una de las preguntas que me atormentaba:

– Leí en un periódico que Ramón oyó toda su vida el grito de Trotski. ¿Él le habló de ese grito?

López tosió y se pasó la mano vendada por el rostro. Yo hubiera querido que hubiese más luz para verle los ojos.

– Todavía lo oía cuando me contó la historia, hace unos diez años -me dijo, y empezó a alejarse-. Creo que lo oyó hasta el final… Que tengas una feliz Navidad.

– Lo propio -alcancé a decir en medio de mi conmoción, y de inmediato me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no pronunciaba ni oía aquellas dos palabras que en Cuba únicamente se utilizaban como fórmula para devolver felicitaciones navideñas, aquellas fiestas desde hacía varios años desterradas de la isla científicamente atea y demasiado necesitada de cada jornada de trabajo como para darse el lujo de desaprovechar algunas de esas valiosas jornadas.

López avanzó por la arena, compacta por la lluvia del día anterior. Junto a él marchabanIx y Dax, a paso lento. La oscuridad no me permitía ver al negro alto y flaco, pero yo sabía que seguía allí, entre las casuarinas, desgranando su paciencia. López se acercó a los árboles y su figura se fue fundiendo con la noche hasta que desapareció. Como si nunca hubiera existido, pensé.

Segunda parte

16

¿Qué sensaciones lo acompañaron cuando vio levantarse sobre la línea del horizonte la silueta de la interrogación más absoluta? Observó aquel mar de una transparencia refulgente, capaz de herir las pupilas, y seguramente pensó que, a diferencia de Hernán Cortés, lanzado sobre aquella tierra ignota en busca de gloria y poder, él, si acaso, podía aspirar a encontrar allí un punto de apoyo para los días finales de su existencia y la grotesca posibilidad de reivindicar un pasado donde ya había alcanzado y agotado su cuota de gloria y poder, de furia y esperanzas.

Veinte días había durado la navegación de pesadilla. Desde que abordaron elRuth y sus sirenas lanzaron el quejido de despedida hacia la agreste costa noruega, aquel carguero que desde sus cisternas regurgitaba el vaho malsano del petróleo se había convertido en una prolongación aún más encarnizada del encierro sufrido en el fiordo desolado. A pesar de que Liev Davídovich, Natalia y la escolta policial eran los únicos pasajeros de la embarcación, el inevitable Jonas Die y sus hombres se encargaron de mantener aislados a los deportados, impidiéndoles la comunicación por radio y vigilándolos incluso cuando se sentaban a la mesa del capitán Hagbert Wagge, tan orgulloso de llevar a bordo aquel pedazo de historia. Confinados en la cabina del comandante, Liev Davídovich y Natalia pasaron los días leyendo los pocos libros sobre México que habían conseguido gracias a Konrad Knudsen, tratando de vislumbrar lo que les aguardaba en aquel Nuevo Mundo, siempre violento y exaltado, donde el precio de la vida podía ser una simple mirada mal recibida y donde, según sabían, nadie los esperaba.

Cuando la costa cobró toda su nitidez, sus temores salieron a flote, y Liev Davídovich lanzó a Die una postrera exigencia: solo abandonaría el petrolero si venía en su busca alguna persona que le inspirara confianza. ¿Quién?, pensaba, cuando Jonas Die le dio la sorprendente respuesta de que iban a complacerlo, y él también se concentró en la observación de la costa.

Mientras el barco se acercaba al puerto de Tampico, se hizo visible la multitud intranquila que se congregaba en sus alrededores, punteada por los uniformes azules de la policía mexicana. Aunque hacía mucho que Liev Davídovich había superado el temor a la muerte, los gentíos exaltados siempre le obligaban a recordar el que había rodeado a Lenin en septiembre de 1918 y del cual había salido la mano armada de Fanny Kaplan. Pero un manto de alivio cayó sobre sus aprensiones cuando descubrió, en un extremo del espigón, las facciones de Max Shachtman, la estampa maciza de George Novack y la levedad irradiante de una mujer que no podía ser otra que la pintora Frida Kahlo, la compañera sentimental de Diego Rivera.

Apenas atracaron, los Trotski cayeron en un torbellino de júbilo. Varios amigos de Frida y Rivera, sumados a los correligionarios norteamericanos venidos con Shachtman y Novack, los envolvieron en una ola de abrazos y congratulaciones que obraron el milagro de hacer correr las lágrimas de Natalia Sedova. Conducidos a un hotel de la ciudad donde les habían organizado una comida de bienvenida, los recién llegados fueron oyendo el tropel de informaciones retenidas por Jonas Die, sin duda molesto por el carácter de las noticias: el general Lázaro Cárdenas no solo había concedido a Liev Davídovich asilo indefinido, sino que lo consideraba su huésped personal y, con el mensaje de bienvenida, le enviaba el tren presidencial para que los trasladara a la capital. A su vez, Rivera, que se disculpaba por no haber podido desplazarse hasta Tampico, les ofrecía, también indefinidamente, una habitación en la Casa Azul, la edificación que ocupaba con Frida en el barrio capitalino de Coyoacán.

Los vinos franceses y el rudo tequila mexicano ayudaron a Liev Davídovich y a Natalia en el empeño de saltar del mole poblano a las puntas de filete a la tampiqueña, del pescado a la veracruzana a la consistencia rugosa de las tortillas, coloreadas y enriquecidas con pollo, guacamole, ajíes, jitomates, frijoles refritos, cebollas y cerdo asado al carbón, todo salpicado con el fogoso chile que clamaba por otra copa de vino o un trago de tequila capaces de aplacar el incendio y limpiar el camino hacia la degustación de aquellas frutas (mangos, pinas, zapotes, guanábanas y guayabas) pulposas y dulces, insuperables para coronar el festín de unos gustos europeos deslumbrados por texturas, olores, consistencias y sabores que se revelaban exóticos para ellos. Abrumados por aquel banquete de los sentidos, Liev Davídovich descubrió cómo sus prevenciones se esfumaban y la tensión dejaba paso a una invasiva voluptuosidad tropical capaz de arroparlo en una molicie benéfica que su organismo y su cerebro agotados recibieron golosamente, según escribió.

Después de la siesta de rigor, se dispusieron a dar un paseo en auto con Frida, Shachtman, Novack y Octavio Fernández, el camarada que más había trabajado para que se les concediera el asilo. Sin embargo, los acogidos pronto volvieron a la realidad cuando vieron que el vehículo se colocaba en una caravana encabezada por el jeep descapotado donde viajaban, fusiles en mano, los miembros de la guardia presidencial. Liev Davídovich pensó que ni siquiera en el paraíso volverían a ser totalmente libres.

En el tren, Frida lo puso al día de las reacciones que estaba provocando su llegada. Tal y como era de esperar, la decisión del general Cárdenas había sido un acto de desafiante independencia, pues la había tomado en un momento de grandes tensiones políticas, en pleno proceso de reforma agraria y con la nacionalización del petróleo en su agenda. El decreto de acogida (cuya única y comprensible condición era que el exiliado se abstuviera de participar en los asuntos políticos locales) había sido un acto de soberanía mediante el cual el presidente expresaba la fidelidad a sus propias ideas políticas más que una simpatía por las del asilado. Pero aquella decisión había convertido a Cárdenas en objeto de las más disímiles acusaciones, que iban de los gritos de traidor a la Revolución mexicana y de aliado de los fascistas (proferidos por los comunistas y los líderes de la Confederación de Trabajadores, soporte tradicional del presidente), hasta la de anarquista rojo a las órdenes de Trotski (esgrimidos por una burguesía para la cual Trotski y Stalin significaban lo mismo y la llegada del primero confirmaba la ascendencia de «los rusos» sobre el presidente).

Un exultante Diego Rivera los esperaba en una pequeña estación cercana a México D.F. y desde allí, acompañados por otros policías y muchos amigos armados de botellas de coñac y whisky, emprendieron el camino hacia aquel extraño domicilio pintado de azul telúrico.

El primer conocimiento que Liev Davídovich había tenido de la obra de Rivera se había producido en París, durante los años de la Gran Guerra, cuando los ecos de la Revolución mexicana llegaron a Europa y, con ellos, las obras de sus pintores revolucionarios. Luego, había seguido con atención el fenómeno cultural del muralismo, del que incluso tuvo noticias en los días de su destierro en Alma Ata, cuando Andreu Nin le había enviado un hermoso libro sobre la pintura de Rivera que había perecido en el incendio de Prínkipo. En cambio, apenas tenía una noción superficial de la obra atormentada y simbolista de Frida, pero desde que se encontraron rodeados de sus pinturas, de un surrealismo muy personal, descubrió que su sensibilidad se comunicaba mucho mejor con el arte adolorido de la mujer que con la monumentalidad explosiva de Rivera.

Los anfitriones habían dispuesto para él la antigua habitación de Cristina Kahlo, la hermana de Frida. Cuando Rivera se había resuelto a cobijarlos, le compró a la joven una residencia cerca de la Casa Azul, por lo que advirtió a los Trotski que podían disponer a sus anchas de aquel espacio. La amabilidad de los pintores y el estado crítico de sus finanzas obligaron a Liev Davídovich a aceptar lo que, pensaba, solo sería un hospedaje temporal.

La Casa Azul ya había cobrado el aspecto de una fortaleza sitiada. Varias ventanas habían sido tapiadas y algunas paredes reforzadas y, tan pronto arribaron los exiliados, se dispusieron turnos de guardia. A los jóvenes trotskistas norteamericanos se les encargó el interior de la morada, mientras el exterior era custodiado por la policía local. No obstante, apenas instalados, Liev Davídovich empezó a sentir cómo lo envolvía un optimismo que ya creía extraviado, aunque se impuso, más por la agotada Natalia que por él mismo, tomar un respiro antes de lanzarse otra vez a la lucha que lo reclamaba.

Como tantas veces en su vida, la política se encargó de sacudirlo y recordarle que ni la posibilidad del más breve reposo le había sido conferida a Prometeo y a los que se atreviesen a estar cerca de su roca. Aquél era el sino que lo perseguiría hasta el último día de su vida.

Las radios y los periódicos comenzaron a anunciar que la sala penal montada en la Casa de los Sindicatos de Moscú volvía a abrir sus puertas para escenificar un nuevo episodio del grotesco estalinista. Al principio no se sabía el número de enjuiciados ni sus nombres, hasta que se especificó que eran trece, encabezados por el mismo Rádek que, con su retumbante capitulación, se había creído a salvo de las iras de Stalin. En la causa también aparecían encartados el pelirrojo Piatakov, Murálov, Sokólnikov y Serebriakov, aunque volvían a ser Liev Sedov y Liev Davídovich los principales reos en ausencia.

Desde que se inició el nuevo proceso, el 23 de enero de 1937, Liev Davídovich se encerró con la radio para tratar de desentrañar la lógica de aquel absurdo donde los procesados parecían competir con confesiones cada vez más humillantes y desquiciadas, que ahora añadían a las conspiraciones para derrocar al sistema o asesinar a Stalin la existencia de planes de sabotaje industrial, de envenenamientos masivos de obreros y campesinos, e incluso la firma de un pacto secreto entre Hitler, Hirohito y Trotski para desmembrar a la URSS. Los saboteadores fueron cargando sobre sus espaldas todos los fracasos económicos, el hambre y hasta los accidentes ferroviarios e industriales con los que habían agredido al país y a sus heroicos trabajadores y traicionado la confianza del Líder. Una de las acusaciones del proceso ubicaba a uno de los reos en París, recibiendo órdenes de Trotski justo cuando él se hallaba en Barbizon sin permiso para visitar la capital. Pero la piedra angular de la conspiración abortada descansaba sobre la confesión de Piatakov, quien aseguraba haber viajado de Berlín a Oslo en 1935 para celebrar en esa ciudad una cumbre contrarrevolucionaria con el renegado Trotski.

Obligado a salvar su responsabilidad en este asunto, el pusilánime gobierno noruego emitió un desmentido con pruebas de que el presunto avión de Piatakov, procedente de Alemania, nunca había aterrizado en Noruega en los sitios y las fechas declaradas por el fiscal y aceptadas por el acusado. Pero ya se sabía que las rabiosas imprecaciones del ex menchevique Andréi Vishinsky contra los perros rabiosos degenerados y malolientes para los que pedía la muerte iban a superar cualquier obstáculo o evidencia de la empecinada realidad… Liev Davídovich sabía, sin embargo, que aquel proceso insostenible escondía algún objetivo que iba más allá de la necesidad de reparar las contradicciones del anterior y eliminar a otro grupo de viejos bolcheviques: y algo de ese fin se le fue haciendo evidente a medida que se repetían en el juicio los nombres de Bujarin y sus compañeros de la difuminada Oposición de derechas. Más oscuro y difícil de entender se le antojó, en cambio, la mención de ciertos oficiales del Ejército Rojo, supuestamente vinculados, también ellos, a la conspiración trotskista, a la traición y el sabotaje.

Con aquel terremoto originado en Moscú se esfumó la tranquilidad de la Casa Azul. El exiliado organizó una rueda de prensa y, adelantándose a las previsibles sentencias, declaró su propósito de rebatir las acusaciones con pruebas incontestables. Esa declaración, por supuesto, no detuvo al tribunal y, antes de que Liev Davídovich lograra recabar un testimonio u obtener un solo documento probatorio, los jueces en Moscú dictaron las sentencias que contemplaban la pena de muerte para casi todos los reos y la sorpresiva condena a diez años para el incombustible Rádek, que volvía a salvar el pellejo, sabían solo Stalin y él a qué precio, y únicamente Stalin hasta cuándo.

Abrumado por la noticia de que tantos viejos compañeros de lucha iban a ser ejecutados, Liev Davídovich esgrimió la única arma que tenía a su alcance y volvió a pedir a Stalin que lo extraditara y llevara a juicio. Pero, como también esperaba, Moscú guardó silencio y ejecutó a los condenados con la rapidez y eficiencia habituales. Entonces él lanzó la siguiente piedra y pidió que se creara un comité internacional de investigación y repitió su disposición de comparecer ante una Comisión de Terrorismo de la Sociedad de Naciones y a entregarse a las autoridades soviéticas si alguno de esos organismos demostraba una sola de las acusaciones. Pero otra vez el mundo, atemorizado y chantajeado, calló. Convencido de que se jugaba la última carta, el exiliado decidió organizar él mismo un contraproceso donde denunciaría la falsedad de los cargos que se le imputaban y, a la vez, se convertiría en acusador de los verdugos de Moscú.

En su fuero interno, Liev Davídovich sabía que el contraproceso, si acaso, lograría marcar un rasguño en una piedra, pero se precipitó hacia él con la fe y la desesperación de un náufrago. Durante varias noches maduró la idea en largas charlas con Rivera, Shachtman, Novack, Natalia y el recién llegado Jean van Heijenoort, mientras Frida Kahlo entraba y salía de aquellas discusiones como una sombra inquieta. Cubiertos con ponchos, viendo cómo la pantagruélica voracidad de Rivera evaporaba botellas de whisky y devoraba platos de carnes ardientes por el chile, solían acomodarse en torno al naranjo que reinaba en el patio de la Casa Azul y debatían todas las posibilidades, aunque el principal desafío radicaba en hallar a las personas con suficiente autoridad moral e independencia política como para legitimar si no legal, al menos éticamente, un contraproceso que tal vez aún pudiera remover algunas conciencias del mundo.

Fueron los norteamericanos quienes propusieron convocar al casi octogenario profesor John Dewey para que presidiera el tribunal. A pesar de su prestigio como filósofo y pedagogo, a Liev Davídovich le pareció, sin embargo, un hombre demasiado ajeno a las interioridades de la política soviética. Mientras, Liova había comenzado a trabajar en París, tratando de obtener todas las pruebas posibles para rebatir las acusaciones: en unos pocos días la papelería enviada, más la que Natalia, Van Heijenoort y Liev Davídovich habían extraído de los archivos que habían viajado a México, implicaron una desproporcionada labor de análisis.

Liev Davídovich trabajaba abrasado por la fiebre de la desesperación y les exigió a sus colaboradores, y sobre todo a Liova, un esfuerzo sobrehumano. Dominado por la ansiedad, cualquier descuido lo enfadaba y llegó a calificar de negligencias ciertos fracasos y demoras de su hijo, sin importarle los llamados a la cordura de Natalia, encargada de recordarle las precarias condiciones en que vivía Liova en París, donde incluso se había visto obligado a publicar una declaración en la cual advertía de la vigilancia de que era objeto por parte de la policía secreta soviética. En realidad, lo que más había molestado a Liev Davídovich había sido recibir una carta donde su hijo le comentaba que toda aquella labor ingente le parecía inútil: aunque lograra que las figuras de más prestigio en el mundo certificaran su inocencia, el resultado no significaría nada para los que le creían culpable, y poco aportaría a quienes le sabían inocente. Liova pensaba, en cambio, que la difusión del folletoLos crímenes de Stalin, que su padre había comenzado a escribir, podría ser más efectiva que un juicio pedido por el propio acusado. En un arranque de ira, el ex comisario de la Guerra había calificado al joven de derrotista y hasta lo amenazó con relevarlo al frente de la sección rusa de la oposición. Liova le respondió con una nota donde le pedía disculpas por no poder estar siempre a la altura que él reclamaba.

La inquietud de Liev Davídovich recibió en ese momento un soplo de esperanza al que Natalia y él se aferraron con uñas y dientes. Gracias a un desertor de la antigua GPU que se había visto amenazado por las purgas iniciadas también en el interior del aparato represivo, Liova había logrado saber que su hermano Serguéi había sido detenido en Moscú durante la cacería que antecedió al último proceso. Aseguraba el informante que lo habían enviado a un campo de trabajos forzados en Siberia, acusado de planear el envenenamiento de obreros. En medio de la prolongada falta de noticias que el matrimonio había atribuido al peor desenlace, la noticia de que el muchacho (sin duda después de ser torturado) era lanzado al infierno en la tierra de un campo de trabajo cayó en la Casa Azul como una bendición. ¡Seriozha estaba vivo! En la privacidad de su habitación, jugaron la dolorosa partida de darse ánimos, y hablaron varias noches de las estrategias de supervivencia que aplicaría la mente lógica del joven y de la entereza que debía de haber mostrado a fin de no aceptar las confesiones que con toda seguridad habían tratado de hacerle firmar para llevarlo a juicio. Evitaron, sin embargo, las imágenes punzantes de Serguéi martirizado con los sistemas más crueles y no se atrevieron con las preguntas más lacerantes: ¿cómo habría resistido sin derrumbarse? (¿qué cosa es derrumbarse: confesar lo que no se ha hecho, enloquecer, dejarse morir?), ¿adónde habría llevado Serguéi los límites de su resistencia? (¿se derrumba primero el cerebro o el cuerpo?), ¿cuáles de aquellas torturas imaginadas le habrían aplicado o cuáles de las inimaginables, extraídas del infame catálogo de aquella policía criminal? (¿era Seriozha de los pocos que resistían y preferían morir antes de envilecerse?).

Liev Davídovich tampoco se atrevió a revelarle a Natalia, y menos aún a Liova, que el pesimismo comenzaba a vencerlo cuando comprendió el limitado alcance que tendría el contraproceso por el cual tanto habían trabajado. Ni las organizaciones sindicales ni la intelectualidad progresista, dominadas por la propaganda y los dineros de Moscú, habían aceptado participar y, con escepticismo, comprobó que sólo comités nacionales integrados por anticomunistas y antiestalinistas declarados se atrevían a brindarle su apoyo, mientras hombres como Romain Rolland proclamaban la integridad de Stalin, certificaban los métodos humanitarios de la GPU al obtener las confesiones y hasta desmentían que hubiera represión intelectual en la URSS.

Pero él sabía que, aun en esas condiciones, debía presentar aquel combate. Durante el reciente pleno del Comité Central, calientes todavía los cadáveres de los últimos fusilados, el oscuro Nikolái Yézhov, convertido en la estrella rutilante de la represión, había acusado a Bujarin y a Ríkov de preparar a grupos terroristas destinados a asesinar al Gran Conductor, por quien sentían «un odio perverso». En la estela abierta por Yézhov se había lanzado Atañas Mikoyán, otro de los perros de caza del zar rojo, pronunciado un discurso lleno de comentarios mezquinos sobre los dos viejos bolcheviques, en el cual llegó a asegurar que la tan cacareada relación de cercanía entre Bujarin y Lenin jamás había existido. Al final de la sesión (que, comentaban, Stalin había seguido en silencio y con rostro consternado por aquellas «revelaciones»), mientras Bujarin y Ríkov eran detenidos y conducidos a las cámaras del horror de la Lubyanka, se decidió crear una comisión de treinta y seis militantes, entre quienes estarían todos los miembros del buró político, con la misión de dictar un veredicto partidista contra los acusados. Entre los integrantes de la comisión, Liev Davídovich descubrió con dolor los nombres de Nadezhda Krúpskaya y María Uliánova, la viuda y la hermana de Lenin. Las dos mujeres, a las que Stalin había comenzado a agredir y marginar aún en vida del líder, infinitas veces habían visto a Vladimir Ilich hablar y discutir con Bujarin y ahora aceptaban en silencio las mentiras de Mikoyán, elaboradas por Stalin. Aquella sórdida jugada le permitió a Liev Davídovich ver algo que se le había escapado durante los juicios anteriores: Stalin también se había propuesto convertir a las pocas figuras del pasado que aún lo acompañaban no ya en sumisos comparsas de sus mentiras, sino en cómplices directos de su furia criminal: quien no fuese víctima, sería cómplice y, más aún, sería verdugo. El terror y la represión se establecían como política de un gobierno que adoptaba la persecución y la mentira como recursos de Estado y como un estilo de vida para el conjunto de la sociedad. ¿Así se construía la sociedad «mejor»?, se preguntaría, aunque ya conocía la respuesta.

Cuando John Dewey llegó a México, tras imponerse a infinidad de presiones políticas, pidió la información que le faltaba por leer y se negó a entrevistarse con Trotski. Recordó a la prensa que, ideológicamente, no compartía las teorías del procesado, y, como presidente de la Comisión, solo se atendría a ofrecer unas conclusiones a partir de las pruebas y testimonios presentados y que el único valor de aquel resultado sería de carácter moral.

El 10 de marzo, la Casa Azul tenía el aspecto de un campamento militar. Dentro de la edificación se había esfumado la armonía de objetos y colores al ser retirados los tiestos de plantas, los muebles de madera veteada y las obras de arte, para ceder espacio a miembros del jurado, periodistas y guardaespaldas. Fuera de la mansión se habían levantado barricadas y desplegado decenas de policías. La mañana de la apertura, ya a la espera de Dewey y los miembros del jurado, Diego Rivera observó el patio y, sonriente, le habló a su huésped de los sacrificios que debían hacerse por la revolución permanente.

Dewey mostró una energía que desafiaba sus setenta y ocho años. Nada más entrar en la casa, tras saludar a Diego y a Liev Davídovich, pidió comenzar: su función y la de los miembros del jurado, dijo, consistiría en oír cualquier testimonio que el señor Trotski tuviera a bien presentarles, interrogarlo y ofrecer después unas conclusiones. La pertinencia de aquellas sesiones, en su opinión, se basaba en el hecho de que el señor Trotski hubiera sido condenado sin la oportunidad de hacerse escuchar, lo cual constituía un motivo de grave preocupación para la Comisión y para la conciencia del mundo entero.

En ese instante se iniciaba, quizás, la semana más intensa y absurda de la vida de Liev Davídovich… No podía recordar que alguna vez se hubiera visto sometido al esfuerzo físico e intelectual de lidiar por horas y horas contra una lógica enfermiza como la que emanaba de las acusaciones pergeñadas en Moscú. Como todo el contraproceso se desarrolló en inglés, constantemente él temía no ser lo preciso o explícito que necesitaba y deseaba. En las noches apenas dormía dos o tres horas, cuando el cuerpo vencía a la mente; su estómago, afectado por la tensión y los litros de café bebidos, se le había convertido en una piedra de fuego clavada en el abdomen, mientras la presión arterial, ya intranquilizada por la altura, le había instalado un zumbido en los oídos y una dolorosa molestia en la base del cráneo. Al final del sexto día lo envolvió la impresión de hallarse en un lugar extraño, entre desconocidos que hablaban de asuntos incomprensibles, y creyó que desfallecería, pero sabía que hablar ante aquellas personas era su única alternativa, quizás la última ocasión de luchar en público por su nombre y por su historia, por sus ideas y por los restos mortales de una revolución traicionada.

Cuando llegó el momento de su alegato, el 17 de abril, los miembros de la Comisión vieron ante sí a un hombre extenuado que tuvo que pedir permiso a Dewey para permanecer sentado. Sin embargo, cuando se encarriló en el discurso, su vehemencia de los viejos tiempos retornó y los reunidos en la Casa Azul percibieron algunos de los destellos del Trotski que había conmovido a las masas en 1905 y 1917, de la pasión que le habían valido la devoción de tantos hombres y el odio eterno de otros, desde Plejánov hasta Stalin. Su primera conclusión fue que, de acuerdo con el actual gobierno soviético, todos los miembros del buró político que hizo triunfar la revolución y acompañó a Lenin en los días más difíciles de la guerra y la hambruna y habían puesto en marcha al país, hombres que habían sufrido cárcel, destierro, represiones incontables, en realidad desde siempre habían sido traidores a sus ideales y, más aún, agentes al servicio de potencias extranjeras deseosas de destruir lo que ellos mismos habían construido. ¿No era una paradoja que los líderes de Octubre, todos, hubieran resultado unos traidores? ¿O tal vez el traidor era uno solo y se llamaba Stalin? No se detendría a demostrar la falsedad, más aún, el absurdo de los hechos que le imputaban, dijo, pero debía recordar que los gobiernos de Turquía, Francia y Noruega habían corroborado que él no había desarrollado en sus territorios labor antisoviética alguna, pues había permanecido apartado e incluso confinado bajo vigilancia policial. Olvidado de sus debilidades físicas, se puso de pie: la combustión de las ideas debió de actuar como un resorte que lo proyectaba y daba fuerzas para llegar a la salida: la experiencia de su vida, recordó, en la cual no habían escaseado los triunfos ni los fracasos, no había destruido su fe en el futuro de la humanidad sino que, por el contrario, le había dado una convicción indestructible. Esa fe en la razón, en la verdad, en la solidaridad humana, que a la edad de dieciocho años llevó consigo a las barriadas de la ciudad provinciana de Nikoláiev, la había conservado plenamente, se había hecho más madura, pero no menos ardiente, y nada ni nadie, nunca, podría matarla.

Con la respiración agitada y la cabeza adolorida, volvió a ocupar su asiento. Sus ojos se habían posado en los del anciano profesor norteamericano y, por unos segundos densos, se sostuvieron la mirada. El silencio resultó dramático. Antes del alegato de Liev Davídovich, Dewey había prometido pronunciar unas conclusiones provisionales, pero ahora se mantenía como petrificado. Un sollozo de Natalia Sedova rompió el ensalmo. Por fin Dewey bajó la mirada y observó sus apuntes para susurrar que la vista quedaba cerrada hasta que elaboraran las conclusiones finales… Y agregó: todo lo que él pudiera decir hubiera sido un imperdonable anticlímax.

Apenas cerradas las sesiones, Liev Davídovich se vio obligado a acatar la orden de Natalia y salió hacia una casa de campo, en la hermosa ciudad de Taxco. Aunque había pedido a los secretarios que llevaran las escopetas de caza, era tal su fatiga que solo pudo dar unos paseos por la ciudad y, casi al final de la estadía, realizar una excursión a las pirámides del Sol y de la Luna de Teotihuacán. Por fortuna, los dolores de cabeza, la tensión sanguínea y los insomnios comenzaron a ceder, pero la vigilancia estricta de Natalia lo mantuvo en una reclusión que incluía el bloqueo de la correspondencia.

Cuando regresaron a Coyoacán, a Liev Davídovich lo sorprendió una sensación que no experimentaba desde los días de Prínkipo: volvía a un sitio deseado. Para un hombre que había vivido toda su existencia en constante movimiento, la noción tradicional del hogar había sido sustituida por la necesidad de un sitio propicio para trabajar, y la Casa Azul, con sus encantos y su atmósfera exótica, ejercía un magnetismo benéfico al que se añadía (Liev Davídovich nunca lo admitiría en sus escritos) el atractivo revoloteo de las hermanas Kahlo, cuyas atenciones habían despertado instintos que los años de lucha y aislamiento habían adormecido. Disfrutar de la belleza de Cristina y del halo misterioso de Frida, del olor a juventud que emanaba de ambas y de los diálogos en los que solía deslizar galanterías a veces torpes y elementales, se fue convirtiendo en una especie de juego adolescente capaz de volatilizar la noción de encierro y de convertir la cocina, los corredores, el patio de la casa, en lugares de encuentros sonrientes, mientras sentía que aquel retozo hacía retroceder la acechante vejez.

A la espera de las conclusiones de Dewey, Liev Davídovich siguió comprobando informaciones capaces de desarmar su presunta participación en la conspiración antisoviética. Se lamentó de que muchos de aquellos documentos no hubieran llegado a sus manos semanas antes, y la idea de que Liova había actuado con cierta indolencia lo colocó al borde de la ira. Decidido a castigar la imperdonable ineficiencia, delegó en sus secretarios la correspondencia con Liova, sabiendo que el joven captaría de inmediato la señal que transmitía su silencio.

Una noche de finales de marzo, terminada la cena, Natalia, Jean van Heijenoort y Liev Davídovich, junto a los moradores de la Casa Azul, prolongaron una de las amables veladas en las que, con frecuencia, se le exigía al exiliado que narrara los más disímiles recuerdos de su existencia. Como se sentía animado, se lanzó a relatar la historia de su relación con el mariscal Tujachevsky, el joven y elegante oficial que en los días de la guerra civil, gracias a su capacidad como estratega, había sido bautizado como «el Bonaparte ruso». Natalia, que conocía aquellos episodios y entendía poco y mal el inglés que utilizaban como lengua franca, fue la primera en retirarse, y de inmediato la siguió Rivera, quien ya almacenaba en su sangre una cantidad impresionante de whisky. Frida, vencida por el sueño, fue la siguiente, y entonces Van Heijenoort se esfumó, discretamente.

La sonrisa de Cristina, el vino ingerido y las ansias acumuladas por varias semanas de cercanía provocaron la previsible explosión. Más de una vez, en cenas y paseos, Liev Davídovich había deslizado una mano hacia las piernas o los brazos de Cristina, solo como un juego cariñoso, y ella, coqueta y delicadamente, siempre con una sonrisa, había impedido cualquier avance, aunque sin disuadirle del todo, sugiriendo quizás que escarceos y sonrisas eran parte de un rito de acercamiento al que por fin el hombre se lanzó esa noche. Entonces, para su sorpresa, ella lo detuvo y le pidió que no confundiera admiración y afecto con otros sentimientos. Sin entender la reacción de una mujer que hasta ese momento parecía aceptar sus insinuaciones, Liev Davídovich se quedó mudo, con los deseos congelados.

Molesto por el fracaso, avergonzado por haber cedido a un impulso que ponía en peligro su relación con los dueños de la casa y, peor aún, la solidez de su matrimonio, el hombre se llamó a la cordura para desterrar el alarido hormonal que lo había superado. Se impuso pensar si sus intenciones con la joven no habían sido más que una embriaguez pasajera provocada por el magnetismo de una piel tersa: una manifestación absurda de la fiebre de la cincuentena, se dijo.

Cuando Frida se enteró de lo ocurrido, ella misma asumió el papel de confidente y le ofreció el magro consuelo de ponerlo al día de los desmanes sexuales de su hermana, tan aficionada a aquellos juegos de calentamiento de varones e, incluso, al más sórdido engaño: Cristina había sobrepasado todos los límites cuando se metió en la cama con el mismísimo Diego, algo que Frida se había tragado aunque nunca les perdonaría ni a su marido ni a su hermana. La ternura y la comprensión de la pintora, salpicadas de coquetería, llevaron a Liev Davídovich a preguntarse si no habría calibrado mal sus posibilidades, y empezó a redirigir sus intenciones, que pronto adquirieron una vehemencia avasalladora, capaz de alterar sus horas de vigilia y de sueño con la imagen de la mujer que le había confiado tan íntimas revelaciones.

Envuelto en la tupida tela de araña del deseo, Liev Davídovich debió acudir a toda su disciplina para concentrarse en el trabajo. La presencia de Frida y la atmósfera misma de la Casa Azul lo inducían a la molicie y las divagaciones, cuando tantos compromisos políticos y problemas económicos lo reclamaban. Quizás el hecho de haber pospuesto la redacción de la biografía de Lenin por empeñarse en la de Stalin, de la cual había cobrado unos adelantos, también afectó a su ritmo de trabajo. Investigar en los archivos y hurgar en su memoria todo lo relacionado con aquel ser oscuro le resultaba una tarea ingrata, y, aunque pretendía convertir el libro en una granada contra el Sepulturero, en el fondo sentía que se rebajaba al dedicarle su inteligencia y su tiempo.

Un extraño y confuso suceso ocurrido en Barcelona el 3 de mayo consiguió centrar su atención en lo que ocurría en España. Desde hacía varios meses, el escenario de la guerra civil se había convertido en un terreno de confrontación política entre los grupos que combatían a favor de la República, y Liev Davídovich había advertido la mano de Moscú detrás de acusaciones y debates entre las facciones. No podía ser casual, escribiría, que poco después de iniciadas las purgas en Moscú y anunciado el apoyo militar a la República, dependiente de las armas y asesores soviéticos, se hubiese desatado una campaña contra los reales y supuestos trotskistas españoles, a quienes se les asediaba con la misma saña y las mismas acusaciones, casi con las mismas palabras con que habían sido juzgados los bolcheviques en la URSS. Su viejo amigo Andreu Nin, de quien se había distanciado por diferencias tácticas, había sido uno de los primeros expulsados del aparato gubernamental, mientras su partido, el POUM, se convertía en blanco de ataques propagandísticos más acerbos que los proferidos contra los militares fascistoides.

En el tumulto de informaciones censuradas y contradictorias llegadas desde Barcelona, el olfato del viejo revolucionario pudo advertir que lo ocurrido en torno al control militar del edificio desde el que se regían las comunicaciones de la República solo había sido un pase de castigo que escondía y a la vez aceleraba el objetivo de la corrida: matar al toro de la oposición y doblegar al gobierno a la voluntad soviética, lo que le permitiría a Stalin convertirse en protagonista imprescindible del juego político europeo. Por ello no se extrañó cuando supo que los primeros en ser colocados en la picota habían sido los militantes del POUM: era evidente que la agresividad con que los comunistas españoles se lanzaron a su liquidación se debía, más que a viejas pugnas o a la necesidad de lograr un gobierno unido, a la obsesión del amo del Kremlin por el control (más deseado incluso que la derrota militar de Franco y de sus fascistas de segunda).

En los últimos días de aquel mayo turbulento llegaron a Coyoacán varios ejemplares de la recién salida edición deLa revolución traicionada. Los Rivera, para celebrarlo, invitaron a los Trotski y a otros amigos a cenar en un restaurante del centro. Como sus ánimos andaban muy restablecidos, Liev Davídovich había comenzado a hacer uso de la libertad de movimientos que le concedían las autoridades mexicanas. Con cierta frecuencia viajaba a la abigarrada ciudad, acompañado por dos o tres guardaespaldas, camuflado en el asiento trasero de un automóvil y cubierto por un sombrero y un pañuelo que le ocultaba hasta la barbilla. Aun así, había disfrutado de esas excursiones y, algunas noches, incluso, se había dedicado a recorrer las calles del centro para diseccionar el pesado barroco de la catedral, el ambiente de las cantinas y su música de mariachis, y la elegancia de los viejos palacios virreinales, siempre perseguido por el olor de las tortillas puestas al fuego en cada esquina de la ciudad. La animación de México le parecía la de un mundo pujante, sostenido sobre un profundo mestizaje cultural que, sin embargo, no sería capaz, en siglos, de derribar las barreras que separaban a las razas convivientes.

La noche de la celebración, luego de la cena, los convocados caminaron por los callejones del centro, leyendo las proclamas políticas que cubrían las paredes, donde igual acusaban a Cárdenas de traidor y comunista, que le daban su apoyo y lo instaban a seguir hasta el final. El nombre de Trotski, como era de esperar, aparecía en varias de esas pintadas, que iban, también, de los vivas a los muera, de las bienvenidas a los fuera de México. Pero esa noche Liev Davídovich no estaba interesado en los carteles ni en los descubrimientos de la ciudad: lo que en realidad buscaba era la cercanía de Frida. El vértigo sensorial en que había caído reclamaba un desahogo que comenzó a perseguir con vehemencia. Aunque el físico de la pintora imponía la barrera de una deformidad que debía valerse de corsés ortopédicos y de un bastón para auxiliar la más afectada de sus piernas, quizás precisamente por aquellas limitaciones la mujer asumía el sexo y la sensualidad de un modo agresivo, desbordado, y cuando Liev Davídovich supo que su moralidad abierta incluso le había permitido volcar sus ansias en relaciones homosexuales, el duende pervertido de la virilidad se había desatado en elucubraciones descarnadas y en unas ansias más urgentes que todas las sentidas en su juventud o en sus días de poderoso comisario, cuando tantas compañeras de lucha le habían brindado un solidario desahogo de las tensiones y fervores acumulados.

De los poemas y cartas de amor, ocultos entre las páginas de los libros que solía recomendarle a Frida, los reclamos de Liev Davídovich ya exigían un ascenso hacia lo concreto. El fuego que lo impulsaba ardía con tal fuerza que había logrado incluso superar el temor de que Natalia sospechara de sus devaneos. Y aquella noche de jolgorio, mientras Diego, Natalia, los amigos sumados al paseo y los secretarios entraron al edificio donde se hallaba uno de los murales de Rivera, él se hizo el demoradizo y, sin que mediaran palabras, detuvo a Frida contra la fachada y la besó en los labios mientras, entre respiro y respiro, le repetía cuánto la deseaba. Con total conciencia, en ese momento Liev Davídovich se estaba lanzando al pozo de la locura y poniendo en peligro todo lo trascendente de su vida: pero lo hizo feliz, orgulloso, temerario y sin el menor sentimiento de culpa, se diría después, convencido de que, al fin y al cabo, había valido la pena haber gastado en aquella orgía de los sentidos los mejores cartuchos de las últimas reservas de su virilidad.

17

Ramón Mercader estaba convencido de que París era la ciudad más fatua del mundo y que los franceses y su gobierno socialista estaban traicionando a España, negándole el apoyo salvador que la República pedía a gritos. Pero se sintió satisfecho cuando Tom le abrió la puerta del departamento del último piso de la calle Léopold Robert y descubrió cómo desde las ventanas del ala norte podía ver el bulevar Montparnasse mientras desde el balcón, mirando al sur, se entreveía el bulevar Raspail, a la altura del Café des Arts.

– Está muy bien, ¿no? -comentó Tom, mientras le entregaba las llaves-. Céntrico y discreto, muy burgués pero un poco bohemio, como te corresponde.

– A Jacques Mornard le gusta -admitió, y observó las mesas y estantes de madera, desangelados por la falta de adornos, las paredes vacías donde debía colgar algunas fotos-. Él tiene que empezar a hacerlo suyo.

– Tienes tiempo para aclimatarte. Dos o tres meses, creo.

Jacques encendió un cigarrillo y recorrió la habitación, el cubículo del retrete, el cuarto de baño y la pequeña cocina donde una puerta acristalada dejaba ver el balcón de servicio que daba al patio interior del edificio. Regresó a la sala con un platillo de café que haría las veces de cenicero hasta tanto adquiriese los enseres necesarios, más afines a sü personalidad. En ese instante lo invadió una sensación desconocida, pues desde que Caridad comenzara sus fugas, más de diez años atrás, él nunca había vuelto a tener nada parecido a lo que los burgueses se empeñan en llamar un hogar.

– Me voy a mi hotel -dijo Tom, lanzando un bostezo-. ¿Vas a descansar?

– Necesito comprar algo de comer. Leche, café…

– Muy bien. Nos vemos esta noche. A las ocho, delante de lafontaine Saint Michel. Te tengo una sorpresa -y, con más dificultad que otras veces, se puso de pie.

– ¿Cuándo me vas a contar lo que te pasó en esa pierna?

Tom sonrió y abandonó el piso.

Jacques abrió su única maleta. Sacó las camisas y el traje de cachemir inglés y los tendió sobre una butaca, para que se airearan y recobraran su forma. Bajó a la calle y cruzó el bulevar Montparnasse para entrar en la Closerie des Lilas, casi vacío a media mañana. Pidió un vaso de leche caliente, un croissant y una taza de café. Empleó su mejor acento belga y recordó que no era necesario exagerar. En cualquier caso, tendría tiempo para limar aquellos defectos menores, se dijo, mientras dejaba caer en el bolsillo de su chaqueta el cenicero de la mesa vecina, grabado con el nombre del café.

Antes de deshacerse de Grigoriev, su mentor le había explicado que durante su viaje a Nueva York había puesto en marcha el sinuoso pero casi seguro camino de Jacques Mornard hacia el renegado Liev Trotski: a Ramón le pareció tan rebuscado e improbable que llegó a pensar si todo aquello no era una ficción. Grigoriev le había contado cómo bajo la identidad de míster Andrew Roberts había entrado en contacto con Louis Budenz, el director delDaily Worker. En otras ocasiones Budenz había colaborado con los servicios secretos soviéticos, y ahora Roberts necesitaba de él algo tan simple y tan difícil como que le enviara a París a una joven llamada Sylvia Ageloff, miembro activa de los círculos trotskistas norteamericanos, hermana de otras dos fanáticas, que, incluso, habían trabajado muy cerca del exiliado. Por supuesto, no le comentó para qué requería a Sylvia en Francia, y aunque Budenz solo conocería de la necesidad de mover a la trotskista, Roberts le recalcó que todo debía hacerse con la mayor discreción y creyó suficiente advertencia recordarle que, de aquella petición, nadie salvo ellos dos sabía una palabra. Louis Budenz se había comprometido a darle respuesta cuanto antes.

Esa noche, cuando abandonó el autobús y pasó ante el Odéon rumbo a lafontaine Saint Michel, Jacques Mornard sintió cómo penetraba en el corazón de una ciudad en efervescencia. Para los parisinos la guerra que se vivía del otro lado de los Pirineos y la que se anunciaba en el horizonte europeo estaban tan lejanas como el planeta Marte. La nuit parisienne mantenía su animación y, mientras esperaba junto a la fuente, Jacques se sintió rodeado de vida.

Tal vez el instinto o una llamada telúrica de la sangre lo hizo volverse: de inmediato la descubrió entre la gente, mientras se acercaba del brazo de Tom. Notó cómo su nueva identidad se removía con la sola presencia de aquel alarido que respondía al nombre de Caridad del Río. Cuando la mujer estuvo frente a él, sonriente y orgullosa, vestida con una elegancia que ahora le resultaba incongruente (aquellos zapatos de taco alto y piel de cocodrilo, por Dios), y susurró en catalán un«Mare meva, quin home més ben plantat!», él adivinó lo que venía: ella lo tomó por el cuello y lo besó en la mejilla, con la precisión malévola capaz de ubicarle el calor de su saliva en la comisura de los labios. Aunque Jacques Mornard trató de mantenerse a flote, Caridad había soltado las amarras de un Ramón que seguía emergiendo de sus profundidades arrastrado por aquel invencible sabor de anís.

A sugerencia de Tom, que esa noche no cojeaba en absoluto, buscaron labrasserie Le Balzar, en la calle Des Ecoles, donde alguien los estaría esperando. Caridad avanzaba entre los dos hombres, satisfecha, y Ramón decidió no volver a flaquear, al menos de manera evidente y delante de Tom. Quería preguntar por el pequeño Luis, a quien suponía todavía en París, y por Montse, que en algún momento le había comentado su intención de viajar a Francia. ¿Sabría Caridad algo de África, de la pequeña Lenina?

Al entrar en labrasserie un hombre con el cráneo rapado y brillante se puso de pie y los recién llegados, precedidos por Tom, avanzaron hacia la mesa que ocupaba. Después de estrecharle la mano al hombre, Tom los presentó, hablando en francés:

– Nuestra camarada Caridad. Este es George Mink -y volviéndose hacia su pupilo-: Jacques, George será tu contacto en París.

– Bienvenido, monsieur Mornard. Le deseo una agradable estancia en la ciudad.

Mientras bebían los aperitivos, a instancias de Tom, Caridad comentó cómo estaban las cosas en España, unos pocos días antes. Según ella, el Ejército Popular seguía mostrando debilidades, achacables a una causa concreta: el sabotaje enemigo. Mink, como si no entendiera, comentó que ya aplastados los trotskistas y los anarquistas, no se explicaba a qué enemigos se refería, y ella saltó: a los incapaces que todavía nos gobiernan.

– El ejército está ahora armado por los soviéticos y dirigido en un ochenta por ciento por oficiales comunistas -subrayó Caridad, mirando directamente a Tom-, pero aun así seguimos perdiendo batallas y los fascistas han llegado al Mediterráneo; han partido en dos la península. La única explicación es que al corazón de la República le falta la pureza ideológica necesaria para ganar la guerra. En España hacen falta más purgas.

– Pobre España -dijo Tom y de momento Jacques no supo a qué se refería-. Ya hay asesores soviéticos hasta en los baños públicos, y los comunistas españoles son los que halan la cadena. Si prácticamente controlamos el ejército, la inteligencia, la policía, la propaganda, ¿a quiénes van a purgar ahora?

– A los traidores. Ya nos quitamos de arriba a Indalecio Prieto. Todo el tiempo estuvo haciéndonos la guerra. Se pasaba el día diciendo que los comunistas somos como autómatas que obedecemos las órdenes del comité del Partido. Era peor que cualquier quintacolumnista…

– A veces Prieto me parecía un iluminado -dijo Tom, con un suspiro-. Nunca había visto un ministro de la Guerra más convencido de que no iba a ganar la guerra… Pero el verdadero problema es que ustedes, los comunistas españoles, no saben ganar. ¿Te has oído cómo hablas, Caridad? Pareces un puñetero editorial de periódico. Ahora todos hablan así… ¿Y quién va a pagar el desastre de España? Pues nosotros: Pedro, Orlov, yo y los demás jefes de los asesores. Pero la verdad es que nos estamos cansando de oírlos hablar y hablar y tener que empujarlos todos los días.

Jacques Mornard había sentido el latigazo en la espalda de Ramón. Con razón o sin ella, los golpes siempre iban a caer sobre las cabezas españolas, pensó, pero se mantuvo en silencio.

– No sé qué clase de comunistas son ustedes -siguió Tom, como si drenara un viejo resentimiento-. Dejan que otros les digan qué deben hacer y que los traten como a niños. Los lobos del Komintern siguen cortando el pastel. ¿Y por qué lo hacen? Porque ustedes no se deciden a mandarlos a la mierda y a hacer las cosas como deben.

– Y si los mandamos a la mierda -comenzó Ramón, sin lograr contenerse en aquel instante- a ellos y a vosotros, ¿con qué nos enfrentamos a las unidades italianas y a la aviación alemana? Sabes que dependemos de vosotros, que no tenemos alternativa…

Tom miró directamente a los ojos de su pupilo. Era una mirada penetrante y fácil de decodificar.

– ¿Qué te pasa, Jacques? Te veo alterado…, un hombre como tú…

Jacques Mornard percibió la intención punzante de aquel tono de voz y sintió que lo embargaba la impotencia, pero hizo un último esfuerzo por salvar su dignidad.

– Es que siempre somos los culpables…

– Nadie ha dicho eso -el tono de Tom había cambiado-. Casi desde la nada han avanzado hasta donde están, hoy son el partido más influyente en el bando republicano, y siempre van a contar con nuestro apoyo. Pero tienen que madurar de una vez.

– ¿Cuándo vuelves a España? -preguntó Mink aprovechando el momento de distensión, y Tom suspiró.

– En dos días. Preparo las cosas aquí y me vuelvo a ir. Yézhov insiste en que siga trabajando con Orlov. Pero me cuesta tener la mente en dos asuntos… Tengo una sola cabeza y me la estoy jugando en dos partes.

Caridad lo miró y, con una cautela impropia en ella, comentó:

– Entre la gente se rumorea que los asesores nos están dejando a nuestra suerte. Hasta se habla de la mala voluntad de algunos…

– Los que dicen eso son unos ingratos… Yo quiero irme porque tengo otra misión. He sudado sangre en España y he puesto mi pellejo delante de los tanques italianos en Madrid cuando nadie daba una peseta por la ciudad… -Tom bebió una copa del vino que habían servido y miró el mantel, de un blanco refulgente, como si buscara la mácula inexistente-. Nadie puede decir que quiera abandonarlos…

El silencio se estancó sobre la mesa y Mink se lanzó sobre él, mientras rellenaba su copa vacía.

– Yo sé que lo de España duele, pero nosotros tenemos otros problemitas, como el de escoger los platos, ¿no? Les recomiendo lachoucroute alsaciana, las salchichas que trae son de primera. Aunque yo me decanto por el cassoulet, me encanta el pato…

Antes de que Tom volviera a ponerse la piel de Kotov y regresara a España, Jacques recibió un consejo que en realidad era una orden: debía borrar España y su guerra de la cabeza. Para Jacques Mornard lo que ocurría al sur de los Pirineos solo serían noticias leídas en los periódicos. Ramón no podía permitir que aquella pasión aflorara y resquebrajara su identidad, ni siquiera en los círculos más íntimos, y, como medida preventiva, Tom le prohibió ver o hablar con Caridad hasta que él lo autorizase. La sutil maquinaria que había echado a andar hacía inadmisible la existencia de esa clase de deslices sentimentales y patrióticos: Ramón Mercader había demostrado ser capaz de colocarse por encima de esas debilidades y sus pasiones no debían salir de la oscuridad hasta que no fueran convocadas por una causa mayor, quizás la misma causa mayor.

George Mink, con su fachada de hijo de ucranianos emigrados a Francia en los días de la guerra civil rusa, se encargó desde entonces de ubicar a Jacques en el mundo parisino que le correspondía. Frecuentaron durante semanas los locales de la bohemia de la Rive Gauche, el hipódromo donde Jacques practicó sus conocimientos teóricos sobre las apuestas, recorrió las calles históricas y ahora degradadas de

Le Marais, intimó con las coristas del Moulin Rouge invitándolas a champán y recorrió al timón las calles de París aprendidas de los planos estudiados en Malájovka. Como si visitase un santuario, George lo llevó al Gemy's Club, donde Louis Leplée presentaba su gran descubrimiento, laMôme Piaf, una mujercita volátil y un tanto desgreñada que, con una voz enorme, entonaba canciones llenas de frases comunes y de metáforas atrevidas que, sin embargo, dejaron impávido y aburrido al belga. Con Jacques al volante visitaron Bruselas y Lieja, los fabulosos castillos de la cuenca del Loira y entrenaron el paladar del joven con los chocolates belgas, los vinos y quesos franceses, los rotundos platos normandos y los sutiles aromas de la cocina provenzal. El departamento de la calle Léopold Robert tomó un aspecto aburguesado e informal y Jacques se vistió con el arte de unos sastres judíos alemanes recién instalados en Le Marais, y llegó a tener en su guardarropa doce sombreros. Todo el tiempo se mantuvieron alejados de los círculos políticos franceses, del mundo de los emigrados rusos y de los cenáculos de los republicanos españoles, donde pululaban los espías de todos los servicios secretos del planeta, como si hubiesen sido convocados a una convención general del mundo de las tinieblas.

Cuando Tom regresó, a principios de junio, observó con satisfacción cómo su criatura rozaba la perfección y se sintió satisfecho de haber sabido descubrir en un primitivo comunista catalán aquel diamante que pulía como la joya más exquisita. Cumplida su estancia en España, Tom había vuelto a Nueva York, para saber que la línea de Sylvia Ageloff había sido activada y comenzaría a correr durante el mes de julio, cuando la muchacha, profesora dehigh school, tomara sus vacaciones de verano y, gracias al entusiasmo y la generosidad económica de su vieja amiga Ruby Weil, emprendiera el viaje de sus sueños a París. Sin decirle quién era la persona fotografiada, Tom le entregó a Jacques un retrato de Ruby Weil y vio que los ojos del joven se iluminaban.

– No está nada mal -admitió.

Tom sonrió y, sin hacer comentarios, le entregó una segunda foto donde se veía a una mujer cercana a los treinta, con gafas de aro redondo y cristales gruesos, el rostro delgado cubierto de pecas y el pelo lacio, caído sin gracia, por el que asomaban las puntas de las orejas.

– No todos los vinos son de Burdeos, Jacques… -dijo Tom, sin dejar de sonreír-. Ésta es Sylvia Ageloff, tu liebre. Bien cocinada, va y hasta sabe bien.

Para suavizar la conmoción, Tom le contó que también había estado en México, donde otras líneas de la operación ya se habían puesto en marcha. Mientras los hombres del Komintern le habían asignado al Partido Comunista la misión de exaltar los ánimos populares en contra de la presencia del renegado en el país, cuatro agentes, todos españoles, habían sido sembrados en la capital para llevar a cabo la operación si se daba la orden y si sus posibilidades de éxito se consideraban reales.

– Quizás estés viviendo las mejores vacaciones de tu vida, en París, lejos de la guerra, con dinero para gastar a manos llenas. Si tienes que roer este hueso -golpeó con la uña el rostro fotografiado de Sylvia Ageloff, y sonrió-, y si al final no te toca encargarte del trabajo, te haremos un buen descuento en tus deudas.

Jacques pensó que había sacrificios peores, y con ese consuelo se dispuso a esperar la llegada de la mujer que, si la suerte le correspondía, sería su conducto hacia el remoto Coyoacán y, tal vez, hacia la historia.

Desde comienzos de julio, Tom y Mink se habían esfumado y aquellos días de espera del momento cero, apaciblemente veraniegos, fueron para Jacques Mornard unas jornadas lentas, ensombrecidas por la crisis galopante que vivía la coalición del gobierno del Frente Popular en Francia, pero, sobre todo, por las cada vez peores noticias que iban llegando desde España, donde había comenzado la evacuación de voluntarios de las Brigadas Internacionales sin que el Ejército Popular, a pesar de la intrépida campaña del Ebro, lograra hacer retroceder a las tropas franquistas y consiguiera expulsarlas de la franja que habían abierto hasta el Mediterráneo. Los residuos del Ramón aún palpitantes en Jacques no podían dejar de enervarse ante aquellos fracasos, pero su disciplina había logrado mantenerlo alejado de los sitios donde se reunían los voluntarios evacuados, antes de partir de regreso a sus respectivos países. A Ramón le habría gustado escuchar sus historias, respirar su ambiente.

El día 15 de julio, sin que Jacques lo esperara, un Tom pálido y alterado había ido a verlo al departamento de la calle Léopold Robert. Sin saludarlo siquiera, le dijo que se había presentado una grave contingencia: todo parecía indicar que Orlov, el jefe de los asesores de la inteligencia soviética en España, había desertado. En aquel instante, por primera vez Jacques vería un resquicio de debilidad en aquel hombre al que tanto admiraba por su aplomo ante cualquier circunstancia. Pero muy pronto entendió las dimensiones del desastre que lo atormentaba.

– Estamos detrás de él, pero el cabrón conoce todos los métodos y cómo hacer las cosas. Sabemos que está en Francia, quizás aquí mismo, en París, y la verdad es que creo que se nos va a escapar.

– ¿Estáis seguros de que ha desertado?

– No tenía otra alternativa.

– ¿Y no era un hombre de confianza?

– Tanto, que conoce toda la red de espionaje soviético en Europa.

Jacques sintió una sacudida.

– ¿También sabe de mí?

– No -lo tranquilizó Tom-. Tú estás fuera de su alcance. Pero los camaradas que están en México no. No te imaginas lo que sabe Orlov. Como dicen en España, el puñetero nos dejó con el culo al aire… Es un desastre.

– Te juro que no lo entiendo: ¿Orlov era un traidor?

Tom encendió un cigarrillo, como si necesitara aquella pausa.

– No, no lo creo, y eso es lo peor. Lo obligaron a desertar. Lo que pasó ahora fue que el loco de Yézhov le mandó un telegrama a Orlov diciéndole que debía venir a París, tomar un auto de la embajada y presentarse en Amberes para abordar un barco donde celebraría una reunión muy importante con un enviado suyo. Orlov ni siquiera tenía que ser demasiado inteligente para olerse que si se presentaba iba a terminar fusilado, como Antónov-Ovseienko y los otros asesores que Yézhov mandó a buscar. El día 11 salió de España y se esfumó.

Jacques Mornard sintió que la cabeza le daba vueltas. Algo demasiado enfermizo y descabellado estaba sucediendo y, por lo que le decía Tom, las consecuencias podían ser imprevisibles.

– Si Beria y el camarada Stalin no paran a Yézhov, todo se va a ir a la mierda.

– ¿Y por qué no lo paran de una vez, coño? -se exaltó Jacques.

– ¡Porque Stalin no quiere, carajo! -gritó Tom, tirando al suelo el cigarrillo-. ¡Porque él no quiere!

Tom se puso de pie. La furia que lo dominaba era desconocida para Jacques, que permaneció en silencio hasta que el otro, recuperado el control, volvió a hablar.

– Tu plan sigue en pie. Orlov ni siquiera sabe que existes y ésa es nuestra garantía. Ahora es más importante que nunca que lo hagas todo bien. Mientras no sepamos dónde está Orlov y qué información va a soltar, estamos en el aire. Por lo pronto hemos puesto en cuarentena a tres de los camaradas que están en México y hemos sacado definitivamente al otro… Orlov conocía personalmente a ese agente. Él mismo lo recomendó para algún trabajo de máxima responsabilidad.

Jacques siguió callado. Sabía que Tom necesitaba descargar todas esas tensiones, y lo hacía frente a él porque confiaba en su discreción y requería más que nunca de su inteligencia.

– Voy a decirte algo de lo que te ibas a enterar en algún momento, y ya no tiene sentido que no sepas. Ese agente que sacamos de México es una mujer y trabajaba con el nombre de Patria. Llegado el momento, de haber sido necesario, ella y tú habrían trabajado juntos…

Ramón se sobresaltó. ¿Sería posible que un disparate de Yézhov lo hubiera privado de algo tan hermoso con lo que ni siquiera habría podido soñar?

– ¿Estás hablando de…?

– África de las Heras. Cuando tú llegaste a Malájovka, ella estaba en la cabaña 9. Salió de allí dos meses antes que tú. Orlov no sabe dónde está, pero él la conoce y no podemos arriesgarla. Es demasiado valiosa.

Ramón Mercader se puso de pie y fue hasta el ventanal desde donde se veía el bulevar Montparnasse. Estaba cayendo la tarde y los cafés, con sus mesas al sol, se habrían llenado de parroquianos, despreocupados y apacibles, que hablarían de grandes y pequeñas cosas de sus vidas, tal vez anodinas pero propias. Saber que durante semanas había tenido a África a treinta metros de él sin que les permitieran verse no resultaba una noticia reconfortante. Era una mutilación, otra más, de las muchas que había tenido que sufrir para llegar al punto oscuro de su vida en que se hallaba: sin pasado, sin presente, con un futuro en el que dependería de las decisiones de otros, de los rumbos intangibles de la historia. Ramón se volvió y miró a Tom, que, con la cabeza baja, volvía a fumar.

– Vete tranquilo. Yo me encargo de que mis cosas sigan su rumbo. No te voy a fallar… ¿Y ella está bien?

Tras el mostrador del bar estaba el espejo más largo, impoluto y preciso que Ramón Mercader recordaría en su vida. Fue su espejo de referencia, con el que compararía todos los demás espejos del mundo, el espejo donde tantas veces hubiera querido verse, especialmente la gélida mañana moscovita de 1968 en que, sintiendo el dolor abrasivo en su mano derecha y observando su reflejo en los nuevos cristales del mausoleo del dios de los proletarios del mundo, vislumbró el vacío que acechaba a su vida de tinieblas: entonces pensó que si hubiera estado frente al espejo mágico del Ritz, seguramente se habría visto, como en aquellas tardes de 1938, cuando era Jacques Mornard y andaba con su fe y su salud intactas, luciendo un traje de muselina o un dril crujiente por el almidón, henchido de orgullo al saberse en el centro del combate por el gran futuro de los hombres.

Antes de partir, Tom le había explicado, con su habitual meticulosidad para programar el futuro, cómo transcurriría aquel primer encuentro con Sylvia Ageloff y Ruby Weil: la tarde del 19 de julio, Jacques se toparía con las mujeres en el bar del hotel Ritz, donde Ruby y Sylvia entrarían acompañadas por la librera Gertrude Allison, para que él, aprovechando su relación de cliente de Allison, fuera presentado a las turistas y las invitara a una copa. En ese instante Sylvia caería en la mira del fusil del belga; a partir de ese momento, el modo en que la presa sería abatida solo dependería de las habilidades y del pulso sin nervios de Jacques Mornard.

Pero aquella tarde, acodado frente a un gintonic apenas bautizado con ginebra, otra vez pensaba que tal vez el brusco cambio de actitud de África, cuando se separaron en Barcelona, no tuviera nada que ver con otros hombres y solo se hubiera debido a órdenes de cortar con sus antiguas relaciones antes de enrolarse en su nueva misión. Aliviado por aquella idea, contempló a través del espejo la entrada bulliciosa y sonriente de cuatro mujeres. Reconoció a Allison, a la rubia Ruby Weil, y se dijo que la joven alta debía de ser Marie Crapeau, una francesa amiga de la librera. Enfocó entonces a la pecosa con gafas, de piel lechosa, que escondía su delgadez extrema bajo una saya ancha de pliegues y una blusa de vuelos, y sintió cómo rebotaba en el vidrio perfecto la abrumadora fealdad de Sylvia Ageloff. Las vio sentarse a una mesa y decidió que debía voltearse para observar, como los otros parroquianos, a las mujeres que llegaban con tal alboroto. Comprendió que en ese instante Jacques Mornard iba a alcanzar su mayoría de edad.

Gertrude Allison dio un grito de auténtica sorpresa:

– ¡Pero miren quién está ahí!… ¡Hola, Jacques!

Sonriente, con su copa en la mano, se acercó a las mujeres dejando que su encanto personal, su elegancia y su perfume se desplegaran y comenzaran su trabajo. Gertrude hizo las presentaciones y cuando él estrechó la mano de Sylvia tuvo la sensación de tocar un pájaro diminuto y endeble. Gertrude Allison le explicó quiénes eran sus dos amigas norteamericanas, de visita en París, y lo conminó a sentarse. Él no quería interrumpir la fiesta, pero a tanta insistencia… con la condición de que le aceptaran la invitación a un trago.

– Jacques es fotógrafo -explicó Gertrude-. ¿Sigues trabajando paraCe Soir?

– Siempre que me piden algo -dijo, sin darse importancia.

Gertrude se volvió hacia las mujeres y explicó:

– Es de los afortunados que no necesitan trabajar para vivir.

– No tanto -matizó él, modesto.

– Pero déjame decirte que acá las amigas -señaló a Sylvia y Ruby-prefieren a los machos obreros, bien sudados y peludos… Ellas son marxistas, leninistas y varios «istas» más…

– Trotskista -Sylvia apenas sonrió, pero no pudo contenerse-. Yo soy trotskista -repitió y Jacques recibió en sus oídos la voz cálida pero cortante de la mujer.

– En la ducha canta «La Internacional» -concluyó Gertrude Allison y todos, incluida Sylvia, sonrieron distendidos.

– Las felicito -dijo, haciendo evidente su desinterés-. Me encantan las personas que creen en algo. Pero a mí la política… -y apoyó la frase con un encogimiento de hombros-. Me interesan más las canciones en la ducha…

El mantel estaba puesto y Jacques se encargó de ordenar los platos y repartir los cubiertos. Media hora después, cuando Gertrude y Marie se marcharon, él decidió acompañar un rato más a las turistas y, al despedirse, quedaron citados para ir al hipódromo, donde él tenía que hacer fotos de las carreras al día siguiente. Y si ellas no tenían otros compromisos, se brindaba a mostrarles París la nuit una vez terminado el trabajo.

El encanto de Jacques Mornard, su manera espléndida de gastar el dinero, su auto, su conocimiento de la noche parisina y aquel departamento con aire bohemio a un costado del bulevar Montparnasse, donde cerraron la noche bebiendo una copa de oporto, resultó irresistible, sobre todo para alguien como Sylvia Ageloff, que además no entendía por qué a la hora de repartir coqueteos aquel joven (que obviamente no llegaba a los veintiocho años que confesaba) pareciera preferirla a ella, y no a Ruby Weil.

A la mañana siguiente, una llamada de Tom sacó a Jacques de la cama y quedaron para comer en La Coupole. Mientras bebían un aperitivo, Jacques le contó que todo marchaba según lo previsto y lo único que le restaba hacer era pedirle a Sylvia Ageloff que se bajara las bragas. Para que todo funcionara de manera más eficiente, lo mejor sería alejar a Ruby de París, y Tom le dijo que George se encargaría.

– Ahora vamos a comer algo, no sé cuándo pueda volver a sentarme a una mesa -Tom colocó los cigarrillos junto al cenicero-. Orlov apareció.

Jacques esperó. Sabía que Tom le diría solo lo que pudiese.

– Está en Montreal, pidiendo una visa para entrar en Estados Unidos. Cuando pasó por París descubrió que teníamos vigilancia en la Embajada estadounidense y se fue a la canadiense. Tenía encima más pasaportes que una oficina consular y todos eran muy buenos…, yo mismo se los había conseguido.

– ¿Y cómo supieron que estaba en Canadá?

El camarero llegó y ordenaron los platos.

– Orlov es el hijo de puta más hijo de puta que se ha inventado en el mundo -la voz de Tom era una mezcla de rabia y admiración-. Nada más llegar le mandó una comunicación al camarada Stalin con copia a Yézhov. Propone un trato: si no se toman represalias contra su madre y su suegra, que viven en la URSS, él entregará a los servicios secretos americanos un poco de carnaza y se guardará lo gordo. Y lo que él sabe es muy, muy gordo. Nos puede destrozar el trabajo de años. Pero si le pasa algo a una de esas mujeres, a su esposa, a sus hijos o a él, un abogado se va a encargar de hacer pública una declaración con todo lo que sabe y que ya está en la bóveda de un banco de Nueva York.

– ¿Y qué dicen en Moscú? ¿Creen que él cumplirá el trato?

– No sé qué dicen allá, pero yo pienso que sí. Él sabe que podemos hacerles muy difícil la vida a su madre y a su suegra, y a él podemos encontrarlo donde se meta. ¿Sabes qué? Por culpa de Yézhov hemos perdido al demonio más inteligente y cínico que teníamos. Creo que Beria está por pactar con él.

– ¿Y las operaciones en México?

– Toda la operación se mantiene en cuarentena, hasta ver cómo se asientan las cosas. El camarada Stalin me pidió que, mientras tanto, me instalara en España y tratara de arreglar el desastre que dejó Orlov.

– ¿Qué hago entonces?

– Tú sigues siendo la gran esperanza blanca. Ya empezó la partida de ajedrez y las aperturas suelen ser decisivas… e irrepetibles. Tienes toda mi confianza, Jacques. Ocúpate de Sylvia. Nosotros nos encargamos de lo demás.

Sylvia Ageloff cataba la desnudez de Jacques Mornard y pensaba que estaba viviendo en medio de un cuento de hadas. Sabía que pensar de ese modo resultaba terriblemente cursi, pero le era imposible asumirlo de otro modo. Si aquel joven, hijo de diplomáticos, refinado, culto, bello y mundano no era el mismísimo príncipe azul, ¿qué otra cosa podía ser? La pasión con que Jacques le despertó los resortes oxidados de su libido la habían lanzado más allá de todos los éxtasis imaginables, al punto de aceptar la condición de abstenerse de hablar de política, el monotema de su vida de militante sin amor.

Los días de paseos por París, Chartres y las riberas del Loira; el fin de semana en Bruselas, donde Jacques le mostró los lugares de su niñez, aunque se negó (para pasajera molestia de Sylvia) a llevarla a la casa paterna; la comprensión infinita del amante, que aceptó conducirla a Barbizon para que ella viera, al borde mismo del bosque de Fon-tainebleau, la casa llamada «Ker Monique» que tres años atrás habitara su idolatrado Liev Davídovich, todo eso se complementó con noches en los restaurantes más lujosos y los cafés más concurridos, donde se reunía la bohemia intelectual parisina (en el Café de Flore, Jacques le mostró a una arrobada Sylvia la mesa alrededor de la cual bebían y discutían Jean-Paul Sartre, Albert Camus, Simone de Beauvoir y otros de los jóvenes que se hacían llamar existencialistas; en el Gemy's Club la hizo escuchar a Édith Piaf a dos mesas de Maurice Chevalier), y, sobre todo, con las madrugadas en que la virilidad de Jacques Mornard se le clavaba en el centro de la vida, y que la convirtieron, a las pocas semanas, en una marioneta cuyos movimientos nacían y morían en los dedos del hombre.

Una sola preocupación había acompañado a Sylvia durante aquellos días de gloria. Apenas llegada a París, a mediados de julio, se había producido una conmoción en los círculos trotskistas por la desaparición de Rudolf Klement, uno de los más cercanos ayudantes de Trotski y secretario ejecutivo de la planeada IV Internacional comunista. Desde México el exiliado había enviado una protesta a la policía francesa, pues la carta en la que Klement decía renunciar a la Internacional y al trotskismo era, según él, una burda patraña de los servicios de inteligencia soviéticos. Por eso, cuando el 26 de agosto el cadáver descuartizado de Klement fue hallado en una orilla del Sena, Sylvia Ageloff cayó en un estado de depresión del que solo saldría para asistir, como traductora, a la reunión fundacional de la Internacional trotskista en Périgny, en las afueras de París.

En una de sus fugaces apariciones, Tom le aconsejó a Jacques que apoyara sentimental y políticamente a Sylvia, para terminar de fraguar su dominio sobre ella.

– Hay un problema -dijo Jacques, mirando las aguas del Sena que habían bañado el cadáver de Klement-. Sylvia tiene que volver a suhigh school en octubre. ¿Qué es mejor, dejarla ir o retenerla?.

– Orlov ya está en Estados Unidos y parece que va a cumplir con su parte del trato. Pero Beria tiene detenidas las operaciones especiales hasta que saquen del camino a Yézhov. Creo que lo mejor es que la retengas aquí y afiances tu posición. ¿Es difícil? -Jacques sonrió y negó con la cabeza mientras lanzaba su colilla al río-. Para que Sylvia esté tranquila, le vamos a conseguir algún trabajo. Es mejor si se mantiene ocupada y gana unos francos.

– No te preocupes, Sylvia no nos causará problemas.

Tom observó a Jacques Mornard y sonrió.

– Tú eres mi campeón… Y te mereces una historia que te debo hace tiempo. ¿Nos tomamos un vodka?

Atravesaron la plaza del Chátelet en busca de la calle Rivoli, donde unos judíos polacos habían montado un restaurante especializado en platoskosher, ucranianos y bielorrusos, servidos con una abundancia capaz de espantar a sus competidores franceses. Escanciado el vodka, Tom sugirió a Jacques que le dejara pedir por él, y el joven aceptó. Luego de beber dos tragos devastadores, Tom encendió uno de sus cigarrillos.

– ¿Me vas a decir cómo te quedaste cojo?

– Y dos o tres cosas más… A ver, la cojera se la debo a un cosaco del ejército blanco de Denikin. Me dio un sablazo en la pantorrilla y me cercenó los tendones. Eso fue en 1920, cuando yo era el jefe de la Cheka en Bashkina. Los médicos pensaban que no iba a caminar más, pero a los seis meses apenas me quedaba esta cojera intermitente que me ves… Hacía un año que yo había dejado el Partido Socialista Revolucionario y me había hecho miembro del Bolchevique, aunque desde que comenzó la guerra civil estaba enrolado en el Ejército Rojo, siempre con la idea de que me pasaran a la Cheka. ¿Sabes por qué? Pues porque un amigo que había entrado en la Cheka me deslumbró con lo que me contó: eran el azote de dios, no tenían ley, y les daban dos pares de botas al año, cigarrillos, una bolsa de embutidos. Hasta tenían automóviles para trabajar. Cuando pude entrar vi que era verdad: ¡a los chequistas nos daban patente de corso y zapatos buenos! Pero no creas que fue fácil ascender, y tampoco pienses que te voy a contar las cosas que hice para lograr mis primeros grados y estar al año de jefe en una ciudad… Cuando terminó la guerra me llevaron a Moscú, para que pasara la escuela militar, y cuando salí me llamaron del Departamento de Extranjeros. El caso es que en 1926 estaba trabajando en China, con Chiang Kai-Shek. Cuando se produjo el golpe contra los comunistas en Shangai, los asesores soviéticos caímos en desgracia y empezaron a matarnos como a perros rabiosos. Metieron en una cárcel a mi jefe, Mijaíl Borodin, y a otros compañeros, acusados de ser «enemigos del pueblo chino», y los estaban torturando para más tarde matarlos. Yo logré rescatarlos y sacarlos del país, pero tuve que volver a Shangai para evitar que esos hijos de puta arrasaran con todo el consulado soviético… Aquello me costó caro. Los hombres de Chiang Kai-Shek me dieron tantos golpes que me dejaron por muerto.Bliat'!… Tuve la suerte de que un amigo chino me recogiera: viajé veintidós días en un carretón, cubierto con paja, hasta que más muerto que vivo me dejaron en la frontera… Por rescatar a Borodin y a los otros me dieron la Orden de la Bandera Roja… que, por cierto, ahora debería devolver, porque acaban de fusilar a Borodin tras acusarlo de ser «enemigo del pueblo soviético» -Tom sonrió con tristeza y apuró el vodka-. Apenas me repuse, me mandaron aquí, para que empezara a penetrar en lo que debía ser mi destino: Occidente. Entonces pasó algo que quizás ya sospechas…

– Conociste a Caridad -dijo Ramón, que en algún momento del diálogo había extraviado a Jacques Mornard.

– Ella era una mujer distinta. Tenía siete años más que yo, pero aunque lo negara, se rebelara, se revolcara por el suelo, se veía que tenía clase. Me gustó y empezamos una relación.

– Que todavía sigue.

– Aja. En esa época ella estaba como perdida, aunque ya simpatizaba con los comunistas de Maurice Thorez. Y yo estaba trabajando con ellos…

– ¿Por ti se afilió al Partido?

– Se hubiera afiliado de cualquier modo. Caridad necesitaba cambiar su vida, pedía a gritos una ideología que la centrara.

– ¿Caridad es una colaboradora o trabaja con vosotros?

– Desde 1930 colaboraba con nosotros, pero entró en plantilla en 1934, y su primer trabajo lo hizo en Asturias, cuando la sublevación de los mineros… Eso te aclarará muchas cosas sobre ella que a lo mejor antes no entendías.

El joven asintió, tratando de reubicar ciertos recuerdos de las actuaciones de Caridad.

– Por eso regresó a España cuando ganó el Frente Popular. Y por eso está aquí, en París… ¿O porque es tu amante?

– En España trabajaba para nosotros y ahora está aquí porque va a sernos muy útil en esta operación y porque las cosas allá van a ir de mal en peor… La República se está cayendo a pedazos. En unos días Negrín va a proponer la salida de los brigadistas internacionales para dar un golpe de efecto. El todavía cree que Gran Bretaña y Francia los pueden apoyar, y que con esa ayuda hasta pueden ganar la guerra. Pero

Gran Bretaña y Francia se cagan de miedo y le están haciendo la corte a Hitler y no van a apostar un céntimo por ustedes. Disculpa que toque el tema, pero debo decírtelo para que no te hagas ilusiones: esa guerra está perdida. Nunca van a lograr resistir hasta que empiece una guerra europea, como quiere Negrín.

– ¿Y vosotros ya no vais a darle más ayuda?

– Ya no es un problema de armas, aunque no tenemos para andar desperdiciándolas. Toda Europa les va a negar la sal y el agua. Y dentro de la República se ha jodido la moral. Cuando Franco se decida a ir sobre Barcelona, todo se termina…

Ramón percibió sinceridad en las palabras de Tom. Pero se negó a darle el gusto de que pudiera reprenderlo por discutir sobre el destino de su país. Sentía cómo la furia de siempre lo atenazaba y prefirió tocarlo por otro flanco.

– Tú tienes una mujer en Moscú, ¿verdad?

Tom sonrió.

– Una no, dos…

– ¿Y a mí me escogiste porque soy hijo de Caridad? El asesor guardó silencio unos segundos.

– ¿Me vas a creer si te digo que no?… Desde la primera vez que te vi supe que eras alguien especial. Hace años que te observo… Y siempre tuve una corazonada contigo. Por eso, cuando Orlov recibió la orden de que debíamos buscar españoles con condiciones para trabajar en acciones secretas, enseguida pensé que tú eras la mejor pieza que yo podía entregar. Pero algo me advirtió que no debía hablarle ni a Orlov ni a los demás de ti. Ahora sé por qué: tú vales demasiado para entregarte en manos de cualquiera…

Ramón no supo si sentirse halagado u ofendido por haber sido escogido como un semental. Además, a pesar de lo que decía el hombre, la sombra de Caridad seguía oscureciendo el fondo de aquella historia. Pero la posibilidad de estar por méritos propios más cerca del epicentro de un gran acontecimiento le provocaba una ardiente satisfacción.

– Si puedes, dime algo más, solo para saber…

– Mientras menos sepas, mejor.

– Es que… ¿alguna vez me vas a decir tu verdadero nombre?

Tom sonrió, y terminó de tragar una de las empanadas que les sirvieron como entrantes y bebió más vodka, mirando fijamente al joven.

– ¿Qué es un nombre, Jacques? ¿O ahora eres Ramón?… Esos perros que a ti te gustan tanto tienen nombre, ¿y qué? Siguen siendo perros. Ayer fui Grigoriev, antes era Kotov, ahora soy Tom aquí y

Roberts en Nueva York. ¿Sabes cómo me dicen en la Lubyanka?… Leonid Alexándrovich. Me puse ese nombre para que no supieran el mío, porque se iban a dar cuenta de que soy judío, y los judíos no gustamos a mucha gente en Rusia… Soy el mismo y soy diferente en cada momento. Soy todos y soy ninguno, porque soy uno más, pequeñísimo, en la lucha por un sueño. Una persona y un nombre no son nada… Mira, hay algo muy importante que me enseñaron nada más entrar en la Cheka: el hombre es relegable, sustituible. El individuo no es una unidad irrepetible, sino un concepto que se suma y forma la masa, que sí es real. Pero el hombre en cuanto individuo no es sagrado y, por tanto, es prescindible. Por eso hemos arremetido contra todas las religiones, especialmente el cristianismo, que dice esa tontería de que el hombre está hecho a semejanza de Dios. Eso nos permite ser impíos, deshacernos de la compasión que engendra toda piedad: el pecado no existe. ¿Sabes lo que eso significa?… Es mejor que ni tú ni yo tengamos un nombre verdadero y que nos olvidemos de que alguna vez tuvimos uno. ¿Iván, Fiódor, Leonid? Es la misma mierda, es nada.Nomina odiosa sunt. Importa el sueño, no el hombre, y menos aún el nombre. Nadie es importante, todos somos prescindibles… Y si tú llegas a tocar la gloria revolucionaria, lo harás sin tener un nombre real. Quizás nunca más lo tengas. Pero serás una parte formidable del sueño más grande que ha tenido la humanidad -y levantando su vaso de vodka, brindó-: ¡Salud para los innombrables!

Apenas abrió la puerta, tuvo el presentimiento de que se había producido alguna desgracia. Pensó en el joven Luis; incluso, en una orden que cancelaba la operación y hasta la vida de Jacques Mornard. Hacía seis meses que no la veía y había disfrutado de aquella distancia. Solo sintió un alivio cuando Caridad le sonrió, como si hubiesen compartido la mesa la noche anterior. Ella se colocó el cigarrillo en la comisura, mientras le observaba el torso desnudo y recién duchado.

– Malaguanyada bellesa! -dijo en catalán, al tiempo que acariciaba la tetilla de su hijo, cubierto solo con una toalla, y pasaba al interior del departamento.

Ramón no pudo evitar que se le erizara la piel y, con toda la delicadeza que le permitieron su rabia y su debilidad, alejó la mano caliente de Caridad.

– ¿Qué haces aquí? ¿No habíamos quedado en que no…? -sin pensarlo él también había hablado en catalán.

– Él me mandó. Yo sé mejor que tú lo que se puede y no se puede hacer.

Caridad había cambiado en los meses transcurridos desde su único encuentro en París. Era como si hubiese dado una voltereta hacia el pasado y sepultado la imagen de combatiente republicana, andrógina y con cartuchera, que se había paseado por Barcelona y que todavía arrastraba al llegar a París, a pesar de la ropa ajustada y los zapatos de piel de cocodrilo. Ahora vestía con la informalidad elegante de una burguesa bohemia, su pelo se había aclarado y las ondas tenían formas precisas; llevaba maquillaje en el rostro, las uñas crecidas, y olía a esencias caras. Volvía a dominar a su antojo los zapatos de taco alto y hasta fumaba con otros movimientos. A Jacques le fue posible ver en Caridad los últimos destellos de la Caridad que Ramón había conocido muchos años atrás, antes de la caída que la llevó a la depresión y el intento de suicidio.

– ¿Cómo te va con tu lagartija trotskista? -siguió hablando en catalán, mientras se quitaba elfoulard de seda que le cubría el cuello y los hombros. Con movimientos medidos se acomodó en uno de los butacones de piel, frente a la ventana por cuyos cristales se veían las copas de los árboles ya ocres del bulevar Raspad.

– Como me debe ir -dijo y entró al cuarto en busca de una bata de satín.

– Haz café, por favor.

Sin responder fue a la cocina y dispuso la infusión que él mismo se debía.

– ¿Qué quiere Tom? -preguntó desde la cocina.

– Tom tiene que quedarse en España y me mandó…

– ¿Y qué pasa con George?

– Está en Moscú.

– ¿Yézhov lo mandó buscar? -Ramón se asomó hacia el salón y vio a Caridad con un cigarrillo en una mano y el mechero en la otra, la mirada fija en la ventana, como si se dirigiera a los vidrios.

– Yézhov ya no va a mandar buscar a nadie. Lo han apartado del juego. Ahora Beria es quien manda.

– ¿Cuándo fue eso? -Ramón dio un paso hacia el salón, la atención dividida entre la ebullición del café y lo que le informaba Caridad.

– Hace una semana. Tom me pidió que viniera a decírtelo, porque las cosas se pueden poner en marcha en cualquier momento. En cuanto Beria limpie la mierda de Yézhov y el camarada Stalin dé la orden, nos pondremos en movimiento. Cuando Mink regrese sabremos más…

Ramón sintió cómo sus músculos se tonificaban. Era la mejor noticia que podía recibir.

– ¿Te han dicho algo de Orlov?

– Está en Washington, cantando como una cupletista. Todavía representa un peligro para muchas cosas, pero no para la nuestra. Al final no fue por él que sacamos de México a los otros camaradas que ya estaban allá.

– ¿Los españoles?

Caridad dio fuego al cigarrillo antes de responder.

– Sí. Con Yézhov cayeron casi todos los que llevaban la red de Nueva York y México. Un desastre…

Ramón Mercader trató de ubicarse en el nuevo rompecabezas de traiciones, deserciones, pugnas y peligros reales o ficticios, y, como solía ocurrirle, se sintió extraviado. Las razones últimas de las decisiones de Moscú eran demasiado intrincadas, y quizás ni el propio Tom podría saber todos los intersticios de aquellas cacerías. Solo se reafirmaba en la necesidad, tan repetida por Tom, de la discreción como mejor vacuna para ponerse a salvo de las traiciones. Pero en el fárrago de tensiones en juego, percibió con mayor nitidez lo que su mentor había calificado como el ascenso del valor de sus acciones. Fue una sensación contradictoria, de temor a la responsabilidad y júbilo por saberse más cerca de la gran misión. Retiró el café del fuego y se dispuso a servirlo.

– ¿Y Tom? ¿Va a seguir en España? -preguntó en francés.

– Por ahora sí -siguió ella en catalán-. Allí ya no hay mucho que hacer, pero él tiene que quedarse hasta el final. Negrín se pelea con él, pero no puede vivir sin él… El ejército republicano sigue reculando. España está perdida, Ramón.

– ¡No me digas eso, coño! -gritó, otra vez en francés, y el café se le derramó sobre uno de los platillos-. ¡Y no hables más en catalán!

Caridad no rechistó y él esperó a calmarse. No sabía si eran las noticias de España y la incertidumbre que añadían al destino de Luis, que varias semanas atrás había cruzado la frontera para unirse al ejército republicano, o simplemente la malévola insistencia de su madre en revolverle el pasado y provocar la difuminación de Jacques Mornard. Terminó de servir el café y entró en el salón llevando las tazas sobre una bandeja. Se sentó frente a ella, cuidando que no se le abriera bata.

– ¿Qué piensa Tom que va a ocurrir?

– Los franquistas van a por Cataluña -respondió ella, ahora en castellano-, y él cree que no van a poder detenerlos. Desde que estos franceses maricones y esos ingleses de mierda firmaron ese pacto con Hitler y Mussolini, no solo se jodio Checoslovaquia, también nosotros nos jodimos: ya nadie puede ayudarnos…Estem ben fotuts, noi. T'asseguro que estem ben fotuts…

– ¿Y qué van a hacer los soviéticos?

– No pueden hacer nada. Si se meten en España, empezará una guerra que ahora mismo sería el fin de la Unión Soviética…

Ramón escuchó el razonamiento de Caridad. De alguna manera coincidía con ella, pero le resultaba doloroso comprobar que los soviéticos se replegaban mientras Hitler se tragaba a Checoslovaquia y daba cada vez más apoyo a Franco. Tal vez la táctica soviética de consentir el sacrificio de la República era la única posible, pero no dejaba de ser cruel. El Partido, al menos, la había aceptado, y la misma Pasionaria había dicho que si la República tenía que perderse, se perdería: lo que no podía comprometerse era el destino de la URSS, la gran patria de los comunistas… Pero ¿qué iba a pasar con aquellos hombres, comunistas o simples republicanos, que habían luchado, obedecido y creído durante dos años y medio para nada? ¿Los dejarían a merced de los franquistas? ¿Qué pasaría con los catalanes cuando Franco tomara Barcelona? ¿Dónde estaría combatiendo ahora el joven Luis? Ramón prefirió no preguntar en voz alta. Observó cómo Caridad terminaba su café y devolvía la taza a la bandeja. Entonces él se inclinó y probó el suyo. Se había enfriado.

– Tom no quiere que hable de España. A Jacques no le interesa España -trató de recomponerse.

– Jacques lee los periódicos, ¿no? ¿Y qué va a decirle a su novia trotskista cuando ella le suelte que Stalin va a pactar con Hitler, igual que los franceses y los ingleses? Porque eso es lo que esa sabandija renegada está escribiendo en su boletín de los cojones.

– Jacques le dirá lo mismo: que cambie de tema, ése no es su problema.

Caridad lo miró con aquella intensidad verde y punzante que él siempre había temido tanto.

– Ten cuidado. Esa mujer es una fanática, y Trotski es su dios.

Jacques sonrió. Tenía una carta para vencer a Caridad.

– Te equivocas. Yo soy su dios, y Trotski, si acaso, es su profeta.

– Te has vuelto irónico y sutil, muchacho -dijo ella, sonriente.

Caridad se puso de pie y comenzó a colocarse el foulard sobre los hombros. Ramón sintió tantos deseos de que se quedara como de que se fuera. Volver a hablar en catalán había sido como visitar una región de sí mismo clausurada, a la que no hubiera querido entrar aunque, una vez dentro, le provocaba una sensación de cómoda pertenencia.

Además, sabía que ella estaba en contacto con Montse y sobre todo con el pequeño Luis, y quizás hasta supiera algo de África. Pero ahora menos que nunca podía inclinarse ante ella y mostrar sus debilidades: era la primera vez que se había sentido realmente superior a ella y no quería malgastar esa sensación.

La visita de Caridad le dejó lleno de expectativas con respecto a las órdenes que podían llegar de Moscú, pero también el sabor amargo ante el destino decretado del sueño republicano que, por más que se esforzara, Jacques Mornard no conseguía apartar de la mente de Ramón Mercader. Por eso, aquella tarde de principios de diciembre tuvo que recurrir a toda su disciplina para hundir en el fondo de sí mismo las pasiones de Ramón cuando Sylvia le pidió que la acompañara a ver a unos camaradas norteamericanos que habían peleado en España, formando parte de las tropas internacionales evacuadas por el gobierno de la República, y que ahora estaban en París.

– ¿Y qué tengo yo que ver con esa gente? -dijo, evidenciando su molestia por la proposición.

Sylvia, extrañada y quizás hasta ofendida, intentó convencerlo.

– Esa gente estaba luchando contra el fascismo, Jacques. Aunque hay muchas cosas de las que yo no pienso igual que algunos de ellos, los respeto y los admiro. La mayoría de ellos no sabía ni marchar cuando se fueron a España, pero han sido capaces de pelear por todos nosotros.

– Yo no les he pedido que lucharan por mí -logró decir él.

– Ni ellos te lo preguntaron. Pero ellos saben que en España se deciden muchas cosas, que el auge del fascismo es un problema de todos: también tuyo.

El invierno se había adelantado y el aire era cortante. Jacques la tomó del brazo y la hizo entrar en un café. Ocuparon una mesa apartada y, antes de que el camarero se acercara, Jacques gritó:

– ¡Dos cafés! -y enfocó a Sylvia-. ¿En qué habíamos quedado?

La muchacha se quitó las gafas, empañadas por el cambio de temperatura, y frotó los cristales con el borde de la saya. En ese instante Jacques descubrió que sentía miedo de sí mismo: ¿cómo podía ser tan fea, tan tonta, tan imbécil para decirle a él por quién peleaba cada cual? ¿Cuánto podría resistir al lado de un ser que en aquel instante le repugnaba?

– Perdóname, mi amor. No quise…

– No lo parece.

– Es que de verdad es importante. En España se decide mucho otra vez Stalin deja que Hitler y los fascistas se salgan con la suya. Stalin nunca quiso ni permitió que los españoles hicieran la revolución que los habría salvado y…

– ¿De qué estás hablando? -Jacques preguntó y de inmediato comprendió que había cometido un error.

Sencillamente a Jacques no podía importarle de qué estaba hablando Sylvia y se impuso recuperar su control. Ni aquellas acusaciones infames ni la fealdad de Sylvia Ageloff iban a poder con él. Les sirvieron los cafés y la pausa lo ayudó a terminar de recomponerse.

– Sylvia, si quieres vete a ver a esos salvadores de la humanidad y a hablar con ellos de Stalin y de tu querido Trotski. Estás en tu derecho. Pero a mí no me involucres. Es que no me interesa. ¿Puedes entenderlo de una puta vez?

La mujer se encogió sobre sí misma y se sumió en un largo silencio; al fin él bebió un sorbo de café. Dos meses antes, la incontrolable insistencia de Sylvia en hablar de política había provocado la primera discusión seria de la pareja. Aquella tarde Jacques la había acompañado a la villa del trotskista Alfred Rosmer, en Périgny, para que la muchacha participara como secretaria en la reunión que, según ella misma, había sido el aborto más que el nacimiento de la Internacional trotskista. Mientras regresaban a París, luego de doblegarla y hacerle prometer que no volvería a hablarle de aquellos temas, Jacques había aprovechado la coyuntura para intentar que renunciara a regresar a Nueva York en el inicio del nuevo curso escolar y para dejarle caer -fue como si colocara una soga al cuello de Sylvia- la posibilidad de comprometerse formalmente. Pero la pasión política ahora había vuelto a traicionar a Sylvia que, temerosa por la reacción de su amante, murmuró:

– Sí, mi amor. Te agradezco que me dejes ir. Pero si no quieres, no voy.

Jacques sonrió. Las aguas volvían a su nivel. Su preeminencia quedaba restablecida y comprendió que podía ser muy cruel con aquel ser desvalido. Es más, le satisfacía serlo. Un componente maligno de su personalidad se revelaba en aquella relación y descubría el gozo que le provocaba la posibilidad de doblegar voluntades, de generar miedo, de ejercer poder sobre otras personas hasta hacerlas reptar ante sí. ¿Tendría algún día la ocasión de ejercer aquel dominio sobre Caridad?, pensó y se dijo que, aun cuando no tuviera nombre ni patria, era un hombre dotado de odio, fe y, además, de un poder, y lo iba a utilizar siempre que le fuese posible.

– Claro que quiero que vayas, si eso te complace -dijo satisfecho, magnánimo-. Yo tengo que hacer unas compras para mandarles a mis padres algún regalo por Navidad. ¿Qué te gustaría que te regalara a ti?

Sylvia se distendió. Lo miró y en sus ojos miopes había gratitud y amor.

– No te preocupes por mí, querido.

– Ya veré con qué te sorprendo -dijo y le tomó la mano sobre la mesa y la obligó a inclinarse hacia él, para darle un beso en los labios.

Jacques sintió cómo la mujer se removía de emoción y se dijo que debía de administrar con cuidado su poder: un día podía matarla con una sobredosis.

Menos de dos años después, Ramón Mercader entendería que las pruebas de fortaleza psíquica a las que se vio sometido durante las amargas semanas finales de 1938 y las primeras de 1939 no pasaron de ser un ensayo grotesco de las experiencias que vivió en el momento más crítico de su vida, y que le exigieron hasta la última molécula de su capacidad de resistencia para impedir el quiebre total.

Aunque las noticias que a lo largo de diciembre llegaban de España iban dibujando las proporciones del desastre, Jacques Mornard consiguió mantener la imagen de su aséptica distancia política. Con mayor vehemencia evitó que ante él se discutiera de política y, en alguna ocasión, llegó a abandonar una reunión donde los presentes se empeñaban en revolcarse en aquellos temas desagradables y tontos de la guerra, el fascismo y la política francesa.

En la soledad de su departamento, sin embargo, leía todos los artículos de prensa que le revelaran algo sobre la situación en España y escuchaba los noticiarios de radio como si buscara una luz de esperanza en medio de las tinieblas. Pero cada noticia era una cuchillada en el corazón de sus ilusiones. Entonces daba rienda suelta a su rabia contenida, a su impotencia, y lanzaba maldiciones, patadas a los muebles, juramentos de venganza. Aquellos desahogos, casi histéricos, lo dejaban agotado y le mostraron la debilidad de Jacques Mornard ante las pasiones de Ramón, pero le reafirmaron en su desprecio a todo lo que oliera a fascismo, burguesía y traición a los ideales del proletariado. Sus ocultos deseos de cambiar su piel por la de su hermano Luis, que seguía peleando con los restos del Ejército Popular en medio del caos y de las veleidades de los políticos españoles, se convirtieron en una obsesión, y se juró que cuando le llegara el momento de actuar contra los enemigos sería implacable y despiadado, como los enemigos de su sueño lo estaban siendo con aquel intento de fundar un mundo más justo.

La falta de noticias de Tom se sumaba a sus incertidumbres. Temía por el destino del asesor, tan propenso a involucrarse y transgredir los límites. Si lo mataban o lo hacían prisionero en España todo el esfuerzo realizado y la estructura montada podía venirse abajo, como ya había ocurrido con otras líneas operativas. Entre sus preocupaciones también contaba el hecho de que el plazo para el regreso de Sylvia se iba agotando. La joven debía reincorporarse a su trabajo en la segunda semana de febrero y habían fijado el día primero como fecha de partida. Aunque Jacques sabía que un poco de presión podía disuadirla, sentía que convivir más tiempo con Sylvia requeriría un esfuerzo para el cual no estaba preparado y temía que la melosidad de la mujer pudiera hacerlo explotar en cualquier momento.

La reaparición de George Mink, en la segunda semana de enero, trajo un poco de alivio para la ansiedad de Jacques Mornard. El recién llegado lo citó en el cementerio de Montparnasse y Jacques pensó que nunca entendería por completo a los soviéticos: la noche anterior había nevado sin piedad y ése debía de ser el día más frío de aquel invierno.

Como habían acordado, Mink lo esperaba junto a la tumba del príncipe D'Achery, duque de San Donnino, y madame Viez, en la séptima división de la Avenida del Oeste. La nieve había formado una capa de hielo compacto sobre la que se debía andar con cuidado. El cementerio, como era de esperar, estaba desierto, y al ver la figura oscura de Mink en medio del paisaje blanco, flanqueado por los dos leones que hacían singular el mausoleo del príncipe, Jacques se dijo que nada podía resultar más sospechoso que un encuentro en aquel sitio, con aquel clima.

– Buen día, amigo Jacques.

– ¿Buen día? ¿No te gustaría tomar un café en un sitio caliente?

– Es que me encantan los cementerios, ¿sabes? Desde hace años vivo en un mundo donde no se sabe quién es quién, qué es verdad y qué es mentira, y menos aún hasta cuándo estarás vivo… y aquí por lo menos uno se siente rodeado de una gran certeza, la mayor certeza… Además, esto de hoy no es frío, frío de verdad…

– Por favor, George. ¿Tiene que ser aquí?

– ¿Sabías que cuando Trotski y Natalia Sedova se conocieron, solían venir aquí para leer a Baudelaire frente a su tumba?

– ¿Aunque hiciera este frío de mierda?

– La tumba de Baudelaire está por allí. ¿Quieres verla?

Abandonaron el cementerio helado y caminaron hasta la plaza Denfert Rochereau, donde alguna vez Jacques había tomado un café. Incluso en el interior del local que escogieron Jacques conservó su abrigo, pues ahora sentía que el frío le nacía desde dentro.

Mink había regresado hacía cuatro días, cargado de órdenes que Beria le había dado personalmente. Además, tal como esperaba, en la Embajada de París también tenían orientaciones enviadas por Tom desde España.

– ¿Qué se sabe de Tom? Los franceses están amenazando con cerrar la frontera.

– Para Tom eso no es problema. Él siempre sale.

– ¿Cuáles son las órdenes? ¿Qué tengo que hacer? ¿Sylvia debe irse?

– Déjala ir. Pero con una argolla en la nariz. Prométele matrimonio.

Jacques respiró aliviado al recibir aquella autorización.

– ¿Y qué le digo? ¿Que iré yo a verla, que venga ella en el verano…?

– No le asegures nada. Dile que le avisarás de tu decisión por carta. La orden de Moscú puede llegar mañana o en seis meses, y hay que estar listos para ese momento. Cuando Tom regrese, él organizará las cosas. Beria quiere que desde ahora se ocupe solo de este trabajo. Órdenes de Stalin. Por cierto, él mismo le puso nombre a la operación:Utka.

– ¿Utka?

– Utka, pato… Y cualquier método será bueno para cazarlo: envenenamiento de la comida o del agua, explosión en la casa o en el coche, estrangulamiento, puñalada en la espalda, golpe en la cabeza, disparo en la nuca -Mink tomó aire y concluyó-: No se ha descartado ni siquiera el ataque de un grupo armado o una bomba lanzada desde el aire.

Jacques se preguntó en qué cuadrante de aquel tablero le tocaría colocarse a él. Era evidente que al fin algo comenzaba a tomar forma, aunque se le escapaban las razones de la lentitud con que se movía la operación.

– ¿Qué se dijo en Moscú cuando derribaron a Yézhov?

Mink sonrió y bebió de su té.

– Nada. En Moscú no se habla de esas cosas. La gente le tenía tanto miedo a Yézhov que no se van a curar en largo rato.

Jacques miró hacia la plaza. Le daba pereza volver a enfrentar el frío para regresar a su departamento, donde Sylvia lo esperaba. Comprendió que necesitaba acción. En aquel preciso momento, ¿por dónde andaría África?, ¿qué estaría haciendo su hermano Luis?, ¿en qué aventuras se habría metido Tom? Él no tenía otra alternativa que esperar, inactivo, jugando al enamorado que no desea la partida de la amada.

– ¿Cuándo volveremos a vernos?

– Si no hay nada nuevo, cuando regrese Tom. Si tienes algo urgente que consultarme, ve a buscarme al cementerio. Siempre voy por allí.

Durante los días previos a la partida de Sylvia, Jacques se comportó de un modo que hubiera admirado a Josefino y a Cicerón, sus profesores de Malájovka. Imponiéndose a su desánimo y a los deseos de estar lejos de aquella farsa, explotó al máximo el alivio que le reportaba desembarazarse de la mujer y se desvivió en atenciones, la colmó de regalos para ella y para sus hermanas, y tuvo la entereza de hacerle el amor cada día, hasta que una Sylvia extasiada y satisfecha regresó a Nueva York. Jacques había cumplido con su trabajo y se sintió feliz por el espacio de libertad recuperado.

De España, en cambio, solo le llegaban los estertores dolorosos de la guerra. La caída de Barcelona parecía ser el acto final, y los reportes de que Franco había entrado en una ciudad que lo vitoreaba llenaron de amargura a Ramón Mercader. Desde finales de enero los periódicos franceses recogían, con diversos grados de alarma, la noticia de la desbandada de combatientes, oficiales, políticos y gentes desesperadas y temerosas de represalias que se habían lanzado a cruzar la frontera. Ya se hablaba de cientos de miles de personas, hambrientas y sin recursos, que desbordarían las capacidades logísticas de las fuerzas del orden y la posibilidad de acogida francesas. Algunos políticos, en el colmo del cinismo, reconocían que tal vez hubiese sido mejor ayudarlos a ganar la guerra que verse obligados ahora a recibirlos, alimentarlos y vestirlos, quién sabía por cuánto tiempo. Los periódicos de la derecha, mientras tanto, gritaban su solución: que los enviaran a las colonias. Gente así era lo que hacía falta en la Guyana, en el Congo y Senegal.

Alterado por las pasiones de Ramón, Jacques Mornard percibió que necesitaba romper su inercia, aun al precio de quebrar la disciplina. Sabía a lo que se arriesgaba por desobedecer las órdenes estrictas de permanecer lejos de todo lo que oliera a España, pero la furia y la desesperación lo superaban. Además, Tom seguía sin aparecer y, si aparecía, no tenía por qué enterarse: el 6 de febrero tomó su auto, sus cámaras fotográficas y su credencial de periodista y puso proa a Le Perthus, el cruce fronterizo donde se hallaba la mayor concentración de refugiados.

Al mediodía del 8, cuando el periodista belga Jacques Mornard logró llegar al punto más cercano a la frontera que le permitieron alcanzar los oficiales del ejército y la policía francesa, lo recibió el hedor maligno de la derrota. Comprobó que, desde el promontorio donde se hallaban los reporteros de prensa, no podría reconocerlo ninguna de las personas que, ya en territorio francés, eran conducidas como rebaños por los soldados senegaleses, encargados de vigilar y controlar a los refugiados. La escena resultó más patética de lo que su imaginación le hubiera permitido concebir. Una marea humana, cubierta con mantas harapientas, viajando sobre unos pocos autos o arracimados en carretones destartalados tirados por caballos famélicos, o simplemente a pie, arrastrando maletas y bultos donde atesoraban todas las pertenencias de sus vidas, aceptaban en silencio las órdenes para ellos incomprensibles, gritadas en francés y acentuadas con gestos conminatorios y porras amenazantes. Aquéllas eran personas lanzadas a un éxodo de proporciones bíblicas, empujadas solo por la voluntad de sobrevivir, seres cargados con una enorme lista de frustraciones y pérdidas patentes en unas miradas de las que incluso se había esfumado la dignidad. Jacques sabía que muchos de aquellos hombres y mujeres eran quienes habían cantado y bailado las victorias republicanas, los que por los más diversos motivos se habían colocado tras las barricadas que periódicamente se armaron en Barcelona, los mismos que habían soñado con la victoria, la revolución, la democracia, la justicia, y habían practicado en muchas ocasiones la violencia revolucionaria de un modo despiadado. Ahora la derrota los rebajaba a la condición de parias sin un sueño al cual aferrarse. Muchos vestían los uniformes del Ejército Popular y, ya entregadas sus armas, acataban en silencio las órdenes de los senegaleses (Reculez!, reculez!, insistían los africanos, gozando su pedazo de poder), sin importarles mantener un mínimo de compostura en el desastre. Jacques supo por un corresponsal británico, recién llegado de Figueres, que la mayoría de los niños que escapaban de España venían enfermos de pulmonía y muchos de ellos morirían si no recibían atención médica inmediata. Pero la única orden que tenían los franceses era la de incautar todas las armas y conducir a los refugiados, grandes y pequeños, a unos campamentos, cercados con alambre de espino, donde permanecerían hasta que se decidiera la suerte de cada uno de ellos. Una sensación de asfixia había comenzado a dominarlo y no se sorprendió cuando el llanto le nubló la mirada. Dio media vuelta y se alejó, tratando de tranquilizarse. Pensó, intentó pensar, se obligó a pensar que aquélla era una derrota previsible pero no definitiva. Que las revoluciones también debían aceptar sus reveses y prepararse para el próximo asalto. Que el sacrificio de aquellos seres desvalidos, y el de los que -como su hermano Pablo- habían muerto durante aquellos casi tres años de guerra, apenas representaba una ofrenda mínima ante el altar de una historia que, al final, los reivindicaría con la gloriosa victoria del proletariado mundial. El futuro y la lucha constituían la única esperanza en aquel momento de frustración. Pero descubrió que las consignas no lo aliviaban y que desde un momento imprecisable de aquella tarde lacerante había extraviado a Jacques Mornard en algún recodo de su conciencia y vuelto a ser, plena y profundamente, Ramón Mercader del Río, el comunista español, y le satisfizo saber que al menos Ramón tenía una alta misión que cumplir en aquel mundo despiadado, férreamente dividido entre revolucionarios y fascistas, entre explotados y explotadores, y que escenas como aquélla, lejos de mellarlo, lo fortalecían: su odio se hacía más compacto, blindado y total. ¡Soy Ramón Mercader y estoy lleno de odio!, gritó para sus adentros. Cuando se volvió, para ver por última vez el rostro mezquino de una debacle que lo apuntalaba en sus convicciones, sintió cómo sus cámaras fotográficas se movían y recordó que el tonto de Jacques Mornard se había olvidado de tomar una sola imagen del naufragio. Fue en ese instante cuando un periodista francés, casi con asco, pronunció aquellas palabras que le cambiarían la forma de su sonrisa:

– ¡Qué vergüenza! ¡No fueron capaces de ganar y ahora vienen a esconderse aquí!

El golpe que le propinó Ramón fue brutal. De los cuatro dientes que le arrancó, dos cayeron sobre la tierra húmeda y dos se perdieron en el estómago del desafortunado periodista, que seguramente se preguntaría, por el resto de su vida, qué cosa terrible había dicho para provocar la furia de aquel loco desatado que, para colmos, había desaparecido como un soplo de viento.

18

De las infinitas batallas que había librado, ¿cuál recordaba como la más ardua? ¿Las que tuvo con Lenin en los días de la escisión entre bolcheviques y mencheviques? ¿Las tensas y dramáticas de 1917, cuando se decidía el nacimiento o el aborto de la revolución? ¿Las furiosas de la guerra civil, siempre abocadas a la violencia fratricida? ¿Las mezquinas de la sucesión y por el control del partido? ¿Las de la supervivencia física y política en aquellos años de exilio y marginación? ¿Y cuál había sido su contendiente más temible: Lenin, Plejánov, Stalin? Cuando Liev Davídovich miraba la hoja en blanco sobre la que no se atrevía a colocar la pluma, pensaba: No, la batalla nunca ha sido tan ardua ni el contrincante tan escabroso, pues jamás se había visto obligado a luchar por algo tan esencial.

Desde que Natalia Sedova dejó la Casa Azul y él se refugiara con los guardaespaldas en una cabaña de las colinas de San Miguel Regla, pretextando la necesidad de ejercicios físicos, pero tan urgido de poner distancia con la Casa Azul como de cocinarse en la soledad de su desesperación y vergüenza, había estado buscando el modo más elegante de concretar un acercamiento con su mujer a sabiendas de que su dignidad debía ser la primera pieza que tendría que sacrificar en aras del objetivo supremo.

El sentimiento de culpa hasta entonces ausente se había desatado, y no solo por la herida que le había causado a Natalia: durante aquel infame mes de junio de 1937, las vidas de dos de sus más queridos y constantes amigos habían sido devoradas por la furia de Stalin, mientras él, hundido en la reverdecida espuma de su libido, dedicaba lo mejor de su inteligencia a idear los modos de burlar las presencias de Diego y Natalia, para correr tras Frida hacia la cercana casa de Cristina Kahlo, en la calle Linares, el lugar de sus encuentros sexuales. Van Heijenoort y los jóvenes guardaespaldas habían tenido que servir de facilitadores de las citas, prestándose a las ficciones que iba generando el cerebro afiebrado de Liev Davídovich: desde cacerías, pesquerías y paseos a las montañas hasta la búsqueda de documentos que debía localizar personalmente, había utilizado todos los pretextos. Para sus protectores la situación había resultado agónica, pues sabían de los riesgos físicos que existían en cada escapada y, sobre todo, en una escandalosa ventilación de unaffaire que podría destrozar el matrimonio del exiliado y afectar a su prestigio de revolucionario generosamente acogido en la Casa Azul o, incluso, podía provocar una reacción violenta de Rivera… Pero él había decidido no mirar hacia los lados, solo preocupado por desfogar ansias y recibir la desprejuiciada actividad sexual de Frida, capaz de revelarle, a sus cincuenta y siete años, resortes y prácticas de cuya existencia apenas sospechaba. Nunca, como en aquellos días de lujuria, la locura había rondado con tanta fuerza la mente de Liev Davídovich, y cuando se observaba en los espejos veía la imagen de un hombre que apenas le resultaba conocido y que, no obstante, seguía siendo él mismo.

La tarde del 11 de junio, luego de un combate matinal con Frida, se había empeñado en la redacción de uno de los pasajes más oscuros de su relación con Stalin: la reconstrucción del día de 1907, justo treinta años atrás, cuando la lógica decía que se habían conocido, en Londres, y, quizás, se había escrito el prólogo de aquella guerra. Natalia, que ya percibía en la atmósfera la densidad del engaño, había entrado en la habitación y, sin decir palabra, colocado el periódico sobre el folio que él estaba escribiendo. Sin levantar la vista, Liev Davídovich había leído el titular y sentido cómo crecía la angustia en su pecho mientras devoraba el reporte tomado delPravda: en Moscú se había iniciado la causa contra ocho altos oficiales del Ejército Rojo, encabezados por el mariscal Tujachevsky, el segundo hombre de la jerarquía militar, y el juicio había quedado visto para sentencia. El tribunal que los juzgaba, abundaba el despacho, era una sección especial del Supremo y se componía de «la flor y nata del glorioso Ejército Rojo».

De inmediato el ex comisario de la Guerra había advertido que, a diferencia de los juicios efectuados en el último año, a Tujachevsky y a los otros generales no se les acusaba de trotskismo sino de ser miembros de una organización al servicio del Tercer Reich. Aun cuando ya sabía que los viejos oficiales del Ejército Rojo estaban en la mira de Stalin, Liev Davídovich no había podido imaginar que, a menos que tuviera las pruebas más sólidas de la existencia de un complot, el Sepulturero se atreviera a una decapitación de la cúpula militar del país en un momento en el que la guerra parecía inevitable. El sabía que desde la sustitución de Tujachevsky como viceprimer Comisario de Defensa, dos meses antes, muchas debían de haber sido las detenciones ordenadas entre la alta oficialidad; más aún, estaba seguro de que el destino de aquellos militares se había decidido cuando se hizo público que el responsable administrativo y político del ejército, el viejo bolchevique Gamárnik, se había suicidado, mientras cuatro de sus asesores desaparecían misteriosamente.

A la mañana siguiente Moscú había informado del fusilamiento sumarísimo de los acusados, que, aseguraban, habían reconocido su traición. La estupefacción y el dolor habían paralizado a Liev Davídovich: él sabía que tal vez Stalin tenía razón en temer que los líderes del ejército pudieran urdir una conspiración para echarlo del poder, pero resultaba inadmisible acusar a aquellos hombres (sostenes militares de la revolución en los días más oscuros) de agentes de una potencia fascista, sobre todo cuando la lista de reos la encabezaban, precisamente, comunistas y judíos, como los generales Yakir, Eidemann y Feldmann. Pero, si en realidad los militares habían conspirado, ¿por qué no habían actuado?, ¿por qué habían demorado el golpe cuando estaban advertidos de que iban tras ellos?

Nunca antes Liev Davídovich había sentido igual temor por el futuro de la revolución y del país, a la vez que estaba convencido de que si Stalin se atrevía a dar aquel salto mortal era porque tenía en sus manos la promesa de Hitler de respetar las fronteras de la URSS en caso de guerra. De no ser así, los jefes fascistas debían de pensar que Stalin estaba definitivamente loco al aceptar la historia de aquella conspiración que ningún ser racional se tragaría, pues solo el hecho de colocar a tres altos oficiales de origen judío como cabecillas de un complot progermano habría resultado increíble hasta para los mismos nazis, supuestos socios de los traidores. La conclusión inevitable había sido que, con aquel proceso, Stalin daba otro paso en su acercamiento a Hitler, al que tantas veces había denunciado desde el ascenso electoral del fascismo.

Durante varios días Liev Davídovich había dejado de buscar a Frida para refugiarse en el seguro consuelo de su Natasha, para quien la muerte de Tujachevsky, como tantas otras que se les revolvían en la memoria, eran pérdidas de sus propios afectos. ¿A cuántos más iba a matar Stalin?, le había preguntado Natalia una noche, mientras bebían café en la habitación, y él le ofreció su respuesta: mientras quedase un bolchevique con memoria del pasado, los verdugos tendrían trabajo… Ya la guerra a muerte no era contra la oposición, sino con la historia. Para hacerlo bien, Stalin tenía que matar a todos los que conocieron a Lenin, a los que conocieron a Liev Davídovich y, por supuesto, a los que conocieron a Stalin… Tenía que acallar a todos los que habían sido testigos de sus fracasos, del genocidio de la colectivización, de la locura asesina de sus obras y sus campos de trabajo… Y después todavía tendría que expulsar del mundo a los que lo habían ayudado a aniquilar la oposición, el pasado, la historia, y también a los testigos molestos… ¿Y Serguéi? ¿Y Liova? ¿Y por qué no ha venido ya por nosotros?, se preguntó entonces la mujer. El observó que los ojos de Natalia Sedova tenían el brillo mate del dolor y había sentido en el pecho la presión de la vergüenza por sus debilidades y se negó a decirle que sus hijos estaban tan condenados a morir como ellos dos. Quizás alterado por el dolor, en ese instante cometió uno de los deslices más imperdonables de su vida y le preguntó a Natalia si le daba miedo morir. Del azul mate, los ojos de ella pasaron al color del acero, como el de una daga húmeda, y él había sentido un miedo que jamás le había tenido a nada en la vida: no, ella no le temía a la muerte, dijo la mujer. Solo le preocupaba que murieran el respeto y la confianza.

Sintiendo cómo se ahogaba en un reflujo de vergüenza, Liev Davídovich pensó que había llegado el momento de poner fin a su relación con Frida.

Días después, Liev Davídovich se diría que otra noticia, llegada esa vez desde España, había sido la culpable de que dilatara la decisión de cerrar su amorío clandestino. La depresión en que amenazó hundirlo la confirmación de que su viejo colega Andreu Nin había desaparecido tras haber sido detenido, acusado de cargos similares a los que se utilizaban en Moscú, le había impedido sobreponerse a la lujuria que lo mantenía atado al sexo voraz de la mujer de Diego Rivera.

La historia de la detención y la desaparición de Nin estaba llena de contradicciones y, como ya era habitual, de chapuceros retos a la credibilidad. Por diversas fuentes el exiliado logró establecer que el 16 de junio la policía había sacado al comunista catalán de Barcelona para llevarlo a Valencia. La última noticia confirmada lo ubicaba, la noche del 22, en una prisión especial de Alcalá de Henares, de donde, según la prensa oficial, había sido rocambolescamente rescatado por un comando alemán, encargado de llevarlo a territorio fascista y, más tarde, de enviarlo a Berlín.

La acusación de que Nin era un espía franquista resultaba burda e insostenible: los hombres de Stalin en España ni siquiera se habían preocupado demasiado por la verosimilitud de sus imputaciones. La desaparición y casi segura muerte de aquel amigo que más de diez años atrás Liev Davídovich había conocido en Moscú y se había sumado a la oposición sin renunciar jamás a sus propios criterios políticos de comunista convencido y anárquico, solo podía deberse a la asombrosa capacidad de Nin para resistir las torturas de la GPU sin firmar las declaraciones que con toda seguridad le pusieron delante. Un luchador como él habría sabido, desde el principio de su calvario, que su destino estaba decretado, pero que de sus labios dependían el prestigio de su partido y la vida de sus compañeros, acusados de promotores de un golpe de Estado. Y vencer a Stalin debió de convertirse en su última obsesión mientras era torturado y se negaba a firmar la condena de la izquierda española y de su propia memoria.

La imagen del joven Tujachevsky, siempre marcial, convertido en plena guerra civil en uno de los puntales del recién creado Ejército Rojo, y la desmañada y pasional de Andreu Nin, deslumbrado con la realidad soviética pero sin dejar de interrogarla, acompañarían a Liev Davídovich en el entierro de su último suspiro juvenil. Aunque después de los primeros choques eróticos Frida había comenzado a enviarle señales que podían leerse como de contención, el hombre, embriagado de sexo, se había negado o había sido incapaz de entenderlas, aun cuando no había dejado de advertir que, tras primeras citas, ella había tratado de esquivarlo (satisfecha tal vez su curiosidad político-sexual, cumplida su posible venganza contra las infidelidades de Rivera), provocando que él la persiguiera incluso con más saña. Cuando al fin se tendían en la intimidad, ella trataba de resolver el trámite con rapidez, mientras él le confesaba una y otra vez cuánto la amaba, la deseaba, la soñaba.

La tensión llegó a levantarse como una nueva barricada dentro de la Casa Azul y fue Natalia Sedova quien, a principios de julio, había prendido fuego a la mecha cuando, sin consultárselo a nadie, se trasladó a un apartamento en el centro de la ciudad, dando a Rivera la excusa de que prefería estar sola mientras se sometía a un tratamiento médico por «problemas femeninos». Ante aquella situación, Frida debió de entender que aquel disparate empezaba a rebasar los límites de lo controlable y esa misma tarde había entrado en la habitación de sus huéspedes y atacado a su amante por el flanco que él menos esperaba: tenían que aclarar las cosas de una vez, y él debía tomar una decisión definitiva: ¿se iba con su mujer o se quedaba con ella? La disyuntiva había removido al hombre, pero él respondió sin pensarlo: aquella opción nunca se había contemplado. Con sus pasos difíciles, Frida se había acercado y acariciado el rostro del amante y, llamándolo Piochitas -el nombre que dan los mexicanos a la barba de perilla-, le dijo que el juego había terminado. Ya no era divertido y podían herir a otras gentes que no lo merecían, y no lo decía por Diego, un cerdo borracho, ni por ella, la cerda sin riendas en que Diego la había convertido, lo decía por Natalia, que era una reina.

En ese instante Liev Davídovich había comprendido que tal vez nunca conseguiría saber a ciencia cierta qué reacción química había combustionado en el interior de Frida para que se lanzara a aquella aventura. Se preguntaría si él no había sido utilizado solo como instrumento de venganza contra Rivera (¿era posible que el pintor no se hubiera dado cuenta de nada?); si su halo histórico habría motivado el deslumbramiento curioso de la joven; incluso, si la compasión por verle sufrir ante el rechazo de su hermana había convencido a Frida, tan liberal, de que remojar las calenturas de un hombre que le doblaba la edad era apenas un acto de divertida misericordia que en nada mellaba su moralidad distendida. Pero cuando el perfume de Frida se diluyó en el aire de la habitación, Liev Davídovich había conseguido sonreír: ¿el juego había terminado? Solo para Frida. A él le tocaba ahora limpiar la suciedad empozada en su espíritu y tratar de salvar, con la menor cantidad de daños posibles, la confianza y el amor de Natalia Sedova. Pero treinta años de compañía le advertían que tendría que lidiar con un animal indomable que entregaba con la misma vehemencia su solidaridad que su odio, su amor que su rechazo. Tengo miedo, había pensado.

Unos días después, observando desde la ventana las montañas áridas de San Miguel, un Liev Davídovich ya decidido a sacrificar su dignidad y a superar sus miedos tomó papel y comenzó la más intensa y extraña correspondencia, de hasta dos cartas por día, donde reconocía la dependencia sentimental y biológica que tenía de su mujer. Al salir de la Casa Azul, Natalia le había dejado una nota capaz de herirle como una daga: ella se había mirado en el espejo, decía, y había visto la muerte de sus encantos a manos de la vejez. No le reprochaba nada, solo se colocaba ella y lo colocaba a él ante un hecho irreversible. Pero Liev Davídovich había entendido el sentido del mensaje: que aquella vejez llegaba al cabo de treinta años de vida común, a lo largo de los cuales Natasha había vivido por él y para él. En ese instante, empezó a escribir unas súplicas, a menudo firmadas como «Tu viejo perro fiel», a manera de toques cada vez más quejumbrosos en las puertas de un corazón al que trataba de reconquistar con recuerdos del ayer y urgencias sentimentales y físicas del presente, expresadas a veces en un lenguaje tan directo que a él mismo le asombraba… Cuando al fin recibió una carta de ella, preocupada por el pesimismo que le impedía a su marido concentrarse en el trabajo, él supo que la batalla estaba ganada y que el vencedor había sido el sentido de la bondad de su querida Natasha: «Tú seguirás llevándome en tus hombros, Nata, como me has llevado a lo largo de tu vida», le escribió y, al día siguiente, con el séquito inevitable, tomó el camino de la capital en busca de la mujer de su vida.

Un suceso ocurrido en París, del que Liova lo había puesto al tanto, atrajo su atención desde que volvieron a la Casa Azul. Ignace Reiss, nombre de guerra de uno de los jefes del servicio secreto soviético en Europa, se había acercado a Liev Sedov para comunicarle su decisión de desertar. El joven, con la cautela previsible, había tenido dos encuentros con el agente, y éste le había contado, entre otros horrores, que Yézhov y varios militares designados por Stalin habían sido quienes, de acuerdo con los alemanes, habían planificado la fabricación de acusaciones falsas para procesar a los jefes del ejército. Según Reiss, la todavía andante purga de militares era no solo una limpieza necesaria para la seguridad política de Stalin, sino también parte de la colaboración que sostenían el estalinismo y el nazismo, bajo la cobertura de sus respectivos odios, y con el objetivo de negociar la alianza con la que llegarían a la guerra. Los servicios secretos desempeñaban, de momento, la parte más activa de aquella cooperación y lo que más horrorizaba a Reiss era la traición que representaba esa componenda para todos los revolucionarios que en el mundo se alistaban en la lucha antifascista junto a la URSS, para los comunistas que, a pesar de lo ocurrido en Moscú, aún los obedecían.

Mientras leía los informes sobre Reiss, al exiliado no lo abandonaba el asco que le provocaba comprobar aquellas traiciones a los principios más sagrados. Y, a pesar de las infamias que por su oficio seguramente Reiss había cometido, no podía dejar de sentir admiración por un hombre que, él bien debía de saberlo, había colocado su cabeza bajo el hacha del verdugo. Su mayor temor, sin embargo, era que la ruptura de Reiss había implicado a Liova y a la IV Internacional, y que, cuando la ira de Stalin y sus testaferros se desatase, los trotskistas iban a ser otra vez sus víctimas propiciatorias.

Liev Davídovich no tuvo que esperar mucho para conocer el desenlace de aquella historia que terminaría tocando el centro mismo de su vida: el 6 de septiembre, Liova le dio la noticia de que unos días antes Reiss había sido asesinado en una carretera, cerca de Lausana. La policía sospechaba de un comité para la repatriación de ciudadanos rusos, una de las tapaderas de la NKVD creadas en París. Pero ese mismo día, por un camino paralelo, recibió otra carta, enviada por su colaborador Rudolf KJement, donde éste le comentaba que Reiss le había asegurado que entre los planes de la policía estalinista estaba la eliminación de los trotskistas fuera de la URSS y que Liev Sedov encabezaba la lista. Klement aconsejaba, por tanto, una evacuación del joven, a quien, además, se le veía al borde de una quiebra física y nerviosa debido a las tensiones económicas y políticas en medio de las cuales realizaba su trabajo, a lo que se agregaban las complicaciones familiares acrecentadas desde que su esposa, Jeanne, se declarara partidaria de la facción política de su ex marido, Raymond Molinier. Por ello, después de una conversación con Natalia, en la que barajaron las opciones para el futuro del muchacho, Liev Davídovich escribió a Liova, pidiéndole su opinión respecto a los temores de KJement, antes de proponerle cualquier alternativa para proteger su vida.

Mientras esperaban respuesta de Liova, al fin llegó el ansiado veredicto de la Comisión Dewey. Como había previsto Liev Davídovich, Dewey y los demás miembros del jurado habían llegado a la conclusión de que los procesos de Moscú de agosto de 1936 y enero de 1937 habían sido fraudulentos y, por lo tanto, los declaraban inocentes a su hijo y a él. Entusiasmado, envió un telegrama a Liova, exigiéndole que le diera la mayor difusión a los resultados del contraproceso, que convocara a periodistas y partidarios para iniciar una ofensiva propagandística, mientras él se dedicaría a preparar los artículos que debían acompañar al texto de la sentencia en un número especial del Boletín.

Apenas unos meses después, Liev Davídovich trataría de clarificarse el modo en que la vida y la historia se fueron entrelazando en aquellos momentos hasta conducir a la mayor tragedia. Porque, en medio de la vorágine de optimismo desatada por el veredicto, recibieron la respuesta de Liova a los temores de Klement: el joven consideraba (como su padre) que de momento era insustituible en París, y no podía delegar sus tareas en Klement, encargado de la coordinación de la pospuesta fundación de la IV Internacional, ni en Etienne, su colaborador más responsable. Era verdad, les confesaba, que él tenía problemas de dinero, que vivía en una buhardilla fría, que las relaciones con Jeanne se habían complicado y que lo sucedido en Moscú lo había afectado más de lo que en principio había creído, pues prácticamente todos los hombres entre los cuales había crecido y fueron sus modelos habían ido cayendo, tras admitir traiciones desproporcionadas. Mientras leían la carta, Natalia y Liev Davídovich volvieron a discutir el destino de Liova y en aquel momento les pareció injusto pedirle que acudiera a México, casi seguro sin su esposa, y se confinara como ellos, pues si no se escondía, apenas sustituiría un peligro por otro. Liev Davídovich le dijo entonces a su mujer que confiaba en la capacidad de Liova para cuidarse, y que quizás Stalin pensase que matarlo podía ser una medida un tanto excesiva. Para él nada es excesivo, había comentado Natalia: a pesar de coincidir con su marido, ella hubiera preferido tener al muchacho más cerca de ellos.

Fue por aquellos días cuando se presentó en Coyoacán un tal Josep Nadal. El hombre se decía catalán, militante del POUM y muy cercano amigo de Andreu Nin. En vista de la represión desatada en España contra su partido, Nadal había preferido poner mar y tierra por medio. Como pedía tener una entrevista con el camarada Trotski, Van Heijenoort sostuvo un primer encuentro con él y, al regresar, le confesó a Liev Davídovich que había sentido un escozor en la espalda al conversar con el hombre en un restaurante de la capital. Las muertes de Nin y Reiss, sumados a los temores de Klement, advertían a Liev Davídovich y su círculo más cercano de la nueva ofensiva estalinista fuera de la URSS, y todos sabían que cualquier modesto obrero español, cualquier refugiado alemán, cualquier intelectual francés podía ser el ángel negro enviado por Moscú. Pero, motivado por lo que al parecer conocía el recién llegado sobre la desaparición de Nin, Liev Davídovich decidió verlo, aunque aceptó que Jean van Heijenoort estuviese presente durante la entrevista.

El catalán resultó ser un hombre locuaz y de razonamientos agudos que, a pesar de su desmedida afición a los cigarrillos, cautivó a Liev Davídovich. Según contó, para él no cabía duda: Nin estaba muerto y sus asesinos habían sido dirigidos por los hombres de Moscú que imponían su ley en el bando republicano. Los comentarios escuchados señalaban incluso al asesor soviético llamado Kotov y al comunista francés André Marty, célebre por su brutalidad, como los organizadores del operativo encargado de secuestrar a Nin y de eliminarlo, cuando éste se negó a firmar las confesiones de su colaboración con los franquistas.

Nadal, que por su cercanía con Andreu estaba al tanto de muchos entresijos políticos, confirmaría a Liev Davídovich varias sospechas sobre la estrategia de Moscú respecto a España. Para él estaba claro que Stalin jugaba al dominio y eventual sacrificio de la República con varias cartas, y una de ellas era la financiera. Tras conseguir que Negrín, en sus días de ministro de Hacienda (recompensado ahora con la jefatura del gobierno, Nadal dixit), autorizara la salida del tesoro español hacia territorio soviético, aquella enorme cantidad de dinero parecía haberse evaporado y ahora se le exigía al gobierno republicano nuevos pagos en metálico por la ayuda militar, que comprendía aviones, artillería, municiones y hasta el sostén diario del contingente de asesores enviados al país. Las armas recibidas, le había dicho Nin, eran suficientes para que la República resistiera un tiempo pero insuficientes para hacer frente a los fascistas apoyados por Hitler y Mussolini, y la razón oculta de que no vendiera más material de guerra al gobierno era que a Stalin no le interesaba un ejército republicano lo bastante bien equipado como para aspirar a la victoria pues, llegado ese punto, podría resultar incontrolable… Pero como el yugo financiero no lo garantizaba todo, Stalin había ordenado también el control político de la República.

La ofensiva contra los «trotskistas» del POUM, los anarquistas, los grupos sindicalistas e incluso contra los socialistas que no se plegaban a la política de Moscú había comenzado desde el mismo año 1936, pero la gran represión se había producido a partir de los sucesos de mayo en Barcelona. Según Nadal, el resultado de aquella operación ya se podía palpar; ahora los comunistas dominaban los tres sectores que más le interesaban a Stalin: la seguridad interior, el ejército y la propaganda. Mientras, los asesores del Komintern y los hombres de la GPU trabajaban a la vista de todos, decidiendo líneas políticas y dirigiendo la represión. Los dos representantes más visibles de la Internacional habían sido, hasta unas semanas antes, el francés Marty y el argentino Vi-ttorio Codovilla, encargado el primero de las Brigadas Internacionales y el otro del control del Partido Comunista. El rechazo contra estos hombres era tan patente que a Marty lo llamaban «el Carnicero de Albacete», por su crueldad con los voluntarios internacionales, y a Codovilla, convertido en un dictador, la propia Internacional había tenido que sustituirlo por el más discreto Palmiro Togliatti.

Liev Davídovich había escuchado la exposición del poumista sin hacer preguntas. Nadal fumaba con una fruición desfasada, como si la abstinencia a que se había visto sometido en España todavía le cobrara el precio de la ansiedad. Llamándolo camarada Trotski, le preguntó entonces que cuando se supiera que habían sido los hombres de Moscú quienes habían mandado a matar a Nin y a otros revolucionarios, ¿qué quedaría del sueño de una sociedad soviética que conduciría a la victoria de la justicia, la democracia y la igualdad?, ¿qué, cuando se supiera que los hombres de la URSS manipulaban a los comunistas y les encargaban la liquidación política y hasta física de los que se oponían, mientras exigían más dinero a cambio de armas y asesores?, ¿qué sobreviviría cuando se conociera que impedían la revolución proletaria que tantos hombres como Andreu pensaban que salvaría a España?… Liev Davídovich despidió a Nadal casi convencido de que al menos aquel hombre no sería el asesino que podría enviarle Stalin. Y no, le había dicho mientras le estrechaba la mano: él no sabía qué iba a quedar en pie del pobre sueño comunista.

Aquel noviembre la revolución cumplió su vigésimo aniversario y Liev Davídovich sus cincuenta y ocho años. Como el onomástico casi coincidía con el Día de los Muertos, que los mexicanos celebran con una fiesta que pretende traer a los difuntos de regreso a la vida y lleva a los vivos a asomarse a los umbrales del más allá, Diego y Frida llenaron la Casa Azul de unas calaveras vestidas de las más extrañas maneras y montaron un altar, con velas y comidas, para recordar a sus difuntos. Aquella cercanía mexicana con la muerte le pareció saludable a Liev Davídovich, porque los familiarizaba con la única meta que compartían todas las vidas, la única de la cual no es posible escapar, incluso en contra de la voluntad de Stalin.

Pero el ánimo de Liev Davídovich no era propicio para celebraciones. Unos días antes le había llegado la información de que, tras la caída del mariscal Tujachevsky, Yézhov se había cebado con la familia del militar. Mientras dos de los hermanos, la madre y la esposa del mariscal eran fusilados, una de sus hijas, de trece años (a la que Liev Davídovich había cargado apenas nacida), se había suicidado de puro terror. Aquella limpieza familiar no lo sorprendió demasiado, pues parecía ser una práctica habitual: su propia hermana Olga y su hijo mayor, culpables de ser la esposa y el hijo debmismo Kámenev que dirigió el Consejo de los Soviets en octubre de 1917, habían sido detenida ella y fusilado él; tres hermanos, una hermana y Stephan, el hijo mayor del mismo Zinóviev que protegió a Lenin en los días más difíciles de 1917, también habían sido ejecutados, mientras otros tres hermanos, cuatro sobrinos y quién sabía cuántos parientes más de aquel bolchevique permanecían en los llamados gulags, verdaderos campos de la muerte. ¿Y su pobre Seriozha, qué había pasado con su hijo?

Desde que Yézhov había sustituido a Yagoda, la ola de terror desatada diez años antes con la colectivización forzosa de la tierra y la lucha contra los campesinos dueños de tierras había alcanzado unos niveles de insania que parecían dispuestos a devorar un país postrado por el miedo y la práctica de la delación. Se decía que en las oficinas del Estado, en las escuelas, en las fábricas, una de cada cinco personas era informante habitual de la GPU. De Yézhov se sabía también que se ufanaba de su antisemitismo, del placer que le procuraba participar en los interrogatorios y que su mayor regocijo era oír cómo el detenido se inculpaba a sí mismo, vencido por la tortura y el chantaje: él y sus interrogadores advertían a su víctima que, si no confesaba, sus familiares serían deportados a campos donde no sobrevivirían (o simplemente serían fusilados): «Tú no podrás salvarte y los condenarás a ellos», era la fórmula más eficaz para conseguir la confesión de delitos nunca cometidos. ¿Habría resistido su hijo Serguéi a esas amenazas, a los dolores físicos y mentales?, solía preguntar a las personas con quienes hablaba. ¿Aún debo alentar la esperanza de que sobreviva en un campo de prisioneros en el Ártico, casi sin alimentos, con jornadas de trabajo que los más curtidos solo pueden resistir durante tres meses antes de postrarse como cadáveres vivientes?

El más reciente dolor, sin embargo, le había llegado de una fuente inesperada: desde varias semanas atrás, un grupo de escritores y activistas políticos que se decían cercanos a las posiciones del viejo revolucionario se habían empeñado, al calor de los veinte años de Octubre, en buscar los defectos del sistema bolchevique que propiciaron la entronización del estalinismo. Para ello habían querido con especial insistencia desenterrar la sangrienta represión del alzamiento de los marineros de Kronstadt e, invocando la pureza de la verdad histórica, decidieron ventilar la responsabilidad del exiliado en los sucesos. El argumento más manejado había sido que aquella represión se podía considerar como el primer acto del «terror estalinista» inherente al bolchevismo en el poder, y equiparaban la respuesta militar y el fusilamiento de rehenes con las purgas de Stalin. Por su responsabilidad al frente del ejército, consideraban al entonces comisario de la Guerra como el progenitor de aquellos métodos de represión y terror.

A Liev Davídovich le había resultado doloroso conocer que hombres como Eastman, Víctor Serge o Souvarine sostenían aquellas opiniones sobre una responsabilidad que desde hacía años lo acosaba, pero sobre todo le molestaba que hubiesen sacado de su contexto un motín militar, acaecido en tiempos de guerra civil, y lo colocaran junto a procesos amañados y fusilamientos sumarios de civiles ocurridos en tiempos de paz. Pero más aún le dolía que no reparasen en el hecho de que tal discusión solo servía para beneficiar a Stalin justo cuando más empeñado estaba Liev Davídovich en denunciar el terror en que vivían y morían los opositores del montañés e, incluso, muchos hombres y mujeres que siquiera habían soñado oponérsele.

Durante semanas, Liev Davídovich se enfrascaría en aquella disputa histórica. Para comenzar a rebatirlos, el exiliado tuvo que aceptar la responsabilidad que, como miembro del Politburó, le correspondía por haber aprobado, él también, la represión de aquella extraña sublevación, pero se negó a admitir la acusación de que él personalmente hubiera propiciado la represión y alentado la crueldad con que se había desarrollado. «Estoy dispuesto a considerar que la guerra civil no es precisamente una escuela de conducta humanitaria y que, de una parte y de otra, se cometen excesos imperdonables», escribió. «Cierto es que en Kronstadt hubo víctimas inocentes, y el peor exceso fue el fusilamiento de un grupo de rehenes. Pero aun cuando murieran inocentes, lo cual es inadmisible en todo tiempo y lugar, y aun cuando yo fuera, como jefe del ejército, el responsable último de lo que allí ocurrió, no puedo admitir una equiparación entre el sofocamiento de una rebelión armada contra un gobierno endeble y en guerra con veintiún ejércitos enemigos, con el asesinato frío y premeditado de camaradas cuyo único cargo fue pensar y, si acaso, decir que Stalin no era la única ni la mejor opción para la revolución proletaria.»

Pero Liev Davídovich sabía que Kronstadt iba a quedar siempre como un capítulo negro de la revolución y que él mismo, lleno de vergüenza y dolor, cargaría siempre con esa culpa. También sabía que si en Kronstadt los bolcheviques (y se incluía, y también a Lenin) no hubieran reprimido sin piedad la rebelión, quizás habrían abierto las puertas a la restauración: así de simple, de terrible, de cruel pueden ser la revolución y sus opciones, pensó entonces y pensaría hasta el final, sin que nada lo hiciera cambiar de opinión.

Cuando a finales de noviembre llegó la carta de Liova donde le informaba de la tardía salida del número delBoletín con los resultados de la Comisión Dewey, Liev Davídovich prefirió no responderle. En las últimas cartas cruzadas habían estado al borde de una ruptura: sencillamente, no podía admitir que Liova hubiese necesitado cuatro meses para poner a punto la edición más importante que se hubiera hecho del Boletín. Todas las justificaciones resultaban inadmisibles y llegó a pensar que había habido negligencia y hasta incapacidad por parte de su hijo. En una de aquellas cartas incluso le había comentado si no sería mejor trasladar la publicación a Nueva York y ponerla en manos de otros camaradas. Natalia, que recibía otras misivas del hijo, le había dicho que Liova se sentía ofendido, pues no entendía cómo su padre podía ser tan insensible, conociendo los problemas que lo acosaban. ¡Insensible!, había protestado al oír a su esposa: ¿un hombre con la experiencia de Liova no entiende lo que está en juego? Liova es un excelente soldado y estamos en guerra, había agregado, sin sospechar cuánto lamentaría, muy pronto, sus exabruptos, su falta de sensibilidad.

Fue a principios de año cuando decidieron que el exiliado pasara una temporada lejos de la Casa Azul. Rivera aseguraba haber visto a unos hombres sospechosos merodeando por los alrededores y, para evitar riesgos, optaron por trasladarlo a la casa de Antonio Hidalgo, un buen amigo de los Rivera que vivía en las alturas del bosque de Chapultepec. Liev Davídovich aceptó la idea incluso con satisfacción, pues deseaba aprovechar el aislamiento para avanzar en la biografía de Stalin: necesitaba sacarse aquella bruma oscura de la cabeza. Natalia, mientras tanto, se quedaría en Coyoacán, y acordaron que solo lo visitaría si la estancia se prolongaba. ¿Hasta cuándo viviremos huyendo, escondidos, provocando incluso la paranoia de hombres como Diego Rivera?, pensó mientras se adentraba en el bosque de cipreses.

Los días vividos en la casa de Antonio Hidalgo pronto perderían sus contornos y de aquella estancia solo recordaría hasta el final la tarde del 16 de enero de 1938. Desde la ventana del estudio que le habían asignado, había visto a Rivera atravesar el jardín con el sombrero en la mano. Liev Davídovich escribía en ese instante un artículo en el que utilizaba la polémica sobre Kronstadt para hacer una defensa de la ética del comunista. Cuando Diego llegó al estudio, él advirtió en su cara que algo grave había sucedido y, sin pensar, casi negándose a pensar, le preguntó.

Liova había muerto en París. Cuando Liev Davídovich oyó aquellas palabras, sintió cómo la tierra se abría y él quedaba suspendido en el aire, como una marioneta. Nunca recordaría si agredió físicamente a Diego, pero sí que le gritó embustero, canalla… hasta que se derrumbó en una silla. Cuando comenzó a recuperarse, Rivera le contó que, tras leer la noticia en los periódicos de la tarde, había telegrafiado a París en busca de confirmación. Solo cuando la tuvo se había atrevido a ir a verlo. Hidalgo le propuso entonces que se comunicara con París para informarse mejor, pero él se negó: nada iba a cambiar el destino del hijo muerto y lo único que deseaba en ese instante era estar junto a Natalia.

Antes de ponerse en el camino, le reclamó a Diego toda la información. Lo ocurrido había sido y seguiría siendo confuso: el 8 de febrero, ciertos malestares de Liova habían hecho crisis y los médicos le diagnosticaron una apendicitis y decidieron una operación de urgencia. Para evitar que los asesinos de la GPU pudieran localizarlo, Liova había optado por ingresar en una clínica privada en las afueras de París, regentada por unos emigrados rusos. Su paradero solo lo sabían Jeanne y su colaborador, Etienne, pues para extremar precauciones Liova se había inscrito en la clínica como monsieur Martin. La operación resultó un éxito, pero cuatro días después, aún no se sabía por qué razón, el joven había sufrido una extraña recaída. Según los testigos, deliraba, deambulaba por la clínica y gritaba de dolor. Los médicos habían vuelto a operarlo, pero su organismo, vencido por el agotamiento, no resistió la segunda intervención.

Mientras se dirigían a Coyoacán, Liev Davídovich sentía cómo las sienes le latían y el cuerpo le temblaba. No podía dejar de pensar que su hijo había muerto solo, lejos de su madre, sin haber vuelto a ver a sus hijas, perdidas en la Unión Soviética. Y que Liova apenas tenía treinta y dos años. Al entrar en su habitación vio a Natalia Sedova, sentada en la cama, mirando viejas fotos familiares. Como nunca antes en su vida deseó morir en ese segundo, desaparecer para siempre antes que verse obligado a darle a su mujer la noticia. Ella, al observarlo (nunca lo había visto tan desvalido y envejecido, le diría semanas después), se había levantado, empujada por las dos únicas preguntas que podía hacer: ¿Liova? ¿Seriozha? La mente humana es un gran misterio, pero sin duda es a la vez sabia y sibilina, pues en ese instante el exiliado sintió que hubiera preferido decir Seriozha antes que Liova: la vida de Serguéi, si aún la conservaba, le pertenecía a Stalin; la de Liova le parecía más suya, más real. Era tanto el dolor que le iba a provocar a Natalia que no se atrevió a decir «ha muerto», y balbuceó que el pequeño Liova estaba muy enfermo. Natalia Sedova no necesitó más para saber la verdad.

Ocho días permanecieron encerrados, sin recibir visitas ni condolencias, apenas sin comer, solos Natalia y él: ella leía y releía las cartas del hijo muerto y lloraba; él, echado a su lado, lloraba con ella, lamentando la suerte del joven, haciendo cábalas sobre cómo debió haberlo protegido, sobre cómo debió haberlo tratado, culpándose por no haber reconocido cada día su gran trabajo, por no haberlo obligado a salir de Francia. Pero decidió que tampoco quería olvidar el dolor: era el tercer hijo que perdía y no sabía cuándo debería llorar a Seriozha, que quizás ya estuviese muerto, también sacrificado por el odio de un criminal.

Lentamente empezaron a desentrañar la sórdida madeja que había envuelto el final de Liova y comprendieron que había algo oscuro en su muerte, y que esas tinieblas solo podían proceder de un sitio: el

Kremlin. Los médicos de la clínica seguían sin explicarse el motivo de su recaída, pero uno de ellos le había confesado a Jeanne que sospechaba que lo habían envenenado con algún producto para él desconocido. A Jeanne y a Étienne ahora les parecía extraño que Liova hubiera decidido camuflar su origen precisamente en una clínica de rusos, y decían desconocer quién había podido sugerirle ese lugar. Además, no tenían idea de quiénes, además de ellos y Klement, conocían su paradero.

Liev Davídovich estaba convencido de que el remordimiento nunca lo dejaría en paz. La muerte del muchacho, fuese por la causa que fuese, parecía más ligada al destino de su padre que al suyo; era una consecuencia directa de la vida y los actos del progenitor. La ausencia de Liova les había dejado a él y a Natalia una desolación insondable, pues sentían que ninguno de sus hijos les había sido más cercano. «Él era nuestra parte joven. Y no me perdono que no hayamos sido capaces de salvarle», escribió, como homenaje de despedida. «La vieja generación con la que una vez emprendimos el c