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Herencia

Lan Chang

Herencia narra el rastro de una traición a lo largo de generaciones. Sólo una mirada mestiza como la de la escritora norteamericana de origen chino Lang Samantha Chang podía percibir así los matices universales de la pasión, sólo una pluma prodigiosa puede trasladarnos la huidiza naturaleza de la confianza.

Lan Samantha Chang

Herencia

Traducción de Víctor V. Úbeda

Título original: Inheritance

Si bien muchas de las personalidades políticas y militares que aparecen en esta novela existieron realmente en la China republicana (1911-1949), tanto la narradora como sus amigos y familiares son imaginarios.

A mis hermanas

Prólogo

Hangzhou 1925

Cuando tenía treinta y cuatro años, mi abuela Chanyi, que ya no era una moza, cruzó el lago del oeste para ir a ver a una adivina. No le dijo nada a mi abuelo; prefería mantener su destino en secreto. Puede que los años de vida marital hubiesen agudizado su sed de privacidad.

– Tú te vienes conmigo, Junan -le dijo a mi madre-. Para que te adivine un marido.

Mi madre, a sus doce años, no estaba interesada en un marido pero aprovechaba cualquier oportunidad de salir a conocer mundo. Cogió a su hermana de la mano y fueron las dos detrás de Chanyi hacia la calesa que las estaba esperando.

Era casi verano. Las lluvias cálidas habían limpiado la capa de carbonilla de los muros grises de las casas y dejado las calles cubiertas de charcos, en los que proliferaban insectos. El calesero pedaleaba despacio, maldiciendo cada vez que la rueda delantera se le hundía en un charco y le ponía los pies perdidos de barro. Las tres pasajeras apenas le prestaban atención. Chanyi estaba en la luna. La pequeña Yinan le echó al hombre una ojeada medrosa e intrigada, pero enseguida apartó la vista. Mi madre mantenía la serena compostura de que haría gala toda su vida. Como siempre, se guardaba las preguntas. ¿Por qué no iban en su propio carro? ¿Por qué había que mantener el viaje en secreto? Era la primera vez que salían solas. No se tranquilizó hasta que llegaron al famoso lago, donde la brisa fragante y la plácida belleza del lugar le calmaron los nervios. Unas nubes enormes teñían de violeta el lago y el cielo, componiendo así un espléndido telón de fondo para la ruinosa Pagoda de la Cumbre de los Truenos.

– Mira -le dijo a Yinan-. La vieja pagoda se ha desmoronado.

– ¿Está muerta?

– No, tonta, si es de piedra.

Yinan se tapó los ojos. Ciertos objetos la asustaban hasta el punto de no querer ni acercarse a ellos. Se negaba a tocar el asa de madera tallada en forma de ganso de un viejo cubo. O decía que la rosa bordada en un cojín de seda le había hecho una mueca.

Junan se dirigió a su madre:

– Mira qué tonta es, mamá.

Pero Chanyi no respondió. Iba sentada, con el dinero para pagar a la adivina firmemente agarrado, y sus ojos brillaban con decisión y miedo.

Junan volvió a mirar la torre derruida. Ni siquiera la melancolía de su madre podía hacerle perder interés en la pagoda, de la que algo había leído en un libro de historia. Los orígenes del edificio se remontaban mil años atrás, cuando Hangzhou había sido capital de China y los poetas la ensalzaban en sus versos. Ya estaba en pie cuando Marco Polo afirmó que Hangzhou era la ciudad más bella del mundo: una ciudad construida en torno a un lago profundo y calmo, una ciudad de lugares santos jalonada de palacios y templos. La pagoda había sobrevivido a la caída del último emperador. Junan recordaba su estampa, misteriosa y atrayente, en la otra orilla del lago. Pero ahora se había venido abajo. Sólo quedaba un muñón en ruinas, orlado de hierbajos, en el que anidaban las golondrinas.

A veces, cuando Junan miraba alguno de los objetos que asustaban a Yinan, procuraba imaginarse qué habría visto su hermana. Rara vez lo conseguía. Pero ahora, al observar la pagoda, creyó haber dado con ello. Yinan, como toda niña, había oído la leyenda de la pagoda. En el cerro sobre el que se alzaba el templo estaba atrapado un espíritu femenino castigado por su desmedido amor. Tal vez Yinan se había imaginado al espíritu, maltrecho y renegrido, hecho un guiñapo tras padecer durante siglos la acción del agua y las piedras, sin dejar de amar, eternamente cautivo. Tal era el castigo que sufriría cualquier esposa que pretendiese aferrarse a un trotamundos. Ése sería el destino de todas aquellas que recurriesen a hechizos o artimañas. Sólo había una forma de conservar a un hombre: dándole un hijo varón.

A bordo de la lancha que las llevó al templo donde vivía la adivina, Junan clavó la vista en lo que quedaba de pagoda. Esta curiosa excursión le había hecho caer en la cuenta de que un día también ella sería una esposa. En cuestión de unos pocos años dejaría a su madre para irse a vivir con unos desconocidos. Con gesto impasible, ayudó a Chanyi a desembarcar. Mi abuela se movía premiosamente. Durante seis años, antes de que la costumbre cayese en desuso, tuvo los pies vendados y se le habían quedado como caracolas, con el dedo gordo estirado y los otros cuatro enroscados por debajo. Apoyándose en Junan, echó a andar con paso tambaleante. Yinan la cogió de la otra mano.

La figura que vieron en la puerta del templo, vestida con una gruesa túnica marrón y calzada con sandalias de tela, lo mismo podría haber sido un hombre que una mujer. El cabello, canoso y recortado, apenas si se distinguía sobre la piel marfileña del cráneo. Pero cuando Junan volvió a inspeccionarla, reconoció un rostro femenino; el de una mujer soterrada y oscura, replegada con el paso de los años.

– Shitai -dijo Chanyi, inclinando la cabeza y empleando el tratamiento más respetuoso. Hizo un gesto con el paquete que llevaba en las manos-. Soy yo, Wang Taitai. He traído… un regalo para el templo.

La mujer hizo una reverencia y las invitó a entrar.

En el patio percibieron el aroma que deja el deshielo en la tierra. Los alcanfores estaban jaspeados de verde y el huerto que flanqueaba el templo también mostraba unas pocas hileras de puntitos de color verde claro. En uno de los muros de la minúscula casita, una ventana con la persiana echada parecía un ojo que se negase a mirar el jardín.

– Tu jardín es más grande -dijo Chanyi.

– Está hecho un desastre -contestó educadamente la anciana.

Junan sabía que ante semejante alarde de urbanidad su madre se sentiría animada.

– Ésta es mi hija mayor -dijo Chanyi-. Y ésta, la pequeña.

La mujer asintió con la cabeza.

– La mayor nació un año antes de la Revolución y su meimei, en el sexto año.

Esta vez la monja no respondió. Al parecer la Revolución le traía sin cuidado.

Dentro, el suelo resultaba blando, cubierto como estaba con varias capas de esteras. Había otras dos ventanas tapadas con papel de arroz y la consiguiente falta de ventilación, unida a la ausencia de luz solar, hacía que oliese a humedad, como si la casita estuviese construida sobre el agua. En toda la habitación no había más que un cuenco y unos palitos colocados en un estante, y una manta encima de la cama. Junan, sin embargo, sentía la presencia de una sombra en algún lugar de la estancia. De pronto le entraron ganas de darse la vuelta y marcharse. Alargó la mano para agarrar a Yinan, que estaba detrás. La puerta se cerró y se quedaron a oscuras.

– ¿Por qué está tan oscuro? -susurró Yinan.

– Chitón -dijo Chanyi.

La anciana respondió al instante:

– Porque así me hace menos daño a los ojos.

Tenía una voz agradable, pero Yinan se agarró fuerte al codo de Junan.

– Dos niñas. La alta primero. Acércate.

Junan no se avergonzaba de su estatura; sabía lo guapa que era. Se mantuvo quieta, toda estirada y con aire desafiante, mientras aquellos ojos miopes le escudriñaban hasta el último rincón de la cara: la curva del ceño, el mentón, la frente.

– Dame la mano izquierda.

La monja la cogió entre las suyas, viejas y apergaminadas. La estudió largo rato y al cabo la soltó.

– Fuerte -dijo-. Una niña fuerte y osada.

A Junan le complació oír aquello. Se volvió para mirar a su madre y vio el alivio escrito en su rostro.

– ¿Y de matrimonio, qué? -preguntó Chanyi.

– Se casará con un soldado.

– Eso es imposible.

La anciana se encogió de hombros.

– Pero si va a tener una dote de lo más generoso. Mírala bien -protestó Chanyi-. No me digas que no se merece algo mejor.

– Eso lo decidirá ella. Ella misma le abrirá la puerta.

– ¿A qué te refieres?

La mirada de la monja se cruzó fugazmente con la de Junan.

– Estamos entrando en una nueva época -dijo-. En un mundo nuevo, donde rige otro concepto del amor y de la autoridad.

Junan quería preguntarle a la anciana qué quería decir, pero Chanyi sacudió la cabeza.

– Aquí está Yinan -insistió-. No me has dicho nada de la pequeña.

– Es que la meimei no quiere que hable de ella.

Todas se volvieron hacia la niña, que había bajado la cabeza para taparse el rostro con su reluciente melena. Chanyi le acarició la mejilla con delicadeza.

– Meimei, ve con la señora para que te lea la buenaventura.

Yinan no estaba por la labor.

La monja la escrutó pero, al contrario que Chanyi, no se ablandó al verle la carita, sino que la observó sin inmutarse, como si no estuviese mirando a una niña pequeña.

– Meimei -repitió Chanyi-, ¿es que no quieres saber con quién te vas a casar?

Yinan musitó:

– Yo no me quiero casar.

Chanyi bajó la mirada.

– Tal vez sea mejor así -dijo, y volvió a ponerse derecha como para armarse de valor-. Es muy niña para su edad. Ahora marchaos, niñas, que tengo que hablar a solas con la shitai. Salid y esperadme fuera.

Junan vaciló antes de salir. Tenía unas ganas tremendas de quedarse. Hacía ya unos años que había empezado a proteger a su madre de toda situación que pudiese lastimar su vulnerable corazón. Pero en este caso la desobediencia no haría sino empeorarlo todo, conque cogió a Yinan de la mano y salió de la habitación. Una vez fuera, se quitó los zapatos inmediatamente. Yinan, desconcertada, hizo otro tanto. Junan se la llevó descalza, alrededor de la casita, hasta la ventana que había al otro lado. De pie sobre la tierra mullida del jardín de la adivina, las dos hermanas se quedaron mirando y escuchando cómo su madre encaraba a la anciana y se arrancaba a hablar.

Chanyi ya no era tan hermosa como lo fuera en su día. Conservaba la delicadeza de su osamenta y aquel par de ojos alargados y profundos, pero la cara se le había erosionado como la arenisca, afilándole la nariz y dejándole huecos en la boca. Ahora aquella luz mortecina proyectaba sombras profundas bajo sus ojos. Los labios, al cerrarse, trazaban una línea tortuosa y compungida ante lo desdichado de su suerte. A su edad, otras mujeres se tornaban pechugonas y satisfechas. Ella, sin embargo, había alcanzado el cenit de su belleza en sus años mozos y ahora estaba consumiéndose.

– Llevo años -dijo-, desde que nació Yinan, sin tener hijos. Lo he intentado por todos los medios habituales. Sólo hay una cosa que no he probado: la medicina de un boticario. -Hizo una pausa y tragó saliva-. Ya no soy una jovencita -continuó-. Cumplo treinta y cinco en Año Nuevo. Pero otras a mi edad no dejan de parir niños. Quiero que me digas… si voy a tener un hijo varón.

– Tienes miedo de que tu marido se busque a otra. -La monja hablaba con criterio; cada una de sus secas palabras era como la mano de un médico examinando una herida-. Pero existe otro motivo que has de saber. Un motivo más importante.

Chanyi cerró los ojos.

– Padeces una especie de enfermedad -dijo la voz anciana-. Lo veo en las arrugas que te rodean la boca. Te pasas las noches en vela. Te las pasas en vela porque quieres saber lo que va a pasar. Déjame que te diga una cosa que he aprendido. No sirve de nada saber lo que va a pasar. ¿Me entiendes?

La voz flotaba como una hoja seca. Transmitía indiferencia, carecía de resonancia o peso alguno, y Junan sabía que ese desinterés era la prueba de que la vieja decía la verdad. Sintió que se le encogía el cuerpo, como si un dedo huesudo le rozase el cogote.

– Por favor -susurró su madre-. Te pagaré. -Echó la mano al bolso-. En dólares de plata. Cien dólares de plata.

– Taitai, hay mujeres que sólo tienen hijas.

– Mil dólares.

– He prometido solemnemente no mentir.

– Cualquier cosa -susurró Chanyi-. Lo que sea.

– Otras mujeres aprenden a compartir sus maridos, taitai.

Chanyi soltó un grito como si le hubiesen atizado. Estrechó el paquete entre sus brazos y se dio media vuelta en dirección a la puerta, arrastrando los pies como si fuesen piedras.

Junan salió del jardín. Se restregó los pies en la hierba húmeda y le dijo a Yinan que hiciese lo mismo.

– ¡No, tenemos que darnos prisa!

– Límpiate los pies -insistió Junan. Pensaba que su madre no iría muy lejos. Pero a Chanyi el pánico le había agilizado el paso. En su afán por avanzar rápidamente había sacrificado hasta el último átomo de su garbo y, para cuando las niñas la alcanzaron, la madre ya casi había llegado al lago.

– Mamá -gritó Yinan.

Chanyi no pareció oírla. Estaba mirando las aguas, como sondeando sus profundidades.

Años después, Junan se permitía recordar aquella excursión a través del lago. Veía la pagoda derrumbada, en aquel cerro que tapizaban los pétalos lacerados de las flores de los frutales. Pensaba en la anciana, que le profetizó que se casaría con un soldado, y recordaba que Yinan había dicho que no quería casarse. Por último, Junan visualizaba la esbelta silueta de Chanyi recortada contra las nubes, y trataba de imaginarse en qué habría estado pensando su madre entonces.

Tal vez Chanyi estuviese evocando la tarde que pasó en esa misma orilla acompañada de su joven esposo, los dos sentados, felices, risueños y despreocupados, bajo una lluvia de pétalos. Habían alquilado una barca y surcado a la deriva la superficie del lago, compartiendo la esperanza y el deseo de fundar una familia, de tener hijos varones.

O tal vez estuviese mirando hacia el futuro. Es sorprendente cómo una mala noticia aclaraba el panorama. Si seguía sin dar a luz un varón, tendría que aprender a vivir como una mujer caída en desgracia. Compartir un hombre, compartir su hogar… Tendría que luchar por sobrevivir, como tantas otras. Estaba al cabo de la calle. Sus deseos y motivaciones crecerían deformes y retorcidos, y aprendería a odiar a la otra, a la esposa más joven. Conforme fuese marchitándose y encaneciendo, aprendería a hablarle con un puñal escondido, a ponérselo difícil. Lucharía con uñas y dientes para arrancar pequeñas concesiones. Cuando por fin la esposa joven se alzase con el triunfo y diese a luz un niño, Chanyi aprendería a odiarlo, y se afanaría en atrofiarlo, en malograrlo, en destruirlo.

Sabía que era posible sobrevivir a todo ese quebranto, a tamaña vergüenza. Todo era posible. Ahora bien, ¿estaba dispuesta a ser la mujer que resultara de todo eso? ¿Una mujer sin la menor esperanza? De pie ante la vasta e indiferente belleza del lago, Chanyi contempló el mundo reflejado en su superficie: una alameda, un templo, montañas en lontananza. Durante un largo instante todo lo demás se difuminó y desapareció de su campo de visión. Y el lago se le antojó tan profundo y prometedor como un descanso.

Matrimonio

Hangzhou 1930-31

La historia de mi familia es como una piedra. A menudo pienso en sus verdaderas dimensiones, en su peso, en su forma. Hace muchos años la arrojaron a aguas profundas, arrastrando tras de sí un chorro de aire y sin dejar nada más que ondas.

La mala suerte nos golpeó mucho antes de que mi abuela muriese ahogada. Lo sé por Hu Mudan, nuestra antigua ama de llaves, que decía que los problemas empezaron antes de que naciese mi madre. Una noche de otoño, en 1911, un grupo de hombres entró por la puerta principal de la casa, que no tenía echado el cerrojo. Una vez dentro, pegaron fuego a la casa y corrieron a dar parte del acto a la Alianza Revolucionaria. En el último momento, uno de ellos, pensando en los que habría dentro, dio la vuelta y llamó a la puerta una, dos, tres veces. Pero el llamado muro de sombra, construido dentro de la puerta para repeler influencias malsanas, amortiguó los golpes. El fuego se extendió rápida y vivamente con el aire otoñal, y cuando los de la casa se quisieron dar cuenta de lo que ocurría, ya no había quien frenase el incendio.

Sólo una persona oyó los golpes del soldado. Hu Mudan tenía a la sazón catorce años, quince según el calendario chino. Todavía no era nuestra ama de llaves, ni siquiera una doncella. Era una niña famélica y descarriada que había entrado a hurtadillas en la casa para dormir con el chico de los recados en el chiscón que éste ocupaba junto a la puerta. Como la mayoría de los hambrientos, Hu Mudan no dormía bien. Y notó que pasaba algo; tenía buen oído para las desgracias. Así es precisamente cómo describía ella sus recuerdos de la Revolución: el ruido de la desgracia, tres porrazos en aquella puerta de madera maciza que la despertaron en mitad de la noche.

Pom. Pom. Pom.

Hu Mudan recordaba la rapidez con que el fuego consumaba su devastación en estampas de una claridad y un peso extraordinarios. La luz dorada parpadeaba en las ventanas de papel de arroz, iluminándolas como fugaces pantallas llameantes que rápidamente se venían abajo reducidas a cenizas. Las hileras de tejas vidriadas de color verde relucían como escamas de serpiente. Vio a un hombre salir al patio haciendo eses con una pila de dietarios en los brazos. Debería haber escapado a toda prisa, pero en cambio se quedó allí parado, una figura pequeña y de barba cana, contemplando la escena como si no formase parte de la misma. Una viga cargada de tejas se desplomó golpeándole en la cabeza y el hombre cayó fulminado como una marioneta a la que hubiesen cortado los hilos.

Hu Mudan no logró llegar hasta él; los separaba la viga en llamas. Se apartó del fuego tratando de encontrar la puerta trasera para esfumarse, pero entonces vio algo que la hizo pararse en seco. En el ala izquierda de la casa, una mujer joven se encaramaba sobre la barandilla de un balcón. La escalera era pasto de las llamas y el reflejo de éstas avivaba el verde claro de su batín de seda.

Sus miradas se cruzaron; la de la mujer era una pura súplica. Hu Mudan no podía apartar la vista de ella, no podía dejar atrás a aquella mujer que tenía los ojos clavados en el patio como si contemplase las fauces de la muerte. Tenía que llevársela consigo. Tenía que servirle de colchón de seguridad.

Le hizo gestos con las manos.

– ¡Salte, salte! -le gritó. Pero el bronco rugido del fuego se hizo más atronador-. ¡Salte, que yo le ayudo!

La figura verde se precipitó hacia el humo. La mujer cayó al suelo, derribando a Hu Mudan.

Hu Mudan oyó su propio grito, atenuado por el fragor de las llamas, pero el cuerpo que tenía al lado no emitió sonido alguno. Ese silencio la inquietó. Se puso en cuclillas, como a la defensiva. Cogió a la mujer por los hombros y le dio la vuelta. Eran hombros finos, casi afilados, los hombros de una joven esposa. Tenía los ojos entornados y en blanco; sus labios entreabiertos mostraban unos pocos dientes blancos, todos iguales. El resplandor del fuego le proyectaba sombras sobrenaturales en el rostro, por lo demás plácido y terso. Hu Mudan se fijó en el sensual resalte del labio superior, en las sinuosas mejillas, en la frente, amplia y ovalada, y en los ojos, hundidos. Que de repente pestañearon.

– ¡Vamos, levántese! -dijo Hu Mudan, resollando a causa del calor-. Deprisa.

Tiró del batín verde, sintiendo en las yemas el tacto cálido y suave de la seda.

La mujer, tosiendo, señaló la parte trasera de la casa. Le costaba caminar y apoyaba todo el peso en Hu Mudan. Avanzaban penosamente, paso a paso.

Detrás de la casa había un patio más pequeño que, en su día, habían construido para albergar un templo y que ahora estaba muy deteriorado. Tenía un estanque en el medio. En esa época del año el nivel del agua estaba bajo, pero así y todo servía de cortafuegos. Tras rodear renqueantes el estanque, ya no pudieron dar ni un paso más. Se desplomaron sobre la hierba, una apoyada en la otra, y se pusieron a contemplar el fuego. La mujer joven rompió a llorar. Hu Mudan miraba fijamente las llamas, como aturdida. El reflejo incandescente de la casa en el estanque le recordaba un espectáculo de fuegos artificiales que había visto un día en la otra orilla del río.

Por fin, la mujer alzó la cabeza y le dijo a Hu Mudan que se llamaba Chanyi.

– ¿Y tú quién eres? -le preguntó con su habitual tono curioso y amable-. ¿Eres nueva en la casa?

– No.

– ¿De dónde has salido?

Hu Mudan sacudió la cabeza.

– Quédate con nosotros, por favor -dijo Chanyi, y cerró los ojos.

Hu Mudan se quedó allí, en el jardín, aspirando el aroma de los crisantemos otoñales y la dulce y ajada fragancia de las rosas, tenues en medio del olor a chamusquina. La pesada cabeza de la mujer le cayó en el regazo. Una gruesa trenza le resbaló por la pantorrilla pero, aparte de eso, la mujer se quedó inmóvil, con la cabeza vencida hacia atrás, sobre las rodillas de Hu Mudan. Tenía un colgante de jade en el hueco de la garganta y dragones bordados en los bolsillos del batín. Mientras examinaba aquella prenda de color verde claro que hacía aguas y titilaba a la luz de las llamas, Hu Mudan reparó en la ligera protuberancia de la barriga y cayó en la cuenta de que el batín era un regalo de alguien que deseaba con toda el alma que esta nuera suya diese a luz un varón.

El fuego seguía ardiendo. A lo largo y ancho de China, infinidad de casas refulgían envueltas en llamas, irradiando una luz espléndida antes de desvanecerse como espectros reducidas a rescoldos y ceniza. Hu Mudan estaba sentada en el jardín con la joven nuera de la familia Wang. La invadió una sensación de paz y determinación, como una llamarada que respondiese a sus anhelos. Había encontrado alguien a quien consagrar sus cuidados y atenciones. Había estado con muchos hombres, pero hasta entonces jamás había confiado en nadie; ahora supo, por instinto, que confiar en una persona significaba responsabilizarse de ella. Hu Mudan inclinó la palma de la mano para alumbrársela con el fulgor marmóreo del fuego y vio el sendero de su vida trazado ante sus ojos, como un relámpago que se ramificara en la mano.

Había pasado hambre. Había estado sola. En aquella época turbulenta, Chanyi decidió acogerla. Hu Mudan creía en la lealtad a la antigua usanza e inmediatamente se puso a servir como doncella de Chanyi. Era la única que sabía peinar la melena de Chanyi, que le llegaba hasta las rodillas, empezando por las puntas y subiendo con tiento hasta la raíz. Era la única que sabía proteger a su señora del abatimiento que de continuo la rondaba. Después de que Chanyi diese a luz dos niñas y el cabello se le volviese más fino y ralo, Hu Mudan no hizo el menor comentario sino que siguió peinándola con mimo y delicadeza. Cuando se hizo evidente que Chanyi había perdido su hermosura, Hu Mudan no se brindó a adularla ni a darle falsas esperanzas. Y su señora la amaba más por eso. Le regaló su colgante de jade verde y le rogó que cuidase de sus hijas en el caso de que le ocurriese algo.

Cuando Chanyi murió, Hu Mudan juró que nunca se casaría. En lugar de eso, cuidaría de las dos niñas.

Durante los cinco años siguientes, Hu Mudan se sumergió en el hogar del amo y señor que le había robado la belleza a Chanyi, poniéndose al servicio de la suegra que le había comido la moral. Sentaba a la vieja Mma en el orinal y luego la ayudaba a levantarse. Vigilaba a mi abuelo y procuraba, sin mucho éxito, mantenerlo alejado de las partidas de paigao. Y lo que es más importante, velaba por mi madre y por mi tía. Cuidaba de las niñas con la misma ternura con que cuidara a Chanyi. Supervisaba sus modales, su apetito y su crecimiento. Les revisaba las deposiciones, las uñas, las palmas de las manos, el aliento, todo con gesto seco e inequívoco, como temiéndose lo peor pero sin que eso la amilanase.

Le preocupaba que pudiesen padecer la melancolía que había hecho presa en su madre. Pero ninguna de las hermanas apuntaba el menor indicio al respecto. Junan creía firmemente en la justicia y en el orden natural de las cosas. Leía a Confucio, con su estricta jerarquía de obediencias dentro de una familia: la esposa al marido, la hija al padre, los jóvenes a los ancianos. Según estas leyes, ella era responsable de Yinan y Yinan debía obedecerla. Junan, a su vez, debía obedecer a su padre, quien, por su parte, respetaba y honraba a la anciana Mma. Este sistema garantizaba que cuando Junan envejeciese, sus propios nietos se ocuparían de ella.

Era imposible concebir dos hermanas más diferentes. Mientras que la tez blanca de Junan y su afectada serenidad vaticinaban su belleza y aplomo, la carita estrecha y los ojos de renacuajo de Yinan no eran presagio de nada. Mientras que Junan jamás perdía la compostura y no mostraba más que un frío decoro, Yinan carecía de decoro alguno. Lo suyo eran las raíces y los secretos, los tesoros enterrados. Le gustaba cavar en la tierra, construir patios imaginarios con piedras y barro. Cuando la mandaban meterse en casa, se pasaba horas sentada en la cocina, sorbiendo gachas de arroz con azúcar y escuchando las consejas estrambóticas de la cocinera. Prestaba gran atención y rara vez se reía. Era como si intuyese ese velo, tan fino como el papel de arroz, que separa el mundo de los vivos de lo que ya no existe.

Con todo, a pesar de sus diferencias, las hermanas se querían con una pasión que tranquilizaba a Hu Mudan. La forma en que se amaban la reconfortaba y a la vez la obsesionaba. Las dos hermanas siempre habían estado unidas, pero al morir su madre se hicieron inseparables. Todo lo hacían juntas y no reñían jamás. Por las tardes, mientras Junan estudiaba los caracteres chinos, Yinan dibujaba sentada a su lado. Algunas noches en que Hu Mudan no lograba conciliar el sueño, se levantaba de su camastro, salía de su cuarto, situado detrás de la cocina, y llegaba, cruzando el patio, hasta los aposentos de las hermanas. Con frecuencia se las encontraba juntas en uno de los dormitorios, con las oscuras cabezas rozándose y el pelo desparramado por las almohadas como trazos de tinta.

Mi abuelo, efectivamente, se buscó una amante, aunque no se trataba de una mujer de carne y hueso. Siempre había tenido pasión por el juego y cuando Hu Mudan lo conoció, su afición al paigao ya era insaciable. Cualquier otro pasatiempo le resultaba insípido y vulgar. Las cartas podían contarse; las estrategias del ajedrez estudiarse. El paigao era el único juego que le daba lo que él quería: entregarse a la incertidumbre, compartir con los compañeros de partida una misma necesidad de consumirse en la esperanza amarga y delirante del azar.

Le explicó a Hu Mudan que había que reducir los gastos domésticos al mínimo. Sólo debía hacer una excepción con lo relativo a sus hijas y a la anciana Mma.

– No le digas nada a nadie -dijo-. Enseguida saldremos de este apuro.

Pero el apuro duró y los criados, naturalmente, fueron los primeros en notarlo. La cocinera comentaba la mala calidad de las verduras; el chico de los recados se quejaba de que le echasen menos arroz al puchero. Hu Mudan comía menos. De día prestaba atención al chismorreo de los criados del vecindario: era el medio más fiable de enterarse de cuánto dinero había perdido mi abuelo. Las noches en que la partida se jugaba en casa, Hu Mudan convencía a las niñas de que su padre simplemente estaba divirtiéndose; después de acostarlas, se ponía a escuchar a escondidas lo que se cocía en el salón. Así, se enteró de qué jugadores eran unos cobardes y mentirosos, y cuáles unos faroleros.

Mediado el verano, al portero le dio por largarse por ahí y ausentarse durante horas. Mi abuelo ni se enteró, así que tuvo que ser la propia Hu Mudan quien se quedase en la puerta de la calle, esperando. El barro de las lluvias de primavera, al secarse, se había convertido en un rostro cuarteado. De pie bajo un sol oblicuo, Hu Mudan se echó a temblar. Algo se cernía sobre la casa, una sombra de alas negras.

Desde su posición en la entrada de la casa, Hu Mudan percibió un olor a caballo mezclado con otro más próximo a amoníaco. A su izquierda se oía claramente el ruido gorgoteante del chico de los recados haciendo aguas menores. De la cocina llegaba el tintineo de las cucharas de porcelana al rozar los cuencos de porcelana.

Durante media hora no ocurrió nada. Pero entonces oyó que alguien se acercaba por el camino. Atisbó entre los batientes y vio a un hombre caminando calle Haizi arriba procedente del centro de la ciudad. Se trataba, a todas luces, de un campesino, de un desconocido, no de un amigo de la familia. Pese al calor reinante, llevaba puesta una gruesa chaqueta de algodón que hacía imposible verle la forma del cuerpo. Pero a Hu Mudan le sonaba de algo, tal vez por los andares. Se quedó mirándolo mientras se acercaba hasta que casi distinguió sus rasgos bajo el ala de su sombrero de paja: unas facciones duras y castigadas por el sol y unos ojos velados por la sombra. Era el pollero del mercado del barrio. Hu Mudan apenas lo conocía, sólo sabía que venía dos veces por semana desde una granja de gran tamaño propiedad de su familia política y situada en las afueras de la ciudad.

Hu Mudan tenía un hambre inadmisible en una ama de llaves respetable. Se le notaba en los ojos, pequeños y almendrados, más sesgados de la cuenta y con un brillo fuera de lo común; se le notaba en la boca, de aspecto taimado pero capaz de suavizarse y convertirse en un atractivo mohín. Tenía el cuello terso y los pechos erguidos, unos brazos y unas piernas bien torneados, y una piel perfecta del color de la arena. Además, nunca había estado embarazada. Mucho tiempo antes había llegado a sospechar que era estéril, lo cual le proporcionó una libertad que le duró hasta los treinta y tantos.

Ya se había fijado en el pollero unas horas antes, esa misma mañana, una mañana tibia en la que el más mínimo ruido cobraba la viveza del inminente verano. El sol caía a plomo sobre los vendedores y su mercancía, sacando lustre a los pollos y avivándoles el olor. Hu Mudan evocó épocas más prósperas, no mucho tiempo atrás, cuando Mma llegó a mandar que matasen un pollo para cocinar un único puchero de sopa. Andaba Hu Mudan embebida en esos recuerdos cuando, de pronto, reparó en que el hombre la miraba.

Era fornido, de mofletes rubicundos y hombros musculosos, que rebosaba vitalidad en cada gesto. Al ver que ella lo estaba observando, reveló una hilera de dientes blancos y sanos. Acto seguido sacó una flauta de caña y se la llevó a la boca, frunciendo los carnosos labios en torno a la boquilla. Una catarata de notas breves y brillantes surcó el aire, de tal suerte entrelazadas que a Hu Mudan le fue imposible reconocer la melodía. Los pollos corretearon hacia el hombre y se agruparon a sus pies.

Por un instante Hu Mudan se quedó parada, embelesada con los pollos agrupados, con la música del pollero, con aquellas manos de ágiles y largos dedos. Pero cuando el hombre paró de tocar y le sonrió, Hu Mudan se acordó de la familia. Desde que muriera Chanyi había llevado una vida de monja, velando por las dos niñas a su cargo, siempre temerosa de perderlas de vista. No tenía ni dinero para comprarle un pollo ni fuerzas para lidiar con sus galanteos. Se dio media vuelta y se marchó, dando el asunto por zanjado.

Ahora, mientras atisbaba por la rendija, se dio cuenta de que aquel hombre había dado con la casa. Se quedó parado delante de la puerta, con aire cohibido y las manos ocultas en el chaquetón. Hu Mudan notó que se le subían los colores ante tan halagüeña sorpresa. Sabía que el hombre la estaba viendo fisgar por la rendija. Sacó las manos con parsimonia y le tendió una ofrenda: una gallina rechoncha y parda, con lindas pintas negras y los ojos tapados con una capuchita verde para evitar que armase alboroto.

Hu Mudan abrió la puerta.

Empezó poniéndose a la defensiva. Señaló que estaba a cargo de las dos niñas desde que su amo enviudó. Y que en su calidad de mentora, debía respetar y hacer valer los elevados principios morales de la casa. Cuando el pollero le rebatió con rumores -que la difunta señora de la casa se había suicidado y que el amo era un jugador empedernido- Hu Mudan respondió que eso eran patrañas. Valoraba el viejo ideal del xingyi: fidelidad y lealtad. El hombre la escuchaba de buen humor. Le replicó que ésa era la típica palabra que en su día usaran los emperadores para dominar a los cándidos y los ilusos. Al cruzarse con su mirada, Hu Mudan sintió un súbito martilleo en el pecho, como si un desconocido la hubiese llamado por su nombre de pila.

Se había pasado años enclaustrada y ajena a las delicias del tacto. Y ahora que la pena y la preocupación la habían hecho olvidarse de sí misma, esas delicias llamaban a su puerta. Ahí estaba el placer, tan turbador e indiscutible como el perfume del verano. Había criado a mi madre y a mi tía con desvelo, teniendo presente lo que Chanyi habría querido. Pero tenía la impresión de que a la querida y ausente Chanyi, que había sido su amiga, no le habría disgustado aquel hombre.

– Vaya a lavarse a la bomba -le dijo-. Después venga por detrás a la puerta de la cocina.

Hu Mudan cerró la puerta y se recostó contra ella, con la gallina bajo el brazo y una expresión vacía en su rostro tostado e iluminado por el sol.

De no haber sido por el tiempo que hacía, tan cálido y fragante; de no haberse detenido a escuchar aquella melodía encantadora; si aquel hombre no le hubiese puesto aquella capuchita verde a la gallina, ¿habría dejado Hu Mudan desatendida la casa, propiciando así la historia que habría de decidir nuestras vidas? Me pregunto si habría podido hacer algo para protegernos del destino que había estado llamando a nuestra puerta, esperando ese breve momento de descuido para colarse.

Hu Mudan y el vendedor de pollos entraron en su cuartito situado detrás de la despensa. Estaba limpio como una patena. Lo único que tenía en el estante era su sombrero de paja y un tarro de cristal con la tapa agujereada, en cuyo interior los gusanos de seda de Yinan se cebaban con hojas de morera. Se tumbaron juntos. El hombre la miró con sus extraños ojos y le tocó la cara con delicadeza. Hu Mudan notó que la piel se le ponía tirante y la cara al rojo vivo; sintió que toda ella -las yemas de los dedos, las aletas de la nariz, las pupilas, sensibles a la luz- se cargaba de placer. Respiró hondo; era plenamente consciente del olor del hombre, y del suyo propio, que acudía al encuentro del primero. El hombre le sonrió muy cerca de la cara. Ella le sonrió mirándole a los ojos, que eran del color húmedo de la tierra en el fondo de un estanque. No oyó a los invitados de su amo entrando por la puerta, ni cómo lo saludaban con voz alegre y expectante.

Más tarde, en el patio, Junan la llamó.

– ¿Hu Mudan? -Alzó la voz-. ¡Hu Mudan!

Pero Hu Mudan no oía nada.

A sus diecisiete años, Junan no dejaba escapar un detalle. Veía lo mezquinas que eran las raciones y se había fijado en cómo Weiwei, la criada resultona, siempre le echaba el ojo con aire expectante a lo que su hermana y ella se dejaban en el plato. Había notado que el portero se alejaba. De todos estos cambios inquietantes, el más alarmante era el nuevo hábito de su padre, que por las mañanas se sumía en una especie de letargo, reservando las energías, a la espera de las timbas, con ocasión de las cuales se tiraba días sin pasar por casa o encerrado en el salón con sus amigotes.

Tenía grandes proyectos, decía él: en cuanto llegase una buena racha, unas cuantas noches de suerte con las fichas, los llevaría a cabo. Pensaba financiar una expansión hacia el norte, usando el Gran Canal para mandar algodón a un nuevo y lucrativo mercado. Junan le había oído exponerle estos proyectos de expansión a su primo Baoding (sin mencionar, por supuesto, la necesidad de una buena racha con las fichas). Pero ella sabía lo importante que eran las fichas. Era su hija y entendía sus grandiosos designios. Hasta le parecían bien. Lo que la preocupaba eran los planes que su padre tenía para ella. Porque no existían. Es decir, sabía que cuando la cuestión de su matrimonio se hiciese insoslayable, su padre la mandaría a la casa de su amigo y vecino Chen, como un buen partido para el joven Chen Da-Huan.

Junan no podía ponerle ningún pero a Chen Da-Huan. Era un chico muy callado, idealista y cargado de espaldas, que cuando se cruzaba con ella ni la veía, de tan ensimismado como iba en su visión de la futura China. Hacía muchos ademanes con sus blandas manos mientras peroraba sobre los peligros del imperialismo y se declaraba convencido de que había que liberar a China de la opresión de todos los extranjeros y restituirle su pasada gloria. Su idealismo se debía a que su familia era rica y no tenía que preocuparse lo más mínimo por los yuanes que podían ganarse comerciando con los extranjeros.

Quizás el joven Chen Da-Huan pudiese ser un buen marido. Sin embargo, cada vez que Junan hablaba con él, no lograba quitarse de encima la impresión de que a Chanyi le habría disgustado semejante matrimonio. Su madre jamás había mencionado el asunto, pero Junan lo sabía. Siempre que se planteaba la posibilidad de casarse con él, los labios se le crispaban ante la sola idea.

Junan se acercó al despacho de su padre con los labios dibujando una línea recta. Oyó el ruido -chirridos, traqueteo- que hacían los hombres al meter más sillas en la sala contigua. Estaban encendidas las luces y Junan vio a su padre haciéndole gestos al chico de los recados. Mientras los escuchaba y observaba trajinar muebles, el ruido se hizo tan fuerte que le dolieron los huesos y le pareció que la casa fuese a caerse en pedazos.

– ¿Dónde está Hu Mudan? -preguntó. Pero en la cocina no lo sabían. Tal vez había salido a un recado.

Junan decidió sentarse junto a la puerta y esperar. Sabía que no debía ponerse a buscar a Hu Mudan como si la ama de llaves fuese de la familia, pero nadie se dio cuenta. Se sentó en el taburete donde a veces la cocinera pelaba judías. En el patio se espesaba el crepúsculo. De alguna parte de la casa llegó el sonido apenas perceptible de una flauta. Entonces oyó el palmetazo del tapete blanco y el derramarse de los amarracos de hueso, seguidos de un breve silencio y del chasquido de las fichas, roto a su vez por gritos y risotadas.

Ya casi era de noche cuando Junan oyó que llamaban a la puerta. ¿Sería Hu Mudan? Se levantó del taburete y fue a abrir.

Ante ella aparecieron dos hombres jóvenes. Uno llevaba una guerrera desteñida y el otro un uniforme del ejército que le quedaba corto de mangas. Eran demasiado jóvenes y pobres para ser amigos de su padre, pero, así y todo, en la expresión del más alto reconoció un halo de expectación que le resultó familiar. Un parásito, pensó. Percibió en su rostro un no sé qué de imprudencia que no le gustó. Era guapo. El otro era más joven, hermético y de rasgos angulosos, mal porte y gafitas redondas.

– Venimos por Wang Daming -dijo el guapo. Tenía acento de campesino-. ¿Nos deja entrar?

– No -contestó Junan.

– Vamos, mujer -dijo con desparpajo-. Que no te vamos a comer. -Miró por encima de Junan. Se oía perfectamente a los hombres, riéndose en el despacho.

– Vámonos, Li Ang -dijo el más joven-. La chica no quiere que entremos.

– Tú déjame a mí -respondió Li Ang.

– Yo me largo -dijo el otro.

Li Ang aceró el gesto. En ese momento Junan cayó en la cuenta de que eran hermanos. Li Ang no se dio la vuelta.

– Vete a casa a leer -dijo, encogiéndose de hombros-. Ya te enterarás mañana por la mañana de lo mucho que te has perdido.

El hermano pequeño se esfumó en la oscuridad.

Li Ang se quedó allí, expectante. Junan se planteó darle con la puerta en las narices, pero no lo hizo. Su silencio estimuló al joven.

– ¿Y bien? -preguntó Li Ang.

Junan alzó fugazmente la vista para mirarle la cara y la bajó al instante.

Aunque no fue más que un breve parpadeo, aunque apenas si llegó a echarle un vistazo en aquel crepúsculo cada vez más espeso, Junan lo captó por completo, como si hubiese aspirado una bocanada de aire. Vio a un joven, a un niño, en realidad, vestido con un uniforme de alférez de segunda mano y sin gorra, lo que dejaba al descubierto un pelo de punta y unas facciones curtidas por la intemperie. Era poco mayor que ella, tenía las piernas largas y todavía no era un hombre hecho y derecho. Junan intuyó que tenía hambre. Viéndolo, también se percató del efecto que ella misma causaba en los demás, un efecto de distanciamiento creciente. Empezó incluso a percibir una ligera hostilidad hacia sí misma: una chica bonita pero fría, que se mostraba indiferente a apuestos desconocidos. No le molestó. Su postura era tan primorosa que parecía que le habían trazado la columna con una pincelada, y dibujaba circulitos con el dedo en el cerco de la puerta.

El chico se refugió en lo personal.

– ¿Wang Daming es tu papá?

Tenía la voz grave y de una sonoridad sorprendente; hasta las frases más breves apuntaban melodía. Una voz así podía atraer incluso a una mujer empeñada en ser fría. Junan levantó la vista para mirarlo. Unos ojos brillantes y remotos. El chico dio un paso al frente y se le arrimó lo bastante como para tocarla.

Junan lo observó a través de las pestañas.

– Mi padre está ocupado. No puedes entrar.

– Vengo a jugar al paigao, no a obedecerte.

Sonrió. ¿Qué fue lo que le decidió a hacer eso? ¿Cómo pudo darse cuenta, inmediatamente, de que si algo no soportaba Junan era que se burlasen de ella?

Fue un deje de dulzura en la voz del chico lo que le hizo perder los estribos. Junan alargó el brazo y le agarró de la manga.

– ¿Y quién te ha dicho que puedas jugar?

Se quedaron mirándose fijamente. Junan tenía el brazo largo y apretaba con rabia. Si el chico daba un tirón, ella le arrancaría un jirón del único uniforme que tenía. Debió de asustarse, qué duda cabe, al verse ante semejante arrebato de cólera por parte de una niña desconocida. Seguro que tomó buena nota y quedó avisado. ¿Cómo no iba a darse cuenta? Pero no lo hizo. Se limitó a sonreír de nuevo y a esperar que la cosa cambiase. Pasó un buen rato. Hasta que por fin Li Ang vio lo que había estado esperando, un suavizarse del ceño, cierta renuncia en la boca. Junan dejó caer los hombros. La sonrisa de Li Ang había surtido efecto. Ella no lo invitó a pasar ni le mostró el camino, pero le franqueó el paso y lo dejó entrar en el cuarto donde se hallaban reunidos los jugadores.

Li Ang tenía una constelación de cicatrices en la espalda que se extendía desde la paletilla izquierda hasta el centro de la columna. Tenía la piel tostada, y las heridas, al cerrarse, se le habían quedado de color azul lavanda. Cuando se acaloraba o se exaltaba, se le ruborizaba el cuerpo entero, y las cicatrices le refulgían pálidas por toda la espalda, como vetas de carne quemada.

Lo habían herido en Shanghai, durante una provocación japonesa. Se había alistado como voluntario y se ocupaba de los recados; un día vio una granada lanzada contra el joven cabo Sun Li-jen y lo apartó de un empujón. La metralla le desgarró el hombro y se le alojaron unas cuantas piezas junto a la columna, pero Sun salvó el pellejo y, como muestra de agradecimiento, le pagó los estudios en la escuela militar.

Ahora que era oficial del ejército, Li Ang se gloriaba de sus cicatrices. Solía mirarse el hombro en el espejo, estirando el cuello para vérselas en mitad de su espalda tersa y morena. Su padre había sido un pequeño agricultor, prácticamente un labriego, pero ahora él, su hijo, estaba llamado a recorrer una senda más ilustre. Había adquirido ese futuro a cambio de tan sólo un pequeño sacrificio. Su cuerpo no le preocupaba. A decir verdad, había veces en que lo desconcertaba. ¿Le pertenecía, o tenía vida propia al margen de su conciencia, como las imágenes trémulas que proyectaba el cinematógrafo? Ese hombro moteado… ¿se había interpuesto entre el cabo y el enemigo? ¿Estaba realmente salpicado de cicatrices? ¿O bien existía en algún lugar que él no conocía, intacto, como si nada de aquello hubiese ocurrido? Como de costumbre, se sacó esas ideas de la cabeza. Eran tan inútiles como el recuerdo de su madre y de su padre, muertos cuando tenía diez años. No eran más que ecos en el interior de su mente, formas que se demoraban en las márgenes del sueño. El dulce timbre de la voz de su madre, la profundidad de aquellos ojos de suaves párpados. La mano de su padre en la botella de aguardiente de sorgo, con las uñas todas roídas. Li Ang procuraba no pensar en ellos, pues estaban muertos.

El ritmo endiablado del paigao exigía reconocer las combinaciones de fichas y registrar atentamente los movimientos del anfitrión. Li Ang lo había aprendido de su tío, que jugaba a lo que le echasen. Por las tardes, la papelería de Charlie era un hervidero de partidas de go [1] y ajedrez. Charlie era un tahúr incluso jugando al bridge duplicado. Una vez él y su mejor amigo se embolsaron cuatrocientos peniques de las arcas de la cristiandad tras merendarse a dos pastores de la Iglesia Metodista de Hangzhou.

Había siete jugadores, entre ellos un coronel calvo cuya brigada había invadido Nanjing en 1911. Le dio un codazo a Li Ang.

– ¡Ajá! Conque te han ascendido, ¿eh?

Charlie mostró el hueco que tenía entre los dientes.

– Vamos a ver si en el ejército no se te ha olvidado divertirte, sobrino.

Li Ang se preguntó por qué le gustaría a su tío jugar al paigao con aquel anfitrión. Wang Daming parecía moderado: no era bullanguero ni escandaloso, ni tampoco grandote ni llamativo en ningún sentido. Tras sus gafas plateadas tenía una mirada acuosa y afable; desprendía un saludable olor. Li Ang no advirtió señal alguna -ni en sus maneras ni en su bien amueblada casa- que lo delatase como jugador. Pero cuando se puso a remover las fichas, Li Ang lo vio claro. Repiqueteaban a un ritmo sensacional, con absoluta precisión, y, sin embargo, los movimientos de Wang parecían obrar en contra de esa exactitud rítmica. Eran místicos y frenéticos: la espalda encorvada, los codos bien abiertos, las manos con un punto de histrionismo. Revolvía las fichas con los dedos una y otra vez, acariciándolas como si fuesen las cuentas de un rosario. Mirándolo y oyéndolo, Li Ang se dio cuenta de que Wang era víctima de una obsesión: creía en el pensamiento mágico como baluarte contra un dolor oculto. Incitaba a hacer apuestas fuertes que luego él igualaba a toda costa. Esa noche podría ocurrir algo inusitado.

El baijiu menguaba en la botella; el cuarto se iba caldeando. Los hombres se volvían cada vez más bulliciosos. Li Ang pensó que los únicos que se lo pasaban bien eran Charlie y el viejo coronel Jiang. Un vecino, Chen, había ido únicamente para apaciguar a Wang. Bebía poco, apostaba con mesura y apenas ganaba ni perdía nada. Algunos bebían más de la cuenta y apostaban sin ton ni son. Y a Wang, ese hombre místico y atribulado, no le hacía ni pizca de gracia. Li Ang decidió impresionarlo y mantuvo la compostura, como su tío.

Dos botellas de baijiu. Tres botellas. Wang removía las fichas. Esta vez se inclinó sobre ellas como tratando de calentar la partida con la fricción de las fichas contra la mesa. A Li Ang le pareció oír que alguien llamaba a la puerta. Se volvió pero no había nadie. Al ver lo que le había caído en suerte, volvió a poner atención en la partida. Un doce y un ocho rojo: la combinación de más valor. Ésta es la mía, se dijo. Apostó todo cuanto tenía en esa baza, y en la siguiente, que también ganó, esa vez con un dos y un ocho rojo. Wang se sonrió y empujó sus fichas hacia delante, y a Li Ang las manos del anfitrión le parecieron algo menos crispadas.

Charlie se encogió de hombros.

– La suerte del novato -dijo.

Y como si una fuerza invisible hubiese escuchado esas palabras, la fortuna le fue esquiva unas cuantas bazas. Pero Li Ang las jugó con cautela. Había empezado a intuir su buena suerte en el repiqueteo uniforme e incesante de las fichas, en el acariciar enloquecido de las manos de Wang. Notaba que le iba llegando poco a poco, como un viento que arreciase.

Las fichas estaban dispuestas sobre la mesa: barritas alargadas de color negro incrustadas de puntitos rojos y blancos. La de diez puntos parecía un ramillete de flores blancas. La de dos puntos, una cara. Juntos, formando combinaciones, los puntitos podían significar victoria, riquezas, suerte; o lo contrario: derrota. En torno a esta mesa reluciente se arracimaban los hombres con sus ojos avariciosos; también estaba la casa; también la noche, inmensa y negra; y en alguna parte, en mitad de aquella noche, se hallaba la sombra de todo cuanto hubiese ocurrido alguna vez, junto con sus consecuencias, buenas y malas. Li Ang se mantuvo al margen de eso; era la única manera de verlo. En un momento como aquél había sido capaz de ver al hombre que le lanzó la granada al cabo.

Ahora volvió a tocarle el doce-ocho, y después las parejas más complicadas. Apostó más fuerte. Había accedido a ese lugar apartado desde el que podía jugar sin que nada lo tocase. Abrieron otra botella. El humo se elevaba hasta el techo. A Li Ang se le escapaba alguna que otra baza, pero las apuestas más cuantiosas se las seguía llevando. Su pila de amarracos se hizo enorme; ya tenía que rodearla para alcanzar a colocar las fichas. Su tío estaba a sus anchas, sin perder su semblante sereno y educado. Pero Li Ang notaba que el hombre estaba escuchando. Se quedó quieto. Ahí estaba: un fragor sordo. La mesa parecía estar muy lejos. Las apuestas le salían limpiamente de la boca, como si se limitase a transmitir mensajes. Gastaron todos los amarracos. Echaron cuentas, los repartieron y empezaron de nuevo. Al cabo de un rato se fijó en que las fichas ya no proyectaban sombras en el tapete. Las bombillas también lucían más tenues; casi amanecía. La partida tocaba a su fin.

De repente sintió que estaba muy cansado. Tenía delante una montaña enorme de amarracos y varios trocitos de papel con sumas. Delante del anfitrión no había nada.

Wang Daming mandó que le trajesen la caja de caudales y la abrió. Dentro, apilados justo al borde, había gruesos fajos de diferentes billetes. Wang contó diecinueve fajos: mil cien del mismo Banco Central, doscientos en billetes emitidos por el Banco de Comunicaciones, y luego seiscientos más en billetes emitidos por bancos británicos, franceses y japoneses.

Cuando Wang terminó de contar esa cantidad se detuvo un instante. Volvió a inclinarse sobre la caja. Extrajo, como el que no quiere la cosa, varias bolsas de monedas de plata y se puso a contarlas haciendo montones.

– Nuestro presidente -dijo, y levantó en alto un dólar Yüan Shi-k'ai, acuñado años atrás con motivo de la esperanzada proclamación de la República.

– El mejor dólar, el más venerable -bromeó Charlie, cogiendo otra moneda más antigua, un Sun Yat-sen de plata acuñado durante la Revolución.

Li Ang se quedó mirando el dinero. Con tres de esas monedas tendría para comer durante un mes. Con diez, su hermano y él vivirían a cuerpo de rey, y aún les sobraría un montón para tabaco y libros. Pronto las monedas serían suyas. Mientras Wang contaba el dinero, el tañido esporádico de dos monedas entrechocándose resonaba con una belleza aguda y reluciente, casi mística. De cuando en cuando, paraba y se reía. Dividió las monedas en montoncitos muy ordenados de veinte cada uno: trescientas monedas para el coronel Jiang, cien para el viejo Chen.

Estaba llegando al fondo de la cuarta bolsa. Sólo había trescientos sesenta y dos de los cinco mil ochocientos que le correspondían a su tío, y Wang ni siquiera había empezado a pagarle a él.

Cuando terminó de contar las de la cuarta bolsa, Wang se dirigió a su tío.

– Para lo que falta de lo tuyo, y para lo de tu sobrino, iré a la ciudad por la mañana.

– De acuerdo.

Su tío y Wang Daming se estrecharon la mano al estilo occidental.

Los hombres se pusieron en pie para marcharse. El coronel Jiang, que había bebido como una esponja, se dirigió hacia la puerta haciendo eses. Chen, el vecino, estrechó la mano de Li Ang y se despidió cortésmente de todos. Mientras se despedía de Wang, el tío Charlie forcejeaba más de lo normal con la manga de su chaqueta.

– Sobrino -dijo-. Ven a ayudar al viejo de tu tío.

Li Ang no tuvo más remedio que ponerse detrás de él y ayudarlo a meter el brazo por la manga.

– Hasta la vista -le dijo Wang a Chen, que casi había salido ya.

– Hasta la vista.

La puerta se cerró de golpe. Estaban a solas con Wang Daming.

– Os pido disculpas por el retraso en el pago -dijo Wang. Estaba de pie delante de ellos, cansado y encorvado pero, de algún modo, aliviado al fin.

– Nada, nada, faltaría más. ¿Qué importa un poco de dinero entre nosotros?

Li Ang sentía la presión del brazo de su tío resistiéndose a la chaqueta. Del cuello de su camisa se escapó una vaharada, el olor del sudor y de la astucia. Seguía hablando:

– Un poco de dinero no es nada. Ahora bien, una copa… ¿Qué tal si nos tomamos una copa?

Una criada soñolienta trajo la botella.

Wang Daming sirvió tres tragos.

– Por vuestras ganancias. ¡Ganbei!

El delicioso licor le escaldó la garganta a Li Ang.

– Por ti -dijo Charlie, alzando el vaso en honor a Wang-. Si hemos ganado, ha sido gracias a ti. Sólo un hombre poderoso puede permitirse tanta generosidad. Eres un buen anfitrión. ¡Ganbei!

Bebieron de nuevo.

– Así y todo -dijo su tío, sopesando el vaso hasta que Wang captó la indirecta y sirvió otra ronda-, cuatro mil yuanes son mucho dinero, hasta para el más generoso de los anfitriones.

Wang se encogió de hombros.

– Lo lamento. Mañana lo consigo.

– Claro que, teniendo en cuenta lo activo que eres, no creo que tengas tanto dinero parado en el banco.

– Pues la verdad es que tengo invertida la mayor parte de mi capital.

– En ese caso, ¿no estarías dispuesto a otra forma de cobro?

Wang pestañeó al clavar los ojos en los de Charlie. Li Ang, perplejo, no movía un dedo. Charlie prosiguió con aire reflexivo.

– Mi sobrino es demasiado joven para tamaña fortuna. En su nombre, como tío suyo que soy, querría saber si tendrías la amabilidad de concederle, en lugar de dinero, alguna otra cosa: pongamos por caso, una de tus propiedades.

Wang sonrió.

– No sabía que a tu familia le interesase el negocio del algodón.

– Lo que es a mí, personalmente, nada. Pero por lo que respecta a mi sobrino… Tienes una propiedad que sí le interesa.

– ¿Y de cuál se trata, si se puede saber?

– De tu hija mayor, Junan.

A Li Ang se le abrió la boca, y la cerró al instante. Los dos adultos se miraban como si Li Ang no estuviese allí. Entonces Wang dio una palmada en el aire y se echó a reír.

– ¡Ja! Ésa sí que es buena, mi hija. Mi hija.

Charlie echó la cabeza hacia atrás y también se echó a reír.

– Ya es mayor de edad y está libre de compromiso.

– No tengo intención de casar a mi hija.

Charlie se encogió de hombros.

– Bien harías en aceptar -dijo, señalando a Li Ang-. Es joven, está sano, como puedes ver, y acaban de ascenderlo. Y lo volverán a ascender. -Hizo una pausa-. Con tantos cambios como se avecinan, lo más aconsejable es tener algún contacto en el Partido.

Li Ang frunció el ceño. Él era miembro del ejército, no del Partido.

– Podrías considerarlo como pago de una deuda familiar -dijo Charlie.

El humo del cigarrillo de Wang pareció detenerse en el aire.

– Si aceptas casar a tu hija con mi sobrino, cancelamos no sólo lo que le debes a él, sino todo lo que me debes a mí. Podrías considerar los cuatro mil yuanes de hoy como mi contribución a la boda.

A través de un velo de baijiu, fatiga y sorpresa, Li Ang admiró la buena cabeza que tenía su tío para los detalles: no podía permitirse sufragar una boda, pero ahora ya tenía el problema resuelto.

Oyó que su tío decía:

– … unos minutos para pensártelo?

Wang se aclaró la garganta.

– Para pensármelo…

– Aún no es de día. Podemos esperar -dijo Charlie-. ¿Por qué no echamos otro trago?

Se echó hacia delante, inclinó la botella sobre el vaso de Li Ang y después sobre el de Wang.

– Por la reflexión -dijo-. ¡Ganbei!

– ¡Ganbei!

Al acabar la siguiente ronda, Wang Daming se excusó y salió del despacho.

Después de que la puerta se cerrase tras el anfitrión, Li Ang y su tío se quedaron varios minutos sentados sin apenas decir nada, esperando. Li Ang le daba vueltas a la cabeza. Estaba deseando volver a percibir la ráfaga sorda y deslizante de la suerte. Pero se sentía tan cansado que apenas conseguía pensar; tenía la mente en blanco. Alzó los ojos en busca de consejo, pero el rostro de su tío no mostraba expresión alguna. Entonces, como si de pronto reparase en la presencia de su sobrino, sirvió con garbo otra ronda.

– Por la reflexión -dijo.

– Por la reflexión.

Charlie había llenado la copa del anfitrión y, tras beberse la suya de un trago, también le echó mano a aquélla. Li Ang agarró la botella y se la llevó a los labios. Su tío le hizo un gesto admonitorio con el índice.

– ¡El brindis!

– El brindis.

– Por el matrimonio -dijo Charlie.

– Por el matrimonio -asintió Li Ang.

Estaba levitando a un dedo de la silla; apenas notaba el peso de la botella en las manos. Cerró los ojos y bebió. El sol mañanero le teñía los labios de un rojo candente; le pitaban los oídos. Lo único que lo mantenía anclado eran los aguijonazos del aguardiente.

– Pero tío Charlie -dijo, soltando cada palabra con sumo cuidado como si fuesen barquitos de papel en el mar-, yo no sé si quiero una esposa.

– Esa decisión ya no está en tu mano.

El tío Charlie le mostró su sonrisa mellada como si le acabase de dar la solución a un problema. ¿Cuánto tiempo hacía que quería ver casado a su sobrino? Se trataba de una pregunta sorprendente a la par que complicada. Li Ang se prometió pensar en ello después. Entonces, la habitación entera giró delicadamente, un par de veces. Apoyó la cabeza en las manos.

Trató de recordar la cara de la chica. Sólo logró traer a la memoria una vaga impresión de su altura, de su elegante frialdad, y de la saña con que le había apretado el brazo.

Alguien abrió la puerta.

– Es que está cansado -oyó decir a su tío-. ¿Ya lo has decidido?

Mi tía Yinan tenía los lóbulos como conchitas de mar, finos y pequeños, presagio de una vida desdichada. Y las orejas delicadas y sensibles al tacto. De niña le tenía miedo al bastoncillo de marfil, fino como una paja, con que de vez en cuando le hurgaban los oídos para quitarle la cera. Sólo Junan sabía manejar aquel instrumento sin hacerle daño. Mientras Hu Mudan sostenía el candil, Junan escudriñaba el túnel sinuoso de las orejas traslúcidas y sonrosadas de Yinan. La mayor tenía el pulso firme y la vista aguda. Años después, Hu Mudan aseguraba que las hermanas se habían criado en un ambiente de tanta intimidad que Junan se sabía de memoria las vueltas y revueltas del conducto auditivo de Yinan. La anécdota pretendía dar fe de lo inseparables que eran.

Era la mañana del día de la boda de Junan. Mientras le limpiaba el oído a su hermana, Junan repasaba con Hu Mudan la lista de cosas que quedaban por hacer. Había que revisar el chipao [2] rojo por si tuviera algún botón suelto. Junan lo vestiría para inclinarse ante los antepasados. Luego se cambiaría y se pondría un moderno traje de novia de color blanco, para la ceremonia y el banquete en el hotel. Lo de los dos trajes y los dos rituales separados era una solución de compromiso improvisada a última hora para contentar a la tradicional Mma, que, aunque ya estaba casi ciega, era capaz de distinguir el rojo del blanco.

– Estáte quieta, meimei.

Yinan suspiró.

– Para ser una niña elegante tienes que ir toda limpia, incluidos los oídos.

– Pero es que yo no quiero ser una niña elegante.

– Solamente hoy -dijo Junan.

Yinan accedió y Junan se arrepintió un poco de haber insistido en limpiarle los oídos. No quería someterla a un tormento innecesario. Las dos le tenían pavor a esa separación que se había posado como un cuervo sobre los preparativos para la boda. Junan le había tranquilizado asegurándole que nada cambiaría. Iba a seguir viviendo en la casa de su padre con Yinan. A Li Ang lo habían destinado cerca, iría a visitarla en sus días libres, y todo seguiría igual que siempre. Pero sabía que no sería así. El menor cambio podía traer complicaciones. Al igual que su hermana, desconfiaba de cualquier promesa de seguridad. Sabía que podía desaparecer como una piedra lanzada a un lago.

Le colocó a su hermana un mechón detrás de la oreja. El pelo de Yinan, si bien no era lo bastante negro ni brillante como para merecer el calificativo de hermoso, era abundante y suave al tacto. Al arrimarse, Junan le vio algo en el cuero cabelludo. Se inclinó y apartó las delicadas ondas. Allí debajo, en la raíz del pelo, tenía un grano gordo y rojo, reventado de tanto rascárselo.

– ¿Y esto qué es, meimei?

– No sé. Me pica.

– Te has hecho sangre.

Junan reparó en otro grano. Le bajó la camisa para examinarle el cuello. Tenía más en la espalda y en el pecho.

Entonces consultó a Hu Mudan. La mujer examinó a Yinan y asintió levemente.

– Dime lo que es -le dijo Junan-. ¿Qué enfermedad tiene?

– Tiene el shuidou -respondió Hu Mudan como si tal cosa-. Una enfermedad infantil normal y corriente.

– ¿Y no hay forma de taparle la frente? Se lo va a ver todo el mundo.

Hu Mudan negó con la cabeza.

– Puede venir al hotel, pero no debería asistir a la boda. Esta viruela es muy contagiosa. Y peligrosa para cualquier mujer embarazada o cualquier adulto que no la hayan pasado de niños.

– Lo siento, jiejie -dijo Yinan con la cabeza gacha.

– Lo que hay que evitar es que se rasque. Podemos aliviarle el picor con compresas mojadas. La infección sigue un proceso y tiene que pasarlo.

Junan pensó con rapidez.

– Diles que aparten una silla de la mesa del banquete. Y tú, Yinan, no pongas esa cara. Vamos a tu cuarto.

– ¿Me puedo llevar a Guagua?

Se oía a la gallinita de Yinan cloqueando en el patio.

Junan meneó la cabeza.

– Ni se te ocurra meter aquí a ese pollo. Vete tú a saber si no ha sido ese pajarraco asqueroso el que te ha pegado la enfermedad.

En el cuarto de Yinan, Junan le cortó a su hermana las uñas con las minúsculas tijeras que en su día pertenecieran a su madre. Mandó a Weiwei que le llevase un cuenco con agua y que remojase trapos para aplicárselos a Yinan en la piel cuando se quejase de picores. Hu Mudan había dicho que si se rascaba, el shuidou le dejaría cicatrices y agujeros tan grandes como granos de arroz.

Junan le puso la mano en la frente para ver si tenía fiebre, pero no notó nada; ella misma sí que se sentía febril. No es que estuviese enferma, sino que simplemente flotaba en el río de preparativos que había ido a desembocar en ese día, el de su boda.

Recordó el instante en que se enteró del destino que le aguardaba. Se había despertado a primera hora de la mañana para encontrarse a su padre sentado a los pies de su cama. Le olía el aliento a alcohol. Estaba hablando, prácticamente sólo, y repetía el nombre de Li Ang. El joven teniente al que había dejado entrar.

– Debemos adaptarnos al futuro -dijo su padre-. En el mundo actual, los contactos políticos que uno tenga cuentan más que su dinero o que su familia.

A través de la ventana, el sol, aún bajo, proyectaba en su cuarto una débil luz; Junan se había quedado mirándola, pensando en el teniente.

Ahora era Yinan quien preguntaba.

– Jiejie, el teniente Li Ang, ¿es buena persona?

– Por supuesto que sí, meimei. Papá no me casaría con una mala persona. El teniente trabaja para que China sea fuerte.

Yinan se quedó callada un instante. Y a continuación preguntó:

– Jiejie, ¿adónde crees que ha ido mamá?

– ¿A qué te refieres?

– Ya sé dónde están las cenizas. Pero, ¿adónde crees que ha ido la otra parte de mamá?

– A volver a nacer. ¿Te acuerdas del cántico del funeral? La otra parte de mamá ha dejado este mundo para dirigirse a una nueva vida y su cuerpo ha regresado al mundo material.

– Ojalá la hubiésemos tenido más tiempo.

– Ya la tuvimos durante un período determinado, y ahora ha vuelto al mundo.

– Ojalá la hubiésemos tenido más tiempo -repitió Yinan. Se dio la vuelta para tumbarse boca arriba y se quedó mirando fijamente al techo con los ojos brillantes.

La propia Junan había buscado el espíritu de Chanyi con vergonzosa ansiedad. La segunda noche tras la muerte de su madre creyó verla. Se había despertado en mitad de la noche y sintió el olor de la escarcha en el aire. ¿Fue el sonido de su propia voz lo que la despertó? ¿Habría ido alguien a verla? Pero no había nada, ni un ruido. Ahora recordó la salmodia budista del funeral:

Se bu i kong

kong bu i se

La vida no difiere de la nada; la nada no difiere de la vida.

Junan echó las persianas para repeler el violento ataque del sol, que la estaba deslumbrando.

– Si yo fuese niño -dijo de repente Yinan.

– ¿Qué estás diciendo?

– Vale, ya lo sé. -Yinan se volvió de cara a la pared-. Pero si yo fuese niño, igual no se había suicidado.

Junan cerró los ojos. La imagen del sol, proyectada a través de los párpados, semejaba un furioso lunar azul.

– Mamá no se suicidó.

– Oí a Gu Taitai decirle a Weiwei que sí.

– ¡Vale ya!

La voz de Junan, que soltó un bochornoso gallo, resonó en todo el cuarto.

Al cabo de un buen rato, Yinan dijo:

– Perdona, jiejie. Duibuchi.

– Nunca más vuelvas a hablar de ese tema.

– ¡Duibuchi! -dijo Yinan con voz trémula.

Junan se tiró de las mangas de la chaqueta para cubrirse bien los brazos. Volvió a cerrar los ojos y se sentó muy erguida con la espalda apoyada en el respaldo de la silla. Su propio nombre, Junan, significaba «como un hijo varón». El nombre de Yinan significaba «la que dará a luz niños».

Pasado un largo rato, Yinan habló entre sollozos.

– Jiejie, ¿te has enfadado conmigo?

Junan no podía articular palabra.

– Por favor, dime algo. No me abandones, por favor. Prométemelo. Ahora que te vas a casar.

Junan apartó la vista.

– No -le dijo a la pared-. No voy a abandonarte nunca, meimei.

Yinan cerró los ojos satisfecha.

– Ni yo tampoco voy a abandonarte nunca.

Más tarde llegó la criada para avisar a Junan de que la llamaba su abuela. Después de que Junan la saludase con la debida reverencia, la anciana le tendió un vaso con una bebida que no reconoció: espesa como un jarabe, de color endrino, con aspecto de llevar dátiles o ciruelas. Mma se acercó para verla alzar el vaso. Junan atisbó, por encima del borde, la turbia mirada de la anciana, inquisidora y vengativa, y se figuró lo que era aquel líquido. Sabía que podría haberse granjeado la compasión de su abuela aferrándose a sus faldas, confesándole sus temores o pidiéndole consejo, pero no era más capaz de revelar tal flaqueza que de rechazar el desafío implícito en la ofrenda de Mma. Conque se llevó la pócima de la fertilidad a los labios y bebió.

Varias horas después Li Ang estaba sentado junto a su novia en la mesa principal de su banquete de bodas.

Junan se había apartado pudorosamente de él, dejando ver el alargado contorno de su cuello, el pronunciado caballete de su nariz, el ángulo de sus pómulos. El tocado, de un blanco rutilante, daba realce a sus grandes ojos y a sus cejas oblicuas. Antes, durante la ceremonia tradicional, había lucido un vestido rojo, con un largo velo del mismo color, para arrodillarse ante los antepasados. Ahora, toda de blanco, estaba despampanante. Combinaba elegancia moderna con pureza de rostro: la suya era una naturaleza virginal, tan perfecta como las imágenes de los santos que Li Ang recordaba haber visto la única vez que entró en una catedral. Todo el mundo se había quedado mirándola de hito en hito cuando entró en la sala. Li Ang se enorgulleció de ello; de algún modo le compensaba el apuro de que casi ninguno de los invitados fuese suyo. De los doscientos comensales, Li Ang sólo conocía a ocho. Aparte de Charlie Kong, el calvo coronel Jiang y el acaudalado Sr. Cheng, no habían invitado a ninguno de los jugadores de paigao. Sus invitados eran sólo tres: su mentor Sun Li-jen, su tío y su hermano. Li Ang se imaginaba que todo el mundo habría comentado lo exiguo de su parentela. Le oyó explicar a su mentor que el novio y su hermano se habían quedado huérfanos tras la epidemia de gripe.

– Me temo que no hemos contribuido con muchos invitados -dijo Li Ang disculpándose ante Wang Daming.

– Por mí no hay problema -contestó Daming-. Dicen que las bodas demasiado suntuosas traen mala suerte.

Al oír eso, Li Bing enarcó las cejas. Li Ang se figuraba el desprecio que su hermano debía de estar sintiendo por la distinguida función que sus parientes políticos habían juzgado apropiado organizar. El banquete se estaba celebrando en una mansión reformada. La fiesta tenía lugar en el ala moderna del edificio, iluminada con luz eléctrica. Había invitados llegados hasta de Nanjing: parientes lejanos, comerciantes amigos y varios funcionarios en representación de cada una de las trece corporaciones y cargos diferentes a los que Wang sobornaba anualmente. A Li Bing no le parecían pensadores progresistas. Estaba sentado junto al joven Chen Da-Huan, que llevaba una larga túnica de mandarín. Chen estaba hablando de restaurar el glorioso pasado cultural de China.

– La literatura occidental nos ha corrompido, ese movimiento hacia el llamado «lenguaje progresista» ha acabado con la dignidad y la musicalidad de la palabra escrita…

Li Bing, nervioso, liaba con sus largos dedos un cigarrillo imaginario. Li Ang sabía que su hermano estaba enfrascado en una traducción, «en lenguaje progresista», de La máquina del tiempo, de H. G. Wells. Sabía que en esos momentos Li Bing preferiría estar leyendo, pero que reprimiría su impaciencia por el bien de su hermano.

Mientras comía, Li Ang le echaba miradas furtivas a Junan, sonriéndola de cuando en cuando. La chica se desenvolvía a la perfección, sin perder en ningún momento la cortesía ni el recato, pese a lo largo que había sido el día. Li Ang no podía sino admirarla; estaba cansado de llevar tanto tiempo sentado. Seguían saliendo manjares, uno detrás de otro. Su favorito era un plato típico de la región, pescado crujiente procedente del lago. Por un momento supuso que lo habían servido en su honor, pero después cayó en la cuenta de que nadie sabía lo más mínimo acerca de su persona. Esa misma mañana había llegado una motora cargada de marisco: enormes langostinos de gráciles bigotes, vieiras, abulones. Para los invitados de fuera de la ciudad se había incluido en el menú un guiso de pollo envuelto en hojas de loto, otro plato típico de la zona. En honor del mentor de Li Ang, que ahora ya era coronel, comieron tripas de cerdo preparadas por un cocinero de Anhui. Y también el plato preferido de la novia, huevos de codorniz. Pero tardaron mucho en servirlos y Junan no llegó a disfrutarlos. A esas alturas ya se había retirado a su cuarto para cambiarse el traje, quitarse el historiado tocado de la cabeza y prepararse para la noche de bodas. De acuerdo con el espíritu modernista de la época, explicó ella, se había negado a escenificar los tradicionales jueguecitos en torno al lecho nupcial. El novio iría después, a solas, a encontrarse con ella en su cuarto.

A Li Ang aquel plato de huevos le resultó casi inasequible. Desde que lo ascendieran, había tenido alguna que otra ocasión de comer con palillos de marfil en lugar de con los suyos habituales, de bambú; pero aquellos palillos de plata, menudos y finitos, le planteaban un desafío inédito. Antes ya se le había caído en los muslos un escurridizo trozo de abulón. A partir de ese bochornoso instante, se había esforzado en pasar por alto la irritación que sentía cada vez que se llevaba una porción de comida a la boca. Los palillos le parecían poco prácticos, engorrosos y cursis. Eran más pequeños de lo normal, con la punta afilada, lo que los hacía más difíciles de usar, y, a su modo de ver, femeninos. Esto le trajo a la memoria un cuento que leyó años atrás, cierta sobremesa amodorrada en la tienda de su tío. Era muy antiguo. A las nuevas esposas del emperador las ponían a prueba obligándolas a comer un plato de huevos de codorniz con palillos de plata. ¿Acaso los Wang ponían a prueba a sus yernos de la misma forma? ¿Se estaban burlando de él? Ruborizado, se quedó varios minutos mirando los minúsculos huevecillos antes de ponerse manos a la obra.

El primero se le escurrió mientras se lo llevaba a la boca; se lanzó hacia delante en un intento vano por atraparlo antes de que rebotase en el plato y desapareciese de su vista. Li Ang se quedó mirando al frente. Cuando tuvo arrestos para mirar alrededor, sus ojos se cruzaron con los de Wang Baoding, el tío de Junan llegado de Nanjing.

Baoding era un hombre apuesto y delgado, con el pelo largo y cuidadosamente peinado hacia atrás, lo que dejaba al descubierto una frente amplia y despejada. Había comido y bebido de sobra y, aunque su rostro conservaba una palidez terrosa, los lóbulos se le habían puesto de color rosado. Ahora, dirigiéndose por primera vez a Li Ang, Baoding se reclinó en la silla y habló.

– Querido sobrino, me vas a disculpar que te haga una pregunta -comenzó diciendo-. Rara vez se me presenta la oportunidad de departir con franqueza con hombres vinculados al ejército. Así que me veo obligado a preguntarte: ¿En qué diantres estaba pensando tu general Chiang Kai-chek cuando accedió a unir sus fuerzas y cooperar con el Partido Comunista? ¿Tiene idea de quiénes son esos hombres?

Li Ang percibió, bajo el tono de complicidad de aquel hombre, el regusto ácido del antagonismo.

– Eso es mucho presumir de mí, Tío -respondió-. Yo sólo soy un militar. Procuro no mezclarme en política.

Charlie Kong meneó la cabeza.

– No es un pensador -dijo risueño.

– Desde luego que no.

Li Ang vio cómo los labios de su hermano se torcían en una sonrisa. Baoding no pareció darse cuenta.

– Déjame preguntarte una cosa -dijo Baoding, volviéndose hacia Li Ang-. ¿Has conocido alguna vez a un verdadero comunista?

– ¿Cómo dice?

– La pregunta es bien sencilla. ¿Has hablado alguna vez con un comunista de verdad?

– Bueno, bueno -terció el viejo Chen-. Éste no es momento de hablar de política. Todos sabemos que el país ha de estar unido para hacer frente a la agresión japonesa.

Chen había sido el anciano escogido para ejercer de testigo oficial de la boda. Se había relamido con el banquete y comió de todos los platos con espléndido apetito, manteniendo inmaculado su terno inglés de importación. Ahora alzó en el aire un huevecillo de codorniz para subrayar su argumento.

Baoding se echó hacia delante. El rostro, alargado y pálido, estaba salpicado de levísimas vetas de color rosa.

– Bueno. Pues yo sí, las cosas como son. Lo conocí a muy temprana edad.

– ¿En serio? -dijo Charlie-. ¿Era ruso?

– No, era un han, [3] Se llamaba Wu Shao y me robó el almuerzo cuando estábamos en cuarto.

Pestañeó y los miró a todos con sus ojos alargados y astutos antes de llevarse la copa a los labios.

– Su abuelo había sido herrero y su padre cargaba hielo. No había tenido una familia como Dios manda, ni educación, ni propiedad, ni dinero alguno. Era tosco e ignorante, y hablaba con un acento muy marcado. Ese día no tenía nada que comer y estaba muerto de hambre.

Sin tan siquiera bajar los ojos, Baoding llevó los palillos al plato y se metió con suma destreza un huevo de codorniz en la boca. Acto seguido escrutó a sus oyentes. Li Ang se obligó a sostenerle la mirada.

– Al terminar sexto curso dejó el colegio y entró a trabajar en una fábrica. Estuve años sin saber qué habría sido de él. ¡Y ahora voy y me entero por el periódico de que es miembro del Partido! Y no un miembro del montón, sino todo un líder local, un organizador. -Soltó un bufido que pareció una risa-. Así que nada, muchacho, quizá para darle un empujón a tu carrera te vendría bien enterarte de quiénes son los comunistas y qué es lo que pretenden. Es muy sencillo. Los comunistas son gente con hambre. Pobres que quieren quedarse con nuestro dinero. Gente sin negocios ni propiedades que envidian a quienes sí los tenemos. Eso es lo que son, y eso no lo cambiará jamás ninguna de sus doctrinas ni de sus reivindicaciones.

»¿Y dices que no has conocido a ningún comunista? Has estado en Shanghai. Has visto mendigos por las calles. Cada vez hay más labriegos y campesinos pobres pululando por la ciudad, donde no hay nada para ellos. Ésos son los comunistas. Sí, ésos son los comunistas. Están por todas partes, en este mismo hotel, incluso. Son ellos quienes han limpiado esta sala. Quienes han acarreado esta agua, quienes han recogido estos huevos y plantado y cosechado estas hortalizas. Quienes nos piden limosna. Quienes nos roban. Y quienes nos odian. ¿Por qué nos odian? No es una cuestión personal. Ni complicada. Tienen hambre y nosotros poseemos aquello de lo que carecen. Nos observan. Están esperándonos. Esperándonos en el umbral. Por la noche, mientras dormimos, ellos velan; están planeando cómo derrocarnos.

Se le acercó tanto que Li Ang percibió en su aliento un olor a huevos sulfurosos. [4]

– Vosotros los jóvenes… ¿Sabes lo que más me llama la atención de las componendas que se trae tu ejército con el Partido Comunista? Que no parecéis daros cuenta de que en cuanto cese la amenaza japonesa, los comunistas no dudarán en apuñalaros por la espalda.

La charla del resto de comensales había ido apagándose hasta morir; media sala se había girado para escucharlos. El viejo Chen se alisó la corbata de seda. Li Ang guardaba silencio, sonriendo tímidamente y tratando de minimizar aquella verborrea. Le molestaba la forma en que Baoding insinuaba que todo eso tenía que ver con él. Echó una ojeada a su hermano en busca de apoyo. Li Bing escuchaba atentamente, pero en su rostro no había expresión alguna.

Más tarde Li Ang atravesó el patio en dirección a la cámara nupcial. La brisa nocturna le enfriaba las mejillas, y él caminaba a paso ligero, sin preocuparse de mirar dónde pisaba. La opípara cena y la charla maliciosa y provocativa lo habían aturdido y fastidiado. Por otra parte, lo que quería era ver, tomar para sí, tocar a su mujer. Todos se la habían quedado mirando mientras desfilaba, con la melena reluciente y recogida en un moño, y el esbelto cuerpo cubierto de blanco, toda luminiscente de perlas. Cuando se hubo alejado un trecho del salón, tras sentir que iba apagándose el ebrio runruneo del banquete, Li Ang aflojó el paso. Durante la breve ceremonia, la novia -su novia- le había parecido elegante y remota, como aquella mujer tan distinguida que de niño viera fugazmente un día subida a un palanquín. Y en su rostro, realzado por trenzas, seda y flores, no había nada que pudiese alcanzar -ninguna felicidad ni alegría- sino más bien una expresión de impenetrable privacidad.

Hoy él y su mujer habían contraído un vínculo, se habían hecho una especie de promesa. ¿Cómo era ella? ¿Sería igual que las otras mujeres que había conocido? Le vino a la memoria un cuarto trasero de Nanjing, con una persiana de bambú que golpeteaba en una noche de lluvia, donde él y varios amigos se habían turnado para pasar un rato con una mujer joven, de miembros redondeados y labios del color de las pepitas de la granada que ella misma humedecía con los posos de un vaso de vino. Tiempo después, hubo otra mujer, que de joven no tenía nada, cuya pálida espalda, hermosa y suave, ocultaba una barriga surcada de estrías: marcas que, por alguna razón, lo habían conmovido.

Había acudido con frecuencia a chaweis con sus amigos, pero no había escogido una sola mujer en cuyos ojos poder buscar aprobación ni valía. Se entregó parcialmente, sin volcarse de lleno, sin sucumbir jamás al poder del sexo opuesto. Se había involucrado hasta cierto punto, pero nunca arrobado. Suponía que pasaría lo mismo con quien ahora era su esposa. No se volvería loca de amor; era tranquila y comedida, inteligente y orgullosa. Y lo había aceptado como marido; al menos alguna atracción debía de sentir por él.

Li Ang escupió al suelo. La atracción daba igual; él era su esposo y punto. De acuerdo, era hijo huérfano poco menos que de un labriego. ¿Y qué? Puede que fuese un don nadie, pero también era una página en blanco que prometía llegar mucho más lejos que toda aquella gente.

La cámara nupcial daba al viejo patio, construido en torno a un jardín con su puentecillo y su regato cantarín, y unas composiciones de piedras preciosas inspiradas en los paisajes del alto Soong. A mano izquierda había dos puertas, pero al recorrer el largo porche no logró recordar por cuál se suponía que tenía que entrar, si por la primera o por la segunda. Se paró automáticamente en la primera. Por la rendija de abajo se escapaba una luz tenue. ¿Cómo iba a saber si había llegado al sitio correcto? Echó un vistazo a la ventana y se fijó en que la cortina no cubría la esquina del cuarto. Tal vez los primos más jóvenes de Junan, los de Nanjing, fieles a la tradición, hubiesen dejado preparada aquella mirilla para gastarles una broma pesada más tarde. Aunque en el pasado él mismo también hubiese participado en tales juegos, Li Ang torció el gesto. Al igual que a Junan, no le hacía ninguna gracia que su propia boda los incluyese. Notó la seriedad con que se estaba tomando el asunto y se sorprendió ligeramente. ¿Por qué implicarse tanto? ¿Por qué estaba tan excitado? A pesar de la nueva ley que prohibía la poligamia, tampoco es que su recién contraído matrimonio fuese a limitarlo a la compañía de esa única mujer. Seguía habiendo chaweis; y las nuevas leyes no definían a las concubinas como esposas. Es más, entre militares, o cualquier otra profesión que conllevase viajar, se las consideraba apropiadas. Mientras fisgaba por la ventana tratando de ver a su esposa, se sorprendió al darse cuenta de que le sudaban las manos y respiraba con agitación.

Vio una pared desnuda y una cama sin adornos. Sabía que el aposento de los recién casados estaría decorado con colgaduras nupciales en rojo y oro, bordadas con aves fénix y dragones. Estaba mirando por la ventana equivocada. Pero se apercibió de que no estaba dispuesto a moverse. La visión fugaz que había tenido anteriormente de los ojos almendrados y negros de Junan, la imagen de su lustrosa melena y de su vestido deslumbrante, la indigesta comilona, el banquete, engalanado en rojo y oro, sus rencillas soterradas y de mal agüero, hicieron que su mente se posase, con cierto alivio, en la quietud de aquella escena.

Las cortinas del dosel estaban abiertas. Alguien había colocado la lámpara cerca de la cama, acaso para leer, y había dejado descorridas las cortinas para que entrase la luz. Era una niña, vestida con un pijama de algodón de color claro y sin forma, con el pelo ondulado y suelto. Estaba tumbada en la cama sin deshacer, boca abajo y con la cabeza apoyada en las manos. En la mesilla de noche había un frasco de medicinas y una cuchara. Su tierna edad resultaba evidente en la forma de las manos, delicadas y marfileñas, hundidas en la oscura melena. Era una niña infeliz, terriblemente infeliz. Se le notaba en la manera de sujetarse la cabeza, en los respingos que daba de tanto en tanto. Lloraba en absoluto silencio.

Li Ang desvió la mirada. Muy de vez en cuando, sobre todo de niño, había experimentado lo que después llegaría a identificar como recuerdo sensorial. Rodeado de amigos o al reírse de un chiste, de repente le venía a la memoria el azul tenue y reluciente del vestido de su madre, el suave tacto del algodón cuando se aferraba a sus piernas. Le ocurría muy de tarde en tarde, y desde que se hizo adulto, casi nunca. Ahora, de pie ante la ventana, recordó un olor agradable y sutil, el aroma de las mejillas de su madre y del hueco entre el cuello y la clavícula, donde, muchos años atrás, había hundido él la cara.

– Bueno, bueno, ya pasó -le había susurrado su madre-. No es tan grave. ¿Verdad que nada puede ser tan grave?

Los labios de Li Ang articularon silenciosamente esas palabras.

Se quedó varios minutos quieto ante aquel cuarto silencioso, sin siquiera verlo ya. Hasta que mudó el viento y trajo una ráfaga de música del exterior. Li Ang recordó el motivo por el que se había separado de los demás. Recobró la calma y echó a andar hacia delante. Llegó a la cámara nupcial y llamó a la puerta.

Ocupación

Hangzhou 1931-37

Ese mismo año, una tarde en la que reinaba el olor de las hojas, pasado el Festival de la Cosecha, Hu Mudan entró en la que fuera habitación de Chanyi. Nadie había cambiado un solo mueble de lugar desde su muerte. En las semanas siguientes al funeral, Weiwei y Gu Tai echaron a cara o cruz quién se ocuparía de limpiar aquella estancia hechizada. Pero no tardaron en perder interés en el asunto; Hu Mudan se hizo cargo de la tarea. Ahora olía muy bien, a aceite de madera. Recorrió el cuarto a oscuras, buscando a tientas el borde lacado de una pequeña cómoda. En una esquina del último cajón había escondido una bolsita de raso. Le costó arrodillarse de hinchada que tenía la barriga, pero logró dar con la bolsita y la apretó con fuerza. Al bajar las escaleras se vio obligada a parar para tomar aliento.

No le había dicho a nadie que estaba embarazada, ni siquiera cuando su barriga le reveló la verdad a todo el mundo, y tampoco le había confiado a nadie su esperanza de que fuese niño y, además, fuera de lo común. Ausente Chanyi, ya no tenía a quien contárselo.

Había contratado a un afilador para que le afilase las tijeras de cocina. Para esterilizar las hojas cogió una botella del aguardiente de sorgo más fuerte del mueble-bar del despacho de Wang. Se hizo incluso con un orinal, pues recordó que las parturientas solían soltar el vientre. En un cesto de mimbre había trapos limpios. Estaba todo listo. Cerró la puerta de su alcoba y metió la bolsita de raso debajo del colchón.

Se pasó horas tumbada, en pie y de cuclillas, luchando por no gritar pese a que un par de manos fuertes e indiferentes la estaba abriendo en canal. Entre embestida y embestida de dolor, subió las persianas de bambú y contempló la luna, casi llena, como una cometa de color amarillo limón que sobrevolase el jardín. Volvió el dolor y borró la luna. La habitación adquirió un olor marino, y la atmósfera, agria, se caldeaba con cada resoplido. Hu Mudan no creía que fuese a morir, pues unos sueños recientes le habían mostrado que llegaría a ver vivo a su hijo. Pero aun suponiendo que muriese, tampoco sería el fin del mundo. Se enteraría de qué había sido de Chanyi. Igual hasta llegaba a verla. A lo mejor era verdad eso que decían los Metodistas, que existía un lugar tranquilo donde los amigos se reunían después de muertos.

Fueron pasando las horas; la aurora bañó la alcoba en una plomiza luz de otoño. Alguien llamó a la puerta.

– ¡Pasa! -gritó Hu Mudan con ansiedad, creyendo que tal vez fuese Chanyi. Pero la puerta se abrió de golpe y quien apareció fue una comadrona.

Aunque casi había perdido la vista por completo, a la vieja Mma no le habían pasado desapercibidos los cambios en la voz de Hu Mudan, que ya hacía meses había adquirido el timbre agudo típico de las embarazadas. La vieja se lo había comentado a Junan y le había mandado que buscase ayuda. Conque al final Hu Mudan no tuvo que rematar la tarea a solas. El niño nació durante el almuerzo, preparado por Gu Taitai con tanto descuido que el portero se partió una muela con una china que había en el arroz. El estrepitoso llanto de un bebé resonó en todo el patio. Era niño, como había supuesto Hu Mudan, morenito y de cráneo redondeado, como los norteños, con un casquete de pelo erizado y los ojos del color de la tierra en el fondo de un estanque. Hu Mudan les explicó cortésmente a los demás que ese pelo auguraba pocas luces y semejante cabezón, un carácter muy tozudo. La comadrona lavó al niño, lo arrebujó a conciencia, y guardó el cordón umbilical, pues Hu Mudan había oído una vez una historia en Sichuan sobre lo importante que era dejarlo secar para confeccionar un amuleto que protegiese al niño de todo mal. Más tarde, Mma le dijo a Hu Mudan que se estaba pasando de precavida, como si su hijo fuese algo más que el bastardo de una criada.

A Junan, el embarazo y el nacimiento le plantearon un problema de gestión doméstica. Hu Mudan le había puesto al niño su propio apellido: Hu. ¿Dónde estaba el padre? Junan y Mma repasaron la lista de hombres que habían trabajado dentro o en los alrededores de la casa y concluyeron que era imposible que Hu Mudan hubiese querido nada con ninguno. Con el portero estaba de uñas desde hacía mucho tiempo. El viejo Gu era tan viejo que las encías se le habían vuelto de esponja y sólo comía gachas de arroz. Gongdi, el recadero, era lo bastante joven, sí, pero tan zoquete que no sería capaz de montar a una mujer ni aunque le hiciesen un croquis. Tenía que haber sido alguien de fuera de la casa. ¿El afilador, tal vez? ¿Un calesero? El misterio podría continuar hasta que el niño creciese lo bastante como para revelar su filiación mediante su cara o sus gestos. O tal vez no se llegase a saber jamás. Entre tanto, el bebé, el tal Hu Ran, vivía en la casa como si lo hubiese llevado un hada. Junan opinaba que había que decirle a Hu Mudan que se marchase ya mismo. Pero Mma se negaba. No quería que nadie más, ni siquiera su propia nieta, la ayudase a usar el excusado. Ni Junan ni su padre lograron convencerla. Y en cuanto a un posible apoyo por parte de Yinan, Junan sabía que podía esperar sentada.

Yinan era otro quebradero de cabeza. Desde la boda se había embebido aún más en los libros; solía tener la mano derecha manchada de tinta. Se pasaba horas leyendo periódicos y últimamente la tenía fascinada Ruan Lingyu, la esbelta estrella de cine. Convenció a Junan de que la llevase a ver Una nueva mujer. Junan padeció dos horas de tortura en un cine ruidoso y maloliente, tapándose la nariz con el pañuelo, mientras Yinan observaba hipnotizada la melodramática historia de una bella escritora de talento que se ve obligada a prostituirse para salvar a su hijo enfermo. Durante una de las últimas escenas, mientras la escritora resollaba agonizante en la cama del hospital, Junan oyó un hipido ahogado procedente de la butaca de al lado. Era Yinan, que había roto a llorar. Junan se sacó otro pañuelo del bolso -a su hermana siempre se le olvidaban- y esperó horrorizada a que terminase la película.

Una tarde Junan entró en la habitación de Yinan y percibió un insólito aroma a frutas con azúcar.

– ¿A qué huele aquí, meimei?

A Yinan se le abrieron los ojos y echó una fugacísima ojeada a los cojines de la cama. Junan fue hacia la cama y los retiró.

Se encontró con una caja plana y pulida, decorada con flores rojas y moldura dorada. Levantó la tapa y halló un mosaico de golosinas relucientes en un nido de papel acanalado, unas con forma de lazos a rayas, otras como discos planos con un botón de color en el medio. Apartó la vista de la abigarrada cajita y la posó en la aterrorizada cara de Yinan -ojos como platos, labios fruncidos-, que aún chupeteaba, con aire culpable, la piedra dulzona que tenía en la boca.

– ¿De dónde has sacado esta caja de caramelos, meimei?

Yinan negó con la cabeza.

– ¿Meimei? -insistió con tono de amenaza.

– Es que he prometido no contar nada.

– Sabes muy bien que me acabaré enterando.

Con todo, Yinan se resistió. Después de pasarse media hora insistiéndole y amenazándola en vano, Junan se vio obligada a abandonar. Salió de la habitación con un sentimiento de impotencia y la caja de caramelos en la mano, sin saber nada más acerca del pretendiente de su hermana que lo que acertase a conjeturar.

El hecho de que Yinan tuviese un admirador la preocupaba. Aquel regalo tan generoso la había alarmado, pero más le alarmaba la negativa de Yinan a revelar la identidad del chico. ¿A quién sino a su propia familia debía semejante lealtad? ¿Cómo lo había conocido si apenas salía de casa?

Junan se vio obligada a consultárselo a Hu Mudan. La encontró en el patio, liando un fardo de algodón azul. Hu Mudan se fabricaba sus propios zapatos de tela y era muy maniática con las suelas. Tenía a Hu Ran al lado, tumbado en una jofaina de esmalte y mirándolo todo. La mera presencia del bebé planteaba una pregunta cuya respuesta Junan desconocía. Hizo como si el niño no existiese y fue al grano: le preguntó a Hu Mudan si estaba al tanto de algún admirador.

Hu Mudan le respondió con dulzura que no tenía ni idea de quién podía ser el chico. Que no tenía constancia de admirador alguno, pero que hacía unos días, cuando Deng Xiansheng entró por la puerta, había visto que llevaba algo de colorines -rojo y dorado- metido entre los libros y papeles.

Junan no pudo esconder su sorpresa. Deng Xiansheng era el profesor que le daba clases particulares de caligrafía y escritura a Yinan. Tenía cuarenta y pico años, bolsas debajo de los ojos y una incipiente calvicie que coronaba una frente amplia y redondeada. Iba a la casa tres veces por semana, vestido con un atuendo tan decente como raído; sus métodos eran estrictos y muy serios. De haber nacido treinta años antes, habría sido el típico individuo que se pasaba más de media vida preparándose para el examen jinshi. Pero ahora, en una época en que la vida de estudioso había perdido toda autoridad y relevancia, no le quedaba nada con lo que sentirse realizado salvo lo que pudiese encerrar la pureza de un trazo, o un golpe de pincel enérgico e inteligente.

– Estás de broma -dijo Junan. Yinan ni siquiera era buena en caligrafía. Tenía una escritura artística, pero carente de ambición. La típica labor femenina.

– Casi todo el mundo le coge cariño a alguien. ¿Por qué iba a ser diferente Deng Xiansheng?

– Es completamente ridículo. ¿Es que no tiene vergüenza? Pero si casi le triplica la edad…

– Más viejo no siempre quiere decir malo -dijo Hu Mudan-. Llegará un día en que necesite un hombre que la cuide.

– Ya lo sé. Pero es tan retrasada que me hace dudar. ¿Quién estaría dispuesto a aguantarla? ¿Quién podría saber lo que se trae entre manos, y cómo manejarla?

– Las apariencias engañan. Y en cuanto a un posible matrimonio, a tu padre igual se le ocurre algo.

Junan arrugó el ceño, pero Hu Mudan estaba cosiendo la suela de sus zapatos, afable y ajena al asunto. Hu Ran lo observaba todo desde la jofaina, sin hacer el menor ruido.

– Los contactos de mi padre ya no son lo que eran. -Reflexionó por unos instantes-. Pero lo de la caja de caramelos es un insulto. Es un insulto para todos nosotros que Deng Xiansheng haya podido pensar que toleraríamos semejante apego, por más que Yinan sea retrasada para su edad, y nada guapa. -Junan vio cómo el dedal de Hu Mudan empujaba la gruesa aguja a través de las capas de tela-. Y en buena parte es culpa de ella. ¿Cómo va a pensar nadie que nos importa lo que se trae entre manos, si no se pone ni una sola de las prendas nuevas que me tomé la molestia de encargarle? Y no cuida de sus cosas. Lo tiene todo ajado y arrugado. Parece una lechuga revenida.

– Es que no le gusta ponerse ropa almidonada -dijo Hu Mudan.

– Cada día es más rara.

– No -repuso Hu Mudan sin alterarse-, sigue siendo la misma.

– No se pone nada nuevo hasta que no lleve seis meses metido en el cajón. No le da la gana de aprender a llevar la casa, ni a bordar ni a comportarse. Lo único que hace es leer, escribir y hablar con el pollo ese.

No era rigurosamente cierto, pero andaba cerca. Yinan metía de tapadillo al pollo en casa y, a veces, al pasar por delante de la habitación de Junan, ésta la oía sincerarse con Guagua o preguntarle si quería beber agua. Y entonces se irritaba con Yinan, cuyo comportamiento tanta gracia le hiciera en el pasado. Si su hermanita era lo bastante mayor como para tener admiradores, ya no podía seguir defendiéndola.

Entró corriendo en el cuarto de Yinan.

– Tarde o temprano -le dijo-, te casarás. Entre tanto no puedes ir por ahí aceptando regalitos de pobretones con cabeza de chorlito.

Yinan no respondió.

– Voy a hablar con papá de tu matrimonio. Ya tienes casi dieciséis años.

Mientras esperaba a que dijese algo, Junan volvió a notar que su hermana no había aprendido lo importante que era ocultarles los sentimientos a los seres queridos. Ahora parecía intrigada y asustada a la vez.

– Yo no me quiero casar -dijo.

Aunque estaba bien visto que las chicas afectasen renuencia, Junan tenía claro que en el caso de Yinan no era fingida. No era lo bastante despierta como para saber fingir. Junan frunció el entrecejo a fin de ocultar lo perpleja que estaba. Mirando la cabeza gacha de su hermana y sus lustrosas trenzas, se sintió como si tratase de entablar conversación con una desconocida.

– Tienes que aprender a ser mujer -dijo.

– ¿Cómo son las mujeres?

Junan meditó la respuesta.

– Son pacientes -explicó-. Son astutas y, sobre todo, son cuidadosas, xiaoxin. Me gusta pensar en lo que significan esos dos caracteres: «corazón pequeño».

Yinan no movía un dedo.

– Lo cual significa que has de ser precavida. No debes tener amistades poco apropiadas con ningún hombre.

– Entonces, ¿cómo voy a encontrar a nadie?

– ¿Me estás diciendo que quieres casarte por amor?

Yinan no respondió.

– Tú has visto demasiadas películas -dijo Junan antes de salir del cuarto.

Mientras bajaba las escaleras, decidió aparcar el misterio de Deng Xiansheng. Xiaoxin. Debía tener un corazón pequeño. Junan había leído en el periódico que había chinas jóvenes que leían a Marx, se afiliaban a los movimientos comunistas clandestinos y practicaban el amor libre. Otras, en cambio, eran analfabetas y se deslomaban en el campo para ganarse la vida, una vida antediluviana y miserable. En el ojo de este huracán de cambio, Junan planeaba su trayectoria. Se había embarcado en el matrimonio con unos objetivos personales muy claros: no esperaba llegar a amar a su marido, ni depender de él jamás para su felicidad o bienestar económico.

Visto así, su propio matrimonio prometía. El hecho de que Li Ang no tuviese familia tenía sus ventajas. Como era huérfano, ella podría seguir viviendo con su propia familia. A diferencia de las demás esposas, no tendría que rendirle pleitesía a ninguna suegra marimandona. Podía fabricarse su propio matrimonio, más moderno, libre del trato despiadado y de la terrible soledad que suponía ser la nueva nuera de una gran familia. El trabajo de Li Ang era peligroso, pero la amenaza de una guerra civil había remitido ahora que comunistas y nacionalistas habían firmado una tregua. Ya se encargaría ella de convencerlo de que se buscase un puesto más seguro como oficial del Estado Mayor.

Se convencía a sí misma de que Li Ang era inferior a ella. Era bastante listo, pero nada refinado. Ah, veía su hermoso rostro, su estatura y fortaleza, su don para agradar a los demás; sabía que su marido llegaría a ser alguien. Pero de momento era un soldado y su familia, unos pelagatos. No tenían más que la tienducha del tío, hecha una ruina. Daba por sentado que Li Ang era consciente de su inferioridad respecto a ella y que, por tanto, se mostraría más receptivo a la orientación de su esposa. Junan se aferraba a esta doble ventaja: el matrimonio con Li Ang le había granjeado seguridad, y su familia política era de tan baja estofa que le sería imposible enamorarse de él de todo corazón. Lo cual la mantendría a salvo del destino que había acabado con su madre. No, ella tendría cuidado. Sabía lo arriesgado que era apegarse en exceso, lo peligroso que sería llegar a desear que el hombre con quien se había casado le fuese leal.

Lo de dejar que Yinan se buscase un pretendiente por su cuenta era una idea absolutamente inaceptable. Carecía de la más mínima experiencia con los hombres; era tímida hasta decir basta. Además, Junan no se fiaba de su criterio. Podría estar dispuesta a casarse con alguien sólo porque le daba pena, o por cualquier otro motivo disparatado. Junan no quería ver a su hermana condenada a la pobreza a resultas de una elección sentimental.

Como mujer casada que era, tenía todo derecho a abordar el tema con su padre. Al día siguiente, después de cenar, fue a su habitación. Cuando le explicó la situación, vio cómo se le dibujaba en la cara una inconfundible mueca de hastío y Junan dudó de si no estaría pidiéndole más de la cuenta.

– Su hermano mayor me debe dinero -dijo su padre, refiriéndose a Deng Xiansheng-. Por eso le da clases particulares a Yinan sin cobrar.

– Si se promete con alguien, ya no necesitará más clases particulares.

Su padre asintió con la cabeza.

– ¿Y los Chen? -preguntó Junan.

– Ese chico es todavía peor que ella. Déjame que me lo piense.

Pero en los días siguientes no hizo mención a Yinan, y Junan empezó a preguntarse si no tendría que coger el toro por los cuernos ella misma.

Unas pocas semanas después se llevó una sorpresa cuando su padre le mostró una carta que había recibido procedente de Nanjing.

Vigésimo primer año de la República

13 de diciembre

Primo y hermano:

Recibe, siquiera tardíamente, mis saludos en esta la estación de las heladas y la escarcha.

Te escribo en respuesta a tu reciente carta en la que me hablabas de tu hija menor, Yinan. Desde entonces he estado haciendo indagaciones, aunque sin obtener nada prometedor. Hasta hoy. Lo Dun, de Ningpo, se ha decidido a casarse, y me he tomado la libertad de mencionarle a Yinan.

Como sabrás, Lo Dun es de buena familia y con los años ha conseguido unos ingresos fijos y decentes. Vive con su madre y he pensado que tal vez una mujer de edad podría representar una especie de figura maternal para tu hija. Además, Lo Dun es un hombre sensato y formal. Sus intenciones son dignas de toda confianza. Escríbeme y dime lo que te gustaría hacer.

Tu primo y hermano,

Baoding

Su padre le dijo a Junan que Lo Dun era una persona decente y que por eso había ido a la ciudad y le había mandado un telegrama a su primo pidiéndole que siguiese adelante. Pero su primo le había respondido con otro explicándole que el compromiso no estaba completamente cerrado. La madre de Lo Dun quería un encuentro cara a cara. Al final se acordó que Lo Dun y su anciana madre fuesen a tomar el té a casa de los Wang a la semana siguiente. Y Junan sería la encargada de preparar a Yinan.

Aquella noche, Junan se pasó toda la cena mirando a su hermana con aire pensativo. Yinan comía chuletas, sujetándolas por los extremos del hueso con las estrechas yemas de sus dedos, y doblando con gracia su alargado cuello cada vez que se inclinaba hacia delante. Nunca había sido lo que se dice guapa, pero esa garganta esbelta que desaparecía bajo el cuello fláccido de su blusa sugería una especie de inocencia que trascendía la mera juventud. La cicatriz que le había dejado el shuidou en mitad de la frente, una señal poco profunda, se le podría disimular, quizá con colorete, cuando se encontrase formalmente con Lo Dun.

La tarde en que tenían previsto recibir la visita de Lo Dun y su madre, Junan obligó a Yinan a embutirse en su nuevo chipao de color rosa una hora antes. Se pasó horas aleccionando a su hermana.

– No le dejes adivinar tus sentimientos. Si no sabe lo que sientes, le gustarás más. No te separes el cuello del vestido de la garganta, ni te toquetees la ropa.

– Es que me aprieta el cuello.

– No tengo muy claro qué tipo de familia son. Son comerciantes; lo más probable es que no sean ratones de biblioteca como tú, conque no tendrán ideas muy modernas que digamos. Haz alguna que otra reverencia, sé respetuosa. Procura parecer chapada a la antigua. Y cuando sonrías, no enseñes los dientes, que queda muy ordinario.

A la hora convenida en punto, llegó Lo Dun acompañado de su madre.

Era un hombre delgado que le sacaba unos quince años a Yinan, con un semblante alargado y serio y una mancha de pelo canoso en la esquina izquierda de su frente, amplia y despejada. Lo Taitai parecía ser una vieja bruja de armas tomar, pero Junan se alegró de ver que caminaba a duras penas. No tardaría en morir. Yinan no tendría que sufrir mucho tiempo.

Durante las presentaciones, Yinan hizo una medida reverencia y clavó los ojos en el suelo. Junan, al verla, experimentó sentimientos encontrados. Por un lado pensó que ojalá Yinan no fuese tan tímida y desdichada pero, al mismo tiempo, imaginó que a lo mejor esa timidez complacía a la vieja. Lo Taitai estaba tan consumida que los tendones le sobresalían del cuello, pero actuaba como la típica persona acostumbrada a salirse con la suya.

Miró a Yinan de arriba abajo, posando los ojos en la cara, en la ropa, en los pies y en las manos. Junan se mantenía a la espera, confiada, pues había supervisado personalmente el aspecto de su hermana hasta el último detalle. Le había aplicado un poco de colorete en la cicatriz del shuidou y casi no se le notaba.

Lo Taitai se aclaró la garganta y habló.

– Nació en el año del Carnero -anunció, sin dirigirse a nadie en particular.

– De la Serpiente -la corrigió Yinan.

La vieja apretó los labios.

Junan lanzó a Yinan una mirada de advertencia, pero su hermana estaba escudriñando las vetas del suelo de madera. Ofreció té a los invitados y sintió un gran alivio cuando Yinan se excusó y fue a buscarlo.

Lo Dun se despidió cortésmente. El padre de Junan se mostró optimista. Pero una semana después de la visita, Baoding escribió más cortésmente aún para decirle que Lo Dun se había echado para atrás. No es que tuviera nada en contra de la familia, pero su anciana madre se oponía a la boda. No quería que su hijo se desposase con una mujer nacida en el año de la Serpiente; pensaba que una mujer Serpiente sería más complicada de la cuenta para su hijo. De haber sabido que Yinan era Serpiente, jamás habría accedido al encuentro.

Cuando Junan leyó la carta supo que a Lo Taitai le había desagradado Yinan por el mero hecho de haber hablado.

Le dijo a su padre que no se dejase afectar por el fiasco y continuase la búsqueda, pero él pensaba que habían quedado mal y que habían sufrido un desprestigio. Todas sus amistades estaban al corriente de ese intento.

Mandó llamar a Yinan.

– Lo Taitai ha decidido que prefiere una novia nacida en el año del Carnero -dijo.

– Sí, papá -contestó.

Yinan parecía, sin lugar a dudas, aliviada.

Viéndola, Junan se alegró en su fuero interno de que los planes de matrimonio no se hubiesen concretado. Tal vez habría que plantearse alguien más del gusto de Yinan, una persona que no la intimidase tanto. Pero Lo Dun era un hombre sólido y bien relacionado: un buen partido, se mirase por donde se mirase, tanto para Yinan como para la familia.

Junan se sintió obligada a hablar.

– Tienes que ser más flexible, meimei -le dijo a Yinan-. Recuerda que el junco flexible se dobla con el viento.

– Sí.

Las dos hermanas se quedaron mirándose varios segundos. De pronto Junan tuvo miedo. La estampa lívida e inmóvil del rostro de su hermana se ondulaba y difuminaba ante sus ojos, y era como si una pena insoportable se cerniera sobre las dos. Salió corriendo del cuarto.

Unas semanas después su padre le mostró a Junan otra carta.

Vigésimo segundo año de la República

17 de marzo

Primo y hermano:

En su día conociste a Mao Gao, en el negocio de la seda, en Nanjing. Han pasado muchos años desde que su primera y joven esposa muriese de meningitis. Hace poco que ha decidido volver a casarse y me he tomado la libertad de mencionarle a Yinan.

Si me permites una opinión, no veo nada de malo en que tu hija se case con un hombre que frisa los sesenta, como Mao Gao. Los hombres de edad aprecian a las niñas y ejercen sobre ellas una influencia edificante que les templa el carácter.

Por otro lado, también tengo en mente tu situación. Estoy al corriente de la inestabilidad que últimamente ha sacudido al mercado del algodón. Considero que Mao Gao está bien cubierto y que no sólo podría concederte préstamos para tus aspiraciones empresariales en el norte, sino unos contactos cruciales en la industria en un momento en el que seguramente los precisas. Te ruego que respondas cuanto antes pues les corre cierta prisa.

Con mis mejores deseos de suerte y prosperidad para el entrante año del Gallo,

Tu primo y hermano,

Baoding

– Es demasiado viejo -dijo Junan a su padre.

– Eres muy niña. Tú no sabes de esto.

Le explicó que Mao Gao era un comerciante de gran envergadura. No podía rechazar la oportunidad de vincularse a una persona así. Ya le había mandado un telegrama a su primo diciéndole que adelante.

Junan sabía que no debía manifestarse abiertamente en contra de su padre. Fue al cuarto de Mma y le mencionó el asunto. Estaba segura de que Mma anularía semejante plan.

Pero Mma se limitó a encogerse de hombros. Estaba tan vieja que cuando hacía ese gesto, parecía que los raquíticos hombros se le desprendían del cuerpo.

– Los hombres son todos unos perros -farfulló-. Y un perro viejo no deja pasar la oportunidad de hincarle el diente a un tajo de carne fresca.

Esa respuesta, toda vez que no expresaba disconformidad, equivalía a un visto bueno. Y si Mma daba el visto bueno, a Junan no le cabía objetar nada sin perder el decoro. Hizo una reverencia y fue a hablar con Hu Mudan. Tenía la sospecha de que Yinan había convencido a la lavandera de que no le almidonase ni planchase la ropa. Ahora que Yinan iba a casarse, había que atajar ese problema.

Luchó por reprimir otro ataque de pena tan violento que la dejó sin aliento. ¿Seguro que su padre y su abuela sabían lo que se hacían? No cabía duda de que, en muchos sentidos, ese matrimonio sería mejor que el suyo. Con Mao Gao su hermana llevaría una vida desahogada y, si daba a luz a un varón, recibiría cariño y respeto. ¿Se convertiría Yinan en la virginal víctima a sacrificar para salvar las finanzas de la familia? Trató de quitarse esa idea de la cabeza.

Su padre escribió a su primo, y éste le respondió diciendo que Mao Gao se mostraba favorable a la boda pero que quería ver una fotografía. Esto dio pie a una tormentosa serie de acontecimientos. El chipao rosa de Yinan había desaparecido misteriosamente. Junan interrogó a su hermana, a la lavandera y a la criada. Ninguna de las tres lo había visto. Echó pestes ante este nuevo contratiempo: Mao Gao era un hombre mayor y querría ver a su futura prometida vestida con un traje tradicional. Yinan, que andaba por la casa en pantalones y con una blusa hecha un asco, sólo tenía ese vestido. Junan le hizo probarse uno de sus chipaos, pero no le quedaba bien.

Tras hablarlo con Hu Mudan, Junan decidió que podían hacerle la foto con el vestido que había tenido previsto ponerse para su boda. Era un vestido occidental, pero femenino y caro. Junan se afanó con la cicatriz del shuidou que Yinan tenía en la frente y al final consiguió dejarle la piel tersa, aunque tuvo claro desde el primer momento lo que la fotografía terminaría mostrando: una chica vulgar y corriente, desgarbada bajo aquel disfraz, y con los rasgos afeados por el sufrimiento y la vergüenza.

El fotógrafo le pidió a Yinan que sostuviese una rosa de papel de tallo alargado. Mediada la sesión, se puso a tiritar. Cuando el fotógrafo hubo terminado, Yinan tiró a Junan de la manga y se fueron las dos juntas al cuarto de aquélla, donde se quitó el vestido y se puso la misma ropa que llevaba dos horas antes. Junan desvió la mirada mientras el cuerpo flacucho y aniñado de Yinan emergía de la reluciente seda amarilla para volver a desaparecer enterrado bajo aquella raída combinación de pantalones, camiseta, blusa y chaleco.

– Tienes que dejar de ponerte esos andrajos -dijo-. ¿Así cómo vas a conseguir que tu marido te desee?

Yinan dijo algo inaudible.

– ¿Cómo dices?

Yinan bajó los ojos. Por un momento Junan pensó que la conversación había terminado, pero entonces Yinan insistió.

– ¿En qué consiste?

– No te entiendo.

– Que te deseen de esa manera.

Junan le puso dos dedos debajo de la barbilla y le levantó la cara, frunciendo el entrecejo para ganar tiempo.

– ¿Para qué demonios quieres tú saber una cosa así?

Yinan sacudió la cabeza.

Junan sintió como si tuviese un pajarillo entre las manos. Las largas pestañas de Yinan rozaban sus mejillas.

– Está bien -dijo-. No pasa nada. Ya lo sabrás cuando te ocurra, digo yo.

– Tal vez no.

Junan sonrió con dulzura.

– Eso no es verdad. -Pensó en la pregunta de Yinan-. Es algo bueno -le dijo. Volvió a hacer una pausa-. Sirve para que tu hombre te pertenezca.

– Entonces, ¿tú le perteneces a Li Ang? -dijo Yinan con tono asustado.

– No -respondió Junan-. No seas ridícula.

Pero se preguntó si su hermana habría adivinado su secreto. En uno de los cajones de su arcón, bajo un montón de ropas, había escondido la caja de caramelos que le requisara a Yinan. Se los estaba guardando a Li Ang, para cuando viniese por Año Nuevo. Se dijo a sí misma que era imposible que Yinan lo supiese.

Las primeras veces que hizo el amor con Li Ang, había experimentado un momento de temor cuando él, vencida la cautela inicial, comenzaba a introducirse en su cuerpo, olvidándose de quién era ella. Sus esbeltos brazos y piernas nada podían contra la fuerza de su marido. Se zambullía en ella, como una barca lanzándose contra las olas, mientras ella se quedaba mentalmente en la orilla, contemplándolo todo. Pero al cabo de unos momentos había empezado a disfrutar de su forma de retorcerse y sacudirse, jadeando encima de su cuerpo, como si ella fuese la respuesta a una necesidad desesperada. Esa necesidad física le había procurado una sensación de poder.

Estaba deseando que llegase Año Nuevo. Se negaba a reconocérselo a Yinan, pero lo cierto es que quería tenerlo a su lado. La última vez que habían estado juntos había empezado a gozar del peso de su cuerpo encima del suyo, de la piel tersa y caliente que le cubría los músculos y los huesos, del movimiento de su cuerpo cuando respiraba. Esa última vez, cuando Li Ang le hizo el amor, Junan había comenzado a experimentar la sensación física de internarse en lo más hondo de sí misma. Después, despierta en la cama, analizó esa sensación. Amor no podía ser. Pero tampoco se parecía a nada que hubiese sentido antes. Y se dio cuenta de que sería imposible explorar a fondo ese anhelo sin contar con Li Ang: de que debía pedirle algo, siquiera tácitamente. Se hizo fuerte para no ceder a esa petición, a ese posible endeudamiento. Apretó los dientes y se enfrentó a su deseo. No acertaba a imaginarse en qué podría terminar aquello, ni cómo sería rendirse a esa ansia, darse por vencida.

En la casa comenzaron los preparativos para el año del Gallo. Era la primera vez que Junan se hacía cargo de la celebración de Año Nuevo y sintió vergüenza cuando se enteró de lo poco que tenían para gastar. Trató de compensar lo escaso del presupuesto escogiendo las azaleas rojas más brillantes y chillonas que encontró y los faroles más grandes. Apiló la docena escasa de mandarinas de modo que la pirámide pareciese mayor de lo que era realmente. Le dijo a Gu Taitai que comprase el cerdo vivo en el mercado y lo asase ella misma para ahorrar dinero. El tradicional pollo también lo cocinaría Gu Taitai. Hu Mudan dijo que tenía cómo conseguir un pollo y le prometió a Yinan que nadie tocaría a Guagua.

Una semana antes de la fiesta, Junan puso a macerar tres docenas de huevos en hojas de té, sal y anís. Compró papel rojo y puso a Yinan a trabajar con su pincel de caligrafía. Más tarde, al pasar por delante de su cuarto, la vio sentada en el suelo, haciendo un pájaro de papel y rodeada de banderolas ya listas que había extendido en el suelo para que se secasen.

La víspera de Año Nuevo, su padre las llamó a las dos desde la alcoba de Mma.

– Mao Gao ha dado su visto bueno a la fotografía -les dijo.

– Un perro viejo está a la que salta -murmuró Mma desde la cama.

Junan se vio incapaz de decir nada. Abrió la boca y la cerró. Pese a todos sus preparativos, la noticia la cogió por sorpresa. Por fin se le ocurrió una pregunta.

– ¿Cuándo será la boda?

– Después del Festival de la Cosecha.

Junan cayó en la cuenta de lo pronto que se marcharía Yinan. Dirigió la mirada hacia su padre y su abuela. Mma miraba al frente con sus ojos nimbados, casi ciegos. Su padre apartó la vista. Junan observó a su hermana. Yinan sacudía violentamente la cabeza adelante y atrás, una y otra vez, en completo silencio, como si se hubiese tragado algo y no lograse respirar. Entonces, salió corriendo de la habitación.

En algún lugar de la casa lloraba el pequeño Hu Ran.

Junan se excusó y salió detrás de su hermana. Apenas lograba pensar en algo. Hacía un buen día y el olor a tierra húmeda llenaba el aire. Se sentía ebria, como flotando, pero bajo esa sensación extraña se agitaba una marea de impotencia y dolor.

Yinan tenía la puerta de su cuarto cerrada. Junan llamó, pero no hubo respuesta.

– Meimei -dijo-. Meimei, soy yo.

Se inclinó sobre la puerta.

– Meimei -repitió-. Soy yo, jiejie.

Abrió la puerta.

Yinan estaba sentada en su escritorio, inclinada la cabeza sobre un montón de enseñas de Año Nuevo. Le temblaban los hombros.

– Meimei, deja que te ayude a recoger estos banderines, que se te van a mojar todos.

Sin dejar de temblar, Yinan asintió con la cabeza.

– Sí… Jiejie…

– No llores, meimei. Todavía estarás nueve meses en casa. Nueve meses es mucho tiempo.

– No… me obliguéis… a irme…

En un instante de vértigo, la habitación entera se nubló. Junan recobró la calma como pudo.

– Yo… yo también voy a echarte de menos, meimei, pero Nanjing tampoco está tan lejos. Tienes que casarte, debes casarte…

– Pero jiejie…

Llamaron a la puerta.

Junan levantó la vista. La forma de golpear -fuerte, imperiosa- le resultó familiar. Las dos hermanas se pusieron derechas y se giraron hacia la puerta, que se abrió al instante y reveló a un hombre apuesto, alto y ágil, vestido con un uniforme caqui. El hombre se quedó parado, como frenándose un poco para evaluar la situación. Junan dio un respingo. Era su marido. No lo veía desde su última visita, en otoño. Ahora le pareció un desconocido y, al mismo tiempo, de manera inquietante, una presencia familiar y grata. Notó que le latían las yemas de los dedos y que las mejillas se le ponían al rojo vivo. Sintió un súbito y feroz deseo de correr hacia él y abrazarlo con alivio.

En lugar de eso, lo saludo con la cabeza y le preguntó si había comido.

Aquella noche, cuando se quedaron solos, Li Ang le puso las manos en los hombros. A oscuras, no lograba verle el cuerpo, ni tampoco hizo por tocárselo, pero lo reconoció por la forma y el peso: el torso alargado, los hombros fuertes y definidos, como los del hombre que arrastraba el carrito del hielo. Ella apartó la cara. Aunque él tenía la piel muy caliente, de pronto Junan sintió un escalofrío: no supo si era por miedo o por deseo, o tal vez por prever esa avenida que se abría ante ella y que conducía al abandono. El aliento le olía a la comida que habían cenado: pollo con jengibre, huevos sulfurosos, pescado y aceite de sésamo. Por debajo de todo, subyacía su olor corporal, ya familiar; cuando Junan lo percibió, sintió una involuntaria distensión en la columna. Y él, como si lo hubiese notado, empezó a besarle la boca con ardor. Junan se zafó.

Li Ang se detuvo.

– ¿Qué pasa?

Su voz, tan grave y amable, la asustó.

No podía responderle.

Él le puso la mano en la nuca y empezó a acariciársela; con suavidad, como se acaricia a un niño triste.

– ¿Qué te pasa?

– Para… para… No me… -No podía ni hablar. Como no dejase de tocarla, se echaría a llorar.

Nunca había pensado en cómo sería vivir sin Yinan: sin el pestañeo de sus ojos, sin su rostro estrecho y hermético, sin la serena gravedad de su cuerpo cuando leía o dibujaba, sin la clara voz con que siempre formulaba preguntas imposibles o pueriles, sin el olor y el sonido de su respiración, ni el latido confiado de su corazón.

– ¿Qué pasa?

– Es por Yinan… -Sintió un escalofrío-. Yinan…

– ¿Qué le pasa a Yinan?

Seguía acariciándole el cuello, con dulzura y paciencia. Su tacto le recorrió el cuerpo entero y a ella le costaba contener los temblores.

– Está prometida. La van a casar… y entonces se marchará.

Se le entrecortó la voz. Avergonzada, apartó la vista y se esforzó en ocultarse. Pero él ya estaba consolándola, acariciándole el pelo. No debía ceder. Le estaba acariciando el pelo. Le pasaba la mano por el cuello y por la espalda. Estaban tumbados tan cerca uno del otro que nada habría podido pasar entre sus cuerpos; sintió el calor bajo la piel de su marido, cómo se le hinchaban las costillas, y luego se le contraían, con cada hálito. El techo y las paredes se cernían oscuros en torno a la cama. Xiaoxin, pensó. Xiaoxin. Más abajo, las manos y rodillas de Li Ang le iban abriendo las piernas. No alcanzaba a verle la coronilla cortada al cepillo. Le escrutó el semblante en busca de una expresión pero sólo acertó a distinguir una franja de blanco bajo las pupilas. Junan notó que se le aflojaban los resortes del cuerpo. Luchó por reprimir los gemidos que le entrecortaban la respiración; daba unos jadeos tremendos que la sacudían entera; volvió a evocar la imagen de Yinan, su hermana, moviendo impotente la cabeza adelante y atrás, preguntándole cómo era eso de ser objeto de deseo.

Se estrechó contra él en busca de su peso, deseando enterrarse.

Después se quedó dormida, con la cabeza pesada y la boca abierta, respirando larga y profundamente. Tenía un mechón de pelo húmedo pegado a los dientes. Li Ang, tumbado a su lado, observaba el humo que se desenroscaba de su cigarrillo. A veces no sabía qué pensar de su esposa: una mujer tan celosa de su intimidad, tan reacia a perder el control. Cuando la oyó soltar su involuntario grito de placer, tan crudo, tan inesperado, fue como si se abriese un canal dentro de él. Volvió a sentirse un muchacho, el chico de los recados, de pies ligeros y rebosante de energía, porfiando en despejarle el camino al cabo Sun. Lo revivió todo: la visión fugaz de la granada, la rápida noción de lo que debía hacer, el instante de posibilidad, de destino abierto ante sus ojos. Su propio temple al poner a Sun fuera de peligro de un empujón. El fogonazo de luz cenicienta al explotar la granada. Y, acto seguido, la sensación de ingravidez, el vacío de su espalda. Los gritos del cabo llamando al médico. Y las palabras que le dirigió:

– Esa granada iba dirigida a mí, muchacho. Aguanta con vida, que después de lo que has hecho te ayudaré para siempre.

Le picaban las cicatrices del hombro, pero no quiso moverse por miedo a despertarla. Recordó la mirada que le echó su hermano, tierna y a la vez desdeñosa, el primer día en que se presentó en casa con su uniforme de teniente. Se preguntó cómo le estaría yendo a Li Bing en la universidad de Pekín. Pensó en la voz quebrada de Junan: «y entonces se marchará…». Tuvo la impresión de que Li Bing jamás había estado más lejos.

– Mujer -dijo. Y después-: Junan.

No hubo respuesta. Se quedó esperando unos instantes, con una extraña sensación de desconsuelo. Finalmente estiró el brazo y apagó el cigarrillo.

A todo esto, el cuerpo exánime y durmiente de mi madre encerraba un secreto: en aquel instante de flaqueza, me habían concebido. Al bajar mi madre la guardia, su útero se había abierto y la simiente de mi padre se había introducido en ella como una exhalación. Mi madre salió de cuentas y nací a comienzos de la primavera de 1933, el año del Gallo, escasos días después de que mi bisabuela Mma exhalase su último y rencoroso suspiro -ahorrándose con ello la decepción que le habría supuesto el nacimiento de otra niña- y su alma abandonase su cuerpo envuelta en un revuelo de alas de murciélago. Entonces se elevó a gran altura y se quedó flotando sobre la casa antes de esfumarse, con su último suspiro, rumbo al otro mundo.

Como nací en una fecha tan cercana a la muerte de Mma, mi madre tenía miedo de que el alma tenebrosa y testaruda de mi bisabuela se me pegase y me siguiese de por vida. Así que me puso un nombre que le resultase irreconocible, un ideograma que ni la familia Li ni la Wang usaban. Me puso Hong, palabra que significa rojo, el color de la vida. Una palabra para apartarme de Mma y de todo lo que le incumbía. Una palabra simple para dotarme de mi propia fuerza: tan vulgar y tan sencilla que habría podido ser una campesina. El plan onomástico de mi madre tuvo éxito. Nunca tuve pesadillas ni hube de escuchar el eco de la voz refunfuñona de Mma. Por otro lado, tampoco salí a mi bisabuela. De los atributos más engorrosos de Mma -tales como la mezquindad, el estreñimiento y la cólera solitaria- lo único que heredé fue el insomnio.

Incluso en unos años tan apacibles como aquéllos, me costaba conciliar el sueño. Todas las noches subía a mi cuarto y daba comienzo un prolongado ritual que mi madre había diseñado con el objeto de mandarme al país de los sueños. En primer lugar, mi querida ayi, Yinan, me leía la traducción de algún cuento del libro de los hermanos Grimm mientras los rayos anaranjados iluminaban las páginas de su manuscrito. A través de la única ventana de mi cuarto, que daba al patio, veía cómo se hacían más intensos los colores del cielo y se desteñían en los muros, sepultando el jardín en sombras violetas y añiles. Aún no había cumplido cuatro años, era demasiado pequeña para entender los cuentos, pero así y todo le suplicaba que me los contase. Me encantaba ese ratito con Yinan. Me encantaba la manera en que me hacía partícipe de todo, sosteniendo el manuscrito de modo que yo pudiera verlo, por más que no conociese ninguno de los caracteres. Leía despacio, dejándome flotar dentro de su voz queda y escuchar el sonido de las palabras.

«Había una vez una pobre viuda que vivía en una cabaña. Tenía dos rosales en su jardín, uno blanco y uno rojo. Y dos hijas que eran como los rosales, por lo que una se llamaba Blancanieves y la otra Rosarroja. Eran unas niñas buenas y felices, laboriosas y alegres, aunque Blancanieves era más dulce y más callada que Rosarroja. A Rosarroja le gustaba jugar al aire libre, coger flores y cazar mariposas; Blancanieves, por el contrario, se quedaba dentro de casa haciéndole compañía a su madre y ayudándola en las tareas del hogar.»

Al llegar aquí se detuvo y colocó la mano en la página con aire pensativo.

– Sigue, Ayi -le rogué.

«Blancanieves y Rosarroja se querían tanto que en cuanto salían de la casa se cogían de la mano. Blancanieves decía: "Nunca nos separaremos", y Rosarroja respondía: "No, mientras vivamos". A lo cual su madre añadía: "Todo lo que tengáis, debéis de compartirlo la una con la otra".»

Yinan tenía algo especial. Conocía hasta el más ridículo de mis miedos y la más egoísta de mis fantasías, y todos ellos le encantaban. En esas veladas me sentía más cercana a ella que a nadie en el mundo. Cuando terminó de leer ya era casi de noche. Nos quedamos sentadas, las dos juntas, al amparo de nuestra tienda de luz amarilla.

Oímos las pisadas de mi madre en las escaleras antes de que entrase en la habitación, alta y severa.

– Xiao Hong -dijo, frunciendo el ceño-. Pequeña Hong, ¿todavía estás despierta?

Yinan sonrió.

– No se duerme ni aunque le lea los sutras.

En aquella época, Yinan y yo siempre tratábamos de hacer reír a mi madre. Yo había aprendido a hacerle gracia con mis comentarios acerca de los criados y de mi amiguito Pu Li, cuyo padre, el teniente Pu Sijian, era el mejor amigo del mío. Pu Li era un niño muy simpático con una mentalidad un tanto monótona que a todos nos resultaba muy divertido. Yinan me azuzaba.

– ¿Qué ha hecho hoy Pu Li? -me preguntó-. ¿Ha tenido que volver a atarse un cordel al dedo para recordar con qué mano se cogen los palillos?

Después de sonreímos todos, mi madre comentó:

– Siempre estás burlándote de Pu Li. ¿Por qué no te metes con Hu Ran?

Decía que le parecía cómico que Ran me llamase «señorita» cuando nos pasábamos todo el día jugando y peleándonos como hermano y hermana. Pero me daba la impresión de que mi madre, en el fondo, consideraba apropiada tal formalidad. Una vez me dijo que Hu Ran tenía un cutis de campesino.

– A ver si es que está enamorada de él -dijo, mirando de reojo a mi tía.

– ¡No te burles de mí! -grité.

Entonces mi madre sí que se rió. Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada que le salió del alma. A pesar de haberme picado, obtuve el placer que tanto esperaba, la visión de su garganta blanca y de sus hermosos dientes perfectamente alineados: el placer de constatar que era la mujer más guapa del mundo. Yinan pensaba lo mismo: se lo vi en los ojos. Luego nos quedamos calladas, escuchando la noche.

– No te enfades, Xiao Hong -dijo mi madre-. Justo antes de dormir, no, que es malo para la digestión.

Me arroparon bien y me cantaron una nana.

Iba yo por la ancha vereda
y te cogí de la manga…
No me odies, ni desprecies
jamás a un viejo amigo.

Iba yo por la ancha vereda
y te cogí de la mano…
No me odies, ni desprecies
jamás un amor sincero.

Entonces mi tía me dio un beso y mi madre otro, y me dejaron sola. Pero no me dormí. Ya había empezado a pasarme las noches en vela. Me llegaban ruidos sordos del piso de abajo: el leve cloqueo del pollo Guagua, la voz de mi madre hablando, el disco de piano que había puesto mi tía. Yo no sabía qué música era aquélla, pero muchos años después, en unos grandes almacenes de otro continente, solía oír la misma melodía y la reconocía, recordaba el eco de esas mismas notas en una noche de verano, brotando de un disco rayado y diluyéndose en tristeza. Me venían a la memoria las voces apagadas de los criados chismorreando en el patio y, si escuchaba muy atentamente, los chasquidos de las pipas de sandía saladas que partían con los dientes. Recordaba esas noches de mi niñez, confinada en una familia y en un mundo que parecía absolutamente seguro.

Como todo niño, nací en mitad de una historia que me era desconocida, y me criaron para que no supiera nada, tranquila en el centro de todo. Pero mis ojos captaban vislumbres de esa historia. Una noche, cuando todos ya se habían acostado, me pareció oír pasos bajo mi ventana. Me incorporé y eché un vistazo. Pero no vi nada. El patio estaba oscuro y en silencio. Entonces alcancé a ver fugazmente el aleteo blanco de su camisón escabulléndose escaleras arriba en dirección al ala de la casa donde nada había cambiado desde hacía doce años, los aposentos que pertenecieran a mi abuela Chanyi.

La mañana siguiente vi a mi madre zurcirle a mi padre el siete que se había hecho en la manga de la chaqueta. Los fines de semana le hacía traer a casa toda la ropa que se hubiese roto o descosido para remendársela personalmente y que pudiese llevársela de vuelta a la semana siguiente. Era como si la pila de ropa zurcida que lo esperaba fuese la garantía de que habría de volver sano y salvo. Mi madre no dejaba que nadie más le arreglase sus cosas. Ahora se aplicaba a su labor con meticuloso esmero, metiendo y sacando la aguja de la bocamanga de la chaqueta con tanta precisión que las puntadas se entreveraban imperceptibles en la trama de la tela. Tenía varias bobinas de repuesto, de seda y de algodón, exactamente del mismo tono marrón saltamontes de su uniforme.

– Anoche vi a Ayi fuera, en camisón -dije-. Subió al cuarto cerrado.

La aguja de mi madre se detuvo casi imperceptiblemente.

– No importa, Hong.

– Pero es que la vi -insistí-. Parecía triste.

Mi madre sacudió la cabeza con gesto impaciente.

– Xiao Hong -dijo-, voy a darte una clave para ser feliz en la vida: no te tomes en serio todo lo que veas.

Al agachar la cabeza para hacerle un nudo al hilo, percibí una mueca de preocupación en su rostro.

Según me contó Hu Mudan, había sido mi abuelo quien pidió posponer la pedida de mano de Yinan. Quería guardar el debido luto a Mma. Propuso el aplazamiento al poco de nacer yo, durante una visita del novio. Mao Gao era un hombre fornido de estatura media, cuyas mejillas sonrosadas y ojillos penetrantes lo hacían parecer más joven de sus cincuenta y siete años. Rezumaba una energía salvaje, tan montaraz como un olor, que quedaba de manifiesto en cualquiera de sus actos. Devoró en un instante un plato enorme de bolas de cangrejo hervidas. Mientras esperaba a que le trajesen más comida, en lugar de quedarse quieto, se puso a escudriñar la habitación entera con ojos raudos; a Yinan la miraba con idéntico y brusco interés. Hu Mudan sentía una íntima curiosidad: le parecía rarísimo que un hombre con semejante energía no se hubiese vuelto a casar. Pegando la oreja, se enteró del porqué. Mao Gao le contó a mi abuelo que tras la muerte de su esposa se había dedicado a expandir sus negocios, consagrando todas sus horas de vigilia a la financiación, diseño y construcción de nuevas fábricas. Quería que su familia se hiciese con la hegemonía del ramo. Ahora sólo le quedaba engendrar hijos varones.

Mao Gao accedió al aplazamiento. A decir verdad, explicó aprovechando que Yinan había ido por más té, lo mejor sería esperar al año siguiente. Por aquella época tenía previsto viajar al norte a abrir dos fábricas más.

– Gongxi, gongxi, enhorabuena -dijo mi padre-. Es usted la única persona que conozco que se atreve a expandirse tan cerca de los japoneses.

Mao Gao se limitó a encogerse de hombros.

– No le veo el riesgo -contestó-. Me estoy planteando cerrar dos de las cuatro plantas de procesado que tengo y llevarme el negocio a mis fábricas de Shanghai, que son más modernas. -Se puso derecho, como si se dirigiese a un público más numeroso-. En esas dos fábricas la maquinaria es japonesa y produce un tejido de mayor calidad que el de mis fábricas chinas, y en la mitad de tiempo -dijo-. La superioridad de la tecnología extranjera es incuestionable.

Se hizo el silencio y Hu Mudan se preguntó cómo iba a responder mi padre a eso. Ella reconocía a un colaboracionista a la legua. Mao Gao prosiguió:

– Debería existir, como dicen algunos, un «círculo de mutua prosperidad asiática». Más nos valdría aliarnos con los japoneses que con los británicos o los franceses. Los británicos no hacen más que saturar el mercado de productos baratos procedentes de sus colonias. Debemos unirnos contra los blancos. Por lo menos, los japoneses son asiáticos como nosotros. Mucho más preferibles.

Mi abuelo se miraba las manos.

A todo esto, mientras Mao Gao hablaba, los aperitivos que había preparado Gu Taitai seguían desapareciendo entre frase y frase: otra ronda de suculentas y rugosas bolas de cangrejo, que olían a vapores marinos; un plato de pinzas de bogavante; un plato de tartitas de arroz dulce. Yinan corría de aquí para allá con las bandejas de comida y té, mordiéndose la lengua mientras se esforzaba por sostener en equilibrio los platos y las copas. Más tarde, después de que Mao Gao se fuese y Yinan hubiese roto a llorar, mi madre le dijo:

– ¡Cómo come ese hombre! Dos platos hasta arriba de dianxin de cangrejo y no ha dejado ni las cáscaras. Cuando estéis casados, más te valdrá que no lo dejes comer con esa ferocidad alimentos tan estimulantes.

¿Hacía mal Junan en actuar como si su hermana esperase aquel matrimonio con ilusión? Hu Mudan no sabía responder a eso. Por otro lado, tampoco habría estado bien dar pábulo a la infelicidad de Yinan. Mi madre tenía la obligación de instruirla en la disciplina del matrimonio. Por aquel entonces mi madre ya se tenía por una experta en el arte de conservar y manejar a un marido.

Decía que no amaba a mi padre, pero cualquiera se daba cuenta de que no era cierto. Hasta la lavandera, que se fijaba en las minúsculas puntadas que mi madre daba en las mangas desgarradas de las chaquetas de su marido y en los botones, cosidos a conciencia. La mujer se llevaba un rapapolvo por la más mínima manchita o tacha que apareciera en el uniforme. Gu Taitai había aprendido a comprar por sistema, los fines de semana, las comidas favoritas de mi padre. En la cocina, Weiwei hacía comentarios malévolos sobre el humor de mi madre, que mudaba de acuerdo con las visitas de su marido.

Hu Mudan no decía nada. Ella, que conocía a mi madre desde la cuna, veía mucho más. Bajo esas gélidas facciones de marfil, veía la misma actitud posesiva que fuera la perdición de Chanyi. La percibía en todo lo que hacía mi madre. Los zurcidos, precisos y minuciosos, las comidas especiales, la excursión que hizo en persona al sur de la ciudad para hacerse con un valioso manojo de hojas primiciales del té favorito de mi padre, los furibundos sonidos que se oían por la noche procedentes de su dormitorio… Todas estas cosas la delataban. Mi madre aseguraba que todas esas labores las hacía por puro sentido del deber. Pero la palabra deber implica una tediosa monotonía, un vacío, la idea de limitarse a cumplir diariamente con las obligaciones propias de su rol. En cambio, mi madre, pienso yo, llevaba a cabo su tarea como si ejecutase números de magia. Consagraba todas sus energías a tejer hechizos, a fabricar hilos invisibles de confort y rutina destinados a hacer que mi padre no dejase de volver corriendo a su lado.

A resultas del aplazamiento, Yinan siguió soltera hasta bien pasada la edad en la que se casaban la mayoría de las mujeres. En mis recuerdos de infancia, mi tía, a sus veinte años, seguía esperando unirse a un hombre que no le gustaba. No es de extrañar que se volviese un poco rara. Hoy sé que sus traducciones de cuentos de hadas eran innecesarias: los hermanos Grimm ya estaban traducidos al chino. Pero ella se pasaba horas enfrascada en esos cuentos, y en su caligrafía. Aun siendo yo tan niña, ya percibía la avidez con que se refugiaba en ese otro mundo de la página manuscrita, zambulléndose en él durante horas y horas, y emergiendo de las profundidades con la mirada perdida pero limpia de ansiedad y tristeza.

Yinan quería otro profesor particular para ocupar sus largos meses de espera. Mi abuelo señaló que no podía permitirse sufragar más clases; Deng Xiansheng se las había dado gratis. Pero mi madre, para variar, dio con una solución práctica que complació a todos. Le preguntó a Charlie Kong si podría solicitar los servicios del hermano de mi padre, al que habían expulsado de la universidad de Pekín y estaba viviendo, como antes, encima de la papelería de su tío. Mi madre señaló que en la casa había espacio de sobra y que Li Bing podría dedicar su tiempo libre a profundizar en sus estudios.

Mi madre estipuló unas cuantas responsabilidades. Li Bing tendría que darle clases de caligrafía, historia e inglés a Yinan. La ayudaría en sus traducciones y también se ocuparía de ciertas tareas de contabilidad para mi abuelo. Del resto de su tiempo podría disponer a su antojo. Lo habían expulsado de la universidad por manifestarse en contra de las clases obligatorias que el Ministerio de Educación había impuesto bajo coacción del gobierno. Pero podría proseguir sus estudios en nuestra casa, e incluso matricularse en la Universidad de Hangzhou. De esa forma, mi madre le conseguía un profesor particular a Yinan y le echaba otro lazo a mi padre.

Tenía pensado contratar a Li Bing independientemente de cuáles fuesen sus modales. Pero cuando vio a su cuñado, le gustó en el acto. Era un hombre flacucho y desmañado. Del cuello deshilachado de su chaqueta brotaba una garganta fina, con una nuez protuberante. Tenía un pésimo porte y lo miraba todo a través de sus gafitas redondas con una permanente expresión de mordacidad e inteligencia.

No se parecía a mi padre en nada, aunque puede que mi madre y mi tía le encontrasen cierta semejanza misteriosa. Recuerdo lo bien que se llevaban. Se pasaban horas sentados, en ocasiones también con mi padre, comentando afablemente sus lecturas, empezando por los viejos poemas que le enseñaba a Yinan y pasando después a las novelas modernas, a los periódicos y, por último, a las noticias internacionales. Mi madre disfrutaba de la agudeza y sarcasmo de Li Bing, aunque su encanto se viese atemperado por lo que ella consideraba una divertida rigidez moral. Por ejemplo, se mostraba incapaz de debatir sobre las relaciones entre hombres y mujeres sin establecer abstractos paralelismos con cuestiones menos personales.

Una noche en que mi padre estaba en casa se quedaron todos sentados en el patio hasta bien pasada la hora de irme a dormir. Hu Mudan y yo rondábamos por las inmediaciones; yo porque nadie me había mandado a la cama y Hu Mudan por si mi madre le pedía algo. Cuando mi padre mencionó la cerveza, mi madre sacudió la cabeza enérgicamente. Li Bing asintió en señal de aprobación.

– Qué bien -le dijo a mi madre- que Li Ang tenga una mujer como tú.

Mi padre tosió al darle una calada al cigarrillo.

– ¿De qué hablas?

– Pienso que a China le vendría bien que sus soldados se casasen con mujeres a las que no pueden convencer de que los sigan en cualquier empresa.

– ¿Tú crees?

– Ya sabes a qué me refiero. La mayoría de las mujeres dan más y más cosas. Más de la cuenta. Sus palabras enseguida pierden todo significado. En cierto modo son como nuestro país, que permite que los extranjeros se lleven más y más cosas. La mayoría de las mujeres se someten fácilmente. Educan a sus hijos en la debilidad. Tú, Junan, eres diferente. A lo mejor tu hijo pertenecerá a una nueva generación: un héroe chino.

Mi madre cambió de tema.

– Yinan, no leas al anochecer. Es malo para la vista. Y tú, Hong -continuó-, ya es hora de irse a dormir. -Sonaba distraída; no insistió más, así que me quedé donde estaba. Entonces se dirigió a Li Bing-. ¿Y tú, qué? -le preguntó-. Si el matrimonio es tan bueno para tu hermano, ¿qué pasa contigo?

Li Bing alzó la barbilla.

– No me interesa el matrimonio -respondió-. Tengo otras metas en la vida.

– ¿Como cuáles?

– Como preservar la dignidad de nuestro país.

– Quizá tú también deberías casarte para ayudar a crear un héroe chino.

– Exacto -dijo mi padre-. A China le vendría bien un chorro de tu semilla heroica.

Entonces habló Yinan. Se habían olvidado de que estaba allí. Habló sin levantar los ojos de su manuscrito, que sostenía a escasos centímetros de la cara.

– ¿Sabéis una cosa? -dijo-. A veces pienso que unos países son como mujeres y otros como hombres.

Mis padres se miraron entre sí.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Li Bing.

– Las mujeres son neiren, seres de interior, y lo propio es que estén dentro de casa. Los hombres son wairen. Su sitio está en el exterior.

Mi padre se volvió hacia ella con gesto intrigado.

– ¿Y China y Japón, qué?

– China es mujer. Japón es hombre. Es agresivo, echa abajo la puerta de la casa de ella y la ataca para violarla.

Por un instante nadie respondió nada. Li Bing se ruborizó. Entonces mi madre dijo:

– Francamente, no sé de dónde se saca esas ideas tan espantosas. Yo jamás le he contado nada por el estilo.

Li Bing recobró la compostura. Dedicó a Yinan una de sus miradas inquisitivas e inteligentes, y le preguntó con delicadeza:

– De modo que ahora Japón está aporreando la puerta. ¿Qué debería hacer la pobre China?

– No lo sé. -Yinan se quedó pensando-. Podría buscar a un hombre fuerte que se pusiese de su parte y echase a Japón. Pero si no hay tal hombre, creo que debería dejarlo entrar y aprender a convivir con él.

La risa silenciosa de mi padre produjo una bocanada de humo.

– ¡Yinan! -exclamó mi madre-. No tienes ni idea de lo que dices.

– ¿Qué quieres decir, meimei? -preguntó Li Bing-. ¿Te parece que en semejantes circunstancias la mujer debería dejar que ese desconocido se le metiese en casa y viviese con ella?

Yinan clavó los ojos en el manuscrito.

– Sí. Al fin y al cabo, ¿qué más da?

– ¿Te importaría explicarnos a qué te refieres? -insistió Li Bing con tacto-. Nos gustaría entenderlo.

Yinan dirigió la mirada a una mancha del suelo.

– Es algo así -dijo-. El otro día, jiejie, estabas hablando con Hu Mudan, y Weiwei me preguntó si podía ir a la ciudad. Su amiga Jing, que trabaja en la casa del viejo Chen, iba para allá y Weiwei quería acompañarla.

– Hizo bien en preguntar -dijo mi madre.

– El caso es que yo sabía lo mucho que deseaba ir. Ya sabes que el viejo Chen está pensando en marcharse y que Weiwei y Jing son amigas desde hace años. Querían hablar. Pero yo sabía que querías que todo el mundo se quedase en casa a trabajar en el jardín. Y también sabía que podrían hablar después, por la tarde. Conque le dije que no. Y Weiwei salió de la habitación. Pero en el último momento levanté la vista y, según cruzaba el umbral, la vi volver la cara y mirarme con el ceño fruncido, como si me odiase a muerte.

Mi madre meneó la cabeza.

– Esa chica…

– Sigue -le dijo Li Bing a Yinan.

– Bueno, pues es que he estado pensando. Mma solía dirigir esta casa y supervisar al servicio. Pero, al hacerse vieja, realmente eras tú, jiejie, quien llevaba la casa.

– Sí, sí.

– Pero año tras año, todo este tiempo, ¿quiénes son los que han vivido aquí y han hecho todo el trabajo? Gu Taitai, Weiwei, Gongdi y los demás. Luego, me pregunto si verdaderamente les importa quién sea el amo. Ellos son siempre los siervos. Trabajan para nosotros, pero ¿cuánto les importamos? Yo amo a Weiwei, pero ¿me ama ella a mí? ¿De verdad le importa al siervo quién sea su amo?

Li Bing enarcó las cejas. Mi madre le ofreció otro cigarrillo.

– Gracias. Me estáis malcriando, vosotras dos. En la universidad no me podía permitir fumar tanto.

– Faltaría más, tú también tienes que participar del botín de cigarrillos del general -dijo mi madre. Sonrió a mi padre, pero éste ya se había abstraído de la conversación y estaba abismado en sus propios pensamientos.

Li Bing probó a lanzarle un anillo de humo a la luna, que ya trepaba por el cielo.

– Jiejie, tú y tu hermana sois dos mujeres extraordinarias.

– He de reconocer que a veces meimei me sorprende.

Li Bing asintió con la cabeza.

– Tú y tu hermana sois dos flores completamente diferentes nacidas del mismo tallo.

Hablaba a través de una nube de humo. Costaba verle la cara a la luz del crepúsculo; sólo se distinguían los dos círculos de vidrio de sus gafas y el humo que ascendía por el sendero de luz que discurría ante ellas, recogiendo minúsculas motitas de luz.

– Dime, jiejie -le dijo Li Bing a mi madre-, si Japón fuese un hombre aporreando tu puerta, ¿le abrirías?

– Jamás.

– ¿Y si lograse entrar?

Mi madre miró por encima del muro del jardín, hacia las ramas de la morera.

– Si lograse entrar, lo envenenaría.

La marcha del acaudalado Chen, acompañado de su hijo Da-Huan, se vio eclipsada por el escándalo de la declaración de amor de éste. El objeto de su amor era una conocida de mi madre llamada Yang Qingwei, una chica de unos veinticinco años, muy callada y de rostro dulce y pálido, que nunca se había casado porque de adolescente había padecido de tuberculosis. Chen Da-Huan anunció que quería casarse con ella, pero el viejo Chen le prohibió casarse con una mujer de mala salud. Chen Da-Huan, que siempre había sido un hijo obediente, se despidió de su amada y partió con su familia hacia el oeste.

Hu Mudan se preguntaba si mi familia también se iría. Pero mi abuelo no tenía la menor intención de marcharse. Su deseo era permanecer en Hangzhou y vigilar lo que le quedaba de sus negocios de algodón. Mi madre no protestó pues mi padre estaba destinado por allí cerca. Así que, después de que los Chen dejasen la ciudad, las cosas siguieron prácticamente igual que antes. Li Bing continuó dándole clases a Yinan, que, alentada por aquél, empezó a escribir poesía como entretenimiento. De sus bolsillos salían revoloteando trocitos de papel. Mi madre decía, en plan de broma, que como a alguien más de su entorno le diese por la literatura, ella se negaría en redondo.

Ahora que el ambiente familiar estaba tan animado, mi padre nos visitaba en cuanto podía. Siempre me traía un regalo: una galleta, un monederito o una caja de dulces de ajonjolí. Cuando llegaba la hora de mi cena en la cocina, se llevaba a mi madre a cenar a Lou Wai Lou, un restaurante famoso por sus especialidades de pescado y pollo al loto. Salían a la calle por la puerta principal, mi padre con su uniforme recién planchado y mi madre con su espigada figura y su andar garboso, la acompañante perfecta. A diferencia de muchas chinas, sabía cómo vestirse al estilo occidental. Al tener la cabeza pequeña, le quedaban bien los sombreros; las líneas sueltas y estilizadas de las faldas y las blusas ponían de relieve su donaire y confianza en sí misma. Cuando Gongdi, el chico de los recados, se la quedaba mirando, fingía no darse cuenta. Pero yo sabía que estaba al tanto de su admiración, y también de la de mi padre, a quien observaba por el rabillo de sus ojazos.

Esa primavera mi padre se afilió al Kuomintang y en verano lo ascendieron a capitán. El ascenso vino acompañado de un cambio de tarea: tendría que ocuparse de entrenar un verdadero batallón a las órdenes de Sun Li-jen. Era la misión que había estado esperando.

Ese fin de semana llegó a casa con su uniforme nuevo. Lo recuerdo de pie ante nosotros, todo orgulloso. Sólo de verlo se mareaba uno. Corrí para aferrarme a sus piernas y mi madre lo estrechó entre sus brazos.

– ¡Felicidades! -le dijo-. Gongxi, gongxi. -Entonces se inclinó hacia mí, transformada la cara en una radiante máscara pálida, y me ordenó-: Xiao Hong, ahora tienes que irte.

– No me importa -dijo mi padre-. Por mí puede quedarse.

– De eso nada. Hong, ¿por qué no vas a ver qué hace tu tía?

Años después, Hu Mudan trataba de explicármelo.

– Desde de que tu padre empezó a ascender en el escalafón, las cosas ya no fueron las mismas entre los dos.

Esta parte de la historia sólo me cabe imaginarla. La niña que yo era entonces salió del cuarto tan campante, sin el menor pesar, mientras la historia, a puerta cerrada, seguía su curso.

Junan lo rodeaba con los brazos. Bajo el olor a cuero y ropa nueva, percibió el aroma intenso y consabido de su cuerpo. Se quedó quieta, deseando que la llevase al dormitorio.

– Vamos a pasear junto al lago -le susurró él al oído.

Se mordió el labio para reprimir la decepción. Su marido quería exhibir su uniforme delante de todo el mundo. Junan se puso su mejor vestido y su mejor abrigo, y salieron de la casa juntos.

Cogieron una calesa hasta el lago y echaron a andar por el paseo. El aire primaveral era frío; los rayos alargados de la tarde cabrilleaban en el agua calma. Iba fijándose en el reflejo de la luz pálida en las caras de los transeúntes y le pareció que observaban a su marido como si se hubiese transfigurado. Lo miraban y veían a un hombre poderoso. Comprendió que, efectivamente, se había transfigurado; a efectos prácticos, era otro hombre. Al hacerse cargo de eso, tuvo un mal presentimiento. El ascenso de su marido traía consigo una amenaza de cambio.

En el restaurante, mientras comían pescado con verduras, se condujo con tanto tiento como si manejase porcelana. Pese a ser consciente de sus armas -su hermoso rostro, su cuello, sus uñas iridiscentes y estilizados dedos-, tenía la sensación de ir a hacerse añicos en cualquier momento. Le sirvió una segunda copa de vino, dejando, con un preciso golpe de muñeca, que la luz de la lámpara brillase pálidamente a través de la taza de porcelana traslúcida, antes de que la elegante silueta de su brazo desapareciese por la ancha bocamanga de su vestido. El vestido, de raso color crema y bordado con peonías escarlata y rosa pálido, subrayaba el contorno de su cuerpo. Mientras comían, él la miraba repetidamente, y ella ansiaba con toda el alma que su marido la desease.

Finalmente volvieron a casa. Había ventilado la habitación y la había dejado preparada para ellos dos, con la colcha de seda doblada y retirada de la cama. Él le indicó con un gesto que no encendiese la lámpara. La luna, llena y resplandeciente, iluminaba toda la estancia de manera que podían verse las respectivas siluetas recortadas contra un fondo de luz pálida y sombra. Su marido fue hacia el lado de la cama de ella. La rodeó con los brazos, sus dedos se atarearon en los alamares de satén para desabrocharle el vestido, y se tumbaron juntos.

Después de hacer el amor, Li Ang encendió un cigarrillo. A Junan no le gustaba que fumase en la casa, pero esa vez se lo permitió. Li Ang se repantigó en los almohadones y se puso a fumar con una expresión radiante y optimista.

Le explicó a Junan todos los pormenores del ascenso. Le subirían el sueldo; gozaría de más privilegios y tendría mayor responsabilidad. Le habló de la amenaza de invasión japonesa. Estaba tan emocionado que se incorporó y se sentó derecho. Ella permanecía echada, escuchándole y asintiendo con la cabeza.

Al cabo de un rato, Li Ang volvió a recostarse y se puso a soltar anillos de humo en dirección a la lámpara.

– A lo mejor esta vez, sí -dijo.

– ¿Cómo?

– Que a lo mejor esta vez sí que sale bien.

Junan detectó un nuevo tono de franqueza y determinación en su voz. Se le pusieron las manos frías. ¿Qué es lo que quería su marido? ¿Con qué la iba a pillar desprevenida? El nuevo matiz autoritario de sus palabras la puso en guardia. Oyó su propia voz, apacible y calma.

– ¿A qué te refieres?

– Pues a que, bueno, después de esto, ya sólo falta, para que todo sea perfecto, tener un hijo.

Sabía que ahora debería tocarlo, ponerle una mano en el brazo o en el pecho, pero sus palmas y sus dedos, húmedos y temblorosos, delatarían la violencia de sus sentimientos. Se quedó tumbada en su lado de la cama, casi cerrados los ojos, atisbando bajo las pestañas el túnel alargado que formaba su propio cuerpo bajo el edredón. Muy apagada, como un eco, oyó la voz de su hermana, ronca de fiebre, y sus palabras quejumbrosas: «Si yo hubiese sido niño». Sintió que una presencia se cernía sobre el cuarto; la noche batió sus alas negras por encima de sus cabezas.

Finalmente supo que podía hablar sin descubrirse.

– Mi padre quería un hijo -dijo.

– ¿Y tu madre? -preguntó él.

– Mi madre… también.

– Me preguntaba yo si… No es que yo lo piense, de ninguna manera, pero… ¿Crees que es posible que en tu familia las mujeres padezcáis algún tipo de infertilidad?

– ¿A qué te refieres?

Junan dio gracias a la oscuridad por ocultarla.

– Bueno, tus padres estuvieron casados muchos años. Pero tu madre sólo dio a luz dos veces, y las dos fueron niñas. No digo que tengas nada raro, y en cuanto a tu hermana, sólo es un poco fantasiosa, pero me pregunto si…

– Eso es ridículo -dijo Junan-. No hay forma alguna de demostrar que el sexo de los hijos sea un rasgo que se transmita de madres a hijas.

– Probablemente no. Pero es lo que he oído.

– Lo que tú has oído es la típica milonga que cuentan las viudas viejas y las mujeres amargadas. ¿Desde cuándo las tienes de consejeras?

Y ahora, galvanizada por la conmoción, se obligó a sonreír para que la forma de su sonrisa le modulase la voz. Se cogió un gélido mechón de la espesa melena y le hizo cosquillas en el brazo hasta que Li Ang se rió y alargó el brazo para tocarla. Pero una losa enorme se le había alojado en el pecho y a duras penas conseguía hablar. Enseguida se giró, dándole la espalda a su marido, y, tirando de las mantas, se arropó hasta el cuello.

Años después, cuando mi madre y Hu Mudan me hablaban de aquella época, siempre encabezaban sus historias con las palabras «Antes de la ocupación». La primavera antes de la ocupación, cuando ascendieron a tu padre. Eso fue antes de la ocupación, antes de que demoliesen el tramo sur de la muralla de la ciudad: tú no te acuerdas de la tarde aquella en que tu padre te sacó a pasear por lo alto de la muralla. Se pensaban que en aquel entonces yo era demasiado niña como para recordar aquellos apacibles años. Mi madre quería creer que yo no los recordaba; no le gustaba ni que me pusiese a contar mis propias historias de la guerra. Había tratado de protegerme para que jamás llegase a enterarme de lo que ocurría. Creo que mis recuerdos también la asustaban. Si mi memoria abarcaba algo tan remoto como la ocupación japonesa, no cabía duda de que también me acordaba de otras cosas que mi madre preferiría que yo hubiese olvidado.

Es verdad que de mi primera infancia no lo recuerdo todo. No recuerdo la costumbre de sentarme en el regazo de mi abuelo, tirándole de las barbas para ponerme de pie. No recuerdo que me pusiese a berrear cuando Hu Ran tenía dolor de muelas, aunque Hu Mudan me asegure que es verdad. Lo único que me queda son las historias de las frecuentes idas y venidas de mi padre, pues sólo acierto a recordar la alegría que rodeaba sus llegadas, y aquella vez en particular en que mi madre le pidió a la costurera que me cosiese una blusa de marinero nueva, conmigo dentro, porque ya no daba tiempo a tener listos los ojales para cuando llegase mi padre. Me cuentan que cuando se iba me ponía a gritar y llorar hasta que me subía la fiebre; por suerte, no recuerdo nada de esa época.

Tampoco me acuerdo de lo mucho que mi madre se preocupó por él en los días posteriores al 7 de julio de 1937, fecha en que los japoneses cruzaron el puente de Mukden e invadieron China. Me enteré, por los libros de historia, de que los japoneses bombardearon Nanjing y del ataque fallido de la aviación china a los buques de guerra nipones fondeados cerca de Shanghai, un fracaso estrepitoso, digno de aficionados: las bombas cayeron en las calles de la ciudad. Hu Mudan me contó que mi madre quemó todos los libros y periódicos en inglés, incluido el volumen de cuentos de hadas de Yinan. Mi tía se negó a bajar del piso de arriba durante días, mientras mi madre enviaba un aluvión de telegramas implorándole a mi padre que respondiese diciendo que estaba sano y salvo. Mi padre respondió por fin con la noticia de que su mentor, el general Sun Li-jen, había recibido el impacto de trece piezas de metralla y le habían tenido que hacer una transfusión de sangre de urgencia. Posteriormente, ese mismo año, las tropas japonesas pusieron cerco a la capital, Nanjing. Dicen que los gritos de las mujeres violadas y de los hombres asesinados saturaban el aire y que su sangre corría por las calles. Pero la sangre no llegó hasta Hangzhou. Hubieron de transcurrir varios días antes de que nos llegasen noticias, que, además, no pasaban de meros rumores, aterrorizados y con sordina. Y hubo de pasar tiempo antes de que los periódicos diesen detallada cuenta de los estragos sufridos por cuantos corrieron la aciaga suerte de permanecer en la ciudad. Mientras Nanjing caía, mi madre, sentada en su escritorio, se dedicaba a rellenar una hoja de papel cebolla tras otra de telegramas, con la intención de contactar con Baoding, el primo de mi padre, para saber qué había sido de Mao Gao, el prometido de Yinan. No hubo respuesta.

Durante años no supe nada de los asombrosos últimos momentos de mi abuelo, Wang Daming. Hangzhou cayó en Nochebuena, y una noche, poco después, mi abuelo no volvió a casa. No era nada inusitado; con frecuencia se quedaba jugando hasta la mañana siguiente. Pero cuando Charlie Kong pasó por casa y preguntó por él, mi madre se preocupó. Ella y Charlie salieron en su busca. Era un amanecer radiante, poco después de Año Nuevo. Al llegar a su almacén descubrieron sus restos. Tropas japonesas le habían exigido que les «vendiese» el único almacén de algodón que le quedaba. Los «compradores» se habían presentado armados con pistolas, bayonetas y espadas. Mi abuelo, un hombre fracasado, se plantó en la puerta del almacén. Sabía que la suma que le ofrecían era menos de la mitad de lo que valía el algodón. Les pidió un precio más elevado. Lo rechazaron. Mi abuelo rehusó vender. Quiero pensar que, en sus últimos momentos, por fin comprendió en qué creía y encontró un terreno firme en el que afianzarse. Después de que su corazón diese el último latido, los soldados le cortaron la cabeza y la colgaron en la puerta del almacén con una nota explicativa.

En lugar de esos acontecimientos, lo que recuerdo son las cosas de las que nadie habla. Un día de aquel otoño vi desnudo a Hu Ran. Yo debía de tener unos cuatro años y Hu Ran casi siete. Tras pasarse la mañana jugando en la calle embarrada, rodeó la casa para lavarse en el estanque. Mi tía leía en su alcoba; a nuestras respectivas madres no se las veía por ningún lado. Lo seguí con intención de llamarlo por su nombre, pero cuando me asomé entre las escasas hojas del sauce llorón, la curiosidad me tapó la boca.

Ya conocía sus ojos brillantes y extraños, sus orejas, sus atezadas piernas, finas como patas de araña. Pero ahora quería conocer más. Sabía que él no habría querido que lo viese desnudo, lo cual hacía más tentadora la oportunidad. Se retorció para quitarse la camisa y un rayito de sol que se filtraba por las hojas en movimiento le arrancó un destello de la piel morena. Yo estaba tan cerca que le veía hasta la capa de polvo de las manos. Vi emerger los delicados hombros y después, cuando se puso de lado, los huecos oscuros bajo el brazo izquierdo y un pezoncito engarzado en un redondel del tamaño de una moneda. Me fijé en la tensa barriga, aspirando y espirando mientras se ponía los pantalones. En algún rincón del patio se abrió y se cerró una puerta, pero no le presté atención; en lugar de eso, me centré en el pronunciado hueso de su cadera y en su muslo terso y tostado y, surgido de no sé qué lugar de su entrepierna, un pulgar recio y moreno.

– ¡Apártate de ella!

El resol me perforó los ojos. Mi madre había barrido el sauce de un manotazo. Su furiosa silueta se alzó imponente sobre nosotros. Di un chillido. Me cogió con sus largos brazos y me sacó de allí.

Esa noche ella y Hu Mudan entraron en el cuarto de ésta y cerraron la puerta. Desde mi habitación oí primero a mi madre gritando hecha una furia y a Hu Mudan riéndose. Pero a medida que mi madre la recriminaba, fue haciéndose un silencio pavoroso. Entonces mi madre soltó:

– Ya estuvo mal que decidieses criar a ese bastardo en casa. Pero lo que no voy a permitir es que corrompa a mi hija.

– De acuerdo -dijo Hu Mudan-. Muy bien.

A mi madre se le hizo un nudo en la garganta y le menguó la voz.

Al día siguiente, Hu Ran y Hu Mudan se despidieron. Se iban al oeste. Saldrían de la ciudad en un carromato de gallinas y luego remontarían el Yang-Tsé en un vapor hasta el pueblo de Hu Mudan, en Sichuan.

Ni Hu Ran ni yo entendíamos por qué nos separaban. La pérdida era tan súbita como terrible. Se quedó parado delante de mí, todo serio y con su grillo favorito en una jaulita de bambú.

– Adiós, señorita -me dijo-. Puedes quedarte con mi grillo.

– ¡No quiero tu grillo! -chillé entre hipidos-. ¡Se lo voy a dar de comer a Guagua!

– Quédate con mi collar -dijo Hu Ran. Se metió la mano por el cuello de su basta camisa de algodón y sacó el brillante colgante de jade que siempre llevaba.

Pero entonces Hu Mudan se interpuso entre nosotros.

– No -dijo-. Hu Ran, no debes darle eso a una niña a menos que pretendas casarte con ella.

– ¿Y por qué no puedo casarme con ella? -preguntó.

Su madre le pasó la mano por el pelo rapado.

– Porque eres muy pobre para ella.

Hu Ran volvió a meterse el colgante en la camisa.

Hu Mudan se agachó y me apretó el hombro. Sus ojillos almendrados me miraban con dulzura.

– No te preocupes, Hong -me dijo-. Mi destino es estar ligada a tu familia. Volveremos a verte.

Después de aquello estuve muchas noches sin pegar ojo. Una vez oí discutir a mis padres. Estaban hablando del nuevo trabajo de mi padre, a las órdenes de Sun Li-jen. No lograba entender del todo lo que decían, pero sabía que estaban riñendo. Mi madre no paraba de repetir, en un tono bajo, la palabra «guerra».

– No vayas a Hankow -decía-. Deberías dejar de combatir y eludir la guerra. Deberías quedarte en Hangzhou, podrías unirte a la resistencia. ¡No vayas a Hankow! ¿Qué importa otro ascenso? -Oí cómo se le entrecortaba la voz-. ¿Y si vuelven a herirte y te matan, qué?

Mi padre se rió.

– No me van a matar.

– ¡Confías en la suerte! -dijo mi madre-. ¡Nunca deberías confiar en la suerte!

– Yo siempre confío en la suerte.

– Por favor -dijo ella-, envíanos un mensaje al telégrafo de Charlie.

Noté que lo decía de mala gana y comprendí que no le quedaba más remedio. Pero también percibí que seguía asustada.

Esa misma noche, más tarde, se oyó un estrépito sordo procedente de algún lugar en la parte delantera de la casa. Me quedé petrificada pero a la escucha, figurándome que quizá me había quedado dormida y lo había soñado. Volvió a oírse lo mismo. Salí corriendo de mi cuarto, en pijama, y me lancé escaleras abajo. Crucé el patio y me asomé entre las puertas. Desde aquella posición estratégica veía toda la calle. Me quedé de una pieza, deslumbrada por aquella estampa nocturna. La luna reverberaba en el muro enjalbegado de la casa. La calle estaba oscura, veteada aquí y allá de pálidos guijarros espejeantes. El mundo flotaba a mi alrededor, tenebroso e incitante, con la brisa bañando mis mejillas y la quietud tentándome.

Oí la voz de un hombre gritando. Pasados unos segundos, oí gritos más breves, la estridencia de un silbato, y dos golpes muy seguidos, tan cortos que apenas si tuve tiempo de entender lo que había oído. Y luego, maldiciones. Unos pasos golpearon la tierra; se oyó un resuello acelerado. Alguien dobló la esquina de la casa, muy cerca, tanto que me llegó el olor a ajo de su aliento.

El hombre se detuvo, jadeando ruidosamente, y miró por encima del hombro para localizar a su perseguidor. Corría a buen ritmo y llevaba ropa oscura; aún podría darles esquinazo. Entonces echó a correr. Esperé a que volviese. Me había dado la impresión de que no tenía ni idea de adónde ir. No tardé en oírlo acercarse a tranco ligero, firme y constante, volviendo sobre sus pasos. Ahí estaba. Sin pensarlo, abrí la puerta.

El hombre giró el torso con crispada y aparatosa energía. Su cuerpo, doblado el hombro, suspendida la pierna en pleno paso, parecía la viva imagen de la sorpresa.

Traté de verle la cara bajo la sombra de la visera pero apenas capté el leve reflejo de las gafas.

– ¡Métete en casa! -me dijo entre dientes.

Obedecí a esa voz. Pasó de largo, por delante de mí y de la casa.

Lo vi desaparecer calle abajo. Entonces me quedé a la espera, dominada por la curiosidad. De la otra punta de la calle llegaba un repiqueteo: los perseguidores. Al cabo de varios minutos, el repiqueteo se convirtió en un ruido de botas pesadas que se acercaban. Pom-pom-pom, rítmicamente.

Los instantes siguientes transcurrieron tan rápido que casi no me dio tiempo a ver lo que sucedía, y mucho menos a dejarme llevar por el pánico. Esta vez alcancé a ver fugazmente a alguien que corría: un hombre menudo, vestido con un uniforme verdusco y una gorra en la que destacaba el sol japonés. Más pasos raudos, a un ritmo seco e implacable. Surgieron de sopetón otros dos hombres. No hablaban. Se entregaban a su labor de búsqueda con dinámica eficacia. Fueron hasta la esquina de la casa y miraron por el callejón. Aguzaron el oído. Me apoyé en la puerta y cerré los ojos. ¿Ya se iban? Sí, se desvaneció el eco de sus pisadas. Se habían marchado.

Me quedé donde estaba. Algo frío se me escurría por debajo de los brazos. No me atreví a abrir los ojos, pero contra el telón de fondo de mis párpados cerrados seguía viendo el disco rojo. No conseguía olvidarme del ritmo de sus pisotones. Nunca antes había visto un soldado japonés. En ese momento experimenté por primera vez uno de esos miedos que no nos abandonan.

Pasados varios minutos, hice acopio de todas mis fuerzas y volví a mi cuarto.

Lenta y silenciosamente subí las escaleras. En un momento dado reconocí aquella voz apremiante y familiar. El fugitivo era mi tío. No volvería a verlo hasta pasados muchos años.

Como decían que la simiente de un hombre fecundaría a una mujer rolliza y complaciente, a Junan le dio por devorar cuencos rebosantes de gachas dulces y comerse la piel crujiente de los patos asados. Se atiborraba de grasa de puerco y de tiernos panecillos blancos; se encerraba en su cuarto a leer novelas y trataba de no preocuparse de si Weiwei y Gu Taitai llevaban o no a cabo las tareas que les había impuesto. Intentaba distraerse jugando al mahjong, siempre abandonando las partidas antes de que se hiciera tarde, hasta que las otras mujeres empezaron a sonreírle en plan cómplice y a decirle que les debía de estar ocultando alguna buena noticia. Pero el tiempo transcurría sin resultado alguno y se hartó de comilonas, de morderse la lengua y de fingir que no se enteraba de lo que hacía el servicio.

Su marido estaba descontento con ella. Esta sospecha reptaba bajo su aparente calma. Sabía que seguía siendo tan hermosa e inteligente como siempre. Pero ahora sospechaba que eso ya no tenía importancia. No servía para nada; a él le habría hecho igual de feliz una mujer más fea, menos competente, y más fértil. Las noches más sombrías y deprimentes se preguntaba si no tendría razón su marido: si de veras no serían infértiles las mujeres de su familia. Su madre, en cuya muerte no se permitía pensar. Su hermana, que brujuleaba por la casa como un alma perdida con las alas rotas. A ver si es que ella también tenía algo raro… Junan se prohibió pensar en eso.

Corría el mes de diciembre de 1937. Él no tardaría en dejarla para correr en pos de la guerra. Como todo soldado, buscaba territorios sin conquistar. Hangzhou, una vez ocupada, ya no le importaba. Puede que no lograse volver a entrar en la ciudad; las tropas niponas le impedirían reunirse con ella. Un gobierno títere y sus espías se conjurarían para mantenerlo alejado de ella. ¿O acaso sería él mismo, sus propios deseos, quienes lo apartasen de ella?

Una semana antes de partir Junan le dijo:

– Pu Taitai va a trasladar a su familia a Hankow.

Él asintió con la cabeza. A su amigo Pu Sijian también lo habían ascendido y ya había partido hacia el oeste.

– También podríamos marcharnos nosotros.

– No es buena idea -dijo él. Junan notó que tenía la mente en otra parte-. No sé adónde me van a destinar, y además Hankow podría ser objeto de intensos bombardeos.

Junan se esforzó por modular la voz y que le saliese lo más dulce y melodiosa posible.

– Aquí también se corre peligro. Hay más familias que se marchan.

Hubo un largo silencio.

– Mira -dijo él-, tú no te preocupes.

No le contestó.

Él se puso a hablar. Le explicó que aunque bombardeasen los aeródromos, la ciudad de Hangzhou se libraría de los peores ataques puesto que recibiría la protección de su base aérea. En el oeste las condiciones serían durísimas. Insalubre, abarrotada y, desde luego, muy poco indicada para las niñas salvo que no quedase más remedio.

– Como madre que eres supongo que te harás cargo -dijo.

– Soy la madre de tu hija y quiero darte un hijo.

– Pero sé que nunca lo pondrías en peligro.

El aire se espesó de mutua incredulidad. Junan echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

– Vendré a veros -dijo él.

– No podrás; sabes que no puedes cruzar territorio ocupado. Ni siquiera debo decir que sé dónde estás. ¿Es que no lo ves? ¿Es que no ves que esto va a terminar mal? -dijo con voz temblorosa.

– Olvídate, ¿de acuerdo? No te preocupes de eso por ahora.

Su marido seguía tan alegre como siempre.

Ella no respondió: prefirió ahorrarse el bochorno de las lágrimas.

Le quedaba poco tiempo y algo tenía que hacer. Una mañana se levantó sigilosamente de la cama mientras él seguía durmiendo y se puso la ropa más discreta que tenía. Salió de casa en silencio, pasando casi de puntillas por delante del portero y, ya en la calle, cogió una calesa y le pidió al hombre que tiraba de ella que la llevase al barrio comercial de la ciudad. Una vez allí, vaciló antes de entrar en una tienda engalanada de estandartes rojos y blancos.

El interior, una espaciosa estancia, estaba muy ordenado y los suelos barridos a conciencia, pero el acre olor a medicina le revolvió el estómago. Las paredes estaban cubiertas de armarios de madera envejecida por el tiempo cuyos cajoncitos diminutos contenían raíces, semillas y miembros de animales; en la ventana había frascos con serpientes; una calavera humana observaba desde la repisa.

Detrás del mostrador había un anciano vestido con un mandil blanco impoluto.

– ¿Sí?

Aquello, más que voz, era un graznido. El hombre no inspiraba mucha confianza. Pero cuando Junan se fijó en sus ojitos de pececillo detectó una seguridad que sólo podía nacer del conocimiento. Y también se dio cuenta, con disgusto, de que el viejo ya había adivinado lo que quería. Con todo, se obligó a hablar.

– Quiero algo que proporcione felicidad -dijo, y su propia voz le sonó forzada y seca.

Sin decir palabra, el hombre se dio media vuelta y abrió un cajón. Puede que hubiese unos mil cajoncitos en aquellos armarios tan viejos. El tirador de aquel en particular estaba tan gastado por el uso que había perdido el acabado y ya no se leían los caracteres impresos en él. Midió unas raíces y las envolvió en papel blanco.

– Cocer -dijo.

– ¿Cuánto es?

– Siete.

– ¿Siete peniques?

El viejo asintió.

– ¿Cuánto tardará?

El viejo bajó lentamente los ojos. Junan se obligó a permanecer inmóvil. Clavó la mirada en la balanza y en las minúsculas pesas de bronce.

– Le sobra tiempo.

Junan tamborileó con el pie en el suelo.

– ¿No tiene algo más rápido?

– Pastillas -respondió-. Una pastilla, un dólar. De plata.

– ¿Ésa es la única alternativa?

El viejo se sonrió.

– Récele al pusa.

Recordó un bodhisattva [5] esculpido en piedra. Oyó la voz de su madre: Guan Yin, songzi. Guan Yin, songzi. Guan Yin, envíame hijos.

– Póngame diez -dijo.

Nunca había sido capaz de tragarse pastillas. Siempre la estrangulaba un reflejo aterrorizado que, al notar el gusto amargo, se las devolvía a la boca. Pero le dio las diez monedas de plata sin decir palabra. Volvió a casa, machacó dos píldoras en el almirez, escondió el polvillo en un bollo de pasta dulce de judías pintas y se obligó a comérselo.

Esa misma noche, mientras hacían el amor, le salió de la boca un torrente de palabras prohibidas, palabras que sin querer oyera hacía mucho tiempo, en una época terrible y tenebrosa:

– Te amo. No me dejes. No me dejes nunca, nunca.

– Soy tu marido -le respondió él con hastío y paciencia.

Y su marido no tardó en partir hacia el oeste. La mañana del día de Nochebuena tropas japonesas entraron en la ciudad y Hangzhou se convirtió en territorio ocupado.

Las lluvias del invierno estrechaban su cerco. Todos los días Junan se afanaba en conseguir las ofrendas para el funeral semanal de su padre. Los toques de queda y las repentinas confiscaciones hacían que resultase peligroso hasta ir a la compra. La llegada masiva de soldados japoneses había agotado las existencias y disparado los precios; costaba encontrar variedad. No había más que peras pasadísimas y pomelos duros y pálidos, procedentes del sur. Tras mucho regatear, Junan compraba setas secas, jengibre y judías para hacerles bolas de masa hervidas a los monjes. Ayudó a componer un gran plato de albóndigas de tofu modeladas con sumo esmero. Sabía que los monjes después lo devoraban todo y que, si se quedaban satisfechos, tendrían una opinión más favorable de ella y de su familia.

En la sexta ceremonia semanal se sentó junto a Yinan en el templo. Detrás de ella, los criados gimoteaban y lloraban la pérdida de su señor. La fragancia del incienso y el olor a cerrado de los monjes le repugnaron. Esa mañana no había podido probar bocado y ahora le temblaba todo el cuerpo del vacío que sentía. Tragó saliva para aguantar el sonsonete áspero y grave de la salmodia.

Se bu i kong

kong bu i se

se chi shi kong

Kong chi shi se

Shou xiang xing shi.

La vida no difiere de la nada, ni la nada de la vida; lo mismo cabe decir de las emociones, pensamientos, deseos y conciencia.

A través del humo trémulo del incienso vio a Yinan hacer sus reverencias. Cuando finalmente se enteraron de la muerte de Mao Gao, Yinan recibió la noticia en silencio. Tras la muerte de su padre se había vuelto todavía más apagada. Iba a costar mucho casarla después de semejante racha de mala suerte. Ahora, hasta Chen, el hijo del vecino, estaba fuera de su alcance, y los jóvenes más prometedores de la ciudad se habían marchado a construir la capital de la China en guerra. A todo esto, Yinan seguía creciendo. Las largas trenzas se le balanceaban con gracia al acercarse al altar. Ya tenía edad de llevarlas recogidas en un moño. Yinan escogió tres varillas de incienso, esperó a que la punta llamease y se encendiese la brasa, y las insertó con cuidado en el incensario de latón. ¿En qué clase de mujer se convertiría? ¿Se volvería más rara que nunca, o quizá esta tragedia la calmaría y la haría más apta para el papel de esposa?

Mientras se dirigía al altar recordó las exequias en honor a su madre. Entonces habían sido tres, además de Hu Mudan, quienes se reunieron para honrar la memoria de Chanyi. Esta vez eran sólo dos: Yinan y ella. Cada vez quedaba menos gente capaz de recordar. Junan acercó las frágiles varillas de incienso a la vela. Cuando prendió en ellas la llama, sopló hasta que las puntas se transformaron en ascuas diminutas y luego las clavó una por una en el montón de ceniza. Al observar aquel polvo gris en el soporte de latón, los restos calcinados de mil varillas de incienso, sintió que la dominaba el miedo. Sabía que era un miedo egoísta: un terror incontenible que no tenía que ver con su padre, que había muerto dignamente, sino con su propia vida. Rezó para que le infundieran el suficiente valor como para responsabilizarse de la familia. El terror persistió durante el lento viaje de vuelta a casa. Le duró incluso después de recibir un telegrama de Li Ang diciéndole que había llegado a Changsha y que no se preocupase.

Los días siguientes la venció un cansancio aplastante. Una sensación de mareo inédita, un cosquilleo en el estómago, la convencieron de que lo había logrado. Con todo, no conseguía relajarse. El miedo le duró semanas, incluso después de saber a ciencia cierta que estaba embarazada.

Un mes después del funeral, Junan entró en lo que había sido el despacho de su padre. Llevaba puesta una túnica negra atada con un tosco cinturón de cáñamo en señal de duelo, y una pila de cartas en las manos. Cerró la puerta tras de sí, con impaciencia.

Desde que alcanzara la suficiente edad como para leer con soltura el periódico y mucho después de haber dominado las matemáticas elementales, Junan siempre había deseado estar a solas en aquel despacho. Se había fijado en el placer que su padre obtenía del dinero y de alguna manera se había dado cuenta de que ella disfrutaría por igual. Llevaba años deseando seguir el hilo de los beneficios en las tablas y anotaciones de sus libros de cuentas. Había soñado con utilizar su ábaco negro.

El despacho estaba tal cual lo había dejado su padre, repleto de cajas llenas de dietarios cubiertas de una fina capa de polvo. Se fue directa al escritorio y se puso a limpiarlo con un trapo. Pero no movió nada de su sitio; quería mantener intacto, en la medida de lo posible, el orden en que él lo había dejado todo. Ese orden sería el único mapa que podría ayudarla a orientarse en el laberinto de sus finanzas.

Forzó la vista para enfocar la página y se sentó muy erguida, moviéndose únicamente para volver a guardar un libro en su sitio o coger otro. El sillón de su padre era de gran tamaño, pero ella era tan alta como él. Repasó lenta y cuidadosamente una página entera de anotaciones. Dedujo que era el detalle de los gastos y los ingresos de su almacén de algodón. Conocía la escritura descuidada y, en ocasiones, inexacta de su padre, pero nunca se había molestado en descifrar sus números: nítidos, apretados y extrañamente barrocos, con nudosas fiorituras en los doses y treses, y primorosas comas. Era como aprender a leer en un idioma nuevo. La primera página la dejó exhausta, pero insistió, cifra tras cifra, y la segunda ya le resultó algo más fácil, y la tercera más fácil aún, hasta que pudo recorrer una página con la mirada y entender lo que veía.

La luz pálida del sol, filtrada por las hojas de la morera, dibujaba una telaraña de encaje sobre el papel que se fue desplazando por el escritorio hasta terminar desapareciendo por completo. Mientras leía, casi le parecía oír el rítmico repiqueteo de las fichas de paigao. Había vencido el plazo para abonar unos intereses y había que amortizarlos. Los gastos de la casa estaban comiéndose lo que quedaba de rentas. Su padre había ido vendiendo terrenos sin parar hasta quedarse solamente con el almacén repleto de algodón que confiscaron los japoneses.

En la caja de caudales lo único que encontró fue una bolsa llena de calderilla en divisas, que en su día habían sido plenamente aceptadas pero que ahora carecían prácticamente de valor. Había monedas de plata de finales de la Dinastía Qing, con la forma abombada de tantos golpes como les habrían dado con su sello de acero los comerciantes para endosarlas. Había dólares mexicanos, con el grabado del águila y la serpiente. Taeles de plata de muchos años de antigüedad, tanto de los normales, de Shanghai, como de los defectuosos liangs, de Filipinas. Revuelto con todo esto había un sinfín de piezas cuadradas con un agujero en el medio, las viejas monedas imperiales.

En el fondo de la caja había una pila de fichas garabateadas con nombres de acreedores y el dinero que se les debía. Eran deudas enormes, escandalosas, que sólo podían haberse contraído jugando. Por último, una hoja suelta de papel, una de las dos copias de un pagaré más formal firmado ante notario: «La escritura de la casa le será entregada a Li Ang cuando se case con mi hija Junan. La propiedad será transferida a la familia Li y a sus herederos varones. Si mi hija no diese a luz a un varón, la casa pasará a ser propiedad de Charlie Kong». El documento, con fecha de 1930, estaba rubricado con sus dos sellos.

Durante la cena no logró articular palabra. La imagen fantasmal de una página, moteada con las radiantes cifras apretujadas de su padre, flotaba ante sus ojos. Su hermana y los criados la dejaron a solas. Se dio cuenta de que la suponían abrumada por la pena. No hizo por desengañarlos sino que se quedó sentada ante la silenciosa mesa, dándole vueltas al asunto. No tenían dinero. No tenían casa. Estaba sola. Tras la máscara blanca de su rostro, se puso a elucubrar. ¿Estaba Li Ang al corriente de todo? Lo dudaba. Su marido no era lo bastante astuto como para ocultarle algo así. Pensó que más le valía no decir nada. Se apretaría el cinturón. Iría a ver a los amigos de su padre y les pediría algo a cambio de sus pagarés. Esa misma noche le pidió a Gu Taitai que le llevase la caldera de latón más grande de la cocina. Colocó una pila de libros de contabilidad en el fondo de la caldera, enrolló una hoja de papel fino, encendió una cerilla y aplicó cuidadosamente la llama al borde de un volumen.

Se convirtió en una de tantas mujeres que se desvivían para dar de comer y vestir a su familia bajo la ocupación extranjera, mientras los anaqueles de los tenderos iban quedándose vacíos. Las existencias menguaban hasta el fondo de los tarros; los granos se vendían mezclados con cagarrutas de ratón. Yinan no le servía de ayuda: estaba destrozada por la desaparición de su pollo Guagua; Junan sospechaba que lo habrían robado y vendido de estraperlo. A Charlie Kong, como a la mayoría de tenderos, le prohibieron cerrar la tienda pese a no tener género que despachar. Su barraca la transformaron en centro de distribución de productos de fabricación japonesa. Había una extraña abundancia de unas cosas y escasez de otras; se declaró obligatoria la adquisición de ciertos artículos. Obligaron a todo el mundo a entregar sus radios de onda corta y a comprar transistores japoneses de poco alcance, que sólo sintonizaban las emisoras aprobadas por el nuevo gobierno. Junan y las otras mujeres acaparaban comida y ropa. En cuanto podían se desprendían de los billetes. Se reunían para charlar y gastarse bromas y jugar al mahjong, pero cuando cerraban las puertas de sus casas, parecían gallinas empollando huevos, taciturnas y preocupadas, escondidas en sus alcobas, agarrando las alhajas y las monedas de oro y plata.

Casi todas esas mujeres eran mayores que ella, o por lo menos lo parecían: rechonchas y vulgares, con las cejas depiladas en forma de finísimas medias lunas, o bien esqueléticas, avinagradas y listillas. No se les escapaba nada, ni a las unas ni a las otras. Eran el canal por el que Junan se enteraba de casi todo lo que sabía de su marido. Desde que lo trasladaron, Li Ang había dado escasas señales de vida. Ya debería haberse imaginado que lo de escribir cartas no era lo suyo. Fue charlando con esas mujeres como se enteró de que el gobierno no tardaría en trasladar la capital más al oeste, a Chongking.

Esa tarde jugaron al mahjong. Junan pensó en que debería haberse llevado la familia al oeste, venciendo la oposición de su marido. Éste había mencionado una vez la posibilidad de que lo trasladasen al destacamento de policía fiscal de Sun Li-jen, en Chongking. Tendría que habérselo imaginado.

Las mujeres sentadas a su alrededor comentaban que muchos de los hombres ausentes tenían concubinas. La noticia se había ido propagando paulatinamente, filtrándose como un rumor. Le acababa de suceder a una conocida de Pu Taitai. La esposa legítima había intentado ahorcarse con el cinturón de su batín de seda.

– Es una chica muy joven.

– No ha aprendido.

– Peng.

La luz de la lámpara, que proyectaba un círculo sobre la mesa, apenas les iluminaba la cara. Eran mujeres cuyos hombres ya hacía mucho que habían dejado de desearlas. El enorme lunar verde de Yao Taitai le hacía sombra en la frente cetrina. Wen Taitai, repantigada y embutida en su chipao, con aquellos ojillos parpadeantes y miopes, le recordaba más que nunca a un reptil. Pero a quien no conseguía quitarle el ojo de encima era a la madre de Wen Taitai, con aquella cara hombruna y esas orejotas arrugadas; con la piel parecida a una gasa descolorida y demasiado holgada que le cubría las carnes, caídas y fofas. Se contaba de ella que, en cierta ocasión en la que su marido había pretendido tomar a una mujer por concubina, ella le pegó una paliza. Ahora, ya viuda, su consuelo eran los nietos y el mahjong. Blandió su palito y, dando un sonoro chasquido, se colocó las fichas en línea.

El descubrimiento de que no les quedaba más dinero trajo aparejada cierta libertad: ya no había negocio que atender y la familia podía marcharse. Junan se pasó por la cochambrosa tienda de Charlie Kong. El tío de su marido seguía tan vivaracho como de costumbre, aunque estaba un poco más flaco toda vez que la escasez de vino se estaba dejando notar incluso entre los bebedores más empedernidos. Ahora se sacaba unos pocos yuanes explotando un telégrafo ilegal en la trastienda.

Querido marido. Me llevo la familia a Chongking. Junan.

Él le contestó casi al instante.

Junan. Por el bien de nuestra familia, quédate ahí. Tu marido.

Esa noche se encontró las bragas manchadas de sangre. Respiró hondo. No tendría que haber ajetreado tanto. Debería tener más cuidado.

Guardó cama durante días. Yacía inmóvil, furiosa; aunque su mente era tan implacable como una trampa de bambú, el cuerpo había vuelto a fallarle. Los siguientes días, la más mínima preocupación, el esfuerzo más leve -agacharse, doblarse, subir escaleras- la hacían sangrar. Instaló su alcoba en el piso de abajo. El bebé tardaba en llegar: a finales de octubre, cuando el Generalísimo se trasladó a Chongking, ella seguía encerrada entre cuatro paredes.

Esta pasividad forzosa se le hacía insoportable. Li Ang le había dejado unas cuantas cosas para que se las zurciese y arreglase. Una tarde se puso con una chaqueta. Pensó que igual le calmaría los nervios concentrarse en una tarea, algo tan simple y repetitivo como apretar un botón que estaba suelto. Cogió el costurero y se llevó la chaqueta al poyete que había bajo la ventana, desde donde vio el peral, cargado de fruta madura, mecerse levemente al viento. Era un radiante día de otoño, tan despejado que toda hoja nervada, toda parra calcinada por la escarcha, se ofrecían a la vista desnudas y como buriladas.

Su marido había dejado la chaqueta hecha un gurruño; además de arrugada, estaba perdida de polvo. Se puso su dedal de latón, que tenía forma de anillo, y enhebró la aguja con el consabido hilo de seda color saltamontes. Buscó el lugar exacto, atravesó la tela con la aguja y cogió el botón.

Siempre había sentido una amenaza indefinida desde la primera vez que ascendieron a Li Ang; ahora, esa molesta sensación, largamente reprimida, abrió una brecha en su calma. El ascenso, aunque bienvenido, había provocado un cambio entre ellos, a ella la había rebajado de categoría y, por más hijos sanos que llegase a darle, por más que lograse darle un varón, eso sólo serviría para consolidar la posición que ahora ocupaba. Pronto volverían a ascenderlo. Junan veía imposible recuperar su antiguo estatus.

Ahora le habían arrancado el velo de los ojos. Era como volver a ser una novia, como apearse del tambaleante y terrorífico palanquín matrimonial y ver, por primera vez, al agente de su destino. Pensó en la impresión que le había causado Li Ang al comienzo de su matrimonio, la de ser un hombre encantador y complaciente. Recordó el elegante perfil de sus anchos hombros oscuros recortado contra las almohadas. Parecía tan fácil llevarse bien con él, siempre bien plantado y sonriente, como un invitado satisfecho. Un hombre que contemplar con cariño y una pizca de desdén. Había llegado a forjarse una imagen de su marido como un ser dulce y vulnerable, un poquito torpe en el hogar, de alguna forma sometido a su esposa y ansioso por ganarse su aprobación. Ahora se daba cuenta de que sus propias percepciones, a fuerza de abusar de ellas, se habían erosionado. Había llegado a observar todo cuanto hacían bajo el prisma de su propio poder, inclusive la concepción que tenía de sí misma. No se le había ocurrido pensar que la fe en su propia influencia podría estallarle en las manos, que ella misma pudiera llegar a apegarse tanto al efecto que ejercía sobre él.

Cosió el botón con primor, haciendo un rabillo cuando terminó de fijarlo para mantenerlo separado de la tela, y atando los extremos de los hilos con una serie de nudos bien apretados. Examinó los demás botones, descubrió que había dos sueltos, los cortó con las tijeras y volvió a coserlos como está mandado. Disfrutaba con la sensación de empujar la aguja con el dedal, dentro y fuera, dentro y fuera. Listo. La chaqueta volvía a estar presentable. Ahora sólo faltaba mandar que la limpiasen. De repente vio lo que parecía una mancha de té en la pechera. Se acercó la chaqueta. El embarazo le había aguzado los sentidos. ¿Había olido algo? Se la apretó a la cara. ¿Qué podía ser? Por un brevísimo instante le pareció haber captado un olor persistente: el perfume de una desconocida, la fragancia empalagosa de las rosas de té. Apartó la cara de la chaqueta y se quedó varios minutos inmóvil, con cuidado de no flagelarse con una respiración repentina.

Un recuerdo, la caricia de una pluma, unas pocas palabras que podrían haberse quedado en anécdota de no ser por la persistencia de unas imágenes testarudas. Había ocurrido años antes, cuando su madre seguía siendo, en sus buenos días, una mujer ágil y hermosa que, al reírse, echaba la cabeza hacia atrás para mostrar los dientes y una garganta fresca y blanca.

Una tarde Chanyi recibió la visita de Kao Taitai, una supuesta amiga que se aferraba a sus privilegios y llevaba la cuenta de las desgracias de los demás. Junan todavía recordaba las ganas que sentía de proteger a su madre de esta visitante de lengua viperina. Kao Taitai llevaba meses vigilando a Chanyi de cerca, a la espera de un instante de debilidad para abatirse sobre ella.

Aquella tarde se arrancó a hablar como si tal cosa, delante de todas las demás.

– Sé de una chica que le vendría que ni pintada. Y además es como una niña, fácil de controlar. Más vale que se la escojas tú antes de dejar que se la busque él solo.

Esa noche Chanyi había terminado encerrándose en su dormitorio. Era el final del otoño, uno de esos días en que el sol se desplomaba rápidamente y el fulgor pálido de la luna bañaba el muro. Junan llegó sigilosamente a la puerta del cuarto de su madre y la oyó llorar.

¿Qué habría sido de Kao Taitai? Era harto probable que no se hubiese marchado de Hangzhou. Puede que un día Junan se topase con ella. Por curioso que parezca, la perspectiva le daba miedo. Llevaba años sin pensar en esa mujer; la odiaba. Pero, ¿la recordaría Kao Taitai a ella? Junan pensó, con cierto alivio, que se había convertido en una mujer muy alta y que igual no la reconocería. Todo el mundo comentaba algo sobre su estatura y sus hombros. «Mi fortachona», la llamaba Chanyi. Ahora, para horror suyo, se le saltaron las lágrimas.

Su cuerpo se agitaba presa de una ansiedad tan venenosa que le agrió el aliento. Su propia guardia la había traicionado. Ahora, sin previo aviso, se sentía arrastrada hacia el peligro de cuya presencia siempre fue consciente pero que, hasta entonces, había sido capaz de evitar. Algo acechante: una caverna, una boca tenebrosa. Era como si de repente se hubiese despertado en una balsa y se viese dando tumbos corriente abajo por un río inexorable, hacia esa tiniebla.

¿En quién podía confiar?

Estaba de pie, cerca de la puerta abierta. ¿Adónde ir? La casa estaba llena de gente. No podía huir; imposible esconderse. El embarazo, al espesarle la sangre, le había ralentizado el cuerpo. De tanto forzar el corazón, sentía un hormigueo en pies y manos. Respiraba entrecortadamente. No soportaba estar de pie ni sentada. Se apoyó en la pared y cerró los ojos, buscando oscuridad en pleno día. Este deseo se le hizo intolerable. Le recordó el olor de la piel de su madre, la curva pálida de una mejilla, una mano delicada en su cogote; venía a ser como anhelar la muerte.

Se obligó a abrir los ojos. Estaba de pie ante la ventana que daba al jardín trasero. La chaqueta tirada en el poyete, allí donde ella la había dejado caer. Justo enfrente, al otro lado del cristal, se alzaba el viejo peral, con sus largos álabes encorvados como manos, cargados de fruta tardía. Durante un buen rato, las hojas que le quedaban lucieron iluminadas por la luz otoñal y ni el menor susurro de viento vino a perturbar aquella estampa. No podía soportar desviar la mirada, ni oír el estallido de una pera podrida reventando contra el sendero de piedra.

Alguien la llamaba por su nombre.

– Junan.

De nuevo, en voz más baja.

– Junan.

Apartó los ojos encandilados de la ventana. Un cerco azul le enmarcaba la visión.

– Junan, ¿qué te pasa?

El azul se fue difuminando. Yinan estaba en su cuarto. Había cerrado la puerta y allí estaba, de pie, con las manos juntas.

Llevaba el pichi negro de tela basta que se ponía para practicar sus pinceladas. Se había recogido el pelo para que no cayese sobre la hoja, y la banda de algodón le dejaba las orejas al aire.

Junan la miró entrecerrando los ojos.

– ¿Qué quieres?

– Estaba la puerta abierta. Qué aspecto más raro tienes. ¿Estás mala?

– Me duele la cabeza -dijo Junan-. He forzado la vista más de la cuenta.

– Se te ha caído el dedal.

Estaba tirado en mitad del cuarto. Yinan se agachó a recogerlo. Viendo que Junan no hacía ademán de alargar el brazo, lo dejó en el poyete de la ventana y se quedó parada junto a ella con aire vacilante.

– Es hora de cenar.

– No tengo hambre.

– Te traeré un cuenco de consomé.

– Te he dicho que no tengo hambre.

El tono brusco de Junan hizo pestañear a su hermana. Sabía que estaba a punto de darse media vuelta e irse. Pero no, tenía que quedarse. Ahora le tocaba hablar a ella.

– Meimei -dijo al fin-. Quiero que me hagas un favor.

– Sí, jiejie.

Junan respiró hondo.

– ¿De qué se trata, jiejie?

– He decidido llevarme la familia a Chongking.

Yinan abrió la boca pero no dijo nada.

Junan escuchó sus propias palabras secas.

– Antes de partir -dijo- voy a tener que esperar a que esta criatura crezca lo bastante como para podérmela llevar de viaje sin que corra peligro. Y hay que ocuparse de algunas gestiones. -Volvió a coger aliento-. Meimei, quiero que esta primavera vayas a la nueva capital y le lleves la casa a tu cuñado. Ya buscaré yo la manera de sacarte de aquí. Tú tenlo preocupado hasta que pueda ir a buscarte.

– ¿Yo sola?

– Te prometo que iré en cuanto pueda.

Yinan no respondió.

– Irás en avión -dijo Junan-, para que llegues a Chongking de la forma más cómoda posible.

– ¿En avión?

Junan se sentó y se puso el dedal. No alzó los ojos cuando Yinan salió del cuarto. Se acordó de la noche de verano del año anterior en que habían comentado la idea de Yinan de que algunos países eran hombres y otros mujeres. Había visto a Li Ang tomárselo a guasa, reírse quedamente mientras soltaba una bocanada de humo. Pero Yinan estaba madurando. Sabría cómo tenerlo preocupado, u ocupado, de sobra. Por un momento quiso llamarla para que volviese, pero se encontró con que se había quedado sin habla. La tranquilizó un pensamiento: ahora, al menos, sabré lo que pasa. Tendré todo bajo control.

Se negó a llorar. Se preparó para el impacto y notó que se le estremecía todo el cuerpo sólo con respirar. Lo tendría todo bajo control. Se le agitaban los hombros. Se agarró las rodillas con fuerza para frenar la tiritona de las manos, pero entonces le empezaron a temblar los brazos, con más fuerza, trepidando desde los codos: primero los brazos y después las rodillas, hasta que se le entumecieron las puntas de los dedos. Se quedó sentada en su cuarto, sola, hasta bien entrada la noche, dejando que la oscuridad la envolviese como una promesa.

Chongking 1938-40

El Capitán Pu ya se lo había advertido a Li Ang: Chongking era un pozo negro de contrabando y corrupción. Todo el mundo le pediría un soborno. Li Ang lo veía de otra forma. El soborno, para él, era como el poquito de sopa que se derrama del cuenco. Puede que se pierda algo de sopa, sí, pero la mayor parte se mantiene en su sitio. Su nuevo cometido era ayudar al general Sun a aprovisionar a sus ocho divisiones. Si unas cuantas cosas se perdían por el camino, Sun no se daría cuenta. Era como un juego, igual que cuando uno oculta sus verdaderas intenciones en una partida de póquer o de mahjong. Quizá Sun le había encomendado ese trabajo precisamente por el don que tenía para el juego.

En concreto, el capitán Pu lo había prevenido contra el general Hsiao Jun que, incluso en fechas tan tempranas, ya controlaba la capital de la China en guerra mediante el contrabando y el chantaje. Li Ang no se preocupó. Hsiao dirigía el cuartel general del suministro militar así que Li Ang estaba obligado, por su trabajo, a congraciarse con él. No le cabía la menor duda de que se llevarían bien; nunca había conocido a un hombre ni a una mujer que se resistiesen a sus encantos. Se dedicó a granjearse la amistad de Hsiao. Cuando jugaban a las cartas, se cuidaba de perder la mitad de las bazas por un estrecho margen; cuando tramitaba una remesa de provisiones, le llevaba alguna cosilla a Hsiao. Le guardaba analgésicos para su dolor de espalda y medias de nailon para su esposa. Cuando el general Hsiao en persona le preguntó si podría tomar parte, junto a otros cuantos oficiales, en una pequeña incursión nocturna en la residencia de unos estudiantes radicales, Li Ang le dijo que sí.

La incursión tuvo lugar un sábado de madrugada. Alguien había oído por casualidad a unos miembros del proscrito sindicato estudiantil en un salón de té y los había seguido hasta su residencia, donde las ventanas con la luz encendida los habían delatado. Los oficiales vigilarían la residencia y la allanarían, encontrarían a los estudiantes radicales en sus cuartos y se los llevarían a la prisión militar. El plan era sencillo y la operación concluiría antes de las clases de la mañana. Los radicales desaparecerían sin dejar rastro.

Li Ang recibió la orden de esperar en la puerta trasera. Por el olor a agua de fregar platos supo que la puerta daba a la despensa y a la cocina. Los estudiantes rara vez usaban esa salida y sospechó que tal vez intentarían escapar por la cocina. Li Ang se quedó haciendo guardia en su puesto. Pronto despuntaría el alba. El edificio no dejaba ver el cielo del este, pero todo había mudado de negro a gris, el mundo se aclaraba en tonos uniformes, de manera que las hojas y la corteza del cercano alcanfor, el gris pizarra del alero y sus propios botones de latón presentaban diversos matices cenicientos. En el porche había unos cuantos tiestos con plantas yertas y descuidadas; en las escaleras, una docena de tejas de arcilla rajadas pero apiladas con sumo cuidado. Li Ang oyó el tañido lúgubre de la campana de la misión y, procedente de la calle, el crujido de un carro y la voz apagada de un hombre que hablaba con su búfalo. Se habían disipado los rumores de un ataque inminente y los granjeros regresaban a la ciudad a pesar del calor. Li Ang llevaba tanto tiempo parado que se le empezaba a cuajar la sangre en los pies, pero aun así no flaqueó. Lo de pasarse horas en pie era un juego para él. Otros soldados, en cuanto los dejaban solos, se ponían a desentumecer los músculos; había incluso quien se tambaleaba y caía al suelo. A Li Ang, en cambio, se le aclaraba la mente, de manera que llegaba a ver el canto afilado de una teja rota o las esquinas de un callejón con inusitada nitidez y riqueza de detalles. En esas ocasiones, sentía dentro de sí una aguda inteligencia física que se le desplegaba por pies, manos y hombros. Ahora, mientras esperaba, se sintió como un halcón cernido en lo alto del luminoso firmamento; veía todas las formas recortadas en el suelo y era capaz de distinguir la más mínima sombra, el más mínimo movimiento de un ratón.

Oyó un crujido sordo y, a continuación, unos cuantos golpetazos rápidos -la puerta abriéndose de golpe- y los pisotones apresurados de unos hombres con botas irrumpiendo en el edificio. Oyó cómo se separaban. Bien: no se habían topado con nada inesperado; se atenían al plan. Unos cuantos se repartirían por las habitaciones del primer piso, incautándose de todo libro o material sospechoso que encontrasen a su paso. Otros subirían las escaleras y encontrarían a los radicales en sus dormitorios del segundo piso. Oyó varios gritos, alguna que otra pregunta en tono de sorpresa y el ruido de una silla derribada. Se mantuvo a la escucha durante un minuto largo hasta que oyó lo que había estado esperando.

Unos pasos más acelerados, solitarios, cercanos. Un único individuo por las escaleras. El sonido del picaporte girando. Rápidamente, sin pensárselo, se fue hacia la puerta y la abrió antes de que el joven que apareció delante de él hubiese soltado el picaporte. Li Ang lo atrapó cuando ya se había lanzado escaleras abajo.

– Queda usted arrestado -le espetó. Lo empujó contra la pared; le retorció los brazos tras la espalda y lo retuvo allí, sin dejar de escuchar. No oyó que se acercasen más fugitivos.

Se quedaron quietos unos segundos. Li Ang sólo le veía la nuca, el lóbulo de la oreja. No podía verle la cara, aplastada de lado contra el muro, pero tuvo la impresión de que el hombre adoptaba un aire contemplativo, como si estuviese escuchando. Se le habían soltado las gafas. Li Ang se preguntó adónde habrían huido los demás estudiantes. Dentro, las pisadas resonaban aquí y allá. Oyó el ligero estrépito de un catre caído y el súbito estruendo de un escritorio derribado. Se volvió hacia su prisionero, que seguía con la mejilla aplastada contra la pared y las gafas colgando de una oreja. Por un momento, los gruesos cristales redondos emitieron un destello blanquecino y reflejaron el cielo de la mañana y las ramas del alcanfor.

Mientras sujetaba al joven contra el muro, se convenció de que ya había vivido todo eso antes. El olor del pelo sin lavar, la forma de la cabeza, la forma de la oreja. Le parecía que aquellos instantes transcurrían lentísimos, ¿o acaso ese pausado asombro no era sino la forma que el incidente adoptaría después en su recuerdo? Lo único que sabía es que reinaba un absoluto silencio. El cielo pálido resplandecía sobre sus cabezas como el interior de una concha.

– Queda usted arrestado -le dijo, esta vez sin alterarse.

El prisionero giró la cabeza. Unos ojos miopes bizquearon en dirección a su cara.

– Gege -dijo.

La voz sonaba apagada; el tono, familiar.

– ¿Cómo? -exclamó Li Ang-. ¿Qué haces tú aquí? ¿Qué te crees que estás haciendo aquí?

– ¿Qué haces tú, gege?

– Chist -dijo Li Ang, recuperándose del pasmo. A su hermano todavía le daría tiempo a escapar-. Si te das prisa…

Se oyeron unas pisadas a la vuelta de la esquina.

– ¿Qué pasa aquí?

Era Pu Sijian.

Li Ang trató de hablar:

– Ha habido un malent…

– Estupendo. Has atrapado a uno.

Y por algún motivo inexplicable, Pu le arrancó las gafas de la cara a Li Bing y las arrojó a la sombra del alcanfor.

– ¿Por qué haces eso? -exclamó Li Ang. Hizo ademán de ir hacia el árbol para buscar las gafas, pero se acordó de su rango. Miró a su hermano. Lo que vio le hizo olvidarse de lo que estaba pensando. Li Bing tenía las manos puestas contra la pared. Permanecía inmóvil, exponiendo su flaca espalda, con la oreja pegada al muro y los ojos cerrados, Li Ang nunca supo si en un gesto instintivo de protección o temiéndose lo que habría de ocurrirle después. El caso es que al verlo con las manos en alto, Li Ang se quedó helado.

Se abrió la puerta y salieron de sopetón otros dos hombres.

– ¡Eh! -gritó Pu, yéndose hacia ellos.

Con idéntica presteza, Li Bing se apartó del muro y se lanzó por Pu, placándolo a la altura de las rodillas. A Li Ang aquel gesto infantil le resultó tan familiar que casi se echa a llorar.

Pu, que era un hombre robusto, derribó a Li Bing como si fuese un becerro de búfalo y lo inmovilizó boca abajo contra el suelo.

– A éste me lo cargo -dijo, poniéndole la pistola en la nuca.

Durante un instante, Li Ang se quedó petrificado. El grito que no dio vibró en el aire: ¡Mi didi! ¡Es mi didi! Pero inmediatamente se dio cuenta de lo que acababa de hacer su hermano. Li Bing se había aprovechado de su propia sorpresa. Había pegado la oreja a la pared y había oído acercarse a sus amigos. Había permitido que los otros dos huyeran. Se había resignado a que lo capturasen. Li Ang cayó en la cuenta de que su hermano era un comunista.

A última hora de la tarde, aunque hacía tanto calor que lo único que quería era darse un baño de agua fría, Li Ang tomó una calesa y le dijo al hombre que tiraba de ella que lo dejase en la carretera general, a escasa distancia de la residencia. Recorrió a pie el resto del camino y se fue por la trasera del edificio. Allí estaba la pared en cuestión, pálida a la luz del crepúsculo. A pesar de la confusión y de la incautación de los libros, muchos de los estudiantes habían vuelto. Salía vapor de la cocina y le llegó un olor a gachas de arroz. Un anciano, un sirviente, sudaba la gota gorda acarreando chirriantes cubos de agua de punta a punta de la cocina. Li Ang escupió en el suelo. Era reacio a acercarse de nuevo al lugar. Trató de recordar dónde estaba el capitán cuando arrojó las gafas. Volvió hasta el viejo alcanfor, con sus hojas caídas e indiferentes. Registró al pie del árbol y luego en la tierra, pero no encontró nada.

Al llegar a la prisión pidió hablar con el carcelero.

– Ha habido un error -dijo-. El detenido en la redada de la residencia de estudiantes no era un radical. No era de los agitadores. Sólo estaba de guardia en la cocina. Ya iba a dejarlo marchar cuando me pidieron que corriese tras los otros.

Se hizo un silencio expectante. Li Ang se dio cuenta de lo ridículo de la situación. El carcelero no quería excusas, quería dinero. Li Ang sacó lo que tenía, tres dólares de plata. El carcelero cogió las monedas y volvió a enfrascarse en el periódico.

Li Bing lo miró con los ojos entornados, cerrados sobre sí mismos como quisquillas secas. Esta vez no pronunció palabra.

– He ido a ver si encontraba tus gafas, pero nada -le dijo-. ¿Necesitas algo?

– Un cigarrillo no estaría mal.

Li Ang respiró hondo.

– Dime, ¿eras uno de ellos… de los radicales, quiero decir?

Li Bing se sonrió.

– Me parece que no te puedo contestar.

Li Ang volvió a intentarlo.

– Mira -le dijo-, es probable que pueda sacarte de aquí. Pero lo que quiero saber es…

– ¿Quién te ha pedido que me saques?

– ¿Cuándo has cambiado? ¿Cuándo te has hecho así?

– No tengo conciencia de haber cambiado.

Li Ang no supo qué responder. Pasados unos minutos se marchó de la prisión.

Los titulares de los periódicos daban cuenta de las últimas negociaciones con Occidente; una vez más, Chiang Kai-chek declaraba la necesidad de dinero y provisiones. Un artículo aseguraba que el último ataque japonés contra Changsha había encontrado una férrea resistencia. A pie de página, Li Ang vio una pequeña noticia acerca de una exitosa redada efectuada la víspera en una residencia de estudiantes. Se habían destruido muchos kilos de material subversivo y se había detenido al cabecilla de una banda de peligrosos estudiantes radicales. Su fianza ascendía a ochocientos dólares de plata.

Por un momento, pensó esperanzado en su tío, sentado en su tiendecita contemplando su poster favorito, el de la mujer sexy fumando un cigarrillo. Pero sabía que Charlie ya no disponía de tamaña suma de dinero. El trabajo de tenedor de bastimentos apenas si rendía beneficios. Li Ang podría haber intentado vender algunos artículos de estraperlo, pero no tenía tiempo para hacerlo como es debido. Sólo le quedaba una alternativa. Se dirigió al cuartel general del ejército.

Querida esposa. Necesito 800. Puedes mandar giro. Li Ang

Hacía once meses que no veía a Junan. Se había llevado una decepción al enterarse del sexo del bebé -otra niña-, pero ahora descubrió que realmente extrañaba a su mujer, y que la naturaleza de su añoranza era concreta y sorprendente. No era amor ni pasión lo que tenía en mente, sino el orden y la claridad que siempre la rodeaban como un clima apacible. Su mujer tenía la capacidad de penetrar cualquier situación. Ojalá la tuviera a su lado, pensó, para poder contarle lo que había pasado y preguntarle, como quien no quiere la cosa: «¿Tú qué opinas?». Ella le habría aconsejado con sagacidad e inteligencia.

La respuesta fue casi inmediata.

Marido. Dificultades financieras. Sólo puedo mandar 200. Junan.

Eso era intolerable. Junan podía reunir el dinero fácilmente. Le telegrafió de vuelta.

¿Puedes conseguir dinero? Necesito los 800. Li Ang.

Esperó toda la tarde en el cuartel. Finalmente llegó la respuesta.

¿Para qué quieres el dinero? Junan.

Se sentó derecho, echó los hombros hacia atrás. ¿Cómo podía negarse? ¿Quién se creía que era? Se le ocurrió que podría haberse salido con la suya diciéndole la verdad -apelando a su compasión y creencia en los valores familiares- o adoptando una actitud sumisa. Pero él no era de ésos. Y tampoco quería que Junan viese lo poco que tenía, con su hermano en prisión y él mendigando dinero como un pordiosero.

Le respondió con otro telegrama.

Olvídalo. Asunto arreglado.

Salió del cuartel y fue andando hasta la ciudad. No tomó una calesa. No tenía claro adónde iba y tampoco quería que nadie percibiese lo alterado que estaba. Caminaba a grandes zancadas en mitad del calor reinante; a un lado y a otro, las casas espejeaban mientras se adentraba en la ciudad: los muros más historiados dejaban paso a los roñosos ladrillos de las viviendas más modestas; calles y callejones se iban haciendo más frecuentes. La población de Chongking se había doblado en los últimos meses. Por todas partes se veían indicios de superpoblación: edificios en ruinas pero habitados, mendigos gimoteando, familias acampadas en las aceras. Oyó una algarabía de dialectos; nativos de acento cantarín se mofaban de los beligerantes recién llegados. Lo agredió el hedor de la col hervida mezclado con el más siniestro de las aguas residuales. La calle se volvió más concurrida; un grupo de mujeres lanzando al patio su sudorosa red de chismorreos; pequeñas pandillas de chiquillos recién salidos del colegio con cometas bajo el brazo; viejos con la vida caducada, sentados y observando desde los márgenes. Se oyó la llamada de un vendedor de té ambulante, seguida del plañido de la flauta de un adivino ciego; un sonido agudo y desconsolado que perforó el aire. El hombre estaba sentado bajo un alero, exhibiendo lastimeramente las suelas gastadas y polvorientas de sus zapatos.

¿Por qué no le habría dicho a Junan, simple y llanamente, que Li Bing estaba en apuros?

No habría podido explicarle el susto que se había llevado al reconocer la cara de su hermano. No acertaba ni a explicárselo él mismo. Recordó la luz grisácea del amanecer, la umbría entrada del edificio con las tejas rajadas en los peldaños. El eco de las pisadas en las escaleras, el salto para atrapar al fugitivo, el empujón contra la pared, sus manos en alto. Aquella voz queda: «Gege». La forma en que su hermano decía «gege», única entre millones de hermanos menores.

Podía ser peligroso para su carrera que Junan se enterase del lío en que se había metido Li Bing. ¿Y si se le escapaba algún comentario, como les pasaba a las mujeres, durante una partida de mahjong Esas mujeres se lo contaban todo unas a otras y después les soltaban la información a sus maridos. Los comunistas y los nacionalistas se habían aliado para luchar contra los japoneses. Ahora que el avance del enemigo se había estancado, las viejas hostilidades estaban resquebrajando la alianza. A Li Ang le habían llegado rumores de que tras las líneas enemigas había estallado la guerra civil.

Pero lo más importante era una cuestión de principio: toda mujer ha de obedecer a su marido.

Tras siete años de matrimonio Li Ang tenía claro que se había casado bien. Muchas otras mujeres eran tontas, incapaces de llevar un hogar, y despilfarraban el dinero de sus maridos en dispendios innecesarios o en opio. Otras envejecían mal y armaban escenitas bochornosas. No le dejaban a uno ni respirar. Junan no tenía ninguno de esos defectos. Era pragmática e independiente, además de hermosa y leal. Debía de imaginarse que de cuando en cuando su marido iba a chaweis y se acostaba con otras: llevaba mucho tiempo lejos de ella, lejos del hogar. Pero no era posesiva. Rara vez trataba de retenerlo.

Se le había sometido físicamente, pero ¿bastaba con eso? Le vino a la mente la imagen de una Junan satisfecha y recostada en los almohadones, con el resuello agitado y el pulso, todavía acelerado, palpitándole brillante en su blanca y esbelta garganta. Ahora ella le había revelado la verdad: le estaba dando largas. Li Ang no era capaz de conseguir lo que quería. O quizá era que nunca había necesitado nada; simplemente se había conformado con lo que ella tuviese a bien darle. Le inquietaba estar casado con una mujer para la cual el más mínimo acto, el más mínimo comentario, eran toda una estrategia. No era ésa la imagen que en un primer momento se había formado de su esposa.

Volvió a su despacho. Su administrativo, un cantonés, chapurreaba un mandarín macarrónico y su ayudante, un nativo, hablaba sichuanés. Los dos se comunicaban exclusivamente a base de escupitajos, muecas y los recados delirantes que se intercambiaban. Trataron de describirle la pesadilla de ineficacia que atenazaba a las líneas de suministro desde Birmania. La carretera de Birmania, aunque recién inaugurada, ya se había convertido en un atolladero eterno: jefes de subestación que sobornar, papeleo que cumplimentar, maquinaria averiada, necesidad de compulsar hasta el más ridículo detalle. Repasó una y otra vez la lista de las provisiones que le había encargado Sun y vio que no sería capaz de obtener casi ninguna. Había confiado en la carretera de Birmania.

Mientras intentaba poner orden en aquel desbarajuste, sentía orbitar su ira en torno a un punto peligroso. Intentó aplacarla, pero se acordó de lo tenso que a veces se le ponía a Junan el labio superior en algunas de las conversaciones que mantenían. Jamás le había dicho que estuviese insatisfecha con él, ni lo había criticado. Pero ahora se le hizo la luz: su mujer no se fiaba lo más mínimo de nada que no controlase con sus propias manos.

Por primera vez se hizo cargo de lo radicalmente distintos que eran. Desde temprana edad, cuando aún usaba calzones abiertos, [6] Li Ang había tenido clara la ventaja de dejar varias opciones abiertas, de mantener sus deseos sueltos y flexibles como la red de un pescador, a la espera de cualquier presa que cayese atrapada en ella. Le había sacado mucho provecho a ese método. Había entrado en el ejército; lo habían ascendido; se había casado con Junan. Jamás se le había pasado por la cabeza que alguien pudiese considerar ese método indigno o poco fiable, como tampoco se le había pasado por la cabeza que pudiese existir una contradicción entre cualquiera de sus deseos.

Junan no funcionaba así. Tampoco es que él hubiese pensado mucho en la naturaleza de la mente femenina, pero sí que había llegado a descifrar una cierta mirada distante y porfiada de su esposa, que significaba que algo quería. Y cuando de veras quería algo, ya no se conformaba con nada más. Li Ang empezó a tomar conciencia de que ella practicaba el arte de albergar un único anhelo, de que escogía un modelo y pedía un deseo y lo lanzaba al cielo como una enorme cometa, espoleándolo, poniéndolo a prueba de los vientos del mundo, largando cuerda, más y más cuerda, hasta dejarlo suspendido sobre su cabeza como una estrella. Entonces ella se quedaba en tierra, aferrándose con todas sus fuerzas a un único pensamiento.

¿Y él? ¿No sería él mismo, simplemente, otra de esas resoluciones que acostumbraba a tomar su mujer? Siempre había considerado su matrimonio con Junan como señal de su propio poderío y buena suerte; nunca le había dado por pensar que la sustancia viscosa que los mantenía unidos fuese el deseo y la fortaleza de su mujer. Tal vez ella le echó el ojo y tomó una decisión, y, desde ese preciso instante, él ya estaba desahuciado. Ahora eran marido y mujer. Ella había conseguido lo que quería. Así y todo, le constaba que su mujer no era feliz a su lado. No porque se hubiese vuelto más feo, ni más cascarrabias, ni fuese menos prometedor que unos años atrás, sino porque estaba empeñado en llevarle la contraria.

Recurriría al general Hsiao. Se preguntaba cómo demonios iba a explicarle el asunto. Estaba claro que sólo aceptaría la verdad, y nada más que la verdad. Se recordó, una vez más, que los comunistas y los nacionalistas oficialmente no estaban enfrentados: tres años antes habían firmado una tregua que seguía en pie. No se consideraría imperdonable tener un hermano comunista. Con todo, tendría que pedirle a Shsiao que no se lo contase a nadie. La mañana siguiente fue corriendo al cuartel general.

– Lamento profundamente tener que molestarle para pedirle un favor -comenzó diciendo.

Se fijó en que Hsiao parpadeó al oír esas palabras. El resto de su cara -huesos redondos y carrillos pálidos y comidos de viruela- estalló en una sonrisa. El general le aseguró que no habría problema en soltar a Li Bing. Ningún problema. En cuanto al favor, estaba seguro de que algún día el mismo Li Ang estaría en condiciones de concederle alguna cosilla que otra. Li Ang recordó la advertencia de Pu, pero sintió un alivio inmediato. Salió animado del despacho.

Esa misma semana recibió un recado de Hsiao Taitai pidiéndole que acompañase a Baoyu, su hija pequeña, y a sus amigas, a la ópera.

El general Hsiao, a quien las niñas le eran indiferentes, había dejado la cuestión de la nominación de todas sus hijas a criterio de su anciana madre, que por haberse criado en el campo tenía debilidad por las flores. Así que fueron Juyu (Crisantemo Jade), Meiyu (Rosa Jade) y Baoyu (Capullo de jade) quienes se ocuparon de peinarle a su abuela el cabello cada vez más ralo y de darle de comer gachas. La anciana, que se había pasado media vida enferma, había sorprendido a todos muriéndose de repente el año pasado; su semblante adusto y apergaminado seguía vigilando a la familia desde un retrato en blanco y negro colocado en la mesa del incienso. En la época en que Li Ang se trasladó a Chongking, las hijas de Hsiao acababan de empezar a vestirse nuevamente de colorines y la casa entera irradiaba un brillo de alivio.

En esa familia, la autoridad estaba en manos de la esposa de Hsiao; Li Ang lo sabía por boca de unas mujeres de la ciudad que, al enterarse de que estaba casado, se habían confiado a él. A pesar de no haber dado a luz ningún varón y a pesar del mal carácter del general, Hsiao Taitai llevaba la voz cantante. Su marido no tenía concubina; se decía que Hsiao Taitai le habría hecho la vida imposible. Hsiao Taitai también movía los hilos de la sociedad capitalina. Había estudiado con los misioneros y hecho amistades cruciales entre las alumnas estadounidenses. Hablaba inglés con soltura y daba frecuentes cenas en su casa, a las que convidaba a sus amigos estadounidenses y a otros extranjeros. Los hombres más ambiciosos ansiaban asistir a esas cenas. La noche en que Li Ang llegó a recoger a Baoyu para llevarla al concierto era la primera vez que entraba en esa casa.

El general Hsiao vivía en la ladera más segura de una colina; en la base estaba excavando un refugio antibombas para uso personal. Li Ang subió los escalones que conducían a un espacioso porche donde lo recibió un portero que le indicó el camino a un salón. Hsiao Taitai le dio la bienvenida. Era una mujer bajita y regordeta de facciones menudas y con el rostro espolvoreado de blanco. Cuando sonrió, los ojos se le agrandaron de alegría y compasión, y Li Ang se dio cuenta de que en su día debía de haber sido bellísima.

– Le pido disculpas, mi hija es muy lenta. Enseguida estará lista.

Hsiao Taitai le presentó a sus dos hijas mayores. Juyu, la primogénita, acababa de prometerse con uno de los favoritos de su padre, el coronel Tang, que había esperado pacientemente durante todo el luto, aunque, a juicio de Li Ang, había contado con un poderoso incentivo. Entre tanto, a Tang lo habían ascendido a general de brigada. Ahora, por fin, iban a casarse. Juyu era bastante alta y, aunque tenía algo de la masculinidad de su padre en su actitud y en las carnosas mejillas, todo el mundo aludía a su belleza.

Su hermana Meiyu era menuda y estilizada, con exquisitas facciones de alabastro. Había aprendido a leer y escribir poesía inglesa y china clásica. Cantaba en el coro metodista y tocaba el piano. Era la más inteligente y guapa de las tres, y llevaba varios años llamando discretamente la atención de casi todos los subalternos de su padre. Pero a Li Ang se le atravesó en el acto; tenía una manera de fruncir los labios que le resultó sentenciosa y monjil.

Se alegró al descubrir que Baoyu era risueña y lanzada, nada que ver con las hermanas. Hoyuelos en las mejillas, labios rojos y curvos, ojillos vivarachos. El gobierno había decretado inmorales e ilegales las permanentes, pero Baoyu llevaba el pelo rizado como una estrella de cine occidental. Li Ang se preguntaba si al tocarlo estaría tieso. Los pechos y caderas redondeadas insinuaban un placer sensual. Mientras salían al encuentro de sus amigas, Li Ang se volvió hacia ella para decirle algo y captó un intenso y dulzón aroma a flores.

Más tarde le contó a su hermano que, comparada con Junan, Baoyu era una chica más normal y corriente, pero muy simpática, de charla fácil.

– Aléjate de ella -le dijo Li Bing-. Ni siquiera la conozco, pero no entiendo a tu general Hsiao. Sabiendo que estás casado y que eres un forastero, ¿por qué querría relacionarte con su propia hija?

– Es muy atractiva -dijo Li Ang-. Le gusta ir a la ópera y sus amigas son chicas bastante fáciles. Es más seguro que la escolte un hombre casado.

Li Bing meneó la cabeza. Los dos hermanos estaban sentados en un salón de té del barrio, donde los camareros servían el té con unas teteras de pitorro fino y alargado, al estilo de Sichuan, esto es, vertiéndolo desde bien alto como si fuese una sustancia letal. Li Ang estaba de buen humor. La velada con Baoyu y sus jóvenes amigas le había levantado el ánimo, y además estaba feliz de ver a su hermano fuera de la cárcel.

A Li Bing lo habían puesto en libertad inmediatamente a petición del general Hsiao. Aunque Li Ang se había visto obligado a decirle a Hsiao que el preso era su hermano, ahora se sentía incapaz de revelarle a Li Bing su papel de mediador en la liberación. Lo que quería, en cambio, era enterarse de qué había estado haciendo su hermano en ese lugar; de cómo podía haberse involucrado en una acción subversiva. Li Ang era el gege, el hermano responsable, y se las había apañado para que soltasen a Li Bing. Pero ahora tuvo la sospecha de que se había pasado de optimista al suponer que podría mantener una charla distendida con su hermano. Li Bing tenía encogidos los huesudos hombros y comía cacahuetes a dos carrillos con un gesto hosco y distante.

Li Ang abrió fuego.

– ¿Qué hacías exactamente en la residencia de estudiantes?

Al oír la pregunta, Li Bing paró de masticar como si hubiese mordido un cacahuete podrido.

– Obviamente, no estaba trabajando con nadie que te interesase conocer. Nada de matones, americanos ricos, burócratas ni contrabandistas.

– Mmm -murmuró Li Ang-. Bueno -volvió a intentarlo, procurando mantener un tono de voz afable-, ¿y qué tal la familia? ¿Cómo está Junan?

– Y yo qué sé, si hace casi un año que no la veo.

– Más llevo yo fuera de casa.

– Me parece que le iba de maravilla. Se bandeaba estupendamente, teniendo en cuenta las circunstancias. Me duele haberlas dejado. Pero es que, o me largaba, o les buscaba un problema.

A Li Ang le molestó esa alusión a la política. Además, el reciente intercambio de telegramas con Junan lo había herido.

– Hombre, tanto como de maravilla…

– Qué sabrás tú -dijo Li Bing, hurgando en el platillo de cacahuetes.

– Es una mujer muy competente.

Li Bing dejó el plato de cacahuetes en la mesa.

– Y muy valiente. Estoy seguro de que quiere venirse a Chongking.

– Está mejor donde está. Pronto derrotaremos a los japoneses y entonces…

– ¿Cómo vais a derrotarlos? ¿Escondiéndoos en este villorrio de mala muerte y emprendiéndola contra los comunistas? ¿Volviendo al pueblo en vuestra contra con esa actitud matonesca? No tienes ni idea de la imagen que tiene el pueblo de vuestra camarilla de generales. Y en cuanto a tu Generalísimo…

– A lo mejor te crees que podéis derrotar a los japoneses vosotros solos…

– Ese Generalísimo vuestro es un vulgar caudillo.

– No -se oyó decir a sí mismo Li Ang con sorprendente firmeza-. Nadie tiene derecho a juzgar a un hombre hasta ver cómo muere y cómo se le recuerda.

Se quedaron callados unos instantes.

– Mira, gege -dijo Li Bing, aprovechando el silencio-. Escúchame. Tú no entiendes por qué desconfío tanto del poder. Es porque cuando has visto la crueldad, cuando la has sentido en tus propias carnes, ya nunca vuelves a ser el mismo.

– Venga, no te pongas tan melodramático, que a los dos nos educaron igual.

– No. Tú siempre fuiste más fuerte. Tomabas parte en todo; nunca tuviste que limitarte a mirar. Esos tipos del gobierno… Ese general Hsiao tuyo es otro Sun Chuan-fang. ¿Y te acuerdas de aquel chico del barrio, en Hangzhou, al poco de mudarnos, que se llamaba Chang? Me tenía acogotado, siempre acosándome a la salida del colegio…

La sombra de un recuerdo le cruzó la mente. Vio, fugazmente, a un niño corpulento cuyo rostro paliducho y ojos pequeñajos mostraban una frialdad perturbadora, inhóspita.

– Eran muchos los niños que te acosaban a la salida del colegio -dijo-. Eras un empollón escuchimizado. ¿Qué quieres, que me acuerde de todos los líos de los que tuve que sacarte?

Li Bing no respondió. En ese momento pasó el camarero y Li Ang le pidió más té con un gesto. Era el momento de volver al tema. Observó con una mueca irónica el enorme chorro de té y cuando el chico se hubo retirado, dijo:

– De acuerdo, esta ciudad está abarrotada de gente. Cuando hasta para servir té hace falta una aptitud especial que sólo se consigue entrenando, está claro que sobra mano de obra y faltan puestos de trabajo.

Siguió un instante de silencio. Li Ang volvió a la carga.

– He oído que en la oficina de enlace están buscando un administrativo que hable un mandarín aceptable para encargarse del abastecimiento.

Nada más pronunciar la última palabra, se dio cuenta de que había metido la pata.

– Muchas gracias -dijo Li Bing-. Es lo que he querido toda mi vida, ser un oficial de abastecimientos.

– Cállate -le espetó Li Ang-. ¿Qué tiene de malo un buen puesto de funcionario?

Li Bing escupió.

– Antes me muero de hambre.

– ¡A veces pienso que eso es lo que te va a pasar! -Li Ang sintió el ardor de su voz, pero siguió adelante-. Bueno, déjame que vea lo que puedo hacer. Preguntaré en la Oficina de la Superioridad Moral.

Ahora supo que se había pasado. Li Bing se quedó lívido. Tenía la misma cara insípida de siempre, sólo que ahora más demacrada e inexpresiva que nunca, toda ángulos y aristas. Por un momento Li Ang se sintió incómodo, casi asustado.

– Venga, hombre -le soltó-. Al fin y al cabo, ni siquiera tú estás hecho de ideales. Tienes que comer y dormir como todo hijo de vecino.

– Si te refieres al hecho de que no me esté quedando en tu casa, no intentes hacerme cambiar de idea. No tengo intención de instalarme allí y trastocar tu vida social.

– Sabes que eres bienvenido.

Li Ang estaba orgulloso de su enorme apartamento.

– No voy a aceptar tu apoyo.

– Sabes que, estrictamente hablando, nuestros bandos están en paz.

– Tengo que irme -dijo Li Bing, llevándose la mano al bolsillo.

– Ni lo sueñes.

– He dicho que quiero irme. ¿Es que no puedo?

– Puedes irte donde te dé la gana. Me refiero a que no sueñes con que vaya a dejarte pagar la cuenta. Aquí el único que tiene trabajo soy yo.

– Exactamente -dijo Li Bing.

– ¿Qué quieres decir?

– Pues que no necesito que lo que en esencia no es sino el ejército mercenario de T. V. Soong [7] me pague el té, por repletos que tenga los bolsillos.

Li Ang se olvidó de responderle. No podía apartar los ojos de su hermano. Lo vio en su rostro: un destello, un fogonazo de agresión física. De pronto, Li Bing se inclinó sobre la mesa y estiró el brazo por encima del hombro de Li Ang. Éste se giró para ver dónde señalaba. Justo delante de sus narices, Li Bing le tendía al camarero un puñado de monedas.

Li Ang no lo pudo resistir y le dio con la cabeza en el brazo. Las monedas saltaron por los aires en todas las direcciones. Li Ang asintió con la cabeza y volvió a mirar hacia la mesa, justo a tiempo de ver cómo Li Bing, con las gafas torcidas, se abalanzaba por encima de los platos vacíos y lo embestía. Li Ang sintió que el mundo se inclinaba. Su silla se cayó al suelo estrepitosamente. Li Bing saltó de la mesa y cayó encima de él.

Li Ang clavó los ojos en los de su hermano y los encontró inmutables, obcecados. Se sonrió. Li Bing era liviano como una mosca y Li Ang sabía que en cuanto recobrase el aliento se lo quitaría de encima con facilidad. Los camareros fueron hacia ellos desde todas las direcciones y los hermanos los apartaron a empujones. Li Bing peleaba con una fuerza y una concentración sorprendentes. Pero la pauta de sus trifulcas infantiles no había variado: Li Ang no tardó en dominar a su hermano. Sentado en las espaldas de Li Bing, pagó la cuenta. Li Bing se puso en pie, macilento y furioso.

– ¡Utiliza el cerebro! -gritó-. ¡Tus generales no están luchando de verdad contra los japoneses! Sólo están esperando ayuda extranjera. ¡Y tu gobierno es un parásito del pueblo chino!

De repente todo el establecimiento se quedó en silencio.

– Ahora compórtate -dijo Li Ang-. Este parásito va a pagar los platos rotos.

Li Bing se alejó con paso acechante. Mientras miraba a su hermano salir del local, Li Ang se percató de que alguien lo observaba desde una mesa redonda situada en un rincón. Era el general Hsiao, sentado con varios oficiales. Se preparó para la reprimenda, pero cuando se acercó a disculparse, el general se limitó a señalar que esa noche su mujer daba una cena para varias personas y que estaba invitado.

Mientras se preparaba para la cena, Li Ang se sintió rebosante de energía y optimismo. Se paseó por su apartamento. Se miró las cicatrices en el espejo; planas y descoloridas, parecían desdibujarse a la luz del crepúsculo. Invirtió más tiempo de la cuenta en cepillarse el uniforme; ya era hora de contratar una criada. Tenía un cuarto libre y además le gustaba la idea de convivir con una chica, una de esas sichuanesas de cintura de avispa y hablar barriobajero.

Su ilusión fue aún mayor cuando vio que lo habían sentado a la vera de Hsiao Taitai. Seguro que a ninguno de los invitados se le habría escapado tamaña muestra de favoritismo. Al tomar asiento le costó reprimir su entusiasmo. Se puso manos a la obra con la cena. Nada más llegar a Chongking había descubierto que, para integrarse del todo, tenía que aprender a comer las fortísimas especialidades locales. La cena de esa noche llevaba todavía más huajiao de lo normal, lo cual decía mucho de la influencia de Hsiao, pues los mejores chiles, como el resto de viandas, amén de escasear, eran caros.

Felicitó a Hsiao Taitai por la comida.

– Mi esposa nunca cocinaba así.

– De modo que está usted casado -dijo ella.

– Sí.

– ¿Por la iglesia?

– ¿Perdón?

– ¿Fue una boda cristiana?

– No -respondió-. Tradicional.

Se arrepintió de saber tan poco del cristianismo. Muchos oficiales de alto rango, incluido el propio Sun Li-jen, habían estudiado en los Estados Unidos o en los colegios de las misiones americanas.

– Debe de ser duro para su esposa estar al otro lado del frente.

– Es una mujer muy independiente -dijo él.

– Ah, bueno, eso es una suerte.

No supo qué responder. Volvió a acordarse del intercambio de telegramas con Junan.

Después de varias semanas visitando a los Hsiao, Li Ang se percató de que la hija pequeña siempre le andaba cerca. Cuando iba a cenar, la sentaban a su lado. Cuando él le decía algo, a ella se le alegraban los ojos. Qué diferente de Junan, que casi siempre recibía sus palabras con una flema inescrutable.

– No habla usted mucho de su esposa -le dijo un día Baoyu, después de cenar.

– Bueno, es que mi esposa… -respondió Li Ang, con un gesto entre afirmativo y desdeñoso.

– ¿Fue un matrimonio concertado?

– Sí, bueno…

Ella asintió con la cabeza y rápidamente cambió de tema.

– ¿Qué le parece Sichuan?

– Es un buen lugar -dijo Li Ang.

Ella arrugó la nariz.

– Venga ya, por favor. En verano te asas de calor y en invierno la lluvia te cala hasta los huesos.

– Quizá es que no llevo aquí lo bastante como para saberlo -dijo Li Ang cortésmente.

– Dígame, ¿se ha planteado afincarse aquí de por vida?

– No lo he pensado.

Un día le describió la conversación a Pu Sijian.

Pu era un alma cándida, un converso al cristianismo que andaba por ahí con la Biblia en el bolsillo y rezaba un padrenuestro antes de cada comida. Pero cuando Li Ang terminó de hablar, Pu sacudió lentamente la cabeza.

– Ahí hay algo raro -dijo.

– ¿A qué te refieres?

– Si saben que estás casado, ¿por qué te presionan con su hija? Además, si la niña fuese decente, no debería alternar con ningún hombre.

– No me están «presionando» con Baoyu en absoluto. Nos caemos bien y punto. ¿Qué hay de malo en mantener una conversación agradable con una jovencita durante la cena?

– Debería estar con sus hermanas.

– Bien, resulta que soy un hombre casado, y los Hsiao quieren un hombre que pueda cuidar de su hija… -se le entrecortó la voz- pero…

– Pero ahí hay algo raro.

Li Ang frunció el ceño. ¿Por qué no debería Baoyu hablar con él? Sin embargo, al pensar en ello, se dio cuenta de que Pu Sijian tenía razón. Recordó el escepticismo de Li Bing. Se moría por tener un cigarrillo entre los dedos, pero Pu no fumaba.

– ¿Te parece que me estoy metiendo en un lío?

– No lo sé. Con tal de que los dos os limitéis a conversar a la vista de todos, no habrás hecho nada malo.

– Suena sensato -dijo Li Ang. Se levantó y agarró a Pu del hombro-. Ya me voy. Hsiao me ha pedido que salga con él esta noche a tomar unas copas. Gracias por el consejo.

Pu asintió. Se quedó sentado, mirándose las regordetas manos.

– Oye, Li Ang -dijo-. Quería pedirte un favor.

– Faltaría más.

– Siempre he tenido la sensación de que moriría lejos de mi tierra. Ahora que me han vuelto a destinar a Changsha, me pregunto si mi destino será morir allí.

– Qué tontería -dijo Li Ang-. No te va a pasar nada.

– Puede ser. Los designios del Señor son inescrutables. He recibido mucho. Espero que cuando me llegue la hora, sepa aceptar mi final con elegancia. Pero quería pedirte una cosa: si me ocurre algo, ¿cuidarás de Neibu y de mi hijo? Mi Neibu no es tan lista como tu Junan. Necesitará ayuda.

Los ojos de Pu, bajo aquella luz, parecían desteñidos. Li Ang volvió a agarrarlo del hombro; lo tenía rígido, encorvado.

– Por supuesto -le dijo-. Por supuesto que sí.

– Gracias.

– No te preocupes, Pu Sijian. Enseguida volveremos a encontrarnos y seguiremos quejándonos del mal tiempo.

Pu asintió con aire ausente. Li Ang se despidió y se fue a tomar copas con Hsiao.

Entre trago y trago de baijiu, el general Hsiao comentó jocosamente que Baoyu no le salía rentable. Estaba hasta arriba de trabajo; la lesión de la espalda le hacía sentirse viejo; no podía con Baoyu. Le gustaría casarla con un hombre dispuesto a aceptarla. Li Ang no supo cómo tomárselo. Casi todas las últimas cenas las había pasado sentado al lado de ella. No cabía duda de que el general se estaba planteando ofrecerle a su hija.

Una vez que se le hubo metido la idea en la cabeza, le costaba quitársela del pensamiento. Los oficiales sabían que tenía una esposa, pero también que había sido un matrimonio concertado. ¿Tan terrible era que un hombre que llevaba tantos meses lejos de su hogar, en época de guerra, buscase apoyo y consuelo en un segundo matrimonio con una mujer respetable? El Generalísimo había hecho lo mismo, y también muchos otros. Como decían todos, era mejor que estar solo. Y a Junan desde luego que no podría importarle; su situación tampoco iba a cambiar mucho. Siempre había sido muy independiente. Junan y él habían llevado una pacífica vida en común, una vida a la que podría no regresar jamás. Ahora la fortuna le brindaba otra opción que satisfaría más que de sobra sus necesidades, tanto las del presente como las de los años de guerra que le esperaban. Era toda una suerte que la familia Hsiao hubiese siquiera pensado en él, teniendo en cuenta su condición de casado. El emparejamiento era de lo más ventajoso y lo llevaría lejos.

Reprimió un súbito recuerdo del rostro plácido y hermoso de Junan, de su grácil figura cuando lo recibía en la puerta. No tenía sentido ponerse sentimental a más de mil kilómetros de distancia. Junan era una mujer hermosa, honorable y -estaba dispuesto a reconocerlo- admirable, pero él, en puridad, nunca la había elegido. Cuando se casó, le pareció estar haciendo lo correcto y más conveniente; fue una especie de oportunidad, pero no fue decisión suya. Por entonces era muy joven, un niño, en realidad. No sabía en quién iba a convertirse ni qué clase de vida terminaría llevando. ¿Cómo habría podido siquiera imaginar que prosperaría trabajando para la Policía Fiscal? ¿Que lo ascenderían dos veces y, más adelante, con un poco de suerte, tal vez una tercera? ¿Cómo iba él a saber entonces que los japoneses penetrarían tanto en el país que haría falta trasladar la capital? ¿Quién sabía lo que depararía el futuro?

Tenía otro problema, tan inútil y desconcertante como el del sentimentalismo amoroso. Había ocasiones -no acertaba a explicárselas, ni se las podría haber mencionado a Junan- en las que tenía la impresión de que los dos llevaban camino de caer en una trampa. En los momentos más placenteros que pasaron juntos, cuando la sacaba a pasear para exhibirla ante el mundo, a veces tenía la sensación de que el suelo se abriría bajo sus pies en el instante menos pensado. De que se precipitarían y se encontrarían perdidos en un mundo desconocido. Ahora, mientras dirigía su atención a Hsiao Baoyu, conjuró ese presentimiento. Era tan absurdo como la aprensión de Pu Sijian. Era una cobardía; era innecesario; no tenía que ver con Baoyu más de lo que había tenido que ver con su esposa.

Un día, al salir del despacho para almorzar, se llevó la sorpresa de encontrarse a su hermano esperándolo en la calle.

– Eh, gege. Tengo que hablar contigo.

– ¿Cómo?

Li Ang se llevó un susto.

– Chsss. Vamos a algún lugar más discreto.

Fueron a casa de Li Ang, que de repente se avergonzó del tamaño de su apartamento.

– ¿Quieres comer algo? -le ofreció.

Li Bing dijo que no con la cabeza. Era evidente que estaba preocupado.

– Me gustaría beber algo caliente -dijo-. Esta lluvia me está deprimiendo.

Li Ang cogió uno de los paquetes de Lucky Strike del general.

– ¿Un cigarrillo?

Li Bing sacudió la cabeza.

Li Ang habló con Mary, la joven criada que Hsiao Taitai le había buscado para que le llevase la casa. Mary no estaba interna pero se pasaba por allí todos los días para ver si Li Ang necesitaba algo. Era una huérfana que habían bautizado y criado los misioneros de la iglesia de Hsiao Taitai. Bajita y regordeta, tenía un lunar cerca de los carnosos labios y otro en mitad de la frente que le daba un aspecto exótico y, a la vez, perversamente religioso.

– Mi té me lo preparo yo, gracias.

– No seas ridículo.

Mary volvió con dos tazas de té. Li Bing torció el gesto pero luego le dio las gracias y se bebió la suya agradecido. Li Ang, en cambio, sólo lograba dar sorbitos, manteniéndose a la espera. Su hermano ya lo había sorprendido una vez y desde entonces Li Ang lo miraba con recelo. Algo tenía ahora en la cara -cierta lividez alrededor de la boca- que puso a Li Ang en guardia.

Finalmente Li Bing habló.

– Tu joven dama fue objeto de un buen escándalo.

– ¿De qué estás hablando?

– He estado haciendo averiguaciones. Dicen que la benjamina de los Hsiao, antes de que aprendiese a hacerse las trenzas, ya estaba liada con hombres. Pero eso no es nada. La verdadera historia, que no todo el mundo conoce, es que hace unos años se quedó embarazada de un soldado raso y tuvo un hijo. Todo eso con la abuela agonizando en su lecho de muerte. Por eso la familia guardó un luto tan prolongado, para poder esconder el embarazo de la chica. Al niño lo están criando en el campo.

– No había oído nunca esa historia.

– ¿Y por qué habría de tener nadie el más remoto interés en contártela, a ti, un extranjero? Además, ya se ocupa la madre de acallar los rumores. Porque otra cosa no será, pero competente, sin duda alguna. Si los generales fuesen la mitad de competentes que ésa, ya tendrían la carretera de Birmania asfaltada y custodiada veinticuatro horas al día.

Li Ang abrió la boca y la cerró.

– Eso es ridículo -dijo finalmente-. ¿Por qué iba a molestarse?

– La Policía Fiscal es una división lucrativa en la que se trabaja poco. Eres un protegido del general Sun, eso lo sabe todo el mundo. Y esta guerra podría prolongarse indefinidamente, hasta que a los Estados Unidos les dé por fin la gana de venir en nuestra ayuda.

– Soy un hombre casado.

Li Ang era consciente, incluso mientras las pronunciaba, de lo engoladas que sonaban sus palabras.

– Para esta gente las bodas no cristianas no cuentan. Mira a Chang Kai-chek.

Li Ang no respondió.

Li Bing cogió el paquete de Lucky Strike. Le quitó el mechero a su hermano y encendió la llama, que relumbró anaranjada entre sus largos dedos.

– Tengo más noticias -dijo-. Zhou En-lai me ha destinado a una aldea del norte. Voy a ayudar a desarrollar el potencial revolucionario de las áreas rurales.

– ¿Qué quieres decir?

– Que me voy de la ciudad -dijo Li Bing-. Lo he pensado bastante y no tengo motivos para no hacerlo. Las cosas están cambiando en este país. La gente está empezando a darse cuenta de que no tiene por qué sufrir acosos ni intimidaciones.

– Así que te vas.

– Sí. Por lo menos hasta el año que viene.

Más tarde, esa misma noche, al volver andando a su apartamento tras la cena en casa del general Hsiao, Li Ang repasó mentalmente la charla con su hermano y se preguntó si podría haberle dicho algo para disuadirlo de su propósito. No lo sabía.

A su alrededor se oían los ruidos humildes y desasosegados de una ciudad nocturna que rebosaba gente a causa de los varios cientos de miles de personas de más que albergaba. El repique de un martillo clavando una estaca en el suelo. El crepitar de miles de pequeños fuegos que escupían miles de pequeñas chispas y calentaban miles de teteras o latas llenas de agua para el té. Un millar de conversaciones silenciosas. Li Bing se marchaba de la ciudad. Li Ang recordó las palabras de su hermano. Había dicho que Hsiao era un matón, otro Sun Chuan-fang. «Tú siempre fuiste más fuerte… nunca tuviste que quedarte mirando… ¿Te acuerdas de aquel chico del barrio, en Hangzhou, al poco de mudarnos, que se llamaba Chang?»

Volvió a recordar aquella cara cuadrada y paliducha, aquellos ojos despiadados. La pelea había tenido lugar tal vez un año después de la muerte de sus padres. Acababan de mandarlos a Hangzhou, a vivir a casa de su tío. Hangzhou estaba a la sazón bajo control del caudillo Sun Chuan-fang, y los matones del barrio lo imitaban.

La tarde de la pelea Chang se presentó con otros dos muchachos. Li Ang se acordaba de la voz asustada de su hermano gritando desde el desván de su tío. «¡Corre, Gege Pero Li Ang se enfrentó a los tres. Li Bing bajó a echarle una mano. Naturalmente, no sirvió de nada: mientras chillaba como un condenado, uno de los grandullones lo tenía sujeto de los raquíticos bracitos.

– ¡Ríndete! -lo conminaron con sus voces ásperas-. Ríndete.

Pero Li Ang no se rindió. Sabía que si aguantaba, se ganaría su respeto. Recordó la sensación extraña y distante cuando se magulló la mano, cuando la costilla se le partió en el pecho. Vio cómo su puño bueno se estrellaba contra la dura narizota de Chang. La brillante y triunfal efusión de sangre. El ruido de Chang resollando por la boca. Por último, la honorable liberación de su hermano. Li Bing tenía los ojos como dos puñaladas en un tomate y la cara churretosa de lágrimas y mocos.

– ¡Idiota! ¡Tenías que haber parado! -gritó-. ¡Podían haberte matado!

Li Ang no había pensado en cómo sería visto desde fuera. Ahora, el recuerdo de la voz chillona de Li Bing le vibró en los oídos.

Dobló por su calle, oscura y desierta. La luna proyectaba en la calzada la sombra lóbrega de su edificio. Se había pasado los últimos días elucubrando un futuro como miembro de la familia Hsiao. El poderoso general, su jefe, habría sido su suegro, y Hsiao Taitai su suegra; habría sido como tener una familia completamente nueva. El hecho de que le estuviesen dando gato por liebre, de que, en esencia, todo el mundo lo tomaría por un primo y un idiota, lo cambiaba todo. Pero ya se había acostumbrado a su fantasía. Sin ella, el mundo parecía menos flexible, menos grandioso, y su vida menos segura.

En la penumbra del recibidor, encima de la mesa, había un sobre.

12 de febrero de 1938

Mi querido esposo:

En los últimos meses he estado pensado en cómo debes de estar buscando comida y compañía en las casas de los demás. No querría que pasases sin esas cosas, pero tampoco quiero contrariar tu deseo de que me quede con las niñas en Hangzhou, así que voy a mandar a mi hermana a Chongking para que te lleve la casa. Le he preguntado si tendría la amabilidad de hacerlo en mi ausencia. Siempre me ha obedecido en todo y está más que dispuesta a complacerme; además, creo que, tal y como están las cosas, este lugar es perjudicial para su salud. Creo que lo que siempre ha necesitado es una vida tranquila, doméstica y provinciana. A fin de resolver tus dificultades cuanto antes, te la he mandado para allá en avión. Llegará poco después de que recibas estas líneas.

Tu obediente esposa,

Junan

Un par de días después, al entrar en el piso, Li Ang notó inmediatamente que había llegado Yinan. El nuevo olor que percibió cuando Mary le abrió la puerta lo aterrorizó.

Estaba sentada en el salón, esperando junto a su baúl como si fuese un paquete que hubiesen entregado y dejado cerca de la entrada para su inspección.

A Li Ang se le cayó el alma a los pies.

– Bienvenida, meimei -dijo-. Gracias por venir. Espero que el viaje no haya sido muy duro.

– Gege. -No se atrevía a mirarlo a los ojos. Se sorprendió preguntándose, igual que había hecho siempre, cómo una mujer tan refinada y segura de sí misma como Junan podía tener una hermana tan ñoña y retraída.

– Ha llegado esta mañana -dijo Mary con un soniquete de hastío-. Le he enseñado la habitación, pero ha dicho que esperaría a que usted le dijese lo que tenía que hacer.

Saltaba a la vista que Mary estaba decepcionada con la visita, pues aquella mujer no impresionaba, ni por su estilo, ni por su autoridad o su conversación.

– ¿Quieres comer algo?

Yinan negó con la cabeza.

– No ha probado bocado en todo el día -dijo Mary-. Se ha dado un baño pero ha dicho que no quería comer nada hasta que llegase usted.

– Está bien -le dijo Li Ang a la criada-. Puedes retirarte.

La chica se esfumó en dirección a la cocina. Li Ang compuso una expresión cortés y se aproximó a su huésped.

Según se acercaba, le llegó un fresco olor a jabón y reparó en los surcos que el cepillo le había dejado en el pelo, peinado hacia atrás muy tirante.

– Me ha escrito Junan diciéndome que aquí estarías mejor -dijo-. No sabía que fueses a llegar tan pronto. Siento no haber estado aquí para recibirte.

– No pasa nada. Gracias por recibirme.

– He pensado que podías instalarte en el cuarto que tengo libre. ¿Quieres verlo?

Yinan asintió con la cabeza. Li Ang cogió el baúl metálico, que por desgracia pesaba lo suyo. Ella lo siguió en silencio; él abrió la puerta del cuarto y la invitó a entrar. Ya no se acordaba de lo pequeño que era. Se tranquilizó al ver el fragmento desflecado de alcanforero que se atisbaba por la angosta ventana. Sonrió, asintió con la cabeza y reculó hacia el pasillo.

Pocos días después, al volver a casa, percibió un intenso olor a quemado. Se encontró a Yinan en la cocina, trajinando entre los platos, el wok y la olla de barro.

– ¿Dónde está Mary?

– Una amiga suya se ha puesto mala. Le he dicho que ya me ocupaba yo de la comida.

– No te molestes -dijo él-. Casi todas las noches las paso fuera por trabajo. Cuando venga a cenar a casa, se lo avisaré a Mary. No deberías ponerte a cocinar nada.

– Junan me pidió que colaborase.

La chica seguía mirando al suelo.

– Lo que no querrá tu hermana es que hagas ningún esfuerzo.

– Me dijo que si yo estaba aquí, cenarías en casa.

– Qué tontería -dijo él-. Casi nunca ceno en casa.

Se enfadó con Junan, que no tenía ningún derecho, desde tan lejos, a decidir dónde cenaba o dejaba de cenar. Miró la mesa con recelo. Había un cuenco con pegotes de arroz -estaba claro que su cuñada no había conseguido cocer el arroz de forma uniforme- y unas cuantas judías verdes chamuscadas que se caían en pedazos. Cerca del fogón había otro cuenco con carne cruda de irreconocible procedencia.

– Se me ha olvidado que tenía que tenerlo todo listo para comerlo a la vez -dijo ella.

– No te preocupes. No tienes que hacer nada -respondió él-. Tu hermana se preocupa con la mejor intención, pero está equivocada. Estoy feliz aquí y me agrada tu compañía, pero no hace ninguna falta que te ocupes de las labores domésticas.

Sentado en la mesa, mientras trataba de engullir sin dar arcadas lo que ella le ofrecía, pensó en lo absurda que era la pretensión de Junan de que alguien quisiese comer nada de lo que guisaba su hermana. Yinan no había hecho otra cosa en toda su vida más que encerrarse en su habitación a leer, fabricar pajaritos de papel o pintarrajear con sus tintas y sus temples.

La mañana siguiente Li Ang le dijo a Mary que le preparase algo de cenar a Yinan pero a él no. Siguió alternando la mayoría de las noches en casa de los Hsiao, y los tres se adaptaron a una rutina. Yinan y Mary eran como dos mujeres que estuviesen cuidando de un soltero. Las veces en que Li Ang, movido por un sentimiento incómodo de culpa y responsabilidad, hizo por trabar conversación con Yinan, las charlas naufragaron en el silencio.

Yinan se levantaba muy temprano y preparaba el desayuno, y él, al bajar y encontrarse la mesa puesta, se sentía con la obligación de sentarse a comer. Sus creaciones siempre lo desconcertaban. Hasta entonces Li Ang nunca había reparado en que la comida buena -la comida casera, y bien preparada-, por sí sola, no llamaba la atención, mientras que la comida mala, por el contrario, no había forma humana de pasarla por alto. Los desayunos de Yinan siempre estaban algo chamuscados y a la vez algo crudos: la chica se las veía y se las deseaba hasta para calentar los panecillos que sobraban de la cena. Una buena compañera de mesa también brindaba compañía y entretenimiento sin llamar la atención; Yinan no proporcionaba ni lo uno ni lo otro. Hablaba poco y se quedaba mirando fijamente un punto de la mesa como si fuese una oración budista para alcanzar la iluminación. Y cuando él dejaba los palillos en el plato, levantaba los ojos con cara de susto, como sorprendida de verlo allí.

Pasaron varias semanas antes de que Li Ang se percatase de que su cuñada tramaba algo. En Hangzhou se atareaba con sus libros y su caligrafía. Ahora se pasaba el día sentada sin hacer nada y su silencio espesaba el aire. Le compró a precio de risa unos cuantos pinceles y unos rollos de papel fino, blancos y suaves, y se los llevó a casa, pero ella se limitó a dejarlos encima de la mesa de su cuarto, y siempre que Li Ang pasaba por delante, veía que ni los había tocado. Le preguntó a Mary, pero la criada se encogió de hombros, torciendo la boca con desdén.

– ¿Cómo voy a saber yo lo que hace, si se pasa el día metida en su cuarto con la puerta cerrada?

Al llegar el verano, cuando empezaron los bombardeos, le pagó a Mary para que se quedase a dormir en el apartamento y así garantizar que hubiese alguien para llevar a Yinan al refugio antiaéreo si él no estaba en casa. Seguía sintiéndose culpable por salir hasta las tantas. Las bombas asustaban a su huésped. A Yinan le dio por pasearse por el apartamento las noches de cielo encapotado, cuando no había peligro. La oía pasar cerca de su puerta. Una noche en que volvió tarde alcanzó a verle la cola del camisón antes de que se esfumase tras el umbral de su cuarto.

Li Ang descubrió que echaba de menos a su esposa. Si Junan estuviese allí, le mandaría a Yinan que hiciese algo, o por lo menos lograría contentarla. Pero el caso es que no estaba, y Li Ang tampoco tenía la menor intención de contarle lo poco que había contribuido a la adaptación de su hermana.

Apenas recordaba con claridad las escasas ocasiones en que Junan le había hablado de su hermana, a la que trataba quizá como se trataría a un niño cariñoso pero retrasado. Al poco de casarse, Junan le contó que Yinan había presagiado su llegada en un sueño, que soñó una vez con un soldado asomado a la ventana. Él se lo tomó a guasa.

– Caray con las mujeres -dijo, alargando el brazo para cogerle un mechón del pelo; con delicadeza, porque Junan no aguantaba que la chinchasen-. ¿Te has fijado en que siempre sois las mujeres quienes tenéis esos sueños mágicos?

– Yo no he dicho que pudiese prever el futuro. Pero es muy sensible. A veces me sorprende.

Empezó a sospechar que, en cierto modo, él tenía la culpa de que Yinan estuviese en su casa. Para empezar, cuando le mencionó a Hsiao Taitai que había llegado su cuñada, la mujer sonrió levemente y dijo algo así como que Junan le mandaba alguien para vigilarlo. La idea, por supuesto, era absurda, pero las semanas posteriores a la llegada de Yinan, Li Ang sentía la necesidad de esconderse. Esa chica tenía los ojos más claros de lo normal. Era como si su cuñada, aun enclaustrada en su cuarto, tuviese la capacidad de ver a través de las paredes. A Li Ang no le preocupaba que ella hablase con alguien sobre sus andanzas. Le daba más miedo lo que pudiese ver dentro de él. Percibiría la trama de su día y día y vería que carecía de sentido. Vería lo perdido que estaba.

Una noche Li Ang no salió a cenar sino que volvió directo a casa. ¿Qué le diría a Yinan? Se sentía obligado a sonsacarle alguna información. No pensaba obligarla a que le contase nada contra su voluntad, pero de alguna manera tenía que enterarse de cómo hacer para mejorar la situación.

Hacía un calor sofocante en el apartamento; se quedó más de un minuto frente la puerta cerrada del cuarto de Yinan. Así no iba a adelantar nada. Llamó.

– Adelante.

Estaba sentada junto a la ventana, donde había más posibilidades de recibir la brisa, recortando lentamente un pedazo de papel blanco con unas tijeras. La luz clara acentuaba su delicado perfil. Li Ang tomó conciencia de su propia estampa, grotesca de tan grande y sudorosa. Reculó hacia la puerta.

– Meimei, estás triste, ¿qué te pasa?

– Estoy bien.

– ¿Hay algo que pueda hacer? ¿Te gustaría salir conmigo a conocer alguna gente de por aquí?

– No, gege, por favor. Prefiero quedarme aquí sentada, pensando.

– Estoy seguro de que lo último que quiere tu hermana es que sigas sentada y pensando.

Yinan giró el rostro hacia la ventana.

– ¿Y qué crees tú que quiere mi hermana?

– Bueno -titubeó-, estoy seguro de que quiere que te relajes y estés a gusto.

– Ella no lo entiende.

– Le contaré a Junan que quieres volver a casa.

Le contestó con dulzura, como si fuera él quien necesitase palabras de consuelo:

– No te preocupes, gege. Estoy bien aquí.

– No quiero que estés triste.

Yinan dejó las tijeras. Durante un largo instante Li Ang se temió que su cuñada fuese a decirle realmente lo que pensaba. Entonces ella miró el papel blanco que tenía en las manos.

– Toma -le dijo, tendiéndole el pedazo de papel con agresividad-. Vete, por favor.

Se fue sumido en el desconcierto. Estaba claro que Yinan echaba de menos a su esposa, pero había algo entre nostálgico y emotivo en su forma de mirar por la ventana: otra emoción en su rostro que Li Ang casi acertaba a definir. También él la había sentido al separarse de Junan; una sensación parecida a la soledad, pero también a la libertad.

A mitad de pasillo miró el objeto que llevaba en la mano. Era un triángulo doblado y surcado de cortes y rasgaduras que formaban intricados dibujos. Lo desplegó torpemente. Estaba cortado en un centenar de líneas diminutas, casi tan finas como pestañas. Aquel copo blanco y hexagonal se le posó en la palma de la mano, con un aspecto tan frágil que parecía que fuese a derretirse: cuánto esfuerzo invertido en semejante nadería. Li Ang se quedó mirándolo fijamente y le hizo pensar en el frío; un frío del que había oído hablar a hombres criados en el norte, un frío más intenso que mil inviernos en el Yang-Tsé.

Al día siguiente envió un telegrama.

Junan. ¿Puedo mandar a Yinan de vuelta? Li Ang

Fue cada hora a ver si le había llegado respuesta, aunque ni siquiera tenía claro que Charlie Kong conservarse aún su servicio de telégrafo. Esperó toda la tarde; el silencio era insoportable. Se imaginó dejando a Yinan, sin más ni más, en un avión de carga vacío, pero sería arriesgado, por no decir descortés, despedirla de esa manera. Esa tarde, al llegar a casa, vio un sobre y lo agarró ansioso, esperando encontrarse con la fluida y cuidadosa caligrafía de Junan. Pero la carta no era de Junan. La letra era más familiar todavía, visceralmente familiar. Tuvo que entornar los ojos para distinguir algunos de los caracteres, como si la tinta se hubiese mojado por el camino. Tenía marcas de agua y los ideogramas bailaban por el papel.

Día del festival de las barcas de dragones 1940

Gege:

Ya llevo dos meses viviendo en la aldea. Tenía previsto escribirte en cuanto me instalase. Disculpa que haya tardado tanto en hacerlo, pero créeme si te digo que escribir estas líneas es la primera actividad personal a la que me entrego desde que me recuperé del viaje. Si tengo tiempo de escribirte es sólo porque hoy es fiesta. Pero aquí no hay barcas ni dragones; los aldeanos desfilan y se empujan al agua los unos a los otros. Es como si pensasen que, en caso de ahogarse alguno, los dioses quedarían apaciguados y nos aliviarían la pertinaz escasez que padecemos.

Tras penurias sin cuento, aquí hemos llegado. Algunos de nosotros, yo incluido, esperábamos poder descansar, pero jamás he experimentado una miseria semejante a la de aquí. En consecuencia, me he convertido en una persona diferente.

Cuando de verdad tienes hambre, cuando has trabajado tanto que al terminar la jornada no te quedan fuerzas ni para mear, ya no tienes la cabeza para poemas ni literatura ni ninguna de las que consideramos cuestiones elevadas de la vida. Después de haber vivido aquí no me extraña que el campo sea un lugar tan atrasado. Yo solía creer que estaba poblado por gentes ignorantes, prácticamente animales, y bien podría afirmar que así es, pero la verdadera historia tiene más significados. Sigo compadeciéndome de esta gente, por subsistir durante siglos, por vivir su vida sin la menor esperanza, pero ahora sé que los han enseñado a verse a sí mismos así. A pesar de la pobreza y de lo que cuesta arrancarle a esta tierra siquiera el más mísero sustento, esos despiadados del Kuomintang les gravan los alimentos a los campesinos, quitándoles el pan de la boca y privándolos así de las fuerzas necesarias para producir más. Por eso he empezado a pensar en la revolución comunista como una batalla contra el fatalismo que los gobernantes han inculcado al pueblo a lo largo de milenios. Ahora nos levantaremos, nos uniremos y tomaremos nuestras vidas en nuestras manos.

Ya está ocurriendo. Aquí hay varias mujeres a quienes se trata igual que a los demás y también se les llama «camaradas», como a todos nosotros; las condiciones imperantes nos obligan a todos a arrimar el hombro y el mérito de las mujeres es evidente. Créeme, se están produciendo cambios en este país, cambios que ni te imaginas. Espero que algún día, cuando nos hayamos quitado de encima la terrible opresión de los «Enanos Marrones», tengas la oportunidad de entender el significado de lo que te describo.

Trabajo en unas condiciones tan precarias como ellos, si bien, gracias a saber leer y escribir, y a mi experiencia como contable, mis quehaceres son distintos: la faena que cumplo no es tan afanosa y, aunque nuestras raciones son las mismas, es esa ausencia de esfuerzo físico la que me permite conservar la suficiente energía como para dedicarme a algunas otras actividades, como escribir esta carta, y colaborar en la trascripción de los textos del Camarada Mao Tsé-tung. A veces duermo menos que los demás, pero hago mi trabajo de buena gana. Sólo ahora, creo yo, estoy tomando conciencia de lo necesitado que está este país de los cambios y las ideas que propugnan mis camaradas.

Te deseo lo mejor.

Li Bing

Li Ang sopesó en su mano la frágil carta. La pared desnuda de su morada provisional se alzaba muy distante. Tuvo la sensación de no conocer a nadie en el mundo.

Esa noche no conseguía dar con una postura cómoda para dormir. Estaba rígido y sudoroso; un dolor de garganta lo dejó al borde de la desesperación. Pensó con nostalgia en la papelería de su tío, donde Li Bing y él se pasaban las horas muertas discutiendo y jugando al go. ¿Cómo había podido dejar marchar a su hermano? Por lo menos debería haberle obligado a aceptar algo antes de irse de la ciudad: dinero, quizás, o un buen abrigo. Se preguntaba cuándo regresaría, y si volverían a verse.

Por la mañana, se paseó por los puestos del mercado. El calor apenas había remitido durante la noche, y ahora el sol se elevaba enorme, del color de una naranja ensangrentada. No sabía que hubiera tan pocos productos a la venta. Las judías eran escasas; las verduras, contadas. Se paró delante de una tinaja de arroz que estaba más vacía que llena, y la vieja sentada junto a ella se lo quedó mirando con un recelo que lo incomodó, haciéndole sentir vergüenza de su ancho pecho y de la ligera barriga que le llenaba el uniforme.

– Hola, tiita -le dijo a guisa de saludo.

La tendera avinagró el rostro. Era un mohín de mujer joven y Li Ang se dio cuenta de que no era un vejestorio, como había supuesto, sino que aparentaba muchos más años de los que tenía. Se fue de allí a toda prisa. A la entrada del mercado había hombres revendiendo los muebles de aquellos recién llegados que habían trocado sus posesiones por arroz: inútiles galas, valiosas reliquias, arcones de palisandro tallado y tapices magníficamente bordados, con sus borlas de seda arrastradas por el polvo.

Cuando salió del mercado el sol ya se había convertido en un delirante fulgor amarillo.

Después, por la tarde, el cielo se cubrió de nubarrones; el sol emergía periódicamente, dorado y extraño. A mitad de camino empezó a llover; las primeras gotas siseaban al contacto con las losas candentes de las escaleras, pero cuando llegó a su casa los adoquines ya estaban oscuros y resbaladizos. Iba pensando en su hermano, solo allá en el norte, y le sorprendió el telegrama que halló encima de la mesa.

La lluvia había empañado la ventana; apenas lograba leer el texto. Abrió la puerta con gesto ausente para que entrase luz.

Esposo. Ya se las arreglará sola. Junan.

Por el rabillo del ojo vislumbró la presencia de alguien y, al levantar la vista del papel, vio a Yinan en el patio. Llevaba años de luto por la muerte de su padre; bajo aquel cielo oscuro, el lazo blanco que tenía en la cabeza parecía una polilla. La visión lo llenó de inquietud. Acaso fue la muerte de su madre cuando era niña lo que había hecho de Yinan un ser tan melancólico. Él mismo, el día en que murió su propia madre, había oído cuchichear a unos vecinos que algunos niños no superaban una pérdida semejante.

Cuando al cabo de unos minutos salió en dirección al club de oficiales, Yinan seguía plantada allí, al pie del mísero alcanfor. Al bajar las escaleras sintió que los goterones le salpicaban la frente.

Señaló hacia la casa.

– Lo siento -dijo-. Escribí a tu hermana para ver si podrías volverte a Hangzhou, pero quiere que te quedes.

Yinan bajó los ojos de manera casi imperceptible, como para ocultar sus pensamientos. Qué ridículo. No había derecho a que Junan los intimidase de esa manera. Pensó que quizá debería obligarla a aceptar el regreso de su hermana, pero se figuró que eso no serviría más que para complicarle aún más la vida a Yinan. Por la razón que fuese, se sentía culpable. Pero no había nada que hacer, ningún consuelo que pudiese ofrecer. Ojalá, pensó Li Ang, pudiese dejarla allí plantada.

– Meimei-dijo finalmente-, entra en casa.

– Gracias, gege, pero prefiero quedarme aquí -dijo-. El aire es fresco y huele bien.

– Tienes el vestido empapado.

– Jiejie me obligó a ponerme las nuevas vacunas.

Li Ang sonrió.

– Y a mí también -dijo-. Viviendo con Junan, no has debido de estar enferma ni un solo día de tu vida.

Por un momento pensó que le devolvería la sonrisa.

– Sólo una vez -dijo-. Estuve enferma una vez. No pude asistir a vuestra boda. ¿Te acuerdas? Pero no fue culpa suya. Es que cogí el shuidou. Me dejo una cicatriz.

Entonces giró la cara y se señaló la ceja. Li Ang se inclinó hacia ella, pensando por enésima vez que Junan tenía razón, que su hermana era demasiado sensible, lo cual resultaba un problema, y se preguntó qué demonios iba a ser de ella en el futuro. Entonces se olvidó de por qué se había arrimado. Tampoco es que estuviese muy cerca, pero de repente tuvo plena conciencia de la luz clara y grisácea, de la textura de los párpados de Yinan, de la curva de su frente y del olor que flotaba en su aliento, el aroma del tofu prensado con ajos tiernos que ambos habían cenado la víspera y que ella debía de haber vuelto a comer en el almuerzo. Yinan volvió a señalársela y él siguió aquel dedo fino con la uña mordida hasta la tenue señal que tenía en la frente, un cráter poco profundo, apenas visible. Mientras contemplaba la delicada cicatriz le pareció recordar el semblante de un lugar largamente olvidado, una geografía que no recorría desde hacía cien años, pero que en su día había tenido grabada a fuego en la mente. La cogió por los hombros y le sorprendió la calidez de su cuerpo. Entonces la soltó y se alejó a toda prisa.

Salió a la calle temprano, antes de que se hubiesen despertado las mujeres, pero esa noche volvió pronto a casa, arrastrado por la sensación de haber olvidado dónde había puesto algo y de tener que buscarlo. Mary estaba en la cocina, cenando a solas. Lo miró por encima del canto del plato, sorprendida. Se levantó de un salto y le sirvió la comida; Li Ang se la llevó a su cuarto. Por el camino echó un vistazo a la puerta de Yinan, que estaba abierta, y vio que no le había hecho ni caso a la cena y que estaba sentada en su escritorio, leyendo y mordisqueándose la punta de su larga trenza. Ella no reparó en su presencia; al cabo de un minuto o dos Li Ang se marchó. Cuando terminó de cenar tomó la firme resolución de quedarse en su cuarto, fue hasta el escritorio y cogió una hoja de papel para escribir a Junan. Tal vez una carta en la que le detallase sus motivos la convencería. Pero se pasó varios minutos sentado sin escribir nada, con la mirada fija en la mano y la pluma.

«Querida esposa -escribió finalmente-, Yinan debe marcharse.» Al escribir esos caracteres, el corazón se le disparó con tanta violencia que le empezó a temblar la mano y salpicó de tinta el papel. Se puso en pie, sin soltar la pluma, y salió del cuarto.

Fue al club de oficiales y volvió varias horas después. Tumbado en la cama, no lograba conciliar el sueño; tenía miedo de cerrar los ojos. Fijó la mirada en la cortina agitada por el viento hasta que se cansó. Pero en cuanto cerró los ojos lo asaltó la visión de la chica plantada en el patio, con el lazo blanco prendido de su espesa melena. Era una noche inusitadamente silenciosa. No se oían sirenas, ni nada que lo distrajese de esa imagen sigilosa que volvía a él una y otra vez.

La noche siguiente fue a cenar al club. Buscó con avidez el bullicio y la compañía de sus colegas. Pero ni siquiera cuando bromeaba con el general Hsiao y discutía con los demás podía dejar de aguzar el oído, de mantenerse atento.

– ¿Qué te pasa? -le preguntaban, y él les decía que le había parecido oír un avión; una respuesta de lo más corriente, aunque todo el mundo sabía que los cielos estaban despejados; en ese momento el enemigo estaba bombardeando Changsha. Le tomaron el pelo diciéndole que tenía los nervios destrozados y que haría bien en irse al frente. Pero no podía evitar estar atento. Por encima del barullo de los comensales, del tintineo de los platos y de las risas y de las bromas con las camareras, lo oía perfectamente: el silencio que surgía del cuarto de Yinan, que crecía y se estiraba por el aire y llegaba hasta él. Al final terminaría volviendo a casa. Era donde vivía. Pero apuró hasta el último minuto, hasta que todos sus amigos se hubieron marchado y sólo quedaban los más borrachos e incapacitados. Entonces miró a su alrededor, sintió un escalofrío, y atendió la llamada de ese grave silencio.

Casi amanecía cuando llegó a casa. Dio una, dos vueltas alrededor del edificio, vigilándolo, y recordó fugazmente aquella otra madrugada en que hiciera guardia en la residencia donde se encontraba Li Bing. De repente, al pensar en su hermano, se vio dominado por la convicción, inédita y pavorosa, de que su propia vida había sido un error, de que todas las oportunidades que había aprovechado y considerado fruto de su buena suerte no habían sido sino una serie de errores estúpidos, decisiones terribles tomadas en momentos de flaqueza.

Dentro del apartamento volvió a sentir aquel silencio expectante que lo empujaba hacia el recibidor. La puerta cerrada del cuarto de Yinan lo atrajo como un imán a una limadura de hierro. Se sentía como un intruso. Y, sin embargo, nadie le había dicho que se mantuviese alejado. Tenía la casa entera a su disposición; era suya. No existía la menor razón para mantenerse alejado. Se paseó de un lado para otro, tratando, al principio, de no hacer ruido, y al final deseando despertarla. Se paró súbitamente delante de su puerta. Se le subieron los colores; volvió a sentir como si se hubiese olvidado algo. De repente agarró el picaporte. Giró con facilidad.

Llevaba todo el día con una hinchazón en la entrepierna. No era el deseo feroz, intenso, que sentía por ciertas desconocidas, ni el apetito posesivo, de amo y señor, que solía sentir por su mujer, sino un deseo imbuido de dolor, como el dolor de una vieja herida.

Entró en el cuarto. La encontró de pie, delante de su escritorio; se acercó y la encaró.

– ¿Cómo estás? -preguntó, y su voz le sonó extraña, sin fuelle, como si hubiese llegado a la carrera.

Ella se quedó parada un instante y de repente se apartó. Llevaba el pelo recogido detrás de las orejas y a Li Ang le dieron ganas de pasarle el dedo por la delicada línea que le separaba la melena del cogote. Como si le hubiese leído el pensamiento, ella levantó lentamente la mano.

– ¿Echas de menos tu casa? -le preguntó-. ¿Quieres volver a casa? -Le salían las palabras a borbotones-. He entrado a ver si… No pareces estar muy feliz aquí. Pareces estar… sola. -La cogió de la mano-. Calma. Está bien. En serio, puedo mandarte a casa si eso te hace feliz. Da igual lo que diga tu hermana.

Ya era incapaz de soltarle la mano.

Entonces ella, por fin, alzó la cara y levantó la vista para mirarle a los ojos. Eran los ojos de una desconocida, oscuros y deformados por el deseo. Se abalanzó hacia ella. Sintió la tersura de su vestido en la palma de la mano. Temblando levemente, se apoyó en su hombro y empezó a desabrocharle los tres cierres del vestido. Yinan había apartado la cabeza y Li Ang podía verle las puntas de las pestañas tendidas sobre la mejilla; a ella se le aceleró la respiración. Cuando abrió el último cierre se quedó parado. Entonces le llegó el olor de su piel -un poco salado, un poco dulce- y deslizó la punta de los dedos por la abertura, bajo la camiseta, alrededor de la curva de su pequeño pecho. Su piel ahí era casi líquida, aunque tampoco estaba seguro del todo. Por alguna razón había perdido sensibilidad en las manos; se las notaba enormes y entumecidas. Le pasó la mano por el pecho, con mucho tiento; notó la forma de sus huesos, las costillas ensambladas en una especie de espoleta y el corazón latiéndole tan desbocado que se asustó un poco. Con la otra mano, muy despacio, le soltó el hombro y, cogiéndole la barbilla, tiró de su cara hacia la suya. Estaba ruborizada, con las orejas de color rosa. Tenía los ojos cerrados con fuerza y los labios apretados, sofocando algún sentimiento: ¿miedo, acaso? No; simplemente estaba concentrada en el movimiento de la mano que la tocaba.

Años después, al recordar aquella noche y analizarla como si le hubiese ocurrido a otro, le parecía que, durante un breve instante, él había estado presente, separado de ella. Pero entonces, cuando trataba de evocar lo que sucedió a continuación, sentía como si lo hubiesen arrastrado al silencioso interior de un sueño, tan profundo, plácido y envolvente como el agua.

Ningún sonido, nada que comprender, sólo agua.

A la mañana siguiente, Li Ang se lavó a conciencia y salió del apartamento con grandes esperanzas de que por la noche, cuando regresase a casa, las aguas hubiesen vuelto a su cauce y él y Yinan volviesen a ser como hermanos. Seguro que ella no se lo contaría a nadie. Pronto la casarían y sería como si no hubiese pasado nada.

Pero a medida que pasaban las horas notó que perdía la concentración. A mediodía, durante el almuerzo con Pu Sijian, se rió y asintió atentamente con la cabeza, pero no por ello dejó de advertir, en todo momento, cómo se ausentaba de la escena, cómo su mente, poco a poco, se escabullía de allí. Por la tarde revisó un montón de cartas. Era incapaz de concentrarse en más de dos o tres palabras de una misma frase sin que lo asaltase una visión fugaz de la puerta de Yinan. Al cabo de unos minutos le ocurría lo mismo. Era como si el sol le disipase la neblina que le ofuscaba la mente, revelándole así el verdadero objeto de sus pensamientos. Se veía a sí mismo, una y otra vez, yendo hacia esa puerta. Sabía que la encontraría allí, leyendo, mordisqueándose la punta de la trenza. Cuando pusiese la mano en el pomo de la puerta sentiría la tersura del metal en los dedos. El interior del cuarto estaría fresco y oscuro. Hallaría solaz. A última hora de la tarde no aguantaba más. En cuanto pudo excusar su salida, se marchó y se fue corriendo a casa, impaciente por subir las escaleras y abrir la puerta y aliviarse contra la piel de ella.

Unas semanas después recibió otro telegrama.

Esposo. Confírmame que estáis bien tras los últimos ataques. Junan.

No respondió.

Enseguida mandó a Mary de vuelta con Hsiao Taitai.

– Ya no la necesito -dijo-. Mi cuñada buscará alguna otra chica que conozca.

Hsiao Taitai arqueó las cejas, finas como trazos de tinta, y dijo que, indudablemente, eso era mejor para su cuñada. Esa noche lo sentaron en la misma mesa de Baoyu. Ella lo saludó; por un momento, Li Ang no logró recordar quién era. De repente la reconoció. Asintió con la cabeza y sonrió mostrando los dientes. Ella hizo lo propio, pero sin la menor expresividad. Ya nunca volvieron a sentarla a su lado. A las pocas semanas se enteró de que estaba prometida a un coronel nuevo que no era de la ciudad.

Esposo. No tengo noticias vuestras. Contesta, por favor. Junan.

Se sentía como si se hubiese caído a un pozo. Por encima, alrededor de él, oía las voces de otras personas. Había vivido muchos años entre ellas, pero ahora eran inalcanzables. Más tarde evocaría las noches que pasaron juntos como un revoltijo de imágenes. La gruesa trenza de Yinan estirada en la almohada. Su rostro brillante a la débil luz de la ventana, solemne y desguarnecido. Por las noches, cuando entraba en su cuarto, a veces ella se volvía hacia él y le tendía los brazos. ¿Cuándo había sentido él algo así antes? ¿Qué era aquello tan preciado que ella le recordaba? A veces, tumbado a su lado, le sobrevenía una necesidad súbita y terrible de apartarse de ella, de levantarse de esa cama arrugada, de abandonar ese cuarto desordenado y salir al mundo. Pero cuando pensaba en la calle, le venían a la mente los escalones cubiertos de escombros, el fragor de los aviones, los gritos de los mercaderes y los gemidos de los pordioseros. Sólo se sentía seguro dentro de casa, con Yinan.

Le hacía partícipe de los tediosos pormenores de su trabajo. Hablaban de Hangzhou, de la ocupación y de antes de la ocupación. Nunca se había parado a pensar en lo que Yinan había experimentado durante esos años. Ahora ella le contó lo de su compromiso, le habló del miedo que le daba casarse con Mao Gao y de cómo la muerte de éste le había dado más miedo todavía. No es que hubiese querido casarse, pero ahora, sin esa finalidad, sin ese destino en perspectiva, el futuro que tenía por delante le parecía una carretera desierta.

– Eso no es cierto, claro que no -dijo él-. Se puede llevar una vida muy apacible sin estar casado.

Ella lo entendió al instante.

– Pero, ¿qué otra cosa voy a hacer? Ya soy muy mayor para ir a la universidad. No soy una intelectual.

– Pero lees. Siempre estás leyendo.

– Por pura pereza.

– ¿Te gustaría ser poeta? -le preguntó.

– Por supuesto. Pero la poesía nunca le ha arreglado la vida a nadie. Y a veces creo que todos los grandes poemas ya se han escrito. Aunque también pienso en esta época que nos ha tocado vivir… y sé que, algún día, alguien intentará reflejarla. Habrá que transformarla en belleza… y en fealdad, y en terror. Hará falta una persona valiente, y yo no soy tan fuerte.

– ¿Qué andas escribiendo ahora?

– Relatos, poesías, cuentos de hadas. Soy especialista en embarcarme en proyectos inútiles.

Li Ang no pudo evitar la risa. Al instante, Yinan se le unió con una suave carcajada que reverberó en las paredes.

Una noche se negó a dejarlo entrar en su cuarto.

– No puedes -le dijo, sujetando la puerta con las dos manos.

– ¿Qué pasa?

Ella desvió la mirada.

– Me ha venido la regla.

– Pero si sólo quiero charlar. Las mujeres, por si no lo sabes, podéis hablar cualquier día del mes.

– Ahora no debes desearme.

– Pues te deseo.

Finalmente lo dejó tumbarse en la cama con ella, pero nada más. Él se encendió un cigarrillo. Se quedaron viendo navegar la luna por el cielo como un farol ardiente. Yinan empezó a hablar, lenta y titubeante al principio. Puntuaba cada frase con una pausa, como si los pensamientos le llegasen desde una caverna muy honda.

– Una vez soñé contigo -dijo-. Fue cuando vivíamos en Hangzhou, antes de que se casase Junan. Soñé que un soldado trataba de colarse en el jardín.

Lo asaltó un recuerdo borroso: aquel paseo por un patio en tinieblas la noche de su boda, el rayito de luz que se escapaba de una ventana solitaria. Fijó la mirada en aquella luna llena que los enfocaba como un ojo gigantesco.

– ¿Querías que entrase? -preguntó él.

– No.

Se giró para mirarla. Estaba tumbada de espaldas, con la colcha de verano doblada a causa del calor y los pequeños pechos al aire, con desenfado, como si fuesen dos hermanitos compartiendo dormitorio en una noche de verano. No se la había imaginado tan espontánea con respecto a la desnudez; su hermana, desde luego, era mucho más remilgada. Él se sonrió.

– ¿Y se puede saber por qué no querías que entrase?

Yinan forzó la vista en dirección a alguna presencia imperceptible en las oscuras inmediaciones del techo.

– En mi sueño -dijo ella- aparecías bañado por la luz de la luna, como si fueses un héroe, pero tu sombra en el suelo estaba torcida, como si estuvieses roto.

Li Ang cogió un cigarrillo. La había visto por la ventana, con la cara entre las manos. Era la postura de una persona aterrorizada.

– ¿Pero aun así querías a aquel pobre hombre roto? -preguntó con dulzura.

– Sí.

No había nada que responder. Con la mano que tenía libre le tiró suavemente de la trenza, que estaba toda enredada y atravesada sobre la almohada. Ella sonrió, y, acto seguido, soltó un gemidito.

– Se ha roto. Y ya no tiene arreglo.

– Tu hermana te quiere mucho.

– Ahora ya no me querrá más.

18 de julio de 1940

Querido esposo:

Te ruego que me disculpes por haber tomado esta decisión sin consultártelo, pero nuestras vías de comunicación parecen haberse roto. No he recibido ninguna respuesta a varios telegramas.

He decidido cerrar la casa y llevarte a las niñas. Nos sentimos cada vez más inseguras viviendo solas y tu segunda hija desea reunirse con el padre que todavía no conoce. Ya sabe decir «Papá» y va siendo hora de que te conozca.

Llegaré en unas pocas semanas. No hace falta que me prepares nada especial. Estoy segura de que el cuarto que ocupas me será suficiente. En cuanto a la casa de Hangzhou, nos la cuidará tu tío. Estoy vendiendo parte de los bienes de mi padre y no dudes de que la mayoría de nuestras posesiones más importantes las he dejado en buenas manos.

Tus hijas y yo estamos deseando reunimos contigo.

Tu esposa,

Junan

Se quedó sentado con la carta en la mano. Los caracteres de tinta negra desfilaban delante de sus ojos, arriba y abajo. Fue al cuarto de Yinan, que leía en su escritorio. La luz de la lámpara le caía de perfil, realzándole la frente, las cejas y la nariz. La imagen le resultaba tan familiar que no se atrevió a acercarse.

– ¿Por qué no entras? -le preguntó. Alzó la mirada-. ¿Qué te pasa?

– Hay carta de Junan.

Ella dejó el libro y lo miró. Li Ang se dio cuenta de que, de algún modo, estaba preparada para aquello, más que él.

No había escapatoria. Al ir a hablar, se le quebró la voz y se vio obligado a parar.

– Hay que hacer algo.

– Tengo que irme.

– No puedes hacer eso, Yinan.

– Ya no puedo vivir con ella. No estoy dispuesta. Todavía no sabe nada.

– No quiero ver tu vida arruinada por culpa de lo que hemos hecho.

– No lo entiendes. Eso es lo de menos. Yo te amo.

Ella le miró a los ojos, en silencio, y lo atravesó con la mirada. Li Ang tenía la sensación de estar precipitándose al vacío. Se aclaró la voz y repitió:

– Hay que hacer algo.

La última noche que pasaron juntos cenaron como de costumbre en la cocina. Sus comidas se habían vuelto de lo más irregulares por culpa de las sirenas antiaéreas. Como Li Ang no quería que Yinan fuese sola al mercado, de camino a casa solía comprar algo. Cuando había fruta en el mercado, comían fruta. A veces se daban un festín de boniatos asados que había comprado por la calle. Aunque Li Ang echaba de menos sus propios guisos sabrosos y a menudo cocinaba para los dos, Yinan se comía lo que la pusieran. Esa noche tocaba ciruelas. Li Ang la observó pelar fácilmente las mondas y comerse las pulpas reblandecidas, casi podridas de tan maduras como estaban. No se había molestado ni en encender los quinqués. Pronto anochecería. El rostro de Yinan, pálido, estrecho y con los labios manchados de zumo, flotaba ante sus ojos como un espectro.

Pensaba que cada mañana traería un cambio. Todas las noches cerraba los ojos convencido de que, cuando los abriese, lo que habían hecho se habría anulado. Así de fácil había sido vivir con Junan. Su esposa le había organizado la vida de tal forma que lo único que tenía que hacer era introducirse en ese orden como quien se enfunda una ropa recién lavada y planchada. Cuando hacía algo para enojarla, ella enseguida recomponía el gesto. Era tan poderosa que conseguía tragarse el enfado; así abordaba también todos los problemas de su vida en común y los hacía desaparecer. Pero su hermana pequeña, por lo visto, carecía de ese don. O tal vez lo que pasaba, más bien, era que ellos dos, Yinan y él, no eran capaces de deshacer lo que habían hecho. No había una sola palabra, ni un solo acto, ni una sola bocanada de aire que hubiesen respirado mientras dormían juntos, de la que pudiesen retractarse jamás. Conociéndola, debería haberlo imaginado. Debería haberlo deducido del estado en que siempre tenía el cuarto, todo manga por hombro: los recortes de papel, los chafarrinones de tinta, las montañas de papeles desparramados. Debería haberlo deducido de los charcos pringosos y los platos sucios en aquella cocina desordenada. Ella era incapaz de olvidar, y ahora esa incapacidad se le había pegado a él.

Yinan se levantó y abrió el cajón para coger las cerillas.

– ¿Qué haces?

– ¿No estaríamos mejor con luz?

La llama temblaba en su mano. Él se acercó y la apagó de un soplo, la cogió de la mano y se la llevó a la cama.

Momentos después empezó a sonar la sirena. Él tiró de su brazo.

– Venga, vamos. Hay que irse.

– No -dijo ella-. Quiero quedarme aquí.

El bombardeo sería en aquella área; era una locura quedarse.

– De acuerdo -dijo él.

La rodeó con sus brazos y trató de perderse en el roce de su piel.

Posteriormente reparó en el siniestro tableteo de un motor. El ruido fue aumentando hasta hacerse insoportable. Mientras este sonido espantoso se cernía en el aire, se produjo una pausa; entonces un estampido sacudió la casa y todo lo que había dentro.

– ¡Oh! -gritó ella.

La agarró y salieron corriendo a trompicones. El terror que sentía Yinan insuflaba un feroz vigor en sus brazos delgados.

– ¡Bajad! -gritaba-. ¡Bajad!

Li Ang comprendió que se lo decía a las bombas. Sus gritos se vieron silenciados por un segundo bombazo que pareció golpearlos por todos los flancos, como rodeándolos. Le pitaban los oídos y no sabía si seguían cayendo bombas o sólo eran los ecos. El cuarto entero trepidó. De algún lugar cercano llegaban los quejidos espeluznantes de maderas que se rajaban, clavos que se doblaban, cristales que estallaban en mitad de un súbito viento entrecortado. Percibió el hedor de su propio pánico y hundió la cabeza en el cuello de Yinan en busca del consabido alivio. Allí estaba.

Se despertó horas después entre sábanas húmedas y descubrió que la casa seguía en pie de milagro. Quería salir a ver qué más cosas habían sobrevivido. Yinan dormía a su lado. Alzó la cabeza y la miró: la columna de la garganta, los delicados huesos y tendones de los brazos y los hombros. Dormía extenuada, con la cabeza vencida hacia atrás y la boca abierta. Mientras la observaba, le entró miedo. Se despegó de ella y la tumbó de espaldas. Le vio una marca en el hombro desnudo, la huella de su mano.

Más tarde, apostado en un alto sobre la bifurcación del río, vio cómo el avión de la compañía nacional china descendía hasta desaparecer del campo de visión, pasadas las chozas y las escaleras y las calles adoquinadas, y se hundía en la mortaja de niebla que ocultaba la estrecha pista de aterrizaje situada sobre las aguas. Entonces miró más abajo, entre la calima, esperando ver a los pasajeros salir del avión y subir a bordo del champán que los cruzaría a la orilla, donde recogerían el equipaje y remontarían en palanquín el empinado sendero que llevaba a la salida. Transcurrió un buen rato hasta ver emerger de la niebla la pequeña figura de Junan. La reconoció al instante. Iba muy erguida, a pesar del tambaleo del palanquín. No se recostó para divisar la ciudad encaramada en el borde del precipicio, ni pareció inmutarse cuando el andero de delante echó a trepar cuesta arriba a toda prisa, balanceándola; tampoco es que se desmayase al comprobar lo escarpado de la pendiente, aunque las niñas, sentadas en el palanquín de atrás, se encogieron del susto al contemplar el terrorífico abismo. Detrás de ellas, seis o siete culíes se derrengaban bajo el peso de sus arcones, baúles y petates. El eco quejumbroso de sus salomas llegaba flotando hasta sus oídos. Junan era como una mujer civilizada procedente de una tierra remota y llegada a estos confines bárbaros para salvarlo. Con ese propósito en mente, abriéndose camino -a sí misma y a las niñas- a base de sobornos, había salido de territorio ocupado, había dejado atrás el frente, había cruzado gargantas y atravesado cordilleras, antes de aterrizar en aquella isla angosta.

Según se acercaba la comitiva, Li Ang esperó a que Junan diese muestras de sospechar, o incluso saber, lo que él había estado haciendo. Pero sus facciones perfectas conservaban su antiguo aplomo. Serenos los ojos, erguido el mentón, se le acercaba tan pura como si llegase sentada en una carroza de novia. Su palanquín ganó la entrada. Hubo una pausa expectante antes de que Li Ang se lanzase a ayudarla a apearse de la silla. Una vez en tierra, los dos se quedaron frente a frente, manteniendo una distancia respetable. La luz del sol rompía contra su melena negra y su rostro ebúrneo. Una ola de pánico lo galvanizó y se fue hacia ella como si tuviese el viento en contra.

Huida

Chongking 1940

Una tarde, justo a esa hora del día en que el terrible calor de finales de verano resulta más sofocante, Hu Mudan se bajó del trasbordador que cruzaba el Jialingjiang y emprendió la larga ascensión por las escaleras de la ciudad en dirección a las calles donde vivían los oficiales nacionalistas. Como buena nativa de la provincia, se había vestido para protegerse del calor: un ancho sombrero de paja y ropas de algodón holgadas que ocultaban su cuerpo. Después de dar a luz se había quedado más delgada. Con sus caderas escurridas y su zancada suelta, podía parecer un hombre menudo que subiese las escaleras con cierta agilidad precavida para evitar un contacto prolongado entre sus sandalias de suela de tela y la ardiente temperatura de las losas. Pero la misión que la ocupaba era típica de mujer. A pesar de lo empinado del camino, a pesar del calor achicharrante, se veía obligada -por la curiosidad, la ansiedad y otra emoción a medio camino entre el amor y el deber- a encontrar la casa que buscaba.

El día antes, mientras compraba en el mercado, notó que alguien la observaba desde el puesto de las judías. Alzó la vista y se encontró con un rostro de mujer, fatigado, avejentado. La conocía de algo. Conocía esos ojos de forma agradable pero de expresión algo mezquina y desabrida. La mujer no era tanto delgada como fláccida, y Hu Mudan recordó cuando esos mismos huesos apuntalaban carnes firmes. Se acordó de las tejas verdes glaseadas y de la morera; y por un instante casi creyó ver los delicados contornos de la casa de los Wang, algo desmoronados, y oler las rosas reventonas del jardín de Chanyi.

– Weiwei.

– Me has reconocido -dijo la mujer, y un fugaz rictus de coquetería destelló en la comisura de sus labios.

– Te reconocería en cualquier lugar -le aseguró Hu Mudan.

– Tampoco he cambiado tanto. -Y ya con menos seguridad, añadió-: Han sido unos años muy duros.

– ¿Sigues trabajando para la familia? ¿Dónde viven?

– En la colina.

Percibió un deje de cautela en la voz de Weiwei. Hu Mudan sintió enfriarse el sol que le daba en la espalda.

– ¿Y los demás? -preguntó.

– Gongdi emprendió el viaje conmigo pero murió en las gargantas.

La piel del rostro de Weiwei se quebró en minúsculas arruguitas. ¿Qué había pasado? Hu Mudan respiró hondo.

– ¿Y la señorita? ¿Cómo está Yinan?

Weiwei bajó los ojos y los fijó en el rimero de judías.

– Ya no vive con nosotros.

– No me digas que Yinan se ha casado…

– No. Se marchó de casa.

– ¿Y dónde está? ¿De qué vive?

Weiwei se encogió de hombros.

Hu Mudan se acercó. Le daban ganas de agarrar a Weiwei con las dos manos y sacudirla hasta que soltase toda la información, pero llevaba un cesto. Todos esos años, desde que saliera de casa de los Wang, se había preocupado por Junan, pero sobre todo por Yinan. Y ahora le venía Weiwei y le contaba unas noticias tan impactantes, pero a cuentagotas, como si por contar la verdad fuese a quedar en evidencia. Hu Mudan ya no era de la casa. La habían echado. Notó que Weiwei quería dar marcha atrás. Le sonrió, dando marcha atrás también ella, y le preguntó en qué parte de la colina vivía la familia. Una pregunta inofensiva. Entonces le dijo que pronto les haría una visita, y detalló cuánto, y de qué forma, se asemejaba Weiwei a la niña que en su día había sido. Luego se despidió de ella y la vio perderse entre la multitud.

Esa noche sus pensamientos volvieron una y otra vez a las hijas de Chanyi. Recordó las largas noches posteriores a su muerte, cuando recorría toda la casa y se las encontraba a las dos dormidas en la habitación de Yinan, con las oscuras cabecitas rozándose y el pelo desparramado por la almohada como trazos de tinta. La que más sufrió fue Yinan; era frágil, como su madre. En los meses posteriores a la muerte de Chanyi, Hu Mudan se pasó horas acunándola, protegiéndola y consolándola. Junan, en cambio, no estaba dispuesta a pedir ayuda. Incluso de niña, ya guardaba un brazo de distancia con Hu Mudan y sólo aceptaba a su madre, como si el consuelo de cualquier otra persona fuese indigno de ella. Cuando su madre falleció, se blindó contra su muerte y apechugó solita.

El día de su boda, Junan, alta y pálida, con su nariz curva y su boca de granada, se mostró tan fría con su apuesto marido que cualquier observador espontáneo habría dado por sentado que todo aquello le traía sin cuidado. Pero Hu Mudan sabía la verdad. Sabía, desde hacía mucho, que bajo esa fachada esquiva y distante se escondía un carácter propenso a la obsesión. Y ahora, al enterarse de que Yinan vivía por su cuenta, Hu Mudan se vio dominada por la necesidad de saber qué había ocurrido entre las dos hermanas.

En cuanto a Li Ang, Hu Mudan siempre se había mostrado escéptica. Cuando lo conoció estaba embarazada y no necesitaba nada de lo que él pudiese ofrecerle. Intuyó que lo mejor que tenía que ofrecer de sí mismo, lo ofrecería en la cama. Se fijó en su cuerpo, duro y ágil, en su rostro oscuro y contundente, en sus ojos centelleantes, y percibió una vitalidad prodigiosa. Sí, de acuerdo, era generoso con las mujeres, y con frecuencia amable, pero esa amabilidad era del peor tipo posible, fruto de la irreflexión antes que del cálculo premeditado o incluso de la lujuria. Ahora, mientras subía los escalones que conducían al barrio de los militares, Hu Mudan se figuró que Li Ang sufriría a causa de esa irreflexión. La amabilidad despreocupada tenía un precio, y la generosidad despreocupada, también.

El tufo de los que sufrían cuando apretaba el calor espesaba el aire. Los últimos tres años la ciudad se había hinchado como un tumor con todos los recién llegados, además de con sus soldados, sus burócratas y sus refugiados. Estaba casi irreconocible. Por las noches caían más bombas, se derrumbaban más edificios y más gente se quedaba en la calle. Ahora, la ciudad estaba repleta de famélicos, sentados o tumbados en las escaleras, y ahí dormían, mendigaban, se consumían. Una niña tenía en brazos un bebé con moscas en los ojos. Hu Mudan le puso un penique en la mano. No podía ayudarlos a todos.

El destino los había abandonado. A duras penas llegó al barrio de los militares y preguntó a las mujeres que estaban junto al pozo las señas de la casa del oficial Li Ang.

Sí, Junan la había despedido. Pero la responsabilidad de Hu Mudan para con la familia se remontaba a la época en que Junan no era más que una bola en la barriga de Chanyi. Seguía siendo la responsable y, como tal, testigo de lo que las hijas de Chanyi hiciesen en vida.

La vi llegar desde mi ventana en lo alto de la colina. Observé cómo subía las escaleras, moviéndose cansina pero resueltamente a través del calor. Al llegar a la entrada se detuvo y miró la casa, inescrutable el rostro bajo el ala del sombrero. Se invitó a entrar. Salí de mi habitación y corrí a la puerta. Estaba tan emocionada que casi atropello a mi madre y a mi hermana. Mi madre estaba más tiesa que un florero de porcelana. Todas y cada una de sus partes -el tronco, recto y alargado, las finas manos, la intensa sonrisa- estaban absolutamente bajo control.

– Bienvenida, Hu Mudan.

– He venido a ver cómo andabais.

– Por supuesto -dijo mi madre-. Gracias por venir.

Su magnánima sonrisa pretendía ocultar un tropel de emociones: irritación, confusión y, sólo tal vez, gratitud. Se daba aires de reina, aunque fuese una reina que echaba el resto para vivir en un pisito indescriptible: feo, diminuto, y, aunque se negase a reconocerlo, indigno de ella.

– Xiao Hong -dijo mi madre, poniéndome la mano en el hombro-, dile hola a Hu Mudan. ¿Te acuerdas de Hu Mudan?

Enmudecida por la repentina felicidad y vergüenza, no dije nada.

– Hola, Xiao Hong. ¡Cómo has crecido! Hu Ran está aquí, en Chongking. Seguro que le encantaría verte. -Hu Mudan me examinó-. Es igualita que tú -dijo, mirando a mi madre. El comentario era de lo más incorrecto, hasta yo me di cuenta. Todo el mundo decía que yo había salido a mi padre.

– Ésta es Hwa -acerté a decir.

– Hola, meimei.

Hwa frunció el ceño. Apartó la cara y se refugió entre las piernas de mi madre.

– Tú no puedes llamarme así -dijo.

– ¿Cómo debería llamarte?

– Tú no eres de mi familia y no tienes derecho a llamarme así.

Hu Mudan se rió.

– Ésta es más parecida a ti todavía -dijo.

Esa vez fue mi madre quien puso cara de pocos amigos.

– ¿Y dónde está tu meimei, Junan?

La pregunta cayó como una piedra. Mi madre se removió en la silla.

– Yinan ya no vive con nosotros.

– ¿Por qué no?

Mi madre suspiró y levantó una mano, larga, blanca, en un ademán indefinido.

– Pasó varios meses aquí, sola -dijo-, llevándole la casa al coronel. Dice que es por algo que hizo. Pobre Yinan. Es muy joven. Yo le dije que no se preocupase, que no importaba, pero ella insiste en tomárselo todo muy en serio.

Sonrió como si Hu Mudan fuese a entenderlo perfectamente.

Pero Hu Mudan no le devolvió la sonrisa.

– ¿Dónde está Yinan? -preguntó de nuevo.

– Dice que no quiere recibir visitas.

– Vergüenza debería darle -dijo Hu Mudan-. Todos estos años he estado pensando en ella. Está fatal eso de no querer ver a las viejas amistades. Es una verdadera vergüenza que viváis separadas. No es lo que habría querido tu madre.

– Ojalá te oyese Yinan. -Mi madre se inclinó hacia Hu Mudan como si fuese a hacerle una confidencia-. Se ha puesto como una loca, y por una tontería.

– Igual necesita que alguien escuche su versión de los hechos.

Mi madre volvió a sonreír.

– Gracias por venir -dijo-. Si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde estamos.

– Tal vez debería ir a verla.

– Gracias por pasarte a vernos.

El silencio se podía cortar con un cuchillo. Hu Mudan se agachó hacia mi hermana y le chasqueó la lengua; Hwa desvió la mirada. Mi madre se puso tensa, deseando con toda el alma que Hu Mudan se marchase. Yo quería que Hu Mudan resistiese. Necesitaba que se quedase y me ayudase a entender el desconcierto en que estábamos sumidas. Pero mi madre ya había tomado una decisión.

Hu Mudan echó a andar hacia el poniente. Iba tan tensa que no podía ni levantar la mano para protegerse los ojos.

No se relajó hasta llegar a las escaleras. Las bajó muy despacio; de repente, se sentía fatigada. La ciudad giraba alrededor de ella: bajo sus pies, la empinada escalera; más abajo, el Jialingjiang en sombras. Largos rayos rojos y anaranjados relumbraban en las tejas polvorientas y en las casas parcheadas y construidas sobre pilotes. Lo único que podía hacer Hu Mudan era concentrarse en sus propios pasos: decidida a cuidar de sí misma, miraba dónde pisaba. No reparó en las personas sentadas en las escaleras ni movió un dedo para sacudirse el mosquito que se le posó en el brazo.

Llevaría andado medio kilómetro en dirección al río cuando oyó que alguien corría tras ella. A nadie se le ocurriría llevar prisa con ese calor; y muchos tampoco se arriesgarían a sufrir un accidente bajando a la carrera esas escaleras atiborradas de gente. Hu Mudan se dio la vuelta. Allá en lo alto vio a Weiwei, asustada, con el rostro bañado en sudor.

– Hu Mudan… -Weiwei se esforzó en recobrar el fuelle-. Me ha mandado al mercado…

Hu Mudan se quedó a la espera.

– … y he pensado que igual bajabas por este camino.

Weiwei se quedó sin aliento. Tiró a Hu Mudan de la manga, sin pronunciar palabra, y a ésta la embargó la tristeza. Nunca le había tenido mucho aprecio pero ahora, asintiendo con la cabeza, clavó los ojos en el rostro envejecido de la mujer. Weiwei se arrimó a ella y le dijo:

– Sé dónde está. Vive con Rodale Taitai, una señora americana, en la vieja carretera de la Plaza del Pozo, cerca de la Puerta del Dragón Vigilante. Hazle una visita. Se sentiría mucho mejor si viese a alguien conocido.

La Puerta del Dragón Vigilante quedaba un poco más adelante, siguiendo el curso del río. Cuando Hu Mudan llegó a la plaza, preguntó por la americana, Rodale Taitai. Aunque nadie la conocía personalmente, todo el mundo sabía dónde vivía. Le explicaron que era una misionera que se había casado con un chino. Aunque nunca armaba escándalos, más allá de pasearse por la calle del brazo de su marido, era bien conocida en el vecindario, donde todavía se la llamaba «Rodale Taitai» por su nombre de soltera, Kate Rodale. Como no era china, no se mezclaba con las demás, y como se había casado con un chino, las esposas de sus compatriotas no terminaban de aceptarla del todo. Estaba apartada de todo el mundo, aunque empeñada en vivir entre ellos; una mujer grandota y sombría, algo envarada y siempre con aspecto asustado.

La verdad es que jamás habría podido integrarse en el ambiente. Tenía la piel blanca -pero blanca de verdad, no rubicunda, como aquellas caras británicas que Hu Mudan veía a veces en Hangzhou- y los ojos extraordinariamente grises, casi incoloros. A Hu Mudan no le entraba en la cabeza que un chino se hubiese casado con una mujer así. Tenía curiosidad por conocerlo y ver cómo era.

Rodale Taitai hablaba chino con parsimonia y claridad. Hu Mudan observaba cómo su boca fina y descolorida formaba las palabras en mandarín y escuchaba fascinada; era como ver hablar a una piedra. Por su forma y color se asemejaba a una piedra, y el idioma premioso y lógico en el que se expresaba bien podría ser el que hablasen las piedras. Le estaba diciendo que Yinan no estaba. Que había salido a hacer un recado, pero que podía esperarla dentro y charlar con ella cuando llegase.

Bajo el porte solemne de Rodale Taitai, Hu Mudan adivinó cierta garra. Debía de tener un temple aventurero para vivir tan lejos de su tierra. Además, se preocupaba por Yinan y parecía estar deseando hablar de ella.

– Lleva aquí menos de un mes. Le he preguntado mil cosas pero no le gusta hablar, y cuando habla, no siempre acierta a explicarse de forma que yo pueda entenderla.

Hu Mudan la miró de hito en hito y la instó a seguir hablando.

– Madame Hsiao me pidió que la acogiese. Yinan se negaba a quedarse a menos que la contratase como señorita de compañía, para que pudiese ganarse el sustento.

– Qué paciencia debe de tener usted.

– Ya sé a lo que se refiere. Le cuestan un poco las tareas del hogar. Pero es inteligente e interesante. Me viene bien estar acompañada. Últimamente mi esposo anda muy ocupado. Por mucha ayuda que yo quiera prestarle, por mucho que me niegue a convertirme en una de esas mujeres chinas que se queda sentada en casa -y ya sé que usted no es de ésas, salta a la vista-, es innegable que, en los tiempos que corren, el deber de una mujer es quitarse de en medio y no suponerle una carga al marido.

Hu Mudan hizo caso omiso de esas palabras. No le veía sentido a toda esa polémica interminable sobre las diferencias entre la concepción que occidentales y chinos daban al papel de la mujer. Todo ese asunto no era más que la cháchara ociosa de gente a quien le sobraba tiempo para pensar y le faltaba trabajo en que ocuparse. Demasiado ajetreada andaba ella intentando ganarse la vida como para tener que preocuparse de esos asuntos.

– ¿Qué es lo que ha pasado?

– Lo que sé me lo contó Madame Hsiao. Me explicó que Yinan es de muy buena familia y que ella no tiene la culpa de lo que les ha ocurrido. Parece ser que la hermana de Yinan -es su hermana mayor, ¿no?- es la mujer de Li Ang y la única familia que le queda a Yinan. Estaban muy unidas. Si le soy sincera, es un alivio que haya aparecido usted. Yinan necesita del consuelo de una amiga.

– Pero ¿qué ha pasado?

– No estoy segura del todo. Sólo sé que Yinan… tuvo un lío con el coronel. Ahora se está castigando; se ha expulsado a sí misma de la familia. Pero la hermana la ha perdonado. Así que se está castigando por otro motivo.

– ¿Y él, qué quiere? ¿Quedarse con las dos?

La americana la miró gravemente con sus ojos incoloros. Pero cuando habló, lo hizo en un tono apesadumbrado y comprensivo.

– Sí, es cierto. Sabemos que podría quedarse con las dos. Muchos de los militares tienen concubinas. Aducen que sus matrimonios fueron concertados, que realmente no estaban enamorados de sus primeras esposas. Es legal. Así lo decretaron los tribunales. Pero creo que en este caso no se trata de eso. Es algo entre ella y su hermana.

– Ella adora a su hermana.

– Y su hermana quiere que vuelva a casa.

Hu Mudan sacudió la cabeza. Las suposiciones de Junan, imposibles de puro simples, no solucionarían el problema tan fácilmente. Había algo gravísimo en todo aquello.

– Procuraré hablar con ella -dijo en voz alta.

Se oyó un ruido en las escaleras. Hu Mudan reconoció el eco de las pisadas. Titubeantes, con los mismos zapatos viejos y blandos de siempre. Familiares, aunque no exactamente iguales.

Se abrió la puerta y entró Yinan. Cuando vio a Hu Mudan, soltó un grito de alegría, pero torció el gesto al instante.

Hu Mudan llegó hasta ella y la estrechó en sus brazos. Yinan estaba temblando. Hu Mudan notó que su propio rostro se le crispaba en un mohín de llanto.

– Vamos, vamos -dijo, dándole palmaditas en el hombro-. No llores. ¿Por qué lloras? Se supone que el reencuentro de dos viejas amigas es algo bueno.

– ¿Has visto a mi jiejie?

– Sí.

– ¡Cómo me alegro de que te haya explicado cómo encontrarme! Está… enfadada conmigo por vivir aquí, pero ya sabía yo que si algún día aparecías, ¡querría que me vinieses a ver! Dime, ¿cómo está?

– Parece estar bien.

– ¿Me echa de menos?

– Creo que sí.

Yinan lloró más todavía.

– Bueno, eso no es malo -dijo secamente Hu Mudan, pero Yinan no le prestó atención. Se apoyó en Hu Mudan. Ésta cerró los ojos. El peso de Yinan le resultaba tan familiar como el de un hijo. Entonces recordó que Yinan ya no era una niña. Algo le había alterado el olor, modificado las moléculas de su sangre. Aquella cara estrecha de ojeras moradas y sienes ensombrecidas parecía haber conocido la pasión.

Rodale Taitai estaba cerca.

– No sabía que estuviese tan mal…

– Ya se le pasará -dijo Hu Mudan. Sentó a Yinan en la silla que había ocupado ella-. ¿Cuándo vas a ir a hablar con tu jiejie?

– Ya lo intenté una vez. Pero ella no lo entiende.

– Tendrás que volver a intentarlo.

Rodale Taitai intervino:

– ¿Tienes hambre? Come algo; siempre que comes te sientes mejor.

La observación sorprendió a Hu Mudan. Desde niña, cada vez que Yinan se exaltaba, perdía el apetito.

– Ay, no -dijo Yinan con voz quejumbrosa-. No puedo.

Miró a Hu Mudan.

– Yo ya he comido -mintió Hu Mudan.

Rodale Taitai sacó un plato de la alacena: restos de pollo a la mendiga. [8] Las hojas de loto plegadas despedían un suculento aroma.

– Ming está siempre recibiendo regalos a cambio de favores -explicó Rodale Taitai-. Trabaja para el coronel Jiang, y como tiene acceso a una persona tan importante, la gente no hace más que darnos cosas.

Hu Mudan asintió. Hasta ella había oído hablar de ese coronel; era el recadero de Madame Chiang Kai-chek. Yinan abrió las hojas de loto y el olor a pollo inundó la sala.

– ¿Su marido trabaja en la colina? -preguntó Hu Mudan para ganar tiempo mientras observaba a Yinan-. ¿Ve al Generalísimo?

– No mucho. Aunque una vez, en un apuro, le dejaron guarecerse en el refugio antiaéreo que hay detrás del despacho del Generalísimo, con la familia y unas cuantas secretarias, y llegó a mantener una conversación de lo más amena con Madame Chiang.

Hu Mudan miraba cómo comía Yinan. Sujetaba el muslo de pollo con ambas manos, separando la pata de la articulación con sus finos dedos, arrancando hasta la última brizna de carne y chupando los huesos. Comía a un ritmo constante, sin perder la concentración, y al masticar, se le ponía una expresión tranquila y distraída. Se le iba borrando la pena de la cara; de vez en cuando cerraba los ojos en un gesto de placer y se relamía la grasa de los labios. Cuando dio cuenta de la última migaja, se limpió las manos, las entrelazó en el regazo y prestó atención a la conversación con una mirada íntima y alerta que Hu Mudan recordaba de otra época. Rodale Taitai le había preguntado a Hu Mudan dónde había nacido y cómo había ido a parar a Chongking. Hu Mudan apenas si logró responderle. Se había quedado pasmada -y preocupada- ante lo que acababa de ver. La chica estaba embarazada.

Hasta en sus días más negros y desolados, la capital de la China en guerra era una ciudad de reencuentros. Desde sus valles sepultados en la niebla hasta los faroles encendidos en lo alto de las colinas para advertir de un ataque inminente, desde las ribereñas chozas de adobe hasta las mansiones de los cerros, por toda la ciudad tenían lugar reencuentros entre gente que se había separado. Dueños de fábricas y molinos desmantelados y transportados pieza a pieza desde las ciudades ocupadas, volvían a montar su maquinaria y reabrían sus puertas a los obreros que los habían seguido. Antiguos vecinos se encontraban en nuevos restaurantes bautizados con el nombre de las provincias de procedencia. Compañeros de colegio, hermanos, amigos y amantes, todos ellos separados por el enemigo, se buscaban unos a otros en este último gran baluarte situado al oeste.

Y así nos reunimos nosotras con mi padre. Aún recuerdo la primera vez que lo vi después de dos años. Sentada al lado de Hwa, me eché hacia delante en aquel palanquín tambaleante y lo divisé en la colina. Allí estaba esperándonos, con su uniforme, iluminado por el resplandor y la niebla. Parecía puro chi, listo para elevarse por el aire, y en ese momento lo creí capaz, con su energía y su arrojo, de mantenernos a salvo -a nuestra familia y al país entero- de la confusión que nos abrumaba. Yo estaba desbordante de gratitud por su fuerza y ligereza. Después de haber depositado en él tantas esperanzas, sabía que no podía fallarme. ¿Cómo podría no amarme, amándolo yo a él tanto como lo amaba?

Pero por dondequiera que pasásemos, veíamos los avisos colocados por quienes no habían tenido tanta suerte.

Perdido el 14 de septiembre cerca de la vieja carretera del elefante: Huang Dai, niño, 7 años, 1,20 m de altura, dos lunares grandes en el tobillo izquierdo. Se recompensará.

Busco a mi madre, Hwa Neibu, de la provincia de Jlangsu, perdida en el segundo ataque a Changsha. se recompensará.

Memei, Memei, ¿dónde estás? Te espero en la puerta del embarque de viajes larga distancia.

Chongking también era un lugar de caos y separación. Desde mi ventana avistaba, allá abajo, las escaleras atestadas de los que habían sobrevivido a la separación de la guerra: hombres y mujeres agobiados bajo el peso de fardos andrajosos con todas sus posesiones dentro; mugrientos niños famélicos, y chuchos callejeros. La tumefacta ciudad se hallaba dividida en facciones. Las oleadas de refugiados desbordaban las murallas, pero los antiguos residentes ahí seguían, y recibían con desprecio a los forasteros. Al principio mi madre pensaba que las placas de las calles resultaban ininteligibles en el dialecto local. Luego se enteró de que los nativos se referían a las calles por su antiguo nombre, convirtiendo así la geografía de la ciudad en un palimpsesto intransitable.

Al poco de instalarnos, una grieta en zigzag rajó el recién enjalbegado muro de adobe de la cocina. Una olla de barro se cayó al suelo. Weiwei ponía parches y pasaba la escoba, pero no había forma de reparar las roturas. La pérdida era enorme. Hu Mudan y Hu Ran estaban en algún lugar de la ciudad, pero mi madre ni los mencionaba. Además, entre mi madre y mi padre pasaba algo raro. Volvían a estar juntos pero yo echaba en falta la palpable alegría que solía irradiar mi madre en sus reencuentros de antaño. Tampoco es que hubiesen sido muy habladores, pero ahora conversaban con frases inconexas, parándose cada dos por tres, esperando la intervención de una tercera persona.

– Echo de menos a Ayi -dije una noche durante la cena.

– Yo también -dijo mi madre-. Pero últimamente no se encuentra bien, y necesita estar tranquila una temporada.

– Nos leía cuentos -le dije a Hwa-. ¿Te acuerdas de Ayi?

– No.

– ¡Hwa! -exclamó disgustada mi madre, pero le puso otro trozo de pollo en el plato. Luego miró a mi padre-. Pobre Yinan -dijo.

Mi padre no respondió. Pero una noche, a esa misma hora, mientras mi madre acostaba a Hwa, me llamó con un gesto y sacó de su bolsa un paquete de papel marrón.

– He encontrado esto para ti, Hong -dijo.

Era una antología de cuentos de Grimm en inglés, impresa en grueso papel satinado y con ilustraciones a todo color.

– Pronto aprenderás inglés -dijo-. Te estás haciendo mayor.

Estábamos los dos solos. Lo miré a los ojos con detenimiento, tratando de encontrar al padre que yo recordaba en esa expresión que, tan misteriosamente, se le había transformado y dulcificado en los dos últimos años. Vi que me sostenía la mirada con tristeza y supe que todavía me quería.

– Gracias, papá -le dije.

Me toco la coronilla.

– Ahora vete a la cama.

Más tarde mi madre me advertiría que no leyese muchos cuentos de hadas. Decía que eran como el opio y que podrían hacer de mí una mujer inútil. Quise enseñarle el libro a Hwa, pero, sintiendo que la habían hecho de menos, estaba furiosa y no quería ni mirarlo. Yo apenas sabía unas pocas palabras en inglés pero me pasaba horas estudiando los cuentos y mirando las ilustraciones. Escondía el libro bajo la almohada y, a finales de la primavera, cuando empezaron los bombardeos, era lo único que me llevaba al refugio.

Sólo llevábamos juntos unos meses cuando, de repente, mi padre se marchó de Chongking. Mi madre nos dijo que lo habían destinado al sur. Esa explicación fue bastante para Hwa, que sólo lo había conocido durante esos breves meses. Pero mis recuerdos iban más allá. Yo había esperado el regreso de su optimismo burlón y el achuchón de sus fuertes brazos. Había esperado, como mi madre, estar con él una vez más. Él era la razón de que hubiésemos viajado hasta Chongking. Su nueva partida me dolió. Sumida en mi propia decepción, no me paré a pensar lo mucho que debió de dolerle a mi madre.

Ella jamás nos abandonaría. Nos mantuvo a salvo hasta de los bombardeos japoneses. Los días nublados, cuando la visibilidad era escasa, pasábamos el rato igual que en Hangzhou. Cantábamos canciones, aprendíamos poesías y jugábamos. Los días despejados, estábamos expuestas al enemigo. Observábamos las señales de los faros, nos manteníamos a la escucha de las sirenas, y cuando los faros se ponían rojos, salíamos corriendo a los refugios antiaéreos. Allí comíamos las provisiones que mi madre había acaparado: huevos salados, panecillos duros y frutos secos. Nos turnábamos para hacer nuestras necesidades en un orinal comunitario. Mi madre se esforzaba en mantenernos limpias, pasándonos un trapo mojado con agua, ahora tan apreciada.

Nos enseñó a cerrar los ojos, como si la oscuridad fuese elección nuestra, y con el tiempo nos acostumbramos a ella. Entonces llegaron las bombas, dioses enormes que obraban una poderosa destrucción. Eran crueles y descomunales, pero si nos quedábamos completamente quietas, escondidas al lado de nuestra madre, no nos hacían daño. Hwa y yo aprendimos a escuchar el sonido de su pulso. Nos familiarizamos con el latido y el coraje de su cuerpo, recobrando el conocimiento que poseyéramos mucho tiempo antes, durante los meses que pasamos inmersas en su palpitante oscuridad. Nos aferrábamos a ella, Hwa dormida y yo despierta. Yo la sentía ágil y alerta bajo muchas capas de ropa, unas finas, otras gruesas, que amortiguaban y suavizaban las sartas de perlas y abalorios que llevaba alrededor del cuello. Cuando me acurrucaba junto a ella, aquellas espirales duras y macizas se me clavaban en la cara, pero yo no decía nada. Sabía que no debía mencionarlas jamás. En ellas confiaba mi madre para hacer frente a un desastre mayor que los que ya habíamos padecido.

Una tarde de mediados de verano, Hwa y yo andábamos remendando los zapatos de mi hermana. Antes de eso, mi madre había contratado a una chica de pueblo para que la ayudase con las suelas, que consistían en varias capas de tela unidas con engrudo. Una vez endurecidas las capas, se perforaban con una lezna y se cosían con hilo de lino grueso. Todo iba bien con la chica hasta que un buen día mi madre, al volver de un recado, se la encontró comiéndose el engrudo. Fue tal el asco y la lástima que le dio, que se le hizo imposible soportar su presencia. La mandó a casa con unos cuantos boniatos y decidió que nosotras mismas nos ocuparíamos del trabajo.

– Ya va siendo hora de que aprendáis a coser -me dijo-. Tenéis que practicar las labores del hogar. No sabéis la suerte que tenéis; vuestra abuela tuvo que aprender a caminar con cascabeles cosidos en el dobladillo del vestido. Y si le tintineaban al andar, la castigaban.

En mis zapatos me bordé el ideograma de «victoria» con hilo de algodón basto. Ya estaban listos, y me los puse ese mismo día. Pero mi madre insistió en que le bordase a Hwa unos crisantemos de otoño en los suyos, una flor muy complicada que exigía cientos de puntaditas. Llevaba una hora bordando cuando llamaron a la puerta. La forma de llamar, delicada y cortés, me resultó familiar.

Hwa y yo corrimos hacia la puerta. La abrí de golpe y reculé sorprendida. Tenía delante a mi tía Yinan, que llevaba un vestido suelto. A su lado estaba Hu Mudan, con una cesta cargada de paquetes de papel. Detrás de ella había un chiquillo alto con una espesa pelambrera rebelde.

Hu Ran fue el primero en hablar.

– Hola, señorita.

– ¡Ayi! -grité.

Yinan sonrió como en los viejos tiempos, con una de esas sonrisas que siempre me daban la impresión de ir dedicadas exclusivamente a mí. Por un momento pareció a punto de estrecharme entre sus brazos. Entonces la sonrisa desapareció de sus labios y desvió la mirada a mi espalda. Acababa de entrar mi madre.

– Li Taitai -dijo Hu Mudan mirando por encima de mi hombro. Tendió el paquete: chiles fragantes y una caja de tortas de ajonjolí.

En ese fugaz instante temí que mi madre las echase. No habíamos vuelto a ver a Hu Mudan desde el día en que mi madre la presionó para que se marchara. Pero mi madre hizo un gesto triunfal y me di cuenta de que se alegraba de que su hermana hubiese ido a visitarla. A Yinan se le saltaban las lágrimas. Hu Mudan le entregó los paquetes a mi madre.

– Voy a ponerlos en la cocina -dijo mi madre. Les hizo una seña y las dos mujeres fueron detrás de ella. Hwa entró en el cuarto de baño y Weiwei la siguió.

Miré de soslayo a Hu Ran. Era ya un adolescente y se le habían perfilado las facciones de adulto: pómulos prominentes, nariz curva y un par de ojos alargados, de aspecto mogol, que le conferían una expresión alerta. Echó un vistazo alrededor de la habitación, fijándose en la radio, en las labores de costura desperdigadas, en los muebles y cortinas que mi madre se había traído de Hangzhou. Entonces posó su mirada curiosa y chispeante en mi rostro. Nos clavamos los ojos. Miró hacia la puerta y, sin pensármelo, fui tras él.

Hu Ran bajaba con soltura las escaleras de la ciudad. Yo le seguía más despacio, cuidando de no mancharme de polvo los zapatos nuevos, con la vista fija en los codos cuadrados y morenos que le salían de las mangas de la camisa. El bajo de los pantalones se le subía hasta la mitad de las robustas pantorrillas. Me explicó que no tenía ropa nueva porque su madre le estaba pagando el colegio. Era mucho más alto que los demás niños, pero no le importaba. Quería aprender a leer. Todos los días, al salir de clase, alquilaba una bicicleta para sacarse un dinero haciendo recados. Los dos peniques de la bici llegaban a rendirle hasta siete peniques de beneficio. Con eso se compraba su propia tinta y material escolar, y estaba ahorrando para comprarse su propia bici.

Sus modales eran de lo más naturales y amistosos, pero mientras me hablaba de esas cosas -de su colegio, de sus peniques, de la bicicleta- yo me retraje. Me sentía excluida de su nueva vida. Y estaba claro que sabía más de Yinan que yo. ¿Cómo podía él tener derecho a saber cosas de mi tía cuando a mí, que era su favorita, me habían dejado de lado?

Luego estaba el tema de los cambios físicos. Antes Hu Ran olía simplemente a salado, como todos los chicos, pero ahora desprendía un olor tan desconcertante que tuve que desviar la mirada. Ahí estaba de nuevo -el misterio de aquella tarde detrás del sauce-, sólo que esta vez yo ya era lo bastante mayorcita como para saber que no había lugar decente al que dirigir mi curiosidad.

– Has cambiado -le solté.

Hu Ran asintió con la cabeza.

– Son las raciones extra de los americanos. Crecí quince centímetros en un solo año. -Miró hacia el río-. Todos te echamos de menos. Sobre todo tu ayi.

– Parece diferente.

Quise decir más pero algo me cerró la garganta.

Hu Ran se quedó mirando un junco vacío que parecía navegar por encima del agua.

– Se encuentra bien -dijo él-. Tiene un trabajo. Y por las noches sigue escribiendo poesías.

Los ojos me escocían de las lágrimas.

– ¿Qué más cosas sabes? -le pregunté.

– ¿Qué es lo que no te han contado?

– No sé nada.

– Va a tener un hijo.

Me quedé parada y lo miré fijamente.

– ¿Cómo es posible?

– ¡No te lo puedo decir! -exclamó Hu Ran, ruborizado.

– Volvamos a casa -dije yo, presa de un pánico que no era capaz de expresar.

Subimos las escaleras en silencio. Hu Ran llegó a casa unos cuantos pasos por delante de mí y se detuvo en el umbral. Pegó la oreja y entonces me indicó por señas que me alejase. Pero yo ya no aguantaba que me siguiesen protegiendo ni un minuto más. Atravesé el barro y llegué hasta la ventana abierta.

Yinan y mi madre estaban sentadas una enfrente de la otra. Mi madre había sacado la tetera buena y sonreía gentilmente a mi tía como si fuese una invitada de honor. Al observarlas, sin embargo, me dio la impresión de que estaban enzarzadas en un curioso combate. Mi madre se parapetaba tras un muro de simpatía y desenvoltura. Yinan, sentada enfrente, agarraba con fuerza los brazos de la silla y, frunciendo el entrecejo en un gesto entre afligido y resuelto, se inclinaba hacia mi madre. Hu Mudan se mantenía al margen, con los ojos apretados, como si tuviese jaqueca, escuchando y meciéndose en la silla.

– No puedo quedarme -se disculpó Yinan-. Rodale Taitai me necesita. Pero debo hablar contigo y contarte lo que pasó. Cuando me haya confesado, tendrás que decidir si todavía puedes perdonarme.

– Pues claro que te perdono. Son cosas que pasan a diario, meimei.

– No, no son cosas que pasan a diario.

– Que sí, mujer, no te preocupes. Igual te crees que estoy enfadada, pero no has de preocuparte. ¿Qué te crees, que no he visto u oído algo así antes? No podías evitar que ocurriese; fue cosa de la cercanía.

– No.

– Es normal que te sientas confundida; ya se te pasará -dijo mi madre-. Es como un catarro fuerte.

– Por favor, jiejie.

– Puedes quedarte aquí hasta que des a luz. Luego te buscaremos un buen hombre. En los tiempos tan descabalados que corren, nadie te reprochará nada. Puedes olvidar este incidente, hacer borrón y cuenta nueva.

– No puedo vivir aquí.

Mi madre encogió sus gráciles hombros.

– Ya te lo he repetido cien veces: que estás perdonada.

– Déjame que te cuente lo que pasó, por favor.

– Me lo imagino.

– No es lo que tú te piensas. Las cosas… cambiaron mientras estaba allí.

– No, meimei. Eres demasiado cándida para entenderlo -dijo mi madre, echando la cabeza hacia atrás, más hermosa que nunca, y escudriñando a mi tía a través de las pestañas-. ¿Te preocupa que él esté en casa? Pero si no está ni en el país…

– No -dijo Yinan entre sollozos-. No estoy pensando en él. Ése fue mi destino y ahora mi vida está destrozada. Pero eso no me importa, no como tú piensas. Eres tú quien me importa, jiejie. Por favor, escucha qué es lo que te pido que me perdones. Cuando me pediste que lo mantuviese ocupado yo no te entendí. Pero cuando llegué a su casa y lo vi, entonces sí que lo supe. Supe qué era lo que esperabas. Y las cosas cambiaron. Él cambió. Yo cambié.

– Ya te he dicho que eso ahora no importa.

– Me convertí en una persona.

– Qué tontería.

– Ya no soy más tu meimei.

– Eso es ridículo. Somos familia -dijo mi madre.

– Y Li Ang es tu marido -replicó Yinan con voz apenas audible.

Cuando mi madre oyó ese nombre, se le demudó el semblante en una extraña expresión. No dijo nada, pero alzó la cabeza ligeramente, como si estuviese pendiente de escuchar la manifestación de una fuerza que siempre hubiese temido pero se negase a nombrar.

Sus miradas se cruzaron. También Yinan estaba esperando. Respiró hondo.

– Jiejie -dijo-, ¿por qué crees que decidió marcharse de Chongking e ir a Birmania?

El rostro de mi madre se cerró como la superficie de un lago. Permaneció uno, dos segundos con los ojos cerrados. Cuando habló, la voz le salió atonal, áspera.

– Recibió órdenes. Del general.

Yinan, extenuada, se dejó caer sobre el respaldo.

Por un momento no hubo la menor evidencia de la herida: ni sorpresa ni arrugas de angustia, sino un semblante completamente terso y hermético. Era como si a mi madre se le hubiese congelado la cara. Habló en un tono desabrido.

– No necesito que me digas cuáles fueron sus motivos -dijo-. Ve a «convertirte en persona» con otro hombre. Yo te consigo otro soldado, si eso es lo que te gusta.

– No, jiejie. Adiós, jiejie.

Casi no escuché lo que se dijeron. Yinan se levantó con ciega dignidad y fue hacia la puerta. Oí cómo se cerraba y el eco de sus pasos, lentos y aturdidos, por el sendero. Entonces me acordé de mis zapatos: demasiado tarde. Los barrizales bajo las frondas me los habían echado a perder.

Dentro de casa, Hu Mudan recogía su cesta.

– Vete de aquí -dijo mi madre-. Deja de entrometerte en mis asuntos, y llévate a ese mocoso.

Hu Mudan obedeció. Cuando llegó a la puerta, se volvió tranquilamente hacia mi madre.

– Te conozco desde que llevabas calzones abiertos -dijo. Su voz seca quebró el exhausto aire de la sala-. Tienes miedo de que el bebé sea un niño.

Y ya no hubo más visitas ni más menciones a mi tía. Nuestra única compañía era la de las mujeres del mahjong. Hwa observaba las partidas. Mi madre me mandó fabricarme un par de zapatos de repuesto y me puse manos a la obra, sentada en el dormitorio, acompañada por el repiqueteo incesante de las fichas. A mis siete años, trataba de repasar mentalmente los fragmentos de conversación que había oído. Me pediste que lo mantuviese ocupado. Clic. Es como tener un catarro fuerte. Clic-clic. Me convertí en una persona. Clic. Recibió órdenes. Del general. Ahora mi madre tenía miedo de Yinan. ¿Cómo era posible?

Una noche de finales de verano me desperté en el refugio antiaéreo. Lo primero que sentí fue una breve desorientación, al recobrar la conciencia a oscuras. Después busqué a mi madre y hermana. Hwa dormía a mi lado, pero mi madre estaba despierta. De pie, a escasos metros, hablaba con una mujer extraña. Estiré el brazo para tocarle el tobillo. En la oscuridad, sentí lo tensos que tenía los músculos; era toda atención.

– Espera -dijo-, tengo que hablar con la niña. -Se agachó y me rodeó con sus largos brazos-. Estate quieta -me dijo- y presta atención: tienes que quedarte aquí y ser buena.

– ¿No puedo ir contigo?

– No.

– ¿Y qué pasa con meimei?

– Hwa está durmiendo. Tienes que quedarte aquí, ser buena y esperar a que yo vuelva. Le he pedido a Pu Taitai que os vigile. Pórtate bien y quédate con Pu Taitai.

– ¿Adónde vas?

– Aquí cerca. -Me puso la mano en el hombro-. Quédate aquí con Hwa.

Se dio la vuelta y le dijo a Pu Taitai que se iba.

– Hao -dijo Pu Taitai.

Mientras se alejaban, oí preguntar a mi madre:

– ¿Dónde está?

– Más adelante, por el túnel de la izquierda.

Y desaparecieron. Hwa seguía durmiendo a mi lado. Le toqué el hombro.

– Hwa -susurré-. Despierta, Hwa. Despierta.

Pero se limitó a bostezar, se dio la vuelta y volvió a zambullirse en el sueño.

– Déjala tranquila -dijo Pu Taitai, tirando de mí hacia su regazo. Sentí que me asfixiaba el olor de su perfume de sándalo-. Ven a sentarte un rato conmigo -dijo-. No te preocupes, que Dios nos protegerá.

– Hola, Wong -musitó Pu Li-. No tengas miedo.

Había llovido mucho desde la época en que mi tía y yo nos burlábamos de él por no saber ni dónde tenía la cabeza.

Pu Taitai me rodeó la cintura con ambos brazos.

– No debo quitarte el ojo de encima -me dijo-. Tu madre es muy amiga mía, ya lo sabes.

A veces me quedaba viendo a Pu Taitai y a las demás mujeres jugar al mahjong con mi madre. Pu Taitai andaba siempre preocupada por su marido, y las demás siempre hacían por consolarla. Mi madre era diferente a todas, más guapa, con su cara serena y ovalada y su cuello blanco. Y también más fuerte. No le iba con penas a nadie. Yo sabía que Pu Taitai pensaba que mi madre era su amiga porque le prestaba dinero para apostar. Pero no creo que mi madre, por su parte, pensase otro tanto.

Pu Taitai siguió hablando.

– Algunas mujeres de nuestro grupo están convencidas de que tu madre, en una vida anterior, fue hombre -dijo-. Juega como un hombre. Yo la admiro mucho, hasta cuando me gana. Antes de irse al sur, mi marido solía decirme: «¿Cómo, que ya tengo que darte más dinero? ¿Has vuelto a jugar con Li Taitai?». Pero yo se lo explicaba: «Es que es más lista que todas nosotras».

Hizo una pausa y aguzó el oído con nerviosismo.

– Tu padre estaba a cargo del abastecimiento -prosiguió- y tu madre podría haber tenido lo que se le antojase, pero yo vi lo que comíais y era tan simple como lo que comíamos nosotros.

No dije nada. Pu Taitai no sospechaba la verdad. Mi madre era demasiado lista como para llamar la atención viviendo a lo grande. El estraperlo -de cigarrillos, de medias, de penicilina- floreció durante la guerra, y a mi padre, de cuando en cuando, le caía en las manos alguno de esos productos. Mi madre, mediante una ingeniosa alquimia, se había encargado de transmutarlos en oro.

Acababa de callarse Pu Taitai cuando oímos el rumor inconfundible de un avión.

– Dios nos protegerá -susurró. Pero me di cuenta de lo asustada que estaba. Traté de zafarme de sus brazos.

– No tengas miedo -añadió Pu Li. Aun en el refugio antiaéreo, seguía siendo un niño reposado e imperturbable. En el recreo hablaba con la misma parsimonia que en clase y ahora, bajo tierra, lo hacía exactamente igual que en el recreo.

Se oía un runrún sordo, cada vez más cerca.

Pu Li susurró:

– No te preocupes, Hong, que estoy aquí.

Pu Li me caía bien pero no me apetecía que me tranquilizase. Intenté separarme de él, pero no veía adónde ir.

– Yo te protegeré, Hong.

Me encogí de hombros.

– Es lo propio. Un día seremos marido y mujer.

– De eso nada.

Había conseguido captar mi atención.

– Que sí, Hong. Que tu madre le ha dicho a la mía que sí.

¿Sería posible? Algo en su voz me dijo que no estaba mintiendo. A nuestro lado, Hwa roncaba ligeramente. Me solté de un tirón de Pu Li y salí como una flecha en la dirección que había tomado mi madre.

– ¡Hong! -oí gritar a Pu Taitai-. ¿Adónde vas? ¡Vuelve con nosotros!

Los demás le chistaron para que se callase. Me abrí paso en la oscuridad, tropezando con personas y con sus pertenencias. Nadie me detuvo ni reparó siquiera en mí. Giré a la izquierda como había hecho mi madre; sentía, olía su presencia, un poco más adelante. Allí estaba. Su mano blanca y alargada resplandecía bajo la luz mortecina de un farol con pantalla. Me acuclillé, esforzándome por atisbar entre un espeso bosque de piernas.

Se oyó un sonido sobrenatural procedente de aquel escondrijo. ¿Eran sirenas? Me puse en guardia, medio esperando que llegase mi madre y me lo explicase. Entonces volvió a oírse el sonido, como un lamento en la oscuridad. Tardé un cierto tiempo en percatarme de que estaba oyendo a un ser humano, una voz de mujer que se elevaba hasta estallar en un aullido ininteligible de dolor. Las palabras así vociferadas reverberaban, borrosas y retorcidas, en los muros.

Entonces la voz empezó a hablar. Era una voz trémula, de otro mundo, pero al mismo tiempo me resultaba familiar. No identifiqué al hablante.

– Tengo miedo -dijo la voz.

– Chsss -oí que decía una vieja-. Enseguida terminamos.

Luego dijo algo en el dialecto local. La vi estirar la mano y coger un brazo, subirle la manga y sujetarle la muñeca con el pulgar y el índice. Una muñeca esbelta, como el estambre de un flor.

– Tiene el pulso acelerado, y muy fuerte.

– ¿Y eso qué significa, Cho Puopuo? ¿Puedes controlárselo?

– Tenemos que sacarle la sangre que le sobra. Necesitamos sanguijuelas.

– Imposible.

– Entonces agua caliente.

– No podemos arriesgarnos a hacer humo.

La tal Cho Puopuo, que estaba en cuclillas, era una mujer diminuta con un protuberante labio inferior.

– Traed la vajilla -dijo-. Hay que sajar el cordón con porcelana recién rota para que el corte sea limpio. -Volvió a tomarle el pulso-. Cortad un trozo de tela en tiras.

Me metí detrás de una maleta, donde nadie podía verme. Debí de quedarme un rato dormida porque cuando volví a mirar, el corrillo de mujeres se había desplazado, despejándome la perspectiva de la escena. Mi madre y otra mujer estaban de pie junto al paciente. Entre sus piernas alcancé a ver un semblante humano, un rostro de mujer transido de dolor, con los ojos desorbitados, en blanco.

– Jiejie, por favor, lo siento.

Era mi tía. Yinan, la dulce Yinan. Ahí estaba, presa del dolor, tal vez agonizando. Quería ayudarla pero me quedé quieta, por el miedo. Y la cara de mi madre seguía tan blanca y delicada como el polvo.

– Por favor, ¿me perdonas?

– Empuja -dijo Cho Puopuo.

– Por favor -dijo Yinan, casi murmurando-. Si lo has perdonado a él, ¿no podrías perdonarme a mí también?

En las profundidades del silencio, la voz de mi madre resonó fría como el hierro.

– Tú eres mi hermana -dijo-. Él sólo es un hombre.

– Empuja.

Le sobrevino una tiritona espantosa y prolongada, y de nuevo comenzaron los gritos. Esta vez, sin embargo, logré distinguir las palabras. «¡Jiejie! ¡Jiejie! ¡Jiejie! ¡Jiejie…!» Era el sonido de alguien que había perdido toda esperanza. Chistaron desde todos los rincones: la oscuridad bullía de siseos. «¡Que se calle! ¡Haced que se calle!» Entonces, un estallido enorme ahogó todo sonido. Fue como si estuviésemos metidos en un tambor gigantesco.

Teníamos al enemigo encima.

– ¡Ayi! -grité-. ¡Ayi!

Pero Yinan no me oía.

Desde entonces he aprendido a detectar cierta expresión en la cara de la gente: el gesto típico de las personas que viven temerosas de una experiencia concreta, de un lago tenebroso que se les abre en la memoria y las engulle. Hay momentos del pasado que no podemos olvidar por más que ansiemos extraviarlos en el sueño, el amor o la sabiduría. Así, pasados todos estos años, cuando la memoria me engulle y me devuelve a aquella época, no consigo recordar el final de los bombardeos. No pienso en la subida a la superficie, tras pasar varios días bajo tierra, ni en la salida a la luz grisácea y aplastante. En cambio, lo único que veo es oscuridad, nada más que oscuridad y el temblor de los muros. Y recuerdo, en lo más hondo, en el mismísimo corazón de aquella fuerza detonante, la determinación de mi madre. Nada de alivios ni consuelos; nada de claudicar ni de perdonar.

Durante una pausa, alguien dijo:

– Es niño.

Shanghai 1946-49

Mi madre creía que el temperamento violento de Hwa le venía de Chun, su ama de cría. Según contaba, se había precipitado al escogerla. Había tenido que buscar una nodriza en mitad del caos en el que se había convertido Hangzhou durante la ocupación, pues no era cuestión de criar al bebé con gachas de arroz, y las mujeres de clase alta no daban el pecho a sus hijos. Pese a la prisa que le corría, había escogido con esmero -consciente de que los niños, cuando crecen, salen a las mujeres que los amamantan-, pero por querer seleccionar en función de la inteligencia, pasó por alto los feroces ojos de la chica. Al principio, Chun, que era de un pueblo perdido de Hunan, parecía una mosquita muerta. Pero con el tiempo, sin el ardor de las especias, comenzó a languidecer y a quejarse, y mi madre, distraída, la dejó prepararse su propia comida, permitiendo así que la pequeña Hwa mamase su leche salvaje. Cuando el carácter de Chun se hizo patente, Hwa ya crecía sana y saludable alimentándose con esa leche tan fuerte, y no había forma de que aceptase otra. Se convirtió en una niña despierta y perfectamente obediente siempre que no se enfadase, porque entonces se ponía a llorar y a berrear hasta que nos plegábamos a sus caprichos. Los berrinches de Hwa ponían a prueba incluso a mi madre, que se lamentaba de haber desatendido la armonía del hogar por culpa del tumulto de la guerra. Era uno de los contados errores que admitía.

Pero Hu Mudan había visto la verdad. No hacía falta irse tan lejos para dar con la causa de la ferocidad de Hwa: su genio era una réplica del de mi madre. Al igual que ella, Hwa esgrimía su cólera para proteger un corazón sensible. De niña no soportaba que se mofasen o la dejasen de lado. Era como si intuyese que no había sido deseada. No sé cómo lo sabía, porque mi madre jamás mencionó que habría querido que Hwa fuese niño. Se había tragado su deseo y la había aceptado desde el momento en que nació, reivindicando a su nueva hija con su visceral sentido de la lealtad.

De modo que esa actitud defensiva Hwa la llevaba en la sangre, así como el ansia de respuestas, la pose distante y su indecisión a la hora de confiar en los demás. Con el tiempo aprendió a desenvolverse. No perdía el control ni le abría el corazón a nadie. A mi padre apenas si lo conocía, pero tenía una fe absoluta en el amor de nuestra madre. Años después, ya afincadas en los Estados Unidos, bien lejos del tumulto de nuestra niñez, Hwa seguía teniendo devoción por ella y siempre le proponía que se fuese a vivir con ella a California. Creía a pies juntillas en lo que mi madre quiso contarle. Y se mostraba incondicionalmente a favor de la actitud que adoptaba nuestra madre con respecto a nuestro pasado. Hwa no se molestaba en ponderar la historia de la familia ni secundaba mis esfuerzos a ese respecto.

– Tú te crees -me dijo una vez por teléfono- que por rumiar lo bastante todo este asunto, al final le hallarás un sentido. Pero es que aunque así fuese, ¿qué más daría? Al fin y al cabo, todo te ha ido bien. Tu vida no es peor que la de cualquiera.

– Eso es verdad -dije-. Y puesto que es verdad, ¿qué hay de malo en que vuelva a China de visita?

– Pues que sería como tratar de rescatar el pasado -me contestó-. Y eso es imposible.

– Pero llega un momento en que debemos reflexionar sobre nuestras vidas. Tenemos que pensar en aquellos a quienes hemos querido, y en cómo nos ha cambiado ese amor.

– Hablas con Hu Mudan más de la cuenta.

– Pienso en quiénes eran esos seres queridos y en cómo eso influyó en las decisiones que tomaron. Pienso en la época que les tocó vivir… a ellos y a nosotras. La idea comunista de derrocar el poder. Mamá siempre fue la mayor y ejercía el poder. Por eso no veía a Yinan con claridad, no pudo predecir lo que hacía o sentía.

– O igual es que Yinan no quería mostrarse -dijo Hwa-. Igual tenía sus propios planes, desde un principio. Me dijiste que había estado prometida y que al final eso quedó en nada. Se estaba haciendo vieja. ¿Qué otra opción le quedaba?

Meneé la cabeza.

– No era de esa clase de personas.

– ¿Y tú qué sabes?

– Conocí a Yinan. La recuerdo. De todas maneras, la cuestión es que estaban sorprendidos.

– ¿Y eso qué tiene que ver?

– Estaban sorprendidos de sus propias emociones. Los tres, pero sobre todo mamá. Ya sabes la rabia que le da eso. De no haberse llevado semejante sorpresa, ¿cómo te crees que podrían haber acabado como acabaron?

Se hizo un silencio.

– Lo que de verdad quieres decir -dijo finalmente Hwa- es que tú no habrías acabado como acabaste.

Mi madre me advirtió una vez que no me enorgulleciese demasiado de lo mucho que era capaz de ver. No creo que fuese orgullo sino genuina curiosidad lo que me impulsaba a esforzarme por percibir cosas. Curiosidad mezclada con la necesidad de descubrir lo que fluía bajo la calma de nuestro hogar, una corriente de dolor oculta que nadie mencionaba. La había visto en mi abuelo, con aquella mata de pelo cano y aquel mirar sesgado, como si el resol le hiriese los ojos. La había visto en mi solitaria tía. Ahora, en los días posteriores al nacimiento de Yao, la veía en mi madre. Era como vivir con otra presencia. Una presencia que no era humana, pero que tampoco era un fantasma. Mi madre se esforzaba en ocultarla, pero no desaparecía. Nada la derrotaba: ni la devoción de Hwa ni las notas tan buenas que yo sacaba en el colegio; ni siquiera el alijo de oro y joyas -cada día más nutrido- de mi madre.

Había planeado utilizar a Yinan para mantener ocupado a su marido. Pero ocurrió algo que no entraba dentro de sus planes. ¿Cómo iba a imaginarse algo así? Ella, que se había negado a ver la fuerza de su propia pasión; ella, que llevaba tantos años amándolo sin jamás mencionárselo ni saber nada de los deseos de él. Mi madre, movida por el afán de saber exactamente cómo había escapado aquel plan a su control, debió de repasar todos y cada uno de los telegramas y de reconstruir todos y cada uno de los acontecimientos. Aun así, el misterio fundamental de aquellos meses en Chongking nunca llegó a desvelarse. Había un elemento huidizo y pertinaz que no podía haber previsto. Era algo embarullado, algo que le rompía los esquemas. Se le había acercado sigilosamente, como una de esas raíces ocultas que pueden destruir los cimientos de una casa. Ahora, poco a poco, fue dándose cuenta de lo que había tratado de decirle Yinan y que ella se había negado a ver. Había perdido a Li Ang. Yinan ya no era la hermana que conocía. Yinan la había traicionado.

Lo que de verdad la había traicionado, más que ninguna otra cosa, más aún que el hijo que tuvieron, era el amor que sentían el uno por el otro. Ese amor era lo verdaderamente imperdonable.

Recuerdo la tarde aturdida de sol, en los caóticos albores de la posguerra, en que vi a mi hermano y primo Yao con ocasión de una inusitada visita.

El chiquillo tenía cinco años por aquel entonces. Se movía con atlético garbo, como mi padre, y, al igual que él, tenía un carácter alegre y abierto. Cautivaba a cuantos lo conocían, sobre todo a mi madre. Durante sus raras visitas, había llegado a formarse un vínculo entre ellos. Todas las fiestas mi madre le mandaba un regalo, siempre en un hermoso envoltorio y dirigido a su nombre. En plena guerra le hacía llegar ropa de gran calidad, hecha a máquina, y unos juguetes estupendos. Aquella tarde en particular le regaló un traje de «victoria» que llevaba una minúscula banderita nacionalista bordada en el bolsillo de la chaqueta, y lo engatusó para que se lo pusiese. Hacía mucho calor para semejante ropa, pero Yao se dignó a complacerla, pavoneándose de acá para allá antes de detenerse todo ufano junto a su madre.

– Es la viva imagen de la fuerza -dijo mi madre-. Fuerte como un guerrero y además afable. -Se volvió hacia Yinan-. Lo estás criando muy bien.

– Qué aduladora eres, jiejie -dijo mi tía. Pero cerró la mano de manera protectora en torno a la morena muñeca de Yao.

– Tiene cinco años. Seguro que dentro de poco, cuando esté listo para ir al colegio, vas a necesitar ayuda para darle una buena educación.

Yinan sacudió la cabeza.

– Los colegios de los misioneros son excelentes. Y teniendo en cuenta que trabajo para Rodale Taitai, no tenemos por qué preocuparnos.

Mi madre insistió.

– No querrás que reciba una educación extranjera. Hay que hacer de él un buen patriota.

Yinan no contestó.

– ¡Mira qué guapo y qué listo es! Un futuro héroe chino, radiante como una estrella. Hay que darle todas las oportunidades posibles -dijo mi madre, sentándose derecha en la silla-. Ni que decir tiene que le pagaré el colegio. A nuestro niño hay que darle lo mejor.

Mi madre le tendió los brazos y Yao se acurrucó entre ellos. Le acarició el suave pelo y el niño correspondió a sus atenciones con una sonrisa. Era el mismo encanto irreflexivo de mi padre. Mi madre no se daba cuenta. Respondió a la sonrisa de Yao con una expresión que yo nunca le había visto: orgullosa, llena de adoración y anhelo. Me dejó impresionada el ansia de aquella mirada. Traté de restarle importancia: no tiene nada que ver conmigo, me dije. Pero conforme los hoyuelos de las mejillas de Yao se le hacían más marcados, me puse furiosa. Si es posible odiar a un niño, yo lo odié por ser chico, por su desparpajo, por su forma de regodearse con las atenciones de mi madre sin tener ni idea de lo que eso la induciría a sentir o a creerse.

Yinan estaba lívida. Se levantó, dijo adiós con la voz entrecortada y se llevó a Yao hasta la puerta.

Poco después, mi madre envió a un hombre a casa de Yinan con el dinero para Yao. El mensajero llamó a la puerta pero no hubo respuesta. Miró por la ventana y vio que el apartamento estaba vacío. Yinan había escapado. Mi madre, discretamente, hizo averiguaciones y se enteró de que Yinan y Yao se habían marchado de Chongking. Habían vuelto a Hangzhou con Katherine Rodale, y Hu Mudan y Hu Ran también se habían ido con ellos.

Más tarde, en el cubo de la basura de la cocina, medio tapadas con mondas de ñame, encontré un montón de fotografías en blanco y negro. Algunas estaban enteras, otras eran recortes de fotos mayores. En todas salía mi tía. En una de ellas aparecía muy niña, con una coleta tiesa en lo alto de la cabeza. En otra ya era una jovencita y se veía el brazo de alguien -¿el de mi madre, tal vez?- colocado de manera protectora por encima de sus hombros. Otra fotografía, con el borde festonado, mostraba a mi tía con un vestido claro y holgado, y en la mano una rosa a medio abrir. Me miraba con aquellos ojos tan familiares, dulce y desdichada. Ésa me la guardé en el bolsillo. Fui al cuarto que compartía con Hwa y lo exploré en busca de un escondrijo, pero no hallé nada apropiado. Al final la escondí detrás de otra fotografía. La inserté en un marco, debajo de la foto de la boda de mis padres.

Una semana después de la huida de Yinan, mi madre anunció que nosotras también nos mudábamos al este, a Shanghai. Para entonces yo ya conocía a mi madre y adiviné los motivos de su decisión: Shanghai estaba cerca de Yinan, pero no demasiado. Las siguientes semanas fueron un puro trajín, con las amigas de mi madre trayéndonos viejos muebles y atavíos en pago por sus deudas de mahjong. Nos hicimos con un botín de pergaminos, un juego de mesas y hasta un violonchelo. Entonces, en la primavera de 1946, a mis trece años de edad, nos instalamos en una elegante casa de Shanghai, cerca del viejo barrio francés.

Los años siguientes crecí como las espigas, larga, esbelta y con el cuello vencido hacia delante. Mi madre me lo advirtió:

– Serás una mujer muy atractiva, no la típica belleza. Has sacado una mezcla muy variopinta de nuestros rasgos.

Tenía los ojos alargados de mi madre pero las cejas espesas de mi padre; la cara ovalada de ella y el cutis atezado de él. Mi padre, que aseguraba ser de ascendencia norteña, me había legado la estatura y la piel ocre de los bandidos mogoles.

– Pero no te olvides -dijo mi madre- de moverte con donaire. Tu padre es general y tu belleza deberá basarse en tener eso presente.

Lo de que mi padre era general me lo recordaba cada dos por tres. Si trataba mal a Hwa o levantaba la voz, me decía:

– Acuérdate de quién es tu padre.

Yo llevaba una vida muy limitada, de casa al colegio y del colegio a casa, pero mi madre, no sé cómo, siempre encontraba algún pretexto para recordármelo. Sus amonestaciones me dejaban perpleja. ¿Por qué insistía en que me sintiera orgullosísima de mi padre cuando su relación con él la causaba tanto dolor? Yo no soportaba su dolor. Y peor aún, no me fiaba de mis propios sentimientos hacia mi padre. Lo añoraba con tanta furia que me daba vergüenza.

En medio del caos que era el Shanghai de la posguerra, Hwa y yo llevábamos una vida de niñas ricas. Todos los días nos despertaba una doncella, que ya nos había dejado preparada la ropa que habíamos de vestir. Mi madre nos matriculó en un colegio privado donde recibíamos clases de inglés intensivo, así como de historia, literatura y matemáticas. Entre semana, Hwa y yo nos poníamos nuestros uniformes almidonados y cogíamos el autobús del colegio; los sábados y domingos íbamos al Bund a mirar escaparates. Hwa se adaptó al cambio con una facilidad digna de admiración. Era una cabeza más baja que yo, y con su blusa blanca, su faldita escocesa y sus mocasines pulidos, parecía de lo más casta y recatada. Enseguida hizo buenas migas con nuestras compañeras de colegio y sus hermanos, con todos menos con Willy Chang, un chiquillo delgado y vivaracho que tenía una hermosa caligrafía. Siempre que Willy andaba cerca, Hwa fruncía el ceño y se quedaba prácticamente inmóvil, como si batallase interiormente con algo.

Yo lo pasé peor. No me interesaba la vida social; me pasaba el día leyendo novelas, cuentos de hadas y los escandalosos folletines que me llevaba a escondidas a mi cuarto por las noches. Crecía tanto que mi madre tenía que encargarme los zapatos en una tienda especial y comprar tela adicional para alargarme el uniforme del colegio. Gracias a ella y a Hwa yo llevaba el peinado, el abrigo y los calcetines adecuados, pero lo que no me controlaban era la mente, que seguía bulléndome desenfrenada, dando rienda suelta a los pensamientos más peligrosos y atormentados. Rodeada de corrección y decoro, segura bajo la protección de mi madre, empecé a sentirme parte de un plan perturbador.

En el libro de cuentos de Yinan, un forastero salvaje y harapiento se transformaba en un joven apuesto. Los deshollinadores resultaban ser reyes. Y mendigos misteriosos poseían una iluminación digna de santos. En Blancanieves y Rosarroja, dos hermanitas acudían a ver quién llamaba a la puerta de su cabaña y, al abrirla, se encontraban con un oso negro y feroz, pero cuando se hacían amigas de él, el oso se convertía en un hermoso príncipe. Me di cuenta de que en la oscuridad había pasión. Y supe que, como mujer, terminaría cayendo en esa oscuridad.

Iba a cumplir los dieciséis: pronto entraría en edad casadera. Mi madre casi nunca hablaba de Chanyi, pero yo intuía que mi abuela había muerto en circunstancias trágicas. Suicidarse no era el destino de mi madre -era demasiado fuerte para eso- pero, así y todo, había hecho frente a la desdicha de ser mujer y eso la había cambiado. Yo me preguntaba qué iba a ser de mí. ¿Cuál sería mi destino? ¿Cuándo tendría que encarar el desafío que había acabado con mi abuela y curtido a mi madre? ¿Cuándo experimentaría el terror, aparentemente genético, que poseía a todas las mujeres de nuestra familia? ¿Lo encontraría por mi cuenta o me vería acorralada en un matrimonio con un hombre escogido por mi madre? Recordaba la infelicidad de mi tía, la música doliente que sonaba en su fonógrafo. Me acordaba de cómo susurramos todos cuando perdió a su prometido. ¿Fue su desventura lo que la condujo por ese camino? ¿O habría sido igual de desdichada casándose con Mao Gao?

Supe que eran nuestros cuerpos los que nos arrastraban a esas simas de la desesperación. La pasión y el deseo, ésos eran los tétricos acicates que nos espoleaban. La pasión había colocado a mi madre a merced de mi padre. La pasión había derrotado a Yinan, la había hecho sucumbir, la había obligado a traicionarnos a todos. La pasión se había adueñado de mi padre, aunque yo no soportaba pensar en ello. Me superaba. Los pezones se me pusieron morenos y puntiagudos, los pechos redondos, y mis axilas comenzaron a desprender un olor acre y adulto. Según me cambiaba el cuerpo, comencé a tener miedo de que mis deseos se apoderasen de mí.

Poco antes de cumplir los dieciséis, mi madre y yo fuimos en taxi a la vieja zona británica para encargar un par de zapatos nuevos para el colegio.

El coche avanzaba lentamente por la congestionada calle. Nos rodeaban muchas personas, que Hu Mudan habría descrito como gente abandonada por el destino. Vi una campesina en cuclillas y con una taza delante, tan mal alimentada que el pelo, quebradizo y falto de nutrientes, se le había vuelto bermejo. Vi un hombre de unos treinta años, sin un solo diente, pidiendo limosna en un cruce. Mi madre miraba hacia adelante, sin ver nada de eso. Ya me había dicho una vez que ella no podía dar de comer a todo el mundo. Ahora, sentada a su lado, me preguntaba cómo no se le partía el alma viendo el hambre y la miseria de esas gentes. ¿Cómo podía guardarse para ella sola su casa, sus posesiones, su oro?

Pasamos por delante de un grupo de acróbatas callejeros. Dos hombres sostenían entre las manos a un tercero en equilibrio como si tal cosa. Me fijé en uno de los miembros de la troupe, un hombre musculoso, con el pelo cortado al rape y una sonrisa ausente congelada en el rostro. No podía quitarle los ojos de encima a aquel personaje, felizmente inabordable al otro lado del cristal.

Miró hacia mí. Era mayor de lo que aparentaba. Me calibró con unos ojos rodeados de sombras. Niña rica que vas en coche, parecían decir con expresión divertida, ¿qué pensamientos te remuerden?

– No te quedes mirando -dijo mi madre entre dientes-. ¡Recuerda de quién eres hija!

Un impulso rebelde me soltó la lengua.

– ¿Y qué? -le espeté- Pues anda que somos pocos…

Me cruzó la cara con la mano abierta y le dijo al taxista que diese la vuelta. Al llegar a casa, me mandó a mi cuarto, y allí me quedé, apretándome la mejilla con un vaso de agua fría y experimentando una sensación de triunfo e inquietud, la lógica consecuencia de haber revelado lo que sabía.

Poco después, Pu Taitai nos llevó a Hwa y a mí a la primera sesión de una película americana, Juana de Arco. Había unos señores que vendían cacahuetes y chocolatinas americanas. Me resultó muy difícil seguir el diálogo. Mi madre me había dicho que no leyese los subtítulos porque quería que practicase inglés. Así que me las vi y me las desee para entender el argumento. Juana de Arco era una chica muy valiente de duras facciones occidentales que iba vestida de hombre y que dirigía sus tropas a la batalla.

Alguien me tocó los dedos y colocó la mano alrededor de la mía. Pu Li me estaba cogiendo de la mano. Miré a Pu Taitai de reojo; no parecía darse cuenta. Pensé que Hwa lo habría visto, pero enseguida volvió a fijar los ojos en la pantalla.

Pu Li me daba muchísima pena. Su padre había muerto al cruzar las montañas volviendo de Birmania -lo mató la malaria a pesar de los esfuerzos que hizo mi padre por sacarlo de allí- y desde entonces yo sentía un respeto reverencial por él. Mi propio padre había caído herido, pero seguía con vida. La muerte de su padre hizo de Pu Li un niño sagrado cuyo estatus de huérfano había que proteger a toda costa. Pu Li me había adelantado a lomos de su caballo y había entrado en batalla. En cierto modo, se había llevado el golpe que iba dirigido a mí. Si ahora le pasaba algo, si yo lo lastimaba de alguna forma, nada me libraría de ocupar su lugar, nada libraría a mi padre de la muerte.

Miré hacia adelante toda modosita, pero las imágenes se esfumaron de la pantalla. En lugar de la película vi a mi tía Yinan, triste y pálido el semblante, diciéndole a mi madre que no podía vivir con nosotras. Vi el rostro inflexible de mi madre. Apreté la mano de Pu Li con fiereza, consumida por un deseo que no podía expresar con palabras. Pero su manera de tocarme no iba más allá de la mera cortesía, como el gesto educado de un embajador extranjero. No pasó nada. Cuando terminó la película, le solté la mano.

Esa misma semana me encontré debajo de la almohada un sobre cerrado con mi nombre escrito. Las únicas que podían haberlo puesto allí eran mi hermana o Weiwei. Por un instante, dudé de si sería cosa de Pu Li: hasta llegué a desearlo. Pero lo tenía muy calado como para creer que fuese a venirme con secretitos. Era un chico práctico. No le hacía falta ocultar sus intereses; podría perfectamente hablarlo con nuestras madres y obtener su permiso para que nos viésemos a solas. Seguro que era el mensaje de un admirador anónimo, algo que a menudo le ocurría a la heroína de mi folletín favorito. Manché el sobre con el sudor de los dedos; estaba demasiado nerviosa para abrirlo. A la mañana siguiente, lo metí entre las hojas del libro de historia y me lo llevé al colegio. Una vez allí, pedí permiso para ir al servicio, rasgué el sobre y desdoblé la hoja de papel. Aquella letra desconocida me confundió durante un breve instante antes de que los toscos ideogramas saltaran del papel.

Señorita:

Esta semana estoy en Shanghai en viaje de negocios. ¿Podría encontrarse conmigo mañana (miércoles) a eso de las cuatro en el Café GG?

Hu Ran

El plan para quedar con Hu Ran exigía contar con la complicidad de Hwa.

– ¿Y qué pasa con Pu Li? -preguntó.

– Eso digo yo, ¿qué pasa? -le contesté.

Hwa sacudió la cabeza pero me prometió decirle a mi madre que al salir de clase me había quedado jugando al baloncesto. La mentira funcionó gracias a mi estatura, aunque cualquiera que entendiese de deportes habría visto que yo era demasiado indecisa y despistada como para hacer otra cosa que defenderme de un balón volante. Mi madre, que no tenía ni idea de deportes, creía que el baloncesto podría enseñarme a no ser tan rara.

Dejé que Hwa se subiese sola al autobús del colegio y yo cogí otro para recorrer un kilómetro escaso, luego me apeé y fui caminando las últimas manzanas antes de llegar al barrio francés. Las piernas me temblaban de pánico a cada paso que daba. Respiré hondo, profundas bocanadas de aire frío salpimentado de humo de carbón y olor a guisos. Llevaba mucho tiempo deseando salir sola por la ciudad, lejos de mi madre y de todo lo que me reprimía, y, sin embargo, ahora que estaba en la calle, inmersa en ella, me sentía invisible, o distante, como si estuviese al margen, como si siguiese contemplándolo todo a través de un cristal. La calle era un hervidero de actividad y rebosaba una cruel belleza. Había mendigos sentados bajo los flamantes carteles que anunciaban el año del Buey. Un viejo calesero de músculos delgados como cuerdas, tiraba de un carrito en el que iba sentado un ricachón cuya barriga le sobresalía por los bordes del chaleco bordado. Por todas partes se veían personas acarreando mercancías, agobiadas bajo el peso de sus bolsas y canastas repletas de valiosos artículos tales como arroz, chiles y aceite de cacahuete. En lo alto, ristras de ropa tendida flameaban como banderolas.

El Café GG resultó ser un gran salón cuadrangular, cargado de humo y con lámparas de pantalla, ventiladores en el techo y láminas francesas enmarcadas en las paredes. La clientela era más bien joven, cosmopolita y algo bohemia, y se podía pagar en yuanes, francos, libras y dólares. Esperé un cuarto de hora, observando las formas borrosas y relucientes que se movían tras el cristal: una vieja tocada con un pañuelo amarillo y acuclillada detrás de una docena de birriosas muñecas hechas de farfolla; dos peatones enfundados en lujosos chaquetones de suave lana, abrigados e impasibles. El más alto de los dos sacó una mano para tirar el cigarrillo, y, cuando la colilla incandescente cayó al suelo, la vieja estiró el brazo y la cogió.

Un chico bien parecido se acercaba por la calle con una basta chaqueta de faena y unos zapatos de suela gruesa. Tenía un remolino en el flequillo y llevaba el pelo bien corto, lo que dejaba ver unos huesos fuertes, unas cejas espesas y una nariz con caballete. Un chico del montón, sí, pero que desbordaba seguridad en todos y cada uno de sus movimientos. Caminaba con la cabeza alta, leyendo los letreros de las tiendas y de los toldos, y su rostro despierto irradiaba inteligencia. Cuando vio lo que iba buscando, llegó hasta el café y echó la mano al picaporte.

La puerta se abrió. Era Hu Ran.

– Señorita -dijo en el dialecto de Hangzhou, el dialecto de nuestra niñez. Tenía la voz ronca, de tenor. No podía dejar de mirarlo. Era como si, al salir de la calle, Hu Ran hubiese devuelto el mundo a la realidad.

– Hu Ran -dije. Le tendí la mano y dejé que me la cogiese-. ¿Cómo estás? ¿Qué andas haciendo ahora?

– Vivo con mi madre, en Hangzhou.

– No bebo café -le dije.

Su sonrisa dejó al descubierto una hilera de dientes parejos.

– Yo tampoco. Nunca había estado aquí. Pero quería que nos viésemos donde nadie nos conociese.

Mientras nos bebíamos el té, traté de dominar el miedo. Lo observaba con cautela, intentando taparlo con el vaso: la boca generosa, la mirada atenta y enérgica. Estaba nervioso. Se puso a hablarme de la guerra, para lucirse. Yo escuchaba su voz, la voz de la niñez, renovada y ahondada con las cadencias de un extraño conocido, teñida con el leve acento cantarín de Chongking. Me habló de sus propias andanzas en Chongking, de cómo una vez hubo de llevar un mensaje durante el apagón antiaéreo, en plena noche. Había visto a la policía del Kuomintang matar a un hombre por fumarse un cigarrillo durante el apagón. Mientras el hombre chillaba y se retorcía de dolor, la minúscula brasa de luz roja seguía incandescente en el suelo. Otra noche vio cómo los del Kuomintang ejecutaban a todos los hombres que hicieron bajar de un camión, acusados de cometer pequeñas fechorías.

Por detrás de mis asentimientos y mis respuestas, mi mente maquinaba una estrategia. Sin dejar de mirarle a los ojos, hice un círculo con los labios y soplé sobre la superficie reluciente. El vapor que se elevó de mi taza le difuminó el rostro.

– Cuando nos mudamos a Hangzhou -dijo- mi madre me hizo escribirle una carta a la tuya en la que le explicaba que estaba cuidando de Yinan y de Yao. Esperaba que a tu madre le sirviese de consuelo.

Mi madre no me había mencionado nada.

– Tiene una casa enorme -dije para defenderla-. No necesita que la consuelen.

– No es eso lo que piensa mi madre.

Cogí la taza con ambas manos buscando confortarme con su calidez.

– ¿Y qué es lo que piensa tu madre?

Levantó la barbilla sin dejar de mirarme.

– Que lo que de verdad vale en la vida es tener conciencia de haber sido generoso con los demás. Que los bienes materiales no significan nada cuando te apartas de los demás.

– ¿Es eso lo que tú piensas?

– No lo sé. Sólo sé que no tengo ningún interés en hacerme rico.

¿Qué clase de combate era aquél? En un momento dado de nuestra charla, el aire se había espesado entre nosotros y había comenzado a centellear. Recordé el brillo del sol otoñal a través de las hojas del sauce, los destellos entrevistos del radiante cielo de otoño. Lo niños que éramos entonces.

– ¿Cómo está Yao? -pregunté.

– Creciendo. Le está cambiando la cara; se parece a tu madre. A veces se parece un poco a tu hermana.

El comentario me pilló de sorpresa.

– ¿Pero te acuerdas de Hwa?

– La he visto aquí, en Shanghai. -Hu Ran miró la taza-. La vi una vez con Weiwei, creo que iba a casa de una amiga. Así es como se me ocurrió buscar a Weiwei y darle un mensaje para ti.

– ¿Ya habías venido a Shanghai?

– Muchas veces.

– ¿Y me habías visto antes?

Miró a otra parte.

– Bueno… -Hizo una pausa-. Después de ver a Hwa y a Weiwei pasé por delante de tu casa. Un día vi tu lámpara. O al menos eso creo, que era la tuya, en la ventana del piso de arriba, la de la izquierda. Todos los demás se habían acostado. Me figuré que estarías leyendo, como Yinan, o haciendo los deberes. Algo tienes que me recuerda a ella. Y no es la cara.

Absorta ante semejante posibilidad, no acerté a responder nada. Un escalofrío me recorrió la columna: el terror latente que acechaba en mi sangre.

Me entraron ganas de echar a correr. Pero mantuve la compostura. Charlamos un poco más, sin el menor entusiasmo, hasta que dije que tenía que irme.

Hu Ran respiró hondo.

– ¿Quieres que quedemos la semana que viene?

– Vale.

– ¿Qué vas a decirle a tu madre?

La pregunta me pilló de sorpresa. Me quedé mirando aquellos ojos oscuros de color indefinido.

– Que me voy a dar una vuelta con Pu Li -dije-. Pu Li le gusta.

Supe que había ganado.

Hu Ran insistió en pagar la cuenta. Debido a la profunda inflación, llevaba el dinero en un bolso muy pesado colgado a en bandolera. Salimos juntos del café. Era esa hora de la tarde en que el sol parece detenerse en su periplo por el cielo, antes de dar un último acelerón y rematar el día. Ese momento nunca parece tan terriblemente inerte como en esa época del año, cuando los últimos rescoldos del cielo invernal desaparecen diluidos en el crepúsculo. Caminamos durante un rato. Se me quedaron helados los dedos y pensé que más me valdría coger un autobús. Vi acercarse uno, pero me fui hacia él de mala gana. No quería irme a casa. No quería encontrarme con el rostro hambriento y la mirada glacial de mi madre cuando yo me sentía tan fuerte y tan llena de vida.

Esa noche, mientras me cepillaba el pelo, Hwa llamó a mi puerta. Antes de vivir en Shanghai siempre habíamos compartido habitación, pero ahora mi madre decía que teníamos que acostumbrarnos a vivir como habríamos de hacerlo en el futuro. Así que teníamos cuartos separados, lo que obligaba a cierta formalidad en las visitas. Era una situación curiosa. Hwa se quedó en el umbral, esbelta e insistente. La invité a entrar; cerró la puerta: otra situación curiosa. Le dije que iba a volver a verme con Hu Ran la semana siguiente. Se sentó con firmeza en la cama.

– ¿Estás enamorada? -preguntó-. ¿Lo amas?

No me esperaba esa pregunta y no podía responder en el acto.

– Creo que no.

Hwa descruzó las piernas y volvió a cruzarlas.

– ¿Cómo se sabe?

– ¿Cómo se sabe qué?

– Si amas a alguien.

Podría haberle dicho la verdad: que no lo sabía. Podría haberme dado la vuelta y esperar a que se fuese. Pero había cierta tensión en su voz, como en una cuerda estirada, y eso me animó a consolarla.

– Claro que lo sabes -dije-. Ya has visto lo que siente mamá por papá.

Hwa no dijo nada.

– O lo que sientes tú por Willy Chang -añadí, en una segunda tentativa.

Apretó los labios.

– No hables de Willy.

Me giré hacia el espejo. Vi a una chica esbelta con una cara como un óvalo de oro, vestida con un pijama blanco y holgado que relucía igual que un par de alas iluminadas al trasluz. Yo no era hermosa al estilo de mi madre, cuyo rostro, incluso en la madurez, poseía la simetría inmóvil y delicada de los intrincados pliegues del papel de arroz. Pero era expresiva y vital. Detrás de mí estaba Hwa, toda repipi y con la boca fruncida en un mohín amargo. Era atractiva, flexible, despierta; pronto ella también sería guapa.

– No -dijo de pronto-. No quiero estar en poder de nadie.

Le ardían los ojos.

A mí tampoco me pasaría eso. Yo no iba a ser como mi abuela, ni como mi madre, ni como mi tía. Yo podría huir de ello, como hacía Hwa, o controlarlo. Si conservaba mi propio poder, nadie podría lastimarme jamás.

Hu Ran se alojaba en el Y, en un chiscón minúsculo con un ventanuco y las paredes sin pintar. El único lugar donde sentarse era el jergón. Me senté. Él se quedó de pie con aire incómodo. Lo cogí de la muñeca y tiré de él hasta que se sentó a mi lado.

A raíz de mi experiencia en el refugio antiaéreo venía mostrándome reacia a que me tocasen. No lograba perdonar la furia silenciosa de mi madre, ni la falta de piedad y el sufrimiento subyacentes en su actitud. Ahora Hu Ran y yo estábamos tan cerca que nos olíamos mutuamente el aliento. Su cercanía me afectó como una enfermedad. Allí, en aquel cuartito sin ventilación, una emoción física me embargaba los sentidos como una niebla envolvente. De repente sentí la necesidad de ponerle la mano en la desnuda garganta. Alargué el brazo a través de la niebla y noté el sólido palpitar de su pulso a través de las yemas.

– Hazme el amor.

– No -dijo-. No debo causarte problemas.

Me encogí de hombros.

– Quiero hacerlo.

– Me siento responsable.

– Eso es por el xingyi -le dije-. La lealtad de los criados.

Él puso cara de vergüenza; yo sonreí.

– Señorita…

– Que no me llames «señorita».

– Hong -dijo, enfadado. Y luego, más bajito-: Hong.

Una vez más atravesé la niebla y le puse la mano en la cara.

– Bésame.

– Hong, esto no está bien.

– ¿Es que no quieres?

Apartó la mirada.

– Pues claro que quiero.

Sentí un hormigueo en las manos.

– Hazlo -le dije-, o le digo a mi madre que lo has hecho de todas formas.

Se fue a por mí con rabia. Tenía los labios muy suaves.

Deslicé la mano entre los botones de su camisa y sentí los furiosos latidos de su corazón. Nos agarrábamos fuerte pero no lográbamos acercarnos lo bastante; forcejeábamos con alguna presencia invisible que llevábamos dentro, que nos separaba. Me apreté contra él, cada vez con más fuerza. Quería olvidarme del terror que llevaba en la sangre; quería viajar rumbo a lo oscuro. Pero mientras nos embarcábamos en ese viaje que nos esperaba desde que éramos niños, tuve la sensación de volverme más radiante y poderosa que ninguna otra mujer antes de mí. Mis yemas percibían los matices más sutiles del tacto; mis ojos veían a través de su piel, y no sé qué otro sentido, más potente que la vista, resonaba en mi interior. Tuve la intuición de que, alrededor de nuestro cuarto, la ciudad era pasto de las llamas. Las calles saltaban por los aires. China entera ardía. Caían derrocados los gobernantes y las torres se desmoronaban. Remolinos de agua azotaban las costas. Y, en medio de todo ese caos, corrí detrás de los que me habían tomado la delantera: de mi abuela, de mi madre, de mi padre y de Yinan. Los seguí con la esperanza de encajar en el mundo que ellos habían creado.

Había estado viajando por el delirio durante un período indeterminado y salió de él a duras penas, con las piernas temblorosas y los ojos deslumbrados. Tenía conciencia de haber escapado de algo, de haber sobrevivido.

En cuanto llegó Junan, supo que tenía que marcharse de Chongking. Pidió un destino con la esperanza de poder alejarse lo suficiente como para que todos olvidasen lo que había hecho. No sabía cómo podría terminar aquello. Lo único que sabía es que quería acción, entrar en combate de una vez por todas y poner fin a aquella bochornosa sensación de inutilidad.

Pero mientras se disponía a abandonar la ciudad no lograba sacudirse la sospecha de estar olvidándose de algo. Pronto sobrevolaría las montañas sin llevar encima algún artículo esencial, algo que podría salvarlo, algo que echaría en falta. Le pidió a Junan que repasase su lista. Ella le revisó el equipaje, incluyendo las vitaminas y las píldoras de quinina, y le garantizó que no le faltaba nada. A medida que se aproximaba la fecha de su partida, cayó en la cuenta de lo que había dejado sin terminar. El último día que pasó en Chongking acudió a casa de la americana.

Era esa época del invierno en que el frío es más intenso pero los días se van haciendo más largos. Un olor a carbón quemado sazonaba el aire. Yinan abrió la puerta vestida con un grueso jersey de lana gris que le ocultaba el cuerpo. Por lo menos tenía la piel clara y llevaba el pelo limpio. Su aspecto era bueno, parecía incluso rolliza, pero, a juzgar por aquella mirada retraída, no parecía alegrarse de verlo. Sin decir palabra, lo llevó hasta el salón. Había sillones de mullidos cojines, muebles de nogal, anaqueles pandeados bajo el peso de un sinfín de volúmenes en inglés y en chino, apuntalados con sujetalibros con forma de elefante. La estancia olía a libros, a cera para muebles y a un indefinible olor a raza blanca.

Yinan se sentó con los pies juntos, austera y remilgada, como una niña de colegio de monjas. Él se había olvidado de lo silenciosa que era. No quería quedarse mirándola, de modo que apartó los ojos, pero tuvo la sensación de que el vistazo fugaz que le había echado lo había devuelto a las tinieblas. Era como si estuviesen en una habitación sin luz donde lo único que percibía era el cuerpo de ella en la silla, y sólo mediante el tacto podría identificar su cara estrecha, con aquella cicatriz apenas visible en la frente. Casi sentía entre los dedos los espesos mechones de cabello que le caían por el cuello.

– Me marcho -dijo finalmente-. Me voy a la guerra. Quería despedirme.

Ella asintió con la cabeza.

– Todo lo que pasó… fue culpa mía. Me sentía solo, llevaba mucho tiempo solo. Nadie va a echarte la culpa.

Yinan estaba completamente inmóvil, como alguien que esperase una respuesta de Guan Yin.

– Si volvieses con tu familia, no habría ningún problema… Tu hermana lo comprendería. Estoy seguro de que te perdonaría.

– Por favor, Li Ang -dijo ella-, ten en cuenta tus sentimientos.

También ella estaba buscando a ciegas, tanteándole el corazón con sus delicados dedos. Él no soportaría enterarse de lo que ella podría encontrar.

– Por el momento -dijo-, tu sitio está entre ellas. Después todavía tendrías tiempo de casarte.

Al oír eso, ella lo miró con tristeza, como si de veras fuese su hermana y lo conociese tan cabalmente como una hermana conoce a sus hermanos. Vio a través de su nube de planes y ajetreos. Por la cara que puso, él se dio cuenta de que Yinan sabía, sin asomo de censura pero tampoco de duda, que estaba perdido.

– No puedo volver -dijo ella-. Te amo.

– Para -dijo Li Ang, levantando la mano.

– No debemos vernos nunca más -dijo ella.

Salió de Chongking y se abandonó al viento silencioso y racheado de la fortuna. Los años siguientes han sido expurgados de su historia. Sólo sé que le duró la suerte mientras luchaba por adaptarse. Pu Sijian le echó una mano. Se arrepintió muchas veces de haber tomado la decisión de ir al frente, pero muy pronto sus cuitas personales se vieron sepultadas por una batalla mucho más grande y desesperada.

En diciembre de 1941, cuando el enemigo atacó por fin a los Estados Unidos, la gente se echó a las calles a celebrarlo, creyendo que los americanos aplastarían a los japoneses y que la guerra concluiría en breve. Pero los Estados Unidos necesitaban prepararse, y a medida que iba pasando aquel largo invierno, se hizo evidente que Chongking era vulnerable desde el sur. El imperio británico se iba al traste. Singapur cayó en manos del enemigo. Luego, Japón atacó una zona de Birmania peligrosamente cercana a la carretera del mismo nombre, esto es, la principal ruta de abastecimiento. La división de mi padre era una de las muchas destacadas en Birmania a las órdenes del general estadounidense Joseph Stilwell. A comienzos de la primavera de 1942, su regimiento tenía tomada la ciudad de Toungoo y estaban casi rodeados por el avance nipón.

Todos estos años he intentado imaginármelo: una columna de soldados chinos extendida a través de los bosques y las colinas del centro del país, bajo el fuego cruzado de la artillería, en medio de aldeas en llamas. Aviones japoneses sobrevolaban sus posiciones. Mi padre no era más que una mota diminuta en ese mapa, más pequeño que una chinita en un tablero de go. Y puede que él mismo se viese como una ficha de un juego enorme, al pie de montañas que se inclinaban sobre ellos como gigantes encorvados.

Mi padre se dedicaba a marchar, dormir y combatir. Disparaba a las sombras, a los matorrales, a los animales y a los hombres. Mató a más de uno. Pero en cada escaramuza se veían obligados a retroceder y correr para ponerse a salvo de los aviones que los bombardeaban. Se despertaban con el fragor de los cañonazos, meándose en los pantalones; vomitaban de agotamiento y terror. El enemigo tenía mejores tanques y fusiles. Con el paso de las semanas fueron perdiendo uno, treinta, sesenta kilómetros. ¿Dónde estaban los refuerzos? Le llegó el rumor de que otras tres divisiones, incluida la trigésimo octava de Sun Li-jen, venían tras ellos, pero su viejo comandante estaba a ciento cincuenta kilómetros, esperando la confirmación de las órdenes del Generalísimo. Para el caso era como si estuviesen en la Luna. Chiang Kai-chek no estaba dispuesto a sacrificar más tropas de élite. El regimiento de mi padre ya lo habían dado por perdido y los pocos que quedaban no tardarían en huir en desbandada hacia las colinas.

Los birmanos, furiosos tras largos años de dominación británica, no lamentaron su marcha. Algunos guiaban a los convoyes japoneses por pistas de tierra y carreteras secretas, y atacaban al regimiento por la retaguardia. Así perdieron Toungoo. Por esa época les llegó la noticia de que los británicos habían pasado Prone de largo y perdido Pyinmana. A primeros de abril, Mandalay era pasto de las llamas. Sólo quedaba en pie el palacio real, fulgurante por el resplandor de los incendios. A mediados de abril, los británicos se batieron en retirada, arrasando valiosos yacimientos petrolíferos a su paso. El cielo estaba cubierto de humo y llamas, y crepitaba con el parloteo de los aterrorizados monos. Li Ang tenía el pelo impregnado del hedor de la gasolina y los cadáveres.

Un día se despertó espantado al oír un rugir de motores en lo alto. Salió disparado de la tienda, descalzo, y se refugió entre los árboles. Entonces vio al general Chou Gaoyao que se acercaba corriendo hacia él. A menos de siete metros, Chou se paró en seco con una violenta sacudida y cayó al suelo como un saco de patatas. Esa noche incineraron el cadáver de Chou y le dieron las cenizas a su primo, Chou Tuyao, para que se las llevase a la familia. El lugar de Chou pasó a ocuparlo el coronel Kwang, ascendido a tal efecto. Kwang era el oficial intachable que se había casado con Hsiao Meiyu, que ya le había dado una hija. Dio muestras de singular arrojo al dirigir lo que quedaba de su brigada contra una unidad japonesa que los doblaba en número. Pero el final estaba cerca. Al este, los japoneses rompieron el cerco aliado. Las tropas enemigas cortaron la retirada de los soldados aliados, y el regimiento de Li Ang se dispersó a los cuatro vientos.

Los que quedaban con vida emprendieron el largo regreso a China, cargando cuanto pudieron en los pocos jeeps abandonados por los británicos. Llevaban consigo armas y agua. A sus espaldas, los japoneses proseguían su avance.

Una mañana cálida y radiante a comienzos de la primavera, llegaron a un puente. Atrás había quedado el enemigo; delante y alrededor de ellos, los refugiados en huida: campesinos, labriegos, tenderos. Tantos, que oscurecían los dos carriles del puente.

Al frente de la retirada iba el general Mao. Li Ang lo acompañó a reconocer la situación y, durante un buen rato, se quedaron sin habla. Vieron dos coches abandonados en mitad del puente que entorpecían la circulación fluida de la muchedumbre. Los refugiados avanzaban lentamente hacia lugar seguro cargados con sus preciados enseres: un viejo baúl de hojalata; un pato de madera; un fardo enorme de muselina roñosa. El aire era caliente y pegajoso, no se movía ni una hoja y apestaba a humanidad. Li Ang se giró en dirección a Birmania. Zarandeado por aquella multitud en movimiento, chocándose con un hombro tras otro, cruzándose con una cara tras otra, sollozantes la unas, concentradas las demás, algunas sencillamente inexpresivas, Li Ang empezó a sentir una inquietud rayana en la claustrofobia. Era por la densidad del gentío y su silencio. Nadie tenía fuerzas para hablar. La ausencia de conversación era antinatural; sólo se oían órdenes: «Más deprisa», «Por aquí», o gritos y consignas repentinas.

Se volvió hacia el puente. El muslo se le trabó en una soga tensa y se trastabilló. De no ser por los refugiados que lo rodeaban, se habría caído al suelo.

Se percató de que había tropezado con la cuerda que enlazaba a una madre y su hijo que avanzaban en dirección contraria, hacia Birmania.

– ¡Cuidado! -dijo el niño. Su voz resonó en el aire; una vibrante nota de ferocidad en mitad de aquel silencio fantasmal.

Li Ang le miró a los ojos. Era un niño enjuto y pequeño para los diez años que debía de tener, con una cara huesuda y triangular y unos ojos perspicaces. Llevaba el pelo corto y se le veía el cuero cabelludo, de color verdoso. Su fatigada madre tenía un pañuelo rosa en la cabeza. Li Ang reparó en sus bolsas vacías y cayó en la cuenta de que debían de cruzar el río todos los días, para venderles mercancías a las hordas de refugiados que ya habían llegado a la otra orilla, tras lo cual regresarían a este lado sólo para cruzar nuevamente con más productos, siempre atados por la cintura para no extraviarse entre la multitud.

– ¿Qué pasa? -dijo Mao a su espalda-. No se detenga.

Li Ang se hizo a un lado para dejar pasar a la madre y al hijo.

– Por aquí -gritó Mao, señalando a la derecha, donde la multitud había formado un remolino.

Li Ang se abrió paso a empujones hacia el pequeño espacio vacío.

– Tenemos que volarlo -gritó Mao. Escupió y aguardó a que Li Ang respondiese-. Hay que esperar a que llegue el enemigo, tal vez incluso mientras lo cruzan, y dinamitarlo; que salte por los aires.

– Pero seguirá abarrotado de civiles -dijo Li Ang.

– ¿Qué se cree, que podemos invitarlos a que crucen ellos primero? Que llamen a Chang.

Chang era muy poquita cosa -Li Ang apenas lo veía acercarse entre la muchedumbre- pero muy espabilado y se le daban bien las armas y los explosivos. Mandó a sus hombres que colocasen cargas de dinamita en el puente y que instalasen el detonador en el puesto de control del lado chino.

Fue pasando el tiempo. La multitud avanzaba premiosamente, callada y ansiosa. Vio cómo los hombres de Chang colgaban la dinamita de los pilones desde la orilla birmana. Una vez terminada la faena, treparon hasta el puente. Ellos dos -Li Ang y Mao- fueron los últimos de su grupo en cruzar el río.

Sano y salvo en la orilla china, Li Ang oyó el remoto eco de la artillería. Desde el puesto de control, de pie junto a Chang, contempló los desfiladeros bañados de sol y, más abajo, el río oscuro que discurría entre las sombras. No lograba quitarse de la cabeza al chiquillo y a su madre. Los labios finos del niño, la barbilla puntiaguda y las orejas grandes le habían resultado extrañamente familiares: se parecía a su hermano cuando tenía esa edad.

– Eh -dijo Chang-, mira aquel fulano de allí.

– ¿Qué fulano?

Li Ang le cogió los prismáticos.

– Aquél, el del blusón azul.

Li Ang buscó entre la multitud. De pronto lo vio: un hombre menudo que cruzaba el puente. Se figuró que habían sido esos andares los que habían puesto en alerta a Chang. Bajo aquella indumentaria de campesino, reconoció el ritmo rígido e implacable del enemigo.

– Japoneses vestidos de campesinos -dijo Chang-. Están cruzando. Ya están aquí.

Y sin decir ni media palabra más, hundió la palanca hasta el fondo. Más tarde, Li Ang recordaría una especie de pausa -un instante en el que no sucedió nada- y luego una súbita explosión. Por un momento el puente pareció flotar ingrávido en el aire. Entonces la sección intermedia se combó -la estructura de madera se tambaleó, se rompió, cayó hacia un lado- y un millar de gritos les taladró los oídos. A través de los prismáticos de Chang, Li Ang vio al hombre vestido de azul dar un último paso rígido, inclinarse hacia delante, caer de rodillas y resbalar al vacío. Alrededor de él, hombres y mujeres se precipitaban braceando frenéticamente, unos de cabeza, otros en las más extrañas posturas. Una mujer con una blusa añil que colgaba aferrada a un madero resbaladizo, dejó caer su hatillo -un bebé- y saltó al agua tras él.

Más próxima a la orilla china, cerca ya de la salvación, la pequeña figura de la mujer del pañuelo rosa en la cabeza se escurrió, cayó hacia atrás y quedó suspendida sobre el precipicio. Su bolsa, esta vez repleta y enganchada a los hombros y a la cintura, la arrastraba hacia abajo. Pero estaba amarrada a algo que continuaba en el puente: otra figura que forcejeaba asida del pasamanos de madera. Entonces, lentamente, bajo la atenta mirada de Li Ang, la mano del hijo se soltó. El chiquillo resbaló y se precipitó detrás de la madre.

En el lado chino, la gente salía en tropel de la carretera. Resonaban los gritos de los pisoteados, de los extraviados.

Li Ang se quedó donde estaba. Era uno de los pocos que habían gozado de la protección de saber lo que iba a ocurrir. Ese hecho le remordía la conciencia y no le dejaba dar un solo paso. Se hizo cargo de que no era un tipo con suerte ni mucho menos. Jamás lo había sido. Llegaría a viejo y recordaría hasta el último de sus actos.

Más tarde, uno de los soldados recogió un perro abandonado y se negó a soltarlo. Lo alimentaba con trocitos de comida, le daba de beber valiosa agua, lo mimaba. Li Ang y Pu Sijian comentaban en privado si el general Kwang no haría mejor en deshacerse del perro. Eran veintiocho supervivientes, incluyendo cuatro heridos, y todos ellos padecían diversos grados de agotamiento, pánico y fiebres palúdicas. Se habían despojado de todo menos lo imprescindible. ¿Cómo podían estar desperdiciando valiosa comida en un perro?

Las carreteras eran atroces. Por todas partes veía Li Ang el detritus de un imperio: aguamaniles, ropas, jaulas que todavía tenían dentro cacatúas y loros muertos. Marmitas vacías. Un oso de peluche tirado boca abajo en el polvo. Vendas manchadas de sangre. Polvo. Carcasas de vehículos abandonados que yacían como fósiles en la carretera, incendiados por otros que habían pasado por allí antes que ellos y que trataban de impedir que les diese alcance el enemigo. Los japoneses les seguían los pasos a un ritmo, según dijo alguien, de más de treinta kilómetros al día. Li Ang y Pu Sijian estaban a cargo de la vigilancia de retaguardia y del cuidado de los rezagados. Dos de los heridos murieron a los pocos días. Los otros dos aguantaban renqueantes. Li Ang tenía que desandar el camino constantemente para llevarlos junto al grupo. Le faltaba valor para dejarlos atrás. Pero la abulia, el miedo y la desilusión le fueron bajando los humos. Sin saber cómo, se hizo un corte en el pie izquierdo. Tenía los dedos enrojecidos e hinchados, y no podía doblarlos.

A Mao lo había aplastado el tropel que huía del puente en estampida. Pu Sijian estaba demacrado y tiritaba a causa de la malaria. Al general Kwang lo picó una serpiente. Li Ang era el único oficial lo bastante sano como para ocupar su lugar. Luchó denodadamente para no perder los hombres que le quedaban, pero casi todas las mañanas alguien amanecía muerto o había desaparecido. Algunos morían de un catarro, arropados con harapos a pesar del buen tiempo. Otros se internaban en la selva en busca de privacidad y terminaban dándose por vencidos en medio de los árboles empapados, de los monos y los elefantes, de las moscas, los mosquitos, las hormigas y las termitas. Sucumbían a sus heridas tumefactas, rezumantes y purulentas, a la sarna, a la disentería y al beriberi. Una noche desapareció el que cuidaba del perro. Otro soldado le pegó un tiro al animal y lo asó a la brasa.

Li Ang tenía el pie surcado de vetas rojas. Iba escudriñando los cadáveres al pasar, por si veía una bota más grande. A todo esto, Pu Sijian se hundía cada vez más en la fiebre. Se desplomaba y se quedaba tirado con la Biblia metida en el bolsillo de la guerrera y las huesudas manos tiritando a causa del delirio. Antes de que la fiebre le hurtase el raciocinio, le recordó a Li Ang que cuidase de su esposa e hijo, y éste le prometió que así lo haría. Trató de mantener a su amigo con vida, turnándose con los doce hombres que quedaban para transportarlo en unas parihuelas improvisadas con bambú y trapos. La fiebre le trabucaba los huesos y lo agitaba con tanta violencia que las varas de bambú de las parihuelas vibraban en las manos de los porteadores.

En sus últimos días, la marea del delirio inundó la ordenada mente de Pu Sijian. Creía que lo habían capturado y que era el enemigo quien lo acarreaba. Creía que pronto lo rescatarían a cambio de un avión. Dejó de citar pasajes de la Biblia y empezó a gritarle a Li Ang que lo rescatase, bregando desesperadamente con sus captores. Sin embargo, llegó un momento en que esas fuerzas maníacas lo abandonaron. Se consumió hasta los huesos y quedó hecho un guiñapo en el camastro.

– ¡Li Ang! -gritó con voz ronca y angustiada.

– Estoy aquí.

Pu no dio señales de haberle oído.

– ¡Li Ang! ¡Ven conmigo!

Entonces lo estremeció un último y vasto escalofrío, y se fue.

A Li Ang lo llevaron a un hospital de Kunming donde no conocía a nadie. Le amputaron cuatro dedos del pie y las enfermeras lo trataban como si le hubiesen extirpado los testículos, canturreándole cancioncillas ñoñas mientras le acercaban las gachas a la boca y le daban la vuelta en el catre. Su amigo estaba muerto; su hermano, perdido. No podía dormir. Los dedos que le faltaban le dolían, luego le picaban, luego le volvían a doler. Aunque le daban quinina, la malaria persistía, y flotaba en la cama como una hoja en el agua, fluctuando alrededor de un surtidor de imágenes. Vio la cara de un niño que lloraba. Una mujer con el pelo todo alborotado dando de mamar a un bebé. Una madre y su hijo, unidos por una cuerda, cayéndose de un puente.

– ¡Li Ang!

Era Hu Mudan. Su rostro menudo flotaba ante sus ojos.

– Vete -le dijo.

– ¡Li Ang! Sé que estás despierto.

– Déjame en paz. Estoy tomando quinina.

– Escúchame, tonto.

No le caía bien a esa mujer. Desde el primer día.

– ¿Me oyes, Li Ang? Cuando vuelvas a Chongking tienes que ir a ver a Yinan.

El torbellino cesó al oír ese nombre.

– Yinan -dijo él.

– Es importante.

– No puedo -dijo-. Hicimos un pacto.

Por fin se marchó la mujer. No volvió más, y Li Ang lamentó haber deseado que se fuera.

Los pies le dolían y le picaban. La fiebre le subía y le bajaba, dejándolo mareado y con los ojos vidriosos por la extenuación. Mil ecos resonaban en su mente. Todas las noches soñaba. Estaba con Li Bing en el puente. Alrededor de ellos, el mundo se hacía pedazos. Entonces el puente se resquebrajaba entre ambos y Li Bing desaparecía sin dejar rastro.

Junan fue a verlo al hospital. Le puso una fotografía enmarcada de sus hijas junto al cabecero. Se negaba a llevarle el periódico, pero le leía poesía y novelas de kungfu. Siempre que le volvía la fiebre, se la encontraba sentada a su lado, fuerte y serena, enjugándole la frente con un paño húmedo.

Una tarde trató de explicárselo.

– Es como si me faltase algo.

– El pie se te curará enseguida. Te pondrán una almohadilla en el zapato y podrás caminar con toda normalidad.

No volvió a mencionarlo.

El viento de la historia le pasó por encima. El general estadounidense Joseph Stilwell asumió el mando de los regimientos que habían logrado escapar a la India. Allí, él y el general Sun planeaban una nueva ofensiva para romper el cerco japonés desde el oeste y coger al enemigo por sorpresa. A todo esto, el ejército nipón se acercaba por el este. Una vez más, contaban con tanques, artillería y bastimentos. La infantería china no tenía vehículos, sólo un batiburrillo de armas de antigüedad y procedencia indefinidas. Cada soldado marchaba con una ración de arroz colgada del cuello. Los trenes iban llenos hasta los topes de refugiados que viajaban agarrados hasta del quitapiedras y dormían encima de los vagones. Cuando Guilin cayó en poder del enemigo, las puertas de los edificios vacíos, tabicadas con tablones, aparecieron empapeladas con carteles rojos y negros que llamaban a la resistencia.

Li Ang se encontraba entrenando tropas en Kunming cuando los estadounidenses bombardearon Hiroshima y Nagasaki. Tras la rendición japonesa, lo ascendieron a general y lo recompensaron por su extraordinario valor. Pero no tuvo mucho tiempo para celebrarlo. La derrota de los japoneses dio paso a una nueva guerra. A Li Bing y a sus camaradas les había ido bien en el campo y el país estaba a punto de caer en manos de los comunistas. Li Ang recibió órdenes de entrenar a soldados del ejército nacionalista. Procurarían mantener el control del país el máximo tiempo posible. Pero la probabilidad de la derrota, de la huida, se hizo inevitable. En la primavera de 1948, Li Ang fue trasladado «temporalmente» a Taiwán. Hasta allí le llegaron con regularidad mensajes de Junan y a veces de sus hijas. De Yinan o de su hermano, ni una palabra.

Fue durante su estancia en Shanghai cuando cobró plena conciencia de que le faltaba algo. Esta evidencia no se debió a ninguna crisis. Se trató más bien de un período de calma durante el cual el mundo se volvió diáfano y ligero, y sus percepciones paulatinamente más lúcidas. Se percató, una vez más, de su singular dilema. No echaba de menos su antigua convicción de que saldría ileso de este mundo. Ésa la había perdido junto con su paso firme y su vigor irreflexivo. Eran dones que nunca le habían pertenecido. Lo que le habían hurtado era otra cosa, algo más esencial.

Siempre que evocaba Chongking, con su calor y sus escaleras empinadas y atiborradas de gente, con sus calles y sus casas, destruidas con la misma rapidez con que habían sido levantadas, esos recuerdos se le hacían más vívidos y precisos que el mundo exterior. En esa época había estado presente, vivo, en posesión de un entendimiento que ahora se le ocultaba. Se pasaba el día y la noche acordándose de Chongking; sus recuerdos eran como una enfermedad que sumía en un mundo de ensueño cuanto le rodeaba.

Ella le había dicho que lo amaba. Supo que lo decía de corazón, pero aquella actitud alerta, aquel candor lo habían desconcertado. Una vez hecha semejante declaración, ya no había forma de ignorar lo ocurrido.

«No podemos volver a vernos», le dijo, y él no fue tras ella; su alma, en cambio, sí que la siguió, en cierto modo por lealtad a un vínculo que él no había identificado. No sabía a ciencia cierta cuándo había empezado a obsesionarse por ella. Lo que ocurría, sencillamente, era que, con el paso de los años, había terminado por contemplar el período posterior a su aventura con Wang Yinan -la época en que se marchó de Chongking rumbo al frente y todo lo que aconteció después- como una especie de secuela. Nada de lo sucedido aquellos años le merecía el menor interés, ni siquiera el ascenso a general. Sólo le importaba un período concreto: los meses que Yinan y él habían pasado juntos en Chongking.

Escribió a Junan preguntándole si había tenido noticias de su hermana. Era lo más que se atrevía a hacer. Recibía respuestas desenfadadas y repletas de noticias -de la casa, de sus dos hijas, de la viuda de Pu- pero ni la menor mención de Yinan. No había habido reconciliación.

Lo más probable era que Yinan hubiese encontrado a otro. Esperaba que así fuese. Con todo, tenía sus dudas, que eran como un dolor fantasma. Volvía a ser de nuevo un niño, con la marca orgullosa de sus leves cicatrices y las miras puestas en sacarse un dinero fácil en una timba de paigao en casa de un mercader del barrio. Era un joven en su noche de bodas, con una confianza a prueba de balas y grandes ilusiones, que atisbaba por las ventanas con el corazón desbocado. En la habitación contigua lo esperaba su destino ataviado con un rutilante traje de novia. En cambio, se quedó mirando por la ventana a una niña vestida con un pijama del color de las polillas.

Ella le había arrebatado algo. Tenía en sus manos un trozo de su deseo. Y sin eso, era un inválido.

Junan escribió avisándole de que pronto se reunirían con él en Taiwán. De tan flemática misiva dedujo que la situación en Shanghai se había agravado. La ciudad no tardaría en caer en poder del enemigo. Por fin estarían juntos, decía Junan.

Bebió más de la cuenta para celebrar el Año Nuevo Lunar. Se quedó tumbado en su cuarto, desorientado, escuchando la algarabía de la calle, unos jóvenes de parranda. Puede que fuesen sus propios soldados, que quizá no se imaginaban que los habían arrancado de sus hogares para siempre y que ya habían emprendido una vida de emigrantes.

– ¡Li Ang! ¡Li Ang!

El rostro de Hu Mudan volvía, una vez más, a flotar ante sus ojos.

– ¿Qué pasa?

– Vamos, borracho idiota, debes darte prisa. Todavía tienes oportunidad de encontrarla.

– Yinan está en el continente. Muy lejos.

– Sabes que los tuyos perderán el país. Como no vayas a verla ahora, los comunistas te cerrarán el paso.

Hu Mudan había envejecido en los últimos años. Sus pequeños ojos almendrados se le habían hundido y tenía arrugas más profundas en las comisuras. El tiempo la había desgastado, como habría de desgastarlos a todos.

La semana siguiente cogió un avión a Shanghai. Un estadounidense que había conocido en Kunming, piloto de las viejas líneas aéreas nacionales, iba a sacar del país a unos amigos. Li Ang lo arregló todo para volar con él. No se lo contaría a Junan. Tenía previsto enviar un telegrama a la iglesia metodista de Hangzhou. Luego, cogería el tren a Hangzhou y, una vez allí, iría a la iglesia y preguntaría por la americana. Ella conocería el paradero de Yinan. No ensayó lo que iba a decirle cuando la viese. Ni siquiera tenía claro el propósito de la visita. Quería verla, eso era todo, y esta necesidad reemplazaba cualquier cosa que pudiera decir.

El avión se aproximó al Yang-Tsé, siguiendo el ancho delta que se adentra en el continente. Li Ang divisó las huestes del Octavo Ejército Comunista. Había miles de soldados concentrados en la orilla norte, a la espera. Eran tantos que ennegrecían la tierra. En el propio río había reunidas unas pocas docenas de juncos y gabarras. Al sur del río no vio nada.

Mientras veía congregarse al ejército que habría de tomar la ciudad, le vino a la memoria la historia, oída años atrás, de Wu Shao, el niño que le había robado el almuerzo a Wang Baoding en el colegio. Recordó la imagen de Baoding inclinado hacia él, con aquella cara de amargado veteada de manchas vinosas, los ojos alargados y astutos, y los labios descoloridos. «Era un niño sin una familia como Dios manda, sin educación, sin ninguna posesión, sin dinero…» Ahora Li Ang cayó en la cuenta de que Baoding se estaba refiriendo a él. Qué pensaría Baoding si lo viese ahora, se preguntó. Pero Baoding llevaba mucho tiempo desaparecido, muerto o desterrado por los mismos japoneses cuya importancia había minimizado.

Sintió un dolor punzante en el pie. Había sufrido lesiones en los vasos sanguíneos y cuando llevaba un rato sentado sin moverse, le dolía. Sentía un hormigueo en los dedos amputados y tenía ganas de restregárselos, de rascárselos. El aire estaba enrarecido; le temblaban los párpados; se quedó dormido. Volvió a ver, esta vez desde lo alto, la mesa del banquete. Vio a su hermano, que observaba atentamente. «¿Sabes, jovencito, lo que más me llama la atención de las componendas que se trae tu ejército con el Partido Comunista? Que no parecéis daros cuenta de que en cuanto cese la amenaza japonesa, los comunistas no dudarán en apuñalaros por la espalda.»

Y entonces se alejaba de la boda. O igual es que sus pensamientos sencillamente lo abandonaban y se internaban por una senda vagarosa que la malaria había desbrozado. Hacia el norte, la infantería comunista seguía formando en grupos bien disciplinados y los juncos y gabarras se congregaban en el río. Más cerca de Shanghai, el terreno, abancalado a conciencia, albergaba verdes y exuberantes arrozales. Vio filas de campesinos vestidos con harapos azules y pardos que cavaban trincheras y levantaban empalizadas de bambú en torno a la ciudad. Dentro de la ciudad, vio almacenes y embajadas, islotes sitiados en medio del caos. Vio el humo de las pequeñas lumbres de carbón con que la gente se calentaba las manos y bancos asediados por muchedumbres que pedían oro a gritos.

El peligro de todo eso radicaba en que a uno le hacía pensar. Mientras miraba desde las alturas, Li Ang se asombró del derrotero que había seguido su vida. Si se hubiese quedado en la comarca donde nació, ¿se habría unido a los nacionalistas? ¿O estaría en el otro lado, apiñado al norte del río, esperando a irrumpir en la ciudad como una exhalación y tomarla para entregársela a las gentes del campo que la alimentaban? Recordó a su hermano apretujado contra el muro de la residencia de estudiantes, la curva de su oreja, la forma de la cabeza apenas visible en la luz del amanecer.

Horas después, ya en tierra, Shanghai desfilaba ante sus ojos como una sucesión de vívidos fogonazos, trágicos y absurdos, mitad conocidos, mitad extraños. Vio una joven esbelta, vestida con unos pantalones viejos y una blusa suelta, que le resultó familiar. Se fue hacia ella corriendo pero cuando la chica se dio la vuelta, vio la cara de una desconocida.

– ¿Tiene algo para vender? -le ladró.

Li Ang le cambió una moneda de oro por un buen fajo de dólares suaves como el jabón. Los habían lavado y planchado para que valiesen más al cambio. Pasó por delante de una pequeña papelería y entró. El consabido olor a papel y tinta hizo que le temblasen las manos.

– ¿Dónde puedo mandar un telegrama?

El tendero se limitó a fruncir el ceño; tal vez hablase otro dialecto.

Salió de la tienda y de nuevo se echó a deambular por las calles. La ciudad rezumaba malestar: gente destrozada, caras destrozadas. Se planteó qué hacer a continuación.

Fue entonces cuando le pareció oír que alguien lo llamaba por su nombre.

– ¡Li Ang! ¡Li Ang!

Sintió un escalofrío y apretó el paso.

– ¡Li Ang!

Más cerca. Li Ang se dio la vuelta muy despacio.

Un hombre menudo y de mediana edad llegó corriendo hacia él, haciendo caso omiso de semáforos y de los demás peatones. No era un militar: el gesto ansioso y la actitud abierta lo delataban. Cogió a Li Ang de la mano.

– Chen Da-Huan -dijo-. Soy yo, Chen Da-Huan, de Hangzhou, hace mucho, antes de la ocupación. No me extraña que no te acuerdes de mí. Han pasado más de diez años.

Poco a poco, el nombre ascendió a través de los estratos de los años transcurridos. Los Chen habían sido vecinos de la familia de Junan en Hangzhou. El padre, el viejo Chen, había estado presente en aquella partida de paigao y fue el testigo de su boda. Ahora que tenía a Chen Da-Huan delante, visualizó al viejo, un hombre bajito enfundado en un traje cruzado inglés perfectamente planchado, que exhibía los palillos al llevarse un huevo de paloma a la boca.

– Chen Da-Huan -dijo Li Ang.

– Han pasado muchas cosas. Oí que te habían herido. Tienes aspecto de haber sufrido lo tuyo. Pero sigues sano, con vida.

– Me manejo bastante bien.

– Pues teniendo en cuenta lo que oído, eso significa que eres un tipo con suerte.

Li Ang asintió con la vista fija en Chen. Él también había sufrido: no había más que ver aquellos ojos avejentados prematuramente, parecidos a los de los soldados, aunque sin el hastío vital que aflige a quien ha presenciado, cuando no causado, una muerte violenta.

Chen seguía hablando en el dialecto de Hangzhou que le resultaba tan familiar…

– … hermano y yo fuimos a la universidad de Lianda. Después, durante la guerra, pude finalmente mandar a buscar a Yang Qingwei y casarme con ella en Kunming.

Sí, Li Ang lo recordaba: Chen Da-Huan se había enamorado de una amiga de Junan llamada Yang Qingwei, de la cual había tenido que separarse a raíz de la ocupación.

– Celebro oírlo -dijo-. ¿Qué estás haciendo en Shanghai?

– Hemos venido a ver a un especialista. -Hizo una pausa-. Está embarazada. Pero ha sufrido una recaída de la tuberculosis. Me temo que se va a morir.

Li Ang meneó la cabeza. Apenas recordaba a Yang Qingwei, una niña dulce de sonrisa nostálgica. Nunca habría imaginado que pudiese sobrevivir a la ocupación, al viaje hasta Kunming y a la guerra.

– Me sorprende verte aquí. Me habían dicho que estabas en Taiwán -dijo Chen Da-Huan.

– He vuelto… por poco tiempo.

– Vaya momento más extraño para volver, amigo mío.

– Es por trabajo -dijo Li Ang.

Chen Da-Huan asintió con la cabeza. Parecía extenuado, con aquella cara gris y la mirada atormentada.

– ¿Cuánto llevas viajando? -preguntó Li Ang-. Deberías descansar.

Chen Da-Huan sacudió la cabeza.

– Tengo una cita. Voy a visitar a una persona… a ver si saco un dinero para ayudar a Qingwei.

– ¿Quién es?

– Un hombre influyente. Estoy tratando de comprar oro al precio oficial para venderlo en el mercado negro. Estos años, con tantos problemas, terminamos perdiendo la casa de Hangzhou y la que teníamos en el campo. La de Shanghai la vendimos al terminar la guerra. La habían saqueado y ya no podíamos mantenerla. Además, los precios estaban bajos… y no paraban de caer. Teníamos unas fincas al norte, en el campo. Pero los campesinos… -Paró de hablar-. Se avecinan tinieblas, unas tinieblas que jamás me habría imaginado. Ya no somos nadie, no tenemos nada. Pronto estaremos perdidos. Y Qingwei… Ha empezado a toser sangre… Algún médico hay -a uno lo he conocido aquí- que todavía podría servirnos de ayuda. Pero con esta inflación… Cuando salimos hacia aquí tenía cuatro millones de yuanes. Pensaba que con eso nos llegaría hasta Hong Kong. Pero durante el viaje los precios no han hecho más que subir… -Se calló y miró a otro lado-. No tengo bastante -dijo-. Hemos llegado hasta Shanghai. La he llevado al especialista y me ha dicho que sólo pueden salvarla en Hong Kong.

Li Ang pensó en el dinero que llevaba encima. Le habían advertido de la inflación y, en previsión de contratiempos, se había traído una cartera de más llena de monedas de oro. Desde que se casó, apenas si había vuelto a pensar en Chen Da-Huan. Pero la historia de aquel hombre -su lealtad, su amor constante, lo unidos que habían estado y, ahora, la muerte de ella- se le había hecho real gracias a su relato. Echó mano a la bolsa y sacó las monedas.

– Por favor -dijo-. Ten.

– No puedo aceptarlo.

– Mi suegro era buen amigo de tu padre. Seguro que habría querido que hiciese esto.

Quería que Chen se fuese. Le tendió la cartera, se la metió entre las manos. ¿Sería bastante? Se sacó la pitillera de oro, la del monograma, la abrió, la vació de cigarrillos y se los guardó en el bolsillo. Le tendió la pitillera.

– Li Ang, esto ya es demasiado.

– Los cigarrillos no, que cuestan muchísimo. Guárdate la pitillera y espera una buena ocasión para cambiarla por algo. Ahora he de irme. Por favor. Tengo que irme. -Tragó saliva-. Ya me contarás cómo ha ido todo.

Chen Da-Huan asintió con la cabeza. Le brillaban los ojos con un fulgor desolado.

– Cuídate -dijo Li Ang.

– Sí, sí. -Aturdido, hizo una reverencia-. Algún día mi familia te lo agradecerá de algún modo. Te estaremos eternamente agradecidos.

Se quedó quieto en la acera, agarrando el oro y mirando cómo Li Ang se alejaba a toda prisa.

Se percató de que trataba de no forzar el pie malo. ¿Conseguiría llegar a Hangzhou? Tenía que mandarle dinero a Yinan y decirle que se marchase. Había hecho bien en darle el monedero a Chen, pero si quería ayudar a Yinan, más le valía conservar el oro que le quedaba.

Tenía sed. Se sentía fuera de su ambiente en Shanghai, sobre todo en esa parte nueva de la ciudad. Un olor intenso a agua salada y una brisa fuerte le indicaron que se aproximaba a los muelles y atarazanas. Alguien le dijo que cerca de un salón de té había un telégrafo. Pero luego, preguntase a quien preguntase, todo el mundo lo miraba de arriba abajo y le decían no saber nada de ese salón de té. Nadie había oído hablar de él. Al cabo de unos minutos empezó a sospechar que había entendido mal las indicaciones del primer hombre. Finalmente, al doblar una esquina, fue a dar a un patio, donde oyó el tintineo de unos platos y el grato eco de unas voces.

Siguiendo los sonidos, cruzó el patio y recorrió una balaustrada hasta llegar a un salón de té con un viejo letrero encima de la puerta. Era una sala espaciosa y bien construida, con celosías enmarcadas en paneles de madera oscura. El establecimiento estaba concurrido. Se detuvo en el umbral. Varios parroquianos se lo quedaron mirando y oyó a alguien a su espalda.

Se le acercó el propietario.

– ¿En qué puedo ayudarle? -le preguntó.

Sonó cordial, pero parecía tener algo en mente. Li Ang volvió a inspeccionar el local. Había dos hombres jugando al go bajo la ventana; las blancas estaban casi rodeadas.

– Quería mandar un telegrama -dijo.

– Lo siento -contestó el hombre-. Me temo que no podemos ayudarle.

– ¿Pero qué pasa?

Li Ang quería irse. Esta gente era irritante, sin los más mínimos modales. Alguien se movió detrás de él, arrimándose demasiado.

– Lo siento -repitió el hombre, acercándose al umbral de forma casi imperceptible y mirando fugazmente hacia la entrada.

A Li Ang se le erizó el pelo de la nuca. Un metal frío le oprimió la oreja.

– No se mueva.

Todos los presentes dejaron de mirarlo y se metieron en sus asuntos.

Alguien más entró en la sala, esta vez desde la cocina. Era un hombre de cierta edad con el pelo cortado al cepillo y un rudo semblante del que asomaban un par de ojos taimados.

– Es él. El general de división Li Ang.

Lo detuvieron y le amarraron las manos.

Cuando Hu Mudan se hizo vieja y el pasado empezó a interesarle más que el presente, se pasaba tardes enteras reviviendo sus recuerdos. Decía que notaba cómo le bullían en los huesos. Hablaba de su infancia en Sichuan, de cuando faenaba en los campos bajo un sol de justicia que abrasaba el mundo y lo dejaba empapado en sudor. Describía los años posteriores a su salida de nuestra casa, cuando regresó con Hu Ran a su aldea natal. Y me contaba historias de Chanyi, su amiga del alma. Hablaba de su delicadeza, de su generosidad, de su frágil corazón. Relataba lo mucho que amaba a su hija Junan y cómo la vieja Mma le tenía prohibido a Chanyi pasar mucho tiempo jugando con ella.

Cuando Junan aprendió a sostenerse en pie, Chanyi empezó a preocuparse de que la niña pudiera sentir calambres en los dedos, como si de algún modo hubiese heredado el sufrimiento de su madre, como si existiese una memoria corporal que pasase de madres a hijas junto con la textura del cabello o la forma de la cara. Junan no dio muestras de sufrir trastorno alguno, pero cuando aprendió a andar y correr, su energía despreocupada llenó a Chanyi de una secreta aprensión. Sin un dolor aplastante, sin el oprobio de la inmovilidad, ¿cómo iba a aprender su hija la desdicha inevitable de ser mujer? Chanyi no estaba dispuesta a hacerlo, no lo soportaría. Y fue por eso que mi madre terminó moviéndose con tanta gracilidad y desenfado. La confianza le brotaba de los pies, y la ambición corría detrás. Quien se cansó fue su madre. Cuando Junan tenía doce años, Chanyi buscó la paz del Lago del Oeste, dejando que Junan aprendiese sus desdichas por sí sola.

Si yo pudiese transmitir mis propios recuerdos, legarlos a través de la sangre, mis hijas se enterarían de lo que pasó entre Hu Ran y yo.

Pero a mis hijas les costaría entender mis recuerdos. Se han criado con esa certeza moderna de que el amor ha de superar todos los obstáculos. Su fe en el amor y en el poder de sus propias vidas es tan sólida que las dos han puesto fin a idilios felices para poder dedicarse a satisfacer sus ambiciones académicas, laborales o viajeras. Alguna que otra vez también han dejado de lado estos intereses por un idilio. Nunca entenderían realmente lo mucho que me costó aceptar lo que sentía por Hu Ran. Se quedarían perplejas. Y, desde luego, no puedo pretender que sepan por todo lo que pasé. No hay forma de entender a nuestros hijos ni a nuestros padres. Puede que sea esta ignorancia lo que otorgue a cada generación la confianza para vivir.

Ni Hu Ran ni yo teníamos nada que pudiese guiarnos. En el transcurso de una hora, arrastrados por mi temeridad, traspasamos todas las fronteras de la amistad, la decencia y la clase social. Años antes, lo había visto desnudo detrás del sauce y mi curiosidad había provocado nuestra separación. Ahora, estos impulsos, reprimidos por nuestras madres, nos habían redescubierto y, aunque esta vez propiciaron nuestro reencuentro, los dos éramos lo bastante mayores como para saber que lo que hacíamos era inconcebible. Por eso nos amamos con la crueldad de los atemorizados. El nuestro no era un amor tranquilo, y no siempre fue amable. Yo le hacía daño con confidencias y él me hería con sus secretos. Él pensaba que yo no valoraba mi riqueza y yo que se tomaba demasiado a pecho su pobreza. Entonces no me daba cuenta, pero éramos un reflejo del mundo que nos rodeaba. Era la lucha que libraba el país encarnada en nuestros actos y palabras.

Mi deseo se había hecho realidad: había irrumpido en el mundo de Yinan y de mi padre. Pero mi terror seguía ahí. La presencia de Hu Ran podía disiparlo temporalmente, pero con cada despedida se volvía tan fiero como siempre. Podía estar sentada en el pupitre del colegio, con la vista fija en una página de inglés, o dando un paseo con Pu Li con permiso de mi madre, cuando, de pronto, la sombra de mi ansiedad me nublaba los ojos.

Así que le decía a mi madre que me iba a jugar al baloncesto, y cuando ese tiempo no era suficiente, le decía que iba a ver a Pu Li. Yo nombraba a Pu Li y me iba a pasear por los jardines de la ciudad. No era mentira. Pu Li y yo salíamos efectivamente a pasear. Ya me encargaba yo de eso, como también me encargaba de contárselo a Hu Ran. Le explicaba que era necesario ir al cine con Pu Li y su madre de vez en cuando. Le explicaba que era necesario que me vieran de la mano de Pu Li. Pero a Pu Li no le contaba que me veía con Hu Ran. Me aferraba a unas cuantas salidas apacibles con Pu Li para resistir la impetuosa pasión de la otra relación. Era una forma de recordarme que mi vida anterior, mi verdadero yo, seguía estando a mi alcance.

En el estrecho jergón de su cuartito, hablábamos más de lo que nunca había hablado con nadie, a excepción de mi hermana. Hu Ran era lo bastante mayor como para acordarse de detalles que Hwa había olvidado. Se acordaba de Hangzhou, mientras que Hwa apenas tenía tres años cuando nos marchamos de la ciudad. Recordaba la época en que mis padres se ponían de punta en blanco para ir a cenar a Lou Wai Lou. Se acordaba de Charlie Kong; me contó que había muerto de una apoplejía sufrida tras celebrar la rendición japonesa. Hu Ran tenía más noticias. Su madre trabajaba en casa de un hombre rico convertido al metodismo. Yinan hablaba inglés con soltura y colaboraba con la iglesia como traductora. La vieja residencia de la familia la habían ocupado los soldados.

Yo le contaba cómo se vivía en la gélida casa de mi madre. Le hablé del dinero que había amasado a base de acaparar las provisiones que mi padre se agenciaba y de venderlas de estraperlo. Ahora estaba acumulando los muebles viejos y demás cachivaches que había ganado jugando al mahjong. Y el dinero lo guardaba en lingotes de oro ocultos en un escondrijo tan recóndito que ni siquiera Hwa, con lo observadora que era, lograba dar con él.

– Una vez nos dijo a Hwa y a mí -le conté a Hu Ran- que, en el mundo moderno, tres eran las cosas que daban poder a una mujer. Las casas, el dinero y las joyas.

Hu Ran torció la boca para componer una mueca sardónica.

– ¿Y a ti qué te parece? -me preguntó.

Miré hacia otro lado.

– Yo creo que lo que importa es el amor.

Al cabo de un momento respondió:

– Sí. Pero pongamos que el amor ya lo tienes. Pongamos que el amor es algo que nos merecemos como derecho fundamental. ¿No te gustaría alguna otra cosa? ¿No hay nada que te gustaría hacer?

Las palabras me vinieron rápido a la boca.

– Siempre he pensado… -¿Qué había empezado a decir?-. Siempre he querido ser una especie de escritora, una poetisa, o incluso una periodista.

– Suena sensato.

Qué charla tan osada.

– Esto es lo que quiero -dije, y le pasé la mano por la clavícula. Entonces me miró y yo me abandoné a las nacientes e inéditas potencias de la libertad y la pasión.

Pese a compartir tantas cosas, había ciertos temas que Hu Ran y no comentábamos. No hablábamos de la guerra civil, de aquella lucha por el destino y el corazón de China. Ni nos atrevíamos a abordar la cuestión de nuestro futuro.

Siempre que yo mencionaba la guerra civil, Hu Ran cambiaba de tema. Decía que no quería preocuparme. Poco a poco fui percatándome de que, en su geografía particular, los nacionalistas, los afines a mi padre, ocupaban un lugar tan definido como el de un amigo íntimo; igual que un peón negro, como me dio por pensar una vez al observar despreocupadamente una partida de ajedrez en el café, es consciente de todas las piezas blancas que hay en el tablero. Me volví más cuidadosa, compitiendo con él en astucia y recurriendo a cuantos trucos lograba idear a fin de sonsacarle datos. Hu Ran formaba parte de la clandestinidad comunista, un movimiento tan vasto e influyente que se había convertido en un secreto a voces.

Desde niña había dado por sentado que terminaríamos encontrándonos. Incluso cuando estábamos separados, había dado por sentado que teníamos una vida en común, tal vez imaginaria, pero siempre existente, siempre constante. Pero ahora que nuestras citas dependían del deseo, veía con más claridad todo lo que no compartíamos. Yo iba a un colegio caro y vivía en una hermosa mansión. Un collar de mi madre valía más que todo lo que Hu Ran había ganado en su vida. Yo a veces la odiaba por poseer algo así, odiaba su riqueza. Pero ni siquiera cuando el cuerpo de Hu Ran se fundía con el mío, ni siquiera cuando procuraba herirla con todos y cada uno de mis actos, dejaba de oír el eco de su voz diciéndome que lo que Hu Ran y yo compartíamos no era nada.

Un sábado, durante las vacaciones de Año Nuevo, recibí un mensaje que decía: «Hong, acude lo antes posible al lugar de siempre. Es importante».

Fui a buscar a Hwa.

– Tengo que salir -le dije-. ¿Le dices a mamá que te parece que he salido con Pu Li?

– Jiejie -dijo-, ¿no crees que estás siendo desleal con Pu Li?

– ¿Y qué pasa?

– Que le gustas de verdad.

– Mira, Hwa -dije-, Pu Li es buena persona, pero no me cabe en la cabeza que ninguna chica pueda interesarse por él desde un punto de vista romántico.

Hwa lo entendería: estaba locamente enamorada del carismático Willy Chang. Pero, para sorpresa mía, no respondió. Por un instante no movió ni un dedo. Me di media vuelta, cogí la chaqueta y salí por la puerta.

El cielo estaba bajo; no tardaría en llover. Al llegar corriendo al café, vi a Hu Ran junto a la ventana. Lo saludé con la mano. Me vio pero no me devolvió el saludo. En lugar de eso, se levantó inmediatamente de la silla.

– Ran -dije. Me senté en la silla de enfrente y me puse a tamborilear con los dedos en la mesa-. ¿Ran? ¿Qué pasa?

– Tienes que venir conmigo -dijo.

– Acabo de llegar. Me gustaría tomarme un té.

– Han detenido a tu padre. Aquí, en Shanghai.

Me puse en pie. Casi se me paraliza la mente. Traté de dar con una pregunta, la adecuada, pero se me ocurrían demasiadas. ¿Estaba bien? ¿Cómo lo habían cogido? ¿Por qué estaba en Shanghai y no en Taiwán? Pero antes de que lograse hablar, Hu Ran intervino.

– Vamos.

Echamos a andar por la calle a toda prisa, buscando un ciclotaxi libre. Hu Ran me contó que el rumor de la detención de mi padre había llegado a Hangzhou la noche anterior.

– ¿Y ahora qué hacemos?

– Se lo he preguntado a mi madre. Me ha dicho que viniese a Shanghai y que buscase a Li Bing, el hermano de tu padre. Ahora es coronel y mi madre dice que es el único capaz de poner en libertad a tu padre. Si vienes conmigo, tu tío verá que no miento.

Hu Ran se detuvo y miró a la calzada; alzó el brazo rápidamente y un ciclotaxi vacío vino hacia nosotros. Los asientos estaban salpicados de gotas de lluvia. Hu Ran dio una dirección y el taxista contestó con un gruñido como si estuviesen conchabados. Recorrimos un buen trecho sin mediar palabra. La lluvia se hizo más intensa. En las aceras, los hombres vestidos con camisa y chaleco empezaron a enrollar la ropa que tenían expuesta y a recoger, haciendo un burujo, las medias de nailon, las medicinas y los artilugios. Un hombre ajustaba la tasa de cambio en un letrero colgado en la puerta de una cabina: ese mismo día el yuan ya se había devaluado doce veces. Una casa tenía las ventanas entabladas y las puertas cerradas con candados. Uno de mis compañeros de clase había vivido allí; su padre era funcionario y la familia se había marchado a Taiwán a finales de enero.

Pensé en las frecuentes palabras de mi madre: cuando volvamos, cuando volvamos. Me parecían un refrán enquistado sin que hubiese nadie encargado de decidir cuándo nos iríamos. Cuando volvamos, voy a plantar un melocotonero. Cuando volvamos, voy a mandar cercar la casa con una verja de hierro. ¿Cuándo había empezado mi madre a planear nuestra fuga? No era de extrañar que no se hubiesen dado cuenta de mis escapadas. Cada día que pasaba mandaba guardar más cosas. Hacía poco me había encontrado a Weiwei completamente inmóvil, escoba en ristre, y tuve la sensación de que ni me veía. Le había dicho a mi madre que prefería quedarse en el continente. Ciertos libros y periódicos habían desaparecido de las repisas sin dejar rastro, pero el olor a quemado me hizo sospechar adónde habían ido a parar. Vi cómo las palabras esfumadas de esos libros y revistas que ya no era prudente conservar salían de nuestra chimenea y se elevaban en una delgada columna de humo.

No había vuelto a ver a mi tío desde la noche en que lo vislumbré huyendo de los soldados japoneses, cuando me quedé parada detrás de la puerta y él me mandó entrar en casa. Desde entonces había crecido tanto que ya era más alta que mi madre. ¿Cómo iba a reconocerme Li Bing?, me pregunté mientras el ciclotaxi se abría paso por las calles abarrotadas. ¿Cómo me reconocería yo misma? Las últimas semanas mi mente y mi cuerpo habían experimentado tantos cambios que tenía la impresión de que aquellos años en Hangzhou habían tenido lugar en una vida anterior. Me llamo Li Hong, recité para mis adentros. Soy la hija de tu hermano. Durante una época, vivíamos todos juntos en la casa de la calle Haizi, en Hangzhou. Yo era tu sobrina favorita, la que se sentaba a jugar en tu regazo. ¿No te acuerdas?

Pero al llegar al salón de té, mi tío me echó una ojeada y vino corriendo hacia mí. De no ser por eso, igual ni lo hubiese reconocido.

Se había convertido en un soldado. Se me plantó delante, un hombre delgado, tostado por el sol y vestido de uniforme. Llevaba una gorra con una estrella roja, el emblema que acababa de adoptar el Nuevo Cuarto Ejército; bajo las gafas, unos pómulos descarnados proyectaban un triángulo de sombra sobre la boca.

– Xiao Hong -dijo-. Eres toda una mujer. -Tenía los dientes manchados de nicotina. Miró a Hu Ran y volvió a mirarme a mí-. ¿Qué haces aquí?

– Éste es Hu Ran -dije-. Necesitamos tu ayuda.

Mi tío, adusto y con el rostro surcado de arrugas, se inclinó hacia nosotros. Hu Ran le transmitió lo que le había contado Cheng, un vecino de Hangzhou de quien Li Bing había oído hablar aunque no lo conocía personalmente.

Lo que sí sabía era el lugar donde habían capturado a mi padre. Apenas el nombre del salón de té salió de los labios de Hu Ran, mi tío me agarró del brazo y nos sacó del local rápidamente.

Guardó silencio dentro del ciclotaxi, como si no percibiese el tumulto de la calle ni las gotas de lluvia en la cara. Me figuré que estaría evocando momentos compartidos con mi padre, recuerdos de la niñez que pasaron juntos en Hangzhou. Quizá se lamentase de que hubiesen terminado así. Era imposible saberlo.

Finalmente volvió en sí. Me miró, y con aquel tono suelto e irónico que yo recordaba, me dijo:

– Vaya susto te has llevado al verme, Hong. ¿Seguro que no te parezco un desconocido?

– No -contesté-. Pero es que no te he visto en diez años. Pareces… -Fruncí el ceño-. Pareces cambiado. -Me costaba traducir mis pensamientos en palabras, responder con laconismo y enjundia a la parquedad gestual de mi tío. Finalmente le solté-: Pareces estar viviendo con una idea entre ceja y ceja.

Se relajó y esbozó una sonrisa.

– Como todas las mujeres de tu familia posees una sensibilidad fuera de lo común. Pero yo no vivo en función de una idea. Es más bien la idea la que vive a través de mí. Por encima de todo, existe un propósito; luego están los planes y las expectativas. Es como si yo, en lugar de una persona, fuese una pieza más de un gigantesco diseño. A veces, cuando estoy con mis camaradas, incluso en mitad de una discusión relevante, tengo la sensación de no estar presente. Me observo: soy yo el que habla, pero no sé quién me dicta las palabras. Diría que somos como una barca en mitad de un vendaval. Las velas están tensas y henchidas de viento, pero lo único que tenemos es la arrogante y falsa ilusión de llevarlo todo bajo control. Y el viento puede cambiar; de hecho, no espero otra cosa. A veces lo percibo, un viento taimado, dispuesto a destrozarnos.

Siguió hablando: un torrente de palabras. Mi padre lo había ayudado una vez; ahora mi padre necesitaba de su ayuda. Bajo su aparente fortaleza, mi padre, tan generoso, tan cegado por el optimismo, siempre había sido un bobalicón. Pese a su aguda inteligencia, no le extrañaba que hubiese caído, por puro azar, en manos de una pequeña célula de activistas. Siempre igual, mi padre, tan seguro de sí mismo que no paraba de caer en trampas, sin enterarse jamás de cuándo estaba bajo el yugo de otro, ya fuese hombre o mujer. Al decir esto último, Li Bing se calló. Durante un instante no dijo nada. Luego, se volvió hacia mí. Habían cogido a mi padre, de acuerdo, ¿pero teníamos que culparlos por eso? ¿Tan horrible era luchar por los ideales del comunismo, darles un poco de poder a los hombres y mujeres pobres, hacer que se sintiesen partícipes? ¿Tan sorprendente era que, una vez liberados de sus opresores, se alzasen en armas para defender esa libertad y se rebelasen contra el destino que los condenaba a semejante sufrimiento?

Yo escuchaba sin decir palabra, pues me daba la impresión de que no era a mí a quien se dirigía. Hu Ran, sentado a mi lado, asentía con la cabeza por agradarle.

Una hora después, cuando mi padre salió del cuarto trasero, la luz se derramó a su espalda; unos rayos plateados perfilaron su alargada silueta y sumieron su rostro en sombras. Por un momento, era la imagen que yo llevaba tanto tiempo atesorando en la memoria, un puro chi a punto de levitar. Tuve la sensación de que, de alguna manera, era diferente a cualquier otro ser humano: más radiante, con toda su fortaleza recortada contra la luz del cielo. Entonces vino hacia mí y esa imagen se desvaneció. Le vi la cara ensombrecida, la ropa arrugada y, a cada paso que daba, la lesión que había destruido sus andares, el instante de indecisión al plantar el pie derecho en el suelo.

– Hong -dijo. Sus palabras me llegaron muy tenues, como si hablase a distancia-. Hija mía. Hu Ran.

– General Li -dijo Hu Ran.

Cuando mi padre vio a su hermano de pie a nuestro lado, no fue capaz de encontrar palabras de bienvenida. Se quedaron un buen rato parados uno frente a otro, mirándose.

Li Bing fue hacia él.

– Gege.

– Didi.

Casi toda la sala tenía los ojos puestos en ellos, pero ninguno de los dos se daba cuenta.

– Gege -repitió mi tío, cogiendo a mi padre del brazo-. Siéntate. -Se lo llevó a una mesa-. Por favor, siéntate conmigo un momento. Todo ha sido una equivocación. Pido perdón por lo ocurrido. No sabía que eras tú hasta que vino a verme Hu Ran. Habría venido inmediatamente.

Li Bing se volvió hacia Hu Ran.

– Gracias, muchas gracias -le dijo.

Mi padre sonrió a Hu Ran y lo saludó.

Entonces mi tío me miró.

– Hong, vete a casa y espera a tu padre. Tenemos cosas de que hablar. Llegará en una hora o dos.

Hizo un gesto para que les sirviesen té. Hu Ran y yo salimos de la sala. Los vi inclinarse el uno hacia el otro, veladas las facciones de mi padre por el humo que ascendía de su taza. Años después, cuando mi padre contaba esta historia, nunca revelaba lo que se dijeron el uno al otro.

Hu Ran paró otro ciclotaxi y le dimos al conductor las señas del Y. Recorrimos varias manzanas dando botes bajo el toldillo sin cruzar palabra. El aire era frío y húmedo. Yo me iba fijando en los destartalados tendajos, con sus letreros y carteles de papel colorido flameando con bravura bajo la lluvia.

Hu Ran se decidió por fin a hablar.

– He oído que te han prometido a Pu Li en matrimonio.

– Eso no es verdad -me apresuré a explicarle-. Es que mi madre y la suya son amigas. -Él no mudó la expresión-. Bueno, a decir verdad, no creo que a mi madre le caiga bien la suya. Pero me parece -traté de explicar- que nuestros padres eran amigos.

– La parejita perfecta.

– No -insistí. La rueda del taxi se metió en un charco y tuve que agarrarme a un lado-. Pu Li y yo no estamos prometidos -dije-. Sólo es algo que mi madre le dijo a Pu Taitai hace muchos años. Estoy segura de que mi madre ya lo ha olvidado.

– ¿Por qué estás segura?

Su mirada era de lo más intensa.

– No lo he pensado nunca -le dije.

– ¿De verdad crees que tu madre se olvida de algo?

Mi mente se movía lentamente.

– ¿Por qué habría de prometérselo a Pu Taitai? -pregunté.

Hu Ran se encogió de hombros.

– Dicen que Pu Taitai es una mujer generosa. Igual le ha hecho algún favor que otro a tu madre.

– Mi madre no necesita que le hagan favores.

– ¿Te gusta Pu Li?

Me fijé en las piernas del taxista, en constante movimiento giratorio. Pensé en Pu Li, pequeño y robusto -más bajo que yo- con su espesa mata de pelo suave y su cara redonda y blanca. Tenía una serenidad bondadosa que me reconfortaba.

– ¿Qué es lo que quieres saber?

– Me han dicho que estás prácticamente casada con Pu Li.

No dije nada. Recordé las palabras que pronunciara Pu Li años atrás, bajo las bombas, en el refugio: «Tu madre se lo ha prometido a la mía».

– No lo entiendo -dije-. ¿Y si es verdad, qué? Sigo sin creerme que pueda ocurrir.

– Bueno, ocurrirá a menos que tú te opongas.

Escuchamos el repiqueteo de la lluvia en el toldillo.

– ¿Por qué no le haces frente a tu madre? ¿Es que quieres pasarte toda la vida sometida a ella?

Recordé lo que le dijo mi madre a Hu Mudan: «… y llévate a ese mocoso». Quería explicarle a Hu Ran que la cosa no era tan simple.

– ¿Y a ti qué más te da? -le pregunté, esforzándome en controlar la voz-. No vas a tener que irte. Este país será tuyo.

Se quedó quieto unos instantes, clavando la vista al frente, más allá de la bamboleante espalda del taxista.

– Podrías quedarte, Hong. Quédate conmigo.

– ¿Quieres que me quede?

– Este país podría ser nuestro.

Cuán súbita surgió ante mí la oportunidad de escoger mi destino. Mi madre había intentado protegerme como si me tuviese en una vitrina. Ahora podría salir al mundo con Hu Ran, su madre y mi tía. Podría dejar atrás a mi madre y vivir una vida de pasión. Podría quedarme y vivir el futuro de China.

Hu Ran me cogió de la mano. Parecíamos dos niños buenos, sentados en aquel ciclotaxi, posados en el ojo del huracán. Enseguida concluiría el trayecto. El mundo regresaría dando vueltas y lo encontraríamos más cambiado de lo imaginable.

– Me quedaré contigo -dije.

– ¿Estás segura, Hong? -preguntó con voz dulce.

– Lo estoy.

Se metió la mano en la chaqueta. Cuando la abrió, tenía en la palma el colgante de jade verde que había tratado de darme cuando no éramos más que unos críos.

– Este colgante se lo dio tu abuela Chanyi a mi madre -dijo-. Le explicó que era un símbolo de amor y amistad, y que siempre, pasase lo que pasase, conectaría al que lo daba con el que lo recibía. Ya no soy un niño. Estoy seguro de que mi madre y tu abuela lo entenderían.

Agaché la cabeza y me puso el colgante. La cadena estaba fría, lo noté en la garganta, pero el jade estaba caliente.

Más tarde, cuando salimos de su cuarto, nos deslumbró la suave claridad, y ya en el ciclotaxi, tuve la sensación de que estábamos bajo el agua. Nos movíamos despacio, como si estuviésemos sumergidos, y, a nuestro alrededor, todos los colores empapados refulgían con mayor viveza que antes. Era como si mi decisión hubiese disuelto por fin la barrera que me separaba del mundo. Ahora me encontraba en mitad de un mar inmenso, fluctuando, codo con codo, con todos los habitantes de la ciudad. Miles de personas flotaban por delante de nosotros acarreando fardos y pertenencias. Una mujer con un paraguas rojo chillón desprendió una brillante gota de lluvia que vino a parar a mi ventanilla. A nuestra vera, un hombre tiraba de una calesa. Me llegaba el olor -a coliflor y soja- de su resuello, denso y cargado.

Tardamos un rato en llegar a mi calle. Los olmos majestuosos se erguían ante nosotros; nunca había visto sus hojas tan verdes, ni tan negros los troncos. Goteaban sobre las tímidas mansiones, muchas de ellas tabicadas con tablas para hacer frente a la marea del cambio. Pronto llegarían los soldados y arrancarían las tablas. Pronto tomarían posesión de las casas y de todo lo que había dentro. Pronto. Pero la casa de mi madre estaba toda iluminada, como si fuesen su fuerza y su determinación las que irradiasen la luz desde dentro, y al andar por el sendero, sentí un extraño escalofrío.

Hu Ran y yo cruzamos el umbral.

Mi padre y mi tío estaban allí. Los oí desde el vestíbulo y, mientras me acercaba al salón, también oí la voz de mi madre. Junto a ellos estaba Hwa, atenta y tan formal como siempre. Estaba acicalándose para una fiesta de Año Nuevo cuando llegaron los hombres, y todavía tenía puesta su brillante blusa roja, perfectamente planchada hasta dejar la seda tan plana como el papel.

– … que me echases una mano con unas cuantas cosas -estaba diciendo mi madre.

– Estoy en deuda contigo, jiejie. Por supuesto que los funcionarios harán la vista gorda a uno o dos envíos.

– Gracias -dijo mi madre-. Son sólo muebles. Pero es que les tengo muchísimo apego. Ya me duele tener que marcharme como para encima… -En ese momento nos vio a Hu Ran y a mí en el pasillo. Ya le había soltado la mano, pero mis dedos, sabiendo que él estaba presente, seguían tibios. Mi madre me recorrió entera con la mirada: el pelo, los ojos, las mejillas, la boca. Durante unos buenos momentos me sentí desprotegida. Después, ella también se me antojó vulnerable.

Fue mi padre el primero en hablar.

– Junan, ¿te acuerdas de Hu Ran?

– Oh, sí -dijo mi madre cortésmente, recobrando la compostura-. ¿Qué tal estás, Hu Ran?

– Bien.

– De no haber sido por este jovencito -dijo mi padre-, estaría muerto.

Mi madre sonrió con frialdad.

– Gracias por traer al general a casa -dijo-. Te mereces una recompensa.

– De ninguna manera -respondió Hu Ran.

– Bueno, entonces, gracias por tu xingli.

– Muchacho -terció mi tío-, me parece que es hora de que tú y yo nos vayamos. Tenemos mucho de qué hablar. -Hizo un gesto en dirección a la puerta-. Hasta la vista -le dijo a mi madre.

– Gracias por tu ayuda, Li Bing.

– Adiós -dijo, mirando a mi padre-, y piensa en mi consejo.

– Lo haré.

Hu Ran me guiñó un ojo. Miré alrededor para ver si alguien se había dado cuenta.

Me asomé a la ventana y los vi salir de casa y recorrer el sendero hasta la verja, Hu Ran con la cabeza gacha, escuchando a mi tío.

Y allí nos quedamos los cuatro, mi madre y mi padre, Hwa y yo, sentados en las cuatro sillas sin cubrir, bajo las luces brillantes que se reflejaban en las ventanas salpicadas de lluvia. El resto de los muebles, un sofá, dos sillones y un diván, estaban cubiertos con sábanas.

Ahora que mi padre había vuelto de improviso, ahora que se hallaba sano y salvo después de haber estado en peligro, mi madre no paraba de temblar. El amor que sentía por él la atravesaba; le crispaba la espalda; le refulgía en los ojos. Por encima de todo, la avergonzaba.

– Ya he embalado todo lo que podemos llevarnos -dijo-. Estoy lista para partir, y, con la ayuda de tu hermano, los muebles y otras cosas llegarán sin problemas a Taiwán.

Mi padre no respondió nada.

– Nos vamos dentro de dos días -dijo mi madre.

Tampoco dijo nada. Se miraba las manos.

– ¿Qué pasa, Li Ang?

– Junan -dijo mi padre-, eres una mujer generosa.

– ¿Qué es lo que quieres?

– Junan -repitió-, hablemos de esto a solas.

Pero mi madre nos hizo un gesto a mi hermana y a mí para que nos quedásemos donde estábamos.

– No creo que tengas que decirme nada que no puedan oír nuestras hijas.

Mi padre me miró primero a mí y luego a Hwa, con expresión de impotencia, antes de volverse hacia mi madre.

– Le he mandado un telegrama a tu hermana.

Oí una inhalación brusca. Miré a Hwa de reojo, pero estaba inmóvil en la silla, con su blusa roja y la espalda tan recta como la de un joven soldado.

– ¿Y qué le has dicho? -preguntó mi madre.

– Que correrá peligro. -Mi padre alzó la voz. Percibí un deje de emoción creciente, y también de expectación. Estaba descubriendo lo que había deseado decir desde hacía tanto tiempo-. Lo sabes tan bien como yo -dijo-. Yinan no estará a salvo. No tiene familia ni influencia. Tiene a los americanos, pero cuando caiga la República… Con los comunistas en el poder los americanos se irán. Y será vulnerable.

– ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Mi padre respiró hondo.

– Quiero que venga con nosotros.

En el largo minuto que siguió, el sonido de la lluvia se hizo más tenue y se alejó. Por la ventana vi acercarse lentamente los faros de un coche que aparcó delante de nuestra casa. El chófer abrió la puerta y se bajaron dos mujeres.

Una era Hu Mudan; la otra no me resultaba familiar, aunque me dio la sensación de que debía de conocerla.

Era delgada y más baja que mi madre, con un semblante descolorido y angustiado, y una media melena recogida por detrás de las orejas. Llevaba un sencillo atuendo: una falda larga de color gris ribeteada de lluvia, una blusa blanca de manga larga y unos mocasines. La falda y la blusa estaban arrugadas y parecían deliberadamente austeras y deliberadamente occidentales -de hecho, eran un donativo de Katherine Rodale, la misionera estadounidense-; tal vez fue por esas ropas que tardé en reconocerla. Recordaba a mi tía como una mujer muy joven, más bien feúcha, sin mucha gracia, que conservaba la dulzura de la niñez. Esta mujer era más vieja, desde luego, pero había envejecido de un modo singular. Para empezar, ya no era fea; más que guapa era agradable a la vista, atractiva de puro sencilla. Era como si los años hubiesen ido limando su anterior personalidad, dando paso a esta nueva Yinan. Sólo al cabo de unos momentos logré reconocer en sus ojos la antigua expresión vigilante, la ternura de siempre, transformadas en un gesto de apacible comprensión.

– Ayi -solté de repente. Hwa me echó una mirada furibunda. Me esforcé en hablar con propiedad-. Ayi.

Me salió rotundo, rebosando una alegría radiante e incontrolable y unos flecos de tristeza.

Yinan trató de sonreír. Mi madre ni se movió.

– Li Taitai -dijo Hu Mudan.

Mi madre no respondió.

Hu Mudan se ofreció a esperar en el coche y se retiró.

Cuando hubo salido del salón, mi madre habló.

– Hola, Yinan.

Mi padre se levantó. Dio un rápido paso al frente, pero algo lo detuvo.

La precisa voz de mi madre rompió el silencio.

– Adelante. Saluda a Yinan.

Avanzó tambaleándose, dando pasos torpes y pesados. Fue entonces, al ver a mi tía y a mi padre, cuando lo entendí. Aunque se quedó quieta, su cuerpo lo decía todo. Lo único que hacía era mirarlo, pero se lo vi en los ojos. Mi padre estaba parado y en silencio. Sus ojos, sus rodillas, la caída de los hombros, los ademanes de las manos, todo él acusaba la presencia de mi tía.

– Yinan.

Ella alzó la vista, despacio, desde los pies hasta la cara de mi padre, por todo lo largo de su cuerpo. Lentamente, se le iluminó la cara. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Percibí su felicidad, su dolor y algo más que -ahora que había estado con Hu Ran- logré reconocer, una corriente de sentimiento imposible de ignorar.

Yo nunca había sentido esa clase de poder, un poder capaz de sumir a tantas personas en una impotencia y un silencio semejantes.

– Entonces estás bien -dijo finalmente mi padre.

– Tu pie…

– No es tan grave.

– He recibido tu telegrama, Li Ang. Pensaba mantenerme alejada, pero cuando Hu Mudan me dijo que te tenían preso, tuve que venir.

– Me tenían preso, pero me han soltado. ¿Y tú cómo estás?

– Bien.

– Tienes que salir del continente -dijo-, aquí correrás peligro.

– Katherine, la mujer americana, ha convencido a la iglesia de que me ofrezcan refugio en Hong Kong.

– No -dijo mi madre.

En el rostro de mi madre vi una determinación inédita e imponente que sólo podía haber surgido del dolor.

– Pero Junan… -dijo mi padre.

– He dicho que no -replicó mirando a mi tía-. Aunque Li Ang quiera que vengas, yo no pienso permitirlo.

Yinan se miró las manos.

– No me opondré a tus deseos.

Al cabo de un momento, mi padre habló.

– Son unas condiciones muy rigurosas.

– De acuerdo, pero son mis condiciones.

– Yo esperaba que después de tanto tiempo…

– Pensabas que me habría olvidado -dijo mi madre sonriendo-, meimei, ¿te acuerdas de aquella charla con Li Bing en Hangzhou, hace muchos años? Te preguntó qué harías si el enemigo se te presentase en casa y tú dijiste que aprenderías a vivir con él. Qué tonta fui. Pensé que no eras más que una niña.

– Jiejie, no fue así…

– Tú querías que ocurriese -dijo mi padre.

Tenía las mejillas sonrojadas y la mirada fija en mi madre.

– Ahora ya no puedes hacer nada. Entiéndelo, por favor. Tú lo empezaste, tú lo pusiste en marcha. De acuerdo, la culpa fue mía. Pero no me digas que mi debilidad no entraba dentro de tus planes.

Mi madre le miró a los ojos. Tenía un semblante pálido e implacable.

– Estás dispuesto a romper nuestra familia -dijo cuidadosamente, antes de desviar la mirada-. Tú también pretendes quedarte.

– Después de haber sido capturado, he tenido que aceptar la realidad. Yo…

– ¡Sabes que tienes que marcharte! ¡Eres un general nacionalista!

– No, ya no. No soy un verdadero nacionalista, nunca lo he sido, ni tampoco un comunista. Sólo soy un hombre. Soy chino y sufriré lo que sufra mi país.

Nos quedamos sentados sin decir ni media palabra. Fuera había oscurecido y en las ventanas salpicadas de lluvia flotaban nuestros reflejos borrosos: la blusa de Hwa, una mancha roja, y, levitando espectrales a nuestro alrededor, los muebles amortajados de blanco.

Mi madre estaba muy tiesa en la silla. Conservaba la piel clara, los huesos largos, pero en un momento dado, durante la guerra, su belleza se había marchitado.

– Te crees que Li Bing va a protegerte. Pero escucha lo que te digo: ya vendrás a suplicarme de rodillas. -Se levantó-. Adiós, Li Ang. Adiós, meimei.

– Jiejie.

– Junan… -dijo mi padre, llevándose cansinamente la mano a la frente.

– Ya vendrás a suplicarme de rodillas -respondió mi madre, mirándolo con una sonrisa irracional. El dolor que sentía era insoportable. Nos quedamos paralizados, como si el menor movimiento fuese a despedazarnos. Mi madre seguía en pie. Quería que se fuesen.

Yo no acertaba a mirarlos a los ojos. Me giré para ver sus reflejos en la ventana, cercados de sombras. Mi padre, con gesto hastiado y apoyado en su bastón; Yinan, pálida y llorosa. Nos abandonaban. Iban a dejarnos, a mí y a mi madre, a quien habían despojado de todo cuanto tenía. Sólo le quedaba la pura voluntad, soldada a los huesos, aquellos huesos blancos y alargados que me eran tan familiares como los de un amante.

Comprendí que no podía quedarme en China. ¿Cómo iba a dejar a mi madre, con lo que estaba sufriendo? ¿Cómo iba a quedarme con la gente que tanto daño nos había hecho? La pena y la oscuridad me desgarraban. Quise correr hacia mi padre y mi tía, agarrarme a sus rodillas y gritar: «¡Me quedo con vosotros!». Pero al mirar el reflejo desolado de mi madre en el cristal, supe que no lo haría.

Taipei 1949-55

Llegamos a Taiwán enfermas de derrota. La isla entera padecía la misma afección, una fiebre que habíamos traído desde el continente, a través de las aguas, quienes habíamos huido de nuestros hogares y abandonado nuestras vidas, acarreando hasta esa tierra desconocida las cuatro cosas que pudimos salvar. La dolencia -que se manifestaba en forma de ceguera contagiosa, de tentadora amnesia- se había apoderado de los menos imaginativos. Así, ciertas mujeres que en su día habían llevado vidas serias y responsables, ahora se abismaban en el mahjong, sin cruzar palabra, limitándose a chasquear las piezas y a deslizar pilas de fichas por el tapete blanco, una partida tras otra, sin tregua, con tal de no pensar, hasta que les ardían los ojos y les dolían los brazos y la luz de la lámpara se diluía en el amanecer. Y hombres valerosos que en un principio se mostraban decididos a volver al continente y a reconquistarlo a la fuerza, ahora, en cambio, derrengados y en inferioridad numérica, se batían en retirada hasta los últimos confines de la isla, donde consumían sus fuerzas luchando por defenderse, sojuzgando a los nativos y tratando de empezar de nuevo en ese lugar pedregoso, humeante y lavado por la lluvia.

Todavía recuerdo el olor exuberante de la primavera en flor mezclado con el torbellino de la esperanza y el deseo. Las primeras semanas me pasaba horas enteras sentada a solas, con el colgante que me había regalado Hu Ran, y escribía una carta tras otra con destino al continente. De cuando en cuando, soltaba la estilográfica y miraba por la ventana, más allá de esa isla populosa y de las pardas aguas turbulentas, hacia el lugar donde seguía mi viejo país de vastas playas y calles oscurecidas por el gentío. Durante siglos, el mar que separaba la isla del continente había sido una membrana permeable que veleros, barcos de vapor y, ya en nuestro siglo, aviones, cruzaban con facilidad. Los dialectos llevaban milenios separándose y volviéndose a entrelazar. Eran muchas las familias con miembros en ambas orillas, siempre intercambiándose paquetes de ayuda humanitaria llenos de latas de té y otros productos típicos enterrados en un lecho de setas secas. Con tantas y tantas cosas como habían viajado de un lado a otro, seguro que habría alguna forma de borrar lo que yo había hecho. Hu Ran y yo teníamos que volver a encontrarnos, como siempre habíamos hecho, contra todo pronóstico.

«Lo siento -le escribía una y otra vez-, no podía abandonar a mi madre.» Le invitaba a Taiwán, dándole las señas de nuestra casa en Taipei. Hice las promesas más insensatas de que volvería al continente. Mis palabras sonaban huecas, incluso a mí. No tenía cómo regresar al continente ni cómo mantener a Hu Ran en Taiwán.

Pasaron dos, tres semanas. Guardaba las cartas y, cada pocos días, salía de casa a hurtadillas y echaba a correr por las atestadas calles hasta llegar a la oficina de correos. En una de estas salidas clandestinas me tropecé con Pu Taitai. Estaba canosa y fatigada, pero encantada de verme. Acababa de enviarle una carta a Pu Li. Había logrado arañar el dinero suficiente para mandarlo a Macao, y allí estaba el muchacho, esperando un visado de estudiante para los Estados Unidos. Yo asentía toda sonriente pensando en mis propias cartas. ¿Adónde iban a parar? Era imposible que desapareciesen sin más, que se hundiesen en el abismo cada vez mayor que separaba los dos mundos.

Esa tarde llamaron a la puerta. Salí corriendo de mi cuarto con el corazón en un puño, abrí la puerta sonriendo de oreja a oreja, con los ojos llenos de lágrimas… y me llegó el aroma familiar del perfume de sándalo. La visitante era Pu Taitai; nuestro encuentro casual en la oficina de correos había servido para reuniría con mi madre. Hwa también se llevó un chasco. Pero mi madre salió de su postración y sonrió como si la reaparición de esa mujer, con su voz chillona y su amorfa blusa gris y azul lavanda, fuera un buen presagio.

– ¡Li Taitai! -gritó Pu Taitai.

Hwa enarcó las cejas a espaldas de mi madre. Pu Taitai entró y se puso a ensalzar la habilidad de su vieja amiga: ¡Había encontrado una casa decente! ¡En una ciudad tan hacinada! Dijo que teníamos muy buen aspecto a pesar de los pesares. No hizo mención de la ausencia de mi padre. Ni una pregunta ni un comentario de pasada. Mi madre tampoco le preguntó cómo se las arreglaba, ni de qué vivía. En lugar de eso, mandó a la criada que preparase dianxin.

– Siéntate, siéntate -le dijo mi madre. Y nos reclutó a Hwa y a mí para echar una partida de mahjong.

Pu Taitai se puso a comer. Se tomó una docena de ciruelas saladas y varios cuencos de puré de judías verdes. Comió cacahuetes y pipas de sandía. Comió bolas de masa y albóndigas de pescado como para tres personas. Los mofletes se le tiñeron de un color saludable; sus ojos se desorbitaron y empezaron a brillar. Fingimos no darnos cuenta. El crepúsculo dio paso a una oscuridad acogedora. La noche se posó sobre nuestra casa como una gasa reconfortante y nos relajó con su quietud. Hubo un apagón. Bajamos la luz de los candiles y dejamos que se oscureciese la estancia hasta que casi no se veían las fichas sobre el tapete.

Pu Taitai no paraba de hablar. Se vanagloriaba de su hijo, que había obtenido una beca para estudiar ingeniería en California. Nos contó historias heroicas de los generales nacionalistas que habían defendido las islas y de los focos de resistencia que quedaban en el continente. Se refirió con pesar a mi padre; creía que lo habían capturado -tal vez tendiéndole una trampa- y que lo habían dejado tirado, puede que tras asesinarlo. No sé de dónde habría sacado esa idea. Supongo que mi madre le habría contado un cuento para guardar las apariencias. Entonces Pu Taitai entonó el eslogan de la época:

Primer año: preparativos

Segundo año: contraataque

Tercer año: saodang (avance arrollador)

Quinto año: éxito

Enumeró nuestras victorias una y otra vez: la valerosa defensa de la isla llevada a cabo por el general Hu Lian, la última detención de un espía comunista. De la derrota no decía nada, ni del cansancio, las capitulaciones, las pérdidas o la muerte. Mi madre sonrió y le señaló un platito de dulces de ajonjolí; Pu Taitai cogió uno y se lo comió. Al menos ellas dos eran verdaderas amigas. Me alegré por mi madre; hasta entonces no había tenido una sola amiga de verdad. Pero algo de aquella compasión me trajo a la mente el recuerdo de Hu Ran, y mientras Pu Taitai agitaba el dado para comenzar, tuve la sensación de estar presenciando la partida desde muy lejos.

– Tenemos que criar una nueva generación de patriotas chinos -decía Pu Taitai-. Cuando mi Pu Li se case con tu Hong, mezclaremos la sangre de dos grandes generales y esa combinación producirá un héroe chino.

Me miró encantada de la vida. En ese momento, mi madre también me miró y sonrió: una sonrisa irónica y de complicidad que me dejó sin habla.

Me quedé anonadada, en completo silencio. Pu Taitai revolvía y mezclaba; las fichas repiqueteaban sin cesar. La sonrisa de mi madre me reveló lo que yo no me había permitido saber. Debería haberme dado cuenta, podría haberme dado cuenta, pero estaba demasiado preocupada para advertirlo. Es verdad que las señales eran pequeñas y parecidas a los síntomas típicos de la desubicación. Las náuseas, la fatiga, las lágrimas y aquel apetito inexplicable me habían parecido lógicos en un nuevo lugar. Pero otra fuerza se había apoderado de mi cuerpo, hinchándome los pies y el estómago, propagándose por todo mi organismo hasta las mismísimas raíces del pelo, que, efectivamente, se me habían puesto tan espesas y frondosas como las de las embarazadas.

Por supuesto que mi madre se había percatado del cambio, claro que lo había notado. Había presenciado esos cambios físicos en Hu Mudan, en ella misma y en su hermana. Conocía las señales tan a fondo como la pena.

Ahora colocaba verticalmente las fichas que le habían tocado, con toda delicadeza.

– Uf, qué malas. Paso.

Una arruga diminuta se formó entre sus cejas y enseguida desapareció. Tuve la sospecha de que aquella mano mi madre la jugó mal a propósito. Pu Taitai se congratuló de su victoria y la velada concluyó sin que nuestra invitada se enterase de nada de lo ocurrido.

Esa misma noche, mucho después de marcharse Pu Taitai, fui a ver a mi madre. Estaba en su dormitorio, de pie ante el armario, hurgando en su lujoso contenido como si buscase consuelo. Me quedé detrás de ella, a la espera, pero no me hacía ni caso.

– Lo siento -dije-. Ya sé que es una deshonra.

Siguió acariciando el cuello de piel oscura de un chaquetón.

– Era… es… un buen chico. Tú lo sabes. De no ser por él…

– Tienes que ir a ver al boticario.

La última vez que la había oído hablar en ese tono fue en Shanghai, la noche en que mi padre la abandonó. Entonces, viéndola tan dolida, me ablandé. Pero ahora sentí una frialdad rebelde en la punta de los dedos. Respiré hondo.

– No -dije.

Se dio la vuelta y me clavó los ojos. Los músculos se le tensaron bajo los huesos. Acto seguido se volvió hacia el armario. Y con esa decisión la abandoné, tan segura como si me hubiese quedado en el continente.

Tuvo que ser duro para ella enterarse de mi estado. Toda la vida había tenido que soportar las flaquezas de sus escasos seres queridos: la de mi abuela, la de mi padre, la de mi tía, y ahora la mía. Ella nos amaba, y nosotros se lo pagábamos con traición y humillación.

Había dejado marchar a Hu Ran con toda tranquilidad, dando por hecho que podría volver o que él podría venir a verme, como si nuestros cuerpos fuesen paquetes que uno podía meter en un buzón cuando se le antojase y que aparecerían, con independencia de la situación política, al otro lado del mar.

Sin embargo, en los meses siguientes, empecé a entender que Hu Ran no tenía cómo hacer el viaje. Me llegaron rumores de que las últimas tropas nacionalistas estaban rodeadas, luchaban, caían derrotadas. Hordas de refugiados corrían a embarcarse rumbo a la isla. Algunos de los buques estaban preparados para afrontar el viaje; otros eran decrépitas barquichuelas con más agujeros que un colador y menos marineras que las lanchas del Lago del Oeste. Se había interrumpido el correo. Las rutas fundamentales sufrían el bloqueo comunista. Las cañoneras patrullaban las costas a la caza de posibles fugitivos. El tráfico entre Taiwán y el continente se redujo al mínimo. Sólo Hong Kong seguía siendo accesible, y cada semana que pasaba el trayecto se hacía más peligroso. El telón de bambú se fue haciendo cada vez más impenetrable hasta que el angosto estrecho se convirtió en un ancho océano.

Por las noches me enfrentaba al legado de la vieja Mma. Oía a mi madre dando vueltas en la cama en el cuarto contiguo. Durante el día hablábamos lo menos posible, aunque en una casa tan pequeña era imposible no cruzarse. Hubo una vez, por aquella época, en que llegó a llamarme por el nombre de su hermana. Yinan, dijo detrás de mí. Yo me di la vuelta y le respondí con toda naturalidad para que no se diese cuenta de lo que había dicho.

18 de julio de 1949

Querida Hong:

Gracias por tu carta. No me había llegado hasta ahora, al cabo de varios meses, pues han tenido que reenviármela a Hong Kong, donde me encuentro actualmente a la espera de regresar a los Estados Unidos.

Tengo que darte una triste noticia. Hemos perdido a Hu Ran. Por lo visto, había decidido salir del país por el estrecho. Una noche, mientras su barco esperaba el momento de zarpar fondeado en el muelle, sufrieron un ataque. Dicen que alguien del barco avisó a las cañoneras comunistas. En la refriega que tuvo lugar a continuación, Hu Ran se cayó al agua y se ahogó. Hu Mudan lo supo por boca de uno que logró llegar a la orilla. Pagó a otra persona que venía a Hong Kong para que me escribiese contándome lo ocurrido y rogándome que te encontrase, pero en todos estos meses he sido incapaz de descubrir tu paradero.

No acierto a imaginar cuán difícil debe de resultar recibir una noticia tan terrible de una desconocida. Con todo, te pido por favor, Hong, que no me consideres una desconocida. Hu Mudan, Hu Ran y tu tía Yinan eran para mí como de la familia, y espero que también tú me consideres una amiga. Avísame, por favor, cuando recibas esta carta. Escríbeme y dime cómo estás.

Atentamente,

Katherine Rodale

Fue Hwa quien desafió el silencio y se atrevió a llamar a mi puerta. Correcta, casi apocada, guardando las distancias. ¿O era yo quien las guardaba? Lo sucedido en ese último año nos había separado por completo. Nunca volveríamos a ser dos niñas que vivían juntas. Hwa lo sabía. No trataba de fingir que no había pasado nada. Pero seguíamos siendo hermanas, conque se sentó en mi cama y me dio la noticia. Me contó que mi madre le había dicho que no mencionase mi secreto. Con el tiempo, mi estado hablaría por sí solo, y para entonces, ya se encargaría ella de manejar el asunto.

– ¿Qué más te ha dicho? -le pregunté.

Hwa sacudió la cabeza.

– ¿Qué piensas hacer? -preguntó-. ¿Puedes quitártelo de encima, de alguna forma? Tal vez así todavía podrías casarte…

No quería quitármelo de encima.

– No me quiero casar.

– … ¿y darle el niño a alguien? Sería duro, ya lo sé, pero con el tiempo lo superarías…

– No quiero dárselo a nadie.

– Sé que cuesta verlo, pero a la larga, pasados unos años… La única manera de poder salir adelante será olvidando todo esto.

Escuché en silencio hasta que se calló y, en vista de que no le respondía, dijo adiós y se marchó cerrando la puerta tras de sí.

Guardé la carta de Katherine Rodale en la caja de cosas que no había que recordar. Había una fotografía enmarcada de la boda de mis padres y, escondida debajo, un retrato de mi tía con una rosa a medio abrir en la mano, la copia que había rescatado furtivamente del cubo de la basura de nuestra cocina en Chongking. Había un libro que me había regalado mi padre: los cuentos de Grimm en inglés. Entre las hojas del libro había guardado los mensajes que me escribía Hu Ran. Espérame en el parque. A las cuatro en el café. Ya había empezado a borrarse la tinta. Puede que el parque, o incluso el café, siguiesen existiendo en alguna parte, al otro lado del mar, pero, cuando los evocaba, me daba la impresión de que mis recuerdos eran en tonos sepia, como reliquias que una corriente arrastrase, suave e inexorablemente, hacia el pasado.

Escribí a Katherine Rodale dándole las gracias por la carta. Nunca la había visto, no tenía una imagen mental de ella, pero sus amables palabras me animaron a escribirle. En mi carta, le hablé a esa americana, a esa desconocida, de Hu Ran y de mí. Le expliqué que yo había sido la causante de la muerte de Hu Ran. Me había marchado de China después de haberle prometido que me quedaría, y él había muerto por intentar seguirme. Le conté que estaba embarazada, que quería tener al niño, y que no sabía qué iba a ser de nosotros.

Katherine Rodale me respondió con preguntas. Mi destino, decía, le interesaba personalmente. Quería saber más cosas. ¿Qué quería hacer? ¿Qué planes tenía? «No sé nada de mí -le respondí-. No tengo deseos. No tengo planes. Intentaré pensar en ello.» Y con estas frases desmañadas en inglés supe que había declarado la verdad. ¿Quién era yo? No lo sabía. Jamás en mi vida, salvo con Hu Ran, había sido una persona, sino más bien una pieza integrante de otra cosa: de mi familia, de mi país y, ahora, un fragmento desperdigado de su derrota. Era una niña a la que habían llevado de acá para allá por todo un continente. Era un par de ojos, un par de orejas, el testigo de terribles acontecimientos que yo había ocultado en mi mente a la espera de poder analizarlos, como fotografías prohibidas guardadas en una caja. Había visto a mi tío huyendo por las calles, perseguido por soldados japoneses. Había visto a una mujer con el pelo todo alborotado y los pechos resecos dando de mamar a un bebé famélico, y a otra colgarse de un árbol en las escaleras empinadas y repletas de gente de una ciudad desgarrada por la guerra civil. Era una hija obediente, una jiejie y una alumna aplicada. De no haber sido por Hu Ran, no cabe duda de que me habría casado con Pu Li. Pero los momentos arrebatadores que pasé con Hu Ran lo habían cambiado todo. Había sido cruel con él; lo había utilizado para separarme de mi madre; y al final los había traicionado a los dos. Es más, me había traicionado a mí misma. Ahora supe cuál había sido el origen de mi terror. Ahora supe que había amado a Hu Ran con toda mi alma.

En los meses siguientes, mientras esperaba, me dediqué a pensar en todas estas cosas; algunas se las contaba por escrito a Katherine Rodale y otras me las guardaba. Era la primera amiga adulta que tenía desde Hu Mudan. Si tenía que comunicarme con ella en otro idioma, lo haría. Me devanaba lo sesos durante horas para expresar mis ideas y pensamientos en inglés. «Fui una cobarde -le escribí-. Ojalá me hubiese quedado.» Y luego: «Quiero saber cómo están mi padre y mi tía. Espero que estén bien». Meses después escribí: «Pronto nacerá el bebé. Hu Ran nunca lo verá».

Mientras escribía, tachaba y volvía a escribir, sentada a la mesa de mi cuarto, empecé a tener la sensación de que cada palabra me fortalecía, me proporcionaba una base sólida sobre la que afirmarme. No sabía en qué terminaría todo aquello. Pero según le iba escribiendo a mi nueva amiga todas esas frases y párrafos en inglés, empecé a divisar el perfil, apenas visible, de mi propia persona; era como discernir una constelación en el firmamento nocturno. La preocupación por mi madre y por Hwa se diluía en el resplandor de esas estrellas remotas.

Soñé que estaba tumbada dentro de una cueva. La oscuridad era mi abrigo, mi refugio, mi capullo. Sentí que allí dentro me transformaba, me crecían ojos y orejas hasta entonces ocultos, delicados órganos sensoriales, incluso alas, como las minúsculas criaturas aterciopeladas que hacían sus cubiles en los bordes de las piedras.

Luz y dolor. El rostro de mi madre cernida sobre mí.

– Ahora empuja, Xiao Hong. Empuja.

No me dejaba descansar. Me ordenaba que lo intentase. Yo la odiaba, a mi madre, tan implacable, con esa alma de hierro, oscura y fría. Pero era mi madre. Me había parido. Busqué en lo más hondo de mí y acaté sus órdenes.

Me di cuenta de que la oscuridad presentaba diversas formas. Algunas de ellas las conocía, otras eran personas que me sonaban de las historias de mi madre. Había una mujer triste y pálida que esperaba en silencio con los brazos tendidos y las manos vacías. También estaba Hu Mudan, acuclillada en la alcoba, ferozmente sola, esperando a que llegase su hijo. Me pareció sentir la presencia cercana de Hu Ran: su rostro resplandeciente, sus esperanzas, el fulgor de su alma. Luego, me acordé de Yinan en el refugio antiaéreo, rodeada de gente pero sola, y lloré por ella, y por mi madre, y por mí misma. Me pareció que el mundo entero reverberaba con los gritos de los que se habían quedado atrás.

Y sentí que desde ese lugar oscuro donde habitaban los desaparecidos me llegaba ahora mi pequeñín, mi hijo.

– Ah -dijo mi madre-. Es una niña.

Un gemido de bebé se elevó por el cuarto como una sirena y me sacó de la niebla. Más tarde, cuando la cogí en brazos, me miró intensamente con unos ojos que eran del color de la tierra en el fondo de un estanque.

Desde el preciso instante en que vino al mundo, la pequeña Mudan conjuró el viejo maleficio que impedía a las madres amar a sus hijas. Desde el preciso instante en que apareció, con aquel gemido tan potente y aquella fuerza en los dedos, sin la más mínima intención de disculparse, extrajo de mí la energía suficiente para cargar con las dos. Nació el 2 de diciembre de 1949, el año del Buey, y a fe que iba a necesitar de todo el vigor y la resistencia de un buey para salir adelante en la época en que le había tocado nacer.

La historia de mi madre estaba siempre presente. Fluía incesante alrededor de nuestro hogar; era nuestra atmósfera, el aire que respirábamos. Bañaba con su luz todo lo que mirábamos y tocábamos. Mi madre estaba derrotada. Yinan la había derrotado. Había salido del continente muerta de vergüenza. Ahora, lejos de ellos dos, se juramentó para construirse una nueva vida lo bastante grande y espléndida como para ahogar su vergüenza. Le había dicho a Pu Taitai que mi padre había caído prisionero y que seguramente lo habían asesinado. A raíz de eso, hizo de la muerte de mi padre una fortaleza inexpugnable.

Vestía ropas oscuras para llorar su pérdida. Con la ayuda de Pu Taitai, se reencontró con las otras que también habían abandonado el país y las agasajó cuando fueron a darle el pésame. Durante esas visitas se cerraron muchos tratos. Le bastó un año para conseguir lo que buscaba: un anticuario de un gusto impecable que conocía a todo el mundo pero que sabía ser discreto. El señor Jian era un hombre calvo y delgado de Pekín, con la típica nariz larga y aristocrática de los norteños que le servía para husmear el dinero que entraba a raudales en la isla.

Aquel aciago día, meses atrás, en otra vida, mi madre le había pedido a Li Bing que la ayudase a sacar el cargamento de muebles, obras de arte y demás objetos de valor que almacenaba desde hacía tanto tiempo. Mi tío no se desentendió y los envíos burlaron el bloqueo. Mi madre lo escondió todo y se puso a esperar. Tenía la sospecha de que aquellos símbolos de la vieja China no tardarían en tener su demanda, y dio en el clavo. Todo el mundo quería algo. El señor Jian cobraba unas cantidades exorbitantes y luego le contaba a mi madre quién había adquirido esto y quién lo otro. Una mujer de Hangzhou compró un paisaje del Lago del Oeste y lo pagó con lingotes de oro. El conservador de un museo de Taipei se llevó varios objetos. Hasta Hsiao Taitai pagó en oro por los pergaminos que años atrás había desechado en Chongking, y el señor Jian se las ingenió para que la mujer no se enterase de que mi madre no la tenía en tanta estima como para regalárselos. Los refugiados se rodeaban de símbolos del pasado y mi madre se embolsaba más dinero, que luego dedicaba a invertir de cara al futuro.

Yo estaba enfrascada en otro tipo de futuro. Apenas mostraba interés por nadie que no fuese mi hija. Nos pasábamos el día juntas en mi dormitorio. Yo misma le daba el pecho y, por las tardes, mientras Mudan dormía la siesta, leía novelas de kungfu o miraba por la ventana o contestaba las cartas de Katherine Rodale. Como estábamos tan unidas, Mudan casi nunca lloraba. Las visitas de mi madre llegaban y se marchaban sin acordarse de que había un bebé en la casa. Pasábamos el rato inmersas en nuestro mundo privado: yo, amando y añorando, y Mudan, en su propio universo de sueños de bebé. Era muy joven para saber que no tenía padre y que yo, su madre, había traicionado a todos cuantos había amado.

La fuerza de nuestras dos familias se veía en la espalda recta de Mudan y en su espléndida pero contenida energía. Enseguida consiguió ponerse de pie, y yo disfrutaba viendo con qué facilidad aprendía a andar y correr. Mi madre también se fijaba en esas cosas, pero miraba a la pequeña Mudan con cierta reticencia. Me daba la impresión de que veía en ella el vestigio de una época que prefería olvidar. O quizá es que la tomaba como la prueba evidente de mi deshonra. Nunca hizo el menor comentario, pero con el paso del tiempo, fui dándome cuenta de que otros no eran tan cuidadosos. Hasta Pu Taitai evitaba a Mudan, y con el tiempo, fui apartando a mi hija de las amigas de mi madre. No quería que la hiciesen daño con sus prejuicios y menosprecios.

Un día, cuando Mudan tenía casi tres años, mi madre me llamó a su cuarto.

– Tengo algo para ti, Hong.

Sacó una caja de madera normal y corriente, del tamaño de una caja de zapatos. La puso encima de la mesa y la abrió con una llavecita.

Empezó a enseñarme, uno por uno, los collares que había juntado durante años. Había sartas de jade verde y de jade rojo. Había perlas de agua dulce con forma de capullos de gusanos de seda y de diminutas velas de cera. Recordé los momentos que había pasado acurrucada contra ella, sintiendo las hileras de perlas alrededor de su cuello. Las últimas tres sartas eran perfectamente redondas. Había una ristra muy larga de esferas de color plateado, grandes e impecables, y otra de un blanco cremoso. Por último, sacó un collar de perlas rosas a juego, perfectas, lo bastante largo como para dar dos vueltas alrededor del cuello.

– Quiero daros parte de mis joyas a ti y a Mudan -dijo mi madre.

Me quedé mirando al suelo, sorprendida.

– He estado observándola. Tiene una personalidad muy concreta. Sus alas la llevarán lejos, si se le da la oportunidad. Como la enjaules, no te lo perdonará. Mira, Hong, éste no es un buen lugar para… para una niña sin padre. Tienes que buscar un lugar seguro, para ti y para Mudan.

– ¿Adónde debería ir?

– Donde nadie te conozca, a un sitio donde nadie te eche en cara tu pasado. A algún lugar donde puedas afrontar el futuro con la cabeza bien alta. Te hará falta dinero. Deberías vender el jade y las perlas de agua dulce y guardarte las perlas a juego para ti y para tu hija.

Me estaba diciendo que me fuese. Hablaba con voz resuelta, con una mueca de determinación en los labios.

– Desciendes de una línea de mujeres nacidas con mala estrella. Todas hemos vivido encorsetadas por las circunstancias. Tu abuela, por una sociedad implacable. Yo misma he tenido que luchar para salir adelante en medio de una guerra. Y tú, Hong, has caído en la red que tú misma te has tejido. Entiéndelo. Tienes que evitar que tus decisiones acaben perjudicando a tu hija.

Cogí una perla entre los dedos. Era tersa y lustrosa, de color blanco plateado, una profanación oculta en una concha refulgente.

– ¿Y Hwa? -pregunté.

– Hwa se casará.

Cogió el collar de perlas rosadas y lo dejó a un lado.

– Hwa se casará.

Me había pasado años recluida en los apremios de la maternidad, dejando que Hwa se las arreglase sola. Me venía con pucheros pero, viendo que no le hacía caso, dirigió la atención a sus amigas. Se volvió sociable, segura de sí misma, jovial y ambiciosa. En un cierto momento, durante esa época, se enamoró de Willy Chang, que había madurado y se había convertido en un joven ágil y moreno, guapo de cara y sensible de carácter. Antes de salir de China, el padre de Willy había invertido todo el dinero de la familia en oro y, en consecuencia, el chico era un partidazo.

Todo parecía indicar que los intereses que compartían Willy y Hwa eran estrictamente académicos. A él le apasionaba escribir poemas y mi hermana se especializó en literatura para hacerle compañía. Se pasaban los apuntes en la biblioteca y rara vez se veían a solas. Hwa negaba estar enamorada, pero sus palabras la delataban.

– Es un chico complicado -me dijo un día-. Es como una piña, áspero por fuera, pero dulce y tierno por dentro.

Le encantaban sus poemas y sus travesuras, y estaba tan orgullosa como una amante de lo guapo que era.

Willy también gustaba a muchas otras chicas. Para contrarrestar ese interés, Hwa hubo de echar mano de toda la perseverancia y estrategia que en su día aprendiera observando las partidas de mahjong de mi madre. Sobre todo le preocupaba Yun-yi, la nieta de Hsiao Taitai e hija única de Hsiao Meiyu. Viéndolo retrospectivamente, sé que debería habérselo contado todo a mi madre, pero por aquel entonces me importaba mucho más que Hwa valorase la lealtad y los secretos.

– Un buen chico -me dijo un día mi madre por aquella época-. Un chico con una reputación sólida… una buena reputación… y de buena familia, con una profesión bien pagada.

Me di cuenta de que no se refería a Willy Chang.

– ¿Piensas que a Hwa le va a hacer falta un marido con dinero? -le pregunté.

– No -dijo-, el dinero lo tenemos nosotras. En el mundo moderno, es más importante que tenga una profesión que una fortuna.

– De todas formas, me parece que Hwa querrá elegir su pareja por sí sola -dije.

Mi madre sacudió la cabeza.

– ¿Qué te crees, que no me doy cuenta de nada? Tú espera y verás.

Los problemas de Hwa empezaron el verano previo a su último año de universidad. Lo recuerdo como si fuese ayer. Había dejado a Mudan unas horas al cuidado de mi madre para ir con Hwa a unos grandes almacenes y ayudarle a buscar un vestido para una fiesta de graduación, un modelito que le gustase a Willy. Se había dejado el pelo largo, lo llevaba recogido en un moño muy elegante, y había empezado a usar faldas y jerséis americanos. Hwa encontró un jersey de punto de color rosa claro que le quedaba muy bien, pero no tenía con qué combinarlo. Quería una falda de verano con un estampado de flores; pensó que podía ponérsela con el jersey y con su blusa blanca favorita, que tenía el cuello bordado.

Según llegábamos a las puertas de cristal, vimos a Hsiao Meiyu y a su hija Yun-yi en la acera, a punto de entrar en los almacenes.

Allí en Taiwán, mi madre conocía a Hsiao Meiyu por frecuentar los mismos círculos; de cuando en cuando coincidían en una cena. Ahora que su madre había muerto, Meiyu había eclipsado a sus hermanas. Se había convertido en una mujer arisca y con fama de esnob que sólo alternaba con las familias de los generales. Habría preferido evitarla, pero hasta yo sabía que debíamos ser corteses.

Lo que sucedió a continuación fue cosa de un momento. Meiyu y Yun-yi entraron por la puerta. Nosotras sonreímos y las saludamos con la mano. Meiyu miró en nuestra dirección; casi diría que su mirada se cruzó con la mía. Entonces ella y Yun-yi se desviaron. Fuimos hacia ellas -todas sonrientes, con los ojos abiertos y las manos extendidas- pero pasaron de largo. Seguimos adelante, salimos por la puerta giratoria y un segundo después estábamos de pie en la acera barrida por el viento.

– ¿Nos ha visto? -preguntó Hwa.

– ¿Qué más da? -dije burlona, aunque el encontronazo me había dejado helada-. Creo que no.

– Pues yo creo que sí. Vaya si nos ha visto.

Fuimos a otra tienda, pero la visión de Meiyu y Yun-yi había ensombrecido la excursión, y no tardamos en volver a casa. Hwa no hablaba de otra cosa. Traté de consolarla, diciéndole lo bien que le quedaba el jersey rosa que se había comprado y que nadie más en la fiesta tendría un jersey tan bonito… Pero estaba preocupada.

– ¿Te diste cuenta -dijo- de que este fin de semana mamá no fue a la fiesta de Hsiao Taitai?

La semana siguiente nuestra madre alternó como de costumbre. No le dijimos nada del incidente. Pero a los pocos días volvió a pasar lo mismo, esta vez con otra compañera de mahjong de mi madre con quien Hwa se topó cuando volvió a casa desde la parada del autobús. Con todo, tardamos varios días en enterarnos de lo que pasaba. Naturalmente, fue Hwa quien reconstruyó los hechos.

– Hsiao Taitai y los padres de Willy están hablando de casar a sus hijos -dijo-. Hsiao Taitai ha oído que Willy y yo tenemos una amistad especial y se lo ha contado a la madre de Willy. Ahora sus padres le piden que les explique qué es lo que hay entre nosotros.

– ¿Y él que les ha dicho?

– Que no lo sabe.

– ¿Nada más?

– Eso es lo que me ha dicho él.

Hwa se tapó la cara con las manos.

– Pero Hwa -dije yo-, ¿cómo va a saber lo que hay entre vosotros si tú no le dices nada? Si supiese la verdad, tal vez se opondría al matrimonio.

– No sé yo si lo haría.

– Tienes que hacerle saber cómo te sientes.

– ¡No!

– Pero Hwa, él no puede saber que lo amas si tú no se lo dices. Muéstraselo. Díselo. Míralo a los ojos.

Durante un largo instante se esforzó en hablar. De repente soltó:

– ¡No pienso hacerlo!

– ¿Qué quieres decir?

– Que no puedo.

– Pero Hwa, si no hablas con él, lo vas a perder.

Al oír eso, enderezó la espalda y se alisó la falda por encima de las rodillas. Vi cómo se le demudaba el rostro en un gesto de pena y determinación. Sólo horas después, tumbada en la cama sin poder dormir, conseguí recordar dónde había visto yo antes ese gesto categórico de renuncia y supe que Hwa nunca abriría su corazón a Willy. No quería estar a merced de nadie.

Poco después nos enteramos de que Willy se había prometido.

A Hwa se le partió el alma. Se le notaban todos los huesos. Las menstruaciones la martirizaban. Perdió todo interés por las fiestas de graduación. Mi madre asistió a todo ese proceso sin abrir la boca. Sabía de sobra lo que pasaba. Pero cuando yo le mencionaba el tema, se limitaba a decir:

– Tiene que seguir luchando. Tiene que tirar para adelante. Tiene que aprender a renunciar.

– Por las noches la oigo llorar a través de la pared.

– Ya encontrará a otro.

– No creo que sea eso lo que quiere.

Mi madre apretó los labios.

– Ya habrá otro hombre que la proteja -dijo-. Una mujer nunca estará a salvo mientras no se dé cuenta de que lo mismo da un hombre que otro.

No dije nada. Silencios así eran necesarios entre dos mujeres adultas que vivían bajo el mismo techo.

2 de enero de 1954

Querida Hong:

Te escribo ilusionadísima. Debido a las leyes de extranjería, Ming y yo hemos tardado más de lo que pensábamos en afincamos en los Estados Unidos, pero estoy contenta porque por fin puedo darte una buena noticia. Mi iglesia está ofreciendo una beca a un estudiante chino de mérito. Te escribo en nombre de mi iglesia para ofrecerte la beca siempre que apruebes el examen del gobierno de Taiwán y consigas que te acepten en una universidad estadounidense. El gobierno de los Estados Unidos también exige que los becados dispongan al menos de dos mil dólares al año.

Estoy segura de que con lo inteligente y seria que eres no tendrás ningún problema para pasar el examen ni para destacar en una universidad estadounidense. Te resultará difícil separarte de Mudan, pero puede quedarse en Taiwán, con tu madre, mientras tú completas tu educación. Podrás verla todos los veranos. Es una oportunidad de oro y espero que la aproveches. Dime si hay algo que pueda hacer para ayudarte.

Un abrazo,

Katherine

Todo aquel que quisiese estudiar en los Estados Unidos estaba obligado a aprobar el examen del gobierno. Quien sacaba una nota lo bastante alta y encontraba una universidad que le subvencionase los estudios, recibía un visado de estudiante. No sería nada fácil competir con los alumnos más cualificados de Taiwán en aquella época. Pero el destino de mi hija me serviría de acicate. No quería que se criase en un ambiente como aquél, rodeada del prejuicio de mujeres como Hsiao Meiyu. No quería que viviese eclipsada por lo que yo había hecho. Gracias a mi madre, yo disponía del dinero para ir a los Estados Unidos, las alhajas que llevaba bajo la ropa mientras nos bombardeaban.

Así que me puse a estudiar inglés más a fondo, empezando por el viejo libro de cuentos de Yinan y después pasando a gramáticas más complicadas. Repasé las matemáticas, apelando al gusto por los números que llevaba en la sangre. Por último, estudié la historia del país que habíamos dejado atrás. La había aprendido de niña -como todo colegial chino- y ahora volví a leérmela entera, sentada en mi escritorio, en aquella isla cercana al continente, luchando contra el sueño y la pena. Estudiaba con detenimiento las listas de los grandes emperadores que habían unificado el país desde las llanuras amarillas del norte hasta el salvaje suroeste y las ricas costas del sureste. Leía acerca de las dinastías, de sus triunfales inicios y su postrera desintegración; surgían, se alzaban y caían a lo largo de milenios y, cuando caían, siempre dejaban atrás un grupo de refugiados que huía a los últimos confines del imperio y, en ocasiones, a la isla donde se había afincado mi familia. Me sorprendí leyendo cada vez más despacio, temerosa de llegar al final, pues echaba de menos a Hu Ran y a mi tío, a mi padre y a Yinan, y a Yao mi hermano y primo. Y cuando llegó la hora de subir al avión rumbo a San Francisco, pensé que los estaba dejando atrás a todos.

Todas las semanas me llegaba una carta nítida y escueta de mi madre en la que me informaba, con sequedad, de las actividades de la pequeña Mudan. Si me las hubiese escrito en un tono un poco más compasivo, podría haberle confesado el suplicio que me había supuesto separarme de mi hija. Pero las palabras de mi madre no invitaban a semejante franqueza. «Te echa de menos -me escribía-, pero le enseñó una foto tuya y le explicó que te has ido porque quieres construir un nuevo hogar para ella. Es una niña razonable y está deseando que llegue el verano para verte.»

Al principio, Hwa me escribía con frecuencia. Se sentía muy sola y el otoño se le estaba haciendo eterno y cuesta arriba. Lo más duro fue el día de la boda de Willy Chang y Yun-yi. La invitaron, pero se quedó en casa. Me escribió una carta para desahogarse conmigo. «Aunque ahora mismo me parezca imposible -decía-, sé que un día me casaré. En el fondo, siempre he deseado casarme con alguien a quien amase de verdad. De algún modo, serviría para compensar todo lo que nos ha pasado. Aunque quizá este sueño de amor no sea más que el sueño de una chiquilla.»

Busqué palabras que pudieran ayudarla. Rara vez acudía a mí.

«Podrías presentarte al examen y venir a los Estados Unidos -le contesté-. Vivir aquí es muy interesante y seguramente conocerías a otro chico. O igual puedes ir a Hong Kong -añadí-. Seguro que mamá tiene una amiga, o conoce a alguien allí, que podría echarte una mano si te matriculases en la universidad. Así podrías aprender a vivir por tu cuenta y a ser independiente.»

Estuvo un tiempo sin responder. Hubo de transcurrir más de un mes antes de encontrarme uno de sus habituales sobres azules en el buzón.

22 de febrero de 1956

Jiejie:

Te escribo para contarte que Pu Li y yo nos vamos a casar el 3 de junio, aquí en Taipei. Inmediatamente después viajaré a los Estados Unidos para buscar casa en California y Pu Li empezará el segundo año de su master en la universidad de Stanford. Pu Taitai quiere quedarse en Taiwán. Todavía tiene esperanzas de que el Generalísimo reconquiste pronto la China continental. Espero que cuando tengamos hijos, mamá venga a los Estados Unidos, a vivir con nosotros. Así volverá a haber tres generaciones de la familia viviendo bajo el mismo techo.

Sé que todo esto te parecerá un cambio muy brusco. Pero ya ha pasado mucho tiempo desde que Pu Li era aquel crío que quería cogerte de la mano en el cine. Estoy segura de que lo entenderás. Gracias por los consejos de tu última carta, pero después de pensarlo bien, he decidido hacer las cosas al estilo de mamá. Tenía ciertos reparos ante la idea de casarme, pero ya los he superado y está todo decidido. La verdad es que estoy sumamente contenta. Y mamá está muy orgullosa de mí.

Meimei

Mi madre y Pu Taitai se encargaron de los preparativos de la boda. Envalentonadas por el dinero de mi madre y los contactos de Pu Taitai, organizaron un festejo descomunal, al que invitaron a todas sus amistades, a los amigos de las dos familias, y a las familias de aquellos que habían conocido al padre de Pu Li y al mío. La capilla fue idea de Pu Taitai; la mujer estaba influida por el recuerdo de las bodas cristianas de postín celebradas en los viejos tiempos. Tras la boda habría un enorme banquete, y Hwa se había hecho con otro traje, un chipao rojo de lo más historiado, para la segunda ceremonia, que, por deseo expreso de mi madre, se oficiaría en estricta observancia de la tradición china, con su anciano, su testigo y su reverencia ritual a los antepasados.

Volví a Taiwán para asistir a la boda. Taipei estaba azotada por los últimos coletazos del monzón. Los edificios se hundían y reflotaban entre inmensos nubarrones, irguiéndose oblicuos como si la ciudad y todos sus habitantes girasen atrapados en un remolino. Llovía cuando llegamos a la iglesia, llovía con tanta intensidad que, aunque eran las once de la mañana, parecía estar anocheciendo y, ya en el interior del templo, bajo aquella luz mortecina, cuando mi madre y Pu Taitai traspasaron el umbral de la puerta, fue como si surgiesen de las nieblas del pasado. Mi madre, con su hermosa y abundante melena ya entrecana, lucía un porte exquisito. Ahora que frisaba en los cincuenta se había quedado muy delgada, pero conservaba su garbo e inteligencia, así como la vieja aureola de entereza y circunspección.

Hwa también había perdido peso. En su día tenía los pechos redondos y los hombros curvos, pero con el ajetreo de la boda había adelgazado hasta convertirse en la mujer que sería por el resto de sus días: chiquita, huesuda, con los ojos penetrantes y el pelo, aquella preciosa melena, corto y marcado con permanente. Los preparativos de la boda la habían enflaquecido. Había envuelto el vestido con unas telas y lo había guardado en una caja enorme, pero así y todo tenía miedo de que, en el trayecto hasta la capilla, se le mojase con la lluvia. El chófer le iba protegiendo la cara, toda maquillada, con un inmenso paraguas rojo, pero ella, de todas formas, sostenía una gabardina sobre la cabeza. Al final, tanta precaución resultó un acierto. Según se apeaba de la limusina, el rugido de un trueno nos dejó a todos sordos y el chófer, un emigrante como nosotros que de niño había vivido la ocupación de Nanjing, se llevó tal susto entreverado de recuerdos, que el paraguas se le venció peligrosamente hacia un lado y tuvo que ser un viejo amigo del difunto general Pu quien, renqueante y todo, se lanzase a rescatarlo.

En el vestíbulo me tropecé con Pu Li. Estaba espléndido con su esmoquin completo de brillantes tachones dorados y unos zapatos de charol que relucían en sus pequeños pies. Me pregunté cómo habría hecho para llegar con ellos así a la iglesia, con la que estaba cayendo. Resultó que se había presentado allí antes de la lluvia para cerciorarse de que todo estaba tal y como Hwa y su propia madre querían.

– Felicidades -le dije-. Me alegro de que vayas a ser mi hermano.

No bien me salieron de la boca, pensé en lo estúpidas e insultantes que debían de sonar esas palabras.

Pero Pu Li se limitó a sonreír y me dijo:

– Jiejie.

Tras la ceremonia, él y mi hermana pasarían una semana juntos en Taipei. Luego él se volvería a California para reanudar sus estudios. Hwa se reuniría con él pasados unos meses. Pu Li me preguntó qué planes tenía, y le expliqué que pensaba especializarme en psicología e inglés. Me felicitó por ello. Yo también lo felicité y le deseé que fuese muy feliz. Me di cuenta de que nunca me había gustado tanto como en ese momento. Entonces se retiró, para ocuparse de no sé qué detalle, y me quedé sola en mitad de aquel vestíbulo atravesado de ecos. Si no hubiese vuelto a ver a Hu Ran -o si hubiese acudido al boticario- esa boda podría haber sido la mía. Poco a poco, el instante de arrepentimiento se transformó en alivio.

Mi madre y yo nos sentamos en nuestros bancos. Al instante, Hwa entró a solas en el templo. Iba tan tiesa como un general y con una expresión de inescrutable serenidad en el rostro. No teníamos parientes ni amigos que la llevasen del brazo al altar. Los amigos varones de mis padres, como tantos otros de su generación, habían muerto. Hwa llegó lentamente al altar y allí se quedó parada, austera y hermosa con su traje blanco.

El pastor leyó en mandarín:

– Por más que hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no poseo amor, no seré más que un ruidoso gong o un platillo estrepitoso. Por más poderes proféticos que tenga, por más que entienda todos los misterios y todos los saberes, y mi fe sea tanta que mueva montañas, si no poseo amor, no seré nada. Por más que regale todas mis posesiones y haga entrega hasta de mi cuerpo con tal de gloriarme, si no poseo amor, no ganaré nada.

»El amor es paciente y amable; el amor no es envidioso, ni jactancioso, ni arrogante, ni descortés. No porfía en imponer su voluntad; no se irrita ni guarda rencor; no se regodea en fechorías, sino que se regocija con la verdad. Lo soporta todo y todo lo cree, lo espera todo y todo lo resiste.

»El amor nunca acaba.

Pu Li estaba muy serio; la expresión de Hwa era de resolución. A mi vera, del otro lado del pasillo, Pu Taitai alzaba el rostro hacia el pastor con gesto fervoroso, como embebida en sus palabras, pero al observar con detenimiento sus ojos ojerosos, una se daba cuenta de lo lejos que estaba.

Mi madre estaba inmóvil como una estatua. Tenía la cabeza vuelta y sólo yo vi sus lágrimas.

El lago de los sueños

Nueva York y Palo Alto 1989-93

Cuando era pequeña mi tía me contó una vez el cuento de una mujer china que le llevó un naranjo plantado en un tiesto a una amiga coreana a la que le encantaban las naranjas. En China, el naranjo daba esferas de oro pálido cargadas de gajos dulces y brillantes, envueltos en piel traslúcida y apergaminada. La coreana colocó el arbolito en una ventana orientada al sur. Cuidaba de los azahares y esperaba con impaciencia, pero, con el paso de los meses, se dio cuenta de que las naranjas no eran las mismas. Eran más pequeñas, tanto como mandarinas, de piel escarlata y con hoyuelos. Por fin una de ellas maduró y, al ir a tocarla, se quedó con ella en la mano. La mondó con ansiedad: los carnosos gajos se habían contraído y teñido de un carmín oscuro. Parecían haberse encerrado en sí mismos, como para conservar las fuerzas en su nuevo hogar. La coreana comprobó que el sabor, si bien seguía siendo delicioso, era algo más ácido y peculiar.

Hoy en día, siempre que pienso en la suerte que corrimos, nacidas y criadas en un país y emigradas a otro, me acuerdo del cuento de Yinan.

Pu Li creció en direcciones imprevistas y sus raíces prendieron con solidez en suelo extranjero. Sus virtudes siempre habían sido la diligencia, la formalidad y el buen carácter. Con los años, su talento para cumplir con su trabajo y congeniar fue cristalizando en un ascenso tras otro hasta llegar a jefe de uno de los departamentos de la floreciente empresa de software en la que trabajaba, donde tanto superiores como subordinados lo admiraban y tenían por un hombre justo. También demostró ser un marido tierno y generoso, y aunque Hwa jamás lo sacaba a colación, me consta que tácitamente se enorgullecía de ello.

Hwa quería empezar de cero en los Estados Unidos. Construyó para su familia un mundo de claridad y orden, estudiándose los programas de televisión y suscribiéndose a revistas que le enseñasen el estilo de vida americano. Convenció a Pu Li de que se pasase a los filetes con patatas y los postres americanos. Cuando tuvo a su primer hijo, un niño, su designio estaba completo. Decidió que a Marcus lo criarían en inglés, un idioma sin las palabras precisas para dar nombre a los dilemas que nos habían atormentado. Instaló una moqueta blanca que empezaba en el borde del recibidor y se extendía por todas las habitaciones. Todo el que entraba debía quitarse los zapatos y ponerse unas zapatillas bordadas. Las visitas solían comentar lo espléndida que era la moqueta y lo nueva que estaba, y siempre que Hwa esperaba invitados, hacía una batida por toda la casa para alisar marcas y rozaduras hasta dejarla como un manto de nieve blanca y reluciente que hubiese caído uniformemente por todas partes.

¿Y qué decir de mi vida en los Estados Unidos? Al final, como decía Hwa, igual resultaba que no era ni mejor ni peor que la de cualquier otra persona.

Al terminar la universidad me traje a la pequeña Mudan a Nueva York, donde Rodale Taitai me consiguió un trabajo en una organización subvencionada por la iglesia para asistir a inmigrantes recién llegados. Me ocupaba de presentar los unos a los otros, explicarles las leyes y resolverles el papeleo. Cuando en 1965 se pusieron barreras a la inmigración, aprendí cantonés y me convertí en defensora de los que pretendían traerse a sus parientes cercanos. Asistía a clases nocturnas, hice un master en trabajo social y conseguí un trabajo en un organismo municipal.

Durante años, la gran urbe, enorme e indiferente, me procuró consuelo. Nadie sabía nada de mí ni conocía a mi familia. La pequeña Mudan era una niña grácil e imprevisible; había sacado el pelo de su padre, azul de puro negro, y sus expresivas facciones. Después de haber estado separadas tanto tiempo, era un alivio poder irme a la cama sabiendo que estaba en el otro cuarto, leyendo tebeos de Hong Kong bajo el edredón, a la luz de una linterna. Hasta lidiar con sus problemas de adaptación al nuevo país me suponía un alivio. Con el tiempo se fue aclimatando y poco a poco aprendió a hablar inglés. Estábamos muy unidas, aunque no me contaba nada de la época que habíamos pasado separadas.

Yo había dado por hecho que Hu Ran me acompañaría siempre, que caminaría a mi lado, como un recuerdo parejo de todo lo que habíamos padecido. Pero, conforme pasaba el tiempo, las ondas de nuestra separación se hacían más anchas. Cada mañana me alejaba un poco más. Trataba de retener su imagen en la memoria, me esforzaba en mantener vivo el olor a humo de sus ásperas ropas, el color de sus ojos, la forma de su boca. Sufrí esta comezón durante años, hasta que, finalmente, mis recuerdos se calmaron como el sueño y dejé de sentir la presión de sus dedos en los míos. Al cabo de varios años, ya no era capaz de recordar a Hu Ran sin concentrarme, sin forzar la imaginación.

No debía de parecer diferente a muchas otras neoyorquinas, más espigada, si acaso, y con aspecto de llevar menos tiempo en la ciudad, con una expresión más distante. Había estudiado inglés, había encontrado trabajo y me había adaptado al estilo de vida americano. Viéndome, nadie podría imaginarse la historia de mi vida ni la de mi familia. Pero lo cierto es que esa herencia, las separaciones y traiciones de mi país, de mi familia, las mías propias, me habían destrozado. Durante años guardé las distancias hasta con Hwa y mi madre. Sólo las veía en vacaciones. Me mostraba indiferente cuando me insinuaban que debería encontrar a alguien, tal vez un viudo, que pudiese pasar por alto lo que ellas consideraban la vergüenza de la pequeña Mudan. Les decía que no tenía interés en casarme. En realidad, lo que tenía era miedo. ¿Cómo podría amar a otro hombre después de haber dejado tan claro que no se podía confiar en mí? Conocía demasiadas de mis flaquezas. No me veía con fuerzas para intentarlo. Sólo hacía una excepción con mi hija. Estaba decidida a no fallarle. Por ella me levantaba de la cama todas las mañanas, y por ella volvía todas las noches corriendo a casa.

Conocí a Tom Márquez en el master. Me sentí segura haciéndome amiga suya porque era distinto a todas las personas con que me había criado. Era alto y delgado, así que no se parecía en nada a Pu Li; tenía la cara alargada y melancólica, y unos ojos hundidos que jamás me recordaron a los de Hu Ran. No había probado la comida china en toda su vida. Al principio, tantas diferencias me confundían pero, con el tiempo, fui descubriendo lo que teníamos en común. Los padres de Tom eran inmigrantes. Su madre lo había criado sola, así que entendía a Mudan. Además, se mostraba leal y me hacía reír durante mis años de balbuceos, disculpando mis pausas y trompicones con la paciencia de un hombre obstinado. Su confianza y cordura me convencieron a dar el paso. Al cabo de varios años, lo más normal era que uniésemos nuestras vidas, así que finalmente nos casamos en el ayuntamiento. Criamos a Mudan juntos y tuvimos una hija, Evita Junan.

Así que Hwa no mentía al decir que las cosas me marchaban bien. Mis hijas crecieron y alcanzaron su plenitud. A Mudan se le dieron bien los estudios y se licenció en derecho. Creía firmemente en la justicia, convicción que compartía con su padre y tío abuelo. Evita Junan se convirtió en una mujer tan fuerte y hermosa como sus dos abuelas. Al terminar la universidad en California, volvió a Manhattan y aceptó una serie de empleos variopintos: unas prácticas en el ayuntamiento, un período en una publicación semanal y un puesto en el zoológico. Quería tomarse un tiempo para decidir a qué iba a dedicarse. Todos los fines de semana iba corriendo al parque para echar un partido de fútbol. Cuando la veía ponerse su camiseta, con aquella cara congestionada que salía de golpe por el cuello y aquella garganta tan robusta que surgía como liberándose de un yugo, me daba cuenta de que nadie podría inmovilizarla ni coartarla jamás. Habían pasado muchos años desde que mi abuela se viese obligada a caminar sin que tintineasen los cascabeles que llevaba cosidos en el dobladillo de las faldas.

En los años posteriores a mi salida de Taiwán, afrontamos múltiples retos y corrimos muchas aventuras en los Estados Unidos. Pero al pensar en esas historias, veo que no puedo incluirlas en ésta. Quizá la parte americana de nuestras vidas merezca contarse por separado. De momento, bastará decir que, después de más de treinta años en los Estados Unidos, estoy contenta. Sólo de vez en cuando, cuando una de mis hijas leía en silencio en el sofá, su mueca de concentración o la raya de su pelo me traían a la memoria algún conocido del pasado. La mayoría de las noches dormía bien. Rara vez hablaba de mis años en China con nadie, ni siquiera con Hwa o con mi madre, que tenían sus propios motivos para guardar silencio.

Me encontraba a gusto con mi nueva vida, tanto que casi me había olvidado de todo, cuando un día, en el trabajo, oí la historia de una mujer de noventa y cinco años que había huido de China a través de Hong Kong y había conseguido llegar sola a los Estados Unidos. Se había hecho con un pasaporte falso según el cual tenía sesenta y cuatro años, y se había instalado en el barrio chino de Manhattan, donde se había convertido en la abuela de todos sus vecinos aunque no era pariente de ninguno. La mujer recordaba la época en que empezaron a desvendarse los pies de las mujeres, y la revolución de 1911, y, claro está, la de 1949. Después se había ganado la vida cosiendo pantalones en una fábrica comunista. Mucho antes de enterarme de cómo se llamaba, ya sospechaba quién podría ser.

Hu Mudan había menguado con los años; la carne había huido de sus huesos y los recuerdos, poco a poco, también se le dispersaban. Los días que se encontraba bien iba a ver a una chica de Fujian que escribía cartas por dinero y así contestaba los mensajes que de cuando en cuando le llegaban solicitándole una entrevista. Después de tres años en los Estados Unidos, había empezado a recibir llamadas y cartas de periodistas e investigadores que querían hablar con ella. Hu Mudan no le decía que no a ninguno. Recibía a reporteros, investigadores y estudiosos en su nidito de Pell Street y les ofrecía un té. Cuando fui a verla, me enseñó con orgullo todos los artículos que guardaba recortados y forrados de plástico en un clasificador de anillas.

Fui pasando las hojas. «Recordando las costumbres chinas: La fiesta de Año Nuevo en los días del Qing.» «Memoria de una invasión: Una mujer centenaria evoca la matanza de Nanjing.»

– Pero si tú no estabas en Nanjing cuando la matanza… -le dije-. ¿No vivías en la provincia de Sichuan?

Se encogió de hombros.

– ¿Y a ellos qué más les da?

– Tratan de dejar constancia de sucesos históricos. Buscan la verdad.

– ¿Pero por qué tienen que saber nada de mi vida? -Me miró con furia-. Esos narizotas, esos extranjeros y sabihondos que llaman a mi puerta queriendo saberlo todo de mí… ¿por qué voy a tener que contarles mi vida?

– Quieren entender el pasado.

– Eso es imposible.

No había forma de razonar con ella.

– Entonces, ¿por qué no los echas?

– Es que me dan pena -dijo.

Le enseñé fotos de Mudan y de Evita. No me preguntó nada. Aceptó sus nombres en silencio y le prometí que muy pronto volvería con las dos.

Entonces se recostó con una expresión de total tranquilidad en aquellos ojos de párpados delicados, como si los reencuentros al cabo de las décadas fuesen el pan nuestro de cada día. Estuvo varios minutos sin decir nada y me pregunté si no estaría soñando despierta. Era muy anciana, demasiado para una sorpresa así. Pero cuando hice ademán de marcharme, Hu Mudan puso su mano, seca y cálida, en la mía. Comprendí que quería que me quedase con ella. Permanecimos sentadas, cogidas de la mano, y al cabo de un rato me pareció notar cómo le bullían los recuerdos en los huesos mientras se remontaba treinta, cincuenta, setenta años atrás.

Me dijo que los huesos se le habían convertido en aquellos oráculos de los cuentos antiguos. El tiempo se los pulsaba con delicadeza, como los dedos de un flautista al tocar el caramillo, pero sin tregua, hasta el punto de haber aprendido a identificar las melodías que surgían de su cuerpo. Y tenía la impresión de que, a medida que envejecía, la música de sus huesos había ido aumentando de volumen y cada nota se había fundido con la siguiente hasta producir arias e incluso óperas enteras. La primera, la muerte de sus padres en Sichuan. Luego, el telón de lluvia mientras viajaba río abajo hasta el mar; su llegada a la bella ciudad de Hangzhou y su primera visión de la hermosa y destartalada mansión de mi bisabuelo, con su imponente cortafuegos, algo deslucido, y el verde relumbrante de las gastadas tejas. En ese punto confluían nuestras historias, en esa mañana de octubre de 1911.

Seguimos sentadas hasta que empezó a anochecer. Ya tenía que irme a casa, pero había ido dispuesta a hablar y no podía marcharme sin hacerlo.

– Hu Mudan -le dije-, hay algo de lo que tenemos que hablar, algo que pasó hace años. Es sobre la pequeña Mudan.

– Es mi nieta.

– Sí. Hu Ran y yo estábamos… Por aquel entonces, no me imaginaba que pudiésemos llegar a separarnos. Nos amábamos desde siempre.

Hu Mudan asintió con la cabeza.

– Tengo la culpa de que Hu Ran decidiese ir a Taiwán. Lo siento -le dije-. Todo lo que ocurrió fue culpa mía.

Volvió a cogerme la mano; la suya seguía cálida y leve. -Xiao Hong -dijo-. Sabía lo de la pequeña Mudan. Lo he sabido en cuanto he visto la foto. Y la culpable fui yo, Hong. Sabía lo mucho que os amabais. Fui yo quien le dijo a Hu Ran que fuese a buscarte.

Después de ver a Hu Mudan, mi mente empezó a cruzar las fronteras del tiempo. A lo mejor iba por Canal Street y de repente veía a una niña en la esquina cuya timidez me recordaba la postura de mi tía cuando era joven. Cierto día, en un mercado del Upper West Side, la cesta de golosinas de una chica me trajo a la memoria la imagen de Weiwei, nuestra criada, que se había quedado en China y de la que nunca volvería a saber nada. Y una tarde, al ver a un grupo de viejos fumando en pipa, se apoderó de mí el deseo de encontrar a mi padre y enterarme de qué había sido de él.

Al principio, esos momentos me pillaban por sorpresa. Les restaba importancia, pensaba que serían cosa de la edad, y volvía con alivio a mi vida real. Pero enseguida fui cogiéndoles el gusto a esas visiones fugaces del pasado y a desear que se manifestasen. Aprendí a dejar la mente en blanco para suscitarlas. Después de todo, eran mi propia esencia; mi otra historia, reflejada justo debajo de mi vida. Con el tiempo, comprendí que la fuente de la que manaban fluía a borbotones. Todo un universo de recuerdos espejeaba en mi memoria. Bien entrada la noche, las siluetas empezaban a tomar forma, al principio borrosas, pero paulatinamente evocadas con mayor nitidez, mayor riqueza de detalles, hasta componer una estampa amplia y luminosa de aquellos años. Era como un mundo en el fondo de un lago que sólo determinados días resultaba visible, pero que siempre estaba presente. Cuanto más sustanciosa se hacía mi vida en los Estados Unidos, más vívidos, intensos y preciados se hacían esos recuerdos, plácidos y vastos bajo las aguas.

Una noche de invierno, al salir del trabajo, vi a un chico atando la bicicleta a un poste. La penumbra le había borrado las facciones de modo que sólo acertaba a verle la forma del cuerpo. Sabía que no era Hu Ran -Hu Ran estaba muerto- pero algo en su manera de moverse, la postura y la forma de la cabeza, me cortaron la respiración. Me embargó un recuerdo físico, el eco de una vieja pasión. Conmocionada, seguí mi camino. Había perdido algo valiosísimo, lo había perdido antes incluso de saber que lo tenía, y en tanto no aceptase esa pérdida, no haría más que sobrellevar ciegamente las sacudidas de su onda expansiva.

Me convencí de que debía buscar a los que habíamos dejado atrás. Hablé con Hu Mudan y anoté sus recuerdos. Pagué para tener acceso a la biblioteca de una universidad de gran renombre entre los investigadores, y mientras Evita estaba en el colegio, yo iba en tren al campus y me ponía a buscar libros y artículos. Al morir Mao, el telón de bambú se había distendido un tanto y empezaba a bajar. Ya se podía entrar en China, pero ¿dónde estarían mi padre y Yinan? ¿Qué habría sido de ellos?

Llamé a Hwa a California.

– Quiero hablar con mamá -dije.

– Ha ido al templo -dijo Hwa-. ¿Qué quieres?

– ¿Sabes si ha oído algo de papá o de Yinan?

Hwa me leyó los pensamientos.

– ¿Para qué quieres verlo? -preguntó-. Nos abandonó. -Detecté el eco de una vieja amargura en su voz-. Nos abandonó sólo porque éramos niñas.

– Ésa no es la verdadera razón. Él nos quería. Nos quería de verdad.

Hwa tardó en responder. Oí que le daba unas instrucciones a Pu Li de tapadillo: «Pon el horno a las tres y cuarto, voy en cinco minutos». Siempre que hablaba con él tapaba el auricular, como si por oírles hablar con su voz natural fuese yo a adivinar algún secreto. Acto seguido se dirigió de nuevo a mí:

– ¿Dices que nos quería? ¿Cómo puedes pensar eso, Hong? Casi ni me acuerdo de él. No recuerdo haberme sentido a gusto con él jamás.

– En su día, él y mamá fueron felices. A su manera. -Me vino a la mente una imagen de mi madre y Yinan, sentadas en mi cama, mi madre con la cabeza echada hacia atrás muerta de risa-. Se querían -dije-. Papá y mamá. Y Yinan. Mamá y Yinan.

– A Yinan no le importaba nada.

– Claro que le importaba. La situación era complicada. Por eso quiero hablar con ellos.

– Puede que fuese complicada o puede que no. En cualquier caso, no es asunto tuyo. -Su tono de voz se volvió más decidido. En un instante se excusaría para ir a ocuparse de la cena-. Estoy deseando veros a todos el día de Acción de Gracias -dijo-, pero no te dediques a desenterrar lo que ya está olvidado.

En su nuevo país de residencia, mi madre había concentrado todos sus deseos en una casa. Dijo que viviría con Hwa hasta que sus hijos fuesen al colegio y que luego quería tener su propio hogar. Se compró una parcela en las colinas cercanas a Palo Alto, en tierra de caballos, lo bastante alta como para tener una buena vista pero no tanto como para correr el riesgo de desprendimientos. Contrató a un experto en feng shui para que le reconociese y examinase el terreno. Cuando le determinó la posición y orientación apropiada, mi madre se lo tomó con calma. Proyectó una casa baja y elegante, construida alrededor de un patio y rodeada por un muro. No sería tan grande como la residencia de Hangzhou -no le hacían falta tantos cuartos ni sirvientes-, pero tendría una habitación de invitados para Pu Taitai y mi familia, para cuando fuésemos de visita. Además, tendría un cuarto con televisión para los niños de Hwa, dos pequeñas alcobas para una criada y un portero, un templo, y una habitación que no aparecía en los planos porque mi madre no quería decir para qué era.

Estuvo años pagando impuestos por un agujero en el suelo. Los cimientos aguantaron en pie varias estaciones lluviosas mientras esperaba a que le llegase madera de malasia y tejas vidriadas verdes de México. Casi todos los componentes eran manufacturados; las viguetas estaban talladas a mano por artesanos taiwaneses. Perseguía sin tregua a los tratantes en busca de adornos de jardín y dinteles de palisandro labrado. Su arquitecto taiwanés llegó incluso a instalarse varios meses en California mientras remataban el interior del templo: los reclinatorios de caoba, las tallas de época y la estatua de Guan Yin, la diosa de la misericordia, que tendía impasible sus delicadas manos.

En un palacio así debería haber adoptado una rutina distinguida propia de su edad y condición, dedicándose a recibir como una reina a las amistades y a los cobistas que acudiesen a mendigarle favores. Eso hizo. Pero no estaba contenta. Según Hwa, se pasaba las horas muertas en el templo. Cuando la visitamos por Acción de Gracias, no pude por menos que advertir la desazón que la reconcomía, encendiéndole los ojos y demacrándole los carrillos, cuando debería haberlos tenido tersos y satisfechos. Todos los días revisaba a la casa en busca del más mínimo rastro de polvo. Solía sentarse en el jardín a fumarse un cigarrillo tras otro y mirar fijamente al oeste, por encima de las colinas, hacia el océano.

El viernes, temprano, me senté con ella en el jardín, junto a la fuente. Estuvimos varios minutos sin cruzar palabra. Había sido un otoño seco y las colinas irradiaban un resplandor entre plata y oro, primero en las cimas, después, poco a poco, a lo largo de las faldas. La luz, cada vez más intensa, se reflejaba en sus facciones rígidas y blanquecinas.

Ella habló primero.

– ¿Y tu marido?

– Está todavía en la cama.

Asintió con la cabeza, pero una delgada arruga le surcó el ceño, como si juzgase impropio haberme separado de él siquiera un momento. Trataba a Tom con cuidado, siempre mostrándose agradecida y asombrada de que hubiese encontrado un hombre tan bueno, sin ser divorciado, ni siquiera viudo, y dispuesto a criar una niña que no era suya.

Esperé a que terminase el primer cigarrillo.

– Mamá -dije-, ¿has tenido noticias de papá?

– No.

– A veces me gustaría hablar con él -dije-. Quiero saber si está bien.

Mi madre me miró. Por un momento, su rostro cobró vida alrededor de los ojos. Me pareció percibir esperanza, y también miedo, y en ese momento pensé que acaso esa búsqueda en que me había empeñado podría servir para acercarnos de nuevo.

– Por lo que me a mí respecta -dijo-, murió hace mucho.

No atiné a responder.

– Hong, a veces es mejor no pensar en lo que se ha perdido. -Su voz sonaba amable, casi dulce-. Si consigues evitarlo por completo, serás más feliz.

Me quedé mirando cómo se dispersaba por el aire el humo de su cigarrillo. Mi madre llevaba décadas guardando silencio, confiando en que Pu Taitai divulgase la historia de la muerte de mi padre. Me tenía maravillada -y admirada- esa manera de aferrarse a su matrimonio. Había hecho uso de su ingenio, de su familia y, por último, de una separación provocada por acontecimientos históricos. Con el correr de los años, lo que mi madre sentía por mi padre se había transformado -no había desaparecido, sino que se había transmutado mediante cierta alquimia emocional- en un deseo de guardar las apariencias. Ahora vivía alejada de la verdad gracias a la política y a la geografía, cobijada tras el muro inexpugnable de la viudedad.

De modo que habían pasado a mejor vida; lo más probable es que hubiesen desaparecido en el tumulto del cambio. Me llevé a Mudan y a Evita de compras; Tom y yo subimos las colinas y fuimos a visitar una vieja misión. Al regresar a Nueva York, me encontré esta carta en el buzón.

2 de noviembre de 1989

Querida Hong:

Hace poco he recibido una carta de Hu Mudan que ha hecho realidad mis más disparatadas esperanzas. Te escribo entusiasmada por haberte encontrado al fin. Durante años pensé que no existía posibilidad alguna de recibir noticias vuestras, y ahora que las cosas han empezado a cambiar, tampoco sabía cómo buscarte. De pronto llega Hu Mudan y me escribe que estáis bien y que Hwa se casó con el pequeño Pu Li. Hu Mudan dice que la perdones por dirigirse a mí a tus espaldas. Quería que me pusiese en contacto contigo para que no fueses la única responsable de esta correspondencia. Piensa en vosotras constantemente y está muy orgullosa de ti. Me alegra mucho oír que te va tan bien.

Tu padre y yo hemos salido adelante como hemos podido en unos años bastante difíciles. Tu padre ha tenido algún que otro problema, pero ahora está bien. Yao ha vuelto con nosotros después de un largo período en el campo. Está casado y tiene un hijo estupendo que se llama Cai. En las épocas más difíciles hemos tenido la suerte de contar con la ayuda de nuestro viejo vecino Chen Da-Huan, que tiene una editorial en Hong Kong. Se ha portado como un gran amigo y nos ha facilitado mucho la vida.

Mi preciosa Hong, hace años que no veo tu rostro. Estoy encantada de pensar que volvemos a estar en el mismo mundo. Me muero de ganas de volver a hablar contigo. Te escribo estas líneas con la esperanza de que tu hermana y tú podáis venir a verme a China y de que podamos recuperar la amistad que tanto valorábamos de jóvenes.

Un abrazo,

Yinan

Después de la cena y de que Evita hubiese subido a hacer los deberes a casa de una compañera que vivía en nuestro bloque, le traduje la carta a Tom.

– ¿Y ahora qué hago? -le pregunté.

Tom me miró extrañado.

– ¿Es que no vas a ir a China?

– No lo sé.

– ¿Estás nerviosa?

Se apartó el pelo de sus ojos oscuros y melancólicos y me miró fijamente. Yo sabía que estaba pensando en su propio padre, que los había abandonado a su madre y a él cuando sólo tenía cuatro años.

Al día siguiente salí del trabajo antes y me fui a ver a Hu Mudan. Era una tarde húmeda y sombría, cargada con la típica atmósfera otoñal, violentamente tornadiza. Fui corriendo hasta la boca del metro pisando charcos. Intentaba no pensar en mi madre. Me daba miedo que pudiese detectarme mientras me abría paso, descarriada y decidida a burlar el destino, entre la muchedumbre que se apiñaba en los andenes. Cogí el metro a Chinatown y apreté el paso en mitad del tropel de paraguas relucientes y chorreantes. La separación de mi familia tocaba a su fin.

Hu Mudan tenía una mala tarde. El mal tiempo se había filtrado por las paredes y le había calado los huesos. Le ofrecí una de las aspirinas que llevaba en el bolso pero no la quiso. Me dijo que nada podía curar lo envejecido que tenía el cuerpo. Había días, dijo, en que podía recorrer mentalmente todo su esqueleto a partir de los pinchazos que le daban los huesos, días en los que apenas podía moverse pues el más leve gesto de un dedo le descargaba una sacudida de dolor por todo el cuerpo. En días así, Hu Mudan se sentía perdida y despistada: se quedaba dormida en una época y se despertaba en otra.

Vimos juntas la televisión. Un grupo de náufragos en una isla discutían a propósito del barco que uno de ellos divisaba a lo lejos.

Le hablé de la carta de Yinan.

– Claro que quiero ir a verla -dije-. Tom y yo tendremos vacaciones en primavera. Pero no sé cómo decírselo a mi madre. Sé que no le iba a hacer gracia.

– Las casas se queman -dijo Hu Mudan-. Los objetos de recuerdo desaparecen. Lo que importa es que hemos vivido y perdonamos a nuestros seres queridos, los perdonamos por la vida que hayan llevado. -Por un momento, parecía que desvariaba, con aquellos párpados tan leves como hojas de otoño-. Dile eso a tu madre. Le dices que yo he dicho que debemos perdonarnos los unos a los otros.

– ¿Tú me perdonas?

Sonrió.

– ¿Cómo no voy a perdonar a la madre de la pequeña Mudan?

– ¿Y a mi madre?

– ¿Se perdona a sí misma?

– Dice que mi padre está muerto. Y reza -dije-. Se pasa horas rezando, todos los días, hasta cuando el hijo y la hija de Hwa van a verla. Hwa dice que cuando cree que nadie la ve, se mete en el templo y se arrodilla ante Guan Yin. Hwa oye el roce de sus rodillas en el suelo.

– Mmm…

Aquello indicaba que Hu Mudan estaba más al tanto de las plegarias de mi madre de lo que yo pensaba.

Yo quería creer que mi madre rezaba para liberarse. A lo mejor quería deshacerse de su viejo rencor, soltar la ira.

– Hu Mudan -le pregunté-. ¿Tú crees?

– No -respondió-. Ahora no.

– ¿Antes sí?

– La iglesia metodista de Hangzhou era un lugar muy tranquilo. Pasaba por delante y pensaba que ojalá pudiese entrar y quedarme allí sentada.

– ¿Y por qué no entrabas?

Titubeó.

– Entré una vez. Daban dos misas, una para extranjeros y otra en chino. Me quedé en el umbral y escuché la misa en chino. Sonó una música occidental, canciones sencillas y melodiosas, todas tocadas en armonía. Entonces se puso a hablar un hombre, durante un buen rato, sobre un dios. Decía que si creías en ese dios, te salvabas. Después de morir vivías eternamente en un lugar donde nunca tenías hambre ni frío ni jamás volvías a sufrir la menor molestia. Después le di muchas vueltas a eso, pero no me lo pude creer.

– ¿Por qué no?

– No me creo que haya ningún mundo después de éste donde vayan a ayudarnos a superar lo que hemos hecho en vida.

– ¿Crees que no tiene remedio?

– No necesariamente. Lo único que sé es que ese dios no tiene nada que ver con eso.

– Luego no crees que haya vida después de la muerte…

– Rodale Taitai sí lo creía.

– ¿No crees que el espíritu está separado del cuerpo?

– Una vez, cuando era niña, estuve muy enferma. De la misma enfermedad que había matado a mis padres. Estaba tan mala que casi me dieron por muerta. «Un niña sin padre ni madre, ¿para qué habría de seguir viviendo?» Luego, esas voces se alejaron. Sentía que desaparecía, que se me disolvían la mente y el espíritu a medida que mi cuerpo se quedaba sin fuerzas. Cuando me recuperé, mi espíritu volvió. Creo que cuando mi cuerpo abandone esta tierra, yo también la abandonaré.

Cerró los ojos. Me imaginé la idea que Hu Mudan tenía de la muerte. Le llegaría cuando el sinfín de piezas que la hacían funcionar simplemente se desgastase y se parase, como el engranaje de un viejo reloj.

Pasaron los minutos. De repente habló como si no se hubiese ido por las ramas.

– Dile a tu madre que es lo único que importa.

Al cabo de un rato abrió los ojos.

– No puedes entrar por esta puerta -dijo-. Tienes que entrar por la puerta de la cocina.

Habló con voz serena y atrayente, como si me acabase de conocer y las dos fuésemos víctimas del mismo y poderoso hechizo.

Ésa fue la época en que llamé a Hwa y me dijo aquello de que era imposible recuperar el pasado. Es más, me dijo que si insistía en regresar a China, me guardase mi deslealtad para mi solita. Nuestra madre se estaba haciendo mayor; la noticia de mi viaje la enfadaría y la afectaría mucho. Interpretaría cualquier contacto como una alianza y me convertiría en su enemiga.

– No lo entiendes -dijo Hwa-. Para ella papá está muerto. Se ha olvidado de él.

– Nunca le dijeron que había muerto. Mintió.

– No exactamente -dijo Hwa para defenderla-. Ella dijo: «Por lo que a mí respecta».

– Sé que no está en paz consigo misma.

– Ni siquiera vives en la misma costa que ella -dijo Hwa-. Has decidido llevar una vida separada de mamá, así que no tienes derecho a decidir qué es lo que le conviene o le deja de convenir.

– ¿Y tú tampoco quieres verlo?

Levantó la voz.

– Déjame en paz -dijo-. Tú quieres vivir tu propia vida y yo no me meto, así que no te metas tú en la mía.

Hwa tenía razón. Yo había fracasado. Cuando nació la pequeña Mudan, me ensimismé tanto en mis propios asuntos que llegué a pasar años enteros sin recordar todo lo que Hwa y yo habíamos compartido de niñas. No era de extrañar que la hubiese perdido. Su boda con Pu Li había impuesto otro límite. Mi hermana se había sumido en su matrimonio y en la lealtad a mi madre, y había desaparecido.

De modo que, al llegar la primavera, Tom y yo salimos del país sin decírselo a mi madre. Volamos de Nueva York a San Francisco, y de ahí a Hong Kong. En Hong Kong cogimos un avión que sobrevoló las montañas a baja altura hasta llegar a Chongking, que ahora era una ciudad bulliciosa donde la mayoría de los viejos barrios habían sido derruidos para edificar encima, aunque las entradas a los refugios antiaéreos seguían visibles en los desfiladeros del Jialingjiang. En el viejo muelle, adonde en otro tiempo llevaban los cadáveres de las víctimas de los bombardeos japoneses, nos embarcamos en un crucero de placer por el Yang-Tsé. No hubieron de pasar muchas horas antes de vernos en el corazón de la provincia de Sichuan. A nuestro alrededor se alzaban escarpadas orillas donde los campesinos labraban la magra corteza de tierra que cubría las rocas, parcelándola con esfuerzo y tesón en pequeñas sementeras verdes de tiernos pimenteros y judías, o dejando que la tapizasen las flores blancas y amarillas de la colza. El agua que surcaba el barco era transparente como el cristal y se veían las hermosas piedras acumuladas en el fondo, fragmentos de las montañas que en su día, sometidas a un calor y un peso enormes, se habían desintegrado dando lugar a aquellos suaves óvalos de intensas rayas negras, grises y blancas. En un lugar así, supe entonces, era donde había nacido Hu Mudan.

Fuimos en avión a Pekín y cogimos un tren abarrotado. Teníamos un asiento doble sólo para nosotros, pero, así y todo, no conseguía relajarme. Iba como una niña, mirando por la ventanilla presa de la ansiedad, imaginándome la apariencia de mi padre con un amor y una expectación típicamente infantiles. Tantos años queriendo volver a China y ahora que los vastos trigales del invierno desfilaban ante mis ojos, ni los veía.

– Ojalá Hwa estuviese aquí, con nosotros -le dije a Tom.

Se encogió de hombros. No le hacía gracia volar, pero en cuanto aterrizamos en Pekín se le había alegrado la cara. Ahora estaba muy atareado tomando apuntes en un cuadernito azul.

– Seguro que de haber podido, habría venido -dijo-. Pero su destino es tratar de contentar a tu madre.

– Siempre ha sido así. -Me quedé pensando-. Pero más todavía desde que me vine a los Estados Unidos. Es como si estuviese viviendo la vida que mi madre quería: un marido devoto, una casa grande. Un hijo.

– A las hijas perfectas no se les permite viajar mucho.

Sonreímos y lo dejamos estar. Pero mientras miraba por la ventana los campos arados y me relajaba con el parloteo en mandarín que me rodeaba -aunque era un mandarín del norte, con su acento característico-, pensé que estaba llevando a la práctica el deseo más secreto de mi madre. En su día había amado a Yinan y a mi padre más que a nada en el mundo. Bajo su engreída soledad, su estatus y su poder, seguro que albergaba el profundo y vehemente deseo de restablecer el contacto con ellos. Alguien tenía que tenderles la mano. Yo la había decepcionado tantas veces que ahora estaba excepcionalmente capacitada para ir en contra de sus deseos en beneficio de su felicidad. Eso quizá me colocase a la altura de Hwa: yo también quería verla feliz. Según nos aproximábamos a la estación donde nos esperaban sus enemigos, supe que lo que quería era complacer a mi madre, y que siempre lo había querido, por más irrazonable e inflexible que se mostrase.

Al apearnos del tren me llegó un olor a carbón encendido y a castañas. El cielo del norte era de un gris pálido y el aire frío. No reconocí a la pareja de ancianos que esperaba en el andén, unos metros más adelante, observando a los pasajeros que se bajaban de otro vagón. Estaban los dos juntos, cada uno con su abrigo viejo, un poco frágiles, un poco perdidos. Ella lo agarraba del brazo. Cuando se giraron y me vieron, pareció que ella fuese a perder el equilibrio. Cogí a Tom del codo y me fui hacia ellos como en una nube. Me había imaginado a Yinan parecida a mi madre, que estaba toda estilizada y ligeramente bronceada por el sol de California. Pero esta Yinan parecía desvaída y difuminada bajo la luz invernal.

Su voz, sin embargo, era fluida y cálida.

– Xiao Hong -dijo-, ¡muchas gracias por venir a vernos!

– Ayi -dije yo.

Me apretó las manos y pude detectar en su mirada un rastro de aquella incandescencia que relumbrara en la casa amortajada de mi madre.

Mi padre llevaba su abrigo de lana echado por los hombros. El tiempo y las tribulaciones habían consumido sus fuerzas, descarnándole el cuerpo y borrándole el color de la cara. Sólo le quedaba la silueta, que titilaba levemente por los bordes.

– Hong -dijo-. Tienes buen aspecto.

– Tú también.

– ¡Ja! No me tomes el pelo.

Su voz sonó suave y feliz. Me llenó de alegría percibir su viejo optimismo y ver que atrás quedaban las penas del pasado. Habíamos sobrevivido a nuestras separaciones, traiciones y elecciones. Habíamos vivido para volver a encontrarnos, y todo estaba perdonado.

Saludaron calurosamente a Tom. Yinan se dirigió a él en inglés.

– ¿Cogemos un taxi? -pregunté.

– En un minuto. -Mi padre me miró sonriente y me dio una sorpresa-. Yao viene en el próximo tren. Estaba tan emocionado con vuestra visita que se ha venido desde Tianjin, sólo por esta noche. No tardará en llegar.

Ambos sonreían encantados.

Yao fue el primer pasajero en apearse. Aunque venía cargado de paquetes, según corría a nuestro encuentro percibí en sus andares algo de la vieja gallardía de mi padre. Sonreía de oreja a oreja, y era la misma sonrisa que yo recordaba del día en que mi madre le hiciera desfilar con su uniforme nuevo. Pero cuando se acercó, vi cómo lo habían trabajado los años. Tenía la piel más áspera, arrugas y ojeras en el rostro, y le faltaba un diente. Había un punto de ansiedad en su modo de andar, en la forma de saludarnos y dejar los paquetes en el suelo para abrazarme.

– Jiejie -dijo.

Le olía la chaqueta a tabaco y a algún producto químico acre y penetrante.

– Didi -contesté.

La palabra me supo extraña en la lengua.

Le presenté a Tom.

– Encantado de conocerte -dijo Yao en inglés-. Hace mucho que no lo practico -añadió.

Me acordé de que había estudiado en el colegio de los misioneros. Entonces volvió al mandarín. Mencionó a su esposa y a su hijo, que estaban en Tianjin. No habían podido venir, pero nos enviaban saludos. Los paquetes que estaban a sus pies contenían pequeños regalos para mí, Tom, Evita y Mudan. También había algo para Hwa, sus hijos y mi madre.

Pasamos una tarde muy agradable en el salón del ruinoso pisito de mi padre y de Yinan. Yinan preparó un guiso típico. Después de cenar, mientras bebíamos cerveza y picábamos cacahuetes, nos dedicamos a intercambiar detalles de nuestras respectivas vidas. Mi padre y Yao fumaban cigarrillos. Nadie mencionó los acontecimientos ni los rencores que nos habían separado; enseguida me pareció que sólo había pasado unos años fuera y que había vuelto a mi casa. Lo único que me recordaba mi vida americana era la presencia de Tom, que, repantigado en una silla de tijera cerveza en mano, trataba de descifrar lo que le decían en inglés y se reía con frecuencia. Mi padre y Yinan estaban radiantes a la luz de la lámpara. Nuestra presencia los había rejuvenecido. Viéndolos hablar y gesticular con las manos, me acordé de aquellas tardes de antaño que pasaban sentados en el patio comiendo pipas de sandía saladas.

Mi padre se alegró de que Hwa se hubiese casado con el hijo de su viejo amigo Pu Sijian. Escuchó con interés la historia de Pu Taitai y su inquebrantable fe en el viejo gobierno. Y me pidió que le confirmase lo que había oído acerca del general Sun Li-jen y la suerte tan adversa que había corrido. Ya exiliado en Taiwán, pasó muchos años bajo arresto domiciliario acusado de tomar parte en una conspiración contra el Generalísimo.

Nos contaron que Li Bing había muerto de cáncer en 1965. Les hablé de Hu Ran y, gracias a su empatía, sentí que mis palabras cobraban dignidad.

Yao sacó unas fotos. Xiu, su esposa, era una mujer delgada de ojos grandes y expresión inteligente y algo apesadumbrada. Pero Cai, su hijo, era una versión juvenil de mi padre. Tenía un rostro franco y curioso, y miraba con avidez a la cámara.

– Quiere ser astronauta -dijo Yao-. Le decimos que ya es mayorcito para soñar despierto, pero la verdad es que se le dan muy bien tanto la física como los deportes.

Tom y yo les fuimos pasando las fotos que habíamos llevado de Hwa y de su familia, de mi hija Mudan y de su familia, y de Evita. También había llevado una de mis hijas con Hu Mudan. En la instantánea aparecían dos mujeres sonrientes y llenas de energía que descollaban sobre una figura diminuta con el rostro apacible y surcado de arrugas de un viejo bodhisattva.

– De repente nos llega una carta suya de los Estados Unidos, como caída del cielo -dijo Yinan entre risas-. Al llegar a Hong Kong se colocó en casa de una anciana muy rica. La cuidaba igual que cuidaba a la vieja Mma: la sentaba en el inodoro y le preparaba sus platos favoritos. Pero esta mujer era más agradecida y, cuando murió, le dejó algún dinero, así que Hu Mudan decidió ir a buscarte.

– ¿Cómo llegó a los Estados Unidos? -preguntó Tom-. No tiene familia. No sabe leer ni escribir.

– Se compró una familia falsa. El nombre es Lu. Sabía que si conocía a un número suficiente de personas, terminaría encontrando a Hong o a Hwa y, mira, así ha sido.

Más tarde tuvimos que discutir porque insistían en que Tom y yo durmiésemos en su cama. Tom zanjó la discusión diciendo que los tres «jóvenes» queríamos seguir hablando y que nos vendría bien que nos sacasen más cosas de picar. Al final accedieron a que pasásemos la noche en el suelo del salón. Entonces mi padre se levantó y ayudó a Yinan a ponerse en pie. Viéndola incorporarse, volví a sentir cómo había pasado el tiempo. Encorvados y frágiles, desaparecieron tras la puerta de su dormitorio.

La cerveza nos había soltado la lengua y charlábamos distendidamente, bajando la voz para no molestar a los durmientes. Yao preguntó si queríamos beber algo más. Fumaba, reía y empinaba el codo con la misma ansiedad que le había notado en la estación. No sabía qué pensar de él: más cercano que un primo, pero sin ser del todo un hermano; un desconocido y a la vez un ser tan próximo. También intentaba armonizar su imagen con la del niño que yo recordaba. Aquel niño prometía mucho -despierto y rebosante de vitalidad-, pero el Yao de ahora parecía agotado y roto por dentro. Me enteré de que trabajaba en una fábrica de papel -de ahí el olor a sustancias químicas de su ropa- y de que no tenía muchas oportunidades de dejar a su familia para venir a ver a sus padres.

Tom escuchaba con atención, cambiando de postura de vez en cuando para acomodar su espigado cuerpo en la silla. Por regla general solía mantenerse al margen en presencia de desconocidos, pero con Yao parecía haber conectado. Cuando éste le ofreció un cigarrillo, Tom, que no fumaba desde la universidad, lo aceptó. Después de dar unas caladas, le preguntó si no echaba de menos a sus padres.

– Sí. Sobre todo a mi madre. Mi padre y yo no siempre nos llevamos bien. Tiene un carácter complicado. -Hizo una pausa-. Distante. A veces es como si no estuviese presente. Mi madre sabe entenderlo.

No supe qué decir.

– Supongo que nunca lo viste durante la guerra civil -dijo Tom.

– No me conoció hasta 1949, pero yo pensaba en él a todas horas. Era mi padre, un general y un héroe. Me forjé una imagen grandiosa de él. Cuando por fin nos reunimos, no tenía nada que ver.

Se calló de repente. Tom volvió a la carga.

– ¿Te resultó violento conocerlo cuando cambió el gobierno?

Yao frunció el ceño y se inclinó hacia delante para encenderse el cigarrillo. El resplandor de la cerilla dejó ver la pureza de líneas de sus huesos -los mismos huesos de mi madre- bajo sus ásperas facciones.

– Durante una época no podíamos estar juntos en la misma habitación. -Echó una bocanada de humo-. Lo mismo estaba distante y taciturno que, de repente, se espabilaba y volvía a su natural simpático y optimista, como si hubiese olvidado sus penas. Tenía mucha seguridad en sí mismo. Y me imagino que yo era igual. La que lo pasaba mal era mi madre.

¿Cómo debió de sentirse mi padre?, me pregunté. Tantos años deseando tener un hijo para llegar y encontrarse con un desconocido cuya imagen del padre soñado saltó en pedazos al verlo aparecer en carne y hueso. ¿Qué ser humano puede estar a la altura de los sueños de un niño?

– Quería intimar conmigo. Ojalá se lo hubiese permitido. Pero fue todo tan repentino, tantos cambios. Y me parece que él tardó en darse cuenta de que el reencuentro me… perjudicaba. Cuando Li Bing nos trasladó al norte tuvimos que mantener la identidad de mi padre en secreto. Usábamos el apellido de mi madre, Wang. Y yo empecé a avergonzarme… En el colegio recibíamos instrucción política y a mí me costaba aceptar quién era mi padre. -Hizo una pausa-. Me imagino que fue esa vergüenza lo que me hizo abrazar el maoísmo. Me iba bien en los estudios, pero, de alguna manera, se me habían roto todos los esquemas. No entré en la universidad. En lugar de eso, acudí a mi tío -y aquí detecté un retinte de orgullo en su voz- y empecé a trabajar para el Partido.

– Li Bing era el hermano de mi padre -le expliqué a Tom-. Estaba en la resistencia, antes de 1949.

Tom asintió, sin darse cuenta de que se le había apagado el cigarrillo. Aquella charla le importaba mucho más de lo que yo podía imaginar.

– Me fue bien hasta que murió Li Bing. Iba a casarme con Xiu, pero más o menos al año de morir nuestro tío, empezaron las depuraciones en el partido y descubrieron que mi sangre era impura.

Yao hizo una pausa y se miró las manos.

– ¿Cómo ocurrió? -preguntó Tom.

Yao no me miró a mí sino que clavó los ojos en el rostro de Tom, como si intuyese que él podría entenderlo.

– Después supe que fui yo mismo quien se había ido de la lengua, no contándolo todo, pero sí una parte, a un compañero de clase, años antes, lo bastante como para que se enterasen de quién era mi padre. Lo metieron en la cárcel. Estuvo más de un año preso. Sólo lo soltaron después de que mi madre y yo fuésemos a suplicarles a los viejos amigos de Li Bing, una y otra vez. Entonces decidieron que de algún modo yo estaba contaminado, contaminado por la sangre de mi padre y me mandaron al campo a purificarme entre los campesinos.

Su voz estaba cargada de emociones -pasión, furia, amargura-, pero hablaba con cuidado, casi balbuceando, como si las palabras le quemasen en la lengua.

– Xiu y yo hicimos la promesa de esperarnos el uno al otro. ¿Cómo íbamos a saber lo que tardaría en volver? Fueron ocho años. Me esperó, sí, pero perdimos un tiempo precioso. -Se miró los viejos zapatos de piel-. Pero bueno, no importa. Cuando me destinaron la primera vez, me enfadé con él, me enfadé muchísimo. Lo maldecía por su estupidez, por pensarse que podíamos vivir bajo el comunismo sin que nos descubriesen. ¿En qué estaba pensando? ¿Era verdad que amaba tanto a su país que no podía soportar abandonarlo? Si era así, es que era un ingenuo y un sentimental. ¿Tan terrible habría sido que nos fuésemos mi madre y yo? Ella dice que fue culpa suya, que fue ella quien lo obligó a quedarse porque se lo había prometido a Junan, pero yo sé que si de verdad hubiese querido marcharse, lo habría hecho.

Miré uno de los regalos de Yao que tenía en el regazo, un pañuelo bordado en tonos brillantes. No sabía cómo decirle la verdad.

– Antes de irme, fui a verlo a la cárcel. Me dijo que lo sentía. -Yao sacudió la cabeza. Suspiró y el ataque de ira que había alimentado su relato fue aplacándose y dando paso a la resignación-. Y entonces lo entendí. La decisión de quedarse en China la había tomado mucho antes. No podía saber lo que iba a ocurrir.

Siguió hablando hasta bien entrada la noche. Lo habían deportado a un minúsculo villorrio de montaña que le pareció el colmo de la desolación. Los campos estaban cuajados de piedras y durante la guerra los aldeanos habían padecido lo indecible. La desgracia se había cebado en ellos y apenas si tenían qué llevarse a la boca. Eran tan pobres que hasta los más ricos le pedían prestada la lata de aceite; en primavera comían hojas de árbol cocidas.

Yao no hablaba el dialecto local. Ni siquiera sabía dónde estaba. Pero por sus venas corría sangre de agricultores, la del padre de mi padre.

Me imaginé que los aldeanos se sintieron atraídos por su buena planta y lo buen mozo que era, por su carisma y por su amor. Pues parecía haber heredado una cosa de su madre: esa franqueza, esa simpatía que le hacía respetar a los demás y amarlos. También heredó sus ideales. Los lugareños se vieron arrastrados por su entusiasmo visionario. Organizó las aldeas, cavó pozos más profundos, desinfectó los ríos y abrió colegios. Bregaba con la paciencia de su madre y la fuerza de su padre.

– Al final todo salió bien -dijo-. Pero cuando me dijeron que podía irme, que mi exilio había concluido, volví y me encontré con que ya era un viejo y que el mundo había cambiado.

Ahora que se había desahogado, se desplomó en el sillón. Bajo aquella luz pálida, su rostro, surcado de arrugas, parecía paralizado. Oí pasos en la calle y el mugido de un búfalo de agua. Amanecía y los últimos labradores entraban en la ciudad.

– Necesitas dormir un poco -le dije.

Pero Yao no quería dormir.

– Cuéntame más cosas de tu madre -dijo, mirándome-. La recuerdo de cuando era niño.

Su voz sonó sincera, interesada. La pregunta me pilló desprevenida y no acerté a responderle.

– Siempre fue muy cariñosa y muy espléndida -dijo Yao.

Tom me miró y enarcó las cejas pero Yao no lo vio.

– Mi madre la quería mucho. Todavía habla de ella… Creo que aún la echa de menos y lamenta que la guerra las separase.

– De niñas estaban muy unidas -dije.

– Una vez me regaló un ferrocarril de juguete con unas vías tan grandes que tuve que abrir la puerta de la casa para montarlo. Cuando nos mudamos al norte tuve que deshacerme de él porque no teníamos espacio. -Dejó de hablar unos instantes. De su rostro ajado surgió una mirada distante; estaba pensando en lo mucho que prometía aquel flamante trenecito-. Tengo que contarte un secreto, jiejie. De pequeño, a veces pensaba que ojalá hubiese podido irme con vosotras. Habría ido a los Estados Unidos y todo sería diferente. -Se quedó callado un momento-. Pero para mí ya es demasiado tarde, ya he vivido mi vida.

Al día siguiente llevamos a Yao a la estación. Nos abrazamos, nos dijimos adiós y prometimos escribirnos. Después, mi padre y Yinan volvieron para echarse una siesta. Tom y yo nos tumbamos en la salita pero no dormimos. La estancia parecía vacía sin las palabras ardientes y agitadas de Yao.

Tom estiró el brazo y me puso brevemente la mano en el hombro.

– Creo que no habría sido correcto que le dijeses por qué se quedó su padre.

– Espero que tengas razón. -Estaba agradecida de tener a Tom tan cerca: era un consuelo. Pero no lograba relajarme. Pasado un momento le dije-: Parece como si hubiesen tratado de contárselo, pero no hubiesen podido, o no hubiesen sabido, explicarle lo que pasó con mi madre. Quizá es que quisieron protegerlo. O dejar que conservase sus buenos recuerdos para no amargarlo.

– Pues anda que no tiene motivos para estar amargado… -Tom se dio la vuelta y por un instante pensé que se iba a dormir. Pero entonces habló-. Pero ¿cuántos de nosotros no hemos desperdiciado nuestras vidas de un modo u otro? Si Yao hubiese venido a los Estados Unidos, lo mismo se habría pasado años luchando siquiera para levantar cabeza. Podría haberse amargado por culpa del racismo o de alguna otra cosa. A veces las mujeres no os dais cuenta de lo crudo que lo tenemos los hombres. No todo el mundo triunfa como Pu Li.

Tal vez Tom estaba pensando en lo mucho que había luchado su padre. No sabía muchas cosas de él salvo que sus ambiciones habían chocado de frente con la barrera del idioma. Tom las había pasado moradas para llegar a la universidad. ¿Y qué decir de mi propia vida?, me pregunté. Me gustaba mi trabajo, pero una vez le había dicho a Hu Ran que quería ser periodista o escritora. Me quedé despierta dándole vueltas a las palabras desasosegadas de mi hermano. Entonces, a punto ya de dormirme, caí en la cuenta de que Yao sencillamente había asumido la versión de la historia que le había transmitido Yinan y, como Yinan jamás diría nada en contra de mi madre, Yao había dado por hecho que el villano era mi padre.

Pasamos unos cuantos días con ellos de lo más tranquilos. Mi padre nos enseñó la fábrica y nos llevó a ver los lugares donde décadas antes los lugareños habían luchado contra la ocupación japonesa. Tom pasaba horas tomando apuntes mientras Yinan le enseñaba a hacer los panecillos típicos del norte y platos de fideos. Luego, me enseñó algunas de sus viejas poesías. Eran versos crípticos y descarnados. Tal vez tuviese en común con mi madre un celo por la intimidad que hacía difícil extraer algo verdaderamente personal de sus composiciones. Varios de los poemas parecían versar sobre el suicidio de su madre.

Lo sostuvo entre sus frías y blancas manos.

Acuática tumba, sepultura de agua,

que te hundes silenciosa en el lago de los sueños.

Me pareció que todos los poemas iban dirigidos a una sola persona, la única capaz de entenderlos cabalmente.

Hacia el final de nuestra estancia yo ya tenía claro que Yinan y mi padre habían padecido un calvario, una racha aciaga de la que salieron mermados. Se habían desprendido de algún elemento fundamental. Tal vez se vieron obligados a soltarlo para seguir con vida. No eran las mismas personas que yo recordaba.

Así y todo, decían, habían recibido ayuda. En la época en que deportaron a Yao y Li Ang acababa de ser puesto en libertad, una persona acudió en su auxilio. La primera carta desde Hong Kong les llegó después de irse Yao. Las señas venían escritas con letra elegante en barrocos caracteres. Al principio no se imaginaban quién podría haberlos localizado desde el extranjero. Mi padre sostuvo el sobre con el brazo estirado -la edad y los trasiegos le habían provocado una hipermetropía- hasta que pudo distinguir el nombre de Chen Da-Huan, el viejo conocido a quien un día regaló su pitillera y que no se había olvidado de él. Cuando abrió la carta, le cayó en el regazo un alargado billete verde de cien dólares.

En la carta, Chen Da-Huan daba las gracias a mi padre por haberlo ayudado. Qingwei y él habían logrado finalmente llegar a Hong Kong. Qingwei no vivió mucho -ambos sabían que se estaba muriendo- pero dio a luz a un hijo, Fengwa, y pasó el último año de su vida con relativa comodidad. Chen Da-Huan se había prometido corresponder a la generosidad de mi padre. Se dedicó a buscar noticias suyas con ahínco, hablando con los refugiados que cruzaban la frontera y colocando anuncios en la prensa, hasta que consiguió la información.

¿No era maravilloso, dijo Yinan, que Chen Da-Huan recordase aquel pequeño favor? ¿Que pudiesen reunirse después de tantos años? Al decir eso, Yinan me miró con los ojos agrandados por las lentes de sus gafas de lectura.

– Hong, en todos estos días apenas has mencionado a tu madre. ¿Se encuentra bien? -Mi padre la cogió de la mano-. Pienso en ella a diario. Siempre he esperado que intentase buscarnos. Que, después de tantos años -hizo una pausa-, quisiese hablar con nosotros.

– Yinan -dijo mi padre.

Ella le soltó la mano. Se notaba que el tema ya venía de largo.

– ¿Cómo esta de salud? -continuó Yinan-. ¿Es feliz?

Miré a Tom, pero él sacudió la cabeza. Yinan quería que le respondiese yo, no mi marido. No era la primera vez que yo trataba de eludir una pregunta en aquella visita. Por ejemplo, ya había contado una mentira piadosa para explicar por qué no nos habían acompañado Hwa y Pu Li. En un momento dado, me había burlado de la amnesia culinaria de Hwa, de su conversión al filete con puré de patatas. Lo cierto es que no sabía qué pensar de la vida de mi hermana. Parecía bastante feliz pero, después de más de treinta años, todavía se negaba a ir a Los Ángeles, donde residía Willy Chang con su mujer y sus hijos.

Ya había tenido bastante con tratar de explicar lo de Hwa. El tema de mi madre lo había evitado por sospechar que lo que dijese sólo serviría para decepcionarlos.

Yinan insistió:

– ¿No te ha mandado ningún recado?

– Pero Yinan -intervino mi padre-, ¿es que no te das cuenta que se niega a hablar con nosotros, que jamás podría hacerlo?

– Creo que en el fondo de su corazón todavía nos ama.

Mi padre agarró con fuerza los brazos del sillón.

– Aunque así fuera -dijo- ¿qué te crees, que lo iba a reconocer?

– La conozco antes que tú. Es la primera persona de la que tengo memoria, aparte de nuestra madre. Es una persona buena y leal. Siempre se portó bien conmigo. ¿Quién sabe cómo se sentirá ahora, después de tantos años?

– Lo que me importa es cómo puedas sentirte tú.

La voz de mi padre resonó con fuerza, como si estuviese hablando en una sala vacía.

Yinan le tocó delicadamente uno de los puños cerrados.

– Yo ya me cuido sola. Deja que hable Hong.

Entonces me miraron los dos. Llevaban muchos años esperando. Yo había cruzado medio mundo. No me quedaba más remedio que contarles lo que sabía.

De modo que les conté que Hwa me había dado órdenes de no decirle nada del viaje a mi madre. Les hablé de la fortuna de mi madre y de su hermosa casa tapiada, con su jardín contemplativo y sus tejas verdes. Les conté que se pasaba horas rezando a solas ante la imagen de Guan Yin. Les dije que todo el mundo creía que mi padre había muerto. Mi padre parecía abatido y Yinan lloraba, pero seguía preguntándome. Insistió en que le diese su dirección a mi madre. Sus preguntas eran lastimeras, en voz baja, como las de un niño. Mi propia voz me sonaba fría: ¿habría heredado de mi madre esa frialdad a la hora de lidiar con los sentimientos? ¿O era porque sabía que con cada una de mis palabras la estaba traicionando? Sin embargo, no me sentía desleal a ella. La mía era otra clase de lealtad. Como Yinan, yo también pensaba que aún se la podría consolar.

Nuestro último día en China pasé unas pocas horas a solas con mi padre. Fuimos dando un paseo hasta el parque y nos sentamos en un banco enfrente de una estatua dedicada a no sé qué héroes de la revolución. Le mostré a mi padre una fotocopia de un libro con la lista de los oficiales nacionalistas. Había rebuscado a conciencia en la biblioteca de la universidad y había encontrado un tomo voluminoso y polvoriento donde figuraba la misma fotografía que mi madre había enmarcado y colgado en una de las paredes de nuestra casa de Shanghai. Mi padre aparecía posando con un grupo de hombres de uniforme, el tercero por la izquierda, todo estirado y pleno de confianza en la flor de la vida.

El texto rezaba:

Li Ang (1909-49)

Hangzhou, Provincia de Zhejiang

1926 Infantería

1928 Segundo Teniente

1931 Casado

1932 Teniente

1936 Afiliado al Kuomintang

1937 Oficial de la Policía Fiscal

1942 Coronel

1945 General de División

1949 Capturado o muerto

Mi padre sonrió, un poco triste.

– Y cuando me muera -dijo-, esos renglones serán el único testimonio escrito de mi vida. -Meneó la cabeza-. De joven nunca me lo habría imaginado.

– ¿Qué querías ser de joven?

– Eran otros tiempos. No pensábamos en lo que queríamos hacer. Hacíamos lo que creíamos que teníamos que hacer. Actuábamos con la cabeza, no con el corazón. Pero luego cambié. No me di cuenta de lo que había hecho hasta mucho después. Para entonces ya era otra persona, no había vuelta atrás. Tuve que construirme una vida con la que pudiese vivir.

– ¿Por eso te quedaste en China?

– Sí -respondió.

– ¿Ha merecido la pena?

Miró a través del parque a un grupo que estaba practicando taichi. Entendió lo que de verdad le estaba preguntando: ¿cómo pudiste abandonarnos?

– Todos estos años me he representado la última vez que te vi -dijo-, en aquella casa de Shanghai, rodeados de muebles cubiertos con sábanas blancas. Estabas muy enfadada y eras tan joven… Sabía que tu madre cuidaría de vosotras pero no podía evitar preocuparme de si serías feliz, de cómo te irían las cosas.

– Todo salió bien -dije, pestañeando para contener las lágrimas.

– Sí -dijo. Pasado un momento, añadió-: Pero has heredado mi defecto. Lo recuerdas todo. Tú, yo, y también Yinan. Eso hace que la vida sea más insegura.

– Mi madre te habría dado seguridad.

– Ya lo intentó -dijo-. Sé que lo intentó. Mira, esto me lo regaló ella. -Se señaló el abrigo-. Me lo llevó a Chongking hace más de cuarenta años. Es muy calentito, y mira lo que ha durado.

Respiré hondo y sentí un escalofrío.

– Te he echado de menos, papá.

– Y yo a ti -dijo. Me puso la mano con delicadeza en la coronilla-. Los dos te hemos echado de menos. Y a tu hermana, y a tu madre. Hemos pensado en vosotras y os hemos amado en todo momento.

Posteriormente, aquel mismo año, mi padre y Yinan viajaron a Hangzhou. Al llegar se encontraron con que la ciudad había crecido más allá de las murallas. La calle del tío Charlie estaba asfaltada y repleta de oficinas. La mansión de los Wang había sido derruida para edificar encima. El viejo barrio había desaparecido; lo único que vieron de la vieja casa fue una teja verde rajada debajo de un tiesto en el alféizar de un vecino y, en un rincón polvoriento, la vieja morera que en su día alimentaba a los gusanos de seda de Yinan.

También quedaba el lago, ancho y plácido, y divisaron el feo muñón de la Pagoda de la Cumbre de los Truenos. El panorama no había cambiado mucho desde el día en que Yinan, siendo niña, la viera por primera vez.

Se quedaron un rato contemplando el lago. Alrededor de ellos corrían y chillaban niños vestidos con chaquetas rojas y rosas. Turistas extranjeros, cada uno de ellos acompañado de un guía angloparlante, se subían a las barcas de bajo bordo. Jóvenes parejas paseaban de la mano por el sendero. Nadie prestaba mucha atención a aquellos dos ancianos que miraban fijamente el lago.

Yinan nunca había sido una mujer fuerte. Las largas horas pasadas en la fábrica le habían lastimado los ojos y el cuello, y lo peor de todo era que la tela contenía un producto químico irritante que le hervía en la sangre y le consumía los huesos. Se resfriaba continuamente y tenía molestias en el oído interno. Ese otoño le diagnosticaron leucemia, lo que explicaba sus frecuentes enfermedades, el dolor en los huesos y aquella sensación de inexorable deterioro.

Una noche de aquel invierno Li Ang se despertó de repente, sobresaltado. ¿Qué es lo que le había asustado? Sin moverse, miró con cuidado hacia el otro lado de la cama. Yinan estaba tumbada boca abajo, con la cara hundida en la almohada. Li Ang aguzó el oído y trató de percibir el olor familiar, ligeramente acre, de su aliento. Era una noche tan fría que la luz de la farola no era más que un borroso resplandor tras la trama de helechos de escarcha y hielo que cubría el cristal de la ventana. Se quedó un buen rato quieto. Entonces percibió una lenta bocanada de aire, y luego otra. Y después, el tictac del reloj, cuya esfera oscura brillaba ligeramente a la luz de la ventana. Se quedó observando el lento avance del segundero alrededor de la esfera. Entonces supo qué lo había despertado. No había sido un ruido, ni mucho menos, sino el silencio, un terrorífico momento de silencio en el que temió que Yinan hubiese dejado de respirar.

De repente ya era de día. Los rayos del sol, pálidos y quebradizos, caían sobre la cama. Se vistió y fue a la cocina, donde Yinan, que ya se había levantado, había hervido agua para el té. El vapor se había vuelto escarcha en la ventana de la cocina, enclaustrándolos más si cabe en su pequeño apartamento. Respiró aliviado al sentir su presencia, al percibir los débiles reflejos del sol en aquella ventana tan pequeña y familiar. Se comió las gachas.

Yinan apareció en el umbral de la cocina con el abrigo y la bufanda puestos y las botas en los brazos, como si acunase a un bebé.

– ¿Qué pasa?

– Tengo que echar una carta.

Desde que tenía las señas de Junan, Yinan escribía a California todos los meses.

A Li Ang le daba miedo que pudiese resbalarse y caer; ahora que habían asfaltado las calles tardaba en fundirse el hielo. Se terminó el té y fue por el abrigo.

Me imagino el aspecto que tendrían las raras veces en que salían de casa juntos -por aquel entonces sólo cuando hacía bueno o era estrictamente necesario-: una pareja aseada y canosa, él algo cargado de hombros y renqueando ligeramente, ella más menuda y tocada con el sombrero de ala estrecha -y todavía elegante- que le habían regalado unos americanos durante la guerra civil. Yinan iba cogida del brazo de mi padre con una de sus manos enguantadas. Nadie que no los conociese habría podido imaginarse jamás por lo que habían pasado y lo que significaban el uno para el otro. Sus vidas se habían entrelazado tan inextricablemente como las raíces de dos árboles plantados uno al lado del otro para resistir el viento.

Hacía un frío espantoso y la frágil capa de nieve crujía bajo sus botas. Caminaban con la cabeza ligeramente agachada para protegerse el rostro y hablando lo justo con tal de repeler el frío. Cuando llegaron a la oficina de correos, Yinan le entregó la carta al funcionario y se cercioró de que la pusiese en el lugar apropiado.

– Cuando nos queramos dar cuenta -dijo el funcionario-, estamos en Año Nuevo.

El funcionario solía charlar con Yinan mientras le daba las vueltas. A Li Ang no lo llamaba por su nombre. Cuando salió de la cárcel, prácticamente todo el mundo se comportó como si nunca lo hubiesen acusado, como si no hubiese pasado nada. El funcionario de correos era el único que se acordaba y se avergonzaba de ello. Por eso evitaba mirarlo.

Se dieron media vuelta y se fueron a casa.

Ahora, al caminar en sentido contrario, el viento helado les cortaba la cara y les atravesaba la ropa. Li Ang no sentía la nariz ni las orejas, aun llevándolas tapadas por el gorro. Se apretó contra Yinan, que parecía sumida en un coma, para soportar estoicamente las embestidas, tan agarrotado que ni tiritaba. Al entrar en casa, apenas si notaron calidez. Mientras Yinan se quitaba las ropas, Li Ang fue a guardar su abrigo en el armario. Cuando volvió al recibidor se encontró a Yinan sentada en el escaño frotándose las manos.

– No puedo quitarme las botas -dijo.

Li Ang se arrodilló ante ella. Le cogió la bota y dio unos tirones para calibrar su terquedad. Yinan permanecía sentada ante él, silenciosa y obediente. Tal vez se le hubiesen hinchado un poco los pies. Él procedía con tiento, girándole el tobillo en busca del ángulo adecuado, mientras el olor de la nieve derretida se le metía por la nariz. Finalmente la bota cedió y cuando vio salir aquel pie enfundado en una media, Li Ang sintió que lo atravesaba la pena.

– Sabes que no te va a escribir -dijo.

Ella no contestó. Él, decidido a dejar las cosas claras, insistió.

– ¿Por qué te empeñas en escribirle y dejar que te haga daño?

Desde abajo, vio consternado cómo ella volvía el rostro.

– Lo siento -dijo él-. Venga, no llores.

Ella enseguida se enjugó las lágrimas y dijo:

– Es que me he acordado de una cosa que nos dijo mi madre una vez. Dijo que en el mundo se producen separaciones, pero que con toda seguridad nos volveremos a encontrar en el más allá.

Li Ang replicó en el acto:

– ¿Por qué piensas en el más allá, si todavía eres joven?

Ella se llevó las manos a la cara.

– Jiejie -dijo, llorando.

Él le cogió la mano. La tenía seca y fría y le notó la carne algo suelta y desprendida de los huesos, como si lo que hasta entonces la mantenía de una pieza estuviese desintegrándose finalmente. Entonces, de repente, le vino a la memoria el tacto y aroma de aquella mano fresca y flexible, la mano de Yinan tal y como era la primera vez que la tocó, hacía ya muchos años.

Había alcanzado esa edad en que muchos hombres, intuyendo que su hora está próxima, se replantean su postura ante el mundo. Algunos, viendo que ya no son útiles, se consuelan quedándose al margen, dedicándose a sus periódicos y a observar y discutir, sentados a un lado de la calle, el comportamiento de los jóvenes. Otros, en cambio, insatisfechos, cifran sus esperanzas en la religión y la filosofía. Pero mi padre no siguió ninguno de esos dos caminos. Comprendió que Yinan y él, y todo lo que habían conocido, estaban desvaneciéndose y desapareciendo del mundo. La vida que habían compartido tocaba a su fin y él no tenía ganas de estar en ningún otro lugar. Con todo, pese a sus esfuerzos por estar presente, había momentos a lo largo del día en que perdía el hilo de sus pensamientos y se olvidaba de dónde estaba. Se abismaba en una especie de ensueño y se extraviaba en el recuerdo o la fantasía.

Había una visión que lo asaltaba asiduamente. El comienzo del sueño variaba, pero el final siempre era el mismo. Unas veces estaba en el hospital, esperando con Yinan el resultado de algún análisis. Otras, estaba en una comida, masticando un bocado de esa sabrosa verdura llamada «corazón vacío». Cuando quiera que fuese, donde quiera que estuviese, lo que ocurría a continuación se repetía invariablemente. Un poder invisible le daba la vuelta. De repente, se encontraba mirando en la dirección contraria, como si una mano enorme lo hubiese levantado en vilo y girado en el aire. En ese instante, de un modo igual de repentino y con toda naturalidad, una persona aparecía en escena, una figura espigada sin rasgos definidos. Pero algo tenía aquel visitante que captaba la atención de mi padre. Era alguien que le resultaba muy familiar y, al mismo tiempo, incognoscible. Al cabo de un momento, la identidad del visitante quedaba desvelada. Era mi madre, que apenas había cambiado después de una ausencia tan larga. Grácil y suplicante, transida de pena, le tendía la mano. Junan. Entonces se esfumaba dejando un espacio vacío.

Conque aquella primavera, después de que lo organizásemos todo por carta, mi padre, a sus años, emprendió viaje a través del mundo y del tiempo rumbo a los Estados Unidos. Vino a vernos a Nueva York, donde se quedó varios días y recogió el mensaje que mis hijas le habían grabado en vídeo a Yinan. También fuimos, él y yo, a almorzar con Hu Mudan. Pero el verdadero motivo de su viaje habría de esperar hasta el final: le había prometido a Yinan que al volver a China pasaría por San Francisco y haría una escala lo bastante larga como para ver a mi madre. Yinan decía que era lo único que quería antes de morir. Mi padre me pidió que no avisase a mi madre; me parece que tenía miedo de que se negase a verlo.

Después de haber llevado una vida de acción, temeraria y con frecuencia irreflexiva, lo que ahora quería mi padre era terminarla plácidamente. Ansiaba morir en paz. Pero sabía que no tenía muchas posibilidades de lograrlo.

Lo más probable era que a todo hombre que hubiese ejercido más poder del que le correspondía, el destino le tuviese reservado un final turbulento. Él solía pensar en la muerte del caudillo Sun Chuan-fang, a quien tanto denostara Li Bing cuando vivían en Hangzhou. Había sido una figura poderosa y brutal que, por haber matado a demasiada gente en sus comienzos, era recordado por muchos de los que dejó con vida. Tras caer derrotado a manos de Chiang Kai-chek, se había arrepentido de su comportamiento y se había convertido en un budista devoto. Refugiado en una remota ciudad del norte, confiaba en pasar desapercibido y que lo olvidasen. Pero algunos no se habían olvidado. Un día, mientras rezaba, una mujer entró en el templo. Era la hija de un general que él había mandado ajusticiar. Se llamaba Shih Chien Ch'iao, Espada Prodigiosa, y, decidida a vengar la muerte de su padre, había terminado averiguando su paradero. Lo mató de un disparo en la nuca.

La primera vez que Li Ang vio a Yao fue en Hangzhou. Yinan y él estaban de pie en la habitación cuando de repente entró el chiquillo. A Li Ang se le cortó la respiración. Hacía muy poco que se había enterado de que tenía un hijo. Vio a un niño alto y guapo cuyas facciones oscuras delataban que era de sangre Li. Cuando el niño lo vio a él, se le hincharon altivamente las aletas de la nariz -herencia de los Wang- y entreabrió los labios, unos labios lindos y carnosos que de pronto se curvaron en un puchero y dieron paso a airadas lágrimas. Entonces Yao, abrumado, se dio media vuelta y salió del cuarto. Yinan corrió tras él. Li Ang no los siguió. No le había dado nada a Yao salvo su simiente. Y desde ese día no dejó de tener la sensación de que miraba a su hijo como por una ventana. ¿Cómo no iba a ser así? ¿No merecía recibir algún tipo de castigo por haber abandonado a sus hijas? Se recordó a sí mismo que, cuando las dejó, no tenía constancia de la existencia de Yao. Pero, en cualquier caso, las había abandonado, y en su lugar ahora se encontraba con un niño que no sabía nada de él salvo que había sido un general nacionalista.

Yinan se iba a morir enseguida y él se quedaría solo y arrodillado frente a todo lo que había hecho. Li Ang venía sospechando, desde hacía mucho, que él seguiría adelante, que su cuerpo, de alguna forma, estaba protegido, blindado. De joven, la más profunda de sus convicciones siempre había sido la de que gozaba de invulnerabilidad física. Más tarde pudo constatar que no escaparía a los estragos de la experiencia y el recuerdo. Así y todo, le había aguantado el cuerpo. Las cicatrices relucían en su piel; le faltaban piezas aquí y allá. Ahora se daba cuenta de que los estragos más cruentos de la vida eran invisibles. Quienes detentaban el poder siempre lo habían sabido. Habían borrado de la faz de la tierra a muchos hombres, los habían aniquilado sin dejar rastro; y a los torturados los habían torturado de tal forma que las peores cicatrices no se les veían.

Junan también había ostentado una especie de poder, y lo había ejercido sin la menor señal de arrepentimiento. Seguro, pensaba Li Ang, que en algún lugar ella también tendría las mismas cicatrices, los mismos recuerdos atormentados. Ahora él iba a darle la amarga noticia de la enfermedad de Yinan. Tal vez eso la ablandase y le hiciese ceder a sus súplicas. Pues ¿acaso el más curtido y veterano de los generales no siente un instante de compasión al enterarse del infortunio de su antiguo enemigo?

En el avión a San Francisco mi padre dormitaba y hacía por leer el periódico, pero los ojos le engañaban de manera que ciertos caracteres le parecían componer el nombre de Junan. Eso le hizo tomar conciencia bruscamente de lo que estaba haciendo. No quería verla, pero había prometido hacerlo. Le daba pavor encontrarse con ella, pero cada minuto que pasaba la tenía más cerca.

Quedó con el taxista en que se bajaría antes de tiempo para poder andar y tranquilizarse. Más tarde, me contaría por carta que California le pareció demasiado perfecta para ser real, con aquellas calles impecables iluminadas por el sol y las casas tan nuevas que los árboles aún no habían crecido y tenían unas ramas y unos troncos tan suaves y estilizados como gargantas de niña. La sombra de mi padre, encorvada y hueca, vibraba sobre el asfalto.

Sus ojos, aquejados de hipermetropía por efecto de los años, divisaron los tejados rojos de la famosa universidad y los edificios de San Francisco, que centelleaban a lo lejos. Soplaba el viento, había poca polución en el aire, la visibilidad era buena. Siguió la carretera con la mirada y luego, torciendo a la derecha, distinguió una tapia alargada de ladrillo pálido que señalaba el comienzo de la propiedad de mi madre.

Había oído hablar de la casa y aun así le sorprendió. Lo que veía parecía flotar en el fondo de sus ojos: todas las formas y perfiles le resultaron familiares, desde las achaparradas estatuas de adorno hasta el tenue resplandor de tejas verdes que irradiaba el interior. Por un momento, tuvo la sensación de estar mirando un lugar que hubiese trascendido el mundo real hacía mucho tiempo y donde hasta el olor de la hierba y las flores era tan leve como el perfume de los sueños. Al acercarse lentamente a la casa vio el follaje de las trepadoras en el muro y, a continuación, la hilera de rosales, imponentes y primorosamente podados, que enarbolaban enormes y precisas flores de marfil sobre un fondo de ladrillo.

Sintió que sus pensamientos se elevaban ligeramente, arrastrados por el viento como un aroma, y volvió a verse, una vez más, en el viejo patio al que entrara, tantos años atrás, vestido con su uniforme de infantería y preguntando por el padre de Junan. Casi olía los fogones y oía el chasquear de las fichas de paigao que revolvía Wang Daming. Volvía a ser aquel muchacho con la autoestima a prueba de bombas y rebosante de esperanzas incuestionables que se plantó ante aquellos muros ajados y señoriales, intentando elucubrar, con el corazón desbocado, qué opulencias y misterios encerraban. ¡Cómo lo habían intrigado los encantos de la hermosa primogénita de Wang que vivía allí!

¿De veras había cambiado?, se preguntó. ¿Lo habrían cambiado lo más mínimo el amor o el tiempo, o seguía siendo aquel hombre que daba un paso al frente sin pensárselo dos veces?

Por alguna razón, esperaba encontrársela en la puerta, como la noche en que se conocieron. Pero cuando llamó, quien acudió a abrir fue un vulgar criado bajito.

Con gran fuerza de voluntad se identificó.

– Dígale a la señora que ha venido Li Ang a presentarle sus respetos.

El hombre se dio la vuelta y desapareció. Volvió al momento. Esta vez Li Ang percibió señales de inquietud. Al hombre le temblaban las manos al cerrar la puerta. Parecía aturdido y conmocionado, presa de un súbito ataque de ira, y Li Ang supo que su visita constituía toda una sorpresa.

El criado le hizo atravesar un gran salón y salir al patio. Según se acercaba al jardín entrevió un estallido de color y supo que habría flores de tal profusión y rareza como no había visto en sesenta años. Habría un estanque con peces de colores y un sauce, frutales y una morera. Había todo eso, efectivamente, como también había, en el centro del jardín, unas enormes rocas negras que habría mandado traer desde las imponentes montañas de un país lejano, altas moles que semejaban madera petrificada, estriadas con volutas del color de la obsidiana.

Estaba sentada junto a las piedras. Al acercarse, Li Ang percibió la elegancia de sus huesos, ahora incluso con mayor claridad toda vez que se le había consumido la carne. El cuello, la cara y las manos le habían menguado con la edad. Había logrado dominar cualquier emoción que hubiese podido embargarla al enterarse de su llegada y estaba imperturbable, con las manos entrelazadas sobre el regazo, quizá lastradas por el oro, las perlas y los enormes anillos y pulseras de jade que adornaban sus dedos y muñecas. Más jade y más oro macizo ceñían su garganta. Su rostro ovalado estaba pálido. A su espalda, situadas encima de una mesa estrecha, las estatuas alargadas de tres bodhisattvas lo fulminaron con una mirada glacial.

Hizo una sutil reverencia y ella asintió con la cabeza.

Aun después de tantísimos años, se estremeció al encontrarse frente a frente con la enérgica voluntad de Junan. Tenía los ojos levemente entornados, una expresión que él recordaba de sobra pero cuyo significado nunca había aprendido a descifrar. Sólo una persona hubiese sido capaz de decirle lo que pasaba por aquella cabeza, pero Yinan estaba muy lejos.

Rebuscó en la bolsa y sacó un regalo, una caja de caramelos de los que, según recordaba, solían gustarle, unas golosinas duras y brillantes de diversas formas.

– Bueno -dijo sonriendo-, ¿cómo estás, Junan?

– Perfectamente. Como es natural, mis fuerzas ya no son lo que eran, pero tú, ¡tú estás viejísimo!

– Sin embargo, me temo que las informaciones acerca de mi muerte no eran del todo exactas.

Ella torció el gesto; él se apresuró a hacer las paces.

– Me he convertido en un viejo -dijo. Y añadió con caballerosidad-: Tú, en cambio, estás prácticamente igual a como te recordaba.

Pero los cambios que advirtió en su cara y en su cuerpo le produjeron desasosiego. Después de tantos años separados, la imagen que había conservado de Junan era la de sus años mozos: la piel siempre blanca y lozana, los labios rojos, los ojos chispeantes.

– Deja que te sirva una taza de té.

– No, no -protestó él-. Ya lo sirvo yo.

– Está bien.

Ya más tranquilo, llenó lentamente las dos tazas, procurando controlar el temblor de las manos.

– Es una pena que no bebas coñac antes de cenar.

– Qué se le va a hacer.

– Brindemos por los reencuentros después de muchos años. ¡Ganbei!

Alzaron las tazas a la par y de ese modo lograron entablar conversación. Puede que a Junan se le hubiese envejecido el cuerpo, pero lo que era la mente la seguía teniendo tan rápida y certera como siempre. Le contó todos los chismes acerca de sus viejos conocidos. Pu Taitai seguía empeñada en vivir en Taiwán, donde se dedicaba a la ardua tarea de contar por activa y por pasiva una especie de relato mítico de los acontecimientos de la primera mitad del siglo XX, un relato que recogía los hechos fundamentales -los intentos de la República por mantener unido el país, la invasión japonesa y la toma del poder por parte de los comunistas-, pero que, mediante una ingeniosa transferencia de culpas y una cuidadosa correlación de fuerzas, conseguía pasar por alto su propia derrota. Pu Taitai había repetido durante años la versión modificada del eslogan:

Diez años de nacimiento y acopio

Diez años de enseñanza

Ahora, transcurridos veinte años, Pu Taitai ya no lo recitaba tan a menudo, pero, en opinión de Junan, jamás había dejado de pensar que un día Taiwán triunfaría y que los nacionalistas volverían a la China continental para convertirse, una vez más, en sus legítimos gobernantes.

En los Estados Unidos, Hsiao Meiyu había desheredado a dos de sus nietos por casarse con «extranjeros». A Junan le parecía una lástima que el hijo se hubiese casado con una rubia -los niños saldrían con el cabello ralo y descolorido-, pero lo de la hija no le extrañaba lo más mínimo, siendo como era un dechado de genes infames: ojos pequeños, cara insípida y unas piernas gordezuelas como pepinos. ¿Qué chino se habría casado con una chica tan fea?

– «Patriota» -dijo Li Ang, aclarándose la garganta-. En China, a las jóvenes no se les dice «feas». Se les dice «muy patriotas».

Él mismo notó en su voz el viejo tono insinuante que siempre había usado al hablar con ella. Lo había echado de menos. Así solían comportarse cuando estaban juntos, no durante la guerra, cuando todas las conversaciones estaban cargadas de la tensión de los problemas logísticos y las despedidas, sino al principio, nada más casarse. Por entonces apenas se conocían; él pensaba que ella no podría lastimarlo ni cambiarlo de verdad. Y ella debía de haber pensado otro tanto de él.

– ¿Qué te trae por aquí? -le preguntó Junan de repente.

– ¿A mí? -respondió para ganar tiempo.

– Sé que no vendrías a verme a menos que quisieses algo de mí. ¿De qué se trata?

Li