/ Language: Español / Genre:prose_contemporary,

El Ángel Oculto

Lorenzo Silva

Impulsado por una serie de acontecimientos que él interpreta como señales -la muerte de su perro, la infidelidad de su mujer, un hombre vendiendo pañuelos en un semáforo, un sueño- el protagonista de esta novela decide dejarlo todo e irse a Nueva York, con el vago designio de iniciar algunos estudios o, simplemente, a esperar algo que haga cambiar su vida. El hallazgo casual de un libro escrito por Manuel Dalmau, un español emigrado a Estados Unidos a principios de los años veinte, le proporciona el primer indicio de cuál era la verdadera finalidad de su viaje. Sus tentativas por localizar al autor le llevarán a conocer a una mujer que le fascina, pero también le involucrarán en una trama de amenazas y misterios. Cuando por fin conozca a Dalmau y las razones que le impulsaron a abandonar España, su destino se verá inexorablemente ligado al del anciano, en un viaje interior que le hará comprender los poderosos vínculos que nos unen a los nuestros y a la tierra que nos vio nacer.

Lorenzo Silva

El Ángel Oculto

© Lorenzo Silva, 1999

Para mí abuela Isabel, que ha visto pasar el siglo y, con sus ojos de muchacha sabia, lo sigue comprendiendo.

Para mi abuela Patrocinio, cuyos ojos no tuve.

Y para mi madre, naturalmente.

Reconocimientos

Este libro, que no es más que una ficción, debe mucho, sin embargo, a algunas personas reales. Debe, en primer lugar, al extraño y notable escritor español en lengua inglesa Felipe Alfau, cuya misteriosa figura me sirvió de punto de partida para fabular una historia con la que la suya, sin tener acaso mucho que ver, tampoco deja de guardar coincidencias que sería ilegítimo no reconocer expresamente. Debe, también y con el mismo rango de importancia, a mi amigo José Ramón Tora, quien no sólo me descubrió la obra de Alfau en su anómala y muy sugerente versión original inglesa, sino que además de eso ha sido siempre mi posadero neoyorquino y mi asesor abnegado y puntual en todas las cuestiones relacionadas con la ciudad.

Quiero por otra parte agradecer a Sybil McKenna el préstamo de su nombre y de algunos otros rasgos para cierto personaje, y a Javier, Rosa, Carolina y Af Angeles, su enriquecedora y paciente compañía durante los neoyorquinos días de 1996 en los que en gran medida se gestó esta novela.

And always at such a time I feel the same vagabond and willful spirit sweeping my conscience and senses, an irresistible desire to throw everything to the devil and seek adventure through the fields, throughout the world. To unite me with the avalanche of spring and drift with it… Oh Lord! Without worries of the morrow or unpleasant memories of the past, except perhaps those that are necessary and a bit sad, in order to lend happiness that diaphanous touch of melancholy which makes it so refined, so perfect, so poetical and so humane.

Felipe Alfau, Locos

Nueva York de cieno,

Nueva York de alambre y de muerte.

¿Qué ángel llevas oculto en la mejilla?

Federico García Lorca, Oda a Walt Whitman

I. SEÑALES DE HUNDIMIENTO

1.

Pesquisas de Dalmau

Cuando Dalmau, la misma noche que escogió para confiarme el secreto de su aplomo, admitió de improviso la necesidad de conocerme y dejó que aquella pregunta flotara, como una medusa, en la oscuridad de su despacho de Canal Street, lo único que acerté a responder fue que había venido a Nueva York para tratar de averiguar si todavía podía sentir algo en la vida.

A la vista de mi comportamiento desde que aterricé aquí, ésa era la interpretación más aproximada que me consideraba y aún hoy me considero en condiciones de ofrecer. Sin embargo, una manifestación de tal envergadura requería algún menoscabo. Así dicho, podía pensarse que viniendo a Nueva York cumplía con mi destino o me dejaba arrastrar por una atracción irresistible, cuando no pasaba de avenirme a un simple albur. En realidad, no importaba, ni mucho menos hacía falta que fuera Nueva York. Las razones que terminaron inclinándome por este lugar fueron más bien circunstanciales. En primer lugar, elegí cruzar el mar porque supuse que convenía estar lejos de Madrid, para no tener posibilidad de regresar demasiado rápido si echaba algo de menos. Luego busqué un sitio donde se hablara otro idioma (incluso el español que aquí se habla es otro idioma) porque en el mío el mundo y la gente habían dejado de ser aceptables. Y finalmente fue Nueva York porque aquí vivía y vive mi amigo Raúl y nunca he tenido espíritu de aventura. Aunque quizá existieran, sin salir de Norteamérica, lugares más apropiados a mis intenciones, preferí disponer de alguien que me facilitara información fiable sobre algunos asuntos cotidianos, como dónde y por cuánto alquilar un apartamento.

Lo misterioso, en cualquier caso, no era el hecho de que hubiera venido a esta ciudad, accidente sobre cuya probable trivialidad me demoré para Dalmau en ésos o semejantes términos, sino cómo y por qué había llegado a concebir la idea de que debía dejar la mía. No se trataba de que no hubiera motivos; lo extraño era justamente que los había desde hacía años, tantos que parecía que los hubiera habido siempre. Después de haber convivido mansamente con todos ellos, después de haber aguantado, sin protesta, una multitud de acontecimientos intolerables, ¿qué ofensa inaudita, qué desastre definitivo me había persuadido de abrazar de la noche a la mañana la alternativa hasta entonces rehusada del exilio? Dalmau, cuyo instinto acerca de estas cuestiones estaba aguzado en los muchos insomnios de su destierro de décadas, captó al instante mi debilidad y desvió sobre la marcha su interrogatorio. Si había venido aquí porque estaba lejos, ¿no sería que estaba escapando de algo?

No podía encubrir ante él mi confusión, negando o aprobando sin más su conjetura, así que me declaré incapaz de designar un enemigo o una calamidad concretos. Habría sido sencillo huir del hambre, de una pena de prisión, o del embarazo inoportuno de una criada, como aquel Karl Rossmann imaginado por Kafka que me había precedido a principios de siglo a través del océano. Lo difícil era huir de todo y de nada a un tiempo, porque así nunca se podía estar seguro de que lo que debió quedar atrás no estaba más bien delante, acechando un descuido para imponerle a uno la humillación de su presencia.

Comprendí que la curiosidad de Dalmau, inflexible como todos los demás raros esfuerzos que a aquellas alturas consentía emprender, no podía quedar aplacada con tan pobre retórica. Acuciado por sus ojos casi transparentes, exigí a mi inteligencia que hallara un modo de evitar el tedio de aquel hombre. Dalmau, después de haber visto secarse las primaveras a docenas, despreciaba cuanto le aburría. En ese trance, todo lo que se me ofreció fue una disculpa, que pronuncié apresuradamente, antes de saber a qué me estaba fiando:

– Hubo algunas señales, como mucho. Señales, cómo diría, de hundimiento.

Casi en el mismo segundo en que las palabras salieron de mis labios me di cuenta de que acababa de contraer una deuda que acaso no estaba en condiciones de satisfacer. Ahora tenía que darle noticia de aquello, sabiendo que él iba a confrontarlo con el rastro que quedaba en su memoria de lo que un día lejano, setenta y tantos años atrás, le había empujado a él a salir de Madrid para no regresar nunca. No era legítimo que se me obligara a enfrentarme con un recuerdo que medía más de dos veces el largo de mi vida. No era posible que yo hubiera aprendido lo suficiente para salir airoso de esa prueba insoportable. Siempre que Dalmau me escuchaba me daba la sensación de que estaba contemplando, condescendiente, una fotografía un poco risible de su adolescencia. Pero aquella noche me equivocaba por completo. Dalmau ya había decidido perdonarme todo, la improvisación, la bisoñez, hasta que yo poseyera el tiempo que a él le estaba vedado, cuando me invitó, como si me condenara:

– Cuéntame cuáles fueron esas señales.

2.

La señal del perro

Una tarde, en el parque, se me escapó el perro. No era desde luego la primera vez que lo hacía. En los ocho años que llevaba viviendo conmigo me había acostumbrado a sus ardores, que lo sustraían con cierta frecuencia a mi control para entregarlo al alborotado y normalmente inútil cortejo de hembras que casi siempre le doblaban en alzada. Tampoco era inusual que el objeto de su pasión se hallara lo bastante lejos como para que el animal, una vez prófugo, desapareciera de mi vista y me obligara a seguir un camino dubitativo en su busca. Lo que no esperaba cuando le vi irse, y excedió absurdamente lo ordinario, fue que la escapada de aquella tarde el perro había de pagarla con la vida.

Puede que deba decir que el perro era, además de pequeño, peludo y blanco. Esa era la única ventaja que me ofrecía para el repetido trabajo de localizarlo cuando se iba de crápula, y a ella andaba abandonado cuando me llamó la atención una singular escena que tenía lugar al borde de una pradera. Varias personas se arremolinaban en torno a una chica de unos quince años que estaba forcejeando con un perrazo enfurecido, uno de esos matahombres que cría cierta clase de gente para paliar alguna frustración. Un anciano mantenía a distancia a una perra, una especie de spaniel. Cuando observé mejor, distinguí que más allá, dentro de la pradera, había una figura más pequeña que se alejaba renqueante. Tardé en identificarla porque aquella figura no era blanca, sino de un extraño color manchado. La sangre que le brotaba de la cabeza, el cuello y el lomo iba empapando rápidamente su pelaje.

Corrí a su lado. El animal temblaba y cuando llegué junto a él me dirigió la más perruna de todas las miradas que jamás había encontrado en sus enormes pupilas. Su mundo se desmoronaba a la misma velocidad a la que se iba desangrando, y recurría a mí para que le diera algún consuelo. Siempre había creído que los animales no se percataban demasiado de lo que significaba la muerte, por la facilidad con que a menudo se desentienden de sus congéneres que la sufren. Pero en su mirada vi la angustia de todo lo que ya no iba a volver a tener, desde el calor del rincón donde le gustaba echarse la siesta hasta el aroma de las hembras, del que todavía revoloteaban jirones en su pequeño cerebro. Hube de apurar mi impotencia, ante la agonía de aquella criatura que nunca me había exigido nada y ante la dulzura moribunda de su súplica. Cuando al fin se le doblaron las patas y cayó con un gemido a la hierba donde había de rendir el aliento, experimenté una especie de espanto. Su fragilidad, tan bruscamente revelada, era la mía. También yo iba a caer a los pies de gentes que no podrían ayudarme, despedazado por alguna fuerza incontenible.

Hasta entonces mi idea de la muerte había sido vaga, ajena. Vivían mis padres, mi hermana, mi mujer, todas las personas con las que en un momento u otro había convivido. El perro era el primero, de los seres que habían compartido mi espacio, que dejaba su hueco tras de sí. Esa tarde pensé por primera vez, de veras, que todo cesaría sin apelación posible, acaso brutalmente, como había cesado para el perro. Que un día ya no habría más tiempo, y no volvería a caminar, a tomar un café, a mirar un río. El perro, después de todo, había cumplido su misión. Había sido leal a su amo, había atacado a los carteros, hasta se había sobrepuesto a la limitación de su envergadura para dejar descendencia. Había hecho, en definitiva, todo lo que cabe en la vida de un perro. Entonces medité sobre mí, comparé con lo que habría sido posible, y comprendí que yo no había hecho casi nada de lo que cabe en la vida de un hombre. Esa noche me entró prisa, aunque no supe muy bien de qué. Acaso de tener algo que lamentar cuando me tocara ser despedazado.

3.

La señal de Marta

Sucedió un sábado, a las cuatro y media, y fue algo grotesco, manido, como tal vez merecíamos. Aquel día se suponía que yo iba a pasarlo entero en la oficina, resolviendo asuntos pendientes, pero era el cumpleaños de Marta y eso, que pudo sugerirle a ella la osadía, me disuadió a media jornada de mi plan de trabajo y me hizo tomar el camino de vuelta a casa. Planeaba llevarla a pasear, o cualquier otra cosa que se convirtió en una estupidez olvidable cuando la encontré riendo en el suelo del salón, debajo de un individuo al que no identifiqué al principio. Sólo me fijé en que su pelo era de un rubio artificial y en que le relucían los hombros. Era casi junio y hacía calor. Según los vi, me acordé de que a ella no le gustaba jugar a aquello, al menos conmigo, cuando hacía calor o cuando estaba a media digestión. En realidad, a mí tampoco me gustaba y no teníamos que discutir por eso. Casi no teníamos por qué discutir, desde hacía un par de años. Los observé mientras se cubrían: ella se sonrojó y él forzaba un gesto de odio que carecía de sentido. En realidad, yo nunca le había hecho nada a Alberto. Incluso había perdido bastante velozmente todos los sets que habíamos disputado. Alberto era el campeón de tenis de la urbanización y una especie de débil mental. El más inverosímil de todos los hombres que Marta había podido elegir para deshonrarme. Me sobrepuse al asombro y se lo dije:

– Podríamos haber hablado. Te aseguro que te habrías quedado con la casa, para traer siempre que quisieras a este imbécil y no tener que andar escondiéndote.

Alberto dio un paso al frente.

– No irás a pegarme -le advertí-. Soy yo el que pierde, creo. Deja que largue al menos. Luego, cuando me vaya, os reís de todo.

Marta recobró el ánimo, aclaró su voz y, convertida en censora imprevista, la usó para escupirme a la cara:

– Esto es lo último que debería sorprenderte. Piensa si me has dado algún motivo para evitarlo, en todos estos meses.

No estaba dispuesto a debatir el asunto con Alberto delante. No estaba dispuesto a hacerlo a solas, siquiera. No había mucho o mejor no había nada que hablar. Bastaba mirarla a ella, sus ojos velados por el placer interrumpido y la vergüenza o el orgullo, cualquiera de los dos era posible, de haber sido cazada en los brazos de un sujeto semejante. Más de una vez nos habíamos burlado juntos de alguna de las mujeres, más disponibles que magníficas, que se amontonaban en su historial de semental compulsivo. Lo que ella había dicho en aquellas ocasiones era suficiente para saberla más de mi lado del mundo que del lado de Alberto, pero se me hizo evidente, si no lo era ya antes, que eso, como el propio Alberto, había dejado de importar. Marta, que lamentaba haber cometido la mezquindad de mantener en secreto sus escarceos, saboreaba ahora el alivio de no tener que ocultarse. De repente se la veía suelta, crecida. Reparé con tristeza en un par de movimientos que hizo exactamente como solía cuando muchacha, muchos años antes; algo con el cuello, algo con la mano para apartarse un mechón de cabello de la frente. Y acepté que se había ido, acaso de vuelta a un lugar en el que yo no iba a ser admitido nunca más. Ofrecí una capitulación generosa, que lo era con ella para preservar mi propio sentido de la dignidad, porque nada me habría desalentado más que ver complicarse la partición en codicias y pleitos. Renuncié a cualquier derecho sobre la casa, guardando lealtad innecesaria a mi aseveración en el momento de descubrirlos, y me contenté, exagerando algunas valoraciones, con la parte más o menos líquida del caudal amasado gracias al esfuerzo de ambos durante los diez años que habíamos empleado en irnos desconociendo. Cuando nos citaron para firmar los papeles, ella tuvo una vacilación. Pudo ser porque aquella mañana amenazaba lluvia en Madrid y uno siempre se siente más indefenso cuando el sol no alumbra, o porque no acertara a encontrar la manera de encararlo. Antes de entrar en la habitación donde consumamos la ruptura, se acercó a mí y buscó con impaciencia hacerme cargar con una sospecha:

– Quizá nos hubiera ayudado tener un hijo.

– Mejor que no haya tanta gente; así puede borrarse sin más -me opuse, por no dar cuartel, por no dejar siquiera que atenuase nada.

– Hablas como si hubiera sido siempre una mierda.

En aquel momento, decidí ensayar que aquello le pasaba a otro y di en portarme como un absoluto desalmado.

– ¿Hay algo en el reparto que te incomode, Marta? -pregunté, sin énfasis-. Podemos renegociarlo, aunque retrasará todo.

Diez minutos después, estaba hecho. Tuve que mudarme a un apartamento, prever necesidades domésticas, hacerme a que la almohada ya nunca oliera a ella. No disfruté demasiado, incluso anduve abatido durante un par de semanas, sobre todo cuando me quedaba solo delante de la televisión o iba a alguno de los sitios donde ella y yo habíamos ido o dejado de ir juntos. Pero en el fondo, no cambió nada. A fin de cuentas hacía tiempo que Marta y yo nos estorbábamos más que otra cosa.

4.

La señal del barrio

Aquél era un asunto enojoso. No acababa de entender cómo me había enredado en él. Mientras escuchaba al hombre, que repasaba con una sumadora de rollo de papel sus cuentas manuscritas en una caligrafía ordenada y antigua, paseé mi mirada por la habitación. Tenía el techo bajo y carecía de ventanas. En los muebles, del más genuino estilo de oficina siniestra, predominaba el metal gris, azulado en los armazones y las patas y tirando a verdoso en los frontales o los cajones. Los tableros de las mesas estaban forrados de chapa de madera imitación caoba, descolorida en las zonas donde solían apoyarse los codos o los antebrazos. La luz artificial era paupérrima, las paredes amarillentas y espesas.

El hombre vestía un jersey de pico color vino, cien por cien poliéster. Bajo él llevaba una camisa beige con los bordes del cuello pasados y una corbata marrón uniforme, ligeramente brillante de grasa o por la condición del tejido. Hablaba en un lenguaje contable de hacía treinta años, invocando nociones desaparecidas y amalgamando con ellas ecos inexactos de la nueva jerga legal y financiera. El hombre poseía decencia profesional y exhibía prolijidad en los cálculos. Probablemente ya no había muchas personas capaces de dibujar las sumas en columnas tan limpias y alineadas como las que en aquel momento sometía a mi censura, y quizá hubiera todavía menos que se detuvieran a hallar justificaciones éticas para la calificación de las diversas partidas, la imputación de los ingresos y los gastos y la determinación de los resultados de explotación.

Aquello era la liquidación por desavenencias de una sociedad colectiva y yo, debido a una obligación familiar, representaba los intereses de uno de los socios. Mientras el hombre enumeraba las deudas con sus vencimientos, los activos con su depreciación, crucé una mirada con el abogado que representaba a la otra parte. Era un tipo resabiado y deslucido, acostumbrado a aquel tipo de negocios. Yo, en cambio, hacía diez años que no veía una factura o un inventario de inmovilizado. En mi ramo de negocio los números danzaban, nerviosos y saltarines, en pantallas catódicas o de plasma, al lado de los epígrafes a los que pertenecían o dejaban de pertenecer a la velocidad de la luz. El abogado miraba con un poco de odio mi traje y mi camisa a medida, y especialmente mi corbata de tres mil duros. En la suya, rígida y revirada, se veía la etiqueta de una marca barata de grandes almacenes. Sin duda se preguntaba qué demonios pintaba un pijo como yo allí, y en parte eso era lo mismo que yo andaba pensando.

El gestor terminó de esclarecernos los pormenores del balance y tomé la palabra para ofrecer una solución simple y rápida, que pasaba por una adjudicación equitativa de bienes y débitos. El abogado protestó que mi representado había perjudicado al suyo gravemente y yo repliqué que ésa era la misma queja que tenía el socio que me había enviado a mí allí, pero que si nos enredábamos en averiguar quién tenía que indemnizar con cuánto a quién íbamos a acabar dilapidando en juicios la escasez del patrimonio. Con la mediación del gestor, y al cabo de un farragoso regateo de cuestiones menores, definimos un arreglo. Lo sellamos en un acuerdo escrito del que el propio gestor se hizo testigo, depositario y ejecutor.

El abogado tenía prisa y se marchó el primero. Yo miré mi reloj. Eran las ocho y no tenía sentido que cruzara Madrid para llegar a mi oficina a las nueve o después. Me despedí sin ninguna precipitación del gestor, que se interesó por el tipo de operaciones en que yo intervenía normalmente y que ya suponía, dijo, que tenían poco que ver con aquellas mezquinas querellas. No quise entrar en detalles y me encogí de hombros, alegando que las cosas de dinero siempre eran más o menos lo mismo, cambiando los nombres de los conceptos y quitando o poniendo ceros.

Cuando salí a la calle reparé en que todavía era de día y me apeteció pasear. Rara vez salía de la oficina de día y aquél era un tibio atardecer. La gestoría estaba en una zona relativamente humilde. Un barrio, como tantos barrios típicos del Madrid de los sesenta y los setenta. Lleno de coches subidos a las aceras, setos salvajes, pavimentos resquebrajados, bloques afeados hasta el insulto por el tiempo y un urbanismo delictivo. Me crucé con ancianas enlutadas y ancianos en zapatillas, que paseaban por aquellas calles sin perspectiva su nostalgia del campo abierto, del viñedo manchego o la dehesa extremeña. Pasé junto a grupos de niñas que saltaban la goma, con los calcetines arrugados y las faldas sucias, junto a bandas de chavales que se arreaban balonazos o se pasaban los pitillos comprados de a uno en los quioscos junto a mujeres jovencísimas que empezaban a perder vertiginosamente su belleza mientras empujaban el cochecito de tempranas criaturas. También estaban los muchachos de cuero acribillado por el acné y mirada torva, que me observaban como si estuvieran reprimiendo a duras penas alguna idea poco amigable, y las muchachas en lo más tosco de la adolescencia, con sus cuerpos todavía a medio hacer apretados sin misericordia por ropas ceñidas. Casi me di contra una pandilla de ellas, que corrían hacia algún sitio por mitad de la acera. Todas iban mostrando el ombligo, aunque no todos sus vientres eran tersos; todas olían a sudor y reían alto, y no paraban de echarse hacia atrás los cabellos, algunos de ellos ya teñidos con imposibles tintes negros o amarillos.

Me rebasaron y me dejaron envuelto en una nube de añoranza. Veinte años atrás, yo había vivido en un barrio como aquél, y como aquéllas habían sido las primeras muchachas a las que había amado. Como aquéllas, las que me habían parecido tan dulces, tan prohibidas, tan lindas como el sol. Las que había perseguido, las que esquivándome me habían hundido a veces en una melancolía enfervorecida de versos, conscientes o inconscientes. Atardecía y el cielo sobre el barrio adquiría el aspecto del cielo que había cobijado los primeros ruidos de mi corazón, cuando todavía tenía corazón y hacía algún ruido. La vista de las muchachas, anudada al recuerdo, me había erizado toda la piel. Respiré fuerte, para meterme bien adentro los últimos residuos de la fragancia áspera que su transpiración había dejado en el aire, y me volví para contemplar cómo se alejaban. Imaginé que echaba a correr tras ellas y que ellas seguían alejándose, y que por más que yo corriera seguirían alejándose, llevándose fuera de mi alcance la suavidad de su piel intacta por la infamia del tiempo.

La última vez que había leído en el periódico acerca de aquel barrio habían aparecido entre los detalles de la noticia (quizá la explosión de una bombona de butano, lo único de lo que allí pudiera pasar que se consideraba noticioso) las palabras suburbio y deprimido. Aquélla no era, sin embargo, una zona degradada. Al menos, la mayoría de quienes allí habitaban se ganaban la vida con empleos con los que daban de comer a sus familias, aunque no pudieran regalar motocicletas a sus hijos o asociarse a un club de golf. Pero en los últimos tiempos en Madrid se había establecido una implacable topografía de zonas bien y zonas mal, sin términos medios. Los que no ascendían a una de las primeras, eran arrojados al infierno indiscriminado de las segundas. Este afán clasificatorio venía impulsado principalmente por algunos ignorantes que escribían en los periódicos o ejercían profesiones bien remuneradas, entre los que, por cierto, coexistía el desdén advenedizo y ridículo de los ganapanes barnizados en masa en la universidad con el desdén más bien automático y al cabo comprensible de los que sin necesidad de barniz relucían desde la cuna. Cuando toda esta gente, al margen de su procedencia, olvidada rápidamente ésta si era inconveniente, se asentaba en su parcela de privilegio, asumía los sobreentendidos y entraba con entusiasmo en el circuito autocomplaciente del lenguaje oficial. Desde ahí, era forzoso despreciar un poco, sin darle importancia, sin reparar siquiera en ello, a cualquier desgraciado que iba por la mañana dando cabezadas en el metro o vivía en un bloque de pisos de un barrio como aquél, sin plaza de garaje siquiera, condenado a dar cien vueltas a la manzana para acabar dejando el coche subido a un bordillo y a merced de la grúa o de macarras que le saltaban por la noche los retrovisores.

Aquella suave insensibilidad constituía toda una muestra de lo que era la sociedad bienpensante madrileña. Una sórdida confabulación que arrojaba al desprevenido a un mundo donde todo se parecía y todos contaban la misma historia, que era la historia que habían oído contar como la historia que servía para ser tenido en consideración. Donde las más elevadas pasiones se saldaban al precio de las furcias más ajadas, y se mercadeaba con la complicidad en el viejo juego romano del doy para que me des. Todos los implicados en el complot recibían dócilmente su gratificación, sin pararse a reflexionar que cuando uno cobra por lo que hace o por lo que piensa, debe desconfiar de lo que está haciendo o pensando. Claro que, para uso de los interesados, circulaban argumentos mucho más piadosos. Los de los periódicos informaban a sus semejantes, los artistas enriquecían espíritus, los profesionales sanaban enfermos o tendían puentes. Pero, ¿alguien podía creer seriamente que a alguno de ellos, salvando honrosas excepciones, le preocupaban aquéllos a quienes decía dedicarse? Importaba el ruido de todos, preferiblemente si se traducía en un tintineo sustancioso o en salvas de trompetas. Uno por uno, igual podían morirse que irse al infierno.

Aquélla era la oferta que la gente entre la que yo había ido a parar abrazaba sin titubeos. Pendiente de la recompensa, aterrado por la exigencia de cualquier sacrificio, el madrileño bienpensante se confortaba con sensaciones de superioridad o de impunidad, y luego, para creer en la elevación de su alma, se edificaba con cultura de rato de fin de semana, es decir, algo con lo que deslumbrarse a toda prisa el sábado por la tarde para después irse a cenar. Todo brillaba, nada quemaba. Así era.

Cuando yo todavía vivía en el barrio, trajeron al cine que allí había, y que luego cerraría y alguien convertiría en salón de banquetes nupciales, Erase una vez en América. En una de las escenas de la película, Max, el gángster que ya lleva años disfrutando de riquezas y ambiciona aumentarlas a cualquier precio, se enfrenta con Noodles, el gángster que ha pasado diez años en la cárcel y se ha perdido el acceso a la opulencia de la banda. Max le reprocha a Noodles que sus reparos morales ante la maniobra criminal que el primero planea se deben a que todavía desprende el olor de la calle. Noodles asiente y proclama, orgulloso, que desde luego que no se ha sacudido ese olor, que incluso puede decirle más, que se la pone gorda, el olor de la calle.

A mí me quemó Erase una vez en América, como quemaba el barrio y como quemaban sus muchachas, las mismas que aquella tarde se alejaban calle abajo ante mis ojos y que, más allá del espejismo, ya nunca podría recobrar. Algo muy dentro de mí, algo que mantenía sofocado para poder resignarme a pasear entre los bienpensantes, guardaba todavía el olor del barrio. Como el gángster Noodles, no me avergonzaba. Quien no ha vivido en un barrio, ignora mucho de la vida. Ignora, por ejemplo, que hay cosas que no brillan y que queman. Yo, que había conocido aquello, que había sido aquello, no podía vivir sin más fuera de allí, dentro de uno cualquiera de los polígonos en que una cuadrilla de majaderos había delimitado el Madrid bien. Pero tampoco podía volver, porque no se ha inventado el modo de saltar las barreras del tiempo y quienes lo intentan suelen convertirse en estatuas de salitre. Creo que esa tarde, viendo irse para siempre a las muchachas, empecé a rumiar la idea de hacer como Noodles, cuando comprobó que no podía regresar al resplandor de su juventud y decidió sacar un billete de tren a ninguna parte. Acaso, después de todo, no fuera casualidad que para Noodles esa juventud perdida, la que le había marcado para siempre con su aroma, hubiera sucedido, precisamente, en las calles de Nueva York.

5.

La señal de las azafatas

En una sola mañana, se juntaron demasiados tragos desagradables. El primero fue aquel viaje a Toledo. A las ocho y media estaba en la plaza de Zocodover, llamando a la puerta de la notaría. Contra todos los usos del gremio, me abrió el notario en persona, porque a aquella hora no había todavía ningún empleado. Se cercioró de que llevaba el maletín en la mano y me invitó a pasar. Cuando estuve en el vestíbulo, me indicó la situación de su despacho. Era una habitación grande, más larga que ancha, con un balcón que se abría sobre la plaza. Los muebles estaban descuidados y cubiertos de papeles. Sobre una pared había un cuadro de marco dorado con una estampa grande y mugrienta de la Virgen. El notario se sentó detrás de su mesa, con la luz a la espalda, lo que sin duda estaba calculado para poner en inferioridad al visitante.

– ¿Aceptan entonces los términos? -preguntó.

En teoría, yo me dedicaba a las inversiones financieras. La firma para la que trabajaba estaba especializada en colocar el dinero de personas selectas, que no se conformaban con sacar un ocho por ciento y encima pagar sobre eso impuestos, como cualquier muerto de hambre. No era nada sublime, pero nunca habría supuesto que entre las servidumbres de mi empleo se contaran faenas como la que aquel día me había llevado allí. Cuando mi jefe me había dicho que tenía que irme a Toledo a liquidar una deuda de turbio origen, mi primera reacción había sido recordarle que yo no era transportista de fondos. Pero una vez que me hubo puesto en antecedentes sobre el asunto, ciertamente embarazoso, sobre el deudor, uno de nuestros mejores clientes, y sobre el compromiso que él había asumido personalmente de renegociar la deuda hasta una suma adecuada, comprendí que tenía pocas posibilidades de oponerme. Así que fui allí y a la pregunta del notario contesté:

– Si lo quiere en rama y ahora, no aceptamos menos de un cuarenta por ciento de quita. Si no le seduce, puede presentar el pagaré en el banco.

El notario se echó a reír.

– No esperará que me tome su propuesta en serio. Casi me ofrece menos de lo que me ha costado -mintió.

– Nadie le obligó a comprarlo.

– Esto es muy desalentador, señor mío -dijo, abandonando su sonrisa-. Uno obra generosamente, con la mira puesta en salvaguardar la reputación de una dama, y a cambio recibe este trato de perros.

Me abstuve de sugerirle que podía forzar todavía más su generosidad, quemando el pagaré sin pedir ninguna recompensa. Aguardaba a que él hiciera el movimiento.

– Y esa afrenta que acaba de exponerme -volvió a hablar, escogiendo sin apresurarse las palabras-, ¿es innegociable?

Con eso me demostró que estaba blando, y lo aproveché:

– A lo mejor no, pero no pienso darle ninguna pista. Arriesgue usted una contraoferta, por si me gusta. Baje todo lo que pueda, si le vale un consejo.

– Treinta por ciento de quita -apostó, sin meditar ni un segundo.

– Mala suerte. No traigo tanto -rechacé, levantándome.

El notario se levantó también. En su rostro había una ansiedad nauseabunda, demasiada para el millón, cien mil arriba o abajo, en que se movía en ese instante la diferencia. Claro que era plata dulce, sin más trabajo que el de estar allí regateándome.

– No sea tan nervioso -me reprochó-. Comprenda que hace un mes que puse el dinero. Al menos tengo derecho a los intereses.

– Si quiere intereses, haga una estimación razonable. No le voy a dar el diez por ciento mensual ni aunque aúlle.

El notario me midió con suficiencia.

– Parece estar muy seguro -observó-. Pero podría salirle el tiro por la culata y hacer que su cliente perdiera dinero y algo más.

– Sé que usted no va a perderlo. Diga otra cosa o me marcho.

– Está bien -se plegó-. El sesenta y trescientas de intereses. Es una ganga.

– Es verosímil, por lo menos. Vaya trayendo el pagaré.

El notario contó uno a uno los seiscientos y pico billetes. Fue un ritual sórdido, que dejé transcurrir entre la cara compungida de la Virgen de la estampa y el trasiego que abajo en la plaza producía el despertar de la ciudad. Yo siempre había sentido inclinación por Toledo, donde había tantas huellas de la intermitente grandeza de los hombres. Compartir su aire con aquel sujeto era un ultraje del que no iba a resarcirme mi sueldo de aquel mes y algo que me ensuciaba más allá de lo que podía aguantar. Cuando el notario hubo terminado su recuento, cogió el teléfono y marcó un número.

– Clara -nombró a quien apareció al otro lado de la línea-. Llama a Antonio al banco para que nos tengan preparada la caja. Después te vienes por aquí.

Me entregó el pagaré y lo cotejé con la copia. Hecha la comprobación, me guardé el papel en el bolsillo y le señalé el dinero.

– Ahora es suyo. Disfrútelo.

Me acompañó hacia la puerta, sin perder su mefítica sonrisa. El notario era un hombre de unos cincuenta años, obeso y desgarbado. Su barba estaba mal rasurada y el aliento le olía a sentina. Lo percibí cuando se acercó demasiado para aseverarme, como si lo que habíamos librado hubiera sido un caballeresco duelo a espada:

– Es un oponente duro, pero ha sido un placer.

No le di la mano, ni tampoco los buenos días. Diez minutos después estaba en mi coche, haciendo chirriar los neumáticos contra el empedrado de las calles para olvidar el tamaño ínfimo al que aquella mañana había conseguido reducirse mi existencia.

A la entrada de Madrid, más o menos en el primer semáforo, se acercó a mi ventanilla un hombre de unos cincuenta y cinco o cincuenta y seis años. Iba aseado y vestido con ropa de saldo de hipermercado. Tejanos de imitación de mil pesetas menos un duro, camisa sintética de setecientas, zapatillas Made in China de trescientas. Si los calzoncillos le habían costado ciento cincuenta, todo lo que le cubría sumaba 2.150, menos un duro. La quinta parte de lo que hacía poco más de media hora había contado seiscientas veces el notario. El precio de un par de copas en una terraza de la Castellana. El de uno de mis cubrebotones, que eran más que sencillos. El hombre vendía pañuelos y me ofreció. Había últimamente muchos como él. La mayoría eran personas ingenuas que hacia 1960 habían creído que conseguir un trabajo decente era un sostén seguro y una esperanza para la vejez. Habían hecho lo que se les había pedido durante treinta años y con cincuenta los habían echado a la calle. Habían agotado todos los subsidios y ahora tenían que pedir para comer y dar de comer a los suyos. La vida es a veces dura para todos y eso no tiene remedio, pero ellos tenían que conformarse mientras el dinero llovía en abundancia a tantos ociosos, delante mismo de sus narices. A pesar de todo, el hombre no era hostil, te abordaba con educación y todo lujo de disculpas, comprendiendo que te distraía y acaso que era imperdonable por su parte esperar que bajaras la ventanilla para deteriorar la atmósfera climatizada de tu vehículo con una infiltración del calor que a él le caía sobre las costillas. Cuando me enseñó los pañuelos y demandó cualquier suma, porque nada podía dejar de estar a la insignificante altura de su mercancía, dudé. ¿Podía comprar un solo gramo de buena conciencia dándole veinte duros, mil pesetas, diez mil? ¿Acaso era eso una objeción para darle limosna, o al revés, valía más ayudarle aun a riesgo de rebajarle y hacerle sospechar que con ello me aliviaba? En eso cambió el semáforo y todo el mundo empezó a tocar el claxon. No pensaba resolver mi dilema más rápido por tal motivo, pero el hombre, viendo que estaba entorpeciendo, se retiró. No tenía sentido seguirle mirando mientras los energúmenos me apretaban, así que metí la marcha y solté el gas, mordiendo con rabia aquella sensación de culpa y fracaso.

Media hora más tarde, me detuve ante la barrera de la urbanización. El vigilante me escrutó y dedujo de la hechura de mi camisa que no tenía por qué impedirme el paso. Le agradecí la deferencia con un ademán y me adentré por las silenciosas y umbrías calles. Iba al número cincuenta y tantos de una de ellas, pero hube de recorrer casi un kilómetro desde el inicio de la calle en cuestión, por el hecho simple de que la longitud de cincuenta números es función directa del tamaño de las veinticinco fincas pares o impares de que en cada caso se trate. Aparqué el coche en la puerta e hice sonar la campana. Vino a abrir una sudamericana aindiada de ojos huidizos, con cofia, que debía estar avisada de mi visita porque me hizo pasar en seguida a un salón de larguísimos ventanales que daban a una piscina. A través de ellos vi venir, anudándose el albornoz, a la dueña de la casa. Antes de que la prenda ocultara sus muslos, pude apreciar la longitud felina de sus piernas, en las que la carne temblaba un poco con el golpe rítmico de sus pies descalzos sobre el sendero de pizarra gris. Entró en la habitación asegurándose con ambas manos el recogido de su pelo sobre la nuca, sin ninguna emoción en la cara. Me tendió una mano lacia que me quitó apenas fui a cogerla y no dejó de mirarme desde arriba ni siquiera cuando se hubo sentado en el sofá.

– Señora Navata -empecé, apremiado por despachar el trámite.

– Xiao -me interrumpió, con una voz átona. Yo había pronunciado el apellido de su marido temiendo la corrección, pero no había tenido más remedio, porque desconocía su apellido chino, como casi todos.

– Desde luego, perdone. Bien, señora Xiao, asunto concluido. Aquí le traigo el pagaré.

– ¿Cuánto le ha dado a ese puerco? -me espetó, sin preámbulos.

– Seis trescientas. No quería bajar de siete, pero…

– ¡Seis trescientas! -gritó.

– Su marido nos autorizó hasta seis y medio. Le forcé mucho para que bajara, así que apenas entró quise amarrarle. Si hubiera regateado más podría habérsenos escapado.

– Para ese viaje no necesitaba a nadie -protestó, entrecerrando sus formidables ojos rasgados-. ¿Y cuánto le voy a pagar por el éxito?

La señora Xiao hablaba con poquísimo acento, y había aprendido a marcar la entonación irónica del español con maestría.

– Lo ignoro. Yo me he limitado a cerrar la transacción. El señor Navata trató eso con mi jefe, me imagino.

– Aquí no pinta nada el señor Navata. El dinero es mío. Por eso viene a rendirme cuentas a mí. Se lo aclaro por si no lo había cogido hasta ahora.

– Tendrá que disculparme. Sé lo que me dicen, nada más. Si le he dado motivo de queja puede llamar a mi jefe. Me he limitado a negociar lo mejor que he podido. Sólo me gustaría que tuviera en cuenta que no nos dedicamos a hacer estos trabajos, normalmente.

– Eso a mí me importa un bledo.

Al articular aquella última D se le había notado la extranjería. Acaso por querer intensificarla demasiado. Me envenenaba que aquella zorra me estuviera chuleando, mientras restregaba los pies contra el sofá de cuero y se abrazaba a su albornoz color marfil. Me ofendía también, aunque de forma algo más confusa, que fuera tan alta y su cutis se viera tan inmaculado y tuviera aquel cuello de gacela. En ese momento me vino a la memoria, después de haberlo estado buscando, el nombre de pila que había adoptado para sustituir al original, que no debía satisfacerla tanto como el apellido: Liana. También me detuve a recordar cómo había llegado a poseer aquel albornoz, una mansión con piscina en una de las mejores urbanizaciones de Madrid y una esclava india. Cinco años atrás la policía la había descubierto, con otros veinte inmigrantes ilegales, en un taller de confección oculto en los sótanos de un restaurante chino. Los otros habían sido en su mayoría reexpedidos a su tierra, pero ella se las había arreglado para captar de forma especial la atención del profesor Navata, próspero penalista y catedrático, que se había visto envuelto en aquel incidente en su condición de presidente de la asociación pro derechos humanos que había ofrecido su inmediata asistencia a los inmigrantes. No se pudo evitar la expulsión de la mayoría de ellos, pero sí la de Liana, merced a su entrada en el servicio doméstico de Navata. En sólo un año lo había persuadido de librarse de su mujer y sus hijos y ahora reinaba despóticamente en su corazón y sus cuentas corrientes. En su fulgurante adaptación a las nuevas circunstancias, Liana había exhibido una astucia natural que junto con su presunta sensualidad salvaje eran la comidilla de medio Madrid, dudoso entre compadecer y envidiar al atrapado Navata. Yo había oído algunos chismes acerca de la depravación de aquella devoradora, chismes que iban desde la vulgaridad hasta la más delirante fantasía, y la gestión que acababa de hacerle no me disuadía de dar crédito a alguno de ellos. En cualquier caso, ya me había escupido bastante. Le tendí el pagaré y me puse en pie para marcharme de su intimidante presencia.

– Lamento no haber podido serle de más ayuda -alegué, sin mucha cortesía.

Liana torció el gesto.

– Eso es lo que me pudre de vosotros los españoles -dijo, con un graznido-, que siempre lo hagáis todo de cualquier manera y sólo valgáis para andaros con excusas.

Aquella salida tuvo el efecto de colmarme. Además debí perder el juicio, o era que el influjo de aquella mujer trastornaba realmente, como todos aseguraban. Pudo pesar también en mi ánimo que alguna vez alguien me había contado que los chinos se consideraban más lejanos del mono que los blancos, y por tanto superiores, porque tenían menos vello en el cuerpo. Fuera cual fuera el detonante, mi respuesta fue visceral e inmoderada:

– Si eso es lo que cree, la próxima vez mande un puto chino con un cuchillo.

Liana no saltó. Se me quedó mirando con sus ojos rasgados y relucientes, acostumbrados, decían, a la contemplación de hombres débiles y actos monstruosos. Luego se irguió, dejando que se le abriera el albornoz bajo el que sólo llevaba un escaso traje de baño, y llamó sin alzar mucho la voz:

– Roberta.

La india apareció al cabo de un par de segundos, con el rostro vuelto al suelo y los hombros encogidos. No pidió órdenes, sabía bien que tenía que esperarlas. Liana sólo indicó:

– Lleva a este hombre fuera.

Salí sin perdida de tiempo, sintiendo aquellos ojos en la espalda y toda su lástima por mi destino de gusano a sueldo demasiado susceptible.

Conduje a través de la urbanización, y después por la autopista y la ciudad, con la mente en blanco. A las doce tenía que estar en una presentación para analistas financieros y me concentré en seleccionar un trayecto que me permitiera no llegar tarde. Aun así, entré en el edificio donde se celebraba la sesión con un cuarto de hora de retraso. Declaré mi nombre y empresa a la azafata de labios muy rojos y piel muy empolvada que había a la puerta y ella me facilitó la documentación que se entregaba a los asistentes.

Armado con mi parca carpeta, entré en la semioscuridad de la sala y me senté en una de las últimas filas. Al fondo se proyectaban cifras y gráficos, que coincidían con los que hojeé sin mucho interés en los folletos que me habían suministrado a la entrada. El auditorio estaba compuesto por sujetos en su mayoría bastante zafios, pese a las costosas inversiones indumentarias que exhibían. Repantigados en sus asientos, cuchicheaban entre sí o usaban su teléfono móvil sin hacer mayor caso de la información que facilitaba el orador. Alguno apoyaba el zapato en la lujosa tapicería de la butaca que tenía delante, e impulsándose de esta guisa con ella se columpiaba hacia adelante y hacia atrás. Muchos mascaban chicle o chupaban caramelos.

A ambos lados del pasillo, impecables y tiesas como cirios, sujetando el micrófono inalámbrico que después ofrecerían a quienes quisieran intervenir en el coloquio, había otras dos azafatas. Eran tan pálidas como la de la puerta, y llevaban también los labios delineados en un rojo sangriento. Ninguna tenía más de veinte años y vestían faldas muy cortas, bajo las que asomaba la mitad del muslo. Aguantaron a pie firme toda la presentación, y cuando llegó el coloquio corrieron solícitas a donde se las reclamaba, para evitar cualquier espera y cualquier esfuerzo al patán de turno que quería preguntar. Terminada la sesión de trabajo, durante los canapés que eran, por cierto, lo que había llevado allí a casi todos, ambas se mantuvieron en las proximidades, resplandecientes, abnegadas, para atender cualquier deseo de aquellos miserables.

Mientras miraba a las azafatas y me desentendía de lo que me decía el tipo con el que me había visto obligado a entablar conversación, hice repaso de los acontecimientos y los personajes de la mañana, desde el notario de Toledo y el hombre que vendía pañuelos en el semáforo, hasta Liana y la india. Las azafatas sonreían sin cesar, con una sonrisita quebrada que se me antojaba un poco melancólica. De vez en cuando levantaban imperceptiblemente uno de los pies y hacían girar el tobillo para atenuar el tormento de los tacones, que ya arrastraban durante tres horas sin sentarse. Comparando su esmero con la ostentosa desidia de los que se beneficiaban de sus servicios, obtuve una nueva prueba de la iniquidad del mundo. Como las que había sacado al poner al notario al lado del vendedor de pañuelos o a Liana al lado de la india. Aunque aquellos muslos estaban hechos de la misma sustancia que los que le había atisbado a la china bajo el albornoz (lo que alimentaba la sospecha de que cualquiera de las azafatas podía convertirse en una hija de perra igual que Liana había pasado del taller de confección a firmar pagarés de diez millones), en aquel momento, si había un Dios, estaba de su lado. Del lado de su valerosa y desperdiciada belleza adolescente y enfrente de la canallesca fealdad de los otros. Una de las azafatas tenía una diáfana mirada azul, que iba nerviosamente de una punta a otra del salón donde se daban los canapés. Imantado por ella, ardió dentro de mí el deseo de estar siempre de aquel lado, aunque la vida me invitara a la trinchera de los satisfechos y no tuviera el coraje de abominarlos, aunque las azafatas, como todos, acabaran traicionando a Dios en cuanto se les diera ocasión y se convirtieran en seres vanos y tal vez dañinos. Siempre habría una frágil mirada azul como aquélla, una india con la cabeza gacha, un hombre vendiendo pañuelos en un semáforo, para saber dónde estaba la verdad a despecho de todos los cambios y todas las deserciones. Incluso a despecho de la más grave: la mía propia.

Sabía que esa tarde tendría que contarle a mi jefe que había perdido los estribos con Liana Xiao y que era posible que uno de nuestros mejores clientes exigiera que se me despidiese. En un primer momento había planeado justificarme, relatarle en detalle todas las injurias de que aquella desalmada me había hecho objeto. Pero en aquel instante, quizá por una inconsciencia burda y sentimental, eso había dejado de preocuparme. Que pensara e hiciera lo que le diera la gana. Aquel día ya había agotado mi ración de envilecimiento. Les debía un poco de entereza, al fin, a las azafatas melancólicas y a todos los demás postergados del mundo.

6.

La señal de los sueños

Hacia mediados de julio, vino una serie de noches con viento del norte y bajo su influjo se pudo dormir como no se había podido en semanas. Aquel año, el calor había empezado a finales de mayo en Madrid. Siempre que refresca de pronto y puedo dormir mejor se me aclaran los sueños y los recuerdo con bastante exactitud por la mañana. En aquellos días de julio tuve dos de los que me todavía hoy me acuerdo. Siempre he distinguido de mis sueños entre los que reproducen la realidad, deformándola, y los que me enseñan otra realidad, que no me es estrictamente desconocida, porque siempre me suena y en ocasiones es la segunda o la tercera vez que la sueño, pero que no tiene nada que ver con la realidad de cuando estoy consciente. Mis dos sueños de mediados de julio fueron de la segunda clase. De ellos, no importa tanto el significado, si puede adjudicárseles alguno, como la conmoción en que me sumieron. Eso y que cinco semanas más tarde estaba volando hacia aquí con una sola maleta y la ropa imprescindible.

La mujer y yo paseábamos junto al canal. Era por la tarde y hacía mucho sol. El agua del canal se rizaba con la brisa templada que soplaba sobre su superficie. La mujer y yo íbamos discutiendo acerca de la posible existencia de otra vida. Ella la afirmaba con vehemencia y yo dejaba traslucir con cierta frialdad mi propensión a descartarla. En un momento de excitación, la mujer me insultó y se separó de mí. Desapareció casi instantáneamente. Continué solo el paseo. Iba por una de las amplias aceras de cemento que habían hecho a ambos lados del canal, y advertí que ése no era el único cambio desde la última vez. Habían derribado algunas casas, reconstruido otras, remozado el resto. Los jardines habían sido cuidadosamente organizados para que nadie se sintiera invitado a entrar en ellos, sino más bien abrumado por el temor de distorsionar el equilibrio de un férreo orden vegetal. Habían subido las verjas y habían cambiado las cancelas por puertas macizas. Todo estaba más nuevo pero también más vacío. Aquel paisaje restaurado me era completamente ajeno, frente a la familiaridad de otra época. Todavía guardaba mi alma la impresión de los rosales indómitos, las fachadas desconchadas y los senderos de tierra donde se olvidaban viejas butacas de mimbre. En aquella otra disposición de las cosas, me habría considerado autorizado a entrar en cualquiera de los jardines y a sentarme bajo los frutales. Ahora, no me atrevía siquiera a tocar la campanilla de la entrada. Fue entonces cuando se abrió una de las puertas y tras ella apareció la mujer que creía en la inmortalidad.

– Ven -dijo.

Me tomó de la mano y me arrastró hacia el fondo de la espesura. Caímos sobre un césped mullido, igualado al milímetro. La mujer había abandonado su irritación por mi escepticismo de hacía un rato. Me hizo cerrar los ojos y me acarició la frente hasta que supe que había decidido aspirar a que yo me entregara a ella.

– Este ya no es mi lugar -confesé, por si se lo debía.

– Vamos a la isla -propuso.

Abrí los ojos y resultó que estábamos en la isla que cerraba el límite de la laguna. El horizonte era limpio y el mar estaba en calma. No había espacio para el engaño. Fuimos hasta el agua, nos adentramos en ella y vi que era cristalina y azul. Moví los dedos de los pies un par de veces, por el asombro de divisarlos ahí abajo como a través de lentes de aumento. El Adriático nunca había sido tan transparente. Esa fue otra señal de que el sueño había cambiado de forma irreparable.

– ¿Y ahora qué? -pregunté-. De esto nadie puede esconderse. Estamos solos bajo la luz y ni siquiera hace frío. Nos dejan que lo miremos todo, los barcos a lo lejos, los niños que se bañan. Todo, como si fuera de otro. Nadie habla, porque no hay nada que decir. ¿Y aquí tengo que quererte?

– Aquí -asintió la mujer, triunfal.

Y allí la quise, amargándome.

El otro sueño pasaba en América, donde yo no había estado nunca, todavía. Incluso pudiera ser que el conductor del taxi que me llevaba desde el aeropuerto mencionara (pero eso no podría jurarlo) el nombre de Nueva York. Aquella Nueva York, o lo que fuese, era una ciudad de altos edificios grises, todos casi iguales y de estilo funcional, que se levantaban de pronto al final de una autopista. El taxi se internó por las calles despobladas, sobre las que se iba apagando despacio una tarde nubosa y desapacible. El conductor buscó la dirección que yo le había dado y que resultó ser, inexorablemente, uno de aquellos altos edificios. Le di una buena propina y él me ayudó a meter mis maletas en el portal, al que se accedía después de empujar una inmensa puerta de hierro forjado. No había ascensor, así que me vi obligado a subir cargado por las escaleras, que tenían escalones altísimos y anchas revueltas con las paredes tapizadas de verde. De algún modo me había provisto por anticipado con la llave de mi apartamento, cuya puerta abrí con la seguridad de un viejo inquilino. Comprobé las vistas: la avenida de edificios iguales, el parque de árboles negruzcos con la bandera de las barras y las estrellas ondeando al lado de un templete blanco. Luego invadí los armarios con mis pertenencias y me di una ducha bien larga. Ya aseado, se me ocurrió dar una vuelta antes de la cena. Era raro bajar por aquellas escaleras y pensar que a partir de ahora allí tenía mi casa. En parte me agradaba, porque todo era misterioso y contundente, y en parte me daba miedo, como cuando de niño veía el Partenón y me imaginaba a los dioses, obligados a inventar una vida cotidiana entre aquellas columnas perfectas. Recorrí las calles, admirando los escaparates remotos de tiendas que no parecían cerradas por el fin de la jornada, sino por los efectos de una guerra atómica. Vagué sin cruzarme con nadie mientras la noche caía sobre la ciudad, hasta que al final de una calle divisé un local que parecía abierto. Al menos, de allí venía algún ruido. Cuando me acerqué vi que era una especie de cafetería. Hacía esquina y tenía grandes vidrieras blancas. En la acera, enfrente de la puerta, había cuatro o cinco mesas con sus sillas. A la luz de los faroles portátiles que completaban la terraza, pude comprobar que estaban desocupadas todas, salvo una. La mujer, a la que reconocí, sorbía un batido de vainilla con una pajita de franjas. La tarde era demasiado fría para quedarse a la intemperie, pero me senté con ella.

– También estás aquí -observé.

– Claro -corroboró, sin dejar de aspirar por la pajita.

Un camarero de pelo entrecano vino a tomar nota de mi pedido. Pregunté si era posible que me trajera lo mismo que a ella y el camarero contestó, mezclando los idiomas:

– Sure, señor.

Pero luego no volvió. Miré varias veces hacia el interior de la cafetería, que no difería en mucho de un bar cualquiera de Madrid. Incluso puede que hubiera carteles de corridas de toros. Afuera, no obstante, seguía siendo aquella ciudad de América, Nueva York u otra. Me dirigí a la mujer, que continuaba absorta en su batido:

– Es bonita la noche aquí. Como si uno no pudiera dominarla.

– Se puede, si se sabe -sugirió la mujer, revolviendo la bebida con la pajita.

– ¿Hablas por ti?

La mujer asintió con la cabeza.

– He aprendido, desde que llegué. La noche durará lo que me pidas.

Miré hacia arriba. Las nubes, encima de los altos edificios grises, ocultaban las estrellas. El aire me batía la cara y en la calle se escuchaba un silencio que no estaba hecho de la falta de sonidos, sino de algo mucho más complicado y profundo. La luz del farol proyectaba sombras tenues en el rostro de la mujer, cuyo gesto había adquirido una arrogancia infantil. Temblando, solicité:

– Quiero que dure siempre, y no darme cuenta de que somos felices. Si me doy cuenta, se habrá acabado.

La mujer tomó mi mano y prometió:

– No te lo diré nunca.

Ella era el sueño y podía cumplir una promesa. Fue maravilloso caminar abrazado a ella por las calles desiertas, bajo el mudo escrutinio de los maniquíes de los escaparates, en la quietud de la noche infinita.

Dalmau, que había asistido sin inmutarse al resto de mis explicaciones, cambió perceptiblemente de actitud ante el relato de los sueños. Cuando hube terminado, me confesó, con una emoción que le truncaba la voz:

– Yo soñé también con América, antes de venir. En mi sueño era una manzana de casitas con jardín y, cómo se dice en español, picket jenees. Sabía dónde estaba la escuela, la tienda, el parque de bomberos. Muchos fines de semana he ido a ciertas partes de Queens y Coney Island para buscar la manzana de mi sueño, sin resultado.

Dudó un instante, como si no me incumbiera la historia, o su tristeza. Al fin, recobrando su tono de siempre, admitió:

– La herida que todos los emigrados nos esforzamos por ocultar es que a esa América, que es la que habría valido de veras el viaje, no se llega nunca.

II. TRÁNSITOS

1.

El galeote y la doncella

Aunque no tenía apenas ocasiones de demostrarlo, o bien carecía del valor preciso para aprovechar las que le venían, mi jefe era un buen hombre. Por eso me refirió con sincera tribulación la queja colérica que el profesor Navata, armado de toda su retórica pro derechos humanos y también de la otra, la del tipo usted no sabe con quién está hablando, le había arrojado a propósito del desgraciado apostrofe racista que yo había dedicado a su nunca bien ponderada esposa Liana. No obstante la difícil posición en que le había colocado, que habría justificado la adopción en mi contra de las medidas más drásticas, mi jefe manifestó renovarme una confianza algo menguante, pero todavía sólidamente asentada en los muchos éxitos que había cosechado para la firma en el pasado. También me demandó alguna explicación para mi conducta, y a mi lacónica declaración de haber sido ofendido por aquella mujer de forma que nadie podía obligarme a soportar, opuso una protesta muy tenue. Ya digo que no era mal sujeto.

Por eso, o porque mi resolución no estaba todavía plenamente tomada, aguardé una semana antes de comunicarle que abandonaba mi empleo. Acompañé la noticia con una genérica invocación de razones personales, lo que por otra parte se ajustaba bastante a la realidad, pero mi jefe no pudo dejar de pensar que podía cambiar el curso de los acontecimientos. Acaso fuera porque las razones personales se consideran algo lo bastante pintoresco como para que sólo pueda esgrimirlas un desequilibrado, y porque mi jefe me tenía por un individuo cuerdo y responsable. El caso es que se empeñó en interpretar que mi decisión tenía que ver con el trabajo en sí, y se aplicó a disuadirme.

– Si es por lo de Navata, no tiene ninguna importancia -aseguró, con fervor-.Todos saben que la amarilla es una zorra. Mal está perder los estribos, pero puede comprenderse. Nadie te ha pedido cuentas por eso.

– Tampoco a mí me importa lo de Navata, salvo como síntoma -le guié, con desgana.

– Si es que te pagan más en otra parte, podemos negociarlo. Joder -gritó, por dejar clara la confianza-, con cualquier otro me negaría, pero tú te lo ganarás.

En ese momento me percaté de que no le había dicho a dónde me iba. No quería entrar en demasiados detalles sobre ello, pero podía ayudarle a situarse:

– No me pagan nada, en ninguna otra parte. Me largo de Madrid y de todo esto. Me voy a Nueva York, a estudiar.

– ¿A estudiar qué? -me atajó-. Si quieres hacer un master o una especialización no tienes por qué dejarnos. Coño, te lo pagamos y cuando vuelvas te subimos además el sueldo.

– No sé qué voy a estudiar, todavía. Tengo un amigo en la universidad de Columbia y me ha mandado un programa de cursos. Creo que al final me apuntaré a uno sobre filosofía del siglo diecisiete; ya sabes: Descartes, Spinoza. Nada de masters. Voy a coger un poco de aire, para empezar. Luego ya se me ocurrirá por dónde seguir.

Las alusiones filosóficas obraron el efecto de desintegrar la idea preconcebida de mi jefe. En su cerebro vi florecer la sospecha de que yo, que hasta aquel día había sido su colaborador más estrecho, había perdido inopinada y acaso irreversiblemente el juicio. No dejó de entelarme de su piadoso horror:

– No sé qué es toda esta mierda. Pero me parece que estás tirando tu carrera a la basura, y es una auténtica lástima.

– Apréciame un poco -le reconvine-. Aunque sólo sea por los años que te he dado. No estoy loco. No más que cuando me quedaba aquí sin dormir, con alguno cualquiera de los petardazos de la Bolsa, y tú tampoco dormías.

Mi jefe se quedó pensativo, mirándome. Aunque no supiera si Spinoza era un filósofo del diecisiete, como malévolamente yo había dado antes por sentado, o un delantero de la selección italiana, era muy posible que en algún otro tiempo hubiera concebido para sí vidas distintas de la que arrastraba a la mezquina luz de las pantallas de Reuters.

– En cualquier caso -salió despacio de su ensimismamiento-, si cambias de opinión, si te das cuenta de que has hecho una tontería, si sólo vuelves y quieres trabajar en lo que sabes, llama aquí primero. Siempre habrá hueco para ti, al menos mientras yo esté.

– Eso lo agradezco, aunque no pienso fiarme a ello. Me voy de verdad, jefe.

– Si es así, que tengas suerte. La que puedas, quiero decir.

Le deseé lo mismo, procurando no adivinar los sentimientos que él reprimía. Pude percibir cómo dudaba entre atenderlos y ceder a la urgencia de las múltiples preocupaciones que mi defección le planteaba. Habría que reasignar clientes, sustituirme en los proyectos que estaban a medias, a lo peor contratar a alguien. No descarto que en cualquier otra circunstancia aquel hombre y yo hubiéramos podido darnos un abrazo de despedida, pero algo semejante no cabía, ni para él ni para mí, en la que nos había sido adjudicada.

Esa misma tarde recogí mis cosas, por dejar limpio el sitio para otro, no porque tuviera intención de hacer nada con ellas. De hecho, después me desprendería de casi todo. Cuando lo tuve embalado, me sorprendió lo poco en que se resumían los años que había pasado allí. Mi despacho vacío ofrecía una sensación de insignificancia y sordidez que reforzaba mis ansias de mudanza. Tras la ventana se veía una estrecha perspectiva de la parva City de Madrid, un trozo de cielo agobiado de edificios que nunca podría echar de menos. En la pared dejé colgando unas láminas de Kandinsky, cuyos laberintos de colores vivos hacía un siglo que habían perdido cualquier interés. Tal vez supondrían un ensueño de novedad y horizontes abiertos para quien viniera a alojarse ahora allí, y tal vez esa era una razón más para abandonarlos. El hombre que no ama lo que posee tiene seguramente el deber de dejarlo, para que otro lo ame y así lo rehabilite. La regla puede valer lo mismo para una obra de arte que para una mujer. Puede que valga, incluso, para una ciudad.

Había planeado vagamente no despedirme de nadie y encomendarle a mi jefe el peso de todas las perplejidades que suscitaría mi marcha. Sin embargo, por alguna clase de debilidad, di en hacer dos excepciones. La primera fue mi secretaria, persona a la que no estaba especialmente unido, porque apenas llevaba un año en la firma, pero que se había sacrificado de forma abundante y que ahora podía sentirse inclinada a creer que quedaba desamparada. Como todas las chicas de poco más de veinte años con un contrato en prácticas, sabía que debía conquistar cada mañana su puesto, pero albergaba la sospecha razonable de que en un año de trabajar para mí había juntado un pequeño capital de prestigio secretarial. Ahora que yo desaparecía, su primera idea debía ser casi por fuerza que sus ahorros se esfumaban. Estimé por ello necesario advertirla de mi marcha y también de que me había ocupado de participar a mi jefe mi completa satisfacción con sus esfuerzos, recomendando que se la conservara y en lo posible se la favoreciese. Mis palabras, sin embargo, no bastaron para disipar sus temores. Algo singular fue que apenas un minuto después de comunicarle que me iba, su mirada se perdió en el vacío, dejó manifiestamente de escucharme y comenzó a asentir de forma mecánica, como si yo ya no existiera. Era muy joven y tenía dificultades que vencer, demasiadas para entretenerse con despedidas. Ni siquiera me preguntó por qué o a dónde me marchaba, y no la censuré por el despego. Los que siguen adelante no pueden ocuparse de los que se rinden, los que se quedan deben olvidar a los que huyen, y a las secretarias de poco más de veinte años ni les van ni les vienen los motivos por las que sus jefes repudian de pronto una tarea a cuyo servicio, cuidándoles la agenda o el teléfono o el formato de sus documentos, ellas han puesto toda la generosa desenvoltura de su juventud. Aun constatando su indiferencia, quise que aquello se pareciese en algo a la separación de dos seres humanos que habían compartido fatigas durante meses, y le dije:

– Gracias por todo. Espero que alcances lo que mereces, aquí y en la vida.

Mi secretaria me oyó durante unos segundos, apenas los precisos para captar la última frase. Se ruborizó, sin duda porque es más bien perturbador que nadie se meta en lo que mereces o dejas de merecer en la vida. Quizá ello suceda porque en Occidente la noción de merecimiento ha caído en franco declive, suplantada en gran medida por una afición supersticiosa, casi maníaca, a la especulación y el ventajismo. Lo que trataba de transmitirle a mi secretaria, y renuncié a intentar explicarle, era que me entristecía que una chica dispuesta y lista debiera reducirse a agradar a algún desaprensivo que pudiera darle un contrato indefinido, por más que un contrato indefinido le permitiera disponer de muchas cosas justas y necesarias, desde la comida del mediodía al piso de tres habitaciones. Aquella obediencia ciega de los jóvenes, que son los que han recibido de la madre Naturaleza el encargo de dinamitar el mundo, era una de las más funestas consecuciones de la vasta conspiración de malhechores de la que en ese momento me daba de baja.

Mi secretaria, al andar, parecía una gimnasta. Nunca llevaba zapato alto y siempre iba muy tiesa. Sus ojos grises y su cabello rubio descolorido le habían valido el sobrenombre de la Bielorrusa, con el que alguno de los ruines sujetos que ahora podrían ser su jefe la había introducido a menudo en los bochornosos campeonatos de atributos femeninos que se organizaban en cualquier momento. La vi salir con su paso elástico de mi despacho, después de aquella decepcionante conversación, y acepté que habría sido mejor irme sin más. De ella, como de otras muchas cosas, estaba simplemente desistiendo, y aunque estuviera bien así, porque no tenía nada que darle y habría sido un desliz más bien grotesco pretenderlo, tampoco era aquélla una ceremonia en la que valiera la pena demorarse.

La segunda excepción, más obvia y menos incierta que la de mi secretaria, fue mi veterano amigo Bartolomé. Aunque no ansiaba encontrarme frente a frente con él para darle cuenta de mi decisión, habría sido indigno irme sin avisarle. Bartolomé tenía cincuenta y siete años y, como él gustaba de repetir, había sido galeote antes que jefe de administración, labor que desempeñaba con toda la solvencia que hacía falta para que nadie recelara de su edad ni de sus trajes pasados de moda. Bartolomé había ido a la universidad con treinta y cinco años, mientras trabajaba, y a base de tenacidad había logrado el título que le había rescatado, siempre según él, de un miserable destino de auxiliar contable. A pesar de haber impreso aquel viraje a su existencia, no había perdido el talante y conservaba lo que él llamaba moral de remero, que exhibía con una especie de orgullo proletario siempre que le venía a mano, preferiblemente ante los chicos que nos llegaban de las escuelas de negocios con la cabeza trufada de idioteces elitistas. Muchas veces, para pasmo del mozalbete de turno, había alzado sin tapujos un lamento que había terminado por ser entre nosotros como una contraseña:

– Lo malo de esta época es que se han perdido el coraje y la gallardía. Ya no quedan Durrutis ni Ascasos, sólo pusilánimes.

Bartolomé concedía una desproporcionada importancia al hecho de que cuando yo tenía veinticuatro años hubiera publicado una extraña novela adolescente, de la que apenas se vendieron cincuenta ejemplares y que tuvo como efecto, entre otros, mi fulminante abandono de esa tarea en beneficio de otras menos demoledoras de mi vanidad. Cuando alguna casualidad, porque nunca he sido proclive a recordar ese episodio, le deparó la noticia de que yo era autor de un libro (una forma de expresarlo que nunca he podido creer que me sea aplicable), no cejó hasta conseguir un ejemplar, por medios que sólo puedo sospechar esotéricos. Lo supe una mañana que vino a mi despacho con el libro bajo el brazo, se plantó ante mi mesa y con toda solemnidad, declaró:

– Los que apenas podemos llenar un par de cuartillas, debemos admirar a quienes pueden llenar un libro y además con sentido. Lo que tú has hecho y lo que todavía has de hacer pasará a la memoria de la gente. Todos éstos, yo mismo, no pasaremos más que al escalafón. Por si ellos te lo regatean, que conste mi reconocimiento, maestro.

Desde ese día, aquel hombre que me sacaba más de veinte años me mantuvo férreamente el tratamiento de maestro, para mi embarazo y sonrojo siempre que me lo aplicaba delante de alguien. En vano le insistí en las múltiples fallas del libro (tan patentes para mí, con el paso del tiempo), en su fracaso, o en que nunca más iba a escribir otro. Siempre sacudía la cabeza y afirmaba:

– Yo sé lo que he leído. Y también sé que cuando pasen unos años escribirás otro libro y será mejor, porque entonces habrás sufrido, que es lo único que le falta a éste.

Quien habría podido escribir grandes libros era el propio Bartolomé. No había más que escucharle cuando relataba sus tiempos de botones en un banco, allá por la mitad de los cincuenta. No he conocido a nadie que retratara mejor, con imitación de voz y ademanes incluida, a aquellos hombres siempre vestidos de oscuro que entonces regentaban las oficinas, reconviniendo con adustez a los subalternos y denegando sin desmayo anticipos y peticiones de aumento. Tampoco me he tropezado con mucha gente que remontándose más allá de las limitaciones de su propio origen, es decir, aceptándolas, señalara tan certeramente las limitaciones que su procedencia imponía a otros.

– No es sorprendente que Alfonso desprecie la solidaridad, exija el privilegio y desconozca el valor del sacrificio -solía decir de uno de los socios de la firma-. Nunca se ha visto en la cuneta, ni ha visto en ella a sus padres o temido ver a sus descendientes. Algún día Dios le mandará un cáncer de tripas, para que aprenda. Aunque es posible que entonces tampoco entienda nada y sólo suplique lloriqueando que todo siga como antes.

Cuando aquel día fui a buscar a Bartolomé le encontré, como de costumbre, completamente enfrascado en sus papeles. Aunque siempre que tenía ocasión proclamaba realizar una labor ínfima al servicio de un fin miserable, es decir, un beneficio después de impuestos, anteponía a ello la consideración de que no hay trabajo despreciable si se desempeña con integridad y pundonor, enseñanza que aseveraba haber recibido de su padre y agradecérsela, a la vista de tantos amargados que sólo trabajaban por el dinero. Le abordé con cautela, porque cuando se hallaba atareado a veces reaccionaba de forma malhumorada, pero aquella tarde las cosas debían estarle saliendo, más o menos. Me invitó a sentarme y escuchó con atención la noticia. Como no dijera nada en un primer momento, me alargué en algunos pormenores, adonde iba, qué pensaba hacer, sin más concreción que la que le había ofrecido a mi jefe, porque ésa era casi toda la que había logrado darle a mis planes.

– La verdad -habló al fin-, nunca habría esperado que te quedaras aquí, a convertirte en uno de nosotros. Tienes cosas mejores que hacer.

– No creo, Bartolomé. Te mentiría si te dijera que se me ha ocurrido algo mejor. Quizá incluso empeore.

– Ése es el riesgo del talento. Si no lo dominas, hasta puede hundirte. Pero espero que no sea tu caso y dudo que pueda serlo -apostó, con energía-. Puede que te haga falta deshacerlo todo para rehacerlo de otra manera. Atreverse a dar el paso ya es una señal. No me imagino a ninguno de éstos firmando a iniciativa propia un papel por el que perdiera el sueldo.

– Tampoco yo sé cómo he llegado a ese disparate. Es posible que mañana me dé cuenta y vuelva para tirarme llorando a los pies del jefe.

– Me extrañaría. Te deseo suerte, maestro. No nos olvides. El hombre que olvida a sus amigos o lo que alguna vez ha sido no merece el aire que respira.

– No os olvidaré, tenlo por seguro.

A aquel hombre sí que habría querido de veras abrazarle. Pero entre nosotros las efusiones físicas siempre habían sido moderadas. Incluso cuando daba la mano, Bartolomé apenas hacía fuerza con los dedos. Me quedé mirándole de frente, ambos en pie, él detrás y yo delante de su mesa. Fue la primera vez, desde que había tomado la decisión, que me escocieron los ojos.

Cuando me iba por el pasillo, oí que Bartolomé llamaba a su ayudante y que ella le respondía. Era una chica muy joven, de voz cristalina, diligente y afectuosa. También era sobrina de uno de los socios, y por tanto pertenecía a la fracción de quienes nunca habían tenido las dificultades que habían determinado la existencia de Bartolomé. Gracias al carácter de la muchacha, sin embargo, se había establecido entre ambos una sintonía inusual. Me enterneció aquella tarde, por última vez, el abrupto contraste que había entre aquellas dos voces, la gravedad de Bartolomé, el aire cantarín de ella.

Y escogí, entre todos los recuerdos posibles, que de allí guardaría la bella imagen del galeote que al final de la travesía había sido favorecido con la presencia y el bálsamo de una doncella benéfica.

2.

Ruidos de aeropuerto

Los aviones que van a Nueva York suelen salir del aeropuerto de Barajas a mediodía. Los pasajeros pueden localizar fácilmente las zonas de facturación para los vuelos a Estados Unidos, gracias a las áreas de seguridad delimitadas por medio de postes y cintas alrededor de los mostradores correspondientes. A la entrada del área de seguridad, uno sufre el interrogatorio, bastante policial, de desabridos empleados que desean cerciorarse de la ausencia de objetos prohibidos en las maletas y que conminan intimidatorios a que el viajero les jure, incluso aunque no sea cierto, que en ningún momento las ha dejado desatendidas ni es por tanto posible que ningún malvado haya deslizado algo en su interior. Ninguna de estas precauciones es necesaria para volar a Suecia, ni mucho menos a Bolivia, pero los estadounidenses deben ser cuidadosos. Aparte de que han de velar por que nadie introduzca ninguna sustancia que viole sus infinitas y minuciosas leyes (o al menos nominalmente, porque ningún empleado de seguridad puede conocerlas todas), la servidumbre que tienen por dominar el mundo es que de vez en cuando alguien se desahoga volándoles un jumbo con todo el pasaje dentro.

Una vez que el empleado cree haber agotado la diligencia, lo que en mi caso, al llevar una sola maleta, sucedió comparativamente pronto, despacha una pegatina sobre el bulto y otra sobre el pasaporte (uno se pregunta quiénes son los americanos para andar estropeando los pasaportes de todo el mundo) y franquea al pasajero la entrada al área de seguridad. Al pasar dentro de ella, ya es casi como si se estuviera en territorio estadounidense. Yo viajaba en clase turista, como es lógico, porque había oído a demasiados indeseables desdeñar sus asientos y ridiculizar a los desgraciados que se comen la bazofia que sirven fuera de la primera clase como para dejar, por un vuelo de seis horas y media, que se me pudiera confundir con ellos (con los indeseables). En la cola del mostrador que por ello me tocaba había una sección del Ejército de Salvación, compuesta por lo que parecía el equivalente a un suboficial de color y un puñado de muchachos y muchachas de varias razas y diversos grados de obesidad. A saber a qué habrían venido a Madrid. Hablaban en voz muy alta, en ese inglés chirriante de muchos americanos, que me aturdía. Quizá fuera porque el inglés que yo había aprendido tenía como modelo el de los británicos.

Fuera del área de seguridad, una vez que me hube deshecho de mi maleta, me aguardaban mis padres. Habían decidido ir a despedirme al aeropuerto, contra todas mis súplicas. Siempre he creído que los aeropuertos son lugares demasiado lúgubres e inhóspitos para las despedidas. Pero, además de no poder prohibirles que circularan libremente por el territorio nacional, hube de ceder a la consideración de las circunstancias en que me iba de su lado. A pesar de la insistencia cortés de mi padre y del ruego silencioso de mi madre, me había abstenido de asegurarles que fuera a regresar en tal o cual fecha o que mi viaje tuviera una finalidad concreta. Más bien les hice ver lo contrario, que me iba con gana de no volver y que no tenía idea de para qué ni de cómo iba a arreglármelas para instalarme allí. Ni siquiera, aunque tampoco lo descartaba, les prometí que regresaría por Navidad.

Mi madre no paraba de mirar su reloj. Aparte de preocuparse por la hora de embarque, estaba obsesionada por que mi hermana no llegara tarde a despedirme. Yo no lo estaba. Me constaba que no iba a venir.

– Debe de haberse retrasado por el tráfico -dijo mi madre.

– Debe -concedí, por no desanimarla.

Mi hermana no daba demasiada trascendencia a mi marcha. En general, se había hecho a no dar demasiada trascendencia a ningún asunto. Pasaba consulta por la mañana y por la tarde, salvo los tres días por semana en que operaba. Mis padres habían puesto una ilusión desmedida en aquella chica tenaz que había sacado uno de los primeros números en los exámenes para médico residente. Yo también la había puesto, y ella no había defraudado a nadie. Su carrera proseguía brillante y provechosamente. Tres tardes a la semana rebanaba tumores o corregía roturas y atascos de cañerías en el cerebro, lo que la había llevado a concederle a casi todo un valor relativo. Había hablado la semana anterior con ella, por teléfono.

– ¿A Nueva York? ¿Y eso? -me había preguntado.

– No lo sé. Está lo suficientemente lejos, en todos los sentidos.

– Ten en cuenta que todo el tiempo que pierdas lo tendrás que recuperar luego -me había advertido, como si le indicara a un enfermo lo que arriesgaba si no seguía la medicación.

– Recuperarlo para qué.

– Oye, ya eres mayor. Digiere como te parezca el divorcio y lo demás, pero no te olvides de que el lobo siempre está por ahí, en alguna parte del bosque.

Mi hermana siempre había tenido gusto por las metáforas, y no lo había perdido aunque con frecuencia la gente se le quedara imbécil o muerta entre las manos. Al revés.

– Gracias por el consejo.

– Imagino que estarás de vuelta dentro de un par de meses, como mucho. Mientras tanto, cuídate, y ya que te das el paseo, aprovecha por lo menos para aclararte la cabeza. Tengo que salir pitando para la consulta.

En boca de mi hermana, la palabra cabeza cobraba una contundencia inaudita. Recordé cuando la llevaba al colegio, cogida de la mano. Era una niña pelirroja, muy inquisitiva y atenta, a quien preocupaba que los gorriones se mojaran cuando llovía, porque no tenían casas con tejado ni paraguas.

Mientras la megafonía del aeropuerto urgía a uno de los irresponsables que dejan que les llegue la hora de embarcar sin presentarse en la puerta anunciada (a veces también son personas a quienes ha interceptado algún accidente), mi padre me observaba con amargura. Adiviné lo que estaba pensando. Me había visto conseguir a base de esfuerzo lo que él no había podido facilitarme, o no hasta donde hubiera querido. Había vivido la alegría de mi casamiento con una chica lista y cariñosa, nuestros primeros éxitos aparentes. Él siempre había confiado en mí, y todo lo que iba pasando era una confirmación de sus expectativas. Hasta que un día, antes de que Marta y yo nos separáramos, porque mi padre tenía olfato para presentir, algo dejó de ir como era debido. Y de repente allí estaba, despidiéndome hacia no sabía qué, y yo notaba que él no podía ahuyentar de sí el temor de que algo de lo que él pudiera ser responsable, una herencia cultural o del temperamento, me hubiera abocado a aquella situación que era o semejaba una derrota.

Mi madre no ofrecía mejor aspecto. Por una de esas inconveniencias de la mente, me acordé de una de las fotografías de la boda, en la que ella aparecía sonriendo a mi lado, con su flamante vestido de madrina. Las madres no sienten ordinariamente la culpa de haber hecho algo mal, sino sólo que eso que se va o que tiembla o que sufre es un trozo de ellas mismas. Es la diferencia que trae habernos llevado dentro, que les impide tomar la distancia que hace falta para creer que hubieran podido remediar lo que nos sucede. Por eso las madres tampoco pueden cuestionar los actos de los hijos. En otra forma, sometidos a un arbitrio que se les escapa, son sus propios actos.

En mitad del bullicio del vestíbulo aeroportuario, que tanto nos estorbaba para lo poco que podíamos hacer en aquel momento, me dolió disponer del poder de obligar a mi madre a aceptar que yo me fuera a América y a padecer todas las dificultades que pudieran esperarme allí; no sólo las efectivas, sino todas las posibles. Tampoco celebré tener sobre mi padre una prerrogativa similar, o peor, la de arrojarle a una revisión obsesiva de todo lo poco que había podido hacer para salvarme de tantos adversarios que eran más fuertes o estaban más avisados que él, comenzando y terminando por mí mismo. Habría querido ser capaz de persuadirlos de que lo peor había pasado, de que si me iba era porque había comprendido que tenía que procurarme una manera de levantar la cara y volver a mirar adelante y esa manera no podía, o aunque pudiera había elegido dudarlo, estar en Madrid. Pero no iba a persuadirlos de nada, porque me sobrepasaba la magnitud de lo que estaba haciendo, una magnitud que sólo entonces llegaba a vislumbrar.

Cuando llegó la hora los abracé durante un buen rato. No se me ocurrió nada para consolarlos, aparte de garantizarles, y eso lo sabían, que les iba a querer siempre. Los dejé al otro lado del control de pasaportes, convertidos de golpe en un par de ancianos frágiles, y su mirada fue, en adelante, el símbolo íntimo de la patria abandonada.

3.

Manhattan

Una vez que el avión hubo atracado y hubieron adosado a su costado la manga de embarque y desembarque, el ruidoso pasaje de la clase turista se precipitó hacia la salida. Observé con cierto asombro que los menos apresurados eran los americanos, aunque se trataba en buena parte de adolescentes que volvían de viaje de estudios. Me llamó la atención una de esas chicas de cabellos casi blancos y piel transparente, que pueden ser o no retrasadas, como propugnan el tópico local y los cien mil chistes en él inspirados, pero que tienen algo en la forma en que se quedan quietas mirando el vacío. La chica vestía una camiseta dos tallas inferior a la suya, que marcaba todo lo necesario las convexidades de su cuerpo, y unos pantalones cortos que dejaban al descubierto la longitud lechosa de sus piernas. Aunque llevaba los párpados muy pintados, todavía no había aprendido (tal vez no aprendiera nunca, o lo hiciera durante un tiempo brevísimo) a sacar partido de su belleza insultante y clásica. Mascaba chicle y llevaba pulseras de cuero. Mientras los pasajeros no americanos, en su mayoría españoles, se apelotonaban en la puerta, ella se quedó en la zona de popa, sentada en la moqueta, con los brazos cruzados sobre las rodillas. Su mandíbula inferior subía y bajaba y en el gris acerado de sus ojos brillaba una ausencia que hubiera podido ser desprecio.

Unos minutos después supe por qué corría todo el mundo. Ante los mostradores de Inmigración se había formado una cola monstruosa, cuyos lugares de preferencia habían sido copados sin problemas, desde luego, por los pasajeros de primera clase. Al cabo de un rato pude constatar lo despacio que avanzaba aquella cola. Mucha gente iba a Nueva York en tránsito hacia el Caribe o hacia Disneylandia, y el vuelo había salido con bastante retraso. A algunos les quedaba apenas una hora para pasar el control de Inmigración y el de aduanas, ir a otra terminal y embarcar de nuevo. Entre éstos estaban los más desesperados, que clamaban contra la lentitud de la fila y de paso, siguiendo una costumbre española, despotricaban contra el país extranjero que les daba el mismo trato humillante que a un moro o un chino. A algunos de ellos, luciendo sobre sus camisas y pantalones marcas costosas de ropa informal, marcas americanas precisamente, debía herirles lo indecible que por los otros mostradores, los que había tras el rótulo U.S. CITIZENS ONLY, pasaran sin contratiempos los ruidosos chavales y los negros deslustrados de la sección del Ejército de Salvación, con su jefe a la cabeza. Yo tenía todo el tiempo del mundo, así que me lo tomé con resignación. Tampoco me agasajaba la manera en que se nos hacía ver que ostentar la condición de ciudadano estadounidense era un privilegio y que a todos los que carecíamos de ella se nos tenía por seres sujetos a sospecha que debían ser meticulosamente filtrados. Pero alguna vez había coincidido con un árabe o un sudamericano en un vuelo que entraba a España y nuestros policías tampoco les hacían reverencias.

Entre la alborotada masa de los extranjeros deambulaban un par de empleados de la compañía aérea. Eran un hombre y una mujer de edad avanzada, cuya tarea consistía en comprobar que los viajeros hubieran rellenado correctamente los formularios de entrada. Aunque estos formularios estaban escritos también en español (un español anómalo, pero inteligible), eran pocos los que no habían cometido errores, siempre los mismos. Aquellos empleados pasaban el día y las semanas indicando lo que iba y no iba en tal o cual casilla. No eran amables, porque debían estar hartos de la torpeza de sus congéneres y de ordenar en un idioma que muchos no entendían que se guardara la fila. A veces, cuando alguien se desmandaba y no obedecía las órdenes verbales, compelían físicamente al descarriado. Reparé en la mujer. Podía haber sido azafata en 1955. En aquella época habría sonreído con sus dientes blanquísimos a los privilegiados que entonces cruzaban en avión el océano, mientras les ofrecía manjares y cócteles. Uno de los misterios más impenetrables de la psicología es lo que permite hacerse ilusiones siendo tan sencillo comprobar en qué paran las ilusiones de todos los que a uno le han precedido.

Llevaba ya casi veinte minutos en la cola cuando vi aparecer a la muchacha del cabello platino. Venía despacio, sola, arrastrando su bolsa de viaje. Sus compañeros ya habían salido hacía un cuarto de hora y no acerté a imaginar en qué se habría entretenido ella. Al pasar junto al rebaño de forasteros sometidos a los rigores de las leyes federales de control de inmigrantes, dejó escapar una media sonrisa distraída. Del bolsillo trasero izquierdo de sus tejanos reducidos a la mínima expresión extrajo su pasaporte azul oscuro y lo sujetó entre sus dientes mientras se cambiaba la bolsa de hombro. Mostró al agente su salvoconducto y se perdió al fondo del pasillo. Podía calcular que dentro de veinte años estaría tumbada en el sofá junto a un grasiento bebedor de cerveza, siguiendo la Super Bowl, o alternativamente, atada a alguna máquina de gimnasio, congestionada y enamorada de un monitor más joven que nunca iba a corresponderla en el sentido propio de la palabra. Estas fantasías, que sólo se basaban en lo que la televisión muestra de América al universo, eran razonablemente verosímiles, o por lo menos lo eran tanto como el destino de la ex azafata que nos apacentaba cada vez con menos paciencia a los de la cola. Pero elegí dar a su silueta que se alejaba un significado mucho menos condescendiente, con el que ha quedado grabada en mi memoria. La niña indolente y orgullosa que se iba por donde yo no podía seguirla era acaso un emblema del país y de la ciudad a la que llegaba como extranjero. Aquel país y aquella ciudad podían enseñarme su piel y su alma, tan dadivosamente como para sugerirme incluso la flaqueza de apegarme a ellos, pero presentí que nunca iban a dejarse alcanzar. Que siempre habría un control infranqueable, un pasillo sin fin, entre ellos y yo.

A medida que la cola fue avanzando y me acercaba a sus cabinas, pude advertir que todos los agentes de Inmigración, sin excepción alguna, pertenecían a una u otra de las minorías raciales cuyo irregular aumento el servicio al que pertenecían tenía por misión evitar. Había orientales, africanos, puertorriqueños. Tras el cristal de las cabinas, con su ordenador y el apellido escrito en una plaquita rectangular prendida en la camisa muy blanca, defendían a los ciudadanos estadounidenses como ellos de la incursión de los desheredados que también eran como ellos, aunque en otro aspecto sin duda menor, porque podían prescindir de esa similitud. En general no parecían antipáticos, y auxiliaban con indulgencia a los españoles que no comprendían el inglés.

Cuando llegó mi turno, la cabina que había quedado libre era la de un hombre con bigote, repeinado, que llevaba sobre el bolsillo izquierdo una plaquita en la que se leía el apellido Ribera y sobre el hombro un plateado galón de teniente. Me extrañaba que alguien de tanto rango se dedicara a aquella tarea, pero luego había de averiguar que en Estados Unidos hay muchas clases de tenientes y que no todos son igual de importantes.

– ¿Qué lo trae a los Estados Unidos? -preguntó, en español y en tono más amable de lo que había esperado.

– Estudios.

El teniente, al tiempo que comprobaba la coincidencia de mi cara con la que aparecía en la foto del pasaporte, se detuvo a sopesar si era plausible que alguien de la edad que yo representaba fuera a estudiar. Lo era, porque personas mucho mayores que yo lo hacían. Además venía de un país desarrollado, vestía adecuadamente y toda mi documentación estaba en regla. Por eso, mientras daba mi nombre al ordenador, que debió certificarle en fracciones de segundo que nunca había ido allí antes ni estaba catalogado como delincuente, narcotraficante o comunista, indagó sólo por curiosidad:

– ¿Dónde y qué va a estudiar?

– Filosofía. Aquí, en Nueva York.

Sonrió, grapó una cartulina verde a mi pasaporte y puso el sello de entrada en él. Mientras me lo devolvía, me deseó con calidez:

– Feliz estancia.

Después del control de pasaportes, y tras recoger el equipaje, había que pasar todavía por la aduana. Había visto que en el formulario de turno (distinto del de Inmigración) se pedía que se indicara si se transportaban semillas. Raúl me había pedido que le trajera, además de un Rioja normal (que en Nueva York era artículo de lujo) y dos botes de litro de gel de baño (que en Nueva York no existen), un par de paquetes de alubias. Supuse que las alubias podían considerarse semillas y no quise correr riesgos inútiles, porque alguien me había hablado de perros entrenados para olerlo todo. Declaré mi mercancía, lo que me forzó a un breve diálogo con una muchacha sudorosa que tenía toda la pinta de ser una contratada eventual del servicio de aduanas y que no se interesó demasiado por mi asunto.

Con su aprobación, que me hizo patente con un ademán fatigado, me dirigí a la última puerta. Cuando la atravesara estaría dentro, o más bien fuera. Tras ella empezaba, y lo sabía, el verdadero viaje.

La primera impresión que tuve al salir de la terminal del aeropuerto fue de una desorientación extrema. Tras las seis horas largas de vuelo, los trámites aeroportuarios invariablemente desarrollados en salas de atmósfera cargada y luz artificial, y un recorrido interminable por pasillos y escaleras de aspecto polvoriento, me vi arrojado de improviso a la intemperie urbana neoyorquina, con su mezcla de vehículos nuevos y viejísimos, sus calzadas astrosas y sus aceras de cemento basto. A finales de agosto hay además una humedad insoportable, y atontado por ella hube de buscar el lugar en el que los taxis paraban a recoger a los viajeros. No había exceso de oferta, al contrario que en Madrid, donde siempre aguarda una nutrida procesión de tres vehículos en fondo. Eludí los taxis ilegales, siguiendo el consejo de Raúl, y esperé a que viniera uno amarillo. Cuando al fin acudió uno, no tenía mejor aspecto que los piratas, pero no sabía cuánto tardaría en aparecer otro y lo tomé.

El conductor era un hombre atezado, probablemente paquistaní. Sus rasgos indostánicos y su nombre árabe, si había de creerse que era el suyo el que decía la licencia que llevaba adherida con su fotografía sobre el salpicadero, permitían atribuirle ese origen. Cuando le di las señas a las que iba, me replicó con un extraño discurso en una extraña lengua que culminó con lo que me pareció una interrogación. Había sido avisado del peculiar inglés de los taxistas de Nueva York, que siempre son de otro país, pero no había sospechado que me iba a ser ininteligible al ciento por ciento. Así lo declaré, con modestia y con mi pronunciación filobritánica, a lo que el taxista respondió con irritación, marcando más las palabras y acompañándose con una mímica que me permitió entender que me daba a elegir entre dos itinerarios. Aunque fuera imprudente, me abandoné a su criterio, invitándole a escoger el trayecto que según su previsión se hallara más despejado. El taxista se encogió de hombros, sacudió la cabeza y arrancó al tiempo que dejaba escapar una especie de ladrido, que supuse que era la versión urdu del inglés asshole.

Las autopistas que unen Nueva York con su principal aeropuerto son un ejemplo de abandono. Los letreros, de un verde más bien tristón, apenas poseen las propiedades reflectantes que se les supone, y el firme está plagado de baches y resquebrajaduras. En cuanto hubimos salido del entorno del aeropuerto, se ofreció a mis ojos una ciudad bastante deprimente, la que componen las ajadas construcciones de los suburbios que rodean Jamaica Bay. Entre las típicas casas de madera pintadas de colores (con una inexplicable predilección por el azul huevo de pato, que tan mal envejece), se intercalaban manzanas enteras de casas en hilera, de ladrillo muy oscuro. Las calles estaban llenas de inmundicia, los solares sembrados de chatarras, las verjas cubiertas de óxido. Bajo el cielo gris, y en medio de aquel paisaje más bien desalentador, experimenté por primera vez el desvalimiento y la intimidación que desde entonces me ha provocado más de una vez el espectáculo de la América sin afeites, la que nunca o sólo como un decorado pasajero sale en los telefilmes. También he aprendido a convivir con ella, e incluso a apreciarla, pero resulta difícil sobreponerse siempre a su faz inhóspita y aún un tanto feroz.

Pronto se hizo evidente que el taxista me llevaba por el camino más largo. Al cabo de un buen rato apareció en la distancia la airosa silueta del puente de Verrazano y algo más allá Liberty Island con su estatua, pero ésta fue una aparición pasajera. Poco después entrábamos en Brooklyn. Su aspecto no era mejor que el de las proximidades del aeropuerto. El tiempo parecía haberse detenido en 1950, o incluso antes. Almacenes, fábricas, bloques de viviendas, todos estaban sucios y deteriorados. Había fachadas sin pintar desde hacía décadas y enormes anuncios de productos que ya no debían de existir. La gente que andaba por la calle, bajo el cielo emplomado, circulaba entre los escombros de otra época como sombras por un antiguo campo de batalla. Algunos trabajaban o incluso vivían allí, y por las entrañas de los edificios se ramificaban, a buen seguro, las venas de la red de fibra óptica por la que les llegarían no menos de cien canales cargados de imágenes en color de mundos deslumbrantes. Los vi parados en los semáforos, obedeciendo la orden de las letras rojas DONTWALK, con las que se avisa al peatón estadounidense de lo mismo que en Europa advierte un muñeco en posición de firmes, aunque los europeos no sean más analfabetos. Los había de todas las razas, y muchos miraban como si no vieran, sujetando contra el pecho la inevitable bolsa de papel marrón con las provisiones para la cena de esa noche.

Como luego me aclararía Raúl, aquel viaje no era ni mucho menos necesario para llegar a su apartamento de Riverside Drive, en el Upper West. Sin embargo, no me arrepentí de pagar el exceso en la carrera. Entramos en Manhattan por el puente de Brooklyn, y la primera visión que tuve de la isla me resultó impresionante más allá de cualquier expectativa. He de notar que en ningún momento había sospechado que Nueva York fuera a seducirme de un modo especial. Incluso venía preparado para que todo me pareciera visto y carente de interés, más notable por las incomodidades y el tamaño que por su belleza. Pero mientras el taxi atravesaba el East River me quedé embobado ante la dimensión real del famosísimo perfil que se alzaba bajo el atardecer. Fui recorriendo con la vista todos los rascacielos, de Sur a Norte, hasta dar en el pináculo cubierto de escamas plateadas del Chrysler Building, torre perfecta e insuperable de aquella catedral gigantesca, aunque no sea su cota más alta. Era esa hora en que los edificios empiezan a cambiar de color y en que su masa gana la máxima solidez, para desvanecerse gradualmente hasta la oscuridad punteada de luces eléctricas. Era esa hora en que Manhattan parece un ensueño que no habita nadie y que sólo sirve para el placer de quien lo contempla, una desmesura emprendida y construida por puro amor al arte o con un propósito que ya se ha olvidado.

Después de aquella tarde he recorrido la isla de un extremo a otro, aventurándome, aunque sin buscarlo, por lugares rudos y desaconsejables, como los Projects o Alphabet City. Incluso he vivido y trabajado en ella. Pero nunca he conseguido deshacerme del anonadamiento del extranjero que se encuentra de pronto en mitad del puente de Brooklyn, mirando de frente el prodigio, esa imagen tantas veces fotografiada y filmada y que a pesar de ello se resiste a quedar contenida en fotografía alguna. Siempre que miro Manhattan desde el East River vuelve a embargarme esa sensación de sometimiento y misterio, signo y síntoma de la imprevista atadura que me rindió a esta ciudad y habría de resistir incólume, aunque yo no pudiera saberlo aún, cualquier tentativa de conocerla o de devaluarla.

La ruta que el taxista tomó una vez que estuvimos en Manhattan no la recuerdo con demasiada exactitud. Debimos ir por la autopista que discurre junto al Hudson, porque llegamos bastante rápidamente al edificio en que vivía mi amigo. Después de un malentendido acerca de la propina, imputable a mi inexperiencia (todavía hoy me cuesta multiplicar todo por uno coma quince) y saldado con un exabrupto por parte del taxista y una excusa insolvente por la mía, me quedé con mi maleta ante el portal. Era una casa mediana para Nueva York, de unos veinte pisos, con marquesina a la entrada y conserje uniformado. Raúl me había dicho que pronunciara su apellido vasco de la forma más americana posible, porque sólo así cabía alguna probabilidad de que me comprendiesen. Hice mis mejores esfuerzos, pero hube de intentarlo tres veces antes de que el conserje cayera en la cuenta, me informara de que mi amigo no estaba en casa y me entregara la llave que le había dejado para mí.

Raúl vivía en un piso 18. Desde su ventana, al otro lado del río, se veía Nueva Jersey, un monótono horizonte de edificaciones adonde se va a vivir la gente que no puede pagar ni los precios inmobiliarios ni los impuestos de Nueva York. Si uno se asomaba se atisbaba a lo lejos la desembocadura. Mientras aguardaba a mi amigo, traté de hacerme al calor sofocante y a la pequeñez del apartamento. Dejé la ventana abierta de par en par, aunque del exterior entraba ruido y ningún frescor. Lentamente, el sol se puso más allá de Nueva Jersey. Descubrí que Raúl tenía un equipo de alta fidelidad y lo puse en marcha. En la bandeja resultó haber un disco de Astor Piazzolla, cuyos tangos empezaron a sonar, quejumbrosos y sutiles. Era una música melancólica y hube de pensar, inevitablemente, que más allá de aquel atardecer, porque la tierra es redonda, estaba Madrid, donde ya casi todos dormían.

4.

Los apátridas

Al principio, cuando todavía faltaban meses para que descubriera a Dalmau y con él las decisivas alteraciones que la ciudad me reservaba, todo se ajustó más o menos a lo previsto. Las dos o tres semanas que siguieron a mi llegada se fueron, principalmente, en tareas de intendencia. Durante los primeros días la firme amabilidad de Raúl me impidió acometer siquiera la búsqueda de alojamiento, pese a que en aquel apartamento estuviéramos los dos como piojos en costura, incluso peor cuando llegaba la noche y la hora de extender dos camas en su única habitación. Tras una semana de cortesía, que era lo que podía verme obligado a guardar y al mismo tiempo autorizado a esperar de él, inicié mi exploración entre las ofertas de alquiler procurando combinarla con otros asuntos que no podían postergarse. Los trámites de matrícula en la universidad me los había resuelto mi anfitrión, pero hube de abrir una cuenta bancaria, conseguir tarjetas de crédito (sin una tarjeta de crédito en América estás muerto, y con un poco de mala suerte no sólo en sentido metafórico), registrarme en el consulado e irme familiarizando con las diversas exigencias de la vida neoyorquina. Entre ellas, en seguida comprendí que importaba sobremanera aprender a manejarse en el metro, lo que incluía identificar las líneas que nunca debían tomarse. Tampoco estaba de más tener localizadas las fronteras invisibles que separan la ciudad habitable de los barrios prohibidos, que nada tienen que ver con las gratuitas rayas divisorias que algunos trazan en Madrid. Cuando uno cruzaba esas fronteras, y podía hacerse por descuido, no se sabía muy bien si tendría oportunidad de descruzarlas.

Tras varios intentos fallidos, acabé alquilando un apartamento minúsculo y sin vistas no lejos de donde moraba Raúl, al lado de un inmueble en el que decían (nunca lo comprobé) que había vivido Humphrey Bogart. Lo que sí era cierto, o eso proclamaba un anacrónico cartel, es que disponía de refugio antinuclear, providencia que siempre me ha parecido calenturienta, como la propia idea de que pueda merecer la pena sobrevivir a una devastación atómica. Con independencia de todo eso, la zona era adecuada porque estaba cerca de la universidad y porque podía servirme de la experiencia de Raúl en materia de servicios esenciales: lavandería, supermercado, lugares donde comer.

La razón por la que en Nueva York suele dependerse de la lavandería y de los restaurantes es la misma: la exigua superficie de los apartamentos, donde no hay espacio para una lavadora y donde lo que sirve de cocina está tan metido encima de lo que sirve de salón y dormitorio que casi nadie pierde el tiempo dedicándose a cocinar. Durante el corto tiempo que viví con Raúl, sólo una vez comimos en casa, y la comida -cena- en cuestión consistió en unas cuantas rebanadas de pan untadas con mantequilla de cacahuete y un cartón de zumo de naranja pasterizado, lo que no me animó demasiado a repetir. Los demás días, exceptuando el desayuno, que tomábamos en un díner cercano, y el almuerzo, que cada uno hacía como y donde le pillaba, no repetimos local ni estilo una sola vez. Todas las tardes Raúl cogía la guía de restaurantes de Nueva York y antes de elegir uno declinaba metódicamente cualquier responsabilidad sobre el éxito o fracaso de su elección:

– Cada semana deben de abrir y cerrar o cambiar de dueño cuarenta o cincuenta restaurantes en esta ciudad. No hay nadie que pueda manejarse con seguridad en esta guía.

No obstante, ya fuera griego, chino, marroquí, caribeño, indonesio, coreano, japonés, armenio, italiano, filipino, indio o americano, que de todos hubo en aquellos primeros días de mi estancia, siempre el lugar que escogía ofrecía un menú comestible a un precio razonable. Nunca he podido alcanzar la habilidad de Raúl en esos menesteres. Desde que hube de empezar a valerme por mí mismo, y en tanto seguí viviendo en apartamentos de una habitación, le eché de menos todas las noches que no pude contar con su olfato para esta crucial materia.

Por lo demás, Raúl era uno de los tipos más impasibles que he conocido. Ya lo era doce años atrás, cuando habíamos coincidido en la empresa donde yo había tenido mi primer empleo y donde una madrugada, después de catorce o quince horas de trabajo, le había visto subirse a una mesa y bailar desenfrenadamente una samba. Era difícil no reírse con muchas de las cosas que hacía o decía, y aun con sus simples gestos y su cara, pero él no se reía casi nunca. Aunque se había liado la manta a la cabeza y se había ido a vivir a Nueva York con escasas garantías, ni mucho menos había sido un movimiento desesperado o exento de juicio, como lo probaba el hecho de que llevara ya diez años viviendo en la ciudad y estuviera plenamente asentado en su trabajo. También se había acostumbrado al disparatado estilo de vida neoyorquino todo lo que fuera posible hacerlo, y acataba como un usuario consumado muchas de las prácticas que a mí más me llamaban la atención, como la utilización febril de los contestadores automáticos propios y ajenos para hacer y deshacer planes unas cien veces al día con una decena de personas. Estas personas eran en su mayoría extranjeros con los que había entrado en contacto a través de la universidad, y ningún estadounidense propiamente dicho. Al cabo de una década, Raúl podía seguir expresando la misma queja al respecto, apoyándose en una subversiva teoría.

– De Nueva York, lo que se dice Nueva York, no hay nadie -afirmaba-. La CIA debe hacer algo con los niños que nacen aquí, tal vez deportarlos. Americanos hay algunos, o al menos me los encuentro a veces en el trabajo y en los comercios, pero o bien viven en Nueva Jersey, adonde nunca creo que vaya, o bien tienen casa en Long Island, adonde es todavía más dudoso que llegue a hacerme invitar alguna vez. Algunos sostienen que también hay americanos en Manhattan, pero ya me he resignado a pensar que es más fácil ir a Marte sin cohete que entrar en sus círculos. Demasiado selectos o demasiado salvajes. Lo único que queda, en resumen, son los exiliados como yo, por no llamarnos apátridas, que es lo que en el fondo somos la mayoría. Entre nosotros nos relacionamos y creamos una sociedad anormal, un país de Nunca Jamás con el Empire State al fondo. En este país imaginario, hay una regla que recomiendo observar y mantener hasta la grosería, si hace falta: evita en lo posible el trato con los que vienen de donde vienes tú.

Raúl seguía su regla. Sus amigos eran árabes, hispanoamericanos, canadienses, europeos orientales (occidentales, muy pocos). Muchos impartían o recibían clases en la universidad y unos cuantos habían pasado por ella para después colocarse en alguno de los bancos extranjeros o nacionales o en alguna de las agencias de Bolsa, prensa o publicidad donde solían encontrar buen acomodo profesional los inmigrantes cualificados. Por lo común eran desarraigados como él, que vivían al día sin nostalgia de su tierra ni cargas familiares, confortablemente instalados en su síndrome de Peter Pan.

Tuve ocasión de conocer a algunos de ellos en una fiesta que dio al poco de mi llegada un profesor hindú de astronomía, en su destartalada vivienda de la calle noventa y tantas. Era un piso de dimensiones respetables, propiedad de la universidad. Nada más entrar se nos exhortó a conducirnos con toda confianza, y a la vista había ejemplos de lo que eso significaba: gente apoyada en la pared con el pie puesto sobre ella, energúmenos dando saltos sobre lo que en tiempos prehistóricos debía haber sido un parquet, una cocina inenarrable donde todos derramaban todo. La música estaba tan alta como parecía permitir el aparato que la reproducía, y las ventanas habían sido abiertas de par en par, entre otras razones para que los invitados se pudieran sentar en ellas con las piernas colgando hacia dentro o hacia fuera, según les apeteciese. Si había vecinos, y nada hacía suponer que no los hubiera, o se habían hecho extirpar los tímpanos o tenían nervios de acero o se habían unido a la celebración, porque nadie vino a protestar en toda la noche.

Lo que se celebraba, naturalmente, era el comienzo del nuevo curso. Entre la muchedumbre que atestaba el piso predominaban los universitarios, docentes o no, aunque también había antiguos estudiantes. La indumentaria no era una ayuda para distinguir a unos de otros. Había quien llevaba corbata y quien vestía una camiseta gris con lamparones y un bañador estampado. Raúl debió notar mi extrañeza al respecto.

– Aquí cada uno va vestido como le da la gana a donde le da la gana -me informó-. En algún sitio puede que no te dejen entrar por eso, pero nadie va a juzgarte, como pasa en Madrid. Bajo una camisa rota puede vivir y pasearse un catedrático, si quiere. Esta sociedad tiene sus desventajas, pero ha superado algunas futilidades.

Casi inmediatamente, después de haberme presentado a una o dos personas, sólo porque se interpusieron en nuestro camino, Raúl me abandonó y se puso a bailar con una haitiana bastante estridente y tirando a obesa. Eso me obligó a arreglármelas por mis propios medios. Para facilitarme la tarea, fui a la cocina a hacerme con un vaso de ponche. El vaso hube de lavarlo, y el barreño donde habían preparado el ponche debían utilizarlo para guardar la ropa sucia, además de haber servido en alguna ocasión para hacer mezclas de yeso, como atestiguaban los restos que habían quedado adheridos en sus paredes. A pesar de todo me serví un vaso, y luego otro, y varios más hasta perder la cuenta, aunque no tantos como para perder la noción.

No era difícil trabar conversación con unos y con otros. Sencillamente alguien se volvía y te preguntaba quién eras y qué hacías y te contaba lo que era o lo que hacía, cierto o inventado, te importase (le importase) o no. Mi falta de práctica con el inglés no era problema, porque allí todos lo hablaban deficientemente, y a ninguno daba la impresión de atormentarle. Entre todos los personajes a quienes conocí aquella noche perdura en mi memoria una pintoresca rumana, de edad imposible de precisar entre los treinta y los cincuenta. Estudiaba o enseñaba literatura medieval escandinava, o cualquier otro saber increíble, y tenía una pronunciación atroz. Pasadas las presentaciones, me empezó a contar con gran intriga una complicada historia. Versaba sobre ella y sus compañeras de piso, con las que se había peleado por alguna razón que me pareció bastante peregrina. No obstante, asentí a todo con prudentes monosílabos. No creí que me correspondiera hacer ningún comentario, aunque no podía temer que ella se enfadara, dijera lo que dijera. Su cara y el tono de su voz eran los de alguien a quien todo le importaba un bledo.

– No sé -dedujo al final de su narración-, Rumania es un lugar asqueroso, desde luego, pero juraría que allí no estaba desequilibrada toda la gente. Era más tétrico, pero también más sencillo. A veces creo que podría volver a Ploesti. Otras veces me digo que es una debilidad pensarlo, que sólo me da miedo morirme en una acera de esta ciudad sin alma y que nadie quiera pagar mi entierro. Tampoco hay que asustarse tanto por eso, ¿no?

Su mirada quedó adormecida durante un instante, mientras le daba vueltas a aquella última idea. De pronto volvió en sí y me asaltó:

– Oye, ¿tú no compartirías apartamento? Puedo aportar unos doscientos ochenta, aunque a lo mejor algún mes tienes que adelantarme algo.

– ¿Quieres más ponche? -me escurrí, con presteza.

– ¿Cómo? Ah, no, más vale que no beba más por esta noche, gracias. Mi casa está muy lejos, en el maldito Lower East. En fin, perdona y olvida lo dicho. Es una estupidez -juzgó, con una expresión insensible.

A eso de las cuatro y media de la madrugada me reuní con Raúl, a quien le pregunté si venía conmigo de vuelta al apartamento. La pregunta, que hice por pura fórmula, era aparentemente ociosa, porque mi amigo tenía colgada del cuello a una rubia formidable, de rasgos eslavos. Ante mi asombro se la quitó de encima, se frotó los ojos y me dio una enérgica respuesta:

– De acuerdo -y en voz baja añadió-: Si te digo la verdad, las mujeres blancas me dejan frío desde hace años.

Cuando ya salíamos de la vivienda se nos acercó el profesor de astronomía, abrazó a Raúl y le sopló algo al oído. Con él venían otros dos, un nigeriano y un canadiense. Los tres estaban del todo borrachos y se aguantaban la risa a duras penas. Raúl adoptó un aire entre calculador y perverso.

– Vamos con ellos -me propuso-. Michael -ése era el nombre del nigeriano- ha tenido una ocurrencia espectacular.

Un par de minutos después estábamos los cinco en el coche de Michael (una rareza, porque allí casi nadie tenía coche) subiendo a toda velocidad más allá de la calle 120. Yo iba en el centro del asiento trasero y todos los demás en las ventanillas, con medio cuerpo fuera. Cuando empezamos a internarnos en Harlem averigüé, con estupor, en qué consistía la ocurrencia del nigeriano. Los cuatro, sobre todo Michael, que tenía una voz hosca y profunda, increpaban a los transeúntes con lindezas del estilo de:

– ¡Back to Africa, you bastards!

Algunos de los así aludidos se pasaban el dedo por el cuello, otros devolvían los insultos, otros nos tiraban latas o botellas. No sé hasta dónde llegamos, ni cómo no nos sucedió nada. Recuerdo que me mareé y que traté en vano de entender qué era lo que hacía entre aquella gente demencial que no tenía ningún fin en la vida. Pero también recuerdo que en cierto momento, mientras las luces de Harlem pasaban ante mis ojos, las broncas amenazas de sus habitantes resonaban en mis oídos y la brisa húmeda de la noche entraba en mis pulmones, me encontré a gusto, paladeando sin escrúpulo el caos y el sabor inaudito de aquella ciudad de criaturas insolentes y despojadas.

5.

El efecto Krueger

Las clases comenzaron a mediados de septiembre, cuando apenas había acabado de instalarme en mi apartamento. El campus universitario resultaba de veras agradable, pero el director del curso era un sujeto de aspecto macabro, con grandes ojeras y gesto rencoroso. También tenía un defecto de dicción que movía a titubear entre la aprensión y la carcajada cuando recalcaba alguna palabra. En la clase había gente de todas las edades y procedencias. Éramos unos cuarenta en total, y todos escuchamos dócilmente la exposición del programa del curso, tomamos nota de la bibliografía y del método y pensamos que no habíamos hecho una buena elección. Entre los filósofos del siglo diecisiete sobre los que se desarrollaría el curso había algunos por los que era difícil sentir entusiasmo y otros cuya vida y obra podía resultar fascinante, siempre y cuando se tuviera alguna predisposición para ello. Pero ésa no era la cuestión. Con aquel hombre al timón nadie querría tomar ningún barco, así pusiera proa a Tahití o las Islas Vírgenes. Al verle y oírle interpreté en sus justos términos lo que Raúl me había contado por teléfono, cuando le había llamado desde Madrid para confirmarle que quería aquel curso y pedirle que me hiciera la reserva de plaza:

– Me he informado. Lo da Arnie Krueger. Es célebre. Debe interesarte mucho la materia.

– Como si lo da el diablo.

Raúl no era proclive a la insistencia, y menos contra una contestación de aquel calibre. Tal vez pensara por un momento que la filosofía del siglo diecisiete me apasionaba más allá de cualquier precaución, aunque no pareciera una posibilidad demasiado consistente. O tal vez comprendió desde el principio la verdad, que el curso no era más que un instrumento y que lo único que me importaba era tener una coartada presentable, ante las autoridades de Inmigración y acaso ante mí mismo, para una larga estancia en la ciudad.

El caso es que no le chocó mucho cuando al cabo del tercer día le confié que no creía demasiado probable que volviera a clase. Sólo preguntó, como si estuviera obligado a recabar algún detalle sobre aquel cambio de opinión:

– ¿Esperabas algo diferente, quizá?

– Verás -repuse-, en mi modesta opinión, hay razones más que suficientes para sostener que la obra de Spinoza es uno de los pocos sistemas metafísicos y morales coherentes en toda la historia del pensamiento.

– La verdad es que yo no sé nada de filosofía -observó Raúl, como quien avisara-. ¿Se ha metido Krueger con ese Spinoza?

– No, más bien al contrario. Lo que trato de decir es que no me importaría pasar un año estudiando la obra de Spinoza, que es precisamente a quien más atención va a dedicarse. He apuntado un montón de libros y todavía puede que lo haga, porque me apetece volver a usar el cerebro, después de tantos años de tenerlo amodorrado. De hecho, la biblioteca de la universidad es magnífica, y muy acogedora. Lo que no me apetece en absoluto es compartir más tiempo de lo imprescindible con Krueger y sus alumnos. Cuando estoy allí me parece volver a los tiempos de la facultad.

– En fin, ésa era una sensación previsible.

– Me refiero a la rutina, a quienes se acercan al profesor al final de la clase para ir haciendo méritos, a los bostezos que se nos escapan a todos, a las ganas de estar en otra parte a mitad de la mañana. No quisiera haber venido hasta aquí sólo para anularme de una forma tan convencional. Si toda mi gesta se reduce a escribir cada quincena veinticinco o treinta folios para que los lea Krueger, y Krueger no es el problema sino el símbolo, para que los lea cualquier tipo armado con un rotulador rojo, por simplificar, más me habría valido quedarme en Madrid, obedeciendo a mi jefe.

Mi amigo asintió.

– Ya veo -dijo-. Te recomendaría que buscaras algún otro curso, pero no creo que en ninguno la mecánica sea muy diferente. Por desgracia, la docencia tiende a burocratizarse para sobrevivir. Quizá Krueger tenía otras ambiciones, al principio, y desesperó porque nadie le hacía caso.

Raúl parecía haber meditado sobre aquellas miserias de la enseñanza. Por causa de ellas, o por no dejarme descubrir que mi abandono no era cosa que le asombrase, lamentó:

– Sólo siento que esto te decepcione, después de haber hecho el viaje y lo demás.

– No importa. No me duele que me sobre el tiempo y mucho menos me duele haber venido. Me gusta la ciudad y tengo dinero para aguantar uno o dos años. Mientras lo necesite para justificarme puedo seguir apuntándome a cursos, de filosofía o de física de partículas, eso es lo de menos. Y cuando se me gaste el dinero puedo buscar trabajo. Hay un par de cosas que sé hacer y por las que imagino que también aquí te pagan. Cualquier solución será buena, antes que volver.

Estábamos tomando café en Fanelli's, un local reputado de Prince Street, en el Soho. Aunque lo recomendaban las guías turísticas, como sitio de reunión de intelectuales, o justamente por eso, las camareras eran desabridas, el olor que salía de la cocina bastante disuasorio y la atmósfera viciada y sombría. Raúl daba vueltas a su taza, como si no quisiera terminarla, lo que podía entenderse bastante.

– Nunca me ha gustado meterme en los motivos que tienen los demás -habló, al cabo de un breve silencio-. Si no preguntas no te preguntan. Pero me extraña que hayas venido. También me extraña que te divorciaras, y el resto. Siempre te tuve por un individuo adaptado a las circunstancias.

En la mesa que había detrás de él estaban cinco chicas de diecinueve o veinte años, ruidosas y de aspecto provinciano. Todas ellas tenían esa complexión y ese color saludables de quienes se han bebido océanos de leche enriquecida y vitaminada desde la infancia. Podían venir del Medio Oeste, y las cámaras las delataban como turistas. Reparé de pasada en que dos de ellas no dejaban de espiarnos.

– Uno lo intenta, hasta que las circunstancias terminan de pudrirse -repliqué a la observación de Raúl-. Entonces hay que elegir entre pudrirse con ellas o inadaptarse. Pero tampoco quiero engañarte: todavía no me he hecho héroe. Me he largado, sin más, y ahora estoy aquí, viéndolas venir. Situación que agradezco, porque ya casi no me acordaba de lo buena que es. Hace un par de meses no podía hacer casi nada; ahora siento que valdría todo. Por ejemplo: detrás de ti hay unas muchachas de pueblo que se están aburriendo en su viaje de estudios. Sólo a efectos teóricos, ¿dirías que hay alguna oportunidad?

– ¿En viaje de estudios? Estás tarado, compañero.

Seguí el criterio de Raúl, porque él era un explorador más experto y porque yo mismo tenía mis reservas. Pero al salir del café me llevé prendida, como el primer trofeo de mi nueva vida irresponsable, la sonrisa azul de la más desvergonzada de aquellas jovencitas.

6.

La colonia

Con la llegada del otoño, que en Nueva York es tan corto como voluptuoso, emprendí una temporada de molicie que aproveché para conocer a fondo la ciudad. Aunque algunos días dormía hasta las doce, la mayoría madrugaba, me iba a desayunar a alguno de los sitios donde sirven huevos y salchichas con tostadas y café sin límite y después elegía un museo, un cine, un parque o algún otro lugar en el que pudiera consumir un buen trozo de la mañana. Almorzaba temprano, en cualquier local de comida rápida o en alguno de los puestos callejeros que dan al aire neoyorquino una variedad de olores que no admite comparación. Luego solía meterme en una biblioteca a pasar la tarde. Me gustaba terminar antes de que anocheciera y que el crepúsculo me cogiera paseando de vuelta a casa. Por la noche cenaba con Raúl y con sus amigos y si no estaban demasiado cansados nos acercábamos a algún bar del centro a tomar una copa o a escuchar música de jazz.

Entre Broadway y Columbus tenía otro de mis destinos habituales, una sucursal de varios pisos de la librería Barnes & Noble. Allí me iba a leer los títulos que por alguna razón, ser demasiado recientes o estar demasiado solicitados, no me era posible procurarme en las bibliotecas públicas. La librería tenía además la ventaja de disponer de cafetería, adonde uno podía subirse los libros y revistas que quisiera. Allí releí en inglés Amerika, ese ensueño de emigración y peripecias fantásticas escrito por un checo que nunca cruzó el océano, y que tampoco necesitó hacerlo para captar lo que cuenta del viaje, que es el deseo y la disposición a ser conquistado. Mientras seguía el itinerario novelesco del fugitivo Karl Rossmann, a quien en parte me asemejaba, un itinerario que le llevaba desde Nueva York hasta el Gran Teatro Integral de Oklahoma, comprobé que la América imaginada en aquel libro no era menos real que la que a mí me había recibido. Al menos, las diferencias no afectaban a nada esencial. Al final es la mirada del viajero la que construye el mundo, y no sirve tanto conocer el mundo como conocer la mirada.

También aquel otoño disfruté de las únicas posibilidades apetecibles que ofrece Central Park, las mañanas laborables. Los fines de semana, como pude comprobar en seguida, aquél era el reino de los rollerbladers, seres absurdos cubiertos de ropas fluorescentes que volaban sobre sus patines a cincuenta por hora, amedrentando a los viandantes. Muchos de ellos no sabían frenar, y en cuanto tenían el menor contratiempo acababan estampándose contra una valla o un árbol. Según una estadística que leí en un periódico, la primera causa de ingresos hospitalarios los fines de semana eran los percances de patinadores (la segunda eran las perforaciones corporales infectadas; a la gente le daba vergüenza ir al médico hasta que la herida se llenaba de pus y no había más remedio). Sin embargo, durante la semana había en el parque la paz suficiente como para disfrutar de las buenas vistas que se ofrecen desde sus promontorios, y aun para recorrer sus senderos escuchando el ruido de los pájaros. Incluso podía llegar a olvidarse, contemplando a los perros que haraganeaban entre los árboles, que aquello es el corazón mismo de Nueva York. Los días, que resbalaban entre ésos y otros episodios no menos deleitosos, se sucedían sobre mí como una especie de cura de libertad solitaria. Caminaba por las calles sin prisa, rodeado de gente y a la vez en compañía de nadie más que yo. Entonces averigüé que Nueva York podía ser una ciudad plácida a la que no costaba en absoluto aficionarse, como tampoco costaba encontrar donde tomar un buen café o comer a gusto. En realidad, y por el momento, no había grandes razones para añorar Madrid. De España no me llegaba casi nada, aparte de las escasísimas y casi siempre más anecdóticas que relevantes noticias que se filtraban a algún recuadro pequeño del New York Times. Por supuesto era posible adquirir prensa española en un centenar de establecimientos, pero rehuí deliberadamente hacerlo. Leer la prensa norteamericana tenía un doble efecto provechoso: me ayudaba a conocer a aquella gente y ninguna de las cosas que leía tenía que ver con los monótonos asuntos que me habían hecho aborrecer los periódicos españoles. Eso no significaba que los periódicos estadounidenses no tuvieran sus propias monotonías, pero eran otras y no me concernían demasiado, lo que ayudaba mucho a soportarlas.

Hacia mediados de octubre, cuando ya había conseguido hacerme a los beneficios de aquella inacción atareada y de mi extrañamiento, como si ambos vinieran durando desde siempre, Raúl se dejó caer por mi apartamento con una invitación desusada:

– Ya sabes cuál es mi postura al respecto, pero se me ha ocurrido que a lo mejor te interesaba una reunión de la colonia española.

Ante mi asombro, Raúl me lo explicó. Su amigo Luis, el único o casi el único español con el que mantenía una relación estrecha, acababa de llegar de Madrid. Luis era escultor, y a juzgar por una pieza que le había regalado a Raúl, no del todo malo. Como todo artista, debía cultivar sus relaciones públicas, y una de las obligaciones que eso le imponía era la de asistir a muchas de las fiestas de españoles que se organizaban en Nueva York. A menudo llamaba a Raúl para que le acompañase, y aunque éste solía declinar la oferta, mi presencia le había inducido a no negarse categóricamente esta vez. En cuanto a Luis, Raúl, como tantas otras veces, me puso sobre aviso:

– Es un encantador de serpientes, aunque no lo parezca. Ya lo verás.

La fiesta, aquella fiesta, la daba quien hasta entonces había sido la corresponsal de una cadena de televisión, que se despedía de la ciudad. La enviaban a Caracas, lo que ella pregonaba como un reconocimiento a su capacidad para hacer periodismo de impacto y sus invitados interpretaban, con rara y descortés unanimidad, como una represalia en toda regla. Raúl y yo nos introdujimos en medio de aquel rebaño de la mano de su amigo Luis, quien estaba en condiciones de presentarnos a cualquiera de los asistentes. Luis era un muchacho (seguía teniendo cara de tal, aunque hacía mucho que había superado la treintena) de aspecto tierno y despistado, y quizá por eso no parecía caer mal a nadie. Gracias a él trabamos relación con la anfitriona, que era una histérica insufrible, y después con los demás. La razón por la que había consentido en ir a aquella fiesta no era ni podía ser otra que la curiosidad de ver qué pedazo de mi país vivía enredado en la maraña de Nueva York. Y la verdad era que no me hacía ilusiones al respecto. Más bien, siguiendo la doctrina de Raúl, trataba de instruirme acerca de los modales y el talante que debía evitar adquirir.

La mayoría de los miembros de la colonia eran aves de paso. Lo era la corresponsal, con tres años de estancia, pero otros lo eran todavía más: aventureros cronometrados que sólo venían para un año, con una beca para trabajar en un despacho de abogados o en la sucursal de un banco español. Se trataba de chicos y chicas de familia acomodada que pedían como regalo de fin de carrera a su padre, normalmente director de algo en el banco en cuestión, que la entidad les diera un puesto ficticio en su sucursal neoyorquina y les alquilara un apartamento, a ser posible en Park Avenue (en todo caso, nada por debajo de Greenwich Village). Después de algún tiempo sin oír algo similar, me hería los oídos la deformación grotesca del castellano que muchos de ellos utilizaban para comunicarse, como si tuvieran un bombón en la boca. Cuando empleaban alguna palabra inglesa, lo que solía ocurrir, la pronunciaban con amaneramiento, como si hubieran echado las muelas recitando a Shelley, que era la forma de demostrar que habían ido a colegios bilingües. Yo suponía que era un acto inconsciente, y los exculpaba, pero Raúl, mientras las miraba a ellas al escote (para que se sintieran durante un momento como animales, decía) juraba que lo hacían aposta.

También había un par de diplomáticos, estudiantes de arte dramático (entre ellos, una popular actriz de teleseries, que ostentaba una cómica mezcla de enfado y éxtasis cuando adivinaba que alguien la había reconocido), músicos, funcionarios de Naciones Unidas, un buen puñado de periodistas y tres o cuatro profesoras de literatura. Estas últimas habían sido enviadas por el Ministerio de Educación para difundir nuestra gloriosa lengua entre los salvajes que la amenazaban, ya fuera relegándola o empeñándose en hablarla en traducción servil del muy infeccioso idioma del imperio americano. A una de ellas Raúl la conocía de la universidad, y con ese pretexto nos unimos a su grupo. De todos los presentes, eran las que menos repelían. Cuando llegamos nosotros, la conversación transcurría acerca de la experiencia que una de las profesoras había tenido en Indiana, a cuya universidad de Bloomington había sido destinada durante un año, algún tiempo atrás, para poner en marcha el departamento de español. Sus juicios no eran benignos:

– Puedes llegar a acostumbrarte al clima, con dificultad, siempre que no tengas que andar mucho por la calle -aseguraba-. Mientras haya electricidad, no es mortal de necesidad que aquello sea como la tundra en invierno, porque pones la calefacción, o el infierno en verano, porque le das al aire y si cierras bien no entran los monstruosos insectos que vuelan en bandadas. Lo peor y lo que no tiene remedio es la gente. Se pasan el día estudiando o en el gimnasio, sin relacionarse con nadie. Por esos estados de Dios, y en parte me imagino que es por el asco de tiempo que hace, todos están solos. Un síntoma terrible es que les ponen a los niños televisión y teléfono en el cuarto, desde pequeñitos. Si además los enchufan a Internet, se olvidan de ellos para siempre.

– Hasta que cumplan dieciocho años y entren dando alaridos en el cuarto de los padres, con un machete en la mano y el cerebro enardecido por algún videojuego de laberintos -sugirió Raúl, abstraído.

– No me extrañaría -admitió la profesora-. El caso es que la gente viene a Nueva York y se cree que esto es Estados Unidos. Una mierda.

Una de las jóvenes becarias de lujo, que escuchaba el relato de la profesora, una mujer de mediana edad, con un indisimulado reparo por lo que contaba y por la dureza con que despachaba su veredicto, intervino temerosamente:

– Tampoco hay por qué desacreditarlo todo de esa forma. Lo que pasa es que es un país muy grande. Yo hice el COU en California, y allí todos eran muy cariñosos. Y si es por el tiempo, más fantástico imposible.

– Yo no desacredito nada, querida -apostilló la profesora-, aunque no haya vivido nunca en California. Sólo digo que a veces me moría de ganas de estar en la Plaza Mayor de Madrid tomándome una caña y picando unas aceitunas, y que aquí, por muy mol que sea el cotarro, también me pasa.

– Y ahora es cuando empezamos a hablar de la tortilla de patata y del lomo ibérico -se quejó Raúl-. Alto, imploro vuestra piedad. ¿Por qué no entonamos una canción que nos reconcilie con este país tan objetable y que sin embargo nos acoge?

La becaria cometió la imprudencia de seguirle:

– ¿Qué canción, por ejemplo?

– ¿Te sabes Strangers in the Night?

– Más o menos.

Pero antes de que la becaria pudiera hacer el esfuerzo de recordar la letra, Raúl atacaba con su voz más desgarrada:

– Strangers in the night, exchanging rubbers, this one is too light, let's try another, this one is too loose, it won't hold all the juuuuuuice…

– ¿Exchanging qué? -preguntó al vuelo la becaria, con un candor angélico, mientras las demás se desternillaban.

– Rubbers -repitió Raúl, con su habitual adustez.

– No entiendo -reconoció la becaria, agravando la carcajada general.

– Rubbers. En este contexto, cómo lo traduciría para ti, profilácticos. ¿Sabes lo que es un profiláctico? Eh, ¿alguien lleva un profiláctico? -gritó Raúl, saboreando su triunfo.

Este pequeño incidente sirvió para enemistarnos con una parte de la fiesta, lo que en parte se comprendía porque al vociferar, Raúl tomaba buen cuidado en afectar que estaba mucho más borracho de lo que verdaderamente estaba. Desde ese momento los becarios, los diplomáticos y la actriz nos evitaron. Quedaron un par de periodistas bastante ebrios sin afectación, los músicos y las profesoras. Entre éstas era difícil sembrar ningún espanto. Todas ellas eran veteranas de institutos públicos de enseñanza media, que era como decir de Iwo Jima. Acaso por una involuntaria añoranza de aquel pasado entre adolescentes, se las veía muy atraídas hacia Luis. Raúl me susurró al oído:

– Es el mechoncito caído sobre la frente. Este Luis es un virtuoso. Vamos a echarle una mano -y elevando la voz, reclamó-: Eh, Luis, cuéntanos cómo son las top models en pelotas.

La petición de Raúl obró el efecto de captar la atención de todos los que estaban por allí. Una de las profesoras inquirió, insinuante:

– ¿Y de qué sabes tú eso?

Luis se encogió de hombros.

– Trabajo de vez en cuando en los pases, llevando la ropa de aquí allá y moviendo trastos.

– Gracias a su compañero de apartamento, que se dedica a la moda. Pero Luis no es homosexual -aclaró Raúl, por si importaba-, simplemente no puede pagar el alquiler él solo.

– ¿Y cómo son? -se interesó uno de los periodistas.

– Bien, resulta un problema, aunque no lo creáis -dijo Luis-. Yo, personalmente, lo paso de lástima. Para ellas tú no existes, y tú, en cambio, no puedes dejar de mirarlas. Casi siempre me tiro empalmado una semana larga después del desfile.

El detalle procaz terminó de prender a las profesoras. Raúl quiso cerciorarse de que remataba la faena:

– Conoce a algunas muy famosas. Luis ha ayudado a cambiarse a alguna de las mejores. Imaginadlo poniéndoles las sedas encima de la piel, con dedos torpes, mientras ellas contemplan el vacío. ¿Cómo se llama esa medio oriental tan alta de la última vez?

– No me acuerdo.

– La conocéis seguro -aseveró Raúl-. A ver, ¿dónde están los catálogos de Victoria's Secret? -exigió, levantándose a buscarlos.

– ¿De qué manejas tú con tanta desenvoltura los catálogos de Victoria's Secret? -saltó una profesora.

– Por Dios -protestó Raúl, desde la otra punta de la habitación-, el setenta y cinco por ciento de los lectores, por llamarlos de alguna manera, de los catálogos de Victoria's Secret son varones. Yo los recibo todos los meses, a nombre del antiguo inquilino, desde luego.

Al final, molestando a la anfitriona, se salió con la suya y vino con una pila de catálogos de venta por correo de ropa interior femenina. En ellos había multitud de modelos famosas, luciendo piezas de provocativa lencería. Cuando Raúl localizó a la medio oriental, que era en efecto muy conocida y de excepcional estatura, la exhibió a todos:

– Ésta. Nada menos.

Aquella noche Luis sedujo irreparablemente a las profesoras. Gracias a aquel juego, pudimos resistir la fiesta. A nuestro alrededor se reproducía, en pequeño y por tanto con una concentración superior y más gravosa de lo corriente, el ambiente del que tanto Raúl como yo habíamos escapado al marcharnos de Madrid. Unos y otros se exhibían sus respectivas profesiones, sus respectivas posesiones, sus respectivas persuasiones, y nadie estaba defraudado ni sentía que nada le faltara ni escuchaba a nadie. Aquella gente había viajado siete mil kilómetros y se había metido en mitad de Manhattan sin otra intención que continuar tan complacidos de sí mismos, o quizá complacerse un poco más aún. Nadie tenía miedo ni dudaba de lo que hacía o de lo que era, y mucho menos de lo que hubiera podido ser o hacer. Nadie inventaba nada, ni sospechaba que inventar fuera necesario.

Por las venas de aquellas personas, presuntamente, corría la sangre de los hombres desharrapados y obsesivos que habían surcado todos los océanos, que habían violado todas las selvas con sus hierros y sus armaduras y se habían ayuntado con todas las indias en el sopor de febriles noches sin luna; la sangre de hombres que habían ensanchado a fuerza de coraje y también de codicia el mundo. Aquellos supuestos descendientes, por el contrario, se limitaban a obedecer y a consolarse con sus ruines premios a la obediencia, incapaces de ver, en Nueva York como en Pekín, otra cosa que el reflejo de sus espejos cóncavos que achataban todo lo que se les ponía delante.

Cuando la velada tocaba a su fin empezaron a sonar sevillanas y canciones flamencas con acompañamiento de batería, y aquello fue el delirio. Mientras los veíamos bailar, Raúl, que ahora sí estaba borracho, brindó tristemente:

– Viva la madre que nos parió, a todos.

7.

Ciudad vacía

Una fría mañana de comienzos de noviembre, después de un desayuno copioso, resolví hacer un viaje sentimental. Bajé del metro en la estación de Canal Street y fui bordeando Chinatown y Little Italy hacia el Lower East. Alguna otra vez había atravesado por allí, pero sólo entonces me percaté de que el aire de la antigua zona de los italianos apenas perduraba en un par de calles. En ellas las trattorie se alineaban casi sin interrupción, con una significativa ansia por hacer patente su adscripción nacional mediante el despliegue de un gran aparato de banderas tricolores. El barrio chino, en cambio, se extendía silenciosamente. Con sus tiendas de comestibles y otros negocios insondables invadía antiguos dominios italianos. Caminé sin prisa por las calles desiertas, entre los almacenes sólo identificados por abstrusos caracteres orientales. De unos salían y en otros entraban camiones desvencijados, llevando y trayendo sus misteriosas mercancías. Sorteando la basura y los escombros, tuve una singular sensación de estar en ninguna parte, acaso en un escenario hecho de despojos de novelas y películas cuyo argumento nadie podría reconstruir.

Justamente era una película lo que me llevaba allí aquella mañana. En el Lower East estaba o había estado el barrio donde se habían instalado los judíos, en su mayoría centroeuropeos, que presagiando con privilegiada lucidez un siglo adverso habían emigrado a los Estados Unidos para esquivarlo. Allí sucedía la niñez de Noodles, el gángster con escrúpulos de Érase una vez en América, y allí regresaba él, treinta años después de perder a todos sus amigos, para cerrar una cuenta de traición y deshonor. Aunque sólo hubieran sido espectros en una pantalla de luces y sombras en movimiento, las calles y los edificios que trataba de recuperar aquella mañana componían un paisaje tan propio como el de los lugares que más había frecuentado en Madrid.

Como suele suceder, me fue difícil hallar entre los restos reales del viejo Lower East el embeleso del decorado cinematográfico. Podía reconocer similitudes en algunas casas: las escaleras que bajaban hasta la acera, los ladrillos negruzcos o los antiquísimos letreros en escritura hebraica que perduraban sobre un par de fachadas. Aún estaban allí las calles, las anchas y las estrechas, que a trozos evocaban aquellas otras más uniformes y bulliciosas de la judería de ficción que atesoraba mi memoria. Algunos comercios, incluso, se llamaban Stein. También vi algunas azoteas que habrían podido pasar por aquéllas en las que Noodles y sus amigos descubrían el sabor del pecado, con una muchacha casquivana cuyos servicios, merced al chantaje, sufragaba de mala gana un policía corrupto.

Pero sobre todos estos vestigios, más desenterrados que evidentes, prevalecía el desolado espectáculo de Delancey Street. Avancé por ella hacia el puente de Williamsburg, cubierto de oleadas de coches que venían hacia el centro. Era una calle inmensa, dejada de la mano de Dios, por la que vagaban los heroinómanos y se apresuraban los escolares tironeados por sus madres. Algunas de éstas, y sus respectivas criaturas, tenían facciones indias y hablaban español. En las intersecciones, jóvenes policías de uniforme azul e insignias de plata bruñida vigilaban con un ojo el tráfico y con otro a quienes pasaban por las aceras. Un hombre de unos cuarenta años, de híspida barba entrecana, se interpuso en mi camino:

– Hey, brotha, gimme a c'ple o' bucks.

Los neoyorquinos suelen apartarse lo más rápido posible de quienes les abordan en la calle. Las más de las veces son tipos acabados que no pueden dañar a nadie, pero nunca se puede estar seguro de que no lleven bajo el abrigo un puñal o un revólver, ni de cuáles son los estímulos que podrían moverlos a usarlos. De este modo se cumple para el menesteroso la mínima reparación de ser respetado, ya que no termina de cundir el mandato bíblico de amarle y socorrerle (aunque ciertamente no sea por falta de bondad sino de tiempo). Busqué rápidamente en el bolsillo de la cazadora y como no di con ningún billete preferí sortear sin más el obstáculo. La mala conciencia no me hacía perder el juicio hasta el extremo de pararme allí y sacar la cartera.

Otro día, por la tarde, cogí el metro hasta Bowling Green. Me trasladé allí para poner en práctica una sugerencia de Raúl. Desde la boca de metro me acerqué paseando hasta el ameno parquecillo en el que se alza el ahora irrisorio Clinton Castle, cuyos cañones antaño defendieran la isla, y desde ahí fui hasta la terminal del transbordador de Staten Island. En la travesía de ida el barco estaba lleno, pero en la de vuelta, que era la que me interesaba, no me costó hacerme con un buen puesto en la proa. Raúl me había recomendado tomar aquel transbordador porque en él, cuando navegaba desde Staten Island hacia Manhattan, era posible hacerse la ilusión de que se llegaba a Nueva York como habían llegado los antiguos inmigrantes, por mar. Los pasajeros del transbordador no tenían, desde luego, nada que ver con quienes abarrotaban las cubiertas de tercera de aquellos míticos buques transoceánicos. A la ida era gente que venía de trabajar y a la vuelta eran principalmente turistas, para quienes un mustio violinista interpretaba la melodía de Lope story y otras aún peores. Por eso había que irse a la proa, donde uno podía aferrarse a la barandilla y olvidarse hasta de los reporteros improvisados que a un par de metros disparaban sus cámaras fotográficas.

Como postal, desde luego, no tenía precio. Desde Staten Island, los edificios de Manhattan parecen emerger directamente del mar, y esa impresión se mantiene durante bastante rato a lo largo de la travesía. En aquel atardecer de noviembre el viento azotaba con furia nuestras caras mientras el barco progresaba lentamente hacia la ciudad de cristal y acero que se anaranjeaba a lo lejos. Abajo la quilla rompía el agua en un surco de espuma y sobre nuestras cabezas planeaban las gaviotas. A medida que nos aproximábamos a la estatua de la Libertad traté de imaginar lo que pasaría por el pensamiento de aquellos hombres y aquellas mujeres de Italia, de Irlanda, de Alemania, de Suecia, al divisar el símbolo del nuevo mundo donde les aguardaba la fortuna o el oprobio y a menudo las dos cosas. A su vista no se ofrecía la altura de las Twin Towers, omnipresentes ahora sobre Lower Manhattan, pero Brooklyn, donde muchos iban a vivir, no debía verse muy diferente de lo que es hoy.

La estatua, que en tanto se navegaba hacia ella (con rumbo nordeste) era de un verde pálido y tenía una promesa en el rostro, se volvió en cuanto la rebasamos oscura y ajena, sobre el espejo de agua que refulgía a sus pies. Más allá de aquella silueta, para los emigrados de otrora, quedaba el hogar al que muchos nunca habían de retornar. Mirar hacia el mar desde detrás de aquella figura recortada en negro sobre el crepúsculo era como mirar hacia la patria, sintiéndose a la vez protegido e irreversiblemente privado de ella.

Aquella noche o un par de noches después le conté a Raúl que la imagen de la estatua de espaldas se me había antojado una especie de guardián, que dejaba entrar al extranjero pero requisaba su alma. El emblema, si se meditaba, tenía una repetida realización práctica: muchos seguían renegando con gozo de su nacionalidad cuando les ofrecían el codiciado pasaporte azul. Mi amigo asintió y juzgó, sin escandalizarse:

– ¿Por qué no? Puede que ésa sea la libertad que anuncian con su estatua, y también puede que baste y sobre así.

– Resulta un poco intranquilizador -opiné.

Raúl dejó escapar una de sus contadas sonrisas.

– Argumento a favor. Sólo los animales domésticos están tranquilos -dijo-. Los animales libres viven todo el tiempo solos y aterrorizados.

A medida que se iba echando encima el invierno, empecé a tener algunas dificultades para no aburrirme. Las excursiones se me agotaban, las películas y los espectáculos se repetían y en las bibliotecas me quedaba más tiempo oteando las manchas del techo del que dedicaba a pasar páginas en los libros. Llegué a comprarme un ordenador portátil, con el que me conectaba a la red en busca de pasatiempos, no importaba cuáles. Incluso me hice socio de un gimnasio. Mi actividad allí era muy modesta, pero al cabo de una hora y media de pesas y castigos siempre salía arrastrándome y al borde del colapso. Mientras remaba en alguno de aquellos bancos de tortura, procurando acompasar todos los músculos al rugido de la cadena que hacía girar un plato lastrado, contemplaba atónito a las graciosas sílfides, casi siempre rubias y no todas jóvenes, que se disciplinaban en las máquinas contiguas. Nunca atisbé una sombra de protesta en sus caras inexpresivas, aunque por los vientres fibrosos les chorrease en abundancia el sudor.

Pero las mujeres del gimnasio no eran nada al lado de las que me fue dado admirar una tarde de comienzos de diciembre, gracias a la oportunidad que se me proporcionó por mediación de Luis. Se organizaba un desfile de moda de verano, como correspondía a aquellas fechas, y el escultor llegó una noche con la noticia de que podía conseguir un puesto de mozo para otro. Ninguno necesitaba mayor incitación, pero se apresuró a añadir:

– Los desfiles de moda de verano son los mejores. Hay pases de bañadores y por tanto desnudos integrales en los cambios.

Inmediatamente se organizó un desesperado sorteo por el método de la pajita más corta, que resultó ser la mía.

La trastienda del desfile era un caos absoluto. Por ella se movía Luis con cierto desparpajo, pero yo era presa de la turbación más deplorable. Me mandaban de una parte a otra con encargos que luego resultaban inútiles, o tal vez era que yo no entendía bien, porque todos hablaban deprisa y con acentos que me costaba descifrar a la velocidad adecuada. Cuando llegaba a dejar algo donde no se había pedido, el responsable, alguna ejecutiva pálida y desnutrida o alternativamente un sujeto con aspecto de ángel del infierno, me insultaba y me apremiaba con frases sencillas que no podía malinterpretar:

– Take this fucking shit away!

En cierto modo, era edificante verse reducido a aquella mínima entidad de porteador eventual, a quien todos podían humillar resueltamente. En aquel sitio, yo era lo último entre lo último, muchos pisos por debajo de quienes me daban órdenes o me injuriaban y a varias galaxias de distancia de ellas, las que prestaban sus cuerpos suaves e interminables para que aquellos trapos pudieran salir del insulso estado que padecían en las perchas y se elevaran como nubes hasta el cielo de la perfección.

Ni siquiera poseía el status de Luis, a quien como temporero recurrente se le permitía acercarse a las diosas, aunque sólo fuera para recoger las ropas ya exhibidas antes de que las dejaran caer al suelo. Así y todo, desde mi posición podía ponderar la belleza alucinante que se ofrecía por doquier, con un descuido y una integridad tan pasmosos como indescriptibles. Me conmovió que fuera, contra pronóstico, un placer manchado de ambigüedad y casi de amargura. Aquellas muchachas de hermosura implacable no existían individualmente, sólo eran una congelación fugaz de la juventud eterna. La ensoñación, que era lo que rendía a todos, trascendía e incluso desdeñaba a las personas que habían sido designadas para encarnarla. Nadie amaba nada sino la ensoñación. Las personas, las mujeres que había debajo, iban a envejecer y a corromperse y para ese día amontonaban con mezquindad, como cualquiera, el dinero que les pagaban por mostrarse.

En algún instante me sentí perdido, en medio del rebaño de ninfas absortas y de la jauría que las rodeaba y conducía. Estaba muy lejos de cualquier lugar y cualquier momento en que hubiera podido creer que sabía adonde iba y por qué. Y de pronto, me di cuenta. En aquel sótano de la Quinta Avenida, desnudo ante mis ojos el milagro del que se alimentaban los sueños de tantos, tuve una visión del vacío que se había apoderado de la ciudad y del universo. Semejante vacío no podía, en rigor, ser otro que el de mi espíritu. Entonces temí por primera vez que acaso fuera esa nada, como un veneno o una purga, lo que andaba persiguiendo.

III. LA PISTA DALMAU

1.

Navidad sobre el Hudson

Aquella nochebuena la pasamos solos Raúl, Gus y yo. Luis se había apuntado a una de sus más o menos preceptivas veladas con compatriotas y Michael, el nigeriano, se negaba a mezclarse con nadie en aquellas fechas, nunca supe si por fidelidad a alguna creencia religiosa o sólo por llevar la contraria a todos. Cuando nos reunimos, en el apartamento de Gus, constatamos inmediatamente que ninguno de los tres tenía una estrategia para impedir que aquella noche nos acometiera el escozor de estar lejos de casa, que es una de las amenazas más proverbiales de la Navidad.

– ¿Qué tal si vamos a comer sushi al japonés de la Avenida A? -sugirió Gus.

– ¿Pescado crudo en nochebuena?

– ¿Tienes una idea mejor? Además, piensa que para los japoneses esta noche no significa nada. Con un poco de suerte no habrá dibujos de Santa Claus en las paredes.

Raúl se encogió de hombros. La Avenida A estaba en lo que llamaban Alphabet City. En otro tiempo había un dicho sobre lo que significaban los nombres, A, B, C y D, de aquellas avenidas: Aware, Beware, Careful, Dead. La Avenida A era sólo el principio, y aunque su aspecto no era demasiado halagüeño, tampoco resultaba excesivamente peligrosa. Con mi apoyo y la abstención de Raúl, la moción de Gus fue aceptada.

Bajamos en el metro hasta Times Square. Era temprano y a Gus le apetecía dar una vuelta por el centro antes de cenar. Raúl se dejaba arrastrar de mala gana por las calles llenas de gente, en gran proporción turistas y de éstos una parte considerable españoles. Rebasamos el Radio City Music Hall y llegamos hasta la pista de patinaje, al pie de la larguísima torre del Rockefeller Center. Varias decenas de niños daban vueltas sobre el hielo. Ante la pista, una placa recuerda el ideario del egregio John D. Rockefeller acerca del genio y el esfuerzo, con un texto que atestigua que él estaba seguro de reunir ambos. Al pasar Raúl la señaló y dijo:

– Debería haber un mandamiento que rezara: no estarás así de convencido de cosa alguna. Siempre que leo esa placa me dan ganas de vomitarle encima.

Un poco más tarde, Raúl y yo entramos en un locutorio telefónico. Eran las doce en España, hora adecuada para llamar a la familia. Mi madre me sonó compungida y mi padre dubitativo y abrumado. Mi hermana, que estaba con ellos, se autorizó una rápida incisión, como en ella era ya costumbre:

– ¿Qué haces allí que no puedas hacer aquí?

– No estoy seguro de poder persuadirte -repuse, cauto.

– Prueba.

– Lo que hago es vivir sin algunas verdades aparentes, que aquí no resisten.

– Dios mío. Prométeme sólo que no vas a hacerte lama o algo así.

– Descuida.

El restaurante japonés no estaba decorado con motivos navideños. En realidad, no estaba apenas decorado con motivo alguno. Tenía unos mostradores donde se veía el pescado y parecía más bien una tienda. Pedimos sopa miso y sushi. Raúl mojaba profusamente el rollito de pescado con arroz en la mostaza verde y le añadía jengibre. Ambos aditamentos tenían, para mi gusto, un sabor infernal.

– El jengibre sabe como huele el desinfectante de los cines viejos -observé.

– Eso es que lo has tomado poco -explicó Raúl, chupando los palillos.

Después de la cena, para bajarla, paseamos un poco por la Avenida A. Era nochebuena y quienes había en la calle a aquella hora sólo podían ser los que no tenían una familia con la que celebrarla, como nosotros, o los que se habían retrasado por alguna razón en unirse a ella. Se los distinguía, a estos últimos, porque iban corriendo y abrazaban paquetes contra su costado. Los otros no tenían prisa. Me fijé en tres hispanos que estaban ateridos delante de una licorería. Ya fuera por el frío o porque no tenían de qué, ninguno hablaba. Del establecimiento salió un cuarto con una bolsa marrón y se alejaron todos cansinamente avenida abajo, rumbo a una fiesta navideña, pensé, muy distinta de las que celebraban en sus países tropicales o del hemisferio sur. Al reparar en la licorería, Gus propuso comprar bourbon. Ni a Raúl ni a mí nos gustaba, pero no nos opusimos.

En el metro de vuelta iba a mi lado un hombre de unos cincuenta años, enjuto de carnes y con la barba gris punteándole el mentón. Llevaba un tatuaje en la muñeca, ropa azul de trabajo y sobre el pecho, en el lado izquierdo, el nombre de un garaje o un taller. El pelo que le quedaba, entre rubio sucio y canoso, lo tenía revuelto sobre la frente. Dormitaba y de cuando en cuando entreabría unos ojos azules y opacos. Con ellos miraba, se me antojó que con odio, a la muchedumbre de color que formaba el grueso de la población del vagón de metro. Aquel hombre que llegaba tarde a la cena de nochebuena vería en la televisión las casas de Miami o de Beverly Hills, y en ellas a muchos blancos que nunca cogían el metro. A él, en cambio, le había tocado ser algo muy próximo a la white trash, o basura blanca, término despectivo que toca a los blancos menos favorecidos y que resulta mucho más insultante que el peor que pueda imponerse a un negro o un chicano, porque a éstos se les supone la miseria. Junto a otras prendas que me apegaban a ella, Nueva York tenía aquellos rasgos de maldad formidable, que acaso contribuían, sin embargo, a ahondar tortuosamente la seducción. Bajo el velo artificial de la corrección política, con sus rebuscadas designaciones para cada grupo, afroamericanos, amerasiáticos, caucásicos, estaba la dureza sin remilgos de una segregación que sólo podía vencerse con un arma: el dinero. Aquel hombre de ojos azules carecía de aquella arma y por ello, aun siendo también blanco y anglosajón, no participaba del espíritu navideño con la misma unción que el presidente, por ejemplo, cuando cantaba con su familia frente al árbol y las cámaras, embebidos todos de amor al prójimo.

En el apartamento de Raúl, mientras vaciábamos con un poco de asco, salvo Gus, la botella de bourbon, estuvimos viendo un documental sobre un asesino múltiple que el anfitrión rescató de su videoteca. Ya lo habíamos visto otras veces. Mientras hablábamos del hombre del metro, en quien todos nos habíamos fijado, a Raúl se le ocurrió que era especialmente instructivo para aquella noche. Gus y yo nos mostramos de acuerdo.

El documental había sido rodado en la cárcel donde el protagonista cumplía cadena perpetua; acaso contra su deseo, había sido juzgado y condenado en un estado sin pena de muerte. El asesino, un hombre grande e insípido, comenzaba refiriendo cómo había descubierto el placer de la violencia, siendo muchacho, el día que había agarrado un bate de béisbol y se había desquitado de tres vecinos que le pegaban con regularidad ante las burlas y la pasividad de su padre alcohólico. Después había tratado de trabajar, pero sin mucha convicción. Nunca había querido ser, decía, uno de esos mierdas que andan todo el día bregando como borricos bajo la tiranía del jefe, y que luego no tienen con qué pagar el alquiler o dar de comer a su familia y se mueren podridos y reventados. De este modo se había hecho asesino profesional y había matado por dinero, a veces poco, a decenas de personas. Sus métodos eran los más simples, los que más ventaja le daban sobre la víctima. Había envenenado mucho, porque era lo más cómodo. Trababa conversación en la barra con el objetivo y en cuanto éste se distraía le ponía cianuro potásico en el café o en la hamburguesa. También había apuñalado, estrangulado y disparado en la frente, siempre a bocajarro porque reconocía no tener muy buena puntería.

– Matar es muy sencillo -decía- salvo que se quiera complicarlo. Tampoco entiendo por qué esa obsesión con el cadáver. A veces uno no quiere que lo encuentren, y entonces se destruye. Hay mil formas de hacerlo sin que deje rastro. Otras veces no importa que lo encuentren, y entonces se deja tirado por ahí, en cualquier sitio.

El Carnicero, como se le apodaba, había dejado a los muertos sentados en los sofás de sus casas o en los bancos de los parques, narraba el locutor. Hacia el final del programa venía lo más emotivo. Le hablaban al criminal de su mujer y su hija, que le habían repudiado y otorgaban entrevistas sobre su vida con el monstruo, cuya macabra actividad juraban no haber sospechado nunca. Antes de eso el hombre proclamaba no estar arrepentido ni creer que hubiera hecho nada malo, porque si no hubiera matado él lo habrían hecho otros y porque nunca había asesinado a título personal, sólo por dinero. Pero cuando le preguntaron por su mujer y su hija lo reconsideró. Había algo que sí lamentaba: que nunca más fuera a poder abrazar a su hija, por quien lo había hecho todo. Y entonces el asesino lloraba.

– Qué espectáculo patético -comentaba él mismo-, el Carnicero llorando.

El final del documental nos sumió a los tres en una melancolía agravada por el bourbon. Me levanté y fui a asomarme a la ventana. Al otro lado del Hudson, como siempre, se veía la monótona línea de edificios de Nueva Jersey, pero ya fuera por el alcohol o por una súbita necesidad de sentir algo semejante, se me hizo hermosa aquella imagen separada por el río. Después de un instante de silencio Raúl tomó la palabra:

– Me acuerdo de una noticia que venía en el periódico, hace un año o menos. Un tipo de Detroit que se había acostado con no sé cuántas niñas y que pedía que le castrasen. No os vayáis a creer que se sentía culpable. En definitiva, sostenía, a las niñas les gustaba, y a veces hasta se lo habían pedido, pero era consciente de que en nuestra sociedad había algunos tabúes y de que a causa de ellos su conducta resultaba un poco marginal. El caso es que se organizó una polémica del demonio, no por el dilema moral de cortarle las pelotas o dejárselas, sino porque el tipo no tenía dinero y quería que se lo hicieran en la seguridad social, que no cubre esa operación. La mayoría de la opinión pública lo rechazaba sin más, pero apareció gente dispuesta a donar el dinero. Supongo que al final lo harían.

– Jingle balls, jingle balls, jingle and go away -sentenció Gus, imitando la melodía del villancico, al tiempo que hacía sonar los cubitos de hielo en su vaso. Acto seguido, ahogando la risa, anunció-: Tengo algo que deciros. Me voy de Manhattan. He alquilado un piso casi de verdad, en Brooklyn.

– ¿En Brooklyn, nada menos? -se espantó Raúl.

Yo no dije nada. La declaración de Gus, caída de pronto en mitad de aquella desmayada celebración navideña, fue como una iluminación. Desde hacía varios días andaba buscando un remedio, algo que me desviara de la senda cegada en que me había metido sin darme cuenta. Con el torpor a que me abocaba la embriaguez, y al mismo tiempo con una certidumbre que acaso no habría sido posible estando sobrio, se fraguó en mi ánimo una resolución irrevocable: también yo debía irme de Manhattan.

2.

Brooklyn

Fuimos a ayudar a Gus con su mudanza, y así conocí Brooklyn Heights. El canadiense había conseguido un apartamento en Pierrepont Street, un tercer piso con dos habitaciones, cocina casi normal y cuarto de baño susceptible de acoger a más de una persona a la vez. El barrio, de edificaciones de tres o cuatro alturas como máximo, alineadas a lo largo de calles no muy anchas y llenas de árboles, es verdaderamente tranquilo y guarda el ambiente de la zona pudiente de Brooklyn que fue a principios de siglo. Ahora vuelve a serlo, en parte, por los yuppies que se trasladan desde la isla. Entre Clark Street y Atlantic Avenue se levanta una pequeña ciudad donde hay iglesias, colegios, lavanderías, tiendas de comestibles. En el centro, en Montague Street, está la calle comercial, por donde se ve pasar a las familias y a los ancianos como en la calle mayor de cualquier pueblo. Y al frente, dando al East River, se halla el paseo de Brooklyn Heights Promenade, sobre los muelles, desde el que se tiene una de las más gloriosas perspectivas de Manhattan. Una placa recuerda que aquella zona lo fue de fortificaciones a fines del siglo dieciocho, y que el mismísimo George Washington tuvo allí su cuartel general durante la batalla de Long Island. Por Gus me enteré de que los alquileres, aunque superiores a los que pagábamos en nuestras ínfimas madrigueras de la parte más innoble del Upper West, no resultaban prohibitivos. A través de una agencia inmobiliaria del barrio fui a ver varias ofertas. Finalmente me quedé con un apartamento en Hicks Street, un segundo piso con dos ventanas al frente. Cuando le dije a Raúl que yo también me mudaba, mi amigo opinó, con desinterés:

– Lo tuyo al menos lo entiendo. Tú no tienes que viajar una hora todos los días. Pero yo no pienso moverme. Ya me he hecho al poco sitio y no me gusta nada madrugar.

Mi mudanza a Brooklyn tuvo el efecto de abrir una segunda época de descubrimientos. Durante los meses anteriores casi no había salido de Manhattan, y aunque ésta fuera una isla muy particular no dejaba de producir esa sensación de insularidad que a veces lo era también de un cierto ahogo. Me gustaba de Brooklyn Heights el día a día sosegado, semejante al de ciertos barrios céntricos de Madrid en los que no hay oficinas ni zonas comerciales masivas. Cuando despertaba, al entrar el sol en mi habitación, me quedaba un rato ante la ventana, viendo pasar los camiones de reparto o espiando la actividad en la casa de enfrente. A través de sus ventanas seguía el inicio de la jornada de un par de jubilados o el de una muchacha de melena muy rubia que siempre llevaba camisetas y ropa interior negras. Entre las ramas peladas de los árboles, durante el invierno, la veía moverse de un lado a otro de su habitación, con sus largas piernas blancas que destacaban contra el luto de su ropa, y mientras hacía la cama o se preparaba un café me embargaba la paz ensimismada de aquella intimidad sorprendida.

Después iba a tomar un café con vainilla y un bagel con jamón a un modesto local de Atlantic Avenue, donde podían leerse gratis los periódicos del barrio. Iba allí porque el café era bueno y estaba muy caliente y porque uno podía quedarse durante una hora, si quería, sin que nadie le molestara, leyendo las noticias siempre estrictamente locales de aquellos periódicos: Un taxista cae desde el puente de Brooklyn y sobrevive. Otros días, cuando deseaba algo más nutritivo, me iba al Teresa´s, un local polaco en Montague Street. Allí podía pedir pantagruélicos desayunos y devorarlos rodeado de los jubilados del barrio, que también tenían buen apetito. Entre los muchos ancianos del Teresa´s, me fue inevitable tener contacto con algunos. Cuando estaban solos y se aburrían se dirigían a quien tuvieran más cerca, y alguna vez ése resulté ser yo. Aquella sociedad de retirados, por lo demás, era de una resignación admirable. Casi todos vivían solos, porque no habían tenido hijos o porque los que habían tenido los habían perdido o les habían abandonado. Disponían de ingresos para su sustento, aunque sin excesos, y en su vida no había otro aliciente que el Teresa´s y la televisión, si es que ésta podía llegar a esa categoría. Cada poco desaparecía uno de ellos, y cada uno de los que quedaban le veía irse sabiendo que podía ser el siguiente. Pero no había desesperación y se guardaba el recuerdo de los caídos. En una pared colgaba un poema al puente de Brooklyn escrito por uno de los que ya no estaban. Debajo se leía una petición al difunto: Norman, tú llegaste allí primero. Guarda una mesa para nosotros. Todo nuestro amor. El club del desayunos del Teresa's.

Aunque no todas las partes de Brooklyn pueden recorrerse sin miedo, y algunas, como las que había atravesado a mi llegada con el taxi, no invitan a ser recorridas, al cabo del tiempo fui delimitando una amplia extensión por la que desarrollaba mis excursiones. Todo era más humilde que Manhattan, pero también más próximo, y no dejaba de haber oportunidades. Podía ir al cine de Court Street, un cine de barrio barato en el que la programación era bastante digna. Para comer y cenar había decenas de opciones, sin alejarse demasiado de mi propia calle. Para pasear tenía los alrededores del Borough Hall, el Prospect Park o el cementerio Greenwood. Y si quería refugiarme, disponía de la monumental biblioteca pública o del Brooklyn Museum.

La ventaja de vivir allí era que estando fuera a la vez estaba cerca de Manhattan, a donde seguía yendo a menudo. No era fácil conseguir que Raúl se aviniera a salir de su isla; parecía que el río le protegiera del mundo exterior. Una de las cosas que más me complacían, cuando salía por la noche con Raúl y los demás, era hacer el camino de regreso. Gus y yo siempre le pedíamos al taxista que nos llevara por Broadway y que se desviara hacia el puente un poco antes del Ayuntamiento. No había nada como bajar por aquella avenida llena de luces, bajo la fría noche neoyorquina.

Al llegar a Brooklyn, después de cruzar el puente, la ciudad se volvía más tenebrosa, pero no intimidaba. Una noche que volvía solo, el taxista que me llevaba, un árabe llamado Said, según rezaba su licencia, me preguntó si vivía allí. Cuando le dije que sí, juzgó:

– Hace bien. Esta es zona de judíos. Me gusta tener judíos alrededor. Sus barrios siempre son agradables y pacíficos.

En marzo y abril, cuando llovía, me iba a menudo a Brooklyn Heights Promenade a mirar el perfil de Manhattan, desvaído entre la bruma. Los helicópteros aterrizaban y despegaban del helipuerto que hay cerca de Wall Street y del río subía un acre olor a pescado, insinuando la cercanía del mar. Otros días, sin lluvia, me acercaba a sentarme ante la puesta del sol, entre todos los que iban con sus cámaras a fotografiarla desde allí. Pero quizá nada fuera comparable a caminar por Brooklyn Heights Promenade de noche, cuando los edificios rompen la negrura con sus siluetas salpicadas de luces. Debajo del paseo discurre la autopista Brooklyn-Queens, y su ruido sirve a todas horas de fondo sonoro a la estampa. Mientras contemplaba Manhattan, escuchando los motores de los coches y los camiones que rugían sin cesar debajo de mí, presentía que no había ido allí sólo para abandonarme a un misticismo errabundo; que estaba por suceder algo que le daría otro significado a mi viaje. Y justo entonces, apareció Dalmau.

3.

Noticia de Dalmau

Encontré el libro de Dalmau en la biblioteca pública de Brooklyn, por pura casualidad. Andaba recorriendo las fichas en busca de otra cosa cuando me tropecé con una que comenzaba: DALMAU, Manuel. Creo que habría dejado pasar la obra a la que se refería aquella ficha, atribuyéndola sin más a cualquier escritor hispanoamericano desconocido para mí, de no haber sido por el título: Lejanos. Así, en español. Sin embargo la ficha informaba que el texto estaba en inglés y no ofrecía reseña de ninguna traducción.

Cuando tuve el ejemplar en mis manos, vi que el texto inglés y el título castellano eran, paradójicamente ambos, los originales. Se trataba de la reedición reciente, datada apenas un par de años antes, de un libro que había sido publicado por primera vez en 1936 en Nueva York. Quien había decidido reeditar aquello no era una editorial de segunda fila, sino una de las más prestigiosas, dentro de una colección que trataba de recuperar títulos antiguos y raros de autores no estadounidenses. La novela, que tal era, venía acompañada de un postfacio bastante elogioso a cargo de una anciana profesora de Princeton que confesaba haberse sentido impresionada por el libro en su juventud, aunque apenas ofrecía información sobre el escritor. Todo lo que se decía de los orígenes de éste en una breve página titulada About the Author era que había nacido en Madrid en 1901, que había venido de España a principios de los años 20 y que había publicado en Estados Unidos y en inglés su corta obra (aquella novela y algunos relatos sueltos) ante la convicción de que en su país no iba a ser entendida. Aparte de esto la nota biográfica sólo suministraba otros dos datos: que había trabajado de traductor para un banco y que en la actualidad, es decir, dos años atrás, vivía jubilado en Nueva York.

Leí el libro con avidez. Era una historia acusadamente surrealista, muy del gusto del tiempo en que había sido escrita. A pesar de su título y de la biografía del autor, y contra lo que yo había intuido, no versaba sobre nadie que estuviera lejos de su tierra, al menos en el sentido físico de la palabra. En realidad, era más bien al revés. La acción del primer capítulo transcurría en Toledo, de cuyas calles, plazas y puentes, en atrevido desafío a la presumible ignorancia y aun indiferencia del lector americano, se consignaban algunos nombres propios. Cuando, a partir del segundo capítulo, la acción se trasladaba a Madrid, este afán se desbordaba. Como si el autor actuara guiado por una obsesión de exactitud, las páginas de la novela recorrían itinerarios urbanos madrileños cuidadosamente identificados. En medio de la irónica prosa inglesa de Dalmau, más que loable para ser extranjero, brotaban aquí y allá, extrañamente mezclados con ella, nombres que me eran familiares: la Puerta del Sol, Sevilla Street, Alcalá Street, la Gran Vía, la Castellana, el Retiro. Por estos lugares bien determinados se movían sus enajenados personajes, que componían un disparatado mosaico de lo español: inventores que no habían sido reconocidos, comerciantes enriquecidos en el tráfico con las Indias, héroes frustrados, monjas incestuosas, comisarios de policía ofendidos, prostitutas amnésicas, aventureros que corrían en las noches de lluvia detrás de muchachas que tenían citas misteriosas y también estas muchachas, que no los rehuían. En seguida advertí que las mejores escenas eran las que estaban más íntimamente asociadas a aquellos lugares concretos, las que sólo podía apreciar en toda su belleza quien conociera tales lugares y por tanto muy pocos, si alguno, de los americanos que hubieran leído el libro.

Y es que cuando se llegaba a alguno de aquellos pasajes, como el episodio bajo la lluvia entre el aventurero y la muchacha, que pasaba en la esquina de Alcalá con Velázquez, era preciso saber que enfrente estaría el Retiro, y que bajo la noche, seguramente una de esas noches de cielo gris azulado que suele haber en Madrid, las copas negras de los árboles se agitarían con el viento. Ninguno de los lectores americanos podía hacerse una idea precisa del escenario, y con ello se les hurtaba el motivo principal que tenía el aventurero, por ejemplo, para considerar adorable que en ese instante la muchacha le llamara estúpido. Y viceversa: entre quienes hubieran podido descifrar todas las claves, los habituados a pasear una noche de lluvia junto al Retiro, era poco probable que hubiera uno solo que tuviera ocasión de leer el fragmento. Esa doble falta, que yo estaba inopinadamente remediando, me apremiaba a proseguir la lectura. Mientras sentía reunirse en mí al lector con el trasfondo oculto de lo leído, salvando una rotura que quizá nunca antes había sido salvada, tuve la intuición, hasta entonces inédita para mí, de estar realizando el destino de aquella extravagante novela. Cualquiera que tal destino fuese.

A medida que fui avanzando empecé a entender la razón del título y simultáneamente, porque eran la misma cosa, el auténtico propósito del libro. Bajo el pretexto de una narración esperpéntica, Dalmau había compuesto, en su procurada lejanía, una apasionada evocación de la ciudad y del país que había abandonado. Las continuas alusiones sarcásticas a la sociedad española, al temperamento español o al atraso de sus compatriotas eran, a la postre, una de las mejores pruebas de aquella devoción, porque el narrador nunca acertaba a sonar frío o desentendido. Como uno de sus personajes, que insultaba a España y daba puñetazos en las mesas de los cafés por la ingratitud y la ceguera de aquélla con sus hijos más preclaros, manifestaba con su actitud un afecto inconsciente. Desnudo de proclamas y banderas, este patriotismo subrepticio de Dalmau se vinculaba a los rasgos esenciales del paisaje y el espíritu españoles, tal y como los guardaba su memoria. Por eso sus criaturas de ficción eran excesivas y simbólicas, adictas al gesto y a lo tremendo.

A trechos parecía que el autor censurara esta propensión, pero no pasé por alto que las páginas más sentidas, donde el discurso se hacía más pleno, eran aquéllas en las que sus protagonistas, llevados por su talante desmedido y heroico, se referían a tiempos más ambiciosos, tiempos de oportunidades y empeños, de los que aquel otro tiempo en que se hallaban venía a ser una dolorosa decadencia. La comunión con la inveterada inclinación española a la grandeza del espíritu, por encima de cualquier aspecto útil, esto es, rutinario, no podía ser más patente. Como tampoco a nadie podía ocultarse cuánto había de añoranza personal en la escena casi última en la que uno de los personajes le describía a otro, que era ciego y no podía verlo, el azul impar de una mañana de mayo sobre Madrid.

Al final del libro muchos de aquellos seres resultaban ser a la vez otros, a veces opuestos en condición o carácter o incluso sus mismos enemigos en capítulos anteriores. Con la confusión de identidades se cerraba el círculo de todos los equívocos y terminaba de demostrarse que bajo las desordenadas peripecias relatadas en la novela había una unidad fundamental. El cáustico expatriado y sus criaturas se fundían en uno solo y todas las contradicciones, y con ellas la propia distancia, quedaban resueltas en un juego de reencuentros imaginarios. Al cabo de doscientas páginas de sátira, Lejanos se resumía en un homenaje y se me figuraba que también en una especie de paliativo para su autor. No podía dejar de interpretar que la novela había sido escrita, en gran medida, para compensar la ausencia y el destierro, de esa manera tan española que consiste en revolver la sorna con la expresión infiltrada, casi de contrabando, de las heridas del corazón.

El efecto que me produjo la lectura del libro de Dalmau fue complejo y duradero. No por la cuestionable agudeza con que pudiera abordar el problema de su nación, que era la mía pero a la vez era otra, porque entre la España de 1920, que él había dejado, y la que yo había vivido, había quizá más disparidades que semejanzas. Lo que me conmovía ante todo era cómo se enfrentaba al desgarramiento, cómo convertía su deserción en una forma exacerbada de lealtad y se entregaba, mediante la fantasía literaria, a una indagación de sus ecos más interiores. A aquel exiliado minucioso, después de urdir y desenrollar su fábula, sólo le quedaban entre los dedos las hebras imprescindibles. Con ellas había tejido un estandarte que hacía ondear, con el orgullo de un hidalgo que hubiera perdido el juicio, en mitad de la ciudad que jamás podría captar su mensaje. Daba igual, a esos efectos, que condescendiera a hablar la lengua de aquella ciudad. No imaginaba qué podía haberle impulsado a irse y a refugiarse en Nueva York, pero tenía que ser algo extraordinario para haber durado hasta entonces, a despecho de todos los bandazos que en los setenta años transcurridos había dado España y de aquel sentimiento intenso que afloraba en su escritura. Un sentimiento que pervivía seis décadas después de la primera edición de la novela, cuando menos lo suficiente como para autorizar la reedición y repetir el alarde.

Lo que se me revelaba en Dalmau, y tuvo toda la responsabilidad de que su libro fuera primero un hallazgo y en seguida una comezón, era justamente aquella necesidad de sumergirse en lo ajeno para explorar y revivir lo propio. Releí muchas veces la reseña biográfica que había en la penúltima página y me detuve siempre en las mismas palabras: "…deciding to write in English because he felt he could not reach a Spanish audience". Escribió en inglés porque no creyó que pudiera llegar a un público español. Y sin embargo lo que le ocupaba era, en el fondo, más de la incumbencia de ese público que de ningún otro. Pronto me fue forzoso ver en la figura de Dalmau a un precursor de mi propio impulso. Aún más: a la luz de su precedente tuve el primer indicio plausible acerca de la finalidad a que podía obedecer mi viaje, hasta aquel instante rendido a la deriva de una navegación al acaso por el paisaje de ruinas y prodigios de Nueva York. Según ese precedente, la fuga no podía ser más que una tentativa de regreso a la patria perdida. Una patria interior que no estaba en los signos o en las imágenes convencionales, sino en el aliento y en el latido más hondo, y que sobre el terreno donde antaño existiera se había vuelto impracticable o había dejado de servir para su uso.

Lo extraordinario del caso de Dalmau era que él se hubiera quedado para siempre aquí, fuera y lejos (como si la separación no fuera o no pudiera ser un expediente transitorio, sino un arte exigente que debía mantenerse sin desmayo), y que en este destierro hubiera alcanzado una longevidad por encima de cualquier promedio. Tal vez mi suposición de que al cabo de setenta años pudiera seguir conservando el talante que exhibía su libro era gratuita. Podían haber reeditado la novela sus descendientes, o tener cedidos los derechos y carecer de cualquier control sobre ellos. Con noventa y cinco años, podía ser un vegetal balbuceante, poco más que un inicio de difunto. Pero si perduraba en él algo de lo que había sido, no había nadie con una experiencia comparable: setenta años de negarse a volver. Un día, mientras esperaba a que apareciera el metro en el andén de la estación de Park Slope, oí a lo lejos a una mujer que cantaba. Algo en aquella canción, cuya letra al principio no pude descifrar, atrajo mi interés. Al cabo de unos segundos de atenderla supe qué tenía de llamativo: aquella mujer cantaba en español. La canción la conocía, era una cualquiera, de esas que pone de moda algún cantante de Venezuela o de Méjico y que siempre tratan de algo muy melodramático. Los versos terminaban en palabras abiertas: nada, aire, alma, agua. No había palabras tan terminantes como aquéllas en inglés, ni siquiera parecidas; oírlas allí, resonando en el andén vacío de una remota estación del metro de Nueva York, me produjo una impresión desconcertante. Creo que nunca había percibido el poder de mi idioma con la nitidez con que lo percibí entonces, al ser proferido por una mujer quizá alienada que atacaba el estribillo de una canción vulgar. Ni cuando lo había leído en versos mucho más esclarecidos ni cuando se lo había escuchado a los más consumados actores de mi tierra. Ni siquiera cuando había sonado alguna canción flamenca en alguna de las fiestas a que había asistido aquí, pese a la nostalgia presuntamente invencible que tales sones, según se me había avisado, provocaban en los expatriados españoles.

En ese momento en el que Nueva York me devolvía la posesión extraviada de mi lengua, elegí acordarme de Dalmau. Poco a poco, como si una corriente subterránea socavara el muro de tiempo y desconocimiento que se interponía entre los dos, se abría paso en mi conciencia la lógica de su plan ingente y solitario. Y a medida que lo hacía se iba gestando, imparable, la necesidad de saber más de él.

4.

Viaje al origen por Jackson Heights

Aprovechando las vacaciones de Semana Santa vino de San Francisco un amigo colombiano de Raúl, que acababa de contraer matrimonio con una norteamericana. Ambos se alojaron en el apartamento de Gus, que era el más espacioso, y aunque por regla general se movieron a su aire por la ciudad, de vez en cuando organizábamos salidas conjuntas. Una de ellas, sugerida por el propio colombiano, consistió en ir a comer a un local de Queens llamado Little Colombia, en Roosevelt Avenue. Gabriel, que así se llamaba el colombiano, quería enseñar a su mujer, Cheryl, cómo era la cocina típica de su país. Yo no había estado nunca en Queens, y tampoco Raúl o Gus, aunque en metro se tardase apenas media hora en llegar desde el Upper West Side. En los oídos de todos, el nombre de Jackson Heights, el barrio donde vivían los inmigrantes colombianos y estaba el restaurante, venía irremisiblemente asociado a una leyenda pródiga en violencia y peligros. Si había que creer a los periódicos, allí tenían lugar ajustes de cuentas entre traficantes, tiroteos con armas automáticas, batallas nocturnas. Nadie se arriesgaba a andar por sus calles después de las seis y media de la tarde, y pocos, exceptuando a quienes allí vivían, antes de esa hora. Por eso, aunque fuéramos a mediodía, la hora menos arriesgada, el viaje tenía un cierto sabor de aventura. Antes de entrar en Queens el metro emergía de las entrañas de la tierra, donde permanecía mientras discurría por Manhattan, y se encaramaba a la vía elevada que sobrevolaba el barrio, sin ningún miramiento hacia la estética urbana o la conveniencia de sus habitantes. En cuanto a la primera, no había gran cosa que salvar, y en cuanto a la segunda, en poco movía a tasarla la traza más bien miserable de los bloques de viviendas. Los edificios donde vivía la gente se mezclaban sin concierto con los industriales, formando en su heterogeneidad una ciudad construida a espasmos y abandonada después a su suerte. Como una burla, desde las estaciones en que íbamos parando, alzadas lo suficiente sobre las casas circundantes, se podía ver una imagen majestuosa de los elegantes rascacielos de Manhattan cubriendo toda la extensión del horizonte. La visión me traía a la memoria aquellas estampas de los antiguos libros religiosos en las que los condenados al infierno, mientras se abrasaban, y para apurar todas las posibilidades del suplicio, contemplaban desde abajo el ameno éxtasis de los justos.

El grupo que componíamos resultaba bastante pintoresco, y más entre la muchedumbre de hispanoamericanos y africanos que llenaban el vagón de metro. Gabriel venía a ser un sudamericano de rasgos suaves, su mujer era una rubia anglosajona común, Raúl y yo teníamos el ambiguo aspecto europeo de los españoles, Gus era muy pelirrojo y Michael el negro más ceremonioso y atildado que pudiera concebirse. Los demás pasajeros nos observaban con recelo, barruntándonos extranjeros y al mismo tiempo sin terminar de ubicarnos. Pero aquel recelo no llegaba a ser hostilidad, tal vez por la presencia de Gabriel, o tal vez porque Raúl y yo habláramos ocasionalmente en español. A propósito del idioma presencié una escena enternecedora. Una joven hispana iba sentada al extremo de la fila de asientos, con una niña de unos cuatro años que podía ser su hija. La niña no paraba de preguntarle algo, en inglés, y ante la negativa de la madre a responder, amenazaba con convertir la insistencia en rabieta. La madre trataba de contemporizar, pero cuando la niña fingió que iba a echarse a llorar, se rindió y dijo al fin, en español:

– Pájaro.

La niña, que un instante antes parecía estar al borde del llanto, se echó a reír ruidosamente. Un momento más tarde volvió a la carga, y esta vez pude entender la pregunta:

– And Rabbit?

La madre apenas se resistió, y tradujo:

– Conejo.

Esta vez la niña se desternillaba. No eran pocos los hispanos que preferían que sus hijos no hablaran español, para que eso no sirviera para discriminarlos en el futuro. Pero en la forma en que la niña exigía y la madre se sometía a la exigencia se advertía, esperanzadoramente para la lengua, cuan difícil iba a ser exterminarla. En ese momento pensé en los que reprochaban a los hispanohablantes de Estados Unidos sus anglicismos, algunos sin duda estupefacientes. A mí cada vez me costaba más censurar estas desviaciones, porque cada vez estaba más persuadido de que el idioma vivía en ellos como ya no vivía en nosotros. La vida florece en la dificultad y se apaga en la complacencia. Y al florecer puede deformarse, hasta convertirse en otra cosa. En cualquier caso, la vida nunca es objetable.

Las estaciones que fuimos atravesando durante el trayecto no estaban muy concurridas, pero al bajar en Roosevelt Avenue los andenes eran un hervidero de gente. En su inmensa mayoría eran hispanos y el castellano se oía por todas partes. Los signos del metro tenían el mismo diseño que en Manhattan, y cuando bajamos a la calle los coches eran americanos, en las matrículas ponía New York y las placas que mostraban los nombres de las vías públicas eran verdes y terminaban en ST o en AVE. Pero eso era todo, porque el bullicio que se desarrollaba en el corazón de Jackson Heights tenía bien poco de estadounidense. A ambos lados de la avenida se erguían construcciones de poca altura, inundadas de rótulos publicitarios, que formaban una especie de zoco partido en dos por la cicatriz descomunal de la vía elevada. Allí se alineaban sin solución de continuidad bares, peluquerías, supermercados, despachos de pan, puestos de fruta y un sinfín de otros negocios. Bajo el entramado de hierros, sin hacer caso del estrépito periódico de los trenes que surcaban su lomo y le arrancaban chirridos y chispas, palpitaba una ciudad moruna e indígena, mediterránea y selvática. Por ella pululaba una multitud de hombres ociosos, mujeres que echaban a andar deprisa o se paraban de repente, niños inciviles, viejos inquietos. Todo el mundo despreciaba los semáforos y se desplazaba indistintamente por las aceras o sobre el asfalto. De algunos comercios salían a todo volumen ritmos de salsa, que la gente seguía o pasaba por alto con la misma naturalidad. Ante estos comercios se apilaban las cintas magnetofónicas pero en ninguna parte se vendían discos compactos, porque los clientes no tenían con qué reproducirlos. En las tiendas de ropa había tangas de leopardo, bragas de color fucsia, sostenes puntiagudos sobre troncos de maniquíes de plástico brillante. Algunas de las mujeres que uno se cruzaba llevaban prendas no menos estruendosas, siempre ceñidas, sin preocuparse lo más mínimo de las bandas de grasa que se enrollaban en sus cinturas.

Allí ofrecía sus servicios el Indio Amazónico, adivinador de futuros en el horóscopo y en los caracoles y puntual solucionador de cualquier problema, por intrincado o recalcitrante que pudiera resultar, según detallaban sus exhaustivos folletos:…para dominar enemigos, para viajar sin riesgo, para retirar enfermedades postizas o hechizos, para los hijos desobedientes o borrachos, para las hijas mal casadas, para dejar los vicios, para localizar tesoros enterrados, para proteger de robos carros y apartamentos… Por doquier se anunciaban abogados capaces de arreglar papeles de residencia y también proliferaban otras industrias orientadas a los emigrados, como los establecimientos para remitir dinero o los centros de conferencias video telefónicas.

Durante el breve itinerario que seguimos por Jackson Heights, por primera vez acaso en todos los meses que llevaba en Nueva York, fue como si estuviera en casa. Muchas circunstancias me alejaban de aquellas personas, desde su casi exclusiva ascendencia india (que ponía en entredicho la eficacia del mestizaje de razas de la conquista) hasta su precaria situación. Pero había algo recóndito, aunque no fuera la sangre, que compartíamos gracias a los hombres de mi tierra que habían atravesado el océano siglos atrás. Viendo cómo se daban la vez en la panadería, cómo manoseaban el género o charlaban sin embarazo, me parecía recuperar intactas las escenas del barrio de mi infancia.

Después, ya en el Little Colombia, nos colocaron cerca de una mesa enorme donde se celebraba un banquete de comunión, y me vino el recuerdo de que yo también había hecho la comunión y se me había dado un banquete semejante. En él mi abuelo se había sentado a mi lado, como estaba al lado del niño el abuelo de aquella fiesta colombiana en Queens. Los asistentes al convite componían una linda estampa. Nadie hubiera dicho que aquél fuera el mismo barrio en el que según los periódicos se ametrallaban con regularidad.

Cheryl, como casi todos, encontró la comida colombiana sobreabundante, aunque apreció que la preparaban con gracia. Era una estadounidense atípica, más abierta que la media, tanto como para haber desposado a un hispano, lo que no era poco. Sin embargo, en un momento de la conversación que tuvimos en torno a la mesa, y a raíz de un comentario inocente de Raúl, sin lugar a dudas el menos proclive a la patriotería de todos los reunidos, estalló un pequeño incidente a propósito de prejuicios nacionales.

– En todo caso, ahí tenéis el ejemplo de Filipinas -afirmó Cheryl, con suficiencia-. Si todos hablan inglés es porque nosotros enviamos maestros y les enseñamos a leer, lo que no habíais hecho los españoles.

Vi a Raúl mirar al techo. Como repetía a menudo, estaba convencido de la inutilidad de salir al paso de un yanqui cuando proclamaba alguna de las cien mil facetas en las que los Estados Unidos eran más (grandes, fuertes, rápidos) que cualquier otro país sobre la tierra. Yo no sostenía una teoría diferente, ni si hubiera reflexionado habría adoptado otra postura que la suya, pero de pronto algo me ardió dentro y repliqué a Cheryl:

– Lo que dices es discutible. Y además, los españoles tenían que ir de Cádiz a Manila en barco de vela. Vuestros maestros iban desde San Francisco en vapores y más tarde incluso en aeroplanos. Los esfuerzos no son comparables.

– Tampoco os interesó. Los españoles siempre fueron por el oro y a explotar a los indios.

La observé fijamente. Nada me causaba más fastidio que erigirme ante una americana en vocero de las rancias soflamas apologéticas del imperio español. Pero la cara de satisfacción de Cheryl me impedía callarme.

– Hay hechos que no pueden negarse -dije-. Los españoles persiguieron al principio a los indios con perros y hasta el final se llevaron todo el oro que pudieron. Eso es un hecho. Otro hecho, que vale lo que vale, es que antes de que acabara el siglo dieciséis ya había indios licenciados en las universidades españolas de Méjico y del Perú. Doscientos años después, tus antepasados seguían cazando a los indios de aquí como si fueran monos. Y eso también es un hecho y también vale lo que vale.

– Deberías darte una vuelta por el museo de Brooklyn -repuso Cheryl, contenida-. Estuvimos allí ayer, visitando una exposición sobre la conquista de Méjico. En ella se muestra cómo os ensañasteis con un pueblo que no conocía el hierro. Los hombres blancos que vinieron del oriente y que trajeron la enfermedad, os llamó un poeta indígena.

– El pueblo que no conocía el hierro levantaba ciudades y pirámides y tenía ejércitos de miles de hombres, contra los que se enfrentaron unos pocos cientos de españoles. Puestos a ensañarse, que tenga algún mérito -alegué, para provocarla. Pero también me arrastraba el aura de aquella otra época en que el desatino español había corrido parejo con el arrojo, cuando los hambrientos de Castilla, porque siempre son los hambrientos, habían salido a ganar el mundo, aunque fuera para desperdiciarlo y perderlo luego. Estar allí, en Jackson Heights, donde sobrevivían otros hambrientos, me acercaba a aquel origen y a aquella fiebre que los míos, gracias a los vientres satisfechos, habían olvidado sin que el olvido lograra ennoblecerles.

– Afortunadamente, Canadá carece de historia -intervino Gus-. Eso evita la diversidad de interpretaciones, aunque haya que soportar a una reina como la de Inglaterra.

Con esto se disolvió la polémica, en verdad estéril. Después de la comida tomamos el metro de regreso y admiramos de nuevo, esta vez acercándose y bajo el atardecer, la línea de torres de la isla opulenta. Volvíamos allí porque ése (o Brooklyn Heights, tanto daba) y no Queens era el lugar en el que nos correspondía dormir. Ninguno, y había que cargar con la culpa o la vergüenza que por ello nos tocase, estaba preparado para aceptar que le despertara el tableteo de un fusil de asalto en mitad de la noche.

5.

Primeras indagaciones

La primera tentativa de encontrar a Dalmau fue tan modesta como insoslayable. Siempre me habían fascinado los detectives que en las películas americanas localizaban sobre la marcha, en la sobada guía telefónica de cualquier cabina pública, al exacto Will Smith o a la mismísima Jenny Parker que andaban buscando. Daba igual que la guía fuera de Los Ángeles o de Nueva York, sólo había uno y era el bueno. En mi caso, no obstante, aquel resultado no era demasiado inverosímil. Dalmau no era un apellido corriente en Estados Unidos. Escasamente lo era en España. Sin embargo, y aunque recorrí todas las guías telefónicas que pude conseguir de todos los boroughs de Nueva York, por ninguna parte apareció el ansiado apellido. Este primer fracaso me hizo dudar acerca de la posibilidad de continuar mis investigaciones. Dalmau podía estar muerto, o podía no merecer la pena hallarle, si había de ser a través de diligencias mucho más costosas.

Durante varios días no me ocupé del asunto. Según progresaba abril, el tiempo se suavizaba y la ciudad volvía a ser placentera. Después de haberla soportado en la crudeza de su invierno, la benignidad de las mañanas en los despoblados senderos de Prospect Park creaba la ilusión de que nada era necesario, salvo dejar que el sol le calentase a uno la piel y que los olores de las plantas renacidas le adormeciesen. Pero Dalmau seguía ahí, agazapado, y pude constatar hasta qué punto cuando proyecté sin gran premeditación ni aparentes vacilaciones la siguiente maniobra.

Para ejecutarla me llegué antes de nada hasta Barnes & Noble, sucursal de Broadway con Columbus, que ya conocía como la palma de mi mano. Curioseando por los anaqueles de la librería había dado en cierta ocasión con una sección entera dedicada a guías para escritores. No era la única sección inexplicablemente grande para un español, ni en ésa ni en las demás librerías de la ciudad. La sección Gay/Lesbian, por ejemplo, ocupaba en casi todas el doble de espacio que la de narrativa inglesa. El caso es que el oficio de escritor resulta gozar entre los estadounidenses de un prestigio desmesurado, el suficiente como para justificar no sólo el tamaño de aquella sección, sino también la existencia de innumerables talleres de escritura. Por allí debían acercarse los modernos epígonos de aquel personaje de On the Road, de Kerouac, que desde un pasado azaroso en el Oeste había venido a Nueva York sólo para que le enseñasen a escribir. Tanta estima por la literatura me había parecido desde el principio una típica paradoja americana: en la misma ciudad donde se presume al viajero medio del metro incapaz de multiplicar por 1,5 y se le ofrece una tabla en la que se informa que un viaje vale 1,50 dólares, dos viajes 3 dólares y así hasta veinte viajes, 30 dólares, Robert Musil es un escritor casi popular, cuyos libros pueden adquirirse sin dificultades en cualquier tienda y se ven en manos de muchachas de menos de veinte años.

En una de aquellas guías para escritores, o aspirantes a serlo, donde se reseñaban con profusión desbordante premios, escuelas, editoriales y revistas, di sin esfuerzo con lo que me interesaba: la dirección en Nueva York de la editorial de Dalmau y el nombre de la editora jefe encargada de literatura extranjera. También averigüé cuál era el procedimiento para remitirles manuscritos, y ello pese a venir descrito con una multitud de abreviaturas para iniciados que el profano sólo podía descifrar con ayuda de una tabla escondida en una nota a pie de página. La última de aquellas abreviaturas, SASE (self addressed stamped envelope) ofrecía una pista elocuente. Sólo admitían manuscritos que vinieran acompañados de un sobre franqueado y con la dirección del autor, para agilizar y abaratar la devolución. Los demás los rechazaban sin leerlos.

La editorial estaba en la calle 50, y ocupaba parte de un edificio gris no demasiado atractivo. La información que proporcionaba la guía era lo bastante precisa como para detallar que la persona a la que deseaba ver estaba en el piso 11. Llegué hasta el ascensor sin problemas (no suele haberlos en muchos edificios de oficinas de Manhattan, salvo que uno vaya por ahí con una indumentaria amenazadora) y pulsé el botón correspondiente. En la planta había unas puertas de vidrio con el nombre y el emblema de la editorial. Las atravesé, di los buenos días a la recepcionista y pasé de largo ante ella. La recepcionista, que resultaba atender también el teléfono, titubeó un instante, dividida entre quien tuviera al otro lado de la línea y mi intromisión. Algo, acaso los libros que yo llevaba en la mano, resolvió la duda en favor de la llamada telefónica. Cuando quiso reconsiderarlo, si lo quiso, yo ya estaba dentro, tratando de encontrar en el relativo desbarajuste de aquella oficina el despacho o el hueco que ocupaba Melisa Chaves, editora jefe de literatura extranjera. En los cubículos que llenaban la parte despejada de la oficina, enterradas bajo los manuscritos que se amontonaban por doquier, había personas muy distintas, desde ancianos de pelo blanco de porte germánico hasta jóvenes negras con profusas melenas trenzadas. Casi todos llevaban gafas y muchos parecían sumidos en un sueño, ya estuvieran susurrándole al teléfono o pasando páginas mecanografiadas como quien pasara hojas de papel pintado. Los fui observando sin disimular. Nadie me impidió que me moviera por allí a mi antojo. Nadie me preguntó siquiera a quién estaba buscando.

El despacho de Melisa Chaves estaba cerca de una esquina. Lo rodeaban unas mamparas que eran de cristal desde media altura hasta el techo y dentro tenía unas persianas que estaban bajadas pero con las varillas orientadas de forma que no evitaran la visión del interior. En la mesa de aquel despacho había una mujer rechoncha, de aspecto puertorriqueño, que estaba enfrascada en su ordenador de sobremesa.

Golpeé en la puerta y la abrí antes de ser autorizado.

– ¿Melisa Chaves? -pregunté, sin forzar una pronunciación inglesa de su nombre.

Ella se volvió hacia la puerta, quedó durante un instante como aturdida, y después de pensárselo me habló en español:

– Sí. ¿Quién es usted?

Sirviéndome del mismo idioma que ella, repuse:

– Me llamo Hugo Moncada. Venía a traerle un libro.

– No recibimos manuscritos personalmente -informó, con aplomo-. ¿Cómo es que lo han dejado a usted pasar?

– Abrí y pasé. Nadie me dijo que no pudiera.

– Pero comprenderá que no podemos recibir personalmente a todo el mundo.

Sonriendo, protesté:

– No soy todo el mundo. Y no traigo un manuscrito, sino un libro.

Melisa Chaves se tomó algún tiempo para calibrarme. También se fijó en los libros que tenía en la mano. Uno era el de Dalmau. El otro, un ejemplar de la travesura de juventud que había publicado yo mismo años atrás, en España.

– No me impresiona que traiga un libro -habló al fin-. He visto antes otros. Mándelo junto con un sobre franqueado con su dirección y lo leeremos. Si no le importa, estoy ocupada. No lo supongo a usted tan tonto como para obligarme a avisar al servicio de seguridad del edificio. Ándese sólito.

Y dejándome archivado bajo aquel diminutivo, proferido con deliciosa blandura caribeña, retornó a su ordenador. No importaba. Ahora que ya estaba dentro, podía cambiar tranquilamente de táctica.

– Le agradecería que tomase el libro -le rogué-. He venido desde Madrid.

– Pero imagino que no vino sólo para esto -dedujo, sin apartar la vista de su ordenador-. Allí en España tienen ustedes correo, ¿o no?

– Allí no podía comprar sellos americanos para franquear el sobre de vuelta.

Melisa Chaves se rió.

– Claro, todo un problema. Nunca se me ocurrió. Haber metido diez dólares. Anyway, ahora sí puede comprar sellos americanos. Hay una oficina de correos muy cerca de aquí, pregunte al portero del edificio.

Cuidadosamente, deposité mi libro sobre su mesa rebosante de papeles, algunos ya amarillos. Melisa Chaves no era una mujer pulcra.

– Se lo dejo. Lee lo que quiera y si no le gusta lo tira. Yo tengo más.

– Está bien, haga como le parezca -transigió, perdiendo la paciencia-. Y ahora váyase. Lo del servicio de seguridad lo dije en serio. No me tome por una antipática, pero no me gusta que me organicen entrevistas contra mi voluntad.

Hice ademán de marcharme. Pero antes de volver a cerrar su puerta retrocedí y admití:

– En realidad, tiene usted razón.

– ¿Qué?

– No he venido sólo a traerle mi novela.

Esta vez tomé asiento, aunque ella no me había invitado. Súbitamente, su rostro se llenó de furor y echó mano al teléfono. Mientras ella descolgaba el auricular, puse un dedo sobre el interruptor del aparato, cortando la comunicación.

– Sólo le pido cinco minutos. Cinco minutos y ya no me ve nunca más el pelo -prometí-. Más rápido que el guardia. ¿Le suena este libro?

Le mostré el libro de Dalmau. Melisa Chaves se serenó para admitir, con notoria desgana:

– Claro que me suena. ¿Qué pasa con él?

– Sólo quiero una pequeña información. Me gustaría ponerme en contacto con el autor.

– Esto no es una agencia.

– No le pido nada más que me diga a dónde puedo escribirle.

– ¿De verdad cree que me dedico a dar información sobre nuestros autores al primero que viene a pedirla? Usted podría ser enemigo suyo, o una especie de admirador loco, lo que sería todavía peor.

– No soy ninguna de las dos cosas -aseveré-. Tengo mucho interés en conocerle, pero por una razón inofensiva. Estoy escribiendo una tesis sobre escritores españoles exiliados y sobre la influencia del exilio en sus obras. De España ha tenido que irse mucha gente en los dos últimos siglos, por una u otra causa, pero cuando supe del libro de Dalmau me impresionó. En España nadie está al tanto de su existencia.

Este breve discurso la amansó, o creyó de pronto que no era aquélla la mejor forma de reaccionar. Sin la dureza de un minuto antes, se disculpó:

– Desgraciadamente, no puedo ayudarle. No conozco a Manuel Dalmau.

– Alguna relación habrá tenido, si le ha editado.

Melisa Chaves se reclinó en su sillón.

– No le miento. Todo lo que tengo de él es un apartado de correos y un número de cuenta bancaria, donde le transferimos periódicamente sus royalties. No son grandes sumas, si es que lo intriga a usted el detalle.

– Pero, ¿está vivo?

– No lo sé, es decir, podría no estarlo, si alguien se las arregla para mantener abierta su cuenta y paga su apartado. Hace un año que no recibo noticias suyas. Tampoco esperaba ninguna. Siempre le liquidamos puntualmente y justificamos las ventas de forma razonable.

La mujer me desarmaba por el sencillo procedimiento de darme todos los antecedentes, o gracias a un embuste bien tramado y endosado con soltura. Fuera lo que fuese, le constaba que tendría que conformarme y disfrutaba con mi zozobra.

– ¿Y no podría facilitarme ese apartado de correos? -resistí aún.

– No -se plantó, sin misericordia.

– Al menos dígame, ¿es un apartado de Nueva York?

– No. Creo que esto es todo, señor. Ya que no me deja llamar por teléfono, me voy a ver obligada a gritar.

– No se moleste -dije, mientras me levantaba-. Gracias por recibirme.

– De nada.

Antes de que yo terminase de salir de su despacho, a Melisa Chaves debió asaltarle una duda, nada importante, apenas lo justo para no despedirme tan destempladamente. Me llamó:

– Señor Moncada.

– ¿Sí?

– Leeré su libro. A ver si así lo entiendo -dijo, encogiéndose de hombros.

– Mi libro no explica nada. Es una novela -la defraudé, por anticipado.

Unos segundos después volví a pasar frente a la recepcionista. En ese instante no estaba atendiendo el teléfono y se me quedó mirando con una especie de rencor, pero no me dirigió la palabra. Era una chica pelirroja, de ésas con blusa blanca y chaleco negro y muchos abalorios. Confié en que mi insolencia no le trajera problemas.

6.

A orillas del Michigan

Después de mi entrevista con Melisa Chaves, y todavía sin poder atisbar si lo que me había contado era cierto o una patraña presurosamente inventada, algo se me quedó dando vueltas por el cerebro. Ella había negado que el apartado de correos a través del que se relacionaba con Dalmau fuera de Nueva York. Sin embargo, entre los pocos datos que ofrecía la sucinta nota biográfica que había al final del libro figuraba que Dalmau vivía jubilado en Nueva York. Podía ser un indicio de la falsedad de Melisa Chaves, o quizá lo falso era el dato, introducido a instancias del propio Dalmau para despistar sobre su verdadero paradero. En todo caso, lo único que sacaba en limpio de mis inquisiciones era la resistencia de Dalmau a dejarse encontrar. Los motivos que pudiera tener para ella eran un nuevo estímulo para la búsqueda.

Sin embargo, estaba en una encrucijada poco apetecible. Si Melisa Chaves podía proporcionarme más información, había de ser mediante el recurso a métodos para los que no estaba adiestrado como convenía, por ejemplo infiltrarme en su despacho y saquear sus archivos. Y si renunciaba a este cauce, no veía por dónde seguir. En ésas estaba, comenzando a acariciar la posibilidad de ir algún día al edificio de la calle 50 a la hora de salida de las oficinas, cuando se me brindó una alternativa feliz. Una tarde, en el apartamento de Gus, necesitamos de pronto el número de teléfono de alguien.

– ¿Tienes guías? -pregunté.

– No, ni falta que hace.

Gus se sentó frente a su ordenador y menos de un minuto después estaba en algún lugar de la red donde se podía conseguir cualquier teléfono de Estados Unidos. Esa misma noche, en mi apartamento, me conecté con aquella base de datos y tecleé el apellido que no había visto en ninguna guía telefónica de Nueva York.

Tardó una fracción de segundo en aparecer: Dalmau, M. Casi se me detuvo el corazón. La base de datos facilitaba un número y junto a él una dirección de Milwaukee, Wisconsin. Anoté ambos con los dedos temblándome de nerviosismo. ¿Así de fácil era penetrar a través de las barreras que él había levantado? No podía creerlo.

No llamé a aquel número hasta el día siguiente, a mediodía. No quería sorprender a Dalmau a una hora intempestiva y estropearlo todo nada más empezar. La gente mayor se acuesta temprano. Mientras pensaba estas cosas, seguía sin hacerme a la idea de que al otro lado de la línea que podía tender en cualquier momento, con sólo recorrer aquellas cifras en el cuadro de teclas de mi teléfono, estaría Manuel Dalmau, el exiliado de noventa y cinco años que había escrito Lejanos.

La primera vez que marqué comunicaba la línea. La segunda, cinco minutos más tarde, también. Una hora, y dos, y hasta cinco después, seguía comunicando. Finalmente llamé a la compañía telefónica. Una de esas americanas zumbonas, que parecen dudar de la capacidad mental de uno cada vez que rematan con un sir sus frases, me suministró al cabo de algunas comprobaciones una explicación más que consistente para el enojoso fenómeno:

– Ese número ha sido cortado por falta de pago, señor.

La decepción estuvo a la altura de las expectativas que había tenido la debilidad de concebir. De un solo golpe de aquella voz remota, casi virtual, volvía otra vez al punto de partida. Dalmau desaparecía por donde había venido. No tenía más que una dirección de Milwaukee, Wisconsin, en la que lo único que me aguardaba con seguridad era un teléfono desconectado. No cabía descartar que en aquel momento supiera más que Melisa Chaves, si me había sido sincera. Pero eso tampoco me servía de nada.

Durante un par de semanas anduve en otras cosas, echando cuentas del dinero que me quedaba y planteándome que pronto, para el otoño en la mejor de las hipótesis, tendría que decidir si buscaba un empleo o si me iba de Nueva York y volvía a Madrid para reanudar todo donde lo había abandonado. Para tomar la decisión sin presiones, había algo que me había adelantado a poner en marcha al poco de mi mudanza a Brooklyn: la obtención de la residencia. Raúl me había hablado de un increíble expediente para resolver este escollo, el sorteo anual del National Visa Center. Cada año sorteaban 55.000 permisos de residencia, sin otro requisito que rellenar una instancia con el nombre y poco más. Ni siquiera había que acreditar un trabajo, o que se estuviera vinculado a Estados Unidos por razón alguna. Al parecer no era difícil caer en la preselección inicial, de 110.000 candidatos, que era la que se decidía por sorteo. A partir de ahí, un ciudadano europeo con formación universitaria tenía muchas papeletas para terminar entre los elegidos. Costaba demasiado poco rellenar aquella instancia, así que lo hice. Pero eso no significaba que viera con ninguna claridad mi futuro. En realidad, por debajo de todo lo que hacía o decía para rehuirlo, se abría paso el temor de acabar regresando en octubre o noviembre a Madrid, sin una explicación que dar a nadie sobre lo que había perseguido y obtenido con mi retiro neoyorquino. Una tarde, al pasar ante el escaparate de una agencia de viajes, me quedé mirando las ofertas de vuelos a distintas ciudades del país. No había ninguno a Milwaukee en la lista que tenían adherida al cristal. Sí lo había a Chicago, a unas dos horas de Milwaukee por carretera, y vi que el billete de ida y vuelta representaba un importe insignificante. Si me alojaba en un hotel normal, y sumando a todo el alquiler de un coche, no constituía desde luego un obstáculo que pudiera oponerse. Incluso aunque al final el viaje fuese en balde.

Llegué a Chicago de noche, único horario para el que valía la oferta, lo que me forzó a dormir allí. No lo lamenté. Me hospedé en un hotel del centro y antes de acostarme di una vuelta por Michigan Avenue, asombrado por la pureza arquitectónica de la ciudad (infinitamente más cuidada que Nueva York) y la visión del lago al final de la avenida. Por la mañana madrugué, fui a recoger el coche a la oficina de la empresa de alquiler y tomé la autopista que llevaba a Milwaukee. Al contrario que en Nueva York, todos los conductores respetaban escrupulosamente el límite de velocidad. No quise ser una excepción, aunque conducir a 65 millas por hora por la autopista resultara un tanto exasperante. Después de ver a un par de infractores cazados por el sheriff, me persuadí de que estaba haciendo lo correcto.

Milwaukee es una ciudad próspera a orillas del lago Michigan. Tiene su downtown con un par de rascacielos medianos y sus suburbios de inmigrantes o de negros, perfectamente delimitados por la red de autopistas que hacen las veces de barrera física para impedir que se mezclen quienes no deben mezclarse. Se jacta maliciosamente de poseer el puente más largo del mundo, ya que une Polonia y África, en realidad el barrio de los polacos con el de los africanos. En Milwaukee, como en el resto de Wisconsin, la minoría dominante son los descendientes de alemanes, que vinieron de una Europa donde no tenían tierras a la América donde las había en abundancia para todos. Aquí se hicieron granjeros, hasta tal punto que la leche es casi el emblema del estado. La dirección que iba buscando, según la guía de la ciudad que había comprado en Nueva York, se encontraba en un barrio residencial del norte, muy cerca de la línea fronteriza con el término municipal del pequeño pueblo de Fox Point y en la misma orilla del lago.

Cuando llegué a este barrio me di cuenta de que era la zona más acomodada de la ciudad. Las casas, algunas de ellas enormes mansiones de ladrillo de estilo inglés, un auténtico lujo para el Medio Oeste, estaban rodeadas de árboles gigantescos y extensas praderas en medio de un antiguo bosque. Por las calles desiertas correteaban las ardillas y al doblar una esquina estuve a punto incluso de atropellar a un ciervo. A medida que me aproximaba al lugar donde aquellas señas situaban la casa de Dalmau, disminuyó algo la frondosidad de la vegetación. Las casas eran ya todas de madera, así y todo espléndidas, como lo eran también las vistas al lago que tenían muchas de ellas. No se oía un ruido, no circulaba un coche. En mitad de aquel paraíso primaveral, encaramadas a los mástiles que algunos vecinos habían instalado ante sus casas, ondeaban impolutas las banderas con las barras y las estrellas. El blanco, el azul y el rojo destacaban con fuerza sobre el verde esmeralda de los árboles. Nada que ver, en suma, con el desaliño tumultuoso de Nueva York.

La casa, de madera pintada en un color marrón claro y media fachada de piedra, tenía toda la apariencia de llevar cerrada algún tiempo. Era bastante grande con arreglo a los patrones españoles, cuatrocientos metros o más. No vi carteles que anunciasen su venta. En el buzón no había ningún nombre, sólo el número de la calle. Apagué el motor y bajé del coche. Aunque no esperase ningún resultado, no quise dejar de llamar al timbre. Al oprimir el pulsador no sonó nada.

– No hay electricidad. Y tampoco hay nadie.

Me volví. Al otro lado de la calle, apoyado en la valla del jardín de enfrente, había un hombre de unos setenta años. Me contemplaba con regocijo. Fui hacia él.

– Busco a un tal Dalmau.

– No está ahí -certificó el hombre.

– Esta es la dirección que me han dado.

– Anticuada.

– ¿Y no sabría dónde vive ahora?

– ¿Quién es usted y qué quiere? -preguntó, repentinamente severo.

No acerté a responder con la prontitud adecuada. El hombre se echó a reír.

– No se apure. Era una broma. No soy uno de esos viejos alarmistas y entrometidos. Algunos de mis vecinos llaman a la policía sólo con ver a un negro paseando por la calle. Por eso los pocos negros que viven por aquí tienen que ir siempre muy bien vestidos, para que no los denuncien. ¿No le parece realmente gracioso?

El hombre no aguardó a que contestara. A renglón seguido, dijo:

– Dalmau se fue a Kenosha, hará dos meses.

– ¿Kenosha? ¿Dónde está eso?

– Junto al lago Michigan, o sea, ése -lo señaló-. Pero unas sesenta millas al sur.

Justo en el camino por el que había venido. Era una contrariedad, pero al menos era algo. Procuré aprovechar que aquel hombre resultara más o menos colaborador.

– ¿Le conocía mucho?

– Apenas, aunque llevaba aquí algunos años. No era un tipo muy sociable. Además estaba enfermo, al final. Quién sabe, lo mismo está ya muerto.

– ¿No ha venido nadie por la casa?

– No. Y tampoco ha recibido mucho correo. Me encargó que se lo mandara a Kenosha.

– ¿Tiene su dirección allí?

El hombre asintió en silencio.

– ¿Y podría dármela?

Reflexionó un instante y volvió a asentir. Entró en su casa y vino al cabo de cinco minutos con las señas escritas en una hoja de bloc, cuadriculada. Antes de entregármela, quiso sacarme a mí algo, a cambio. No era mucho:

– ¿Es usted español?

– Sí.

– Nunca creí que los españoles viajaran tanto -observó, enigmáticamente.

Llegué a Kenosha a primera hora de la tarde. El tiempo había empeorado y se había nublado casi todo el cielo. Kenosha es una ciudad pequeña, rodeada de industrias escogidas y áreas comerciales. También hay un importante parque de atracciones cerca. En el centro tiene una plaza amplia con jardines bien atendidos y un museo público de estilo clásico. Las señas que me diera el hombre de Milwaukee, con ayuda de tres o cuatro consultas a los lugareños, me condujeron a una urbanización más bien humilde, muy cerca del lago. Era como si Dalmau se hubiera preocupado en todo momento de estar junto a él.

Esta casa era gris, con molduras de color blanco sucio. Y al apretar el botón del timbre sí sonó algo. La puerta se abrió y tras ella apareció una mujer de mediana edad, bastante escuálida y pecosa, que me estudió con cierta reticencia, aunque sin arredrarse.

– ¿Qué desea?

– Busco al señor Dalmau.

– Mala suerte. El señor Dalmau murió hace tres semanas.

La noticia me dejó anonadado. Aunque el hombre de Milwaukee me había dicho que Dalmau estaba enfermo y había insinuado la posibilidad del desenlace, seguramente estaba más preparado para no encontrarle que para encontrar su tumba. Debí parecer muy afectado, porque la mujer se sintió obligada a pedir excusas.

– Lo siento. ¿Está usted bien?

– Sí.

– Verá, yo sólo era su casera -se justificó-. Le alquilé una habitación en el piso de arriba, pero apenas vivió aquí un par de semanas. Estaba muy enfermo y en seguida lo llevaron al hospital. ¿Le conocía usted mucho?

Por no pensar, y aunque ya no le calculaba utilidad alguna, tiré de la historia que había ingeniado para dar un aire verosímil e inocuo a mis pesquisas.

– No le conocía nada, en realidad. Soy del consulado español. Trataba de localizarlo para un asunto de su interés, en España.

– Ya veo. Todo lo que puedo hacer es darle una tarjeta de su hermana. Vino por aquí cuando le hospitalizaron. Se ocupó luego del entierro. Vive en Madison, ya sabe, la capital del estado.

– ¿Su hermana? No nos consta que el señor Dalmau tuviera una hermana en Wisconsin -improvisé.

– Eso dijo que era. Una mujer de unos cincuenta, algo mayor que él, y también más elegante.

Cuidé de reservarme a partir de ahí mis pensamientos, hasta que tuve en mis manos la tarjeta. Con ella bien guardada en la cartera fui al cementerio, y allí di con la tumba. Era una lápida simple, aunque terminada con esmero. Después de leer la inscripción que había sobre aquella lápida estuve caminando durante un buen rato a orillas del lago, por una playa de arena clara con embarcaderos, cabañas y un faro en miniatura (a veces, aunque no es corriente, también hay naufragios en aquellas aguas sin sal). Ante el horizonte de acero del inmenso y frío lago Michigan traté de adivinar, en vano, qué podía haber llevado a morir allí a Matthew Dalmau, hermano de Sue e hijo de Manuel, quienes, en español, no le olvidaban.

7.

Cabo de hilo en Madison

Sue Fromsett, de acuerdo con la tarjeta que me había dado la mujer de Kenosha, nada obsesionada por conservarla, vivía sobre una de las pequeñas elevaciones que hay a las afueras de Madison. La ciudad, aparte de capital administrativa del estado, como atestigua su capitolio preceptivamente algo más pequeño que el de Washington, es un renombrado centro universitario. La universidad de Wisconsin en Madison es pública y más bien liberal, en el satánico sentido de la palabra que emplean los agitadores radiofónicos estadounidenses. Uno de ellos solía referirse a la ciudad como The People's Republic of Madison, lo que sin duda era una interesada exageración. En realidad se trata de una urbe pequeña y pacífica cuya vida gira en torno de la universidad y de la administración estatal y que se asoma al espejo, gran parte del año helado, del recogido lago Monona.

Salí hacia Madison por la mañana, después de dormir en un motel de carretera próximo a Kenosha. El viaje, aun a velocidad legal, no duró mucho, y antes del mediodía surgía ante mis ojos la cúpula del capitolio y la superficie del lago, bastante irregular y delimitada por espesas masas de árboles en toda su extensión. Para llegar hasta la zona donde vivía Sue Fromsett, aunque alguien avezado habría sabido cómo evitarlo, tuve que atravesar la ciudad. En algún momento me extravié y me vi costeando el lago entre los edificios universitarios, rodeado de estudiantes que se dirigían a clase o a los muelles donde había atracadas multitud de pequeñas embarcaciones a vela, uno de los alicientes de estudiar allí. Alguien me explicó cómo salir del atolladero y siguiendo sus indicaciones logré llegar a una vía recta que pasaba entre los campos de deportes de la universidad y conducía a mi destino. Una vez en la urbanización la tarea se complicaba, porque las calles eran pequeñas y llenas de revueltas y las casas estaban desperdigadas por las laderas cubiertas de árboles. El tamaño y la abundancia de éstos me recordó que aquel estado, aunque se disputaba el honor con Minnesota, era la patria legendaria de Paul Bunyan, que se había ganado el sustento y la posteridad derribando un número fantástico de aquellos troncos con su hacha.

Sue Fromsett vivía en una casa de respetable tamaño y sólida construcción, quizá mejor que otras casas de las proximidades. Tenía una entrada limpia y despejada y espacio para aparcar seis o siete coches. Sólo había uno, un jeep de color metalizado. En un principio pensé dejar el coche en la calle, sin entrar en el área privada de la casa, pero en aquella parte de Estados Unidos no suele haber verjas que impidan el paso y creí que estorbaría menos si lo estacionaba discretamente en el espacio destinado al efecto.

La puerta estaba entreabierta y se oía música en el interior. Toqué el timbre, que sonó algo estridente. Al cabo de medio minuto apareció en el umbral una mujer de pelo entre rubio y cano, aunque no demasiado mayor, con unas gafas grandes sobre la punta de la nariz y un cordón anudado al extremo de las patillas, para colgarlas del cuello. Me miró con naturalidad y me saludó amablemente:

– Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?

– ¿Sue Fromsett?

– Sí.

Por si podía hacerle algún efecto especial, le hablé en español:

– Me llamo Hugo Moncada. Vengo de Madrid y estoy buscando a su padre.

Sue Fromsett perdió su espontaneidad y se quedó callada durante un segundo. A continuación, meneando la cabeza y con un arrastrado castellano, dijo:

– ¿De Madrid? ¿Y para qué quiere ver a mi padre?

– Estoy haciendo una tesis sobre su novela Lejanos.

Mi interlocutora mudó en un momento de la desconfianza al estupor y de éste a una restauración de su deferencia inicial.

– Vaya -comentó, sonriendo-, no creo que a mi padre le pasara nunca por la cabeza que alguien pudiera hacer una tesis sobre su novela. Pero perdóneme, le tengo ahí de pie. Ya que viene de tan lejos al menos debería invitarle a entrar. Pase, si quiere.

Quise y Sue me llevó hasta el salón, una espaciosa y confortable estancia en tres o cuatro alturas enteramente revestida de madera color miel. Me ofreció asiento junto a la mesa donde debía estar ella a mi llegada, sobre la que vi varios libros y un par de cuadernos con anotaciones en una caligrafía impetuosa.

– Disculpe el desorden. Estaba preparando mis clases. Soy profesora, en la universidad. ¿Usted también es profesor?

– Todavía no.

Entonces Sue cayó de pronto en la cuenta de algo, y al hacerlo en su actitud volvió a haber cierta distancia.

– ¿Cómo me ha encontrado? -preguntó-. No uso nunca el apellido Dalmau. Aquí las mujeres toman el del marido cuando se casan, ya sabe.

Escogí la sinceridad:

– Me da vergüenza contárselo. Busqué el apellido en la guía telefónica y localicé a su hermano. Estuve en Milwaukee y de ahí me enviaron a Kenosha. Allí me dieron su tarjeta y también supe que su hermano había muerto. Lo siento mucho.

La alusión a la reciente tragedia de su hermano la sumió en una momentánea abstracción, pero me pareció que al menos dejaba de inquietarla el modo en que yo había llegado hasta su casa en aquella apartada colina sobre la ciudad de Madison.

– Fue una lástima -se quejó-. Era mi hermano pequeño, el único que tenía. Pero los muertos hay que dejarlos enterrados, y acordarse de ellos sólo cuando el recuerdo no sirve para entristecerse -trató de animarse-. ¿Cómo es que ha elegido hacer una tesis sobre el libro de mi padre?

– Es una obra muy singular.

– No hay duda. Pero, ¿cómo se enteró de que existía? No se ha traducido en España.

– He vivido algún tiempo en Nueva York. Allí la leí, y también en parte por eso me interesó. Aunque no tanto tiempo como su padre, he tenido la sensación de estar lejos de casa, en un país y una ciudad extraños.

– Este país ya no es extraño para mi padre. Ha estado en él durante casi toda su vida. Además -puntualizó, con malevolencia- el libro no trata de eso.

– No directamente. ¿Ha estado alguna vez en Madrid?

– No. Nunca he ido a España. Aunque mi padre me enseñó el idioma, no quiso llevarme. Luego he pensado ir alguna vez, pero no ha terminado de haber ocasión. Me gustaría hacerlo, algún día. Matthew fue, hace años.

– Si va a Madrid busque los sitios que su padre menciona en su novela. Tal vez cambie de opinión respecto de la intención del libro.

– Podría ser. En fin, ya veo que le gusta Lejanos, aunque seguramente sea uno de los pocos. Lo que no veo es qué le mueve a perseguir a Manuel Dalmau así, como un detective.

– No tengo otra forma. Es casi imposible saber algo de su padre. No hay nada escrito sobre él, aparte de quince o veinte líneas en su propio libro. En la editorial no me dieron razón de él, o no quisieron dármela. Dalmau es un enigma.

Sue Fromsett asintió. Era una mujer afectuosa y probablemente comprensiva, por el trato de años con los estudiantes o por una predisposición del carácter que no debía haber heredado de Dalmau, sino de su madre americana, la que le habría legado también los ojos azules y la palidez del rostro, aunque ésta, como otras, era una suposición gratuita.

– ¿Y no se le ha ocurrido pensar que a lo mejor Dalmau es un enigma porque desea serlo?

– Claro que lo he pensado. Pero no por eso podía dejar de hacer el intento.

– Me hago cargo -Sue Fromsett se detuvo, como si estuviera sopesando las palabras. Luego, en un tono ensayado, o así era siempre su inglés, lengua a la que se cambió acaso para ganar firmeza, me ilustró-: Verá usted, señor. Mi padre es un hombre muy anciano. No un poco, sino muy anciano. A mí me tuvo cuando ya había superado los cuarenta, y puede ver que no soy una niña. Su vida ha sido muy larga y no siempre fácil. Y ahora, para colmo, ha perdido a su hijo menor. Aunque pueda sonarle presuntuoso, ya no le queda mucha curiosidad por las cosas del mundo. No tiene muy buena salud, y está cansado. Cansado de vivir, en gran medida, aunque es posible que esto le sorprenda. Entiendo y aprecio su impulso, y se lo agradezco de corazón en nombre de mi padre. Espero que usted también entienda por qué él no quiere ver a nadie, y por qué yo no puedo ayudarle.

Era tan dulce en aquel idioma, en el que no se le encasquillaban como en el mío las jotas y las erres, que no había manera de interpretar que se me estaba sacudiendo sin más de encima. Por obtener nuevas muestras de aquella dulzura denegatoria, o por agotar lo que de su conversación pudiera sacarse, elevé una objeción:

– No acabo de encajar esa actitud, que no soy quién para criticar, por supuesto, con el hecho de reeditar el libro. Si no quería que nadie le molestase, ¿por qué rescatar algo olvidado para entregarlo al público?

– No lo rescató él -adujo Sue-, sino otros. Él se limitó a no oponerse. Haberse opuesto habría sido mayor incongruencia, ¿no cree?

La hija de Dalmau, en aquel papel de defensora de la privacidad y la coherencia de su progenitor, exhibía una simpatía y una convicción inexpugnables. Por primera vez desde mi llegada, alivió su nariz del peso de sus lentes. Sin la intermediación de los vidrios correctores tenía una mirada juvenil e intensa.

– ¿Y no podría siquiera decirme adónde puedo escribirle? -probé, a la desesperada, aunque distaba de imaginar qué podía escribirle a aquel hombre.

– No le daré su dirección. Envíeme aquí lo que quiera. Aunque le anticipo que no recibirá contestación alguna. En realidad, ni siquiera leerá lo que le mande. Puede hacer ya más de diez años que mi padre no lee nada. Tiene la vista casi perdida.

– Tal vez usted podría proporcionarme algunos datos sobre la vida de su padre -porfié-. Por qué vino a Estados Unidos, dónde trabajó, cuáles fueron sus comienzos.

– Lo siento. Muchas de esas cosas yo misma las desconozco. Nací muchos años después de que ocurrieran. Y lo poco que sé no puedo contárselo. Estaría traicionando a mi padre. No debo hacer yo lo que él no quiere que se haga. Me sabe mal que su viaje no sirva para mucho, pero todo lo que está en mi mano es invitarle a tomar algo.

En ese momento sonó el timbre. Sue se excusó y fue a ver quién era. Aproveché la soledad para mirar más de cerca los papeles que había sobre la mesa. El disco se había acabado y podía oír a Sue hablando con alguien en el vestíbulo. Mientras aquel diálogo no cesara, podía registrar a mi antojo. Los apuntes en los cuadernos, como alguno de los libros, versaban sobre el truculento escritor checo Hermann Ungar. Entre las páginas de un ejemplar de su novela Los mutilados asomaba un sobre con el filo rasgado. Lo saqué, teniendo cuidado de no perder la página. En el remite se leían el nombre Sybil Fromsett y unas señas de Nueva York, que me apunté sin pérdida de tiempo en la palma de la mano. De la carta sólo me dio tiempo a leer el encabezamiento, Dear Mum, y un irrelevante parte sanitario y meteorológico, el primero referido a la remitente y el segundo a la ciudad. Pude guardarla en su sitio antes de que reapareciese Sue en el salón. Al verla, me levanté.

– Creo que no debo molestarla más -dije-. Ha sido muy paciente al escucharme. Le dejo mi dirección y mi teléfono, por si cambia de parecer o le interesa alguna vez ponerse en contacto conmigo.

– ¿No quiere beber algo? Se lo ofrezco de veras. No quisiera que creyese que aquí echamos a los visitantes -Sue, nadie habría podido creer lo contrario, era una de esas personas de cortesía inflexible.

– No, se lo agradezco -y le tendí mi tarjeta.

– Muchas gracias -la tomó, con delicadeza-. Ya sabe dónde estoy yo. Enseño literatura centroeuropea en la universidad. Si hay alguna cuestión profesional en la que pueda serle útil, no dude. No siempre tengo por qué guardar secreto.

Sue Fromsett salió a despedirme a la puerta de su codiciable residencia. Mientras maniobraba hacia la calle la vi por el retrovisor, con los brazos cruzados bajo el porche. Ella era lo más cerca que había llegado a estar de Dalmau, y no era poco. Algo debía tener de él, algo que habría estado ahí, a mi disposición, si hubiera sido capaz de discernirlo. Siempre es difícil, en todo caso, rastrear el carácter de una persona en lo que resultan ser sus herederos. Conduje sin prisa a través de la ciudad y aun me detuve cinco minutos a mirar las velas blancas que salpicaban la rizada superficie negruzca del lago Monona. Los hijos de Dalmau, a lo que se veía, padecían la necesidad de tener un horizonte acuático a su alcance, incluso viviendo tierra adentro.

Aquella tarde creí, prematuramente, que jamás volvería a Madison, y al alejarme sentí una leve amargura, porque en aquel lugar, intuí, habría podido vivir. A veces sucede que los paisajes por los que viajamos no parecen ajenos, sino algo que podría pertenecemos, o formulando de forma más apropiada la relación, algo a lo que podríamos pertenecer. También puede vivirse durante años en un sitio sin llegar a considerarlo propio, como en parte me ocurría a mí con Nueva York, después de ocho meses. Como sospechaba que le ocurría a Dalmau en América, aunque su hija estuviera convencida o hubiera tratado de convencerme de lo contrario.

En la autopista, rumbo a Chicago, pensé largamente en Sybil Fromsett. Fue entonces cuando debí contemplar la posibilidad de que Dalmau, tras su empalizada impracticable, casi ciego y misántropo en ejercicio, dejara temporalmente de ser el norte de mi brújula en beneficio de su todavía incógnita nieta. A fin de cuentas, ¿a quién podía apetecerle sortear toda clase de impedimentos para acceder a donde no iba a ser bienvenido?

Apuntar a la hija de Sue era una frivolidad, lo admitía; pero en octubre o en noviembre podía estar de regreso en Madrid, metido en la misma mugre de antaño, y la perspectiva me inclinaba a juzgar que no había ninguna razón para omitir aquella distracción. Ignoraba, al razonar así, que estaba a punto de tomar un atajo hacia Dalmau y que aquel atajo, aparte del camino más recto, era también, y con diferencia, el más peligroso.

IV. SYBIL

1.

Una ternura irreflexiva

Cuando llegué a mi casa desde el aeropuerto encontré en el buzón un sobre de aspecto oficial. En la carta que había en su interior, con el membrete del National Visa Center, se me comunicaba a los efectos oportunos que había sido favorecido por la fortuna en el sorteo anual de permisos de residencia y se detallaba la documentación complementaria que debía aportar para que el permiso me fuera concedido. No era demasiada, aunque me impuso la carga de realizar un par de gestiones en el consulado, donde fue inevitable tener más trato con españoles, y con la manera española de hacer las cosas, del que a la sazón me confortaba. Una vez que hube remitido todos los papeles, Raúl, que me acompañó a la oficina de correos, certificó:

– Enhorabuena. A los efectos, ya eres prácticamente un green card holder y un proyecto de exiliado.

Aunque la tarjeta verde de residente a que aludía Raúl todavía no estaba en mis manos, al salir de la oficina de correos pensé que acababa de traspasar una raya, y que al otro lado de ella había más posibilidades, siquiera teóricas, de que las cosas fueran diferentes y de que los cambios no fueran reversibles. Raúl iba incluso más allá:

– Quién sabe. Esto es el principio. A lo mejor algún día te ves jurando la constitución de Estados Unidos y recibiendo un pasaporte nuevo. ¿Qué harías en ese caso con el pasaporte rojo?

– No cambiaré nunca de pasaporte -aseguré, y lo sentía-. Para darme éste no me obligaron a jurar nada. Esa es una ventaja que ningún otro puede salvar.

– ¿Estás seguro de que no juraste nada? ¿Ni en la mili?

– Hice reserva mental, mientras gritaba con el resto de la formación.

– ¿Y qué tenías contra la bandera? -se mofó.

– Contra la bandera nada. Contra los juramentos colectivos.

– Pues yo juré, como un imbécil, y hasta me lo creí -rememoró-. Claro que tenía dieciocho años. Además, siempre he sido un individuo complaciente.

Lo afirmaba en serio, y en parte no faltaba a la verdad. Aunque era difícil que Raúl guardara mucho respeto por nada, resultaba igualmente improbable que resolviera enfrentarse con alguien, incluso provocándole a ello. Prefería transigir, que era una forma tan buena como cualquier otra de reservarse y quedar al margen de todo. Sin ir más lejos, él sí había jurado la constitución de los Estados Unidos y tenía un pasaporte azul. Nunca me dijo qué había hecho con el rojo y nunca hice por investigarlo.

A mi vuelta de Wisconsin, aumentaron las dudas acerca de seguir buscando a Dalmau. Sospechando la inutilidad del empeño, que equivalía a dar por absurdas mis recientes andanzas como detective y por superfluas todas las afinidades presentidas entre ambos, me percaté de cuánto había llegado a depender de unas y de otras. A veces diríase que la existencia no es más que el problema de medir el tiempo, y que los sucesivos afanes en que uno se va embarcando no son sino maneras de solucionar esa medición. Cuando alguno de los sistemas métricos que uno ha adoptado se revela de pronto inoperante, la urgencia primordial es dar con otro que lo reemplace, para que su funcionamiento haga olvidar que en realidad nadie sabe para qué sirve medir o por qué debe hacerse, ni si el tiempo no es en realidad una vejación que habría que sacudirse de encima. Todos estamos prevenidos por uno de nuestros más sabios instintos para rehuir estas cavilaciones y para persistir en el cultivo de rutinas mensurables. Los dementes y los suicidas son, posiblemente, personas que dejan de tener una vara milimetrada junto a la que ir poniendo la lentitud o la velocidad de los días.

Mientras tanto, había llegado mayo y la alteración espiritual que siempre se produce hacia mediados de primavera se dejaba notar con singular virulencia en la ciudad. Era por lo áspero del invierno, o por la fragilidad de abril, por lo que aquel mes llegaba como una conmoción, entre las flores que se abrían en los parques, los negros que cantaban en las calles y las muchachas desabrochadas. Incluso, como apuntaba Raúl, regocijándose en la discutible sutileza de la señal, volvían a oler los excrementos de los perros; los pocos que desafiaban la prohibición, sancionada con multa de 100 dólares, y los muchos que los dueños obedientes, con guantes de plástico, recogían de las aceras y guardaban en bolsitas.

Fue en medio de aquel trastorno estacional, jubiloso para unos y resignado para otros, como inicié mi aproximación a Sybil Fromsett, la hija de Sue y nieta de Dalmau. Lo primero que conseguí de ella fue el número de teléfono. No era la única Fromsett, S. que en el listín electrónico figuraba como residente en Nueva York, pero sí la única que vivía en aquel número de la calle 75, entre las avenidas Columbus y Amsterdam, no lejos del Museo de Historia Natural y en lo mejor del Upper West Side. Después fui a ver la casa, un edificio de cinco pisos bastante antiguo, aunque restaurado primorosamente. No había portero, porque sólo eran diez vecinos y el gasto per cápita habría resultado desmesurado. Sybil Fromsett, según comprobé gracias al portero automático, vivía en el segundo izquierda. Eran las doce de la mañana y no sabía cuándo podía entrar o salir, pero se me ocurrió que el mejor momento para esperarla era por la tarde o por la mañana temprano. Por no pasar allí más tiempo del debido, porque no la conocía y prefería no equivocarme, y también porque me apetecía oírla, la llamé a la mañana siguiente a las siete, que era una hora a la que supuse que estaría en casa. Una voz no somnolienta, es decir, perteneciente a alguien que ya se había levantado hacía rato, surgió al otro lado de la línea:

– ¿Quién es?

Colgué y volví a llamar a las siete y media. Ya nadie cogió el teléfono. Eso me obligaba a un máximo de media hora de espera, un lapso razonable. Al otro día, muy temprano, mientras iba en el metro hacia la calle 75, traté de adivinar qué aspecto tendría Sybil Fromsett. Su voz era grave y hablaba con acento de Nueva York, como si hubiera vivido aquí desde siempre. El mensaje del contestador automático era muy revelador. Lo recordé: Esto es una máquina, lo que significa que no puedo o no quiero ponerme, así que cuéntaselo a ella. Si me interesa, cuando ella me lo cuente a mí te llamaré. Si no lo hago, no me gastes más cinta. Gracias. A pesar de todo, no tenía por qué ser antipática; algunos de mis conocidos más afables grababan mensajes mucho más hostiles que aquél. No me había sonado muy joven, aunque tampoco podía tener arriba de treinta años si era hija de Sue. Debía ser rubia y blanca, como ella; todo lo contrario de la exuberante y húmeda morena que bajo la leyenda ¿Harto de ese tatuaje? promocionaba una clínica dermatológica en uno de los anuncios del interior del vagón de metro. Tampoco me la imaginaba tan sofisticada y felina como Airiana, la flecha humana, que volaba hacia uno desde el anuncio contiguo, del circo Ringling, Barnum & Bailey. Acaso se pareciera más a la mujer con portafolios de un tercer anuncio, Abogados especialistas en daños personales, llame 24 horas al día. Dejé vagar la mirada a mi alrededor, jugando a buscar otros modelos, hasta que me topé con el gesto de una altísima negra melancólica, que me cohibió.

A las siete menos cinco estaba enfrente del portal, apoyado detrás de una furgoneta. Aparte de mí no había nadie, lo que me forzaba a adoptar un aire lo más natural posible, como si estuviera esperando a quien no me importaba que me viera, aunque no fuera ése estrictamente el caso. Entre las siete y las siete y cuarto, de las casas próximas salieron cuatro personas y del portal de Sybil una quinta que no podía ser ella. A las siete y diecisiete apareció sobre la escalinata una mujer de unos veintinueve o treinta años. Tenía una melena corta y rubia, algo desvaída, ojos pequeños y nariz estrecha, lo que en la distancia daba a su rostro una apariencia difusa. Vestía unos pantalones de cuero marrón que sus piernas no llenaban, ni siquiera a la altura de los muslos; calzaba botas flexibles e iba envuelta en una blusa amplia, con el bolso en bandolera entreabriéndosela. La piel de su garganta y del comienzo de su pecho, que se mostraba así generosamente, era clara y luminosa. En Madison me había llamado la atención lo tersa que tenía la piel Sue Fromsett, para su edad. Cuando estuvo en la acera, Sybil, que no podía ser otra, cruzó los brazos y sin verme echó a andar decididamente hacia Columbus Avenue.

Aquella primera mañana no la seguí. Me quedé apoyado tras la furgoneta, observando cómo se alejaba, deprisa, los hombros y las caderas oscilando al ritmo que los tacones de sus botas iban marcando sobre el pavimento. Pese a la ropa holgada, pude apreciar la brevedad de su torso. Causaba una impresión contradictoria, tan tenue de cuerpo y tan resuelta en sus ademanes. Antes de doblar la esquina con Columbus, se revolvió un par de veces el cabello sobre la frente. Un segundo más tarde se había esfumado. Recuerdo que era viernes y que su imagen no se me quitó de la cabeza en todo el fin de semana. Algo en ella, algo que no había acertado a encontrar en su madre, me remitía poderosamente al mundo de Dalmau. Podía imaginarla, a Sybil, caminando con aquel paso firme por las calles del Madrid que había retratado su abuelo, seduciendo a los personajes que él había creado y consolándolos de sus faltas. Pero había algo más. La nieta de Dalmau resucitaba en mí una ternura irreflexiva que no me negué a reconocer, aunque la temía. Por experiencia me constaba que esa ternura era la fuente de donde manaban, y nunca estaría tan mermada como para que dejasen de hacerlo, el hambre de calor y la sed de carne ajena.

2.

Acecho bajo la lluvia

El lunes siguiente la aguardé ya en Columbus Avenue, donde podía pasar más desapercibido. En contraste con las precedentes, la mañana amaneció plomiza y lluviosa, lo que no facilitaba mucho mis intenciones, aunque me proporcionaba el parapeto del paraguas para salir del paso en alguna situación comprometida. Ella no llevaba paraguas, sino uno de esos engorrosos impermeables transparentes que sólo protegen de la lluvia. Debajo del plástico iba vestida como la vez anterior, con la sola excepción de la blusa, reemplazada por otra del mismo estilo. Le di una ventaja prudencial y salí tras ella. Bajó por Columbus hasta la 72 y una vez allí torció hacia el parque. Presumí que cogería el metro, y no erré.

En la estación cruzó sin detenerse la zona de las taquillas. Dejó caer en uno de los torniquetes su token, que llevaba a punto en la mano, y se dirigió al andén. Allí me situé unos pocos pasos por detrás de ella, confundido entre la gente. Su tren tardó en venir pero Sybil no parecía nerviosa, al contrario que muchos otros a nuestro alrededor, que debían ir ya con la hora ajustada. Al fin subimos a un convoy de la línea C. Venía desde el Bronx y Harlem y atravesaba Chelsea y el Soho hasta Tribeca. Luego seguía a Brooklyn, pero me atreví a dudar que para entonces Sybil continuase dentro de él. Aunque el vagón iba bastante lleno, ella consiguió sentarse pronto. Yo ni siquiera lo intenté; prefería quedarme cerca de una puerta para bajar sin contratiempos cuando ella lo hiciera. En cuanto se hubo acomodado en el asiento, sacó de su bolso un libro y lo abrió por donde le indicaba un marcador, aproximadamente la mitad. Con algún esfuerzo, pude distinguir el título y el nombre del autor: Le Grand Meaulnes, de Alain Fournier. Lo había leído hacía veinte años, y apenas recordaba que era una historia misteriosa sobre las emociones de la adolescencia. También recordaba que su autor había muerto muy joven, en alguna de las cochambrosas batallas de la Primera Guerra Mundial. Sybil pasaba sus páginas a gran velocidad, completamente concentrada en el relato y aislada del ambiente populoso del vagón.

No levantó la vista del libro hasta la estación de Canal Street, cuando el conductor la anunció por los altavoces. Nueve meses después, a mí me seguía costando trabajo entender a los conductores del metro. Había llegado a averiguar que cuando decían Stand querían decir Stand clear, que a su vez era abreviatura de la orden completa, Stand clear of the closing doors; pero entre el acento que tenían y la deformación que imprimían a sus palabras los altavoces, pasaba enormes apuros para descifrar otros mensajes menos repetitivos. Había quien decía que no era que los altavoces les deformaran la voz, sino que la tenían así. En todo caso, Sybil no debía padecer mis limitaciones. Apenas oyó el aviso, guardó el libro en el bolso y se preparó para bajar.

En Canal Street transbordamos a la línea E, que seguía un par de estaciones más hasta terminar en el World Trade Center. Aquí Sybil ya no pudo sentarse y tampoco se esforzó demasiado por lograrlo. Cuando llegamos al final de la línea el tren se vació tumultuosamente, como correspondía a la hora y al lugar. Los oficinistas entre los que caminábamos tenían prisa por alcanzar los ascensores de su torre respectiva y hacerle saber cuanto antes al ordenador central de la empresa para la que trabajaban que ya se hallaban a su disposición. Para ello, dependiendo de los casos, debían encender su ordenador personal o les bastaba con atravesar el arco invisible que a la entrada de la oficina activaba el microcircuito electrónico de su tarjeta de identificación. A juzgar por el ritmo de su marcha, que no era tan apresurado, Sybil no llevaba una tarjeta con microcircuito electrónico, o no se cuidaba especialmente de las horas que le apuntaba o dejaba de apuntar un ordenador central. Así y todo, se dejó arrastrar por aquella hueste y tras un buen trecho de corredores y escaleras y una breve intemperie nos vimos ante una batería de ascensores. No me fue fácil ponerme en situación de subir al mismo ascensor al que subiera ella, procurando al mismo tiempo no colocarme tan cerca que ella pudiera fijarse en mí. Sin embargo, todas mis precauciones se arruinaron cuando, careciendo del adiestramiento del que disponían los demás, traté de hacerme un hueco en el ascensor en cuestión. Los más avezados, entre ellos Sybil, ganaron todas las plazas próximas a las paredes y yo me quedé en el centro, desconcertado y completamente expuesto.

Durante una fracción de segundo mis ojos se cruzaron con los suyos, y pude apreciar que eran fríos y de un color azul claro, bastante más que los de su madre. Fue un encuentro fugaz al que no me pareció que ella concediera la menor importancia, pero si no tomaba alguna medida el próximo podía resultar menos casual. El único remedio que tenía a mi alcance era darle la espalda, y eso fue lo que resolví hacer. Sintiendo, lo estuvieran o no, clavados en mí sus pequeños ojos impasibles, fui contando los pisos que el ascensor iba dejando atrás. Aunque a medida que subíamos hubiera más sitio, gracias a los que se bajaban, siempre me ganaba otro a la hora de ocupar los espacios que iban quedando libres junto a las paredes. Seguía allí, en medio, cuando oí detrás de mí que ella decía:

– Sorry, sir.

Me aparté inmediatamente, sin volver la cara. Dio igual. Al salir ella me la buscó y agradeció con inusitada gentileza mi prontitud:

– Thanks so much.

Estábamos en el piso 63. Eché un vistazo al panel de botones. El más alto de los que habían marcado los demás era el correspondiente al piso 72, así que apreté el 73. En el 72 abandonó el ascensor un individuo de traje negro, camisa blanca, corbata granate de fantasía y cabellos engomados. Durante el tramo final de la subida me había venido observando con indisimulable sospecha. Me despedí de él, con corrección:

– Have a nice day.

El del traje negro no respondió a mis buenos deseos. Mientras bajaba, todavía resonaban en mis oídos las palabras de Sybil. Recordaba también, sin pararme a sopesar lo poco que convenía a mis planes de sigilo, la dulzura de su semblante al mirarme. Y la complicidad con que había saludado a la recepcionista de la planta. Eso había sido lo último, antes de que volvieran a cerrarse las puertas del ascensor y yo ya no pudiera ver nada más.

Abajo, en el directorio del edificio, me informé de que en el piso 63 había un despacho de arquitectos y una productora de televisión. Mis especulaciones se inclinaron automáticamente por la segunda, pero había una manera rápida de confirmarlas o desmentirlas. Tras las pertinentes averiguaciones, llamé por teléfono a los dos sitios y pregunté por Sybil Fromsett.

– Sybil what? -respondieron en la productora.

En el despacho de arquitectos, por el contrario, oí un chasquido en la línea y un segundo después la voz de la propia Sybil.

– Fromsett -dijo, con sequedad

Por un momento pensé en colgar, pero se me ocurrió algo, sobre la marcha. Hispanizando al máximo mi pronunciación inglesa y adoptando un tono oficial, inventé:

– Buenos días, señora Fromsett. Soy Adrián Valverde. La llamo de la embajada española, en Washington.

– ¿La embajada española? -Sybil reaccionó como si una llamada de la embajada española en Washington fuese lo último que esperaba recibir.

– Sí. Disculpe si la interrumpo. ¿Puede atenderme?

– Bueno, no sé. ¿Qué es lo que quiere de mí?

– Estamos haciendo una encuesta entre hijos de españoles residentes en Estados Unidos. Queremos conocer cómo se han integrado en la sociedad americana.

– Debe haber un error -aclaró Sybil, con rapidez-. Mis padres son americanos.

– En nuestros archivos consta una Susan Fromsett, nacida Dalmau, como hija de Manuel Dalmau, emigrado español. ¿No es usted?

– Mi nombre es Sybil, no Susan.

– Ah. ¿Y no tiene nada que ver con esta Susan Fromsett?

– Nada en absoluto -mintió, con seguridad-. Ya le digo que soy americana y que mi familia también lo es.

– Le ruego que nos perdone. Nuestros datos sobre estas personas son incompletos y nos vemos obligados a conseguir sus números de teléfono por procedimientos poco fiables. Al coincidir la inicial nos ha debido despistar.

– No se preocupe. Buenos días.

Y colgó. Me cogió un tanto desprevenido la decisión con que se me había quitado de encima, aunque podía no tener nada de extraño. No era precisamente anormal que a alguien le fastidiara contestar a una encuesta. Supuse que ahora debía aguardar hasta las doce y media o la una, cuando ella bajaría a almorzar. Fui a comprar el periódico y estuve dando una vuelta por el World Financial Center y el puerto de yates contiguo. Era agradable pasear a la orilla del Hudson a aquella hora, y sentirse ocioso al pie de los edificios donde todos trabajaban. La lluvia había cesado de momento, aunque el cielo seguía cubierto y la atmósfera neblinosa. No muy lejos de donde me encontraba salían los transbordadores hacia Nueva Jersey. Nunca antes había considerado la posibilidad de ir allí, pero pensé que me sobraba el tiempo y el billete no era costoso. Subí al barco en compañía de un grupo de turistas japoneses que se hartaron, mientras atravesábamos el río, de hacer fotografías del lado oeste de la isla. Desembarqué al fin en Nueva Jersey, cuyo aspecto en la cercanía era más lóbrego que el que ofrecía a lo lejos, y allí estuve un buen rato contemplando aquella perspectiva para mí inédita de Manhattan, dominada, en primer término, por las dos torres gemelas que se alzaban en la bruma.

A las doce y cuarto estaba de nuevo ante los ascensores, aunque esta vez me preocupé de esconderme debidamente. A las doce y media salió de uno de ellos Sybil, acompañada por otras dos personas. Una de ellas era una bellísima mujer de aspecto árabe o iraní, impecablemente vestida, de larga cabellera negra y labios perfectos pintados de color rojo sangre. El otro era un hombre joven, trajeado y desenvuelto, que no paraba de echarse hacia atrás su media melena peinada a un lado. Les dejé veinte o treinta metros y pude seguirles sin tropiezos hasta un restaurante de comida rápida de Liberty Street. A través de las vidrieras del establecimiento vigilé sus maniobras en el interior. Antes de entrar, esperé a que se sentaran, además de cerciorarme de que habría algún lugar donde pudiera acomodarme y pasar desapercibido. Una vez dentro, pedí una hamburguesa doble con queso y beicon, preparado más bien inmundo a cuya ingesta me entregaba en ocasiones como una forma torcida e inconfesable de placer gástrico, y me fui con ella al rincón que había elegido para espiar a Sybil y a sus compañeros de mesa.

Durante la comida habló sobre todo el hombre. La iraní (terminé por admitir que era demasiado blanca para ser árabe) le escuchaba con una cierta displicencia y sólo Sybil le daba alguna réplica. Al estar demasiado lejos para oír lo que decían, debía quedarme con los gestos. En alguna ocasión Sybil se dirigía a la iraní, y ésta asentía sin tomar nunca las riendas de la conversación. Cuando finalizaron su almuerzo, el hombre se levantó el primero. Sybil retuvo entonces un instante a su compañera y le susurró algo al oído. De pronto, la iraní se echó a reír, y al hacerlo fue más ruidosa de lo que sin duda pretendía. Sybil la cogió cariñosamente por la nuca y la conminó a guardar silencio.

Volvía a llover. Sybil y su amiga hicieron el camino de vuelta hasta las torres bajo el paraguas de la segunda, mientras el hombre, cuya postergación era ya notoria, se mojaba y maldecía. Luego desaparecieron en los ascensores y yo me quedé con otras cuatro horas por delante. Para entretenerme tuve una idea. Me acerqué a una de las librerías del centro comercial próximo. Después de rastrear un poco, di con un ejemplar de Le Grand Meaulnes. Lo compré y me fui a leerlo a un café. Aquella traducción inglesa era sentida y pulcra, bastante más legible que la versión española en que yo había conocido el libro. En aquellas cuatro horas, saltando algunos trozos, pude llegar hasta el final, hasta la hermosa escena en que Augustin Meaulnes regresa para llevarse a su hija y dejar al narrador, que en su ausencia ha concebido la esperanza de que podrá ser un padre adoptivo para la niña, sumido en la soledad y la rendida admiración que siente por su amigo nómada.

Sybil bajó a las cinco y cuarto, acompañada por la iraní. Aunque la lluvia arreciaba, no fueron al metro. Subieron por West Broadway hasta la confluencia con Varick Street. Iban las dos cogidas del brazo, bajo el paraguas que la iraní debía sujetar con fuerza porque no lo movía el aire que venía de frente y que me dificultaba no poco su seguimiento. A nuestro alrededor empezaba a organizarse el atasco de la hora punta. En la tarde gris destellaban con fuerza las luces de freno de los coches que se iban amontonando a lo largo de las calles. Recorrieron Varick entera, hasta West Houston, y una vez en ésta torcieron hasta Hudson Street. Entonces supe a dónde iban. Aquél era uno de los cines en los que ponían películas que no venían de Hollywood, categoría eminentemente marginal en la que quedaban comprendidas el resto de las americanas, las europeas y las de otros lugares exóticos. Sybil y su amiga entraron a ver una película italiana sobre emigrantes albaneses que había tenido cierto éxito en España poco antes de mi partida. Yo no la había visto y me pareció una buena forma de completar la tarde. Cuando pasaba un minuto de la hora en que comenzaba la sesión compré una entrada y me introduje en la sala ya a oscuras.

Aprovechando las secuencias de cielos azules, que iluminaban lo suficiente al público, localicé en seguida a Sybil y a la iraní. Estaban en mitad del patio de butacas y se las veía muy atentas a la proyección. La película me gustó mucho, porque abordaba con la mezcla justa de lirismo y desconfianza la cuestión de las tierras prometidas. Singularmente astuta era la escena en que un puñado de albaneses miraban embobados en un bar un espantoso concurso de la televisión italiana, captado a duras penas en un receptor prehistórico.

A la salida del cine, Sybil y su amiga se despidieron. No lo hicieron efusivamente, sino como si de pronto se hubieran quedado sin razón para estar juntas. La iraní detuvo un taxi y Sybil fue a coger el metro en la estación de Houston Street. Mientras la seguía de nuevo bajo la lluvia, medité por primera vez acerca de lo que estaba haciendo. No sabía apenas quién era aquella mujer, ni tenía en realidad más motivos para ocuparme de ella de los que habría podido tener para ocuparme de cualquier otra. Tampoco tenía derecho a asomarme así a una existencia ajena. Le estaba hurtando a Sybil un conocimiento ilegítimo de sus aficiones y de sus compromisos, de su trato hacia otros y de sus ademanes solitarios; en suma, algo tan íntimo como el método que se había trazado para vadear aquella jornada o incluso la vida. Y no me quedaba ahí, sino que andando tras ella aplicaba en mi provecho sus esfuerzos, empleándolos sin su autorización y sin escrúpulos para relevarme de la carga de decidir mi propio rumbo. En cierto modo, era sorprendente cómo estaba a mi merced, cómo uno podía seleccionar a otro para parasitarle sin su consentimiento. Acaso la forma en que aquella mujer caminaba bajo la lluvia, aterida en su impermeable de plástico, o la ensoñación que había en su rostro mientras esperaba a que cambiara un semáforo, fueran algunas de las imágenes más precisas y desnudas que pudieran obtenerse de su alma. Y allí estaban, a disposición de cualquier desaprensivo. A mi disposición.

En el metro me mantuve algo más apartado de ella que por la mañana. Sybil iba de pie, leyendo su libro. No la vi levantar los ojos de él hasta que entró en el vagón un vendedor de Street News, el periódico de los homeless, o de alguien que hacía negocio a su costa. Era un negro bien parecido, con voz de barítono, que gritaba con prestancia:

– Lean en Street News sobre el ejército secreto del alcalde. Sepan cómo el alcalde pretende limpiar Nueva York. Street News cuenta lo que otros callan. Compren Street News. Ya no pido limosna, señoras y caballeros, esto es un trabajo y ahora lucho por mi dignidad.

Impresionaba la manera en que decía la última palabra, dignity, sin convertir la te en una erre floja como casi todos sus compatriotas. Sybil le observó de arriba abajo, atraída como los demás por la apostura del ex mendigo, pero no le compró el periódico. Entonces justo entonces, fue cuando cometí mi error. Distraído por la irrupción de aquel hombre, no reparé en que llegábamos a Times Square, donde era más que presumible que mucha gente se bajase. El vagón se despobló de golpe y desapareció el mar de cabezas tras el que me ocultaba. Antes de que pudiera reaccionar, Sybil me vio. Se me quedó mirando tranquilamente, reconociéndome primero y con curiosidad después, y en todo el tiempo que estuvo así yo no acerté a apartarme de aquellos ojos fijos y apacibles. Me tuvo atrapado cuanto quiso, y me soltó cuando se le antojó. Luego volvió a su libro, con una enigmática sonrisa. Todavía tuve la inconsciencia de seguirla en Columbus Circle, donde bajó para transbordar, pero desistí de subir tras ella al tren que la llevaría de vuelta hasta la calle 72.

Estuve vagando hasta el anochecer por el parque, con el paraguas colgado del brazo, tratando de resolver qué era lo que podía hacer en las nuevas circunstancias. No podía perseguirla más por las calles, pero tampoco podía olvidarme de ella. Esa tarde, empapándome vivo por los senderos de Central Park, que odiaba, comprendí que había sufrido una herida, y no me importó. Hacía años que algo dentro de mí, algo que ya casi había dejado de esperarla, ansiaba la fiera punzada de aquel cuchillo.

3.

La sonrisa impávida

Esa noche, víctima del insomnio, recordé que antes de seguirla había temido que ella me tentara y no estuviera a mi alcance (o sí lo estuviera, tanto daba) y que después, cuando todo se hubiera consumido, me hiciera arrastrar durante algunos días un resquemor que terminaría por disolverse entre los demás actos a medias que almacenaba mi memoria. Eso era, en mi vaticinio, lo máximo que aquella mujer podía depararme. Ni por un momento había imaginado que las cosas iban a apartarse tanto de mi predicción.

Quizá nada habría valido lo mismo si Sybil no hubiera sido antes que nada un nombre escrito al dorso de un sobre, y luego una criatura imaginada sobre la pista casi perdida de Dalmau y luego una mujer lejana a la que aceché bajo la lluvia cuando ya me había resignado a no encontrar nada en Nueva York. Si no hubiera sido todo eso, si sólo hubiera sido alguien que me hubieran presentado en un apartamento o en un café, acaso no habría podido ocurrir el hechizo. En cualquiera de esas otras ocasiones posibles habría hablado con ella antes de tener oportunidad de descubrir su silencio, y hasta la habría tocado (aunque sólo hubiera sido uno de esos contactos neutros que la urbanidad permite o aconseja) antes de haber podido construir en mi interior el deseo de tocarla. Desde mi último amor adolescente, que había sido Marta, o para ser más exactos la Marta del principio, sólo había conocido mujeres por procedimientos convencionales. Algunas de aquellas mujeres me habían gustado durante un par de días y algunas otras durante un par de semanas, pero por ninguna habría ido a rodar como un perro por los parques ni habría sacrificado un solo segundo de sueño. Y sobre todo, por ninguna de ellas había sentido el viejo dolor ni el impulso de cometer actos irrazonables. Por Sybil, después de aquella noche en que el dolor vino inopinadamente a dejarse recobrar, no sólo sentí el impulso, sino que también me vi obligado a obedecerlo.

Por eso fui el día siguiente al restaurante de comida rápida de Liberty Street, a las doce y media en punto, y me senté con mi ejemplar de Le Grand Meaulnes y una doble hamburguesa no en un rincón, sino donde cualquiera pudiera verme. Por eso cuando Sybil entró en el restaurante, con la iraní y el hombre joven de la melena peinada a un lado, me quedé mirándolos por encima del libro, mientras masticaba sin prisa un revoltijo de pan, pepinillos y carne picada, y seguí haciéndolo cuando vinieron con sus bandejas a sentarse en una mesa próxima a la mía. En un instante de debilidad pude creer que Sybil trataría de evitarme y les guiaría hacia otra parte del restaurante, pero di en apostar que mi presencia no les privaría de sentarse donde solían y tuve buen cuidado de instalarme en las inmediaciones.

Ella me vio casi en seguida, mientras hacía cola ante el mostrador. No era difícil que llamara su atención porque yo, que ya no disimulaba, la contemplaba sin recato. El tiempo volvía a ser soleado y Sybil había escogido por primera vez desde que la conocía una falda, lo que me permitía acceder al secreto hasta entonces bien guardado de sus piernas. Otro cambio que suscitaba mi interés era la sustitución de la blusa por un suéter de hechura ajustada que marcaba sus formas sucintas. Mi admiración, descarada y persistente, no parecía ofenderla. Mientras esperaba a que la sirvieran, y después, ya sentada a la mesa, siguió hablando con sus compañeros como si nada la estorbase, aunque tampoco afectó no haberse dado cuenta de que yo estaba allí. De vez en cuando nuestras miradas se cruzaban y Sybil no retiraba la suya inmediatamente, sino cuando la conversación de su mesa la reclamaba de nuevo, sin brusquedad. Pronto comprobé, por cómo se fijaba en la cubierta, que también había averiguado el título del libro que yo leía.

Como el día anterior, era el hombre quien llevaba el peso de la plática, pero en esta ocasión, a diferencia de la víspera, yo podía escucharle.

– Y entonces -relataba, con suficiencia-, pongo en marcha el contestador y allí me aparece otra vez el muy capullo, soltando un discurso interminable sobre lo interesados que están en mí y sobre cómo debo insistirles en mi magnífica cualificación. Tendríais que escucharle, empalmando de cualquier manera conceptos que obviamente ignora y que debe haber oído a sus clientes cuando le explicaron el perfil del puesto.

– Los cazatalentos no saben nada, por definición -apuntó Sybil, con sorna-. Si supieran algo los cazarían a ellos.

– Pero lo mejor viene al final, quiero decir al final de la cinta, porque si no se hubiera terminado no habría parado todavía. Cuando el tipo ve que ya no tiene nada más que decir, empieza a largarme consignas, a cual más delirante. No os imagináis. Ve por ellos, tigre. Y cosas por el estilo.

– Le tienes entusiasmado, muchacho -constató Sybil, zumbona-. El empleo es tuyo.

– No es él quien tiene que entusiasmarse.

– No te preocupes -intervino la iraní, que hablaba un inglés lento y aterciopelado-. Estoy segura de que los otros se entusiasmarán igual cuando te vean. Ya me extrañaría que hubiera otro candidato tan brillante.

– ¿Por qué me suena como si te burlaras? -se revolvió el hombre, súbitamente susceptible.

La iraní le observó con insolencia.

– Tú sabrás -dijo.

– Vamos, Dalia, no le pinches -medió Sybil-. También tú estarías nerviosa si tuvieras una entrevista tan importante esta tarde.

– Estoy nerviosa. Como no ande listo esta tarde, tendremos que seguir soportando nosotras su ilimitado amor a sí mismo.

– ¿A qué viene eso? -se revolvió el hombre, irritado-. No sospechaba que la envidia te pudiera volver tan mezquina.

– Nunca podría tenerte envidia, Pete, ni aunque me esforzara. Aunque no me exhibo tanto como tú, sé hacer todo lo que tú sabes hacer y muchas otras cosas con las que ni siquiera has soñado todavía. Dentro de algunos años comprenderás a qué me refiero, quizá.

– Muchas veces se me ocurre que deberían revisarse profundamente las leyes de inmigración de este país -opinó Pete, con rencor-. Sin ir más lejos, habría sido interesante que no consideraran que tu padre era un perseguido político. Habría podido verse si eras igual de presuntuosa debajo de un velo y haciendo sólo lo que te mandaran.

– Una reflexión inteligente -asintió Dalia-. Propia del americano medio. Quizá por eso vuestras autoridades se preocupan de que entre algún aire fresco de fuera de vez en cuando.

– Ya está bien, ¿no os parece? -se interpuso Sybil, con firmeza. Durante el combate que habían sostenido los otros dos se había quedado en segundo plano, observándome. Habríase dicho que se complacía en poseer la clave de aquella enemistad y en ostentar ese conocimiento ante mí, que carecía de él y asistía a la refriega sin acabar de entender lo que estaba sucediendo. Sus compañeros adquirían así una condición puramente instrumental, como si sólo fueran juguetes cuyo funcionamiento me mostraba para distraerme. Era por dejar bien claro su ascendiente sobre ellos, supuse, por lo que interrumpía ahora la disputa.

– Un caso notable, tu cazatalentos -se dirigió a Pete, reanudando sin más la conversación en el punto donde había quedado antes del incidente-. Siempre me ha llamado la atención que haya personas que dependan tanto de lo que hacen otras personas, como tu amigo, o los representantes, o los entrenadores de gimnastas. Debe ser horrible que tu suerte se juegue siempre con dados que no están tus manos.

– No creo que ellos piensen eso, y en algún caso es posible que no anden descaminados -sugirió Dalia, no sin intención.

– Siempre se acaba perdiendo el control -la rebatió Sybil-. Por eso me resulta incomprensible que algunos pongan tanto interés en las vidas ajenas.

Ni Pete ni Dalia replicaron, pero no era a ellos a quienes Sybil destinaba su juicio. Mientras lo formulaba mantuvo el rostro vuelto hacia donde yo estaba, y en sus facciones no había emoción alguna, sólo una sonrisa quieta y desafiante. Como la víspera, en el vagón de metro detenido en la estación de Times Square, su aplomo me desconcertó. Sin otro recurso, me aferré al libro que alzaba como una barricada entre ambos, olvidando que era por ella por quien las aventuras de Meaulnes ocupaban mis manos y que levantarlas de esa forma podía interpretarse como un signo de flaqueza.

Tal vez por eso aquella misma tarde, cuando salió de la oficina, caí en la ignominia de volver a seguirla como la tarde anterior, clandestinamente. Iba otra vez con Dalia, pero en esta ocasión, en vez de remontar West Broadway, fueron a coger el metro en Wall Street. Desde el vagón contiguo, al que subí para mayor seguridad, las vi abandonar el tren en la estación de Bleecker Street, en el borde occidental del East Village. Aguanté hasta poco antes de que las puertas se cerraran y fui tras ellas hasta lo que resultó ser su destino: el Fez, una especie de cafetín árabe en Lafayette Street. Cuando desaparecieron dentro de él, me detuve un instante a ordenar mis ideas. En realidad, habría preferido que Sybil estuviera sola, pero también había que considerar que un lugar como aquél no dejaba de ofrecer sus ventajas. Entre otras, la oscuridad que preví desde fuera y corroboré al entrar en la especie de trastienda donde se hallaba el cafetín propiamente dicho. No había ventanas, sólo una imitación a base de cortinas, falsos huecos y alféizares fingidos en las paredes. Los clientes se repartían en mesas exiguas, apenas aptas para acoger a un par de personas cada una. Sybil y Dalia habían conseguido una de aquellas mesas y justo cuando yo llegué estaba desocupándose otra. Aproveché para pedir con rapidez una cerveza y preguntarle a la escéptica camarera (las camareras son a menudo escépticas, en Nueva York como en otros lugares):

– ¿Han pagado en aquella mesa?

– Todavía no -dijo la camarera, con tono aburrido.

– Cóbrelo todo de aquí -y le tendí cincuenta dólares.

– Claro -aprobó, sin cambiar de entonación.

Me senté en el sitio que había quedado vacío. Para entonces Sybil ya se había percatado de mi entrada y volvía a haber en su semblante la misma sonrisa impávida del mediodía. Dalia hablaba y ella hacía como si atendiera, aunque resultaba ostensible que su mente no estaba en lo que la otra pudiera decirle. De pronto, el que ella me vigilase como yo la vigilaba a ella me alarmó. Por primera vez se me ocurrió que podía pasar que se cansase o se asustara, reacciones ambas de todo punto justificables ante mi estrafalario comportamiento, y organizara un escándalo o avisara a la policía. Era lo que cualquiera habría debido prever, y sin embargo nada en su actitud auguraba una salida de ese cariz. Más bien se mantenía a la espera, como si me estuviera sometiendo a una especie de prueba que sólo podía reputarse temeraria. Ninguna mujer juiciosa de Nueva York se habría arriesgado a descubrir cuando fuera demasiado tarde lo que podía pretender un desconocido que demostraba una afición tan extraña y pertinaz por su persona y costumbres.

Estuvieron allí durante cerca de una hora, cuya longitud entretuve en una insoluble cavilación acerca de la pertinencia o inoportunidad de levantarme y abordarlas. Al final me retuvo la iraní, quien por lo visto con Pete, y aunque el asunto no fuera con ella, habría dado en despreciarme y podía desempeñarse de forma más áspera de lo que me convenía. Si hubiera tenido que juzgar sólo por Sybil, por el contrario, habría sacado la conclusión de que algo semejante era lo que se esperaba que hiciera. Incluso podía ir más allá: a medida que transcurrían los minutos sin que mi decisión llegara a formarse, me dio la impresión de que mi pasividad la defraudaba.

A pesar de todo, dejé pasar el tiempo hasta que pidieron la cuenta, con la subrepticia esperanza, sospeché después, de que los acontecimientos escaparan a mis designios. Cuando la camarera les dijo que todo estaba pagado y les señaló en mi dirección, Dalia me miró con reproche y Sybil no dio muestras de inmutarse. Tras un corto intercambio de pareceres, en el que su amiga ofreció perceptibles reservas, Sybil se separó de ella y vino sin prisa hacia mí. Viéndola acercarse, y derribar así todo el furtivo aparato de los últimos dos días, se me aceleró el pulso como hacía años que no me lo aceleraba nadie. No era sólo su forma de moverse y de caminar, o el hecho de tenerla por primera vez enteramente de frente. Con mi irregular conducta le había otorgado un poder que nadie había tenido sobre mí desde que había dejado de ser un muchacho, y ahora estaba expuesto al uso o abuso que a ella se le antojara hacer de aquella prerrogativa.

– Puedo sentarme, supongo -dijo, sirviéndose de la silla que había frente a mí.

– Sería muy extraño que me negase -admití, milagrosamente sin trabarme.

– No eres de Nueva York.

– No. De Madrid.

– Madrid -y dejó un silencio evocador-. ¿Es verdad que el cielo de Madrid es más azul que el de ninguna otra ciudad? -preguntó, como si se acordase de pronto y tuviera prisa por despejar la duda.

– Lo era. ¿De dónde sabe una americana acerca del cielo de Madrid?

– No todos los americanos lo ignoran todo del resto del mundo.

– No quería decir eso. El color del cielo es un detalle muy particular.

– ¿Por qué has pagado lo que bebíamos mi amiga y yo?

– Habría preferido hacer algo más ingenioso. Pero no conseguía que se me ocurriera nada. Tu amiga me intimida.

Sybil meneó la cabeza, riéndose. Yo estaba atento a la actividad de sus dedos, con los que tamborileaba sobre la mesa. Eran finos y huesudos y llevaba las uñas no muy largas, pintadas con un esmalte naranja pálido. No había anillos ni sortijas en ellos.

– No necesitamos que nos paguen la bebida -informó, amablemente-. Ganamos un sueldo, que al menos es suficiente para costear las cervezas que tomamos. Dalia quería que la camarera te devolviera el dinero, y la camarera lo haría. Pero la he convencido de darle otra solución al asunto. Te invitaremos nosotras. Pide lo que quieras, cuando te acabes eso.

– Lo haré, gracias.

Sybil señaló mi ejemplar de Le Grand Meaulnes, que descansaba sobre la mesa.

– ¿Te gusta el libro? -se interesó, como si fuera algo suyo. Y lo era, en cierto modo.

– Me gustan las obras de quienes murieron jóvenes y un poco inexpertos. En realidad, habría que huir siempre de la experiencia.

– ¿Qué tiene de malo la experiencia?

– Nada, si no hay otra cosa con la que consolarse. Pero es mejor tener el corazón limpio.

– Ya veo -reflexionó-. ¿Y hasta cuándo está limpio el corazón, según tú?

– Mientras uno no recuerda nada que no pueda recuperar. Esa es la prueba definitiva.

– Nadie puede superar esa prueba -apreció Sybil, incrédula.

– Yo he podido, en otro tiempo.

– Debe engañarte la memoria.

– Puede. Puede que tengas razón y que no haya nadie con el corazón limpio. Yo preferiría creer que sí, a pesar de todo. Lo dice Meaulnes, en alguna parte del penúltimo capítulo: son los que no creen quienes lo echan todo a perder.

La nieta de Dalmau me contempló con simpatía. En sus iris se entrelazaban hebras del color de la niebla y otras del color de aquel cielo que alguna vez había existido en Madrid. Eran pequeños pero profundos, y lo bastante brillantes como para traspasar el aire y traspasarme en la atmósfera tenebrosa y algo cargada del Fez.

– ¿Hay algo en lo que yo debería creer ahora, en concreto? -dijo, deteniéndose intencionadamente en cada palabra.

– No lo sé. Hace demasiado tiempo que no estoy en un apuro semejante, si lo he estado alguna vez. A lo peor habías pensado que me dedicaba a esto de forma habitual.

Sybil disfrutó de mi indefensión durante un segundo.

– No lo había pensado -rechazó-. Si lo hubiera pensado no habría venido hasta aquí. Tampoco habría consentido lo de este mediodía. Pero ahora tengo que irme. He venido con Dalia y va a enfadarse si no vuelvo con ella.

– Lástima. Estaba empezando a pasárseme el pánico.

Se puso en pie y se me quedó mirando sin decir nada, como si estuviera debatiendo algo en su interior. Antes de emprender el regreso, me propuso, de improviso:

– Si tienes un papel y algo para escribir, no hará falta que me sigas más. Te doy mi número de teléfono y me llamas algún día. Otra tarde no tiene por qué estar Dalia, desaprobándonos a ambos.

– Ya tengo tu número de teléfono, si puedo confesarlo sin que te enfades.

– No me enfado -decidió, tras una breve vacilación-. Úsalo. Hasta la vista.

Y se fue junto a su amiga, que no dejó de escrutarme hasta que abandonaron el local. Sybil, en cambio, no volvió la vista ni una sola vez. Se marchó como se marchan las muchachas a las que uno quiere en los sueños, dejando tras de sí una impresión difusa que el soñador nunca adivina si es presentimiento de la melancolía que sufrirá cuando despierte sin que la muchacha haya reaparecido, o anuncio de la alegría no imposible de conquistarla (a veces, no muchas, las muchachas de los sueños son sedentarias y complacientes).

Aquella noche acepté la invitación de Raúl para irme con él y con Michael a beber tequila a un bar tex-mex que había a una manzana del apartamento del nigeriano. Cuando hubimos tragado el agua de fuego, y antes de que se manifestaran del todo sus demoledores efectos, subimos a casa de Michael para poder derrumbarnos tranquilamente. Hacía algunas semanas que no me embriagaba de aquella forma y di en hablar más de lo habitual. Les conté a Raúl y a Michael algo de mis investigaciones acerca de Dalmau, que había llevado hasta entonces con total discreción. También les dije algo sobre Sybil, algo que debió sonar bastante más preocupante de lo debido, porque Michael se apresuró a aconsejarme:

– No la llames nunca. Esa mujer puede hundirte.

– ¿Qué te hace pensar eso?

– Es una profesional. Puedo olerlas a distancia, porque yo también conocí a una profesional, hace algún tiempo. Esas mujeres saben todo lo que quieres y tú no sabes nada de lo que quieren ellas. Por eso no se asustan nunca.

– No sé a qué profesión te refieres -protesté-, pero me parece que es una chica honrada. Trabaja de ocho a cinco y vive en un edificio respetable, en la 75 Oeste.

– La profesión que te digo no tiene nada que ver con eso. Es la profesión de cogerte por lo más blando y apretar hasta que no queda nada, hermano.

– No pierdas el tiempo, Mickey -terció Raúl, con un eructo-. Mi paisano no va a aflojar, porque está enamorado como un imbécil y porque los españoles no tememos el dolor del cuerpo y mucho menos el del alma -y dirigiéndose a mí, agregó-: Disfruta de la chica, mientras dure, y olvídate de su abuelo. Si te vale mi opinión, ni se lo menciones a ella. Desde que estoy en esta ciudad donde hace tanto puto frío en invierno y tanto puto calor en verano, hay una regla que he aprendido a obedecer por encima de cualquier otra: muévete lo menos posible y nunca vayas donde no te llaman.

– Lo lamentará de todas formas -insistió sombríamente Michael, que era un africano fatalista.

En medio de aquel sopor alcohólico, me quedé rumiando la advertencia de Raúl y los aciagos auspicios de Michael. A aquellas alturas, ya casi no tenía intención de ir tras Dalmau, pero estaba rendido a su nieta y lo que menos me importaba era que pudiera lamentarlo. Ni siquiera -juré, borracho perdido- me importaba que Michael terminase de tener razón y ella apretase hasta que no quedara nada. Nada de qué, a fin de cuentas.

4.

Un sueño reconstruido

Renuncié a llamarla al día siguiente, porque no me atribuyera excesiva premura, pero no dejé de hacerlo al segundo día. Estuve dudando entre telefonearla a su casa o a la oficina y al final di en escoger lo segundo, previendo, erróneamente, que pudiera mostrarse menos desembarazada y por tanto un poco más manejable.

– Fromsett -irrumpió su voz en la línea, ocupando sin resquicios el hueco dejado por la telefonista del despacho de arquitectos.

– Sybil -titubeé, porque su nombre sonaba insólito en mis labios-. No sé si me recuerdas. En el Fez, anteayer por la tarde.

Hubo un silencio. Tras él, Sybil asintió:

– Sí. El que prefiere los corazones limpios, como Alain Fournier. Terminé el libro anoche, y me fijé en lo que citaste. La frase es muy cruel con la pobre Valentine.

– Los corazones limpios son crueles, a veces.

– El gran Meaulnes lo es demasiado a menudo, para mi gusto. Veo que sabes cómo me llamo yo. Y tú, ¿tienes un nombre?

– Sí. Hugo.

– Vaya, como el autor de ese musical de Broadway, Los miserables. ¿Eres de origen francés? -preguntó, afectando ingenuidad.

– Hugo es el nombre de pila. Mi apellido es Moncada.

– Ah, eso sí suena muy español. Como un nombre de caballero. Don Hugo Moncada -lo pronunció sin deje anglosajón, con vocales diáfanas y precisas.

– Hubo un caballero don Hugo de Moncada -informé, temeroso-. Fue capitán de un barco de la Armada Invencible. Mi padre me puso Hugo para que me llamara igual que él.

– ¿Era antepasado tuyo, ese capitán de barco?

– No. A mi padre le interesaba la historia naval.

– Y por eso tú te llamas como el capitán de un barco victorioso.

– No fue victorioso. A la armada la llamaron invencible por sarcasmo. La batalla la perdimos y a don Hugo de Moncada le despacharon con su barco los ingleses, frente a las costas de Francia.

– Ah, lo siento -se compadeció.

– No importa. Hundirse con su barco era la única gloria posible para los marinos españoles. La victoria era siempre para los ingleses.

– Más prácticos, los ingleses. ¿Y qué puedo hacer por ti, Hugo Moncada?

Su voz era muy dulce, pero como a menudo me ha sucedido con las mujeres que se expresan en inglés, cuya entonación resulta siempre más exagerada que la del castellano, no terminaba de discernir si estaba siendo amable o se reía de mí.

– Me preguntaba si te habrías arrepentido de tu oferta del otro día -dije, con recelo.

– Aún no -repuso, insinuante-. No he tenido oportunidad.

– ¿Y podría ser esta tarde?

– Por qué no -concedió, sobre la marcha-. ¿Soportas la comida china?

– De vez en cuando, sí.

– Entonces quedamos a las siete y media en la puerta del Silk Road Palace, en Amsterdam Avenue con la 82 -dispuso, expeditiva-. Luego podemos ir a tomar el postre al Iridium. ¿Lo conoces? Tienen postres magníficos. También tocan música, jazz y blues.

– No lo conozco, pero me gustará -acaté, desbordado por la velocidad a la que había elaborado un plan completo.

– Muy bien. Ahora tengo que dejarte. Mi jefe viene hacia aquí. Hasta luego.

Y cortó la comunicación. Por la tarde, a la hora estipulada, me presenté en la puerta del Silk Road Palace, en Amsterdam Avenue, con un clavel rojo en la mano. El restaurante, pese al pretencioso nombre, era un pequeño local de unas quince o veinte mesas cuyo interior más bien funcional se veía entero desde la calle, a través del frontal acristalado. Sybil llegó quince minutos tarde. Como no daba el tipo de persona impuntual, pensé que debía ser una negligencia deliberada. En cualquier caso, estuve muy lejos de sentir la tentación de afeársela. Tarde o pronto allí estaba y se había puesto muy elegante, con un vestido casi veraniego, una chaqueta de seda y unos zapatos de tacón que igualaban nuestra estatura. Tras ella, al final de la avenida, el día se apagaba. Pese a las nubes que cubrían parte del cielo, se presentía que iba a ser una hermosa noche de mayo en Nueva York.

– Perdona por el retraso -se excusó, aunque no venía nada aprisa. Reparando inmediatamente en el clavel, dedujo-: ¿Es para mí?

– Sí -dije, tendiéndoselo-. Las mujeres de mi tierra se ponen esta flor en el pelo, o se la ponían. Supongo que ahora resulta demasiado ridículo llevar flores en la cabeza.

Sybil cogió el clavel y lo hizo girar sobre la palma de su mano. Llevarle aquella flor era o trataba de ser una astucia, porque como americana Sybil podía ser sensible a las costumbres salvajes, o sea, a todas las no estadounidenses, y porque como descendiente de españoles también podía el clavel surtir en ella algún efecto irresistible.

– ¿Debo ponérmela en el pelo? -consultó, con repentina mansedumbre-. No creo que me quede como a las mujeres españolas. Ellas suelen ser morenas y el rojo queda mejor con colores oscuros.

– El clavel es tuyo. En ningún lugar quedará mejor que donde tú quieras ponerlo.

Sonrió. Por primera vez no era aquella sonrisa inaccesible, sino otra mucho más cálida y próxima. Me quedé a la espera, dejándole toda la iniciativa. En realidad la iniciativa era suya desde que había cruzado el Fez hasta mi mesa y me había reprendido por invitarla. Sybil se alisó el vestido, que no necesitaba ser alisado, y propuso:

– ¿Entramos?

La carta era prolija, como correspondía a un restaurante oriental. Entre todo lo que en ella se ofrecía, seleccioné un par de platos que me eran familiares. Sybil pidió otros dos cuyo nombre yo nunca antes había oído.

– Aunque a primera vista no lo parezca, éste es uno de los mejores restaurantes chinos de Manhattan -aseveró, con ese aire de habilidad que adoptan muchos estadounidenses al establecer o referirse a una clasificación de algo.

– Pues no es nada caro.

– Desde luego que no lo es. Pagaremos a medias, y no me gusta dar por sentado que la gente con la que salgo tiene dinero para afrontar la cuenta de un restaurante caro.

– ¿Tú sí lo tienes?

Sybil se echó hacia atrás y me observó con cautela.

– ¿Tratas de averiguar si has salido a cenar con una rica? -sospechó.

– No creo que seas rica. Las ricas no trabajan ni madrugan.

– La verdad es que los arquitectos, o al menos los arquitectos como yo, no estamos bien remunerados. Desde luego, no podría cenar en un restaurante caro todas las noches.

Nos trajeron nuestros respectivos pedidos. No olían mal, y dentro de lo que puede dar de sí un guiso chino, mi plato estaba bastante sabroso.

– Y tú, ¿de dónde sacas el dinero? -interrogó Sybil, sinuosa.

– Tengo una reserva. Digamos que es una especie de herencia.

– Caramba, qué suerte -se admiró, mientras masticaba un bocado de pollo y bambú.

– No creas. Se me está agotando. Me temo que pronto volveré a trabajar.

– Así que tienes una profesión.

– No sé si llega a tanto. Mi trabajo de antes consistía en colocar los fondos de otros y llevarme una pizca de las ganancias, por las molestias. No lo añoro, pero tampoco he aprendido otra cosa de provecho. Así que tendré que hacerlo otra vez.

– Dejará de sobrarte el tiempo para seguir a las mujeres por ahí -lamentó.

– Nunca había seguido a nadie, hasta ahora.

Sybil puso sus cubiertos sobre el plato y cruzó las manos ante sí. Quise enfrentar su escrutinio, como si no tuviera nada de que avergonzarme, y habría jurado que no lo tenía, pero algo me despojó del ánimo. Estuvo así, juzgándome, hasta que consideró que me había incomodado lo suficiente. Entonces dejó flotar en el aire su duda:

– ¿Y por qué yo?

– ¿Tanto te extraña?

– Nueva York es muy grande -explicó-. Hay miles de mujeres mucho más seductoras: modelos, actrices, directoras ejecutivas. Mujeres con cara de ángel, cuerpos de cine, implantadas y sin implantar. A veces, incluso, puedes encontrarlo todo junto en la misma. Yo no voy a ningún gimnasio, no soy alta y tampoco me he implantado nada. Sólo un bizco se fijaría en alguien como yo.

– Depende de lo que te interese. No soy tan elemental -me opuse.

– ¿Y qué te interesó de mí?

– Quizá no deba decirlo abiertamente.

– Por favor -suplicó, inclinando la cabeza. Al hacerlo un mechón de cabello le cayó sobre la frente. No lo apartó de ahí. Aquella guedeja suelta le daba un aire descuidado y tentador.

– De acuerdo. Para empezar-alegué, cuidadosamente-, eres rubia y tienes los ojos azules. Desde que llegué a Nueva York a las rubias de ojos azules, esas mujeres que son un símbolo del sueño americano, sólo las he visto desde lejos, como si fueran algo que no se pudiera alcanzar. En segundo lugar no estás bronceada; odio a las mujeres bronceadas, aunque casi todas quieran estarlo. En tercer lugar no eres fuerte ni grande; tampoco me atraen esas mujeres enormes y con músculos que hay ahora. Por último, y esto es lo más importante, me gusta cómo miras al frente cuando estás sola, pensando, en la calle o en el metro. La mayoría de la gente, cuando está sola y piensa, parece atemorizada. A ti se te ve en paz, como si supieras algo que los otros no saben.

Sybil sonrió en silencio.

– Acabas de inventarlo todo, ahora mismo -apostó.

– No he inventado nada.

– Va a resultar que Dalia tiene razón.

– ¿Dalia?

– Anteayer, cuando salimos del Fez, me dijo que tenías cara de farsante.

– ¿Por qué has querido citarte conmigo esta noche, entonces?

Vaciló un instante antes de responder, y entonces me percaté de que ella sí estaba procurándose una mentira; quizá no una mentira entera, aunque eso diese lo mismo.

– No sé -dijo-. Por curiosidad. Compraste el libro que yo estaba leyendo y lo leíste. Nadie había hecho antes algo así por mí. Aunque no significara nada, me halagó, porque era un gesto minucioso y sentimental. Luego se me ocurrió que también podía ser el gesto de un psicópata, pero no me pareció que fueras un psicópata.

– Gracias. De todos modos, es asombroso que no hayas tomado más precauciones.

– ¿Por qué es asombroso? Quizá no sepas lo suficiente de mí. Quizá seas tú el que debería prevenirse -advirtió, misteriosa.

Al final de la cena, y a cambio de los pocos dólares de la cuenta, uno de los empleados del restaurante dejó sobre nuestra mesa un plato con los consabidos pastelillos de la suerte. Sybil se apoderó de los dos y los partió sin contemplaciones. Desenrolló sucesivamente los dos mensajes, los comparó y se deshizo de uno, rompiéndolo en muchos trozos. El otro se lo guardó en la chaqueta.

– Esta es tu suerte para esta noche -decretó.

– ¿No me dejas verlo?

– Claro que no. Te la estropearías. ¿Nos vamos?

Bajamos por Amsterdam Avenue hasta Broadway, y seguimos ésta hasta la intersección con Columbus, a la altura del Lincoln Center. La noche era como la había previsto. Y aunque Sybil dictara su curso y yo sólo pudiera ir tras ella, resultaba desproporcionadamente placentero, como una estratagema impune y triunfal, recorrer junto a la nieta de Dalmau aquellas avenidas iluminadas. Al llegar a la 63 cruzamos hasta el minúsculo Dante Park. El Iridium estaba al otro lado, en los bajos de una fachada que hacía esquina con Broadway. Era un establecimiento de decoración modernista, con dos plantas, una en superficie y otra subterránea. Arriba había un bar con decenas de aparatos de televisión en los que podían verse series, noticiarios, y hasta los exasperantes pronósticos meteorológicos del Weather Channel. Abajo era donde tenían lugar las actuaciones.

– ¿Te gusta Sarah Vaughan? -preguntó Sybil, según bajábamos por las escaleras.

– A todo el mundo le gusta Sarah Vaughan.

– A la mujer que actúa esta noche se la considera la Sarah Vaughan blanca -me ilustró, ostentando de nuevo una certeza inequívocamente estadounidense.

En la sala del piso inferior había una tenue luz anaranjada. Sobre las mesas destellaban las llamas de las velas, encerradas en copas de vidrio azul. Los muebles eran costosos y extravagantes, llenos de ojivas asimétricas y líneas curvas. Gracias a la anticipación de Sybil, teníamos una reserva. De otro modo no habríamos podido acomodarnos en la sala repleta de gente. Nos condujeron a una mesa y nos ofrecieron la carta.

– Yo no necesito mirarla -la rechazó ella-. De comer tomaré un baked Alaska y para beber un iced scorpion.

– Lo mismo -la secundé.

El baked Alaska era un monstruoso dulce de helado y merengue, del que sólo habría podido dar debida cuenta un comedor infatigable. El iced scorpion hacía justicia a su intimidatorio nombre. Sybil se enfrentó a ambos sin pestañear. Mientras paladeaba el merengue, hizo un calculado comentario:

– Debe haber una razón poderosa, para que alguien venga desde Madrid a gastarse su herencia en Manhattan.

– Casi nunca hay razones poderosas -la defraudé-. Además, no vivo en Manhattan, sino en Brooklyn.

– ¿Y no echas de menos tu país?

– Como todos los expatriados. Lo que no significa que arda en deseos de volver. Puede que a los países se los quiera mejor desde lejos -observé, acordándome de Dalmau.

– Así que lo quieres, después de todo.

– Y cómo no. Es la sangre española la que me impulsa, lo mismo cuando reniego de mis compatriotas que cuando me atrae algo extranjero, como esta ciudad. O como tú.

– ¿Es un cumplido?

– Para qué fingir, a estas alturas.

– Nueva York está lleno de extranjeros -apreció, esquivando mi insinuación-, y a todos les atrae la ciudad, de una manera o de otra. Pero todos se enorgullecen de los suyos, incluso forman asociaciones y hacen desfiles. Ninguno suele renegar de sus compatriotas.

– Tampoco yo los maldigo siempre.

– ¿Y cuándo sí?

– Cuando los veo aceptar los abusos -improvisé, por simplificar-, los que sufren y los que cometen, como si no tuvieran alma. En mi país ha habido siempre una especie de incertidumbre entre el heroísmo y la siesta. Ahora lleva ventaja la siesta.

– Y tú querías ser un héroe -apuntó, mordaz.

– Yo era como cualquiera, un cobarde. Pero nunca he dormido siesta.

– Aquí no existe ninguna de esas cosas -observó, fríamente-. Esto es América. Adelanta a tu vecino en la autopista y haz más dinero que él. Así de simple. Sin heroísmo ni siestas. Me temo que éste no es el mejor lugar para alguien como tú.

– El hecho es que tampoco intento integrarme aquí -aclaré-. Sólo miro el paisaje, y es un buen lugar para mirar. Quizá vine nada más para eso, para mirar desde lejos.

– Puedo creerlo. Se te da bien mirar, Hugo Moncada.

– Y a ti se te da bien decir mi nombre. ¿Hablas español? -pregunté, en mi idioma.

– Muy poco -contestó, en el suyo-. Lo estudié apenas un par de semestres, cuando estaba en la escuela secundaria.

– ¿Y dónde leíste acerca del cielo de Madrid?

Sybil adoptó una expresión reticente. Tardó un segundo en responder:

– ¿Por qué tendría que haberlo leído?

– Bueno -balbuceé-, si no lo leíste, debió contártelo alguien.

Entonces ella se rió. Fue una risa delgada y breve, como un cristal quebrado. Después de gastarla, pero todavía divertida, se aclaró la voz y me contempló con aire maligno. Una vez más, Sybil gozaba desorientándome.

– Es un secreto -me amonestó-. No me preguntes por mis secretos y yo haré como si creyera que eres sólo lo que aparentas, un chiflado que andaba tras de mí porque sí, o por esas cosas que dijiste antes. Déjame ser una tonta americana rubia. Es más agradable que jugar a contarte la verdad, por ahora.

Habría querido formular alguna queja, pero sólo se me ocurrieron frases inoportunas o confusas y comprendí que no me quedaba más alternativa que obedecer. Me quedé allí, callado, mientras ella tomaba su iced scorpion con sorbos largos y abstraídos.

Al fin salió al escenario la pianista que actuaba aquella noche, acompañada de sus músicos. Era una mujer físicamente semejante a Sybil, escueta de cuerpo y con una melena rubia muy clara que se destacaba en la distancia sobre sus ropas, de un luto riguroso. Cuando se puso a tocar, la cabellera partida a ambos lados de la frente se le desordenó rápidamente, hasta ocultar en parte sus rasgos. Como anunciara Sybil, tenía voz de negra, y Sarah Vaughan no era un término inadecuado de comparación.

Una tras otra se fueron sucediendo las piezas, en su mayoría títulos célebres de Cole Porter, Charlie Parker o Ellington. La mujer que se parecía a Sybil se entregaba de tal modo a la interpretación, tanto al piano como al micrófono, que al cabo de unas cuantas canciones estaba sudorosa y con las mejillas encendidas. En el instante culminante de la actuación le tocó el turno a There Are Such Things, una vieja canción de Sarah Vaughan, a quien la intérprete debía haberse resignado ya a imitar, en mayor o menor medida. Era una melodía algo cursi, y una letra de vanas esperanzas compuesta para animar a los soldados y a sus novias en tiempos de guerra y separaciones inciertas. A fuerza de dejarse en ella la garganta, no obstante, aquella mujer de aspecto frágil consiguió elevarla hasta alturas impredecibles. Con toda la piel erizada la escuché cantar:

So have a little faith and trust
in what tomorrow brings,
you´ll reach a star
because there are such things.

Cuando la cantante enmudeció, exhausta por el esfuerzo, me volví hacia Sybil. Ella también se había vuelto en mi dirección y me observaba. Como yo, estaba conmovida por la emoción y la belleza que había creado la otra, su gemela de la voz de negra. Se había quitado la chaqueta y sus pálidos hombros desnudos brillaban en la semioscuridad que reinaba en la sala. Se inclinó sobre la mesa y se aproximó a mí. Pude olería, el aroma de ella y no el del perfume que se había puesto encima. Era un olor templado, como incienso. Imponiéndose a duras penas sobre los aplausos, gritó:

– Ya ves. Todo es cuestión de fe.

– Como diría el gran Meaulnes.

– Como diría el capitán don Hugo de Moncada, que dio la vida por su barco -enmendó, clavando en mí sus ojos, tan americanos y azules.

La mujer blanca que cantaba como Sarah Vaughan y sus músicos ejecutaron todavía cinco o seis composiciones más. Mientras les escuchábamos, acaso por descuido, la mano de Sybil rozó mi mano, y de ahí no pasó, porque sabía reservarse. Sin embargo, cuando al salir del Iridium me ofrecí a acompañarla hasta su casa, ella consintió. Fuimos por Columbus Avenue, el camino más recto, sólo doce manzanas. Las aceras estaban desiertas y apenas había tráfico. En ese momento se juntaron en mi cerebro dos sensaciones acuciantes. La primera era que el tiempo se terminaba, que en unos pocos minutos llegaríamos ante su portal y que entonces ella iba a despedirse de mí, acaso para siempre. La segunda era que ya había vivido aquello con anterioridad. Escarbé en mi memoria y no tardé en averiguar cuándo. Había sido diez meses atrás, en Madrid, mientras dormía.

– No vas a creerlo -le dije a Sybil, sin poder contenerme-, o peor, creerás que es una especie de truco idiota. Yo he soñado esto.

– ¿El qué? -inquirió, sorprendida por mi exaltación.

– Esto. La noche, la ciudad, los edificios. Los maniquíes de ese escaparate. Tú, o alguien como tú. Fue antes de haber estado nunca en Nueva York. Sólo había una diferencia: hacía frío y a la mujer del sueño la abrazaba, mientras caminábamos.

– Un sueño -murmuró, perpleja.

Y estuvo así, pensativa, durante unos segundos interminables. No fui capaz, aún hoy no soy capaz de desentrañar lo que la movió entonces; si quiso tener fe, si lo hizo para probarme, o si sólo interpretó que aquello formaba parte del juego y quiso jugar a él hasta las últimas consecuencias. Lentamente, se cogió los hombros y declaró:

– Ahora que lo dices, también esta noche hace frío.

La miré y no me atreví. Me quedé quieto ante ella, resistiéndome a creer que el sueño pudiera repetirse y que ella pudiera ser como la mujer que me había enseñado la infinita noche de Nueva York, antes de que yo atravesara el océano. Sybil exigió, impaciente:

– Vamos. Nunca había ayudado a reconstruir un sueño.

Era imperiosa y propicia, tal y como la había deseado, incluso antes de conocerla. La abracé. Su cuerpo estaba tibio, y era tan delicado que casi daba miedo apretarla. Echamos a andar y nuestros pasos se acompasaron en seguida. No debió ser más de un cuarto de hora, pero duró lo que quise, porque ella era el sueño y, como la otra vez, tenía el poder inaudito de alargar los instantes. Estuvimos solos allí, sin cambiar palabra, hasta que todo fue idéntico y perfecto. Luego la dejé en su portal, y no hubo promesas, pero no tuve necesidad de pedirlas. Antes de separarnos, la nieta de Dalmau puso en mi mano un papel diminuto, el que había sacado del pastelillo de la suerte, en el restaurante. Cuando ella hubo desaparecido, leí el mensaje que traía impreso. Rezaba, lacónico e inverosímil:

Se te otorgará lo que esperas.

5.

El rostro terrible

– Así que se dejó abrazar y ahí quedó la cosa -resumió Raúl-. ¿Cuánto hace de eso?

– Tres días -calculé.

– Y no la has llamado ni te ha llamado.

– No.

– Muy bien -celebró-. Mi dilatada experiencia me permite concluir que estás en una estupenda situación para olvidarte del asunto.

Era domingo y había invitado a Raúl a desayunar y almorzar a la vez en ACME, un establecimiento un tanto tenebroso, aunque acogedor, situado en Great Jones Street, a mitad de camino entre su apartamento y el mío. Mientras dábamos cuenta de nuestros copiosos brunches, le había puesto en antecedentes de lo ocurrido la noche de mi cita con Sybil. Había acudido a él porque era el único a quien me parecía que podía contárselo.

– El caso es que no quiero olvidarme -dije.

– Entonces, ¿por qué no la llamas?

– Tengo la sensación de que ahora tengo que esperar. De que si hago algún movimiento antes de tiempo puedo arruinarlo todo.

– Hugo, el ocio te está perjudicando la cabeza -diagnosticó Raúl, con circunspección-. No es la Bella Durmiente, sino una chica cualquiera de Nueva York. O vas por ella o te dejas de fantasías. Tal vez deberías probar a ser un tipo normal, conseguir un trabajo, y conformarte con lo que cayera, como yo. Hace diez años que me aburro y vivo feliz.

– No es tan fácil. ¿Nunca has sentido que no eres dueño de lo que haces? Como si tu vida no tuviera una finalidad en sí misma, y sólo fuera una pieza en el plan de otro, otro a quien nunca ves y a quien tú le traes sin cuidado.

– Naturalmente. Lo siento cada vez que veo la televisión y me doy cuenta de que estoy siendo computado en un índice de audiencia.

– No me refiero a eso -le atajé-. Al cabo de diez meses, no sé a qué he venido a esta ciudad. Pero mientras paseaba con esa chica, por primera vez, tenía la sensación de estar cerca de algo, y a la vez de que ese algo escapaba a mi control, como si yo fuera parte de ello y no al revés. Ahora me doy cuenta, por ejemplo, de que esa noche ella averiguó lo que quiso de mí, mientras yo no conseguía averiguar nada. Maldita sea, se supone que era yo quien la había seguido a ella. Todo esto tiene algún sentido y quizá llegue a entenderlo. La cuestión es que no será antes porque yo me dé más prisa.

Raúl meneó la cabeza.

– Estás en una etapa crucial, compañero -dijo-. La etapa en que tienes que pensar, si de verdad deseas quedarte aquí, en cómo deseas quedarte y para qué. Hasta ahora no has sido más que un turista de larga duración y para eso sobra con dejarse llevar. Pero esa etapa se te acaba. A todos nos llegó el momento y lo resolvimos, de una forma o de otra. Tú te niegas a resolverlo. No soy partidario de aconsejar a nadie, pero tal vez deberías considerar con seriedad si lo que quieres no es volver a casa, simplemente.

– Si no me equivoco, nunca he estado más lejos de querer eso -proclamé, terminante.

Despachado así su aviso, Raúl se calló. Sin duda sus razones eran sensatas y atendibles, y no era improbable que pusiera en práctica algunas de sus recomendaciones, como por ejemplo la de buscar un empleo. Sin embargo, fallaba en lo principal. Yo no tenía ningún objetivo, y por eso estaba dispuesto a aceptar cualquiera que se ofreciese, especialmente si se sustraía a mi voluntad y quedaba al arbitrio de fuerzas desconocidas.

De esas fuerzas, suponía, habría de venir una señal, y es posible que ya hubiera comenzado a intuir cómo podría ser, incluso a coleccionar intuiciones diversas, todas ellas benéficas y estimulantes, cuando la señal vino, pero de una manera radicalmente distinta de todos aquellos necios borradores mentales que yo había estado garabateando. Al principio, cuando esa tarde regresé a mi apartamento, no advertí nada inusual. La puerta estaba bien cerrada con llave, el salón desocupado y en orden, las luces desconectadas. Incluso perdí un minuto preparándome un vaso de leche y dos o tres más paladeándola. Desde que la había probado por primera vez, me apasionaba la leche americana, por el sabor deliciosamente artificial que le daban todas las vitaminas y las demás sustancias con que la enriquecían. Luego me acordaría de aquel vaso de leche, como un detalle absurdo.

Los vi cuando entré en el dormitorio. Eran tres hombres, y parecían tranquilos. Dos de ellos estaban sentados sobre la cama, con las manos cruzadas entre las rodillas. El tercero estaba de pie, junto a la ventana, absorto en la quietud que aquella tarde dominical reinaba en Hicks Street. Los dos de la cama no iban ni mal ni bien vestidos, pantalones limpios y camisa de manga corta. El de la ventana llevaba un traje beige y una corbata de color teja, con pintas de un tono verde claro. Después de que yo entrara en la habitación, los dos de la cama continuaron inmóviles, porque ya estaban mirando hacia la puerta por la que yo había de aparecer, y el de la ventana volvió el cuello, sin precipitarse. Tenía una cara huesuda y lampiña. El sobresalto, y también el miedo, me privaron del habla.

– Buenas tardes. No se asuste -me saludó el hombre del traje. Hablaba como un locutor de televisión, marcando impecablemente cada sonido.

– ¿Qué significa esto? -llegué a decir, por algún milagro, pero me arrepentí en seguida, porque los dos hombres que estaban sentados en la cama se levantaron, vinieron hacia mí y me invitaron con un gesto a volver al salón.

– Vaya hacia allí -confirmó el del traje, sin despegarse de la ventana-. Tendremos más sitio.

Hice lo que me indicaban, y cuando me señalaron un sillón, me dejé caer sobre él. En mi cerebro se sucedían a toda velocidad pensamientos que no podían serme de ningún auxilio: no era frecuente que por allí hubiera robos en las casas, era todavía menos frecuente que hubiera robos acompañados del secuestro de sus moradores, aquellos hombres no tenían aspecto de ladrones, ni de traficantes, ni de gamberros juveniles (no eran jóvenes, para empezar), tampoco parecían ser mafiosos, pero ¿qué idea tenía yo de cómo eran los mafiosos, aparte de las estupideces de las películas? Los dos hombres que habían estado sentados en la cama y que ya no lo estaban, los dos hombres con camisa de manga corta, descripción que seguiría sirviendo mientras no se la quitaran (y no era probable que lo hicieran), cogieron cada uno una silla de las que había junto a la mesa de comedor y se sentaron ante mí, algo retirados, obstruyendo el paso hacia la salida. Siempre me quedaba la ventana (¿me produciría lesiones irreparables saltar desde un segundo?). Sólo cuando los otros se hubieron acomodado en aquellas sillas, que se veían pequeñas y endebles debajo de ellos, vino el hombre del traje al salón y tomó asiento frente a mí, más cerca que los otros. Antes de hacerlo, se desabrochó el botón inferior de la chaqueta. Era una chaqueta de buen corte y tejido caro, aunque el estilo pretendiera ser informal, o sólo veraniego. El hombre del traje sonreía mientras se sentaba, como si notara que yo le envidiaba la chaqueta.

– Antes de nada -dijo, otra vez con aquella voz y aquel inglés maravilloso, de locutor televisivo-, me permitirá que le presente a mis compañeros y que me presente yo mismo. Ellos son Keith y Greg y yo soy Kyriakos y podrían ser nuestros nombres auténticos, aunque le dejaré con esa duda, para que tenga algo con lo que entretenerse mientras estamos aquí y también luego. Con esto le transmito una información importante, que espero que le aliente: habrá un luego. Bueno, no debe caberle ninguna duda. Si no fuera a haber un luego, ni siquiera habría tenido tiempo de vernos. Somos personas ocupadas y cobramos por horas. Además hoy es domingo, precio doble.

Consignó la circunstancia como si hubiera de resultarme peculiarmente halagüeña. Era un hombre caluroso, pese a aquella cara angulosa y flaca y a la brillante piel de muchacho, femenina y desasosegante.

– ¿Ha reflexionado alguna vez sobre el papel que la violencia desempeña en nuestra sociedad, señor Moncada? -preguntó Kyriakos, como si fuera un profesor de filosofía preguntando a un alumno si alguna vez se había parado a reflexionar sobre el alcance de los conceptos de forma y substancia en los escolásticos.

No habría podido responder aunque hubiera querido, y aun si hubiera querido y podido no habría tenido nada que contestarle. Era obvio que Kyriakos iba a mostrarme perspectivas para mí inasequibles del problema. Kyriakos lo sabía, y prosiguió, sin cuidarse de mí:

– La organización de nuestro tiempo se basa en un permanente ejercicio de la violencia. Con ella se resuelven los desequilibrios entre las naciones, las clases sociales, y también dentro de las clases sociales. Nuestro gobierno utiliza la violencia para que ciertos países, los que olvidan cómo son las cosas, estén donde deben estar y hagan lo que deben hacer. Los poderosos utilizan la violencia para que los que no tienen el poder, y también olvidan cómo son las cosas, se aguanten y no molesten. Y todavía entre los desgraciados, unos ejercen la violencia sobre el resto, porque todavía quedan papeles por repartir; siempre se puede ser primero y último, aunque sea en el infierno.

Keith y Greg escuchaban con la frente arrugada, con la vista alzada al techo, como si estuvieran en la iglesia oyendo un sermón que no fuera ni muy novedoso ni muy rutinario, de labios de un pastor que tampoco les cayera demasiado bien o mal.

– Ahora bien -Kyriakos extendió las manos al frente, para llamar la atención sobre lo que iba a exponer a continuación-. En nuestros países, y me refiero a los países que se llaman civilizados, como éste o el suyo, son muchas las personas que viven en la ilusión de que la violencia no existe. Y debe comprender lo que quiero decir exactamente. Pueden ver guerras en la televisión, o atracos en el cine, y hasta sufrir pequeños robos ellos mismos, y aun así mantener la ilusión de que la violencia no existe. ¿Por qué? Porque nunca se han encontrado en una franja de desequilibrio. Viven confortablemente en amplias zonas de equilibrio, lejos de las fronteras donde la violencia es necesaria. ¿Me sigue?

Asentí, porque le seguía y porque me dio la sensación de que si no asentía volvería a explicármelo. Kyriakos era un hombre meticuloso, demasiado para tenerle puesto un precio a su tiempo, quizá. Mi asentimiento le confortó:

– Espléndido. Me agrada mucho tratar con usted, señor Moncada. Pues bien, todo esto nos lleva al siguiente razonamiento: hay que caer en una franja de desequilibrio, para poder entender hasta qué punto la violencia es el pilar sobre el que se asienta nuestro orden. ¿Y cómo es posible caer en una franja de desequilibrio? Lo cierto, señor Moncada, es que no es tan difícil como la mayoría de la gente piensa. Una combinación de azar y de culpa, como siempre pasa en la vida, puede llevarle a uno allí con relativa facilidad. Desde luego, hay franjas en las que será más improbable caer, dependiendo de la situación de cada uno. Ninguna aviación extranjera ha bombardeado nunca las ciudades de Estados Unidos, y esto es una tranquilidad casi indestructible para un americano; una tranquilidad de la que no goza, por ejemplo, un iraquí. Pero otras franjas están a nuestro alcance, o quizá sería mejor decir que somos nosotros quienes estamos al alcance de ellas. Y cuando un hombre normal, un hombre que ha vivido toda su vida en zonas de equilibrio, cae en una franja de desequilibrio, la súbita comprensión de la violencia y de su cometido desencadena en su espíritu fenómenos extremadamente notables.

Kyriakos se interrumpió. Se echó hacia atrás completamente y una vez que se hubo instalado a placer en el sillón comprobó la posición de su corbata, extendida de modo irreprochable a lo largo de su pecho y de su abdomen. Era un abdomen estrecho y liso como una tabla. Luego descruzó las piernas y volvió a cruzarlas en la disposición inversa. Sin dejar de mirarme, sacó del bolsillo interior un paquete de caramelos.

– ¿Quiere uno? -me ofreció-. Son muy buenos, sin azúcar.

– Gracias -rehusé.

– Si yo fuera usted admito que habría alguna posibilidad de que tuviera la boca seca y por tanto un caramelo me sería de ayuda -conjeturó-. Pero claro, no todos los hombres están hechos del mismo material. Hay algo, sin embargo, siguiendo con nuestro asunto, en lo que casi todos los hombres, me refiero a casi todos los hombres que siempre han vivido en zonas de equilibrio, coinciden: una defectuosa conciencia del propio cuerpo. La culpa la tienen los analgésicos, la vida sedentaria, la calefacción, el aire acondicionado. En una franja de desequilibrio, cuando la violencia empieza a actuar sobre uno, esa falta de conciencia se revela como una verdadera desventaja. Y recíprocamente, para aquel que ejerce la violencia, se trata de una ventaja, porque opera como mecanismo economizador. Con mucha menos dosis es factible alcanzar satisfactoriamente los fines a los que la violencia sirve. Si un hombre, por su inconsciencia pasada respecto de su propio cuerpo, puede aterrorizarse porque le arranques una uña, no habrá necesidad de cortarle una mano con el machete. Lo malo, para el que cae en la franja, es que la violencia tiende a manifestarse por exceso, y a veces sin ningún sentido de la medida imprescindible. Medir requiere atención y no todo el mundo tiene tiempo, o la disposición precisa. A menudo, además, hay violencia de sobra y no hace ninguna falta ahorrarla. Se puede administrar con largueza, lo que multiplica indeciblemente sus efectos. Esto pasa, por ejemplo, cuando quien ejerce la violencia puede concentrarse, porque no tiene demasiadas víctimas a las que atender.

La sonrisa de Kyriakos se había ido abriendo poco a poco, hasta llenarle el rostro, aquel rostro angosto y terrible sobre el que chispeaban sus ojos. Eran verdes, del mismo tono claro que las pintas de su corbata. De pronto, la sonrisa desapareció.

– Con esto llegamos a donde queríamos llegar, señor Moncada -aunque seguía marcando cada sílaba, como un locutor televisivo, ya no había afecto en el tono de Kyriakos; sólo una helada corrección-. Me incumbe el penoso deber de informarle que ha caído en una franja de desequilibrio, y que existe a su disposición una cantidad ilimitada de violencia. Antes le advertí que nuestro tiempo es costoso, pero ahora debo añadir que nos ha sido comprometida una sustanciosa suma, lo suficientemente sustanciosa como para que nos compense concentramos en usted, durante todo el tiempo que haga falta para despertar en usted la dormida conciencia de su cuerpo e ilustrarle de forma práctica sobre toda la teoría que hemos estado repasando. Ni Greg, ni Keith, ni yo, nos veremos perturbados por ningún impulso o pensamiento ajeno a nuestra tarea.

Proferida su amenaza, se quedó repantigado en el sillón, chupando el caramelo y observándome con un gesto inexpresivo, como Greg y Keith, pero éstos más atrás, incómodos en las sillas demasiado pequeñas para su tamaño. Durante un lapso eterno, estuve apostando conmigo mismo sobre quién sería el primero en levantarse y acometerme, Greg o Keith, o ambos a un tiempo, o quizá incluso Kyriakos. Aunque fuera menos robusto que los otros, qué iba a hacer yo (a lo mejor a Greg y a Keith sólo los quería para eso, para que le cubrieran e hicieran desistir a la víctima de cualquier resistencia). Al fin fue Kyriakos quien se levantó, pero no me acometió, sino que se fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua, porque el caramelo no debía ser bastante. La verdad era que había hablado mucho y bien. Bebió con ganas y luego enjuagó y secó con un trapo el vaso. Sin duda, era gente respetuosa. Desde allí, desde la cocina, Kyriakos se dirigió de nuevo a mí:

– Dicho todo lo anterior, que le ruego retenga en su memoria, a los efectos que luego le indicaré, me resulta mucho más grato darle mi buena noticia. Sí, señor Moncada -reafirmó, para vencer una hipotética incredulidad por mi parte-, traigo una buena noticia. Quien nos financia, mis amigos, Keith y Greg y yo mismo, somos personas piadosas. Y por eso, aunque no tendríamos ningún inconveniente, como queda dicho, en hacerle sentir los rigores de la franja de desequilibrio en que ha caído, queremos someter a su aprobación otra forma de solucionar la situación que se nos ha creado a todos.

Kyriakos vino de nuevo al sillón, frente a mí. Se sentó, pero esta vez no se echó hacia atrás. Se quedó inclinado hacia adelante, hacia donde yo estaba.

– La solución es sencilla, pese a la gravedad del problema -aseguró, conciliador-, y confío en que la comprenda y no se oponga a ponerla en práctica. Para ello le ruego que tenga la bondad de revisar su actividad de las últimas semanas. Si lo hace con cuidado, estoy convencido de que dará con algo de lo que no está contento. Algo que hizo pero no debía hacer, o algo que dejó de hacer y debería haber hecho. ¿Ya lo tiene?

La pregunta me cogió desprevenido, pero no creí que pudiera callarme.

– No sé -tartamudeé, y sin saber lo que iba a decir, seguí-: ¿Es que…?

– Chist. No me lo diga -rechazó Kyriakos, cerrando los ojos-. Es algo que tiene que tener claro en su interior, no decírmelo a mí para que se lo confirme o se lo desmienta. Por otra parte, y desdichadamente, ni yo ni mis amigos Greg o Keith podemos serle de ayuda para eso. Ignoramos qué es lo que debe hacer o dejar de hacer. ¿Lo tiene usted?

– S…Sí -me doblegué, desconcertado.

– ¿Está seguro?

– Sí -repetí, persuadido por el terror que me inspiraba la proximidad de las manos de Kyriakos, finas y esqueléticas como su rostro. En la izquierda tenía la cicatriz de un arañazo reciente, una costra negruzca sobre un surco rojizo en su escasa carne.

– Bien -suspiró Kyriakos-. Ahora ya sabe lo que tiene que corregir.

Volvió a acomodarse en el sillón, se aflojó un milímetro el nudo de la corbata, me miró con simpatía. Parecía relajado, y también Greg y Keith, aunque estaban más lejos y eran más hieráticos y por tanto yo podía apreciarlo peor.

– Me doy cuenta de que le ha sorprendido eso que acabo de decirle -constató Kyriakos, apuntándome con el dedo-. No cree que Keith, Greg y yo ignoremos qué es lo que usted tiene que hacer o dejar de hacer, para descargarnos de la tarea de hacerle conocer la violencia de su franja de desequilibrio.

Se equivocaba. Yo estaba dispuesto a creer todo lo que él dijera.

– Pues le diré algo que le resultará todavía más increíble. No sabemos qué debe hacer o no hacer porque tampoco sabemos quién sufraga nuestros honorarios, y precisamente en este anonimato se basa nuestra práctica profesional. Se trata de una técnica moderna, como las bombas guiadas por láser. ¿Ha oído hablar de ellas? -preguntó, de improviso.

– No.

– Son artefactos fascinantes -declaró, con arrobo-. Le describiré someramente su funcionamiento, para que se haga una idea -Kyriakos se paró a ordenarse, se veía que quería estar a la altura, e inició con viveza su descripción-: Lo primero, claro, es elegir el blanco. Una vez elegido, se lo ilumina con un designador, que es un aparato que sirve para estas cosas. Desde ese momento, al piloto del avión que lleva la bomba le aparece una señal en la pantalla del radar. Párese a pensar esto: el piloto está a treinta mil pies de altura, a sesenta millas de distancia, no sabe qué hay detrás de esa señal, ni quién se la ilumina. Maniobra hasta que el radar le indica que está en posición de lanzamiento; entonces suelta la bomba y da media vuelta. Y se va, señor Moncada. Ahora viene el trabajo de la bomba. Porque la bomba busca el blanco que le están iluminando, mientras cae corrige levemente su trayectoria, hasta que llega al suelo y bum, fin de todo. El piloto ya vuela hacia casa, sin saber a quién ha matado, porque no hace falta que lo sepa. Sólo es preciso que alguien le ilumine el blanco. Y el que lo ilumina no ha tirado la bomba, sabe quién muere, o lo sospecha, pero él no ha matado a nadie. Al final, la única asesina es la bomba. Es un montaje perfecto, con el que nuestro gobierno sacude su violencia allí donde resulta necesario. ¿No adivina por qué le cuento esto? A una escala más modesta, mis amigos y yo somos como el piloto que tira la bomba láser. No sabemos a quién jodemos, ni por qué, ni para quién, y tampoco hace falta. Es más: no saberlo es lo que nos hace inflexibles.

Kyriakos estaba radiante. Se puso en pie, se ajustó la corbata y se abrochó la chaqueta, con dedos diestros. Greg y Keith también se levantaron, aunque más cansinamente.

– Con esto termino -dijo Kyriakos-. Ahora verá con claridad que carece de sentido que denuncie a la policía lo que ha sucedido aquí esta tarde. En el mejor de los casos, y ya sería demasiado bueno, detendrían a Kyriakos, Greg y Keith, que no saben nada, y dentro de una semana vendría otro piloto, pero no le ofrecería la ingeniosa solución que hemos acordado ahora. Tampoco nosotros, desafortunadamente, estaremos en condiciones de rehacer el trato si usted incumple su parte y nos vemos obligados a volver a entrevistarnos con usted. Lo que haremos entonces puede deducirlo de lo que antes le rogaba que guardase en su memoria: todo lo que hemos estado hablando acerca de la función social de la violencia. Que tenga un buen domingo, señor Moncada. Confío en que no volveremos a vernos.

Kyriakos salió el primero, liviano y ágil como una gacela. Greg y Keith le siguieron y cerraron sin dar portazo. Eran gente respetuosa, con el sosiego y la propiedad ajenos. No habían ensuciado nada, ni siquiera habían dejado olor. Aquella tarde me quedé sentado en el sillón hasta que se fue la luz, y por la noche, arropado hasta el cuello aunque no hacía frío, estuve recordando palabra por palabra la teoría de Kyriakos sobre la inclemencia de las franjas de desequilibrio, en las que un hombre normal podía caer más fácilmente de lo que se creía, arrastrado por el azar o la culpa, o por una mezcla de ambos.

6.

Tan vulnerable

Según asegura una canción, junio es uno de los mejores meses en Nueva York, porque ya no hace frío pero todavía no hace un calor agobiante, y los días son largos y las noches despejadas. Junio también es un mes bueno en Madrid, al menos yo siempre había estado algo optimista en junio, quizá por una reminiscencia de los tiempos de la escuela; ese mes daban las vacaciones y las notas y yo sacaba buenas notas y me sentía mejor, probablemente un poco mejor de lo que realmente era, en junio. Sin embargo, cuando vino aquel junio, mi primer junio en Nueva York, no estaba nada optimista ni me sentía mejor que otros meses, sino más bien como una especie de gusano con las horas contadas. Durante días permanecí recluido en mi apartamento, temiendo incluso el momento de salir a la tienda a comprar pan y mantequilla de cacahuete, de la que comprobé que un hombre puede vivir, al menos durante un corto periodo, sin echar de menos ninguna otra fuente nutritiva. Decliné sistemáticamente las invitaciones de mis amigos, me negué a que me visitaran, acabé por descolgar el teléfono.

Mientras recorría con el mando a distancia los innumerables segmentos de vacío que me proporcionaba la televisión por cable, pensaba en Kyriakos y también, aunque un poco en segundo término, como si Kyriakos pudiera enterarse de que lo hacía, en Sybil y en todo lo que ella había dicho las dos o tres veces que habíamos hablado. Especialmente en una frase que había pronunciado mientras cenábamos en el Silk Road Palace, y que ahora adquiría un significado imprevisto: Quizá seas tú el que debería prevenirse.

También pensaba en la insistencia de Michael para que me abstuviera de telefonearla, y en las palabras de Raúl, nunca vayas donde no te llaman, cuando nos habíamos emborrachado con tequila, la misma noche en que Sybil me había invitado en el Fez. Pero al fondo de todo, como una sombra impenetrable y una clave obstinadamente hurtada, era imposible no pensar en Dalmau. En él y en los obstáculos con que me había ido topando cada vez que, por uno u otro camino, me había aproximado a su secreto. Me había entrevistado con su editora, había interrogado a su hija, incluso había descubierto la tumba de su hijo, a orillas del lago Michigan, sin que ninguna de estas indagaciones me permitiera saber nada del mismo Dalmau. Y cuando ya había abandonado la búsqueda, cuando sólo perseguía a una mujer que también podría no haber sido su nieta, aunque lo fuera, ¿era aquello, Kyriakos y su amenaza, el signo de que le había encontrado? ¿Qué maldita cosa enterrada era lo que había encontrado, en mi infinita torpeza?

Fuera lo que fuese, aquellos hombres conocían mi apellido y mi domicilio y habían entrado y salido de mi apartamento como si nada; no podía aspirar a burlarlos. Podía mudarme de apartamento, pero también irían a mi nuevo apartamento y entrarían y saldrían como si nada, si tuvieran que hacerlo por alguna razón. Desde luego existía una diligencia mínima que me cabía mantener y en la que acaso pudiera confiarse: observar mi parte del trato que Kyriakos había hecho consigo mismo, en mi presencia. Pero no había ido a aquella ciudad para vivir en peligro; lo cierto era que nunca había vivido en peligro. Como Kyriakos había expuesto, sabiamente, siempre había estado lejos de la frontera y estaba incapacitado por una defectuosa conciencia de mi cuerpo y de otras muchas nociones útiles.

Así que a mediados de junio, por las mismas fechas en que recibí, como una broma del destino, mi documentación definitiva de residente, estaba ya casi resuelto a regresar a casa. No era la forma en que había soñado volver. No había terminado lo que había ido a hacer, si había ido a hacer algo, y no me empujaba el deseo de reintegrarme adonde pertenecía, sino la esperanza de que en Madrid tendría menos miedo. Cuando decidí colgar otra vez el teléfono en su sitio y utilizarlo, llamé a Raúl y se lo anuncié:

– He estado meditando sobre lo que me aconsejaste. Creo que voy a volver a Madrid.

– ¿Por eso has desaparecido estos días?

– En parte.

– ¿Has estado viéndote con la chica?

– No.

– Y no tiene nada que ver con tu decisión.

– No.

Raúl no era entrometido y podía arreglarse con una mentira, aunque fuera tan grosera como aquélla. También era un buen amigo. Contra lo que suele creerse, la verdad puede decírsele a cualquiera, porque todo el mundo tiene una afición malsana por estar al tanto de la verdad. Sólo a un buen amigo puede despachársele con una mentira.

Una noche, mientras cenaba, sonó el teléfono. Supuse que podían ser Raúl o Gus o Michael y lo cogí sin darle importancia. Al otro lado de la línea estaba, sorprendentemente, Sybil.

– Al fin -dijo-.Ya creía que te habías muerto.

– ¿Sybil? -quise cerciorarme.

– No lo digas así, como si fuera una especie de fantasma telefónico. También yo puedo encontrar un número en la guía, aunque temí que hubieras dejado de pagar la factura. Comunicaba todo el tiempo.

– Ha estado estropeado -inventé, dudando si colgar.

– ¿No pasaste cerca de ninguna cabina? -reprochó-. Estuve esperando que me llamases. Lo pasé bien la otra noche, o más bien hace un siglo. ¿Cuánto hace, dos semanas? Me extrañó que no dieras señales de vida. Normalmente me doy cuenta cuando decepciono a alguien.

– Perdóname, Sybil. No puedo atenderte.

Y corté la comunicación. Cuando estuvo hecho, los latidos de mi corazón se desbocaron. Era consciente de estar actuando a tientas, y no era una sensación apaciguadora. A los pocos segundos volvió a sonar el teléfono. No sonó mucho, cinco o seis veces. Desde esa noche dejé constantemente conectado el contestador automático. Al día siguiente, cuando volví al apartamento, me aguardaba un mensaje de Sybil:

No entiendo muy bien lo que ocurre, y no me gusta demasiado no entender. Te ofrezco vernos y charlar. De qué, puede que te preguntes. Bien, yo no he sido sincera contigo y tú no lo has sido conmigo. ¿No tienes curiosidad por probar cómo resultaría si lo fuéramos? Yo sí. Una explicación sobre mi insistencia: hacía años que no sentía curiosidad por nadie. En fin, tienes mi número. Yo sí cojo el teléfono.

Su tono, sobre todo al final, era exigente y tozudo, como el de una niña a la que se le hubiera denegado un capricho, aunque intentaba mostrarse amable, en cierto modo. Escuché el mensaje muchas veces, quince o veinte, y luego lo borré. Yo tampoco entendía nada, o entendía algo que Sybil no podía remediar. Después de aquél, esperaba que hubiera otros mensajes, más o menos deprecatorios, hasta que se aburriese. No los hubo. Al principio eso pudo desilusionarme, por efecto de algún resorte estúpido; una reacción comprensible, pese a todo. A medida que fueron pasando los días sucumbí a la evidencia de que era mejor que nada estorbara mis preparativos de viaje.

En ellos estaba cuando una tarde, bajando por Atlantic Avenue, distraído en la voluptuosa estampa oceánica en que desembocaban todas las perspectivas, alguien me salió al paso. A contraluz, como venía, tardé en reconocerla.

– Hola -dijo Sybil. Llevaba un vestido corto, estampado, que la hacía parecer diez o doce años más joven. Estaba algo bronceada, y aunque había elogiado su palidez, hube de admitir que también era hermoso aquel suave color de miel que ahora tenían sus hombros.

– ¿Cómo has llegado hasta aquí?

– En metro. Fui a tu casa y llamé a tu piso. Como no respondía nadie, decidí dar una vuelta por el barrio. ¿Vienes de hacer la compra? -preguntó, señalando el paquete que yo llevaba bajo el brazo.

– No creo que me interese relacionarme contigo, Sybil. Disculpa -y eché a andar.

– Eh -me interceptó, enérgica-. ¿Qué demonios pasa aquí? ¿Ni siquiera podemos tomar un café y hablar como personas?

– ¿Estás segura de que puedo tomarme un café contigo?

– ¿Qué quieres decir?

– Quiero decir si tienes permiso de quien tengas que tenerlo. O mejor dicho, si yo lo tengo.

Sybil me soltó y dejó colgar su brazo inerte junto a su cadera. Se volvió hacia el océano, al final de la avenida, y luego me miró otra vez. Cegado por el sol, no podía captar el brillo de sus ojos, aunque debían estar brillando, en ese momento.

– ¿Permiso de quién?

– Tres días después de cenar contigo -relaté, con desgana-, llegué por la tarde a mi apartamento y había tres hombres en el dormitorio. No me hicieron nada, ni siquiera me tocaron, pero fueron muy convincentes. Me convencieron de que no me convenía verte más. No sé por qué, y no voy a hacer por saberlo -quise contenerme, pero lo solté todo-: No sé qué esconde Dalmau, ni me importa. Me quito de la circulación y listo. En realidad no buscaba nada, y menos de él. Lo estuve haciendo antes, y lo dejé.

– ¿Me seguiste porque era su nieta? -preguntó, abatida.

– Te localicé así, pero no te seguí por eso.

– Siempre supe que le conocías -dijo-. Por esa falsa llamada desde la embajada, mencionando su nombre. Pero no intentaste nada. Si hubieras querido algo de él lo habrías intentado. No habrías sido siempre tan vulnerable. Han cometido un error.

Meneaba la cabeza y agitaba las manos, desolada.

– Ahora ya no tiene remedio, Sybil. Nunca me habían esperado en mi habitación tres hombres dispuestos a pulverizarme. Las pocas tonterías en que se ha ido mi vida hasta ahora no me han preparado para esto. Dile a Dalmau que no se preocupe, que me esfumo.

Y esta vez arranqué con fuerza, para que ella no pudiera detenerme si volvía a agarrarme del brazo. No se movió. Me alejé diez o quince metros antes de que ella reaccionara. Oí sus pisadas, rápidas e irregulares, que avanzaban hacia mí. Apreté el paso, pero Sybil corrió y logró rebasarme. Traté de esquivarla, sin éxito.

– Por favor -imploré, fatigado-. El juego ya ha ido bastante mal. ¿No te cansas nunca?

– No ha sido Dalmau -dijo, como si eso lo excusara todo.

– No me interesa, Sybil, de veras -protesté.

– La culpa la tiene Pertúa, ese paranoico.

– ¿Pertúa?

– Escucha -Sybil me sujetó por un hombro y me dedicó su gesto más persuasivo-. Si es Pertúa el que anda detrás, y apuesto que es él, puede arreglarse fácilmente. Confía en mí y no vayas a ninguna parte. Alguien ha sido demasiado listo.

Acarició mi mejilla, como si fuera la de un niño a quien hay que confortar de una pesadilla que ya ha pasado.

– Te llamaré -prometió.

Y se fue avenida abajo. Viéndola irse, aquella leve silueta de muchacha soñada en la lenta tarde de junio sobre la bahía, tuve un raro sentimiento. Dalmau, Sybil, quizá incluso Kyriakos, formaban parte de algo que me correspondía. Podía temerlos, podía huir, podía aceptarlos. Pero nunca podría repudiarlos, a ninguno de ellos, y menos que a nadie a aquella muchacha empeñosa que se alejaba deprisa, por la avenida que moría en el océano.

7.

Pertúa

Sybil incumplió su promesa de aquella tarde, al menos en la literalidad de sus términos. Cuando sonó el teléfono, a la mañana siguiente, y lo cogí creyendo que podría ser ella, en la línea surgió la voz de un hombre al que no conocía. Era una voz cadenciosa y un tanto tímida, aunque pronto me di cuenta de que era una timidez engañosa. Hablaba en español, con un acento sudamericano indefinido, no demasiado fuerte.

– ¿Hablo con Hugo Moncada?

– Sí -repuse, indeciso.

– Soy Pertúa. Llamo de parte de Sybil Fromsett.

Guardé silencio. Lo que hubiera de decirse, lo diría él.

– Creo que le debo una disculpa y una explicación -continuó, entendiéndome-. No obstante, tal vez no sea el teléfono el mejor medio. Quisiera proponerle que viniera a verme, si no está demasiado ocupado.

– Ir a verle dónde -dije, con cautela.

– No estoy lejos. En el Rockefeller Center, Quinta Avenida. Lo conocerá, seguramente.

– Desde luego.

– Le doy el piso y la suite. Se entra por la puerta de la estatua de Atlas. No tiene pérdida. En todo caso, si se extravía, pregunte por mí.

– No me consta que pueda fiarme de usted -alegué.

– Puede hacerlo. Estoy muy avergonzado y deseo ofrecerle una reparación -hizo aquella confidencia, casi íntima, sin variar la entonación, como si sólo fuera su deber y nada pudiera oponerse. Más tarde averiguaría que el deber era para Pertúa lo primero en la vida.

– De acuerdo. Iré. Deme una hora.

Aunque no solía ponerme corbata, había llevado alguna, y se me ocurrió que aquélla era una buena ocasión para utilizarla. Con corbata, debía ser el entrenamiento o alguna confianza inconsciente, me las arreglaba para ofrecer un aspecto relativamente respetable. Sin ella, porque carecía de elegancia natural o me faltaba envergadura, era mucho más improbable que se me tomase en serio. En los años cuarenta y cincuenta, cuando el respeto que a uno le tuvieran era decisivo, todos los hombres, aun los que debían quitárselo de comer, llevaban chaqueta y corbata. Incluso los galanes de cine, a quienes las mujeres habrían admirado igual en atuendo deportivo, se pertrechaban invariablemente con estos accesorios, así fuera para protagonizar películas en las que debían rodar todo el tiempo por los suburbios, unos suburbios de pega en los que llovía siempre, o casi siempre. Juzgué que también yo debía procurar que Pertúa me tomara en serio, aunque ello me obligara a sufrir un poco más el calor matinal. En suma, me puse corbata.

Gracias a las indicaciones de Pertúa, llegué sin esfuerzo a la suite cuyo número me había dado. Era una puerta blanca en un pasillo enmoquetado lleno de puertas blancas, que recorrí entero sin tropezarme con nadie. Llamé al timbre y a los cinco segundos zumbó lo que debía ser el mecanismo de apertura. Empujé la puerta. Al otro lado había un vestíbulo no muy grande, pero bien iluminado y amueblado. Junto a la entrada había una recepcionista y más allá otras dos mujeres, plausiblemente secretarias. Me fijé en que las tres eran muy atractivas, demasiado como para no haber sido seleccionadas con un miramiento singular hacia aquella cualidad que les era común. La que por ahora me incumbía, la recepcionista, aguardaba con una anchísima sonrisa a que le diera razón de mi presencia allí. Era una morena de pómulos saledizos y ojos brumosos.

– Vengo a ver al señor Pertúa -informé.

– ¿El señor Moncada?

– Sí.

– Le espera. Acompáñeme, si hace el favor.

Cuando se puso en pie, vi que además de atractiva era desaforadamente alta. Fui detrás de ella, sintiéndome como siempre se siente uno al lado de alguien que le aventaja demasiado en estatura: deficiente y un poco ridículo. Afortunadamente, el itinerario no fue largo. A lo largo de él había otras mujeres y también algunos hombres. Unos y otros trabajaban pacíficamente en sus ordenadores. Al fin fuimos a parar a otra zona amplia donde había otras tres secretarias, dos de ellas tan jóvenes y atractivas como las de la entrada y una tercera, a la que nos dirigimos, que era mucho mayor y también, pude apreciarlo cuando estuve cerca, de lejos la más atractiva de todas.

– Buenos días, señor Moncada -dijo, levantándose, antes de que me presentara yo o lo hiciera la muchacha gigante que me traía-. Pase usted, por favor.

Y me abrió la puerta que vigilaba, sin perder siquiera un segundo en anunciarme por teléfono. Al otro lado había un despacho de buen tamaño, sin llegar a la ostentación. Tampoco el mobiliario era suntuoso. De pie tras la mesa había un hombre de unos cincuenta años, calvo, tirando a bajo y no muy bien vestido, a quien no sorprendía mi entrada.

– Gracias por venir, señor Moncada -me saludó, en español, y sin detenerse despidió a la secretaria, con un inglés mejorable-: No me interrumpas por nada, Myrtle.

Myrtle asintió, se deslizó hasta el pasillo y cerró, sin hacer el menor ruido. Me quedé frente a Pertúa, analizándole, o más bien él me analizaba a mí, porque yo estaba con la atención dividida entre su traje arrugado y pasado de moda, el cabello híspido que le crecía a ambos lados de la cabeza, los ojos negros y vivaces. También me distraía la vista de la Quinta Avenida que había tras él. Al cabo de unos segundos, me tendió la mano y yo no rehusé estrecharla, por saber cómo la tenía. Unas manos húmedas o frías denuncian a un hombre. Pertúa, sin embargo, las tenía secas y templadas.

– Siéntese, por favor -en el rostro de Pertúa había una expresión ambigua, multiuso, que igual debía servirle para ir a una fiesta, despedir a un empleado o velar a un muerto. Era una sonrisa congelada en sus ojos, casi sin concurso de los labios.

– Usted me dirá -me puse a su disposición, sin la suficiencia que cualquier otro habría estado tentado de ejercitar ante un hombre que acabara de confesarle su arrepentimiento y su vergüenza. Yo, para impedirme ese desliz, recordaba a Kyriakos y la negra cicatriz en el dorso de su mano.

– Antes de nada -asumió su carga Pertúa, con disciplina-, vuelvo a suplicarle que me perdone, y digo que me perdone porque yo, Pertúa, soy el único responsable del disparate que se cometió hace algunas semanas. Me abochorna lo que habrá podido pensar de nosotros por causa de mi espantosa ligereza. Desde este momento quisiera pedirle, aunque ya imagino que va a ser difícil, que no crea que es nuestra costumbre recurrir a métodos tan infames e inaceptables. Le juro, aunque eso no sea una atenuante para mi falta, que los hombres que allanaron su apartamento jamás le habrían hecho el menor daño.

– Entonces, era sólo una visita disuasoria.

– Compréndame, por favor, no lo estoy justificando, señor Moncada. Fue una vileza y tomo toda la responsabilidad sobre mis hombros. Sé que es hombre inteligente y ya habrá supuesto que todo se debió a un exceso de celo, pero no me pagan para excederme, ni siquiera en el celo. Tiene mi palabra de que nunca más volverá a ver a los hombres que le amenazaron y le ruego que se deshaga tranquilamente de cualquier reparo que haya podido abrigar a raíz de su encuentro con ellos.

– Había abrigado algún reparo, en efecto -reconocí.

– Tengo entendido que incluso ha pensado en abandonar la ciudad.

– Sí, lo he pensado, no sólo por sus emisarios, aunque ellos fueran el estímulo principal. Vine aquí sin un plan definido y se me ha acabado el dinero.

Pertúa celebró conocer aquel dato, o ya lo conocía y celebró que lo mencionara.

– Si eso es todo -dijo-, debe reconsiderar esa decisión. Mis emisarios, como usted los llama con una mordacidad que sin duda merezco, son historia, créame. Y si viene urgido a irse por dificultades económicas, permítame saldar la deuda que he contraído con usted ofreciéndole un modo de solventarlas.

Si no hubiera sido, de nuevo, por el recuerdo de Kyriakos, que me inducía a ser prudente pese a todas las garantías que Pertúa pudiera darme de su desaparición, habría creído que aquel hombre me estaba adulando de forma miserable. Más tarde descubriría que era precisa una extraordinaria solidez interior para rebajarse como Pertúa era capaz de hacerlo.

– ¿Van a darme dinero? -interrogué, estupefacto.

– No era ésa la oferta que tenía para usted, exactamente. Quizá deba aclarar que en este momento ya no estoy hablando a título personal, sino en nombre de Manuel Dalmau, quien por diversas circunstancias, alguna de las cuales conoce, no puede tratar esto directamente con usted -Pertúa se detuvo a observar el efecto que en mí producía el nombre de Dalmau. Luego disipó el equívoco-: Le estoy hablando de un trabajo, señor Moncada. Según tengo entendido, posee alguna experiencia en el campo de las inversiones, adquirida en su país. Espero que no le incomode saber que hemos podido obtener algunas referencias, todas favorables, me alegra precisar.

No supe si me incomodaba o no. Pertúa cruzó las manos ante su nariz, tocando la punta con los índices extendidos. Tampoco supe si estaba aguardando a que yo contestara algo, o recomponiendo sus pensamientos, o adivinando los míos.

– No digo, naturalmente, que no pueda exigir una indemnización por los inconvenientes que se le han producido, e incluso por los perjuicios que se le se hayan podido irrogar -admitió-. Si ése es su deseo, no dude que acordaremos sin ninguna dificultad una suma que le satisfaga, y que se le haría efectiva sin demora y en la manera que usted decidiera. Sin embargo, el señor Dalmau, a cuyas instrucciones me atengo en este instante, consideró que ofrecerle un puesto en nuestra organización podría ser una reparación más completa, además de un buen camino para instaurar una confianza recíproca. Nuestro grupo empresarial posee diversas sociedades en las que su experiencia profesional podría tener excelente acomodo, en beneficio de ambas partes.

Lo último que había previsto era que Pertúa me llamara para ofrecerme trabajo, por cuenta de Dalmau. Le transmití mi perplejidad:

– No comprendo. ¿Por qué habían de confiar en mí?

– Es lo mínimo que le debemos, señor Moncada. De todas formas, acaba de tocar un punto importante -Pertúa adoptó un gesto severo-. No quisiera que interpretara que esto supone la más mínima reserva por nuestra parte, pero, ¿podría preguntarle cuál fue el propósito que lo movió a tratar de localizar a Manuel Dalmau?

– Leí su libro.

Pertúa meditó un segundo. Me dio la impresión de que aquel asunto, la faceta literaria de Dalmau, escapaba a sus competencias. Fue extremadamente precavido al inquirir, sin que pudiera tomarse como indicio de un juicio, favorable o adverso:

– ¿Y qué vio en el libro?

– A alguien que había venido de España a Nueva York mucho antes que yo, cuando apenas venían españoles aquí. En su experiencia, por lo que se desprendía del libro, había ciertas coincidencias con la mía.

– ¿Qué coincidencias? Si no es demasiada indiscreción -se excusó.

– Coincidencias sentimentales. Respecto de la propia tierra y la forma de recordarla.

– De modo que su único interés era literario.

– Puede describirlo así. Por eso, cuando deduje que Manuel Dalmau no quería ser localizado, abandoné sin más mis investigaciones.

– Sin embargo, trabó relación con su nieta -se traicionó Pertúa, posiblemente con plena conciencia de hacerlo y de que yo iba a pensar que se traicionaba. Aunque refutase la supuesta ausencia de reservas que acababa de proclamar, comprendí que él tenía la obligación de no pasar por alto aquel detalle.

– Por otras razones. Si no me equivoco, Sybil debe haberle comunicado que en ningún momento hice por saber nada de su abuelo.

– Ya veo. En cualquier caso, señor Moncada, quiero que disponga de algún argumento para ser indulgente conmigo. Convendrá en que no podía resultarme indiferente que la hija y la nieta de Manuel Dalmau recibieran su visita, y en el caso de la segunda, algo más que su visita. No es frecuente que un simple interés literario lleve a una persona a viajar tanto y a establecer ese tipo de contacto con la familia del autor.

– No lo sé -dije-. En realidad, ignoro la razón por la que Manuel Dalmau prefiere ser un misterio, aunque la respeto y lamento las preocupaciones que haya podido causarles.

Pertúa percibió mi ironía y yo me arrepentí de ella en el acto. Me pregunté cómo habrían seguido todos mis pasos y me percaté de que en realidad había debido ser muy fácil. Le había dejado una tarjeta a Sue Fromsett, y aunque quizá ella no se la hubiera facilitado a Pertúa, debía haber llegado hasta él con relativa presteza a través de algún cauce. El único cauce que se me ocurría era Dalmau, a quien Pertúa exculpaba de todas sus providencias, acusándose él mismo de impulsarlas. Pero mi último comentario requería algo que justificara a Dalmau, y de nuevo Pertúa realizó la labor.

– No necesita ser suspicaz -aseveró, con dulzura-, aunque me hago cargo de que yo le he dado pie para que lo sea. Manuel Dalmau es un hombre muy anciano, y como puede ver, en él concurren circunstancias que pueden sugerir a ciertas personas la posibilidad de tomar iniciativas arriesgadas. No debe asombrarle que trate de preservar su intimidad y la de su familia. En fin, después de todo, esto nos devuelve adonde estábamos antes. La confianza mutua, señor Moncada. Le he hecho una oferta, creo que bastante apetecible para un hombre en su situación presente. ¿Qué me contesta?

– Esa oferta, ¿viene acompañada de alguna exigencia? -quise cerciorarme.

– Ninguna en absoluto. Es un empleo y se espera de usted que trabaje por el sueldo que se le dará, en los términos que son habituales. Nada más.

– ¿Qué sueldo?

– El adecuado al puesto que ocupe. Le garantizo que no estará descontento, señor Moncada -Pertúa debía tener sobrada experiencia en comprar hombres con dinero, a juzgar por la seguridad, casi desdeñosa, que exhibía al tocar ese punto.

– Supongo que no le ofenderá que quiera pensarlo un poco. Son demasiadas cosas para asimilarlas según vienen.

– Desde luego. Tómese el tiempo que desee. Y deshágase de cualquier reticencia. Le estoy ofreciendo un trabajo normal y honorable. Con nuestros errores, como cualquiera, somos personas normales y honorables. Estamos ansiosos, y yo personalmente, de demostrárselo de forma que no le quepa ninguna duda.

Me di cuenta de que era la primera vez que me encontraba ante un hombre que se veía en la necesidad de proclamar y demostrar que era normal y honorable. Eso habría debido espantarme, pero Pertúa sostenía su discurso con temple y convicción. Tras su aspecto deslustrado, tenía una innegable capacidad para cautivar al oponente.

– No quiero robarle más tiempo. Por cierto -administró con destreza el efecto-, alguien le espera en la recepción.

Con esta noticia, que le complacía visiblemente darme, por lo que corroboraba sus palabras o por mi momentáneo desconcierto, Pertúa se puso en pie y me tendió otra vez la mano, que estreché y volví a notar templada y seca. También noté que era fuerte.

Sybil me aguardaba arrellanada en una butaca que había frente a la mesa de la recepcionista. Estaba exultante, porque me había enseñado su poder.

– ¿Has aceptado? -fue su saludo.

– Todavía no.

– Pero aceptarás.

– Tendrás que proporcionarme alguna razón.

– Te la proporcionaré.

Habría debido recelar de su alborozo, de la propia Sybil, que jugaba a obedecer a su jefe del despacho de arquitectos cuando su abuelo dictaba las vicisitudes de un hombre como Pertúa. Sin embargo, estuvimos juntos aquel día, y al día siguiente y en los días sucesivos, y cuanto más estaba con ella menos podía resistirla, porque ella había desentrañado mi debilidad, o yo se la había desvelado, irresponsablemente, la noche en que le había pedido reconstruir mi sueño. Pero no escribiré mucho más acerca de mis andanzas con Sybil, porque nunca he sabido o querido escribir historias de amor y porque Sybil importa a mi vida y ésta no es la historia de mi vida, sino la de cómo llegué hasta el ángel oculto. A esta historia, la del hallazgo inaudito que guardaba para mí la ciudad que antes había creído vacía, Sybil deja de ser indispensable una vez dicho cómo me condujo hasta Pertúa. Desde allí, aunque ella estuviera cerca, incluso aunque me favoreciera siempre, era yo quien debía seguir camino hasta Dalmau, donde terminaba el viaje.

V. EL ÁNGEL OCULTO

1.

Al servicio de Dalmau

En ningún momento, ni siquiera mientras representaba lo contrario ante Pertúa, había dudado que aceptaría entrar a trabajar al servicio de Dalmau. No lo había dudado aunque desde luego tenía motivos para rechazar la oferta, o quizá sería más correcto decir que me costaba encontrarlos a favor. Si bien se trataba de un medio de vida más o menos asequible a mi capacitación profesional, y me permitía demorar un regreso que no deseaba, cuando llamé a Pertúa para confirmarle que quería el trabajo, no era eso lo que inclinaba mi ánimo, ni tampoco ninguna de las razones a las que Sybil se había afanado, conforme a su promesa, en convertirme. Si consentí fue, sobre todo, por la intuición de que era allí, en los dominios de Dalmau, mucho antes que en un regreso deshonroso a Madrid o en cualquier otra ocupación en Nueva York, donde podía tener una oportunidad de esclarecer las causas que habían provocado mi viaje. Era la misma intuición que había despertado en mí la lectura del libro, y que resucitaba, intensificada, con la reaparición de Dalmau a través de Pertúa, aquel formidable subalterno.

Entre quienes asistieron atónitos a mi nueva ocupación se contó destacadamente mi amigo Raúl, quien me había visto descartar, considerar y volver a descartar la opción de la repatriación en el corto plazo de unas pocas semanas. No le había contado en su día lo que me había hecho cambiar por primera vez de opinión, porque había sido una experiencia ominosa que prefería esconderle (uno sólo puede olvidar por sí lo que no ha compartido con nadie), y tampoco le conté que era Dalmau quien me daba el trabajo por el que volvía a reconsiderarlo todo. Sí se enteró de mis progresos con Sybil, e incluso se la presenté pronto, lo que le llevó a entender al fin, y no hice nada por sacarle de esa idea, que todos mis vaivenes se debían a los flujos y reflujos de un corazón enamorado. Hasta tal punto, que después de conocerla se creyó en el deber de prevenirme.

– Siempre te dije que no era bueno estar demasiado en el aire, lo admito. Pero la verdad, compañero, estarás de acuerdo en que tienes la dudosa virtud de pasar de un extremo a otro. De repente eres residente, tienes un trabajo, y hasta tienes novia. ¿Te das cuenta de que si te descuidas puedes quedarte aquí para toda la vida?

– ¿Qué tendría de malo?

– Nada, en sí mismo. Yo me he quedado, sin ir más lejos. Sólo que ese tipo de cosas es mejor decidirlas, no que te pasen.

– ¿Estás seguro de eso?

– No seas insidioso -me recriminó-. Nadie está seguro de nada.

Pese a las advertencias de Raúl, aquel verano, mientras todo el mundo en Nueva York se preparaba para las vacaciones, yo volví a trabajar. Pertúa me asignó un puesto de cierta responsabilidad en una compañía de inversiones, con una remuneración que no podía objetar (según me había anticipado) y unas tareas que podía desempeñar con el solo y lógico esfuerzo de adaptación al modo de hacer las cosas en otro país, nada que sobrepasara mis facultades. Tratar de nuevo con aquellos asuntos me producía una extraña sensación. Mi profesión nunca había llegado a interesarme, en el sentido propio de la palabra; ni me había sentido demasiado recompensado por los éxitos que me deparaba, ni tampoco gravemente demolido por los fracasos, aunque a veces no es posible que a uno deje de dolerle lo que pudo salirle mejor (pero esto no es más que una deleznable afloración del orgullo). Cuando había tenido que ejercerla antes, mi empeño principal había sido sobrellevar mi profesión con el mejor talante posible, como un sacrificio que debía tener una utilidad moral; aunque ya nadie lo crea, a mí sigue pareciéndome que el sacrificio hace mejores a las personas y la satisfacción las envilece. A cambio, no me había ido mal, en mi profesión. Era como una mujer a la que no quería y a la que a menudo había que abrazar sin ganas, pero que casi siempre me quería y casi nunca dudaba de mí. Hay algunos momentos, más frecuentes a medida que pasa el tiempo y disminuyen las esperanzas de que venga la mujer deseada, en que el hombre que vive con una mujer así se sorprende sintiendo afecto por ella, y también yo me había sorprendido alguna vez sintiendo afecto por mi profesión.

Fue a aquel afecto, y a la innegable y excepcional novedad de trabajar para Dalmau, a lo que recurrí para desempeñar con una razonable conformidad mi labor. Mientras ojeaba balances o leía informes, consultaba cotizaciones en las pantallas o revisaba proyecciones, me abstraía en la paz mecánica que también podían suministrar aquellos ejercicios, cuando uno los hacía como si no existiera nada más y a nada más fuera factible dedicarse. La mente humana experimenta una inexpugnable felicidad en las cifras, sobre todo cuando están recién calculadas o recién impresas, porque la aritmética, a la que tienden a reducirse las matemáticas de la faena diaria, está basada en una simple ilusión de perfección que es, ante todo, deliberadamente ajena a las rugosidades e incoherencias del mundo. Es el triunfo de la aritmética el que permite el sosiego creciente de las conciencias, a despecho de los millones de desastres cotidianos que los tersos números y los infalibles cálculos con los que se ha convenido en traficar enmascaran.

Otro aliciente de mi trabajo era indagar en la profundidad y la extensión del imperio económico de Dalmau. Desde la limitada atalaya que constituía la empresa para la que trabajaba y la posición que ocupaba en ella, pude reunir rápidamente los datos suficientes para comprender que su fortuna, o al menos los recursos que estaba en disposición de controlar y movilizar, debían ser inmensos. Mi compañía de inversiones, sin lugar a dudas una simple pieza en toda la maquinaria, poseía intereses en los más diversos sectores e industrias, por importes que multiplicaban muchas veces lo que había tenido ocasión de conocer de otras compañías similares en mi país, y contaba con cerca de un centenar de empleados, la mayoría de cualificación estimable. En cuanto al poder que sobre ella ejercía Dalmau, estaba fuera de toda cuestión. El chief executive officer, o gran jefe, de nombre Ronald, abandonaba cualquier reunión y cancelaba cualquier compromiso ante una simple llamada telefónica de Pertúa desde su modesto despacho del Rockefeller Center. Y eso que Ronald disponía, como era quizá preceptivo, de una especie de palacio personal en lo alto de una de las mejores torres de Lower Manhattan, donde tenía su sede la empresa. En mi ocasional trato con este hombre, un notorio canalla curtido en veinte años de trabajo en bancos de negocios que siempre estaba chupando o mordiendo (éstos eran los verbos justos) puros habanos de contrabando, observé al principio cierta antipatía. Podía ser porque Pertúa le hubiera impuesto mi contratación, haciéndole sentir la subordinación que tan copiosamente se le pagaba. Más adelante, cuando le dieron informes de mi relativa solvencia técnica y, sobre todo, cuando le constó que Pertúa se interesaba de forma regular por mi actividad, llegó incluso a hacerme objeto de alguna de sus atenciones. Aunque no descendió a invitarme jamás a su gran casa de las afueras, porque en Nueva York se mantiene una férrea separación entre la empresa y la familia, y también porque para él, WASP e inexorable votante conservador, yo no dejaba de ser un hispanic, es decir, un ejemplo de inferioridad racial, alguna vez me llamó a su despacho para preguntarme por mis inquietudes. Enfrentando la mirada sin fondo de sus ojos de color acero y admirando su poblado y vigoroso cabello rojizo repeinado hacia atrás, no pude reprimir la maldad de recordar que aquel hombre obedecía a Pertúa, un hispano desaliñado y calvo.

En cuanto a mis compañeros de trabajo, con ninguno llegué a establecer demasiados vínculos. Aquellos que realizaban una tarea semejante a la que a mí se me encomendaba me recibieron con una indisimulada hostilidad. Sin duda temieron que en el reparto de las gratificaciones de final de año irían a parar a mis bolsillos algunos dólares que les pertenecían; cuántos, era lo de menos. Si encima eran muchos ya sopesarían la posibilidad de alquilar a alguien para que me lisiara. Por lo pronto se contentaron con obsequiarme con un trato desabrido y alguna que otra maniobra alevosa, que capeé como pude. En su mayoría eran más jóvenes que yo, brillantes graduados en universidades selectas e incansables trabajadores nocturnos y de fin de semana contra cuya abnegación y cuyo mérito nunca me propuse competir, aunque ellos tardaron bastante en percatarse. Entre el resto del personal, sobre todo el de categorías inferiores, encontré algo más de calor humano, porque la muestra ganaba en diversidad. Había gente de Nueva Jersey o de Queens, y hasta una filipina de más de cincuenta años a la que incomprensiblemente se le permitía sestear con total impunidad en su puesto de trabajo y que mientras estaba dormida soltaba unos pedos como salvas de trabuco. A jirones me refirió su vida, que no era materia envidiable. Había enviudado joven y sólo tenía un hijo, enganchado intermitentemente al crack. Todos los corazones duros tienen un límite de resistencia, y al del jefe de personal la filipina debía habérselo alcanzado con aquella espeluznante historia.

En mis dos primeros meses en la compañía de inversiones, Pertúa me llamó a su despacho en tres o cuatro ocasiones. Siempre que llegué a la suite del Rockefeller Center la enorme recepcionista me estaba esperando, ufana, y Myrtle estaba presta para hacerme pasar al despacho de su jefe. Un día, cuando ya había logrado una mínima certeza de que podía conducirme ante aquel hombre con algún desembarazo (llevaba semanas trabajando para él, o para Dalmau, sin contratiempos; salía con Sybil; y Pertúa y yo ya habíamos mantenido otras entrevistas), reuní el valor preciso para interrogarle acerca de aquel detalle que desde el primer momento me había impresionado, la desproporcionada y unánime belleza de las mujeres que trabajaban allí, a su alrededor. Pertúa no se ofendió.

– Estoy aquí durante muchas horas -dijo, con su sempiterna sonrisa demediada-. La belleza de que me rodeo aquí es casi la única que veo. No sé si estará de acuerdo conmigo, pero en mi parecer un hombre que carece por completo de la oportunidad de contemplar la belleza se convierte en un ser abyecto e indeseable. Confieso que puede ser reprobable que destine algunos recursos económicos de la empresa a paliar una necesidad personal, pero afortunadamente la belleza que tanto le llama la atención es barata, y no se trata de personas ineficientes, como afirma el tópico. Myrtle, por ejemplo, es la mejor secretaria que existe.

Se enorgullecía de Myrtle como de un pura sangre o una motocicleta, pensé, pero ya les había sorprendido alguna vez comunicándose con una mirada como el relámpago y temí estar siendo burdo e injusto. En nuestras conversaciones, Pertúa seguía obsesionado por rectificar lo que él llamaba su falta, es decir, la drástica iniciativa que había adoptado respecto de mi persona antes de conocernos. A este afán respondía la protección que me hacía sentir y que claramente me prestaba, y la aparente franqueza con que me instruía acerca de distintos aspectos del grupo de sociedades de Dalmau. Yo almacenaba en mi memoria todo lo que me transmitía, sin preguntarle casi. Para mí el problema no era confiar en ellos, algo que en mi composición de lugar de entonces no iba a suceder nunca, sino que ellos confiaran en mí, y nadie confía con facilidad en un curioso. No podía ser más evidente que Pertúa, con aquellas entrevistas y por otros medios, me vigilaba.

Aquella vigilancia podría haberme provocado cierta tensión, pero me las arreglé para evitarlo. Algunos mediodías de aquel agosto, cuando no me citaba con Sybil para almorzar, me iba a pasear por Nassau Street, entre los turistas. Caminar por aquella calle, tan parecida a algunas calles comerciales de España, curioseando por las tiendas o simplemente mirando a la gente, me producía un gran placer, lo mismo que alargarme hasta Battery Park, donde iba a veces a tomar un bocadillo o una hamburguesa en mi hora de descanso. Por primera vez acaso desde mi llegada, un año atrás, mientras estaba allí, sentado a la sombra de los árboles con la chaqueta de mi traje de oficinista en el brazo y la camisa arremangada, me sentía acogido por la ciudad, casi uno de ellos. Y me gustaba.

2.

La prueba

Aunque me sirviera en parte para ello, la mira de Pertúa al darme el trabajo no había sido ayudarme a construir una sensación confortable en mi estancia en Nueva York. En nuestras conversaciones, después de la primera, no volvió a mencionarse el nombre de Dalmau, pero Dalmau seguía allí, omnipresente y agazapado detrás de cualquier cosa que Pertúa hiciera, y yo lo sabía y por eso barrunté que Dalmau no podía ser ajeno a lo que, una mañana de septiembre, Pertúa me convocó para discutir en su despacho. Hacía un día soleado y la luz que entraba por la ventana recortaba su silueta ante mí. Era una silueta enhiesta, como sus pocos cabellos y como su mismo temperamento, siempre en guardia.

– Ya llevas con nosotros algún tiempo, Hugo -creí no haber oído bien; era la primera vez que me tuteaba-. En ese tiempo has probado tu valía y nos has convencido de que la decisión que tomamos en su día fue una afortunada solución para una lamentable desgracia que todos preferimos olvidar. Desconozco hasta qué punto hemos podido satisfacer tus expectativas, pero las nuestras se han visto con mucho superadas.

Siempre hay que dudar cuando a uno se le elogia. Quien elogia siempre busca algo, inocente o perverso, y el elogiado debe medir antes que nada si está en su mano pagar el elogio. A veces es un precio módico, que se desembolsa de buen grado; otras veces es una penitencia con la que se purga desmedidamente el privilegio obtenido. No sabía si podría pagar lo que Pertúa andaba buscando, así que dudé y no dije que también mis expectativas se habían colmado, lo que, por otra parte, podría no haber sido excesivamente mendaz.

– Por eso -prosiguió Pertúa, tal vez haciéndose cargo-, queremos dar un paso más en nuestra relación, si tú crees que puede seducirte.

– ¿Qué quiere decir exactamente un paso más?

– Quiere decir trabajar aquí, en la cabecera del grupo.

– ¿Aquí?

– Entiendo que pueda resultarte prematuro -concedió-. A fin de cuentas, sólo llevas con nosotros dos meses. Pero te ruego que prescindas de ese aspecto. El tiempo es una magnitud relativa, que depende de quien lo marca y de quien lo recibe. Nosotros no nos complacemos en alargar las ceremonias, al menos ciertas ceremonias, y aunque a otros no les bastarían veinte años, los dos meses que tú has tenido han sido suficientes. Puedes creer que no somos inexpertos en este tipo de apreciaciones.

Podía creerlo, aunque no me fiara. Pero la propuesta de Pertúa era tan tentadora que comprendí inmediatamente que no iba hacer otra cosa que dejarme conducir a donde él hubiera pensado. A aquellas alturas, no podía ser tan ingenuo como para cometer el desperdicio de fingir ante Pertúa, así que me limité a consultar:

– ¿Qué tendría que hacer?

– Para empezar, un trabajo especial.

La palabra especial me inquietó. Pertúa lo notó y se apresuró a explicarlo:

– Hemos decidido una reorganización de parte de nuestros negocios. La operación principal de esa reorganización es la venta de la empresa para la que has estado trabajando. Tenemos un comprador que oferta un precio atractivo. Necesitamos alguien con conocimiento de lo que se vende que sirva de interlocutor al personal del comprador que vendrá para comprobar la valoración y cerrar el trato. No estarás solo. Te ayudará alguien con experiencia en estas cosas -y avisó a Myrtle-: Myrtle, llama a Avi.

– ¿Avi?

– Se llama Avinash. Nunca pronuncio bien su apellido. Es hindú, una raza imperturbable, cualidad ventajosa para estas misiones.

Avinash apareció al cabo de unos segundos. Era un tipo desgarbado, más o menos de mi edad, y todavía más bajo que Pertúa. En su rostro oscuro, el blanco de los ojos relucía como la luna en mitad de la noche.

– Avi, te presento a Hugo Moncada. Se encargará de la negociación, con tu ayuda.

Avinash no preguntó qué demonios pintaba yo allí, por qué me iba a encargar de la negociación o por qué tenía que ayudarme. Ni siquiera pestañeó. Me tendió la mano y dijo:

– Encantado.

Durante los primeros días de trabajo, la presencia del hindú me incomodó. Era competente y laborioso, y también temible para nuestros interlocutores en la polémica; conmigo, por lo demás, se atenía en todo momento a un compañerismo que parecía sincero. Pero no se me iba de la cabeza que aquel hombre, además de pertenecer a otra civilización, lo que no dejaba de advertirse en alguna que otra circunstancia, era uno de los auxiliares de Pertúa en la misteriosa cabecera del grupo y tenía, por añadidura, experiencia en trabajos como aquél. Las reuniones, casi siempre largas y exasperantes, se sostenían en un lúgubre edificio de Spring Street y a veces en la propia sede de la compañía cuya venta se negociaba. En el primer caso el obstáculo era estar durante horas en una oficina arrendada para la ocasión, rodeados de ordenadores y pizarras y soportando las ingeniosidades de los mercenarios contratados por el comprador (abogados, auditores, etcétera), que ineludiblemente versaban sobre los diversos particulares del negocio que permitían exigir una rebaja en el precio, o un incremento de las garantías, o ambas cosas a la vez. En el segundo caso, había que tener la sangre bastante fría para ajustar con la distancia adecuada las condiciones de la transacción, bajo el mismo techo que cobijaba a todas aquellas personas que iban a ser vendidas a tanto alzado y en lote (alguna de ellas entraba en la sala, de vez en cuando, para pasar un recado o renovar el café).Y ello sin dejar de sugerir, si resultaba a propósito, los costes laborales que podía rebajar el comprador tan pronto como tomase el control de la compañía. Pero Avinash no se inmutaba por lo uno ni por lo otro, y tanto le daba dormir cinco horas o dos. A la mañana siguiente siempre aparecía con su flequillo negro empapado y cepillado a un lado, los ojos muy abiertos y las ojeras camufladas bajo el color de su tez.

A medida que fueron pasando los días, no obstante mis iniciales reticencias, la brega y los combates compartidos propiciaron, de forma casi imperceptible, un acercamiento personal entre ambos. Una noche, en la sede de la compañía, después de un par de jornadas extenuantes, Avinash debió creerme lo bastante reblandecido como para permitirse una confidencia de carácter humano, aunque con pretexto profesional.

– Siempre detesto este momento -dijo-. Ya hemos hecho la parte más importante, pero es ahora cuando queda lo peor. En lo importante sólo entran los especialistas en resolver problemas, con los que no me cuesta tratar, aunque sea a tiro limpio. A partir de ahora intervienen los especialistas en crearlos. ¿Sabes por qué?

– No.

– Para lo importante hace falta trabajar, y eso, en nuestro mundo, sólo lo hace la gente de segunda fila. En el remate, o sea, lo que viene ahora, sólo hay que aparentar que se tiene una mente estratégica. Eso sí están dispuestos a hacerlo los protagonistas, a quienes me refiero como los creadores de problemas. Después de doce años de experiencia, hay pocas cosas que haya aprendido a despreciar tanto como la estrategia. He llegado a la conclusión -afirmó Avinash, con sorna- de que la estrategia, para la mayoría de esos fantoches, no es más que un invento que levantan después de que todo ha terminado. Así tratan de vender a los demás, incluso a quienes realmente contribuyeron, que lo que salió al tuntún o por fuerza, como siempre sale todo, obedecía en realidad a un plan que ellos tenían.

En ese instante alguien llamó a la puerta. Estábamos solos, en la sala en la que se reunía el consejo de administración, al lado del despacho de Ronald. Quien llamaba, según se vio una vez que Avinash le gritó que pasara, era precisamente la secretaria de Ronald. Era una pelirroja tan alta como las mujeres de las que se rodeaba Pertúa, y no menos atractiva, porque Ronald también amaba la belleza. Llevaba un traje color cereza de quinientos dólares, como poco, y había un mohín de asco en su cara cuando le dijo a Avinash:

– Tiene una llamada telefónica. El señor Pertúa.

– ¿Y no puede pasarla aquí? -se interesó el hindú.

– Bueno, sería posible si…

– Si es posible, pásela, por favor.

Avinash lo pidió sin brusquedad, casi con pleitesía, como alguno de sus antepasados podía haber llamado sahíb a algún británico desalmado del que pudiera obtener unas monedas, techo o sustento. La pelirroja pudo percibir, no obstante, la desaprobación que recibía su torpeza debió indignarla que aquel indio piojoso la vejase. Desapareció sin decir nada más y al instante sonó el teléfono de la sala. Avinash le dio la novedad a Pertúa y me lo pasó para que yo completara la información con lo que me pareciera pertinente. Había poco que añadir. En realidad Pertúa sólo debía querer mostrarme que no confiaba más en Avinash que en mí; me dio ánimos, se los agradecí y colgó.

Avinash se había quedado pensativo. Como parecía que era una noche de confraternización, le pregunté algo que hasta entonces me habría abstenido de preguntarle:

– ¿En qué piensas?

Avinash se volvió hacia mí y dijo, como si saliera de una ensoñación:

– En la pelirroja. ¿Te das cuenta de que vamos a vender su empresa, lo que en cierto modo equivale a decir que su destino está en nuestras manos, y sin embargo no podemos hacer nada para que nos tenga la menor estima? He estado meditando y no se me ocurre ninguna forma de domarla. La admiro por eso -proclamó, con convicción-. Es mucho más digna que Ronald, por ejemplo.

Ronald, a quien manteníamos al margen de todo, siempre tenía lista una sonrisa nerviosa cuando nos presentábamos allí, para utilizar la sala de su consejo, y también cuando le pedíamos que nos dejara a solas, en sus mismísimas oficinas. Avinash, con una incomparable crueldad, había llegado a echarle de su propio despacho por gusto, para debatir conmigo cualquier asunto sin trascendencia.

– Quizá habría alguna forma de persuadirla -aventuré.

Avinash meneó la cabeza.

– Todo el mundo es sensible al chantaje apropiado, desde luego. Pero no hablo de forzarla, sino de que hubiera un medio pacífico de lograr que fuera tan dócil como Ronald. He ahí un reto para la inteligencia, Hugo, y no lo que nos pasamos horas haciendo, en los últimos días. Que esa hermosa muchacha blanca fuera dulce con un feo indio como yo. Sólo es valioso lo que no se puede tener -recitó, inflamado-, como sólo es preciosa la luz en las horas oscuras. El único consuelo que encuentro en renunciar a ella es que la sabiduría de mi pueblo enseña que el espíritu de un hombre es tan grande como sus renuncias.

Me pasmaba oír a aquel sujeto, capaz de pasarse horas tratando únicamente de dinero, encadenar en un estado cercano al éxtasis aquellas palabras sobre la desposesión y el tamaño del espíritu, aunque fueran sarcásticas. Y más aún me pasmaba sospechar que no lo eran. Pero Avinash, como solía, cambió de pronto de asunto:

– ¿Cómo has encontrado a Pertúa?

Derivar la conversación hacia Pertúa era un nuevo signo de relajación por parte de mi compañero. Hasta entonces no habíamos hablado de él. Escogí ser comedido:

– Siempre encuentro a Pertúa más o menos igual.

– ¿Y qué te parece, Pertúa?

Inquiría sin énfasis, con la neutralidad con que hacía casi todo.

– No le conozco desde hace demasiado. Supongo que es la clase de persona que conviene tomarse algún tiempo para juzgar.

Avinash se rió.

– Pertúa es un hijo de perra, eso se ve en seguida -dijo.

– Siempre he procurado observar la regla de no criticar a las personas para las que trabajo, al menos mientras lo hago -me replegué.

– No le critico -protestó Avinash-. Me mata, ese hombre. Es un hijo de perra magnífico, un modelo para imitar. La mayoría de la gente, y sobre todo sus víctimas, piensan que es un perro ruin, porque no le tiembla la mano a la hora de defender lo que cree que son los intereses de su amo. Muchos fantasean con el momento en que el amo sea otro, preferiblemente uno a quien Pertúa haya perjudicado de una forma u otra, lo que es verdad que no resultaría difícil, o al menos sería un nutrido número, el de los candidatos. Pero esa gente no le conoce, no saben por qué Pertúa es un hombre grande. Pertúa ha medido las consecuencias de sus actos, meticulosamente, y las ha asumido, hasta la última, hasta la peor que puedas imaginar. Si a eso le sumas que desdeña la mayor parte de las ventajas de que podría disfrutar, tienes que Pertúa, además del último de los conscientes, es el último de los ascetas. Trabajo con él desde hace ocho años, y no le he visto caer en una sola debilidad.

No se estaba burlando. Le veneraba de veras.

– Tampoco puede ser tan de una pieza -objeté-. No hay hombres de una pieza.

– No si buscan la perfección, la bondad, la felicidad, o cualquiera de esos ideales que no existen -precisó Avinash-. Pertúa sólo busca cosas que existen, y siempre sabe qué puede esperar de lo que emprende. Su limitación es su fuerza. Pero es toda una tarea, limitarse como él ha llegado a hacerlo. A todos nos tienta la mentira, porque la verdad no basta.

Aquel pequeño malvado, al contrario que tantos otros de su clase, era un filósofo. Llegué a hacerme buen amigo de Avinash, aun abrigando siempre mis reservas. Durante mucho tiempo traté en vano de adivinar qué había pretendido Pertúa poniéndome a trabajar con él y encargándome que negociara aquella venta. Sólo estaba claro que se trataba de una prueba, y por eso me dediqué con ahínco a la última fase, que como Avinash había predicho, fue la peor y sufrió la injerencia de algunos creadores de problemas. Al final la operación se consumó, el precio fue bueno y Ronald perdió su puesto y su despacho con vistas. La pelirroja, según se cuidó Avinash de comprobar, conservó el suyo, y Pertúa nos felicitó a ambos. También nos dieron una gratificación, pero nadie nos odió por eso. En la cabecera del grupo no existían esas rivalidades infantiles.

3.

Exhibición de Pertúa

Hacia mediados de octubre, hacía ya un par de semanas que iba todos los días a la oficina del Rockefeller Center. La inmensa morena de la recepción me recibía ya como un habitual y se me había habilitado un despacho, mucho más pequeño que el que había tenido en la compañía de inversiones. En contrapartida, y una vez cerrado el trabajo especial con el que me había incorporado, la información que ahora aparecía en la pantalla de mi ordenador era mucho más suculenta; a veces lo era tanto que llegaba a intimidarme. Aparte de eso, mi trabajo no difería mucho de lo que había hecho antes o de lo que había hecho en España; en muchos aspectos, aunque no en todos, era sólo una cuestión de escala. Las reuniones con Pertúa se habían incrementado hasta alcanzar una periodicidad semanal. Ahora ya no eran encuentros sociales, y no sólo intervenía él, sino que la mayor parte del tiempo era yo quien tenía que dar cuenta de cómo iban las cosas en las parcelas que se me habían asignado. Como jefe, aunque siempre estuviera entre nosotros, condicionándolo todo, la forma en que habíamos entrado en contacto, Pertúa era exigente y directo, pero no como esos jefes que son directos por no dar sensación de titubear, lo que les hace tomar a menudo el recto camino del precipicio o el todavía más recto camino a ninguna parte. Pertúa siempre tenía los oídos abiertos, se tomaba su tiempo, y cuando arrancaba iba a donde dolía, a donde faltaba algo. Además, se guiaba más a menudo por el instinto que por el cerebro, por lo que nadie soñaba con urdir añagazas que pudieran desorientarle. Cuando señalaba un error, había que admitirlo y corregir, porque también era intransigente. Podía permitírselo, y todos sabíamos por qué: siempre se había informado suficientemente. Lo leía todo, incluso lo aburrido o lo mal escrito. No valoraba especialmente la retórica, aunque podía practicarla.

Seguíamos sin hablar de Dalmau. Tres meses después de entrar a su servicio, seguía sin saber gran cosa de él, aunque cada vez sabía más de lo que poseía, si eso es conocimiento acerca de un hombre. De todas formas, me cuidaba de exteriorizar la más mínima ansiedad al respecto. Suponía que entre otras se me estaba sometiendo a una prueba de paciencia, y no tenía motivos invencibles para no superarla. El trabajo distraía mi tiempo y mi mente y Sybil reparaba mi alma. Me gustaba el otoño en Nueva York, aunque se avecinara el frío, y me sentía optimista. También lo estaba mi familia, incluida mi siempre reacia hermana, al saber que tenía un trabajo que no era peor que el que había abandonado en España y que iría a visitarles aquellas navidades, como cumplía a un hijo que no estuviera desequilibrado, accidente que habían llegado a temer de veras meses atrás. Y no tenía prisa respecto a Dalmau, sobre todo, porque me asistía la certidumbre cada día creciente de estar cerca de él. Una tarde, la propia Sybil, con quien, como con Pertúa, el asunto de Dalmau había adquirido tácitamente desde el principio la categoría de tabú (nunca mencionado, siempre presente), quebrantó la prohibición. Paseábamos por Brooklyn Heights Promenade, como muchas otras tardes. Me había aficionado de nuevo a hacerlo, desde que pasaba la mayor parte del día en Manhattan, y a Sybil no le importaba acompañarme. Sin que nada le diese pie a ello, como una observación casual, dijo de pronto:

– Espero que puedas conocer pronto a mi abuelo. Verás que es un gran hombre, aunque no ha tenido suerte en la vida.

Haciendo un esfuerzo, continué la conversación, como si fuera normal:

– ¿Dónde vive tu abuelo?

Sybil se detuvo y extendió el dedo hacia la isla cubierta de rascacielos.

– Ahí. Desde hace más de mil años.

No me atreví a preguntar más y Sybil terminó por cambiar de asunto. Sus palabras sobre Dalmau se me quedaron dando vueltas en el cerebro, y desde aquella tarde, en la que confirmé que la indicación que traía la nota biográfica de su libro {en la actualidad vive jubilado en Nueva York) no era un engaño, no pude dejar de percibir una invisible presencia cada vez que cruzaba a la isla.

Aunque no solía pasar en la oficina tanto tiempo como Pertúa, a quien nadie habría podido aspirar a batir en ese aspecto, cuando una noche de aquel octubre, a las nueve, Myrtle se acercó por mi despacho para ver si estaba, todavía me encontraba en él. Ella ya llevaba la gabardina puesta y se disponía a irse. Atendía a Pertúa durante la mayor parte de sus ingentes jornadas, y aunque ya no era joven, como creo haber consignado, todas las mañanas tenía la cara radiante y la mente rápida. Había llegado a congeniar, con Myrtle.

– No sabía si seguirías por aquí -dijo, en voz queda.

– Ya me iba.

– El jefe quiere verte. Si quieres irte, le diré mañana que ya no te encontré.

– No es necesario que mientas por mí, Myrtle, aunque me turba que pienses en hacerlo.

– En serio. Temo que sea largo.

– No te preocupes. Hasta mañana.

Cuando fui al despacho de Pertúa lo encontré con Rhoda, una colaboradora escogida que se encargaba de supervisar las operaciones del grupo en Europa. Era una mujer de unos cuarenta años, concienzuda y brillante, por lo que se contaba, y a la que se comparaba con el propio Pertúa. No me había relacionado mucho con ella, hasta entonces.

– Pasa, Hugo -me invitó Pertúa, al verme asomar por la puerta.

Me aproximé a la mesa sobre la que estaban trabajando. Tenían mucha documentación, tomos, gráficos, un bloc de notas infestado con la minúscula caligrafía de Pertúa y otro con la inclinada letra de Rhoda. De reojo me pareció leer palabras en español, en los tomos abiertos, pero no quise mirar más por no ser indiscreto.

– Te he llamado porque estoy viendo con Rhoda algo en lo que estoy seguro de que puedes sernos de mucha ayuda. Una ayuda insustituible, en realidad.

Me intrigaba en qué podía ayudar yo, y de forma insustituible, cuando se ocupaba de todo una máquina imparable como Rhoda, si su fama era justa. Quizá deduciendo lo que estaba pensando, Pertúa me dio uno de los tomos y me indicó que lo abriera. Empezaba con unos estados financieros y seguía un informe, y a medida que pasaba aquellas hojas iba dando menos crédito a mis ojos. Todo estaba escrito en español, como había atisbado, pero eso no era lo único familiar.

– Es una pequeña firma -constató Pertúa, quitándole importancia-, pero nos pareció interesante, un buen complemento a nuestras inversiones en España. Pujamos y sus dueños resultaron estar abiertos a venderla. Así que la hemos comprado. Rhoda firmó todos los papeles en Madrid la semana pasada.

Mientras iba relatando todo aquello, Pertúa se deleitaba observando cómo reprimía yo mis emociones. Si aquello podía considerarse una debilidad por su parte, ya tenía un ejemplo que darle a Avinash.

– Mañana llega aquí el equipo directivo -añadió-, que de momento son los anteriores dueños. Nos informarán acerca de sus planes y si nos convencen los confirmaremos. Si no, buscaremos a otros. Los abogados se han ocupado de que podamos prescindir de ellos con una indemnización moderada. Tú los conoces a todos. Quisiera que estuvieras mañana con Rhoda y conmigo y nos ayudaras a decidir.

Así fue como lo dijo, tú los conoces a todos, como si dijera a ti ya te han sido presentados, para constatar en voz alta el hecho de que Dalmau había comprado la firma para la que yo había estado trabajando durante años, en España, y que al día siguiente irían a pasar examen quienes habían sido mis jefes, o más que mis jefes, y se me ofrecía entrar a formar parte del tribunal calificador.

– Claro -respondí, aturdido.

El examen no tuvo lugar en las oficinas del Rockefeller Center, sino en otras, de ocasión, cerca de Wall Street. Se había dispuesto una sala con todos los medios, y cuando llegamos allí ya estaban los españoles, esperando. Sólo habían venido los cuatro socios, ahora ex socios, lo que me hizo respirar. Por nada del mundo habría querido ver a mi ex jefe directo, a quien apreciaba, en aquel apuro del que no presagiaba que pudiera salir nada bueno para los examinandos. Fue Alfonso, al que mi amigo Bartolomé, desde su conciencia proletaria, afeaba su egoísmo desvergonzado y doctrinario, quien me reconoció primero, y palideció bruscamente al hacerlo. Puede que fuera por eso por lo que se trabó al saludar a Pertúa, con una estudiada fórmula en un denodado aunque oscuro inglés.

– No sufra por mí -repuso Pertúa, en español-. Mi idioma materno es el suyo. Sólo les ruego que si tienen dificultades hagan que alguien traduzca para Rhoda. Es irlandesa, o de origen irlandés, quiero decir, y no entiende bien el español.

Pertúa comenzaba sin piedad, humillando a Alfonso, que había estudiado en Harvard (aunque fuera uno de esos cursillos de unos meses para poner en las tarjetas), a cuento de su habilidad para expresarse en inglés. Pero no se detuvo ahí:

– Creo que conocen a Hugo Moncada. Lleva varios meses colaborando conmigo y no creo necesario explicarles por qué me acompaña hoy.

Los cuatro me dieron la mano, con notable compostura, vistas las circunstancias, mientras en sus cabezas debían sucederse todo tipo de pensamientos catastróficos acerca de eso que Pertúa no había creído necesario explicarles. Pertúa se dirigió a continuación al lado que nos correspondía de la mesa y se dejó caer sobre un sillón, sin preocuparse de cómo quedaba su americana, ya bastante arrugada (mis antiguos jefes habían debido hacer un encargo ex profeso a sus sastres, sobre todo Alfonso, que venía hecho un pincel, con su traje gris humo). Rhoda y yo nos sentamos flanqueándole y sacamos nuestros blocs de notas. Pertúa se limitó a cruzar las manos y a esperar. Las notas que había tomado la noche anterior estaban en su papelera desde poco después de tomarlas. Pertúa anotaba para memorizar, no para poder olvidar lo anotado, como casi todo el mundo.

Alfonso, que siempre había sido el más echado para adelante de los cuatro, tomó la responsabilidad de la exposición. Se aclaró la garganta y procedió en inglés, en atención a Rhoda, sin la ignominiosa impericia del saludo. Sus muchachos, mis antiguos compañeros, habían hecho un excelente trabajo. Las transparencias que se fueron proyectando mientras Alfonso hablaba eran de todo punto irreprochables. Aunque probé, no capté el más mínimo error, algo más que sobresaliente para unas transparencias, porque seguramente aquéllas habían terminado de elaborarse a uña de caballo, como todas las transparencias, unas pocas horas antes de que cogieran el avión. Alfonso, por su parte, no hizo nada mal su parte. Superado el nerviosismo inicial, se las arregló para presentar las magnitudes de la firma y sus perspectivas con un tono efectivo, e incluso a ratos con una audacia bien dosificada. Sin duda había reservado sus mejores bazas para el final, donde le tocaba detallar las estrategias para el futuro del equipo directivo, o sea de ellos, por el momento. Al oír en sus labios la palabra estrategia me acordé de Avinash, que sólo creía en lo que podía tocarse y desdeñaba a los hacedores de cábalas y pronósticos. Miré de soslayo a Pertúa. Hacía rato que había cruzado los brazos y abatido un poco la barbilla, y en aquel instante empezaba a cerrar los ojos. Más allá, Rhoda asistía a los esfuerzos de Alfonso con un gesto impenetrable. Esto, la combinación de la somnolencia de Pertúa con la quietud impasible de Rhoda y mi presencia inverosímil, alteró un poco la concentración de Alfonso. Sin embargo, con una actitud heroica, siguió hasta el final. Para entonces, Pertúa ya parecía profundamente dormido. No lo estaba. Tan pronto como Alfonso hubo comentado la última transparencia, abrió los ojos y se volvió primero a Rhoda y después a mí. Yo no tenía la compenetración precisa con Pertúa como para transmitirle mi opinión con una mirada, así que mientras me observaba me limité a pensar que Alfonso había hecho una buena exposición, por si él podía leerlo. También pensé que si el propósito de Pertúa era integrar la firma en el grupo, debía despedirse a Alfonso y a los otros tres, que procurarían engañarnos con bonitas transparencias siempre que pudieran. No lo pensaba por rencor, sino por lealtad a quien ahora era mi jefe, aunque era bastante absurdo tener escrúpulos sólo por un pensamiento, como si Pertúa pudiera en realidad leerlo.

– Muchas gracias, Alfonso. Una excelente exposición -dijo al fin Pertúa.

– Gracias -se apresuró Alfonso, a quien nadie había enseñado a desconfiar de un elogio.

– Sin embargo -however, se demoró Pertúa, para que Rhoda no tuviera ningún problema en entenderlo-, hay un pequeño problema.

– ¿Qué problema? -saltó Alfonso, otra vez demasiado colérico.

– No tienen para nada en cuenta los objetivos básicos del grupo. Quien les ha hecho esas diapositivas del final -dijo les ha hecho, y diapositivas, y se refirió a ellas y no a lo que Alfonso había dicho, aunque había permanecido con los ojos cerrados-, desconoce obviamente cuáles son nuestros propósitos globales, nuestro, ¿cómo les traduzco approach?

– Enfoque -apunté.

– Nuestro enfoque del negocio.

Alfonso y los otros estaban lívidos. Podía oírseles tragar saliva, sobre todo a Arturo, el más cobarde de todos, que debía fundamentalmente su suerte a influencias familiares y siempre había estado, hasta entonces, bien atrincherado en su despacho.

– Cuando cerramos la operación -siguió Pertúa, como si hablara al acaso pero adelantando sus piezas en un impecable orden de maniobra-, les hicimos entrega de una documentación que les recomendamos que estudiaran. La portada era a color, no tan vistosa como las diapositivas que han traído -volvió a decir diapositivas marcando la palabra, no mucho-. Tal vez por eso la confundieron con unos folletos publicitarios que no tenían mayor relevancia. En esos folletos, señores, se detallan nuestros objetivos, nuestros propósitos, nuestro, cómo era, nuestro enfoque del negocio.

– Hemos estudiado esa documentación -improvisó Alfonso, fatalmente.

– Por favor, señor. Yo soy un poco indio, al menos alguien de mi familia, una bisabuela, creo, lo era. Pero Rhoda y Hugo no lo son, y yo, indio y todo, no soy imbécil. Ténganos un respeto, aunque sólo sea por la mucha plata que hemos puesto en su firma y por el tiempo que hemos dedicado a escucharlo atentamente.

Pertúa pronunciaba sus palabras, con las que el suelo iba desapareciendo bajo los pies de Alfonso, con una humildad exquisita.

– Por tanto -ahondó, inmisericorde-, he aquí que nos encontramos con una situación de cierta insatisfacción mutua.

– Hay algo -se lanzó Alfonso, con innegable coraje-, un punto de nuestros acuerdos, que quizá haya que traer a colación aquí.

– ¿Qué punto es ése? -preguntó Pertúa, con solicitud.

– Ustedes se comprometieron a respetar una cierta autonomía en la gestión de la firma, con arreglo a su operativa tradicional y al entorno peculiar del mercado español.

Operativa tradicional y entorno peculiar. O mucho me equivocaba o era el tipo de locuciones vacías que no iban a agradar a Pertúa.

– Una mierda su autonomía de gestión -estalló Pertúa, aunque sin alzar demasiado la voz, porque el otro no creyera que se forzaba por él, supuse-. Los hemos comprado, señores, y su firma es nuestra y hacen lo que se les mande. ¿Qué carajo son, aprendices?

A Alfonso nadie debía haberle llamado antes aprendiz. Por cualquier lugar que otro pisara, él siempre había pisado antes. Hubo de refugiarse en el orgullo:

– Cuando negociamos con ustedes creímos que eran caballeros.

– Qué caballeros ni qué niño muerto. Somos los dueños, ahora. Y no sé en España si las cosas van de otra manera, Hugo me lo habría dicho, pero aquí a nuestros empleados no los pagamos por tener otra idea del negocio. Ni siquiera aunque sea mejor, así que fíjese si encima es una pavada.

– Bien. En ese caso, como dijo antes, tenemos un problema -dedujo Alfonso, altivo.

– Pero un problema bien pequeño -ponderó Pertúa-. Ahora mismo llaman a las mujeres, les dicen que dejen de gastar el dinero de la empresa, lo mismo si se han ido de compras a la avenida Lexington o a ver al MoMA pinturas que no entienden, y las agarran y se las llevan de vuelta a España. Mañana mismo se planta allí una persona con poderes para hacerse cargo de todo, y ustedes se están quietecitos si no quieren tener a los abogados más hijos de puta de su país persiguiéndolos hasta debajo de las bragas de sus madres. ¿Clarito?

– Hay un acuerdo -insistió Alfonso, ya apocado.

– Terminaremos de pagar lo que valen, señores. Yo no discuto con alguien a quien puedo comprar. Que tengan un buen día.

Salí tras él, como Rhoda, mientras Alfonso y los otros tres trataban en vano de comprender por qué les pasaba aquello. Cuando estuvimos fuera de la sala, Pertúa, de nuevo con su suavidad habitual, concluyó:

– Venir aquí a contar cuentecitos. Esta vaina va de verdad, joder.

4.

Acaso un espejismo

Aunque yo lo había esperado y Pertúa lo había estado preparando, minucioso y sin alterar nunca el orden de los sucesos, cuando al fin vino pareció venir de pronto, como si algo se hubiera adelantado sobre lo que estaba previsto. Una tarde, después del almuerzo, no era todavía noviembre, aunque casi, Pertúa se presentó en mi despacho, abrigado para salir, y sólo dijo, sabía que yo entendería:

– Ponte lo que hayas traído para el frío. El viejo quiere verte.

Le llamó así, el viejo, y aun no habiéndole oído nunca llamarle de esa forma, deduje que quien quería verme no podía ser otro que Dalmau, a quien Pertúa, no había que engañarse por el apodo, respetaba por encima de cualquier otro ser en el mundo.

Bajé con él a la Quinta Avenida, donde paramos un taxi. Pertúa disponía de un coche privado y un chófer, de los que prescindía a menudo. Sostenía que la única forma de necesitar precauciones en Nueva York era llamar indebidamente la atención.

– A Canal Street con Bowery -indicó al taxista.

No pasé por alto el emplazamiento. Era un lugar cuando menos pintoresco, entre Chinatown y el borde del Lower East Side.

– He mantenido al viejo informado de tu comportamiento -reveló Pertúa, superfluamente-. Le ha gustado, incluso más, has despertado su curiosidad.

– ¿Por qué?

– Quién sabe. Las curiosidades del viejo son insondables. Él te contará, si quiere.

Durante el resto del trayecto fuimos en silencio. Pertúa no pronunciaba más palabras de las precisas, y se veía que en su opinión aquélla no era ocasión para pronunciar muchas. Yo, aunque había contado secretamente con ello desde hacía semanas, no daba crédito a lo que estaba viviendo. De algún modo, había superado las pruebas a que Dalmau me había sometido.

Pertúa guió al taxista hasta un inmueble bastante viejo y descuidado, en la acera norte de Canal Street, frente a los bazares de los chinos que al otro lado de la calle vendían camisetas y relojes falsificados a los turistas. Bajamos del coche y entramos en una insólita tienda, con aspecto de almacén antiguo. Lo que en ella se despachaba, según reparé al desfilar a toda prisa tras Pertúa junto a los estantes en que se mostraba la mercancía, era, simplemente, plástico. Plástico de todos los colores, en piezas de todos los tamaños y de todas las formas posibles: triángulos, circunferencias, esferas, estrellas de tres a infinitas puntas, cuentas de collar, barritas, pletinas, pirámides, conos, romboides; incluso había estatuas de jardín de plástico, de tamaño natural. Pertúa advirtió mi extrañeza.

– Te asombraría lo que factura esta tienda -aseguró-. No es mal negocio.

Al fondo de la tienda había un hueco a mano izquierda y en él un montacargas, porque sólo con gran benignidad podía calificársele de ascensor, si esa palabra conviene sólo a artefactos destinados a las personas. Junto al montacargas había un negro fornido, apilando cajas. Miró de reojo a Pertúa y siguió con su tarea. Mientras nos introducíamos en el ingenio elevador, Pertúa se vio en el deber o en la apetencia de informarme:

– En el almacén que había aquí antes trabajó durante años el viejo. Fue poco después de llegar a Nueva York, allá por los años veinte. Compró el edificio hace treinta años y desde entonces apenas ha salido de aquí.

El montacargas se detuvo ante un vestíbulo amplio, aunque ajado. Había dos puertas, a izquierda y derecha. Ante la puerta de la izquierda estaba sentado un hombre de unos cincuenta años y aspecto apacible. Pertúa le saludó y el hombre, tras devolverle el saludo, oprimió un pulsador. Acto seguido fuimos hacia la puerta de la derecha, que se abrió automáticamente. Al otro lado ya nos esperaba una mujer que rebasaba con largueza la setentena, aunque tenía aspecto firme. Saludó con afabilidad a Pertúa:

– Buenas tardes, señor Pertúa. ¿Hace mucho frío?

– El justo, Matilde -estimó Pertúa, dándole su abrigo-. Este es el señor Moncada. Vino de España, como el jefe.

– Bienvenido, señor Moncada -se aprestó Matilde-. Deje que me ocupe de su abrigo.

Entonces comprendí vagamente el sistema de seguridad de Dalmau, del que formaban parte la tienda (a la que sólo podía accederse por la fachada delantera, de eso me enteraría después), el negro que había junto al montacargas, el hombre sentado en el vestíbulo, y quienquiera que accionara el dispositivo que abría la puerta (no había sido el hombre, salvo que el pulsador fuera de efecto retardado, y tampoco debía ser Matilde, que ya aguardaba con las manos entrelazadas cuando giró la hoja sobre sus goznes). Cuando uno estaba ante Matilde, ya había sido admitido. En mi deslumbramiento sobrevaloré, sin embargo, la importancia que daba Dalmau a todas aquellas barreras mecánicas. La barrera principal, colosal e invisible, era la que había que saltar para averiguar que había que ir allí, a aquel polvoriento inmueble de Canal Street, a buscarle.

Matilde nos precedió por unos pasillos larguísimos. A ambos lados pude ir viendo que había habitaciones de tamaño considerable. Dalmau debía ocupar toda una planta del edificio, cuya fachada no era precisamente angosta. El piso, por llamarlo de alguna forma, era bastante oscuro, y aunque pisábamos alfombras que debían haber costado mucho dinero, no estaba decorado con ningún lujo. Al fin Matilde se paró ante una puerta corrediza de doble hoja. Golpeó dos veces, la abrió lo justo para pasar ella y desapareció en el interior. Medio minuto después, lapso durante el que Pertúa estuvo observando el techo, inmutable, Matilde salió y abrió completamente.

– Pasen, por favor.

Lo que entonces se ofreció a mis ojos fue un gran despacho con las paredes revestidas de madera noble, aunque algo deteriorada. Los estantes se veían atestados de libros. Las cortinas estaban echadas y toda la iluminación provenía de unas lámparas de pantalla mugrienta. Detrás de una mesa amplia, ante una de las librerías, había un anciano de cráneo pelado, ataviado con un sencillo traje gris, camisa blanca, y una corbata negra atada al cuello con un nudo muy grueso, o el cuello era demasiado delgado. Estaba erguido, y aunque no se levantó, su voz no tembló en absoluto cuando pidió:

– Venid aquí, Pertúa.

Su castellano era como el mío, sin la música, aunque la mantuviera normalmente sofocada, del de Pertúa. Siempre al lado de él, me aproximé a aquel anciano sucinto y vigoroso que nos esperaba, con las manos extendidas y apoyadas sobre su mesa; al fin, Dalmau.

– Dame la mano -se dirigió a mí, en cuanto estuve lo bastante cerca-. Los españoles apreciamos los gestos. Celebro conocerte.

Estreché su mano, alargada y tibia, y al ver que eso hacía Pertúa, me senté en una de las dos butacas que había ante su mesa. La tapicería de mi asiento era de cuero verde y estaba cuarteada. Recordé lo que me había dicho Sue Fromsett sobre sus problemas de visión y miré los ojos de Dalmau. Bajo las cejas blancas, aún pobladas, ya no eran de ningún color, y estaban casi apagados. No debía afectarle mucho el deterioro de la superficie de las cosas, al menos de las que no tocaba habitualmente, como aquellas butacas.

– Mi hija me contó que hacías una tesis sobre mi novela -dijo Dalmau, sin preámbulos-. ¿Es verdad?

Para comenzar, me cazaba en un renuncio.

– No es completamente mentira -me descargué-. He trabajado mucho sobre ella.

– Es gracioso. No creí que nadie leyera el libro, aparte de algún chiflado como la profesora esa de Princeton que anduvo enredando para reeditarlo. Por eso no me opuse. ¿Dónde lo encontraste?

– En la biblioteca pública de Brooklyn.

– Dios santo -exclamó-. Hace cincuenta años que no voy a una biblioteca pública. ¿Tú has ido mucho a las bibliotecas públicas, Pertúa?

– Por fuerza -respondió Pertúa-. Mis padres no tenían dinero para pagarme los libros que necesitaba en la universidad.

– Eso quiere decir -explicó Dalmau-, que sólo iba a leer libros de economía. Pertúa no es un literato, como nosotros, Hugo. No entiende que pueda utilizarse el papel para escribir algo que no sirve para nada y que además es sustancialmente fingido.

No pasé por alto que Dalmau me había asimilado a la categoría de literato. No lo dejó ahí, en una alusión.

– Conseguí tu libro -desveló-. Melisa Chaves, de la editorial, nos escribió diciendo que habías ido por allí a preguntar por mí y que le habías dejado una novela, y el título. Hubo que revolver bastante, en España, para que me enviaran un ejemplar. Pero lo conseguí. Me lo han leído, y te felicito. Tienes madera, ya lo creo. Sólo te falta entregarte. Si uno no se entrega, por mucha madera que se ponga, no termina de pasar nada. Es siempre así, en la vida, y aunque fastidie un poco, si lo meditas, resulta justo. Pertúa me ha dicho que al trabajo sí te has entregado, todos estos meses.

– He hecho lo que he podido. No tiene mérito. Es mi costumbre, en el trabajo.

– ¿Y te ha interesado lo que has visto?

Olfateé que la interrogación tenía otro sentido, aparte del aparente. No albergaba grandes esperanzas de resultarle ingenioso a Dalmau, o no albergaba más de las que albergaba de resultárselo a Pertúa, y éstas eran bien pocas. Sin embargo, quise darle una contestación que fuera más allá de aquel sentido aparente:

– Me ha enseñado aspectos insospechados, si había de servir para eso.

– ¿Por qué había de servir para nada? -cuestionó-. Si quieres saber mi impresión, el mundo de los negocios, hoy día, no presenta el más mínimo aliciente intelectual. Se ha convertido en algo gratuitamente inextricable, como la teología académica, que todo el mundo sabe que es una ciencia muerta. El mundo financiero de hoy se basa, en definitiva, en la perpetua reinvención de la rueda. Hay que desconfiar de la proliferación de contratos y de mercados y de los pretendidos nuevos conceptos que los respaldan. Lo único que se inventan son nombres, querido amigo. Al final, el hombre, en seis mil años de civilización, sólo ha creado un contrato, la compraventa. Lo demás son ganas de despistar, o de perderse en la hojarasca, y yo ya no busco despistar a nadie ni tengo tiempo para la hojarasca. ¿Sabes cuál es la única ciencia que me parece que conserva algún valor?

Dalmau, para haber rebasado los noventa años, razonaba con una rotundidad y una derechura escalofriantes. Tenía la edad en el cuerpo, y en la forma en que a veces alargaba los huecos entre las frases o los vocablos. Pero su mente era pujante, como si no hubiera transcurrido el tiempo por ella. Pertúa le escuchaba, inconmovible, mientras Dalmau menospreciaba la labor a que estaba consagrado, o eso creía yo, groseramente.

– La única ciencia es la psicología -se autorreplicó Dalmau-, porque siempre hay hombres, hombres y mujeres, como hay que dividir ahora, y conocerlos ahorra muchos aprendizajes irritantes e inútiles. A mí, que ya no me interesa casi nada, todavía me interesa la psicología. Aunque es una ciencia que a menudo se ha practicado de forma muy deficiente. He leído muchos libros de psicología que no eran más que jerga, o mera fisiología. Sin embargo, la psicología brilla en los lugares más imprevistos. A veces se aprende a conocer a los hombres, como uno no podía imaginarse, en los amanerados versos melancólicos de un poeta muerto a los veinte años, sin haber salido de su pueblo ni haber experimentado los peligros del mundo -se interrumpió, de repente, y precisó, abandonando su tono discursivo-: Creo que Pertúa no está encontrando estimulante esta conversación.

Pertúa se removió en su asiento. No había producido la más leve señal que pudiera interpretarse en el sentido que apuntaba Dalmau. No obstante, admitió:

– He cumplido con el trámite de acompañarlo aquí. Ahora quizá estoy estorbando, sólo.

– No me estorbas, Pertúa. Pero si quieres volver a tus ocupaciones, hazlo. No tienes por qué aguantar las tonterías que este muchacho me hace decir. Compréndelo, me recuerda mi juventud, eso inconcebible que pasó antes de que tú nacieras.

– Lo comprendo -dijo Pertúa, con reverencia, y se levantó. Se retiró sin ruido, sin perder en la sumisión un ápice de su grandeza, como defendía Avinash, el pequeño hindú malvado que le veneraba. Me quedé solo con Dalmau. Aquello, lo que había perseguido con ahínco y entusiasmo, lo que incluso había dejado de perseguir y dado por irrealizable, no me causaba una sensación perturbadora. Allí, en la atmósfera casi tenebrosa de su despacho, evocaba lo que había sentido en alguna ocasión hacía años, en mi tierra, bajo la nave de una de esas viejas iglesias que no visita nadie. La atmósfera de las iglesias tiene a la vez algo desolador y algo de invulnerable, quizá porque en ellas se ha dado siempre refugio y sepultura. Así era el despacho de Dalmau, un santuario sosegado y ajadamente triste.

– Ahí lo tienes -señaló Dalmau, cuando su ayudante se hubo ido-. Pertúa es el mejor ejemplo de la utilidad de la psicología. Desde hace años sólo me esfuerzo en elegir a los hombres, y ellos hacen por mí lo demás. Los hombres a los que elijo hacen muchas cosas que yo no sé hacer, de las que depende lo que poseo, pero a mí no me importa demasiado lo que poseo, así que tampoco me preocupo de esas cosas que ellos hacen, ni de alentarlas, ni de corregirlas. No merece la pena, puedo aliviarme de eso, mientras sepa elegir al hombre apropiado. Pertúa es el hombre apropiado, el más apropiado que he tenido. Y también es un psicólogo, y a veces un poeta, aunque él no lo crea. ¿Quieres tomar un café o alguna otra cosa? -ofreció, con súbita hospitalidad.

– No rechazaría un café.

– Lo encargaremos, entonces.

Dalmau apretó el botón de un aparato que tenía sobre su mesa, un antiquísimo intercomunicador. Diez o doce segundos después, sin prisa -la prisa no existía allí-, el artilugio expulsó al aire la voz de Matilde.

– ¿Sí?

– Que nos preparen café, Matilde -ordenó Dalmau, rehusando entrar en más detalle. Al inclinarse sobre el aparato le vi encorvarse por primera vez, y al hacerlo me pareció por primera vez el anciano casi imposible que en realidad era.

– Bueno, no sé por qué hemos terminando hablando de Pertúa -recobró el hilo Dalmau-. La decrepitud, que es el único nombre plausible que el castellano ofrece para mi condición, tiene estas servidumbres. Uno va de un lado a otro, como si anduviera sin brújula. Estábamos con nuestras comunes inclinaciones literarias. Ya te he participado lo que pienso de tu libro. Ahora cuéntame qué te atrajo tanto del mío.

No era difícil estar allí, frente a él, escuchándole. Dalmau estaba dotado para la elocución y me gustaba oír las inflexiones de su voz, más débil que la de un hombre joven, pero sin llegar al extremo grotesco al que edades muy inferiores a la suya reducen con frecuencia, con una invencible crueldad, a oradores antaño deslumbrantes. También me gustaba su levísimo acento norteamericano, con el que modelaba su español despacioso. Mientras fluían sus palabras, me preguntaba cuánto habría en ellas del idioma que había traído consigo, cuánto de lo que hubiera leído y cuánto del ejercicio oral que le hubiera sido dado durante todos aquellos años, con Pertúa u otros. Sí, era agradable, escucharle. Pero ahora era yo quien debía tomar la palabra ante Dalmau, y eso dudaba cómo hacerlo. Elegí no deformar lo que me brotaba del corazón. Imprudente o no, era mi único recurso.

– Lo primero que me atrajo -dije- fue el título. Y me atrajo aún más después de haber leído el libro, porque me parece que encierra el espíritu, que es lo máximo que puede conseguir un título. Su libro, si no me equivoco, es un libro sobre la distancia, y proclama que la distancia puede ser una proximidad a lo esencial. Esa es la experiencia que también yo he sacado de la distancia, en el tiempo que llevo en Nueva York.

Me detuve, por si Dalmau quería rectificarme. No quería. Me atendía con el puño derecho sujetando su pómulo, los ojos nublados fijos en mí.

– Otras razones para que el libro me atrajera son obvias -afirmé, buscando un terreno más seguro-. Usted también había venido de España, como yo, y hacía tantísimos años que no podía dejar de llamar la atención. Y sobre todo, estaban las descripciones que hace de Madrid. No quisiera que me considerase presuntuoso, pero en muchos momentos tenía la certeza de estar entendiendo el libro como quizá nadie lo había entendido antes.

– Quién sabe, por qué no -concedió Dalmau-. Cuando publiqué ese libro, hace sesenta años, lo hice convencido de que nadie iba a entenderlo, y nadie lo entendió. Cuando lo reedité, hace muchos menos años, no creí tener razones para estar convencido de otra cosa. Aunque tu presencia aquí, esta tarde, puede ser un indicio de que sí las tenía. Ahora bien, ¿qué fue lo que te hizo dar el paso siguiente, buscarme?

– No podría darle un motivo preciso, o racional, o lo que sea que deban ser los motivos para ser tenidos por tales -reconocí-. Estaba aquí, en Nueva York, sin nada que hacer; sin un oficio, ni una finalidad, ni siquiera un pretexto. Supongo que necesitaba lo que cualquiera, que el día siguiente tuviera algún objeto, y le escogí a usted. Era con mucho lo mejor que tenía a mano. Su libro me había absorbido de veras.

Dalmau me contempló con aprecio. Aunque tenía los labios finos y las facciones ya bastante escasas, no resultaba inexpresivo, y no debía quitarle el sueño que su cara fuera espejo de sus emociones.

– Te confesaré algo -dijo-: desde que se me ocurrió que podía ser el libro, y sólo el libro, lo que te había impulsado, tuve el presentimiento de que tarde o temprano te pediría que vinieras aquí, para conocerte. Me costó persuadirme, sobre todo cuando se produjo ese malentendido con mi nieta, pero al fin se hizo la luz, una luz casi milagrosa. Por eso he querido que esta tarde hablásemos antes que nada de literatura. Es la literatura lo que nos ha unido, Hugo. Qué lazo poderoso puede ser, si ha sido capaz de unir a dos personas como tú y yo, entre las que median tantos abismos.

Paladeó la palabra abismos, con una suerte de entusiasmo. En ese momento, alguien golpeó la puerta. Dalmau se echó hacia atrás, y aguardó, sin autorizar ni impedir nada. Un par de segundos después, la puerta se abrió y entró una criatura de ensueño. Era una chica de quince o dieciséis años, preciosa, e incitante hasta el extremo de desasosegar. Mientras le ponía a Dalmau su café reparé en sus grandes ojos acuosos, sus labios fruncidos, que apenas cabían entre su barbilla y su nariz. Cuando colocó la otra taza ante mí y me sirvió el café me quedé hipnotizado por sus manos. Después, hube de hacer un esfuerzo para enfrentar su sonrisa y agradecerle el servicio. No era fácil, pero quizá lo era menos mantener la vista a la altura de su talle. Cuando ella susurró you're welcome, apartándose de la sien y enganchándose a la oreja con una de aquellas manos un largo mechón suelto de su cabello castaño, comprendí que me encontraba ante uno de esos raros ejemplares de belleza estrictamente animal, que escapan a cualquier raciocinio y a cuyo embrujo casi humillante no hay nada que pueda oponerse.

Una vez que la muchacha se fue, Dalmau, a quien no se le había escapado el brutal efecto que en mí había producido, constató:

– Creo que no eres insensible al encanto de la pequeña Charlotte. Quién podría serlo. Desde hace años, me he preocupado de que siempre hubiera aquí alguien como ella, porque me conforta mirar y escuchar a las muchachas de su especie. A veces me gusta también tocarlas, pero me basta con tocar sus manos o sus mejillas, cuando vienen a traerme algo. Con la edad se va casi todo, y lo primero la apetencia carnal. Además, hay algo intolerable en la idea de mezclar algo como Charlotte con algo como yo. ¿Has visto alguna de esas repugnantes películas en las que los adultos yacen con niñas? Yo me hice traer una, hace años, y mandé que la quemaran. Ver la juventud marchitarse entre lo marchito, tan sucia y bruscamente, es un espectáculo más degradante que el propio envejecimiento. No sé como a nadie le consuela de nada.

Dalmau se interrumpió, asqueado. Pero no le costaba hablar de aquello, como no le había costado confesar su afición por el esplendor adolescente de Charlotte. Era difícil distinguir si se confiaba o si me consideraba menos que nada y eso le hacía impúdico.

– Sin embargo -prosiguió-, sí es agradable mirarlas, y tocarlas, donde no pueda confundirse con un intercambio sexual. Por desgracia mis ojos empezaron hace un año a dar señales de rendición, y cada vez me cuesta más verlas. Pero es portentoso cómo perdura el tacto. Me gusta tocar la piel joven, Hugo, porque me da una prueba de la continuidad del mundo, la continuidad que hace tanto que yo he dejado de representar. Mirando y tocando lo joven, teniendo cuidado de no mezclarse nunca, para no mancharlo y arruinarlo, se puede seguir en el mundo, aunque se esté ya más muerto que vivo, como yo. Es un arte riguroso, porque la tentación de querer seguir siendo dueño de la vida, y no simple espectador, es fuerte. Pero hay que retirarse, despreciarse si hace falta. Es la única manera de enterrar con honor la propia juventud. Hay tanta gente empeñada en alargarla y pudrirla en una pantomima ridícula, cuando no repulsiva.

– ¿Qué hará cuando Charlotte crezca? -intervine.

– Lo mismo que hice con las demás. Saldrá de mi casa como entró, entera si lo estaba, y tendrá un lugar en el mundo. Hay que preocuparse por que los jóvenes tengan un lugar en el mundo; es lo único de lo que hay que preocuparse, aunque ahora esté todo lleno de viejos egoístas. Ése es el equilibrio de la naturaleza, todos los animales mueren por defender a sus crías. Pero el individuo humano se ha vuelto demasiado importante, tiene pretensiones de absoluto, y por eso la gente no quiere apartarse y dejar paso. ¿Has pensado en ese invento perverso, los planes de pensiones? Está tan asumida la guerra a muerte entre las generaciones, tan por descontado se da que habrá que defender el hueso contra los perros jóvenes, que los bancos, a quienes conviene el negocio, venden sin problemas el producto. Ya nadie se fía, con razón, de que los que hoy están ganando sueldos bajos, y viviendo en el alero, vayan a apiadarse de los que los tienen a agua y migajas. Al final, todo afán acaba en su contrario. Se terminará pasando por las armas a los viejos, sin pestañear.

Mientras oía a Dalmau, creí disponer de una fantástica hipótesis para la presencia de todas aquellas hermosas mujeres en las oficinas del Rockefeller Center, y me conmovió la discreción siempre sacrificada de Pertúa. También juzgué que no era muy elegante que Dalmau, que poseía entre tantas otras cosas aquel edificio y podía pagarse las muchachas y su colocación posterior, censurara a quienes, con menos medios, se angustiaban por tener techo y comida en el futuro. Todavía no entendía a Dalmau. No sabía cuánto ni cómo se inculpaba él mismo, acatando su propia doctrina, en lo tocante a aquel asunto del trato a los hijos. Era curioso, en todo caso, que aquello hubiera comenzado por Charlotte. El anciano pareció percatarse de que se había desviado de nuevo. Podía permitírselo, pero regresó a la conversación:

– En fin, Hugo, me has buscado, y no te ha sido sencillo dar conmigo. Ahora aquí estás, en esta habitación oscura. Perdona por eso. Desde que me falla la vista prefiero que haya poca luz, por no tener ansia de ver, o para irme acostumbrando a la ceguera, si le da tiempo a venir. Sin duda tendrías alguna expectativa, cuando fuiste hasta Wisconsin siguiendo mi rastro. Y ahora, ¿qué te parece este viejo enfermizo y fanático? Acaso un espejismo.

– No me parece un espejismo -le rebatí, aunque igual hubiera podido apoyarle-. Esperaba que fuera viejo, claro, quizá más. Otras cosas no las esperaba. Todo lo que he visto durante estos tres meses, este edificio, Charlotte.

– Lo que has visto durante estos tres meses es accesorio. Olvídalo -Dalmau sacudió una mano hacia un lado, para reforzar su conminación-. Si te he hecho venir ha sido porque Pertúa me ha contado que lo que te encargaba lo hacías con pundonor pero sin vocación. Me inclina en tu favor tu pundonor, pero más me inclina que no tengas vocación por los asuntos de dinero. Mi dinero no forma parte de mí. El edificio y Charlotte, por el contrario, son un buen resumen de lo que soy. Y reconozco que me hace ilusión resultar inesperado, a los noventa y cinco años. Debe ser la última vez que va a suceder. ¿Qué crees que esperaba yo de ti?

– No lo sé.

Dalmau se inclinó sobre su mesa y obligó a sus ojos gastados a hacer el trabajo de atrapar mi imagen. Nunca supe cómo ni qué veía.

– Quiero que vengas más veces, Hugo. Matilde te dará el número, llámala y ella te dirá si puedes venir. Hay días que me duele la cabeza, días que no respiro bien, días que lo devuelvo todo. Pero todavía tengo otros como hoy, en los que soy casi una apariencia completa de persona. Llama de vez en cuando y algún día será uno bueno, y podrás venir. Haremos que Charlotte nos traiga café y hablaremos. De ti, de mí, de este lugar extranjero, de la patria. ¿Por qué te lo pido? Esto es como tocar la piel de Charlotte, pero se trata de otra piel más sutil, la del alma, algo que ni Charlotte ni nadie como ella pueden brindarme. ¿Querrás hacer el sacrificio por mí? Piensa que es posible que tú no ganes nada.

– Al contrario. Será un placer -aposté.

– Bien. Es tarde. Haré que te acompañen.

Fue Charlotte quien vino. Me despedí de Dalmau como le había saludado, con un simple apretón de manos, porque los españoles apreciamos los gestos, y a veces nos bastamos con ellos. Luego fui tras la ligera figura de Charlotte por aquellos pasillos cavernarios en los que su juventud florecía para aquel espectro de hombre, y recibí mi abrigo y una tarjeta con un número telefónico de manos de Matilde. Cuando estuve de nuevo en Canal Street, enfrente de los bazares de los chinos, me costó aceptar que aquellas tiendas asediadas por los turistas formaran parte del mismo universo.

5.

La patria lejana

Estábamos en el despacho. Había llamado por la mañana y Matilde me había dicho que Dalmau tenía un día bueno. Eran las cinco de la tarde, aproximadamente, aunque allí dentro nunca se sabía. Dalmau sorbió un poco de su café y postuló, solemne:

– Cuando yo me fui, España ya había perdido todo. La culpa la tuvo la influencia francesa. Esto lo supe después de irme, en los libros, porque mientras estaba no me daba cuenta de mucho. Una vez leí en un libro muy raro, de un francés cuyo nombre no recuerdo, una descripción de cómo cabalgaban los soldados españoles que partían hacia las guerras de Flandes. Al francés le cautivaba la insolente apostura, en sus propias palabras, de aquellos hombres. El español era un imperio menesteroso y polvoriento, como todo el mundo sabe, pero tenía grandeza. Todo eso se acabó cuando nos pusieron rey francés y empezaron a hacerlo todo a su estilo. Desde entonces ningún francés ha podido sentirse cautivado, como aquel que miraba a los soldados que se iban a Flandes. Desde entonces, ellos y todos los demás nos han mirado por encima del hombro, como a unos imitadores poco aventajados. No imaginas cuántas cosas son francesas en España. Desde el pan hasta la organización administrativa. Madrid, nuestra ciudad, es una ciudad francesa, levantada sobre las ruinas de una genuina ciudad española. La maldita Ilustración, Hugo.

– No puede decir eso en serio.

– Claro que lo digo en serio. La España del Santo Oficio podía ser bestial, y hasta absurda, pero tenía algo que la España afrancesada no tiene: personalidad. Por eso se la respetaba, y no en vano. Ahí tienes el episodio de Flandes, por ejemplo. Maastricht, esa ciudad de la que ahora tanto se habla en Europa y que pronto convertirán en una especie de ídolo, si no lo han hecho ya, la tomaron a sangre y fuego los tercios de Alejandro Farnesio. Y aunque fuera una guerra de religión, no eran mojigatos. Nada esteriliza más el cerebro que la mojigatería, que ahora está tan extendida. Por cierto, la mojigatería es una tara protestante. En Flandes la Inquisición tenía un método delicioso para desenmascarar a los herejes: el que no era borracho, ni mujeriego, ni jugador, seguro que profesaba la nueva religión, así la llamaban. Como el marqués de Bradomín de Valle-Inclán, aquellos españoles esperaban menos la salvación que ser eternos por sus pecados. Porque creían en el infierno, y no les importaba en absoluto merecerlo. Muchos de los españoles que había cuando yo me fui, merecían también el infierno, por pecados bastante más ruines, pero ya no creían en él. Otra costumbre francesa, ya ves.

– Se está burlando. Todo es una broma -me quejé.

– Te juro que no. Yo ya he perdido el sentido de la conveniencia, Hugo. Lo que me arrastra me arrastra y lo que no me arrastra lo descarto. ¿Qué pasa, que era malvado e injusto? Lo que menos me preocupa es el bien y la justicia. Nunca hay bien ni justicia, sólo apariencias mejor o peor trabadas. El bien y la justicia sólo tienen valor para los desgraciados, y los desgraciados nunca han organizado el mundo. Ni cuando los bolcheviques.

Dalmau, como todo sentimental, también yo lo era, tenía una vena radical que él, al contrario que tantos otros sentimentales, había resuelto no reprimir. Después de nuestras primeras entrevistas, me fui habituando a ella, a su erudición desordenada y vehemente y a los datos heterogéneos que poseía de la realidad contemporánea, de la que a veces conocía detalles inusitadamente precisos y otras ignoraba las cuestiones más generales.

– En cualquier caso -precisé-, España ya no es afrancesada. Ahora influyen mucho más los Estados Unidos. Incluso en la forma de hacer las ciudades.

– Eso he oído. Qué terrible error. Este es un país por muchas razones admirable, pero endiabladamente insulso. Es un país protestante. Y está lleno de optimistas. El optimismo es el germen de todos los desastres humanos. El optimismo social lleva a los guetos. El optimismo económico, el liberal lo mismo que el marxista, al agravamiento de la pobreza. El optimismo científico, a la bomba atómica. El optimismo artístico, al arte automático. Esta gente es disciplinada, y así puede sobrevivir a su optimismo. Pero los españoles son indolentes. Será una catástrofe.

– Puede que los españoles de hace sesenta años fueran indolentes. Ahora muchos trabajan doce horas diarias.

Esta información pareció sorprenderle. Pero no fue gratamente.

– Peor aún -exclamó-. Acabarán haciéndose americanos. Tendrán miedo de las palabras y de los sentimientos, y tomarán el café aguado. No sabes lo difícil que es conseguir que te hagan un café como éste. No hay nada como el café español -proclamó.

El café que traía Charlotte, en efecto, era fuerte y denso, tanto que las primeras veces me costó asimilarlo, hecho como ya estaba al uso local.

– ¿Cómo es que se ha quedado aquí, si tiene ese concepto de los americanos? -pregunté.

– Al principio las razones son más bien gratuitas, casuales -afirmó Dalmau-, aunque después de toda mi vida sin creer en el destino, ahora, cuando puedo observarlo todo junto y encadenado, me he vuelto un fatalista intermitente. Lo cierto es que uno no se queda por la impresión del principio, sino por lo que va sucediéndose a medida que corre el tiempo. Ya te digo que este país tiene muchas virtudes: la organización, prodigiosa para ser casi espontánea, aunque no te dejes embaucar; aquí vinieron muchos alemanes, con el orden en la sangre. También la honradez, que es el lado favorable del defecto de la mojigatería. Y la urbanidad, que es un resultado quizá no buscado del sentido comercial de la vida, y que ha alcanzado una impregnación increíble. Recuerdo que una noche, cuando yo aún salía, andaba por la calle ciento y muchas y se me acercó un sujeto de aspecto temible con las manos en los bolsillos. Nunca me ha pasado nada en Manhattan, y he dado muchos paseos nocturnos, pero siempre he estado convencido de que si una noche tenía mala suerte sería asesinado sin más trámite, así que cuando lo vi venirse hacia mí me dije que ya había sacado la bolita negra. En fin, que allí estaba, resignado a morir, cuando el sujeto me dice sorry to bother you, sir, y me pregunta por una estación del metropolitano. Le doy las indicaciones, él presta atención, inclina imperceptiblemente la cabeza y se despide diciendo thank you very much, God bless you, sir. La urbanidad es algo muy cómodo, sobre todo para los extranjeros, que siempre se hallan en cierta inferioridad. En España, en mi tiempo, no sólo había gente zafia, sino que se jactaba de serlo. ¿Sigue siendo así?

– En Madrid nadie te dice que Dios te bendiga, ni siquiera que tengas un buen día -hube de admitir-. Ni en la tienda en la que acabas de comprar algo. Y si alguien te aborda para pedirte alguna cosa, es bastante probable que la pida directamente, sin excusas.

– He ahí una herencia genuinamente católica. Por alguna razón no lo bastante investigada, el catolicismo fomenta la brusquedad y el despotismo. Debe ser el ejemplo de los clérigos, tan eficaz para difundir la ignorancia moral.

– La verdad, me cuesta situarle -confesé, sin poder aguantarme más-. Flagela a los marxistas y a los liberales, a los protestantes y a los católicos, a los franceses, a los americanos, a los españoles. ¿Hay algo o alguien de lo que sea mínimamente partidario?

Dalmau suspiró.

– Ese ha sido siempre mi gran problema, Hugo -dijo-. Siempre he tenido una gran capacidad de admirar a todo el mundo. A los propios franceses, sin ir más lejos. ¿Hay muchos filósofos tan sublimes como el gran Voltaire? Pero al mismo tiempo sufro una incapacidad de adherirme, siempre hay algo que me resulta intolerable, algo que me subleva, o peor aún, me aburre, y me impide atarme a nada, salvo a algunas ideas magníficas e insensatas de las que no se puede vivir. Es un vicio español, si lo piensas. Y es por eso por lo que en este país, o en esta ciudad, encuentro otra ventaja, la mayor de todas: aquí no hace falta ser de aquí, porque esta isla es en realidad ninguna parte. He vivido en ella desde hace más de setenta años. No he salido de la ciudad desde hace treinta, y nunca volví a España, ni siquiera de vacaciones. No me impulsó a regresar la guerra, aunque pudiera gobernar y terminara gobernando Franco, el mismo sujeto ambicioso y sin piedad al que conocí en Ceuta cuando era comandante de una partida de patibularios. Tampoco pensé en volver cuando él murió y había tantos que volvían. Pero no soy un americano, ni un neoyorquino siquiera. He tenido hijos que lo son, o lo fueron. Sin embargo, yo he podido vivir aquí sin pertenecer a los Estados Unidos, como viven tantos otros de tantas partes del mundo, aunque muchos de ellos, no cabe duda, sí se convierten espiritualmente en americanos.

Dalmau estaba fatigado. Aquella tarde la conversación, al menos por su parte, estaba siendo quizá demasiado apasionada para sus fuerzas. No obstante, se obligó a seguir:

– Yo no podía seguir viviendo en España. Algún día, hoy no, te contaré por qué. Pero cuando vine aquí comprendí que no podía dejar de ser español. Es más: que era, ante todo, un pedazo de aquella tierra, con toda su miseria y acaso una pizca pequeña y recóndita de su genio. Tuve que estar lejos para llegar al corazón de mis propias cosas. El viaje que sólo te lleva a otra parte es un viaje a medias, Hugo. El único viaje completo es el que te lleva al sitio de donde partiste. Lo que hay al final del viaje, en cada imagen extraña a la que uno se siente ligado, incluso en el paisaje descabellado de esta ciudad, es tu propia alma. Si no está tu propia alma detrás de todo, el viaje no vale la pena, lo olvidas, te vuelves. Yo me di aquí con mi propia alma, y me quedé. Y para contarlo, escribí mi libro, y lo hice sobre Madrid, sobre España, porque no podía tener otro objeto.

Dalmau enmudeció, emocionado. Lo que sentí en ese momento, mientras escuchaba las palabras de aquel anciano que desnudaba su conciencia, es difícil de describir. Quizá en ningún otro momento, en toda mi vida, ni antes ni quizá después, aunque todavía el trato de Dalmau y el de otras personas habían de depararme momentos extraordinarios, tuve una certeza semejante de estar en el lugar que me correspondía, allí donde se ventilaba la cuestión esencial que me afectaba. En las palabras de Dalmau hallaba una confirmación de mis intuiciones, un reconocimiento, una identificación, tantas otras cosas que daban una consistencia un poco amarga pero apaciguadora a la vez a mi existencia, a la de aquella habitación, a la de la ciudad y a la del mundo del que éramos piezas al fin valiosas.

Guardé silencio, y Dalmau también lo guardó, para reponerse. Fueron unos pocos segundos, en los que ambos apuramos como una ambrosía aquel café al estilo español preparado por las finas manos adolescentes de Charlotte.

– No imaginas -volvió a hablar Dalmau-, como echo de menos, como he echado de menos Madrid, durante todos estos años. Recuerdo cuando me levantaba temprano, siendo un muchacho, y entraba por la ventana el olor de fuera, la tierra mojada de la calle cuando regaban, la albahaca de las macetas, el olor de los árboles de la Casa de Campo si el aire venía de allí. Es quizá lo que más echo de menos, el olor. Esta ciudad huele tan mal, de tantas formas diferentes, pero todas tan cargantes.

– En Madrid ya no hay calles de tierra, ni albahaca en las macetas, ni huele la Casa de Campo, salvo que se esté allí -le aclaré, porque creí debérselo-. No huele como Nueva York, pero tampoco bien, salvo en primavera, quizá.

– En primavera Madrid era maravilloso -asintió-. No puede haber dejado de serlo. El cielo de mayo, el Retiro. Tuve que escribirlo, en mi libro, tal vez lo recuerdas. También me gustaba el verano, aunque hiciera tanto calor íbamos a bañarnos al río, ahora no creo que se pueda, ya nadie puede bañarse en ningún río, van todos contaminados. Los alrededores del río eran magníficos. Incluso el cementerio. En ese cementerio enterraron a mi padre, cuando yo tenía quince años, y a mi madre, cuando apenas había cumplido veinte, pero era un hermoso cementerio. Cuando estaba allí, enterrándolos, las dos veces, pensé que la desgracia era terrible, injusta, pero que el cementerio era hermoso, y así conseguí no llorar, ninguna de las dos veces, sobre todo la segunda, que iba de uniforme. Un oficial, yo ya era oficial, no podía llorar, ni siquiera la muerte de su madre. Luego sí la lloraba, aquí, mirando el mar desde el puente de Brooklyn cuando me entraba el desamparo.

Dalmau iba de una evocación a otra, navegando a la deriva por su memoria. Temí que estuviera abriéndome su corazón más de lo que deseaba y no quise beneficiarme. A fin de cuentas, era un viejo. Tomé el hilo de Madrid y lo puse de nuevo en su mano:

– El Retiro sigue poniéndose precioso, en primavera. Y a veces llueve y despeja de pronto y se ve el cielo azul, como dicen que era antes siempre.

– Ya lo creo que lo era. Una ciudad de indigentes, hundida en el oprobio por la pérdida de las colonias, la corrupción de los políticos, el desastre que se avecinaba. Y sin embargo, estaba el cielo, como una redención. Debió ser por poder mirar aquel cielo espléndido por lo que hubo madrileños notables en esos años, en medio de todo el estropicio. Andaban por los cafés, pontificando inserviblemente, en el fondo, y acaso hundiendo más aún el país mientras pontificaban. Pero eran notables. Yo fui durante un tiempo a uno de aquellos cafés, en la calle de Alcalá.

Y me describió con todo detalle dónde estaba aquel café. Yo no recordaba haber visto nunca un café a aquella altura de la calle.

– Debieron cerrarlo hace mucho tiempo -aventuré.

– Qué se va a hacer. Espera. También iba a una cervecería, en la plaza de Santa Ana.

– Sigue habiendo alguna allí -me apresuré, gozoso por no tener que certificar otra baja.

– Me he acordado mucho de esa cervecería. Sobre todo en otoño, cuando aquí ya hace frío y no se puede hacer casi nada en la calle. Me acordaba de una de esas mañanas soleadas de octubre o noviembre en Madrid, y me entraba un ansia irracional de estar allí, en la terraza de la cervecería, que la ponían incluso en otoño, si el día era soleado. Volver a tomar una cerveza, mirando la plaza. ¿Tú no lo echas de menos, Hugo?

– Claro que lo echo de menos.

– Pero tú volverás. A veces te miro y creo que eres un poco como yo, pero no debes serlo del todo. Tú podrás superar muchas de las cosas que yo no he podido superar -me exhortó, con calor-. De entrada verás muchos años que yo no veré, lo que ya te hace superior a mí. ¿Nunca lo has pensado? Vencemos a todos aquellos a quienes sobrevivimos, y todos los que nos sobreviven nos vencen. Es tan estúpido apiadarse de alguien más joven, como hacen muchos viejos. No puedes apiadarte de alguien que vivirá para decir de ti ése está muerto, murió de tal manera y yo respiré hondo el aire de la calle, cuando salí del funeral; por cierto que era una tarde preciosa. Yo tengo lástima de todos los que he visto morir, aunque en vida fueran unos canallas o lograran hacerme daño. Sobre todo si murieron hace cuarenta años, y ya no pudieron saber que el hombre pisó la Luna, que en Berlín tiraron el muro o que existió esa mujer vulgar, pero tan sensual, Marilyn Monroe. Algunos de los que murieron eran de mi edad y ahora los recuerdo como seres perdidos en un mundo antiguo y sórdido. Así me recordarás tú a mí, dentro de treinta años.

– Puede que no viva tanto y le envidie por haber pasado de los noventa.

– Eso no lo envidiarás, salvo por un detalle. Quizá te lo explique, pero será otro día, también. Ahora estábamos hablando de Madrid, de nuestra patria. Pobre y triste patria. En todos estos años, mientras la añoraba, meditaba a menudo sobre lo mal y lo chicas que nos habían salido las cosas, a los españoles, y sobre lo mal y lo chicas que nos seguían saliendo. Quizá si la hubiera visto prosperar no la habría añorado tanto.

– Ahora prospera, dicen.

– Quizá prospere, por qué no. Nunca hay que caer en el desencanto. En eso, en no caer en él, consiste la sabiduría de la vida, según dijo Azaña, un afrancesado, en realidad, pero también un hombre de inteligencia, y un peculiar orfebre del idioma. Aquí, rodeado de gentes que hablaban otra lengua, me ha gustado siempre leer el castellano en que escribía, incluso aprenderlo de memoria: Un juego serio, profundo, pone a confusos peligros lo más entrañable. Cada cual libra sobre él su suerte, y mientras va viviéndola difícil es saber a fondo si le es propicia o siniestra. Pero el creyente sabe que los caminos de la Providencia son ocultos. Pobre tocayo, en qué paró su fe en la Providencia. Lo sabemos nosotros, que sabemos cómo terminó de vivir su suerte, y a él también le dio tiempo a darse cuenta. Pero con todo y con eso, no sirve de nada ser un escéptico venenoso, como él los llamaba. De arribistas en perdición se forman venenosos escépticos, decía. Tomar ese camino es la estratagema vacía del cobarde y del idiota. Más vale morir vencido, como Azaña.

Dalmau se paró a tomar aire.

– Ya me ves -prosiguió-, después de haber desperdiciado una vida tan larga, en la que me equivoqué y me extravié tantas veces, no he conseguido ser un escéptico. Me conmueve acordarme de Madrid, me apenan los malos pasos de mi patria lejana, aunque tenga de ella una imagen desfasada y sólo recuerde cafés que han cerrado y olores que ya no pueden olerse. Y te lo cuento todo a ti, que vienes de allí, en tentativa de Dios sabe qué criminal y loca infracción contra las leyes inapelables del tiempo. Pero has de prometerme algo, Hugo: no te quedarás aquí a purgar ningún pecado, ni los tuyos ni los de otros. Sírvete de mis errores y no te sometas a esa penitencia inútil. Vuelve allí, aunque decidas vivir aquí, si lo decides. Vuelve siempre que quieras y sobre todo no te quedes en ninguna parte, sirviéndole de pasto a la nostalgia.

Dalmau estaba cansado, pero ponía toda el alma en su súplica.

– ¿Por qué no volvió usted? -pregunté.

– Tampoco eso voy a contártelo hoy. Tienes que prometerme lo que te he pedido. Es importante para mí.

– Lo prometo. No me cuesta trabajo -dije-. En realidad nunca había descartado volver.

– Mejor así. Y otra cosa.

– Qué.

– Lleva a Sybil. Id a pasear por el Retiro, enséñale una de esas mañanas de mayo, cuando llueva y se abra de pronto y el cielo se haya quedado limpio.

– Lo haré, si ella quiere.

– Querrá.

Dalmau no podía más, y me hice cargo. Sugerí que era hora de irme. Él asintió, en silencio. Pulsó el botón del intercomunicador y Matilde vino en seguida. Traía un vaso de agua y un comprimido. Me despedí de ambos. Afuera me esperaba Charlotte, que me acompañó hasta la puerta y me dio el abrigo, con una de sus angélicas sonrisas.

– Good evening, Mr Moncada. Take care.

Fui hacia el montacargas y lo cogí con aquel afectuoso take care todavía enredado en mis oídos. Aquella tarde de noviembre llovía con furia en Canal Street, y según caminaba hacia el metro pensé en una tarde soleada de noviembre en Madrid. Por algún trastorno de la imaginación vi a Charlotte paseando por un sendero del Retiro. Las hojas secas crujían bajo sus pies y ella las miraba, con su sonrisa de ángel. Me avergonzó compartir el gusto melancólico de aquel anciano. Luego, en el metro, sentado entre los pasajeros resignados que siempre viajan en él a esa hora, dejó de pronto de avergonzarme.

6.

Las razones de un hombre

Aquella vez había todavía menos luz que otras veces. Era más tarde que de costumbre: ya anochecía cuando había entrado en la tienda de piezas de plástico, tránsito forzoso para subir a ver a Dalmau. Hasta entonces, él hablaba, y me preguntaba en ocasiones, pero nunca me había sometido a un interrogatorio sistemático. Entonces, porque ya habíamos avanzado lo suficiente, cualquiera que fuera el ritmo prefijado del proceso que él gobernaba y al que yo me prestaba, cambió y me preguntó, empezando desde el principio:

– ¿Para qué viniste a Nueva York, Hugo?

Tardé en responder. Cuando había tomado el avión en Madrid, no tenía la respuesta. Más de un año después, seguía sin tenerla. Sólo había algo de lo que podía servirme: lo que había estado haciendo durante el tiempo que llevaba en la ciudad. Por eso dije:

– No sé, o al menos no lo sé claramente. Creo que vine para tratar de averiguar si todavía podía sentir algo en la vida.

Dalmau me observó con detenimiento. Su observación me inquietaba como una especie de reproche, acaso por lo altisonante de la frase. Me apresuré a corregir, a devaluarla: que si hubiera podido ser cualquier otra ciudad, que si fue porque aquí vivía Raúl, que si en realidad sólo quería irme lejos. Me aferré a esto último:

– Lo más lejos posible. Necesitaba mandar al diablo todo lo que me ocupaba, irme a donde fuera diferente de los otros. A donde no tuviera nada, ni futuro ni pasado, fuera de los pocos recuerdos que siempre hay que llevar encima.

Dalmau sopesó mi última frase, como si le incumbiera. Le incumbía, y ahondó:

– ¿Escapabas de algo, entonces?

De nuevo tuve que ofrecerle argumentos que lo difuminaran: en realidad, escapaba de nada y de todo, ya quisiera haber tenido algo preciso de lo que escapar. Y entonces se me ocurrió hablarle de las señales:

– Hubo, como mucho, algunas señales. Señales, cómo diría, de hundimiento.

Dalmau sonrió. Me tenía. Sin titubear, exigió:

– Cuéntame cuáles fueron esas señales.

Ya he contado aquí las señales, al comienzo de todo. Ahora importa apuntar que Dalmau me escuchó sin interrumpirme, desde la primera hasta la última, y que cuando terminé de referirle los sueños que ya se conocen, y en concreto el del paseo con la mujer por un Nueva York imaginario, Dalmau me habló extasiado del sueño que él había tenido y de la América que había imaginado antes de venir, y agregó:

– La herida que todos los emigrados nos esforzamos por ocultar es que a esa América, que es la que habría valido de veras el viaje, no se llega nunca.

– Yo he tenido suerte -sostuve, con osadía-. Puede que nunca llegue a la América que buscaba, si buscaba alguna. Seguramente no llegue, como dice. Pero reconstruí mi sueño, o creí reconstruirlo, que puede valer otro tanto. Fue con Sybil, en Columbus Avenue, la noche de nuestra primera cita.

Dalmau alzó la vista, su vista mermada y un poco vesánica, a veces. Así, acechando en la oscuridad que había sobre su cabeza quién sabe qué fantasma de su memoria, se humedeció los labios y declaró:

– Me alegro de haberte encontrado. Tú compensarás muchas cosas que creí que no iban a compensarse. Ahora te diré por qué vine yo a Nueva York y por qué me quedé, y el resto de las cosas que no quise contestarte el otro día.

Dalmau empezó a contarlo, y su narración me fue envolviendo, en aquella atmósfera entenebrecida y casi sacra de su cubil. No abrí la boca hasta que acabó. Era el relato de un hombre y como tal, sin acotaciones ni circunstancias, lo transcribo.

Cuando yo apenas acababa de cumplir los quince años, mi padre murió. Mi padre era comandante de Infantería y había combatido en 1909 en África, de donde trajo la Cruz del Mérito con distintivo rojo y una enfermedad infecciosa, he olvidado cual, que a la postre daría con él en la tumba. Si ya antes estaba insinuado, a raíz de su desaparición se confirmó irrevocablemente el designio de que yo me incorporase a la Academia de Infantería para seguir la carrera militar, como mi padre y su padre y el padre de su padre. De los años en Toledo, en la Academia, bajo cuya rígida dureza se esfumó de golpe mi juventud, recuerdo una constante sensación de esfuerzo y violencia interior, que sólo encontraba alguna tregua en los paseos que se nos permitía emprender algunas tardes o los fines de semana por la ciudad. Allí éramos por una parte compadecidos por nuestra juventud y nuestra escasez de carnes, y por otra pasto de las turbias ilusiones que concebían las muchachas idiotizadas por el rosario y la misa diaria, lo que quizá no parezca un destino en exceso halagüeño, pero envuelve mis sensaciones de la ciudad en un halo de inmovilidad provinciana que por alguna razón no me resulta desagradable. También era posible disfrutar de la trama moruna de las calles, la oscuridad de los templos, o el cálculo medieval con que se habían construido las casas, entre las que se favorecía la angostura y la clandestinidad. Otras veces íbamos al puente de San Martín o al de Alcántara para desde allí contemplar el río, encajado en la herida abierta en la roca. Uno nunca puede olvidar el lugar donde ha cumplido diecisiete años, aunque fuera sometido a disciplina. Por eso, como habrás adivinado ya a estas alturas, se menciona Toledo en mi libro.

Tras obtener mi despacho de oficial, pasé un año en Madrid. Fue quizá el año más hermoso de mi vida, aunque lo viví casi sin darme cuenta, como un interludio un poco obligado, sin sospechar que en su transcurso estaba amontonando muchas de las cosas que después viviría para añorar. El caso es que pronto pedí ser destinado a África, lo que no me resultó difícil, porque ya estaba preparándose otra guerra como la que le había costado, aunque fuera indirectamente, la vida a mi padre, ha razón por la que me vi atraído allí, a aquel trozo miserable y agreste de Marruecos que el reparto colonial y la perfidia francesa nos habían deparado como una especie de postrer sarcasmo, fue en parte un vago y desatinado propósito de vengar a mi progenitor y en parte un ansia comprensible de conocer aquella tierra extraña que él había pisado. Antes de morir, mi padre había tenido tiempo de hablarme de África, con una ensoñación que no podía distinguirse si era debida a la fiebre que no le abandonaba o a otro arrebato más íntimo y profundo.

No me habría importado, porque sólo tenía diecinueve años y un conocimiento muy incompleto del miedo, ser destinado a un regimiento en primera línea. Sin embargo, la burocracia militar quiso que se me enviara a la Comandancia de Ceuta, donde acabé recalando en una oficina y viéndome encargado de mantener al día estadillos de almacén. Protesté por ello, con la escasa eficacia que el conducto jerárquico concedía a tales iniciativas. El teniente coronel de quien dependía me llamó a su despacho y me recriminó que desdeñara una labor que era imprescindible para el correcto funcionamiento del Ejército, una labor que alguien tenía que hacer y que yo no era quién para considerar inferior a mis aspiraciones o aptitudes. Tras el rapapolvo, me mantuve en mi puesto, cumpliendo con mi deber, en tanto no hubiera posibilidad de solicitar un nuevo destino, cosa que abrigaba el propósito de hacer en cuanto se presentara la ocasión.

A medida que fueron pasando las semanas y me fui familiarizando con las tareas que se me habían encomendado, comencé a sospechar que algo allí no marchaba como debía. No tenía indicios, propiamente dichos; eran sólo impresiones inconcretas que sacaba aquí y allá, de la actitud de uno, de los movimientos de otro, de la manera en que se agrupaban o desagrupaban los epígrafes en los inventarios. Yo no era un experto en aquellas lides y no era mucho más lo que podía obtener. Con todo, alguien debió notar mi suspicacia, y maniobraron rápidamente. Por segunda vez, el teniente coronel me llamó a su despacho, pero esta vez no estaba tan iracundo como la otra, sino que empezó interesándose por mi estado de ánimo y por cómo me adaptaba a mi labor en la Comandancia. Después, sin mucho recato, colocó sobre la mesa un sobre con mi nombre. En el interior había una suma equivalente a mi paga de dos meses. Me explicó que en la administración de los recursos de que disponía la Comandancia se hacían ciertas economías que era costumbre repartir periódicamente entre quienes contribuían a ellas, como un complemento a los emolumentos, tan parcos, que oficialmente teníamos asignados. No sé si en ese momento no me di cuenta de que se me estaba sobornando, ni de que aquel individuo y sus cómplices, entre los que pasaba a contarme, malversaban el dinero del Ejército, o si preferí no darme cuenta deliberadamente. Sin embargo, no pude dejar de darme cuenta cuando empecé a recibir indicaciones para alterar cifras, rehacer partes, eliminar partidas. Y aunque había ido a África para combatir en primera línea, no tuve la resolución necesaria para negarme. Era muy joven y carecía de recursos para enfrentarme a una situación como aquélla, aunque quizá no habría vacilado en arremeter a pecho desnudo contra una partida de rífeños. No puedo asegurarlo porque nunca llegué a entrar en combate. A mis primeras trampas en los documentos siguió un segundo sobre, y después vino otro, y así sucesivamente. A medida que fueron viendo que no me negaba, se hicieron más audaces las interpolaciones o las omisiones que me sugerían. Al final, terminaría comprendiendo por qué había llegado allí y por qué no habían consentido en tramitar mi solicitud de cambio de destino. Querían a un oficial inexperto, a quien fuera posible engañar primero e implicar después. Y llegué a estar muy implicado, tanto como para olvidarme de la posibilidad de salir y, aún peor, como para seguir adelante cuando descubrí que una de las cosas que hacía mí teniente coronel era vender armas y cartuchos que terminaban recibiendo los insurrectos contra los que luchaban nuestros compañeros. A menudo me remordía la conciencia, y a veces pensaba en denunciar a todos, empezando por mí mismo. No estimaba en mucho el dinero, que recibía casi con desgana, porque no recelaran del hecho de rechazarlo. Pero me faltó el coraje, y una cierta convicción de que, aparte de hundirme, serviría para algo mi denuncia. Sabía, todos lo sabíamos, que el teniente coronel no actuaba en solitario, sino con poderosas conexiones dentro de la Comandancia y aun en la Península. ¿Qué podía hacer contra eso un insignificante alférez a quien sería sencillo imputar demencia o un intento de amparar su propio delito?

No sé dónde hubiera terminado aquello, de haber continuado. Supongo que habrían acabado fusilándome, y si no, habría acabado pegándome yo mismo un tiro. Por fortuna, aunque cause escándalo decirlo así, vino el desastre. En julio de 1921, Abd el-Krim deshizo el ejército español en Annual y Monte Arruit y se plantó a las puertas de Melilla. Por alguna razón, no quiso tomar la ciudad, en cuyo socorro llegó en seguida el Tercio, al mando de Millán Astray. Con bastante dificultad se emprendió la contraofensiva, que no llegó a Monte Arruit hasta tres meses más tarde. Miles de cadáveres de españoles seguían entonces en la posición, como a lo largo de todo el camino entre Annual y Melilla, abrasándose al sol. Dicen que murieron 20.000, y que a muchos los torturaron y los mutilaron salvajemente los rífeños. Desde el desastre, las actividades complementarias de mi teniente coronel quedaron en suspenso, como quedó su pulso cuando a todos los emboscados se nos ordenó que nos preparásemos para salir hacia Melilla, lo que al final no llegó a ocurrir.

Una noche, cuando la contraofensiva ya había permitido recuperar las primeras posiciones, coincidí en un cafetín de Ceuta con un suboficial del Tercio que había participado en las operaciones y que estaba de paso por la ciudad. Me contó cómo se despachaban los legionarios con los rífeños a los que capturaban, a quienes no vacilaban en decapitar y mutilar de la misma forma en que habían encontrado mutilados los cuerpos de tantos españoles. Me refirió en detalle esas mutilaciones, de las que hasta la fecha sólo me habían llegado ecos incoherentes, y me confió, acaso como una justificación para la crueldad de sus hombres, que en la pared de una casa, sobre un cadáver español brutalmente vejado, había visto, escritas con sangre, dos palabras estremecedoras: vengadnos, hermanos. Esa noche me acordé de mi padre, que había venido a luchar a África y había vuelto condecorado y tocado por el soplo de la muerte. Mi padre a quien yo no había acertado hasta entonces a vengar, cualquiera que fuera el modo en que eso pudiera lograrse.

De lo que pasó a continuación en mi cabeza, puedo dar poca noticia. El caso es que poco después me vi ante la puerta de mi teniente coronel, y que cuando me abrió le pregunté si podía dejarme entrar un momento. Aunque se extrañó y le inquietó mi presencia allí a aquellas horas, o quizá por eso, me hizo pasar, cerciorándose antes de que no había nadie alrededor y de que nadie me había visto llegar.

– Quiero avisarle para que tome medidas, si le queda algo de honor y lo que le queda aún le exige tomarlas -le dije-. Voy a contarlo todo.

– Estás loco, muchacho -advirtió, con una risa nerviosa.

– Lo he estado todo este tiempo, mientras consentía en ayudarle por miedo. Le debería haber tenido más miedo a la indignidad que ahora pesa sobre mí.

El teniente coronel fue hacia un aparador, lo abrió y sacó de él su pistola reglamentaria. La montó y me apuntó con ella. Hizo todas estas operaciones con una aparente frialdad, como si fueran ineludibles, pero su mano temblaba al sostener el arma.

– No me dejas elección -dijo-. No puedo permitir que me hundas ni que hundas a otros. Si no fueras un imbécil lo habrías intentado sin avisarme. Ahora ya no vas a intentar nada, porque vas a acabar ahí mismo, sosteniendo una insubordinación en mi propia casa que no habré tenido más remedio que atajar expeditivamente.

No perdí un segundo. Me abalancé sobre el teniente coronel y me las arreglé para hacer caer la pistola de su mano antes de que pudiera reaccionar. Luego le reduje. Era menos fuerte y menos joven que yo y no me resultó muy difícil. Para que dejase de forcejear, cogí la pistola y le metí el cañón en la boca. Quedó quieto, o más bien paralizado. Creo que era el hombre a quien más he odiado, porque me había hundido en la vergüenza y me había impedido seguir los pasos de mi padre, lo que habría sido mucho mejor, creía, aunque me hubiera costado quedar panza arriba sobre la pista de Monte Arruit, a merced de los buitres. Pero es tan poca cosa un hombre indefenso que tuve que hacer un esfuerzo para seguir odiando en aquel instante a mi teniente coronel. De pronto, de la disposición de todas las piezas, deduje un plan que me permitía vengarme sin necesidad de sacrificarme, lo que sin duda era preferible a mi plan anterior. Y sin más, percatándome de que era también una forma de que aquellos ojos de cordero degollado dejasen de mirarme, resolví ponerlo en práctica y apreté el gatillo.

No dejé ningún rastro, nadie me vio salir. La muerte de mi teniente coronel, en su casa, con su pistola, en pijama, fue interpretada unánimemente como un suicidio, y la hipótesis halló un inesperado respaldo cuando quienes estaban interesados en adjudicarle culpas a un responsable que no resultara incómodo hicieron aflorar algunos de los negocios en los que se hallaba envuelto. Cuando eso sucedió, unos cuatro meses después del desastre, yo estaba a punto de partir de permiso hacia la Península, a donde se me había autorizado a regresar para asistir a la agonía de mi madre. Me apresuré a disfrutar del beneficio concedido y viajé a Madrid. Una vez que mi madre se fue y quedé solo, se me presentó una delicada disyuntiva: o volvía a África, donde debía solicitar que se me enviase a primera línea y rezar por que nadie descubriera mi intervención en las actividades de mi teniente coronel, o me quitaba de la circulación y ahondaba con ello mi deshonra.

Siempre he querido creer, y alguna vez creí que la predisposición al heroísmo que me había conducido a África era sincera, y que sólo una conjura de circunstancias y la desventaja de mi inmadurez me habían apartado de aquel expuesto camino. Sin embargo, en otros momentos, los que tiendo a considerar de mayor lucidez, he dado en suponer que mis ansias de gloria eran simplemente una ilusión, y que si bien era auténtica la admiración, y hasta el sentimiento que los héroes me inspiraban, no lo era tanto mi propósito de ser como ellos. Al llegar a mí, por alguna razón misteriosa, se había deteriorado la herencia familiar que había pasado intacta de generación a generación durante casi un siglo. Si esa herencia me hubiera llegado en condiciones, aquel mes de diciembre de 1921, a despecho de todo lo que me avergonzaba y de cualquier riesgo, habría vuelto a África para expiar o morir. En lugar de eso, embarqué con nombre falso hacia La Habana.

En Cuba estuve apenas un par de meses, malviviendo del dinero que llevaba conmigo. En la isla quedaban numerosos descendientes de españoles, algunos bastante acomodados, a los que habría podido acercarme para tratar de hacer fortuna. Pero no quise aceptar una solución como aquélla, que me mantenía en cierta manera bajo la dependencia de la patria que había traicionado y cuya protección había perdido el derecho a impetrar. No era sólo el remordimiento lo que me alejaba de ella. Después de mi peripecia africana, en la que tan aciagamente me había salpicado la inmundicia del desastre, todo lo español me parecía ruín y desdichado, una especie de infección que debía extirpar para salvarme de la catástrofe en que se sumían todos los que la contraían. Fue entonces cuando alguien me habló de Nueva York, a donde arribaban cada día centenares de inmigrantes de todas las partes del mundo con la promesa de una nueva existencia. Un día vi una película que transcurría en Estados Unidos, donde había casas pulcras y enjambres de automóviles. A la semana siguiente, zarpé hacia esa seductora y fantástica Nueva York.

Uno siempre elige seguir viviendo, aunque sea con los dientes apretados, y alejarse del fin, sobre todo cuando se ha tenido la ocasión de vislumbrarlo y de olfatear su proximidad. Sólo a ese instinto puedo atribuir el férreo esfuerzo al que me entregué después de desembarcar aquí. Esfuerzo para aprender el idioma, del que ignoraba todo, y para desempeñar los sucesivos oficios, siempre agotadores y míseros, en los que se vio comprometida mi subsistencia. Hubo momentos de una oscuridad formidable, en los que me acerqué al borde del abismo. De ellos saqué la fuerza que pude y debí utilizar años más tarde, cuando mi vida se desprendió de la penuria material. En aquellos primeros tiempos, el regreso a España ni siquiera fue una tentación, por razones obvias. Era un desertor, y posiblemente también se supiera que había sido un malversador y un asesino.

Empleé unos cinco o seis años en disponer de los medios necesarios para consolidar mi posición. Tenía un trabajo de dependiente de comercio, no demasiado lucrativo, pero más o menos estable. Gracias a él alquilé una habitación en el Lower East Side y fue mientras vivía en ella cuando se manifestó el impulso de escribir. Ya lo había hecho de adolescente, antes de ingresar en la Academia, y se reavivó allí después de entrar en contacto con un cubano que colaboraba en La Prensa, un periódico hispano de la época. Gracias a él pude leer muchos libros españoles, que llegaban a Nueva York con cierta dificultad. Sobre todo me aficioné a Valle-Inclán y Unamuno, dos patriotas críticos y problemáticos, como lo era mi propio patriotismo de criminal huido. También leía libros americanos, y traducciones de vanguardistas franceses y alemanes, que me desconcertaron con su alternativa a la realidad convencional, dogma uniforme al que me inclinaba mi formación militar y del que me alejaban las paradojas de mi experiencia. De la lectura pasé a la pluma espontáneamente. Empecé haciendo pequeños artículos de interés local, dirigidos sobre todo a los emigrados, que mi amigo colocaba en el periódico. Con los pocos ahorros que podía reunir, me compré una vieja máquina de quinta o sexta mano. Una noche, me sorprendí poniendo en el papel la descripción de un episodio imaginario que transcurría en Toledo. Lo hice en inglés, el idioma al que con alguna dificultad se iba acostumbrando mi alma, y el resultado no me disgustó. Otra noche, probé a reconstruir en la misma lengua una conversación de café en Madrid. Y tampoco me disgustó. Comprobé que así, en un idioma ajeno, podía regresar a la patria de la que había renegado, y que el regreso, por primera vez en todos aquellos años, me tentaba poderosamente. Así nació mi novela, en la que trabajé febrilmente durante todas las noches de los dos años que siguieron.

Cuando terminé mi libro, intenté en vano publicarlo. A nadie le interesaba aquella extraña historia española de personajes movedizos. A la vista del fracaso, pensé en traducirla y enviarla con seudónimo a Madrid o a Buenos Aires. Incluso llegué a traducir el primer capítulo, pero pronto vi que la labor era absurda. Durante siete u ocho años seguí escribiendo, artículos y narraciones que a veces aceptaban los diarios y otras veces no. De día, seguía siendo dependiente. El italiano para el que trabajaba llegó a tomarme afecto, y me daba un sueldo suficiente para vivir. Decía que él también había llegado a Nueva York con una maleta de madera y que sabía lo que era la angustia. Creía en Dios, decía, y Dios le exigía que se ocupara de la gente que tenía empleada, como Dios se había ocupado de él. A principios de los treinta tuve un par de novias de las que casi me he olvidado; una era judía, y me gustaba de veras, pero su familia lo impidió, o quizá fue que a ella yo no le gustaba tanto. A veces me parece acordarme de cómo me miraba, con una especie de repugnancia acongojada, cuando yo me negaba a convertirme.

En la primavera de 1936, poco antes de que en España estallara la guerra, me ofrecieron publicar el libro. Me lo ofreció una de las editoriales que lo habían rechazado siete años antes, y acepté. Cosechó un par de críticas indulgentes, pero no se debieron vender arriba de doscientos ejemplares. Hacia finales de aquel año, cuando me persuadí de que mi obra nunca llegaría a nadie, dejé definitivamente de escribir, y a partir del momento en que tomé esa decisión los acontecimientos se precipitaron. Siempre me ha resultado curioso que las decisiones que más han contribuido a mi supervivencia fueran tomadas en contra de lo que me dictaba mi corazón. Así, contra mi idea de lo que era justo, me plegué a los turbios manejos de mi teniente coronel, salvándome de una muerte probable en el frente. Así, también, huí de España, librándome acaso del presidio. Y así dejé de escribir, lo que a la postre, apartándome de una tarea infructuosa que consumía mis desvelos, me iba a permitir alcanzar la riqueza, a cuyo vil disfrute debo mi insoportable longevidad.

No quiero extenderme demasiado acerca de las casualidades e industrias que llevaron a un pobre emigrante a detentar, éste es el único verbo que puede emplearse para aludir a la dominación de un hombre sobre las cosas, cuando éstas son demasiadas, un patrimonio como el que ahora detento. Para conseguirlo, me vi obligado a dañar con frecuencia a otros seres humanos, y a desatender sus súplicas e incluso las súplicas de sus viudas. Mientras lo hacía, a veces lo lamentaba; otras, quizá las más, me consolaba pensando que casi todos aquellos a quienes derribaba me habrían derribado a mí gustosamente, de haber sido inversas las circunstancias. Puede que hubiera perdido todo escrúpulo cuando había tenido que saltarle la tapa de los sesos a un canalla a la edad de veinte años, o cuando había ensuciado la memoria de mis antepasados con mi deserción, poco después. Pero la pendiente, propiamente dicha, comenzó en 1937, cuando conocí por azar a un desalmado que traficaba desde Nueva York con armas y petróleo para Franco. Simpatizó conmigo y me ofreció cooperar con él. Necesitaba a alguien que dominara el inglés y el español y que estuviera dispuesto a correr algunos riesgos. En juego había mucho más dinero del que podría ganar en la tienda en toda mi vida, aunque el italiano siguiera apiadándose de mí indefinidamente. Me avine a colaborar, y tuve mi recompensa. Durante la Guerra Mundial me refugié en un banco de Wall Street, donde me hacía pasar por traductor, aunque en realidad tenía otras ocupaciones bastante más provechosas. Allí me familiaricé con las finanzas y con la gestión de los fondos de otros, y descubrí las posibilidades que proporcionaban los enormes caudales incontrolados que circulaban al socaire del esfuerzo bélico. Cuando terminó la guerra ya tenía el dinero suficiente para dar el salto y fundé mi primera compañía. El resto, hasta 1966, cuando decidí que no volvería a ocupar mi cerebro en toda esa porquería y contraté al primer antecesor de Pertúa, fue una rutina sin otro mérito que el de prescindir de cualquier ruido de mi conciencia.

En 1945, dos meses después de la derrota de los japoneses, me casé. Ella era una chica de buena familia, americana de pura cepa, si esa expresión no resultara grotesca en un país de advenedizos. La conocí en un selecto baile de celebración de la victoria, al que mi flamante opulencia me facultaba para acudir. Ya era un hombre maduro y me exasperaba relacionarme con estúpidas codiciosas y presumidas. Karen era modosa y complaciente, tanto como para aceptar mi prematura proposición y prestarse a una boda desigual. Me dio dos hijos, a los que siempre quise, aunque seguramente no supe tratarlos, y una nieta que se parece a ella, salvo en el carácter, de una forma que a veces me asusta. Cuando mi esposa murió, en 1965, comprendí que nunca la había amado, en el sentido propio de la palabra, pero desde que desapareció el mundo me ha parecido deshabitado y triste. No digo que no lo fuera cuando ella estaba, pero he de admitir que su presencia, aunque siempre fuera tan leve, neutralizaba en parte esa sensación.

Ahora tengo noventa y cinco años, y si se me concede un poco más de vida, cumpliré noventa y seis dentro de unos meses. A menudo, cuando empecé a disponer de recursos abundantes, pensé en volver al país que abandoné hace tantos años. Nadie podía recordar mi delito, tenía un pasaporte americano, era casi invulnerable. Pero nunca llegué a vencer el obstáculo que había en mi interior, la culpa que me impedía creerme con derecho a regresar. A lo largo de mi vida, como ya he dicho, he cometido sin pestañear muchas acciones execrables, y sin embargo, durante aquellos mismos años en que las perpetraba, fui incapaz de sobreponerme al reproche que me dirigía el recuerdo deshonrado de mi padre, el clamor intolerable de todos aquellos muertos mutilados a los que nunca había visto y entre los que habrían debido terminar tan jóvenes mis días.

En cambio he llegado a ser muy viejo, este viejo. Cuando observo el transcurso de tan larga e indebida prórroga, con la irresponsabilidad que infunde la vejez, a veces siento la tentación de envidiar a aquel muchacho en que pude haberme terminado, sin que hubiera existido nunca Nueva York, ni mi familia dispersada por el viento, ni esa ficción penosa que tan abnegadamente gobierna Pertúa. Pero la impresión que tengo en general es muy otra. Después de todo, doy las gracias. Las gracias por todo, incluso por mis crímenes y por haber vivido encerrado en este edificio durante tres décadas, encima del antiguo almacén del italiano. Hay algo bueno en haber llegado a ser tan viejo: todo se vuelve admisible, incluso lo más inadmisible de todo. Si yo hubiera acabado en África, con veinte años, habría acabado asustado, doliéndome toda la vida, cercenada. Ahora puedo admitir la muerte como una necesidad, como un remedio de este exceso de duración que ha terminado arrebatándome el dolor de casi todas mis heridas. Cuando a un hombre ya sólo le duele el cuerpo, sabe que su tiempo está cumplido, y es un privilegio poder aceptarlo.

Y lo acepto, sobre todo, porque me ha sido dado conocer la fe. La fe en la belleza fugaz y a la vez eterna de cada día que puede ser el último. La fe en la dulzura magnífica de Charlotte, que cerrará mis ojos. La fe en mi nieta, que es la viva imagen de aquella muchacha que tuvo la audacia de unirse a mí cuando yo ya no podía prometer nada. Y también la fe en ti, Hugo, que has llegado a tiempo de escuchar la confesión del hombre que durante setenta y cinco años ha vivido lejos, bajo el falso nombre de Manuel Dalmau.

7.

El viaje interrumpido de Matthew Dalmau

Aquella fue una de las últimas tardes. Como si lo presintiera, Dalmau condujo directamente la conversación al punto que había eludido siempre, incluso en lo más íntimo y descarnado de sus confidencias. Tampoco yo me había atrevido a abordarlo jamás, aunque en cierta forma planeaba siempre como un sobreentendido entre nosotros. Dalmau denunció la omisión de ambos al decir:

– Has sido muy cuidadoso. Nunca me has preguntado por aquel hombre cuya tumba viste, a orillas del lago Michigan.

Noté que hablar de él le costaba un sufrimiento indecible, y que no obstante lo arrostraba como si me lo debiera o se lo debiera, a sí mismo o al hombre enterrado que era o había sido su propio hijo. Recordé lo que me había dicho acerca del dolor, días atrás. Era posible que aquello fuera lo único que le doliera ya, y también era posible, porque nada en todas las tardes que habíamos compartido había sido impremeditado o inútil, que estuviera tomando las medidas para desprenderse de aquel último dolor. Para desprenderse, en suma, de la vida. En realidad, y por mantener la lealtad a los hechos, esto lo escribo ahora, cuando sé lo que pasó después, y constituye mi interpretación de aquel gesto de Dalmau.

– No estaba seguro de que eso fuera de mi incumbencia -repuse.

Dalmau sonrió, y durante una fracción de segundo volvió a ser el hombre calculador e implacable que había construido su fortuna desde la indigencia de un emigrado sin esperanzas. O acaso, corregí sobre la marcha, el joven de veinte años que había partido impávido hacia una guerra a la que nunca habría de llegar.

– Claro que es de tu incumbencia. En la vida conviene ser humilde, porque la ostentación de cualquier cosa es la más lisa de las imbecilidades, pero no dejes que la modestia te impida ver las cosas que te atañen. Todo aquí dentro es de tu incumbencia. Todo en esta habitación y todo en la conciencia de este hombre que te habla. Es más, si no lo tomas como el fruto de la enajenación de un nonagenario, lo expondré de la manera más franca: no sólo te incumbe, sino que te estaba destinado.

– Comprenderá que eso me resista a creerlo -alegué.

– Me es indiferente. Dejarás de resistirte. Tú y yo sabemos que el mundo está lleno de hombres que han consumido su existencia en esfuerzos sin sentido y que han llegado, por poder guardarse algún respeto, a descartar la posibilidad de que ninguna cosa tenga una verdadera finalidad. Eso, los más honrados y listos entre ellos. Los otros, los tramposos y los mentecatos, se aferran a cualquier patraña que compense fingidamente el vacío y con eso van tirando, sin que importe a dónde van a caer. Tú y yo los hemos visto y hemos vivido entre ellos, pero no hemos podido compartir su impiedad; ni la de unos ni la de los otros. Tú y yo creemos en el sentido de las cosas, aunque nos cueste defender ese sentido en mitad de los escombros que nos rodean.

Dalmau se detuvo, como si comprobara.

– Nosotros, Hugo -prosiguió-, podemos creer en el valor del hombre, aunque nos conste que cada hombre y cada uno de sus afanes están condenados a desaparecer y ser perdidos. El ansia desordenada de eternidad, aparte de un insulto a la vida, es un error innecesario. Al final, sólo hace falta poder tener alguna fe en el día siguiente. Y tú eres mi día siguiente. Justamente lo que él, mi hijo Mateo, no pudo ser.

Dalmau apuró su café, como si precisara del vigor que pudiera infundirle. Aquella tarde Charlotte nos lo había traído acompañado de suizos, unos suizos que sabían como los de los obradores de confitería de Madrid, y no como los empalagosos bollos sajones preñados de mermelada que se hacen en Nueva York. Me pregunté dónde y cómo habrían aprendido las blancas manos nórdicas de Charlotte a manipular tan recónditos misterios, a la altura de la memoria intransigente de Dalmau, y pensé como única posibilidad en Matilde, aunque ésta no era española, sino de algún país a orillas del Caribe. Quizá a Matilde la hubiera instruido antes otra persona ya ida, que había guiado sus pasos como ella guiara los de la muchacha. Las imaginé a las dos, a Matilde y a Charlotte, en la cocina: Matilde vigilando discretamente los movimientos de su pupila, a la distancia pertinente; Charlotte absorta en la elaboración de la masa, restituyéndose a la oreja algún mechón caedizo de sus finísimos cabellos con un largo dedo enharinado. Poder estar allí sentado, mirándolas, cuando trabajaban o por la mañana temprano, cuando desayunaban y conversaban quizá sobre cosas sin importancia, se me antojó de pronto una aproximación rotunda al paraíso.

Me sentí culpable por abstraerme así, cuando Dalmau había decidido hablarme al fin de su hijo. Pero él no tenía prisa, y había aguardado lo suficiente para que mi atención fuera completamente suya cuando ofreció aquel dato exacto:

– Mi hijo nació el catorce de septiembre de 1949. Era un día gris, y los Estados Unidos eran un país gris por aquella época, también. Aunque nació de mañana, recuerdo que fui a conocerle cuando ya había anochecido, porque su nacimiento, algo prematuro, me sorprendió de viaje en Baltimore. Era una criatura pequeña y débil, de color algo violáceo, como si estuviera medio muerto o a punto de morirse, y sin embargo miraba fijamente, o creaba la ilusión de hacerlo. Según me dijeron los médicos, era verdaderamente excepcional que un niño que venía antes de tiempo tuviera los ojos tan abiertos como mi hijo los tenía. Mientras lo veía allí, tan ínfimo e indefenso, pensé otra vez: mi hijo. Susana había nacido tres años antes. Era una niña despierta y alegre, pero por alguna razón siempre me pareció que era algo extraño, un ser en cuyo nacimiento mi intervención había sido casual y probablemente intercambiable por la de cualquier otro. Con Mateo, desde el primer instante, la sensación fue completamente opuesta. Desde ese momento en que lo tuve ante mí por primera vez, hasta el día que mi hija vino a decirme que había muerto en esa ciudad de nombre indio, siempre estuve convencido de que mi herencia en él era excesiva, como una maldición. Pero también desde ese instante primero hasta el fin, me esforcé por mantener la esperanza de que él pudiera salvarse de lo que a mí me había destruido.

Dalmau no vaciló en emplear aquella palabra, que era cruel para él y para su vástago difunto, quien ostensiblemente había defraudado su esperanza.

– Durante los primeros quince años de su vida -prosiguió, con una frialdad deliberada-, no me ocupé gran cosa de él. Estaba con su madre, que le daba cariño y protección, mientras yo me dedicaba a las transacciones que acrecentaban estérilmente mi fortuna material y me iba convirtiendo sin darme cuenta en un viejo. Cuando mi hijo celebró su decimoquinto cumpleaños, el último cumpleaños en el que su madre preparó la tarta, yo ya contaba sesenta y tres y asistí a la fiesta como si fuera la familia de otro, la que habría debido pertenecer a un hombre de poco más de cuarenta años, confiado y enérgico. Nunca, hasta fecha reciente, he sido un hombre torpe o falto de fuerza, pero a aquellas alturas tenía ya el alma demasiado trabajada y vivía en un escepticismo algo venenoso, de arribista en perdición, como diría mi pobre tocayo, o el pobre tocayo de este nombre que yo mismo me impuse. Por eso no debe asombrar que tras la muerte de mi esposa no fuera capaz de enfrentar, entre otras fatigas cotidianas, la de consolar personalmente a mi hijo, que había quedado desprovisto de todo amparo. Preferí enviarle a costosos internados, en Europa. Ya que descuidaba los dolores de su corazón, quise justificarme procurándole una forma de enriquecer su espíritu, con el conocimiento de otros países y la experiencia de unos años alejado del esquematismo moral y mental de los colegios americanos. De allí regresó endurecido, lo que al principio me causó satisfacción, hasta que comprendí que aquel temple procedía de la solitaria asimilación de su tristeza y adolecía de fisuras irremediables. En esa época intenté acercarme a él, sin gran éxito. Era un muchacho de diecinueve años, casi un hombre, con el que apenas había hablado o paseado, y al que había forzado a buscar sin auxilio de nadie un camino alternativo. Cuando se incorporó a la universidad, en Boston, fue un alivio para ambos. Para él porque no tenía que soportarme, y para mí porque no debía perseverar en una tarea infructuosa. Ya me había mudado aquí y había empezado a habituarme a la soledad oscura y silenciosa que había elegido para mi vejez. No estaba en la disposición idónea para enfrentarme a los vaivenes anímicos de un muchacho, razoné entonces. Lo estaba menos, aunque eso no me detuviera a meditarlo, para identificar en tales vaivenes la repetición de los que yo mismo había sufrido, en aquella misma edad tierna y crucial en la que tan bruscamente se había decidido mi vida.

Dalmau se frotó los ojos. Según me había indicado Matilde, sobre aquel gesto pesaba una proscripción facultativa. No reuní el valor suficiente para recordárselo. De todas formas, qué finalidad conservaban las prohibiciones médicas, ante un ser que había pulverizado todos los pronósticos de la medicina y puesto en ridículo todas sus amenazas.

– En la universidad, Mateo fue un estudiante mediocre -juzgó, otra vez con esa dureza que debía esconder su sentimiento-. Y seguramente no por falta de inteligencia, sino de interés. En cualquier caso, se las arregló para terminar la carrera en el tiempo estipulado y obtener la graduación que le facultaría para el ejercicio profesional. Me sorprendió un tanto que no rechazase mi oferta de incorporarse a una de mis empresas. Aunque nunca llegué a conocerle como habría debido, sospecho que en todas las bifurcaciones, como un desquite por las penalidades a las que había tenido que sobreponerse sin ayuda cuando su madre le faltó, escogía sin más la opción que le resultaba menos sacrificada. Asigné a una persona de mi confianza la misión de supervisarle y orientarle para superar los obstáculos que pudieran surgir en su camino. Mateo aceptó esta facilidad de la manera más destructiva posible. Se escudó en ella como si de una patente de corso se tratara, de suerte que se habituó a hacerlo todo como más le apetecía y sólo en la medida en que le apetecía, y a aguardar a que otro enderezase sus errores. Al cabo de unos años la situación se había vuelto insostenible, tanto para él como para quienes recibían el encargo de tutelarle, a quienes debía relevar con cierta regularidad para impedir que perdieran la fe en la empresa y se dieran al resentimiento. Hay hombres de negocios a quienes no les importa capitanear un hatajo de resentidos. A mí siempre, incluso cuando los tiempos eran difíciles y mis posibilidades más escasas, me ha preocupado que quienes trabajan para mí se encuentren razonablemente a gusto. Los hombres en paz son mucho más fiables que los amargados, que ahora manejan tantas manivelas delicadas en el mundo. El caso es que con treinta años mi hijo era un parásito pernicioso, y que cuando reuní el valor preciso para llamarle a mi presencia y tratar de encararle con la vida de la que estaba huyendo, no escuchó una sola de mis advertencias y me anunció con gran placer que, salvo que yo le negara los fondos que necesitaba para ello, se iba a vivir a España.

Como siempre que lo hacía, Dalmau bajó un poco la voz al pronunciar el nombre de su país, que también era el mío. Lo hacía por respeto, o por mantener el misterio alimentado de su ausencia.

– Aquí -dijo-, quizá deba explicar qué era lo que Mateo sabía de España. Desde el principio me aseguré de que ambos, él y su hermana, aprendieran el idioma de sus antepasados. Como yo no estaba mucho en casa, contraté profesores particulares; profesores españoles, no puertorriqueños. Había pocos españoles en Nueva York, entonces. Los traía de Méjico, a veces incluso de España, a través de alguien a quien conocía en la fuerza aérea. Estos profesores les contaron cosas, todas las que yo no les había contado porque prefería retrasar, hasta que ya fue tarde, el momento de contárselas. También leyeron libros, de los muchos libros españoles que había en mi biblioteca. Digo españoles pero muchos, aun escritos por españoles, estaban publicados en Sudamérica, en Argentina o Uruguay. Con todo ese bagaje, y mi mutismo, Mateo se hizo sin duda una idea romántica, que quiso comprobar sobre el terreno cuando su frágil personalidad comenzaba a desmoronarse. Era una escapatoria, sencilla mientras yo la financiara, y la abrazó. Vivió en Madrid un par de años, y durante ellos, sin cartas, ni otra noticia que la solicitud periódica de los giros que yo le enviaba, llegué a concebir, con no poco estupor, la posibilidad de que mi hijo invirtiera casi simétricamente la huida de su padre. Pero no hubo tal. De lo que encontró en España, de lo que allí le decepcionó y le indujo a volver a América, nada me dijo. Sólo supe de lo que se trajo, una mujer completamente superficial que no era ni siquiera española. La había encontrado de alguna forma absurda en Madrid y de forma igualmente absurda se había casado con ella en Amsterdam. Era holandesa y la hija de alguien de la embajada de su país en España. Antes de un año ella le había abandonado y se había ido a California, lo que al parecer era su propósito desde el principio.

Dalmau había llegado al momento culminante de su relato. Ahora sí había sentimiento en sus palabras, y fue creciendo a medida que seguía adelante. Se le advertía en algunas indecisiones a mitad de frase, alguna inseguridad al articular los sonidos.

– Entonces -confesó-, vislumbré la primera y última oportunidad de conseguir que mi hijo se redimiera y redimiera mis errores. Una de las aspiraciones más sentidas de los padres, aunque también la más ilegítima, consiste en que los hijos salven los fracasos que los padres han debido apurar. Nada puede enorgullecer más a un padre que ver a su hijo sortear las trampas en las que él ha caído. Por contraste, y éste es el riesgo, nada puede herir a un padre tanto como ver sucumbir a su hijo en las mismas o en peores miserias que las que él padeció. Cuando eso sucede, el padre piensa que ha transmitido con la sangre una especie de veneno a su hijo, y que al exponerlo a ese veneno y al esperar que se inmunizara, lo ha arrojado en realidad al infierno. Un infierno del que habría podido librarse si le hubiera mantenido al margen de sus expectativas.

Dalmau volvió a interrumpirse. En la última frase, se le había quebrado la voz. Carraspeó, como si se tratara sólo de una incordiosa flaqueza física, y se obligó a continuar, con su energía habitual:

– He aquí, en resumen, que cuando a mi hijo le abandonó su mujer, y quedó momentáneamente sin saber a dónde acudir, hice aquello de lo que habría de arrepentirme. Le llamé y le conté en detalle todo lo que había hecho desde que había llegado a Nueva York. Dudé si hablarle también de lo que había habido antes, en España, pero respecto de eso decidí inventar una mentira en la que sólo intercalé la verdad de mis recuerdos de su abuelo y de su abuela, de quienes merecía saber. Al fin y al cabo, demasiada verdad había ya en el resto. Mateo lo encajó todo como si lo soñara, y cuando le comuniqué que había resuelto ponerle al frente de todos los negocios y que en adelante podía darles el rumbo que mejor le pareciera, asintió como si nada de todo aquello fuera realmente con él. Yo podía haber hecho cualquier otra cosa: tenerlo conmigo, buscarle una mujer que fuera mejor que la holandesa, llevarlo a un médico. Pero le puse al frente, como si eso fuera algo.

– Era una prueba de confianza -opiné, con cautela.

– Era una mierda, una prueba de ceguera, Hugo -disintió-. Mateo no valía para nada, no podía llegar a ninguna parte, porque nadie le había preparado para llegar o porque no estaba en su naturaleza. Yo tendría que haber cuidado de que nadie le retara, y fui yo quien le reté. A los seis meses de entregarle el mando tuve que relevarle y humillarle así para siempre. Los diez años o más que vivió después de aquello los pasó escondido en casas que yo compraba para él, allí donde creía que podía estar más lejos de todo lo que le asustaba. Al final descubrió el lago, y creo que a su orilla fue feliz, en la manera estrecha a la que le había condenado con mi negligencia. Lo que más me dolió fue no enterarme de su enfermedad. Me la ocultó, todos me la ocultaron, y con eso me hundieron en la vergüenza de estar ajeno a todo mientras él se apagaba. La última ofensa, que me había ganado sobradamente, como las otras, fue que abandonara la casa que yo le había pagado y huyera a morir a una casa alquilada, en ese maldito pueblo de nombre indio. Pero le enterramos allí, enfrente de su lago, porque allí, tan brevemente, había sido libre de lo que le había arruinado la vida. Allí, al fin y para siempre, había sido libre de mí.

Ahora, Dalmau lloraba. Las lágrimas resbalaban por su piel rígida mientras él miraba al frente, como el nazareno soportando todas las penitencias. En ese momento, ni tarde ni pronto, cuando él lo había querido, entendí todo. Entendí la secuencia tan extensa y compleja de su vida, el despliegue meticuloso al que había dedicado tantas tardes, la ordenada sucesión de todos los crímenes que hasta aquel último, inexpiable, había cometido aquel anciano que se ennoblecía con el remordimiento. Justo entonces vi al ángel, el que estaba oculto en la ciudad vacía que yo había buscado por azar y había encontrado por necesidad, porque creía, como Dalmau, que las cosas tenían un sentido aunque todo zozobrase alrededor. Y el viejo, que sabía que yo ya sabía, dijo:

– Tú sí estás preparado para llegar, y está en tu naturaleza intentarlo. Contigo no habrá culpa, ni la burda superchería que habría sido confiárselo a otro que no viniera de donde ambos venimos. A ti puedo encomendártelo, y esperar que me redimas. Sigue tú el viaje que él no pudo seguir. Y llega, por los dos y también por él.

– ¿A dónde? -pregunté, sólo por cerciorarme.

Dalmau se encogió de hombros, y contestó:

– Al principio.

VI. DESCUBRIMIENTO DE LA ARMONÍA

1.

Una pelirroja en Pisa

Desde la tarde en que el anciano que usaba el nombre de Manuel Dalmau me refirió la historia de su hijo Matthew, algo en mi interior se aprestó a afrontar una torcedura de los acontecimientos. El premioso proceso que se había desarrollado ante mi dócil atención estaba concluso, y al igual que había medido y previsto todo lo anterior, él debía haber medido y previsto el paso siguiente. Pero fue la naturaleza, después de tanto contemporizar con él, la que se adueñó de la situación. Pertúa me trajo la noticia, y lo hizo con su aire de solvencia habitual, aunque parecía un poco más agitado que de costumbre.

– El viejo ha empeorado -dijo-. Los médicos dicen que puede irse de un momento a otro.

– ¿A qué hospital le han llevado? -pregunté, mientras me echaba encima la chaqueta.

– A ninguno. Si no tuviera noventa y cinco años podrían ponerle un tratamiento, o incluso operarlo. A su edad, cualquiera de esas dos cosas equivale a ejecutarlo en el acto. Le dan calmantes y le ayudan a respirar con una máquina si se fatiga. No pueden hacer más.

– ¿Qué es lo que le pasa? -nunca antes había indagado tan frontalmente aquel extremo.

– Qué es lo que no le pasa. No vengo a alertarte, sino a sugerirte que te resignes y te esfuerces en ayudarlo, en lo que puedas, a acabar en paz. Quiere que vayas a verlo.

– ¿Han avisado a su hija?

– Los he avisado a todos. Quiere verte antes de que lleguen.

Volvía a ser Navidad y Nueva York lo festejaba bajo la nieve con una de sus consabidas olas de frío polar. Mientras iba en el taxi recordé cómo había sido la navidad anterior, la que había pasado con Raúl y Gus. Era como si hiciera mil años.

Me recibió Charlotte. Había estado sollozando y lo tenía todo enrojecido: las mejillas sutiles, los ojos celestes. Hasta aquella niña primaveral se encogía ante la cercanía de la muerte. Con su paso inaudible me precedió hasta la cámara del enfermo. Era un dormitorio no demasiado grande, que casi habían vaciado de muebles para poder introducir los aparatos médicos. En la cabecera estaban Matilde y una enfermera. Dalmau, en pijama, había quedado reducido a la mínima expresión.

– Pasa, Hugo -murmuró al verme en el umbral, y dirigiéndose a las mujeres, pidió-: Dejadnos solos un momento.

Matilde titubeó, pero la enfermera salió en seguida. Debía tener experiencia en moribundos y sabía valorar su voluntad. Me acerqué a la cama. El aspecto de Dalmau, rota la exigua pero pertinaz reserva de vitalidad que le sostenía, causaba espanto.

– ¿Has estado alguna vez en Italia? -preguntó, con un hilo de voz.

– No -repuse, desorientado.

– Yo fui con Karen, por nuestro décimo aniversario -informó apremiadamente-. Fue el único viaje de placer que hice en toda mi vida. Estuvimos en Roma, Venecia, Florencia y Pisa. Allí, en Pisa, en el Baptisterio, me pasó algo que no he olvidado nunca. Mientras paseaba por la galería superior, me fijé en una hermosa chica pelirroja, sentada. Apenas posé mis ojos sobre ella, alzó de golpe la mirada del folleto que estaba leyendo. Me encontré con dos ojos verdes que me atravesaron y después se apartaron. Tras eso, la muchacha se levantó y se fue. Un par de minutos más tarde, volví a tropezarme con ella. De nuevo, apenas la miré, ella estaba de espaldas, se volvió y sus ojos sin fondo se clavaron en mí. Era como si dispusiera de un sexto sentido que la avisaba cuando alguien la observaba, aunque fuera de pasada, como yo había hecho las dos veces. No pude sostener su mirada. Al fin ella se marchó, dejándome con la sensación de haberme cruzado con un ser infinitamente más poderoso que yo, que me había examinado y había decidido que no merecía la pena destruirme. Desde entonces la he esperado, a la chica pelirroja, con una mezcla de miedo y de deseo. Era tan placentero estar inerme ante ella, a merced de su crueldad esquiva. Ha tardado mucho, demasiado, pero al fin ha venido. Esta noche he soñado con ella. He vuelto a verlo todo, incluso detalles que se habían borrado de mi memoria. Y la chica no se iba, Hugo.

Había hablado tan bajo que había tenido que acercar el oído a su boca para oírle. Había hecho un esfuerzo inmenso, para las energías que le restaban, pero se forzó a seguir.

– Cuando me he despertado me ha venido el ataque, y luego, mientras los médicos organizaban todo esto a mi alrededor, en realidad lo tenían preparado desde hacía tiempo, he seguido pensando en Italia. Un país de sol y aceite, como el nuestro. Me he acordado de muchos sitios que vi y me gustaron, pero sobre todo de uno, y he tenido una idea que requiere de tu colaboración.

– Cálmese. No tiene por qué cansarse así.

– Claro que tengo -protestó-. Debes ir a Florencia. Allí hay una iglesia pequeña, a orillas del Arno, que se llama Ognissanti. Arréglalo para casarte en ella con Sybil.

– ¿Cómo dice?

– Lo has oído. Vas a casarte con mi nieta. Hazlo en esa iglesia.

– No soy creyente -objeté.

– Yo tampoco, pero soy católico. Todos los españoles somos católicos, aunque no seamos creyentes. No te será tan difícil. Hazlo y lo entenderás.

– ¿Por qué?

– En esa iglesia está enterrado Botticelli, de quien también allí se guarda un sensacional retrato de San Agustín. Es un templo desangelado, algo tenebroso, pero después de ver la tumba y la obra de aquel gran hombre, me quedé durante un buen rato. Y sucedió algo, Hugo. De pronto me sorprendí rezando. Fue la última vez que lo hice.

Dalmau sonreía misteriosamente. Una parte de mí me impulsaba a rechazar la tiranía que aquel espectro trataba de ejercer sobre mi futuro. Pero la otra, la que él siempre había sabido convocar, me movía a acatar su designio.

– Lo haremos, si ella quiere -me rendí.

– Querrá -aseveró, con aquella certidumbre irritante.

2.

El vaso de Charlotte

Vino Sue, y vino Paul Fromsett, el padre de Sybil, un hombre saludable de poblado flequillo a quien Dalmau trataba con displicencia. Fue extraño para todos, incluso para Sybil, que yo estuviera allí con ellos, junto al moribundo, y que él me reclamara y yo hablara en voz baja con Matilde o consolara a Charlotte cuando se le saltaban las lágrimas. Sin embargo, eran personas corteses y procuraron no hacerme sentir intruso, aunque yo me sentía, o más bien lo que sentía era una cierta culpabilidad por que el viejo no confiara como habría debido en ellos. Por eso procuré no quedarme en la habitación si no estaba alguno de los Fromsett, que eran su verdadera familia, a la que Dalmau no podía rehuir en aquel momento, a pesar de todo lo que pudiera circularle por la cabeza. Así compartí vigilia con Sue, que trataba de reconocer en mí al jugador impulsivo que la había visitado en su casa de Madison, o con Paul, que se interesaba por asuntos tan peregrinos como la abundancia de sexo explícito en la televisión europea, y que ante mis evasivas parecía dudar de la lucidez de su hija al enredarse conmigo. Pero sobre todo, traté de estar acompañado de Sybil, entre otras cosas porque en su presencia Dalmau se mostraba un poco más humano y afectuoso. Con Sue tenía una confianza un poco despegada y a Paul, cuando se quedaba adormilado en el sillón, le miraba de reojo como si planeara entregarlo a un taxidermista.

Precisamente estaba con Sybil, la víspera de Nochebuena, cuando Dalmau nos rogó:

– ¿Podéis prestarme ese vaso?

– Nadie tiene que prestártelo -observó Sybil, aturdida-. El vaso es tuyo.

– No es mío -se opuso Dalmau-. Uno sólo tiene las cosas mientras puede sujetarlas y yo ya no puedo sujetar nada. Échame agua, por favor.

Sybil echó agua en el vaso y se lo acercó a los labios. Dalmau bebió a sorbos cortos y volvió a recostarse.

– El agua sí es mía, ahora -proclamó, triunfal-. Pero nada más, ya.

– No se esfuerce -intervine, porque vi que le costaba respirar.

– Qué poca cosa es un vaso, normalmente -dijo, desobedeciéndome-. Uno sobrevive a tantos vasos que acaban hechos añicos, en el suelo o el fregadero. Hasta que un día uno se enfrenta a un vaso que va a sobrevivirle. Si uno dijera que ese vaso es suyo, el vaso reventaría de risa. Hay que pedirlo prestado, porque el vaso, como todo, sólo puede ser de otro que seguirá viviendo.

Ni Sybil ni yo supimos qué decir. Ella le colocó el cobertor, subiéndoselo hasta el cuello. Dalmau se dejó hacer. Sus ojos parecían no ver ya nada.

– Todo, en realidad, lo hemos tenido prestado -repitió-. Y ahora hay que devolverlo. Qué trago terrible, para tantos imbéciles.

Dalmau reía, sin fuerza.

– La verdad es tan magnífica, y tan limpia -susurró, antes de dormirse.

De aquel sueño ya no despertó. Se quedó en él, en la madrugada de un 24 de diciembre, cuando todos en Nueva York soñaban con regalos que recibirían o harían a la noche siguiente y que invariablemente crearían una ilusión de propiedad en sus destinatarios. Su nieta y yo nos dimos cuenta del desenlace por la mañana, cuando caímos en que habíamos dejado de escuchar su respiración. Me aseguré de que Sybil se encontraba bien y fui a dar la noticia a los demás, que ya estaban desayunando. Sue se levantó y se encaminó muy despacio hacia el dormitorio. Paul hizo chascar la lengua y meneó la cabeza, buscando algo que pudiera decir. Matilde siguió con prudencia de mujer vieja los pasos de la hija de Dalmau. Charlotte quedó inmóvil, como alienada. Cuando reaccionó, la acompañé a la cámara mortuoria, sujetándola por los hombros. Temblaba imperceptiblemente.

Siempre recordaré cómo se acercó al cadáver, abriéndose paso entre las otras tres mujeres, y acarició con las yemas de sus dedos los párpados cerrados. Dalmau había previsto que ella los bajase, pero no había hecho falta, porque había muerto dormido. Después Charlotte cogió el vaso y la bandeja que había sobre la mesilla y se los llevó. Al verlo en sus manos supe, y me confortó saberlo, que aquel vaso le pertenecía.

3.

La travesía inversa

La idea estaba absolutamente clara en mi cerebro, pero no era yo quien poseía facultades legales para ponerla en práctica. Por eso, en cuanto se hubo serenado, me llevé a Sue fuera de la habitación y traté de ganarla para la causa. Inicié la cuestión por el borde de fuera, para que resultase menos violento.

– Ahora hay que pensar en algunas cosas inevitables -dije.

– ¿Querrás ocuparte tú? -abdicó rápidamente Sue, como si lo hubiera estado esperando-. Puedes contar con Paul, desde luego.

– ¿Dijo alguna vez qué quería que se hiciera?

– ¿Con qué? -y reparando de pronto, repuso-: Ah, no que yo sepa. Hay un testamento. Deberás hablar con Pertúa.

Ya suponía que debía hacerlo, y ya suponía que el testamento no aclararía nada al respecto. Entonces me lancé:

– Creo que él quería que se le enterrase en España.

– ¿Cómo? Era ciudadano estadounidense. Su mujer está enterrada aquí. Su hijo está enterrado aquí, quiero decir en Wisconsin, tú lo viste. Toda su vida estuvo aquí. En tu país lo único que hizo fue nacer.

Sue se había revuelto sin pensar, como si yo acabara de ofenderla en lo más sagrado. Pero después de desahogarse quedó un tanto meditabunda, y tras una pausa preguntó, sin la ferocidad de hacía sólo unos segundos:

– ¿Por qué crees que él quería que le llevaran allí?

Con Sue hablaba siempre en inglés. Si lo hacíamos en castellano, aún se comunicaban peor nuestros pensamientos. Había una especie de horror en la manera en que había dicho la última parte de la frase, to be taken there.

– Porque nunca fue en vida -repliqué.

En cualquier otra circunstancia, respecto de cualquier otra persona, el razonamiento habría sido un completo contrasentido. En aquel instante, a propósito de Dalmau, encerraba el significado preciso para que Sue, que no lo ignoraba todo (a fin de cuentas, ella había hecho las gestiones para que Matthew fuera enterrado en Kenosha, a donde jamás iría a reunírsele nadie), desfalleciera y admitiese:

– Es posible que tengas razón.

Para resolver el arduo problema de la repatriación, con innumerables trámites que debían ser realizados en dependencias oficiales con la actividad atenuada por las festividades navideñas, recabé la cooperación de Pertúa, quien prestó aquel último servicio a Dalmau como había prestado todos los anteriores, aviniéndose a todo cuanto yo sugería. Para esta diligencia de Pertúa había motivos diversos. Por un lado compartía mi convicción de que aquélla era la mejor forma de cumplir con los deseos que el viejo nunca había tenido la debilidad de expresar abiertamente. Por otro, conocía el testamento de Dalmau, y aunque en él, en efecto, no se contenía disposición alguna acerca del destino que debía darse a sus restos mortales, sí había detalladas previsiones respecto de mi persona. Casi todas se condicionaban a mi matrimonio con Sybil, a quien instituía como heredera universal, pero algunas se mantenían incluso tras una posible ruptura.

Una gélida mañana de enero, un féretro fue introducido en la bodega de un avión en el aeropuerto de Newark, en Nueva Jersey. En ese mismo avión iban Sue y Sybil, a quienes yo acompañaba a conocer el lugar donde habían vivido sus antepasados, hombres heroicos que volvían sentenciados de las campañas de África y mujeres abnegadas que enviudaban y morían en silencio. En ese avión, en fin, deshizo la travesía el muchacho sin nombre que había llegado a América setenta y cinco años atrás.

4.

Un cementerio frente al río

El día que enterramos a Dalmau, el sol brillaba sobre una radiante mañana invernal, de las que sólo pueden soñarse en tantos otros países y enero depara sin especial dificultad a Madrid. Enterrar a Dalmau allí, en el cementerio frente al río donde reposaban sus padres, había exigido a Pertúa los mejores esfuerzos. En aquel antiguo camposanto ya sólo se sepultaba a quienes disponían de una tumba familiar en propiedad, y aunque quizá hubiera podido averiguarse el nombre de los padres de Dalmau, preferí que no se hiciera. Para proporcionarle las pistas necesarias habría tenido que confiarle a Pertúa detalles que Dalmau me había revelado en la reserva de nuestras conversaciones, y que nada me autorizaba a compartir con nadie, ni siquiera con él. Por otra parte, si Dalmau no había querido que nadie, y esto me incluía, supiera su verdadero nombre, tampoco era aquél un pretexto suficiente para contrariar su deseo. De modo que me contenté con que reposara en el mismo recinto en el que, en algún sepulcro que nunca podríamos reconocer, habían dado a la tierra a los suyos, y para lograrlo Pertúa tuvo que encontrar la manera de eludir todas las ordenanzas y las restricciones que lo impedían.

No me opuse a que hubiera un sacerdote en la inhumación, según ofrecía el cementerio, porque recordé lo que Dalmau me había dicho poco antes de morir: aun sin creer en Dios, era católico. Mientras el cura recitaba sus oraciones, en las que se postulaba el acceso del difunto a la gloria y a una resurrección de la carne que el propio Dalmau habría sido el primero en declinar, observé a sus descendientes. Enlutadas, escuchando las peculiares palabras españolas con que se encomendaba a Dios a aquel hijo pródigo tardíamente regresado, se las veía más rubias y más extranjeras que en ningún otro momento de los que había habido desde que habíamos tomado tierra en Madrid. Me produjo una emoción confusa, la imagen de aquellas dos mujeres rubias contemplando el agujero abierto en la tierra española, intentando comprender por qué el hombre cuya sangre llevaban era devuelto a aquel país extraño en el que ni siquiera el invierno era demasiado frío.

Después, cuando bajaron el ataúd y empezaron a cubrirlo de tierra, me acordé de él, de Dalmau. Le vi de nuevo, en la semioscuridad de su despacho, extendiendo ante mí con tesón, casi con una especie de furia, el mapa quebrado de su conciencia. Le vi cuando miraba venir o irse a Charlotte, cuando hablaba de sus minuciosos recuerdos de España, o cuando confesaba con impudicia sus culpas. Le vi, en fin, cuando me enfrentaba los ojos, tratando de vadear con los suyos la niebla que los anegaba, y cuando había llorado, por única vez, al relatarme el final de su hijo. Todas estas escenas sombrías que desfilaban por mi mente contrastaban intensamente con la luz poderosa de aquella mañana, el azul hiriente del cielo sin una sola nube y el soplo tenue y vivificante del viento que se arrastraba sobre la colina en que estaba el cementerio. Me percaté de que Sybil, tras las gafas oscuras, que sólo parcialmente podían atenuar su color, estaba absorta en la nitidez de aquel cielo al que el libro de su abuelo había conferido carácter casi legendario. Entre tanto, la tierra iba cubriéndole. Había vivido lejos, había rehusado volver, pero antes de morir se había asegurado, por mi mediación, de que se le restituiría a aquella tierra; al principio, donde sólo podía terminar su viaje. Pensé, aunque esto no tuviera que ver con Dalmau y puede que él nunca lo pensara, que lo que hace sublime a una patria (si es que ha de existir tal cosa como una patria, más allá de los trompetazos huecos de los que la palabra suele acompañarse) no es la forma en que recompensa el arrojo o la inmolación de sus paladines y sus mártires. Lo que hace sublime a una patria, al contrario, es la dulzura con que acoge a sus desertores, como la tierra acogía a Dalmau, que había hecho el único camino posible, el más largo y ominoso, para aprender a quererla sin reservas. Los hijos necesitan un sacrificio ingente, para acertar a corresponder a la madre.

Después fui con Sybil al Retiro, aunque no era mayo y los árboles estaban pelados y las flores ausentes. Era una hermosa mañana y los dos aspiramos fuerte el aire del parque, sin avergonzarnos, porque el que ella y yo sobreviviéramos a Dalmau, contra lo que habría podido suceder con otro, no era su derrota, sino su triunfo.

5.

Ognissanti

La noche anterior, mientras paseábamos por la orilla oscura del Arno, desde el hotel hacia el Ponte Vecchio, Sybil me preguntó:

– ¿Por qué lo aceptas?

Esperaba esa pregunta. La esperaba desde hacía días o semanas, desde que yo le había comunicado mi extravagante deseo de desposarla en Florencia, en una pequeña iglesia católica donde estaba enterrado Botticelli, y ella había adivinado que aquel deseo no era originalmente mío, sino de él, de aquel difunto que siempre gravitaría sobre nosotros. Sybil había nacido y vivido en un país donde se concede una importancia un tanto dramática a la religión. En Estados Unidos, nadie que declarase profesar una religión dejaría de manifestarlo cumpliendo meticulosamente con el correspondiente rito semanal, o diario, o lo que fuera. Para un americano, era arduo considerar católico a alguien que nunca iba a misa, y de ahí que en la mente de Sybil mi propuesta de una boda religiosa suscitara una perplejidad que tarde o temprano había de manifestarse. Aquella noche, cuando al fin se manifestó mientras caminábamos junto al río, elegí devolverle la pregunta:

– ¿Por qué lo aceptas tú?

– Yo aceptaría casarme contigo por cualquier rito, ya que he decidido hacerlo -afirmó, con seguridad y una punta de desafío.

– ¿Insinúas que yo dudo?

– No sé si lo haces por mí o por él. No sólo lo de la iglesia.

– Lo hago por ti, naturalmente. Él está muerto.

– ¿Por qué la iglesia, entonces?

– Por fe. Si Dios existe, deseo que nos bendiga. La idea fue de él, pero no me costó hacerla mía. Yo también fui bautizado, cuando nací.

– ¿A eso llamas fe?

– A mí me parece mucha, más de la que he tenido nunca. Es posible que la sienta en parte por él, pero la siento sobre todo por mí, por nosotros. Y creo que está bien todo, incluso su recuerdo. Nunca olvides que nos conocimos gracias a él.

A Sybil no la convencieron mis palabras, que eran sinceras. Rebasamos el puente y llegamos ante la galería de los Uffizi. Por la noche, el escenario habitual de interminables colas diurnas aparecía desierto y adquiría, en esa soledad insólita, un aire indeciblemente familiar. Al fondo se veía la torre del Palazzo Vecchio y arriba, en el pálido y velado firmamento que la humedad evaporada del río extendía sobre nuestras cabezas, centelleaban sólo las estrellas más luminosas. Nos aventuramos bajo el arco, entre las estatuas de los grandes artistas florentinos. Al fondo, en la plaza de la Signoria, alguien tocaba una música ruidosa, para amenidad de los turistas. No llegamos hasta allí. Nos quedamos observando las efigies de aquellos hombres solos en mitad de la noche, todos desaparecidos, algunos olvidados. No podía dejarla dudar, porque entre ambos todo había sido fruto de un destino férreo y preciso, el único que podía atribuirle a mis pasos desde su comienzo. La tenía abrazada, a Sybil, y allí, entre los florentinos extintos, contra la provisionalidad de la vida, acaté el deber de convencerla y de mantenerla convencida siempre.

Al día siguiente, en la iglesia tenebrosa, todavía más después de atravesar desde el hotel la plaza sobre la que el sol se desplomaba, pude jurárselo también a ella, ante el sacerdote, acaso el mismo con el que Pertúa había negociado desde Nueva York. Y cuando ella me correspondió, asumiendo su compromiso ante el Dios y todos los santos en quienes nadie la había enseñado a creer, se abrió paso en mi espíritu algo semejante a lo que debía haber sentido Dalmau, cuando había rezado en aquella misma iglesia, después de muchos años y para no volver a hacerlo en su vida. De pronto era cierta la frase temeraria de aquel filósofo griego: la iglesia, los objetos, los presentes (mis padres, Sue y Paul, quietos y estupefactos), todo estaba lleno de dioses. Entre ellos, perfecta como quizá nunca pudiera repetirse, efímera y por ello definitiva, sobrevino la intuición de un aliento que enaltecía la existencia de todas las cosas: la madera de los bancos y la piedra de las paredes, la luz y la penumbra, los vivos y los que sólo eran recuerdo. Entonces Sybil se acercó para besarme y, por primera y última vez, se pareció a él.

6.

Un principio

Sybil está en la terraza, dormida. Más allá de ella, desde donde la contemplo, se ve el hoy tranquilo lago Monona. Es verano, es por la tarde y hace un calor leve, expuesto a cualquier brisa que decidiera de pronto levantarse. Oigo a Sue en el piso de arriba; Paul no volverá hasta el viernes. La ciudad está casi desierta, con las vacaciones de los estudiantes. Sólo se tropieza uno con los que vienen a hacer cursos de verano, que no traen exactamente actividad, sino una molicie sólo en apariencia atareada, en la que la quiebra más decisiva no son las pretextadas clases de idiomas o materias difusas, sino la práctica de la vela. Incluso a esta hora, la superficie azul prusia del lago está salpicada de triángulos isósceles blancos que van y vienen en una danza arbitraria e incomprensible.

Vinimos a Madison en junio, cuando Sybil empezó a sentirse demasiado pesada y grande para continuar en Nueva York y esperar a que le cayera encima el bochorno húmedo del océano. Ahora falta muy poco y ella no duerme de noche. Por eso se pasa el día desvencijada en las butacas, sumida en un sopor plácido que sólo cuando es imprescindible interrumpo. Antes de que termine agosto tendrá que haber nacido, el bisnieto de Dalmau que también, porque ella ha querido aceptarlo, va a ser mi hijo.

Paso muchas horas mirándola, mientras ella duerme. Aquí, en la casa de Sue, es poco lo que tengo que hacer. Nos preparan la comida, vienen a limpiar la casa, Paul arregla el jardín, los fines de semana, y no admite mi colaboración. Veo cómo ella descansa, la oigo respirar, mientras en sus entrañas termina de hacerse esa criatura en la que el ángel triunfará de todos los infiernos en los que hubo de vivir. A veces se me ocurre que mi hijo, el bisnieto de Dalmau, no tiene otro destino que sacudirse ese triunfo, que le pertenece y no le sirve, y acometer nuevos infiernos, de los que acaso no sea él quien salga victorioso, de los que acaso no salga nadie. En realidad, con ello cumplirá el sino de su ascendencia. Dalmau pereció en su infierno, una parte de mí pereció en el mío, y el resto no está a salvo.

Pero siendo todo eso cierto, también lo es que yo he tenido más suerte de la que él tuvo. En más de una ocasión, quieto ante la somnolencia regocijada de Sybil, he pensado que la suerte que tengo es precisamente la suya, la que él dejó intacta y decidió legarme. Cuando esta idea cruza por mi cerebro, después de todo el tiempo transcurrido y de todas las veces que he repasado los acontecimientos, sigo sin entender del todo por qué me eligió a mí. Aunque conozco lo que nos vinculaba, lo que él utilizó para reunimos, hay una inmensa zona de sombra donde está todo lo que pudo unirle a cualquier otro, a lo largo de tantos años; de toda la vida que le fue dada para el arrepentimiento sin provecho y, al final, para la apuración del dolor. A menudo me he acordado de Matthew, y he creído que tal vez le moviera a su padre la huella reciente de su pérdida. En realidad, Dalmau habría podido morir sin prever a nadie en su testamento, o incluso así lo tenía decidido cuando su hijo sucumbió y le entró una prisa quizá ilegítima por reemplazarle. Nadie podrá saberlo ya nunca, pero no importa explicarlo y todavía menos importa, ahora, el juicio que Dalmau pueda merecer por sus actos y sus omisiones.

Aquí, en este principio que se avecina en la terraza, bajo el tenue calor de la tarde, está la expiación de Dalmau, de la que me beneficio. Nunca podré expiar mis crímenes, porque los crímenes propios le acompañan a uno como cicatrices irremediables. La paz que disfruto es la suya, la de su traición reparada. También es el suyo, el viaje concluido. El mío, si el caso lo vale, será otro quien lo cuente.

Madrid-Getafe-Nueva York,

31 de marzo 1996 – 11 de febrero 1991

Lorenzo Silva

Nació el 7 de junio de 1966 en Carabanchel, Madrid. Donde sigue viviendo en la actualidad. Estudió derecho en la Universidad Complutense y ejerció como abogado de empresa desde 1992 hasta 2002, tras pasar un año como auditor de cuentas y otros dos como asesor fiscal en una firma multinacional.

Desde que iniciara su dedicación a la literatura, allá por 1980, ha escrito relatos, algunos artículos y ensayos literarios, varios libros de poesía, una obra dramática (de muy ingenua factura), un libro de viajes, y dieciséis novelas, por las que es conocido principalmente. Su obra ha sido traducida al ruso, francés, alemán, italiano, griego, catalán y portugués.

Una de sus novelas, El alquimista impaciente ganó el Premio Nadal del año 2000. Esta novela es la segunda en la que aparecen los que quizá sean sus personajes más conocidos: La pareja de la Guardia Civil formada por el Sargento Bevilacqua y la cabo (en la última novela) Chamorro. Otra de sus obras, La flaqueza del bolchevique fue finalista del Premio Nadal 1997 y ha sido adaptada al cine por el director Manuel Martín Cuenca, y de la que el autor fue su guionista.

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